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+This eBook, including all associated images, markup, improvements,
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-The Project Gutenberg EBook of Sónnica la cortesana, by Vicente Blasco Ibáñez
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
-to check the laws of the country where you are located before using this ebook.
-
-Title: Sónnica la cortesana
- Novela
-
-Author: Vicente Blasco Ibáñez
-
-Release Date: February 18, 2020 [EBook #61438]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK SÓNNICA LA CORTESANA ***
-
-
-
-
-Produced by Ramón Pajares Box and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images generously made available by The
-Internet Archive/Canadian Libraries)
-
-
-
-
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se
- han convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.
-
- * Se ha respetado la ortografía del original, que difiere algo de
- la actual.
-
- * Se han completado los emparejamientos de comillas, paréntesis,
- admiraciones e interrogaciones, se han espaciado las rayas y se
- han añadido tildes a las mayúsculas iniciales que las necesitan.
-
- * El nombre propio «Mompso» se ha unificado con «Mopso», y el de
- «Lisastro» con «Lisias», pues se refieren a un mismo personaje.
-
-
-
-
-SÓNNICA LA CORTESANA
-
-
-
-
-OBRAS DEL AUTOR
-
-
-NOVELAS
-
- Arroz y tartana (3.ª edición).
- Flor de Mayo (3.ª edición).
- La Barraca (4.ª edición. Ilustrada).
- Entre naranjos (4.ª edición).
-
-
-CUENTOS
-
- Cuentos valencianos (2.ª edición).
- La Condenada.
- Cuentos grises (Biblioteca selecta).
- Á la sombra de la higuera (Biblioteca Diamante).
- La Cencerrada (Colección Mignon).
-
-
-VIAJES
-
- París (agotada).
- En el país del Arte.
-
-
-NOVELAS EN PREPARACIÓN
-
- Cañas y barro.
- La señora Vicenta.
-
-
-
-
- VICENTE BLASCO IBÁÑEZ
-
- _Sónnica
- la cortesana_
-
- —NOVELA—
-
- CUARTA EDICIÓN
-
- [Ilustración]
-
- F. SEMPERE, EDITOR
- PINTOR SOROLLA, 30 Y 32
- VALENCIA
-
-
-
-
-Imprenta de EL PUEBLO.--Pascual y Genís, 3 Valencia
-
-
-
-
-SÓNNICA LA CORTESANA
-
-
-
-
-I
-
-El templo de Afrodita
-
-
-Cuando la nave de Polyantho, piloto saguntino, llegó frente al puerto
-de su patria, ya los marineros y pescadores, con la vista aguzada por
-las distancias del mar, habían reconocido su vela teñida de azafrán y
-la imagen de la Victoria, con las alas extendidas y una corona en la
-diestra, llenando todo el filo de la proa, hasta mojar sus pies en las
-ondas.
-
---Es la nave de Polyantho: la _Victoriata_, que vuelve de Gades y
-Cartago-Nova.
-
-Y para verla mejor, se agolpaban en el pretil de piedra que cerraba los
-tres lagos del puerto de Sagunto, puestos en comunicación con el mar
-por un largo canal.
-
-Los terrenos bajos y pantanosos, cubiertos de carrizales y enmarañadas
-plantas acuáticas, extendíanse hasta el golfo Sucronense, que cerraba
-el horizonte con su curva faja azul, sobre la cual resbalaban como
-moscas los barquichuelos de los pescadores. La nave avanzaba lentamente
-hacia la embocadura del puerto. La vela roja palpitaba con los soplos
-de la brisa sin lograr hincharse, y la triple fila de remos comenzó á
-moverse en sus flancos, haciéndola encabritarse sobre las espumas que
-cerraban la entrada del canal.
-
-Caía la tarde. En una altura inmediata al puerto, el templo de Venus
-Afrodita reflejaba en la pulida superficie de su frontón el fuego del
-sol poniente. Una atmósfera de oro envolvía la columnata y los muros
-de mármol azul, como si el padre del día, al alejarse, saludase con
-un beso de luz á la diosa de las aguas. La cadena de montes obscuros,
-cubiertos de pinos y matorrales, extendíase en gigantesco semicírculo
-frente al mar, cerrando el fértil valle del agro saguntino, sus blancas
-villas, sus torres campestres y sus aldeas surgiendo entre las masas
-verdes de los campos. En el otro extremo de la montuosa barrera,
-esfumada por la distancia y el vapor de la tierra, veíase la ciudad,
-la antigua Zazintho, con el caserío oprimido en la falda del monte por
-murallas y torreones: y en lo alto la Acrópolis, los ciclópeos muros,
-sobre los cuales destacábanse las techumbres de los templos y edificios
-públicos.
-
-Reinaba en el puerto la agitación del trabajo. Dos naves de Marsella
-cargaban vino en la laguna grande; una de Liburnia hacía acopio de
-barros saguntinos y de higos secos para venderlos en Roma; y una galera
-de Cartago guardaba en sus entrañas grandes barras de plata traídas
-de las minas de la Celtiberia. Otras naves, con las velas plegadas y
-las filas de remos caídas en sus costados, permanecían inmóviles junto
-al malecón, como grandes pájaros dormidos, balanceando dulcemente
-sus proas de cabeza de cocodrilo ó de caballo, usadas por la marina
-de Alejandría, ú ostentando en el tajamar un espantable enano rojo,
-semejante al que adornaba la nave del fenicio Cadmus en sus asombrosas
-correrías por los mares.
-
-Los esclavos, encorvados bajo el peso de ánforas, fardos y lingotes,
-sin otra vestidura que un cinturón lumbar y una caperuza blanca, al
-aire la atormentada y sudorosa musculatura, pasaban en incesante
-rosario por las tablas tendidas desde el pretil á las naves,
-trasladando al cóncavo vientre de éstas las mercancías amontonadas en
-el muelle.
-
-En medio del gran lago central alzábase una torre guardando la entrada
-del puerto; una robusta fábrica que hundía sus sillares en las aguas
-más profundas. Amarrada á las anillas que adornaban sus muros,
-balanceábase una nave de guerra, una _libúrnica_ alta de popa, la proa
-de cabeza de carnero, plegada la vela de grandes cuadros, un castillo
-almenado junto al mástil, y en las bordas, formando doble fila,
-los escudos de los _classiari_, soldados destinados á los combates
-marítimos. Era una nave romana que al amanecer el día siguiente había
-de llevarse á los embajadores enviados por la gran República para
-mediar en las turbulencias que agitaban Sagunto.
-
-En el segundo lago --una tranquila plaza de agua donde se construían y
-reparaban las embarcaciones-- sonaban los mazos de los calafates sobre
-la madera. Como monstruos enfermos veíanse las galeras desarboladas,
-tendidas de costado en la ribera, mostrando por los rasguños de sus
-flancos el fuerte costillaje ó la embreada negrura de sus entrañas.
-Y en el tercer lago, el más pequeño y de aguas sucias, anclaban
-las barcas de los pescadores, revoloteaban en caprichoso tropel
-las gaviotas, abatiéndose sobre los despojos que flotaban á ras de
-la superficie; y en la orilla agolpábanse mujeres, viejos y niños,
-esperando la llegada de las barcas con pescado del golfo Sucronense,
-que era vendido en el interior á las tribus más avanzadas de la
-Celtiberia.
-
-La llegada de la nave saguntina había apartado de sus quehaceres á toda
-la gente del puerto. Los esclavos trabajaban con lentitud, viendo á sus
-vigilantes distraídos por la entrada de la nave; y hasta los calmosos
-ciudadanos que sentados en el malecón, caña en mano, intentaban
-cautivar las gruesas anguilas del lago, olvidaban la pesca para seguir
-con su mirada el avance de la _Victoriata_. Ya estaba en el canal. No
-se veía su casco. El mástil, con la vela inmóvil, pasaba por encima de
-los altos cañaverales que bordeaban la entrada del puerto.
-
-Reinaba el silencio de la tarde, interrumpido por el monótono canto
-de las innumerables ranas albergadas en las tierras pantanosas y el
-parloteo de los pájaros que revoloteaban en los olivares inmediatos
-al Fano de Afrodita. Los martillazos del arsenal sonaban cada vez más
-lentos: la gente del puerto callaba, siguiendo la marcha de la nave
-de Polyantho. Al salvar la _Victoriata_ la aguda revuelta del canal,
-asomó en el puerto la dorada imagen de la proa y los primeros remos,
-enormes patas rojas, apoyándose en la tersa superficie con una fuerza
-que levantaba espumas.
-
-La muchedumbre, entre la que se agitaban las familias de los marineros,
-prorrumpió en aclamaciones al entrar la nave en el puerto.
-
---¡Salud, Polyantho! ¡Bienvenido, hijo de Afrodita!... ¡Que Sónnica tu
-señora te colme de bienes!
-
-Los muchachos desnudos, de piel tostada, se arrojaban de cabeza á la
-laguna, nadando como un tropel de pequeños tritones en torno de la
-nave.
-
-La gente del puerto alababa á su compatriota Polyantho, encareciendo
-su habilidad. Nada faltaba en su nave: bien podía estar satisfecha de
-su liberto la rica Sónnica. En la punta más avanzada del buque, el
-_proreta_, inmóvil como una estatua, escrutando con rápida mirada para
-avisar la presencia de obstáculos: la marinería, desnuda, encorvando
-sobre los remos las sudorosas espaldas que relucían al sol; y en lo
-más alto de la popa, el _gubernator_, el mismo Polyantho, insensible
-al cansancio, envuelto en una amplia tela roja, en la diestra el
-gobernalle del timón y en la otra mano un cetro blanco que agitaba
-acompasadamente, marcando el movimiento á los remeros. Junto al mástil
-agrupábanse hombres de extraños trajes, mujeres inmóviles arrebujadas
-en amplios mantos.
-
-La nave resbaló por el puerto como un insecto enorme, abriendo las
-aguas silenciosas y muertas con la proa que poco antes atormentaban las
-olas del golfo.
-
-Al anclar junto al malecón y echar el puente de tablas, los remeros
-tuvieron que repeler á palos á la multitud, que se empujaba queriendo
-penetrar en la nave.
-
-El piloto daba órdenes desde la popa: su roja envoltura iba de un lado
-á otro como una mancha inflamada por el sol poniente.
-
---¡Eh, Polyantho!... Bienvenido seas, navegante. ¿Qué es lo que traes?
-
-El piloto vió en la orilla á dos jóvenes á caballo. El que le hablaba
-iba envuelto en un manto blanco: una de sus puntas le cubría la
-cabeza, dejando al descubierto la barba rizada en bucles y lustrosa de
-perfumes. El otro oprimía los lomos del corcel con sus piernas desnudas
-y fuertes; vestía el _sagum_ de los celtíberos, una corta túnica de
-lana, sobre la cual saltaba su ancha espada suspendida del hombro; y su
-cabellera desgreñada é hirsuta lo mismo que su barba, encuadraban un
-rostro varonil y tostado.
-
---¡Salud, Lacaro; salud, Alorco! --contestó el piloto, con expresión de
-respeto--. ¿Veréis á Sónnica mi ama?
-
---Esta misma noche --contestó Lacaro--. Cenamos en su casa de campo...
-¿Qué traes?
-
---Decidla que traigo plomo argentífero de Cartago-Nova y lana de la
-Bética. Excelente viaje.
-
-Los dos jóvenes tiraron de las riendas á sus caballos.
-
---¡Ah! esperad --añadió Polyantho--. Decidla también que no olvidé su
-encargo. Aquí traigo lo que tanto deseáis: las danzarinas de Gades.
-
---Todos te lo agradecemos --dijo Lacaro riendo--. ¡Salve, Polyantho;
-que Neptuno te sea propicio!
-
-Y los dos jinetes partieron al galope, perdiéndose entre las chozas
-agrupadas al pie del templo de Afrodita.
-
-Mientras tanto, uno de los pasajeros de la nave salió de ésta,
-abriéndose paso entre la multitud agolpada frente al buque. Era un
-griego: todos conocieron su origen en el _pileos_ que cubría su cabeza;
-un casquete cónico de cuero, semejante al de Ulises en las pinturas
-griegas. Vestía una túnica obscura y corta, ajustada sobre los riñones
-por una correa, de la que pendía una bolsa. La clámide, que no llegaba
-á sus rodillas, estaba sujeta sobre el hombro derecho por un broche
-de cobre; unos zapatos de correas usadas y polvorientas cubrían sus
-desnudos pies, y sus brazos membrudos y cuidadosamente depilados se
-apoyaban al quedar inmóvil en un gran dardo que casi era una lanza.
-Los cabellos, cortos y rizados en gruesos bucles, se escapaban por
-debajo del _pileos_, formando una hueca corona en torno de su cabeza.
-Eran negros, pero brillaban en ellos algunas canas, así como en la
-barba ancha y corta que rodeaba su rostro. Llevaba el labio superior
-cuidadosamente afeitado, á usanza ateniense.
-
-Era un hombre fuerte y ágil, en plena virilidad sana y robusta. En
-sus ojos, de mirada irónica, había algo de ese fuego que revela á
-los hombres nacidos para la lucha y el mando. Caminaba con soltura
-por aquel puerto desconocido, como viajero habituado á toda clase de
-contrastes y sorpresas.
-
-El sol comenzaba á ocultarse, y las faenas del puerto habían cesado,
-retirándose lentamente la muchedumbre que ocupaba los muelles.
-Pasaban junto al extranjero los rebaños de esclavos limpiándose el
-sudor y dilatando sus miembros doloridos. Guiados por el palo de
-sus guardianes, iban á encerrarse hasta la mañana siguiente en las
-cuevas del monte inmediato ó en los molinos de aceite, más allá de las
-tabernas de marineros, hospederías y lupanares, que agrupaban sus muros
-de tierra y sus techos de tablas al pie de la colina de Afrodita como
-un complemento del puerto.
-
-Los comerciantes retirábanse también en busca de sus caballos y carros
-para trasladarse á la ciudad. Pasaban en grupos consultando las
-apuntaciones de sus tablillas y discutiendo las operaciones del día.
-Sus diversos tipos, trajes y actitudes, delataban la gran mezcla de
-razas de Zazintho, ciudad comercial, á la que de antiguo afluían las
-naves del Mediterráneo, y cuyo tráfico luchaba con el de Ampurias y
-Marsella. Los mercaderes asiáticos y africanos que recibían el marfil,
-las plumas de avestruz y las especias y perfumes para los ricos de la
-ciudad, se distinguían por su paso majestuoso, las túnicas con flores
-y pájaros de oro, los verdes borceguíes, las altas tiaras llenas de
-bordados y la barba descendiendo sobre el pecho en ondas horizontales
-de menudos rizos. Los griegos charlaban y reían con incesante
-movilidad, tomando á broma sus negocios y abrumando con sus palabras
-á los exportadores iberos, graves, barbudos, huraños, vestidos de lana
-burda, y que con su silencio, parecían protestar de aquel chaparrón de
-inútiles palabras.
-
-Los muelles quedaban desiertos por momentos. Toda su vida afluía al
-camino de la ciudad, donde, entre nubes de polvo, galopaban caballos,
-rodaban carros y pasaban con menudo trote los borriquillos africanos,
-llevando en sus lomos algún ciudadano corpulento sentado como una mujer.
-
-El griego seguía lentamente por el muelle tras dos hombres vestidos
-con túnica corta, borceguíes y un sombrerillo cónico de alas caídas,
-semejante al de los pastores helenos. Eran dos artesanos de la ciudad.
-Habían pasado el día pescando y volvían á sus casas, mirando con mal
-disimulado orgullo sus cestas, en cuyo fondo coleaban unos cuantos
-barbos, revueltos con delgadas anguilas. Hablaban en ibero, mezclando
-á cada punto en su conversación palabras griegas y latinas. Era el
-lenguaje usual de aquella antigua colonia, en continuo contacto por
-el comercio con los principales pueblos de la tierra. El griego, al
-seguirles por el muelle, atendía á su conversación con la curiosidad de
-un extranjero.
-
---Vendrás en mi carro, amigo --decía uno de ellos--. En la hostería de
-Abiliana tengo mi asno, que, como sabes, es la envidia de mis vecinos.
-Aún llegaremos á la ciudad antes que cierren las puertas.
-
---Mucho te lo agradezco, vecino. No es prudente caminar solo, cuando
-pululan en nuestros campos los aventureros que tomamos á sueldo para
-las guerras con los turdetanos, y toda la mala gente huída de la ciudad
-después de las últimas revueltas. Anteayer, ya sabes que apareció en un
-camino el cadáver de Acteio, el barbero del Foro. Le asesinaron para
-robarle cuando volvía al anochecer de su casita del campo.
-
---Ahora dicen que viviremos más tranquilos, después de la intervención
-de los romanos. Los legados de Roma han hecho cortar unas cuantas
-cabezas y afirman que con esto tendremos paz.
-
-Detuviéronse los dos un instante y volvieron la cabeza para mirar la
-_libúrnica_ romana, que apenas si se veía junto á la torre del puerto,
-envuelta en las sombras de la noche. Después siguieron caminando con
-lentitud, como si reflexionasen.
-
---Ya sabes --continuó uno de ellos-- que no soy más que un zapatero
-que tiene su tienda cerca del Foro y ha podido reunir un saco de
-_victoriatos_ de plata para darse una vejez tranquila y pasar la tarde
-en el puerto con la caña en la mano. No sé lo que esos retóricos que
-se pasean por fuera de la muralla de la ciudad, disputando y gritando
-como Furias, ni pienso como los filósofos que se agrupan en los
-pórticos del Foro para reñir, entre las burlas de los comerciantes,
-por si tiene más razón éste ó aquél de los hombres que allá en Atenas
-se ocupan de tales cosas. Pero con toda mi ignorancia, yo me pregunto,
-vecino: ¿por qué estas luchas entre hombres que vivimos en la misma
-ciudad y debemos tratarnos como buenos hermanos?... ¿Por qué?
-
-Y el camarada del zapatero contestaba con fuertes cabezadas de
-asentimiento.
-
---Yo comprendo --continuó el artesano-- que de vez en cuando estemos en
-guerra con nuestros vecinos los turdetanos. Unas veces por cuestión de
-riegos, otras por los pastos, y las más por los límites del territorio
-y por impedirles que disfruten de este hermoso puerto, comprendo que
-se armen los ciudadanos, que busquen la pelea y salgan á arrasarles
-los campos y quemarles las chozas. Al fin esa gente no es de nuestra
-raza, y así es como se hace respetar una gran ciudad. Además, la guerra
-proporciona esclavos que muchas veces escasean; y sin esclavos ¿qué
-haríamos los hombres... los ciudadanos?
-
---Yo soy más pobre que tú, vecino --dijo el otro pescador--. El hacer
-sillas de caballo no me produce tanto como á tí los zapatos; pero mi
-pobreza me permite tener un esclavo turdetano, que me ayuda mucho, y
-quiero la guerra porque aumenta considerablemente mi trabajo.
-
---La guerra con los vecinos; sea en buena hora. La juventud se
-fortalece y busca distinguirse; la república adquiere importancia,
-y todos, después de correr por valles y montes, compran zapatos y
-hacen componer las sillas de sus caballos. Muy bien; así marchan los
-negocios. ¿Pero por qué estamos hace más de un año convirtiendo el Foro
-en campo de batalla y cada calle en una fortaleza? Á lo mejor estás en
-tu tienda encareciendo á una ciudadana la elegancia de unas sandalias
-de papiro á la moda asiática, ó de unos coturnos griegos de gran
-majestad, cuando oyes en la inmediata plaza choque de armas, gritos,
-exclamaciones de muerte, y ¡á cerrar en seguida la puerta para que un
-dardo perdido no te deje clavado en tu asiento! ¿Y por qué? ¿Qué motivo
-existe para vivir como perros y gatos en el seno de esta Zazintho, tan
-tranquila y laboriosa antes?
-
---La soberbia y la riqueza de los griegos... --comenzó á decir el
-compañero.
-
---Sí; ya conozco esa razón. El odio entre iberos y griegos; la creencia
-de que éstos, por sus riquezas y sabiduría, dominan y explotan á
-aquéllos... ¡Como si en la ciudad existiesen realmente iberos y
-griegos!... Iberos son los que están detrás de esas montañas que nos
-cierran el horizonte; griego es ese que hemos visto desembarcar y
-viene tras de nuestros pasos; pero nosotros no somos más que hijos
-de Zazintho ó de Sagunto, como quieran llamar á nuestra ciudad.
-Somos el resultado de mil encuentros por tierra y por mar, y Júpiter
-se vería apurado para decir quiénes fueron nuestros abuelos. Desde
-que á Zazintho le mordió la serpiente en esos campos y nuestro padre
-Hércules levantó los grandes muros de la Acrópolis, ¿quién puede
-marcar las gentes que aquí han venido y aquí se han quedado, á pesar
-de que otros llegaron después para arrebatarles el dominio de los
-campos y las minas? Aquí vinieron las gentes de Tiro con sus naves de
-vela roja en busca de la plata del interior; los marineros de Zante
-huyendo con sus familias de los tiranos de su país; los rótulos de
-Ardea, gentes de Italia, que eran poderosas en los tiempos en que aún
-no existía Roma; cartagineses de la época en que pensaban más en el
-comercio que en las armas... ¡y qué sé yo cuántas gentes más! Hay que
-oirlo á los pedagogos cuando explican la historia en el pórtico del
-templo de Diana. Yo mismo, ¿sé acaso si soy griego ó ibero? Mi abuelo
-fué un liberto de Sicilia que vino para encargarse de una fábrica de
-alfarería y se casó con una celtíbera del interior. Mi madre era una
-lusitana que llegó en una expedición para vender oro en polvo á unos
-mercaderes de Alejandría. Yo me limito á ser saguntino como los demás.
-Los que se consideran iberos en Sagunto creen en los dioses de los
-griegos; los griegos adoptan sin sentirlo muchas costumbres ibéricas;
-se creen diferentes porque han partido en dos á la ciudad y viven
-separados; pero sus fiestas son las mismas, y en las próximas Panatheas
-verás juntas con las hijas de los comerciantes helenos á las de esos
-ciudadanos que cultivan la tierra, visten de paño burdo y se dejan
-crecer la barba para semejarse más á las tribus del interior.
-
---Sí, pero los griegos todo lo invaden, son los dueños de todo, se han
-apoderado de la vida de la ciudad.
-
---Son los más sabios, los más audaces; tienen algo de divino en sus
-personas --dijo sentenciosamente el zapatero--. Fíjate si no en ese
-que viene detrás de nosotros. Va vestido pobremente; tal vez en su
-bolsa no tiene dos óbolos para cenar; puede que duerma á cielo raso,
-y sin embargo, parece Zeus que haya bajado disfrazado del cielo para
-visitarnos.
-
-Los dos artesanos volvieron la vista instintivamente para mirar al
-griego; y siguieron adelante. Habían llegado junto á las chozas que
-formaban una animada población en torno del puerto.
-
---Hay otra razón --dijo el talabartero-- para la guerra que nos divide.
-No es el odio únicamente entre griegos é iberos; es que unos quieren
-que seamos amigos de Roma y otros de Cartago.
-
---Ni con unos ni con otros --dijo sentenciosamente el zapatero--.
-Tranquilos y comerciando como en otros tiempos, es como mejor
-prosperaríamos. El habernos llevado á la amistad con Roma, es lo que yo
-reprocho á los griegos de Sagunto.
-
---Roma es la vencedora.
-
---Sí, pero está muy lejos, y los cartagineses están casi á nuestras
-puertas. Sus tropas de Cartago-Nova pueden venir aquí en unas cuantas
-jornadas.
-
---Roma es nuestra aliada y nos protege. Sus legados, que parten mañana,
-han dado fin á nuestras revueltas, decapitando á los ciudadanos que
-turbaban la paz de la ciudad.
-
---Sí; pero esos ciudadanos eran amigos de Cartago y antiguos protegidos
-de Hamílcar. Hanníbal no olvidará fácilmente á los amigos de su padre.
-
---¡Bah! Cartago quiere paz y mucho comercio para enriquecerse. Después
-de su fracaso de Sicilia, teme á Roma.
-
---Temerán los senadores, pero el hijo de Hamílcar es muy joven, y á mí
-me dan miedo esos muchachos convertidos en caudillos, que olvidan el
-vino y el amor para soñar sólo con la gloria.
-
-El griego no pudo oir más. Los dos artesanos habían desaparecido entre
-las chozas, y el eco de su disputa se perdió á lo lejos.
-
-El extranjero se vió completamente solo en aquel puerto desconocido.
-Los muelles estaban desiertos; comenzaban á brillar algunos faroles
-en las popas de las naves, y á lo lejos, sobre las aguas del golfo,
-se elevaba la luna como un disco enorme de color de miel. Únicamente
-en el pequeño puerto de los pescadores, había alguna animación. Las
-mujeres, desnudas de cintura arriba, y oprimiendo entre las piernas
-el guiñapo que les servía de túnica, se metían en el agua hasta las
-rodillas para lavar el pescado, y colocándolo después en anchas cestas
-sobre su cabeza, emprendían la marcha, arrastrando á sus pequeñuelos
-panzudos y en cueros. De las naves, inmóviles y silenciosas, salían
-grupos de hombres que se encaminaban á la población miserable extendida
-al pie del templo. Eran marineros que iban en busca de las tabernas y
-lupanares.
-
-El griego conocía bien aquellas costumbres. Era un puerto igual á los
-muchos que había visto. El templo en lo alto para servir de guía al
-navegante; y abajo el vino á punto, el amor fácil y la riña sangrienta,
-como terminación de la fiesta. Pensó un momento en emprender la marcha
-á la ciudad; pero estaba muy lejos, desconocía el camino, y prefirió
-quedarse allí, durmiendo en cualquier parte hasta que saliera el sol.
-
-Había entrado en los tortuosos callejones que formaban las chozas
-construídas al azar, como si hubieran caído en tropel del cielo, con
-sus paredes de tierra y techumbres de paja y cañas, con estrechos
-tragaluces, y sin otra puerta que unos cuantos harapos recosidos ó un
-tapiz deshilachado. En algunas, de exterior menos miserable, vivían
-los modestos traficantes del puerto, los que servían las vituallas á
-las naves, los corredores de granos y los que, ayudados por algunos
-esclavos, traían los toneles de agua desde las fuentes del valle á
-las embarcaciones. Pero la mayoría de las casuchas eran tabernas,
-hospederías y lupanares.
-
-Algunas casas tenían junto á las puertas inscripciones en griego, en
-ibero y en latín, pintadas con almazarrón.
-
-El griego oyó que le llamaban. Era un hombrecillo gordo y calvo que le
-hacía señas desde la puerta de su vivienda.
-
---Salud, hijo de Atenas --decía para halagarle con el nombre de
-la ciudad más famosa de la Grecia--. Pasa adelante; estarás entre
-los tuyos, pues también mis ascendientes vinieron de allá. Mira la
-muestra de mi taberna, «_Á Palas Athenea_». Aquí encontrarás el vino
-de Laurona, tan excelente como los de la Ática: si quieres probar
-la cerveza celtíbera, también la tengo, y hasta si lo deseas, puedo
-servirte cierto frasco de vino de Samos, tan auténtico como la diosa de
-Atenas que adorna mi mostrador.
-
-El griego contestó con una sonrisa y un movimiento negativo, casi al
-mismo tiempo que el tabernero locuaz se introducía en su tugurio,
-levantando el tapiz para dejar paso á un grupo de marineros.
-
-Á los pocos pasos volvió á detenerse, atraído por un silbido tenue que
-parecía llamarle desde el fondo de una cabaña. Una vieja arrebujada
-en un manto negro, le hacía señas desde la puerta. En el interior,
-á la luz de una lámpara de barro colgada de una cadenilla, veíanse
-varias mujeres en cuclillas sobre esteras, en la actitud de bestias
-resignadas, sin otra vida que la sonrisa inmóvil que hacía brillar sus
-dientes.
-
---Voy de prisa, buena madre --dijo el extranjero riendo.
-
---Detente, hijo de Zeus --contestó la vieja en idioma heleno,
-desfigurado por la dureza de su acento y el silbido de su respiración
-entre las encías desdentadas--. Al momento conocí que eres griego.
-Todos los de tu país sois alegres y hermosos: tú pareces Apolo,
-buscando á sus celestes hermanas. Entra; aquí las encontrarás...
-
-Y acercándose al extranjero para cogerle la orla de la clámide,
-enumeraba todos los encantos de sus pupilas iberas, baleares ó
-africanas; unas majestuosas y grandes como Juno, otras pequeñas y
-graciosas como las hetarias de Alejandría y Grecia; y al ver que el
-parroquiano se desasía y continuaba su camino, la vieja levantaba la
-voz, creyendo no haber acertado su gusto, y hablaba de jóvenes blancos
-y de luenga cabellera, hermosos como los muchachuelos sirios que se
-disputaban los elegantes de Atenas.
-
-El griego había salido del tortuoso callejón, y todavía escuchaba la
-voz de la vieja, que parecía embriagarse impúdicamente con sus infames
-pregones. Estaba en el campo, al principio del camino de la ciudad.
-Tenía á su derecha la colina del templo, y al pie de ella, delante de
-la escalinata, vió una casa más grande que las otras, una hostería con
-la puerta y las ventanas iluminadas con lámparas de barro rojo.
-
-Dentro, sentados en los poyos, veíanse marineros de todos los países,
-pidiendo de comer en lenguas distintas. Soldados romanos con su
-coselete de escamas de bronce, la corta espada pendiente del hombro, y
-á sus pies el casco, rematado por una cimera de rojas crines en forma
-de cepillo; remeros de Marsella casi desnudos, con el cuchillo medio
-oculto entre los pliegues del trapo anudado á sus riñones; marineros
-fenicios y cartagineses con ancho pantalón, alto gorro en forma de
-mitra y pesados pendientes de plata; negros de Alejandría, atléticos
-y de torpes movimientos, enseñando al sonreir sus agudos dientes, que
-hacían pensar en espantosas escenas de antropofagia; celtíberos é
-iberos, de sombrío traje y enmarañada cabellera, mirando recelosos á
-todos lados y llevando instintivamente la mano á la ancha cuchilla;
-algunos hombres rojos de las Galias, con luengos mostachos y las
-encendidas crines anudadas y caídas sobre el cogote; gente, en fin,
-llevada y traída por los azares de la guerra y del mar, de un punto
-á otro del mundo conocido; un día guerreros victoriosos y al otro
-esclavos; tan pronto marineros como piratas; sin ley ni nacionalidad;
-sin otro respeto que el miedo al jefe de la nave, pronto á ordenar los
-azotes y la cruz; sin más religión que la de la espada y los músculos;
-llevando en las heridas que cubrían sus cuerpos, en las largas
-cicatrices que surcaban sus músculos, en las orejas cortadas cubiertas
-por las sucias greñas, un pasado misterioso de horrores.
-
-Comían de pie junto al mostrador, tras el cual se alineaban las ánforas
-con sus tapones de frescas hojas; otros, sentados en los bancos de
-mampostería á lo largo de las paredes, sostenían sobre sus rodillas el
-plato de barro. Los más se habían tendido sobre el vientre en el suelo,
-como fieras que se reparten la presa, y avanzaban sobre los grandes
-platos sus garras vellosas, crujiéndoles las mandíbulas entre palabra
-y palabra. Aún no se derramaba el vino ni habían pedido la presencia
-de mujeres. Comían y bebían con apetito de ogros, atormentados por la
-escasez de las largas travesías y extenuados moralmente por la brutal
-disciplina de las naves.
-
-Viéndose amontonados en un estrecho espacio, apestados por el humo de
-las lámparas y los vapores de los platos, sentían la necesidad de
-comunicarse; y entre bocado y bocado, cada cual hablaba á su vecino sin
-reparar en la diferencia de idioma, acabando por entenderse todos en
-una lengua compuesta de más gestos que palabras. Un cartaginés relataba
-á un griego su último viaje á las islas del Mar Grande, más allá de
-las columnas de Hércules, por un mar gris y cubierto de nieblas, hasta
-llegar á unas abruptas costas, sólo conocidas por los pilotos de su
-país, donde se encontraba el estaño. Más allá, un negro, con grotesca
-mímica, contaba á dos celtíberos una excursión á lo largo del mar Rojo,
-hasta llegar á misteriosas playas, desiertas de día, pero cubiertas de
-noche por movibles fuegos y habitadas por hombres velludos y ágiles
-como monos, cuyas pieles, rellenas de paja, se llevaban á los templos
-de Egipto para ofrecerlas á los dioses. Los soldados romanos más
-viejos, contaban su gran victoria de las islas Egatas, que arrojó á
-los cartagineses de Sicilia, terminando la guerra; y no les importaba,
-en su insolencia de vencedores, la presencia de los humillados
-cartagineses que los escuchaban. Los pastores iberos, mezclados entre
-los navegantes, querían aminorar el efecto de las aventuras marítimas
-y hablaban de los caballos de la tribu y de sus prodigios de rapidez,
-mientras algún griego pequeño, vivaracho y mordaz, para anonadar
-á los bárbaros y demostrar la superioridad de su raza, rompía á
-declamar fragmentos de alguna oda aprendida en el puerto de Pireo ó
-entonaba una melopea lenta y dulce que se perdía entre el rumor de las
-conversaciones, el crujido de mandíbulas y el choque de los platos.
-
-Pedían más luz: cada vez se hacía más densa la atmósfera humosa de la
-hostería, y las llamas de las lámparas se marcaban apenas como gotas
-de sangre sobre las paredes negras de hollín. De la inmediata cocina
-llegaba un vaho de salsas picantes y leña humosa, que hacía llorar y
-toser á muchos parroquianos. Algunos estaban ebrios á poco de comenzar
-la comida, y pedían coronas de flores á los esclavos para adornarse
-como en los banquetes de los ricos. Otros aplaudían con rugidos al
-ver cómo se iluminaba el antro con el resplandor sangriento de las
-teas que encendía el dueño. Los esclavos agitábanse tras el mostrador
-de piedra, volcando las grandes ánforas, y corrían á la cocina para
-salir inmediatamente rojos de asfixia, sosteniendo los grandes platos.
-Esparcíase el vino por el suelo al volcarse una crátera, y de vez en
-cuando, al asomar en las ventanas las pintadas caras de algunas rameras
---_lobas_ del puerto que esperaban el momento de hacer irrupción en la
-hostería--, los marineros las saludaban con grandes risotadas, imitando
-el aullido de la bestia cuyo nombre las servía de apodo, y arrojábanlas
-parte de su comida, que se disputaban ellas entre arañazos y chillidos.
-
-Los platos eran todos excitantes, propios para acompañar con un sorbo
-cada bocado. Los griegos comían caracoles nadando en salsa de azafrán;
-las sardinas frescas del golfo aparecían en rueda sobre los platos,
-festoneadas de hojas de laurel; las coronas de pájaros se servían
-cubiertas de salsa verde; los pastores iberos se contentaban con peces
-secos y queso duro; los romanos y galos devoraban grandes trozos de
-cordero chorreando sangre; presentábanse las anguilas de los lagos del
-puerto con adornos de huevos cocidos; y todos estos platos y otros
-más, iban cargados de sal, de pimienta, de hierbas de olor acre, á
-las cuales atribuían las más extrañas cualidades. Todos sentían la
-necesidad de gastar su dinero, de hartarse y rodar ebrios por el suelo,
-consolándose así de la dura vida de privaciones que les esperaba en
-los barcos. Los romanos que partían al día siguiente, habían cobrado
-las pagas atrasadas y querían dejar sus _sextercios_ en el puerto de
-Sagunto; los cartagineses hablaban con orgullo de su República, la más
-rica del mundo, y los demás marineros elogiaban á sus patrones, siempre
-generosos cuando tocaban en aquel puerto, de excelentes negocios. El
-hostelero iba arrojando sin cesar en el fondo de una ánfora vacía
-monedas de todas clases, lo mismo de Zazintho, con la proa de nave y la
-Victoria volando sobre ella, como de Cartago, con el caballo legendario
-y los espantosos dioses kabiros ó de Alejandría, con el elegante
-perfil de los Ptolomeos.
-
-Los más burdos remeros sentían caprichos de potentado, la comezón de
-imitar durante una noche á los ricos para consolarse en los días de
-hambre con este recuerdo, y pedían ostras de Lucrino, que algunas
-naves traían en ánforas con agua de mar para los grandes comerciantes
-de Sagunto, ó el _oxigarum_, que los patricios de Roma pagaban á
-considerable precio; tripas de pescado salado preparadas con vinagre
-y especias que despertaban el apetito. El vino negro de Laurona y el
-de color de rosa del agro saguntino, parecían despreciables á los
-que tenían dinero. Despreciaban igualmente el de Marsella, hablando
-de la pez y el yeso con que lo preparaban, y pedían vinos de la
-Campania, Falerno, Massica ó Cecubo, que, á pesar de su precio,
-bebían en _cimbas_, vasos de barro saguntino en forma de barca, que
-contenían gran cantidad de líquido. Y junto con los platos calientes
-y la variedad de bebidas, desde la cerveza celtíbera á los vinos
-extranjeros, aquellos hombres devoraban grandes cantidades de verduras
-y frutas, hambrientos, por las largas permanencias en el mar, de los
-productos de los campos. Se arrojaban sobre los platos cubiertos de
-hongos, comían á puñados los rábanos aderezados con vinagre, los
-puerros, las acelgas y los ajos, y los montones de frescas lechugas de
-las huertas del agro desaparecían, dejando cubierto el suelo de hojas
-verdes y sucias de tierra.
-
-El griego contemplaba este espectáculo desde la puerta, confundido con
-unos cuantos marineros que no encontraban sitio en la hostería. Á la
-vista del rudo banquete, el extranjero recordaba que no había comido
-desde por la mañana, cuando el encargado de los remeros de la nave
-de Polyantho le dió un pedazo de pan. La novedad del desembarco en
-una tierra desconocida, había hecho callar su estómago, acostumbrado
-á las privaciones; pero ahora, á la vista de tantos manjares, sentía
-el zarpazo del hambre, é instintivamente avanzaba un pie dentro de la
-hostería, retirándolo inmediatamente. ¿Para qué entrar? La bolsa que
-colgaba sobre su vientre contenía _papirus_ atestiguando sus hechos
-pasados; tabletas para anotaciones que ayudasen su memoria: hasta
-guardaba en ella las pinzas de depilar y un peine, todos los menudos
-objetos de que no se despojaba un buen griego, amante del cuidado
-personal; pero por más que buscase en ella, no encontraría un óbolo.
-En la nave le habían admitido gratuítamente al verle vagabundo en los
-muelles de Cartago-Nova, porque el piloto respetaba á los griegos de la
-Ática; se veía solo y hambriento en un país desconocido, y si entraba
-en la hostería queriendo comer sin presentar dinero, le tratarían como
-un esclavo, arrojándole á palos.
-
-Atormentado por el vaho de las viandas y las salsas, prefirió huir,
-arrancándose á aquel suplicio de Tántalo; y al retroceder tropezó con
-un hombre alto, sin más traje que un _sagum_ obscuro y unas sandalias
-con las correas cruzadas hasta las rodillas. Parecía un pastor
-celtíbero; pero el griego, al tropezarse con él y cruzar una rápida
-mirada, sintió la impresión de que no veía por primera vez aquellos
-ojos imperiosos, que hacían pensar en los del águila posada á los pies
-de Zeus.
-
-El griego levantó los hombros con indiferencia. Lo que deseaba era
-acallar el hambre, dormir si le era posible hasta la salida del sol. Y
-huyendo de aquella barriada miserable, iluminada y ruidosa, buscó un
-sitio donde descansar, y se encaminó al Fano de Afrodita. El templo,
-situado en lo alto de la colina, tenía una ancha escalinata de mármol
-azul, cuyo primer peldaño arrancaba del muelle.
-
-El griego se sentó en la pulida piedra proponiéndose esperar allí la
-llegada del día. La luna iluminaba toda la parte alta del templo;
-los ruidos de las casas del puerto llegaban hasta él amortiguados,
-confundidos y como arrollados al través de la gran calma de la noche,
-en la que se fundían el lejano murmullo del mar, el estremecimiento
-rumoroso de los olivares y el monótono canto de las ranas albergadas en
-las marismas.
-
-Varias veces oyó el griego un grito estridente y lúgubre, semejante al
-aullido del lobo. De repente, sonó á sus espaldas; su nuca sintió un
-soplo caliente, y al volverse vió una mujer que se inclinaba hacia él
-con las manos en las rodillas, sonriendo con una expresión estúpida que
-desgarraba su boca, dejando al descubierto las encías, en las que se
-marcaban algunos claros.
-
---Salud, hermoso extranjero. Te he visto huir del bullicio; debes
-fastidiarte en la soledad, y vengo en tu busca para que seas feliz.
-Qué... ¿no puede ser?
-
-El griego la reconoció al momento. Era una _loba_ del puerto, una de
-aquellas infelices que había visto pulular en los desembarcaderos de
-todos los pueblos; cortesanas cosmopolitas y miserables, amantes de
-una noche de hombres de todos colores y razas, sin más voluntad que
-la de caer de espaldas, con unos cuantos óbolos en la mano, sobre
-una piedra ó á la sombra de una barca; antiguas hetarias sumidas en
-el embrutecimiento, esclavas fugitivas buscando la libertad en la
-prostitución, la suciedad y la embriaguez; hembras que representaban
-el amor para los hombres crueles del mar; pobres bestias extenuadas de
-jóvenes por las excesivas caricias, y destinadas cuando viejas á ser
-tratadas á golpes.
-
-El extranjero miraba aquella mujer todavía joven, y reconocía en ella
-algunos restos de belleza; pero enflaquecida, los ojos lacrimosos, la
-boca desfigurada por los dientes rotos. Iba envuelta en una amplia
-tela que debió ser de bellísimo tejido, pero sucia ya y deshilachada;
-sus pies estaban descalzos, y la enmarañada cabellera sosteníase con
-una peineta de cobre, á la que la infeliz había añadido algunas flores
-silvestres.
-
---Pierdes el tiempo viniendo aquí --dijo el griego con bondadosa
-sonrisa--. No tengo ni un óbolo en mi bolsa.
-
-El acento dulce de aquel hombre, pareció intimidar á la pobre
-cortesana. Era una criatura acostumbrada á los golpes: para ella el
-hombre representaba el empellón brutal, el placer manifestado con
-mordiscos; y ante la dulzura del griego, se mostró desconcertada y
-recelosa, como si presintiera un peligro.
-
---¿No tienes dinero? --dijo con humildad después de un largo
-silencio--. No importa, aquí me tienes. Me gustas; soy tu esclava:
-entre toda esa gente que alborota en la hostería, mis ojos han ido á tí.
-
-Y se inclinaba sobre el griego, acariciando con las endurecidas manos
-sus cabellos rizados, mientras él la examinaba con ojos de compasión,
-viendo su pecho deprimido, su regazo combado, en el que parecían haber
-impreso todos los pueblos la huella de su paso.
-
-El extranjero, hambriento y solo en una tierra desconocida, se sentía
-atraído por la bondad de aquella infeliz: era la fraternidad de la
-miseria.
-
---Si deseas no estar sola, permanece á mi lado: habla lo que quieras,
-pero no me acaricies. Tengo hambre: nada comí desde el amanecer, y en
-este momento cambiaría todas las dulzuras de Citerea por la pitanza de
-cualquier marinero.
-
-La ramera se incorporó á impulsos de la sorpresa.
-
---¿Hambre tú?... ¿Tú desfalleces de hambre cuando yo te creía
-alimentado con la ambrosía de Zeus?
-
-Y sus ojos delataban el mismo asombro que si viera á Afrodita, la diosa
-de blancas desnudeces, guardada arriba en su templo, descender del
-pedestal de mármol, ofreciéndose con los brazos abiertos, por un óbolo,
-á los remeros del puerto.
-
---Espera, espera --dijo con resolución, después de reflexionar largo
-rato.
-
-El griego vió como corría hacia las chozas, y cuando ya el cansancio y
-la debilidad comenzaban á cerrar sus ojos, la sintió otra vez junto á
-él, tocándole en un hombro.
-
---Toma, mi señor. Me ha costado mucho encontrar esto. La cruel Lais,
-una vieja horrible como las Parcas, que nos ayuda á vivir en los días
-difíciles, ha accedido á darme su cena después de hacerme jurar que á
-la salida del sol le entregaré dos sextercios. Come, amor; come y bebe.
-
-Y colocaba sobre los peldaños un pan moreno en figura de disco, unos
-peces secos, medio queso saguntino blanco, tierno y rezumando suero, y
-una jarra de cerveza celtíbera.
-
-El griego se abalanzó á la comida y comenzó á devorar, seguido por
-la mirada de la _loba_, que se dulcificaba por momentos, tomando una
-expresión casi maternal.
-
---Quisiera ser tan rica como Sónnica, una que, según cuentan, comenzó
-como cualquiera de nosotras, y es dueña de muchas de esas naves, y
-tiene jardines asombrosos como el Olimpo, y tropas de esclavos, y
-fábricas de alfarería, y medio agro es de su propiedad. Quisiera ser
-rica aunque sólo fuese por esta noche, para regalarte con cuanto de
-bueno hay en el puerto y en la ciudad; para darte un banquete como los
-de Sónnica, que duran hasta el día, y donde tú, coronado de rosas,
-bebieses el Samos en copa de oro.
-
-El griego, conmovido por la sencillez y la ingenuidad conque hablaba
-aquella infeliz, la miró con dulzura.
-
---No me lo agradezcas: yo soy quien debo darte gracias por la felicidad
-que me proporciona darte de comer... ¿Qué es esto? No lo sé. Nunca se
-aproximó á mí hombre alguno sin darme algo. Unos monedas de cobre,
-otros algún pedazo de tela ó una pátera de vino: los más golpes y
-mordiscos: todos me han dado algo, y yo sufría y los detestaba. Y tú
-que llegas pobre y hambriento, que no me buscas, que me rehuyes, que
-nada me das, ha bastado que estés junto á mí para que discurra por mi
-cuerpo una felicidad desconocida. Al darte de comer me siento ebria
-como si saliera de un festín. Dí, griego: ¿eres realmente un hombre ó
-eres el padre de los dioses que ha venido á honrarme descendiendo á la
-tierra?
-
-Y exaltada por sus propias palabras, púsose en pie en mitad de la
-escalinata, y extendiendo sus brazos rígidos hacia el templo bañado por
-la luna, exclamó:
-
---¡Afrodita! ¡Mi diosa! Si algún día llego á reunir lo que cuestan dos
-palomas blancas, las presentaré en tu ara adornadas con flores y cintas
-de color de fuego, para recuerdo de esta noche.
-
-El griego bebía el amargo líquido de la jarra y la tendió á la
-cortesana, que buscó en el barro el mismo sitio que habían rozado los
-labios de su compañero, para poner los suyos.
-
-No tocó la parte de la cena que le presentaba el griego: únicamente
-siguió bebiendo, lo que parecía darla mayor locuacidad.
-
---¡Si supieras lo que me ha costado encontrar todo esto!... Las
-callejuelas están llenas de ebrios, que, revolcándose en el barro y
-arrastrándose sobre las manos, te rasgan las ropas y te muerden las
-piernas. El vino corre por fuera de las puertas de las hosterías. En
-el muelle reñían hace poco. Unos africanos curaban á un compañero,
-metiéndolo de cabeza en el agua: un celtíbero se la había abierto de
-un puñetazo. Á Tuga, una muchacha ibera, se divierten cogiéndola por
-los pies y metiéndola de cabeza en la crátera más grande de la taberna,
-hasta que la retiran medio ahogada por el vino. Es la diversión de
-siempre. Á la pobre Albura, una amiga mía, la he visto sentada en el
-suelo chorreando sangre, sosteniéndose en la palma de la mano un ojo
-que le había hecho saltar de un puñetazo un egipcio ebrio. ¡Lo de todas
-las noches! Y, sin embargo, ahora me da miedo: apenas si te conozco y
-parece que vivo en un mundo nuevo, que me doy cuenta por primera vez de
-lo que me rodea.
-
-Y á continuación le relató su historia. La llamaban Bachis y no conocía
-con certeza su país. Había nacido sin duda en otro puerto, porque
-recordaba confusamente en los primeros años de su vida un largo viaje
-en una nave. Su madre debió ser alguna _loba_ de puerto y ella el fruto
-del encuentro con un marinero. Aquel nombre de Bachis que le habían
-dado desde pequeña era el de muchas cortesanas famosas de Grecia. Una
-vieja la compró sin duda al piloto que la trajo á Sagunto, y niña aún,
-mucho antes de sentirse mujer, conoció el amor, viendo visitada la
-choza de la vieja por negociantes ancianos del puerto y libertinos
-de la ciudad que se recomendaban unos á otros aquel cuerpo infantil,
-débil y pobre, en el que aún no se marcaban los abultamientos del sexo.
-Al morir su dueña se hizo _loba_ y pasó á poder de los marineros, de
-los pescadores, de los pastores de la inmediata sierra, de toda la
-muchedumbre brutal que pululaba en el puerto.
-
-Aún no había cumplido veinte años y estaba envejecida, ajada, exprimida
-por los excesos y los golpes. La ciudad la veía siempre de lejos. En
-toda su vida sólo había entrado en ella dos veces. Allí no toleraban
-á las _lobas_. Consentían su permanencia junto al Fano de Afrodita
-como garantía para la seguridad de Sagunto, que así tenía alejadas
-á las gentes de todos los países que llegaban al puerto; pero en la
-ciudad, los iberos de puras costumbres se indignaban á la vista de las
-cortesanas, y los griegos corrompidos eran demasiado refinados en sus
-gustos para sentir misericordia ante aquellas vendedoras de amor que
-caían como bestias en celo al borde de un camino por un racimo de uvas
-ó un puñado de nueces.
-
-Y allí, á la sombra del templo de Venus, transcurriría su vida,
-esperando siempre nuevas naves y hombres nuevos que caían sobre
-ella, velludos, obscenos y brutales como sátiros, mordidos por las
-abstinencias del mar, hasta que un día la asesinasen en una riña de
-marineros ó apareciese muerta de hambre al lado de una barca abandonada.
-
---Y tú ¿quién eres? --terminó diciendo Bachis--. ¿Cómo te llamas?
-
---Mi nombre es Acteón: mi patria es Atenas. He corrido mucho mundo:
-en unas partes he sido soldado, en otras navegante: he peleado, he
-comerciado y hasta he compuesto versos y hablado con los filósofos de
-cosas que tú no entenderías. He sido rico muchas veces y ahora tú me
-das de comer. Ésa es toda mi historia.
-
-Bachis le miraba con ojos de admiración, adivinando al través de sus
-concisas palabras todo un pasado de aventuras, de terribles peligros y
-de prodigiosos vaivenes de la fortuna. Recordaba las hazañas de Aquiles
-y la aventurera vida de Ulises, tantas veces oídas en los versos que
-declamaban los marineros griegos al sentirse ebrios.
-
-La cortesana, reclinándose en el pecho de Acteón, acariciaba con una
-mano su cabellera. El griego, agradecido, sonreía fraternalmente á
-Bachis con la misma frialdad que si fuese una niña.
-
-Dos marineros salieron de entre las chozas y comenzaron á tambalearse
-en el muelle. Un aullido penetrante que parecía desgarrar el aire, sonó
-junto á los oídos de Acteón. Su amiga, impulsada por la costumbre, con
-el instinto del vendedor que adivina de lejos al parroquiano, se había
-puesto de pie.
-
---Volveré, mi dueño. Me olvidaba de la terrible Lais. Tengo que darle
-su dinero antes que salga el sol. Me pegará como otras veces si no
-cumplo mi promesa. Espérame aquí.
-
-Y repitiendo su aullido feroz, fué en busca de los marineros, que se
-habían detenido y saludaban con risotadas y palabras obscenas los
-gritos de la _loba_.
-
-Al verse solo el griego, con el hambre aplacada, experimentó cierto
-disgusto pensando en su reciente aventura. ¡Acteón el ateniense, el
-que las hetarias más ricas de la hermosa ciudad se disputaban en el
-Cerámico, protegido y adorado por una ramera del puerto!... Para no
-volver á reunirse con ella, huyó de la escalinata, internándose en las
-callejuelas del puerto.
-
-Otra vez vino á detenerse ante aquella hostería, en cuya puerta había
-sentido el tormento del hambre. Los marineros estaban en plena orgía.
-El hostelero apenas si podía hacerse respetar detrás del mostrador.
-Los esclavos, atemorizados por los golpes, se habían refugiado en la
-cocina. En el suelo, algunas ánforas rotas, dejaban escapar el vino
-como arroyos de sangre, y entre el _glu-glu_ del líquido al empapar
-la tierra, revolcábanse los ebrios pidiendo á gritos bebidas de las
-que habían oído hablar vagamente en sus lejanos viajes, ó platos
-fantásticos ideados por los tiranuelos de Asia. Un egipcio hercúleo
-corría á cuatro pies imitando el rugido del chacal y mordiendo á las
-mujeres que habían entrado en la taberna. Algunos negros danzaban con
-movimientos femeniles, contemplando como hipnotizados los remolinos de
-su ombligo agitado por las contorsiones del vientre. En los rincones,
-sobre los poyos, caían revueltos hombres y mujeres bajo la cruda luz de
-las antorchas; el vaho de la carne desnuda y sudorosa mezclábase con
-el olor del vino; y en esta atmósfera de viandas y de hedor de fiera,
-algunos marineros, olvidando todo pudor, repelían con desprecio á las
-cortesanas para acariciarse entre sí, con la aberración sexual propia
-de la época.
-
-En medio de este desorden, unos cuantos hombres permanecían inmóviles
-cerca del mostrador, disputando con aparente calma. Eran dos soldados
-romanos, un viejo marinero cartaginés y un celtíbero. La torpe lentitud
-de sus palabras, que tomaban con la cólera un tono aflautado, sus
-ojos rojizos inflamados de sangre y sus narices de aves de presa,
-cada vez más afiladas, revelaban esa terrible embriaguez, testaruda y
-camorrista, que se resuelve matando.
-
-El romano recordaba su presencia en el combate de las islas Egatas,
-catorce años antes.
-
---Os conozco --decía con insolencia al cartaginés--. Sois una república
-de mercaderes nacidos para el embuste y la mala fe. Si se busca quién
-sabe vender más caro engañando al comprador, convengo en que sois los
-primeros; pero si se habla de soldados, de hombres, nosotros somos los
-mejores, los hijos de Roma, que con una mano empuñamos el arado y con
-la otra la lanza.
-
-Y erguía con orgullo su redonda cabeza con el pelo rapado y las
-mejillas rasuradas, en las cuales las carrilleras del casco habían
-marcado duras callosidades.
-
-Acteón miraba por una ventana al celtíbero, el único del grupo que
-permanecía silencioso, pero que tenía fijos sus ojos de brasa más
-arriba del coselete de bronce del legionario romano, en su desnudo
-cuello, como si le atrajeran las gruesas venas que se marcaban bajo
-la piel. Indudablemente aquellos ojos los había visto el griego en
-otro sitio; eran como esos antiguos conocidos cuyo nombre no se puede
-recordar. Había algo de falso en su persona, que el griego presentía
-con su fina astucia.
-
---Juraría por Mercurio que ese hombre no es tal como le veo. Algo más
-que un pastor parece, y el color bronceado de su cara no es el de los
-celtíberos por mucho que los tueste el sol. Tal vez es postiza esa
-larga cabellera que cae sobre su espalda...
-
-No pudo continuar examinando á aquel hombre, porque absorbió toda su
-atención la disputa entre el legionario y el viejo cartaginés, los
-cuales se aproximaban cada vez más para oirse mejor, en medio del
-estrépito que reinaba en la hostería.
-
---Yo también estuve en la jornada triste de las Egatas --decía el
-cartaginés--. Allí recibí esta herida que me cruza el rostro. Es verdad
-que nos vencisteis; ¿pero qué demuestra esto? Muchas veces ví yo huir
-vuestras naves ante las nuestras, y en más de una ocasión conté en los
-campos de Sicilia los cadáveres romanos á centenares. ¡Ah, si Hanón no
-hubiese llegado tarde el día del combate en las islas! ¡Si Hamílcar
-hubiera tenido refuerzos!
-
---¡Hamílcar! --exclamó desdeñosamente el romano--. ¡Un gran caudillo
-que tuvo que pedirnos la paz! ¡Un comerciante metido á conquistador!...
-
-Y reía con la insolencia del fuerte, sin miedo á la cólera del viejo
-cartaginés, que tartamudeaba queriendo contestar.
-
-El celtíbero, hasta entonces silencioso, puso su mano sobre el viejo.
-
---Cállate, cartaginés. El romano tiene razón. Sois mercachifles
-incapaces de mediros con ellos en la guerra. Amáis demasiado el dinero
-para dominar por la espada. Pero los de tu casta, no sois todo Cartago:
-otros hay nacidos allá que sabrán hacer frente á esos labriegos de
-Italia.
-
-El romano, al ver intervenir al rústico en su disputa, mostróse aún más
-altivo é insolente.
-
---¿Y quién ha de ser ese? --gritó con desprecio--. ¿El hijo de
-Hamílcar? ¿Ese rapazuelo que según cuentan tuvo por madre una esclava?
-
---De una prostituta fueron hijos los que fundaron tu ciudad, romano; y
-no está lejos el día en que el caballo de Cartago vaya á dar de coces á
-la loba de Rómulo.
-
-El legionario se levantó trémulo de rabia, buscando su espada, pero
-inmediatamente dió un rugido feroz y cayó, llevándose las manos á la
-garganta.
-
-Acteón había visto cómo el celtíbero introducía su diestra en la manga
-del _sagum_, y sacando un cuchillo, hería al legionario en aquel ancho
-cuello que contemplaba con fiera atención, mientras se burlaba de
-Cartago.
-
-La hostería tembló con el estrépito de la lucha. El otro romano, al ver
-caído á su compañero, se abalanzó al celtíbero con la espada en alto,
-pero al momento recibió una cuchillada en el rostro y se sintió cegado
-por la sangre.
-
-Era asombrosa la agilidad de aquel hombre. Sus movimientos tenían la
-elasticidad de la pantera: los golpes parecían rebotar sobre su cuerpo
-sin causarle daño. Cayó en torno de él una lluvia de jarros, de pedazos
-de ánfora, de espadas lanzadas al aire; pero él, con el brazo tendido y
-el cuchillo de punta, dió un salto hacia la puerta y desapareció.
-
---¡Á él! ¡á él! --clamaron los romanos persiguiéndole.
-
-Y atraídos por el placer brutal de la caza al hombre, les siguieron
-todos los que en la hostería podían valerse aún de sus piernas. El
-tropel de hombres enardecidos por la vista de la sangre, saltó por
-encima del romano agonizante y de los borrachos inertes que roncaban
-junto al degollado. El griego les vió salir y fraccionarse en diversos
-grupos que siguieron distinta dirección para coger al celtíbero. Éste
-había desaparecido á los pocos pasos de la hostería como disuelto en la
-sombra.
-
-El puerto se conmovió con el ardor de la persecución. Corrían luces
-por los muelles y por las callejuelas de la aldea; los lupanares y
-tabernas eran sometidos á un registro brutal por los romanos ebrios de
-cólera; originábanse nuevas disputas á la puerta de cada choza, iba á
-correr otra vez la sangre; y el griego, temiendo verse envuelto en una
-reyerta, volvió prontamente á la escalinata del templo. Bachis no había
-regresado, y el griego, subiendo los azules peldaños, fué á tenderse en
-el atrio del templo, ancha terraza pavimentada de mármol azul, sobre
-la cual las estriadas columnas que sostenían el frontón, trazaban sus
-oblicuas barras de sombra.
-
- * * * * *
-
-Al despertar Acteón sintió en su rostro el calor del sol. Los pájaros
-cantaban en los vecinos olivares, y junto á él sonaban voces. Al
-incorporarse vió que comenzaba la mañana, cuando él solo creía
-transcurridos algunos instantes desde que concilió el sueño.
-
-Una mujer, una patricia estaba á corta distancia de él y le sonreía.
-Iba envuelta en una amplia tela de lino blanco, que descendía hasta
-sus pies en armoniosos pliegues, como el ropaje de las estatuas. De su
-rubia cabellera sólo se veían algunos bucles caídos sobre la frente.
-Mostraba la boca pintada de rojo; y los ojos negros, aterciopelados,
-con una caricia sedosa en la mirada, aparecían rodeados de una aureola
-azul por las fatigas de la noche. Al mover los brazos bajo el manto
-sonaban con argentino choque ocultas joyas, y la punta de la sandalia,
-asomando por el borde de su ropaje, brillaba como un astro de pedrería.
-
-Detrás de ella dos esbeltas esclavas celtíberas, con el moreno
-y opulento pecho casi desnudo, y envueltas las piernas en telas
-multicolores, sostenían, la una, una pareja de palomas blancas, y la
-otra, sobre su cabeza, una canastilla cubierta de rosas.
-
-Junto á la hermosa patricia, Acteón reconoció á Polyantho, el piloto
-saguntino, y al joven perfumado y elegante que estaba en el muelle con
-otro jinete á la llegada de la nave.
-
-El griego púsose en pie, sorprendido por la hermosa aparición que le
-sonreía.
-
---Ateniense --díjole en griego con purísimo acento--. Yo soy Sónnica,
-la dueña de la nave que te ha traído aquí. Polyantho es mi liberto y
-ha hecho bien recogiéndote, pues conoce el interés que me inspira tu
-pueblo. ¿Quién eres tú?
-
---Yo soy Acteón y pido á los dioses que te colmen de favores por tu
-bondad. Que Venus guarde tu belleza mientras vivas.
-
---¿Eres navegante?... ¿comercias? ¿corres el mundo dando lecciones de
-elocuencia y de poesía?
-
---Soy soldado como lo fueron todos los míos. Mi abuelo murió en Italia
-cubriendo con su cuerpo al gran Pirro, que le lloró como un hermano: mi
-padre fué capitán de mercenarios al servicio de Cartago y lo asesinaron
-injustamente en la guerra llamada inexorable...
-
-Calló unos instantes, como si este recuerdo le impidiera continuar,
-ahogando su voz, y luego añadió:
-
---Yo he guerreado hasta hace poco á las órdenes de Cleomenes, el último
-lacedemonio. Era uno de sus compañeros, y al caer vencido el héroe, lo
-acompañé á Alejandría, lanzándome después á correr el mundo, por no
-poder sufrir la inercia del destierro. He sido también comerciante en
-Rhodas, pescador en el Bósforo, labrador en Egipto y poeta satírico en
-Atenas.
-
-La hermosa Sónnica sonreía, aproximándose á él. Era un ateniense
-poseedor de todas las cualidades de aquel pueblo tan amado por ella;
-uno de aquellos aventureros, acostumbrados á los vaivenes de la
-fortuna, rondadores del mundo y cronistas muchas veces de los hechos de
-su vida, cuando llegaban á la vejez.
-
---¿Y á qué vienes aquí?
-
---Aquí estoy como podía hallarme en otra parte. Me ofreció tu piloto
-traerme á Zazintho y vine. Me ahogaba en Cartago-Nova. Podía haberme
-alistado en las tropas de Hanníbal; bastaba tal vez decir mi origen
-para ser bien recibido: los griegos se pagan caros en todos los
-ejércitos. Pero aquí hay guerra también y prefiero mejor ir contra los
-turdetanos, servir á una ciudad que no conozco, pero que no me ha hecho
-daño alguno.
-
---¿Y has dormido aquí esta noche? ¿No has encontrado cama en las
-hosterías?
-
---Lo que no encontraba era un óbolo en mi bolsa. Si cené fué por la
-ternura de una infeliz ramera que partió conmigo su miseria. Soy pobre
-y desfallecía de hambre. No me compadezcas, Sónnica, no me mires con
-ojos de misericordia. Yo he dado banquetes desde que anochecía hasta
-la salida del sol: en Rhodas, á la hora de las canciones, arrojábamos
-por las ventanas los platos de metal á los esclavos. La vida del hombre
-debe ser así: como los héroes de Homero, rey en una parte y mendigo en
-la otra.
-
-Polyantho miraba con interés á aquel aventurero, y el elegante Lacaro,
-que al principio se oponía á que su amiga Sónnica despertase á un
-griego tan mal vestido, aproximábase á él, reconociendo la elegancia
-ateniense bajo su exterior mísero, y proponiéndose hacerle su amigo
-para tomar provechosas lecciones.
-
---Ven hoy á mi quinta --dijo Sónnica-- cuando el sol empiece á caer.
-Cenarás con nosotros. Pregunta á cualquiera por mi casa, y todos sabrán
-guiarte. Una de mis naves te ha traído á esta tierra y quiero que
-encuentres la hospitalidad bajo mi techo. Ateniense, hasta luego: yo
-también soy de allá, y viéndote parece que aún fulgura ante mis ojos la
-lanza de oro de Palas en lo más alto del Parthenón.
-
-Sónnica, despidiéndose con una sonrisa del ateniense, se dirigió al
-templo, seguida de sus dos esclavas.
-
-Acteón oyó lo que hablaban Lacaro y Polyantho fuera del templo. La
-noche anterior la habían pasado en casa de Sónnica. Al amanecer
-habían abandonado la mesa. Lacaro aún llevaba en su cabeza la corona
-del banquete con las rosas mustias y deshojadas. Al saber Sónnica
-que habían llegado aquellas danzarinas de Gades que aguardaba con
-impaciencia para ofrecerlas en sus cenas, sintió el capricho de ver á
-Polyantho y su nave, y quiso de paso hacer un sacrificio á Afrodita,
-como siempre que iba al puerto. Y en su gran litera, acompañada de
-Lacaro y las dos esclavas, había hecho la escapatoria, proponiéndose
-dormir á la vuelta, pues los más de los días permanecía en el lecho
-hasta bien entrada la tarde.
-
-El piloto se alejó hacia su nave para echar á tierra la tropa de
-danzarinas, y Acteón se aproximó con Lacaro á la puerta del templo,
-completamente abierta.
-
-El interior era sencillo y hermoso. Un gran espacio cuadrado
-quedaba descubierto en la techumbre para dar luz al templo, y el
-sol, descendiendo por esta claraboya, prestaba la glauca vaguedad
-del agua del mar á aquellas columnas azules, con sus capiteles que
-representaban conchas, delfines y amorcillos empuñando el remo. En el
-fondo, surgiendo de una dulce penumbra cargada de los perfumes de los
-sacrificios, destacábase la diosa, blanca, arrogante y soberbia en su
-desnudez, como al emerger por vez primera de las espumas, ante los
-atónitos ojos de los hombres.
-
-Cerca de la puerta estaba el ara. Junto á ella el sacerdote, con amplio
-manto de lino sujeto á la cabeza con una corona de flores, tomaba las
-ofrendas á la diosa de manos de la misma Sónnica.
-
-Cuando ésta salió al peristilo, abarcó con una mirada amorosa el mar,
-cubierto de espumas, el puerto que brillaba como un triple espejo, el
-verde é inmenso valle y la lejana ciudad, que tomaba un tinte de oro
-bajo los primeros rayos del sol.
-
---¡Qué hermoso!... Contempla, Acteón, nuestra ciudad. La Grecia no es
-más bella.
-
-Al pie de la escalinata esperaba su litera, una verdadera casa cerrada
-con cortinas de púrpura y rematada en sus cuatro ángulos por penachos
-de hermosas plumas de avestruz. Ocho esclavos atléticos, de hinchados
-músculos, la sostenían.
-
-Sónnica hizo entrar en su vivienda ambulante á las esclavas, empujó
-á Lacaro, al que trataba como á un ser inferior, cuya familiaridad
-se tolera por capricho, y volviéndose hacia el griego, de pie en lo
-alto del templo, le sonrió por última vez, saludándole con un signo
-de su mano, cubierta de sortijas hasta las uñas, y que trazaba á cada
-movimiento regueros de luz en el aire.
-
-Se alejó la litera rápidamente por el camino de la ciudad, al mismo
-tiempo que Acteón se sentía acariciado en el cuello por unas manos.
-
-Era Bachis, más ajada y más harapienta á la luz del sol. Tenía un ojo
-amoratado y manchas cárdenas en los brazos.
-
---No pude venir --dijo con humildad de esclava--. Hasta hace poco no me
-han soltado. ¡Qué gentes! Apenas si me dieron para pagar á Lais... Toda
-la noche pensando en tí, mi dios, mientras me atormentaban echándome á
-la cara sus bufidos de sátiros cansados.
-
-Acteón volvía el rostro evitando sus caricias. Percibía el olor de vino
-de aquella infeliz, ebria y agotada después de su aventura de la noche.
-
---¿Me huyes?... Lo comprendo. Te he visto hablar con Sónnica la rica,
-á quien sus amigos llaman la más bella de Zazintho. ¿Vas á ser su
-amante? Comprendo que te adore: al fin no es más que una mujer como
-yo... Dí, Acteón: ¿por qué no me llevas contigo? ¿por qué no me haces
-tu esclava?... Sólo te pido una noche como precio.
-
-El griego repelió sus flacos brazos que intentaban envolverle, para
-mirar al camino, donde resonaban trompetas y se veían brillar cascos y
-lanzas en el centro de una gran nube de polvo.
-
---Son los legados de Roma que se marchan --dijo la cortesana.
-
-Y atraída por el encanto que los hombres de guerra ejercían sobre su
-admiración infantil, bajó la escalinata del templo para ver de más
-cerca la comitiva.
-
-Marchaban al frente los trompeteros de la nave romana, soplando en sus
-largos tubos de metal, con las mejillas ceñidas por anchas bandas de
-lana. Una escolta de ciudadanos de Sagunto rodeaba á los embajadores,
-haciendo caracolear sus velludos caballos celtíberos, tremolando sus
-lanzas y cubierta la cabeza con los cascos de triple cimera, que
-aún guardaban las huellas de los golpes recibidos en las últimas
-escaramuzas con los turdetanos. Algunos ancianos del Senado saguntino,
-marchaban inmóviles sobre sus grandes caballos, la blanca barba
-esparcida en el pecho, y descendiendo hasta los estribos, en grandes
-pliegues, el obscuro manto, retenido sobre la cabeza por una tiara
-bordada. La enseña de Roma, rematada por la loba, era sostenida por un
-fuerte _classiari_, y tras ella marchaban los legados con la rapada
-y redonda cabeza al descubierto; el uno obeso y con triple barba de
-grasa; el otro enjuto, nervudo y con nariz afilada de ave de presa; los
-dos con coraza de bronce cincelada, las piernas cubiertas con coturnos
-de metal, y sobre los arqueados muslos, la faldilla de color de heces
-de vino, adornada con sueltas tiras de oro, que se agitaban al menor
-salto de los caballos.
-
-Al llegar al muelle la comitiva, por entre los grupos de marineros,
-pescadores y esclavos, cruzóse con una tropa de mujeres arrebujadas en
-sus mantos, que caminaban guiadas por un viejo de ojos insolentes y
-boca sumida, con ese aspecto repulsivo que toman los eunucos al vivir
-en perpetuo contacto con la mujer esclavizada. Eran las danzarinas de
-Gades, que al abandonar la nave de Polyantho, pasaban desapercibidas
-por entre el estrépito de la despedida.
-
-Unas mujeres, saliendo del muelle de los pescadores, entregaron á
-los legados coronas tejidas con florecillas de los cercanos montes y
-lirios de las lagunas. Las aclamaciones se extendían á lo largo del
-muelle, ante los grupos indiferentes de los marineros de todos los
-países.
-
---¡Salud á Roma! ¡Que Neptuno os proteja! ¡Los dioses os acompañen!
-
-Acteón oyó tras él una carcajada burlona, y al volverse vió al pastor
-celtíbero que en la noche anterior había muerto al legionario.
-
---¿Tú aquí? --le dijo el griego con asombro--. ¿Estás solo y no te
-alejas de los romanos que te buscan?
-
-Los ojos imperiosos del pastor, aquellos ojos extraños que despertaban
-en el griego confusos é inexplicables recuerdos, le miraron con altivez.
-
---¡Los romanos!... Les desprecio y les odio. Iría sin miedo hasta la
-cubierta de su nave... Preocúpate de tus asuntos, Acteón, y no te fijes
-en los míos.
-
---¿Cómo sabes mi nombre? --exclamó el griego con creciente sorpresa,
-admirado además de la perfección con que el rudo pastor hablaba el
-griego.
-
---Conozco tu nombre y tu vida. Tú eres el hijo de Lisias, capitán al
-servicio de Cartago, y como todos los de tu raza, ruedas por el mundo
-sin encontrarte bien en parte alguna.
-
-El griego, tan fuerte y seguro de sí mismo en todas ocasiones, se
-sentía intimidado ante aquel hombre enigmático.
-
-Absorbido en la contemplación del cortejo que despedía á los legados,
-había vuelto las espaldas á Acteón. Sus ojos expresaban odio y
-desprecio, viendo fulgurar á la luz del sol la loba de bronce de la
-enseña romana, saludada con entusiasmo por los saguntinos.
-
---Se creen fuertes, se creen seguros porque Roma les protege. Se
-imaginan muerta á Cartago, porque aquel Senado de mercaderes tiene
-miedo á faltar á los tratados con Roma. Han degollado á los saguntinos
-amigos del cartaginés, á los que de antiguo fueron amigos de los
-Barcas, y salían á saludar á Hamílcar cuando pasaba cerca de la ciudad
-en sus expediciones. No saben que hay quien no duerme mientras la paz
-subsista... El mundo es estrecho para los dos pueblos. ¡Ó el uno ó el
-otro!
-
-Y como si le causasen el efecto de un latigazo las aclamaciones de la
-multitud, saludando el esquife en que los legados se alejaban hacia la
-_libúrnica_, y el estruendo de trompetería que estalló en la popa de
-la nave, el pastor, con los dientes apretados y los ojos rojizos por
-la ira, extendió sus brazos nervudos hacia el buque y murmuró como una
-confusa amenaza:
-
---¡Roma!... ¡Roma!
-
-
-
-
-II
-
-La ciudad
-
-
-Estaba muy elevado el sol cuando Acteón marchó hacia la ciudad por el
-camino llamado de la Sierpe.
-
-Cruzábase en su marcha con las carretas de odres de aceite y ánforas
-de vino. Las filas de esclavos encorvados bajo el peso de los fardos y
-con los pies cubiertos de polvo, apartábanse al borde del camino para
-dejarle paso, con la sumisión y el encogimiento que inspiraba el hombre
-libre. El griego detúvose un momento ante los molinos de aceite, viendo
-girar las enormes piedras empujadas por esclavos encadenados, y siguió
-adelante bordeando los montes, en cuyas cimas alzábanse las _spéculas_,
-rojas torrecillas que con sus hogueras anunciaban á la Acrópolis de
-Sagunto la llegada de las naves ó los movimientos que se notaban en
-la vertiente opuesta, donde comenzaba el territorio de los hostiles
-turdetanos.
-
-El inmenso agro, extendía su fertilidad bajo la lluvia de oro del
-sol de la mañana. De las aldeas, de las casas de campo, de todas las
-innumerables viviendas esparcidas en el extenso valle, afluía gente al
-camino de la Sierpe, marchando hacia la ciudad.
-
-La mayoría del pueblo saguntino vivía en el campo, cultivando la
-tierra. La ciudad era relativamente pequeña. Sólo vivían en ella
-los comerciantes y los ricos agricultores, la magistratura y los
-extranjeros. Cuando amagaba algún peligro, cuando los turdetanos
-intentaban una invasión en tierra saguntina, todo el pueblo afluía á la
-ciudad, buscando el amparo de los muros; y los rústicos, llevando por
-delante sus rebaños, iban á confundirse con los artesanos de Sagunto,
-guareciéndose en aquel recinto que sólo visitaban los días de mercado.
-
-Acteón adivinó por la mucha gente que llenaba el camino, que aquel día
-debía ser de ventas en el Foro. Marchaban en fila las campesinas con
-sus cestos en la cabeza cubiertos de hojas, sin más vestido que una
-túnica obscura que caía á lo largo de su cuerpo, marcando sus duros
-contornos á cada paso. Los labriegos, tostados, membrudos, llevando
-por todo traje un faldellín de pieles ó de burdo tejido, arreaban los
-bueyes de sus carretas, ó los asnos cargados de fardos, y á lo largo
-del camino sonaba el campanilleo continuo de los rebaños de cabras
-y el dulce mugido de las vacas entre nubecillas de polvo rojo que
-levantaban sus trotadoras pezuñas.
-
-Algunas familias regresaban ya del mercado, mostrando con orgullo lo
-que habían adquirido en las tiendas del Foro á cambio de sus frutos;
-y los amigos deteníanse para admirar las telas nuevas, las copas
-de barro rojo, frescas y brillantes, los adornos de mujer de plata
-sólida, groseramente labrada, y acogían su vista con un ¡_salve_! de
-felicitación que hacía enrojecer de infantil orgullo á los poseedores.
-
-Muchachas morenas, de miembros duros y enjutos y frente grande, con
-la cabellera estirada á la moda celtíbera, marchaban por parejas,
-sosteniendo en sus hombros largas perchas, de la que pendían ramos
-de flores para las señoras de la ciudad. Otras llevaban envueltos en
-hojas, para preservarlos del polvo, enormes tirsos de cerezas rojas,
-y en algunos momentos saltaban y gritaban entre ruidosas carcajadas,
-parodiando las voces y los gestos de la rica juventud de Sagunto, que
-con gran escándalo de la ciudad, se reunía en el jardín de Sónnica,
-para imitar ante la imagen de Dionisios las hermosas locuras de la
-Grecia.
-
-Acteón admiraba la belleza del paisaje: los bosques de higueras que
-daban fama á Sagunto y comenzaban á cubrirse de hojas, formando con
-sus añosas ramas tiendas de verduras que tocaban el suelo; las viñas,
-como un oleaje de esmeralda, extendiéndose por toda la campiña y
-escalando los lejanos montes, hasta llegar á los bosques de pinos y
-carrascas; y los campos de olivos, plantados simétricamente sobre la
-tierra roja, formando columnatas de retorcidos fustes con capiteles
-de hojarasca plateada. La vista de este paisaje esplendoroso le
-conmovía, despertando en él los recuerdos de la niñez. Era aquel valle
-tan hermoso como la madre Grecia; allí se quedaría, si los dioses no
-volvían á empujarlo de nuevo en su desesperada peregrinación por el
-mundo.
-
-Caminaba cerca de una hora, teniendo siempre frente á él la roja
-montaña con la ciudad en la falda, y arriba las innumerables
-construcciones de la Acrópolis. En una revuelta del camino, vió que la
-gente se detenía ante un altar: una larga ara de piedra, sobre la cual
-extendía sus escamosos anillos de mármol azul una enorme serpiente. Los
-campesinos depositaban flores y copas de barro llenas de leche ante la
-inmóvil bestia, que, con la cabeza erguida y abiertas las venenosas
-fauces, parecía amenazarles. En aquel mismo lugar había mordido la
-serpiente al desgraciado Zazintho, cuando regresaba á Grecia con los
-bueyes robados á Gerón, y en torno de su cadáver, quemado en lo alto de
-la Acrópolis, se creó la ciudad. La gente sencilla adoraba al reptil
-como uno de los fundadores de su patria, y con palabras cariñosas le
-rodeaba de ofrendas que luego desaparecían misteriosamente, lo que
-hacía creer á muchos que en las tinieblas recobraba su vida, oyéndose
-sus espantables silbidos desde muy lejos en las noches tempestuosas.
-
-Acteón adivinaba su proximidad á Sagunto, viendo las tumbas que se
-levantaban á ambos lados del camino, con sus inscripciones llamando la
-atención del viandante. Detrás de éstas extendíanse jardines cerrados
-por espesos setos, sobre los cuales asomaban sus ramas los árboles
-frutales de las quintas de recreo. Algunas esclavas guardaban á los
-niños que jugaban y luchaban, desnudos y con un marcado tipo griego.
-En la puerta de un jardín un viejo obeso, envuelto en una clámide
-de púrpura, contemplaba el paso de la avalancha de gente miserable
-con la fría altivez de un comerciante enriquecido. En la terraza de
-una villa creyó ver Acteón un peinado á la ateniense teñido de oro,
-con cintas rojas entrelazadas, agitándose junto á él un abanico de
-plumas multicolores de pájaros de Asia. Eran las ricas quintas de los
-patricios de Sagunto retirados de los negocios.
-
-Al aproximarse al río, el Bætis-Perkes, que separaba la ciudad
-de la campiña, el griego se fijó en que marchaba al lado de una
-adolescente, casi una niña, ante la cual trotaba un rebaño de cabras.
-Delgada, esbelta, de miembros enjutos y la piel de un color moreno y
-aterciopelado, parecía un muchacho, á no ser porque la corta túnica
-abierta en el costado izquierdo dejaba entrever el pecho ligeramente
-hinchado, con una suave redondez de taza, como un capullo que comenzaba
-á expansionarse con la savia de la juventud. Sus ojos negros, húmedos y
-grandes, parecían llenar toda su cara, bañándola de misterioso fulgor;
-y tras los labios, tostados y agrietados por el viento, brillaba una
-dentadura nítida, fuerte é igual. La cabellera, anudada sobre la nuca,
-habíala adornado con una guirnalda de amapolas cogidas entre el trigo.
-Llevaba en la espalda con varonil desembarazo una pesada red llena de
-quesos blancos, redondos como panes, frescos y rezumando aún el suero,
-y con la mano que le quedaba libre acariciaba los blancos vellones de
-una cabra de erguidos cuernos, la favorita, que se apretaba contra sus
-piernas, sonando la campanilla de cobre que llevaba al cuello.
-
-Acteón se deleitaba examinando aquella figura juvenil, dura para el
-trabajo y en la cual la fresca juventud triunfaba de la fatiga. Su
-esbeltez, de líneas rectas y armoniosas, le recordaba la elegancia de
-las figurillas de Tanagra sobre las mesas de las hetarias de Atenas; la
-arrogante adolescencia de las canéforas pintadas de negro en torno de
-los vasos griegos.
-
-La muchacha le miró varias veces y acabó por sonreir, enseñando su
-dentadura con la confianza de la juventud que se siente admirada.
-
---Eres griego, ¿verdad?...
-
-Le hablaba como las gentes del puerto, en aquel idioma extraño de
-ciudad mercantil abierta á todos los pueblos, mezcla de celtíbero,
-griego y latín.
-
---Soy de Atenas. ¿Y tú quién eres?
-
---Me llaman Ranto y mi señora es Sónnica la rica. ¿No has oído hablar
-de ella? Tiene naves en todos los puertos, esclavos á centenares y
-bebe en copas de oro. ¿Ves sobre aquellos olivos por la parte del mar
-una torrecilla de color de rosa? Pues es la quinta donde vive apenas
-el invierno le permite abandonar la ciudad. Yo estoy adscrita á la
-quinta y soy de su servidumbre durante el buen tiempo. Mi padre es el
-encargado de sus rebaños, y muchas veces baja ella á nuestros establos
-para juguetear con las cabras.
-
-Acteón estaba asombrado de la frecuencia con que oía hablar de Sónnica
-desde que puso el pie en tierra saguntina. El nombre de aquella mujer
-opulenta, al que unos llamaban la rica y otros la cortesana, estaba en
-todas las bocas. La pastorcilla, que parecía sentir cierta atracción
-hacia el extranjero, continuó hablando.
-
---Ella es buena. De tarde en tarde aparece triste, dice que desfallece
-de fastidio en medio de sus riquezas, todo le es indiferente, y
-entonces es capaz de dejar que crucifiquen á todos sus esclavos sin
-protestar. Pero cuando está alegre es buena como una madre y nos libra
-del castigo. El malo es su intendente, el encargado de los esclavos; un
-ibero liberto que nos vigila y á cada instante amenaza con el látigo y
-la cruz. Á mi padre lo ha fustigado varias veces por una oveja perdida,
-por una cabra que se rompe las patas, por un poco de leche derramada
-en la quesería. Yo misma habría recibido sus golpes á no ser por el
-respeto que me tiene al verme acariciada algunas veces por Sónnica.
-
-Ranto hablaba de la terrible situación de los esclavos con la
-naturalidad de una criatura acostumbrada desde su nacimiento á
-presenciar tales rigores.
-
---En invierno --continuó-- voy con mi padre á la montaña, y aguardo con
-impaciencia la llegada del buen tiempo para que la señora vuelva á la
-villa, y bajar yo al llano, donde hay flores. Entonces puedo pasar el
-día entero á la sombra de los árboles rodeada de mis cabras.
-
---¿Y cómo has aprendido algo de griego?
-
---Lo habla Sónnica con los ricos de la ciudad que son sus amigos y con
-las esclavas que la sirven. Además...
-
-Se detuvo unos instantes, y sus pálidas mejillas se colorearon.
-
---Además --continuó animosamente--, también lo habla mi amigo Eroción,
-el hijo de Mopso el arquero que vino de Rhodas; un amigo que me ayuda á
-guardar las cabras cuando no trabaja en la alfarería, que también es
-de Sónnica.
-
-Y señalaba los grandes talleres inmediatos al río; las famosas
-alfarerías saguntinas, que elevaban entre muros de arcilla las cúpulas
-de sus hornos, semejantes á enormes colmenas rojas.
-
-Á un lado del camino, entre los árboles, sonaron unas notas dulces,
-unas escalas locas y regocijadas de caramillo, y Acteón vió saltar á
-la calzada un muchacho casi de la misma edad de Ranto, alto, enjuto,
-descalzo y sin otra vestidura que una piel de cabra que, sujeta del
-hombro izquierdo y dejando al descubierto el derecho, se anudaba en
-torno de sus riñones. Los ojos parecían brasas, y el cabello negro, de
-tonos azulados y formando cortos rizos, se agitaba con los nerviosos
-movimientos de la cabeza, como un espeso toisón. Los brazos, enjutos
-y fuertes, con la piel hinchada por la tensión de venas y tendones,
-estaban teñidos hasta el codo por el rojo de la arcilla.
-
-Acteón, al contemplar su perfil corto y correcto de hermoso adolescente
-y la vivacidad nerviosa de su cuerpo, recordó á los aprendices de los
-escultores de Atenas; la juventud artista que en las horas de sol,
-antes de volver al taller, escandalizaba con sus juegos en el paseo del
-Cerámico á los tranquilos ciudadanos.
-
---Éste es Eroción --dijo Ranto, que sonreía dulcemente al ver á su
-amigo--. Aunque nacido en Sagunto, es griego como tú, extranjero.
-
-El adolescente no miraba á la joven; contemplaba con respeto al
-desconocido.
-
---Eres de Atenas, ¿verdad? --dijo con admiración--. No puedes negarlo.
-Pareces Ulises cuando peregrinaba por el mundo al través de las
-aventuras que relata el padre Homero. Te he visto tal como eres en
-vasos y en relieves, igual en figura y traje al esposo de Penélope.
-Salud, hijo de Palas.
-
---¿Y tú, eres también esclavo de Sónnica?
-
---No --se apresuró á decir con altivez el muchacho--. La esclava es
-Ranto, y tal vez algún día no lo sea: yo soy libre, mi padre es Mopso,
-griego de Rhodas y primer arquero de Sagunto. Vino de allá sin más
-fortuna que su arco y sus flechas, y hoy es rico, después de la última
-expedición contra los turdetanos, y figura el primero en la milicia de
-la ciudad. Yo trabajo en la alfarería de Sónnica, que me quiere mucho.
-Ella fué quien me puso el nombre de Eroción, porque de pequeño parecía
-un amorcillo. No soy de los que amasan el barro, ni de los que giran el
-torno para dar forma á los vasos. Me llaman el artista, hago orlas de
-follaje, esculpo animales, sé hacer de memoria la cabeza de Diana, y
-nadie como yo puede grabar en el barro el gran sello de Sagunto. ¿Sabes
-cómo es? La nave sin velas, con tres órdenes de remos, y volando sobre
-ella la Victoria, con largos ropajes, depositando una corona en la
-proa. Soy capaz, si tú quieres, de esculpir tu figura...
-
-Pero se detuvo como avergonzado por estas últimas palabras, y añadió
-con tristeza:
-
---¡Cómo te burlarás de mí, extranjero! Tú vienes de allá, de aquel
-país portentoso, del que tantas veces me habla mi padre. Habrás visto
-el Parthenón, la Palas Atenea, que los navegantes distinguen sobre el
-mar mucho antes de ver Atenas, el asombroso desfile de caballos de la
-methopas, los prodigios de Fidias... ¡Cómo deseo ver todo eso! Cuando
-llega al puerto alguna nave de Grecia, huyo de la alfarería, y paso
-los días en las tabernas de los marineros. Bebo con ellos, les regalo
-figurillas en posiciones lúbricas que les hacen reir, todo para que me
-cuenten lo que han visto, los templos, las estatuas, las pinturas: y
-sus relatos, en vez de calmarme, excitan mi deseo... ¡Ay, si Sónnica
-quisiera! ¡Si me dejara ir en una de sus naves cuando se hacen á la
-vela para Grecia!...
-
-Después añadió con energía:
-
---Ésta que ves aquí, mi dulce Ranto, es la única que me sostiene. Si
-ella no existiese, hace tiempo que habría buscado al _gubernator_
-de una nave, vendiéndome como esclavo, si era preciso, para correr
-el mundo, para ver la Grecia y ser un artista como esos á los que
-tributáis allá los mismos honores que á los dioses.
-
-Siguieron caminando un buen rato silenciosos los tres, tras la
-nubecilla de polvo que levantaban las cabras. El muchacho iba poco á
-poco recobrando su serenidad al lado de Ranto, que había cogido una de
-sus manos.
-
---¿Y tú á qué vienes aquí? --preguntó á Acteón.
-
---Vengo como vino tu padre. Soy un griego sin fortuna, y quiero ofrecer
-mis brazos á la república saguntina en sus guerras con los turdetanos.
-
---Habla con Mopso. Le encontrarás en el Foro ó arriba en la Acrópolis,
-cerca del templo de Hércules, donde se reúnen los magistrados. Se
-alegrará de verte; adora á los de su raza y saldrá fiador de tí ante la
-ciudad.
-
-De nuevo se hizo el silencio. El griego veía las miradas amorosas
-que se cruzaban entre los dos adolescentes, el apretón cada vez más
-fuerte de sus manos entrelazadas, la tierna aproximación de sus cuerpos
-jóvenes y sanos, que se buscaban apoyándose mutuamente. Eroción, como
-obedeciendo á una súplica muda de su amada, había sacado del seno el
-caramillo de cañas agujereadas y soplaba en él dulcemente, haciendo una
-música tierna y pastoril, á la que contestaban las cabras con balidos.
-
-El griego adivinó que su presencia iba pesando á la feliz pareja. Cada
-vez retardaban más el paso.
-
---Salud, hijos. Caminad sin prisa; la juventud llega á tiempo á todas
-partes. Ya nos veremos en la ciudad.
-
---Que los dioses te protejan, extranjero --contestó Ranto--. Si algo
-necesitas me encontrarás en el Foro. Allí he de vender estos quesos y
-otros que salieron al amanecer en la carreta del hortelano.
-
---Salud, ateniense. Habla con mi padre, pero no digas con quién me has
-visto.
-
-Acteón atravesó el río por entre las carretas que se hundían en el
-agua hasta los ejes, y llegó ante los muros de la ciudad, admirando
-su fortaleza; las bases de piedra sin labrar y sin trabazón alguna,
-soportando las murallas y las torres de fuerte mampostería.
-
-En la puerta del camino de la Sierpe, que era la principal, tuvo que
-detenerse ante la confusión que formaban hombres, carros y caballerías
-en el angosto túnel. Dentro de la ciudad y casi pegado á la muralla
-estaba el templo de Diana, un fano conocido por su antigüedad en todo
-el mundo, y que daba no poca fama á los saguntinos. Acteón admiró la
-techumbre de tablones de enebro, venerable por su remota fabricación, y
-deseoso de conocer pronto la ciudad, siguió adelante.
-
-Vióse en una calle recta, al extremo de la cual ensanchábanse los
-edificios, abriendo un enorme espacio rectangular, una gran plaza
-cuadrada, con hermosas construcciones sostenidas por arcos bajo las
-cuales rebullía el gentío. Era el Foro. Por encima de los tejados
-del fondo veíanse casas y más casas, de paredes blancas; la ciudad
-escalando la falda del monte, y al final las murallas de la Acrópolis,
-las columnatas de los templos sosteniendo los frisos, formados por
-enormes piedras labradas.
-
-Acteón, siguiendo la calle que conducía al Foro, recordaba el barrio
-marítimo del Pireo. Aquel era el distrito de los comerciantes, habitado
-en su mayor parte por griegos. Al través de las ventanas de los
-pisos bajos, veíase el movimiento del tráfico; esclavos que apilaban
-fardos; jóvenes de rizada barba y nariz de ave de presa, trazando en
-las tablillas de cera las complicadas cuentas de sus negocios; y ante
-las puertas de las casas, sobre pequeñas mesas, estaban expuestas
-las muestras de los géneros; montones de trigo ó de lana y pesados
-pedruscos de las minas. Los comerciantes, de pie y apoyados en el
-quicio de sus puertas, hablaban con sus clientes, gesticulando y
-poniendo á los dioses por testigos, con plañidero acento, de que se
-arruinaban en los negocios.
-
-En algunos almacenes, el dueño, con vestidura de doradas flores, alta
-mitra y sandalias de púrpura, escuchaba silencioso á los parroquianos,
-con sus ojos claros de esfinge y acariciándose los anillos de la barba
-perfumada. Eran los traficantes de África y Asia, cartagineses,
-egipcios ó fenicios, que guardaban en sus casas materias preciosas;
-joyeles de oro, colmillos de marfil, plumas de avestruz y pedazos
-de ámbar. Ante sus puertas, deteníanse las mujeres ricas cubiertas
-de blancos mantos, seguidas de esclavas, y al hablar, avanzaban su
-sonrosado hocico al interior de la tienda, embriagándose con el hálito
-exótico, compuesto de las especies excitantes de Asia y los misteriosos
-perfumes del Oriente. Por entre los fardos, pasaban majestuosos, con
-estridentes graznidos, pájaros raros traídos de allá, que arrastraban
-como un manto real sus plumajes multicolores.
-
-Acteón, después de examinar rápidamente estas tiendas, entró en el
-Foro. Era día de mercado, y toda la vida de la ciudad afluía á la gran
-plaza. Los hortelanos extendían cerca de los pórticos sus montones de
-hortalizas; los pastores del agro, amontonaban los quesos en pirámide
-delante de las cantarillas llenas de leche; y las mujeres del puerto,
-tostadas y casi desnudas, pregonaban el pescado fresco, colocado
-sobre un lecho de hojas en cestas planas de junco. En un extremo,
-los pastores de la montaña, vestidos de esparto, con aspecto feroz y
-armados de lanzas, vigilaban las vacas y los caballos puestos á la
-venta. Eran celtíberos, de los que se decía con horror que algunas
-veces comían carne humana y parecían sentirse presos dentro de la
-plaza, contemplando con ojos hostiles todo aquel movimiento de colmena
-tan distinto de la independiente soledad que gozaban en su vida
-errante. La riqueza de Sagunto excitaba su apetito de salteadores y
-cuatreros, y oprimiendo la lanza, miraban con ojos feroces el grupo de
-mercenarios armados al servicio de la ciudad, que en el fondo del Foro,
-sobre las gradas de un templo, custodiaban al senador encargado de
-hacer justicia en los días de mercado.
-
-En el centro de la plaza agitábase la multitud comprando y discutiendo,
-adornada de mil colores y hablando diversas lenguas. Pasaban las
-virtuosas ciudadanas vestidas sencillamente de blanco, seguidas de
-esclavos que encerraban en sacos de red las provisiones para la semana;
-los griegos, con larga clámide de color de azafrán, lo curioseaban
-todo, discutiendo largamente antes de hacer una compra insignificante;
-los ciudadanos saguntinos, iberos que habían perdido su primitiva
-rudeza á consecuencia de infinitos cruzamientos, imitaban en sus
-vestiduras y actitudes el aspecto de los romanos, que eran por el
-momento el pueblo más estimado; y confundidos con estas gentes veíanse
-los indígenas del interior, barbudos, atezados, de luengas y revueltas
-melenas, atraídos por el mercado, á pesar de la repugnancia que les
-inspiraba la ciudad y especialmente los griegos por sus refinamientos y
-riquezas.
-
-Algunos celtíberos, jefes de las tribus más cercanas á Sagunto,
-permanecían en medio del Foro á caballo, sin soltar la lanza y el
-escudo tejido de nervios de toro; cubiertos con el yelmo de triple
-cresta y la coraza de cuero, como si estuvieran en terreno enemigo y
-temiesen una asechanza. Sus mujeres, mientras tanto, ágiles, tostadas y
-varoniles, iban de un puesto á otro del mercado, agitando al andar su
-vestidura amplia, bordada de flores de colores vivos, y se detenían con
-admiración infantil ante la mesa de algún griego que vendía granos de
-cristal y collares y baratijas de bronce, cincelados groseramente.
-
-Los mantos de lino finísimo y de púrpura costosa se rozaban con los
-miembros desnudos de los esclavos ó el _sagum_ celtíbero de lana negra,
-prendido de los hombros con hebillas. Los peinados á la griega con
-las cintas rojas cruzadas, el penacho de rizos sobre el occipucio,
-semejante al llamear de una antorcha y la frente pequeña como signo
-de suprema hermosura, confundíanse con los peinados de las mujeres
-celtíberas, que llevaban la frente afeitada y bruñida para hacerla
-más grande, y ensortijaban sus cabellos en torno de un pequeño palo
-colocado sobre su cabeza, formando un cuerno agudo, del que pendía el
-velo negro. Otras celtíberas llevaban un fuerte collar de acero, del
-que salían algunas varillas que se unían sobre el peinado, y de esta
-jaula que encerraba la cabeza colgaban el velo, mostrando con orgullo
-la frente enorme, brillante y luminosa como un cuarto de luna.
-
-Acteón pasó mucho tiempo admirando el tocado de estas mujeres y su
-aspecto varonil y belicoso. Su fino instinto de griego adivinaba el
-peligro al contemplar á los bárbaros, inmóviles sobre sus corceles en
-medio del Foro, dominando desde su altura con una mirada de odio á
-aquel pueblo de comerciantes y agricultores. Eran las aves de presa que
-para comer y subsistir en sus áridas montañas, habían de bajar al llano
-como ladrones. Rodeada Sagunto de tales pueblos, algún día tendría que
-entrar en lucha con todos ellos.
-
-El griego, pensando en esto, entró bajo los pórticos donde se reunían
-los desocupados de la ciudad ante las tiendas de los barberos, los
-cambistas de moneda y los vendedores de vinos y refrescos. Acteón
-creyó encontrarse todavía en las galerías del Ágora de Atenas. Aunque
-empequeñecido, era aquel el mismo mundo de su ciudad natal. Graves
-ciudadanos que se hacían llevar por un esclavo la silla de tijera
-para sentarse á la puerta de una tienda á oir noticias; noveleros que
-circulaban de grupo en grupo, difundiendo las más estupendas mentiras;
-parásitos que buscaban una invitación para comer, adulando al rico
-más cercano y hablando mal de todo el que pasaba; pedagogos sin
-colocación, disputando á gritos sobre un punto de gramática griega, y
-jóvenes ciudadanos murmurando de los viejos senadores y afirmando que
-la república necesitaba hombres más fuertes.
-
-Se hablaba mucho de la última expedición contra los turdetanos y de
-la gran victoria conseguida sobre ellos. Ya no levantarían la cabeza;
-su rey Artabanes, fugitivo en lo más apartado de sus territorios,
-debía estar escarmentado por la reciente derrota. Y los jóvenes
-saguntinos miraban con orgullo los trofeos de lanzas, escudos y cascos,
-suspendidos de las pilastras de los pórticos. Eran las armas de algunos
-centenares de turdetanos muertos ó prisioneros en la última expedición.
-En las tiendas de los barberos, se ofrecían á ínfimos precios muebles
-y adornos robados en las aldeas enemigas por los guerreros de Sagunto.
-Nadie los quería. La ciudad estaba llena de tales despojos: las
-milicias saguntinas habían vuelto, llevando tras sí un verdadero
-ejército de carretas repletas y un rebaño interminable de hombres y
-bestias. Todos sonreían al pensar en el triunfo, con la fría ferocidad
-de la guerra antigua, incapaz de perdón, y en la que la mayor de las
-misericordias para el vencido era la esclavitud.
