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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - -Title: Sónnica la cortesana - Novela - -Author: Vicente Blasco Ibáñez - -Release Date: February 18, 2020 [EBook #61438] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK SÓNNICA LA CORTESANA *** - - - - -Produced by Ramón Pajares Box and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images generously made available by The -Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se - han convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. - - * Se ha respetado la ortografía del original, que difiere algo de - la actual. - - * Se han completado los emparejamientos de comillas, paréntesis, - admiraciones e interrogaciones, se han espaciado las rayas y se - han añadido tildes a las mayúsculas iniciales que las necesitan. - - * El nombre propio «Mompso» se ha unificado con «Mopso», y el de - «Lisastro» con «Lisias», pues se refieren a un mismo personaje. - - - - -SÓNNICA LA CORTESANA - - - - -OBRAS DEL AUTOR - - -NOVELAS - - Arroz y tartana (3.ª edición). - Flor de Mayo (3.ª edición). - La Barraca (4.ª edición. Ilustrada). - Entre naranjos (4.ª edición). - - -CUENTOS - - Cuentos valencianos (2.ª edición). - La Condenada. - Cuentos grises (Biblioteca selecta). - Á la sombra de la higuera (Biblioteca Diamante). - La Cencerrada (Colección Mignon). - - -VIAJES - - París (agotada). - En el país del Arte. - - -NOVELAS EN PREPARACIÓN - - Cañas y barro. - La señora Vicenta. - - - - - VICENTE BLASCO IBÁÑEZ - - _Sónnica - la cortesana_ - - —NOVELA— - - CUARTA EDICIÓN - - [Ilustración] - - F. SEMPERE, EDITOR - PINTOR SOROLLA, 30 Y 32 - VALENCIA - - - - -Imprenta de EL PUEBLO.--Pascual y Genís, 3 Valencia - - - - -SÓNNICA LA CORTESANA - - - - -I - -El templo de Afrodita - - -Cuando la nave de Polyantho, piloto saguntino, llegó frente al puerto -de su patria, ya los marineros y pescadores, con la vista aguzada por -las distancias del mar, habían reconocido su vela teñida de azafrán y -la imagen de la Victoria, con las alas extendidas y una corona en la -diestra, llenando todo el filo de la proa, hasta mojar sus pies en las -ondas. - ---Es la nave de Polyantho: la _Victoriata_, que vuelve de Gades y -Cartago-Nova. - -Y para verla mejor, se agolpaban en el pretil de piedra que cerraba los -tres lagos del puerto de Sagunto, puestos en comunicación con el mar -por un largo canal. - -Los terrenos bajos y pantanosos, cubiertos de carrizales y enmarañadas -plantas acuáticas, extendíanse hasta el golfo Sucronense, que cerraba -el horizonte con su curva faja azul, sobre la cual resbalaban como -moscas los barquichuelos de los pescadores. La nave avanzaba lentamente -hacia la embocadura del puerto. La vela roja palpitaba con los soplos -de la brisa sin lograr hincharse, y la triple fila de remos comenzó á -moverse en sus flancos, haciéndola encabritarse sobre las espumas que -cerraban la entrada del canal. - -Caía la tarde. En una altura inmediata al puerto, el templo de Venus -Afrodita reflejaba en la pulida superficie de su frontón el fuego del -sol poniente. Una atmósfera de oro envolvía la columnata y los muros -de mármol azul, como si el padre del día, al alejarse, saludase con -un beso de luz á la diosa de las aguas. La cadena de montes obscuros, -cubiertos de pinos y matorrales, extendíase en gigantesco semicírculo -frente al mar, cerrando el fértil valle del agro saguntino, sus blancas -villas, sus torres campestres y sus aldeas surgiendo entre las masas -verdes de los campos. En el otro extremo de la montuosa barrera, -esfumada por la distancia y el vapor de la tierra, veíase la ciudad, -la antigua Zazintho, con el caserío oprimido en la falda del monte por -murallas y torreones: y en lo alto la Acrópolis, los ciclópeos muros, -sobre los cuales destacábanse las techumbres de los templos y edificios -públicos. - -Reinaba en el puerto la agitación del trabajo. Dos naves de Marsella -cargaban vino en la laguna grande; una de Liburnia hacía acopio de -barros saguntinos y de higos secos para venderlos en Roma; y una galera -de Cartago guardaba en sus entrañas grandes barras de plata traídas -de las minas de la Celtiberia. Otras naves, con las velas plegadas y -las filas de remos caídas en sus costados, permanecían inmóviles junto -al malecón, como grandes pájaros dormidos, balanceando dulcemente -sus proas de cabeza de cocodrilo ó de caballo, usadas por la marina -de Alejandría, ú ostentando en el tajamar un espantable enano rojo, -semejante al que adornaba la nave del fenicio Cadmus en sus asombrosas -correrías por los mares. - -Los esclavos, encorvados bajo el peso de ánforas, fardos y lingotes, -sin otra vestidura que un cinturón lumbar y una caperuza blanca, al -aire la atormentada y sudorosa musculatura, pasaban en incesante -rosario por las tablas tendidas desde el pretil á las naves, -trasladando al cóncavo vientre de éstas las mercancías amontonadas en -el muelle. - -En medio del gran lago central alzábase una torre guardando la entrada -del puerto; una robusta fábrica que hundía sus sillares en las aguas -más profundas. Amarrada á las anillas que adornaban sus muros, -balanceábase una nave de guerra, una _libúrnica_ alta de popa, la proa -de cabeza de carnero, plegada la vela de grandes cuadros, un castillo -almenado junto al mástil, y en las bordas, formando doble fila, -los escudos de los _classiari_, soldados destinados á los combates -marítimos. Era una nave romana que al amanecer el día siguiente había -de llevarse á los embajadores enviados por la gran República para -mediar en las turbulencias que agitaban Sagunto. - -En el segundo lago --una tranquila plaza de agua donde se construían y -reparaban las embarcaciones-- sonaban los mazos de los calafates sobre -la madera. Como monstruos enfermos veíanse las galeras desarboladas, -tendidas de costado en la ribera, mostrando por los rasguños de sus -flancos el fuerte costillaje ó la embreada negrura de sus entrañas. -Y en el tercer lago, el más pequeño y de aguas sucias, anclaban -las barcas de los pescadores, revoloteaban en caprichoso tropel -las gaviotas, abatiéndose sobre los despojos que flotaban á ras de -la superficie; y en la orilla agolpábanse mujeres, viejos y niños, -esperando la llegada de las barcas con pescado del golfo Sucronense, -que era vendido en el interior á las tribus más avanzadas de la -Celtiberia. - -La llegada de la nave saguntina había apartado de sus quehaceres á toda -la gente del puerto. Los esclavos trabajaban con lentitud, viendo á sus -vigilantes distraídos por la entrada de la nave; y hasta los calmosos -ciudadanos que sentados en el malecón, caña en mano, intentaban -cautivar las gruesas anguilas del lago, olvidaban la pesca para seguir -con su mirada el avance de la _Victoriata_. Ya estaba en el canal. No -se veía su casco. El mástil, con la vela inmóvil, pasaba por encima de -los altos cañaverales que bordeaban la entrada del puerto. - -Reinaba el silencio de la tarde, interrumpido por el monótono canto -de las innumerables ranas albergadas en las tierras pantanosas y el -parloteo de los pájaros que revoloteaban en los olivares inmediatos -al Fano de Afrodita. Los martillazos del arsenal sonaban cada vez más -lentos: la gente del puerto callaba, siguiendo la marcha de la nave -de Polyantho. Al salvar la _Victoriata_ la aguda revuelta del canal, -asomó en el puerto la dorada imagen de la proa y los primeros remos, -enormes patas rojas, apoyándose en la tersa superficie con una fuerza -que levantaba espumas. - -La muchedumbre, entre la que se agitaban las familias de los marineros, -prorrumpió en aclamaciones al entrar la nave en el puerto. - ---¡Salud, Polyantho! ¡Bienvenido, hijo de Afrodita!... ¡Que Sónnica tu -señora te colme de bienes! - -Los muchachos desnudos, de piel tostada, se arrojaban de cabeza á la -laguna, nadando como un tropel de pequeños tritones en torno de la -nave. - -La gente del puerto alababa á su compatriota Polyantho, encareciendo -su habilidad. Nada faltaba en su nave: bien podía estar satisfecha de -su liberto la rica Sónnica. En la punta más avanzada del buque, el -_proreta_, inmóvil como una estatua, escrutando con rápida mirada para -avisar la presencia de obstáculos: la marinería, desnuda, encorvando -sobre los remos las sudorosas espaldas que relucían al sol; y en lo -más alto de la popa, el _gubernator_, el mismo Polyantho, insensible -al cansancio, envuelto en una amplia tela roja, en la diestra el -gobernalle del timón y en la otra mano un cetro blanco que agitaba -acompasadamente, marcando el movimiento á los remeros. Junto al mástil -agrupábanse hombres de extraños trajes, mujeres inmóviles arrebujadas -en amplios mantos. - -La nave resbaló por el puerto como un insecto enorme, abriendo las -aguas silenciosas y muertas con la proa que poco antes atormentaban las -olas del golfo. - -Al anclar junto al malecón y echar el puente de tablas, los remeros -tuvieron que repeler á palos á la multitud, que se empujaba queriendo -penetrar en la nave. - -El piloto daba órdenes desde la popa: su roja envoltura iba de un lado -á otro como una mancha inflamada por el sol poniente. - ---¡Eh, Polyantho!... Bienvenido seas, navegante. ¿Qué es lo que traes? - -El piloto vió en la orilla á dos jóvenes á caballo. El que le hablaba -iba envuelto en un manto blanco: una de sus puntas le cubría la -cabeza, dejando al descubierto la barba rizada en bucles y lustrosa de -perfumes. El otro oprimía los lomos del corcel con sus piernas desnudas -y fuertes; vestía el _sagum_ de los celtíberos, una corta túnica de -lana, sobre la cual saltaba su ancha espada suspendida del hombro; y su -cabellera desgreñada é hirsuta lo mismo que su barba, encuadraban un -rostro varonil y tostado. - ---¡Salud, Lacaro; salud, Alorco! --contestó el piloto, con expresión de -respeto--. ¿Veréis á Sónnica mi ama? - ---Esta misma noche --contestó Lacaro--. Cenamos en su casa de campo... -¿Qué traes? - ---Decidla que traigo plomo argentífero de Cartago-Nova y lana de la -Bética. Excelente viaje. - -Los dos jóvenes tiraron de las riendas á sus caballos. - ---¡Ah! esperad --añadió Polyantho--. Decidla también que no olvidé su -encargo. Aquí traigo lo que tanto deseáis: las danzarinas de Gades. - ---Todos te lo agradecemos --dijo Lacaro riendo--. ¡Salve, Polyantho; -que Neptuno te sea propicio! - -Y los dos jinetes partieron al galope, perdiéndose entre las chozas -agrupadas al pie del templo de Afrodita. - -Mientras tanto, uno de los pasajeros de la nave salió de ésta, -abriéndose paso entre la multitud agolpada frente al buque. Era un -griego: todos conocieron su origen en el _pileos_ que cubría su cabeza; -un casquete cónico de cuero, semejante al de Ulises en las pinturas -griegas. Vestía una túnica obscura y corta, ajustada sobre los riñones -por una correa, de la que pendía una bolsa. La clámide, que no llegaba -á sus rodillas, estaba sujeta sobre el hombro derecho por un broche -de cobre; unos zapatos de correas usadas y polvorientas cubrían sus -desnudos pies, y sus brazos membrudos y cuidadosamente depilados se -apoyaban al quedar inmóvil en un gran dardo que casi era una lanza. -Los cabellos, cortos y rizados en gruesos bucles, se escapaban por -debajo del _pileos_, formando una hueca corona en torno de su cabeza. -Eran negros, pero brillaban en ellos algunas canas, así como en la -barba ancha y corta que rodeaba su rostro. Llevaba el labio superior -cuidadosamente afeitado, á usanza ateniense. - -Era un hombre fuerte y ágil, en plena virilidad sana y robusta. En -sus ojos, de mirada irónica, había algo de ese fuego que revela á -los hombres nacidos para la lucha y el mando. Caminaba con soltura -por aquel puerto desconocido, como viajero habituado á toda clase de -contrastes y sorpresas. - -El sol comenzaba á ocultarse, y las faenas del puerto habían cesado, -retirándose lentamente la muchedumbre que ocupaba los muelles. -Pasaban junto al extranjero los rebaños de esclavos limpiándose el -sudor y dilatando sus miembros doloridos. Guiados por el palo de -sus guardianes, iban á encerrarse hasta la mañana siguiente en las -cuevas del monte inmediato ó en los molinos de aceite, más allá de las -tabernas de marineros, hospederías y lupanares, que agrupaban sus muros -de tierra y sus techos de tablas al pie de la colina de Afrodita como -un complemento del puerto. - -Los comerciantes retirábanse también en busca de sus caballos y carros -para trasladarse á la ciudad. Pasaban en grupos consultando las -apuntaciones de sus tablillas y discutiendo las operaciones del día. -Sus diversos tipos, trajes y actitudes, delataban la gran mezcla de -razas de Zazintho, ciudad comercial, á la que de antiguo afluían las -naves del Mediterráneo, y cuyo tráfico luchaba con el de Ampurias y -Marsella. Los mercaderes asiáticos y africanos que recibían el marfil, -las plumas de avestruz y las especias y perfumes para los ricos de la -ciudad, se distinguían por su paso majestuoso, las túnicas con flores -y pájaros de oro, los verdes borceguíes, las altas tiaras llenas de -bordados y la barba descendiendo sobre el pecho en ondas horizontales -de menudos rizos. Los griegos charlaban y reían con incesante -movilidad, tomando á broma sus negocios y abrumando con sus palabras -á los exportadores iberos, graves, barbudos, huraños, vestidos de lana -burda, y que con su silencio, parecían protestar de aquel chaparrón de -inútiles palabras. - -Los muelles quedaban desiertos por momentos. Toda su vida afluía al -camino de la ciudad, donde, entre nubes de polvo, galopaban caballos, -rodaban carros y pasaban con menudo trote los borriquillos africanos, -llevando en sus lomos algún ciudadano corpulento sentado como una mujer. - -El griego seguía lentamente por el muelle tras dos hombres vestidos -con túnica corta, borceguíes y un sombrerillo cónico de alas caídas, -semejante al de los pastores helenos. Eran dos artesanos de la ciudad. -Habían pasado el día pescando y volvían á sus casas, mirando con mal -disimulado orgullo sus cestas, en cuyo fondo coleaban unos cuantos -barbos, revueltos con delgadas anguilas. Hablaban en ibero, mezclando -á cada punto en su conversación palabras griegas y latinas. Era el -lenguaje usual de aquella antigua colonia, en continuo contacto por -el comercio con los principales pueblos de la tierra. El griego, al -seguirles por el muelle, atendía á su conversación con la curiosidad de -un extranjero. - ---Vendrás en mi carro, amigo --decía uno de ellos--. En la hostería de -Abiliana tengo mi asno, que, como sabes, es la envidia de mis vecinos. -Aún llegaremos á la ciudad antes que cierren las puertas. - ---Mucho te lo agradezco, vecino. No es prudente caminar solo, cuando -pululan en nuestros campos los aventureros que tomamos á sueldo para -las guerras con los turdetanos, y toda la mala gente huída de la ciudad -después de las últimas revueltas. Anteayer, ya sabes que apareció en un -camino el cadáver de Acteio, el barbero del Foro. Le asesinaron para -robarle cuando volvía al anochecer de su casita del campo. - ---Ahora dicen que viviremos más tranquilos, después de la intervención -de los romanos. Los legados de Roma han hecho cortar unas cuantas -cabezas y afirman que con esto tendremos paz. - -Detuviéronse los dos un instante y volvieron la cabeza para mirar la -_libúrnica_ romana, que apenas si se veía junto á la torre del puerto, -envuelta en las sombras de la noche. Después siguieron caminando con -lentitud, como si reflexionasen. - ---Ya sabes --continuó uno de ellos-- que no soy más que un zapatero -que tiene su tienda cerca del Foro y ha podido reunir un saco de -_victoriatos_ de plata para darse una vejez tranquila y pasar la tarde -en el puerto con la caña en la mano. No sé lo que esos retóricos que -se pasean por fuera de la muralla de la ciudad, disputando y gritando -como Furias, ni pienso como los filósofos que se agrupan en los -pórticos del Foro para reñir, entre las burlas de los comerciantes, -por si tiene más razón éste ó aquél de los hombres que allá en Atenas -se ocupan de tales cosas. Pero con toda mi ignorancia, yo me pregunto, -vecino: ¿por qué estas luchas entre hombres que vivimos en la misma -ciudad y debemos tratarnos como buenos hermanos?... ¿Por qué? - -Y el camarada del zapatero contestaba con fuertes cabezadas de -asentimiento. - ---Yo comprendo --continuó el artesano-- que de vez en cuando estemos en -guerra con nuestros vecinos los turdetanos. Unas veces por cuestión de -riegos, otras por los pastos, y las más por los límites del territorio -y por impedirles que disfruten de este hermoso puerto, comprendo que -se armen los ciudadanos, que busquen la pelea y salgan á arrasarles -los campos y quemarles las chozas. Al fin esa gente no es de nuestra -raza, y así es como se hace respetar una gran ciudad. Además, la guerra -proporciona esclavos que muchas veces escasean; y sin esclavos ¿qué -haríamos los hombres... los ciudadanos? - ---Yo soy más pobre que tú, vecino --dijo el otro pescador--. El hacer -sillas de caballo no me produce tanto como á tí los zapatos; pero mi -pobreza me permite tener un esclavo turdetano, que me ayuda mucho, y -quiero la guerra porque aumenta considerablemente mi trabajo. - ---La guerra con los vecinos; sea en buena hora. La juventud se -fortalece y busca distinguirse; la república adquiere importancia, -y todos, después de correr por valles y montes, compran zapatos y -hacen componer las sillas de sus caballos. Muy bien; así marchan los -negocios. ¿Pero por qué estamos hace más de un año convirtiendo el Foro -en campo de batalla y cada calle en una fortaleza? Á lo mejor estás en -tu tienda encareciendo á una ciudadana la elegancia de unas sandalias -de papiro á la moda asiática, ó de unos coturnos griegos de gran -majestad, cuando oyes en la inmediata plaza choque de armas, gritos, -exclamaciones de muerte, y ¡á cerrar en seguida la puerta para que un -dardo perdido no te deje clavado en tu asiento! ¿Y por qué? ¿Qué motivo -existe para vivir como perros y gatos en el seno de esta Zazintho, tan -tranquila y laboriosa antes? - ---La soberbia y la riqueza de los griegos... --comenzó á decir el -compañero. - ---Sí; ya conozco esa razón. El odio entre iberos y griegos; la creencia -de que éstos, por sus riquezas y sabiduría, dominan y explotan á -aquéllos... ¡Como si en la ciudad existiesen realmente iberos y -griegos!... Iberos son los que están detrás de esas montañas que nos -cierran el horizonte; griego es ese que hemos visto desembarcar y -viene tras de nuestros pasos; pero nosotros no somos más que hijos -de Zazintho ó de Sagunto, como quieran llamar á nuestra ciudad. -Somos el resultado de mil encuentros por tierra y por mar, y Júpiter -se vería apurado para decir quiénes fueron nuestros abuelos. Desde -que á Zazintho le mordió la serpiente en esos campos y nuestro padre -Hércules levantó los grandes muros de la Acrópolis, ¿quién puede -marcar las gentes que aquí han venido y aquí se han quedado, á pesar -de que otros llegaron después para arrebatarles el dominio de los -campos y las minas? Aquí vinieron las gentes de Tiro con sus naves de -vela roja en busca de la plata del interior; los marineros de Zante -huyendo con sus familias de los tiranos de su país; los rótulos de -Ardea, gentes de Italia, que eran poderosas en los tiempos en que aún -no existía Roma; cartagineses de la época en que pensaban más en el -comercio que en las armas... ¡y qué sé yo cuántas gentes más! Hay que -oirlo á los pedagogos cuando explican la historia en el pórtico del -templo de Diana. Yo mismo, ¿sé acaso si soy griego ó ibero? Mi abuelo -fué un liberto de Sicilia que vino para encargarse de una fábrica de -alfarería y se casó con una celtíbera del interior. Mi madre era una -lusitana que llegó en una expedición para vender oro en polvo á unos -mercaderes de Alejandría. Yo me limito á ser saguntino como los demás. -Los que se consideran iberos en Sagunto creen en los dioses de los -griegos; los griegos adoptan sin sentirlo muchas costumbres ibéricas; -se creen diferentes porque han partido en dos á la ciudad y viven -separados; pero sus fiestas son las mismas, y en las próximas Panatheas -verás juntas con las hijas de los comerciantes helenos á las de esos -ciudadanos que cultivan la tierra, visten de paño burdo y se dejan -crecer la barba para semejarse más á las tribus del interior. - ---Sí, pero los griegos todo lo invaden, son los dueños de todo, se han -apoderado de la vida de la ciudad. - ---Son los más sabios, los más audaces; tienen algo de divino en sus -personas --dijo sentenciosamente el zapatero--. Fíjate si no en ese -que viene detrás de nosotros. Va vestido pobremente; tal vez en su -bolsa no tiene dos óbolos para cenar; puede que duerma á cielo raso, -y sin embargo, parece Zeus que haya bajado disfrazado del cielo para -visitarnos. - -Los dos artesanos volvieron la vista instintivamente para mirar al -griego; y siguieron adelante. Habían llegado junto á las chozas que -formaban una animada población en torno del puerto. - ---Hay otra razón --dijo el talabartero-- para la guerra que nos divide. -No es el odio únicamente entre griegos é iberos; es que unos quieren -que seamos amigos de Roma y otros de Cartago. - ---Ni con unos ni con otros --dijo sentenciosamente el zapatero--. -Tranquilos y comerciando como en otros tiempos, es como mejor -prosperaríamos. El habernos llevado á la amistad con Roma, es lo que yo -reprocho á los griegos de Sagunto. - ---Roma es la vencedora. - ---Sí, pero está muy lejos, y los cartagineses están casi á nuestras -puertas. Sus tropas de Cartago-Nova pueden venir aquí en unas cuantas -jornadas. - ---Roma es nuestra aliada y nos protege. Sus legados, que parten mañana, -han dado fin á nuestras revueltas, decapitando á los ciudadanos que -turbaban la paz de la ciudad. - ---Sí; pero esos ciudadanos eran amigos de Cartago y antiguos protegidos -de Hamílcar. Hanníbal no olvidará fácilmente á los amigos de su padre. - ---¡Bah! Cartago quiere paz y mucho comercio para enriquecerse. Después -de su fracaso de Sicilia, teme á Roma. - ---Temerán los senadores, pero el hijo de Hamílcar es muy joven, y á mí -me dan miedo esos muchachos convertidos en caudillos, que olvidan el -vino y el amor para soñar sólo con la gloria. - -El griego no pudo oir más. Los dos artesanos habían desaparecido entre -las chozas, y el eco de su disputa se perdió á lo lejos. - -El extranjero se vió completamente solo en aquel puerto desconocido. -Los muelles estaban desiertos; comenzaban á brillar algunos faroles -en las popas de las naves, y á lo lejos, sobre las aguas del golfo, -se elevaba la luna como un disco enorme de color de miel. Únicamente -en el pequeño puerto de los pescadores, había alguna animación. Las -mujeres, desnudas de cintura arriba, y oprimiendo entre las piernas -el guiñapo que les servía de túnica, se metían en el agua hasta las -rodillas para lavar el pescado, y colocándolo después en anchas cestas -sobre su cabeza, emprendían la marcha, arrastrando á sus pequeñuelos -panzudos y en cueros. De las naves, inmóviles y silenciosas, salían -grupos de hombres que se encaminaban á la población miserable extendida -al pie del templo. Eran marineros que iban en busca de las tabernas y -lupanares. - -El griego conocía bien aquellas costumbres. Era un puerto igual á los -muchos que había visto. El templo en lo alto para servir de guía al -navegante; y abajo el vino á punto, el amor fácil y la riña sangrienta, -como terminación de la fiesta. Pensó un momento en emprender la marcha -á la ciudad; pero estaba muy lejos, desconocía el camino, y prefirió -quedarse allí, durmiendo en cualquier parte hasta que saliera el sol. - -Había entrado en los tortuosos callejones que formaban las chozas -construídas al azar, como si hubieran caído en tropel del cielo, con -sus paredes de tierra y techumbres de paja y cañas, con estrechos -tragaluces, y sin otra puerta que unos cuantos harapos recosidos ó un -tapiz deshilachado. En algunas, de exterior menos miserable, vivían -los modestos traficantes del puerto, los que servían las vituallas á -las naves, los corredores de granos y los que, ayudados por algunos -esclavos, traían los toneles de agua desde las fuentes del valle á -las embarcaciones. Pero la mayoría de las casuchas eran tabernas, -hospederías y lupanares. - -Algunas casas tenían junto á las puertas inscripciones en griego, en -ibero y en latín, pintadas con almazarrón. - -El griego oyó que le llamaban. Era un hombrecillo gordo y calvo que le -hacía señas desde la puerta de su vivienda. - ---Salud, hijo de Atenas --decía para halagarle con el nombre de -la ciudad más famosa de la Grecia--. Pasa adelante; estarás entre -los tuyos, pues también mis ascendientes vinieron de allá. Mira la -muestra de mi taberna, «_Á Palas Athenea_». Aquí encontrarás el vino -de Laurona, tan excelente como los de la Ática: si quieres probar -la cerveza celtíbera, también la tengo, y hasta si lo deseas, puedo -servirte cierto frasco de vino de Samos, tan auténtico como la diosa de -Atenas que adorna mi mostrador. - -El griego contestó con una sonrisa y un movimiento negativo, casi al -mismo tiempo que el tabernero locuaz se introducía en su tugurio, -levantando el tapiz para dejar paso á un grupo de marineros. - -Á los pocos pasos volvió á detenerse, atraído por un silbido tenue que -parecía llamarle desde el fondo de una cabaña. Una vieja arrebujada -en un manto negro, le hacía señas desde la puerta. En el interior, -á la luz de una lámpara de barro colgada de una cadenilla, veíanse -varias mujeres en cuclillas sobre esteras, en la actitud de bestias -resignadas, sin otra vida que la sonrisa inmóvil que hacía brillar sus -dientes. - ---Voy de prisa, buena madre --dijo el extranjero riendo. - ---Detente, hijo de Zeus --contestó la vieja en idioma heleno, -desfigurado por la dureza de su acento y el silbido de su respiración -entre las encías desdentadas--. Al momento conocí que eres griego. -Todos los de tu país sois alegres y hermosos: tú pareces Apolo, -buscando á sus celestes hermanas. Entra; aquí las encontrarás... - -Y acercándose al extranjero para cogerle la orla de la clámide, -enumeraba todos los encantos de sus pupilas iberas, baleares ó -africanas; unas majestuosas y grandes como Juno, otras pequeñas y -graciosas como las hetarias de Alejandría y Grecia; y al ver que el -parroquiano se desasía y continuaba su camino, la vieja levantaba la -voz, creyendo no haber acertado su gusto, y hablaba de jóvenes blancos -y de luenga cabellera, hermosos como los muchachuelos sirios que se -disputaban los elegantes de Atenas. - -El griego había salido del tortuoso callejón, y todavía escuchaba la -voz de la vieja, que parecía embriagarse impúdicamente con sus infames -pregones. Estaba en el campo, al principio del camino de la ciudad. -Tenía á su derecha la colina del templo, y al pie de ella, delante de -la escalinata, vió una casa más grande que las otras, una hostería con -la puerta y las ventanas iluminadas con lámparas de barro rojo. - -Dentro, sentados en los poyos, veíanse marineros de todos los países, -pidiendo de comer en lenguas distintas. Soldados romanos con su -coselete de escamas de bronce, la corta espada pendiente del hombro, y -á sus pies el casco, rematado por una cimera de rojas crines en forma -de cepillo; remeros de Marsella casi desnudos, con el cuchillo medio -oculto entre los pliegues del trapo anudado á sus riñones; marineros -fenicios y cartagineses con ancho pantalón, alto gorro en forma de -mitra y pesados pendientes de plata; negros de Alejandría, atléticos -y de torpes movimientos, enseñando al sonreir sus agudos dientes, que -hacían pensar en espantosas escenas de antropofagia; celtíberos é -iberos, de sombrío traje y enmarañada cabellera, mirando recelosos á -todos lados y llevando instintivamente la mano á la ancha cuchilla; -algunos hombres rojos de las Galias, con luengos mostachos y las -encendidas crines anudadas y caídas sobre el cogote; gente, en fin, -llevada y traída por los azares de la guerra y del mar, de un punto -á otro del mundo conocido; un día guerreros victoriosos y al otro -esclavos; tan pronto marineros como piratas; sin ley ni nacionalidad; -sin otro respeto que el miedo al jefe de la nave, pronto á ordenar los -azotes y la cruz; sin más religión que la de la espada y los músculos; -llevando en las heridas que cubrían sus cuerpos, en las largas -cicatrices que surcaban sus músculos, en las orejas cortadas cubiertas -por las sucias greñas, un pasado misterioso de horrores. - -Comían de pie junto al mostrador, tras el cual se alineaban las ánforas -con sus tapones de frescas hojas; otros, sentados en los bancos de -mampostería á lo largo de las paredes, sostenían sobre sus rodillas el -plato de barro. Los más se habían tendido sobre el vientre en el suelo, -como fieras que se reparten la presa, y avanzaban sobre los grandes -platos sus garras vellosas, crujiéndoles las mandíbulas entre palabra -y palabra. Aún no se derramaba el vino ni habían pedido la presencia -de mujeres. Comían y bebían con apetito de ogros, atormentados por la -escasez de las largas travesías y extenuados moralmente por la brutal -disciplina de las naves. - -Viéndose amontonados en un estrecho espacio, apestados por el humo de -las lámparas y los vapores de los platos, sentían la necesidad de -comunicarse; y entre bocado y bocado, cada cual hablaba á su vecino sin -reparar en la diferencia de idioma, acabando por entenderse todos en -una lengua compuesta de más gestos que palabras. Un cartaginés relataba -á un griego su último viaje á las islas del Mar Grande, más allá de -las columnas de Hércules, por un mar gris y cubierto de nieblas, hasta -llegar á unas abruptas costas, sólo conocidas por los pilotos de su -país, donde se encontraba el estaño. Más allá, un negro, con grotesca -mímica, contaba á dos celtíberos una excursión á lo largo del mar Rojo, -hasta llegar á misteriosas playas, desiertas de día, pero cubiertas de -noche por movibles fuegos y habitadas por hombres velludos y ágiles -como monos, cuyas pieles, rellenas de paja, se llevaban á los templos -de Egipto para ofrecerlas á los dioses. Los soldados romanos más -viejos, contaban su gran victoria de las islas Egatas, que arrojó á -los cartagineses de Sicilia, terminando la guerra; y no les importaba, -en su insolencia de vencedores, la presencia de los humillados -cartagineses que los escuchaban. Los pastores iberos, mezclados entre -los navegantes, querían aminorar el efecto de las aventuras marítimas -y hablaban de los caballos de la tribu y de sus prodigios de rapidez, -mientras algún griego pequeño, vivaracho y mordaz, para anonadar -á los bárbaros y demostrar la superioridad de su raza, rompía á -declamar fragmentos de alguna oda aprendida en el puerto de Pireo ó -entonaba una melopea lenta y dulce que se perdía entre el rumor de las -conversaciones, el crujido de mandíbulas y el choque de los platos. - -Pedían más luz: cada vez se hacía más densa la atmósfera humosa de la -hostería, y las llamas de las lámparas se marcaban apenas como gotas -de sangre sobre las paredes negras de hollín. De la inmediata cocina -llegaba un vaho de salsas picantes y leña humosa, que hacía llorar y -toser á muchos parroquianos. Algunos estaban ebrios á poco de comenzar -la comida, y pedían coronas de flores á los esclavos para adornarse -como en los banquetes de los ricos. Otros aplaudían con rugidos al -ver cómo se iluminaba el antro con el resplandor sangriento de las -teas que encendía el dueño. Los esclavos agitábanse tras el mostrador -de piedra, volcando las grandes ánforas, y corrían á la cocina para -salir inmediatamente rojos de asfixia, sosteniendo los grandes platos. -Esparcíase el vino por el suelo al volcarse una crátera, y de vez en -cuando, al asomar en las ventanas las pintadas caras de algunas rameras ---_lobas_ del puerto que esperaban el momento de hacer irrupción en la -hostería--, los marineros las saludaban con grandes risotadas, imitando -el aullido de la bestia cuyo nombre las servía de apodo, y arrojábanlas -parte de su comida, que se disputaban ellas entre arañazos y chillidos. - -Los platos eran todos excitantes, propios para acompañar con un sorbo -cada bocado. Los griegos comían caracoles nadando en salsa de azafrán; -las sardinas frescas del golfo aparecían en rueda sobre los platos, -festoneadas de hojas de laurel; las coronas de pájaros se servían -cubiertas de salsa verde; los pastores iberos se contentaban con peces -secos y queso duro; los romanos y galos devoraban grandes trozos de -cordero chorreando sangre; presentábanse las anguilas de los lagos del -puerto con adornos de huevos cocidos; y todos estos platos y otros -más, iban cargados de sal, de pimienta, de hierbas de olor acre, á -las cuales atribuían las más extrañas cualidades. Todos sentían la -necesidad de gastar su dinero, de hartarse y rodar ebrios por el suelo, -consolándose así de la dura vida de privaciones que les esperaba en -los barcos. Los romanos que partían al día siguiente, habían cobrado -las pagas atrasadas y querían dejar sus _sextercios_ en el puerto de -Sagunto; los cartagineses hablaban con orgullo de su República, la más -rica del mundo, y los demás marineros elogiaban á sus patrones, siempre -generosos cuando tocaban en aquel puerto, de excelentes negocios. El -hostelero iba arrojando sin cesar en el fondo de una ánfora vacía -monedas de todas clases, lo mismo de Zazintho, con la proa de nave y la -Victoria volando sobre ella, como de Cartago, con el caballo legendario -y los espantosos dioses kabiros ó de Alejandría, con el elegante -perfil de los Ptolomeos. - -Los más burdos remeros sentían caprichos de potentado, la comezón de -imitar durante una noche á los ricos para consolarse en los días de -hambre con este recuerdo, y pedían ostras de Lucrino, que algunas -naves traían en ánforas con agua de mar para los grandes comerciantes -de Sagunto, ó el _oxigarum_, que los patricios de Roma pagaban á -considerable precio; tripas de pescado salado preparadas con vinagre -y especias que despertaban el apetito. El vino negro de Laurona y el -de color de rosa del agro saguntino, parecían despreciables á los -que tenían dinero. Despreciaban igualmente el de Marsella, hablando -de la pez y el yeso con que lo preparaban, y pedían vinos de la -Campania, Falerno, Massica ó Cecubo, que, á pesar de su precio, -bebían en _cimbas_, vasos de barro saguntino en forma de barca, que -contenían gran cantidad de líquido. Y junto con los platos calientes -y la variedad de bebidas, desde la cerveza celtíbera á los vinos -extranjeros, aquellos hombres devoraban grandes cantidades de verduras -y frutas, hambrientos, por las largas permanencias en el mar, de los -productos de los campos. Se arrojaban sobre los platos cubiertos de -hongos, comían á puñados los rábanos aderezados con vinagre, los -puerros, las acelgas y los ajos, y los montones de frescas lechugas de -las huertas del agro desaparecían, dejando cubierto el suelo de hojas -verdes y sucias de tierra. - -El griego contemplaba este espectáculo desde la puerta, confundido con -unos cuantos marineros que no encontraban sitio en la hostería. Á la -vista del rudo banquete, el extranjero recordaba que no había comido -desde por la mañana, cuando el encargado de los remeros de la nave -de Polyantho le dió un pedazo de pan. La novedad del desembarco en -una tierra desconocida, había hecho callar su estómago, acostumbrado -á las privaciones; pero ahora, á la vista de tantos manjares, sentía -el zarpazo del hambre, é instintivamente avanzaba un pie dentro de la -hostería, retirándolo inmediatamente. ¿Para qué entrar? La bolsa que -colgaba sobre su vientre contenía _papirus_ atestiguando sus hechos -pasados; tabletas para anotaciones que ayudasen su memoria: hasta -guardaba en ella las pinzas de depilar y un peine, todos los menudos -objetos de que no se despojaba un buen griego, amante del cuidado -personal; pero por más que buscase en ella, no encontraría un óbolo. -En la nave le habían admitido gratuítamente al verle vagabundo en los -muelles de Cartago-Nova, porque el piloto respetaba á los griegos de la -Ática; se veía solo y hambriento en un país desconocido, y si entraba -en la hostería queriendo comer sin presentar dinero, le tratarían como -un esclavo, arrojándole á palos. - -Atormentado por el vaho de las viandas y las salsas, prefirió huir, -arrancándose á aquel suplicio de Tántalo; y al retroceder tropezó con -un hombre alto, sin más traje que un _sagum_ obscuro y unas sandalias -con las correas cruzadas hasta las rodillas. Parecía un pastor -celtíbero; pero el griego, al tropezarse con él y cruzar una rápida -mirada, sintió la impresión de que no veía por primera vez aquellos -ojos imperiosos, que hacían pensar en los del águila posada á los pies -de Zeus. - -El griego levantó los hombros con indiferencia. Lo que deseaba era -acallar el hambre, dormir si le era posible hasta la salida del sol. Y -huyendo de aquella barriada miserable, iluminada y ruidosa, buscó un -sitio donde descansar, y se encaminó al Fano de Afrodita. El templo, -situado en lo alto de la colina, tenía una ancha escalinata de mármol -azul, cuyo primer peldaño arrancaba del muelle. - -El griego se sentó en la pulida piedra proponiéndose esperar allí la -llegada del día. La luna iluminaba toda la parte alta del templo; -los ruidos de las casas del puerto llegaban hasta él amortiguados, -confundidos y como arrollados al través de la gran calma de la noche, -en la que se fundían el lejano murmullo del mar, el estremecimiento -rumoroso de los olivares y el monótono canto de las ranas albergadas en -las marismas. - -Varias veces oyó el griego un grito estridente y lúgubre, semejante al -aullido del lobo. De repente, sonó á sus espaldas; su nuca sintió un -soplo caliente, y al volverse vió una mujer que se inclinaba hacia él -con las manos en las rodillas, sonriendo con una expresión estúpida que -desgarraba su boca, dejando al descubierto las encías, en las que se -marcaban algunos claros. - ---Salud, hermoso extranjero. Te he visto huir del bullicio; debes -fastidiarte en la soledad, y vengo en tu busca para que seas feliz. -Qué... ¿no puede ser? - -El griego la reconoció al momento. Era una _loba_ del puerto, una de -aquellas infelices que había visto pulular en los desembarcaderos de -todos los pueblos; cortesanas cosmopolitas y miserables, amantes de -una noche de hombres de todos colores y razas, sin más voluntad que -la de caer de espaldas, con unos cuantos óbolos en la mano, sobre -una piedra ó á la sombra de una barca; antiguas hetarias sumidas en -el embrutecimiento, esclavas fugitivas buscando la libertad en la -prostitución, la suciedad y la embriaguez; hembras que representaban -el amor para los hombres crueles del mar; pobres bestias extenuadas de -jóvenes por las excesivas caricias, y destinadas cuando viejas á ser -tratadas á golpes. - -El extranjero miraba aquella mujer todavía joven, y reconocía en ella -algunos restos de belleza; pero enflaquecida, los ojos lacrimosos, la -boca desfigurada por los dientes rotos. Iba envuelta en una amplia -tela que debió ser de bellísimo tejido, pero sucia ya y deshilachada; -sus pies estaban descalzos, y la enmarañada cabellera sosteníase con -una peineta de cobre, á la que la infeliz había añadido algunas flores -silvestres. - ---Pierdes el tiempo viniendo aquí --dijo el griego con bondadosa -sonrisa--. No tengo ni un óbolo en mi bolsa. - -El acento dulce de aquel hombre, pareció intimidar á la pobre -cortesana. Era una criatura acostumbrada á los golpes: para ella el -hombre representaba el empellón brutal, el placer manifestado con -mordiscos; y ante la dulzura del griego, se mostró desconcertada y -recelosa, como si presintiera un peligro. - ---¿No tienes dinero? --dijo con humildad después de un largo -silencio--. No importa, aquí me tienes. Me gustas; soy tu esclava: -entre toda esa gente que alborota en la hostería, mis ojos han ido á tí. - -Y se inclinaba sobre el griego, acariciando con las endurecidas manos -sus cabellos rizados, mientras él la examinaba con ojos de compasión, -viendo su pecho deprimido, su regazo combado, en el que parecían haber -impreso todos los pueblos la huella de su paso. - -El extranjero, hambriento y solo en una tierra desconocida, se sentía -atraído por la bondad de aquella infeliz: era la fraternidad de la -miseria. - ---Si deseas no estar sola, permanece á mi lado: habla lo que quieras, -pero no me acaricies. Tengo hambre: nada comí desde el amanecer, y en -este momento cambiaría todas las dulzuras de Citerea por la pitanza de -cualquier marinero. - -La ramera se incorporó á impulsos de la sorpresa. - ---¿Hambre tú?... ¿Tú desfalleces de hambre cuando yo te creía -alimentado con la ambrosía de Zeus? - -Y sus ojos delataban el mismo asombro que si viera á Afrodita, la diosa -de blancas desnudeces, guardada arriba en su templo, descender del -pedestal de mármol, ofreciéndose con los brazos abiertos, por un óbolo, -á los remeros del puerto. - ---Espera, espera --dijo con resolución, después de reflexionar largo -rato. - -El griego vió como corría hacia las chozas, y cuando ya el cansancio y -la debilidad comenzaban á cerrar sus ojos, la sintió otra vez junto á -él, tocándole en un hombro. - ---Toma, mi señor. Me ha costado mucho encontrar esto. La cruel Lais, -una vieja horrible como las Parcas, que nos ayuda á vivir en los días -difíciles, ha accedido á darme su cena después de hacerme jurar que á -la salida del sol le entregaré dos sextercios. Come, amor; come y bebe. - -Y colocaba sobre los peldaños un pan moreno en figura de disco, unos -peces secos, medio queso saguntino blanco, tierno y rezumando suero, y -una jarra de cerveza celtíbera. - -El griego se abalanzó á la comida y comenzó á devorar, seguido por -la mirada de la _loba_, que se dulcificaba por momentos, tomando una -expresión casi maternal. - ---Quisiera ser tan rica como Sónnica, una que, según cuentan, comenzó -como cualquiera de nosotras, y es dueña de muchas de esas naves, y -tiene jardines asombrosos como el Olimpo, y tropas de esclavos, y -fábricas de alfarería, y medio agro es de su propiedad. Quisiera ser -rica aunque sólo fuese por esta noche, para regalarte con cuanto de -bueno hay en el puerto y en la ciudad; para darte un banquete como los -de Sónnica, que duran hasta el día, y donde tú, coronado de rosas, -bebieses el Samos en copa de oro. - -El griego, conmovido por la sencillez y la ingenuidad conque hablaba -aquella infeliz, la miró con dulzura. - ---No me lo agradezcas: yo soy quien debo darte gracias por la felicidad -que me proporciona darte de comer... ¿Qué es esto? No lo sé. Nunca se -aproximó á mí hombre alguno sin darme algo. Unos monedas de cobre, -otros algún pedazo de tela ó una pátera de vino: los más golpes y -mordiscos: todos me han dado algo, y yo sufría y los detestaba. Y tú -que llegas pobre y hambriento, que no me buscas, que me rehuyes, que -nada me das, ha bastado que estés junto á mí para que discurra por mi -cuerpo una felicidad desconocida. Al darte de comer me siento ebria -como si saliera de un festín. Dí, griego: ¿eres realmente un hombre ó -eres el padre de los dioses que ha venido á honrarme descendiendo á la -tierra? - -Y exaltada por sus propias palabras, púsose en pie en mitad de la -escalinata, y extendiendo sus brazos rígidos hacia el templo bañado por -la luna, exclamó: - ---¡Afrodita! ¡Mi diosa! Si algún día llego á reunir lo que cuestan dos -palomas blancas, las presentaré en tu ara adornadas con flores y cintas -de color de fuego, para recuerdo de esta noche. - -El griego bebía el amargo líquido de la jarra y la tendió á la -cortesana, que buscó en el barro el mismo sitio que habían rozado los -labios de su compañero, para poner los suyos. - -No tocó la parte de la cena que le presentaba el griego: únicamente -siguió bebiendo, lo que parecía darla mayor locuacidad. - ---¡Si supieras lo que me ha costado encontrar todo esto!... Las -callejuelas están llenas de ebrios, que, revolcándose en el barro y -arrastrándose sobre las manos, te rasgan las ropas y te muerden las -piernas. El vino corre por fuera de las puertas de las hosterías. En -el muelle reñían hace poco. Unos africanos curaban á un compañero, -metiéndolo de cabeza en el agua: un celtíbero se la había abierto de -un puñetazo. Á Tuga, una muchacha ibera, se divierten cogiéndola por -los pies y metiéndola de cabeza en la crátera más grande de la taberna, -hasta que la retiran medio ahogada por el vino. Es la diversión de -siempre. Á la pobre Albura, una amiga mía, la he visto sentada en el -suelo chorreando sangre, sosteniéndose en la palma de la mano un ojo -que le había hecho saltar de un puñetazo un egipcio ebrio. ¡Lo de todas -las noches! Y, sin embargo, ahora me da miedo: apenas si te conozco y -parece que vivo en un mundo nuevo, que me doy cuenta por primera vez de -lo que me rodea. - -Y á continuación le relató su historia. La llamaban Bachis y no conocía -con certeza su país. Había nacido sin duda en otro puerto, porque -recordaba confusamente en los primeros años de su vida un largo viaje -en una nave. Su madre debió ser alguna _loba_ de puerto y ella el fruto -del encuentro con un marinero. Aquel nombre de Bachis que le habían -dado desde pequeña era el de muchas cortesanas famosas de Grecia. Una -vieja la compró sin duda al piloto que la trajo á Sagunto, y niña aún, -mucho antes de sentirse mujer, conoció el amor, viendo visitada la -choza de la vieja por negociantes ancianos del puerto y libertinos -de la ciudad que se recomendaban unos á otros aquel cuerpo infantil, -débil y pobre, en el que aún no se marcaban los abultamientos del sexo. -Al morir su dueña se hizo _loba_ y pasó á poder de los marineros, de -los pescadores, de los pastores de la inmediata sierra, de toda la -muchedumbre brutal que pululaba en el puerto. - -Aún no había cumplido veinte años y estaba envejecida, ajada, exprimida -por los excesos y los golpes. La ciudad la veía siempre de lejos. En -toda su vida sólo había entrado en ella dos veces. Allí no toleraban -á las _lobas_. Consentían su permanencia junto al Fano de Afrodita -como garantía para la seguridad de Sagunto, que así tenía alejadas -á las gentes de todos los países que llegaban al puerto; pero en la -ciudad, los iberos de puras costumbres se indignaban á la vista de las -cortesanas, y los griegos corrompidos eran demasiado refinados en sus -gustos para sentir misericordia ante aquellas vendedoras de amor que -caían como bestias en celo al borde de un camino por un racimo de uvas -ó un puñado de nueces. - -Y allí, á la sombra del templo de Venus, transcurriría su vida, -esperando siempre nuevas naves y hombres nuevos que caían sobre -ella, velludos, obscenos y brutales como sátiros, mordidos por las -abstinencias del mar, hasta que un día la asesinasen en una riña de -marineros ó apareciese muerta de hambre al lado de una barca abandonada. - ---Y tú ¿quién eres? --terminó diciendo Bachis--. ¿Cómo te llamas? - ---Mi nombre es Acteón: mi patria es Atenas. He corrido mucho mundo: -en unas partes he sido soldado, en otras navegante: he peleado, he -comerciado y hasta he compuesto versos y hablado con los filósofos de -cosas que tú no entenderías. He sido rico muchas veces y ahora tú me -das de comer. Ésa es toda mi historia. - -Bachis le miraba con ojos de admiración, adivinando al través de sus -concisas palabras todo un pasado de aventuras, de terribles peligros y -de prodigiosos vaivenes de la fortuna. Recordaba las hazañas de Aquiles -y la aventurera vida de Ulises, tantas veces oídas en los versos que -declamaban los marineros griegos al sentirse ebrios. - -La cortesana, reclinándose en el pecho de Acteón, acariciaba con una -mano su cabellera. El griego, agradecido, sonreía fraternalmente á -Bachis con la misma frialdad que si fuese una niña. - -Dos marineros salieron de entre las chozas y comenzaron á tambalearse -en el muelle. Un aullido penetrante que parecía desgarrar el aire, sonó -junto á los oídos de Acteón. Su amiga, impulsada por la costumbre, con -el instinto del vendedor que adivina de lejos al parroquiano, se había -puesto de pie. - ---Volveré, mi dueño. Me olvidaba de la terrible Lais. Tengo que darle -su dinero antes que salga el sol. Me pegará como otras veces si no -cumplo mi promesa. Espérame aquí. - -Y repitiendo su aullido feroz, fué en busca de los marineros, que se -habían detenido y saludaban con risotadas y palabras obscenas los -gritos de la _loba_. - -Al verse solo el griego, con el hambre aplacada, experimentó cierto -disgusto pensando en su reciente aventura. ¡Acteón el ateniense, el -que las hetarias más ricas de la hermosa ciudad se disputaban en el -Cerámico, protegido y adorado por una ramera del puerto!... Para no -volver á reunirse con ella, huyó de la escalinata, internándose en las -callejuelas del puerto. - -Otra vez vino á detenerse ante aquella hostería, en cuya puerta había -sentido el tormento del hambre. Los marineros estaban en plena orgía. -El hostelero apenas si podía hacerse respetar detrás del mostrador. -Los esclavos, atemorizados por los golpes, se habían refugiado en la -cocina. En el suelo, algunas ánforas rotas, dejaban escapar el vino -como arroyos de sangre, y entre el _glu-glu_ del líquido al empapar -la tierra, revolcábanse los ebrios pidiendo á gritos bebidas de las -que habían oído hablar vagamente en sus lejanos viajes, ó platos -fantásticos ideados por los tiranuelos de Asia. Un egipcio hercúleo -corría á cuatro pies imitando el rugido del chacal y mordiendo á las -mujeres que habían entrado en la taberna. Algunos negros danzaban con -movimientos femeniles, contemplando como hipnotizados los remolinos de -su ombligo agitado por las contorsiones del vientre. En los rincones, -sobre los poyos, caían revueltos hombres y mujeres bajo la cruda luz de -las antorchas; el vaho de la carne desnuda y sudorosa mezclábase con -el olor del vino; y en esta atmósfera de viandas y de hedor de fiera, -algunos marineros, olvidando todo pudor, repelían con desprecio á las -cortesanas para acariciarse entre sí, con la aberración sexual propia -de la época. - -En medio de este desorden, unos cuantos hombres permanecían inmóviles -cerca del mostrador, disputando con aparente calma. Eran dos soldados -romanos, un viejo marinero cartaginés y un celtíbero. La torpe lentitud -de sus palabras, que tomaban con la cólera un tono aflautado, sus -ojos rojizos inflamados de sangre y sus narices de aves de presa, -cada vez más afiladas, revelaban esa terrible embriaguez, testaruda y -camorrista, que se resuelve matando. - -El romano recordaba su presencia en el combate de las islas Egatas, -catorce años antes. - ---Os conozco --decía con insolencia al cartaginés--. Sois una república -de mercaderes nacidos para el embuste y la mala fe. Si se busca quién -sabe vender más caro engañando al comprador, convengo en que sois los -primeros; pero si se habla de soldados, de hombres, nosotros somos los -mejores, los hijos de Roma, que con una mano empuñamos el arado y con -la otra la lanza. - -Y erguía con orgullo su redonda cabeza con el pelo rapado y las -mejillas rasuradas, en las cuales las carrilleras del casco habían -marcado duras callosidades. - -Acteón miraba por una ventana al celtíbero, el único del grupo que -permanecía silencioso, pero que tenía fijos sus ojos de brasa más -arriba del coselete de bronce del legionario romano, en su desnudo -cuello, como si le atrajeran las gruesas venas que se marcaban bajo -la piel. Indudablemente aquellos ojos los había visto el griego en -otro sitio; eran como esos antiguos conocidos cuyo nombre no se puede -recordar. Había algo de falso en su persona, que el griego presentía -con su fina astucia. - ---Juraría por Mercurio que ese hombre no es tal como le veo. Algo más -que un pastor parece, y el color bronceado de su cara no es el de los -celtíberos por mucho que los tueste el sol. Tal vez es postiza esa -larga cabellera que cae sobre su espalda... - -No pudo continuar examinando á aquel hombre, porque absorbió toda su -atención la disputa entre el legionario y el viejo cartaginés, los -cuales se aproximaban cada vez más para oirse mejor, en medio del -estrépito que reinaba en la hostería. - ---Yo también estuve en la jornada triste de las Egatas --decía el -cartaginés--. Allí recibí esta herida que me cruza el rostro. Es verdad -que nos vencisteis; ¿pero qué demuestra esto? Muchas veces ví yo huir -vuestras naves ante las nuestras, y en más de una ocasión conté en los -campos de Sicilia los cadáveres romanos á centenares. ¡Ah, si Hanón no -hubiese llegado tarde el día del combate en las islas! ¡Si Hamílcar -hubiera tenido refuerzos! - ---¡Hamílcar! --exclamó desdeñosamente el romano--. ¡Un gran caudillo -que tuvo que pedirnos la paz! ¡Un comerciante metido á conquistador!... - -Y reía con la insolencia del fuerte, sin miedo á la cólera del viejo -cartaginés, que tartamudeaba queriendo contestar. - -El celtíbero, hasta entonces silencioso, puso su mano sobre el viejo. - ---Cállate, cartaginés. El romano tiene razón. Sois mercachifles -incapaces de mediros con ellos en la guerra. Amáis demasiado el dinero -para dominar por la espada. Pero los de tu casta, no sois todo Cartago: -otros hay nacidos allá que sabrán hacer frente á esos labriegos de -Italia. - -El romano, al ver intervenir al rústico en su disputa, mostróse aún más -altivo é insolente. - ---¿Y quién ha de ser ese? --gritó con desprecio--. ¿El hijo de -Hamílcar? ¿Ese rapazuelo que según cuentan tuvo por madre una esclava? - ---De una prostituta fueron hijos los que fundaron tu ciudad, romano; y -no está lejos el día en que el caballo de Cartago vaya á dar de coces á -la loba de Rómulo. - -El legionario se levantó trémulo de rabia, buscando su espada, pero -inmediatamente dió un rugido feroz y cayó, llevándose las manos á la -garganta. - -Acteón había visto cómo el celtíbero introducía su diestra en la manga -del _sagum_, y sacando un cuchillo, hería al legionario en aquel ancho -cuello que contemplaba con fiera atención, mientras se burlaba de -Cartago. - -La hostería tembló con el estrépito de la lucha. El otro romano, al ver -caído á su compañero, se abalanzó al celtíbero con la espada en alto, -pero al momento recibió una cuchillada en el rostro y se sintió cegado -por la sangre. - -Era asombrosa la agilidad de aquel hombre. Sus movimientos tenían la -elasticidad de la pantera: los golpes parecían rebotar sobre su cuerpo -sin causarle daño. Cayó en torno de él una lluvia de jarros, de pedazos -de ánfora, de espadas lanzadas al aire; pero él, con el brazo tendido y -el cuchillo de punta, dió un salto hacia la puerta y desapareció. - ---¡Á él! ¡á él! --clamaron los romanos persiguiéndole. - -Y atraídos por el placer brutal de la caza al hombre, les siguieron -todos los que en la hostería podían valerse aún de sus piernas. El -tropel de hombres enardecidos por la vista de la sangre, saltó por -encima del romano agonizante y de los borrachos inertes que roncaban -junto al degollado. El griego les vió salir y fraccionarse en diversos -grupos que siguieron distinta dirección para coger al celtíbero. Éste -había desaparecido á los pocos pasos de la hostería como disuelto en la -sombra. - -El puerto se conmovió con el ardor de la persecución. Corrían luces -por los muelles y por las callejuelas de la aldea; los lupanares y -tabernas eran sometidos á un registro brutal por los romanos ebrios de -cólera; originábanse nuevas disputas á la puerta de cada choza, iba á -correr otra vez la sangre; y el griego, temiendo verse envuelto en una -reyerta, volvió prontamente á la escalinata del templo. Bachis no había -regresado, y el griego, subiendo los azules peldaños, fué á tenderse en -el atrio del templo, ancha terraza pavimentada de mármol azul, sobre -la cual las estriadas columnas que sostenían el frontón, trazaban sus -oblicuas barras de sombra. - - * * * * * - -Al despertar Acteón sintió en su rostro el calor del sol. Los pájaros -cantaban en los vecinos olivares, y junto á él sonaban voces. Al -incorporarse vió que comenzaba la mañana, cuando él solo creía -transcurridos algunos instantes desde que concilió el sueño. - -Una mujer, una patricia estaba á corta distancia de él y le sonreía. -Iba envuelta en una amplia tela de lino blanco, que descendía hasta -sus pies en armoniosos pliegues, como el ropaje de las estatuas. De su -rubia cabellera sólo se veían algunos bucles caídos sobre la frente. -Mostraba la boca pintada de rojo; y los ojos negros, aterciopelados, -con una caricia sedosa en la mirada, aparecían rodeados de una aureola -azul por las fatigas de la noche. Al mover los brazos bajo el manto -sonaban con argentino choque ocultas joyas, y la punta de la sandalia, -asomando por el borde de su ropaje, brillaba como un astro de pedrería. - -Detrás de ella dos esbeltas esclavas celtíberas, con el moreno -y opulento pecho casi desnudo, y envueltas las piernas en telas -multicolores, sostenían, la una, una pareja de palomas blancas, y la -otra, sobre su cabeza, una canastilla cubierta de rosas. - -Junto á la hermosa patricia, Acteón reconoció á Polyantho, el piloto -saguntino, y al joven perfumado y elegante que estaba en el muelle con -otro jinete á la llegada de la nave. - -El griego púsose en pie, sorprendido por la hermosa aparición que le -sonreía. - ---Ateniense --díjole en griego con purísimo acento--. Yo soy Sónnica, -la dueña de la nave que te ha traído aquí. Polyantho es mi liberto y -ha hecho bien recogiéndote, pues conoce el interés que me inspira tu -pueblo. ¿Quién eres tú? - ---Yo soy Acteón y pido á los dioses que te colmen de favores por tu -bondad. Que Venus guarde tu belleza mientras vivas. - ---¿Eres navegante?... ¿comercias? ¿corres el mundo dando lecciones de -elocuencia y de poesía? - ---Soy soldado como lo fueron todos los míos. Mi abuelo murió en Italia -cubriendo con su cuerpo al gran Pirro, que le lloró como un hermano: mi -padre fué capitán de mercenarios al servicio de Cartago y lo asesinaron -injustamente en la guerra llamada inexorable... - -Calló unos instantes, como si este recuerdo le impidiera continuar, -ahogando su voz, y luego añadió: - ---Yo he guerreado hasta hace poco á las órdenes de Cleomenes, el último -lacedemonio. Era uno de sus compañeros, y al caer vencido el héroe, lo -acompañé á Alejandría, lanzándome después á correr el mundo, por no -poder sufrir la inercia del destierro. He sido también comerciante en -Rhodas, pescador en el Bósforo, labrador en Egipto y poeta satírico en -Atenas. - -La hermosa Sónnica sonreía, aproximándose á él. Era un ateniense -poseedor de todas las cualidades de aquel pueblo tan amado por ella; -uno de aquellos aventureros, acostumbrados á los vaivenes de la -fortuna, rondadores del mundo y cronistas muchas veces de los hechos de -su vida, cuando llegaban á la vejez. - ---¿Y á qué vienes aquí? - ---Aquí estoy como podía hallarme en otra parte. Me ofreció tu piloto -traerme á Zazintho y vine. Me ahogaba en Cartago-Nova. Podía haberme -alistado en las tropas de Hanníbal; bastaba tal vez decir mi origen -para ser bien recibido: los griegos se pagan caros en todos los -ejércitos. Pero aquí hay guerra también y prefiero mejor ir contra los -turdetanos, servir á una ciudad que no conozco, pero que no me ha hecho -daño alguno. - ---¿Y has dormido aquí esta noche? ¿No has encontrado cama en las -hosterías? - ---Lo que no encontraba era un óbolo en mi bolsa. Si cené fué por la -ternura de una infeliz ramera que partió conmigo su miseria. Soy pobre -y desfallecía de hambre. No me compadezcas, Sónnica, no me mires con -ojos de misericordia. Yo he dado banquetes desde que anochecía hasta -la salida del sol: en Rhodas, á la hora de las canciones, arrojábamos -por las ventanas los platos de metal á los esclavos. La vida del hombre -debe ser así: como los héroes de Homero, rey en una parte y mendigo en -la otra. - -Polyantho miraba con interés á aquel aventurero, y el elegante Lacaro, -que al principio se oponía á que su amiga Sónnica despertase á un -griego tan mal vestido, aproximábase á él, reconociendo la elegancia -ateniense bajo su exterior mísero, y proponiéndose hacerle su amigo -para tomar provechosas lecciones. - ---Ven hoy á mi quinta --dijo Sónnica-- cuando el sol empiece á caer. -Cenarás con nosotros. Pregunta á cualquiera por mi casa, y todos sabrán -guiarte. Una de mis naves te ha traído á esta tierra y quiero que -encuentres la hospitalidad bajo mi techo. Ateniense, hasta luego: yo -también soy de allá, y viéndote parece que aún fulgura ante mis ojos la -lanza de oro de Palas en lo más alto del Parthenón. - -Sónnica, despidiéndose con una sonrisa del ateniense, se dirigió al -templo, seguida de sus dos esclavas. - -Acteón oyó lo que hablaban Lacaro y Polyantho fuera del templo. La -noche anterior la habían pasado en casa de Sónnica. Al amanecer -habían abandonado la mesa. Lacaro aún llevaba en su cabeza la corona -del banquete con las rosas mustias y deshojadas. Al saber Sónnica -que habían llegado aquellas danzarinas de Gades que aguardaba con -impaciencia para ofrecerlas en sus cenas, sintió el capricho de ver á -Polyantho y su nave, y quiso de paso hacer un sacrificio á Afrodita, -como siempre que iba al puerto. Y en su gran litera, acompañada de -Lacaro y las dos esclavas, había hecho la escapatoria, proponiéndose -dormir á la vuelta, pues los más de los días permanecía en el lecho -hasta bien entrada la tarde. - -El piloto se alejó hacia su nave para echar á tierra la tropa de -danzarinas, y Acteón se aproximó con Lacaro á la puerta del templo, -completamente abierta. - -El interior era sencillo y hermoso. Un gran espacio cuadrado -quedaba descubierto en la techumbre para dar luz al templo, y el -sol, descendiendo por esta claraboya, prestaba la glauca vaguedad -del agua del mar á aquellas columnas azules, con sus capiteles que -representaban conchas, delfines y amorcillos empuñando el remo. En el -fondo, surgiendo de una dulce penumbra cargada de los perfumes de los -sacrificios, destacábase la diosa, blanca, arrogante y soberbia en su -desnudez, como al emerger por vez primera de las espumas, ante los -atónitos ojos de los hombres. - -Cerca de la puerta estaba el ara. Junto á ella el sacerdote, con amplio -manto de lino sujeto á la cabeza con una corona de flores, tomaba las -ofrendas á la diosa de manos de la misma Sónnica. - -Cuando ésta salió al peristilo, abarcó con una mirada amorosa el mar, -cubierto de espumas, el puerto que brillaba como un triple espejo, el -verde é inmenso valle y la lejana ciudad, que tomaba un tinte de oro -bajo los primeros rayos del sol. - ---¡Qué hermoso!... Contempla, Acteón, nuestra ciudad. La Grecia no es -más bella. - -Al pie de la escalinata esperaba su litera, una verdadera casa cerrada -con cortinas de púrpura y rematada en sus cuatro ángulos por penachos -de hermosas plumas de avestruz. Ocho esclavos atléticos, de hinchados -músculos, la sostenían. - -Sónnica hizo entrar en su vivienda ambulante á las esclavas, empujó -á Lacaro, al que trataba como á un ser inferior, cuya familiaridad -se tolera por capricho, y volviéndose hacia el griego, de pie en lo -alto del templo, le sonrió por última vez, saludándole con un signo -de su mano, cubierta de sortijas hasta las uñas, y que trazaba á cada -movimiento regueros de luz en el aire. - -Se alejó la litera rápidamente por el camino de la ciudad, al mismo -tiempo que Acteón se sentía acariciado en el cuello por unas manos. - -Era Bachis, más ajada y más harapienta á la luz del sol. Tenía un ojo -amoratado y manchas cárdenas en los brazos. - ---No pude venir --dijo con humildad de esclava--. Hasta hace poco no me -han soltado. ¡Qué gentes! Apenas si me dieron para pagar á Lais... Toda -la noche pensando en tí, mi dios, mientras me atormentaban echándome á -la cara sus bufidos de sátiros cansados. - -Acteón volvía el rostro evitando sus caricias. Percibía el olor de vino -de aquella infeliz, ebria y agotada después de su aventura de la noche. - ---¿Me huyes?... Lo comprendo. Te he visto hablar con Sónnica la rica, -á quien sus amigos llaman la más bella de Zazintho. ¿Vas á ser su -amante? Comprendo que te adore: al fin no es más que una mujer como -yo... Dí, Acteón: ¿por qué no me llevas contigo? ¿por qué no me haces -tu esclava?... Sólo te pido una noche como precio. - -El griego repelió sus flacos brazos que intentaban envolverle, para -mirar al camino, donde resonaban trompetas y se veían brillar cascos y -lanzas en el centro de una gran nube de polvo. - ---Son los legados de Roma que se marchan --dijo la cortesana. - -Y atraída por el encanto que los hombres de guerra ejercían sobre su -admiración infantil, bajó la escalinata del templo para ver de más -cerca la comitiva. - -Marchaban al frente los trompeteros de la nave romana, soplando en sus -largos tubos de metal, con las mejillas ceñidas por anchas bandas de -lana. Una escolta de ciudadanos de Sagunto rodeaba á los embajadores, -haciendo caracolear sus velludos caballos celtíberos, tremolando sus -lanzas y cubierta la cabeza con los cascos de triple cimera, que -aún guardaban las huellas de los golpes recibidos en las últimas -escaramuzas con los turdetanos. Algunos ancianos del Senado saguntino, -marchaban inmóviles sobre sus grandes caballos, la blanca barba -esparcida en el pecho, y descendiendo hasta los estribos, en grandes -pliegues, el obscuro manto, retenido sobre la cabeza por una tiara -bordada. La enseña de Roma, rematada por la loba, era sostenida por un -fuerte _classiari_, y tras ella marchaban los legados con la rapada -y redonda cabeza al descubierto; el uno obeso y con triple barba de -grasa; el otro enjuto, nervudo y con nariz afilada de ave de presa; los -dos con coraza de bronce cincelada, las piernas cubiertas con coturnos -de metal, y sobre los arqueados muslos, la faldilla de color de heces -de vino, adornada con sueltas tiras de oro, que se agitaban al menor -salto de los caballos. - -Al llegar al muelle la comitiva, por entre los grupos de marineros, -pescadores y esclavos, cruzóse con una tropa de mujeres arrebujadas en -sus mantos, que caminaban guiadas por un viejo de ojos insolentes y -boca sumida, con ese aspecto repulsivo que toman los eunucos al vivir -en perpetuo contacto con la mujer esclavizada. Eran las danzarinas de -Gades, que al abandonar la nave de Polyantho, pasaban desapercibidas -por entre el estrépito de la despedida. - -Unas mujeres, saliendo del muelle de los pescadores, entregaron á -los legados coronas tejidas con florecillas de los cercanos montes y -lirios de las lagunas. Las aclamaciones se extendían á lo largo del -muelle, ante los grupos indiferentes de los marineros de todos los -países. - ---¡Salud á Roma! ¡Que Neptuno os proteja! ¡Los dioses os acompañen! - -Acteón oyó tras él una carcajada burlona, y al volverse vió al pastor -celtíbero que en la noche anterior había muerto al legionario. - ---¿Tú aquí? --le dijo el griego con asombro--. ¿Estás solo y no te -alejas de los romanos que te buscan? - -Los ojos imperiosos del pastor, aquellos ojos extraños que despertaban -en el griego confusos é inexplicables recuerdos, le miraron con altivez. - ---¡Los romanos!... Les desprecio y les odio. Iría sin miedo hasta la -cubierta de su nave... Preocúpate de tus asuntos, Acteón, y no te fijes -en los míos. - ---¿Cómo sabes mi nombre? --exclamó el griego con creciente sorpresa, -admirado además de la perfección con que el rudo pastor hablaba el -griego. - ---Conozco tu nombre y tu vida. Tú eres el hijo de Lisias, capitán al -servicio de Cartago, y como todos los de tu raza, ruedas por el mundo -sin encontrarte bien en parte alguna. - -El griego, tan fuerte y seguro de sí mismo en todas ocasiones, se -sentía intimidado ante aquel hombre enigmático. - -Absorbido en la contemplación del cortejo que despedía á los legados, -había vuelto las espaldas á Acteón. Sus ojos expresaban odio y -desprecio, viendo fulgurar á la luz del sol la loba de bronce de la -enseña romana, saludada con entusiasmo por los saguntinos. - ---Se creen fuertes, se creen seguros porque Roma les protege. Se -imaginan muerta á Cartago, porque aquel Senado de mercaderes tiene -miedo á faltar á los tratados con Roma. Han degollado á los saguntinos -amigos del cartaginés, á los que de antiguo fueron amigos de los -Barcas, y salían á saludar á Hamílcar cuando pasaba cerca de la ciudad -en sus expediciones. No saben que hay quien no duerme mientras la paz -subsista... El mundo es estrecho para los dos pueblos. ¡Ó el uno ó el -otro! - -Y como si le causasen el efecto de un latigazo las aclamaciones de la -multitud, saludando el esquife en que los legados se alejaban hacia la -_libúrnica_, y el estruendo de trompetería que estalló en la popa de -la nave, el pastor, con los dientes apretados y los ojos rojizos por -la ira, extendió sus brazos nervudos hacia el buque y murmuró como una -confusa amenaza: - ---¡Roma!... ¡Roma! - - - - -II - -La ciudad - - -Estaba muy elevado el sol cuando Acteón marchó hacia la ciudad por el -camino llamado de la Sierpe. - -Cruzábase en su marcha con las carretas de odres de aceite y ánforas -de vino. Las filas de esclavos encorvados bajo el peso de los fardos y -con los pies cubiertos de polvo, apartábanse al borde del camino para -dejarle paso, con la sumisión y el encogimiento que inspiraba el hombre -libre. El griego detúvose un momento ante los molinos de aceite, viendo -girar las enormes piedras empujadas por esclavos encadenados, y siguió -adelante bordeando los montes, en cuyas cimas alzábanse las _spéculas_, -rojas torrecillas que con sus hogueras anunciaban á la Acrópolis de -Sagunto la llegada de las naves ó los movimientos que se notaban en -la vertiente opuesta, donde comenzaba el territorio de los hostiles -turdetanos. - -El inmenso agro, extendía su fertilidad bajo la lluvia de oro del -sol de la mañana. De las aldeas, de las casas de campo, de todas las -innumerables viviendas esparcidas en el extenso valle, afluía gente al -camino de la Sierpe, marchando hacia la ciudad. - -La mayoría del pueblo saguntino vivía en el campo, cultivando la -tierra. La ciudad era relativamente pequeña. Sólo vivían en ella -los comerciantes y los ricos agricultores, la magistratura y los -extranjeros. Cuando amagaba algún peligro, cuando los turdetanos -intentaban una invasión en tierra saguntina, todo el pueblo afluía á la -ciudad, buscando el amparo de los muros; y los rústicos, llevando por -delante sus rebaños, iban á confundirse con los artesanos de Sagunto, -guareciéndose en aquel recinto que sólo visitaban los días de mercado. - -Acteón adivinó por la mucha gente que llenaba el camino, que aquel día -debía ser de ventas en el Foro. Marchaban en fila las campesinas con -sus cestos en la cabeza cubiertos de hojas, sin más vestido que una -túnica obscura que caía á lo largo de su cuerpo, marcando sus duros -contornos á cada paso. Los labriegos, tostados, membrudos, llevando -por todo traje un faldellín de pieles ó de burdo tejido, arreaban los -bueyes de sus carretas, ó los asnos cargados de fardos, y á lo largo -del camino sonaba el campanilleo continuo de los rebaños de cabras -y el dulce mugido de las vacas entre nubecillas de polvo rojo que -levantaban sus trotadoras pezuñas. - -Algunas familias regresaban ya del mercado, mostrando con orgullo lo -que habían adquirido en las tiendas del Foro á cambio de sus frutos; -y los amigos deteníanse para admirar las telas nuevas, las copas -de barro rojo, frescas y brillantes, los adornos de mujer de plata -sólida, groseramente labrada, y acogían su vista con un ¡_salve_! de -felicitación que hacía enrojecer de infantil orgullo á los poseedores. - -Muchachas morenas, de miembros duros y enjutos y frente grande, con -la cabellera estirada á la moda celtíbera, marchaban por parejas, -sosteniendo en sus hombros largas perchas, de la que pendían ramos -de flores para las señoras de la ciudad. Otras llevaban envueltos en -hojas, para preservarlos del polvo, enormes tirsos de cerezas rojas, -y en algunos momentos saltaban y gritaban entre ruidosas carcajadas, -parodiando las voces y los gestos de la rica juventud de Sagunto, que -con gran escándalo de la ciudad, se reunía en el jardín de Sónnica, -para imitar ante la imagen de Dionisios las hermosas locuras de la -Grecia. - -Acteón admiraba la belleza del paisaje: los bosques de higueras que -daban fama á Sagunto y comenzaban á cubrirse de hojas, formando con -sus añosas ramas tiendas de verduras que tocaban el suelo; las viñas, -como un oleaje de esmeralda, extendiéndose por toda la campiña y -escalando los lejanos montes, hasta llegar á los bosques de pinos y -carrascas; y los campos de olivos, plantados simétricamente sobre la -tierra roja, formando columnatas de retorcidos fustes con capiteles -de hojarasca plateada. La vista de este paisaje esplendoroso le -conmovía, despertando en él los recuerdos de la niñez. Era aquel valle -tan hermoso como la madre Grecia; allí se quedaría, si los dioses no -volvían á empujarlo de nuevo en su desesperada peregrinación por el -mundo. - -Caminaba cerca de una hora, teniendo siempre frente á él la roja -montaña con la ciudad en la falda, y arriba las innumerables -construcciones de la Acrópolis. En una revuelta del camino, vió que la -gente se detenía ante un altar: una larga ara de piedra, sobre la cual -extendía sus escamosos anillos de mármol azul una enorme serpiente. Los -campesinos depositaban flores y copas de barro llenas de leche ante la -inmóvil bestia, que, con la cabeza erguida y abiertas las venenosas -fauces, parecía amenazarles. En aquel mismo lugar había mordido la -serpiente al desgraciado Zazintho, cuando regresaba á Grecia con los -bueyes robados á Gerón, y en torno de su cadáver, quemado en lo alto de -la Acrópolis, se creó la ciudad. La gente sencilla adoraba al reptil -como uno de los fundadores de su patria, y con palabras cariñosas le -rodeaba de ofrendas que luego desaparecían misteriosamente, lo que -hacía creer á muchos que en las tinieblas recobraba su vida, oyéndose -sus espantables silbidos desde muy lejos en las noches tempestuosas. - -Acteón adivinaba su proximidad á Sagunto, viendo las tumbas que se -levantaban á ambos lados del camino, con sus inscripciones llamando la -atención del viandante. Detrás de éstas extendíanse jardines cerrados -por espesos setos, sobre los cuales asomaban sus ramas los árboles -frutales de las quintas de recreo. Algunas esclavas guardaban á los -niños que jugaban y luchaban, desnudos y con un marcado tipo griego. -En la puerta de un jardín un viejo obeso, envuelto en una clámide -de púrpura, contemplaba el paso de la avalancha de gente miserable -con la fría altivez de un comerciante enriquecido. En la terraza de -una villa creyó ver Acteón un peinado á la ateniense teñido de oro, -con cintas rojas entrelazadas, agitándose junto á él un abanico de -plumas multicolores de pájaros de Asia. Eran las ricas quintas de los -patricios de Sagunto retirados de los negocios. - -Al aproximarse al río, el Bætis-Perkes, que separaba la ciudad -de la campiña, el griego se fijó en que marchaba al lado de una -adolescente, casi una niña, ante la cual trotaba un rebaño de cabras. -Delgada, esbelta, de miembros enjutos y la piel de un color moreno y -aterciopelado, parecía un muchacho, á no ser porque la corta túnica -abierta en el costado izquierdo dejaba entrever el pecho ligeramente -hinchado, con una suave redondez de taza, como un capullo que comenzaba -á expansionarse con la savia de la juventud. Sus ojos negros, húmedos y -grandes, parecían llenar toda su cara, bañándola de misterioso fulgor; -y tras los labios, tostados y agrietados por el viento, brillaba una -dentadura nítida, fuerte é igual. La cabellera, anudada sobre la nuca, -habíala adornado con una guirnalda de amapolas cogidas entre el trigo. -Llevaba en la espalda con varonil desembarazo una pesada red llena de -quesos blancos, redondos como panes, frescos y rezumando aún el suero, -y con la mano que le quedaba libre acariciaba los blancos vellones de -una cabra de erguidos cuernos, la favorita, que se apretaba contra sus -piernas, sonando la campanilla de cobre que llevaba al cuello. - -Acteón se deleitaba examinando aquella figura juvenil, dura para el -trabajo y en la cual la fresca juventud triunfaba de la fatiga. Su -esbeltez, de líneas rectas y armoniosas, le recordaba la elegancia de -las figurillas de Tanagra sobre las mesas de las hetarias de Atenas; la -arrogante adolescencia de las canéforas pintadas de negro en torno de -los vasos griegos. - -La muchacha le miró varias veces y acabó por sonreir, enseñando su -dentadura con la confianza de la juventud que se siente admirada. - ---Eres griego, ¿verdad?... - -Le hablaba como las gentes del puerto, en aquel idioma extraño de -ciudad mercantil abierta á todos los pueblos, mezcla de celtíbero, -griego y latín. - ---Soy de Atenas. ¿Y tú quién eres? - ---Me llaman Ranto y mi señora es Sónnica la rica. ¿No has oído hablar -de ella? Tiene naves en todos los puertos, esclavos á centenares y -bebe en copas de oro. ¿Ves sobre aquellos olivos por la parte del mar -una torrecilla de color de rosa? Pues es la quinta donde vive apenas -el invierno le permite abandonar la ciudad. Yo estoy adscrita á la -quinta y soy de su servidumbre durante el buen tiempo. Mi padre es el -encargado de sus rebaños, y muchas veces baja ella á nuestros establos -para juguetear con las cabras. - -Acteón estaba asombrado de la frecuencia con que oía hablar de Sónnica -desde que puso el pie en tierra saguntina. El nombre de aquella mujer -opulenta, al que unos llamaban la rica y otros la cortesana, estaba en -todas las bocas. La pastorcilla, que parecía sentir cierta atracción -hacia el extranjero, continuó hablando. - ---Ella es buena. De tarde en tarde aparece triste, dice que desfallece -de fastidio en medio de sus riquezas, todo le es indiferente, y -entonces es capaz de dejar que crucifiquen á todos sus esclavos sin -protestar. Pero cuando está alegre es buena como una madre y nos libra -del castigo. El malo es su intendente, el encargado de los esclavos; un -ibero liberto que nos vigila y á cada instante amenaza con el látigo y -la cruz. Á mi padre lo ha fustigado varias veces por una oveja perdida, -por una cabra que se rompe las patas, por un poco de leche derramada -en la quesería. Yo misma habría recibido sus golpes á no ser por el -respeto que me tiene al verme acariciada algunas veces por Sónnica. - -Ranto hablaba de la terrible situación de los esclavos con la -naturalidad de una criatura acostumbrada desde su nacimiento á -presenciar tales rigores. - ---En invierno --continuó-- voy con mi padre á la montaña, y aguardo con -impaciencia la llegada del buen tiempo para que la señora vuelva á la -villa, y bajar yo al llano, donde hay flores. Entonces puedo pasar el -día entero á la sombra de los árboles rodeada de mis cabras. - ---¿Y cómo has aprendido algo de griego? - ---Lo habla Sónnica con los ricos de la ciudad que son sus amigos y con -las esclavas que la sirven. Además... - -Se detuvo unos instantes, y sus pálidas mejillas se colorearon. - ---Además --continuó animosamente--, también lo habla mi amigo Eroción, -el hijo de Mopso el arquero que vino de Rhodas; un amigo que me ayuda á -guardar las cabras cuando no trabaja en la alfarería, que también es -de Sónnica. - -Y señalaba los grandes talleres inmediatos al río; las famosas -alfarerías saguntinas, que elevaban entre muros de arcilla las cúpulas -de sus hornos, semejantes á enormes colmenas rojas. - -Á un lado del camino, entre los árboles, sonaron unas notas dulces, -unas escalas locas y regocijadas de caramillo, y Acteón vió saltar á -la calzada un muchacho casi de la misma edad de Ranto, alto, enjuto, -descalzo y sin otra vestidura que una piel de cabra que, sujeta del -hombro izquierdo y dejando al descubierto el derecho, se anudaba en -torno de sus riñones. Los ojos parecían brasas, y el cabello negro, de -tonos azulados y formando cortos rizos, se agitaba con los nerviosos -movimientos de la cabeza, como un espeso toisón. Los brazos, enjutos -y fuertes, con la piel hinchada por la tensión de venas y tendones, -estaban teñidos hasta el codo por el rojo de la arcilla. - -Acteón, al contemplar su perfil corto y correcto de hermoso adolescente -y la vivacidad nerviosa de su cuerpo, recordó á los aprendices de los -escultores de Atenas; la juventud artista que en las horas de sol, -antes de volver al taller, escandalizaba con sus juegos en el paseo del -Cerámico á los tranquilos ciudadanos. - ---Éste es Eroción --dijo Ranto, que sonreía dulcemente al ver á su -amigo--. Aunque nacido en Sagunto, es griego como tú, extranjero. - -El adolescente no miraba á la joven; contemplaba con respeto al -desconocido. - ---Eres de Atenas, ¿verdad? --dijo con admiración--. No puedes negarlo. -Pareces Ulises cuando peregrinaba por el mundo al través de las -aventuras que relata el padre Homero. Te he visto tal como eres en -vasos y en relieves, igual en figura y traje al esposo de Penélope. -Salud, hijo de Palas. - ---¿Y tú, eres también esclavo de Sónnica? - ---No --se apresuró á decir con altivez el muchacho--. La esclava es -Ranto, y tal vez algún día no lo sea: yo soy libre, mi padre es Mopso, -griego de Rhodas y primer arquero de Sagunto. Vino de allá sin más -fortuna que su arco y sus flechas, y hoy es rico, después de la última -expedición contra los turdetanos, y figura el primero en la milicia de -la ciudad. Yo trabajo en la alfarería de Sónnica, que me quiere mucho. -Ella fué quien me puso el nombre de Eroción, porque de pequeño parecía -un amorcillo. No soy de los que amasan el barro, ni de los que giran el -torno para dar forma á los vasos. Me llaman el artista, hago orlas de -follaje, esculpo animales, sé hacer de memoria la cabeza de Diana, y -nadie como yo puede grabar en el barro el gran sello de Sagunto. ¿Sabes -cómo es? La nave sin velas, con tres órdenes de remos, y volando sobre -ella la Victoria, con largos ropajes, depositando una corona en la -proa. Soy capaz, si tú quieres, de esculpir tu figura... - -Pero se detuvo como avergonzado por estas últimas palabras, y añadió -con tristeza: - ---¡Cómo te burlarás de mí, extranjero! Tú vienes de allá, de aquel -país portentoso, del que tantas veces me habla mi padre. Habrás visto -el Parthenón, la Palas Atenea, que los navegantes distinguen sobre el -mar mucho antes de ver Atenas, el asombroso desfile de caballos de la -methopas, los prodigios de Fidias... ¡Cómo deseo ver todo eso! Cuando -llega al puerto alguna nave de Grecia, huyo de la alfarería, y paso -los días en las tabernas de los marineros. Bebo con ellos, les regalo -figurillas en posiciones lúbricas que les hacen reir, todo para que me -cuenten lo que han visto, los templos, las estatuas, las pinturas: y -sus relatos, en vez de calmarme, excitan mi deseo... ¡Ay, si Sónnica -quisiera! ¡Si me dejara ir en una de sus naves cuando se hacen á la -vela para Grecia!... - -Después añadió con energía: - ---Ésta que ves aquí, mi dulce Ranto, es la única que me sostiene. Si -ella no existiese, hace tiempo que habría buscado al _gubernator_ -de una nave, vendiéndome como esclavo, si era preciso, para correr -el mundo, para ver la Grecia y ser un artista como esos á los que -tributáis allá los mismos honores que á los dioses. - -Siguieron caminando un buen rato silenciosos los tres, tras la -nubecilla de polvo que levantaban las cabras. El muchacho iba poco á -poco recobrando su serenidad al lado de Ranto, que había cogido una de -sus manos. - ---¿Y tú á qué vienes aquí? --preguntó á Acteón. - ---Vengo como vino tu padre. Soy un griego sin fortuna, y quiero ofrecer -mis brazos á la república saguntina en sus guerras con los turdetanos. - ---Habla con Mopso. Le encontrarás en el Foro ó arriba en la Acrópolis, -cerca del templo de Hércules, donde se reúnen los magistrados. Se -alegrará de verte; adora á los de su raza y saldrá fiador de tí ante la -ciudad. - -De nuevo se hizo el silencio. El griego veía las miradas amorosas -que se cruzaban entre los dos adolescentes, el apretón cada vez más -fuerte de sus manos entrelazadas, la tierna aproximación de sus cuerpos -jóvenes y sanos, que se buscaban apoyándose mutuamente. Eroción, como -obedeciendo á una súplica muda de su amada, había sacado del seno el -caramillo de cañas agujereadas y soplaba en él dulcemente, haciendo una -música tierna y pastoril, á la que contestaban las cabras con balidos. - -El griego adivinó que su presencia iba pesando á la feliz pareja. Cada -vez retardaban más el paso. - ---Salud, hijos. Caminad sin prisa; la juventud llega á tiempo á todas -partes. Ya nos veremos en la ciudad. - ---Que los dioses te protejan, extranjero --contestó Ranto--. Si algo -necesitas me encontrarás en el Foro. Allí he de vender estos quesos y -otros que salieron al amanecer en la carreta del hortelano. - ---Salud, ateniense. Habla con mi padre, pero no digas con quién me has -visto. - -Acteón atravesó el río por entre las carretas que se hundían en el -agua hasta los ejes, y llegó ante los muros de la ciudad, admirando -su fortaleza; las bases de piedra sin labrar y sin trabazón alguna, -soportando las murallas y las torres de fuerte mampostería. - -En la puerta del camino de la Sierpe, que era la principal, tuvo que -detenerse ante la confusión que formaban hombres, carros y caballerías -en el angosto túnel. Dentro de la ciudad y casi pegado á la muralla -estaba el templo de Diana, un fano conocido por su antigüedad en todo -el mundo, y que daba no poca fama á los saguntinos. Acteón admiró la -techumbre de tablones de enebro, venerable por su remota fabricación, y -deseoso de conocer pronto la ciudad, siguió adelante. - -Vióse en una calle recta, al extremo de la cual ensanchábanse los -edificios, abriendo un enorme espacio rectangular, una gran plaza -cuadrada, con hermosas construcciones sostenidas por arcos bajo las -cuales rebullía el gentío. Era el Foro. Por encima de los tejados -del fondo veíanse casas y más casas, de paredes blancas; la ciudad -escalando la falda del monte, y al final las murallas de la Acrópolis, -las columnatas de los templos sosteniendo los frisos, formados por -enormes piedras labradas. - -Acteón, siguiendo la calle que conducía al Foro, recordaba el barrio -marítimo del Pireo. Aquel era el distrito de los comerciantes, habitado -en su mayor parte por griegos. Al través de las ventanas de los -pisos bajos, veíase el movimiento del tráfico; esclavos que apilaban -fardos; jóvenes de rizada barba y nariz de ave de presa, trazando en -las tablillas de cera las complicadas cuentas de sus negocios; y ante -las puertas de las casas, sobre pequeñas mesas, estaban expuestas -las muestras de los géneros; montones de trigo ó de lana y pesados -pedruscos de las minas. Los comerciantes, de pie y apoyados en el -quicio de sus puertas, hablaban con sus clientes, gesticulando y -poniendo á los dioses por testigos, con plañidero acento, de que se -arruinaban en los negocios. - -En algunos almacenes, el dueño, con vestidura de doradas flores, alta -mitra y sandalias de púrpura, escuchaba silencioso á los parroquianos, -con sus ojos claros de esfinge y acariciándose los anillos de la barba -perfumada. Eran los traficantes de África y Asia, cartagineses, -egipcios ó fenicios, que guardaban en sus casas materias preciosas; -joyeles de oro, colmillos de marfil, plumas de avestruz y pedazos -de ámbar. Ante sus puertas, deteníanse las mujeres ricas cubiertas -de blancos mantos, seguidas de esclavas, y al hablar, avanzaban su -sonrosado hocico al interior de la tienda, embriagándose con el hálito -exótico, compuesto de las especies excitantes de Asia y los misteriosos -perfumes del Oriente. Por entre los fardos, pasaban majestuosos, con -estridentes graznidos, pájaros raros traídos de allá, que arrastraban -como un manto real sus plumajes multicolores. - -Acteón, después de examinar rápidamente estas tiendas, entró en el -Foro. Era día de mercado, y toda la vida de la ciudad afluía á la gran -plaza. Los hortelanos extendían cerca de los pórticos sus montones de -hortalizas; los pastores del agro, amontonaban los quesos en pirámide -delante de las cantarillas llenas de leche; y las mujeres del puerto, -tostadas y casi desnudas, pregonaban el pescado fresco, colocado -sobre un lecho de hojas en cestas planas de junco. En un extremo, -los pastores de la montaña, vestidos de esparto, con aspecto feroz y -armados de lanzas, vigilaban las vacas y los caballos puestos á la -venta. Eran celtíberos, de los que se decía con horror que algunas -veces comían carne humana y parecían sentirse presos dentro de la -plaza, contemplando con ojos hostiles todo aquel movimiento de colmena -tan distinto de la independiente soledad que gozaban en su vida -errante. La riqueza de Sagunto excitaba su apetito de salteadores y -cuatreros, y oprimiendo la lanza, miraban con ojos feroces el grupo de -mercenarios armados al servicio de la ciudad, que en el fondo del Foro, -sobre las gradas de un templo, custodiaban al senador encargado de -hacer justicia en los días de mercado. - -En el centro de la plaza agitábase la multitud comprando y discutiendo, -adornada de mil colores y hablando diversas lenguas. Pasaban las -virtuosas ciudadanas vestidas sencillamente de blanco, seguidas de -esclavos que encerraban en sacos de red las provisiones para la semana; -los griegos, con larga clámide de color de azafrán, lo curioseaban -todo, discutiendo largamente antes de hacer una compra insignificante; -los ciudadanos saguntinos, iberos que habían perdido su primitiva -rudeza á consecuencia de infinitos cruzamientos, imitaban en sus -vestiduras y actitudes el aspecto de los romanos, que eran por el -momento el pueblo más estimado; y confundidos con estas gentes veíanse -los indígenas del interior, barbudos, atezados, de luengas y revueltas -melenas, atraídos por el mercado, á pesar de la repugnancia que les -inspiraba la ciudad y especialmente los griegos por sus refinamientos y -riquezas. - -Algunos celtíberos, jefes de las tribus más cercanas á Sagunto, -permanecían en medio del Foro á caballo, sin soltar la lanza y el -escudo tejido de nervios de toro; cubiertos con el yelmo de triple -cresta y la coraza de cuero, como si estuvieran en terreno enemigo y -temiesen una asechanza. Sus mujeres, mientras tanto, ágiles, tostadas y -varoniles, iban de un puesto á otro del mercado, agitando al andar su -vestidura amplia, bordada de flores de colores vivos, y se detenían con -admiración infantil ante la mesa de algún griego que vendía granos de -cristal y collares y baratijas de bronce, cincelados groseramente. - -Los mantos de lino finísimo y de púrpura costosa se rozaban con los -miembros desnudos de los esclavos ó el _sagum_ celtíbero de lana negra, -prendido de los hombros con hebillas. Los peinados á la griega con -las cintas rojas cruzadas, el penacho de rizos sobre el occipucio, -semejante al llamear de una antorcha y la frente pequeña como signo -de suprema hermosura, confundíanse con los peinados de las mujeres -celtíberas, que llevaban la frente afeitada y bruñida para hacerla -más grande, y ensortijaban sus cabellos en torno de un pequeño palo -colocado sobre su cabeza, formando un cuerno agudo, del que pendía el -velo negro. Otras celtíberas llevaban un fuerte collar de acero, del -que salían algunas varillas que se unían sobre el peinado, y de esta -jaula que encerraba la cabeza colgaban el velo, mostrando con orgullo -la frente enorme, brillante y luminosa como un cuarto de luna. - -Acteón pasó mucho tiempo admirando el tocado de estas mujeres y su -aspecto varonil y belicoso. Su fino instinto de griego adivinaba el -peligro al contemplar á los bárbaros, inmóviles sobre sus corceles en -medio del Foro, dominando desde su altura con una mirada de odio á -aquel pueblo de comerciantes y agricultores. Eran las aves de presa que -para comer y subsistir en sus áridas montañas, habían de bajar al llano -como ladrones. Rodeada Sagunto de tales pueblos, algún día tendría que -entrar en lucha con todos ellos. - -El griego, pensando en esto, entró bajo los pórticos donde se reunían -los desocupados de la ciudad ante las tiendas de los barberos, los -cambistas de moneda y los vendedores de vinos y refrescos. Acteón -creyó encontrarse todavía en las galerías del Ágora de Atenas. Aunque -empequeñecido, era aquel el mismo mundo de su ciudad natal. Graves -ciudadanos que se hacían llevar por un esclavo la silla de tijera -para sentarse á la puerta de una tienda á oir noticias; noveleros que -circulaban de grupo en grupo, difundiendo las más estupendas mentiras; -parásitos que buscaban una invitación para comer, adulando al rico -más cercano y hablando mal de todo el que pasaba; pedagogos sin -colocación, disputando á gritos sobre un punto de gramática griega, y -jóvenes ciudadanos murmurando de los viejos senadores y afirmando que -la república necesitaba hombres más fuertes. - -Se hablaba mucho de la última expedición contra los turdetanos y de -la gran victoria conseguida sobre ellos. Ya no levantarían la cabeza; -su rey Artabanes, fugitivo en lo más apartado de sus territorios, -debía estar escarmentado por la reciente derrota. Y los jóvenes -saguntinos miraban con orgullo los trofeos de lanzas, escudos y cascos, -suspendidos de las pilastras de los pórticos. Eran las armas de algunos -centenares de turdetanos muertos ó prisioneros en la última expedición. -En las tiendas de los barberos, se ofrecían á ínfimos precios muebles -y adornos robados en las aldeas enemigas por los guerreros de Sagunto. -Nadie los quería. La ciudad estaba llena de tales despojos: las -milicias saguntinas habían vuelto, llevando tras sí un verdadero -ejército de carretas repletas y un rebaño interminable de hombres y -bestias. Todos sonreían al pensar en el triunfo, con la fría ferocidad -de la guerra antigua, incapaz de perdón, y en la que la mayor de las -misericordias para el vencido era la esclavitud. - -Cerca del templo donde se administraba justicia, se situaba el mercado -de esclavos. Estaban en el suelo, formando círculo, en cuclillas, -cubiertos de harapos, las manos cruzadas sobre los pies y la barba -apoyada en las rodillas. Los esclavos de nacimiento aguardaban al -nuevo amo con la pasividad de bestias, los miembros descarnados por -el hambre y la cabeza rasurada, cubierta por un gorro blanco. Otros, -vigilados de más cerca por el traficante, eran barbudos, y sobre sus -sucias cabelleras, llevaban una corona de ramas para indicar su calidad -de esclavos cogidos en la guerra. Eran los turdetanos que no habían -ofrecido rescate: en sus ojos aún se notaba el asombro y la rabia, al -verse reducidos á la esclavitud. Muchos de ellos llevaban cadenas, y en -su cuerpo estaban frescas la cicatrices de la reciente guerra. Miraban -á aquel pueblo enemigo contrayendo la boca como si quisieran morder, -y algunos agitaban su brazo derecho terminado por un informe muñón. -Les habían cortado la mano guerreando con alguna de las tribus del -interior, que acostumbraban á inutilizar de este modo á los prisioneros. - -Los saguntinos miraban con indiferencia estos enemigos convertidos -en cosas, en bestias, por la dura ley de la conquista, y olvidando á -los turdetanos hablaban de las querellas de la ciudad, de la lucha de -facciones, que parecía haberse sofocado con la intervención de los -legados de Roma. Aún se notaban en las gradas del inmediato templo, -las huellas de la sangre de los decapitados por afecto á Cartago, -y los amigos de Roma, que eran los más, hablaban fuerte, alabando -el enérgico consejo de los enviados de la gran República. La ciudad -viviría ahora en paz y segura con la protección de Roma. - -Acteón, que escuchaba las conversaciones de los grupos, al mirar hacia -el templo creyó ver entre el gentío que subía y bajaba las gradas, al -pastor celtíbero que en la noche anterior había muerto al legionario -romano. Fué una visión rápida; su _sagum_ negro se perdió entre los -grupos, y el griego quedó indeciso, no sabiendo si realmente era él. - -Avanzaba la mañana. Acteón había pasado mucho tiempo en el mercado -y pensó que ya era hora de ocuparse de sus asuntos. Tenía que ver á -Mopso el arquero arriba en la Acrópolis, y emprendió la ascensión por -calles tortuosas pavimentadas de guijarros, con blancas casas, en cuyas -puertas hilaban y tejían la lana las mujeres. - -El griego, al llegar junto á la Acrópolis, admiró las murallas -ciclópeas de grandes peñascos amontonados con raro arte y sólidamente -unidos sin trabazón alguna. Allí estaba la cuna de la ciudad; el -recuerdo de los compañeros de Zazintho, al establecerse entre los rudos -indígenas. - -Pasó bajo una larga bóveda, y se vió en la extensa meseta del monte, -rodeada de murallas que podían abrigar una población tan grande como -Sagunto. En esta inmensa planicie, esparcidos sin orden, alzábanse -los edificios públicos, como un recuerdo de la época en que la ciudad -estaba en la cumbre y aún no había descendido, ensanchándose hacia -el mar. Desde sus murallas se apreciaba la inmensidad del fértil -agro, los territorios de la República, perdiéndose por el Sur á lo -largo de la playa, hasta el límite de los que ocupaban los Olcades; -las innumerables aldeas y quintas, agrupadas en las riberas del -Bætis-Perkes, y la ciudad, como un gran abanico blanco, en la falda del -monte, encerrada por las murallas, sobre las cuales parecía saltar el -oprimido caserío, esparciéndose por las huertas. - -Acteón, volviendo su vista al cerrado recinto de la Acrópolis, -contemplaba el templo de Hércules. Cerca de él, la columnata en la cual -se reunía el Senado; el taller donde se acuñaba la moneda; el templo -en que se custodiaba el tesoro de la República; el arsenal donde se -armaban los ciudadanos; la caserna de los mercenarios, y dominando -todos estos edificios, la torre de Hércules, construcción enorme y -ciclópea, que de noche contestaba con sus llamaradas á las _spéculas_ -de la playa y de los montes del puerto, esparciendo la alarma ó la -tranquilidad por todo el territorio saguntino. Además, una tropa de -esclavos, dirigidos por un artista griego, daba los últimos retoques -á un pequeño templo que Sónnica la rica había hecho elevar en la -Acrópolis en honor de Minerva. - -Los saguntinos que subían á la ciudadela para pasear tranquilamente -contemplando su ciudad y los mercenarios que limpiaban las espadas y -corazas de bronce á la puerta de su cuartel, miraban con curiosidad al -griego. - -Un saguntino de aspecto acomodado, envuelto en una toga roja á la -romana y apoyado en un largo bastón, se aproximó á hablarle. Era un -hombre de mediana edad, fuerte, con la barba y el cabello encanecidos y -una expresión bondadosa en los ojos y en la sonrisa. - ---Dime, griego --preguntó con dulzura--. ¿Á qué vienes aquí? ¿Eres -mercader?... ¿Eres navegante? ¿Buscas para tu país la plata que nos -traen los celtíberos?... - ---No; soy un pobre que vaga por el mundo, y vengo á ofrecerme á la -República como soldado. - -El saguntino hizo un gesto de tristeza. - ---Debí haberlo adivinado en el arma que te sirve de apoyo... ¡Soldados! -¡siempre soldados!... En otro tiempo no se veía en toda la ciudad una -espada ni un dardo. Llegaban los extranjeros en sus naves repletas de -mercancías, tomaban lo nuestro, nos daban lo suyo, y vivíamos en la -paz que cantan los poetas. Ahora los que llegan, griegos ó romanos, -africanos ó asiáticos, se presentan armados, son perros feroces que -vienen á ofrecerse para guardar el rebaño que antes triscaba en -paz sin miedo á los enemigos. Al ver todo este aparato bélico, al -contemplar cómo se regocija la juventud de Sagunto relatando la última -expedición contra los turdetanos, tiemblo por la ciudad, por la suerte -de los míos. Ahora somos los más fuertes; ¿pero no vendrá alguien que -lo sea más que nosotros y nos eche al cuello la cadena de esclavos?... - -Y por encima de las murallas miraba la ciudad con amorosa tristeza. - ---Extranjero --continuó--, me llaman Alco y mis amigos me apellidan -el _Prudente_. Los ancianos del Senado atienden mis consejos; pero la -juventud no los sigue. He comerciado, he corrido el mundo, tengo mujer -é hijos que gozan de bienestar, y estoy convencido de que la paz es la -felicidad de los pueblos y hay que sostenerla á todo trance. - ---Yo soy Acteón, hijo de Atenas. Fuí navegante y naufragaron mis naves; -comercié y perdí mi fortuna. Mercurio y Neptuno me trataron siempre -como padres huraños y sin entrañas. He gozado mucho, he sufrido aún -más, y hoy, mendigando casi, vengo aquí á vender mi sangre y mis -músculos. - ---Haces mal, ateniense: eres hombre y quieres convertirte en lobo. -¿Sabes lo que más admiro en tu pueblo? Que os burláis de Hércules y sus -hazañas, y rendís culto á Palas Atenea. Despreciáis la fuerza para -adorar la inteligencia y las artes de la paz. - ---El brazo fuerte vale tanto como la cabeza en que Zeus puso su fuego. - ---Sí; pero ese brazo empuja la cabeza á la muerte. - -Acteón sentíase impacientado por las palabras de Alco. - ---¿Conoces á Mopso el arquero?... - ---Allí le tienes, junto al templo de Hércules. Le conocerás por su -arma que no abandona nunca. Ése es otro de los que atrajo aquí el mal -espíritu de la guerra. - ---Salud, Alco. - ---Que los dioses te protejan, ateniense. - -Acteón reconoció al valeroso griego en el arco y la aljaba que colgaban -de sus hombros. Era un hombre fornido, de luenga barba, que llevaba -arrollado á sus guedejas grises un nervio de toro para suplir el que -servía de cuerda al arco. Los brazos musculosos y fuertes delataban con -la tirantez de sus tendones la forzada tensión á que se sometían para -abrir el duro arco y disparar las flechas. - -Acogió á Acteón con la respetuosa simpatía que por su superioridad -inspiraban los atenienses á los griegos de las islas. - ---Hablaré al Senado --dijo al enterarse de sus pretensiones--. Basta -mi palabra para que seas admitido en los mercenarios con toda la -distinción que mereces. ¿Has guerreado alguna vez? - ---He hecho la guerra de Lacedemonia á las órdenes de Cleomenes. - ---Famoso capitán; hasta aquí ha llegado el eco de las hazañas del rey -espartano. ¿Qué es de él? - ---Le abandoné cuando vencido, pero no domado, se refugió en Alejandría. -Allí vivía desterrado bajo el amparo de Ptolomeo; pero según me -dijeron ha poco en Cartago-Nova, por una intriga de palacio cayó en -desgracia: el monarca egipcio le mandó asesinar, y Cleomenes, con sus -doce compañeros, murió matando. Cuando cayó tenía ante él un montón de -cadáveres. - ---Digno final de un héroe... ¿Dónde aprendiste el arte militar? - ---Comencé en Sicilia y Cartago en el campo de los mercenarios y terminé -mi educación en el Pritaneo de Atenas. Mi padre fué Lisias, capitán -al servicio de Hamílcar, asesinado después por los cartagineses en su -guerra con los mercenarios que llamaron _implacable_. - ---Famosas escuelas y excelente padre. También su nombre llegó á mis -oídos en la época que yo corría el mundo, antes de tomar el servicio -de Sagunto... ¡Bienvenido seas, Acteón! Si quieres entrar en los -_hoplites_, figurarás en la primera fila de la falange, con la armadura -pesada y la pica larga... Aunque no; vosotros los atenienses deseáis -pelear con ligereza; sois más temibles por la carrera que por los -golpes. Serás _peltasta_ con tu venablo y un escudo ligero de los -llamados _pelta_; pelearás suelto, y de seguro que se relatarán de tí -grandes hazañas. - -Pasaban junto á los dos griegos algunos ancianos, á los que el arquero -saludaba con respeto. - ---Son los senadores --dijo-- que se reúnen hoy por ser día de mercado. -Muchos de ellos vienen de sus quintas del agro y suben hasta la -Acrópolis en sus literas. Se reúnen bajo aquella columnata. - -Acteón vió cómo iban sentándose en sus sillas de madera de curvas -garras, rematadas por la cabeza del león de Nemea. En sus rostros y -trajes notábase la gran división de razas que existía en la ciudad. Los -de origen ibero llegaban de sus granjas, barbudos, atezados, con coraza -de lino forrada de gruesa lana, espada corta de dos filos pendiente -del hombro y un sombrero de cuero endurecido que equivalía á un casco. -Los comerciantes griegos presentábanse con las mejillas rasuradas, -envueltos en una clámide blanca, de la que salía desnudo el brazo -derecho; una cinta sujetaba sus cabellos como una corona y se apoyaban -en un largo báculo rematado por una piña. Parecían los reyes de la -_Iliada_ reunidos ante Troya. - -Acteón vió entre ellos un gigante de negra barba y cabello corto -y ensortijado, que formaba sobre su cabeza como una mitra de lana. -Sus miembros enormes, de salientes músculos y tirantes tendones que -parecían próximos á estallar, asomaban por las aberturas del rojo manto -en que se envolvía. - ---Ése es Therón --dijo el arquero--, el gran sacerdote de Hércules; un -hombre prodigioso, que conquistaría una corona en los Juegos Olímpicos. -Mata un toro con solo descargarle el puño en la cerviz. - -El griego creyó ver otra vez entre la gente que se reunía cerca del -Senado, al pastor celtíbero, contemplando con interés al gigantesco -sacerdote de Hércules. Pero el arquero le hablaba y hubo de volver su -vista á él. - ---Va á comenzar el consejo y debo estar al pie de las gradas esperando -órdenes. Márchate, Acteón, y espérame en el Foro. Allí encontrarás á mi -pequeño. ¿No dices que le viste en el camino? De seguro que iría con -esa esclava que guarda las cabras de Sónnica. No titubees, Acteón, no -mientas. Lo adivino... ¡Ah, ese pequeño! ¡Ese vagabundo que en vez de -trabajar corre los campos como un esclavo fugitivo!... - -Y á pesar de la gravedad con que se lamentó el arquero, notábase en -su acento un temblor de ternura, la predilección que le inspiraba -sobre sus demás hijos aquel artista errante y caprichoso que á veces -abandonaba la casa paterna para corretear por el puerto y por los -montes semanas enteras. - -Se despidieron los dos griegos y Acteón volvió al Foro, no sin que -antes creyese ver de nuevo, vagando por la Acrópolis, al misterioso -pastor celtíbero. Al entrar en los pórticos oyó silbidos y gritos; los -grupos se arremolinaban riendo y profiriendo insultos; la gente salía á -toda prisa de las tiendas de los barberos y los perfumistas. El griego -vió un grupo de jóvenes lujosamente vestidos que pasaban intrépidos -y con despreciativa sonrisa al través de la tempestad de silbidos y -sarcasmos que levantaba su presencia. - -Eran los elegantes de Sagunto; los jóvenes ricos que imitaban las modas -de la aristocracia de Atenas, exageradas por la distancia y la falta de -gusto. Acteón también rió con su fina sonrisa de ateniense al apreciar -la torpeza con que aquellos jóvenes copiaban á sus lejanos modelos. - -Al frente de ellos marchaba Lacaro, el elegante que acompañaba á -Sónnica en su visita matinal al templo de Venus. Iban vestidos con -telas de colores chillones y fino tejido, transparentes, hasta dejar -ver el cuerpo, como las túnicas que las hetarias llevaban en los -banquetes. Las mejillas, cuidadosamente depiladas, estaban cubiertas de -suave bermellón y los ojos agrandados con rayas negras: los cabellos -rizados y perfumados con olorosas grasas, aparecían sostenidos por una -cinta. Algunos llevaban grandes aros de oro en las orejas, y al andar -sonaban los ocultos brazaletes. Otros se apoyaban indolentemente en el -hombro de pequeños esclavos, de blancas espaldas y cabellera de gruesos -bucles, que parecían niñas por la redondez de sus formas. Como si no -oyeran los insultos y sarcasmos de la gente, hablaban con tranquilidad -de los versos griegos que uno de ellos había compuesto; discutían su -mérito, el modo de acompañarlos mejor con la lira, y únicamente se -detenían para acariciar las mejillas de sus pequeños esclavos ó para -saludar á los conocidos, muy satisfechos en el fondo del escándalo que -su presencia provocaba en el Foro. - ---No me digáis que imitan á los griegos --vociferaba ante un corro un -viejo de cara maliciosa, con el manto sucio y remendado de un pedagogo -sin colocación--. El fuego de los dioses debe caer sobre la ciudad. -Nuestro padre Zeus es cierto que en un momento de pasión raptó al -gallardo Ganímedes; pero ¿y Leda? ¿y todas las innumerables beldades -que recibieron en sus entrañas el fuego del señor del Olimpo?... Bueno -se pondría el mundo si los hombres imitásemos á los dioses, y todos -hiciéramos como esos necios, vistiéndonos de mujeres. ¿Queréis ver un -griego? Pues aquí lo tenéis: éste sí que es un verdadero hijo de la -Hélade. - -Y señalaba á Acteón, que se vió rodeado por las miradas curiosas del -grupo. - ---¡Cómo reirás, extranjero, al ver esos infelices que torpemente creen -imitar á tu país! --continuó vociferando aquel energúmeno con aspecto -de mendigo--. Yo soy filósofo, ¿sabes? El único filósofo de Sagunto, y -con esto adivinarás que este pueblo ingrato me deja morir de hambre. De -joven estuve en Atenas, asistí á sus escuelas y dejé de ser marinero -y correr el mundo para buscar en mí mismo la verdad. No he inventado -nada, pero sé cuanto han dicho los hombres sobre el alma y el mundo, -y si quieres te recitaré de memoria párrafos enteros de Sócrates y de -Platón y todas las contestaciones del gran Diógenes. Conozco tu país y -me avergüenzo por mi ciudad al ver á tales necios... ¿Sabes quién es -el culpable de estas ridiculeces que nos deshonran? Pues Sónnica, esa -Sónnica que llaman la rica, antigua cortesana que acabará por convertir -Sagunto en un dicterión, destruyendo las tradiciones de la ciudad, las -costumbres rudas y sanas de otros tiempos. - -Al oir el nombre de Sónnica se elevó del grupo un murmullo de protesta. - ---¿Los ves? --gritó el filósofo cada vez más enfurecido--. Son esclavos -aduladores que tiemblan ante la verdad. El nombre de Sónnica les causa -el mismo efecto que el de una diosa. ¿Ves ese que huye? Pues á su padre -le prestó Sónnica hace pocos días una fuerte cantidad sin interés -alguno para que comprase trigos en Sicilia, y por esto cree que debe -huir de donde se diga algo contra ella. Mira ese que vuelve la espalda. -La cortesana libertó á su padre que era esclavo, y no quiere oir nada -que moleste á Sónnica. Y estos otros, que más valientes se quedan y -me miran como si fuesen á devorarme, todos han recibido favores de -ella, y serían capaces de pegarme como otras veces por mis palabras. -Son esclavos que la defienden cual si fuese una divinidad benéfica. -Como ellos son muchos en Sagunto, y por esto los magistrados no osan -castigar á esa griega, que con sus extravagancias de loca escandaliza -la ciudad. Vaya, pegadme, mercaderes: golpead al único que no miente en -Sagunto. - -Los del grupo se alejaban, dejando al filósofo que bracease lanzando -gritos de indignación. - ---Lo que debías hacer --dijo con desprecio uno de los últimos al -retirarse-- es mostrar más agradecimiento. Si comes algún día, es en la -mesa de Sónnica. - ---¡Y comeré esta noche! --gritó el filósofo con insolencia--. ¿Qué -demuestras con eso? ¡Y le diré en su cara lo mismo que digo aquí!... -¡Y ella reirá como siempre, mientras vosotros comeréis bazofia en -vuestras casas, pensando en su banquete!... - ---¡Ingrato! ¡Parásito! --dijo aquel hombre volviéndole las espaldas con -desprecio. - ---La gratitud es condición de perro; el hombre demuestra su -superioridad hablando mal de quien le favorece... Si no queréis que -Eufobias el filósofo sea parásito, mantenedle á cambio de su sabiduría. - -Pero Eufobias hablaba en el vacío. Todos se habían retirado, -confundiéndose en los grupos inmediatos. Sólo Acteón estaba junto á -él, examinándolo con interés, como admirado de encontrar en una ciudad -lejana un hombre tan semejante á los que en Atenas pululaban en torno -de la Academia, formando la plebe filosófica hambrienta y obscurecida. - -El parásito, al verse sin más público que el griego, se agarró de su -brazo. - ---Tú sólo mereces oirme. Bien se conoce que eres de allá y sabes -distinguir el mérito. - ---¿Quién es esa Sónnica que tanto te indigna por sus costumbres? ¿Sabes -su vida? --preguntó el ateniense con el deseo de conocer el pasado de -una mujer que con su nombre parecía llenar toda la ciudad. - ---¿Que si la sé? Mil veces me la ha contado en sus ratos de melancolía -y fastidio, que son los más; cuando yo no logro hacerla reir con mi -saber, y ella siente la necesidad de abandonarse, hablándome de su -pasado con tanto descuido como si conversase con su perro. Es historia -larga. - -Se detuvo el filósofo y guiñó un ojo, señalando una puerta inmediata en -la cual un mostrador agujereado sostenía una fila de ánforas. - ---En casa de Fulvius estaremos mejor. Es un romano honradísimo que jura -haber reñido con el agua. Anteayer recibió un famoso vino de Laurona. -Desde aquí percibo su perfume. - ---No tengo ni un óbolo en la bolsa. - -El filósofo, que contraía la nariz como si aspirase el vaho del mosto, -hizo un gesto de desaliento. Después miró con cariño al griego. - ---Tú eres digno de oirme. ¡Pobre como yo, en medio de estos mercaderes -que abarrotan de plata sus bodegas!... Ya que no hay vino, paseemos: -esto aclara las ideas. Te trataré como Aristóteles á sus discípulos -predilectos. - -Y paseando á lo largo del pórtico, Eufobias comenzó á relatar lo que -sabía de la vida de Sónnica. - -Creía haber nacido en Chipre, la isla del amor para los navegantes. -En aquellas playas, de cuyas espumas hicieron nacer los poetas la -triunfante belleza de Venus Afrodita, las mujeres de la isla corren por -la noche en busca de los marineros para prostituirse en memoria de la -diosa. De uno de estos encuentros con un remero, había nacido Sónnica. -Recordaba vagamente los primeros años de su niñez, correteando por -la cubierta de una nave; saltando de un banco á otro de los remeros, -alimentada y despreciada como los gatos de á bordo, visitando muchos -puertos poblados de gentes diversas en trajes, costumbres é idiomas; -pero viéndolo todo de lejos y vagamente como las imágenes de un sueño, -sin poner nunca el pie en tierra firme. - -Antes de ser mujer, fué la amante del amo del buque, un piloto de -Samos que, cansado de ella ó por la tentación del negocio, la vendió -una noche á un beocio que tenía un dicterión en el Pireo. Aún no había -cumplido doce años, y la pequeña Sónnica llamaba la atención entre las -dicteriadas que pululaban por la noche en el Pireo, principal centro de -la prostitución ateniense. - -La población flotante de la ciudad, compuesta de extranjeros, jugadores -y jóvenes arrojados de su casa por los severos padres, congregábase en -aquel suburbio de Atenas que rodeaba los puertos del Pireo y Faraleo y -formaba el arrabal de Estirón. Apenas cerraba la noche, todo este mundo -bullicioso y corrompido se reunía en la gran plaza del Pireo, entre -la ciudadela y el puerto, y comenzaban á circular las prostitutas, -que con la llegada de las sombras, adquirían libertad para salir de -los dicteriones en que las tenían recluídas. Bajo los pórticos de la -plaza, lanzaban sus dados los jugadores, disputaban los filósofos -errantes, dormían los vagabundos, se contaban sus viajes los marineros; -y por entre esta confusión de gentes diversas, pasaban las dicteriadas -con el rostro pintado, casi desnudas ó con mantos rayados de fuertes -colores que revelaban su origen africano y asiático. Allí creció y se -educó la joven hija de Chipre, buscando todas las noches un mercader de -trigos de Bitinia ó un exportador de cueros de la Gran Grecia, gente -ruda y alegre que antes de volver á su país querían gastar algo de sus -ganancias con las cortesanas de Atenas. De día, permanecía presa en el -dicterión, una casa de aspecto sórdido, sin más adorno en la fachada -que un enorme falo que servía de muestra al establecimiento; con la -puerta abierta á todas horas, sin el perro encadenado que tenían las -demás viviendas, y mostrando apenas se levantaba la gruesa cortina -de lana, el patio descubierto, en el cual, junto á las entradas de -las habitaciones, estaban en cuclillas ó tendidas sobre las baldosas -todas las mercancías de la casa; mujeres gastadas y consumidas por el -fuego del amor y niñas apenas llegadas á la pubertad; todas desnudas, -contrastando la piel obscura y aterciopelada de las egipcias con la tez -pálida de las griegas y la blanca y sedosa de las asiáticas. - -Sónnica, que entonces se llamaba Mirrina (el nombre que la habían -dado los marineros), se cansó de la vida del dicterión. Eran todas -allí unas esclavas, á las que el beocio apaleaba cuando dejaban -partir descontento á un parroquiano. La repugnaba tomar los dos óbolos -marcados por las leyes de Solón, de aquellas manos callosas que herían -al acariciar, y le causaba náuseas la gente soez y brutal, de todos -los países del mundo, que llegaba en busca del placer y partía ahita, -siendo renovada inmediatamente por otra, y por otra, como un incesante -oleaje de deseos excitados por la soledad del mar, repitiendo iguales -caprichos é idénticas exigencias. - -Una noche visitó por última vez el templo de Venus Pandemos, levantado -por Solón en la gran plaza del Pireo y depositó un óbolo como última -ofrenda ante las estatuas de Venus y su compañera Pitho, las dos -divinidades de las cortesanas, ante las cuales iba muchas veces con sus -amantes del momento, antes de entregarse á ellos en la orilla del mar, -ó junto al extenso muro construído por Temístocles para unir el puerto -con Atenas. Después huyó hacia la ciudad, ansiando libertad y placeres, -con el deseo de ser una de aquellas hetarias atenienses cuyo lujo y -hermosura había admirado desde lejos. - -Vivía como las cortesanas libres y pobres, á las que la juventud -ateniense llamaba _lobas_ por sus gritos. Pasaba al principio días -enteros sin comer, pero se consideraba más feliz que sus antiguas -compañeras del puerto de Faraleo ó del arrabal de Estirón, esclavas -de los dueños de los dicteriones. Su mercado era ahora el Cerámico, un -vasto arrabal de Atenas, á lo largo de la muralla, entre las puertas -del Cerámico y la Dipila, en la cual estaban el jardín de la Academia -y las tumbas de los ciudadanos ilustres muertos por la República. -De día, iban allí las grandes hetarias ó enviaban sus esclavas para -ver si sus nombres estaban escritos con carbón en la muralla del -Cerámico. El ateniense que deseaba á una cortesana, escribía el nombre -de ella junto con la cantidad ofrecida, y si ésta era del gusto de la -hetaria, aguardaba al pie de la inscripción la llegada del que hacía -la oferta. Á la luz del sol, ostentábanse allí las grandes cortesanas -casi desnudas, con sandalias de púrpura, envueltas en mantos de flores -y llevando sobre sus cabelleras espolvoreadas de oro coronas de -frescas rosas. Los poetas, los retóricos, los artistas y los grandes -ciudadanos, paseaban por los verdes bosquecillos del Cerámico ó bajo -los pórticos adornados de estatuas, discutiendo con las cortesanas -y teniendo que poner en tortura su ingenio para hacer frente á sus -réplicas. - -Al llegar la noche, una invasión de mujeres miserables y haraposas -llenaba el paseo, esparciéndose por entre las tumbas de los grandes -ciudadanos. Era la hez del placer ateniense que vivía en libertad y -buscaba la sombra: viejas cortesanas que, confiadas en la noche, -salían á conquistar el pan en aquel mismo lugar donde en otros tiempos -habían reinado con el poder de la hermosura; dicteriadas fugitivas; -esclavas que huían por algunas horas de la casa del amo, y mujeres -de la plebe que buscaban en la prostitución un alivio á su miseria. -Agazapadas tras las tumbas, entre los bosques de laureles, permanecían -inmóviles como esfinges, y apenas los pasos de un hombre turbaban el -silencio del Cerámico, salían de todos lados débiles aullidos llamando -al recién llegado. Muchas veces huían en loca carrera al reconocer á -un encargado de cobrar el _Pornicontelos_, impuesto establecido por -Solón sobre las cortesanas, y que era la mejor renta de Atenas. Á -media noche, el transeunte que atravesaba el Cerámico, de vuelta de -un banquete, sentía en torno la agitación y los suspiros de un mundo -invisible, que parecía removerse sobre el césped y la blanda arena. Los -poetas decían riendo que eran los manes de los grandes ciudadanos que -gemían en sus profanadas tumbas. - -Así vivió Mirrina hasta los quince años, pasando la noche en el -Cerámico y el día en la casucha de una vieja de Thesalia que, como -todas las de su país, gozaba gran fama de hechicera y lo mismo ayudaba -á los partos que vendía filtros amatorios á las cortesanas y retocaba -los rostros á las que estaban en decadencia. - -¡Qué de cosas aprendió allí la pequeña _loba_ al lado de la vieja, -huesuda y fea como una Parca! Le ayudaba á moler el albayalde, que -mezclado con cola de pescado rellenaba las arrugas del rostro; -preparaba la harina de habas para untarse los pechos y el vientre, -dejando la piel con una tersa tirantez; llenaba frasquitos de antimonio -para dar brillo á los ojos; liquidaba el carmín para colorear con -ligeros toques las grietas cubiertas de pasta y escuchaba con profunda -atención los sabios consejos con que la vieja guiaba á sus pupilas, á -fin de que mostraran con todo su relieve las perfecciones particulares -y disimulasen los defectos. La vieja thesaliana aconsejaba á las -pequeñas de cuerpo gruesas suelas de corcho dentro del calzado y á -las altas, sandalias ligeras y hundir la cabeza entre los hombros; -fabricaba rellenos para las flacas, armazones de ballenas para -las obesas; teñía de hollín las canas, y á las que tenían buena -dentadura las obligaba á llevar un tallo de mirto entre los labios, -aconsejándolas que riesen á la menor palabra. - -La joven poseía de tal modo su confianza, que la ayudaba en la parte -más peligrosa de su ciencia: la confección de filtros amatorios y -la fabricación de hechizos, que más de una vez la habían hecho ser -perseguida por los oficiales del Areópago. Las hetarias más ricas la -consultaban para sus deseos y venganzas, y ella las prestaba sus -conocimientos. Para lograr la impotencia de un hombre ó la esterilidad -de una mujer no había más que darles una copa de vino en la que se -hubiese ahogado un barbo; para atraer á un amante olvidadizo se quemaba -en un fuego de ramas de tomillo y de laurel una torta de harina sin -levadura; y para convertir en odio el amor no había más que seguir al -hombre, pisando sus huellas al revés, colocando el pie derecho donde él -había puesto el izquierdo y murmurar al mismo tiempo: «Estoy sobre tí, -te pisoteo.» Si había que hacer volver á un amante hastiado, la vieja -rodaba una bola de bronce que llevaba en el seno, pidiendo á Venus que -del mismo modo hiciese rodar el amante por el umbral de la puerta, y -si no surtía efecto el conjuro, se arrojaba en el brasero mágico la -imagen en cera del ser querido, pidiendo á los dioses que derritiesen -de amor el corazón helado, así como se derretía su figura. Y junto con -estos hechizos, rodeados de invocaciones misteriosas, iban los filtros -compuestos con hierbas afrodisíacas y excitantes, que muchas veces -causaban la muerte. - -Una noche de primavera, á la luz de la luna, Mirrina tuvo un encuentro -en el Cerámico, que la hizo abandonar el antro de la thesaliana. -Sentada tras una tumba, su aullido suave y débil como un lamento, -atrajo á un hombre envuelto en un manto blanco. Por el brillo de sus -ojos y la inseguridad de sus pies parecía ebrio. En la cabeza llevaba -una corona de rosas ajadas. - -Mirrina adivinó en él á un ciudadano distinguido que salía de un -banquete. Era el poeta Simalión, joven aristócrata, que había ganado -una corona en los Juegos Olímpicos, y en el que Atenas veía resucitar -la inspiración de Anacreonte. Las hetarias más hermosas cantaban sus -versos en los banquetes al son de la lira, y las virtuosas ciudadanas -los murmuraban en la soledad del gineceo, enrojeciendo de emoción. Las -más famosas beldades de Atenas se disputaban al poeta, y éste, enfermo -en plena juventud, como si no pudiera resistir el peso de la adoración -mundana, refugiábase en el templo de Esculapio cuando la tos le hacía -escupir sangre; iba en peregrinación á las fuentes milagrosas de toda -la Grecia y sus islas; y apenas se sentía con fuerzas y una nueva -sangre circulaba por su cuerpo, despreciaba á los médicos y corría otra -vez á los banquetes con los negociantes y los artistas del Ática, entre -hetarias famosas y gentiles aulétridas, rodando de los brazos de una -á los de otra, pagando las caricias con versos que repetía luego la -ciudad, siempre ardiente y consumiendo su vida como la antorcha que en -las nocturnas fiestas de Dionisios se pasaba la cadena de bacantes de -mano en mano, hasta perderse en lo infinito. - -Á la salida de una de estas orgías, encontró á Mirrina, y al -contemplar á la luz de la luna aquella belleza fresca, entera y casi -infantil, en un lugar frecuentado por las inmundas _lobas_, se llevó -las manos á los ojos como si temiera ser engañado por la turbación de -la embriaguez. Era Psiquis con los pechos firmes y redondos como una -taza de armoniosa curva; con sus líneas correctas y suaves que hubieran -desesperado á los escultores de la Academia; y el poeta experimentó la -misma satisfacción que, cuando tras una tarde de paseo solitario desde -Atenas al puerto, á lo largo de la muralla de Temístocles, encontraba -el último verso de una oda. - -Ella quiso arrastrarle al antro de la thesaliana, pero Simalión, -deslumbrado por las carnes de marfil que parecían brillar entre los -harapos, la condujo á su hermosa casa de la calle de los Trípodes, y -allí quedó Mirrina como señora, con esclavas y lujosos trajes. - -Esta hazaña del poeta asombró á toda Atenas. En el Ágora y en el -Cerámico, sólo se hablaba de la nueva amante de Simalión: gozaba el -éxito de la piedra preciosa olvidada y perdida en la arena, que de -repente brilla sobre la frente de un poderoso. - -Las grandes hetarias, que nunca habían logrado conquistar por completo -al veleidoso poeta, se asombraban al verle unido estrechamente á una -jovenzuela salida de un dicterión, que recordaban muchos aventureros -del Pireo. La llevaba en su carro, guiando tres caballos de recortadas -crines, á todas las grandes fiestas en los templos del Ática; componía -por las mañanas versos en su honor y la despertaba recitándolos, entre -una nube de flores que dejaba caer sobre su lecho. Daba banquetes á -los artistas amigos para gozarse en su envidia y su admiración cuando -á los postres la hacía exhibirse desnuda sobre la mesa, con toda la -magnificencia de su belleza pura, que causaba en aquellos griegos una -emoción religiosa. - -Fiel á Simalión por agradecimiento al principio y enamorada después del -poeta y sus obras, Mirrina le adoraba como maestro tanto como amante. -En poco tiempo aprendió á tañer la lira y á recitar los versos en -todos los estilos conocidos, y leyó la biblioteca de su amante, hasta -el punto de poder hacer frente á los convidados de aquellas cenas de -artistas y ser citada entre las hetarias más ingeniosas de Atenas. - -Simalión, cada vez más entusiasmado con su amante, derrochaba la vida y -la fortuna. Hacía traer para ella del Asia mantos sutiles bordados de -fantásticas flores, que transparentaban el nácar de su cuerpo; polvo -de oro para cubrir sus cabellos, haciéndola semejante á las diosas que -los poetas y los artistas de Grecia pintaban siempre rubias; encargaba -á los navegantes que comprasen rosas de Egipto de asombrosa frescura, y -cada vez más macilento, la piel terrosa y la mirada de fuego, tosiendo -y encorvándose entre los brazos de su amante, veía disminuir sus -fuerzas. - -Así pasó dos años, hasta una tarde de otoño en que, tendido sobre -el césped de su jardín, con la cabeza apoyada en las rodillas de la -hermosa, oyó por última vez sus versos, cantados por la fresca voz de -Mirrina, siguiendo el aleteo de los blancos dedos sobre las cuerdas -de la lira. El sol poniente hacía brillar en lo más alto de la ciudad -como una ascua la lanza de la Minerva del Parthenón; su mano de niño -apenas si podía sostener la copa de oro llena de vino con miel. Hizo -un esfuerzo para besar á su amante; las rosas que le coronaban se -deshojaron, cubriendo con una lluvia de pétalos el pecho de Mirrina, -y lanzando un quejido de mujer cerró los ojos, cayendo sobre aquel -regazo, en el que había dejado los últimos restos de su vida. - -La joven le lloró con desesperación de viuda. Cortó su espléndida -cabellera para depositarla como una ofrenda sobre su tumba, y -arrinconando los deslumbrantes trajes, vistió de lana obscura, como las -atenienses de gran virtud, permaneciendo recluída en su casa silenciosa -y cerrada como un gineceo. - -La necesidad de vivir, de sostener aquel lujo al que estaba -acostumbrada, de tener un carro y esclavas y palafreneros, la hicieron -pensar en su hermosura, y las hetarias más célebres se alarmaron ante -la nueva rival. Cubierta con una peluca de rojo obscuro para disimular -la tonsura del dolor, y envuelta en finos velos, de los que surgían su -garganta redonda cubierta de perlas y los brazos frescos y alabastrinos -cargados hasta los hombros de brazaletes, se mostraba en una ventana -alta de su casa con la grave majestad de una diosa que aguarda el -culto. Los más ricos de Atenas deteníanse al anochecer en la calle de -los Trípodes, para contemplar á _la viuda del poeta_, como la llamaban -con sorna las del Cerámico. Algunos, más osados ó trémulos de deseo, -levantaban el índice como una pregunta muda; pero en vano esperaban -que ella contestase afirmativamente con el ademán acostumbrado de las -hetarias, cerrando el pulgar y el índice en forma de anillo. - -Muy pocos lograban entrar en la casa de la famosa cortesana. -Murmurábase que algunas noches, en momentos de fastidio, había abierto -su puerta á jovenzuelos de los que modelaban sus primeras estatuas en -los jardines de la Academia ó recitaban sus versos desconocidos á los -desocupados del Ágora; gente que sólo podía disponer para el amor de -algunos óbolos ó cuando más de un dracma. Pero en cambio, los ricos que -ofrecían _estateras_ de oro ó varias _minas_ por entrar en la casa, se -consideraban demasiado pobres para cumplir sus deseos. Las cortesanas -viejas se contaban al oído con cierto respeto que un reyezuelo de -Asia, de paso en Atenas, había dado á Mirrina por una noche dos -_talentos_ --lo que gastaba al año cualquier república de Grecia-- -y que la hermosa hetaria, sin conmoverse ante tal fortuna, sólo le -había permitido estar junto á ella el tiempo que tardó en vaciarse su -_clepsydra_, pues hastiada de los hombres, medía el amor por el reloj -de arena. - -Los mercaderes fabulosamente ricos, al llegar al Pireo, buscaban -relaciones de amistad para entrar en casa de Mirrina. Abrumaban con -presentes á los artistas vagabundos que eran amigos de la cortesana -para ser admitidos en sus cenas, y más de uno, llegado días antes al -puerto con una flota cargada de ricas mercancías, las vendía antes de -descargar las naves para quedarse en la casa del poeta, y regresaba -á su país embarcado de limosna, satisfecho de su miseria al ver la -envidia y el respeto que inspiraba á sus compañeros. - -Así conoció á Bomaro, un joven ibero, mercader de Zazintho, que había -llegado á Atenas con tres naves cargadas de cueros. La cortesana se -sintió atraída por su dulzura, que contrastaba con la rudeza de los -otros negociantes; encanallados por la vida de los grandes puertos. -Hablaba poco y ruborizándose, como si el mutismo de las largas -permanencias en el mar le hubiesen dado una timidez de virgen: si le -obligaban á contar sus aventuras de navegante, lo hacía con sencillez, -sin mencionar los peligros arrostrados, y ante la cultura de los -griegos mostraba una admiración infantil. - -Mirrina, durante la cena en que le vió por primera vez, sorprendió -sus ojos fijos en ella, con la misma expresión de ternura y respeto -que si mirase á una diosa de imposible posesión. Aquel navegante, -educado entre bárbaros, en una colonia remota que apenas si guardaba -vestigios de la madre Grecia, comenzó á interesar á la cortesana más -que los jóvenes atenienses y los opulentos mercaderes que la rodeaban. -Trémulo y balbuciente, pidió la limosna de una noche, y la pasó junto -á ella con más admiración que placer, adorando su regia desnudez, -enterneciéndose al oir su voz que le adormecía con un cálido arrullo -maternal, acompañándose con la lira. - -Al despertar quiso entregarla una fortuna, el producto de todo su -cargamento; pero Mirrina, sin saber por qué, se negó á aceptarlo, á -pesar de sus protestas. Él era rico, no tenía padres; allá lejos, -en aquel país de bárbaros, poseía inmensos rebaños, centenares de -esclavos, que cultivaban sus campos ó trabajaban en las minas; grandes -fábricas de alfarería y muchas naves, como las tres que le aguardaban -en el Pireo. Y viendo que la cortesana, con sonrisa bondadosa, le -trataba como á un niño generoso, negándose á aceptar su dinero, compró -en la calle de los Orfebres un prodigioso collar de perlas que era -la desesperación de todas las hetarias, y lo envió á Mirrina antes de -partir. - -Después volvió muchas veces. No se decidía á regresar á su país. -Se hacía á la vela con su flotilla, pero en el primer puerto que -encontraba, admitía cargamento para Atenas sin fijarse en el precio, -y apenas tocaba en el Pireo, corría á casa de la cortesana, no -decidiéndose á partir hasta que sospechaba en Mirrina el hastío de su -presencia. - -La cortesana acabó por acostumbrarse á aquel amante sumiso, siempre -á sus pies, que deseaba morir por ella, mostrando su adoración con -un apasionamiento de bárbaro, tan distinto de la escéptica y burlona -cortesía de los atenienses. Llamábale _hermanito_, y esta palabra, que -las hetarias usaban con los amantes jóvenes, tomaba poco á poco en -sus labios un calor de sincero cariño. Cuando tardaba en regresar de -sus viajes á las islas, ansiaba su presencia, y apenas le veía en la -puerta, corría á él con los brazos abiertos, en un arranque de alegría -jamás visto por los otros amigos. - -No le amaba como al poeta; pero la sumisión apasionada de Bomaro, su -amor respetuoso y dócil, tan distinto de los apetitos que inspiraba á -los demás, despertaban en Mirrina un sentimiento de gratitud. - -Una noche, el ibero que parecía preocupado, osó tras muchas -vacilaciones exponerla su pensamiento. - -No podía vivir sin ella; jamás volvería á Zazintho; había resuelto -perder sus riquezas antes que dejar de verla. Prefería ser descargador -en el muelle de Faraleo... Y á continuación, como quien toma carrera -para salvar más pronto el obstáculo, la propuso apresuradamente hacerla -su esposa, entregarla su fortuna, llevarla allá, al risueño Zazintho, -de campos floridos y montañas de color de rosa, tan semejantes á las -del Ática. - -Mirrina reía escuchándole; pero en su interior se sentía conmovida -por la abnegación cariñosa del ibero que, para unirse á ella -eternamente, saltaba por encima de un pasado vergonzoso en el -dicterión y el Cerámico. La cortesana resistió con sonrisa burlona -tales proposiciones; pero Bomaro era tenaz. ¿No estaba cansada de -aquella vida, de verse agasajada como un objeto de gran precio, pero -despreciada muchas veces por las gentes groseras que se creían señores -de ella con sólo presentar su oro? ¿No le gustaba ser una soberana en -las costas de Iberia, rodeada de un pueblo que admiraría sus talentos -de ateniense?... - -Bomaro la venció con su tenacidad amorosa, y un