-
-Cerca del templo donde se administraba justicia, se situaba el mercado
-de esclavos. Estaban en el suelo, formando círculo, en cuclillas,
-cubiertos de harapos, las manos cruzadas sobre los pies y la barba
-apoyada en las rodillas. Los esclavos de nacimiento aguardaban al
-nuevo amo con la pasividad de bestias, los miembros descarnados por
-el hambre y la cabeza rasurada, cubierta por un gorro blanco. Otros,
-vigilados de más cerca por el traficante, eran barbudos, y sobre sus
-sucias cabelleras, llevaban una corona de ramas para indicar su calidad
-de esclavos cogidos en la guerra. Eran los turdetanos que no habían
-ofrecido rescate: en sus ojos aún se notaba el asombro y la rabia, al
-verse reducidos á la esclavitud. Muchos de ellos llevaban cadenas, y en
-su cuerpo estaban frescas la cicatrices de la reciente guerra. Miraban
-á aquel pueblo enemigo contrayendo la boca como si quisieran morder,
-y algunos agitaban su brazo derecho terminado por un informe muñón.
-Les habían cortado la mano guerreando con alguna de las tribus del
-interior, que acostumbraban á inutilizar de este modo á los prisioneros.
-
-Los saguntinos miraban con indiferencia estos enemigos convertidos
-en cosas, en bestias, por la dura ley de la conquista, y olvidando á
-los turdetanos hablaban de las querellas de la ciudad, de la lucha de
-facciones, que parecía haberse sofocado con la intervención de los
-legados de Roma. Aún se notaban en las gradas del inmediato templo,
-las huellas de la sangre de los decapitados por afecto á Cartago,
-y los amigos de Roma, que eran los más, hablaban fuerte, alabando
-el enérgico consejo de los enviados de la gran República. La ciudad
-viviría ahora en paz y segura con la protección de Roma.
-
-Acteón, que escuchaba las conversaciones de los grupos, al mirar hacia
-el templo creyó ver entre el gentío que subía y bajaba las gradas, al
-pastor celtíbero que en la noche anterior había muerto al legionario
-romano. Fué una visión rápida; su _sagum_ negro se perdió entre los
-grupos, y el griego quedó indeciso, no sabiendo si realmente era él.
-
-Avanzaba la mañana. Acteón había pasado mucho tiempo en el mercado
-y pensó que ya era hora de ocuparse de sus asuntos. Tenía que ver á
-Mopso el arquero arriba en la Acrópolis, y emprendió la ascensión por
-calles tortuosas pavimentadas de guijarros, con blancas casas, en cuyas
-puertas hilaban y tejían la lana las mujeres.
-
-El griego, al llegar junto á la Acrópolis, admiró las murallas
-ciclópeas de grandes peñascos amontonados con raro arte y sólidamente
-unidos sin trabazón alguna. Allí estaba la cuna de la ciudad; el
-recuerdo de los compañeros de Zazintho, al establecerse entre los rudos
-indígenas.
-
-Pasó bajo una larga bóveda, y se vió en la extensa meseta del monte,
-rodeada de murallas que podían abrigar una población tan grande como
-Sagunto. En esta inmensa planicie, esparcidos sin orden, alzábanse
-los edificios públicos, como un recuerdo de la época en que la ciudad
-estaba en la cumbre y aún no había descendido, ensanchándose hacia
-el mar. Desde sus murallas se apreciaba la inmensidad del fértil
-agro, los territorios de la República, perdiéndose por el Sur á lo
-largo de la playa, hasta el límite de los que ocupaban los Olcades;
-las innumerables aldeas y quintas, agrupadas en las riberas del
-Bætis-Perkes, y la ciudad, como un gran abanico blanco, en la falda del
-monte, encerrada por las murallas, sobre las cuales parecía saltar el
-oprimido caserío, esparciéndose por las huertas.
-
-Acteón, volviendo su vista al cerrado recinto de la Acrópolis,
-contemplaba el templo de Hércules. Cerca de él, la columnata en la cual
-se reunía el Senado; el taller donde se acuñaba la moneda; el templo
-en que se custodiaba el tesoro de la República; el arsenal donde se
-armaban los ciudadanos; la caserna de los mercenarios, y dominando
-todos estos edificios, la torre de Hércules, construcción enorme y
-ciclópea, que de noche contestaba con sus llamaradas á las _spéculas_
-de la playa y de los montes del puerto, esparciendo la alarma ó la
-tranquilidad por todo el territorio saguntino. Además, una tropa de
-esclavos, dirigidos por un artista griego, daba los últimos retoques
-á un pequeño templo que Sónnica la rica había hecho elevar en la
-Acrópolis en honor de Minerva.
-
-Los saguntinos que subían á la ciudadela para pasear tranquilamente
-contemplando su ciudad y los mercenarios que limpiaban las espadas y
-corazas de bronce á la puerta de su cuartel, miraban con curiosidad al
-griego.
-
-Un saguntino de aspecto acomodado, envuelto en una toga roja á la
-romana y apoyado en un largo bastón, se aproximó á hablarle. Era un
-hombre de mediana edad, fuerte, con la barba y el cabello encanecidos y
-una expresión bondadosa en los ojos y en la sonrisa.
-
---Dime, griego --preguntó con dulzura--. ¿Á qué vienes aquí? ¿Eres
-mercader?... ¿Eres navegante? ¿Buscas para tu país la plata que nos
-traen los celtíberos?...
-
---No; soy un pobre que vaga por el mundo, y vengo á ofrecerme á la
-República como soldado.
-
-El saguntino hizo un gesto de tristeza.
-
---Debí haberlo adivinado en el arma que te sirve de apoyo... ¡Soldados!
-¡siempre soldados!... En otro tiempo no se veía en toda la ciudad una
-espada ni un dardo. Llegaban los extranjeros en sus naves repletas de
-mercancías, tomaban lo nuestro, nos daban lo suyo, y vivíamos en la
-paz que cantan los poetas. Ahora los que llegan, griegos ó romanos,
-africanos ó asiáticos, se presentan armados, son perros feroces que
-vienen á ofrecerse para guardar el rebaño que antes triscaba en
-paz sin miedo á los enemigos. Al ver todo este aparato bélico, al
-contemplar cómo se regocija la juventud de Sagunto relatando la última
-expedición contra los turdetanos, tiemblo por la ciudad, por la suerte
-de los míos. Ahora somos los más fuertes; ¿pero no vendrá alguien que
-lo sea más que nosotros y nos eche al cuello la cadena de esclavos?...
-
-Y por encima de las murallas miraba la ciudad con amorosa tristeza.
-
---Extranjero --continuó--, me llaman Alco y mis amigos me apellidan
-el _Prudente_. Los ancianos del Senado atienden mis consejos; pero la
-juventud no los sigue. He comerciado, he corrido el mundo, tengo mujer
-é hijos que gozan de bienestar, y estoy convencido de que la paz es la
-felicidad de los pueblos y hay que sostenerla á todo trance.
-
---Yo soy Acteón, hijo de Atenas. Fuí navegante y naufragaron mis naves;
-comercié y perdí mi fortuna. Mercurio y Neptuno me trataron siempre
-como padres huraños y sin entrañas. He gozado mucho, he sufrido aún
-más, y hoy, mendigando casi, vengo aquí á vender mi sangre y mis
-músculos.
-
---Haces mal, ateniense: eres hombre y quieres convertirte en lobo.
-¿Sabes lo que más admiro en tu pueblo? Que os burláis de Hércules y sus
-hazañas, y rendís culto á Palas Atenea. Despreciáis la fuerza para
-adorar la inteligencia y las artes de la paz.
-
---El brazo fuerte vale tanto como la cabeza en que Zeus puso su fuego.
-
---Sí; pero ese brazo empuja la cabeza á la muerte.
-
-Acteón sentíase impacientado por las palabras de Alco.
-
---¿Conoces á Mopso el arquero?...
-
---Allí le tienes, junto al templo de Hércules. Le conocerás por su
-arma que no abandona nunca. Ése es otro de los que atrajo aquí el mal
-espíritu de la guerra.
-
---Salud, Alco.
-
---Que los dioses te protejan, ateniense.
-
-Acteón reconoció al valeroso griego en el arco y la aljaba que colgaban
-de sus hombros. Era un hombre fornido, de luenga barba, que llevaba
-arrollado á sus guedejas grises un nervio de toro para suplir el que
-servía de cuerda al arco. Los brazos musculosos y fuertes delataban con
-la tirantez de sus tendones la forzada tensión á que se sometían para
-abrir el duro arco y disparar las flechas.
-
-Acogió á Acteón con la respetuosa simpatía que por su superioridad
-inspiraban los atenienses á los griegos de las islas.
-
---Hablaré al Senado --dijo al enterarse de sus pretensiones--. Basta
-mi palabra para que seas admitido en los mercenarios con toda la
-distinción que mereces. ¿Has guerreado alguna vez?
-
---He hecho la guerra de Lacedemonia á las órdenes de Cleomenes.
-
---Famoso capitán; hasta aquí ha llegado el eco de las hazañas del rey
-espartano. ¿Qué es de él?
-
---Le abandoné cuando vencido, pero no domado, se refugió en Alejandría.
-Allí vivía desterrado bajo el amparo de Ptolomeo; pero según me
-dijeron ha poco en Cartago-Nova, por una intriga de palacio cayó en
-desgracia: el monarca egipcio le mandó asesinar, y Cleomenes, con sus
-doce compañeros, murió matando. Cuando cayó tenía ante él un montón de
-cadáveres.
-
---Digno final de un héroe... ¿Dónde aprendiste el arte militar?
-
---Comencé en Sicilia y Cartago en el campo de los mercenarios y terminé
-mi educación en el Pritaneo de Atenas. Mi padre fué Lisias, capitán
-al servicio de Hamílcar, asesinado después por los cartagineses en su
-guerra con los mercenarios que llamaron _implacable_.
-
---Famosas escuelas y excelente padre. También su nombre llegó á mis
-oídos en la época que yo corría el mundo, antes de tomar el servicio
-de Sagunto... ¡Bienvenido seas, Acteón! Si quieres entrar en los
-_hoplites_, figurarás en la primera fila de la falange, con la armadura
-pesada y la pica larga... Aunque no; vosotros los atenienses deseáis
-pelear con ligereza; sois más temibles por la carrera que por los
-golpes. Serás _peltasta_ con tu venablo y un escudo ligero de los
-llamados _pelta_; pelearás suelto, y de seguro que se relatarán de tí
-grandes hazañas.
-
-Pasaban junto á los dos griegos algunos ancianos, á los que el arquero
-saludaba con respeto.
-
---Son los senadores --dijo-- que se reúnen hoy por ser día de mercado.
-Muchos de ellos vienen de sus quintas del agro y suben hasta la
-Acrópolis en sus literas. Se reúnen bajo aquella columnata.
-
-Acteón vió cómo iban sentándose en sus sillas de madera de curvas
-garras, rematadas por la cabeza del león de Nemea. En sus rostros y
-trajes notábase la gran división de razas que existía en la ciudad. Los
-de origen ibero llegaban de sus granjas, barbudos, atezados, con coraza
-de lino forrada de gruesa lana, espada corta de dos filos pendiente
-del hombro y un sombrero de cuero endurecido que equivalía á un casco.
-Los comerciantes griegos presentábanse con las mejillas rasuradas,
-envueltos en una clámide blanca, de la que salía desnudo el brazo
-derecho; una cinta sujetaba sus cabellos como una corona y se apoyaban
-en un largo báculo rematado por una piña. Parecían los reyes de la
-_Iliada_ reunidos ante Troya.
-
-Acteón vió entre ellos un gigante de negra barba y cabello corto
-y ensortijado, que formaba sobre su cabeza como una mitra de lana.
-Sus miembros enormes, de salientes músculos y tirantes tendones que
-parecían próximos á estallar, asomaban por las aberturas del rojo manto
-en que se envolvía.
-
---Ése es Therón --dijo el arquero--, el gran sacerdote de Hércules; un
-hombre prodigioso, que conquistaría una corona en los Juegos Olímpicos.
-Mata un toro con solo descargarle el puño en la cerviz.
-
-El griego creyó ver otra vez entre la gente que se reunía cerca del
-Senado, al pastor celtíbero, contemplando con interés al gigantesco
-sacerdote de Hércules. Pero el arquero le hablaba y hubo de volver su
-vista á él.
-
---Va á comenzar el consejo y debo estar al pie de las gradas esperando
-órdenes. Márchate, Acteón, y espérame en el Foro. Allí encontrarás á mi
-pequeño. ¿No dices que le viste en el camino? De seguro que iría con
-esa esclava que guarda las cabras de Sónnica. No titubees, Acteón, no
-mientas. Lo adivino... ¡Ah, ese pequeño! ¡Ese vagabundo que en vez de
-trabajar corre los campos como un esclavo fugitivo!...
-
-Y á pesar de la gravedad con que se lamentó el arquero, notábase en
-su acento un temblor de ternura, la predilección que le inspiraba
-sobre sus demás hijos aquel artista errante y caprichoso que á veces
-abandonaba la casa paterna para corretear por el puerto y por los
-montes semanas enteras.
-
-Se despidieron los dos griegos y Acteón volvió al Foro, no sin que
-antes creyese ver de nuevo, vagando por la Acrópolis, al misterioso
-pastor celtíbero. Al entrar en los pórticos oyó silbidos y gritos; los
-grupos se arremolinaban riendo y profiriendo insultos; la gente salía á
-toda prisa de las tiendas de los barberos y los perfumistas. El griego
-vió un grupo de jóvenes lujosamente vestidos que pasaban intrépidos
-y con despreciativa sonrisa al través de la tempestad de silbidos y
-sarcasmos que levantaba su presencia.
-
-Eran los elegantes de Sagunto; los jóvenes ricos que imitaban las modas
-de la aristocracia de Atenas, exageradas por la distancia y la falta de
-gusto. Acteón también rió con su fina sonrisa de ateniense al apreciar
-la torpeza con que aquellos jóvenes copiaban á sus lejanos modelos.
-
-Al frente de ellos marchaba Lacaro, el elegante que acompañaba á
-Sónnica en su visita matinal al templo de Venus. Iban vestidos con
-telas de colores chillones y fino tejido, transparentes, hasta dejar
-ver el cuerpo, como las túnicas que las hetarias llevaban en los
-banquetes. Las mejillas, cuidadosamente depiladas, estaban cubiertas de
-suave bermellón y los ojos agrandados con rayas negras: los cabellos
-rizados y perfumados con olorosas grasas, aparecían sostenidos por una
-cinta. Algunos llevaban grandes aros de oro en las orejas, y al andar
-sonaban los ocultos brazaletes. Otros se apoyaban indolentemente en el
-hombro de pequeños esclavos, de blancas espaldas y cabellera de gruesos
-bucles, que parecían niñas por la redondez de sus formas. Como si no
-oyeran los insultos y sarcasmos de la gente, hablaban con tranquilidad
-de los versos griegos que uno de ellos había compuesto; discutían su
-mérito, el modo de acompañarlos mejor con la lira, y únicamente se
-detenían para acariciar las mejillas de sus pequeños esclavos ó para
-saludar á los conocidos, muy satisfechos en el fondo del escándalo que
-su presencia provocaba en el Foro.
-
---No me digáis que imitan á los griegos --vociferaba ante un corro un
-viejo de cara maliciosa, con el manto sucio y remendado de un pedagogo
-sin colocación--. El fuego de los dioses debe caer sobre la ciudad.
-Nuestro padre Zeus es cierto que en un momento de pasión raptó al
-gallardo Ganímedes; pero ¿y Leda? ¿y todas las innumerables beldades
-que recibieron en sus entrañas el fuego del señor del Olimpo?... Bueno
-se pondría el mundo si los hombres imitásemos á los dioses, y todos
-hiciéramos como esos necios, vistiéndonos de mujeres. ¿Queréis ver un
-griego? Pues aquí lo tenéis: éste sí que es un verdadero hijo de la
-Hélade.
-
-Y señalaba á Acteón, que se vió rodeado por las miradas curiosas del
-grupo.
-
---¡Cómo reirás, extranjero, al ver esos infelices que torpemente creen
-imitar á tu país! --continuó vociferando aquel energúmeno con aspecto
-de mendigo--. Yo soy filósofo, ¿sabes? El único filósofo de Sagunto, y
-con esto adivinarás que este pueblo ingrato me deja morir de hambre. De
-joven estuve en Atenas, asistí á sus escuelas y dejé de ser marinero
-y correr el mundo para buscar en mí mismo la verdad. No he inventado
-nada, pero sé cuanto han dicho los hombres sobre el alma y el mundo,
-y si quieres te recitaré de memoria párrafos enteros de Sócrates y de
-Platón y todas las contestaciones del gran Diógenes. Conozco tu país y
-me avergüenzo por mi ciudad al ver á tales necios... ¿Sabes quién es
-el culpable de estas ridiculeces que nos deshonran? Pues Sónnica, esa
-Sónnica que llaman la rica, antigua cortesana que acabará por convertir
-Sagunto en un dicterión, destruyendo las tradiciones de la ciudad, las
-costumbres rudas y sanas de otros tiempos.
-
-Al oir el nombre de Sónnica se elevó del grupo un murmullo de protesta.
-
---¿Los ves? --gritó el filósofo cada vez más enfurecido--. Son esclavos
-aduladores que tiemblan ante la verdad. El nombre de Sónnica les causa
-el mismo efecto que el de una diosa. ¿Ves ese que huye? Pues á su padre
-le prestó Sónnica hace pocos días una fuerte cantidad sin interés
-alguno para que comprase trigos en Sicilia, y por esto cree que debe
-huir de donde se diga algo contra ella. Mira ese que vuelve la espalda.
-La cortesana libertó á su padre que era esclavo, y no quiere oir nada
-que moleste á Sónnica. Y estos otros, que más valientes se quedan y
-me miran como si fuesen á devorarme, todos han recibido favores de
-ella, y serían capaces de pegarme como otras veces por mis palabras.
-Son esclavos que la defienden cual si fuese una divinidad benéfica.
-Como ellos son muchos en Sagunto, y por esto los magistrados no osan
-castigar á esa griega, que con sus extravagancias de loca escandaliza
-la ciudad. Vaya, pegadme, mercaderes: golpead al único que no miente en
-Sagunto.
-
-Los del grupo se alejaban, dejando al filósofo que bracease lanzando
-gritos de indignación.
-
---Lo que debías hacer --dijo con desprecio uno de los últimos al
-retirarse-- es mostrar más agradecimiento. Si comes algún día, es en la
-mesa de Sónnica.
-
---¡Y comeré esta noche! --gritó el filósofo con insolencia--. ¿Qué
-demuestras con eso? ¡Y le diré en su cara lo mismo que digo aquí!...
-¡Y ella reirá como siempre, mientras vosotros comeréis bazofia en
-vuestras casas, pensando en su banquete!...
-
---¡Ingrato! ¡Parásito! --dijo aquel hombre volviéndole las espaldas con
-desprecio.
-
---La gratitud es condición de perro; el hombre demuestra su
-superioridad hablando mal de quien le favorece... Si no queréis que
-Eufobias el filósofo sea parásito, mantenedle á cambio de su sabiduría.
-
-Pero Eufobias hablaba en el vacío. Todos se habían retirado,
-confundiéndose en los grupos inmediatos. Sólo Acteón estaba junto á
-él, examinándolo con interés, como admirado de encontrar en una ciudad
-lejana un hombre tan semejante á los que en Atenas pululaban en torno
-de la Academia, formando la plebe filosófica hambrienta y obscurecida.
-
-El parásito, al verse sin más público que el griego, se agarró de su
-brazo.
-
---Tú sólo mereces oirme. Bien se conoce que eres de allá y sabes
-distinguir el mérito.
-
---¿Quién es esa Sónnica que tanto te indigna por sus costumbres? ¿Sabes
-su vida? --preguntó el ateniense con el deseo de conocer el pasado de
-una mujer que con su nombre parecía llenar toda la ciudad.
-
---¿Que si la sé? Mil veces me la ha contado en sus ratos de melancolía
-y fastidio, que son los más; cuando yo no logro hacerla reir con mi
-saber, y ella siente la necesidad de abandonarse, hablándome de su
-pasado con tanto descuido como si conversase con su perro. Es historia
-larga.
-
-Se detuvo el filósofo y guiñó un ojo, señalando una puerta inmediata en
-la cual un mostrador agujereado sostenía una fila de ánforas.
-
---En casa de Fulvius estaremos mejor. Es un romano honradísimo que jura
-haber reñido con el agua. Anteayer recibió un famoso vino de Laurona.
-Desde aquí percibo su perfume.
-
---No tengo ni un óbolo en la bolsa.
-
-El filósofo, que contraía la nariz como si aspirase el vaho del mosto,
-hizo un gesto de desaliento. Después miró con cariño al griego.
-
---Tú eres digno de oirme. ¡Pobre como yo, en medio de estos mercaderes
-que abarrotan de plata sus bodegas!... Ya que no hay vino, paseemos:
-esto aclara las ideas. Te trataré como Aristóteles á sus discípulos
-predilectos.
-
-Y paseando á lo largo del pórtico, Eufobias comenzó á relatar lo que
-sabía de la vida de Sónnica.
-
-Creía haber nacido en Chipre, la isla del amor para los navegantes.
-En aquellas playas, de cuyas espumas hicieron nacer los poetas la
-triunfante belleza de Venus Afrodita, las mujeres de la isla corren por
-la noche en busca de los marineros para prostituirse en memoria de la
-diosa. De uno de estos encuentros con un remero, había nacido Sónnica.
-Recordaba vagamente los primeros años de su niñez, correteando por
-la cubierta de una nave; saltando de un banco á otro de los remeros,
-alimentada y despreciada como los gatos de á bordo, visitando muchos
-puertos poblados de gentes diversas en trajes, costumbres é idiomas;
-pero viéndolo todo de lejos y vagamente como las imágenes de un sueño,
-sin poner nunca el pie en tierra firme.
-
-Antes de ser mujer, fué la amante del amo del buque, un piloto de
-Samos que, cansado de ella ó por la tentación del negocio, la vendió
-una noche á un beocio que tenía un dicterión en el Pireo. Aún no había
-cumplido doce años, y la pequeña Sónnica llamaba la atención entre las
-dicteriadas que pululaban por la noche en el Pireo, principal centro de
-la prostitución ateniense.
-
-La población flotante de la ciudad, compuesta de extranjeros, jugadores
-y jóvenes arrojados de su casa por los severos padres, congregábase en
-aquel suburbio de Atenas que rodeaba los puertos del Pireo y Faraleo y
-formaba el arrabal de Estirón. Apenas cerraba la noche, todo este mundo
-bullicioso y corrompido se reunía en la gran plaza del Pireo, entre
-la ciudadela y el puerto, y comenzaban á circular las prostitutas,
-que con la llegada de las sombras, adquirían libertad para salir de
-los dicteriones en que las tenían recluídas. Bajo los pórticos de la
-plaza, lanzaban sus dados los jugadores, disputaban los filósofos
-errantes, dormían los vagabundos, se contaban sus viajes los marineros;
-y por entre esta confusión de gentes diversas, pasaban las dicteriadas
-con el rostro pintado, casi desnudas ó con mantos rayados de fuertes
-colores que revelaban su origen africano y asiático. Allí creció y se
-educó la joven hija de Chipre, buscando todas las noches un mercader de
-trigos de Bitinia ó un exportador de cueros de la Gran Grecia, gente
-ruda y alegre que antes de volver á su país querían gastar algo de sus
-ganancias con las cortesanas de Atenas. De día, permanecía presa en el
-dicterión, una casa de aspecto sórdido, sin más adorno en la fachada
-que un enorme falo que servía de muestra al establecimiento; con la
-puerta abierta á todas horas, sin el perro encadenado que tenían las
-demás viviendas, y mostrando apenas se levantaba la gruesa cortina
-de lana, el patio descubierto, en el cual, junto á las entradas de
-las habitaciones, estaban en cuclillas ó tendidas sobre las baldosas
-todas las mercancías de la casa; mujeres gastadas y consumidas por el
-fuego del amor y niñas apenas llegadas á la pubertad; todas desnudas,
-contrastando la piel obscura y aterciopelada de las egipcias con la tez
-pálida de las griegas y la blanca y sedosa de las asiáticas.
-
-Sónnica, que entonces se llamaba Mirrina (el nombre que la habían
-dado los marineros), se cansó de la vida del dicterión. Eran todas
-allí unas esclavas, á las que el beocio apaleaba cuando dejaban
-partir descontento á un parroquiano. La repugnaba tomar los dos óbolos
-marcados por las leyes de Solón, de aquellas manos callosas que herían
-al acariciar, y le causaba náuseas la gente soez y brutal, de todos
-los países del mundo, que llegaba en busca del placer y partía ahita,
-siendo renovada inmediatamente por otra, y por otra, como un incesante
-oleaje de deseos excitados por la soledad del mar, repitiendo iguales
-caprichos é idénticas exigencias.
-
-Una noche visitó por última vez el templo de Venus Pandemos, levantado
-por Solón en la gran plaza del Pireo y depositó un óbolo como última
-ofrenda ante las estatuas de Venus y su compañera Pitho, las dos
-divinidades de las cortesanas, ante las cuales iba muchas veces con sus
-amantes del momento, antes de entregarse á ellos en la orilla del mar,
-ó junto al extenso muro construído por Temístocles para unir el puerto
-con Atenas. Después huyó hacia la ciudad, ansiando libertad y placeres,
-con el deseo de ser una de aquellas hetarias atenienses cuyo lujo y
-hermosura había admirado desde lejos.
-
-Vivía como las cortesanas libres y pobres, á las que la juventud
-ateniense llamaba _lobas_ por sus gritos. Pasaba al principio días
-enteros sin comer, pero se consideraba más feliz que sus antiguas
-compañeras del puerto de Faraleo ó del arrabal de Estirón, esclavas
-de los dueños de los dicteriones. Su mercado era ahora el Cerámico, un
-vasto arrabal de Atenas, á lo largo de la muralla, entre las puertas
-del Cerámico y la Dipila, en la cual estaban el jardín de la Academia
-y las tumbas de los ciudadanos ilustres muertos por la República.
-De día, iban allí las grandes hetarias ó enviaban sus esclavas para
-ver si sus nombres estaban escritos con carbón en la muralla del
-Cerámico. El ateniense que deseaba á una cortesana, escribía el nombre
-de ella junto con la cantidad ofrecida, y si ésta era del gusto de la
-hetaria, aguardaba al pie de la inscripción la llegada del que hacía
-la oferta. Á la luz del sol, ostentábanse allí las grandes cortesanas
-casi desnudas, con sandalias de púrpura, envueltas en mantos de flores
-y llevando sobre sus cabelleras espolvoreadas de oro coronas de
-frescas rosas. Los poetas, los retóricos, los artistas y los grandes
-ciudadanos, paseaban por los verdes bosquecillos del Cerámico ó bajo
-los pórticos adornados de estatuas, discutiendo con las cortesanas
-y teniendo que poner en tortura su ingenio para hacer frente á sus
-réplicas.
-
-Al llegar la noche, una invasión de mujeres miserables y haraposas
-llenaba el paseo, esparciéndose por entre las tumbas de los grandes
-ciudadanos. Era la hez del placer ateniense que vivía en libertad y
-buscaba la sombra: viejas cortesanas que, confiadas en la noche,
-salían á conquistar el pan en aquel mismo lugar donde en otros tiempos
-habían reinado con el poder de la hermosura; dicteriadas fugitivas;
-esclavas que huían por algunas horas de la casa del amo, y mujeres
-de la plebe que buscaban en la prostitución un alivio á su miseria.
-Agazapadas tras las tumbas, entre los bosques de laureles, permanecían
-inmóviles como esfinges, y apenas los pasos de un hombre turbaban el
-silencio del Cerámico, salían de todos lados débiles aullidos llamando
-al recién llegado. Muchas veces huían en loca carrera al reconocer á
-un encargado de cobrar el _Pornicontelos_, impuesto establecido por
-Solón sobre las cortesanas, y que era la mejor renta de Atenas. Á
-media noche, el transeunte que atravesaba el Cerámico, de vuelta de
-un banquete, sentía en torno la agitación y los suspiros de un mundo
-invisible, que parecía removerse sobre el césped y la blanda arena. Los
-poetas decían riendo que eran los manes de los grandes ciudadanos que
-gemían en sus profanadas tumbas.
-
-Así vivió Mirrina hasta los quince años, pasando la noche en el
-Cerámico y el día en la casucha de una vieja de Thesalia que, como
-todas las de su país, gozaba gran fama de hechicera y lo mismo ayudaba
-á los partos que vendía filtros amatorios á las cortesanas y retocaba
-los rostros á las que estaban en decadencia.
-
-¡Qué de cosas aprendió allí la pequeña _loba_ al lado de la vieja,
-huesuda y fea como una Parca! Le ayudaba á moler el albayalde, que
-mezclado con cola de pescado rellenaba las arrugas del rostro;
-preparaba la harina de habas para untarse los pechos y el vientre,
-dejando la piel con una tersa tirantez; llenaba frasquitos de antimonio
-para dar brillo á los ojos; liquidaba el carmín para colorear con
-ligeros toques las grietas cubiertas de pasta y escuchaba con profunda
-atención los sabios consejos con que la vieja guiaba á sus pupilas, á
-fin de que mostraran con todo su relieve las perfecciones particulares
-y disimulasen los defectos. La vieja thesaliana aconsejaba á las
-pequeñas de cuerpo gruesas suelas de corcho dentro del calzado y á
-las altas, sandalias ligeras y hundir la cabeza entre los hombros;
-fabricaba rellenos para las flacas, armazones de ballenas para
-las obesas; teñía de hollín las canas, y á las que tenían buena
-dentadura las obligaba á llevar un tallo de mirto entre los labios,
-aconsejándolas que riesen á la menor palabra.
-
-La joven poseía de tal modo su confianza, que la ayudaba en la parte
-más peligrosa de su ciencia: la confección de filtros amatorios y
-la fabricación de hechizos, que más de una vez la habían hecho ser
-perseguida por los oficiales del Areópago. Las hetarias más ricas la
-consultaban para sus deseos y venganzas, y ella las prestaba sus
-conocimientos. Para lograr la impotencia de un hombre ó la esterilidad
-de una mujer no había más que darles una copa de vino en la que se
-hubiese ahogado un barbo; para atraer á un amante olvidadizo se quemaba
-en un fuego de ramas de tomillo y de laurel una torta de harina sin
-levadura; y para convertir en odio el amor no había más que seguir al
-hombre, pisando sus huellas al revés, colocando el pie derecho donde él
-había puesto el izquierdo y murmurar al mismo tiempo: «Estoy sobre tí,
-te pisoteo.» Si había que hacer volver á un amante hastiado, la vieja
-rodaba una bola de bronce que llevaba en el seno, pidiendo á Venus que
-del mismo modo hiciese rodar el amante por el umbral de la puerta, y
-si no surtía efecto el conjuro, se arrojaba en el brasero mágico la
-imagen en cera del ser querido, pidiendo á los dioses que derritiesen
-de amor el corazón helado, así como se derretía su figura. Y junto con
-estos hechizos, rodeados de invocaciones misteriosas, iban los filtros
-compuestos con hierbas afrodisíacas y excitantes, que muchas veces
-causaban la muerte.
-
-Una noche de primavera, á la luz de la luna, Mirrina tuvo un encuentro
-en el Cerámico, que la hizo abandonar el antro de la thesaliana.
-Sentada tras una tumba, su aullido suave y débil como un lamento,
-atrajo á un hombre envuelto en un manto blanco. Por el brillo de sus
-ojos y la inseguridad de sus pies parecía ebrio. En la cabeza llevaba
-una corona de rosas ajadas.
-
-Mirrina adivinó en él á un ciudadano distinguido que salía de un
-banquete. Era el poeta Simalión, joven aristócrata, que había ganado
-una corona en los Juegos Olímpicos, y en el que Atenas veía resucitar
-la inspiración de Anacreonte. Las hetarias más hermosas cantaban sus
-versos en los banquetes al son de la lira, y las virtuosas ciudadanas
-los murmuraban en la soledad del gineceo, enrojeciendo de emoción. Las
-más famosas beldades de Atenas se disputaban al poeta, y éste, enfermo
-en plena juventud, como si no pudiera resistir el peso de la adoración
-mundana, refugiábase en el templo de Esculapio cuando la tos le hacía
-escupir sangre; iba en peregrinación á las fuentes milagrosas de toda
-la Grecia y sus islas; y apenas se sentía con fuerzas y una nueva
-sangre circulaba por su cuerpo, despreciaba á los médicos y corría otra
-vez á los banquetes con los negociantes y los artistas del Ática, entre
-hetarias famosas y gentiles aulétridas, rodando de los brazos de una
-á los de otra, pagando las caricias con versos que repetía luego la
-ciudad, siempre ardiente y consumiendo su vida como la antorcha que en
-las nocturnas fiestas de Dionisios se pasaba la cadena de bacantes de
-mano en mano, hasta perderse en lo infinito.
-
-Á la salida de una de estas orgías, encontró á Mirrina, y al
-contemplar á la luz de la luna aquella belleza fresca, entera y casi
-infantil, en un lugar frecuentado por las inmundas _lobas_, se llevó
-las manos á los ojos como si temiera ser engañado por la turbación de
-la embriaguez. Era Psiquis con los pechos firmes y redondos como una
-taza de armoniosa curva; con sus líneas correctas y suaves que hubieran
-desesperado á los escultores de la Academia; y el poeta experimentó la
-misma satisfacción que, cuando tras una tarde de paseo solitario desde
-Atenas al puerto, á lo largo de la muralla de Temístocles, encontraba
-el último verso de una oda.
-
-Ella quiso arrastrarle al antro de la thesaliana, pero Simalión,
-deslumbrado por las carnes de marfil que parecían brillar entre los
-harapos, la condujo á su hermosa casa de la calle de los Trípodes, y
-allí quedó Mirrina como señora, con esclavas y lujosos trajes.
-
-Esta hazaña del poeta asombró á toda Atenas. En el Ágora y en el
-Cerámico, sólo se hablaba de la nueva amante de Simalión: gozaba el
-éxito de la piedra preciosa olvidada y perdida en la arena, que de
-repente brilla sobre la frente de un poderoso.
-
-Las grandes hetarias, que nunca habían logrado conquistar por completo
-al veleidoso poeta, se asombraban al verle unido estrechamente á una
-jovenzuela salida de un dicterión, que recordaban muchos aventureros
-del Pireo. La llevaba en su carro, guiando tres caballos de recortadas
-crines, á todas las grandes fiestas en los templos del Ática; componía
-por las mañanas versos en su honor y la despertaba recitándolos, entre
-una nube de flores que dejaba caer sobre su lecho. Daba banquetes á
-los artistas amigos para gozarse en su envidia y su admiración cuando
-á los postres la hacía exhibirse desnuda sobre la mesa, con toda la
-magnificencia de su belleza pura, que causaba en aquellos griegos una
-emoción religiosa.
-
-Fiel á Simalión por agradecimiento al principio y enamorada después del
-poeta y sus obras, Mirrina le adoraba como maestro tanto como amante.
-En poco tiempo aprendió á tañer la lira y á recitar los versos en
-todos los estilos conocidos, y leyó la biblioteca de su amante, hasta
-el punto de poder hacer frente á los convidados de aquellas cenas de
-artistas y ser citada entre las hetarias más ingeniosas de Atenas.
-
-Simalión, cada vez más entusiasmado con su amante, derrochaba la vida y
-la fortuna. Hacía traer para ella del Asia mantos sutiles bordados de
-fantásticas flores, que transparentaban el nácar de su cuerpo; polvo
-de oro para cubrir sus cabellos, haciéndola semejante á las diosas que
-los poetas y los artistas de Grecia pintaban siempre rubias; encargaba
-á los navegantes que comprasen rosas de Egipto de asombrosa frescura, y
-cada vez más macilento, la piel terrosa y la mirada de fuego, tosiendo
-y encorvándose entre los brazos de su amante, veía disminuir sus
-fuerzas.
-
-Así pasó dos años, hasta una tarde de otoño en que, tendido sobre
-el césped de su jardín, con la cabeza apoyada en las rodillas de la
-hermosa, oyó por última vez sus versos, cantados por la fresca voz de
-Mirrina, siguiendo el aleteo de los blancos dedos sobre las cuerdas
-de la lira. El sol poniente hacía brillar en lo más alto de la ciudad
-como una ascua la lanza de la Minerva del Parthenón; su mano de niño
-apenas si podía sostener la copa de oro llena de vino con miel. Hizo
-un esfuerzo para besar á su amante; las rosas que le coronaban se
-deshojaron, cubriendo con una lluvia de pétalos el pecho de Mirrina,
-y lanzando un quejido de mujer cerró los ojos, cayendo sobre aquel
-regazo, en el que había dejado los últimos restos de su vida.
-
-La joven le lloró con desesperación de viuda. Cortó su espléndida
-cabellera para depositarla como una ofrenda sobre su tumba, y
-arrinconando los deslumbrantes trajes, vistió de lana obscura, como las
-atenienses de gran virtud, permaneciendo recluída en su casa silenciosa
-y cerrada como un gineceo.
-
-La necesidad de vivir, de sostener aquel lujo al que estaba
-acostumbrada, de tener un carro y esclavas y palafreneros, la hicieron
-pensar en su hermosura, y las hetarias más célebres se alarmaron ante
-la nueva rival. Cubierta con una peluca de rojo obscuro para disimular
-la tonsura del dolor, y envuelta en finos velos, de los que surgían su
-garganta redonda cubierta de perlas y los brazos frescos y alabastrinos
-cargados hasta los hombros de brazaletes, se mostraba en una ventana
-alta de su casa con la grave majestad de una diosa que aguarda el
-culto. Los más ricos de Atenas deteníanse al anochecer en la calle de
-los Trípodes, para contemplar á _la viuda del poeta_, como la llamaban
-con sorna las del Cerámico. Algunos, más osados ó trémulos de deseo,
-levantaban el índice como una pregunta muda; pero en vano esperaban
-que ella contestase afirmativamente con el ademán acostumbrado de las
-hetarias, cerrando el pulgar y el índice en forma de anillo.
-
-Muy pocos lograban entrar en la casa de la famosa cortesana.
-Murmurábase que algunas noches, en momentos de fastidio, había abierto
-su puerta á jovenzuelos de los que modelaban sus primeras estatuas en
-los jardines de la Academia ó recitaban sus versos desconocidos á los
-desocupados del Ágora; gente que sólo podía disponer para el amor de
-algunos óbolos ó cuando más de un dracma. Pero en cambio, los ricos que
-ofrecían _estateras_ de oro ó varias _minas_ por entrar en la casa, se
-consideraban demasiado pobres para cumplir sus deseos. Las cortesanas
-viejas se contaban al oído con cierto respeto que un reyezuelo de
-Asia, de paso en Atenas, había dado á Mirrina por una noche dos
-_talentos_ --lo que gastaba al año cualquier república de Grecia--
-y que la hermosa hetaria, sin conmoverse ante tal fortuna, sólo le
-había permitido estar junto á ella el tiempo que tardó en vaciarse su
-_clepsydra_, pues hastiada de los hombres, medía el amor por el reloj
-de arena.
-
-Los mercaderes fabulosamente ricos, al llegar al Pireo, buscaban
-relaciones de amistad para entrar en casa de Mirrina. Abrumaban con
-presentes á los artistas vagabundos que eran amigos de la cortesana
-para ser admitidos en sus cenas, y más de uno, llegado días antes al
-puerto con una flota cargada de ricas mercancías, las vendía antes de
-descargar las naves para quedarse en la casa del poeta, y regresaba
-á su país embarcado de limosna, satisfecho de su miseria al ver la
-envidia y el respeto que inspiraba á sus compañeros.
-
-Así conoció á Bomaro, un joven ibero, mercader de Zazintho, que había
-llegado á Atenas con tres naves cargadas de cueros. La cortesana se
-sintió atraída por su dulzura, que contrastaba con la rudeza de los
-otros negociantes; encanallados por la vida de los grandes puertos.
-Hablaba poco y ruborizándose, como si el mutismo de las largas
-permanencias en el mar le hubiesen dado una timidez de virgen: si le
-obligaban á contar sus aventuras de navegante, lo hacía con sencillez,
-sin mencionar los peligros arrostrados, y ante la cultura de los
-griegos mostraba una admiración infantil.
-
-Mirrina, durante la cena en que le vió por primera vez, sorprendió
-sus ojos fijos en ella, con la misma expresión de ternura y respeto
-que si mirase á una diosa de imposible posesión. Aquel navegante,
-educado entre bárbaros, en una colonia remota que apenas si guardaba
-vestigios de la madre Grecia, comenzó á interesar á la cortesana más
-que los jóvenes atenienses y los opulentos mercaderes que la rodeaban.
-Trémulo y balbuciente, pidió la limosna de una noche, y la pasó junto
-á ella con más admiración que placer, adorando su regia desnudez,
-enterneciéndose al oir su voz que le adormecía con un cálido arrullo
-maternal, acompañándose con la lira.
-
-Al despertar quiso entregarla una fortuna, el producto de todo su
-cargamento; pero Mirrina, sin saber por qué, se negó á aceptarlo, á
-pesar de sus protestas. Él era rico, no tenía padres; allá lejos,
-en aquel país de bárbaros, poseía inmensos rebaños, centenares de
-esclavos, que cultivaban sus campos ó trabajaban en las minas; grandes
-fábricas de alfarería y muchas naves, como las tres que le aguardaban
-en el Pireo. Y viendo que la cortesana, con sonrisa bondadosa, le
-trataba como á un niño generoso, negándose á aceptar su dinero, compró
-en la calle de los Orfebres un prodigioso collar de perlas que era
-la desesperación de todas las hetarias, y lo envió á Mirrina antes de
-partir.
-
-Después volvió muchas veces. No se decidía á regresar á su país.
-Se hacía á la vela con su flotilla, pero en el primer puerto que
-encontraba, admitía cargamento para Atenas sin fijarse en el precio,
-y apenas tocaba en el Pireo, corría á casa de la cortesana, no
-decidiéndose á partir hasta que sospechaba en Mirrina el hastío de su
-presencia.
-
-La cortesana acabó por acostumbrarse á aquel amante sumiso, siempre
-á sus pies, que deseaba morir por ella, mostrando su adoración con
-un apasionamiento de bárbaro, tan distinto de la escéptica y burlona
-cortesía de los atenienses. Llamábale _hermanito_, y esta palabra, que
-las hetarias usaban con los amantes jóvenes, tomaba poco á poco en
-sus labios un calor de sincero cariño. Cuando tardaba en regresar de
-sus viajes á las islas, ansiaba su presencia, y apenas le veía en la
-puerta, corría á él con los brazos abiertos, en un arranque de alegría
-jamás visto por los otros amigos.
-
-No le amaba como al poeta; pero la sumisión apasionada de Bomaro, su
-amor respetuoso y dócil, tan distinto de los apetitos que inspiraba á
-los demás, despertaban en Mirrina un sentimiento de gratitud.
-
-Una noche, el ibero que parecía preocupado, osó tras muchas
-vacilaciones exponerla su pensamiento.
-
-No podía vivir sin ella; jamás volvería á Zazintho; había resuelto
-perder sus riquezas antes que dejar de verla. Prefería ser descargador
-en el muelle de Faraleo... Y á continuación, como quien toma carrera
-para salvar más pronto el obstáculo, la propuso apresuradamente hacerla
-su esposa, entregarla su fortuna, llevarla allá, al risueño Zazintho,
-de campos floridos y montañas de color de rosa, tan semejantes á las
-del Ática.
-
-Mirrina reía escuchándole; pero en su interior se sentía conmovida
-por la abnegación cariñosa del ibero que, para unirse á ella
-eternamente, saltaba por encima de un pasado vergonzoso en el
-dicterión y el Cerámico. La cortesana resistió con sonrisa burlona
-tales proposiciones; pero Bomaro era tenaz. ¿No estaba cansada de
-aquella vida, de verse agasajada como un objeto de gran precio, pero
-despreciada muchas veces por las gentes groseras que se creían señores
-de ella con sólo presentar su oro? ¿No le gustaba ser una soberana en
-las costas de Iberia, rodeada de un pueblo que admiraría sus talentos
-de ateniense?...
-
-Bomaro la venció con su tenacidad amorosa, y un día las cortesanas
-de Atenas vieron con asombro como era vendida la casa de la calle de
-los Trípodes, y como las esclavas de Mirrina llevaban al puerto las
-riquezas amontonadas en tres años de loca fortuna, depositándolas en
-las naves del ibero, que había puesto en los mástiles sus velas de
-púrpura para un viaje triunfal.
-
-La cortesana, deseando tranquilizar á aquel hombre que tan por completo
-se entregaba á ella, quiso dejar en Atenas todo su pasado. Se propuso
-ser una mujer nueva, olvidar su vergonzoso nombre, y después de hacer
-repetir á Bomaro los nombres más hermosos de las mujeres ibéricas,
-escogió el de Sónnica, por ser el más grato á su oído.
-
-Al llegar á Zazintho, el navegante y la griega se unieron en el
-templo de Diana ante todo el Senado, al que pertenecía el joven. La
-ciudad experimentó los efectos de aquel encanto que parecía emanar
-de la persona de Sónnica. Era como un soplo de la lejana Atenas que
-enloquecía á los comerciantes griegos de Sagunto, embrutecidos por su
-larga permanencia entre bárbaros.
-
-En los banquetes, cuando á la hora de los vinos dulces cantaba ella los
-himnos de los grandes maestros, toda la juventud saguntina del barrio
-griego sentíase impulsada á caer á sus pies, adorándola como una diosa.
-Al año de unión, Bomaro sintió en su fortuna el apoyo de aquella mujer,
-que al cambiar de vida, se interesaba por las cosas materiales, deseosa
-de acallar las murmuraciones de las ciudadanas virtuosas que hablaban
-de su pasado de cortesana dilapidadora.
-
-Vigilaba de lejos los trabajos del campo, los grandes rebaños, las
-fábricas de alfarería; iba á presenciar la llegada de las naves, y la
-enorme fortuna de Bomaro se aumentó, resultando excelentes todos los
-negocios que aconsejaba ella con su voz lenta y armoniosa, tendida bajo
-un bosquecillo de laureles de su jardín y acariciada por el abanico de
-plumas de una esclava.
-
-Bomaro, después de satisfechas sus más vehementes ansias de amor,
-navegaba por las costas de Iberia, tranquilo de la buena marcha de sus
-asuntos y deseando acrecentar aún más aquella fortuna que tan bien
-administraba Sónnica. Ésta se había rodeado de una corte de jóvenes, á
-los que trataba como una maestra: la juventud griega nacida en Sagunto,
-la seguía para aprender los modales y costumbres de Atenas, que eran
-su perpetuo ensueño. Los maldicientes de la ciudad la llamaban Sónnica
-la cortesana, pero la plebe que recibía sus auxilios, y los pequeños
-comerciantes que jamás acudían á ella sin resultado, la titulaban
-Sónnica la rica, y eran capaces de pelearse con los que hablaran mal de
-ella.
-
-Un invierno, á los cuatro años de unión, Bomaro pereció en un naufragio
-cerca de las columnas de Hércules, y Sónnica se vió dueña absoluta de
-una inmensa fortuna y señora de toda una ciudad, sobre la que imperaba
-por su riqueza y su buen corazón. Libertó esclavos en memoria del
-infortunado navegante, envió ofrendas valiosas á todos los templos
-de Sagunto, alzó en la Acrópolis un monumento funerario en memoria
-de Bomaro, haciendo venir para ello marmolistas de Atenas. Con sus
-liberalidades se hizo perdonar su origen, logrando que la ciudad,
-huraña y de costumbres austeras, tolerase su vida alegre y desenfadada,
-que era una resurrección de las costumbres atenienses en medio de la
-sobriedad ibérica.
-
-Pasado el luto de la viudez, dió cenas en su casa de campo, que duraron
-hasta el alba; hizo venir del Ática famosas _aulétridas_ que con las
-flautas enloquecían á la juventud saguntina; sus naves emprendían
-viajes sin más objeto comercial que traerla raros perfumes del Asia,
-telas de Egipto y caprichosos adornos de Cartago; y su fama se extendió
-tanto tierra adentro, que algunos reyecillos de la Celtiberia llegaban
-á Sagunto con el deseo de conocer aquella mujer asombrosa, sabia como
-un sacerdote y hermosa como una deidad. Los griegos admirábanla, viendo
-acrecerse con ella la influencia de su raza sobre los primitivos
-saguntinos, que la elogiaban por su desinterés. Y así vivía: sin
-entrar en su casa otras mujeres que las esclavas, flautistas y
-danzarinas; rodeada de hombres que la deseaban, pero sin entregarse á
-ninguno de ellos; tratándolos con una franqueza varonil, permitiéndose
-enloquecedoras intimidades, pero sin llegar nunca á la regia limosna
-de su cuerpo; y pensando siempre en Atenas, la ciudad luminosa que
-guardaba su pasado, y cuyas costumbres intentaba resucitar.
-
-Eufobias el filósofo, al llegar á este punto de su relación, afirmaba
-con gran energía la pureza de Sónnica. Á pesar de lo que dijeran las
-griegas del barrio de los mercaderes, Sónnica no tenía amantes: lo
-afirmaba él, que era la peor lengua de la ciudad. Varias veces se había
-sentido inclinada hacia alguno de sus comensales. Alorco, el hijo de un
-reyecillo de la Celtiberia que vivía en Sagunto y frecuentaba mucho su
-casa, había causado en ella alguna impresión con su belleza varonil y
-fiera de hijo de las montañas. Pero en el momento decisivo retrocedía
-Sónnica, como quien teme descender y confundirse con una raza inferior.
-El recuerdo del Ática ocupaba por completo su imaginación. Si
-hubiese abordado á aquellas costas algún joven ateniense, bello como
-Alcibíades, cantando versos, modelando estatuas y mostrando habilidades
-y destrezas como en los Juegos Olímpicos, tal vez hubiera caído en
-sus brazos; pero su castidad continuaba segura entre los celtíberos
-arrogantes que iban á todas las fiestas oliendo á caballo y con la
-espada en el flanco, ó los afeminados hijos de comerciantes, rizados,
-chorreando perfumes y acariciando á los pequeños esclavos que les
-acompañaban en el baño.
-
---Tú, ateniense --continuó el filósofo-- debes presentarte á
-Sónnica; te recibirá bien... No eres un efebo --continuó sonriendo
-burlonamente--; te blanquea la barba, pero tienes en tu figura la
-arrogancia de un rey de la _Iliada_, en la frente algo de la majestad
-de Sócrates; y ¿quién sabe si podrás ser el heredero de las riquezas de
-Bomaro? Si esto llega, no olvides al pobre filósofo; me contento con un
-odre de vino de Laurona, ya que ahora me condenas á la sed.
-
-Y Eufobias reía, golpeando á Acteón en los hombros.
-
---Estoy invitado al banquete de Sónnica esta noche --dijo el griego.
-
---¡Tú también!... Allí nos veremos. Á mí no me invitan, pero entro con
-el mismo derecho que un perro de la casa.
-
-El filósofo vió pasar por el centro del Foro á Alco, el pacífico
-ciudadano, que bajaba de la Acrópolis.
-
---Ése es uno de los pocos buenos que hay aquí. Me ensalza la virtud, me
-aconseja que trabaje olvidando la filosofía y encima me da siempre para
-beber. Hasta la noche, extranjero.
-
-Y corrió hacia Alco que, apoyado en su báculo, le veía venir con
-bondadosa sonrisa.
-
-Acteón, viéndose solo otra vez, vagó por el centro del mercado. De
-pronto oyó á su espalda una voz infantil que le llamaba. Era Ranto,
-sentada en el suelo entre los cántaros de leche ya vacíos, vendiendo
-sus últimos quesos. Junto á ella estaba en cuclillas el pequeño
-alfarero. Comían una galleta dura con unas cebollas frescas y jugosas
-y se disputaban cariñosamente los bocados entre grandes risas. La
-pastorcilla ofreció á Acteón un pedazo de queso y una torta y el griego
-aceptó con el reconocimiento del hambre. Parecía que era su destino
-recibir en Sagunto el sustento de manos femeninas. Dos veces le habían
-socorrido las mujeres desde que desembarcó.
-
-Sentado entre los dos adolescentes, veía poco á poco despoblarse el
-mercado. Los pastores picaban sus rebaños hacia la puerta del Mar; los
-jefes celtíberos, llevando sus mujeres á la grupa de los caballos,
-emprendían el galope con el deseo de verse pronto en las aldeas de la
-montaña, y las carretas vacías rodaban perezosamente hacia los vicos y
-torres del agro saguntino.
-
-Acteón vió de nuevo al pastor celtíbero bajo los pórticos, yendo
-de grupo en grupo como un rústico torpe, enterándose de todas las
-conversaciones. Al pasar por cerca del griego le miró con aquellos ojos
-enigmáticos que despertaban en él un recuerdo indeterminado.
-
-De repente el pequeño alfarero se levantó y echó á correr, ocultándose
-tras la columnata del Foro.
-
---Es que ha visto á su padre --dijo Ranto con tranquilidad--. Por allí
-llega Mopso: baja de la Acrópolis.
-
-Acteón salió al encuentro del arquero.
-
---Ha bastado mi palabra para que te admitiese el Senado. La ciudad
-necesitará pronto buenos soldados como tú. Los ancianos mostrábanse
-algo alarmados esta mañana. Temen á Hanníbal, ese lobezno de Hamílcar,
-que acaudilla ahora los cartagineses y no llevará con calma nuestra
-amistad con los romanos y el castigo de los aliados que tenía aquí...
-Toma: esto es el adelanto que te hace la República.
-
-Y entregó á Acteón un puñado de monedas que el griego guardó en su
-bolsa. Después quiso llevarle á su casa: conocería á sus hijos, comería
-con ellos; pero el ateniense no aceptó, alegando su invitación al
-banquete de Sónnica.
-
-Al alejarse el arquero, Acteón sintió el tormento de la sed, y
-recordando las recomendaciones del filósofo, entró en la casa de aquel
-romano cuyo vino de Laurona tanto entusiasmo inspiraba á Eufobias.
-Cambió en el mostrador un victoriato y le dieron una pátera de barro
-rojo en forma de barca llena de un vino negro coronado de brillantes
-burbujas. Dos soldados bebían en un rincón de la taberna; dos rudos
-mercenarios, con caras de bandidos. El uno era un ibero; el otro,
-de tez tostada y formas atléticas, parecía un libio, y sus mejillas,
-encallecidas por el casco, así como el cuello y los brazos, surcados
-por cicatrices, delataban al guerrero á sueldo que peleaba con
-indiferencia desde la niñez, lo mismo al servicio de un pueblo que al
-del contrario.
-
---Yo estoy al servicio de Sagunto --decía el libio--. Estos mercaderes
-pagan mejor que los de Cartago. Pero créeme, aunque satisfecho
-de servir á este pueblo, reconozco que se mete en mala aventura
-disgustando á Hanníbal. Mucho vale Roma: pero Roma está lejos, y
-ese cachorro de león se despereza á pocas jornadas de aquí. Hay que
-conocerlo, haberlo visto desde niño como yo, cuando militaba á las
-órdenes de su padre Hamílcar. Corre como una yegua, lo mismo combate
-á pie que á caballo, come lo que hay ó no come; va vestido como un
-esclavo; todo su lujo está en las armas; duerme en el suelo, y muchas
-veces, al amanecer, lo encontraba su padre tendido entre los centinelas
-del campamento. No quiere que le cuenten nada: necesita verlo todo por
-sus propios ojos, mezclarse con los enemigos para estudiar de cerca
-su punto flaco. Muchas veces, Hasdrúbal, el marido de su hermana, se
-asombraba al ver entrar en su tienda á un viejo mendigo, y reía á
-carcajadas contemplando cómo se arrancaba Hanníbal la peluca y los
-harapos, bajo los cuales había pasado algunas horas entre los enemigos.
-
-Acteón salió de la taberna apresuradamente al ver que Ranto, después
-de entregar sus cántaros á un esclavo que los cargaba en su carreta,
-emprendía la marcha hacia la quinta de Sónnica.
-
---Iré contigo, pequeña. Me servirás de guía hasta la casa de tu señora.
-
-Comenzaba á descender el sol. La luz de la tarde doraba el follaje del
-agro, dando á las hojas de las vides una transparencia de ámbar. En los
-caminos de la campiña, sonaban las esquilas del ganado, el chirrido de
-las carretas y el canto soñoliento de los rústicos que volvían de la
-ciudad.
-
-Llegaron á la quinta de Sónnica, grande como un pueblo. Pasaron
-primeramente ante las viviendas de los esclavos, en cuyas puertas se
-agitaba un enjambre de niños desnudos de grueso abdomen y ombligo
-saliente como un botón. Después, las cuadras, de las cuales salía un
-vaho ardoroso cargado de mujidos y relinchos; los trojes, los graneros,
-la casa del intendente, los calabozos para los esclavos rebeldes con
-sus respiraderos al ras del suelo; el palomar, alta torre de ladrillos
-rojos, en torno de la cual aleteaba una nube de plumas blancas con
-incesantes arrullos; las chozas grandes de paja que servían de albergue
-á centenares de gallinas, y tras esta serie de edificios, la quinta de
-recreo, la vivienda de Sónnica, de la que se hablaba con admiración
-hasta en las más remotas tribus de la Celtiberia; rodeada de cipreses y
-laureles, circuida por muros cubiertos de retorcidas parras, y asomando
-por encima de la gran masa de follaje, sus paredes de color de rosa con
-columnatas y frisos de mármol azul y la terraza coronada por estatuas
-polícromas, cuyos ojos de esmalte brillaban al sol como piedras
-preciosas.
-
-Acteón caminaba silencioso y preocupado. Desde hacía media hora que
-Ranto le hablaba sin obtener contestación.
-
---Mira, extranjero: todos los campos que alcanza la vista, son de
-Sónnica.
-
---Contempla, griego, cuántas gallinas. Casi todos los huevos que
-consume la ciudad son de aquí.
-
-Acteón no se fijaba en las indicaciones de la pastorcilla; pero cuando
-ésta llamó en la puerta del jardín, y al eco del címbalo contestó en el
-interior un ladrido de perros y el extraño chillido de ocultas aves,
-el griego se dió un golpe en la frente, cual si acabara de hacer un
-descubrimiento.
-
---Ya sé quien es --dijo como si surgiera de un sueño.
-
---¿Quién? --preguntó asombrada la joven.
-
---Nadie --contestó con la frialdad del que teme haber dicho demasiado.
-
-Pero en su interior, estaba satisfecho del descubrimiento. Recordando
-las palabras del mercenario libio en la taberna, había resurgido en su
-memoria la figura de aquel pastor celtíbero tan enigmático. De repente,
-se había hecho la luz en su pensamiento.
-
-Ya sabía quién era. Por algo le habían impresionado desde el primer
-momento las miradas de aquel desconocido; los ojos, que no cambian
-nunca en el rostro por años que transcurran. Aquellos ojos los había
-visto muchas veces en su niñez, cuando su padre hacía la guerra en
-Sicilia con Hamílcar y él se educaba en Cartago.
-
-El pastor era Hanníbal.
-
-
-
-
-III
-
-Las danzarinas de Gades
-
-
-Dos horas después del mediodía despertó Sónnica. Los oblicuos rayos del
-sol se filtraban entre las varillas doradas de la ventana, cubiertas
-por el follaje de las parras. Su luz coloreaba los vivos estucos que
-servían de marco á las escenas de los Juegos Olímpicos pintadas en el
-muro y las columnillas de mármol rosa que adornaban la puerta.
-
-La hermosa griega arrojó al suelo las cubiertas de blanco lino de
-Sétabis, y su primera mirada al despertar fué para su desnudez,
-siguiendo con ojos cariñosos todos los contornos de su cuerpo, desde
-el seno hinchado por redondeces armoniosas, hasta el extremo de sus
-sonrosados pies.
-
-La cabellera opulenta, perfumada y de sedosos bucles descendiendo
-á lo largo de su cuerpo, la envolvía como un regio manto de oro,
-acariciándola desde la nuca á las rodillas con un suave beso. La
-antigua cortesana, al despertar, admiraba su cuerpo con la adoración
-que habían infundido en ella los elogios de los artistas de Atenas.
-
-Aún era joven y hermosa; aún podía hacer temblar de emoción á los
-hombres al terminar un banquete, mostrándose sobre la mesa desnuda como
-Friné. Sus manos, ávidas de embriagarse con el tacto de su hermosura,
-acariciaban la redonda y firme garganta; los globos de nácar terminados
-por un sutil pétalo de rosa, apreciando su firme elasticidad, y la
-tortuosa red de venillas azules que se dibujaban débilmente bajo la
-satinada epidermis; y después bajaban y bajaban rozando las profundas
-entradas del talle, las fuertes caderas, el vientre de curva suave,
-semejante á la de una crátera, y las piernas, cuya armoniosa redondez
-era comparada en otros tiempos con la trompa del elefante por los
-mercaderes asiáticos que la visitaban en Atenas.
-
-El amor había pasado sobre ella su lengua de fuego sin consumirla;
-había vivido en medio de sus ardores fría, insensible y blanca como la
-estatua de mármol bajo el resplandor del sol. Y al verse joven aún,
-hermosa y con una frescura de virgen, sonreía satisfecha de sí misma,
-contenta de la vida.
-
---¡Odacis!... ¡Odacis!
-
-Al eco de su voz entró una esclava celtíbera, alta, enjuta, fuerte, á
-la que apreciaba mucho la griega por la suavidad con que peinaba sus
-cabellos.
-
-Apoyándose en sus hombros se incorporó sonriente y saltó del lecho para
-entrar en el baño.
-
-Su desnudez se envolvía en la cabellera como en un transparente velo de
-oro. Al posar sus pies desnudos sobre el pavimento que representaba el
-juicio de Paris, la frialdad del mosaico la hacía reir con agradable
-cosquilleo y su risa marcaba suaves hoyuelos en las mejillas, y por
-acción refleja hacía estremecer con suave ondulación las curvas de su
-dorso.
-
-Descendió tres escalones y se arrojó en la piscina de jaspe, moviendo
-los brazos, que hacían saltar el agua en diminutas perlas. Su cuerpo,
-al través del agua verdosa, tomaba una trasparencia ideal, un brillo de
-aparición fantástica, moviéndose de un lado á otro como una sirena de
-espaldas de nácar con la cabellera flotante.
-
---¿Quién ha venido, Odacis? --preguntó tendiéndose en el fondo de la
-bañera.
-
---Han venido las mujeres de Gades que bailarán esta noche. Polyantho
-las ha alojado junto á las cocinas.
-
---¿Y quién más?...
-
---Hace un momento llegó el extranjero de Atenas que encontraste esta
-mañana en el templo de Afrodita. Le he hecho entrar en la biblioteca y
-no he olvidado ninguno de los deberes de la hospitalidad. Ahora acaba
-de salir del baño.
-
-Sónnica sonreía pensando en el encuentro de por la mañana. Había
-dormido mal. Lo atribuía á la noche en vela pasada con sus amigos en
-la terraza de la quinta; al caprichoso viaje al puerto antes de la
-salida del sol; pero pensaba con cierta confusión en lo impresa que
-había quedado en su memoria la figura del ateniense, hasta el punto de
-que varias veces se le apareció durante su sueño. Sin saber por qué,
-asociaba la figura de Acteón á la de Zeus cuando en forma mortal bajaba
-á la tierra en busca del amor humano.
-
-En sus ratos de fastidio, cuando en Atenas acogía con repugnancia las
-caricias vendidas por montones de oro, la acometía el vago deseo de ser
-amada por un dios. Pensaba en Leda, en Psiquis, hasta en el afeminado
-Ganímedes, amados por los huéspedes del Olimpo, y se enfurecía ante
-la imposibilidad de encontrar un dios que la poseyera en un bosque
-misterioso ó al borde de uno de esos caminos á cuyo final está lo
-desconocido. Quería contemplar su imagen en el fondo de unos ojos
-animados por el resplandor de lo infinito; besar una boca que sirviese
-de puerta á la suprema sabiduría; sentirse esclava entre unos brazos
-que tuviesen la inmensa fuerza de la omnipotencia. Había gustado
-una pequeña parte de este placer amando á su poeta, majestuoso y
-sublime en algunos instantes como un ser divino; pero la simplicidad
-de la adolescencia no le dejó paladear este placer, y ahora, en el
-refinamiento de su madurez, sólo encontraba hombres como los que había
-conocido en Atenas, rudos y brutales unos, afeminados y burlones otros,
-sin la belleza severa y soberana que admiraba en las estatuas.
-
-Salió del baño suspirando con infantiles y graciosos estremecimientos,
-mientras su cabellera esparcía una menuda lluvia á cada paso.
-
-Odacis llamó y entraron tres esclavas, que eran las que la ayudaban en
-el tocado de su señora, las _tractatrices_ encargadas del masaje de su
-cuerpo.
-
-Sónnica se dejó manejar por las tres mujeres, que la frotaron con
-fuerza, estirando sus miembros para darles ligereza y soltura. Después
-se sentó en una silla de marfil, apoyando sus codos sonrosados en los
-delfines que formaban los brazos del asiento, y en esta posición,
-erguida é inmóvil, esperó que las esclavas procediesen á su tocado.
-
-Una que era casi una niña, envuelta en una tela de anchas rayas, se
-arrodilló en el suelo, sosteniendo un gran espejo de bronce cincelado,
-en el cual se contemplaba Sónnica hasta más abajo del talle. Otra
-rebuscó en las mesas de mármol los objetos de tocador, alineándolos, y
-Odacis comenzó á alisar con peines de marfil la espléndida cabellera
-de su señora. Mientras tanto la otra esclava se aproximaba con una
-pátera de bronce llena de pasta gris. Era la harina de habas usada por
-las elegantes de Atenas para conservar tersa y tirante la piel. Untó
-con ella las mejillas de la griega y después los salientes pechos,
-el vientre, los flancos y las rodillas, dejando casi todo su cuerpo
-envuelto en una capa grasienta y lustrosa. En los sitios donde crece el
-vello puso algo de _dropax_, pasta depilatoria compuesta de vinagre y
-tierra de Chipre.
-
-Sónnica asistía impasible á estos preparativos de su _toilette_, que la
-afeaban momentáneamente para hacerla renacer todos los días más hermosa.
-
-Odacis seguía peinándola. Agarraba la espléndida cabellera, perdiéndose
-sus dos manos en aquella cascada brillante; la retorcía dulcemente,
-enroscándola á sus brazos como una enorme serpiente de oro; volvía á
-esparcirla, separándola mechón por mechón para que se secase, y tornaba
-amorosamente á alisarla con los peines de marfil apilados en una mesa
-inmediata, verdaderos prodigios de arte con púas finísimas y su parte
-superior cincelada, representando escenas de los bosques, ninfas
-arrogantes persiguiendo ciervos, y sátiros hediondos dando caza á las
-beldades desnudas.
-
-La peinadora, después de secar la cabellera, procedió á teñirla. Con
-una pequeña ánfora rematada por largo pico, la humedeció con una
-disolución de azafrán y goma de Arabia, y abriendo una arquilla llena
-de polvo de oro, fué espolvoreando la sedosa y enorme madeja, que tomó
-la brillantez de los rayos del sol. Después, enroscando los mechones de
-las sienes á un molde de hierro puesto en un braserillo, fué formando
-apretados rizos que cubrieron la frente de la griega hasta cerca de
-los ojos; recogió la masa de cabellos sobre la nuca, sujetándolos con
-una cinta roja entrelazada fuertemente, y rizó el vértice del peinado,
-imitando las ondulantes llamas de una antorcha.
-
-Sónnica se levantó. Dos de las esclavas aproximaron una pesada ánfora
-de barro llena de leche, y con una esponja lavaron el cuerpo de su
-señora cerca de la piscina, limpiándola de la pasta de habas. La tersa
-blancura de su piel volvió á salir á luz más fresca y jugosa.
-
-Odacis, con unas pinzas de plata en la mano, vigilaba el cuerpo de su
-señora, con la atención y el ceño fruncido del artista que prepara
-una grande obra. Era la encargada de la depilación; su mano ligera
-merecía elogios por la suavidad con que arrancaba el vello y perseguía
-obstinadamente por todos los contornos entrantes y salientes del cuerpo
-el más ligero musgo para hacerlo desaparecer. Sus pinzas arrancaron
-algunas briznas finísimas que comenzaban á surgir bajo la dulce curva
-del vientre, allí donde la naturaleza tendía á cubrirse de obscura y
-aterciopelada vegetación, destruída implacablemente por la costumbre
-griega de imitar la tersa limpieza de las estatuas.
-
-Volvió á sentarse Sónnica en la silla de marfil y comenzó el arreglo
-del rostro. En la inmediata mesilla alineábase un verdadero ejército de
-frascos de vidrio, vasos de alabastro, botes de bronce y plata, cajitas
-de marfil y oro, todo cincelado, brillante, cubierto de delicadas
-figurillas, adornado de piedras preciosas, conteniendo esencias
-egipcias y hebreas, aromas de Arabia, perfumes y afeites embriagadores
-traídos por las caravanas del interior del Asia á los puertos fenicios,
-trasladados de allí á Grecia ó á Cartago, y comprados para Sónnica por
-los pilotos de sus barcos en las arriesgadas correrías comerciales.
-
-Odacis la pintó el rostro de blanco, y después, mojando un pequeño
-estilete de madera en esencia de rosas, lo hundió en un bote de bronce
-adornado con guirnaldas de loto y lleno de un polvo negro. Era el
-_kohol_ que los mercaderes egipcios vendían á un precio fabuloso. La
-esclava aplicó la punta del estilete á los párpados de la griega,
-tiñéndolos de un negro intenso y trazando una fina línea en el vértice
-de los ojos, que dió á éstos más grandeza y dulzura.
-
-El tocado llegaba á su fin. Las esclavas abrían los innumerables
-frascos y vasos alineados sobre el mármol, y por el ambiente de la
-habitación se esparcían confundidos los costosos perfumes; el nardo de
-Sicilia, el incienso y la mirra de Judea, el áloe de la India, y el
-comino de Grecia. Odacis cogió una pequeña ánfora de vidrio incrustada
-de oro con un tapón cónico terminado por fina punta que servía para
-depositar sobre los ojos el antimonio que aviva la mirada, y después de
-terminar la operación, ofreció á su señora las tres unturas para dar
-color á la piel en diferente gradación: el minium, el carmín y el rojo
-egipcio extraído de los residuos del cocodrilo.
-
-Delicadamente, la esclava fué coloreando con un fino pincel el cuerpo
-de su señora. Trazó una nubecilla de pálido arrebol en las mejillas y
-las diminutas orejas; marcó dos manchas como pétalos de rosa en los
-agudos y titilantes extremos de los pechos; acarició con su pincel
-el botón de la vida, que se marcaba con depresión ligera en medio de
-la tersa suavidad del vientre, y poniéndose tras de Sónnica, coloreó
-sus codos y los hoyuelos que se marcaban más abajo del talle, en las
-protuberancias de armoniosa redondez. Luego, con rojo egipcio, fué
-tiñéndole una por una las uñas de los pies y las manos, y otra esclava
-le calzó unas sandalias blancas con suela de papirus y broches de
-oro. Caían los perfumes sobre ella, cada uno en distinta parte del
-cuerpo, para que éste fuese como un mazo de flores, en el que se
-confundían diferentes aromas. Odacis la presentó el cofrecillo de las
-joyas, dentro del cual temblaban las piedras preciosas como peces
-inquietos y deslumbrantes. Los afilados dedos de la griega, revolvieron
-con indiferencia el montón de collares, sortijas y pendientes que,
-como todas las joyas griegas, eran más preciosos por el trabajo de
-los artistas, que por la riqueza de las materias. Las escenas de
-los grandes poemas aparecían reproducidas casi microscópicamente en
-camafeos de cornalina, ónix y ágata, y las esmeraldas, topacios y
-amatistas, estaban adornadas con puros perfiles de diosas y héroes.
-
-Sobre el desnudo pecho de Sónnica se enroscó un collar de piedras de
-complicadas vueltas; los dedos de sus manos se cubrieron de sortijas
-hasta las uñas, y la blancura de sus brazos pareció más diáfana,
-cortada á trechos por el brillo de anchos brazaletes de oro. Para dar
-más expresión al rostro, Odacis adornó á su señora con algunos ligeros
-lunares, y después comenzó á anudar en torno de su cuerpo la _fascia_,
-el corsé de la época, una ancha faja de lana que sostenía los globos
-del pecho para que conservasen su saliente rigidez sin deformarse por
-el peso. Sónnica, contemplándose en el pulido bronce, sonreía á su
-imagen desnuda y hermosa como una Venus en reposo.
-
---¿Qué traje, señora? --preguntó Odacis--. ¿Quieres la túnica de
-flores de oro que te trajeron de Creta, ó los velos de _kalasiris_,
-transparentes como el aire, que mandaste comprar en Alejandría?...
-
-Sónnica no llegaba á decidirse: escogería en el vestuario. Y con
-toda la majestad de su hermosa desnudez, haciendo crujir á cada paso
-el papirus de las sandalias, salió de su dormitorio seguida de las
-esclavas.
-
-Mientras tanto Acteón esperaba en la biblioteca. Había visto grandes
-palacios en sus correrías por el mundo, había contemplado --dos años
-antes del terremoto que le arruinó-- el célebre coloso de Rhodas;
-conocía el Seraphion y la tumba del gran conquistador en Alejandría;
-estaba habituado á la riqueza y al fausto y, sin embargo, no podía
-ocultar la sorpresa que le producía aquella casa griega en un país
-bárbaro, más lujosa y artística que la de los ciudadanos ricos de
-Atenas.
-
-Guiado por un esclavo y dejando atrás el jardín con sus follajes
-rumorosos y sus gritos de pájaros exóticos, había pasado por la
-columnata que daba entrada á la quinta. Primero el _prothyrum_ con su
-zócalo de mosaico, en el que se veían pintados feroces perros negros
-con el ojo de fuego y abierta la rabiosa y babeante boca, erizada de
-colmillos.
-
-Sobre la puerta estaba clavada una rama de laurel junto á una lámpara
-en honor de los dioses tutelares de la casa. Después del _prothyrum_,
-algo lóbrego, se abría á cielo abierto como un pulmón del edificio,
-el atrio con sus cuatro filas de columnas sosteniendo la techumbre y
-formando otros tantos claustros, en los cuales se alineaban las puertas
-de las habitaciones con sus tres cuadros ribeteados por clavos de
-gruesa cabeza.
-
-En el centro del atrio abríase el _impluvium_, balsa rectangular de
-mármol para recoger las aguas de la techumbre, depositándolas en la
-cisterna. Entre las columnas erguíanse sobre sus pedestales grandes
-vasos de barro rojo cubiertos de flores; cuatro mesas de mármol
-sostenidas por leones alados bordeaban el _impluvium_; y junto á éste
-alzábase una estatuilla del Amor que en días de fiesta servía de
-surtidor de agua.
-
-Acteón admiró la esbelta robustez de las columnas, labradas en mármol
-azul, lo mismo que los zócalos de las galerías, lo que daba á la luz
-del atrio una vaguedad difusa, como si el edificio estuviese sumergido
-en el mar.
-
-Después el introductor le había entregado á Odacis, la esclava
-favorita, y ésta le había hecho pasar al _peristylium_, un segundo
-patio mucho más grande que el atrio y que por su decoración polícroma
-asombró al griego. Las columnas estaban pintadas de rojo en su parte
-baja, y después este color se mezclaba con el azul y el oro en las
-estrías y capiteles, esparciéndose por el artesonado del techo que
-cubría los pórticos. En la parte descubierta del peristilo abríase
-en el suelo una piscina profunda de aguas transparentes, por las que
-pasaban los peces como relámpagos de oro. En torno de ella, bancos
-de mármol sostenidos por hermes; mesas sustentadas por delfines
-de retorcida cola; macizos de rosas, entre cuyo follaje asomaban
-estatuillas blancas ó de barro cocido en voluptuosas posiciones;
-y cubriendo las paredes del peristilo, entre las puertas de las
-habitaciones, grandes pinturas de artistas griegos: Orfeo con su pesada
-lira, desnudo y con el gorro de Frigia, rodeado de leones y panteras
-que escuchaban sus cantos con la cabeza humillada y ahogando el rugido;
-Venus surgiendo de las espumas; Adonis dejándose curar por la madre del
-Amor, y otras escenas loando la fuerza del arte y la belleza.
-
-Acteón vió junto á él dos esclavos jóvenes que le condujeron al baño, y
-al salir de éste encontró de nuevo á Odacis, que le hizo entrar en la
-biblioteca, situada en el fondo del peristilo.
-
-Era una gran habitación con pavimento de mosaico, que representaba
-el triunfo de Baco. El joven dios, hermoso como una mujer, desnudo y
-coronado de pámpanos y rosas, cabalgaba sobre una pantera, tremolando
-el tirso. Las pinturas de las paredes eran pasajes famosos de la
-_Iliada_. Alineados sobre tablas estaban los libros más voluminosos, y
-los pequeños formaban haces, metidos en estrechos cestos de mimbres con
-forro interior de lana.
-
-Acteón admiró la riqueza de la biblioteca, al contar más de cien
-libros. Representaban una verdadera fortuna. Los navegantes recibían
-de Sónnica el encargo de traerla cuantas obras notables encontraban
-en sus viajes, y los libreros de Atenas la remitían los libros de
-entretenimiento más famosos que alcanzaban boga en su ciudad. Eran
-todos de papirus con las bandas arrolladas en torno del _umbilicus_,
-cilindro de madera ó de hueso artísticamente tallado en sus extremos.
-Sus hojas, escritas sólo por una cara, estaban impregnadas en la
-otra de aceite de cedro para preservarlas de la polilla, y sobre la
-envoltura superior, pintada de púrpura, brillaban con letras de minio
-y oro el título de la obra, el nombre del autor y el índice de las
-materias. La copia de aquellos libros representaba la vida de muchos
-hombres; una suma de trabajo adquirida á costa de grandes cantidades;
-y el griego, con el respeto de su raza ante la sabiduría y el arte,
-creíase en el silencio de la biblioteca rodeado por las sombras
-augustas de tantos grandes hombres, y su mirada respetuosa iba del
-Homero en viejo papirus, deslucido por los años, y las obras de Thales
-y Pitágoras, á los poetas contemporáneos, Theócrito y Calímaco, cuyos
-volúmenes estaban desarrollados, delatando una reciente lectura.
-
-Acteón oyó un ligero crujido de sandalias en el peristilo, y el cuadro
-de oro pálido que formaba en el suelo la luz del patio al través de
-la puerta, se obscureció con la sombra de una persona. Era Sónnica,
-vestida con una sutil túnica blanca. La luz que quedaba á sus espaldas
-marcaba los contornos adorables del cuerpo en la nube diáfana del
-vestido.
-
---Bienvenido seas, ateniense --dijo con una entonación estudiada y
-armoniosa--. Los que llegan de allá son siempre los señores en mi casa.
-El banquete de esta noche será en tu honor, pues nadie como un hijo de
-Atenas puede ser rey de la mesa y conducir las conversaciones.
-
-Acteón, algo conmovido por la presencia de una mujer hermosa envuelta
-en embriagadores perfumes, comenzó á hablar de la casa, del asombro
-que le había producido su magnificencia en aquel país bárbaro y de la
-admiración que su dueña gozaba en la ciudad. Todos le habían hablado de
-Sónnica la rica.
-
---Sí, me quieren; mas algunas veces me censuran. Pero hablemos de tí,
-Acteón: cuéntame quién eres; tu vida debe ser interesante como la del
-viejo Ulises. Dime antes lo que hay de nuevo en Atenas.
-
-Y por largo rato se desarrolló una charla incesante entre los dos
-griegos; ella queriendo saber qué cortesanas eran las que triunfaban
-en el Cerámico é imponían las modas; alegre, satisfecha de recordar su
-pasado, rejuvenecida y olvidada de su majestuosa opulencia de Sagunto,
-como si aún estuviera en la casa de la calle de los Trípodes y Acteón
-fuese uno de los artistas pobres que la visitaban por la tarde para
-hablar con intimidad de camaradas de las cosas de la ciudad. Reía
-al escuchar las últimas agudezas de los desocupados del Ágora, la
-cancioncilla en boga un año antes, cuando Acteón salió de Atenas; y con
-el ceño fruncido y una gravedad de diosa se enteraba minuciosamente de
-las postreras variaciones en el traje y el peinado de las hetarias más
-célebres.
-
-Satisfecha su curiosidad de ateniense desterrada, quiso penetrar en
-la azarosa vida de su huésped, y Acteón hizo el relato con sencillez.
-Nacido en Atenas, había sido trasladado á Cartago á los doce años. Su
-padre, al servicio de la república africana, guerreaba con Hamílcar
-en Sicilia. Un mismo esclavo cuidaba en una aldea del interior al
-hijo del mercenario griego y á un cachorro de Hamílcar que sólo
-tenía cuatro años. Era Hanníbal. El ateniense recordaba los golpes
-que había dado muchas veces á aquella pequeña fiera á cambio de los
-mordiscos con que el africano le sorprendía en medio de los juegos.
-Estalló la sublevación de los mercenarios con todos los horrores
-que la convirtieron en la _guerra inexorable_, y su padre, que
-había permanecido fiel á Cartago y no quiso tomar las armas con sus
-compañeros, fué á pesar de esto crucificado por el populacho cartaginés
-que, olvidando sus heridas por la República, sólo vió en él, al
-extranjero, al amigo de Hamílcar, odiado por los partidarios de Hanón.
-El hijo se salvó milagrosamente de las sangrientas represalias, y el
-fiel esclavo de Hamílcar lo embarcó para Atenas.
-
-Allí, bajo la protección de unos parientes, recibió la educación de
-todos los jóvenes griegos. Conquistó premios del Gimnasio, en la lucha
-atlética, la carrera y el juego del disco; aprendió á montar caballos
-sin freno, sin más que apoyar el extremo del pie en una muesca de la
-lanza; para templar la rudeza de esta educación, le enseñaron á tañer
-la lira y cantar los versos en diversos estilos, y al verse fuerte
-de cuerpo y sano de inteligencia, fué enviado como todos los jóvenes
-atenienses á hacer su aprendizaje militar en las guarniciones de la
-frontera.
-
-Le aburría la pasividad de esta existencia; era pobre y amaba los
-placeres; la sangre de sus antepasados, todos soldados de aventura,
-bullía en su cuerpo, y huyó del Ática para encargarse de una pesquería
-en el Ponto-Euxino. Después fué navegante, comerció por mar y por
-tierra; sus caravanas se internaron en el Asia, al través de tribus
-belicosas y pueblos que vivían en la molicie de una civilización
-remota y decadente. Fué personaje poderoso en la corte de algunos
-tiranos, que le admiraban al verle beber de golpe una ánfora de vino
-perfumado y vencer en el pugilato á los gigantes de la guardia con su
-ágil destreza de ateniense; y cargado de riquezas levantó un palacio en
-Rhodas junto al mar y dió fiestas que duraron tres días con sus noches.
-El terremoto que derribó al coloso, acabó con su fortuna; se hundieron
-sus naves, desaparecieron bajo las olas sus almacenes llenos de
-mercancías, y comenzó de nuevo la peregrinación por el mundo; en unos
-sitios maestro de canto, en otros, educador militar de la juventud,
-hasta que atraído por la guerra de Esparta, se alistó en el ejército de
-Cleomenes, el último héroe griego, acompañándolo en el momento en que,
-vencido, se embarcó para Alejandría. Pobre, sin ilusiones, convencido
-de que la riqueza no volvería á él, triste al ver que todo el mundo lo
-llenaban los nombres de Cartago y Roma, hundiéndose el de Grecia en
-el olvido, había venido á refugiarse en Sagunto, la pequeña República
-casi desconocida, en busca de pan y de paz, hasta que llegase su última
-hora. Tal vez en aquel retiro, si no lo estorbaba la guerra, escribiría
-la historia de sus viajes.
-
-Sónnica seguía su relato con interés, fijando en Acteón una mirada de
-simpatía.
-
---Y tú que has sido un héroe y un potentado ¿vas á servir á esta
-ciudad como simple mercenario?
-
---Mopso el arquero me ha prometido distinguirme entre las tropas.
-
---No basta eso, Acteón. Tendrías que vivir como los demás soldados;
-pasar tu vida en las tabernas del Foro, dormir en las gradas del templo
-de Hércules. No: tú tienes aquí tu casa; te protege Sónnica.
-
-Y en sus ojos brillantes, agrandados por el círculo obscuro, se leía
-una piedad amorosa que tenía algo de maternal.
-
-El ateniense la contemplaba con admiración, erguida en su asiento como
-una nube blanca, en la penumbra de la biblioteca que, como todas las
-habitaciones griegas, no tenía más luz que la que entraba por la puerta.
-
---Salgamos al jardín, Acteón. La tarde es dulce y podremos creernos por
-un instante en los bosquecillos de la Academia.
-
-Salieron de la casa y comenzaron á pasear por una tortuosa avenida
-orlada de altos laureles, sobre los cuales asomaban las ramas de los
-plátanos, regados con vino para acelerar su crecimiento. En la terraza
-de la quinta dos pavos lanzaban sus estridentes graznidos y daban
-vueltas en el filo de la balaustrada, extendiendo las majestuosas colas.
-
-Acteón, al contemplar á la luz del sol á su hermosa protectora, sintió
-correr por el cuerpo un estremecimiento de deseo. Llevaba por todo
-vestido un _xitón_ griego, una túnica abierta, sujeta por un broche
-de metal en los hombros y ceñida al talle por un cinturón dorado. Los
-brazos surgían desnudos de la blanca envoltura, y el lado izquierdo de
-la túnica, cerrado desde el sobaco á la rodilla por algunos pequeños
-broches, se entreabría á cada paso, revelando las nacaradas desnudeces.
-La tela era tan sutil que al través de su transparencia marcábanse los
-contornos de aquel cuerpo sonrosado, que parecía nadar en una envoltura
-de espuma tejida.
-
---¿Te asombra mi traje Acteón?
-
---No; es que te admiro. Me pareces Afrodita surgiendo de las ondas.
-Hace tiempo que no veo á las hermosuras de Atenas mostrando su divina
-belleza. Estoy corrompido por mis viajes al través de las rudas
-costumbres de los bárbaros.
-
---Es verdad. Como dice Herodoto, casi todos los que no son griegos
-consideran como un oprobio el aparecer desnudos... ¡Si supieras
-cuánto escandalizaron al principio, á las gentes de esta ciudad, mis
-costumbres de ateniense!... ¡Como si en el mundo existiera algo más
-hermoso que la forma humana! ¡Como si el desnudo no fuese la suprema
-belleza! Adoro á Friné, asombrando con su cuerpo desnudo á los viejos
-del Areópago; haciendo rugir de admiración á los miles de peregrinos
-reunidos en la playa de Eleusis, que ven surgir sus blancas formas de
-entre los velos, como la luna entre las nubes. Creo en la belleza de
-sus pechos más que en el poder de los dioses.
-
---¿Dudas de los dioses? --preguntó Acteón con su fina sonrisa de
-ateniense.
-
---Lo mismo que tú y todos los de allá. Los dioses ya sólo sirven de
-modelos á los artistas, y si se toleran en el viejo Homero, es porque
-supo contar sus rencillas en hermosos versos. No; no creo en ellos; son
-simples y crédulos como niños, pero los amo porque son sanos y hermosos.
-
---¿En qué crees, pues, Sónnica?
-
---No sé... En algo misterioso que nos rodea y anima la vida: creo en la
-belleza y el amor.
-
-Se detuvo la griega con aspecto pensativo y continuó:
-
---Aborrezco á los bárbaros, no porque carezcan de los esplendores del
-arte, sino por su odio al amor, que encadenan con toda clase de leyes
-y preocupaciones. Son hipócritas y deformes; hacen de la reproducción
-un crimen y aborrecen el desnudo, ocultando su cuerpo con toda clase
-de harapos, como si fuese un espectáculo abominable... ¡Cuando el
-amor sensual, el encuentro de dos cuerpos, es el sublime amor del que
-nacimos, y sin él se secaría la fuente de la vida extinguiéndose el
-mundo!...
-
---Por eso somos grandes --dijo Acteón con gravedad--. Por eso nuestras
-artes llenan la tierra y todos se inclinan ante la grandeza moral de
-Grecia. Somos el pueblo que ha sabido honrar la vida rindiendo culto
-á su origen: satisfacemos sin hipocresía los impulsos del amor, y
-por esto comprendemos mejor que nadie las necesidades del espíritu.
-La inteligencia vuela mejor cuando no siente el peso del cuerpo
-atormentado por la castidad. Amamos y estudiamos: nuestros dioses van
-desnudos, sin otro adorno que el rayo de luz inmortal sobre la frente.
-No piden sangre como esas divinidades bárbaras envueltas en ropajes que
-sólo dejan al descubierto su faz ceñuda de asesinos; son bellos como
-los humanos, ríen como ellos, y sus carcajadas, rodando por el Olimpo,
-alegran la tierra.
-
---El amor es el sentimiento más virtuoso: de él emanan todas
-las grandezas. Sólo los bárbaros lo calumnian, ocultándolo como
-deshonestidad.
-
---Yo conozco un pueblo --dijo Acteón-- en el que el amor, la divina
-fusión de los cuerpos, se mira como una impureza. Es Israel, una
-amalgama de tribus miserables, acampadas en un país árido, en torno de
-un templo de bárbara construcción, copiado á todos los pueblos. Son
-hipócritas, rapaces y crueles: por esto abominan del amor. Si un pueblo
-así llegase á la grandeza universal de Grecia, si se enseñoreara del
-mundo, imponiendo sus creencias, se apagaría la eterna luz que brilla
-en el Parthenón; la humanidad andaría á obscuras, con el corazón seco y
-el pensamiento muerto; la tierra sería una necrópolis, todos cadáveres
-movibles, y pasarían siglos y más siglos antes que los hombres
-encontraran otra vez el camino, marchando de nuevo hacia nuestros
-risueños dioses, hacia el culto á la belleza que alegra la vida.
-
-Sónnica, escuchando al griego, se aproximaba á los altos rosales y
-arrancaba las flores, aspirándolas con delicia. Se creía en Atenas,
-en el jardín de la calle de los Trípodes, oyendo á su poeta, que
-la iniciaba en los dulces misterios del arte y el amor. Y miraba
-dulcemente á Acteón, con apasionamiento franco y sincero, con sumisión
-de esclava, diciendo «quiero» con los ojos, como si sólo esperase una
-palabra para caer en sus brazos.
-
-El aire removía dulcemente todo el jardín. Al través del follaje se
-veía el cielo de color de púrpura inflamado por la puesta del sol. Bajo
-los árboles comenzaba á formarse una misteriosa penumbra. Los ruidos
-del campo, el rebullir de la gente fuera de la quinta en las casas de
-los esclavos y hasta los gritos de los pájaros exóticos en la terraza,
-parecían venir de un mundo lejano.
-
-Entre dos macizos de rosales erguíase una imagen de Príapo tallada en
-un tronco. El dios rústico sonreía con expresión lúbrica, arqueando el
-pecho velludo y encorvando hacia afuera los riñones, como para ostentar
-mejor su virilidad enorme pintada de rojo.
-
-Sónnica sonrió al ver que lo contemplaba el ateniense.
-
---Ya sabes que es antigua costumbre poner los jardines bajo la guarda
-de Príapo. Dicen que ahuyenta á los ladrones. Así lo creen mis
-esclavos; pero si yo conservo al dios es como símbolo de vida en medio
-de estas rosas que son tan bellas como las de Pæstum. La brutalidad del
-gesto de Príapo completa la dulzura graciosa del Amor.
-
-Los dos griegos se alejaron silenciosos, con paso tardo, por una
-avenida de esbeltos cipreses, á cuyo extremo se abría una gruta con los
-peñascos tapizados de hiedra, dejando filtrar por sus aberturas una luz
-verde y difusa. Un amorcillo blanco lanzaba con una concha un chorro de
-agua que parecía llorar dulcemente, chocando con el tazón de alabastro.
-Allí pasaba la antigua cortesana las horas de calor.
-
-Acteón sintió en un hombro el roce mórbido y firme del pecho de la
-griega.
-
---¡Sónnica!...
-
-Y acariciando el cinturón de oro de la griega, lo hizo caer al suelo.
-Los brazos frescos y satinados de la cortesana se anudaron á su cuello
-como serpientes de marfil: su cabeza se frotó amorosamente contra los
-hombros del griego, que mirando hacia abajo veía fijos en él unos ojos
-de violeta, húmedos con estremecimientos de emoción.
-
---Eres Atenas que vuelve á mí --murmuró ella con dulce desmayo--.
-Cuando te encontré esta mañana en las gradas de Afrodita creí que
-eras Apolo descendido al mundo... Sentí en mis entrañas el fuego de
-los dioses... Imposible resistir... He despreciado al Amor por mucho
-tiempo... Pero el diosecillo se venga y yo te amo. Ven... ¡Ven!...
-
-Y tiraba del cuello de Acteón con sus brazos entrelazados. Se soltaron
-los broches de la túnica, resbaló ésta á lo largo del cuerpo, y en el
-crepúsculo de la gruta brilló por algunos instantes con pálida luz la
-desnudez de la griega.
-
- * * * * *
-
-Eran nueve los convidados de Sónnica y llegaron al cerrar la noche,
-unos en carros, otros á caballo, pasando por entre los esclavos con
-antorchas encendidas que guardaban la entrada de la quinta.
-
-Cuando Sónnica y Acteón entraron en la sala del festín, los convidados
-formaban grupos junto á los lechos de púrpura, en torno de la curva
-mesa, cuyo mármol lavaban algunas esclavas con esponjas de agua
-perfumada. Cuatro enormes lámparas de bronce ocupaban los ángulos
-del _triclinyum_. De sus brazos pendían con cadenillas un sinnúmero
-de cazoletas de aceite perfumado, en las que crepitaban las mechas,
-esparciendo una viva claridad. Guirnaldas de rosas y follaje se tendían
-de una á otra lámpara, formando un marco perfumado á la mesa del
-festín. Junto á la puerta que comunicaba con el peristilo amontonábanse
-sobre mesas de labrada madera los platos, los vasos dorados y de plata
-y los agudos trinchantes de que habían de servirse los esclavos.
-
-El celtíbero Alorco hablaba con Lacaro y otros tres jóvenes griegos
-de aquellos que por su afeminamiento excitaban el escándalo de los
-saguntinos en el Foro. El arrogante bárbaro, por una costumbre de
-su raza, conservaba ceñida la espada hasta el momento del banquete,
-colgándola después del remate de marfil del lecho para tenerla siempre
-al alcance de la mano.
-
-En el otro extremo de la mesa conversaban tranquilamente dos ciudadanos
-de edad madura y Alco, el pacífico saguntino con quien habló Acteón por
-la mañana en la explanada de la Acrópolis.
-
-Los dos viejos eran antiguos amigos de la casa, comerciantes griegos
-á los que Sónnica hacía partícipes de sus negocios é invitaba á las
-fiestas nocturnas, apreciando la mesurada alegría que aportaban á la
-diversión.
-
-Al entrar la enamorada pareja en la sala del festín, todos los
-convidados adivinaron su felicidad en los ojos húmedos y brillantes de
-Sónnica, en el desmayo con que inclinaba hacia Acteón su rubia cabeza
-coronada de rosas y violetas.
-
---Ya tenemos amo --murmuró Lacaro con entonación envidiosa.
-
---Ha sido más afortunado que nosotros --contestó el celtíbero con
-sencillez--. Al fin es un ateniense, y comprendo que Sónnica la
-insensible se haya ablandado ante uno de los suyos.
-
-Acteón, dándose á conocer á todos los convidados, iba por la sala
-con el aplomo de un potentado que goza de sus riquezas; como hombre
-habituado á grandes esplendores, al que un golpe de fortuna saca de la
-miseria, devolviéndolo á sus primitivas costumbres.
-
-Á una indicación de Sónnica, los convidados se tendieron en los lechos
-de púrpura que oblícuamente rodeaban la mesa, y entraron en la sala
-cuatro jóvenes apenas llegadas á la adolescencia, llevando sobre
-sus cabezas, con la esbelta gracia de las canéforas, canastillas de
-mimbre con coronas de rosas. Caminaban con gentil ligereza, como si se
-deslizaran sobre el mosaico al son de invisibles flautas, y con sus
-finas manos de niña ceñían de flores la frente de los comensales.
-
-El intendente de la quinta entró en la sala con rostro irritado.
-
---Señora: Eufobias el parásito se empeña en entrar.
-
-Estallaron gritos y protestas entre los convidados al conocer la
-proximidad de Eufobias.
-
---¡Arrójalo, Sónnica! ¡Nos llenará de miseria! --gritaban los jóvenes,
-recordando con rabia las burlas que se permitía en el Foro sobre sus
-trajes y costumbres.
-
---Es una vergüenza para la ciudad tolerar á ese mendigo insolente
---decían los ciudadanos graves.
-
-Sónnica sonreía; pero de repente vino á su memoria un epigrama cruel
-que el parásito la había dedicado días antes, recitándolo en el Foro, y
-dijo con frialdad á su intendente:
-
---Arrójalo á palos.
-
-Los convidados se lavaron las manos en el chorro de agua perfumada que
-una esclava iba vertiendo de lecho en lecho, y Sónnica dió la orden de
-comenzar el banquete, cuando entró de nuevo el intendente empuñando
-todavía una estaca nudosa.
-
---Le he pegado, señora, y no quiere irse. Aguanta los golpes y cada vez
-se mete más en la casa.
-
---¿Y qué dice?...
-
---Dice que no es posible una fiesta de Sónnica sin la presencia de
-Eufobias, y que los golpes son señal de aprecio.
-
-La hermosa griega pareció compadecerse; rieron los comensales y Sónnica
-dió orden para que entrase el filósofo. Pero antes que saliera á
-cumplirla el intendente, ya Eufobias se había introducido en la sala,
-encogido, humilde, pero mirando á todos con ojos insolentes.
-
---Los dioses sean con vosotros. La alegría te acompañe siempre, hermosa
-Sónnica.
-
-Y volviéndose al intendente dijo con altanería:
-
---Hermano: ya que ves que de todos modos acabo por entrar, procura otra
-vez tener la mano menos pesada.
-
-Y entre las risas de los convidados, rascábase la frente, en la que
-comenzaba á marcarse un chichón, y con la punta de su viejo manto se
-enjugaba algunas gotas de sangre junto á la oreja.
-
---¡Salud, piojoso! --le gritó el elegante Lacaro.
-
---¡Lejos de nosotros! --vociferaron los otros jóvenes.
-
-Pero Eufobias no se fijaba en ellos. Sonreía á Acteón, viéndole
-acostado junto á Sónnica, y sus ojillos brillaban con expresión
-maliciosa.
-
---Has llegado donde yo creía, ateniense. Tú sujetarás á estos
-afeminados, que rodean á Sónnica y me llenan de insultos.
-
-Y sin hacer caso de las burlescas protestas de los jóvenes, añadió con
-servil sonrisa:
-
---Creo que no olvidarás á tu viejo amigo Eufobias. Ahora ya puedes
-pagarle todo el vino que desee en las tabernas del Foro.
-
-El filósofo ocupó un lecho en el extremo más apartado de la mesa y
-rechazó la corona que le presentaba una esclava.
-
---No vengo por flores: vengo á comer. Rosas las encuentro en el campo
-con solo dar un paseo: lo que no se encuentra en Sagunto es un pedazo
-de pan para un filósofo.
-
---¿Sientes hambre? --preguntó Sónnica.
-
---Mayor es la sed. He pasado el día hablando en el Foro: todos me oían
-y á nadie se le ocurrió que debía refrescarme la garganta.
-
-Había que elegir, según costumbre griega, el rey del banquete; el
-convidado predilecto encargado de proponer los brindis, de marcar el
-momento de beber y dirigir las conversaciones.
-
---Elijamos á Eufobias --dijo Alorco con su grave jocosidad de celtíbero.
-
---No --protestó Sónnica--. Un día le entregamos por broma la dirección
-de un banquete y antes de llegar al tercer servicio estábamos todos
-ebrios. Á cada bocado propone una libación.
-
---¿Á qué elegir rey? --dijo el filósofo--. Lo tenemos ya al lado de
-Sónnica. Que sea el ateniense.
-
---Que lo sea --dijo el elegante Lacaro-- y que no te permita hablar en
-toda la noche, insolente parásito.
-
-En el centro de la mesa elevábase una ancha crátera de bronce, á cuyos
-bordes asomaba un grupo de ninfas mirándose en el ovalado lago de vino.
-Cada convidado tenía detrás un esclavo para su servicio y todos ellos
-llenaron en la crátera los vasos de los comensales, para la primera
-libación. Eran vasos de los llamados _mirrinos_, traídos á gran precio
-de Asia, de misteriosa fabricación, en la que entraba polvo de conchas
-y mirra endurecida y pintada. Tenían la blanca opacidad del marfil,
-matizada por grecas de colores, y su pasta misteriosa daba al vino un
-sabor voluptuoso.
-
-Incorporóse Acteón en su lecho para proponer la primera libación en
-honor de la divinidad predilecta.
-
---Bebe por Diana, ateniense --dijo la voz grave de Alco--. Bebe por la
-diosa saguntina.
-
-Pero el griego sentía en la mano que le quedaba libre otra fina y
-ensortijada envolviéndola con tibia caricia.
-
-El ateniense dedicó su libación á Afrodita, y los jóvenes prorrumpieron
-en un grito de entusiasmo. Afrodita debía ser la diosa de aquella
-noche; y mientras los jóvenes pensaban en las danzarinas de Gades, gran
-atractivo del banquete, Sónnica y Acteón, con los codos apoyados en
-cojines y el busto al borde de la mesa, se acariciaban con los ojos, al
-mismo tiempo que sus cuerpos estaban en cálido contacto.
-
-Robustos esclavos, sudorosos por el fuego de las cocinas, dejaban sobre
-la mesa los manjares del primer servicio en grandes platos de roja
-arcilla saguntina. Eran mariscos servidos tal como fueron pescados ó
-cocidos al rescoldo con gran cantidad de especias. Ostras frescas,
-almejas, erizos aderezados con perejil y hierbabuena, espárragos,
-pepinos, lechugas, huevos de pava real, un vientre de cerda sazonado
-con cominos y vinagre, y pájaros fritos nadando en una salsa de polvo
-de queso, aceite, vinagre y silfio. Además se servía á los convidados
-el _oxigarium_, fabricado en las pesquerías de Cartago-Nova: una pasta
-de tripas de atún, cargada de sal y vinagre, que excitaba el paladar,
-obligando á beber vino.
-
-El perfume de todos estos platos esparcíase por la sala del festín.
-
---Que no me hablen de los nidos del ave fénix --decía Eufobias con la
-boca llena--. Según afirman los poetas, el fénix embadurna su vivienda
-con incienso, cinamomo y canela, pero ¡juro por los dioses! que en ese
-nido no me encontraría tan bien como en el triclinio de Sónnica.
-
---Lo que no te impide, malvado --dijo la griega sonriendo--, dedicarme
-versos en los que me insultas.
-
---Porque te quiero y protesto de tus locuras. De día soy filósofo; pero
-por la noche el estómago me obliga á buscarte para que me peguen tus
-servidores y me des tú de comer.
-
-Los esclavos retiraban los platos del primer servicio, y colocaban los
-del segundo, que era el de las carnes y el pescado. Un pequeño jabalí
-asado ocupaba el centro de la mesa; grandes faisanes con el plumaje
-entero sobre las cocidas carnes se ostentaban en platos rodeados
-de huevos cocidos y olorosas hierbas; los tordos formaban coronas
-enristrados en juncos; las liebres, al ser partidas, mostraban su
-relleno de romero y tomillo; y las palomas campestres confundíanse con
-las codornices y los tordos. Los pescados eran innumerables y hacían
-recordar á los griegos los platos de su país, hablando entre bocado y
-bocado del glauco de Megara, la murena de Scione y las doradas y xifias
-de las costas de Faraleo y del Helesponto.
-
-Cada convidado escogía en los platos lo que más le gustaba, y
-obsequiaba con ello á sus amigos, cruzándose presentes por medio de
-los esclavos de un extremo á otro de la mesa. Nuevos vinos en ánforas
-selladas y polvorientas subidas de las cuevas, derramábanse en las
-copas del festín. El vino de Chios, lejano y costoso, confundíase con
-el Cecubo, el Falerno y el Massico de Italia y los de Laurona y del
-agro saguntino. Al perfume de estos líquidos, uníanse el de las salsas,
-en las que entraban con las complicadas recetas de la cocina griega, el
-silfio, el perejil, el sésamo, el hinojo, el comino y el ajo.
-
-Sónnica apenas comía: olvidaba los platos, colmados de presentes de sus
-convidados, para sonreir á Acteón.
-
---Te amo --decía por lo bajo al griego--. Parece que me haya hechizado
-una maga de la Thesalia. Todo en mí está lleno de amor. ¿Ves estos
-peces?... Temo comerlos; creería cometer un sacrilegio: las rosas y
-los peces están dedicados á Venus, la madre de nuestra felicidad. Sólo
-deseo beber... beber mucho. Siento en mí un fuego que me acaricia y me
-consume.
-
-Los convidados devoraban, tributando elogios al cocinero de Sónnica,
-un asiático comprado en Atenas por uno de sus navegantes. Le había
-costado casi el valor de una quinta; pero todos daban por bien empleado
-el gasto, admirando el arte con que sabía meditar en un rincón de la
-cocina sus asombrosas combinaciones, ejecutadas después por los otros
-servidores, y su feliz invención del dátil y la miel para las salsas
-suaves de los asados. Con un esclavo así, se podía gozar toda la vida y
-retardar la muerte por muchos años.
-
-Había terminado el segundo servicio. Los convidados se tendían ahítos
-en sus lechos, aflojándose las vestiduras. Para no incorporarse al
-beber, los esclavos les servían el vino en copas de alabastro en
-forma de cuerno, que dejaban caer por su punta un hilillo de vino. La
-púrpura de los lechos manchábase de bebida. Las grandes lámparas de los
-ángulos, con sus luces de aceite perfumado, parecían debilitarse en
-aquella atmósfera densa, cargada del vaho de los platos. Las guirnaldas
-de rosas, tendidas de una lámpara á otra, desfallecían en el pesado
-ambiente. Al través de la puerta veíanse las columnas del peristilo y
-un trozo de cielo azul obscuro, en el que parpadeaban las estrellas.
-
-El pacífico Alco, incorporándose en el lecho, sonreía con la dulzura de
-una embriaguez tranquila, contemplando la belleza del cielo.
-
---Bebo por la hermosura de nuestra ciudad --dijo levantando el cuerno
-lleno de vino.
-
---¡Por la griega Zazintho! --gritó Lacaro.
-
---Sí; seamos griegos --contestaron sus amigos.
-
-Y la conversación vino á parar en la gran fiesta que por iniciativa
-de Sónnica celebrarían los griegos de Sagunto en honor de Minerva
-al recolectarse la mies. Las fiestas Panatheas, terminarían con una
-procesión semejante á la que se verificaba en Atenas y que Fidias había
-eternizado sobre mármol en sus famosos frisos. Los jóvenes hablaban con
-entusiasmo de los caballos que montarían y de los alardes de destreza
-para los cuales se estaban preparando con continuos ejercicios. Sónnica
-patrocinaba las fiestas con su inmensa riqueza, y quería que estas
-fuesen tan famosas como las que celebró Atenas al erigirse el Parthenón.
-
-La juventud saguntina correría por la mañana fuera de las murallas
-para demostrar que valía tanto como los jinetes celtíberos: los más
-pacíficos lucharían en el Foro lira en mano para conquistar la corona
-dedicada al que mejor cantase los poemas de Homero; después la
-procesión desarrollaría sus magnificencias por las calles de la ciudad
-subiendo á la Acrópolis, y por la tarde se verificaría la carrera
-del hacha, para que riese la gente silbando al que dejara apagar su
-antorcha y golpeando al que caminase con lentitud.
-
---¿Pero es que realmente crees en Minerva? --preguntó Eufobias á
-Sónnica.
-
---Creo en lo que veo --contestó la griega--. Creo en la primavera, en
-la resurrección de los campos, en la mies que sale del terruño para
-alimentar con sus cabelleras doradas á los humanos, en las flores
-que son los pebeteros de la tierra, y sobre todas las diosas amo á
-Atenea por la sabiduría que diviniza á los hombres y á Minerva por su
-fecundidad que los mantiene.
-
-Los esclavos cubrían la mesa con el tercer servicio, y los convidados,
-casi ebrios, incorporábanse en sus lechos al ver las canastillas llenas
-de frutas; los platos cubiertos de hojas de pasta dulce, enrolladas
-sobre el fuego al estilo de Capadocia, los buñuelos de harina de sésamo
-henchidos de miel y dorados por el calor del horno y las tortas con
-queso rellenas de frutas cocidas.
-
-Destapábanse las ánforas pequeñas conteniendo los vinos más preciosos,
-traídos de los últimos confines del mundo por las naves de Sónnica. El
-vino de Biblos en Fenicia, saturaba el ambiente con sus penetrantes
-perfumes como una anforilla de tocador; el de Lesbos esparcía al
-derramarse un dulce olor de rosas, y junto con ellos caían en las copas
-los de Eritrea y Heráclea, fuertes y espirituosos, y los de Rhodas y
-Chios, mezclados prudentemente con agua del mar que hacía más fácil la
-digestión.
-
-Algunos esclavos, para excitar de nuevo el apetito de los convidados y
-hacerles beber más, ofrecían platos con cigarras en salmuera, rábanos
-con vinagre y mostaza, garbanzos tostados y aceitunas _colimbadas_ de
-picante adobo, apreciadísimas por su tamaño y sabor.
-
-Acteón no comía; sentíase turbado por el contacto de Sónnica, que
-saliéndose de su lecho se oprimía contra él, frotando sus mejillas
-con las del ateniense y confundiendo sus alientos. Así permanecían
-silenciosos, contemplándose el uno en las pupilas del otro.
-
---Deja que te bese en los ojos --murmuraba Sónnica--. Son las ventanas
-del alma y me parece que por ellos penetra mi caricia hasta lo más
-hondo de tu pecho.
-
-El arrogante Alorco, grave como un celtíbero en medio de su embriaguez,
-hablaba de las próximas fiestas, contemplando su copa vacía. Tenía en
-la ciudad cinco caballos, los mejores de su tribu, y si los magistrados
-le permitían tomar parte en la fiesta, á pesar de ser extranjero,
-habían de admirar los saguntinos la rapidez y fuerza de sus hermosas
-bestias. Para él sería la corona si algún suceso inesperado no le
-hacía abandonar antes la ciudad.
-
-Lacaro y sus elegantes amigos se proponían disputar el premio
-del canto, y sus manos de mujer, finas y ensortijadas, movíanse
-nerviosamente sobre la mesa como si ya estuvieran pulsando la lira, y
-sus bocas pintadas cantaban á media voz los versos homéricos. Eufobias,
-tendido de espaldas en su lecho, miraba á lo alto con soñolientos ojos,
-sin voluntad más que para extender la copa y pedir vino; y Alco y los
-comerciantes griegos se impacientaban por la lentitud del banquete.
-
---¡Las danzarinas! ¡Que vengan las hijas de Gades! --reclamaban con
-voces trémulas, brillándoles en los ojos la punta de fuego de la
-embriaguez.
-
---Sí, vengan las danzarinas --gritó Eufobias saliendo de su estupor--.
-Quiero ver como esta honrada gente turba su digestión, que es lo mejor
-del hombre, con los pasos lúbricos de las hijas de Hércules.
-
-Sónnica hizo un signo á su intendente, y á los pocos instantes sonaron
-en el peristilo regocijados sones de flautas.
-
---¡Las aulétridas! --gritaron los convidados.
-
-Y entraron en la sala del festín cuatro esbeltas muchachas, coronadas
-de violetas, con un _xitón_ abierto desde el talle á los pies, que
-descubría á cada paso la pierna izquierda, y en la boca la doble
-flauta, sobre cuyos orificios corrían sus ágiles dedos.
-
-De pie, en el espacio que abarcaba la curva de la mesa, comenzaron á
-entonar una melopea dulcísima, que hizo sonreir plácidamente á los
-convidados incorporados en sus lechos. Los más de ellos miraban á las
-aulétridas como antiguas conocidas, y moviendo la cabeza al compás de
-la flauta, seguían con ojos ávidos el contorno de aquellos cuerpos, que
-agitaban sus pies acompañando el ritmo.
-
-Varias veces cambiaron de tono y compás las flautistas; pero al cabo de
-una hora, los convidados parecían aburridos.
-
---Esto lo conocemos ya --dijo Lacaro--. Son las flautistas de todos tus
-banquetes, Sónnica. Desde que pareces enamorada, olvidas á tus amigos.
-Otra cosa; deseamos las danzarinas.
-
---Sí, que vengan las danzarinas --gritaron los jóvenes.
-
---Tened calma --dijo la griega, separándose por un instante del pecho
-de Acteón--. Vendrán las danzarinas, pero será al final del banquete,
-cuando me rinda el sueño. Os conozco bien, y sé cómo terminará la
-fiesta. Antes quiero que admiréis á una pequeña esclava que ha
-aprendido de los marineros griegos á ser una funámbula como las de
-Atenas.
-
-Antes de que entrase la esclava, los convidados miraron alarmados á
-un extremo de la mesa. Un mujido de bestia salía debajo de ella. Era
-Eufobias, que caído de su lecho y con la cabeza sobre el mosaico,
-arrojaba la comida entre un arroyo de vino.
-
---Dadle hojas de laurel --dijo el prudente Alco--. Nada mejor para
-disipar la embriaguez.
-
-Los esclavos le hicieron mascar las hojas casi á la fuerza, sin hacer
-caso de las protestas del filósofo.
-
---No estoy ebrio --gritaba Eufobias--. Es el hambre que me persigue.
-Los más de los días no encuentro pan, y cuando tropiezo con una mesa
-como la de Sónnica, se me escapa lo que como.
-
---Dí mejor lo que bebes --contestó Sónnica, volviendo á reclinar su
-cabeza en el pecho del griego.
-
-La funámbula había aparecido ante la mesa y saludó á su señora,
-llevándose las manos á la cara. Era una muchachuela de catorce años, de
-piel amarillenta, y sin otra vestidura que una faja roja arrollada por
-debajo del vientre. Sus miembros nerviosos y ágiles y el pecho enjuto,
-sin más que una ligerísima hinchazón en los senos, la hacía parecer
-un muchacho. Los convidados viejos sonreían conmovidos ante aquella
-frescura casi masculina.
-
-Dió un grito, y doblándose con nerviosa elasticidad, púsose sobre las
-manos, y con los pies en alto y la cabeza rozando el suelo, comenzó á
-correr rápidamente por el triclinio. Después, con una poderosa flexión
-de sus brazos, saltó sobre la mesa, y sus manos trotaron por entre la
-confusión de platos, ánforas y copas sin derribarlos.
-
-Los convidados aplaudieron con gritos de entusiasmo. Los dos
-comerciantes griegos la ofrecieron sus copas, pellizcándola las
-mejillas mientras bebía y bajando sus manos acariciadoras á lo largo de
-la espalda.
-
---Lacaro --dijo el filósofo á su elegante enemigo--. ¿Por qué tú y tus
-camaradas no habéis traído á los lindos esclavos que os sirven de apoyo
-en el Foro?
-
---Nos lo ha prohibido Sónnica --contestó el joven satisfecho de la
-pregunta, sin adivinar la ironía de Eufobias--. Es una mujer superior,
-pero de las refinadas costumbres de Atenas, esta es la única que se
-niega á aceptar. Sólo cree en Júpiter y Leda: el bello Ganímedes la
-hace escupir. Es una ateniense incompleta.
-
-Algunos esclavos, bajo la dirección de su jefe, plantaban en el suelo
-filas de espadas de hoja ancha y aguda, para que la funámbula realizase
-la gran suerte. Las aulétridas hicieron sonar una melodía lenta y
-triste, y la funámbula, otra vez con la cabeza en el suelo, comenzó á
-marchar entre las espadas sin derribarlas ni rozar sus agudos filos.
-Los convidados, con la copa en la mano, la seguían ansiosamente por
-entre el bosque de agudos hierros que podían clavarse en su cuerpo á
-la más leve vacilación. Deteníase junto á una espada, levantaba una
-mano, y apoyándose únicamente en la otra, encogía el brazo hasta besar
-el suelo; después lo ponía rígido, elevándose; y en estos movimientos
-la cortante hoja la rozaba el vientre y el pecho sin llegar á herir la
-piel.
-
-Aplaudieron de nuevo los comensales cuando la muchacha concluyó su
-trabajo. Los dos viejos la obligaron á tenderse entre ellos, haciéndola
-casi desaparecer bajo sus amplias túnicas, dejando únicamente al
-descubierto su maliciosa cabeza de muchacho que husmeaba las copas y
-las confituras.
-
---¡Pero Sónnica!... --protestó Lacaro--. ¿Cuándo se ha visto á la
-hermosa griega olvidar de tal modo á sus convidados? Ateniense que la
-enloqueces con tu amor; intercede por nosotros y haz que se presenten
-pronto las hijas de Gades.
-
-Sónnica parecía adormecida sobre el pecho de Acteón, embriagada por el
-calor del cuerpo de su amante.
-
---Dí que entren... que hagan lo que quieran... que nos dejen tranquilos.
-
-Sonó en el peristilo un rumor de pasos, de risas y cuchicheos, y
-empujándose como un rebaño revoltoso, entraron en el triclinio las
-danzarinas de Gades.
-
-Eran muchachas de pequeña estatura y miembros sueltos y ágiles: la piel
-de una palidez de ámbar, los ojos rasgados y luminosos, la cabellera
-negra y el cuerpo envuelto en flotantes velos de una transparencia
-difusa y engañosa, más excitante aún que la desnudez. Llevaban sobre el
-pecho y en piernas y brazos sartas de monedas y amuletos que chocaban
-con alegre tintineo á cada movimiento, y miraban á los convidados con
-fijeza, sin experimentar turbación alguna, como un rebaño acostumbrado
-á las fiestas y que marchaba de banquete en banquete, viendo sólo á los
-hombres en la hora de la embriaguez.
-
-El jefe de la banda, un viejo apergaminado de insolente mirada, iba
-vestido como ellas, con velos femeniles, las mejillas pintadas, los
-ojos cercados de negro, grandes arracadas en las orejas y una sonrisa
-cínica en su boca de bermellón, pronta á aceptar las más infames
-proposiciones.
-
-Eufobias, indiferente ante las gracias de las danzarinas, le
-contemplaba con admiración, obsesionado por la duda del sexo á que
-correspondían aquellos brazos esqueléticos pintados de blanco y
-recargados de joyas que asomaban por entre los velos.
-
---Hermano, ¿eres hombre ó mujer? --preguntó gravemente el filósofo.
-
---Soy el padrecito de todas estas flores --contestó el eunuco con voz
-aguda, mostrando al sonreir sus encías sucias y desdentadas.
-
-Tres de las mujeres, puestas en cuclillas, comenzaban á hacer sonar
-los crótalos con sonoro repiqueteo, mientras otra golpeaba con la mano
-un tamboril de vientre cóncavo, que sostenía con el brazo izquierdo en
-forma de asa.
-
-El eunuco dió un golpe en el suelo con un palo, é inmediatamente cuatro
-parejas de danzarinas salieron al centro del triclinio y comenzaron
-á bailar al son de la bárbara y ruidosa música de sus compañeras.
-Danzaban con solemnidad, erguidas majestuosamente, extendiendo los
-brazos como si nadasen en el espacio, agitando con lentos contoneos
-sus cuerpos morenos, que parecían flotar en el oleaje de espuma
-transparente que los envolvía. Poco á poco los movimientos iban
-acentuándose; eran gentiles desperezos que hacían subir los firmes
-pechos, asomando sus puntas por entre los velos; contorsiones en
-las que giraba el tronco sobre las caderas; un vaivén de las formas
-encerradas en aquella blanca y flotante envoltura que al volar en
-mil pliegues con aleteo voluptuoso, parecía animar las luces de las
-lámparas.
-
-De repente, á una señal del viejo, se cortó la música y cesaron de
-bailar.
-
---Más... más --gritaron los convidados incorporados en sus lechos por
-la excitación de la danza.
-
-Era un descanso para mudar de tono y avivar aún más el entusiasmo con
-la breve calma. La música adquirió un ritmo vivo y ruidoso, el viejo
-comenzó á golpear con su bastón el suelo, lanzó un lamento prolongado,
-triste, de suave dulzura, que no parecía salir de su infecta boca, y
-á continuación rompió á cantar con lentitud soñolienta unas estrofas
-de amor con palabras de doble sentido, que causaban el efecto de
-afrodisíacos, haciendo rugir de entusiasmo á los comensales.
-
-Las danzarinas se lanzaron de un salto al centro del triclinio,
-bailando apresuradamente, como poseídas de la fiebre. Cada canción era
-un latigazo que excitaba sus nervios, y sus pies desnudos saltaban
-como pájaros de nieve sobre el mosaico ó se elevaban con gentil vuelo,
-levantando las nubes de gasa que dejaban al descubierto una pierna
-bien modelada, con adornos ruidosos que esparcían argentinos choques.
-Sus vientres, de suave curva, parecían adquirir vida aparte; y sobre
-el cuerpo inmóvil con rigidez hiératica, movíanse como animales
-nerviosos, contrayéndose en circulares estremecimientos, formando
-un remolino de voluptuosas ondulaciones, del cual era el ombligo el
-sonrosado centro. Acompañábanse en la danza con el incesante chasqueteo
-de sus dedos. Recogiéndose las gasas bajo los brazos, ajustándolas á
-sus caderas, movían con voluptuoso ritmo sus redondeces de ánfora,
-suspirando con desmayo, la cabeza inclinada, como encantadas por la
-contemplación de su propia belleza. De repente la música se debilitaba
-como si se alejase, y las danzarinas, con los pies juntos y las
-piernas entreabiertas, descendían y descendían en lenta espiral, en
-suaves ondulaciones, hasta tocar el suelo, y de pronto, así que sus
-bellezas calipygas rozaban el mosaico, erguíanse como una serpiente que
-despierta, y los crótalos y el tamboril sonaban más ruidosamente entre
-los aullidos de las músicas que las animaban con palabras de amor, con
-exclamaciones de supremo arrebato, como si estuvieran al pie de un
-revuelto lecho.
-
-Los convidados, rojos de emoción, los ojos chispeantes y la boca seca,
-se habían lanzado al centro del triclinio, interrumpiendo la danza,
-mezclándose con las parejas, separándolas. Eufobias roncaba al pie de
-su lecho. Sónnica había desaparecido desde mucho antes, saliendo del
-triclinio apoyada en una esclava, sin separar su cabeza del hombro de
-Acteón.
-
-Los velos de las danzarinas caían al pie de la mesa. Devoraban las
-confituras y las frutas, bebían en las ánforas y sumergían sus cabezas
-en la crátera de las ninfas para reir al verse con la cara manchada de
-vino. El eunuco seguía cantando y dando golpes furiosos en el suelo
-para marcar el ritmo á sus músicas. Era en vano; las que intentaban
-bailar no podían moverse entre las manos de los convidados, que á cada
-vuelta las golpeaban en sus redondeces, arrancándolas los velos.
-Los jóvenes rodaban al pie de las lámparas enloquecidos por aquellas
-bacantes de sabia perversión, criadas en un puerto al que llevaban
-los navegantes los refinamientos y corrupciones del mundo entero. El
-celtíbero Alorco, brutal en su entusiasmo, paseaba por el triclinio con
-los brazos extendidos, haciendo alarde de sus fuerzas, sosteniendo en
-las nervudas manos dos danzarinas que chillaban asustadas; y afuera, en
-la obscuridad del peristilo, notábase el remover de los esclavos y las
-esclavas de las cocinas que se acercaban arrastrándose para gozar de
-lejos el espectáculo de la bacanal.
-
- * * * * *
-
-Aún no había amanecido cuando despertó Acteón, extrañando, sin duda, el
-blando lecho y los perfumes del dormitorio. Sónnica estaba á su lado, y
-á la luz de la lámpara colocada junto á la puerta, veíase la sonrisa de
-felicidad que vagaba en sus labios.
-
-De la embriaguez de la noche quedábale al ateniense el vehemente
-deseo de respirar aire libre. Se ahogaba en la habitación de Sónnica,
-hundido en el lecho que parecía arder con el fuego de los anteriores
-arrebatos, cerca de aquel cuerpo que luego de estremecerse sobre él con
-el abandono de la embriaguez y la pasión estaba inerte y sin otra vida
-que los suaves suspiros que hinchaban su pecho.
-
-Quedamente y de puntillas salió el griego al peristilo. Aún lucían las
-lámparas en el triclinio, y un vaho insufrible de viandas, vinos y
-cuerpos sudorosos salía por su puerta. Vió á los convidados tendidos
-en el suelo entre mujeres que roncaban, mostrando al cambiar de
-postura sus más recónditas desnudeces. Eufobias había despertado de
-su borrachera, y ocupando el lugar de honor, el lecho de Sónnica, se
-forjaba la ilusión de ser dueño de la quinta. Arrebujado en su manto
-viejo hacía bailar á dos danzarinas soñolientas, contemplando con
-fijeza desdeñosa sus carnes desnudas como hombre que se considera por
-encima de los carnales deseos.
-
-Al aparecer Acteón en el triclinio huyeron algunos esclavos, temerosos
-de ser castigados por su curiosidad. No queriendo ser visto por el
-filósofo, salió el griego de la casa buscando el fresco del jardín.
-En él notó la misma fuga ante sus pasos. Huían por las avenidas las
-enlazadas parejas; tras los macizos de follaje sonaban gritos de
-sorpresa al aproximarse él, y en las últimas sombras de la noche el
-jardín aparecía animado por una vida misteriosa, como si bajo sus
-bóvedas de hojarasca se buscara todo un pueblo entregándose al amor.
-
-Eran los esclavos que, excitados por la fiesta, continuaban á cielo
-abierto las escenas del triclinio.
-
-El griego sonrió, pensando que la fiesta iba á aumentar con nuevos
-esclavos la riqueza de la señora.
-
---Que gocen en paz. Sería perjudicar á Sónnica.
-
-Y salió del jardín para no turbar la alegría del rebaño miserable que,
-olvidando sus penas, se buscaba y unía en la penumbra del amanecer.
-
-Atravesó el inmenso dominio de Sónnica, los bosques de higueras, los
-extensos olivares, hasta que de pronto, se vió en el camino de la
-Sierpe. Nadie pasaba por él. Se oyó sonar á lo lejos el galope de un
-caballo y Acteón vió á la luz azulada del amanecer un jinete que sin
-duda se dirigía al puerto.
-
-Al aproximarse lo reconoció el ateniense, á pesar de que llevaba
-cubierta la cabeza con la capucha de un manto de guerra. Era el pastor
-celtíbero. Lanzándose el griego al centro del camino, agarró el caballo
-por las bridas, mientras el jinete, detenido en su carrera, echaba el
-cuerpo atrás, tirando del cuchillo que llevaba en el cinto.
-
---¡Quieto! --dijo Acteón en voz baja--. Si te detengo es para decirte
-que te he conocido. Eres Hanníbal, el hijo del gran Hamílcar. Tu
-disfraz podrá servirte para los saguntinos, pero tu amigo de la niñez
-te reconoce.
-
-El africano avanzó su melenuda cabeza, y sus ojos imperiosos adivinaron
-al griego en la penumbra.
-
---¿Eres tú Acteón?... Al encontrarte ayer tantas veces, comprendí que
-acabarías por conocerme. ¿Qué haces aquí?
-
---Vivo en casa de Sónnica la rica.
-
---He oído hablar de ella: una griega famosa por su hermosura y su
-talento como las cortesanas de Atenas. Deseaba conocerla, y creo que la
-hubiera amado si la misión de los hombres fuese ir tras las mujeres...
-¿Y no haces nada más?
-
---Soy guerrero á sueldo de la ciudad.
-
---¡Tú!... ¡El hijo de Lisias, que fué el capitán de confianza de
-Hamílcar! ¡Un hombre educado en el Pritaneo de Atenas, al servicio de
-una ciudad de bárbaros y comerciantes!...
-
-Calló algunos momentos, como extrañado por la conducta del griego, y
-añadió con resolución:
-
---Monta en las ancas de mi caballo: vente conmigo. En el puerto me
-espera una nave cartaginesa que carga plata. Voy á Cartago-Nova á
-ponerme al frente de los míos. Se aproximan días de gloria, una
-empresa inmensa y sublime, como la de los gigantes, cuando amontonando
-montañas, escalaron vuestro Olimpo. Ven: tú eres el amigo de mi niñez,
-te conocí antes que á Hasdrúbal y Magón, los hijos de Hamílcar, que
-el glorioso capitán me dió por hermanos, llamándonos á los tres «mis
-leoncillos...» Te conozco; eres astuto y valiente como tu padre: á mi
-lado conquistarás riquezas. ¡Quién sabe si reinarás en algún hermoso
-país cuando, imitando á Alejandro, reparta yo mis conquistas entre mis
-capitanes!...
-
---No, cartaginés --dijo Acteón gravemente--. No te aborrezco, recuerdo
-con placer nuestros primeros años, pero nunca iré contigo. Se opone tu
-raza, el pasado de tu pueblo, la sombra ensangrentada de mi padre.
-
---La raza no es más que una ficción; el pueblo un pretexto para hacer
-la guerra. ¿Qué más te da servir á Cartago que á otra república, si
-eres griego? Si me abandonasen los míos, pelearía por cualquier país.
-Nosotros somos hombres de guerra, nos batimos por la gloria, el poder
-y las riquezas: las necesidades de nuestro pueblo, sólo sirven para
-justificar nuestra victoria y que despojemos al enemigo. Odio á los
-mercaderes de Cartago, pacíficos y pegados á sus tiendas, tanto como
-á los orgullosos romanos. Ven, Acteón; ya que nos hemos encontrado,
-sígueme: la fortuna va conmigo.
-
---No, Hanníbal: aquí me quedo. Viendo tus soldados africanos recordaría
-al populacho que crucificó á Lisias.
-
---Fué un crimen inevitable: una locura de aquella guerra sin entrañas
-á que nos impulsaron los mercenarios. Mi padre lo lamentó mil veces
-acordándose de su fiel Lisias. Yo repararé con mi protección aquella
-injusticia de Cartago.
-
---No te seguiré, Hanníbal. He dicho adiós á la guerra y al botín.
-Prefiero envejecer aquí en esta vida tranquila y dulce, al lado de mi
-Sónnica, amando la paz como cualquiera de los saguntinos que viven en
-el barrio de los comerciantes.
-
---¡La paz!... ¡la paz!...
-
-Y una carcajada estridente y brutal, semejante á la que oyó Acteón en
-las gradas de Afrodita cuando se embarcaban los legados romanos, resonó
-en el silencio del camino.
-
---Oye bien, Acteón --dijo el africano recobrando su gravedad--; la
-prueba de que aún guardo por tí mi afecto de la niñez, es la franqueza
-con que te abro mi pensamiento. ¡Sólo á tí, entiéndelo bien!... Si
-durmiendo en mi tienda supiera al despertar que se había escapado en
-palabras lo que pienso, daría de puñaladas al centinela que guarda mi
-sueño... ¡Hablas de paz!... Despierta, Acteón. Si piensas envejecer
-tranquilo en alguna parte, huye con esa griega que amas, lejos, muy
-lejos. Donde yo esté no habrá paz mientras no sea el soberano del
-mundo. La guerra marcha ante mis pasos; el que no se someta á mí, tiene
-que morir ó ser mi esclavo.
-
-El griego comprendió la amenaza que significaban estas palabras.
-
---Piensa, Hanníbal, que esta ciudad es Roma. La República la tiene como
-aliada y la protege.
-
---¿Crees que temo á Roma?... Si odio á Sagunto, es porque se muestra
-orgullosa de su alianza y me desprecia y olvida, á pesar de que estoy
-cerca. Muéstrase tranquila porque la protege esa República desde muy
-lejos, y se ríe de mí que reino sobre toda la península hasta el Ebro
-y estoy acampado casi á sus puertas. Hostiliza á los turdetanos, que
-son mis aliados, como todas las tribus iberas; y dentro de sus muros
-decapita á los ciudadanos que me aman; á los que fueron amigos del gran
-Hamílcar... ¡Ah, ciudad ciega y orgullosa! ¡Cuán caro va á costarte
-vivir cerca de Hanníbal sin conocerle!...
-
-Y volviéndose sobre la silla del caballo, miraba con ojos amenazadores
-la Acrópolis de Sagunto que se destacaba entre las brumas del amanecer.
-
---Roma caerá sobre tí apenas ataques á su aliada.
-
---Que venga --contestó el africano con arrogancia--. Es lo que deseo.
-Me pesa la paz: no puedo acostumbrarme á ver Cartago vencida mientras
-existen hombres como yo y mis amigos. Ó Roma, ó África. Que venga
-cuanto antes el último choque, el esfuerzo supremo, y sea señor del
-mundo el pueblo que quede en pie... Odio á los ricos de mi país, que
-viven felices en la vergüenza de la derrota, porque les dejan comerciar
-tranquilos y llenar sus cuevas de plata. Son los miserables que después
-de nuestras derrotas de Sicilia, soñaron con abandonar Cartago y
-trasladarse en masa á las islas del Mar Grande, para vivir tranquilos.
-Son verdaderos cartagineses; fenicios sin más gloria que el cambio, ni
-otra aspiración que encontrar puertos para dar salida á sus mercancías.
-Los Barcas somos libios; descendemos de dioses, tenemos como ellos
-la grandeza de pensamiento; queremos ser señores ó morir... Esos
-mercaderes no comprenden que no basta ser ricos; que es preciso dominar
-é infundir miedo, y forman en Cartago el partido de la paz que amargó
-la vida de mi padre con derrotas, y me deja aislado á mí, sin otros
-recursos que los que puedo procurarme en la península. Desconocen á los
-Barcas, á pesar de que trabajamos por el poderío universal de Cartago.
-Mi padre, al perder Sicilia, vió en el porvenir la muerte de nuestro
-pueblo y quiso salvarlo. Habíamos perdido una gran parte de nuestro
-antiguo comercio; necesitábamos un ejército para defendernos de la
-ambiciosa Roma, y no lo teníamos. Los ciudadanos de Cartago son buenos,
-cuando más, para pelear en su propio suelo. El comerciante no resiste
-el peso de las armas ni consiente en caminar meses y años por países
-hostiles. La ganancia del botín conquistado con sangre, la alcanza con
-más facilidad detrás de sus fardos, y como ama el dinero, no quiere
-pagar soldados extranjeros. Por esto Hamílcar nos trajo á la península,
-y aquí hemos dado á Cartago nuevos puertos y mercados, y los Barcas
-tienen un ejército formado por ellos mismos. Poco importa que en el
-Senado cartaginés los amigos de la paz se nieguen á enviarnos soldados.
-Las tribus ibéricas amaron á mi padre después de poner á prueba su
-energía, y se levantarán en armas á la voz de los Barcas contra el
-enemigo que les designemos.
-
-Y Hanníbal miraba las lejanas montañas como si adivinase los
-innumerables pueblos bárbaros que vivían tras ellas, arañando la tierra
-ó apacentando rebaños.
-
---Cayó Hamílcar --dijo con tristeza-- cuando veía ya realizados sus
-ensueños; un gran ejército para entrar de nuevo en lucha con Roma y
-riquezas propias para sostener la guerra sin necesitar el auxilio de
-los mercaderes africanos. Hasdrúbal, el hermoso marido de mi hermana,
-perdió ocho años al sucederle. Era un buen gobernante y un tímido
-caudillo. Tal vez fué Baal, nuestro dios iracundo, quien guió el brazo
-de su asesino, para que le sucediera otro capaz de exterminar á la
-eterna enemiga de Cartago... Ése seré yo: óyelo bien, griego. Tú eres
-el primero que penetra en mi pensamiento. Ha llegado el instante de
-reñir la última batalla. Pronto sabrá Roma que existe un Hanníbal que
-la desafía apoderándose de Sagunto.
-
---Tienes escaso poder para ello, africano. Sagunto es fuerte, y yo que
-vengo de Cartago-Nova, sólo he visto allí los elefantes, los restos del
-ejército que trajo tu padre y la caballería númida que han enviado
-vuestros amigos de África.
-
---Olvidas á los iberos y celtíberos, á toda la península que se
-levantará en masa para venir á la toma de Sagunto. El país es pobre y
-la ciudad está abarrotada de riquezas. La he visto bien. Hay en ella
-para pagar un ejército años enteros, y hasta de las costas del Mar
-Grande vendrán las tribus lusitanas, atraídas por la esperanza del
-botín y ese odio que los rudos naturales profesan á una ciudad opulenta
-y civilizada, donde viven sus explotadores. No será para Hanníbal gran
-empresa apoderarse de una república de agricultores y mercaderes.
-
---¿Y después que seas dueño?...
-
-El africano no contestó, hundiendo la barba en el pecho con una sonrisa
-enigmática.
-
---¿Callas, Hanníbal?... Pues después que seas dueño de Sagunto nada
-habrás adelantado. Roma reclamará contra tí por violar los tratados, y
-el Senado cartaginés te maldecirá; pondrá tu cabeza á precio, ordenará
-á tus soldados que no te obedezcan, y morirás crucificado ó vagarás por
-el mundo como un esclavo fugitivo.
-
---No, ¡fuego de Baal! --gritó el caudillo con arrogancia--. Cartago no
-intentará nada contra mí; aceptará la guerra con Roma aun cuando hoy no
-la quiera. Tengo allá los innumerables partidarios de los Barcas, el
-populacho que quiere la guerra, porque proporciona envíos de despojos
-y repartos; toda la gente de los suburbios, cuyo entusiasmo mantengo
-enviando cuantas riquezas saco de la península, después de pagar las
-tropas. Hamílcar y Hasdrúbal hicieron lo mismo. Serían capaces de
-pasar á cuchillo á los ricos, si intentasen algo contra Hanníbal. No
-he vuelto á Cartago desde que seguí á mi padre á los nueve años; pero
-el pueblo adora mi nombre. Los del partido de la paz me seguirán á la
-guerra, si á la guerra los arrastro.
-
---¿Y cómo vencerás á Roma?...
-
---No sé --dijo Hanníbal con su misteriosa sonrisa--. Siento un mundo de
-pensamientos que provocarían la risa de mis amigos si los relatase...
-Me veo como un titán escalando montañas inmensas, siguiendo caminos
-de águila, hundiéndome en la nieve, llegando hasta el cielo para caer
-con más fuerza sobre mi enemigo... No me preguntes más: nada sé. Mi
-voluntad dice: «quiero» y esto basta... Llegaré.
-
-Calló Hanníbal frunciendo el entrecejo, como si temiese haber dicho
-demasiado.
-
-Era ya de día. Por el camino pasaban mujeres con cestos en la cabeza.
-Dos esclavos llevando en hombros una gran ánfora pendiente de un palo,
-se detuvieron un momento junto á ellos para descansar. El africano
-acariciaba el cuello de su caballo, como preparándose á partir.
-
---Por última vez, griego. ¿Vienes?...
-
-Acteón hizo con su cabeza un movimiento negativo.
-
---Te conozco demasiado para rogarte que olvides haber visto á Hanníbal.
-Eres astuto: sabes que cuanto aquí hemos dicho se lo tragó el silencio
-de los campos y á nadie debe repetirse. Sé feliz con tu nuevo amor
-y vive en paz, ya que habiendo nacido águila para volar, quieres
-permanecer en un corral. Si alguna vez eres mi enemigo y me combates,
-no te crucificaré; no serás mi esclavo. Te quiero, aunque no me sigues;
-no olvido que tú fuiste el primero que me enseñó á arrojar un dardo.
-¡Que Baal te guarde, Acteón! Los míos me esperan en el puerto.
-
-Y con el manto flotante, salió al galope entre una nube de polvo,
-atropellando á los campesinos y esclavos, que se arremolinaban en los
-bordes del camino para dejarle paso.
-
-
-
-
-IV
-
-Entre griegos y celtíberos
-
-
-Á nadie habló Acteón de este encuentro. Es más; á los pocos días, casi
-lo había olvidado. Veía tranquila la ciudad, ocupada en preparar las
-grandes fiestas Panatheas, segura con la protección de su aliada Roma,
-y el recuerdo de la entrevista con el africano, tomaba en su memoria la
-vaguedad de un ensueño.
-
-Tal vez las palabras de Hanníbal no eran más que arrogancias de la
-juventud. Odiado por los ricos de su país, y sin más auxilios que los
-que él mismo pudiera procurarse, no iba á acometer la audaz empresa de
-atacar á una ciudad aliada de Roma, violando con esto los tratados de
-Cartago.
-
-Además, el griego estaba en un período de dulce embriaguez; siempre
-entre los brazos de Sónnica ó tendido en su regazo en la frescura
-del peristilo; escuchando las liras de las esclavas y las flautas de
-las aulétridas y contemplando las danzas de las de Gades, mientras
-su amante le ceñía de flores la cabeza ó derramaba sobre él costosos
-perfumes.
-
-Algunas veces, su inquieto espíritu de viajero y hombre de guerra,
-avezado al movimiento y á la lucha, se rebelaba ante la molicie.
-Entonces huía á la ciudad. Allí conversaba con Mopso el arquero, y
-escuchaba á los murmuradores del Foro, que, sin sospechar el paso de
-Hanníbal por Sagunto, hablaban de la posibilidad de que el caudillo
-africano intentase algo contra ellos, y se reían de su poder, fiando
-en la fortaleza de sus muros y más aún en la protección de Roma, que
-repetiría en las costas de Iberia sus triunfos de Sicilia sobre los
-cartagineses.
-
-Acteón contrajo gran amistad con Alorco el celtíbero. Le complacía la
-fiera altivez del bárbaro, su nobleza de sentimientos y el respeto
-casi religioso que mostraba ante la cultura griega. Su padre, viejo
-y enfermo, era reyezuelo de unas tribus que en las montañas de la
-Celtiberia apacentaban grandes rebaños de caballos y toros. Él era
-su único heredero y había de reinar algún día sobre aquella gente
-tosca, de costumbres feroces, que en perpetua cuatrería, se hacía la
-guerra por robarse los caballos, y en los años de hambre bajaba de
-las montañas para despojar á los labradores de las llanuras. Su padre
-le había llevado de niño á Sagunto, y tal efecto causaron en él las
-costumbres de los griegos que, una vez mozo, fué su más vehemente
-deseo volver á la ciudad de la costa, y en ella vivía con algunos
-servidores de su tribu y magníficos caballos, haciéndose el sordo á los
-cariñosos llamamientos del viejo jefe próximo á la muerte, y siendo
-considerado por los saguntinos casi como un conciudadano.
-
-Su deseo era figurar en las fiestas de las Panatheas; que le admirasen
-los griegos de la ciudad galopando en las carreras para conquistar la
-corona de olivo. Se mostraba muy agradecido á Acteón, porque éste,
-valiéndose de la influencia de Sónnica, había conseguido de los
-magistrados que el celtíbero figurase entre los jinetes de la gran
-procesión que subiría á la Acrópolis para llevar las primeras espigas
-al templo de Minerva.
-
-En los días que el ateniense languidecía entre cánticos y perfumes,
-abrumado por las caricias de la griega, que parecía arder en el fuego
-de la última pasión de su vida, saltaba del lecho al amanecer, se
-echaba el arco á la espalda, y seguido por dos hermosos perros corría
-el agro de Sagunto, dando caza á los gatos monteses que bajaban de las
-cercanas montañas.
-
-En una de estas correrías tuvo un encuentro. Era mediodía; caía
-verticalmente la luz del sol, y los perros, jadeantes, se detuvieron
-ladrando ante un bosque de higueras seculares, cuyas ramas llegaban
-al suelo, formando sombríos pabellones de follaje. Acteón, haciendo
-callar á sus bestias, avanzó cautelosamente con el arco preparado, y al
-separar la cortina de hojas vió en el centro de una plazoleta formada
-por los árboles á sus dos amigos Ranto y Eroción.
-
-El muchacho estaba sentado en el suelo ante un montón de arcilla roja
-que iba modelando con lentitud, frunciendo el entrecejo y silbando
-penosamente. La pastorcilla, completamente desnuda, con el impudor de
-una belleza sana é inocente, satisfecha de ser admirada, sonreía á
-Eroción, coloreándose sus mejillas ligeramente cada vez que el artista
-levantaba sus ojos de la arcilla para fijarlos en la modelo.
-
-Acteón bebía con la mirada las formas de aquel cuerpo primaveral.
-Sentía el entusiasmo de los griegos ante la belleza, replegada aún
-en sí por el ardor de la pubertad. Admiraba sus senos tiernos y
-pequeños como capullos, surgiendo apenas del cuerpo; las caderas de
-ligera curva; la línea que caía de la nuca á los pies con suavísimas
-ondulaciones, que servían para dar más encanto á su pureza; aquella
-gracia de efebo hermoso y fuerte, unida al encanto del sexo. Su gusto
-de griego refinado admiraba la frescura de las formas, comparándolas
-mentalmente con las opulencias soberbias, pero un tanto maduras, de
-Sónnica.
-
-Ranto, al ver asomar entre las hojas la cabeza del griego, dió un grito
-penetrante y corrió á ocultarse tras una higuera en busca de sus ropas.
-Entre el follaje sonaron los esquilones de las cabras, asustadas por el
-grito de la pastorcilla, y las reses asomaron sus hocicos brillantes,
-con los ojos húmedos y los retorcidos cuernos.
-
---¿Eres tú, ateniense? --dijo Eroción levantándose con gesto de
-malhumor--. Has asustado á Ranto con tu inesperada presencia.
-
-Después añadió con malicia.
-
---Ranto es tu esclava, ya lo sé. Y también sé que eres el dueño de la
-alfarería donde trabajo. Has subido mucho desde la mañana en que te
-encontramos en el camino de la Sierpe. Dispones de Sónnica la rica: el
-amor la ha hecho tu esclava.
-
---No soy amo de nadie --dijo el griego con sencillez--. Soy vuestro
-amigo y recuerdo que el primer pan que comí en la ciudad lo recibí de
-vuestras manos.
-
-Eroción pareció adquirir confianza con estas palabras.
-
---¿Qué miras, ateniense? ¿Ese barro? ¡Cómo debes burlarte de mí! Estoy
-convencido; no sirvo para artista. Hay momentos en que me creo capaz
-de hacer una obra grande: la concibo, la veo como si la tuviera en pie
-dentro de mi cabeza; pero cuando pongo las manos en el barro reconozco
-mi torpeza y siento ganas de llorar. ¡Ah! ¡Si yo hubiese ido á Grecia!
-
-Y decía estas palabras como un lamento, mirando con rabia el montón de
-barro, en el cual comenzaban á marcarse con cierta rudeza las formas de
-Ranto.
-
---¡Si supieras cuánto tuve que hablar para decidirla á que me mostrase
-la divina desnudez de su cuerpo!... No lo extrañes; es de raza de
-bárbaros: teme el garrote de su abuelo el pastor, que caería sobre
-sus carnes si la viese como tú acabas de verla. La hablé de nuestros
-escultores, ante los cuales se disputan las más hermosas hetarias el
-honor de desnudarse; y la seguridad de que Sónnica su señora había
-hecho lo mismo en Atenas, fué lo único que la decidió... ¿Pero cómo
-copiar su cuerpo divino? ¿Cómo infundir á la tierra amasada la vida que
-circula bajo su piel?
-
-En su desaliento amenazaba á la figurilla de barro como si quisiera
-aplastarla con los pies. Después se animó y dijo con resolución:
-
---Yo soy más fuerte que mi torpeza. Trabajaré años y más años si es
-preciso, hasta ver reproducido con toda su hermosura el cuerpo divino
-de mi Ranto. No volveré á la alfarería aunque el viejo arquero me
-mate á golpes... Había comenzado mi obra queriendo que figurase en
-la procesión de las Panatheas. Ranto la llevaría sobre su cabeza, y
-la multitud se aglomeraría para verla. Sólo espero un momento de
-inspiración, una racha feliz: ¿quién sabe si mañana soplarán las musas
-sobre mí, y me levantaré con facilidad en las manos para ejecutar lo
-que sueño?...
-
-Y lanzándose francamente por el despeñadero de la imaginación, el
-pequeño artista contó al ateniense sus ensueños.
-
---Si logro terminar esta estatua, el porvenir es mío, y algún día
-grabarán mi nombre en el Foro para que lo lean con admiración las
-gentes de la ciudad. Me libraré para siempre de la alfarería; regalaré
-mi estatua á Sónnica después de haberla admirado todo Sagunto en las
-Panatheas, y tu amante, que es tan generosa, me embarcará en uno de
-sus navíos. Veré Atenas, admiraré lo que tú has visto, y entonces...
-¡entonces!... Mira, Acteón, por entre esas hojas. ¿Qué ves sobre la
-montaña de la Acrópolis? Nada; muros de grandes piedras; columnatas;
-techumbres de templos, pero ni una sola estatua que pregone de lejos
-la gloria de la ciudad. Dicen que sobre la Acrópolis de Atenas se alza
-gigantesca la figura de Palas, toda de bronce y oro, con una lanza que
-parece arder á la luz del sol, y guía como una llama á los marineros
-desde muchos estadios, mar adentro. ¿Es eso verdad? Pues yo hace noches
-y noches que sueño con algo parecido, y veo á Eroción, gran artista, de
-regreso de Atenas, levantando sobre nuestra Acrópolis una obra colosal.
-Los toros de Gerión, enormes, gigantescos, con cuernos dorados que
-brillen como antorchas, y tras ellos, Hércules, cubierto con la piel
-del león de Nemea, como Therón su sacerdote en las grandes fiestas de
-Sagunto; y tremolando en lo alto su clava, que servirá de señal á todos
-los navegantes del golfo Sucronense... ¡Ay! ¡Si yo llegase algún día á
-realizar esta obra!...
-
-Ranto, cubierta con la túnica, había salido de su escondrijo y se
-aproximaba temerosa á Acteón, mirándolo con respeto y ruborizándose
-al mismo tiempo por el recuerdo de su sorprendida desnudez. Eroción,
-entusiasmado por el relato de sus ilusiones, mostraba en sus ojos el
-deseo de volver á comenzar. Miraba su obra y parecía desnudar con los
-ojos á la pastorcilla para repetir en seguida el trabajo.
-
-El ateniense comprendió que su presencia estorbaba á los jóvenes.
-
---Trabaja, Eroción --dijo--. Sé un gran artista si puedes. Tu modelo
-lo envidiarían los escultores de Atenas. Ahora que sé que os ocultáis
-aquí, procuraré no molestaros con mi presencia.
-
-Y así lo hizo. No volvió al bosque de higueras, dejando que los dos
-adolescentes trabajasen en su misterioso retiro; él, espoleado por la
-ambición; ella, sumisa por el amor.
-
-Llegó el día de las Panatheas. La fama de la solemnidad se había
-esparcido hasta más allá de los límites de Sagunto, y se presentaban en
-caravanas los rudos celtíberos para contemplar las diversiones de los
-griegos.
-
-Las gentes del agro habían abandonado sus trabajos de recolección, y
-vestidas con sus ropas mejores, llegaban á la ciudad desde el amanecer,
-para presenciar la fiesta á la diosa de los campos. Llevaban grandes
-gavillas de trigo matizadas de flores, para ofrecerlas á la diosa y
-corderillos de blancas lanas adornados con cintas, para sacrificarlos
-en su altar.
-
-Cuando salió el sol, la ciudad estaba repleta de una muchedumbre
-multicolor que se agolpaba en el Foro, ó corría á las márgenes del río
-para presenciar las carreras de caballos.
-
-Habíase formado un gran estadio junto al Bætis-Perkes, en el cual los
-principales ciudadanos de Sagunto iban á disputarse el triunfo. Los
-senadores, en largos bancos custodiados por un grupo de mercenarios,
-presidían la fiesta. En un extremo de la pista, los hijos de los
-comerciantes y de los ricos agricultores, toda la juventud saguntina,
-aguardaba la señal, casi desnuda, apoyada en sus ligeras lanzas y
-teniendo agarrados de la brida sus caballos en pelo, que se husmeaban y
-mordían presintiendo el próximo combate.
-
-Dieron la señal de partir, y todos, poniendo su pie izquierdo en el
-asidero de la lanza, saltaron de golpe sobre sus corceles, saliendo
-escapados en compacto escuadrón á lo largo de la pista. La inmensa
-masa popular prorrumpió en aclamaciones ante el bizarro grupo de
-jinetes, casi tendidos sobre el cuello de sus caballos, como si
-formasen con estos una sola pieza, moviendo en alto sus lanzas,
-excitando el galope con alaridos, y envueltos en polvo, al través del
-cual se veían las estiradas patas de las bestias y sus vientres casi
-tocando el suelo. La desenfrenada carrera duró mucho tiempo. Iban
-quedando rezagados los jinetes menos hábiles ó de peor montura: el
-escuadrón disminuía visiblemente. El último que quedase en la pista
-habiendo marchado siempre á la cabeza de los demás, conseguiría la
-corona, y la multitud hacía apuestas por el celtíbero Alorco ó el
-ateniense Acteón, que figuraban desde el primer instante al frente de
-los jinetes.
-
-Los ciudadanos, que no querían esperar bajo los ardores del sol el
-final de la carrera, seguían la ribera del río hasta llegar á las
-murallas, á cuya sombra los adolescentes luchaban cuerpo á cuerpo ó
-se ejercitaban en el pugilato para alcanzar el premio de la destreza.
-Otros más pacíficos se dirigían al Foro, bajo cuyos pórticos los
-jóvenes elegantes se disputaban la corona de laurel destinada al más
-hábil en la música y el canto. Sentados en sillas de marfil y teniendo
-cerca de ellos á los lindos esclavos que les abanicaban con ramas
-de mirto, Lacaro y sus amigos tañían la flauta ó pulsaban la lira,
-cantando versos griegos con entonación dulzona y afeminada. En el
-público reían algunos, remedando la suavidad de sus voces; pero otros
-imponían silencio con indignación, dominados por el encanto que ejercía
-sobre su rudeza el arte, aun con este aderezo femenil.
-
-Á más de media mañana un estrépito de muchedumbre entusiasta llenó como
-un trueno el ancho espacio del Foro. Era el pueblo que volvía de las
-carreras y aclamaba al vencedor. El arrogante Alorco, arrancado de los
-lomos de su corcel, era llevado en hombros por los más entusiastas.
-La corona de olivo ceñía su cabellera revuelta é impregnada de polvo.
-Acteón marchaba junto á él, celebrando su triunfo fraternalmente, sin
-revelar envidia.
-
-Los cantores, arrollados por esta ola de entusiasmo, recogieron sus
-sillas é instrumentos. La corona de laurel se la ciñó Lacaro en medio
-de la indiferencia general, sin recibir otros plácemes que los de sus
-esclavos. Todo el entusiasmo de la ciudad era para el vencedor de las
-carreras: el pueblo enardecíase admirando la fuerza y la destreza.
-
-Había llegado el momento solemne: la procesión iba á comenzar. En el
-barrio de los comerciantes, los esclavos tendían de tejado á tejado
-velos rojos y verdes, que daban sombra á las calles. Las ventanas y
-terrazas cubríanse con tapices multicolores de complicados dibujos, y
-las esclavas colocaban en las puertas braserillos para quemar perfumes.
-
-Las griegas ricas, seguidas de sus servidoras, que llevaban sillas de
-tijera, iban en busca de sitio en las escalinatas de los templos ó en
-las tiendas del Foro; y la gente agrupábase á lo largo de las casas,
-esperando impaciente la llegada de la comitiva que se formaba fuera de
-las murallas. Bandas de niños completamente desnudos corrían por las
-calles, agitando ramas de mirto y lanzando aclamaciones en honor de la
-diosa.
-
-De pronto se arremolinó la gente, prorrumpiendo en gritos de
-entusiasmo. La pompa en honor de Minerva entraba por la puerta del
-camino de la Sierpe y avanzaba lentamente hacia el Foro, al través del
-barrio de los comerciantes, que eran los organizadores de la fiesta.
-
-Marchaban al frente ancianos venerables de luenga barba vestidos
-de blanco, con mantos de amplios pliegues, la nevada cabellera
-coronada de verde y llevando en las manos ramas de olivo. Después los
-ciudadanos más arrogantes, armados de lanza y escudo, con la visera
-del casco griego caída sobre los ojos y mostrando con orgullo la
-recia musculatura de sus brazos y piernas. Seguían los adolescentes
-más hermosos de la ciudad, coronados de flores, cantando himnos en
-loor de la diosa; coros de niños desnudos, danzando con infantil
-gracia, cogidos de las manos, formando una cadena de complicadas
-combinaciones. Luego desfilaban las doncellas, las hijas de los ricos,
-cubiertas solamente con una túnica de purísimo lino, que marcaba sus
-encantos primaverales. Llevaban en las manos como ofrendas, ligeros
-canastillos de junco cubiertos por velos que ocultaban los instrumentos
-para el sacrificio á la diosa, y con ellos las tortas de trigo nuevo
-que habían de depositarse en su altar y los manojos de rubias espigas.
-Para que se marcase claramente la dignidad de las ricas vírgenes,
-marchaban detrás de ellas las esclavas sosteniendo la silla de tijera
-incrustada de marfil y el quitasol de tela rayada con gruesas borlas
-multicolores al extremo de las varillas.
-
-Un grupo de esclavas escogidas por su hermosura, al frente de las
-cuales marchaba Ranto, llevaban sobre sus cabezas grandes ánforas
-con agua y miel para las libaciones en honor de la diosa. Tras ellas
-desfilaban todos los músicos y cantores de la ciudad coronados de rosas
-y con amplias vestiduras blancas. Pulsaban la lira, tañían las flautas,
-y unos griegos de la alfarería de Sónnica que habían sido rapsodas
-errantes en su país, cantaban fragmentos de la guerra de Troya ante
-la muchedumbre bárbara que apenas si les entendía, pero admiraba la
-cadencia armoniosa de los versos de Homero.
-
-La gente se empujó, avanzando sus cabezas para ver mejor á los
-_salios_, los devotos danzarines de Marte que avanzaban desnudos,
-armados de espada y escudo. Dos esclavos llevaban pendientes de un palo
-atravesado sobre sus hombros una fila de broqueles de bronce, que otro
-golpeaba con un mazo, y á sus broncos sones, los _salios_ danzaban
-fingiendo atacarse, golpeaban con su espada el escudo del contrario,
-lanzando gritos feroces, y ejecutaban pantomimas para recordar los
-principales pasajes de la vida de la diosa.
-
-Tras este estrépito que ponía en conmoción las calles, haciendo rugir
-de entusiasmo al populacho enardecido por los golpes, seguía un grupo
-de niñas sosteniendo un velo finísimo, en el cual habían bordado las
-principales griegas de la ciudad el combate de Minerva con los Titanes.
-Era la ofrenda que había de quedar en el nuevo templo de la diosa como
-eterno recuerdo de las fiestas.
-
-Cerrando la procesión, avanzaba el escuadrón sagrado, los ciudadanos
-más ricos, montando briosos caballos, que con sus movimientos obligaban
-á la muchedumbre á pegarse á las paredes. Presentaban arrogantes
-figuras haciendo encabritar sus corceles, sin más guía que el freno,
-montándolos en pelo, oprimiendo sus hijares con las rodillas. Los
-jinetes más viejos, cubríanse con grandes sombreros á la moda
-ateniense: los jóvenes usaban el casco alado de Mercurio ó llevaban la
-cabeza descubierta, sujetos los cortos rizos con una cinta de color de
-fuego. Alorco ostentaba su corona de vencedor, y Acteón, que marchaba á
-su lado en uno de los corceles del celtíbero, sonreía á la muchedumbre,
-que le contemplaba con cierto respeto, como si fuese el esposo de
-Sónnica y dispusiera de sus enormes riquezas. Los jinetes miraban
-con cierto orgullo la espada que, ceñida á sus riñones, golpeaba los
-flancos del caballo, y abarcaban de una ojeada la alta Acrópolis y la
-ciudad extendida á sus pies, como expresando la confianza en su fuerza
-y la tranquilidad en que podía vivir Sagunto, segura de ser guardada.
-
-La muchedumbre, enardecida por el brillante desfile, aclamaba á
-Sónnica. Ésta, rodeada de esclavas, asomábase á la terraza del gran
-edificio que poseía en el barrio de los comerciantes para almacenar
-las mercancías. Ella era la organizadora, la que costeaba el velo á
-Minerva; la que había trasladado á Sagunto la hermosa fiesta de Atenas.
-Esparcíase en el ambiente el humo oloroso de los braserillos; caía de
-las ventanas una lluvia de rosas sobre las doncellas; brillaban las
-armas, y en los momentos que callaba el gentío, destacábanse á lo lejos
-los sones de las liras y las flautas, acompañando con suave melodía las
-voces de los cantores de Homero.
-
-Los rudos celtíberos llegados para presenciar la fiesta, callaban
-asombrados por el desfile que les deslumbraba con el brillo de las
-armas y las joyas y la confusión multicolor de los trajes. Los
-naturales de Sagunto felicitaban á sus conciudadanos los griegos,
-admirando el esplendor de la fiesta.
-
-Y no terminaba el regocijo con el brillante desfile. Por la tarde sería
-la diversión del populacho; la fiesta de los pobres. Se realizaría á
-lo largo de las murallas la carrera del hacha encendida; correrían
-con la antorcha inflamada en recuerdo de Prometeo, los marineros, los
-alfareros, los labradores, toda la gente libre y miserable del puerto
-y el campo. El que consiguiera dar la vuelta á la ciudad con la hacha
-inflamada, sería el vencedor; los que la dejasen apagar ó caminasen
-despacio para defender la luz, sufrirían los silbidos y los golpes de
-la muchedumbre. Hasta los ricos hablaban con entusiasmo de esta fiesta
-popular, que producía gran regocijo.
-
-Cerca de la Acrópolis, cuando toda la procesión estaba ya dentro de sus
-murallas, Alorco vió entre el gentío un celtíbero montado en un caballo
-sudoroso, el cual le hacía señas para que se aproximara.
-
-Alorco, saliendo del escuadrón, trotó hacia él.
-
---¿Qué quieres? --preguntó en el áspero lenguaje de su país.
-
---Soy de tu tribu, y tu padre es mi jefe. Acabo de llegar á Sagunto
-marchando tres días para decirte: --Alorco, tu padre va á morir y te
-llama. Los ancianos de la tribu me han ordenado que no vuelva sin tí.
-
-Acteón había seguido á su amigo, saliendo de entre los jinetes del
-escuadrón sagrado, y presenciaba el diálogo sin comprender una palabra,
-aunque adivinaba algo desagradable en el pálido rostro del celtíbero.
-
---¿Malas noticias? --preguntó á Alorco.
-
---Mi padre se muere y me llama.
-
---¿Y qué piensas hacer?...
-
---Partir inmediatamente. Los míos reclaman mi presencia.
-
-Emprendieron los dos jinetes el descenso á la ciudad, seguidos por el
-mensajero celtíbero.
-
-Acteón sentíase atraído por la emoción de su camarada. Al mismo tiempo
-despertábase en él la curiosidad de viajero, tantas veces excitada por
-los relatos del celtíbero.
-
---¿Quieres que te acompañe, Alorco?
-
-El joven agradeció con una mirada la proposición. Después se negó á
-aceptarla, alegando la prisa que tenía de partir. El griego querría
-despedirse de Sónnica. Tal vez la causaría un disgusto con la
-separación, y él deseaba emprender el viaje inmediatamente.
-
---Suprimamos la despedida --dijo el griego con su alegre ligereza--.
-Sónnica se resignará cuando la haga saber por un esclavo que me
-ausento por algunos días. ¿Quieres salir inmediatamente? Sea:
-partiremos juntos. Te acompaño. Siento curiosidad por ver de cerca ese
-país con sus costumbres bárbaras y sus habitantes valerosos y duros, de
-los cuales tantas proezas me han relatado.
-
-Atravesaron la ciudad: las calles estaban desiertas. Toda la población
-había subido á la Acrópolis. Acteón se detuvo un instante en los
-almacenes de Sónnica para noticiar el viaje á sus esclavos, y siguió
-después á su amigo, saliendo ambos de la ciudad.
-
-Alorco estaba alojado en una de las posadas del suburbio, enorme
-edificio con profundas cuadras y anchos patios, donde sonaban
-continuamente las diversas lenguas del interior de la península,
-enronquecidas y encolerizadas por el regateo de mercancías y bestias.
-Cinco hombres de la tribu acompañaban al joven celtíbero durante su
-permanencia en Sagunto, cuidando los caballos y sirviéndole como
-domésticos libres.
-
-Al saber que iban á partir, estos hijos de las montañas gritaron de
-entusiasmo. Languidecían de inacción en aquel país rico y feraz, cuyas
-costumbres detestaban, y á toda prisa realizaron los preparativos para
-la marcha.
-
-Caía el sol cuando emprendieron el viaje. Alorco y Acteón marchaban
-al frente con el manto en la cabeza, un peto de lienzo almohadillado
-para defender el pecho, á usanza celtíbera, y la espada ancha y
-corta, junto con el escudo de cuero colgando de la cintura. Los cinco
-servidores y el mensajero cerraban la marcha armados de largas lanzas,
-custodiando dos mulas que llevaban las ropas de Alorco y los víveres
-para el viaje.
-
-Aquella tarde aún marcharon por caminos. Estaban en el agro saguntino,
-y pasaban entre campos cultivados y feraces, hermosas quintas y
-compactos pueblecillos que se apretaban en torno de la torre que les
-servía de defensa. Al cerrar la noche acamparon junto á una aldea
-miserable de las montañas. Allí acababa la dominación de Sagunto: más
-allá estaban las tribus casi siempre en guerra con la gente de la costa.
-
-Á la mañana siguiente, el griego vió el paisaje totalmente cambiado.
-Se perdieron á su espalda el mar y el verde llano, y sólo vió montes
-y más montes, unos cubiertos de grandes pinares, otros rojos, con
-promontorios de piedra azulada y espesos matorrales que al estremecerse
-con los pasos de la caravana, vomitaban nubes de pájaros asustados,
-y liebres que, locas de terror, pasaban por entre los pies de los
-caballos.
-
-Los caminos no eran obra de los hombres. Marchaban las bestias
-trabajosamente por el rastro que otros viajeros habían dejado; rodeaban
-muchas veces las moles de piedra caídas de las cumbres y se hundían
-otras en riachuelos que les cortaban el paso. Faldeaban las montañas;
-subían á las cumbres entre los graznidos de las águilas que se
-espeluznaban de cólera al ver invadida la silenciosa región, en la que
-muy de tarde en tarde entraban los hombres; descendían á los barrancos,
-profundas grietas en las que reinaba una penumbra sepulcral y donde
-aleteaban los cuervos, atraídos por el cadáver de alguna res abandonada.
-
-Veían á lo lejos en un pequeño valle ó al lado de un riachuelo un grupo
-de cabañas de paredes de barro y techo de bálago agujereado para dar
-luz á la habitación y salida al humo. Las mujeres, huesosas y cubiertas
-de pieles, rodeadas de niños desnudos, salían de sus cubiles para ver
-de lejos la caravana, con huraña expresión de alarma, como si el paso
-de unos desconocidos sólo pudiera traer desgracias. Otras más jóvenes,
-con las piernas al descubierto y ceñido el delantal de harapos á los
-riñones, segaban el mísero trigo, que apenas si se levantaba como una
-película dorada sobre la tierra blanquecina y pobre. Muchachas fuertes
-y feas, de miembros varoniles, bajaban de los montes con grandes haces
-de ramas en las espaldas, mientras los hombres, á la sombra de los
-nogales y los robles, trenzaban nervios de toro para construir escudos,
-ó se amaestraban en arrojar dardos y manejar la lanza, cayéndoles sobre
-los rostros tostados y barbudos la alborotada cabellera.
-
-Jinetes en pequeños caballos de largo y sucio pelo aparecían en los
-sitios más altos del camino algunos guerreros de equívoco aspecto,
-mezcla de pastores y bandidos, con armadura de cuero y larga lanza.
-Examinaban un instante la comitiva, y después de apreciar su fuerza,
-convencidos de que era difícil atacarla, volvían al paso hacia sus
-ganados, que pastaban en las profundas quebraduras de los montes
-cubiertos de matorrales. Los infinitos rebaños de corderos y toros,
-acostumbrados á la soledad salvaje, huían huraños al escuchar el paso
-de la caravana. Por entre los romeros y tomillos de las laderas subían
-como pardas hormigas las bandas de codornices buscando su pasto, y al
-sonido de los cascos de los caballos volaban, pasando como un silbido
-sobre las cabezas de los viajeros.
-
-Acteón admiraba las rudas costumbres de aquellas gentes. Las cabañas
-eran de adobes rojos ó de pedruscos unidos con barro: los techos de
-ramas; y las mujeres, más feas y animosas que los hombres, realizaban
-los trabajos fatigosos. Sólo los niños trabajaban, imitando con esto á
-sus madres. Los adolescentes empuñaban la lanza, y bajo la dirección
-de los ancianos aprendían á combatir, tan pronto á pie como á caballo;
-domaban los potros, saltando al suelo y volviendo á montar en mitad de
-la carrera y se amaestraban en permanecer de rodillas sobre sus lomos,
-inmóviles y con los brazos libres para esgrimir la espada y el escudo.
-
-En algunas aldeas los recibían con la hospitalidad tradicional y aún
-extremaban más sus agasajos al reconocer á Alorco, el heredero de
-Endovellico, temido jefe de las tribus de Baraeco, que apacentaban
-desde hacía siglos sus rebaños en las riberas del Jalón. Les cedían al
-llegar la noche sus mejores lechos de correas, cubiertos de mullida
-hierba seca; atravesaban en el asador un becerro, haciéndolo voltear
-sobre una enorme hoguera en honor de la caravana, y durante la marcha
-les detenían las mujeres á la entrada de sus chozas, ofreciéndoles en
-groseras vasijas de barro la amarga cerveza fabricada en los valles y
-el pan de harina de bellotas.
-
-Alorco explicaba al ateniense las costumbres de su raza. Cosechaban la
-bellota, su principal alimento y la exponían al sol hasta que estuviera
-bien seca: la mondaban, la molían y almacenaban la provisión de harina
-para seis meses. Este pan, la caza y la leche de sus reses, constituían
-los principales alimentos. En algunas épocas la peste les había dejado
-sin rebaños; los campos no daban cosechas, el hambre diezmaba las
-tribus y los más fuertes habían devorado á los débiles para subsistir.
-Esto, recordaba Alorco haberlo oído á los ancianos de su tribu, como
-ocurrido en remotos tiempos, cuando Neton, Autubel, Nabí y otras
-divinidades del país, irritadas contra su pueblo, habían enviado sobre
-él tan tremendos castigos.
-
-El joven celtíbero continuaba el relato de las costumbres. Algunas
-mujeres de las que con tanto vigor trabajaban en los campos tal vez
-habían parido el día anterior. Apenas salida á luz la criatura, la
-sumergían en el río más cercano, para que con esta prueba, que causaba
-á muchas la muerte, creciese vigorosa é insensible al frío; y mientras
-la madre saltaba de la cama y continuaba sus trabajos, el esposo
-ocupaba su sitio en el lecho, acostándose con el recién nacido. La
-mujer, todavía convaleciente, cuidaba á los dos, rodeando de atenciones
-al fuerte marido, como para agradecerle el fruto que la había dado.
-
-Varias veces encontró la caravana en su marcha al borde de las veredas,
-lechos de hierbas sobre los cuales mostrábanse algunos hombres rígidos
-y quejumbrosos. Las moscas zumbaban en torno de sus cabezas como una
-nube; una ánfora de agua estaba al alcance de su mano. Algún niño en
-cuclillas junto al lecho espantaba los insectos con una rama. Eran
-enfermos que los parientes exponían, según antigua costumbre, al
-borde de los caminos, para implorar la clemencia de las divinidades
-exhibiendo su miseria, y para que los viandantes al pasar aconsejaran
-un remedio, transmitiéndose así las recetas de lejanos países.
-
-Los hombres fuertes bañábanse en orines de caballo para endurecer
-los músculos. Su único lujo eran las armas, y admiraban como joyas
-inestimables las espadas de bronce traídas del Norte de la península y
-las de acero fabricadas por los de Bílbilis y templadas en las arenas
-de su famoso río. Las corazas flexibles, formadas por varias telas de
-lino superpuestas, ó las de cuero, adornadas con clavos, eran armas
-defensivas de las que no se despojaba el celtíbero ni aun en el lecho.
-Dormían con el _sagum_ puesto, las grebas de metal en las piernas y
-las armas al alcance de la mano, prontos á pelear así que la más leve
-alarma turbaba su sueño.
-
-Á los tres días de marcha la caravana entró en el territorio de la
-tribu de Alorco. Separábanse las montañas á ambos lados del Jalón,
-formando risueños valles cubiertos de altos pastos, por los cuales
-corrían los rebaños de caballos sin domar, con la melena encrespada
-y la cola ondeante. Las mujeres salían fuera de sus aldeas á saludar
-á Alorco, y los hombres, empuñando la lanza, montaban á caballo para
-unirse á la caravana. En la primera aldea donde se detuvieron, un
-anciano dijo á Alorco que su padre, el poderoso Endovellico, estaba
-agonizante, y en otra que encontraron á las pocas horas, supo que el
-gran jefe había muerto al amanecer.
-
-Todos los guerreros de la tribu, pastores y agricultores, montaban á
-caballo para seguirle. Cuando llegaron á la aldea donde residía el
-reyezuelo la escolta era ya un pequeño ejército.
-
-En la puerta de la casa paterna, construcción baja de piedras rojas y
-techumbre de troncos, vió Alorco á sus hermanas con trajes de flores y
-la cabeza en un collar de jaula, de cuyos hierros pendían los velos de
-luto.
-
-Las hermanas de Alorco, lo mismo que las otras mujeres que las
-acompañaban, esposas de los primeros guerreros de la tribu, ocultaban
-su dolor por la muerte del jefe y sonreían como si estuvieran
-en vísperas de una fiesta. La vejez era una desgracia entre los
-celtíberos, que despreciaban la vida y peleaban por diversión cuando
-les faltaba la guerra. Morir en el lecho era casi una deshonra,
-y lo único que turbaba un tanto la satisfacción de la familia de
-Endovellico, era que un guerrero tan famoso, terror de las vecinas
-tribus, hubiese muerto con la cabellera blanca, extinguiéndose su vida
-como una antorcha que se apaga, después de haber hecho galopar su
-caballo al través de tantos combates, desplomando su espada como un
-rayo sobre los enemigos.
-
-El traje y el rostro de Acteón atraían las miradas de toda la
-tribu. Muchos de los celtíberos no habían visto nunca un griego y
-contemplaban á éste con ojos hostiles, recordando las astucias y
-hábiles explotaciones que los comerciantes helénicos hacían sufrir á
-los de su raza cuando descendían hasta Sagunto para vender la plata de
-las minas.
-
-Alorco tranquilizó á los suyos.
-
---Es mi hermano --dijo en la lengua del país--. Juntos hemos vivido en
-Sagunto. Además, no es de esa ciudad. Es de muy lejos, de un país donde
-los hombres son casi dioses, y ha venido conmigo para conoceros.
-
-Las mujeres miraban á Acteón con asombro al saber el origen casi divino
-que le atribuía Alorco.
-
-Habían desmontado los de la caravana, entrando en la inmensa cabaña
-que servía de palacio al jefe. Una vasta habitación ennegrecida por
-el humo y sin otras luces que unos angostos respiraderos, semejantes
-á saeteras, servía de punto de reunión y consejo á los guerreros de
-la tribu. En un extremo, una piedra enorme, sobre la cual ardían
-los leños, con una gran abertura en el techo que hacía las veces de
-chimenea. Empotrada en la pared había una lápida, y esculpida en
-ella groseramente la figura del dios de la tribu estrangulando á dos
-leones. De los muros colgaban lanzas y escudos, pieles de bestias
-feroces, retorcidas astaduras y blancos cráneos de animales de caza. Un
-banco de piedra corría á lo largo de las paredes, y cerca del hogar
-interrumpíase para dejar espacio á un alto poyo de mampostería cubierto
-con una piel de oso. Allí se sentaba el jefe.
-
-Los guerreros iban colocándose en el banco conforme entraban.
-
-Un anciano cogió la mano á Alorco, guiándolo hasta el puesto de honor.
-
---Siéntate ahí, hijo de Endovellico. Tú eres su único sucesor y mereces
-ser nuestro jefe. Su valor y su prudencia residen en tí.
-
-Los demás guerreros apoyaban con miradas de grave aprobación las
-palabras del anciano.
-
---¿Dónde está el cadáver de mi padre? --preguntó Alorco, conmovido por
-la sencilla ceremonia.
-
---Desde que descendió el sol está en la pradera donde aprendiste tú
-á domar los caballos y manejar las armas. Los jóvenes de la tribu le
-guardan. Mañana cuando salga el sol serán sus exequias, dignas de tan
-gran jefe. Después tú, como nuevo rey, nos darás consejos sobre los
-asuntos de la tribu.
-
-Alorco hizo sentar cerca de él al griego. Las mujeres entraron
-antorchas, pues por los estrechos tragaluces apenas si el crepúsculo
-lograba filtrar una claridad pálida y difusa. Las hermanas de Alorco,
-con la vista baja y ondeando las túnicas floreadas en torno de sus
-cuerpos de vírgenes fuertes, iban por delante de los guerreros
-ofreciendo en vasos de cuerno hidromiel y cerveza. Aquellos hombres
-bebían enormemente, sin perder su gravedad. Hablaban de las hazañas
-de Endovellico como si éste hubiese muerto muchos años antes y de las
-grandes empresas á que seguramente les guiaría su sucesor, aludiendo
-varias veces con palabras misteriosas á un asunto que había de tratarse
-al día siguiente en el consejo.
-
-Entraron la cena. Los celtíberos no acostumbraban á comer en mesa como
-las gentes de la costa. Seguían sentados en el banco de piedra. Las
-mujeres les colocaban al lado un pan de trigo por ser extraordinario
-el banquete, sustituyendo éste al de harina de bellotas que era de
-uso habitual. Otras mujeres hacían circular una gran vasija llena de
-pedazos de carne asada que aún chorreaba sangre, y cada guerrero cogía
-un trozo con la punta de su cuchillo. Los cuernos llenos de bebida
-circulaban de mano en mano, y el griego Acteón aceptaba con gracioso
-ademán cuanto le ofrecían sus vecinos con palabras hospitalarias que no
-podía comprender.
-
-Al terminar la cena entraron varios adolescentes de la tribu con
-trompas y flautas, y comenzaron á hacer sonar un aire bizarro que
-participaba de la alegría de la caza y del furor con que en los
-combates se cargaba sobre el enemigo. Los convidados enardeciéronse, y
-muchos de ellos, los más jóvenes, saltando al centro de la habitación,
-comenzaron á danzar con una agilidad gimnástica. Era el baile con que
-terminaban los celtíberos todos sus banquetes; un ejercicio violento
-que ponía á prueba sus músculos y les hacía recobrar su fuerza aún en
-los momentos de mayor molicie.
-
-Mucho antes de media noche fueron retirándose los guerreros, dejando
-solos á Alorco y Acteón en aquella pieza inmensa cargada de humo, en
-la cual crepitaban las antorchas, tiñendo con reflejos de sangre los
-bárbaros adornos de las paredes. Durmieron en lechos de hierba sin
-despojarse de sus ropas y con las armas junto á ellos, como dormía toda
-la tribu, siempre temerosa de algún ataque de los vecinos, atraídos por
-la riqueza de sus rebaños.
-
-Al amanecer bajaron á la pradera, donde estaba expuesto el cadáver de
-Endovellico. Toda la tribu se reunía en la llanura, junto al río: los
-jóvenes á caballo con sus lanzas y cubiertos de todas armas; los viejos
-sentados á la sombra de las encinas; las mujeres y los niños, cerca de
-la pira de troncos, sobre la cual estaba tendido el cadáver del jefe.
-
-Endovellico aparecía con su traje de guerra. Sus lacios cabellos
-escapaban por los bordes del casco de triple cimera; la barba plateada
-descansaba sobre una loriga de escamas de bronce; los brazos desnudos
-y musculosos, caían sobre la espada celtíbera de hoja corta,
-estrangulada en su mitad para ensancharse en la punta, y las piernas
-estaban cubiertas por las anchas correas de las abarcas. El escudo, en
-el que aparecía grabado el dios de la tribu luchando con los leones,
-servía de cojín á su cabeza.
-
-Al llegar los dos jóvenes, se adelantó el mismo anciano que había
-hablado á Alorco el día anterior. Era el más sabio de la tribu, y había
-aconsejado muchas veces á Endovellico antes de emprender sus audaces
-expediciones. En circunstancias extraordinarias abría con el cuchillo
-sagrado el vientre de los prisioneros para leer el porvenir en las
-palpitaciones de sus entrañas. Otras veces cortaba las manos á los
-vencidos para dedicarlas al dios de la tribu, clavándolas en la puerta
-del jefe para aplacar á la divinidad. El misterio hablaba por su boca,
-y toda la tribu le contemplaba con admiración y miedo, como capaz de
-cambiar el curso del sol y de destruir en una noche las cosechas de los
-enemigos.
-
---Avanza, hijo de Endovellico --dijo con solemnidad--. Mira tu pueblo,
-que te elige como el más valiente y el más digno para suceder á tu
-padre.
-
-Interrogó con la mirada á la muchedumbre, y los guerreros contestaron
-golpeando sus escudos, lanzando los mismos alaridos con que se
-excitaban al entrar en el combate.
-
---Ya eres nuestro rey --continuó el anciano--. Serás el padre y el
-guardián de tu pueblo. Para cumplir tu misión, apodérate de la herencia
-de tu padre... ¡Bajad el escudo!
-
-Dos jóvenes treparon á lo alto de la pira, y levantando la cabeza de
-Endovellico, bajaron el escudo con la imagen del dios, entregándolo á
-Alorco.
-
---Con este escudo --dijo el anciano-- cubrirás á tu pueblo de los
-golpes del enemigo... ¡Venga la espada!
-
-Bajaron los jóvenes la espada, arrancándola de las yertas manos del
-jefe.
-
---Cíñetela, Alorco --continuó el hechicero--. Con ella nos defenderás y
-caerá como un rayo allí donde te marquen los tuyos. ¡Avanza, joven rey!
-
-Guiado por el viejo, llegó Alorco hasta los troncos, sobre los cuales
-descansaba su padre. El joven volvía el rostro para no ver el cadáver,
-temiendo un enternecimiento que le hiciese derramar lágrimas ante la
-tribu.
-
---¡Jura por Neton, por Autubel, por Nabí, por Caulece, por todos los
-dioses de nuestra tribu y de todas las tribus que pueblan esta tierra
-y odian á los extranjeros que un día llegaron por el mar para robarnos
-nuestras riquezas! ¡Jura ser fiel á tu pueblo y obedecer siempre lo que
-te aconsejen los guerreros de la tribu!... ¡Júralo por el cuerpo de tu
-padre que pronto no será más que cenizas!...
-
-Alorco lo juró, y los guerreros golpearon otra vez sus escudos,
-lanzando exclamaciones de alegría.
-
-El viejo, con un vigor extraordinario, se encaramó sobre los troncos,
-buscando bajo la coraza del cadáver.
-
---Toma, Alorco --dijo al descender, entregando al nuevo jefe una
-cadenilla de cobre de la que pendía un disco del mismo metal--. Ésta
-es la mejor herencia de tu padre: la _salvación_ que le seguía á todas
-partes. No hay un guerrero en la Celtiberia que no lleve consigo su
-veneno para morir, antes que ser esclavo del vencedor. Yo compuse éste
-para tu padre. Pasé toda una luna extrayéndolo del apio silvestre, y
-una de sus gotas mata como el rayo. Si algún día caes vencido, bebe y
-muere antes que los tuyos contemplen á su jefe con la mano cortada y
-sirviendo de esclavo á los enemigos.
-
-Alorco pasó la cabeza por la cadenilla, ocultando en el pecho la
-herencia de su padre. Después volvió al lado de Acteón, bajo las
-encinas donde se agrupaban los ancianos.
-
-Los adolescentes de la tribu que estaban haciendo su aprendizaje
-guerrero en la pradera, corrieron con antorchas encendidas en torno de
-la pira. Las teas lamieron los troncos resinosos, y pronto el humo y
-las llamas comenzaron á envolver el cadáver.
-
-Los guerreros de la tribu más famosos por su valor y sus fuerzas,
-avanzaron haciendo caracolear sus caballos en torno de la hoguera.
-
-Agitando las lanzas, proclamaban con roncos gritos las hazañas del
-difunto jefe, uniéndose la masa de la tribu á sus aclamaciones.
-Relataban los innumerables combates de los que había salido vencedor;
-las audaces expediciones en las que sorprendía al enemigo descuidado
-durante la noche, quemando sus viviendas y formando interminables
-cuerdas de cautivos; los rebaños apresados, que casi no cabían en los
-territorios de la tribu; sus fuerzas colosales; la prontitud con que
-dominaba el potro más salvaje, y la prudencia que demostraba en todos
-sus consejos.
-
---¡Cubrió de manos de enemigos las puertas de nuestras casas! --gritaba
-un guerrero, pasando al galope como un fantasma entre el humo de la
-hoguera.
-
-Y la multitud gritaba con una entonación de lamento:
-
---¡Endovellico!... ¡Endovellico!...
-
---¡Le temían todas las tribus, y su nombre era respetado como el de un
-dios!...
-
-La multitud volvía á repetir varias veces el nombre del jefe como si
-llorase.
-
---¡Con su puño de roca abatía un toro en mitad de su carrera, y hacía
-volar la cabeza del enemigo con un golpe de su espada!
-
---¡Endovellico!... ¡Endovellico!...
-
-Y así continuaban las exequias del jefe. La hoguera elevaba rectas las
-llamas, ensuciando con su denso humo el azul del cielo, y los heraldos,
-incansables en pregonar las hazañas de su jefe, pasaban y repasaban
-como negros demonios coronados de chispas, haciendo saltar sus corceles
-sobre los leños inflamados. Vínose abajo la pira, envolviendo los
-restos de Endovellico entre cenizas y tizones, y sobre el rescoldo de
-la hoguera comenzó el combate en honor del difunto.
-
-Avanzaban los guerreros á caballo con las riendas sueltas, el
-escudo ante el pecho, la espada en alto, y combatían como si fuesen
-irreconciliables enemigos. Los mejores camaradas, los hermanos de
-armas, se asestaban tremendos golpes, con el entusiasmo de un pueblo
-que convertía la lucha en la principal diversión. Había que hacer
-correr la sangre para glorificar con más pompa la memoria del difunto;
-caían los caballos al choque del encuentro, y los jinetes continuaban
-la lucha á pie, trabándose cuerpo á cuerpo, haciendo retemblar los
-escudos con el choque de los golpes. Cuando se hubieron retirado
-algunos guerreros cubiertos de sangre, y el combate tomó un carácter
-de batalla general, en la que intervenían las mujeres y los niños
-enardecidos por el espectáculo, Alorco hizo sonar las trompas dando la
-señal de retirada, y se arrojó entre los combatientes para separar á
-los más tenaces.
-
-Terminaban las exequias. Los esclavos de la tribu arrojaron los restos
-de la hoguera en una zanja, y la muchedumbre, viendo acabada la fiesta,
-levantó por última vez el cuerno lleno de cerveza para beber en honor
-del nuevo rey, retirándose luego á sus aldeas.
-
-Los principales guerreros se dirigieron á la mansión del jefe para
-celebrar consejo.
-
-El ateniense caminaba al lado de Alorco, manifestándole el asombro
-que le habían causado las costumbres bárbaras y belicosas de los
-celtíberos. Como no podía entender su lenguaje, los guerreros le vieron
-sin alarma sentarse en la sala del consejo cerca del nuevo jefe.
-
-El hechicero hablaba á Alorco largamente, entre el respetuoso
-silencio de los guerreros. Acteón comprendió que daba cuenta de cosas
-extraordinarias ocurridas en la tribu pocos días antes de la llegada
-del nuevo rey. Tal vez algún llamamiento de las tribus amigas, alguna
-expedición fructuosa proyectada por los más audaces.
-
-Vió obscurecerse ligeramente el rostro de Alorco, como si le hablasen
-de algo penoso que pugnaba con sus afectos. Los guerreros le miraban
-fijamente, mostrando en sus ojos la conformidad y el entusiasmo con las
-palabras del viejo. Alorco se repuso, siguió escuchando con serenidad
-al hechicero, y cuando éste terminó, tras una larga pausa, dijo algunas
-palabras é hizo con la cabeza una señal de asentimiento.
-
-Aquella gente ruda acogió con gritos de entusiasmo la conformidad de
-su jefe y salió en tropel de la casa, como si la faltase tiempo para
-llevar la noticia al exterior.
-
-Cuando quedaron solos el griego y el celtíbero, éste dijo con tristeza:
-
---Acteón, mañana parto con los míos. Comienzo á ser jefe de la tribu.
-Tengo que llevarla al combate.
-
---¿Puedo acompañarte?
-
---No. Ignoro dónde vamos. Mi padre tenía un poderoso aliado que no
-puedo nombrarte, y ese aliado me llama sin decir para qué. Toda la
-tribu muestra un gran entusiasmo por esta expedición.
-
-Alorco añadió tras una larga pausa:
-
---Puedes permanecer aquí todo el tiempo que quieras. Mis hermanas te
-obedecerán como si fueses el mismo Alorco.
-
---No: partiendo tú nada me resta que hacer aquí. En un día he visto
-bastante para conocer á los celtíberos. Regresaré á Sagunto.
-
---¡Feliz tú que puedes volver á la vida griega, á los banquetes de
-Sónnica, á la dulce paz de aquellos mercaderes!... Que no se turbe
-nunca y que yo pueda regresar allá como amigo.
-
-Callaron los dos un buen rato, como si gravitasen sobre su pensamiento
-negras ideas.
-
---Volverás de esa expedición cargado de riquezas --dijo el griego-- y
-vendrás á disiparlas alegremente en Sagunto.
-
---¡Que sea así! --murmuró Alorco--. Pero presiento que nunca volveremos
-á vernos, Acteón. Si nos vemos será para maldecir á los dioses,
-prefiriendo no habernos visto. Parto sin saber dónde voy y tal vez
-marcho contra mí mismo.
-
-No dijeron más: temían explicarse sus pensamientos.
-
-El griego y el celtíbero se abrazaron estrechamente. Después, como
-suprema despedida, se besaron en los ojos, signo de fraternal amistad.
-
-
-
-
-V
-
-La invasión
-
-
-La hermosa Sónnica creía haber perdido para siempre á Acteón. Su
-repentina partida la consideraba como un capricho del veleidoso
-ateniense, eterno viajero impulsado por la fiebre de ver nuevos países.
-¡Sólo los dioses podían saber dónde iría aquel pájaro errante, después
-de su visita á la Celtiberia! Tal vez se quedase con Alorco; tal vez
-guerreara con aquellos bárbaros, y éstos, subyugados por su cultura y
-su astucia, acabaran formándole un reino.
-
-Creía Sónnica que el ateniense no volvería más; que su corta primavera
-de amor había sido semejante á la fugitiva felicidad de las mujeres
-que tuvieron relaciones con los dioses al bajar éstos al mundo. Ella,
-tan insensible y burlona para los afectos, pasaba los días llorando
-en su lecho ó recorría por la noche como una sombra el vasto jardín,
-deteniéndose en la gruta donde el griego había hecho caer por primera
-vez el cinturón de su túnica. Los esclavos asombrábanse del humor
-desigual y cruel de su ama, que tan pronto gemía cual una niña, como
-enardecida por súbita crueldad, ordenaba castigos para todos. Y de
-repente, una mañana, se presentaba el griego ante la quinta sobre
-un caballo polvoriento y sudoroso, despedía á los bárbaros de feroz
-catadura que venían escoltándole, corría con los brazos abiertos hacia
-la trémula Sónnica, y todo el inmenso dominio parecía resucitar: la
-señora sonreía, el jardín se mostraba más hermoso, en la terraza
-brillaban con mayor esplendor los plumajes de las aves raras, sonaban
-más alegres las flautas de las aulétridas, y á los esclavos, libres ya
-de castigos, les parecía más dulce el aire y más puro el cielo.
-
-La quinta de Sónnica recobró su alegre vida, como si la dueña hubiese
-resucitado. Por la noche hubo banquete en el gran triclinio; llegaron
-invitados los jóvenes elegantes amigos de Sónnica, y hasta Eufobias el
-filósofo encontró su sitio en la mesa, sin tener que luchar antes con
-el palo de los esclavos.
-
-Sónnica sonreía abrazada á Acteón, y escuchaba sus palabras como
-una música dulce. Los convidados le hacían relatar su viaje á la
-Celtiberia, admirando las costumbres de las tribus sobre las que
-reinaba Alorco. El parásito Eufobias no ocultaba su satisfacción por
-tener un amigo tan poderoso, y hablaba de ir allá por algún tiempo
-para vivir cómodamente, sin tener que mendigar el pan á los mercaderes
-de Sagunto. Volvió para el ateniense la primavera de amor. Pasaba los
-días en la quinta á los pies de Sónnica, viendo cómo hilaba en la
-rueca lanas de vivos colores, ó cómo se acicalaba el cuerpo, ayudada
-por sus esclavas. Á la caída de la tarde paseaban por el jardín, y les
-sorprendía la noche en la gruta, estrechamente abrazados, oyendo como
-una melodía dulce y monótona el canto del surtidor cayendo en la taza
-de alabastro.
-
-Algunas mañanas, Acteón iba á la ciudad para pasear por los pórticos
-del Foro, escuchando á los noticieros con la curiosidad de un griego
-habituado á las murmuraciones del Ágora. Notábase una agitación
-extraordinaria en la gran plaza saguntina. Los desocupados hablaban
-de guerras; los ciudadanos más belicosos recordaban sus hazañas en la
-última expedición contra los turdetanos exagerándolas, y los tranquilos
-comerciantes abandonaban sus mesas para inquirir noticias, acogiendo
-con gestos de desaliento la posibilidad de una lucha próxima. Acteón,
-al llegar á Sagunto por las mañanas, veía en lo alto de los muros
-centenares de esclavos que reparaban las almenas desmoronadas por el
-tiempo y cubrían las grietas que muchos años de paz habían abierto en
-los fuertes tapiales.
-
-Mopso el arquero le tenía al corriente de las deliberaciones de los
-Ancianos. Hanníbal les había enviado un emisario con la orden de
-devolver á los turdetanos los territorios conquistados y el botín de la
-última expedición. El africano amenazaba con una altivez insufrible, y
-la república saguntina le había contestado con desprecio, negándose á
-escuchar sus órdenes. Sagunto sólo podía obedecer á su fuerte aliada
-Roma, y segura de su protección, miraba con indiferencia las amenazas
-del cartaginés. Sin embargo, como la guerra parecía inevitable y todos
-temían la juventud y el carácter audaz de Hanníbal, dos senadores se
-habían embarcado algunos días antes en el puerto de Sagunto, haciendo
-vela hacia las costas de Italia para relatar lo ocurrido, solicitando
-la protección del Senado romano.
-
-En el Foro circulaban confusamente estas noticias, y la muchedumbre
-se burlaba de Hanníbal como de un joven arrebatado que necesitaba una
-lección. Podía venir contra Sagunto cuando quisiera. Los cartagineses
-eran los derrotados de Sicilia, los que tuvieron que abandonar las
-costas de la Gran Grecia, expulsados por los romanos, poniendo con
-la derrota su propia ciudad al borde de la ruina. Si habían logrado
-después victorias en Iberia era contra tribus bárbaras que desconocían
-el arte de la guerra y eran víctimas de sus astucias. Al atacar á
-Sagunto encontrarían un enemigo digno de ellos, y Roma, la poderosa
-aliada, caería á sus espaldas exterminándolos.
-
-Estas reflexiones enardecían la ciudad. Llegaban noticias de que
-Hanníbal había salido de campaña y se aproximaba lentamente; y con
-tales novedades un aire de guerra parecía pasar sobre Sagunto,
-inflamando el ánimo de los más prudentes. Los tranquilos mercaderes,
-con la sorda cólera del hombre pacífico que ve en peligro sus bienes,
-limpiaban viejas armas en las puertas de sus tiendas ó bajaban á las
-riberas del río para ejercitarse en su manejo, confundidos con la
-juventud, que desde la salida del sol hacía caracolear sus caballos y
-esgrimía la lanza ó disparaba el arco bajo la dirección de Mopso.
-
-Acteón comenzó á pasar los días fuera de la quinta, desoyendo los
-ruegos de Sónnica, que quería verle siempre junto á ella. El Senado
-le había dado el mando de los _peltastas_, la infantería ligera; y
-al frente de algunos centenares de jóvenes descalzos y sin otra arma
-defensiva que una coraza de lana y un escudo de junco, corría por las
-riberas del río, enseñándoles á lanzar los dardos sin detenerse en la
-carrera, á herir al enemigo pasando por su lado rápidamente, sin darle
-tiempo á que respondiese con otro golpe.
-
-Cuando terminado el ejercicio los jóvenes sudorosos se lanzaban en el
-río para fortalecerse con la natación, el griego regresaba lentamente á
-la quinta, deteniéndose en los lugares más risueños del agro.
-
-Una tarde el ateniense encontró á Eroción el alfarero al pie de un
-enorme cerezo, mirando las ramas más altas, de las que caía una lluvia
-de rojos frutos á impulsos de una mano invisible. Desde el día en que
-le sorprendió Acteón trabajando ante la desnuda pastorcilla no había
-vuelto á verle.
-
-El adolescente acogió al griego con una sonrisa.
-
---¿Ya no trabajas? --preguntó Acteón con paternal bondad--. ¿Terminaste
-tu obra?
-
-El muchacho contestó con un gesto de indiferencia:
-
---¡Mi obra!... No te burles, griego. Nada tengo que hacer...
-
---¿Y Ranto?
-
---Está en lo alto de ese árbol, cogiendo para mí las mejores cerezas.
-Trepa como una cabra y no quiere que la acompañe. Teme que me haga daño.
-
-Se agitaron las ramas del cerezo, y ágil como una ardilla descendió la
-pastora con las piernas descubiertas, llevando en su recogida falda de
-piel un montón de cerezas. Ella y su amante las comían riendo, con los
-labios teñidos de rojo, y se adornaban el cabello ó las colgaban á
-pares de sus orejas, formando frescas y vistosas arracadas.
-
-Acteón sonreía contemplando aquella juventud fuerte y hermosa que se
-buscaba y confundía como si viviese en un desierto, sin preocuparse del
-estado de la ciudad.
-
---¿Pero qué hiciste de tu obra? --preguntó.
-
-Eroción y Ranto rieron al recordar el pasado trabajo.
-
---La aplasté --dijo el muchacho--. Hice añicos el barro y me propongo
-no tocar otro que el de la alfarería... cuando me decida á volver á
-ella.
-
-Había cogido el talle de la pastorcilla y descansaba su cabeza en uno
-de sus hombros, frotándose contra su cuello con suavidad amorosa de
-felino.
-
---¿Para qué trabajar? --añadió--. He pasado muchos días arrodillado
-ante el barro maldito, luchando por que tomase las formas de este
-cuerpo. Pero es inútil. El barro es barro y no puede ser carne. Cuando
-se tiene al alcance de la mano la suave piel de mi Ranto, es una
-necedad desesperarse para que la tierra amasada tome la tersura de su
-vida. No quiero soñar más, ateniense. Me contento con lo que poseo.
-
-Y con un impudor sublime acariciaba á su amiga en presencia de Acteón.
-
---Un día --continuó el muchacho-- ví claro y comprendí la verdad. Ranto
-estaba desnuda ante mí. Ofuscado por mi ambición, sólo había visto en
-ella al modelo, pero aquel día ví la mujer. ¿Á qué buscar la gloria
-cuando tenía ante mí la felicidad?... Aunque lograse hacer una gran
-estatua, ¿qué conseguiría con ello? Que la gente dijese después de
-muerto yo: --Esto lo hizo Eroción el saguntino. Y yo no podría oirlo,
-luego de pasar mi vida sufriendo y trabajando... No; vivamos y gocemos.