día las cortesanas -de Atenas vieron con asombro como era vendida la casa de la calle de -los Trípodes, y como las esclavas de Mirrina llevaban al puerto las -riquezas amontonadas en tres años de loca fortuna, depositándolas en -las naves del ibero, que había puesto en los mástiles sus velas de -púrpura para un viaje triunfal. - -La cortesana, deseando tranquilizar á aquel hombre que tan por completo -se entregaba á ella, quiso dejar en Atenas todo su pasado. Se propuso -ser una mujer nueva, olvidar su vergonzoso nombre, y después de hacer -repetir á Bomaro los nombres más hermosos de las mujeres ibéricas, -escogió el de Sónnica, por ser el más grato á su oído. - -Al llegar á Zazintho, el navegante y la griega se unieron en el -templo de Diana ante todo el Senado, al que pertenecía el joven. La -ciudad experimentó los efectos de aquel encanto que parecía emanar -de la persona de Sónnica. Era como un soplo de la lejana Atenas que -enloquecía á los comerciantes griegos de Sagunto, embrutecidos por su -larga permanencia entre bárbaros. - -En los banquetes, cuando á la hora de los vinos dulces cantaba ella los -himnos de los grandes maestros, toda la juventud saguntina del barrio -griego sentíase impulsada á caer á sus pies, adorándola como una diosa. -Al año de unión, Bomaro sintió en su fortuna el apoyo de aquella mujer, -que al cambiar de vida, se interesaba por las cosas materiales, deseosa -de acallar las murmuraciones de las ciudadanas virtuosas que hablaban -de su pasado de cortesana dilapidadora. - -Vigilaba de lejos los trabajos del campo, los grandes rebaños, las -fábricas de alfarería; iba á presenciar la llegada de las naves, y la -enorme fortuna de Bomaro se aumentó, resultando excelentes todos los -negocios que aconsejaba ella con su voz lenta y armoniosa, tendida bajo -un bosquecillo de laureles de su jardín y acariciada por el abanico de -plumas de una esclava. - -Bomaro, después de satisfechas sus más vehementes ansias de amor, -navegaba por las costas de Iberia, tranquilo de la buena marcha de sus -asuntos y deseando acrecentar aún más aquella fortuna que tan bien -administraba Sónnica. Ésta se había rodeado de una corte de jóvenes, á -los que trataba como una maestra: la juventud griega nacida en Sagunto, -la seguía para aprender los modales y costumbres de Atenas, que eran -su perpetuo ensueño. Los maldicientes de la ciudad la llamaban Sónnica -la cortesana, pero la plebe que recibía sus auxilios, y los pequeños -comerciantes que jamás acudían á ella sin resultado, la titulaban -Sónnica la rica, y eran capaces de pelearse con los que hablaran mal de -ella. - -Un invierno, á los cuatro años de unión, Bomaro pereció en un naufragio -cerca de las columnas de Hércules, y Sónnica se vió dueña absoluta de -una inmensa fortuna y señora de toda una ciudad, sobre la que imperaba -por su riqueza y su buen corazón. Libertó esclavos en memoria del -infortunado navegante, envió ofrendas valiosas á todos los templos -de Sagunto, alzó en la Acrópolis un monumento funerario en memoria -de Bomaro, haciendo venir para ello marmolistas de Atenas. Con sus -liberalidades se hizo perdonar su origen, logrando que la ciudad, -huraña y de costumbres austeras, tolerase su vida alegre y desenfadada, -que era una resurrección de las costumbres atenienses en medio de la -sobriedad ibérica. - -Pasado el luto de la viudez, dió cenas en su casa de campo, que duraron -hasta el alba; hizo venir del Ática famosas _aulétridas_ que con las -flautas enloquecían á la juventud saguntina; sus naves emprendían -viajes sin más objeto comercial que traerla raros perfumes del Asia, -telas de Egipto y caprichosos adornos de Cartago; y su fama se extendió -tanto tierra adentro, que algunos reyecillos de la Celtiberia llegaban -á Sagunto con el deseo de conocer aquella mujer asombrosa, sabia como -un sacerdote y hermosa como una deidad. Los griegos admirábanla, viendo -acrecerse con ella la influencia de su raza sobre los primitivos -saguntinos, que la elogiaban por su desinterés. Y así vivía: sin -entrar en su casa otras mujeres que las esclavas, flautistas y -danzarinas; rodeada de hombres que la deseaban, pero sin entregarse á -ninguno de ellos; tratándolos con una franqueza varonil, permitiéndose -enloquecedoras intimidades, pero sin llegar nunca á la regia limosna -de su cuerpo; y pensando siempre en Atenas, la ciudad luminosa que -guardaba su pasado, y cuyas costumbres intentaba resucitar. - -Eufobias el filósofo, al llegar á este punto de su relación, afirmaba -con gran energía la pureza de Sónnica. Á pesar de lo que dijeran las -griegas del barrio de los mercaderes, Sónnica no tenía amantes: lo -afirmaba él, que era la peor lengua de la ciudad. Varias veces se había -sentido inclinada hacia alguno de sus comensales. Alorco, el hijo de un -reyecillo de la Celtiberia que vivía en Sagunto y frecuentaba mucho su -casa, había causado en ella alguna impresión con su belleza varonil y -fiera de hijo de las montañas. Pero en el momento decisivo retrocedía -Sónnica, como quien teme descender y confundirse con una raza inferior. -El recuerdo del Ática ocupaba por completo su imaginación. Si -hubiese abordado á aquellas costas algún joven ateniense, bello como -Alcibíades, cantando versos, modelando estatuas y mostrando habilidades -y destrezas como en los Juegos Olímpicos, tal vez hubiera caído en -sus brazos; pero su castidad continuaba segura entre los celtíberos -arrogantes que iban á todas las fiestas oliendo á caballo y con la -espada en el flanco, ó los afeminados hijos de comerciantes, rizados, -chorreando perfumes y acariciando á los pequeños esclavos que les -acompañaban en el baño. - ---Tú, ateniense --continuó el filósofo-- debes presentarte á -Sónnica; te recibirá bien... No eres un efebo --continuó sonriendo -burlonamente--; te blanquea la barba, pero tienes en tu figura la -arrogancia de un rey de la _Iliada_, en la frente algo de la majestad -de Sócrates; y ¿quién sabe si podrás ser el heredero de las riquezas de -Bomaro? Si esto llega, no olvides al pobre filósofo; me contento con un -odre de vino de Laurona, ya que ahora me condenas á la sed. - -Y Eufobias reía, golpeando á Acteón en los hombros. - ---Estoy invitado al banquete de Sónnica esta noche --dijo el griego. - ---¡Tú también!... Allí nos veremos. Á mí no me invitan, pero entro con -el mismo derecho que un perro de la casa. - -El filósofo vió pasar por el centro del Foro á Alco, el pacífico -ciudadano, que bajaba de la Acrópolis. - ---Ése es uno de los pocos buenos que hay aquí. Me ensalza la virtud, me -aconseja que trabaje olvidando la filosofía y encima me da siempre para -beber. Hasta la noche, extranjero. - -Y corrió hacia Alco que, apoyado en su báculo, le veía venir con -bondadosa sonrisa. - -Acteón, viéndose solo otra vez, vagó por el centro del mercado. De -pronto oyó á su espalda una voz infantil que le llamaba. Era Ranto, -sentada en el suelo entre los cántaros de leche ya vacíos, vendiendo -sus últimos quesos. Junto á ella estaba en cuclillas el pequeño -alfarero. Comían una galleta dura con unas cebollas frescas y jugosas -y se disputaban cariñosamente los bocados entre grandes risas. La -pastorcilla ofreció á Acteón un pedazo de queso y una torta y el griego -aceptó con el reconocimiento del hambre. Parecía que era su destino -recibir en Sagunto el sustento de manos femeninas. Dos veces le habían -socorrido las mujeres desde que desembarcó. - -Sentado entre los dos adolescentes, veía poco á poco despoblarse el -mercado. Los pastores picaban sus rebaños hacia la puerta del Mar; los -jefes celtíberos, llevando sus mujeres á la grupa de los caballos, -emprendían el galope con el deseo de verse pronto en las aldeas de la -montaña, y las carretas vacías rodaban perezosamente hacia los vicos y -torres del agro saguntino. - -Acteón vió de nuevo al pastor celtíbero bajo los pórticos, yendo -de grupo en grupo como un rústico torpe, enterándose de todas las -conversaciones. Al pasar por cerca del griego le miró con aquellos ojos -enigmáticos que despertaban en él un recuerdo indeterminado. - -De repente el pequeño alfarero se levantó y echó á correr, ocultándose -tras la columnata del Foro. - ---Es que ha visto á su padre --dijo Ranto con tranquilidad--. Por allí -llega Mopso: baja de la Acrópolis. - -Acteón salió al encuentro del arquero. - ---Ha bastado mi palabra para que te admitiese el Senado. La ciudad -necesitará pronto buenos soldados como tú. Los ancianos mostrábanse -algo alarmados esta mañana. Temen á Hanníbal, ese lobezno de Hamílcar, -que acaudilla ahora los cartagineses y no llevará con calma nuestra -amistad con los romanos y el castigo de los aliados que tenía aquí... -Toma: esto es el adelanto que te hace la República. - -Y entregó á Acteón un puñado de monedas que el griego guardó en su -bolsa. Después quiso llevarle á su casa: conocería á sus hijos, comería -con ellos; pero el ateniense no aceptó, alegando su invitación al -banquete de Sónnica. - -Al alejarse el arquero, Acteón sintió el tormento de la sed, y -recordando las recomendaciones del filósofo, entró en la casa de aquel -romano cuyo vino de Laurona tanto entusiasmo inspiraba á Eufobias. -Cambió en el mostrador un victoriato y le dieron una pátera de barro -rojo en forma de barca llena de un vino negro coronado de brillantes -burbujas. Dos soldados bebían en un rincón de la taberna; dos rudos -mercenarios, con caras de bandidos. El uno era un ibero; el otro, -de tez tostada y formas atléticas, parecía un libio, y sus mejillas, -encallecidas por el casco, así como el cuello y los brazos, surcados -por cicatrices, delataban al guerrero á sueldo que peleaba con -indiferencia desde la niñez, lo mismo al servicio de un pueblo que al -del contrario. - ---Yo estoy al servicio de Sagunto --decía el libio--. Estos mercaderes -pagan mejor que los de Cartago. Pero créeme, aunque satisfecho -de servir á este pueblo, reconozco que se mete en mala aventura -disgustando á Hanníbal. Mucho vale Roma: pero Roma está lejos, y -ese cachorro de león se despereza á pocas jornadas de aquí. Hay que -conocerlo, haberlo visto desde niño como yo, cuando militaba á las -órdenes de su padre Hamílcar. Corre como una yegua, lo mismo combate -á pie que á caballo, come lo que hay ó no come; va vestido como un -esclavo; todo su lujo está en las armas; duerme en el suelo, y muchas -veces, al amanecer, lo encontraba su padre tendido entre los centinelas -del campamento. No quiere que le cuenten nada: necesita verlo todo por -sus propios ojos, mezclarse con los enemigos para estudiar de cerca -su punto flaco. Muchas veces, Hasdrúbal, el marido de su hermana, se -asombraba al ver entrar en su tienda á un viejo mendigo, y reía á -carcajadas contemplando cómo se arrancaba Hanníbal la peluca y los -harapos, bajo los cuales había pasado algunas horas entre los enemigos. - -Acteón salió de la taberna apresuradamente al ver que Ranto, después -de entregar sus cántaros á un esclavo que los cargaba en su carreta, -emprendía la marcha hacia la quinta de Sónnica. - ---Iré contigo, pequeña. Me servirás de guía hasta la casa de tu señora. - -Comenzaba á descender el sol. La luz de la tarde doraba el follaje del -agro, dando á las hojas de las vides una transparencia de ámbar. En los -caminos de la campiña, sonaban las esquilas del ganado, el chirrido de -las carretas y el canto soñoliento de los rústicos que volvían de la -ciudad. - -Llegaron á la quinta de Sónnica, grande como un pueblo. Pasaron -primeramente ante las viviendas de los esclavos, en cuyas puertas se -agitaba un enjambre de niños desnudos de grueso abdomen y ombligo -saliente como un botón. Después, las cuadras, de las cuales salía un -vaho ardoroso cargado de mujidos y relinchos; los trojes, los graneros, -la casa del intendente, los calabozos para los esclavos rebeldes con -sus respiraderos al ras del suelo; el palomar, alta torre de ladrillos -rojos, en torno de la cual aleteaba una nube de plumas blancas con -incesantes arrullos; las chozas grandes de paja que servían de albergue -á centenares de gallinas, y tras esta serie de edificios, la quinta de -recreo, la vivienda de Sónnica, de la que se hablaba con admiración -hasta en las más remotas tribus de la Celtiberia; rodeada de cipreses y -laureles, circuida por muros cubiertos de retorcidas parras, y asomando -por encima de la gran masa de follaje, sus paredes de color de rosa con -columnatas y frisos de mármol azul y la terraza coronada por estatuas -polícromas, cuyos ojos de esmalte brillaban al sol como piedras -preciosas. - -Acteón caminaba silencioso y preocupado. Desde hacía media hora que -Ranto le hablaba sin obtener contestación. - ---Mira, extranjero: todos los campos que alcanza la vista, son de -Sónnica. - ---Contempla, griego, cuántas gallinas. Casi todos los huevos que -consume la ciudad son de aquí. - -Acteón no se fijaba en las indicaciones de la pastorcilla; pero cuando -ésta llamó en la puerta del jardín, y al eco del címbalo contestó en el -interior un ladrido de perros y el extraño chillido de ocultas aves, -el griego se dió un golpe en la frente, cual si acabara de hacer un -descubrimiento. - ---Ya sé quien es --dijo como si surgiera de un sueño. - ---¿Quién? --preguntó asombrada la joven. - ---Nadie --contestó con la frialdad del que teme haber dicho demasiado. - -Pero en su interior, estaba satisfecho del descubrimiento. Recordando -las palabras del mercenario libio en la taberna, había resurgido en su -memoria la figura de aquel pastor celtíbero tan enigmático. De repente, -se había hecho la luz en su pensamiento. - -Ya sabía quién era. Por algo le habían impresionado desde el primer -momento las miradas de aquel desconocido; los ojos, que no cambian -nunca en el rostro por años que transcurran. Aquellos ojos los había -visto muchas veces en su niñez, cuando su padre hacía la guerra en -Sicilia con Hamílcar y él se educaba en Cartago. - -El pastor era Hanníbal. - - - - -III - -Las danzarinas de Gades - - -Dos horas después del mediodía despertó Sónnica. Los oblicuos rayos del -sol se filtraban entre las varillas doradas de la ventana, cubiertas -por el follaje de las parras. Su luz coloreaba los vivos estucos que -servían de marco á las escenas de los Juegos Olímpicos pintadas en el -muro y las columnillas de mármol rosa que adornaban la puerta. - -La hermosa griega arrojó al suelo las cubiertas de blanco lino de -Sétabis, y su primera mirada al despertar fué para su desnudez, -siguiendo con ojos cariñosos todos los contornos de su cuerpo, desde -el seno hinchado por redondeces armoniosas, hasta el extremo de sus -sonrosados pies. - -La cabellera opulenta, perfumada y de sedosos bucles descendiendo -á lo largo de su cuerpo, la envolvía como un regio manto de oro, -acariciándola desde la nuca á las rodillas con un suave beso. La -antigua cortesana, al despertar, admiraba su cuerpo con la adoración -que habían infundido en ella los elogios de los artistas de Atenas. - -Aún era joven y hermosa; aún podía hacer temblar de emoción á los -hombres al terminar un banquete, mostrándose sobre la mesa desnuda como -Friné. Sus manos, ávidas de embriagarse con el tacto de su hermosura, -acariciaban la redonda y firme garganta; los globos de nácar terminados -por un sutil pétalo de rosa, apreciando su firme elasticidad, y la -tortuosa red de venillas azules que se dibujaban débilmente bajo la -satinada epidermis; y después bajaban y bajaban rozando las profundas -entradas del talle, las fuertes caderas, el vientre de curva suave, -semejante á la de una crátera, y las piernas, cuya armoniosa redondez -era comparada en otros tiempos con la trompa del elefante por los -mercaderes asiáticos que la visitaban en Atenas. - -El amor había pasado sobre ella su lengua de fuego sin consumirla; -había vivido en medio de sus ardores fría, insensible y blanca como la -estatua de mármol bajo el resplandor del sol. Y al verse joven aún, -hermosa y con una frescura de virgen, sonreía satisfecha de sí misma, -contenta de la vida. - ---¡Odacis!... ¡Odacis! - -Al eco de su voz entró una esclava celtíbera, alta, enjuta, fuerte, á -la que apreciaba mucho la griega por la suavidad con que peinaba sus -cabellos. - -Apoyándose en sus hombros se incorporó sonriente y saltó del lecho para -entrar en el baño. - -Su desnudez se envolvía en la cabellera como en un transparente velo de -oro. Al posar sus pies desnudos sobre el pavimento que representaba el -juicio de Paris, la frialdad del mosaico la hacía reir con agradable -cosquilleo y su risa marcaba suaves hoyuelos en las mejillas, y por -acción refleja hacía estremecer con suave ondulación las curvas de su -dorso. - -Descendió tres escalones y se arrojó en la piscina de jaspe, moviendo -los brazos, que hacían saltar el agua en diminutas perlas. Su cuerpo, -al través del agua verdosa, tomaba una trasparencia ideal, un brillo de -aparición fantástica, moviéndose de un lado á otro como una sirena de -espaldas de nácar con la cabellera flotante. - ---¿Quién ha venido, Odacis? --preguntó tendiéndose en el fondo de la -bañera. - ---Han venido las mujeres de Gades que bailarán esta noche. Polyantho -las ha alojado junto á las cocinas. - ---¿Y quién más?... - ---Hace un momento llegó el extranjero de Atenas que encontraste esta -mañana en el templo de Afrodita. Le he hecho entrar en la biblioteca y -no he olvidado ninguno de los deberes de la hospitalidad. Ahora acaba -de salir del baño. - -Sónnica sonreía pensando en el encuentro de por la mañana. Había -dormido mal. Lo atribuía á la noche en vela pasada con sus amigos en -la terraza de la quinta; al caprichoso viaje al puerto antes de la -salida del sol; pero pensaba con cierta confusión en lo impresa que -había quedado en su memoria la figura del ateniense, hasta el punto de -que varias veces se le apareció durante su sueño. Sin saber por qué, -asociaba la figura de Acteón á la de Zeus cuando en forma mortal bajaba -á la tierra en busca del amor humano. - -En sus ratos de fastidio, cuando en Atenas acogía con repugnancia las -caricias vendidas por montones de oro, la acometía el vago deseo de ser -amada por un dios. Pensaba en Leda, en Psiquis, hasta en el afeminado -Ganímedes, amados por los huéspedes del Olimpo, y se enfurecía ante -la imposibilidad de encontrar un dios que la poseyera en un bosque -misterioso ó al borde de uno de esos caminos á cuyo final está lo -desconocido. Quería contemplar su imagen en el fondo de unos ojos -animados por el resplandor de lo infinito; besar una boca que sirviese -de puerta á la suprema sabiduría; sentirse esclava entre unos brazos -que tuviesen la inmensa fuerza de la omnipotencia. Había gustado -una pequeña parte de este placer amando á su poeta, majestuoso y -sublime en algunos instantes como un ser divino; pero la simplicidad -de la adolescencia no le dejó paladear este placer, y ahora, en el -refinamiento de su madurez, sólo encontraba hombres como los que había -conocido en Atenas, rudos y brutales unos, afeminados y burlones otros, -sin la belleza severa y soberana que admiraba en las estatuas. - -Salió del baño suspirando con infantiles y graciosos estremecimientos, -mientras su cabellera esparcía una menuda lluvia á cada paso. - -Odacis llamó y entraron tres esclavas, que eran las que la ayudaban en -el tocado de su señora, las _tractatrices_ encargadas del masaje de su -cuerpo. - -Sónnica se dejó manejar por las tres mujeres, que la frotaron con -fuerza, estirando sus miembros para darles ligereza y soltura. Después -se sentó en una silla de marfil, apoyando sus codos sonrosados en los -delfines que formaban los brazos del asiento, y en esta posición, -erguida é inmóvil, esperó que las esclavas procediesen á su tocado. - -Una que era casi una niña, envuelta en una tela de anchas rayas, se -arrodilló en el suelo, sosteniendo un gran espejo de bronce cincelado, -en el cual se contemplaba Sónnica hasta más abajo del talle. Otra -rebuscó en las mesas de mármol los objetos de tocador, alineándolos, y -Odacis comenzó á alisar con peines de marfil la espléndida cabellera -de su señora. Mientras tanto la otra esclava se aproximaba con una -pátera de bronce llena de pasta gris. Era la harina de habas usada por -las elegantes de Atenas para conservar tersa y tirante la piel. Untó -con ella las mejillas de la griega y después los salientes pechos, -el vientre, los flancos y las rodillas, dejando casi todo su cuerpo -envuelto en una capa grasienta y lustrosa. En los sitios donde crece el -vello puso algo de _dropax_, pasta depilatoria compuesta de vinagre y -tierra de Chipre. - -Sónnica asistía impasible á estos preparativos de su _toilette_, que la -afeaban momentáneamente para hacerla renacer todos los días más hermosa. - -Odacis seguía peinándola. Agarraba la espléndida cabellera, perdiéndose -sus dos manos en aquella cascada brillante; la retorcía dulcemente, -enroscándola á sus brazos como una enorme serpiente de oro; volvía á -esparcirla, separándola mechón por mechón para que se secase, y tornaba -amorosamente á alisarla con los peines de marfil apilados en una mesa -inmediata, verdaderos prodigios de arte con púas finísimas y su parte -superior cincelada, representando escenas de los bosques, ninfas -arrogantes persiguiendo ciervos, y sátiros hediondos dando caza á las -beldades desnudas. - -La peinadora, después de secar la cabellera, procedió á teñirla. Con -una pequeña ánfora rematada por largo pico, la humedeció con una -disolución de azafrán y goma de Arabia, y abriendo una arquilla llena -de polvo de oro, fué espolvoreando la sedosa y enorme madeja, que tomó -la brillantez de los rayos del sol. Después, enroscando los mechones de -las sienes á un molde de hierro puesto en un braserillo, fué formando -apretados rizos que cubrieron la frente de la griega hasta cerca de -los ojos; recogió la masa de cabellos sobre la nuca, sujetándolos con -una cinta roja entrelazada fuertemente, y rizó el vértice del peinado, -imitando las ondulantes llamas de una antorcha. - -Sónnica se levantó. Dos de las esclavas aproximaron una pesada ánfora -de barro llena de leche, y con una esponja lavaron el cuerpo de su -señora cerca de la piscina, limpiándola de la pasta de habas. La tersa -blancura de su piel volvió á salir á luz más fresca y jugosa. - -Odacis, con unas pinzas de plata en la mano, vigilaba el cuerpo de su -señora, con la atención y el ceño fruncido del artista que prepara -una grande obra. Era la encargada de la depilación; su mano ligera -merecía elogios por la suavidad con que arrancaba el vello y perseguía -obstinadamente por todos los contornos entrantes y salientes del cuerpo -el más ligero musgo para hacerlo desaparecer. Sus pinzas arrancaron -algunas briznas finísimas que comenzaban á surgir bajo la dulce curva -del vientre, allí donde la naturaleza tendía á cubrirse de obscura y -aterciopelada vegetación, destruída implacablemente por la costumbre -griega de imitar la tersa limpieza de las estatuas. - -Volvió á sentarse Sónnica en la silla de marfil y comenzó el arreglo -del rostro. En la inmediata mesilla alineábase un verdadero ejército de -frascos de vidrio, vasos de alabastro, botes de bronce y plata, cajitas -de marfil y oro, todo cincelado, brillante, cubierto de delicadas -figurillas, adornado de piedras preciosas, conteniendo esencias -egipcias y hebreas, aromas de Arabia, perfumes y afeites embriagadores -traídos por las caravanas del interior del Asia á los puertos fenicios, -trasladados de allí á Grecia ó á Cartago, y comprados para Sónnica por -los pilotos de sus barcos en las arriesgadas correrías comerciales. - -Odacis la pintó el rostro de blanco, y después, mojando un pequeño -estilete de madera en esencia de rosas, lo hundió en un bote de bronce -adornado con guirnaldas de loto y lleno de un polvo negro. Era el -_kohol_ que los mercaderes egipcios vendían á un precio fabuloso. La -esclava aplicó la punta del estilete á los párpados de la griega, -tiñéndolos de un negro intenso y trazando una fina línea en el vértice -de los ojos, que dió á éstos más grandeza y dulzura. - -El tocado llegaba á su fin. Las esclavas abrían los innumerables -frascos y vasos alineados sobre el mármol, y por el ambiente de la -habitación se esparcían confundidos los costosos perfumes; el nardo de -Sicilia, el incienso y la mirra de Judea, el áloe de la India, y el -comino de Grecia. Odacis cogió una pequeña ánfora de vidrio incrustada -de oro con un tapón cónico terminado por fina punta que servía para -depositar sobre los ojos el antimonio que aviva la mirada, y después de -terminar la operación, ofreció á su señora las tres unturas para dar -color á la piel en diferente gradación: el minium, el carmín y el rojo -egipcio extraído de los residuos del cocodrilo. - -Delicadamente, la esclava fué coloreando con un fino pincel el cuerpo -de su señora. Trazó una nubecilla de pálido arrebol en las mejillas y -las diminutas orejas; marcó dos manchas como pétalos de rosa en los -agudos y titilantes extremos de los pechos; acarició con su pincel -el botón de la vida, que se marcaba con depresión ligera en medio de -la tersa suavidad del vientre, y poniéndose tras de Sónnica, coloreó -sus codos y los hoyuelos que se marcaban más abajo del talle, en las -protuberancias de armoniosa redondez. Luego, con rojo egipcio, fué -tiñéndole una por una las uñas de los pies y las manos, y otra esclava -le calzó unas sandalias blancas con suela de papirus y broches de -oro. Caían los perfumes sobre ella, cada uno en distinta parte del -cuerpo, para que éste fuese como un mazo de flores, en el que se -confundían diferentes aromas. Odacis la presentó el cofrecillo de las -joyas, dentro del cual temblaban las piedras preciosas como peces -inquietos y deslumbrantes. Los afilados dedos de la griega, revolvieron -con indiferencia el montón de collares, sortijas y pendientes que, -como todas las joyas griegas, eran más preciosos por el trabajo de -los artistas, que por la riqueza de las materias. Las escenas de -los grandes poemas aparecían reproducidas casi microscópicamente en -camafeos de cornalina, ónix y ágata, y las esmeraldas, topacios y -amatistas, estaban adornadas con puros perfiles de diosas y héroes. - -Sobre el desnudo pecho de Sónnica se enroscó un collar de piedras de -complicadas vueltas; los dedos de sus manos se cubrieron de sortijas -hasta las uñas, y la blancura de sus brazos pareció más diáfana, -cortada á trechos por el brillo de anchos brazaletes de oro. Para dar -más expresión al rostro, Odacis adornó á su señora con algunos ligeros -lunares, y después comenzó á anudar en torno de su cuerpo la _fascia_, -el corsé de la época, una ancha faja de lana que sostenía los globos -del pecho para que conservasen su saliente rigidez sin deformarse por -el peso. Sónnica, contemplándose en el pulido bronce, sonreía á su -imagen desnuda y hermosa como una Venus en reposo. - ---¿Qué traje, señora? --preguntó Odacis--. ¿Quieres la túnica de -flores de oro que te trajeron de Creta, ó los velos de _kalasiris_, -transparentes como el aire, que mandaste comprar en Alejandría?... - -Sónnica no llegaba á decidirse: escogería en el vestuario. Y con -toda la majestad de su hermosa desnudez, haciendo crujir á cada paso -el papirus de las sandalias, salió de su dormitorio seguida de las -esclavas. - -Mientras tanto Acteón esperaba en la biblioteca. Había visto grandes -palacios en sus correrías por el mundo, había contemplado --dos años -antes del terremoto que le arruinó-- el célebre coloso de Rhodas; -conocía el Seraphion y la tumba del gran conquistador en Alejandría; -estaba habituado á la riqueza y al fausto y, sin embargo, no podía -ocultar la sorpresa que le producía aquella casa griega en un país -bárbaro, más lujosa y artística que la de los ciudadanos ricos de -Atenas. - -Guiado por un esclavo y dejando atrás el jardín con sus follajes -rumorosos y sus gritos de pájaros exóticos, había pasado por la -columnata que daba entrada á la quinta. Primero el _prothyrum_ con su -zócalo de mosaico, en el que se veían pintados feroces perros negros -con el ojo de fuego y abierta la rabiosa y babeante boca, erizada de -colmillos. - -Sobre la puerta estaba clavada una rama de laurel junto á una lámpara -en honor de los dioses tutelares de la casa. Después del _prothyrum_, -algo lóbrego, se abría á cielo abierto como un pulmón del edificio, -el atrio con sus cuatro filas de columnas sosteniendo la techumbre y -formando otros tantos claustros, en los cuales se alineaban las puertas -de las habitaciones con sus tres cuadros ribeteados por clavos de -gruesa cabeza. - -En el centro del atrio abríase el _impluvium_, balsa rectangular de -mármol para recoger las aguas de la techumbre, depositándolas en la -cisterna. Entre las columnas erguíanse sobre sus pedestales grandes -vasos de barro rojo cubiertos de flores; cuatro mesas de mármol -sostenidas por leones alados bordeaban el _impluvium_; y junto á éste -alzábase una estatuilla del Amor que en días de fiesta servía de -surtidor de agua. - -Acteón admiró la esbelta robustez de las columnas, labradas en mármol -azul, lo mismo que los zócalos de las galerías, lo que daba á la luz -del atrio una vaguedad difusa, como si el edificio estuviese sumergido -en el mar. - -Después el introductor le había entregado á Odacis, la esclava -favorita, y ésta le había hecho pasar al _peristylium_, un segundo -patio mucho más grande que el atrio y que por su decoración polícroma -asombró al griego. Las columnas estaban pintadas de rojo en su parte -baja, y después este color se mezclaba con el azul y el oro en las -estrías y capiteles, esparciéndose por el artesonado del techo que -cubría los pórticos. En la parte descubierta del peristilo abríase -en el suelo una piscina profunda de aguas transparentes, por las que -pasaban los peces como relámpagos de oro. En torno de ella, bancos -de mármol sostenidos por hermes; mesas sustentadas por delfines -de retorcida cola; macizos de rosas, entre cuyo follaje asomaban -estatuillas blancas ó de barro cocido en voluptuosas posiciones; -y cubriendo las paredes del peristilo, entre las puertas de las -habitaciones, grandes pinturas de artistas griegos: Orfeo con su pesada -lira, desnudo y con el gorro de Frigia, rodeado de leones y panteras -que escuchaban sus cantos con la cabeza humillada y ahogando el rugido; -Venus surgiendo de las espumas; Adonis dejándose curar por la madre del -Amor, y otras escenas loando la fuerza del arte y la belleza. - -Acteón vió junto á él dos esclavos jóvenes que le condujeron al baño, y -al salir de éste encontró de nuevo á Odacis, que le hizo entrar en la -biblioteca, situada en el fondo del peristilo. - -Era una gran habitación con pavimento de mosaico, que representaba -el triunfo de Baco. El joven dios, hermoso como una mujer, desnudo y -coronado de pámpanos y rosas, cabalgaba sobre una pantera, tremolando -el tirso. Las pinturas de las paredes eran pasajes famosos de la -_Iliada_. Alineados sobre tablas estaban los libros más voluminosos, y -los pequeños formaban haces, metidos en estrechos cestos de mimbres con -forro interior de lana. - -Acteón admiró la riqueza de la biblioteca, al contar más de cien -libros. Representaban una verdadera fortuna. Los navegantes recibían -de Sónnica el encargo de traerla cuantas obras notables encontraban -en sus viajes, y los libreros de Atenas la remitían los libros de -entretenimiento más famosos que alcanzaban boga en su ciudad. Eran -todos de papirus con las bandas arrolladas en torno del _umbilicus_, -cilindro de madera ó de hueso artísticamente tallado en sus extremos. -Sus hojas, escritas sólo por una cara, estaban impregnadas en la -otra de aceite de cedro para preservarlas de la polilla, y sobre la -envoltura superior, pintada de púrpura, brillaban con letras de minio -y oro el título de la obra, el nombre del autor y el índice de las -materias. La copia de aquellos libros representaba la vida de muchos -hombres; una suma de trabajo adquirida á costa de grandes cantidades; -y el griego, con el respeto de su raza ante la sabiduría y el arte, -creíase en el silencio de la biblioteca rodeado por las sombras -augustas de tantos grandes hombres, y su mirada respetuosa iba del -Homero en viejo papirus, deslucido por los años, y las obras de Thales -y Pitágoras, á los poetas contemporáneos, Theócrito y Calímaco, cuyos -volúmenes estaban desarrollados, delatando una reciente lectura. - -Acteón oyó un ligero crujido de sandalias en el peristilo, y el cuadro -de oro pálido que formaba en el suelo la luz del patio al través de -la puerta, se obscureció con la sombra de una persona. Era Sónnica, -vestida con una sutil túnica blanca. La luz que quedaba á sus espaldas -marcaba los contornos adorables del cuerpo en la nube diáfana del -vestido. - ---Bienvenido seas, ateniense --dijo con una entonación estudiada y -armoniosa--. Los que llegan de allá son siempre los señores en mi casa. -El banquete de esta noche será en tu honor, pues nadie como un hijo de -Atenas puede ser rey de la mesa y conducir las conversaciones. - -Acteón, algo conmovido por la presencia de una mujer hermosa envuelta -en embriagadores perfumes, comenzó á hablar de la casa, del asombro -que le había producido su magnificencia en aquel país bárbaro y de la -admiración que su dueña gozaba en la ciudad. Todos le habían hablado de -Sónnica la rica. - ---Sí, me quieren; mas algunas veces me censuran. Pero hablemos de tí, -Acteón: cuéntame quién eres; tu vida debe ser interesante como la del -viejo Ulises. Dime antes lo que hay de nuevo en Atenas. - -Y por largo rato se desarrolló una charla incesante entre los dos -griegos; ella queriendo saber qué cortesanas eran las que triunfaban -en el Cerámico é imponían las modas; alegre, satisfecha de recordar su -pasado, rejuvenecida y olvidada de su majestuosa opulencia de Sagunto, -como si aún estuviera en la casa de la calle de los Trípodes y Acteón -fuese uno de los artistas pobres que la visitaban por la tarde para -hablar con intimidad de camaradas de las cosas de la ciudad. Reía -al escuchar las últimas agudezas de los desocupados del Ágora, la -cancioncilla en boga un año antes, cuando Acteón salió de Atenas; y con -el ceño fruncido y una gravedad de diosa se enteraba minuciosamente de -las postreras variaciones en el traje y el peinado de las hetarias más -célebres. - -Satisfecha su curiosidad de ateniense desterrada, quiso penetrar en -la azarosa vida de su huésped, y Acteón hizo el relato con sencillez. -Nacido en Atenas, había sido trasladado á Cartago á los doce años. Su -padre, al servicio de la república africana, guerreaba con Hamílcar -en Sicilia. Un mismo esclavo cuidaba en una aldea del interior al -hijo del mercenario griego y á un cachorro de Hamílcar que sólo -tenía cuatro años. Era Hanníbal. El ateniense recordaba los golpes -que había dado muchas veces á aquella pequeña fiera á cambio de los -mordiscos con que el africano le sorprendía en medio de los juegos. -Estalló la sublevación de los mercenarios con todos los horrores -que la convirtieron en la _guerra inexorable_, y su padre, que -había permanecido fiel á Cartago y no quiso tomar las armas con sus -compañeros, fué á pesar de esto crucificado por el populacho cartaginés -que, olvidando sus heridas por la República, sólo vió en él, al -extranjero, al amigo de Hamílcar, odiado por los partidarios de Hanón. -El hijo se salvó milagrosamente de las sangrientas represalias, y el -fiel esclavo de Hamílcar lo embarcó para Atenas. - -Allí, bajo la protección de unos parientes, recibió la educación de -todos los jóvenes griegos. Conquistó premios del Gimnasio, en la lucha -atlética, la carrera y el juego del disco; aprendió á montar caballos -sin freno, sin más que apoyar el extremo del pie en una muesca de la -lanza; para templar la rudeza de esta educación, le enseñaron á tañer -la lira y cantar los versos en diversos estilos, y al verse fuerte -de cuerpo y sano de inteligencia, fué enviado como todos los jóvenes -atenienses á hacer su aprendizaje militar en las guarniciones de la -frontera. - -Le aburría la pasividad de esta existencia; era pobre y amaba los -placeres; la sangre de sus antepasados, todos soldados de aventura, -bullía en su cuerpo, y huyó del Ática para encargarse de una pesquería -en el Ponto-Euxino. Después fué navegante, comerció por mar y por -tierra; sus caravanas se internaron en el Asia, al través de tribus -belicosas y pueblos que vivían en la molicie de una civilización -remota y decadente. Fué personaje poderoso en la corte de algunos -tiranos, que le admiraban al verle beber de golpe una ánfora de vino -perfumado y vencer en el pugilato á los gigantes de la guardia con su -ágil destreza de ateniense; y cargado de riquezas levantó un palacio en -Rhodas junto al mar y dió fiestas que duraron tres días con sus noches. -El terremoto que derribó al coloso, acabó con su fortuna; se hundieron -sus naves, desaparecieron bajo las olas sus almacenes llenos de -mercancías, y comenzó de nuevo la peregrinación por el mundo; en unos -sitios maestro de canto, en otros, educador militar de la juventud, -hasta que atraído por la guerra de Esparta, se alistó en el ejército de -Cleomenes, el último héroe griego, acompañándolo en el momento en que, -vencido, se embarcó para Alejandría. Pobre, sin ilusiones, convencido -de que la riqueza no volvería á él, triste al ver que todo el mundo lo -llenaban los nombres de Cartago y Roma, hundiéndose el de Grecia en -el olvido, había venido á refugiarse en Sagunto, la pequeña República -casi desconocida, en busca de pan y de paz, hasta que llegase su última -hora. Tal vez en aquel retiro, si no lo estorbaba la guerra, escribiría -la historia de sus viajes. - -Sónnica seguía su relato con interés, fijando en Acteón una mirada de -simpatía. - ---Y tú que has sido un héroe y un potentado ¿vas á servir á esta -ciudad como simple mercenario? - ---Mopso el arquero me ha prometido distinguirme entre las tropas. - ---No basta eso, Acteón. Tendrías que vivir como los demás soldados; -pasar tu vida en las tabernas del Foro, dormir en las gradas del templo -de Hércules. No: tú tienes aquí tu casa; te protege Sónnica. - -Y en sus ojos brillantes, agrandados por el círculo obscuro, se leía -una piedad amorosa que tenía algo de maternal. - -El ateniense la contemplaba con admiración, erguida en su asiento como -una nube blanca, en la penumbra de la biblioteca que, como todas las -habitaciones griegas, no tenía más luz que la que entraba por la puerta. - ---Salgamos al jardín, Acteón. La tarde es dulce y podremos creernos por -un instante en los bosquecillos de la Academia. - -Salieron de la casa y comenzaron á pasear por una tortuosa avenida -orlada de altos laureles, sobre los cuales asomaban las ramas de los -plátanos, regados con vino para acelerar su crecimiento. En la terraza -de la quinta dos pavos lanzaban sus estridentes graznidos y daban -vueltas en el filo de la balaustrada, extendiendo las majestuosas colas. - -Acteón, al contemplar á la luz del sol á su hermosa protectora, sintió -correr por el cuerpo un estremecimiento de deseo. Llevaba por todo -vestido un _xitón_ griego, una túnica abierta, sujeta por un broche -de metal en los hombros y ceñida al talle por un cinturón dorado. Los -brazos surgían desnudos de la blanca envoltura, y el lado izquierdo de -la túnica, cerrado desde el sobaco á la rodilla por algunos pequeños -broches, se entreabría á cada paso, revelando las nacaradas desnudeces. -La tela era tan sutil que al través de su transparencia marcábanse los -contornos de aquel cuerpo sonrosado, que parecía nadar en una envoltura -de espuma tejida. - ---¿Te asombra mi traje Acteón? - ---No; es que te admiro. Me pareces Afrodita surgiendo de las ondas. -Hace tiempo que no veo á las hermosuras de Atenas mostrando su divina -belleza. Estoy corrompido por mis viajes al través de las rudas -costumbres de los bárbaros. - ---Es verdad. Como dice Herodoto, casi todos los que no son griegos -consideran como un oprobio el aparecer desnudos... ¡Si supieras -cuánto escandalizaron al principio, á las gentes de esta ciudad, mis -costumbres de ateniense!... ¡Como si en el mundo existiera algo más -hermoso que la forma humana! ¡Como si el desnudo no fuese la suprema -belleza! Adoro á Friné, asombrando con su cuerpo desnudo á los viejos -del Areópago; haciendo rugir de admiración á los miles de peregrinos -reunidos en la playa de Eleusis, que ven surgir sus blancas formas de -entre los velos, como la luna entre las nubes. Creo en la belleza de -sus pechos más que en el poder de los dioses. - ---¿Dudas de los dioses? --preguntó Acteón con su fina sonrisa de -ateniense. - ---Lo mismo que tú y todos los de allá. Los dioses ya sólo sirven de -modelos á los artistas, y si se toleran en el viejo Homero, es porque -supo contar sus rencillas en hermosos versos. No; no creo en ellos; son -simples y crédulos como niños, pero los amo porque son sanos y hermosos. - ---¿En qué crees, pues, Sónnica? - ---No sé... En algo misterioso que nos rodea y anima la vida: creo en la -belleza y el amor. - -Se detuvo la griega con aspecto pensativo y continuó: - ---Aborrezco á los bárbaros, no porque carezcan de los esplendores del -arte, sino por su odio al amor, que encadenan con toda clase de leyes -y preocupaciones. Son hipócritas y deformes; hacen de la reproducción -un crimen y aborrecen el desnudo, ocultando su cuerpo con toda clase -de harapos, como si fuese un espectáculo abominable... ¡Cuando el -amor sensual, el encuentro de dos cuerpos, es el sublime amor del que -nacimos, y sin él se secaría la fuente de la vida extinguiéndose el -mundo!... - ---Por eso somos grandes --dijo Acteón con gravedad--. Por eso nuestras -artes llenan la tierra y todos se inclinan ante la grandeza moral de -Grecia. Somos el pueblo que ha sabido honrar la vida rindiendo culto -á su origen: satisfacemos sin hipocresía los impulsos del amor, y -por esto comprendemos mejor que nadie las necesidades del espíritu. -La inteligencia vuela mejor cuando no siente el peso del cuerpo -atormentado por la castidad. Amamos y estudiamos: nuestros dioses van -desnudos, sin otro adorno que el rayo de luz inmortal sobre la frente. -No piden sangre como esas divinidades bárbaras envueltas en ropajes que -sólo dejan al descubierto su faz ceñuda de asesinos; son bellos como -los humanos, ríen como ellos, y sus carcajadas, rodando por el Olimpo, -alegran la tierra. - ---El amor es el sentimiento más virtuoso: de él emanan todas -las grandezas. Sólo los bárbaros lo calumnian, ocultándolo como -deshonestidad. - ---Yo conozco un pueblo --dijo Acteón-- en el que el amor, la divina -fusión de los cuerpos, se mira como una impureza. Es Israel, una -amalgama de tribus miserables, acampadas en un país árido, en torno de -un templo de bárbara construcción, copiado á todos los pueblos. Son -hipócritas, rapaces y crueles: por esto abominan del amor. Si un pueblo -así llegase á la grandeza universal de Grecia, si se enseñoreara del -mundo, imponiendo sus creencias, se apagaría la eterna luz que brilla -en el Parthenón; la humanidad andaría á obscuras, con el corazón seco y -el pensamiento muerto; la tierra sería una necrópolis, todos cadáveres -movibles, y pasarían siglos y más siglos antes que los hombres -encontraran otra vez el camino, marchando de nuevo hacia nuestros -risueños dioses, hacia el culto á la belleza que alegra la vida. - -Sónnica, escuchando al griego, se aproximaba á los altos rosales y -arrancaba las flores, aspirándolas con delicia. Se creía en Atenas, -en el jardín de la calle de los Trípodes, oyendo á su poeta, que -la iniciaba en los dulces misterios del arte y el amor. Y miraba -dulcemente á Acteón, con apasionamiento franco y sincero, con sumisión -de esclava, diciendo «quiero» con los ojos, como si sólo esperase una -palabra para caer en sus brazos. - -El aire removía dulcemente todo el jardín. Al través del follaje se -veía el cielo de color de púrpura inflamado por la puesta del sol. Bajo -los árboles comenzaba á formarse una misteriosa penumbra. Los ruidos -del campo, el rebullir de la gente fuera de la quinta en las casas de -los esclavos y hasta los gritos de los pájaros exóticos en la terraza, -parecían venir de un mundo lejano. - -Entre dos macizos de rosales erguíase una imagen de Príapo tallada en -un tronco. El dios rústico sonreía con expresión lúbrica, arqueando el -pecho velludo y encorvando hacia afuera los riñones, como para ostentar -mejor su virilidad enorme pintada de rojo. - -Sónnica sonrió al ver que lo contemplaba el ateniense. - ---Ya sabes que es antigua costumbre poner los jardines bajo la guarda -de Príapo. Dicen que ahuyenta á los ladrones. Así lo creen mis -esclavos; pero si yo conservo al dios es como símbolo de vida en medio -de estas rosas que son tan bellas como las de Pæstum. La brutalidad del -gesto de Príapo completa la dulzura graciosa del Amor. - -Los dos griegos se alejaron silenciosos, con paso tardo, por una -avenida de esbeltos cipreses, á cuyo extremo se abría una gruta con los -peñascos tapizados de hiedra, dejando filtrar por sus aberturas una luz -verde y difusa. Un amorcillo blanco lanzaba con una concha un chorro de -agua que parecía llorar dulcemente, chocando con el tazón de alabastro. -Allí pasaba la antigua cortesana las horas de calor. - -Acteón sintió en un hombro el roce mórbido y firme del pecho de la -griega. - ---¡Sónnica!... - -Y acariciando el cinturón de oro de la griega, lo hizo caer al suelo. -Los brazos frescos y satinados de la cortesana se anudaron á su cuello -como serpientes de marfil: su cabeza se frotó amorosamente contra los -hombros del griego, que mirando hacia abajo veía fijos en él unos ojos -de violeta, húmedos con estremecimientos de emoción. - ---Eres Atenas que vuelve á mí --murmuró ella con dulce desmayo--. -Cuando te encontré esta mañana en las gradas de Afrodita creí que -eras Apolo descendido al mundo... Sentí en mis entrañas el fuego de -los dioses... Imposible resistir... He despreciado al Amor por mucho -tiempo... Pero el diosecillo se venga y yo te amo. Ven... ¡Ven!... - -Y tiraba del cuello de Acteón con sus brazos entrelazados. Se soltaron -los broches de la túnica, resbaló ésta á lo largo del cuerpo, y en el -crepúsculo de la gruta brilló por algunos instantes con pálida luz la -desnudez de la griega. - - * * * * * - -Eran nueve los convidados de Sónnica y llegaron al cerrar la noche, -unos en carros, otros á caballo, pasando por entre los esclavos con -antorchas encendidas que guardaban la entrada de la quinta. - -Cuando Sónnica y Acteón entraron en la sala del festín, los convidados -formaban grupos junto á los lechos de púrpura, en torno de la curva -mesa, cuyo mármol lavaban algunas esclavas con esponjas de agua -perfumada. Cuatro enormes lámparas de bronce ocupaban los ángulos -del _triclinyum_. De sus brazos pendían con cadenillas un sinnúmero -de cazoletas de aceite perfumado, en las que crepitaban las mechas, -esparciendo una viva claridad. Guirnaldas de rosas y follaje se tendían -de una á otra lámpara, formando un marco perfumado á la mesa del -festín. Junto á la puerta que comunicaba con el peristilo amontonábanse -sobre mesas de labrada madera los platos, los vasos dorados y de plata -y los agudos trinchantes de que habían de servirse los esclavos. - -El celtíbero Alorco hablaba con Lacaro y otros tres jóvenes griegos -de aquellos que por su afeminamiento excitaban el escándalo de los -saguntinos en el Foro. El arrogante bárbaro, por una costumbre de -su raza, conservaba ceñida la espada hasta el momento del banquete, -colgándola después del remate de marfil del lecho para tenerla siempre -al alcance de la mano. - -En el otro extremo de la mesa conversaban tranquilamente dos ciudadanos -de edad madura y Alco, el pacífico saguntino con quien habló Acteón por -la mañana en la explanada de la Acrópolis. - -Los dos viejos eran antiguos amigos de la casa, comerciantes griegos -á los que Sónnica hacía partícipes de sus negocios é invitaba á las -fiestas nocturnas, apreciando la mesurada alegría que aportaban á la -diversión. - -Al entrar la enamorada pareja en la sala del festín, todos los -convidados adivinaron su felicidad en los ojos húmedos y brillantes de -Sónnica, en el desmayo con que inclinaba hacia Acteón su rubia cabeza -coronada de rosas y violetas. - ---Ya tenemos amo --murmuró Lacaro con entonación envidiosa. - ---Ha sido más afortunado que nosotros --contestó el celtíbero con -sencillez--. Al fin es un ateniense, y comprendo que Sónnica la -insensible se haya ablandado ante uno de los suyos. - -Acteón, dándose á conocer á todos los convidados, iba por la sala -con el aplomo de un potentado que goza de sus riquezas; como hombre -habituado á grandes esplendores, al que un golpe de fortuna saca de la -miseria, devolviéndolo á sus primitivas costumbres. - -Á una indicación de Sónnica, los convidados se tendieron en los lechos -de púrpura que oblícuamente rodeaban la mesa, y entraron en la sala -cuatro jóvenes apenas llegadas á la adolescencia, llevando sobre -sus cabezas, con la esbelta gracia de las canéforas, canastillas de -mimbre con coronas de rosas. Caminaban con gentil ligereza, como si se -deslizaran sobre el mosaico al son de invisibles flautas, y con sus -finas manos de niña ceñían de flores la frente de los comensales. - -El intendente de la quinta entró en la sala con rostro irritado. - ---Señora: Eufobias el parásito se empeña en entrar. - -Estallaron gritos y protestas entre los convidados al conocer la -proximidad de Eufobias. - ---¡Arrójalo, Sónnica! ¡Nos llenará de miseria! --gritaban los jóvenes, -recordando con rabia las burlas que se permitía en el Foro sobre sus -trajes y costumbres. - ---Es una vergüenza para la ciudad tolerar á ese mendigo insolente ---decían los ciudadanos graves. - -Sónnica sonreía; pero de repente vino á su memoria un epigrama cruel -que el parásito la había dedicado días antes, recitándolo en el Foro, y -dijo con frialdad á su intendente: - ---Arrójalo á palos. - -Los convidados se lavaron las manos en el chorro de agua perfumada que -una esclava iba vertiendo de lecho en lecho, y Sónnica dió la orden de -comenzar el banquete, cuando entró de nuevo el intendente empuñando -todavía una estaca nudosa. - ---Le he pegado, señora, y no quiere irse. Aguanta los golpes y cada vez -se mete más en la casa. - ---¿Y qué dice?... - ---Dice que no es posible una fiesta de Sónnica sin la presencia de -Eufobias, y que los golpes son señal de aprecio. - -La hermosa griega pareció compadecerse; rieron los comensales y Sónnica -dió orden para que entrase el filósofo. Pero antes que saliera á -cumplirla el intendente, ya Eufobias se había introducido en la sala, -encogido, humilde, pero mirando á todos con ojos insolentes. - ---Los dioses sean con vosotros. La alegría te acompañe siempre, hermosa -Sónnica. - -Y volviéndose al intendente dijo con altanería: - ---Hermano: ya que ves que de todos modos acabo por entrar, procura otra -vez tener la mano menos pesada. - -Y entre las risas de los convidados, rascábase la frente, en la que -comenzaba á marcarse un chichón, y con la punta de su viejo manto se -enjugaba algunas gotas de sangre junto á la oreja. - ---¡Salud, piojoso! --le gritó el elegante Lacaro. - ---¡Lejos de nosotros! --vociferaron los otros jóvenes. - -Pero Eufobias no se fijaba en ellos. Sonreía á Acteón, viéndole -acostado junto á Sónnica, y sus ojillos brillaban con expresión -maliciosa. - ---Has llegado donde yo creía, ateniense. Tú sujetarás á estos -afeminados, que rodean á Sónnica y me llenan de insultos. - -Y sin hacer caso de las burlescas protestas de los jóvenes, añadió con -servil sonrisa: - ---Creo que no olvidarás á tu viejo amigo Eufobias. Ahora ya puedes -pagarle todo el vino que desee en las tabernas del Foro. - -El filósofo ocupó un lecho en el extremo más apartado de la mesa y -rechazó la corona que le presentaba una esclava. - ---No vengo por flores: vengo á comer. Rosas las encuentro en el campo -con solo dar un paseo: lo que no se encuentra en Sagunto es un pedazo -de pan para un filósofo. - ---¿Sientes hambre? --preguntó Sónnica. - ---Mayor es la sed. He pasado el día hablando en el Foro: todos me oían -y á nadie se le ocurrió que debía refrescarme la garganta. - -Había que elegir, según costumbre griega, el rey del banquete; el -convidado predilecto encargado de proponer los brindis, de marcar el -momento de beber y dirigir las conversaciones. - ---Elijamos á Eufobias --dijo Alorco con su grave jocosidad de celtíbero. - ---No --protestó Sónnica--. Un día le entregamos por broma la dirección -de un banquete y antes de llegar al tercer servicio estábamos todos -ebrios. Á cada bocado propone una libación. - ---¿Á qué elegir rey? --dijo el filósofo--. Lo tenemos ya al lado de -Sónnica. Que sea el ateniense. - ---Que lo sea --dijo el elegante Lacaro-- y que no te permita hablar en -toda la noche, insolente parásito. - -En el centro de la mesa elevábase una ancha crátera de bronce, á cuyos -bordes asomaba un grupo de ninfas mirándose en el ovalado lago de vino. -Cada convidado tenía detrás un esclavo para su servicio y todos ellos -llenaron en la crátera los vasos de los comensales, para la primera -libación. Eran vasos de los llamados _mirrinos_, traídos á gran precio -de Asia, de misteriosa fabricación, en la que entraba polvo de conchas -y mirra endurecida y pintada. Tenían la blanca opacidad del marfil, -matizada por grecas de colores, y su pasta misteriosa daba al vino un -sabor voluptuoso. - -Incorporóse Acteón en su lecho para proponer la primera libación en -honor de la divinidad predilecta. - ---Bebe por Diana, ateniense --dijo la voz grave de Alco--. Bebe por la -diosa saguntina. - -Pero el griego sentía en la mano que le quedaba libre otra fina y -ensortijada envolviéndola con tibia caricia. - -El ateniense dedicó su libación á Afrodita, y los jóvenes prorrumpieron -en un grito de entusiasmo. Afrodita debía ser la diosa de aquella -noche; y mientras los jóvenes pensaban en las danzarinas de Gades, gran -atractivo del banquete, Sónnica y Acteón, con los codos apoyados en -cojines y el busto al borde de la mesa, se acariciaban con los ojos, al -mismo tiempo que sus cuerpos estaban en cálido contacto. - -Robustos esclavos, sudorosos por el fuego de las cocinas, dejaban sobre -la mesa los manjares del primer servicio en grandes platos de roja -arcilla saguntina. Eran mariscos servidos tal como fueron pescados ó -cocidos al rescoldo con gran cantidad de especias. Ostras frescas, -almejas, erizos aderezados con perejil y hierbabuena, espárragos, -pepinos, lechugas, huevos de pava real, un vientre de cerda sazonado -con cominos y vinagre, y pájaros fritos nadando en una salsa de polvo -de queso, aceite, vinagre y silfio. Además se servía á los convidados -el _oxigarium_, fabricado en las pesquerías de Cartago-Nova: una pasta -de tripas de atún, cargada de sal y vinagre, que excitaba el paladar, -obligando á beber vino. - -El perfume de todos estos platos esparcíase por la sala del festín. - ---Que no me hablen de los nidos del ave fénix --decía Eufobias con la -boca llena--. Según afirman los poetas, el fénix embadurna su vivienda -con incienso, cinamomo y canela, pero ¡juro por los dioses! que en ese -nido no me encontraría tan bien como en el triclinio de Sónnica. - ---Lo que no te impide, malvado --dijo la griega sonriendo--, dedicarme -versos en los que me insultas. - ---Porque te quiero y protesto de tus locuras. De día soy filósofo; pero -por la noche el estómago me obliga á buscarte para que me peguen tus -servidores y me des tú de comer. - -Los esclavos retiraban los platos del primer servicio, y colocaban los -del segundo, que era el de las carnes y el pescado. Un pequeño jabalí -asado ocupaba el centro de la mesa; grandes faisanes con el plumaje -entero sobre las cocidas carnes se ostentaban en platos rodeados -de huevos cocidos y olorosas hierbas; los tordos formaban coronas -enristrados en juncos; las liebres, al ser partidas, mostraban su -relleno de romero y tomillo; y las palomas campestres confundíanse con -las codornices y los tordos. Los pescados eran innumerables y hacían -recordar á los griegos los platos de su país, hablando entre bocado y -bocado del glauco de Megara, la murena de Scione y las doradas y xifias -de las costas de Faraleo y del Helesponto. - -Cada convidado escogía en los platos lo que más le gustaba, y -obsequiaba con ello á sus amigos, cruzándose presentes por medio de -los esclavos de un extremo á otro de la mesa. Nuevos vinos en ánforas -selladas y polvorientas subidas de las cuevas, derramábanse en las -copas del festín. El vino de Chios, lejano y costoso, confundíase con -el Cecubo, el Falerno y el Massico de Italia y los de Laurona y del -agro saguntino. Al perfume de estos líquidos, uníanse el de las salsas, -en las que entraban con las complicadas recetas de la cocina griega, el -silfio, el perejil, el sésamo, el hinojo, el comino y el ajo. - -Sónnica apenas comía: olvidaba los platos, colmados de presentes de sus -convidados, para sonreir á Acteón. - ---Te amo --decía por lo bajo al griego--. Parece que me haya hechizado -una maga de la Thesalia. Todo en mí está lleno de amor. ¿Ves estos -peces?... Temo comerlos; creería cometer un sacrilegio: las rosas y -los peces están dedicados á Venus, la madre de nuestra felicidad. Sólo -deseo beber... beber mucho. Siento en mí un fuego que me acaricia y me -consume. - -Los convidados devoraban, tributando elogios al cocinero de Sónnica, -un asiático comprado en Atenas por uno de sus navegantes. Le había -costado casi el valor de una quinta; pero todos daban por bien empleado -el gasto, admirando el arte con que sabía meditar en un rincón de la -cocina sus asombrosas combinaciones, ejecutadas después por los otros -servidores, y su feliz invención del dátil y la miel para las salsas -suaves de los asados. Con un esclavo así, se podía gozar toda la vida y -retardar la muerte por muchos años. - -Había terminado el segundo servicio. Los convidados se tendían ahítos -en sus lechos, aflojándose las vestiduras. Para no incorporarse al -beber, los esclavos les servían el vino en copas de alabastro en -forma de cuerno, que dejaban caer por su punta un hilillo de vino. La -púrpura de los lechos manchábase de bebida. Las grandes lámparas de los -ángulos, con sus luces de aceite perfumado, parecían debilitarse en -aquella atmósfera densa, cargada del vaho de los platos. Las guirnaldas -de rosas, tendidas de una lámpara á otra, desfallecían en el pesado -ambiente. Al través de la puerta veíanse las columnas del peristilo y -un trozo de cielo azul obscuro, en el que parpadeaban las estrellas. - -El pacífico Alco, incorporándose en el lecho, sonreía con la dulzura de -una embriaguez tranquila, contemplando la belleza del cielo. - ---Bebo por la hermosura de nuestra ciudad --dijo levantando el cuerno -lleno de vino. - ---¡Por la griega Zazintho! --gritó Lacaro. - ---Sí; seamos griegos --contestaron sus amigos. - -Y la conversación vino á parar en la gran fiesta que por iniciativa -de Sónnica celebrarían los griegos de Sagunto en honor de Minerva -al recolectarse la mies. Las fiestas Panatheas, terminarían con una -procesión semejante á la que se verificaba en Atenas y que Fidias había -eternizado sobre mármol en sus famosos frisos. Los jóvenes hablaban con -entusiasmo de los caballos que montarían y de los alardes de destreza -para los cuales se estaban preparando con continuos ejercicios. Sónnica -patrocinaba las fiestas con su inmensa riqueza, y quería que estas -fuesen tan famosas como las que celebró Atenas al erigirse el Parthenón. - -La juventud saguntina correría por la mañana fuera de las murallas -para demostrar que valía tanto como los jinetes celtíberos: los más -pacíficos lucharían en el Foro lira en mano para conquistar la corona -dedicada al que mejor cantase los poemas de Homero; después la -procesión desarrollaría sus magnificencias por las calles de la ciudad -subiendo á la Acrópolis, y por la tarde se verificaría la carrera -del hacha, para que riese la gente silbando al que dejara apagar su -antorcha y golpeando al que caminase con lentitud. - ---¿Pero es que realmente crees en Minerva? --preguntó Eufobias á -Sónnica. - ---Creo en lo que veo --contestó la griega--. Creo en la primavera, en -la resurrección de los campos, en la mies que sale del terruño para -alimentar con sus cabelleras doradas á los humanos, en las flores -que son los pebeteros de la tierra, y sobre todas las diosas amo á -Atenea por la sabiduría que diviniza á los hombres y á Minerva por su -fecundidad que los mantiene. - -Los esclavos cubrían la mesa con el tercer servicio, y los convidados, -casi ebrios, incorporábanse en sus lechos al ver las canastillas llenas -de frutas; los platos cubiertos de hojas de pasta dulce, enrolladas -sobre el fuego al estilo de Capadocia, los buñuelos de harina de sésamo -henchidos de miel y dorados por el calor del horno y las tortas con -queso rellenas de frutas cocidas. - -Destapábanse las ánforas pequeñas conteniendo los vinos más preciosos, -traídos de los últimos confines del mundo por las naves de Sónnica. El -vino de Biblos en Fenicia, saturaba el ambiente con sus penetrantes -perfumes como una anforilla de tocador; el de Lesbos esparcía al -derramarse un dulce olor de rosas, y junto con ellos caían en las copas -los de Eritrea y Heráclea, fuertes y espirituosos, y los de Rhodas y -Chios, mezclados prudentemente con agua del mar que hacía más fácil la -digestión. - -Algunos esclavos, para excitar de nuevo el apetito de los convidados y -hacerles beber más, ofrecían platos con cigarras en salmuera, rábanos -con vinagre y mostaza, garbanzos tostados y aceitunas _colimbadas_ de -picante adobo, apreciadísimas por su tamaño y sabor. - -Acteón no comía; sentíase turbado por el contacto de Sónnica, que -saliéndose de su lecho se oprimía contra él, frotando sus mejillas -con las del ateniense y confundiendo sus alientos. Así permanecían -silenciosos, contemplándose el uno en las pupilas del otro. - ---Deja que te bese en los ojos --murmuraba Sónnica--. Son las ventanas -del alma y me parece que por ellos penetra mi caricia hasta lo más -hondo de tu pecho. - -El arrogante Alorco, grave como un celtíbero en medio de su embriaguez, -hablaba de las próximas fiestas, contemplando su copa vacía. Tenía en -la ciudad cinco caballos, los mejores de su tribu, y si los magistrados -le permitían tomar parte en la fiesta, á pesar de ser extranjero, -habían de admirar los saguntinos la rapidez y fuerza de sus hermosas -bestias. Para él sería la corona si algún suceso inesperado no le -hacía abandonar antes la ciudad. - -Lacaro y sus elegantes amigos se proponían disputar el premio -del canto, y sus manos de mujer, finas y ensortijadas, movíanse -nerviosamente sobre la mesa como si ya estuvieran pulsando la lira, y -sus bocas pintadas cantaban á media voz los versos homéricos. Eufobias, -tendido de espaldas en su lecho, miraba á lo alto con soñolientos ojos, -sin voluntad más que para extender la copa y pedir vino; y Alco y los -comerciantes griegos se impacientaban por la lentitud del banquete. - ---¡Las danzarinas! ¡Que vengan las hijas de Gades! --reclamaban con -voces trémulas, brillándoles en los ojos la punta de fuego de la -embriaguez. - ---Sí, vengan las danzarinas --gritó Eufobias saliendo de su estupor--. -Quiero ver como esta honrada gente turba su digestión, que es lo mejor -del hombre, con los pasos lúbricos de las hijas de Hércules. - -Sónnica hizo un signo á su intendente, y á los pocos instantes sonaron -en el peristilo regocijados sones de flautas. - ---¡Las aulétridas! --gritaron los convidados. - -Y entraron en la sala del festín cuatro esbeltas muchachas, coronadas -de violetas, con un _xitón_ abierto desde el talle á los pies, que -descubría á cada paso la pierna izquierda, y en la boca la doble -flauta, sobre cuyos orificios corrían sus ágiles dedos. - -De pie, en el espacio que abarcaba la curva de la mesa, comenzaron á -entonar una melopea dulcísima, que hizo sonreir plácidamente á los -convidados incorporados en sus lechos. Los más de ellos miraban á las -aulétridas como antiguas conocidas, y moviendo la cabeza al compás de -la flauta, seguían con ojos ávidos el contorno de aquellos cuerpos, que -agitaban sus pies acompañando el ritmo. - -Varias veces cambiaron de tono y compás las flautistas; pero al cabo de -una hora, los convidados parecían aburridos. - ---Esto lo conocemos ya --dijo Lacaro--. Son las flautistas de todos tus -banquetes, Sónnica. Desde que pareces enamorada, olvidas á tus amigos. -Otra cosa; deseamos las danzarinas. - ---Sí, que vengan las danzarinas --gritaron los jóvenes. - ---Tened calma --dijo la griega, separándose por un instante del pecho -de Acteón--. Vendrán las danzarinas, pero será al final del banquete, -cuando me rinda el sueño. Os conozco bien, y sé cómo terminará la -fiesta. Antes quiero que admiréis á una pequeña esclava que ha -aprendido de los marineros griegos á ser una funámbula como las de -Atenas. - -Antes de que entrase la esclava, los convidados miraron alarmados á -un extremo de la mesa. Un mujido de bestia salía debajo de ella. Era -Eufobias, que caído de su lecho y con la cabeza sobre el mosaico, -arrojaba la comida entre un arroyo de vino. - ---Dadle hojas de laurel --dijo el prudente Alco--. Nada mejor para -disipar la embriaguez. - -Los esclavos le hicieron mascar las hojas casi á la fuerza, sin hacer -caso de las protestas del filósofo. - ---No estoy ebrio --gritaba Eufobias--. Es el hambre que me persigue. -Los más de los días no encuentro pan, y cuando tropiezo con una mesa -como la de Sónnica, se me escapa lo que como. - ---Dí mejor lo que bebes --contestó Sónnica, volviendo á reclinar su -cabeza en el pecho del griego. - -La funámbula había aparecido ante la mesa y saludó á su señora, -llevándose las manos á la cara. Era una muchachuela de catorce años, de -piel amarillenta, y sin otra vestidura que una faja roja arrollada por -debajo del vientre. Sus miembros nerviosos y ágiles y el pecho enjuto, -sin más que una ligerísima hinchazón en los senos, la hacía parecer -un muchacho. Los convidados viejos sonreían conmovidos ante aquella -frescura casi masculina. - -Dió un grito, y doblándose con nerviosa elasticidad, púsose sobre las -manos, y con los pies en alto y la cabeza rozando el suelo, comenzó á -correr rápidamente por el triclinio. Después, con una poderosa flexión -de sus brazos, saltó sobre la mesa, y sus manos trotaron por entre la -confusión de platos, ánforas y copas sin derribarlos. - -Los convidados aplaudieron con gritos de entusiasmo. Los dos -comerciantes griegos la ofrecieron sus copas, pellizcándola las -mejillas mientras bebía y bajando sus manos acariciadoras á lo largo de -la espalda. - ---Lacaro --dijo el filósofo á su elegante enemigo--. ¿Por qué tú y tus -camaradas no habéis traído á los lindos esclavos que os sirven de apoyo -en el Foro? - ---Nos lo ha prohibido Sónnica --contestó el joven satisfecho de la -pregunta, sin adivinar la ironía de Eufobias--. Es una mujer superior, -pero de las refinadas costumbres de Atenas, esta es la única que se -niega á aceptar. Sólo cree en Júpiter y Leda: el bello Ganímedes la -hace escupir. Es una ateniense incompleta. - -Algunos esclavos, bajo la dirección de su jefe, plantaban en el suelo -filas de espadas de hoja ancha y aguda, para que la funámbula realizase -la gran suerte. Las aulétridas hicieron sonar una melodía lenta y -triste, y la funámbula, otra vez con la cabeza en el suelo, comenzó á -marchar entre las espadas sin derribarlas ni rozar sus agudos filos. -Los convidados, con la copa en la mano, la seguían ansiosamente por -entre el bosque de agudos hierros que podían clavarse en su cuerpo á -la más leve vacilación. Deteníase junto á una espada, levantaba una -mano, y apoyándose únicamente en la otra, encogía el brazo hasta besar -el suelo; después lo ponía rígido, elevándose; y en estos movimientos -la cortante hoja la rozaba el vientre y el pecho sin llegar á herir la -piel. - -Aplaudieron de nuevo los comensales cuando la muchacha concluyó su -trabajo. Los dos viejos la obligaron á tenderse entre ellos, haciéndola -casi desaparecer bajo sus amplias túnicas, dejando únicamente al -descubierto su maliciosa cabeza de muchacho que husmeaba las copas y -las confituras. - ---¡Pero Sónnica!... --protestó Lacaro--. ¿Cuándo se ha visto á la -hermosa griega olvidar de tal modo á sus convidados? Ateniense que la -enloqueces con tu amor; intercede por nosotros y haz que se presenten -pronto las hijas de Gades. - -Sónnica parecía adormecida sobre el pecho de Acteón, embriagada por el -calor del cuerpo de su amante. - ---Dí que entren... que hagan lo que quieran... que nos dejen tranquilos. - -Sonó en el peristilo un rumor de pasos, de risas y cuchicheos, y -empujándose como un rebaño revoltoso, entraron en el triclinio las -danzarinas de Gades. - -Eran muchachas de pequeña estatura y miembros sueltos y ágiles: la piel -de una palidez de ámbar, los ojos rasgados y luminosos, la cabellera -negra y el cuerpo envuelto en flotantes velos de una transparencia -difusa y engañosa, más excitante aún que la desnudez. Llevaban sobre el -pecho y en piernas y brazos sartas de monedas y amuletos que chocaban -con alegre tintineo á cada movimiento, y miraban á los convidados con -fijeza, sin experimentar turbación alguna, como un rebaño acostumbrado -á las fiestas y que marchaba de banquete en banquete, viendo sólo á los -hombres en la hora de la embriaguez. - -El jefe de la banda, un viejo apergaminado de insolente mirada, iba -vestido como ellas, con velos femeniles, las mejillas pintadas, los -ojos cercados de negro, grandes arracadas en las orejas y una sonrisa -cínica en su boca de bermellón, pronta á aceptar las más infames -proposiciones. - -Eufobias, indiferente ante las gracias de las danzarinas, le -contemplaba con admiración, obsesionado por la duda del sexo á que -correspondían aquellos brazos esqueléticos pintados de blanco y -recargados de joyas que asomaban por entre los velos. - ---Hermano, ¿eres hombre ó mujer? --preguntó gravemente el filósofo. - ---Soy el padrecito de todas estas flores --contestó el eunuco con voz -aguda, mostrando al sonreir sus encías sucias y desdentadas. - -Tres de las mujeres, puestas en cuclillas, comenzaban á hacer sonar -los crótalos con sonoro repiqueteo, mientras otra golpeaba con la mano -un tamboril de vientre cóncavo, que sostenía con el brazo izquierdo en -forma de asa. - -El eunuco dió un golpe en el suelo con un palo, é inmediatamente cuatro -parejas de danzarinas salieron al centro del triclinio y comenzaron -á bailar al son de la bárbara y ruidosa música de sus compañeras. -Danzaban con solemnidad, erguidas majestuosamente, extendiendo los -brazos como si nadasen en el espacio, agitando con lentos contoneos -sus cuerpos morenos, que parecían flotar en el oleaje de espuma -transparente que los envolvía. Poco á poco los movimientos iban -acentuándose; eran gentiles desperezos que hacían subir los firmes -pechos, asomando sus puntas por entre los velos; contorsiones en -las que giraba el tronco sobre las caderas; un vaivén de las formas -encerradas en aquella blanca y flotante envoltura que al volar en -mil pliegues con aleteo voluptuoso, parecía animar las luces de las -lámparas. - -De repente, á una señal del viejo, se cortó la música y cesaron de -bailar. - ---Más... más --gritaron los convidados incorporados en sus lechos por -la excitación de la danza. - -Era un descanso para mudar de tono y avivar aún más el entusiasmo con -la breve calma. La música adquirió un ritmo vivo y ruidoso, el viejo -comenzó á golpear con su bastón el suelo, lanzó un lamento prolongado, -triste, de suave dulzura, que no parecía salir de su infecta boca, y -á continuación rompió á cantar con lentitud soñolienta unas estrofas -de amor con palabras de doble sentido, que causaban el efecto de -afrodisíacos, haciendo rugir de entusiasmo á los comensales. - -Las danzarinas se lanzaron de un salto al centro del triclinio, -bailando apresuradamente, como poseídas de la fiebre. Cada canción era -un latigazo que excitaba sus nervios, y sus pies desnudos saltaban -como pájaros de nieve sobre el mosaico ó se elevaban con gentil vuelo, -levantando las nubes de gasa que dejaban al descubierto una pierna -bien modelada, con adornos ruidosos que esparcían argentinos choques. -Sus vientres, de suave curva, parecían adquirir vida aparte; y sobre -el cuerpo inmóvil con rigidez hiératica, movíanse como animales -nerviosos, contrayéndose en circulares estremecimientos, formando -un remolino de voluptuosas ondulaciones, del cual era el ombligo el -sonrosado centro. Acompañábanse en la danza con el incesante chasqueteo -de sus dedos. Recogiéndose las gasas bajo los brazos, ajustándolas á -sus caderas, movían con voluptuoso ritmo sus redondeces de ánfora, -suspirando con desmayo, la cabeza inclinada, como encantadas por la -contemplación de su propia belleza. De repente la música se debilitaba -como si se alejase, y las danzarinas, con los pies juntos y las -piernas entreabiertas, descendían y descendían en lenta espiral, en -suaves ondulaciones, hasta tocar el suelo, y de pronto, así que sus -bellezas calipygas rozaban el mosaico, erguíanse como una serpiente que -despierta, y los crótalos y el tamboril sonaban más ruidosamente entre -los aullidos de las músicas que las animaban con palabras de amor, con -exclamaciones de supremo arrebato, como si estuvieran al pie de un -revuelto lecho. - -Los convidados, rojos de emoción, los ojos chispeantes y la boca seca, -se habían lanzado al centro del triclinio, interrumpiendo la danza, -mezclándose con las parejas, separándolas. Eufobias roncaba al pie de -su lecho. Sónnica había desaparecido desde mucho antes, saliendo del -triclinio apoyada en una esclava, sin separar su cabeza del hombro de -Acteón. - -Los velos de las danzarinas caían al pie de la mesa. Devoraban las -confituras y las frutas, bebían en las ánforas y sumergían sus cabezas -en la crátera de las ninfas para reir al verse con la cara manchada de -vino. El eunuco seguía cantando y dando golpes furiosos en el suelo -para marcar el ritmo á sus músicas. Era en vano; las que intentaban -bailar no podían moverse entre las manos de los convidados, que á cada -vuelta las golpeaban en sus redondeces, arrancándolas los velos. -Los jóvenes rodaban al pie de las lámparas enloquecidos por aquellas -bacantes de sabia perversión, criadas en un puerto al que llevaban -los navegantes los refinamientos y corrupciones del mundo entero. El -celtíbero Alorco, brutal en su entusiasmo, paseaba por el triclinio con -los brazos extendidos, haciendo alarde de sus fuerzas, sosteniendo en -las nervudas manos dos danzarinas que chillaban asustadas; y afuera, en -la obscuridad del peristilo, notábase el remover de los esclavos y las -esclavas de las cocinas que se acercaban arrastrándose para gozar de -lejos el espectáculo de la bacanal. - - * * * * * - -Aún no había amanecido cuando despertó Acteón, extrañando, sin duda, el -blando lecho y los perfumes del dormitorio. Sónnica estaba á su lado, y -á la luz de la lámpara colocada junto á la puerta, veíase la sonrisa de -felicidad que vagaba en sus labios. - -De la embriaguez de la noche quedábale al ateniense el vehemente -deseo de respirar aire libre. Se ahogaba en la habitación de Sónnica, -hundido en el lecho que parecía arder con el fuego de los anteriores -arrebatos, cerca de aquel cuerpo que luego de estremecerse sobre él con -el abandono de la embriaguez y la pasión estaba inerte y sin otra vida -que los suaves suspiros que hinchaban su pecho. - -Quedamente y de puntillas salió el griego al peristilo. Aún lucían las -lámparas en el triclinio, y un vaho insufrible de viandas, vinos y -cuerpos sudorosos salía por su puerta. Vió á los convidados tendidos -en el suelo entre mujeres que roncaban, mostrando al cambiar de -postura sus más recónditas desnudeces. Eufobias había despertado de -su borrachera, y ocupando el lugar de honor, el lecho de Sónnica, se -forjaba la ilusión de ser dueño de la quinta. Arrebujado en su manto -viejo hacía bailar á dos danzarinas soñolientas, contemplando con -fijeza desdeñosa sus carnes desnudas como hombre que se considera por -encima de los carnales deseos. - -Al aparecer Acteón en el triclinio huyeron algunos esclavos, temerosos -de ser castigados por su curiosidad. No queriendo ser visto por el -filósofo, salió el griego de la casa buscando el fresco del jardín. -En él notó la misma fuga ante sus pasos. Huían por las avenidas las -enlazadas parejas; tras los macizos de follaje sonaban gritos de -sorpresa al aproximarse él, y en las últimas sombras de la noche el -jardín aparecía animado por una vida misteriosa, como si bajo sus -bóvedas de hojarasca se buscara todo un pueblo entregándose al amor. - -Eran los esclavos que, excitados por la fiesta, continuaban á cielo -abierto las escenas del triclinio. - -El griego sonrió, pensando que la fiesta iba á aumentar con nuevos -esclavos la riqueza de la señora. - ---Que gocen en paz. Sería perjudicar á Sónnica. - -Y salió del jardín para no turbar la alegría del rebaño miserable que, -olvidando sus penas, se buscaba y unía en la penumbra del amanecer. - -Atravesó el inmenso dominio de Sónnica, los bosques de higueras, los -extensos olivares, hasta que de pronto, se vió en el camino de la -Sierpe. Nadie pasaba por él. Se oyó sonar á lo lejos el galope de un -caballo y Acteón vió á la luz azulada del amanecer un jinete que sin -duda se dirigía al puerto. - -Al aproximarse lo reconoció el ateniense, á pesar de que llevaba -cubierta la cabeza con la capucha de un manto de guerra. Era el pastor -celtíbero. Lanzándose el griego al centro del camino, agarró el caballo -por las bridas, mientras el jinete, detenido en su carrera, echaba el -cuerpo atrás, tirando del cuchillo que llevaba en el cinto. - ---¡Quieto! --dijo Acteón en voz baja--. Si te detengo es para decirte -que te he conocido. Eres Hanníbal, el hijo del gran Hamílcar. Tu -disfraz podrá servirte para los saguntinos, pero tu amigo de la niñez -te reconoce. - -El africano avanzó su melenuda cabeza, y sus ojos imperiosos adivinaron -al griego en la penumbra. - ---¿Eres tú Acteón?... Al encontrarte ayer tantas veces, comprendí que -acabarías por conocerme. ¿Qué haces aquí? - ---Vivo en casa de Sónnica la rica. - ---He oído hablar de ella: una griega famosa por su hermosura y su -talento como las cortesanas de Atenas. Deseaba conocerla, y creo que la -hubiera amado si la misión de los hombres fuese ir tras las mujeres... -¿Y no haces nada más? - ---Soy guerrero á sueldo de la ciudad. - ---¡Tú!... ¡El hijo de Lisias, que fué el capitán de confianza de -Hamílcar! ¡Un hombre educado en el Pritaneo de Atenas, al servicio de -una ciudad de bárbaros y comerciantes!... - -Calló algunos momentos, como extrañado por la conducta del griego, y -añadió con resolución: - ---Monta en las ancas de mi caballo: vente conmigo. En el puerto me -espera una nave cartaginesa que carga plata. Voy á Cartago-Nova á -ponerme al frente de los míos. Se aproximan días de gloria, una -empresa inmensa y sublime, como la de los gigantes, cuando amontonando -montañas, escalaron vuestro Olimpo. Ven: tú eres el amigo de mi niñez, -te conocí antes que á Hasdrúbal y Magón, los hijos de Hamílcar, que -el glorioso capitán me dió por hermanos, llamándonos á los tres «mis -leoncillos...» Te conozco; eres astuto y valiente como tu padre: á mi -lado conquistarás riquezas. ¡Quién sabe si reinarás en algún hermoso -país cuando, imitando á Alejandro, reparta yo mis conquistas entre mis -capitanes!... - ---No, cartaginés --dijo Acteón gravemente--. No te aborrezco, recuerdo -con placer nuestros primeros años, pero nunca iré contigo. Se opone tu -raza, el pasado de tu pueblo, la sombra ensangrentada de mi padre. - ---La raza no es más que una ficción; el pueblo un pretexto para hacer -la guerra. ¿Qué más te da servir á Cartago que á otra república, si -eres griego? Si me abandonasen los míos, pelearía por cualquier país. -Nosotros somos hombres de guerra, nos batimos por la gloria, el poder -y las riquezas: las necesidades de nuestro pueblo, sólo sirven para -justificar nuestra victoria y que despojemos al enemigo. Odio á los -mercaderes de Cartago, pacíficos y pegados á sus tiendas, tanto como -á los orgullosos romanos. Ven, Acteón; ya que nos hemos encontrado, -sígueme: la fortuna va conmigo. - ---No, Hanníbal: aquí me quedo. Viendo tus soldados africanos recordaría -al populacho que crucificó á Lisias. - ---Fué un crimen inevitable: una locura de aquella guerra sin entrañas -á que nos impulsaron los mercenarios. Mi padre lo lamentó mil veces -acordándose de su fiel Lisias. Yo repararé con mi protección aquella -injusticia de Cartago. - ---No te seguiré, Hanníbal. He dicho adiós á la guerra y al botín. -Prefiero envejecer aquí en esta vida tranquila y dulce, al lado de mi -Sónnica, amando la paz como cualquiera de los saguntinos que viven en -el barrio de los comerciantes. - ---¡La paz!... ¡la paz!... - -Y una carcajada estridente y brutal, semejante á la que oyó Acteón en -las gradas de Afrodita cuando se embarcaban los legados romanos, resonó -en el silencio del camino. - ---Oye bien, Acteón --dijo el africano recobrando su gravedad--; la -prueba de que aún guardo por tí mi afecto de la niñez, es la franqueza -con que te abro mi pensamiento. ¡Sólo á tí, entiéndelo bien!... Si -durmiendo en mi tienda supiera al despertar que se había escapado en -palabras lo que pienso, daría de puñaladas al centinela que guarda mi -sueño... ¡Hablas de paz!... Despierta, Acteón. Si piensas envejecer -tranquilo en alguna parte, huye con esa griega que amas, lejos, muy -lejos. Donde yo esté no habrá paz mientras no sea el soberano del -mundo. La guerra marcha ante mis pasos; el que no se someta á mí, tiene -que morir ó ser mi esclavo. - -El griego comprendió la amenaza que significaban estas palabras. - ---Piensa, Hanníbal, que esta ciudad es Roma. La República la tiene como -aliada y la protege. - ---¿Crees que temo á Roma?... Si odio á Sagunto, es porque se muestra -orgullosa de su alianza y me desprecia y olvida, á pesar de que estoy -cerca. Muéstrase tranquila porque la protege esa República desde muy -lejos, y se ríe de mí que reino sobre toda la península hasta el Ebro -y estoy acampado casi á sus puertas. Hostiliza á los turdetanos, que -son mis aliados, como todas las tribus iberas; y dentro de sus muros -decapita á los ciudadanos que me aman; á los que fueron amigos del gran -Hamílcar... ¡Ah, ciudad ciega y orgullosa! ¡Cuán caro va á costarte -vivir cerca de Hanníbal sin conocerle!... - -Y volviéndose sobre la silla del caballo, miraba con ojos amenazadores -la Acrópolis de Sagunto que se destacaba entre las brumas del amanecer. - ---Roma caerá sobre tí apenas ataques á su aliada. - ---Que venga --contestó el africano con arrogancia--. Es lo que deseo. -Me pesa la paz: no puedo acostumbrarme á ver Cartago vencida mientras -existen hombres como yo y mis amigos. Ó Roma, ó África. Que venga -cuanto antes el último choque, el esfuerzo supremo, y sea señor del -mundo el pueblo que quede en pie... Odio á los ricos de mi país, que -viven felices en la vergüenza de la derrota, porque les dejan comerciar -tranquilos y llenar sus cuevas de plata. Son los miserables que después -de nuestras derrotas de Sicilia, soñaron con abandonar Cartago y -trasladarse en masa á las islas del Mar Grande, para vivir tranquilos. -Son verdaderos cartagineses; fenicios sin más gloria que el cambio, ni -otra aspiración que encontrar puertos para dar salida á sus mercancías. -Los Barcas somos libios; descendemos de dioses, tenemos como ellos -la grandeza de pensamiento; queremos ser señores ó morir... Esos -mercaderes no comprenden que no basta ser ricos; que es preciso dominar -é infundir miedo, y forman en Cartago el partido de la paz que amargó -la vida de mi padre con derrotas, y me deja aislado á mí, sin otros -recursos que los que puedo procurarme en la península. Desconocen á los -Barcas, á pesar de que trabajamos por el poderío universal de Cartago. -Mi padre, al perder Sicilia, vió en el porvenir la muerte de nuestro -pueblo y quiso salvarlo. Habíamos perdido una gran parte de nuestro -antiguo comercio; necesitábamos un ejército para defendernos de la -ambiciosa Roma, y no lo teníamos. Los ciudadanos de Cartago son buenos, -cuando más, para pelear en su propio suelo. El comerciante no resiste -el peso de las armas ni consiente en caminar meses y años por países -hostiles. La ganancia del botín conquistado con sangre, la alcanza con -más facilidad detrás de sus fardos, y como ama el dinero, no quiere -pagar soldados extranjeros. Por esto Hamílcar nos trajo á la península, -y aquí hemos dado á Cartago nuevos puertos y mercados, y los Barcas -tienen un ejército formado por ellos mismos. Poco importa que en el -Senado cartaginés los amigos de la paz se nieguen á enviarnos soldados. -Las tribus ibéricas amaron á mi padre después de poner á prueba su -energía, y se levantarán en armas á la voz de los Barcas contra el -enemigo que les designemos. - -Y Hanníbal miraba las lejanas montañas como si adivinase los -innumerables pueblos bárbaros que vivían tras ellas, arañando la tierra -ó apacentando rebaños. - ---Cayó Hamílcar --dijo con tristeza-- cuando veía ya realizados sus -ensueños; un gran ejército para entrar de nuevo en lucha con Roma y -riquezas propias para sostener la guerra sin necesitar el auxilio de -los mercaderes africanos. Hasdrúbal, el hermoso marido de mi hermana, -perdió ocho años al sucederle. Era un buen gobernante y un tímido -caudillo. Tal vez fué Baal, nuestro dios iracundo, quien guió el brazo -de su asesino, para que le sucediera otro capaz de exterminar á la -eterna enemiga de Cartago... Ése seré yo: óyelo bien, griego. Tú eres -el primero que penetra en mi pensamiento. Ha llegado el instante de -reñir la última batalla. Pronto sabrá Roma que existe un Hanníbal que -la desafía apoderándose de Sagunto. - ---Tienes escaso poder para ello, africano. Sagunto es fuerte, y yo que -vengo de Cartago-Nova, sólo he visto allí los elefantes, los restos del -ejército que trajo tu padre y la caballería númida que han enviado -vuestros amigos de África. - ---Olvidas á los iberos y celtíberos, á toda la península que se -levantará en masa para venir á la toma de Sagunto. El país es pobre y -la ciudad está abarrotada de riquezas. La he visto bien. Hay en ella -para pagar un ejército años enteros, y hasta de las costas del Mar -Grande vendrán las tribus lusitanas, atraídas por la esperanza del -botín y ese odio que los rudos naturales profesan á una ciudad opulenta -y civilizada, donde viven sus explotadores. No será para Hanníbal gran -empresa apoderarse de una república de agricultores y mercaderes. - ---¿Y después que seas dueño?... - -El africano no contestó, hundiendo la barba en el pecho con una sonrisa -enigmática. - ---¿Callas, Hanníbal?... Pues después que seas dueño de Sagunto nada -habrás adelantado. Roma reclamará contra tí por violar los tratados, y -el Senado cartaginés te maldecirá; pondrá tu cabeza á precio, ordenará -á tus soldados que no te obedezcan, y morirás crucificado ó vagarás por -el mundo como un esclavo fugitivo. - ---No, ¡fuego de Baal! --gritó el caudillo con arrogancia--. Cartago no -intentará nada contra mí; aceptará la guerra con Roma aun cuando hoy no -la quiera. Tengo allá los innumerables partidarios de los Barcas, el -populacho que quiere la guerra, porque proporciona envíos de despojos -y repartos; toda la gente de los suburbios, cuyo entusiasmo mantengo -enviando cuantas riquezas saco de la península, después de pagar las -tropas. Hamílcar y Hasdrúbal hicieron lo mismo. Serían capaces de -pasar á cuchillo á los ricos, si intentasen algo contra Hanníbal. No -he vuelto á Cartago desde que seguí á mi padre á los nueve años; pero -el pueblo adora mi nombre. Los del partido de la paz me seguirán á la -guerra, si á la guerra los arrastro. - ---¿Y cómo vencerás á Roma?... - ---No sé --dijo Hanníbal con su misteriosa sonrisa--. Siento un mundo de -pensamientos que provocarían la risa de mis amigos si los relatase... -Me veo como un titán escalando montañas inmensas, siguiendo caminos -de águila, hundiéndome en la nieve, llegando hasta el cielo para caer -con más fuerza sobre mi enemigo... No me preguntes más: nada sé. Mi -voluntad dice: «quiero» y esto basta... Llegaré. - -Calló Hanníbal frunciendo el entrecejo, como si temiese haber dicho -demasiado. - -Era ya de día. Por el camino pasaban mujeres con cestos en la cabeza. -Dos esclavos llevando en hombros una gran ánfora pendiente de un palo, -se detuvieron un momento junto á ellos para descansar. El africano -acariciaba el cuello de su caballo, como preparándose á partir. - ---Por última vez, griego. ¿Vienes?... - -Acteón hizo con su cabeza un movimiento negativo. - ---Te conozco demasiado para rogarte que olvides haber visto á Hanníbal. -Eres astuto: sabes que cuanto aquí hemos dicho se lo tragó el silencio -de los campos y á nadie debe repetirse. Sé feliz con tu nuevo amor -y vive en paz, ya que habiendo nacido águila para volar, quieres -permanecer en un corral. Si alguna vez eres mi enemigo y me combates, -no te crucificaré; no serás mi esclavo. Te quiero, aunque no me sigues; -no olvido que tú fuiste el primero que me enseñó á arrojar un dardo. -¡Que Baal te guarde, Acteón! Los míos me esperan en el puerto. - -Y con el manto flotante, salió al galope entre una nube de polvo, -atropellando á los campesinos y esclavos, que se arremolinaban en los -bordes del camino para dejarle paso. - - - - -IV - -Entre griegos y celtíberos - - -Á nadie habló Acteón de este encuentro. Es más; á los pocos días, casi -lo había olvidado. Veía tranquila la ciudad, ocupada en preparar las -grandes fiestas Panatheas, segura con la protección de su aliada Roma, -y el recuerdo de la entrevista con el africano, tomaba en su memoria la -vaguedad de un ensueño. - -Tal vez las palabras de Hanníbal no eran más que arrogancias de la -juventud. Odiado por los ricos de su país, y sin más auxilios que los -que él mismo pudiera procurarse, no iba á acometer la audaz empresa de -atacar á una ciudad aliada de Roma, violando con esto los tratados de -Cartago. - -Además, el griego estaba en un período de dulce embriaguez; siempre -entre los brazos de Sónnica ó tendido en su regazo en la frescura -del peristilo; escuchando las liras de las esclavas y las flautas de -las aulétridas y contemplando las danzas de las de Gades, mientras -su amante le ceñía de flores la cabeza ó derramaba sobre él costosos -perfumes. - -Algunas veces, su inquieto espíritu de viajero y hombre de guerra, -avezado al movimiento y á la lucha, se rebelaba ante la molicie. -Entonces huía á la ciudad. Allí conversaba con Mopso el arquero, y -escuchaba á los murmuradores del Foro, que, sin sospechar el paso de -Hanníbal por Sagunto, hablaban de la posibilidad de que el caudillo -africano intentase algo contra ellos, y se reían de su poder, fiando -en la fortaleza de sus muros y más aún en la protección de Roma, que -repetiría en las costas de Iberia sus triunfos de Sicilia sobre los -cartagineses. - -Acteón contrajo gran amistad con Alorco el celtíbero. Le complacía la -fiera altivez del bárbaro, su nobleza de sentimientos y el respeto -casi religioso que mostraba ante la cultura griega. Su padre, viejo -y enfermo, era reyezuelo de unas tribus que en las montañas de la -Celtiberia apacentaban grandes rebaños de caballos y toros. Él era -su único heredero y había de reinar algún día sobre aquella gente -tosca, de costumbres feroces, que en perpetua cuatrería, se hacía la -guerra por robarse los caballos, y en los años de hambre bajaba de -las montañas para despojar á los labradores de las llanuras. Su padre -le había llevado de niño á Sagunto, y tal efecto causaron en él las -costumbres de los griegos que, una vez mozo, fué su más vehemente -deseo volver á la ciudad de la costa, y en ella vivía con algunos -servidores de su tribu y magníficos caballos, haciéndose el sordo á los -cariñosos llamamientos del viejo jefe próximo á la muerte, y siendo -considerado por los saguntinos casi como un conciudadano. - -Su deseo era figurar en las fiestas de las Panatheas; que le admirasen -los griegos de la ciudad galopando en las carreras para conquistar la -corona de olivo. Se mostraba muy agradecido á Acteón, porque éste, -valiéndose de la influencia de Sónnica, había conseguido de los -magistrados que el celtíbero figurase entre los jinetes de la gran -procesión que subiría á la Acrópolis para llevar las primeras espigas -al templo de Minerva. - -En los días que el ateniense languidecía entre cánticos y perfumes, -abrumado por las caricias de la griega, que parecía arder en el fuego -de la última pasión de su vida, saltaba del lecho al amanecer, se -echaba el arco á la espalda, y seguido por dos hermosos perros corría -el agro de Sagunto, dando caza á los gatos monteses que bajaban de las -cercanas montañas. - -En una de estas correrías tuvo un encuentro. Era mediodía; caía -verticalmente la luz del sol, y los perros, jadeantes, se detuvieron -ladrando ante un bosque de higueras seculares, cuyas ramas llegaban -al suelo, formando sombríos pabellones de follaje. Acteón, haciendo -callar á sus bestias, avanzó cautelosamente con el arco preparado, y al -separar la cortina de hojas vió en el centro de una plazoleta formada -por los árboles á sus dos amigos Ranto y Eroción. - -El muchacho estaba sentado en el suelo ante un montón de arcilla roja -que iba modelando con lentitud, frunciendo el entrecejo y silbando -penosamente. La pastorcilla, completamente desnuda, con el impudor de -una belleza sana é inocente, satisfecha de ser admirada, sonreía á -Eroción, coloreándose sus mejillas ligeramente cada vez que el artista -levantaba sus ojos de la arcilla para fijarlos en la modelo. - -Acteón bebía con la mirada las formas de aquel cuerpo primaveral. -Sentía el entusiasmo de los griegos ante la belleza, replegada aún -en sí por el ardor de la pubertad. Admiraba sus senos tiernos y -pequeños como capullos, surgiendo apenas del cuerpo; las caderas de -ligera curva; la línea que caía de la nuca á los pies con suavísimas -ondulaciones, que servían para dar más encanto á su pureza; aquella -gracia de efebo hermoso y fuerte, unida al encanto del sexo. Su gusto -de griego refinado admiraba la frescura de las formas, comparándolas -mentalmente con las opulencias soberbias, pero un tanto maduras, de -Sónnica. - -Ranto, al ver asomar entre las hojas la cabeza del griego, dió un grito -penetrante y corrió á ocultarse tras una higuera en busca de sus ropas. -Entre el follaje sonaron los esquilones de las cabras, asustadas por el -grito de la pastorcilla, y las reses asomaron sus hocicos brillantes, -con los ojos húmedos y los retorcidos cuernos. - ---¿Eres tú, ateniense? --dijo Eroción levantándose con gesto de -malhumor--. Has asustado á Ranto con tu inesperada presencia. - -Después añadió con malicia. - ---Ranto es tu esclava, ya lo sé. Y también sé que eres el dueño de la -alfarería donde trabajo. Has subido mucho desde la mañana en que te -encontramos en el camino de la Sierpe. Dispones de Sónnica la rica: el -amor la ha hecho tu esclava. - ---No soy amo de nadie --dijo el griego con sencillez--. Soy vuestro -amigo y recuerdo que el primer pan que comí en la ciudad lo recibí de -vuestras manos. - -Eroción pareció adquirir confianza con estas palabras. - ---¿Qué miras, ateniense? ¿Ese barro? ¡Cómo debes burlarte de mí! Estoy -convencido; no sirvo para artista. Hay momentos en que me creo capaz -de hacer una obra grande: la concibo, la veo como si la tuviera en pie -dentro de mi cabeza; pero cuando pongo las manos en el barro reconozco -mi torpeza y siento ganas de llorar. ¡Ah! ¡Si yo hubiese ido á Grecia! - -Y decía estas palabras como un lamento, mirando con rabia el montón de -barro, en el cual comenzaban á marcarse con cierta rudeza las formas de -Ranto. - ---¡Si supieras cuánto tuve que hablar para decidirla á que me mostrase -la divina desnudez de su cuerpo!... No lo extrañes; es de raza de -bárbaros: teme el garrote de su abuelo el pastor, que caería sobre -sus carnes si la viese como tú acabas de verla. La hablé de nuestros -escultores, ante los cuales se disputan las más hermosas hetarias el -honor de desnudarse; y la seguridad de que Sónnica su señora había -hecho lo mismo en Atenas, fué lo único que la decidió... ¿Pero cómo -copiar su cuerpo divino? ¿Cómo infundir á la tierra amasada la vida que -circula bajo su piel? - -En su desaliento amenazaba á la figurilla de barro como si quisiera -aplastarla con los pies. Después se animó y dijo con resolución: - ---Yo soy más fuerte que mi torpeza. Trabajaré años y más años si es -preciso, hasta ver reproducido con toda su hermosura el cuerpo divino -de mi Ranto. No volveré á la alfarería aunque el viejo arquero me -mate á golpes... Había comenzado mi obra queriendo que figurase en -la procesión de las Panatheas. Ranto la llevaría sobre su cabeza, y -la multitud se aglomeraría para verla. Sólo espero un momento de -inspiración, una racha feliz: ¿quién sabe si mañana soplarán las musas -sobre mí, y me levantaré con facilidad en las manos para ejecutar lo -que sueño?... - -Y lanzándose francamente por el despeñadero de la imaginación, el -pequeño artista contó al ateniense sus ensueños. - ---Si logro terminar esta estatua, el porvenir es mío, y algún día -grabarán mi nombre en el Foro para que lo lean con admiración las -gentes de la ciudad. Me libraré para siempre de la alfarería; regalaré -mi estatua á Sónnica después de haberla admirado todo Sagunto en las -Panatheas, y tu amante, que es tan generosa, me embarcará en uno de -sus navíos. Veré Atenas, admiraré lo que tú has visto, y entonces... -¡entonces!... Mira, Acteón, por entre esas hojas. ¿Qué ves sobre la -montaña de la Acrópolis? Nada; muros de grandes piedras; columnatas; -techumbres de templos, pero ni una sola estatua que pregone de lejos -la gloria de la ciudad. Dicen que sobre la Acrópolis de Atenas se alza -gigantesca la figura de Palas, toda de bronce y oro, con una lanza que -parece arder á la luz del sol, y guía como una llama á los marineros -desde muchos estadios, mar adentro. ¿Es eso verdad? Pues yo hace noches -y noches que sueño con algo parecido, y veo á Eroción, gran artista, de -regreso de Atenas, levantando sobre nuestra Acrópolis una obra colosal. -Los toros de Gerión, enormes, gigantescos, con cuernos dorados que -brillen como antorchas, y tras ellos, Hércules, cubierto con la piel -del león de Nemea, como Therón su sacerdote en las grandes fiestas de -Sagunto; y tremolando en lo alto su clava, que servirá de señal á todos -los navegantes del golfo Sucronense... ¡Ay! ¡Si yo llegase algún día á -realizar esta obra!... - -Ranto, cubierta con la túnica, había salido de su escondrijo y se -aproximaba temerosa á Acteón, mirándolo con respeto y ruborizándose -al mismo tiempo por el recuerdo de su sorprendida desnudez. Eroción, -entusiasmado por el relato de sus ilusiones, mostraba en sus ojos el -deseo de volver á comenzar. Miraba su obra y parecía desnudar con los -ojos á la pastorcilla para repetir en seguida el trabajo. - -El ateniense comprendió que su presencia estorbaba á los jóvenes. - ---Trabaja, Eroción --dijo--. Sé un gran artista si puedes. Tu modelo -lo envidiarían los escultores de Atenas. Ahora que sé que os ocultáis -aquí, procuraré no molestaros con mi presencia. - -Y así lo hizo. No volvió al bosque de higueras, dejando que los dos -adolescentes trabajasen en su misterioso retiro; él, espoleado por la -ambición; ella, sumisa por el amor. - -Llegó el día de las Panatheas. La fama de la solemnidad se había -esparcido hasta más allá de los límites de Sagunto, y se presentaban en -caravanas los rudos celtíberos para contemplar las diversiones de los -griegos. - -Las gentes del agro habían abandonado sus trabajos de recolección, y -vestidas con sus ropas mejores, llegaban á la ciudad desde el amanecer, -para presenciar la fiesta á la diosa de los campos. Llevaban grandes -gavillas de trigo matizadas de flores, para ofrecerlas á la diosa y -corderillos de blancas lanas adornados con cintas, para sacrificarlos -en su altar. - -Cuando salió el sol, la ciudad estaba repleta de una muchedumbre -multicolor que se agolpaba en el Foro, ó corría á las márgenes del río -para presenciar las carreras de caballos. - -Habíase formado un gran estadio junto al Bætis-Perkes, en el cual los -principales ciudadanos de Sagunto iban á disputarse el triunfo. Los -senadores, en largos bancos custodiados por un grupo de mercenarios, -presidían la fiesta. En un extremo de la pista, los hijos de los -comerciantes y de los ricos agricultores, toda la juventud saguntina, -aguardaba la señal, casi desnuda, apoyada en sus ligeras lanzas y -teniendo agarrados de la brida sus caballos en pelo, que se husmeaban y -mordían presintiendo el próximo combate. - -Dieron la señal de partir, y todos, poniendo su pie izquierdo en el -asidero de la lanza, saltaron de golpe sobre sus corceles, saliendo -escapados en compacto escuadrón á lo largo de la pista. La inmensa -masa popular prorrumpió en aclamaciones ante el bizarro grupo de -jinetes, casi tendidos sobre el cuello de sus caballos, como si -formasen con estos una sola pieza, moviendo en alto sus lanzas, -excitando el galope con alaridos, y envueltos en polvo, al través del -cual se veían las estiradas patas de las bestias y sus vientres casi -tocando el suelo. La desenfrenada carrera duró mucho tiempo. Iban -quedando rezagados los jinetes menos hábiles ó de peor montura: el -escuadrón disminuía visiblemente. El último que quedase en la pista -habiendo marchado siempre á la cabeza de los demás, conseguiría la -corona, y la multitud hacía apuestas por el celtíbero Alorco ó el -ateniense Acteón, que figuraban desde el primer instante al frente de -los jinetes. - -Los ciudadanos, que no querían esperar bajo los ardores del sol el -final de la carrera, seguían la ribera del río hasta llegar á las -murallas, á cuya sombra los adolescentes luchaban cuerpo á cuerpo ó -se ejercitaban en el pugilato para alcanzar el premio de la destreza. -Otros más pacíficos se dirigían al Foro, bajo cuyos pórticos los -jóvenes elegantes se disputaban la corona de laurel destinada al más -hábil en la música y el canto. Sentados en sillas de marfil y teniendo -cerca de ellos á los lindos esclavos que les abanicaban con ramas -de mirto, Lacaro y sus amigos tañían la flauta ó pulsaban la lira, -cantando versos griegos con entonación dulzona y afeminada. En el -público reían algunos, remedando la suavidad de sus voces; pero otros -imponían silencio con indignación, dominados por el encanto que ejercía -sobre su rudeza el arte, aun con este aderezo femenil. - -Á más de media mañana un estrépito de muchedumbre entusiasta llenó como -un trueno el ancho espacio del Foro. Era el pueblo que volvía de las -carreras y aclamaba al vencedor. El arrogante Alorco, arrancado de los -lomos de su corcel, era llevado en hombros por los más entusiastas. -La corona de olivo ceñía su cabellera revuelta é impregnada de polvo. -Acteón marchaba junto á él, celebrando su triunfo fraternalmente, sin -revelar envidia. - -Los cantores, arrollados por esta ola de entusiasmo, recogieron sus -sillas é instrumentos. La corona de laurel se la ciñó Lacaro en medio -de la indiferencia general, sin recibir otros plácemes que los de sus -esclavos. Todo el entusiasmo de la ciudad era para el vencedor de las -carreras: el pueblo enardecíase admirando la fuerza y la destreza. - -Había llegado el momento solemne: la procesión iba á comenzar. En el -barrio de los comerciantes, los esclavos tendían de tejado á tejado -velos rojos y verdes, que daban sombra á las calles. Las ventanas y -terrazas cubríanse con tapices multicolores de complicados dibujos, y -las esclavas colocaban en las puertas braserillos para quemar perfumes. - -Las griegas ricas, seguidas de sus servidoras, que llevaban sillas de -tijera, iban en busca de sitio en las escalinatas de los templos ó en -las tiendas del Foro; y la gente agrupábase á lo largo de las casas, -esperando impaciente la llegada de la comitiva que se formaba fuera de -las murallas. Bandas de niños completamente desnudos corrían por las -calles, agitando ramas de mirto y lanzando aclamaciones en honor de la -diosa. - -De pronto se arremolinó la gente, prorrumpiendo en gritos de -entusiasmo. La pompa en honor de Minerva entraba por la puerta del -camino de la Sierpe y avanzaba lentamente hacia el Foro, al través del -barrio de los comerciantes, que eran los organizadores de la fiesta. - -Marchaban al frente ancianos venerables de luenga barba vestidos -de blanco, con mantos de amplios pliegues, la nevada cabellera -coronada de verde y llevando en las manos ramas de olivo. Después los -ciudadanos más arrogantes, armados de lanza y escudo, con la visera -del casco griego caída sobre los ojos y mostrando con orgullo la -recia musculatura de sus brazos y piernas. Seguían los adolescentes -más hermosos de la ciudad, coronados de flores, cantando himnos en -loor de la diosa; coros de niños desnudos, danzando con infantil -gracia, cogidos de las manos, formando una cadena de complicadas -combinaciones. Luego desfilaban las doncellas, las hijas de los ricos, -cubiertas solamente con una túnica de purísimo lino, que marcaba sus -encantos primaverales. Llevaban en las manos como ofrendas, ligeros -canastillos de junco cubiertos por velos que ocultaban los instrumentos -para el sacrificio á la diosa, y con ellos las tortas de trigo nuevo -que habían de depositarse en su altar y los manojos de rubias espigas. -Para que se marcase claramente la dignidad de las ricas vírgenes, -marchaban detrás de ellas las esclavas sosteniendo la silla de tijera -incrustada de marfil y el quitasol de tela rayada con gruesas borlas -multicolores al extremo de las varillas. - -Un grupo de esclavas escogidas por su hermosura, al frente de las -cuales marchaba Ranto, llevaban sobre sus cabezas grandes ánforas -con agua y miel para las libaciones en honor de la diosa. Tras ellas -desfilaban todos los músicos y cantores de la ciudad coronados de rosas -y con amplias vestiduras blancas. Pulsaban la lira, tañían las flautas, -y unos griegos de la alfarería de Sónnica que habían sido rapsodas -errantes en su país, cantaban fragmentos de la guerra de Troya ante -la muchedumbre bárbara que apenas si les entendía, pero admiraba la -cadencia armoniosa de los versos de Homero. - -La gente se empujó, avanzando sus cabezas para ver mejor á los -_salios_, los devotos danzarines de Marte que avanzaban desnudos, -armados de espada y escudo. Dos esclavos llevaban pendientes de un palo -atravesado sobre sus hombros una fila de broqueles de bronce, que otro -golpeaba con un mazo, y á sus broncos sones, los _salios_ danzaban -fingiendo atacarse, golpeaban con su espada el escudo del contrario, -lanzando gritos feroces, y ejecutaban pantomimas para recordar los -principales pasajes de la vida de la diosa. - -Tras este estrépito que ponía en conmoción las calles, haciendo rugir -de entusiasmo al populacho enardecido por los golpes, seguía un grupo -de niñas sosteniendo un velo finísimo, en el cual habían bordado las -principales griegas de la ciudad el combate de Minerva con los Titanes. -Era la ofrenda que había de quedar en el nuevo templo de la diosa como -eterno recuerdo de las fiestas. - -Cerrando la procesión, avanzaba el escuadrón sagrado, los ciudadanos -más ricos, montando briosos caballos, que con sus movimientos obligaban -á la muchedumbre á pegarse á las paredes. Presentaban arrogantes -figuras haciendo encabritar sus corceles, sin más guía que el freno, -montándolos en pelo, oprimiendo sus hijares con las rodillas. Los -jinetes más viejos, cubríanse con grandes sombreros á la moda -ateniense: los jóvenes usaban el casco alado de Mercurio ó llevaban la -cabeza descubierta, sujetos los cortos rizos con una cinta de color de -fuego. Alorco ostentaba su corona de vencedor, y Acteón, que marchaba á -su lado en uno de los corceles del celtíbero, sonreía á la muchedumbre, -que le contemplaba con cierto respeto, como si fuese el esposo de -Sónnica y dispusiera de sus enormes riquezas. Los jinetes miraban -con cierto orgullo la espada que, ceñida á sus riñones, golpeaba los -flancos del caballo, y abarcaban de una ojeada la alta Acrópolis y la -ciudad extendida á sus pies, como expresando la confianza en su fuerza -y la tranquilidad en que podía vivir Sagunto, segura de ser guardada. - -La muchedumbre, enardecida por el brillante desfile, aclamaba á -Sónnica. Ésta, rodeada de esclavas, asomábase á la terraza del gran -edificio que poseía en el barrio de los comerciantes para almacenar -las mercancías. Ella era la organizadora, la que costeaba el velo á -Minerva; la que había trasladado á Sagunto la hermosa fiesta de Atenas. -Esparcíase en el ambiente el humo oloroso de los braserillos; caía de -las ventanas una lluvia de rosas sobre las doncellas; brillaban las -armas, y en los momentos que callaba el gentío, destacábanse á lo lejos -los sones de las liras y las flautas, acompañando con suave melodía las -voces de los cantores de Homero. - -Los rudos celtíberos llegados para presenciar la fiesta, callaban -asombrados por el desfile que les deslumbraba con el brillo de las -armas y las joyas y la confusión multicolor de los trajes. Los -naturales de Sagunto felicitaban á sus conciudadanos los griegos, -admirando el esplendor de la fiesta. - -Y no terminaba el regocijo con el brillante desfile. Por la tarde sería -la diversión del populacho; la fiesta de los pobres. Se realizaría á -lo largo de las murallas la carrera del hacha encendida; correrían -con la antorcha inflamada en recuerdo de Prometeo, los marineros, los -alfareros, los labradores, toda la gente libre y miserable del puerto -y el campo. El que consiguiera dar la vuelta á la ciudad con la hacha -inflamada, sería el vencedor; los que la dejasen apagar ó caminasen -despacio para defender la luz, sufrirían los silbidos y los golpes de -la muchedumbre. Hasta los ricos hablaban con entusiasmo de esta fiesta -popular, que producía gran regocijo. - -Cerca de la Acrópolis, cuando toda la procesión estaba ya dentro de sus -murallas, Alorco vió entre el gentío un celtíbero montado en un caballo -sudoroso, el cual le hacía señas para que se aproximara. - -Alorco, saliendo del escuadrón, trotó hacia él. - ---¿Qué quieres? --preguntó en el áspero lenguaje de su país. - ---Soy de tu tribu, y tu padre es mi jefe. Acabo de llegar á Sagunto -marchando tres días para decirte: --Alorco, tu padre va á morir y te -llama. Los ancianos de la tribu me han ordenado que no vuelva sin tí. - -Acteón había seguido á su amigo, saliendo de entre los jinetes del -escuadrón sagrado, y presenciaba el diálogo sin comprender una palabra, -aunque adivinaba algo desagradable en el pálido rostro del celtíbero. - ---¿Malas noticias? --preguntó á Alorco. - ---Mi padre se muere y me llama. - ---¿Y qué piensas hacer?... - ---Partir inmediatamente. Los míos reclaman mi presencia. - -Emprendieron los dos jinetes el descenso á la ciudad, seguidos por el -mensajero celtíbero. - -Acteón sentíase atraído por la emoción de su camarada. Al mismo tiempo -despertábase en él la curiosidad de viajero, tantas veces excitada por -los relatos del celtíbero. - ---¿Quieres que te acompañe, Alorco? - -El joven agradeció con una mirada la proposición. Después se negó á -aceptarla, alegando la prisa que tenía de partir. El griego querría -despedirse de Sónnica. Tal vez la causaría un disgusto con la -separación, y él deseaba emprender el viaje inmediatamente. - ---Suprimamos la despedida --dijo el griego con su alegre ligereza--. -Sónnica se resignará cuando la haga saber por un esclavo que me -ausento por algunos días. ¿Quieres salir inmediatamente? Sea: -partiremos juntos. Te acompaño. Siento curiosidad por ver de cerca ese -país con sus costumbres bárbaras y sus habitantes valerosos y duros, de -los cuales tantas proezas me han relatado. - -Atravesaron la ciudad: las calles estaban desiertas. Toda la población -había subido á la Acrópolis. Acteón se detuvo un instante en los -almacenes de Sónnica para noticiar el viaje á sus esclavos, y siguió -después á su amigo, saliendo ambos de la ciudad. - -Alorco estaba alojado en una de las posadas del suburbio, enorme -edificio con profundas cuadras y anchos patios, donde sonaban -continuamente las diversas lenguas del interior de la península, -enronquecidas y encolerizadas por el regateo de mercancías y bestias. -Cinco hombres de la tribu acompañaban al joven celtíbero durante su -permanencia en Sagunto, cuidando los caballos y sirviéndole como -domésticos libres. - -Al saber que iban á partir, estos hijos de las montañas gritaron de -entusiasmo. Languidecían de inacción en aquel país rico y feraz, cuyas -costumbres detestaban, y á toda prisa realizaron los preparativos para -la marcha. - -Caía el sol cuando emprendieron el viaje. Alorco y Acteón marchaban -al frente con el manto en la cabeza, un peto de lienzo almohadillado -para defender el pecho, á usanza celtíbera, y la espada ancha y -corta, junto con el escudo de cuero colgando de la cintura. Los cinco -servidores y el mensajero cerraban la marcha armados de largas lanzas, -custodiando dos mulas que llevaban las ropas de Alorco y los víveres -para el viaje. - -Aquella tarde aún marcharon por caminos. Estaban en el agro saguntino, -y pasaban entre campos cultivados y feraces, hermosas quintas y -compactos pueblecillos que se apretaban en torno de la torre que les -servía de defensa. Al cerrar la noche acamparon junto á una aldea -miserable de las montañas. Allí acababa la dominación de Sagunto: más -allá estaban las tribus casi siempre en guerra con la gente de la costa. - -Á la mañana siguiente, el griego vió el paisaje totalmente cambiado. -Se perdieron á su espalda el mar y el verde llano, y sólo vió montes -y más montes, unos cubiertos de grandes pinares, otros rojos, con -promontorios de piedra azulada y espesos matorrales que al estremecerse -con los pasos de la caravana, vomitaban nubes de pájaros asustados, -y liebres que, locas de terror, pasaban por entre los pies de los -caballos. - -Los caminos no eran obra de los hombres. Marchaban las bestias -trabajosamente por el rastro que otros viajeros habían dejado; rodeaban -muchas veces las moles de piedra caídas de las cumbres y se hundían -otras en riachuelos que les cortaban el paso. Faldeaban las montañas; -subían á las cumbres entre los graznidos de las águilas que se -espeluznaban de cólera al ver invadida la silenciosa región, en la que -muy de tarde en tarde entraban los hombres; descendían á los barrancos, -profundas grietas en las que reinaba una penumbra sepulcral y donde -aleteaban los cuervos, atraídos por el cadáver de alguna res abandonada. - -Veían á lo lejos en un pequeño valle ó al lado de un riachuelo un grupo -de cabañas de paredes de barro y techo de bálago agujereado para dar -luz á la habitación y salida al humo. Las mujeres, huesosas y cubiertas -de pieles, rodeadas de niños desnudos, salían de sus cubiles para ver -de lejos la caravana, con huraña expresión de alarma, como si el paso -de unos desconocidos sólo pudiera traer desgracias. Otras más jóvenes, -con las piernas al descubierto y ceñido el delantal de harapos á los -riñones, segaban el mísero trigo, que apenas si se levantaba como una -película dorada sobre la tierra blanquecina y pobre. Muchachas fuertes -y feas, de miembros varoniles, bajaban de los montes con grandes haces -de ramas en las espaldas, mientras los hombres, á la sombra de los -nogales y los robles, trenzaban nervios de toro para construir escudos, -ó se amaestraban en arrojar dardos y manejar la lanza, cayéndoles sobre -los rostros tostados y barbudos la alborotada cabellera. - -Jinetes en pequeños caballos de largo y sucio pelo aparecían en los -sitios más altos del camino algunos guerreros de equívoco aspecto, -mezcla de pastores y bandidos, con armadura de cuero y larga lanza. -Examinaban un instante la comitiva, y después de apreciar su fuerza, -convencidos de que era difícil atacarla, volvían al paso hacia sus -ganados, que pastaban en las profundas quebraduras de los montes -cubiertos de matorrales. Los infinitos rebaños de corderos y toros, -acostumbrados á la soledad salvaje, huían huraños al escuchar el paso -de la caravana. Por entre los romeros y tomillos de las laderas subían -como pardas hormigas las bandas de codornices buscando su pasto, y al -sonido de los cascos de los caballos volaban, pasando como un silbido -sobre las cabezas de los viajeros. - -Acteón admiraba las rudas costumbres de aquellas gentes. Las cabañas -eran de adobes rojos ó de pedruscos unidos con barro: los techos de -ramas; y las mujeres, más feas y animosas que los hombres, realizaban -los trabajos fatigosos. Sólo los niños trabajaban, imitando con esto á -sus madres. Los adolescentes empuñaban la lanza, y bajo la dirección -de los ancianos aprendían á combatir, tan pronto á pie como á caballo; -domaban los potros, saltando al suelo y volviendo á montar en mitad de -la carrera y se amaestraban en permanecer de rodillas sobre sus lomos, -inmóviles y con los brazos libres para esgrimir la espada y el escudo. - -En algunas aldeas los recibían con la hospitalidad tradicional y aún -extremaban más sus agasajos al reconocer á Alorco, el heredero de -Endovellico, temido jefe de las tribus de Baraeco, que apacentaban -desde hacía siglos sus rebaños en las riberas del Jalón. Les cedían al -llegar la noche sus mejores lechos de correas, cubiertos de mullida -hierba seca; atravesaban en el asador un becerro, haciéndolo voltear -sobre una enorme hoguera en honor de la caravana, y durante la marcha -les detenían las mujeres á la entrada de sus chozas, ofreciéndoles en -groseras vasijas de barro la amarga cerveza fabricada en los valles y -el pan de harina de bellotas. - -Alorco explicaba al ateniense las costumbres de su raza. Cosechaban la -bellota, su principal alimento y la exponían al sol hasta que estuviera -bien seca: la mondaban, la molían y almacenaban la provisión de harina -para seis meses. Este pan, la caza y la leche de sus reses, constituían -los principales alimentos. En algunas épocas la peste les había dejado -sin rebaños; los campos no daban cosechas, el hambre diezmaba las -tribus y los más fuertes habían devorado á los débiles para subsistir. -Esto, recordaba Alorco haberlo oído á los ancianos de su tribu, como -ocurrido en remotos tiempos, cuando Neton, Autubel, Nabí y otras -divinidades del país, irritadas contra su pueblo, habían enviado sobre -él tan tremendos castigos. - -El joven celtíbero continuaba el relato de las costumbres. Algunas -mujeres de las que con tanto vigor trabajaban en los campos tal vez -habían parido el día anterior. Apenas salida á luz la criatura, la -sumergían en el río más cercano, para que con esta prueba, que causaba -á muchas la muerte, creciese vigorosa é insensible al frío; y mientras -la madre saltaba de la cama y continuaba sus trabajos, el esposo -ocupaba su sitio en el lecho, acostándose con el recién nacido. La -mujer, todavía convaleciente, cuidaba á los dos, rodeando de atenciones -al fuerte marido, como para agradecerle el fruto que la había dado. - -Varias veces encontró la caravana en su marcha al borde de las veredas, -lechos de hierbas sobre los cuales mostrábanse algunos hombres rígidos -y quejumbrosos. Las moscas zumbaban en torno de sus cabezas como una -nube; una ánfora de agua estaba al alcance de su mano. Algún niño en -cuclillas junto al lecho espantaba los insectos con una rama. Eran -enfermos que los parientes exponían, según antigua costumbre, al -borde de los caminos, para implorar la clemencia de las divinidades -exhibiendo su miseria, y para que los viandantes al pasar aconsejaran -un remedio, transmitiéndose así las recetas de lejanos países. - -Los hombres fuertes bañábanse en orines de caballo para endurecer -los músculos. Su único lujo eran las armas, y admiraban como joyas -inestimables las espadas de bronce traídas del Norte de la península y -las de acero fabricadas por los de Bílbilis y templadas en las arenas -de su famoso río. Las corazas flexibles, formadas por varias telas de -lino superpuestas, ó las de cuero, adornadas con clavos, eran armas -defensivas de las que no se despojaba el celtíbero ni aun en el lecho. -Dormían con el _sagum_ puesto, las grebas de metal en las piernas y -las armas al alcance de la mano, prontos á pelear así que la más leve -alarma turbaba su sueño. - -Á los tres días de marcha la caravana entró en el territorio de la -tribu de Alorco. Separábanse las montañas á ambos lados del Jalón, -formando risueños valles cubiertos de altos pastos, por los cuales -corrían los rebaños de caballos sin domar, con la melena encrespada -y la cola ondeante. Las mujeres salían fuera de sus aldeas á saludar -á Alorco, y los hombres, empuñando la lanza, montaban á caballo para -unirse á la caravana. En la primera aldea donde se detuvieron, un -anciano dijo á Alorco que su padre, el poderoso Endovellico, estaba -agonizante, y en otra que encontraron á las pocas horas, supo que el -gran jefe había muerto al amanecer. - -Todos los guerreros de la tribu, pastores y agricultores, montaban á -caballo para seguirle. Cuando llegaron á la aldea donde residía el -reyezuelo la escolta era ya un pequeño ejército. - -En la puerta de la casa paterna, construcción baja de piedras rojas y -techumbre de troncos, vió Alorco á sus hermanas con trajes de flores y -la cabeza en un collar de jaula, de cuyos hierros pendían los velos de -luto. - -Las hermanas de Alorco, lo mismo que las otras mujeres que las -acompañaban, esposas de los primeros guerreros de la tribu, ocultaban -su dolor por la muerte del jefe y sonreían como si estuvieran -en vísperas de una fiesta. La vejez era una desgracia entre los -celtíberos, que despreciaban la vida y peleaban por diversión cuando -les faltaba la guerra. Morir en el lecho era casi una deshonra, -y lo único que turbaba un tanto la satisfacción de la familia de -Endovellico, era que un guerrero tan famoso, terror de las vecinas -tribus, hubiese muerto con la cabellera blanca, extinguiéndose su vida -como una antorcha que se apaga, después de haber hecho galopar su -caballo al través de tantos combates, desplomando su espada como un -rayo sobre los enemigos. - -El traje y el rostro de Acteón atraían las miradas de toda la -tribu. Muchos de los celtíberos no habían visto nunca un griego y -contemplaban á éste con ojos hostiles, recordando las astucias y -hábiles explotaciones que los comerciantes helénicos hacían sufrir á -los de su raza cuando descendían hasta Sagunto para vender la plata de -las minas. - -Alorco tranquilizó á los suyos. - ---Es mi hermano --dijo en la lengua del país--. Juntos hemos vivido en -Sagunto. Además, no es de esa ciudad. Es de muy lejos, de un país donde -los hombres son casi dioses, y ha venido conmigo para conoceros. - -Las mujeres miraban á Acteón con asombro al saber el origen casi divino -que le atribuía Alorco. - -Habían desmontado los de la caravana, entrando en la inmensa cabaña -que servía de palacio al jefe. Una vasta habitación ennegrecida por -el humo y sin otras luces que unos angostos respiraderos, semejantes -á saeteras, servía de punto de reunión y consejo á los guerreros de -la tribu. En un extremo, una piedra enorme, sobre la cual ardían -los leños, con una gran abertura en el techo que hacía las veces de -chimenea. Empotrada en la pared había una lápida, y esculpida en -ella groseramente la figura del dios de la tribu estrangulando á dos -leones. De los muros colgaban lanzas y escudos, pieles de bestias -feroces, retorcidas astaduras y blancos cráneos de animales de caza. Un -banco de piedra corría á lo largo de las paredes, y cerca del hogar -interrumpíase para dejar espacio á un alto poyo de mampostería cubierto -con una piel de oso. Allí se sentaba el jefe. - -Los guerreros iban colocándose en el banco conforme entraban. - -Un anciano cogió la mano á Alorco, guiándolo hasta el puesto de honor. - ---Siéntate ahí, hijo de Endovellico. Tú eres su único sucesor y mereces -ser nuestro jefe. Su valor y su prudencia residen en tí. - -Los demás guerreros apoyaban con miradas de grave aprobación las -palabras del anciano. - ---¿Dónde está el cadáver de mi padre? --preguntó Alorco, conmovido por -la sencilla ceremonia. - ---Desde que descendió el sol está en la pradera donde aprendiste tú -á domar los caballos y manejar las armas. Los jóvenes de la tribu le -guardan. Mañana cuando salga el sol serán sus exequias, dignas de tan -gran jefe. Después tú, como nuevo rey, nos darás consejos sobre los -asuntos de la tribu. - -Alorco hizo sentar cerca de él al griego. Las mujeres entraron -antorchas, pues por los estrechos tragaluces apenas si el crepúsculo -lograba filtrar una claridad pálida y difusa. Las hermanas de Alorco, -con la vista baja y ondeando las túnicas floreadas en torno de sus -cuerpos de vírgenes fuertes, iban por delante de los guerreros -ofreciendo en vasos de cuerno hidromiel y cerveza. Aquellos hombres -bebían enormemente, sin perder su gravedad. Hablaban de las hazañas -de Endovellico como si éste hubiese muerto muchos años antes y de las -grandes empresas á que seguramente les guiaría su sucesor, aludiendo -varias veces con palabras misteriosas á un asunto que había de tratarse -al día siguiente en el consejo. - -Entraron la cena. Los celtíberos no acostumbraban á comer en mesa como -las gentes de la costa. Seguían sentados en el banco de piedra. Las -mujeres les colocaban al lado un pan de trigo por ser extraordinario -el banquete, sustituyendo éste al de harina de bellotas que era de -uso habitual. Otras mujeres hacían circular una gran vasija llena de -pedazos de carne asada que aún chorreaba sangre, y cada guerrero cogía -un trozo con la punta de su cuchillo. Los cuernos llenos de bebida -circulaban de mano en mano, y el griego Acteón aceptaba con gracioso -ademán cuanto le ofrecían sus vecinos con palabras hospitalarias que no -podía comprender. - -Al terminar la cena entraron varios adolescentes de la tribu con -trompas y flautas, y comenzaron á hacer sonar un aire bizarro que -participaba de la alegría de la caza y del furor con que en los -combates se cargaba sobre el enemigo. Los convidados enardeciéronse, y -muchos de ellos, los más jóvenes, saltando al centro de la habitación, -comenzaron á danzar con una agilidad gimnástica. Era el baile con que -terminaban los celtíberos todos sus banquetes; un ejercicio violento -que ponía á prueba sus músculos y les hacía recobrar su fuerza aún en -los momentos de mayor molicie. - -Mucho antes de media noche fueron retirándose los guerreros, dejando -solos á Alorco y Acteón en aquella pieza inmensa cargada de humo, en -la cual crepitaban las antorchas, tiñendo con reflejos de sangre los -bárbaros adornos de las paredes. Durmieron en lechos de hierba sin -despojarse de sus ropas y con las armas junto á ellos, como dormía toda -la tribu, siempre temerosa de algún ataque de los vecinos, atraídos por -la riqueza de sus rebaños. - -Al amanecer bajaron á la pradera, donde estaba expuesto el cadáver de -Endovellico. Toda la tribu se reunía en la llanura, junto al río: los -jóvenes á caballo con sus lanzas y cubiertos de todas armas; los viejos -sentados á la sombra de las encinas; las mujeres y los niños, cerca de -la pira de troncos, sobre la cual estaba tendido el cadáver del jefe. - -Endovellico aparecía con su traje de guerra. Sus lacios cabellos -escapaban por los bordes del casco de triple cimera; la barba plateada -descansaba sobre una loriga de escamas de bronce; los brazos desnudos -y musculosos, caían sobre la espada celtíbera de hoja corta, -estrangulada en su mitad para ensancharse en la punta, y las piernas -estaban cubiertas por las anchas correas de las abarcas. El escudo, en -el que aparecía grabado el dios de la tribu luchando con los leones, -servía de cojín á su cabeza. - -Al llegar los dos jóvenes, se adelantó el mismo anciano que había -hablado á Alorco el día anterior. Era el más sabio de la tribu, y había -aconsejado muchas veces á Endovellico antes de emprender sus audaces -expediciones. En circunstancias extraordinarias abría con el cuchillo -sagrado el vientre de los prisioneros para leer el porvenir en las -palpitaciones de sus entrañas. Otras veces cortaba las manos á los -vencidos para dedicarlas al dios de la tribu, clavándolas en la puerta -del jefe para aplacar á la divinidad. El misterio hablaba por su boca, -y toda la tribu le contemplaba con admiración y miedo, como capaz de -cambiar el curso del sol y de destruir en una noche las cosechas de los -enemigos. - ---Avanza, hijo de Endovellico --dijo con solemnidad--. Mira tu pueblo, -que te elige como el más valiente y el más digno para suceder á tu -padre. - -Interrogó con la mirada á la muchedumbre, y los guerreros contestaron -golpeando sus escudos, lanzando los mismos alaridos con que se -excitaban al entrar en el combate. - ---Ya eres nuestro rey --continuó el anciano--. Serás el padre y el -guardián de tu pueblo. Para cumplir tu misión, apodérate de la herencia -de tu padre... ¡Bajad el escudo! - -Dos jóvenes treparon á lo alto de la pira, y levantando la cabeza de -Endovellico, bajaron el escudo con la imagen del dios, entregándolo á -Alorco. - ---Con este escudo --dijo el anciano-- cubrirás á tu pueblo de los -golpes del enemigo... ¡Venga la espada! - -Bajaron los jóvenes la espada, arrancándola de las yertas manos del -jefe. - ---Cíñetela, Alorco --continuó el hechicero--. Con ella nos defenderás y -caerá como un rayo allí donde te marquen los tuyos. ¡Avanza, joven rey! - -Guiado por el viejo, llegó Alorco hasta los troncos, sobre los cuales -descansaba su padre. El joven volvía el rostro para no ver el cadáver, -temiendo un enternecimiento que le hiciese derramar lágrimas ante la -tribu. - ---¡Jura por Neton, por Autubel, por Nabí, por Caulece, por todos los -dioses de nuestra tribu y de todas las tribus que pueblan esta tierra -y odian á los extranjeros que un día llegaron por el mar para robarnos -nuestras riquezas! ¡Jura ser fiel á tu pueblo y obedecer siempre lo que -te aconsejen los guerreros de la tribu!... ¡Júralo por el cuerpo de tu -padre que pronto no será más que cenizas!... - -Alorco lo juró, y los guerreros golpearon otra vez sus escudos, -lanzando exclamaciones de alegría. - -El viejo, con un vigor extraordinario, se encaramó sobre los troncos, -buscando bajo la coraza del cadáver. - ---Toma, Alorco --dijo al descender, entregando al nuevo jefe una -cadenilla de cobre de la que pendía un disco del mismo metal--. Ésta -es la mejor herencia de tu padre: la _salvación_ que le seguía á todas -partes. No hay un guerrero en la Celtiberia que no lleve consigo su -veneno para morir, antes que ser esclavo del vencedor. Yo compuse éste -para tu padre. Pasé toda una luna extrayéndolo del apio silvestre, y -una de sus gotas mata como el rayo. Si algún día caes vencido, bebe y -muere antes que los tuyos contemplen á su jefe con la mano cortada y -sirviendo de esclavo á los enemigos. - -Alorco pasó la cabeza por la cadenilla, ocultando en el pecho la -herencia de su padre. Después volvió al lado de Acteón, bajo las -encinas donde se agrupaban los ancianos. - -Los adolescentes de la tribu que estaban haciendo su aprendizaje -guerrero en la pradera, corrieron con antorchas encendidas en torno de -la pira. Las teas lamieron los troncos resinosos, y pronto el humo y -las llamas comenzaron á envolver el cadáver. - -Los guerreros de la tribu más famosos por su valor y sus fuerzas, -avanzaron haciendo caracolear sus caballos en torno de la hoguera. - -Agitando las lanzas, proclamaban con roncos gritos las hazañas del -difunto jefe, uniéndose la masa de la tribu á sus aclamaciones. -Relataban los innumerables combates de los que había salido vencedor; -las audaces expediciones en las que sorprendía al enemigo descuidado -durante la noche, quemando sus viviendas y formando interminables -cuerdas de cautivos; los rebaños apresados, que casi no cabían en los -territorios de la tribu; sus fuerzas colosales; la prontitud con que -dominaba el potro más salvaje, y la prudencia que demostraba en todos -sus consejos. - ---¡Cubrió de manos de enemigos las puertas de nuestras casas! --gritaba -un guerrero, pasando al galope como un fantasma entre el humo de la -hoguera. - -Y la multitud gritaba con una entonación de lamento: - ---¡Endovellico!... ¡Endovellico!... - ---¡Le temían todas las tribus, y su nombre era respetado como el de un -dios!... - -La multitud volvía á repetir varias veces el nombre del jefe como si -llorase. - ---¡Con su puño de roca abatía un toro en mitad de su carrera, y hacía -volar la cabeza del enemigo con un golpe de su espada! - ---¡Endovellico!... ¡Endovellico!... - -Y así continuaban las exequias del jefe. La hoguera elevaba rectas las -llamas, ensuciando con su denso humo el azul del cielo, y los heraldos, -incansables en pregonar las hazañas de su jefe, pasaban y repasaban -como negros demonios coronados de chispas, haciendo saltar sus corceles -sobre los leños inflamados. Vínose abajo la pira, envolviendo los -restos de Endovellico entre cenizas y tizones, y sobre el rescoldo de -la hoguera comenzó el combate en honor del difunto. - -Avanzaban los guerreros á caballo con las riendas sueltas, el -escudo ante el pecho, la espada en alto, y combatían como si fuesen -irreconciliables enemigos. Los mejores camaradas, los hermanos de -armas, se asestaban tremendos golpes, con el entusiasmo de un pueblo -que convertía la lucha en la principal diversión. Había que hacer -correr la sangre para glorificar con más pompa la memoria del difunto; -caían los caballos al choque del encuentro, y los jinetes continuaban -la lucha á pie, trabándose cuerpo á cuerpo, haciendo retemblar los -escudos con el choque de los golpes. Cuando se hubieron retirado -algunos guerreros cubiertos de sangre, y el combate tomó un carácter -de batalla general, en la que intervenían las mujeres y los niños -enardecidos por el espectáculo, Alorco hizo sonar las trompas dando la -señal de retirada, y se arrojó entre los combatientes para separar á -los más tenaces. - -Terminaban las exequias. Los esclavos de la tribu arrojaron los restos -de la hoguera en una zanja, y la muchedumbre, viendo acabada la fiesta, -levantó por última vez el cuerno lleno de cerveza para beber en honor -del nuevo rey, retirándose luego á sus aldeas. - -Los principales guerreros se dirigieron á la mansión del jefe para -celebrar consejo. - -El ateniense caminaba al lado de Alorco, manifestándole el asombro -que le habían causado las costumbres bárbaras y belicosas de los -celtíberos. Como no podía entender su lenguaje, los guerreros le vieron -sin alarma sentarse en la sala del consejo cerca del nuevo jefe. - -El hechicero hablaba á Alorco largamente, entre el respetuoso -silencio de los guerreros. Acteón comprendió que daba cuenta de cosas -extraordinarias ocurridas en la tribu pocos días antes de la llegada -del nuevo rey. Tal vez algún llamamiento de las tribus amigas, alguna -expedición fructuosa proyectada por los más audaces. - -Vió obscurecerse ligeramente el rostro de Alorco, como si le hablasen -de algo penoso que pugnaba con sus afectos. Los guerreros le miraban -fijamente, mostrando