-Aquel día rompí de una patada la estatua y abracé á Ranto, rodando por
-el suelo. Amarse es mejor que perder el tiempo con monigotes de barro.
-¿Verdad, Ranto?
-
-Y volvían á acariciarse, sin importarles la presencia del griego. Éste
-adivinaba la gran transformación de aquella pareja en la desenvoltura
-del adolescente y el fuego que brillaba en los ojos de la pastora. El
-ardor amoroso parecía haber ensanchado los contornos de su cuerpo,
-dando á sus miembros una voluptuosa gracia, un abandono dulce, que no
-tenía antes.
-
---Olvidé el arte y somos dichosos --continuó el muchacho--. Hubiera
-sido una locura huir á Grecia, dejando aquí este tesoro que no conocía.
-Pasamos el tiempo vagando por los campos; tenemos en los bosquecillos
-rincones misteriosos con cortinas de hojas, escondrijos perfumados y
-obscuros que nos envidiaría Sónnica la rica; y cuando sentimos hambre
-ordeñamos las cabras de Ranto, vaciamos una colmena y subimos á los
-árboles en busca de fruta. Ésta es la gran época: toda la campiña está
-llena de cerezas.
-
-Se detuvo, creyendo haber dicho demasiado. Tal vez Ranto le reprendió
-con un ligero movimiento por hablar tanto. Después, añadió con tono
-suplicante:
-
---Tú eres bueno, ateniense. Ranto y yo te miramos como un hermano mayor
-desde que te vimos en el camino de la Sierpe. No digas nada á mi padre
-ni á Sónnica. Deja que seamos dichosos en esta vida, digna de dioses.
-
-Acteón sentía cierta envidia ante la felicidad de aquellos jóvenes
-exentos de cuidados, que se amaban en medio del campo, bajo los
-árboles, como animales sanos y hermosos que sólo creían en el amor.
-
---Sagunto va á ser sitiada. Tenemos guerra. ¿No lo sabéis?
-
---Lo ignoramos --dijo Eroción con un gesto de desprecio--. Á mí solo me
-interesa Ranto.
-
---¿Y tu ciudad?... ¿No te preocupa su suerte?
-
---Me preocupan más los besos de mi pastora. Mientras haya amor, sol y
-frutas, ¿qué me importa lo demás del mundo?
-
---¿No crees en tu país, desgraciado?
-
---Por ahora sólo creo en las cerezas y en esta boca roja y fresca como
-ellas.
-
-Se separaron, y Acteón guardó algún tiempo el recuerdo del encuentro.
-El alegre descuido de la amorosa pareja le inspiraba envidia.
-
-Pasaron los meses del verano. Las vides del agro maduraban sus racimos,
-los labriegos se entusiasmaban contemplando la próxima cosecha oculta
-bajo los pámpanos, y de vez en cuando, como un trompetazo lúgubre,
-llegaban noticias de Hanníbal, de sus victorias sobre las tribus del
-interior que se negaban á reconocerle y de las imperiosas exigencias
-que mostraba sobre Sagunto.
-
-Acteón adivinaba la proximidad de la guerra, y ésta, que había
-constituído siempre su principal medio de existencia, le causaba
-ahora tristeza. Había cobrado afecto á aquella tierra hermosa como la
-de Grecia. Su alma, saturada de la dulce paz de los campos fértiles
-y de la ciudad rica é industriosa, se entristecía al pensar que
-esta vida iba á paralizarse. Su existencia había transcurrido entre
-luchas y aventuras; y ahora que, rico y feliz, deseaba la paz en un
-rincón, donde creía acabar sus días, la guerra, como amante olvidada
-que se presenta inoportunamente, volvía á él sin llamamiento alguno,
-empujándolo nuevamente á la crueldad y la destrucción.
-
-Una tarde, al finalizar el verano, pensaba en esto marchando á caballo
-hacia la ciudad. En los oblicuos rayos del sol brillaban como botones
-de oro las industriosas abejas, buscando las flores silvestres. Las
-vendimiadoras cantaban en las viñas, agachadas junto á sus cestos...
-Acteón vió venir corriendo por la parte de la ciudad un esclavo de los
-que tenía Sónnica en sus almacenes de Sagunto.
-
-Se detuvo jadeante ante Acteón. Apenas podía hablar por la fatiga, y
-sus palabras entrecortadas revelaban el espanto. Hanníbal llegaba por
-la parte de Sétabis... Comenzaban á entrar despavoridas en la ciudad
-las gentes del campo con sus rebaños. No habían visto al invasor, pero
-corrían asustadas por el relato de los fugitivos que llegaban de los
-confines del territorio saguntino. Los cartagineses habían pasado los
-límites: eran gentes de rostro feroz y extrañas armas, que robaban las
-aldeas y las entregaban á las llamas. Él corría á avisar á su señora
-para que se refugiase en la ciudad.
-
-Y emprendió de nuevo su carrera hacia la quinta de Sónnica. El griego
-dudó un momento, pensó retroceder en busca de su amada, pero acabó por
-partir al galope hacia la ciudad, y al llegar á ella pasó á escape
-por fuera de las murallas. Iba en busca del camino de las montañas
-que ponían en comunicación á Sagunto con los pueblos del interior
-y bifurcándose llegaba á Sétabis y Denia. Al llegar á él comenzó á
-encontrar los fugitivos de que hablaba el esclavo.
-
-Llenaban el camino como una inundación. Mugían los rebaños bajo el
-látigo, desfilando entre los carros; las mujeres corrían llevando en
-la cabeza grandes fardos, y arrastraban á sus pequeñuelos, cogidos á
-los pliegues de la túnica; los muchachos arreaban los caballos cargados
-de muebles y ropas, todo amontonado al azar en la precipitación de la
-fuga, y las ovejas saltaban á los lados del camino, librándose de las
-ruedas que rozaban sus vellones, amenazando aplastarlas.
-
-El griego, marchando en dirección opuesta al torrente de fugitivos,
-partía con su caballo el revuelto oleaje de carros y rebaños,
-campesinos y esclavos, en el cual se confundían las gentes de diversos
-pueblos y se perdían los individuos de una misma familia, llamándose
-desesperadamente al través de las nubes de polvo.
-
-La muchedumbre fugitiva comenzaba á aclararse. Pasaban junto á Acteón
-los rezagados: pobres viejas que caminaban con paso vacilante, llevando
-sobre los hombros el corderillo que constituía toda su fortuna;
-ancianos abrumados por el peso de marmitas y ropas; enfermos que se
-arrastraban apoyados en el báculo; animales abandonados que vagaban por
-entre los olivos inmediatos al camino, y de repente, como si husmeasen
-al lejano dueño, lanzábanse á todo correr al través de los campos;
-niños sentados en una piedra que lloraban viéndose abandonados de los
-suyos.
-
-Pronto quedó el camino completamente desierto. Se había perdido á lo
-lejos la cola de los fugitivos, y Acteón sólo veía ante sí la estrecha
-lengua de tierra roja serpenteando por las laderas de los montes, sin
-un ser que con su silueta cortase la monotonía del camino.
-
-El galope de su caballo resonaba como un trueno lejano en el profundo
-silencio. Parecía que la naturaleza hubiese muerto al sentir la
-proximidad de la guerra. Hasta los seculares árboles, los retorcidos
-olivos que tenían siglos de vida, las grandes higueras que se
-ensanchaban cual cúpulas verdes sobre las pendientes de los montes,
-permanecían inmóviles, como aterradas por la aproximación de aquel algo
-que hacía abandonar á los pueblos sus viviendas, corriendo á la ciudad.
-
-Acteón atravesó una aldea. Las cabañas cerradas; las calles
-silenciosas. Del interior de una casa le pareció que partía un débil
-lamento. Algún enfermo abandonado por los suyos en la precipitación de
-la fuga. Pasó después ante una gran quinta cerrada. Detrás de las altas
-tapias aullaba con desesperación un perro.
-
-Luego otra vez la soledad, el silencio, la ausencia de la vida,
-la parálisis que parecía extenderse sobre los campos. Comenzaba á
-anochecer. Á lo lejos, como arrollado y confundido por la distancia,
-oíase un sordo rumor; algo semejante al mugido de un mar invisible, al
-zumbido creciente de una inundación.
-
-El griego salió del camino: su caballo comenzó á escalar una altura
-cultivada, hundiendo los cascos en la roja tierra de las viñas. Desde
-lo alto abarcó de una mirada una gran parte del paisaje.
-
-Los últimos reflejos del sol teñían de anaranjado las laderas de los
-montes, entre las cuales serpenteaba el camino, y en él brillaban como
-reguero de chispas las corazas de un grupo de jinetes que marchaban
-al trote con cierta precaución, como explorando el terreno. Acteón
-los reconoció; eran jinetes númidas de blancos y flotantes mantos,
-y confundidos con ellos galopaban otros guerreros de estatura menos
-imponente, que agitaban las lanzas haciendo caracolear sus pequeños
-caballos. El griego sonrió reconociendo á las amazonas de Hanníbal, el
-famoso escuadrón que había visto en Cartago-Nova, formado por esposas é
-hijas de soldados y que mandaba la valerosa Asbyte, hija de Hiarbas, el
-garamanta africano.
-
-Detrás de este grupo, aparecía solitario el camino en un buen trecho.
-En el fondo, como un monstruo obscuro que se movía con ondulaciones de
-reptil, se destacaba el ejército, inmensa faja sobre la que brillaban
-las lanzas como una línea de fuego, interrumpida á trechos por masas
-cuadradas que avanzaban cual movedizas torres. Eran los elefantes.
-
-De repente, tras el ejército, pareció elevarse un nuevo sol para
-alumbrar sus pasos. Se inflamó el horizonte, marcándose sobre el fondo
-rojizo el dentellado contorno de la inmensa masa. Era una aldea que
-ardía. Las tropas de Hanníbal, compuestas de mercenarios de todos los
-países y de tribus bárbaras del interior, ansiaban aterrar á la ciudad
-enemiga, y apenas entradas en territorio saguntino, talaban los campos
-é incendiaban las viviendas. Acteón temió ser envuelto por los númidas
-y las amazonas, y bajando de la altura, emprendió un galope desesperado
-hacia Sagunto.
-
-Llegó á la ciudad cerrada ya la noche, y tuvo que darse á conocer,
-llamar á su amigo Mopso, para que le abriesen una puerta.
-
---¿Les has visto? --preguntó el arquero.
-
---Antes de que canten los gallos estarán ante nuestros muros.
-
-La ciudad presentaba un aspecto extraordinario. Las calles estaban
-iluminadas con hogueras. Antorchas de resina ardían en puertas y
-ventanas, y la multitud de fugitivos aglomerábase en las plazas,
-llenando los pórticos y tendiéndose en los quicios de las puertas. Todo
-el pueblo saguntino se había agolpado en la ciudad.
-
-El Foro era un campamento. Oprimíanse los rebaños entre las cuatro
-columnatas, sin espacio para moverse, mugiendo y pataleando; las ovejas
-saltaban en las escaleras de los templos; las familias de campesinos
-hacían hervir sus marmitas sobre los mármoles de los áticos, y el
-resplandor de tantas hogueras, reflejándose en las fachadas de las
-casas, parecía comunicar á toda la ciudad un temblor de alarma. Los
-magistrados hacían levantar á los fugitivos, tendidos en las calles y
-que obstruían la circulación, para alojarlos en las casas de los ricos,
-juntos con los esclavos, ó guiarlos á la Acrópolis para que acampasen
-en sus innumerables edificios. Allí subían también los rebaños, á la
-luz de las antorchas, entre una doble fila de hombres casi desnudos,
-que apaleaban los bueyes cuando intentaban escapar por las laderas del
-monte sagrado.
-
-Dominando el murmullo de la multitud, sonaba el mugido de las trompas y
-de los caracoles marinos, llamando á los ciudadanos para que formasen
-los grupos encargados de la defensa de la muralla. Salían de las casas,
-arrancándose de los brazos de sus esposas é hijos, los comerciantes,
-vestidos con lorigas de bronce, el rostro cubierto por el casco griego
-rematado por enorme cepillo de crines, y avanzaban majestuosos entre la
-muchedumbre de rústicos, con el arco en la mano, la pica en el hombro
-y la espada golpeándoles el desnudo muslo, cubierto hasta la rodilla
-con el coturno de cobre. Los adolescentes, arrastraban á las murallas
-enormes piedras para arrojarlas á los sitiadores, y reían al ser
-ayudados por las mujeres, que deseaban tomar parte en los combates.
-Viejos de barba venerable, ciudadanos ricos del Senado, se abrían
-paso, seguidos por esclavos con grandes haces de picas y espadas, y
-distribuían las armas entre los campesinos más fuertes, preguntándoles
-antes si eran hombres libres.
-
-La ciudad parecía contenta. ¡Ya llegaba Hanníbal!... Los más
-entusiastas habían dudado con cierta pena de que el africano osase
-presentarse ante sus muros. Pero ya estaba allí; y todos reían pensando
-que Cartago perecería ante Sagunto así que Roma acudiese en auxilio de
-la ciudad.
-
-Los embajadores saguntinos estaban allá, y no tardarían en llegar las
-legiones romanas, aplastando en un momento á los sitiadores. Algunos,
-en su entusiasta optimismo, inclinados á lo maravilloso, creían que
-por un milagro de los dioses, el gran hecho ocurriría dentro de pocas
-horas, y que tan pronto como clarease el día, al extenderse el ejército
-de Hanníbal ante Sagunto, asomarían al mismo tiempo en el límite azul
-del seno Sucronense un sinnúmero de velas; la flota conduciendo á los
-invencibles soldados de Roma.
-
-Casi toda la ciudad estaba en las murallas. Apiñábase en ellas la
-muchedumbre, hasta el punto de que muchos tenían que agarrarse de las
-almenas, para no ser precipitados.
-
-Fuera de los muros, la obscuridad era absoluta. Habían callado como
-asustadas las ranas que poblaban las charcas del río; los perros que
-rodaban vagabundos por la campiña ladraban incesantemente. Adivinábase
-la presencia de ocultos seres que se agitaban en la sombra, rodeando la
-ciudad.
-
-Las tinieblas aumentaban la incertidumbre ansiosa del gentío de las
-murallas. De pronto brilló un punto de luz en la obscuridad de la
-campiña: después otro y otros en distintos lugares, á alguna distancia
-de la ciudad. Eran antorchas guiando los pasos de los que llegaban.
-Sobre su rojiza mancha de luz veíanse pasar las siluetas de hombres
-y caballos. Á lo lejos, en la cumbre de algunos montes, brillaban
-hogueras, sirviendo, sin duda, de señal á las tropas rezagadas.
-
-Estas luces pusieron fin á la calma de los más impacientes. Algunos
-jóvenes no pudieron permanecer con el arco inactivo, y tendiéndolo
-comenzaron á disparar flechas. Pronto respondieron desde la obscuridad.
-Sonaban silbidos sobre la cabeza de la muchedumbre, y de las casas
-inmediatas á la muralla volaron con gran estrépito algunas tejas. Eran
-balas de honda enviadas por los sitiadores.
-
-Así transcurrió la noche. Cuando cantaron los gallos anunciando el
-amanecer, una gran parte de la muchedumbre se había dormido, cansada
-de escudriñar la obscuridad en la que zumbaba el enemigo invisible.
-
-Al apuntar el día los saguntinos vieron todo el ejército de Hanníbal,
-frente á sus muros, por la parte del río. Acteón, al examinar la
-colocación de las tropas, no pudo menos de sonreir.
-
---Conoce bien el terreno --murmuró--. Ha aprovechado su visita á la
-ciudad. En las sombras ha sabido escoger el único punto por donde
-Sagunto puede ser atacada.
-
-Todo el lado del monte estaba libre de sitiadores. Su ejército había
-acampado entre el río y la parte baja de la ciudad, ocupando las
-huertas, los jardines de las casas de recreo, el hermoso arrabal de que
-tan orgullosos se mostraban los ricos de Sagunto.
-
-Entraban y salían los soldados en las lujosas villas, preparando su
-comida de la mañana; hacían astillas los ricos muebles para encender
-las hogueras; envolvíanse en las telas que habían encontrado, y
-derribaban los arbolillos para plantar sus tiendas con mayor desahogo.
-Al otro lado del río, sobre el inmenso agro, esparcíanse los grupos
-de jinetes, para tomar posesión de las aldeas, de las quintas, de los
-innumerables edificios que surgían entre el verdor de la inmensa vega,
-abandonados á la proximidad del enemigo.
-
-Lo que primeramente llamó la atención de los saguntinos, excitando una
-curiosidad infantil, fueron los elefantes. Estaban en fila al otro
-lado del río, enormes, cenicientos, como tumefacciones que hubieran
-surgido de la tierra durante la noche; con las orejas caídas como
-abanicos, pintadas de verde, y agitando de vez en cuando sus trompas,
-que parecían gigantescas sanguijuelas, intentando chupar el azul del
-cielo. Sus conductores, ayudados por los soldados, descargaban de
-sus lomos las cuadradas torres y arrollaban las gruesas gualdrapas
-que les cubrían los flancos en los momentos de combate. Los dejaban
-libres, como si la vega fuese para ellos una inmensa cuadra, seguros
-los conductores de que el sitio iba á ser empresa larga y que mientras
-durase no sería preciso el auxilio de las terribles bestias, tan
-apreciadas en las batallas.
-
-Cerca de los elefantes, por la ribera del río, llegaban las máquinas de
-guerra, las catapultas, los arietes, las torres movedizas, complicadas
-fábricas de madera y bronce, de las que tiraban dobles rosarios de
-bueyes, enormes y con retorcidos cuernos.
-
-El terreno, como si sufriera una erupción en su superficie, cubríase de
-vejigas de diversos colores, tiendas de tela, de paja ó de pieles, unas
-cónicas, otras cuadradas, las más redondas como hormigueros, en torno
-de las cuales se agitaba la multitud armada.
-
-Los saguntinos, desde lo alto de sus muros, examinaban el ejército
-sitiador, que parecía llenar toda la vega, y al cual se unían
-incesantemente nuevas muchedumbres á pie y á caballo que llegaban por
-todos los caminos y parecían rodar de las cumbres de las inmediatas
-montañas. Era una aglomeración de razas diversas, de pueblos distintos;
-una bizarra amalgama de trajes, colores y tipos; y los saguntinos, que
-por sus viajes conocían todas aquellas gentes, las iban señalando á sus
-absortos conciudadanos.
-
-Unos jinetes que parecían volar casi tendidos sobre sus pequeños
-caballos, eran númidas; africanos de aspecto afeminado, cubiertos de
-velos blancos, con pendientes de mujer y babuchas, perfumados, con los
-ojos pintados de negro, pero que resultaban impetuosos en el combate
-y luchaban á la carrera, manejando la lanza con gran destreza. En
-torno de las hogueras de los jardines paseaban los negros de Libia,
-atléticos, con los cabellos crespos y la dentadura deslumbrante,
-sonriendo con estúpida satisfacción al ver sus miembros desnudos
-envueltos en los girones de rica tela que acababan de robar; temblando
-de frío apenas se apartaban del fuego, como si les martirizase la
-frescura del amanecer. Estos hombres, de piel obscura y brillante,
-pocas veces vistos en Sagunto, excitaban la curiosidad de los
-ciudadanos casi tanto como las amazonas que audazmente pasaban al
-galope por cerca de las murallas para ver de más cerca la ciudad.
-
-Eran jóvenes, esbeltas, de piel tostada por la intemperie. Su cabello
-ondeaba tras el casco como un adorno bárbaro, y no llevaban otra
-vestidura que una amplia túnica hendida por el lado izquierdo, que
-dejaba al descubierto sus piernas nerviosas oprimiendo los hijares
-del caballo. Sobre el pecho llevaban algunas un justillo de escamas
-de bronce, pero abierto por el costado izquierdo para pelear con
-más desahogo y mostrando la redondez de su seno recogido y duro por
-los fatigosos ejercicios. Montaban en pelo sus caballos nerviosos y
-salvajes, guiándolos con un ligero freno, y al marchar en grupo las
-feroces bestias se mordían y coceaban, animándose así en la desesperada
-carrera. Avanzaban las amazonas hasta cerca de los muros riendo y
-profiriendo palabras que no entendían los saguntinos; agitaban sus
-lanzas y escudos, y al enviarles una nube de flechas y piedras, huían á
-escape, volviendo la cabeza para repetir sus gestos de burla.
-
-Los sitiados distinguían entre la muchedumbre obscura de los soldados
-las corazas de algunos jinetes, que brillaban como láminas de oro.
-Eran los capitanes cartagineses, los ricos de Cartago, que seguían á
-Hanníbal; hijos de opulentos comerciantes que marchaban con el ejército
-más como pastores que como caudillos, cubiertos de metal de cabeza á
-pies para librarse de los golpes y más atentos, con el genio de su
-raza, á administrar las conquistas y repartirse el botín que á buscar
-gloria en los combates.
-
-Aparte de estas gentes, los conocedores señalaban desde las murallas
-las demás tropas del ejército sitiador. Unos hombres con la piel de
-color de leche, lacios bigotes y las crines rojas anudadas en el
-vértice del cráneo, que se despojaban de sus sayos y sus altas botas
-de pieles sin curtir para bañarse en el río, eran galos; los otros,
-bronceados y tan enjutos que su esqueleto se marcaba como si fuese
-á desgarrar la piel, eran africanos de los oasis del gran desierto,
-gentes misteriosas que con el redoble de sus tamborcillos hacían
-descender la luna, y tañendo la flauta obligaban á bailar á las
-serpientes venenosas. Y revueltos con ellos, aparecían los lusitanos
-enormes, de piernas fuertes como columnas y anchos pechos de roca;
-los de la Bética, unidos á sus caballos de día y de noche por un amor
-que duraba toda la vida; los celtíberos hostiles, melenudos y sucios,
-ostentando con altivez sus harapos; las tribus del Norte, que adoraban
-como dioses los pedruscos solitarios y buscaban á la luz de la luna
-hierbas misteriosas para hechicerías y filtros; todos de costumbres
-feroces, en perpetua batalla con el hambre, gentes bárbaras de las que
-se decían cosas horripilantes, suponiéndolas inclinadas á devorar los
-cadáveres de los vencidos después del combate.
-
-Los honderos baleares provocaban la risa, á pesar de su aspecto feroz.
-Comentábanse en las murallas las costumbres extravagantes que regían en
-sus islas; y la multitud prorrumpía en carcajadas contemplando aquellos
-mocetones casi desnudos, empuñando un palo con la punta tostada que les
-servía de lanza, y llevando tres hondas, una arrollada á la frente,
-otra en la cintura y la tercera en la mano. Estas hondas eran de crín,
-de esparto y de nervio de toro, usándolas alternativamente según la
-distancia á que debían tirar.
-
-Vivían en las cuevas de sus islas ó en la cavidad formada por varios
-peñascos amontonados, y desde niños se amaestraban en el uso de la
-honda. Sus padres les ponían el pan á alguna distancia, y no podían
-comerlo si no lo derribaban antes de una pedrada. Su pasión era la
-embriaguez, y su más vehemente apetito la mujer. En los combates
-despreciaban los prisioneros de buen rescate por apoderarse de las
-mujeres, y muchas veces cambiaban seis esclavos fuertes por una
-esclava. En sus islas no se conocía el oro y la plata: los ancianos,
-adivinando los males del dinero, habían prohibido que se importaran
-monedas, y los honderos baleares al servicio de Cartago, no pudiendo
-llevar las ganancias á su país, gastaban las soldadas en bebidas ó las
-arrojaban generosamente en manos de las rameras hediondas y miserables
-que seguían al ejército. Sus costumbres tradicionales regocijaban á
-los saguntinos. En sus bodas, según decían los que habían visitado las
-islas, era uso que todos los invitados gozasen á la desposada antes que
-el marido, y en los entierros se apaleaba al cadáver hasta magullarle
-los huesos y convertirlo en una masa informe que se apelotonaba á viva
-fuerza en una estrecha urna, enterrándola bajo un montón de pedruscos.
-Sus hondas eran terribles. Arrojaban á grandes distancias balas de
-arcilla cocida al sol, cónicas por sus extremos y con grotescas
-inscripciones dedicadas al que recibía el golpe; y en los combates
-disparaban piedras de á libra con tal fuerza, que no podía resistirlas
-la armadura mejor templada.
-
-Detrás de esta muchedumbre belicosa, se esparcían por la campiña
-mujeres desharrapadas de todos colores; niños desnudos y enflaquecidos
-que no conocían á su padre; los parásitos de la guerra, que marchaban
-á la cola del ejército para aprovecharse de los despojos de la
-victoria: hembras que por las noches se tendían en un extremo del
-campamento amaneciendo en el opuesto, y envejecidas en plena juventud
-por las fatigas y los golpes, morían abandonadas al borde un camino;
-pequeñuelos que miraban como padres á todos los soldados de su raza
-llevando á la espalda en las marchas la leña ó la marmita de los
-guerreros, y en los momentos de lucha difícil, cuando se reñía cuerpo
-á cuerpo, deslizábanse entre las piernas de los contrarios para
-morderles como rabiosos gozquecillos.
-
-Acteón encontró á Sónnica en la muralla, mirando el campamento enemigo
-á los primeros rayos del sol. La hermosa griega se había refugiado en
-Sagunto la noche anterior, seguida de esclavos y rebaños, trasladando
-á su casa comercial una parte de las riquezas de la quinta. Quedaban
-allá las habitaciones con sus pinturas y mosaicos; los muebles ricos,
-las suntuosas vajillas que caerían en poder del vencedor. Y ella y el
-griego, por entre el follaje del agro, veían la terraza de la quinta
-con sus estatuas; la torre de las palomas y los tejados de las casas de
-los esclavos, sobre los cuales corrían algunos hombres como insectos
-casi imperceptibles. Los invasores estaban allí. Tal vez se divertían
-matando á flechazos los pájaros asiáticos de deslumbrante plumaje y
-golpeaban á los esclavos enfermos y viejos abandonados en la fuga.
-Por entre los plátanos del jardín se elevaba el humo de una hoguera.
-La griega y su amante presentían la destrucción y la rapiña. Sónnica
-entristecíase, no por la pérdida de una parte de sus riquezas, sino por
-creer que mataban su amor destruyendo un lugar que había sido testigo
-de sus primeros arrebatos de pasión con el ateniense.
-
-Bien entrada la mañana, la gente saguntina prorrumpió en gritos de
-indignación. Por el camino de la Sierpe venían algunos grupos de
-mujeres ebrias y vociferantes, abrazando á los soldados. Eran las
-lobas del puerto, las cortesanas miserables que pululaban de noche en
-torno del templo de Afrodita y á las que se prohibía la entrada en la
-ciudad. Al presentarse en el puerto los primeros jinetes cartagineses,
-los habían seguido con entusiasmo. Habituadas á las caricias brutales
-de los hombres de todas las naciones, no las causaba extrañeza la
-presencia de aquellos soldados de tan distintos trajes y razas. Lo
-mismo eran los lobos de la tierra que los del mar. Adoraban á los
-hombres fuertes, aves de presa que las destrozaban entre sus garras;
-y á la zaga de los cartagineses marcharon al campamento, satisfechas
-en el fondo de aproximarse á la ciudad sin miedo al castigo; de poder
-burlarse de los sitiados habitantes, con el concentrado odio de muchos
-años de humillación.
-
-Cantaban como locas, agitándose entre las manos ávidas y temblorosas
-de deseo, que se las disputaban como si quisieran desgarrarlas;
-embriagábanse en las ánforas de ricos vinos, sacadas de las quintas;
-caían sobre sus hombros telas con hilos de oro robadas un momento
-antes; los númidas, las admiraban con sus húmedos ojos de gacela,
-coronándolas con guirnaldas de hierbas, y ellas, prorrumpiendo en
-carcajadas de bacante, acariciaban la cabeza de crespa lana de
-los etíopes, que reían como niños, mostrando sus agudos dientes de
-antropófagos.
-
-Se entregaban al amor bajo los árboles, junto á las largas filas
-de caballos amarrados al borde de las tiendas, mostrando al rodar
-sus desnudeces, como un insulto impúdico á la sitiada ciudad; y los
-saguntinos, que habían presenciado impávidos el largo desfile del
-enemigo, temblaban de ira tras sus almenas á la vista de la ofensa de
-sus cortesanas.
-
-¡Las miserables!... ¡Las perras!...
-
-Insultábanlas las ciudadanas, pálidas de furor, echando el busto fuera
-de los muros, como queriendo saltar al campo para caer sobre las
-prostitutas; y éstas, cual si las excitase la cólera de la ciudad,
-redoblaban sus carcajadas, tendidas de espaldas en la hierba, abiertos
-sus miembros, como invitando al ejército entero á que pasase sobre sus
-cuerpos.
-
-Un nuevo motivo de indignación vino á inflamar otra vez el ánimo de
-los saguntinos. Algunos, creyeron reconocer á un guerrero celtíbero
-que marchaba al frente de un grupo de jinetes. Su gallardía sobre el
-caballo, la arrogancia con que galopaba pegado á la silla, recordaron
-á muchos el vistoso desfile de la fiesta de las Panatheas. Cuando
-echó pie á tierra y se despojó del casco, limpiándose el sudor, todos
-le reconocieron, lanzando un grito de indignación. Era Alorco.
-¡También aquél!... Otro ingrato para la ciudad que le había colmado de
-atenciones y honores. Sus deberes de reyezuelo le hacían olvidar la
-fraternal acogida de Sagunto.
-
-Y ciegos de ira dispararon sus arcos contra él, pero las flechas no
-podían llegar al sitio donde acampaban los celtíberos.
-
-La muchedumbre, enfurecida, experimentó un ligero consuelo. Abríanse
-los grupos á lo largo de la muralla, y con la majestad de un dios
-avanzaba Therón, el sacerdote de Hércules, fijos los ojos en el
-enemigo, insensible á la adoración popular que le rodeaba.
-
-Los saguntinos creyeron ver al propio Hércules que había abandonado
-su templo de la Acrópolis para bajar á las murallas. Iba desnudo:
-una piel enorme de león cubría sus espaldas. Las garras de la fiera
-cruzábanse sobre su pecho, y el cráneo lo cubría con la cabeza de la
-bestia, de erizados bigotes, agudos dientes y ojos amarillos de vidrio
-que brillaban entre la revuelta melena de oro. Su diestra empuñaba sin
-ningún esfuerzo un tronco entero de roble que le servía de cachiporra,
-como la maza del dios. Sus hombros sobresalían por encima de todas las
-cabezas. La muchedumbre admiraba sus pectorales redondos y fuertes como
-escudos, los brazos, en los que se marcaban las venas y tendones como
-sarmientos arrollados á los músculos, y las piernas, semejantes á
-columnas, entre las cuales pendía la virilidad con el soberano impudor
-de la fuerza. Era tan enorme, que su cráneo parecía pequeño en medio
-de los inmensos hombros, abultados por la almohadilla de los músculos;
-su pecho mujía al respirar como una fragua, y todos, instintivamente,
-se hacían un paso atrás, temiendo el roce de aquella máquina de carne
-creada para la fuerza.
-
-Los jóvenes elegantes amigos de Sónnica, que ni aun en aquella ocasión
-suprema habían olvidado pintarse el rostro, le seguían y admiraban,
-ordenando á la muchedumbre que abriese paso.
-
---¡Salve, Therón! --gritaba Lacaro--. Veremos qué hace Hanníbal cuando
-te encuentre en el combate.
-
---¡Salud al Hércules saguntino! --contestaban los otros jóvenes,
-apoyándose con desmayo en las espaldas de sus muchachuelos.
-
-El gigante miraba el campamento, en el cual comenzaban á sonar las
-trompas y corrían los soldados para formarse en grupos. Avanzaban
-los honderos cautelosamente, amparándose de los edificios y las
-desigualdades del terreno. Iba á comenzar el combate. En las murallas
-tendían sus arcos los flecheros, y los adolescentes amontonaban piedras
-para arrojarlas con sus hondas. Los viejos obligaban á las mujeres á
-retirarse. Cerca de una escalera de la muralla, peroraba el filósofo
-Eufobias en medio de un grupo, sin hacer caso de la indignación de los
-oyentes.
-
---Va á correr la sangre --gritaba--. Pereceréis todos: ¿y para qué?...
-Yo os pregunto qué ganáis no obedeciendo á Hanníbal. Siempre tendréis
-un amo: y lo mismo da ser amigos de Cartago que de Roma. Se prolongará
-el sitio y moriréis de hambre. Yo seré el último en sobreviviros, pues
-conozco de antiguo la miseria como una fiel amiga... Pero otra vez os
-pregunto: ¿qué más os da ser romanos que cartagineses? Vivid y gozad.
-Quede para los carniceros el derramar sangre, y antes que pensar en dar
-muerte á otro hombre, estudiaos á vosotros. Si hicierais caso de mi
-sabiduría, si en vez de despreciarme me alimentaseis á cambio de mis
-consejos, no os veríais encerrados en vuestra ciudad como zorras en el
-cepo.
-
-Un coro de imprecaciones y una fila de puños amenazantes contestaron al
-filósofo.
-
---¡Parásito! ¡Esclavo de la miseria! --gritaban--. Eres peor que esas
-_lobas_ que se prostituyen á los bárbaros.
-
-Eufobias, cuya insolencia crecía al compás de la indignación, quiso
-contestar; pero se detuvo viendo que una masa obscura le tapaba la luz
-del sol. El gigantesco Therón estaba ante él, mirándole con el mismo
-desprecio que uno de aquellos elefantes que los sitiadores tenían
-junto al río. Levantó su mano izquierda, débilmente, como si fuese á
-alejar un insecto de un papirotazo; apenas si rozó la cara insolente
-del filósofo, y éste cayó por la escalera de la muralla con la cabeza
-ensangrentada, silencioso, sin una queja, rebotando de peldaño en
-peldaño, como hombre convencido de que el dolor no es más que una
-apariencia, y acostumbrado á tales caricias.
-
-En el mismo momento una nube de puntos negros silbó sobre las murallas
-como una bandada de pájaros. Volaron tejas, saltaron yesones de las
-almenas, y cayeron con la cabeza rota algunos de los que estaban en el
-muro. De entre las almenas salieron como contestación impetuosa, las
-piedras y las flechas.
-
-Comenzaba la defensa de la ciudad.
-
-
-
-
-VI
-
-Asbyte
-
-
-Hanníbal se agitaba entre las mantas de colores de su lecho, sin poder
-conciliar el sueño.
-
-Los gallos habían anunciado la media noche, rasgando con su grito el
-silencio del campamento, y el caudillo permanecía desvelado, cerrando
-los ojos sin poder dormir. Le tenía en vela el canto de un ruiseñor
-posado en un gran árbol, de cuyo ramaje pendía su tienda.
-
-Una lámpara de barro iluminaba la aglomeración de objetos en torno de
-su lecho. Centelleaban en el suelo corazas, grebas y cascos cubiertos
-por pedazos de ricas telas robadas en las quintas saguntinas. Los
-muebles griegos, las ánforas de tocador de sutil cincelado, los
-tapices con escenas mitológicas, revolvíanse confundidos con los
-látigos de piel de buey sin curtir, los escudos de cuero de hipopótamo
-y los harapos de Hanníbal, tan amante del brillo de sus armas, como
-descuidado y sucio en sus ropas. Los vasos griegos de rica labor
-estaban destinados á los más bajos usos. Una crátera de alabastro
-cubierta por un escudo servía de asiento; un gran vaso de arcilla
-roja, decorado por un artista griego con las aventuras de Aquiles, lo
-empleaba el africano con desprecio para sus desahogos más íntimos;
-pedazos de estatuas y columnas destrozadas por el furor de la invasión
-se hundían en el suelo, ofreciendo asiento á los capitanes de Hanníbal
-cuando celebraban consejo en la tienda del caudillo. Era el botín,
-amontonado y magullado por la fiebre del robo. De él, sólo una pequeña
-parte había llegado hasta el jefe, que sentía un absoluto desprecio por
-la belleza artística cuando no estaba impresa en metales preciosos. Se
-reía de los dioses de aquella tierra lo mismo que de los de su país
-y del mundo entero, y escupía sobre los mármoles de las divinidades
-que llenaban el campamento como si fuesen pedazos de piedra, buenos
-únicamente para enviarlos con la catapulta contra los enemigos.
-
-Á impulsos de la excitación nerviosa, que no le dejaba dormir, se
-incorporó en el lecho, y la luz de la lámpara dió de lleno en su
-rostro. Ya no era el pastor celtíbero, greñudo y feroz que Acteón había
-encontrado en el puerto de Sagunto. Libre del disfraz, se mostraba tal
-cual era: un joven de estatura regular, de miembros proporcionados y
-fuertes, sin alardes de exagerada musculatura, pero revelando en su
-cuerpo el temple del acero, una vitalidad capaz en momentos supremos
-de los más inauditos esfuerzos. Tenía la tez ligeramente bronceada,
-y su cabellera, de cortos y gruesos rizos, formaba á modo de un
-turbante negro y lustroso en torno de su cabeza, cubriéndole por
-completo la frente y dejando al descubierto los lóbulos de las orejas,
-de los que pendían grandes discos de bronce. La barba era espesa y
-rizosa; la nariz recta, pero poco saliente, y sus ojos, grandes é
-imperiosos, miraban siempre de lado, con una expresión de profunda
-astucia y de inabordable recogimiento. El cuello, musculoso, se torcía
-habitualmente, inclinando la cabeza á la derecha, como si quisiera
-percibir mejor el sonido de cuanto le rodeaba.
-
-Vestía un simple sayo deshilachado y sucio como el de cualquier
-celtíbero de los que roncaban en las tiendan inmediatas, y únicamente,
-cual signo de poder, brillaban en sus muñecas dos anchos brazaletes de
-oro, dando fuerza con su opresión á los tendones y músculos del brazo.
-
-Más de un mes estaba ante los muros de Sagunto sin conseguir ventaja
-alguna. Aquella misma tarde la había pasado guiando sus máquinas de
-guerra sin resultado, y esta falta de éxito era lo que en la soledad
-excitaba sus nervios, no dejándole dormir. Hijo mimado de la victoria,
-había vencido á campo raso las tribus más salvajes de la Iberia;
-había llevado sus elefantes por las cumbres de los montes más altos,
-atravesando ríos, rompiendo bosques, viendo la muchedumbre antes
-belicosa prosternarse ante él como si fuese un dios; y por primera vez
-en su vida tropezaba con un enemigo tenaz que al abrigo de sus muros se
-burlaba de él y no le dejaba avanzar un paso.
-
-La ciudad de comerciantes y labradores, que había estudiado de cerca,
-contemplando con desprecio su opulenta molicie, amenazaba acabar con
-su buena suerte; y el caudillo, viéndola inquebrantable y pensando
-en sus enemigos de Cartago, en la cólera de Roma y en que el tiempo
-transcurría sin conseguir ningún avance, experimentaba cierta ansiedad.
-
-Había escogido bien el punto vulnerable de Sagunto. Sus máquinas de
-guerra estaban colocadas ante la parte baja de la ciudad, que avanzaba
-sus murallas en el valle, sobre un terreno llano y descubierto que
-permitía la aproximación de los arietes. Pero apenas se adelantaban los
-centenares de hombres desnudos que tiraban de las pesadas máquinas,
-caía sobre ellos tal lluvia de flechas, que habían de huir los que no
-quedaban clavados en el suelo.
-
-Algunas veces, al abrigo de los manteletes que avanzaban sobre ruedas
-y por cuyas saeteras disparaban los arqueros cartagineses, conseguían
-llegar los arietes al pie del muro. Pero por lo mismo que aquel lado de
-la ciudad resultaba el más expuesto á un ataque, las murallas, que en
-la parte alta de Sagunto eran de tapial, tenían allí una robusta base
-de rocas, y en vano las cabezas de carnero de bronce con que remataban
-los arietes topaban y topaban, movidas por centenares de brazos. Una
-lluvia de flechas y piedras caía sobre los sitiadores, rompiendo los
-escudos con que se cubrían: una gran torre dominaba todo el terreno
-de los asaltantes, sembrando entre ellos á mansalva la muerte; y no
-contentos con esto los sitiados, muchas veces, arrastrados por su
-coraje, lanzábanse fuera de los muros, acuchillando á los cartagineses.
-
-Cada salida de estas costaba grandes pérdidas al ejército de Hanníbal.
-Los africanos comenzaban á hablar con temor supersticioso de un gigante
-desnudo, cubierto con una piel de león y esgrimiendo un tronco, que
-salía al frente de los saguntinos y á cada golpe abría un ancho surco
-en los asaltantes. Los etíopes veían en él una divinidad terrible
-y sanguinaria como las que adoraban en sus oasis; los celtíberos
-aseguraban que era Hércules, descendido del Olimpo para ayudar á su
-ciudad.
-
-Hanníbal le reconoció de lejos en los combates. Era Therón, el
-sacerdote que había visto una mañana en la Acrópolis, admirando su
-vigor extraordinario. Pero á pesar de conocer su origen humano no
-podía evitar el terror de las tropas apenas veían sobresalir sobre los
-cascos aquella cabeza de león invulnerable, que parecía torcer el curso
-de las flechas y las piedras.
-
-Además, los sitiados contaban con el auxilio de las _faláricas_. ¡Bien
-se conocía que entre los comerciantes y rústicos agricultores figuraban
-hombres expertos en la guerra, que habían corrido muchos países! El
-recuerdo de Acteón, el aventurero griego, compañero de su infancia,
-surgía en la memoria de Hanníbal. Él sería seguramente el inventor
-de la _falárica_, un dardo arrojadizo, rodeado de estopa empapada en
-pez. Partía la flecha ardiendo como un reguero de fuego, con su hierro
-largo, capaz de atravesar el escudo y la coraza; y aunque el terrible
-dardo no penetrase en la armadura, sus llamas se pegaban á las ropas;
-los combatientes arrojaban las armas para librarse del fuego y quedaban
-de este modo expuestos á los golpes del enemigo. Los mismos que habían
-peleado con las tribus más invencibles y bárbaras de Iberia, huían,
-arrojando el escudo ante aquellas colas de fuego que venían silbando y
-esparciendo chispas desde los muros de Sagunto.
-
-Así transcurría el tiempo, sin que los sitiadores avanzasen; y
-Hanníbal se sentía dominado por cruel impaciencia. ¡Fuego de Baal! Él,
-encadenado á aquellos muros que no podía hacer suyos; y mientras tanto,
-la facción de Hanón conspirando en Cartago, preparando la ruina de los
-Barcas si no conseguía apoderarse de Sagunto, y proyectando tal vez su
-entrega á Roma cuando ésta reclamase viendo violados los tratados.
-
-Su despecho le hizo arrojarse de nuevo en la cama, buscando el sueño
-con el ansia de quien desea olvidar. Apagó la luz de la lámpara, pero
-en la obscuridad siguió con los ojos abiertos. La azulada luz de la
-luna se filtraba por una rendija de la cúpula de la tienda, cayendo
-sobre las corazas que en la obscuridad brillaban como peces plateados.
-Fuera seguía cantando el ruiseñor.
-
-Hanníbal se encolerizó: le desvelaba el maldito pájaro. Él era capaz
-de dormir entre el estrépito de los combates. Acostumbrado desde niño
-al campamento, le arrullaban las ásperas trompas de guerra: las roncas
-canciones de los mercenarios y el relincho de los caballos, no lograban
-despertarle. Pero el canto dulce de aquel pájaro, su trino incesante,
-le molestaba como el zumbido de un abejorro.
-
-Saltó del lecho, buscó á tientas un arco entre el revoltijo de armas,
-telas y muebles, y salió de la tienda. La frescura de la noche le calmó
-un tanto.
-
-Brillaba la luna en un ambiente puro, sin una nubecilla. El viento era
-tibio, á pesar de que terminaba el otoño; parpadeaban las estrellas;
-al trino del ruiseñor, contestaban otros y otros esparcidos en los
-árboles del inmenso valle. El campamento descansaba. Extinguíanse
-las hogueras, cerca de las cuales dormían los soldados en horrible
-promiscuidad con las mujeres y los niños del ejército, envueltos en
-harapos ó en pedazos de ricas telas; y los caballos, amarrados al suelo
-por estacas, alineaban en correctas filas sus soñolientas cabezas. En
-el fondo, la ciudad sitiada permanecía obscura y silenciosa como si
-durmiese. El débil resplandor que se escapaba por algunas saeteras de
-sus muros, producía el efecto de unas pupilas ligeramente entreabiertas
-que vigilaban fingiendo dormir.
-
-Hanníbal saltó por encima de los soldados escogidos, que dormían
-ante la puerta de la tienda. Se incorporaban al sentir su paso, y
-reconociendo al caudillo, volvían á unir su cabeza á la tierra y
-continuaban roncando. Eran veteranos de las guerras de Hamílcar, que
-miraban con veneración casi religiosa al _leoncillo_ de su antiguo
-capitán.
-
-Armó el arco al dar la vuelta á la tienda para disparar contra el
-pájaro oculto en el ramaje; pero se detuvo asombrado viendo junto al
-tronco del árbol una figura blanca que brillaba envuelta por la luz de
-luna.
-
-Era una mujer; una amazona. Centelleaban en su cabeza y su pecho el
-casco de oro y la coraza de escamas; descendía á lo largo de las
-piernas, marcando su contorno, la túnica de blanco lino, y los brazos
-fuertes y desnudos, se apoyaban en la lanza con el regatón clavado en
-el suelo. Sus ojos negros estaban fijos en la tienda de Hanníbal con
-extraña persistencia, sin parpadear, como si soñase despierta, y el
-viento de la noche agitaba levemente la cabellera que descendía por sus
-espaldas. Detrás de ella veíase un caballo negro, de pelo brillante,
-piernas nerviosas y ojos inyectados de sangre, sin silla ni freno,
-sueltas las crines y bajando la cabeza para lamer el borde de la túnica
-de la amazona y sus desnudos pies, como un perrillo que la siguiera á
-todas partes.
-
---¡Asbyte! --exclamó Hanníbal, sorprendido por la aparición--. ¿Qué
-haces aquí?
-
-La reina de las amazonas pareció despertar, y al ver al caudillo, fijó
-en él la mirada húmeda y apasionada de sus grandes ojos.
-
---No podía dormir --dijo con voz lánguida y cadenciosa--. He pasado
-la primera parte de la noche soñando cosas horribles. La diosa Thanit
-no guarda mi reposo, y he visto la sombra de mi padre Hiarbas,
-anunciándome la próxima muerte.
-
---¡Morir! --exclamó Hanníbal riendo--. ¿Quién piensa en morir?
-
---¿Soy acaso inmortal? ¿No combato como cualquiera de tus soldados?
-Me arrojo con ímpetu sobre los bosques de lanzas; las flechas silban
-en torno de mí como si arrastrase un manto de invisibles pájaros;
-desprecio las _faláricas_ con sus cabelleras de fuego... pero algún día
-moriré: los sueños me lo anuncian.
-
-Asbyte, como si temiera mostrar demasiada melancolía ante Hanníbal,
-añadió animosamente:
-
---Venga la muerte cuando quiera. No me asusta como á los mercaderes de
-Cartago que te odian. Si turbó mi sueño es porque al despertar pensé
-en tí. No puedo explicarme por qué causa pensé que tú también podías
-morir; y ante tu muerte, Hanníbal, no me resigno. Tú debes vivir tanto
-como un dios. Recordé que duermes solo en tu tienda; que para ocultar
-mejor tus salidas no tienes guardias que velen despiertos tu sueño, y
-sentí la necesidad de hacer algo por tí, de pasar la noche apoyada en
-la lanza, cerca de tu lecho, para impedir la traición de un enemigo.
-
---¡Qué locura! --exclamó riendo el africano.
-
---Hanníbal --dijo con gravedad la hermosa amazona--; acuérdate de
-Hasdrúbal, el esposo de tu hermana. Bastó el puñal de un esclavo para
-acabar con él.
-
---Hasdrúbal debía morir --dijo el caudillo con la convicción del
-fatalismo--. Lo quería la suerte de Cartago. Era preciso que Hasdrúbal
-desapareciese para dejar paso á Hanníbal. Pero Hanníbal no tiene quien
-le reemplace, y vivirá aun cuando durmiese rodeado de enemigos. Mi
-sueño es ligero y mi brazo pronto: el que se desliza en la tienda de
-Hanníbal entra en su tumba.
-
-Asbyte contemplaba con admiración amorosa al joven héroe, que había
-arrojado el arco, y al hablar de su fuerza elevaba los brazos
-poderosos. La luna agrandaba su sombra de tal modo que, al mover los
-brazos, parecía abarcar en ellos el campamento, la ciudad, todo el
-valle, como un sér sobrenatural.
-
-La amazona se aproximó á él, dejando la lanza sobre el tronco del
-árbol. Al abandonar su arma, parecía haber depuesto la belicosa
-fiereza, y avanzaba hacia Hanníbal con dulzura femenil, mirándolo con
-los mismos ojos tímidos y húmedos de los antílopes que triscan en los
-oasis de su país.
-
---Además --murmuró--, he venido porque necesitaba estar cerca de tí.
-Me causa un placer dulcísimo velar tu sueño; siento la voluptuosidad
-de un sacrificio grato guardándote sin que tú lo sepas... Nunca puedo
-hablarte. Te contemplo de día á caballo entre esos cartagineses de
-armaduras doradas que te rodean; á pie, guiando á los que empujan
-las máquinas de guerra, ayudándoles muchas veces para excitar su
-entusiasmo; pero siempre te veo de lejos, como caudillo, como héroe,
-nunca como hombre. ¿Te acuerdas de aquellos días en la ciudadela de
-Cartago-Nova, cuando acababa yo de llegar de África con los refuerzos
-que te hicieron lanzar gritos de entusiasmo?
-
---¡Asbyte! ¡Asbyte! --murmuró Hanníbal, moviendo las manos para
-rechazarla, como si le molestasen tales recuerdos.
-
---No te enojes, Hanníbal, óyeme. Necesito hablarte: dame al menos el
-consuelo de verte de cerca, de decirte lo que siento. Si no, ¿á qué he
-venido á Iberia uniendo mi suerte á la tuya?
-
-El caudillo miraba en torno, como si le molestase que alguien pudiera
-escuchar su conversación con la amazona.
-
---No temas --dijo Asbyte adivinando su pensamiento--. Magón tu hermano
-duerme lejos de aquí con Marbahal, el capitán predilecto. Mis númidas
-están en el otro extremo del campamento. Tú te rodeas únicamente de
-iberos para excitar su fidelidad con tal prueba de confianza, y éstos
-no entienden el fenicio.
-
-Hanníbal, convencido por la observación de Asbyte, bajó la cabeza y
-cruzó los brazos, resignándose á escucharla.
-
---Eres huraño y duro como un dios --suspiró la amazona--. Quien te
-ama siente para siempre el fuego de Moloch en las entrañas, sin que
-te dignes apagarlo con una mirada de bondad, con una sonrisa. Eres de
-bronce; tus ojos miran eternamente á lo alto y no puedes ver á los que
-se arrastran para llegar hasta tí. Crees haberme hecho feliz porque me
-llevas de combate en combate, de conquista en conquista, y consideras
-que mi dicha consiste en tener encallecidas por la lanza mis manos,
-que antes se adornaban con sortijas; endurecidas por las carrilleras
-del casco mis mejillas, que en otros tiempos se cubrían con ungüentos
-costosos, traídos de Egipto por mis caravanas. Soy ruda y feroz como un
-hombre. Poseyendo allá lejos jardines, en los que vive una primavera
-eterna, he sufrido hambre y sed á tu lado. No sé ya quién soy; dudo
-de mi sexo, viendo afeado mi cuerpo por la fatiga: la piel, sobre la
-que se deslizaban las manos de mis esclavas como si fuese un espejo,
-es dura como la del cocodrilo. Si no parezco horrible como el tropel
-de hembras envejecidas que siguen á tus soldados, es porque aún vive
-en mí la juventud. Y todo esto, ¿por quién? Por tí, que no me miras,
-que has olvidado nuestro primer encuentro, que sólo ves en Asbyte un
-buen amigo, un aliado apreciable que llegó hasta tí trayendo un buen
-golpe de combatientes. ¡Hanníbal! ¡Rayo de Baal! Eres grande como
-un semidiós, pero no conoces á los seres humanos. Tú sólo ves en mí
-una amazona, una virgen guerrera como las que cantaron los poetas de
-Grecia... y yo soy una mujer.
-
-Calló Asbyte algunos momentos, contemplando con tristeza al silencioso
-Hanníbal.
-
---Has olvidado sin duda cómo nos conocimos --añadió melancólicamente,
-después de una larga pausa--. Vivía feliz en mis oasis, hasta que
-corrí hacia tí, como si emanase de tu persona un hechizo irresistible.
-Era la hija del garamanta Hiarbas. Cansada de las dulzuras de mi
-casa, del canto de mis esclavas y de los esplendores que arrojaban
-á mis pies los mercaderes de las caravanas, iba con Hiarbas á cazar
-el león en el desierto, y los guerreros asombrábanse viendo cómo
-temblaban, obedientes y tímidos, los más salvajes potros, al sentirme
-sobre sus lomos. Era fuerte, era hermosa; apenas salida de la niñez,
-los caudillos más fieros de la Numidia venían á pedir hospitalidad
-á mi padre para verme de cerca, y hablaban de sus rebaños y de sus
-guerreros, proponiendo una alianza á Hiarbas. Y yo, indiferente,
-fría, con el pensamiento puesto en Cartago, donde había estado una
-vez acompañando á mi padre para ajustar el tributo con los ricos del
-Senado. ¡Ah, la ciudad grandiosa, la ciudad inmensa, con sus templos
-como pueblos y sus dioses gigantes!
-
-Y desviando el curso de sus ideas, hablaba con entusiasmo de Cartago,
-como si al través de los viajes y las aventuras belicosas se conservase
-fresca en ella la impresión de la gran ciudad. Recordaba las viviendas
-de los ricos cartagineses, con los muros polícromos rematados por
-esferas brillantes de metal y de vidrio; los grandes templos de mármol,
-con sus bosques misteriosos, en los cuales resonaban las liras y los
-címbalos de los sacerdotes; el templo de Thanit, rodeado de rosales,
-escondrijos perfumados que servían de albergue á la prostitución
-sagrada en honor de la diosa; y después el puerto, el inmenso puerto,
-con todo un pueblo de naves que arrojaban á borbotones en la ciudad
-las riquezas del mundo entero; el estaño de la Bretaña, el cobre de
-Italia, la plata de Iberia, el oro de Ofir, el incienso de Saba, el
-ámbar de los mares del Norte, la púrpura de Tiro, el ébano y el marfil
-de Etiopía, las especias y perlas de la India y las telas brillantes de
-los pueblos del Asia misteriosos y sin nombre, que permanecían en el
-último confín del mundo envueltos en la vaguedad de la leyenda.
-
-Ella adoraba la ciudad, más aún que por sus esplendores, porque en ella
-estaban los partidarios de los Barcas, los sostenedores de la familia
-heroica, de cuyas hazañas hablaban por la noche á la luz de la luna
-los guerreros númidas, y de la que era vástago glorioso aquel Hanníbal
-todavía niño que hacía sonar su nombre en las guerras de Iberia.
-
---Los míos amaron siempre á los tuyos --continuó la amazona--. Si mi
-padre Hiarbas soportó la dominación de Cartago, fué porque al frente
-de ella estaba Hamílcar, un africano, un númida como nosotros. Yo odio
-tanto como tú á los mercaderes de Cartago, antiguos fenicios que se
-amontonaron y reprodujeron como gusanos en el peñón de Arad, para venir
-después á apoderarse por el mar de nuestro hermoso suelo de África.
-Odio la nave grabada en muchas de vuestras monedas y templos, porque
-es el signo de los avarientos que vinieron á explotarnos; y adoro el
-corcel cartaginés, el caballo númida, como un signo de nuestro pasado.
-
-Después habló del encanto que había ejercido sobre ella desde lejos
-la gloria de los Barcas. Amó á Hanníbal sin conocerlo, influída por
-los relatos de hazañas que llegaban hasta ella. Le veía luchando como
-un leoncillo al lado de su padre, entre las manadas de toros con los
-cuernos inflamados y de los carros ardiendo que los iberos arrojaban
-contra el invasor cartaginés; le contemplaba loco de furor ante el
-cadáver de Hamílcar, y después languideciendo de inacción al lado del
-hermoso Hasdrúbal, conciliador y pacífico; hasta el momento en que,
-asesinado éste por el puñal de un galo, aclamaba todo el ejército al
-joven jefe.
-
-Acababa de morir su padre Hiarbas, y ella era reina de sus tribus
-cuando supo que Hanníbal, ansioso de gloria y de luchas, estaba
-aislado en la fortaleza de Cartago-Nova, sin otras tropas que las
-últimas reliquias del ejército que Hamílcar había llevado á Iberia.
-Los ricos de Cartago, enemigos de los Barcas, no se atrevían por miedo
-al populacho á despojar al hijo de Hamílcar de la jefatura que le
-daban sus soldados; confirmábanla con su silencio, pero le dejaban
-aislado, sin recurso alguno, entregado á sus propias fuerzas para que
-los indígenas acabasen con él, ó cuando más consiguiera sostener en
-las costas de Iberia un pequeño estado, en cuyo seno se extinguiría
-lentamente la ambición de los Barcas.
-
---Entonces volé hacia tí --continuó Asbyte--. Deseaba conocer al
-hombre y salvar al héroe. Entregué una gran parte de mis riquezas á
-los mercaderes de Cartago para que me prestasen sus naves; inflamé el
-entusiasmo de los más belicosos de mis tribus para que me siguieran;
-hasta sus hijas que, imitándome, iban á la caza del león y galopaban
-todo el día, empuñaron la lanza, sintiéndose arrastradas á mi loca
-aventura; y una tarde, cuando tal vez llorabas considerando muertas
-tus ilusiones de gloria, viste desde lo alto de la ciudadela de
-Cartago-Nova toda una flota que llegaba del África. ¿Te acuerdas?...
-Dí: ¿te acuerdas de cómo me recibiste?
-
---Sí, y jamás lo olvidaré --dijo Hanníbal con dulzura--. Aquellos días
-son mi mejor recuerdo.
-
---Me recibiste como si fuese una divinidad, como si Astaroth, que
-alumbra nuestras noches, hubiese descendido del cielo para darte
-su protección. Olvidaste á mis guerreros para verme sólo á mí, y
-despreciando por el momento tus ambiciones, pasamos las noches tendidos
-en la terraza de la ciudadela, y las estrellas fueron testigos de
-nuestros interminables abrazos. Pero ¡ay! aquella felicidad fué como
-esas rosas de Egipto que sólo duran un día en los búcaros de las
-ricas de Cartago. Pronto volvió á tí el orgullo de la dominación, el
-afán del caudillo. Admirabas, más que mi belleza, la apostura de mis
-númidas, cuando por las tardes, fuera de los muros, asombraban á tus
-viejos guerreros, arrojando dardos, de rodillas sobre sus caballos, que
-corrían levantando el polvo con el vientre. Salimos á pelear con los
-Olcades, los Vaceos, todas esas tribus iberas que ayer te combatían
-y hoy te siguen: guerreé tras de tí como un soldado y me consideraba
-feliz cuando en las largas marchas, imitando á nuestros caballos que
-juntaban amorosamente sus cabezas, te inclinabas hacia mí, chocando
-tu casco con el mío para besarme... Después ni esto. ¿Qué soy yo?
-Un guerrero más en tu campamento; un amigo digno de gratitud que te
-trajo su auxilio al verte abandonado de Cartago, sin otra fuerza que
-un puñado de veteranos y algunos elefantes. En los combates, si me
-ves en peligro, vuelas á defenderme; pero después, en el campamento,
-en las marchas, algunas palabras de amistad, una fría sonrisa como á
-cualquiera de tus capitanes. Tu corazón se ha cerrado para mí. ¿Es
-que ya no soy Asbyte, la que conociste en Cartago-Nova? ¿No me amas
-al verme afeada y endurecida por la guerra? Dímelo, y volveré á ser
-mujer, me llenaré de joyas, abandonaré mis amazonas para rodearme de
-esclavas griegas; me cubriré de ungüentos que devuelvan á mi piel su
-primitiva frescura, y te seguiré en tus marchas, tendida en una litera
-con cortinas de púrpura.
-
---No --se apresuró á decir Hanníbal con entusiasmo--. Te amo tal como
-eres. La amada de Hanníbal sólo puede ser una amazona como tú, que has
-hecho rodar bajo tu corcel muchos guerreros.
-
---¡Entonces!... ¿por qué me huyes? ¿por qué me abandonas, olvidando las
-dulzuras de nuestro primer encuentro? Mira ese ruiseñor que hace poco
-querías matar: en medio de un campamento, frente á una ciudad sitiada,
-canta y canta llamando á su hembra, sin importarle los horrores de la
-guerra, sin percibir el hedor de sangre que sale de los campos. Seamos
-como él: hagamos la guerra, pero amándonos, y paseemos al través de las
-batallas nuestros cuerpos fundidos por el amor.
-
---No, Asbyte --dijo el africano con acento sombrío--. Esa felicidad es
-imposible: te amo, pero no podemos comprendernos. Tú te quejas de que
-sólo veo en tí una amazona cuando eres una mujer: tú en cambio sólo ves
-en mí un hombre, y yo soy más que un hombre. No soy el semidiós que tú
-imaginas; soy algo más: una formidable máquina de guerra, sin corazón
-ni misericordia, creada para aplastar á los hombres y los pueblos que
-se opongan á su paso.
-
-Y Hanníbal decía esto con convicción, golpeándose el duro pecho,
-irguiendo su figura con sombría majestad al afirmar su potencia
-destructora.
-
---Te amaría si fuese un hombre capaz de perder mi tiempo en tales
-dulzuras. ¿Pero cuándo has visto que el águila pase toda su vida en el
-nido acariciando á la hembra, sin sentir el anhelo de remontarse para
-caer sobre el enemigo? Los que tienen garras no pueden acariciar, y yo
-nací para hacer presa del mundo ó que el mundo me aplaste... ¡Amar!
-¡Dulce ocupación, lo reconozco! En mi pasada existencia, llena de
-sangre y de luchas, el único oasis de felicidad fueron aquellos días
-de Cartago-Nova, en los cuales creí que la propia Thanit, con toda su
-belleza de diosa, se dignaba descender hasta mis brazos. Pero aquello
-se acabó: Hanníbal tiene otros amores que le atraen y le dominan;
-ama su espada, ama todo lo que posee el enemigo, y no puede dormir
-con tranquilidad pensando en Roma, á la que ansía estrujar entre sus
-brazos... ¡Cuán lejos está!...
-
-La amazona hizo un gesto de desesperación ante el apasionamiento con
-que el caudillo hablaba de sus ambiciones.
-
---Podías quejarte --continuó Hanníbal-- si vieses que mi pensamiento
-estaba ocupado por la imagen de otra mujer. ¿Á quién he amado sino á
-tí? Para atraerme á estos bárbaros que me siguen, para ligarles por el
-parentesco á mis empresas, hice mi esposa á la hija de un reyezuelo
-ibero. Y bien, ¿dónde está? ¿me sigue acaso como tú? Permanece en
-Cartago-Nova, hilando sus lanas de colores, y apenas si me acuerdo
-de ella, pues ni por un momento me conmovieron sus gracias de virgen
-bárbara. Yo sólo te amo á tí. Hanníbal sólo pudo caer trémulo de
-pasión entre unos brazos como los tuyos, endurecidos por el manejo de
-la lanza. Pero sé digna de él: no pienses como las otras mujeres: no
-busques nuevos enternecimientos: únete á mí para que los dos pensemos
-en poseer y odiar; en hacer el mundo nuestro.
-
-Y como exaltado por sus propias palabras, el africano, con los ojos
-brillantes, se aproximó á Asbyte, acariciándola los brazos, mientras la
-soplaba junto al rostro sus palabras de entusiasmo.
-
---Yo quiero ser el señor del mundo: quiero que sobre la tierra sólo
-exista Cartago, porque Cartago es mi patria. Si hubiese nacido romano
-sería Roma la señora. Quiero con mi nombre borrar el recuerdo de
-Alejandro el Macedonio; ser más grande que él, conquistar mayores
-territorios, y sueño empresas menos fáciles que dominar los pueblos
-asiáticos, ablandados por la molicie del sol y las riquezas. Roma es
-dura, es más fuerte que nuestra república de mercaderes, roída por
-la avaricia y los placeres; sus manos están endurecidas por la esteva
-y la lanza... ¡pues contra Roma voy!... ¡Alejandro! ¡Cuán débil es
-su gloria! Es fácil marchar á la conquista del mundo cuando se es
-hijo de Filipo, que deja por herencia un ejército aguerrido en cien
-victorias; cuando se tiene un reino obediente á la espalda y hasta en
-la niñez se goza la suerte de recibir las lecciones de Aristóteles. Lo
-difícil es ser Hanníbal, viéndose abandonado de la patria, sin otros
-recursos que los que yo puedo buscarme; teniendo que hacer frente al
-mismo tiempo á la furia de los enemigos y á la traición y las intrigas
-de los compatriotas; criado lejos de mi padre, entre mercaderes
-astutos que, conservándome como en rehenes, querían evitarse futuros
-peligros, torciendo mis instintos belicosos; sin otra cultura que un
-poco de griego que me enseñó Sosilón el espartano. Y á pesar de esto,
-Hanníbal riñe con la fatalidad y la vence. Si Alejandro admira por sus
-conquistas en el país del sol, algún día se asombrará el mundo viéndome
-dominar á la naturaleza, después de aplastar á los hombres, atravesando
-las más altas nieves y cambiando de sitio montañas enteras para seguir
-mi camino. Mírame bien, Asbyte, y te convencerás de que es tan inútil
-querer despertar en mi corazón sentimientos humanos como ablandar el
-pecho del enorme Moloch de bronce que tenemos en Cartago. Hace un
-momento, en la soledad de mi tienda, me sentía débil y desconfiado;
-pero hablando contigo renace mi fuerza. Mírame bien: estás en presencia
-del que no teme á los hombres ni á los dioses.
-
---¡Los dioses! --exclamó con cierto temor Asbyte--. ¿No temes que te
-castiguen?...
-
-Una carcajada ruidosa, sarcástica, de inmenso desprecio, contestó á la
-amazona.
-
---¡Los dioses! --gritó Hanníbal--. Vivo entre guerreros de todos los
-pueblos. Cada uno adora sus dioses, y conozco tantos, ¡tantos! que no
-creo en ninguno y me burlo de todos ellos. En Cartago adoraba á Moloch;
-aquí me has visto muchas veces dedicar sacrificios á las divinidades
-iberas, para atraerme á los pueblos. Si algún día entro como vencedor
-en esa ciudad donde vive continuamente mi pensamiento, el populacho me
-aclamará, viéndome subir al Capitolio para dar gracias á sus dioses...
-Yo sólo creo en la fuerza y la astucia; sólo tengo un dios tutelar,
-la guerra, que agiganta los hombres dándoles la omnipotencia de la
-divinidad. Si al ser señor de toda la tierra no encontrara con quien
-reñir, moriría, creyendo que el mundo estaba vacío.
-
-La amazona bajaba la cabeza con expresión triste.
-
---Comprendo que nunca serás mío, Hanníbal. Amas la guerra sobre todas
-las cosas y serás fiel á ella mientras vivas. Eres una ave de presa;
-te basta el amor momentáneo de la esclava, te sacia la mujer llorosa
-y herida que cae en poder de tus soldados al entrar al asalto por la
-brecha. Nunca comprenderás el amor con sus dulzuras.
-
-Hanníbal se encogió de hombros con desprecio.
-
---Amo la victoria, el éxito. El laurel que los héroes griegos se ceñían
-en el triunfo tiene para mí un perfume más penetrante que las rosas de
-los poetas. Cesa, Asbyte, en tus lamentos: sé guerrera y olvida que
-eres mujer; te amaré más, serás mi hermano de armas. ¿Á qué pensar
-en aquellas noches de amor, cuando estaba yo caído en la desgracia y
-carecía de soldados, ahora que toda Iberia viene á mí y comienzo á
-ver realizados mis ensueños de dominación? Contempla ese campamento
-donde se hablan infinitas lenguas y cada uno viste diverso traje. Las
-tribus llegan como los riachuelos que engrosan el torrente. Cada día se
-presentan nuevos guerreros. ¿Cuántos son?... Nadie lo sabe. Marbahal
-decía ayer que eran ciento veinte mil; yo creo que pronto serán ciento
-ochenta mil. Les arrastra la ciega confianza en Hanníbal; presienten
-que conmigo se marcha á la victoria; tal vez sus dioses les han dicho
-que esto no es más que el principio de una serie de hazañas que
-asombrarán al mundo. Admírate, Asbyte. Esas gentes han pasado su vida
-guerreando entre sí; se odiaban, y sin embargo, la espada de Hanníbal
-es un cayado, que les guía como un rebaño común. ¿Y quieres, después
-de este prodigio, que pierda mi tiempo amándote, que permanezca en mi
-tienda tendido á tus pies, con la cabeza sobre tus rodillas, oyéndote
-cantar las soñolientas canciones del oasis?... No, ¡rayo de Baal! La
-ciudad está enfrente de nosotros, burlándose del ejército más grande
-que jamás se reunió en los campos de Iberia, y es preciso acabar. Es
-preciso que la tienda de lienzo aplaste á la torre de piedra. Afila
-bien tu lanza, hija de Hiarbas; prepara tu fiel caballo, amada mía.
-Sopla en torno de mí ese aliento misterioso que siempre percibo en
-vísperas de la victoria. Hoy mismo entraremos en Sagunto.
-
-Y miraba á lo lejos como si sintiera impaciencia, aguardando la llegada
-del día. Brillaba la luna con menos intensidad; oscurecíase el cielo
-tomando su azul un tono más denso, y por la parte del mar marcábase una
-ancha faja de claridad violácea.
-
---Pronto amanecerá --continuó el africano--; esta noche, Asbyte,
-dormirás en el lecho de marfil de alguna rica griega, y tendrás á tus
-pies los ancianos de la ciudad para que te sirvan como esclavos.
-
---No, Hanníbal. No terminará para mí el día que ahora empieza. Veo aún
-la sombra de Hiarbas, tal como se me apareció antes del primer canto
-del gallo. ¡Moriré, Hanníbal!
-
---¡Morir!... ¿Y eres tú quien lo crees? Para que el enemigo llegue
-hasta tí, es preciso que pase sobre Hanníbal. Eres mi hermano de armas.
-Yo estaré á tu lado.
-
---Aun así moriré. Mi padre no puede engañarme.
-
---¿Tienes miedo?... ¿Tiemblas, hija del garamanta?... ¡Al fin, mujer!
-Quédate en tu tienda: no te aproximes á los muros. Iré á buscarte,
-cuando llegue el momento de que entres en la ciudad como señora.
-
-Asbyte irguió su gallarda figura cual si acabase de recibir un
-latigazo. Sus grandes ojos brillaban con cólera.
-
---Te dejo, Hanníbal. Comienza á amanecer. Prepáralo todo para el
-asalto, y ya me encontrarás cuando tus tropas den la señal. Al saber
-que voy á morir, sólo quería pedirte un beso, el último... No, no
-te acerques. Ahora no lo deseo: me haría daño. Si caigo y puedes
-encontrarme entre los cadáveres, ya sabes cual ha sido mi último
-pensamiento.
-
-Se alejó apoyada en su lanza, por entre las filas de tiendas, seguida
-del negro caballo, que husmeaba la huella de sus plantas como bestia
-apasionada.
-
-Comenzaba el día. Extinguíanse las hogueras, y en torno de las últimas
-llamas veíanse hombres que se levantaban del suelo estirando sus
-miembros entumecidos y sacudiendo los pedazos de tela en que estaban
-envueltos. Relinchaban los caballos tirando de las cuerdas, y los
-soldados los dejaban en libertad, conduciéndolos al río para abrevarlos
-y limpiarlos.
-
-Por todos los caminos llegaban al campamento grandes carretas cargadas
-de víveres y forraje, y con el chirrido de sus ejes confundíanse las
-canciones de los soldados que, al levantarse alegres, recordaban el
-lejano país, cantando en la lengua natal.
-
-Era una confusión de voces y de gritos; cada pueblo ocupaba un lugar
-distinto; se saludaban con aullidos regocijados de una nación á otra.
-Sobre el campamento, elevábase un vaho de carne desnuda y sudorosa, de
-guisos raros hirviendo en las marmitas, y resonaban los grandes mazos
-de los carpinteros componiendo los artefactos de asedio, que á las
-pocas horas habían de disparar piedras y dardos contra las murallas.
-Algunos guerreros de flotante manto, jinetes en briosos caballos,
-corrían entre la ciudad y el campamento mirando las murallas de
-Sagunto, en cuyas almenas, enrojecidas por los primeros rayos del sol,
-comenzaban á rebullir los defensores. Hanníbal, á pie, con la cabeza
-descubierta, contemplaba también la ciudad desde fuera del campamento,
-sentado en un trozo de muro, último resto de una quinta arrasada por
-los sitiadores.
-
-Estaba resuelto á dar el asalto tan pronto como su ejército hubiese
-terminado los preparativos matinales. Quinientos africanos armados
-con picos se formaban en las afueras del campamento. Iban á acometer
-aquel punto de la ciudad que avanzaba su muralla en un terreno llano
-y despejado, que permitía llegar hasta su base sin obstáculo alguno.
-En otros sitios del campamento se agolpaban los infantes celtíberos
-con largas escalas para intentar el asalto por distintos lados á la
-vez. Avanzaban las máquinas de guerra; las catapultas, con el robusto
-balancín oprimido por tirantes cuerdas, pronto á disparar los pedruscos
-depositados en la cavidad de su largo brazo; los arietes, que al ser
-arrastrados, temblaban pendientes de sus cadenas. Las torres de asedio,
-ligeras, de paredes de juncos entrelazados, marchaban sobre discos
-macizos, coronadas por los escudos de los sitiadores, que se ocultaban
-tras ellos para disparar los dardos.
-
-Hanníbal corrió á su tienda, pasando por entre los jinetes, que
-limpiaban sus caballos y sus armas con lentitud, convencidos de que no
-habían de tomar parte en el asalto hasta el último momento. El caudillo
-se armó á la ligera. Vistióse una corta loriga de escamas de bronce, se
-cubrió con el casco, tomó un escudo, y al salir de la tienda encontró
-á Marbahal y á su hermano Magón, encargados de las reservas que
-quedaban en el campamento.
-
---Llevas las piernas descubiertas --dijo el hermano--. ¿No te las
-cubres con las grebas?
-
---No --contestó animoso el caudillo--. Vamos á un asalto, y para trepar
-por los escombros, hay que tener los pies ligeros. Los dardos me
-respetarán como siempre.
-
-Al salir del campamento creyó ver entre dos tiendas á la reina de las
-amazonas, que le seguía con ojos tristes. Pero Asbyte, al cruzar su
-mirada con la de Hanníbal, se alejó, tornándole la espalda con altivez.
-
-Sonaron las trompas y el campamento pareció moverse, marchando contra
-la ciudad.
-
-Avanzaban los manteletes, verdaderas murallas de madera, por cuyos
-intersticios disparaban los arqueros. Al abrigo de estos movibles
-baluartes, iban adelantando los africanos armados de picos, mientras
-que por otros lados del valle corrían los celtíberos, llevando al
-frente sus escalas.
-
-Las murallas se cubrieron en un instante de defensores. Por encima de
-las almenas asomaban brazos nervudos arrojando dardos, culebreaban las
-hondas disparando piedras, y se combaban los arcos despidiendo agudos
-silbidos.
-
-Hanníbal, para animar á los asaltantes, marchaba detrás de los
-quinientos africanos, riendo de los proyectiles de toda clase que
-chocaban con la madera de los manteletes. Varias noches, arrastrándose,
-y á riesgo de caer prisionero, había llegado hasta el pie de aquel
-muro que cubría la parte del valle y era el más fuerte de la ciudad.
-La base estaba formada de grandes piedras unidas con barro. Convencido
-el caudillo de que era difícil escalar los muros, quería abrir brecha
-por los cimientos, derrumbando la rojiza muralla, ante la que se había
-estrellado su ejército.
-
-Al llegar cerca de ella, los africanos abandonaron el abrigo de
-los manteletes, arrojándose con furor contra la barrera de enormes
-piedras. Desnudos, negruzcos, vociferantes, subiendo y bajando sus
-brazos musculosos, al final de los cuales brillaba el hierro del pico,
-parecían espíritus infernales enviados por los dioses kabiros de
-Cartago para la destrucción de la ciudad. Encarnizados y tenaces en su
-tarea de destrucción, rugían y trabajaban, insensibles á los golpes que
-venían de arriba.
-
-Los sitiados, enfurecidos por tanta audacia, despreciaban á los
-honderos baleares y á los arqueros, que desde lejos disparaban sobre
-las almenas; y sacando el cuerpo fuera, arrojaban á los africanos
-dardos y pedruscos, que cayendo verticalmente, nunca dejaban de
-producir víctimas. Rodaban los africanos con la cabeza partida ó las
-espaldas aplastadas; rompíanse los brazos y las piernas como cañas
-bajo el peso de los pedruscos, y más de un asaltante quedaba con el
-vientre clavado al suelo por un dardo que le atravesaba los riñones.
-Por encima de los cuerpos palpitantes, de las carnes magulladas, de la
-sangre que se amalgamaba con el barro de los muros, nuevos asaltantes
-cogían el pico de manos de un moribundo y emprendían contra la muralla
-la obra de destrucción, golpeándola furiosamente como si fuese un
-enemigo en pie; confundiéndose los africanos, los celtíberos, los
-galos, hombres de todos colores y razas, jurando cada cual en su idioma
-con espumarajos de rabia y sintiendo cernerse la muerte sobre sus
-espaldas á cada instante, entre el estrépito de aullidos y lamentos,
-de piedras que caían y de _faláricas_ que incendiaban las ropas y
-se agarraban á la carne desnuda, haciendo arder á los hombres, que,
-retorciéndose de dolor, corrían hacia el río como antorchas animadas.
-
-¡Ya se movía un bloque del muro! ¡Ya rodaba fuera de su álveo! Lo más
-importante era sacar el primero; tras de aquel saldrían los otros. Los
-asaltantes prorrumpieron en exclamaciones de salvaje alegría; oían la
-voz de Hanníbal animándolos; pero antes de levantar la cabeza para
-descansar un momento, un rugido inmenso se elevó entre ellos. Llovía;
-pero eran gotas ardientes, infernales, que penetraban en los cuerpos
-como interminables cuchillos. Arriba, entre las almenas, humeaba una
-hoguera. Era que los comerciantes derretían los grandes lingotes de
-plata de sus almacenes, enviando el metal fundido como una lluvia de
-muerte sobre los que osaban destruir los muros de la ciudad.
-
-Los asaltantes retrocedieron rugiendo de rabia, y fueron á refugiarse
-detrás de los manteletes. Hanníbal levantaba su espada, queriendo
-con sus golpes hacerles volver al trabajo. Pero en vano se esforzaba
-hablando de la victoria y de la necesidad de destruir el muro. Sus
-soldados retrocedían de espaldas, mirando con respeto al caudillo,
-que parecía invulnerable, pero quejándose del atroz tormento de las
-quemaduras. Algunos se revolcaban en el suelo, con los labios cubiertos
-de espuma, pataleando de dolor.
-
-De pronto, pareció que la ciudad estallaba, arrojando lejos de sí
-á todos sus habitantes. Á lo lejos veíase huir á los celtíberos,
-arrojando sus escalas. La ciudad salía en masa contra los sitiadores.
-Las puertas eran pequeñas para dar paso á la muchedumbre armada que se
-arremolinaba en ellas, extendiéndose después como un torrente que corre
-encajonado entre montañas y de pronto se esparce en la llanura. Muchos
-impacientes se descolgaban de las almenas para caer más pronto sobre el
-enemigo.
-
-En un momento quedó cubierto por los saguntinos que atacaban y
-los sitiadores que huían, todo el espacio entre las murallas y el
-campamento. Hanníbal se sintió arrastrado por la fuga de sus soldados.
-Ardían los manteletes, y una muchedumbre de mujeres y niños empuñando
-antorchas, rodeaba las torres de asedio, incendiando sus paredes de
-junco.
-
-Los saguntinos, formados en masas, avanzaban, barriendo á los
-sitiadores, que huían á la desbandada. Ante su movible frente de picas
-y brazos levantados con anchas espadas, sólo se veían hombres fugitivos
-que arrojaban las armas y caían alcanzados por los dardos y las lanzas.
-
-El gigante Therón avanzaba aislado, como si él solo fuese una falange.
-La piel de león y su enorme estatura atraían las miradas de todos: su
-maza subía y bajaba, acosando los grupos fugitivos y abriendo en ellos
-grandes claros.
-
---¡Es Hércules! --gritaban con terror supersticioso los sitiadores--.
-¡El dios de Sagunto que viene contra nosotros!
-
-Y la presencia del gigante aceleraba aún más la dispersión que los
-golpes de los saguntinos.
-
-Hanníbal intentaba avanzar, hacer frente; pero en vano rugía,
-blandiendo su espada. Estaba preso en el torrente de la fuga; le
-empujaban sus propios soldados, ciegos por el contagio del terror;
-le pisaban los talones ó le golpeaban la espalda con sus cabezas
-bajas por la velocidad de la carrera, y tenía que hacer grandes
-esfuerzos para no verse derribado y pisoteado. Un momento más y los
-sitiados, después de destruir todas las obras de asedio, entraban en el
-campamento.
-
-El caudillo rugía maldiciones y amenazas contra su hermano y Marbahal,
-que no acudían con las reservas á sostener el torrente de la derrota.
-Vió que apresuradamente salían tropas del campamento, pero á pie y
-sin orden, con la precipitación que produce un suceso inesperado,
-ajustándose muchos de ellos las correas de sus corazas, confundidos
-con los de otros pueblos y sin sus jefes, que en vano hacían sonar los
-cuernos para ordenar las huestes.
-
-Los saguntinos, con el impulso ciego de la victoria, chocaron con este
-refuerzo y casi lo arrollaron en el primer encuentro. Hanníbal, que
-había conseguido reunir un grupo de soldados más animosos, hacía frente
-á los saguntinos.
-
---¡Á mí! ¡Á mí! --gritaba á los que llegaban del campamento, y en su
-turbación no sabían dónde acudir.
-
-Pero sus gritos atraían al mismo tiempo á los enemigos. Therón, como
-si le guiase su dios, se dirigió contra Hanníbal, y pronto su maza
-comenzó á caer sobre los escudos del grupo cartaginés. Se arrojaba con
-un coraje frío contra los enemigos, quebrando sus lanzas con un revés
-de la maza; hiriéndose con las espadas, que parecían embotarse en sus
-músculos poderosos, y chorreando sangre por debajo de su piel de león,
-feroz y magnífico, como una divinidad. No levantaba el nudoso tronco
-sin que cayera un enemigo á sus pies.
-
-Comenzaban á retroceder otra vez los sitiadores ante el empuje de
-los saguntinos; Hanníbal se veía arrastrado de nuevo por los suyos,
-aterrados por la furia del gigante que parecía invulnerable, cuando
-algo inesperado cambió la faz del combate.
-
-Tembló la tierra bajo un desenfrenado galope semejante al tableteo
-de un trueno, y encorvadas sobre las crines de sus caballos, al aire
-las cabelleras ondeantes bajo los cascos y arremolinadas las blancas
-túnicas en torno de las piernas desnudas, cayeron contra los enemigos
-las amazonas de Asbyte, con la impetuosidad de un huracán. Gritaban
-tremolando sus lanzas, llamándose unas á otras para cargar sobre los
-grupos más compactos, y los enemigos retrocedían asombrados ante
-aquellas mujeres que por primera vez veían de cerca y que tenían á su
-favor la fuerza de la sorpresa.
-
-Hanníbal, al través de las cabezas de los que le rodeaban, vió pasar
-como un rayo luminoso á Asbyte, completamente sola. La luz del sol,
-quebrándose en su casco, la rodeaba de un nimbo de oro. Su instinto
-de amante la había hecho adivinar dónde estaba Hanníbal cercado de
-enemigos, y corría allí para darle auxilio.
-
-Lo que después pasó fué rápido, instantáneo; apenas si Hanníbal pudo
-verlo entre el polvo de la carga, con la vaguedad apresurada de un
-ensueño.
-
-La amazona, con la lanza baja, se dirigió al galope contra el sacerdote
-de Hércules, que en el reflujo de aquel combate desordenado, cuerpo á
-cuerpo, había quedado solo en un gran espacio de terreno.
-
---¡Ohóoo!... --gritaba la amazona, excitando el caballo con su
-exclamación de guerra.
-
-Y doblando las piernas contra los hijares de la bestia, elevábase sobre
-sus lomos para herir mejor al gigante.
-
-El caballo, asustado al ver la espantosa cabeza de león sobre la testa
-del coloso, se encabritó relinchando, y en el mismo momento cayó sobre
-sus ojos la enorme maza, produciendo igual chasquido que si se quebrara
-una robusta ánfora.
-
-Rodó el caballo sobre las patas traseras con la cabeza rota, manando
-sangre por los ojos, y la amazona, despedida de sus lomos, cayó de
-rodillas á algunos pasos de distancia, cubriéndose con el escudo. Si
-podía resistir un momento se salvaba. Hanníbal, olvidado de los suyos
-que se agitaban en la confusión del combate, corría en su auxilio. Del
-campamento salían grandes grupos de jinetes para apoyar á las audaces
-amazonas, y la masa de los sitiados retrocedía en desorden hacia la
-ciudad.
-
-Púsose en pie Asbyte y avanzó un paso, levantando la lanza para
-herir al gigante; pero en el mismo momento, la enorme maza, blandida
-con dos manos, cayó sobre ella como un muro que se desploma. Resonó
-quejumbrosamente el escudo de bronce al quebrarse, cayó en pedazos el
-casco de oro, y Asbyte se dobló en el suelo con la túnica cubierta de
-sangre, como una ave blanca que plegase sus alas.
-
-Therón, á pesar de su ferocidad, quedó inmóvil, apoyado en su maza,
-sin ver lo que pasaba á su alrededor, como arrepentido del horrible
-destrozo que su fuerza había causado en aquella mujer hermosa.
-
---¡Á mí, Therón! ¡Defiéndete, carnicero de Hércules!... Mátame si
-puedes: soy Hanníbal.
-
-Volvióse el sacerdote y vió un guerrero que, cubierto el rostro con
-el escudo y la espada de punta, avanzaba con agilidad asombrosa,
-trazando círculos en torno de él, como un tigre que ataca á un
-elefante y busca con su movilidad hacer presa en un punto flaco. Había
-terminado la batalla: los saguntinos se replegaban sobre la ciudad.
-Los jinetes sitiadores cargaban cerca de las murallas, dejando solos
-á los dos combatientes en aquella parte del campo. Algunos soldados
-se aproximaban con lentitud para detenerse á alguna distancia,
-intimidados por el terror supersticioso que inspiraba el gigante.
-
-Therón no se inmutó al verse solo. ¡Hanníbal! ¡Era Hanníbal aquel
-guerrero que iba á luchar con él completamente solo!... ¡Este encuentro
-singular, á la vista de toda la ciudad asomada á las murallas, parecía
-preparado por su dios! ¡Iba á librar á Sagunto de su principal
-enemigo!... Hércules le proporcionaba esta gloria; y sonriendo
-satisfecho, levantó la maza, marchando en línea recta contra el
-africano.
-
-Éste le eludía retrocediendo, saltando de lado con agilidad felina,
-evitando el encuentro, hasta que al fin, cansado el sacerdote y
-deseando acabar antes que llegaran nuevos combatientes, se afirmó sobre
-sus piernas de coloso y arrojó la maza contra Hanníbal. El enorme
-tronco rasgó el aire, al mismo tiempo que Hanníbal, viéndolo venir
-sobre él, saltaba de lado. Todavía alcanzó su escudo, produciendo
-con el choque un estrépito atronador, y fué á caer lejos, levantando
-una nube de polvo. El africano, con la violencia del golpe dobló las
-rodillas, pero se repuso, y arrojando su escudo roto corrió con la
-espada levantada contra Therón.
-
-El sacerdote de Hércules, al verse desarmado, tuvo un momento de
-debilidad, sintió miedo, creyóse en presencia de un ser superior contra
-el que nada podían sus fuerzas, y volviendo la espalda á Hanníbal,
-huyó hacia Sagunto. Desde las murallas le llamaban á gritos viéndole
-en peligro. Algunos armaban los arcos para detener con sus flechas
-á Hanníbal; pero no osaban disparar por miedo á herir á Therón.
-Respiraban angustiosamente los saguntinos al ver huir á su Hércules,
-perseguido por aquel guerrero que le acosaba cerrándole el paso para
-que no llegase á la ciudad.
-
-El gigante pesado y musculoso corría difícilmente por el campo cubierto
-de cadáveres y despojos del combate. Tropezó en un escudo, sus rodillas
-se doblaron, y volvió á levantarse; pero esta vez completamente
-desnudo. La piel de león había caído de sus hombros, quedando entre los
-despojos de la batalla.
-
-Su perseguidor le alcanzaba. Sintió en sus espaldas el frío del hierro
-hundiéndose entre los músculos, y no queriendo morir perseguido como un
-esclavo á la vista de toda la ciudad, volvióse rápidamente, extendiendo
-sus brazos como columnas para ahogar entre ellos al enemigo.
-
-Pero Hanníbal, antes de que cayeran en torno de él aquellas dos moles
-magullándolo, hundió su espada varias veces en el costado del coloso, y
-Therón se desplomó, llevándose las manos á las heridas para contemplar
-su sangre, de un rojo obscuro.
-
-Miró sin cólera á Hanníbal, con una expresión infantil de dolor, y
-luego fijó sus ojos turbios por la muerte en la alta Acrópolis, sobre
-cuyas techumbres se reflejaba el sol.
-
---¡Padre Hércules! --murmuró con amargura--. ¿Por qué abandonas á los
-tuyos?...
-
-Su cabeza enorme, al caer en el suelo, levantó una nube de polvo.
-Hanníbal se inclinó sobre ella, y con su espada comenzó á cortar el
-robusto cuello, teniendo que dar muchos golpes para partir la maraña de
-tendones como cuerdas y de músculos resistentes, en los que el hierro
-parecía embotarse.
-
-Una nube de flechas comenzó á clavarse en el suelo en torno de Hanníbal.
-
-El caudillo se despojó del casco, dejando suelta la cabellera de
-gruesos rizos; agarró la cabeza de Therón por su ensangrentada melena,
-y poniendo un pie con ademán de vencedor sobre el cuerpo del sacerdote,
-la enseñó á los que ocupaban las murallas.
-
-Estaba magnífico con la espada en la diestra, avanzando el otro brazo,
-que sostenía la cabeza del gigante. Relampagueaban de orgullo y fría
-cólera sobre la obscura tez sus ojos, brillantes como los discos de
-metal que pendían de sus orejas.
-
-Los sitiados le reconocieron, y un grito de sorpresa y de rabia corrió
-á lo largo de la muralla.
-
---¡Hanníbal!... ¡Es Hanníbal!
-
-Aún permaneció inmóvil algunos instantes, como la estatua de la
-victoria, desafiando con soberbia á los enemigos, sin hacer caso de la
-nube de proyectiles que zumbaba en torno de él, hasta que de pronto
-soltó la cabeza de Therón y cayó de rodillas, abandonando su espada.
-
-Mopso el arquero acababa de atravesarle una pierna de un flechazo.
-
-Todos vieron desde las murallas cómo en un arranque de dolorosa rabia
-se arrancaba el mástil de la flecha, haciéndolo añicos y arrojándolo
-lejos. Luego ya no vieron más. Una gran parte del ejército sitiador
-corrió á él para cubrirlo, y sus honderos y arqueros comenzaron á
-disparar contra la muralla.
-
-Acteón, fatigado por la salida reciente, contemplaba oculto tras una
-almena lo que ocurría en torno de Hanníbal, sin prestar atención á
-los proyectiles de los honderos que, enfurecidos por la herida del
-caudillo, enviaban una tempestad de piedras contra los muros.
-
-Vió cómo se alejaba Hanníbal, sostenido por dos capitanes cartagineses
-de dorada coraza y custodiado por una muchedumbre.
-
-De repente el caudillo repelió á los que le sostenían, y cojeando
-dolorosamente anduvo hacia un bulto blanco y ensangrentado que se
-destacaba sobre la tierra roja, como un harapo informe. Se inclinó
-sobre él, y los númidas que le rodeaban vieron llorar al terrible
-Hanníbal por primera y última vez, uniendo su boca á la destrozada
-cabeza de la amazona Asbyte, besando aquel rostro amado, en torno de
-cuyas facciones aplastadas y sangrientas, comenzaba á revolotear un
-enjambre de fúnebres moscas.
-
-
-
-
-VII
-
-Las murallas de Sagunto
-
-
-La herida de Hanníbal proporcionó á la ciudad algunos días de calma.
-Los sitiadores permanecían en su campamento, inactivos, mirando Sagunto
-desde lejos. Salían los honderos por las mañanas para ejercitar sus
-brazos disparando contra la muralla; pero aparte de esto y de los
-flechazos con que les contestaban desde la ciudad, no se cruzaban otras
-hostilidades entre sitiados y sitiadores.
-
-Los pelotones de caballería recorrían el agro forrajeando, y la turba
-inmensa de tribus feroces acababa su obra de destrucción, saqueando
-las villas y casas de campo. Se aclaraban los grupos de árboles: cada
-día derribaban nuevos troncos para llevar leña al campamento, y en los
-espacios descubiertos ya no se veían tejados y torres. Sólo ruinas
-humeantes y ennegrecidas aparecían aquí y allá, sobre los abandonados
-campos. Un mosaico á flor de tierra era muchas veces el único vestigio
-de una quinta elegante, arrasada hasta los cimientos por los invasores.
-
-Los sitiados veían engrosar rápidamente el ejército de Hanníbal.
-Todos los días llegaban nuevas tribus. Parecía que la Iberia entera,
-subyugada por el prestigio de Hanníbal, iba á acampar en torno de
-Sagunto, enardecida por la fama de sus riquezas. Llegaban á pie ó á
-caballo; sucios, feroces, cubiertos de pieles ó vestidos de esparto,
-con el escudo de media luna y la espada corta de dos filos, ansiosos
-de pelear y trayendo consigo vistosos presentes para el africano, cuya
-gloria les deslumbraba.
-
-Los saguntinos que habían comerciado con las tribus del interior,
-reconocían desde las murallas á los recién llegados. Venían de muy
-lejos; los había de ellos que habían marchado más de un mes para
-llegar á Sagunto; y señalaban á los lusitanos, de figura atlética,
-de los que se relataban horrorosas ferocidades; á los galaicos, que
-vivían de la pesca ó de fundir el oro de sus ríos; á los astures, que
-fabricaban el hierro, y á los vascos sombríos, cuya lengua no podían
-aprender los otros pueblos. Y mezclados con ellos llegaban nuevas
-tribus de la Bética, que se habían retrasado en acudir al llamamiento
-del cartaginés; infantes ágiles de piel aceitunada, con la cabellera
-esparcida sobre la espalda, vestidos con cortos faldellines blancos
-y ancha franja de púrpura y empuñando grandes escudos redondos que
-les servían de sostén para pasar los torrentes. El campamento que se
-extendía á lo largo del río, acabó esparciéndose por el inmenso valle,
-formando grupos de tiendas y chozas, hasta perderse de vista. Era una
-verdadera ciudad, más grande que Sagunto, que avanzaba y avanzaba como
-si fuera á tragarse sus murallas.
-
-Al día siguiente de la victoriosa salida de los saguntinos notaron
-éstos gran movimiento en el campo sitiador. Eran las honras fúnebres de
-la reina de las amazonas. Vieron cómo el cadáver de Asbyte era paseado
-por las guerreras, llevándolo en alto sobre un escudo: después, en el
-centro del campamento, se elevó la columna de humo de la enorme pira
-que consumió sus restos.
-
-Los sitiados adivinaban el estado de ánimo de los enemigos. Hanníbal
-estaba tendido en su lecho, y el ejército parecía anonadado por el
-dolor del héroe. Los hechiceros del campamento entraban y salían en la
-tienda examinando la herida, y buscaban después en los montes cercanos
-hierbas misteriosas para confeccionar milagrosos emplastos.
-
-En Sagunto los más audaces hablaban de hacer una salida, de aprovechar
-aquel instante de desaliento para caer sobre los enemigos, poniéndolos
-en fuga. Pero el campo sitiador estaba bien vigilado; el hermano
-de Hanníbal, con los principales capitanes, velaba para evitar
-una sorpresa; el ejército estaba tras los baluartes de tierra del
-campamento como en una ciudad fuerte, y aprovechaba su inacción para
-realizar nuevas obras, poniéndose á cubierto de un ataque.
-
-Además, la ciudad no estaba menos desalentada por la muerte del
-sacerdote de Hércules. No podían explicarse los saguntinos cómo el
-caudillo africano había dado muerte al gigantesco Therón, á los ojos
-de todo Sagunto, y los más supersticiosos veían en esto una señal
-celeste, el aviso de que los dioses tutelares de la ciudad comenzaban á
-abandonarla.
-
-Todos se mostraban con igual firmeza que al principio, resueltos á
-defenderse; pero había desaparecido la alegría burlona de los primeros
-días del asedio. Creían husmear la desgracia en torno de ellos y les
-entristecía el número de enemigos, siempre en aumento. Cada mañana
-veían crecer el campo sitiador. ¿Cuándo cesarían de llegar los aliados
-de Hanníbal?
-
-La alegre ciudad griega de los ricos comercios y las pomposas fiestas
-Panatheas, presentaba el aspecto de las poblaciones sitiadas. La
-muchedumbre de los campos refugiada en la ciudad, acampaba en calles
-y plazas, esparciendo un hedor de rebaño enfermo y miserable. En los
-templos se arrastraban los heridos al pie de las columnas, lanzando
-gemidos: arriba, en la Acrópolis, humeaba la hoguera día y noche,
-consumiendo los cadáveres de los que morían en las murallas ó caían en
-las calles, víctimas de extrañas enfermedades, desarrolladas por el
-hacinamiento.
-
-Aún abundaban los víveres, pero faltos de frescura; y los ricos,
-adivinando el porvenir, acaparaban lo que podían, viendo en lontananza
-los días de escasez. En los barrios pobres mataban los caballos, las
-bestias de carga, asando sus carnes en las fogatas encendidas en las
-calles para los fugitivos que carecían de techo.
-
-Lo mismo en las murallas que en la Acrópolis, todos miraban al mar con
-impaciencia. ¿Cuándo llegarían los auxilios de Roma? ¿Qué hacían los
-legados enviados por Sagunto á la gran República?...
-
-La impaciencia hacía caer frecuentemente á toda la ciudad en dolorosos
-engaños. Por las mañanas, los vigías apostados en la Acrópolis sobre la
-torre de Hércules, daban furiosos golpes en los címbalos de alarma al
-ver en el horizonte algunas velas. Corría la muchedumbre á la cumbre
-del monte, siguiendo con mirada ansiosa la marcha de los lienzos
-blancos ó rojos, sobre la azul superficie del golfo Sucronense. ¡Eran
-ellos!... ¡los romanos!... ¡las avanzadas de la flota de socorro que
-navegaban hacia el puerto! Pero tras algunas horas de angustiosa
-expectativa, llegaba la decepción, al ver que eran naves mercantes
-de Marsella ó Ampurias que pasaban de largo, ó trirremes enemigas que
-Hasdrúbal, el hermano de Hanníbal, enviaba desde Cartago-Nova con
-vituallas para el ejército.
-
-Cada uno de estos desengaños aumentaba la tristeza de los saguntinos.
-¡El enemigo siempre creciendo y los aliados sin venir! La ciudad iba á
-perderse. Únicamente se reanimaba el entusiasmo de los defensores al
-encontrar en las murallas al viejo Mopso, que por su flechazo certero
-contra Hanníbal, era el héroe de la ciudad, y al animoso Acteón, que
-con sus burlas de ateniense, ligero y gracioso ante el peligro, sabía
-comunicarles nuevos ánimos.
-
-Sónnica también aparecía entre ellos en los sitios de combate. Recorría
-las murallas cuando silbaban las flechas, y los ciudadanos pobres
-admirábanse del valor de la opulenta griega, despreciando los golpes
-del enemigo.