en sus ojos la conformidad y el entusiasmo con las -palabras del viejo. Alorco se repuso, siguió escuchando con serenidad -al hechicero, y cuando éste terminó, tras una larga pausa, dijo algunas -palabras é hizo con la cabeza una señal de asentimiento. - -Aquella gente ruda acogió con gritos de entusiasmo la conformidad de -su jefe y salió en tropel de la casa, como si la faltase tiempo para -llevar la noticia al exterior. - -Cuando quedaron solos el griego y el celtíbero, éste dijo con tristeza: - ---Acteón, mañana parto con los míos. Comienzo á ser jefe de la tribu. -Tengo que llevarla al combate. - ---¿Puedo acompañarte? - ---No. Ignoro dónde vamos. Mi padre tenía un poderoso aliado que no -puedo nombrarte, y ese aliado me llama sin decir para qué. Toda la -tribu muestra un gran entusiasmo por esta expedición. - -Alorco añadió tras una larga pausa: - ---Puedes permanecer aquí todo el tiempo que quieras. Mis hermanas te -obedecerán como si fueses el mismo Alorco. - ---No: partiendo tú nada me resta que hacer aquí. En un día he visto -bastante para conocer á los celtíberos. Regresaré á Sagunto. - ---¡Feliz tú que puedes volver á la vida griega, á los banquetes de -Sónnica, á la dulce paz de aquellos mercaderes!... Que no se turbe -nunca y que yo pueda regresar allá como amigo. - -Callaron los dos un buen rato, como si gravitasen sobre su pensamiento -negras ideas. - ---Volverás de esa expedición cargado de riquezas --dijo el griego-- y -vendrás á disiparlas alegremente en Sagunto. - ---¡Que sea así! --murmuró Alorco--. Pero presiento que nunca volveremos -á vernos, Acteón. Si nos vemos será para maldecir á los dioses, -prefiriendo no habernos visto. Parto sin saber dónde voy y tal vez -marcho contra mí mismo. - -No dijeron más: temían explicarse sus pensamientos. - -El griego y el celtíbero se abrazaron estrechamente. Después, como -suprema despedida, se besaron en los ojos, signo de fraternal amistad. - - - - -V - -La invasión - - -La hermosa Sónnica creía haber perdido para siempre á Acteón. Su -repentina partida la consideraba como un capricho del veleidoso -ateniense, eterno viajero impulsado por la fiebre de ver nuevos países. -¡Sólo los dioses podían saber dónde iría aquel pájaro errante, después -de su visita á la Celtiberia! Tal vez se quedase con Alorco; tal vez -guerreara con aquellos bárbaros, y éstos, subyugados por su cultura y -su astucia, acabaran formándole un reino. - -Creía Sónnica que el ateniense no volvería más; que su corta primavera -de amor había sido semejante á la fugitiva felicidad de las mujeres -que tuvieron relaciones con los dioses al bajar éstos al mundo. Ella, -tan insensible y burlona para los afectos, pasaba los días llorando -en su lecho ó recorría por la noche como una sombra el vasto jardín, -deteniéndose en la gruta donde el griego había hecho caer por primera -vez el cinturón de su túnica. Los esclavos asombrábanse del humor -desigual y cruel de su ama, que tan pronto gemía cual una niña, como -enardecida por súbita crueldad, ordenaba castigos para todos. Y de -repente, una mañana, se presentaba el griego ante la quinta sobre -un caballo polvoriento y sudoroso, despedía á los bárbaros de feroz -catadura que venían escoltándole, corría con los brazos abiertos hacia -la trémula Sónnica, y todo el inmenso dominio parecía resucitar: la -señora sonreía, el jardín se mostraba más hermoso, en la terraza -brillaban con mayor esplendor los plumajes de las aves raras, sonaban -más alegres las flautas de las aulétridas, y á los esclavos, libres ya -de castigos, les parecía más dulce el aire y más puro el cielo. - -La quinta de Sónnica recobró su alegre vida, como si la dueña hubiese -resucitado. Por la noche hubo banquete en el gran triclinio; llegaron -invitados los jóvenes elegantes amigos de Sónnica, y hasta Eufobias el -filósofo encontró su sitio en la mesa, sin tener que luchar antes con -el palo de los esclavos. - -Sónnica sonreía abrazada á Acteón, y escuchaba sus palabras como -una música dulce. Los convidados le hacían relatar su viaje á la -Celtiberia, admirando las costumbres de las tribus sobre las que -reinaba Alorco. El parásito Eufobias no ocultaba su satisfacción por -tener un amigo tan poderoso, y hablaba de ir allá por algún tiempo -para vivir cómodamente, sin tener que mendigar el pan á los mercaderes -de Sagunto. Volvió para el ateniense la primavera de amor. Pasaba los -días en la quinta á los pies de Sónnica, viendo cómo hilaba en la -rueca lanas de vivos colores, ó cómo se acicalaba el cuerpo, ayudada -por sus esclavas. Á la caída de la tarde paseaban por el jardín, y les -sorprendía la noche en la gruta, estrechamente abrazados, oyendo como -una melodía dulce y monótona el canto del surtidor cayendo en la taza -de alabastro. - -Algunas mañanas, Acteón iba á la ciudad para pasear por los pórticos -del Foro, escuchando á los noticieros con la curiosidad de un griego -habituado á las murmuraciones del Ágora. Notábase una agitación -extraordinaria en la gran plaza saguntina. Los desocupados hablaban -de guerras; los ciudadanos más belicosos recordaban sus hazañas en la -última expedición contra los turdetanos exagerándolas, y los tranquilos -comerciantes abandonaban sus mesas para inquirir noticias, acogiendo -con gestos de desaliento la posibilidad de una lucha próxima. Acteón, -al llegar á Sagunto por las mañanas, veía en lo alto de los muros -centenares de esclavos que reparaban las almenas desmoronadas por el -tiempo y cubrían las grietas que muchos años de paz habían abierto en -los fuertes tapiales. - -Mopso el arquero le tenía al corriente de las deliberaciones de los -Ancianos. Hanníbal les había enviado un emisario con la orden de -devolver á los turdetanos los territorios conquistados y el botín de la -última expedición. El africano amenazaba con una altivez insufrible, y -la república saguntina le había contestado con desprecio, negándose á -escuchar sus órdenes. Sagunto sólo podía obedecer á su fuerte aliada -Roma, y segura de su protección, miraba con indiferencia las amenazas -del cartaginés. Sin embargo, como la guerra parecía inevitable y todos -temían la juventud y el carácter audaz de Hanníbal, dos senadores se -habían embarcado algunos días antes en el puerto de Sagunto, haciendo -vela hacia las costas de Italia para relatar lo ocurrido, solicitando -la protección del Senado romano. - -En el Foro circulaban confusamente estas noticias, y la muchedumbre -se burlaba de Hanníbal como de un joven arrebatado que necesitaba una -lección. Podía venir contra Sagunto cuando quisiera. Los cartagineses -eran los derrotados de Sicilia, los que tuvieron que abandonar las -costas de la Gran Grecia, expulsados por los romanos, poniendo con -la derrota su propia ciudad al borde de la ruina. Si habían logrado -después victorias en Iberia era contra tribus bárbaras que desconocían -el arte de la guerra y eran víctimas de sus astucias. Al atacar á -Sagunto encontrarían un enemigo digno de ellos, y Roma, la poderosa -aliada, caería á sus espaldas exterminándolos. - -Estas reflexiones enardecían la ciudad. Llegaban noticias de que -Hanníbal había salido de campaña y se aproximaba lentamente; y con -tales novedades un aire de guerra parecía pasar sobre Sagunto, -inflamando el ánimo de los más prudentes. Los tranquilos mercaderes, -con la sorda cólera del hombre pacífico que ve en peligro sus bienes, -limpiaban viejas armas en las puertas de sus tiendas ó bajaban á las -riberas del río para ejercitarse en su manejo, confundidos con la -juventud, que desde la salida del sol hacía caracolear sus caballos y -esgrimía la lanza ó disparaba el arco bajo la dirección de Mopso. - -Acteón comenzó á pasar los días fuera de la quinta, desoyendo los -ruegos de Sónnica, que quería verle siempre junto á ella. El Senado -le había dado el mando de los _peltastas_, la infantería ligera; y -al frente de algunos centenares de jóvenes descalzos y sin otra arma -defensiva que una coraza de lana y un escudo de junco, corría por las -riberas del río, enseñándoles á lanzar los dardos sin detenerse en la -carrera, á herir al enemigo pasando por su lado rápidamente, sin darle -tiempo á que respondiese con otro golpe. - -Cuando terminado el ejercicio los jóvenes sudorosos se lanzaban en el -río para fortalecerse con la natación, el griego regresaba lentamente á -la quinta, deteniéndose en los lugares más risueños del agro. - -Una tarde el ateniense encontró á Eroción el alfarero al pie de un -enorme cerezo, mirando las ramas más altas, de las que caía una lluvia -de rojos frutos á impulsos de una mano invisible. Desde el día en que -le sorprendió Acteón trabajando ante la desnuda pastorcilla no había -vuelto á verle. - -El adolescente acogió al griego con una sonrisa. - ---¿Ya no trabajas? --preguntó Acteón con paternal bondad--. ¿Terminaste -tu obra? - -El muchacho contestó con un gesto de indiferencia: - ---¡Mi obra!... No te burles, griego. Nada tengo que hacer... - ---¿Y Ranto? - ---Está en lo alto de ese árbol, cogiendo para mí las mejores cerezas. -Trepa como una cabra y no quiere que la acompañe. Teme que me haga daño. - -Se agitaron las ramas del cerezo, y ágil como una ardilla descendió la -pastora con las piernas descubiertas, llevando en su recogida falda de -piel un montón de cerezas. Ella y su amante las comían riendo, con los -labios teñidos de rojo, y se adornaban el cabello ó las colgaban á -pares de sus orejas, formando frescas y vistosas arracadas. - -Acteón sonreía contemplando aquella juventud fuerte y hermosa que se -buscaba y confundía como si viviese en un desierto, sin preocuparse del -estado de la ciudad. - ---¿Pero qué hiciste de tu obra? --preguntó. - -Eroción y Ranto rieron al recordar el pasado trabajo. - ---La aplasté --dijo el muchacho--. Hice añicos el barro y me propongo -no tocar otro que el de la alfarería... cuando me decida á volver á -ella. - -Había cogido el talle de la pastorcilla y descansaba su cabeza en uno -de sus hombros, frotándose contra su cuello con suavidad amorosa de -felino. - ---¿Para qué trabajar? --añadió--. He pasado muchos días arrodillado -ante el barro maldito, luchando por que tomase las formas de este -cuerpo. Pero es inútil. El barro es barro y no puede ser carne. Cuando -se tiene al alcance de la mano la suave piel de mi Ranto, es una -necedad desesperarse para que la tierra amasada tome la tersura de su -vida. No quiero soñar más, ateniense. Me contento con lo que poseo. - -Y con un impudor sublime acariciaba á su amiga en presencia de Acteón. - ---Un día --continuó el muchacho-- ví claro y comprendí la verdad. Ranto -estaba desnuda ante mí. Ofuscado por mi ambición, sólo había visto en -ella al modelo, pero aquel día ví la mujer. ¿Á qué buscar la gloria -cuando tenía ante mí la felicidad?... Aunque lograse hacer una gran -estatua, ¿qué conseguiría con ello? Que la gente dijese después de -muerto yo: --Esto lo hizo Eroción el saguntino. Y yo no podría oirlo, -luego de pasar mi vida sufriendo y trabajando... No; vivamos y gocemos. -Aquel día rompí de una patada la estatua y abracé á Ranto, rodando por -el suelo. Amarse es mejor que perder el tiempo con monigotes de barro. -¿Verdad, Ranto? - -Y volvían á acariciarse, sin importarles la presencia del griego. Éste -adivinaba la gran transformación de aquella pareja en la desenvoltura -del adolescente y el fuego que brillaba en los ojos de la pastora. El -ardor amoroso parecía haber ensanchado los contornos de su cuerpo, -dando á sus miembros una voluptuosa gracia, un abandono dulce, que no -tenía antes. - ---Olvidé el arte y somos dichosos --continuó el muchacho--. Hubiera -sido una locura huir á Grecia, dejando aquí este tesoro que no conocía. -Pasamos el tiempo vagando por los campos; tenemos en los bosquecillos -rincones misteriosos con cortinas de hojas, escondrijos perfumados y -obscuros que nos envidiaría Sónnica la rica; y cuando sentimos hambre -ordeñamos las cabras de Ranto, vaciamos una colmena y subimos á los -árboles en busca de fruta. Ésta es la gran época: toda la campiña está -llena de cerezas. - -Se detuvo, creyendo haber dicho demasiado. Tal vez Ranto le reprendió -con un ligero movimiento por hablar tanto. Después, añadió con tono -suplicante: - ---Tú eres bueno, ateniense. Ranto y yo te miramos como un hermano mayor -desde que te vimos en el camino de la Sierpe. No digas nada á mi padre -ni á Sónnica. Deja que seamos dichosos en esta vida, digna de dioses. - -Acteón sentía cierta envidia ante la felicidad de aquellos jóvenes -exentos de cuidados, que se amaban en medio del campo, bajo los -árboles, como animales sanos y hermosos que sólo creían en el amor. - ---Sagunto va á ser sitiada. Tenemos guerra. ¿No lo sabéis? - ---Lo ignoramos --dijo Eroción con un gesto de desprecio--. Á mí solo me -interesa Ranto. - ---¿Y tu ciudad?... ¿No te preocupa su suerte? - ---Me preocupan más los besos de mi pastora. Mientras haya amor, sol y -frutas, ¿qué me importa lo demás del mundo? - ---¿No crees en tu país, desgraciado? - ---Por ahora sólo creo en las cerezas y en esta boca roja y fresca como -ellas. - -Se separaron, y Acteón guardó algún tiempo el recuerdo del encuentro. -El alegre descuido de la amorosa pareja le inspiraba envidia. - -Pasaron los meses del verano. Las vides del agro maduraban sus racimos, -los labriegos se entusiasmaban contemplando la próxima cosecha oculta -bajo los pámpanos, y de vez en cuando, como un trompetazo lúgubre, -llegaban noticias de Hanníbal, de sus victorias sobre las tribus del -interior que se negaban á reconocerle y de las imperiosas exigencias -que mostraba sobre Sagunto. - -Acteón adivinaba la proximidad de la guerra, y ésta, que había -constituído siempre su principal medio de existencia, le causaba -ahora tristeza. Había cobrado afecto á aquella tierra hermosa como la -de Grecia. Su alma, saturada de la dulce paz de los campos fértiles -y de la ciudad rica é industriosa, se entristecía al pensar que -esta vida iba á paralizarse. Su existencia había transcurrido entre -luchas y aventuras; y ahora que, rico y feliz, deseaba la paz en un -rincón, donde creía acabar sus días, la guerra, como amante olvidada -que se presenta inoportunamente, volvía á él sin llamamiento alguno, -empujándolo nuevamente á la crueldad y la destrucción. - -Una tarde, al finalizar el verano, pensaba en esto marchando á caballo -hacia la ciudad. En los oblicuos rayos del sol brillaban como botones -de oro las industriosas abejas, buscando las flores silvestres. Las -vendimiadoras cantaban en las viñas, agachadas junto á sus cestos... -Acteón vió venir corriendo por la parte de la ciudad un esclavo de los -que tenía Sónnica en sus almacenes de Sagunto. - -Se detuvo jadeante ante Acteón. Apenas podía hablar por la fatiga, y -sus palabras entrecortadas revelaban el espanto. Hanníbal llegaba por -la parte de Sétabis... Comenzaban á entrar despavoridas en la ciudad -las gentes del campo con sus rebaños. No habían visto al invasor, pero -corrían asustadas por el relato de los fugitivos que llegaban de los -confines del territorio saguntino. Los cartagineses habían pasado los -límites: eran gentes de rostro feroz y extrañas armas, que robaban las -aldeas y las entregaban á las llamas. Él corría á avisar á su señora -para que se refugiase en la ciudad. - -Y emprendió de nuevo su carrera hacia la quinta de Sónnica. El griego -dudó un momento, pensó retroceder en busca de su amada, pero acabó por -partir al galope hacia la ciudad, y al llegar á ella pasó á escape -por fuera de las murallas. Iba en busca del camino de las montañas -que ponían en comunicación á Sagunto con los pueblos del interior -y bifurcándose llegaba á Sétabis y Denia. Al llegar á él comenzó á -encontrar los fugitivos de que hablaba el esclavo. - -Llenaban el camino como una inundación. Mugían los rebaños bajo el -látigo, desfilando entre los carros; las mujeres corrían llevando en -la cabeza grandes fardos, y arrastraban á sus pequeñuelos, cogidos á -los pliegues de la túnica; los muchachos arreaban los caballos cargados -de muebles y ropas, todo amontonado al azar en la precipitación de la -fuga, y las ovejas saltaban á los lados del camino, librándose de las -ruedas que rozaban sus vellones, amenazando aplastarlas. - -El griego, marchando en dirección opuesta al torrente de fugitivos, -partía con su caballo el revuelto oleaje de carros y rebaños, -campesinos y esclavos, en el cual se confundían las gentes de diversos -pueblos y se perdían los individuos de una misma familia, llamándose -desesperadamente al través de las nubes de polvo. - -La muchedumbre fugitiva comenzaba á aclararse. Pasaban junto á Acteón -los rezagados: pobres viejas que caminaban con paso vacilante, llevando -sobre los hombros el corderillo que constituía toda su fortuna; -ancianos abrumados por el peso de marmitas y ropas; enfermos que se -arrastraban apoyados en el báculo; animales abandonados que vagaban por -entre los olivos inmediatos al camino, y de repente, como si husmeasen -al lejano dueño, lanzábanse á todo correr al través de los campos; -niños sentados en una piedra que lloraban viéndose abandonados de los -suyos. - -Pronto quedó el camino completamente desierto. Se había perdido á lo -lejos la cola de los fugitivos, y Acteón sólo veía ante sí la estrecha -lengua de tierra roja serpenteando por las laderas de los montes, sin -un ser que con su silueta cortase la monotonía del camino. - -El galope de su caballo resonaba como un trueno lejano en el profundo -silencio. Parecía que la naturaleza hubiese muerto al sentir la -proximidad de la guerra. Hasta los seculares árboles, los retorcidos -olivos que tenían siglos de vida, las grandes higueras que se -ensanchaban cual cúpulas verdes sobre las pendientes de los montes, -permanecían inmóviles, como aterradas por la aproximación de aquel algo -que hacía abandonar á los pueblos sus viviendas, corriendo á la ciudad. - -Acteón atravesó una aldea. Las cabañas cerradas; las calles -silenciosas. Del interior de una casa le pareció que partía un débil -lamento. Algún enfermo abandonado por los suyos en la precipitación de -la fuga. Pasó después ante una gran quinta cerrada. Detrás de las altas -tapias aullaba con desesperación un perro. - -Luego otra vez la soledad, el silencio, la ausencia de la vida, -la parálisis que parecía extenderse sobre los campos. Comenzaba á -anochecer. Á lo lejos, como arrollado y confundido por la distancia, -oíase un sordo rumor; algo semejante al mugido de un mar invisible, al -zumbido creciente de una inundación. - -El griego salió del camino: su caballo comenzó á escalar una altura -cultivada, hundiendo los cascos en la roja tierra de las viñas. Desde -lo alto abarcó de una mirada una gran parte del paisaje. - -Los últimos reflejos del sol teñían de anaranjado las laderas de los -montes, entre las cuales serpenteaba el camino, y en él brillaban como -reguero de chispas las corazas de un grupo de jinetes que marchaban -al trote con cierta precaución, como explorando el terreno. Acteón -los reconoció; eran jinetes númidas de blancos y flotantes mantos, -y confundidos con ellos galopaban otros guerreros de estatura menos -imponente, que agitaban las lanzas haciendo caracolear sus pequeños -caballos. El griego sonrió reconociendo á las amazonas de Hanníbal, el -famoso escuadrón que había visto en Cartago-Nova, formado por esposas é -hijas de soldados y que mandaba la valerosa Asbyte, hija de Hiarbas, el -garamanta africano. - -Detrás de este grupo, aparecía solitario el camino en un buen trecho. -En el fondo, como un monstruo obscuro que se movía con ondulaciones de -reptil, se destacaba el ejército, inmensa faja sobre la que brillaban -las lanzas como una línea de fuego, interrumpida á trechos por masas -cuadradas que avanzaban cual movedizas torres. Eran los elefantes. - -De repente, tras el ejército, pareció elevarse un nuevo sol para -alumbrar sus pasos. Se inflamó el horizonte, marcándose sobre el fondo -rojizo el dentellado contorno de la inmensa masa. Era una aldea que -ardía. Las tropas de Hanníbal, compuestas de mercenarios de todos los -países y de tribus bárbaras del interior, ansiaban aterrar á la ciudad -enemiga, y apenas entradas en territorio saguntino, talaban los campos -é incendiaban las viviendas. Acteón temió ser envuelto por los númidas -y las amazonas, y bajando de la altura, emprendió un galope desesperado -hacia Sagunto. - -Llegó á la ciudad cerrada ya la noche, y tuvo que darse á conocer, -llamar á su amigo Mopso, para que le abriesen una puerta. - ---¿Les has visto? --preguntó el arquero. - ---Antes de que canten los gallos estarán ante nuestros muros. - -La ciudad presentaba un aspecto extraordinario. Las calles estaban -iluminadas con hogueras. Antorchas de resina ardían en puertas y -ventanas, y la multitud de fugitivos aglomerábase en las plazas, -llenando los pórticos y tendiéndose en los quicios de las puertas. Todo -el pueblo saguntino se había agolpado en la ciudad. - -El Foro era un campamento. Oprimíanse los rebaños entre las cuatro -columnatas, sin espacio para moverse, mugiendo y pataleando; las ovejas -saltaban en las escaleras de los templos; las familias de campesinos -hacían hervir sus marmitas sobre los mármoles de los áticos, y el -resplandor de tantas hogueras, reflejándose en las fachadas de las -casas, parecía comunicar á toda la ciudad un temblor de alarma. Los -magistrados hacían levantar á los fugitivos, tendidos en las calles y -que obstruían la circulación, para alojarlos en las casas de los ricos, -juntos con los esclavos, ó guiarlos á la Acrópolis para que acampasen -en sus innumerables edificios. Allí subían también los rebaños, á la -luz de las antorchas, entre una doble fila de hombres casi desnudos, -que apaleaban los bueyes cuando intentaban escapar por las laderas del -monte sagrado. - -Dominando el murmullo de la multitud, sonaba el mugido de las trompas y -de los caracoles marinos, llamando á los ciudadanos para que formasen -los grupos encargados de la defensa de la muralla. Salían de las casas, -arrancándose de los brazos de sus esposas é hijos, los comerciantes, -vestidos con lorigas de bronce, el rostro cubierto por el casco griego -rematado por enorme cepillo de crines, y avanzaban majestuosos entre la -muchedumbre de rústicos, con el arco en la mano, la pica en el hombro -y la espada golpeándoles el desnudo muslo, cubierto hasta la rodilla -con el coturno de cobre. Los adolescentes, arrastraban á las murallas -enormes piedras para arrojarlas á los sitiadores, y reían al ser -ayudados por las mujeres, que deseaban tomar parte en los combates. -Viejos de barba venerable, ciudadanos ricos del Senado, se abrían -paso, seguidos por esclavos con grandes haces de picas y espadas, y -distribuían las armas entre los campesinos más fuertes, preguntándoles -antes si eran hombres libres. - -La ciudad parecía contenta. ¡Ya llegaba Hanníbal!... Los más -entusiastas habían dudado con cierta pena de que el africano osase -presentarse ante sus muros. Pero ya estaba allí; y todos reían pensando -que Cartago perecería ante Sagunto así que Roma acudiese en auxilio de -la ciudad. - -Los embajadores saguntinos estaban allá, y no tardarían en llegar las -legiones romanas, aplastando en un momento á los sitiadores. Algunos, -en su entusiasta optimismo, inclinados á lo maravilloso, creían que -por un milagro de los dioses, el gran hecho ocurriría dentro de pocas -horas, y que tan pronto como clarease el día, al extenderse el ejército -de Hanníbal ante Sagunto, asomarían al mismo tiempo en el límite azul -del seno Sucronense un sinnúmero de velas; la flota conduciendo á los -invencibles soldados de Roma. - -Casi toda la ciudad estaba en las murallas. Apiñábase en ellas la -muchedumbre, hasta el punto de que muchos tenían que agarrarse de las -almenas, para no ser precipitados. - -Fuera de los muros, la obscuridad era absoluta. Habían callado como -asustadas las ranas que poblaban las charcas del río; los perros que -rodaban vagabundos por la campiña ladraban incesantemente. Adivinábase -la presencia de ocultos seres que se agitaban en la sombra, rodeando la -ciudad. - -Las tinieblas aumentaban la incertidumbre ansiosa del gentío de las -murallas. De pronto brilló un punto de luz en la obscuridad de la -campiña: después otro y otros en distintos lugares, á alguna distancia -de la ciudad. Eran antorchas guiando los pasos de los que llegaban. -Sobre su rojiza mancha de luz veíanse pasar las siluetas de hombres -y caballos. Á lo lejos, en la cumbre de algunos montes, brillaban -hogueras, sirviendo, sin duda, de señal á las tropas rezagadas. - -Estas luces pusieron fin á la calma de los más impacientes. Algunos -jóvenes no pudieron permanecer con el arco inactivo, y tendiéndolo -comenzaron á disparar flechas. Pronto respondieron desde la obscuridad. -Sonaban silbidos sobre la cabeza de la muchedumbre, y de las casas -inmediatas á la muralla volaron con gran estrépito algunas tejas. Eran -balas de honda enviadas por los sitiadores. - -Así transcurrió la noche. Cuando cantaron los gallos anunciando el -amanecer, una gran parte de la muchedumbre se había dormido, cansada -de escudriñar la obscuridad en la que zumbaba el enemigo invisible. - -Al apuntar el día los saguntinos vieron todo el ejército de Hanníbal, -frente á sus muros, por la parte del río. Acteón, al examinar la -colocación de las tropas, no pudo menos de sonreir. - ---Conoce bien el terreno --murmuró--. Ha aprovechado su visita á la -ciudad. En las sombras ha sabido escoger el único punto por donde -Sagunto puede ser atacada. - -Todo el lado del monte estaba libre de sitiadores. Su ejército había -acampado entre el río y la parte baja de la ciudad, ocupando las -huertas, los jardines de las casas de recreo, el hermoso arrabal de que -tan orgullosos se mostraban los ricos de Sagunto. - -Entraban y salían los soldados en las lujosas villas, preparando su -comida de la mañana; hacían astillas los ricos muebles para encender -las hogueras; envolvíanse en las telas que habían encontrado, y -derribaban los arbolillos para plantar sus tiendas con mayor desahogo. -Al otro lado del río, sobre el inmenso agro, esparcíanse los grupos -de jinetes, para tomar posesión de las aldeas, de las quintas, de los -innumerables edificios que surgían entre el verdor de la inmensa vega, -abandonados á la proximidad del enemigo. - -Lo que primeramente llamó la atención de los saguntinos, excitando una -curiosidad infantil, fueron los elefantes. Estaban en fila al otro -lado del río, enormes, cenicientos, como tumefacciones que hubieran -surgido de la tierra durante la noche; con las orejas caídas como -abanicos, pintadas de verde, y agitando de vez en cuando sus trompas, -que parecían gigantescas sanguijuelas, intentando chupar el azul del -cielo. Sus conductores, ayudados por los soldados, descargaban de -sus lomos las cuadradas torres y arrollaban las gruesas gualdrapas -que les cubrían los flancos en los momentos de combate. Los dejaban -libres, como si la vega fuese para ellos una inmensa cuadra, seguros -los conductores de que el sitio iba á ser empresa larga y que mientras -durase no sería preciso el auxilio de las terribles bestias, tan -apreciadas en las batallas. - -Cerca de los elefantes, por la ribera del río, llegaban las máquinas de -guerra, las catapultas, los arietes, las torres movedizas, complicadas -fábricas de madera y bronce, de las que tiraban dobles rosarios de -bueyes, enormes y con retorcidos cuernos. - -El terreno, como si sufriera una erupción en su superficie, cubríase de -vejigas de diversos colores, tiendas de tela, de paja ó de pieles, unas -cónicas, otras cuadradas, las más redondas como hormigueros, en torno -de las cuales se agitaba la multitud armada. - -Los saguntinos, desde lo alto de sus muros, examinaban el ejército -sitiador, que parecía llenar toda la vega, y al cual se unían -incesantemente nuevas muchedumbres á pie y á caballo que llegaban por -todos los caminos y parecían rodar de las cumbres de las inmediatas -montañas. Era una aglomeración de razas diversas, de pueblos distintos; -una bizarra amalgama de trajes, colores y tipos; y los saguntinos, que -por sus viajes conocían todas aquellas gentes, las iban señalando á sus -absortos conciudadanos. - -Unos jinetes que parecían volar casi tendidos sobre sus pequeños -caballos, eran númidas; africanos de aspecto afeminado, cubiertos de -velos blancos, con pendientes de mujer y babuchas, perfumados, con los -ojos pintados de negro, pero que resultaban impetuosos en el combate -y luchaban á la carrera, manejando la lanza con gran destreza. En -torno de las hogueras de los jardines paseaban los negros de Libia, -atléticos, con los cabellos crespos y la dentadura deslumbrante, -sonriendo con estúpida satisfacción al ver sus miembros desnudos -envueltos en los girones de rica tela que acababan de robar; temblando -de frío apenas se apartaban del fuego, como si les martirizase la -frescura del amanecer. Estos hombres, de piel obscura y brillante, -pocas veces vistos en Sagunto, excitaban la curiosidad de los -ciudadanos casi tanto como las amazonas que audazmente pasaban al -galope por cerca de las murallas para ver de más cerca la ciudad. - -Eran jóvenes, esbeltas, de piel tostada por la intemperie. Su cabello -ondeaba tras el casco como un adorno bárbaro, y no llevaban otra -vestidura que una amplia túnica hendida por el lado izquierdo, que -dejaba al descubierto sus piernas nerviosas oprimiendo los hijares -del caballo. Sobre el pecho llevaban algunas un justillo de escamas -de bronce, pero abierto por el costado izquierdo para pelear con -más desahogo y mostrando la redondez de su seno recogido y duro por -los fatigosos ejercicios. Montaban en pelo sus caballos nerviosos y -salvajes, guiándolos con un ligero freno, y al marchar en grupo las -feroces bestias se mordían y coceaban, animándose así en la desesperada -carrera. Avanzaban las amazonas hasta cerca de los muros riendo y -profiriendo palabras que no entendían los saguntinos; agitaban sus -lanzas y escudos, y al enviarles una nube de flechas y piedras, huían á -escape, volviendo la cabeza para repetir sus gestos de burla. - -Los sitiados distinguían entre la muchedumbre obscura de los soldados -las corazas de algunos jinetes, que brillaban como láminas de oro. -Eran los capitanes cartagineses, los ricos de Cartago, que seguían á -Hanníbal; hijos de opulentos comerciantes que marchaban con el ejército -más como pastores que como caudillos, cubiertos de metal de cabeza á -pies para librarse de los golpes y más atentos, con el genio de su -raza, á administrar las conquistas y repartirse el botín que á buscar -gloria en los combates. - -Aparte de estas gentes, los conocedores señalaban desde las murallas -las demás tropas del ejército sitiador. Unos hombres con la piel de -color de leche, lacios bigotes y las crines rojas anudadas en el -vértice del cráneo, que se despojaban de sus sayos y sus altas botas -de pieles sin curtir para bañarse en el río, eran galos; los otros, -bronceados y tan enjutos que su esqueleto se marcaba como si fuese -á desgarrar la piel, eran africanos de los oasis del gran desierto, -gentes misteriosas que con el redoble de sus tamborcillos hacían -descender la luna, y tañendo la flauta obligaban á bailar á las -serpientes venenosas. Y revueltos con ellos, aparecían los lusitanos -enormes, de piernas fuertes como columnas y anchos pechos de roca; -los de la Bética, unidos á sus caballos de día y de noche por un amor -que duraba toda la vida; los celtíberos hostiles, melenudos y sucios, -ostentando con altivez sus harapos; las tribus del Norte, que adoraban -como dioses los pedruscos solitarios y buscaban á la luz de la luna -hierbas misteriosas para hechicerías y filtros; todos de costumbres -feroces, en perpetua batalla con el hambre, gentes bárbaras de las que -se decían cosas horripilantes, suponiéndolas inclinadas á devorar los -cadáveres de los vencidos después del combate. - -Los honderos baleares provocaban la risa, á pesar de su aspecto feroz. -Comentábanse en las murallas las costumbres extravagantes que regían en -sus islas; y la multitud prorrumpía en carcajadas contemplando aquellos -mocetones casi desnudos, empuñando un palo con la punta tostada que les -servía de lanza, y llevando tres hondas, una arrollada á la frente, -otra en la cintura y la tercera en la mano. Estas hondas eran de crín, -de esparto y de nervio de toro, usándolas alternativamente según la -distancia á que debían tirar. - -Vivían en las cuevas de sus islas ó en la cavidad formada por varios -peñascos amontonados, y desde niños se amaestraban en el uso de la -honda. Sus padres les ponían el pan á alguna distancia, y no podían -comerlo si no lo derribaban antes de una pedrada. Su pasión era la -embriaguez, y su más vehemente apetito la mujer. En los combates -despreciaban los prisioneros de buen rescate por apoderarse de las -mujeres, y muchas veces cambiaban seis esclavos fuertes por una -esclava. En sus islas no se conocía el oro y la plata: los ancianos, -adivinando los males del dinero, habían prohibido que se importaran -monedas, y los honderos baleares al servicio de Cartago, no pudiendo -llevar las ganancias á su país, gastaban las soldadas en bebidas ó las -arrojaban generosamente en manos de las rameras hediondas y miserables -que seguían al ejército. Sus costumbres tradicionales regocijaban á -los saguntinos. En sus bodas, según decían los que habían visitado las -islas, era uso que todos los invitados gozasen á la desposada antes que -el marido, y en los entierros se apaleaba al cadáver hasta magullarle -los huesos y convertirlo en una masa informe que se apelotonaba á viva -fuerza en una estrecha urna, enterrándola bajo un montón de pedruscos. -Sus hondas eran terribles. Arrojaban á grandes distancias balas de -arcilla cocida al sol, cónicas por sus extremos y con grotescas -inscripciones dedicadas al que recibía el golpe; y en los combates -disparaban piedras de á libra con tal fuerza, que no podía resistirlas -la armadura mejor templada. - -Detrás de esta muchedumbre belicosa, se esparcían por la campiña -mujeres desharrapadas de todos colores; niños desnudos y enflaquecidos -que no conocían á su padre; los parásitos de la guerra, que marchaban -á la cola del ejército para aprovecharse de los despojos de la -victoria: hembras que por las noches se tendían en un extremo del -campamento amaneciendo en el opuesto, y envejecidas en plena juventud -por las fatigas y los golpes, morían abandonadas al borde un camino; -pequeñuelos que miraban como padres á todos los soldados de su raza -llevando á la espalda en las marchas la leña ó la marmita de los -guerreros, y en los momentos de lucha difícil, cuando se reñía cuerpo -á cuerpo, deslizábanse entre las piernas de los contrarios para -morderles como rabiosos gozquecillos. - -Acteón encontró á Sónnica en la muralla, mirando el campamento enemigo -á los primeros rayos del sol. La hermosa griega se había refugiado en -Sagunto la noche anterior, seguida de esclavos y rebaños, trasladando -á su casa comercial una parte de las riquezas de la quinta. Quedaban -allá las habitaciones con sus pinturas y mosaicos; los muebles ricos, -las suntuosas vajillas que caerían en poder del vencedor. Y ella y el -griego, por entre el follaje del agro, veían la terraza de la quinta -con sus estatuas; la torre de las palomas y los tejados de las casas de -los esclavos, sobre los cuales corrían algunos hombres como insectos -casi imperceptibles. Los invasores estaban allí. Tal vez se divertían -matando á flechazos los pájaros asiáticos de deslumbrante plumaje y -golpeaban á los esclavos enfermos y viejos abandonados en la fuga. -Por entre los plátanos del jardín se elevaba el humo de una hoguera. -La griega y su amante presentían la destrucción y la rapiña. Sónnica -entristecíase, no por la pérdida de una parte de sus riquezas, sino por -creer que mataban su amor destruyendo un lugar que había sido testigo -de sus primeros arrebatos de pasión con el ateniense. - -Bien entrada la mañana, la gente saguntina prorrumpió en gritos de -indignación. Por el camino de la Sierpe venían algunos grupos de -mujeres ebrias y vociferantes, abrazando á los soldados. Eran las -lobas del puerto, las cortesanas miserables que pululaban de noche en -torno del templo de Afrodita y á las que se prohibía la entrada en la -ciudad. Al presentarse en el puerto los primeros jinetes cartagineses, -los habían seguido con entusiasmo. Habituadas á las caricias brutales -de los hombres de todas las naciones, no las causaba extrañeza la -presencia de aquellos soldados de tan distintos trajes y razas. Lo -mismo eran los lobos de la tierra que los del mar. Adoraban á los -hombres fuertes, aves de presa que las destrozaban entre sus garras; -y á la zaga de los cartagineses marcharon al campamento, satisfechas -en el fondo de aproximarse á la ciudad sin miedo al castigo; de poder -burlarse de los sitiados habitantes, con el concentrado odio de muchos -años de humillación. - -Cantaban como locas, agitándose entre las manos ávidas y temblorosas -de deseo, que se las disputaban como si quisieran desgarrarlas; -embriagábanse en las ánforas de ricos vinos, sacadas de las quintas; -caían sobre sus hombros telas con hilos de oro robadas un momento -antes; los númidas, las admiraban con sus húmedos ojos de gacela, -coronándolas con guirnaldas de hierbas, y ellas, prorrumpiendo en -carcajadas de bacante, acariciaban la cabeza de crespa lana de -los etíopes, que reían como niños, mostrando sus agudos dientes de -antropófagos. - -Se entregaban al amor bajo los árboles, junto á las largas filas -de caballos amarrados al borde de las tiendas, mostrando al rodar -sus desnudeces, como un insulto impúdico á la sitiada ciudad; y los -saguntinos, que habían presenciado impávidos el largo desfile del -enemigo, temblaban de ira tras sus almenas á la vista de la ofensa de -sus cortesanas. - -¡Las miserables!... ¡Las perras!... - -Insultábanlas las ciudadanas, pálidas de furor, echando el busto fuera -de los muros, como queriendo saltar al campo para caer sobre las -prostitutas; y éstas, cual si las excitase la cólera de la ciudad, -redoblaban sus carcajadas, tendidas de espaldas en la hierba, abiertos -sus miembros, como invitando al ejército entero á que pasase sobre sus -cuerpos. - -Un nuevo motivo de indignación vino á inflamar otra vez el ánimo de -los saguntinos. Algunos, creyeron reconocer á un guerrero celtíbero -que marchaba al frente de un grupo de jinetes. Su gallardía sobre el -caballo, la arrogancia con que galopaba pegado á la silla, recordaron -á muchos el vistoso desfile de la fiesta de las Panatheas. Cuando -echó pie á tierra y se despojó del casco, limpiándose el sudor, todos -le reconocieron, lanzando un grito de indignación. Era Alorco. -¡También aquél!... Otro ingrato para la ciudad que le había colmado de -atenciones y honores. Sus deberes de reyezuelo le hacían olvidar la -fraternal acogida de Sagunto. - -Y ciegos de ira dispararon sus arcos contra él, pero las flechas no -podían llegar al sitio donde acampaban los celtíberos. - -La muchedumbre, enfurecida, experimentó un ligero consuelo. Abríanse -los grupos á lo largo de la muralla, y con la majestad de un dios -avanzaba Therón, el sacerdote de Hércules, fijos los ojos en el -enemigo, insensible á la adoración popular que le rodeaba. - -Los saguntinos creyeron ver al propio Hércules que había abandonado -su templo de la Acrópolis para bajar á las murallas. Iba desnudo: -una piel enorme de león cubría sus espaldas. Las garras de la fiera -cruzábanse sobre su pecho, y el cráneo lo cubría con la cabeza de la -bestia, de erizados bigotes, agudos dientes y ojos amarillos de vidrio -que brillaban entre la revuelta melena de oro. Su diestra empuñaba sin -ningún esfuerzo un tronco entero de roble que le servía de cachiporra, -como la maza del dios. Sus hombros sobresalían por encima de todas las -cabezas. La muchedumbre admiraba sus pectorales redondos y fuertes como -escudos, los brazos, en los que se marcaban las venas y tendones como -sarmientos arrollados á los músculos, y las piernas, semejantes á -columnas, entre las cuales pendía la virilidad con el soberano impudor -de la fuerza. Era tan enorme, que su cráneo parecía pequeño en medio -de los inmensos hombros, abultados por la almohadilla de los músculos; -su pecho mujía al respirar como una fragua, y todos, instintivamente, -se hacían un paso atrás, temiendo el roce de aquella máquina de carne -creada para la fuerza. - -Los jóvenes elegantes amigos de Sónnica, que ni aun en aquella ocasión -suprema habían olvidado pintarse el rostro, le seguían y admiraban, -ordenando á la muchedumbre que abriese paso. - ---¡Salve, Therón! --gritaba Lacaro--. Veremos qué hace Hanníbal cuando -te encuentre en el combate. - ---¡Salud al Hércules saguntino! --contestaban los otros jóvenes, -apoyándose con desmayo en las espaldas de sus muchachuelos. - -El gigante miraba el campamento, en el cual comenzaban á sonar las -trompas y corrían los soldados para formarse en grupos. Avanzaban -los honderos cautelosamente, amparándose de los edificios y las -desigualdades del terreno. Iba á comenzar el combate. En las murallas -tendían sus arcos los flecheros, y los adolescentes amontonaban piedras -para arrojarlas con sus hondas. Los viejos obligaban á las mujeres á -retirarse. Cerca de una escalera de la muralla, peroraba el filósofo -Eufobias en medio de un grupo, sin hacer caso de la indignación de los -oyentes. - ---Va á correr la sangre --gritaba--. Pereceréis todos: ¿y para qué?... -Yo os pregunto qué ganáis no obedeciendo á Hanníbal. Siempre tendréis -un amo: y lo mismo da ser amigos de Cartago que de Roma. Se prolongará -el sitio y moriréis de hambre. Yo seré el último en sobreviviros, pues -conozco de antiguo la miseria como una fiel amiga... Pero otra vez os -pregunto: ¿qué más os da ser romanos que cartagineses? Vivid y gozad. -Quede para los carniceros el derramar sangre, y antes que pensar en dar -muerte á otro hombre, estudiaos á vosotros. Si hicierais caso de mi -sabiduría, si en vez de despreciarme me alimentaseis á cambio de mis -consejos, no os veríais encerrados en vuestra ciudad como zorras en el -cepo. - -Un coro de imprecaciones y una fila de puños amenazantes contestaron al -filósofo. - ---¡Parásito! ¡Esclavo de la miseria! --gritaban--. Eres peor que esas -_lobas_ que se prostituyen á los bárbaros. - -Eufobias, cuya insolencia crecía al compás de la indignación, quiso -contestar; pero se detuvo viendo que una masa obscura le tapaba la luz -del sol. El gigantesco Therón estaba ante él, mirándole con el mismo -desprecio que uno de aquellos elefantes que los sitiadores tenían -junto al río. Levantó su mano izquierda, débilmente, como si fuese á -alejar un insecto de un papirotazo; apenas si rozó la cara insolente -del filósofo, y éste cayó por la escalera de la muralla con la cabeza -ensangrentada, silencioso, sin una queja, rebotando de peldaño en -peldaño, como hombre convencido de que el dolor no es más que una -apariencia, y acostumbrado á tales caricias. - -En el mismo momento una nube de puntos negros silbó sobre las murallas -como una bandada de pájaros. Volaron tejas, saltaron yesones de las -almenas, y cayeron con la cabeza rota algunos de los que estaban en el -muro. De entre las almenas salieron como contestación impetuosa, las -piedras y las flechas. - -Comenzaba la defensa de la ciudad. - - - - -VI - -Asbyte - - -Hanníbal se agitaba entre las mantas de colores de su lecho, sin poder -conciliar el sueño. - -Los gallos habían anunciado la media noche, rasgando con su grito el -silencio del campamento, y el caudillo permanecía desvelado, cerrando -los ojos sin poder dormir. Le tenía en vela el canto de un ruiseñor -posado en un gran árbol, de cuyo ramaje pendía su tienda. - -Una lámpara de barro iluminaba la aglomeración de objetos en torno de -su lecho. Centelleaban en el suelo corazas, grebas y cascos cubiertos -por pedazos de ricas telas robadas en las quintas saguntinas. Los -muebles griegos, las ánforas de tocador de sutil cincelado, los -tapices con escenas mitológicas, revolvíanse confundidos con los -látigos de piel de buey sin curtir, los escudos de cuero de hipopótamo -y los harapos de Hanníbal, tan amante del brillo de sus armas, como -descuidado y sucio en sus ropas. Los vasos griegos de rica labor -estaban destinados á los más bajos usos. Una crátera de alabastro -cubierta por un escudo servía de asiento; un gran vaso de arcilla -roja, decorado por un artista griego con las aventuras de Aquiles, lo -empleaba el africano con desprecio para sus desahogos más íntimos; -pedazos de estatuas y columnas destrozadas por el furor de la invasión -se hundían en el suelo, ofreciendo asiento á los capitanes de Hanníbal -cuando celebraban consejo en la tienda del caudillo. Era el botín, -amontonado y magullado por la fiebre del robo. De él, sólo una pequeña -parte había llegado hasta el jefe, que sentía un absoluto desprecio por -la belleza artística cuando no estaba impresa en metales preciosos. Se -reía de los dioses de aquella tierra lo mismo que de los de su país -y del mundo entero, y escupía sobre los mármoles de las divinidades -que llenaban el campamento como si fuesen pedazos de piedra, buenos -únicamente para enviarlos con la catapulta contra los enemigos. - -Á impulsos de la excitación nerviosa, que no le dejaba dormir, se -incorporó en el lecho, y la luz de la lámpara dió de lleno en su -rostro. Ya no era el pastor celtíbero, greñudo y feroz que Acteón había -encontrado en el puerto de Sagunto. Libre del disfraz, se mostraba tal -cual era: un joven de estatura regular, de miembros proporcionados y -fuertes, sin alardes de exagerada musculatura, pero revelando en su -cuerpo el temple del acero, una vitalidad capaz en momentos supremos -de los más inauditos esfuerzos. Tenía la tez ligeramente bronceada, -y su cabellera, de cortos y gruesos rizos, formaba á modo de un -turbante negro y lustroso en torno de su cabeza, cubriéndole por -completo la frente y dejando al descubierto los lóbulos de las orejas, -de los que pendían grandes discos de bronce. La barba era espesa y -rizosa; la nariz recta, pero poco saliente, y sus ojos, grandes é -imperiosos, miraban siempre de lado, con una expresión de profunda -astucia y de inabordable recogimiento. El cuello, musculoso, se torcía -habitualmente, inclinando la cabeza á la derecha, como si quisiera -percibir mejor el sonido de cuanto le rodeaba. - -Vestía un simple sayo deshilachado y sucio como el de cualquier -celtíbero de los que roncaban en las tiendan inmediatas, y únicamente, -cual signo de poder, brillaban en sus muñecas dos anchos brazaletes de -oro, dando fuerza con su opresión á los tendones y músculos del brazo. - -Más de un mes estaba ante los muros de Sagunto sin conseguir ventaja -alguna. Aquella misma tarde la había pasado guiando sus máquinas de -guerra sin resultado, y esta falta de éxito era lo que en la soledad -excitaba sus nervios, no dejándole dormir. Hijo mimado de la victoria, -había vencido á campo raso las tribus más salvajes de la Iberia; -había llevado sus elefantes por las cumbres de los montes más altos, -atravesando ríos, rompiendo bosques, viendo la muchedumbre antes -belicosa prosternarse ante él como si fuese un dios; y por primera vez -en su vida tropezaba con un enemigo tenaz que al abrigo de sus muros se -burlaba de él y no le dejaba avanzar un paso. - -La ciudad de comerciantes y labradores, que había estudiado de cerca, -contemplando con desprecio su opulenta molicie, amenazaba acabar con -su buena suerte; y el caudillo, viéndola inquebrantable y pensando -en sus enemigos de Cartago, en la cólera de Roma y en que el tiempo -transcurría sin conseguir ningún avance, experimentaba cierta ansiedad. - -Había escogido bien el punto vulnerable de Sagunto. Sus máquinas de -guerra estaban colocadas ante la parte baja de la ciudad, que avanzaba -sus murallas en el valle, sobre un terreno llano y descubierto que -permitía la aproximación de los arietes. Pero apenas se adelantaban los -centenares de hombres desnudos que tiraban de las pesadas máquinas, -caía sobre ellos tal lluvia de flechas, que habían de huir los que no -quedaban clavados en el suelo. - -Algunas veces, al abrigo de los manteletes que avanzaban sobre ruedas -y por cuyas saeteras disparaban los arqueros cartagineses, conseguían -llegar los arietes al pie del muro. Pero por lo mismo que aquel lado de -la ciudad resultaba el más expuesto á un ataque, las murallas, que en -la parte alta de Sagunto eran de tapial, tenían allí una robusta base -de rocas, y en vano las cabezas de carnero de bronce con que remataban -los arietes topaban y topaban, movidas por centenares de brazos. Una -lluvia de flechas y piedras caía sobre los sitiadores, rompiendo los -escudos con que se cubrían: una gran torre dominaba todo el terreno -de los asaltantes, sembrando entre ellos á mansalva la muerte; y no -contentos con esto los sitiados, muchas veces, arrastrados por su -coraje, lanzábanse fuera de los muros, acuchillando á los cartagineses. - -Cada salida de estas costaba grandes pérdidas al ejército de Hanníbal. -Los africanos comenzaban á hablar con temor supersticioso de un gigante -desnudo, cubierto con una piel de león y esgrimiendo un tronco, que -salía al frente de los saguntinos y á cada golpe abría un ancho surco -en los asaltantes. Los etíopes veían en él una divinidad terrible -y sanguinaria como las que adoraban en sus oasis; los celtíberos -aseguraban que era Hércules, descendido del Olimpo para ayudar á su -ciudad. - -Hanníbal le reconoció de lejos en los combates. Era Therón, el -sacerdote que había visto una mañana en la Acrópolis, admirando su -vigor extraordinario. Pero á pesar de conocer su origen humano no -podía evitar el terror de las tropas apenas veían sobresalir sobre los -cascos aquella cabeza de león invulnerable, que parecía torcer el curso -de las flechas y las piedras. - -Además, los sitiados contaban con el auxilio de las _faláricas_. ¡Bien -se conocía que entre los comerciantes y rústicos agricultores figuraban -hombres expertos en la guerra, que habían corrido muchos países! El -recuerdo de Acteón, el aventurero griego, compañero de su infancia, -surgía en la memoria de Hanníbal. Él sería seguramente el inventor -de la _falárica_, un dardo arrojadizo, rodeado de estopa empapada en -pez. Partía la flecha ardiendo como un reguero de fuego, con su hierro -largo, capaz de atravesar el escudo y la coraza; y aunque el terrible -dardo no penetrase en la armadura, sus llamas se pegaban á las ropas; -los combatientes arrojaban las armas para librarse del fuego y quedaban -de este modo expuestos á los golpes del enemigo. Los mismos que habían -peleado con las tribus más invencibles y bárbaras de Iberia, huían, -arrojando el escudo ante aquellas colas de fuego que venían silbando y -esparciendo chispas desde los muros de Sagunto. - -Así transcurría el tiempo, sin que los sitiadores avanzasen; y -Hanníbal se sentía dominado por cruel impaciencia. ¡Fuego de Baal! Él, -encadenado á aquellos muros que no podía hacer suyos; y mientras tanto, -la facción de Hanón conspirando en Cartago, preparando la ruina de los -Barcas si no conseguía apoderarse de Sagunto, y proyectando tal vez su -entrega á Roma cuando ésta reclamase viendo violados los tratados. - -Su despecho le hizo arrojarse de nuevo en la cama, buscando el sueño -con el ansia de quien desea olvidar. Apagó la luz de la lámpara, pero -en la obscuridad siguió con los ojos abiertos. La azulada luz de la -luna se filtraba por una rendija de la cúpula de la tienda, cayendo -sobre las corazas que en la obscuridad brillaban como peces plateados. -Fuera seguía cantando el ruiseñor. - -Hanníbal se encolerizó: le desvelaba el maldito pájaro. Él era capaz -de dormir entre el estrépito de los combates. Acostumbrado desde niño -al campamento, le arrullaban las ásperas trompas de guerra: las roncas -canciones de los mercenarios y el relincho de los caballos, no lograban -despertarle. Pero el canto dulce de aquel pájaro, su trino incesante, -le molestaba como el zumbido de un abejorro. - -Saltó del lecho, buscó á tientas un arco entre el revoltijo de armas, -telas y muebles, y salió de la tienda. La frescura de la noche le calmó -un tanto. - -Brillaba la luna en un ambiente puro, sin una nubecilla. El viento era -tibio, á pesar de que terminaba el otoño; parpadeaban las estrellas; -al trino del ruiseñor, contestaban otros y otros esparcidos en los -árboles del inmenso valle. El campamento descansaba. Extinguíanse -las hogueras, cerca de las cuales dormían los soldados en horrible -promiscuidad con las mujeres y los niños del ejército, envueltos en -harapos ó en pedazos de ricas telas; y los caballos, amarrados al suelo -por estacas, alineaban en correctas filas sus soñolientas cabezas. En -el fondo, la ciudad sitiada permanecía obscura y silenciosa como si -durmiese. El débil resplandor que se escapaba por algunas saeteras de -sus muros, producía el efecto de unas pupilas ligeramente entreabiertas -que vigilaban fingiendo dormir. - -Hanníbal saltó por encima de los soldados escogidos, que dormían -ante la puerta de la tienda. Se incorporaban al sentir su paso, y -reconociendo al caudillo, volvían á unir su cabeza á la tierra y -continuaban roncando. Eran veteranos de las guerras de Hamílcar, que -miraban con veneración casi religiosa al _leoncillo_ de su antiguo -capitán. - -Armó el arco al dar la vuelta á la tienda para disparar contra el -pájaro oculto en el ramaje; pero se detuvo asombrado viendo junto al -tronco del árbol una figura blanca que brillaba envuelta por la luz de -luna. - -Era una mujer; una amazona. Centelleaban en su cabeza y su pecho el -casco de oro y la coraza de escamas; descendía á lo largo de las -piernas, marcando su contorno, la túnica de blanco lino, y los brazos -fuertes y desnudos, se apoyaban en la lanza con el regatón clavado en -el suelo. Sus ojos negros estaban fijos en la tienda de Hanníbal con -extraña persistencia, sin parpadear, como si soñase despierta, y el -viento de la noche agitaba levemente la cabellera que descendía por sus -espaldas. Detrás de ella veíase un caballo negro, de pelo brillante, -piernas nerviosas y ojos inyectados de sangre, sin silla ni freno, -sueltas las crines y bajando la cabeza para lamer el borde de la túnica -de la amazona y sus desnudos pies, como un perrillo que la siguiera á -todas partes. - ---¡Asbyte! --exclamó Hanníbal, sorprendido por la aparición--. ¿Qué -haces aquí? - -La reina de las amazonas pareció despertar, y al ver al caudillo, fijó -en él la mirada húmeda y apasionada de sus grandes ojos. - ---No podía dormir --dijo con voz lánguida y cadenciosa--. He pasado -la primera parte de la noche soñando cosas horribles. La diosa Thanit -no guarda mi reposo, y he visto la sombra de mi padre Hiarbas, -anunciándome la próxima muerte. - ---¡Morir! --exclamó Hanníbal riendo--. ¿Quién piensa en morir? - ---¿Soy acaso inmortal? ¿No combato como cualquiera de tus soldados? -Me arrojo con ímpetu sobre los bosques de lanzas; las flechas silban -en torno de mí como si arrastrase un manto de invisibles pájaros; -desprecio las _faláricas_ con sus cabelleras de fuego... pero algún día -moriré: los sueños me lo anuncian. - -Asbyte, como si temiera mostrar demasiada melancolía ante Hanníbal, -añadió animosamente: - ---Venga la muerte cuando quiera. No me asusta como á los mercaderes de -Cartago que te odian. Si turbó mi sueño es porque al despertar pensé -en tí. No puedo explicarme por qué causa pensé que tú también podías -morir; y ante tu muerte, Hanníbal, no me resigno. Tú debes vivir tanto -como un dios. Recordé que duermes solo en tu tienda; que para ocultar -mejor tus salidas no tienes guardias que velen despiertos tu sueño, y -sentí la necesidad de hacer algo por tí, de pasar la noche apoyada en -la lanza, cerca de tu lecho, para impedir la traición de un enemigo. - ---¡Qué locura! --exclamó riendo el africano. - ---Hanníbal --dijo con gravedad la hermosa amazona--; acuérdate de -Hasdrúbal, el esposo de tu hermana. Bastó el puñal de un esclavo para -acabar con él. - ---Hasdrúbal debía morir --dijo el caudillo con la convicción del -fatalismo--. Lo quería la suerte de Cartago. Era preciso que Hasdrúbal -desapareciese para dejar paso á Hanníbal. Pero Hanníbal no tiene quien -le reemplace, y vivirá aun cuando durmiese rodeado de enemigos. Mi -sueño es ligero y mi brazo pronto: el que se desliza en la tienda de -Hanníbal entra en su tumba. - -Asbyte contemplaba con admiración amorosa al joven héroe, que había -arrojado el arco, y al hablar de su fuerza elevaba los brazos -poderosos. La luna agrandaba su sombra de tal modo que, al mover los -brazos, parecía abarcar en ellos el campamento, la ciudad, todo el -valle, como un sér sobrenatural. - -La amazona se aproximó á él, dejando la lanza sobre el tronco del -árbol. Al abandonar su arma, parecía haber depuesto la belicosa -fiereza, y avanzaba hacia Hanníbal con dulzura femenil, mirándolo con -los mismos ojos tímidos y húmedos de los antílopes que triscan en los -oasis de su país. - ---Además --murmuró--, he venido porque necesitaba estar cerca de tí. -Me causa un placer dulcísimo velar tu sueño; siento la voluptuosidad -de un sacrificio grato guardándote sin que tú lo sepas... Nunca puedo -hablarte. Te contemplo de día á caballo entre esos cartagineses de -armaduras doradas que te rodean; á pie, guiando á los que empujan -las máquinas de guerra, ayudándoles muchas veces para excitar su -entusiasmo; pero siempre te veo de lejos, como caudillo, como héroe, -nunca como hombre. ¿Te acuerdas de aquellos días en la ciudadela de -Cartago-Nova, cuando acababa yo de llegar de África con los refuerzos -que te hicieron lanzar gritos de entusiasmo? - ---¡Asbyte! ¡Asbyte! --murmuró Hanníbal, moviendo las manos para -rechazarla, como si le molestasen tales recuerdos. - ---No te enojes, Hanníbal, óyeme. Necesito hablarte: dame al menos el -consuelo de verte de cerca, de decirte lo que siento. Si no, ¿á qué he -venido á Iberia uniendo mi suerte á la tuya? - -El caudillo miraba en torno, como si le molestase que alguien pudiera -escuchar su conversación con la amazona. - ---No temas --dijo Asbyte adivinando su pensamiento--. Magón tu hermano -duerme lejos de aquí con Marbahal, el capitán predilecto. Mis númidas -están en el otro extremo del campamento. Tú te rodeas únicamente de -iberos para excitar su fidelidad con tal prueba de confianza, y éstos -no entienden el fenicio. - -Hanníbal, convencido por la observación de Asbyte, bajó la cabeza y -cruzó los brazos, resignándose á escucharla. - ---Eres huraño y duro como un dios --suspiró la amazona--. Quien te -ama siente para siempre el fuego de Moloch en las entrañas, sin que -te dignes apagarlo con una mirada de bondad, con una sonrisa. Eres de -bronce; tus ojos miran eternamente á lo alto y no puedes ver á los que -se arrastran para llegar hasta tí. Crees haberme hecho feliz porque me -llevas de combate en combate, de conquista en conquista, y consideras -que mi dicha consiste en tener encallecidas por la lanza mis manos, -que antes se adornaban con sortijas; endurecidas por las carrilleras -del casco mis mejillas, que en otros tiempos se cubrían con ungüentos -costosos, traídos de Egipto por mis caravanas. Soy ruda y feroz como un -hombre. Poseyendo allá lejos jardines, en los que vive una primavera -eterna, he sufrido hambre y sed á tu lado. No sé ya quién soy; dudo -de mi sexo, viendo afeado mi cuerpo por la fatiga: la piel, sobre la -que se deslizaban las manos de mis esclavas como si fuese un espejo, -es dura como la del cocodrilo. Si no parezco horrible como el tropel -de hembras envejecidas que siguen á tus soldados, es porque aún vive -en mí la juventud. Y todo esto, ¿por quién? Por tí, que no me miras, -que has olvidado nuestro primer encuentro, que sólo ves en Asbyte un -buen amigo, un aliado apreciable que llegó hasta tí trayendo un buen -golpe de combatientes. ¡Hanníbal! ¡Rayo de Baal! Eres grande como -un semidiós, pero no conoces á los seres humanos. Tú sólo ves en mí -una amazona, una virgen guerrera como las que cantaron los poetas de -Grecia... y yo soy una mujer. - -Calló Asbyte algunos momentos, contemplando con tristeza al silencioso -Hanníbal. - ---Has olvidado sin duda cómo nos conocimos --añadió melancólicamente, -después de una larga pausa--. Vivía feliz en mis oasis, hasta que -corrí hacia tí, como si emanase de tu persona un hechizo irresistible. -Era la hija del garamanta Hiarbas. Cansada de las dulzuras de mi -casa, del canto de mis esclavas y de los esplendores que arrojaban -á mis pies los mercaderes de las caravanas, iba con Hiarbas á cazar -el león en el desierto, y los guerreros asombrábanse viendo cómo -temblaban, obedientes y tímidos, los más salvajes potros, al sentirme -sobre sus lomos. Era fuerte, era hermosa; apenas salida de la niñez, -los caudillos más fieros de la Numidia venían á pedir hospitalidad -á mi padre para verme de cerca, y hablaban de sus rebaños y de sus -guerreros, proponiendo una alianza á Hiarbas. Y yo, indiferente, -fría, con el pensamiento puesto en Cartago, donde había estado una -vez acompañando á mi padre para ajustar el tributo con los ricos del -Senado. ¡Ah, la ciudad grandiosa, la ciudad inmensa, con sus templos -como pueblos y sus dioses gigantes! - -Y desviando el curso de sus ideas, hablaba con entusiasmo de Cartago, -como si al través de los viajes y las aventuras belicosas se conservase -fresca en ella la impresión de la gran ciudad. Recordaba las viviendas -de los ricos cartagineses, con los muros polícromos rematados por -esferas brillantes de metal y de vidrio; los grandes templos de mármol, -con sus bosques misteriosos, en los cuales resonaban las liras y los -címbalos de los sacerdotes; el templo de Thanit, rodeado de rosales, -escondrijos perfumados que servían de albergue á la prostitución -sagrada en honor de la diosa; y después el puerto, el inmenso puerto, -con todo un pueblo de naves que arrojaban á borbotones en la ciudad -las riquezas del mundo entero; el estaño de la Bretaña, el cobre de -Italia, la plata de Iberia, el oro de Ofir, el incienso de Saba, el -ámbar de los mares del Norte, la púrpura de Tiro, el ébano y el marfil -de Etiopía, las especias y perlas de la India y las telas brillantes de -los pueblos del Asia misteriosos y sin nombre, que permanecían en el -último confín del mundo envueltos en la vaguedad de la leyenda. - -Ella adoraba la ciudad, más aún que por sus esplendores, porque en ella -estaban los partidarios de los Barcas, los sostenedores de la familia -heroica, de cuyas hazañas hablaban por la noche á la luz de la luna -los guerreros númidas, y de la que era vástago glorioso aquel Hanníbal -todavía niño que hacía sonar su nombre en las guerras de Iberia. - ---Los míos amaron siempre á los tuyos --continuó la amazona--. Si mi -padre Hiarbas soportó la dominación de Cartago, fué porque al frente -de ella estaba Hamílcar, un africano, un númida como nosotros. Yo odio -tanto como tú á los mercaderes de Cartago, antiguos fenicios que se -amontonaron y reprodujeron como gusanos en el peñón de Arad, para venir -después á apoderarse por el mar de nuestro hermoso suelo de África. -Odio la nave grabada en muchas de vuestras monedas y templos, porque -es el signo de los avarientos que vinieron á explotarnos; y adoro el -corcel cartaginés, el caballo númida, como un signo de nuestro pasado. - -Después habló del encanto que había ejercido sobre ella desde lejos -la gloria de los Barcas. Amó á Hanníbal sin conocerlo, influída por -los relatos de hazañas que llegaban hasta ella. Le veía luchando como -un leoncillo al lado de su padre, entre las manadas de toros con los -cuernos inflamados y de los carros ardiendo que los iberos arrojaban -contra el invasor cartaginés; le contemplaba loco de furor ante el -cadáver de Hamílcar, y después languideciendo de inacción al lado del -hermoso Hasdrúbal, conciliador y pacífico; hasta el momento en que, -asesinado éste por el puñal de un galo, aclamaba todo el ejército al -joven jefe. - -Acababa de morir su padre Hiarbas, y ella era reina de sus tribus -cuando supo que Hanníbal, ansioso de gloria y de luchas, estaba -aislado en la fortaleza de Cartago-Nova, sin otras tropas que las -últimas reliquias del ejército que Hamílcar había llevado á Iberia. -Los ricos de Cartago, enemigos de los Barcas, no se atrevían por miedo -al populacho á despojar al hijo de Hamílcar de la jefatura que le -daban sus soldados; confirmábanla con su silencio, pero le dejaban -aislado, sin recurso alguno, entregado á sus propias fuerzas para que -los indígenas acabasen con él, ó cuando más consiguiera sostener en -las costas de Iberia un pequeño estado, en cuyo seno se extinguiría -lentamente la ambición de los Barcas. - ---Entonces volé hacia tí --continuó Asbyte--. Deseaba conocer al -hombre y salvar al héroe. Entregué una gran parte de mis riquezas á -los mercaderes de Cartago para que me prestasen sus naves; inflamé el -entusiasmo de los más belicosos de mis tribus para que me siguieran; -hasta sus hijas que, imitándome, iban á la caza del león y galopaban -todo el día, empuñaron la lanza, sintiéndose arrastradas á mi loca -aventura; y una tarde, cuando tal vez llorabas considerando muertas -tus ilusiones de gloria, viste desde lo alto de la ciudadela de -Cartago-Nova toda una flota que llegaba del África. ¿Te acuerdas?... -Dí: ¿te acuerdas de cómo me recibiste? - ---Sí, y jamás lo olvidaré --dijo Hanníbal con dulzura--. Aquellos días -son mi mejor recuerdo. - ---Me recibiste como si fuese una divinidad, como si Astaroth, que -alumbra nuestras noches, hubiese descendido del cielo para darte -su protección. Olvidaste á mis guerreros para verme sólo á mí, y -despreciando por el momento tus ambiciones, pasamos las noches tendidos -en la terraza de la ciudadela, y las estrellas fueron testigos de -nuestros interminables abrazos. Pero ¡ay! aquella felicidad fué como -esas rosas de Egipto que sólo duran un día en los búcaros de las -ricas de Cartago. Pronto volvió á tí el orgullo de la dominación, el -afán del caudillo. Admirabas, más que mi belleza, la apostura de mis -númidas, cuando por las tardes, fuera de los muros, asombraban á tus -viejos guerreros, arrojando dardos, de rodillas sobre sus caballos, que -corrían levantando el polvo con el vientre. Salimos á pelear con los -Olcades, los Vaceos, todas esas tribus iberas que ayer te combatían -y hoy te siguen: guerreé tras de tí como un soldado y me consideraba -feliz cuando en las largas marchas, imitando á nuestros caballos que -juntaban amorosamente sus cabezas, te inclinabas hacia mí, chocando -tu casco con el mío para besarme... Después ni esto. ¿Qué soy yo? -Un guerrero más en tu campamento; un amigo digno de gratitud que te -trajo su auxilio al verte abandonado de Cartago, sin otra fuerza que -un puñado de veteranos y algunos elefantes. En los combates, si me -ves en peligro, vuelas á defenderme; pero después, en el campamento, -en las marchas, algunas palabras de amistad, una fría sonrisa como á -cualquiera de tus capitanes. Tu corazón se ha cerrado para mí. ¿Es -que ya no soy Asbyte, la que conociste en Cartago-Nova? ¿No me amas -al verme afeada y endurecida por la guerra? Dímelo, y volveré á ser -mujer, me llenaré de joyas, abandonaré mis amazonas para rodearme de -esclavas griegas; me cubriré de ungüentos que devuelvan á mi piel su -primitiva frescura, y te seguiré en tus marchas, tendida en una litera -con cortinas de púrpura. - ---No --se apresuró á decir Hanníbal con entusiasmo--. Te amo tal como -eres. La amada de Hanníbal sólo puede ser una amazona como tú, que has -hecho rodar bajo tu corcel muchos guerreros. - ---¡Entonces!... ¿por qué me huyes? ¿por qué me abandonas, olvidando las -dulzuras de nuestro primer encuentro? Mira ese ruiseñor que hace poco -querías matar: en medio de un campamento, frente á una ciudad sitiada, -canta y canta llamando á su hembra, sin importarle los horrores de la -guerra, sin percibir el hedor de sangre que sale de los campos. Seamos -como él: hagamos la guerra, pero amándonos, y paseemos al través de las -batallas nuestros cuerpos fundidos por el amor. - ---No, Asbyte --dijo el africano con acento sombrío--. Esa felicidad es -imposible: te amo, pero no podemos comprendernos. Tú te quejas de que -sólo veo en tí una amazona cuando eres una mujer: tú en cambio sólo ves -en mí un hombre, y yo soy más que un hombre. No soy el semidiós que tú -imaginas; soy algo más: una formidable máquina de guerra, sin corazón -ni misericordia, creada para aplastar á los hombres y los pueblos que -se opongan á su paso. - -Y Hanníbal decía esto con convicción, golpeándose el duro pecho, -irguiendo su figura con sombría majestad al afirmar su potencia -destructora. - ---Te amaría si fuese un hombre capaz de perder mi tiempo en tales -dulzuras. ¿Pero cuándo has visto que el águila pase toda su vida en el -nido acariciando á la hembra, sin sentir el anhelo de remontarse para -caer sobre el enemigo? Los que tienen garras no pueden acariciar, y yo -nací para hacer presa del mundo ó que el mundo me aplaste... ¡Amar! -¡Dulce ocupación, lo reconozco! En mi pasada existencia, llena de -sangre y de luchas, el único oasis de felicidad fueron aquellos días -de Cartago-Nova, en los cuales creí que la propia Thanit, con toda su -belleza de diosa, se dignaba descender hasta mis brazos. Pero aquello -se acabó: Hanníbal tiene otros amores que le atraen y le dominan; -ama su espada, ama todo lo que posee el enemigo, y no puede dormir -con tranquilidad pensando en Roma, á la que ansía estrujar entre sus -brazos... ¡Cuán lejos está!... - -La amazona hizo un gesto de desesperación ante el apasionamiento con -que el caudillo hablaba de sus ambiciones. - ---Podías quejarte --continuó Hanníbal-- si vieses que mi pensamiento -estaba ocupado por la imagen de otra mujer. ¿Á quién he amado sino á -tí? Para atraerme á estos bárbaros que me siguen, para ligarles por el -parentesco á mis empresas, hice mi esposa á la hija de un reyezuelo -ibero. Y bien, ¿dónde está? ¿me sigue acaso como tú? Permanece en -Cartago-Nova, hilando sus lanas de colores, y apenas si me acuerdo -de ella, pues ni por un momento me conmovieron sus gracias de virgen -bárbara. Yo sólo te amo á tí. Hanníbal sólo pudo caer trémulo de -pasión entre unos brazos como los tuyos, endurecidos por el manejo de -la lanza. Pero sé digna de él: no pienses como las otras mujeres: no -busques nuevos enternecimientos: únete á mí para que los dos pensemos -en poseer y odiar; en hacer el mundo nuestro. - -Y como exaltado por sus propias palabras, el africano, con los ojos -brillantes, se aproximó á Asbyte, acariciándola los brazos, mientras la -soplaba junto al rostro sus palabras de entusiasmo. - ---Yo quiero ser el señor del mundo: quiero que sobre la tierra sólo -exista Cartago, porque Cartago es mi patria. Si hubiese nacido romano -sería Roma la señora. Quiero con mi nombre borrar el recuerdo de -Alejandro el Macedonio; ser más grande que él, conquistar mayores -territorios, y sueño empresas menos fáciles que dominar los pueblos -asiáticos, ablandados por la molicie del sol y las riquezas. Roma es -dura, es más fuerte que nuestra república de mercaderes, roída por -la avaricia y los placeres; sus manos están endurecidas por la esteva -y la lanza... ¡pues contra Roma voy!... ¡Alejandro! ¡Cuán débil es -su gloria! Es fácil marchar á la conquista del mundo cuando se es -hijo de Filipo, que deja por herencia un ejército aguerrido en cien -victorias; cuando se tiene un reino obediente á la espalda y hasta en -la niñez se goza la suerte de recibir las lecciones de Aristóteles. Lo -difícil es ser Hanníbal, viéndose abandonado de la patria, sin otros -recursos que los que yo puedo buscarme; teniendo que hacer frente al -mismo tiempo á la furia de los enemigos y á la traición y las intrigas -de los compatriotas; criado lejos de mi padre, entre mercaderes -astutos que, conservándome como en rehenes, querían evitarse futuros -peligros, torciendo mis instintos belicosos; sin otra cultura que un -poco de griego que me enseñó Sosilón el espartano. Y á pesar de esto, -Hanníbal riñe con la fatalidad y la vence. Si Alejandro admira por sus -conquistas en el país del sol, algún día se asombrará el mundo viéndome -dominar á la naturaleza, después de aplastar á los hombres, atravesando -las más altas nieves y cambiando de sitio montañas enteras para seguir -mi camino. Mírame bien, Asbyte, y te convencerás de que es tan inútil -querer despertar en mi corazón sentimientos humanos como ablandar el -pecho del enorme Moloch de bronce que tenemos en Cartago. Hace un -momento, en la soledad de mi tienda, me sentía débil y desconfiado; -pero hablando contigo renace mi fuerza. Mírame bien: estás en presencia -del que no teme á los hombres ni á los dioses. - ---¡Los dioses! --exclamó con cierto temor Asbyte--. ¿No temes que te -castiguen?... - -Una carcajada ruidosa, sarcástica, de inmenso desprecio, contestó á la -amazona. - ---¡Los dioses! --gritó Hanníbal--. Vivo entre guerreros de todos los -pueblos. Cada uno adora sus dioses, y conozco tantos, ¡tantos! que no -creo en ninguno y me burlo de todos ellos. En Cartago adoraba á Moloch; -aquí me has visto muchas veces dedicar sacrificios á las divinidades -iberas, para atraerme á los pueblos. Si algún día entro como vencedor -en esa ciudad donde vive continuamente mi pensamiento, el populacho me -aclamará, viéndome subir al Capitolio para dar gracias á sus dioses... -Yo sólo creo en la fuerza y la astucia; sólo tengo un dios tutelar, -la guerra, que agiganta los hombres dándoles la omnipotencia de la -divinidad. Si al ser señor de toda la tierra no encontrara con quien -reñir, moriría, creyendo que el mundo estaba vacío. - -La amazona bajaba la cabeza con expresión triste. - ---Comprendo que nunca serás mío, Hanníbal. Amas la guerra sobre todas -las cosas y serás fiel á ella mientras vivas. Eres una ave de presa; -te basta el amor momentáneo de la esclava, te sacia la mujer llorosa -y herida que cae en poder de tus soldados al entrar al asalto por la -brecha. Nunca comprenderás el amor con sus dulzuras. - -Hanníbal se encogió de hombros con desprecio. - ---Amo la victoria, el éxito. El laurel que los héroes griegos se ceñían -en el triunfo tiene para mí un perfume más penetrante que las rosas de -los poetas. Cesa, Asbyte, en tus lamentos: sé guerrera y olvida que -eres mujer; te amaré más, serás mi hermano de armas. ¿Á qué pensar -en aquellas noches de amor, cuando estaba yo caído en la desgracia y -carecía de soldados, ahora que toda Iberia viene á mí y comienzo á -ver realizados mis ensueños de dominación? Contempla ese campamento -donde se hablan infinitas lenguas y cada uno viste diverso traje. Las -tribus llegan como los riachuelos que engrosan el torrente. Cada día se -presentan nuevos guerreros. ¿Cuántos son?... Nadie lo sabe. Marbahal -decía ayer que eran ciento veinte mil; yo creo que pronto serán ciento -ochenta mil. Les arrastra la ciega confianza en Hanníbal; presienten -que conmigo se marcha á la victoria; tal vez sus dioses les han dicho -que esto no es más que el principio de una serie de hazañas que -asombrarán al mundo. Admírate, Asbyte. Esas gentes han pasado su vida -guerreando entre sí; se odiaban, y sin embargo, la espada de Hanníbal -es un cayado, que les guía como un rebaño común. ¿Y quieres, después -de este prodigio, que pierda mi tiempo amándote, que permanezca en mi -tienda tendido á tus pies, con la cabeza sobre tus rodillas, oyéndote -cantar las soñolientas canciones del oasis?... No, ¡rayo de Baal! La -ciudad está enfrente de nosotros, burlándose del ejército más grande -que jamás se reunió en los campos de Iberia, y es preciso acabar. Es -preciso que la tienda de lienzo aplaste á la torre de piedra. Afila -bien tu lanza, hija de Hiarbas; prepara tu fiel caballo, amada mía. -Sopla en torno de mí ese aliento misterioso que siempre percibo en -vísperas de la victoria. Hoy mismo entraremos en Sagunto. - -Y miraba á lo lejos como si sintiera impaciencia, aguardando la llegada -del día. Brillaba la luna con menos intensidad; oscurecíase el cielo -tomando su azul un tono más denso, y por la parte del mar marcábase una -ancha faja de claridad violácea. - ---Pronto amanecerá --continuó el africano--; esta noche, Asbyte, -dormirás en el lecho de marfil de alguna rica griega, y tendrás á tus -pies los ancianos de la ciudad para que te sirvan como esclavos. - ---No, Hanníbal. No terminará para mí el día que ahora empieza. Veo aún -la sombra de Hiarbas, tal como se me apareció antes del primer canto -del gallo. ¡Moriré, Hanníbal! - ---¡Morir!... ¿Y eres tú quien lo crees? Para que el enemigo llegue -hasta tí, es preciso que pase sobre Hanníbal. Eres mi hermano de armas. -Yo estaré á tu lado. - ---Aun así moriré. Mi padre no puede engañarme. - ---¿Tienes miedo?... ¿Tiemblas, hija del garamanta?... ¡Al fin, mujer! -Quédate en tu tienda: no te aproximes á los muros. Iré á buscarte, -cuando llegue el momento de que entres en la ciudad como señora. - -Asbyte irguió su gallarda figura cual si acabase de recibir un -latigazo. Sus grandes ojos brillaban con cólera. - ---Te dejo, Hanníbal. Comienza á amanecer. Prepáralo todo para el -asalto, y ya me encontrarás cuando tus tropas den la señal. Al saber -que voy á morir, sólo quería pedirte un beso, el último... No, no -te acerques. Ahora no lo deseo: me haría daño. Si caigo y puedes -encontrarme entre los cadáveres, ya sabes cual ha sido mi último -pensamiento. - -Se alejó apoyada en su lanza, por entre las filas de tiendas, seguida -del negro caballo, que husmeaba la huella de sus plantas como bestia -apasionada. - -Comenzaba el día. Extinguíanse las hogueras, y en torno de las últimas -llamas veíanse hombres que se levantaban del suelo estirando sus -miembros entumecidos y sacudiendo los pedazos de tela en que estaban -envueltos. Relinchaban los caballos tirando de las cuerdas, y los -soldados los dejaban en libertad, conduciéndolos al río para abrevarlos -y limpiarlos. - -Por todos los caminos llegaban al campamento grandes carretas cargadas -de víveres y forraje, y con el chirrido de sus ejes confundíanse las -canciones de los soldados que, al levantarse alegres, recordaban el -lejano país, cantando en la lengua natal. - -Era una confusión de voces y de gritos; cada pueblo ocupaba un lugar -distinto; se saludaban con aullidos regocijados de una nación á otra. -Sobre el campamento, elevábase un vaho de carne desnuda y sudorosa, de -guisos raros hirviendo en las marmitas, y resonaban los grandes mazos -de los carpinteros componiendo los artefactos de asedio, que á las -pocas horas habían de disparar piedras y dardos contra las murallas. -Algunos guerreros de flotante manto, jinetes en briosos caballos, -corrían entre la ciudad y el campamento mirando las murallas de -Sagunto, en cuyas almenas, enrojecidas por los primeros rayos del sol, -comenzaban á rebullir los defensores. Hanníbal, á pie, con la cabeza -descubierta, contemplaba también la ciudad desde fuera del campamento, -sentado en un trozo de muro, último resto de una quinta arrasada por -los sitiadores. - -Estaba resuelto á dar el asalto tan pronto como su ejército hubiese -terminado los preparativos matinales. Quinientos africanos armados -con picos se formaban en las afueras del campamento. Iban á acometer -aquel punto de la ciudad que avanzaba su muralla en un terreno llano -y despejado, que permitía llegar hasta su base sin obstáculo alguno. -En otros sitios del campamento se agolpaban los infantes celtíberos -con largas escalas para intentar el asalto por distintos lados á la -vez. Avanzaban las máquinas de guerra; las catapultas, con el robusto -balancín oprimido por tirantes cuerdas, pronto á disparar los pedruscos -depositados en la cavidad de su largo brazo; los arietes, que al ser -arrastrados, temblaban pendientes de sus cadenas. Las torres de asedio, -ligeras, de paredes de juncos entrelazados, marchaban sobre discos -macizos, coronadas por los escudos de los sitiadores, que se ocultaban -tras ellos para disparar los dardos. - -Hanníbal corrió á su tienda, pasando por entre los jinetes, que -limpiaban sus caballos y sus armas con lentitud, convencidos de que no -habían de tomar parte en el asalto hasta el último momento. El caudillo -se armó á la ligera. Vistióse una corta loriga de escamas de bronce, se -cubrió con el casco, tomó un escudo, y al salir de la tienda encontró -á Marbahal y á su hermano Magón, encargados de las reservas que -quedaban en el campamento. - ---Llevas las piernas descubiertas --dijo el hermano--. ¿No te las -cubres con las grebas? - ---No --contestó animoso el caudillo--. Vamos á un asalto, y para trepar -por los escombros, hay que tener los pies ligeros. Los dardos me -respetarán como siempre. - -Al salir del campamento creyó ver entre dos tiendas á la reina de las -amazonas, que le seguía con ojos tristes. Pero Asbyte, al cruzar su -mirada con la de Hanníbal, se alejó, tornándole la espalda con altivez. - -Sonaron las trompas y el campamento pareció moverse, marchando contra -la ciudad. - -Avanzaban los manteletes, verdaderas murallas de madera, por cuyos -intersticios disparaban los arqueros. Al abrigo de estos movibles -baluartes, iban adelantando los africanos armados de picos, mientras -que por otros lados del valle corrían los celtíberos, llevando al -frente sus escalas. - -Las murallas se cubrieron en un instante de defensores. Por encima de -las almenas asomaban brazos nervudos arrojando dardos, culebreaban las -hondas disparando piedras, y se combaban los arcos despidiendo agudos -silbidos. - -Hanníbal, para animar á los asaltantes, marchaba detrás de los -quinientos africanos, riendo de los proyectiles de toda clase que -chocaban con la madera de los manteletes. Varias noches, arrastrándose, -y á riesgo de caer prisionero, había llegado hasta el pie de aquel -muro que cubría la parte del valle y era el más fuerte de la ciudad. -La base estaba formada de grandes piedras unidas con barro. Convencido -el caudillo de que era difícil escalar los muros, quería abrir brecha -por los cimientos, derrumbando la rojiza muralla, ante la que se había -estrellado su ejército. - -Al llegar cerca de ella, los africanos abandonaron el abrigo de -los manteletes, arrojándose con furor contra la barrera de enormes -piedras. Desnudos, negruzcos, vociferantes, subiendo y bajando sus -brazos musculosos, al final de los cuales brillaba el hierro del pico, -parecían espíritus infernales enviados por los dioses kabiros de -Cartago para la destrucción de la ciudad. Encarnizados y tenaces en su -tarea de destrucción, rugían y trabajaban, insensibles á los golpes que -venían de arriba. - -Los sitiados, enfurecidos por tanta audacia, despreciaban á los -honderos baleares y á los arqueros, que desde lejos disparaban sobre -las almenas; y sacando el cuerpo fuera, arrojaban á los africanos -dardos y pedruscos, que cayendo verticalmente, nunca dejaban de -producir víctimas. Rodaban los africanos con la cabeza partida ó las -espaldas aplastadas; rompíanse los brazos y las piernas como cañas -bajo el peso de los pedruscos, y más de un asaltante quedaba con el -vientre clavado al suelo por un dardo que le atravesaba los riñones. -Por encima de los cuerpos palpitantes, de las carnes magulladas, de la -sangre que se amalgamaba con el barro de los muros, nuevos asaltantes -cogían el pico de manos de un moribundo y emprendían contra la muralla -la obra de destrucción, golpeándola furiosamente como si fuese un -enemigo en pie; confundiéndose los africanos, los celtíberos, los -galos, hombres de todos colores y razas, jurando cada cual en su idioma -con espumarajos de rabia y sintiendo cernerse la muerte sobre sus -espaldas á cada instante, entre el estrépito de aullidos y lamentos, -de piedras que caían y de _faláricas_ que incendiaban las ropas y -se agarraban á la carne desnuda, haciendo arder á los hombres, que, -retorciéndose de dolor, corrían hacia el río como antorchas animadas. - -¡Ya se movía un bloque del muro! ¡Ya rodaba fuera de su álveo! Lo más -importante era sacar el primero; tras de aquel saldrían los otros. Los -asaltantes prorrumpieron en exclamaciones de salvaje alegría; oían la -voz de Hanníbal animándolos; pero antes de levantar la cabeza para -descansar un momento, un rugido inmenso se elevó entre ellos. Llovía; -pero eran gotas ardientes, infernales, que penetraban en los cuerpos -como interminables cuchillos. Arriba, entre las almenas, humeaba una -hoguera. Era que los comerciantes derretían los grandes lingotes de -plata de sus almacenes, enviando el metal fundido como una lluvia de -muerte sobre los que osaban destruir los muros de la ciudad. - -Los asaltantes retrocedieron rugiendo de rabia, y fueron á refugiarse -detrás de los manteletes. Hanníbal levantaba su espada, queriendo -con sus golpes hacerles volver al trabajo. Pero en vano se esforzaba -hablando de la victoria y de la necesidad de destruir el muro. Sus -soldados retrocedían de espaldas, mirando con respeto al caudillo, -que parecía invulnerable, pero quejándose del atroz tormento de las -quemaduras. Algunos se revolcaban en el suelo, con los labios cubiertos -de espuma, pataleando de dolor. - -De pronto, pareció que la ciudad estallaba, arrojando lejos de sí -á todos sus habitantes. Á lo lejos veíase huir á los celtíberos, -arrojando sus escalas. La ciudad salía en masa contra los sitiadores. -Las puertas eran pequeñas para dar paso á la muchedumbre armada que se -arremolinaba en ellas, extendiéndose después como un torrente que corre -encajonado entre montañas y de pronto se esparce en la llanura. Muchos -impacientes se descolgaban de las almenas para caer más pronto sobre el -enemigo. - -En un momento quedó cubierto por los saguntinos que atacaban y -los sitiadores que huían, todo el espacio entre las murallas y el -campamento. Hanníbal se sintió arrastrado por la fuga de sus soldados. -Ardían los manteletes, y una muchedumbre de mujeres y niños empuñando -antorchas, rodeaba las torres de asedio, incendiando sus paredes de -junco. - -Los saguntinos, formados en masas, avanzaban, barriendo á los -sitiadores, que huían á la desbandada. Ante su movible frente de picas -y brazos levantados con anchas espadas, sólo se veían hombres fugitivos -que arrojaban las armas y caían alcanzados por los dardos y las lanzas. - -El gigante Therón avanzaba aislado, como si él solo fuese una falange. -La piel de león y su enorme estatura atraían las miradas de todos: su -maza subía y bajaba, acosando los grupos fugitivos y abriendo en ellos -grandes claros. - ---¡Es Hércules! --gritaban con terror supersticioso los sitiadores--. -¡El dios de Sagunto que viene contra nosotros! - -Y la presencia del gigante aceleraba aún más la dispersión que los -golpes de los saguntinos. - -Hanníbal intentaba avanzar, hacer frente; pero en vano rugía, -blandiendo su espada. Estaba preso en el torrente de la fuga; le -empujaban sus propios soldados, ciegos por el contagio del terror; -le pisaban los talones ó le golpeaban la espalda con sus cabezas -bajas por la velocidad de la carrera, y tenía que hacer grandes -esfuerzos para no verse derribado y pisoteado. Un momento más y los -sitiados, después de destruir todas las obras de asedio, entraban en el -campamento. - -El caudillo rugía maldiciones y amenazas contra su hermano y Marbahal, -que no acudían con las reservas á sostener el torrente de la derrota. -Vió que apresuradamente salían tropas del campamento, pero á pie y -sin orden, con la precipitación que produce un suceso inesperado, -ajustándose muchos de ellos las correas de sus corazas, confundidos -con los de otros pueblos y sin sus jefes, que en vano hacían sonar los -cuernos para ordenar las huestes. - -Los saguntinos, con el impulso ciego de la victoria, chocaron con este -refuerzo y casi lo arrollaron en el primer encuentro. Hanníbal, que -había conseguido reunir un grupo de soldados más animosos, hacía frente -á los saguntinos. - ---¡Á mí! ¡Á mí! --gritaba á los que llegaban del campamento, y en su -turbación no sabían dónde acudir. - -Pero sus gritos atraían al mismo tiempo á los enemigos. Therón, como -si le guiase su dios, se dirigió contra Hanníbal, y pronto su maza -comenzó á caer sobre los escudos del grupo cartaginés. Se arrojaba con -un coraje frío contra los enemigos, quebrando sus lanzas con un revés -de la maza; hiriéndose con las espadas, que parecían embotarse en sus -músculos poderosos, y chorreando sangre por debajo de su piel de león, -feroz y magnífico, como una divinidad. No levantaba el nudoso tronco -sin que cayera un enemigo á sus pies. - -Comenzaban á retroceder otra vez los sitiadores ante el empuje de -los saguntinos; Hanníbal se veía arrastrado de nuevo por los suyos, -aterrados por la furia del gigante que parecía invulnerable, cuando -algo inesperado cambió la faz del combate. - -Tembló la tierra bajo un desenfrenado galope semejante al tableteo -de un trueno, y encorvadas sobre las crines de sus caballos, al aire -las cabelleras ondeantes bajo los cascos y arremolinadas las blancas -túnicas en torno de las piernas desnudas, cayeron contra los enemigos -las amazonas de Asbyte, con la impetuosidad de un huracán. Gritaban -tremolando sus lanzas, llamándose unas á otras para cargar sobre los -grupos más compactos, y los enemigos retrocedían asombrados ante -aquellas mujeres que por primera vez veían de cerca y que tenían á su -favor la fuerza de la sorpresa. - -Hanníbal, al través de las cabezas de los que le rodeaban, vió pasar -como un rayo luminoso á Asbyte, completamente sola. La luz del sol, -quebrándose en su casco, la rodeaba de un nimbo de oro. Su instinto -de amante la había hecho adivinar dónde estaba Hanníbal cercado de -enemigos, y corría allí para darle auxilio. - -Lo que después pasó fué rápido, instantáneo; apenas si Hanníbal pudo -verlo entre el polvo de la carga, con la vaguedad apresurada de un -ensueño. - -La amazona, con la lanza baja, se dirigió al galope contra el sacerdote -de Hércules, que en el reflujo de aquel combate desordenado, cuerpo á -cuerpo, había quedado solo en un gran espacio de terreno. - ---¡Ohóoo!... --gritaba la amazona, excitando el caballo con su -exclamación de guerra. - -Y doblando las piernas contra los hijares de la bestia, elevábase sobre -sus lomos para herir mejor al gigante. - -El caballo, asustado al ver la espantosa cabeza de león sobre la testa -del coloso, se encabritó relinchando, y en el mismo momento cayó sobre -sus ojos la enorme maza, produciendo igual chasquido que si se quebrara -una robusta ánfora. - -Rodó el caballo sobre las patas traseras con la cabeza rota, manando -sangre por los ojos, y la amazona, despedida de sus lomos, cayó de -rodillas á algunos pasos de distancia, cubriéndose con el escudo. Si -podía resistir un momento se salvaba. Hanníbal, olvidado de los suyos -que se agitaban en la confusión del combate, corría en su auxilio. Del -campamento salían grandes grupos de jinetes para apoyar á las audaces -amazonas, y la masa de los sitiados retrocedía en desorden hacia la -ciudad. - -Púsose en pie Asbyte y avanzó un paso, levantando la lanza para -herir al gigante; pero en el mismo momento, la enorme maza, blandida -con dos manos, cayó sobre ella como un muro que se desploma. Resonó -quejumbrosamente el escudo de bronce al quebrarse, cayó en pedazos el -casco de oro, y Asbyte se dobló en el suelo con la túnica cubierta de -sangre, como una ave blanca que plegase sus alas. - -Therón, á pesar de su ferocidad, quedó inmóvil, apoyado en su maza, -sin ver lo que pasaba á su alrededor, como arrepentido del horrible -destrozo que su fuerza había causado en aquella mujer hermosa. - ---¡Á mí, Therón! ¡Defiéndete, carnicero de Hércules!... Mátame si -puedes: soy Hanníbal. - -Volvióse el sacerdote y vió un guerrero que, cubierto el rostro con -el escudo y la espada de punta, avanzaba con agilidad asombrosa, -trazando círculos en torno de él, como un tigre que ataca á un -elefante y busca con su movilidad hacer presa en un punto flaco. Había -terminado la batalla: los saguntinos se replegaban sobre la ciudad. -Los jinetes sitiadores cargaban cerca de las murallas, dejando solos -á los dos combatientes en aquella parte del campo. Algunos soldados -se aproximaban con lentitud para detenerse á alguna distancia, -intimidados por el terror supersticioso que inspiraba el gigante. - -Therón no se inmutó al verse solo. ¡Hanníbal! ¡Era Hanníbal aquel -guerrero que iba á luchar con él completamente solo!... ¡Este encuentro -singular, á la vista de toda la ciudad asomada á las murallas, parecía -preparado por su dios! ¡Iba á librar á Sagunto de su principal -enemigo!... Hércules le proporcionaba esta gloria; y sonriendo -satisfecho, levantó la maza, marchando en línea recta contra el -africano. - -Éste le eludía retrocediendo, saltando de lado con agilidad felina, -evitando el encuentro, hasta que al fin, cansado el sacerdote y -deseando acabar antes que llegaran nuevos combatientes, se afirmó sobre -sus piernas de coloso y arrojó la maza contra Hanníbal. El enorme -tronco rasgó el aire, al mismo tiempo que Hanníbal, viéndolo venir -sobre él, saltaba de lado. Todavía alcanzó su escudo, produciendo -con el choque un estrépito atronador, y fué á caer lejos, levantando -una nube de polvo. El africano, con la violencia del golpe dobló las -rodillas, pero se repuso, y arrojando su escudo roto corrió con la -espada levantada contra Therón. - -El sacerdote de Hércules, al verse desarmado, tuvo un momento de -debilidad, sintió miedo, creyóse en presencia de un ser superior contra -el que nada podían sus fuerzas, y volviendo la espalda á Hanníbal, -huyó hacia Sagunto. Desde las murallas le llamaban á gritos viéndole -en peligro. Algunos armaban los arcos para detener con sus flechas -á Hanníbal; pero no osaban disparar por miedo á herir á Therón. -Respiraban angustiosamente los saguntinos al ver huir á su Hércules, -perseguido por aquel guerrero que le acosaba cerrándole el paso para -que no llegase á la ciudad. - -El gigante pesado y musculoso corría difícilmente por el campo cubierto -de cadáveres y despojos del combate. Tropezó en un escudo, sus rodillas -se doblaron, y volvió á levantarse; pero esta vez completamente -desnudo. La piel de león había caído de sus hombros, quedando entre los -despojos de la batalla. - -Su perseguidor le alcanzaba. Sintió en sus espaldas el frío del hierro -hundiéndose entre los músculos, y no queriendo morir perseguido como un -esclavo á la vista de toda la ciudad, volvióse rápidamente, extendiendo -sus brazos como columnas para ahogar entre ellos al enemigo. - -Pero Hanníbal, antes de que cayeran en torno de él aquellas dos moles -magullándolo, hundió su espada varias veces en el costado del coloso, y -Therón se desplomó, llevándose las manos á las heridas para contemplar -su sangre, de un rojo obscuro. - -Miró sin cólera á Hanníbal, con una expresión infantil de dolor, y -luego fijó sus ojos turbios por la muerte en la alta Acrópolis, sobre -cuyas techumbres se reflejaba el sol. - ---¡Padre Hércules! --murmuró con amargura--. ¿Por qué abandonas á los -tuyos?... - -Su cabeza enorme, al caer en el suelo, levantó una nube de polvo. -Hanníbal se inclinó sobre ella, y con su espada comenzó á cortar el -robusto cuello, teniendo que dar muchos golpes para partir la maraña de -tendones como cuerdas y de músculos resistentes, en los que el hierro -parecía embotarse. - -Una nube de flechas comenzó á clavarse en el suelo en torno de Hanníbal. - -El caudillo se despojó del casco, dejando suelta la cabellera de -gruesos rizos; agarró la cabeza de Therón por su ensangrentada melena, -y poniendo un pie con ademán de vencedor sobre el cuerpo del sacerdote, -la enseñó á los que ocupaban las murallas. - -Estaba magnífico con la espada en la diestra, avanzando el otro brazo, -que sostenía la cabeza del gigante. Relampagueaban de orgullo y fría -cólera sobre la obscura tez sus ojos, brillantes como los discos de -metal que pendían de sus orejas. - -Los sitiados le reconocieron, y un grito de sorpresa y de rabia corrió -á lo largo de la muralla. - ---¡Hanníbal!... ¡Es Hanníbal! - -Aún permaneció inmóvil algunos instantes, como la estatua de la -victoria, desafiando con soberbia á los enemigos, sin hacer caso de la -nube de proyectiles que zumbaba en torno de él, hasta que de pronto -soltó la cabeza de Therón y cayó de rodillas, abandonando su espada. - -Mopso el arquero acababa de atravesarle una pierna de un flechazo. - -Todos vieron desde las murallas cómo en un arranque de dolorosa rabia -se arrancaba el mástil de la flecha, haciéndolo añicos y arrojándolo -lejos. Luego ya no vieron más. Una gran parte del ejército sitiador -corrió á él para cubrirlo, y sus honderos y arqueros comenzaron á -disparar contra la muralla. - -Acteón, fatigado por la salida reciente, contemplaba oculto tras una -almena lo que ocurría en torno de Hanníbal, sin prestar atención á -los proyectiles de los honderos que, enfurecidos por la herida del -caudillo, enviaban una tempestad de piedras contra los muros. - -Vió cómo se alejaba Hanníbal, sostenido por dos capitanes cartagineses -de dorada coraza y custodiado por una muchedumbre. - -De repente el caudillo repelió á los que le sostenían, y cojeando -dolorosamente anduvo hacia un bulto blanco y ensangrentado que se -destacaba sobre la tierra roja, como un harapo informe. Se inclinó -sobre él, y los númidas que le rodeaban vieron llorar al terrible -Hanníbal por primera y última vez, uniendo su boca á la destrozada -cabeza de la amazona Asbyte, besando aquel rostro amado, en torno de -cuyas facciones aplastadas y sangrientas, comenzaba á revolotear un -enjambre de fúnebres moscas. - - - - -VII - -Las murallas de Sagunto - - -La herida de Hanníbal proporcionó á la ciudad algunos días de calma. -Los sitiadores permanecían en su campamento, inactivos, mirando Sagunto -desde lejos. Salían los honderos por las mañanas para ejercitar sus -brazos disparando contra la muralla; pero aparte de esto y de los -flechazos con que les contestaban desde la ciudad, no se cruzaban otras -hostilidades entre sitiados y sitiadores. - -Los pelotones de caballería recorrían el agro forrajeando, y la turba -inmensa de tribus feroces acababa su obra de destrucción, saqueando -las villas y casas de campo. Se aclaraban los grupos de árboles: cada -día derribaban nuevos troncos para llevar leña al campamento, y en los -espacios descubiertos ya no se veían tejados y torres. Sólo ruinas -humeantes y ennegrecidas aparecían aquí y allá, sobre los abandonados -campos. Un mosaico á flor de tierra era muchas veces el único vestigio -de una quinta elegante, arrasada hasta los cimientos por los invasores. - -Los sitiados veían engrosar rápidamente el ejército de Hanníbal. -Todos los días llegaban nuevas tribus. Parecía que la Iberia entera, -subyugada por el prestigio de Hanníbal, iba á acampar en torno de -Sagunto, enardecida por la fama de sus riquezas. Llegaban á pie ó á -caballo; sucios, feroces, cubiertos de pieles ó vestidos de esparto, -con el escudo de media luna y la espada corta de dos filos, ansiosos -de pelear y trayendo consigo vistosos presentes para el africano, cuya -gloria les deslumbraba. - -Los saguntinos que habían comerciado con las tribus del interior, -reconocían desde las murallas á los recién llegados. Venían de muy -lejos; los había de ellos que habían marchado más de un mes para -llegar á Sagunto; y señalaban á los lusitanos, de figura atlética, -de los que se relataban horrorosas ferocidades; á los galaicos, que -vivían de la pesca ó de fundir el oro de sus ríos; á los astures, que -fabricaban el hierro, y á los vascos sombríos, cuya lengua no podían -aprender los otros pueblos. Y mezclados con ellos llegaban nuevas -tribus de la Bética, que se habían retrasado en acudir al llamamiento -del cartaginés; infantes ágiles de piel aceitunada, con la cabellera -esparcida sobre la espalda, vestidos con cortos faldellines blancos -y ancha franja de púrpura y empuñando grandes escudos redondos que -les servían de sostén para pasar los torrentes. El campamento que se -extendía á lo largo del río, acabó esparciéndose por el inmenso valle, -formando grupos de tiendas y chozas, hasta perderse de vista. Era una -verdadera ciudad, más grande que Sagunto, que avanzaba y avanzaba como -si fuera á tragarse sus murallas. - -Al día siguiente de la victoriosa salida de los saguntinos notaron -éstos gran movimiento en el campo sitiador. Eran las honras fúnebres de -la reina de las amazonas. Vieron cómo el cadáver de Asbyte era paseado -por las guerreras, llevándolo en alto sobre un escudo: después, en el -centro del campamento, se elevó la columna de humo de la enorme pira -que consumió sus restos. - -Los sitiados adivinaban el estado de ánimo de los enemigos. Hanníbal -estaba tendido en su lecho, y el ejército parecía anonadado por el -dolor del héroe. Los hechiceros del campamento entraban y salían en la -tienda examinando la herida, y buscaban después en los montes cercanos -hierbas misteriosas para confeccionar milagrosos emplastos. - -En Sagunto los más audaces hablaban de hacer una salida, de aprovechar -aquel instante de desaliento para caer sobre los enemigos, poniéndolos -en fuga. Pero el campo sitiador estaba bien vigilado; el hermano -de Hanníbal, con los principales capitanes, velaba para evitar -una sorpresa; el ejército estaba tras los baluartes de tierra del -campamento como en una ciudad fuerte, y aprovechaba su inacción para -realizar nuevas obras, poniéndose á cubierto de un ataque. - -Además, la ciudad no estaba menos desalentada por la muerte del -sacerdote de Hércules. No podían explicarse los saguntinos cómo el -caudillo africano había dado muerte al gigantesco Therón, á los ojos -de todo Sagunto, y los más supersticiosos veían en esto una señal -celeste, el aviso de que los dioses tutelares de la ciudad comenzaban á -abandonarla. - -Todos se mostraban con igual firmeza que al principio, resueltos á -defenderse; pero había desaparecido la alegría burlona de los primeros -días del asedio. Creían husmear la desgracia en torno de ellos y les -entristecía el número de enemigos, siempre en aumento. Cada mañana -veían crecer el campo sitiador. ¿Cuándo cesarían de llegar los aliados -de Hanníbal? - -La alegre ciudad griega de los ricos comercios y las pomposas fiestas -Panatheas, presentaba el aspecto de las poblaciones sitiadas. La -muchedumbre de los campos refugiada en la ciudad, acampaba en calles -y plazas, esparciendo un hedor de rebaño enfermo y miserable. En los -templos se arrastraban los heridos al pie de las columnas, lanzando -gemidos: arriba, en la Acrópolis, humeaba la hoguera día y noche, -consumiendo los cadáveres de los que morían en las murallas ó caían en -las calles, víctimas de extrañas enfermedades, desarrolladas por el -hacinamiento. - -Aún abundaban los víveres, pero faltos de frescura; y los ricos, -adivinando el porvenir, acaparaban lo que podían, viendo en lontananza -los días de escasez. En los barrios pobres mataban los caballos, las -bestias de carga, asando sus carnes en las fogatas encendidas en las -calles para los fugitivos que carecían de techo. - -Lo mismo en las murallas que en la Acrópolis, todos miraban al mar con -impaciencia. ¿Cuándo llegarían los auxilios de Roma? ¿Qué hacían los -legados enviados por Sagunto á la gran República?... - -La impaciencia hacía caer frecuentemente á toda la ciudad en dolorosos -engaños. Por las mañanas, los vigías apostados en la Acrópolis sobre la -torre de Hércules, daban furiosos golpes en los címbalos de alarma al -ver en el horizonte algunas velas. Corría la muchedumbre á la cumbre -del monte, siguiendo con mirada ansiosa la marcha de los lienzos -blancos ó rojos, sobre la azul superficie del golfo Sucronense. ¡Eran -ellos!... ¡los romanos!... ¡las avanzadas de la flota de socorro que -navegaban hacia el puerto! Pero tras algunas horas de angustiosa -expectativa, llegaba la decepción, al ver que eran naves mercantes -de Marsella ó Ampurias que pasaban de largo, ó trirremes enemigas que -Hasdrúbal, el hermano de Hanníbal, enviaba desde Cartago-Nova con -vituallas para el ejército. - -Cada uno de estos desengaños aumentaba la tristeza de los saguntinos. -¡El enemigo siempre creciendo y los aliados sin venir! La ciudad iba á -perderse. Únicamente se reanimaba el entusiasmo de los defensores al -encontrar en las murallas al viejo Mopso, que por su flechazo certero -contra Hanníbal, era el héroe de la ciudad, y al animoso Acteón, que -con sus burlas de ateniense, ligero y gracioso ante el peligro, sabía -comunicarles nuevos ánimos. - -Sónnica también aparecía entre ellos en los sitios de combate. Recorría -las murallas cuando silbaban las flechas, y los ciudadanos pobres -admirábanse del valor de la opulenta griega, despreciando los golpes -del enemigo. - -El amor á Acteón y el odio á los sitiadores, la hacían ser audaz. -Mostrábase furiosa contra los cartagineses. Desde lo alto de la -Acrópolis había visto una tarde cómo salían llamas de la techumbre de -su quinta, cómo se derrumbaba la roja torre del palomar, cómo eran -abatidos los hermosos bosques que rodeaban su casa, quedando todo -convertido en un montón de escombros y troncos carbonizados, y ansiaba -vengarse, no de la riqueza perdida, sino de la destrucción del retiro -misterioso de sus amores, de la suntuosa vivienda llena de recuerdos. -Además, sentíase nerviosa y en insufrible molestia en esta nueva vida, -dentro de una ciudad sitiada, teniendo que comer viandas groseras y -dormir en una habitación de su almacén, entre las riquezas amontonadas -con el desorden de la fuga, confundida casi con sus esclavas y -privándose del baño, pues en la ciudad no había más agua que la de -las cisternas, y los magistrados la distribuían con gran parsimonia, -preveyendo una próxima escasez. - -Esta vida de miserias excitábala, haciendo que se distinguiera por su -audacia belicosa. Veía de tarde en tarde á su amante, pues Acteón, -alma de la defensa, tan pronto estaba en las murallas dirigiendo á los -esclavos que las reparaban, como subía á la Acrópolis con Mopso, para -examinar en conjunto la situación del enemigo. Quería aprovechar la -tregua proporcionada por la herida de Hanníbal para poner á la ciudad -en mejores condiciones de defensa; y mientras tanto Sónnica paseaba -por la muralla hablando con los jóvenes, prometiendo ricos premios á -los que más se distinguiesen, y excitando á todos á hacer una salida -sin ejemplo: la ciudad en masa arrojándose fuera de las murallas, -aplastando á los enemigos, barriéndolos hasta arrojarlos en el mar. - -Iba á todos lados escoltada por Eroción y Ranto. La vida en un -estrecho espacio y la comunidad del peligro, la habían hecho -aproximarse á los dos muchachos, y éstos seguían á su señora acogiendo -con sonrisas de entusiasmo todas sus palabras, aplaudiendo los -propósitos belicosos de la rica. - -Ranto ya no era pastora. Una tras otra, habían devorado todas sus -cabras en la casa de Sónnica, y sin más ocupación que seguir á su -señora, cogida siempre de la mano de Eroción, consideraba el sitio como -una felicidad, y su deseo era que no terminase nunca. Hasta el ceñudo -Mopso, el padre de su amante, los encontraba juntos sin protestar, y -muchas veces sonreía al verles tranquilos y felices, paseando por las -murallas sin miedo á los sitiadores. - -El peligro había hecho más bondadosa á la gente. Los ricos comerciantes -se codeaban con los esclavos al disparar el arco detrás de las almenas; -veíase á más de una griega opulenta, rasgar su túnica de lino para -vendar las heridas á los rudos mercenarios; y Sónnica la rica, que -antes despreciaba á las mujeres de la ciudad, hablaba á las esclavas -para que formasen una tropa igual á la de aquellas amazonas que -seguían á Hanníbal. Ranto, satisfecha de la nueva situación, ciega -de felicidad hasta el punto de no ver las angustias y miserias que -sufría la población, tiraba de su amante en los momentos de combate, -le arrancaba el arco de las manos, y arrastrándolo fuera de las -murallas, escondíanse en el hueco de una escalera, al pie del muro, -y se acariciaban con nueva voluptuosidad, pareciéndoles más intenso -su placer mezclado con el silbido de las flechas y los gritos y -exclamaciones de dolor y rabia que sonaban arriba. - -La tregua sólo duró veinte días. En el silencio del campamento, -resonaban sin cesar los mazos de los carpinteros, y los sitiados veían -elevarse poco á poco una gran torre de madera de varios pisos, mucho -más alta que las murallas de la ciudad. - -Hanníbal se sentía fuerte y ansiaba reanudar el sitio. Con el deseo -de que los enemigos le viesen cuanto antes, abandonó su tienda, á -pesar de que aún tenía abierta la herida; y montando á caballo salió -del campamento para galopar á lo largo de los muros, seguido por sus -capitanes. - -Los saguntinos sintiéronse deslumbrados al mirarle. Brillaba como -una ascua de fuego sobre su negro caballo; el sol le envolvía en un -resplandor que cegaba, como si fuese una divinidad. Llevaba la coraza -y el casco que las tribus galaicas le habían traído como presente, -fabricados con oro puro de sus ríos. El caudillo amaba más las -armaduras de bronce, que había paseado al través de las batallas; pero -su cabalgada en torno de Sagunto equivalía á una resurrección, y -deseaba que los sitiados le contemplasen deslumbrador y majestuoso como -un dios. - -Con la reaparición de Hanníbal, comenzó de nuevo el asedio, más fuerte -que antes. Los saguntinos comprendieron desde el primer momento que -los sitiadores habían aprovechado la tregua para aumentar su poder -ofensivo. Avanzaron con grandes esfuerzos la enorme torre de madera que -acababan de construir. Tenía varios pisos, en los cuales se colocaban -los arqueros, disparando por las saeteras abiertas en los troncos. La -plataforma superior dominaba de tal modo la muralla, que su catapulta -arrojaba sobre las almenas grandes piedras, sembrando la muerte entre -los defensores. - -Hanníbal multiplicábase, excitado por la tenacidad de los saguntinos, -ansiando terminar cuanto antes el sitio. - -Era imposible permanecer al descubierto en las murallas. La torre -había sido colocada cerca de aquel punto saliente de la ciudad, que -Hanníbal consideraba el más flaco. Caían sin cesar dardos y piedras -sobre las murallas, y mientras los defensores se refugiaban tras las -almenas, no pudiendo sacar el cuerpo, abajo, en la base, trabajaban los -arietes al abrigo de la torre, topando contra los muros, deshaciéndolos -lentamente; y los africanos, que sobrevivieron á la primera intentona, -atacaban ahora con más seguridad los bloques, abriendo poco á poco una -brecha. - -Los saguntinos, pálidos por el furor y la impotencia, se agitaban en -vano para impedir esta destrucción. La torre de asedio, moviéndose en -un terreno llano á impulsos de los hombres que se ocultaban tras ella, -iba de un sitio á otro sembrando la muerte, y á veces se aproximaba -tanto, que los sitiados podían oir las voces de los arqueros que -disparaban por sus saeteras. Mientras tanto, continuaba abajo, en la -base de los muros, el trabajo lento y obstinado para derribarlos. - -Los ciudadanos más entusiastas, bramando de indignación al ver como -destruían impunemente sus muros, sacaban el cuerpo para disparar -contra los que manejaban el ariete ó los picos; pero apenas quedaban -al descubierto, caía sobre ellos un pedrusco ó se desplomaban con -el cuerpo atravesado por una flecha. La muralla estaba cubierta de -cadáveres. Se arrastraban los heridos, contemplando con mirada turbia -el mástil del dardo que les atravesaba el cuerpo. - -En vano disparaban los sitiados contra la torre. Las piedras rebotaban -sobre sus paredes de troncos con sordo ruido, pero sin causarla -quebranto. Aparecía erizada de flechas, moviéndose como un elefante -monstruoso, insensible á las heridas, é inútilmente partían contra ella -las _faláricas_ rasgando el espacio con su cabellera de humo y chispas, -pues no hacían arder las pieles mojadas de que estaba forrada la parte -alta de la torre. - -Huían los más prudentes de un lugar donde se concentraban los esfuerzos -del sitiador y acudían á él los más audaces, sin saber ciertamente -cómo repeler al enemigo, pero con la tenaz idea de morir antes de que -avanzara un paso. - -Mopso, el arquero, era el único que en tan difícil situación causaba -daño á los cartagineses. Con el arco tendido avanzaba un instante la -cabeza fuera de las almenas y disparaba, consiguiendo introducir sus -flechas por las saeteras de la torre, lo que esparcía la muerte entre -los soldados que se creían seguros. Eroción estaba á su lado. Al ver á -su padre en aquel lugar de peligro, había repelido á Ranto al pie de la -escalinata de la muralla, sin hacer caso de sus lágrimas, y empuñando -el arco, pretendía imitar á su padre, hostilizando á los de la torre. - -Pero menos prudente, con el ardor de la juventud, sacaba casi todo el -cuerpo fuera de las almenas, y cuando conseguía introducir una flecha -en la torre, reía, completamente al descubierto, insultando á los -sitiadores con sus carcajadas de pilluelo audaz. - -Una piedra de la catapulta de la torre pasó silbando y chocó con su -cabeza, produciendo un chasquido fúnebre. La sangre y las piltrafas -salpicaron á los más cercanos, y el muchacho, doblándose como si fuese -de trapos, resbaló entre dos almenas, cayendo fuera de las murallas. -Las flechas de su carcax se esparcieron en torno del cadáver, con -triste vibración de hierro. - ---¡Mopso! ¡Mopso! --gritó Acteón, intentando detener al arquero. - -Pero el viejo se había lanzado en medio de la muralla, completamente al -descubierto, con los ojos vidriosos, trémula la barba gris, imponente -de dolor y de furia. - -Intentó tender por tres veces su arco para disparar contra la -plataforma de la torre donde estaba la catapulta, y por más esfuerzos -que hizo, no logró preparar su arma. El dolor, la sorpresa, la -desesperación que le producía no poder exterminar de un golpe á todos -los enemigos, le arrebataban las fuerzas. - -Mientras pugnaba con el duro arco, que parecía rebelarse contra él, -silbaban en torno de su cabeza los proyectiles del enemigo. Viéndose -impotente, envejecido en un instante por el dolor, contemplando abajo -el destrozado cadáver de su hijo y sin poder vengarle, lanzó un gemido, -y reuniendo todas las fuerzas de su voluntad, se lanzó fuera de la -muralla, cayendo sobre los restos de Eroción. Su cabeza chocó con sordo -ruido en las piedras, salió de ella un hilo de sangre, y padre é hijo -formaron un grupo inmóvil á corta distancia de los asaltantes, que -seguían empujando el ariete y socavando la base de la muralla. - -Duró casi todo el día la desigual lucha. Los saguntinos que guardaban -esta parte del muro, no lograban evitar los avances del enemigo. -Sentían el sordo choque de los picos, la muralla parecía bambolearse -bajo sus pies y nada podían hacer para impedir los progresos del -sitiador. - -Lentamente iban retirándose los defensores. Acteón, triste por la -trágica muerte de su compatriota y convencido de que era inútil -permanecer allí, les aconsejaba la retirada al interior de la ciudad. -Retrocedió con algunos de los suyos, y á los pocos momentos, un -torreón carcomido en su base por el ariete, se bamboleó, cayendo al -fin al suelo con gran estrépito de escombros, que llenaron de polvo el -espacio. Tras él se abatieron dos torreones más y un gran lienzo de -muralla, sepultando entre los escombros á los defensores más tenaces, -que quisieron permanecer en su puesto hasta el último momento. - -Una exclamación formidable, un alarido de salvaje alegría, contestó -desde afuera á la caída de los muros. Al través de la abierta brecha -vióse desde las calles de la ciudad la campiña desolada y un extremo -del campamento. Brillaban las armas en el denso ambiente, enrojecido -por el polvo de los escombros; veíase avanzar obscuras masas y -resonaba el bramido de los cuernos. - ---¡El asalto!... ¡Los cartagineses que entran!... - -Y de todos los puntos de la ciudad acudían gentes armadas. Las -estrechas calles vecinas á la muralla vomitaban grupos y más grupos -que llegaban vociferantes, blandiendo espadas y hachas, con el aspecto -resuelto del que ha decidido morir. Escalando los escombros fueron á -colocarse de pie en la brecha; y este espacio abierto, ancha herida -que rasgaba el cinturón de piedra de la ciudad, quedó cubierto por una -muchedumbre abigarrada que blandía sus armas formando una masa sólida é -inquebrantable. - -Acteón estaba en la primera fila. Cerca de él vió al prudente Alco, que -había cambiado su báculo por la espada, y muchos de aquellos tranquilos -comerciantes, cuyas caras astutas parecían ennoblecidas por la heroica -resolución de morir antes que dejar paso á los enemigos. - -Cuando éstos llegaron al asalto tuvieron que chocar con la ciudad -entera. De nada les servían la torre de asedio, los arietes y -catapultas; la lucha era cuerpo á cuerpo, y los mismos sitiados no -empleaban ya la _falárica_, sino la espada y el hacha. - -Hanníbal, á pie, guiaba las falanges, que avanzaban con las picas bajas -ó la espada en alto. Peleaba como un soldado, ansioso por acabar aquel -sitio que retardaba sus planes; comprendiendo que estaba en el momento -decisivo y un esfuerzo supremo podía hacerle dueño de la ciudad. -Con palabras entrecortadas hablaba á los soldados en los distintos -idiomas de sus tribus, recordando las grandes riquezas de la ciudad, -la hermosura de las griegas, el considerable número de esclavos que -había dentro de los muros; y los baleares acometían con la cabeza baja, -avanzando sus picas de madera con la punta endurecida por el fuego; los -celtíberos rugían sus cantos de guerra, golpeándose el pecho como un -sonoro tambor y descargando las cortantes espadas de dos filos; y los -númidas y mauritanos, descendidos de sus caballos, iban de un lado á -otro astutos y recelosos, arrojando sobre los sitiados los dardos de su -cinturón, oculto bajo los blancos velos. - -Todo en vano. La brecha era una angosta garganta. El ejército -cartaginés, á pesar de la superioridad numérica, tenía que estrechar -su frente para batirse en tan reducido espacio, y, equilibradas -las fuerzas, los saguntinos eran los que llevaban la mejor parte, -rechazando á los sitiadores tantas veces como intentaban subir -la pendiente de escombros. Hundíanse las espadas en las carnes, -produciendo las atroces heridas de las guerras de la antigüedad; -rasgábanse los pechos al brutal impulso de las picas; agarrábanse -los combatientes, enredando sus brazos como sarmientos, trabándose -las piernas, haciendo crujir sus pechos jadeantes como fuelles, y -rodaban por el suelo mordiéndose el rostro. Al levantarse algunas veces -el vencedor, ostentaba con orgullo entre los dientes, una piltrafa -sangrienta. - -Subían las tropas de Hanníbal como un huracán la pendiente de la -brecha, y á su choque conmovíase la masa de defensores: pero ninguno -retrocedía; había que morir, firmes en el puesto, teniendo á las -espaldas una compacta multitud que obligaba á ser valiente, no dejando -espacio para huir. - -Así duró el combate algunas horas. Los cadáveres, amontonándose entre -los sitiados y los asaltantes, dificultaban el avance de éstos. -Comenzaba á ponerse el sol, y Hanníbal se sentía fatigado por la -tenaz resistencia, contra la que se estrellaban todos sus esfuerzos. -Confiando aún en su buena suerte, hizo sonar las trompas para un último -asalto; pero en el mismo instante ocurrió una cosa inaudita, que -desconcertó al caudillo, sembrando la confusión en sus tropas. - -Acteón no supo realmente de dónde partió la voz. Tal vez fué una -alucinación de la fe; la invención de algún entusiasta cansado de -permanecer á la defensiva. - ---¡Los romanos! --gritó una voz--. ¡Nuestros aliados que llegan!... - -La noticia se esparció con la credulidad que da el peligro. Corría -de unos á otros la versión de que los vigías de la torre de Hércules -acababan de ver una flota navegando hacia el puerto, y nadie preguntaba -quién había traído á la brecha la agradable nueva. Todos la aceptaban, -añadiéndola por propia cuenta nuevos detalles; y brillaban los ojos -de alegría, se coloreaban los rostros, y hasta los heridos que se -arrastraban por entre los escombros levantaban los brazos gritando: - ---¡Los romanos! ¡Ya vienen los romanos! - -De repente, sin orden alguna, por común instinto, como si los empujase -una fuerza invisible, se arrojaron fuera de la brecha, escombros abajo, -cayendo como una avalancha sobre los sitiadores que se agrupaban para -dar el último asalto. - -Lo inesperado del choque, la fuerza de la sorpresa, aquel grito: -«¡Los romanos! ¡los romanos!», que lanzaban con tanta convicción los -saguntinos, sembraron la dispersión en las tribus bárbaras de Hanníbal. -Se defendieron; pero toda la ciudad caía sobre ellos; hasta las mujeres -y los muchachos combatían como en la mañana que murió Therón; y los -soldados de Hanníbal, esparcidos en pequeños grupos, sin ver ni oir á -sus jefes, emprendieron la fuga hacia el campamento. - -Hanníbal corría, gritando de furor, enloquecido, al ver que los -sitiados repelían por segunda vez sus tropas. Tanta era la ceguedad de -su cólera, que se introdujo entre los enemigos, y varias veces se vió -próximo á caer bajo sus golpes. - -Comenzaba á anochecer. Los combatientes saguntinos llegaban ya á las -inmediaciones del campamento, mientras la gente menuda de la ciudad se -esparcía por el campo, rematando á los heridos é intentando incendiar -las máquinas de asedio. Las hubieran destruído todas á no ser por -Marbahal, el lugarteniente de Hanníbal, que salió del campamento con -algunas cohortes de jinetes. Los sitiados, no pudiendo resistir á la -caballería en campo raso, fueron retirándose lentamente. Al cerrar -la noche ocupaban de nuevo la brecha, comentando á gritos aquella -victoria, que templaba su desaliento por la ausencia de los romanos. - -Acteón, con algunos saguntinos de los que más se distinguían en los -combates, se ocupaba de fortificar la ciudad. Hablaba á los viejos del -Senado de lo difícil que era defender largamente aquella abertura. Era -imposible repetir muchas veces el prodigio de aquella tarde. Y á la luz -de las antorchas, pasó la muchedumbre toda la noche trabajando dentro -de la brecha, abatiendo tejados y derribando muros. - -Los comerciantes y los esclavos, las ricas ciudadanas y las mujeres de -los arrabales, todos confundidos, empuñaban picos, rodaban piedras y -acarreaban espuertas de barro. Hasta los Ancianos del Senado tomaban -parte en este trabajo titánico, que duró toda la noche y gran parte del -día siguiente. - -Eufobias el filósofo, que permanecía inactivo ante los insultos de los -que trabajaban, evocaba irónicamente el recuerdo de los primitivos -fundadores de la ciudad, cíclopes que manejaban piedras como montañas y -habían hecho arriba la base de la Acrópolis. - -En la tarde del día siguiente, cuando cesaban los trabajos, comenzó á -moverse el ejército sitiador. Marchó en masa al asalto, silencioso, -sombrío, adivinándose en él la resolución de apoderarse al primer -empuje de aquella brecha que el día anterior había sido su vergüenza. - -Atravesaron las nubes de flechas y piedras que los sitiados les -arrojaban, y corriendo las primeras cohortes, subieron por los -escombros, luchando con los saguntinos más audaces, que todavía les -disputaban la brecha. Tras un breve combate, los sitiadores quedaron -dueños de la entrada de la ciudad, y prorrumpieron en exclamaciones de -triunfo. - -Hanníbal marchaba al frente de sus soldados animosamente; pero al -llegar á la cresta de la brecha, retrocedió un paso con expresión de -disgusto. - -Frente á él, extendíase un vasto espacio de casas arrasadas, y más allá -de los montones de escombros, elevábase un segundo muro monstruoso, -construído de prisa, como si un enorme escobazo hubiese colocado á -la entrada de la ciudad todos los despojos de su interior. Grandes -sillares, masas de mampostería, columnas rotas, apilábanse con la -misma regularidad que los bloques de una muralla, y los intersticios -estaban cubiertos de barro todavía fresco. Este muro, levantado á toda -prisa por el supremo esfuerzo de la ciudad entera, era más alto que el -anterior, y formando una curva, se unía con las dos cortinas de las -antiguas murallas que aún estaban en pie. - -Hanníbal palideció de rabia al ver que todos sus esfuerzos sólo servían -para hacerle dueño de un pedazo de suelo de la ciudad, cubierto de -ruinas, y que por arte prodigioso, los muros que él derribaba volvían -á levantarse más allá, en una sola noche. Sagunto destruiría sus casas -para fortificarse con nuevos recintos, cortándole el paso. Tendría que -conquistar el terreno palmo á palmo, calle por calle, y le costaría -meses y años ir estrechándola, primero en torno del Foro, después en lo -alto de la Acrópolis, antes de conseguir que se rindiera. - -En la cima de la nueva muralla mostrábanse los saguntinos tan resueltos -como el día anterior, y sus arcos y hondas detuvieron el empuje de -los asaltantes, que acabaron por retroceder, quedando al abrigo de los -escombros de la brecha. - -Hanníbal, fuera del recinto de la ciudad, reflexionaba contemplando -las alturas de la Acrópolis. Adivinaba la posibilidad de perder todo -su ejército lentamente si seguía atacando Sagunto por la parte llana y -débil, donde los sitiados defendían tenazmente el terreno. Y llamando -á Marbahal y á su hermano Magón, les habló de la necesidad de tomar un -punto de la altura; de asaltar una parte de la inmensa Acrópolis, para -desde allí hostilizar á la ciudad, obligándola á rendirse. - -Transcurrieron algunos días sin que se reanudaran las hostilidades por -la parte del río. Las máquinas de guerra se habían trasladado al pie -del monte, y enviaban sus pesados proyectiles contra los muros más -extremos de la Acrópolis. Estos eran viejos y no habían sido reparados, -por fiar los saguntinos en lo inexpugnable de la altura. - -Además, el número de defensores no bastaba para atender al extenso -recinto de Sagunto, mientras el sitiador disponía de una inmensa -muchedumbre armada que podía lanzarse sobre varios puntos á la vez. - -Una noche, Acteón encontró en el Foro á Sónnica que le buscaba, seguida -de Alco el Prudente. - ---Los Ancianos necesitan de tí --dijo con tristeza la hermosa griega--. -He aquí Alco, que desea hablarte. - ---Escucha, ateniense --dijo con gravedad el saguntino--. Los días pasan -y no llega de Roma el necesario socorro. ¿Es que nuestros legados no -pudieron llegar al territorio de la nación aliada, y el Senado de la -gran República ignora nuestra situación? ¿Es que en Roma se imaginan -que Hanníbal, arrepentido de su audacia, ha levantado el sitio?... -Necesitamos saber qué es lo que nuestra aliada piensa de nosotros; -queremos que el Senado de Roma conozca detalladamente lo que hace -Sagunto; y los Ancianos, por indicación mía, han pensado en tí. - ---¿En mí?... ¿Y qué quieren? --preguntó Acteón con extrañeza, mirando á -la triste Sónnica. - ---Quieren que esta misma noche partas para Roma. Aquí tienes oro: -toma estas tablillas que servirán para que el Senado te reconozca -como mensajero de Sagunto. No te enviamos á una fiesta. La salida es -difícil, y más difícil aún encontrar en estas costas infestadas de -enemigos, quien te lleve hasta Roma. Debes partir esta noche; ahora -mismo si es posible, descolgándote de las murallas de la Acrópolis por -la parte opuesta del monte, donde apenas hay enemigos. Mañana, tal vez -sea tarde. Huye y vuelve pronto con el auxilio ansiado. - -Acteón tomó el oro y las tablillas que le ofrecía Alco, pero no sin -excusarse, comprendiendo la gravedad de la misión. - ---Nadie mejor que tú puede hacer esto --dijo el saguntino--. Por eso -he pensado en tí. Has pasado tu vida corriendo el mundo; hablas muchas -lenguas y no te faltan astucia y valor... ¿Conoces Roma? - ---No: el padre de mi padre hizo la guerra contra ella, á las órdenes de -Pirro. - ---Ve, pues, ahora á ella como amigo, como aliado, y quieran los dioses -que algún día bendigamos el momento en que llegaste á Sagunto. - -Acteón no parecía resuelto á partir. Le pesaba como una vergüenza -abandonar la ciudad en aquel trance supremo, dejar á Sónnica dentro de -una población sitiada. - ---Yo soy un extranjero, Alco --dijo con sencillez--. Ningún vínculo -de sangre me une á vuestra suerte. ¿No temes que huya para siempre -dejándoos abandonados? - ---No, ateniense: te conozco y por esto he respondido de tu fidelidad -ante los Ancianos. Sónnica también ha jurado que volverás si no se -apoderan de tí los enemigos. - -El griego miró á su amada como preguntándola si debía partir, y ella -bajó la cabeza, resignada ante el sacrificio. Acteón, después de esto -se mostró resuelto. - ---Salud, Alco. Dí á los Ancianos que el ateniense Acteón será -crucificado en el campo de Hanníbal ó comparecerá ante el Senado de -Roma repitiendo vuestras quejas. - -Besó á Sónnica en los ojos varias veces, y la hermosa griega, -conteniendo sus lágrimas, quiso seguirle con Alco hasta lo alto de la -Acrópolis, para verle algunos momentos más. - -Marcharon los tres en la obscuridad, por las explanadas de la ciudad -antigua, á lo largo de los muros de la Acrópolis. Habían apagado su -antorcha para no llamar la atención de los sitiadores y caminaban -guiados por la difusa luz de las estrellas, que parecían brillar con -más intensidad, como aguzadas por el frío de aquella noche, que era de -las primeras de invierno. - -Alco buscaba un lugar de la muralla que le habían indicado los Ancianos -más conocedores de la Acrópolis. Cuando llegaron á él, el saguntino -encontró á tientas el extremo de una gruesa soga atada á una almena y -lo arrojó en el espacio. - -La partida se verificaba en el más absoluto secreto. Los mismos -Ancianos que habían acordado el viaje del mensajero y preparado su -fuga, se ocultaban para no presenciarla. Sónnica se abrazó sollozando -al cuello de Acteón. - ---Parte pronto, ateniense --dijo el saguntino con impaciencia--. Esta -primera hora de la noche es la mejor; aún circulan por el campo grupos -de soldados antes de entregarse al sueño. Ahora pasarás sin que te -reconozcan: más tarde, en el silencio de la noche, te sorprenderían -los centinelas. - -Acteón se libró de los brazos de Sónnica, y echando el cuerpo fuera de -los muros, agarró la cuerda en la obscuridad. - ---Ten confianza en nuestros dioses --dijo Alco como última -recomendación--. Aunque parezca que nos abandonan, siempre velan por -Sagunto. Hace poco, un esclavo fugitivo del campamento, ha revelado -ante los Ancianos que los Vaceos y los Calpenses, hartos de sufrir las -rapiñas de los destacamentos que Hanníbal envía para adquirir víveres, -se han sublevado contra él, degollando á sus emisarios. Parece que -Hanníbal, con una parte de su ejército, habrá de abandonar el sitio -para ir á castigarles. Tendremos enfrente menos enemigos; y si tú -vuelves con las legiones de Roma, Sagunto será para los cartagineses lo -que las islas Egatas fueron para ellos en Sicilia... ¡Ay! ¡Cuánto mejor -es la paz! - -Con esta melancólica exclamación se despidió Alco del griego, mientras -éste descendía por la cuerda silenciosamente. Al poco rato sus pies -tropezaron con una de las peñas en las que descansaba el muro. Soltó la -cuerda y comenzó á deslizarse á tientas, agarrándose en su descenso, -que parecía una caída, á los míseros olivos que se retorcían en -aquellas alturas como si se quejasen de la opresión de los peñascos. - -Á los pies del griego, en la negra soledad de la llanura, brillaban -algunas hogueras. Eran tal vez guardias avanzadas del campamento que -vigilaban aquella parte de la montaña; merodeadores de los que seguían -al ejército, establecidos allí, lejos de las miradas de Hanníbal. - -Acteón llegó al llano y comenzó á caminar sigilosamente, agachado, á lo -largo de un ribazo de piedras, deteniéndose muchas veces para escuchar, -conteniendo la respiración. Creía que le seguían; que alguien caminaba -tras él cautelosamente. Veía cerca una gran hoguera, y destacándose -sobre su humo rojo, algunas siluetas de hombres y mujeres. - -Cuando se erguía explorando los obscuros campos para dar un rodeo que -le alejase de la hoguera, sintió que le cogían por los hombros, y una -voz ronca murmuró en su oído entre estúpidas risotadas: - ---Ya te tengo... En vano te ocultas. - -Acteón se desasió de aquellas manos, y tirando del ancho cuchillo que -llevaba en el cinto, dió un salto, quedando frente al desconocido en -actitud de defensa. Era una mujer. El griego veía á la difusa luz de -las estrellas su actitud de indecisión y sorpresa. - ---¿No eres Gerión el hondero? --murmuró, tendiendo sus manos al -ateniense. - -Se miraron casi tocándose en la obscuridad, y el griego reconoció en -aquella mujer á la infeliz _loba_ que le había alimentado la primera -noche de su llegada á Sagunto. Ella parecía aún más sorprendida que el -ateniense por el encuentro. - ---¿Eres tú, Acteón?... Parece que los dioses me ponen en tu camino, -á pesar de que me desprecias... Huyes de la ciudad, ¿verdad? Te -habrás cansado de Sónnica la rica; no quieres perecer como todos esos -mercaderes que Hanníbal el invencible pasará á cuchillo. Haces bien. -Huye; aléjate. - -Y miraba con zozobra la cercana fogata, como si temiese la aproximación -de los soldados que se calentaban en torno de ella, riendo y bebiendo -con un grupo de _lobas_ del puerto. - -La mísera cortesana, ahogando su voz, relataba al griego por qué se -hallaba allí. Era la amante de Gerión, un hondero balear. Éste había -abandonado á sus compañeros un momento antes, huyendo de ella para -no entregarla el dinero de la última soldada, y buscándolo, había -tropezado con Acteón. Podía volver; podían aproximarse los compañeros, -atraídos por las voces: allí estaban mal... ¿Qué pensaba hacer? - ---Quiero llegar á la costa, seguir por ella hasta que encuentre una -barca de pescadores que me lleve á Emporión ó á Denia. Tengo dinero -para pagarla. Después buscaré una nave que quiera conducirme lejos, muy -lejos. - ---No volverás, ¿verdad?... Deseo que no vuelvas. ¡Si supieras que -algunas veces, mientras los hombres se mataban en las murallas, pensaba -en tí!... No te veré más; pero prefiero no verte, antes que perezcas -dentro de la ciudad ó seas esclavo de mi amante el hondero... Hanníbal -acabará con todos... ¡Ah, ciudad cruel! ¡Y cómo deseo ver caer bajo las -tropas de Hanníbal á todas esas ricas, que nos hacían dar de latigazos -cuando nos aproximábamos á ellas en el puerto!... - -La pobre cortesana, dando la mano al griego, comenzó á guiarle al -través de los campos. - ---Ven --murmuró--. Yo te conduciré hasta la playa y allí seguirás tu -camino, sin más amparo que el de los dioses. Viéndote conmigo, creerán -que eres un soldado celtíbero que busca con su amante un lugar para -pasar la noche. Ven: te alimenté en la primera noche que llegaste y te -salvaré en la última. - -Se aproximaban al mar. Pasaron cerca de varias hogueras, siendo -saludados por las pullas soeces de los soldados y de las mujerzuelas, -que les creían una pareja amorosa en busca de refugio. Algunos grupos -armados les dejaron pasar sin el menor recelo. - -Oíase cada vez más próximo el rumor de las olas sobre la arena de la -playa. Caminaban entre juncos, hundiéndose en el tibio y pegajoso fango -de las marismas. - -La pobre _loba_ se detuvo. - ---Te dejo, Acteón. Si quisieras, te seguiría como una esclava. Pero no -querrás: me conozco... nada puedo ser para tí. Te alejas para siempre, -pero estoy contenta porque huyes de Sónnica. Antes de partir... -¡bésame, mi dios!... En los ojos, no... En la boca... así. - -Y el ateniense, con tierna conmiseración, conmovido por la bondad de -aquella mísera criatura, besó sus labios secos y flácidos, que dejaban -escapar el insufrible hedor del vino de los honderos baleares. - - - - -VIII - -Roma - - -Cuando los primeros rayos del sol enrojecían las murallas del -Capitolio, la vida de Roma había comenzado hacía más de una hora. - -Los romanos abandonaban el lecho á la luz de las estrellas. Rodaban -en la obscuridad por las tortuosas calles los carros de la campiña; -desfilaban los esclavos con sus cestos y útiles de labranza, -despertados por el canto de los gallos, y cuando apuntaba el día, todas -las casas tenían abiertas sus puertas, y los ciudadanos sin ocupación -en los campos, marchaban á reunirse en el Foro, centro del tráfico y -de los negocios públicos, que comenzaba á adornarse con los primeros -templos y conservaba grandes espacios yermos, sobre los cuales se -habían de elevar algunos siglos después las magnificencias de la Roma -señora del mundo. - -Hacía dos días que Acteón estaba en la gran ciudad, alojado en una -posada de extramuros establecida por un griego. Aún no se había -extinguido en él la admiración que le causaba aquella República severa, -viviendo casi en la pobreza; pueblo duro de agricultores y soldados, -que llenaba con su fama el mundo y vivía con mayor miseria que -cualquier lugarejo de los alrededores de Atenas. - -Esperaba Acteón comparecer ante el Senado aquel mismo día. La mayor -parte de los Padres de la República, vivían en el campo, en las -rústicas villas con paredes de adobes sin cocer y techo de ramaje, -vigilando el trabajo de sus esclavos, empuñando el arado como Cincinato -y Camilo; y cuando las necesidades del país les llamaban al Senado, -llegaban á Roma en su carreta tirada por bueyes, entre cestos de -verduras y sacos de grano, y con sus manos encallecidas por el trabajo, -vestíanse la toga antes de entrar en el Foro, transfigurados por la -majestad que les daba su alta investidura. - -El griego llegó al amanecer al Foro, encontrando la misma muchedumbre -de todos los días. Venerables romanos envueltos en su toga, hablando -á los jóvenes y á sus clientes del arte de colocar prudentemente el -dinero sobre buenas prendas, principal sabiduría de todo ciudadano; -pedagogos griegos, famélicos é intrigantes, siempre en busca de -una colocación en aquel pueblo sombrío, más apto para la lucha que -para la sabiduría; viejos legionarios, con el pardo sayo lleno de -remiendos, pensando con nostalgia en las pasadas guerras contra Pirro -y Cartago, perseguidos por las deudas y amenazados de esclavitud por -sus acreedores, á pesar de las cicatrices que cubrían su cuerpo; y la -plebe, sin otro vestido que la _lacerna_ (corta capa de paño burdo -rematada por el _cuculus_, capucha puntiaguda), la inmensa plebe romana -explotada y oprimida por los patricios, soñando siempre como remedio á -sus males con nuevos repartos de las tierras públicas, que lentamente, -por medio de la usura, iban á parar á manos de los ricos. - -En las gradas de los Comicios se reunían los ciudadanos de una tribu -para tratar del testamento de uno de los suyos que acababa de morir. -Cerca de la tribuna de las arengas, algunos centuriones veteranos -con coturnos y casco de bronce, apoyados en bastones de sarmientos -trenzados, divisa de su categoría militar, discutían el sitio de -Sagunto y la audacia de Hanníbal, deseando marchar inmediatamente -contra el cartaginés. - -Sobre los grandes bloques de piedra azul que pavimentaban el Foro, -establecían los vendedores de bebidas calientes sus grandes cráteras, -golpeándolas con el cazo para atraer á la gente; y al pie de las gradas -del templo de la Concordia, unos bufones etruscos, enmascarados con -horrorosas carátulas, comenzaban su mímica grotesca, haciendo acudir -los niños y los desocupados de todos los extremos de la plaza. - -Hacía frío. Soplaba el viento helado y húmedo de las lagunas Pontinas; -el cielo era gris, y de la muchedumbre agolpada en el Foro salía un -zumbido opaco y continuo. Acteón comparaba esta plaza con la alegre -Ágora de Atenas y aun con el Foro de Sagunto en sus días de paz. -Faltaba en Roma la alegría griega, la dulce y regocijada ligereza de -un pueblo artista que desprecia las riquezas, y si comercia es para -vivir mejor. Era un pueblo frío y triste, dado al lucro y al ahorro, -desdeñoso del ideal, sin más industria que la agricultura y la guerra, -exprimiendo el terruño y robando al enemigo; rutinario, sin iniciativa -y sin juventud. - ---Este pueblo --se decía el ateniense-- parece que no ha tenido nunca -veinte años. Hasta los niños nacen viejos. - -Y Acteón pensaba en lo que había visto durante dos días con su -sagacidad de griego: la cruel disciplina de la familia, de la religión -y del Estado á que vivían sometidos todos los ciudadanos; su total -desconocimiento de la poesía y el arte: aquella educación férrea y -triste, basada únicamente en el deber, que obligaba á todo romano á una -larga y penosa obediencia para poder mandar algún día. - -El padre, que era en Grecia un amigo, resultaba en Roma un tirano. -Para la ciudad latina no existía más ser que el padre de familia: -la esposa, los hijos, los clientes, estaban casi al nivel de los -esclavos; eran instrumentos de trabajo sin voluntad y sin nombre. Los -dioses sólo oían á él; era en su casa sacerdote y juez; podía matar -á la mujer, vender los hijos por tres veces, y su autoridad sobre la -prole persistía al través de los años, temblando el cónsul vencedor, el -senador omnipotente, cuando estaba en presencia de su padre. Y en esta -organización sombría y despótica, más triste aún que la de Esparta, -adivinaba Acteón una fuerza latente incubada en el misterio, que algún -día rompería su envoltura, abarcando al mundo como en un abrazo de -hierro. El griego detestaba este pueblo sombrío, pero lo admiraba. - -Su rudeza, el espíritu belicoso y duro de la raza, se revelaba en el -Foro. En lo alto del monte sagrado, el Capitolio era una verdadera -fortaleza, con muros desnudos y sombríos, limpios de los adornos que -hacían brillar con eterna sonrisa la ciudadela de Atenas. El templo -de Júpiter Capitolino, apenas sobresalía sobre las murallas con su -techo bajo y sus filas de columnas achatadas y robustas, como si -fuesen torreones. Abajo, en el Foro, igual fealdad grave y sombría. -Los edificios eran bajos y robustos; más bien parecían construcciones -de guerra, que templos á los dioses y edificios públicos. Del Foro -partían las grandes vías romanas, el único embellecimiento á que se -dedicaba Roma por la utilidad que reportaban como caminos para las -legiones y para los arrastres de la agricultura. Desde el Foro veíase -partir en línea recta la vía Apia, pavimentada de piedra azul, con sus -dos hileras de tumbas que comenzaban á elevarse en las inmediaciones de -la ciudad, perdiéndose al través de la campiña con dirección á Capua; -y del extremo opuesto partía la vía Flaminia, que iba á buscar la -costa, remontándose hasta la tierra de los Cisalpinos. Sobre la inmensa -campiña destacábanse, como fajas ondulantes y rojas, los primeros -acueductos construídos bajo la censura de Apio Claudio para surtir -la ciudad de fresca agua de las montañas, combatiendo así los aires -corrompidos de las lagunas Pontinas. - -Pero aparte de estos rudos monumentos, la ciudad extensa, gigantesca, -que podía poner por sí sola sobre las armas más de ciento cincuenta -mil combatientes, presentaba un aspecto salvaje y miserable, casi -semejante al de aquellas tribus que había visto Acteón en su viaje por -la Celtiberia. - -Escaseaban los edificios con piso superior: la mayoría eran grandes -cabañas con muros redondos de piedra ó barro y techumbres cónicas de -tablas y troncos. Después que los galos incendiaron Roma, la ciudad -había sido reconstruída en un año, al azar, con precipitada ligereza. -Amontonábanse las casas en determinados barrios, hasta el punto de -no dejar más que el espacio de un hombre para circular entre ellas, -y esparcíanse en otros como si fuesen villas campestres, rodeadas de -pequeños campos, dentro de las murallas de la ciudad. Las calles no -existían: eran prolongaciones tortuosas de los caminos que conducían -á Roma; arterias formadas por la casualidad, que se enroscaban, -siguiendo las sinuosidades de una caprichosa construcción, y de repente -desembocaban en grandes terrenos baldíos, donde iban amontonándose -los desperdicios de los vecinos y graznaban por la noche los cuervos, -picoteando las carroñas de los perros y los asnos muertos. - -La ruda pobreza de esta ciudad de agricultores, prestamistas y -soldados, reflejábase en el exterior de sus habitantes. Las altivas -matronas hilaban la lana y el cáñamo á la puerta de sus casas, sin otro -traje que una túnica de burdo tejido y algunos adornos de bronce en -el pecho y las orejas; las primeras piezas de plata se habían acuñado -luego de la guerra con los Samnitas; el _as_ de cobre grosero y pesado -era la moneda corriente, y los ricos objetos griegos traídos por las -legiones después de la guerra de Sicilia, casi recibían adoración -en las casas de los patricios, y se miraban de lejos como amuletos -que podían corromper la virtud de las rudas costumbres romanas. Los -senadores que poseían grandes territorios y centenares de esclavos, -paseaban por el Foro con cívico orgullo su toga llena de remiendos. En -toda Roma sólo existía una vajilla de plata, propiedad de la República, -que pasaba de casa de un patricio á la de otro cuando llegaba un -enviado de Grecia, un embajador de Sicilia ó un mercader opulento de -Cartago, habituado á los refinamientos asiáticos, y había que dar -banquetes en su honor. - -Acteón, acostumbrado á las disputas filosóficas del Ágora ateniense, á -los diálogos sobre poesía ó sobre misterios del alma apenas se reunían -dos griegos sin ocupación, iba por el Foro atento á las conversaciones, -en un latín rudo é inflexible que hería sus oídos de ateniense. En un -grupo hablaban de la salud de los rebaños y del precio de la lana; en -otro se ajustaba la venta de un buey, en presencia de cinco ciudadanos -de edad adulta que servían de testigos. El comprador ponía en una -balanza el bronce, precio de la compra, y tocando con la mano el buey, -decía con acento solemne, como si recitase una oración: - ---Esto es mío, según la ley de los Quirites: lo he pagado con este -metal bien pesado. - -Más allá, un legionario de cara famélica ajustaba un préstamo con un -anciano, ofreciéndole como prenda su casco y sus grebas, y pronunciaban -las fórmulas de la ley para tal caso. - ---_¿Dari spondes?