-
-El amor á Acteón y el odio á los sitiadores, la hacían ser audaz.
-Mostrábase furiosa contra los cartagineses. Desde lo alto de la
-Acrópolis había visto una tarde cómo salían llamas de la techumbre de
-su quinta, cómo se derrumbaba la roja torre del palomar, cómo eran
-abatidos los hermosos bosques que rodeaban su casa, quedando todo
-convertido en un montón de escombros y troncos carbonizados, y ansiaba
-vengarse, no de la riqueza perdida, sino de la destrucción del retiro
-misterioso de sus amores, de la suntuosa vivienda llena de recuerdos.
-Además, sentíase nerviosa y en insufrible molestia en esta nueva vida,
-dentro de una ciudad sitiada, teniendo que comer viandas groseras y
-dormir en una habitación de su almacén, entre las riquezas amontonadas
-con el desorden de la fuga, confundida casi con sus esclavas y
-privándose del baño, pues en la ciudad no había más agua que la de
-las cisternas, y los magistrados la distribuían con gran parsimonia,
-preveyendo una próxima escasez.
-
-Esta vida de miserias excitábala, haciendo que se distinguiera por su
-audacia belicosa. Veía de tarde en tarde á su amante, pues Acteón,
-alma de la defensa, tan pronto estaba en las murallas dirigiendo á los
-esclavos que las reparaban, como subía á la Acrópolis con Mopso, para
-examinar en conjunto la situación del enemigo. Quería aprovechar la
-tregua proporcionada por la herida de Hanníbal para poner á la ciudad
-en mejores condiciones de defensa; y mientras tanto Sónnica paseaba
-por la muralla hablando con los jóvenes, prometiendo ricos premios á
-los que más se distinguiesen, y excitando á todos á hacer una salida
-sin ejemplo: la ciudad en masa arrojándose fuera de las murallas,
-aplastando á los enemigos, barriéndolos hasta arrojarlos en el mar.
-
-Iba á todos lados escoltada por Eroción y Ranto. La vida en un
-estrecho espacio y la comunidad del peligro, la habían hecho
-aproximarse á los dos muchachos, y éstos seguían á su señora acogiendo
-con sonrisas de entusiasmo todas sus palabras, aplaudiendo los
-propósitos belicosos de la rica.
-
-Ranto ya no era pastora. Una tras otra, habían devorado todas sus
-cabras en la casa de Sónnica, y sin más ocupación que seguir á su
-señora, cogida siempre de la mano de Eroción, consideraba el sitio como
-una felicidad, y su deseo era que no terminase nunca. Hasta el ceñudo
-Mopso, el padre de su amante, los encontraba juntos sin protestar, y
-muchas veces sonreía al verles tranquilos y felices, paseando por las
-murallas sin miedo á los sitiadores.
-
-El peligro había hecho más bondadosa á la gente. Los ricos comerciantes
-se codeaban con los esclavos al disparar el arco detrás de las almenas;
-veíase á más de una griega opulenta, rasgar su túnica de lino para
-vendar las heridas á los rudos mercenarios; y Sónnica la rica, que
-antes despreciaba á las mujeres de la ciudad, hablaba á las esclavas
-para que formasen una tropa igual á la de aquellas amazonas que
-seguían á Hanníbal. Ranto, satisfecha de la nueva situación, ciega
-de felicidad hasta el punto de no ver las angustias y miserias que
-sufría la población, tiraba de su amante en los momentos de combate,
-le arrancaba el arco de las manos, y arrastrándolo fuera de las
-murallas, escondíanse en el hueco de una escalera, al pie del muro,
-y se acariciaban con nueva voluptuosidad, pareciéndoles más intenso
-su placer mezclado con el silbido de las flechas y los gritos y
-exclamaciones de dolor y rabia que sonaban arriba.
-
-La tregua sólo duró veinte días. En el silencio del campamento,
-resonaban sin cesar los mazos de los carpinteros, y los sitiados veían
-elevarse poco á poco una gran torre de madera de varios pisos, mucho
-más alta que las murallas de la ciudad.
-
-Hanníbal se sentía fuerte y ansiaba reanudar el sitio. Con el deseo
-de que los enemigos le viesen cuanto antes, abandonó su tienda, á
-pesar de que aún tenía abierta la herida; y montando á caballo salió
-del campamento para galopar á lo largo de los muros, seguido por sus
-capitanes.
-
-Los saguntinos sintiéronse deslumbrados al mirarle. Brillaba como
-una ascua de fuego sobre su negro caballo; el sol le envolvía en un
-resplandor que cegaba, como si fuese una divinidad. Llevaba la coraza
-y el casco que las tribus galaicas le habían traído como presente,
-fabricados con oro puro de sus ríos. El caudillo amaba más las
-armaduras de bronce, que había paseado al través de las batallas; pero
-su cabalgada en torno de Sagunto equivalía á una resurrección, y
-deseaba que los sitiados le contemplasen deslumbrador y majestuoso como
-un dios.
-
-Con la reaparición de Hanníbal, comenzó de nuevo el asedio, más fuerte
-que antes. Los saguntinos comprendieron desde el primer momento que
-los sitiadores habían aprovechado la tregua para aumentar su poder
-ofensivo. Avanzaron con grandes esfuerzos la enorme torre de madera que
-acababan de construir. Tenía varios pisos, en los cuales se colocaban
-los arqueros, disparando por las saeteras abiertas en los troncos. La
-plataforma superior dominaba de tal modo la muralla, que su catapulta
-arrojaba sobre las almenas grandes piedras, sembrando la muerte entre
-los defensores.
-
-Hanníbal multiplicábase, excitado por la tenacidad de los saguntinos,
-ansiando terminar cuanto antes el sitio.
-
-Era imposible permanecer al descubierto en las murallas. La torre
-había sido colocada cerca de aquel punto saliente de la ciudad, que
-Hanníbal consideraba el más flaco. Caían sin cesar dardos y piedras
-sobre las murallas, y mientras los defensores se refugiaban tras las
-almenas, no pudiendo sacar el cuerpo, abajo, en la base, trabajaban los
-arietes al abrigo de la torre, topando contra los muros, deshaciéndolos
-lentamente; y los africanos, que sobrevivieron á la primera intentona,
-atacaban ahora con más seguridad los bloques, abriendo poco á poco una
-brecha.
-
-Los saguntinos, pálidos por el furor y la impotencia, se agitaban en
-vano para impedir esta destrucción. La torre de asedio, moviéndose en
-un terreno llano á impulsos de los hombres que se ocultaban tras ella,
-iba de un sitio á otro sembrando la muerte, y á veces se aproximaba
-tanto, que los sitiados podían oir las voces de los arqueros que
-disparaban por sus saeteras. Mientras tanto, continuaba abajo, en la
-base de los muros, el trabajo lento y obstinado para derribarlos.
-
-Los ciudadanos más entusiastas, bramando de indignación al ver como
-destruían impunemente sus muros, sacaban el cuerpo para disparar
-contra los que manejaban el ariete ó los picos; pero apenas quedaban
-al descubierto, caía sobre ellos un pedrusco ó se desplomaban con
-el cuerpo atravesado por una flecha. La muralla estaba cubierta de
-cadáveres. Se arrastraban los heridos, contemplando con mirada turbia
-el mástil del dardo que les atravesaba el cuerpo.
-
-En vano disparaban los sitiados contra la torre. Las piedras rebotaban
-sobre sus paredes de troncos con sordo ruido, pero sin causarla
-quebranto. Aparecía erizada de flechas, moviéndose como un elefante
-monstruoso, insensible á las heridas, é inútilmente partían contra ella
-las _faláricas_ rasgando el espacio con su cabellera de humo y chispas,
-pues no hacían arder las pieles mojadas de que estaba forrada la parte
-alta de la torre.
-
-Huían los más prudentes de un lugar donde se concentraban los esfuerzos
-del sitiador y acudían á él los más audaces, sin saber ciertamente
-cómo repeler al enemigo, pero con la tenaz idea de morir antes de que
-avanzara un paso.
-
-Mopso, el arquero, era el único que en tan difícil situación causaba
-daño á los cartagineses. Con el arco tendido avanzaba un instante la
-cabeza fuera de las almenas y disparaba, consiguiendo introducir sus
-flechas por las saeteras de la torre, lo que esparcía la muerte entre
-los soldados que se creían seguros. Eroción estaba á su lado. Al ver á
-su padre en aquel lugar de peligro, había repelido á Ranto al pie de la
-escalinata de la muralla, sin hacer caso de sus lágrimas, y empuñando
-el arco, pretendía imitar á su padre, hostilizando á los de la torre.
-
-Pero menos prudente, con el ardor de la juventud, sacaba casi todo el
-cuerpo fuera de las almenas, y cuando conseguía introducir una flecha
-en la torre, reía, completamente al descubierto, insultando á los
-sitiadores con sus carcajadas de pilluelo audaz.
-
-Una piedra de la catapulta de la torre pasó silbando y chocó con su
-cabeza, produciendo un chasquido fúnebre. La sangre y las piltrafas
-salpicaron á los más cercanos, y el muchacho, doblándose como si fuese
-de trapos, resbaló entre dos almenas, cayendo fuera de las murallas.
-Las flechas de su carcax se esparcieron en torno del cadáver, con
-triste vibración de hierro.
-
---¡Mopso! ¡Mopso! --gritó Acteón, intentando detener al arquero.
-
-Pero el viejo se había lanzado en medio de la muralla, completamente al
-descubierto, con los ojos vidriosos, trémula la barba gris, imponente
-de dolor y de furia.
-
-Intentó tender por tres veces su arco para disparar contra la
-plataforma de la torre donde estaba la catapulta, y por más esfuerzos
-que hizo, no logró preparar su arma. El dolor, la sorpresa, la
-desesperación que le producía no poder exterminar de un golpe á todos
-los enemigos, le arrebataban las fuerzas.
-
-Mientras pugnaba con el duro arco, que parecía rebelarse contra él,
-silbaban en torno de su cabeza los proyectiles del enemigo. Viéndose
-impotente, envejecido en un instante por el dolor, contemplando abajo
-el destrozado cadáver de su hijo y sin poder vengarle, lanzó un gemido,
-y reuniendo todas las fuerzas de su voluntad, se lanzó fuera de la
-muralla, cayendo sobre los restos de Eroción. Su cabeza chocó con sordo
-ruido en las piedras, salió de ella un hilo de sangre, y padre é hijo
-formaron un grupo inmóvil á corta distancia de los asaltantes, que
-seguían empujando el ariete y socavando la base de la muralla.
-
-Duró casi todo el día la desigual lucha. Los saguntinos que guardaban
-esta parte del muro, no lograban evitar los avances del enemigo.
-Sentían el sordo choque de los picos, la muralla parecía bambolearse
-bajo sus pies y nada podían hacer para impedir los progresos del
-sitiador.
-
-Lentamente iban retirándose los defensores. Acteón, triste por la
-trágica muerte de su compatriota y convencido de que era inútil
-permanecer allí, les aconsejaba la retirada al interior de la ciudad.
-Retrocedió con algunos de los suyos, y á los pocos momentos, un
-torreón carcomido en su base por el ariete, se bamboleó, cayendo al
-fin al suelo con gran estrépito de escombros, que llenaron de polvo el
-espacio. Tras él se abatieron dos torreones más y un gran lienzo de
-muralla, sepultando entre los escombros á los defensores más tenaces,
-que quisieron permanecer en su puesto hasta el último momento.
-
-Una exclamación formidable, un alarido de salvaje alegría, contestó
-desde afuera á la caída de los muros. Al través de la abierta brecha
-vióse desde las calles de la ciudad la campiña desolada y un extremo
-del campamento. Brillaban las armas en el denso ambiente, enrojecido
-por el polvo de los escombros; veíase avanzar obscuras masas y
-resonaba el bramido de los cuernos.
-
---¡El asalto!... ¡Los cartagineses que entran!...
-
-Y de todos los puntos de la ciudad acudían gentes armadas. Las
-estrechas calles vecinas á la muralla vomitaban grupos y más grupos
-que llegaban vociferantes, blandiendo espadas y hachas, con el aspecto
-resuelto del que ha decidido morir. Escalando los escombros fueron á
-colocarse de pie en la brecha; y este espacio abierto, ancha herida
-que rasgaba el cinturón de piedra de la ciudad, quedó cubierto por una
-muchedumbre abigarrada que blandía sus armas formando una masa sólida é
-inquebrantable.
-
-Acteón estaba en la primera fila. Cerca de él vió al prudente Alco, que
-había cambiado su báculo por la espada, y muchos de aquellos tranquilos
-comerciantes, cuyas caras astutas parecían ennoblecidas por la heroica
-resolución de morir antes que dejar paso á los enemigos.
-
-Cuando éstos llegaron al asalto tuvieron que chocar con la ciudad
-entera. De nada les servían la torre de asedio, los arietes y
-catapultas; la lucha era cuerpo á cuerpo, y los mismos sitiados no
-empleaban ya la _falárica_, sino la espada y el hacha.
-
-Hanníbal, á pie, guiaba las falanges, que avanzaban con las picas bajas
-ó la espada en alto. Peleaba como un soldado, ansioso por acabar aquel
-sitio que retardaba sus planes; comprendiendo que estaba en el momento
-decisivo y un esfuerzo supremo podía hacerle dueño de la ciudad.
-Con palabras entrecortadas hablaba á los soldados en los distintos
-idiomas de sus tribus, recordando las grandes riquezas de la ciudad,
-la hermosura de las griegas, el considerable número de esclavos que
-había dentro de los muros; y los baleares acometían con la cabeza baja,
-avanzando sus picas de madera con la punta endurecida por el fuego; los
-celtíberos rugían sus cantos de guerra, golpeándose el pecho como un
-sonoro tambor y descargando las cortantes espadas de dos filos; y los
-númidas y mauritanos, descendidos de sus caballos, iban de un lado á
-otro astutos y recelosos, arrojando sobre los sitiados los dardos de su
-cinturón, oculto bajo los blancos velos.
-
-Todo en vano. La brecha era una angosta garganta. El ejército
-cartaginés, á pesar de la superioridad numérica, tenía que estrechar
-su frente para batirse en tan reducido espacio, y, equilibradas
-las fuerzas, los saguntinos eran los que llevaban la mejor parte,
-rechazando á los sitiadores tantas veces como intentaban subir
-la pendiente de escombros. Hundíanse las espadas en las carnes,
-produciendo las atroces heridas de las guerras de la antigüedad;
-rasgábanse los pechos al brutal impulso de las picas; agarrábanse
-los combatientes, enredando sus brazos como sarmientos, trabándose
-las piernas, haciendo crujir sus pechos jadeantes como fuelles, y
-rodaban por el suelo mordiéndose el rostro. Al levantarse algunas veces
-el vencedor, ostentaba con orgullo entre los dientes, una piltrafa
-sangrienta.
-
-Subían las tropas de Hanníbal como un huracán la pendiente de la
-brecha, y á su choque conmovíase la masa de defensores: pero ninguno
-retrocedía; había que morir, firmes en el puesto, teniendo á las
-espaldas una compacta multitud que obligaba á ser valiente, no dejando
-espacio para huir.
-
-Así duró el combate algunas horas. Los cadáveres, amontonándose entre
-los sitiados y los asaltantes, dificultaban el avance de éstos.
-Comenzaba á ponerse el sol, y Hanníbal se sentía fatigado por la
-tenaz resistencia, contra la que se estrellaban todos sus esfuerzos.
-Confiando aún en su buena suerte, hizo sonar las trompas para un último
-asalto; pero en el mismo instante ocurrió una cosa inaudita, que
-desconcertó al caudillo, sembrando la confusión en sus tropas.
-
-Acteón no supo realmente de dónde partió la voz. Tal vez fué una
-alucinación de la fe; la invención de algún entusiasta cansado de
-permanecer á la defensiva.
-
---¡Los romanos! --gritó una voz--. ¡Nuestros aliados que llegan!...
-
-La noticia se esparció con la credulidad que da el peligro. Corría
-de unos á otros la versión de que los vigías de la torre de Hércules
-acababan de ver una flota navegando hacia el puerto, y nadie preguntaba
-quién había traído á la brecha la agradable nueva. Todos la aceptaban,
-añadiéndola por propia cuenta nuevos detalles; y brillaban los ojos
-de alegría, se coloreaban los rostros, y hasta los heridos que se
-arrastraban por entre los escombros levantaban los brazos gritando:
-
---¡Los romanos! ¡Ya vienen los romanos!
-
-De repente, sin orden alguna, por común instinto, como si los empujase
-una fuerza invisible, se arrojaron fuera de la brecha, escombros abajo,
-cayendo como una avalancha sobre los sitiadores que se agrupaban para
-dar el último asalto.
-
-Lo inesperado del choque, la fuerza de la sorpresa, aquel grito:
-«¡Los romanos! ¡los romanos!», que lanzaban con tanta convicción los
-saguntinos, sembraron la dispersión en las tribus bárbaras de Hanníbal.
-Se defendieron; pero toda la ciudad caía sobre ellos; hasta las mujeres
-y los muchachos combatían como en la mañana que murió Therón; y los
-soldados de Hanníbal, esparcidos en pequeños grupos, sin ver ni oir á
-sus jefes, emprendieron la fuga hacia el campamento.
-
-Hanníbal corría, gritando de furor, enloquecido, al ver que los
-sitiados repelían por segunda vez sus tropas. Tanta era la ceguedad de
-su cólera, que se introdujo entre los enemigos, y varias veces se vió
-próximo á caer bajo sus golpes.
-
-Comenzaba á anochecer. Los combatientes saguntinos llegaban ya á las
-inmediaciones del campamento, mientras la gente menuda de la ciudad se
-esparcía por el campo, rematando á los heridos é intentando incendiar
-las máquinas de asedio. Las hubieran destruído todas á no ser por
-Marbahal, el lugarteniente de Hanníbal, que salió del campamento con
-algunas cohortes de jinetes. Los sitiados, no pudiendo resistir á la
-caballería en campo raso, fueron retirándose lentamente. Al cerrar
-la noche ocupaban de nuevo la brecha, comentando á gritos aquella
-victoria, que templaba su desaliento por la ausencia de los romanos.
-
-Acteón, con algunos saguntinos de los que más se distinguían en los
-combates, se ocupaba de fortificar la ciudad. Hablaba á los viejos del
-Senado de lo difícil que era defender largamente aquella abertura. Era
-imposible repetir muchas veces el prodigio de aquella tarde. Y á la luz
-de las antorchas, pasó la muchedumbre toda la noche trabajando dentro
-de la brecha, abatiendo tejados y derribando muros.
-
-Los comerciantes y los esclavos, las ricas ciudadanas y las mujeres de
-los arrabales, todos confundidos, empuñaban picos, rodaban piedras y
-acarreaban espuertas de barro. Hasta los Ancianos del Senado tomaban
-parte en este trabajo titánico, que duró toda la noche y gran parte del
-día siguiente.
-
-Eufobias el filósofo, que permanecía inactivo ante los insultos de los
-que trabajaban, evocaba irónicamente el recuerdo de los primitivos
-fundadores de la ciudad, cíclopes que manejaban piedras como montañas y
-habían hecho arriba la base de la Acrópolis.
-
-En la tarde del día siguiente, cuando cesaban los trabajos, comenzó á
-moverse el ejército sitiador. Marchó en masa al asalto, silencioso,
-sombrío, adivinándose en él la resolución de apoderarse al primer
-empuje de aquella brecha que el día anterior había sido su vergüenza.
-
-Atravesaron las nubes de flechas y piedras que los sitiados les
-arrojaban, y corriendo las primeras cohortes, subieron por los
-escombros, luchando con los saguntinos más audaces, que todavía les
-disputaban la brecha. Tras un breve combate, los sitiadores quedaron
-dueños de la entrada de la ciudad, y prorrumpieron en exclamaciones de
-triunfo.
-
-Hanníbal marchaba al frente de sus soldados animosamente; pero al
-llegar á la cresta de la brecha, retrocedió un paso con expresión de
-disgusto.
-
-Frente á él, extendíase un vasto espacio de casas arrasadas, y más allá
-de los montones de escombros, elevábase un segundo muro monstruoso,
-construído de prisa, como si un enorme escobazo hubiese colocado á
-la entrada de la ciudad todos los despojos de su interior. Grandes
-sillares, masas de mampostería, columnas rotas, apilábanse con la
-misma regularidad que los bloques de una muralla, y los intersticios
-estaban cubiertos de barro todavía fresco. Este muro, levantado á toda
-prisa por el supremo esfuerzo de la ciudad entera, era más alto que el
-anterior, y formando una curva, se unía con las dos cortinas de las
-antiguas murallas que aún estaban en pie.
-
-Hanníbal palideció de rabia al ver que todos sus esfuerzos sólo servían
-para hacerle dueño de un pedazo de suelo de la ciudad, cubierto de
-ruinas, y que por arte prodigioso, los muros que él derribaba volvían
-á levantarse más allá, en una sola noche. Sagunto destruiría sus casas
-para fortificarse con nuevos recintos, cortándole el paso. Tendría que
-conquistar el terreno palmo á palmo, calle por calle, y le costaría
-meses y años ir estrechándola, primero en torno del Foro, después en lo
-alto de la Acrópolis, antes de conseguir que se rindiera.
-
-En la cima de la nueva muralla mostrábanse los saguntinos tan resueltos
-como el día anterior, y sus arcos y hondas detuvieron el empuje de
-los asaltantes, que acabaron por retroceder, quedando al abrigo de los
-escombros de la brecha.
-
-Hanníbal, fuera del recinto de la ciudad, reflexionaba contemplando
-las alturas de la Acrópolis. Adivinaba la posibilidad de perder todo
-su ejército lentamente si seguía atacando Sagunto por la parte llana y
-débil, donde los sitiados defendían tenazmente el terreno. Y llamando
-á Marbahal y á su hermano Magón, les habló de la necesidad de tomar un
-punto de la altura; de asaltar una parte de la inmensa Acrópolis, para
-desde allí hostilizar á la ciudad, obligándola á rendirse.
-
-Transcurrieron algunos días sin que se reanudaran las hostilidades por
-la parte del río. Las máquinas de guerra se habían trasladado al pie
-del monte, y enviaban sus pesados proyectiles contra los muros más
-extremos de la Acrópolis. Estos eran viejos y no habían sido reparados,
-por fiar los saguntinos en lo inexpugnable de la altura.
-
-Además, el número de defensores no bastaba para atender al extenso
-recinto de Sagunto, mientras el sitiador disponía de una inmensa
-muchedumbre armada que podía lanzarse sobre varios puntos á la vez.
-
-Una noche, Acteón encontró en el Foro á Sónnica que le buscaba, seguida
-de Alco el Prudente.
-
---Los Ancianos necesitan de tí --dijo con tristeza la hermosa griega--.
-He aquí Alco, que desea hablarte.
-
---Escucha, ateniense --dijo con gravedad el saguntino--. Los días pasan
-y no llega de Roma el necesario socorro. ¿Es que nuestros legados no
-pudieron llegar al territorio de la nación aliada, y el Senado de la
-gran República ignora nuestra situación? ¿Es que en Roma se imaginan
-que Hanníbal, arrepentido de su audacia, ha levantado el sitio?...
-Necesitamos saber qué es lo que nuestra aliada piensa de nosotros;
-queremos que el Senado de Roma conozca detalladamente lo que hace
-Sagunto; y los Ancianos, por indicación mía, han pensado en tí.
-
---¿En mí?... ¿Y qué quieren? --preguntó Acteón con extrañeza, mirando á
-la triste Sónnica.
-
---Quieren que esta misma noche partas para Roma. Aquí tienes oro:
-toma estas tablillas que servirán para que el Senado te reconozca
-como mensajero de Sagunto. No te enviamos á una fiesta. La salida es
-difícil, y más difícil aún encontrar en estas costas infestadas de
-enemigos, quien te lleve hasta Roma. Debes partir esta noche; ahora
-mismo si es posible, descolgándote de las murallas de la Acrópolis por
-la parte opuesta del monte, donde apenas hay enemigos. Mañana, tal vez
-sea tarde. Huye y vuelve pronto con el auxilio ansiado.
-
-Acteón tomó el oro y las tablillas que le ofrecía Alco, pero no sin
-excusarse, comprendiendo la gravedad de la misión.
-
---Nadie mejor que tú puede hacer esto --dijo el saguntino--. Por eso
-he pensado en tí. Has pasado tu vida corriendo el mundo; hablas muchas
-lenguas y no te faltan astucia y valor... ¿Conoces Roma?
-
---No: el padre de mi padre hizo la guerra contra ella, á las órdenes de
-Pirro.
-
---Ve, pues, ahora á ella como amigo, como aliado, y quieran los dioses
-que algún día bendigamos el momento en que llegaste á Sagunto.
-
-Acteón no parecía resuelto á partir. Le pesaba como una vergüenza
-abandonar la ciudad en aquel trance supremo, dejar á Sónnica dentro de
-una población sitiada.
-
---Yo soy un extranjero, Alco --dijo con sencillez--. Ningún vínculo
-de sangre me une á vuestra suerte. ¿No temes que huya para siempre
-dejándoos abandonados?
-
---No, ateniense: te conozco y por esto he respondido de tu fidelidad
-ante los Ancianos. Sónnica también ha jurado que volverás si no se
-apoderan de tí los enemigos.
-
-El griego miró á su amada como preguntándola si debía partir, y ella
-bajó la cabeza, resignada ante el sacrificio. Acteón, después de esto
-se mostró resuelto.
-
---Salud, Alco. Dí á los Ancianos que el ateniense Acteón será
-crucificado en el campo de Hanníbal ó comparecerá ante el Senado de
-Roma repitiendo vuestras quejas.
-
-Besó á Sónnica en los ojos varias veces, y la hermosa griega,
-conteniendo sus lágrimas, quiso seguirle con Alco hasta lo alto de la
-Acrópolis, para verle algunos momentos más.
-
-Marcharon los tres en la obscuridad, por las explanadas de la ciudad
-antigua, á lo largo de los muros de la Acrópolis. Habían apagado su
-antorcha para no llamar la atención de los sitiadores y caminaban
-guiados por la difusa luz de las estrellas, que parecían brillar con
-más intensidad, como aguzadas por el frío de aquella noche, que era de
-las primeras de invierno.
-
-Alco buscaba un lugar de la muralla que le habían indicado los Ancianos
-más conocedores de la Acrópolis. Cuando llegaron á él, el saguntino
-encontró á tientas el extremo de una gruesa soga atada á una almena y
-lo arrojó en el espacio.
-
-La partida se verificaba en el más absoluto secreto. Los mismos
-Ancianos que habían acordado el viaje del mensajero y preparado su
-fuga, se ocultaban para no presenciarla. Sónnica se abrazó sollozando
-al cuello de Acteón.
-
---Parte pronto, ateniense --dijo el saguntino con impaciencia--. Esta
-primera hora de la noche es la mejor; aún circulan por el campo grupos
-de soldados antes de entregarse al sueño. Ahora pasarás sin que te
-reconozcan: más tarde, en el silencio de la noche, te sorprenderían
-los centinelas.
-
-Acteón se libró de los brazos de Sónnica, y echando el cuerpo fuera de
-los muros, agarró la cuerda en la obscuridad.
-
---Ten confianza en nuestros dioses --dijo Alco como última
-recomendación--. Aunque parezca que nos abandonan, siempre velan por
-Sagunto. Hace poco, un esclavo fugitivo del campamento, ha revelado
-ante los Ancianos que los Vaceos y los Calpenses, hartos de sufrir las
-rapiñas de los destacamentos que Hanníbal envía para adquirir víveres,
-se han sublevado contra él, degollando á sus emisarios. Parece que
-Hanníbal, con una parte de su ejército, habrá de abandonar el sitio
-para ir á castigarles. Tendremos enfrente menos enemigos; y si tú
-vuelves con las legiones de Roma, Sagunto será para los cartagineses lo
-que las islas Egatas fueron para ellos en Sicilia... ¡Ay! ¡Cuánto mejor
-es la paz!
-
-Con esta melancólica exclamación se despidió Alco del griego, mientras
-éste descendía por la cuerda silenciosamente. Al poco rato sus pies
-tropezaron con una de las peñas en las que descansaba el muro. Soltó la
-cuerda y comenzó á deslizarse á tientas, agarrándose en su descenso,
-que parecía una caída, á los míseros olivos que se retorcían en
-aquellas alturas como si se quejasen de la opresión de los peñascos.
-
-Á los pies del griego, en la negra soledad de la llanura, brillaban
-algunas hogueras. Eran tal vez guardias avanzadas del campamento que
-vigilaban aquella parte de la montaña; merodeadores de los que seguían
-al ejército, establecidos allí, lejos de las miradas de Hanníbal.
-
-Acteón llegó al llano y comenzó á caminar sigilosamente, agachado, á lo
-largo de un ribazo de piedras, deteniéndose muchas veces para escuchar,
-conteniendo la respiración. Creía que le seguían; que alguien caminaba
-tras él cautelosamente. Veía cerca una gran hoguera, y destacándose
-sobre su humo rojo, algunas siluetas de hombres y mujeres.
-
-Cuando se erguía explorando los obscuros campos para dar un rodeo que
-le alejase de la hoguera, sintió que le cogían por los hombros, y una
-voz ronca murmuró en su oído entre estúpidas risotadas:
-
---Ya te tengo... En vano te ocultas.
-
-Acteón se desasió de aquellas manos, y tirando del ancho cuchillo que
-llevaba en el cinto, dió un salto, quedando frente al desconocido en
-actitud de defensa. Era una mujer. El griego veía á la difusa luz de
-las estrellas su actitud de indecisión y sorpresa.
-
---¿No eres Gerión el hondero? --murmuró, tendiendo sus manos al
-ateniense.
-
-Se miraron casi tocándose en la obscuridad, y el griego reconoció en
-aquella mujer á la infeliz _loba_ que le había alimentado la primera
-noche de su llegada á Sagunto. Ella parecía aún más sorprendida que el
-ateniense por el encuentro.
-
---¿Eres tú, Acteón?... Parece que los dioses me ponen en tu camino,
-á pesar de que me desprecias... Huyes de la ciudad, ¿verdad? Te
-habrás cansado de Sónnica la rica; no quieres perecer como todos esos
-mercaderes que Hanníbal el invencible pasará á cuchillo. Haces bien.
-Huye; aléjate.
-
-Y miraba con zozobra la cercana fogata, como si temiese la aproximación
-de los soldados que se calentaban en torno de ella, riendo y bebiendo
-con un grupo de _lobas_ del puerto.
-
-La mísera cortesana, ahogando su voz, relataba al griego por qué se
-hallaba allí. Era la amante de Gerión, un hondero balear. Éste había
-abandonado á sus compañeros un momento antes, huyendo de ella para
-no entregarla el dinero de la última soldada, y buscándolo, había
-tropezado con Acteón. Podía volver; podían aproximarse los compañeros,
-atraídos por las voces: allí estaban mal... ¿Qué pensaba hacer?
-
---Quiero llegar á la costa, seguir por ella hasta que encuentre una
-barca de pescadores que me lleve á Emporión ó á Denia. Tengo dinero
-para pagarla. Después buscaré una nave que quiera conducirme lejos, muy
-lejos.
-
---No volverás, ¿verdad?... Deseo que no vuelvas. ¡Si supieras que
-algunas veces, mientras los hombres se mataban en las murallas, pensaba
-en tí!... No te veré más; pero prefiero no verte, antes que perezcas
-dentro de la ciudad ó seas esclavo de mi amante el hondero... Hanníbal
-acabará con todos... ¡Ah, ciudad cruel! ¡Y cómo deseo ver caer bajo las
-tropas de Hanníbal á todas esas ricas, que nos hacían dar de latigazos
-cuando nos aproximábamos á ellas en el puerto!...
-
-La pobre cortesana, dando la mano al griego, comenzó á guiarle al
-través de los campos.
-
---Ven --murmuró--. Yo te conduciré hasta la playa y allí seguirás tu
-camino, sin más amparo que el de los dioses. Viéndote conmigo, creerán
-que eres un soldado celtíbero que busca con su amante un lugar para
-pasar la noche. Ven: te alimenté en la primera noche que llegaste y te
-salvaré en la última.
-
-Se aproximaban al mar. Pasaron cerca de varias hogueras, siendo
-saludados por las pullas soeces de los soldados y de las mujerzuelas,
-que les creían una pareja amorosa en busca de refugio. Algunos grupos
-armados les dejaron pasar sin el menor recelo.
-
-Oíase cada vez más próximo el rumor de las olas sobre la arena de la
-playa. Caminaban entre juncos, hundiéndose en el tibio y pegajoso fango
-de las marismas.
-
-La pobre _loba_ se detuvo.
-
---Te dejo, Acteón. Si quisieras, te seguiría como una esclava. Pero no
-querrás: me conozco... nada puedo ser para tí. Te alejas para siempre,
-pero estoy contenta porque huyes de Sónnica. Antes de partir...
-¡bésame, mi dios!... En los ojos, no... En la boca... así.
-
-Y el ateniense, con tierna conmiseración, conmovido por la bondad de
-aquella mísera criatura, besó sus labios secos y flácidos, que dejaban
-escapar el insufrible hedor del vino de los honderos baleares.
-
-
-
-
-VIII
-
-Roma
-
-
-Cuando los primeros rayos del sol enrojecían las murallas del
-Capitolio, la vida de Roma había comenzado hacía más de una hora.
-
-Los romanos abandonaban el lecho á la luz de las estrellas. Rodaban
-en la obscuridad por las tortuosas calles los carros de la campiña;
-desfilaban los esclavos con sus cestos y útiles de labranza,
-despertados por el canto de los gallos, y cuando apuntaba el día, todas
-las casas tenían abiertas sus puertas, y los ciudadanos sin ocupación
-en los campos, marchaban á reunirse en el Foro, centro del tráfico y
-de los negocios públicos, que comenzaba á adornarse con los primeros
-templos y conservaba grandes espacios yermos, sobre los cuales se
-habían de elevar algunos siglos después las magnificencias de la Roma
-señora del mundo.
-
-Hacía dos días que Acteón estaba en la gran ciudad, alojado en una
-posada de extramuros establecida por un griego. Aún no se había
-extinguido en él la admiración que le causaba aquella República severa,
-viviendo casi en la pobreza; pueblo duro de agricultores y soldados,
-que llenaba con su fama el mundo y vivía con mayor miseria que
-cualquier lugarejo de los alrededores de Atenas.
-
-Esperaba Acteón comparecer ante el Senado aquel mismo día. La mayor
-parte de los Padres de la República, vivían en el campo, en las
-rústicas villas con paredes de adobes sin cocer y techo de ramaje,
-vigilando el trabajo de sus esclavos, empuñando el arado como Cincinato
-y Camilo; y cuando las necesidades del país les llamaban al Senado,
-llegaban á Roma en su carreta tirada por bueyes, entre cestos de
-verduras y sacos de grano, y con sus manos encallecidas por el trabajo,
-vestíanse la toga antes de entrar en el Foro, transfigurados por la
-majestad que les daba su alta investidura.
-
-El griego llegó al amanecer al Foro, encontrando la misma muchedumbre
-de todos los días. Venerables romanos envueltos en su toga, hablando
-á los jóvenes y á sus clientes del arte de colocar prudentemente el
-dinero sobre buenas prendas, principal sabiduría de todo ciudadano;
-pedagogos griegos, famélicos é intrigantes, siempre en busca de
-una colocación en aquel pueblo sombrío, más apto para la lucha que
-para la sabiduría; viejos legionarios, con el pardo sayo lleno de
-remiendos, pensando con nostalgia en las pasadas guerras contra Pirro
-y Cartago, perseguidos por las deudas y amenazados de esclavitud por
-sus acreedores, á pesar de las cicatrices que cubrían su cuerpo; y la
-plebe, sin otro vestido que la _lacerna_ (corta capa de paño burdo
-rematada por el _cuculus_, capucha puntiaguda), la inmensa plebe romana
-explotada y oprimida por los patricios, soñando siempre como remedio á
-sus males con nuevos repartos de las tierras públicas, que lentamente,
-por medio de la usura, iban á parar á manos de los ricos.
-
-En las gradas de los Comicios se reunían los ciudadanos de una tribu
-para tratar del testamento de uno de los suyos que acababa de morir.
-Cerca de la tribuna de las arengas, algunos centuriones veteranos
-con coturnos y casco de bronce, apoyados en bastones de sarmientos
-trenzados, divisa de su categoría militar, discutían el sitio de
-Sagunto y la audacia de Hanníbal, deseando marchar inmediatamente
-contra el cartaginés.
-
-Sobre los grandes bloques de piedra azul que pavimentaban el Foro,
-establecían los vendedores de bebidas calientes sus grandes cráteras,
-golpeándolas con el cazo para atraer á la gente; y al pie de las gradas
-del templo de la Concordia, unos bufones etruscos, enmascarados con
-horrorosas carátulas, comenzaban su mímica grotesca, haciendo acudir
-los niños y los desocupados de todos los extremos de la plaza.
-
-Hacía frío. Soplaba el viento helado y húmedo de las lagunas Pontinas;
-el cielo era gris, y de la muchedumbre agolpada en el Foro salía un
-zumbido opaco y continuo. Acteón comparaba esta plaza con la alegre
-Ágora de Atenas y aun con el Foro de Sagunto en sus días de paz.
-Faltaba en Roma la alegría griega, la dulce y regocijada ligereza de
-un pueblo artista que desprecia las riquezas, y si comercia es para
-vivir mejor. Era un pueblo frío y triste, dado al lucro y al ahorro,
-desdeñoso del ideal, sin más industria que la agricultura y la guerra,
-exprimiendo el terruño y robando al enemigo; rutinario, sin iniciativa
-y sin juventud.
-
---Este pueblo --se decía el ateniense-- parece que no ha tenido nunca
-veinte años. Hasta los niños nacen viejos.
-
-Y Acteón pensaba en lo que había visto durante dos días con su
-sagacidad de griego: la cruel disciplina de la familia, de la religión
-y del Estado á que vivían sometidos todos los ciudadanos; su total
-desconocimiento de la poesía y el arte: aquella educación férrea y
-triste, basada únicamente en el deber, que obligaba á todo romano á una
-larga y penosa obediencia para poder mandar algún día.
-
-El padre, que era en Grecia un amigo, resultaba en Roma un tirano.
-Para la ciudad latina no existía más ser que el padre de familia:
-la esposa, los hijos, los clientes, estaban casi al nivel de los
-esclavos; eran instrumentos de trabajo sin voluntad y sin nombre. Los
-dioses sólo oían á él; era en su casa sacerdote y juez; podía matar
-á la mujer, vender los hijos por tres veces, y su autoridad sobre la
-prole persistía al través de los años, temblando el cónsul vencedor, el
-senador omnipotente, cuando estaba en presencia de su padre. Y en esta
-organización sombría y despótica, más triste aún que la de Esparta,
-adivinaba Acteón una fuerza latente incubada en el misterio, que algún
-día rompería su envoltura, abarcando al mundo como en un abrazo de
-hierro. El griego detestaba este pueblo sombrío, pero lo admiraba.
-
-Su rudeza, el espíritu belicoso y duro de la raza, se revelaba en el
-Foro. En lo alto del monte sagrado, el Capitolio era una verdadera
-fortaleza, con muros desnudos y sombríos, limpios de los adornos que
-hacían brillar con eterna sonrisa la ciudadela de Atenas. El templo
-de Júpiter Capitolino, apenas sobresalía sobre las murallas con su
-techo bajo y sus filas de columnas achatadas y robustas, como si
-fuesen torreones. Abajo, en el Foro, igual fealdad grave y sombría.
-Los edificios eran bajos y robustos; más bien parecían construcciones
-de guerra, que templos á los dioses y edificios públicos. Del Foro
-partían las grandes vías romanas, el único embellecimiento á que se
-dedicaba Roma por la utilidad que reportaban como caminos para las
-legiones y para los arrastres de la agricultura. Desde el Foro veíase
-partir en línea recta la vía Apia, pavimentada de piedra azul, con sus
-dos hileras de tumbas que comenzaban á elevarse en las inmediaciones de
-la ciudad, perdiéndose al través de la campiña con dirección á Capua;
-y del extremo opuesto partía la vía Flaminia, que iba á buscar la
-costa, remontándose hasta la tierra de los Cisalpinos. Sobre la inmensa
-campiña destacábanse, como fajas ondulantes y rojas, los primeros
-acueductos construídos bajo la censura de Apio Claudio para surtir
-la ciudad de fresca agua de las montañas, combatiendo así los aires
-corrompidos de las lagunas Pontinas.
-
-Pero aparte de estos rudos monumentos, la ciudad extensa, gigantesca,
-que podía poner por sí sola sobre las armas más de ciento cincuenta
-mil combatientes, presentaba un aspecto salvaje y miserable, casi
-semejante al de aquellas tribus que había visto Acteón en su viaje por
-la Celtiberia.
-
-Escaseaban los edificios con piso superior: la mayoría eran grandes
-cabañas con muros redondos de piedra ó barro y techumbres cónicas de
-tablas y troncos. Después que los galos incendiaron Roma, la ciudad
-había sido reconstruída en un año, al azar, con precipitada ligereza.
-Amontonábanse las casas en determinados barrios, hasta el punto de
-no dejar más que el espacio de un hombre para circular entre ellas,
-y esparcíanse en otros como si fuesen villas campestres, rodeadas de
-pequeños campos, dentro de las murallas de la ciudad. Las calles no
-existían: eran prolongaciones tortuosas de los caminos que conducían
-á Roma; arterias formadas por la casualidad, que se enroscaban,
-siguiendo las sinuosidades de una caprichosa construcción, y de repente
-desembocaban en grandes terrenos baldíos, donde iban amontonándose
-los desperdicios de los vecinos y graznaban por la noche los cuervos,
-picoteando las carroñas de los perros y los asnos muertos.
-
-La ruda pobreza de esta ciudad de agricultores, prestamistas y
-soldados, reflejábase en el exterior de sus habitantes. Las altivas
-matronas hilaban la lana y el cáñamo á la puerta de sus casas, sin otro
-traje que una túnica de burdo tejido y algunos adornos de bronce en
-el pecho y las orejas; las primeras piezas de plata se habían acuñado
-luego de la guerra con los Samnitas; el _as_ de cobre grosero y pesado
-era la moneda corriente, y los ricos objetos griegos traídos por las
-legiones después de la guerra de Sicilia, casi recibían adoración
-en las casas de los patricios, y se miraban de lejos como amuletos
-que podían corromper la virtud de las rudas costumbres romanas. Los
-senadores que poseían grandes territorios y centenares de esclavos,
-paseaban por el Foro con cívico orgullo su toga llena de remiendos. En
-toda Roma sólo existía una vajilla de plata, propiedad de la República,
-que pasaba de casa de un patricio á la de otro cuando llegaba un
-enviado de Grecia, un embajador de Sicilia ó un mercader opulento de
-Cartago, habituado á los refinamientos asiáticos, y había que dar
-banquetes en su honor.
-
-Acteón, acostumbrado á las disputas filosóficas del Ágora ateniense, á
-los diálogos sobre poesía ó sobre misterios del alma apenas se reunían
-dos griegos sin ocupación, iba por el Foro atento á las conversaciones,
-en un latín rudo é inflexible que hería sus oídos de ateniense. En un
-grupo hablaban de la salud de los rebaños y del precio de la lana; en
-otro se ajustaba la venta de un buey, en presencia de cinco ciudadanos
-de edad adulta que servían de testigos. El comprador ponía en una
-balanza el bronce, precio de la compra, y tocando con la mano el buey,
-decía con acento solemne, como si recitase una oración:
-
---Esto es mío, según la ley de los Quirites: lo he pagado con este
-metal bien pesado.
-
-Más allá, un legionario de cara famélica ajustaba un préstamo con un
-anciano, ofreciéndole como prenda su casco y sus grebas, y pronunciaban
-las fórmulas de la ley para tal caso.
-
---_¿Dari spondes?_ (¿Prometes dar?) --preguntaba el soldado.
-
---_Spondeo._ (Prometo) --contestaba el prestamista.
-
-Y el trato quedaba cerrado con estas solemnes palabras, de las cuales
-una sola sílaba cambiada era suficiente para anular la operación, pues
-los romanos profesaban un respeto supersticioso á la letra y la fórmula
-de sus leyes.
-
-En otro grupo se discutían las condiciones que debe tener un esclavo
-para ser útil á su señor y que éste lo conserve; y en todo el Foro
-aquel pueblo grave, austero y sin ideal, sólo hablaba de bienes y de la
-manera de acrecentarlos.
-
-El griego se fijó en un joven que apenas llegado á los veinte años,
-mostraba la gravedad de un viejo. Sus cabellos cortados al rape eran
-rojos, y su mirada dura tenía una expresión de inteligencia y astucia.
-Caminaba lentamente al lado de un muchacho que le escuchaba con
-atención como si fuese su maestro.
-
---Aunque tu padre es Cónsul --decía el rojo-- debes tener presente,
-Scipión, que para ser buen ciudadano y servir á la República, no sólo
-hay que manejar la lanza y el caballo, sino saber trabajar la tierra
-y conocer los secretos del cultivo. Tal vez algún día mandes nuestros
-ejércitos, y no sólo tendrás que conquistar tierras para Roma, sino
-cultivarlas y que produzcan mucho. ¿No lo comprendes?
-
---Sí; Catón --dijo el adolescente.
-
---Cada día debes aprender un mes del calendario que hicieron nuestros
-antepasados. Quedando todo él fijo en tu memoria, te será más fácil
-ordenar pronto y bien á tus esclavos lo que deben hacer en los campos.
-Ayer te enseñé el mes de Mayo: repítelo, Scipión.
-
---«Mes de Mayo --recitó el muchacho frunciendo las cejas para
-concentrar más su memoria--. Treinta y un días. Las nonas caen el
-séptimo día. El día tiene catorce horas y media: la noche nueve horas
-y media. El sol está en el signo de Tauro: el mes bajo la protección
-de Apolo. Se escardan los trigos. Se esquilan las ovejas. Se lava la
-lana. Se ponen en yugo los toros nuevos. Se cortan de los prados las
-arvejas. Se hace la lustración de las cosechas. Sacrificios á Mercurio
-y á Flora.»
-
---Lo recuerdas bien, Scipión. Nuestros antecesores no tenían ni
-deseaban otra ciencia; les bastaba con saber lo que debía hacerse en
-todos los meses del año; y con esto, y valor y audacia para conservar
-sus campos y apoderarse de las tierras de los vecinos, fundaron nuestra
-ciudad, que crece y crecerá hasta ser la primera de la tierra. No somos
-charlatanes como los griegos, que se arrodillan con admiración ante los
-monigotes de mármol y disputan como bufones sobre lo que hay más allá
-de la muerte. No somos locamente ambiciosos como los cartagineses,
-que basan su vida en el comercio y entregan todas sus riquezas al mar.
-Nuestra vida está en la tierra; somos más rudos, pero más sólidos que
-los otros pueblos; caminamos más despacio, pero iremos más lejos. En la
-tierra que pisamos por vez primera, no plantamos la tienda como otros;
-hundimos el arado, y por esto lo que toma Roma nadie se lo quita. No
-olvides esto, Scipión.
-
-El ateniense les seguía de cerca. Las palabras de aquel viejo de veinte
-años, le enseñaban más que sus observaciones. Roma parecía hablar por
-su boca en aquella lección al hijo de uno de sus cónsules.
-
---Debes saber también --continuó Catón-- las reglas domésticas de todo
-buen ciudadano. Cuando nuestros padres querían alabar á un hombre de
-bien, le llamaban «buen labrador». Este era el mayor elogio. Entonces
-se vivía en las mismas tierras, en las tribus rústicas, que eran las
-más honorables de todas, y no se venía á Roma más que en los días de
-mercado y de comicios. Aún quedan buenos ciudadanos que hacen la vida
-sana de Cincinato y de Camilo, y sólo vienen cuando se reúne el Senado:
-pero la guerra, con sus expediciones á países nuevos, ha corrompido á
-muchos que sólo quieren vivir en la ciudad, y el antiguo hogar romano
-con su techo de tablas y sus sencillos penates lo sustituyen con casas
-llenas de columnatas como si fuesen templos, y adornadas con dioses y
-diosas que se hacen traer de Grecia.
-
-El gesto austero de Catón demostraba un inmenso desprecio por estos
-refinamientos importados que comenzaban á quebrantar la rudeza de su
-país.
-
---En el campo, el buen ciudadano no debe perder ni un día. Si el tiempo
-le impide salir, debe entretenerse limpiando los establos y corrales,
-componiendo los enseres viejos y vigilando á las mujeres para que
-remienden la ropa. Aun en los días de fiesta, se puede hacer algo:
-regar los espinos, bañar el ganado, ir á la ciudad á vender aceite ó
-fruta. No hay que perder el tiempo consultando á los arúspices, ó á los
-augures, ni entregarse á cultos que obliguen al ciudadano á abandonar
-su casa. Bastan los dioses del hogar ó de la más próxima encrucijada.
-Los Lares, los Manes y los Silvanos, son suficientes para proteger á
-un buen ciudadano. Nuestros padres no tuvieron otros, y, sin embargo,
-fueron grandes.
-
-El pequeño Scipión le escuchaba atentamente, pero sus ojos se fijaban
-en dos mocetones de la Campania, que con el _cuculus_ caído sobre los
-hombros, se daban de puñetazos junto á un vendedor de vino cocido. Las
-mejillas del adolescente se coloreaban de emoción viendo los golpes que
-cambiaban los dos atletas, estremeciendo sus duros músculos.
-
---Si el ciudadano vive en Roma --continuó Catón sin fijarse en este
-incidente, que no alteraba la gravedad del Foro-- debe abrir desde
-la aurora la puerta de su casa para explicar la ley á los clientes y
-colocar con prudencia su dinero, enseñando á los jóvenes el arte de
-aumentar los ahorros y evitar ruinosas locuras. El padre de familia
-debe hacer dinero de todo y no perder nada. Si da sayos nuevos á
-sus esclavos, debe recoger los viejos para otros usos. Debe vender
-el aceite y lo que le quede de vino y trigo al final del año. Venda
-también los bueyes viejos, las terneras, corderos, la lana, las
-pieles, los carros inservibles, el herraje enmohecido, los esclavos
-valetudinarios y las esclavas enfermas: venda siempre. El padre de
-familia debe ser vendedor: no comprador. Fíjate bien en esto, Scipión.
-
-Pero Scipión estaba inquieto y apenas le oía.
-
-Los campesinos habían cesado de golpearse, y el adolescente miraba
-lejos, á la parte del río, deseando marcharse.
-
---Catón; es la hora de la lucha. Tengo que ir á la orilla del Tíber
-para amaestrarme en la carrera y el pugilato y hacer después una hora
-de natación.
-
---Marcha cuando quieras y guarda mis consejos. Después de la lección,
-sienta bien la lucha y el baño frío, que endurecen el cuerpo. El
-ciudadano que quiere servir á su país, no sólo ha de ser prudente, sino
-fuerte.
-
-Se alejó el muchacho, y Catón, al volver sobre sus pasos, encontró al
-ateniense que le seguía. El aspecto de Acteón le atrajo, y se aproximó
-á él.
-
---Griego --le preguntó--. ¿Qué te parece nuestra ciudad?
-
---Es un pueblo triste, pero un gran pueblo. Sólo estoy en Roma tres
-días.
-
---¿Eres acaso ese mensajero de Sagunto que hoy se presentará ante el
-Senado?
-
-Acteón contestó afirmativamente, y el romano se apoyó en su brazo con
-grave familiaridad, como si fuese un antiguo amigo.
-
---Conseguirás muy poco --dijo--. El Senado sufre ahora una enfermedad:
-el exceso de prudencia. Yo aborrezco las locuras, no creo que Hanníbal
-sea un gran capitán desde que le veo cometer audacias como el sitio
-de Sagunto; pero no puedo tolerar con mi silencio la meticulosidad
-con que procede Roma en sus asuntos. Quiere apurar todos los medios
-para sostener la paz: teme la guerra, cuando la guerra con Cartago es
-inevitable. Ella y nuestra ciudad no caben en el mismo saco. El mundo
-es estrecho para los dos. Siempre digo lo mismo: «Destruyamos Cartago»,
-y se me ríen. Hace algunos años, al estallar allá la guerra de los
-mercenarios, podíamos haberla aplastado con gran facilidad. Con enviar
-á África un par de legiones, los númidas sublevados y los mercenarios,
-hubiesen acabado con Cartago. Pero tuvimos miedo; Roma sólo se ocupaba
-después de la victoria en restañar sus heridas. Temimos no fuese peor
-el triunfo de la soldadesca de todos los países, y salvamos á Cartago,
-ayudándola á destruir sus mercenarios sublevados.
-
---Ahora es diferente --dijo Acteón con energía--. Sagunto es una
-aliada, y si Hanníbal la hostiliza, es por el amor que la ciudad
-profesa á Roma.
-
---Sí; por eso los romanos nos interesamos por su suerte; pero no
-esperes gran cosa del Senado. Le preocupan más los piratas del
-Adriático que asolan nuestras costas, la sublevación de Demetrio de
-Faros en la Illiria, contra el cual vamos á enviar un ejército mandado
-por el cónsul Lucio Emilio.
-
---Pero, ¿y Sagunto? ¿Si la abandonáis, cómo va á resistir al audaz
-Hanníbal, que acaudilla las tribus más belicosas de Iberia? ¿Qué dirán
-aquellos infelices de la seriedad con que Roma cumple sus alianzas?...
-
---Procura convencer al Senado con todas esas razones. Yo estoy
-convencido: veo en Cartago la única enemiga de Roma... ¡Si todos fuesen
-como yo!... Aceptaría las audacias del hijo de Hamílcar y declararía la
-guerra á Cartago, yendo á buscarla en su propio territorio. Ocurra lo
-que ocurra, nosotros somos invencibles. Italia es una masa compacta,
-y como centinelas avanzados de nuestro campo, tenemos por Oriente la
-Illiria, por la parte que mira al África la Sicilia y al Occidente la
-Cerdeña, mientras que los terrenos que domina Cartago forman una cinta
-extensa de novecientas leguas, que recorre gran parte de las costas
-del África y todas las de Iberia; pero tan estrecha, y poblada por tan
-diversas razas, que con facilidad puede romperse. Aunque Roma pierda
-cien batallas, siempre será Roma; y una derrota de Cartago basta para
-que se disuelva como pueblo...
-
---¡Si todos pensasen como tú, Catón!...
-
---Si el Senado pensase como yo, despreciaría á Demetrio de Faros y hace
-días que sus legiones estarían en Sagunto. Tal vez se evitara con ello
-un peligro, ¡porque quién sabe dónde irá ese joven africano, y qué
-no osará si consigue conquistar sin obstáculos una ciudad aliada de
-Roma!... Por esto yo, que soy un ciudadano libre, ejerzo de pedagogo,
-como has visto hace poco. Ese muchacho es hijo del cónsul Publio
-Cornelio Scipión, y reviven en él con nueva fuerza todas las virtudes
-de su familia. Tal vez sea él el destinado á cortar el paso á Hanníbal,
-á destruir el insolente poderío de esa Cartago, con la que tropezamos
-siempre.
-
-Aún vagaron algún tiempo por el Foro hablando de las costumbres de Roma
-y discutiendo acaloradamente al compararlas con las de Atenas. El
-severo romano tenía que avistarse con varios patricios para sus asuntos
-particulares, que llevaba con gran escrupulosidad, y se despidió del
-griego.
-
-Al quedar solo Acteón, sintió hambre. Aún faltaba mucho tiempo para la
-hora en que se reunía el Senado, y cansado de la sorda agitación del
-Foro salió de él, rodeando la falda del Capitolio y siguiendo una calle
-más ancha que las otras, con edificios de piedra, que mostraban al
-través de sus puertas la relativa abundancia de las familias patricias.
-
-Entró en una panadería, golpeando con un as la piedra del mostrador
-abandonado. Desde una especie de cueva le contestó una voz quejumbrosa.
-El griego vió en el lúgubre antro la muela de triturar el trigo, y
-uncido á ella un hombre, un esclavo, que la empujaba con gran esfuerzo.
-
-Salió el esclavo casi desnudo, limpiándose el sudor que chorreaba de
-su frente, y cogiendo el dinero del griego, dió á éste un pan redondo.
-Después quedó en pie, contemplando á Acteón con curiosidad.
-
---¿Es tuya la panadería? --preguntó éste.
-
---No soy más que un esclavo --repuso con tristeza--. Mi amo ha tenido
-que ir al Foro para hablar con los tratantes de trigo... Tú eres
-griego, ¿verdad?
-
-Y antes de que Acteón se dignase contestarle, se apresuró á añadir con
-melancólico orgullo:
-
---Yo no he sido siempre esclavo. Hace poco tiempo que lo soy, y cuando
-gozaba de libertad, mi ferviente deseo era visitar tu país. ¡Oh,
-Atenas! La ciudad donde los poetas son dioses...
-
-Y recitó en griego algunos versos del _Prometeo_ de Esquilo, asombrando
-á Acteón con la pureza de su acento y la expresión que sabía comunicar
-á sus palabras.
-
---¿Es que en Roma os dedican vuestros amos á la poesía?-- dijo el
-ateniense riendo.
-
---Yo era poeta antes de ser esclavo. Mi nombre es Plauto.
-
-Y mirando en torno como si temiera ser sorprendido por la familia de
-su amo, continuó hablando, feliz por librarse algunos momentos del
-tormento de la muela.
-
---He escrito comedias. Intenté establecer en Roma el teatro, que es
-entre vosotros casi una religión. Los romanos son poco sensibles á la
-poesía. Aman las farsas; una tragedia que á vosotros os hace llorar,
-les dejaría fríos: una comedia de Aristófanes les haría dormir. Sólo
-gustan, ateniense, de los bufones etruscos, de los grotescos personajes
-de las farsas que llaman _atelanas_ y de los mascarones de agudos
-dientes y cabeza deforme que desfilan rugiendo obscenidades en las
-pompas del triunfo. Apedrearían á un héroe de vuestras tragedias,
-y, en cambio, braman de entusiasmo cuando en la entrada de un cónsul
-victorioso, pasan los soldados disfrazados con una piel de cabrón y
-un penacho de erizadas crines, y ríen al ver cómo se vengan de su
-humildad, insultando al vencedor tras su carro triunfal. Yo escribí
-comedias para este pueblo y aún las escribo en los momentos que mi
-amo cesa de apalearme para que dé vueltas al molino. Los patricios,
-los ciudadanos libres no gustan de verse sobre la escena. Aquí
-despedazarían á Aristófanes que sacaba á las tablas á los primeros
-hombres de Atenas. Mis héroes son esclavos, extranjeros y mercenarios,
-y hacían reir mucho al público. He acabado una comedia ahí dentro, en
-ese antro, ridiculizando las fanfarronadas de los guerreros. Te la
-recitaría si no temiese que de un momento á otro llegue mi amo.
-
---¿Y cómo has caído en tan mísera situación después de divertir á tu
-pueblo?
-
---Cometí la locura de fundar en Roma el primer teatro, á imitación de
-los de Grecia. Era una cerca de tablas en las afueras de la ciudad.
-Pedí dinero prestado, contraje deudas: el populacho venía á reir, pero
-daba poco. Me arruiné, y las sabias leyes de Roma condenan al que no
-puede pagar, á ser esclavo de su acreedor. Este panadero, que antes
-reía mis comedias y me prestaba gustoso algunos sacos de cobre, se
-venga ahora de la pasada admiración, haciéndome dar vueltas á la muela,
-porque resulto más barato que un asno. Cada carcajada del pasado se
-trueca en un palo sobre mis espaldas. Es el destino de los poetas.
-También vosotros, al gran Esquilo, que siempre fué hombre libre, le
-agradecíais los versos á pedradas.
-
-Calló Plauto, y sonriendo melancólicamente, añadió:
-
---Confío en el porvenir. No siempre he de ser esclavo; tal vez
-encontraré quien me devuelva la libertad. Los romanos que hacen la
-guerra y ven nuevos países, vuelven con más dulces costumbres y
-aman las artes. Seré libre, fundaré un nuevo teatro, y entonces...
-entonces...
-
-Y en su mirada brillaba la esperanza, como si viese ya realizados los
-ensueños con que embellecía la lobreguez de su antro, mientras rodaba
-jadeante como una bestia el enorme cono de piedra.
-
-Sonó ruido en el interior de la casa, y antes de que pudieran verle
-los hijos de su amo, Plauto corrió á uncirse de nuevo á la barra de
-la muela, mientras el griego salía de la tahona, asombrado por el
-encuentro.
-
-¿Qué pueblo era aquel que convertía al deudor en esclavo y hacía de los
-poetas bestias de carga?...
-
-El griego devoró su pan, paseando por el Foro. Aguardaba la hora de
-reunión del Senado, y para emplear su tiempo, subió á la cumbre del
-Palatino, el terreno sagrado donde estaba la cuna de Roma. Allí vió el
-antro lupercal, en cuyo fondo fueron amamantados por la loba, Rómulo
-y Remo. En la entrada de la angosta cueva extendía sus añosas ramas,
-desnudas por el invierno, la higuera Rumeal, árbol famoso á cuya sombra
-habían jugueteado los dos gemelos, fundadores de la ciudad. Junto al
-árbol, sobre un pedestal de granito, elevábase la loba, de bronce
-obscuro y lustroso, obra de un artista etrusco, con las espantables
-fauces entreabiertas y el vientre erizado por una doble fila de ubres,
-á las cuales se agarraban, arrastrándose, dos niños desnudos.
-
-Acteón contempló desde esta altura la inmensa ciudad, como un oleaje de
-tejados entre las siete colinas, invadiendo las alturas y esparciéndose
-por las profundas depresiones del terreno. Casi al lado del Palatino
-levantábase el Capitolio, la gran fortaleza de Roma, sobre las desnudas
-fragosidades de la roca Tarpeya; y el griego pasó de una altura á otra,
-para ver de cerca el templo de Júpiter Capitolino, más célebre por su
-fama que por su hermosura.
-
-Dejó á sus espaldas el rudo templo de Marte, que ocupaba el lugar más
-alto del Palatino, y siguiendo una vereda entre abruptas rocas, pasó
-al Capitolio. Encontró en su camino á los sacerdotes de Júpiter, que
-caminaban con hierática rigidez, como si estuvieran ofreciendo siempre
-sacrificios á su dios. Vió las vestales arrebujadas en sus amplios
-velos blancos, andando con paso varonil. Algunos _milites_ subían al
-templo de Marte, con el ancho pecho forrado de fajas superpuestas de
-cobre, los desnudos muslos cubiertos por tiras de lana que pendían
-del talle, una mano apoyada en el pomo de su corta espada y hablando
-con entusiasmo de la próxima campaña de Illiria, sin acordarse de la
-situación de sus aliados de Iberia.
-
-Acteón entró en el sagrado recinto del Capitolio, cercado de obscuras
-murallas. Era el antiguo monte _Tarpeyus_, con sus dos cumbres unidas
-por una extensa meseta. La parte más alta, que era la septentrional,
-estaba ocupada por el _Arx_, ó sea la ciudadela de Roma; en la
-meridional estaba el templo de Júpiter Capitolino, rodeado de robustas
-columnas.
-
-El griego entró en la ciudadela, famosa por su resistencia cuando la
-invasión de los galos. Al borde de una balsa, ante los templos que se
-aglomeraban en el fuerte recinto, vió las aves sagradas; los gansos
-que, con sus graznidos en medio del silencio de la noche, habían
-librado á Roma de la sorpresa de los invasores. Después atravesó toda
-la meseta baja que parecía dividir en dos partes la colina, y se
-aproximó al gran Fano de Roma.
-
-Una escalinata de cien gradas conducía al templo, construído en tiempos
-del último Tarquino en honor de las tres divinidades de Roma, Júpiter,
-Juno y Minerva. Constaba el edificio de tres _cellæ_ ó santuarios
-paralelos con las tres puertas abiertas bajo el mismo frontón. El de
-en medio era el de Júpiter, y los de los lados pertenecían á las dos
-diosas. Una triple fila de columnas sostenían el frontón, en cuyos
-ángulos se encabritaban algunos caballos de piedra de grosera labor.
-Dos filas de columnas corrían por los lados del templo, formando un
-pórtico, á cuya sombra paseaban los romanos más viejos hablando de los
-asuntos de la ciudad.
-
-El templo había sido construído por artistas llamados de la Etruria;
-y bajo las columnas veíanse estatuas traídas de las expediciones
-á Sicilia y de las diversas guerras sostenidas por Roma. Aquel
-pueblo rudo era incapaz de crear artistas, pero tenía soldados para
-proporcionarse el arte por medio de la guerra y la rapiña.
-
-El ateniense entró en el santuario de en medio, perteneciente á
-Júpiter, y vió la imagen del dios en barro cocido, con una lanza
-dorada en la diestra. Ante él humeaba continuamente el altar de los
-sacrificios. Al salir del templo, miró el _gnomon_ ó reloj de sol, que
-en aquella altura marcaba la hora á toda Roma.
-
-Ya era tiempo de bajar al _Senaculum_, antiguo edificio al pie de la
-colina Tarpeya, entre el Capitolio y el Foro, que muchos años después
-se convirtió en templo de la Concordia. Al llegar á las gradas que
-daban acceso á él, encontró Acteón á los dos legados enviados por
-Sagunto antes de comenzar el sitio; dos viejos agricultores que por
-primera vez habían abandonado sus casas, y se mostraban abrumados
-por los largos meses de permanencia en Roma, con sus visitas que no
-terminaban nunca, y las entrevistas y súplicas sin resultado. Aturdidos
-los dos saguntinos, impotentes ante una ciudad que nunca respondía
-definitivamente á sus palabras, seguían como autómatas al desenvuelto
-griego, que entraba en todas partes como en casa propia, y hablaba
-distintos idiomas, cual si el mundo entero fuese su patria.
-
-Iban llegando los senadores. Unos venían de sus negocios de la ciudad,
-y se presentaban vistiendo la toga blanca con franja de púrpura,
-seguidos de sus clientes, que volvían la vista á todos lados como
-para atraer la atención pública sobre su majestuoso protector. Otros
-llegaban del campo, detenían su carro ante las gradas del _Senaculum_,
-y entregando las riendas á los esclavos subían al templo con la toga
-arrollada sobre el brazo, vistiendo el corto sayo de lana burda de los
-agricultores y esparciendo en torno de ellos el hedor de sus establos
-y cosechas. Eran hombres maduros, que mostraban en la dureza de los
-recios músculos los esfuerzos de su vida, en continua lucha con la
-tierra y los enemigos: ancianos de luenga barba y rostro apergaminado
-que, trémulos por la vejez, revelaban aún en la mirada la seguridad que
-tenían en sus perdidas fuerzas. La muchedumbre del Foro, corriéndose
-hacia las gradas del _Senaculum_, les contemplaba con admiración y
-respeto. Eran los padres de la República: la cabeza de Roma.
-
-Los legados de Sagunto subieron la escalinata del templo. Bajo las
-columnas que sostenían el frontón, amontonábanse un sinnúmero de
-despojos de las últimas guerras, depositados por los vencedores al
-desfilar en el Foro, entre la multitud que les saludaba agitando ramas
-de laurel. Acteón vió escudos atravesados por el hierro, espadas
-enmohecidas por la sangre, carros de guerra con el timón roto y las
-doradas ruedas sucias del barro de las batallas. Eran los despojos de
-la guerra de los Samnitas. Más allá, alineados á lo largo del muro, una
-fila de espantosos enanos de madera teñidos de rojo y azul, arrancados
-de las proas de las naves cartaginesas después de la gran victoria de
-las islas Egatas: las barras de hierro que cerraban las puertas de
-muchas ciudades conquistadas por los romanos; los estandartes de oro
-con fantásticos animales que guiaban á las tropas de Pirro; los enormes
-colmillos de los elefantes que este descendiente de Aquiles había hecho
-marchar contra las legiones de Roma; los cascos con cuernos ó alas de
-águila de los ligurios; los dardos de las tribus de los Alpes; y al
-lado de la puerta, como un trofeo de honor, la armadura del glorioso
-Camilo, paseada por la ciudad en triunfo después que el gran romano
-arrojó á los galos del Capitolio. Á lo largo de los muros, como extraño
-adorno, pendía un extenso harapo negruzco y apergaminado. Era la piel
-de la gran serpiente que durante un día entero había hecho retroceder
-á todo el ejército de Atilio Régulo, cuando éste, en su expedición
-al África, marchaba á la conquista de Cartago. El horrible monstruo,
-insensible á las flechas, devoró muchos soldados, hasta que cayó
-aplastado bajo una lluvia de piedras, enviando Régulo á Roma la piel
-del reptil como testimonio de la aventura.
-
-Los enviados de Sagunto esperaron un buen rato, hasta que un centurión
-les hizo entrar en el _Senaculum_.
-
-El griego, al pasear su mirada por el hemiciclo, quedó turbado ante
-la majestad de aquella asamblea. Recordaba la entrada de los galos en
-Roma; el asombro de los bárbaros ante aquellos ancianos, firmes en
-sus sillas de mármol, envueltos como fantasmas en los nítidos velos
-que sólo dejaban al descubierto la barba de plata, y empuñando el
-cetro de marfil con la majestad divina que parecía brillar en sus
-ojos inmóviles. Sólo los bárbaros, ebrios de sangre, podían osar el
-exterminio de una ancianidad tan imponente.
-
-Eran más de doscientos. Entre ellos quedaban espacios libres, los
-asientos de los senadores que no habían podido asistir; y sobre el
-blanco graderío extendíanse las blancas togas como una nevada nueva
-sobre un suelo ya helado. Tras ellos elevábase una fila de columnas en
-semicírculo, sosteniendo la cúpula, por la que se filtraba una claridad
-crepuscular que parecía favorecer la meditación y el recogimiento.
-Una balaustrada baja de piedra, cerraba el hemiciclo, y al otro lado
-de ella se agolpaban los ciudadanos importantes que no tenían la
-investidura de senador. En el centro, la barrera estaba cortada por
-un pedestal cuadrado, sosteniendo la loba de bronce con los gemelos
-agarrados á sus pechos, y en la base, en grandes letras, el lema de
-la suprema autoridad de Roma: S. P. Q. R. Un trípode sostenía un
-braserillo ante el pedestal, y sobre los tizones ondeaba una nube azul
-de incienso.
-
-Los tres legados se sentaron en sillas de mármol, junto á la imagen de
-la loba, ante la triple fila de hombres blancos é inmóviles.
-
-Algunos apoyaban la barba en la mano, como para oir mejor.
-
-Podían hablar: el Senado les escuchaba. Y Acteón, impulsado por las
-miradas suplicantes de sus dos compañeros, se levantó. En su ánimo no
-duraban mucho las impresiones; se había amortiguado ya la emoción que
-le produjo en el primer instante la majestad de la Asamblea.
-
-Habló con lentitud, preocupado como buen griego, de no incurrir en
-faltas de estilo al expresarse en aquella lengua ruda, y procurando dar
-á sus palabras la emoción que quería infundir á los representantes de
-Roma. Describió la desesperada resistencia de Sagunto y su confianza
-en los auxilios de la República; aquella fe ciega que la había hecho
-arrojarse fuera de las murallas y vencer al enemigo al solo anuncio de
-que se presentaba en el horizonte la flota romana. Cuando él salió de
-la ciudad aún tenían víveres para subsistir y alientos para defenderse.
-Pero iba transcurrido mucho tiempo desde entonces: cerca de dos meses.
-El mensajero había tenido que hacer su camino al través de aventuras
-y peligros, unas veces por mar, aprovechando los itinerarios de las
-naves comerciales, otras á pie por las costas; y en aquel momento la
-situación de la ciudad debía ser desesperada. Caería Sagunto si no
-acudían en su socorro: ¡y qué responsabilidad para Roma si abandonaba á
-su protegida después de atraerse ésta la cólera de Hanníbal por querer
-ser romana! ¡Cómo habrían de fiarse los demás pueblos de la amistad de
-Roma conociendo el triste fin de Sagunto!...
-
-Calló el griego, y el silencio penoso en que quedó el Senado revelaba
-la profunda impresión de sus palabras.
-
-Entonces, Lentulus, un viejo senador, se levantó para hablar. En medio
-del silencio, su aguda voz de anciano habló del origen de Sagunto, que
-si era griega por los mercaderes de Zazintho, que en ella establecieron
-sus factorías, era también italiana por los rótulos de Ardea que en
-remotos tiempos habían ido allá á fundar una colonia. Además, Sagunto
-era la amiga de Roma. Para serle más fiel había decapitado á algunos
-de sus ciudadanos que trabajaban por Cartago... ¿Qué audacia era la de
-aquel jovenzuelo, hijo de Hamílcar, que olvidando los tratados de Roma
-con Hasdrúbal osaba levantar la espada sobre una ciudad amiga de los
-romanos? Si Roma miraba con indiferencia este atentado, el cachorro de
-Hamílcar crecería en audacia, pues la juventud no tiene freno cuando
-ve que el éxito corona sus imprudencias. Además, la gran ciudad no
-podía tolerar tal atrevimiento. Fuera, en la puerta del _Senaculum_,
-estaban los gloriosos despojos de las guerras como demostración de que
-el que se levantaba contra Roma caía vencido á sus pies. Había que ser
-inexorables con el enemigo y fieles con el aliado: había que llevar la
-guerra á Iberia para destruir al audaz que desafiaba á Roma.
-
-Y toda la cólera de la ciudad sombría, belicosa y dura, hablaba por la
-boca de aquel anciano que avanzaba el rígido brazo por encima de las
-cabezas de sus compañeros, amenazando al invisible enemigo. El vigoroso
-soldado de las antiguas guerras contra los Samnitas y contra Pirro
-despertaba en el viejo débil, estremeciendo sus músculos y haciendo
-llamear sus ojos.
-
-Los dos compañeros de Acteón, que no comprendían la lengua latina,
-adivinaban, sin embargo, las palabras de Lentulus, y se sentían
-emocionados por los elogios á la abnegación de su ciudad. Sus ojos se
-empañaban con las lágrimas, sus manos rasgaban los mantos obscuros en
-que iban envueltos como lúgubres mensajeros, y arrojándose á tierra
-con la vehemencia de los antiguos para expresar el dolor, agitábanse
-convulsos, gritando á los senadores:
-
---¡Salvadnos! ¡salvadnos!
-
-La desesperación de los dos ancianos y la actitud digna del griego que,
-ceñudo y silencioso, parecía la personificación de Sagunto esperando
-el cumplimiento de la promesa, conmovieron al Senado y á la masa que
-se agolpaba en el balaustre de la loba. Todos se agitaban, cambiando
-palabras de indignación. Bajo la cúpula del _Senaculum_ resonaba el
-zumbido del desorden, el eco de mil voces confundidas. Querían declarar
-la guerra á Cartago inmediatamente, llamar las legiones, reunir las
-naves, embarcar la expedición en el puerto de Ostia y lanzarla contra
-el campamento de Hanníbal.
-
-Un senador reclamó silencio para hablar. Era Fabio; uno de los
-patricios más famosos de Roma, el descendiente de aquellos trescientos
-héroes de su mismo nombre que habían muerto en un día peleando por
-Roma en las riberas de Cremera. La prudencia hablaba por su boca; sus
-consejos eran seguidos siempre como los más sanos: por esto el Senado
-recobró su calma apenas le vió de pie.
-
-Con reposada palabra, después de lamentar la situación de la ciudad
-aliada, dijo que no se sabía si era Cartago la que había roto las
-hostilidades contra Sagunto, ó si Hanníbal por su propia cuenta. Una
-guerra en Iberia resultaba asunto grave para Roma, ahora que iba á
-emprender una lucha más próxima con el rebelde Demetrio de Faros. Lo
-oportuno era enviar una embajada á Hanníbal en su campamento, y si
-el africano se negaba á levantar el sitio, que pasase á Cartago para
-preguntar á sus gobernantes si aceptaban la conducta del caudillo y
-exigir que éste fuera entregado á Roma en castigo de su osadía.
-
-La solución pareció agradar al Senado. Los mismos que antes se
-mostraban belicosos é intransigentes, inclinaban la cabeza como
-aprobando las palabras de Fabio. El recuerdo de la insurrección de
-Illiria, hacía prudentes á los más exaltados. Pensaban en el enemigo
-que se alzaba casi junto á ellos, al otro lado del Adriático, y que
-podía intentar con sus flotas dedicadas á la piratería la invasión
-del territorio latino. Su egoísmo les hacía mirar esta empresa como
-anterior á todo juramento; y para engañarse, ocultando su propia
-debilidad, exageraban la importancia de la embajada al campo de
-Hanníbal, afirmando que el africano levantaría el sitio y pediría
-perdón á Roma apenas viese aparecer á los legados del Senado.
-
-Acteón acogía este cambio de la asamblea con visibles muestras de
-impaciencia.
-
---Conozco mucho á Hanníbal --gritó--. No os obedecerá; hará burla de
-vosotros. Si no enviáis un ejército, es inútil el viaje de vuestros
-legados.
-
-Pero los senadores, con el ansia de ocultar la debilidad á que les
-impulsaba su egoísmo, protestaron ruidosamente de las palabras de
-Acteón. ¿Quién hablaba de burlarse de la República romana? ¿Quién
-suponía que Hanníbal había de despreciar á los enviados del Senado?...
-Podía callar aquel extranjero, que ni siquiera era hijo de la ciudad en
-cuyo nombre hablaba.
-
-Acteón bajó la cabeza. Luego murmuró dirigiéndose á sus dos viejos
-compañeros, que no comprendían la resolución del Senado:
-
---Nuestra ciudad está perdida. Roma teme declarar la guerra á Hanníbal
-y retrasa el rompimiento. Cuando quieran socorrernos, Sagunto no
-existirá.
-
-Los tres legados saguntinos recibieron la orden de salir. Los
-senadores iban á designar los dos patricios que marcharían como
-enviados de Roma.
-
-Al abandonar el _Senaculum_, el más viejo de los senadores se dirigió á
-Acteón.
-
---Dí á tus compañeros que se preparen á partir. Mañana al anochecer os
-embarcaréis con los legados del Senado en el puerto de Ostia.
-
-
-
-
-IX
-
-La ciudad hambrienta
-
-
-Más de quince días llevaba de viaje la trirreme de los representantes
-de Roma.
-
-Había remontado las costas del mar Tirreno, cruzando después el mar
-de Liguria, de costas abruptas, y pasado ante Marsella, la próspera
-colonia griega, aliada también de Roma. Después, atravesando audazmente
-el gran golfo, había puesto su proa hacia Emporión y seguido á lo largo
-las costas de Iberia.
-
-Los legados de Roma eran el patricio Valerio Flaco, uno de los que con
-palabras de prudencia quería mantener la paz, y Bebio Tamfilo, que
-gozaba del amor de la plebe romana, á causa del interés con que miraba
-sus miserias.
-
-Acteón mostrábase impaciente por llegar á Sagunto. Quería hablar á
-sus amigos, evitar el sacrificio inútil de la ciudad, describirles
-el estado de ánimo de Roma, para que no persistieran en una defensa
-inútil. Siete meses llevaba Sagunto de empeñada resistencia. Aún no
-había comenzado el otoño cuando el ejército de Hanníbal se presentó
-ante la ciudad; y ahora finalizaba el invierno.
-
-El griego pensaba con tristeza en las gratas ilusiones que había
-acariciado cuando se dirigía á Roma al través de peligros y aventuras.
-Creía que su presencia en la gran ciudad, el relato de las penalidades
-del pueblo aliado y fiel, indignaría á los romanos, levantando en masa
-las legiones; y volvía sin soldados, en una nave donde todos, fingiendo
-gran interés por Sagunto, no se conmovían gran cosa por sus desgracias;
-sin otro auxilio, que las sonoras é imponentes palabras de los legados
-y la loba de bronce en lo alto de un palo, como emblema de la majestad
-de la embajada.
-
-¿Qué diría la muchedumbre entusiasta y crédula que peleaba en las
-murallas, cubriendo la brecha con sus pechos, y que para cobrar
-nuevos ánimos le bastaba suponer la llegada de los romanos? Cambiando
-el pensamiento hacia sus afectos, se preguntaba qué habría sido de
-Sónnica, tan animosa, dejándole partir para que salvase á la ciudad;
-cómo viviría ella, acostumbrada á la suntuosidad de una existencia
-muelle y dulce, en medio de las miserias y los horrores de aquel asedio
-que por su duración debía haber consumido los víveres de la ciudad y la
-energía de sus defensores.
-
-La nave dejó atrás la embocadura del Ebro, y luchando con vientos
-contrarios, avistó una mañana la Acrópolis de Sagunto. De la alta
-torre de Hércules se elevó una gran humareda. Habían reconocido la
-embarcación, por el velamen á cuadros que usaban los barcos de guerra
-de Roma.
-
-Estaba el sol en el cenit cuando la nave, con la vela amainada y á
-impulsos de la triple fila de remos, fué á entrar en el canal que
-conducía al puerto de Sagunto. Tierra adentro, por encima de los
-cañaverales que cubrían las marismas, veíanse los mástiles de algunas
-naves cartaginesas, ancladas en el triple puerto.
-
-Los tripulantes de la nave romana vieron llegar á escape, por la playa,
-grandes grupos de jinetes. Eran escuadrones de númidas y mauritanos,
-agitando sus lanzas y dando alaridos como cuando cargaban en las
-batallas.
-
-Un jinete, con armadura de bronce y la cabeza descubierta, les había
-gritado para que se detuvieran. Avanzando solo, metió su caballo en el
-canal, aproximándose á la nave, hasta que las aguas llegaron al vientre
-de la bestia.
-
-Acteón le reconoció:
-
---Ése es Hanníbal --dijo á los dos legados que estaban junto á él en la
-popa de la nave, contemplando con asombro el aparato belicoso con que
-les recibían antes de echar el ancla en el puerto de Sagunto.
-
-Iban presentándose nuevos escuadrones, como si la noticia de la llegada
-de la nave hubiese puesto en alarma al campamento, agolpando todas las
-tropas en el puerto. Tras los grupos de jinetes llegaban á todo correr
-los fieros celtíberos, los honderos baleares, todos los peones de
-diversas razas que figuraban en el ejército sitiador.
-
-Hanníbal, aun á riesgo de ahogarse, metía su caballo en las aguas del
-canal para que le oyesen mejor desde la nave y extendió su mano con
-tal imperio, ordenando que se detuviera, que á los pocos instantes los
-remos cayeron inmóviles á lo largo del casco.
-
---¿Quién sois? ¿Qué queréis? --preguntó en griego.
-
-Acteón servía de intérprete entre los romanos y el caudillo cartaginés.
-
---Son los legados de Roma que vienen á verte en nombre de la República.
-
---¿Quién eres tú, que me hablas, y cuya voz creo conocer?
-
-Miró largo rato, poniéndose una mano sobre los ojos, y al fin reconoció
-al griego.
-
---¿Eres tú, Acteón?... ¡Siempre tú, ateniense inquieto! Te creía dentro
-de la ciudad, y has logrado salir para traerme sin duda á esos hombres.
-Pues bien: diles que es tarde; ¿para qué hablar? Un caudillo que sitia
-á una ciudad, sólo admite embajadores cuando está dentro de ella.
-
-El griego repetía á los romanos las palabras de Hanníbal, traduciendo
-sus respuestas.
-
---Escucha, africano --dijo Acteón á Hanníbal--. Los enviados de Roma
-te recuerdan la amistad que tienen contraída con Sagunto. En nombre
-del Senado y del pueblo romano, te intiman á que levantes el sitio y
-respetes á la ciudad.
-
---Diles que Sagunto me ha ofendido y que ella fué la primera en
-declarar la guerra sacrificando á mis amigos y negándose á respetar á
-mis aliados los turdetanos.
-
---No es verdad, Hanníbal.
-
---Griego: repite á los romanos lo que te digo.
-
---Los legados quieren bajar á tierra. Han de hablarte en nombre de Roma.
-
---Es inútil: no me harán desistir de mi empeño. Además, el sitio
-dura mucho, las tropas están excitadas y no es lugar seguro para los
-embajadores de Roma un campamento como el mío, compuesto de gentes
-feroces de diversos países, que sólo obedecen cuando están en mi
-presencia. Hace pocas horas hemos sostenido un combate, y aún dura en
-ellos la excitación.
-
-Volvió al decir esto su cabeza hacia las tropas, y éstas, como si
-tomasen el movimiento cual una orden ó adivinasen tal vez en los ojos
-del caudillo sus ocultos designios, comenzaron á agitarse, avanzando
-hacia el canal como si fueran á marchar á nado contra la nave. Los
-jinetes tremolaban sus lanzas, tintas aún en la sangre del reciente
-combate; elevaban sus escudos, en los cuales los africanos más salvajes
-habían colocado como trofeos las cabelleras de algunos saguntinos
-muertos en la última salida. Los baleares enseñaban sus dientes con
-estúpida sonrisa, y sacando del zurrón las balas de arcilla, comenzaron
-á disparar con la honda contra la nave romana.
-
---¿Lo veis? --gritaba con satisfacción Hanníbal--. Es imposible que
-reciba en mi campo á los legados. Es tarde para hablar: sólo resta que
-Sagunto se entregue como castigo á sus faltas.
-
-Los legados, despreciando los proyectiles de las hondas, se apoyaban en
-la borda de la nave, y avanzaban el busto cubierto por la toga, con una
-arrogancia que parecía desafiar á los salvajes guerreros.
-
-La indignación que les causaba verse acogidos con tanto desprecio,
-hacía palidecer sus mejillas.
-
---Africano --gritó uno de los legados en latín, sin darse cuenta de
-que Hanníbal no podía comprenderle--. Ya que no quieres recibir á los
-enviados de Roma, vamos á Cartago á pedir que nos entreguen tu persona
-por faltar á los tratados de Hasdrúbal. Roma te castigará cuando seas
-nuestro prisionero.
-
---¿Qué dice? ¿Qué dice? --rugió Hanníbal, furioso por aquellas palabras
-incomprensibles en las que adivinaba una amenaza.
-
-Al explicárselas Acteón, el caudillo lanzó una carcajada de desprecio.
-
---¡Id, romanos! --gritó-- ¡id allá! Los ricos me odian y su deseo sería
-aceptar vuestra petición entregándome á los enemigos: pero el pueblo me
-ama y no hay en Cartago quien se atreva á venir al seno de mi ejército
-para hacerme prisionero.
-
-Llovían las flechas en torno de la nave; algunas balas de arcilla
-rebotaban en sus costados, y el piloto romano dió la orden de
-retroceder. Moviéronse los remos, y la nave comenzó á virar lentamente
-para alejarse del canal.
-
---¿Pero vamos á Cartago? --preguntó el griego.
-
---Sí; en Cartago nos oirán mejor --contestó uno de los legados--.
-Después de lo ocurrido, ó el Senado de allá nos entrega á Hanníbal ó
-Roma declara la guerra á Cartago.
-
---Id vosotros, romanos. Mi deber está aquí.
-
-Y antes de que pudieran evitarlo los dos senadores y los legados de
-Sagunto que habían contemplado con asombro la anterior escena, el
-ateniense pasó una pierna sobre la borda y se arrojó de cabeza en la
-entrada del canal. Buceó un buen rato en las aguas profundas y salió á
-flote cerca de la orilla, á la que corrieron infantes y jinetes para
-hacerle prisionero.
-
-Antes de pisar tierra firme, Acteón se vió rodeado por unos cuantos
-honderos que se metieron en el agua hasta la cintura para apoderarse
-de sus ropas sin partirlas con los camaradas. En un instante le
-arrebataron su espada celtíbera, la bolsa que pendía del cinto y una
-cadena de oro que guardaba en el pecho como recuerdo de Sónnica. Iban
-también á quitarle su túnica de viaje, dejándolo desnudo, y comenzaba á
-recibir golpes de aquella gente bárbara y cruel, cuando llegó Hanníbal,
-reconociéndolo.
-
---¡Has preferido quedarte! Lo celebro. Después de haberme causado tanto
-daño desde los muros de Sagunto, te arrepientes y vienes conmigo.
-Debía abandonarte en manos de estos bárbaros que te harían pedazos;
-debía crucificarte fuera de mi campamento para que te viese desde las
-murallas esa griega que amas: pero recuerdo la promesa que te hice un
-día y la cumplo acogiéndote como amigo.
-
-Ordenó á uno de sus oficiales que cubriese las mojadas vestiduras del
-griego con un _endromis_, manto militar con capucha de largo pelo que
-usaban los soldados en invierno sobre su armadura. Después le hizo
-montar en el caballo de un númida.
-
-Emprendieron la marcha hacia el campamento. Las tropas que habían
-corrido á la entrada del puerto se replegaban lentamente, mientras la
-nave se alejaba mar adentro, extendiendo de nuevo su velamen. En lo
-alto de la Acrópolis se había extinguido la humareda: sólo flotaban
-algunas nubecillas tenues. Adivinábase de lejos el desaliento producido
-en la ciudad por la inesperada fuga de la nave romana. Con ella parecía
-alejarse la última esperanza de los sitiados.
-
-Las tropas de Hanníbal, al retirarse, comentaban la escena en la
-entrada del puerto entre su caudillo y los enviados de Roma. No
-comprendían las palabras que se habían cruzado; pero el acento enérgico
-del romano al hablar á Hanníbal, les parecía á todos ellos una amenaza.
-Algunos, queriendo hacer creer que habían comprendido al embajador,
-repetían un discurso imaginario, en el cual se amenazaba en nombre de
-Roma con pasar á cuchillo á todo el ejército y hacer morir á Hanníbal
-en una cruz. Repetían estas amenazas, aumentándolas cada cual con
-invenciones propias; y cuando las tropas se encontraban con otros
-destacamentos en el camino de la Sierpe ó en distintos puntos del
-valle, todos afirmaban haber visto las cadenas que enseñaban desde el
-buque los legados romanos para llevarse prisionero á Hanníbal, y un
-rugido de furor partía del ejército.
-
-Hanníbal admiraba satisfecho la marea de indignación que rugía en
-torno de él. Los soldados, saliendo á su paso, le aclamaban con mayor
-entusiasmo; oía en todas las lenguas voces de muerte contra Roma,
-llamamientos al caudillo para que diese el último asalto á la ciudad,
-apoderándose de ella antes que los embajadores llegasen á Cartago,
-fraguando la ruina del joven héroe.
-
---Guárdate, Hanníbal --dijo un viejo celtíbero plantándose ante su
-corcel--. Tus enemigos de Cartago, los de Hanón, se unirán á Roma para
-perderte.
-
---El pueblo me ama --dijo el caudillo con arrogancia--. Antes que el
-Senado cartaginés escuche á los romanos, Sagunto será nuestra y los
-cartagineses aclamarán nuestro triunfo.
-
-Acteón contemplaba con tristeza el aspecto desolado del paisaje, antes
-tan risueño y fértil. En el puerto no había otras embarcaciones que
-algunas naves de guerra de Cartago-Nova. La marinería dormía en el
-Fano de Afrodita después de apoderarse de lo mejor del templo. Los
-almacenes del puerto habían sido robados y destruídos; los muelles
-estaban cubiertos de inmundicias. En el campo no se encontraban ni los
-rastros de las antiguas quintas. La ferocidad de las tribus bárbaras
-llegadas del interior, su odio á los griegos de la costa, les habían
-impulsado hasta á arrancar los pavimentos multicolores, esparciendo sus
-piezas. Todo el valle era una inmensa y desolada llanura. No quedaba
-un árbol en pie. Para combatir el frío del invierno, habían arrancado
-los bosques de higueras, las dilatadas plantaciones de olivos, las
-cepas de los viñedos, destruyendo hasta las casas para calentarse con
-las maderas de las techumbres. Sólo quedaban en pie muros en ruinas
-y matorrales bajos. Una vegetación parásita que crecía rápidamente,
-fecundada por cadáveres de hombres y bestias, extendíase por todo el
-valle, borrando los antiguos caminos, escalando las ruinas y cubriendo
-los riachuelos que, con los cauces rotos, esparcían sus aguas, hasta
-convertir en charcas los campos hondos.
-
-Era la obra de devastación de un ejército continuamente engrosado,
-compuesto de ciento ochenta mil hombres y muchos millares de caballos.
-Habían devorado en poco tiempo el agro saguntino. Los soldados,
-después de destrozar todo lo que no era de uso inmediato, extendían su
-rapacidad á las zonas cercanas, esparciendo cada vez más el radio de la
-destrucción conforme se prolongaba el sitio.
-
-Los víveres venían ya de muchas jornadas de distancia; los enviaban las
-remotas tribus á cambio de la esperanza de botín que sabía infundirles
-Hanníbal, hablando de las riquezas de Sagunto. Los elefantes habían
-sido enviados algunos meses antes á Cartago-Nova por no ser de utilidad
-en el asedio y resultar difícil su mantenimiento en la asolada campiña.
-
-Sobre el agro aleteaban los cuervos en ondulantes fajas negras.
-De entre los matorrales surgía el hedor de los caballos y mulos
-pudriéndose abandonados. Al borde de los caminos, con los miembros
-sujetos al suelo por pedruscos, veíanse los cuerpos de los bárbaros
-muertos á consecuencia de las heridas y que sus compatriotas, con
-arreglo á las costumbres de raza, dejaban abandonados á las aves de
-rapiña. La inmensa aglomeración había infestado el ambiente del valle.
-Vivían al aire libre, y, sin embargo, la suciedad del hacinamiento y el
-hálito de la muerte, parecían esparcir entre las montañas y el mar una
-atmósfera de mazmorra repleta de carne enferma.
-
-Acteón, que viniendo de lejos percibía esta hediondez del campamento,
-pensaba con tristeza en los sitiados. Mirando hacia la ciudad, creía
-adivinar los horrores que ocultaban aquellas murallas rojizas, después
-de una resistencia de siete meses.
-
-Aproximábanse al campamento. El griego vió que esta aglomeración
-militar había tomado el aspecto de una ciudad permanente. Quedaban
-muy pocas tiendas de lienzo y de pieles. El invierno, que ya tocaba á
-su fin, había obligado á los sitiadores á construir chozas de piedras
-con techos de ramaje; casas de madera que parecían torres y servían de
-apoyo á los baluartes que circunvalaban el campamento.
-
-Hanníbal, como si adivinase los pensamientos del griego, sonreía
-fieramente contemplando la obra de destrucción realizada por su
-ejército en torno de la ciudad.
-
---Encuentras muy cambiado todo esto, ¿verdad, Acteón?
-
---Veo que tus tropas no han descansado mientras te alejaste para
-castigar á los rebeldes de la Celtiberia.
-
---Marbahal, el jefe de mi caballería, es un excelente auxiliar.
-Cuando volví me enseñó dos muros de Sagunto destruídos y una parte
-de la ciudad en nuestro poder. ¿Ves aquella altura cerca de la
-Acrópolis, dentro del recinto amurallado?... Pues es nuestra. Las
-catapultas que desde aquí se distinguen, disparan sobre Sagunto,
-que ha quedado reducida á una mitad de sus antiguos límites. ¡Y aún
-sueñan en defenderse! ¡Aún esperan auxilios de Roma!... Testarudos.
-Han construído por tercera vez una línea de murallas, y así se van
-estrechando y defendiendo hasta que sólo les quede el Foro, donde
-acuchillaré á los que sobrevivan... ¡Oh, ciudad orgullosa é indomable!
-Yo te haré mi esclava.
-
-El africano cambió de conversación, fijándose en su antiguo compañero.
-
---Al fin has visto claro y vienes conmigo. ¿Vas á seguirme con
-entusiasmo? ¿Vendrás tras de mí en esa serie de empresas de las que te
-hablé un día, al amanecer, en este mismo campo?... Tal vez seas rey por
-haber seguido á Hanníbal como Ptolomeo lo fué por Alejandro. ¿Estás
-resuelto?...
-
-Acteón se detuvo un momento antes de contestar, y en sus ojos leyó
-Hanníbal la indecisión, el deseo de engañarle.
-
---No mientas, griego: la mentira es para el enemigo ó para conservar la
-existencia. Yo soy tu amigo y he prometido respetar tu vida. ¿Es que no
-quieres seguirme?
-
---Pues bien; no --dijo con resolución el griego--. Mi deseo es volver
-á la ciudad, y si realmente guardas algún afecto al compañero de tu
-infancia, déjame partir.
-
---¡Pero vas á perecer ahí dentro!... No esperes misericordia si
-entramos á viva fuerza por la brecha.
-
---Moriré --dijo con sencillez el ateniense--. Pero ahí dentro hay
-hombres que me acogieron como compatriota cuando yo erraba hambriento
-por el mundo; hay una mujer que me amparó viéndome miserable, y me dió
-su amor y sus riquezas. Ellos me enviaron á Roma para que les trajese
-una palabra de esperanza, y yo debo volver aunque sea para infundirles
-la tristeza y el dolor. ¿Qué te importa dejarme libre?... Mañana tal
-vez podrás matarme. Dentro de Sagunto seré una boca más, y en ella
-debe reinar el hambre. Tal vez al decir yo la verdad, al verme que
-vuelvo sin auxilio alguno, decaigan sus ánimos y te entreguen la plaza.
-Déjame pasar, Hanníbal: con esto, tal vez sin querer, ayudo tus planes.
-
-Hanníbal le miraba con asombro.
-
---¡Loco! Nunca creí que un ateniense fuese capaz de tal sacrificio.
-¡Vosotros tan ligeros, tan dados á la mentira, tan falsos para
-satisfacer vuestro egoísmo!... Eres el primer griego que veo fiel á la
-ciudad que le prohijó. Cartago tuvo peor suerte con los mercenarios de
-tu país... Es imposible hacer nada de tí; eres un hombre incompleto:
-te domina el amor: no te satisfaces como yo con la hembra que ronda
-en torno del campamento, ó que se toma al asaltar una ciudad para
-regalarla después á la soldadesca. Te ligas á la mujer, eres su esclavo
-y buscas morir sin gloria, en un rincón obscuro del mundo, como soldado
-al servicio de unos cuantos mercaderes, sólo por volver á verla.
-Aléjate, loco: vete, te dejo en libertad... Nada quiero saber de tí.
-He deseado hacerte héroe, y me respondes como un esclavo. Marcha á
-Sagunto, pero sabe que la protección de Hanníbal te abandona desde este
-momento. Si caes en mis manos dentro de la ciudad, serás mi prisionero;
-jamás mi amigo.
-
-Hanníbal, golpeando con los talones los hijares de su corcel, se metió
-en el campamento, volviendo altaneramente la espalda al griego. Éste
-vió llegar al poco rato un joven cartaginés, que, sin decir una palabra
-ni mirarlo siquiera, cogió las riendas de su caballo y comenzó á
-caminar hacia Sagunto.
-
-Al llegar á los puntos avanzados del ejército sitiador, decía el
-cartaginés una palabra y Acteón pasaba adelante entre las miradas
-hostiles de los soldados, que conocían la escena del puerto y bramaban
-de coraje al pensar en las cadenas que los legados de Roma habían
-tenido la insolencia de enseñar á su caudillo. Aquel griego que
-iba á entrar en la ciudad sitiada, debía ser un acompañante de los
-legados; y muchos pusieron una flecha en el arco para disparar contra
-él, deteniéndose únicamente ante la fría y altanera mirada del joven
-cartaginés que hablaba en nombre de Hanníbal.
-
-Llegaron á las ruinas del primer recinto amurallado. Al abrigo de ellas
-estaban las avanzadas del ejército sitiador. Allí echó pie á tierra
-el griego, y arrancando de un matorral una rama espinosa, avanzó,
-llevándola en alto como señal de paz.
-
-Encontró enfrente aquella muralla que bajo su dirección había sido
-elevada en una noche para contener al invasor. Sobre ella sólo se
-veían los cascos de unos cuantos defensores. El sitiador dirigía todos
-sus ataques por la parte alta. El lado de la ciudad donde se habían
-desarrollado los primeros combates, estaba casi abandonado.
-
-Los guardianes de la muralla reconocieron á Acteón, con grandes
-exclamaciones de sorpresa y alegría, y le arrojaron una cuerda de
-esparto para ayudarle á subir por las asperezas del muro, hasta
-que pudo introducirse por una brecha de la cresta. Todos rodearon
-con ansiedad al griego. Este creyó ver en torno de él un grupo de
-espectros. Sus cuerpos parecían próximos á escaparse de las amplias
-armaduras; los rostros amarillentos, tristes, apergaminados, se
-ocultaban bajo la visera de los cascos; y las manos descarnadas y con
-la piel rugosa, apenas si podían sostener las armas. Un fulgor extraño
-y amarillento brillaba en sus ojos.
-
-Acteón se defendía con bondad de las incesantes preguntas. Ya hablaría
-oportunamente: debía antes dar cuenta de su misión á los ancianos del
-Senado. Un poco de calma: antes de cerrar la noche lo sabrían todo.
-Y lleno de conmiseración ante la miseria de aquellos héroes, mentía
-misericordiosamente, asegurando que Roma no olvidaba á Sagunto y que él
-era la avanzada de las legiones que enviaban los aliados.
-
-De las casas inmediatas, de las callejuelas vecinas al muro, salían
-hombres y mujeres, atraídos por la noticia de la llegada del griego.
-Le rodeaban, le preguntaban; todos querían ser los primeros en recibir
-noticias, para esparcirlas por la ciudad; y Acteón, defendiéndose de
-ellos, contemplaba con terror sus caras amarillentas y enjutas, con
-la piel terrosa, marcando las aristas salientes del cráneo; los ojos
-hundidos en las órbitas negras, brillando con extraño fulgor, como
-estrellas moribundas reflejadas en el fondo de un pozo, y los brazos
-descarnados, que crujían como cañas al moverse con la nerviosidad de la
-emoción.
-
-Púsose en marcha, escoltado por la multitud; precedido de muchachos
-horribles, completamente desnudos, cuya piel parecía romperse con
-la presión de las costillas que se marcaban una á una, y la cabeza
-enormemente gruesa sobre el cuello descarnado. Andaban trabajosamente
-sobre sus piernas, que parecían hilos, balanceándose como si éstas no
-pudieran soportar el tronco: algunos, para sufrir menos, se arrastraban
-por el suelo, faltos de fuerza para sostenerse.
-
-Acteón vió en una esquina un cadáver abandonado, con el rostro cubierto
-de extrañas moscas que brillaban al sol con reflejos metálicos. Más
-allá, en una encrucijada, varias mujeres pugnaban por incorporar á un
-joven desnudo que tenía un arco abandonado á sus pies. El griego vió
-con horror su vientre hundido, encorvado, como un remolino de pieles
-entre los dos huesos de las caderas, que parecían salirse del cuerpo.
-Era una momia que aún conservaba una chispa de vida en los ojos y abría
-los labios negros y resquebrajados como si quisiera mascar el aire.
-
-Atravesaba calles enteras sin que nuevas gentes se uniesen á su
-comitiva. Muchas casas permanecían con las puertas cerradas, á pesar
-del rumor del gentío; y Acteón comparaba esta soledad con la gran
-aglomeración de seres en los primeros días del sitio. Perros muertos,
-tendidos en el arroyo y tan descarnados como las personas, infectaban
-el ambiente. En las encrucijadas veíanse esqueletos de caballos y
-mulos, limpios y blancos, sin la más leve piltrafa á que pudieran
-agarrarse los repugnantes insectos que zumbaban en aquella atmósfera de
-ciudad moribunda.
-
-El griego, con su rápido instinto de observación, se fijaba en las
-armas de los guerreros. Sólo veía corazas de metal: las de cuero habían
-desaparecido. Los escudos mostraban al descubierto sus tejidos de
-juncos ó de nervios de toro despojados de la envoltura de piel. En una
-esquina vió á dos viejos que se peleaban por una piltrafa negruzca y
-correosa. Era un pedazo de cuero reblandecido en agua caliente. Muchas
-casas de varios pisos habían sido demolidas para llevar sus piedras á
-las nuevas murallas, que cortaban los avances del enemigo dentro de la
-ciudad.
-
-El hambre cruel y asoladora lo había barrido todo. Se aprovechaban las
-materias más fétidas y repugnantes. Parecía que los sitiadores hubieran
-entrado ya en la ciudad arrebatándolo todo; no dejando más que los
-edificios en pie para dar testimonio de su rapiña. El hambre y la
-muerte estaban entre los sitiados.
-
-Cerca del Foro, vió el griego que una mujer se abría paso entre la
-multitud y le echaba los brazos al cuello, oprimiéndole amorosamente.
-Era Sónnica. También las privaciones del sitio habían dejado en ella
-profundos rastros. No presentaba el aspecto de extrema miseria de
-la multitud; pero estaba más delgada, más pálida, su nariz se había
-afilado, sus mejillas parecían transparentar una luz interior, y los
-brazos con que le oprimía habían enflaquecido y tenían el ardor de la
-fiebre. Una aureola amoratada rodeaba sus ojos, y su túnica, de gran
-riqueza, caía con abandono, en innumerables pliegues, á lo largo de su
-cuerpo, que al enflaquecer parecía mucho más alto.
-
---¡Acteón... amor mío! ¡Creí no verte más! Gracias, gracias, por haber
-vuelto.
-
-Y abarcando su cuello con uno de sus brazos siguió marchando al lado
-de él. La multitud miraba á Sónnica con veneración: era la única en la
-ciudad que se sacrificaba por los miserables, repartiéndoles todos los
-días los últimos víveres de sus almacenes.
-
-Acteón creyó ver confundido entre la muchedumbre al filósofo Eufobias,
-con las vestiduras más rotas que nunca, casi desnudo, pero con un
-aspecto de relativo vigor que contrastaba con la famélica miseria
-de la muchedumbre. En el Foro le saludaron de lejos con desmayada
-expresión, Lacaro y todos los elegantes amigos de Sónnica. Tenían
-aspecto de hambrientos; pero ocultaban su palidez bajo el colorete y
-toda clase de afeites, y ostentaban sus más ricas vestiduras, como
-si quisieran consolarse de las privaciones con la pompa de un lujo
-inútil. Los pequeños esclavos que les acompañaban, movían sus miembros
-descarnados dentro de las vestiduras bordadas de oro, y mirando sus
-pendientes de perlas, bostezaban dolorosamente.
-
-La multitud se detuvo en el Foro. Los Ancianos se habían reunido en
-el templo inmediato á la plaza. Arriba en la Acrópolis era continuo
-el combate con los cartagineses que ocupaban una parte de la altura,
-y caían con frecuencia gruesas piedras de las catapultas. Algunas de
-éstas llegaban hasta el Foro, y muchas casas tenían desfondado el techo
-y desmoronadas las paredes por el choque de los enormes proyectiles.
-
-Acteón entró completamente solo en el templo. El número de los Ancianos
-era menor. Unos habían perecido víctimas del hambre y la peste; otros,
-con ardor juvenil, habían corrido á las murallas para recibir la
-muerte. El prudente Alco parecía gozar gran ascendiente y figuraba á la
-cabeza de la asamblea. Los acontecimientos habían justificado aquella
-prudencia que le hacía declamar en otros tiempos contra las empresas
-belicosas de la ciudad y su afición á las alianzas.
-
---Habla, Acteón --dijo Alco--. Dinos la verdad, toda la verdad. Después
-de las desgracias que los dioses nos han enviado, estamos dispuestos á
-resistirlas aún mayores.
-
-El griego miró á aquellos ciudadanos que, envueltos en sus mantos y con
-altos bastones de reyes, esperaban sus palabras con una ansiedad que
-pretendían ocultar tras su majestuosa calma.
-
-Relató la entrevista con el Senado de Roma, la prudencia de éste,
-que le había impulsado á buscar términos conciliadores, la llegada
-de los legados ante Sagunto, la extraña manera de recibirlos usada
-por Hanníbal, y la marcha de los enviados hacia Cartago para pedir el
-castigo del caudillo y la libertad de Sagunto.
-
-Este relato triste, fué haciendo desaparecer gradualmente la calma de
-los Ancianos. Algunos más violentos se ponían en pie y desgarraban sus
-mantos, dando alaridos de pena; otros, en su exaltación, se golpeaban
-la frente con los puños, rugiendo de ira al saber que Roma no enviaba
-sus legiones; y los más viejos, sin perder la actitud majestuosa,
-lloraban, dejando que sus lágrimas rodasen por las descarnadas
-mejillas, perdiéndose en sus barbas de nieve.
-
---¡Nos abandonan!
-
---¡Será ya tarde cuando llegue el auxilio!
-
---¡Perecerá Sagunto antes que los romanos lleguen á Cartago!
-
-Duró mucho tiempo la desesperación de la asamblea. Algunos, inmóviles
-en sus asientos por la debilidad, pedían á los dioses morir, antes que
-presenciar la caída de su pueblo.
-
-Parecía que Hanníbal estuviese ya en las puertas del templo.
-
---Calma, Ancianos --gritó Alco--. Pensad que el pueblo saguntino está
-fuera de esos muros. Si conoce vuestro dolor, cundirá el desaliento y
-esta misma noche seremos esclavos de Hanníbal.
-
-Recobraron su calma lentamente los Ancianos, y se hizo el silencio.
-Todos esperaban los consejos de Alco el Prudente. Éste habló.
-
---No había que pensar en la entrega inmediata de la ciudad. ¿No era así?
-
-Un rugido de indignación de toda la asamblea le contestó:
-
---¡Nunca, nunca!
-
-Pues para mantener excitados los ánimos, para prolongar la defensa
-algunos días más, había que mentir, inspirar una esperanza engañosa
-á los saguntinos. No había víveres; los que estaban en las murallas
-con las armas en la mano, comían la carne de los últimos caballos que
-quedaban en la ciudad; la plebe perecía de miseria. Todas las noches
-se recogían centenares de cadáveres y se quemaban en seguida en la
-Acrópolis, por miedo á que los devorasen los perros vagabundos que,
-aguijoneados por el hambre, se habían convertido en verdaderas fieras,
-atacando á los vivos. Se murmuraba que, algunos extranjeros refugiados
-en la ciudad, en unión de esclavos y de mercenarios, se reunían por
-la noche cerca de las murallas para alimentarse con los cadáveres
-que podían arrebatar. Las cisternas de la ciudad estaban próximas á
-secarse; sólo se extraía de ellas el agua del fondo, revuelta con el
-barro que había precipitado la destilación; pero á pesar de esto, en
-Sagunto nadie hablaba de rendirse y había que continuar la defensa.
-Todos sabían lo que les esperaba al caer en manos de Hanníbal.
-
---He hablado con él --dijo Acteón-- y se muestra inexorable. Si entra
-en Sagunto todos seremos sus esclavos.
-
-Volvió á agitarse la asamblea con un movimiento de indignación.
-
---¡Moriremos antes! --gritaron los Ancianos.
-
-Y rápidamente se acordó lo que debían decir al pueblo. Juraron todos
-por los dioses ocultar la verdad. Prolongarían el sacrificio con la
-esperanza de que aún llegase á tiempo el auxilio de Roma. Y componiendo
-el gesto para que nadie adivinase la desesperación de los Ancianos,
-salieron éstos del templo.
-
-Pronto circuló entre la muchedumbre la noticia. Los legados se habían
-dirigido á Cartago para no perder tiempo en el campamento, y allá
-pedirían el castigo de Hanníbal. De un momento á otro iban á llegar las
-legiones que enviaba Roma para apoyar á los saguntinos.
-
-La muchedumbre acogió estas halagüeñas noticias con un entusiasmo frío.
-Las penalidades del sitio amortiguaban su vehemencia. Además, se había
-enardecido tantas veces con la esperanza de los romanos, que dudaba de
-su auxilio, no creyendo en él hasta que viese llegar la flota.
-
-Acteón se confundió con la muchedumbre hambrienta, buscando á Sónnica.
-La vió rodeada de Lacaro y los jóvenes elegantes. Cerca de ellos
-Eufobias sonreía á Sónnica, sin atreverse á aproximarse.
-
---Los dioses te han guardado en tu viaje, Acteón --dijo el parásito--.
-Tienes mejor aspecto que los que hemos permanecido en la ciudad. Bien
-se ve que has comido.
-
---Pues tú, filósofo --dijo el griego-- no estás tan macilento y
-descarnado como los demás. ¿Quién te mantiene?
-
---Mi pobreza. Estaba tan acostumbrado al hambre en los tiempos de
-abundancia, que ahora apenas si noto la carestía. ¡Ventajas de ser
-filósofo y mendigo!
-
---No creas á ese monstruo --dijo Lacaro con repugnancia--. Es
-tan bárbaro como un celtíbero. Todos los días come; pero debían
-crucificarle en medio del Foro para que sirviera de escarmiento. Le
-han visto rondar por la noche cerca de las murallas con una turba de
-esclavos en busca de los cuerpos agonizantes.
-
-El griego se separó con repugnancia del parásito.
-
---No lo creas, Acteón --dijo Eufobias--. Envidian mi parquedad de
-mendigo, así como en otro tiempo la insultaban. El hambre es mi antigua
-compañera y me respeta.
-
-Se alejaron todos del parásito, y Acteón siguió á Sónnica á su casa. La
-hermosa griega vivía casi sola. Muchos de sus servidores habían muerto
-en las murallas; otros habían perecido en las calles, víctimas de la
-peste. Algunos esclavos, no pudiendo resistir el tormento del hambre,
-se fugaban al campo sitiador. Dos esclavas viejas gemían en un rincón,
-entre el amontonamiento de ricos cofres y lujosos muebles. Los grandes
-almacenes del piso bajo estaban vacíos. Una banda de chicuelos se había
-establecido allí y pasaban las horas inmóviles y al acecho, esperando
-que de los rincones saliese alguna rata, para caer sobre ella, como una
-bestia de inestimable valor.
-
---¿Y Ranto? --preguntó el griego á su amada.
-
---Pobrecilla; la veo de tarde en tarde. No quiere vivir aquí: se escapa
-cuando la hago traer para tenerla segura. Ha perdido la razón desde
-que vió el cadáver de su amante. Vaga día y noche por las murallas. Se
-presenta en los sitios de mayor combate, pasando insensible por entre
-los dardos, como si no los viera. Por la noche se oyen de lejos las
-canciones que entona llamando á Eroción, y muchas veces se presenta
-coronada con una guirnalda de flores de las que crecen en las murallas
-y pregunta por el hijo de Mopso, como si éste se ocultase entre los
-defensores. El populacho cree que está en comunicación con los dioses y
-la mira con respeto, preguntándola cual va á ser la suerte de Sagunto.
-
-Pasaron la noche los dos amantes entre el amontonamiento de riquezas
-del almacén, tendidos sobre unos tapices, estrechándose amorosamente,
-insensibles á todo cuanto les rodeaba, como si estuvieran aún en
-la rica quinta del agro, al final de uno de aquellos banquetes que
-escandalizaban á los viejos saguntinos.
-
-Transcurrieron algunos días. La ciudad había vuelto á caer en el
-marasmo, y tenaz en su resolución, seguía defendiéndose con el estómago
-desfallecido por el hambre. Los sitiadores no extremaban sus ataques.
-Hanníbal adivinaba sin duda el estado de la ciudad, y deseoso de evitar
-á sus tropas el derramamiento de sangre, dejaba que transcurriese el
-tiempo y mantenía el apretado cerco, esperando que el hambre y la peste
-completasen su triunfo.
-
-Aumentaba la mortalidad en las calles. Ya no había quien recogiese los
-muertos; la hoguera que los consumía en lo alto de la Acrópolis se
-había apagado. Los cadáveres abandonados á las puertas de las casas, se
-cubrían de asquerosos insectos, hasta que las aves de rapiña bajaban
-audazmente por la noche al centro de la ciudad, disputando tenazmente
-su presa á los perros vagabundos de retorcida lengua y ojos de ascuas,
-convertidos en bestias feroces por el hambre.
-
-Gentes hediondas, de aspecto salvaje, poseídas de la demencia de la
-extenuación, se arrastraban cautelosamente por las callejuelas, armadas
-con palos, piedras y dardos. Iban de caza así que cerraba la noche.
-Eufobias los guiaba, dándoles consejos con majestuoso énfasis, como si
-fuese un gran capitán dirigiendo á su ejército. Cuando conseguían matar
-un cuervo ó un perro salvaje, lo llevaban al Foro, chamuscándolo en una
-hoguera, y se disputaban á golpes los hediondos pedazos, mientras los
-ciudadanos ricos se alejaban desfallecidos, pero sintiendo náuseas ante
-tales horrores.
-
-Comenzaba la primavera. Era una primavera triste que se manifestaba á
-los sitiados en las florecillas que surgían de las cabelleras de hierba
-de los torreones y los tejados de las casas. Había acabado el invierno
-y, sin embargo, hacía frío en Sagunto; un frío de tumba que sentían
-los sitiados hasta en los huesos. Brillaba el sol, y la ciudad parecía
-obscurecida por una bruma fétida que daba á las casas y á los seres un
-tinte plomizo.
-
-Acteón, al dirigirse una mañana á la parte más alta del monte, donde
-continuaba el combate, encontró en el Foro al prudente Alco. El buen
-ciudadano revelaba en su aspecto tristeza y desaliento.
-
---Ateniense --le dijo con expresión misteriosa--. Estoy resuelto á que
-esto acabe. La ciudad no puede resistir más. Bastante ha esperado el
-auxilio de los romanos. Que caiga Sagunto y se avergüence Roma de su
-infidelidad con los aliados. Hoy mismo iré al campamento de Hanníbal á
-pedirle la paz.
-
---¿Lo has pensado bien? --exclamó el griego--; ¿no temes la indignación
-de tu pueblo al verte en tratos con el enemigo?
-
---Amo mucho á mi ciudad y no puedo presenciar impasible su sacrificio,
-su agonía interminable. Pocos lo saben; pero á tí te lo digo, Acteón,
-porque eres discreto. Estamos mucho peor que el pueblo se imagina. Ya
-no queda un pedazo de carne para los que defienden las murallas; esta
-mañana, de las cisternas apenas si se ha podido sacar barro. No tenemos
-agua. Unos cuantos días más de resistencia, y tendremos que comernos
-los cadáveres como esas turbas de desalmados que se alimentan por la
-noche. Tendremos que matar á los pequeñuelos para apagar nuestra sed
-con su sangre.
-
-Calló Alco un momento, y se pasó la mano por la frente con un gesto de
-pena, como si quisiera arrojar lejos de él terribles recuerdos.
-
---Nadie mejor que los Ancianos --continuó-- conocemos lo que ocurre en
-la ciudad. Los dioses deben temblar de horror contemplando lo que hace
-Sagunto al verse abandonada por ellos. Oye y olvida, Acteón, --dijo en
-voz muy baja y con acento de espanto--. Ayer, dos mujeres enloquecidas
-por el hambre, echaron suertes para escoger cuál de sus pequeños
-habían de devorar. Los Ancianos hemos cerrado ojos y oídos; no hemos
-querido ver ni escuchar, comprendiendo que el castigo sólo serviría
-para difundir más tales horrores. Los ciudadanos que pelean en las
-murallas, tragan el cuero de sus armas para engañar el hambre. La carne
-se despega de sus huesos, enflaquecen y caen como heridos por el rayo
-invisible de los dioses. Llevamos cerca de ocho meses de resistencia;
-dos terceras partes de la ciudad ya no existen. Hemos hecho bastante
-ante el cielo y ante los hombres para demostrar cómo cumple Sagunto sus
-juramentos.
-
-El griego bajaba la cabeza, convencido de las razones de Alco.
-
---Además --continuó éste-- el ánimo de la ciudad decae: se extingue la
-fe. Los presagios son todos en contra nuestra. Hay gentes que durante
-la noche han visto globos de fuego elevarse de la Acrópolis y huir
-hacia el mar, hundiéndose en las aguas como esas estrellas veloces
-que cortan con una raya de luz el azul del cielo. La muchedumbre cree
-que son los Penates de la ciudad que, adivinando la próxima ruina de
-Sagunto, la abandonan para ir á establecerse al otro lado del mar de
-donde vinieron. Anoche, los que velan arriba, en el templo de Hércules,
-vieron salir por debajo de la tumba de Zazintho una serpiente que
-silbaba como si estuviese herida. Era azul con estrellas de oro: la
-serpiente que mordió á Zazintho y fué causa de la fundación de la
-ciudad en torno de la tumba del héroe. Pasó entre las piernas de los
-asombrados guardianes, huyó monte abajo y se alejó por la llanura con
-dirección al mar. También ese nos abandona; el reptil sagrado que era
-como el dios tutelar de Sagunto.
-
---Tal vez no sea verdad --dijo el griego--. Alucinaciones de la gente
-atormentada por el hambre.
-
---Puede que así sea; pero acércate á las mujeres y las verás llorar, á
-pesar de su miseria, lamentando la fuga de la serpiente de Zazintho.
-Creen á la ciudad sin defensa, y muchos hombres se sentirán hoy más
-débiles en las murallas al conocer la extraña desaparición. La fe es lo
-que sostiene á los pueblos.
-
-Permanecieron silenciosos los dos hombres un buen rato.
-
---Ve --dijo al fin el griego--. Habla con Hanníbal y que los dioses le
-inspiren la clemencia.
-
---¿Por qué no vienes conmigo? Tú que tanto has viajado y posees la
-elocuencia de la convicción podrías ayudarme.
-
---Hanníbal me conoce. He despreciado su amistad y me odia. Ve y salva
-á la ciudad... Mi suerte está echada. Ese africano no retrocede en su
-cólera. Perdonará á todos menos á mí. Yo moriré antes que verme esclavo
-ó agonizante en una cruz.
-
-
-
-
-X
-
-La última noche
-
-
-Era más de media tarde cuando Acteón, que estaba entre los defensores
-de la parte alta de la ciudad, vió aproximarse á Ranto por una
-callejuela inmediata á la muralla.
-
-No había encontrado á la pastorcilla desde su regreso á Sagunto, y al
-verla reconoció en ella los estragos causados por las penalidades del
-sitio y el dolor que quebrantaba su razón.
-
-Caminaba absorta, con la cabeza baja, y en su enmarañada cabellera
-asomaban algunas florecillas mustias, que soltaban á cada paso los
-pétalos muertos. La túnica desgarrada y sucia dejaba ver su cuerpo
-enflaquecido, que aún conservaba la esbeltez y frescura admiradas por
-el griego. El pecho se había desarrollado un tanto, como si el dolor
-madurase sus globos que apuntaban antes como capullos; los ojos,
-dilatados por la demencia, parecían llenar todo su rostro, esparciendo
-en torno de él una luz misteriosa, una aureola de fiebre.
-
-Avanzaba lentamente: varias veces levantó la cabeza mirando á los
-hombres que estaban en lo alto de la muralla, y al fin, deteniéndose al
-pie de la escala de piedra, murmuró con voz suplicante que parecía un
-vagido:
-
---¡Eroción! ¡Eroción!...
-
-Á pesar de que tras los manteletes de los sitiadores se notaba algún
-movimiento, como si éstos intentasen un nuevo ataque contra la ciudad,
-el griego descendió de la muralla con el deseo de ver de cerca á la
-joven.
-
---Ranto... pastorcilla, ¿me conoces?
-
-La hablaba con tono cariñoso, cogiéndola las manos; pero ella se agitó,
-intentando desasirse, como si despertase sobresaltada. Después de este
-esfuerzo cayó en una absoluta postración, y fijando sus ojos enormes y
-asustados en el griego, exclamó:
-
---¡Tú!... ¡Eres tú!
-
---¿Me conoces?
-
---Sí: eres el ateniense; eres mi señor: el amado de Sónnica la rica...
-Dí, ¿dónde está Eroción?
-
-El griego no supo qué contestar; pero Ranto siguió hablando sin esperar
-la respuesta.
-
---Me dijeron que había muerto; hasta yo misma creí verle tendido al
-pie de las murallas; pero no era verdad; fué un mal sueño. El muerto
-era su padre, Mopso, el arquero. Desde entonces que huye de mí, como
-si quisiera llorar á solas la muerte de su padre. De día se oculta. Le
-veo de lejos, sobre la muralla, entre los combatientes, y cuando subo
-en su busca, encuentro hombres armados y Eroción desaparece. Sólo me
-es fiel por la noche: entonces me busca, viene á mí. Apenas me agazapo
-al pie del muro y apoyo mi cabeza en las rodillas, le veo venir,
-buscándome en la obscuridad, arrogante y amoroso, con el carcax sobre
-la cadera y el arco cruzado en las espaldas. Por él huyen los perros
-feroces que se arrastran en la sombra y me husmean la cara, mirándome
-con ojos como brasas. Viene á mí... se sienta á mi lado; sonríe, pero
-siempre está mudo. Le hablo y me contesta su sonrisa; nunca su boca.
-Busco su hombro, como en otros tiempos, para descansar mi cabeza,
-y huye, desaparece como si lo tragasen las sombras. ¿Qué es esto,
-buen griego?... Si le ves, pregúntale por qué se oculta; dile que no
-huya... Él te quiere tanto, ¡tanto!... ¡Me ha hablado tantas veces con
-entusiasmo de tí y de tu país!...
-
-Calló un momento, como si estas palabras hubiesen despertado en su
-memoria todo un pasado de recuerdos. Los agrupaba, los reunía con un
-esfuerzo penoso que se reflejaba en su rostro, y lentamente surgía en
-su memoria la imagen de aquellos días felices, anteriores al sitio,
-cuando ella y Eroción correteaban por el valle y tenían por casa todos
-los bosquecillos del agro saguntino.
-
-Sonreía á Acteón, mirándolo cariñosamente, y le recordaba sus diversos
-encuentros: la primera entrevista en el camino de la Sierpe, cuando
-acababa él de desembarcar, pobre y desconocido. Después, el gesto de
-paternal protección con que les saludaba al encontrarlos en los campos,
-subiendo á los cerezos, disputándose entre risas el rojo fruto con los
-labios, y aquella sorpresa bajo las frondosas higueras, cuando ella,
-totalmente desnuda, servía de modelo al joven escultor. ¿Se acordaba?
-¿No había olvidado el griego aquellos días de paz y felicidad?
-
-Acteón los tenía presentes en su memoria. Duraba aún en él la impresión
-causada por la desnudez de la pastorcilla, y en aquel mismo momento sus
-ojos sondeaban los rasguños de la vieja túnica, buscando con deleite
-de artista los contornos del cuerpo algo enflaquecido, pero fresco y
-juvenil, con los tonos calientes de su piel color de ámbar.
-
-Pero Ranto, después de evocar estos recuerdos, volvía á su desvarío.
-¿Dónde estaba Eroción? ¿Le había visto? ¿Estaba arriba entre los
-defensores? Y el griego tornaba á contenerla, cogiéndola las manos,
-para evitar que subiese al muro.
-
-Arriba, los defensores gritaban, disparando sus arcos, arrojando
-dardos y piedras. Había comenzado el ataque de los sitiadores. Pasaban
-por encima de las almenas, como obscuros pájaros, los proyectiles de
-fuera, y el muro se conmovía con sordos choques, como si los africanos
-lo atacasen con sus arietes y picos, para abrir brecha.
-
-Acteón, que desde su regreso á Sagunto era el alma de la defensa,
-necesitaba subir al muro.
-
---Márchate, Ranto --decía apresuradamente--. Aquí van á matarte...
-Vuelve á casa de Sónnica... Yo te llevaré á Eroción... Pero huye,
-ocúltate. Mira como caen los dardos cerca de nosotros.
-
-Y la empujaba rudamente, acabando por arrojarla lejos de la escalera,
-con impulso brutal, que la hizo doblar las rodillas.
-
-El griego subió apresuradamente, oyendo sin inmutarse los mortales
-silbidos que rasgaban el aire cerca de su cabeza. Antes de que llegase
-á las almenas, sonó á sus espaldas un débil gemido, un grito dulce, que
-recordó á Acteón el balido de los cervatillos al recibir un saetazo en
-las cacerías. Al volverse, vió en mitad de la escalera á Ranto, que
-se doblaba hacia atrás para caer, con el pecho cubierto de sangre y
-clavada en él, una larga vara con cola de plumas, todavía temblorosa
-por los estremecimientos de la velocidad.
-
-Había querido seguirle á lo alto de la muralla, y en la escalera la
-alcanzó una flecha de los sitiadores.
-
---¡Ranto!... ¡Pobrecita!...
-
-El griego, obedeciendo al impulso de un dolor que él mismo no podía
-explicarse, pero que resultaba más fuerte que su voluntad, olvidó la
-defensa del muro, el ataque de los enemigos, todo, para correr hacia la
-joven, que se desplomaba con el suave desmayo de un ave herida.
-
-Sosteniéndola con sus fuertes brazos, la bajó para tenderla al pie de
-la escalera. Ranto suspiraba, movía la cabeza como queriendo alejar el
-dolor que se apoderaba de ella.
-
-El griego la sostenía por los hombros, llamándola con voz cariñosa:
-
---Ranto... Ranto...
-
-En sus ojos, agrandados por el dolor, parecía condensarse la luz.
-Su mirada era ahora humana; perdía por momentos la vaguedad de la
-demencia. Parecía haber recobrado la razón á impulsos del dolor, como
-si en este supremo momento de lucidez, viera de un golpe todo el pasado.
-
---No mueras, Ranto --murmuraba el griego, sin darse cuenta de lo que
-decía--. Aguarda: te arrancaré ese hierro; te llevaré al Foro sobre mis
-espaldas para que te curen.
-
-Pero la joven movía tristemente la cabeza. No: quería morir; quería
-reunirse con Eroción, cerca de los dioses, entre las nubes de rosa y
-oro, por donde paseaba la madre del Amor, seguida de los que en la
-tierra se amaron mucho. Había vagado como una sombra por entre los
-horrores de la ciudad sitiada, creyendo que Eroción vivía, buscándolo
-por todas partes, y Eroción había muerto; lo recordaba bien ahora: ella
-misma había contemplado su cadáver. Muerto él, ¿para qué quería vivir?
-
---Vivirás para mí --gritó Acteón, exasperado por el dolor, sin ver lo
-que le rodeaba, sin oir los gritos de los defensores en el inmediato
-muro y los pasos que sonaban á su espalda en una callejuela cercana--.
-Ranto, pastorcilla, escúchame. Ahora comprendo por qué deseaba verte;
-por qué tu recuerdo me asaltaba á veces allá en Roma, siempre que
-pensaba en Sagunto. Vive y serás para Acteón la última primavera de su
-existencia. Te amo, Ranto. Eres mi afecto postrero; la flor que se abre
-en el invierno de mi vida. Te amo, Ranto: te amo desde el día en que te
-ví desnuda como una diosa. Vive y seré tu Eroción.
-
-La joven, pálida ya, con el rostro empañado por la sombra de la muerte,
-sonrió murmurando:
-
---Acteón... buen griego... gracias, gracias.
-
-Y su cabeza resbaló entre las manos de Acteón, cayendo pesadamente en
-el suelo. El ateniense estuvo inmóvil mucho rato, contemplando con
-estúpida fijeza el cuerpo de la joven. El silencio que se hizo de
-pronto en la muralla, pareció despertarle del doloroso sopor. Los
-sitiadores habían suspendido su ataque. El griego se incorporó; pero
-volvió á arrodillarse para besar varias veces la boca todavía caliente
-de la pastorcilla y sus ojos inmóviles, desmesuradamente abiertos, en
-los cuales reflejábanse como en una agua muerta los rojos resplandores
-de la puesta del sol.
-
-Al levantarse vió frente á él á Sónnica inmóvil, rígida, mirándole con
-ojos fríos é irónicos.
-
---¡Sónnica!... ¡Tú!
-
---He venido para decirte que corras al Foro. Un mensajero del campo
-enemigo se ha presentado en las puertas de la ciudad pidiendo hablar á
-los Ancianos. El pueblo está convocado en el Foro.
-
-Á pesar de la importancia de la noticia, Acteón no se conmovió. Le
-preocupaba la fría rigidez de Sónnica.
-
---¿Desde cuándo estás aquí?
-
---Llegué á tiempo para ver como te despedías para siempre de mi esclava.
-
-Calló un instante, pero como impulsada por un sentimiento superior á
-su voluntad, avanzó hacia él con los ojos centelleantes y las manos
-extendidas.
-
---La amabas, ¿verdad? --dijo con amargura.
-
---Sí --contestó el griego con voz tenue, como avergonzado de su
-confesión--. Conozco ahora que la amaba... pero también te amo á tí.
-
-Permanecieron inmóviles largo rato, con la vista fija en aquel cadáver
-que les separaba. Era como un muro frío levantándose entre los dos,
-apartándolos para siempre.
-
-Acteón sentíase avergonzado por el dolor que sus palabras causaban á
-aquella mujer que tanto le había amado. Sónnica parecía absorta por
-su inmensa decepción y contemplaba fríamente, con ojos de Némesis
-implacable, el cadáver de la esclava.
-
---Aléjate, Acteón --dijo la griega--. Te esperan en el Foro. Los
-Ancianos reclaman tu presencia para que sirvas de intérprete al
-mensajero de Hanníbal.
-
-El ateniense dió algunos pasos, pero se detuvo, implorando dulcemente
-misericordia para el cadáver.
-
---Va á quedar abandonada... Pronto cerrará la noche, y los perros
-hambrientos... los desalmados que buscan los cadáveres...
-
-Sentía escalofríos al pensar que aquel cuerpo hermoso que le había
-hecho estremecer de admiración, llegase á ser devorado por las bestias.
-
-Sónnica le contestó con un gesto. Podía alejarse: ella permanecería
-allí. Y Acteón, dominado por la fría altivez de su amante, partió
-corriendo hacia el Foro.
-
-Al llegar á la plaza comenzaba á anochecer. Ardía en el centro la gran
-fogata, que se encendía todas las noches para combatir el frío mortal
-de la ciudad en plena primavera.
-
-Los Ancianos sacaban sus sillas de marfil al pie de las gradas del
-templo para esperar ante la muchedumbre al mensajero de Hanníbal. La
-noticia había circulado por toda la ciudad, y la gente se agolpaba en
-el Foro, ansiosa de escuchar las proposiciones del sitiador. Nuevos
-grupos desembocaban á cada momento por todas las callejuelas afluyentes
-á la gran plaza, donde se concentraba la agonizante vida de la ciudad.
-
-Acteón fué á colocarse junto á los Ancianos. Extendió su vista y no vió
-á Alco. Estaba aún en el campo sitiador, y la llegada de aquel emisario
-debía ser consecuencia de su entrevista con Hanníbal.
-
-Un senador le explicó el suceso. Se había presentado ante los muros
-un enemigo sin armas y tremolando una rama de olivo. Pedía hablar al
-Senado en nombre de los sitiadores, y la asamblea de los Ancianos creyó
-necesario reunir á toda la ciudad para que tomase parte en la suprema
-deliberación.
-
-Habían dado orden de introducir al mensajero, y al poco rato se vió
-avanzar, rompiendo la aglomeración de la muchedumbre, un grupo armado,
-en el centro del cual marchaba un hombre con la cabeza descubierta, sin
-armas y levantando con la diestra una rama, símbolo de paz.
-
-Al pasar junto á la hoguera dió de lleno en su rostro el resplandor
-rojizo de las llamas, y en el Foro se levantó un clamoreo de
-indignación. Le habían reconocido.
-
---¡Alorco!... ¡Es Alorco!
-
---¡Traidor!
-
---¡Ingrato!
-
-Muchas manos buscaron la espada para caer sobre él; por encima de las
-cabezas de la muchedumbre se agitaron algunos brazos empuñando dardos;
-pero la presencia de los Ancianos y la triste sonrisa del celtíbero
-calmaron los ánimos. Además, el pueblo sentía la debilidad de la
-miseria; no tenía fuerzas para la indignación y ansiaba oir pronto al
-mensajero; conocer la suerte que le reservaba el enemigo.
-
-Avanzó Alorco hasta colocarse frente á los Ancianos, y la gran plaza
-quedó en un silencio profundo, sólo interrumpido por el chisporroteo de
-los leños de la hoguera. Todos los ojos estaban fijos en el celtíbero.
-
---¿Alco el Prudente no está entre vosotros? --comenzó por preguntar.
-
-Todos miraron en torno con sorpresa. Era verdad; hasta entonces no
-habían notado la ausencia de aquel hombre, que era el primero en todos
-los actos públicos.
-
---No le busquéis --continuó el celtíbero--. Alco está en el campamento
-de Hanníbal. Dolido del estado de la ciudad, comprendiendo que es
-imposible continuar la defensa por más tiempo, se ha sacrificado por
-vosotros, y á riesgo de morir llegó hace algunas horas á la tienda de
-Hanníbal para suplicarle con lágrimas que tuviese compasión de vosotros.
-
---¿Y por qué no ha venido contigo? --preguntó uno de los Ancianos.
-
---Sentía miedo y vergüenza de repetiros las palabras de Hanníbal, las
-condiciones que impone para que se entregue la ciudad.
-
-Se hizo aún mayor el silencio. La muchedumbre adivinaba en el terror
-del ausente Alco las espantosas exigencias del vencedor, que hacían
-latir apresuradamente el corazón de todos, antes de conocerlas.
-
-Iban llegando al Foro nuevos grupos de gente. Hasta los defensores de
-la ciudad abandonaban las murallas, atraídos por el suceso, y estaban
-allí, en las desembocaduras de las calles, centelleando al resplandor
-de la hoguera sus cascos de bronce y sus escudos de varias formas,
-redondos, estrangulados y de media luna. Acteón vió llegar también á
-Sónnica, que se abrió paso entre el gentío, yendo á colocarse junto al
-grupo formado por la juventud elegante que la admiraba.
-
-Alorco siguió hablando.
-
---Ya sabéis quién soy yo. Hace un momento escuché amenazas, ví gestos
-de muerte al reconocerme. Comprendo la indignación al encontrarme
-frente á vosotros. Tal vez seré un ingrato; pero pensad que nací en
-otras tierras y la muerte de mi padre me puso al frente de un pueblo al
-que tengo que obedecer y seguir en sus alianzas. Nunca he olvidado que
-fuí el huésped de Sagunto; guardo el recuerdo de vuestra hospitalidad y
-me intereso por la suerte de este pueblo como si fuese la de mi misma
-patria. Pensad bien en vuestra situación, saguntinos. El valor tiene
-sus límites, y por más que os esforcéis, los dioses han decretado la
-ruina de la valerosa Sagunto. Lo demuestran con su abandono; y vuestro
-arrojo se estrellará ante su voluntad inmutable.
-
-Las vagas palabras de Alorco aumentaban la incertidumbre del pueblo.
-Todos temían las condiciones de Hanníbal, por lo mismo que el celtíbero
-se retrasaba en exponerlas.
-
---¡Las condiciones!... ¡Dinos las condiciones! --gritaron desde varios
-puntos del Foro.
-
---La prueba de que he venido por interés vuestro --continuó Alorco como
-si no oyera estos gritos-- está en que mientras habéis podido resistir
-con vuestras propias fuerzas ó esperar un socorro de los romanos no
-me he presentado á aconsejaros la sumisión. Pero vuestras murallas no
-pueden defenderos más; todos los días perecen de hambre centenares de
-saguntinos; los romanos no vendrán, están muy lejos y ocupados en otras
-guerras; en vez de enviaros legiones os envían legados; y por esto yo,
-viendo que Alco titubeaba en volver, arrostro vuestra indignación para
-traeros una paz que no es ventajosa, pero resulta necesaria.
-
---¡Las condiciones! ¡Las condiciones! --gritó la muchedumbre con un
-formidable aullido que hizo temblar al Foro.
-
---Pensad --dijo Alorco-- que lo que quiera concederos el vencedor es
-un regalo que os hace, pues hoy es dueño de todo lo vuestro: vidas y
-haciendas.
-
-Esta verdad terrible, cayendo sobre la muchedumbre, produjo el silencio.
-
---Sagunto, que está en gran parte destruída y cuyos extremos ocupan ya
-sus tropas, os la toma como castigo; pero permitirá que construyáis una
-nueva ciudad en el punto que Hanníbal os designe. Todas las riquezas
-que guardéis, tanto en el tesoro público como en vuestras casas, serán
-entregadas al vencedor. Hanníbal respetará vuestras vidas, las de
-vuestras esposas é hijos, pero tendréis que salir para el lugar que os
-designe sin armas y con sólo dos trajes. Comprendo que las condiciones
-son crueles; pero la desgracia os obliga á soportarlas. Peor es morir
-y que vuestras familias caigan como botín de guerra en manos de la
-soldadesca triunfante.
-
-Terminó de hablar Alorco, y, sin embargo, continuó el silencio en el
-Foro; un silencio profundo, amenazante, igual á la plomiza calma que
-precede á una tempestad.
-
---No; saguntinos, no --gritó una voz de mujer.
-
-Acteón reconoció á Sónnica en esta voz.
-
---No, no --contestó la muchedumbre, como un eco atronador.
-
-Se agitaban, corrían de un lado á otro, se empujaban los grupos
-poseídos de furia, como si quisieran despedazarse, desahogando la rabia
-que les producían las condiciones del vencedor.
-
-Sónnica había desaparecido; pero Acteón la vió volver al Foro, seguida
-de un cordón de gente; esclavos, mujeres, soldados, llevando todos
-sobre sus hombros los ricos muebles de la quinta, amontonados en el
-almacén; las arquillas de joyas, los suntuosos tapices, los lingotes
-de plata y las cajas de polvo de oro. La muchedumbre contemplaba este
-desfile de riquezas, sin adivinar el propósito de Sónnica.
-
---No, no --repetía la griega, como si hablase con ella misma.
-
-Estaba fuera de sí por las proposiciones del vencedor. Se veía saliendo
-de la ciudad, sin más fortuna que una túnica puesta y otra sobre el
-brazo, teniendo que mendigar por los caminos ó trabajar en los campos
-como una esclava, perseguida por aquella soldadesca feroz, de diversas
-razas.
-
---No, no --repetía enérgicamente, abriéndose paso entre la
-muchedumbre, para llegar á la hoguera en el centro del Foro.
-
-Estaba magnífica, con la rubia cabellera alborotada por la agitación,
-la túnica rota por los empellones del gentío, los ojos relampagueantes,
-con la expresión de una Furia, que encontraba amarga voluptuosidad
-en la destrucción. ¿Para qué las riquezas? ¿Para qué vivir? Y en su
-desesperada energía, mezclábase por mucho la amargura que una hora
-antes había paladeado ante el cadáver de su esclava.
-
-Ella dió la señal, arrojando en la hoguera una imagen de Venus, de
-jaspe y plata, que llevaba en sus brazos, y que desapareció entre
-las llamas como si fuera un pedrusco. Los que la seguían, gente toda
-miserable y hambrienta, la imitaron con intenso goce. La destrucción
-de tantas riquezas, les hacía rugir de placer y dar saltos de
-alegría, á ellos, tan pobres, que habían pasado su existencia en las
-escaseces de la esclavitud. Caían en las llamas los cofrecillos de
-marfil, de cedro y de ébano, y al chocar con los leños, se abrían,
-derramando los tesoros de su vientre; collares de perlas, guirnaldas
-de topacios y esmeraldas, arracadas de diamantes, toda la gama de las
-piedras preciosas, que centelleaban un instante entre los tizones
-como maravillosas salamandras. Después caían los tapices, los velos
-bordados de plata, las túnicas con doradas flores, las sandalias
-de oro, las sillas con garras de león, los lechos con clavijas de
-metal, los peines de marfil, los espejos, las lámparas, las liras,
-los frascos de perfumes, las mesillas de ricos mármoles incrustados;
-todas las magnificencias de Sónnica la rica. Y la muchedumbre miserable
-entusiasmada por esta destrucción, aplaudía con rugidos, al ver la
-hoguera que crecía y crecía con tanto combustible, hasta elevar las
-llamas á considerable altura, arrojando chispas y cenizas sobre los
-tejados de las casas.
-
---¡Hanníbal quiere riquezas! --gritaba Sónnica, con voz ronca que
-parecía un aullido--. Venid, arrojad aquí todo lo vuestro: que el
-africano se lo dispute al fuego.
-
-Pero no necesitaba extremar sus voces para que la imitasen. Muchos de
-los Ancianos, que habían huído en el primer instante de confusión,
-volvían al Foro llevando un cofrecillo bajo su blanco manto y lo
-arrojaban en la hoguera. Eran las riquezas que habían tomado en sus
-casas.
-
-Sobre las cabezas de la multitud rodaban muebles y telas de brazo en
-brazo, hasta caer en el inmenso brasero, que cada vez elevaba más altas
-sus llamas, coronadas por un humo blanco y luminoso.
-
-Era un holocausto en honor de los dioses mudos y sordos que estaban
-en la Acrópolis. Las casas parecían vaciarse para arrojar todos sus
-adornos y riquezas en la hoguera. Los hombres cumplían silenciosos y
-sombríos su anhelo de destrucción; pero las mujeres parecían locas, y
-desgreñadas, rugientes, con los ojos saltando de las órbitas, danzaban
-en torno de la inmensa hoguera, atraídas por las llamas, rozándolas con
-sus vestiduras, ebrias por el fuego, arañándose el rostro sin darse
-cuenta de lo que hacían y rugiendo maldiciones con su boca espumeante
-de rabia.
-
-Una de ellas, como enloquecida por la ronda infernal, no pudiendo
-resistir la atracción del fuego, dió un salto, cayendo entre las
-llamas. Ardieron instantáneamente las ropas y el cabello, y flameó
-durante algunos instantes como una antorcha, desplomándose sobre los
-tizones. Otra mujer arrojó en el brasero, como si fuese una pelota, el
-niño que llevaba agarrado á su flácido pecho, y después saltó ella en
-medio de la fogata, cual si arrepentida del crimen, quisiera seguir á
-su hijo.
-
-El fuego se había comunicado á las techumbres de madera de las casas
-del Foro. Una guirnalda de llamas comenzaba á rodear la plaza. El humo
-y el calor asfixiaban á la muchedumbre, y en esta atmósfera densa
-y negruzca, los muebles parecían andar solos camino de la hoguera,
-arrastrándose por encima de la muchedumbre.
-
-Lacaro y sus elegantes amigos hablaban de morir. Aquellos seres
-afeminados discutían con una tranquilidad sublime el modo de caer. No
-querían seguir á Sónnica, que acababa de armarse con una espada y un
-escudo para salir contra el campamento sitiador y morir matando. Les
-repugnaba luchar con un soldado rudo y casi salvaje, percibir su hedor
-de fiera y caer con el pintado rostro partido de un golpe, cubiertos
-de sangre y revolcándose en el fango, como una res degollada. No les
-placía tampoco darse de puñaladas: era un medio gastado por los héroes.
-Morir en el brasero les parecía mejor; les recordaba el sacrificio de
-las reinas asiáticas, pereciendo en una hoguera de maderas perfumadas.
-¡Lástima que aquella fogata oliese tan mal! Pero el momento no era de
-refinamientos, y echándose el manto sobre los ojos, uno tras otro, los
-jóvenes elegantes, empujando con el brazo depilado y perfumado á sus
-pequeños esclavos, entraron en la hoguera con tranquilo paso, como
-si estuvieran en aquellos días de paz en que paseaban por el Foro,
-satisfechos del escándalo que producían sus adornos femeniles.
-
-Sónnica recogíase la túnica en torno del talle, dejando al descubierto
-la adorable blancura de sus piernas para correr con más desembarazo.
-
---Vamos á morir, Eufobias --dijo al filósofo, que contemplaba absorto
-este espectáculo de destrucción.
-
-Por primera vez, el parásito no mostraba su gesto insolente é irónico.
-Estaba grave y fruncía el ceño, viendo como morían aquellas gentes de
-las que tanto se había burlado.
-
---¡Morir! --dijo--. ¿Es preciso morir? ¿Lo crees tú, Sónnica?
-
---Sí; el que no quiera ser esclavo, debe morir. Coge una espada y ven
-conmigo.
-
---No necesito tanto. Si he de morir, quiero evitarme la fatiga de
-correr; el trabajo de dar golpes. Moriré tranquilo, con la dulce pereza
-que embelleció mi vida.
-
-Y lentamente, sin apresurarse, dió algunos pasos y se acostó entre las
-llamas con la cara cubierta por su manto remendado, lo mismo que se
-tendía bajo los pórticos del Foro en los días de paz.
-
-En las gradas del templo, los Ancianos se herían el pecho con el
-puñal. Agonizantes, prestaban su arma al compañero más inmediato,
-y morían haciendo esfuerzos por mantenerse erguidos en sus sillas.
-Grupos de mujeres arrebataban maderos encendidos de la gran hoguera
-y se esparcían como bacantes furiosas por toda Sagunto, quemando las
-puertas, arrojando tizones sobre los techos de tablas.
-
-De repente en la parte alta de la ciudad, allí donde se concentraban
-los ataques de los sitiadores, sonó un horrible estrépito, como si
-media montaña se viniera abajo. Los muros estaban abandonados por
-los defensores reunidos en el Foro, y una torre que los cartagineses
-minaban desde algunos días antes, acababa de derrumbarse. Una cohorte
-del ejército de Hanníbal, viendo libre la entrada de la ciudad, se
-lanzó dentro de ella, dando aviso al caudillo para que acudiese con
-todas sus fuerzas.
-
---¡Á mí! ¡á mí! --gritaba Sónnica con su voz ronca--. Ésta es nuestra
-última noche. Yo no muero en la hoguera; quiero morir matando... ¡Deseo
-sangre!
-
-Salió del Foro como una furia, seguida de Acteón, que corría á su
-lado llamándola, haciendo esfuerzos porque le mirase. Pero la hermosa
-griega permanecía insensible en su furia, como si llevase al lado un
-desconocido.
-
-Les siguieron en revuelto tropel todos los que estaban en el Foro;
-ciudadanos armados, mujeres que esgrimían cuchillos y dardos,
-adolescentes desnudos, sin otra defensa que una pica. Á la luz de
-los incendios pasaban como un rebaño enloquecido, centelleando los
-coseletes de bronce, los cascos de rota cimera, las armas manchadas
-de sangre y mostrando por los girones de las ropas los músculos
-enflaquecidos, que parecían danzar en su ancha envoltura de piel,
-apergaminada y seca por el hambre.
-
-Salieron de Sagunto por la parte baja, marchando al resplandor de la
-ciudad incendiada contra el campamento de los sitiadores.
-
-Una cohorte de celtíberos que corría hacia Sagunto fué arrollada,
-deshecha, pateada por esta tromba de desesperados, que corrían con la
-cabeza baja, hiriendo cuanto encontraban por delante. Pero más allá
-tropezaron con nuevas tropas que avanzaban advertidas de la salida, y
-se estrellaron contra la hilera de escudos, no pudiendo soportar una
-lucha cuerpo á cuerpo.
-
-Los saguntinos, debilitados por el largo sitio, perdidas sus fuerzas
-por las enfermedades y el hambre, no pudieron resistir el choque. Los
-celtíberos, con sus espadas de dos filos, herían sin misericordia;
-y bajo sus golpes caía rápidamente aquella aglomeración de hombres
-enfermos, de mujeres y niños.
-
-Acteón, luchando con el escudo ante el rostro y la espada en alto
-contra dos vigorosos soldados, vió como Sónnica recibía una cuchillada
-en el cráneo y soltaba sus armas, doblándose con una suprema
-contracción antes de caer.
-
---¡Acteón! ¡Acteón! --gritó en aquel momento olvidando su odio,
-sintiendo que con la muerte volvía á ella todo el fuego del antiguo
-amor.
-
-Cayó de bruces en el suelo. El griego quiso correr hacia ella; pero
-en el mismo instante le zumbaron los oídos, como si sobre su cráneo
-se desplomase una inmensa mole; sintió en los costados el frío del
-hierro perforando sus carnes, y cayó viéndolo todo negro, como si se
-despeñara por una sima lóbrega y sin fondo á cuyo fin no había de
-llegar nunca.
-
- * * * * *
-
-El griego despertó. Sobre su pecho pesaba una mole abrumadora como una
-montaña. No tenía la certeza de si realmente existía. Su cuerpo se
-negaba á obedecerle. Únicamente con un doloroso esfuerzo, pudo abrir
-los ojos y recordar confusamente por qué estaba allí.
-
-Lentamente vió que lo que oprimía su pecho era el cadáver de un soldado
-enorme. Acteón creyó recordar que había hundido su espada en el cuerpo
-de aquel guerrero en el mismo instante que se sentía caer en la noche
-densa y misteriosa.
-
-Miró en torno de él. Un resplandor rojizo, como el de una aurora sin
-fin, hacía centellear en el suelo las armas abandonadas, y marcaba la
-silueta de los cadáveres amontonados y dispersos, en extrañas posturas,
-contraídos por las últimas convulsiones.
-
-En el fondo ardía una ciudad. Los edificios negruzcos y deformes, se
-destacaban sobre la cortina de llamas, que con su resplandor inquieto
-hacían temblar los muros de la Acrópolis.
-
-Acteón lo recordó todo. Aquella ciudad era Sagunto: se oían los
-aullidos de los vencedores que corrían las calles, cubiertos de sangre,
-acabando de incendiar las casas que aún permanecían intactas, rabiosos
-contra una población que únicamente se entregaba después de consumir
-sus riquezas; matando en su furia á cuantos seres encontraba al paso, y
-rematando á los heridos.
-
-Al darse cuenta de todo esto, reconocía que no había muerto; pero iba á
-morir. Lo presentía en la debilidad inmensa que se apoderaba de él, en
-el frío mortal que subía á lo largo de su cuerpo; en el pensamiento que
-se extinguía y no era ya más que una lucecilla débil...
-
-¿Y Sónnica? ¿Dónde encontrar á Sónnica?... Su último deseo era llegar
-hasta su cadáver, que debía estar próximo. Quería besarla como á su
-esclava; rendirla este tributo antes de morir. Pero al intentar un
-supremo esfuerzo, separando su cabeza del suelo, una oleada de líquido
-caliente y pegajoso le cubrió el rostro. Era la última sangre.
-
-Le pareció ver entonces con la vaguedad de un ensueño que se extingue,
-una especie de centauro negro, que galopaba sobre los cadáveres, y
-mirando la iluminada ciudad, reía con infernal gozo.
-
-Pasó junto á él. Los cascos de su caballo se hundieron en el cuerpo
-del celtíbero tendido sobre su pecho. El griego, agonizante, creyó
-reconocer el jinete á la luz del incendio.
-
-Era Hanníbal, con la cabeza descubierta, poseído de la furia del
-triunfo, galopando en un caballo negro como la noche, que parecía
-contagiado del furor del jinete, y relinchaba, coceando los cadáveres,
-agitando su cola sobre los restos del combate. Al griego le pareció una
-furia infernal que venía por su alma.
-
-Vió débilmente, como una imagen borrosa, la cara de Hanníbal animada
-por una sonrisa de soberbia, de cruel satisfacción; el gesto majestuoso
-y feroz á la vez de uno de aquellos dioses de Cartago que sólo se
-mostraban clementes cuando humeaban en su altar los seres humanos
-sacrificados.
-
-Reía viendo que era suya por fin la ciudad que le había detenido ocho
-meses ante sus muros. Ya podía desarrollar sus ensueños audaces.
-
-El griego no vió más. Volvió á caer en la eterna noche.
-
-Hanníbal galopó en torno de la ciudad, y al ver que por la parte de la
-mar se extendía el resplandor cárdeno del amanecer, detuvo su caballo,
-miró á Oriente, y extendiendo el brazo cual si quisiera prolongarlo por
-encima de la extensión azul que cerraba el horizonte, gritó amenazante,
-como si retase á un enemigo invisible antes de caer sobre él:
-
---¡Roma!... ¡Roma!...
-
- Playa de la Malvarrosa (Valencia).
- Julio-Septiembre 1901.
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
-
- Págs.
-
- I. EL TEMPLO DE AFRODITA. 5
-
- II. LA CIUDAD. 57
-
- III. LAS DANZARINAS DE GADES. 119
-
- IV. ENTRE GRIEGOS Y CELTÍBEROS. 177
-
- V. LA INVASIÓN. 215
-
- VI. ASBYTE. 247
-
- VII. LAS MURALLAS DE SAGUNTO. 289
-
- VIII. ROMA. 319
-
- IX. LA CIUDAD HAMBRIENTA. 353
-
- X. LA ÚLTIMA NOCHE. 385
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's Sónnica la cortesana, by Vicente Blasco Ibáñez
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK SÓNNICA LA CORTESANA ***
-
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-
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-
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-Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
-of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
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-States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
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-obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm
-trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
-with the permission of the copyright holder, your use and distribution
-must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
-additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
-will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works
-posted with the permission of the copyright holder found at the
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-
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-License terms from this work, or any files containing a part of this
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-prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
-active links or immediate access to the full terms of the Project
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- Sónnica la cortesana, by Vicente Blasco Ibañez&mdash;A Project Gutenberg eBook
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-<pre>
-
-The Project Gutenberg EBook of Sónnica la cortesana, by Vicente Blasco Ibáñez
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
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-
-Title: Sónnica la cortesana
- Novela
-
-Author: Vicente Blasco Ibáñez
-
-Release Date: February 18, 2020 [EBook #61438]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK SÓNNICA LA CORTESANA ***
-
-
-
-
-Produced by Ramón Pajares Box and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images generously made available by The
-Internet Archive/Canadian Libraries)
-
-
-
-
-
-
-</pre>
-
-
-<div class="front">
- <hr class="full" />
- <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p>
- <p><a href="#ToC">Índice</a></p>
-</div>
-
-<div class="screenonly">
- <hr class="chap" />
- <div class="figcenter">
- <img class="thin"
- src="images/cover.jpg"
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- </div>
-</div>
-
-<div class="aftit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_1">[p. 1]</span></p>
- <h1 class="ws1">SÓNNICA LA CORTESANA</h1>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-<div class="chapter pt3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_2">[p. 2]</span></p>
- <p class="fs130 ws1 centra">OBRAS DEL AUTOR</p>
- <hr class="sep" />
-
- <p class="centra fs90 mt2">NOVELAS</p>
- <ul class="obras">
- <li>Arroz y tartana (3.ª edición).</li>
- <li>Flor de Mayo (3.ª edición).</li>
- <li>La Barraca (4.ª edición. Ilustrada).</li>
- <li>Entre naranjos (4.ª edición).</li>
- </ul>
-
- <p class="centra fs90 mt2">CUENTOS</p>
- <ul class="obras">
- <li>Cuentos valencianos (2.ª edición).</li>
- <li>La Condenada.</li>
- <li>Cuentos grises (Biblioteca selecta).</li>
- <li>Á la sombra de la higuera (Biblioteca Diamante).</li>
- <li>La Cencerrada (Colección Mignon).</li>
- </ul>
-
- <p class="centra fs90 mt2">VIAJES</p>
- <ul class="obras">
- <li>París (agotada).</li>
- <li>En el país del Arte.</li>
- </ul>
-
- <p class="centra fs90 mt2">NOVELAS EN PREPARACIÓN</p>
- <ul class="obras">
- <li>Cañas y barro.</li>
- <li>La señora Vicenta.</li>
- </ul>
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-<div class="tit">
- <p><span class="pagenum" id="Page_3">[p. 3]</span></p>
- <p class="fs130 ws1">VICENTE BLASCO IBÁÑEZ</p>
- <hr class="sep0" />
- <p class="iz fs350 mt05"><b>Sónnica</b></p>
- <p class="dr fs350 ws1"><b>la cortesana</b></p>
- <p class="fs110 g2 mt2">— NOVELA —</p>
- <p class="fs80 g1 ws1 mt3">CUARTA EDICIÓN</p>
-
- <div class="figcenter mt3">
- <img src="images/logo.jpg"
- alt="Logotipo del editor" />
- </div>
-
- <p class="g1 mt2">F. SEMPERE, EDITOR</p>
- <p class="g2 ws1 mt05 smcall">PINTOR SOROLLA, 30 Y 32</p>
- <p class="g1 mt05">VALENCIA</p>
-</div>
-
-
-<div class="aftit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_4">[p. 4]</span></p>
- <p class="ws1 bt">Imprenta de EL PUEBLO.—Pascual y Genís, 3 Valencia</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_5">[p. 5]</span></p>
- <p class="fs130 ws1 centra">SÓNNICA LA CORTESANA</p>
- <hr class="sep0" />
- <h2 class="nobreak" title="I. El templo de Afrodita">I</h2>
- <p class="subh2">El templo de Afrodita</p>
-</div>
-
-<p>Cuando la nave de Polyantho, piloto saguntino, llegó frente al
-puerto de su patria, ya los marineros y pescadores, con la vista
-aguzada por las distancias del mar, habían reconocido su vela teñida
-de azafrán y la imagen de la Victoria, con las alas extendidas y una
-corona en la diestra, llenando todo el filo de la proa, hasta mojar sus
-pies en las ondas.</p>
-
-<p>—Es la nave de Polyantho: la <i>Victoriata</i>, que vuelve de Gades y
-Cartago-Nova.</p>
-
-<p>Y para verla mejor, se agolpaban en el pretil de piedra que cerraba
-los tres lagos del puerto de Sagunto, puestos en comunicación con el
-mar por un largo canal.</p>
-
-<p>Los terrenos bajos y pantanosos, cubiertos de carrizales y
-enmarañadas plantas acuáticas, ex<span class="pagenum" id="Page_6">p.
-6</span>tendíanse hasta el golfo Sucronense, que cerraba el horizonte
-con su curva faja azul, sobre la cual resbalaban como moscas los
-barquichuelos de los pescadores. La nave avanzaba lentamente hacia la
-embocadura del puerto. La vela roja palpitaba con los soplos de la
-brisa sin lograr hincharse, y la triple fila de remos comenzó á moverse
-en sus flancos, haciéndola encabritarse sobre las espumas que cerraban
-la entrada del canal.</p>
-
-<p>Caía la tarde. En una altura inmediata al puerto, el templo de Venus
-Afrodita reflejaba en la pulida superficie de su frontón el fuego del
-sol poniente. Una atmósfera de oro envolvía la columnata y los muros
-de mármol azul, como si el padre del día, al alejarse, saludase con
-un beso de luz á la diosa de las aguas. La cadena de montes obscuros,
-cubiertos de pinos y matorrales, extendíase en gigantesco semicírculo
-frente al mar, cerrando el fértil valle del agro saguntino, sus blancas
-villas, sus torres campestres y sus aldeas surgiendo entre las masas
-verdes de los campos. En el otro extremo de la montuosa barrera,
-esfumada por la distancia y el vapor de la tierra, veíase la ciudad,
-la antigua Zazintho, con el caserío oprimido en la falda del monte por
-murallas y torreones: y en lo alto la Acrópolis, los ciclópeos muros,
-sobre los cuales destacábanse las techumbres de los templos y edificios
-públicos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span>Reinaba en el puerto la
-agitación del trabajo. Dos naves de Marsella cargaban vino en la laguna
-grande; una de Liburnia hacía acopio de barros saguntinos y de higos
-secos para venderlos en Roma; y una galera de Cartago guardaba en sus
-entrañas grandes barras de plata traídas de las minas de la Celtiberia.
-Otras naves, con las velas plegadas y las filas de remos caídas en sus
-costados, permanecían inmóviles junto al malecón, como grandes pájaros
-dormidos, balanceando dulcemente sus proas de cabeza de cocodrilo ó de
-caballo, usadas por la marina de Alejandría, ú ostentando en el tajamar
-un espantable enano rojo, semejante al que adornaba la nave del fenicio
-Cadmus en sus asombrosas correrías por los mares.</p>
-
-<p>Los esclavos, encorvados bajo el peso de ánforas, fardos y
-lingotes, sin otra vestidura que un cinturón lumbar y una caperuza
-blanca, al aire la atormentada y sudorosa musculatura, pasaban en
-incesante rosario por las tablas tendidas desde el pretil á las naves,
-trasladando al cóncavo vientre de éstas las mercancías amontonadas en
-el muelle.</p>
-
-<p>En medio del gran lago central alzábase una torre guardando la
-entrada del puerto; una robusta fábrica que hundía sus sillares en las
-aguas más profundas. Amarrada á las anillas que adornaban sus muros,
-balanceábase una nave de guerra, una <i>libúrnica</i> alta de popa, la<span
-class="pagenum" id="Page_8">p. 8</span> proa de cabeza de carnero,
-plegada la vela de grandes cuadros, un castillo almenado junto al
-mástil, y en las bordas, formando doble fila, los escudos de los <i
-xml:lang="la" lang="la">classiari</i>, soldados destinados á los combates
-marítimos. Era una nave romana que al amanecer el día siguiente había
-de llevarse á los embajadores enviados por la gran República para
-mediar en las turbulencias que agitaban Sagunto.</p>
-
-<p>En el segundo lago —una tranquila plaza de agua donde se construían
-y reparaban las embarcaciones— sonaban los mazos de los calafates sobre
-la madera. Como monstruos enfermos veíanse las galeras desarboladas,
-tendidas de costado en la ribera, mostrando por los rasguños de sus
-flancos el fuerte costillaje ó la embreada negrura de sus entrañas.
-Y en el tercer lago, el más pequeño y de aguas sucias, anclaban
-las barcas de los pescadores, revoloteaban en caprichoso tropel
-las gaviotas, abatiéndose sobre los despojos que flotaban á ras de
-la superficie; y en la orilla agolpábanse mujeres, viejos y niños,
-esperando la llegada de las barcas con pescado del golfo Sucronense,
-que era vendido en el interior á las tribus más avanzadas de la
-Celtiberia.</p>
-
-<p>La llegada de la nave saguntina había apartado de sus quehaceres á
-toda la gente del puerto. Los esclavos trabajaban con lentitud, viendo
-á sus vigilantes distraídos por la entrada de la<span class="pagenum"
-id="Page_9">p. 9</span> nave; y hasta los calmosos ciudadanos que
-sentados en el malecón, caña en mano, intentaban cautivar las gruesas
-anguilas del lago, olvidaban la pesca para seguir con su mirada el
-avance de la <i>Victoriata</i>. Ya estaba en el canal. No se veía su
-casco. El mástil, con la vela inmóvil, pasaba por encima de los altos
-cañaverales que bordeaban la entrada del puerto.</p>
-
-<p>Reinaba el silencio de la tarde, interrumpido por el monótono canto
-de las innumerables ranas albergadas en las tierras pantanosas y el
-parloteo de los pájaros que revoloteaban en los olivares inmediatos
-al Fano de Afrodita. Los martillazos del arsenal sonaban cada vez más
-lentos: la gente del puerto callaba, siguiendo la marcha de la nave
-de Polyantho. Al salvar la <i>Victoriata</i> la aguda revuelta del canal,
-asomó en el puerto la dorada imagen de la proa y los primeros remos,
-enormes patas rojas, apoyándose en la tersa superficie con una fuerza
-que levantaba espumas.</p>
-
-<p>La muchedumbre, entre la que se agitaban las familias de los
-marineros, prorrumpió en aclamaciones al entrar la nave en el
-puerto.</p>
-
-<p>—¡Salud, Polyantho! ¡Bienvenido, hijo de Afrodita!... ¡Que Sónnica
-tu señora te colme de bienes!</p>
-
-<p>Los muchachos desnudos, de piel tostada, se arrojaban de cabeza á
-la laguna, nadando como un tropel de pequeños tritones en torno de la
-nave.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_10">p. 10</span>La gente del puerto
-alababa á su compatriota Polyantho, encareciendo su habilidad. Nada
-faltaba en su nave: bien podía estar satisfecha de su liberto la rica
-Sónnica. En la punta más avanzada del buque, el <i>proreta</i>, inmóvil como
-una estatua, escrutando con rápida mirada para avisar la presencia
-de obstáculos: la marinería, desnuda, encorvando sobre los remos las
-sudorosas espaldas que relucían al sol; y en lo más alto de la popa, el
-<i xml:lang="la" lang="la">gubernator</i>, el mismo Polyantho, insensible
-al cansancio, envuelto en una amplia tela roja, en la diestra el
-gobernalle del timón y en la otra mano un cetro blanco que agitaba
-acompasadamente, marcando el movimiento á los remeros. Junto al mástil
-agrupábanse hombres de extraños trajes, mujeres inmóviles arrebujadas
-en amplios mantos.</p>
-
-<p>La nave resbaló por el puerto como un insecto enorme, abriendo las
-aguas silenciosas y muertas con la proa que poco antes atormentaban las
-olas del golfo.</p>
-
-<p>Al anclar junto al malecón y echar el puente de tablas, los remeros
-tuvieron que repeler á palos á la multitud, que se empujaba queriendo
-penetrar en la nave.</p>
-
-<p>El piloto daba órdenes desde la popa: su roja envoltura iba de un
-lado á otro como una mancha inflamada por el sol poniente.</p>
-
-<p>—¡Eh, Polyantho!... Bienvenido seas, navegante. ¿Qué es lo que
-traes?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span>El piloto vió en
-la orilla á dos jóvenes á caballo. El que le hablaba iba envuelto en
-un manto blanco: una de sus puntas le cubría la cabeza, dejando al
-descubierto la barba rizada en bucles y lustrosa de perfumes. El otro
-oprimía los lomos del corcel con sus piernas desnudas y fuertes; vestía
-el <i xml:lang="la" lang="la">sagum</i> de los celtíberos, una corta
-túnica de lana, sobre la cual saltaba su ancha espada suspendida del
-hombro; y su cabellera desgreñada é hirsuta lo mismo que su barba,
-encuadraban un rostro varonil y tostado.</p>
-
-<p>—¡Salud, Lacaro; salud, Alorco! —contestó el piloto, con expresión
-de respeto—. ¿Veréis á Sónnica mi ama?</p>
-
-<p>—Esta misma noche —contestó Lacaro—. Cenamos en su casa de campo...
-¿Qué traes?</p>
-
-<p>—Decidla que traigo plomo argentífero de Cartago-Nova y lana de la
-Bética. Excelente viaje.</p>
-
-<p>Los dos jóvenes tiraron de las riendas á sus caballos.</p>
-
-<p>—¡Ah! esperad —añadió Polyantho—. Decidla también que no olvidé su
-encargo. Aquí traigo lo que tanto deseáis: las danzarinas de Gades.</p>
-
-<p>—Todos te lo agradecemos —dijo Lacaro riendo—. ¡Salve, Polyantho;
-que Neptuno te sea propicio!</p>
-
-<p>Y los dos jinetes partieron al galope, perdiéndose entre las chozas
-agrupadas al pie del templo de Afrodita.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span>Mientras tanto, uno
-de los pasajeros de la nave salió de ésta, abriéndose paso entre la
-multitud agolpada frente al buque. Era un griego: todos conocieron
-su origen en el <i>pileos</i> que cubría su cabeza; un casquete cónico de
-cuero, semejante al de Ulises en las pinturas griegas. Vestía una
-túnica obscura y corta, ajustada sobre los riñones por una correa, de
-la que pendía una bolsa. La clámide, que no llegaba á sus rodillas,
-estaba sujeta sobre el hombro derecho por un broche de cobre; unos
-zapatos de correas usadas y polvorientas cubrían sus desnudos pies, y
-sus brazos membrudos y cuidadosamente depilados se apoyaban al quedar
-inmóvil en un gran dardo que casi era una lanza. Los cabellos, cortos
-y rizados en gruesos bucles, se escapaban por debajo del <i>pileos</i>,
-formando una hueca corona en torno de su cabeza. Eran negros, pero
-brillaban en ellos algunas canas, así como en la barba ancha y corta
-que rodeaba su rostro. Llevaba el labio superior cuidadosamente
-afeitado, á usanza ateniense.</p>
-
-<p>Era un hombre fuerte y ágil, en plena virilidad sana y robusta.
-En sus ojos, de mirada irónica, había algo de ese fuego que revela á
-los hombres nacidos para la lucha y el mando. Caminaba con soltura
-por aquel puerto desconocido, como viajero habituado á toda clase de
-contrastes y sorpresas.</p>
-
-<p>El sol comenzaba á ocultarse, y las faenas del<span class="pagenum"
-id="Page_13">p. 13</span> puerto habían cesado, retirándose lentamente
-la muchedumbre que ocupaba los muelles. Pasaban junto al extranjero
-los rebaños de esclavos limpiándose el sudor y dilatando sus miembros
-doloridos. Guiados por el palo de sus guardianes, iban á encerrarse
-hasta la mañana siguiente en las cuevas del monte inmediato ó en los
-molinos de aceite, más allá de las tabernas de marineros, hospederías y
-lupanares, que agrupaban sus muros de tierra y sus techos de tablas al
-pie de la colina de Afrodita como un complemento del puerto.</p>
-
-<p>Los comerciantes retirábanse también en busca de sus caballos y
-carros para trasladarse á la ciudad. Pasaban en grupos consultando las
-apuntaciones de sus tablillas y discutiendo las operaciones del día.
-Sus diversos tipos, trajes y actitudes, delataban la gran mezcla de
-razas de Zazintho, ciudad comercial, á la que de antiguo afluían las
-naves del Mediterráneo, y cuyo tráfico luchaba con el de Ampurias y
-Marsella. Los mercaderes asiáticos y africanos que recibían el marfil,
-las plumas de avestruz y las especias y perfumes para los ricos de la
-ciudad, se distinguían por su paso majestuoso, las túnicas con flores
-y pájaros de oro, los verdes borceguíes, las altas tiaras llenas de
-bordados y la barba descendiendo sobre el pecho en ondas horizontales
-de menudos rizos. Los griegos charlaban y reían con incesante
-movilidad, tomando á<span class="pagenum" id="Page_14">p. 14</span>
-broma sus negocios y abrumando con sus palabras á los exportadores
-iberos, graves, barbudos, huraños, vestidos de lana burda, y que
-con su silencio, parecían protestar de aquel chaparrón de inútiles
-palabras.</p>
-
-<p>Los muelles quedaban desiertos por momentos. Toda su vida afluía al
-camino de la ciudad, donde, entre nubes de polvo, galopaban caballos,
-rodaban carros y pasaban con menudo trote los borriquillos africanos,
-llevando en sus lomos algún ciudadano corpulento sentado como una
-mujer.</p>
-
-<p>El griego seguía lentamente por el muelle tras dos hombres vestidos
-con túnica corta, borceguíes y un sombrerillo cónico de alas caídas,
-semejante al de los pastores helenos. Eran dos artesanos de la ciudad.
-Habían pasado el día pescando y volvían á sus casas, mirando con mal
-disimulado orgullo sus cestas, en cuyo fondo coleaban unos cuantos
-barbos, revueltos con delgadas anguilas. Hablaban en ibero, mezclando
-á cada punto en su conversación palabras griegas y latinas. Era el
-lenguaje usual de aquella antigua colonia, en continuo contacto por
-el comercio con los principales pueblos de la tierra. El griego, al
-seguirles por el muelle, atendía á su conversación con la curiosidad de
-un extranjero.</p>
-
-<p>—Vendrás en mi carro, amigo —decía uno de ellos—. En la hostería de
-Abiliana tengo mi asno,<span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span>
-que, como sabes, es la envidia de mis vecinos. Aún llegaremos á la
-ciudad antes que cierren las puertas.</p>
-
-<p>—Mucho te lo agradezco, vecino. No es prudente caminar solo, cuando
-pululan en nuestros campos los aventureros que tomamos á sueldo para
-las guerras con los turdetanos, y toda la mala gente huída de la ciudad
-después de las últimas revueltas. Anteayer, ya sabes que apareció en un
-camino el cadáver de Acteio, el barbero del Foro. Le asesinaron para
-robarle cuando volvía al anochecer de su casita del campo.</p>
-
-<p>—Ahora dicen que viviremos más tranquilos, después de la
-intervención de los romanos. Los legados de Roma han hecho cortar unas
-cuantas cabezas y afirman que con esto tendremos paz.</p>
-
-<p>Detuviéronse los dos un instante y volvieron la cabeza para mirar la
-<i>libúrnica</i> romana, que apenas si se veía junto á la torre del puerto,
-envuelta en las sombras de la noche. Después siguieron caminando con
-lentitud, como si reflexionasen.</p>
-
-<p>—Ya sabes —continuó uno de ellos— que no soy más que un zapatero
-que tiene su tienda cerca del Foro y ha podido reunir un saco de
-<i>victoriatos</i> de plata para darse una vejez tranquila y pasar la tarde
-en el puerto con la caña en la mano. No sé lo que esos retóricos que
-se pasean por fuera de la muralla de la ciudad, disputando<span
-class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> y gritando como Furias, ni
-pienso como los filósofos que se agrupan en los pórticos del Foro para
-reñir, entre las burlas de los comerciantes, por si tiene más razón
-éste ó aquél de los hombres que allá en Atenas se ocupan de tales
-cosas. Pero con toda mi ignorancia, yo me pregunto, vecino: ¿por qué
-estas luchas entre hombres que vivimos en la misma ciudad y debemos
-tratarnos como buenos hermanos?... ¿Por qué?</p>
-
-<p>Y el camarada del zapatero contestaba con fuertes cabezadas de
-asentimiento.</p>
-
-<p>—Yo comprendo —continuó el artesano— que de vez en cuando estemos en
-guerra con nuestros vecinos los turdetanos. Unas veces por cuestión de
-riegos, otras por los pastos, y las más por los límites del territorio
-y por impedirles que disfruten de este hermoso puerto, comprendo que
-se armen los ciudadanos, que busquen la pelea y salgan á arrasarles
-los campos y quemarles las chozas. Al fin esa gente no es de nuestra
-raza, y así es como se hace respetar una gran ciudad. Además, la guerra
-proporciona esclavos que muchas veces escasean; y sin esclavos ¿qué
-haríamos los hombres... los ciudadanos?</p>
-
-<p>—Yo soy más pobre que tú, vecino —dijo el otro pescador—. El hacer
-sillas de caballo no me produce tanto como á tí los zapatos; pero mi
-pobreza me permite tener un esclavo turdetano, que me ayuda mucho, y
-quiero la guerra porque aumenta considerablemente mi trabajo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span>—La guerra con
-los vecinos; sea en buena hora. La juventud se fortalece y busca
-distinguirse; la república adquiere importancia, y todos, después de
-correr por valles y montes, compran zapatos y hacen componer las sillas
-de sus caballos. Muy bien; así marchan los negocios. ¿Pero por qué
-estamos hace más de un año convirtiendo el Foro en campo de batalla y
-cada calle en una fortaleza? Á lo mejor estás en tu tienda encareciendo
-á una ciudadana la elegancia de unas sandalias de papiro á la moda
-asiática, ó de unos coturnos griegos de gran majestad, cuando oyes en
-la inmediata plaza choque de armas, gritos, exclamaciones de muerte,
-y ¡á cerrar en seguida la puerta para que un dardo perdido no te deje
-clavado en tu asiento! ¿Y por qué? ¿Qué motivo existe para vivir como
-perros y gatos en el seno de esta Zazintho, tan tranquila y laboriosa
-antes?</p>
-
-<p>—La soberbia y la riqueza de los griegos... —comenzó á decir el
-compañero.</p>
-
-<p>—Sí; ya conozco esa razón. El odio entre iberos y griegos; la
-creencia de que éstos, por sus riquezas y sabiduría, dominan y explotan
-á aquéllos... ¡Como si en la ciudad existiesen realmente iberos y
-griegos!... Iberos son los que están detrás de esas montañas que nos
-cierran el horizonte; griego es ese que hemos visto desembarcar y
-viene tras de nuestros pasos; pero nosotros no somos más que hijos de
-Zazintho ó de<span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span> Sagunto,
-como quieran llamar á nuestra ciudad. Somos el resultado de mil
-encuentros por tierra y por mar, y Júpiter se vería apurado para decir
-quiénes fueron nuestros abuelos. Desde que á Zazintho le mordió la
-serpiente en esos campos y nuestro padre Hércules levantó los grandes
-muros de la Acrópolis, ¿quién puede marcar las gentes que aquí han
-venido y aquí se han quedado, á pesar de que otros llegaron después
-para arrebatarles el dominio de los campos y las minas? Aquí vinieron
-las gentes de Tiro con sus naves de vela roja en busca de la plata
-del interior; los marineros de Zante huyendo con sus familias de los
-tiranos de su país; los rótulos de Ardea, gentes de Italia, que eran
-poderosas en los tiempos en que aún no existía Roma; cartagineses de la
-época en que pensaban más en el comercio que en las armas... ¡y qué sé
-yo cuántas gentes más! Hay que oirlo á los pedagogos cuando explican
-la historia en el pórtico del templo de Diana. Yo mismo, ¿sé acaso si
-soy griego ó ibero? Mi abuelo fué un liberto de Sicilia que vino para
-encargarse de una fábrica de alfarería y se casó con una celtíbera del
-interior. Mi madre era una lusitana que llegó en una expedición para
-vender oro en polvo á unos mercaderes de Alejandría. Yo me limito á ser
-saguntino como los demás. Los que se consideran iberos en Sagunto creen
-en los dioses de los griegos; los griegos adoptan<span class="pagenum"
-id="Page_19">p. 19</span> sin sentirlo muchas costumbres ibéricas;
-se creen diferentes porque han partido en dos á la ciudad y viven
-separados; pero sus fiestas son las mismas, y en las próximas Panatheas
-verás juntas con las hijas de los comerciantes helenos á las de esos
-ciudadanos que cultivan la tierra, visten de paño burdo y se dejan
-crecer la barba para semejarse más á las tribus del interior.</p>
-
-<p>—Sí, pero los griegos todo lo invaden, son los dueños de todo, se
-han apoderado de la vida de la ciudad.</p>
-
-<p>—Son los más sabios, los más audaces; tienen algo de divino en sus
-personas —dijo sentenciosamente el zapatero—. Fíjate si no en ese
-que viene detrás de nosotros. Va vestido pobremente; tal vez en su
-bolsa no tiene dos óbolos para cenar; puede que duerma á cielo raso,
-y sin embargo, parece Zeus que haya bajado disfrazado del cielo para
-visitarnos.</p>
-
-<p>Los dos artesanos volvieron la vista instintivamente para mirar al
-griego; y siguieron adelante. Habían llegado junto á las chozas que
-formaban una animada población en torno del puerto.</p>
-
-<p>—Hay otra razón —dijo el talabartero— para la guerra que nos divide.
-No es el odio únicamente entre griegos é iberos; es que unos quieren
-que seamos amigos de Roma y otros de Cartago.</p>
-
-<p>—Ni con unos ni con otros —dijo sentenciosa<span class="pagenum"
-id="Page_20">p. 20</span>mente el zapatero—. Tranquilos y comerciando
-como en otros tiempos, es como mejor prosperaríamos. El habernos
-llevado á la amistad con Roma, es lo que yo reprocho á los griegos de
-Sagunto.</p>
-
-<p>—Roma es la vencedora.</p>
-
-<p>—Sí, pero está muy lejos, y los cartagineses están casi á nuestras
-puertas. Sus tropas de Cartago-Nova pueden venir aquí en unas cuantas
-jornadas.</p>
-
-<p>—Roma es nuestra aliada y nos protege. Sus legados, que parten
-mañana, han dado fin á nuestras revueltas, decapitando á los ciudadanos
-que turbaban la paz de la ciudad.</p>
-
-<p>—Sí; pero esos ciudadanos eran amigos de Cartago y antiguos
-protegidos de Hamílcar. Hanníbal no olvidará fácilmente á los amigos de
-su padre.</p>
-
-<p>—¡Bah! Cartago quiere paz y mucho comercio para enriquecerse.
-Después de su fracaso de Sicilia, teme á Roma.</p>
-
-<p>—Temerán los senadores, pero el hijo de Hamílcar es muy joven, y á
-mí me dan miedo esos muchachos convertidos en caudillos, que olvidan el
-vino y el amor para soñar sólo con la gloria.</p>
-
-<p>El griego no pudo oir más. Los dos artesanos habían desaparecido
-entre las chozas, y el eco de su disputa se perdió á lo lejos.</p>
-
-<p>El extranjero se vió completamente solo en aquel puerto desconocido.
-Los muelles estaban<span class="pagenum" id="Page_21">p. 21</span>
-desiertos; comenzaban á brillar algunos faroles en las popas de las
-naves, y á lo lejos, sobre las aguas del golfo, se elevaba la luna
-como un disco enorme de color de miel. Únicamente en el pequeño puerto
-de los pescadores, había alguna animación. Las mujeres, desnudas
-de cintura arriba, y oprimiendo entre las piernas el guiñapo que
-les servía de túnica, se metían en el agua hasta las rodillas para
-lavar el pescado, y colocándolo después en anchas cestas sobre su
-cabeza, emprendían la marcha, arrastrando á sus pequeñuelos panzudos
-y en cueros. De las naves, inmóviles y silenciosas, salían grupos
-de hombres que se encaminaban á la población miserable extendida al
-pie del templo. Eran marineros que iban en busca de las tabernas y
-lupanares.</p>
-
-<p>El griego conocía bien aquellas costumbres. Era un puerto igual á
-los muchos que había visto. El templo en lo alto para servir de guía al
-navegante; y abajo el vino á punto, el amor fácil y la riña sangrienta,
-como terminación de la fiesta. Pensó un momento en emprender la marcha
-á la ciudad; pero estaba muy lejos, desconocía el camino, y prefirió
-quedarse allí, durmiendo en cualquier parte hasta que saliera el
-sol.</p>
-
-<p>Había entrado en los tortuosos callejones que formaban las chozas
-construídas al azar, como si hubieran caído en tropel del cielo,
-con sus paredes de tierra y techumbres de paja y cañas, con<span
-class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span> estrechos tragaluces, y sin
-otra puerta que unos cuantos harapos recosidos ó un tapiz deshilachado.
-En algunas, de exterior menos miserable, vivían los modestos
-traficantes del puerto, los que servían las vituallas á las naves, los
-corredores de granos y los que, ayudados por algunos esclavos, traían
-los toneles de agua desde las fuentes del valle á las embarcaciones.
-Pero la mayoría de las casuchas eran tabernas, hospederías y
-lupanares.</p>
-
-<p>Algunas casas tenían junto á las puertas inscripciones en griego, en
-ibero y en latín, pintadas con almazarrón.</p>
-
-<p>El griego oyó que le llamaban. Era un hombrecillo gordo y calvo que
-le hacía señas desde la puerta de su vivienda.</p>
-
-<p>—Salud, hijo de Atenas —decía para halagarle con el nombre de
-la ciudad más famosa de la Grecia—. Pasa adelante; estarás entre
-los tuyos, pues también mis ascendientes vinieron de allá. Mira la
-muestra de mi taberna, «<i>Á Palas Athenea</i>». Aquí encontrarás el vino
-de Laurona, tan excelente como los de la Ática: si quieres probar
-la cerveza celtíbera, también la tengo, y hasta si lo deseas, puedo
-servirte cierto frasco de vino de Samos, tan auténtico como la diosa de
-Atenas que adorna mi mostrador.</p>
-
-<p>El griego contestó con una sonrisa y un movimiento negativo, casi al
-mismo tiempo que el tabernero locuaz se introducía en su tugurio,<span
-class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span> levantando el tapiz para
-dejar paso á un grupo de marineros.</p>
-
-<p>Á los pocos pasos volvió á detenerse, atraído por un silbido tenue
-que parecía llamarle desde el fondo de una cabaña. Una vieja arrebujada
-en un manto negro, le hacía señas desde la puerta. En el interior,
-á la luz de una lámpara de barro colgada de una cadenilla, veíanse
-varias mujeres en cuclillas sobre esteras, en la actitud de bestias
-resignadas, sin otra vida que la sonrisa inmóvil que hacía brillar sus
-dientes.</p>
-
-<p>—Voy de prisa, buena madre —dijo el extranjero riendo.</p>
-
-<p>—Detente, hijo de Zeus —contestó la vieja en idioma heleno,
-desfigurado por la dureza de su acento y el silbido de su respiración
-entre las encías desdentadas—. Al momento conocí que eres griego. Todos
-los de tu país sois alegres y hermosos: tú pareces Apolo, buscando á
-sus celestes hermanas. Entra; aquí las encontrarás...</p>
-
-<p>Y acercándose al extranjero para cogerle la orla de la clámide,
-enumeraba todos los encantos de sus pupilas iberas, baleares ó
-africanas; unas majestuosas y grandes como Juno, otras pequeñas y
-graciosas como las hetarias de Alejandría y Grecia; y al ver que el
-parroquiano se desasía y continuaba su camino, la vieja levantaba
-la voz, creyendo no haber acertado su gusto, y hablaba de jóvenes
-blancos y de luenga cabellera, hermosos como los muchachuelos si<span
-class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span>rios que se disputaban los
-elegantes de Atenas.</p>
-
-<p>El griego había salido del tortuoso callejón, y todavía escuchaba la
-voz de la vieja, que parecía embriagarse impúdicamente con sus infames
-pregones. Estaba en el campo, al principio del camino de la ciudad.
-Tenía á su derecha la colina del templo, y al pie de ella, delante de
-la escalinata, vió una casa más grande que las otras, una hostería con
-la puerta y las ventanas iluminadas con lámparas de barro rojo.</p>
-
-<p>Dentro, sentados en los poyos, veíanse marineros de todos los
-países, pidiendo de comer en lenguas distintas. Soldados romanos con su
-coselete de escamas de bronce, la corta espada pendiente del hombro,
-y á sus pies el casco, rematado por una cimera de rojas crines en
-forma de cepillo; remeros de Marsella casi desnudos, con el cuchillo
-medio oculto entre los pliegues del trapo anudado á sus riñones;
-marineros fenicios y cartagineses con ancho pantalón, alto gorro en
-forma de mitra y pesados pendientes de plata; negros de Alejandría,
-atléticos y de torpes movimientos, enseñando al sonreir sus agudos
-dientes, que hacían pensar en espantosas escenas de antropofagia;
-celtíberos é iberos, de sombrío traje y enmarañada cabellera, mirando
-recelosos á todos lados y llevando instintivamente la mano á la ancha
-cuchilla; algunos hombres rojos de las Galias, con luengos mosta<span
-class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span>chos y las encendidas crines
-anudadas y caídas sobre el cogote; gente, en fin, llevada y traída
-por los azares de la guerra y del mar, de un punto á otro del mundo
-conocido; un día guerreros victoriosos y al otro esclavos; tan pronto
-marineros como piratas; sin ley ni nacionalidad; sin otro respeto que
-el miedo al jefe de la nave, pronto á ordenar los azotes y la cruz;
-sin más religión que la de la espada y los músculos; llevando en las
-heridas que cubrían sus cuerpos, en las largas cicatrices que surcaban
-sus músculos, en las orejas cortadas cubiertas por las sucias greñas,
-un pasado misterioso de horrores.</p>
-
-<p>Comían de pie junto al mostrador, tras el cual se alineaban las
-ánforas con sus tapones de frescas hojas; otros, sentados en los
-bancos de mampostería á lo largo de las paredes, sostenían sobre sus
-rodillas el plato de barro. Los más se habían tendido sobre el vientre
-en el suelo, como fieras que se reparten la presa, y avanzaban sobre
-los grandes platos sus garras vellosas, crujiéndoles las mandíbulas
-entre palabra y palabra. Aún no se derramaba el vino ni habían pedido
-la presencia de mujeres. Comían y bebían con apetito de ogros,
-atormentados por la escasez de las largas travesías y extenuados
-moralmente por la brutal disciplina de las naves.</p>
-
-<p>Viéndose amontonados en un estrecho espacio, apestados por el humo
-de las lámparas y los<span class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span>
-vapores de los platos, sentían la necesidad de comunicarse; y entre
-bocado y bocado, cada cual hablaba á su vecino sin reparar en la
-diferencia de idioma, acabando por entenderse todos en una lengua
-compuesta de más gestos que palabras. Un cartaginés relataba á un
-griego su último viaje á las islas del Mar Grande, más allá de las
-columnas de Hércules, por un mar gris y cubierto de nieblas, hasta
-llegar á unas abruptas costas, sólo conocidas por los pilotos de su
-país, donde se encontraba el estaño. Más allá, un negro, con grotesca
-mímica, contaba á dos celtíberos una excursión á lo largo del mar Rojo,
-hasta llegar á misteriosas playas, desiertas de día, pero cubiertas de
-noche por movibles fuegos y habitadas por hombres velludos y ágiles
-como monos, cuyas pieles, rellenas de paja, se llevaban á los templos
-de Egipto para ofrecerlas á los dioses. Los soldados romanos más
-viejos, contaban su gran victoria de las islas Egatas, que arrojó á
-los cartagineses de Sicilia, terminando la guerra; y no les importaba,
-en su insolencia de vencedores, la presencia de los humillados
-cartagineses que los escuchaban. Los pastores iberos, mezclados entre
-los navegantes, querían aminorar el efecto de las aventuras marítimas
-y hablaban de los caballos de la tribu y de sus prodigios de rapidez,
-mientras algún griego pequeño, vivaracho y mordaz, para anonadar á
-los bárbaros y demostrar la superioridad de su raza, rompía á<span
-class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span> declamar fragmentos de alguna
-oda aprendida en el puerto de Pireo ó entonaba una melopea lenta y
-dulce que se perdía entre el rumor de las conversaciones, el crujido de
-mandíbulas y el choque de los platos.</p>
-
-<p>Pedían más luz: cada vez se hacía más densa la atmósfera humosa de
-la hostería, y las llamas de las lámparas se marcaban apenas como gotas
-de sangre sobre las paredes negras de hollín. De la inmediata cocina
-llegaba un vaho de salsas picantes y leña humosa, que hacía llorar y
-toser á muchos parroquianos. Algunos estaban ebrios á poco de comenzar
-la comida, y pedían coronas de flores á los esclavos para adornarse
-como en los banquetes de los ricos. Otros aplaudían con rugidos al
-ver cómo se iluminaba el antro con el resplandor sangriento de las
-teas que encendía el dueño. Los esclavos agitábanse tras el mostrador
-de piedra, volcando las grandes ánforas, y corrían á la cocina para
-salir inmediatamente rojos de asfixia, sosteniendo los grandes platos.
-Esparcíase el vino por el suelo al volcarse una crátera, y de vez
-en cuando, al asomar en las ventanas las pintadas caras de algunas
-rameras —<i>lobas</i> del puerto que esperaban el momento de hacer irrupción
-en la hostería—, los marineros las saludaban con grandes risotadas,
-imitando el aullido de la bestia cuyo nombre las servía de apodo, y
-arrojábanlas parte de su comida, que se disputaban ellas entre arañazos
-y chillidos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_28">p. 28</span>Los platos eran
-todos excitantes, propios para acompañar con un sorbo cada bocado. Los
-griegos comían caracoles nadando en salsa de azafrán; las sardinas
-frescas del golfo aparecían en rueda sobre los platos, festoneadas
-de hojas de laurel; las coronas de pájaros se servían cubiertas de
-salsa verde; los pastores iberos se contentaban con peces secos y
-queso duro; los romanos y galos devoraban grandes trozos de cordero
-chorreando sangre; presentábanse las anguilas de los lagos del puerto
-con adornos de huevos cocidos; y todos estos platos y otros más, iban
-cargados de sal, de pimienta, de hierbas de olor acre, á las cuales
-atribuían las más extrañas cualidades. Todos sentían la necesidad de
-gastar su dinero, de hartarse y rodar ebrios por el suelo, consolándose
-así de la dura vida de privaciones que les esperaba en los barcos.
-Los romanos que partían al día siguiente, habían cobrado las pagas
-atrasadas y querían dejar sus <i>sextercios</i> en el puerto de Sagunto;
-los cartagineses hablaban con orgullo de su República, la más rica
-del mundo, y los demás marineros elogiaban á sus patrones, siempre
-generosos cuando tocaban en aquel puerto, de excelentes negocios. El
-hostelero iba arrojando sin cesar en el fondo de una ánfora vacía
-monedas de todas clases, lo mismo de Zazintho, con la proa de nave y la
-Victoria volando sobre ella, como de Cartago, con el caballo legendario
-y los espantosos dioses kabiros<span class="pagenum" id="Page_29">p.
-29</span> ó de Alejandría, con el elegante perfil de los Ptolomeos.</p>
-
-<p>Los más burdos remeros sentían caprichos de potentado, la comezón
-de imitar durante una noche á los ricos para consolarse en los días
-de hambre con este recuerdo, y pedían ostras de Lucrino, que algunas
-naves traían en ánforas con agua de mar para los grandes comerciantes
-de Sagunto, ó el <i xml:lang="la" lang="la">oxigarum</i>, que los
-patricios de Roma pagaban á considerable precio; tripas de pescado
-salado preparadas con vinagre y especias que despertaban el apetito.
-El vino negro de Laurona y el de color de rosa del agro saguntino,
-parecían despreciables á los que tenían dinero. Despreciaban igualmente
-el de Marsella, hablando de la pez y el yeso con que lo preparaban, y
-pedían vinos de la Campania, Falerno, Massica ó Cecubo, que, á pesar
-de su precio, bebían en <i>cimbas</i>, vasos de barro saguntino en forma de
-barca, que contenían gran cantidad de líquido. Y junto con los platos
-calientes y la variedad de bebidas, desde la cerveza celtíbera á los
-vinos extranjeros, aquellos hombres devoraban grandes cantidades de
-verduras y frutas, hambrientos, por las largas permanencias en el mar,
-de los productos de los campos. Se arrojaban sobre los platos cubiertos
-de hongos, comían á puñados los rábanos aderezados con vinagre, los
-puerros, las acelgas y los ajos, y los montones de frescas lechugas de
-las huertas del agro<span class="pagenum" id="Page_30">p. 30</span>
-desaparecían, dejando cubierto el suelo de hojas verdes y sucias de
-tierra.</p>
-
-<p>El griego contemplaba este espectáculo desde la puerta, confundido
-con unos cuantos marineros que no encontraban sitio en la hostería.
-Á la vista del rudo banquete, el extranjero recordaba que no había
-comido desde por la mañana, cuando el encargado de los remeros de la
-nave de Polyantho le dió un pedazo de pan. La novedad del desembarco en
-una tierra desconocida, había hecho callar su estómago, acostumbrado
-á las privaciones; pero ahora, á la vista de tantos manjares, sentía
-el zarpazo del hambre, é instintivamente avanzaba un pie dentro de la
-hostería, retirándolo inmediatamente. ¿Para qué entrar? La bolsa que
-colgaba sobre su vientre contenía <i xml:lang="la" lang="la">papirus</i>
-atestiguando sus hechos pasados; tabletas para anotaciones que ayudasen
-su memoria: hasta guardaba en ella las pinzas de depilar y un peine,
-todos los menudos objetos de que no se despojaba un buen griego, amante
-del cuidado personal; pero por más que buscase en ella, no encontraría
-un óbolo. En la nave le habían admitido gratuítamente al verle
-vagabundo en los muelles de Cartago-Nova, porque el piloto respetaba
-á los griegos de la Ática; se veía solo y hambriento en un país
-desconocido, y si entraba en la hostería queriendo comer sin presentar
-dinero, le tratarían como un esclavo, arrojándole á palos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_31">p. 31</span>Atormentado por el
-vaho de las viandas y las salsas, prefirió huir, arrancándose á aquel
-suplicio de Tántalo; y al retroceder tropezó con un hombre alto, sin
-más traje que un <i xml:lang="la" lang="la">sagum</i> obscuro y unas
-sandalias con las correas cruzadas hasta las rodillas. Parecía un
-pastor celtíbero; pero el griego, al tropezarse con él y cruzar una
-rápida mirada, sintió la impresión de que no veía por primera vez
-aquellos ojos imperiosos, que hacían pensar en los del águila posada á
-los pies de Zeus.</p>
-
-<p>El griego levantó los hombros con indiferencia. Lo que deseaba era
-acallar el hambre, dormir si le era posible hasta la salida del sol. Y
-huyendo de aquella barriada miserable, iluminada y ruidosa, buscó un
-sitio donde descansar, y se encaminó al Fano de Afrodita. El templo,
-situado en lo alto de la colina, tenía una ancha escalinata de mármol
-azul, cuyo primer peldaño arrancaba del muelle.</p>
-
-<p>El griego se sentó en la pulida piedra proponiéndose esperar allí
-la llegada del día. La luna iluminaba toda la parte alta del templo;
-los ruidos de las casas del puerto llegaban hasta él amortiguados,
-confundidos y como arrollados al través de la gran calma de la noche,
-en la que se fundían el lejano murmullo del mar, el estremecimiento
-rumoroso de los olivares y el monótono canto de las ranas albergadas en
-las marismas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span>Varias veces oyó el
-griego un grito estridente y lúgubre, semejante al aullido del lobo.
-De repente, sonó á sus espaldas; su nuca sintió un soplo caliente, y
-al volverse vió una mujer que se inclinaba hacia él con las manos en
-las rodillas, sonriendo con una expresión estúpida que desgarraba su
-boca, dejando al descubierto las encías, en las que se marcaban algunos
-claros.</p>
-
-<p>—Salud, hermoso extranjero. Te he visto huir del bullicio; debes
-fastidiarte en la soledad, y vengo en tu busca para que seas feliz.