_ (¿Prometes dar?) --preguntaba el soldado. - ---_Spondeo._ (Prometo) --contestaba el prestamista. - -Y el trato quedaba cerrado con estas solemnes palabras, de las cuales -una sola sílaba cambiada era suficiente para anular la operación, pues -los romanos profesaban un respeto supersticioso á la letra y la fórmula -de sus leyes. - -En otro grupo se discutían las condiciones que debe tener un esclavo -para ser útil á su señor y que éste lo conserve; y en todo el Foro -aquel pueblo grave, austero y sin ideal, sólo hablaba de bienes y de la -manera de acrecentarlos. - -El griego se fijó en un joven que apenas llegado á los veinte años, -mostraba la gravedad de un viejo. Sus cabellos cortados al rape eran -rojos, y su mirada dura tenía una expresión de inteligencia y astucia. -Caminaba lentamente al lado de un muchacho que le escuchaba con -atención como si fuese su maestro. - ---Aunque tu padre es Cónsul --decía el rojo-- debes tener presente, -Scipión, que para ser buen ciudadano y servir á la República, no sólo -hay que manejar la lanza y el caballo, sino saber trabajar la tierra -y conocer los secretos del cultivo. Tal vez algún día mandes nuestros -ejércitos, y no sólo tendrás que conquistar tierras para Roma, sino -cultivarlas y que produzcan mucho. ¿No lo comprendes? - ---Sí; Catón --dijo el adolescente. - ---Cada día debes aprender un mes del calendario que hicieron nuestros -antepasados. Quedando todo él fijo en tu memoria, te será más fácil -ordenar pronto y bien á tus esclavos lo que deben hacer en los campos. -Ayer te enseñé el mes de Mayo: repítelo, Scipión. - ---«Mes de Mayo --recitó el muchacho frunciendo las cejas para -concentrar más su memoria--. Treinta y un días. Las nonas caen el -séptimo día. El día tiene catorce horas y media: la noche nueve horas -y media. El sol está en el signo de Tauro: el mes bajo la protección -de Apolo. Se escardan los trigos. Se esquilan las ovejas. Se lava la -lana. Se ponen en yugo los toros nuevos. Se cortan de los prados las -arvejas. Se hace la lustración de las cosechas. Sacrificios á Mercurio -y á Flora.» - ---Lo recuerdas bien, Scipión. Nuestros antecesores no tenían ni -deseaban otra ciencia; les bastaba con saber lo que debía hacerse en -todos los meses del año; y con esto, y valor y audacia para conservar -sus campos y apoderarse de las tierras de los vecinos, fundaron nuestra -ciudad, que crece y crecerá hasta ser la primera de la tierra. No somos -charlatanes como los griegos, que se arrodillan con admiración ante los -monigotes de mármol y disputan como bufones sobre lo que hay más allá -de la muerte. No somos locamente ambiciosos como los cartagineses, -que basan su vida en el comercio y entregan todas sus riquezas al mar. -Nuestra vida está en la tierra; somos más rudos, pero más sólidos que -los otros pueblos; caminamos más despacio, pero iremos más lejos. En la -tierra que pisamos por vez primera, no plantamos la tienda como otros; -hundimos el arado, y por esto lo que toma Roma nadie se lo quita. No -olvides esto, Scipión. - -El ateniense les seguía de cerca. Las palabras de aquel viejo de veinte -años, le enseñaban más que sus observaciones. Roma parecía hablar por -su boca en aquella lección al hijo de uno de sus cónsules. - ---Debes saber también --continuó Catón-- las reglas domésticas de todo -buen ciudadano. Cuando nuestros padres querían alabar á un hombre de -bien, le llamaban «buen labrador». Este era el mayor elogio. Entonces -se vivía en las mismas tierras, en las tribus rústicas, que eran las -más honorables de todas, y no se venía á Roma más que en los días de -mercado y de comicios. Aún quedan buenos ciudadanos que hacen la vida -sana de Cincinato y de Camilo, y sólo vienen cuando se reúne el Senado: -pero la guerra, con sus expediciones á países nuevos, ha corrompido á -muchos que sólo quieren vivir en la ciudad, y el antiguo hogar romano -con su techo de tablas y sus sencillos penates lo sustituyen con casas -llenas de columnatas como si fuesen templos, y adornadas con dioses y -diosas que se hacen traer de Grecia. - -El gesto austero de Catón demostraba un inmenso desprecio por estos -refinamientos importados que comenzaban á quebrantar la rudeza de su -país. - ---En el campo, el buen ciudadano no debe perder ni un día. Si el tiempo -le impide salir, debe entretenerse limpiando los establos y corrales, -componiendo los enseres viejos y vigilando á las mujeres para que -remienden la ropa. Aun en los días de fiesta, se puede hacer algo: -regar los espinos, bañar el ganado, ir á la ciudad á vender aceite ó -fruta. No hay que perder el tiempo consultando á los arúspices, ó á los -augures, ni entregarse á cultos que obliguen al ciudadano á abandonar -su casa. Bastan los dioses del hogar ó de la más próxima encrucijada. -Los Lares, los Manes y los Silvanos, son suficientes para proteger á -un buen ciudadano. Nuestros padres no tuvieron otros, y, sin embargo, -fueron grandes. - -El pequeño Scipión le escuchaba atentamente, pero sus ojos se fijaban -en dos mocetones de la Campania, que con el _cuculus_ caído sobre los -hombros, se daban de puñetazos junto á un vendedor de vino cocido. Las -mejillas del adolescente se coloreaban de emoción viendo los golpes que -cambiaban los dos atletas, estremeciendo sus duros músculos. - ---Si el ciudadano vive en Roma --continuó Catón sin fijarse en este -incidente, que no alteraba la gravedad del Foro-- debe abrir desde -la aurora la puerta de su casa para explicar la ley á los clientes y -colocar con prudencia su dinero, enseñando á los jóvenes el arte de -aumentar los ahorros y evitar ruinosas locuras. El padre de familia -debe hacer dinero de todo y no perder nada. Si da sayos nuevos á -sus esclavos, debe recoger los viejos para otros usos. Debe vender -el aceite y lo que le quede de vino y trigo al final del año. Venda -también los bueyes viejos, las terneras, corderos, la lana, las -pieles, los carros inservibles, el herraje enmohecido, los esclavos -valetudinarios y las esclavas enfermas: venda siempre. El padre de -familia debe ser vendedor: no comprador. Fíjate bien en esto, Scipión. - -Pero Scipión estaba inquieto y apenas le oía. - -Los campesinos habían cesado de golpearse, y el adolescente miraba -lejos, á la parte del río, deseando marcharse. - ---Catón; es la hora de la lucha. Tengo que ir á la orilla del Tíber -para amaestrarme en la carrera y el pugilato y hacer después una hora -de natación. - ---Marcha cuando quieras y guarda mis consejos. Después de la lección, -sienta bien la lucha y el baño frío, que endurecen el cuerpo. El -ciudadano que quiere servir á su país, no sólo ha de ser prudente, sino -fuerte. - -Se alejó el muchacho, y Catón, al volver sobre sus pasos, encontró al -ateniense que le seguía. El aspecto de Acteón le atrajo, y se aproximó -á él. - ---Griego --le preguntó--. ¿Qué te parece nuestra ciudad? - ---Es un pueblo triste, pero un gran pueblo. Sólo estoy en Roma tres -días. - ---¿Eres acaso ese mensajero de Sagunto que hoy se presentará ante el -Senado? - -Acteón contestó afirmativamente, y el romano se apoyó en su brazo con -grave familiaridad, como si fuese un antiguo amigo. - ---Conseguirás muy poco --dijo--. El Senado sufre ahora una enfermedad: -el exceso de prudencia. Yo aborrezco las locuras, no creo que Hanníbal -sea un gran capitán desde que le veo cometer audacias como el sitio -de Sagunto; pero no puedo tolerar con mi silencio la meticulosidad -con que procede Roma en sus asuntos. Quiere apurar todos los medios -para sostener la paz: teme la guerra, cuando la guerra con Cartago es -inevitable. Ella y nuestra ciudad no caben en el mismo saco. El mundo -es estrecho para los dos. Siempre digo lo mismo: «Destruyamos Cartago», -y se me ríen. Hace algunos años, al estallar allá la guerra de los -mercenarios, podíamos haberla aplastado con gran facilidad. Con enviar -á África un par de legiones, los númidas sublevados y los mercenarios, -hubiesen acabado con Cartago. Pero tuvimos miedo; Roma sólo se ocupaba -después de la victoria en restañar sus heridas. Temimos no fuese peor -el triunfo de la soldadesca de todos los países, y salvamos á Cartago, -ayudándola á destruir sus mercenarios sublevados. - ---Ahora es diferente --dijo Acteón con energía--. Sagunto es una -aliada, y si Hanníbal la hostiliza, es por el amor que la ciudad -profesa á Roma. - ---Sí; por eso los romanos nos interesamos por su suerte; pero no -esperes gran cosa del Senado. Le preocupan más los piratas del -Adriático que asolan nuestras costas, la sublevación de Demetrio de -Faros en la Illiria, contra el cual vamos á enviar un ejército mandado -por el cónsul Lucio Emilio. - ---Pero, ¿y Sagunto? ¿Si la abandonáis, cómo va á resistir al audaz -Hanníbal, que acaudilla las tribus más belicosas de Iberia? ¿Qué dirán -aquellos infelices de la seriedad con que Roma cumple sus alianzas?... - ---Procura convencer al Senado con todas esas razones. Yo estoy -convencido: veo en Cartago la única enemiga de Roma... ¡Si todos fuesen -como yo!... Aceptaría las audacias del hijo de Hamílcar y declararía la -guerra á Cartago, yendo á buscarla en su propio territorio. Ocurra lo -que ocurra, nosotros somos invencibles. Italia es una masa compacta, -y como centinelas avanzados de nuestro campo, tenemos por Oriente la -Illiria, por la parte que mira al África la Sicilia y al Occidente la -Cerdeña, mientras que los terrenos que domina Cartago forman una cinta -extensa de novecientas leguas, que recorre gran parte de las costas -del África y todas las de Iberia; pero tan estrecha, y poblada por tan -diversas razas, que con facilidad puede romperse. Aunque Roma pierda -cien batallas, siempre será Roma; y una derrota de Cartago basta para -que se disuelva como pueblo... - ---¡Si todos pensasen como tú, Catón!... - ---Si el Senado pensase como yo, despreciaría á Demetrio de Faros y hace -días que sus legiones estarían en Sagunto. Tal vez se evitara con ello -un peligro, ¡porque quién sabe dónde irá ese joven africano, y qué -no osará si consigue conquistar sin obstáculos una ciudad aliada de -Roma!... Por esto yo, que soy un ciudadano libre, ejerzo de pedagogo, -como has visto hace poco. Ese muchacho es hijo del cónsul Publio -Cornelio Scipión, y reviven en él con nueva fuerza todas las virtudes -de su familia. Tal vez sea él el destinado á cortar el paso á Hanníbal, -á destruir el insolente poderío de esa Cartago, con la que tropezamos -siempre. - -Aún vagaron algún tiempo por el Foro hablando de las costumbres de Roma -y discutiendo acaloradamente al compararlas con las de Atenas. El -severo romano tenía que avistarse con varios patricios para sus asuntos -particulares, que llevaba con gran escrupulosidad, y se despidió del -griego. - -Al quedar solo Acteón, sintió hambre. Aún faltaba mucho tiempo para la -hora en que se reunía el Senado, y cansado de la sorda agitación del -Foro salió de él, rodeando la falda del Capitolio y siguiendo una calle -más ancha que las otras, con edificios de piedra, que mostraban al -través de sus puertas la relativa abundancia de las familias patricias. - -Entró en una panadería, golpeando con un as la piedra del mostrador -abandonado. Desde una especie de cueva le contestó una voz quejumbrosa. -El griego vió en el lúgubre antro la muela de triturar el trigo, y -uncido á ella un hombre, un esclavo, que la empujaba con gran esfuerzo. - -Salió el esclavo casi desnudo, limpiándose el sudor que chorreaba de -su frente, y cogiendo el dinero del griego, dió á éste un pan redondo. -Después quedó en pie, contemplando á Acteón con curiosidad. - ---¿Es tuya la panadería? --preguntó éste. - ---No soy más que un esclavo --repuso con tristeza--. Mi amo ha tenido -que ir al Foro para hablar con los tratantes de trigo... Tú eres -griego, ¿verdad? - -Y antes de que Acteón se dignase contestarle, se apresuró á añadir con -melancólico orgullo: - ---Yo no he sido siempre esclavo. Hace poco tiempo que lo soy, y cuando -gozaba de libertad, mi ferviente deseo era visitar tu país. ¡Oh, -Atenas! La ciudad donde los poetas son dioses... - -Y recitó en griego algunos versos del _Prometeo_ de Esquilo, asombrando -á Acteón con la pureza de su acento y la expresión que sabía comunicar -á sus palabras. - ---¿Es que en Roma os dedican vuestros amos á la poesía?-- dijo el -ateniense riendo. - ---Yo era poeta antes de ser esclavo. Mi nombre es Plauto. - -Y mirando en torno como si temiera ser sorprendido por la familia de -su amo, continuó hablando, feliz por librarse algunos momentos del -tormento de la muela. - ---He escrito comedias. Intenté establecer en Roma el teatro, que es -entre vosotros casi una religión. Los romanos son poco sensibles á la -poesía. Aman las farsas; una tragedia que á vosotros os hace llorar, -les dejaría fríos: una comedia de Aristófanes les haría dormir. Sólo -gustan, ateniense, de los bufones etruscos, de los grotescos personajes -de las farsas que llaman _atelanas_ y de los mascarones de agudos -dientes y cabeza deforme que desfilan rugiendo obscenidades en las -pompas del triunfo. Apedrearían á un héroe de vuestras tragedias, -y, en cambio, braman de entusiasmo cuando en la entrada de un cónsul -victorioso, pasan los soldados disfrazados con una piel de cabrón y -un penacho de erizadas crines, y ríen al ver cómo se vengan de su -humildad, insultando al vencedor tras su carro triunfal. Yo escribí -comedias para este pueblo y aún las escribo en los momentos que mi -amo cesa de apalearme para que dé vueltas al molino. Los patricios, -los ciudadanos libres no gustan de verse sobre la escena. Aquí -despedazarían á Aristófanes que sacaba á las tablas á los primeros -hombres de Atenas. Mis héroes son esclavos, extranjeros y mercenarios, -y hacían reir mucho al público. He acabado una comedia ahí dentro, en -ese antro, ridiculizando las fanfarronadas de los guerreros. Te la -recitaría si no temiese que de un momento á otro llegue mi amo. - ---¿Y cómo has caído en tan mísera situación después de divertir á tu -pueblo? - ---Cometí la locura de fundar en Roma el primer teatro, á imitación de -los de Grecia. Era una cerca de tablas en las afueras de la ciudad. -Pedí dinero prestado, contraje deudas: el populacho venía á reir, pero -daba poco. Me arruiné, y las sabias leyes de Roma condenan al que no -puede pagar, á ser esclavo de su acreedor. Este panadero, que antes -reía mis comedias y me prestaba gustoso algunos sacos de cobre, se -venga ahora de la pasada admiración, haciéndome dar vueltas á la muela, -porque resulto más barato que un asno. Cada carcajada del pasado se -trueca en un palo sobre mis espaldas. Es el destino de los poetas. -También vosotros, al gran Esquilo, que siempre fué hombre libre, le -agradecíais los versos á pedradas. - -Calló Plauto, y sonriendo melancólicamente, añadió: - ---Confío en el porvenir. No siempre he de ser esclavo; tal vez -encontraré quien me devuelva la libertad. Los romanos que hacen la -guerra y ven nuevos países, vuelven con más dulces costumbres y -aman las artes. Seré libre, fundaré un nuevo teatro, y entonces... -entonces... - -Y en su mirada brillaba la esperanza, como si viese ya realizados los -ensueños con que embellecía la lobreguez de su antro, mientras rodaba -jadeante como una bestia el enorme cono de piedra. - -Sonó ruido en el interior de la casa, y antes de que pudieran verle -los hijos de su amo, Plauto corrió á uncirse de nuevo á la barra de -la muela, mientras el griego salía de la tahona, asombrado por el -encuentro. - -¿Qué pueblo era aquel que convertía al deudor en esclavo y hacía de los -poetas bestias de carga?... - -El griego devoró su pan, paseando por el Foro. Aguardaba la hora de -reunión del Senado, y para emplear su tiempo, subió á la cumbre del -Palatino, el terreno sagrado donde estaba la cuna de Roma. Allí vió el -antro lupercal, en cuyo fondo fueron amamantados por la loba, Rómulo -y Remo. En la entrada de la angosta cueva extendía sus añosas ramas, -desnudas por el invierno, la higuera Rumeal, árbol famoso á cuya sombra -habían jugueteado los dos gemelos, fundadores de la ciudad. Junto al -árbol, sobre un pedestal de granito, elevábase la loba, de bronce -obscuro y lustroso, obra de un artista etrusco, con las espantables -fauces entreabiertas y el vientre erizado por una doble fila de ubres, -á las cuales se agarraban, arrastrándose, dos niños desnudos. - -Acteón contempló desde esta altura la inmensa ciudad, como un oleaje de -tejados entre las siete colinas, invadiendo las alturas y esparciéndose -por las profundas depresiones del terreno. Casi al lado del Palatino -levantábase el Capitolio, la gran fortaleza de Roma, sobre las desnudas -fragosidades de la roca Tarpeya; y el griego pasó de una altura á otra, -para ver de cerca el templo de Júpiter Capitolino, más célebre por su -fama que por su hermosura. - -Dejó á sus espaldas el rudo templo de Marte, que ocupaba el lugar más -alto del Palatino, y siguiendo una vereda entre abruptas rocas, pasó -al Capitolio. Encontró en su camino á los sacerdotes de Júpiter, que -caminaban con hierática rigidez, como si estuvieran ofreciendo siempre -sacrificios á su dios. Vió las vestales arrebujadas en sus amplios -velos blancos, andando con paso varonil. Algunos _milites_ subían al -templo de Marte, con el ancho pecho forrado de fajas superpuestas de -cobre, los desnudos muslos cubiertos por tiras de lana que pendían -del talle, una mano apoyada en el pomo de su corta espada y hablando -con entusiasmo de la próxima campaña de Illiria, sin acordarse de la -situación de sus aliados de Iberia. - -Acteón entró en el sagrado recinto del Capitolio, cercado de obscuras -murallas. Era el antiguo monte _Tarpeyus_, con sus dos cumbres unidas -por una extensa meseta. La parte más alta, que era la septentrional, -estaba ocupada por el _Arx_, ó sea la ciudadela de Roma; en la -meridional estaba el templo de Júpiter Capitolino, rodeado de robustas -columnas. - -El griego entró en la ciudadela, famosa por su resistencia cuando la -invasión de los galos. Al borde de una balsa, ante los templos que se -aglomeraban en el fuerte recinto, vió las aves sagradas; los gansos -que, con sus graznidos en medio del silencio de la noche, habían -librado á Roma de la sorpresa de los invasores. Después atravesó toda -la meseta baja que parecía dividir en dos partes la colina, y se -aproximó al gran Fano de Roma. - -Una escalinata de cien gradas conducía al templo, construído en tiempos -del último Tarquino en honor de las tres divinidades de Roma, Júpiter, -Juno y Minerva. Constaba el edificio de tres _cellæ_ ó santuarios -paralelos con las tres puertas abiertas bajo el mismo frontón. El de -en medio era el de Júpiter, y los de los lados pertenecían á las dos -diosas. Una triple fila de columnas sostenían el frontón, en cuyos -ángulos se encabritaban algunos caballos de piedra de grosera labor. -Dos filas de columnas corrían por los lados del templo, formando un -pórtico, á cuya sombra paseaban los romanos más viejos hablando de los -asuntos de la ciudad. - -El templo había sido construído por artistas llamados de la Etruria; -y bajo las columnas veíanse estatuas traídas de las expediciones -á Sicilia y de las diversas guerras sostenidas por Roma. Aquel -pueblo rudo era incapaz de crear artistas, pero tenía soldados para -proporcionarse el arte por medio de la guerra y la rapiña. - -El ateniense entró en el santuario de en medio, perteneciente á -Júpiter, y vió la imagen del dios en barro cocido, con una lanza -dorada en la diestra. Ante él humeaba continuamente el altar de los -sacrificios. Al salir del templo, miró el _gnomon_ ó reloj de sol, que -en aquella altura marcaba la hora á toda Roma. - -Ya era tiempo de bajar al _Senaculum_, antiguo edificio al pie de la -colina Tarpeya, entre el Capitolio y el Foro, que muchos años después -se convirtió en templo de la Concordia. Al llegar á las gradas que -daban acceso á él, encontró Acteón á los dos legados enviados por -Sagunto antes de comenzar el sitio; dos viejos agricultores que por -primera vez habían abandonado sus casas, y se mostraban abrumados -por los largos meses de permanencia en Roma, con sus visitas que no -terminaban nunca, y las entrevistas y súplicas sin resultado. Aturdidos -los dos saguntinos, impotentes ante una ciudad que nunca respondía -definitivamente á sus palabras, seguían como autómatas al desenvuelto -griego, que entraba en todas partes como en casa propia, y hablaba -distintos idiomas, cual si el mundo entero fuese su patria. - -Iban llegando los senadores. Unos venían de sus negocios de la ciudad, -y se presentaban vistiendo la toga blanca con franja de púrpura, -seguidos de sus clientes, que volvían la vista á todos lados como -para atraer la atención pública sobre su majestuoso protector. Otros -llegaban del campo, detenían su carro ante las gradas del _Senaculum_, -y entregando las riendas á los esclavos subían al templo con la toga -arrollada sobre el brazo, vistiendo el corto sayo de lana burda de los -agricultores y esparciendo en torno de ellos el hedor de sus establos -y cosechas. Eran hombres maduros, que mostraban en la dureza de los -recios músculos los esfuerzos de su vida, en continua lucha con la -tierra y los enemigos: ancianos de luenga barba y rostro apergaminado -que, trémulos por la vejez, revelaban aún en la mirada la seguridad que -tenían en sus perdidas fuerzas. La muchedumbre del Foro, corriéndose -hacia las gradas del _Senaculum_, les contemplaba con admiración y -respeto. Eran los padres de la República: la cabeza de Roma. - -Los legados de Sagunto subieron la escalinata del templo. Bajo las -columnas que sostenían el frontón, amontonábanse un sinnúmero de -despojos de las últimas guerras, depositados por los vencedores al -desfilar en el Foro, entre la multitud que les saludaba agitando ramas -de laurel. Acteón vió escudos atravesados por el hierro, espadas -enmohecidas por la sangre, carros de guerra con el timón roto y las -doradas ruedas sucias del barro de las batallas. Eran los despojos de -la guerra de los Samnitas. Más allá, alineados á lo largo del muro, una -fila de espantosos enanos de madera teñidos de rojo y azul, arrancados -de las proas de las naves cartaginesas después de la gran victoria de -las islas Egatas: las barras de hierro que cerraban las puertas de -muchas ciudades conquistadas por los romanos; los estandartes de oro -con fantásticos animales que guiaban á las tropas de Pirro; los enormes -colmillos de los elefantes que este descendiente de Aquiles había hecho -marchar contra las legiones de Roma; los cascos con cuernos ó alas de -águila de los ligurios; los dardos de las tribus de los Alpes; y al -lado de la puerta, como un trofeo de honor, la armadura del glorioso -Camilo, paseada por la ciudad en triunfo después que el gran romano -arrojó á los galos del Capitolio. Á lo largo de los muros, como extraño -adorno, pendía un extenso harapo negruzco y apergaminado. Era la piel -de la gran serpiente que durante un día entero había hecho retroceder -á todo el ejército de Atilio Régulo, cuando éste, en su expedición -al África, marchaba á la conquista de Cartago. El horrible monstruo, -insensible á las flechas, devoró muchos soldados, hasta que cayó -aplastado bajo una lluvia de piedras, enviando Régulo á Roma la piel -del reptil como testimonio de la aventura. - -Los enviados de Sagunto esperaron un buen rato, hasta que un centurión -les hizo entrar en el _Senaculum_. - -El griego, al pasear su mirada por el hemiciclo, quedó turbado ante -la majestad de aquella asamblea. Recordaba la entrada de los galos en -Roma; el asombro de los bárbaros ante aquellos ancianos, firmes en -sus sillas de mármol, envueltos como fantasmas en los nítidos velos -que sólo dejaban al descubierto la barba de plata, y empuñando el -cetro de marfil con la majestad divina que parecía brillar en sus -ojos inmóviles. Sólo los bárbaros, ebrios de sangre, podían osar el -exterminio de una ancianidad tan imponente. - -Eran más de doscientos. Entre ellos quedaban espacios libres, los -asientos de los senadores que no habían podido asistir; y sobre el -blanco graderío extendíanse las blancas togas como una nevada nueva -sobre un suelo ya helado. Tras ellos elevábase una fila de columnas en -semicírculo, sosteniendo la cúpula, por la que se filtraba una claridad -crepuscular que parecía favorecer la meditación y el recogimiento. -Una balaustrada baja de piedra, cerraba el hemiciclo, y al otro lado -de ella se agolpaban los ciudadanos importantes que no tenían la -investidura de senador. En el centro, la barrera estaba cortada por -un pedestal cuadrado, sosteniendo la loba de bronce con los gemelos -agarrados á sus pechos, y en la base, en grandes letras, el lema de -la suprema autoridad de Roma: S. P. Q. R. Un trípode sostenía un -braserillo ante el pedestal, y sobre los tizones ondeaba una nube azul -de incienso. - -Los tres legados se sentaron en sillas de mármol, junto á la imagen de -la loba, ante la triple fila de hombres blancos é inmóviles. - -Algunos apoyaban la barba en la mano, como para oir mejor. - -Podían hablar: el Senado les escuchaba. Y Acteón, impulsado por las -miradas suplicantes de sus dos compañeros, se levantó. En su ánimo no -duraban mucho las impresiones; se había amortiguado ya la emoción que -le produjo en el primer instante la majestad de la Asamblea. - -Habló con lentitud, preocupado como buen griego, de no incurrir en -faltas de estilo al expresarse en aquella lengua ruda, y procurando dar -á sus palabras la emoción que quería infundir á los representantes de -Roma. Describió la desesperada resistencia de Sagunto y su confianza -en los auxilios de la República; aquella fe ciega que la había hecho -arrojarse fuera de las murallas y vencer al enemigo al solo anuncio de -que se presentaba en el horizonte la flota romana. Cuando él salió de -la ciudad aún tenían víveres para subsistir y alientos para defenderse. -Pero iba transcurrido mucho tiempo desde entonces: cerca de dos meses. -El mensajero había tenido que hacer su camino al través de aventuras -y peligros, unas veces por mar, aprovechando los itinerarios de las -naves comerciales, otras á pie por las costas; y en aquel momento la -situación de la ciudad debía ser desesperada. Caería Sagunto si no -acudían en su socorro: ¡y qué responsabilidad para Roma si abandonaba á -su protegida después de atraerse ésta la cólera de Hanníbal por querer -ser romana! ¡Cómo habrían de fiarse los demás pueblos de la amistad de -Roma conociendo el triste fin de Sagunto!... - -Calló el griego, y el silencio penoso en que quedó el Senado revelaba -la profunda impresión de sus palabras. - -Entonces, Lentulus, un viejo senador, se levantó para hablar. En medio -del silencio, su aguda voz de anciano habló del origen de Sagunto, que -si era griega por los mercaderes de Zazintho, que en ella establecieron -sus factorías, era también italiana por los rótulos de Ardea que en -remotos tiempos habían ido allá á fundar una colonia. Además, Sagunto -era la amiga de Roma. Para serle más fiel había decapitado á algunos -de sus ciudadanos que trabajaban por Cartago... ¿Qué audacia era la de -aquel jovenzuelo, hijo de Hamílcar, que olvidando los tratados de Roma -con Hasdrúbal osaba levantar la espada sobre una ciudad amiga de los -romanos? Si Roma miraba con indiferencia este atentado, el cachorro de -Hamílcar crecería en audacia, pues la juventud no tiene freno cuando -ve que el éxito corona sus imprudencias. Además, la gran ciudad no -podía tolerar tal atrevimiento. Fuera, en la puerta del _Senaculum_, -estaban los gloriosos despojos de las guerras como demostración de que -el que se levantaba contra Roma caía vencido á sus pies. Había que ser -inexorables con el enemigo y fieles con el aliado: había que llevar la -guerra á Iberia para destruir al audaz que desafiaba á Roma. - -Y toda la cólera de la ciudad sombría, belicosa y dura, hablaba por la -boca de aquel anciano que avanzaba el rígido brazo por encima de las -cabezas de sus compañeros, amenazando al invisible enemigo. El vigoroso -soldado de las antiguas guerras contra los Samnitas y contra Pirro -despertaba en el viejo débil, estremeciendo sus músculos y haciendo -llamear sus ojos. - -Los dos compañeros de Acteón, que no comprendían la lengua latina, -adivinaban, sin embargo, las palabras de Lentulus, y se sentían -emocionados por los elogios á la abnegación de su ciudad. Sus ojos se -empañaban con las lágrimas, sus manos rasgaban los mantos obscuros en -que iban envueltos como lúgubres mensajeros, y arrojándose á tierra -con la vehemencia de los antiguos para expresar el dolor, agitábanse -convulsos, gritando á los senadores: - ---¡Salvadnos! ¡salvadnos! - -La desesperación de los dos ancianos y la actitud digna del griego que, -ceñudo y silencioso, parecía la personificación de Sagunto esperando -el cumplimiento de la promesa, conmovieron al Senado y á la masa que -se agolpaba en el balaustre de la loba. Todos se agitaban, cambiando -palabras de indignación. Bajo la cúpula del _Senaculum_ resonaba el -zumbido del desorden, el eco de mil voces confundidas. Querían declarar -la guerra á Cartago inmediatamente, llamar las legiones, reunir las -naves, embarcar la expedición en el puerto de Ostia y lanzarla contra -el campamento de Hanníbal. - -Un senador reclamó silencio para hablar. Era Fabio; uno de los -patricios más famosos de Roma, el descendiente de aquellos trescientos -héroes de su mismo nombre que habían muerto en un día peleando por -Roma en las riberas de Cremera. La prudencia hablaba por su boca; sus -consejos eran seguidos siempre como los más sanos: por esto el Senado -recobró su calma apenas le vió de pie. - -Con reposada palabra, después de lamentar la situación de la ciudad -aliada, dijo que no se sabía si era Cartago la que había roto las -hostilidades contra Sagunto, ó si Hanníbal por su propia cuenta. Una -guerra en Iberia resultaba asunto grave para Roma, ahora que iba á -emprender una lucha más próxima con el rebelde Demetrio de Faros. Lo -oportuno era enviar una embajada á Hanníbal en su campamento, y si -el africano se negaba á levantar el sitio, que pasase á Cartago para -preguntar á sus gobernantes si aceptaban la conducta del caudillo y -exigir que éste fuera entregado á Roma en castigo de su osadía. - -La solución pareció agradar al Senado. Los mismos que antes se -mostraban belicosos é intransigentes, inclinaban la cabeza como -aprobando las palabras de Fabio. El recuerdo de la insurrección de -Illiria, hacía prudentes á los más exaltados. Pensaban en el enemigo -que se alzaba casi junto á ellos, al otro lado del Adriático, y que -podía intentar con sus flotas dedicadas á la piratería la invasión -del territorio latino. Su egoísmo les hacía mirar esta empresa como -anterior á todo juramento; y para engañarse, ocultando su propia -debilidad, exageraban la importancia de la embajada al campo de -Hanníbal, afirmando que el africano levantaría el sitio y pediría -perdón á Roma apenas viese aparecer á los legados del Senado. - -Acteón acogía este cambio de la asamblea con visibles muestras de -impaciencia. - ---Conozco mucho á Hanníbal --gritó--. No os obedecerá; hará burla de -vosotros. Si no enviáis un ejército, es inútil el viaje de vuestros -legados. - -Pero los senadores, con el ansia de ocultar la debilidad á que les -impulsaba su egoísmo, protestaron ruidosamente de las palabras de -Acteón. ¿Quién hablaba de burlarse de la República romana? ¿Quién -suponía que Hanníbal había de despreciar á los enviados del Senado?... -Podía callar aquel extranjero, que ni siquiera era hijo de la ciudad en -cuyo nombre hablaba. - -Acteón bajó la cabeza. Luego murmuró dirigiéndose á sus dos viejos -compañeros, que no comprendían la resolución del Senado: - ---Nuestra ciudad está perdida. Roma teme declarar la guerra á Hanníbal -y retrasa el rompimiento. Cuando quieran socorrernos, Sagunto no -existirá. - -Los tres legados saguntinos recibieron la orden de salir. Los -senadores iban á designar los dos patricios que marcharían como -enviados de Roma. - -Al abandonar el _Senaculum_, el más viejo de los senadores se dirigió á -Acteón. - ---Dí á tus compañeros que se preparen á partir. Mañana al anochecer os -embarcaréis con los legados del Senado en el puerto de Ostia. - - - - -IX - -La ciudad hambrienta - - -Más de quince días llevaba de viaje la trirreme de los representantes -de Roma. - -Había remontado las costas del mar Tirreno, cruzando después el mar -de Liguria, de costas abruptas, y pasado ante Marsella, la próspera -colonia griega, aliada también de Roma. Después, atravesando audazmente -el gran golfo, había puesto su proa hacia Emporión y seguido á lo largo -las costas de Iberia. - -Los legados de Roma eran el patricio Valerio Flaco, uno de los que con -palabras de prudencia quería mantener la paz, y Bebio Tamfilo, que -gozaba del amor de la plebe romana, á causa del interés con que miraba -sus miserias. - -Acteón mostrábase impaciente por llegar á Sagunto. Quería hablar á -sus amigos, evitar el sacrificio inútil de la ciudad, describirles -el estado de ánimo de Roma, para que no persistieran en una defensa -inútil. Siete meses llevaba Sagunto de empeñada resistencia. Aún no -había comenzado el otoño cuando el ejército de Hanníbal se presentó -ante la ciudad; y ahora finalizaba el invierno. - -El griego pensaba con tristeza en las gratas ilusiones que había -acariciado cuando se dirigía á Roma al través de peligros y aventuras. -Creía que su presencia en la gran ciudad, el relato de las penalidades -del pueblo aliado y fiel, indignaría á los romanos, levantando en masa -las legiones; y volvía sin soldados, en una nave donde todos, fingiendo -gran interés por Sagunto, no se conmovían gran cosa por sus desgracias; -sin otro auxilio, que las sonoras é imponentes palabras de los legados -y la loba de bronce en lo alto de un palo, como emblema de la majestad -de la embajada. - -¿Qué diría la muchedumbre entusiasta y crédula que peleaba en las -murallas, cubriendo la brecha con sus pechos, y que para cobrar -nuevos ánimos le bastaba suponer la llegada de los romanos? Cambiando -el pensamiento hacia sus afectos, se preguntaba qué habría sido de -Sónnica, tan animosa, dejándole partir para que salvase á la ciudad; -cómo viviría ella, acostumbrada á la suntuosidad de una existencia -muelle y dulce, en medio de las miserias y los horrores de aquel asedio -que por su duración debía haber consumido los víveres de la ciudad y la -energía de sus defensores. - -La nave dejó atrás la embocadura del Ebro, y luchando con vientos -contrarios, avistó una mañana la Acrópolis de Sagunto. De la alta -torre de Hércules se elevó una gran humareda. Habían reconocido la -embarcación, por el velamen á cuadros que usaban los barcos de guerra -de Roma. - -Estaba el sol en el cenit cuando la nave, con la vela amainada y á -impulsos de la triple fila de remos, fué á entrar en el canal que -conducía al puerto de Sagunto. Tierra adentro, por encima de los -cañaverales que cubrían las marismas, veíanse los mástiles de algunas -naves cartaginesas, ancladas en el triple puerto. - -Los tripulantes de la nave romana vieron llegar á escape, por la playa, -grandes grupos de jinetes. Eran escuadrones de númidas y mauritanos, -agitando sus lanzas y dando alaridos como cuando cargaban en las -batallas. - -Un jinete, con armadura de bronce y la cabeza descubierta, les había -gritado para que se detuvieran. Avanzando solo, metió su caballo en el -canal, aproximándose á la nave, hasta que las aguas llegaron al vientre -de la bestia. - -Acteón le reconoció: - ---Ése es Hanníbal --dijo á los dos legados que estaban junto á él en la -popa de la nave, contemplando con asombro el aparato belicoso con que -les recibían antes de echar el ancla en el puerto de Sagunto. - -Iban presentándose nuevos escuadrones, como si la noticia de la llegada -de la nave hubiese puesto en alarma al campamento, agolpando todas las -tropas en el puerto. Tras los grupos de jinetes llegaban á todo correr -los fieros celtíberos, los honderos baleares, todos los peones de -diversas razas que figuraban en el ejército sitiador. - -Hanníbal, aun á riesgo de ahogarse, metía su caballo en las aguas del -canal para que le oyesen mejor desde la nave y extendió su mano con -tal imperio, ordenando que se detuviera, que á los pocos instantes los -remos cayeron inmóviles á lo largo del casco. - ---¿Quién sois? ¿Qué queréis? --preguntó en griego. - -Acteón servía de intérprete entre los romanos y el caudillo cartaginés. - ---Son los legados de Roma que vienen á verte en nombre de la República. - ---¿Quién eres tú, que me hablas, y cuya voz creo conocer? - -Miró largo rato, poniéndose una mano sobre los ojos, y al fin reconoció -al griego. - ---¿Eres tú, Acteón?... ¡Siempre tú, ateniense inquieto! Te creía dentro -de la ciudad, y has logrado salir para traerme sin duda á esos hombres. -Pues bien: diles que es tarde; ¿para qué hablar? Un caudillo que sitia -á una ciudad, sólo admite embajadores cuando está dentro de ella. - -El griego repetía á los romanos las palabras de Hanníbal, traduciendo -sus respuestas. - ---Escucha, africano --dijo Acteón á Hanníbal--. Los enviados de Roma -te recuerdan la amistad que tienen contraída con Sagunto. En nombre -del Senado y del pueblo romano, te intiman á que levantes el sitio y -respetes á la ciudad. - ---Diles que Sagunto me ha ofendido y que ella fué la primera en -declarar la guerra sacrificando á mis amigos y negándose á respetar á -mis aliados los turdetanos. - ---No es verdad, Hanníbal. - ---Griego: repite á los romanos lo que te digo. - ---Los legados quieren bajar á tierra. Han de hablarte en nombre de Roma. - ---Es inútil: no me harán desistir de mi empeño. Además, el sitio -dura mucho, las tropas están excitadas y no es lugar seguro para los -embajadores de Roma un campamento como el mío, compuesto de gentes -feroces de diversos países, que sólo obedecen cuando están en mi -presencia. Hace pocas horas hemos sostenido un combate, y aún dura en -ellos la excitación. - -Volvió al decir esto su cabeza hacia las tropas, y éstas, como si -tomasen el movimiento cual una orden ó adivinasen tal vez en los ojos -del caudillo sus ocultos designios, comenzaron á agitarse, avanzando -hacia el canal como si fueran á marchar á nado contra la nave. Los -jinetes tremolaban sus lanzas, tintas aún en la sangre del reciente -combate; elevaban sus escudos, en los cuales los africanos más salvajes -habían colocado como trofeos las cabelleras de algunos saguntinos -muertos en la última salida. Los baleares enseñaban sus dientes con -estúpida sonrisa, y sacando del zurrón las balas de arcilla, comenzaron -á disparar con la honda contra la nave romana. - ---¿Lo veis? --gritaba con satisfacción Hanníbal--. Es imposible que -reciba en mi campo á los legados. Es tarde para hablar: sólo resta que -Sagunto se entregue como castigo á sus faltas. - -Los legados, despreciando los proyectiles de las hondas, se apoyaban en -la borda de la nave, y avanzaban el busto cubierto por la toga, con una -arrogancia que parecía desafiar á los salvajes guerreros. - -La indignación que les causaba verse acogidos con tanto desprecio, -hacía palidecer sus mejillas. - ---Africano --gritó uno de los legados en latín, sin darse cuenta de -que Hanníbal no podía comprenderle--. Ya que no quieres recibir á los -enviados de Roma, vamos á Cartago á pedir que nos entreguen tu persona -por faltar á los tratados de Hasdrúbal. Roma te castigará cuando seas -nuestro prisionero. - ---¿Qué dice? ¿Qué dice? --rugió Hanníbal, furioso por aquellas palabras -incomprensibles en las que adivinaba una amenaza. - -Al explicárselas Acteón, el caudillo lanzó una carcajada de desprecio. - ---¡Id, romanos! --gritó-- ¡id allá! Los ricos me odian y su deseo sería -aceptar vuestra petición entregándome á los enemigos: pero el pueblo me -ama y no hay en Cartago quien se atreva á venir al seno de mi ejército -para hacerme prisionero. - -Llovían las flechas en torno de la nave; algunas balas de arcilla -rebotaban en sus costados, y el piloto romano dió la orden de -retroceder. Moviéronse los remos, y la nave comenzó á virar lentamente -para alejarse del canal. - ---¿Pero vamos á Cartago? --preguntó el griego. - ---Sí; en Cartago nos oirán mejor --contestó uno de los legados--. -Después de lo ocurrido, ó el Senado de allá nos entrega á Hanníbal ó -Roma declara la guerra á Cartago. - ---Id vosotros, romanos. Mi deber está aquí. - -Y antes de que pudieran evitarlo los dos senadores y los legados de -Sagunto que habían contemplado con asombro la anterior escena, el -ateniense pasó una pierna sobre la borda y se arrojó de cabeza en la -entrada del canal. Buceó un buen rato en las aguas profundas y salió á -flote cerca de la orilla, á la que corrieron infantes y jinetes para -hacerle prisionero. - -Antes de pisar tierra firme, Acteón se vió rodeado por unos cuantos -honderos que se metieron en el agua hasta la cintura para apoderarse -de sus ropas sin partirlas con los camaradas. En un instante le -arrebataron su espada celtíbera, la bolsa que pendía del cinto y una -cadena de oro que guardaba en el pecho como recuerdo de Sónnica. Iban -también á quitarle su túnica de viaje, dejándolo desnudo, y comenzaba á -recibir golpes de aquella gente bárbara y cruel, cuando llegó Hanníbal, -reconociéndolo. - ---¡Has preferido quedarte! Lo celebro. Después de haberme causado tanto -daño desde los muros de Sagunto, te arrepientes y vienes conmigo. -Debía abandonarte en manos de estos bárbaros que te harían pedazos; -debía crucificarte fuera de mi campamento para que te viese desde las -murallas esa griega que amas: pero recuerdo la promesa que te hice un -día y la cumplo acogiéndote como amigo. - -Ordenó á uno de sus oficiales que cubriese las mojadas vestiduras del -griego con un _endromis_, manto militar con capucha de largo pelo que -usaban los soldados en invierno sobre su armadura. Después le hizo -montar en el caballo de un númida. - -Emprendieron la marcha hacia el campamento. Las tropas que habían -corrido á la entrada del puerto se replegaban lentamente, mientras la -nave se alejaba mar adentro, extendiendo de nuevo su velamen. En lo -alto de la Acrópolis se había extinguido la humareda: sólo flotaban -algunas nubecillas tenues. Adivinábase de lejos el desaliento producido -en la ciudad por la inesperada fuga de la nave romana. Con ella parecía -alejarse la última esperanza de los sitiados. - -Las tropas de Hanníbal, al retirarse, comentaban la escena en la -entrada del puerto entre su caudillo y los enviados de Roma. No -comprendían las palabras que se habían cruzado; pero el acento enérgico -del romano al hablar á Hanníbal, les parecía á todos ellos una amenaza. -Algunos, queriendo hacer creer que habían comprendido al embajador, -repetían un discurso imaginario, en el cual se amenazaba en nombre de -Roma con pasar á cuchillo á todo el ejército y hacer morir á Hanníbal -en una cruz. Repetían estas amenazas, aumentándolas cada cual con -invenciones propias; y cuando las tropas se encontraban con otros -destacamentos en el camino de la Sierpe ó en distintos puntos del -valle, todos afirmaban haber visto las cadenas que enseñaban desde el -buque los legados romanos para llevarse prisionero á Hanníbal, y un -rugido de furor partía del ejército. - -Hanníbal admiraba satisfecho la marea de indignación que rugía en -torno de él. Los soldados, saliendo á su paso, le aclamaban con mayor -entusiasmo; oía en todas las lenguas voces de muerte contra Roma, -llamamientos al caudillo para que diese el último asalto á la ciudad, -apoderándose de ella antes que los embajadores llegasen á Cartago, -fraguando la ruina del joven héroe. - ---Guárdate, Hanníbal --dijo un viejo celtíbero plantándose ante su -corcel--. Tus enemigos de Cartago, los de Hanón, se unirán á Roma para -perderte. - ---El pueblo me ama --dijo el caudillo con arrogancia--. Antes que el -Senado cartaginés escuche á los romanos, Sagunto será nuestra y los -cartagineses aclamarán nuestro triunfo. - -Acteón contemplaba con tristeza el aspecto desolado del paisaje, antes -tan risueño y fértil. En el puerto no había otras embarcaciones que -algunas naves de guerra de Cartago-Nova. La marinería dormía en el -Fano de Afrodita después de apoderarse de lo mejor del templo. Los -almacenes del puerto habían sido robados y destruídos; los muelles -estaban cubiertos de inmundicias. En el campo no se encontraban ni los -rastros de las antiguas quintas. La ferocidad de las tribus bárbaras -llegadas del interior, su odio á los griegos de la costa, les habían -impulsado hasta á arrancar los pavimentos multicolores, esparciendo sus -piezas. Todo el valle era una inmensa y desolada llanura. No quedaba -un árbol en pie. Para combatir el frío del invierno, habían arrancado -los bosques de higueras, las dilatadas plantaciones de olivos, las -cepas de los viñedos, destruyendo hasta las casas para calentarse con -las maderas de las techumbres. Sólo quedaban en pie muros en ruinas -y matorrales bajos. Una vegetación parásita que crecía rápidamente, -fecundada por cadáveres de hombres y bestias, extendíase por todo el -valle, borrando los antiguos caminos, escalando las ruinas y cubriendo -los riachuelos que, con los cauces rotos, esparcían sus aguas, hasta -convertir en charcas los campos hondos. - -Era la obra de devastación de un ejército continuamente engrosado, -compuesto de ciento ochenta mil hombres y muchos millares de caballos. -Habían devorado en poco tiempo el agro saguntino. Los soldados, -después de destrozar todo lo que no era de uso inmediato, extendían su -rapacidad á las zonas cercanas, esparciendo cada vez más el radio de la -destrucción conforme se prolongaba el sitio. - -Los víveres venían ya de muchas jornadas de distancia; los enviaban las -remotas tribus á cambio de la esperanza de botín que sabía infundirles -Hanníbal, hablando de las riquezas de Sagunto. Los elefantes habían -sido enviados algunos meses antes á Cartago-Nova por no ser de utilidad -en el asedio y resultar difícil su mantenimiento en la asolada campiña. - -Sobre el agro aleteaban los cuervos en ondulantes fajas negras. -De entre los matorrales surgía el hedor de los caballos y mulos -pudriéndose abandonados. Al borde de los caminos, con los miembros -sujetos al suelo por pedruscos, veíanse los cuerpos de los bárbaros -muertos á consecuencia de las heridas y que sus compatriotas, con -arreglo á las costumbres de raza, dejaban abandonados á las aves de -rapiña. La inmensa aglomeración había infestado el ambiente del valle. -Vivían al aire libre, y, sin embargo, la suciedad del hacinamiento y el -hálito de la muerte, parecían esparcir entre las montañas y el mar una -atmósfera de mazmorra repleta de carne enferma. - -Acteón, que viniendo de lejos percibía esta hediondez del campamento, -pensaba con tristeza en los sitiados. Mirando hacia la ciudad, creía -adivinar los horrores que ocultaban aquellas murallas rojizas, después -de una resistencia de siete meses. - -Aproximábanse al campamento. El griego vió que esta aglomeración -militar había tomado el aspecto de una ciudad permanente. Quedaban -muy pocas tiendas de lienzo y de pieles. El invierno, que ya tocaba á -su fin, había obligado á los sitiadores á construir chozas de piedras -con techos de ramaje; casas de madera que parecían torres y servían de -apoyo á los baluartes que circunvalaban el campamento. - -Hanníbal, como si adivinase los pensamientos del griego, sonreía -fieramente contemplando la obra de destrucción realizada por su -ejército en torno de la ciudad. - ---Encuentras muy cambiado todo esto, ¿verdad, Acteón? - ---Veo que tus tropas no han descansado mientras te alejaste para -castigar á los rebeldes de la Celtiberia. - ---Marbahal, el jefe de mi caballería, es un excelente auxiliar. -Cuando volví me enseñó dos muros de Sagunto destruídos y una parte -de la ciudad en nuestro poder. ¿Ves aquella altura cerca de la -Acrópolis, dentro del recinto amurallado?... Pues es nuestra. Las -catapultas que desde aquí se distinguen, disparan sobre Sagunto, -que ha quedado reducida á una mitad de sus antiguos límites. ¡Y aún -sueñan en defenderse! ¡Aún esperan auxilios de Roma!... Testarudos. -Han construído por tercera vez una línea de murallas, y así se van -estrechando y defendiendo hasta que sólo les quede el Foro, donde -acuchillaré á los que sobrevivan... ¡Oh, ciudad orgullosa é indomable! -Yo te haré mi esclava. - -El africano cambió de conversación, fijándose en su antiguo compañero. - ---Al fin has visto claro y vienes conmigo. ¿Vas á seguirme con -entusiasmo? ¿Vendrás tras de mí en esa serie de empresas de las que te -hablé un día, al amanecer, en este mismo campo?... Tal vez seas rey por -haber seguido á Hanníbal como Ptolomeo lo fué por Alejandro. ¿Estás -resuelto?... - -Acteón se detuvo un momento antes de contestar, y en sus ojos leyó -Hanníbal la indecisión, el deseo de engañarle. - ---No mientas, griego: la mentira es para el enemigo ó para conservar la -existencia. Yo soy tu amigo y he prometido respetar tu vida. ¿Es que no -quieres seguirme? - ---Pues bien; no --dijo con resolución el griego--. Mi deseo es volver -á la ciudad, y si realmente guardas algún afecto al compañero de tu -infancia, déjame partir. - ---¡Pero vas á perecer ahí dentro!... No esperes misericordia si -entramos á viva fuerza por la brecha. - ---Moriré --dijo con sencillez el ateniense--. Pero ahí dentro hay -hombres que me acogieron como compatriota cuando yo erraba hambriento -por el mundo; hay una mujer que me amparó viéndome miserable, y me dió -su amor y sus riquezas. Ellos me enviaron á Roma para que les trajese -una palabra de esperanza, y yo debo volver aunque sea para infundirles -la tristeza y el dolor. ¿Qué te importa dejarme libre?... Mañana tal -vez podrás matarme. Dentro de Sagunto seré una boca más, y en ella -debe reinar el hambre. Tal vez al decir yo la verdad, al verme que -vuelvo sin auxilio alguno, decaigan sus ánimos y te entreguen la plaza. -Déjame pasar, Hanníbal: con esto, tal vez sin querer, ayudo tus planes. - -Hanníbal le miraba con asombro. - ---¡Loco! Nunca creí que un ateniense fuese capaz de tal sacrificio. -¡Vosotros tan ligeros, tan dados á la mentira, tan falsos para -satisfacer vuestro egoísmo!... Eres el primer griego que veo fiel á la -ciudad que le prohijó. Cartago tuvo peor suerte con los mercenarios de -tu país... Es imposible hacer nada de tí; eres un hombre incompleto: -te domina el amor: no te satisfaces como yo con la hembra que ronda -en torno del campamento, ó que se toma al asaltar una ciudad para -regalarla después á la soldadesca. Te ligas á la mujer, eres su esclavo -y buscas morir sin gloria, en un rincón obscuro del mundo, como soldado -al servicio de unos cuantos mercaderes, sólo por volver á verla. -Aléjate, loco: vete, te dejo en libertad... Nada quiero saber de tí. -He deseado hacerte héroe, y me respondes como un esclavo. Marcha á -Sagunto, pero sabe que la protección de Hanníbal te abandona desde este -momento. Si caes en mis manos dentro de la ciudad, serás mi prisionero; -jamás mi amigo. - -Hanníbal, golpeando con los talones los hijares de su corcel, se metió -en el campamento, volviendo altaneramente la espalda al griego. Éste -vió llegar al poco rato un joven cartaginés, que, sin decir una palabra -ni mirarlo siquiera, cogió las riendas de su caballo y comenzó á -caminar hacia Sagunto. - -Al llegar á los puntos avanzados del ejército sitiador, decía el -cartaginés una palabra y Acteón pasaba adelante entre las miradas -hostiles de los soldados, que conocían la escena del puerto y bramaban -de coraje al pensar en las cadenas que los legados de Roma habían -tenido la insolencia de enseñar á su caudillo. Aquel griego que -iba á entrar en la ciudad sitiada, debía ser un acompañante de los -legados; y muchos pusieron una flecha en el arco para disparar contra -él, deteniéndose únicamente ante la fría y altanera mirada del joven -cartaginés que hablaba en nombre de Hanníbal. - -Llegaron á las ruinas del primer recinto amurallado. Al abrigo de ellas -estaban las avanzadas del ejército sitiador. Allí echó pie á tierra -el griego, y arrancando de un matorral una rama espinosa, avanzó, -llevándola en alto como señal de paz. - -Encontró enfrente aquella muralla que bajo su dirección había sido -elevada en una noche para contener al invasor. Sobre ella sólo se -veían los cascos de unos cuantos defensores. El sitiador dirigía todos -sus ataques por la parte alta. El lado de la ciudad donde se habían -desarrollado los primeros combates, estaba casi abandonado. - -Los guardianes de la muralla reconocieron á Acteón, con grandes -exclamaciones de sorpresa y alegría, y le arrojaron una cuerda de -esparto para ayudarle á subir por las asperezas del muro, hasta -que pudo introducirse por una brecha de la cresta. Todos rodearon -con ansiedad al griego. Este creyó ver en torno de él un grupo de -espectros. Sus cuerpos parecían próximos á escaparse de las amplias -armaduras; los rostros amarillentos, tristes, apergaminados, se -ocultaban bajo la visera de los cascos; y las manos descarnadas y con -la piel rugosa, apenas si podían sostener las armas. Un fulgor extraño -y amarillento brillaba en sus ojos. - -Acteón se defendía con bondad de las incesantes preguntas. Ya hablaría -oportunamente: debía antes dar cuenta de su misión á los ancianos del -Senado. Un poco de calma: antes de cerrar la noche lo sabrían todo. -Y lleno de conmiseración ante la miseria de aquellos héroes, mentía -misericordiosamente, asegurando que Roma no olvidaba á Sagunto y que él -era la avanzada de las legiones que enviaban los aliados. - -De las casas inmediatas, de las callejuelas vecinas al muro, salían -hombres y mujeres, atraídos por la noticia de la llegada del griego. -Le rodeaban, le preguntaban; todos querían ser los primeros en recibir -noticias, para esparcirlas por la ciudad; y Acteón, defendiéndose de -ellos, contemplaba con terror sus caras amarillentas y enjutas, con -la piel terrosa, marcando las aristas salientes del cráneo; los ojos -hundidos en las órbitas negras, brillando con extraño fulgor, como -estrellas moribundas reflejadas en el fondo de un pozo, y los brazos -descarnados, que crujían como cañas al moverse con la nerviosidad de la -emoción. - -Púsose en marcha, escoltado por la multitud; precedido de muchachos -horribles, completamente desnudos, cuya piel parecía romperse con -la presión de las costillas que se marcaban una á una, y la cabeza -enormemente gruesa sobre el cuello descarnado. Andaban trabajosamente -sobre sus piernas, que parecían hilos, balanceándose como si éstas no -pudieran soportar el tronco: algunos, para sufrir menos, se arrastraban -por el suelo, faltos de fuerza para sostenerse. - -Acteón vió en una esquina un cadáver abandonado, con el rostro cubierto -de extrañas moscas que brillaban al sol con reflejos metálicos. Más -allá, en una encrucijada, varias mujeres pugnaban por incorporar á un -joven desnudo que tenía un arco abandonado á sus pies. El griego vió -con horror su vientre hundido, encorvado, como un remolino de pieles -entre los dos huesos de las caderas, que parecían salirse del cuerpo. -Era una momia que aún conservaba una chispa de vida en los ojos y abría -los labios negros y resquebrajados como si quisiera mascar el aire. - -Atravesaba calles enteras sin que nuevas gentes se uniesen á su -comitiva. Muchas casas permanecían con las puertas cerradas, á pesar -del rumor del gentío; y Acteón comparaba esta soledad con la gran -aglomeración de seres en los primeros días del sitio. Perros muertos, -tendidos en el arroyo y tan descarnados como las personas, infectaban -el ambiente. En las encrucijadas veíanse esqueletos de caballos y -mulos, limpios y blancos, sin la más leve piltrafa á que pudieran -agarrarse los repugnantes insectos que zumbaban en aquella atmósfera de -ciudad moribunda. - -El griego, con su rápido instinto de observación, se fijaba en las -armas de los guerreros. Sólo veía corazas de metal: las de cuero habían -desaparecido. Los escudos mostraban al descubierto sus tejidos de -juncos ó de nervios de toro despojados de la envoltura de piel. En una -esquina vió á dos viejos que se peleaban por una piltrafa negruzca y -correosa. Era un pedazo de cuero reblandecido en agua caliente. Muchas -casas de varios pisos habían sido demolidas para llevar sus piedras á -las nuevas murallas, que cortaban los avances del enemigo dentro de la -ciudad. - -El hambre cruel y asoladora lo había barrido todo. Se aprovechaban las -materias más fétidas y repugnantes. Parecía que los sitiadores hubieran -entrado ya en la ciudad arrebatándolo todo; no dejando más que los -edificios en pie para dar testimonio de su rapiña. El hambre y la -muerte estaban entre los sitiados. - -Cerca del Foro, vió el griego que una mujer se abría paso entre la -multitud y le echaba los brazos al cuello, oprimiéndole amorosamente. -Era Sónnica. También las privaciones del sitio habían dejado en ella -profundos rastros. No presentaba el aspecto de extrema miseria de -la multitud; pero estaba más delgada, más pálida, su nariz se había -afilado, sus mejillas parecían transparentar una luz interior, y los -brazos con que le oprimía habían enflaquecido y tenían el ardor de la -fiebre. Una aureola amoratada rodeaba sus ojos, y su túnica, de gran -riqueza, caía con abandono, en innumerables pliegues, á lo largo de su -cuerpo, que al enflaquecer parecía mucho más alto. - ---¡Acteón... amor mío! ¡Creí no verte más! Gracias, gracias, por haber -vuelto. - -Y abarcando su cuello con uno de sus brazos siguió marchando al lado -de él. La multitud miraba á Sónnica con veneración: era la única en la -ciudad que se sacrificaba por los miserables, repartiéndoles todos los -días los últimos víveres de sus almacenes. - -Acteón creyó ver confundido entre la muchedumbre al filósofo Eufobias, -con las vestiduras más rotas que nunca, casi desnudo, pero con un -aspecto de relativo vigor que contrastaba con la famélica miseria -de la muchedumbre. En el Foro le saludaron de lejos con desmayada -expresión, Lacaro y todos los elegantes amigos de Sónnica. Tenían -aspecto de hambrientos; pero ocultaban su palidez bajo el colorete y -toda clase de afeites, y ostentaban sus más ricas vestiduras, como -si quisieran consolarse de las privaciones con la pompa de un lujo -inútil. Los pequeños esclavos que les acompañaban, movían sus miembros -descarnados dentro de las vestiduras bordadas de oro, y mirando sus -pendientes de perlas, bostezaban dolorosamente. - -La multitud se detuvo en el Foro. Los Ancianos se habían reunido en -el templo inmediato á la plaza. Arriba en la Acrópolis era continuo -el combate con los cartagineses que ocupaban una parte de la altura, -y caían con frecuencia gruesas piedras de las catapultas. Algunas de -éstas llegaban hasta el Foro, y muchas casas tenían desfondado el techo -y desmoronadas las paredes por el choque de los enormes proyectiles. - -Acteón entró completamente solo en el templo. El número de los Ancianos -era menor. Unos habían perecido víctimas del hambre y la peste; otros, -con ardor juvenil, habían corrido á las murallas para recibir la -muerte. El prudente Alco parecía gozar gran ascendiente y figuraba á la -cabeza de la asamblea. Los acontecimientos habían justificado aquella -prudencia que le hacía declamar en otros tiempos contra las empresas -belicosas de la ciudad y su afición á las alianzas. - ---Habla, Acteón --dijo Alco--. Dinos la verdad, toda la verdad. Después -de las desgracias que los dioses nos han enviado, estamos dispuestos á -resistirlas aún mayores. - -El griego miró á aquellos ciudadanos que, envueltos en sus mantos y con -altos bastones de reyes, esperaban sus palabras con una ansiedad que -pretendían ocultar tras su majestuosa calma. - -Relató la entrevista con el Senado de Roma, la prudencia de éste, -que le había impulsado á buscar términos conciliadores, la llegada -de los legados ante Sagunto, la extraña manera de recibirlos usada -por Hanníbal, y la marcha de los enviados hacia Cartago para pedir el -castigo del caudillo y la libertad de Sagunto. - -Este relato triste, fué haciendo desaparecer gradualmente la calma de -los Ancianos. Algunos más violentos se ponían en pie y desgarraban sus -mantos, dando alaridos de pena; otros, en su exaltación, se golpeaban -la frente con los puños, rugiendo de ira al saber que Roma no enviaba -sus legiones; y los más viejos, sin perder la actitud majestuosa, -lloraban, dejando que sus lágrimas rodasen por las descarnadas -mejillas, perdiéndose en sus barbas de nieve. - ---¡Nos abandonan! - ---¡Será ya tarde cuando llegue el auxilio! - ---¡Perecerá Sagunto antes que los romanos lleguen á Cartago! - -Duró mucho tiempo la desesperación de la asamblea. Algunos, inmóviles -en sus asientos por la debilidad, pedían á los dioses morir, antes que -presenciar la caída de su pueblo. - -Parecía que Hanníbal estuviese ya en las puertas del templo. - ---Calma, Ancianos --gritó Alco--. Pensad que el pueblo saguntino está -fuera de esos muros. Si conoce vuestro dolor, cundirá el desaliento y -esta misma noche seremos esclavos de Hanníbal. - -Recobraron su calma lentamente los Ancianos, y se hizo el silencio. -Todos esperaban los consejos de Alco el Prudente. Éste habló. - ---No había que pensar en la entrega inmediata de la ciudad. ¿No era así? - -Un rugido de indignación de toda la asamblea le contestó: - ---¡Nunca, nunca! - -Pues para mantener excitados los ánimos, para prolongar la defensa -algunos días más, había que mentir, inspirar una esperanza engañosa -á los saguntinos. No había víveres; los que estaban en las murallas -con las armas en la mano, comían la carne de los últimos caballos que -quedaban en la ciudad; la plebe perecía de miseria. Todas las noches -se recogían centenares de cadáveres y se quemaban en seguida en la -Acrópolis, por miedo á que los devorasen los perros vagabundos que, -aguijoneados por el hambre, se habían convertido en verdaderas fieras, -atacando á los vivos. Se murmuraba que, algunos extranjeros refugiados -en la ciudad, en unión de esclavos y de mercenarios, se reunían por -la noche cerca de las murallas para alimentarse con los cadáveres -que podían arrebatar. Las cisternas de la ciudad estaban próximas á -secarse; sólo se extraía de ellas el agua del fondo, revuelta con el -barro que había precipitado la destilación; pero á pesar de esto, en -Sagunto nadie hablaba de rendirse y había que continuar la defensa. -Todos sabían lo que les esperaba al caer en manos de Hanníbal. - ---He hablado con él --dijo Acteón-- y se muestra inexorable. Si entra -en Sagunto todos seremos sus esclavos. - -Volvió á agitarse la asamblea con un movimiento de indignación. - ---¡Moriremos antes! --gritaron los Ancianos. - -Y rápidamente se acordó lo que debían decir al pueblo. Juraron todos -por los dioses ocultar la verdad. Prolongarían el sacrificio con la -esperanza de que aún llegase á tiempo el auxilio de Roma. Y componiendo -el gesto para que nadie adivinase la desesperación de los Ancianos, -salieron éstos del templo. - -Pronto circuló entre la muchedumbre la noticia. Los legados se habían -dirigido á Cartago para no perder tiempo en el campamento, y allá -pedirían el castigo de Hanníbal. De un momento á otro iban á llegar las -legiones que enviaba Roma para apoyar á los saguntinos. - -La muchedumbre acogió estas halagüeñas noticias con un entusiasmo frío. -Las penalidades del sitio amortiguaban su vehemencia. Además, se había -enardecido tantas veces con la esperanza de los romanos, que dudaba de -su auxilio, no creyendo en él hasta que viese llegar la flota. - -Acteón se confundió con la muchedumbre hambrienta, buscando á Sónnica. -La vió rodeada de Lacaro y los jóvenes elegantes. Cerca de ellos -Eufobias sonreía á Sónnica, sin atreverse á aproximarse. - ---Los dioses te han guardado en tu viaje, Acteón --dijo el parásito--. -Tienes mejor aspecto que los que hemos permanecido en la ciudad. Bien -se ve que has comido. - ---Pues tú, filósofo --dijo el griego-- no estás tan macilento y -descarnado como los demás. ¿Quién te mantiene? - ---Mi pobreza. Estaba tan acostumbrado al hambre en los tiempos de -abundancia, que ahora apenas si noto la carestía. ¡Ventajas de ser -filósofo y mendigo! - ---No creas á ese monstruo --dijo Lacaro con repugnancia--. Es -tan bárbaro como un celtíbero. Todos los días come; pero debían -crucificarle en medio del Foro para que sirviera de escarmiento. Le -han visto rondar por la noche cerca de las murallas con una turba de -esclavos en busca de los cuerpos agonizantes. - -El griego se separó con repugnancia del parásito. - ---No lo creas, Acteón --dijo Eufobias--. Envidian mi parquedad de -mendigo, así como en otro tiempo la insultaban. El hambre es mi antigua -compañera y me respeta. - -Se alejaron todos del parásito, y Acteón siguió á Sónnica á su casa. La -hermosa griega vivía casi sola. Muchos de sus servidores habían muerto -en las murallas; otros habían perecido en las calles, víctimas de la -peste. Algunos esclavos, no pudiendo resistir el tormento del hambre, -se fugaban al campo sitiador. Dos esclavas viejas gemían en un rincón, -entre el amontonamiento de ricos cofres y lujosos muebles. Los grandes -almacenes del piso bajo estaban vacíos. Una banda de chicuelos se había -establecido allí y pasaban las horas inmóviles y al acecho, esperando -que de los rincones saliese alguna rata, para caer sobre ella, como una -bestia de inestimable valor. - ---¿Y Ranto? --preguntó el griego á su amada. - ---Pobrecilla; la veo de tarde en tarde. No quiere vivir aquí: se escapa -cuando la hago traer para tenerla segura. Ha perdido la razón desde -que vió el cadáver de su amante. Vaga día y noche por las murallas. Se -presenta en los sitios de mayor combate, pasando insensible por entre -los dardos, como si no los viera. Por la noche se oyen de lejos las -canciones que entona llamando á Eroción, y muchas veces se presenta -coronada con una guirnalda de flores de las que crecen en las murallas -y pregunta por el hijo de Mopso, como si éste se ocultase entre los -defensores. El populacho cree que está en comunicación con los dioses y -la mira con respeto, preguntándola cual va á ser la suerte de Sagunto. - -Pasaron la noche los dos amantes entre el amontonamiento de riquezas -del almacén, tendidos sobre unos tapices, estrechándose amorosamente, -insensibles á todo cuanto les rodeaba, como si estuvieran aún en -la rica quinta del agro, al final de uno de aquellos banquetes que -escandalizaban á los viejos saguntinos. - -Transcurrieron algunos días. La ciudad había vuelto á caer en el -marasmo, y tenaz en su resolución, seguía defendiéndose con el estómago -desfallecido por el hambre. Los sitiadores no extremaban sus ataques. -Hanníbal adivinaba sin duda el estado de la ciudad, y deseoso de evitar -á sus tropas el derramamiento de sangre, dejaba que transcurriese el -tiempo y mantenía el apretado cerco, esperando que el hambre y la peste -completasen su triunfo. - -Aumentaba la mortalidad en las calles. Ya no había quien recogiese los -muertos; la hoguera que los consumía en lo alto de la Acrópolis se -había apagado. Los cadáveres abandonados á las puertas de las casas, se -cubrían de asquerosos insectos, hasta que las aves de rapiña bajaban -audazmente por la noche al centro de la ciudad, disputando tenazmente -su presa á los perros vagabundos de retorcida lengua y ojos de ascuas, -convertidos en bestias feroces por el hambre. - -Gentes hediondas, de aspecto salvaje, poseídas de la demencia de la -extenuación, se arrastraban cautelosamente por las callejuelas, armadas -con palos, piedras y dardos. Iban de caza así que cerraba la noche. -Eufobias los guiaba, dándoles consejos con majestuoso énfasis, como si -fuese un gran capitán dirigiendo á su ejército. Cuando conseguían matar -un cuervo ó un perro salvaje, lo llevaban al Foro, chamuscándolo en una -hoguera, y se disputaban á golpes los hediondos pedazos, mientras los -ciudadanos ricos se alejaban desfallecidos, pero sintiendo náuseas ante -tales horrores. - -Comenzaba la primavera. Era una primavera triste que se manifestaba á -los sitiados en las florecillas que surgían de las cabelleras de hierba -de los torreones y los tejados de las casas. Había acabado el invierno -y, sin embargo, hacía frío en Sagunto; un frío de tumba que sentían -los sitiados hasta en los huesos. Brillaba el sol, y la ciudad parecía -obscurecida por una bruma fétida que daba á las casas y á los seres un -tinte plomizo. - -Acteón, al dirigirse una mañana á la parte más alta del monte, donde -continuaba el combate, encontró en el Foro al prudente Alco. El buen -ciudadano revelaba en su aspecto tristeza y desaliento. - ---Ateniense --le dijo con expresión misteriosa--. Estoy resuelto á que -esto acabe. La ciudad no puede resistir más. Bastante ha esperado el -auxilio de los romanos. Que caiga Sagunto y se avergüence Roma de su -infidelidad con los aliados. Hoy mismo iré al campamento de Hanníbal á -pedirle la paz. - ---¿Lo has pensado bien? --exclamó el griego--; ¿no temes la indignación -de tu pueblo al verte en tratos con el enemigo? - ---Amo mucho á mi ciudad y no puedo presenciar impasible su sacrificio, -su agonía interminable. Pocos lo saben; pero á tí te lo digo, Acteón, -porque eres discreto. Estamos mucho peor que el pueblo se imagina. Ya -no queda un pedazo de carne para los que defienden las murallas; esta -mañana, de las cisternas apenas si se ha podido sacar barro. No tenemos -agua. Unos cuantos días más de resistencia, y tendremos que comernos -los cadáveres como esas turbas de desalmados que se alimentan por la -noche. Tendremos que matar á los pequeñuelos para apagar nuestra sed -con su sangre. - -Calló Alco un momento, y se pasó la mano por la frente con un gesto de -pena, como si quisiera arrojar lejos de él terribles recuerdos. - ---Nadie mejor que los Ancianos --continuó-- conocemos lo que ocurre en -la ciudad. Los dioses deben temblar de horror contemplando lo que hace -Sagunto al verse abandonada por ellos. Oye y olvida, Acteón, --dijo en -voz muy baja y con acento de espanto--. Ayer, dos mujeres enloquecidas -por el hambre, echaron suertes para escoger cuál de sus pequeños -habían de devorar. Los Ancianos hemos cerrado ojos y oídos; no hemos -querido ver ni escuchar, comprendiendo que el castigo sólo serviría -para difundir más tales horrores. Los ciudadanos que pelean en las -murallas, tragan el cuero de sus armas para engañar el hambre. La carne -se despega de sus huesos, enflaquecen y caen como heridos por el rayo -invisible de los dioses. Llevamos cerca de ocho meses de resistencia; -dos terceras partes de la ciudad ya no existen. Hemos hecho bastante -ante el cielo y ante los hombres para demostrar cómo cumple Sagunto sus -juramentos. - -El griego bajaba la cabeza, convencido de las razones de Alco. - ---Además --continuó éste-- el ánimo de la ciudad decae: se extingue la -fe. Los presagios son todos en contra nuestra. Hay gentes que durante -la noche han visto globos de fuego elevarse de la Acrópolis y huir -hacia el mar, hundiéndose en las aguas como esas estrellas veloces -que cortan con una raya de luz el azul del cielo. La muchedumbre cree -que son los Penates de la ciudad que, adivinando la próxima ruina de -Sagunto, la abandonan para ir á establecerse al otro lado del mar de -donde vinieron. Anoche, los que velan arriba, en el templo de Hércules, -vieron salir por debajo de la tumba de Zazintho una serpiente que -silbaba como si estuviese herida. Era azul con estrellas de oro: la -serpiente que mordió á Zazintho y fué causa de la fundación de la -ciudad en torno de la tumba del héroe. Pasó entre las piernas de los -asombrados guardianes, huyó monte abajo y se alejó por la llanura con -dirección al mar. También ese nos abandona; el reptil sagrado que era -como el dios tutelar de Sagunto. - ---Tal vez no sea verdad --dijo el griego--. Alucinaciones de la gente -atormentada por el hambre. - ---Puede que así sea; pero acércate á las mujeres y las verás llorar, á -pesar de su miseria, lamentando la fuga de la serpiente de Zazintho. -Creen á la ciudad sin defensa, y muchos hombres se sentirán hoy más -débiles en las murallas al conocer la extraña desaparición. La fe es lo -que sostiene á los pueblos. - -Permanecieron silenciosos los dos hombres un buen rato. - ---Ve --dijo al fin el griego--. Habla con Hanníbal y que los dioses le -inspiren la clemencia. - ---¿Por qué no vienes conmigo? Tú que tanto has viajado y posees la -elocuencia de la convicción podrías ayudarme. - ---Hanníbal me conoce. He despreciado su amistad y me odia. Ve y salva -á la ciudad... Mi suerte está echada. Ese africano no retrocede en su -cólera. Perdonará á todos menos á mí. Yo moriré antes que verme esclavo -ó agonizante en una cruz. - - - - -X - -La última noche - - -Era más de media tarde cuando Acteón, que estaba entre los defensores -de la parte alta de la ciudad, vió aproximarse á Ranto por una -callejuela inmediata á la muralla. - -No había encontrado á la pastorcilla desde su regreso á Sagunto, y al -verla reconoció en ella los estragos causados por las penalidades del -sitio y el dolor que quebrantaba su razón. - -Caminaba absorta, con la cabeza baja, y en su enmarañada cabellera -asomaban algunas florecillas mustias, que soltaban á cada paso los -pétalos muertos. La túnica desgarrada y sucia dejaba ver su cuerpo -enflaquecido, que aún conservaba la esbeltez y frescura admiradas por -el griego. El pecho se había desarrollado un tanto, como si el dolor -madurase sus globos que apuntaban antes como capullos; los ojos, -dilatados por la demencia, parecían llenar todo su rostro, esparciendo -en torno de él una luz misteriosa, una aureola de fiebre. - -Avanzaba lentamente: varias veces levantó la cabeza mirando á los -hombres que estaban en lo alto de la muralla, y al fin, deteniéndose al -pie de la escala de piedra, murmuró con voz suplicante que parecía un -vagido: - ---¡Eroción! ¡Eroción!... - -Á pesar de que tras los manteletes de los sitiadores se notaba algún -movimiento, como si éstos intentasen un nuevo ataque contra la ciudad, -el griego descendió de la muralla con el deseo de ver de cerca á la -joven. - ---Ranto... pastorcilla, ¿me conoces? - -La hablaba con tono cariñoso, cogiéndola las manos; pero ella se agitó, -intentando desasirse, como si despertase sobresaltada. Después de este -esfuerzo cayó en una absoluta postración, y fijando sus ojos enormes y -asustados en el griego, exclamó: - ---¡Tú!... ¡Eres tú! - ---¿Me conoces? - ---Sí: eres el ateniense; eres mi señor: el amado de Sónnica la rica... -Dí, ¿dónde está Eroción? - -El griego no supo qué contestar; pero Ranto siguió hablando sin esperar -la respuesta. - ---Me dijeron que había muerto; hasta yo misma creí verle tendido al -pie de las murallas; pero no era verdad; fué un mal sueño. El muerto -era su padre, Mopso, el arquero. Desde entonces que huye de mí, como -si quisiera llorar á solas la muerte de su padre. De día se oculta. Le -veo de lejos, sobre la muralla, entre los combatientes, y cuando subo -en su busca, encuentro hombres armados y Eroción desaparece. Sólo me -es fiel por la noche: entonces me busca, viene á mí. Apenas me agazapo -al pie del muro y apoyo mi cabeza en las rodillas, le veo venir, -buscándome en la obscuridad, arrogante y amoroso, con el carcax sobre -la cadera y el arco cruzado en las espaldas. Por él huyen los perros -feroces que se arrastran en la sombra y me husmean la cara, mirándome -con ojos como brasas. Viene á mí... se sienta á mi lado; sonríe, pero -siempre está mudo. Le hablo y me contesta su sonrisa; nunca su boca. -Busco su hombro, como en otros tiempos, para descansar mi cabeza, -y huye, desaparece como si lo tragasen las sombras. ¿Qué es esto, -buen griego?... Si le ves, pregúntale por qué se oculta; dile que no -huya... Él te quiere tanto, ¡tanto!... ¡Me ha hablado tantas veces con -entusiasmo de tí y de tu país!... - -Calló un momento, como si estas palabras hubiesen despertado en su -memoria todo un pasado de recuerdos. Los agrupaba, los reunía con un -esfuerzo penoso que se reflejaba en su rostro, y lentamente surgía en -su memoria la imagen de aquellos días felices, anteriores al sitio, -cuando ella y Eroción correteaban por el valle y tenían por casa todos -los bosquecillos del agro saguntino. - -Sonreía á Acteón, mirándolo cariñosamente, y le recordaba sus diversos -encuentros: la primera entrevista en el camino de la Sierpe, cuando -acababa él de desembarcar, pobre y desconocido. Después, el gesto de -paternal protección con que les saludaba al encontrarlos en los campos, -subiendo á los cerezos, disputándose entre risas el rojo fruto con los -labios, y aquella sorpresa bajo las frondosas higueras, cuando ella, -totalmente desnuda, servía de modelo al joven escultor. ¿Se acordaba? -¿No había olvidado el griego aquellos días de paz y felicidad? - -Acteón los tenía presentes en su memoria. Duraba aún en él la impresión -causada por la desnudez de la pastorcilla, y en aquel mismo momento sus -ojos sondeaban los rasguños de la vieja túnica, buscando con deleite -de artista los contornos del cuerpo algo enflaquecido, pero fresco y -juvenil, con los tonos calientes de su piel color de ámbar. - -Pero Ranto, después de evocar estos recuerdos, volvía á su desvarío. -¿Dónde estaba Eroción? ¿Le había visto? ¿Estaba arriba entre los -defensores? Y el griego tornaba á contenerla, cogiéndola las manos, -para evitar que subiese al muro. - -Arriba, los defensores gritaban, disparando sus arcos, arrojando -dardos y piedras. Había comenzado el ataque de los sitiadores. Pasaban -por encima de las almenas, como obscuros pájaros, los proyectiles de -fuera, y el muro se conmovía con sordos choques, como si los africanos -lo atacasen con sus arietes y picos, para abrir brecha. - -Acteón, que desde su regreso á Sagunto era el alma de la defensa, -necesitaba subir al muro. - ---Márchate, Ranto --decía apresuradamente--. Aquí van á matarte... -Vuelve á casa de Sónnica... Yo te llevaré á Eroción... Pero huye, -ocúltate. Mira como caen los dardos cerca de nosotros. - -Y la empujaba rudamente, acabando por arrojarla lejos de la escalera, -con impulso brutal, que la hizo doblar las rodillas. - -El griego subió apresuradamente, oyendo sin inmutarse los mortales -silbidos que rasgaban el aire cerca de su cabeza. Antes de que llegase -á las almenas, sonó á sus espaldas un débil gemido, un grito dulce, que -recordó á Acteón el balido de los cervatillos al recibir un saetazo en -las cacerías. Al volverse, vió en mitad de la escalera á Ranto, que -se doblaba hacia atrás para caer, con el pecho cubierto de sangre y -clavada en él, una larga vara con cola de plumas, todavía temblorosa -por los estremecimientos de la velocidad. - -Había querido seguirle á lo alto de la muralla, y en la escalera la -alcanzó una flecha de los sitiadores. - ---¡Ranto!... ¡Pobrecita!... - -El griego, obedeciendo al impulso de un dolor que él mismo no podía -explicarse, pero que resultaba más fuerte que su voluntad, olvidó la -defensa del muro, el ataque de los enemigos, todo, para correr hacia la -joven, que se desplomaba con el suave desmayo de un ave herida. - -Sosteniéndola con sus fuertes brazos, la bajó para tenderla al pie de -la escalera. Ranto suspiraba, movía la cabeza como queriendo alejar el -dolor que se apoderaba de ella. - -El griego la sostenía por los hombros, llamándola con voz cariñosa: - ---Ranto... Ranto... - -En sus ojos, agrandados por el dolor, parecía condensarse la luz. -Su mirada era ahora humana; perdía por momentos la vaguedad de la -demencia. Parecía haber recobrado la razón á impulsos del dolor, como -si en este supremo momento de lucidez, viera de un golpe todo el pasado. - ---No mueras, Ranto --murmuraba el griego, sin darse cuenta de lo que -decía--. Aguarda: te arrancaré ese hierro; te llevaré al Foro sobre mis -espaldas para que te curen. - -Pero la joven movía tristemente la cabeza. No: quería morir; quería -reunirse con Eroción, cerca de los dioses, entre las nubes de rosa y -oro, por donde paseaba la madre del Amor, seguida de los que en la -tierra se amaron mucho. Había vagado como una sombra por entre los -horrores de la ciudad sitiada, creyendo que Eroción vivía, buscándolo -por todas partes, y Eroción había muerto; lo recordaba bien ahora: ella -misma había contemplado su cadáver. Muerto él, ¿para qué quería vivir? - ---Vivirás para mí --gritó Acteón, exasperado por el dolor, sin ver lo -que le rodeaba, sin oir los gritos de los defensores en el inmediato -muro y los pasos que sonaban á su espalda en una callejuela cercana--. -Ranto, pastorcilla, escúchame. Ahora comprendo por qué deseaba verte; -por qué tu recuerdo me asaltaba á veces allá en Roma, siempre que -pensaba en Sagunto. Vive y serás para Acteón la última primavera de su -existencia. Te amo, Ranto. Eres mi afecto postrero; la flor que se abre -en el invierno de mi vida. Te amo, Ranto: te amo desde el día en que te -ví desnuda como una diosa. Vive y seré tu Eroción. - -La joven, pálida ya, con el rostro empañado por la sombra de la muerte, -sonrió murmurando: - ---Acteón... buen griego... gracias, gracias. - -Y su cabeza resbaló entre las manos de Acteón, cayendo pesadamente en -el suelo. El ateniense estuvo inmóvil mucho rato, contemplando con -estúpida fijeza el cuerpo de la joven. El silencio que se hizo de -pronto en la muralla, pareció despertarle del doloroso sopor. Los -sitiadores habían suspendido su ataque. El griego se incorporó; pero -volvió á arrodillarse para besar varias veces la boca todavía caliente -de la pastorcilla y sus ojos inmóviles, desmesuradamente abiertos, en -los cuales reflejábanse como en una agua muerta los rojos resplandores -de la puesta del sol. - -Al levantarse vió frente á él á Sónnica inmóvil, rígida, mirándole con -ojos fríos é irónicos. - ---¡Sónnica!... ¡Tú! - ---He venido para decirte que corras al Foro. Un mensajero del campo -enemigo se ha presentado en las puertas de la ciudad pidiendo hablar á -los Ancianos. El pueblo está convocado en el Foro. - -Á pesar de la importancia de la noticia, Acteón no se conmovió. Le -preocupaba la fría rigidez de Sónnica. - ---¿Desde cuándo estás aquí? - ---Llegué á tiempo para ver como te despedías para siempre de mi esclava. - -Calló un instante, pero como impulsada por un sentimiento superior á -su voluntad, avanzó hacia él con los ojos centelleantes y las manos -extendidas. - ---La amabas, ¿verdad? --dijo con amargura. - ---Sí --contestó el griego con voz tenue, como avergonzado de su -confesión--. Conozco ahora que la amaba... pero también te amo á tí. - -Permanecieron inmóviles largo rato, con la vista fija en aquel cadáver -que les separaba. Era como un muro frío levantándose entre los dos, -apartándolos para siempre. - -Acteón sentíase avergonzado por el dolor que sus palabras causaban á -aquella mujer que tanto le había amado. Sónnica parecía absorta por -su inmensa decepción y contemplaba fríamente, con ojos de Némesis -implacable, el cadáver de la esclava. - ---Aléjate, Acteón --dijo la griega--. Te esperan en el Foro. Los -Ancianos reclaman tu presencia para que sirvas de intérprete al -mensajero de Hanníbal. - -El ateniense dió algunos pasos, pero se detuvo, implorando dulcemente -misericordia para el cadáver. - ---Va á quedar abandonada... Pronto cerrará la noche, y los perros -hambrientos... los desalmados que buscan los cadáveres... - -Sentía escalofríos al pensar que aquel cuerpo hermoso que le había -hecho estremecer de admiración, llegase á ser devorado por las bestias. - -Sónnica le contestó con un gesto. Podía alejarse: ella permanecería -allí. Y Acteón, dominado por la fría altivez de su amante, partió -corriendo hacia el Foro. - -Al llegar á la plaza comenzaba á anochecer. Ardía en el centro la gran -fogata, que se encendía todas las noches para combatir el frío mortal -de la ciudad en plena primavera. - -Los Ancianos sacaban sus sillas de marfil al pie de las gradas del -templo para esperar ante la muchedumbre al mensajero de Hanníbal. La -noticia había circulado por toda la ciudad, y la gente se agolpaba en -el Foro, ansiosa de escuchar las proposiciones del sitiador. Nuevos -grupos desembocaban á cada momento por todas las callejuelas afluyentes -á la gran plaza, donde se concentraba la agonizante vida de la ciudad. - -Acteón fué á colocarse junto á los Ancianos. Extendió su vista y no vió -á Alco. Estaba aún en el campo sitiador, y la llegada de aquel emisario -debía ser consecuencia de su entrevista con Hanníbal. - -Un senador le explicó el suceso. Se había presentado ante los muros -un enemigo sin armas y tremolando una rama de olivo. Pedía hablar al -Senado en nombre de los sitiadores, y la asamblea de los Ancianos creyó -necesario reunir á toda la ciudad para que tomase parte en la suprema -deliberación. - -Habían dado orden de introducir al mensajero, y al poco rato se vió -avanzar, rompiendo la aglomeración de la muchedumbre, un grupo armado, -en el centro del cual marchaba un hombre con la cabeza descubierta, sin -armas y levantando con la diestra una rama, símbolo de paz. - -Al pasar junto á la hoguera dió de lleno en su rostro el resplandor -rojizo de las llamas, y en el Foro se levantó un clamoreo de -indignación. Le habían reconocido. - ---¡Alorco!... ¡Es Alorco! - ---¡Traidor! - ---¡Ingrato! - -Muchas manos buscaron la espada para caer sobre él; por encima de las -cabezas de la muchedumbre se agitaron algunos brazos empuñando dardos; -pero la presencia de los Ancianos y la triste sonrisa del celtíbero -calmaron los ánimos. Además, el pueblo sentía la debilidad de la -miseria; no tenía fuerzas para la indignación y ansiaba oir pronto al -mensajero; conocer la suerte que le reservaba el enemigo. - -Avanzó Alorco hasta colocarse frente á los Ancianos, y la gran plaza -quedó en un silencio profundo, sólo interrumpido por el chisporroteo de -los leños de la hoguera. Todos los ojos estaban fijos en el celtíbero. - ---¿Alco el Prudente no está entre vosotros? --comenzó por preguntar. - -Todos miraron en torno con sorpresa. Era verdad; hasta entonces no -habían notado la ausencia de aquel hombre, que era el primero en todos -los actos públicos. - ---No le busquéis --continuó el celtíbero--. Alco está en el campamento -de Hanníbal. Dolido del estado de la ciudad, comprendiendo que es -imposible continuar la defensa por más tiempo, se ha sacrificado por -vosotros, y á riesgo de morir llegó hace algunas horas á la tienda de -Hanníbal para suplicarle con lágrimas que tuviese compasión de vosotros. - ---¿Y por qué no ha venido contigo? --preguntó uno de los Ancianos. - ---Sentía miedo y vergüenza de repetiros las palabras de Hanníbal, las -condiciones que impone para que se entregue la ciudad. - -Se hizo aún mayor el silencio. La muchedumbre adivinaba en el terror -del ausente Alco las espantosas exigencias del vencedor, que hacían -latir apresuradamente el corazón de todos, antes de conocerlas. - -Iban llegando al Foro nuevos grupos de gente. Hasta los defensores de -la ciudad abandonaban las murallas, atraídos por el suceso, y estaban -allí, en las desembocaduras de las calles, centelleando al resplandor -de la hoguera sus cascos de bronce y sus escudos de varias formas, -redondos, estrangulados y de media luna. Acteón vió llegar también á -Sónnica, que se abrió paso entre el gentío, yendo á colocarse junto al -grupo formado por la juventud elegante que la admiraba. - -Alorco siguió hablando. - ---Ya sabéis quién soy yo. Hace un momento escuché amenazas, ví gestos -de muerte al reconocerme. Comprendo la indignación al encontrarme -frente á vosotros. Tal vez seré un ingrato; pero pensad que nací en -otras tierras y la muerte de mi padre me puso al frente de un pueblo al -que tengo que obedecer y seguir en sus alianzas. Nunca he olvidado que -fuí el huésped de Sagunto; guardo el recuerdo de vuestra hospitalidad y -me intereso por la suerte de este pueblo como si fuese la de mi misma -patria. Pensad bien en vuestra situación, saguntinos. El valor tiene -sus límites, y por más que os esforcéis, los dioses han decretado la -ruina de la valerosa Sagunto. Lo demuestran con su abandono; y vuestro -arrojo se estrellará ante su voluntad inmutable. - -Las vagas palabras de Alorco aumentaban la incertidumbre del pueblo. -Todos temían las condiciones de Hanníbal, por lo mismo que el celtíbero -se retrasaba en exponerlas. - ---¡Las condiciones!... ¡Dinos las condiciones! --gritaron desde varios -puntos del Foro. - ---La prueba de que he venido por interés vuestro --continuó Alorco como -si no oyera estos gritos-- está en que mientras habéis podido resistir -con vuestras propias fuerzas ó esperar un socorro de los romanos no -me he presentado á aconsejaros la sumisión. Pero vuestras murallas no -pueden defenderos más; todos los días perecen de hambre centenares de -saguntinos; los romanos no vendrán, están muy lejos y ocupados en otras -guerras; en vez de enviaros legiones os envían legados; y por esto yo, -viendo que Alco titubeaba en volver, arrostro vuestra indignación para -traeros una paz que no es ventajosa, pero resulta necesaria. - ---¡Las condiciones! ¡Las condiciones! --gritó la muchedumbre con un -formidable aullido que hizo temblar al Foro. - ---Pensad --dijo Alorco-- que lo que quiera concederos el vencedor es -un regalo que os hace, pues hoy es dueño de todo lo vuestro: vidas y -haciendas. - -Esta verdad terrible, cayendo sobre la muchedumbre, produjo el silencio. - ---Sagunto, que está en gran parte destruída y cuyos extremos ocupan ya -sus tropas, os la toma como castigo; pero permitirá que construyáis una -nueva ciudad en el punto que Hanníbal os designe. Todas las riquezas -que guardéis, tanto en el tesoro público como en vuestras casas, serán -entregadas al vencedor. Hanníbal respetará vuestras vidas, las de -vuestras esposas é hijos, pero tendréis que salir para el lugar que os -designe sin armas y con sólo dos trajes. Comprendo que las condiciones -son crueles; pero la desgracia os obliga á soportarlas. Peor es morir -y que vuestras familias caigan como botín de guerra en manos de la -soldadesca triunfante. - -Terminó de hablar Alorco, y, sin embargo, continuó el silencio en el -Foro; un silencio profundo, amenazante, igual á la plomiza calma que -precede á una tempestad. - ---No; saguntinos, no --gritó una voz de mujer. - -Acteón reconoció á Sónnica en esta voz. - ---No, no --contestó la muchedumbre, como un eco atronador. - -Se agitaban, corrían de un lado á otro, se empujaban los grupos -poseídos de furia, como si quisieran despedazarse, desahogando la rabia -que les producían las condiciones del vencedor. - -Sónnica había desaparecido; pero Acteón la vió volver al Foro, seguida -de un cordón de gente; esclavos, mujeres, soldados, llevando todos -sobre sus hombros los ricos muebles de la quinta, amontonados en el -almacén; las arquillas de joyas, los suntuosos tapices, los lingotes -de plata y las cajas de polvo de oro. La muchedumbre contemplaba este -desfile de riquezas, sin adivinar el propósito de Sónnica. - ---No, no --repetía la griega, como si hablase con ella misma. - -Estaba fuera de sí por las proposiciones del vencedor. Se veía saliendo -de la ciudad, sin más fortuna que una túnica puesta y otra sobre el -brazo, teniendo que mendigar por los caminos ó trabajar en los campos -como una esclava, perseguida por aquella soldadesca feroz, de diversas -razas. - ---No, no --repetía enérgicamente, abriéndose paso entre la -muchedumbre, para llegar á la hoguera en el centro del Foro. - -Estaba magnífica, con la rubia cabellera alborotada por la agitación, -la túnica rota por los empellones del gentío, los ojos relampagueantes, -con la expresión de una Furia, que encontraba amarga voluptuosidad -en la destrucción. ¿Para qué las riquezas? ¿Para qué vivir? Y en su -desesperada energía, mezclábase por mucho la amargura que una hora -antes había paladeado ante el cadáver de su esclava. - -Ella dió la señal, arrojando en la hoguera una imagen de Venus, de -jaspe y plata, que llevaba en sus brazos, y que desapareció entre -las llamas como si fuera un pedrusco. Los que la seguían, gente toda -miserable y hambrienta, la imitaron con intenso goce. La destrucción -de tantas riquezas, les hacía rugir de placer y dar saltos de -alegría, á ellos, tan pobres, que habían pasado su existencia en las -escaseces de la esclavitud. Caían en las llamas los cofrecillos de -marfil, de cedro y de ébano, y al chocar con los leños, se abrían, -derramando los tesoros de su vientre; collares de perlas, guirnaldas -de topacios y esmeraldas, arracadas de diamantes, toda la gama de las -piedras preciosas, que centelleaban un instante entre los tizones -como maravillosas salamandras. Después caían los tapices, los velos -bordados de plata, las túnicas con doradas flores, las sandalias -de oro, las sillas con garras de león, los lechos con clavijas de -metal, los peines de marfil, los espejos, las lámparas, las liras, -los frascos de perfumes, las mesillas de ricos mármoles incrustados; -todas las magnificencias de Sónnica la rica. Y la muchedumbre miserable -entusiasmada por esta destrucción, aplaudía con rugidos, al ver la -hoguera que crecía y crecía con tanto combustible, hasta elevar las -llamas á considerable altura, arrojando chispas y cenizas sobre los -tejados de las casas. - ---¡Hanníbal quiere riquezas! --gritaba Sónnica, con voz ronca que -parecía un aullido--. Venid, arrojad aquí todo lo vuestro: que el -africano se lo dispute al fuego. - -Pero no necesitaba extremar sus voces para que la imitasen. Muchos de -los Ancianos, que habían huído en el primer instante de confusión, -volvían al Foro llevando un cofrecillo bajo su blanco manto y lo -arrojaban en la hoguera. Eran las riquezas que habían tomado en sus -casas. - -Sobre las cabezas de la multitud rodaban muebles y telas de brazo en -brazo, hasta caer en el inmenso brasero, que cada vez elevaba más altas -sus llamas, coronadas por un humo blanco y luminoso. - -Era un holocausto en honor de los dioses mudos y sordos que estaban -en la Acrópolis. Las casas parecían vaciarse para arrojar todos sus -adornos y riquezas en la hoguera. Los hombres cumplían silenciosos y -sombríos su anhelo de destrucción; pero las mujeres parecían locas, y -desgreñadas, rugientes, con los ojos saltando de las órbitas, danzaban -en torno de la inmensa hoguera, atraídas por las llamas, rozándolas con -sus vestiduras, ebrias por el fuego, arañándose el rostro sin darse -cuenta de lo que hacían y rugiendo maldiciones con su boca espumeante -de rabia. - -Una de ellas, como enloquecida por la ronda infernal, no pudiendo -resistir la atracción del fuego, dió un salto, cayendo entre las -llamas. Ardieron instantáneamente las ropas y el cabello, y flameó -durante algunos instantes como una antorcha, desplomándose sobre los -tizones. Otra mujer arrojó en el brasero, como si fuese una pelota, el -niño que llevaba agarrado á su flácido pecho, y después saltó ella en -medio de la fogata, cual si arrepentida del crimen, quisiera seguir á -su hijo. - -El fuego se había comunicado á las techumbres de madera de las casas -del Foro. Una guirnalda de llamas comenzaba á rodear la plaza. El humo -y el calor asfixiaban á la muchedumbre, y en esta atmósfera densa -y negruzca, los muebles parecían andar solos camino de la hoguera, -arrastrándose por encima de la muchedumbre. - -Lacaro y sus elegantes amigos hablaban de morir. Aquellos seres -afeminados discutían con una tranquilidad sublime el modo de caer. No -querían seguir á Sónnica, que acababa de armarse con una espada y un -escudo para salir contra el campamento sitiador y morir matando. Les -repugnaba luchar con un soldado rudo y casi salvaje, percibir su hedor -de fiera y caer con el pintado rostro partido de un golpe, cubiertos -de sangre y revolcándose en el fango, como una res degollada. No les -placía tampoco darse de puñaladas: era un medio gastado por los héroes. -Morir en el brasero les parecía mejor; les recordaba el sacrificio de -las reinas asiáticas, pereciendo en una hoguera de maderas perfumadas. -¡Lástima que aquella fogata oliese tan mal! Pero el momento no era de -refinamientos, y echándose el manto sobre los ojos, uno tras otro, los -jóvenes elegantes, empujando con el brazo depilado y perfumado á sus -pequeños esclavos, entraron en la hoguera con tranquilo paso, como -si estuvieran en aquellos días de paz en que paseaban por el Foro, -satisfechos del escándalo que producían sus adornos femeniles. - -Sónnica recogíase la túnica en torno del talle, dejando al descubierto -la adorable blancura de sus piernas para correr con más desembarazo. - ---Vamos á morir, Eufobias --dijo al filósofo, que contemplaba absorto -este espectáculo de destrucción. - -Por primera vez, el parásito no mostraba su gesto insolente é irónico. -Estaba grave y fruncía el ceño, viendo como morían aquellas gentes de -las que tanto se había burlado. - ---¡Morir! --dijo--. ¿Es preciso morir? ¿Lo crees tú, Sónnica? - ---Sí; el que no quiera ser esclavo, debe morir. Coge una espada y ven -conmigo. - ---No necesito tanto. Si he de morir, quiero evitarme la fatiga de -correr; el trabajo de dar golpes. Moriré tranquilo, con la dulce pereza -que embelleció mi vida. - -Y lentamente, sin apresurarse, dió algunos pasos y se acostó entre las -llamas con la cara cubierta por su manto remendado, lo mismo que se -tendía bajo los pórticos del Foro en los días de paz. - -En las gradas del templo, los Ancianos se herían el pecho con el -puñal. Agonizantes, prestaban su arma al compañero más inmediato, -y morían haciendo esfuerzos por mantenerse erguidos en sus sillas. -Grupos de mujeres arrebataban maderos encendidos de la gran hoguera -y se esparcían como bacantes furiosas por toda Sagunto, quemando las -puertas, arrojando tizones sobre los techos de tablas. - -De repente en la parte alta de la ciudad, allí donde se concentraban -los ataques de los sitiadores, sonó un horrible estrépito, como si -media montaña se viniera abajo. Los muros estaban abandonados por -los defensores reunidos en el Foro, y una torre que los cartagineses -minaban desde algunos días antes, acababa de derrumbarse. Una cohorte -del ejército de Hanníbal, viendo libre la entrada de la ciudad, se -lanzó dentro de ella, dando aviso al caudillo para que acudiese con -todas sus fuerzas. - ---¡Á mí! ¡á mí! --gritaba Sónnica con su voz ronca--. Ésta es nuestra -última noche. Yo no muero en la hoguera; quiero morir matando... ¡Deseo -sangre! - -Salió del Foro como una furia, seguida de Acteón, que corría á su -lado llamándola, haciendo esfuerzos porque le mirase. Pero la hermosa -griega permanecía insensible en su furia, como si llevase al lado un -desconocido. - -Les siguieron en revuelto tropel todos los que estaban en el Foro; -ciudadanos armados, mujeres que esgrimían cuchillos y dardos, -adolescentes desnudos, sin otra defensa que una pica. Á la luz de -los incendios pasaban como un rebaño enloquecido, centelleando los -coseletes de bronce, los cascos de rota cimera, las armas manchadas -de sangre y mostrando por los girones de las ropas los músculos -enflaquecidos, que parecían danzar en su ancha envoltura de piel, -apergaminada y seca por el hambre. - -Salieron de Sagunto por la parte baja, marchando al resplandor de la -ciudad incendiada contra el campamento de los sitiadores. - -Una cohorte de celtíberos que corría hacia Sagunto fué arrollada, -deshecha, pateada por esta tromba de desesperados, que corrían con la -cabeza baja, hiriendo cuanto encontraban por delante. Pero más allá -tropezaron con nuevas tropas que avanzaban advertidas de la salida, y -se estrellaron contra la hilera de escudos, no pudiendo soportar una -lucha cuerpo á cuerpo. - -Los saguntinos, debilitados por el largo sitio, perdidas sus fuerzas -por las enfermedades y el hambre, no pudieron resistir el choque. Los -celtíberos, con sus espadas de dos filos, herían sin misericordia; -y bajo sus golpes caía rápidamente aquella aglomeración de hombres -enfermos, de mujeres y niños. - -Acteón, luchando con el escudo ante el rostro y la espada en alto -contra dos vigorosos soldados, vió como Sónnica recibía una cuchillada -en el cráneo y soltaba sus armas, doblándose con una suprema -contracción antes de caer. - ---¡Acteón! ¡Acteón! --gritó en aquel momento olvidando su odio, -sintiendo que con la muerte volvía á ella todo el fuego del antiguo -amor. - -Cayó de bruces en el suelo. El griego quiso correr hacia ella; pero -en el mismo instante le zumbaron los oídos, como si sobre su cráneo -se desplomase una inmensa mole; sintió en los costados el frío del -hierro perforando sus carnes, y cayó viéndolo todo negro, como si se -despeñara por una sima lóbrega y sin fondo á cuyo fin no había de -llegar nunca. - - * * * * * - -El griego despertó. Sobre su pecho pesaba una mole abrumadora como una -montaña. No tenía la certeza de si realmente existía. Su cuerpo se -negaba á obedecerle. Únicamente con un doloroso esfuerzo, pudo abrir -los ojos y recordar confusamente por qué estaba allí. - -Lentamente vió que lo que oprimía su pecho era el cadáver de un soldado -enorme. Acteón creyó recordar que había hundido su espada en el cuerpo -de aquel guerrero en el mismo instante que se sentía caer en la noche -densa y misteriosa. - -Miró en torno de él. Un resplandor rojizo, como el de una aurora sin -fin, hacía centellear en el suelo las armas abandonadas, y marcaba la -silueta de los cadáveres amontonados y dispersos, en extrañas posturas, -contraídos por las últimas convulsiones. - -En el fondo ardía una ciudad. Los edificios negruzcos y deformes, se -destacaban sobre la cortina de llamas, que con su resplandor inquieto -hacían temblar los muros de la Acrópolis. - -Acteón lo recordó todo. Aquella ciudad era Sagunto: se oían los -aullidos de los vencedores que corrían las calles, cubiertos de sangre, -acabando de incendiar las casas que aún permanecían intactas, rabiosos -contra una población que únicamente se entregaba después de consumir -sus riquezas; matando en su furia á cuantos seres encontraba al paso, y -rematando á los heridos. - -Al darse cuenta de todo esto, reconocía que no había muerto; pero iba á -morir. Lo presentía en la debilidad inmensa que se apoderaba de él, en -el frío mortal que subía á lo largo de su cuerpo; en el pensamiento que -se extinguía y no era ya más que una lucecilla débil... - -¿Y Sónnica? ¿Dónde encontrar á Sónnica?... Su último deseo era llegar -hasta su cadáver, que debía estar próximo. Quería besarla como á su -esclava; rendirla este tributo antes de morir. Pero al intentar un -supremo esfuerzo, separando su cabeza del suelo, una oleada de líquido -caliente y pegajoso le cubrió el rostro. Era la última sangre. - -Le pareció ver entonces con la vaguedad de un ensueño que se extingue, -una especie de centauro negro, que galopaba sobre los cadáveres, y -mirando la iluminada ciudad, reía con infernal gozo. - -Pasó junto á él. Los cascos de su caballo se hundieron en el cuerpo -del celtíbero tendido sobre su pecho. El griego, agonizante, creyó -reconocer el jinete á la luz del incendio. - -Era Hanníbal, con la cabeza descubierta, poseído de la furia del -triunfo, galopando en un caballo negro como la noche, que parecía -contagiado del furor del jinete, y relinchaba, coceando los cadáveres, -agitando su cola sobre los restos del combate. Al griego le pareció una -furia infernal que venía por su alma. - -Vió débilmente, como una imagen borrosa, la cara de Hanníbal animada -por una sonrisa de soberbia, de cruel satisfacción; el gesto majestuoso -y feroz á la vez de uno de aquellos dioses de Cartago que sólo se -mostraban clementes cuando humeaban en su altar los seres humanos -sacrificados. - -Reía viendo que era suya por fin la ciudad que le había detenido ocho -meses ante sus muros. Ya podía desarrollar sus ensueños audaces. - -El griego no vió más. Volvió á caer en la eterna noche. - -Hanníbal galopó en torno de la ciudad, y al ver que por la parte de la -mar se extendía el resplandor cárdeno del amanecer, detuvo su caballo, -miró á Oriente, y extendiendo el brazo cual si quisiera prolongarlo por -encima de la extensión azul que cerraba el horizonte, gritó amenazante, -como si retase á un enemigo invisible antes de caer sobre él: - ---¡Roma!... ¡Roma!... - - Playa de la Malvarrosa (Valencia). - Julio-Septiembre 1901. - - - - -ÍNDICE - - - Págs. - - I. EL TEMPLO DE AFRODITA. 5 - - II. LA CIUDAD. 57 - - III. LAS DANZARINAS DE GADES. 119 - - IV. ENTRE GRIEGOS Y CELTÍBEROS. 177 - - V. LA INVASIÓN. 215 - - VI. ASBYTE. 247 - - VII. LAS MURALLAS DE SAGUNTO. 289 - - VIII. ROMA. 319 - - IX. LA CIUDAD HAMBRIENTA. 353 - - X. LA ÚLTIMA NOCHE. 385 - - - - - -End of Project Gutenberg's Sónnica la cortesana, by Vicente Blasco Ibáñez - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK SÓNNICA LA CORTESANA *** - -***** This file should be named 61438-0.txt or 61438-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/1/4/3/61438/ - -Produced by Ramón Pajares Box and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images generously made available by The -Internet Archive/Canadian Libraries) - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. - -Most people start at our Web site which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - diff --git a/old/61438-0.zip b/old/61438-0.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 5961432..0000000 --- a/old/61438-0.zip +++ /dev/null diff --git a/old/61438-h.zip b/old/61438-h.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index f8e6d66..0000000 --- a/old/61438-h.zip +++ /dev/null diff --git a/old/61438-h/61438-h.htm b/old/61438-h/61438-h.htm deleted file mode 100644 index b68f6f5..0000000 --- a/old/61438-h/61438-h.htm +++ /dev/null @@ -1,10829 +0,0 @@ -<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" - "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> -<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" xml:lang="es" lang="es"> - <head> - <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html; 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} - ul.obras { margin: 0.5em 0 0 0; } - } - - </style> - </head> - <body> - - -<pre> - -The Project Gutenberg EBook of Sónnica la cortesana, by Vicente Blasco Ibáñez - -This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most -other parts of the world at no cost and with almost no restrictions -whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of -the Project Gutenberg License included with this eBook or online at -www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - -Title: Sónnica la cortesana - Novela - -Author: Vicente Blasco Ibáñez - -Release Date: February 18, 2020 [EBook #61438] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK SÓNNICA LA CORTESANA *** - - - - -Produced by Ramón Pajares Box and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images generously made available by The -Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - -</pre> - - -<div class="front"> - <hr class="full" /> - <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p> - <p><a href="#ToC">Índice</a></p> -</div> - -<div class="screenonly"> - <hr class="chap" /> - <div class="figcenter"> - <img class="thin" - src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro" /> - </div> -</div> - -<div class="aftit pt6"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_1">[p. 1]</span></p> - <h1 class="ws1">SÓNNICA LA CORTESANA</h1> - <hr class="chap" /> -</div> - -<div class="chapter pt3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_2">[p. 2]</span></p> - <p class="fs130 ws1 centra">OBRAS DEL AUTOR</p> - <hr class="sep" /> - - <p class="centra fs90 mt2">NOVELAS</p> - <ul class="obras"> - <li>Arroz y tartana (3.ª edición).</li> - <li>Flor de Mayo (3.ª edición).</li> - <li>La Barraca (4.ª edición. Ilustrada).</li> - <li>Entre naranjos (4.ª edición).</li> - </ul> - - <p class="centra fs90 mt2">CUENTOS</p> - <ul class="obras"> - <li>Cuentos valencianos (2.ª edición).</li> - <li>La Condenada.</li> - <li>Cuentos grises (Biblioteca selecta).</li> - <li>Á la sombra de la higuera (Biblioteca Diamante).</li> - <li>La Cencerrada (Colección Mignon).</li> - </ul> - - <p class="centra fs90 mt2">VIAJES</p> - <ul class="obras"> - <li>París (agotada).</li> - <li>En el país del Arte.</li> - </ul> - - <p class="centra fs90 mt2">NOVELAS EN PREPARACIÓN</p> - <ul class="obras"> - <li>Cañas y barro.</li> - <li>La señora Vicenta.</li> - </ul> -</div> - -<hr class="chap0" /> - -<div class="tit"> - <p><span class="pagenum" id="Page_3">[p. 3]</span></p> - <p class="fs130 ws1">VICENTE BLASCO IBÁÑEZ</p> - <hr class="sep0" /> - <p class="iz fs350 mt05"><b>Sónnica</b></p> - <p class="dr fs350 ws1"><b>la cortesana</b></p> - <p class="fs110 g2 mt2">— NOVELA —</p> - <p class="fs80 g1 ws1 mt3">CUARTA EDICIÓN</p> - - <div class="figcenter mt3"> - <img src="images/logo.jpg" - alt="Logotipo del editor" /> - </div> - - <p class="g1 mt2">F. SEMPERE, EDITOR</p> - <p class="g2 ws1 mt05 smcall">PINTOR SOROLLA, 30 Y 32</p> - <p class="g1 mt05">VALENCIA</p> -</div> - - -<div class="aftit pt6"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_4">[p. 4]</span></p> - <p class="ws1 bt">Imprenta de EL PUEBLO.—Pascual y Genís, 3 Valencia</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_5">[p. 5]</span></p> - <p class="fs130 ws1 centra">SÓNNICA LA CORTESANA</p> - <hr class="sep0" /> - <h2 class="nobreak" title="I. El templo de Afrodita">I</h2> - <p class="subh2">El templo de Afrodita</p> -</div> - -<p>Cuando la nave de Polyantho, piloto saguntino, llegó frente al -puerto de su patria, ya los marineros y pescadores, con la vista -aguzada por las distancias del mar, habían reconocido su vela teñida -de azafrán y la imagen de la Victoria, con las alas extendidas y una -corona en la diestra, llenando todo el filo de la proa, hasta mojar sus -pies en las ondas.</p> - -<p>—Es la nave de Polyantho: la <i>Victoriata</i>, que vuelve de Gades y -Cartago-Nova.</p> - -<p>Y para verla mejor, se agolpaban en el pretil de piedra que cerraba -los tres lagos del puerto de Sagunto, puestos en comunicación con el -mar por un largo canal.</p> - -<p>Los terrenos bajos y pantanosos, cubiertos de carrizales y -enmarañadas plantas acuáticas, ex<span class="pagenum" id="Page_6">p. -6</span>tendíanse hasta el golfo Sucronense, que cerraba el horizonte -con su curva faja azul, sobre la cual resbalaban como moscas los -barquichuelos de los pescadores. La nave avanzaba lentamente hacia la -embocadura del puerto. La vela roja palpitaba con los soplos de la -brisa sin lograr hincharse, y la triple fila de remos comenzó á moverse -en sus flancos, haciéndola encabritarse sobre las espumas que cerraban -la entrada del canal.</p> - -<p>Caía la tarde. En una altura inmediata al puerto, el templo de Venus -Afrodita reflejaba en la pulida superficie de su frontón el fuego del -sol poniente. Una atmósfera de oro envolvía la columnata y los muros -de mármol azul, como si el padre del día, al alejarse, saludase con -un beso de luz á la diosa de las aguas. La cadena de montes obscuros, -cubiertos de pinos y matorrales, extendíase en gigantesco semicírculo -frente al mar, cerrando el fértil valle del agro saguntino, sus blancas -villas, sus torres campestres y sus aldeas surgiendo entre las masas -verdes de los campos. En el otro extremo de la montuosa barrera, -esfumada por la distancia y el vapor de la tierra, veíase la ciudad, -la antigua Zazintho, con el caserío oprimido en la falda del monte por -murallas y torreones: y en lo alto la Acrópolis, los ciclópeos muros, -sobre los cuales destacábanse las techumbres de los templos y edificios -públicos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span>Reinaba en el puerto la -agitación del trabajo. Dos naves de Marsella cargaban vino en la laguna -grande; una de Liburnia hacía acopio de barros saguntinos y de higos -secos para venderlos en Roma; y una galera de Cartago guardaba en sus -entrañas grandes barras de plata traídas de las minas de la Celtiberia. -Otras naves, con las velas plegadas y las filas de remos caídas en sus -costados, permanecían inmóviles junto al malecón, como grandes pájaros -dormidos, balanceando dulcemente sus proas de cabeza de cocodrilo ó de -caballo, usadas por la marina de Alejandría, ú ostentando en el tajamar -un espantable enano rojo, semejante al que adornaba la nave del fenicio -Cadmus en sus asombrosas correrías por los mares.</p> - -<p>Los esclavos, encorvados bajo el peso de ánforas, fardos y -lingotes, sin otra vestidura que un cinturón lumbar y una caperuza -blanca, al aire la atormentada y sudorosa musculatura, pasaban en -incesante rosario por las tablas tendidas desde el pretil á las naves, -trasladando al cóncavo vientre de éstas las mercancías amontonadas en -el muelle.</p> - -<p>En medio del gran lago central alzábase una torre guardando la -entrada del puerto; una robusta fábrica que hundía sus sillares en las -aguas más profundas. Amarrada á las anillas que adornaban sus muros, -balanceábase una nave de guerra, una <i>libúrnica</i> alta de popa, la<span -class="pagenum" id="Page_8">p. 8</span> proa de cabeza de carnero, -plegada la vela de grandes cuadros, un castillo almenado junto al -mástil, y en las bordas, formando doble fila, los escudos de los <i -xml:lang="la" lang="la">classiari</i>, soldados destinados á los combates -marítimos. Era una nave romana que al amanecer el día siguiente había -de llevarse á los embajadores enviados por la gran República para -mediar en las turbulencias que agitaban Sagunto.</p> - -<p>En el segundo lago —una tranquila plaza de agua donde se construían -y reparaban las embarcaciones— sonaban los mazos de los calafates sobre -la madera. Como monstruos enfermos veíanse las galeras desarboladas, -tendidas de costado en la ribera, mostrando por los rasguños de sus -flancos el fuerte costillaje ó la embreada negrura de sus entrañas. -Y en el tercer lago, el más pequeño y de aguas sucias, anclaban -las barcas de los pescadores, revoloteaban en caprichoso tropel -las gaviotas, abatiéndose sobre los despojos que flotaban á ras de -la superficie; y en la orilla agolpábanse mujeres, viejos y niños, -esperando la llegada de las barcas con pescado del golfo Sucronense, -que era vendido en el interior á las tribus más avanzadas de la -Celtiberia.</p> - -<p>La llegada de la nave saguntina había apartado de sus quehaceres á -toda la gente del puerto. Los esclavos trabajaban con lentitud, viendo -á sus vigilantes distraídos por la entrada de la<span class="pagenum" -id="Page_9">p. 9</span> nave; y hasta los calmosos ciudadanos que -sentados en el malecón, caña en mano, intentaban cautivar las gruesas -anguilas del lago, olvidaban la pesca para seguir con su mirada el -avance de la <i>Victoriata</i>. Ya estaba en el canal. No se veía su -casco. El mástil, con la vela inmóvil, pasaba por encima de los altos -cañaverales que bordeaban la entrada del puerto.</p> - -<p>Reinaba el silencio de la tarde, interrumpido por el monótono canto -de las innumerables ranas albergadas en las tierras pantanosas y el -parloteo de los pájaros que revoloteaban en los olivares inmediatos -al Fano de Afrodita. Los martillazos del arsenal sonaban cada vez más -lentos: la gente del puerto callaba, siguiendo la marcha de la nave -de Polyantho. Al salvar la <i>Victoriata</i> la aguda revuelta del canal, -asomó en el puerto la dorada imagen de la proa y los primeros remos, -enormes patas rojas, apoyándose en la tersa superficie con una fuerza -que levantaba espumas.</p> - -<p>La muchedumbre, entre la que se agitaban las familias de los -marineros, prorrumpió en aclamaciones al entrar la nave en el -puerto.</p> - -<p>—¡Salud, Polyantho! ¡Bienvenido, hijo de Afrodita!... ¡Que Sónnica -tu señora te colme de bienes!</p> - -<p>Los muchachos desnudos, de piel tostada, se arrojaban de cabeza á -la laguna, nadando como un tropel de pequeños tritones en torno de la -nave.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_10">p. 10</span>La gente del puerto -alababa á su compatriota Polyantho, encareciendo su habilidad. Nada -faltaba en su nave: bien podía estar satisfecha de su liberto la rica -Sónnica. En la punta más avanzada del buque, el <i>proreta</i>, inmóvil como -una estatua, escrutando con rápida mirada para avisar la presencia -de obstáculos: la marinería, desnuda, encorvando sobre los remos las -sudorosas espaldas que relucían al sol; y en lo más alto de la popa, el -<i xml:lang="la" lang="la">gubernator</i>, el mismo Polyantho, insensible -al cansancio, envuelto en una amplia tela roja, en la diestra el -gobernalle del timón y en la otra mano un cetro blanco que agitaba -acompasadamente, marcando el movimiento á los remeros. Junto al mástil -agrupábanse hombres de extraños trajes, mujeres inmóviles arrebujadas -en amplios mantos.</p> - -<p>La nave resbaló por el puerto como un insecto enorme, abriendo las -aguas silenciosas y muertas con la proa que poco antes atormentaban las -olas del golfo.</p> - -<p>Al anclar junto al malecón y echar el puente de tablas, los remeros -tuvieron que repeler á palos á la multitud, que se empujaba queriendo -penetrar en la nave.</p> - -<p>El piloto daba órdenes desde la popa: su roja envoltura iba de un -lado á otro como una mancha inflamada por el sol poniente.</p> - -<p>—¡Eh, Polyantho!... Bienvenido seas, navegante. ¿Qué es lo que -traes?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span>El piloto vió en -la orilla á dos jóvenes á caballo. El que le hablaba iba envuelto en -un manto blanco: una de sus puntas le cubría la cabeza, dejando al -descubierto la barba rizada en bucles y lustrosa de perfumes. El otro -oprimía los lomos del corcel con sus piernas desnudas y fuertes; vestía -el <i xml:lang="la" lang="la">sagum</i> de los celtíberos, una corta -túnica de lana, sobre la cual saltaba su ancha espada suspendida del -hombro; y su cabellera desgreñada é hirsuta lo mismo que su barba, -encuadraban un rostro varonil y tostado.</p> - -<p>—¡Salud, Lacaro; salud, Alorco! —contestó el piloto, con expresión -de respeto—. ¿Veréis á Sónnica mi ama?</p> - -<p>—Esta misma noche —contestó Lacaro—. Cenamos en su casa de campo... -¿Qué traes?</p> - -<p>—Decidla que traigo plomo argentífero de Cartago-Nova y lana de la -Bética. Excelente viaje.</p> - -<p>Los dos jóvenes tiraron de las riendas á sus caballos.</p> - -<p>—¡Ah! esperad —añadió Polyantho—. Decidla también que no olvidé su -encargo. Aquí traigo lo que tanto deseáis: las danzarinas de Gades.</p> - -<p>—Todos te lo agradecemos —dijo Lacaro riendo—. ¡Salve, Polyantho; -que Neptuno te sea propicio!</p> - -<p>Y los dos jinetes partieron al galope, perdiéndose entre las chozas -agrupadas al pie del templo de Afrodita.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span>Mientras tanto, uno -de los pasajeros de la nave salió de ésta, abriéndose paso entre la -multitud agolpada frente al buque. Era un griego: todos conocieron -su origen en el <i>pileos</i> que cubría su cabeza; un casquete cónico de -cuero, semejante al de Ulises en las pinturas griegas. Vestía una -túnica obscura y corta, ajustada sobre los riñones por una correa, de -la que pendía una bolsa. La clámide, que no llegaba á sus rodillas, -estaba sujeta sobre el hombro derecho por un broche de cobre; unos -zapatos de correas usadas y polvorientas cubrían sus desnudos pies, y -sus brazos membrudos y cuidadosamente depilados se apoyaban al quedar -inmóvil en un gran dardo que casi era una lanza. Los cabellos, cortos -y rizados en gruesos bucles, se escapaban por debajo del <i>pileos</i>, -formando una hueca corona en torno de su cabeza. Eran negros, pero -brillaban en ellos algunas canas, así como en la barba ancha y corta -que rodeaba su rostro. Llevaba el labio superior cuidadosamente -afeitado, á usanza ateniense.</p> - -<p>Era un hombre fuerte y ágil, en plena virilidad sana y robusta. -En sus ojos, de mirada irónica, había algo de ese fuego que revela á -los hombres nacidos para la lucha y el mando. Caminaba con soltura -por aquel puerto desconocido, como viajero habituado á toda clase de -contrastes y sorpresas.</p> - -<p>El sol comenzaba á ocultarse, y las faenas del<span class="pagenum" -id="Page_13">p. 13</span> puerto habían cesado, retirándose lentamente -la muchedumbre que ocupaba los muelles. Pasaban junto al extranjero -los rebaños de esclavos limpiándose el sudor y dilatando sus miembros -doloridos. Guiados por el palo de sus guardianes, iban á encerrarse -hasta la mañana siguiente en las cuevas del monte inmediato ó en los -molinos de aceite, más allá de las tabernas de marineros, hospederías y -lupanares, que agrupaban sus muros de tierra y sus techos de tablas al -pie de la colina de Afrodita como un complemento del puerto.</p> - -<p>Los comerciantes retirábanse también en busca de sus caballos y -carros para trasladarse á la ciudad. Pasaban en grupos consultando las -apuntaciones de sus tablillas y discutiendo las operaciones del día. -Sus diversos tipos, trajes y actitudes, delataban la gran mezcla de -razas de Zazintho, ciudad comercial, á la que de antiguo afluían las -naves del Mediterráneo, y cuyo tráfico luchaba con el de Ampurias y -Marsella. Los mercaderes asiáticos y africanos que recibían el marfil, -las plumas de avestruz y las especias y perfumes para los ricos de la -ciudad, se distinguían por su paso majestuoso, las túnicas con flores -y pájaros de oro, los verdes borceguíes, las altas tiaras llenas de -bordados y la barba descendiendo sobre el pecho en ondas horizontales -de menudos rizos. Los griegos charlaban y reían con incesante -movilidad, tomando á<span class="pagenum" id="Page_14">p. 14</span> -broma sus negocios y abrumando con sus palabras á los exportadores -iberos, graves, barbudos, huraños, vestidos de lana burda, y que -con su silencio, parecían protestar de aquel chaparrón de inútiles -palabras.</p> - -<p>Los muelles quedaban desiertos por momentos. Toda su vida afluía al -camino de la ciudad, donde, entre nubes de polvo, galopaban caballos, -rodaban carros y pasaban con menudo trote los borriquillos africanos, -llevando en sus lomos algún ciudadano corpulento sentado como una -mujer.</p> - -<p>El griego seguía lentamente por el muelle tras dos hombres vestidos -con túnica corta, borceguíes y un sombrerillo cónico de alas caídas, -semejante al de los pastores helenos. Eran dos artesanos de la ciudad. -Habían pasado el día pescando y volvían á sus casas, mirando con mal -disimulado orgullo sus cestas, en cuyo fondo coleaban unos cuantos -barbos, revueltos con delgadas anguilas. Hablaban en ibero, mezclando -á cada punto en su conversación palabras griegas y latinas. Era el -lenguaje usual de aquella antigua colonia, en continuo contacto por -el comercio con los principales pueblos de la tierra. El griego, al -seguirles por el muelle, atendía á su conversación con la curiosidad de -un extranjero.</p> - -<p>—Vendrás en mi carro, amigo —decía uno de ellos—. En la hostería de -Abiliana tengo mi asno,<span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span> -que, como sabes, es la envidia de mis vecinos. Aún llegaremos á la -ciudad antes que cierren las puertas.</p> - -<p>—Mucho te lo agradezco, vecino. No es prudente caminar solo, cuando -pululan en nuestros campos los aventureros que tomamos á sueldo para -las guerras con los turdetanos, y toda la mala gente huída de la ciudad -después de las últimas revueltas. Anteayer, ya sabes que apareció en un -camino el cadáver de Acteio, el barbero del Foro. Le asesinaron para -robarle cuando volvía al anochecer de su casita del campo.</p> - -<p>—Ahora dicen que viviremos más tranquilos, después de la -intervención de los romanos. Los legados de Roma han hecho cortar unas -cuantas cabezas y afirman que con esto tendremos paz.</p> - -<p>Detuviéronse los dos un instante y volvieron la cabeza para mirar la -<i>libúrnica</i> romana, que apenas si se veía junto á la torre del puerto, -envuelta en las sombras de la noche. Después siguieron caminando con -lentitud, como si reflexionasen.</p> - -<p>—Ya sabes —continuó uno de ellos— que no soy más que un zapatero -que tiene su tienda cerca del Foro y ha podido reunir un saco de -<i>victoriatos</i> de plata para darse una vejez tranquila y pasar la tarde -en el puerto con la caña en la mano. No sé lo que esos retóricos que -se pasean por fuera de la muralla de la ciudad, disputando<span -class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> y gritando como Furias, ni -pienso como los filósofos que se agrupan en los pórticos del Foro para -reñir, entre las burlas de los comerciantes, por si tiene más razón -éste ó aquél de los hombres que allá en Atenas se ocupan de tales -cosas. Pero con toda mi ignorancia, yo me pregunto, vecino: ¿por qué -estas luchas entre hombres que vivimos en la misma ciudad y debemos -tratarnos como buenos hermanos?... ¿Por qué?