-Qué... ¿no puede ser?</p>
-
-<p>El griego la reconoció al momento. Era una <i>loba</i> del puerto, una
-de aquellas infelices que había visto pulular en los desembarcaderos
-de todos los pueblos; cortesanas cosmopolitas y miserables, amantes
-de una noche de hombres de todos colores y razas, sin más voluntad
-que la de caer de espaldas, con unos cuantos óbolos en la mano, sobre
-una piedra ó á la sombra de una barca; antiguas hetarias sumidas en
-el embrutecimiento, esclavas fugitivas buscando la libertad en la
-prostitución, la suciedad y la embriaguez; hembras que representaban
-el amor para los hombres crueles del mar; pobres bestias extenuadas de
-jóvenes por las excesivas caricias, y destinadas cuando viejas á ser
-tratadas á golpes.</p>
-
-<p>El extranjero miraba aquella mujer todavía<span class="pagenum"
-id="Page_33">p. 33</span> joven, y reconocía en ella algunos restos de
-belleza; pero enflaquecida, los ojos lacrimosos, la boca desfigurada
-por los dientes rotos. Iba envuelta en una amplia tela que debió ser
-de bellísimo tejido, pero sucia ya y deshilachada; sus pies estaban
-descalzos, y la enmarañada cabellera sosteníase con una peineta de
-cobre, á la que la infeliz había añadido algunas flores silvestres.</p>
-
-<p>—Pierdes el tiempo viniendo aquí —dijo el griego con bondadosa
-sonrisa—. No tengo ni un óbolo en mi bolsa.</p>
-
-<p>El acento dulce de aquel hombre, pareció intimidar á la pobre
-cortesana. Era una criatura acostumbrada á los golpes: para ella el
-hombre representaba el empellón brutal, el placer manifestado con
-mordiscos; y ante la dulzura del griego, se mostró desconcertada y
-recelosa, como si presintiera un peligro.</p>
-
-<p>—¿No tienes dinero? —dijo con humildad después de un largo
-silencio—. No importa, aquí me tienes. Me gustas; soy tu esclava: entre
-toda esa gente que alborota en la hostería, mis ojos han ido á tí.</p>
-
-<p>Y se inclinaba sobre el griego, acariciando con las endurecidas
-manos sus cabellos rizados, mientras él la examinaba con ojos de
-compasión, viendo su pecho deprimido, su regazo combado, en el que
-parecían haber impreso todos los pueblos la huella de su paso.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_34">p. 34</span>El extranjero,
-hambriento y solo en una tierra desconocida, se sentía atraído por la
-bondad de aquella infeliz: era la fraternidad de la miseria.</p>
-
-<p>—Si deseas no estar sola, permanece á mi lado: habla lo que quieras,
-pero no me acaricies. Tengo hambre: nada comí desde el amanecer, y en
-este momento cambiaría todas las dulzuras de Citerea por la pitanza de
-cualquier marinero.</p>
-
-<p>La ramera se incorporó á impulsos de la sorpresa.</p>
-
-<p>—¿Hambre tú?... ¿Tú desfalleces de hambre cuando yo te creía
-alimentado con la ambrosía de Zeus?</p>
-
-<p>Y sus ojos delataban el mismo asombro que si viera á Afrodita, la
-diosa de blancas desnudeces, guardada arriba en su templo, descender
-del pedestal de mármol, ofreciéndose con los brazos abiertos, por un
-óbolo, á los remeros del puerto.</p>
-
-<p>—Espera, espera —dijo con resolución, después de reflexionar largo
-rato.</p>
-
-<p>El griego vió como corría hacia las chozas, y cuando ya el cansancio
-y la debilidad comenzaban á cerrar sus ojos, la sintió otra vez junto á
-él, tocándole en un hombro.</p>
-
-<p>—Toma, mi señor. Me ha costado mucho encontrar esto. La cruel Lais,
-una vieja horrible como las Parcas, que nos ayuda á vivir en los días
-difíciles, ha accedido á darme su cena después de hacerme jurar que á
-la salida del sol le<span class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span>
-entregaré dos sextercios. Come, amor; come y bebe.</p>
-
-<p>Y colocaba sobre los peldaños un pan moreno en figura de disco, unos
-peces secos, medio queso saguntino blanco, tierno y rezumando suero, y
-una jarra de cerveza celtíbera.</p>
-
-<p>El griego se abalanzó á la comida y comenzó á devorar, seguido por
-la mirada de la <i>loba</i>, que se dulcificaba por momentos, tomando una
-expresión casi maternal.</p>
-
-<p>—Quisiera ser tan rica como Sónnica, una que, según cuentan, comenzó
-como cualquiera de nosotras, y es dueña de muchas de esas naves, y
-tiene jardines asombrosos como el Olimpo, y tropas de esclavos, y
-fábricas de alfarería, y medio agro es de su propiedad. Quisiera ser
-rica aunque sólo fuese por esta noche, para regalarte con cuanto de
-bueno hay en el puerto y en la ciudad; para darte un banquete como los
-de Sónnica, que duran hasta el día, y donde tú, coronado de rosas,
-bebieses el Samos en copa de oro.</p>
-
-<p>El griego, conmovido por la sencillez y la ingenuidad conque hablaba
-aquella infeliz, la miró con dulzura.</p>
-
-<p>—No me lo agradezcas: yo soy quien debo darte gracias por la
-felicidad que me proporciona darte de comer... ¿Qué es esto? No lo
-sé. Nunca se aproximó á mí hombre alguno sin darme algo. Unos monedas
-de cobre, otros algún pe<span class="pagenum" id="Page_36">p.
-36</span>dazo de tela ó una pátera de vino: los más golpes y mordiscos:
-todos me han dado algo, y yo sufría y los detestaba. Y tú que llegas
-pobre y hambriento, que no me buscas, que me rehuyes, que nada me
-das, ha bastado que estés junto á mí para que discurra por mi cuerpo
-una felicidad desconocida. Al darte de comer me siento ebria como si
-saliera de un festín. Dí, griego: ¿eres realmente un hombre ó eres
-el padre de los dioses que ha venido á honrarme descendiendo á la
-tierra?</p>
-
-<p>Y exaltada por sus propias palabras, púsose en pie en mitad de la
-escalinata, y extendiendo sus brazos rígidos hacia el templo bañado por
-la luna, exclamó:</p>
-
-<p>—¡Afrodita! ¡Mi diosa! Si algún día llego á reunir lo que cuestan
-dos palomas blancas, las presentaré en tu ara adornadas con flores y
-cintas de color de fuego, para recuerdo de esta noche.</p>
-
-<p>El griego bebía el amargo líquido de la jarra y la tendió á la
-cortesana, que buscó en el barro el mismo sitio que habían rozado los
-labios de su compañero, para poner los suyos.</p>
-
-<p>No tocó la parte de la cena que le presentaba el griego: únicamente
-siguió bebiendo, lo que parecía darla mayor locuacidad.</p>
-
-<p>—¡Si supieras lo que me ha costado encontrar todo esto!... Las
-callejuelas están llenas de ebrios, que, revolcándose en el barro y
-arras<span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span>trándose sobre las
-manos, te rasgan las ropas y te muerden las piernas. El vino corre por
-fuera de las puertas de las hosterías. En el muelle reñían hace poco.
-Unos africanos curaban á un compañero, metiéndolo de cabeza en el agua:
-un celtíbero se la había abierto de un puñetazo. Á Tuga, una muchacha
-ibera, se divierten cogiéndola por los pies y metiéndola de cabeza en
-la crátera más grande de la taberna, hasta que la retiran medio ahogada
-por el vino. Es la diversión de siempre. Á la pobre Albura, una amiga
-mía, la he visto sentada en el suelo chorreando sangre, sosteniéndose
-en la palma de la mano un ojo que le había hecho saltar de un puñetazo
-un egipcio ebrio. ¡Lo de todas las noches! Y, sin embargo, ahora me da
-miedo: apenas si te conozco y parece que vivo en un mundo nuevo, que me
-doy cuenta por primera vez de lo que me rodea.</p>
-
-<p>Y á continuación le relató su historia. La llamaban Bachis y no
-conocía con certeza su país. Había nacido sin duda en otro puerto,
-porque recordaba confusamente en los primeros años de su vida un largo
-viaje en una nave. Su madre debió ser alguna <i>loba</i> de puerto y ella
-el fruto del encuentro con un marinero. Aquel nombre de Bachis que
-le habían dado desde pequeña era el de muchas cortesanas famosas de
-Grecia. Una vieja la compró sin duda al piloto que la trajo á Sagunto,
-y niña aún, mucho antes de sentirse mujer, conoció el amor, viendo
-visitada la choza<span class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span> de la
-vieja por negociantes ancianos del puerto y libertinos de la ciudad que
-se recomendaban unos á otros aquel cuerpo infantil, débil y pobre, en
-el que aún no se marcaban los abultamientos del sexo. Al morir su dueña
-se hizo <i>loba</i> y pasó á poder de los marineros, de los pescadores, de
-los pastores de la inmediata sierra, de toda la muchedumbre brutal que
-pululaba en el puerto.</p>
-
-<p>Aún no había cumplido veinte años y estaba envejecida, ajada,
-exprimida por los excesos y los golpes. La ciudad la veía siempre de
-lejos. En toda su vida sólo había entrado en ella dos veces. Allí no
-toleraban á las <i>lobas</i>. Consentían su permanencia junto al Fano de
-Afrodita como garantía para la seguridad de Sagunto, que así tenía
-alejadas á las gentes de todos los países que llegaban al puerto; pero
-en la ciudad, los iberos de puras costumbres se indignaban á la vista
-de las cortesanas, y los griegos corrompidos eran demasiado refinados
-en sus gustos para sentir misericordia ante aquellas vendedoras de amor
-que caían como bestias en celo al borde de un camino por un racimo de
-uvas ó un puñado de nueces.</p>
-
-<p>Y allí, á la sombra del templo de Venus, transcurriría su vida,
-esperando siempre nuevas naves y hombres nuevos que caían sobre
-ella, velludos, obscenos y brutales como sátiros, mordidos por las
-abstinencias del mar, hasta que un día la<span class="pagenum"
-id="Page_39">p. 39</span> asesinasen en una riña de marineros ó
-apareciese muerta de hambre al lado de una barca abandonada.</p>
-
-<p>—Y tú ¿quién eres? —terminó diciendo Bachis—. ¿Cómo te llamas?</p>
-
-<p>—Mi nombre es Acteón: mi patria es Atenas. He corrido mucho mundo:
-en unas partes he sido soldado, en otras navegante: he peleado, he
-comerciado y hasta he compuesto versos y hablado con los filósofos de
-cosas que tú no entenderías. He sido rico muchas veces y ahora tú me
-das de comer. Ésa es toda mi historia.</p>
-
-<p>Bachis le miraba con ojos de admiración, adivinando al través de sus
-concisas palabras todo un pasado de aventuras, de terribles peligros y
-de prodigiosos vaivenes de la fortuna. Recordaba las hazañas de Aquiles
-y la aventurera vida de Ulises, tantas veces oídas en los versos que
-declamaban los marineros griegos al sentirse ebrios.</p>
-
-<p>La cortesana, reclinándose en el pecho de Acteón, acariciaba con
-una mano su cabellera. El griego, agradecido, sonreía fraternalmente á
-Bachis con la misma frialdad que si fuese una niña.</p>
-
-<p>Dos marineros salieron de entre las chozas y comenzaron á
-tambalearse en el muelle. Un aullido penetrante que parecía desgarrar
-el aire, sonó junto á los oídos de Acteón. Su amiga, impulsada por la
-costumbre, con el instinto del<span class="pagenum" id="Page_40">p.
-40</span> vendedor que adivina de lejos al parroquiano, se había puesto
-de pie.</p>
-
-<p>—Volveré, mi dueño. Me olvidaba de la terrible Lais. Tengo que darle
-su dinero antes que salga el sol. Me pegará como otras veces si no
-cumplo mi promesa. Espérame aquí.</p>
-
-<p>Y repitiendo su aullido feroz, fué en busca de los marineros, que
-se habían detenido y saludaban con risotadas y palabras obscenas los
-gritos de la <i>loba</i>.</p>
-
-<p>Al verse solo el griego, con el hambre aplacada, experimentó cierto
-disgusto pensando en su reciente aventura. ¡Acteón el ateniense, el
-que las hetarias más ricas de la hermosa ciudad se disputaban en el
-Cerámico, protegido y adorado por una ramera del puerto!... Para no
-volver á reunirse con ella, huyó de la escalinata, internándose en las
-callejuelas del puerto.</p>
-
-<p>Otra vez vino á detenerse ante aquella hostería, en cuya puerta
-había sentido el tormento del hambre. Los marineros estaban en
-plena orgía. El hostelero apenas si podía hacerse respetar detrás
-del mostrador. Los esclavos, atemorizados por los golpes, se habían
-refugiado en la cocina. En el suelo, algunas ánforas rotas, dejaban
-escapar el vino como arroyos de sangre, y entre el <i>glu-glu</i> del
-líquido al empapar la tierra, revolcábanse los ebrios pidiendo á gritos
-bebidas de las que habían oído hablar vagamente en sus lejanos viajes,
-ó platos fantásticos ideados<span class="pagenum" id="Page_41">p.
-41</span> por los tiranuelos de Asia. Un egipcio hercúleo corría á
-cuatro pies imitando el rugido del chacal y mordiendo á las mujeres que
-habían entrado en la taberna. Algunos negros danzaban con movimientos
-femeniles, contemplando como hipnotizados los remolinos de su ombligo
-agitado por las contorsiones del vientre. En los rincones, sobre los
-poyos, caían revueltos hombres y mujeres bajo la cruda luz de las
-antorchas; el vaho de la carne desnuda y sudorosa mezclábase con el
-olor del vino; y en esta atmósfera de viandas y de hedor de fiera,
-algunos marineros, olvidando todo pudor, repelían con desprecio á las
-cortesanas para acariciarse entre sí, con la aberración sexual propia
-de la época.</p>
-
-<p>En medio de este desorden, unos cuantos hombres permanecían
-inmóviles cerca del mostrador, disputando con aparente calma. Eran dos
-soldados romanos, un viejo marinero cartaginés y un celtíbero. La torpe
-lentitud de sus palabras, que tomaban con la cólera un tono aflautado,
-sus ojos rojizos inflamados de sangre y sus narices de aves de presa,
-cada vez más afiladas, revelaban esa terrible embriaguez, testaruda y
-camorrista, que se resuelve matando.</p>
-
-<p>El romano recordaba su presencia en el combate de las islas Egatas,
-catorce años antes.</p>
-
-<p>—Os conozco —decía con insolencia al cartaginés—. Sois una república
-de mercaderes nacidos para el embuste y la mala fe. Si se busca<span
-class="pagenum" id="Page_42">p. 42</span> quién sabe vender más caro
-engañando al comprador, convengo en que sois los primeros; pero si se
-habla de soldados, de hombres, nosotros somos los mejores, los hijos de
-Roma, que con una mano empuñamos el arado y con la otra la lanza.</p>
-
-<p>Y erguía con orgullo su redonda cabeza con el pelo rapado y las
-mejillas rasuradas, en las cuales las carrilleras del casco habían
-marcado duras callosidades.</p>
-
-<p>Acteón miraba por una ventana al celtíbero, el único del grupo que
-permanecía silencioso, pero que tenía fijos sus ojos de brasa más
-arriba del coselete de bronce del legionario romano, en su desnudo
-cuello, como si le atrajeran las gruesas venas que se marcaban bajo
-la piel. Indudablemente aquellos ojos los había visto el griego en
-otro sitio; eran como esos antiguos conocidos cuyo nombre no se puede
-recordar. Había algo de falso en su persona, que el griego presentía
-con su fina astucia.</p>
-
-<p>—Juraría por Mercurio que ese hombre no es tal como le veo. Algo
-más que un pastor parece, y el color bronceado de su cara no es el de
-los celtíberos por mucho que los tueste el sol. Tal vez es postiza esa
-larga cabellera que cae sobre su espalda...</p>
-
-<p>No pudo continuar examinando á aquel hombre, porque absorbió toda
-su atención la disputa entre el legionario y el viejo cartaginés, los
-cua<span class="pagenum" id="Page_43">p. 43</span>les se aproximaban
-cada vez más para oirse mejor, en medio del estrépito que reinaba en la
-hostería.</p>
-
-<p>—Yo también estuve en la jornada triste de las Egatas —decía el
-cartaginés—. Allí recibí esta herida que me cruza el rostro. Es verdad
-que nos vencisteis; ¿pero qué demuestra esto? Muchas veces ví yo huir
-vuestras naves ante las nuestras, y en más de una ocasión conté en los
-campos de Sicilia los cadáveres romanos á centenares. ¡Ah, si Hanón no
-hubiese llegado tarde el día del combate en las islas! ¡Si Hamílcar
-hubiera tenido refuerzos!</p>
-
-<p>—¡Hamílcar! —exclamó desdeñosamente el romano—. ¡Un gran
-caudillo que tuvo que pedirnos la paz! ¡Un comerciante metido á
-conquistador!...</p>
-
-<p>Y reía con la insolencia del fuerte, sin miedo á la cólera del viejo
-cartaginés, que tartamudeaba queriendo contestar.</p>
-
-<p>El celtíbero, hasta entonces silencioso, puso su mano sobre el
-viejo.</p>
-
-<p>—Cállate, cartaginés. El romano tiene razón. Sois mercachifles
-incapaces de mediros con ellos en la guerra. Amáis demasiado el dinero
-para dominar por la espada. Pero los de tu casta, no sois todo Cartago:
-otros hay nacidos allá que sabrán hacer frente á esos labriegos de
-Italia.</p>
-
-<p>El romano, al ver intervenir al rústico en su disputa, mostróse aún
-más altivo é insolente.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span></p>
-
-<p>—¿Y quién ha de ser ese? —gritó con desprecio—. ¿El hijo de
-Hamílcar? ¿Ese rapazuelo que según cuentan tuvo por madre una
-esclava?</p>
-
-<p>—De una prostituta fueron hijos los que fundaron tu ciudad, romano;
-y no está lejos el día en que el caballo de Cartago vaya á dar de coces
-á la loba de Rómulo.</p>
-
-<p>El legionario se levantó trémulo de rabia, buscando su espada, pero
-inmediatamente dió un rugido feroz y cayó, llevándose las manos á la
-garganta.</p>
-
-<p>Acteón había visto cómo el celtíbero introducía su diestra en la
-manga del <i xml:lang="la" lang="la">sagum</i>, y sacando un cuchillo,
-hería al legionario en aquel ancho cuello que contemplaba con fiera
-atención, mientras se burlaba de Cartago.</p>
-
-<p>La hostería tembló con el estrépito de la lucha. El otro romano, al
-ver caído á su compañero, se abalanzó al celtíbero con la espada en
-alto, pero al momento recibió una cuchillada en el rostro y se sintió
-cegado por la sangre.</p>
-
-<p>Era asombrosa la agilidad de aquel hombre. Sus movimientos tenían la
-elasticidad de la pantera: los golpes parecían rebotar sobre su cuerpo
-sin causarle daño. Cayó en torno de él una lluvia de jarros, de pedazos
-de ánfora, de espadas lanzadas al aire; pero él, con el brazo tendido y
-el cuchillo de punta, dió un salto hacia la puerta y desapareció.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span></p>
-
-<p>—¡Á él! ¡á él! —clamaron los romanos persiguiéndole.</p>
-
-<p>Y atraídos por el placer brutal de la caza al hombre, les siguieron
-todos los que en la hostería podían valerse aún de sus piernas. El
-tropel de hombres enardecidos por la vista de la sangre, saltó por
-encima del romano agonizante y de los borrachos inertes que roncaban
-junto al degollado. El griego les vió salir y fraccionarse en diversos
-grupos que siguieron distinta dirección para coger al celtíbero. Éste
-había desaparecido á los pocos pasos de la hostería como disuelto en la
-sombra.</p>
-
-<p>El puerto se conmovió con el ardor de la persecución. Corrían luces
-por los muelles y por las callejuelas de la aldea; los lupanares y
-tabernas eran sometidos á un registro brutal por los romanos ebrios de
-cólera; originábanse nuevas disputas á la puerta de cada choza, iba á
-correr otra vez la sangre; y el griego, temiendo verse envuelto en una
-reyerta, volvió prontamente á la escalinata del templo. Bachis no había
-regresado, y el griego, subiendo los azules peldaños, fué á tenderse en
-el atrio del templo, ancha terraza pavimentada de mármol azul, sobre
-la cual las estriadas columnas que sostenían el frontón, trazaban sus
-oblicuas barras de sombra.</p>
-
-
-<p class="mt2">Al despertar Acteón sintió en su rostro el calor
-del sol. Los pájaros cantaban en los veci<span class="pagenum"
-id="Page_46">p. 46</span>nos olivares, y junto á él sonaban voces.
-Al incorporarse vió que comenzaba la mañana, cuando él solo creía
-transcurridos algunos instantes desde que concilió el sueño.</p>
-
-<p>Una mujer, una patricia estaba á corta distancia de él y le sonreía.
-Iba envuelta en una amplia tela de lino blanco, que descendía hasta
-sus pies en armoniosos pliegues, como el ropaje de las estatuas. De su
-rubia cabellera sólo se veían algunos bucles caídos sobre la frente.
-Mostraba la boca pintada de rojo; y los ojos negros, aterciopelados,
-con una caricia sedosa en la mirada, aparecían rodeados de una
-aureola azul por las fatigas de la noche. Al mover los brazos bajo el
-manto sonaban con argentino choque ocultas joyas, y la punta de la
-sandalia, asomando por el borde de su ropaje, brillaba como un astro de
-pedrería.</p>
-
-<p>Detrás de ella dos esbeltas esclavas celtíberas, con el moreno
-y opulento pecho casi desnudo, y envueltas las piernas en telas
-multicolores, sostenían, la una, una pareja de palomas blancas, y la
-otra, sobre su cabeza, una canastilla cubierta de rosas.</p>
-
-<p>Junto á la hermosa patricia, Acteón reconoció á Polyantho, el piloto
-saguntino, y al joven perfumado y elegante que estaba en el muelle con
-otro jinete á la llegada de la nave.</p>
-
-<p>El griego púsose en pie, sorprendido por la hermosa aparición que le
-sonreía.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span>—Ateniense —díjole en
-griego con purísimo acento—. Yo soy Sónnica, la dueña de la nave que te
-ha traído aquí. Polyantho es mi liberto y ha hecho bien recogiéndote,
-pues conoce el interés que me inspira tu pueblo. ¿Quién eres tú?</p>
-
-<p>—Yo soy Acteón y pido á los dioses que te colmen de favores por tu
-bondad. Que Venus guarde tu belleza mientras vivas.</p>
-
-<p>—¿Eres navegante?... ¿comercias? ¿corres el mundo dando lecciones de
-elocuencia y de poesía?</p>
-
-<p>—Soy soldado como lo fueron todos los míos. Mi abuelo murió en
-Italia cubriendo con su cuerpo al gran Pirro, que le lloró como un
-hermano: mi padre fué capitán de mercenarios al servicio de Cartago y
-lo asesinaron injustamente en la guerra llamada inexorable...</p>
-
-<p>Calló unos instantes, como si este recuerdo le impidiera continuar,
-ahogando su voz, y luego añadió:</p>
-
-<p>—Yo he guerreado hasta hace poco á las órdenes de Cleomenes, el
-último lacedemonio. Era uno de sus compañeros, y al caer vencido
-el héroe, lo acompañé á Alejandría, lanzándome después á correr el
-mundo, por no poder sufrir la inercia del destierro. He sido también
-comerciante en Rhodas, pescador en el Bósforo, labrador en Egipto y
-poeta satírico en Atenas.</p>
-
-<p>La hermosa Sónnica sonreía, aproximándose á él. Era un ateniense
-poseedor de todas las cua<span class="pagenum" id="Page_48">p.
-48</span>lidades de aquel pueblo tan amado por ella; uno de aquellos
-aventureros, acostumbrados á los vaivenes de la fortuna, rondadores
-del mundo y cronistas muchas veces de los hechos de su vida, cuando
-llegaban á la vejez.</p>
-
-<p>—¿Y á qué vienes aquí?</p>
-
-<p>—Aquí estoy como podía hallarme en otra parte. Me ofreció tu piloto
-traerme á Zazintho y vine. Me ahogaba en Cartago-Nova. Podía haberme
-alistado en las tropas de Hanníbal; bastaba tal vez decir mi origen
-para ser bien recibido: los griegos se pagan caros en todos los
-ejércitos. Pero aquí hay guerra también y prefiero mejor ir contra los
-turdetanos, servir á una ciudad que no conozco, pero que no me ha hecho
-daño alguno.</p>
-
-<p>—¿Y has dormido aquí esta noche? ¿No has encontrado cama en las
-hosterías?</p>
-
-<p>—Lo que no encontraba era un óbolo en mi bolsa. Si cené fué por la
-ternura de una infeliz ramera que partió conmigo su miseria. Soy pobre
-y desfallecía de hambre. No me compadezcas, Sónnica, no me mires con
-ojos de misericordia. Yo he dado banquetes desde que anochecía hasta
-la salida del sol: en Rhodas, á la hora de las canciones, arrojábamos
-por las ventanas los platos de metal á los esclavos. La vida del hombre
-debe ser así: como los héroes de Homero, rey en una parte y mendigo en
-la otra.</p>
-
-<p>Polyantho miraba con interés á aquel aven<span class="pagenum"
-id="Page_49">p. 49</span>turero, y el elegante Lacaro, que al
-principio se oponía á que su amiga Sónnica despertase á un griego tan
-mal vestido, aproximábase á él, reconociendo la elegancia ateniense
-bajo su exterior mísero, y proponiéndose hacerle su amigo para tomar
-provechosas lecciones.</p>
-
-<p>—Ven hoy á mi quinta —dijo Sónnica— cuando el sol empiece á caer.
-Cenarás con nosotros. Pregunta á cualquiera por mi casa, y todos sabrán
-guiarte. Una de mis naves te ha traído á esta tierra y quiero que
-encuentres la hospitalidad bajo mi techo. Ateniense, hasta luego: yo
-también soy de allá, y viéndote parece que aún fulgura ante mis ojos la
-lanza de oro de Palas en lo más alto del Parthenón.</p>
-
-<p>Sónnica, despidiéndose con una sonrisa del ateniense, se dirigió al
-templo, seguida de sus dos esclavas.</p>
-
-<p>Acteón oyó lo que hablaban Lacaro y Polyantho fuera del templo.
-La noche anterior la habían pasado en casa de Sónnica. Al amanecer
-habían abandonado la mesa. Lacaro aún llevaba en su cabeza la corona
-del banquete con las rosas mustias y deshojadas. Al saber Sónnica
-que habían llegado aquellas danzarinas de Gades que aguardaba con
-impaciencia para ofrecerlas en sus cenas, sintió el capricho de ver á
-Polyantho y su nave, y quiso de paso hacer un sacrificio á Afrodita,
-como siempre que iba al puerto. Y en su gran litera, acompañada de
-La<span class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span>caro y las dos
-esclavas, había hecho la escapatoria, proponiéndose dormir á la vuelta,
-pues los más de los días permanecía en el lecho hasta bien entrada la
-tarde.</p>
-
-<p>El piloto se alejó hacia su nave para echar á tierra la tropa de
-danzarinas, y Acteón se aproximó con Lacaro á la puerta del templo,
-completamente abierta.</p>
-
-<p>El interior era sencillo y hermoso. Un gran espacio cuadrado
-quedaba descubierto en la techumbre para dar luz al templo, y el
-sol, descendiendo por esta claraboya, prestaba la glauca vaguedad
-del agua del mar á aquellas columnas azules, con sus capiteles que
-representaban conchas, delfines y amorcillos empuñando el remo. En el
-fondo, surgiendo de una dulce penumbra cargada de los perfumes de los
-sacrificios, destacábase la diosa, blanca, arrogante y soberbia en su
-desnudez, como al emerger por vez primera de las espumas, ante los
-atónitos ojos de los hombres.</p>
-
-<p>Cerca de la puerta estaba el ara. Junto á ella el sacerdote, con
-amplio manto de lino sujeto á la cabeza con una corona de flores,
-tomaba las ofrendas á la diosa de manos de la misma Sónnica.</p>
-
-<p>Cuando ésta salió al peristilo, abarcó con una mirada amorosa
-el mar, cubierto de espumas, el puerto que brillaba como un triple
-espejo, el verde é inmenso valle y la lejana ciudad, que toma<span
-class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span>ba un tinte de oro bajo los
-primeros rayos del sol.</p>
-
-<p>—¡Qué hermoso!... Contempla, Acteón, nuestra ciudad. La Grecia no es
-más bella.</p>
-
-<p>Al pie de la escalinata esperaba su litera, una verdadera casa
-cerrada con cortinas de púrpura y rematada en sus cuatro ángulos por
-penachos de hermosas plumas de avestruz. Ocho esclavos atléticos, de
-hinchados músculos, la sostenían.</p>
-
-<p>Sónnica hizo entrar en su vivienda ambulante á las esclavas, empujó
-á Lacaro, al que trataba como á un ser inferior, cuya familiaridad
-se tolera por capricho, y volviéndose hacia el griego, de pie en lo
-alto del templo, le sonrió por última vez, saludándole con un signo
-de su mano, cubierta de sortijas hasta las uñas, y que trazaba á cada
-movimiento regueros de luz en el aire.</p>
-
-<p>Se alejó la litera rápidamente por el camino de la ciudad, al mismo
-tiempo que Acteón se sentía acariciado en el cuello por unas manos.</p>
-
-<p>Era Bachis, más ajada y más harapienta á la luz del sol. Tenía un
-ojo amoratado y manchas cárdenas en los brazos.</p>
-
-<p>—No pude venir —dijo con humildad de esclava—. Hasta hace poco no me
-han soltado. ¡Qué gentes! Apenas si me dieron para pagar á Lais... Toda
-la noche pensando en tí, mi dios, mientras me atormentaban echándome á
-la cara sus bufidos de sátiros cansados.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span>Acteón volvía el
-rostro evitando sus caricias. Percibía el olor de vino de aquella
-infeliz, ebria y agotada después de su aventura de la noche.</p>
-
-<p>—¿Me huyes?... Lo comprendo. Te he visto hablar con Sónnica la
-rica, á quien sus amigos llaman la más bella de Zazintho. ¿Vas á ser
-su amante? Comprendo que te adore: al fin no es más que una mujer como
-yo... Dí, Acteón: ¿por qué no me llevas contigo? ¿por qué no me haces
-tu esclava?... Sólo te pido una noche como precio.</p>
-
-<p>El griego repelió sus flacos brazos que intentaban envolverle, para
-mirar al camino, donde resonaban trompetas y se veían brillar cascos y
-lanzas en el centro de una gran nube de polvo.</p>
-
-<p>—Son los legados de Roma que se marchan —dijo la cortesana.</p>
-
-<p>Y atraída por el encanto que los hombres de guerra ejercían sobre
-su admiración infantil, bajó la escalinata del templo para ver de más
-cerca la comitiva.</p>
-
-<p>Marchaban al frente los trompeteros de la nave romana, soplando
-en sus largos tubos de metal, con las mejillas ceñidas por anchas
-bandas de lana. Una escolta de ciudadanos de Sagunto rodeaba á los
-embajadores, haciendo caracolear sus velludos caballos celtíberos,
-tremolando sus lanzas y cubierta la cabeza con los cascos de triple
-cimera, que aún guardaban las huellas de los golpes recibidos en las
-últimas<span class="pagenum" id="Page_53">p. 53</span> escaramuzas
-con los turdetanos. Algunos ancianos del Senado saguntino, marchaban
-inmóviles sobre sus grandes caballos, la blanca barba esparcida en
-el pecho, y descendiendo hasta los estribos, en grandes pliegues, el
-obscuro manto, retenido sobre la cabeza por una tiara bordada. La
-enseña de Roma, rematada por la loba, era sostenida por un fuerte <i
-xml:lang="la" lang="la">classiari</i>, y tras ella marchaban los legados
-con la rapada y redonda cabeza al descubierto; el uno obeso y con
-triple barba de grasa; el otro enjuto, nervudo y con nariz afilada
-de ave de presa; los dos con coraza de bronce cincelada, las piernas
-cubiertas con coturnos de metal, y sobre los arqueados muslos, la
-faldilla de color de heces de vino, adornada con sueltas tiras de oro,
-que se agitaban al menor salto de los caballos.</p>
-
-<p>Al llegar al muelle la comitiva, por entre los grupos de marineros,
-pescadores y esclavos, cruzóse con una tropa de mujeres arrebujadas en
-sus mantos, que caminaban guiadas por un viejo de ojos insolentes y
-boca sumida, con ese aspecto repulsivo que toman los eunucos al vivir
-en perpetuo contacto con la mujer esclavizada. Eran las danzarinas de
-Gades, que al abandonar la nave de Polyantho, pasaban desapercibidas
-por entre el estrépito de la despedida.</p>
-
-<p>Unas mujeres, saliendo del muelle de los pescadores, entregaron á
-los legados coronas tejidas con florecillas de los cercanos montes y
-lirios<span class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span> de las lagunas.
-Las aclamaciones se extendían á lo largo del muelle, ante los grupos
-indiferentes de los marineros de todos los países.</p>
-
-<p>—¡Salud á Roma! ¡Que Neptuno os proteja! ¡Los dioses os
-acompañen!</p>
-
-<p>Acteón oyó tras él una carcajada burlona, y al volverse vió
-al pastor celtíbero que en la noche anterior había muerto al
-legionario.</p>
-
-<p>—¿Tú aquí? —le dijo el griego con asombro—. ¿Estás solo y no te
-alejas de los romanos que te buscan?</p>
-
-<p>Los ojos imperiosos del pastor, aquellos ojos extraños que
-despertaban en el griego confusos é inexplicables recuerdos, le miraron
-con altivez.</p>
-
-<p>—¡Los romanos!... Les desprecio y les odio. Iría sin miedo hasta la
-cubierta de su nave... Preocúpate de tus asuntos, Acteón, y no te fijes
-en los míos.</p>
-
-<p>—¿Cómo sabes mi nombre? —exclamó el griego con creciente sorpresa,
-admirado además de la perfección con que el rudo pastor hablaba el
-griego.</p>
-
-<p>—Conozco tu nombre y tu vida. Tú eres el hijo de Lisias, capitán
-al servicio de Cartago, y como todos los de tu raza, ruedas por el
-mundo sin encontrarte bien en parte alguna.</p>
-
-<p>El griego, tan fuerte y seguro de sí mismo en todas ocasiones, se
-sentía intimidado ante aquel hombre enigmático.</p>
-
-<p>Absorbido en la contemplación del cortejo<span class="pagenum"
-id="Page_55">p. 55</span> que despedía á los legados, había vuelto
-las espaldas á Acteón. Sus ojos expresaban odio y desprecio, viendo
-fulgurar á la luz del sol la loba de bronce de la enseña romana,
-saludada con entusiasmo por los saguntinos.</p>
-
-<p>—Se creen fuertes, se creen seguros porque Roma les protege. Se
-imaginan muerta á Cartago, porque aquel Senado de mercaderes tiene
-miedo á faltar á los tratados con Roma. Han degollado á los saguntinos
-amigos del cartaginés, á los que de antiguo fueron amigos de los
-Barcas, y salían á saludar á Hamílcar cuando pasaba cerca de la ciudad
-en sus expediciones. No saben que hay quien no duerme mientras la paz
-subsista... El mundo es estrecho para los dos pueblos. ¡Ó el uno ó el
-otro!</p>
-
-<p>Y como si le causasen el efecto de un latigazo las aclamaciones de
-la multitud, saludando el esquife en que los legados se alejaban hacia
-la <i>libúrnica</i>, y el estruendo de trompetería que estalló en la popa de
-la nave, el pastor, con los dientes apretados y los ojos rojizos por
-la ira, extendió sus brazos nervudos hacia el buque y murmuró como una
-confusa amenaza:</p>
-
-<p>—¡Roma!... ¡Roma!</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_2">
- <p><span class="pagenum" id="Page_57">[p. 57]</span></p>
- <h2 class="nobreak" title="II. La ciudad">II</h2>
- <p class="subh2">La ciudad</p>
-</div>
-
-<p>Estaba muy elevado el sol cuando Acteón marchó hacia la ciudad por
-el camino llamado de la Sierpe.</p>
-
-<p>Cruzábase en su marcha con las carretas de odres de aceite y ánforas
-de vino. Las filas de esclavos encorvados bajo el peso de los fardos
-y con los pies cubiertos de polvo, apartábanse al borde del camino
-para dejarle paso, con la sumisión y el encogimiento que inspiraba el
-hombre libre. El griego detúvose un momento ante los molinos de aceite,
-viendo girar las enormes piedras empujadas por esclavos encadenados,
-y siguió adelante bordeando los montes, en cuyas cimas alzábanse las
-<i xml:lang="la" lang="la">spéculas</i>, rojas torrecillas que con sus
-hogueras anunciaban á la Acrópolis de Sagunto la llegada de las naves ó
-los movimientos que se notaban en la vertiente opuesta, donde comenzaba
-el territorio de los hostiles turdetanos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_58">p. 58</span>El inmenso agro,
-extendía su fertilidad bajo la lluvia de oro del sol de la mañana. De
-las aldeas, de las casas de campo, de todas las innumerables viviendas
-esparcidas en el extenso valle, afluía gente al camino de la Sierpe,
-marchando hacia la ciudad.</p>
-
-<p>La mayoría del pueblo saguntino vivía en el campo, cultivando la
-tierra. La ciudad era relativamente pequeña. Sólo vivían en ella
-los comerciantes y los ricos agricultores, la magistratura y los
-extranjeros. Cuando amagaba algún peligro, cuando los turdetanos
-intentaban una invasión en tierra saguntina, todo el pueblo afluía á
-la ciudad, buscando el amparo de los muros; y los rústicos, llevando
-por delante sus rebaños, iban á confundirse con los artesanos de
-Sagunto, guareciéndose en aquel recinto que sólo visitaban los días de
-mercado.</p>
-
-<p>Acteón adivinó por la mucha gente que llenaba el camino, que aquel
-día debía ser de ventas en el Foro. Marchaban en fila las campesinas
-con sus cestos en la cabeza cubiertos de hojas, sin más vestido que una
-túnica obscura que caía á lo largo de su cuerpo, marcando sus duros
-contornos á cada paso. Los labriegos, tostados, membrudos, llevando
-por todo traje un faldellín de pieles ó de burdo tejido, arreaban los
-bueyes de sus carretas, ó los asnos cargados de fardos, y á lo largo
-del camino sonaba el campanilleo continuo de los rebaños de cabras y
-el dulce<span class="pagenum" id="Page_59">p. 59</span> mugido de las
-vacas entre nubecillas de polvo rojo que levantaban sus trotadoras
-pezuñas.</p>
-
-<p>Algunas familias regresaban ya del mercado, mostrando con orgullo
-lo que habían adquirido en las tiendas del Foro á cambio de sus
-frutos; y los amigos deteníanse para admirar las telas nuevas, las
-copas de barro rojo, frescas y brillantes, los adornos de mujer
-de plata sólida, groseramente labrada, y acogían su vista con un
-¡<i>salve</i>! de felicitación que hacía enrojecer de infantil orgullo á los
-poseedores.</p>
-
-<p>Muchachas morenas, de miembros duros y enjutos y frente grande,
-con la cabellera estirada á la moda celtíbera, marchaban por parejas,
-sosteniendo en sus hombros largas perchas, de la que pendían ramos
-de flores para las señoras de la ciudad. Otras llevaban envueltos en
-hojas, para preservarlos del polvo, enormes tirsos de cerezas rojas,
-y en algunos momentos saltaban y gritaban entre ruidosas carcajadas,
-parodiando las voces y los gestos de la rica juventud de Sagunto, que
-con gran escándalo de la ciudad, se reunía en el jardín de Sónnica,
-para imitar ante la imagen de Dionisios las hermosas locuras de la
-Grecia.</p>
-
-<p>Acteón admiraba la belleza del paisaje: los bosques de higueras que
-daban fama á Sagunto y comenzaban á cubrirse de hojas, formando con
-sus añosas ramas tiendas de verduras que tocaban el suelo; las viñas,
-como un<span class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span> oleaje de
-esmeralda, extendiéndose por toda la campiña y escalando los lejanos
-montes, hasta llegar á los bosques de pinos y carrascas; y los campos
-de olivos, plantados simétricamente sobre la tierra roja, formando
-columnatas de retorcidos fustes con capiteles de hojarasca plateada.
-La vista de este paisaje esplendoroso le conmovía, despertando en él
-los recuerdos de la niñez. Era aquel valle tan hermoso como la madre
-Grecia; allí se quedaría, si los dioses no volvían á empujarlo de nuevo
-en su desesperada peregrinación por el mundo.</p>
-
-<p>Caminaba cerca de una hora, teniendo siempre frente á él la
-roja montaña con la ciudad en la falda, y arriba las innumerables
-construcciones de la Acrópolis. En una revuelta del camino, vió que la
-gente se detenía ante un altar: una larga ara de piedra, sobre la cual
-extendía sus escamosos anillos de mármol azul una enorme serpiente. Los
-campesinos depositaban flores y copas de barro llenas de leche ante la
-inmóvil bestia, que, con la cabeza erguida y abiertas las venenosas
-fauces, parecía amenazarles. En aquel mismo lugar había mordido la
-serpiente al desgraciado Zazintho, cuando regresaba á Grecia con los
-bueyes robados á Gerón, y en torno de su cadáver, quemado en lo alto de
-la Acrópolis, se creó la ciudad. La gente sencilla adoraba al reptil
-como uno de los fundadores de su patria, y con palabras cariñosas<span
-class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span> le rodeaba de ofrendas que
-luego desaparecían misteriosamente, lo que hacía creer á muchos que
-en las tinieblas recobraba su vida, oyéndose sus espantables silbidos
-desde muy lejos en las noches tempestuosas.</p>
-
-<p>Acteón adivinaba su proximidad á Sagunto, viendo las tumbas que se
-levantaban á ambos lados del camino, con sus inscripciones llamando la
-atención del viandante. Detrás de éstas extendíanse jardines cerrados
-por espesos setos, sobre los cuales asomaban sus ramas los árboles
-frutales de las quintas de recreo. Algunas esclavas guardaban á los
-niños que jugaban y luchaban, desnudos y con un marcado tipo griego.
-En la puerta de un jardín un viejo obeso, envuelto en una clámide
-de púrpura, contemplaba el paso de la avalancha de gente miserable
-con la fría altivez de un comerciante enriquecido. En la terraza de
-una villa creyó ver Acteón un peinado á la ateniense teñido de oro,
-con cintas rojas entrelazadas, agitándose junto á él un abanico de
-plumas multicolores de pájaros de Asia. Eran las ricas quintas de los
-patricios de Sagunto retirados de los negocios.</p>
-
-<p>Al aproximarse al río, el Bætis-Perkes, que separaba la ciudad
-de la campiña, el griego se fijó en que marchaba al lado de una
-adolescente, casi una niña, ante la cual trotaba un rebaño de cabras.
-Delgada, esbelta, de miembros enjutos y la piel de un color moreno y
-aterciopelado,<span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span> parecía
-un muchacho, á no ser porque la corta túnica abierta en el costado
-izquierdo dejaba entrever el pecho ligeramente hinchado, con una suave
-redondez de taza, como un capullo que comenzaba á expansionarse con
-la savia de la juventud. Sus ojos negros, húmedos y grandes, parecían
-llenar toda su cara, bañándola de misterioso fulgor; y tras los labios,
-tostados y agrietados por el viento, brillaba una dentadura nítida,
-fuerte é igual. La cabellera, anudada sobre la nuca, habíala adornado
-con una guirnalda de amapolas cogidas entre el trigo. Llevaba en la
-espalda con varonil desembarazo una pesada red llena de quesos blancos,
-redondos como panes, frescos y rezumando aún el suero, y con la mano
-que le quedaba libre acariciaba los blancos vellones de una cabra de
-erguidos cuernos, la favorita, que se apretaba contra sus piernas,
-sonando la campanilla de cobre que llevaba al cuello.</p>
-
-<p>Acteón se deleitaba examinando aquella figura juvenil, dura para
-el trabajo y en la cual la fresca juventud triunfaba de la fatiga. Su
-esbeltez, de líneas rectas y armoniosas, le recordaba la elegancia de
-las figurillas de Tanagra sobre las mesas de las hetarias de Atenas; la
-arrogante adolescencia de las canéforas pintadas de negro en torno de
-los vasos griegos.</p>
-
-<p>La muchacha le miró varias veces y acabó por sonreir, enseñando
-su dentadura con la con<span class="pagenum" id="Page_63">p.
-63</span>fianza de la juventud que se siente admirada.</p>
-
-<p>—Eres griego, ¿verdad?...</p>
-
-<p>Le hablaba como las gentes del puerto, en aquel idioma extraño de
-ciudad mercantil abierta á todos los pueblos, mezcla de celtíbero,
-griego y latín.</p>
-
-<p>—Soy de Atenas. ¿Y tú quién eres?</p>
-
-<p>—Me llaman Ranto y mi señora es Sónnica la rica. ¿No has oído hablar
-de ella? Tiene naves en todos los puertos, esclavos á centenares y
-bebe en copas de oro. ¿Ves sobre aquellos olivos por la parte del mar
-una torrecilla de color de rosa? Pues es la quinta donde vive apenas
-el invierno le permite abandonar la ciudad. Yo estoy adscrita á la
-quinta y soy de su servidumbre durante el buen tiempo. Mi padre es el
-encargado de sus rebaños, y muchas veces baja ella á nuestros establos
-para juguetear con las cabras.</p>
-
-<p>Acteón estaba asombrado de la frecuencia con que oía hablar de
-Sónnica desde que puso el pie en tierra saguntina. El nombre de aquella
-mujer opulenta, al que unos llamaban la rica y otros la cortesana,
-estaba en todas las bocas. La pastorcilla, que parecía sentir cierta
-atracción hacia el extranjero, continuó hablando.</p>
-
-<p>—Ella es buena. De tarde en tarde aparece triste, dice que
-desfallece de fastidio en medio de sus riquezas, todo le es
-indiferente, y entonces es capaz de dejar que crucifiquen á todos sus
-esclavos sin protestar. Pero cuando está ale<span class="pagenum"
-id="Page_64">p. 64</span>gre es buena como una madre y nos libra del
-castigo. El malo es su intendente, el encargado de los esclavos; un
-ibero liberto que nos vigila y á cada instante amenaza con el látigo y
-la cruz. Á mi padre lo ha fustigado varias veces por una oveja perdida,
-por una cabra que se rompe las patas, por un poco de leche derramada
-en la quesería. Yo misma habría recibido sus golpes á no ser por el
-respeto que me tiene al verme acariciada algunas veces por Sónnica.</p>
-
-<p>Ranto hablaba de la terrible situación de los esclavos con la
-naturalidad de una criatura acostumbrada desde su nacimiento á
-presenciar tales rigores.</p>
-
-<p>—En invierno —continuó— voy con mi padre á la montaña, y aguardo con
-impaciencia la llegada del buen tiempo para que la señora vuelva á la
-villa, y bajar yo al llano, donde hay flores. Entonces puedo pasar el
-día entero á la sombra de los árboles rodeada de mis cabras.</p>
-
-<p>—¿Y cómo has aprendido algo de griego?</p>
-
-<p>—Lo habla Sónnica con los ricos de la ciudad que son sus amigos y
-con las esclavas que la sirven. Además...</p>
-
-<p>Se detuvo unos instantes, y sus pálidas mejillas se colorearon.</p>
-
-<p>—Además —continuó animosamente—, también lo habla mi amigo Eroción,
-el hijo de Mopso el arquero que vino de Rhodas; un amigo que me ayuda á
-guardar las cabras cuando no tra<span class="pagenum" id="Page_65">p.
-65</span>baja en la alfarería, que también es de Sónnica.</p>
-
-<p>Y señalaba los grandes talleres inmediatos al río; las famosas
-alfarerías saguntinas, que elevaban entre muros de arcilla las cúpulas
-de sus hornos, semejantes á enormes colmenas rojas.</p>
-
-<p>Á un lado del camino, entre los árboles, sonaron unas notas dulces,
-unas escalas locas y regocijadas de caramillo, y Acteón vió saltar á
-la calzada un muchacho casi de la misma edad de Ranto, alto, enjuto,
-descalzo y sin otra vestidura que una piel de cabra que, sujeta del
-hombro izquierdo y dejando al descubierto el derecho, se anudaba en
-torno de sus riñones. Los ojos parecían brasas, y el cabello negro, de
-tonos azulados y formando cortos rizos, se agitaba con los nerviosos
-movimientos de la cabeza, como un espeso toisón. Los brazos, enjutos
-y fuertes, con la piel hinchada por la tensión de venas y tendones,
-estaban teñidos hasta el codo por el rojo de la arcilla.</p>
-
-<p>Acteón, al contemplar su perfil corto y correcto de hermoso
-adolescente y la vivacidad nerviosa de su cuerpo, recordó á los
-aprendices de los escultores de Atenas; la juventud artista que en las
-horas de sol, antes de volver al taller, escandalizaba con sus juegos
-en el paseo del Cerámico á los tranquilos ciudadanos.</p>
-
-<p>—Éste es Eroción —dijo Ranto, que sonreía<span class="pagenum"
-id="Page_66">p. 66</span> dulcemente al ver á su amigo—. Aunque nacido
-en Sagunto, es griego como tú, extranjero.</p>
-
-<p>El adolescente no miraba á la joven; contemplaba con respeto al
-desconocido.</p>
-
-<p>—Eres de Atenas, ¿verdad? —dijo con admiración—. No puedes negarlo.
-Pareces Ulises cuando peregrinaba por el mundo al través de las
-aventuras que relata el padre Homero. Te he visto tal como eres en
-vasos y en relieves, igual en figura y traje al esposo de Penélope.
-Salud, hijo de Palas.</p>
-
-<p>—¿Y tú, eres también esclavo de Sónnica?</p>
-
-<p>—No —se apresuró á decir con altivez el muchacho—. La esclava es
-Ranto, y tal vez algún día no lo sea: yo soy libre, mi padre es Mopso,
-griego de Rhodas y primer arquero de Sagunto. Vino de allá sin más
-fortuna que su arco y sus flechas, y hoy es rico, después de la última
-expedición contra los turdetanos, y figura el primero en la milicia de
-la ciudad. Yo trabajo en la alfarería de Sónnica, que me quiere mucho.
-Ella fué quien me puso el nombre de Eroción, porque de pequeño parecía
-un amorcillo. No soy de los que amasan el barro, ni de los que giran el
-torno para dar forma á los vasos. Me llaman el artista, hago orlas de
-follaje, esculpo animales, sé hacer de memoria la cabeza de Diana, y
-nadie como yo puede grabar en el barro el gran sello de Sagunto. ¿Sabes
-cómo es? La nave sin velas, con tres órdenes de remos, y vo<span
-class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span>lando sobre ella la Victoria,
-con largos ropajes, depositando una corona en la proa. Soy capaz, si tú
-quieres, de esculpir tu figura...</p>
-
-<p>Pero se detuvo como avergonzado por estas últimas palabras, y añadió
-con tristeza:</p>
-
-<p>—¡Cómo te burlarás de mí, extranjero! Tú vienes de allá, de aquel
-país portentoso, del que tantas veces me habla mi padre. Habrás visto
-el Parthenón, la Palas Atenea, que los navegantes distinguen sobre el
-mar mucho antes de ver Atenas, el asombroso desfile de caballos de la
-methopas, los prodigios de Fidias... ¡Cómo deseo ver todo eso! Cuando
-llega al puerto alguna nave de Grecia, huyo de la alfarería, y paso
-los días en las tabernas de los marineros. Bebo con ellos, les regalo
-figurillas en posiciones lúbricas que les hacen reir, todo para que me
-cuenten lo que han visto, los templos, las estatuas, las pinturas: y
-sus relatos, en vez de calmarme, excitan mi deseo... ¡Ay, si Sónnica
-quisiera! ¡Si me dejara ir en una de sus naves cuando se hacen á la
-vela para Grecia!...</p>
-
-<p>Después añadió con energía:</p>
-
-<p>—Ésta que ves aquí, mi dulce Ranto, es la única que me sostiene. Si
-ella no existiese, hace tiempo que habría buscado al <i xml:lang="la"
-lang="la">gubernator</i> de una nave, vendiéndome como esclavo, si era
-preciso, para correr el mundo, para ver la Grecia y ser un artista como
-esos á los que tributáis allá los mismos honores que á los dioses.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span>Siguieron caminando
-un buen rato silenciosos los tres, tras la nubecilla de polvo que
-levantaban las cabras. El muchacho iba poco á poco recobrando su
-serenidad al lado de Ranto, que había cogido una de sus manos.</p>
-
-<p>—¿Y tú á qué vienes aquí? —preguntó á Acteón.</p>
-
-<p>—Vengo como vino tu padre. Soy un griego sin fortuna, y quiero
-ofrecer mis brazos á la república saguntina en sus guerras con los
-turdetanos.</p>
-
-<p>—Habla con Mopso. Le encontrarás en el Foro ó arriba en la
-Acrópolis, cerca del templo de Hércules, donde se reúnen los
-magistrados. Se alegrará de verte; adora á los de su raza y saldrá
-fiador de tí ante la ciudad.</p>
-
-<p>De nuevo se hizo el silencio. El griego veía las miradas amorosas
-que se cruzaban entre los dos adolescentes, el apretón cada vez más
-fuerte de sus manos entrelazadas, la tierna aproximación de sus cuerpos
-jóvenes y sanos, que se buscaban apoyándose mutuamente. Eroción, como
-obedeciendo á una súplica muda de su amada, había sacado del seno el
-caramillo de cañas agujereadas y soplaba en él dulcemente, haciendo
-una música tierna y pastoril, á la que contestaban las cabras con
-balidos.</p>
-
-<p>El griego adivinó que su presencia iba pesando á la feliz pareja.
-Cada vez retardaban más el paso.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span>—Salud, hijos.
-Caminad sin prisa; la juventud llega á tiempo á todas partes. Ya nos
-veremos en la ciudad.</p>
-
-<p>—Que los dioses te protejan, extranjero —contestó Ranto—. Si algo
-necesitas me encontrarás en el Foro. Allí he de vender estos quesos y
-otros que salieron al amanecer en la carreta del hortelano.</p>
-
-<p>—Salud, ateniense. Habla con mi padre, pero no digas con quién me
-has visto.</p>
-
-<p>Acteón atravesó el río por entre las carretas que se hundían en el
-agua hasta los ejes, y llegó ante los muros de la ciudad, admirando
-su fortaleza; las bases de piedra sin labrar y sin trabazón alguna,
-soportando las murallas y las torres de fuerte mampostería.</p>
-
-<p>En la puerta del camino de la Sierpe, que era la principal, tuvo que
-detenerse ante la confusión que formaban hombres, carros y caballerías
-en el angosto túnel. Dentro de la ciudad y casi pegado á la muralla
-estaba el templo de Diana, un fano conocido por su antigüedad en todo
-el mundo, y que daba no poca fama á los saguntinos. Acteón admiró la
-techumbre de tablones de enebro, venerable por su remota fabricación, y
-deseoso de conocer pronto la ciudad, siguió adelante.</p>
-
-<p>Vióse en una calle recta, al extremo de la cual ensanchábanse los
-edificios, abriendo un enorme espacio rectangular, una gran plaza<span
-class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span> cuadrada, con hermosas
-construcciones sostenidas por arcos bajo las cuales rebullía el gentío.
-Era el Foro. Por encima de los tejados del fondo veíanse casas y más
-casas, de paredes blancas; la ciudad escalando la falda del monte, y
-al final las murallas de la Acrópolis, las columnatas de los templos
-sosteniendo los frisos, formados por enormes piedras labradas.</p>
-
-<p>Acteón, siguiendo la calle que conducía al Foro, recordaba el barrio
-marítimo del Pireo. Aquel era el distrito de los comerciantes, habitado
-en su mayor parte por griegos. Al través de las ventanas de los
-pisos bajos, veíase el movimiento del tráfico; esclavos que apilaban
-fardos; jóvenes de rizada barba y nariz de ave de presa, trazando en
-las tablillas de cera las complicadas cuentas de sus negocios; y ante
-las puertas de las casas, sobre pequeñas mesas, estaban expuestas
-las muestras de los géneros; montones de trigo ó de lana y pesados
-pedruscos de las minas. Los comerciantes, de pie y apoyados en el
-quicio de sus puertas, hablaban con sus clientes, gesticulando y
-poniendo á los dioses por testigos, con plañidero acento, de que se
-arruinaban en los negocios.</p>
-
-<p>En algunos almacenes, el dueño, con vestidura de doradas flores,
-alta mitra y sandalias de púrpura, escuchaba silencioso á los
-parroquianos, con sus ojos claros de esfinge y acariciándose los
-anillos de la barba perfumada. Eran los<span class="pagenum"
-id="Page_71">p. 71</span> traficantes de África y Asia, cartagineses,
-egipcios ó fenicios, que guardaban en sus casas materias preciosas;
-joyeles de oro, colmillos de marfil, plumas de avestruz y pedazos
-de ámbar. Ante sus puertas, deteníanse las mujeres ricas cubiertas
-de blancos mantos, seguidas de esclavas, y al hablar, avanzaban su
-sonrosado hocico al interior de la tienda, embriagándose con el hálito
-exótico, compuesto de las especies excitantes de Asia y los misteriosos
-perfumes del Oriente. Por entre los fardos, pasaban majestuosos, con
-estridentes graznidos, pájaros raros traídos de allá, que arrastraban
-como un manto real sus plumajes multicolores.</p>
-
-<p>Acteón, después de examinar rápidamente estas tiendas, entró en el
-Foro. Era día de mercado, y toda la vida de la ciudad afluía á la gran
-plaza. Los hortelanos extendían cerca de los pórticos sus montones de
-hortalizas; los pastores del agro, amontonaban los quesos en pirámide
-delante de las cantarillas llenas de leche; y las mujeres del puerto,
-tostadas y casi desnudas, pregonaban el pescado fresco, colocado
-sobre un lecho de hojas en cestas planas de junco. En un extremo,
-los pastores de la montaña, vestidos de esparto, con aspecto feroz y
-armados de lanzas, vigilaban las vacas y los caballos puestos á la
-venta. Eran celtíberos, de los que se decía con horror que algunas
-veces comían carne humana y parecían sentirse presos dentro<span
-class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span> de la plaza, contemplando
-con ojos hostiles todo aquel movimiento de colmena tan distinto de la
-independiente soledad que gozaban en su vida errante. La riqueza de
-Sagunto excitaba su apetito de salteadores y cuatreros, y oprimiendo
-la lanza, miraban con ojos feroces el grupo de mercenarios armados al
-servicio de la ciudad, que en el fondo del Foro, sobre las gradas de un
-templo, custodiaban al senador encargado de hacer justicia en los días
-de mercado.</p>
-
-<p>En el centro de la plaza agitábase la multitud comprando y
-discutiendo, adornada de mil colores y hablando diversas lenguas.
-Pasaban las virtuosas ciudadanas vestidas sencillamente de blanco,
-seguidas de esclavos que encerraban en sacos de red las provisiones
-para la semana; los griegos, con larga clámide de color de azafrán,
-lo curioseaban todo, discutiendo largamente antes de hacer una compra
-insignificante; los ciudadanos saguntinos, iberos que habían perdido su
-primitiva rudeza á consecuencia de infinitos cruzamientos, imitaban en
-sus vestiduras y actitudes el aspecto de los romanos, que eran por el
-momento el pueblo más estimado; y confundidos con estas gentes veíanse
-los indígenas del interior, barbudos, atezados, de luengas y revueltas
-melenas, atraídos por el mercado, á pesar de la repugnancia que les
-inspiraba la ciudad y especialmente los griegos por sus refinamientos y
-riquezas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span>Algunos celtíberos,
-jefes de las tribus más cercanas á Sagunto, permanecían en medio del
-Foro á caballo, sin soltar la lanza y el escudo tejido de nervios de
-toro; cubiertos con el yelmo de triple cresta y la coraza de cuero,
-como si estuvieran en terreno enemigo y temiesen una asechanza. Sus
-mujeres, mientras tanto, ágiles, tostadas y varoniles, iban de un
-puesto á otro del mercado, agitando al andar su vestidura amplia,
-bordada de flores de colores vivos, y se detenían con admiración
-infantil ante la mesa de algún griego que vendía granos de cristal y
-collares y baratijas de bronce, cincelados groseramente.</p>
-
-<p>Los mantos de lino finísimo y de púrpura costosa se rozaban
-con los miembros desnudos de los esclavos ó el <i xml:lang="la"
-lang="la">sagum</i> celtíbero de lana negra, prendido de los hombros con
-hebillas. Los peinados á la griega con las cintas rojas cruzadas,
-el penacho de rizos sobre el occipucio, semejante al llamear de
-una antorcha y la frente pequeña como signo de suprema hermosura,
-confundíanse con los peinados de las mujeres celtíberas, que llevaban
-la frente afeitada y bruñida para hacerla más grande, y ensortijaban
-sus cabellos en torno de un pequeño palo colocado sobre su cabeza,
-formando un cuerno agudo, del que pendía el velo negro. Otras
-celtíberas llevaban un fuerte collar de acero, del que salían algunas
-varillas que se<span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span> unían
-sobre el peinado, y de esta jaula que encerraba la cabeza colgaban el
-velo, mostrando con orgullo la frente enorme, brillante y luminosa como
-un cuarto de luna.</p>
-
-<p>Acteón pasó mucho tiempo admirando el tocado de estas mujeres y su
-aspecto varonil y belicoso. Su fino instinto de griego adivinaba el
-peligro al contemplar á los bárbaros, inmóviles sobre sus corceles en
-medio del Foro, dominando desde su altura con una mirada de odio á
-aquel pueblo de comerciantes y agricultores. Eran las aves de presa que
-para comer y subsistir en sus áridas montañas, habían de bajar al llano
-como ladrones. Rodeada Sagunto de tales pueblos, algún día tendría que
-entrar en lucha con todos ellos.</p>
-
-<p>El griego, pensando en esto, entró bajo los pórticos donde se
-reunían los desocupados de la ciudad ante las tiendas de los barberos,
-los cambistas de moneda y los vendedores de vinos y refrescos. Acteón
-creyó encontrarse todavía en las galerías del Ágora de Atenas. Aunque
-empequeñecido, era aquel el mismo mundo de su ciudad natal. Graves
-ciudadanos que se hacían llevar por un esclavo la silla de tijera
-para sentarse á la puerta de una tienda á oir noticias; noveleros que
-circulaban de grupo en grupo, difundiendo las más estupendas mentiras;
-parásitos que buscaban una invitación para comer, adulando al rico más
-cercano y hablando mal<span class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span>
-de todo el que pasaba; pedagogos sin colocación, disputando á gritos
-sobre un punto de gramática griega, y jóvenes ciudadanos murmurando de
-los viejos senadores y afirmando que la república necesitaba hombres
-más fuertes.</p>
-
-<p>Se hablaba mucho de la última expedición contra los turdetanos y de
-la gran victoria conseguida sobre ellos. Ya no levantarían la cabeza;
-su rey Artabanes, fugitivo en lo más apartado de sus territorios,
-debía estar escarmentado por la reciente derrota. Y los jóvenes
-saguntinos miraban con orgullo los trofeos de lanzas, escudos y cascos,
-suspendidos de las pilastras de los pórticos. Eran las armas de algunos
-centenares de turdetanos muertos ó prisioneros en la última expedición.
-En las tiendas de los barberos, se ofrecían á ínfimos precios muebles
-y adornos robados en las aldeas enemigas por los guerreros de Sagunto.
-Nadie los quería. La ciudad estaba llena de tales despojos: las
-milicias saguntinas habían vuelto, llevando tras sí un verdadero
-ejército de carretas repletas y un rebaño interminable de hombres y
-bestias. Todos sonreían al pensar en el triunfo, con la fría ferocidad
-de la guerra antigua, incapaz de perdón, y en la que la mayor de las
-misericordias para el vencido era la esclavitud.</p>
-
-<p>Cerca del templo donde se administraba justicia, se situaba el
-mercado de esclavos. Estaban en el suelo, formando círculo, en
-cuclillas, cu<span class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span>biertos
-de harapos, las manos cruzadas sobre los pies y la barba apoyada en
-las rodillas. Los esclavos de nacimiento aguardaban al nuevo amo con
-la pasividad de bestias, los miembros descarnados por el hambre y
-la cabeza rasurada, cubierta por un gorro blanco. Otros, vigilados
-de más cerca por el traficante, eran barbudos, y sobre sus sucias
-cabelleras, llevaban una corona de ramas para indicar su calidad de
-esclavos cogidos en la guerra. Eran los turdetanos que no habían
-ofrecido rescate: en sus ojos aún se notaba el asombro y la rabia, al
-verse reducidos á la esclavitud. Muchos de ellos llevaban cadenas,
-y en su cuerpo estaban frescas la cicatrices de la reciente guerra.
-Miraban á aquel pueblo enemigo contrayendo la boca como si quisieran
-morder, y algunos agitaban su brazo derecho terminado por un informe
-muñón. Les habían cortado la mano guerreando con alguna de las tribus
-del interior, que acostumbraban á inutilizar de este modo á los
-prisioneros.</p>
-
-<p>Los saguntinos miraban con indiferencia estos enemigos convertidos
-en cosas, en bestias, por la dura ley de la conquista, y olvidando á
-los turdetanos hablaban de las querellas de la ciudad, de la lucha de
-facciones, que parecía haberse sofocado con la intervención de los
-legados de Roma. Aún se notaban en las gradas del inmediato templo,
-las huellas de la sangre de los decapitados por afecto á Cartago, y
-los ami<span class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span>gos de Roma,
-que eran los más, hablaban fuerte, alabando el enérgico consejo de los
-enviados de la gran República. La ciudad viviría ahora en paz y segura
-con la protección de Roma.</p>
-
-<p>Acteón, que escuchaba las conversaciones de los grupos, al mirar
-hacia el templo creyó ver entre el gentío que subía y bajaba las
-gradas, al pastor celtíbero que en la noche anterior había muerto
-al legionario romano. Fué una visión rápida; su <i xml:lang="la"
-lang="la">sagum</i> negro se perdió entre los grupos, y el griego quedó
-indeciso, no sabiendo si realmente era él.</p>
-
-<p>Avanzaba la mañana. Acteón había pasado mucho tiempo en el mercado
-y pensó que ya era hora de ocuparse de sus asuntos. Tenía que ver á
-Mopso el arquero arriba en la Acrópolis, y emprendió la ascensión por
-calles tortuosas pavimentadas de guijarros, con blancas casas, en cuyas
-puertas hilaban y tejían la lana las mujeres.</p>
-
-<p>El griego, al llegar junto á la Acrópolis, admiró las murallas
-ciclópeas de grandes peñascos amontonados con raro arte y sólidamente
-unidos sin trabazón alguna. Allí estaba la cuna de la ciudad; el
-recuerdo de los compañeros de Zazintho, al establecerse entre los rudos
-indígenas.</p>
-
-<p>Pasó bajo una larga bóveda, y se vió en la extensa meseta del monte,
-rodeada de murallas que podían abrigar una población tan grande<span
-class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span> como Sagunto. En esta inmensa
-planicie, esparcidos sin orden, alzábanse los edificios públicos,
-como un recuerdo de la época en que la ciudad estaba en la cumbre
-y aún no había descendido, ensanchándose hacia el mar. Desde sus
-murallas se apreciaba la inmensidad del fértil agro, los territorios
-de la República, perdiéndose por el Sur á lo largo de la playa, hasta
-el límite de los que ocupaban los Olcades; las innumerables aldeas
-y quintas, agrupadas en las riberas del Bætis-Perkes, y la ciudad,
-como un gran abanico blanco, en la falda del monte, encerrada por
-las murallas, sobre las cuales parecía saltar el oprimido caserío,
-esparciéndose por las huertas.</p>
-
-<p>Acteón, volviendo su vista al cerrado recinto de la Acrópolis,
-contemplaba el templo de Hércules. Cerca de él, la columnata en la
-cual se reunía el Senado; el taller donde se acuñaba la moneda; el
-templo en que se custodiaba el tesoro de la República; el arsenal
-donde se armaban los ciudadanos; la caserna de los mercenarios, y
-dominando todos estos edificios, la torre de Hércules, construcción
-enorme y ciclópea, que de noche contestaba con sus llamaradas á las
-<i xml:lang="la" lang="la">spéculas</i> de la playa y de los montes del
-puerto, esparciendo la alarma ó la tranquilidad por todo el territorio
-saguntino. Además, una tropa de esclavos, dirigidos por un artista
-griego, daba los últimos retoques á un pequeño templo que<span
-class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span> Sónnica la rica había hecho
-elevar en la Acrópolis en honor de Minerva.</p>
-
-<p>Los saguntinos que subían á la ciudadela para pasear tranquilamente
-contemplando su ciudad y los mercenarios que limpiaban las espadas y
-corazas de bronce á la puerta de su cuartel, miraban con curiosidad al
-griego.</p>
-
-<p>Un saguntino de aspecto acomodado, envuelto en una toga roja á la
-romana y apoyado en un largo bastón, se aproximó á hablarle. Era un
-hombre de mediana edad, fuerte, con la barba y el cabello encanecidos y
-una expresión bondadosa en los ojos y en la sonrisa.</p>
-
-<p>—Dime, griego —preguntó con dulzura—. ¿Á qué vienes aquí? ¿Eres
-mercader?... ¿Eres navegante? ¿Buscas para tu país la plata que nos
-traen los celtíberos?...</p>
-
-<p>—No; soy un pobre que vaga por el mundo, y vengo á ofrecerme á la
-República como soldado.</p>
-
-<p>El saguntino hizo un gesto de tristeza.</p>
-
-<p>—Debí haberlo adivinado en el arma que te sirve de apoyo...
-¡Soldados! ¡siempre soldados!... En otro tiempo no se veía en toda la
-ciudad una espada ni un dardo. Llegaban los extranjeros en sus naves
-repletas de mercancías, tomaban lo nuestro, nos daban lo suyo, y
-vivíamos en la paz que cantan los poetas. Ahora los que llegan, griegos
-ó romanos, africanos ó asiáticos, se presentan armados, son perros
-feroces que vienen<span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span> á
-ofrecerse para guardar el rebaño que antes triscaba en paz sin miedo á
-los enemigos. Al ver todo este aparato bélico, al contemplar cómo se
-regocija la juventud de Sagunto relatando la última expedición contra
-los turdetanos, tiemblo por la ciudad, por la suerte de los míos. Ahora
-somos los más fuertes; ¿pero no vendrá alguien que lo sea más que
-nosotros y nos eche al cuello la cadena de esclavos?...</p>
-
-<p>Y por encima de las murallas miraba la ciudad con amorosa
-tristeza.</p>
-
-<p>—Extranjero —continuó—, me llaman Alco y mis amigos me apellidan
-el <i>Prudente</i>. Los ancianos del Senado atienden mis consejos; pero la
-juventud no los sigue. He comerciado, he corrido el mundo, tengo mujer
-é hijos que gozan de bienestar, y estoy convencido de que la paz es la
-felicidad de los pueblos y hay que sostenerla á todo trance.</p>
-
-<p>—Yo soy Acteón, hijo de Atenas. Fuí navegante y naufragaron mis
-naves; comercié y perdí mi fortuna. Mercurio y Neptuno me trataron
-siempre como padres huraños y sin entrañas. He gozado mucho, he sufrido
-aún más, y hoy, mendigando casi, vengo aquí á vender mi sangre y mis
-músculos.</p>
-
-<p>—Haces mal, ateniense: eres hombre y quieres convertirte en lobo.
-¿Sabes lo que más admiro en tu pueblo? Que os burláis de Hércules y
-sus hazañas, y rendís culto á Palas Atenea.<span class="pagenum"
-id="Page_81">p. 81</span> Despreciáis la fuerza para adorar la
-inteligencia y las artes de la paz.</p>
-
-<p>—El brazo fuerte vale tanto como la cabeza en que Zeus puso su
-fuego.</p>
-
-<p>—Sí; pero ese brazo empuja la cabeza á la muerte.</p>
-
-<p>Acteón sentíase impacientado por las palabras de Alco.</p>
-
-<p>—¿Conoces á Mopso el arquero?...</p>
-
-<p>—Allí le tienes, junto al templo de Hércules. Le conocerás por su
-arma que no abandona nunca. Ése es otro de los que atrajo aquí el mal
-espíritu de la guerra.</p>
-
-<p>—Salud, Alco.</p>
-
-<p>—Que los dioses te protejan, ateniense.</p>
-
-<p>Acteón reconoció al valeroso griego en el arco y la aljaba que
-colgaban de sus hombros. Era un hombre fornido, de luenga barba, que
-llevaba arrollado á sus guedejas grises un nervio de toro para suplir
-el que servía de cuerda al arco. Los brazos musculosos y fuertes
-delataban con la tirantez de sus tendones la forzada tensión á que se
-sometían para abrir el duro arco y disparar las flechas.</p>
-
-<p>Acogió á Acteón con la respetuosa simpatía que por su superioridad
-inspiraban los atenienses á los griegos de las islas.</p>
-
-<p>—Hablaré al Senado —dijo al enterarse de sus pretensiones—. Basta
-mi palabra para que seas admitido en los mercenarios con toda la<span
-class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span> distinción que mereces. ¿Has
-guerreado alguna vez?</p>
-
-<p>—He hecho la guerra de Lacedemonia á las órdenes de Cleomenes.</p>
-
-<p>—Famoso capitán; hasta aquí ha llegado el eco de las hazañas del rey
-espartano. ¿Qué es de él?</p>
-
-<p>—Le abandoné cuando vencido, pero no domado, se refugió en
-Alejandría. Allí vivía desterrado bajo el amparo de Ptolomeo; pero
-según me dijeron ha poco en Cartago-Nova, por una intriga de palacio
-cayó en desgracia: el monarca egipcio le mandó asesinar, y Cleomenes,
-con sus doce compañeros, murió matando. Cuando cayó tenía ante él un
-montón de cadáveres.</p>
-
-<p>—Digno final de un héroe... ¿Dónde aprendiste el arte militar?</p>
-
-<p>—Comencé en Sicilia y Cartago en el campo de los mercenarios y
-terminé mi educación en el Pritaneo de Atenas. Mi padre fué Lisias,
-capitán al servicio de Hamílcar, asesinado después por los cartagineses
-en su guerra con los mercenarios que llamaron <i>implacable</i>.</p>
-
-<p>—Famosas escuelas y excelente padre. También su nombre llegó á mis
-oídos en la época que yo corría el mundo, antes de tomar el servicio
-de Sagunto... ¡Bienvenido seas, Acteón! Si quieres entrar en los
-<i>hoplites</i>, figurarás en la primera fila de la falange, con la armadura
-pesada y la pica larga... Aunque no; vosotros los<span class="pagenum"
-id="Page_83">p. 83</span> atenienses deseáis pelear con ligereza; sois
-más temibles por la carrera que por los golpes. Serás <i>peltasta</i> con tu
-venablo y un escudo ligero de los llamados <i>pelta</i>; pelearás suelto, y
-de seguro que se relatarán de tí grandes hazañas.</p>
-
-<p>Pasaban junto á los dos griegos algunos ancianos, á los que el
-arquero saludaba con respeto.</p>
-
-<p>—Son los senadores —dijo— que se reúnen hoy por ser día de mercado.
-Muchos de ellos vienen de sus quintas del agro y suben hasta la
-Acrópolis en sus literas. Se reúnen bajo aquella columnata.</p>
-
-<p>Acteón vió cómo iban sentándose en sus sillas de madera de curvas
-garras, rematadas por la cabeza del león de Nemea. En sus rostros y
-trajes notábase la gran división de razas que existía en la ciudad. Los
-de origen ibero llegaban de sus granjas, barbudos, atezados, con coraza
-de lino forrada de gruesa lana, espada corta de dos filos pendiente
-del hombro y un sombrero de cuero endurecido que equivalía á un casco.
-Los comerciantes griegos presentábanse con las mejillas rasuradas,
-envueltos en una clámide blanca, de la que salía desnudo el brazo
-derecho; una cinta sujetaba sus cabellos como una corona y se apoyaban
-en un largo báculo rematado por una piña. Parecían los reyes de la
-<i>Iliada</i> reunidos ante Troya.</p>
-
-<p>Acteón vió entre ellos un gigante de negra<span class="pagenum"
-id="Page_84">p. 84</span> barba y cabello corto y ensortijado, que
-formaba sobre su cabeza como una mitra de lana. Sus miembros enormes,
-de salientes músculos y tirantes tendones que parecían próximos
-á estallar, asomaban por las aberturas del rojo manto en que se
-envolvía.</p>
-
-<p>—Ése es Therón —dijo el arquero—, el gran sacerdote de Hércules; un
-hombre prodigioso, que conquistaría una corona en los Juegos Olímpicos.
-Mata un toro con solo descargarle el puño en la cerviz.</p>
-
-<p>El griego creyó ver otra vez entre la gente que se reunía cerca del
-Senado, al pastor celtíbero, contemplando con interés al gigantesco
-sacerdote de Hércules. Pero el arquero le hablaba y hubo de volver su
-vista á él.</p>
-
-<p>—Va á comenzar el consejo y debo estar al pie de las gradas
-esperando órdenes. Márchate, Acteón, y espérame en el Foro. Allí
-encontrarás á mi pequeño. ¿No dices que le viste en el camino? De
-seguro que iría con esa esclava que guarda las cabras de Sónnica. No
-titubees, Acteón, no mientas. Lo adivino... ¡Ah, ese pequeño! ¡Ese
-vagabundo que en vez de trabajar corre los campos como un esclavo
-fugitivo!...</p>
-
-<p>Y á pesar de la gravedad con que se lamentó el arquero, notábase
-en su acento un temblor de ternura, la predilección que le inspiraba
-sobre sus demás hijos aquel artista errante y ca<span class="pagenum"
-id="Page_85">p. 85</span>prichoso que á veces abandonaba la casa
-paterna para corretear por el puerto y por los montes semanas
-enteras.</p>
-
-<p>Se despidieron los dos griegos y Acteón volvió al Foro, no sin que
-antes creyese ver de nuevo, vagando por la Acrópolis, al misterioso
-pastor celtíbero. Al entrar en los pórticos oyó silbidos y gritos; los
-grupos se arremolinaban riendo y profiriendo insultos; la gente salía á
-toda prisa de las tiendas de los barberos y los perfumistas. El griego
-vió un grupo de jóvenes lujosamente vestidos que pasaban intrépidos
-y con despreciativa sonrisa al través de la tempestad de silbidos y
-sarcasmos que levantaba su presencia.</p>
-
-<p>Eran los elegantes de Sagunto; los jóvenes ricos que imitaban las
-modas de la aristocracia de Atenas, exageradas por la distancia y la
-falta de gusto. Acteón también rió con su fina sonrisa de ateniense al
-apreciar la torpeza con que aquellos jóvenes copiaban á sus lejanos
-modelos.</p>
-
-<p>Al frente de ellos marchaba Lacaro, el elegante que acompañaba
-á Sónnica en su visita matinal al templo de Venus. Iban vestidos
-con telas de colores chillones y fino tejido, transparentes, hasta
-dejar ver el cuerpo, como las túnicas que las hetarias llevaban
-en los banquetes. Las mejillas, cuidadosamente depiladas, estaban
-cubiertas de suave bermellón y los ojos agranda<span class="pagenum"
-id="Page_86">p. 86</span>dos con rayas negras: los cabellos rizados y
-perfumados con olorosas grasas, aparecían sostenidos por una cinta.
-Algunos llevaban grandes aros de oro en las orejas, y al andar sonaban
-los ocultos brazaletes. Otros se apoyaban indolentemente en el hombro
-de pequeños esclavos, de blancas espaldas y cabellera de gruesos
-bucles, que parecían niñas por la redondez de sus formas. Como si no
-oyeran los insultos y sarcasmos de la gente, hablaban con tranquilidad
-de los versos griegos que uno de ellos había compuesto; discutían su
-mérito, el modo de acompañarlos mejor con la lira, y únicamente se
-detenían para acariciar las mejillas de sus pequeños esclavos ó para
-saludar á los conocidos, muy satisfechos en el fondo del escándalo que
-su presencia provocaba en el Foro.</p>
-
-<p>—No me digáis que imitan á los griegos —vociferaba ante un corro un
-viejo de cara maliciosa, con el manto sucio y remendado de un pedagogo
-sin colocación—. El fuego de los dioses debe caer sobre la ciudad.
-Nuestro padre Zeus es cierto que en un momento de pasión raptó al
-gallardo Ganímedes; pero ¿y Leda? ¿y todas las innumerables beldades
-que recibieron en sus entrañas el fuego del señor del Olimpo?...
-Bueno se pondría el mundo si los hombres imitásemos á los dioses, y
-todos hiciéramos como esos necios, vistiéndonos de mujeres. ¿Queréis
-ver<span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span> un griego? Pues
-aquí lo tenéis: éste sí que es un verdadero hijo de la Hélade.</p>
-
-<p>Y señalaba á Acteón, que se vió rodeado por las miradas curiosas del
-grupo.</p>
-
-<p>—¡Cómo reirás, extranjero, al ver esos infelices que torpemente
-creen imitar á tu país! —continuó vociferando aquel energúmeno con
-aspecto de mendigo—. Yo soy filósofo, ¿sabes? El único filósofo de
-Sagunto, y con esto adivinarás que este pueblo ingrato me deja morir
-de hambre. De joven estuve en Atenas, asistí á sus escuelas y dejé de
-ser marinero y correr el mundo para buscar en mí mismo la verdad. No he
-inventado nada, pero sé cuanto han dicho los hombres sobre el alma y el
-mundo, y si quieres te recitaré de memoria párrafos enteros de Sócrates
-y de Platón y todas las contestaciones del gran Diógenes. Conozco tu
-país y me avergüenzo por mi ciudad al ver á tales necios... ¿Sabes
-quién es el culpable de estas ridiculeces que nos deshonran? Pues
-Sónnica, esa Sónnica que llaman la rica, antigua cortesana que acabará
-por convertir Sagunto en un dicterión, destruyendo las tradiciones de
-la ciudad, las costumbres rudas y sanas de otros tiempos.</p>
-
-<p>Al oir el nombre de Sónnica se elevó del grupo un murmullo de
-protesta.</p>
-
-<p>—¿Los ves? —gritó el filósofo cada vez más enfurecido—. Son esclavos
-aduladores que tiemblan ante la verdad. El nombre de Sónnica les<span
-class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span> causa el mismo efecto que
-el de una diosa. ¿Ves ese que huye? Pues á su padre le prestó Sónnica
-hace pocos días una fuerte cantidad sin interés alguno para que
-comprase trigos en Sicilia, y por esto cree que debe huir de donde se
-diga algo contra ella. Mira ese que vuelve la espalda. La cortesana
-libertó á su padre que era esclavo, y no quiere oir nada que moleste
-á Sónnica. Y estos otros, que más valientes se quedan y me miran como
-si fuesen á devorarme, todos han recibido favores de ella, y serían
-capaces de pegarme como otras veces por mis palabras. Son esclavos
-que la defienden cual si fuese una divinidad benéfica. Como ellos son
-muchos en Sagunto, y por esto los magistrados no osan castigar á esa
-griega, que con sus extravagancias de loca escandaliza la ciudad. Vaya,
-pegadme, mercaderes: golpead al único que no miente en Sagunto.</p>
-
-<p>Los del grupo se alejaban, dejando al filósofo que bracease lanzando
-gritos de indignación.</p>
-
-<p>—Lo que debías hacer —dijo con desprecio uno de los últimos al
-retirarse— es mostrar más agradecimiento. Si comes algún día, es en la
-mesa de Sónnica.</p>
-
-<p>—¡Y comeré esta noche! —gritó el filósofo con insolencia—.
-¿Qué demuestras con eso? ¡Y le diré en su cara lo mismo que digo
-aquí!... ¡Y ella reirá como siempre, mientras vosotros comeréis<span
-class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span> bazofia en vuestras casas,
-pensando en su banquete!...</p>
-
-<p>—¡Ingrato! ¡Parásito! —dijo aquel hombre volviéndole las espaldas
-con desprecio.</p>
-
-<p>—La gratitud es condición de perro; el hombre demuestra su
-superioridad hablando mal de quien le favorece... Si no queréis
-que Eufobias el filósofo sea parásito, mantenedle á cambio de su
-sabiduría.</p>
-
-<p>Pero Eufobias hablaba en el vacío. Todos se habían retirado,
-confundiéndose en los grupos inmediatos. Sólo Acteón estaba junto
-á él, examinándolo con interés, como admirado de encontrar en una
-ciudad lejana un hombre tan semejante á los que en Atenas pululaban
-en torno de la Academia, formando la plebe filosófica hambrienta y
-obscurecida.</p>
-
-<p>El parásito, al verse sin más público que el griego, se agarró de su
-brazo.</p>
-
-<p>—Tú sólo mereces oirme. Bien se conoce que eres de allá y sabes
-distinguir el mérito.</p>
-
-<p>—¿Quién es esa Sónnica que tanto te indigna por sus costumbres?
-¿Sabes su vida? —preguntó el ateniense con el deseo de conocer el
-pasado de una mujer que con su nombre parecía llenar toda la ciudad.</p>
-
-<p>—¿Que si la sé? Mil veces me la ha contado en sus ratos de
-melancolía y fastidio, que son los más; cuando yo no logro hacerla reir
-con mi saber, y ella siente la necesidad de aban<span class="pagenum"
-id="Page_90">p. 90</span>donarse, hablándome de su pasado con tanto
-descuido como si conversase con su perro. Es historia larga.</p>
-
-<p>Se detuvo el filósofo y guiñó un ojo, señalando una puerta inmediata
-en la cual un mostrador agujereado sostenía una fila de ánforas.</p>
-
-<p>—En casa de Fulvius estaremos mejor. Es un romano honradísimo que
-jura haber reñido con el agua. Anteayer recibió un famoso vino de
-Laurona. Desde aquí percibo su perfume.</p>
-
-<p>—No tengo ni un óbolo en la bolsa.</p>
-
-<p>El filósofo, que contraía la nariz como si aspirase el vaho del
-mosto, hizo un gesto de desaliento. Después miró con cariño al
-griego.</p>
-
-<p>—Tú eres digno de oirme. ¡Pobre como yo, en medio de estos
-mercaderes que abarrotan de plata sus bodegas!... Ya que no hay vino,
-paseemos: esto aclara las ideas. Te trataré como Aristóteles á sus
-discípulos predilectos.</p>
-
-<p>Y paseando á lo largo del pórtico, Eufobias comenzó á relatar lo que
-sabía de la vida de Sónnica.</p>
-
-<p>Creía haber nacido en Chipre, la isla del amor para los navegantes.
-En aquellas playas, de cuyas espumas hicieron nacer los poetas la
-triunfante belleza de Venus Afrodita, las mujeres de la isla corren por
-la noche en busca de los marineros para prostituirse en memoria de la
-diosa. De uno de estos encuentros con un remero, había nacido Sónnica.
-Recordaba vagamente los<span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span>
-primeros años de su niñez, correteando por la cubierta de una nave;
-saltando de un banco á otro de los remeros, alimentada y despreciada
-como los gatos de á bordo, visitando muchos puertos poblados de gentes
-diversas en trajes, costumbres é idiomas; pero viéndolo todo de lejos
-y vagamente como las imágenes de un sueño, sin poner nunca el pie en
-tierra firme.</p>
-
-<p>Antes de ser mujer, fué la amante del amo del buque, un piloto de
-Samos que, cansado de ella ó por la tentación del negocio, la vendió
-una noche á un beocio que tenía un dicterión en el Pireo. Aún no había
-cumplido doce años, y la pequeña Sónnica llamaba la atención entre las
-dicteriadas que pululaban por la noche en el Pireo, principal centro de
-la prostitución ateniense.</p>
-
-<p>La población flotante de la ciudad, compuesta de extranjeros,
-jugadores y jóvenes arrojados de su casa por los severos padres,
-congregábase en aquel suburbio de Atenas que rodeaba los puertos
-del Pireo y Faraleo y formaba el arrabal de Estirón. Apenas cerraba
-la noche, todo este mundo bullicioso y corrompido se reunía en la
-gran plaza del Pireo, entre la ciudadela y el puerto, y comenzaban
-á circular las prostitutas, que con la llegada de las sombras,
-adquirían libertad para salir de los dicteriones en que las tenían
-recluídas. Bajo los pórticos de la plaza, lanzaban sus dados los
-jugadores, disputaban<span class="pagenum" id="Page_92">p. 92</span>
-los filósofos errantes, dormían los vagabundos, se contaban sus
-viajes los marineros; y por entre esta confusión de gentes diversas,
-pasaban las dicteriadas con el rostro pintado, casi desnudas ó con
-mantos rayados de fuertes colores que revelaban su origen africano y
-asiático. Allí creció y se educó la joven hija de Chipre, buscando
-todas las noches un mercader de trigos de Bitinia ó un exportador de
-cueros de la Gran Grecia, gente ruda y alegre que antes de volver á
-su país querían gastar algo de sus ganancias con las cortesanas de
-Atenas. De día, permanecía presa en el dicterión, una casa de aspecto
-sórdido, sin más adorno en la fachada que un enorme falo que servía de
-muestra al establecimiento; con la puerta abierta á todas horas, sin
-el perro encadenado que tenían las demás viviendas, y mostrando apenas
-se levantaba la gruesa cortina de lana, el patio descubierto, en el
-cual, junto á las entradas de las habitaciones, estaban en cuclillas
-ó tendidas sobre las baldosas todas las mercancías de la casa;
-mujeres gastadas y consumidas por el fuego del amor y niñas apenas
-llegadas á la pubertad; todas desnudas, contrastando la piel obscura
-y aterciopelada de las egipcias con la tez pálida de las griegas y la
-blanca y sedosa de las asiáticas.</p>
-
-<p>Sónnica, que entonces se llamaba Mirrina (el nombre que la habían
-dado los marineros), se cansó de la vida del dicterión. Eran todas
-allí<span class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span> unas esclavas,
-á las que el beocio apaleaba cuando dejaban partir descontento á
-un parroquiano. La repugnaba tomar los dos óbolos marcados por las
-leyes de Solón, de aquellas manos callosas que herían al acariciar,
-y le causaba náuseas la gente soez y brutal, de todos los países del
-mundo, que llegaba en busca del placer y partía ahita, siendo renovada
-inmediatamente por otra, y por otra, como un incesante oleaje de deseos
-excitados por la soledad del mar, repitiendo iguales caprichos é
-idénticas exigencias.</p>
-
-<p>Una noche visitó por última vez el templo de Venus Pandemos,
-levantado por Solón en la gran plaza del Pireo y depositó un óbolo como
-última ofrenda ante las estatuas de Venus y su compañera Pitho, las dos
-divinidades de las cortesanas, ante las cuales iba muchas veces con sus
-amantes del momento, antes de entregarse á ellos en la orilla del mar,
-ó junto al extenso muro construído por Temístocles para unir el puerto
-con Atenas. Después huyó hacia la ciudad, ansiando libertad y placeres,
-con el deseo de ser una de aquellas hetarias atenienses cuyo lujo y
-hermosura había admirado desde lejos.</p>
-
-<p>Vivía como las cortesanas libres y pobres, á las que la juventud
-ateniense llamaba <i>lobas</i> por sus gritos. Pasaba al principio
-días enteros sin comer, pero se consideraba más feliz que sus
-antiguas compañeras del puerto de Faraleo ó<span class="pagenum"
-id="Page_94">p. 94</span> del arrabal de Estirón, esclavas de los
-dueños de los dicteriones. Su mercado era ahora el Cerámico, un vasto
-arrabal de Atenas, á lo largo de la muralla, entre las puertas del
-Cerámico y la Dipila, en la cual estaban el jardín de la Academia y
-las tumbas de los ciudadanos ilustres muertos por la República. De
-día, iban allí las grandes hetarias ó enviaban sus esclavas para ver
-si sus nombres estaban escritos con carbón en la muralla del Cerámico.
-El ateniense que deseaba á una cortesana, escribía el nombre de
-ella junto con la cantidad ofrecida, y si ésta era del gusto de la
-hetaria, aguardaba al pie de la inscripción la llegada del que hacía
-la oferta. Á la luz del sol, ostentábanse allí las grandes cortesanas
-casi desnudas, con sandalias de púrpura, envueltas en mantos de flores
-y llevando sobre sus cabelleras espolvoreadas de oro coronas de
-frescas rosas. Los poetas, los retóricos, los artistas y los grandes
-ciudadanos, paseaban por los verdes bosquecillos del Cerámico ó bajo
-los pórticos adornados de estatuas, discutiendo con las cortesanas
-y teniendo que poner en tortura su ingenio para hacer frente á sus
-réplicas.</p>
-
-<p>Al llegar la noche, una invasión de mujeres miserables y haraposas
-llenaba el paseo, esparciéndose por entre las tumbas de los grandes
-ciudadanos. Era la hez del placer ateniense que vivía en libertad
-y buscaba la sombra: viejas<span class="pagenum" id="Page_95">p.
-95</span> cortesanas que, confiadas en la noche, salían á conquistar el
-pan en aquel mismo lugar donde en otros tiempos habían reinado con el
-poder de la hermosura; dicteriadas fugitivas; esclavas que huían por
-algunas horas de la casa del amo, y mujeres de la plebe que buscaban
-en la prostitución un alivio á su miseria. Agazapadas tras las tumbas,
-entre los bosques de laureles, permanecían inmóviles como esfinges, y
-apenas los pasos de un hombre turbaban el silencio del Cerámico, salían
-de todos lados débiles aullidos llamando al recién llegado. Muchas
-veces huían en loca carrera al reconocer á un encargado de cobrar el
-<i>Pornicontelos</i>, impuesto establecido por Solón sobre las cortesanas,
-y que era la mejor renta de Atenas. Á media noche, el transeunte que
-atravesaba el Cerámico, de vuelta de un banquete, sentía en torno la
-agitación y los suspiros de un mundo invisible, que parecía removerse
-sobre el césped y la blanda arena. Los poetas decían riendo que eran
-los manes de los grandes ciudadanos que gemían en sus profanadas
-tumbas.</p>
-
-<p>Así vivió Mirrina hasta los quince años, pasando la noche en el
-Cerámico y el día en la casucha de una vieja de Thesalia que, como
-todas las de su país, gozaba gran fama de hechicera y lo mismo ayudaba
-á los partos que vendía filtros amatorios á las cortesanas y retocaba
-los rostros á las que estaban en decadencia.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span>¡Qué de cosas
-aprendió allí la pequeña <i>loba</i> al lado de la vieja, huesuda y fea
-como una Parca! Le ayudaba á moler el albayalde, que mezclado con
-cola de pescado rellenaba las arrugas del rostro; preparaba la harina
-de habas para untarse los pechos y el vientre, dejando la piel con
-una tersa tirantez; llenaba frasquitos de antimonio para dar brillo
-á los ojos; liquidaba el carmín para colorear con ligeros toques las
-grietas cubiertas de pasta y escuchaba con profunda atención los sabios
-consejos con que la vieja guiaba á sus pupilas, á fin de que mostraran
-con todo su relieve las perfecciones particulares y disimulasen los
-defectos. La vieja thesaliana aconsejaba á las pequeñas de cuerpo
-gruesas suelas de corcho dentro del calzado y á las altas, sandalias
-ligeras y hundir la cabeza entre los hombros; fabricaba rellenos para
-las flacas, armazones de ballenas para las obesas; teñía de hollín las
-canas, y á las que tenían buena dentadura las obligaba á llevar un
-tallo de mirto entre los labios, aconsejándolas que riesen á la menor
-palabra.</p>
-
-<p>La joven poseía de tal modo su confianza, que la ayudaba en la
-parte más peligrosa de su ciencia: la confección de filtros amatorios
-y la fabricación de hechizos, que más de una vez la habían hecho ser
-perseguida por los oficiales del Areópago. Las hetarias más ricas
-la consultaban para sus deseos y venganzas, y ella las pres<span
-class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span>taba sus conocimientos. Para
-lograr la impotencia de un hombre ó la esterilidad de una mujer no
-había más que darles una copa de vino en la que se hubiese ahogado
-un barbo; para atraer á un amante olvidadizo se quemaba en un fuego
-de ramas de tomillo y de laurel una torta de harina sin levadura; y
-para convertir en odio el amor no había más que seguir al hombre,
-pisando sus huellas al revés, colocando el pie derecho donde él había
-puesto el izquierdo y murmurar al mismo tiempo: «Estoy sobre tí, te
-pisoteo.» Si había que hacer volver á un amante hastiado, la vieja
-rodaba una bola de bronce que llevaba en el seno, pidiendo á Venus que
-del mismo modo hiciese rodar el amante por el umbral de la puerta, y
-si no surtía efecto el conjuro, se arrojaba en el brasero mágico la
-imagen en cera del ser querido, pidiendo á los dioses que derritiesen
-de amor el corazón helado, así como se derretía su figura. Y junto con
-estos hechizos, rodeados de invocaciones misteriosas, iban los filtros
-compuestos con hierbas afrodisíacas y excitantes, que muchas veces
-causaban la muerte.</p>
-
-<p>Una noche de primavera, á la luz de la luna, Mirrina tuvo un
-encuentro en el Cerámico, que la hizo abandonar el antro de la
-thesaliana. Sentada tras una tumba, su aullido suave y débil como un
-lamento, atrajo á un hombre envuelto en un manto blanco. Por el brillo
-de sus ojos y<span class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span> la
-inseguridad de sus pies parecía ebrio. En la cabeza llevaba una corona
-de rosas ajadas.</p>
-
-<p>Mirrina adivinó en él á un ciudadano distinguido que salía de un
-banquete. Era el poeta Simalión, joven aristócrata, que había ganado
-una corona en los Juegos Olímpicos, y en el que Atenas veía resucitar
-la inspiración de Anacreonte. Las hetarias más hermosas cantaban sus
-versos en los banquetes al son de la lira, y las virtuosas ciudadanas
-los murmuraban en la soledad del gineceo, enrojeciendo de emoción. Las
-más famosas beldades de Atenas se disputaban al poeta, y éste, enfermo
-en plena juventud, como si no pudiera resistir el peso de la adoración
-mundana, refugiábase en el templo de Esculapio cuando la tos le hacía
-escupir sangre; iba en peregrinación á las fuentes milagrosas de toda
-la Grecia y sus islas; y apenas se sentía con fuerzas y una nueva
-sangre circulaba por su cuerpo, despreciaba á los médicos y corría otra
-vez á los banquetes con los negociantes y los artistas del Ática, entre
-hetarias famosas y gentiles aulétridas, rodando de los brazos de una
-á los de otra, pagando las caricias con versos que repetía luego la
-ciudad, siempre ardiente y consumiendo su vida como la antorcha que en
-las nocturnas fiestas de Dionisios se pasaba la cadena de bacantes de
-mano en mano, hasta perderse en lo infinito.</p>
-
-<p>Á la salida de una de estas orgías, encontró<span class="pagenum"
-id="Page_99">p. 99</span> á Mirrina, y al contemplar á la luz de la
-luna aquella belleza fresca, entera y casi infantil, en un lugar
-frecuentado por las inmundas <i>lobas</i>, se llevó las manos á los ojos
-como si temiera ser engañado por la turbación de la embriaguez. Era
-Psiquis con los pechos firmes y redondos como una taza de armoniosa
-curva; con sus líneas correctas y suaves que hubieran desesperado á los
-escultores de la Academia; y el poeta experimentó la misma satisfacción
-que, cuando tras una tarde de paseo solitario desde Atenas al puerto,
-á lo largo de la muralla de Temístocles, encontraba el último verso de
-una oda.</p>
-
-<p>Ella quiso arrastrarle al antro de la thesaliana, pero Simalión,
-deslumbrado por las carnes de marfil que parecían brillar entre los
-harapos, la condujo á su hermosa casa de la calle de los Trípodes, y
-allí quedó Mirrina como señora, con esclavas y lujosos trajes.</p>
-
-<p>Esta hazaña del poeta asombró á toda Atenas. En el Ágora y en el
-Cerámico, sólo se hablaba de la nueva amante de Simalión: gozaba el
-éxito de la piedra preciosa olvidada y perdida en la arena, que de
-repente brilla sobre la frente de un poderoso.</p>
-
-<p>Las grandes hetarias, que nunca habían logrado conquistar por
-completo al veleidoso poeta, se asombraban al verle unido estrechamente
-á una jovenzuela salida de un dicterión, que recordaban muchos
-aventureros del<span class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span>
-Pireo. La llevaba en su carro, guiando tres caballos de recortadas
-crines, á todas las grandes fiestas en los templos del Ática; componía
-por las mañanas versos en su honor y la despertaba recitándolos, entre
-una nube de flores que dejaba caer sobre su lecho. Daba banquetes á
-los artistas amigos para gozarse en su envidia y su admiración cuando
-á los postres la hacía exhibirse desnuda sobre la mesa, con toda la
-magnificencia de su belleza pura, que causaba en aquellos griegos una
-emoción religiosa.</p>
-
-<p>Fiel á Simalión por agradecimiento al principio y enamorada después
-del poeta y sus obras, Mirrina le adoraba como maestro tanto como
-amante. En poco tiempo aprendió á tañer la lira y á recitar los versos
-en todos los estilos conocidos, y leyó la biblioteca de su amante,
-hasta el punto de poder hacer frente á los convidados de aquellas
-cenas de artistas y ser citada entre las hetarias más ingeniosas de
-Atenas.</p>
-
-<p>Simalión, cada vez más entusiasmado con su amante, derrochaba la
-vida y la fortuna. Hacía traer para ella del Asia mantos sutiles
-bordados de fantásticas flores, que transparentaban el nácar de su
-cuerpo; polvo de oro para cubrir sus cabellos, haciéndola semejante á
-las diosas que los poetas y los artistas de Grecia pintaban siempre
-rubias; encargaba á los navegantes que comprasen rosas de Egipto de
-asombrosa frescura, y cada vez más macilento, la piel terrosa<span
-class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span> y la mirada de fuego,
-tosiendo y encorvándose entre los brazos de su amante, veía disminuir
-sus fuerzas.</p>
-
-<p>Así pasó dos años, hasta una tarde de otoño en que, tendido sobre
-el césped de su jardín, con la cabeza apoyada en las rodillas de la
-hermosa, oyó por última vez sus versos, cantados por la fresca voz de
-Mirrina, siguiendo el aleteo de los blancos dedos sobre las cuerdas
-de la lira. El sol poniente hacía brillar en lo más alto de la ciudad
-como una ascua la lanza de la Minerva del Parthenón; su mano de niño
-apenas si podía sostener la copa de oro llena de vino con miel. Hizo
-un esfuerzo para besar á su amante; las rosas que le coronaban se
-deshojaron, cubriendo con una lluvia de pétalos el pecho de Mirrina,
-y lanzando un quejido de mujer cerró los ojos, cayendo sobre aquel
-regazo, en el que había dejado los últimos restos de su vida.</p>
-
-<p>La joven le lloró con desesperación de viuda. Cortó su espléndida
-cabellera para depositarla como una ofrenda sobre su tumba, y
-arrinconando los deslumbrantes trajes, vistió de lana obscura, como las
-atenienses de gran virtud, permaneciendo recluída en su casa silenciosa
-y cerrada como un gineceo.</p>
-
-<p>La necesidad de vivir, de sostener aquel lujo al que estaba
-acostumbrada, de tener un carro y esclavas y palafreneros, la
-hicieron pensar en su hermosura, y las hetarias más célebres se<span
-class="pagenum" id="Page_102">p. 102</span> alarmaron ante la nueva
-rival. Cubierta con una peluca de rojo obscuro para disimular la
-tonsura del dolor, y envuelta en finos velos, de los que surgían su
-garganta redonda cubierta de perlas y los brazos frescos y alabastrinos
-cargados hasta los hombros de brazaletes, se mostraba en una ventana
-alta de su casa con la grave majestad de una diosa que aguarda el
-culto. Los más ricos de Atenas deteníanse al anochecer en la calle de
-los Trípodes, para contemplar á <i>la viuda del poeta</i>, como la llamaban
-con sorna las del Cerámico. Algunos, más osados ó trémulos de deseo,
-levantaban el índice como una pregunta muda; pero en vano esperaban
-que ella contestase afirmativamente con el ademán acostumbrado de las
-hetarias, cerrando el pulgar y el índice en forma de anillo.</p>
-
-<p>Muy pocos lograban entrar en la casa de la famosa cortesana.