</p> - -<p>Y el camarada del zapatero contestaba con fuertes cabezadas de -asentimiento.</p> - -<p>—Yo comprendo —continuó el artesano— que de vez en cuando estemos en -guerra con nuestros vecinos los turdetanos. Unas veces por cuestión de -riegos, otras por los pastos, y las más por los límites del territorio -y por impedirles que disfruten de este hermoso puerto, comprendo que -se armen los ciudadanos, que busquen la pelea y salgan á arrasarles -los campos y quemarles las chozas. Al fin esa gente no es de nuestra -raza, y así es como se hace respetar una gran ciudad. Además, la guerra -proporciona esclavos que muchas veces escasean; y sin esclavos ¿qué -haríamos los hombres... los ciudadanos?</p> - -<p>—Yo soy más pobre que tú, vecino —dijo el otro pescador—. El hacer -sillas de caballo no me produce tanto como á tí los zapatos; pero mi -pobreza me permite tener un esclavo turdetano, que me ayuda mucho, y -quiero la guerra porque aumenta considerablemente mi trabajo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span>—La guerra con -los vecinos; sea en buena hora. La juventud se fortalece y busca -distinguirse; la república adquiere importancia, y todos, después de -correr por valles y montes, compran zapatos y hacen componer las sillas -de sus caballos. Muy bien; así marchan los negocios. ¿Pero por qué -estamos hace más de un año convirtiendo el Foro en campo de batalla y -cada calle en una fortaleza? Á lo mejor estás en tu tienda encareciendo -á una ciudadana la elegancia de unas sandalias de papiro á la moda -asiática, ó de unos coturnos griegos de gran majestad, cuando oyes en -la inmediata plaza choque de armas, gritos, exclamaciones de muerte, -y ¡á cerrar en seguida la puerta para que un dardo perdido no te deje -clavado en tu asiento! ¿Y por qué? ¿Qué motivo existe para vivir como -perros y gatos en el seno de esta Zazintho, tan tranquila y laboriosa -antes?</p> - -<p>—La soberbia y la riqueza de los griegos... —comenzó á decir el -compañero.</p> - -<p>—Sí; ya conozco esa razón. El odio entre iberos y griegos; la -creencia de que éstos, por sus riquezas y sabiduría, dominan y explotan -á aquéllos... ¡Como si en la ciudad existiesen realmente iberos y -griegos!... Iberos son los que están detrás de esas montañas que nos -cierran el horizonte; griego es ese que hemos visto desembarcar y -viene tras de nuestros pasos; pero nosotros no somos más que hijos de -Zazintho ó de<span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span> Sagunto, -como quieran llamar á nuestra ciudad. Somos el resultado de mil -encuentros por tierra y por mar, y Júpiter se vería apurado para decir -quiénes fueron nuestros abuelos. Desde que á Zazintho le mordió la -serpiente en esos campos y nuestro padre Hércules levantó los grandes -muros de la Acrópolis, ¿quién puede marcar las gentes que aquí han -venido y aquí se han quedado, á pesar de que otros llegaron después -para arrebatarles el dominio de los campos y las minas? Aquí vinieron -las gentes de Tiro con sus naves de vela roja en busca de la plata -del interior; los marineros de Zante huyendo con sus familias de los -tiranos de su país; los rótulos de Ardea, gentes de Italia, que eran -poderosas en los tiempos en que aún no existía Roma; cartagineses de la -época en que pensaban más en el comercio que en las armas... ¡y qué sé -yo cuántas gentes más! Hay que oirlo á los pedagogos cuando explican -la historia en el pórtico del templo de Diana. Yo mismo, ¿sé acaso si -soy griego ó ibero? Mi abuelo fué un liberto de Sicilia que vino para -encargarse de una fábrica de alfarería y se casó con una celtíbera del -interior. Mi madre era una lusitana que llegó en una expedición para -vender oro en polvo á unos mercaderes de Alejandría. Yo me limito á ser -saguntino como los demás. Los que se consideran iberos en Sagunto creen -en los dioses de los griegos; los griegos adoptan<span class="pagenum" -id="Page_19">p. 19</span> sin sentirlo muchas costumbres ibéricas; -se creen diferentes porque han partido en dos á la ciudad y viven -separados; pero sus fiestas son las mismas, y en las próximas Panatheas -verás juntas con las hijas de los comerciantes helenos á las de esos -ciudadanos que cultivan la tierra, visten de paño burdo y se dejan -crecer la barba para semejarse más á las tribus del interior.</p> - -<p>—Sí, pero los griegos todo lo invaden, son los dueños de todo, se -han apoderado de la vida de la ciudad.</p> - -<p>—Son los más sabios, los más audaces; tienen algo de divino en sus -personas —dijo sentenciosamente el zapatero—. Fíjate si no en ese -que viene detrás de nosotros. Va vestido pobremente; tal vez en su -bolsa no tiene dos óbolos para cenar; puede que duerma á cielo raso, -y sin embargo, parece Zeus que haya bajado disfrazado del cielo para -visitarnos.</p> - -<p>Los dos artesanos volvieron la vista instintivamente para mirar al -griego; y siguieron adelante. Habían llegado junto á las chozas que -formaban una animada población en torno del puerto.</p> - -<p>—Hay otra razón —dijo el talabartero— para la guerra que nos divide. -No es el odio únicamente entre griegos é iberos; es que unos quieren -que seamos amigos de Roma y otros de Cartago.</p> - -<p>—Ni con unos ni con otros —dijo sentenciosa<span class="pagenum" -id="Page_20">p. 20</span>mente el zapatero—. Tranquilos y comerciando -como en otros tiempos, es como mejor prosperaríamos. El habernos -llevado á la amistad con Roma, es lo que yo reprocho á los griegos de -Sagunto.</p> - -<p>—Roma es la vencedora.</p> - -<p>—Sí, pero está muy lejos, y los cartagineses están casi á nuestras -puertas. Sus tropas de Cartago-Nova pueden venir aquí en unas cuantas -jornadas.</p> - -<p>—Roma es nuestra aliada y nos protege. Sus legados, que parten -mañana, han dado fin á nuestras revueltas, decapitando á los ciudadanos -que turbaban la paz de la ciudad.</p> - -<p>—Sí; pero esos ciudadanos eran amigos de Cartago y antiguos -protegidos de Hamílcar. Hanníbal no olvidará fácilmente á los amigos de -su padre.</p> - -<p>—¡Bah! Cartago quiere paz y mucho comercio para enriquecerse. -Después de su fracaso de Sicilia, teme á Roma.</p> - -<p>—Temerán los senadores, pero el hijo de Hamílcar es muy joven, y á -mí me dan miedo esos muchachos convertidos en caudillos, que olvidan el -vino y el amor para soñar sólo con la gloria.</p> - -<p>El griego no pudo oir más. Los dos artesanos habían desaparecido -entre las chozas, y el eco de su disputa se perdió á lo lejos.</p> - -<p>El extranjero se vió completamente solo en aquel puerto desconocido. -Los muelles estaban<span class="pagenum" id="Page_21">p. 21</span> -desiertos; comenzaban á brillar algunos faroles en las popas de las -naves, y á lo lejos, sobre las aguas del golfo, se elevaba la luna -como un disco enorme de color de miel. Únicamente en el pequeño puerto -de los pescadores, había alguna animación. Las mujeres, desnudas -de cintura arriba, y oprimiendo entre las piernas el guiñapo que -les servía de túnica, se metían en el agua hasta las rodillas para -lavar el pescado, y colocándolo después en anchas cestas sobre su -cabeza, emprendían la marcha, arrastrando á sus pequeñuelos panzudos -y en cueros. De las naves, inmóviles y silenciosas, salían grupos -de hombres que se encaminaban á la población miserable extendida al -pie del templo. Eran marineros que iban en busca de las tabernas y -lupanares.</p> - -<p>El griego conocía bien aquellas costumbres. Era un puerto igual á -los muchos que había visto. El templo en lo alto para servir de guía al -navegante; y abajo el vino á punto, el amor fácil y la riña sangrienta, -como terminación de la fiesta. Pensó un momento en emprender la marcha -á la ciudad; pero estaba muy lejos, desconocía el camino, y prefirió -quedarse allí, durmiendo en cualquier parte hasta que saliera el -sol.</p> - -<p>Había entrado en los tortuosos callejones que formaban las chozas -construídas al azar, como si hubieran caído en tropel del cielo, -con sus paredes de tierra y techumbres de paja y cañas, con<span -class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span> estrechos tragaluces, y sin -otra puerta que unos cuantos harapos recosidos ó un tapiz deshilachado. -En algunas, de exterior menos miserable, vivían los modestos -traficantes del puerto, los que servían las vituallas á las naves, los -corredores de granos y los que, ayudados por algunos esclavos, traían -los toneles de agua desde las fuentes del valle á las embarcaciones. -Pero la mayoría de las casuchas eran tabernas, hospederías y -lupanares.</p> - -<p>Algunas casas tenían junto á las puertas inscripciones en griego, en -ibero y en latín, pintadas con almazarrón.</p> - -<p>El griego oyó que le llamaban. Era un hombrecillo gordo y calvo que -le hacía señas desde la puerta de su vivienda.</p> - -<p>—Salud, hijo de Atenas —decía para halagarle con el nombre de -la ciudad más famosa de la Grecia—. Pasa adelante; estarás entre -los tuyos, pues también mis ascendientes vinieron de allá. Mira la -muestra de mi taberna, «<i>Á Palas Athenea</i>». Aquí encontrarás el vino -de Laurona, tan excelente como los de la Ática: si quieres probar -la cerveza celtíbera, también la tengo, y hasta si lo deseas, puedo -servirte cierto frasco de vino de Samos, tan auténtico como la diosa de -Atenas que adorna mi mostrador.</p> - -<p>El griego contestó con una sonrisa y un movimiento negativo, casi al -mismo tiempo que el tabernero locuaz se introducía en su tugurio,<span -class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span> levantando el tapiz para -dejar paso á un grupo de marineros.</p> - -<p>Á los pocos pasos volvió á detenerse, atraído por un silbido tenue -que parecía llamarle desde el fondo de una cabaña. Una vieja arrebujada -en un manto negro, le hacía señas desde la puerta. En el interior, -á la luz de una lámpara de barro colgada de una cadenilla, veíanse -varias mujeres en cuclillas sobre esteras, en la actitud de bestias -resignadas, sin otra vida que la sonrisa inmóvil que hacía brillar sus -dientes.</p> - -<p>—Voy de prisa, buena madre —dijo el extranjero riendo.</p> - -<p>—Detente, hijo de Zeus —contestó la vieja en idioma heleno, -desfigurado por la dureza de su acento y el silbido de su respiración -entre las encías desdentadas—. Al momento conocí que eres griego. Todos -los de tu país sois alegres y hermosos: tú pareces Apolo, buscando á -sus celestes hermanas. Entra; aquí las encontrarás...</p> - -<p>Y acercándose al extranjero para cogerle la orla de la clámide, -enumeraba todos los encantos de sus pupilas iberas, baleares ó -africanas; unas majestuosas y grandes como Juno, otras pequeñas y -graciosas como las hetarias de Alejandría y Grecia; y al ver que el -parroquiano se desasía y continuaba su camino, la vieja levantaba -la voz, creyendo no haber acertado su gusto, y hablaba de jóvenes -blancos y de luenga cabellera, hermosos como los muchachuelos si<span -class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span>rios que se disputaban los -elegantes de Atenas.</p> - -<p>El griego había salido del tortuoso callejón, y todavía escuchaba la -voz de la vieja, que parecía embriagarse impúdicamente con sus infames -pregones. Estaba en el campo, al principio del camino de la ciudad. -Tenía á su derecha la colina del templo, y al pie de ella, delante de -la escalinata, vió una casa más grande que las otras, una hostería con -la puerta y las ventanas iluminadas con lámparas de barro rojo.</p> - -<p>Dentro, sentados en los poyos, veíanse marineros de todos los -países, pidiendo de comer en lenguas distintas. Soldados romanos con su -coselete de escamas de bronce, la corta espada pendiente del hombro, -y á sus pies el casco, rematado por una cimera de rojas crines en -forma de cepillo; remeros de Marsella casi desnudos, con el cuchillo -medio oculto entre los pliegues del trapo anudado á sus riñones; -marineros fenicios y cartagineses con ancho pantalón, alto gorro en -forma de mitra y pesados pendientes de plata; negros de Alejandría, -atléticos y de torpes movimientos, enseñando al sonreir sus agudos -dientes, que hacían pensar en espantosas escenas de antropofagia; -celtíberos é iberos, de sombrío traje y enmarañada cabellera, mirando -recelosos á todos lados y llevando instintivamente la mano á la ancha -cuchilla; algunos hombres rojos de las Galias, con luengos mosta<span -class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span>chos y las encendidas crines -anudadas y caídas sobre el cogote; gente, en fin, llevada y traída -por los azares de la guerra y del mar, de un punto á otro del mundo -conocido; un día guerreros victoriosos y al otro esclavos; tan pronto -marineros como piratas; sin ley ni nacionalidad; sin otro respeto que -el miedo al jefe de la nave, pronto á ordenar los azotes y la cruz; -sin más religión que la de la espada y los músculos; llevando en las -heridas que cubrían sus cuerpos, en las largas cicatrices que surcaban -sus músculos, en las orejas cortadas cubiertas por las sucias greñas, -un pasado misterioso de horrores.</p> - -<p>Comían de pie junto al mostrador, tras el cual se alineaban las -ánforas con sus tapones de frescas hojas; otros, sentados en los -bancos de mampostería á lo largo de las paredes, sostenían sobre sus -rodillas el plato de barro. Los más se habían tendido sobre el vientre -en el suelo, como fieras que se reparten la presa, y avanzaban sobre -los grandes platos sus garras vellosas, crujiéndoles las mandíbulas -entre palabra y palabra. Aún no se derramaba el vino ni habían pedido -la presencia de mujeres. Comían y bebían con apetito de ogros, -atormentados por la escasez de las largas travesías y extenuados -moralmente por la brutal disciplina de las naves.</p> - -<p>Viéndose amontonados en un estrecho espacio, apestados por el humo -de las lámparas y los<span class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span> -vapores de los platos, sentían la necesidad de comunicarse; y entre -bocado y bocado, cada cual hablaba á su vecino sin reparar en la -diferencia de idioma, acabando por entenderse todos en una lengua -compuesta de más gestos que palabras. Un cartaginés relataba á un -griego su último viaje á las islas del Mar Grande, más allá de las -columnas de Hércules, por un mar gris y cubierto de nieblas, hasta -llegar á unas abruptas costas, sólo conocidas por los pilotos de su -país, donde se encontraba el estaño. Más allá, un negro, con grotesca -mímica, contaba á dos celtíberos una excursión á lo largo del mar Rojo, -hasta llegar á misteriosas playas, desiertas de día, pero cubiertas de -noche por movibles fuegos y habitadas por hombres velludos y ágiles -como monos, cuyas pieles, rellenas de paja, se llevaban á los templos -de Egipto para ofrecerlas á los dioses. Los soldados romanos más -viejos, contaban su gran victoria de las islas Egatas, que arrojó á -los cartagineses de Sicilia, terminando la guerra; y no les importaba, -en su insolencia de vencedores, la presencia de los humillados -cartagineses que los escuchaban. Los pastores iberos, mezclados entre -los navegantes, querían aminorar el efecto de las aventuras marítimas -y hablaban de los caballos de la tribu y de sus prodigios de rapidez, -mientras algún griego pequeño, vivaracho y mordaz, para anonadar á -los bárbaros y demostrar la superioridad de su raza, rompía á<span -class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span> declamar fragmentos de alguna -oda aprendida en el puerto de Pireo ó entonaba una melopea lenta y -dulce que se perdía entre el rumor de las conversaciones, el crujido de -mandíbulas y el choque de los platos.</p> - -<p>Pedían más luz: cada vez se hacía más densa la atmósfera humosa de -la hostería, y las llamas de las lámparas se marcaban apenas como gotas -de sangre sobre las paredes negras de hollín. De la inmediata cocina -llegaba un vaho de salsas picantes y leña humosa, que hacía llorar y -toser á muchos parroquianos. Algunos estaban ebrios á poco de comenzar -la comida, y pedían coronas de flores á los esclavos para adornarse -como en los banquetes de los ricos. Otros aplaudían con rugidos al -ver cómo se iluminaba el antro con el resplandor sangriento de las -teas que encendía el dueño. Los esclavos agitábanse tras el mostrador -de piedra, volcando las grandes ánforas, y corrían á la cocina para -salir inmediatamente rojos de asfixia, sosteniendo los grandes platos. -Esparcíase el vino por el suelo al volcarse una crátera, y de vez -en cuando, al asomar en las ventanas las pintadas caras de algunas -rameras —<i>lobas</i> del puerto que esperaban el momento de hacer irrupción -en la hostería—, los marineros las saludaban con grandes risotadas, -imitando el aullido de la bestia cuyo nombre las servía de apodo, y -arrojábanlas parte de su comida, que se disputaban ellas entre arañazos -y chillidos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_28">p. 28</span>Los platos eran -todos excitantes, propios para acompañar con un sorbo cada bocado. Los -griegos comían caracoles nadando en salsa de azafrán; las sardinas -frescas del golfo aparecían en rueda sobre los platos, festoneadas -de hojas de laurel; las coronas de pájaros se servían cubiertas de -salsa verde; los pastores iberos se contentaban con peces secos y -queso duro; los romanos y galos devoraban grandes trozos de cordero -chorreando sangre; presentábanse las anguilas de los lagos del puerto -con adornos de huevos cocidos; y todos estos platos y otros más, iban -cargados de sal, de pimienta, de hierbas de olor acre, á las cuales -atribuían las más extrañas cualidades. Todos sentían la necesidad de -gastar su dinero, de hartarse y rodar ebrios por el suelo, consolándose -así de la dura vida de privaciones que les esperaba en los barcos. -Los romanos que partían al día siguiente, habían cobrado las pagas -atrasadas y querían dejar sus <i>sextercios</i> en el puerto de Sagunto; -los cartagineses hablaban con orgullo de su República, la más rica -del mundo, y los demás marineros elogiaban á sus patrones, siempre -generosos cuando tocaban en aquel puerto, de excelentes negocios. El -hostelero iba arrojando sin cesar en el fondo de una ánfora vacía -monedas de todas clases, lo mismo de Zazintho, con la proa de nave y la -Victoria volando sobre ella, como de Cartago, con el caballo legendario -y los espantosos dioses kabiros<span class="pagenum" id="Page_29">p. -29</span> ó de Alejandría, con el elegante perfil de los Ptolomeos.</p> - -<p>Los más burdos remeros sentían caprichos de potentado, la comezón -de imitar durante una noche á los ricos para consolarse en los días -de hambre con este recuerdo, y pedían ostras de Lucrino, que algunas -naves traían en ánforas con agua de mar para los grandes comerciantes -de Sagunto, ó el <i xml:lang="la" lang="la">oxigarum</i>, que los -patricios de Roma pagaban á considerable precio; tripas de pescado -salado preparadas con vinagre y especias que despertaban el apetito. -El vino negro de Laurona y el de color de rosa del agro saguntino, -parecían despreciables á los que tenían dinero. Despreciaban igualmente -el de Marsella, hablando de la pez y el yeso con que lo preparaban, y -pedían vinos de la Campania, Falerno, Massica ó Cecubo, que, á pesar -de su precio, bebían en <i>cimbas</i>, vasos de barro saguntino en forma de -barca, que contenían gran cantidad de líquido. Y junto con los platos -calientes y la variedad de bebidas, desde la cerveza celtíbera á los -vinos extranjeros, aquellos hombres devoraban grandes cantidades de -verduras y frutas, hambrientos, por las largas permanencias en el mar, -de los productos de los campos. Se arrojaban sobre los platos cubiertos -de hongos, comían á puñados los rábanos aderezados con vinagre, los -puerros, las acelgas y los ajos, y los montones de frescas lechugas de -las huertas del agro<span class="pagenum" id="Page_30">p. 30</span> -desaparecían, dejando cubierto el suelo de hojas verdes y sucias de -tierra.</p> - -<p>El griego contemplaba este espectáculo desde la puerta, confundido -con unos cuantos marineros que no encontraban sitio en la hostería. -Á la vista del rudo banquete, el extranjero recordaba que no había -comido desde por la mañana, cuando el encargado de los remeros de la -nave de Polyantho le dió un pedazo de pan. La novedad del desembarco en -una tierra desconocida, había hecho callar su estómago, acostumbrado -á las privaciones; pero ahora, á la vista de tantos manjares, sentía -el zarpazo del hambre, é instintivamente avanzaba un pie dentro de la -hostería, retirándolo inmediatamente. ¿Para qué entrar? La bolsa que -colgaba sobre su vientre contenía <i xml:lang="la" lang="la">papirus</i> -atestiguando sus hechos pasados; tabletas para anotaciones que ayudasen -su memoria: hasta guardaba en ella las pinzas de depilar y un peine, -todos los menudos objetos de que no se despojaba un buen griego, amante -del cuidado personal; pero por más que buscase en ella, no encontraría -un óbolo. En la nave le habían admitido gratuítamente al verle -vagabundo en los muelles de Cartago-Nova, porque el piloto respetaba -á los griegos de la Ática; se veía solo y hambriento en un país -desconocido, y si entraba en la hostería queriendo comer sin presentar -dinero, le tratarían como un esclavo, arrojándole á palos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_31">p. 31</span>Atormentado por el -vaho de las viandas y las salsas, prefirió huir, arrancándose á aquel -suplicio de Tántalo; y al retroceder tropezó con un hombre alto, sin -más traje que un <i xml:lang="la" lang="la">sagum</i> obscuro y unas -sandalias con las correas cruzadas hasta las rodillas. Parecía un -pastor celtíbero; pero el griego, al tropezarse con él y cruzar una -rápida mirada, sintió la impresión de que no veía por primera vez -aquellos ojos imperiosos, que hacían pensar en los del águila posada á -los pies de Zeus.</p> - -<p>El griego levantó los hombros con indiferencia. Lo que deseaba era -acallar el hambre, dormir si le era posible hasta la salida del sol. Y -huyendo de aquella barriada miserable, iluminada y ruidosa, buscó un -sitio donde descansar, y se encaminó al Fano de Afrodita. El templo, -situado en lo alto de la colina, tenía una ancha escalinata de mármol -azul, cuyo primer peldaño arrancaba del muelle.</p> - -<p>El griego se sentó en la pulida piedra proponiéndose esperar allí -la llegada del día. La luna iluminaba toda la parte alta del templo; -los ruidos de las casas del puerto llegaban hasta él amortiguados, -confundidos y como arrollados al través de la gran calma de la noche, -en la que se fundían el lejano murmullo del mar, el estremecimiento -rumoroso de los olivares y el monótono canto de las ranas albergadas en -las marismas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span>Varias veces oyó el -griego un grito estridente y lúgubre, semejante al aullido del lobo. -De repente, sonó á sus espaldas; su nuca sintió un soplo caliente, y -al volverse vió una mujer que se inclinaba hacia él con las manos en -las rodillas, sonriendo con una expresión estúpida que desgarraba su -boca, dejando al descubierto las encías, en las que se marcaban algunos -claros.</p> - -<p>—Salud, hermoso extranjero. Te he visto huir del bullicio; debes -fastidiarte en la soledad, y vengo en tu busca para que seas feliz. -Qué... ¿no puede ser?</p> - -<p>El griego la reconoció al momento. Era una <i>loba</i> del puerto, una -de aquellas infelices que había visto pulular en los desembarcaderos -de todos los pueblos; cortesanas cosmopolitas y miserables, amantes -de una noche de hombres de todos colores y razas, sin más voluntad -que la de caer de espaldas, con unos cuantos óbolos en la mano, sobre -una piedra ó á la sombra de una barca; antiguas hetarias sumidas en -el embrutecimiento, esclavas fugitivas buscando la libertad en la -prostitución, la suciedad y la embriaguez; hembras que representaban -el amor para los hombres crueles del mar; pobres bestias extenuadas de -jóvenes por las excesivas caricias, y destinadas cuando viejas á ser -tratadas á golpes.</p> - -<p>El extranjero miraba aquella mujer todavía<span class="pagenum" -id="Page_33">p. 33</span> joven, y reconocía en ella algunos restos de -belleza; pero enflaquecida, los ojos lacrimosos, la boca desfigurada -por los dientes rotos. Iba envuelta en una amplia tela que debió ser -de bellísimo tejido, pero sucia ya y deshilachada; sus pies estaban -descalzos, y la enmarañada cabellera sosteníase con una peineta de -cobre, á la que la infeliz había añadido algunas flores silvestres.</p> - -<p>—Pierdes el tiempo viniendo aquí —dijo el griego con bondadosa -sonrisa—. No tengo ni un óbolo en mi bolsa.</p> - -<p>El acento dulce de aquel hombre, pareció intimidar á la pobre -cortesana. Era una criatura acostumbrada á los golpes: para ella el -hombre representaba el empellón brutal, el placer manifestado con -mordiscos; y ante la dulzura del griego, se mostró desconcertada y -recelosa, como si presintiera un peligro.</p> - -<p>—¿No tienes dinero? —dijo con humildad después de un largo -silencio—. No importa, aquí me tienes. Me gustas; soy tu esclava: entre -toda esa gente que alborota en la hostería, mis ojos han ido á tí.</p> - -<p>Y se inclinaba sobre el griego, acariciando con las endurecidas -manos sus cabellos rizados, mientras él la examinaba con ojos de -compasión, viendo su pecho deprimido, su regazo combado, en el que -parecían haber impreso todos los pueblos la huella de su paso.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_34">p. 34</span>El extranjero, -hambriento y solo en una tierra desconocida, se sentía atraído por la -bondad de aquella infeliz: era la fraternidad de la miseria.</p> - -<p>—Si deseas no estar sola, permanece á mi lado: habla lo que quieras, -pero no me acaricies. Tengo hambre: nada comí desde el amanecer, y en -este momento cambiaría todas las dulzuras de Citerea por la pitanza de -cualquier marinero.</p> - -<p>La ramera se incorporó á impulsos de la sorpresa.</p> - -<p>—¿Hambre tú?... ¿Tú desfalleces de hambre cuando yo te creía -alimentado con la ambrosía de Zeus?</p> - -<p>Y sus ojos delataban el mismo asombro que si viera á Afrodita, la -diosa de blancas desnudeces, guardada arriba en su templo, descender -del pedestal de mármol, ofreciéndose con los brazos abiertos, por un -óbolo, á los remeros del puerto.</p> - -<p>—Espera, espera —dijo con resolución, después de reflexionar largo -rato.</p> - -<p>El griego vió como corría hacia las chozas, y cuando ya el cansancio -y la debilidad comenzaban á cerrar sus ojos, la sintió otra vez junto á -él, tocándole en un hombro.</p> - -<p>—Toma, mi señor. Me ha costado mucho encontrar esto. La cruel Lais, -una vieja horrible como las Parcas, que nos ayuda á vivir en los días -difíciles, ha accedido á darme su cena después de hacerme jurar que á -la salida del sol le<span class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span> -entregaré dos sextercios. Come, amor; come y bebe.</p> - -<p>Y colocaba sobre los peldaños un pan moreno en figura de disco, unos -peces secos, medio queso saguntino blanco, tierno y rezumando suero, y -una jarra de cerveza celtíbera.</p> - -<p>El griego se abalanzó á la comida y comenzó á devorar, seguido por -la mirada de la <i>loba</i>, que se dulcificaba por momentos, tomando una -expresión casi maternal.</p> - -<p>—Quisiera ser tan rica como Sónnica, una que, según cuentan, comenzó -como cualquiera de nosotras, y es dueña de muchas de esas naves, y -tiene jardines asombrosos como el Olimpo, y tropas de esclavos, y -fábricas de alfarería, y medio agro es de su propiedad. Quisiera ser -rica aunque sólo fuese por esta noche, para regalarte con cuanto de -bueno hay en el puerto y en la ciudad; para darte un banquete como los -de Sónnica, que duran hasta el día, y donde tú, coronado de rosas, -bebieses el Samos en copa de oro.</p> - -<p>El griego, conmovido por la sencillez y la ingenuidad conque hablaba -aquella infeliz, la miró con dulzura.</p> - -<p>—No me lo agradezcas: yo soy quien debo darte gracias por la -felicidad que me proporciona darte de comer... ¿Qué es esto? No lo -sé. Nunca se aproximó á mí hombre alguno sin darme algo. Unos monedas -de cobre, otros algún pe<span class="pagenum" id="Page_36">p. -36</span>dazo de tela ó una pátera de vino: los más golpes y mordiscos: -todos me han dado algo, y yo sufría y los detestaba. Y tú que llegas -pobre y hambriento, que no me buscas, que me rehuyes, que nada me -das, ha bastado que estés junto á mí para que discurra por mi cuerpo -una felicidad desconocida. Al darte de comer me siento ebria como si -saliera de un festín. Dí, griego: ¿eres realmente un hombre ó eres -el padre de los dioses que ha venido á honrarme descendiendo á la -tierra?</p> - -<p>Y exaltada por sus propias palabras, púsose en pie en mitad de la -escalinata, y extendiendo sus brazos rígidos hacia el templo bañado por -la luna, exclamó:</p> - -<p>—¡Afrodita! ¡Mi diosa! Si algún día llego á reunir lo que cuestan -dos palomas blancas, las presentaré en tu ara adornadas con flores y -cintas de color de fuego, para recuerdo de esta noche.</p> - -<p>El griego bebía el amargo líquido de la jarra y la tendió á la -cortesana, que buscó en el barro el mismo sitio que habían rozado los -labios de su compañero, para poner los suyos.</p> - -<p>No tocó la parte de la cena que le presentaba el griego: únicamente -siguió bebiendo, lo que parecía darla mayor locuacidad.</p> - -<p>—¡Si supieras lo que me ha costado encontrar todo esto!... Las -callejuelas están llenas de ebrios, que, revolcándose en el barro y -arras<span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span>trándose sobre las -manos, te rasgan las ropas y te muerden las piernas. El vino corre por -fuera de las puertas de las hosterías. En el muelle reñían hace poco. -Unos africanos curaban á un compañero, metiéndolo de cabeza en el agua: -un celtíbero se la había abierto de un puñetazo. Á Tuga, una muchacha -ibera, se divierten cogiéndola por los pies y metiéndola de cabeza en -la crátera más grande de la taberna, hasta que la retiran medio ahogada -por el vino. Es la diversión de siempre. Á la pobre Albura, una amiga -mía, la he visto sentada en el suelo chorreando sangre, sosteniéndose -en la palma de la mano un ojo que le había hecho saltar de un puñetazo -un egipcio ebrio. ¡Lo de todas las noches! Y, sin embargo, ahora me da -miedo: apenas si te conozco y parece que vivo en un mundo nuevo, que me -doy cuenta por primera vez de lo que me rodea.</p> - -<p>Y á continuación le relató su historia. La llamaban Bachis y no -conocía con certeza su país. Había nacido sin duda en otro puerto, -porque recordaba confusamente en los primeros años de su vida un largo -viaje en una nave. Su madre debió ser alguna <i>loba</i> de puerto y ella -el fruto del encuentro con un marinero. Aquel nombre de Bachis que -le habían dado desde pequeña era el de muchas cortesanas famosas de -Grecia. Una vieja la compró sin duda al piloto que la trajo á Sagunto, -y niña aún, mucho antes de sentirse mujer, conoció el amor, viendo -visitada la choza<span class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span> de la -vieja por negociantes ancianos del puerto y libertinos de la ciudad que -se recomendaban unos á otros aquel cuerpo infantil, débil y pobre, en -el que aún no se marcaban los abultamientos del sexo. Al morir su dueña -se hizo <i>loba</i> y pasó á poder de los marineros, de los pescadores, de -los pastores de la inmediata sierra, de toda la muchedumbre brutal que -pululaba en el puerto.</p> - -<p>Aún no había cumplido veinte años y estaba envejecida, ajada, -exprimida por los excesos y los golpes. La ciudad la veía siempre de -lejos. En toda su vida sólo había entrado en ella dos veces. Allí no -toleraban á las <i>lobas</i>. Consentían su permanencia junto al Fano de -Afrodita como garantía para la seguridad de Sagunto, que así tenía -alejadas á las gentes de todos los países que llegaban al puerto; pero -en la ciudad, los iberos de puras costumbres se indignaban á la vista -de las cortesanas, y los griegos corrompidos eran demasiado refinados -en sus gustos para sentir misericordia ante aquellas vendedoras de amor -que caían como bestias en celo al borde de un camino por un racimo de -uvas ó un puñado de nueces.</p> - -<p>Y allí, á la sombra del templo de Venus, transcurriría su vida, -esperando siempre nuevas naves y hombres nuevos que caían sobre -ella, velludos, obscenos y brutales como sátiros, mordidos por las -abstinencias del mar, hasta que un día la<span class="pagenum" -id="Page_39">p. 39</span> asesinasen en una riña de marineros ó -apareciese muerta de hambre al lado de una barca abandonada.</p> - -<p>—Y tú ¿quién eres? —terminó diciendo Bachis—. ¿Cómo te llamas?</p> - -<p>—Mi nombre es Acteón: mi patria es Atenas. He corrido mucho mundo: -en unas partes he sido soldado, en otras navegante: he peleado, he -comerciado y hasta he compuesto versos y hablado con los filósofos de -cosas que tú no entenderías. He sido rico muchas veces y ahora tú me -das de comer. Ésa es toda mi historia.</p> - -<p>Bachis le miraba con ojos de admiración, adivinando al través de sus -concisas palabras todo un pasado de aventuras, de terribles peligros y -de prodigiosos vaivenes de la fortuna. Recordaba las hazañas de Aquiles -y la aventurera vida de Ulises, tantas veces oídas en los versos que -declamaban los marineros griegos al sentirse ebrios.</p> - -<p>La cortesana, reclinándose en el pecho de Acteón, acariciaba con -una mano su cabellera. El griego, agradecido, sonreía fraternalmente á -Bachis con la misma frialdad que si fuese una niña.</p> - -<p>Dos marineros salieron de entre las chozas y comenzaron á -tambalearse en el muelle. Un aullido penetrante que parecía desgarrar -el aire, sonó junto á los oídos de Acteón. Su amiga, impulsada por la -costumbre, con el instinto del<span class="pagenum" id="Page_40">p. -40</span> vendedor que adivina de lejos al parroquiano, se había puesto -de pie.</p> - -<p>—Volveré, mi dueño. Me olvidaba de la terrible Lais. Tengo que darle -su dinero antes que salga el sol. Me pegará como otras veces si no -cumplo mi promesa. Espérame aquí.</p> - -<p>Y repitiendo su aullido feroz, fué en busca de los marineros, que -se habían detenido y saludaban con risotadas y palabras obscenas los -gritos de la <i>loba</i>.</p> - -<p>Al verse solo el griego, con el hambre aplacada, experimentó cierto -disgusto pensando en su reciente aventura. ¡Acteón el ateniense, el -que las hetarias más ricas de la hermosa ciudad se disputaban en el -Cerámico, protegido y adorado por una ramera del puerto!... Para no -volver á reunirse con ella, huyó de la escalinata, internándose en las -callejuelas del puerto.</p> - -<p>Otra vez vino á detenerse ante aquella hostería, en cuya puerta -había sentido el tormento del hambre. Los marineros estaban en -plena orgía. El hostelero apenas si podía hacerse respetar detrás -del mostrador. Los esclavos, atemorizados por los golpes, se habían -refugiado en la cocina. En el suelo, algunas ánforas rotas, dejaban -escapar el vino como arroyos de sangre, y entre el <i>glu-glu</i> del -líquido al empapar la tierra, revolcábanse los ebrios pidiendo á gritos -bebidas de las que habían oído hablar vagamente en sus lejanos viajes, -ó platos fantásticos ideados<span class="pagenum" id="Page_41">p. -41</span> por los tiranuelos de Asia. Un egipcio hercúleo corría á -cuatro pies imitando el rugido del chacal y mordiendo á las mujeres que -habían entrado en la taberna. Algunos negros danzaban con movimientos -femeniles, contemplando como hipnotizados los remolinos de su ombligo -agitado por las contorsiones del vientre. En los rincones, sobre los -poyos, caían revueltos hombres y mujeres bajo la cruda luz de las -antorchas; el vaho de la carne desnuda y sudorosa mezclábase con el -olor del vino; y en esta atmósfera de viandas y de hedor de fiera, -algunos marineros, olvidando todo pudor, repelían con desprecio á las -cortesanas para acariciarse entre sí, con la aberración sexual propia -de la época.</p> - -<p>En medio de este desorden, unos cuantos hombres permanecían -inmóviles cerca del mostrador, disputando con aparente calma. Eran dos -soldados romanos, un viejo marinero cartaginés y un celtíbero. La torpe -lentitud de sus palabras, que tomaban con la cólera un tono aflautado, -sus ojos rojizos inflamados de sangre y sus narices de aves de presa, -cada vez más afiladas, revelaban esa terrible embriaguez, testaruda y -camorrista, que se resuelve matando.</p> - -<p>El romano recordaba su presencia en el combate de las islas Egatas, -catorce años antes.</p> - -<p>—Os conozco —decía con insolencia al cartaginés—. Sois una república -de mercaderes nacidos para el embuste y la mala fe. Si se busca<span -class="pagenum" id="Page_42">p. 42</span> quién sabe vender más caro -engañando al comprador, convengo en que sois los primeros; pero si se -habla de soldados, de hombres, nosotros somos los mejores, los hijos de -Roma, que con una mano empuñamos el arado y con la otra la lanza.</p> - -<p>Y erguía con orgullo su redonda cabeza con el pelo rapado y las -mejillas rasuradas, en las cuales las carrilleras del casco habían -marcado duras callosidades.</p> - -<p>Acteón miraba por una ventana al celtíbero, el único del grupo que -permanecía silencioso, pero que tenía fijos sus ojos de brasa más -arriba del coselete de bronce del legionario romano, en su desnudo -cuello, como si le atrajeran las gruesas venas que se marcaban bajo -la piel. Indudablemente aquellos ojos los había visto el griego en -otro sitio; eran como esos antiguos conocidos cuyo nombre no se puede -recordar. Había algo de falso en su persona, que el griego presentía -con su fina astucia.</p> - -<p>—Juraría por Mercurio que ese hombre no es tal como le veo. Algo -más que un pastor parece, y el color bronceado de su cara no es el de -los celtíberos por mucho que los tueste el sol. Tal vez es postiza esa -larga cabellera que cae sobre su espalda...</p> - -<p>No pudo continuar examinando á aquel hombre, porque absorbió toda -su atención la disputa entre el legionario y el viejo cartaginés, los -cua<span class="pagenum" id="Page_43">p. 43</span>les se aproximaban -cada vez más para oirse mejor, en medio del estrépito que reinaba en la -hostería.</p> - -<p>—Yo también estuve en la jornada triste de las Egatas —decía el -cartaginés—. Allí recibí esta herida que me cruza el rostro. Es verdad -que nos vencisteis; ¿pero qué demuestra esto? Muchas veces ví yo huir -vuestras naves ante las nuestras, y en más de una ocasión conté en los -campos de Sicilia los cadáveres romanos á centenares. ¡Ah, si Hanón no -hubiese llegado tarde el día del combate en las islas! ¡Si Hamílcar -hubiera tenido refuerzos!</p> - -<p>—¡Hamílcar! —exclamó desdeñosamente el romano—. ¡Un gran -caudillo que tuvo que pedirnos la paz! ¡Un comerciante metido á -conquistador!...</p> - -<p>Y reía con la insolencia del fuerte, sin miedo á la cólera del viejo -cartaginés, que tartamudeaba queriendo contestar.</p> - -<p>El celtíbero, hasta entonces silencioso, puso su mano sobre el -viejo.</p> - -<p>—Cállate, cartaginés. El romano tiene razón. Sois mercachifles -incapaces de mediros con ellos en la guerra. Amáis demasiado el dinero -para dominar por la espada. Pero los de tu casta, no sois todo Cartago: -otros hay nacidos allá que sabrán hacer frente á esos labriegos de -Italia.</p> - -<p>El romano, al ver intervenir al rústico en su disputa, mostróse aún -más altivo é insolente.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span></p> - -<p>—¿Y quién ha de ser ese? —gritó con desprecio—. ¿El hijo de -Hamílcar? ¿Ese rapazuelo que según cuentan tuvo por madre una -esclava?</p> - -<p>—De una prostituta fueron hijos los que fundaron tu ciudad, romano; -y no está lejos el día en que el caballo de Cartago vaya á dar de coces -á la loba de Rómulo.</p> - -<p>El legionario se levantó trémulo de rabia, buscando su espada, pero -inmediatamente dió un rugido feroz y cayó, llevándose las manos á la -garganta.</p> - -<p>Acteón había visto cómo el celtíbero introducía su diestra en la -manga del <i xml:lang="la" lang="la">sagum</i>, y sacando un cuchillo, -hería al legionario en aquel ancho cuello que contemplaba con fiera -atención, mientras se burlaba de Cartago.</p> - -<p>La hostería tembló con el estrépito de la lucha. El otro romano, al -ver caído á su compañero, se abalanzó al celtíbero con la espada en -alto, pero al momento recibió una cuchillada en el rostro y se sintió -cegado por la sangre.</p> - -<p>Era asombrosa la agilidad de aquel hombre. Sus movimientos tenían la -elasticidad de la pantera: los golpes parecían rebotar sobre su cuerpo -sin causarle daño. Cayó en torno de él una lluvia de jarros, de pedazos -de ánfora, de espadas lanzadas al aire; pero él, con el brazo tendido y -el cuchillo de punta, dió un salto hacia la puerta y desapareció.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span></p> - -<p>—¡Á él! ¡á él! —clamaron los romanos persiguiéndole.</p> - -<p>Y atraídos por el placer brutal de la caza al hombre, les siguieron -todos los que en la hostería podían valerse aún de sus piernas. El -tropel de hombres enardecidos por la vista de la sangre, saltó por -encima del romano agonizante y de los borrachos inertes que roncaban -junto al degollado. El griego les vió salir y fraccionarse en diversos -grupos que siguieron distinta dirección para coger al celtíbero. Éste -había desaparecido á los pocos pasos de la hostería como disuelto en la -sombra.</p> - -<p>El puerto se conmovió con el ardor de la persecución. Corrían luces -por los muelles y por las callejuelas de la aldea; los lupanares y -tabernas eran sometidos á un registro brutal por los romanos ebrios de -cólera; originábanse nuevas disputas á la puerta de cada choza, iba á -correr otra vez la sangre; y el griego, temiendo verse envuelto en una -reyerta, volvió prontamente á la escalinata del templo. Bachis no había -regresado, y el griego, subiendo los azules peldaños, fué á tenderse en -el atrio del templo, ancha terraza pavimentada de mármol azul, sobre -la cual las estriadas columnas que sostenían el frontón, trazaban sus -oblicuas barras de sombra.</p> - - -<p class="mt2">Al despertar Acteón sintió en su rostro el calor -del sol. Los pájaros cantaban en los veci<span class="pagenum" -id="Page_46">p. 46</span>nos olivares, y junto á él sonaban voces. -Al incorporarse vió que comenzaba la mañana, cuando él solo creía -transcurridos algunos instantes desde que concilió el sueño.</p> - -<p>Una mujer, una patricia estaba á corta distancia de él y le sonreía. -Iba envuelta en una amplia tela de lino blanco, que descendía hasta -sus pies en armoniosos pliegues, como el ropaje de las estatuas. De su -rubia cabellera sólo se veían algunos bucles caídos sobre la frente. -Mostraba la boca pintada de rojo; y los ojos negros, aterciopelados, -con una caricia sedosa en la mirada, aparecían rodeados de una -aureola azul por las fatigas de la noche. Al mover los brazos bajo el -manto sonaban con argentino choque ocultas joyas, y la punta de la -sandalia, asomando por el borde de su ropaje, brillaba como un astro de -pedrería.</p> - -<p>Detrás de ella dos esbeltas esclavas celtíberas, con el moreno -y opulento pecho casi desnudo, y envueltas las piernas en telas -multicolores, sostenían, la una, una pareja de palomas blancas, y la -otra, sobre su cabeza, una canastilla cubierta de rosas.</p> - -<p>Junto á la hermosa patricia, Acteón reconoció á Polyantho, el piloto -saguntino, y al joven perfumado y elegante que estaba en el muelle con -otro jinete á la llegada de la nave.</p> - -<p>El griego púsose en pie, sorprendido por la hermosa aparición que le -sonreía.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span>—Ateniense —díjole en -griego con purísimo acento—. Yo soy Sónnica, la dueña de la nave que te -ha traído aquí. Polyantho es mi liberto y ha hecho bien recogiéndote, -pues conoce el interés que me inspira tu pueblo. ¿Quién eres tú?</p> - -<p>—Yo soy Acteón y pido á los dioses que te colmen de favores por tu -bondad. Que Venus guarde tu belleza mientras vivas.</p> - -<p>—¿Eres navegante?... ¿comercias? ¿corres el mundo dando lecciones de -elocuencia y de poesía?</p> - -<p>—Soy soldado como lo fueron todos los míos. Mi abuelo murió en -Italia cubriendo con su cuerpo al gran Pirro, que le lloró como un -hermano: mi padre fué capitán de mercenarios al servicio de Cartago y -lo asesinaron injustamente en la guerra llamada inexorable...</p> - -<p>Calló unos instantes, como si este recuerdo le impidiera continuar, -ahogando su voz, y luego añadió:</p> - -<p>—Yo he guerreado hasta hace poco á las órdenes de Cleomenes, el -último lacedemonio. Era uno de sus compañeros, y al caer vencido -el héroe, lo acompañé á Alejandría, lanzándome después á correr el -mundo, por no poder sufrir la inercia del destierro. He sido también -comerciante en Rhodas, pescador en el Bósforo, labrador en Egipto y -poeta satírico en Atenas.</p> - -<p>La hermosa Sónnica sonreía, aproximándose á él. Era un ateniense -poseedor de todas las cua<span class="pagenum" id="Page_48">p. -48</span>lidades de aquel pueblo tan amado por ella; uno de aquellos -aventureros, acostumbrados á los vaivenes de la fortuna, rondadores -del mundo y cronistas muchas veces de los hechos de su vida, cuando -llegaban á la vejez.</p> - -<p>—¿Y á qué vienes aquí?</p> - -<p>—Aquí estoy como podía hallarme en otra parte. Me ofreció tu piloto -traerme á Zazintho y vine. Me ahogaba en Cartago-Nova. Podía haberme -alistado en las tropas de Hanníbal; bastaba tal vez decir mi origen -para ser bien recibido: los griegos se pagan caros en todos los -ejércitos. Pero aquí hay guerra también y prefiero mejor ir contra los -turdetanos, servir á una ciudad que no conozco, pero que no me ha hecho -daño alguno.</p> - -<p>—¿Y has dormido aquí esta noche? ¿No has encontrado cama en las -hosterías?</p> - -<p>—Lo que no encontraba era un óbolo en mi bolsa. Si cené fué por la -ternura de una infeliz ramera que partió conmigo su miseria. Soy pobre -y desfallecía de hambre. No me compadezcas, Sónnica, no me mires con -ojos de misericordia. Yo he dado banquetes desde que anochecía hasta -la salida del sol: en Rhodas, á la hora de las canciones, arrojábamos -por las ventanas los platos de metal á los esclavos. La vida del hombre -debe ser así: como los héroes de Homero, rey en una parte y mendigo en -la otra.</p> - -<p>Polyantho miraba con interés á aquel aven<span class="pagenum" -id="Page_49">p. 49</span>turero, y el elegante Lacaro, que al -principio se oponía á que su amiga Sónnica despertase á un griego tan -mal vestido, aproximábase á él, reconociendo la elegancia ateniense -bajo su exterior mísero, y proponiéndose hacerle su amigo para tomar -provechosas lecciones.</p> - -<p>—Ven hoy á mi quinta —dijo Sónnica— cuando el sol empiece á caer. -Cenarás con nosotros. Pregunta á cualquiera por mi casa, y todos sabrán -guiarte. Una de mis naves te ha traído á esta tierra y quiero que -encuentres la hospitalidad bajo mi techo. Ateniense, hasta luego: yo -también soy de allá, y viéndote parece que aún fulgura ante mis ojos la -lanza de oro de Palas en lo más alto del Parthenón.</p> - -<p>Sónnica, despidiéndose con una sonrisa del ateniense, se dirigió al -templo, seguida de sus dos esclavas.</p> - -<p>Acteón oyó lo que hablaban Lacaro y Polyantho fuera del templo. -La noche anterior la habían pasado en casa de Sónnica. Al amanecer -habían abandonado la mesa. Lacaro aún llevaba en su cabeza la corona -del banquete con las rosas mustias y deshojadas. Al saber Sónnica -que habían llegado aquellas danzarinas de Gades que aguardaba con -impaciencia para ofrecerlas en sus cenas, sintió el capricho de ver á -Polyantho y su nave, y quiso de paso hacer un sacrificio á Afrodita, -como siempre que iba al puerto. Y en su gran litera, acompañada de -La<span class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span>caro y las dos -esclavas, había hecho la escapatoria, proponiéndose dormir á la vuelta, -pues los más de los días permanecía en el lecho hasta bien entrada la -tarde.</p> - -<p>El piloto se alejó hacia su nave para echar á tierra la tropa de -danzarinas, y Acteón se aproximó con Lacaro á la puerta del templo, -completamente abierta.</p> - -<p>El interior era sencillo y hermoso. Un gran espacio cuadrado -quedaba descubierto en la techumbre para dar luz al templo, y el -sol, descendiendo por esta claraboya, prestaba la glauca vaguedad -del agua del mar á aquellas columnas azules, con sus capiteles que -representaban conchas, delfines y amorcillos empuñando el remo. En el -fondo, surgiendo de una dulce penumbra cargada de los perfumes de los -sacrificios, destacábase la diosa, blanca, arrogante y soberbia en su -desnudez, como al emerger por vez primera de las espumas, ante los -atónitos ojos de los hombres.</p> - -<p>Cerca de la puerta estaba el ara. Junto á ella el sacerdote, con -amplio manto de lino sujeto á la cabeza con una corona de flores, -tomaba las ofrendas á la diosa de manos de la misma Sónnica.</p> - -<p>Cuando ésta salió al peristilo, abarcó con una mirada amorosa -el mar, cubierto de espumas, el puerto que brillaba como un triple -espejo, el verde é inmenso valle y la lejana ciudad, que toma<span -class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span>ba un tinte de oro bajo los -primeros rayos del sol.</p> - -<p>—¡Qué hermoso!... Contempla, Acteón, nuestra ciudad. La Grecia no es -más bella.</p> - -<p>Al pie de la escalinata esperaba su litera, una verdadera casa -cerrada con cortinas de púrpura y rematada en sus cuatro ángulos por -penachos de hermosas plumas de avestruz. Ocho esclavos atléticos, de -hinchados músculos, la sostenían.</p> - -<p>Sónnica hizo entrar en su vivienda ambulante á las esclavas, empujó -á Lacaro, al que trataba como á un ser inferior, cuya familiaridad -se tolera por capricho, y volviéndose hacia el griego, de pie en lo -alto del templo, le sonrió por última vez, saludándole con un signo -de su mano, cubierta de sortijas hasta las uñas, y que trazaba á cada -movimiento regueros de luz en el aire.</p> - -<p>Se alejó la litera rápidamente por el camino de la ciudad, al mismo -tiempo que Acteón se sentía acariciado en el cuello por unas manos.</p> - -<p>Era Bachis, más ajada y más harapienta á la luz del sol. Tenía un -ojo amoratado y manchas cárdenas en los brazos.</p> - -<p>—No pude venir —dijo con humildad de esclava—. Hasta hace poco no me -han soltado. ¡Qué gentes! Apenas si me dieron para pagar á Lais... Toda -la noche pensando en tí, mi dios, mientras me atormentaban echándome á -la cara sus bufidos de sátiros cansados.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span>Acteón volvía el -rostro evitando sus caricias. Percibía el olor de vino de aquella -infeliz, ebria y agotada después de su aventura de la noche.</p> - -<p>—¿Me huyes?... Lo comprendo. Te he visto hablar con Sónnica la -rica, á quien sus amigos llaman la más bella de Zazintho. ¿Vas á ser -su amante? Comprendo que te adore: al fin no es más que una mujer como -yo... Dí, Acteón: ¿por qué no me llevas contigo? ¿por qué no me haces -tu esclava?... Sólo te pido una noche como precio.</p> - -<p>El griego repelió sus flacos brazos que intentaban envolverle, para -mirar al camino, donde resonaban trompetas y se veían brillar cascos y -lanzas en el centro de una gran nube de polvo.</p> - -<p>—Son los legados de Roma que se marchan —dijo la cortesana.</p> - -<p>Y atraída por el encanto que los hombres de guerra ejercían sobre -su admiración infantil, bajó la escalinata del templo para ver de más -cerca la comitiva.</p> - -<p>Marchaban al frente los trompeteros de la nave romana, soplando -en sus largos tubos de metal, con las mejillas ceñidas por anchas -bandas de lana. Una escolta de ciudadanos de Sagunto rodeaba á los -embajadores, haciendo caracolear sus velludos caballos celtíberos, -tremolando sus lanzas y cubierta la cabeza con los cascos de triple -cimera, que aún guardaban las huellas de los golpes recibidos en las -últimas<span class="pagenum" id="Page_53">p. 53</span> escaramuzas -con los turdetanos. Algunos ancianos del Senado saguntino, marchaban -inmóviles sobre sus grandes caballos, la blanca barba esparcida en -el pecho, y descendiendo hasta los estribos, en grandes pliegues, el -obscuro manto, retenido sobre la cabeza por una tiara bordada. La -enseña de Roma, rematada por la loba, era sostenida por un fuerte <i -xml:lang="la" lang="la">classiari</i>, y tras ella marchaban los legados -con la rapada y redonda cabeza al descubierto; el uno obeso y con -triple barba de grasa; el otro enjuto, nervudo y con nariz afilada -de ave de presa; los dos con coraza de bronce cincelada, las piernas -cubiertas con coturnos de metal, y sobre los arqueados muslos, la -faldilla de color de heces de vino, adornada con sueltas tiras de oro, -que se agitaban al menor salto de los caballos.</p> - -<p>Al llegar al muelle la comitiva, por entre los grupos de marineros, -pescadores y esclavos, cruzóse con una tropa de mujeres arrebujadas en -sus mantos, que caminaban guiadas por un viejo de ojos insolentes y -boca sumida, con ese aspecto repulsivo que toman los eunucos al vivir -en perpetuo contacto con la mujer esclavizada. Eran las danzarinas de -Gades, que al abandonar la nave de Polyantho, pasaban desapercibidas -por entre el estrépito de la despedida.</p> - -<p>Unas mujeres, saliendo del muelle de los pescadores, entregaron á -los legados coronas tejidas con florecillas de los cercanos montes y -lirios<span class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span> de las lagunas. -Las aclamaciones se extendían á lo largo del muelle, ante los grupos -indiferentes de los marineros de todos los países.</p> - -<p>—¡Salud á Roma! ¡Que Neptuno os proteja! ¡Los dioses os -acompañen!</p> - -<p>Acteón oyó tras él una carcajada burlona, y al volverse vió -al pastor celtíbero que en la noche anterior había muerto al -legionario.</p> - -<p>—¿Tú aquí? —le dijo el griego con asombro—. ¿Estás solo y no te -alejas de los romanos que te buscan?</p> - -<p>Los ojos imperiosos del pastor, aquellos ojos extraños que -despertaban en el griego confusos é inexplicables recuerdos, le miraron -con altivez.</p> - -<p>—¡Los romanos!... Les desprecio y les odio. Iría sin miedo hasta la -cubierta de su nave... Preocúpate de tus asuntos, Acteón, y no te fijes -en los míos.</p> - -<p>—¿Cómo sabes mi nombre? —exclamó el griego con creciente sorpresa, -admirado además de la perfección con que el rudo pastor hablaba el -griego.</p> - -<p>—Conozco tu nombre y tu vida. Tú eres el hijo de Lisias, capitán -al servicio de Cartago, y como todos los de tu raza, ruedas por el -mundo sin encontrarte bien en parte alguna.</p> - -<p>El griego, tan fuerte y seguro de sí mismo en todas ocasiones, se -sentía intimidado ante aquel hombre enigmático.</p> - -<p>Absorbido en la contemplación del cortejo<span class="pagenum" -id="Page_55">p. 55</span> que despedía á los legados, había vuelto -las espaldas á Acteón. Sus ojos expresaban odio y desprecio, viendo -fulgurar á la luz del sol la loba de bronce de la enseña romana, -saludada con entusiasmo por los saguntinos.</p> - -<p>—Se creen fuertes, se creen seguros porque Roma les protege. Se -imaginan muerta á Cartago, porque aquel Senado de mercaderes tiene -miedo á faltar á los tratados con Roma. Han degollado á los saguntinos -amigos del cartaginés, á los que de antiguo fueron amigos de los -Barcas, y salían á saludar á Hamílcar cuando pasaba cerca de la ciudad -en sus expediciones. No saben que hay quien no duerme mientras la paz -subsista... El mundo es estrecho para los dos pueblos. ¡Ó el uno ó el -otro!</p> - -<p>Y como si le causasen el efecto de un latigazo las aclamaciones de -la multitud, saludando el esquife en que los legados se alejaban hacia -la <i>libúrnica</i>, y el estruendo de trompetería que estalló en la popa de -la nave, el pastor, con los dientes apretados y los ojos rojizos por -la ira, extendió sus brazos nervudos hacia el buque y murmuró como una -confusa amenaza:</p> - -<p>—¡Roma!... ¡Roma!</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_2"> - <p><span class="pagenum" id="Page_57">[p. 57]</span></p> - <h2 class="nobreak" title="II. La ciudad">II</h2> - <p class="subh2">La ciudad</p> -</div> - -<p>Estaba muy elevado el sol cuando Acteón marchó hacia la ciudad por -el camino llamado de la Sierpe.</p> - -<p>Cruzábase en su marcha con las carretas de odres de aceite y ánforas -de vino. Las filas de esclavos encorvados bajo el peso de los fardos -y con los pies cubiertos de polvo, apartábanse al borde del camino -para dejarle paso, con la sumisión y el encogimiento que inspiraba el -hombre libre. El griego detúvose un momento ante los molinos de aceite, -viendo girar las enormes piedras empujadas por esclavos encadenados, -y siguió adelante bordeando los montes, en cuyas cimas alzábanse las -<i xml:lang="la" lang="la">spéculas</i>, rojas torrecillas que con sus -hogueras anunciaban á la Acrópolis de Sagunto la llegada de las naves ó -los movimientos que se notaban en la vertiente opuesta, donde comenzaba -el territorio de los hostiles turdetanos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_58">p. 58</span>El inmenso agro, -extendía su fertilidad bajo la lluvia de oro del sol de la mañana. De -las aldeas, de las casas de campo, de todas las innumerables viviendas -esparcidas en el extenso valle, afluía gente al camino de la Sierpe, -marchando hacia la ciudad.</p> - -<p>La mayoría del pueblo saguntino vivía en el campo, cultivando la -tierra. La ciudad era relativamente pequeña. Sólo vivían en ella -los comerciantes y los ricos agricultores, la magistratura y los -extranjeros. Cuando amagaba algún peligro, cuando los turdetanos -intentaban una invasión en tierra saguntina, todo el pueblo afluía á -la ciudad, buscando el amparo de los muros; y los rústicos, llevando -por delante sus rebaños, iban á confundirse con los artesanos de -Sagunto, guareciéndose en aquel recinto que sólo visitaban los días de -mercado.</p> - -<p>Acteón adivinó por la mucha gente que llenaba el camino, que aquel -día debía ser de ventas en el Foro. Marchaban en fila las campesinas -con sus cestos en la cabeza cubiertos de hojas, sin más vestido que una -túnica obscura que caía á lo largo de su cuerpo, marcando sus duros -contornos á cada paso. Los labriegos, tostados, membrudos, llevando -por todo traje un faldellín de pieles ó de burdo tejido, arreaban los -bueyes de sus carretas, ó los asnos cargados de fardos, y á lo largo -del camino sonaba el campanilleo continuo de los rebaños de cabras y -el dulce<span class="pagenum" id="Page_59">p. 59</span> mugido de las -vacas entre nubecillas de polvo rojo que levantaban sus trotadoras -pezuñas.</p> - -<p>Algunas familias regresaban ya del mercado, mostrando con orgullo -lo que habían adquirido en las tiendas del Foro á cambio de sus -frutos; y los amigos deteníanse para admirar las telas nuevas, las -copas de barro rojo, frescas y brillantes, los adornos de mujer -de plata sólida, groseramente labrada, y acogían su vista con un -¡<i>salve</i>! de felicitación que hacía enrojecer de infantil orgullo á los -poseedores.</p> - -<p>Muchachas morenas, de miembros duros y enjutos y frente grande, -con la cabellera estirada á la moda celtíbera, marchaban por parejas, -sosteniendo en sus hombros largas perchas, de la que pendían ramos -de flores para las señoras de la ciudad. Otras llevaban envueltos en -hojas, para preservarlos del polvo, enormes tirsos de cerezas rojas, -y en algunos momentos saltaban y gritaban entre ruidosas carcajadas, -parodiando las voces y los gestos de la rica juventud de Sagunto, que -con gran escándalo de la ciudad, se reunía en el jardín de Sónnica, -para imitar ante la imagen de Dionisios las hermosas locuras de la -Grecia.</p> - -<p>Acteón admiraba la belleza del paisaje: los bosques de higueras que -daban fama á Sagunto y comenzaban á cubrirse de hojas, formando con -sus añosas ramas tiendas de verduras que tocaban el suelo; las viñas, -como un<span class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span> oleaje de -esmeralda, extendiéndose por toda la campiña y escalando los lejanos -montes, hasta llegar á los bosques de pinos y carrascas; y los campos -de olivos, plantados simétricamente sobre la tierra roja, formando -columnatas de retorcidos fustes con capiteles de hojarasca plateada. -La vista de este paisaje esplendoroso le conmovía, despertando en él -los recuerdos de la niñez. Era aquel valle tan hermoso como la madre -Grecia; allí se quedaría, si los dioses no volvían á empujarlo de nuevo -en su desesperada peregrinación por el mundo.</p> - -<p>Caminaba cerca de una hora, teniendo siempre frente á él la -roja montaña con la ciudad en la falda, y arriba las innumerables -construcciones de la Acrópolis. En una revuelta del camino, vió que la -gente se detenía ante un altar: una larga ara de piedra, sobre la cual -extendía sus escamosos anillos de mármol azul una enorme serpiente. Los -campesinos depositaban flores y copas de barro llenas de leche ante la -inmóvil bestia, que, con la cabeza erguida y abiertas las venenosas -fauces, parecía amenazarles. En aquel mismo lugar había mordido la -serpiente al desgraciado Zazintho, cuando regresaba á Grecia con los -bueyes robados á Gerón, y en torno de su cadáver, quemado en lo alto de -la Acrópolis, se creó la ciudad. La gente sencilla adoraba al reptil -como uno de los fundadores de su patria, y con palabras cariñosas<span -class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span> le rodeaba de ofrendas que -luego desaparecían misteriosamente, lo que hacía creer á muchos que -en las tinieblas recobraba su vida, oyéndose sus espantables silbidos -desde muy lejos en las noches tempestuosas.</p> - -<p>Acteón adivinaba su proximidad á Sagunto, viendo las tumbas que se -levantaban á ambos lados del camino, con sus inscripciones llamando la -atención del viandante. Detrás de éstas extendíanse jardines cerrados -por espesos setos, sobre los cuales asomaban sus ramas los árboles -frutales de las quintas de recreo. Algunas esclavas guardaban á los -niños que jugaban y luchaban, desnudos y con un marcado tipo griego. -En la puerta de un jardín un viejo obeso, envuelto en una clámide -de púrpura, contemplaba el paso de la avalancha de gente miserable -con la fría altivez de un comerciante enriquecido. En la terraza de -una villa creyó ver Acteón un peinado á la ateniense teñido de oro, -con cintas rojas entrelazadas, agitándose junto á él un abanico de -plumas multicolores de pájaros de Asia. Eran las ricas quintas de los -patricios de Sagunto retirados de los negocios.</p> - -<p>Al aproximarse al río, el Bætis-Perkes, que separaba la ciudad -de la campiña, el griego se fijó en que marchaba al lado de una -adolescente, casi una niña, ante la cual trotaba un rebaño de cabras. -Delgada, esbelta, de miembros enjutos y la piel de un color moreno y -aterciopelado,<span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span> parecía -un muchacho, á no ser porque la corta túnica abierta en el costado -izquierdo dejaba entrever el pecho ligeramente hinchado, con una suave -redondez de taza, como un capullo que comenzaba á expansionarse con -la savia de la juventud. Sus ojos negros, húmedos y grandes, parecían -llenar toda su cara, bañándola de misterioso fulgor; y tras los labios, -tostados y agrietados por el viento, brillaba una dentadura nítida, -fuerte é igual. La cabellera, anudada sobre la nuca, habíala adornado -con una guirnalda de amapolas cogidas entre el trigo. Llevaba en la -espalda con varonil desembarazo una pesada red llena de quesos blancos, -redondos como panes, frescos y rezumando aún el suero, y con la mano -que le quedaba libre acariciaba los blancos vellones de una cabra de -erguidos cuernos, la favorita, que se apretaba contra sus piernas, -sonando la campanilla de cobre que llevaba al cuello.</p> - -<p>Acteón se deleitaba examinando aquella figura juvenil, dura para -el trabajo y en la cual la fresca juventud triunfaba de la fatiga. Su -esbeltez, de líneas rectas y armoniosas, le recordaba la elegancia de -las figurillas de Tanagra sobre las mesas de las hetarias de Atenas; la -arrogante adolescencia de las canéforas pintadas de negro en torno de -los vasos griegos.</p> - -<p>La muchacha le miró varias veces y acabó por sonreir, enseñando -su dentadura con la con<span class="pagenum" id="Page_63">p. -63</span>fianza de la juventud que se siente admirada.</p> - -<p>—Eres griego, ¿verdad?...</p> - -<p>Le hablaba como las gentes del puerto, en aquel idioma extraño de -ciudad mercantil abierta á todos los pueblos, mezcla de celtíbero, -griego y latín.</p> - -<p>—Soy de Atenas. ¿Y tú quién eres?</p> - -<p>—Me llaman Ranto y mi señora es Sónnica la rica. ¿No has oído hablar -de ella? Tiene naves en todos los puertos, esclavos á centenares y -bebe en copas de oro. ¿Ves sobre aquellos olivos por la parte del mar -una torrecilla de color de rosa? Pues es la quinta donde vive apenas -el invierno le permite abandonar la ciudad. Yo estoy adscrita á la -quinta y soy de su servidumbre durante el buen tiempo. Mi padre es el -encargado de sus rebaños, y muchas veces baja ella á nuestros establos -para juguetear con las cabras.</p> - -<p>Acteón estaba asombrado de la frecuencia con que oía hablar de -Sónnica desde que puso el pie en tierra saguntina. El nombre de aquella -mujer opulenta, al que unos llamaban la rica y otros la cortesana, -estaba en todas las bocas. La pastorcilla, que parecía sentir cierta -atracción hacia el extranjero, continuó hablando.</p> - -<p>—Ella es buena. De tarde en tarde aparece triste, dice que -desfallece de fastidio en medio de sus riquezas, todo le es -indiferente, y entonces es capaz de dejar que crucifiquen á todos sus -esclavos sin protestar. Pero cuando está ale<span class="pagenum" -id="Page_64">p. 64</span>gre es buena como una madre y nos libra del -castigo. El malo es su intendente, el encargado de los esclavos; un -ibero liberto que nos vigila y á cada instante amenaza con el látigo y -la cruz. Á mi padre lo ha fustigado varias veces por una oveja perdida, -por una cabra que se rompe las patas, por un poco de leche derramada -en la quesería. Yo misma habría recibido sus golpes á no ser por el -respeto que me tiene al verme acariciada algunas veces por Sónnica.</p> - -<p>Ranto hablaba de la terrible situación de los esclavos con la -naturalidad de una criatura acostumbrada desde su nacimiento á -presenciar tales rigores.</p> - -<p>—En invierno —continuó— voy con mi padre á la montaña, y aguardo con -impaciencia la llegada del buen tiempo para que la señora vuelva á la -villa, y bajar yo al llano, donde hay flores. Entonces puedo pasar el -día entero á la sombra de los árboles rodeada de mis cabras.</p> - -<p>—¿Y cómo has aprendido algo de griego?</p> - -<p>—Lo habla Sónnica con los ricos de la ciudad que son sus amigos y -con las esclavas que la sirven. Además...</p> - -<p>Se detuvo unos instantes, y sus pálidas mejillas se colorearon.</p> - -<p>—Además —continuó animosamente—, también lo habla mi amigo Eroción, -el hijo de Mopso el arquero que vino de Rhodas; un amigo que me ayuda á -guardar las cabras cuando no tra<span class="pagenum" id="Page_65">p. -65</span>baja en la alfarería, que también es de Sónnica.</p> - -<p>Y señalaba los grandes talleres inmediatos al río; las famosas -alfarerías saguntinas, que elevaban entre muros de arcilla las cúpulas -de sus hornos, semejantes á enormes colmenas rojas.</p> - -<p>Á un lado del camino, entre los árboles, sonaron unas notas dulces, -unas escalas locas y regocijadas de caramillo, y Acteón vió saltar á -la calzada un muchacho casi de la misma edad de Ranto, alto, enjuto, -descalzo y sin otra vestidura que una piel de cabra que, sujeta del -hombro izquierdo y dejando al descubierto el derecho, se anudaba en -torno de sus riñones. Los ojos parecían brasas, y el cabello negro, de -tonos azulados y formando cortos rizos, se agitaba con los nerviosos -movimientos de la cabeza, como un espeso toisón. Los brazos, enjutos -y fuertes, con la piel hinchada por la tensión de venas y tendones, -estaban teñidos hasta el codo por el rojo de la arcilla.</p> - -<p>Acteón, al contemplar su perfil corto y correcto de hermoso -adolescente y la vivacidad nerviosa de su cuerpo, recordó á los -aprendices de los escultores de Atenas; la juventud artista que en las -horas de sol, antes de volver al taller, escandalizaba con sus juegos -en el paseo del Cerámico á los tranquilos ciudadanos.</p> - -<p>—Éste es Eroción —dijo Ranto, que sonreía<span class="pagenum" -id="Page_66">p. 66</span> dulcemente al ver á su amigo—. Aunque nacido -en Sagunto, es griego como tú, extranjero.</p> - -<p>El adolescente no miraba á la joven; contemplaba con respeto al -desconocido.</p> - -<p>—Eres de Atenas, ¿verdad? —dijo con admiración—. No puedes negarlo. -Pareces Ulises cuando peregrinaba por el mundo al través de las -aventuras que relata el padre Homero. Te he visto tal como eres en -vasos y en relieves, igual en figura y traje al esposo de Penélope. -Salud, hijo de Palas.</p> - -<p>—¿Y tú, eres también esclavo de Sónnica?</p> - -<p>—No —se apresuró á decir con altivez el muchacho—. La esclava es -Ranto, y tal vez algún día no lo sea: yo soy libre, mi padre es Mopso, -griego de Rhodas y primer arquero de Sagunto. Vino de allá sin más -fortuna que su arco y sus flechas, y hoy es rico, después de la última -expedición contra los turdetanos, y figura el primero en la milicia de -la ciudad. Yo trabajo en la alfarería de Sónnica, que me quiere mucho. -Ella fué quien me puso el nombre de Eroción, porque de pequeño parecía -un amorcillo. No soy de los que amasan el barro, ni de los que giran el -torno para dar forma á los vasos. Me llaman el artista, hago orlas de -follaje, esculpo animales, sé hacer de memoria la cabeza de Diana, y -nadie como yo puede grabar en el barro el gran sello de Sagunto. ¿Sabes -cómo es? La nave sin velas, con tres órdenes de remos, y vo<span -class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span>lando sobre ella la Victoria, -con largos ropajes, depositando una corona en la proa. Soy capaz, si tú -quieres, de esculpir tu figura...</p> - -<p>Pero se detuvo como avergonzado por estas últimas palabras, y añadió -con tristeza:</p> - -<p>—¡Cómo te burlarás de mí, extranjero! Tú vienes de allá, de aquel -país portentoso, del que tantas veces me habla mi padre. Habrás visto -el Parthenón, la Palas Atenea, que los navegantes distinguen sobre el -mar mucho antes de ver Atenas, el asombroso desfile de caballos de la -methopas, los prodigios de Fidias... ¡Cómo deseo ver todo eso! Cuando -llega al puerto alguna nave de Grecia, huyo de la alfarería, y paso -los días en las tabernas de los marineros. Bebo con ellos, les regalo -figurillas en posiciones lúbricas que les hacen reir, todo para que me -cuenten lo que han visto, los templos, las estatuas, las pinturas: y -sus relatos, en vez de calmarme, excitan mi deseo... ¡Ay, si Sónnica -quisiera! ¡Si me dejara ir en una de sus naves cuando se hacen á la -vela para Grecia!...</p> - -<p>Después añadió con energía:</p> - -<p>—Ésta que ves aquí, mi dulce Ranto, es la única que me sostiene. Si -ella no existiese, hace tiempo que habría buscado al <i xml:lang="la" -lang="la">gubernator</i> de una nave, vendiéndome como esclavo, si era -preciso, para correr el mundo, para ver la Grecia y ser un artista como -esos á los que tributáis allá los mismos honores que á los dioses.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span>Siguieron caminando -un buen rato silenciosos los tres, tras la nubecilla de polvo que -levantaban las cabras. El muchacho iba poco á poco recobrando su -serenidad al lado de Ranto, que había cogido una de sus manos.</p> - -<p>—¿Y tú á qué vienes aquí? —preguntó á Acteón.</p> - -<p>—Vengo como vino tu padre. Soy un griego sin fortuna, y quiero -ofrecer mis brazos á la república saguntina en sus guerras con los -turdetanos.</p> - -<p>—Habla con Mopso. Le encontrarás en el Foro ó arriba en la -Acrópolis, cerca del templo de Hércules, donde se reúnen los -magistrados. Se alegrará de verte; adora á los de su raza y saldrá -fiador de tí ante la ciudad.</p> - -<p>De nuevo se hizo el silencio. El griego veía las miradas amorosas -que se cruzaban entre los dos adolescentes, el apretón cada vez más -fuerte de sus manos entrelazadas, la tierna aproximación de sus cuerpos -jóvenes y sanos, que se buscaban apoyándose mutuamente. Eroción, como -obedeciendo á una súplica muda de su amada, había sacado del seno el -caramillo de cañas agujereadas y soplaba en él dulcemente, haciendo -una música tierna y pastoril, á la que contestaban las cabras con -balidos.</p> - -<p>El griego adivinó que su presencia iba pesando á la feliz pareja. -Cada vez retardaban más el paso.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span>—Salud, hijos. -Caminad sin prisa; la juventud llega á tiempo á todas partes. Ya nos -veremos en la ciudad.</p> - -<p>—Que los dioses te protejan, extranjero —contestó Ranto—. Si algo -necesitas me encontrarás en el Foro. Allí he de vender estos quesos y -otros que salieron al amanecer en la carreta del hortelano.</p> - -<p>—Salud, ateniense. Habla con mi padre, pero no digas con quién me -has visto.</p> - -<p>Acteón atravesó el río por entre las carretas que se hundían en el -agua hasta los ejes, y llegó ante los muros de la ciudad, admirando -su fortaleza; las bases de piedra sin labrar y sin trabazón alguna, -soportando las murallas y las torres de fuerte mampostería.</p> - -<p>En la puerta del camino de la Sierpe, que era la principal, tuvo que -detenerse ante la confusión que formaban hombres, carros y caballerías -en el angosto túnel. Dentro de la ciudad y casi pegado á la muralla -estaba el templo de Diana, un fano conocido por su antigüedad en todo -el mundo, y que daba no poca fama á los saguntinos. Acteón admiró la -techumbre de tablones de enebro, venerable por su remota fabricación, y -deseoso de conocer pronto la ciudad, siguió adelante.</p> - -<p>Vióse en una calle recta, al extremo de la cual ensanchábanse los -edificios, abriendo un enorme espacio rectangular, una gran plaza<span -class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span> cuadrada, con hermosas -construcciones sostenidas por arcos bajo las cuales rebullía el gentío. -Era el Foro. Por encima de los tejados del fondo veíanse casas y más -casas, de paredes blancas; la ciudad escalando la falda del monte, y -al final las murallas de la Acrópolis, las columnatas de los templos -sosteniendo los frisos, formados por enormes piedras labradas.</p> - -<p>Acteón, siguiendo la calle que conducía al Foro, recordaba el barrio -marítimo del Pireo. Aquel era el distrito de los comerciantes, habitado -en su mayor parte por griegos. Al través de las ventanas de los -pisos bajos, veíase el movimiento del tráfico; esclavos que apilaban -fardos; jóvenes de rizada barba y nariz de ave de presa, trazando en -las tablillas de cera las complicadas cuentas de sus negocios; y ante -las puertas de las casas, sobre pequeñas mesas, estaban expuestas -las muestras de los géneros; montones de trigo ó de lana y pesados -pedruscos de las minas. Los comerciantes, de pie y apoyados en el -quicio de sus puertas, hablaban con sus clientes, gesticulando y -poniendo á los dioses por testigos, con plañidero acento, de que se -arruinaban en los negocios.</p> - -<p>En algunos almacenes, el dueño, con vestidura de doradas flores, -alta mitra y sandalias de púrpura, escuchaba silencioso á los -parroquianos, con sus ojos claros de esfinge y acariciándose los -anillos de la barba perfumada. Eran los<span class="pagenum" -id="Page_71">p. 71</span> traficantes de África y Asia, cartagineses, -egipcios ó fenicios, que guardaban en sus casas materias preciosas; -joyeles de oro, colmillos de marfil, plumas de avestruz y pedazos -de ámbar. Ante sus puertas, deteníanse las mujeres ricas cubiertas -de blancos mantos, seguidas de esclavas, y al hablar, avanzaban su -sonrosado hocico al interior de la tienda, embriagándose con el hálito -exótico, compuesto de las especies excitantes de Asia y los misteriosos -perfumes del Oriente. Por entre los fardos, pasaban majestuosos, con -estridentes graznidos, pájaros raros traídos de allá, que arrastraban -como un manto real sus plumajes multicolores.</p> - -<p>Acteón, después de examinar rápidamente estas tiendas, entró en el -Foro. Era día de mercado, y toda la vida de la ciudad afluía á la gran -plaza. Los hortelanos extendían cerca de los pórticos sus montones de -hortalizas; los pastores del agro, amontonaban los quesos en pirámide -delante de las cantarillas llenas de leche; y las mujeres del puerto, -tostadas y casi desnudas, pregonaban el pescado fresco, colocado -sobre un lecho de hojas en cestas planas de junco. En un extremo, -los pastores de la montaña, vestidos de esparto, con aspecto feroz y -armados de lanzas, vigilaban las vacas y los caballos puestos á la -venta. Eran celtíberos, de los que se decía con horror que algunas -veces comían carne humana y parecían sentirse presos dentro<span -class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span> de la plaza, contemplando -con ojos hostiles todo aquel movimiento de colmena tan distinto de la -independiente soledad que gozaban en su vida errante. La riqueza de -Sagunto excitaba su apetito de salteadores y cuatreros, y oprimiendo -la lanza, miraban con ojos feroces el grupo de mercenarios armados al -servicio de la ciudad, que en el fondo del Foro, sobre las gradas de un -templo, custodiaban al senador encargado de hacer justicia en los días -de mercado.</p> - -<p>En el centro de la plaza agitábase la multitud comprando y -discutiendo, adornada de mil colores y hablando diversas lenguas. -Pasaban las virtuosas ciudadanas vestidas sencillamente de blanco, -seguidas de esclavos que encerraban en sacos de red las provisiones -para la semana; los griegos, con larga clámide de color de azafrán, -lo curioseaban todo, discutiendo largamente antes de hacer una compra -insignificante; los ciudadanos saguntinos, iberos que habían perdido su -primitiva rudeza á consecuencia de infinitos cruzamientos, imitaban en -sus vestiduras y actitudes el aspecto de los romanos, que eran por el -momento el pueblo más estimado; y confundidos con estas gentes veíanse -los indígenas del interior, barbudos, atezados, de luengas y revueltas -melenas, atraídos por el mercado, á pesar de la repugnancia que les -inspiraba la ciudad y especialmente los griegos por sus refinamientos y -riquezas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span>Algunos celtíberos, -jefes de las tribus más cercanas á Sagunto, permanecían en medio del -Foro á caballo, sin soltar la lanza y el escudo tejido de nervios de -toro; cubiertos con el yelmo de triple cresta y la coraza de cuero, -como si estuvieran en terreno enemigo y temiesen una asechanza. Sus -mujeres, mientras tanto, ágiles, tostadas y varoniles, iban de un -puesto á otro del mercado, agitando al andar su vestidura amplia, -bordada de flores de colores vivos, y se detenían con admiración -infantil ante la mesa de algún griego que vendía granos de cristal y -collares y baratijas de bronce, cincelados groseramente.</p> - -<p>Los mantos de lino finísimo y de púrpura costosa se rozaban -con los miembros desnudos de los esclavos ó el <i xml:lang="la" -lang="la">sagum</i> celtíbero de lana negra, prendido de los hombros con -hebillas. Los peinados á la griega con las cintas rojas cruzadas, -el penacho de rizos sobre el occipucio, semejante al llamear de -una antorcha y la frente pequeña como signo de suprema hermosura, -confundíanse con los peinados de las mujeres celtíberas, que llevaban -la frente afeitada y bruñida para hacerla más grande, y ensortijaban -sus cabellos en torno de un pequeño palo colocado sobre su cabeza, -formando un cuerno agudo, del que pendía el velo negro. Otras -celtíberas llevaban un fuerte collar de acero, del que salían algunas -varillas que se<span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span> unían -sobre el peinado, y de esta jaula que encerraba la cabeza colgaban el -velo, mostrando con orgullo la frente enorme, brillante y luminosa como -un cuarto de luna.</p> - -<p>Acteón pasó mucho tiempo admirando el tocado de estas mujeres y su -aspecto varonil y belicoso. Su fino instinto de griego adivinaba el -peligro al contemplar á los bárbaros, inmóviles sobre sus corceles en -medio del Foro, dominando desde su altura con una mirada de odio á -aquel pueblo de comerciantes y agricultores. Eran las aves de presa que -para comer y subsistir en sus áridas montañas, habían de bajar al llano -como ladrones. Rodeada Sagunto de tales pueblos, algún día tendría que -entrar en lucha con todos ellos.</p> - -<p>El griego, pensando en esto, entró bajo los pórticos donde se -reunían los desocupados de la ciudad ante las tiendas de los barberos, -los cambistas de moneda y los vendedores de vinos y refrescos. Acteón -creyó encontrarse todavía en las galerías del Ágora de Atenas. Aunque -empequeñecido, era aquel el mismo mundo de su ciudad natal. Graves -ciudadanos que se hacían llevar por un esclavo la silla de tijera -para sentarse á la puerta de una tienda á oir noticias; noveleros que -circulaban de grupo en grupo, difundiendo las más estupendas mentiras; -parásitos que buscaban una invitación para comer, adulando al rico más -cercano y hablando mal<span class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span> -de todo el que pasaba; pedagogos sin colocación, disputando á gritos -sobre un punto de gramática griega, y jóvenes ciudadanos murmurando de -los viejos senadores y afirmando que la república necesitaba hombres -más fuertes.</p> - -<p>Se hablaba mucho de la última expedición contra los turdetanos y de -la gran victoria conseguida sobre ellos. Ya no levantarían la cabeza; -su rey Artabanes, fugitivo en lo más apartado de sus territorios, -debía estar escarmentado por la reciente derrota. Y los jóvenes -saguntinos miraban con orgullo los trofeos de lanzas, escudos y cascos, -suspendidos de las pilastras de los pórticos. Eran las armas de algunos -centenares de turdetanos muertos ó prisioneros en la última expedición. -En las tiendas de los barberos, se ofrecían á ínfimos precios muebles -y adornos robados en las aldeas enemigas por los guerreros de Sagunto. -Nadie los quería. La ciudad estaba llena de tales despojos: las -milicias saguntinas habían vuelto, llevando tras sí un verdadero -ejército de carretas repletas y un rebaño interminable de hombres y -bestias. Todos sonreían al pensar en el triunfo, con la fría ferocidad -de la guerra antigua, incapaz de perdón, y en la que la mayor de las -misericordias para el vencido era la esclavitud.</p> - -<p>Cerca del templo donde se administraba justicia, se situaba el -mercado de esclavos. Estaban en el suelo, formando círculo, en -cuclillas, cu<span class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span>biertos -de harapos, las manos cruzadas sobre los pies y la barba apoyada en -las rodillas. Los esclavos de nacimiento aguardaban al nuevo amo con -la pasividad de bestias, los miembros descarnados por el hambre y -la cabeza rasurada, cubierta por un gorro blanco. Otros, vigilados -de más cerca por el traficante, eran barbudos, y sobre sus sucias -cabelleras, llevaban una corona de ramas para indicar su calidad de -esclavos cogidos en la guerra. Eran los turdetanos que no habían -ofrecido rescate: en sus ojos aún se notaba el asombro y la rabia, al -verse reducidos á la esclavitud. Muchos de ellos llevaban cadenas, -y en su cuerpo estaban frescas la cicatrices de la reciente guerra. -Miraban á aquel pueblo enemigo contrayendo la boca como si quisieran -morder, y algunos agitaban su brazo derecho terminado por un informe -muñón. Les habían cortado la mano guerreando con alguna de las tribus -del interior, que acostumbraban á inutilizar de este modo á los -prisioneros.</p> - -<p>Los saguntinos miraban con indiferencia estos enemigos convertidos -en cosas, en bestias, por la dura ley de la conquista, y olvidando á -los turdetanos hablaban de las querellas de la ciudad, de la lucha de -facciones, que parecía haberse sofocado con la intervención de los -legados de Roma. Aún se notaban en las gradas del inmediato templo, -las huellas de la sangre de los decapitados por afecto á Cartago, y -los ami<span class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span>gos de Roma, -que eran los más, hablaban fuerte, alabando el enérgico consejo de los -enviados de la gran República. La ciudad viviría ahora en paz y segura -con la protección de Roma.</p> - -<p>Acteón, que escuchaba las conversaciones de los grupos, al mirar -hacia el templo creyó ver entre el gentío que subía y bajaba las -gradas, al pastor celtíbero que en la noche anterior había muerto -al legionario romano. Fué una visión rápida; su <i xml:lang="la" -lang="la">sagum</i> negro se perdió entre los grupos, y el griego quedó -indeciso, no sabiendo si realmente era él.</p> - -<p>Avanzaba la mañana. Acteón había pasado mucho tiempo en el mercado -y pensó que ya era hora de ocuparse de sus asuntos. Tenía que ver á -Mopso el arquero arriba en la Acrópolis, y emprendió la ascensión por -calles tortuosas pavimentadas de guijarros, con blancas casas, en cuyas -puertas hilaban y tejían la lana las mujeres.</p> - -<p>El griego, al llegar junto á la Acrópolis, admiró las murallas -ciclópeas de grandes peñascos amontonados con raro arte y sólidamente -unidos sin trabazón alguna. Allí estaba la cuna de la ciudad; el -recuerdo de los compañeros de Zazintho, al establecerse entre los rudos -indígenas.</p> - -<p>Pasó bajo una larga bóveda, y se vió en la extensa meseta del monte, -rodeada de murallas que podían abrigar una población tan grande<span -class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span> como Sagunto. En esta inmensa -planicie, esparcidos sin orden, alzábanse los edificios públicos, -como un recuerdo de la época en que la ciudad estaba en la cumbre -y aún no había descendido, ensanchándose hacia el mar. Desde sus -murallas se apreciaba la inmensidad del fértil agro, los territorios -de la República, perdiéndose por el Sur á lo largo de la playa, hasta -el límite de los que ocupaban los Olcades; las innumerables aldeas -y quintas, agrupadas en las riberas del Bætis-Perkes, y la ciudad, -como un gran abanico blanco, en la falda del monte, encerrada por -las murallas, sobre las cuales parecía saltar el oprimido caserío, -esparciéndose por las huertas.</p> - -<p>Acteón, volviendo su vista al cerrado recinto de la Acrópolis, -contemplaba el templo de Hércules. Cerca de él, la columnata en la -cual se reunía el Senado; el taller donde se acuñaba la moneda; el -templo en que se custodiaba el tesoro de la República; el arsenal -donde se armaban los ciudadanos; la caserna de los mercenarios, y -dominando todos estos edificios, la torre de Hércules, construcción -enorme y ciclópea, que de noche contestaba con sus llamaradas á las -<i xml:lang="la" lang="la">spéculas</i> de la playa y de los montes del -puerto, esparciendo la alarma ó la tranquilidad por todo el territorio -saguntino. Además, una tropa de esclavos, dirigidos por un artista -griego, daba los últimos retoques á un pequeño templo que<span -class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span> Sónnica la rica había hecho -elevar en la Acrópolis en honor de Minerva.</p> - -<p>Los saguntinos que subían á la ciudadela para pasear tranquilamente -contemplando su ciudad y los mercenarios que limpiaban las espadas y -corazas de bronce á la puerta de su cuartel, miraban con curiosidad al -griego.</p> - -<p>Un saguntino de aspecto acomodado, envuelto en una toga roja á la -romana y apoyado en un largo bastón, se aproximó á hablarle. Era un -hombre de mediana edad, fuerte, con la barba y el cabello encanecidos y -una expresión bondadosa en los ojos y en la sonrisa.</p> - -<p>—Dime, griego —preguntó con dulzura—. ¿Á qué vienes aquí? ¿Eres -mercader?... ¿Eres navegante? ¿Buscas para tu país la plata que nos -traen los celtíberos?...</p> - -<p>—No; soy un pobre que vaga por el mundo, y vengo á ofrecerme á la -República como soldado.</p> - -<p>El saguntino hizo un gesto de tristeza.</p> - -<p>—Debí haberlo adivinado en el arma que te sirve de apoyo... -¡Soldados! ¡siempre soldados!... En otro tiempo no se veía en toda la -ciudad una espada ni un dardo. Llegaban los extranjeros en sus naves -repletas de mercancías, tomaban lo nuestro, nos daban lo suyo, y -vivíamos en la paz que cantan los poetas. Ahora los que llegan, griegos -ó romanos, africanos ó asiáticos, se presentan armados, son perros -feroces que vienen<span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span> á -ofrecerse para guardar el rebaño que antes triscaba en paz sin miedo á -los enemigos. Al ver todo este aparato bélico, al contemplar cómo se -regocija la juventud de Sagunto relatando la última expedición contra -los turdetanos, tiemblo por la ciudad, por la suerte de los míos. Ahora -somos los más fuertes; ¿pero no vendrá alguien que lo sea más que -nosotros y nos eche al cuello la cadena de esclavos?...</p> - -<p>Y por encima de las murallas miraba la ciudad con amorosa -tristeza.</p> - -<p>—Extranjero —continuó—, me llaman Alco y mis amigos me apellidan -el <i>Prudente</i>. Los ancianos del Senado atienden mis consejos; pero la -juventud no los sigue. He comerciado, he corrido el mundo, tengo mujer -é hijos que gozan de bienestar, y estoy convencido de que la paz es la -felicidad de los pueblos y hay que sostenerla á todo trance.</p> - -<p>—Yo soy Acteón, hijo de Atenas. Fuí navegante y naufragaron mis -naves; comercié y perdí mi fortuna. Mercurio y Neptuno me trataron -siempre como padres huraños y sin entrañas. He gozado mucho, he sufrido -aún más, y hoy, mendigando casi, vengo aquí á vender mi sangre y mis -músculos.</p> - -<p>—Haces mal, ateniense: eres hombre y quieres convertirte en lobo. -¿Sabes lo que más admiro en tu pueblo? Que os burláis de Hércules y -sus hazañas, y rendís culto á Palas Atenea.<span class="pagenum" -id="Page_81">p. 81</span> Despreciáis la fuerza para adorar la -inteligencia y las artes de la paz.</p> - -<p>—El brazo fuerte vale tanto como la cabeza en que Zeus puso su -fuego.</p> - -<p>—Sí; pero ese brazo empuja la cabeza á la muerte.</p> - -<p>Acteón sentíase impacientado por las palabras de Alco.</p> - -<p>—¿Conoces á Mopso el arquero?...</p> - -<p>—Allí le tienes, junto al templo de Hércules. Le conocerás por su -arma que no abandona nunca. Ése es otro de los que atrajo aquí el mal -espíritu de la guerra.</p> - -<p>—Salud, Alco.</p> - -<p>—Que los dioses te protejan, ateniense.</p> - -<p>Acteón reconoció al valeroso griego en el arco y la aljaba que -colgaban de sus hombros. Era un hombre fornido, de luenga barba, que -llevaba arrollado á sus guedejas grises un nervio de toro para suplir -el que servía de cuerda al arco. Los brazos musculosos y fuertes -delataban con la tirantez de sus tendones la forzada tensión á que se -sometían para abrir el duro arco y disparar las flechas.</p> - -<p>Acogió á Acteón con la respetuosa simpatía que por su superioridad -inspiraban los atenienses á los griegos de las islas.</p> - -<p>—Hablaré al Senado —dijo al enterarse de sus pretensiones—. Basta -mi palabra para que seas admitido en los mercenarios con toda la<span -class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span> distinción que mereces. ¿Has -guerreado alguna vez?</p> - -<p>—He hecho la guerra de Lacedemonia á las órdenes de Cleomenes.</p> - -<p>—Famoso capitán; hasta aquí ha llegado el eco de las hazañas del rey -espartano. ¿Qué es de él?</p> - -<p>—Le abandoné cuando vencido, pero no domado, se refugió en -Alejandría. Allí vivía desterrado bajo el amparo de Ptolomeo; pero -según me dijeron ha poco en Cartago-Nova, por una intriga de palacio -cayó en desgracia: el monarca egipcio le mandó asesinar, y Cleomenes, -con sus doce compañeros, murió matando. Cuando cayó tenía ante él un -montón de cadáveres.</p> - -<p>—Digno final de un héroe... ¿Dónde aprendiste el arte militar?</p> - -<p>—Comencé en Sicilia y Cartago en el campo de los mercenarios y -terminé mi educación en el Pritaneo de Atenas. Mi padre fué Lisias, -capitán al servicio de Hamílcar, asesinado después por los cartagineses -en su guerra con los mercenarios que llamaron <i>implacable</i>.</p> - -<p>—Famosas escuelas y excelente padre. También su nombre llegó á mis -oídos en la época que yo corría el mundo, antes de tomar el servicio -de Sagunto... ¡Bienvenido seas, Acteón! Si quieres entrar en los -<i>hoplites</i>, figurarás en la primera fila de la falange, con la armadura -pesada y la pica larga... Aunque no; vosotros los<span class="pagenum" -id="Page_83">p. 83</span> atenienses deseáis pelear con ligereza; sois -más temibles por la carrera que por los golpes. Serás <i>peltasta</i> con tu -venablo y un escudo ligero de los llamados <i>pelta</i>; pelearás suelto, y -de seguro que se relatarán de tí grandes hazañas.</p> - -<p>Pasaban junto á los dos griegos algunos ancianos, á los que el -arquero saludaba con respeto.</p> - -<p>—Son los senadores —dijo— que se reúnen hoy por ser día de mercado. -Muchos de ellos vienen de sus quintas del agro y suben hasta la -Acrópolis en sus literas. Se reúnen bajo aquella columnata.</p> - -<p>Acteón vió cómo iban sentándose en sus sillas de madera de curvas -garras, rematadas por la cabeza del león de Nemea. En sus rostros y -trajes notábase la gran división de razas que existía en la ciudad. Los -de origen ibero llegaban de sus granjas, barbudos, atezados, con coraza -de lino forrada de gruesa lana, espada corta de dos filos pendiente -del hombro y un sombrero de cuero endurecido que equivalía á un casco. -Los comerciantes griegos presentábanse con las mejillas rasuradas, -envueltos en una clámide blanca, de la que salía desnudo el brazo -derecho; una cinta sujetaba sus cabellos como una corona y se apoyaban -en un largo báculo rematado por una piña. Parecían los reyes de la -<i>Iliada</i> reunidos ante Troya.</p> - -<p>Acteón vió entre ellos un gigante de negra<span class="pagenum" -id="Page_84">p. 84</span> barba y cabello corto y ensortijado, que -formaba sobre su cabeza como una mitra de lana. Sus miembros enormes, -de salientes músculos y tirantes tendones que parecían próximos -á estallar, asomaban por las aberturas del rojo manto en que se -envolvía.</p> - -<p>—Ése es Therón —dijo el arquero—, el gran sacerdote de Hércules; un -hombre prodigioso, que conquistaría una corona en los Juegos Olímpicos. -Mata un toro con solo descargarle el puño en la cerviz.</p> - -<p>El griego creyó ver otra vez entre la gente que se reunía cerca del -Senado, al pastor celtíbero, contemplando con interés al gigantesco -sacerdote de Hércules. Pero el arquero le hablaba y hubo de volver su -vista á él.</p> - -<p>—Va á comenzar el consejo y debo estar al pie de las gradas -esperando órdenes. Márchate, Acteón, y espérame en el Foro. Allí -encontrarás á mi pequeño. ¿No dices que le viste en el camino? De -seguro que iría con esa esclava que guarda las cabras de Sónnica. No -titubees, Acteón, no mientas. Lo adivino... ¡Ah, ese pequeño! ¡Ese -vagabundo que en vez de trabajar corre los campos como un esclavo -fugitivo!...</p> - -<p>Y á pesar de la gravedad con que se lamentó el arquero, notábase -en su acento un temblor de ternura, la predilección que le inspiraba -sobre sus demás hijos aquel artista errante y ca<span class="pagenum" -id="Page_85">p. 85</span>prichoso que á veces abandonaba la casa -paterna para corretear por el puerto y por los montes semanas -enteras.</p> - -<p>Se despidieron los dos griegos y Acteón volvió al Foro, no sin que -antes creyese ver de nuevo, vagando por la Acrópolis, al misterioso -pastor celtíbero. Al entrar en los pórticos oyó silbidos y gritos; los -grupos se arremolinaban riendo y profiriendo insultos; la gente salía á -toda prisa de las tiendas de los barberos y los perfumistas. El griego -vió un grupo de jóvenes lujosamente vestidos que pasaban intrépidos -y con despreciativa sonrisa al través de la tempestad de silbidos y -sarcasmos que levantaba su presencia.</p> - -<p>Eran los elegantes de Sagunto; los jóvenes ricos que imitaban las -modas de la aristocracia de Atenas, exageradas por la distancia y la -falta de gusto. Acteón también rió con su fina sonrisa de ateniense al -apreciar la torpeza con que aquellos jóvenes copiaban á sus lejanos -modelos.</p> - -<p>Al frente de ellos marchaba Lacaro, el elegante que acompañaba -á Sónnica en su visita matinal al templo de Venus. Iban vestidos -con telas de colores chillones y fino tejido, transparentes, hasta -dejar ver el cuerpo, como las túnicas que las hetarias llevaban -en los banquetes. Las mejillas, cuidadosamente depiladas, estaban -cubiertas de suave bermellón y los ojos agranda<span class="pagenum" -id="Page_86">p. 86</span>dos con rayas negras: los cabellos rizados y -perfumados con olorosas grasas, aparecían sostenidos por una cinta. -Algunos llevaban grandes aros de oro en las orejas, y al andar sonaban -los ocultos brazaletes. Otros se apoyaban indolentemente en el hombro -de pequeños esclavos, de blancas espaldas y cabellera de gruesos -bucles, que parecían niñas por la redondez de sus formas. Como si no -oyeran los insultos y sarcasmos de la gente, hablaban con tranquilidad -de los versos griegos que uno de ellos había compuesto; discutían su -mérito, el modo de acompañarlos mejor con la lira, y únicamente se -detenían para acariciar las mejillas de sus pequeños esclavos ó para -saludar á los conocidos, muy satisfechos en el fondo del escándalo que -su presencia provocaba en el Foro.</p> - -<p>—No me digáis que imitan á los griegos —vociferaba ante un corro un -viejo de cara maliciosa, con el manto sucio y remendado de un pedagogo -sin colocación—. El fuego de los dioses debe caer sobre la ciudad. -Nuestro padre Zeus es cierto que en un momento de pasión raptó al -gallardo Ganímedes; pero ¿y Leda? ¿y todas las innumerables beldades -que recibieron en sus entrañas el fuego del señor del Olimpo?... -Bueno se pondría el mundo si los hombres imitásemos á los dioses, y -todos hiciéramos como esos necios, vistiéndonos de mujeres. ¿Queréis -ver<span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span> un griego? Pues -aquí lo tenéis: éste sí que es un verdadero hijo de la Hélade.</p> - -<p>Y señalaba á Acteón, que se vió rodeado por las miradas curiosas del -grupo.</p> - -<p>—¡Cómo reirás, extranjero, al ver esos infelices que torpemente -creen imitar á tu país! —continuó vociferando aquel energúmeno con -aspecto de mendigo—. Yo soy filósofo, ¿sabes? El único filósofo de -Sagunto, y con esto adivinarás que este pueblo ingrato me deja morir -de hambre. De joven estuve en Atenas, asistí á sus escuelas y dejé de -ser marinero y correr el mundo para buscar en mí mismo la verdad. No he -inventado nada, pero sé cuanto han dicho los hombres sobre el alma y el -mundo, y si quieres te recitaré de memoria párrafos enteros de Sócrates -y de Platón y todas las contestaciones del gran Diógenes. Conozco tu -país y me avergüenzo por mi ciudad al ver á tales necios... ¿Sabes -quién es el culpable de estas ridiculeces que nos deshonran? Pues -Sónnica, esa Sónnica que llaman la rica, antigua cortesana que acabará -por convertir Sagunto en un dicterión, destruyendo las tradiciones de -la ciudad, las costumbres rudas y sanas de otros tiempos.</p> - -<p>Al oir el nombre de Sónnica se elevó del grupo un murmullo de -protesta.</p> - -<p>—¿Los ves? —gritó el filósofo cada vez más enfurecido—. Son esclavos -aduladores que tiemblan ante la verdad. El nombre de Sónnica les<span -class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span> causa el mismo efecto que -el de una diosa. ¿Ves ese que huye? Pues á su padre le prestó Sónnica -hace pocos días una fuerte cantidad sin interés alguno para que -comprase trigos en Sicilia, y por esto cree que debe huir de donde se -diga algo contra ella. Mira ese que vuelve la espalda. La cortesana -libertó á su padre que era esclavo, y no quiere oir nada que moleste -á Sónnica. Y estos otros, que más valientes se quedan y me miran como -si fuesen á devorarme, todos han recibido favores de ella, y serían -capaces de pegarme como otras veces por mis palabras. Son esclavos -que la defienden cual si fuese una divinidad benéfica. Como ellos son -muchos en Sagunto, y por esto los magistrados no osan castigar á esa -griega, que con sus extravagancias de loca escandaliza la ciudad. Vaya, -pegadme, mercaderes: golpead al único que no miente en Sagunto.</p> - -<p>Los del grupo se alejaban, dejando al filósofo que bracease lanzando -gritos de indignación.</p> - -<p>—Lo que debías hacer —dijo con desprecio uno de los últimos al -retirarse— es mostrar más agradecimiento. Si comes algún día, es en la -mesa de Sónnica.</p> - -<p>—¡Y comeré esta noche! —gritó el filósofo con insolencia—. -¿Qué demuestras con eso? ¡Y le diré en su cara lo mismo que digo -aquí!... ¡Y ella reirá como siempre, mientras vosotros comeréis<span -class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span> bazofia en vuestras casas, -pensando en su banquete!...</p> - -<p>—¡Ingrato! ¡Parásito! —dijo aquel hombre volviéndole las espaldas -con desprecio.</p> - -<p>—La gratitud es condición de perro; el hombre demuestra su -superioridad hablando mal de quien le favorece... Si no queréis -que Eufobias el filósofo sea parásito, mantenedle á cambio de su -sabiduría.</p> - -<p>Pero Eufobias hablaba en el vacío. Todos se habían retirado, -confundiéndose en los grupos inmediatos. Sólo Acteón estaba junto -á él, examinándolo con interés, como admirado de encontrar en una -ciudad lejana un hombre tan semejante á los que en Atenas pululaban -en torno de la Academia, formando la plebe filosófica hambrienta y -obscurecida.</p> - -<p>El parásito, al verse sin más público que el griego, se agarró de su -brazo.</p> - -<p>—Tú sólo mereces oirme. Bien se conoce que eres de allá y sabes -distinguir el mérito.</p> - -<p>—¿Quién es esa Sónnica que tanto te indigna por sus costumbres? -¿Sabes su vida? —preguntó el ateniense con el deseo de conocer el -pasado de una mujer que con su nombre parecía llenar toda la ciudad.</p> - -<p>—¿Que si la sé? Mil veces me la ha contado en sus ratos de -melancolía y fastidio, que son los más; cuando yo no logro hacerla reir -con mi saber, y ella siente la necesidad de aban<span class="pagenum" -id="Page_90">p. 90</span>donarse, hablándome de su pasado con tanto -descuido como si conversase con su perro. Es historia larga.</p> - -<p>Se detuvo el filósofo y guiñó un ojo, señalando una puerta inmediata -en la cual un mostrador agujereado sostenía una fila de ánforas.</p> - -<p>—En casa de Fulvius estaremos mejor. Es un romano honradísimo que -jura haber reñido con el agua. Anteayer recibió un famoso vino de -Laurona. Desde aquí percibo su perfume.</p> - -<p>—No tengo ni un óbolo en la bolsa.</p> - -<p>El filósofo, que contraía la nariz como si aspirase el vaho del -mosto, hizo un gesto de desaliento. Después miró con cariño al -griego.</p> - -<p>—Tú eres digno de oirme. ¡Pobre como yo, en medio de estos -mercaderes que abarrotan de plata sus bodegas!... Ya que no hay vino, -paseemos: esto aclara las ideas. Te trataré como Aristóteles á sus -discípulos predilectos.</p> - -<p>Y paseando á lo largo del pórtico, Eufobias comenzó á relatar lo que -sabía de la vida de Sónnica.</p> - -<p>Creía haber nacido en Chipre, la isla del amor para los navegantes. -En aquellas playas, de cuyas espumas hicieron nacer los poetas la -triunfante belleza de Venus Afrodita, las mujeres de la isla corren por -la noche en busca de los marineros para prostituirse en memoria de la -diosa. De uno de estos encuentros con un remero, había nacido Sónnica. -Recordaba vagamente los<span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span> -primeros años de su niñez, correteando por la cubierta de una nave; -saltando de un banco á otro de los remeros, alimentada y despreciada -como los gatos de á bordo, visitando muchos puertos poblados de gentes -diversas en trajes, costumbres é idiomas; pero viéndolo todo de lejos -y vagamente como las imágenes de un sueño, sin poner nunca el pie en -tierra firme.</p> - -<p>Antes de ser mujer, fué la amante del amo del buque, un piloto de -Samos que, cansado de ella ó por la tentación del negocio, la vendió -una noche á un beocio que tenía un dicterión en el Pireo. Aún no había -cumplido doce años, y la pequeña Sónnica llamaba la atención entre las -dicteriadas que pululaban por la noche en el Pireo, principal centro de -la prostitución ateniense.</p> - -<p>La población flotante de la ciudad, compuesta de extranjeros, -jugadores y jóvenes arrojados de su casa por los severos padres, -congregábase en aquel suburbio de Atenas que rodeaba los puertos -del Pireo y Faraleo y formaba el arrabal de Estirón. Apenas cerraba -la noche, todo este mundo bullicioso y corrompido se reunía en la -gran plaza del Pireo, entre la ciudadela y el puerto, y comenzaban -á circular las prostitutas, que con la llegada de las sombras, -adquirían libertad para salir de los dicteriones en que las tenían -recluídas. Bajo los pórticos de la plaza, lanzaban sus dados los -jugadores, disputaban<span class="pagenum" id="Page_92">p. 92</span> -los filósofos errantes, dormían los vagabundos, se contaban sus -viajes los marineros; y por entre esta confusión de gentes diversas, -pasaban las dicteriadas con el rostro pintado, casi desnudas ó con -mantos rayados de fuertes colores que revelaban su origen africano y -asiático. Allí creció y se educó la joven hija de Chipre, buscando -todas las noches un mercader de trigos de Bitinia ó un exportador de -cueros de la Gran Grecia, gente ruda y alegre que antes de volver á -su país querían gastar algo de sus ganancias con las cortesanas de -Atenas. De día, permanecía presa en el dicterión, una casa de aspecto -sórdido, sin más adorno en la fachada que un enorme falo que servía de -muestra al establecimiento; con la puerta abierta á todas horas, sin -el perro encadenado que tenían las demás viviendas, y mostrando apenas -se levantaba la gruesa cortina de lana, el patio descubierto, en el -cual, junto á las entradas de las habitaciones, estaban en cuclillas -ó tendidas sobre las baldosas todas las mercancías de la casa; -mujeres gastadas y consumidas por el fuego del amor y niñas apenas -llegadas á la pubertad; todas desnudas, contrastando la piel obscura -y aterciopelada de las egipcias con la tez pálida de las griegas y la -blanca y sedosa de las asiáticas.</p> - -<p>Sónnica, que entonces se llamaba Mirrina (el nombre que la habían -dado los marineros), se cansó de la vida del dicterión. Eran todas -allí<span class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span> unas esclavas, -á las que el beocio apaleaba cuando dejaban partir descontento á -un parroquiano. La repugnaba tomar los dos óbolos marcados por las -leyes de Solón, de aquellas manos callosas que herían al acariciar, -y le causaba náuseas la gente soez y brutal, de todos los países del -mundo, que llegaba en busca del placer y partía ahita, siendo renovada -inmediatamente por otra, y por otra, como un incesante oleaje de deseos -excitados por la soledad del mar, repitiendo iguales caprichos é -idénticas exigencias.</p> - -<p>Una noche visitó por última vez el templo de Venus Pandemos, -levantado por Solón en la gran plaza del Pireo y depositó un óbolo como -última ofrenda ante las estatuas de Venus y su compañera Pitho, las dos -divinidades de las cortesanas, ante las cuales iba muchas veces con sus -amantes del momento, antes de entregarse á ellos en la orilla del mar, -ó junto al extenso muro construído por Temístocles para unir el puerto -con Atenas. Después huyó hacia la ciudad, ansiando libertad y placeres, -con el deseo de ser una de aquellas hetarias atenienses cuyo lujo y -hermosura había admirado desde lejos.</p> - -<p>Vivía como las cortesanas libres y pobres, á las que la juventud -ateniense llamaba <i>lobas</i> por sus gritos. Pasaba al principio -días enteros sin comer, pero se consideraba más feliz que sus -antiguas compañeras del puerto de Faraleo ó<span class="pagenum" -id="Page_94">p. 94</span> del arrabal de Estirón, esclavas de los -dueños de los dicteriones. Su mercado era ahora el Cerámico, un vasto -arrabal de Atenas, á lo largo de la muralla, entre las puertas del -Cerámico y la Dipila, en la cual estaban el jardín de la Academia y -las tumbas de los ciudadanos ilustres muertos por la República. De -día, iban allí las grandes hetarias ó enviaban sus esclavas para ver -si sus nombres estaban escritos con carbón en la muralla del Cerámico. -El ateniense que deseaba á una cortesana, escribía el nombre de -ella junto con la cantidad ofrecida, y si ésta era del gusto de la -hetaria, aguardaba al pie de la inscripción la llegada del que hacía -la oferta. Á la luz del sol, ostentábanse allí las grandes cortesanas -casi desnudas, con sandalias de púrpura, envueltas en mantos de flores -y llevando sobre sus cabelleras espolvoreadas de oro coronas de -frescas rosas. Los poetas, los retóricos, los artistas y los grandes -ciudadanos, paseaban por los verdes bosquecillos del Cerámico ó bajo -los pórticos adornados de estatuas, discutiendo con las cortesanas -y teniendo que poner en tortura su ingenio para hacer frente á sus -réplicas.</p> - -<p>Al llegar la noche, una invasión de mujeres miserables y haraposas -llenaba el paseo, esparciéndose por entre las tumbas de los grandes -ciudadanos. Era la hez del placer ateniense que vivía en libertad -y buscaba la sombra: viejas<span class="pagenum" id="Page_95">p. -95</span> cortesanas que, confiadas en la noche, salían á conquistar el -pan en aquel mismo lugar donde en otros tiempos habían reinado con el -poder de la hermosura; dicteriadas fugitivas; esclavas que huían por -algunas horas de la casa del amo, y mujeres de la plebe que buscaban -en la prostitución un alivio á su miseria. Agazapadas tras las tumbas, -entre los bosques de laureles, permanecían inmóviles como esfinges, y -apenas los pasos de un hombre turbaban el silencio del Cerámico, salían -de todos lados débiles aullidos llamando al recién llegado. Muchas -veces huían en loca carrera al reconocer á un encargado de cobrar el -<i>Pornicontelos</i>, impuesto establecido por Solón sobre las cortesanas, -y que era la mejor renta de Atenas. Á media noche, el transeunte que -atravesaba el Cerámico, de vuelta de un banquete, sentía en torno la -agitación y los suspiros de un mundo invisible, que parecía removerse -sobre el césped y la blanda arena. Los poetas decían riendo que eran -los manes de los grandes ciudadanos que gemían en sus profanadas -tumbas.</p> - -<p>Así vivió Mirrina hasta los quince años, pasando la noche en el -Cerámico y el día en la casucha de una vieja de Thesalia que, como -todas las de su país, gozaba gran fama de hechicera y lo mismo ayudaba -á los partos que vendía filtros amatorios á las cortesanas y retocaba -los rostros á las que estaban en decadencia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span>¡Qué de cosas -aprendió allí la pequeña <i>loba</i> al lado de la vieja, huesuda y fea -como una Parca! Le ayudaba á moler el albayalde, que mezclado con -cola de pescado rellenaba las arrugas del rostro; preparaba la harina -de habas para untarse los pechos y el vientre, dejando la piel con -una tersa tirantez; llenaba frasquitos de antimonio para dar brillo -á los ojos; liquidaba el carmín para colorear con ligeros toques las -grietas cubiertas de pasta y escuchaba con profunda atención los sabios -consejos con que la vieja guiaba á sus pupilas, á fin de que mostraran -con todo su relieve las perfecciones particulares y disimulasen los -defectos. La vieja thesaliana aconsejaba á las pequeñas de cuerpo -gruesas suelas de corcho dentro del calzado y á las altas, sandalias -ligeras y hundir la cabeza entre los hombros; fabricaba rellenos para -las flacas, armazones de ballenas para las obesas; teñía de hollín las -canas, y á las que tenían buena dentadura las obligaba á llevar un -tallo de mirto entre los labios, aconsejándolas que riesen á la menor -palabra.</p> - -<p>La joven poseía de tal modo su confianza, que la ayudaba en la -parte más peligrosa de su ciencia: la confección de filtros amatorios -y la fabricación de hechizos, que más de una vez la habían hecho ser -perseguida por los oficiales del Areópago. Las hetarias más ricas -la consultaban para sus deseos y venganzas, y ella las pres<span -class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span>taba sus conocimientos. Para -lograr la impotencia de un hombre ó la esterilidad de una mujer no -había más que darles una copa de vino en la que se hubiese ahogado -un barbo; para atraer á un amante olvidadizo se quemaba en un fuego -de ramas de tomillo y de laurel una torta de harina sin levadura; y -para convertir en odio el amor no había más que seguir al hombre, -pisando sus huellas al revés, colocando el pie derecho donde él había -puesto el izquierdo y murmurar al mismo tiempo: «Estoy sobre tí, te -pisoteo.» Si había que hacer volver á un amante hastiado, la vieja -rodaba una bola de bronce que llevaba en el seno, pidiendo á Venus que -del mismo modo hiciese rodar el amante por el umbral de la puerta, y -si no surtía efecto el conjuro, se arrojaba en el brasero mágico la -imagen en cera del ser querido, pidiendo á los dioses que derritiesen -de amor el corazón helado, así como se derretía su figura. Y junto con -estos hechizos, rodeados de invocaciones misteriosas, iban los filtros -compuestos con hierbas afrodisíacas y excitantes, que muchas veces -causaban la muerte.</p> - -<p>Una noche de primavera, á la luz de la luna, Mirrina tuvo un -encuentro en el Cerámico, que la hizo abandonar el antro de la -thesaliana. Sentada tras una tumba, su aullido suave y débil como un -lamento, atrajo á un hombre envuelto en un manto blanco. Por el brillo -de sus ojos y<span class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span> la -inseguridad de sus pies parecía ebrio. En la cabeza llevaba una corona -de rosas ajadas.</p> - -<p>Mirrina adivinó en él á un ciudadano distinguido que salía de un -banquete. Era el poeta Simalión, joven aristócrata, que había ganado -una corona en los Juegos Olímpicos, y en el que Atenas veía resucitar -la inspiración de Anacreonte. Las hetarias más hermosas cantaban sus -versos en los banquetes al son de la lira, y las virtuosas ciudadanas -los murmuraban en la soledad del gineceo, enrojeciendo de emoción. Las -más famosas beldades de Atenas se disputaban al poeta, y éste, enfermo -en plena juventud, como si no pudiera resistir el peso de la adoración -mundana, refugiábase en el templo de Esculapio cuando la tos le hacía -escupir sangre; iba en peregrinación á las fuentes milagrosas de toda -la Grecia y sus islas; y apenas se sentía con fuerzas y una nueva -sangre circulaba por su cuerpo, despreciaba á los médicos y corría otra -vez á los banquetes con los negociantes y los artistas del Ática, entre -hetarias famosas y gentiles aulétridas, rodando de los brazos de una -á los de otra, pagando las caricias con versos que repetía luego la -ciudad, siempre ardiente y consumiendo su vida como la antorcha que en -las nocturnas fiestas de Dionisios se pasaba la cadena de bacantes de -mano en mano, hasta perderse en lo infinito.</p> - -<p>Á la salida de una de estas orgías, encontró<span class="pagenum" -id="Page_99">p. 99</span> á Mirrina, y al contemplar á la luz de la -luna aquella belleza fresca, entera y casi infantil, en un lugar -frecuentado por las inmundas <i>lobas</i>, se llevó las manos á los ojos -como si temiera ser engañado por la turbación de la embriaguez. Era -Psiquis con los pechos firmes y redondos como una taza de armoniosa -curva; con sus líneas correctas y suaves que hubieran desesperado á los -escultores de la Academia; y el poeta experimentó la misma satisfacción -que, cuando tras una tarde de paseo solitario desde Atenas al puerto, -á lo largo de la muralla de Temístocles, encontraba el último verso de -una oda.</p> - -<p>Ella quiso arrastrarle al antro de la thesaliana, pero Simalión, -deslumbrado por las carnes de marfil que parecían brillar entre los -harapos, la condujo á su hermosa casa de la calle de los Trípodes, y -allí quedó Mirrina como señora, con esclavas y lujosos trajes.</p> - -<p>Esta hazaña del poeta asombró á toda Atenas. En el Ágora y en el -Cerámico, sólo se hablaba de la nueva amante de Simalión: gozaba el -éxito de la piedra preciosa olvidada y perdida en la arena, que de -repente brilla sobre la frente de un poderoso.</p> - -<p>Las grandes hetarias, que nunca habían logrado conquistar por -completo al veleidoso poeta, se asombraban al verle unido estrechamente -á una jovenzuela salida de un dicterión, que recordaban muchos -aventureros del<span class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span> -Pireo. La llevaba en su carro, guiando tres caballos de recortadas -crines, á todas las grandes fiestas en los templos del Ática; componía -por las mañanas versos en su honor y la despertaba recitándolos, entre -una nube de flores que dejaba caer sobre su lecho. Daba banquetes á -los artistas amigos para gozarse en su envidia y su admiración cuando -á los postres la hacía exhibirse desnuda sobre la mesa, con toda la -magnificencia de su belleza pura, que causaba en aquellos griegos una -emoción religiosa.</p> - -<p>Fiel á Simalión por agradecimiento al principio y enamorada después -del poeta y sus obras, Mirrina le adoraba como maestro tanto como -amante. En poco tiempo aprendió á tañer la lira y á recitar los versos -en todos los estilos conocidos, y leyó la biblioteca de su amante, -hasta el punto de poder hacer frente á los convidados de aquellas -cenas de artistas y ser citada entre las hetarias más ingeniosas de -Atenas.</p> - -<p>Simalión, cada vez más entusiasmado con su amante, derrochaba la -vida y la fortuna. Hacía traer para ella del Asia mantos sutiles -bordados de fantásticas flores, que transparentaban el nácar de su -cuerpo; polvo de oro para cubrir sus cabellos, haciéndola semejante á -las diosas que los poetas y los artistas de Grecia pintaban siempre -rubias; encargaba á los navegantes que comprasen rosas de Egipto de -asombrosa frescura, y cada vez más macilento, la piel terrosa<span -class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span> y la mirada de fuego, -tosiendo y encorvándose entre los brazos de su amante, veía disminuir -sus fuerzas.</p> - -<p>Así pasó dos años, hasta una tarde de otoño en que, tendido sobre -el césped de su jardín, con la cabeza apoyada en las rodillas de la -hermosa, oyó por última vez sus versos, cantados por la fresca voz de -Mirrina, siguiendo el aleteo de los blancos dedos sobre las cuerdas -de la lira. El sol poniente hacía brillar en lo más alto de la ciudad -como una ascua la lanza de la Minerva del Parthenón; su mano de niño -apenas si podía sostener la copa de oro llena de vino con miel. Hizo -un esfuerzo para besar á su amante; las rosas que le coronaban se -deshojaron, cubriendo con una lluvia de pétalos el pecho de Mirrina, -y lanzando un quejido de mujer cerró los ojos, cayendo sobre aquel -regazo, en el que había dejado los últimos restos de su vida.</p> - -<p>La joven le lloró con desesperación de viuda. Cortó su espléndida -cabellera para depositarla como una ofrenda sobre su tumba, y -arrinconando los deslumbrantes trajes, vistió de lana obscura, como las -atenienses de gran virtud, permaneciendo recluída en su casa silenciosa -y cerrada como un gineceo.</p> - -<p>La necesidad de vivir, de sostener aquel lujo al que estaba -acostumbrada, de tener un carro y esclavas y palafreneros, la -hicieron pensar en su hermosura, y las hetarias más célebres se<span -class="pagenum" id="Page_102">p. 102</span> alarmaron ante la nueva -rival. Cubierta con una peluca de rojo obscuro para disimular la -tonsura del dolor, y envuelta en finos velos, de los que surgían su -garganta redonda cubierta de perlas y los brazos frescos y alabastrinos -cargados hasta los hombros de brazaletes, se mostraba en una ventana -alta de su casa con la grave majestad de una diosa que aguarda el -culto. Los más ricos de Atenas deteníanse al anochecer en la calle de -los Trípodes, para contemplar á <i>la viuda del poeta</i>, como la llamaban -con sorna las del Cerámico. Algunos, más osados ó trémulos de deseo, -levantaban el índice como una pregunta muda; pero en vano esperaban -que ella contestase afirmativamente con el ademán acostumbrado de las -hetarias, cerrando el pulgar y el índice en forma de anillo.</p> - -<p>Muy pocos lograban entrar en la casa de la famosa cortesana. -Murmurábase que algunas noches, en momentos de fastidio, había abierto -su puerta á jovenzuelos de los que modelaban sus primeras estatuas en -los jardines de la Academia ó recitaban sus versos desconocidos á los -desocupados del Ágora; gente que sólo podía disponer para el amor de -algunos óbolos ó cuando más de un dracma. Pero en cambio, los ricos que -ofrecían <i>estateras</i> de oro ó varias <i>minas</i> por entrar en la casa, se -consideraban demasiado pobres para cumplir sus deseos. Las cortesanas -viejas se contaban al oído con cierto respeto<span class="pagenum" -id="Page_103">p. 103</span> que un reyezuelo de Asia, de paso en -Atenas, había dado á Mirrina por una noche dos <i>talentos</i> —lo que -gastaba al año cualquier república de Grecia— y que la hermosa hetaria, -sin conmoverse ante tal fortuna, sólo le había permitido estar junto á -ella el tiempo que tardó en vaciarse su <i>clepsydra</i>, pues hastiada de -los hombres, medía el amor por el reloj de arena.</p> - -<p>Los mercaderes fabulosamente ricos, al llegar al Pireo, buscaban -relaciones de amistad para entrar en casa de Mirrina. Abrumaban con -presentes á los artistas vagabundos que eran amigos de la cortesana -para ser admitidos en sus cenas, y más de uno, llegado días antes al -puerto con una flota cargada de ricas mercancías, las vendía antes de -descargar las naves para quedarse en la casa del poeta, y regresaba -á su país embarcado de limosna, satisfecho de su miseria al ver la -envidia y el respeto que inspiraba á sus compañeros.</p> - -<p>Así conoció á Bomaro, un joven ibero, mercader de Zazintho, que -había llegado á Atenas con tres naves cargadas de cueros. La cortesana -se sintió atraída por su dulzura, que contrastaba con la rudeza de los -otros negociantes; encanallados por la vida de los grandes puertos. -Hablaba poco y ruborizándose, como si el mutismo de las largas -permanencias en el mar le hubiesen dado una timidez de virgen: si le -obligaban á contar sus aventuras de navegante, lo<span class="pagenum" -id="Page_104">p. 104</span> hacía con sencillez, sin mencionar los -peligros arrostrados, y ante la cultura de los griegos mostraba una -admiración infantil.</p> - -<p>Mirrina, durante la cena en que le vió por primera vez, sorprendió -sus ojos fijos en ella, con la misma expresión de ternura y respeto -que si mirase á una diosa de imposible posesión. Aquel navegante, -educado entre bárbaros, en una colonia remota que apenas si guardaba -vestigios de la madre Grecia, comenzó á interesar á la cortesana más -que los jóvenes atenienses y los opulentos mercaderes que la rodeaban. -Trémulo y balbuciente, pidió la limosna de una noche, y la pasó junto -á ella con más admiración que placer, adorando su regia desnudez, -enterneciéndose al oir su voz que le adormecía con un cálido arrullo -maternal, acompañándose con la lira.</p> - -<p>Al despertar quiso entregarla una fortuna, el producto de todo su -cargamento; pero Mirrina, sin saber por qué, se negó á aceptarlo, á -pesar de sus protestas. Él era rico, no tenía padres; allá lejos, -en aquel país de bárbaros, poseía inmensos rebaños, centenares de -esclavos, que cultivaban sus campos ó trabajaban en las minas; grandes -fábricas de alfarería y muchas naves, como las tres que le aguardaban -en el Pireo. Y viendo que la cortesana, con sonrisa bondadosa, le -trataba como á un niño generoso, negándose á aceptar su dinero, compró -en la<span class="pagenum" id="Page_105">p. 105</span> calle de los -Orfebres un prodigioso collar de perlas que era la desesperación de -todas las hetarias, y lo envió á Mirrina antes de partir.</p> - -<p>Después volvió muchas veces. No se decidía á regresar á su país. -Se hacía á la vela con su flotilla, pero en el primer puerto que -encontraba, admitía cargamento para Atenas sin fijarse en el precio, -y apenas tocaba en el Pireo, corría á casa de la cortesana, no -decidiéndose á partir hasta que sospechaba en Mirrina el hastío de su -presencia.</p> - -<p>La cortesana acabó por acostumbrarse á aquel amante sumiso, siempre -á sus pies, que deseaba morir por ella, mostrando su adoración con -un apasionamiento de bárbaro, tan distinto de la escéptica y burlona -cortesía de los atenienses. Llamábale <i>hermanito</i>, y esta palabra, que -las hetarias usaban con los amantes jóvenes, tomaba poco á poco en -sus labios un calor de sincero cariño. Cuando tardaba en regresar de -sus viajes á las islas, ansiaba su presencia, y apenas le veía en la -puerta, corría á él con los brazos abiertos, en un arranque de alegría -jamás visto por los otros amigos.</p> - -<p>No le amaba como al poeta; pero la sumisión apasionada de Bomaro, su -amor respetuoso y dócil, tan distinto de los apetitos que inspiraba á -los demás, despertaban en Mirrina un sentimiento de gratitud.</p> - -<p>Una noche, el ibero que parecía preocupado,<span class="pagenum" -id="Page_106">p. 106</span> osó tras muchas vacilaciones exponerla su -pensamiento.</p> - -<p>No podía vivir sin ella; jamás volvería á Zazintho; había resuelto -perder sus riquezas antes que dejar de verla. Prefería ser descargador -en el muelle de Faraleo... Y á continuación, como quien toma carrera -para salvar más pronto el obstáculo, la propuso apresuradamente hacerla -su esposa, entregarla su fortuna, llevarla allá, al risueño Zazintho, -de campos floridos y montañas de color de rosa, tan semejantes á las -del Ática.</p> - -<p>Mirrina reía escuchándole; pero en su interior se sentía -conmovida por la abnegación cariñosa del ibero que, para unirse á -ella eternamente, saltaba por encima de un pasado vergonzoso en el -dicterión y el Cerámico. La cortesana resistió con sonrisa burlona -tales proposiciones; pero Bomaro era tenaz. ¿No estaba cansada de -aquella vida, de verse agasajada como un objeto de gran precio, pero -despreciada muchas veces por las gentes groseras que se creían señores -de ella con sólo presentar su oro? ¿No le gustaba ser una soberana en -las costas de Iberia, rodeada de un pueblo que admiraría sus talentos -de ateniense?...</p> - -<p>Bomaro la venció con su tenacidad amorosa, y un día las cortesanas -de Atenas vieron con asombro como era vendida la casa de la calle de -los Trípodes, y como las esclavas de Mirrina lle<span class="pagenum" -id="Page_107">p. 107</span>vaban al puerto las riquezas amontonadas -en tres años de loca fortuna, depositándolas en las naves del ibero, -que había puesto en los mástiles sus velas de púrpura para un viaje -triunfal.</p> - -<p>La cortesana, deseando tranquilizar á aquel hombre que tan por -completo se entregaba á ella, quiso dejar en Atenas todo su pasado. Se -propuso ser una mujer nueva, olvidar su vergonzoso nombre, y después -de hacer repetir á Bomaro los nombres más hermosos de las mujeres -ibéricas, escogió el de Sónnica, por ser el más grato á su oído.</p> - -<p>Al llegar á Zazintho, el navegante y la griega se unieron en el -templo de Diana ante todo el Senado, al que pertenecía el joven. La -ciudad experimentó los efectos de aquel encanto que parecía emanar -de la persona de Sónnica. Era como un soplo de la lejana Atenas que -enloquecía á los comerciantes griegos de Sagunto, embrutecidos por su -larga permanencia entre bárbaros.</p> - -<p>En los banquetes, cuando á la hora de los vinos dulces cantaba ella -los himnos de los grandes maestros, toda la juventud saguntina del -barrio griego sentíase impulsada á caer á sus pies, adorándola como una -diosa. Al año de unión, Bomaro sintió en su fortuna el apoyo de aquella -mujer, que al cambiar de vida, se interesaba por las cosas materiales, -deseosa de aca<span class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span>llar -las murmuraciones de las ciudadanas virtuosas que hablaban de su pasado -de cortesana dilapidadora.</p> - -<p>Vigilaba de lejos los trabajos del campo, los grandes rebaños, las -fábricas de alfarería; iba á presenciar la llegada de las naves, y la -enorme fortuna de Bomaro se aumentó, resultando excelentes todos los -negocios que aconsejaba ella con su voz lenta y armoniosa, tendida bajo -un bosquecillo de laureles de su jardín y acariciada por el abanico de -plumas de una esclava.</p> - -<p>Bomaro, después de satisfechas sus más vehementes ansias de amor, -navegaba por las costas de Iberia, tranquilo de la buena marcha de sus -asuntos y deseando acrecentar aún más aquella fortuna que tan bien -administraba Sónnica. Ésta se había rodeado de una corte de jóvenes, á -los que trataba como una maestra: la juventud griega nacida en Sagunto, -la seguía para aprender los modales y costumbres de Atenas, que eran -su perpetuo ensueño. Los maldicientes de la ciudad la llamaban Sónnica -la cortesana, pero la plebe que recibía sus auxilios, y los pequeños -comerciantes que jamás acudían á ella sin resultado, la titulaban -Sónnica la rica, y eran capaces de pelearse con los que hablaran mal de -ella.</p> - -<p>Un invierno, á los cuatro años de unión, Bomaro pereció en un -naufragio cerca de las co<span class="pagenum" id="Page_109">p. -109</span>lumnas de Hércules, y Sónnica se vió dueña absoluta de una -inmensa fortuna y señora de toda una ciudad, sobre la que imperaba -por su riqueza y su buen corazón. Libertó esclavos en memoria del -infortunado navegante, envió ofrendas valiosas á todos los templos -de Sagunto, alzó en la Acrópolis un monumento funerario en memoria -de Bomaro, haciendo venir para ello marmolistas de Atenas. Con sus -liberalidades se hizo perdonar su origen, logrando que la ciudad, -huraña y de costumbres austeras, tolerase su vida alegre y desenfadada, -que era una resurrección de las costumbres atenienses en medio de la -sobriedad ibérica.</p> - -<p>Pasado el luto de la viudez, dió cenas en su casa de campo, que -duraron hasta el alba; hizo venir del Ática famosas <i>aulétridas</i> -que con las flautas enloquecían á la juventud saguntina; sus naves -emprendían viajes sin más objeto comercial que traerla raros perfumes -del Asia, telas de Egipto y caprichosos adornos de Cartago; y su -fama se extendió tanto tierra adentro, que algunos reyecillos de la -Celtiberia llegaban á Sagunto con el deseo de conocer aquella mujer -asombrosa, sabia como un sacerdote y hermosa como una deidad. Los -griegos admirábanla, viendo acrecerse con ella la influencia de su raza -sobre los primitivos saguntinos, que la elogiaban por su desinterés. -Y así vivía: sin entrar en su casa otras mujeres que las esclavas, -flau<span class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span>tistas y -danzarinas; rodeada de hombres que la deseaban, pero sin entregarse á -ninguno de ellos; tratándolos con una franqueza varonil, permitiéndose -enloquecedoras intimidades, pero sin llegar nunca á la regia limosna -de su cuerpo; y pensando siempre en Atenas, la ciudad luminosa que -guardaba su pasado, y cuyas costumbres intentaba resucitar.</p> - -<p>Eufobias el filósofo, al llegar á este punto de su relación, -afirmaba con gran energía la pureza de Sónnica. Á pesar de lo que -dijeran las griegas del barrio de los mercaderes, Sónnica no tenía -amantes: lo afirmaba él, que era la peor lengua de la ciudad. Varias -veces se había sentido inclinada hacia alguno de sus comensales. -Alorco, el hijo de un reyecillo de la Celtiberia que vivía en Sagunto y -frecuentaba mucho su casa, había causado en ella alguna impresión con -su belleza varonil y fiera de hijo de las montañas. Pero en el momento -decisivo retrocedía Sónnica, como quien teme descender y confundirse -con una raza inferior. El recuerdo del Ática ocupaba por completo -su imaginación. Si hubiese abordado á aquellas costas algún joven -ateniense, bello como Alcibíades, cantando versos, modelando estatuas y -mostrando habilidades y destrezas como en los Juegos Olímpicos, tal vez -hubiera caído en sus brazos; pero su castidad continuaba segura entre -los celtíberos arrogantes que iban á todas las fiestas oliendo <span -class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span>á caballo y con la espada en -el flanco, ó los afeminados hijos de comerciantes, rizados, chorreando -perfumes y acariciando á los pequeños esclavos que les acompañaban en -el baño.</p> - -<p>—Tú, ateniense —continuó el filósofo— debes presentarte á Sónnica; -te recibirá bien... No eres un efebo —continuó sonriendo burlonamente—; -te blanquea la barba, pero tienes en tu figura la arrogancia de un rey -de la <i>Iliada</i>, en la frente algo de la majestad de Sócrates; y ¿quién -sabe si podrás ser el heredero de las riquezas de Bomaro? Si esto -llega, no olvides al pobre filósofo; me contento con un odre de vino de -Laurona, ya que ahora me condenas á la sed.</p> - -<p>Y Eufobias reía, golpeando á Acteón en los hombros.</p> - -<p>—Estoy invitado al banquete de Sónnica esta noche —dijo el -griego.</p> - -<p>—¡Tú también!... Allí nos veremos. Á mí no me invitan, pero entro -con el mismo derecho que un perro de la casa.</p> - -<p>El filósofo vió pasar por el centro del Foro á Alco, el pacífico -ciudadano, que bajaba de la Acrópolis.</p> - -<p>—Ése es uno de los pocos buenos que hay aquí. Me ensalza la virtud, -me aconseja que trabaje olvidando la filosofía y encima me da siempre -para beber. Hasta la noche, extranjero.</p> - -<p>Y corrió hacia Alco que, apoyado en su báculo, le veía venir con -bondadosa sonrisa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span>Acteón, viéndose -solo otra vez, vagó por el centro del mercado. De pronto oyó á su -espalda una voz infantil que le llamaba. Era Ranto, sentada en el -suelo entre los cántaros de leche ya vacíos, vendiendo sus últimos -quesos. Junto á ella estaba en cuclillas el pequeño alfarero. Comían -una galleta dura con unas cebollas frescas y jugosas y se disputaban -cariñosamente los bocados entre grandes risas. La pastorcilla ofreció -á Acteón un pedazo de queso y una torta y el griego aceptó con el -reconocimiento del hambre. Parecía que era su destino recibir en -Sagunto el sustento de manos femeninas. Dos veces le habían socorrido -las mujeres desde que desembarcó.</p> - -<p>Sentado entre los dos adolescentes, veía poco á poco despoblarse -el mercado. Los pastores picaban sus rebaños hacia la puerta del Mar; -los jefes celtíberos, llevando sus mujeres á la grupa de los caballos, -emprendían el galope con el deseo de verse pronto en las aldeas de la -montaña, y las carretas vacías rodaban perezosamente hacia los vicos y -torres del agro saguntino.</p> - -<p>Acteón vió de nuevo al pastor celtíbero bajo los pórticos, yendo -de grupo en grupo como un rústico torpe, enterándose de todas las -conversaciones. Al pasar por cerca del griego le miró con aquellos ojos -enigmáticos que despertaban en él un recuerdo indeterminado.</p> - -<p>De repente el pequeño alfarero se levantó y<span class="pagenum" -id="Page_113">p. 113</span> echó á correr, ocultándose tras la -columnata del Foro.</p> - -<p>—Es que ha visto á su padre —dijo Ranto con tranquilidad—. Por allí -llega Mopso: baja de la Acrópolis.</p> - -<p>Acteón salió al encuentro del arquero.</p> - -<p>—Ha bastado mi palabra para que te admitiese el Senado. La ciudad -necesitará pronto buenos soldados como tú. Los ancianos mostrábanse -algo alarmados esta mañana. Temen á Hanníbal, ese lobezno de Hamílcar, -que acaudilla ahora los cartagineses y no llevará con calma nuestra -amistad con los romanos y el castigo de los aliados que tenía aquí... -Toma: esto es el adelanto que te hace la República.</p> - -<p>Y entregó á Acteón un puñado de monedas que el griego guardó en su -bolsa. Después quiso llevarle á su casa: conocería á sus hijos, comería -con ellos; pero el ateniense no aceptó, alegando su invitación al -banquete de Sónnica.</p> - -<p>Al alejarse el arquero, Acteón sintió el tormento de la sed, y -recordando las recomendaciones del filósofo, entró en la casa de aquel -romano cuyo vino de Laurona tanto entusiasmo inspiraba á Eufobias. -Cambió en el mostrador un victoriato y le dieron una pátera de barro -rojo en forma de barca llena de un vino negro coronado de brillantes -burbujas. Dos soldados bebían en un rincón de la taberna; dos rudos -mercenarios, con caras de bandidos. El uno era<span class="pagenum" -id="Page_114">p. 114</span> un ibero; el otro, de tez tostada y formas -atléticas, parecía un libio, y sus mejillas, encallecidas por el casco, -así como el cuello y los brazos, surcados por cicatrices, delataban al -guerrero á sueldo que peleaba con indiferencia desde la niñez, lo mismo -al servicio de un pueblo que al del contrario.</p> - -<p>—Yo estoy al servicio de Sagunto —decía el libio—. Estos mercaderes -pagan mejor que los de Cartago. Pero créeme, aunque satisfecho -de servir á este pueblo, reconozco que se mete en mala aventura -disgustando á Hanníbal. Mucho vale Roma: pero Roma está lejos, y -ese cachorro de león se despereza á pocas jornadas de aquí. Hay que -conocerlo, haberlo visto desde niño como yo, cuando militaba á las -órdenes de su padre Hamílcar. Corre como una yegua, lo mismo combate -á pie que á caballo, come lo que hay ó no come; va vestido como un -esclavo; todo su lujo está en las armas; duerme en el suelo, y muchas -veces, al amanecer, lo encontraba su padre tendido entre los centinelas -del campamento. No quiere que le cuenten nada: necesita verlo todo por -sus propios ojos, mezclarse con los enemigos para estudiar de cerca -su punto flaco. Muchas veces, Hasdrúbal, el marido de su hermana, -se asombraba al ver entrar en su tienda á un viejo mendigo, y reía -á carcajadas contemplando cómo se arrancaba Hanníbal la peluca y -los harapos, bajo los cua<span class="pagenum" id="Page_115">p. -115</span>les había pasado algunas horas entre los enemigos.</p> - -<p>Acteón salió de la taberna apresuradamente al ver que Ranto, después -de entregar sus cántaros á un esclavo que los cargaba en su carreta, -emprendía la marcha hacia la quinta de Sónnica.</p> - -<p>—Iré contigo, pequeña. Me servirás de guía hasta la casa de tu -señora.</p> - -<p>Comenzaba á descender el sol. La luz de la tarde doraba el follaje -del agro, dando á las hojas de las vides una transparencia de ámbar. En -los caminos de la campiña, sonaban las esquilas del ganado, el chirrido -de las carretas y el canto soñoliento de los rústicos que volvían de la -ciudad.</p> - -<p>Llegaron á la quinta de Sónnica, grande como un pueblo. Pasaron -primeramente ante las viviendas de los esclavos, en cuyas puertas se -agitaba un enjambre de niños desnudos de grueso abdomen y ombligo -saliente como un botón. Después, las cuadras, de las cuales salía un -vaho ardoroso cargado de mujidos y relinchos; los trojes, los graneros, -la casa del intendente, los calabozos para los esclavos rebeldes con -sus respiraderos al ras del suelo; el palomar, alta torre de ladrillos -rojos, en torno de la cual aleteaba una nube de plumas blancas con -incesantes arrullos; las chozas grandes de paja que servían de albergue -á centenares de gallinas, y tras esta serie de edificios, la quinta -de recreo,<span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span> la -vivienda de Sónnica, de la que se hablaba con admiración hasta en las -más remotas tribus de la Celtiberia; rodeada de cipreses y laureles, -circuida por muros cubiertos de retorcidas parras, y asomando por -encima de la gran masa de follaje, sus paredes de color de rosa con -columnatas y frisos de mármol azul y la terraza coronada por estatuas -polícromas, cuyos ojos de esmalte brillaban al sol como piedras -preciosas.</p> - -<p>Acteón caminaba silencioso y preocupado. Desde hacía media hora que -Ranto le hablaba sin obtener contestación.</p> - -<p>—Mira, extranjero: todos los campos que alcanza la vista, son de -Sónnica.</p> - -<p>—Contempla, griego, cuántas gallinas. Casi todos los huevos que -consume la ciudad son de aquí.</p> - -<p>Acteón no se fijaba en las indicaciones de la pastorcilla; pero -cuando ésta llamó en la puerta del jardín, y al eco del címbalo -contestó en el interior un ladrido de perros y el extraño chillido de -ocultas aves, el griego se dió un golpe en la frente, cual si acabara -de hacer un descubrimiento.</p> - -<p>—Ya sé quien es —dijo como si surgiera de un sueño.</p> - -<p>—¿Quién? —preguntó asombrada la joven.</p> - -<p>—Nadie —contestó con la frialdad del que teme haber dicho -demasiado.</p> - -<p>Pero en su interior, estaba satisfecho del<span class="pagenum" -id="Page_117">p. 117</span> descubrimiento. Recordando las palabras del -mercenario libio en la taberna, había resurgido en su memoria la figura -de aquel pastor celtíbero tan enigmático. De repente, se había hecho la -luz en su pensamiento.</p> - -<p>Ya sabía quién era. Por algo le habían impresionado desde el primer -momento las miradas de aquel desconocido; los ojos, que no cambian -nunca en el rostro por años que transcurran. Aquellos ojos los había -visto muchas veces en su niñez, cuando su padre hacía la guerra en -Sicilia con Hamílcar y él se educaba en Cartago.</p> - -<p>El pastor era Hanníbal.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span></p> - <h2 class="nobreak" title="III. Las danzarinas de Gades">III</h2> - <p class="subh2">Las danzarinas de Gades</p> -</div> - -<p>Dos horas después del mediodía despertó Sónnica. Los oblicuos -rayos del sol se filtraban entre las varillas doradas de la ventana, -cubiertas por el follaje de las parras. Su luz coloreaba los vivos -estucos que servían de marco á las escenas de los Juegos Olímpicos -pintadas en el muro y las columnillas de mármol rosa que adornaban la -puerta.</p> - -<p>La hermosa griega arrojó al suelo las cubiertas de blanco lino -de Sétabis, y su primera mirada al despertar fué para su desnudez, -siguiendo con ojos cariñosos todos los contornos de su cuerpo, desde -el seno hinchado por redondeces armoniosas, hasta el extremo de sus -sonrosados pies.</p> - -<p>La cabellera opulenta, perfumada y de sedosos bucles descendiendo -á lo largo de su cuerpo, la envolvía como un regio manto de oro, -acariciándola desde la nuca á las rodillas con un<span class="pagenum" -id="Page_120">p. 120</span> suave beso. La antigua cortesana, al -despertar, admiraba su cuerpo con la adoración que habían infundido en -ella los elogios de los artistas de Atenas.</p> - -<p>Aún era joven y hermosa; aún podía hacer temblar de emoción á los -hombres al terminar un banquete, mostrándose sobre la mesa desnuda como -Friné. Sus manos, ávidas de embriagarse con el tacto de su hermosura, -acariciaban la redonda y firme garganta; los globos de nácar terminados -por un sutil pétalo de rosa, apreciando su firme elasticidad, y la -tortuosa red de venillas azules que se dibujaban débilmente bajo la -satinada epidermis; y después bajaban y bajaban rozando las profundas -entradas del talle, las fuertes caderas, el vientre de curva suave, -semejante á la de una crátera, y las piernas, cuya armoniosa redondez -era comparada en otros tiempos con la trompa del elefante por los -mercaderes asiáticos que la visitaban en Atenas.</p> - -<p>El amor había pasado sobre ella su lengua de fuego sin consumirla; -había vivido en medio de sus ardores fría, insensible y blanca como la -estatua de mármol bajo el resplandor del sol. Y al verse joven aún, -hermosa y con una frescura de virgen, sonreía satisfecha de sí misma, -contenta de la vida.</p> - -<p>—¡Odacis!... ¡Odacis!</p> - -<p>Al eco de su voz entró una esclava celtíbera, alta, enjuta, fuerte, -á la que apreciaba mucho la<span class="pagenum" id="Page_121">p. -121</span> griega por la suavidad con que peinaba sus cabellos.</p> - -<p>Apoyándose en sus hombros se incorporó sonriente y saltó del lecho -para entrar en el baño.</p> - -<p>Su desnudez se envolvía en la cabellera como en un transparente velo -de oro. Al posar sus pies desnudos sobre el pavimento que representaba -el juicio de Paris, la frialdad del mosaico la hacía reir con agradable -cosquilleo y su risa marcaba suaves hoyuelos en las mejillas, y por -acción refleja hacía estremecer con suave ondulación las curvas de su -dorso.</p> - -<p>Descendió tres escalones y se arrojó en la piscina de jaspe, -moviendo los brazos, que hacían saltar el agua en diminutas perlas. Su -cuerpo, al través del agua verdosa, tomaba una trasparencia ideal, un -brillo de aparición fantástica, moviéndose de un lado á otro como una -sirena de espaldas de nácar con la cabellera flotante.</p> - -<p>—¿Quién ha venido, Odacis? —preguntó tendiéndose en el fondo de la -bañera.</p> - -<p>—Han venido las mujeres de Gades que bailarán esta noche. Polyantho -las ha alojado junto á las cocinas.</p> - -<p>—¿Y quién más?...</p> - -<p>—Hace un momento llegó el extranjero de Atenas que encontraste -esta mañana en el templo de Afrodita. Le he hecho entrar en la -biblioteca y no he olvidado ninguno de los debe<span class="pagenum" -id="Page_122">p. 122</span>res de la hospitalidad. Ahora acaba de salir -del baño.</p> - -<p>Sónnica sonreía pensando en el encuentro de por la mañana. Había -dormido mal. Lo atribuía á la noche en vela pasada con sus amigos en -la terraza de la quinta; al caprichoso viaje al puerto antes de la -salida del sol; pero pensaba con cierta confusión en lo impresa que -había quedado en su memoria la figura del ateniense, hasta el punto de -que varias veces se le apareció durante su sueño. Sin saber por qué, -asociaba la figura de Acteón á la de Zeus cuando en forma mortal bajaba -á la tierra en busca del amor humano.</p> - -<p>En sus ratos de fastidio, cuando en Atenas acogía con repugnancia -las caricias vendidas por montones de oro, la acometía el vago deseo -de ser amada por un dios. Pensaba en Leda, en Psiquis, hasta en -el afeminado Ganímedes, amados por los huéspedes del Olimpo, y se -enfurecía ante la imposibilidad de encontrar un dios que la poseyera -en un bosque misterioso ó al borde de uno de esos caminos á cuyo final -está lo desconocido. Quería contemplar su imagen en el fondo de unos -ojos animados por el resplandor de lo infinito; besar una boca que -sirviese de puerta á la suprema sabiduría; sentirse esclava entre -unos brazos que tuviesen la inmensa fuerza de la omnipotencia. Había -gustado una pequeña parte de este placer amando á su poeta, majes<span -class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span>tuoso y sublime en algunos -instantes como un ser divino; pero la simplicidad de la adolescencia -no le dejó paladear este placer, y ahora, en el refinamiento de su -madurez, sólo encontraba hombres como los que había conocido en Atenas, -rudos y brutales unos, afeminados y burlones otros, sin la belleza -severa y soberana que admiraba en las estatuas.</p> - -<p>Salió del baño suspirando con infantiles y graciosos -estremecimientos, mientras su cabellera esparcía una menuda lluvia á -cada paso.</p> - -<p>Odacis llamó y entraron tres esclavas, que eran las que la ayudaban -en el tocado de su señora, las <i xml:lang="la" lang="la">tractatrices</i> -encargadas del masaje de su cuerpo.</p> - -<p>Sónnica se dejó manejar por las tres mujeres, que la frotaron con -fuerza, estirando sus miembros para darles ligereza y soltura. Después -se sentó en una silla de marfil, apoyando sus codos sonrosados en los -delfines que formaban los brazos del asiento, y en esta posición, -erguida é inmóvil, esperó que las esclavas procediesen á su tocado.</p> - -<p>Una que era casi una niña, envuelta en una tela de anchas rayas, se -arrodilló en el suelo, sosteniendo un gran espejo de bronce cincelado, -en el cual se contemplaba Sónnica hasta más abajo del talle. Otra -rebuscó en las mesas de mármol los objetos de tocador, alineándolos, y -Odacis comenzó á alisar con peines de marfil la<span class="pagenum" -id="Page_124">p. 124</span> espléndida cabellera de su señora. Mientras -tanto la otra esclava se aproximaba con una pátera de bronce llena de -pasta gris. Era la harina de habas usada por las elegantes de Atenas -para conservar tersa y tirante la piel. Untó con ella las mejillas de -la griega y después los salientes pechos, el vientre, los flancos y las -rodillas, dejando casi todo su cuerpo envuelto en una capa grasienta -y lustrosa. En los sitios donde crece el vello puso algo de <i>dropax</i>, -pasta depilatoria compuesta de vinagre y tierra de Chipre.</p> - -<p>Sónnica asistía impasible á estos preparativos de su <i -xml:lang="fr" lang="fr">toilette</i>, que la afeaban momentáneamente para -hacerla renacer todos los días más hermosa.</p> - -<p>Odacis seguía peinándola. Agarraba la espléndida cabellera, -perdiéndose sus dos manos en aquella cascada brillante; la retorcía -dulcemente, enroscándola á sus brazos como una enorme serpiente de oro; -volvía á esparcirla, separándola mechón por mechón para que se secase, -y tornaba amorosamente á alisarla con los peines de marfil apilados en -una mesa inmediata, verdaderos prodigios de arte con púas finísimas -y su parte superior cincelada, representando escenas de los bosques, -ninfas arrogantes persiguiendo ciervos, y sátiros hediondos dando caza -á las beldades desnudas.</p> - -<p>La peinadora, después de secar la cabellera, procedió á teñirla. Con -una pequeña án<span class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span>fora -rematada por largo pico, la humedeció con una disolución de azafrán -y goma de Arabia, y abriendo una arquilla llena de polvo de oro, fué -espolvoreando la sedosa y enorme madeja, que tomó la brillantez de los -rayos del sol. Después, enroscando los mechones de las sienes á un -molde de hierro puesto en un braserillo, fué formando apretados rizos -que cubrieron la frente de la griega hasta cerca de los ojos; recogió -la masa de cabellos sobre la nuca, sujetándolos con una cinta roja -entrelazada fuertemente, y rizó el vértice del peinado, imitando las -ondulantes llamas de una antorcha.</p> - -<p>Sónnica se levantó. Dos de las esclavas aproximaron una pesada -ánfora de barro llena de leche, y con una esponja lavaron el cuerpo de -su señora cerca de la piscina, limpiándola de la pasta de habas. La -tersa blancura de su piel volvió á salir á luz más fresca y jugosa.</p> - -<p>Odacis, con unas pinzas de plata en la mano, vigilaba el cuerpo de -su señora, con la atención y el ceño fruncido del artista que prepara -una grande obra. Era la encargada de la depilación; su mano ligera -merecía elogios por la suavidad con que arrancaba el vello y perseguía -obstinadamente por todos los contornos entrantes y salientes del cuerpo -el más ligero musgo para hacerlo desaparecer. Sus pinzas arrancaron -algunas briznas finísimas que comenzaban á surgir bajo la dulce -curva del vientre, allí donde<span class="pagenum" id="Page_126">p. -126</span> la naturaleza tendía á cubrirse de obscura y aterciopelada -vegetación, destruída implacablemente por la costumbre griega de imitar -la tersa limpieza de las estatuas.</p> - -<p>Volvió á sentarse Sónnica en la silla de marfil y comenzó el arreglo -del rostro. En la inmediata mesilla alineábase un verdadero ejército de -frascos de vidrio, vasos de alabastro, botes de bronce y plata, cajitas -de marfil y oro, todo cincelado, brillante, cubierto de delicadas -figurillas, adornado de piedras preciosas, conteniendo esencias -egipcias y hebreas, aromas de Arabia, perfumes y afeites embriagadores -traídos por las caravanas del interior del Asia á los puertos fenicios, -trasladados de allí á Grecia ó á Cartago, y comprados para Sónnica por -los pilotos de sus barcos en las arriesgadas correrías comerciales.</p> - -<p>Odacis la pintó el rostro de blanco, y después, mojando un pequeño -estilete de madera en esencia de rosas, lo hundió en un bote de bronce -adornado con guirnaldas de loto y lleno de un polvo negro. Era el -<i>kohol</i> que los mercaderes egipcios vendían á un precio fabuloso. La -esclava aplicó la punta del estilete á los párpados de la griega, -tiñéndolos de un negro intenso y trazando una fina línea en el vértice -de los ojos, que dió á éstos más grandeza y dulzura.</p> - -<p>El tocado llegaba á su fin. Las esclavas abrían los innumerables -frascos y vasos alineados sobre<span class="pagenum" id="Page_127">p. -127</span> el mármol, y por el ambiente de la habitación se esparcían -confundidos los costosos perfumes; el nardo de Sicilia, el incienso -y la mirra de Judea, el áloe de la India, y el comino de Grecia. -Odacis cogió una pequeña ánfora de vidrio incrustada de oro con un -tapón cónico terminado por fina punta que servía para depositar sobre -los ojos el antimonio que aviva la mirada, y después de terminar la -operación, ofreció á su señora las tres unturas para dar color á la -piel en diferente gradación: el minium, el carmín y el rojo egipcio -extraído de los residuos del cocodrilo.</p> - -<p>Delicadamente, la esclava fué coloreando con un fino pincel el -cuerpo de su señora. Trazó una nubecilla de pálido arrebol en las -mejillas y las diminutas orejas; marcó dos manchas como pétalos de -rosa en los agudos y titilantes extremos de los pechos; acarició con -su pincel el botón de la vida, que se marcaba con depresión ligera en -medio de la tersa suavidad del vientre, y poniéndose tras de Sónnica, -coloreó sus codos y los hoyuelos que se marcaban más abajo del talle, -en las protuberancias de armoniosa redondez. Luego, con rojo egipcio, -fué tiñéndole una por una las uñas de los pies y las manos, y otra -esclava le calzó unas sandalias blancas con suela de papirus y broches -de oro. Caían los perfumes sobre ella, cada uno en distinta parte del -cuerpo, para<span class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span> que -éste fuese como un mazo de flores, en el que se confundían diferentes -aromas. Odacis la presentó el cofrecillo de las joyas, dentro del cual -temblaban las piedras preciosas como peces inquietos y deslumbrantes. -Los afilados dedos de la griega, revolvieron con indiferencia el -montón de collares, sortijas y pendientes que, como todas las joyas -griegas, eran más preciosos por el trabajo de los artistas, que por la -riqueza de las materias. Las escenas de los grandes poemas aparecían -reproducidas casi microscópicamente en camafeos de cornalina, ónix y -ágata, y las esmeraldas, topacios y amatistas, estaban adornadas con -puros perfiles de diosas y héroes.</p> - -<p>Sobre el desnudo pecho de Sónnica se enroscó un collar de piedras de -complicadas vueltas; los dedos de sus manos se cubrieron de sortijas -hasta las uñas, y la blancura de sus brazos pareció más diáfana, -cortada á trechos por el brillo de anchos brazaletes de oro. Para -dar más expresión al rostro, Odacis adornó á su señora con algunos -ligeros lunares, y después comenzó á anudar en torno de su cuerpo la -<i xml:lang="la" lang="la">fascia</i>, el corsé de la época, una ancha -faja de lana que sostenía los globos del pecho para que conservasen su -saliente rigidez sin deformarse por el peso. Sónnica, contemplándose en -el pulido bronce, sonreía á su imagen desnuda y hermosa como una Venus -en reposo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_129">p. 129</span>—¿Qué traje, -señora? —preguntó Odacis—. ¿Quieres la túnica de flores de oro que te -trajeron de Creta, ó los velos de <i>kalasiris</i>, transparentes como el -aire, que mandaste comprar en Alejandría?...</p> - -<p>Sónnica no llegaba á decidirse: escogería en el vestuario. Y con -toda la majestad de su hermosa desnudez, haciendo crujir á cada paso -el papirus de las sandalias, salió de su dormitorio seguida de las -esclavas.</p> - -<p>Mientras tanto Acteón esperaba en la biblioteca. Había visto grandes -palacios en sus correrías por el mundo, había contemplado —dos años -antes del terremoto que le arruinó— el célebre coloso de Rhodas; -conocía el Seraphion y la tumba del gran conquistador en Alejandría; -estaba habituado á la riqueza y al fausto y, sin embargo, no podía -ocultar la sorpresa que le producía aquella casa griega en un país -bárbaro, más lujosa y artística que la de los ciudadanos ricos de -Atenas.</p> - -<p>Guiado por un esclavo y dejando atrás el jardín con sus follajes -rumorosos y sus gritos de pájaros exóticos, había pasado por la -columnata que daba entrada á la quinta. Primero el <i xml:lang="la" -lang="la">prothyrum</i> con su zócalo de mosaico, en el que se veían -pintados feroces perros negros con el ojo de fuego y abierta la rabiosa -y babeante boca, erizada de colmillos.</p> - -<p>Sobre la puerta estaba clavada una rama de<span class="pagenum" -id="Page_130">p. 130</span> laurel junto á una lámpara en honor -de los dioses tutelares de la casa. Después del <i xml:lang="la" -lang="la">prothyrum</i>, algo lóbrego, se abría á cielo abierto como -un pulmón del edificio, el atrio con sus cuatro filas de columnas -sosteniendo la techumbre y formando otros tantos claustros, en los -cuales se alineaban las puertas de las habitaciones con sus tres -cuadros ribeteados por clavos de gruesa cabeza.</p> - -<p>En el centro del atrio abríase el <i xml:lang="la" -lang="la">impluvium</i>, balsa rectangular de mármol para recoger las -aguas de la techumbre, depositándolas en la cisterna. Entre las -columnas erguíanse sobre sus pedestales grandes vasos de barro rojo -cubiertos de flores; cuatro mesas de mármol sostenidas por leones -alados bordeaban el <i xml:lang="la" lang="la">impluvium</i>; y junto á -éste alzábase una estatuilla del Amor que en días de fiesta servía de -surtidor de agua.</p> - -<p>Acteón admiró la esbelta robustez de las columnas, labradas en -mármol azul, lo mismo que los zócalos de las galerías, lo que daba á -la luz del atrio una vaguedad difusa, como si el edificio estuviese -sumergido en el mar.</p> - -<p>Después el introductor le había entregado á Odacis, la esclava -favorita, y ésta le había hecho pasar al <i xml:lang="la" -lang="la">peristylium</i>, un segundo patio mucho más grande que el atrio -y que por su decoración polícroma asombró al griego. Las columnas -estaban pintadas de rojo en su parte baja, y después este color se -mezclaba con el azul y el oro en<span class="pagenum" id="Page_131">p. -131</span> las estrías y capiteles, esparciéndose por el artesonado del -techo que cubría los pórticos. En la parte descubierta del peristilo -abríase en el suelo una piscina profunda de aguas transparentes, por -las que pasaban los peces como relámpagos de oro. En torno de ella, -bancos de mármol sostenidos por hermes; mesas sustentadas por delfines -de retorcida cola; macizos de rosas, entre cuyo follaje asomaban -estatuillas blancas ó de barro cocido en voluptuosas posiciones; -y cubriendo las paredes del peristilo, entre las puertas de las -habitaciones, grandes pinturas de artistas griegos: Orfeo con su pesada -lira, desnudo y con el gorro de Frigia, rodeado de leones y panteras -que escuchaban sus cantos con la cabeza humillada y ahogando el rugido; -Venus surgiendo de las espumas; Adonis dejándose curar por la madre del -Amor, y otras escenas loando la fuerza del arte y la belleza.</p> - -<p>Acteón vió junto á él dos esclavos jóvenes que le condujeron al -baño, y al salir de éste encontró de nuevo á Odacis, que le hizo entrar -en la biblioteca, situada en el fondo del peristilo.</p> - -<p>Era una gran habitación con pavimento de mosaico, que representaba -el triunfo de Baco. El joven dios, hermoso como una mujer, desnudo y -coronado de pámpanos y rosas, cabalgaba sobre una pantera, tremolando -el tirso. Las pinturas de las paredes eran pasajes famosos de<span -class="pagenum" id="Page_132">p. 132</span> la <i>Iliada</i>. Alineados -sobre tablas estaban los libros más voluminosos, y los pequeños -formaban haces, metidos en estrechos cestos de mimbres con forro -interior de lana.</p> - -<p>Acteón admiró la riqueza de la biblioteca, al contar más de cien -libros. Representaban una verdadera fortuna. Los navegantes recibían -de Sónnica el encargo de traerla cuantas obras notables encontraban -en sus viajes, y los libreros de Atenas la remitían los libros -de entretenimiento más famosos que alcanzaban boga en su ciudad. -Eran todos de papirus con las bandas arrolladas en torno del <i -xml:lang="la" lang="la">umbilicus</i>, cilindro de madera ó de hueso -artísticamente tallado en sus extremos. Sus hojas, escritas sólo por -una cara, estaban impregnadas en la otra de aceite de cedro para -preservarlas de la polilla, y sobre la envoltura superior, pintada de -púrpura, brillaban con letras de minio y oro el título de la obra, el -nombre del autor y el índice de las materias. La copia de aquellos -libros representaba la vida de muchos hombres; una suma de trabajo -adquirida á costa de grandes cantidades; y el griego, con el respeto -de su raza ante la sabiduría y el arte, creíase en el silencio de -la biblioteca rodeado por las sombras augustas de tantos grandes -hombres, y su mirada respetuosa iba del Homero en viejo papirus, -deslucido por los años, y las obras de Thales y Pitágoras, á los -poetas contemporáneos, Theó<span class="pagenum" id="Page_133">p. -133</span>crito y Calímaco, cuyos volúmenes estaban desarrollados, -delatando una reciente lectura.</p> - -<p>Acteón oyó un ligero crujido de sandalias en el peristilo, y el -cuadro de oro pálido que formaba en el suelo la luz del patio al través -de la puerta, se obscureció con la sombra de una persona. Era Sónnica, -vestida con una sutil túnica blanca. La luz que quedaba á sus espaldas -marcaba los contornos adorables del cuerpo en la nube diáfana del -vestido.</p> - -<p>—Bienvenido seas, ateniense —dijo con una entonación estudiada y -armoniosa—. Los que llegan de allá son siempre los señores en mi casa. -El banquete de esta noche será en tu honor, pues nadie como un hijo de -Atenas puede ser rey de la mesa y conducir las conversaciones.</p> - -<p>Acteón, algo conmovido por la presencia de una mujer hermosa -envuelta en embriagadores perfumes, comenzó á hablar de la casa, del -asombro que le había producido su magnificencia en aquel país bárbaro -y de la admiración que su dueña gozaba en la ciudad. Todos le habían -hablado de Sónnica la rica.</p> - -<p>—Sí, me quieren; mas algunas veces me censuran. Pero hablemos de tí, -Acteón: cuéntame quién eres; tu vida debe ser interesante como la del -viejo Ulises. Dime antes lo que hay de nuevo en Atenas.</p> - -<p>Y por largo rato se desarrolló una charla incesante entre los -dos griegos; ella queriendo<span class="pagenum" id="Page_134">p. -134</span> saber qué cortesanas eran las que triunfaban en el Cerámico -é imponían las modas; alegre, satisfecha de recordar su pasado, -rejuvenecida y olvidada de su majestuosa opulencia de Sagunto, como si -aún estuviera en la casa de la calle de los Trípodes y Acteón fuese uno -de los artistas pobres que la visitaban por la tarde para hablar con -intimidad de camaradas de las cosas de la ciudad. Reía al escuchar las -últimas agudezas de los desocupados del Ágora, la cancioncilla en boga -un año antes, cuando Acteón salió de Atenas; y con el ceño fruncido -y una gravedad de diosa se enteraba minuciosamente de las postreras -variaciones en el traje y el peinado de las hetarias más célebres.</p> - -<p>Satisfecha su curiosidad de ateniense desterrada, quiso penetrar en -la azarosa vida de su huésped, y Acteón hizo el relato con sencillez. -Nacido en Atenas, había sido trasladado á Cartago á los doce años. Su -padre, al servicio de la república africana, guerreaba con Hamílcar -en Sicilia. Un mismo esclavo cuidaba en una aldea del interior al -hijo del mercenario griego y á un cachorro de Hamílcar que sólo tenía -cuatro años. Era Hanníbal. El ateniense recordaba los golpes que había -dado muchas veces á aquella pequeña fiera á cambio de los mordiscos -con que el africano le sorprendía en medio de los juegos. Estalló -la sublevación de los mercenarios con todos los horrores que la -convirtieron en la<span class="pagenum" id="Page_135">p. 135</span> -<i>guerra inexorable</i>, y su padre, que había permanecido fiel á Cartago -y no quiso tomar las armas con sus compañeros, fué á pesar de esto -crucificado por el populacho cartaginés que, olvidando sus heridas por -la República, sólo vió en él, al extranjero, al amigo de Hamílcar, -odiado por los partidarios de Hanón. El hijo se salvó milagrosamente de -las sangrientas represalias, y el fiel esclavo de Hamílcar lo embarcó -para Atenas.</p> - -<p>Allí, bajo la protección de unos parientes, recibió la educación de -todos los jóvenes griegos. Conquistó premios del Gimnasio, en la lucha -atlética, la carrera y el juego del disco; aprendió á montar caballos -sin freno, sin más que apoyar el extremo del pie en una muesca de la -lanza; para templar la rudeza de esta educación, le enseñaron á tañer -la lira y cantar los versos en diversos estilos, y al verse fuerte -de cuerpo y sano de inteligencia, fué enviado como todos los jóvenes -atenienses á hacer su aprendizaje militar en las guarniciones de la -frontera.</p> - -<p>Le aburría la pasividad de esta existencia; era pobre y amaba los -placeres; la sangre de sus antepasados, todos soldados de aventura, -bullía en su cuerpo, y huyó del Ática para encargarse de una pesquería -en el Ponto-Euxino. Después fué navegante, comerció por mar y por -tierra; sus caravanas se internaron en el Asia, al través de tribus -belicosas y pueblos que vivían<span class="pagenum" id="Page_136">p. -136</span> en la molicie de una civilización remota y decadente. Fué -personaje poderoso en la corte de algunos tiranos, que le admiraban -al verle beber de golpe una ánfora de vino perfumado y vencer en -el pugilato á los gigantes de la guardia con su ágil destreza de -ateniense; y cargado de riquezas levantó un palacio en Rhodas junto al -mar y dió fiestas que duraron tres días con sus noches. El terremoto -que derribó al coloso, acabó con su fortuna; se hundieron sus naves, -desaparecieron bajo las olas sus almacenes llenos de mercancías, y -comenzó de nuevo la peregrinación por el mundo; en unos sitios maestro -de canto, en otros, educador militar de la juventud, hasta que atraído -por la guerra de Esparta, se alistó en el ejército de Cleomenes, el -último héroe griego, acompañándolo en el momento en que, vencido, se -embarcó para Alejandría. Pobre, sin ilusiones, convencido de que la -riqueza no volvería á él, triste al ver que todo el mundo lo llenaban -los nombres de Cartago y Roma, hundiéndose el de Grecia en el olvido, -había venido á refugiarse en Sagunto, la pequeña República casi -desconocida, en busca de pan y de paz, hasta que llegase su última -hora. Tal vez en aquel retiro, si no lo estorbaba la guerra, escribiría -la historia de sus viajes.</p> - -<p>Sónnica seguía su relato con interés, fijando en Acteón una mirada -de simpatía.</p> - -<p>—Y tú que has sido un héroe y un potenta<span class="pagenum" -id="Page_137">p. 137</span>do ¿vas á servir á esta ciudad como simple -mercenario?</p> - -<p>—Mopso el arquero me ha prometido distinguirme entre las tropas.</p> - -<p>—No basta eso, Acteón. Tendrías que vivir como los demás soldados; -pasar tu vida en las tabernas del Foro, dormir en las gradas del templo -de Hércules. No: tú tienes aquí tu casa; te protege Sónnica.</p> - -<p>Y en sus ojos brillantes, agrandados por el círculo obscuro, se leía -una piedad amorosa que tenía algo de maternal.</p> - -<p>El ateniense la contemplaba con admiración, erguida en su asiento -como una nube blanca, en la penumbra de la biblioteca que, como todas -las habitaciones griegas, no tenía más luz que la que entraba por la -puerta.</p> - -<p>—Salgamos al jardín, Acteón. La tarde es dulce y podremos creernos -por un instante en los bosquecillos de la Academia.</p> - -<p>Salieron de la casa y comenzaron á pasear por una tortuosa avenida -orlada de altos laureles, sobre los cuales asomaban las ramas de los -plátanos, regados con vino para acelerar su crecimiento. En la terraza -de la quinta dos pavos lanzaban sus estridentes graznidos y daban -vueltas en el filo de la balaustrada, extendiendo las majestuosas -colas.</p> - -<p>Acteón, al contemplar á la luz del sol á su hermosa protectora, -sintió correr por el cuerpo<span class="pagenum" id="Page_138">p. -138</span> un estremecimiento de deseo. Llevaba por todo vestido un -<i>xitón</i> griego, una túnica abierta, sujeta por un broche de metal -en los hombros y ceñida al talle por un cinturón dorado. Los brazos -surgían desnudos de la blanca envoltura, y el lado izquierdo de la -túnica, cerrado desde el sobaco á la rodilla por algunos pequeños -broches, se entreabría á cada paso, revelando las nacaradas desnudeces. -La tela era tan sutil que al través de su transparencia marcábanse los -contornos de aquel cuerpo sonrosado, que parecía nadar en una envoltura -de espuma tejida.</p> - -<p>—¿Te asombra mi traje Acteón?</p> - -<p>—No; es que te admiro. Me pareces Afrodita surgiendo de las ondas. -Hace tiempo que no veo á las hermosuras de Atenas mostrando su divina -belleza. Estoy corrompido por mis viajes al través de las rudas -costumbres de los bárbaros.</p> - -<p>—Es verdad. Como dice Herodoto, casi todos los que no son griegos -consideran como un oprobio el aparecer desnudos... ¡Si supieras -cuánto escandalizaron al principio, á las gentes de esta ciudad, mis -costumbres de ateniense!... ¡Como si en el mundo existiera algo más -hermoso que la forma humana! ¡Como si el desnudo no fuese la suprema -belleza! Adoro á Friné, asombrando con su cuerpo desnudo á los viejos -del Areópago; haciendo rugir de admiración á los miles de peregrinos -reunidos en la playa de Eleusis, que ven surgir sus blancas formas de -entre los velos,<span class="pagenum" id="Page_139">p. 139</span> como -la luna entre las nubes. Creo en la belleza de sus pechos más que en el -poder de los dioses.</p> - -<p>—¿Dudas de los dioses? —preguntó Acteón con su fina sonrisa de -ateniense.</p> - -<p>—Lo mismo que tú y todos los de allá. Los dioses ya sólo sirven de -modelos á los artistas, y si se toleran en el viejo Homero, es porque -supo contar sus rencillas en hermosos versos. No; no creo en ellos; -son simples y crédulos como niños, pero los amo porque son sanos y -hermosos.</p> - -<p>—¿En qué crees, pues, Sónnica?</p> - -<p>—No sé... En algo misterioso que nos rodea y anima la vida: creo en -la belleza y el amor.</p> - -<p>Se detuvo la griega con aspecto pensativo y continuó:</p> - -<p>—Aborrezco á los bárbaros, no porque carezcan de los esplendores del -arte, sino por su odio al amor, que encadenan con toda clase de leyes -y preocupaciones. Son hipócritas y deformes; hacen de la reproducción -un crimen y aborrecen el desnudo, ocultando su cuerpo con toda clase -de harapos, como si fuese un espectáculo abominable... ¡Cuando el -amor sensual, el encuentro de dos cuerpos, es el sublime amor del que -nacimos, y sin él se secaría la fuente de la vida extinguiéndose el -mundo!...</p> - -<p>—Por eso somos grandes —dijo Acteón con gravedad—. Por eso nuestras -artes llenan la tierra y todos se inclinan ante la grandeza moral -de Grecia. Somos el pueblo que ha sabido<span class="pagenum" -id="Page_140">p. 140</span> honrar la vida rindiendo culto á su -origen: satisfacemos sin hipocresía los impulsos del amor, y por -esto comprendemos mejor que nadie las necesidades del espíritu. -La inteligencia vuela mejor cuando no siente el peso del cuerpo -atormentado por la castidad. Amamos y estudiamos: nuestros dioses van -desnudos, sin otro adorno que el rayo de luz inmortal sobre la frente. -No piden sangre como esas divinidades bárbaras envueltas en ropajes que -sólo dejan al descubierto su faz ceñuda de asesinos; son bellos como -los humanos, ríen como ellos, y sus carcajadas, rodando por el Olimpo, -alegran la tierra.</p> - -<p>—El amor es el sentimiento más virtuoso: de él emanan todas -las grandezas. Sólo los bárbaros lo calumnian, ocultándolo como -deshonestidad.</p> - -<p>—Yo conozco un pueblo —dijo Acteón— en el que el amor, la divina -fusión de los cuerpos, se mira como una impureza. Es Israel, una -amalgama de tribus miserables, acampadas en un país árido, en torno -de un templo de bárbara construcción, copiado á todos los pueblos. -Son hipócritas, rapaces y crueles: por esto abominan del amor. Si un -pueblo así llegase á la grandeza universal de Grecia, si se enseñoreara -del mundo, imponiendo sus creencias, se apagaría la eterna luz que -brilla en el Parthenón; la humanidad andaría á obscuras, con el corazón -seco y el pensamiento muerto; la tierra sería<span class="pagenum" -id="Page_141">p. 141</span> una necrópolis, todos cadáveres movibles, y -pasarían siglos y más siglos antes que los hombres encontraran otra vez -el camino, marchando de nuevo hacia nuestros risueños dioses, hacia el -culto á la belleza que alegra la vida.</p> - -<p>Sónnica, escuchando al griego, se aproximaba á los altos rosales y -arrancaba las flores, aspirándolas con delicia. Se creía en Atenas, -en el jardín de la calle de los Trípodes, oyendo á su poeta, que -la iniciaba en los dulces misterios del arte y el amor. Y miraba -dulcemente á Acteón, con apasionamiento franco y sincero, con sumisión -de esclava, diciendo «quiero» con los ojos, como si sólo esperase una -palabra para caer en sus brazos.</p> - -<p>El aire removía dulcemente todo el jardín. Al través del follaje se -veía el cielo de color de púrpura inflamado por la puesta del sol. Bajo -los árboles comenzaba á formarse una misteriosa penumbra. Los ruidos -del campo, el rebullir de la gente fuera de la quinta en las casas de -los esclavos y hasta los gritos de los pájaros exóticos en la terraza, -parecían venir de un mundo lejano.</p> - -<p>Entre dos macizos de rosales erguíase una imagen de Príapo tallada -en un tronco. El dios rústico sonreía con expresión lúbrica, arqueando -el pecho velludo y encorvando hacia afuera los riñones, como para -ostentar mejor su virilidad enorme pintada de rojo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_142">p. 142</span>Sónnica sonrió al -ver que lo contemplaba el ateniense.</p> - -<p>—Ya sabes que es antigua costumbre poner los jardines bajo la -guarda de Príapo. Dicen que ahuyenta á los ladrones. Así lo creen mis -esclavos; pero si yo conservo al dios es como símbolo de vida en medio -de estas rosas que son tan bellas como las de Pæstum. La brutalidad del -gesto de Príapo completa la dulzura graciosa del Amor.</p> - -<p>Los dos griegos se alejaron silenciosos, con paso tardo, por una -avenida de esbeltos cipreses, á cuyo extremo se abría una gruta con los -peñascos tapizados de hiedra, dejando filtrar por sus aberturas una luz -verde y difusa. Un amorcillo blanco lanzaba con una concha un chorro de -agua que parecía llorar dulcemente, chocando con el tazón de alabastro. -Allí pasaba la antigua cortesana las horas de calor.</p> - -<p>Acteón sintió en un hombro el roce mórbido y firme del pecho de la -griega.</p> - -<p>—¡Sónnica!...</p> - -<p>Y acariciando el cinturón de oro de la griega, lo hizo caer al -suelo. Los brazos frescos y satinados de la cortesana se anudaron á -su cuello como serpientes de marfil: su cabeza se frotó amorosamente -contra los hombros del griego, que mirando hacia abajo veía fijos en él -unos ojos de violeta, húmedos con estremecimientos de emoción.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_143">p. 143</span>—Eres Atenas que -vuelve á mí —murmuró ella con dulce desmayo—. Cuando te encontré esta -mañana en las gradas de Afrodita creí que eras Apolo descendido al -mundo... Sentí en mis entrañas el fuego de los dioses... Imposible -resistir... He despreciado al Amor por mucho tiempo... Pero el -diosecillo se venga y yo te amo. Ven... ¡Ven!...</p> - -<p>Y tiraba del cuello de Acteón con sus brazos entrelazados. Se -soltaron los broches de la túnica, resbaló ésta á lo largo del cuerpo, -y en el crepúsculo de la gruta brilló por algunos instantes con pálida -luz la desnudez de la griega.</p> - - -<p class="mt2">Eran nueve los convidados de Sónnica y llegaron al -cerrar la noche, unos en carros, otros á caballo, pasando por entre -los esclavos con antorchas encendidas que guardaban la entrada de la -quinta.</p> - -<p>Cuando Sónnica y Acteón entraron en la sala del festín, los -convidados formaban grupos junto á los lechos de púrpura, en torno de -la curva mesa, cuyo mármol lavaban algunas esclavas con esponjas de -agua perfumada. Cuatro enormes lámparas de bronce ocupaban los ángulos -del <i xml:lang="la" lang="la">triclinyum</i>. De sus brazos pendían con -cadenillas un sinnúmero de cazoletas de aceite perfumado, en las que -crepitaban las mechas, esparciendo una viva claridad. Guirnaldas de -rosas y follaje se tendían de una á otra lámpara, formando un<span -class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span> marco perfumado á la -mesa del festín. Junto á la puerta que comunicaba con el peristilo -amontonábanse sobre mesas de labrada madera los platos, los vasos -dorados y de plata y los agudos trinchantes de que habían de servirse -los esclavos.</p> - -<p>El celtíbero Alorco hablaba con Lacaro y otros tres jóvenes griegos -de aquellos que por su afeminamiento excitaban el escándalo de los -saguntinos en el Foro. El arrogante bárbaro, por una costumbre de -su raza, conservaba ceñida la espada hasta el momento del banquete, -colgándola después del remate de marfil del lecho para tenerla siempre -al alcance de la mano.</p> - -<p>En el otro extremo de la mesa conversaban tranquilamente dos -ciudadanos de edad madura y Alco, el pacífico saguntino con quien habló -Acteón por la mañana en la explanada de la Acrópolis.</p> - -<p>Los dos viejos eran antiguos amigos de la casa, comerciantes griegos -á los que Sónnica hacía partícipes de sus negocios é invitaba á las -fiestas nocturnas, apreciando la mesurada alegría que aportaban á la -diversión.</p> - -<p>Al entrar la enamorada pareja en la sala del festín, todos los -convidados adivinaron su felicidad en los ojos húmedos y brillantes de -Sónnica, en el desmayo con que inclinaba hacia Acteón su rubia cabeza -coronada de rosas y violetas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span>—Ya tenemos amo -—murmuró Lacaro con entonación envidiosa.</p> - -<p>—Ha sido más afortunado que nosotros —contestó el celtíbero con -sencillez—. Al fin es un ateniense, y comprendo que Sónnica la -insensible se haya ablandado ante uno de los suyos.</p> - -<p>Acteón, dándose á conocer á todos los convidados, iba por la sala -con el aplomo de un potentado que goza de sus riquezas; como hombre -habituado á grandes esplendores, al que un golpe de fortuna saca de la -miseria, devolviéndolo á sus primitivas costumbres.</p> - -<p>Á una indicación de Sónnica, los convidados se tendieron en los -lechos de púrpura que oblícuamente rodeaban la mesa, y entraron en la -sala cuatro jóvenes apenas llegadas á la adolescencia, llevando sobre -sus cabezas, con la esbelta gracia de las canéforas, canastillas de -mimbre con coronas de rosas. Caminaban con gentil ligereza, como si se -deslizaran sobre el mosaico al son de invisibles flautas, y con sus -finas manos de niña ceñían de flores la frente de los comensales.</p> - -<p>El intendente de la quinta entró en la sala con rostro irritado.</p> - -<p>—Señora: Eufobias el parásito se empeña en entrar.</p> - -<p>Estallaron gritos y protestas entre los convidados al conocer la -proximidad de Eufobias.</p> - -<p>—¡Arrójalo, Sónnica! ¡Nos llenará de mise<span class="pagenum" -id="Page_146">p. 146</span>ria! —gritaban los jóvenes, recordando -con rabia las burlas que se permitía en el Foro sobre sus trajes y -costumbres.</p> - -<p>—Es una vergüenza para la ciudad tolerar á ese mendigo insolente -—decían los ciudadanos graves.</p> - -<p>Sónnica sonreía; pero de repente vino á su memoria un epigrama cruel -que el parásito la había dedicado días antes, recitándolo en el Foro, y -dijo con frialdad á su intendente:</p> - -<p>—Arrójalo á palos.</p> - -<p>Los convidados se lavaron las manos en el chorro de agua perfumada -que una esclava iba vertiendo de lecho en lecho, y Sónnica dió la orden -de comenzar el banquete, cuando entró de nuevo el intendente empuñando -todavía una estaca nudosa.</p> - -<p>—Le he pegado, señora, y no quiere irse. Aguanta los golpes y cada -vez se mete más en la casa.</p> - -<p>—¿Y qué dice?...</p> - -<p>—Dice que no es posible una fiesta de Sónnica sin la presencia de -Eufobias, y que los golpes son señal de aprecio.</p> - -<p>La hermosa griega pareció compadecerse; rieron los comensales y -Sónnica dió orden para que entrase el filósofo. Pero antes que saliera -á cumplirla el intendente, ya Eufobias se había introducido en la sala, -encogido, humilde, pero mirando á todos con ojos insolentes.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_147">p. 147</span>—Los dioses sean -con vosotros. La alegría te acompañe siempre, hermosa Sónnica.</p> - -<p>Y volviéndose al intendente dijo con altanería:</p> - -<p>—Hermano: ya que ves que de todos modos acabo por entrar, procura -otra vez tener la mano menos pesada.</p> - -<p>Y entre las risas de los convidados, rascábase la frente, en la que -comenzaba á marcarse un chichón, y con la punta de su viejo manto se -enjugaba algunas gotas de sangre junto á la oreja.</p> - -<p>—¡Salud, piojoso! —le gritó el elegante Lacaro.</p> - -<p>—¡Lejos de nosotros! —vociferaron los otros jóvenes.</p> - -<p>Pero Eufobias no se fijaba en ellos. Sonreía á Acteón, viéndole -acostado junto á Sónnica, y sus ojillos brillaban con expresión -maliciosa.</p> - -<p>—Has llegado donde yo creía, ateniense. Tú sujetarás á estos -afeminados, que rodean á Sónnica y me llenan de insultos.</p> - -<p>Y sin hacer caso de las burlescas protestas de los jóvenes, añadió -con servil sonrisa:</p> - -<p>—Creo que no olvidarás á tu viejo amigo Eufobias. Ahora ya puedes -pagarle todo el vino que desee en las tabernas del Foro.</p> - -<p>El filósofo ocupó un lecho en el extremo más apartado de la mesa y -rechazó la corona que le presentaba una esclava.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span>—No vengo por -flores: vengo á comer. Rosas las encuentro en el campo con solo dar un -paseo: lo que no se encuentra en Sagunto es un pedazo de pan para un -filósofo.</p> - -<p>—¿Sientes hambre? —preguntó Sónnica.</p> - -<p>—Mayor es la sed. He pasado el día hablando en el Foro: todos me -oían y á nadie se le ocurrió que debía refrescarme la garganta.</p> - -<p>Había que elegir, según costumbre griega, el rey del banquete; el -convidado predilecto encargado de proponer los brindis, de marcar el -momento de beber y dirigir las conversaciones.</p> - -<p>—Elijamos á Eufobias —dijo Alorco con su grave jocosidad de -celtíbero.</p> - -<p>—No —protestó Sónnica—. Un día le entregamos por broma la dirección -de un banquete y antes de llegar al tercer servicio estábamos todos -ebrios. Á cada bocado propone una libación.</p> - -<p>—¿Á qué elegir rey? —dijo el filósofo—. Lo tenemos ya al lado de -Sónnica. Que sea el ateniense.</p> - -<p>—Que lo sea —dijo el elegante Lacaro— y que no te permita hablar en -toda la noche, insolente parásito.</p> - -<p>En el centro de la mesa elevábase una ancha crátera de bronce, á -cuyos bordes asomaba un grupo de ninfas mirándose en el ovalado lago -de vino. Cada convidado tenía detrás un esclavo para su servicio y -todos ellos llenaron en la crá<span class="pagenum" id="Page_149">p. -149</span>tera los vasos de los comensales, para la primera libación. -Eran vasos de los llamados <i>mirrinos</i>, traídos á gran precio de Asia, -de misteriosa fabricación, en la que entraba polvo de conchas y mirra -endurecida y pintada. Tenían la blanca opacidad del marfil, matizada -por grecas de colores, y su pasta misteriosa daba al vino un sabor -voluptuoso.</p> - -<p>Incorporóse Acteón en su lecho para proponer la primera libación en -honor de la divinidad predilecta.</p> - -<p>—Bebe por Diana, ateniense —dijo la voz grave de Alco—. Bebe por la -diosa saguntina.</p> - -<p>Pero el griego sentía en la mano que le quedaba libre otra fina y -ensortijada envolviéndola con tibia caricia.</p> - -<p>El ateniense dedicó su libación á Afrodita, y los jóvenes -prorrumpieron en un grito de entusiasmo. Afrodita debía ser la diosa -de aquella noche; y mientras los jóvenes pensaban en las danzarinas de -Gades, gran atractivo del banquete, Sónnica y Acteón, con los codos -apoyados en cojines y el busto al borde de la mesa, se acariciaban -con los ojos, al mismo tiempo que sus cuerpos estaban en cálido -contacto.</p> - -<p>Robustos esclavos, sudorosos por el fuego de las cocinas, dejaban -sobre la mesa los manjares del primer servicio en grandes platos de -roja arcilla saguntina. Eran mariscos servidos tal como fueron pescados -ó cocidos al rescoldo con<span class="pagenum" id="Page_150">p. -150</span> gran cantidad de especias. Ostras frescas, almejas, erizos -aderezados con perejil y hierbabuena, espárragos, pepinos, lechugas, -huevos de pava real, un vientre de cerda sazonado con cominos y -vinagre, y pájaros fritos nadando en una salsa de polvo de queso, -aceite, vinagre y silfio. Además se servía á los convidados el <i -xml:lang="la" lang="la">oxigarium</i>, fabricado en las pesquerías de -Cartago-Nova: una pasta de tripas de atún, cargada de sal y vinagre, -que excitaba el paladar, obligando á beber vino.</p> - -<p>El perfume de todos estos platos esparcíase por la sala del -festín.</p> - -<p>—Que no me hablen de los nidos del ave fénix —decía Eufobias con la -boca llena—. Según afirman los poetas, el fénix embadurna su vivienda -con incienso, cinamomo y canela, pero ¡juro por los dioses! que en ese -nido no me encontraría tan bien como en el triclinio de Sónnica.</p> - -<p>—Lo que no te impide, malvado —dijo la griega sonriendo—, dedicarme -versos en los que me insultas.</p> - -<p>—Porque te quiero y protesto de tus locuras. De día soy filósofo; -pero por la noche el estómago me obliga á buscarte para que me peguen -tus servidores y me des tú de comer.</p> - -<p>Los esclavos retiraban los platos del primer servicio, y -colocaban los del segundo, que era el de las carnes y el pescado. -Un pequeño jabalí asado ocupaba el centro de la mesa; grandes<span -class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span> faisanes con el plumaje -entero sobre las cocidas carnes se ostentaban en platos rodeados -de huevos cocidos y olorosas hierbas; los tordos formaban coronas -enristrados en juncos; las liebres, al ser partidas, mostraban su -relleno de romero y tomillo; y las palomas campestres confundíanse con -las codornices y los tordos. Los pescados eran innumerables y hacían -recordar á los griegos los platos de su país, hablando entre bocado y -bocado del glauco de Megara, la murena de Scione y las doradas y xifias -de las costas de Faraleo y del Helesponto.</p> - -<p>Cada convidado escogía en los platos lo que más le gustaba, y -obsequiaba con ello á sus amigos, cruzándose presentes por medio de -los esclavos de un extremo á otro de la mesa. Nuevos vinos en ánforas -selladas y polvorientas subidas de las cuevas, derramábanse en las -copas del festín. El vino de Chios, lejano y costoso, confundíase con -el Cecubo, el Falerno y el Massico de Italia y los de Laurona y del -agro saguntino. Al perfume de estos líquidos, uníanse el de las salsas, -en las que entraban con las complicadas recetas de la cocina griega, el -silfio, el perejil, el sésamo, el hinojo, el comino y el ajo.</p> - -<p>Sónnica apenas comía: olvidaba los platos, colmados de presentes de -sus convidados, para sonreir á Acteón.</p> - -<p>—Te amo —decía por lo bajo al griego—. Parece que me haya hechizado -una maga de la<span class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span> -Thesalia. Todo en mí está lleno de amor. ¿Ves estos peces?... Temo -comerlos; creería cometer un sacrilegio: las rosas y los peces están -dedicados á Venus, la madre de nuestra felicidad. Sólo deseo beber... -beber mucho. Siento en mí un fuego que me acaricia y me consume.</p> - -<p>Los convidados devoraban, tributando elogios al cocinero de Sónnica, -un asiático comprado en Atenas por uno de sus navegantes. Le había -costado casi el valor de una quinta; pero todos daban por bien empleado -el gasto, admirando el arte con que sabía meditar en un rincón de la -cocina sus asombrosas combinaciones, ejecutadas después por los otros -servidores, y su feliz invención del dátil y la miel para las salsas -suaves de los asados. Con un esclavo así, se podía gozar toda la vida y -retardar la muerte por muchos años.</p> - -<p>Había terminado el segundo servicio. Los convidados se tendían -ahítos en sus lechos, aflojándose las vestiduras. Para no incorporarse -al beber, los esclavos les servían el vino en copas de alabastro en -forma de cuerno, que dejaban caer por su punta un hilillo de vino. La -púrpura de los lechos manchábase de bebida. Las grandes lámparas de -los ángulos, con sus luces de aceite perfumado, parecían debilitarse -en aquella atmósfera densa, cargada del vaho de los platos. Las -guirnaldas de rosas, tendidas de una lámpara á otra, desfallecían en el -pesado<span class="pagenum" id="Page_153">p. 153</span> ambiente. Al -través de la puerta veíanse las columnas del peristilo y un trozo de -cielo azul obscuro, en el que parpadeaban las estrellas.</p> - -<p>El pacífico Alco, incorporándose en el lecho, sonreía con la dulzura -de una embriaguez tranquila, contemplando la belleza del cielo.</p> - -<p>—Bebo por la hermosura de nuestra ciudad —dijo levantando el cuerno -lleno de vino.</p> - -<p>—¡Por la griega Zazintho! —gritó Lacaro.</p> - -<p>—Sí; seamos griegos —contestaron sus amigos.</p> - -<p>Y la conversación vino á parar en la gran fiesta que por iniciativa -de Sónnica celebrarían los griegos de Sagunto en honor de Minerva -al recolectarse la mies. Las fiestas Panatheas, terminarían con una -procesión semejante á la que se verificaba en Atenas y que Fidias había -eternizado sobre mármol en sus famosos frisos. Los jóvenes hablaban con -entusiasmo de los caballos que montarían y de los alardes de destreza -para los cuales se estaban preparando con continuos ejercicios. -Sónnica patrocinaba las fiestas con su inmensa riqueza, y quería que -estas fuesen tan famosas como las que celebró Atenas al erigirse el -Parthenón.</p> - -<p>La juventud saguntina correría por la mañana fuera de las murallas -para demostrar que valía tanto como los jinetes celtíberos: los más -pacíficos lucharían en el Foro lira en mano para conquistar la corona -dedicada al que mejor can<span class="pagenum" id="Page_154">p. -154</span>tase los poemas de Homero; después la procesión desarrollaría -sus magnificencias por las calles de la ciudad subiendo á la Acrópolis, -y por la tarde se verificaría la carrera del hacha, para que riese la -gente silbando al que dejara apagar su antorcha y golpeando al que -caminase con lentitud.</p> - -<p>—¿Pero es que realmente crees en Minerva? —preguntó Eufobias á -Sónnica.</p> - -<p>—Creo en lo que veo —contestó la griega—. Creo en la primavera, en -la resurrección de los campos, en la mies que sale del terruño para -alimentar con sus cabelleras doradas á los humanos, en las flores -que son los pebeteros de la tierra, y sobre todas las diosas amo á -Atenea por la sabiduría que diviniza á los hombres y á Minerva por su -fecundidad que los mantiene.</p> - -<p>Los esclavos cubrían la mesa con el tercer servicio, y los -convidados, casi ebrios, incorporábanse en sus lechos al ver las -canastillas llenas de frutas; los platos cubiertos de hojas de pasta -dulce, enrolladas sobre el fuego al estilo de Capadocia, los buñuelos -de harina de sésamo henchidos de miel y dorados por el calor del horno -y las tortas con queso rellenas de frutas cocidas.</p> - -<p>Destapábanse las ánforas pequeñas conteniendo los vinos más -preciosos, traídos de los últimos confines del mundo por las naves -de Sónnica. El vino de Biblos en Fenicia, saturaba el ambiente con -sus penetrantes perfumes como<span class="pagenum" id="Page_155">p. -155</span> una anforilla de tocador; el de Lesbos esparcía al -derramarse un dulce olor de rosas, y junto con ellos caían en las copas -los de Eritrea y Heráclea, fuertes y espirituosos, y los de Rhodas y -Chios, mezclados prudentemente con agua del mar que hacía más fácil la -digestión.</p> - -<p>Algunos esclavos, para excitar de nuevo el apetito de los convidados -y hacerles beber más, ofrecían platos con cigarras en salmuera, rábanos -con vinagre y mostaza, garbanzos tostados y aceitunas <i>colimbadas</i> de -picante adobo, apreciadísimas por su tamaño y sabor.</p> - -<p>Acteón no comía; sentíase turbado por el contacto de Sónnica, que -saliéndose de su lecho se oprimía contra él, frotando sus mejillas -con las del ateniense y confundiendo sus alientos. Así permanecían -silenciosos, contemplándose el uno en las pupilas del otro.</p> - -<p>—Deja que te bese en los ojos —murmuraba Sónnica—. Son las ventanas -del alma y me parece que por ellos penetra mi caricia hasta lo más -hondo de tu pecho.</p> - -<p>El arrogante Alorco, grave como un celtíbero en medio de su -embriaguez, hablaba de las próximas fiestas, contemplando su copa -vacía. Tenía en la ciudad cinco caballos, los mejores de su tribu, y -si los magistrados le permitían tomar parte en la fiesta, á pesar de -ser extranjero, habían de admirar los saguntinos la rapidez y fuerza -de sus hermosas bestias. Para él sería la<span class="pagenum" -id="Page_156">p. 156</span> corona si algún suceso inesperado no le -hacía abandonar antes la ciudad.</p> - -<p>Lacaro y sus elegantes amigos se proponían disputar el premio -del canto, y sus manos de mujer, finas y ensortijadas, movíanse -nerviosamente sobre la mesa como si ya estuvieran pulsando la lira, y -sus bocas pintadas cantaban á media voz los versos homéricos. Eufobias, -tendido de espaldas en su lecho, miraba á lo alto con soñolientos ojos, -sin voluntad más que para extender la copa y pedir vino; y Alco y los -comerciantes griegos se impacientaban por la lentitud del banquete.</p> - -<p>—¡Las danzarinas! ¡Que vengan las hijas de Gades! —reclamaban con -voces trémulas, brillándoles en los ojos la punta de fuego de la -embriaguez.</p> - -<p>—Sí, vengan las danzarinas —gritó Eufobias saliendo de su estupor—. -Quiero ver como esta honrada gente turba su digestión, que es lo mejor -del hombre, con los pasos lúbricos de las hijas de Hércules.</p> - -<p>Sónnica hizo un signo á su intendente, y á los pocos instantes -sonaron en el peristilo regocijados sones de flautas.</p> - -<p>—¡Las aulétridas! —gritaron los convidados.</p> - -<p>Y entraron en la sala del festín cuatro esbeltas muchachas, -coronadas de violetas, con un <i>xitón</i> abierto desde el talle á los -pies, que descubría á cada paso la pierna izquierda, y en la<span -class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span> boca la doble flauta, sobre -cuyos orificios corrían sus ágiles dedos.</p> - -<p>De pie, en el espacio que abarcaba la curva de la mesa, comenzaron -á entonar una melopea dulcísima, que hizo sonreir plácidamente á los -convidados incorporados en sus lechos. Los más de ellos miraban á las -aulétridas como antiguas conocidas, y moviendo la cabeza al compás de -la flauta, seguían con ojos ávidos el contorno de aquellos cuerpos, que -agitaban sus pies acompañando el ritmo.</p> - -<p>Varias veces cambiaron de tono y compás las flautistas; pero al cabo -de una hora, los convidados parecían aburridos.</p> - -<p>—Esto lo conocemos ya —dijo Lacaro—. Son las flautistas de todos tus -banquetes, Sónnica. Desde que pareces enamorada, olvidas á tus amigos. -Otra cosa; deseamos las danzarinas.</p> - -<p>—Sí, que vengan las danzarinas —gritaron los jóvenes.</p> - -<p>—Tened calma —dijo la griega, separándose por un instante del pecho -de Acteón—. Vendrán las danzarinas, pero será al final del banquete, -cuando me rinda el sueño. Os conozco bien, y sé cómo terminará la -fiesta. Antes quiero que admiréis á una pequeña esclava que ha -aprendido de los marineros griegos á ser una funámbula como las de -Atenas.</p> - -<p>Antes de que entrase la esclava, los convidados miraron alarmados -á un extremo de la mesa.<span class="pagenum" id="Page_158">p. -158</span> Un mujido de bestia salía debajo de ella. Era Eufobias, que -caído de su lecho y con la cabeza sobre el mosaico, arrojaba la comida -entre un arroyo de vino.</p> - -<p>—Dadle hojas de laurel —dijo el prudente Alco—. Nada mejor para -disipar la embriaguez.</p> - -<p>Los esclavos le hicieron mascar las hojas casi á la fuerza, sin -hacer caso de las protestas del filósofo.</p> - -<p>—No estoy ebrio —gritaba Eufobias—. Es el hambre que me persigue. -Los más de los días no encuentro pan, y cuando tropiezo con una mesa -como la de Sónnica, se me escapa lo que como.</p> - -<p>—Dí mejor lo que bebes —contestó Sónnica, volviendo á reclinar su -cabeza en el pecho del griego.</p> - -<p>La funámbula había aparecido ante la mesa y saludó á su señora, -llevándose las manos á la cara. Era una muchachuela de catorce años, de -piel amarillenta, y sin otra vestidura que una faja roja arrollada por -debajo del vientre. Sus miembros nerviosos y ágiles y el pecho enjuto, -sin más que una ligerísima hinchazón en los senos, la hacía parecer -un muchacho. Los convidados viejos sonreían conmovidos ante aquella -frescura casi masculina.</p> - -<p>Dió un grito, y doblándose con nerviosa elasticidad, púsose sobre -las manos, y con los pies en alto y la cabeza rozando el suelo, comenzó -á correr rápidamente por el triclinio. Des<span class="pagenum" -id="Page_159">p. 159</span>pués, con una poderosa flexión de sus -brazos, saltó sobre la mesa, y sus manos trotaron por entre la -confusión de platos, ánforas y copas sin derribarlos.</p> - -<p>Los convidados aplaudieron con gritos de entusiasmo. Los dos -comerciantes griegos la ofrecieron sus copas, pellizcándola las -mejillas mientras bebía y bajando sus manos acariciadoras á lo largo de -la espalda.</p> - -<p>—Lacaro —dijo el filósofo á su elegante enemigo—. ¿Por qué tú y tus -camaradas no habéis traído á los lindos esclavos que os sirven de apoyo -en el Foro?</p> - -<p>—Nos lo ha prohibido Sónnica —contestó el joven satisfecho de la -pregunta, sin adivinar la ironía de Eufobias—. Es una mujer superior, -pero de las refinadas costumbres de Atenas, esta es la única que se -niega á aceptar. Sólo cree en Júpiter y Leda: el bello Ganímedes la -hace escupir. Es una ateniense incompleta.</p> - -<p>Algunos esclavos, bajo la dirección de su jefe, plantaban en el -suelo filas de espadas de hoja ancha y aguda, para que la funámbula -realizase la gran suerte. Las aulétridas hicieron sonar una melodía -lenta y triste, y la funámbula, otra vez con la cabeza en el suelo, -comenzó á marchar entre las espadas sin derribarlas ni rozar sus agudos -filos. Los convidados, con la copa en la mano, la seguían ansiosamente -por entre el bosque de agudos hierros que po<span class="pagenum" -id="Page_160">p. 160</span>dían clavarse en su cuerpo á la más leve -vacilación. Deteníase junto á una espada, levantaba una mano, y -apoyándose únicamente en la otra, encogía el brazo hasta besar el -suelo; después lo ponía rígido, elevándose; y en estos movimientos la -cortante hoja la rozaba el vientre y el pecho sin llegar á herir la -piel.</p> - -<p>Aplaudieron de nuevo los comensales cuando la muchacha concluyó su -trabajo. Los dos viejos la obligaron á tenderse entre ellos, haciéndola -casi desaparecer bajo sus amplias túnicas, dejando únicamente al -descubierto su maliciosa cabeza de muchacho que husmeaba las copas y -las confituras.</p> - -<p>—¡Pero Sónnica!... —protestó Lacaro—. ¿Cuándo se ha visto á la -hermosa griega olvidar de tal modo á sus convidados? Ateniense que la -enloqueces con tu amor; intercede por nosotros y haz que se presenten -pronto las hijas de Gades.</p> - -<p>Sónnica parecía adormecida sobre el pecho de Acteón, embriagada por -el calor del cuerpo de su amante.</p> - -<p>—Dí que entren... que hagan lo que quieran... que nos dejen -tranquilos.</p> - -<p>Sonó en el peristilo un rumor de pasos, de risas y cuchicheos, y -empujándose como un rebaño revoltoso, entraron en el triclinio las -danzarinas de Gades.</p> - -<p>Eran muchachas de pequeña estatura y miembros sueltos y ágiles: -la piel de una palidez de<span class="pagenum" id="Page_161">p. -161</span> ámbar, los ojos rasgados y luminosos, la cabellera negra y -el cuerpo envuelto en flotantes velos de una transparencia difusa y -engañosa, más excitante aún que la desnudez. Llevaban sobre el pecho -y en piernas y brazos sartas de monedas y amuletos que chocaban con -alegre tintineo á cada movimiento, y miraban á los convidados con -fijeza, sin experimentar turbación alguna, como un rebaño acostumbrado -á las fiestas y que marchaba de banquete en banquete, viendo sólo á los -hombres en la hora de la embriaguez.</p> - -<p>El jefe de la banda, un viejo apergaminado de insolente mirada, iba -vestido como ellas, con velos femeniles, las mejillas pintadas, los -ojos cercados de negro, grandes arracadas en las orejas y una sonrisa -cínica en su boca de bermellón, pronta á aceptar las más infames -proposiciones.</p> - -<p>Eufobias, indiferente ante las gracias de las danzarinas, le -contemplaba con admiración, obsesionado por la duda del sexo á que -correspondían aquellos brazos esqueléticos pintados de blanco y -recargados de joyas que asomaban por entre los velos.</p> - -<p>—Hermano, ¿eres hombre ó mujer? —preguntó gravemente el filósofo.</p> - -<p>—Soy el padrecito de todas estas flores —contestó el eunuco con voz -aguda, mostrando al sonreir sus encías sucias y desdentadas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_162">p. 162</span>Tres de las -mujeres, puestas en cuclillas, comenzaban á hacer sonar los crótalos -con sonoro repiqueteo, mientras otra golpeaba con la mano un tamboril -de vientre cóncavo, que sostenía con el brazo izquierdo en forma de -asa.</p> - -<p>El eunuco dió un golpe en el suelo con un palo, é inmediatamente -cuatro parejas de danzarinas salieron al centro del triclinio y -comenzaron á bailar al son de la bárbara y ruidosa música de sus -compañeras. Danzaban con solemnidad, erguidas majestuosamente, -extendiendo los brazos como si nadasen en el espacio, agitando con -lentos contoneos sus cuerpos morenos, que parecían flotar en el oleaje -de espuma transparente que los envolvía. Poco á poco los movimientos -iban acentuándose; eran gentiles desperezos que hacían subir los -firmes pechos, asomando sus puntas por entre los velos; contorsiones -en las que giraba el tronco sobre las caderas; un vaivén de las formas -encerradas en aquella blanca y flotante envoltura que al volar en -mil pliegues con aleteo voluptuoso, parecía animar las luces de las -lámparas.</p> - -<p>De repente, á una señal del viejo, se cortó la música y cesaron de -bailar.</p> - -<p>—Más... más —gritaron los convidados incorporados en sus lechos por -la excitación de la danza.</p> - -<p>Era un descanso para mudar de tono y avivar aún más el entusiasmo -con la breve cal<span class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span>ma. -La música adquirió un ritmo vivo y ruidoso, el viejo comenzó á golpear -con su bastón el suelo, lanzó un lamento prolongado, triste, de suave -dulzura, que no parecía salir de su infecta boca, y á continuación -rompió á cantar con lentitud soñolienta unas estrofas de amor con -palabras de doble sentido, que causaban el efecto de afrodisíacos, -haciendo rugir de entusiasmo á los comensales.</p> - -<p>Las danzarinas se lanzaron de un salto al centro del triclinio, -bailando apresuradamente, como poseídas de la fiebre. Cada canción era -un latigazo que excitaba sus nervios, y sus pies desnudos saltaban -como pájaros de nieve sobre el mosaico ó se elevaban con gentil vuelo, -levantando las nubes de gasa que dejaban al descubierto una pierna -bien modelada, con adornos ruidosos que esparcían argentinos choques. -Sus vientres, de suave curva, parecían adquirir vida aparte; y sobre -el cuerpo inmóvil con rigidez hiératica, movíanse como animales -nerviosos, contrayéndose en circulares estremecimientos, formando -un remolino de voluptuosas ondulaciones, del cual era el ombligo el -sonrosado centro. Acompañábanse en la danza con el incesante chasqueteo -de sus dedos. Recogiéndose las gasas bajo los brazos, ajustándolas á -sus caderas, movían con voluptuoso ritmo sus redondeces de ánfora, -suspirando con desmayo, la cabeza inclinada, como encantadas por la -con<span class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span>templación de su -propia belleza. De repente la música se debilitaba como si se alejase, -y las danzarinas, con los pies juntos y las piernas entreabiertas, -descendían y descendían en lenta espiral, en suaves ondulaciones, hasta -tocar el suelo, y de pronto, así que sus bellezas calipygas rozaban el -mosaico, erguíanse como una serpiente que despierta, y los crótalos y -el tamboril sonaban más ruidosamente entre los aullidos de las músicas -que las animaban con palabras de amor, con exclamaciones de supremo -arrebato, como si estuvieran al pie de un revuelto lecho.</p> - -<p>Los convidados, rojos de emoción, los ojos chispeantes y la boca -seca, se habían lanzado al centro del triclinio, interrumpiendo la -danza, mezclándose con las parejas, separándolas. Eufobias roncaba al -pie de su lecho. Sónnica había desaparecido desde mucho antes, saliendo -del triclinio apoyada en una esclava, sin separar su cabeza del hombro -de Acteón.</p> - -<p>Los velos de las danzarinas caían al pie de la mesa. Devoraban las -confituras y las frutas, bebían en las ánforas y sumergían sus cabezas -en la crátera de las ninfas para reir al verse con la cara manchada de -vino. El eunuco seguía cantando y dando golpes furiosos en el suelo -para marcar el ritmo á sus músicas. Era en vano; las que intentaban -bailar no podían moverse entre las manos de los convidados, que á cada -vuelta<span class="pagenum" id="Page_165">p. 165</span> las golpeaban -en sus redondeces, arrancándolas los velos. Los jóvenes rodaban al pie -de las lámparas enloquecidos por aquellas bacantes de sabia perversión, -criadas en un puerto al que llevaban los navegantes los refinamientos -y corrupciones del mundo entero. El celtíbero Alorco, brutal en su -entusiasmo, paseaba por el triclinio con los brazos extendidos, -haciendo alarde de sus fuerzas, sosteniendo en las nervudas manos -dos danzarinas que chillaban asustadas; y afuera, en la obscuridad -del peristilo, notábase el remover de los esclavos y las esclavas de -las cocinas que se acercaban arrastrándose para gozar de lejos el -espectáculo de la bacanal.</p> - - -<p class="mt2">Aún no había amanecido cuando despertó Acteón, -extrañando, sin duda, el blando lecho y los perfumes del dormitorio. -Sónnica estaba á su lado, y á la luz de la lámpara colocada junto á la -puerta, veíase la sonrisa de felicidad que vagaba en sus labios.</p> - -<p>De la embriaguez de la noche quedábale al ateniense el vehemente -deseo de respirar aire libre. Se ahogaba en la habitación de Sónnica, -hundido en el lecho que parecía arder con el fuego de los anteriores -arrebatos, cerca de aquel cuerpo que luego de estremecerse sobre él con -el abandono de la embriaguez y la pasión estaba inerte y sin otra vida -que los suaves suspiros que hinchaban su pecho.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span>Quedamente y de -puntillas salió el griego al peristilo. Aún lucían las lámparas en el -triclinio, y un vaho insufrible de viandas, vinos y cuerpos sudorosos -salía por su puerta. Vió á los convidados tendidos en el suelo -entre mujeres que roncaban, mostrando al cambiar de postura sus más -recónditas desnudeces. Eufobias había despertado de su borrachera, y -ocupando el lugar de honor, el lecho de Sónnica, se forjaba la ilusión -de ser dueño de la quinta. Arrebujado en su manto viejo hacía bailar -á dos danzarinas soñolientas, contemplando con fijeza desdeñosa sus -carnes desnudas como hombre que se considera por encima de los carnales -deseos.</p> - -<p>Al aparecer Acteón en el triclinio huyeron algunos esclavos, -temerosos de ser castigados por su curiosidad. No queriendo ser visto -por el filósofo, salió el griego de la casa buscando el fresco del -jardín. En él notó la misma fuga ante sus pasos. Huían por las avenidas -las enlazadas parejas; tras los macizos de follaje sonaban gritos de -sorpresa al aproximarse él, y en las últimas sombras de la noche el -jardín aparecía animado por una vida misteriosa, como si bajo sus -bóvedas de hojarasca se buscara todo un pueblo entregándose al amor.</p> - -<p>Eran los esclavos que, excitados por la fiesta, continuaban á cielo -abierto las escenas del triclinio.</p> - -<p>El griego sonrió, pensando que la fiesta iba á<span class="pagenum" -id="Page_167">p. 167</span> aumentar con nuevos esclavos la riqueza de -la señora.</p> - -<p>—Que gocen en paz. Sería perjudicar á Sónnica.</p> - -<p>Y salió del jardín para no turbar la alegría del rebaño miserable -que, olvidando sus penas, se buscaba y unía en la penumbra del -amanecer.</p> - -<p>Atravesó el inmenso dominio de Sónnica, los bosques de higueras, -los extensos olivares, hasta que de pronto, se vió en el camino de la -Sierpe. Nadie pasaba por él. Se oyó sonar á lo lejos el galope de un -caballo y Acteón vió á la luz azulada del amanecer un jinete que sin -duda se dirigía al puerto.</p> - -<p>Al aproximarse lo reconoció el ateniense, á pesar de que llevaba -cubierta la cabeza con la capucha de un manto de guerra. Era el pastor -celtíbero. Lanzándose el griego al centro del camino, agarró el caballo -por las bridas, mientras el jinete, detenido en su carrera, echaba el -cuerpo atrás, tirando del cuchillo que llevaba en el cinto.</p> - -<p>—¡Quieto! —dijo Acteón en voz baja—. Si te detengo es para decirte -que te he conocido. Eres Hanníbal, el hijo del gran Hamílcar. Tu -disfraz podrá servirte para los saguntinos, pero tu amigo de la niñez -te reconoce.</p> - -<p>El africano avanzó su melenuda cabeza, y sus ojos imperiosos -adivinaron al griego en la penumbra.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span>—¿Eres tú -Acteón?... Al encontrarte ayer tantas veces, comprendí que acabarías -por conocerme. ¿Qué haces aquí?</p> - -<p>—Vivo en casa de Sónnica la rica.</p> - -<p>—He oído hablar de ella: una griega famosa por su hermosura y su -talento como las cortesanas de Atenas. Deseaba conocerla, y creo que la -hubiera amado si la misión de los hombres fuese ir tras las mujeres... -¿Y no haces nada más?</p> - -<p>—Soy guerrero á sueldo de la ciudad.</p> - -<p>—¡Tú!... ¡El hijo de Lisias, que fué el capitán de confianza de -Hamílcar! ¡Un hombre educado en el Pritaneo de Atenas, al servicio de -una ciudad de bárbaros y comerciantes!...</p> - -<p>Calló algunos momentos, como extrañado por la conducta del griego, y -añadió con resolución:</p> - -<p>—Monta en las ancas de mi caballo: vente conmigo. En el puerto -me espera una nave cartaginesa que carga plata. Voy á Cartago-Nova -á ponerme al frente de los míos. Se aproximan días de gloria, una -empresa inmensa y sublime, como la de los gigantes, cuando amontonando -montañas, escalaron vuestro Olimpo. Ven: tú eres el amigo de mi niñez, -te conocí antes que á Hasdrúbal y Magón, los hijos de Hamílcar, que -el glorioso capitán me dió por hermanos, llamándonos á los tres «mis -leoncillos...» Te conozco; eres astuto y valiente como tu padre: á mi -lado conquistarás riquezas. ¡Quién sabe si reinarás en algún hermoso -país cuando, imitando á Ale<span class="pagenum" id="Page_169">p. -169</span>jandro, reparta yo mis conquistas entre mis capitanes!...</p> - -<p>—No, cartaginés —dijo Acteón gravemente—. No te aborrezco, recuerdo -con placer nuestros primeros años, pero nunca iré contigo. Se opone tu -raza, el pasado de tu pueblo, la sombra ensangrentada de mi padre.</p> - -<p>—La raza no es más que una ficción; el pueblo un pretexto para hacer -la guerra. ¿Qué más te da servir á Cartago que á otra república, si -eres griego? Si me abandonasen los míos, pelearía por cualquier país. -Nosotros somos hombres de guerra, nos batimos por la gloria, el poder -y las riquezas: las necesidades de nuestro pueblo, sólo sirven para -justificar nuestra victoria y que despojemos al enemigo. Odio á los -mercaderes de Cartago, pacíficos y pegados á sus tiendas, tanto como -á los orgullosos romanos. Ven, Acteón; ya que nos hemos encontrado, -sígueme: la fortuna va conmigo.</p> - -<p>—No, Hanníbal: aquí me quedo. Viendo tus soldados africanos -recordaría al populacho que crucificó á Lisias.</p> - -<p>—Fué un crimen inevitable: una locura de aquella guerra sin entrañas -á que nos impulsaron los mercenarios. Mi padre lo lamentó mil veces -acordándose de su fiel Lisias. Yo repararé con mi protección aquella -injusticia de Cartago.</p> - -<p>—No te seguiré, Hanníbal. He dicho adiós á<span class="pagenum" -id="Page_170">p. 170</span> la guerra y al botín. Prefiero envejecer -aquí en esta vida tranquila y dulce, al lado de mi Sónnica, amando la -paz como cualquiera de los saguntinos que viven en el barrio de los -comerciantes.</p> - -<p>—¡La paz!... ¡la paz!...</p> - -<p>Y una carcajada estridente y brutal, semejante á la que oyó Acteón -en las gradas de Afrodita cuando se embarcaban los legados romanos, -resonó en el silencio del camino.</p> - -<p>—Oye bien, Acteón —dijo el africano recobrando su gravedad—; la -prueba de que aún guardo por tí mi afecto de la niñez, es la franqueza -con que te abro mi pensamiento. ¡Sólo á tí, entiéndelo bien!... Si -durmiendo en mi tienda supiera al despertar que se había escapado en -palabras lo que pienso, daría de puñaladas al centinela que guarda mi -sueño... ¡Hablas de paz!... Despierta, Acteón. Si piensas envejecer -tranquilo en alguna parte, huye con esa griega que amas, lejos, muy -lejos. Donde yo esté no habrá paz mientras no sea el soberano del -mundo. La guerra marcha ante mis pasos; el que no se someta á mí, tiene -que morir ó ser mi esclavo.</p> - -<p>El griego comprendió la amenaza que significaban estas palabras.</p> - -<p>—Piensa, Hanníbal, que esta ciudad es Roma. La República la tiene -como aliada y la protege.</p> - -<p>—¿Crees que temo á Roma?... Si odio á Sagunto, es porque se muestra -orgullosa de su<span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span> -alianza y me desprecia y olvida, á pesar de que estoy cerca. Muéstrase -tranquila porque la protege esa República desde muy lejos, y se ríe de -mí que reino sobre toda la península hasta el Ebro y estoy acampado -casi á sus puertas. Hostiliza á los turdetanos, que son mis aliados, -como todas las tribus iberas; y dentro de sus muros decapita á los -ciudadanos que me aman; á los que fueron amigos del gran Hamílcar... -¡Ah, ciudad ciega y orgullosa! ¡Cuán caro va á costarte vivir cerca de -Hanníbal sin conocerle!...</p> - -<p>Y volviéndose sobre la silla del caballo, miraba con ojos -amenazadores la Acrópolis de Sagunto que se destacaba entre las brumas -del amanecer.</p> - -<p>—Roma caerá sobre tí apenas ataques á su aliada.</p> - -<p>—Que venga —contestó el africano con arrogancia—. Es lo que deseo. -Me pesa la paz: no puedo acostumbrarme á ver Cartago vencida mientras -existen hombres como yo y mis amigos. Ó Roma, ó África. Que venga -cuanto antes el último choque, el esfuerzo supremo, y sea señor del -mundo el pueblo que quede en pie... Odio á los ricos de mi país, que -viven felices en la vergüenza de la derrota, porque les dejan comerciar -tranquilos y llenar sus cuevas de plata. Son los miserables que después -de nuestras derrotas de Sicilia, soñaron con abandonar Cartago y -trasladarse en masa á las islas del Mar Grande,<span class="pagenum" -id="Page_172">p. 172</span> para vivir tranquilos. Son verdaderos -cartagineses; fenicios sin más gloria que el cambio, ni otra aspiración -que encontrar puertos para dar salida á sus mercancías. Los Barcas -somos libios; descendemos de dioses, tenemos como ellos la grandeza -de pensamiento; queremos ser señores ó morir... Esos mercaderes no -comprenden que no basta ser ricos; que es preciso dominar é infundir -miedo, y forman en Cartago el partido de la paz que amargó la vida de -mi padre con derrotas, y me deja aislado á mí, sin otros recursos que -los que puedo procurarme en la península. Desconocen á los Barcas, á -pesar de que trabajamos por el poderío universal de Cartago. Mi padre, -al perder Sicilia, vió en el porvenir la muerte de nuestro pueblo y -quiso salvarlo. Habíamos perdido una gran parte de nuestro antiguo -comercio; necesitábamos un ejército para defendernos de la ambiciosa -Roma, y no lo teníamos. Los ciudadanos de Cartago son buenos, cuando -más, para pelear en su propio suelo. El comerciante no resiste el -peso de las armas ni consiente en caminar meses y años por países -hostiles. La ganancia del botín conquistado con sangre, la alcanza -con más facilidad detrás de sus fardos, y como ama el dinero, no -quiere pagar soldados extranjeros. Por esto Hamílcar nos trajo á la -península, y aquí hemos dado á Cartago nuevos puertos y mercados, y -los Barcas tienen un ejército formado por ellos mismos. Poco<span -class="pagenum" id="Page_173">p. 173</span> importa que en el Senado -cartaginés los amigos de la paz se nieguen á enviarnos soldados. Las -tribus ibéricas amaron á mi padre después de poner á prueba su energía, -y se levantarán en armas á la voz de los Barcas contra el enemigo que -les designemos.</p> - -<p>Y Hanníbal miraba las lejanas montañas como si adivinase los -innumerables pueblos bárbaros que vivían tras ellas, arañando la tierra -ó apacentando rebaños.</p> - -<p>—Cayó Hamílcar —dijo con tristeza— cuando veía ya realizados sus -ensueños; un gran ejército para entrar de nuevo en lucha con Roma y -riquezas propias para sostener la guerra sin necesitar el auxilio de -los mercaderes africanos. Hasdrúbal, el hermoso marido de mi hermana, -perdió ocho años al sucederle. Era un buen gobernante y un tímido -caudillo. Tal vez fué Baal, nuestro dios iracundo, quien guió el brazo -de su asesino, para que le sucediera otro capaz de exterminar á la -eterna enemiga de Cartago... Ése seré yo: óyelo bien, griego. Tú eres -el primero que penetra en mi pensamiento. Ha llegado el instante de -reñir la última batalla. Pronto sabrá Roma que existe un Hanníbal que -la desafía apoderándose de Sagunto.</p> - -<p>—Tienes escaso poder para ello, africano. Sagunto es fuerte, y yo -que vengo de Cartago-Nova, sólo he visto allí los elefantes, los restos -del ejército que trajo tu padre y la caballería<span class="pagenum" -id="Page_174">p. 174</span> númida que han enviado vuestros amigos de -África.</p> - -<p>—Olvidas á los iberos y celtíberos, á toda la península que se -levantará en masa para venir á la toma de Sagunto. El país es pobre y -la ciudad está abarrotada de riquezas. La he visto bien. Hay en ella -para pagar un ejército años enteros, y hasta de las costas del Mar -Grande vendrán las tribus lusitanas, atraídas por la esperanza del -botín y ese odio que los rudos naturales profesan á una ciudad opulenta -y civilizada, donde viven sus explotadores. No será para Hanníbal gran -empresa apoderarse de una república de agricultores y mercaderes.</p> - -<p>—¿Y después que seas dueño?...</p> - -<p>El africano no contestó, hundiendo la barba en el pecho con una -sonrisa enigmática.</p> - -<p>—¿Callas, Hanníbal?... Pues después que seas dueño de Sagunto nada -habrás adelantado. Roma reclamará contra tí por violar los tratados, y -el Senado cartaginés te maldecirá; pondrá tu cabeza á precio, ordenará -á tus soldados que no te obedezcan, y morirás crucificado ó vagarás por -el mundo como un esclavo fugitivo.</p> - -<p>—No, ¡fuego de Baal! —gritó el caudillo con arrogancia—. Cartago no -intentará nada contra mí; aceptará la guerra con Roma aun cuando hoy no -la quiera. Tengo allá los innumerables partidarios de los Barcas, el -populacho que quiere la guerra, porque proporciona envíos de des<span -class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span>pojos y repartos; toda la -gente de los suburbios, cuyo entusiasmo mantengo enviando cuantas -riquezas saco de la península, después de pagar las tropas. Hamílcar y -Hasdrúbal hicieron lo mismo. Serían capaces de pasar á cuchillo á los -ricos, si intentasen algo contra Hanníbal. No he vuelto á Cartago desde -que seguí á mi padre á los nueve años; pero el pueblo adora mi nombre. -Los del partido de la paz me seguirán á la guerra, si á la guerra los -arrastro.</p> - -<p>—¿Y cómo vencerás á Roma?...</p> - -<p>—No sé —dijo Hanníbal con su misteriosa sonrisa—. Siento un mundo de -pensamientos que provocarían la risa de mis amigos si los relatase... -Me veo como un titán escalando montañas inmensas, siguiendo caminos -de águila, hundiéndome en la nieve, llegando hasta el cielo para caer -con más fuerza sobre mi enemigo... No me preguntes más: nada sé. Mi -voluntad dice: «quiero» y esto basta... Llegaré.</p> - -<p>Calló Hanníbal frunciendo el entrecejo, como si temiese haber dicho -demasiado.</p> - -<p>Era ya de día. Por el camino pasaban mujeres con cestos en la -cabeza. Dos esclavos llevando en hombros una gran ánfora pendiente -de un palo, se detuvieron un momento junto á ellos para descansar. -El africano acariciaba el cuello de su caballo, como preparándose á -partir.</p> - -<p>—Por última vez, griego. ¿Vienes?...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_176">p. 176</span></p> - -<p>Acteón hizo con su cabeza un movimiento negativo.</p> - -<p>—Te conozco demasiado para rogarte que olvides haber visto á -Hanníbal. Eres astuto: sabes que cuanto aquí hemos dicho se lo tragó el -silencio de los campos y á nadie debe repetirse. Sé feliz con tu nuevo -amor y vive en paz, ya que habiendo nacido águila para volar, quieres -permanecer en un corral. Si alguna vez eres mi enemigo y me combates, -no te crucificaré; no serás mi esclavo. Te quiero, aunque no me sigues; -no olvido que tú fuiste el primero que me enseñó á arrojar un dardo. -¡Que Baal te guarde, Acteón! Los míos me esperan en el puerto.</p> - -<p>Y con el manto flotante, salió al galope entre una nube de polvo, -atropellando á los campesinos y esclavos, que se arremolinaban en los -bordes del camino para dejarle paso.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_4"> - <p><span class="pagenum" id="Page_177">p. 177</span></p> - <h2 class="nobreak" title="IV. Entre griegos y celtíberos">IV</h2> - <p class="subh2">Entre griegos y celtíberos</p> -</div> - -<p>Á nadie habló Acteón de este encuentro. Es más; á los pocos días, -casi lo había olvidado. Veía tranquila la ciudad, ocupada en preparar -las grandes fiestas Panatheas, segura con la protección de su aliada -Roma, y el recuerdo de la entrevista con el africano, tomaba en su -memoria la vaguedad de un ensueño.</p> - -<p>Tal vez las palabras de Hanníbal no eran más que arrogancias de la -juventud. Odiado por los ricos de su país, y sin más auxilios que los -que él mismo pudiera procurarse, no iba á acometer la audaz empresa de -atacar á una ciudad aliada de Roma, violando con esto los tratados de -Cartago.</p> - -<p>Además, el griego estaba en un período de dulce embriaguez; siempre -entre los brazos de Sónnica ó tendido en su regazo en la frescura -del peristilo; escuchando las liras de las esclavas y las flautas de -las aulétridas y contemplan<span class="pagenum" id="Page_178">p. -178</span>do las danzas de las de Gades, mientras su amante le ceñía de -flores la cabeza ó derramaba sobre él costosos perfumes.</p> - -<p>Algunas veces, su inquieto espíritu de viajero y hombre de guerra, -avezado al movimiento y á la lucha, se rebelaba ante la molicie. -Entonces huía á la ciudad. Allí conversaba con Mopso el arquero, y -escuchaba á los murmuradores del Foro, que, sin sospechar el paso de -Hanníbal por Sagunto, hablaban de la posibilidad de que el caudillo -africano intentase algo contra ellos, y se reían de su poder, fiando -en la fortaleza de sus muros y más aún en la protección de Roma, que -repetiría en las costas de Iberia sus triunfos de Sicilia sobre los -cartagineses.</p> - -<p>Acteón contrajo gran amistad con Alorco el celtíbero. Le complacía -la fiera altivez del bárbaro, su nobleza de sentimientos y el respeto -casi religioso que mostraba ante la cultura griega. Su padre, viejo -y enfermo, era reyezuelo de unas tribus que en las montañas de la -Celtiberia apacentaban grandes rebaños de caballos y toros. Él era -su único heredero y había de reinar algún día sobre aquella gente -tosca, de costumbres feroces, que en perpetua cuatrería, se hacía la -guerra por robarse los caballos, y en los años de hambre bajaba de -las montañas para despojar á los labradores de las llanuras. Su padre -le había llevado de niño á Sagunto, y tal efecto causaron en él las -cos<span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span>tumbres de los -griegos que, una vez mozo, fué su más vehemente deseo volver á la -ciudad de la costa, y en ella vivía con algunos servidores de su tribu -y magníficos caballos, haciéndose el sordo á los cariñosos llamamientos -del viejo jefe próximo á la muerte, y siendo considerado por los -saguntinos casi como un conciudadano.</p> - -<p>Su deseo era figurar en las fiestas de las Panatheas; que le -admirasen los griegos de la ciudad galopando en las carreras para -conquistar la corona de olivo. Se mostraba muy agradecido á Acteón, -porque éste, valiéndose de la influencia de Sónnica, había conseguido -de los magistrados que el celtíbero figurase entre los jinetes de la -gran procesión que subiría á la Acrópolis para llevar las primeras -espigas al templo de Minerva.</p> - -<p>En los días que el ateniense languidecía entre cánticos y perfumes, -abrumado por las caricias de la griega, que parecía arder en el fuego -de la última pasión de su vida, saltaba del lecho al amanecer, se -echaba el arco á la espalda, y seguido por dos hermosos perros corría -el agro de Sagunto, dando caza á los gatos monteses que bajaban de las -cercanas montañas.</p> - -<p>En una de estas correrías tuvo un encuentro. Era mediodía; caía -verticalmente la luz del sol, y los perros, jadeantes, se detuvieron -ladrando<span class="pagenum" id="Page_180">p. 180</span> ante un -bosque de higueras seculares, cuyas ramas llegaban al suelo, formando -sombríos pabellones de follaje. Acteón, haciendo callar á sus bestias, -avanzó cautelosamente con el arco preparado, y al separar la cortina de -hojas vió en el centro de una plazoleta formada por los árboles á sus -dos amigos Ranto y Eroción.</p> - -<p>El muchacho estaba sentado en el suelo ante un montón de arcilla -roja que iba modelando con lentitud, frunciendo el entrecejo y silbando -penosamente. La pastorcilla, completamente desnuda, con el impudor de -una belleza sana é inocente, satisfecha de ser admirada, sonreía á -Eroción, coloreándose sus mejillas ligeramente cada vez que el artista -levantaba sus ojos de la arcilla para fijarlos en la modelo.</p> - -<p>Acteón bebía con la mirada las formas de aquel cuerpo primaveral. -Sentía el entusiasmo de los griegos ante la belleza, replegada aún -en sí por el ardor de la pubertad. Admiraba sus senos tiernos y -pequeños como capullos, surgiendo apenas del cuerpo; las caderas de -ligera curva; la línea que caía de la nuca á los pies con suavísimas -ondulaciones, que servían para dar más encanto á su pureza; aquella -gracia de efebo hermoso y fuerte, unida al encanto del sexo. Su gusto -de griego refinado admiraba la frescura de las formas, comparándolas -mentalmente con las opulencias soberbias, pero un tanto maduras, de -Sónnica.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span>Ranto, al ver -asomar entre las hojas la cabeza del griego, dió un grito penetrante -y corrió á ocultarse tras una higuera en busca de sus ropas. Entre el -follaje sonaron los esquilones de las cabras, asustadas por el grito de -la pastorcilla, y las reses asomaron sus hocicos brillantes, con los -ojos húmedos y los retorcidos cuernos.</p> - -<p>—¿Eres tú, ateniense? —dijo Eroción levantándose con gesto de -malhumor—. Has asustado á Ranto con tu inesperada presencia.</p> - -<p>Después añadió con malicia.</p> - -<p>—Ranto es tu esclava, ya lo sé. Y también sé que eres el dueño de -la alfarería donde trabajo. Has subido mucho desde la mañana en que te -encontramos en el camino de la Sierpe. Dispones de Sónnica la rica: el -amor la ha hecho tu esclava.</p> - -<p>—No soy amo de nadie —dijo el griego con sencillez—. Soy vuestro -amigo y recuerdo que el primer pan que comí en la ciudad lo recibí de -vuestras manos.</p> - -<p>Eroción pareció adquirir confianza con estas palabras.</p> - -<p>—¿Qué miras, ateniense? ¿Ese barro? ¡Cómo debes burlarte de mí! -Estoy convencido; no sirvo para artista. Hay momentos en que me -creo capaz de hacer una obra grande: la concibo, la veo como si la -tuviera en pie dentro de mi cabeza; pero cuando pongo las manos en el -barro<span class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span> reconozco mi -torpeza y siento ganas de llorar. ¡Ah! ¡Si yo hubiese ido á Grecia!</p> - -<p>Y decía estas palabras como un lamento, mirando con rabia el montón -de barro, en el cual comenzaban á marcarse con cierta rudeza las formas -de Ranto.</p> - -<p>—¡Si supieras cuánto tuve que hablar para decidirla á que me -mostrase la divina desnudez de su cuerpo!... No lo extrañes; es de raza -de bárbaros: teme el garrote de su abuelo el pastor, que caería sobre -sus carnes si la viese como tú acabas de verla. La hablé de nuestros -escultores, ante los cuales se disputan las más hermosas hetarias el -honor de desnudarse; y la seguridad de que Sónnica su señora había -hecho lo mismo en Atenas, fué lo único que la decidió... ¿Pero cómo -copiar su cuerpo divino? ¿Cómo infundir á la tierra amasada la vida que -circula bajo su piel?</p> - -<p>En su desaliento amenazaba á la figurilla de barro como si quisiera -aplastarla con los pies. Después se animó y dijo con resolución:</p> - -<p>—Yo soy más fuerte que mi torpeza. Trabajaré años y más años si es -preciso, hasta ver reproducido con toda su hermosura el cuerpo divino -de mi Ranto. No volveré á la alfarería aunque el viejo arquero me -mate á golpes... Había comenzado mi obra queriendo que figurase en la -procesión de las Panatheas. Ranto la llevaría sobre su cabeza, y la -multitud se aglomeraría para<span class="pagenum" id="Page_183">p. -183</span> verla. Sólo espero un momento de inspiración, una racha -feliz: ¿quién sabe si mañana soplarán las musas sobre mí, y me -levantaré con facilidad en las manos para ejecutar lo que sueño?...</p> - -<p>Y lanzándose francamente por el despeñadero de la imaginación, el -pequeño artista contó al ateniense sus ensueños.</p> - -<p>—Si logro terminar esta estatua, el porvenir es mío, y algún día -grabarán mi nombre en el Foro para que lo lean con admiración las -gentes de la ciudad. Me libraré para siempre de la alfarería; regalaré -mi estatua á Sónnica después de haberla admirado todo Sagunto en las -Panatheas, y tu amante, que es tan generosa, me embarcará en uno de -sus navíos. Veré Atenas, admiraré lo que tú has visto, y entonces... -¡entonces!... Mira, Acteón, por entre esas hojas. ¿Qué ves sobre la -montaña de la Acrópolis? Nada; muros de grandes piedras; columnatas; -techumbres de templos, pero ni una sola estatua que pregone de lejos -la gloria de la ciudad. Dicen que sobre la Acrópolis de Atenas se alza -gigantesca la figura de Palas, toda de bronce y oro, con una lanza que -parece arder á la luz del sol, y guía como una llama á los marineros -desde muchos estadios, mar adentro. ¿Es eso verdad? Pues yo hace noches -y noches que sueño con algo parecido, y veo á Eroción, gran artista, de -regreso de Atenas, levantando sobre nuestra Acrópolis una obra colosal. -Los toros de Gerión,<span class="pagenum" id="Page_184">p. 184</span> -enormes, gigantescos, con cuernos dorados que brillen como antorchas, -y tras ellos, Hércules, cubierto con la piel del león de Nemea, como -Therón su sacerdote en las grandes fiestas de Sagunto; y tremolando en -lo alto su clava, que servirá de señal á todos los navegantes del golfo -Sucronense... ¡Ay! ¡Si yo llegase algún día á realizar esta obra!...</p> - -<p>Ranto, cubierta con la túnica, había salido de su escondrijo y se -aproximaba temerosa á Acteón, mirándolo con respeto y ruborizándose -al mismo tiempo por el recuerdo de su sorprendida desnudez. Eroción, -entusiasmado por el relato de sus ilusiones, mostraba en sus ojos el -deseo de volver á comenzar. Miraba su obra y parecía desnudar con los -ojos á la pastorcilla para repetir en seguida el trabajo.</p> - -<p>El ateniense comprendió que su presencia estorbaba á los jóvenes.</p> - -<p>—Trabaja, Eroción —dijo—. Sé un gran artista si puedes. Tu modelo -lo envidiarían los escultores de Atenas. Ahora que sé que os ocultáis -aquí, procuraré no molestaros con mi presencia.</p> - -<p>Y así lo hizo. No volvió al bosque de higueras, dejando que los dos -adolescentes trabajasen en su misterioso retiro; él, espoleado por la -ambición; ella, sumisa por el amor.</p> - -<p>Llegó el día de las Panatheas. La fama de la solemnidad se había -esparcido hasta más allá de los límites de Sagunto, y se presentaban en -ca<span class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span>ravanas los rudos -celtíberos para contemplar las diversiones de los griegos.</p> - -<p>Las gentes del agro habían abandonado sus trabajos de recolección, y -vestidas con sus ropas mejores, llegaban á la ciudad desde el amanecer, -para presenciar la fiesta á la diosa de los campos. Llevaban grandes -gavillas de trigo matizadas de flores, para ofrecerlas á la diosa y -corderillos de blancas lanas adornados con cintas, para sacrificarlos -en su altar.</p> - -<p>Cuando salió el sol, la ciudad estaba repleta de una muchedumbre -multicolor que se agolpaba en el Foro, ó corría á las márgenes del río -para presenciar las carreras de caballos.</p> - -<p>Habíase formado un gran estadio junto al Bætis-Perkes, en el cual -los principales ciudadanos de Sagunto iban á disputarse el triunfo. Los -senadores, en largos bancos custodiados por un grupo de mercenarios, -presidían la fiesta. En un extremo de la pista, los hijos de los -comerciantes y de los ricos agricultores, toda la juventud saguntina, -aguardaba la señal, casi desnuda, apoyada en sus ligeras lanzas y -teniendo agarrados de la brida sus caballos en pelo, que se husmeaban y -mordían presintiendo el próximo combate.</p> - -<p>Dieron la señal de partir, y todos, poniendo su pie izquierdo en el -asidero de la lanza, saltaron de golpe sobre sus corceles, saliendo -escapados en compacto escuadrón á lo largo de la<span class="pagenum" -id="Page_186">p. 186</span> pista. La inmensa masa popular prorrumpió -en aclamaciones ante el bizarro grupo de jinetes, casi tendidos sobre -el cuello de sus caballos, como si formasen con estos una sola pieza, -moviendo en alto sus lanzas, excitando el galope con alaridos, y -envueltos en polvo, al través del cual se veían las estiradas patas -de las bestias y sus vientres casi tocando el suelo. La desenfrenada -carrera duró mucho tiempo. Iban quedando rezagados los jinetes menos -hábiles ó de peor montura: el escuadrón disminuía visiblemente. El -último que quedase en la pista habiendo marchado siempre á la cabeza de -los demás, conseguiría la corona, y la multitud hacía apuestas por el -celtíbero Alorco ó el ateniense Acteón, que figuraban desde el primer -instante al frente de los jinetes.</p> - -<p>Los ciudadanos, que no querían esperar bajo los ardores del sol -el final de la carrera, seguían la ribera del río hasta llegar á las -murallas, á cuya sombra los adolescentes luchaban cuerpo á cuerpo ó -se ejercitaban en el pugilato para alcanzar el premio de la destreza. -Otros más pacíficos se dirigían al Foro, bajo cuyos pórticos los -jóvenes elegantes se disputaban la corona de laurel destinada al más -hábil en la música y el canto. Sentados en sillas de marfil y teniendo -cerca de ellos á los lindos esclavos que les abanicaban con ramas de -mirto, Lacaro y sus amigos tañían la flauta ó pulsaban la lira,<span -class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span> cantando versos griegos con -entonación dulzona y afeminada. En el público reían algunos, remedando -la suavidad de sus voces; pero otros imponían silencio con indignación, -dominados por el encanto que ejercía sobre su rudeza el arte, aun con -este aderezo femenil.</p> - -<p>Á más de media mañana un estrépito de muchedumbre entusiasta llenó -como un trueno el ancho espacio del Foro. Era el pueblo que volvía de -las carreras y aclamaba al vencedor. El arrogante Alorco, arrancado de -los lomos de su corcel, era llevado en hombros por los más entusiastas. -La corona de olivo ceñía su cabellera revuelta é impregnada de polvo. -Acteón marchaba junto á él, celebrando su triunfo fraternalmente, sin -revelar envidia.</p> - -<p>Los cantores, arrollados por esta ola de entusiasmo, recogieron sus -sillas é instrumentos. La corona de laurel se la ciñó Lacaro en medio -de la indiferencia general, sin recibir otros plácemes que los de sus -esclavos. Todo el entusiasmo de la ciudad era para el vencedor de las -carreras: el pueblo enardecíase admirando la fuerza y la destreza.</p> - -<p>Había llegado el momento solemne: la procesión iba á comenzar. -En el barrio de los comerciantes, los esclavos tendían de tejado -á tejado velos rojos y verdes, que daban sombra á las calles. Las -ventanas y terrazas cubríanse con tapices multicolores de complicados -dibujos,<span class="pagenum" id="Page_188">p. 188</span> y las -esclavas colocaban en las puertas braserillos para quemar perfumes.</p> - -<p>Las griegas ricas, seguidas de sus servidoras, que llevaban sillas -de tijera, iban en busca de sitio en las escalinatas de los templos ó -en las tiendas del Foro; y la gente agrupábase á lo largo de las casas, -esperando impaciente la llegada de la comitiva que se formaba fuera de -las murallas. Bandas de niños completamente desnudos corrían por las -calles, agitando ramas de mirto y lanzando aclamaciones en honor de la -diosa.</p> - -<p>De pronto se arremolinó la gente, prorrumpiendo en gritos de -entusiasmo. La pompa en honor de Minerva entraba por la puerta del -camino de la Sierpe y avanzaba lentamente hacia el Foro, al través del -barrio de los comerciantes, que eran los organizadores de la fiesta.</p> - -<p>Marchaban al frente ancianos venerables de luenga barba vestidos -de blanco, con mantos de amplios pliegues, la nevada cabellera -coronada de verde y llevando en las manos ramas de olivo. Después los -ciudadanos más arrogantes, armados de lanza y escudo, con la visera -del casco griego caída sobre los ojos y mostrando con orgullo la recia -musculatura de sus brazos y piernas. Seguían los adolescentes más -hermosos de la ciudad, coronados de flores, cantando himnos en loor -de la diosa; coros de niños desnudos, danzando con infantil gracia, -cogidos<span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span> de las manos, -formando una cadena de complicadas combinaciones. Luego desfilaban las -doncellas, las hijas de los ricos, cubiertas solamente con una túnica -de purísimo lino, que marcaba sus encantos primaverales. Llevaban en -las manos como ofrendas, ligeros canastillos de junco cubiertos por -velos que ocultaban los instrumentos para el sacrificio á la diosa, y -con ellos las tortas de trigo nuevo que habían de depositarse en su -altar y los manojos de rubias espigas. Para que se marcase claramente -la dignidad de las ricas vírgenes, marchaban detrás de ellas las -esclavas sosteniendo la silla de tijera incrustada de marfil y el -quitasol de tela rayada con gruesas borlas multicolores al extremo de -las varillas.</p> - -<p>Un grupo de esclavas escogidas por su hermosura, al frente de las -cuales marchaba Ranto, llevaban sobre sus cabezas grandes ánforas -con agua y miel para las libaciones en honor de la diosa. Tras ellas -desfilaban todos los músicos y cantores de la ciudad coronados de rosas -y con amplias vestiduras blancas. Pulsaban la lira, tañían las flautas, -y unos griegos de la alfarería de Sónnica que habían sido rapsodas -errantes en su país, cantaban fragmentos de la guerra de Troya ante -la muchedumbre bárbara que apenas si les entendía, pero admiraba la -cadencia armoniosa de los versos de Homero.</p> - -<p>La gente se empujó, avanzando sus cabezas<span class="pagenum" -id="Page_190">p. 190</span> para ver mejor á los <i>salios</i>, los devotos -danzarines de Marte que avanzaban desnudos, armados de espada y -escudo. Dos esclavos llevaban pendientes de un palo atravesado sobre -sus hombros una fila de broqueles de bronce, que otro golpeaba con un -mazo, y á sus broncos sones, los <i>salios</i> danzaban fingiendo atacarse, -golpeaban con su espada el escudo del contrario, lanzando gritos -feroces, y ejecutaban pantomimas para recordar los principales pasajes -de la vida de la diosa.</p> - -<p>Tras este estrépito que ponía en conmoción las calles, haciendo -rugir de entusiasmo al populacho enardecido por los golpes, seguía un -grupo de niñas sosteniendo un velo finísimo, en el cual habían bordado -las principales griegas de la ciudad el combate de Minerva con los -Titanes. Era la ofrenda que había de quedar en el nuevo templo de la -diosa como eterno recuerdo de las fiestas.</p> - -<p>Cerrando la procesión, avanzaba el escuadrón sagrado, los ciudadanos -más ricos, montando briosos caballos, que con sus movimientos obligaban -á la muchedumbre á pegarse á las paredes. Presentaban arrogantes -figuras haciendo encabritar sus corceles, sin más guía que el freno, -montándolos en pelo, oprimiendo sus hijares con las rodillas. Los -jinetes más viejos, cubríanse con grandes sombreros á la moda -ateniense: los jóvenes usaban el casco alado de Mercurio ó lle<span -class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span>vaban la cabeza descubierta, -sujetos los cortos rizos con una cinta de color de fuego. Alorco -ostentaba su corona de vencedor, y Acteón, que marchaba á su lado en -uno de los corceles del celtíbero, sonreía á la muchedumbre, que le -contemplaba con cierto respeto, como si fuese el esposo de Sónnica y -dispusiera de sus enormes riquezas. Los jinetes miraban con cierto -orgullo la espada que, ceñida á sus riñones, golpeaba los flancos -del caballo, y abarcaban de una ojeada la alta Acrópolis y la ciudad -extendida á sus pies, como expresando la confianza en su fuerza y la -tranquilidad en que podía vivir Sagunto, segura de ser guardada.</p> - -<p>La muchedumbre, enardecida por el brillante desfile, aclamaba á -Sónnica. Ésta, rodeada de esclavas, asomábase á la terraza del gran -edificio que poseía en el barrio de los comerciantes para almacenar -las mercancías. Ella era la organizadora, la que costeaba el velo á -Minerva; la que había trasladado á Sagunto la hermosa fiesta de Atenas. -Esparcíase en el ambiente el humo oloroso de los braserillos; caía de -las ventanas una lluvia de rosas sobre las doncellas; brillaban las -armas, y en los momentos que callaba el gentío, destacábanse á lo lejos -los sones de las liras y las flautas, acompañando con suave melodía las -voces de los cantores de Homero.</p> - -<p>Los rudos celtíberos llegados para presen<span class="pagenum" -id="Page_192">p. 192</span>ciar la fiesta, callaban asombrados por el -desfile que les deslumbraba con el brillo de las armas y las joyas -y la confusión multicolor de los trajes. Los naturales de Sagunto -felicitaban á sus conciudadanos los griegos, admirando el esplendor de -la fiesta.</p> - -<p>Y no terminaba el regocijo con el brillante desfile. Por la -tarde sería la diversión del populacho; la fiesta de los pobres. Se -realizaría á lo largo de las murallas la carrera del hacha encendida; -correrían con la antorcha inflamada en recuerdo de Prometeo, los -marineros, los alfareros, los labradores, toda la gente libre y -miserable del puerto y el campo. El que consiguiera dar la vuelta -á la ciudad con la hacha inflamada, sería el vencedor; los que la -dejasen apagar ó caminasen despacio para defender la luz, sufrirían los -silbidos y los golpes de la muchedumbre. Hasta los ricos hablaban con -entusiasmo de esta fiesta popular, que producía gran regocijo.</p> - -<p>Cerca de la Acrópolis, cuando toda la procesión estaba ya dentro de -sus murallas, Alorco vió entre el gentío un celtíbero montado en un -caballo sudoroso, el cual le hacía señas para que se aproximara.</p> - -<p>Alorco, saliendo del escuadrón, trotó hacia él.</p> - -<p>—¿Qué quieres? —preguntó en el áspero lenguaje de su país.</p> - -<p>—Soy de tu tribu, y tu padre es mi jefe. Aca<span class="pagenum" -id="Page_193">p. 193</span>bo de llegar á Sagunto marchando tres días -para decirte: —Alorco, tu padre va á morir y te llama. Los ancianos de -la tribu me han ordenado que no vuelva sin tí.</p> - -<p>Acteón había seguido á su amigo, saliendo de entre los jinetes -del escuadrón sagrado, y presenciaba el diálogo sin comprender una -palabra, aunque adivinaba algo desagradable en el pálido rostro del -celtíbero.</p> - -<p>—¿Malas noticias? —preguntó á Alorco.</p> - -<p>—Mi padre se muere y me llama.</p> - -<p>—¿Y qué piensas hacer?...</p> - -<p>—Partir inmediatamente. Los míos reclaman mi presencia.</p> - -<p>Emprendieron los dos jinetes el descenso á la ciudad, seguidos por -el mensajero celtíbero.</p> - -<p>Acteón sentíase atraído por la emoción de su camarada. Al mismo -tiempo despertábase en él la curiosidad de viajero, tantas veces -excitada por los relatos del celtíbero.</p> - -<p>—¿Quieres que te acompañe, Alorco?</p> - -<p>El joven agradeció con una mirada la proposición. Después se -negó á aceptarla, alegando la prisa que tenía de partir. El griego -querría despedirse de Sónnica. Tal vez la causaría un disgusto con la -separación, y él deseaba emprender el viaje inmediatamente.</p> - -<p>—Suprimamos la despedida —dijo el griego con su alegre ligereza—. -Sónnica se resignará cuando la haga saber por un esclavo que me -au<span class="pagenum" id="Page_194">p. 194</span>sento por -algunos días. ¿Quieres salir inmediatamente? Sea: partiremos juntos. -Te acompaño. Siento curiosidad por ver de cerca ese país con sus -costumbres bárbaras y sus habitantes valerosos y duros, de los cuales -tantas proezas me han relatado.</p> - -<p>Atravesaron la ciudad: las calles estaban desiertas. Toda la -población había subido á la Acrópolis. Acteón se detuvo un instante -en los almacenes de Sónnica para noticiar el viaje á sus esclavos, y -siguió después á su amigo, saliendo ambos de la ciudad.</p> - -<p>Alorco estaba alojado en una de las posadas del suburbio, enorme -edificio con profundas cuadras y anchos patios, donde sonaban -continuamente las diversas lenguas del interior de la península, -enronquecidas y encolerizadas por el regateo de mercancías y bestias. -Cinco hombres de la tribu acompañaban al joven celtíbero durante su -permanencia en Sagunto, cuidando los caballos y sirviéndole como -domésticos libres.</p> - -<p>Al saber que iban á partir, estos hijos de las montañas gritaron de -entusiasmo. Languidecían de inacción en aquel país rico y feraz, cuyas -costumbres detestaban, y á toda prisa realizaron los preparativos para -la marcha.</p> - -<p>Caía el sol cuando emprendieron el viaje. Alorco y Acteón marchaban -al frente con el manto en la cabeza, un peto de lienzo almohadillado -para defender el pecho, á usanza celtíbera,<span class="pagenum" -id="Page_195">p. 195</span> y la espada ancha y corta, junto con el -escudo de cuero colgando de la cintura. Los cinco servidores y el -mensajero cerraban la marcha armados de largas lanzas, custodiando dos -mulas que llevaban las ropas de Alorco y los víveres para el viaje.</p> - -<p>Aquella tarde aún marcharon por caminos. Estaban en el agro -saguntino, y pasaban entre campos cultivados y feraces, hermosas -quintas y compactos pueblecillos que se apretaban en torno de la torre -que les servía de defensa. Al cerrar la noche acamparon junto á una -aldea miserable de las montañas. Allí acababa la dominación de Sagunto: -más allá estaban las tribus casi siempre en guerra con la gente de la -costa.</p> - -<p>Á la mañana siguiente, el griego vió el paisaje totalmente cambiado. -Se perdieron á su espalda el mar y el verde llano, y sólo vió montes -y más montes, unos cubiertos de grandes pinares, otros rojos, con -promontorios de piedra azulada y espesos matorrales que al estremecerse -con los pasos de la caravana, vomitaban nubes de pájaros asustados, -y liebres que, locas de terror, pasaban por entre los pies de los -caballos.</p> - -<p>Los caminos no eran obra de los hombres. Marchaban las bestias -trabajosamente por el rastro que otros viajeros habían dejado; rodeaban -muchas veces las moles de piedra caídas de<span class="pagenum" -id="Page_196">p. 196</span> las cumbres y se hundían otras en -riachuelos que les cortaban el paso. Faldeaban las montañas; subían á -las cumbres entre los graznidos de las águilas que se espeluznaban de -cólera al ver invadida la silenciosa región, en la que muy de tarde -en tarde entraban los hombres; descendían á los barrancos, profundas -grietas en las que reinaba una penumbra sepulcral y donde aleteaban los -cuervos, atraídos por el cadáver de alguna res abandonada.</p> - -<p>Veían á lo lejos en un pequeño valle ó al lado de un riachuelo un -grupo de cabañas de paredes de barro y techo de bálago agujereado para -dar luz á la habitación y salida al humo. Las mujeres, huesosas y -cubiertas de pieles, rodeadas de niños desnudos, salían de sus cubiles -para ver de lejos la caravana, con huraña expresión de alarma, como -si el paso de unos desconocidos sólo pudiera traer desgracias. Otras -más jóvenes, con las piernas al descubierto y ceñido el delantal de -harapos á los riñones, segaban el mísero trigo, que apenas si se -levantaba como una película dorada sobre la tierra blanquecina y pobre. -Muchachas fuertes y feas, de miembros varoniles, bajaban de los montes -con grandes haces de ramas en las espaldas, mientras los hombres, á -la sombra de los nogales y los robles, trenzaban nervios de toro para -construir escudos, ó se amaestraban en arrojar dardos y manejar la -lanza, cayéndoles sobre los<span class="pagenum" id="Page_197">p. -197</span> rostros tostados y barbudos la alborotada cabellera.</p> - -<p>Jinetes en pequeños caballos de largo y sucio pelo aparecían en -los sitios más altos del camino algunos guerreros de equívoco aspecto, -mezcla de pastores y bandidos, con armadura de cuero y larga lanza. -Examinaban un instante la comitiva, y después de apreciar su fuerza, -convencidos de que era difícil atacarla, volvían al paso hacia sus -ganados, que pastaban en las profundas quebraduras de los montes -cubiertos de matorrales. Los infinitos rebaños de corderos y toros, -acostumbrados á la soledad salvaje, huían huraños al escuchar el paso -de la caravana. Por entre los romeros y tomillos de las laderas subían -como pardas hormigas las bandas de codornices buscando su pasto, y al -sonido de los cascos de los caballos volaban, pasando como un silbido -sobre las cabezas de los viajeros.</p> - -<p>Acteón admiraba las rudas costumbres de aquellas gentes. Las cabañas -eran de adobes rojos ó de pedruscos unidos con barro: los techos de -ramas; y las mujeres, más feas y animosas que los hombres, realizaban -los trabajos fatigosos. Sólo los niños trabajaban, imitando con esto á -sus madres. Los adolescentes empuñaban la lanza, y bajo la dirección -de los ancianos aprendían á combatir, tan pronto á pie como á caballo; -domaban los potros, saltando al suelo y volviendo á montar en mitad -de la carrera y se amaestra<span class="pagenum" id="Page_198">p. -198</span>ban en permanecer de rodillas sobre sus lomos, inmóviles y -con los brazos libres para esgrimir la espada y el escudo.</p> - -<p>En algunas aldeas los recibían con la hospitalidad tradicional y -aún extremaban más sus agasajos al reconocer á Alorco, el heredero de -Endovellico, temido jefe de las tribus de Baraeco, que apacentaban -desde hacía siglos sus rebaños en las riberas del Jalón. Les cedían al -llegar la noche sus mejores lechos de correas, cubiertos de mullida -hierba seca; atravesaban en el asador un becerro, haciéndolo voltear -sobre una enorme hoguera en honor de la caravana, y durante la marcha -les detenían las mujeres á la entrada de sus chozas, ofreciéndoles en -groseras vasijas de barro la amarga cerveza fabricada en los valles y -el pan de harina de bellotas.</p> - -<p>Alorco explicaba al ateniense las costumbres de su raza. Cosechaban -la bellota, su principal alimento y la exponían al sol hasta que -estuviera bien seca: la mondaban, la molían y almacenaban la provisión -de harina para seis meses. Este pan, la caza y la leche de sus reses, -constituían los principales alimentos. En algunas épocas la peste les -había dejado sin rebaños; los campos no daban cosechas, el hambre -diezmaba las tribus y los más fuertes habían devorado á los débiles -para subsistir. Esto, recordaba Alorco haberlo oído á los ancianos -de su tribu, como<span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span> -ocurrido en remotos tiempos, cuando Neton, Autubel, Nabí y otras -divinidades del país, irritadas contra su pueblo, habían enviado sobre -él tan tremendos castigos.</p> - -<p>El joven celtíbero continuaba el relato de las costumbres. Algunas -mujeres de las que con tanto vigor trabajaban en los campos tal vez -habían parido el día anterior. Apenas salida á luz la criatura, la -sumergían en el río más cercano, para que con esta prueba, que causaba -á muchas la muerte, creciese vigorosa é insensible al frío; y mientras -la madre saltaba de la cama y continuaba sus trabajos, el esposo -ocupaba su sitio en el lecho, acostándose con el recién nacido. La -mujer, todavía convaleciente, cuidaba á los dos, rodeando de atenciones -al fuerte marido, como para agradecerle el fruto que la había dado.</p> - -<p>Varias veces encontró la caravana en su marcha al borde de las -veredas, lechos de hierbas sobre los cuales mostrábanse algunos -hombres rígidos y quejumbrosos. Las moscas zumbaban en torno de sus -cabezas como una nube; una ánfora de agua estaba al alcance de su -mano. Algún niño en cuclillas junto al lecho espantaba los insectos -con una rama. Eran enfermos que los parientes exponían, según antigua -costumbre, al borde de los caminos, para implorar la clemencia de -las divinidades exhibiendo su miseria, y para que los viandantes al -pasar aconsejaran<span class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span> un -remedio, transmitiéndose así las recetas de lejanos países.</p> - -<p>Los hombres fuertes bañábanse en orines de caballo para endurecer -los músculos. Su único lujo eran las armas, y admiraban como joyas -inestimables las espadas de bronce traídas del Norte de la península y -las de acero fabricadas por los de Bílbilis y templadas en las arenas -de su famoso río. Las corazas flexibles, formadas por varias telas de -lino superpuestas, ó las de cuero, adornadas con clavos, eran armas -defensivas de las que no se despojaba el celtíbero ni aun en el lecho. -Dormían con el <i xml:lang="la" lang="la">sagum</i> puesto, las grebas -de metal en las piernas y las armas al alcance de la mano, prontos á -pelear así que la más leve alarma turbaba su sueño.</p> - -<p>Á los tres días de marcha la caravana entró en el territorio de la -tribu de Alorco. Separábanse las montañas á ambos lados del Jalón, -formando risueños valles cubiertos de altos pastos, por los cuales -corrían los rebaños de caballos sin domar, con la melena encrespada -y la cola ondeante. Las mujeres salían fuera de sus aldeas á saludar -á Alorco, y los hombres, empuñando la lanza, montaban á caballo para -unirse á la caravana. En la primera aldea donde se detuvieron, un -anciano dijo á Alorco que su padre, el poderoso Endovellico, estaba -agonizante, y en otra que encontraron á las pocas<span class="pagenum" -id="Page_201">p. 201</span> horas, supo que el gran jefe había muerto -al amanecer.</p> - -<p>Todos los guerreros de la tribu, pastores y agricultores, montaban -á caballo para seguirle. Cuando llegaron á la aldea donde residía el -reyezuelo la escolta era ya un pequeño ejército.</p> - -<p>En la puerta de la casa paterna, construcción baja de piedras rojas -y techumbre de troncos, vió Alorco á sus hermanas con trajes de flores -y la cabeza en un collar de jaula, de cuyos hierros pendían los velos -de luto.</p> - -<p>Las hermanas de Alorco, lo mismo que las otras mujeres que las -acompañaban, esposas de los primeros guerreros de la tribu, ocultaban -su dolor por la muerte del jefe y sonreían como si estuvieran -en vísperas de una fiesta. La vejez era una desgracia entre los -celtíberos, que despreciaban la vida y peleaban por diversión cuando -les faltaba la guerra. Morir en el lecho era casi una deshonra, -y lo único que turbaba un tanto la satisfacción de la familia de -Endovellico, era que un guerrero tan famoso, terror de las vecinas -tribus, hubiese muerto con la cabellera blanca, extinguiéndose su vida -como una antorcha que se apaga, después de haber hecho galopar su -caballo al través de tantos combates, desplomando su espada como un -rayo sobre los enemigos.</p> - -<p>El traje y el rostro de Acteón atraían las miradas de toda la -tribu. Muchos de los cel<span class="pagenum" id="Page_202">p. -202</span>tíberos no habían visto nunca un griego y contemplaban á éste -con ojos hostiles, recordando las astucias y hábiles explotaciones -que los comerciantes helénicos hacían sufrir á los de su raza cuando -descendían hasta Sagunto para vender la plata de las minas.</p> - -<p>Alorco tranquilizó á los suyos.</p> - -<p>—Es mi hermano —dijo en la lengua del país—. Juntos hemos vivido en -Sagunto. Además, no es de esa ciudad. Es de muy lejos, de un país donde -los hombres son casi dioses, y ha venido conmigo para conoceros.</p> - -<p>Las mujeres miraban á Acteón con asombro al saber el origen casi -divino que le atribuía Alorco.</p> - -<p>Habían desmontado los de la caravana, entrando en la inmensa cabaña -que servía de palacio al jefe. Una vasta habitación ennegrecida por -el humo y sin otras luces que unos angostos respiraderos, semejantes -á saeteras, servía de punto de reunión y consejo á los guerreros de -la tribu. En un extremo, una piedra enorme, sobre la cual ardían -los leños, con una gran abertura en el techo que hacía las veces de -chimenea. Empotrada en la pared había una lápida, y esculpida en ella -groseramente la figura del dios de la tribu estrangulando á dos leones. -De los muros colgaban lanzas y escudos, pieles de bestias feroces, -retorcidas astaduras y blancos cráneos de animales de caza. Un banco -de piedra corría<span class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span> á -lo largo de las paredes, y cerca del hogar interrumpíase para dejar -espacio á un alto poyo de mampostería cubierto con una piel de oso. -Allí se sentaba el jefe.</p> - -<p>Los guerreros iban colocándose en el banco conforme entraban.</p> - -<p>Un anciano cogió la mano á Alorco, guiándolo hasta el puesto de -honor.</p> - -<p>—Siéntate ahí, hijo de Endovellico. Tú eres su único sucesor y -mereces ser nuestro jefe. Su valor y su prudencia residen en tí.</p> - -<p>Los demás guerreros apoyaban con miradas de grave aprobación las -palabras del anciano.</p> - -<p>—¿Dónde está el cadáver de mi padre? —preguntó Alorco, conmovido por -la sencilla ceremonia.</p> - -<p>—Desde que descendió el sol está en la pradera donde aprendiste tú -á domar los caballos y manejar las armas. Los jóvenes de la tribu le -guardan. Mañana cuando salga el sol serán sus exequias, dignas de tan -gran jefe. Después tú, como nuevo rey, nos darás consejos sobre los -asuntos de la tribu.</p> - -<p>Alorco hizo sentar cerca de él al griego. Las mujeres entraron -antorchas, pues por los estrechos tragaluces apenas si el crepúsculo -lograba filtrar una claridad pálida y difusa. Las hermanas de Alorco, -con la vista baja y ondeando las túnicas floreadas en torno de sus -cuerpos<span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span> de vírgenes -fuertes, iban por delante de los guerreros ofreciendo en vasos de -cuerno hidromiel y cerveza. Aquellos hombres bebían enormemente, sin -perder su gravedad. Hablaban de las hazañas de Endovellico como si -éste hubiese muerto muchos años antes y de las grandes empresas á que -seguramente les guiaría su sucesor, aludiendo varias veces con palabras -misteriosas á un asunto que había de tratarse al día siguiente en el -consejo.</p> - -<p>Entraron la cena. Los celtíberos no acostumbraban á comer en -mesa como las gentes de la costa. Seguían sentados en el banco de -piedra. Las mujeres les colocaban al lado un pan de trigo por ser -extraordinario el banquete, sustituyendo éste al de harina de bellotas -que era de uso habitual. Otras mujeres hacían circular una gran vasija -llena de pedazos de carne asada que aún chorreaba sangre, y cada -guerrero cogía un trozo con la punta de su cuchillo. Los cuernos llenos -de bebida circulaban de mano en mano, y el griego Acteón aceptaba -con gracioso ademán cuanto le ofrecían sus vecinos con palabras -hospitalarias que no podía comprender.</p> - -<p>Al terminar la cena entraron varios adolescentes de la tribu con -trompas y flautas, y comenzaron á hacer sonar un aire bizarro que -participaba de la alegría de la caza y del furor con que en los -combates se cargaba sobre el enemigo. Los convidados enardeciéronse, -y muchos de<span class="pagenum" id="Page_205">p. 205</span> ellos, -los más jóvenes, saltando al centro de la habitación, comenzaron á -danzar con una agilidad gimnástica. Era el baile con que terminaban -los celtíberos todos sus banquetes; un ejercicio violento que ponía á -prueba sus músculos y les hacía recobrar su fuerza aún en los momentos -de mayor molicie.</p> - -<p>Mucho antes de media noche fueron retirándose los guerreros, dejando -solos á Alorco y Acteón en aquella pieza inmensa cargada de humo, en -la cual crepitaban las antorchas, tiñendo con reflejos de sangre los -bárbaros adornos de las paredes. Durmieron en lechos de hierba sin -despojarse de sus ropas y con las armas junto á ellos, como dormía toda -la tribu, siempre temerosa de algún ataque de los vecinos, atraídos por -la riqueza de sus rebaños.</p> - -<p>Al amanecer bajaron á la pradera, donde estaba expuesto el cadáver -de Endovellico. Toda la tribu se reunía en la llanura, junto al río: -los jóvenes á caballo con sus lanzas y cubiertos de todas armas; los -viejos sentados á la sombra de las encinas; las mujeres y los niños, -cerca de la pira de troncos, sobre la cual estaba tendido el cadáver -del jefe.</p> - -<p>Endovellico aparecía con su traje de guerra. Sus lacios cabellos -escapaban por los bordes del casco de triple cimera; la barba plateada -descansaba sobre una loriga de escamas de bronce; los brazos desnudos -y musculosos, caían so<span class="pagenum" id="Page_206">p. -206</span>bre la espada celtíbera de hoja corta, estrangulada en su -mitad para ensancharse en la punta, y las piernas estaban cubiertas -por las anchas correas de las abarcas. El escudo, en el que aparecía -grabado el dios de la tribu luchando con los leones, servía de cojín á -su cabeza.</p> - -<p>Al llegar los dos jóvenes, se adelantó el mismo anciano que había -hablado á Alorco el día anterior. Era el más sabio de la tribu, y había -aconsejado muchas veces á Endovellico antes de emprender sus audaces -expediciones. En circunstancias extraordinarias abría con el cuchillo -sagrado el vientre de los prisioneros para leer el porvenir en las -palpitaciones de sus entrañas. Otras veces cortaba las manos á los -vencidos para dedicarlas al dios de la tribu, clavándolas en la puerta -del jefe para aplacar á la divinidad. El misterio hablaba por su boca, -y toda la tribu le contemplaba con admiración y miedo, como capaz de -cambiar el curso del sol y de destruir en una noche las cosechas de los -enemigos.</p> - -<p>—Avanza, hijo de Endovellico —dijo con solemnidad—. Mira tu pueblo, -que te elige como el más valiente y el más digno para suceder á tu -padre.</p> - -<p>Interrogó con la mirada á la muchedumbre, y los guerreros -contestaron golpeando sus escudos, lanzando los mismos alaridos con que -se excitaban al entrar en el combate.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span>—Ya eres nuestro -rey —continuó el anciano—. Serás el padre y el guardián de tu pueblo. -Para cumplir tu misión, apodérate de la herencia de tu padre... ¡Bajad -el escudo!</p> - -<p>Dos jóvenes treparon á lo alto de la pira, y levantando la cabeza de -Endovellico, bajaron el escudo con la imagen del dios, entregándolo á -Alorco.</p> - -<p>—Con este escudo —dijo el anciano— cubrirás á tu pueblo de los -golpes del enemigo... ¡Venga la espada!</p> - -<p>Bajaron los jóvenes la espada, arrancándola de las yertas manos del -jefe.</p> - -<p>—Cíñetela, Alorco —continuó el hechicero—. Con ella nos defenderás -y caerá como un rayo allí donde te marquen los tuyos. ¡Avanza, joven -rey!</p> - -<p>Guiado por el viejo, llegó Alorco hasta los troncos, sobre los -cuales descansaba su padre. El joven volvía el rostro para no ver el -cadáver, temiendo un enternecimiento que le hiciese derramar lágrimas -ante la tribu.</p> - -<p>—¡Jura por Neton, por Autubel, por Nabí, por Caulece, por todos los -dioses de nuestra tribu y de todas las tribus que pueblan esta tierra -y odian á los extranjeros que un día llegaron por el mar para robarnos -nuestras riquezas! ¡Jura ser fiel á tu pueblo y obedecer siempre lo que -te aconsejen los guerreros de la tribu!... ¡Júralo por el cuerpo de tu -padre que pronto no será más que cenizas!...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span>Alorco lo juró, y -los guerreros golpearon otra vez sus escudos, lanzando exclamaciones de -alegría.</p> - -<p>El viejo, con un vigor extraordinario, se encaramó sobre los -troncos, buscando bajo la coraza del cadáver.</p> - -<p>—Toma, Alorco —dijo al descender, entregando al nuevo jefe una -cadenilla de cobre de la que pendía un disco del mismo metal—. Ésta es -la mejor herencia de tu padre: la <i>salvación</i> que le seguía á todas -partes. No hay un guerrero en la Celtiberia que no lleve consigo su -veneno para morir, antes que ser esclavo del vencedor. Yo compuse éste -para tu padre. Pasé toda una luna extrayéndolo del apio silvestre, y -una de sus gotas mata como el rayo. Si algún día caes vencido, bebe y -muere antes que los tuyos contemplen á su jefe con la mano cortada y -sirviendo de esclavo á los enemigos.</p> - -<p>Alorco pasó la cabeza por la cadenilla, ocultando en el pecho la -herencia de su padre. Después volvió al lado de Acteón, bajo las -encinas donde se agrupaban los ancianos.</p> - -<p>Los adolescentes de la tribu que estaban haciendo su aprendizaje -guerrero en la pradera, corrieron con antorchas encendidas en torno de -la pira. Las teas lamieron los troncos resinosos, y pronto el humo y -las llamas comenzaron á envolver el cadáver.</p> - -<p>Los guerreros de la tribu más famosos por<span class="pagenum" -id="Page_209">p. 209</span> su valor y sus fuerzas, avanzaron haciendo -caracolear sus caballos en torno de la hoguera.</p> - -<p>Agitando las lanzas, proclamaban con roncos gritos las hazañas -del difunto jefe, uniéndose la masa de la tribu á sus aclamaciones. -Relataban los innumerables combates de los que había salido vencedor; -las audaces expediciones en las que sorprendía al enemigo descuidado -durante la noche, quemando sus viviendas y formando interminables -cuerdas de cautivos; los rebaños apresados, que casi no cabían en los -territorios de la tribu; sus fuerzas colosales; la prontitud con que -dominaba el potro más salvaje, y la prudencia que demostraba en todos -sus consejos.</p> - -<p>—¡Cubrió de manos de enemigos las puertas de nuestras casas! -—gritaba un guerrero, pasando al galope como un fantasma entre el humo -de la hoguera.</p> - -<p>Y la multitud gritaba con una entonación de lamento:</p> - -<p>—¡Endovellico!... ¡Endovellico!...</p> - -<p>—¡Le temían todas las tribus, y su nombre era respetado como el de -un dios!...</p> - -<p>La multitud volvía á repetir varias veces el nombre del jefe como si -llorase.</p> - -<p>—¡Con su puño de roca abatía un toro en mitad de su carrera, y hacía -volar la cabeza del enemigo con un golpe de su espada!</p> - -<p>—¡Endovellico!... ¡Endovellico!...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_210">p. 210</span>Y así continuaban -las exequias del jefe. La hoguera elevaba rectas las llamas, ensuciando -con su denso humo el azul del cielo, y los heraldos, incansables en -pregonar las hazañas de su jefe, pasaban y repasaban como negros -demonios coronados de chispas, haciendo saltar sus corceles sobre los -leños inflamados. Vínose abajo la pira, envolviendo los restos de -Endovellico entre cenizas y tizones, y sobre el rescoldo de la hoguera -comenzó el combate en honor del difunto.</p> - -<p>Avanzaban los guerreros á caballo con las riendas sueltas, el -escudo ante el pecho, la espada en alto, y combatían como si fuesen -irreconciliables enemigos. Los mejores camaradas, los hermanos de -armas, se asestaban tremendos golpes, con el entusiasmo de un pueblo -que convertía la lucha en la principal diversión. Había que hacer -correr la sangre para glorificar con más pompa la memoria del difunto; -caían los caballos al choque del encuentro, y los jinetes continuaban -la lucha á pie, trabándose cuerpo á cuerpo, haciendo retemblar los -escudos con el choque de los golpes. Cuando se hubieron retirado -algunos guerreros cubiertos de sangre, y el combate tomó un carácter -de batalla general, en la que intervenían las mujeres y los niños -enardecidos por el espectáculo, Alorco hizo sonar las trompas dando la -señal de retirada, y se arrojó entre los combatientes para separar á -los más tenaces.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span>Terminaban las -exequias. Los esclavos de la tribu arrojaron los restos de la hoguera -en una zanja, y la muchedumbre, viendo acabada la fiesta, levantó por -última vez el cuerno lleno de cerveza para beber en honor del nuevo -rey, retirándose luego á sus aldeas.</p> - -<p>Los principales guerreros se dirigieron á la mansión del jefe para -celebrar consejo.</p> - -<p>El ateniense caminaba al lado de Alorco, manifestándole el asombro -que le habían causado las costumbres bárbaras y belicosas de los -celtíberos. Como no podía entender su lenguaje, los guerreros le vieron -sin alarma sentarse en la sala del consejo cerca del nuevo jefe.</p> - -<p>El hechicero hablaba á Alorco largamente, entre el respetuoso -silencio de los guerreros. Acteón comprendió que daba cuenta de cosas -extraordinarias ocurridas en la tribu pocos días antes de la llegada -del nuevo rey. Tal vez algún llamamiento de las tribus amigas, alguna -expedición fructuosa proyectada por los más audaces.</p> - -<p>Vió obscurecerse ligeramente el rostro de Alorco, como si le -hablasen de algo penoso que pugnaba con sus afectos. Los guerreros le -miraban fijamente, mostrando en sus ojos la conformidad y el entusiasmo -con las palabras del viejo. Alorco se repuso, siguió escuchando con -serenidad al hechicero, y cuando éste terminó, tras una larga pausa, -dijo algunas pala<span class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span>bras -é hizo con la cabeza una señal de asentimiento.</p> - -<p>Aquella gente ruda acogió con gritos de entusiasmo la conformidad de -su jefe y salió en tropel de la casa, como si la faltase tiempo para -llevar la noticia al exterior.</p> - -<p>Cuando quedaron solos el griego y el celtíbero, éste dijo con -tristeza:</p> - -<p>—Acteón, mañana parto con los míos. Comienzo á ser jefe de la tribu. -Tengo que llevarla al combate.</p> - -<p>—¿Puedo acompañarte?</p> - -<p>—No. Ignoro dónde vamos. Mi padre tenía un poderoso aliado que no -puedo nombrarte, y ese aliado me llama sin decir para qué. Toda la -tribu muestra un gran entusiasmo por esta expedición.</p> - -<p>Alorco añadió tras una larga pausa:</p> - -<p>—Puedes permanecer aquí todo el tiempo que quieras. Mis hermanas te -obedecerán como si fueses el mismo Alorco.</p> - -<p>—No: partiendo tú nada me resta que hacer aquí. En un día he visto -bastante para conocer á los celtíberos. Regresaré á Sagunto.</p> - -<p>—¡Feliz tú que puedes volver á la vida griega, á los banquetes de -Sónnica, á la dulce paz de aquellos mercaderes!... Que no se turbe -nunca y que yo pueda regresar allá como amigo.</p> - -<p>Callaron los dos un buen rato, como si gravitasen sobre su -pensamiento negras ideas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_213">p. 213</span>—Volverás de esa -expedición cargado de riquezas —dijo el griego— y vendrás á disiparlas -alegremente en Sagunto.</p> - -<p>—¡Que sea así! —murmuró Alorco—. Pero presiento que nunca volveremos -á vernos, Acteón. Si nos vemos será para maldecir á los dioses, -prefiriendo no habernos visto. Parto sin saber dónde voy y tal vez -marcho contra mí mismo.</p> - -<p>No dijeron más: temían explicarse sus pensamientos.</p> - -<p>El griego y el celtíbero se abrazaron estrechamente. Después, -como suprema despedida, se besaron en los ojos, signo de fraternal -amistad.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_5"> - <p><span class="pagenum" id="Page_215">p. 215</span></p> - <h2 class="nobreak" title="V. La invasión">V</h2> - <p class="subh2">La invasión</p> -</div> - -<p>La hermosa Sónnica creía haber perdido para siempre á Acteón. -Su repentina partida la consideraba como un capricho del veleidoso -ateniense, eterno viajero impulsado por la fiebre de ver nuevos países. -¡Sólo los dioses podían saber dónde iría aquel pájaro errante, después -de su visita á la Celtiberia! Tal vez se quedase con Alorco; tal vez -guerreara con aquellos bárbaros, y éstos, subyugados por su cultura y -su astucia, acabaran formándole un reino.</p> - -<p>Creía Sónnica que el ateniense no volvería más; que su corta -primavera de amor había sido semejante á la fugitiva felicidad de -las mujeres que tuvieron relaciones con los dioses al bajar éstos al -mundo. Ella, tan insensible y burlona para los afectos, pasaba los -días llorando en su lecho ó recorría por la noche como una sombra el -vasto jardín, deteniéndose en la gruta donde el griego había hecho caer -por primera vez el<span class="pagenum" id="Page_216">p. 216</span> -cinturón de su túnica. Los esclavos asombrábanse del humor desigual y -cruel de su ama, que tan pronto gemía cual una niña, como enardecida -por súbita crueldad, ordenaba castigos para todos. Y de repente, -una mañana, se presentaba el griego ante la quinta sobre un caballo -polvoriento y sudoroso, despedía á los bárbaros de feroz catadura que -venían escoltándole, corría con los brazos abiertos hacia la trémula -Sónnica, y todo el inmenso dominio parecía resucitar: la señora -sonreía, el jardín se mostraba más hermoso, en la terraza brillaban con -mayor esplendor los plumajes de las aves raras, sonaban más alegres las -flautas de las aulétridas, y á los esclavos, libres ya de castigos, les -parecía más dulce el aire y más puro el cielo.</p> - -<p>La quinta de Sónnica recobró su alegre vida, como si la dueña -hubiese resucitado. Por la noche hubo banquete en el gran triclinio; -llegaron invitados los jóvenes elegantes amigos de Sónnica, y hasta -Eufobias el filósofo encontró su sitio en la mesa, sin tener que luchar -antes con el palo de los esclavos.</p> - -<p>Sónnica sonreía abrazada á Acteón, y escuchaba sus palabras como -una música dulce. Los convidados le hacían relatar su viaje á la -Celtiberia, admirando las costumbres de las tribus sobre las que -reinaba Alorco. El parásito Eufobias no ocultaba su satisfacción -por tener un amigo tan poderoso, y hablaba de ir allá por<span -class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span> algún tiempo para vivir -cómodamente, sin tener que mendigar el pan á los mercaderes de Sagunto. -Volvió para el ateniense la primavera de amor. Pasaba los días en -la quinta á los pies de Sónnica, viendo cómo hilaba en la rueca -lanas de vivos colores, ó cómo se acicalaba el cuerpo, ayudada por -sus esclavas. Á la caída de la tarde paseaban por el jardín, y les -sorprendía la noche en la gruta, estrechamente abrazados, oyendo como -una melodía dulce y monótona el canto del surtidor cayendo en la taza -de alabastro.</p> - -<p>Algunas mañanas, Acteón iba á la ciudad para pasear por los pórticos -del Foro, escuchando á los noticieros con la curiosidad de un griego -habituado á las murmuraciones del Ágora. Notábase una agitación -extraordinaria en la gran plaza saguntina. Los desocupados hablaban -de guerras; los ciudadanos más belicosos recordaban sus hazañas en la -última expedición contra los turdetanos exagerándolas, y los tranquilos -comerciantes abandonaban sus mesas para inquirir noticias, acogiendo -con gestos de desaliento la posibilidad de una lucha próxima. Acteón, -al llegar á Sagunto por las mañanas, veía en lo alto de los muros -centenares de esclavos que reparaban las almenas desmoronadas por el -tiempo y cubrían las grietas que muchos años de paz habían abierto en -los fuertes tapiales.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_218">p. 218</span>Mopso el arquero -le tenía al corriente de las deliberaciones de los Ancianos. Hanníbal -les había enviado un emisario con la orden de devolver á los turdetanos -los territorios conquistados y el botín de la última expedición. El -africano amenazaba con una altivez insufrible, y la república saguntina -le había contestado con desprecio, negándose á escuchar sus órdenes. -Sagunto sólo podía obedecer á su fuerte aliada Roma, y segura de su -protección, miraba con indiferencia las amenazas del cartaginés. Sin -embargo, como la guerra parecía inevitable y todos temían la juventud -y el carácter audaz de Hanníbal, dos senadores se habían embarcado -algunos días antes en el puerto de Sagunto, haciendo vela hacia las -costas de Italia para relatar lo ocurrido, solicitando la protección -del Senado romano.</p> - -<p>En el Foro circulaban confusamente estas noticias, y la muchedumbre -se burlaba de Hanníbal como de un joven arrebatado que necesitaba una -lección. Podía venir contra Sagunto cuando quisiera. Los cartagineses -eran los derrotados de Sicilia, los que tuvieron que abandonar las -costas de la Gran Grecia, expulsados por los romanos, poniendo -con la derrota su propia ciudad al borde de la ruina. Si habían -logrado después victorias en Iberia era contra tribus bárbaras que -desconocían el arte de la guerra y eran víctimas de sus astucias.<span -class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span> Al atacar á Sagunto -encontrarían un enemigo digno de ellos, y Roma, la poderosa aliada, -caería á sus espaldas exterminándolos.</p> - -<p>Estas reflexiones enardecían la ciudad. Llegaban noticias de -que Hanníbal había salido de campaña y se aproximaba lentamente; y -con tales novedades un aire de guerra parecía pasar sobre Sagunto, -inflamando el ánimo de los más prudentes. Los tranquilos mercaderes, -con la sorda cólera del hombre pacífico que ve en peligro sus bienes, -limpiaban viejas armas en las puertas de sus tiendas ó bajaban á las -riberas del río para ejercitarse en su manejo, confundidos con la -juventud, que desde la salida del sol hacía caracolear sus caballos y -esgrimía la lanza ó disparaba el arco bajo la dirección de Mopso.</p> - -<p>Acteón comenzó á pasar los días fuera de la quinta, desoyendo los -ruegos de Sónnica, que quería verle siempre junto á ella. El Senado -le había dado el mando de los <i>peltastas</i>, la infantería ligera; y -al frente de algunos centenares de jóvenes descalzos y sin otra arma -defensiva que una coraza de lana y un escudo de junco, corría por las -riberas del río, enseñándoles á lanzar los dardos sin detenerse en la -carrera, á herir al enemigo pasando por su lado rápidamente, sin darle -tiempo á que respondiese con otro golpe.</p> - -<p>Cuando terminado el ejercicio los jóvenes<span class="pagenum" -id="Page_220">p. 220</span> sudorosos se lanzaban en el río para -fortalecerse con la natación, el griego regresaba lentamente á la -quinta, deteniéndose en los lugares más risueños del agro.</p> - -<p>Una tarde el ateniense encontró á Eroción el alfarero al pie de un -enorme cerezo, mirando las ramas más altas, de las que caía una lluvia -de rojos frutos á impulsos de una mano invisible. Desde el día en que -le sorprendió Acteón trabajando ante la desnuda pastorcilla no había -vuelto á verle.</p> - -<p>El adolescente acogió al griego con una sonrisa.</p> - -<p>—¿Ya no trabajas? —preguntó Acteón con paternal bondad—. ¿Terminaste -tu obra?</p> - -<p>El muchacho contestó con un gesto de indiferencia:</p> - -<p>—¡Mi obra!... No te burles, griego. Nada tengo que hacer...</p> - -<p>—¿Y Ranto?</p> - -<p>—Está en lo alto de ese árbol, cogiendo para mí las mejores cerezas. -Trepa como una cabra y no quiere que la acompañe. Teme que me haga -daño.</p> - -<p>Se agitaron las ramas del cerezo, y ágil como una ardilla descendió -la pastora con las piernas descubiertas, llevando en su recogida falda -de piel un montón de cerezas. Ella y su amante las comían riendo, con -los labios teñidos de rojo, y se adornaban el cabello ó las colgaban -á<span class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span> pares de sus -orejas, formando frescas y vistosas arracadas.</p> - -<p>Acteón sonreía contemplando aquella juventud fuerte y hermosa que se -buscaba y confundía como si viviese en un desierto, sin preocuparse del -estado de la ciudad.</p> - -<p>—¿Pero qué hiciste de tu obra? —preguntó.</p> - -<p>Eroción y Ranto rieron al recordar el pasado trabajo.</p> - -<p>—La aplasté —dijo el muchacho—. Hice añicos el barro y me propongo -no tocar otro que el de la alfarería... cuando me decida á volver á -ella.</p> - -<p>Había cogido el talle de la pastorcilla y descansaba su cabeza en -uno de sus hombros, frotándose contra su cuello con suavidad amorosa de -felino.</p> - -<p>—¿Para qué trabajar? —añadió—. He pasado muchos días arrodillado -ante el barro maldito, luchando por que tomase las formas de este -cuerpo. Pero es inútil. El barro es barro y no puede ser carne. Cuando -se tiene al alcance de la mano la suave piel de mi Ranto, es una -necedad desesperarse para que la tierra amasada tome la tersura de su -vida. No quiero soñar más, ateniense. Me contento con lo que poseo.</p> - -<p>Y con un impudor sublime acariciaba á su amiga en presencia de -Acteón.</p> - -<p>—Un día —continuó el muchacho— ví claro y comprendí la verdad. Ranto -estaba desnuda<span class="pagenum" id="Page_222">p. 222</span> ante -mí. Ofuscado por mi ambición, sólo había visto en ella al modelo, pero -aquel día ví la mujer. ¿Á qué buscar la gloria cuando tenía ante mí la -felicidad?... Aunque lograse hacer una gran estatua, ¿qué conseguiría -con ello? Que la gente dijese después de muerto yo: —Esto lo hizo -Eroción el saguntino. Y yo no podría oirlo, luego de pasar mi vida -sufriendo y trabajando... No; vivamos y gocemos. Aquel día rompí de una -patada la estatua y abracé á Ranto, rodando por el suelo. Amarse es -mejor que perder el tiempo con monigotes de barro. ¿Verdad, Ranto?</p> - -<p>Y volvían á acariciarse, sin importarles la presencia del griego. -Éste adivinaba la gran transformación de aquella pareja en la -desenvoltura del adolescente y el fuego que brillaba en los ojos de la -pastora. El ardor amoroso parecía haber ensanchado los contornos de su -cuerpo, dando á sus miembros una voluptuosa gracia, un abandono dulce, -que no tenía antes.</p> - -<p>—Olvidé el arte y somos dichosos —continuó el muchacho—. Hubiera -sido una locura huir á Grecia, dejando aquí este tesoro que no conocía. -Pasamos el tiempo vagando por los campos; tenemos en los bosquecillos -rincones misteriosos con cortinas de hojas, escondrijos perfumados y -obscuros que nos envidiaría Sónnica la rica; y cuando sentimos hambre -ordeñamos las cabras de Ranto, vaciamos una colmena y subimos á<span -class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span> los árboles en busca de -fruta. Ésta es la gran época: toda la campiña está llena de cerezas.</p> - -<p>Se detuvo, creyendo haber dicho demasiado. Tal vez Ranto le -reprendió con un ligero movimiento por hablar tanto. Después, añadió -con tono suplicante:</p> - -<p>—Tú eres bueno, ateniense. Ranto y yo te miramos como un hermano -mayor desde que te vimos en el camino de la Sierpe. No digas nada á mi -padre ni á Sónnica. Deja que seamos dichosos en esta vida, digna de -dioses.</p> - -<p>Acteón sentía cierta envidia ante la felicidad de aquellos jóvenes -exentos de cuidados, que se amaban en medio del campo, bajo los -árboles, como animales sanos y hermosos que sólo creían en el amor.</p> - -<p>—Sagunto va á ser sitiada. Tenemos guerra. ¿No lo sabéis?</p> - -<p>—Lo ignoramos —dijo Eroción con un gesto de desprecio—. Á mí solo me -interesa Ranto.</p> - -<p>—¿Y tu ciudad?... ¿No te preocupa su suerte?</p> - -<p>—Me preocupan más los besos de mi pastora. Mientras haya amor, sol y -frutas, ¿qué me importa lo demás del mundo?</p> - -<p>—¿No crees en tu país, desgraciado?</p> - -<p>—Por ahora sólo creo en las cerezas y en esta boca roja y fresca -como ellas.</p> - -<p>Se separaron, y Acteón guardó algún tiempo el recuerdo del -encuentro. El alegre descuido de la amorosa pareja le inspiraba -envidia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_224">p. 224</span>Pasaron los meses -del verano. Las vides del agro maduraban sus racimos, los labriegos se -entusiasmaban contemplando la próxima cosecha oculta bajo los pámpanos, -y de vez en cuando, como un trompetazo lúgubre, llegaban noticias -de Hanníbal, de sus victorias sobre las tribus del interior que se -negaban á reconocerle y de las imperiosas exigencias que mostraba sobre -Sagunto.</p> - -<p>Acteón adivinaba la proximidad de la guerra, y ésta, que había -constituído siempre su principal medio de existencia, le causaba -ahora tristeza. Había cobrado afecto á aquella tierra hermosa como la -de Grecia. Su alma, saturada de la dulce paz de los campos fértiles -y de la ciudad rica é industriosa, se entristecía al pensar que -esta vida iba á paralizarse. Su existencia había transcurrido entre -luchas y aventuras; y ahora que, rico y feliz, deseaba la paz en un -rincón, donde creía acabar sus días, la guerra, como amante olvidada -que se presenta inoportunamente, volvía á él sin llamamiento alguno, -empujándolo nuevamente á la crueldad y la destrucción.</p> - -<p>Una tarde, al finalizar el verano, pensaba en esto marchando á -caballo hacia la ciudad. En los oblicuos rayos del sol brillaban como -botones de oro las industriosas abejas, buscando las flores silvestres. -Las vendimiadoras cantaban en las viñas, agachadas junto á sus -ces<span class="pagenum" id="Page_225">p. 225</span>tos... Acteón vió -venir corriendo por la parte de la ciudad un esclavo de los que tenía -Sónnica en sus almacenes de Sagunto.</p> - -<p>Se detuvo jadeante ante Acteón. Apenas podía hablar por la fatiga, y -sus palabras entrecortadas revelaban el espanto. Hanníbal llegaba por -la parte de Sétabis... Comenzaban á entrar despavoridas en la ciudad -las gentes del campo con sus rebaños. No habían visto al invasor, pero -corrían asustadas por el relato de los fugitivos que llegaban de los -confines del territorio saguntino. Los cartagineses habían pasado los -límites: eran gentes de rostro feroz y extrañas armas, que robaban las -aldeas y las entregaban á las llamas. Él corría á avisar á su señora -para que se refugiase en la ciudad.</p> - -<p>Y emprendió de nuevo su carrera hacia la quinta de Sónnica. El -griego dudó un momento, pensó retroceder en busca de su amada, pero -acabó por partir al galope hacia la ciudad, y al llegar á ella pasó -á escape por fuera de las murallas. Iba en busca del camino de las -montañas que ponían en comunicación á Sagunto con los pueblos del -interior y bifurcándose llegaba á Sétabis y Denia. Al llegar á él -comenzó á encontrar los fugitivos de que hablaba el esclavo.</p> - -<p>Llenaban el camino como una inundación. Mugían los rebaños bajo el -látigo, desfilando entre los carros; las mujeres corrían llevando en -la<span class="pagenum" id="Page_226">p. 226</span> cabeza grandes -fardos, y arrastraban á sus pequeñuelos, cogidos á los pliegues de -la túnica; los muchachos arreaban los caballos cargados de muebles y -ropas, todo amontonado al azar en la precipitación de la fuga, y las -ovejas saltaban á los lados del camino, librándose de las ruedas que -rozaban sus vellones, amenazando aplastarlas.</p> - -<p>El griego, marchando en dirección opuesta al torrente de fugitivos, -partía con su caballo el revuelto oleaje de carros y rebaños, -campesinos y esclavos, en el cual se confundían las gentes de diversos -pueblos y se perdían los individuos de una misma familia, llamándose -desesperadamente al través de las nubes de polvo.</p> - -<p>La muchedumbre fugitiva comenzaba á aclararse. Pasaban junto á -Acteón los rezagados: pobres viejas que caminaban con paso vacilante, -llevando sobre los hombros el corderillo que constituía toda su -fortuna; ancianos abrumados por el peso de marmitas y ropas; enfermos -que se arrastraban apoyados en el báculo; animales abandonados que -vagaban por entre los olivos inmediatos al camino, y de repente, como -si husmeasen al lejano dueño, lanzábanse á todo correr al través de los -campos; niños sentados en una piedra que lloraban viéndose abandonados -de los suyos.</p> - -<p>Pronto quedó el camino completamente de<span class="pagenum" -id="Page_227">p. 227</span>sierto. Se había perdido á lo lejos la cola -de los fugitivos, y Acteón sólo veía ante sí la estrecha lengua de -tierra roja serpenteando por las laderas de los montes, sin un ser que -con su silueta cortase la monotonía del camino.</p> - -<p>El galope de su caballo resonaba como un trueno lejano en el -profundo silencio. Parecía que la naturaleza hubiese muerto al -sentir la proximidad de la guerra. Hasta los seculares árboles, los -retorcidos olivos que tenían siglos de vida, las grandes higueras que -se ensanchaban cual cúpulas verdes sobre las pendientes de los montes, -permanecían inmóviles, como aterradas por la aproximación de aquel -algo que hacía abandonar á los pueblos sus viviendas, corriendo á la -ciudad.</p> - -<p>Acteón atravesó una aldea. Las cabañas cerradas; las calles -silenciosas. Del interior de una casa le pareció que partía un débil -lamento. Algún enfermo abandonado por los suyos en la precipitación de -la fuga. Pasó después ante una gran quinta cerrada. Detrás de las altas -tapias aullaba con desesperación un perro.</p> - -<p>Luego otra vez la soledad, el silencio, la ausencia de la vida, -la parálisis que parecía extenderse sobre los campos. Comenzaba á -anochecer. Á lo lejos, como arrollado y confundido por la distancia, -oíase un sordo rumor; algo semejante al mugido de un mar invisible, al -zumbido creciente de una inundación.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_228">p. 228</span>El griego salió del -camino: su caballo comenzó á escalar una altura cultivada, hundiendo -los cascos en la roja tierra de las viñas. Desde lo alto abarcó de una -mirada una gran parte del paisaje.</p> - -<p>Los últimos reflejos del sol teñían de anaranjado las laderas de los -montes, entre las cuales serpenteaba el camino, y en él brillaban como -reguero de chispas las corazas de un grupo de jinetes que marchaban -al trote con cierta precaución, como explorando el terreno. Acteón -los reconoció; eran jinetes númidas de blancos y flotantes mantos, -y confundidos con ellos galopaban otros guerreros de estatura menos -imponente, que agitaban las lanzas haciendo caracolear sus pequeños -caballos. El griego sonrió reconociendo á las amazonas de Hanníbal, el -famoso escuadrón que había visto en Cartago-Nova, formado por esposas é -hijas de soldados y que mandaba la valerosa Asbyte, hija de Hiarbas, el -garamanta africano.</p> - -<p>Detrás de este grupo, aparecía solitario el camino en un buen -trecho. En el fondo, como un monstruo obscuro que se movía con -ondulaciones de reptil, se destacaba el ejército, inmensa faja sobre -la que brillaban las lanzas como una línea de fuego, interrumpida á -trechos por masas cuadradas que avanzaban cual movedizas torres. Eran -los elefantes.</p> - -<p>De repente, tras el ejército, pareció elevarse<span class="pagenum" -id="Page_229">p. 229</span> un nuevo sol para alumbrar sus pasos. Se -inflamó el horizonte, marcándose sobre el fondo rojizo el dentellado -contorno de la inmensa masa. Era una aldea que ardía. Las tropas de -Hanníbal, compuestas de mercenarios de todos los países y de tribus -bárbaras del interior, ansiaban aterrar á la ciudad enemiga, y apenas -entradas en territorio saguntino, talaban los campos é incendiaban las -viviendas. Acteón temió ser envuelto por los númidas y las amazonas, y -bajando de la altura, emprendió un galope desesperado hacia Sagunto.</p> - -<p>Llegó á la ciudad cerrada ya la noche, y tuvo que darse á conocer, -llamar á su amigo Mopso, para que le abriesen una puerta.</p> - -<p>—¿Les has visto? —preguntó el arquero.</p> - -<p>—Antes de que canten los gallos estarán ante nuestros muros.</p> - -<p>La ciudad presentaba un aspecto extraordinario. Las calles estaban -iluminadas con hogueras. Antorchas de resina ardían en puertas y -ventanas, y la multitud de fugitivos aglomerábase en las plazas, -llenando los pórticos y tendiéndose en los quicios de las puertas. Todo -el pueblo saguntino se había agolpado en la ciudad.</p> - -<p>El Foro era un campamento. Oprimíanse los rebaños entre las cuatro -columnatas, sin espacio para moverse, mugiendo y pataleando; las -ovejas saltaban en las escaleras de los templos;<span class="pagenum" -id="Page_230">p. 230</span> las familias de campesinos hacían hervir -sus marmitas sobre los mármoles de los áticos, y el resplandor de -tantas hogueras, reflejándose en las fachadas de las casas, parecía -comunicar á toda la ciudad un temblor de alarma. Los magistrados hacían -levantar á los fugitivos, tendidos en las calles y que obstruían la -circulación, para alojarlos en las casas de los ricos, juntos con -los esclavos, ó guiarlos á la Acrópolis para que acampasen en sus -innumerables edificios. Allí subían también los rebaños, á la luz de -las antorchas, entre una doble fila de hombres casi desnudos, que -apaleaban los bueyes cuando intentaban escapar por las laderas del -monte sagrado.</p> - -<p>Dominando el murmullo de la multitud, sonaba el mugido de las -trompas y de los caracoles marinos, llamando á los ciudadanos para que -formasen los grupos encargados de la defensa de la muralla. Salían -de las casas, arrancándose de los brazos de sus esposas é hijos, los -comerciantes, vestidos con lorigas de bronce, el rostro cubierto por -el casco griego rematado por enorme cepillo de crines, y avanzaban -majestuosos entre la muchedumbre de rústicos, con el arco en la mano, -la pica en el hombro y la espada golpeándoles el desnudo muslo, -cubierto hasta la rodilla con el coturno de cobre. Los adolescentes, -arrastraban á las murallas enormes piedras para arrojarlas á<span -class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span> los sitiadores, y reían al -ser ayudados por las mujeres, que deseaban tomar parte en los combates. -Viejos de barba venerable, ciudadanos ricos del Senado, se abrían -paso, seguidos por esclavos con grandes haces de picas y espadas, y -distribuían las armas entre los campesinos más fuertes, preguntándoles -antes si eran hombres libres.</p> - -<p>La ciudad parecía contenta. ¡Ya llegaba Hanníbal!... Los más -entusiastas habían dudado con cierta pena de que el africano osase -presentarse ante sus muros. Pero ya estaba allí; y todos reían pensando -que Cartago perecería ante Sagunto así que Roma acudiese en auxilio de -la ciudad.</p> - -<p>Los embajadores saguntinos estaban allá, y no tardarían en llegar -las legiones romanas, aplastando en un momento á los sitiadores. -Algunos, en su entusiasta optimismo, inclinados á lo maravilloso, -creían que por un milagro de los dioses, el gran hecho ocurriría dentro -de pocas horas, y que tan pronto como clarease el día, al extenderse -el ejército de Hanníbal ante Sagunto, asomarían al mismo tiempo en -el límite azul del seno Sucronense un sinnúmero de velas; la flota -conduciendo á los invencibles soldados de Roma.</p> - -<p>Casi toda la ciudad estaba en las murallas. Apiñábase en ellas la -muchedumbre, hasta el punto de que muchos tenían que agarrarse de las -almenas, para no ser precipitados.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span>Fuera de los muros, -la obscuridad era absoluta. Habían callado como asustadas las ranas que -poblaban las charcas del río; los perros que rodaban vagabundos por la -campiña ladraban incesantemente. Adivinábase la presencia de ocultos -seres que se agitaban en la sombra, rodeando la ciudad.</p> - -<p>Las tinieblas aumentaban la incertidumbre ansiosa del gentío de -las murallas. De pronto brilló un punto de luz en la obscuridad de la -campiña: después otro y otros en distintos lugares, á alguna distancia -de la ciudad. Eran antorchas guiando los pasos de los que llegaban. -Sobre su rojiza mancha de luz veíanse pasar las siluetas de hombres -y caballos. Á lo lejos, en la cumbre de algunos montes, brillaban -hogueras, sirviendo, sin duda, de señal á las tropas rezagadas.</p> - -<p>Estas luces pusieron fin á la calma de los más impacientes. Algunos -jóvenes no pudieron permanecer con el arco inactivo, y tendiéndolo -comenzaron á disparar flechas. Pronto respondieron desde la obscuridad. -Sonaban silbidos sobre la cabeza de la muchedumbre, y de las casas -inmediatas á la muralla volaron con gran estrépito algunas tejas. Eran -balas de honda enviadas por los sitiadores.</p> - -<p>Así transcurrió la noche. Cuando cantaron los gallos anunciando el -amanecer, una gran parte de la muchedumbre se había dormido, can<span -class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span>sada de escudriñar la -obscuridad en la que zumbaba el enemigo invisible.</p> - -<p>Al apuntar el día los saguntinos vieron todo el ejército de -Hanníbal, frente á sus muros, por la parte del río. Acteón, al examinar -la colocación de las tropas, no pudo menos de sonreir.</p> - -<p>—Conoce bien el terreno —murmuró—. Ha aprovechado su visita á la -ciudad. En las sombras ha sabido escoger el único punto por donde -Sagunto puede ser atacada.</p> - -<p>Todo el lado del monte estaba libre de sitiadores. Su ejército -había acampado entre el río y la parte baja de la ciudad, ocupando las -huertas, los jardines de las casas de recreo, el hermoso arrabal de que -tan orgullosos se mostraban los ricos de Sagunto.</p> - -<p>Entraban y salían los soldados en las lujosas villas, preparando su -comida de la mañana; hacían astillas los ricos muebles para encender -las hogueras; envolvíanse en las telas que habían encontrado, y -derribaban los arbolillos para plantar sus tiendas con mayor desahogo. -Al otro lado del río, sobre el inmenso agro, esparcíanse los grupos -de jinetes, para tomar posesión de las aldeas, de las quintas, de los -innumerables edificios que surgían entre el verdor de la inmensa vega, -abandonados á la proximidad del enemigo.</p> - -<p>Lo que primeramente llamó la atención de los saguntinos, excitando -una curiosidad infantil,<span class="pagenum" id="Page_234">p. -234</span> fueron los elefantes. Estaban en fila al otro lado del río, -enormes, cenicientos, como tumefacciones que hubieran surgido de la -tierra durante la noche; con las orejas caídas como abanicos, pintadas -de verde, y agitando de vez en cuando sus trompas, que parecían -gigantescas sanguijuelas, intentando chupar el azul del cielo. Sus -conductores, ayudados por los soldados, descargaban de sus lomos las -cuadradas torres y arrollaban las gruesas gualdrapas que les cubrían -los flancos en los momentos de combate. Los dejaban libres, como si la -vega fuese para ellos una inmensa cuadra, seguros los conductores de -que el sitio iba á ser empresa larga y que mientras durase no sería -preciso el auxilio de las terribles bestias, tan apreciadas en las -batallas.</p> - -<p>Cerca de los elefantes, por la ribera del río, llegaban las -máquinas de guerra, las catapultas, los arietes, las torres movedizas, -complicadas fábricas de madera y bronce, de las que tiraban dobles -rosarios de bueyes, enormes y con retorcidos cuernos.</p> - -<p>El terreno, como si sufriera una erupción en su superficie, cubríase -de vejigas de diversos colores, tiendas de tela, de paja ó de pieles, -unas cónicas, otras cuadradas, las más redondas como hormigueros, en -torno de las cuales se agitaba la multitud armada.</p> - -<p>Los saguntinos, desde lo alto de sus muros, examinaban el ejército -sitiador, que parecía lle<span class="pagenum" id="Page_235">p. -235</span>nar toda la vega, y al cual se unían incesantemente nuevas -muchedumbres á pie y á caballo que llegaban por todos los caminos y -parecían rodar de las cumbres de las inmediatas montañas. Era una -aglomeración de razas diversas, de pueblos distintos; una bizarra -amalgama de trajes, colores y tipos; y los saguntinos, que por sus -viajes conocían todas aquellas gentes, las iban señalando á sus -absortos conciudadanos.</p> - -<p>Unos jinetes que parecían volar casi tendidos sobre sus pequeños -caballos, eran númidas; africanos de aspecto afeminado, cubiertos de -velos blancos, con pendientes de mujer y babuchas, perfumados, con los -ojos pintados de negro, pero que resultaban impetuosos en el combate -y luchaban á la carrera, manejando la lanza con gran destreza. En -torno de las hogueras de los jardines paseaban los negros de Libia, -atléticos, con los cabellos crespos y la dentadura deslumbrante, -sonriendo con estúpida satisfacción al ver sus miembros desnudos -envueltos en los girones de rica tela que acababan de robar; temblando -de frío apenas se apartaban del fuego, como si les martirizase la -frescura del amanecer. Estos hombres, de piel obscura y brillante, -pocas veces vistos en Sagunto, excitaban la curiosidad de los -ciudadanos casi tanto como las amazonas que audazmente pasaban al -galope por cerca de las murallas para ver de más cerca la ciudad.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_236">p. 236</span>Eran jóvenes, -esbeltas, de piel tostada por la intemperie. Su cabello ondeaba tras -el casco como un adorno bárbaro, y no llevaban otra vestidura que una -amplia túnica hendida por el lado izquierdo, que dejaba al descubierto -sus piernas nerviosas oprimiendo los hijares del caballo. Sobre el -pecho llevaban algunas un justillo de escamas de bronce, pero abierto -por el costado izquierdo para pelear con más desahogo y mostrando la -redondez de su seno recogido y duro por los fatigosos ejercicios. -Montaban en pelo sus caballos nerviosos y salvajes, guiándolos con un -ligero freno, y al marchar en grupo las feroces bestias se mordían -y coceaban, animándose así en la desesperada carrera. Avanzaban las -amazonas hasta cerca de los muros riendo y profiriendo palabras que no -entendían los saguntinos; agitaban sus lanzas y escudos, y al enviarles -una nube de flechas y piedras, huían á escape, volviendo la cabeza para -repetir sus gestos de burla.</p> - -<p>Los sitiados distinguían entre la muchedumbre obscura de los -soldados las corazas de algunos jinetes, que brillaban como láminas -de oro. Eran los capitanes cartagineses, los ricos de Cartago, que -seguían á Hanníbal; hijos de opulentos comerciantes que marchaban con -el ejército más como pastores que como caudillos, cubiertos de metal -de cabeza á pies para librarse de los golpes y más atentos, con el -genio de su<span class="pagenum" id="Page_237">p. 237</span> raza, á -administrar las conquistas y repartirse el botín que á buscar gloria en -los combates.</p> - -<p>Aparte de estas gentes, los conocedores señalaban desde las -murallas las demás tropas del ejército sitiador. Unos hombres con la -piel de color de leche, lacios bigotes y las crines rojas anudadas -en el vértice del cráneo, que se despojaban de sus sayos y sus altas -botas de pieles sin curtir para bañarse en el río, eran galos; los -otros, bronceados y tan enjutos que su esqueleto se marcaba como -si fuese á desgarrar la piel, eran africanos de los oasis del gran -desierto, gentes misteriosas que con el redoble de sus tamborcillos -hacían descender la luna, y tañendo la flauta obligaban á bailar á las -serpientes venenosas. Y revueltos con ellos, aparecían los lusitanos -enormes, de piernas fuertes como columnas y anchos pechos de roca; -los de la Bética, unidos á sus caballos de día y de noche por un amor -que duraba toda la vida; los celtíberos hostiles, melenudos y sucios, -ostentando con altivez sus harapos; las tribus del Norte, que adoraban -como dioses los pedruscos solitarios y buscaban á la luz de la luna -hierbas misteriosas para hechicerías y filtros; todos de costumbres -feroces, en perpetua batalla con el hambre, gentes bárbaras de las que -se decían cosas horripilantes, suponiéndolas inclinadas á devorar los -cadáveres de los vencidos después del combate.</p> - -<p>Los honderos baleares provocaban la risa, á<span class="pagenum" -id="Page_238">p. 238</span> pesar de su aspecto feroz. Comentábanse en -las murallas las costumbres extravagantes que regían en sus islas; y -la multitud prorrumpía en carcajadas contemplando aquellos mocetones -casi desnudos, empuñando un palo con la punta tostada que les servía de -lanza, y llevando tres hondas, una arrollada á la frente, otra en la -cintura y la tercera en la mano. Estas hondas eran de crín, de esparto -y de nervio de toro, usándolas alternativamente según la distancia á -que debían tirar.</p> - -<p>Vivían en las cuevas de sus islas ó en la cavidad formada por -varios peñascos amontonados, y desde niños se amaestraban en el uso -de la honda. Sus padres les ponían el pan á alguna distancia, y no -podían comerlo si no lo derribaban antes de una pedrada. Su pasión era -la embriaguez, y su más vehemente apetito la mujer. En los combates -despreciaban los prisioneros de buen rescate por apoderarse de las -mujeres, y muchas veces cambiaban seis esclavos fuertes por una -esclava. En sus islas no se conocía el oro y la plata: los ancianos, -adivinando los males del dinero, habían prohibido que se importaran -monedas, y los honderos baleares al servicio de Cartago, no pudiendo -llevar las ganancias á su país, gastaban las soldadas en bebidas ó las -arrojaban generosamente en manos de las rameras hediondas y miserables -que seguían al ejército. Sus costumbres tradicionales regocijaban<span -class="pagenum" id="Page_239">p. 239</span> á los saguntinos. En sus -bodas, según decían los que habían visitado las islas, era uso que -todos los invitados gozasen á la desposada antes que el marido, y -en los entierros se apaleaba al cadáver hasta magullarle los huesos -y convertirlo en una masa informe que se apelotonaba á viva fuerza -en una estrecha urna, enterrándola bajo un montón de pedruscos. Sus -hondas eran terribles. Arrojaban á grandes distancias balas de arcilla -cocida al sol, cónicas por sus extremos y con grotescas inscripciones -dedicadas al que recibía el golpe; y en los combates disparaban piedras -de á libra con tal fuerza, que no podía resistirlas la armadura mejor -templada.</p> - -<p>Detrás de esta muchedumbre belicosa, se esparcían por la campiña -mujeres desharrapadas de todos colores; niños desnudos y enflaquecidos -que no conocían á su padre; los parásitos de la guerra, que marchaban -á la cola del ejército para aprovecharse de los despojos de la -victoria: hembras que por las noches se tendían en un extremo del -campamento amaneciendo en el opuesto, y envejecidas en plena juventud -por las fatigas y los golpes, morían abandonadas al borde un camino; -pequeñuelos que miraban como padres á todos los soldados de su raza -llevando á la espalda en las marchas la leña ó la marmita de los -guerreros, y en los momentos de lucha difícil, cuando se reñía cuerpo á -cuerpo,<span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span> deslizábanse -entre las piernas de los contrarios para morderles como rabiosos -gozquecillos.</p> - -<p>Acteón encontró á Sónnica en la muralla, mirando el campamento -enemigo á los primeros rayos del sol. La hermosa griega se había -refugiado en Sagunto la noche anterior, seguida de esclavos y rebaños, -trasladando á su casa comercial una parte de las riquezas de la quinta. -Quedaban allá las habitaciones con sus pinturas y mosaicos; los muebles -ricos, las suntuosas vajillas que caerían en poder del vencedor. Y -ella y el griego, por entre el follaje del agro, veían la terraza de -la quinta con sus estatuas; la torre de las palomas y los tejados de -las casas de los esclavos, sobre los cuales corrían algunos hombres -como insectos casi imperceptibles. Los invasores estaban allí. Tal vez -se divertían matando á flechazos los pájaros asiáticos de deslumbrante -plumaje y golpeaban á los esclavos enfermos y viejos abandonados en -la fuga. Por entre los plátanos del jardín se elevaba el humo de una -hoguera. La griega y su amante presentían la destrucción y la rapiña. -Sónnica entristecíase, no por la pérdida de una parte de sus riquezas, -sino por creer que mataban su amor destruyendo un lugar que había sido -testigo de sus primeros arrebatos de pasión con el ateniense.</p> - -<p>Bien entrada la mañana, la gente saguntina prorrumpió en gritos de -indignación. Por el<span class="pagenum" id="Page_241">p. 241</span> -camino de la Sierpe venían algunos grupos de mujeres ebrias y -vociferantes, abrazando á los soldados. Eran las lobas del puerto, -las cortesanas miserables que pululaban de noche en torno del templo -de Afrodita y á las que se prohibía la entrada en la ciudad. Al -presentarse en el puerto los primeros jinetes cartagineses, los habían -seguido con entusiasmo. Habituadas á las caricias brutales de los -hombres de todas las naciones, no las causaba extrañeza la presencia de -aquellos soldados de tan distintos trajes y razas. Lo mismo eran los -lobos de la tierra que los del mar. Adoraban á los hombres fuertes, -aves de presa que las destrozaban entre sus garras; y á la zaga de -los cartagineses marcharon al campamento, satisfechas en el fondo de -aproximarse á la ciudad sin miedo al castigo; de poder burlarse de -los sitiados habitantes, con el concentrado odio de muchos años de -humillación.</p> - -<p>Cantaban como locas, agitándose entre las manos ávidas y temblorosas -de deseo, que se las disputaban como si quisieran desgarrarlas; -embriagábanse en las ánforas de ricos vinos, sacadas de las quintas; -caían sobre sus hombros telas con hilos de oro robadas un momento -antes; los númidas, las admiraban con sus húmedos ojos de gacela, -coronándolas con guirnaldas de hierbas, y ellas, prorrumpiendo -en carcajadas de bacante, acariciaban la<span class="pagenum" -id="Page_242">p. 242</span> cabeza de crespa lana de los etíopes, que -reían como niños, mostrando sus agudos dientes de antropófagos.</p> - -<p>Se entregaban al amor bajo los árboles, junto á las largas filas -de caballos amarrados al borde de las tiendas, mostrando al rodar -sus desnudeces, como un insulto impúdico á la sitiada ciudad; y los -saguntinos, que habían presenciado impávidos el largo desfile del -enemigo, temblaban de ira tras sus almenas á la vista de la ofensa de -sus cortesanas.</p> - -<p>¡Las miserables!... ¡Las perras!...</p> - -<p>Insultábanlas las ciudadanas, pálidas de furor, echando el busto -fuera de los muros, como queriendo saltar al campo para caer sobre las -prostitutas; y éstas, cual si las excitase la cólera de la ciudad, -redoblaban sus carcajadas, tendidas de espaldas en la hierba, abiertos -sus miembros, como invitando al ejército entero á que pasase sobre sus -cuerpos.</p> - -<p>Un nuevo motivo de indignación vino á inflamar otra vez el ánimo de -los saguntinos. Algunos, creyeron reconocer á un guerrero celtíbero -que marchaba al frente de un grupo de jinetes. Su gallardía sobre el -caballo, la arrogancia con que galopaba pegado á la silla, recordaron -á muchos el vistoso desfile de la fiesta de las Panatheas. Cuando -echó pie á tierra y se despojó del casco, limpiándose el sudor, todos -le reconocieron, lanzando un grito de indigna<span class="pagenum" -id="Page_243">p. 243</span>ción. Era Alorco. ¡También aquél!... Otro -ingrato para la ciudad que le había colmado de atenciones y honores. -Sus deberes de reyezuelo le hacían olvidar la fraternal acogida de -Sagunto.</p> - -<p>Y ciegos de ira dispararon sus arcos contra él, pero las flechas no -podían llegar al sitio donde acampaban los celtíberos.</p> - -<p>La muchedumbre, enfurecida, experimentó un ligero consuelo. -Abríanse los grupos á lo largo de la muralla, y con la majestad de un -dios avanzaba Therón, el sacerdote de Hércules, fijos los ojos en el -enemigo, insensible á la adoración popular que le rodeaba.</p> - -<p>Los saguntinos creyeron ver al propio Hércules que había abandonado -su templo de la Acrópolis para bajar á las murallas. Iba desnudo: -una piel enorme de león cubría sus espaldas. Las garras de la fiera -cruzábanse sobre su pecho, y el cráneo lo cubría con la cabeza de la -bestia, de erizados bigotes, agudos dientes y ojos amarillos de vidrio -que brillaban entre la revuelta melena de oro. Su diestra empuñaba sin -ningún esfuerzo un tronco entero de roble que le servía de cachiporra, -como la maza del dios. Sus hombros sobresalían por encima de todas las -cabezas. La muchedumbre admiraba sus pectorales redondos y fuertes como -escudos, los brazos, en los que se marcaban las venas y tendones como -sarmientos arro<span class="pagenum" id="Page_244">p. 244</span>llados -á los músculos, y las piernas, semejantes á columnas, entre las -cuales pendía la virilidad con el soberano impudor de la fuerza. Era -tan enorme, que su cráneo parecía pequeño en medio de los inmensos -hombros, abultados por la almohadilla de los músculos; su pecho mujía -al respirar como una fragua, y todos, instintivamente, se hacían un -paso atrás, temiendo el roce de aquella máquina de carne creada para la -fuerza.</p> - -<p>Los jóvenes elegantes amigos de Sónnica, que ni aun en aquella -ocasión suprema habían olvidado pintarse el rostro, le seguían y -admiraban, ordenando á la muchedumbre que abriese paso.</p> - -<p>—¡Salve, Therón! —gritaba Lacaro—. Veremos qué hace Hanníbal cuando -te encuentre en el combate.</p> - -<p>—¡Salud al Hércules saguntino! —contestaban los otros jóvenes, -apoyándose con desmayo en las espaldas de sus muchachuelos.</p> - -<p>El gigante miraba el campamento, en el cual comenzaban á sonar las -trompas y corrían los soldados para formarse en grupos. Avanzaban -los honderos cautelosamente, amparándose de los edificios y las -desigualdades del terreno. Iba á comenzar el combate. En las murallas -tendían sus arcos los flecheros, y los adolescentes amontonaban piedras -para arrojarlas con sus hondas. Los viejos obligaban á las mujeres á -re<span class="pagenum" id="Page_245">p. 245</span>tirarse. Cerca de -una escalera de la muralla, peroraba el filósofo Eufobias en medio de -un grupo, sin hacer caso de la indignación de los oyentes.</p> - -<p>—Va á correr la sangre —gritaba—. Pereceréis todos: ¿y para qué?... -Yo os pregunto qué ganáis no obedeciendo á Hanníbal. Siempre tendréis -un amo: y lo mismo da ser amigos de Cartago que de Roma. Se prolongará -el sitio y moriréis de hambre. Yo seré el último en sobreviviros, pues -conozco de antiguo la miseria como una fiel amiga... Pero otra vez os -pregunto: ¿qué más os da ser romanos que cartagineses? Vivid y gozad. -Quede para los carniceros el derramar sangre, y antes que pensar en dar -muerte á otro hombre, estudiaos á vosotros. Si hicierais caso de mi -sabiduría, si en vez de despreciarme me alimentaseis á cambio de mis -consejos, no os veríais encerrados en vuestra ciudad como zorras en el -cepo.</p> - -<p>Un coro de imprecaciones y una fila de puños amenazantes contestaron -al filósofo.</p> - -<p>—¡Parásito! ¡Esclavo de la miseria! —gritaban—. Eres peor que esas -<i>lobas</i> que se prostituyen á los bárbaros.</p> - -<p>Eufobias, cuya insolencia crecía al compás de la indignación, quiso -contestar; pero se detuvo viendo que una masa obscura le tapaba la luz -del sol. El gigantesco Therón estaba ante él, mirándole con el mismo -desprecio que uno de aquellos elefantes que los sitiadores tenían junto -al<span class="pagenum" id="Page_246">p. 246</span> río. Levantó su -mano izquierda, débilmente, como si fuese á alejar un insecto de un -papirotazo; apenas si rozó la cara insolente del filósofo, y éste cayó -por la escalera de la muralla con la cabeza ensangrentada, silencioso, -sin una queja, rebotando de peldaño en peldaño, como hombre convencido -de que el dolor no es más que una apariencia, y acostumbrado á tales -caricias.</p> - -<p>En el mismo momento una nube de puntos negros silbó sobre las -murallas como una bandada de pájaros. Volaron tejas, saltaron yesones -de las almenas, y cayeron con la cabeza rota algunos de los que estaban -en el muro. De entre las almenas salieron como contestación impetuosa, -las piedras y las flechas.</p> - -<p>Comenzaba la defensa de la ciudad.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_6"> - <p><span class="pagenum" id="Page_247">p. 247</span></p> - <h2 class="nobreak" title="VI. Asbyte">VI</h2> - <p class="subh2">Asbyte</p> -</div> - -<p>Hanníbal se agitaba entre las mantas de colores de su lecho, sin -poder conciliar el sueño.</p> - -<p>Los gallos habían anunciado la media noche, rasgando con su grito el -silencio del campamento, y el caudillo permanecía desvelado, cerrando -los ojos sin poder dormir. Le tenía en vela el canto de un ruiseñor -posado en un gran árbol, de cuyo ramaje pendía su tienda.</p> - -<p>Una lámpara de barro iluminaba la aglomeración de objetos en -torno de su lecho. Centelleaban en el suelo corazas, grebas y cascos -cubiertos por pedazos de ricas telas robadas en las quintas saguntinas. -Los muebles griegos, las ánforas de tocador de sutil cincelado, -los tapices con escenas mitológicas, revolvíanse confundidos con -los látigos de piel de buey sin curtir, los escudos de cuero de -hipopótamo y los harapos de Hanníbal, tan amante del brillo de sus -armas, como descuidado y sucio en sus ropas.<span class="pagenum" -id="Page_248">p. 248</span> Los vasos griegos de rica labor estaban -destinados á los más bajos usos. Una crátera de alabastro cubierta por -un escudo servía de asiento; un gran vaso de arcilla roja, decorado -por un artista griego con las aventuras de Aquiles, lo empleaba el -africano con desprecio para sus desahogos más íntimos; pedazos de -estatuas y columnas destrozadas por el furor de la invasión se hundían -en el suelo, ofreciendo asiento á los capitanes de Hanníbal cuando -celebraban consejo en la tienda del caudillo. Era el botín, amontonado -y magullado por la fiebre del robo. De él, sólo una pequeña parte había -llegado hasta el jefe, que sentía un absoluto desprecio por la belleza -artística cuando no estaba impresa en metales preciosos. Se reía de los -dioses de aquella tierra lo mismo que de los de su país y del mundo -entero, y escupía sobre los mármoles de las divinidades que llenaban -el campamento como si fuesen pedazos de piedra, buenos únicamente para -enviarlos con la catapulta contra los enemigos.</p> - -<p>Á impulsos de la excitación nerviosa, que no le dejaba dormir, -se incorporó en el lecho, y la luz de la lámpara dió de lleno en su -rostro. Ya no era el pastor celtíbero, greñudo y feroz que Acteón había -encontrado en el puerto de Sagunto. Libre del disfraz, se mostraba tal -cual era: un joven de estatura regular, de miembros proporcionados y -fuertes, sin alardes de exage<span class="pagenum" id="Page_249">p. -249</span>rada musculatura, pero revelando en su cuerpo el temple del -acero, una vitalidad capaz en momentos supremos de los más inauditos -esfuerzos. Tenía la tez ligeramente bronceada, y su cabellera, de -cortos y gruesos rizos, formaba á modo de un turbante negro y lustroso -en torno de su cabeza, cubriéndole por completo la frente y dejando -al descubierto los lóbulos de las orejas, de los que pendían grandes -discos de bronce. La barba era espesa y rizosa; la nariz recta, pero -poco saliente, y sus ojos, grandes é imperiosos, miraban siempre -de lado, con una expresión de profunda astucia y de inabordable -recogimiento. El cuello, musculoso, se torcía habitualmente, inclinando -la cabeza á la derecha, como si quisiera percibir mejor el sonido de -cuanto le rodeaba.</p> - -<p>Vestía un simple sayo deshilachado y sucio como el de cualquier -celtíbero de los que roncaban en las tiendan inmediatas, y únicamente, -cual signo de poder, brillaban en sus muñecas dos anchos brazaletes -de oro, dando fuerza con su opresión á los tendones y músculos del -brazo.</p> - -<p>Más de un mes estaba ante los muros de Sagunto sin conseguir ventaja -alguna. Aquella misma tarde la había pasado guiando sus máquinas de -guerra sin resultado, y esta falta de éxito era lo que en la soledad -excitaba sus nervios, no dejándole dormir. Hijo mimado de la<span -class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span> victoria, había vencido -á campo raso las tribus más salvajes de la Iberia; había llevado sus -elefantes por las cumbres de los montes más altos, atravesando ríos, -rompiendo bosques, viendo la muchedumbre antes belicosa prosternarse -ante él como si fuese un dios; y por primera vez en su vida tropezaba -con un enemigo tenaz que al abrigo de sus muros se burlaba de él y no -le dejaba avanzar un paso.</p> - -<p>La ciudad de comerciantes y labradores, que había estudiado de -cerca, contemplando con desprecio su opulenta molicie, amenazaba -acabar con su buena suerte; y el caudillo, viéndola inquebrantable y -pensando en sus enemigos de Cartago, en la cólera de Roma y en que el -tiempo transcurría sin conseguir ningún avance, experimentaba cierta -ansiedad.</p> - -<p>Había escogido bien el punto vulnerable de Sagunto. Sus máquinas de -guerra estaban colocadas ante la parte baja de la ciudad, que avanzaba -sus murallas en el valle, sobre un terreno llano y descubierto que -permitía la aproximación de los arietes. Pero apenas se adelantaban los -centenares de hombres desnudos que tiraban de las pesadas máquinas, -caía sobre ellos tal lluvia de flechas, que habían de huir los que no -quedaban clavados en el suelo.</p> - -<p>Algunas veces, al abrigo de los manteletes que avanzaban sobre -ruedas y por cuyas saeteras disparaban los arqueros cartagineses, -conse<span class="pagenum" id="Page_251">p. 251</span>guían llegar -los arietes al pie del muro. Pero por lo mismo que aquel lado de la -ciudad resultaba el más expuesto á un ataque, las murallas, que en la -parte alta de Sagunto eran de tapial, tenían allí una robusta base de -rocas, y en vano las cabezas de carnero de bronce con que remataban los -arietes topaban y topaban, movidas por centenares de brazos. Una lluvia -de flechas y piedras caía sobre los sitiadores, rompiendo los escudos -con que se cubrían: una gran torre dominaba todo el terreno de los -asaltantes, sembrando entre ellos á mansalva la muerte; y no contentos -con esto los sitiados, muchas veces, arrastrados por su coraje, -lanzábanse fuera de los muros, acuchillando á los cartagineses.</p> - -<p>Cada salida de estas costaba grandes pérdidas al ejército de -Hanníbal. Los africanos comenzaban á hablar con temor supersticioso -de un gigante desnudo, cubierto con una piel de león y esgrimiendo -un tronco, que salía al frente de los saguntinos y á cada golpe -abría un ancho surco en los asaltantes. Los etíopes veían en él una -divinidad terrible y sanguinaria como las que adoraban en sus oasis; -los celtíberos aseguraban que era Hércules, descendido del Olimpo para -ayudar á su ciudad.</p> - -<p>Hanníbal le reconoció de lejos en los combates. Era Therón, el -sacerdote que había visto una mañana en la Acrópolis, admirando -su vigor extraordinario. Pero á pesar de conocer su origen<span -class="pagenum" id="Page_252">p. 252</span> humano no podía evitar el -terror de las tropas apenas veían sobresalir sobre los cascos aquella -cabeza de león invulnerable, que parecía torcer el curso de las flechas -y las piedras.</p> - -<p>Además, los sitiados contaban con el auxilio de las <i>faláricas</i>. -¡Bien se conocía que entre los comerciantes y rústicos agricultores -figuraban hombres expertos en la guerra, que habían corrido muchos -países! El recuerdo de Acteón, el aventurero griego, compañero de su -infancia, surgía en la memoria de Hanníbal. Él sería seguramente el -inventor de la <i>falárica</i>, un dardo arrojadizo, rodeado de estopa -empapada en pez. Partía la flecha ardiendo como un reguero de fuego, -con su hierro largo, capaz de atravesar el escudo y la coraza; y aunque -el terrible dardo no penetrase en la armadura, sus llamas se pegaban á -las ropas; los combatientes arrojaban las armas para librarse del fuego -y quedaban de este modo expuestos á los golpes del enemigo. Los mismos -que habían peleado con las tribus más invencibles y bárbaras de Iberia, -huían, arrojando el escudo ante aquellas colas de fuego que venían -silbando y esparciendo chispas desde los muros de Sagunto.</p> - -<p>Así transcurría el tiempo, sin que los sitiadores avanzasen; y -Hanníbal se sentía dominado por cruel impaciencia. ¡Fuego de Baal! -Él, encadenado á aquellos muros que no podía hacer suyos; y mientras -tanto, la facción de Hanón<span class="pagenum" id="Page_253">p. -253</span> conspirando en Cartago, preparando la ruina de los Barcas si -no conseguía apoderarse de Sagunto, y proyectando tal vez su entrega á -Roma cuando ésta reclamase viendo violados los tratados.</p> - -<p>Su despecho le hizo arrojarse de nuevo en la cama, buscando el sueño -con el ansia de quien desea olvidar. Apagó la luz de la lámpara, pero -en la obscuridad siguió con los ojos abiertos. La azulada luz de la -luna se filtraba por una rendija de la cúpula de la tienda, cayendo -sobre las corazas que en la obscuridad brillaban como peces plateados. -Fuera seguía cantando el ruiseñor.</p> - -<p>Hanníbal se encolerizó: le desvelaba el maldito pájaro. Él era capaz -de dormir entre el estrépito de los combates. Acostumbrado desde niño -al campamento, le arrullaban las ásperas trompas de guerra: las roncas -canciones de los mercenarios y el relincho de los caballos, no lograban -despertarle. Pero el canto dulce de aquel pájaro, su trino incesante, -le molestaba como el zumbido de un abejorro.</p> - -<p>Saltó del lecho, buscó á tientas un arco entre el revoltijo de -armas, telas y muebles, y salió de la tienda. La frescura de la noche -le calmó un tanto.</p> - -<p>Brillaba la luna en un ambiente puro, sin una nubecilla. El -viento era tibio, á pesar de que terminaba el otoño; parpadeaban las -estrellas;<span class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span> al trino -del ruiseñor, contestaban otros y otros esparcidos en los árboles del -inmenso valle. El campamento descansaba. Extinguíanse las hogueras, -cerca de las cuales dormían los soldados en horrible promiscuidad -con las mujeres y los niños del ejército, envueltos en harapos ó en -pedazos de ricas telas; y los caballos, amarrados al suelo por estacas, -alineaban en correctas filas sus soñolientas cabezas. En el fondo, la -ciudad sitiada permanecía obscura y silenciosa como si durmiese. El -débil resplandor que se escapaba por algunas saeteras de sus muros, -producía el efecto de unas pupilas ligeramente entreabiertas que -vigilaban fingiendo dormir.</p> - -<p>Hanníbal saltó por encima de los soldados escogidos, que dormían -ante la puerta de la tienda. Se incorporaban al sentir su paso, y -reconociendo al caudillo, volvían á unir su cabeza á la tierra y -continuaban roncando. Eran veteranos de las guerras de Hamílcar, que -miraban con veneración casi religiosa al <i>leoncillo</i> de su antiguo -capitán.</p> - -<p>Armó el arco al dar la vuelta á la tienda para disparar contra el -pájaro oculto en el ramaje; pero se detuvo asombrado viendo junto al -tronco del árbol una figura blanca que brillaba envuelta por la luz de -luna.</p> - -<p>Era una mujer; una amazona. Centelleaban en su cabeza y su pecho el -casco de oro y la coraza de escamas; descendía á lo largo de las<span -class="pagenum" id="Page_255">p. 255</span> piernas, marcando su -contorno, la túnica de blanco lino, y los brazos fuertes y desnudos, -se apoyaban en la lanza con el regatón clavado en el suelo. Sus ojos -negros estaban fijos en la tienda de Hanníbal con extraña persistencia, -sin parpadear, como si soñase despierta, y el viento de la noche -agitaba levemente la cabellera que descendía por sus espaldas. Detrás -de ella veíase un caballo negro, de pelo brillante, piernas nerviosas -y ojos inyectados de sangre, sin silla ni freno, sueltas las crines y -bajando la cabeza para lamer el borde de la túnica de la amazona y sus -desnudos pies, como un perrillo que la siguiera á todas partes.</p> - -<p>—¡Asbyte! —exclamó Hanníbal, sorprendido por la aparición—. ¿Qué -haces aquí?</p> - -<p>La reina de las amazonas pareció despertar, y al ver al caudillo, -fijó en él la mirada húmeda y apasionada de sus grandes ojos.</p> - -<p>—No podía dormir —dijo con voz lánguida y cadenciosa—. He pasado -la primera parte de la noche soñando cosas horribles. La diosa Thanit -no guarda mi reposo, y he visto la sombra de mi padre Hiarbas, -anunciándome la próxima muerte.</p> - -<p>—¡Morir! —exclamó Hanníbal riendo—. ¿Quién piensa en morir?</p> - -<p>—¿Soy acaso inmortal? ¿No combato como cualquiera de tus soldados? -Me arrojo con ímpetu sobre los bosques de lanzas; las flechas -silban<span class="pagenum" id="Page_256">p. 256</span> en torno de -mí como si arrastrase un manto de invisibles pájaros; desprecio las -<i>faláricas</i> con sus cabelleras de fuego... pero algún día moriré: los -sueños me lo anuncian.</p> - -<p>Asbyte, como si temiera mostrar demasiada melancolía ante Hanníbal, -añadió animosamente:</p> - -<p>—Venga la muerte cuando quiera. No me asusta como á los mercaderes -de Cartago que te odian. Si turbó mi sueño es porque al despertar pensé -en tí. No puedo explicarme por qué causa pensé que tú también podías -morir; y ante tu muerte, Hanníbal, no me resigno. Tú debes vivir tanto -como un dios. Recordé que duermes solo en tu tienda; que para ocultar -mejor tus salidas no tienes guardias que velen despiertos tu sueño, y -sentí la necesidad de hacer algo por tí, de pasar la noche apoyada en -la lanza, cerca de tu lecho, para impedir la traición de un enemigo.</p> - -<p>—¡Qué locura! —exclamó riendo el africano.</p> - -<p>—Hanníbal —dijo con gravedad la hermosa amazona—; acuérdate de -Hasdrúbal, el esposo de tu hermana. Bastó el puñal de un esclavo para -acabar con él.</p> - -<p>—Hasdrúbal debía morir —dijo el caudillo con la convicción del -fatalismo—. Lo quería la suerte de Cartago. Era preciso que Hasdrúbal -desapareciese para dejar paso á Hanníbal. Pero Hanníbal no tiene quien -le reemplace, y vivirá aun<span class="pagenum" id="Page_257">p. -257</span> cuando durmiese rodeado de enemigos. Mi sueño es ligero y mi -brazo pronto: el que se desliza en la tienda de Hanníbal entra en su -tumba.</p> - -<p>Asbyte contemplaba con admiración amorosa al joven héroe, que -había arrojado el arco, y al hablar de su fuerza elevaba los brazos -poderosos. La luna agrandaba su sombra de tal modo que, al mover los -brazos, parecía abarcar en ellos el campamento, la ciudad, todo el -valle, como un sér sobrenatural.</p> - -<p>La amazona se aproximó á él, dejando la lanza sobre el tronco -del árbol. Al abandonar su arma, parecía haber depuesto la belicosa -fiereza, y avanzaba hacia Hanníbal con dulzura femenil, mirándolo con -los mismos ojos tímidos y húmedos de los antílopes que triscan en los -oasis de su país.</p> - -<p>—Además —murmuró—, he venido porque necesitaba estar cerca de tí. -Me causa un placer dulcísimo velar tu sueño; siento la voluptuosidad -de un sacrificio grato guardándote sin que tú lo sepas... Nunca puedo -hablarte. Te contemplo de día á caballo entre esos cartagineses de -armaduras doradas que te rodean; á pie, guiando á los que empujan -las máquinas de guerra, ayudándoles muchas veces para excitar su -entusiasmo; pero siempre te veo de lejos, como caudillo, como héroe, -nunca como hombre. ¿Te acuerdas de aquellos días en la ciudadela de -Cartago-Nova, cuando acababa yo de llegar de África con los<span -class="pagenum" id="Page_258">p. 258</span> refuerzos que te hicieron -lanzar gritos de entusiasmo?</p> - -<p>—¡Asbyte! ¡Asbyte! —murmuró Hanníbal, moviendo las manos para -rechazarla, como si le molestasen tales recuerdos.</p> - -<p>—No te enojes, Hanníbal, óyeme. Necesito hablarte: dame al menos el -consuelo de verte de cerca, de decirte lo que siento. Si no, ¿á qué he -venido á Iberia uniendo mi suerte á la tuya?</p> - -<p>El caudillo miraba en torno, como si le molestase que alguien -pudiera escuchar su conversación con la amazona.</p> - -<p>—No temas —dijo Asbyte adivinando su pensamiento—. Magón tu hermano -duerme lejos de aquí con Marbahal, el capitán predilecto. Mis númidas -están en el otro extremo del campamento. Tú te rodeas únicamente de -iberos para excitar su fidelidad con tal prueba de confianza, y éstos -no entienden el fenicio.</p> - -<p>Hanníbal, convencido por la observación de Asbyte, bajó la cabeza y -cruzó los brazos, resignándose á escucharla.</p> - -<p>—Eres huraño y duro como un dios —suspiró la amazona—. Quien te -ama siente para siempre el fuego de Moloch en las entrañas, sin que -te dignes apagarlo con una mirada de bondad, con una sonrisa. Eres de -bronce; tus ojos miran eternamente á lo alto y no puedes ver á los que -se arrastran para llegar hasta tí. Crees haberme<span class="pagenum" -id="Page_259">p. 259</span> hecho feliz porque me llevas de combate en -combate, de conquista en conquista, y consideras que mi dicha consiste -en tener encallecidas por la lanza mis manos, que antes se adornaban -con sortijas; endurecidas por las carrilleras del casco mis mejillas, -que en otros tiempos se cubrían con ungüentos costosos, traídos de -Egipto por mis caravanas. Soy ruda y feroz como un hombre. Poseyendo -allá lejos jardines, en los que vive una primavera eterna, he sufrido -hambre y sed á tu lado. No sé ya quién soy; dudo de mi sexo, viendo -afeado mi cuerpo por la fatiga: la piel, sobre la que se deslizaban -las manos de mis esclavas como si fuese un espejo, es dura como la del -cocodrilo. Si no parezco horrible como el tropel de hembras envejecidas -que siguen á tus soldados, es porque aún vive en mí la juventud. Y todo -esto, ¿por quién? Por tí, que no me miras, que has olvidado nuestro -primer encuentro, que sólo ves en Asbyte un buen amigo, un aliado -apreciable que llegó hasta tí trayendo un buen golpe de combatientes. -¡Hanníbal! ¡Rayo de Baal! Eres grande como un semidiós, pero no conoces -á los seres humanos. Tú sólo ves en mí una amazona, una virgen guerrera -como las que cantaron los poetas de Grecia... y yo soy una mujer.</p> - -<p>Calló Asbyte algunos momentos, contemplando con tristeza al -silencioso Hanníbal.</p> - -<p>—Has olvidado sin duda cómo nos conocimos —añadió melancólicamente, -después de una lar<span class="pagenum" id="Page_260">p. 260</span>ga -pausa—. Vivía feliz en mis oasis, hasta que corrí hacia tí, como -si emanase de tu persona un hechizo irresistible. Era la hija del -garamanta Hiarbas. Cansada de las dulzuras de mi casa, del canto de mis -esclavas y de los esplendores que arrojaban á mis pies los mercaderes -de las caravanas, iba con Hiarbas á cazar el león en el desierto, y los -guerreros asombrábanse viendo cómo temblaban, obedientes y tímidos, -los más salvajes potros, al sentirme sobre sus lomos. Era fuerte, era -hermosa; apenas salida de la niñez, los caudillos más fieros de la -Numidia venían á pedir hospitalidad á mi padre para verme de cerca, y -hablaban de sus rebaños y de sus guerreros, proponiendo una alianza á -Hiarbas. Y yo, indiferente, fría, con el pensamiento puesto en Cartago, -donde había estado una vez acompañando á mi padre para ajustar el -tributo con los ricos del Senado. ¡Ah, la ciudad grandiosa, la ciudad -inmensa, con sus templos como pueblos y sus dioses gigantes!</p> - -<p>Y desviando el curso de sus ideas, hablaba con entusiasmo de -Cartago, como si al través de los viajes y las aventuras belicosas se -conservase fresca en ella la impresión de la gran ciudad. Recordaba las -viviendas de los ricos cartagineses, con los muros polícromos rematados -por esferas brillantes de metal y de vidrio; los grandes templos de -mármol, con sus bosques misteriosos, en los cuales resonaban las liras -y los címbalos de<span class="pagenum" id="Page_261">p. 261</span> -los sacerdotes; el templo de Thanit, rodeado de rosales, escondrijos -perfumados que servían de albergue á la prostitución sagrada en honor -de la diosa; y después el puerto, el inmenso puerto, con todo un pueblo -de naves que arrojaban á borbotones en la ciudad las riquezas del -mundo entero; el estaño de la Bretaña, el cobre de Italia, la plata -de Iberia, el oro de Ofir, el incienso de Saba, el ámbar de los mares -del Norte, la púrpura de Tiro, el ébano y el marfil de Etiopía, las -especias y perlas de la India y las telas brillantes de los pueblos del -Asia misteriosos y sin nombre, que permanecían en el último confín del -mundo envueltos en la vaguedad de la leyenda.</p> - -<p>Ella adoraba la ciudad, más aún que por sus esplendores, porque en -ella estaban los partidarios de los Barcas, los sostenedores de la -familia heroica, de cuyas hazañas hablaban por la noche á la luz de -la luna los guerreros númidas, y de la que era vástago glorioso aquel -Hanníbal todavía niño que hacía sonar su nombre en las guerras de -Iberia.</p> - -<p>—Los míos amaron siempre á los tuyos —continuó la amazona—. Si mi -padre Hiarbas soportó la dominación de Cartago, fué porque al frente -de ella estaba Hamílcar, un africano, un númida como nosotros. Yo odio -tanto como tú á los mercaderes de Cartago, antiguos fenicios que se -amontonaron y reprodujeron como gusanos en el peñón de Arad, para venir -después á apode<span class="pagenum" id="Page_262">p. 262</span>rarse -por el mar de nuestro hermoso suelo de África. Odio la nave grabada -en muchas de vuestras monedas y templos, porque es el signo de los -avarientos que vinieron á explotarnos; y adoro el corcel cartaginés, el -caballo númida, como un signo de nuestro pasado.</p> - -<p>Después habló del encanto que había ejercido sobre ella desde lejos -la gloria de los Barcas. Amó á Hanníbal sin conocerlo, influída por -los relatos de hazañas que llegaban hasta ella. Le veía luchando como -un leoncillo al lado de su padre, entre las manadas de toros con los -cuernos inflamados y de los carros ardiendo que los iberos arrojaban -contra el invasor cartaginés; le contemplaba loco de furor ante el -cadáver de Hamílcar, y después languideciendo de inacción al lado del -hermoso Hasdrúbal, conciliador y pacífico; hasta el momento en que, -asesinado éste por el puñal de un galo, aclamaba todo el ejército al -joven jefe.</p> - -<p>Acababa de morir su padre Hiarbas, y ella era reina de sus tribus -cuando supo que Hanníbal, ansioso de gloria y de luchas, estaba -aislado en la fortaleza de Cartago-Nova, sin otras tropas que las -últimas reliquias del ejército que Hamílcar había llevado á Iberia. -Los ricos de Cartago, enemigos de los Barcas, no se atrevían por miedo -al populacho á despojar al hijo de Hamílcar de la jefatura que le -daban sus soldados; confirmábanla con su silencio, pero le de<span -class="pagenum" id="Page_263">p. 263</span>jaban aislado, sin recurso -alguno, entregado á sus propias fuerzas para que los indígenas acabasen -con él, ó cuando más consiguiera sostener en las costas de Iberia un -pequeño estado, en cuyo seno se extinguiría lentamente la ambición de -los Barcas.</p> - -<p>—Entonces volé hacia tí —continuó Asbyte—. Deseaba conocer al -hombre y salvar al héroe. Entregué una gran parte de mis riquezas á -los mercaderes de Cartago para que me prestasen sus naves; inflamé el -entusiasmo de los más belicosos de mis tribus para que me siguieran; -hasta sus hijas que, imitándome, iban á la caza del león y galopaban -todo el día, empuñaron la lanza, sintiéndose arrastradas á mi loca -aventura; y una tarde, cuando tal vez llorabas considerando muertas -tus ilusiones de gloria, viste desde lo alto de la ciudadela de -Cartago-Nova toda una flota que llegaba del África. ¿Te acuerdas?... -Dí: ¿te acuerdas de cómo me recibiste?</p> - -<p>—Sí, y jamás lo olvidaré —dijo Hanníbal con dulzura—. Aquellos días -son mi mejor recuerdo.</p> - -<p>—Me recibiste como si fuese una divinidad, como si Astaroth, que -alumbra nuestras noches, hubiese descendido del cielo para darte -su protección. Olvidaste á mis guerreros para verme sólo á mí, y -despreciando por el momento tus ambiciones, pasamos las noches tendidos -en la terraza de la ciudadela, y las estrellas fueron testigos de<span -class="pagenum" id="Page_264">p. 264</span> nuestros interminables -abrazos. Pero ¡ay! aquella felicidad fué como esas rosas de Egipto que -sólo duran un día en los búcaros de las ricas de Cartago. Pronto volvió -á tí el orgullo de la dominación, el afán del caudillo. Admirabas, más -que mi belleza, la apostura de mis númidas, cuando por las tardes, -fuera de los muros, asombraban á tus viejos guerreros, arrojando -dardos, de rodillas sobre sus caballos, que corrían levantando el -polvo con el vientre. Salimos á pelear con los Olcades, los Vaceos, -todas esas tribus iberas que ayer te combatían y hoy te siguen: -guerreé tras de tí como un soldado y me consideraba feliz cuando -en las largas marchas, imitando á nuestros caballos que juntaban -amorosamente sus cabezas, te inclinabas hacia mí, chocando tu casco con -el mío para besarme... Después ni esto. ¿Qué soy yo? Un guerrero más -en tu campamento; un amigo digno de gratitud que te trajo su auxilio -al verte abandonado de Cartago, sin otra fuerza que un puñado de -veteranos y algunos elefantes. En los combates, si me ves en peligro, -vuelas á defenderme; pero después, en el campamento, en las marchas, -algunas palabras de amistad, una fría sonrisa como á cualquiera de -tus capitanes. Tu corazón se ha cerrado para mí. ¿Es que ya no soy -Asbyte, la que conociste en Cartago-Nova? ¿No me amas al verme afeada y -endurecida por la guerra? Dímelo, y volveré á ser mujer, me llenaré de -jo<span class="pagenum" id="Page_265">p. 265</span>yas, abandonaré mis -amazonas para rodearme de esclavas griegas; me cubriré de ungüentos que -devuelvan á mi piel su primitiva frescura, y te seguiré en tus marchas, -tendida en una litera con cortinas de púrpura.</p> - -<p>—No —se apresuró á decir Hanníbal con entusiasmo—. Te amo tal como -eres. La amada de Hanníbal sólo puede ser una amazona como tú, que has -hecho rodar bajo tu corcel muchos guerreros.</p> - -<p>—¡Entonces!... ¿por qué me huyes? ¿por qué me abandonas, olvidando -las dulzuras de nuestro primer encuentro? Mira ese ruiseñor que hace -poco querías matar: en medio de un campamento, frente á una ciudad -sitiada, canta y canta llamando á su hembra, sin importarle los -horrores de la guerra, sin percibir el hedor de sangre que sale de los -campos. Seamos como él: hagamos la guerra, pero amándonos, y paseemos -al través de las batallas nuestros cuerpos fundidos por el amor.</p> - -<p>—No, Asbyte —dijo el africano con acento sombrío—. Esa felicidad es -imposible: te amo, pero no podemos comprendernos. Tú te quejas de que -sólo veo en tí una amazona cuando eres una mujer: tú en cambio sólo ves -en mí un hombre, y yo soy más que un hombre. No soy el semidiós que tú -imaginas; soy algo más: una formidable máquina de guerra, sin corazón -ni misericordia, creada para aplastar á los hom<span class="pagenum" -id="Page_266">p. 266</span>bres y los pueblos que se opongan á su -paso.</p> - -<p>Y Hanníbal decía esto con convicción, golpeándose el duro pecho, -irguiendo su figura con sombría majestad al afirmar su potencia -destructora.</p> - -<p>—Te amaría si fuese un hombre capaz de perder mi tiempo en tales -dulzuras. ¿Pero cuándo has visto que el águila pase toda su vida en el -nido acariciando á la hembra, sin sentir el anhelo de remontarse para -caer sobre el enemigo? Los que tienen garras no pueden acariciar, y yo -nací para hacer presa del mundo ó que el mundo me aplaste... ¡Amar! -¡Dulce ocupación, lo reconozco! En mi pasada existencia, llena de -sangre y de luchas, el único oasis de felicidad fueron aquellos días -de Cartago-Nova, en los cuales creí que la propia Thanit, con toda su -belleza de diosa, se dignaba descender hasta mis brazos. Pero aquello -se acabó: Hanníbal tiene otros amores que le atraen y le dominan; -ama su espada, ama todo lo que posee el enemigo, y no puede dormir -con tranquilidad pensando en Roma, á la que ansía estrujar entre sus -brazos... ¡Cuán lejos está!...</p> - -<p>La amazona hizo un gesto de desesperación ante el apasionamiento con -que el caudillo hablaba de sus ambiciones.</p> - -<p>—Podías quejarte —continuó Hanníbal— si vieses que mi pensamiento -estaba ocupado por la imagen de otra mujer. ¿Á quién he amado -sino<span class="pagenum" id="Page_267">p. 267</span> á tí? Para -atraerme á estos bárbaros que me siguen, para ligarles por el -parentesco á mis empresas, hice mi esposa á la hija de un reyezuelo -ibero. Y bien, ¿dónde está? ¿me sigue acaso como tú? Permanece en -Cartago-Nova, hilando sus lanas de colores, y apenas si me acuerdo -de ella, pues ni por un momento me conmovieron sus gracias de virgen -bárbara. Yo sólo te amo á tí. Hanníbal sólo pudo caer trémulo de -pasión entre unos brazos como los tuyos, endurecidos por el manejo de -la lanza. Pero sé digna de él: no pienses como las otras mujeres: no -busques nuevos enternecimientos: únete á mí para que los dos pensemos -en poseer y odiar; en hacer el mundo nuestro.</p> - -<p>Y como exaltado por sus propias palabras, el africano, con los ojos -brillantes, se aproximó á Asbyte, acariciándola los brazos, mientras la -soplaba junto al rostro sus palabras de entusiasmo.</p> - -<p>—Yo quiero ser el señor del mundo: quiero que sobre la tierra -sólo exista Cartago, porque Cartago es mi patria. Si hubiese nacido -romano sería Roma la señora. Quiero con mi nombre borrar el recuerdo -de Alejandro el Macedonio; ser más grande que él, conquistar mayores -territorios, y sueño empresas menos fáciles que dominar los pueblos -asiáticos, ablandados por la molicie del sol y las riquezas. Roma es -dura, es más fuerte que nuestra república de mer<span class="pagenum" -id="Page_268">p. 268</span>caderes, roída por la avaricia y los -placeres; sus manos están endurecidas por la esteva y la lanza... ¡pues -contra Roma voy!... ¡Alejandro! ¡Cuán débil es su gloria! Es fácil -marchar á la conquista del mundo cuando se es hijo de Filipo, que deja -por herencia un ejército aguerrido en cien victorias; cuando se tiene -un reino obediente á la espalda y hasta en la niñez se goza la suerte -de recibir las lecciones de Aristóteles. Lo difícil es ser Hanníbal, -viéndose abandonado de la patria, sin otros recursos que los que yo -puedo buscarme; teniendo que hacer frente al mismo tiempo á la furia de -los enemigos y á la traición y las intrigas de los compatriotas; criado -lejos de mi padre, entre mercaderes astutos que, conservándome como en -rehenes, querían evitarse futuros peligros, torciendo mis instintos -belicosos; sin otra cultura que un poco de griego que me enseñó Sosilón -el espartano. Y á pesar de esto, Hanníbal riñe con la fatalidad y la -vence. Si Alejandro admira por sus conquistas en el país del sol, algún -día se asombrará el mundo viéndome dominar á la naturaleza, después de -aplastar á los hombres, atravesando las más altas nieves y cambiando -de sitio montañas enteras para seguir mi camino. Mírame bien, Asbyte, -y te convencerás de que es tan inútil querer despertar en mi corazón -sentimientos humanos como ablandar el pecho del enorme Moloch de bronce -que tenemos en Cartago. Hace un<span class="pagenum" id="Page_269">p. -269</span> momento, en la soledad de mi tienda, me sentía débil y -desconfiado; pero hablando contigo renace mi fuerza. Mírame bien: estás -en presencia del que no teme á los hombres ni á los dioses.</p> - -<p>—¡Los dioses! —exclamó con cierto temor Asbyte—. ¿No temes que te -castiguen?...</p> - -<p>Una carcajada ruidosa, sarcástica, de inmenso desprecio, contestó á -la amazona.</p> - -<p>—¡Los dioses! —gritó Hanníbal—. Vivo entre guerreros de todos los -pueblos. Cada uno adora sus dioses, y conozco tantos, ¡tantos! que no -creo en ninguno y me burlo de todos ellos. En Cartago adoraba á Moloch; -aquí me has visto muchas veces dedicar sacrificios á las divinidades -iberas, para atraerme á los pueblos. Si algún día entro como vencedor -en esa ciudad donde vive continuamente mi pensamiento, el populacho me -aclamará, viéndome subir al Capitolio para dar gracias á sus dioses... -Yo sólo creo en la fuerza y la astucia; sólo tengo un dios tutelar, -la guerra, que agiganta los hombres dándoles la omnipotencia de la -divinidad. Si al ser señor de toda la tierra no encontrara con quien -reñir, moriría, creyendo que el mundo estaba vacío.</p> - -<p>La amazona bajaba la cabeza con expresión triste.</p> - -<p>—Comprendo que nunca serás mío, Hanníbal. Amas la guerra sobre todas -las cosas y serás<span class="pagenum" id="Page_270">p. 270</span> -fiel á ella mientras vivas. Eres una ave de presa; te basta el amor -momentáneo de la esclava, te sacia la mujer llorosa y herida que cae -en poder de tus soldados al entrar al asalto por la brecha. Nunca -comprenderás el amor con sus dulzuras.</p> - -<p>Hanníbal se encogió de hombros con desprecio.</p> - -<p>—Amo la victoria, el éxito. El laurel que los héroes griegos se -ceñían en el triunfo tiene para mí un perfume más penetrante que las -rosas de los poetas. Cesa, Asbyte, en tus lamentos: sé guerrera y -olvida que eres mujer; te amaré más, serás mi hermano de armas. ¿Á -qué pensar en aquellas noches de amor, cuando estaba yo caído en la -desgracia y carecía de soldados, ahora que toda Iberia viene á mí y -comienzo á ver realizados mis ensueños de dominación? Contempla ese -campamento donde se hablan infinitas lenguas y cada uno viste diverso -traje. Las tribus llegan como los riachuelos que engrosan el torrente. -Cada día se presentan nuevos guerreros. ¿Cuántos son?... Nadie lo sabe. -Marbahal decía ayer que eran ciento veinte mil; yo creo que pronto -serán ciento ochenta mil. Les arrastra la ciega confianza en Hanníbal; -presienten que conmigo se marcha á la victoria; tal vez sus dioses -les han dicho que esto no es más que el principio de una serie de -hazañas que asombrarán al mundo. Admírate, Asbyte. Esas gentes<span -class="pagenum" id="Page_271">p. 271</span> han pasado su vida -guerreando entre sí; se odiaban, y sin embargo, la espada de Hanníbal -es un cayado, que les guía como un rebaño común. ¿Y quieres, después -de este prodigio, que pierda mi tiempo amándote, que permanezca en mi -tienda tendido á tus pies, con la cabeza sobre tus rodillas, oyéndote -cantar las soñolientas canciones del oasis?... No, ¡rayo de Baal! La -ciudad está enfrente de nosotros, burlándose del ejército más grande -que jamás se reunió en los campos de Iberia, y es preciso acabar. Es -preciso que la tienda de lienzo aplaste á la torre de piedra. Afila -bien tu lanza, hija de Hiarbas; prepara tu fiel caballo, amada mía. -Sopla en torno de mí ese aliento misterioso que siempre percibo en -vísperas de la victoria. Hoy mismo entraremos en Sagunto.</p> - -<p>Y miraba á lo lejos como si sintiera impaciencia, aguardando la -llegada del día. Brillaba la luna con menos intensidad; oscurecíase -el cielo tomando su azul un tono más denso, y por la parte del mar -marcábase una ancha faja de claridad violácea.</p> - -<p>—Pronto amanecerá —continuó el africano—; esta noche, Asbyte, -dormirás en el lecho de marfil de alguna rica griega, y tendrás á tus -pies los ancianos de la ciudad para que te sirvan como esclavos.</p> - -<p>—No, Hanníbal. No terminará para mí el día que ahora empieza. -Veo aún la sombra de Hiar<span class="pagenum" id="Page_272">p. -272</span>bas, tal como se me apareció antes del primer canto del -gallo. ¡Moriré, Hanníbal!</p> - -<p>—¡Morir!... ¿Y eres tú quien lo crees? Para que el enemigo llegue -hasta tí, es preciso que pase sobre Hanníbal. Eres mi hermano de armas. -Yo estaré á tu lado.</p> - -<p>—Aun así moriré. Mi padre no puede engañarme.</p> - -<p>—¿Tienes miedo?... ¿Tiemblas, hija del garamanta?... ¡Al fin, mujer! -Quédate en tu tienda: no te aproximes á los muros. Iré á buscarte, -cuando llegue el momento de que entres en la ciudad como señora.</p> - -<p>Asbyte irguió su gallarda figura cual si acabase de recibir un -latigazo. Sus grandes ojos brillaban con cólera.</p> - -<p>—Te dejo, Hanníbal. Comienza á amanecer. Prepáralo todo para el -asalto, y ya me encontrarás cuando tus tropas den la señal. Al saber -que voy á morir, sólo quería pedirte un beso, el último... No, no -te acerques. Ahora no lo deseo: me haría daño. Si caigo y puedes -encontrarme entre los cadáveres, ya sabes cual ha sido mi último -pensamiento.</p> - -<p>Se alejó apoyada en su lanza, por entre las filas de tiendas, -seguida del negro caballo, que husmeaba la huella de sus plantas como -bestia apasionada.</p> - -<p>Comenzaba el día. Extinguíanse las hogueras, y en torno de las -últimas llamas veíanse<span class="pagenum" id="Page_273">p. -273</span> hombres que se levantaban del suelo estirando sus miembros -entumecidos y sacudiendo los pedazos de tela en que estaban envueltos. -Relinchaban los caballos tirando de las cuerdas, y los soldados -los dejaban en libertad, conduciéndolos al río para abrevarlos y -limpiarlos.</p> - -<p>Por todos los caminos llegaban al campamento grandes carretas -cargadas de víveres y forraje, y con el chirrido de sus ejes -confundíanse las canciones de los soldados que, al levantarse alegres, -recordaban el lejano país, cantando en la lengua natal.</p> - -<p>Era una confusión de voces y de gritos; cada pueblo ocupaba un lugar -distinto; se saludaban con aullidos regocijados de una nación á otra. -Sobre el campamento, elevábase un vaho de carne desnuda y sudorosa, de -guisos raros hirviendo en las marmitas, y resonaban los grandes mazos -de los carpinteros componiendo los artefactos de asedio, que á las -pocas horas habían de disparar piedras y dardos contra las murallas. -Algunos guerreros de flotante manto, jinetes en briosos caballos, -corrían entre la ciudad y el campamento mirando las murallas de -Sagunto, en cuyas almenas, enrojecidas por los primeros rayos del sol, -comenzaban á rebullir los defensores. Hanníbal, á pie, con la cabeza -descubierta, contemplaba también la ciudad desde fuera del campamento, -sentado en<span class="pagenum" id="Page_274">p. 274</span> un trozo -de muro, último resto de una quinta arrasada por los sitiadores.</p> - -<p>Estaba resuelto á dar el asalto tan pronto como su ejército hubiese -terminado los preparativos matinales. Quinientos africanos armados -con picos se formaban en las afueras del campamento. Iban á acometer -aquel punto de la ciudad que avanzaba su muralla en un terreno llano -y despejado, que permitía llegar hasta su base sin obstáculo alguno. -En otros sitios del campamento se agolpaban los infantes celtíberos -con largas escalas para intentar el asalto por distintos lados á la -vez. Avanzaban las máquinas de guerra; las catapultas, con el robusto -balancín oprimido por tirantes cuerdas, pronto á disparar los pedruscos -depositados en la cavidad de su largo brazo; los arietes, que al ser -arrastrados, temblaban pendientes de sus cadenas. Las torres de asedio, -ligeras, de paredes de juncos entrelazados, marchaban sobre discos -macizos, coronadas por los escudos de los sitiadores, que se ocultaban -tras ellos para disparar los dardos.</p> - -<p>Hanníbal corrió á su tienda, pasando por entre los jinetes, que -limpiaban sus caballos y sus armas con lentitud, convencidos de que -no habían de tomar parte en el asalto hasta el último momento. El -caudillo se armó á la ligera. Vistióse una corta loriga de escamas -de bronce, se cubrió con el casco, tomó un escudo, y al salir<span -class="pagenum" id="Page_275">p. 275</span> de la tienda encontró á -Marbahal y á su hermano Magón, encargados de las reservas que quedaban -en el campamento.</p> - -<p>—Llevas las piernas descubiertas —dijo el hermano—. ¿No te las -cubres con las grebas?</p> - -<p>—No —contestó animoso el caudillo—. Vamos á un asalto, y para trepar -por los escombros, hay que tener los pies ligeros. Los dardos me -respetarán como siempre.</p> - -<p>Al salir del campamento creyó ver entre dos tiendas á la reina de -las amazonas, que le seguía con ojos tristes. Pero Asbyte, al cruzar -su mirada con la de Hanníbal, se alejó, tornándole la espalda con -altivez.</p> - -<p>Sonaron las trompas y el campamento pareció moverse, marchando -contra la ciudad.</p> - -<p>Avanzaban los manteletes, verdaderas murallas de madera, por cuyos -intersticios disparaban los arqueros. Al abrigo de estos movibles -baluartes, iban adelantando los africanos armados de picos, mientras -que por otros lados del valle corrían los celtíberos, llevando al -frente sus escalas.</p> - -<p>Las murallas se cubrieron en un instante de defensores. Por encima -de las almenas asomaban brazos nervudos arrojando dardos, culebreaban -las hondas disparando piedras, y se combaban los arcos despidiendo -agudos silbidos.</p> - -<p>Hanníbal, para animar á los asaltantes, marchaba detrás de los -quinientos africanos, riendo<span class="pagenum" id="Page_276">p. -276</span> de los proyectiles de toda clase que chocaban con la -madera de los manteletes. Varias noches, arrastrándose, y á riesgo -de caer prisionero, había llegado hasta el pie de aquel muro que -cubría la parte del valle y era el más fuerte de la ciudad. La base -estaba formada de grandes piedras unidas con barro. Convencido el -caudillo de que era difícil escalar los muros, quería abrir brecha por -los cimientos, derrumbando la rojiza muralla, ante la que se había -estrellado su ejército.</p> - -<p>Al llegar cerca de ella, los africanos abandonaron el abrigo de -los manteletes, arrojándose con furor contra la barrera de enormes -piedras. Desnudos, negruzcos, vociferantes, subiendo y bajando sus -brazos musculosos, al final de los cuales brillaba el hierro del pico, -parecían espíritus infernales enviados por los dioses kabiros de -Cartago para la destrucción de la ciudad. Encarnizados y tenaces en su -tarea de destrucción, rugían y trabajaban, insensibles á los golpes que -venían de arriba.</p> - -<p>Los sitiados, enfurecidos por tanta audacia, despreciaban á los -honderos baleares y á los arqueros, que desde lejos disparaban sobre -las almenas; y sacando el cuerpo fuera, arrojaban á los africanos -dardos y pedruscos, que cayendo verticalmente, nunca dejaban de -producir víctimas. Rodaban los africanos con la cabeza partida -ó las espaldas aplastadas; rompíanse los<span class="pagenum" -id="Page_277">p. 277</span> brazos y las piernas como cañas bajo el -peso de los pedruscos, y más de un asaltante quedaba con el vientre -clavado al suelo por un dardo que le atravesaba los riñones. Por encima -de los cuerpos palpitantes, de las carnes magulladas, de la sangre que -se amalgamaba con el barro de los muros, nuevos asaltantes cogían el -pico de manos de un moribundo y emprendían contra la muralla la obra de -destrucción, golpeándola furiosamente como si fuese un enemigo en pie; -confundiéndose los africanos, los celtíberos, los galos, hombres de -todos colores y razas, jurando cada cual en su idioma con espumarajos -de rabia y sintiendo cernerse la muerte sobre sus espaldas á cada -instante, entre el estrépito de aullidos y lamentos, de piedras que -caían y de <i>faláricas</i> que incendiaban las ropas y se agarraban á la -carne desnuda, haciendo arder á los hombres, que, retorciéndose de -dolor, corrían hacia el río como antorchas animadas.</p> - -<p>¡Ya se movía un bloque del muro! ¡Ya rodaba fuera de su álveo! Lo -más importante era sacar el primero; tras de aquel saldrían los otros. -Los asaltantes prorrumpieron en exclamaciones de salvaje alegría; oían -la voz de Hanníbal animándolos; pero antes de levantar la cabeza para -descansar un momento, un rugido inmenso se elevó entre ellos. Llovía; -pero eran gotas ardientes, infernales, que penetraban en los<span -class="pagenum" id="Page_278">p. 278</span> cuerpos como interminables -cuchillos. Arriba, entre las almenas, humeaba una hoguera. Era que los -comerciantes derretían los grandes lingotes de plata de sus almacenes, -enviando el metal fundido como una lluvia de muerte sobre los que -osaban destruir los muros de la ciudad.</p> - -<p>Los asaltantes retrocedieron rugiendo de rabia, y fueron á -refugiarse detrás de los manteletes. Hanníbal levantaba su espada, -queriendo con sus golpes hacerles volver al trabajo. Pero en vano se -esforzaba hablando de la victoria y de la necesidad de destruir el -muro. Sus soldados retrocedían de espaldas, mirando con respeto al -caudillo, que parecía invulnerable, pero quejándose del atroz tormento -de las quemaduras. Algunos se revolcaban en el suelo, con los labios -cubiertos de espuma, pataleando de dolor.</p> - -<p>De pronto, pareció que la ciudad estallaba, arrojando lejos de -sí á todos sus habitantes. Á lo lejos veíase huir á los celtíberos, -arrojando sus escalas. La ciudad salía en masa contra los sitiadores. -Las puertas eran pequeñas para dar paso á la muchedumbre armada que se -arremolinaba en ellas, extendiéndose después como un torrente que corre -encajonado entre montañas y de pronto se esparce en la llanura. Muchos -impacientes se descolgaban de las almenas para caer más pronto sobre el -enemigo.</p> - -<p>En un momento quedó cubierto por los sa<span class="pagenum" -id="Page_279">p. 279</span>guntinos que atacaban y los sitiadores que -huían, todo el espacio entre las murallas y el campamento. Hanníbal se -sintió arrastrado por la fuga de sus soldados. Ardían los manteletes, -y una muchedumbre de mujeres y niños empuñando antorchas, rodeaba las -torres de asedio, incendiando sus paredes de junco.</p> - -<p>Los saguntinos, formados en masas, avanzaban, barriendo á los -sitiadores, que huían á la desbandada. Ante su movible frente de picas -y brazos levantados con anchas espadas, sólo se veían hombres fugitivos -que arrojaban las armas y caían alcanzados por los dardos y las -lanzas.</p> - -<p>El gigante Therón avanzaba aislado, como si él solo fuese una -falange. La piel de león y su enorme estatura atraían las miradas de -todos: su maza subía y bajaba, acosando los grupos fugitivos y abriendo -en ellos grandes claros.</p> - -<p>—¡Es Hércules! —gritaban con terror supersticioso los sitiadores—. -¡El dios de Sagunto que viene contra nosotros!</p> - -<p>Y la presencia del gigante aceleraba aún más la dispersión que los -golpes de los saguntinos.</p> - -<p>Hanníbal intentaba avanzar, hacer frente; pero en vano rugía, -blandiendo su espada. Estaba preso en el torrente de la fuga; le -empujaban sus propios soldados, ciegos por el contagio del terror; le -pisaban los talones ó le golpeaban la espalda con sus cabezas bajas -por<span class="pagenum" id="Page_280">p. 280</span> la velocidad de -la carrera, y tenía que hacer grandes esfuerzos para no verse derribado -y pisoteado. Un momento más y los sitiados, después de destruir todas -las obras de asedio, entraban en el campamento.</p> - -<p>El caudillo rugía maldiciones y amenazas contra su hermano y -Marbahal, que no acudían con las reservas á sostener el torrente de la -derrota. Vió que apresuradamente salían tropas del campamento, pero á -pie y sin orden, con la precipitación que produce un suceso inesperado, -ajustándose muchos de ellos las correas de sus corazas, confundidos -con los de otros pueblos y sin sus jefes, que en vano hacían sonar los -cuernos para ordenar las huestes.</p> - -<p>Los saguntinos, con el impulso ciego de la victoria, chocaron con -este refuerzo y casi lo arrollaron en el primer encuentro. Hanníbal, -que había conseguido reunir un grupo de soldados más animosos, hacía -frente á los saguntinos.</p> - -<p>—¡Á mí! ¡Á mí! —gritaba á los que llegaban del campamento, y en su -turbación no sabían dónde acudir.</p> - -<p>Pero sus gritos atraían al mismo tiempo á los enemigos. Therón, como -si le guiase su dios, se dirigió contra Hanníbal, y pronto su maza -comenzó á caer sobre los escudos del grupo cartaginés. Se arrojaba -con un coraje frío contra los enemigos, quebrando sus lanzas con un -revés de la<span class="pagenum" id="Page_281">p. 281</span> maza; -hiriéndose con las espadas, que parecían embotarse en sus músculos -poderosos, y chorreando sangre por debajo de su piel de león, feroz y -magnífico, como una divinidad. No levantaba el nudoso tronco sin que -cayera un enemigo á sus pies.</p> - -<p>Comenzaban á retroceder otra vez los sitiadores ante el empuje de -los saguntinos; Hanníbal se veía arrastrado de nuevo por los suyos, -aterrados por la furia del gigante que parecía invulnerable, cuando -algo inesperado cambió la faz del combate.</p> - -<p>Tembló la tierra bajo un desenfrenado galope semejante al tableteo -de un trueno, y encorvadas sobre las crines de sus caballos, al aire -las cabelleras ondeantes bajo los cascos y arremolinadas las blancas -túnicas en torno de las piernas desnudas, cayeron contra los enemigos -las amazonas de Asbyte, con la impetuosidad de un huracán. Gritaban -tremolando sus lanzas, llamándose unas á otras para cargar sobre los -grupos más compactos, y los enemigos retrocedían asombrados ante -aquellas mujeres que por primera vez veían de cerca y que tenían á su -favor la fuerza de la sorpresa.</p> - -<p>Hanníbal, al través de las cabezas de los que le rodeaban, vió pasar -como un rayo luminoso á Asbyte, completamente sola. La luz del sol, -quebrándose en su casco, la rodeaba de un nimbo de oro. Su instinto de -amante la había hecho<span class="pagenum" id="Page_282">p. 282</span> -adivinar dónde estaba Hanníbal cercado de enemigos, y corría allí para -darle auxilio.</p> - -<p>Lo que después pasó fué rápido, instantáneo; apenas si Hanníbal pudo -verlo entre el polvo de la carga, con la vaguedad apresurada de un -ensueño.</p> - -<p>La amazona, con la lanza baja, se dirigió al galope contra el -sacerdote de Hércules, que en el reflujo de aquel combate desordenado, -cuerpo á cuerpo, había quedado solo en un gran espacio de terreno.</p> - -<p>—¡Ohóoo!... —gritaba la amazona, excitando el caballo con su -exclamación de guerra.</p> - -<p>Y doblando las piernas contra los hijares de la bestia, elevábase -sobre sus lomos para herir mejor al gigante.</p> - -<p>El caballo, asustado al ver la espantosa cabeza de león sobre la -testa del coloso, se encabritó relinchando, y en el mismo momento cayó -sobre sus ojos la enorme maza, produciendo igual chasquido que si se -quebrara una robusta ánfora.</p> - -<p>Rodó el caballo sobre las patas traseras con la cabeza rota, manando -sangre por los ojos, y la amazona, despedida de sus lomos, cayó de -rodillas á algunos pasos de distancia, cubriéndose con el escudo. Si -podía resistir un momento se salvaba. Hanníbal, olvidado de los suyos -que se agitaban en la confusión del combate, corría en su auxilio. -Del campamento salían grandes<span class="pagenum" id="Page_283">p. -283</span> grupos de jinetes para apoyar á las audaces amazonas, y la -masa de los sitiados retrocedía en desorden hacia la ciudad.</p> - -<p>Púsose en pie Asbyte y avanzó un paso, levantando la lanza para -herir al gigante; pero en el mismo momento, la enorme maza, blandida -con dos manos, cayó sobre ella como un muro que se desploma. Resonó -quejumbrosamente el escudo de bronce al quebrarse, cayó en pedazos el -casco de oro, y Asbyte se dobló en el suelo con la túnica cubierta de -sangre, como una ave blanca que plegase sus alas.</p> - -<p>Therón, á pesar de su ferocidad, quedó inmóvil, apoyado en su maza, -sin ver lo que pasaba á su alrededor, como arrepentido del horrible -destrozo que su fuerza había causado en aquella mujer hermosa.</p> - -<p>—¡Á mí, Therón! ¡Defiéndete, carnicero de Hércules!... Mátame si -puedes: soy Hanníbal.</p> - -<p>Volvióse el sacerdote y vió un guerrero que, cubierto el rostro -con el escudo y la espada de punta, avanzaba con agilidad asombrosa, -trazando círculos en torno de él, como un tigre que ataca á un -elefante y busca con su movilidad hacer presa en un punto flaco. -Había terminado la batalla: los saguntinos se replegaban sobre la -ciudad. Los jinetes sitiadores cargaban cerca de las murallas, dejando -solos á los dos combatientes en aquella parte del campo. Algunos -soldados se aproximaban con len<span class="pagenum" id="Page_284">p. -284</span>titud para detenerse á alguna distancia, intimidados por el -terror supersticioso que inspiraba el gigante.</p> - -<p>Therón no se inmutó al verse solo. ¡Hanníbal! ¡Era Hanníbal -aquel guerrero que iba á luchar con él completamente solo!... ¡Este -encuentro singular, á la vista de toda la ciudad asomada á las -murallas, parecía preparado por su dios! ¡Iba á librar á Sagunto de -su principal enemigo!... Hércules le proporcionaba esta gloria; y -sonriendo satisfecho, levantó la maza, marchando en línea recta contra -el africano.</p> - -<p>Éste le eludía retrocediendo, saltando de lado con agilidad felina, -evitando el encuentro, hasta que al fin, cansado el sacerdote y -deseando acabar antes que llegaran nuevos combatientes, se afirmó sobre -sus piernas de coloso y arrojó la maza contra Hanníbal. El enorme -tronco rasgó el aire, al mismo tiempo que Hanníbal, viéndolo venir -sobre él, saltaba de lado. Todavía alcanzó su escudo, produciendo -con el choque un estrépito atronador, y fué á caer lejos, levantando -una nube de polvo. El africano, con la violencia del golpe dobló las -rodillas, pero se repuso, y arrojando su escudo roto corrió con la -espada levantada contra Therón.</p> - -<p>El sacerdote de Hércules, al verse desarmado, tuvo un momento de -debilidad, sintió miedo, creyóse en presencia de un ser superior contra -el que nada podían sus fuerzas, y volviendo<span class="pagenum" -id="Page_285">p. 285</span> la espalda á Hanníbal, huyó hacia Sagunto. -Desde las murallas le llamaban á gritos viéndole en peligro. Algunos -armaban los arcos para detener con sus flechas á Hanníbal; pero no -osaban disparar por miedo á herir á Therón. Respiraban angustiosamente -los saguntinos al ver huir á su Hércules, perseguido por aquel guerrero -que le acosaba cerrándole el paso para que no llegase á la ciudad.</p> - -<p>El gigante pesado y musculoso corría difícilmente por el campo -cubierto de cadáveres y despojos del combate. Tropezó en un escudo, -sus rodillas se doblaron, y volvió á levantarse; pero esta vez -completamente desnudo. La piel de león había caído de sus hombros, -quedando entre los despojos de la batalla.</p> - -<p>Su perseguidor le alcanzaba. Sintió en sus espaldas el frío del -hierro hundiéndose entre los músculos, y no queriendo morir perseguido -como un esclavo á la vista de toda la ciudad, volvióse rápidamente, -extendiendo sus brazos como columnas para ahogar entre ellos al -enemigo.</p> - -<p>Pero Hanníbal, antes de que cayeran en torno de él aquellas dos -moles magullándolo, hundió su espada varias veces en el costado del -coloso, y Therón se desplomó, llevándose las manos á las heridas para -contemplar su sangre, de un rojo obscuro.</p> - -<p>Miró sin cólera á Hanníbal, con una expre<span class="pagenum" -id="Page_286">p. 286</span>sión infantil de dolor, y luego fijó sus -ojos turbios por la muerte en la alta Acrópolis, sobre cuyas techumbres -se reflejaba el sol.</p> - -<p>—¡Padre Hércules! —murmuró con amargura—. ¿Por qué abandonas á los -tuyos?...</p> - -<p>Su cabeza enorme, al caer en el suelo, levantó una nube de polvo. -Hanníbal se inclinó sobre ella, y con su espada comenzó á cortar el -robusto cuello, teniendo que dar muchos golpes para partir la maraña de -tendones como cuerdas y de músculos resistentes, en los que el hierro -parecía embotarse.</p> - -<p>Una nube de flechas comenzó á clavarse en el suelo en torno de -Hanníbal.</p> - -<p>El caudillo se despojó del casco, dejando suelta la cabellera de -gruesos rizos; agarró la cabeza de Therón por su ensangrentada melena, -y poniendo un pie con ademán de vencedor sobre el cuerpo del sacerdote, -la enseñó á los que ocupaban las murallas.</p> - -<p>Estaba magnífico con la espada en la diestra, avanzando el otro -brazo, que sostenía la cabeza del gigante. Relampagueaban de orgullo y -fría cólera sobre la obscura tez sus ojos, brillantes como los discos -de metal que pendían de sus orejas.</p> - -<p>Los sitiados le reconocieron, y un grito de sorpresa y de rabia -corrió á lo largo de la muralla.</p> - -<p>—¡Hanníbal!... ¡Es Hanníbal!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_287">p. 287</span>Aún permaneció -inmóvil algunos instantes, como la estatua de la victoria, desafiando -con soberbia á los enemigos, sin hacer caso de la nube de proyectiles -que zumbaba en torno de él, hasta que de pronto soltó la cabeza de -Therón y cayó de rodillas, abandonando su espada.</p> - -<p>Mopso el arquero acababa de atravesarle una pierna de un -flechazo.</p> - -<p>Todos vieron desde las murallas cómo en un arranque de dolorosa -rabia se arrancaba el mástil de la flecha, haciéndolo añicos y -arrojándolo lejos. Luego ya no vieron más. Una gran parte del ejército -sitiador corrió á él para cubrirlo, y sus honderos y arqueros -comenzaron á disparar contra la muralla.</p> - -<p>Acteón, fatigado por la salida reciente, contemplaba oculto tras -una almena lo que ocurría en torno de Hanníbal, sin prestar atención -á los proyectiles de los honderos que, enfurecidos por la herida del -caudillo, enviaban una tempestad de piedras contra los muros.</p> - -<p>Vió cómo se alejaba Hanníbal, sostenido por dos capitanes -cartagineses de dorada coraza y custodiado por una muchedumbre.</p> - -<p>De repente el caudillo repelió á los que le sostenían, y cojeando -dolorosamente anduvo hacia un bulto blanco y ensangrentado que se -destacaba sobre la tierra roja, como un harapo informe. Se inclinó -sobre él, y los númidas que le rodeaban vieron llorar al terrible -Hanníbal por<span class="pagenum" id="Page_288">p. 288</span> primera -y última vez, uniendo su boca á la destrozada cabeza de la amazona -Asbyte, besando aquel rostro amado, en torno de cuyas facciones -aplastadas y sangrientas, comenzaba á revolotear un enjambre de -fúnebres moscas.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_7"> - <p><span class="pagenum" id="Page_289">p. 289</span></p> - <h2 class="nobreak" title="VII. Las murallas de Sagunto">VII</h2> - <p class="subh2">Las murallas de Sagunto</p> -</div> - -<p>La herida de Hanníbal proporcionó á la ciudad algunos días de calma. -Los sitiadores permanecían en su campamento, inactivos, mirando Sagunto -desde lejos. Salían los honderos por las mañanas para ejercitar sus -brazos disparando contra la muralla; pero aparte de esto y de los -flechazos con que les contestaban desde la ciudad, no se cruzaban otras -hostilidades entre sitiados y sitiadores.</p> - -<p>Los pelotones de caballería recorrían el agro forrajeando, y la -turba inmensa de tribus feroces acababa su obra de destrucción, -saqueando las villas y casas de campo. Se aclaraban los grupos de -árboles: cada día derribaban nuevos troncos para llevar leña al -campamento, y en los espacios descubiertos ya no se veían tejados -y torres. Sólo ruinas humeantes y ennegrecidas aparecían aquí y -allá, sobre los abandonados campos. Un mosaico á flor de tierra era -muchas<span class="pagenum" id="Page_290">p. 290</span> veces el único -vestigio de una quinta elegante, arrasada hasta los cimientos por los -invasores.</p> - -<p>Los sitiados veían engrosar rápidamente el ejército de Hanníbal. -Todos los días llegaban nuevas tribus. Parecía que la Iberia entera, -subyugada por el prestigio de Hanníbal, iba á acampar en torno de -Sagunto, enardecida por la fama de sus riquezas. Llegaban á pie ó á -caballo; sucios, feroces, cubiertos de pieles ó vestidos de esparto, -con el escudo de media luna y la espada corta de dos filos, ansiosos -de pelear y trayendo consigo vistosos presentes para el africano, cuya -gloria les deslumbraba.</p> - -<p>Los saguntinos que habían comerciado con las tribus del interior, -reconocían desde las murallas á los recién llegados. Venían de muy -lejos; los había de ellos que habían marchado más de un mes para -llegar á Sagunto; y señalaban á los lusitanos, de figura atlética, -de los que se relataban horrorosas ferocidades; á los galaicos, que -vivían de la pesca ó de fundir el oro de sus ríos; á los astures, que -fabricaban el hierro, y á los vascos sombríos, cuya lengua no podían -aprender los otros pueblos. Y mezclados con ellos llegaban nuevas -tribus de la Bética, que se habían retrasado en acudir al llamamiento -del cartaginés; infantes ágiles de piel aceitunada, con la cabellera -esparcida sobre la espalda, vestidos con cortos faldellines blancos -y ancha franja<span class="pagenum" id="Page_291">p. 291</span> de -púrpura y empuñando grandes escudos redondos que les servían de sostén -para pasar los torrentes. El campamento que se extendía á lo largo -del río, acabó esparciéndose por el inmenso valle, formando grupos de -tiendas y chozas, hasta perderse de vista. Era una verdadera ciudad, -más grande que Sagunto, que avanzaba y avanzaba como si fuera á -tragarse sus murallas.</p> - -<p>Al día siguiente de la victoriosa salida de los saguntinos notaron -éstos gran movimiento en el campo sitiador. Eran las honras fúnebres de -la reina de las amazonas. Vieron cómo el cadáver de Asbyte era paseado -por las guerreras, llevándolo en alto sobre un escudo: después, en el -centro del campamento, se elevó la columna de humo de la enorme pira -que consumió sus restos.</p> - -<p>Los sitiados adivinaban el estado de ánimo de los enemigos. Hanníbal -estaba tendido en su lecho, y el ejército parecía anonadado por el -dolor del héroe. Los hechiceros del campamento entraban y salían en la -tienda examinando la herida, y buscaban después en los montes cercanos -hierbas misteriosas para confeccionar milagrosos emplastos.</p> - -<p>En Sagunto los más audaces hablaban de hacer una salida, de -aprovechar aquel instante de desaliento para caer sobre los enemigos, -poniéndolos en fuga. Pero el campo sitiador estaba bien<span -class="pagenum" id="Page_292">p. 292</span> vigilado; el hermano -de Hanníbal, con los principales capitanes, velaba para evitar -una sorpresa; el ejército estaba tras los baluartes de tierra del -campamento como en una ciudad fuerte, y aprovechaba su inacción para -realizar nuevas obras, poniéndose á cubierto de un ataque.</p> - -<p>Además, la ciudad no estaba menos desalentada por la muerte del -sacerdote de Hércules. No podían explicarse los saguntinos cómo el -caudillo africano había dado muerte al gigantesco Therón, á los ojos -de todo Sagunto, y los más supersticiosos veían en esto una señal -celeste, el aviso de que los dioses tutelares de la ciudad comenzaban á -abandonarla.</p> - -<p>Todos se mostraban con igual firmeza que al principio, resueltos á -defenderse; pero había desaparecido la alegría burlona de los primeros -días del asedio. Creían husmear la desgracia en torno de ellos y les -entristecía el número de enemigos, siempre en aumento. Cada mañana -veían crecer el campo sitiador. ¿Cuándo cesarían de llegar los aliados -de Hanníbal?</p> - -<p>La alegre ciudad griega de los ricos comercios y las pomposas -fiestas Panatheas, presentaba el aspecto de las poblaciones sitiadas. -La muchedumbre de los campos refugiada en la ciudad, acampaba en calles -y plazas, esparciendo un hedor de rebaño enfermo y miserable. En los -templos se arrastraban los heridos al pie de las<span class="pagenum" -id="Page_293">p. 293</span> columnas, lanzando gemidos: arriba, en la -Acrópolis, humeaba la hoguera día y noche, consumiendo los cadáveres -de los que morían en las murallas ó caían en las calles, víctimas de -extrañas enfermedades, desarrolladas por el hacinamiento.</p> - -<p>Aún abundaban los víveres, pero faltos de frescura; y los ricos, -adivinando el porvenir, acaparaban lo que podían, viendo en lontananza -los días de escasez. En los barrios pobres mataban los caballos, las -bestias de carga, asando sus carnes en las fogatas encendidas en las -calles para los fugitivos que carecían de techo.</p> - -<p>Lo mismo en las murallas que en la Acrópolis, todos miraban al mar -con impaciencia. ¿Cuándo llegarían los auxilios de Roma? ¿Qué hacían -los legados enviados por Sagunto á la gran República?...</p> - -<p>La impaciencia hacía caer frecuentemente á toda la ciudad en -dolorosos engaños. Por las mañanas, los vigías apostados en la -Acrópolis sobre la torre de Hércules, daban furiosos golpes en los -címbalos de alarma al ver en el horizonte algunas velas. Corría la -muchedumbre á la cumbre del monte, siguiendo con mirada ansiosa la -marcha de los lienzos blancos ó rojos, sobre la azul superficie del -golfo Sucronense. ¡Eran ellos!... ¡los romanos!... ¡las avanzadas de -la flota de socorro que navegaban hacia el puerto! Pero tras algunas -horas de angustiosa expectativa,<span class="pagenum" id="Page_294">p. -294</span> llegaba la decepción, al ver que eran naves mercantes de -Marsella ó Ampurias que pasaban de largo, ó trirremes enemigas que -Hasdrúbal, el hermano de Hanníbal, enviaba desde Cartago-Nova con -vituallas para el ejército.</p> - -<p>Cada uno de estos desengaños aumentaba la tristeza de los -saguntinos. ¡El enemigo siempre creciendo y los aliados sin venir! -La ciudad iba á perderse. Únicamente se reanimaba el entusiasmo de -los defensores al encontrar en las murallas al viejo Mopso, que por -su flechazo certero contra Hanníbal, era el héroe de la ciudad, y al -animoso Acteón, que con sus burlas de ateniense, ligero y gracioso ante -el peligro, sabía comunicarles nuevos ánimos.</p> - -<p>Sónnica también aparecía entre ellos en los sitios de combate. -Recorría las murallas cuando silbaban las flechas, y los ciudadanos -pobres admirábanse del valor de la opulenta griega, despreciando los -golpes del enemigo.</p> - -<p>El amor á Acteón y el odio á los sitiadores, la hacían ser audaz. -Mostrábase furiosa contra los cartagineses. Desde lo alto de la -Acrópolis había visto una tarde cómo salían llamas de la techumbre de -su quinta, cómo se derrumbaba la roja torre del palomar, cómo eran -abatidos los hermosos bosques que rodeaban su casa, quedando todo -convertido en un montón de escombros y troncos carbonizados, y ansiaba -vengarse, no de la riqueza perdida, sino de la destrucción<span -class="pagenum" id="Page_295">p. 295</span> del retiro misterioso -de sus amores, de la suntuosa vivienda llena de recuerdos. Además, -sentíase nerviosa y en insufrible molestia en esta nueva vida, dentro -de una ciudad sitiada, teniendo que comer viandas groseras y dormir -en una habitación de su almacén, entre las riquezas amontonadas con -el desorden de la fuga, confundida casi con sus esclavas y privándose -del baño, pues en la ciudad no había más agua que la de las cisternas, -y los magistrados la distribuían con gran parsimonia, preveyendo una -próxima escasez.</p> - -<p>Esta vida de miserias excitábala, haciendo que se distinguiera por -su audacia belicosa. Veía de tarde en tarde á su amante, pues Acteón, -alma de la defensa, tan pronto estaba en las murallas dirigiendo á los -esclavos que las reparaban, como subía á la Acrópolis con Mopso, para -examinar en conjunto la situación del enemigo. Quería aprovechar la -tregua proporcionada por la herida de Hanníbal para poner á la ciudad -en mejores condiciones de defensa; y mientras tanto Sónnica paseaba -por la muralla hablando con los jóvenes, prometiendo ricos premios á -los que más se distinguiesen, y excitando á todos á hacer una salida -sin ejemplo: la ciudad en masa arrojándose fuera de las murallas, -aplastando á los enemigos, barriéndolos hasta arrojarlos en el mar.</p> - -<p>Iba á todos lados escoltada por Eroción y<span class="pagenum" -id="Page_296">p. 296</span> Ranto. La vida en un estrecho espacio y la -comunidad del peligro, la habían hecho aproximarse á los dos muchachos, -y éstos seguían á su señora acogiendo con sonrisas de entusiasmo todas -sus palabras, aplaudiendo los propósitos belicosos de la rica.</p> - -<p>Ranto ya no era pastora. Una tras otra, habían devorado todas sus -cabras en la casa de Sónnica, y sin más ocupación que seguir á su -señora, cogida siempre de la mano de Eroción, consideraba el sitio como -una felicidad, y su deseo era que no terminase nunca. Hasta el ceñudo -Mopso, el padre de su amante, los encontraba juntos sin protestar, y -muchas veces sonreía al verles tranquilos y felices, paseando por las -murallas sin miedo á los sitiadores.</p> - -<p>El peligro había hecho más bondadosa á la gente. Los ricos -comerciantes se codeaban con los esclavos al disparar el arco detrás -de las almenas; veíase á más de una griega opulenta, rasgar su túnica -de lino para vendar las heridas á los rudos mercenarios; y Sónnica la -rica, que antes despreciaba á las mujeres de la ciudad, hablaba á las -esclavas para que formasen una tropa igual á la de aquellas amazonas -que seguían á Hanníbal. Ranto, satisfecha de la nueva situación, ciega -de felicidad hasta el punto de no ver las angustias y miserias que -sufría la población, tiraba de su amante en los momentos de combate, le -arrancaba el arco de las manos,<span class="pagenum" id="Page_297">p. -297</span> y arrastrándolo fuera de las murallas, escondíanse en el -hueco de una escalera, al pie del muro, y se acariciaban con nueva -voluptuosidad, pareciéndoles más intenso su placer mezclado con el -silbido de las flechas y los gritos y exclamaciones de dolor y rabia -que sonaban arriba.</p> - -<p>La tregua sólo duró veinte días. En el silencio del campamento, -resonaban sin cesar los mazos de los carpinteros, y los sitiados veían -elevarse poco á poco una gran torre de madera de varios pisos, mucho -más alta que las murallas de la ciudad.</p> - -<p>Hanníbal se sentía fuerte y ansiaba reanudar el sitio. Con el deseo -de que los enemigos le viesen cuanto antes, abandonó su tienda, á -pesar de que aún tenía abierta la herida; y montando á caballo salió -del campamento para galopar á lo largo de los muros, seguido por sus -capitanes.</p> - -<p>Los saguntinos sintiéronse deslumbrados al mirarle. Brillaba como -una ascua de fuego sobre su negro caballo; el sol le envolvía en un -resplandor que cegaba, como si fuese una divinidad. Llevaba la coraza -y el casco que las tribus galaicas le habían traído como presente, -fabricados con oro puro de sus ríos. El caudillo amaba más las -armaduras de bronce, que había paseado al través de las batallas; pero -su cabalgada en torno de Sagunto equivalía á una<span class="pagenum" -id="Page_298">p. 298</span> resurrección, y deseaba que los sitiados le -contemplasen deslumbrador y majestuoso como un dios.</p> - -<p>Con la reaparición de Hanníbal, comenzó de nuevo el asedio, más -fuerte que antes. Los saguntinos comprendieron desde el primer momento -que los sitiadores habían aprovechado la tregua para aumentar su poder -ofensivo. Avanzaron con grandes esfuerzos la enorme torre de madera que -acababan de construir. Tenía varios pisos, en los cuales se colocaban -los arqueros, disparando por las saeteras abiertas en los troncos. La -plataforma superior dominaba de tal modo la muralla, que su catapulta -arrojaba sobre las almenas grandes piedras, sembrando la muerte entre -los defensores.</p> - -<p>Hanníbal multiplicábase, excitado por la tenacidad de los -saguntinos, ansiando terminar cuanto antes el sitio.</p> - -<p>Era imposible permanecer al descubierto en las murallas. La torre -había sido colocada cerca de aquel punto saliente de la ciudad, que -Hanníbal consideraba el más flaco. Caían sin cesar dardos y piedras -sobre las murallas, y mientras los defensores se refugiaban tras las -almenas, no pudiendo sacar el cuerpo, abajo, en la base, trabajaban los -arietes al abrigo de la torre, topando contra los muros, deshaciéndolos -lentamente; y los africanos, que sobrevivieron á la primera intentona, -atacaban ahora con más segu<span class="pagenum" id="Page_299">p. -299</span>ridad los bloques, abriendo poco á poco una brecha.</p> - -<p>Los saguntinos, pálidos por el furor y la impotencia, se agitaban en -vano para impedir esta destrucción. La torre de asedio, moviéndose en -un terreno llano á impulsos de los hombres que se ocultaban tras ella, -iba de un sitio á otro sembrando la muerte, y á veces se aproximaba -tanto, que los sitiados podían oir las voces de los arqueros que -disparaban por sus saeteras. Mientras tanto, continuaba abajo, en la -base de los muros, el trabajo lento y obstinado para derribarlos.</p> - -<p>Los ciudadanos más entusiastas, bramando de indignación al ver -como destruían impunemente sus muros, sacaban el cuerpo para disparar -contra los que manejaban el ariete ó los picos; pero apenas quedaban -al descubierto, caía sobre ellos un pedrusco ó se desplomaban con -el cuerpo atravesado por una flecha. La muralla estaba cubierta de -cadáveres. Se arrastraban los heridos, contemplando con mirada turbia -el mástil del dardo que les atravesaba el cuerpo.</p> - -<p>En vano disparaban los sitiados contra la torre. Las piedras -rebotaban sobre sus paredes de troncos con sordo ruido, pero sin -causarla quebranto. Aparecía erizada de flechas, moviéndose como un -elefante monstruoso, insensible á las heridas, é inútilmente partían -contra ella las <i>faláricas</i> rasgando el espacio con su cabellera<span -class="pagenum" id="Page_300">p. 300</span> de humo y chispas, pues no -hacían arder las pieles mojadas de que estaba forrada la parte alta de -la torre.</p> - -<p>Huían los más prudentes de un lugar donde se concentraban los -esfuerzos del sitiador y acudían á él los más audaces, sin saber -ciertamente cómo repeler al enemigo, pero con la tenaz idea de morir -antes de que avanzara un paso.</p> - -<p>Mopso, el arquero, era el único que en tan difícil situación causaba -daño á los cartagineses. Con el arco tendido avanzaba un instante la -cabeza fuera de las almenas y disparaba, consiguiendo introducir sus -flechas por las saeteras de la torre, lo que esparcía la muerte entre -los soldados que se creían seguros. Eroción estaba á su lado. Al ver -á su padre en aquel lugar de peligro, había repelido á Ranto al pie -de la escalinata de la muralla, sin hacer caso de sus lágrimas, y -empuñando el arco, pretendía imitar á su padre, hostilizando á los de -la torre.</p> - -<p>Pero menos prudente, con el ardor de la juventud, sacaba casi todo -el cuerpo fuera de las almenas, y cuando conseguía introducir una -flecha en la torre, reía, completamente al descubierto, insultando á -los sitiadores con sus carcajadas de pilluelo audaz.</p> - -<p>Una piedra de la catapulta de la torre pasó silbando y chocó con su -cabeza, produciendo un chasquido fúnebre. La sangre y las piltrafas -sal<span class="pagenum" id="Page_301">p. 301</span>picaron á los más -cercanos, y el muchacho, doblándose como si fuese de trapos, resbaló -entre dos almenas, cayendo fuera de las murallas. Las flechas de su -carcax se esparcieron en torno del cadáver, con triste vibración de -hierro.</p> - -<p>—¡Mopso! ¡Mopso! —gritó Acteón, intentando detener al arquero.</p> - -<p>Pero el viejo se había lanzado en medio de la muralla, completamente -al descubierto, con los ojos vidriosos, trémula la barba gris, -imponente de dolor y de furia.</p> - -<p>Intentó tender por tres veces su arco para disparar contra la -plataforma de la torre donde estaba la catapulta, y por más esfuerzos -que hizo, no logró preparar su arma. El dolor, la sorpresa, la -desesperación que le producía no poder exterminar de un golpe á todos -los enemigos, le arrebataban las fuerzas.</p> - -<p>Mientras pugnaba con el duro arco, que parecía rebelarse contra él, -silbaban en torno de su cabeza los proyectiles del enemigo. Viéndose -impotente, envejecido en un instante por el dolor, contemplando abajo -el destrozado cadáver de su hijo y sin poder vengarle, lanzó un gemido, -y reuniendo todas las fuerzas de su voluntad, se lanzó fuera de la -muralla, cayendo sobre los restos de Eroción. Su cabeza chocó con sordo -ruido en las piedras, salió de ella un hilo de sangre, y padre é hijo -formaron un grupo inmóvil á corta distancia de los asaltantes, que -seguían<span class="pagenum" id="Page_302">p. 302</span> empujando el -ariete y socavando la base de la muralla.</p> - -<p>Duró casi todo el día la desigual lucha. Los saguntinos que -guardaban esta parte del muro, no lograban evitar los avances del -enemigo. Sentían el sordo choque de los picos, la muralla parecía -bambolearse bajo sus pies y nada podían hacer para impedir los -progresos del sitiador.</p> - -<p>Lentamente iban retirándose los defensores. Acteón, triste por -la trágica muerte de su compatriota y convencido de que era inútil -permanecer allí, les aconsejaba la retirada al interior de la ciudad. -Retrocedió con algunos de los suyos, y á los pocos momentos, un -torreón carcomido en su base por el ariete, se bamboleó, cayendo al -fin al suelo con gran estrépito de escombros, que llenaron de polvo el -espacio. Tras él se abatieron dos torreones más y un gran lienzo de -muralla, sepultando entre los escombros á los defensores más tenaces, -que quisieron permanecer en su puesto hasta el último momento.</p> - -<p>Una exclamación formidable, un alarido de salvaje alegría, contestó -desde afuera á la caída de los muros. Al través de la abierta brecha -vióse desde las calles de la ciudad la campiña desolada y un extremo -del campamento. Brillaban las armas en el denso ambiente, enrojecido -por el polvo de los escombros; veíase avanzar<span class="pagenum" -id="Page_303">p. 303</span> obscuras masas y resonaba el bramido de los -cuernos.</p> - -<p>—¡El asalto!... ¡Los cartagineses que entran!...</p> - -<p>Y de todos los puntos de la ciudad acudían gentes armadas. Las -estrechas calles vecinas á la muralla vomitaban grupos y más grupos -que llegaban vociferantes, blandiendo espadas y hachas, con el aspecto -resuelto del que ha decidido morir. Escalando los escombros fueron á -colocarse de pie en la brecha; y este espacio abierto, ancha herida -que rasgaba el cinturón de piedra de la ciudad, quedó cubierto por una -muchedumbre abigarrada que blandía sus armas formando una masa sólida é -inquebrantable.</p> - -<p>Acteón estaba en la primera fila. Cerca de él vió al prudente Alco, -que había cambiado su báculo por la espada, y muchos de aquellos -tranquilos comerciantes, cuyas caras astutas parecían ennoblecidas por -la heroica resolución de morir antes que dejar paso á los enemigos.</p> - -<p>Cuando éstos llegaron al asalto tuvieron que chocar con la ciudad -entera. De nada les servían la torre de asedio, los arietes y -catapultas; la lucha era cuerpo á cuerpo, y los mismos sitiados no -empleaban ya la <i>falárica</i>, sino la espada y el hacha.</p> - -<p>Hanníbal, á pie, guiaba las falanges, que avanzaban con las picas -bajas ó la espada en<span class="pagenum" id="Page_304">p. 304</span> -alto. Peleaba como un soldado, ansioso por acabar aquel sitio que -retardaba sus planes; comprendiendo que estaba en el momento decisivo -y un esfuerzo supremo podía hacerle dueño de la ciudad. Con palabras -entrecortadas hablaba á los soldados en los distintos idiomas de sus -tribus, recordando las grandes riquezas de la ciudad, la hermosura de -las griegas, el considerable número de esclavos que había dentro de -los muros; y los baleares acometían con la cabeza baja, avanzando sus -picas de madera con la punta endurecida por el fuego; los celtíberos -rugían sus cantos de guerra, golpeándose el pecho como un sonoro tambor -y descargando las cortantes espadas de dos filos; y los númidas y -mauritanos, descendidos de sus caballos, iban de un lado á otro astutos -y recelosos, arrojando sobre los sitiados los dardos de su cinturón, -oculto bajo los blancos velos.</p> - -<p>Todo en vano. La brecha era una angosta garganta. El ejército -cartaginés, á pesar de la superioridad numérica, tenía que estrechar -su frente para batirse en tan reducido espacio, y, equilibradas -las fuerzas, los saguntinos eran los que llevaban la mejor parte, -rechazando á los sitiadores tantas veces como intentaban subir -la pendiente de escombros. Hundíanse las espadas en las carnes, -produciendo las atroces heridas de las guerras de la antigüedad; -rasgábanse los pechos al brutal impulso de las picas; agarrá<span -class="pagenum" id="Page_305">p. 305</span>banse los combatientes, -enredando sus brazos como sarmientos, trabándose las piernas, haciendo -crujir sus pechos jadeantes como fuelles, y rodaban por el suelo -mordiéndose el rostro. Al levantarse algunas veces el vencedor, -ostentaba con orgullo entre los dientes, una piltrafa sangrienta.</p> - -<p>Subían las tropas de Hanníbal como un huracán la pendiente de la -brecha, y á su choque conmovíase la masa de defensores: pero ninguno -retrocedía; había que morir, firmes en el puesto, teniendo á las -espaldas una compacta multitud que obligaba á ser valiente, no dejando -espacio para huir.</p> - -<p>Así duró el combate algunas horas. Los cadáveres, amontonándose -entre los sitiados y los asaltantes, dificultaban el avance de éstos. -Comenzaba á ponerse el sol, y Hanníbal se sentía fatigado por la -tenaz resistencia, contra la que se estrellaban todos sus esfuerzos. -Confiando aún en su buena suerte, hizo sonar las trompas para un último -asalto; pero en el mismo instante ocurrió una cosa inaudita, que -desconcertó al caudillo, sembrando la confusión en sus tropas.</p> - -<p>Acteón no supo realmente de dónde partió la voz. Tal vez fué una -alucinación de la fe; la invención de algún entusiasta cansado de -permanecer á la defensiva.</p> - -<p>—¡Los romanos! —gritó una voz—. ¡Nuestros aliados que llegan!...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_306">p. 306</span>La noticia se -esparció con la credulidad que da el peligro. Corría de unos á otros -la versión de que los vigías de la torre de Hércules acababan de ver -una flota navegando hacia el puerto, y nadie preguntaba quién había -traído á la brecha la agradable nueva. Todos la aceptaban, añadiéndola -por propia cuenta nuevos detalles; y brillaban los ojos de alegría, -se coloreaban los rostros, y hasta los heridos que se arrastraban por -entre los escombros levantaban los brazos gritando:</p> - -<p>—¡Los romanos! ¡Ya vienen los romanos!</p> - -<p>De repente, sin orden alguna, por común instinto, como si los -empujase una fuerza invisible, se arrojaron fuera de la brecha, -escombros abajo, cayendo como una avalancha sobre los sitiadores que se -agrupaban para dar el último asalto.</p> - -<p>Lo inesperado del choque, la fuerza de la sorpresa, aquel grito: -«¡Los romanos! ¡los romanos!», que lanzaban con tanta convicción los -saguntinos, sembraron la dispersión en las tribus bárbaras de Hanníbal. -Se defendieron; pero toda la ciudad caía sobre ellos; hasta las mujeres -y los muchachos combatían como en la mañana que murió Therón; y los -soldados de Hanníbal, esparcidos en pequeños grupos, sin ver ni oir á -sus jefes, emprendieron la fuga hacia el campamento.</p> - -<p>Hanníbal corría, gritando de furor, enloque<span class="pagenum" -id="Page_307">p. 307</span>cido, al ver que los sitiados repelían por -segunda vez sus tropas. Tanta era la ceguedad de su cólera, que se -introdujo entre los enemigos, y varias veces se vió próximo á caer bajo -sus golpes.</p> - -<p>Comenzaba á anochecer. Los combatientes saguntinos llegaban ya -á las inmediaciones del campamento, mientras la gente menuda de la -ciudad se esparcía por el campo, rematando á los heridos é intentando -incendiar las máquinas de asedio. Las hubieran destruído todas á no ser -por Marbahal, el lugarteniente de Hanníbal, que salió del campamento -con algunas cohortes de jinetes. Los sitiados, no pudiendo resistir á -la caballería en campo raso, fueron retirándose lentamente. Al cerrar -la noche ocupaban de nuevo la brecha, comentando á gritos aquella -victoria, que templaba su desaliento por la ausencia de los romanos.</p> - -<p>Acteón, con algunos saguntinos de los que más se distinguían en los -combates, se ocupaba de fortificar la ciudad. Hablaba á los viejos del -Senado de lo difícil que era defender largamente aquella abertura. Era -imposible repetir muchas veces el prodigio de aquella tarde. Y á la luz -de las antorchas, pasó la muchedumbre toda la noche trabajando dentro -de la brecha, abatiendo tejados y derribando muros.</p> - -<p>Los comerciantes y los esclavos, las ricas ciudadanas y las mujeres -de los arrabales, todos<span class="pagenum" id="Page_308">p. -308</span> confundidos, empuñaban picos, rodaban piedras y acarreaban -espuertas de barro. Hasta los Ancianos del Senado tomaban parte en -este trabajo titánico, que duró toda la noche y gran parte del día -siguiente.</p> - -<p>Eufobias el filósofo, que permanecía inactivo ante los insultos de -los que trabajaban, evocaba irónicamente el recuerdo de los primitivos -fundadores de la ciudad, cíclopes que manejaban piedras como montañas y -habían hecho arriba la base de la Acrópolis.</p> - -<p>En la tarde del día siguiente, cuando cesaban los trabajos, -comenzó á moverse el ejército sitiador. Marchó en masa al asalto, -silencioso, sombrío, adivinándose en él la resolución de apoderarse -al primer empuje de aquella brecha que el día anterior había sido su -vergüenza.</p> - -<p>Atravesaron las nubes de flechas y piedras que los sitiados les -arrojaban, y corriendo las primeras cohortes, subieron por los -escombros, luchando con los saguntinos más audaces, que todavía les -disputaban la brecha. Tras un breve combate, los sitiadores quedaron -dueños de la entrada de la ciudad, y prorrumpieron en exclamaciones de -triunfo.</p> - -<p>Hanníbal marchaba al frente de sus soldados animosamente; pero al -llegar á la cresta de la brecha, retrocedió un paso con expresión de -disgusto.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_309">p. 309</span>Frente á él, -extendíase un vasto espacio de casas arrasadas, y más allá de los -montones de escombros, elevábase un segundo muro monstruoso, construído -de prisa, como si un enorme escobazo hubiese colocado á la entrada de -la ciudad todos los despojos de su interior. Grandes sillares, masas de -mampostería, columnas rotas, apilábanse con la misma regularidad que -los bloques de una muralla, y los intersticios estaban cubiertos de -barro todavía fresco. Este muro, levantado á toda prisa por el supremo -esfuerzo de la ciudad entera, era más alto que el anterior, y formando -una curva, se unía con las dos cortinas de las antiguas murallas que -aún estaban en pie.</p> - -<p>Hanníbal palideció de rabia al ver que todos sus esfuerzos sólo -servían para hacerle dueño de un pedazo de suelo de la ciudad, cubierto -de ruinas, y que por arte prodigioso, los muros que él derribaba -volvían á levantarse más allá, en una sola noche. Sagunto destruiría -sus casas para fortificarse con nuevos recintos, cortándole el paso. -Tendría que conquistar el terreno palmo á palmo, calle por calle, -y le costaría meses y años ir estrechándola, primero en torno del -Foro, después en lo alto de la Acrópolis, antes de conseguir que se -rindiera.</p> - -<p>En la cima de la nueva muralla mostrábanse los saguntinos tan -resueltos como el día anterior, y sus arcos y hondas detuvieron el -empuje<span class="pagenum" id="Page_310">p. 310</span> de los -asaltantes, que acabaron por retroceder, quedando al abrigo de los -escombros de la brecha.</p> - -<p>Hanníbal, fuera del recinto de la ciudad, reflexionaba contemplando -las alturas de la Acrópolis. Adivinaba la posibilidad de perder todo -su ejército lentamente si seguía atacando Sagunto por la parte llana y -débil, donde los sitiados defendían tenazmente el terreno. Y llamando -á Marbahal y á su hermano Magón, les habló de la necesidad de tomar un -punto de la altura; de asaltar una parte de la inmensa Acrópolis, para -desde allí hostilizar á la ciudad, obligándola á rendirse.</p> - -<p>Transcurrieron algunos días sin que se reanudaran las hostilidades -por la parte del río. Las máquinas de guerra se habían trasladado al -pie del monte, y enviaban sus pesados proyectiles contra los muros más -extremos de la Acrópolis. Estos eran viejos y no habían sido reparados, -por fiar los saguntinos en lo inexpugnable de la altura.</p> - -<p>Además, el número de defensores no bastaba para atender al extenso -recinto de Sagunto, mientras el sitiador disponía de una inmensa -muchedumbre armada que podía lanzarse sobre varios puntos á la vez.</p> - -<p>Una noche, Acteón encontró en el Foro á Sónnica que le buscaba, -seguida de Alco el Prudente.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_311">p. 311</span>—Los Ancianos -necesitan de tí —dijo con tristeza la hermosa griega—. He aquí Alco, -que desea hablarte.</p> - -<p>—Escucha, ateniense —dijo con gravedad el saguntino—. Los días pasan -y no llega de Roma el necesario socorro. ¿Es que nuestros legados no -pudieron llegar al territorio de la nación aliada, y el Senado de la -gran República ignora nuestra situación? ¿Es que en Roma se imaginan -que Hanníbal, arrepentido de su audacia, ha levantado el sitio?... -Necesitamos saber qué es lo que nuestra aliada piensa de nosotros; -queremos que el Senado de Roma conozca detalladamente lo que hace -Sagunto; y los Ancianos, por indicación mía, han pensado en tí.</p> - -<p>—¿En mí?... ¿Y qué quieren? —preguntó Acteón con extrañeza, mirando -á la triste Sónnica.</p> - -<p>—Quieren que esta misma noche partas para Roma. Aquí tienes oro: -toma estas tablillas que servirán para que el Senado te reconozca -como mensajero de Sagunto. No te enviamos á una fiesta. La salida es -difícil, y más difícil aún encontrar en estas costas infestadas de -enemigos, quien te lleve hasta Roma. Debes partir esta noche; ahora -mismo si es posible, descolgándote de las murallas de la Acrópolis por -la parte opuesta del monte, donde apenas hay enemigos. Mañana, tal vez -sea tarde. Huye y vuelve pronto con el auxilio ansiado.</p> - -<p>Acteón tomó el oro y las tablillas que le ofre<span class="pagenum" -id="Page_312">p. 312</span>cía Alco, pero no sin excusarse, -comprendiendo la gravedad de la misión.</p> - -<p>—Nadie mejor que tú puede hacer esto —dijo el saguntino—. Por eso -he pensado en tí. Has pasado tu vida corriendo el mundo; hablas muchas -lenguas y no te faltan astucia y valor... ¿Conoces Roma?</p> - -<p>—No: el padre de mi padre hizo la guerra contra ella, á las órdenes -de Pirro.</p> - -<p>—Ve, pues, ahora á ella como amigo, como aliado, y quieran -los dioses que algún día bendigamos el momento en que llegaste á -Sagunto.</p> - -<p>Acteón no parecía resuelto á partir. Le pesaba como una vergüenza -abandonar la ciudad en aquel trance supremo, dejar á Sónnica dentro de -una población sitiada.</p> - -<p>—Yo soy un extranjero, Alco —dijo con sencillez—. Ningún vínculo -de sangre me une á vuestra suerte. ¿No temes que huya para siempre -dejándoos abandonados?</p> - -<p>—No, ateniense: te conozco y por esto he respondido de tu fidelidad -ante los Ancianos. Sónnica también ha jurado que volverás si no se -apoderan de tí los enemigos.</p> - -<p>El griego miró á su amada como preguntándola si debía partir, y ella -bajó la cabeza, resignada ante el sacrificio. Acteón, después de esto -se mostró resuelto.</p> - -<p>—Salud, Alco. Dí á los Ancianos que el ateniense Acteón será -crucificado en el campo de<span class="pagenum" id="Page_313">p. -313</span> Hanníbal ó comparecerá ante el Senado de Roma repitiendo -vuestras quejas.</p> - -<p>Besó á Sónnica en los ojos varias veces, y la hermosa griega, -conteniendo sus lágrimas, quiso seguirle con Alco hasta lo alto de la -Acrópolis, para verle algunos momentos más.</p> - -<p>Marcharon los tres en la obscuridad, por las explanadas de la ciudad -antigua, á lo largo de los muros de la Acrópolis. Habían apagado su -antorcha para no llamar la atención de los sitiadores y caminaban -guiados por la difusa luz de las estrellas, que parecían brillar con -más intensidad, como aguzadas por el frío de aquella noche, que era de -las primeras de invierno.</p> - -<p>Alco buscaba un lugar de la muralla que le habían indicado los -Ancianos más conocedores de la Acrópolis. Cuando llegaron á él, el -saguntino encontró á tientas el extremo de una gruesa soga atada á una -almena y lo arrojó en el espacio.</p> - -<p>La partida se verificaba en el más absoluto secreto. Los mismos -Ancianos que habían acordado el viaje del mensajero y preparado su -fuga, se ocultaban para no presenciarla. Sónnica se abrazó sollozando -al cuello de Acteón.</p> - -<p>—Parte pronto, ateniense —dijo el saguntino con impaciencia—. -Esta primera hora de la noche es la mejor; aún circulan por el campo -grupos de soldados antes de entregarse al sueño. Ahora pasarás sin -que te reconozcan: más tarde,<span class="pagenum" id="Page_314">p. -314</span> en el silencio de la noche, te sorprenderían los -centinelas.</p> - -<p>Acteón se libró de los brazos de Sónnica, y echando el cuerpo fuera -de los muros, agarró la cuerda en la obscuridad.</p> - -<p>—Ten confianza en nuestros dioses —dijo Alco como última -recomendación—. Aunque parezca que nos abandonan, siempre velan por -Sagunto. Hace poco, un esclavo fugitivo del campamento, ha revelado -ante los Ancianos que los Vaceos y los Calpenses, hartos de sufrir las -rapiñas de los destacamentos que Hanníbal envía para adquirir víveres, -se han sublevado contra él, degollando á sus emisarios. Parece que -Hanníbal, con una parte de su ejército, habrá de abandonar el sitio -para ir á castigarles. Tendremos enfrente menos enemigos; y si tú -vuelves con las legiones de Roma, Sagunto será para los cartagineses lo -que las islas Egatas fueron para ellos en Sicilia... ¡Ay! ¡Cuánto mejor -es la paz!</p> - -<p>Con esta melancólica exclamación se despidió Alco del griego, -mientras éste descendía por la cuerda silenciosamente. Al poco rato -sus pies tropezaron con una de las peñas en las que descansaba el -muro. Soltó la cuerda y comenzó á deslizarse á tientas, agarrándose -en su descenso, que parecía una caída, á los míseros olivos que se -retorcían en aquellas alturas como si se quejasen de la opresión de los -peñascos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_315">p. 315</span>Á los pies del -griego, en la negra soledad de la llanura, brillaban algunas hogueras. -Eran tal vez guardias avanzadas del campamento que vigilaban aquella -parte de la montaña; merodeadores de los que seguían al ejército, -establecidos allí, lejos de las miradas de Hanníbal.</p> - -<p>Acteón llegó al llano y comenzó á caminar sigilosamente, agachado, -á lo largo de un ribazo de piedras, deteniéndose muchas veces para -escuchar, conteniendo la respiración. Creía que le seguían; que -alguien caminaba tras él cautelosamente. Veía cerca una gran hoguera, -y destacándose sobre su humo rojo, algunas siluetas de hombres y -mujeres.</p> - -<p>Cuando se erguía explorando los obscuros campos para dar un rodeo -que le alejase de la hoguera, sintió que le cogían por los hombros, y -una voz ronca murmuró en su oído entre estúpidas risotadas:</p> - -<p>—Ya te tengo... En vano te ocultas.</p> - -<p>Acteón se desasió de aquellas manos, y tirando del ancho cuchillo -que llevaba en el cinto, dió un salto, quedando frente al desconocido -en actitud de defensa. Era una mujer. El griego veía á la difusa luz de -las estrellas su actitud de indecisión y sorpresa.</p> - -<p>—¿No eres Gerión el hondero? —murmuró, tendiendo sus manos al -ateniense.</p> - -<p>Se miraron casi tocándose en la obscuridad,<span class="pagenum" -id="Page_316">p. 316</span> y el griego reconoció en aquella mujer á la -infeliz <i>loba</i> que le había alimentado la primera noche de su llegada -á Sagunto. Ella parecía aún más sorprendida que el ateniense por el -encuentro.</p> - -<p>—¿Eres tú, Acteón?... Parece que los dioses me ponen en tu camino, -á pesar de que me desprecias... Huyes de la ciudad, ¿verdad? Te -habrás cansado de Sónnica la rica; no quieres perecer como todos esos -mercaderes que Hanníbal el invencible pasará á cuchillo. Haces bien. -Huye; aléjate.</p> - -<p>Y miraba con zozobra la cercana fogata, como si temiese la -aproximación de los soldados que se calentaban en torno de ella, riendo -y bebiendo con un grupo de <i>lobas</i> del puerto.</p> - -<p>La mísera cortesana, ahogando su voz, relataba al griego por qué -se hallaba allí. Era la amante de Gerión, un hondero balear. Éste -había abandonado á sus compañeros un momento antes, huyendo de ella -para no entregarla el dinero de la última soldada, y buscándolo, había -tropezado con Acteón. Podía volver; podían aproximarse los compañeros, -atraídos por las voces: allí estaban mal... ¿Qué pensaba hacer?</p> - -<p>—Quiero llegar á la costa, seguir por ella hasta que encuentre una -barca de pescadores que me lleve á Emporión ó á Denia. Tengo dinero -para pagarla. Después buscaré una nave que quiera conducirme lejos, muy -lejos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_317">p. 317</span>—No volverás, -¿verdad?... Deseo que no vuelvas. ¡Si supieras que algunas veces, -mientras los hombres se mataban en las murallas, pensaba en tí!... No -te veré más; pero prefiero no verte, antes que perezcas dentro de la -ciudad ó seas esclavo de mi amante el hondero... Hanníbal acabará con -todos... ¡Ah, ciudad cruel! ¡Y cómo deseo ver caer bajo las tropas de -Hanníbal á todas esas ricas, que nos hacían dar de latigazos cuando nos -aproximábamos á ellas en el puerto!...</p> - -<p>La pobre cortesana, dando la mano al griego, comenzó á guiarle al -través de los campos.</p> - -<p>—Ven —murmuró—. Yo te conduciré hasta la playa y allí seguirás tu -camino, sin más amparo que el de los dioses. Viéndote conmigo, creerán -que eres un soldado celtíbero que busca con su amante un lugar para -pasar la noche. Ven: te alimenté en la primera noche que llegaste y te -salvaré en la última.</p> - -<p>Se aproximaban al mar. Pasaron cerca de varias hogueras, siendo -saludados por las pullas soeces de los soldados y de las mujerzuelas, -que les creían una pareja amorosa en busca de refugio. Algunos grupos -armados les dejaron pasar sin el menor recelo.</p> - -<p>Oíase cada vez más próximo el rumor de las olas sobre la arena de la -playa. Caminaban entre juncos, hundiéndose en el tibio y pegajoso fango -de las marismas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_318">p. 318</span>La pobre <i>loba</i> se -detuvo.</p> - -<p>—Te dejo, Acteón. Si quisieras, te seguiría como una esclava. -Pero no querrás: me conozco... nada puedo ser para tí. Te alejas -para siempre, pero estoy contenta porque huyes de Sónnica. Antes de -partir... ¡bésame, mi dios!... En los ojos, no... En la boca... así.</p> - -<p>Y el ateniense, con tierna conmiseración, conmovido por la bondad de -aquella mísera criatura, besó sus labios secos y flácidos, que dejaban -escapar el insufrible hedor del vino de los honderos baleares.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_8"> - <p><span class="pagenum" id="Page_319">p. 319</span></p> - <h2 class="nobreak" title="VIII. Roma">VIII</h2> - <p class="subh2">Roma</p> -</div> - -<p>Cuando los primeros rayos del sol enrojecían las murallas del -Capitolio, la vida de Roma había comenzado hacía más de una hora.</p> - -<p>Los romanos abandonaban el lecho á la luz de las estrellas. -Rodaban en la obscuridad por las tortuosas calles los carros de la -campiña; desfilaban los esclavos con sus cestos y útiles de labranza, -despertados por el canto de los gallos, y cuando apuntaba el día, todas -las casas tenían abiertas sus puertas, y los ciudadanos sin ocupación -en los campos, marchaban á reunirse en el Foro, centro del tráfico y -de los negocios públicos, que comenzaba á adornarse con los primeros -templos y conservaba grandes espacios yermos, sobre los cuales se -habían de elevar algunos siglos después las magnificencias de la Roma -señora del mundo.</p> - -<p>Hacía dos días que Acteón estaba en la gran ciudad, alojado en -una posada de extramuros es<span class="pagenum" id="Page_320">p. -320</span>tablecida por un griego. Aún no se había extinguido en él la -admiración que le causaba aquella República severa, viviendo casi en -la pobreza; pueblo duro de agricultores y soldados, que llenaba con su -fama el mundo y vivía con mayor miseria que cualquier lugarejo de los -alrededores de Atenas.</p> - -<p>Esperaba Acteón comparecer ante el Senado aquel mismo día. La -mayor parte de los Padres de la República, vivían en el campo, en las -rústicas villas con paredes de adobes sin cocer y techo de ramaje, -vigilando el trabajo de sus esclavos, empuñando el arado como Cincinato -y Camilo; y cuando las necesidades del país les llamaban al Senado, -llegaban á Roma en su carreta tirada por bueyes, entre cestos de -verduras y sacos de grano, y con sus manos encallecidas por el trabajo, -vestíanse la toga antes de entrar en el Foro, transfigurados por la -majestad que les daba su alta investidura.</p> - -<p>El griego llegó al amanecer al Foro, encontrando la misma -muchedumbre de todos los días. Venerables romanos envueltos en su -toga, hablando á los jóvenes y á sus clientes del arte de colocar -prudentemente el dinero sobre buenas prendas, principal sabiduría de -todo ciudadano; pedagogos griegos, famélicos é intrigantes, siempre -en busca de una colocación en aquel pueblo sombrío, más apto para -la lucha que para la sabiduría; viejos legionarios, con el pardo -sayo<span class="pagenum" id="Page_321">p. 321</span> lleno de -remiendos, pensando con nostalgia en las pasadas guerras contra Pirro -y Cartago, perseguidos por las deudas y amenazados de esclavitud por -sus acreedores, á pesar de las cicatrices que cubrían su cuerpo; y la -plebe, sin otro vestido que la <i xml:lang="la" lang="la">lacerna</i> -(corta capa de paño burdo rematada por el <i xml:lang="la" -lang="la">cuculus</i>, capucha puntiaguda), la inmensa plebe romana -explotada y oprimida por los patricios, soñando siempre como remedio á -sus males con nuevos repartos de las tierras públicas, que lentamente, -por medio de la usura, iban á parar á manos de los ricos.</p> - -<p>En las gradas de los Comicios se reunían los ciudadanos de una tribu -para tratar del testamento de uno de los suyos que acababa de morir. -Cerca de la tribuna de las arengas, algunos centuriones veteranos -con coturnos y casco de bronce, apoyados en bastones de sarmientos -trenzados, divisa de su categoría militar, discutían el sitio de -Sagunto y la audacia de Hanníbal, deseando marchar inmediatamente -contra el cartaginés.</p> - -<p>Sobre los grandes bloques de piedra azul que pavimentaban el Foro, -establecían los vendedores de bebidas calientes sus grandes cráteras, -golpeándolas con el cazo para atraer á la gente; y al pie de las gradas -del templo de la Concordia, unos bufones etruscos, enmascarados con -horrorosas carátulas, comenzaban su mímica grotesca, haciendo acudir -los<span class="pagenum" id="Page_322">p. 322</span> niños y los -desocupados de todos los extremos de la plaza.</p> - -<p>Hacía frío. Soplaba el viento helado y húmedo de las lagunas -Pontinas; el cielo era gris, y de la muchedumbre agolpada en el Foro -salía un zumbido opaco y continuo. Acteón comparaba esta plaza con la -alegre Ágora de Atenas y aun con el Foro de Sagunto en sus días de paz. -Faltaba en Roma la alegría griega, la dulce y regocijada ligereza de -un pueblo artista que desprecia las riquezas, y si comercia es para -vivir mejor. Era un pueblo frío y triste, dado al lucro y al ahorro, -desdeñoso del ideal, sin más industria que la agricultura y la guerra, -exprimiendo el terruño y robando al enemigo; rutinario, sin iniciativa -y sin juventud.</p> - -<p>—Este pueblo —se decía el ateniense— parece que no ha tenido nunca -veinte años. Hasta los niños nacen viejos.</p> - -<p>Y Acteón pensaba en lo que había visto durante dos días con su -sagacidad de griego: la cruel disciplina de la familia, de la religión -y del Estado á que vivían sometidos todos los ciudadanos; su total -desconocimiento de la poesía y el arte: aquella educación férrea y -triste, basada únicamente en el deber, que obligaba á todo romano á una -larga y penosa obediencia para poder mandar algún día.</p> - -<p>El padre, que era en Grecia un amigo, resultaba en Roma un tirano. -Para la ciudad latina<span class="pagenum" id="Page_323">p. 323</span> -no existía más ser que el padre de familia: la esposa, los hijos, los -clientes, estaban casi al nivel de los esclavos; eran instrumentos de -trabajo sin voluntad y sin nombre. Los dioses sólo oían á él; era en -su casa sacerdote y juez; podía matar á la mujer, vender los hijos -por tres veces, y su autoridad sobre la prole persistía al través -de los años, temblando el cónsul vencedor, el senador omnipotente, -cuando estaba en presencia de su padre. Y en esta organización sombría -y despótica, más triste aún que la de Esparta, adivinaba Acteón una -fuerza latente incubada en el misterio, que algún día rompería su -envoltura, abarcando al mundo como en un abrazo de hierro. El griego -detestaba este pueblo sombrío, pero lo admiraba.</p> - -<p>Su rudeza, el espíritu belicoso y duro de la raza, se revelaba en -el Foro. En lo alto del monte sagrado, el Capitolio era una verdadera -fortaleza, con muros desnudos y sombríos, limpios de los adornos que -hacían brillar con eterna sonrisa la ciudadela de Atenas. El templo -de Júpiter Capitolino, apenas sobresalía sobre las murallas con su -techo bajo y sus filas de columnas achatadas y robustas, como si -fuesen torreones. Abajo, en el Foro, igual fealdad grave y sombría. -Los edificios eran bajos y robustos; más bien parecían construcciones -de guerra, que templos á los dioses y edificios públicos. Del Foro -partían las grandes vías roma<span class="pagenum" id="Page_324">p. -324</span>nas, el único embellecimiento á que se dedicaba Roma por -la utilidad que reportaban como caminos para las legiones y para los -arrastres de la agricultura. Desde el Foro veíase partir en línea -recta la vía Apia, pavimentada de piedra azul, con sus dos hileras de -tumbas que comenzaban á elevarse en las inmediaciones de la ciudad, -perdiéndose al través de la campiña con dirección á Capua; y del -extremo opuesto partía la vía Flaminia, que iba á buscar la costa, -remontándose hasta la tierra de los Cisalpinos. Sobre la inmensa -campiña destacábanse, como fajas ondulantes y rojas, los primeros -acueductos construídos bajo la censura de Apio Claudio para surtir -la ciudad de fresca agua de las montañas, combatiendo así los aires -corrompidos de las lagunas Pontinas.</p> - -<p>Pero aparte de estos rudos monumentos, la ciudad extensa, -gigantesca, que podía poner por sí sola sobre las armas más de ciento -cincuenta mil combatientes, presentaba un aspecto salvaje y miserable, -casi semejante al de aquellas tribus que había visto Acteón en su viaje -por la Celtiberia.</p> - -<p>Escaseaban los edificios con piso superior: la mayoría eran grandes -cabañas con muros redondos de piedra ó barro y techumbres cónicas de -tablas y troncos. Después que los galos incendiaron Roma, la ciudad -había sido reconstruída en un año, al azar, con precipitada lige<span -class="pagenum" id="Page_325">p. 325</span>reza. Amontonábanse las -casas en determinados barrios, hasta el punto de no dejar más que -el espacio de un hombre para circular entre ellas, y esparcíanse -en otros como si fuesen villas campestres, rodeadas de pequeños -campos, dentro de las murallas de la ciudad. Las calles no existían: -eran prolongaciones tortuosas de los caminos que conducían á Roma; -arterias formadas por la casualidad, que se enroscaban, siguiendo las -sinuosidades de una caprichosa construcción, y de repente desembocaban -en grandes terrenos baldíos, donde iban amontonándose los desperdicios -de los vecinos y graznaban por la noche los cuervos, picoteando las -carroñas de los perros y los asnos muertos.</p> - -<p>La ruda pobreza de esta ciudad de agricultores, prestamistas y -soldados, reflejábase en el exterior de sus habitantes. Las altivas -matronas hilaban la lana y el cáñamo á la puerta de sus casas, sin otro -traje que una túnica de burdo tejido y algunos adornos de bronce en -el pecho y las orejas; las primeras piezas de plata se habían acuñado -luego de la guerra con los Samnitas; el <i>as</i> de cobre grosero y pesado -era la moneda corriente, y los ricos objetos griegos traídos por las -legiones después de la guerra de Sicilia, casi recibían adoración -en las casas de los patricios, y se miraban de lejos como amuletos -que podían corromper la virtud de las rudas costumbres romanas. Los -senadores que<span class="pagenum" id="Page_326">p. 326</span> poseían -grandes territorios y centenares de esclavos, paseaban por el Foro con -cívico orgullo su toga llena de remiendos. En toda Roma sólo existía -una vajilla de plata, propiedad de la República, que pasaba de casa -de un patricio á la de otro cuando llegaba un enviado de Grecia, un -embajador de Sicilia ó un mercader opulento de Cartago, habituado á los -refinamientos asiáticos, y había que dar banquetes en su honor.</p> - -<p>Acteón, acostumbrado á las disputas filosóficas del Ágora ateniense, -á los diálogos sobre poesía ó sobre misterios del alma apenas se -reunían dos griegos sin ocupación, iba por el Foro atento á las -conversaciones, en un latín rudo é inflexible que hería sus oídos de -ateniense. En un grupo hablaban de la salud de los rebaños y del precio -de la lana; en otro se ajustaba la venta de un buey, en presencia de -cinco ciudadanos de edad adulta que servían de testigos. El comprador -ponía en una balanza el bronce, precio de la compra, y tocando con -la mano el buey, decía con acento solemne, como si recitase una -oración:</p> - -<p>—Esto es mío, según la ley de los Quirites: lo he pagado con este -metal bien pesado.</p> - -<p>Más allá, un legionario de cara famélica ajustaba un préstamo con un -anciano, ofreciéndole como prenda su casco y sus grebas, y pronunciaban -las fórmulas de la ley para tal caso.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_327">p. 327</span>—<i xml:lang="la" -lang="la">¿Dari spondes?</i> (¿Prometes dar?) —preguntaba el soldado.</p> - -<p>—<i xml:lang="la" lang="la">Spondeo.</i> (Prometo) —contestaba el -prestamista.</p> - -<p>Y el trato quedaba cerrado con estas solemnes palabras, de las -cuales una sola sílaba cambiada era suficiente para anular la -operación, pues los romanos profesaban un respeto supersticioso á la -letra y la fórmula de sus leyes.</p> - -<p>En otro grupo se discutían las condiciones que debe tener un esclavo -para ser útil á su señor y que éste lo conserve; y en todo el Foro -aquel pueblo grave, austero y sin ideal, sólo hablaba de bienes y de la -manera de acrecentarlos.</p> - -<p>El griego se fijó en un joven que apenas llegado á los veinte años, -mostraba la gravedad de un viejo. Sus cabellos cortados al rape eran -rojos, y su mirada dura tenía una expresión de inteligencia y astucia. -Caminaba lentamente al lado de un muchacho que le escuchaba con -atención como si fuese su maestro.</p> - -<p>—Aunque tu padre es Cónsul —decía el rojo— debes tener presente, -Scipión, que para ser buen ciudadano y servir á la República, no sólo -hay que manejar la lanza y el caballo, sino saber trabajar la tierra -y conocer los secretos del cultivo. Tal vez algún día mandes nuestros -ejércitos, y no sólo tendrás que conquistar tierras para Roma, sino -cultivarlas y que produzcan mucho. ¿No lo comprendes?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_328">p. 328</span>—Sí; Catón —dijo el -adolescente.</p> - -<p>—Cada día debes aprender un mes del calendario que hicieron nuestros -antepasados. Quedando todo él fijo en tu memoria, te será más fácil -ordenar pronto y bien á tus esclavos lo que deben hacer en los campos. -Ayer te enseñé el mes de Mayo: repítelo, Scipión.</p> - -<p>—«Mes de Mayo —recitó el muchacho frunciendo las cejas para -concentrar más su memoria—. Treinta y un días. Las nonas caen el -séptimo día. El día tiene catorce horas y media: la noche nueve horas -y media. El sol está en el signo de Tauro: el mes bajo la protección -de Apolo. Se escardan los trigos. Se esquilan las ovejas. Se lava la -lana. Se ponen en yugo los toros nuevos. Se cortan de los prados las -arvejas. Se hace la lustración de las cosechas. Sacrificios á Mercurio -y á Flora.»</p> - -<p>—Lo recuerdas bien, Scipión. Nuestros antecesores no tenían ni -deseaban otra ciencia; les bastaba con saber lo que debía hacerse en -todos los meses del año; y con esto, y valor y audacia para conservar -sus campos y apoderarse de las tierras de los vecinos, fundaron nuestra -ciudad, que crece y crecerá hasta ser la primera de la tierra. No somos -charlatanes como los griegos, que se arrodillan con admiración ante -los monigotes de mármol y disputan como bufones sobre lo que hay más -allá de la muerte. No somos locamente ambiciosos como los cartagi<span -class="pagenum" id="Page_329">p. 329</span>neses, que basan su vida en -el comercio y entregan todas sus riquezas al mar. Nuestra vida está en -la tierra; somos más rudos, pero más sólidos que los otros pueblos; -caminamos más despacio, pero iremos más lejos. En la tierra que pisamos -por vez primera, no plantamos la tienda como otros; hundimos el arado, -y por esto lo que toma Roma nadie se lo quita. No olvides esto, -Scipión.</p> - -<p>El ateniense les seguía de cerca. Las palabras de aquel viejo -de veinte años, le enseñaban más que sus observaciones. Roma -parecía hablar por su boca en aquella lección al hijo de uno de sus -cónsules.</p> - -<p>—Debes saber también —continuó Catón— las reglas domésticas de todo -buen ciudadano. Cuando nuestros padres querían alabar á un hombre de -bien, le llamaban «buen labrador». Este era el mayor elogio. Entonces -se vivía en las mismas tierras, en las tribus rústicas, que eran las -más honorables de todas, y no se venía á Roma más que en los días de -mercado y de comicios. Aún quedan buenos ciudadanos que hacen la vida -sana de Cincinato y de Camilo, y sólo vienen cuando se reúne el Senado: -pero la guerra, con sus expediciones á países nuevos, ha corrompido á -muchos que sólo quieren vivir en la ciudad, y el antiguo hogar romano -con su techo de tablas y sus sencillos penates lo sustituyen con casas -llenas de columnatas como si<span class="pagenum" id="Page_330">p. -330</span> fuesen templos, y adornadas con dioses y diosas que se hacen -traer de Grecia.</p> - -<p>El gesto austero de Catón demostraba un inmenso desprecio por estos -refinamientos importados que comenzaban á quebrantar la rudeza de su -país.</p> - -<p>—En el campo, el buen ciudadano no debe perder ni un día. Si el -tiempo le impide salir, debe entretenerse limpiando los establos y -corrales, componiendo los enseres viejos y vigilando á las mujeres para -que remienden la ropa. Aun en los días de fiesta, se puede hacer algo: -regar los espinos, bañar el ganado, ir á la ciudad á vender aceite ó -fruta. No hay que perder el tiempo consultando á los arúspices, ó á los -augures, ni entregarse á cultos que obliguen al ciudadano á abandonar -su casa. Bastan los dioses del hogar ó de la más próxima encrucijada. -Los Lares, los Manes y los Silvanos, son suficientes para proteger á -un buen ciudadano. Nuestros padres no tuvieron otros, y, sin embargo, -fueron grandes.</p> - -<p>El pequeño Scipión le escuchaba atentamente, pero sus ojos se -fijaban en dos mocetones de la Campania, que con el <i xml:lang="la" -lang="la">cuculus</i> caído sobre los hombros, se daban de puñetazos -junto á un vendedor de vino cocido. Las mejillas del adolescente se -coloreaban de emoción viendo los golpes que cambiaban los dos atletas, -estremeciendo sus duros músculos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_331">p. 331</span>—Si el ciudadano -vive en Roma —continuó Catón sin fijarse en este incidente, que no -alteraba la gravedad del Foro— debe abrir desde la aurora la puerta de -su casa para explicar la ley á los clientes y colocar con prudencia -su dinero, enseñando á los jóvenes el arte de aumentar los ahorros -y evitar ruinosas locuras. El padre de familia debe hacer dinero de -todo y no perder nada. Si da sayos nuevos á sus esclavos, debe recoger -los viejos para otros usos. Debe vender el aceite y lo que le quede -de vino y trigo al final del año. Venda también los bueyes viejos, -las terneras, corderos, la lana, las pieles, los carros inservibles, -el herraje enmohecido, los esclavos valetudinarios y las esclavas -enfermas: venda siempre. El padre de familia debe ser vendedor: no -comprador. Fíjate bien en esto, Scipión.</p> - -<p>Pero Scipión estaba inquieto y apenas le oía.</p> - -<p>Los campesinos habían cesado de golpearse, y el adolescente miraba -lejos, á la parte del río, deseando marcharse.</p> - -<p>—Catón; es la hora de la lucha. Tengo que ir á la orilla del Tíber -para amaestrarme en la carrera y el pugilato y hacer después una hora -de natación.</p> - -<p>—Marcha cuando quieras y guarda mis consejos. Después de la lección, -sienta bien la lucha y el baño frío, que endurecen el cuerpo.<span -class="pagenum" id="Page_332">p. 332</span> El ciudadano que quiere -servir á su país, no sólo ha de ser prudente, sino fuerte.</p> - -<p>Se alejó el muchacho, y Catón, al volver sobre sus pasos, encontró -al ateniense que le seguía. El aspecto de Acteón le atrajo, y se -aproximó á él.</p> - -<p>—Griego —le preguntó—. ¿Qué te parece nuestra ciudad?</p> - -<p>—Es un pueblo triste, pero un gran pueblo. Sólo estoy en Roma tres -días.</p> - -<p>—¿Eres acaso ese mensajero de Sagunto que hoy se presentará ante el -Senado?</p> - -<p>Acteón contestó afirmativamente, y el romano se apoyó en su brazo -con grave familiaridad, como si fuese un antiguo amigo.</p> - -<p>—Conseguirás muy poco —dijo—. El Senado sufre ahora una enfermedad: -el exceso de prudencia. Yo aborrezco las locuras, no creo que Hanníbal -sea un gran capitán desde que le veo cometer audacias como el sitio -de Sagunto; pero no puedo tolerar con mi silencio la meticulosidad -con que procede Roma en sus asuntos. Quiere apurar todos los medios -para sostener la paz: teme la guerra, cuando la guerra con Cartago es -inevitable. Ella y nuestra ciudad no caben en el mismo saco. El mundo -es estrecho para los dos. Siempre digo lo mismo: «Destruyamos Cartago», -y se me ríen. Hace algunos años, al estallar allá la guerra de los -mercenarios, podíamos haberla aplastado con gran facilidad.<span -class="pagenum" id="Page_333">p. 333</span> Con enviar á África un par -de legiones, los númidas sublevados y los mercenarios, hubiesen acabado -con Cartago. Pero tuvimos miedo; Roma sólo se ocupaba después de la -victoria en restañar sus heridas. Temimos no fuese peor el triunfo de -la soldadesca de todos los países, y salvamos á Cartago, ayudándola á -destruir sus mercenarios sublevados.</p> - -<p>—Ahora es diferente —dijo Acteón con energía—. Sagunto es una -aliada, y si Hanníbal la hostiliza, es por el amor que la ciudad -profesa á Roma.</p> - -<p>—Sí; por eso los romanos nos interesamos por su suerte; pero -no esperes gran cosa del Senado. Le preocupan más los piratas del -Adriático que asolan nuestras costas, la sublevación de Demetrio de -Faros en la Illiria, contra el cual vamos á enviar un ejército mandado -por el cónsul Lucio Emilio.</p> - -<p>—Pero, ¿y Sagunto? ¿Si la abandonáis, cómo va á resistir al audaz -Hanníbal, que acaudilla las tribus más belicosas de Iberia? ¿Qué -dirán aquellos infelices de la seriedad con que Roma cumple sus -alianzas?...</p> - -<p>—Procura convencer al Senado con todas esas razones. Yo estoy -convencido: veo en Cartago la única enemiga de Roma... ¡Si todos fuesen -como yo!... Aceptaría las audacias del hijo de Hamílcar y declararía -la guerra á Cartago, yendo á buscarla en su propio territorio. -Ocurra<span class="pagenum" id="Page_334">p. 334</span> lo que ocurra, -nosotros somos invencibles. Italia es una masa compacta, y como -centinelas avanzados de nuestro campo, tenemos por Oriente la Illiria, -por la parte que mira al África la Sicilia y al Occidente la Cerdeña, -mientras que los terrenos que domina Cartago forman una cinta extensa -de novecientas leguas, que recorre gran parte de las costas del África -y todas las de Iberia; pero tan estrecha, y poblada por tan diversas -razas, que con facilidad puede romperse. Aunque Roma pierda cien -batallas, siempre será Roma; y una derrota de Cartago basta para que se -disuelva como pueblo...</p> - -<p>—¡Si todos pensasen como tú, Catón!...</p> - -<p>—Si el Senado pensase como yo, despreciaría á Demetrio de Faros y -hace días que sus legiones estarían en Sagunto. Tal vez se evitara con -ello un peligro, ¡porque quién sabe dónde irá ese joven africano, y qué -no osará si consigue conquistar sin obstáculos una ciudad aliada de -Roma!... Por esto yo, que soy un ciudadano libre, ejerzo de pedagogo, -como has visto hace poco. Ese muchacho es hijo del cónsul Publio -Cornelio Scipión, y reviven en él con nueva fuerza todas las virtudes -de su familia. Tal vez sea él el destinado á cortar el paso á Hanníbal, -á destruir el insolente poderío de esa Cartago, con la que tropezamos -siempre.</p> - -<p>Aún vagaron algún tiempo por el Foro hablando de las costumbres de -Roma y discutiendo<span class="pagenum" id="Page_335">p. 335</span> -acaloradamente al compararlas con las de Atenas. El severo romano tenía -que avistarse con varios patricios para sus asuntos particulares, que -llevaba con gran escrupulosidad, y se despidió del griego.</p> - -<p>Al quedar solo Acteón, sintió hambre. Aún faltaba mucho tiempo para -la hora en que se reunía el Senado, y cansado de la sorda agitación -del Foro salió de él, rodeando la falda del Capitolio y siguiendo una -calle más ancha que las otras, con edificios de piedra, que mostraban -al través de sus puertas la relativa abundancia de las familias -patricias.</p> - -<p>Entró en una panadería, golpeando con un as la piedra del mostrador -abandonado. Desde una especie de cueva le contestó una voz quejumbrosa. -El griego vió en el lúgubre antro la muela de triturar el trigo, -y uncido á ella un hombre, un esclavo, que la empujaba con gran -esfuerzo.</p> - -<p>Salió el esclavo casi desnudo, limpiándose el sudor que chorreaba de -su frente, y cogiendo el dinero del griego, dió á éste un pan redondo. -Después quedó en pie, contemplando á Acteón con curiosidad.</p> - -<p>—¿Es tuya la panadería? —preguntó éste.</p> - -<p>—No soy más que un esclavo —repuso con tristeza—. Mi amo ha tenido -que ir al Foro para hablar con los tratantes de trigo... Tú eres -griego, ¿verdad?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_336">p. 336</span>Y antes de que -Acteón se dignase contestarle, se apresuró á añadir con melancólico -orgullo:</p> - -<p>—Yo no he sido siempre esclavo. Hace poco tiempo que lo soy, y -cuando gozaba de libertad, mi ferviente deseo era visitar tu país. ¡Oh, -Atenas! La ciudad donde los poetas son dioses...</p> - -<p>Y recitó en griego algunos versos del <i>Prometeo</i> de Esquilo, -asombrando á Acteón con la pureza de su acento y la expresión que sabía -comunicar á sus palabras.</p> - -<p>—¿Es que en Roma os dedican vuestros amos á la poesía?— dijo el -ateniense riendo.</p> - -<p>—Yo era poeta antes de ser esclavo. Mi nombre es Plauto.</p> - -<p>Y mirando en torno como si temiera ser sorprendido por la familia -de su amo, continuó hablando, feliz por librarse algunos momentos del -tormento de la muela.</p> - -<p>—He escrito comedias. Intenté establecer en Roma el teatro, que -es entre vosotros casi una religión. Los romanos son poco sensibles -á la poesía. Aman las farsas; una tragedia que á vosotros os hace -llorar, les dejaría fríos: una comedia de Aristófanes les haría dormir. -Sólo gustan, ateniense, de los bufones etruscos, de los grotescos -personajes de las farsas que llaman <i>atelanas</i> y de los mascarones de -agudos dientes y cabeza deforme que desfilan rugiendo obscenidades -en las pompas del triunfo. Apedrearían á<span class="pagenum" -id="Page_337">p. 337</span> un héroe de vuestras tragedias, y, en -cambio, braman de entusiasmo cuando en la entrada de un cónsul -victorioso, pasan los soldados disfrazados con una piel de cabrón y -un penacho de erizadas crines, y ríen al ver cómo se vengan de su -humildad, insultando al vencedor tras su carro triunfal. Yo escribí -comedias para este pueblo y aún las escribo en los momentos que mi -amo cesa de apalearme para que dé vueltas al molino. Los patricios, -los ciudadanos libres no gustan de verse sobre la escena. Aquí -despedazarían á Aristófanes que sacaba á las tablas á los primeros -hombres de Atenas. Mis héroes son esclavos, extranjeros y mercenarios, -y hacían reir mucho al público. He acabado una comedia ahí dentro, en -ese antro, ridiculizando las fanfarronadas de los guerreros. Te la -recitaría si no temiese que de un momento á otro llegue mi amo.</p> - -<p>—¿Y cómo has caído en tan mísera situación después de divertir á tu -pueblo?</p> - -<p>—Cometí la locura de fundar en Roma el primer teatro, á imitación -de los de Grecia. Era una cerca de tablas en las afueras de la ciudad. -Pedí dinero prestado, contraje deudas: el populacho venía á reir, -pero daba poco. Me arruiné, y las sabias leyes de Roma condenan al -que no puede pagar, á ser esclavo de su acreedor. Este panadero, que -antes reía mis comedias y me prestaba gustoso algunos sacos de cobre, -se<span class="pagenum" id="Page_338">p. 338</span> venga ahora de la -pasada admiración, haciéndome dar vueltas á la muela, porque resulto -más barato que un asno. Cada carcajada del pasado se trueca en un palo -sobre mis espaldas. Es el destino de los poetas. También vosotros, al -gran Esquilo, que siempre fué hombre libre, le agradecíais los versos á -pedradas.</p> - -<p>Calló Plauto, y sonriendo melancólicamente, añadió:</p> - -<p>—Confío en el porvenir. No siempre he de ser esclavo; tal vez -encontraré quien me devuelva la libertad. Los romanos que hacen la -guerra y ven nuevos países, vuelven con más dulces costumbres y -aman las artes. Seré libre, fundaré un nuevo teatro, y entonces... -entonces...</p> - -<p>Y en su mirada brillaba la esperanza, como si viese ya realizados -los ensueños con que embellecía la lobreguez de su antro, mientras -rodaba jadeante como una bestia el enorme cono de piedra.</p> - -<p>Sonó ruido en el interior de la casa, y antes de que pudieran verle -los hijos de su amo, Plauto corrió á uncirse de nuevo á la barra de -la muela, mientras el griego salía de la tahona, asombrado por el -encuentro.</p> - -<p>¿Qué pueblo era aquel que convertía al deudor en esclavo y hacía de -los poetas bestias de carga?...</p> - -<p>El griego devoró su pan, paseando por el<span class="pagenum" -id="Page_339">p. 339</span> Foro. Aguardaba la hora de reunión del -Senado, y para emplear su tiempo, subió á la cumbre del Palatino, -el terreno sagrado donde estaba la cuna de Roma. Allí vió el antro -lupercal, en cuyo fondo fueron amamantados por la loba, Rómulo y Remo. -En la entrada de la angosta cueva extendía sus añosas ramas, desnudas -por el invierno, la higuera Rumeal, árbol famoso á cuya sombra habían -jugueteado los dos gemelos, fundadores de la ciudad. Junto al árbol, -sobre un pedestal de granito, elevábase la loba, de bronce obscuro -y lustroso, obra de un artista etrusco, con las espantables fauces -entreabiertas y el vientre erizado por una doble fila de ubres, á las -cuales se agarraban, arrastrándose, dos niños desnudos.</p> - -<p>Acteón contempló desde esta altura la inmensa ciudad, como un -oleaje de tejados entre las siete colinas, invadiendo las alturas y -esparciéndose por las profundas depresiones del terreno. Casi al lado -del Palatino levantábase el Capitolio, la gran fortaleza de Roma, sobre -las desnudas fragosidades de la roca Tarpeya; y el griego pasó de una -altura á otra, para ver de cerca el templo de Júpiter Capitolino, más -célebre por su fama que por su hermosura.</p> - -<p>Dejó á sus espaldas el rudo templo de Marte, que ocupaba el lugar -más alto del Palatino, y siguiendo una vereda entre abruptas rocas, -pasó al Capitolio. Encontró en su camino á los<span class="pagenum" -id="Page_340">p. 340</span> sacerdotes de Júpiter, que caminaban con -hierática rigidez, como si estuvieran ofreciendo siempre sacrificios -á su dios. Vió las vestales arrebujadas en sus amplios velos blancos, -andando con paso varonil. Algunos <i xml:lang="la" lang="la">milites</i> -subían al templo de Marte, con el ancho pecho forrado de fajas -superpuestas de cobre, los desnudos muslos cubiertos por tiras de lana -que pendían del talle, una mano apoyada en el pomo de su corta espada y -hablando con entusiasmo de la próxima campaña de Illiria, sin acordarse -de la situación de sus aliados de Iberia.</p> - -<p>Acteón entró en el sagrado recinto del Capitolio, cercado de -obscuras murallas. Era el antiguo monte <i>Tarpeyus</i>, con sus dos -cumbres unidas por una extensa meseta. La parte más alta, que era la -septentrional, estaba ocupada por el <i xml:lang="la" lang="la">Arx</i>, ó -sea la ciudadela de Roma; en la meridional estaba el templo de Júpiter -Capitolino, rodeado de robustas columnas.</p> - -<p>El griego entró en la ciudadela, famosa por su resistencia cuando -la invasión de los galos. Al borde de una balsa, ante los templos -que se aglomeraban en el fuerte recinto, vió las aves sagradas; los -gansos que, con sus graznidos en medio del silencio de la noche, habían -librado á Roma de la sorpresa de los invasores. Después atravesó toda -la meseta baja que parecía dividir en dos partes la colina, y se -aproximó al gran Fano de Roma.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_341">p. 341</span>Una escalinata -de cien gradas conducía al templo, construído en tiempos del último -Tarquino en honor de las tres divinidades de Roma, Júpiter, Juno y -Minerva. Constaba el edificio de tres <i xml:lang="la" lang="la">cellæ</i> -ó santuarios paralelos con las tres puertas abiertas bajo el mismo -frontón. El de en medio era el de Júpiter, y los de los lados -pertenecían á las dos diosas. Una triple fila de columnas sostenían el -frontón, en cuyos ángulos se encabritaban algunos caballos de piedra de -grosera labor. Dos filas de columnas corrían por los lados del templo, -formando un pórtico, á cuya sombra paseaban los romanos más viejos -hablando de los asuntos de la ciudad.</p> - -<p>El templo había sido construído por artistas llamados de la Etruria; -y bajo las columnas veíanse estatuas traídas de las expediciones -á Sicilia y de las diversas guerras sostenidas por Roma. Aquel -pueblo rudo era incapaz de crear artistas, pero tenía soldados para -proporcionarse el arte por medio de la guerra y la rapiña.</p> - -<p>El ateniense entró en el santuario de en medio, perteneciente á -Júpiter, y vió la imagen del dios en barro cocido, con una lanza -dorada en la diestra. Ante él humeaba continuamente el altar de -los sacrificios. Al salir del templo, miró el <i xml:lang="la" -lang="la">gnomon</i> ó reloj de sol, que en aquella altura marcaba la hora -á toda Roma.</p> - -<p>Ya era tiempo de bajar al <i xml:lang="la" lang="la">Senaculum</i>, -antiguo edificio al pie de la colina Tarpeya, entre el Ca<span -class="pagenum" id="Page_342">p. 342</span>pitolio y el Foro, que -muchos años después se convirtió en templo de la Concordia. Al -llegar á las gradas que daban acceso á él, encontró Acteón á los dos -legados enviados por Sagunto antes de comenzar el sitio; dos viejos -agricultores que por primera vez habían abandonado sus casas, y se -mostraban abrumados por los largos meses de permanencia en Roma, con -sus visitas que no terminaban nunca, y las entrevistas y súplicas sin -resultado. Aturdidos los dos saguntinos, impotentes ante una ciudad que -nunca respondía definitivamente á sus palabras, seguían como autómatas -al desenvuelto griego, que entraba en todas partes como en casa -propia, y hablaba distintos idiomas, cual si el mundo entero fuese su -patria.</p> - -<p>Iban llegando los senadores. Unos venían de sus negocios de la -ciudad, y se presentaban vistiendo la toga blanca con franja de -púrpura, seguidos de sus clientes, que volvían la vista á todos lados -como para atraer la atención pública sobre su majestuoso protector. -Otros llegaban del campo, detenían su carro ante las gradas del <i -xml:lang="la" lang="la">Senaculum</i>, y entregando las riendas á los -esclavos subían al templo con la toga arrollada sobre el brazo, -vistiendo el corto sayo de lana burda de los agricultores y esparciendo -en torno de ellos el hedor de sus establos y cosechas. Eran hombres -maduros, que mostraban en la dureza de los recios músculos los -esfuerzos de su vida,<span class="pagenum" id="Page_343">p. 343</span> -en continua lucha con la tierra y los enemigos: ancianos de luenga -barba y rostro apergaminado que, trémulos por la vejez, revelaban -aún en la mirada la seguridad que tenían en sus perdidas fuerzas. La -muchedumbre del Foro, corriéndose hacia las gradas del <i xml:lang="la" -lang="la">Senaculum</i>, les contemplaba con admiración y respeto. Eran -los padres de la República: la cabeza de Roma.</p> - -<p>Los legados de Sagunto subieron la escalinata del templo. Bajo -las columnas que sostenían el frontón, amontonábanse un sinnúmero -de despojos de las últimas guerras, depositados por los vencedores -al desfilar en el Foro, entre la multitud que les saludaba agitando -ramas de laurel. Acteón vió escudos atravesados por el hierro, espadas -enmohecidas por la sangre, carros de guerra con el timón roto y las -doradas ruedas sucias del barro de las batallas. Eran los despojos de -la guerra de los Samnitas. Más allá, alineados á lo largo del muro, una -fila de espantosos enanos de madera teñidos de rojo y azul, arrancados -de las proas de las naves cartaginesas después de la gran victoria -de las islas Egatas: las barras de hierro que cerraban las puertas -de muchas ciudades conquistadas por los romanos; los estandartes de -oro con fantásticos animales que guiaban á las tropas de Pirro; los -enormes colmillos de los elefantes que este descendiente de Aquiles -había hecho marchar contra las legiones de Roma;<span class="pagenum" -id="Page_344">p. 344</span> los cascos con cuernos ó alas de águila -de los ligurios; los dardos de las tribus de los Alpes; y al lado de -la puerta, como un trofeo de honor, la armadura del glorioso Camilo, -paseada por la ciudad en triunfo después que el gran romano arrojó á -los galos del Capitolio. Á lo largo de los muros, como extraño adorno, -pendía un extenso harapo negruzco y apergaminado. Era la piel de la -gran serpiente que durante un día entero había hecho retroceder á todo -el ejército de Atilio Régulo, cuando éste, en su expedición al África, -marchaba á la conquista de Cartago. El horrible monstruo, insensible -á las flechas, devoró muchos soldados, hasta que cayó aplastado bajo -una lluvia de piedras, enviando Régulo á Roma la piel del reptil como -testimonio de la aventura.</p> - -<p>Los enviados de Sagunto esperaron un buen rato, hasta -que un centurión les hizo entrar en el <i xml:lang="la" -lang="la">Senaculum</i>.</p> - -<p>El griego, al pasear su mirada por el hemiciclo, quedó turbado ante -la majestad de aquella asamblea. Recordaba la entrada de los galos en -Roma; el asombro de los bárbaros ante aquellos ancianos, firmes en -sus sillas de mármol, envueltos como fantasmas en los nítidos velos -que sólo dejaban al descubierto la barba de plata, y empuñando el -cetro de marfil con la majestad divina que parecía brillar en sus ojos -inmóviles. Sólo los bárbaros, ebrios de san<span class="pagenum" -id="Page_345">p. 345</span>gre, podían osar el exterminio de una -ancianidad tan imponente.</p> - -<p>Eran más de doscientos. Entre ellos quedaban espacios libres, los -asientos de los senadores que no habían podido asistir; y sobre el -blanco graderío extendíanse las blancas togas como una nevada nueva -sobre un suelo ya helado. Tras ellos elevábase una fila de columnas en -semicírculo, sosteniendo la cúpula, por la que se filtraba una claridad -crepuscular que parecía favorecer la meditación y el recogimiento. -Una balaustrada baja de piedra, cerraba el hemiciclo, y al otro lado -de ella se agolpaban los ciudadanos importantes que no tenían la -investidura de senador. En el centro, la barrera estaba cortada por -un pedestal cuadrado, sosteniendo la loba de bronce con los gemelos -agarrados á sus pechos, y en la base, en grandes letras, el lema de -la suprema autoridad de Roma: S. P. Q. R. Un trípode sostenía un -braserillo ante el pedestal, y sobre los tizones ondeaba una nube azul -de incienso.</p> - -<p>Los tres legados se sentaron en sillas de mármol, junto á la imagen -de la loba, ante la triple fila de hombres blancos é inmóviles.</p> - -<p>Algunos apoyaban la barba en la mano, como para oir mejor.</p> - -<p>Podían hablar: el Senado les escuchaba. Y Acteón, impulsado por -las miradas suplicantes de sus dos compañeros, se levantó. En su -ánimo<span class="pagenum" id="Page_346">p. 346</span> no duraban -mucho las impresiones; se había amortiguado ya la emoción que le -produjo en el primer instante la majestad de la Asamblea.</p> - -<p>Habló con lentitud, preocupado como buen griego, de no incurrir en -faltas de estilo al expresarse en aquella lengua ruda, y procurando dar -á sus palabras la emoción que quería infundir á los representantes de -Roma. Describió la desesperada resistencia de Sagunto y su confianza -en los auxilios de la República; aquella fe ciega que la había hecho -arrojarse fuera de las murallas y vencer al enemigo al solo anuncio de -que se presentaba en el horizonte la flota romana. Cuando él salió de -la ciudad aún tenían víveres para subsistir y alientos para defenderse. -Pero iba transcurrido mucho tiempo desde entonces: cerca de dos meses. -El mensajero había tenido que hacer su camino al través de aventuras -y peligros, unas veces por mar, aprovechando los itinerarios de las -naves comerciales, otras á pie por las costas; y en aquel momento la -situación de la ciudad debía ser desesperada. Caería Sagunto si no -acudían en su socorro: ¡y qué responsabilidad para Roma si abandonaba á -su protegida después de atraerse ésta la cólera de Hanníbal por querer -ser romana! ¡Cómo habrían de fiarse los demás pueblos de la amistad de -Roma conociendo el triste fin de Sagunto!...</p> - -<p>Calló el griego, y el silencio penoso en que<span class="pagenum" -id="Page_347">p. 347</span> quedó el Senado revelaba la profunda -impresión de sus palabras.</p> - -<p>Entonces, Lentulus, un viejo senador, se levantó para hablar. -En medio del silencio, su aguda voz de anciano habló del origen de -Sagunto, que si era griega por los mercaderes de Zazintho, que en ella -establecieron sus factorías, era también italiana por los rótulos de -Ardea que en remotos tiempos habían ido allá á fundar una colonia. -Además, Sagunto era la amiga de Roma. Para serle más fiel había -decapitado á algunos de sus ciudadanos que trabajaban por Cartago... -¿Qué audacia era la de aquel jovenzuelo, hijo de Hamílcar, que -olvidando los tratados de Roma con Hasdrúbal osaba levantar la espada -sobre una ciudad amiga de los romanos? Si Roma miraba con indiferencia -este atentado, el cachorro de Hamílcar crecería en audacia, pues la -juventud no tiene freno cuando ve que el éxito corona sus imprudencias. -Además, la gran ciudad no podía tolerar tal atrevimiento. Fuera, en la -puerta del <i xml:lang="la" lang="la">Senaculum</i>, estaban los gloriosos -despojos de las guerras como demostración de que el que se levantaba -contra Roma caía vencido á sus pies. Había que ser inexorables con el -enemigo y fieles con el aliado: había que llevar la guerra á Iberia -para destruir al audaz que desafiaba á Roma.</p> - -<p>Y toda la cólera de la ciudad sombría, belicosa y dura, hablaba -por la boca de aquel an<span class="pagenum" id="Page_348">p. -348</span>ciano que avanzaba el rígido brazo por encima de las cabezas -de sus compañeros, amenazando al invisible enemigo. El vigoroso soldado -de las antiguas guerras contra los Samnitas y contra Pirro despertaba -en el viejo débil, estremeciendo sus músculos y haciendo llamear sus -ojos.</p> - -<p>Los dos compañeros de Acteón, que no comprendían la lengua latina, -adivinaban, sin embargo, las palabras de Lentulus, y se sentían -emocionados por los elogios á la abnegación de su ciudad. Sus ojos se -empañaban con las lágrimas, sus manos rasgaban los mantos obscuros en -que iban envueltos como lúgubres mensajeros, y arrojándose á tierra -con la vehemencia de los antiguos para expresar el dolor, agitábanse -convulsos, gritando á los senadores:</p> - -<p>—¡Salvadnos! ¡salvadnos!</p> - -<p>La desesperación de los dos ancianos y la actitud digna del griego -que, ceñudo y silencioso, parecía la personificación de Sagunto -esperando el cumplimiento de la promesa, conmovieron al Senado y á la -masa que se agolpaba en el balaustre de la loba. Todos se agitaban, -cambiando palabras de indignación. Bajo la cúpula del <i xml:lang="la" -lang="la">Senaculum</i> resonaba el zumbido del desorden, el eco de mil -voces confundidas. Querían declarar la guerra á Cartago inmediatamente, -llamar las legiones, reunir las naves, embarcar la expedición en el -puerto de Ostia y lanzarla contra el campamento de Hanníbal.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_349">p. 349</span>Un senador reclamó -silencio para hablar. Era Fabio; uno de los patricios más famosos -de Roma, el descendiente de aquellos trescientos héroes de su mismo -nombre que habían muerto en un día peleando por Roma en las riberas de -Cremera. La prudencia hablaba por su boca; sus consejos eran seguidos -siempre como los más sanos: por esto el Senado recobró su calma apenas -le vió de pie.</p> - -<p>Con reposada palabra, después de lamentar la situación de la ciudad -aliada, dijo que no se sabía si era Cartago la que había roto las -hostilidades contra Sagunto, ó si Hanníbal por su propia cuenta. Una -guerra en Iberia resultaba asunto grave para Roma, ahora que iba á -emprender una lucha más próxima con el rebelde Demetrio de Faros. Lo -oportuno era enviar una embajada á Hanníbal en su campamento, y si -el africano se negaba á levantar el sitio, que pasase á Cartago para -preguntar á sus gobernantes si aceptaban la conducta del caudillo y -exigir que éste fuera entregado á Roma en castigo de su osadía.</p> - -<p>La solución pareció agradar al Senado. Los mismos que antes se -mostraban belicosos é intransigentes, inclinaban la cabeza como -aprobando las palabras de Fabio. El recuerdo de la insurrección de -Illiria, hacía prudentes á los más exaltados. Pensaban en el enemigo -que se alzaba casi junto á ellos, al otro lado del Adriático,<span -class="pagenum" id="Page_350">p. 350</span> y que podía intentar -con sus flotas dedicadas á la piratería la invasión del territorio -latino. Su egoísmo les hacía mirar esta empresa como anterior á todo -juramento; y para engañarse, ocultando su propia debilidad, exageraban -la importancia de la embajada al campo de Hanníbal, afirmando que el -africano levantaría el sitio y pediría perdón á Roma apenas viese -aparecer á los legados del Senado.</p> - -<p>Acteón acogía este cambio de la asamblea con visibles muestras de -impaciencia.</p> - -<p>—Conozco mucho á Hanníbal —gritó—. No os obedecerá; hará burla de -vosotros. Si no enviáis un ejército, es inútil el viaje de vuestros -legados.</p> - -<p>Pero los senadores, con el ansia de ocultar la debilidad á que -les impulsaba su egoísmo, protestaron ruidosamente de las palabras -de Acteón. ¿Quién hablaba de burlarse de la República romana? ¿Quién -suponía que Hanníbal había de despreciar á los enviados del Senado?... -Podía callar aquel extranjero, que ni siquiera era hijo de la ciudad en -cuyo nombre hablaba.</p> - -<p>Acteón bajó la cabeza. Luego murmuró dirigiéndose á sus dos viejos -compañeros, que no comprendían la resolución del Senado:</p> - -<p>—Nuestra ciudad está perdida. Roma teme declarar la guerra á -Hanníbal y retrasa el rompimiento. Cuando quieran socorrernos, Sagunto -no existirá.</p> - -<p>Los tres legados saguntinos recibieron la or<span class="pagenum" -id="Page_351">p. 351</span>den de salir. Los senadores iban á designar -los dos patricios que marcharían como enviados de Roma.</p> - -<p>Al abandonar el <i xml:lang="la" lang="la">Senaculum</i>, el más viejo -de los senadores se dirigió á Acteón.</p> - -<p>—Dí á tus compañeros que se preparen á partir. Mañana al anochecer -os embarcaréis con los legados del Senado en el puerto de Ostia.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_9"> - <p><span class="pagenum" id="Page_353">p. 353</span></p> - <h2 class="nobreak" title="IX. La ciudad hambrienta">IX</h2> - <p class="subh2">La ciudad hambrienta</p> -</div> - -<p>Más de quince días llevaba de viaje la trirreme de los -representantes de Roma.</p> - -<p>Había remontado las costas del mar Tirreno, cruzando después el mar -de Liguria, de costas abruptas, y pasado ante Marsella, la próspera -colonia griega, aliada también de Roma. Después, atravesando audazmente -el gran golfo, había puesto su proa hacia Emporión y seguido á lo largo -las costas de Iberia.</p> - -<p>Los legados de Roma eran el patricio Valerio Flaco, uno de los que -con palabras de prudencia quería mantener la paz, y Bebio Tamfilo, que -gozaba del amor de la plebe romana, á causa del interés con que miraba -sus miserias.</p> - -<p>Acteón mostrábase impaciente por llegar á Sagunto. Quería hablar -á sus amigos, evitar el sacrificio inútil de la ciudad, describirles -el estado de ánimo de Roma, para que no persistieran en una defensa -inútil. Siete meses llevaba<span class="pagenum" id="Page_354">p. -354</span> Sagunto de empeñada resistencia. Aún no había comenzado el -otoño cuando el ejército de Hanníbal se presentó ante la ciudad; y -ahora finalizaba el invierno.</p> - -<p>El griego pensaba con tristeza en las gratas ilusiones que había -acariciado cuando se dirigía á Roma al través de peligros y aventuras. -Creía que su presencia en la gran ciudad, el relato de las penalidades -del pueblo aliado y fiel, indignaría á los romanos, levantando en masa -las legiones; y volvía sin soldados, en una nave donde todos, fingiendo -gran interés por Sagunto, no se conmovían gran cosa por sus desgracias; -sin otro auxilio, que las sonoras é imponentes palabras de los legados -y la loba de bronce en lo alto de un palo, como emblema de la majestad -de la embajada.</p> - -<p>¿Qué diría la muchedumbre entusiasta y crédula que peleaba en -las murallas, cubriendo la brecha con sus pechos, y que para cobrar -nuevos ánimos le bastaba suponer la llegada de los romanos? Cambiando -el pensamiento hacia sus afectos, se preguntaba qué habría sido de -Sónnica, tan animosa, dejándole partir para que salvase á la ciudad; -cómo viviría ella, acostumbrada á la suntuosidad de una existencia -muelle y dulce, en medio de las miserias y los horrores de aquel asedio -que por su duración debía haber consumido los víveres de la ciudad y la -energía de sus defensores.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_355">p. 355</span>La nave dejó atrás -la embocadura del Ebro, y luchando con vientos contrarios, avistó una -mañana la Acrópolis de Sagunto. De la alta torre de Hércules se elevó -una gran humareda. Habían reconocido la embarcación, por el velamen á -cuadros que usaban los barcos de guerra de Roma.</p> - -<p>Estaba el sol en el cenit cuando la nave, con la vela amainada y -á impulsos de la triple fila de remos, fué á entrar en el canal que -conducía al puerto de Sagunto. Tierra adentro, por encima de los -cañaverales que cubrían las marismas, veíanse los mástiles de algunas -naves cartaginesas, ancladas en el triple puerto.</p> - -<p>Los tripulantes de la nave romana vieron llegar á escape, por -la playa, grandes grupos de jinetes. Eran escuadrones de númidas y -mauritanos, agitando sus lanzas y dando alaridos como cuando cargaban -en las batallas.</p> - -<p>Un jinete, con armadura de bronce y la cabeza descubierta, les había -gritado para que se detuvieran. Avanzando solo, metió su caballo en el -canal, aproximándose á la nave, hasta que las aguas llegaron al vientre -de la bestia.</p> - -<p>Acteón le reconoció:</p> - -<p>—Ése es Hanníbal —dijo á los dos legados que estaban junto á él en -la popa de la nave, contemplando con asombro el aparato belicoso con -que les recibían antes de echar el ancla en el puerto de Sagunto.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_356">p. 356</span>Iban presentándose -nuevos escuadrones, como si la noticia de la llegada de la nave hubiese -puesto en alarma al campamento, agolpando todas las tropas en el -puerto. Tras los grupos de jinetes llegaban á todo correr los fieros -celtíberos, los honderos baleares, todos los peones de diversas razas -que figuraban en el ejército sitiador.</p> - -<p>Hanníbal, aun á riesgo de ahogarse, metía su caballo en las aguas -del canal para que le oyesen mejor desde la nave y extendió su mano con -tal imperio, ordenando que se detuviera, que á los pocos instantes los -remos cayeron inmóviles á lo largo del casco.</p> - -<p>—¿Quién sois? ¿Qué queréis? —preguntó en griego.</p> - -<p>Acteón servía de intérprete entre los romanos y el caudillo -cartaginés.</p> - -<p>—Son los legados de Roma que vienen á verte en nombre de la -República.</p> - -<p>—¿Quién eres tú, que me hablas, y cuya voz creo conocer?</p> - -<p>Miró largo rato, poniéndose una mano sobre los ojos, y al fin -reconoció al griego.</p> - -<p>—¿Eres tú, Acteón?... ¡Siempre tú, ateniense inquieto! Te creía -dentro de la ciudad, y has logrado salir para traerme sin duda á esos -hombres. Pues bien: diles que es tarde; ¿para qué hablar? Un caudillo -que sitia á una ciudad, sólo admite embajadores cuando está dentro de -ella.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_357">p. 357</span>El griego repetía á -los romanos las palabras de Hanníbal, traduciendo sus respuestas.</p> - -<p>—Escucha, africano —dijo Acteón á Hanníbal—. Los enviados de Roma -te recuerdan la amistad que tienen contraída con Sagunto. En nombre -del Senado y del pueblo romano, te intiman á que levantes el sitio y -respetes á la ciudad.</p> - -<p>—Diles que Sagunto me ha ofendido y que ella fué la primera en -declarar la guerra sacrificando á mis amigos y negándose á respetar á -mis aliados los turdetanos.</p> - -<p>—No es verdad, Hanníbal.</p> - -<p>—Griego: repite á los romanos lo que te digo.</p> - -<p>—Los legados quieren bajar á tierra. Han de hablarte en nombre de -Roma.</p> - -<p>—Es inútil: no me harán desistir de mi empeño. Además, el sitio -dura mucho, las tropas están excitadas y no es lugar seguro para los -embajadores de Roma un campamento como el mío, compuesto de gentes -feroces de diversos países, que sólo obedecen cuando están en mi -presencia. Hace pocas horas hemos sostenido un combate, y aún dura en -ellos la excitación.</p> - -<p>Volvió al decir esto su cabeza hacia las tropas, y éstas, como si -tomasen el movimiento cual una orden ó adivinasen tal vez en los ojos -del caudillo sus ocultos designios, comenzaron á agitarse, avanzando -hacia el canal como si fueran á marchar á nado contra la nave. Los -jine<span class="pagenum" id="Page_358">p. 358</span>tes tremolaban -sus lanzas, tintas aún en la sangre del reciente combate; elevaban -sus escudos, en los cuales los africanos más salvajes habían colocado -como trofeos las cabelleras de algunos saguntinos muertos en la última -salida. Los baleares enseñaban sus dientes con estúpida sonrisa, y -sacando del zurrón las balas de arcilla, comenzaron á disparar con la -honda contra la nave romana.</p> - -<p>—¿Lo veis? —gritaba con satisfacción Hanníbal—. Es imposible que -reciba en mi campo á los legados. Es tarde para hablar: sólo resta que -Sagunto se entregue como castigo á sus faltas.</p> - -<p>Los legados, despreciando los proyectiles de las hondas, se apoyaban -en la borda de la nave, y avanzaban el busto cubierto por la toga, con -una arrogancia que parecía desafiar á los salvajes guerreros.</p> - -<p>La indignación que les causaba verse acogidos con tanto desprecio, -hacía palidecer sus mejillas.</p> - -<p>—Africano —gritó uno de los legados en latín, sin darse cuenta de -que Hanníbal no podía comprenderle—. Ya que no quieres recibir á los -enviados de Roma, vamos á Cartago á pedir que nos entreguen tu persona -por faltar á los tratados de Hasdrúbal. Roma te castigará cuando seas -nuestro prisionero.</p> - -<p>—¿Qué dice? ¿Qué dice? —rugió Hanníbal, furioso por aquellas -palabras incomprensibles en las que adivinaba una amenaza.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_359">p. 359</span>Al explicárselas -Acteón, el caudillo lanzó una carcajada de desprecio.</p> - -<p>—¡Id, romanos! —gritó— ¡id allá! Los ricos me odian y su deseo sería -aceptar vuestra petición entregándome á los enemigos: pero el pueblo me -ama y no hay en Cartago quien se atreva á venir al seno de mi ejército -para hacerme prisionero.</p> - -<p>Llovían las flechas en torno de la nave; algunas balas de arcilla -rebotaban en sus costados, y el piloto romano dió la orden de -retroceder. Moviéronse los remos, y la nave comenzó á virar lentamente -para alejarse del canal.</p> - -<p>—¿Pero vamos á Cartago? —preguntó el griego.</p> - -<p>—Sí; en Cartago nos oirán mejor —contestó uno de los legados—. -Después de lo ocurrido, ó el Senado de allá nos entrega á Hanníbal ó -Roma declara la guerra á Cartago.</p> - -<p>—Id vosotros, romanos. Mi deber está aquí.</p> - -<p>Y antes de que pudieran evitarlo los dos senadores y los legados -de Sagunto que habían contemplado con asombro la anterior escena, el -ateniense pasó una pierna sobre la borda y se arrojó de cabeza en la -entrada del canal. Buceó un buen rato en las aguas profundas y salió á -flote cerca de la orilla, á la que corrieron infantes y jinetes para -hacerle prisionero.</p> - -<p>Antes de pisar tierra firme, Acteón se vió rodeado por unos -cuantos honderos que se me<span class="pagenum" id="Page_360">p. -360</span>tieron en el agua hasta la cintura para apoderarse de sus -ropas sin partirlas con los camaradas. En un instante le arrebataron -su espada celtíbera, la bolsa que pendía del cinto y una cadena de -oro que guardaba en el pecho como recuerdo de Sónnica. Iban también á -quitarle su túnica de viaje, dejándolo desnudo, y comenzaba á recibir -golpes de aquella gente bárbara y cruel, cuando llegó Hanníbal, -reconociéndolo.</p> - -<p>—¡Has preferido quedarte! Lo celebro. Después de haberme causado -tanto daño desde los muros de Sagunto, te arrepientes y vienes conmigo. -Debía abandonarte en manos de estos bárbaros que te harían pedazos; -debía crucificarte fuera de mi campamento para que te viese desde las -murallas esa griega que amas: pero recuerdo la promesa que te hice un -día y la cumplo acogiéndote como amigo.</p> - -<p>Ordenó á uno de sus oficiales que cubriese las mojadas vestiduras -del griego con un <i>endromis</i>, manto militar con capucha de largo pelo -que usaban los soldados en invierno sobre su armadura. Después le hizo -montar en el caballo de un númida.</p> - -<p>Emprendieron la marcha hacia el campamento. Las tropas que habían -corrido á la entrada del puerto se replegaban lentamente, mientras la -nave se alejaba mar adentro, extendiendo de nuevo su velamen. En lo -alto de la<span class="pagenum" id="Page_361">p. 361</span> Acrópolis -se había extinguido la humareda: sólo flotaban algunas nubecillas -tenues. Adivinábase de lejos el desaliento producido en la ciudad por -la inesperada fuga de la nave romana. Con ella parecía alejarse la -última esperanza de los sitiados.</p> - -<p>Las tropas de Hanníbal, al retirarse, comentaban la escena en -la entrada del puerto entre su caudillo y los enviados de Roma. -No comprendían las palabras que se habían cruzado; pero el acento -enérgico del romano al hablar á Hanníbal, les parecía á todos ellos -una amenaza. Algunos, queriendo hacer creer que habían comprendido al -embajador, repetían un discurso imaginario, en el cual se amenazaba en -nombre de Roma con pasar á cuchillo á todo el ejército y hacer morir -á Hanníbal en una cruz. Repetían estas amenazas, aumentándolas cada -cual con invenciones propias; y cuando las tropas se encontraban con -otros destacamentos en el camino de la Sierpe ó en distintos puntos -del valle, todos afirmaban haber visto las cadenas que enseñaban desde -el buque los legados romanos para llevarse prisionero á Hanníbal, y un -rugido de furor partía del ejército.</p> - -<p>Hanníbal admiraba satisfecho la marea de indignación que rugía en -torno de él. Los soldados, saliendo á su paso, le aclamaban con mayor -entusiasmo; oía en todas las lenguas voces de<span class="pagenum" -id="Page_362">p. 362</span> muerte contra Roma, llamamientos al -caudillo para que diese el último asalto á la ciudad, apoderándose de -ella antes que los embajadores llegasen á Cartago, fraguando la ruina -del joven héroe.</p> - -<p>—Guárdate, Hanníbal —dijo un viejo celtíbero plantándose ante su -corcel—. Tus enemigos de Cartago, los de Hanón, se unirán á Roma para -perderte.</p> - -<p>—El pueblo me ama —dijo el caudillo con arrogancia—. Antes que el -Senado cartaginés escuche á los romanos, Sagunto será nuestra y los -cartagineses aclamarán nuestro triunfo.</p> - -<p>Acteón contemplaba con tristeza el aspecto desolado del paisaje, -antes tan risueño y fértil. En el puerto no había otras embarcaciones -que algunas naves de guerra de Cartago-Nova. La marinería dormía en -el Fano de Afrodita después de apoderarse de lo mejor del templo. Los -almacenes del puerto habían sido robados y destruídos; los muelles -estaban cubiertos de inmundicias. En el campo no se encontraban ni los -rastros de las antiguas quintas. La ferocidad de las tribus bárbaras -llegadas del interior, su odio á los griegos de la costa, les habían -impulsado hasta á arrancar los pavimentos multicolores, esparciendo sus -piezas. Todo el valle era una inmensa y desolada llanura. No quedaba -un árbol en pie. Para combatir el frío del invierno, habían arrancado -los bosques de higueras, las dilatadas plan<span class="pagenum" -id="Page_363">p. 363</span>taciones de olivos, las cepas de los -viñedos, destruyendo hasta las casas para calentarse con las maderas -de las techumbres. Sólo quedaban en pie muros en ruinas y matorrales -bajos. Una vegetación parásita que crecía rápidamente, fecundada por -cadáveres de hombres y bestias, extendíase por todo el valle, borrando -los antiguos caminos, escalando las ruinas y cubriendo los riachuelos -que, con los cauces rotos, esparcían sus aguas, hasta convertir en -charcas los campos hondos.</p> - -<p>Era la obra de devastación de un ejército continuamente engrosado, -compuesto de ciento ochenta mil hombres y muchos millares de caballos. -Habían devorado en poco tiempo el agro saguntino. Los soldados, -después de destrozar todo lo que no era de uso inmediato, extendían su -rapacidad á las zonas cercanas, esparciendo cada vez más el radio de la -destrucción conforme se prolongaba el sitio.</p> - -<p>Los víveres venían ya de muchas jornadas de distancia; los -enviaban las remotas tribus á cambio de la esperanza de botín que -sabía infundirles Hanníbal, hablando de las riquezas de Sagunto. Los -elefantes habían sido enviados algunos meses antes á Cartago-Nova por -no ser de utilidad en el asedio y resultar difícil su mantenimiento en -la asolada campiña.</p> - -<p>Sobre el agro aleteaban los cuervos en ondulantes fajas negras. -De entre los matorrales sur<span class="pagenum" id="Page_364">p. -364</span>gía el hedor de los caballos y mulos pudriéndose abandonados. -Al borde de los caminos, con los miembros sujetos al suelo por -pedruscos, veíanse los cuerpos de los bárbaros muertos á consecuencia -de las heridas y que sus compatriotas, con arreglo á las costumbres de -raza, dejaban abandonados á las aves de rapiña. La inmensa aglomeración -había infestado el ambiente del valle. Vivían al aire libre, y, sin -embargo, la suciedad del hacinamiento y el hálito de la muerte, -parecían esparcir entre las montañas y el mar una atmósfera de mazmorra -repleta de carne enferma.</p> - -<p>Acteón, que viniendo de lejos percibía esta hediondez del -campamento, pensaba con tristeza en los sitiados. Mirando hacia la -ciudad, creía adivinar los horrores que ocultaban aquellas murallas -rojizas, después de una resistencia de siete meses.</p> - -<p>Aproximábanse al campamento. El griego vió que esta aglomeración -militar había tomado el aspecto de una ciudad permanente. Quedaban -muy pocas tiendas de lienzo y de pieles. El invierno, que ya tocaba á -su fin, había obligado á los sitiadores á construir chozas de piedras -con techos de ramaje; casas de madera que parecían torres y servían de -apoyo á los baluartes que circunvalaban el campamento.</p> - -<p>Hanníbal, como si adivinase los pensamientos del griego, sonreía -fieramente contemplando<span class="pagenum" id="Page_365">p. -365</span> la obra de destrucción realizada por su ejército en torno de -la ciudad.</p> - -<p>—Encuentras muy cambiado todo esto, ¿verdad, Acteón?</p> - -<p>—Veo que tus tropas no han descansado mientras te alejaste para -castigar á los rebeldes de la Celtiberia.</p> - -<p>—Marbahal, el jefe de mi caballería, es un excelente auxiliar. -Cuando volví me enseñó dos muros de Sagunto destruídos y una parte -de la ciudad en nuestro poder. ¿Ves aquella altura cerca de la -Acrópolis, dentro del recinto amurallado?... Pues es nuestra. Las -catapultas que desde aquí se distinguen, disparan sobre Sagunto, -que ha quedado reducida á una mitad de sus antiguos límites. ¡Y aún -sueñan en defenderse! ¡Aún esperan auxilios de Roma!... Testarudos. -Han construído por tercera vez una línea de murallas, y así se van -estrechando y defendiendo hasta que sólo les quede el Foro, donde -acuchillaré á los que sobrevivan... ¡Oh, ciudad orgullosa é indomable! -Yo te haré mi esclava.</p> - -<p>El africano cambió de conversación, fijándose en su antiguo -compañero.</p> - -<p>—Al fin has visto claro y vienes conmigo. ¿Vas á seguirme con -entusiasmo? ¿Vendrás tras de mí en esa serie de empresas de las que -te hablé un día, al amanecer, en este mismo campo?... Tal vez seas -rey por haber seguido á Han<span class="pagenum" id="Page_366">p. -366</span>níbal como Ptolomeo lo fué por Alejandro. ¿Estás -resuelto?...</p> - -<p>Acteón se detuvo un momento antes de contestar, y en sus ojos leyó -Hanníbal la indecisión, el deseo de engañarle.</p> - -<p>—No mientas, griego: la mentira es para el enemigo ó para conservar -la existencia. Yo soy tu amigo y he prometido respetar tu vida. ¿Es que -no quieres seguirme?</p> - -<p>—Pues bien; no —dijo con resolución el griego—. Mi deseo es volver -á la ciudad, y si realmente guardas algún afecto al compañero de tu -infancia, déjame partir.</p> - -<p>—¡Pero vas á perecer ahí dentro!... No esperes misericordia si -entramos á viva fuerza por la brecha.</p> - -<p>—Moriré —dijo con sencillez el ateniense—. Pero ahí dentro hay -hombres que me acogieron como compatriota cuando yo erraba hambriento -por el mundo; hay una mujer que me amparó viéndome miserable, y me -dió su amor y sus riquezas. Ellos me enviaron á Roma para que les -trajese una palabra de esperanza, y yo debo volver aunque sea para -infundirles la tristeza y el dolor. ¿Qué te importa dejarme libre?... -Mañana tal vez podrás matarme. Dentro de Sagunto seré una boca más, y -en ella debe reinar el hambre. Tal vez al decir yo la verdad, al verme -que vuelvo sin auxilio alguno, decaigan sus ánimos y te entreguen la -plaza. Déjame<span class="pagenum" id="Page_367">p. 367</span> pasar, -Hanníbal: con esto, tal vez sin querer, ayudo tus planes.</p> - -<p>Hanníbal le miraba con asombro.</p> - -<p>—¡Loco! Nunca creí que un ateniense fuese capaz de tal sacrificio. -¡Vosotros tan ligeros, tan dados á la mentira, tan falsos para -satisfacer vuestro egoísmo!... Eres el primer griego que veo fiel á la -ciudad que le prohijó. Cartago tuvo peor suerte con los mercenarios de -tu país... Es imposible hacer nada de tí; eres un hombre incompleto: -te domina el amor: no te satisfaces como yo con la hembra que ronda -en torno del campamento, ó que se toma al asaltar una ciudad para -regalarla después á la soldadesca. Te ligas á la mujer, eres su esclavo -y buscas morir sin gloria, en un rincón obscuro del mundo, como soldado -al servicio de unos cuantos mercaderes, sólo por volver á verla. -Aléjate, loco: vete, te dejo en libertad... Nada quiero saber de tí. -He deseado hacerte héroe, y me respondes como un esclavo. Marcha á -Sagunto, pero sabe que la protección de Hanníbal te abandona desde este -momento. Si caes en mis manos dentro de la ciudad, serás mi prisionero; -jamás mi amigo.</p> - -<p>Hanníbal, golpeando con los talones los hijares de su corcel, se -metió en el campamento, volviendo altaneramente la espalda al griego. -Éste vió llegar al poco rato un joven cartaginés, que, sin decir una -palabra ni mirarlo siquiera,<span class="pagenum" id="Page_368">p. -368</span> cogió las riendas de su caballo y comenzó á caminar hacia -Sagunto.</p> - -<p>Al llegar á los puntos avanzados del ejército sitiador, decía el -cartaginés una palabra y Acteón pasaba adelante entre las miradas -hostiles de los soldados, que conocían la escena del puerto y bramaban -de coraje al pensar en las cadenas que los legados de Roma habían -tenido la insolencia de enseñar á su caudillo. Aquel griego que -iba á entrar en la ciudad sitiada, debía ser un acompañante de los -legados; y muchos pusieron una flecha en el arco para disparar contra -él, deteniéndose únicamente ante la fría y altanera mirada del joven -cartaginés que hablaba en nombre de Hanníbal.</p> - -<p>Llegaron á las ruinas del primer recinto amurallado. Al abrigo -de ellas estaban las avanzadas del ejército sitiador. Allí echó pie -á tierra el griego, y arrancando de un matorral una rama espinosa, -avanzó, llevándola en alto como señal de paz.</p> - -<p>Encontró enfrente aquella muralla que bajo su dirección había sido -elevada en una noche para contener al invasor. Sobre ella sólo se -veían los cascos de unos cuantos defensores. El sitiador dirigía todos -sus ataques por la parte alta. El lado de la ciudad donde se habían -desarrollado los primeros combates, estaba casi abandonado.</p> - -<p>Los guardianes de la muralla reconocieron á<span class="pagenum" -id="Page_369">p. 369</span> Acteón, con grandes exclamaciones de -sorpresa y alegría, y le arrojaron una cuerda de esparto para ayudarle -á subir por las asperezas del muro, hasta que pudo introducirse por una -brecha de la cresta. Todos rodearon con ansiedad al griego. Este creyó -ver en torno de él un grupo de espectros. Sus cuerpos parecían próximos -á escaparse de las amplias armaduras; los rostros amarillentos, -tristes, apergaminados, se ocultaban bajo la visera de los cascos; y -las manos descarnadas y con la piel rugosa, apenas si podían sostener -las armas. Un fulgor extraño y amarillento brillaba en sus ojos.</p> - -<p>Acteón se defendía con bondad de las incesantes preguntas. Ya -hablaría oportunamente: debía antes dar cuenta de su misión á los -ancianos del Senado. Un poco de calma: antes de cerrar la noche lo -sabrían todo. Y lleno de conmiseración ante la miseria de aquellos -héroes, mentía misericordiosamente, asegurando que Roma no olvidaba -á Sagunto y que él era la avanzada de las legiones que enviaban los -aliados.</p> - -<p>De las casas inmediatas, de las callejuelas vecinas al muro, salían -hombres y mujeres, atraídos por la noticia de la llegada del griego. -Le rodeaban, le preguntaban; todos querían ser los primeros en recibir -noticias, para esparcirlas por la ciudad; y Acteón, defendiéndose -de ellos, contemplaba con terror sus caras amarillentas<span -class="pagenum" id="Page_370">p. 370</span> y enjutas, con la piel -terrosa, marcando las aristas salientes del cráneo; los ojos hundidos -en las órbitas negras, brillando con extraño fulgor, como estrellas -moribundas reflejadas en el fondo de un pozo, y los brazos descarnados, -que crujían como cañas al moverse con la nerviosidad de la emoción.</p> - -<p>Púsose en marcha, escoltado por la multitud; precedido de muchachos -horribles, completamente desnudos, cuya piel parecía romperse con -la presión de las costillas que se marcaban una á una, y la cabeza -enormemente gruesa sobre el cuello descarnado. Andaban trabajosamente -sobre sus piernas, que parecían hilos, balanceándose como si éstas no -pudieran soportar el tronco: algunos, para sufrir menos, se arrastraban -por el suelo, faltos de fuerza para sostenerse.</p> - -<p>Acteón vió en una esquina un cadáver abandonado, con el rostro -cubierto de extrañas moscas que brillaban al sol con reflejos -metálicos. Más allá, en una encrucijada, varias mujeres pugnaban por -incorporar á un joven desnudo que tenía un arco abandonado á sus -pies. El griego vió con horror su vientre hundido, encorvado, como un -remolino de pieles entre los dos huesos de las caderas, que parecían -salirse del cuerpo. Era una momia que aún conservaba una chispa de vida -en los ojos y abría los labios negros y resquebrajados como si quisiera -mascar el aire.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_371">p. 371</span>Atravesaba calles -enteras sin que nuevas gentes se uniesen á su comitiva. Muchas casas -permanecían con las puertas cerradas, á pesar del rumor del gentío; -y Acteón comparaba esta soledad con la gran aglomeración de seres en -los primeros días del sitio. Perros muertos, tendidos en el arroyo -y tan descarnados como las personas, infectaban el ambiente. En las -encrucijadas veíanse esqueletos de caballos y mulos, limpios y blancos, -sin la más leve piltrafa á que pudieran agarrarse los repugnantes -insectos que zumbaban en aquella atmósfera de ciudad moribunda.</p> - -<p>El griego, con su rápido instinto de observación, se fijaba en las -armas de los guerreros. Sólo veía corazas de metal: las de cuero habían -desaparecido. Los escudos mostraban al descubierto sus tejidos de -juncos ó de nervios de toro despojados de la envoltura de piel. En una -esquina vió á dos viejos que se peleaban por una piltrafa negruzca y -correosa. Era un pedazo de cuero reblandecido en agua caliente. Muchas -casas de varios pisos habían sido demolidas para llevar sus piedras á -las nuevas murallas, que cortaban los avances del enemigo dentro de la -ciudad.</p> - -<p>El hambre cruel y asoladora lo había barrido todo. Se aprovechaban -las materias más fétidas y repugnantes. Parecía que los sitiadores -hubieran entrado ya en la ciudad arrebatándolo<span class="pagenum" -id="Page_372">p. 372</span> todo; no dejando más que los edificios en -pie para dar testimonio de su rapiña. El hambre y la muerte estaban -entre los sitiados.</p> - -<p>Cerca del Foro, vió el griego que una mujer se abría paso entre la -multitud y le echaba los brazos al cuello, oprimiéndole amorosamente. -Era Sónnica. También las privaciones del sitio habían dejado en ella -profundos rastros. No presentaba el aspecto de extrema miseria de -la multitud; pero estaba más delgada, más pálida, su nariz se había -afilado, sus mejillas parecían transparentar una luz interior, y los -brazos con que le oprimía habían enflaquecido y tenían el ardor de la -fiebre. Una aureola amoratada rodeaba sus ojos, y su túnica, de gran -riqueza, caía con abandono, en innumerables pliegues, á lo largo de su -cuerpo, que al enflaquecer parecía mucho más alto.</p> - -<p>—¡Acteón... amor mío! ¡Creí no verte más! Gracias, gracias, por -haber vuelto.</p> - -<p>Y abarcando su cuello con uno de sus brazos siguió marchando al lado -de él. La multitud miraba á Sónnica con veneración: era la única en la -ciudad que se sacrificaba por los miserables, repartiéndoles todos los -días los últimos víveres de sus almacenes.</p> - -<p>Acteón creyó ver confundido entre la muchedumbre al filósofo -Eufobias, con las vestiduras más rotas que nunca, casi desnudo, pero -con un aspecto de relativo vigor que contrastaba<span class="pagenum" -id="Page_373">p. 373</span> con la famélica miseria de la muchedumbre. -En el Foro le saludaron de lejos con desmayada expresión, Lacaro y -todos los elegantes amigos de Sónnica. Tenían aspecto de hambrientos; -pero ocultaban su palidez bajo el colorete y toda clase de afeites, y -ostentaban sus más ricas vestiduras, como si quisieran consolarse de -las privaciones con la pompa de un lujo inútil. Los pequeños esclavos -que les acompañaban, movían sus miembros descarnados dentro de las -vestiduras bordadas de oro, y mirando sus pendientes de perlas, -bostezaban dolorosamente.</p> - -<p>La multitud se detuvo en el Foro. Los Ancianos se habían reunido en -el templo inmediato á la plaza. Arriba en la Acrópolis era continuo -el combate con los cartagineses que ocupaban una parte de la altura, -y caían con frecuencia gruesas piedras de las catapultas. Algunas de -éstas llegaban hasta el Foro, y muchas casas tenían desfondado el techo -y desmoronadas las paredes por el choque de los enormes proyectiles.</p> - -<p>Acteón entró completamente solo en el templo. El número de los -Ancianos era menor. Unos habían perecido víctimas del hambre y la -peste; otros, con ardor juvenil, habían corrido á las murallas para -recibir la muerte. El prudente Alco parecía gozar gran ascendiente -y figuraba á la cabeza de la asamblea. Los acontecimientos habían -justificado aquella prudencia que le hacía declamar en otros tiempos -contra las em<span class="pagenum" id="Page_374">p. 374</span>presas -belicosas de la ciudad y su afición á las alianzas.</p> - -<p>—Habla, Acteón —dijo Alco—. Dinos la verdad, toda la verdad. Después -de las desgracias que los dioses nos han enviado, estamos dispuestos á -resistirlas aún mayores.</p> - -<p>El griego miró á aquellos ciudadanos que, envueltos en sus mantos y -con altos bastones de reyes, esperaban sus palabras con una ansiedad -que pretendían ocultar tras su majestuosa calma.</p> - -<p>Relató la entrevista con el Senado de Roma, la prudencia de éste, -que le había impulsado á buscar términos conciliadores, la llegada -de los legados ante Sagunto, la extraña manera de recibirlos usada -por Hanníbal, y la marcha de los enviados hacia Cartago para pedir el -castigo del caudillo y la libertad de Sagunto.</p> - -<p>Este relato triste, fué haciendo desaparecer gradualmente la calma -de los Ancianos. Algunos más violentos se ponían en pie y desgarraban -sus mantos, dando alaridos de pena; otros, en su exaltación, se -golpeaban la frente con los puños, rugiendo de ira al saber que Roma -no enviaba sus legiones; y los más viejos, sin perder la actitud -majestuosa, lloraban, dejando que sus lágrimas rodasen por las -descarnadas mejillas, perdiéndose en sus barbas de nieve.</p> - -<p>—¡Nos abandonan!</p> - -<p>—¡Será ya tarde cuando llegue el auxilio!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_375">p. 375</span>—¡Perecerá Sagunto -antes que los romanos lleguen á Cartago!</p> - -<p>Duró mucho tiempo la desesperación de la asamblea. Algunos, -inmóviles en sus asientos por la debilidad, pedían á los dioses morir, -antes que presenciar la caída de su pueblo.</p> - -<p>Parecía que Hanníbal estuviese ya en las puertas del templo.</p> - -<p>—Calma, Ancianos —gritó Alco—. Pensad que el pueblo saguntino está -fuera de esos muros. Si conoce vuestro dolor, cundirá el desaliento y -esta misma noche seremos esclavos de Hanníbal.</p> - -<p>Recobraron su calma lentamente los Ancianos, y se hizo el silencio. -Todos esperaban los consejos de Alco el Prudente. Éste habló.</p> - -<p>—No había que pensar en la entrega inmediata de la ciudad. ¿No era -así?</p> - -<p>Un rugido de indignación de toda la asamblea le contestó:</p> - -<p>—¡Nunca, nunca!</p> - -<p>Pues para mantener excitados los ánimos, para prolongar la defensa -algunos días más, había que mentir, inspirar una esperanza engañosa -á los saguntinos. No había víveres; los que estaban en las murallas -con las armas en la mano, comían la carne de los últimos caballos que -quedaban en la ciudad; la plebe perecía de miseria. Todas las noches -se recogían centenares de cadáveres y se quemaban en seguida en la -Acrópolis, por miedo á que los devorasen los<span class="pagenum" -id="Page_376">p. 376</span> perros vagabundos que, aguijoneados por -el hambre, se habían convertido en verdaderas fieras, atacando á los -vivos. Se murmuraba que, algunos extranjeros refugiados en la ciudad, -en unión de esclavos y de mercenarios, se reunían por la noche cerca de -las murallas para alimentarse con los cadáveres que podían arrebatar. -Las cisternas de la ciudad estaban próximas á secarse; sólo se extraía -de ellas el agua del fondo, revuelta con el barro que había precipitado -la destilación; pero á pesar de esto, en Sagunto nadie hablaba de -rendirse y había que continuar la defensa. Todos sabían lo que les -esperaba al caer en manos de Hanníbal.</p> - -<p>—He hablado con él —dijo Acteón— y se muestra inexorable. Si entra -en Sagunto todos seremos sus esclavos.</p> - -<p>Volvió á agitarse la asamblea con un movimiento de indignación.</p> - -<p>—¡Moriremos antes! —gritaron los Ancianos.</p> - -<p>Y rápidamente se acordó lo que debían decir al pueblo. Juraron todos -por los dioses ocultar la verdad. Prolongarían el sacrificio con la -esperanza de que aún llegase á tiempo el auxilio de Roma. Y componiendo -el gesto para que nadie adivinase la desesperación de los Ancianos, -salieron éstos del templo.</p> - -<p>Pronto circuló entre la muchedumbre la noticia. Los legados se -habían dirigido á Cartago para no perder tiempo en el campamento, y -allá<span class="pagenum" id="Page_377">p. 377</span> pedirían el -castigo de Hanníbal. De un momento á otro iban á llegar las legiones -que enviaba Roma para apoyar á los saguntinos.</p> - -<p>La muchedumbre acogió estas halagüeñas noticias con un entusiasmo -frío. Las penalidades del sitio amortiguaban su vehemencia. Además, -se había enardecido tantas veces con la esperanza de los romanos, que -dudaba de su auxilio, no creyendo en él hasta que viese llegar la -flota.</p> - -<p>Acteón se confundió con la muchedumbre hambrienta, buscando á -Sónnica. La vió rodeada de Lacaro y los jóvenes elegantes. Cerca de -ellos Eufobias sonreía á Sónnica, sin atreverse á aproximarse.</p> - -<p>—Los dioses te han guardado en tu viaje, Acteón —dijo el parásito—. -Tienes mejor aspecto que los que hemos permanecido en la ciudad. Bien -se ve que has comido.</p> - -<p>—Pues tú, filósofo —dijo el griego— no estás tan macilento y -descarnado como los demás. ¿Quién te mantiene?</p> - -<p>—Mi pobreza. Estaba tan acostumbrado al hambre en los tiempos de -abundancia, que ahora apenas si noto la carestía. ¡Ventajas de ser -filósofo y mendigo!</p> - -<p>—No creas á ese monstruo —dijo Lacaro con repugnancia—. Es -tan bárbaro como un celtíbero. Todos los días come; pero debían -crucificarle en medio del Foro para que sirviera de escarmiento. Le han -visto rondar por la noche cerca<span class="pagenum" id="Page_378">p. -378</span> de las murallas con una turba de esclavos en busca de los -cuerpos agonizantes.</p> - -<p>El griego se separó con repugnancia del parásito.</p> - -<p>—No lo creas, Acteón —dijo Eufobias—. Envidian mi parquedad de -mendigo, así como en otro tiempo la insultaban. El hambre es mi antigua -compañera y me respeta.</p> - -<p>Se alejaron todos del parásito, y Acteón siguió á Sónnica á su casa. -La hermosa griega vivía casi sola. Muchos de sus servidores habían -muerto en las murallas; otros habían perecido en las calles, víctimas -de la peste. Algunos esclavos, no pudiendo resistir el tormento del -hambre, se fugaban al campo sitiador. Dos esclavas viejas gemían en un -rincón, entre el amontonamiento de ricos cofres y lujosos muebles. Los -grandes almacenes del piso bajo estaban vacíos. Una banda de chicuelos -se había establecido allí y pasaban las horas inmóviles y al acecho, -esperando que de los rincones saliese alguna rata, para caer sobre -ella, como una bestia de inestimable valor.</p> - -<p>—¿Y Ranto? —preguntó el griego á su amada.</p> - -<p>—Pobrecilla; la veo de tarde en tarde. No quiere vivir aquí: -se escapa cuando la hago traer para tenerla segura. Ha perdido la -razón desde que vió el cadáver de su amante. Vaga día y noche por -las murallas. Se presenta en los sitios de mayor combate, pasando -insen<span class="pagenum" id="Page_379">p. 379</span>sible por entre -los dardos, como si no los viera. Por la noche se oyen de lejos las -canciones que entona llamando á Eroción, y muchas veces se presenta -coronada con una guirnalda de flores de las que crecen en las murallas -y pregunta por el hijo de Mopso, como si éste se ocultase entre los -defensores. El populacho cree que está en comunicación con los dioses -y la mira con respeto, preguntándola cual va á ser la suerte de -Sagunto.</p> - -<p>Pasaron la noche los dos amantes entre el amontonamiento de riquezas -del almacén, tendidos sobre unos tapices, estrechándose amorosamente, -insensibles á todo cuanto les rodeaba, como si estuvieran aún en -la rica quinta del agro, al final de uno de aquellos banquetes que -escandalizaban á los viejos saguntinos.</p> - -<p>Transcurrieron algunos días. La ciudad había vuelto á caer en el -marasmo, y tenaz en su resolución, seguía defendiéndose con el estómago -desfallecido por el hambre. Los sitiadores no extremaban sus ataques. -Hanníbal adivinaba sin duda el estado de la ciudad, y deseoso de evitar -á sus tropas el derramamiento de sangre, dejaba que transcurriese el -tiempo y mantenía el apretado cerco, esperando que el hambre y la peste -completasen su triunfo.</p> - -<p>Aumentaba la mortalidad en las calles. Ya no había quien recogiese -los muertos; la hoguera que los consumía en lo alto de la Acrópolis -se<span class="pagenum" id="Page_380">p. 380</span> había apagado. -Los cadáveres abandonados á las puertas de las casas, se cubrían de -asquerosos insectos, hasta que las aves de rapiña bajaban audazmente -por la noche al centro de la ciudad, disputando tenazmente su presa á -los perros vagabundos de retorcida lengua y ojos de ascuas, convertidos -en bestias feroces por el hambre.</p> - -<p>Gentes hediondas, de aspecto salvaje, poseídas de la demencia de la -extenuación, se arrastraban cautelosamente por las callejuelas, armadas -con palos, piedras y dardos. Iban de caza así que cerraba la noche. -Eufobias los guiaba, dándoles consejos con majestuoso énfasis, como si -fuese un gran capitán dirigiendo á su ejército. Cuando conseguían matar -un cuervo ó un perro salvaje, lo llevaban al Foro, chamuscándolo en una -hoguera, y se disputaban á golpes los hediondos pedazos, mientras los -ciudadanos ricos se alejaban desfallecidos, pero sintiendo náuseas ante -tales horrores.</p> - -<p>Comenzaba la primavera. Era una primavera triste que se manifestaba -á los sitiados en las florecillas que surgían de las cabelleras de -hierba de los torreones y los tejados de las casas. Había acabado el -invierno y, sin embargo, hacía frío en Sagunto; un frío de tumba que -sentían los sitiados hasta en los huesos. Brillaba el sol, y la ciudad -parecía obscurecida por una bruma fétida que daba á las casas y á los -seres un tinte plomizo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_381">p. 381</span>Acteón, al -dirigirse una mañana á la parte más alta del monte, donde continuaba -el combate, encontró en el Foro al prudente Alco. El buen ciudadano -revelaba en su aspecto tristeza y desaliento.</p> - -<p>—Ateniense —le dijo con expresión misteriosa—. Estoy resuelto á que -esto acabe. La ciudad no puede resistir más. Bastante ha esperado el -auxilio de los romanos. Que caiga Sagunto y se avergüence Roma de su -infidelidad con los aliados. Hoy mismo iré al campamento de Hanníbal á -pedirle la paz.</p> - -<p>—¿Lo has pensado bien? —exclamó el griego—; ¿no temes la indignación -de tu pueblo al verte en tratos con el enemigo?</p> - -<p>—Amo mucho á mi ciudad y no puedo presenciar impasible su -sacrificio, su agonía interminable. Pocos lo saben; pero á tí te lo -digo, Acteón, porque eres discreto. Estamos mucho peor que el pueblo -se imagina. Ya no queda un pedazo de carne para los que defienden -las murallas; esta mañana, de las cisternas apenas si se ha podido -sacar barro. No tenemos agua. Unos cuantos días más de resistencia, y -tendremos que comernos los cadáveres como esas turbas de desalmados que -se alimentan por la noche. Tendremos que matar á los pequeñuelos para -apagar nuestra sed con su sangre.</p> - -<p>Calló Alco un momento, y se pasó la mano por la frente con un gesto -de pena, como si<span class="pagenum" id="Page_382">p. 382</span> -quisiera arrojar lejos de él terribles recuerdos.</p> - -<p>—Nadie mejor que los Ancianos —continuó— conocemos lo que ocurre en -la ciudad. Los dioses deben temblar de horror contemplando lo que hace -Sagunto al verse abandonada por ellos. Oye y olvida, Acteón, —dijo en -voz muy baja y con acento de espanto—. Ayer, dos mujeres enloquecidas -por el hambre, echaron suertes para escoger cuál de sus pequeños -habían de devorar. Los Ancianos hemos cerrado ojos y oídos; no hemos -querido ver ni escuchar, comprendiendo que el castigo sólo serviría -para difundir más tales horrores. Los ciudadanos que pelean en las -murallas, tragan el cuero de sus armas para engañar el hambre. La carne -se despega de sus huesos, enflaquecen y caen como heridos por el rayo -invisible de los dioses. Llevamos cerca de ocho meses de resistencia; -dos terceras partes de la ciudad ya no existen. Hemos hecho bastante -ante el cielo y ante los hombres para demostrar cómo cumple Sagunto sus -juramentos.</p> - -<p>El griego bajaba la cabeza, convencido de las razones de Alco.</p> - -<p>—Además —continuó éste— el ánimo de la ciudad decae: se extingue la -fe. Los presagios son todos en contra nuestra. Hay gentes que durante -la noche han visto globos de fuego elevarse de la Acrópolis y huir -hacia el mar, hundiéndose en las aguas como esas estrellas velo<span -class="pagenum" id="Page_383">p. 383</span>ces que cortan con una raya -de luz el azul del cielo. La muchedumbre cree que son los Penates de la -ciudad que, adivinando la próxima ruina de Sagunto, la abandonan para -ir á establecerse al otro lado del mar de donde vinieron. Anoche, los -que velan arriba, en el templo de Hércules, vieron salir por debajo -de la tumba de Zazintho una serpiente que silbaba como si estuviese -herida. Era azul con estrellas de oro: la serpiente que mordió á -Zazintho y fué causa de la fundación de la ciudad en torno de la tumba -del héroe. Pasó entre las piernas de los asombrados guardianes, huyó -monte abajo y se alejó por la llanura con dirección al mar. También -ese nos abandona; el reptil sagrado que era como el dios tutelar de -Sagunto.</p> - -<p>—Tal vez no sea verdad —dijo el griego—. Alucinaciones de la gente -atormentada por el hambre.</p> - -<p>—Puede que así sea; pero acércate á las mujeres y las verás llorar, -á pesar de su miseria, lamentando la fuga de la serpiente de Zazintho. -Creen á la ciudad sin defensa, y muchos hombres se sentirán hoy más -débiles en las murallas al conocer la extraña desaparición. La fe es lo -que sostiene á los pueblos.</p> - -<p>Permanecieron silenciosos los dos hombres un buen rato.</p> - -<p>—Ve —dijo al fin el griego—. Habla con Hanníbal y que los dioses le -inspiren la clemencia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_384">p. 384</span>—¿Por qué no -vienes conmigo? Tú que tanto has viajado y posees la elocuencia de la -convicción podrías ayudarme.</p> - -<p>—Hanníbal me conoce. He despreciado su amistad y me odia. Ve y salva -á la ciudad... Mi suerte está echada. Ese africano no retrocede en su -cólera. Perdonará á todos menos á mí. Yo moriré antes que verme esclavo -ó agonizante en una cruz.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_10"> - <p><span class="pagenum" id="Page_385">p. 385</span></p> - <h2 class="nobreak" title="X. La última noche">X</h2> - <p class="subh2">La última noche</p> -</div> - -<p>Era más de media tarde cuando Acteón, que estaba entre los -defensores de la parte alta de la ciudad, vió aproximarse á Ranto por -una callejuela inmediata á la muralla.</p> - -<p>No había encontrado á la pastorcilla desde su regreso á Sagunto, y -al verla reconoció en ella los estragos causados por las penalidades -del sitio y el dolor que quebrantaba su razón.</p> - -<p>Caminaba absorta, con la cabeza baja, y en su enmarañada cabellera -asomaban algunas florecillas mustias, que soltaban á cada paso los -pétalos muertos. La túnica desgarrada y sucia dejaba ver su cuerpo -enflaquecido, que aún conservaba la esbeltez y frescura admiradas -por el griego. El pecho se había desarrollado un tanto, como si -el dolor madurase sus globos que apuntaban antes como capullos; -los ojos, dilatados por la demencia, parecían llenar todo su<span -class="pagenum" id="Page_386">p. 386</span> rostro, esparciendo en -torno de él una luz misteriosa, una aureola de fiebre.</p> - -<p>Avanzaba lentamente: varias veces levantó la cabeza mirando á los -hombres que estaban en lo alto de la muralla, y al fin, deteniéndose al -pie de la escala de piedra, murmuró con voz suplicante que parecía un -vagido:</p> - -<p>—¡Eroción! ¡Eroción!...</p> - -<p>Á pesar de que tras los manteletes de los sitiadores se notaba algún -movimiento, como si éstos intentasen un nuevo ataque contra la ciudad, -el griego descendió de la muralla con el deseo de ver de cerca á la -joven.</p> - -<p>—Ranto... pastorcilla, ¿me conoces?</p> - -<p>La hablaba con tono cariñoso, cogiéndola las manos; pero ella se -agitó, intentando desasirse, como si despertase sobresaltada. Después -de este esfuerzo cayó en una absoluta postración, y fijando sus ojos -enormes y asustados en el griego, exclamó:</p> - -<p>—¡Tú!... ¡Eres tú!</p> - -<p>—¿Me conoces?</p> - -<p>—Sí: eres el ateniense; eres mi señor: el amado de Sónnica la -rica... Dí, ¿dónde está Eroción?</p> - -<p>El griego no supo qué contestar; pero Ranto siguió hablando sin -esperar la respuesta.</p> - -<p>—Me dijeron que había muerto; hasta yo misma creí verle tendido -al pie de las murallas; pero no era verdad; fué un mal sueño. El -muerto<span class="pagenum" id="Page_387">p. 387</span> era su padre, -Mopso, el arquero. Desde entonces que huye de mí, como si quisiera -llorar á solas la muerte de su padre. De día se oculta. Le veo de -lejos, sobre la muralla, entre los combatientes, y cuando subo en su -busca, encuentro hombres armados y Eroción desaparece. Sólo me es fiel -por la noche: entonces me busca, viene á mí. Apenas me agazapo al pie -del muro y apoyo mi cabeza en las rodillas, le veo venir, buscándome -en la obscuridad, arrogante y amoroso, con el carcax sobre la cadera -y el arco cruzado en las espaldas. Por él huyen los perros feroces -que se arrastran en la sombra y me husmean la cara, mirándome con -ojos como brasas. Viene á mí... se sienta á mi lado; sonríe, pero -siempre está mudo. Le hablo y me contesta su sonrisa; nunca su boca. -Busco su hombro, como en otros tiempos, para descansar mi cabeza, -y huye, desaparece como si lo tragasen las sombras. ¿Qué es esto, -buen griego?... Si le ves, pregúntale por qué se oculta; dile que no -huya... Él te quiere tanto, ¡tanto!... ¡Me ha hablado tantas veces con -entusiasmo de tí y de tu país!...</p> - -<p>Calló un momento, como si estas palabras hubiesen despertado en -su memoria todo un pasado de recuerdos. Los agrupaba, los reunía -con un esfuerzo penoso que se reflejaba en su rostro, y lentamente -surgía en su memoria la imagen de aquellos días felices, anteriores al -sitio, cuando ella y Eroción correteaban por el valle y tenían<span -class="pagenum" id="Page_388">p. 388</span> por casa todos los -bosquecillos del agro saguntino.</p> - -<p>Sonreía á Acteón, mirándolo cariñosamente, y le recordaba sus -diversos encuentros: la primera entrevista en el camino de la Sierpe, -cuando acababa él de desembarcar, pobre y desconocido. Después, el -gesto de paternal protección con que les saludaba al encontrarlos en -los campos, subiendo á los cerezos, disputándose entre risas el rojo -fruto con los labios, y aquella sorpresa bajo las frondosas higueras, -cuando ella, totalmente desnuda, servía de modelo al joven escultor. -¿Se acordaba? ¿No había olvidado el griego aquellos días de paz y -felicidad?</p> - -<p>Acteón los tenía presentes en su memoria. Duraba aún en él la -impresión causada por la desnudez de la pastorcilla, y en aquel mismo -momento sus ojos sondeaban los rasguños de la vieja túnica, buscando -con deleite de artista los contornos del cuerpo algo enflaquecido, pero -fresco y juvenil, con los tonos calientes de su piel color de ámbar.</p> - -<p>Pero Ranto, después de evocar estos recuerdos, volvía á su desvarío. -¿Dónde estaba Eroción? ¿Le había visto? ¿Estaba arriba entre los -defensores? Y el griego tornaba á contenerla, cogiéndola las manos, -para evitar que subiese al muro.</p> - -<p>Arriba, los defensores gritaban, disparando<span class="pagenum" -id="Page_389">p. 389</span> sus arcos, arrojando dardos y piedras. -Había comenzado el ataque de los sitiadores. Pasaban por encima de las -almenas, como obscuros pájaros, los proyectiles de fuera, y el muro se -conmovía con sordos choques, como si los africanos lo atacasen con sus -arietes y picos, para abrir brecha.</p> - -<p>Acteón, que desde su regreso á Sagunto era el alma de la defensa, -necesitaba subir al muro.</p> - -<p>—Márchate, Ranto —decía apresuradamente—. Aquí van á matarte... -Vuelve á casa de Sónnica... Yo te llevaré á Eroción... Pero huye, -ocúltate. Mira como caen los dardos cerca de nosotros.</p> - -<p>Y la empujaba rudamente, acabando por arrojarla lejos de la -escalera, con impulso brutal, que la hizo doblar las rodillas.</p> - -<p>El griego subió apresuradamente, oyendo sin inmutarse los mortales -silbidos que rasgaban el aire cerca de su cabeza. Antes de que llegase -á las almenas, sonó á sus espaldas un débil gemido, un grito dulce, que -recordó á Acteón el balido de los cervatillos al recibir un saetazo en -las cacerías. Al volverse, vió en mitad de la escalera á Ranto, que -se doblaba hacia atrás para caer, con el pecho cubierto de sangre y -clavada en él, una larga vara con cola de plumas, todavía temblorosa -por los estremecimientos de la velocidad.</p> - -<p>Había querido seguirle á lo alto de la mura<span class="pagenum" -id="Page_390">p. 390</span>lla, y en la escalera la alcanzó una flecha -de los sitiadores.</p> - -<p>—¡Ranto!... ¡Pobrecita!...</p> - -<p>El griego, obedeciendo al impulso de un dolor que él mismo no podía -explicarse, pero que resultaba más fuerte que su voluntad, olvidó la -defensa del muro, el ataque de los enemigos, todo, para correr hacia la -joven, que se desplomaba con el suave desmayo de un ave herida.</p> - -<p>Sosteniéndola con sus fuertes brazos, la bajó para tenderla al pie -de la escalera. Ranto suspiraba, movía la cabeza como queriendo alejar -el dolor que se apoderaba de ella.</p> - -<p>El griego la sostenía por los hombros, llamándola con voz -cariñosa:</p> - -<p>—Ranto... Ranto...</p> - -<p>En sus ojos, agrandados por el dolor, parecía condensarse la luz. -Su mirada era ahora humana; perdía por momentos la vaguedad de la -demencia. Parecía haber recobrado la razón á impulsos del dolor, como -si en este supremo momento de lucidez, viera de un golpe todo el -pasado.</p> - -<p>—No mueras, Ranto —murmuraba el griego, sin darse cuenta de lo que -decía—. Aguarda: te arrancaré ese hierro; te llevaré al Foro sobre mis -espaldas para que te curen.</p> - -<p>Pero la joven movía tristemente la cabeza. No: quería morir; quería -reunirse con Eroción, cerca de los dioses, entre las nubes de rosa y -oro, por donde paseaba la madre del Amor, se<span class="pagenum" -id="Page_391">p. 391</span>guida de los que en la tierra se amaron -mucho. Había vagado como una sombra por entre los horrores de la ciudad -sitiada, creyendo que Eroción vivía, buscándolo por todas partes, -y Eroción había muerto; lo recordaba bien ahora: ella misma había -contemplado su cadáver. Muerto él, ¿para qué quería vivir?</p> - -<p>—Vivirás para mí —gritó Acteón, exasperado por el dolor, sin ver lo -que le rodeaba, sin oir los gritos de los defensores en el inmediato -muro y los pasos que sonaban á su espalda en una callejuela cercana—. -Ranto, pastorcilla, escúchame. Ahora comprendo por qué deseaba verte; -por qué tu recuerdo me asaltaba á veces allá en Roma, siempre que -pensaba en Sagunto. Vive y serás para Acteón la última primavera de su -existencia. Te amo, Ranto. Eres mi afecto postrero; la flor que se abre -en el invierno de mi vida. Te amo, Ranto: te amo desde el día en que te -ví desnuda como una diosa. Vive y seré tu Eroción.</p> - -<p>La joven, pálida ya, con el rostro empañado por la sombra de la -muerte, sonrió murmurando:</p> - -<p>—Acteón... buen griego... gracias, gracias.</p> - -<p>Y su cabeza resbaló entre las manos de Acteón, cayendo pesadamente -en el suelo. El ateniense estuvo inmóvil mucho rato, contemplando con -estúpida fijeza el cuerpo de la joven. El silencio que se hizo de -pronto en la muralla, pareció despertarle del doloroso sopor.<span -class="pagenum" id="Page_392">p. 392</span> Los sitiadores habían -suspendido su ataque. El griego se incorporó; pero volvió á -arrodillarse para besar varias veces la boca todavía caliente de la -pastorcilla y sus ojos inmóviles, desmesuradamente abiertos, en los -cuales reflejábanse como en una agua muerta los rojos resplandores de -la puesta del sol.</p> - -<p>Al levantarse vió frente á él á Sónnica inmóvil, rígida, mirándole -con ojos fríos é irónicos.</p> - -<p>—¡Sónnica!... ¡Tú!</p> - -<p>—He venido para decirte que corras al Foro. Un mensajero del campo -enemigo se ha presentado en las puertas de la ciudad pidiendo hablar á -los Ancianos. El pueblo está convocado en el Foro.</p> - -<p>Á pesar de la importancia de la noticia, Acteón no se conmovió. Le -preocupaba la fría rigidez de Sónnica.</p> - -<p>—¿Desde cuándo estás aquí?</p> - -<p>—Llegué á tiempo para ver como te despedías para siempre de mi -esclava.</p> - -<p>Calló un instante, pero como impulsada por un sentimiento superior -á su voluntad, avanzó hacia él con los ojos centelleantes y las manos -extendidas.</p> - -<p>—La amabas, ¿verdad? —dijo con amargura.</p> - -<p>—Sí —contestó el griego con voz tenue, como avergonzado de su -confesión—. Conozco ahora que la amaba... pero también te amo á tí.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_393">p. 393</span>Permanecieron -inmóviles largo rato, con la vista fija en aquel cadáver que -les separaba. Era como un muro frío levantándose entre los dos, -apartándolos para siempre.</p> - -<p>Acteón sentíase avergonzado por el dolor que sus palabras causaban -á aquella mujer que tanto le había amado. Sónnica parecía absorta por -su inmensa decepción y contemplaba fríamente, con ojos de Némesis -implacable, el cadáver de la esclava.</p> - -<p>—Aléjate, Acteón —dijo la griega—. Te esperan en el Foro. Los -Ancianos reclaman tu presencia para que sirvas de intérprete al -mensajero de Hanníbal.</p> - -<p>El ateniense dió algunos pasos, pero se detuvo, implorando -dulcemente misericordia para el cadáver.</p> - -<p>—Va á quedar abandonada... Pronto cerrará la noche, y los perros -hambrientos... los desalmados que buscan los cadáveres...</p> - -<p>Sentía escalofríos al pensar que aquel cuerpo hermoso que le -había hecho estremecer de admiración, llegase á ser devorado por las -bestias.</p> - -<p>Sónnica le contestó con un gesto. Podía alejarse: ella permanecería -allí. Y Acteón, dominado por la fría altivez de su amante, partió -corriendo hacia el Foro.</p> - -<p>Al llegar á la plaza comenzaba á anochecer. Ardía en el centro -la gran fogata, que se en<span class="pagenum" id="Page_394">p. -394</span>cendía todas las noches para combatir el frío mortal de la -ciudad en plena primavera.</p> - -<p>Los Ancianos sacaban sus sillas de marfil al pie de las gradas del -templo para esperar ante la muchedumbre al mensajero de Hanníbal. La -noticia había circulado por toda la ciudad, y la gente se agolpaba en -el Foro, ansiosa de escuchar las proposiciones del sitiador. Nuevos -grupos desembocaban á cada momento por todas las callejuelas afluyentes -á la gran plaza, donde se concentraba la agonizante vida de la -ciudad.</p> - -<p>Acteón fué á colocarse junto á los Ancianos. Extendió su vista y -no vió á Alco. Estaba aún en el campo sitiador, y la llegada de aquel -emisario debía ser consecuencia de su entrevista con Hanníbal.</p> - -<p>Un senador le explicó el suceso. Se había presentado ante los muros -un enemigo sin armas y tremolando una rama de olivo. Pedía hablar al -Senado en nombre de los sitiadores, y la asamblea de los Ancianos creyó -necesario reunir á toda la ciudad para que tomase parte en la suprema -deliberación.</p> - -<p>Habían dado orden de introducir al mensajero, y al poco rato se vió -avanzar, rompiendo la aglomeración de la muchedumbre, un grupo armado, -en el centro del cual marchaba un hombre con la cabeza descubierta, sin -armas y levantando con la diestra una rama, símbolo de paz.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_395">p. 395</span>Al pasar junto -á la hoguera dió de lleno en su rostro el resplandor rojizo de las -llamas, y en el Foro se levantó un clamoreo de indignación. Le habían -reconocido.</p> - -<p>—¡Alorco!... ¡Es Alorco!</p> - -<p>—¡Traidor!</p> - -<p>—¡Ingrato!</p> - -<p>Muchas manos buscaron la espada para caer sobre él; por encima de -las cabezas de la muchedumbre se agitaron algunos brazos empuñando -dardos; pero la presencia de los Ancianos y la triste sonrisa del -celtíbero calmaron los ánimos. Además, el pueblo sentía la debilidad de -la miseria; no tenía fuerzas para la indignación y ansiaba oir pronto -al mensajero; conocer la suerte que le reservaba el enemigo.</p> - -<p>Avanzó Alorco hasta colocarse frente á los Ancianos, y la gran plaza -quedó en un silencio profundo, sólo interrumpido por el chisporroteo -de los leños de la hoguera. Todos los ojos estaban fijos en el -celtíbero.</p> - -<p>—¿Alco el Prudente no está entre vosotros? —comenzó por -preguntar.</p> - -<p>Todos miraron en torno con sorpresa. Era verdad; hasta entonces no -habían notado la ausencia de aquel hombre, que era el primero en todos -los actos públicos.</p> - -<p>—No le busquéis —continuó el celtíbero—. Alco está en el campamento -de Hanníbal. Dolido del estado de la ciudad, comprendiendo que<span -class="pagenum" id="Page_396">p. 396</span> es imposible continuar la -defensa por más tiempo, se ha sacrificado por vosotros, y á riesgo de -morir llegó hace algunas horas á la tienda de Hanníbal para suplicarle -con lágrimas que tuviese compasión de vosotros.</p> - -<p>—¿Y por qué no ha venido contigo? —preguntó uno de los Ancianos.</p> - -<p>—Sentía miedo y vergüenza de repetiros las palabras de Hanníbal, las -condiciones que impone para que se entregue la ciudad.</p> - -<p>Se hizo aún mayor el silencio. La muchedumbre adivinaba en el terror -del ausente Alco las espantosas exigencias del vencedor, que hacían -latir apresuradamente el corazón de todos, antes de conocerlas.</p> - -<p>Iban llegando al Foro nuevos grupos de gente. Hasta los defensores -de la ciudad abandonaban las murallas, atraídos por el suceso, y -estaban allí, en las desembocaduras de las calles, centelleando al -resplandor de la hoguera sus cascos de bronce y sus escudos de varias -formas, redondos, estrangulados y de media luna. Acteón vió llegar -también á Sónnica, que se abrió paso entre el gentío, yendo á colocarse -junto al grupo formado por la juventud elegante que la admiraba.</p> - -<p>Alorco siguió hablando.</p> - -<p>—Ya sabéis quién soy yo. Hace un momento escuché amenazas, ví gestos -de muerte al reconocerme. Comprendo la indignación al encontrar<span -class="pagenum" id="Page_397">p. 397</span>me frente á vosotros. Tal -vez seré un ingrato; pero pensad que nací en otras tierras y la muerte -de mi padre me puso al frente de un pueblo al que tengo que obedecer -y seguir en sus alianzas. Nunca he olvidado que fuí el huésped de -Sagunto; guardo el recuerdo de vuestra hospitalidad y me intereso por -la suerte de este pueblo como si fuese la de mi misma patria. Pensad -bien en vuestra situación, saguntinos. El valor tiene sus límites, -y por más que os esforcéis, los dioses han decretado la ruina de la -valerosa Sagunto. Lo demuestran con su abandono; y vuestro arrojo se -estrellará ante su voluntad inmutable.</p> - -<p>Las vagas palabras de Alorco aumentaban la incertidumbre del pueblo. -Todos temían las condiciones de Hanníbal, por lo mismo que el celtíbero -se retrasaba en exponerlas.</p> - -<p>—¡Las condiciones!... ¡Dinos las condiciones! —gritaron desde varios -puntos del Foro.</p> - -<p>—La prueba de que he venido por interés vuestro —continuó Alorco -como si no oyera estos gritos— está en que mientras habéis podido -resistir con vuestras propias fuerzas ó esperar un socorro de los -romanos no me he presentado á aconsejaros la sumisión. Pero vuestras -murallas no pueden defenderos más; todos los días perecen de hambre -centenares de saguntinos; los romanos no vendrán, están muy lejos y -ocupados en otras guerras; en vez de enviaros le<span class="pagenum" -id="Page_398">p. 398</span>giones os envían legados; y por esto yo, -viendo que Alco titubeaba en volver, arrostro vuestra indignación para -traeros una paz que no es ventajosa, pero resulta necesaria.</p> - -<p>—¡Las condiciones! ¡Las condiciones! —gritó la muchedumbre con un -formidable aullido que hizo temblar al Foro.</p> - -<p>—Pensad —dijo Alorco— que lo que quiera concederos el vencedor es -un regalo que os hace, pues hoy es dueño de todo lo vuestro: vidas y -haciendas.</p> - -<p>Esta verdad terrible, cayendo sobre la muchedumbre, produjo el -silencio.</p> - -<p>—Sagunto, que está en gran parte destruída y cuyos extremos ocupan -ya sus tropas, os la toma como castigo; pero permitirá que construyáis -una nueva ciudad en el punto que Hanníbal os designe. Todas las -riquezas que guardéis, tanto en el tesoro público como en vuestras -casas, serán entregadas al vencedor. Hanníbal respetará vuestras vidas, -las de vuestras esposas é hijos, pero tendréis que salir para el lugar -que os designe sin armas y con sólo dos trajes. Comprendo que las -condiciones son crueles; pero la desgracia os obliga á soportarlas. -Peor es morir y que vuestras familias caigan como botín de guerra en -manos de la soldadesca triunfante.</p> - -<p>Terminó de hablar Alorco, y, sin embargo, continuó el silencio -en el Foro; un silencio pro<span class="pagenum" id="Page_399">p. -399</span>fundo, amenazante, igual á la plomiza calma que precede á una -tempestad.</p> - -<p>—No; saguntinos, no —gritó una voz de mujer.</p> - -<p>Acteón reconoció á Sónnica en esta voz.</p> - -<p>—No, no —contestó la muchedumbre, como un eco atronador.</p> - -<p>Se agitaban, corrían de un lado á otro, se empujaban los grupos -poseídos de furia, como si quisieran despedazarse, desahogando la rabia -que les producían las condiciones del vencedor.</p> - -<p>Sónnica había desaparecido; pero Acteón la vió volver al Foro, -seguida de un cordón de gente; esclavos, mujeres, soldados, llevando -todos sobre sus hombros los ricos muebles de la quinta, amontonados en -el almacén; las arquillas de joyas, los suntuosos tapices, los lingotes -de plata y las cajas de polvo de oro. La muchedumbre contemplaba este -desfile de riquezas, sin adivinar el propósito de Sónnica.</p> - -<p>—No, no —repetía la griega, como si hablase con ella misma.</p> - -<p>Estaba fuera de sí por las proposiciones del vencedor. Se veía -saliendo de la ciudad, sin más fortuna que una túnica puesta y otra -sobre el brazo, teniendo que mendigar por los caminos ó trabajar en los -campos como una esclava, perseguida por aquella soldadesca feroz, de -diversas razas.</p> - -<p>—No, no —repetía enérgicamente, abriéndose<span class="pagenum" -id="Page_400">p. 400</span> paso entre la muchedumbre, para llegar á la -hoguera en el centro del Foro.</p> - -<p>Estaba magnífica, con la rubia cabellera alborotada por la -agitación, la túnica rota por los empellones del gentío, los ojos -relampagueantes, con la expresión de una Furia, que encontraba amarga -voluptuosidad en la destrucción. ¿Para qué las riquezas? ¿Para qué -vivir? Y en su desesperada energía, mezclábase por mucho la amargura -que una hora antes había paladeado ante el cadáver de su esclava.</p> - -<p>Ella dió la señal, arrojando en la hoguera una imagen de Venus, -de jaspe y plata, que llevaba en sus brazos, y que desapareció entre -las llamas como si fuera un pedrusco. Los que la seguían, gente toda -miserable y hambrienta, la imitaron con intenso goce. La destrucción -de tantas riquezas, les hacía rugir de placer y dar saltos de alegría, -á ellos, tan pobres, que habían pasado su existencia en las escaseces -de la esclavitud. Caían en las llamas los cofrecillos de marfil, de -cedro y de ébano, y al chocar con los leños, se abrían, derramando -los tesoros de su vientre; collares de perlas, guirnaldas de topacios -y esmeraldas, arracadas de diamantes, toda la gama de las piedras -preciosas, que centelleaban un instante entre los tizones como -maravillosas salamandras. Después caían los tapices, los velos bordados -de plata, las túnicas con doradas flores, las sandalias de oro, las -sillas<span class="pagenum" id="Page_401">p. 401</span> con garras -de león, los lechos con clavijas de metal, los peines de marfil, los -espejos, las lámparas, las liras, los frascos de perfumes, las mesillas -de ricos mármoles incrustados; todas las magnificencias de Sónnica la -rica. Y la muchedumbre miserable entusiasmada por esta destrucción, -aplaudía con rugidos, al ver la hoguera que crecía y crecía con tanto -combustible, hasta elevar las llamas á considerable altura, arrojando -chispas y cenizas sobre los tejados de las casas.</p> - -<p>—¡Hanníbal quiere riquezas! —gritaba Sónnica, con voz ronca que -parecía un aullido—. Venid, arrojad aquí todo lo vuestro: que el -africano se lo dispute al fuego.</p> - -<p>Pero no necesitaba extremar sus voces para que la imitasen. Muchos -de los Ancianos, que habían huído en el primer instante de confusión, -volvían al Foro llevando un cofrecillo bajo su blanco manto y lo -arrojaban en la hoguera. Eran las riquezas que habían tomado en sus -casas.</p> - -<p>Sobre las cabezas de la multitud rodaban muebles y telas de brazo en -brazo, hasta caer en el inmenso brasero, que cada vez elevaba más altas -sus llamas, coronadas por un humo blanco y luminoso.</p> - -<p>Era un holocausto en honor de los dioses mudos y sordos que -estaban en la Acrópolis. Las casas parecían vaciarse para arrojar -todos sus<span class="pagenum" id="Page_402">p. 402</span> adornos y -riquezas en la hoguera. Los hombres cumplían silenciosos y sombríos su -anhelo de destrucción; pero las mujeres parecían locas, y desgreñadas, -rugientes, con los ojos saltando de las órbitas, danzaban en torno -de la inmensa hoguera, atraídas por las llamas, rozándolas con sus -vestiduras, ebrias por el fuego, arañándose el rostro sin darse cuenta -de lo que hacían y rugiendo maldiciones con su boca espumeante de -rabia.</p> - -<p>Una de ellas, como enloquecida por la ronda infernal, no pudiendo -resistir la atracción del fuego, dió un salto, cayendo entre las -llamas. Ardieron instantáneamente las ropas y el cabello, y flameó -durante algunos instantes como una antorcha, desplomándose sobre los -tizones. Otra mujer arrojó en el brasero, como si fuese una pelota, el -niño que llevaba agarrado á su flácido pecho, y después saltó ella en -medio de la fogata, cual si arrepentida del crimen, quisiera seguir á -su hijo.</p> - -<p>El fuego se había comunicado á las techumbres de madera de las casas -del Foro. Una guirnalda de llamas comenzaba á rodear la plaza. El humo -y el calor asfixiaban á la muchedumbre, y en esta atmósfera densa -y negruzca, los muebles parecían andar solos camino de la hoguera, -arrastrándose por encima de la muchedumbre.</p> - -<p>Lacaro y sus elegantes amigos hablaban de<span class="pagenum" -id="Page_403">p. 403</span> morir. Aquellos seres afeminados discutían -con una tranquilidad sublime el modo de caer. No querían seguir á -Sónnica, que acababa de armarse con una espada y un escudo para salir -contra el campamento sitiador y morir matando. Les repugnaba luchar -con un soldado rudo y casi salvaje, percibir su hedor de fiera y -caer con el pintado rostro partido de un golpe, cubiertos de sangre -y revolcándose en el fango, como una res degollada. No les placía -tampoco darse de puñaladas: era un medio gastado por los héroes. Morir -en el brasero les parecía mejor; les recordaba el sacrificio de las -reinas asiáticas, pereciendo en una hoguera de maderas perfumadas. -¡Lástima que aquella fogata oliese tan mal! Pero el momento no era de -refinamientos, y echándose el manto sobre los ojos, uno tras otro, los -jóvenes elegantes, empujando con el brazo depilado y perfumado á sus -pequeños esclavos, entraron en la hoguera con tranquilo paso, como -si estuvieran en aquellos días de paz en que paseaban por el Foro, -satisfechos del escándalo que producían sus adornos femeniles.</p> - -<p>Sónnica recogíase la túnica en torno del talle, dejando al -descubierto la adorable blancura de sus piernas para correr con más -desembarazo.</p> - -<p>—Vamos á morir, Eufobias —dijo al filósofo, que contemplaba absorto -este espectáculo de destrucción.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_404">p. 404</span>Por primera vez, -el parásito no mostraba su gesto insolente é irónico. Estaba grave y -fruncía el ceño, viendo como morían aquellas gentes de las que tanto se -había burlado.</p> - -<p>—¡Morir! —dijo—. ¿Es preciso morir? ¿Lo crees tú, Sónnica?</p> - -<p>—Sí; el que no quiera ser esclavo, debe morir. Coge una espada y ven -conmigo.</p> - -<p>—No necesito tanto. Si he de morir, quiero evitarme la fatiga de -correr; el trabajo de dar golpes. Moriré tranquilo, con la dulce pereza -que embelleció mi vida.</p> - -<p>Y lentamente, sin apresurarse, dió algunos pasos y se acostó entre -las llamas con la cara cubierta por su manto remendado, lo mismo que se -tendía bajo los pórticos del Foro en los días de paz.</p> - -<p>En las gradas del templo, los Ancianos se herían el pecho con el -puñal. Agonizantes, prestaban su arma al compañero más inmediato, -y morían haciendo esfuerzos por mantenerse erguidos en sus sillas. -Grupos de mujeres arrebataban maderos encendidos de la gran hoguera -y se esparcían como bacantes furiosas por toda Sagunto, quemando las -puertas, arrojando tizones sobre los techos de tablas.</p> - -<p>De repente en la parte alta de la ciudad, allí donde se concentraban -los ataques de los sitiadores, sonó un horrible estrépito, como si -media montaña se viniera abajo. Los muros es<span class="pagenum" -id="Page_405">p. 405</span>taban abandonados por los defensores -reunidos en el Foro, y una torre que los cartagineses minaban desde -algunos días antes, acababa de derrumbarse. Una cohorte del ejército -de Hanníbal, viendo libre la entrada de la ciudad, se lanzó dentro -de ella, dando aviso al caudillo para que acudiese con todas sus -fuerzas.</p> - -<p>—¡Á mí! ¡á mí! —gritaba Sónnica con su voz ronca—. Ésta es nuestra -última noche. Yo no muero en la hoguera; quiero morir matando... ¡Deseo -sangre!</p> - -<p>Salió del Foro como una furia, seguida de Acteón, que corría á su -lado llamándola, haciendo esfuerzos porque le mirase. Pero la hermosa -griega permanecía insensible en su furia, como si llevase al lado un -desconocido.</p> - -<p>Les siguieron en revuelto tropel todos los que estaban en el -Foro; ciudadanos armados, mujeres que esgrimían cuchillos y dardos, -adolescentes desnudos, sin otra defensa que una pica. Á la luz de -los incendios pasaban como un rebaño enloquecido, centelleando los -coseletes de bronce, los cascos de rota cimera, las armas manchadas -de sangre y mostrando por los girones de las ropas los músculos -enflaquecidos, que parecían danzar en su ancha envoltura de piel, -apergaminada y seca por el hambre.</p> - -<p>Salieron de Sagunto por la parte baja, marchando al resplandor de la -ciudad incendiada contra el campamento de los sitiadores.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_406">p. 406</span>Una cohorte de -celtíberos que corría hacia Sagunto fué arrollada, deshecha, pateada -por esta tromba de desesperados, que corrían con la cabeza baja, -hiriendo cuanto encontraban por delante. Pero más allá tropezaron con -nuevas tropas que avanzaban advertidas de la salida, y se estrellaron -contra la hilera de escudos, no pudiendo soportar una lucha cuerpo á -cuerpo.</p> - -<p>Los saguntinos, debilitados por el largo sitio, perdidas sus fuerzas -por las enfermedades y el hambre, no pudieron resistir el choque. Los -celtíberos, con sus espadas de dos filos, herían sin misericordia; -y bajo sus golpes caía rápidamente aquella aglomeración de hombres -enfermos, de mujeres y niños.</p> - -<p>Acteón, luchando con el escudo ante el rostro y la espada en -alto contra dos vigorosos soldados, vió como Sónnica recibía una -cuchillada en el cráneo y soltaba sus armas, doblándose con una suprema -contracción antes de caer.</p> - -<p>—¡Acteón! ¡Acteón! —gritó en aquel momento olvidando su odio, -sintiendo que con la muerte volvía á ella todo el fuego del antiguo -amor.</p> - -<p>Cayó de bruces en el suelo. El griego quiso correr hacia ella; pero -en el mismo instante le zumbaron los oídos, como si sobre su cráneo -se desplomase una inmensa mole; sintió en los costados el frío del -hierro perforando sus carnes, y cayó viéndolo todo negro, como si se -despeña<span class="pagenum" id="Page_407">p. 407</span>ra por una -sima lóbrega y sin fondo á cuyo fin no había de llegar nunca.</p> - - -<p class="mt2">El griego despertó. Sobre su pecho pesaba una mole -abrumadora como una montaña. No tenía la certeza de si realmente -existía. Su cuerpo se negaba á obedecerle. Únicamente con un doloroso -esfuerzo, pudo abrir los ojos y recordar confusamente por qué estaba -allí.</p> - -<p>Lentamente vió que lo que oprimía su pecho era el cadáver de un -soldado enorme. Acteón creyó recordar que había hundido su espada en el -cuerpo de aquel guerrero en el mismo instante que se sentía caer en la -noche densa y misteriosa.</p> - -<p>Miró en torno de él. Un resplandor rojizo, como el de una aurora sin -fin, hacía centellear en el suelo las armas abandonadas, y marcaba la -silueta de los cadáveres amontonados y dispersos, en extrañas posturas, -contraídos por las últimas convulsiones.</p> - -<p>En el fondo ardía una ciudad. Los edificios negruzcos y deformes, se -destacaban sobre la cortina de llamas, que con su resplandor inquieto -hacían temblar los muros de la Acrópolis.</p> - -<p>Acteón lo recordó todo. Aquella ciudad era Sagunto: se oían los -aullidos de los vencedores que corrían las calles, cubiertos de sangre, -acabando de incendiar las casas que aún permanecían intactas, rabiosos -contra una pobla<span class="pagenum" id="Page_408">p. 408</span>ción -que únicamente se entregaba después de consumir sus riquezas; matando -en su furia á cuantos seres encontraba al paso, y rematando á los -heridos.</p> - -<p>Al darse cuenta de todo esto, reconocía que no había muerto; pero -iba á morir. Lo presentía en la debilidad inmensa que se apoderaba -de él, en el frío mortal que subía á lo largo de su cuerpo; en el -pensamiento que se extinguía y no era ya más que una lucecilla -débil...</p> - -<p>¿Y Sónnica? ¿Dónde encontrar á Sónnica?... Su último deseo era -llegar hasta su cadáver, que debía estar próximo. Quería besarla como á -su esclava; rendirla este tributo antes de morir. Pero al intentar un -supremo esfuerzo, separando su cabeza del suelo, una oleada de líquido -caliente y pegajoso le cubrió el rostro. Era la última sangre.</p> - -<p>Le pareció ver entonces con la vaguedad de un ensueño que se -extingue, una especie de centauro negro, que galopaba sobre los -cadáveres, y mirando la iluminada ciudad, reía con infernal gozo.</p> - -<p>Pasó junto á él. Los cascos de su caballo se hundieron en el cuerpo -del celtíbero tendido sobre su pecho. El griego, agonizante, creyó -reconocer el jinete á la luz del incendio.</p> - -<p>Era Hanníbal, con la cabeza descubierta, poseído de la furia del -triunfo, galopando en un caballo negro como la noche, que parecía -conta<span class="pagenum" id="Page_409">p. 409</span>giado del furor -del jinete, y relinchaba, coceando los cadáveres, agitando su cola -sobre los restos del combate. Al griego le pareció una furia infernal -que venía por su alma.</p> - -<p>Vió débilmente, como una imagen borrosa, la cara de Hanníbal animada -por una sonrisa de soberbia, de cruel satisfacción; el gesto majestuoso -y feroz á la vez de uno de aquellos dioses de Cartago que sólo se -mostraban clementes cuando humeaban en su altar los seres humanos -sacrificados.</p> - -<p>Reía viendo que era suya por fin la ciudad que le había detenido -ocho meses ante sus muros. Ya podía desarrollar sus ensueños -audaces.</p> - -<p>El griego no vió más. Volvió á caer en la eterna noche.</p> - -<p>Hanníbal galopó en torno de la ciudad, y al ver que por la parte -de la mar se extendía el resplandor cárdeno del amanecer, detuvo su -caballo, miró á Oriente, y extendiendo el brazo cual si quisiera -prolongarlo por encima de la extensión azul que cerraba el horizonte, -gritó amenazante, como si retase á un enemigo invisible antes de caer -sobre él:</p> - -<p>—¡Roma!... ¡Roma!...</p> - -<p class="fs90 ti0 pl2 mt2">Playa de la Malvarrosa (Valencia).</p> - -<p class="fs90 ti0 pl2">Julio-Septiembre 1901.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ToC"> - <p><span class="pagenum" id="Page_411">p. 411</span></p> - <h2 class="nobreak">ÍNDICE</h2> - <hr class="sep" /> -</div> - -<table class="toc" summary="Índice de contenidos"> - <tr> - <td colspan="2"> </td> - <td class="tdrb bb"><small>Págs.</small></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru">I.</td> - <td class="tdlh"><small><a href="#Ch_1">EL TEMPLO DE AFRODITA</a>.</small></td> - <td class="tdrb">5</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru">II.</td> - <td class="tdlh"><small><a href="#Ch_2">LA CIUDAD</a>.</small></td> - <td class="tdrb">57</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru">III.</td> - <td class="tdlh"><small><a href="#Ch_3">LAS DANZARINAS DE GADES</a>.</small></td> - <td class="tdrb">119</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru">IV.</td> - <td class="tdlh"><small><a href="#Ch_4">ENTRE GRIEGOS Y CELTÍBEROS</a>.</small></td> - <td class="tdrb">177</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru">V.</td> - <td class="tdlh"><small><a href="#Ch_5">LA INVASIÓN</a>.</small></td> - <td class="tdrb">215</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru">VI.</td> - <td class="tdlh"><small><a href="#Ch_6">ASBYTE</a>.</small></td> - <td class="tdrb">247</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru">VII.</td> - <td class="tdlh"><small><a href="#Ch_7">LAS MURALLAS DE SAGUNTO</a>.</small></td> - <td class="tdrb">289</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru">VIII.</td> - <td class="tdlh"><small><a href="#Ch_8">ROMA</a>.</small></td> - <td class="tdrb">319</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru">IX.</td> - <td class="tdlh"><small><a href="#Ch_9">LA CIUDAD HAMBRIENTA</a>.</small></td> - <td class="tdrb">353</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru">X.</td> - <td class="tdlh"><small><a href="#Ch_10">LA ÚLTIMA NOCHE</a>.</small></td> - <td class="tdrb">385</td> - </tr> -</table> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3"> -<div class="transnote" id="tnote"> - <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> - <ul> - <li>Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.</li> - - <li>Se ha respetado la ortografía del original, que difiere algo de la - actual.</li> - - <li>Se han completado los emparejamientos de comillas, paréntesis, - admiraciones e interrogaciones, se han espaciado las rayas y se - han añadido tildes a las mayúsculas iniciales que las necesitaban.</li> - - <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li> - - <li>El nombre propio «Mompso» se ha unificado con «Mopso», y el de - «Lisastro» con «Lisias», pues se refieren a un mismo personaje.</li> - </ul> -</div> -</div> - - -<hr class="full" /> - - - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of Project Gutenberg's Sónnica la cortesana, by Vicente Blasco Ibáñez - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK SÓNNICA LA CORTESANA *** - -***** This file should be named 61438-h.htm or 61438-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/1/4/3/61438/ - -Produced by Ramón Pajares Box and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images generously made available by The -Internet Archive/Canadian Libraries) - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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