-Murmurábase que algunas noches, en momentos de fastidio, había abierto
-su puerta á jovenzuelos de los que modelaban sus primeras estatuas en
-los jardines de la Academia ó recitaban sus versos desconocidos á los
-desocupados del Ágora; gente que sólo podía disponer para el amor de
-algunos óbolos ó cuando más de un dracma. Pero en cambio, los ricos que
-ofrecían <i>estateras</i> de oro ó varias <i>minas</i> por entrar en la casa, se
-consideraban demasiado pobres para cumplir sus deseos. Las cortesanas
-viejas se contaban al oído con cierto respeto<span class="pagenum"
-id="Page_103">p. 103</span> que un reyezuelo de Asia, de paso en
-Atenas, había dado á Mirrina por una noche dos <i>talentos</i> —lo que
-gastaba al año cualquier república de Grecia— y que la hermosa hetaria,
-sin conmoverse ante tal fortuna, sólo le había permitido estar junto á
-ella el tiempo que tardó en vaciarse su <i>clepsydra</i>, pues hastiada de
-los hombres, medía el amor por el reloj de arena.</p>
-
-<p>Los mercaderes fabulosamente ricos, al llegar al Pireo, buscaban
-relaciones de amistad para entrar en casa de Mirrina. Abrumaban con
-presentes á los artistas vagabundos que eran amigos de la cortesana
-para ser admitidos en sus cenas, y más de uno, llegado días antes al
-puerto con una flota cargada de ricas mercancías, las vendía antes de
-descargar las naves para quedarse en la casa del poeta, y regresaba
-á su país embarcado de limosna, satisfecho de su miseria al ver la
-envidia y el respeto que inspiraba á sus compañeros.</p>
-
-<p>Así conoció á Bomaro, un joven ibero, mercader de Zazintho, que
-había llegado á Atenas con tres naves cargadas de cueros. La cortesana
-se sintió atraída por su dulzura, que contrastaba con la rudeza de los
-otros negociantes; encanallados por la vida de los grandes puertos.
-Hablaba poco y ruborizándose, como si el mutismo de las largas
-permanencias en el mar le hubiesen dado una timidez de virgen: si le
-obligaban á contar sus aventuras de navegante, lo<span class="pagenum"
-id="Page_104">p. 104</span> hacía con sencillez, sin mencionar los
-peligros arrostrados, y ante la cultura de los griegos mostraba una
-admiración infantil.</p>
-
-<p>Mirrina, durante la cena en que le vió por primera vez, sorprendió
-sus ojos fijos en ella, con la misma expresión de ternura y respeto
-que si mirase á una diosa de imposible posesión. Aquel navegante,
-educado entre bárbaros, en una colonia remota que apenas si guardaba
-vestigios de la madre Grecia, comenzó á interesar á la cortesana más
-que los jóvenes atenienses y los opulentos mercaderes que la rodeaban.
-Trémulo y balbuciente, pidió la limosna de una noche, y la pasó junto
-á ella con más admiración que placer, adorando su regia desnudez,
-enterneciéndose al oir su voz que le adormecía con un cálido arrullo
-maternal, acompañándose con la lira.</p>
-
-<p>Al despertar quiso entregarla una fortuna, el producto de todo su
-cargamento; pero Mirrina, sin saber por qué, se negó á aceptarlo, á
-pesar de sus protestas. Él era rico, no tenía padres; allá lejos,
-en aquel país de bárbaros, poseía inmensos rebaños, centenares de
-esclavos, que cultivaban sus campos ó trabajaban en las minas; grandes
-fábricas de alfarería y muchas naves, como las tres que le aguardaban
-en el Pireo. Y viendo que la cortesana, con sonrisa bondadosa, le
-trataba como á un niño generoso, negándose á aceptar su dinero, compró
-en la<span class="pagenum" id="Page_105">p. 105</span> calle de los
-Orfebres un prodigioso collar de perlas que era la desesperación de
-todas las hetarias, y lo envió á Mirrina antes de partir.</p>
-
-<p>Después volvió muchas veces. No se decidía á regresar á su país.
-Se hacía á la vela con su flotilla, pero en el primer puerto que
-encontraba, admitía cargamento para Atenas sin fijarse en el precio,
-y apenas tocaba en el Pireo, corría á casa de la cortesana, no
-decidiéndose á partir hasta que sospechaba en Mirrina el hastío de su
-presencia.</p>
-
-<p>La cortesana acabó por acostumbrarse á aquel amante sumiso, siempre
-á sus pies, que deseaba morir por ella, mostrando su adoración con
-un apasionamiento de bárbaro, tan distinto de la escéptica y burlona
-cortesía de los atenienses. Llamábale <i>hermanito</i>, y esta palabra, que
-las hetarias usaban con los amantes jóvenes, tomaba poco á poco en
-sus labios un calor de sincero cariño. Cuando tardaba en regresar de
-sus viajes á las islas, ansiaba su presencia, y apenas le veía en la
-puerta, corría á él con los brazos abiertos, en un arranque de alegría
-jamás visto por los otros amigos.</p>
-
-<p>No le amaba como al poeta; pero la sumisión apasionada de Bomaro, su
-amor respetuoso y dócil, tan distinto de los apetitos que inspiraba á
-los demás, despertaban en Mirrina un sentimiento de gratitud.</p>
-
-<p>Una noche, el ibero que parecía preocupado,<span class="pagenum"
-id="Page_106">p. 106</span> osó tras muchas vacilaciones exponerla su
-pensamiento.</p>
-
-<p>No podía vivir sin ella; jamás volvería á Zazintho; había resuelto
-perder sus riquezas antes que dejar de verla. Prefería ser descargador
-en el muelle de Faraleo... Y á continuación, como quien toma carrera
-para salvar más pronto el obstáculo, la propuso apresuradamente hacerla
-su esposa, entregarla su fortuna, llevarla allá, al risueño Zazintho,
-de campos floridos y montañas de color de rosa, tan semejantes á las
-del Ática.</p>
-
-<p>Mirrina reía escuchándole; pero en su interior se sentía
-conmovida por la abnegación cariñosa del ibero que, para unirse á
-ella eternamente, saltaba por encima de un pasado vergonzoso en el
-dicterión y el Cerámico. La cortesana resistió con sonrisa burlona
-tales proposiciones; pero Bomaro era tenaz. ¿No estaba cansada de
-aquella vida, de verse agasajada como un objeto de gran precio, pero
-despreciada muchas veces por las gentes groseras que se creían señores
-de ella con sólo presentar su oro? ¿No le gustaba ser una soberana en
-las costas de Iberia, rodeada de un pueblo que admiraría sus talentos
-de ateniense?...</p>
-
-<p>Bomaro la venció con su tenacidad amorosa, y un día las cortesanas
-de Atenas vieron con asombro como era vendida la casa de la calle de
-los Trípodes, y como las esclavas de Mirrina lle<span class="pagenum"
-id="Page_107">p. 107</span>vaban al puerto las riquezas amontonadas
-en tres años de loca fortuna, depositándolas en las naves del ibero,
-que había puesto en los mástiles sus velas de púrpura para un viaje
-triunfal.</p>
-
-<p>La cortesana, deseando tranquilizar á aquel hombre que tan por
-completo se entregaba á ella, quiso dejar en Atenas todo su pasado. Se
-propuso ser una mujer nueva, olvidar su vergonzoso nombre, y después
-de hacer repetir á Bomaro los nombres más hermosos de las mujeres
-ibéricas, escogió el de Sónnica, por ser el más grato á su oído.</p>
-
-<p>Al llegar á Zazintho, el navegante y la griega se unieron en el
-templo de Diana ante todo el Senado, al que pertenecía el joven. La
-ciudad experimentó los efectos de aquel encanto que parecía emanar
-de la persona de Sónnica. Era como un soplo de la lejana Atenas que
-enloquecía á los comerciantes griegos de Sagunto, embrutecidos por su
-larga permanencia entre bárbaros.</p>
-
-<p>En los banquetes, cuando á la hora de los vinos dulces cantaba ella
-los himnos de los grandes maestros, toda la juventud saguntina del
-barrio griego sentíase impulsada á caer á sus pies, adorándola como una
-diosa. Al año de unión, Bomaro sintió en su fortuna el apoyo de aquella
-mujer, que al cambiar de vida, se interesaba por las cosas materiales,
-deseosa de aca<span class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span>llar
-las murmuraciones de las ciudadanas virtuosas que hablaban de su pasado
-de cortesana dilapidadora.</p>
-
-<p>Vigilaba de lejos los trabajos del campo, los grandes rebaños, las
-fábricas de alfarería; iba á presenciar la llegada de las naves, y la
-enorme fortuna de Bomaro se aumentó, resultando excelentes todos los
-negocios que aconsejaba ella con su voz lenta y armoniosa, tendida bajo
-un bosquecillo de laureles de su jardín y acariciada por el abanico de
-plumas de una esclava.</p>
-
-<p>Bomaro, después de satisfechas sus más vehementes ansias de amor,
-navegaba por las costas de Iberia, tranquilo de la buena marcha de sus
-asuntos y deseando acrecentar aún más aquella fortuna que tan bien
-administraba Sónnica. Ésta se había rodeado de una corte de jóvenes, á
-los que trataba como una maestra: la juventud griega nacida en Sagunto,
-la seguía para aprender los modales y costumbres de Atenas, que eran
-su perpetuo ensueño. Los maldicientes de la ciudad la llamaban Sónnica
-la cortesana, pero la plebe que recibía sus auxilios, y los pequeños
-comerciantes que jamás acudían á ella sin resultado, la titulaban
-Sónnica la rica, y eran capaces de pelearse con los que hablaran mal de
-ella.</p>
-
-<p>Un invierno, á los cuatro años de unión, Bomaro pereció en un
-naufragio cerca de las co<span class="pagenum" id="Page_109">p.
-109</span>lumnas de Hércules, y Sónnica se vió dueña absoluta de una
-inmensa fortuna y señora de toda una ciudad, sobre la que imperaba
-por su riqueza y su buen corazón. Libertó esclavos en memoria del
-infortunado navegante, envió ofrendas valiosas á todos los templos
-de Sagunto, alzó en la Acrópolis un monumento funerario en memoria
-de Bomaro, haciendo venir para ello marmolistas de Atenas. Con sus
-liberalidades se hizo perdonar su origen, logrando que la ciudad,
-huraña y de costumbres austeras, tolerase su vida alegre y desenfadada,
-que era una resurrección de las costumbres atenienses en medio de la
-sobriedad ibérica.</p>
-
-<p>Pasado el luto de la viudez, dió cenas en su casa de campo, que
-duraron hasta el alba; hizo venir del Ática famosas <i>aulétridas</i>
-que con las flautas enloquecían á la juventud saguntina; sus naves
-emprendían viajes sin más objeto comercial que traerla raros perfumes
-del Asia, telas de Egipto y caprichosos adornos de Cartago; y su
-fama se extendió tanto tierra adentro, que algunos reyecillos de la
-Celtiberia llegaban á Sagunto con el deseo de conocer aquella mujer
-asombrosa, sabia como un sacerdote y hermosa como una deidad. Los
-griegos admirábanla, viendo acrecerse con ella la influencia de su raza
-sobre los primitivos saguntinos, que la elogiaban por su desinterés.
-Y así vivía: sin entrar en su casa otras mujeres que las esclavas,
-flau<span class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span>tistas y
-danzarinas; rodeada de hombres que la deseaban, pero sin entregarse á
-ninguno de ellos; tratándolos con una franqueza varonil, permitiéndose
-enloquecedoras intimidades, pero sin llegar nunca á la regia limosna
-de su cuerpo; y pensando siempre en Atenas, la ciudad luminosa que
-guardaba su pasado, y cuyas costumbres intentaba resucitar.</p>
-
-<p>Eufobias el filósofo, al llegar á este punto de su relación,
-afirmaba con gran energía la pureza de Sónnica. Á pesar de lo que
-dijeran las griegas del barrio de los mercaderes, Sónnica no tenía
-amantes: lo afirmaba él, que era la peor lengua de la ciudad. Varias
-veces se había sentido inclinada hacia alguno de sus comensales.
-Alorco, el hijo de un reyecillo de la Celtiberia que vivía en Sagunto y
-frecuentaba mucho su casa, había causado en ella alguna impresión con
-su belleza varonil y fiera de hijo de las montañas. Pero en el momento
-decisivo retrocedía Sónnica, como quien teme descender y confundirse
-con una raza inferior. El recuerdo del Ática ocupaba por completo
-su imaginación. Si hubiese abordado á aquellas costas algún joven
-ateniense, bello como Alcibíades, cantando versos, modelando estatuas y
-mostrando habilidades y destrezas como en los Juegos Olímpicos, tal vez
-hubiera caído en sus brazos; pero su castidad continuaba segura entre
-los celtíberos arrogantes que iban á todas las fiestas oliendo <span
-class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span>á caballo y con la espada en
-el flanco, ó los afeminados hijos de comerciantes, rizados, chorreando
-perfumes y acariciando á los pequeños esclavos que les acompañaban en
-el baño.</p>
-
-<p>—Tú, ateniense —continuó el filósofo— debes presentarte á Sónnica;
-te recibirá bien... No eres un efebo —continuó sonriendo burlonamente—;
-te blanquea la barba, pero tienes en tu figura la arrogancia de un rey
-de la <i>Iliada</i>, en la frente algo de la majestad de Sócrates; y ¿quién
-sabe si podrás ser el heredero de las riquezas de Bomaro? Si esto
-llega, no olvides al pobre filósofo; me contento con un odre de vino de
-Laurona, ya que ahora me condenas á la sed.</p>
-
-<p>Y Eufobias reía, golpeando á Acteón en los hombros.</p>
-
-<p>—Estoy invitado al banquete de Sónnica esta noche —dijo el
-griego.</p>
-
-<p>—¡Tú también!... Allí nos veremos. Á mí no me invitan, pero entro
-con el mismo derecho que un perro de la casa.</p>
-
-<p>El filósofo vió pasar por el centro del Foro á Alco, el pacífico
-ciudadano, que bajaba de la Acrópolis.</p>
-
-<p>—Ése es uno de los pocos buenos que hay aquí. Me ensalza la virtud,
-me aconseja que trabaje olvidando la filosofía y encima me da siempre
-para beber. Hasta la noche, extranjero.</p>
-
-<p>Y corrió hacia Alco que, apoyado en su báculo, le veía venir con
-bondadosa sonrisa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span>Acteón, viéndose
-solo otra vez, vagó por el centro del mercado. De pronto oyó á su
-espalda una voz infantil que le llamaba. Era Ranto, sentada en el
-suelo entre los cántaros de leche ya vacíos, vendiendo sus últimos
-quesos. Junto á ella estaba en cuclillas el pequeño alfarero. Comían
-una galleta dura con unas cebollas frescas y jugosas y se disputaban
-cariñosamente los bocados entre grandes risas. La pastorcilla ofreció
-á Acteón un pedazo de queso y una torta y el griego aceptó con el
-reconocimiento del hambre. Parecía que era su destino recibir en
-Sagunto el sustento de manos femeninas. Dos veces le habían socorrido
-las mujeres desde que desembarcó.</p>
-
-<p>Sentado entre los dos adolescentes, veía poco á poco despoblarse
-el mercado. Los pastores picaban sus rebaños hacia la puerta del Mar;
-los jefes celtíberos, llevando sus mujeres á la grupa de los caballos,
-emprendían el galope con el deseo de verse pronto en las aldeas de la
-montaña, y las carretas vacías rodaban perezosamente hacia los vicos y
-torres del agro saguntino.</p>
-
-<p>Acteón vió de nuevo al pastor celtíbero bajo los pórticos, yendo
-de grupo en grupo como un rústico torpe, enterándose de todas las
-conversaciones. Al pasar por cerca del griego le miró con aquellos ojos
-enigmáticos que despertaban en él un recuerdo indeterminado.</p>
-
-<p>De repente el pequeño alfarero se levantó y<span class="pagenum"
-id="Page_113">p. 113</span> echó á correr, ocultándose tras la
-columnata del Foro.</p>
-
-<p>—Es que ha visto á su padre —dijo Ranto con tranquilidad—. Por allí
-llega Mopso: baja de la Acrópolis.</p>
-
-<p>Acteón salió al encuentro del arquero.</p>
-
-<p>—Ha bastado mi palabra para que te admitiese el Senado. La ciudad
-necesitará pronto buenos soldados como tú. Los ancianos mostrábanse
-algo alarmados esta mañana. Temen á Hanníbal, ese lobezno de Hamílcar,
-que acaudilla ahora los cartagineses y no llevará con calma nuestra
-amistad con los romanos y el castigo de los aliados que tenía aquí...
-Toma: esto es el adelanto que te hace la República.</p>
-
-<p>Y entregó á Acteón un puñado de monedas que el griego guardó en su
-bolsa. Después quiso llevarle á su casa: conocería á sus hijos, comería
-con ellos; pero el ateniense no aceptó, alegando su invitación al
-banquete de Sónnica.</p>
-
-<p>Al alejarse el arquero, Acteón sintió el tormento de la sed, y
-recordando las recomendaciones del filósofo, entró en la casa de aquel
-romano cuyo vino de Laurona tanto entusiasmo inspiraba á Eufobias.
-Cambió en el mostrador un victoriato y le dieron una pátera de barro
-rojo en forma de barca llena de un vino negro coronado de brillantes
-burbujas. Dos soldados bebían en un rincón de la taberna; dos rudos
-mercenarios, con caras de bandidos. El uno era<span class="pagenum"
-id="Page_114">p. 114</span> un ibero; el otro, de tez tostada y formas
-atléticas, parecía un libio, y sus mejillas, encallecidas por el casco,
-así como el cuello y los brazos, surcados por cicatrices, delataban al
-guerrero á sueldo que peleaba con indiferencia desde la niñez, lo mismo
-al servicio de un pueblo que al del contrario.</p>
-
-<p>—Yo estoy al servicio de Sagunto —decía el libio—. Estos mercaderes
-pagan mejor que los de Cartago. Pero créeme, aunque satisfecho
-de servir á este pueblo, reconozco que se mete en mala aventura
-disgustando á Hanníbal. Mucho vale Roma: pero Roma está lejos, y
-ese cachorro de león se despereza á pocas jornadas de aquí. Hay que
-conocerlo, haberlo visto desde niño como yo, cuando militaba á las
-órdenes de su padre Hamílcar. Corre como una yegua, lo mismo combate
-á pie que á caballo, come lo que hay ó no come; va vestido como un
-esclavo; todo su lujo está en las armas; duerme en el suelo, y muchas
-veces, al amanecer, lo encontraba su padre tendido entre los centinelas
-del campamento. No quiere que le cuenten nada: necesita verlo todo por
-sus propios ojos, mezclarse con los enemigos para estudiar de cerca
-su punto flaco. Muchas veces, Hasdrúbal, el marido de su hermana,
-se asombraba al ver entrar en su tienda á un viejo mendigo, y reía
-á carcajadas contemplando cómo se arrancaba Hanníbal la peluca y
-los harapos, bajo los cua<span class="pagenum" id="Page_115">p.
-115</span>les había pasado algunas horas entre los enemigos.</p>
-
-<p>Acteón salió de la taberna apresuradamente al ver que Ranto, después
-de entregar sus cántaros á un esclavo que los cargaba en su carreta,
-emprendía la marcha hacia la quinta de Sónnica.</p>
-
-<p>—Iré contigo, pequeña. Me servirás de guía hasta la casa de tu
-señora.</p>
-
-<p>Comenzaba á descender el sol. La luz de la tarde doraba el follaje
-del agro, dando á las hojas de las vides una transparencia de ámbar. En
-los caminos de la campiña, sonaban las esquilas del ganado, el chirrido
-de las carretas y el canto soñoliento de los rústicos que volvían de la
-ciudad.</p>
-
-<p>Llegaron á la quinta de Sónnica, grande como un pueblo. Pasaron
-primeramente ante las viviendas de los esclavos, en cuyas puertas se
-agitaba un enjambre de niños desnudos de grueso abdomen y ombligo
-saliente como un botón. Después, las cuadras, de las cuales salía un
-vaho ardoroso cargado de mujidos y relinchos; los trojes, los graneros,
-la casa del intendente, los calabozos para los esclavos rebeldes con
-sus respiraderos al ras del suelo; el palomar, alta torre de ladrillos
-rojos, en torno de la cual aleteaba una nube de plumas blancas con
-incesantes arrullos; las chozas grandes de paja que servían de albergue
-á centenares de gallinas, y tras esta serie de edificios, la quinta
-de recreo,<span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span> la
-vivienda de Sónnica, de la que se hablaba con admiración hasta en las
-más remotas tribus de la Celtiberia; rodeada de cipreses y laureles,
-circuida por muros cubiertos de retorcidas parras, y asomando por
-encima de la gran masa de follaje, sus paredes de color de rosa con
-columnatas y frisos de mármol azul y la terraza coronada por estatuas
-polícromas, cuyos ojos de esmalte brillaban al sol como piedras
-preciosas.</p>
-
-<p>Acteón caminaba silencioso y preocupado. Desde hacía media hora que
-Ranto le hablaba sin obtener contestación.</p>
-
-<p>—Mira, extranjero: todos los campos que alcanza la vista, son de
-Sónnica.</p>
-
-<p>—Contempla, griego, cuántas gallinas. Casi todos los huevos que
-consume la ciudad son de aquí.</p>
-
-<p>Acteón no se fijaba en las indicaciones de la pastorcilla; pero
-cuando ésta llamó en la puerta del jardín, y al eco del címbalo
-contestó en el interior un ladrido de perros y el extraño chillido de
-ocultas aves, el griego se dió un golpe en la frente, cual si acabara
-de hacer un descubrimiento.</p>
-
-<p>—Ya sé quien es —dijo como si surgiera de un sueño.</p>
-
-<p>—¿Quién? —preguntó asombrada la joven.</p>
-
-<p>—Nadie —contestó con la frialdad del que teme haber dicho
-demasiado.</p>
-
-<p>Pero en su interior, estaba satisfecho del<span class="pagenum"
-id="Page_117">p. 117</span> descubrimiento. Recordando las palabras del
-mercenario libio en la taberna, había resurgido en su memoria la figura
-de aquel pastor celtíbero tan enigmático. De repente, se había hecho la
-luz en su pensamiento.</p>
-
-<p>Ya sabía quién era. Por algo le habían impresionado desde el primer
-momento las miradas de aquel desconocido; los ojos, que no cambian
-nunca en el rostro por años que transcurran. Aquellos ojos los había
-visto muchas veces en su niñez, cuando su padre hacía la guerra en
-Sicilia con Hamílcar y él se educaba en Cartago.</p>
-
-<p>El pastor era Hanníbal.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span></p>
- <h2 class="nobreak" title="III. Las danzarinas de Gades">III</h2>
- <p class="subh2">Las danzarinas de Gades</p>
-</div>
-
-<p>Dos horas después del mediodía despertó Sónnica. Los oblicuos
-rayos del sol se filtraban entre las varillas doradas de la ventana,
-cubiertas por el follaje de las parras. Su luz coloreaba los vivos
-estucos que servían de marco á las escenas de los Juegos Olímpicos
-pintadas en el muro y las columnillas de mármol rosa que adornaban la
-puerta.</p>
-
-<p>La hermosa griega arrojó al suelo las cubiertas de blanco lino
-de Sétabis, y su primera mirada al despertar fué para su desnudez,
-siguiendo con ojos cariñosos todos los contornos de su cuerpo, desde
-el seno hinchado por redondeces armoniosas, hasta el extremo de sus
-sonrosados pies.</p>
-
-<p>La cabellera opulenta, perfumada y de sedosos bucles descendiendo
-á lo largo de su cuerpo, la envolvía como un regio manto de oro,
-acariciándola desde la nuca á las rodillas con un<span class="pagenum"
-id="Page_120">p. 120</span> suave beso. La antigua cortesana, al
-despertar, admiraba su cuerpo con la adoración que habían infundido en
-ella los elogios de los artistas de Atenas.</p>
-
-<p>Aún era joven y hermosa; aún podía hacer temblar de emoción á los
-hombres al terminar un banquete, mostrándose sobre la mesa desnuda como
-Friné. Sus manos, ávidas de embriagarse con el tacto de su hermosura,
-acariciaban la redonda y firme garganta; los globos de nácar terminados
-por un sutil pétalo de rosa, apreciando su firme elasticidad, y la
-tortuosa red de venillas azules que se dibujaban débilmente bajo la
-satinada epidermis; y después bajaban y bajaban rozando las profundas
-entradas del talle, las fuertes caderas, el vientre de curva suave,
-semejante á la de una crátera, y las piernas, cuya armoniosa redondez
-era comparada en otros tiempos con la trompa del elefante por los
-mercaderes asiáticos que la visitaban en Atenas.</p>
-
-<p>El amor había pasado sobre ella su lengua de fuego sin consumirla;
-había vivido en medio de sus ardores fría, insensible y blanca como la
-estatua de mármol bajo el resplandor del sol. Y al verse joven aún,
-hermosa y con una frescura de virgen, sonreía satisfecha de sí misma,
-contenta de la vida.</p>
-
-<p>—¡Odacis!... ¡Odacis!</p>
-
-<p>Al eco de su voz entró una esclava celtíbera, alta, enjuta, fuerte,
-á la que apreciaba mucho la<span class="pagenum" id="Page_121">p.
-121</span> griega por la suavidad con que peinaba sus cabellos.</p>
-
-<p>Apoyándose en sus hombros se incorporó sonriente y saltó del lecho
-para entrar en el baño.</p>
-
-<p>Su desnudez se envolvía en la cabellera como en un transparente velo
-de oro. Al posar sus pies desnudos sobre el pavimento que representaba
-el juicio de Paris, la frialdad del mosaico la hacía reir con agradable
-cosquilleo y su risa marcaba suaves hoyuelos en las mejillas, y por
-acción refleja hacía estremecer con suave ondulación las curvas de su
-dorso.</p>
-
-<p>Descendió tres escalones y se arrojó en la piscina de jaspe,
-moviendo los brazos, que hacían saltar el agua en diminutas perlas. Su
-cuerpo, al través del agua verdosa, tomaba una trasparencia ideal, un
-brillo de aparición fantástica, moviéndose de un lado á otro como una
-sirena de espaldas de nácar con la cabellera flotante.</p>
-
-<p>—¿Quién ha venido, Odacis? —preguntó tendiéndose en el fondo de la
-bañera.</p>
-
-<p>—Han venido las mujeres de Gades que bailarán esta noche. Polyantho
-las ha alojado junto á las cocinas.</p>
-
-<p>—¿Y quién más?...</p>
-
-<p>—Hace un momento llegó el extranjero de Atenas que encontraste
-esta mañana en el templo de Afrodita. Le he hecho entrar en la
-biblioteca y no he olvidado ninguno de los debe<span class="pagenum"
-id="Page_122">p. 122</span>res de la hospitalidad. Ahora acaba de salir
-del baño.</p>
-
-<p>Sónnica sonreía pensando en el encuentro de por la mañana. Había
-dormido mal. Lo atribuía á la noche en vela pasada con sus amigos en
-la terraza de la quinta; al caprichoso viaje al puerto antes de la
-salida del sol; pero pensaba con cierta confusión en lo impresa que
-había quedado en su memoria la figura del ateniense, hasta el punto de
-que varias veces se le apareció durante su sueño. Sin saber por qué,
-asociaba la figura de Acteón á la de Zeus cuando en forma mortal bajaba
-á la tierra en busca del amor humano.</p>
-
-<p>En sus ratos de fastidio, cuando en Atenas acogía con repugnancia
-las caricias vendidas por montones de oro, la acometía el vago deseo
-de ser amada por un dios. Pensaba en Leda, en Psiquis, hasta en
-el afeminado Ganímedes, amados por los huéspedes del Olimpo, y se
-enfurecía ante la imposibilidad de encontrar un dios que la poseyera
-en un bosque misterioso ó al borde de uno de esos caminos á cuyo final
-está lo desconocido. Quería contemplar su imagen en el fondo de unos
-ojos animados por el resplandor de lo infinito; besar una boca que
-sirviese de puerta á la suprema sabiduría; sentirse esclava entre
-unos brazos que tuviesen la inmensa fuerza de la omnipotencia. Había
-gustado una pequeña parte de este placer amando á su poeta, majes<span
-class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span>tuoso y sublime en algunos
-instantes como un ser divino; pero la simplicidad de la adolescencia
-no le dejó paladear este placer, y ahora, en el refinamiento de su
-madurez, sólo encontraba hombres como los que había conocido en Atenas,
-rudos y brutales unos, afeminados y burlones otros, sin la belleza
-severa y soberana que admiraba en las estatuas.</p>
-
-<p>Salió del baño suspirando con infantiles y graciosos
-estremecimientos, mientras su cabellera esparcía una menuda lluvia á
-cada paso.</p>
-
-<p>Odacis llamó y entraron tres esclavas, que eran las que la ayudaban
-en el tocado de su señora, las <i xml:lang="la" lang="la">tractatrices</i>
-encargadas del masaje de su cuerpo.</p>
-
-<p>Sónnica se dejó manejar por las tres mujeres, que la frotaron con
-fuerza, estirando sus miembros para darles ligereza y soltura. Después
-se sentó en una silla de marfil, apoyando sus codos sonrosados en los
-delfines que formaban los brazos del asiento, y en esta posición,
-erguida é inmóvil, esperó que las esclavas procediesen á su tocado.</p>
-
-<p>Una que era casi una niña, envuelta en una tela de anchas rayas, se
-arrodilló en el suelo, sosteniendo un gran espejo de bronce cincelado,
-en el cual se contemplaba Sónnica hasta más abajo del talle. Otra
-rebuscó en las mesas de mármol los objetos de tocador, alineándolos, y
-Odacis comenzó á alisar con peines de marfil la<span class="pagenum"
-id="Page_124">p. 124</span> espléndida cabellera de su señora. Mientras
-tanto la otra esclava se aproximaba con una pátera de bronce llena de
-pasta gris. Era la harina de habas usada por las elegantes de Atenas
-para conservar tersa y tirante la piel. Untó con ella las mejillas de
-la griega y después los salientes pechos, el vientre, los flancos y las
-rodillas, dejando casi todo su cuerpo envuelto en una capa grasienta
-y lustrosa. En los sitios donde crece el vello puso algo de <i>dropax</i>,
-pasta depilatoria compuesta de vinagre y tierra de Chipre.</p>
-
-<p>Sónnica asistía impasible á estos preparativos de su <i
-xml:lang="fr" lang="fr">toilette</i>, que la afeaban momentáneamente para
-hacerla renacer todos los días más hermosa.</p>
-
-<p>Odacis seguía peinándola. Agarraba la espléndida cabellera,
-perdiéndose sus dos manos en aquella cascada brillante; la retorcía
-dulcemente, enroscándola á sus brazos como una enorme serpiente de oro;
-volvía á esparcirla, separándola mechón por mechón para que se secase,
-y tornaba amorosamente á alisarla con los peines de marfil apilados en
-una mesa inmediata, verdaderos prodigios de arte con púas finísimas
-y su parte superior cincelada, representando escenas de los bosques,
-ninfas arrogantes persiguiendo ciervos, y sátiros hediondos dando caza
-á las beldades desnudas.</p>
-
-<p>La peinadora, después de secar la cabellera, procedió á teñirla. Con
-una pequeña án<span class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span>fora
-rematada por largo pico, la humedeció con una disolución de azafrán
-y goma de Arabia, y abriendo una arquilla llena de polvo de oro, fué
-espolvoreando la sedosa y enorme madeja, que tomó la brillantez de los
-rayos del sol. Después, enroscando los mechones de las sienes á un
-molde de hierro puesto en un braserillo, fué formando apretados rizos
-que cubrieron la frente de la griega hasta cerca de los ojos; recogió
-la masa de cabellos sobre la nuca, sujetándolos con una cinta roja
-entrelazada fuertemente, y rizó el vértice del peinado, imitando las
-ondulantes llamas de una antorcha.</p>
-
-<p>Sónnica se levantó. Dos de las esclavas aproximaron una pesada
-ánfora de barro llena de leche, y con una esponja lavaron el cuerpo de
-su señora cerca de la piscina, limpiándola de la pasta de habas. La
-tersa blancura de su piel volvió á salir á luz más fresca y jugosa.</p>
-
-<p>Odacis, con unas pinzas de plata en la mano, vigilaba el cuerpo de
-su señora, con la atención y el ceño fruncido del artista que prepara
-una grande obra. Era la encargada de la depilación; su mano ligera
-merecía elogios por la suavidad con que arrancaba el vello y perseguía
-obstinadamente por todos los contornos entrantes y salientes del cuerpo
-el más ligero musgo para hacerlo desaparecer. Sus pinzas arrancaron
-algunas briznas finísimas que comenzaban á surgir bajo la dulce
-curva del vientre, allí donde<span class="pagenum" id="Page_126">p.
-126</span> la naturaleza tendía á cubrirse de obscura y aterciopelada
-vegetación, destruída implacablemente por la costumbre griega de imitar
-la tersa limpieza de las estatuas.</p>
-
-<p>Volvió á sentarse Sónnica en la silla de marfil y comenzó el arreglo
-del rostro. En la inmediata mesilla alineábase un verdadero ejército de
-frascos de vidrio, vasos de alabastro, botes de bronce y plata, cajitas
-de marfil y oro, todo cincelado, brillante, cubierto de delicadas
-figurillas, adornado de piedras preciosas, conteniendo esencias
-egipcias y hebreas, aromas de Arabia, perfumes y afeites embriagadores
-traídos por las caravanas del interior del Asia á los puertos fenicios,
-trasladados de allí á Grecia ó á Cartago, y comprados para Sónnica por
-los pilotos de sus barcos en las arriesgadas correrías comerciales.</p>
-
-<p>Odacis la pintó el rostro de blanco, y después, mojando un pequeño
-estilete de madera en esencia de rosas, lo hundió en un bote de bronce
-adornado con guirnaldas de loto y lleno de un polvo negro. Era el
-<i>kohol</i> que los mercaderes egipcios vendían á un precio fabuloso. La
-esclava aplicó la punta del estilete á los párpados de la griega,
-tiñéndolos de un negro intenso y trazando una fina línea en el vértice
-de los ojos, que dió á éstos más grandeza y dulzura.</p>
-
-<p>El tocado llegaba á su fin. Las esclavas abrían los innumerables
-frascos y vasos alineados sobre<span class="pagenum" id="Page_127">p.
-127</span> el mármol, y por el ambiente de la habitación se esparcían
-confundidos los costosos perfumes; el nardo de Sicilia, el incienso
-y la mirra de Judea, el áloe de la India, y el comino de Grecia.
-Odacis cogió una pequeña ánfora de vidrio incrustada de oro con un
-tapón cónico terminado por fina punta que servía para depositar sobre
-los ojos el antimonio que aviva la mirada, y después de terminar la
-operación, ofreció á su señora las tres unturas para dar color á la
-piel en diferente gradación: el minium, el carmín y el rojo egipcio
-extraído de los residuos del cocodrilo.</p>
-
-<p>Delicadamente, la esclava fué coloreando con un fino pincel el
-cuerpo de su señora. Trazó una nubecilla de pálido arrebol en las
-mejillas y las diminutas orejas; marcó dos manchas como pétalos de
-rosa en los agudos y titilantes extremos de los pechos; acarició con
-su pincel el botón de la vida, que se marcaba con depresión ligera en
-medio de la tersa suavidad del vientre, y poniéndose tras de Sónnica,
-coloreó sus codos y los hoyuelos que se marcaban más abajo del talle,
-en las protuberancias de armoniosa redondez. Luego, con rojo egipcio,
-fué tiñéndole una por una las uñas de los pies y las manos, y otra
-esclava le calzó unas sandalias blancas con suela de papirus y broches
-de oro. Caían los perfumes sobre ella, cada uno en distinta parte del
-cuerpo, para<span class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span> que
-éste fuese como un mazo de flores, en el que se confundían diferentes
-aromas. Odacis la presentó el cofrecillo de las joyas, dentro del cual
-temblaban las piedras preciosas como peces inquietos y deslumbrantes.
-Los afilados dedos de la griega, revolvieron con indiferencia el
-montón de collares, sortijas y pendientes que, como todas las joyas
-griegas, eran más preciosos por el trabajo de los artistas, que por la
-riqueza de las materias. Las escenas de los grandes poemas aparecían
-reproducidas casi microscópicamente en camafeos de cornalina, ónix y
-ágata, y las esmeraldas, topacios y amatistas, estaban adornadas con
-puros perfiles de diosas y héroes.</p>
-
-<p>Sobre el desnudo pecho de Sónnica se enroscó un collar de piedras de
-complicadas vueltas; los dedos de sus manos se cubrieron de sortijas
-hasta las uñas, y la blancura de sus brazos pareció más diáfana,
-cortada á trechos por el brillo de anchos brazaletes de oro. Para
-dar más expresión al rostro, Odacis adornó á su señora con algunos
-ligeros lunares, y después comenzó á anudar en torno de su cuerpo la
-<i xml:lang="la" lang="la">fascia</i>, el corsé de la época, una ancha
-faja de lana que sostenía los globos del pecho para que conservasen su
-saliente rigidez sin deformarse por el peso. Sónnica, contemplándose en
-el pulido bronce, sonreía á su imagen desnuda y hermosa como una Venus
-en reposo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_129">p. 129</span>—¿Qué traje,
-señora? —preguntó Odacis—. ¿Quieres la túnica de flores de oro que te
-trajeron de Creta, ó los velos de <i>kalasiris</i>, transparentes como el
-aire, que mandaste comprar en Alejandría?...</p>
-
-<p>Sónnica no llegaba á decidirse: escogería en el vestuario. Y con
-toda la majestad de su hermosa desnudez, haciendo crujir á cada paso
-el papirus de las sandalias, salió de su dormitorio seguida de las
-esclavas.</p>
-
-<p>Mientras tanto Acteón esperaba en la biblioteca. Había visto grandes
-palacios en sus correrías por el mundo, había contemplado —dos años
-antes del terremoto que le arruinó— el célebre coloso de Rhodas;
-conocía el Seraphion y la tumba del gran conquistador en Alejandría;
-estaba habituado á la riqueza y al fausto y, sin embargo, no podía
-ocultar la sorpresa que le producía aquella casa griega en un país
-bárbaro, más lujosa y artística que la de los ciudadanos ricos de
-Atenas.</p>
-
-<p>Guiado por un esclavo y dejando atrás el jardín con sus follajes
-rumorosos y sus gritos de pájaros exóticos, había pasado por la
-columnata que daba entrada á la quinta. Primero el <i xml:lang="la"
-lang="la">prothyrum</i> con su zócalo de mosaico, en el que se veían
-pintados feroces perros negros con el ojo de fuego y abierta la rabiosa
-y babeante boca, erizada de colmillos.</p>
-
-<p>Sobre la puerta estaba clavada una rama de<span class="pagenum"
-id="Page_130">p. 130</span> laurel junto á una lámpara en honor
-de los dioses tutelares de la casa. Después del <i xml:lang="la"
-lang="la">prothyrum</i>, algo lóbrego, se abría á cielo abierto como
-un pulmón del edificio, el atrio con sus cuatro filas de columnas
-sosteniendo la techumbre y formando otros tantos claustros, en los
-cuales se alineaban las puertas de las habitaciones con sus tres
-cuadros ribeteados por clavos de gruesa cabeza.</p>
-
-<p>En el centro del atrio abríase el <i xml:lang="la"
-lang="la">impluvium</i>, balsa rectangular de mármol para recoger las
-aguas de la techumbre, depositándolas en la cisterna. Entre las
-columnas erguíanse sobre sus pedestales grandes vasos de barro rojo
-cubiertos de flores; cuatro mesas de mármol sostenidas por leones
-alados bordeaban el <i xml:lang="la" lang="la">impluvium</i>; y junto á
-éste alzábase una estatuilla del Amor que en días de fiesta servía de
-surtidor de agua.</p>
-
-<p>Acteón admiró la esbelta robustez de las columnas, labradas en
-mármol azul, lo mismo que los zócalos de las galerías, lo que daba á
-la luz del atrio una vaguedad difusa, como si el edificio estuviese
-sumergido en el mar.</p>
-
-<p>Después el introductor le había entregado á Odacis, la esclava
-favorita, y ésta le había hecho pasar al <i xml:lang="la"
-lang="la">peristylium</i>, un segundo patio mucho más grande que el atrio
-y que por su decoración polícroma asombró al griego. Las columnas
-estaban pintadas de rojo en su parte baja, y después este color se
-mezclaba con el azul y el oro en<span class="pagenum" id="Page_131">p.
-131</span> las estrías y capiteles, esparciéndose por el artesonado del
-techo que cubría los pórticos. En la parte descubierta del peristilo
-abríase en el suelo una piscina profunda de aguas transparentes, por
-las que pasaban los peces como relámpagos de oro. En torno de ella,
-bancos de mármol sostenidos por hermes; mesas sustentadas por delfines
-de retorcida cola; macizos de rosas, entre cuyo follaje asomaban
-estatuillas blancas ó de barro cocido en voluptuosas posiciones;
-y cubriendo las paredes del peristilo, entre las puertas de las
-habitaciones, grandes pinturas de artistas griegos: Orfeo con su pesada
-lira, desnudo y con el gorro de Frigia, rodeado de leones y panteras
-que escuchaban sus cantos con la cabeza humillada y ahogando el rugido;
-Venus surgiendo de las espumas; Adonis dejándose curar por la madre del
-Amor, y otras escenas loando la fuerza del arte y la belleza.</p>
-
-<p>Acteón vió junto á él dos esclavos jóvenes que le condujeron al
-baño, y al salir de éste encontró de nuevo á Odacis, que le hizo entrar
-en la biblioteca, situada en el fondo del peristilo.</p>
-
-<p>Era una gran habitación con pavimento de mosaico, que representaba
-el triunfo de Baco. El joven dios, hermoso como una mujer, desnudo y
-coronado de pámpanos y rosas, cabalgaba sobre una pantera, tremolando
-el tirso. Las pinturas de las paredes eran pasajes famosos de<span
-class="pagenum" id="Page_132">p. 132</span> la <i>Iliada</i>. Alineados
-sobre tablas estaban los libros más voluminosos, y los pequeños
-formaban haces, metidos en estrechos cestos de mimbres con forro
-interior de lana.</p>
-
-<p>Acteón admiró la riqueza de la biblioteca, al contar más de cien
-libros. Representaban una verdadera fortuna. Los navegantes recibían
-de Sónnica el encargo de traerla cuantas obras notables encontraban
-en sus viajes, y los libreros de Atenas la remitían los libros
-de entretenimiento más famosos que alcanzaban boga en su ciudad.
-Eran todos de papirus con las bandas arrolladas en torno del <i
-xml:lang="la" lang="la">umbilicus</i>, cilindro de madera ó de hueso
-artísticamente tallado en sus extremos. Sus hojas, escritas sólo por
-una cara, estaban impregnadas en la otra de aceite de cedro para
-preservarlas de la polilla, y sobre la envoltura superior, pintada de
-púrpura, brillaban con letras de minio y oro el título de la obra, el
-nombre del autor y el índice de las materias. La copia de aquellos
-libros representaba la vida de muchos hombres; una suma de trabajo
-adquirida á costa de grandes cantidades; y el griego, con el respeto
-de su raza ante la sabiduría y el arte, creíase en el silencio de
-la biblioteca rodeado por las sombras augustas de tantos grandes
-hombres, y su mirada respetuosa iba del Homero en viejo papirus,
-deslucido por los años, y las obras de Thales y Pitágoras, á los
-poetas contemporáneos, Theó<span class="pagenum" id="Page_133">p.
-133</span>crito y Calímaco, cuyos volúmenes estaban desarrollados,
-delatando una reciente lectura.</p>
-
-<p>Acteón oyó un ligero crujido de sandalias en el peristilo, y el
-cuadro de oro pálido que formaba en el suelo la luz del patio al través
-de la puerta, se obscureció con la sombra de una persona. Era Sónnica,
-vestida con una sutil túnica blanca. La luz que quedaba á sus espaldas
-marcaba los contornos adorables del cuerpo en la nube diáfana del
-vestido.</p>
-
-<p>—Bienvenido seas, ateniense —dijo con una entonación estudiada y
-armoniosa—. Los que llegan de allá son siempre los señores en mi casa.
-El banquete de esta noche será en tu honor, pues nadie como un hijo de
-Atenas puede ser rey de la mesa y conducir las conversaciones.</p>
-
-<p>Acteón, algo conmovido por la presencia de una mujer hermosa
-envuelta en embriagadores perfumes, comenzó á hablar de la casa, del
-asombro que le había producido su magnificencia en aquel país bárbaro
-y de la admiración que su dueña gozaba en la ciudad. Todos le habían
-hablado de Sónnica la rica.</p>
-
-<p>—Sí, me quieren; mas algunas veces me censuran. Pero hablemos de tí,
-Acteón: cuéntame quién eres; tu vida debe ser interesante como la del
-viejo Ulises. Dime antes lo que hay de nuevo en Atenas.</p>
-
-<p>Y por largo rato se desarrolló una charla incesante entre los
-dos griegos; ella queriendo<span class="pagenum" id="Page_134">p.
-134</span> saber qué cortesanas eran las que triunfaban en el Cerámico
-é imponían las modas; alegre, satisfecha de recordar su pasado,
-rejuvenecida y olvidada de su majestuosa opulencia de Sagunto, como si
-aún estuviera en la casa de la calle de los Trípodes y Acteón fuese uno
-de los artistas pobres que la visitaban por la tarde para hablar con
-intimidad de camaradas de las cosas de la ciudad. Reía al escuchar las
-últimas agudezas de los desocupados del Ágora, la cancioncilla en boga
-un año antes, cuando Acteón salió de Atenas; y con el ceño fruncido
-y una gravedad de diosa se enteraba minuciosamente de las postreras
-variaciones en el traje y el peinado de las hetarias más célebres.</p>
-
-<p>Satisfecha su curiosidad de ateniense desterrada, quiso penetrar en
-la azarosa vida de su huésped, y Acteón hizo el relato con sencillez.
-Nacido en Atenas, había sido trasladado á Cartago á los doce años. Su
-padre, al servicio de la república africana, guerreaba con Hamílcar
-en Sicilia. Un mismo esclavo cuidaba en una aldea del interior al
-hijo del mercenario griego y á un cachorro de Hamílcar que sólo tenía
-cuatro años. Era Hanníbal. El ateniense recordaba los golpes que había
-dado muchas veces á aquella pequeña fiera á cambio de los mordiscos
-con que el africano le sorprendía en medio de los juegos. Estalló
-la sublevación de los mercenarios con todos los horrores que la
-convirtieron en la<span class="pagenum" id="Page_135">p. 135</span>
-<i>guerra inexorable</i>, y su padre, que había permanecido fiel á Cartago
-y no quiso tomar las armas con sus compañeros, fué á pesar de esto
-crucificado por el populacho cartaginés que, olvidando sus heridas por
-la República, sólo vió en él, al extranjero, al amigo de Hamílcar,
-odiado por los partidarios de Hanón. El hijo se salvó milagrosamente de
-las sangrientas represalias, y el fiel esclavo de Hamílcar lo embarcó
-para Atenas.</p>
-
-<p>Allí, bajo la protección de unos parientes, recibió la educación de
-todos los jóvenes griegos. Conquistó premios del Gimnasio, en la lucha
-atlética, la carrera y el juego del disco; aprendió á montar caballos
-sin freno, sin más que apoyar el extremo del pie en una muesca de la
-lanza; para templar la rudeza de esta educación, le enseñaron á tañer
-la lira y cantar los versos en diversos estilos, y al verse fuerte
-de cuerpo y sano de inteligencia, fué enviado como todos los jóvenes
-atenienses á hacer su aprendizaje militar en las guarniciones de la
-frontera.</p>
-
-<p>Le aburría la pasividad de esta existencia; era pobre y amaba los
-placeres; la sangre de sus antepasados, todos soldados de aventura,
-bullía en su cuerpo, y huyó del Ática para encargarse de una pesquería
-en el Ponto-Euxino. Después fué navegante, comerció por mar y por
-tierra; sus caravanas se internaron en el Asia, al través de tribus
-belicosas y pueblos que vivían<span class="pagenum" id="Page_136">p.
-136</span> en la molicie de una civilización remota y decadente. Fué
-personaje poderoso en la corte de algunos tiranos, que le admiraban
-al verle beber de golpe una ánfora de vino perfumado y vencer en
-el pugilato á los gigantes de la guardia con su ágil destreza de
-ateniense; y cargado de riquezas levantó un palacio en Rhodas junto al
-mar y dió fiestas que duraron tres días con sus noches. El terremoto
-que derribó al coloso, acabó con su fortuna; se hundieron sus naves,
-desaparecieron bajo las olas sus almacenes llenos de mercancías, y
-comenzó de nuevo la peregrinación por el mundo; en unos sitios maestro
-de canto, en otros, educador militar de la juventud, hasta que atraído
-por la guerra de Esparta, se alistó en el ejército de Cleomenes, el
-último héroe griego, acompañándolo en el momento en que, vencido, se
-embarcó para Alejandría. Pobre, sin ilusiones, convencido de que la
-riqueza no volvería á él, triste al ver que todo el mundo lo llenaban
-los nombres de Cartago y Roma, hundiéndose el de Grecia en el olvido,
-había venido á refugiarse en Sagunto, la pequeña República casi
-desconocida, en busca de pan y de paz, hasta que llegase su última
-hora. Tal vez en aquel retiro, si no lo estorbaba la guerra, escribiría
-la historia de sus viajes.</p>
-
-<p>Sónnica seguía su relato con interés, fijando en Acteón una mirada
-de simpatía.</p>
-
-<p>—Y tú que has sido un héroe y un potenta<span class="pagenum"
-id="Page_137">p. 137</span>do ¿vas á servir á esta ciudad como simple
-mercenario?</p>
-
-<p>—Mopso el arquero me ha prometido distinguirme entre las tropas.</p>
-
-<p>—No basta eso, Acteón. Tendrías que vivir como los demás soldados;
-pasar tu vida en las tabernas del Foro, dormir en las gradas del templo
-de Hércules. No: tú tienes aquí tu casa; te protege Sónnica.</p>
-
-<p>Y en sus ojos brillantes, agrandados por el círculo obscuro, se leía
-una piedad amorosa que tenía algo de maternal.</p>
-
-<p>El ateniense la contemplaba con admiración, erguida en su asiento
-como una nube blanca, en la penumbra de la biblioteca que, como todas
-las habitaciones griegas, no tenía más luz que la que entraba por la
-puerta.</p>
-
-<p>—Salgamos al jardín, Acteón. La tarde es dulce y podremos creernos
-por un instante en los bosquecillos de la Academia.</p>
-
-<p>Salieron de la casa y comenzaron á pasear por una tortuosa avenida
-orlada de altos laureles, sobre los cuales asomaban las ramas de los
-plátanos, regados con vino para acelerar su crecimiento. En la terraza
-de la quinta dos pavos lanzaban sus estridentes graznidos y daban
-vueltas en el filo de la balaustrada, extendiendo las majestuosas
-colas.</p>
-
-<p>Acteón, al contemplar á la luz del sol á su hermosa protectora,
-sintió correr por el cuerpo<span class="pagenum" id="Page_138">p.
-138</span> un estremecimiento de deseo. Llevaba por todo vestido un
-<i>xitón</i> griego, una túnica abierta, sujeta por un broche de metal
-en los hombros y ceñida al talle por un cinturón dorado. Los brazos
-surgían desnudos de la blanca envoltura, y el lado izquierdo de la
-túnica, cerrado desde el sobaco á la rodilla por algunos pequeños
-broches, se entreabría á cada paso, revelando las nacaradas desnudeces.
-La tela era tan sutil que al través de su transparencia marcábanse los
-contornos de aquel cuerpo sonrosado, que parecía nadar en una envoltura
-de espuma tejida.</p>
-
-<p>—¿Te asombra mi traje Acteón?</p>
-
-<p>—No; es que te admiro. Me pareces Afrodita surgiendo de las ondas.
-Hace tiempo que no veo á las hermosuras de Atenas mostrando su divina
-belleza. Estoy corrompido por mis viajes al través de las rudas
-costumbres de los bárbaros.</p>
-
-<p>—Es verdad. Como dice Herodoto, casi todos los que no son griegos
-consideran como un oprobio el aparecer desnudos... ¡Si supieras
-cuánto escandalizaron al principio, á las gentes de esta ciudad, mis
-costumbres de ateniense!... ¡Como si en el mundo existiera algo más
-hermoso que la forma humana! ¡Como si el desnudo no fuese la suprema
-belleza! Adoro á Friné, asombrando con su cuerpo desnudo á los viejos
-del Areópago; haciendo rugir de admiración á los miles de peregrinos
-reunidos en la playa de Eleusis, que ven surgir sus blancas formas de
-entre los velos,<span class="pagenum" id="Page_139">p. 139</span> como
-la luna entre las nubes. Creo en la belleza de sus pechos más que en el
-poder de los dioses.</p>
-
-<p>—¿Dudas de los dioses? —preguntó Acteón con su fina sonrisa de
-ateniense.</p>
-
-<p>—Lo mismo que tú y todos los de allá. Los dioses ya sólo sirven de
-modelos á los artistas, y si se toleran en el viejo Homero, es porque
-supo contar sus rencillas en hermosos versos. No; no creo en ellos;
-son simples y crédulos como niños, pero los amo porque son sanos y
-hermosos.</p>
-
-<p>—¿En qué crees, pues, Sónnica?</p>
-
-<p>—No sé... En algo misterioso que nos rodea y anima la vida: creo en
-la belleza y el amor.</p>
-
-<p>Se detuvo la griega con aspecto pensativo y continuó:</p>
-
-<p>—Aborrezco á los bárbaros, no porque carezcan de los esplendores del
-arte, sino por su odio al amor, que encadenan con toda clase de leyes
-y preocupaciones. Son hipócritas y deformes; hacen de la reproducción
-un crimen y aborrecen el desnudo, ocultando su cuerpo con toda clase
-de harapos, como si fuese un espectáculo abominable... ¡Cuando el
-amor sensual, el encuentro de dos cuerpos, es el sublime amor del que
-nacimos, y sin él se secaría la fuente de la vida extinguiéndose el
-mundo!...</p>
-
-<p>—Por eso somos grandes —dijo Acteón con gravedad—. Por eso nuestras
-artes llenan la tierra y todos se inclinan ante la grandeza moral
-de Grecia. Somos el pueblo que ha sabido<span class="pagenum"
-id="Page_140">p. 140</span> honrar la vida rindiendo culto á su
-origen: satisfacemos sin hipocresía los impulsos del amor, y por
-esto comprendemos mejor que nadie las necesidades del espíritu.
-La inteligencia vuela mejor cuando no siente el peso del cuerpo
-atormentado por la castidad. Amamos y estudiamos: nuestros dioses van
-desnudos, sin otro adorno que el rayo de luz inmortal sobre la frente.
-No piden sangre como esas divinidades bárbaras envueltas en ropajes que
-sólo dejan al descubierto su faz ceñuda de asesinos; son bellos como
-los humanos, ríen como ellos, y sus carcajadas, rodando por el Olimpo,
-alegran la tierra.</p>
-
-<p>—El amor es el sentimiento más virtuoso: de él emanan todas
-las grandezas. Sólo los bárbaros lo calumnian, ocultándolo como
-deshonestidad.</p>
-
-<p>—Yo conozco un pueblo —dijo Acteón— en el que el amor, la divina
-fusión de los cuerpos, se mira como una impureza. Es Israel, una
-amalgama de tribus miserables, acampadas en un país árido, en torno
-de un templo de bárbara construcción, copiado á todos los pueblos.
-Son hipócritas, rapaces y crueles: por esto abominan del amor. Si un
-pueblo así llegase á la grandeza universal de Grecia, si se enseñoreara
-del mundo, imponiendo sus creencias, se apagaría la eterna luz que
-brilla en el Parthenón; la humanidad andaría á obscuras, con el corazón
-seco y el pensamiento muerto; la tierra sería<span class="pagenum"
-id="Page_141">p. 141</span> una necrópolis, todos cadáveres movibles, y
-pasarían siglos y más siglos antes que los hombres encontraran otra vez
-el camino, marchando de nuevo hacia nuestros risueños dioses, hacia el
-culto á la belleza que alegra la vida.</p>
-
-<p>Sónnica, escuchando al griego, se aproximaba á los altos rosales y
-arrancaba las flores, aspirándolas con delicia. Se creía en Atenas,
-en el jardín de la calle de los Trípodes, oyendo á su poeta, que
-la iniciaba en los dulces misterios del arte y el amor. Y miraba
-dulcemente á Acteón, con apasionamiento franco y sincero, con sumisión
-de esclava, diciendo «quiero» con los ojos, como si sólo esperase una
-palabra para caer en sus brazos.</p>
-
-<p>El aire removía dulcemente todo el jardín. Al través del follaje se
-veía el cielo de color de púrpura inflamado por la puesta del sol. Bajo
-los árboles comenzaba á formarse una misteriosa penumbra. Los ruidos
-del campo, el rebullir de la gente fuera de la quinta en las casas de
-los esclavos y hasta los gritos de los pájaros exóticos en la terraza,
-parecían venir de un mundo lejano.</p>
-
-<p>Entre dos macizos de rosales erguíase una imagen de Príapo tallada
-en un tronco. El dios rústico sonreía con expresión lúbrica, arqueando
-el pecho velludo y encorvando hacia afuera los riñones, como para
-ostentar mejor su virilidad enorme pintada de rojo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_142">p. 142</span>Sónnica sonrió al
-ver que lo contemplaba el ateniense.</p>
-
-<p>—Ya sabes que es antigua costumbre poner los jardines bajo la
-guarda de Príapo. Dicen que ahuyenta á los ladrones. Así lo creen mis
-esclavos; pero si yo conservo al dios es como símbolo de vida en medio
-de estas rosas que son tan bellas como las de Pæstum. La brutalidad del
-gesto de Príapo completa la dulzura graciosa del Amor.</p>
-
-<p>Los dos griegos se alejaron silenciosos, con paso tardo, por una
-avenida de esbeltos cipreses, á cuyo extremo se abría una gruta con los
-peñascos tapizados de hiedra, dejando filtrar por sus aberturas una luz
-verde y difusa. Un amorcillo blanco lanzaba con una concha un chorro de
-agua que parecía llorar dulcemente, chocando con el tazón de alabastro.
-Allí pasaba la antigua cortesana las horas de calor.</p>
-
-<p>Acteón sintió en un hombro el roce mórbido y firme del pecho de la
-griega.</p>
-
-<p>—¡Sónnica!...</p>
-
-<p>Y acariciando el cinturón de oro de la griega, lo hizo caer al
-suelo. Los brazos frescos y satinados de la cortesana se anudaron á
-su cuello como serpientes de marfil: su cabeza se frotó amorosamente
-contra los hombros del griego, que mirando hacia abajo veía fijos en él
-unos ojos de violeta, húmedos con estremecimientos de emoción.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_143">p. 143</span>—Eres Atenas que
-vuelve á mí —murmuró ella con dulce desmayo—. Cuando te encontré esta
-mañana en las gradas de Afrodita creí que eras Apolo descendido al
-mundo... Sentí en mis entrañas el fuego de los dioses... Imposible
-resistir... He despreciado al Amor por mucho tiempo... Pero el
-diosecillo se venga y yo te amo. Ven... ¡Ven!...</p>
-
-<p>Y tiraba del cuello de Acteón con sus brazos entrelazados. Se
-soltaron los broches de la túnica, resbaló ésta á lo largo del cuerpo,
-y en el crepúsculo de la gruta brilló por algunos instantes con pálida
-luz la desnudez de la griega.</p>
-
-
-<p class="mt2">Eran nueve los convidados de Sónnica y llegaron al
-cerrar la noche, unos en carros, otros á caballo, pasando por entre
-los esclavos con antorchas encendidas que guardaban la entrada de la
-quinta.</p>
-
-<p>Cuando Sónnica y Acteón entraron en la sala del festín, los
-convidados formaban grupos junto á los lechos de púrpura, en torno de
-la curva mesa, cuyo mármol lavaban algunas esclavas con esponjas de
-agua perfumada. Cuatro enormes lámparas de bronce ocupaban los ángulos
-del <i xml:lang="la" lang="la">triclinyum</i>. De sus brazos pendían con
-cadenillas un sinnúmero de cazoletas de aceite perfumado, en las que
-crepitaban las mechas, esparciendo una viva claridad. Guirnaldas de
-rosas y follaje se tendían de una á otra lámpara, formando un<span
-class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span> marco perfumado á la
-mesa del festín. Junto á la puerta que comunicaba con el peristilo
-amontonábanse sobre mesas de labrada madera los platos, los vasos
-dorados y de plata y los agudos trinchantes de que habían de servirse
-los esclavos.</p>
-
-<p>El celtíbero Alorco hablaba con Lacaro y otros tres jóvenes griegos
-de aquellos que por su afeminamiento excitaban el escándalo de los
-saguntinos en el Foro. El arrogante bárbaro, por una costumbre de
-su raza, conservaba ceñida la espada hasta el momento del banquete,
-colgándola después del remate de marfil del lecho para tenerla siempre
-al alcance de la mano.</p>
-
-<p>En el otro extremo de la mesa conversaban tranquilamente dos
-ciudadanos de edad madura y Alco, el pacífico saguntino con quien habló
-Acteón por la mañana en la explanada de la Acrópolis.</p>
-
-<p>Los dos viejos eran antiguos amigos de la casa, comerciantes griegos
-á los que Sónnica hacía partícipes de sus negocios é invitaba á las
-fiestas nocturnas, apreciando la mesurada alegría que aportaban á la
-diversión.</p>
-
-<p>Al entrar la enamorada pareja en la sala del festín, todos los
-convidados adivinaron su felicidad en los ojos húmedos y brillantes de
-Sónnica, en el desmayo con que inclinaba hacia Acteón su rubia cabeza
-coronada de rosas y violetas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span>—Ya tenemos amo
-—murmuró Lacaro con entonación envidiosa.</p>
-
-<p>—Ha sido más afortunado que nosotros —contestó el celtíbero con
-sencillez—. Al fin es un ateniense, y comprendo que Sónnica la
-insensible se haya ablandado ante uno de los suyos.</p>
-
-<p>Acteón, dándose á conocer á todos los convidados, iba por la sala
-con el aplomo de un potentado que goza de sus riquezas; como hombre
-habituado á grandes esplendores, al que un golpe de fortuna saca de la
-miseria, devolviéndolo á sus primitivas costumbres.</p>
-
-<p>Á una indicación de Sónnica, los convidados se tendieron en los
-lechos de púrpura que oblícuamente rodeaban la mesa, y entraron en la
-sala cuatro jóvenes apenas llegadas á la adolescencia, llevando sobre
-sus cabezas, con la esbelta gracia de las canéforas, canastillas de
-mimbre con coronas de rosas. Caminaban con gentil ligereza, como si se
-deslizaran sobre el mosaico al son de invisibles flautas, y con sus
-finas manos de niña ceñían de flores la frente de los comensales.</p>
-
-<p>El intendente de la quinta entró en la sala con rostro irritado.</p>
-
-<p>—Señora: Eufobias el parásito se empeña en entrar.</p>
-
-<p>Estallaron gritos y protestas entre los convidados al conocer la
-proximidad de Eufobias.</p>
-
-<p>—¡Arrójalo, Sónnica! ¡Nos llenará de mise<span class="pagenum"
-id="Page_146">p. 146</span>ria! —gritaban los jóvenes, recordando
-con rabia las burlas que se permitía en el Foro sobre sus trajes y
-costumbres.</p>
-
-<p>—Es una vergüenza para la ciudad tolerar á ese mendigo insolente
-—decían los ciudadanos graves.</p>
-
-<p>Sónnica sonreía; pero de repente vino á su memoria un epigrama cruel
-que el parásito la había dedicado días antes, recitándolo en el Foro, y
-dijo con frialdad á su intendente:</p>
-
-<p>—Arrójalo á palos.</p>
-
-<p>Los convidados se lavaron las manos en el chorro de agua perfumada
-que una esclava iba vertiendo de lecho en lecho, y Sónnica dió la orden
-de comenzar el banquete, cuando entró de nuevo el intendente empuñando
-todavía una estaca nudosa.</p>
-
-<p>—Le he pegado, señora, y no quiere irse. Aguanta los golpes y cada
-vez se mete más en la casa.</p>
-
-<p>—¿Y qué dice?...</p>
-
-<p>—Dice que no es posible una fiesta de Sónnica sin la presencia de
-Eufobias, y que los golpes son señal de aprecio.</p>
-
-<p>La hermosa griega pareció compadecerse; rieron los comensales y
-Sónnica dió orden para que entrase el filósofo. Pero antes que saliera
-á cumplirla el intendente, ya Eufobias se había introducido en la sala,
-encogido, humilde, pero mirando á todos con ojos insolentes.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_147">p. 147</span>—Los dioses sean
-con vosotros. La alegría te acompañe siempre, hermosa Sónnica.</p>
-
-<p>Y volviéndose al intendente dijo con altanería:</p>
-
-<p>—Hermano: ya que ves que de todos modos acabo por entrar, procura
-otra vez tener la mano menos pesada.</p>
-
-<p>Y entre las risas de los convidados, rascábase la frente, en la que
-comenzaba á marcarse un chichón, y con la punta de su viejo manto se
-enjugaba algunas gotas de sangre junto á la oreja.</p>
-
-<p>—¡Salud, piojoso! —le gritó el elegante Lacaro.</p>
-
-<p>—¡Lejos de nosotros! —vociferaron los otros jóvenes.</p>
-
-<p>Pero Eufobias no se fijaba en ellos. Sonreía á Acteón, viéndole
-acostado junto á Sónnica, y sus ojillos brillaban con expresión
-maliciosa.</p>
-
-<p>—Has llegado donde yo creía, ateniense. Tú sujetarás á estos
-afeminados, que rodean á Sónnica y me llenan de insultos.</p>
-
-<p>Y sin hacer caso de las burlescas protestas de los jóvenes, añadió
-con servil sonrisa:</p>
-
-<p>—Creo que no olvidarás á tu viejo amigo Eufobias. Ahora ya puedes
-pagarle todo el vino que desee en las tabernas del Foro.</p>
-
-<p>El filósofo ocupó un lecho en el extremo más apartado de la mesa y
-rechazó la corona que le presentaba una esclava.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span>—No vengo por
-flores: vengo á comer. Rosas las encuentro en el campo con solo dar un
-paseo: lo que no se encuentra en Sagunto es un pedazo de pan para un
-filósofo.</p>
-
-<p>—¿Sientes hambre? —preguntó Sónnica.</p>
-
-<p>—Mayor es la sed. He pasado el día hablando en el Foro: todos me
-oían y á nadie se le ocurrió que debía refrescarme la garganta.</p>
-
-<p>Había que elegir, según costumbre griega, el rey del banquete; el
-convidado predilecto encargado de proponer los brindis, de marcar el
-momento de beber y dirigir las conversaciones.</p>
-
-<p>—Elijamos á Eufobias —dijo Alorco con su grave jocosidad de
-celtíbero.</p>
-
-<p>—No —protestó Sónnica—. Un día le entregamos por broma la dirección
-de un banquete y antes de llegar al tercer servicio estábamos todos
-ebrios. Á cada bocado propone una libación.</p>
-
-<p>—¿Á qué elegir rey? —dijo el filósofo—. Lo tenemos ya al lado de
-Sónnica. Que sea el ateniense.</p>
-
-<p>—Que lo sea —dijo el elegante Lacaro— y que no te permita hablar en
-toda la noche, insolente parásito.</p>
-
-<p>En el centro de la mesa elevábase una ancha crátera de bronce, á
-cuyos bordes asomaba un grupo de ninfas mirándose en el ovalado lago
-de vino. Cada convidado tenía detrás un esclavo para su servicio y
-todos ellos llenaron en la crá<span class="pagenum" id="Page_149">p.
-149</span>tera los vasos de los comensales, para la primera libación.
-Eran vasos de los llamados <i>mirrinos</i>, traídos á gran precio de Asia,
-de misteriosa fabricación, en la que entraba polvo de conchas y mirra
-endurecida y pintada. Tenían la blanca opacidad del marfil, matizada
-por grecas de colores, y su pasta misteriosa daba al vino un sabor
-voluptuoso.</p>
-
-<p>Incorporóse Acteón en su lecho para proponer la primera libación en
-honor de la divinidad predilecta.</p>
-
-<p>—Bebe por Diana, ateniense —dijo la voz grave de Alco—. Bebe por la
-diosa saguntina.</p>
-
-<p>Pero el griego sentía en la mano que le quedaba libre otra fina y
-ensortijada envolviéndola con tibia caricia.</p>
-
-<p>El ateniense dedicó su libación á Afrodita, y los jóvenes
-prorrumpieron en un grito de entusiasmo. Afrodita debía ser la diosa
-de aquella noche; y mientras los jóvenes pensaban en las danzarinas de
-Gades, gran atractivo del banquete, Sónnica y Acteón, con los codos
-apoyados en cojines y el busto al borde de la mesa, se acariciaban
-con los ojos, al mismo tiempo que sus cuerpos estaban en cálido
-contacto.</p>
-
-<p>Robustos esclavos, sudorosos por el fuego de las cocinas, dejaban
-sobre la mesa los manjares del primer servicio en grandes platos de
-roja arcilla saguntina. Eran mariscos servidos tal como fueron pescados
-ó cocidos al rescoldo con<span class="pagenum" id="Page_150">p.
-150</span> gran cantidad de especias. Ostras frescas, almejas, erizos
-aderezados con perejil y hierbabuena, espárragos, pepinos, lechugas,
-huevos de pava real, un vientre de cerda sazonado con cominos y
-vinagre, y pájaros fritos nadando en una salsa de polvo de queso,
-aceite, vinagre y silfio. Además se servía á los convidados el <i
-xml:lang="la" lang="la">oxigarium</i>, fabricado en las pesquerías de
-Cartago-Nova: una pasta de tripas de atún, cargada de sal y vinagre,
-que excitaba el paladar, obligando á beber vino.</p>
-
-<p>El perfume de todos estos platos esparcíase por la sala del
-festín.</p>
-
-<p>—Que no me hablen de los nidos del ave fénix —decía Eufobias con la
-boca llena—. Según afirman los poetas, el fénix embadurna su vivienda
-con incienso, cinamomo y canela, pero ¡juro por los dioses! que en ese
-nido no me encontraría tan bien como en el triclinio de Sónnica.</p>
-
-<p>—Lo que no te impide, malvado —dijo la griega sonriendo—, dedicarme
-versos en los que me insultas.</p>
-
-<p>—Porque te quiero y protesto de tus locuras. De día soy filósofo;
-pero por la noche el estómago me obliga á buscarte para que me peguen
-tus servidores y me des tú de comer.</p>
-
-<p>Los esclavos retiraban los platos del primer servicio, y
-colocaban los del segundo, que era el de las carnes y el pescado.
-Un pequeño jabalí asado ocupaba el centro de la mesa; grandes<span
-class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span> faisanes con el plumaje
-entero sobre las cocidas carnes se ostentaban en platos rodeados
-de huevos cocidos y olorosas hierbas; los tordos formaban coronas
-enristrados en juncos; las liebres, al ser partidas, mostraban su
-relleno de romero y tomillo; y las palomas campestres confundíanse con
-las codornices y los tordos. Los pescados eran innumerables y hacían
-recordar á los griegos los platos de su país, hablando entre bocado y
-bocado del glauco de Megara, la murena de Scione y las doradas y xifias
-de las costas de Faraleo y del Helesponto.</p>
-
-<p>Cada convidado escogía en los platos lo que más le gustaba, y
-obsequiaba con ello á sus amigos, cruzándose presentes por medio de
-los esclavos de un extremo á otro de la mesa. Nuevos vinos en ánforas
-selladas y polvorientas subidas de las cuevas, derramábanse en las
-copas del festín. El vino de Chios, lejano y costoso, confundíase con
-el Cecubo, el Falerno y el Massico de Italia y los de Laurona y del
-agro saguntino. Al perfume de estos líquidos, uníanse el de las salsas,
-en las que entraban con las complicadas recetas de la cocina griega, el
-silfio, el perejil, el sésamo, el hinojo, el comino y el ajo.</p>
-
-<p>Sónnica apenas comía: olvidaba los platos, colmados de presentes de
-sus convidados, para sonreir á Acteón.</p>
-
-<p>—Te amo —decía por lo bajo al griego—. Parece que me haya hechizado
-una maga de la<span class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span>
-Thesalia. Todo en mí está lleno de amor. ¿Ves estos peces?... Temo
-comerlos; creería cometer un sacrilegio: las rosas y los peces están
-dedicados á Venus, la madre de nuestra felicidad. Sólo deseo beber...
-beber mucho. Siento en mí un fuego que me acaricia y me consume.</p>
-
-<p>Los convidados devoraban, tributando elogios al cocinero de Sónnica,
-un asiático comprado en Atenas por uno de sus navegantes. Le había
-costado casi el valor de una quinta; pero todos daban por bien empleado
-el gasto, admirando el arte con que sabía meditar en un rincón de la
-cocina sus asombrosas combinaciones, ejecutadas después por los otros
-servidores, y su feliz invención del dátil y la miel para las salsas
-suaves de los asados. Con un esclavo así, se podía gozar toda la vida y
-retardar la muerte por muchos años.</p>
-
-<p>Había terminado el segundo servicio. Los convidados se tendían
-ahítos en sus lechos, aflojándose las vestiduras. Para no incorporarse
-al beber, los esclavos les servían el vino en copas de alabastro en
-forma de cuerno, que dejaban caer por su punta un hilillo de vino. La
-púrpura de los lechos manchábase de bebida. Las grandes lámparas de
-los ángulos, con sus luces de aceite perfumado, parecían debilitarse
-en aquella atmósfera densa, cargada del vaho de los platos. Las
-guirnaldas de rosas, tendidas de una lámpara á otra, desfallecían en el
-pesado<span class="pagenum" id="Page_153">p. 153</span> ambiente. Al
-través de la puerta veíanse las columnas del peristilo y un trozo de
-cielo azul obscuro, en el que parpadeaban las estrellas.</p>
-
-<p>El pacífico Alco, incorporándose en el lecho, sonreía con la dulzura
-de una embriaguez tranquila, contemplando la belleza del cielo.</p>
-
-<p>—Bebo por la hermosura de nuestra ciudad —dijo levantando el cuerno
-lleno de vino.</p>
-
-<p>—¡Por la griega Zazintho! —gritó Lacaro.</p>
-
-<p>—Sí; seamos griegos —contestaron sus amigos.</p>
-
-<p>Y la conversación vino á parar en la gran fiesta que por iniciativa
-de Sónnica celebrarían los griegos de Sagunto en honor de Minerva
-al recolectarse la mies. Las fiestas Panatheas, terminarían con una
-procesión semejante á la que se verificaba en Atenas y que Fidias había
-eternizado sobre mármol en sus famosos frisos. Los jóvenes hablaban con
-entusiasmo de los caballos que montarían y de los alardes de destreza
-para los cuales se estaban preparando con continuos ejercicios.
-Sónnica patrocinaba las fiestas con su inmensa riqueza, y quería que
-estas fuesen tan famosas como las que celebró Atenas al erigirse el
-Parthenón.</p>
-
-<p>La juventud saguntina correría por la mañana fuera de las murallas
-para demostrar que valía tanto como los jinetes celtíberos: los más
-pacíficos lucharían en el Foro lira en mano para conquistar la corona
-dedicada al que mejor can<span class="pagenum" id="Page_154">p.
-154</span>tase los poemas de Homero; después la procesión desarrollaría
-sus magnificencias por las calles de la ciudad subiendo á la Acrópolis,
-y por la tarde se verificaría la carrera del hacha, para que riese la
-gente silbando al que dejara apagar su antorcha y golpeando al que
-caminase con lentitud.</p>
-
-<p>—¿Pero es que realmente crees en Minerva? —preguntó Eufobias á
-Sónnica.</p>
-
-<p>—Creo en lo que veo —contestó la griega—. Creo en la primavera, en
-la resurrección de los campos, en la mies que sale del terruño para
-alimentar con sus cabelleras doradas á los humanos, en las flores
-que son los pebeteros de la tierra, y sobre todas las diosas amo á
-Atenea por la sabiduría que diviniza á los hombres y á Minerva por su
-fecundidad que los mantiene.</p>
-
-<p>Los esclavos cubrían la mesa con el tercer servicio, y los
-convidados, casi ebrios, incorporábanse en sus lechos al ver las
-canastillas llenas de frutas; los platos cubiertos de hojas de pasta
-dulce, enrolladas sobre el fuego al estilo de Capadocia, los buñuelos
-de harina de sésamo henchidos de miel y dorados por el calor del horno
-y las tortas con queso rellenas de frutas cocidas.</p>
-
-<p>Destapábanse las ánforas pequeñas conteniendo los vinos más
-preciosos, traídos de los últimos confines del mundo por las naves
-de Sónnica. El vino de Biblos en Fenicia, saturaba el ambiente con
-sus penetrantes perfumes como<span class="pagenum" id="Page_155">p.
-155</span> una anforilla de tocador; el de Lesbos esparcía al
-derramarse un dulce olor de rosas, y junto con ellos caían en las copas
-los de Eritrea y Heráclea, fuertes y espirituosos, y los de Rhodas y
-Chios, mezclados prudentemente con agua del mar que hacía más fácil la
-digestión.</p>
-
-<p>Algunos esclavos, para excitar de nuevo el apetito de los convidados
-y hacerles beber más, ofrecían platos con cigarras en salmuera, rábanos
-con vinagre y mostaza, garbanzos tostados y aceitunas <i>colimbadas</i> de
-picante adobo, apreciadísimas por su tamaño y sabor.</p>
-
-<p>Acteón no comía; sentíase turbado por el contacto de Sónnica, que
-saliéndose de su lecho se oprimía contra él, frotando sus mejillas
-con las del ateniense y confundiendo sus alientos. Así permanecían
-silenciosos, contemplándose el uno en las pupilas del otro.</p>
-
-<p>—Deja que te bese en los ojos —murmuraba Sónnica—. Son las ventanas
-del alma y me parece que por ellos penetra mi caricia hasta lo más
-hondo de tu pecho.</p>
-
-<p>El arrogante Alorco, grave como un celtíbero en medio de su
-embriaguez, hablaba de las próximas fiestas, contemplando su copa
-vacía. Tenía en la ciudad cinco caballos, los mejores de su tribu, y
-si los magistrados le permitían tomar parte en la fiesta, á pesar de
-ser extranjero, habían de admirar los saguntinos la rapidez y fuerza
-de sus hermosas bestias. Para él sería la<span class="pagenum"
-id="Page_156">p. 156</span> corona si algún suceso inesperado no le
-hacía abandonar antes la ciudad.</p>
-
-<p>Lacaro y sus elegantes amigos se proponían disputar el premio
-del canto, y sus manos de mujer, finas y ensortijadas, movíanse
-nerviosamente sobre la mesa como si ya estuvieran pulsando la lira, y
-sus bocas pintadas cantaban á media voz los versos homéricos. Eufobias,
-tendido de espaldas en su lecho, miraba á lo alto con soñolientos ojos,
-sin voluntad más que para extender la copa y pedir vino; y Alco y los
-comerciantes griegos se impacientaban por la lentitud del banquete.</p>
-
-<p>—¡Las danzarinas! ¡Que vengan las hijas de Gades! —reclamaban con
-voces trémulas, brillándoles en los ojos la punta de fuego de la
-embriaguez.</p>
-
-<p>—Sí, vengan las danzarinas —gritó Eufobias saliendo de su estupor—.
-Quiero ver como esta honrada gente turba su digestión, que es lo mejor
-del hombre, con los pasos lúbricos de las hijas de Hércules.</p>
-
-<p>Sónnica hizo un signo á su intendente, y á los pocos instantes
-sonaron en el peristilo regocijados sones de flautas.</p>
-
-<p>—¡Las aulétridas! —gritaron los convidados.</p>
-
-<p>Y entraron en la sala del festín cuatro esbeltas muchachas,
-coronadas de violetas, con un <i>xitón</i> abierto desde el talle á los
-pies, que descubría á cada paso la pierna izquierda, y en la<span
-class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span> boca la doble flauta, sobre
-cuyos orificios corrían sus ágiles dedos.</p>
-
-<p>De pie, en el espacio que abarcaba la curva de la mesa, comenzaron
-á entonar una melopea dulcísima, que hizo sonreir plácidamente á los
-convidados incorporados en sus lechos. Los más de ellos miraban á las
-aulétridas como antiguas conocidas, y moviendo la cabeza al compás de
-la flauta, seguían con ojos ávidos el contorno de aquellos cuerpos, que
-agitaban sus pies acompañando el ritmo.</p>
-
-<p>Varias veces cambiaron de tono y compás las flautistas; pero al cabo
-de una hora, los convidados parecían aburridos.</p>
-
-<p>—Esto lo conocemos ya —dijo Lacaro—. Son las flautistas de todos tus
-banquetes, Sónnica. Desde que pareces enamorada, olvidas á tus amigos.
-Otra cosa; deseamos las danzarinas.</p>
-
-<p>—Sí, que vengan las danzarinas —gritaron los jóvenes.</p>
-
-<p>—Tened calma —dijo la griega, separándose por un instante del pecho
-de Acteón—. Vendrán las danzarinas, pero será al final del banquete,
-cuando me rinda el sueño. Os conozco bien, y sé cómo terminará la
-fiesta. Antes quiero que admiréis á una pequeña esclava que ha
-aprendido de los marineros griegos á ser una funámbula como las de
-Atenas.</p>
-
-<p>Antes de que entrase la esclava, los convidados miraron alarmados
-á un extremo de la mesa.<span class="pagenum" id="Page_158">p.
-158</span> Un mujido de bestia salía debajo de ella. Era Eufobias, que
-caído de su lecho y con la cabeza sobre el mosaico, arrojaba la comida
-entre un arroyo de vino.</p>
-
-<p>—Dadle hojas de laurel —dijo el prudente Alco—. Nada mejor para
-disipar la embriaguez.</p>
-
-<p>Los esclavos le hicieron mascar las hojas casi á la fuerza, sin
-hacer caso de las protestas del filósofo.</p>
-
-<p>—No estoy ebrio —gritaba Eufobias—. Es el hambre que me persigue.
-Los más de los días no encuentro pan, y cuando tropiezo con una mesa
-como la de Sónnica, se me escapa lo que como.</p>
-
-<p>—Dí mejor lo que bebes —contestó Sónnica, volviendo á reclinar su
-cabeza en el pecho del griego.</p>
-
-<p>La funámbula había aparecido ante la mesa y saludó á su señora,
-llevándose las manos á la cara. Era una muchachuela de catorce años, de
-piel amarillenta, y sin otra vestidura que una faja roja arrollada por
-debajo del vientre. Sus miembros nerviosos y ágiles y el pecho enjuto,
-sin más que una ligerísima hinchazón en los senos, la hacía parecer
-un muchacho. Los convidados viejos sonreían conmovidos ante aquella
-frescura casi masculina.</p>
-
-<p>Dió un grito, y doblándose con nerviosa elasticidad, púsose sobre
-las manos, y con los pies en alto y la cabeza rozando el suelo, comenzó
-á correr rápidamente por el triclinio. Des<span class="pagenum"
-id="Page_159">p. 159</span>pués, con una poderosa flexión de sus
-brazos, saltó sobre la mesa, y sus manos trotaron por entre la
-confusión de platos, ánforas y copas sin derribarlos.</p>
-
-<p>Los convidados aplaudieron con gritos de entusiasmo. Los dos
-comerciantes griegos la ofrecieron sus copas, pellizcándola las
-mejillas mientras bebía y bajando sus manos acariciadoras á lo largo de
-la espalda.</p>
-
-<p>—Lacaro —dijo el filósofo á su elegante enemigo—. ¿Por qué tú y tus
-camaradas no habéis traído á los lindos esclavos que os sirven de apoyo
-en el Foro?</p>
-
-<p>—Nos lo ha prohibido Sónnica —contestó el joven satisfecho de la
-pregunta, sin adivinar la ironía de Eufobias—. Es una mujer superior,
-pero de las refinadas costumbres de Atenas, esta es la única que se
-niega á aceptar. Sólo cree en Júpiter y Leda: el bello Ganímedes la
-hace escupir. Es una ateniense incompleta.</p>
-
-<p>Algunos esclavos, bajo la dirección de su jefe, plantaban en el
-suelo filas de espadas de hoja ancha y aguda, para que la funámbula
-realizase la gran suerte. Las aulétridas hicieron sonar una melodía
-lenta y triste, y la funámbula, otra vez con la cabeza en el suelo,
-comenzó á marchar entre las espadas sin derribarlas ni rozar sus agudos
-filos. Los convidados, con la copa en la mano, la seguían ansiosamente
-por entre el bosque de agudos hierros que po<span class="pagenum"
-id="Page_160">p. 160</span>dían clavarse en su cuerpo á la más leve
-vacilación. Deteníase junto á una espada, levantaba una mano, y
-apoyándose únicamente en la otra, encogía el brazo hasta besar el
-suelo; después lo ponía rígido, elevándose; y en estos movimientos la
-cortante hoja la rozaba el vientre y el pecho sin llegar á herir la
-piel.</p>
-
-<p>Aplaudieron de nuevo los comensales cuando la muchacha concluyó su
-trabajo. Los dos viejos la obligaron á tenderse entre ellos, haciéndola
-casi desaparecer bajo sus amplias túnicas, dejando únicamente al
-descubierto su maliciosa cabeza de muchacho que husmeaba las copas y
-las confituras.</p>
-
-<p>—¡Pero Sónnica!... —protestó Lacaro—. ¿Cuándo se ha visto á la
-hermosa griega olvidar de tal modo á sus convidados? Ateniense que la
-enloqueces con tu amor; intercede por nosotros y haz que se presenten
-pronto las hijas de Gades.</p>
-
-<p>Sónnica parecía adormecida sobre el pecho de Acteón, embriagada por
-el calor del cuerpo de su amante.</p>
-
-<p>—Dí que entren... que hagan lo que quieran... que nos dejen
-tranquilos.</p>
-
-<p>Sonó en el peristilo un rumor de pasos, de risas y cuchicheos, y
-empujándose como un rebaño revoltoso, entraron en el triclinio las
-danzarinas de Gades.</p>
-
-<p>Eran muchachas de pequeña estatura y miembros sueltos y ágiles:
-la piel de una palidez de<span class="pagenum" id="Page_161">p.
-161</span> ámbar, los ojos rasgados y luminosos, la cabellera negra y
-el cuerpo envuelto en flotantes velos de una transparencia difusa y
-engañosa, más excitante aún que la desnudez. Llevaban sobre el pecho
-y en piernas y brazos sartas de monedas y amuletos que chocaban con
-alegre tintineo á cada movimiento, y miraban á los convidados con
-fijeza, sin experimentar turbación alguna, como un rebaño acostumbrado
-á las fiestas y que marchaba de banquete en banquete, viendo sólo á los
-hombres en la hora de la embriaguez.</p>
-
-<p>El jefe de la banda, un viejo apergaminado de insolente mirada, iba
-vestido como ellas, con velos femeniles, las mejillas pintadas, los
-ojos cercados de negro, grandes arracadas en las orejas y una sonrisa
-cínica en su boca de bermellón, pronta á aceptar las más infames
-proposiciones.</p>
-
-<p>Eufobias, indiferente ante las gracias de las danzarinas, le
-contemplaba con admiración, obsesionado por la duda del sexo á que
-correspondían aquellos brazos esqueléticos pintados de blanco y
-recargados de joyas que asomaban por entre los velos.</p>
-
-<p>—Hermano, ¿eres hombre ó mujer? —preguntó gravemente el filósofo.</p>
-
-<p>—Soy el padrecito de todas estas flores —contestó el eunuco con voz
-aguda, mostrando al sonreir sus encías sucias y desdentadas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_162">p. 162</span>Tres de las
-mujeres, puestas en cuclillas, comenzaban á hacer sonar los crótalos
-con sonoro repiqueteo, mientras otra golpeaba con la mano un tamboril
-de vientre cóncavo, que sostenía con el brazo izquierdo en forma de
-asa.</p>
-
-<p>El eunuco dió un golpe en el suelo con un palo, é inmediatamente
-cuatro parejas de danzarinas salieron al centro del triclinio y
-comenzaron á bailar al son de la bárbara y ruidosa música de sus
-compañeras. Danzaban con solemnidad, erguidas majestuosamente,
-extendiendo los brazos como si nadasen en el espacio, agitando con
-lentos contoneos sus cuerpos morenos, que parecían flotar en el oleaje
-de espuma transparente que los envolvía. Poco á poco los movimientos
-iban acentuándose; eran gentiles desperezos que hacían subir los
-firmes pechos, asomando sus puntas por entre los velos; contorsiones
-en las que giraba el tronco sobre las caderas; un vaivén de las formas
-encerradas en aquella blanca y flotante envoltura que al volar en
-mil pliegues con aleteo voluptuoso, parecía animar las luces de las
-lámparas.</p>
-
-<p>De repente, á una señal del viejo, se cortó la música y cesaron de
-bailar.</p>
-
-<p>—Más... más —gritaron los convidados incorporados en sus lechos por
-la excitación de la danza.</p>
-
-<p>Era un descanso para mudar de tono y avivar aún más el entusiasmo
-con la breve cal<span class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span>ma.
-La música adquirió un ritmo vivo y ruidoso, el viejo comenzó á golpear
-con su bastón el suelo, lanzó un lamento prolongado, triste, de suave
-dulzura, que no parecía salir de su infecta boca, y á continuación
-rompió á cantar con lentitud soñolienta unas estrofas de amor con
-palabras de doble sentido, que causaban el efecto de afrodisíacos,
-haciendo rugir de entusiasmo á los comensales.</p>
-
-<p>Las danzarinas se lanzaron de un salto al centro del triclinio,
-bailando apresuradamente, como poseídas de la fiebre. Cada canción era
-un latigazo que excitaba sus nervios, y sus pies desnudos saltaban
-como pájaros de nieve sobre el mosaico ó se elevaban con gentil vuelo,
-levantando las nubes de gasa que dejaban al descubierto una pierna
-bien modelada, con adornos ruidosos que esparcían argentinos choques.
-Sus vientres, de suave curva, parecían adquirir vida aparte; y sobre
-el cuerpo inmóvil con rigidez hiératica, movíanse como animales
-nerviosos, contrayéndose en circulares estremecimientos, formando
-un remolino de voluptuosas ondulaciones, del cual era el ombligo el
-sonrosado centro. Acompañábanse en la danza con el incesante chasqueteo
-de sus dedos. Recogiéndose las gasas bajo los brazos, ajustándolas á
-sus caderas, movían con voluptuoso ritmo sus redondeces de ánfora,
-suspirando con desmayo, la cabeza inclinada, como encantadas por la
-con<span class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span>templación de su
-propia belleza. De repente la música se debilitaba como si se alejase,
-y las danzarinas, con los pies juntos y las piernas entreabiertas,
-descendían y descendían en lenta espiral, en suaves ondulaciones, hasta
-tocar el suelo, y de pronto, así que sus bellezas calipygas rozaban el
-mosaico, erguíanse como una serpiente que despierta, y los crótalos y
-el tamboril sonaban más ruidosamente entre los aullidos de las músicas
-que las animaban con palabras de amor, con exclamaciones de supremo
-arrebato, como si estuvieran al pie de un revuelto lecho.</p>
-
-<p>Los convidados, rojos de emoción, los ojos chispeantes y la boca
-seca, se habían lanzado al centro del triclinio, interrumpiendo la
-danza, mezclándose con las parejas, separándolas. Eufobias roncaba al
-pie de su lecho. Sónnica había desaparecido desde mucho antes, saliendo
-del triclinio apoyada en una esclava, sin separar su cabeza del hombro
-de Acteón.</p>
-
-<p>Los velos de las danzarinas caían al pie de la mesa. Devoraban las
-confituras y las frutas, bebían en las ánforas y sumergían sus cabezas
-en la crátera de las ninfas para reir al verse con la cara manchada de
-vino. El eunuco seguía cantando y dando golpes furiosos en el suelo
-para marcar el ritmo á sus músicas. Era en vano; las que intentaban
-bailar no podían moverse entre las manos de los convidados, que á cada
-vuelta<span class="pagenum" id="Page_165">p. 165</span> las golpeaban
-en sus redondeces, arrancándolas los velos. Los jóvenes rodaban al pie
-de las lámparas enloquecidos por aquellas bacantes de sabia perversión,
-criadas en un puerto al que llevaban los navegantes los refinamientos
-y corrupciones del mundo entero. El celtíbero Alorco, brutal en su
-entusiasmo, paseaba por el triclinio con los brazos extendidos,
-haciendo alarde de sus fuerzas, sosteniendo en las nervudas manos
-dos danzarinas que chillaban asustadas; y afuera, en la obscuridad
-del peristilo, notábase el remover de los esclavos y las esclavas de
-las cocinas que se acercaban arrastrándose para gozar de lejos el
-espectáculo de la bacanal.</p>
-
-
-<p class="mt2">Aún no había amanecido cuando despertó Acteón,
-extrañando, sin duda, el blando lecho y los perfumes del dormitorio.
-Sónnica estaba á su lado, y á la luz de la lámpara colocada junto á la
-puerta, veíase la sonrisa de felicidad que vagaba en sus labios.</p>
-
-<p>De la embriaguez de la noche quedábale al ateniense el vehemente
-deseo de respirar aire libre. Se ahogaba en la habitación de Sónnica,
-hundido en el lecho que parecía arder con el fuego de los anteriores
-arrebatos, cerca de aquel cuerpo que luego de estremecerse sobre él con
-el abandono de la embriaguez y la pasión estaba inerte y sin otra vida
-que los suaves suspiros que hinchaban su pecho.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span>Quedamente y de
-puntillas salió el griego al peristilo. Aún lucían las lámparas en el
-triclinio, y un vaho insufrible de viandas, vinos y cuerpos sudorosos
-salía por su puerta. Vió á los convidados tendidos en el suelo
-entre mujeres que roncaban, mostrando al cambiar de postura sus más
-recónditas desnudeces. Eufobias había despertado de su borrachera, y
-ocupando el lugar de honor, el lecho de Sónnica, se forjaba la ilusión
-de ser dueño de la quinta. Arrebujado en su manto viejo hacía bailar
-á dos danzarinas soñolientas, contemplando con fijeza desdeñosa sus
-carnes desnudas como hombre que se considera por encima de los carnales
-deseos.</p>
-
-<p>Al aparecer Acteón en el triclinio huyeron algunos esclavos,
-temerosos de ser castigados por su curiosidad. No queriendo ser visto
-por el filósofo, salió el griego de la casa buscando el fresco del
-jardín. En él notó la misma fuga ante sus pasos. Huían por las avenidas
-las enlazadas parejas; tras los macizos de follaje sonaban gritos de
-sorpresa al aproximarse él, y en las últimas sombras de la noche el
-jardín aparecía animado por una vida misteriosa, como si bajo sus
-bóvedas de hojarasca se buscara todo un pueblo entregándose al amor.</p>
-
-<p>Eran los esclavos que, excitados por la fiesta, continuaban á cielo
-abierto las escenas del triclinio.</p>
-
-<p>El griego sonrió, pensando que la fiesta iba á<span class="pagenum"
-id="Page_167">p. 167</span> aumentar con nuevos esclavos la riqueza de
-la señora.</p>
-
-<p>—Que gocen en paz. Sería perjudicar á Sónnica.</p>
-
-<p>Y salió del jardín para no turbar la alegría del rebaño miserable
-que, olvidando sus penas, se buscaba y unía en la penumbra del
-amanecer.</p>
-
-<p>Atravesó el inmenso dominio de Sónnica, los bosques de higueras,
-los extensos olivares, hasta que de pronto, se vió en el camino de la
-Sierpe. Nadie pasaba por él. Se oyó sonar á lo lejos el galope de un
-caballo y Acteón vió á la luz azulada del amanecer un jinete que sin
-duda se dirigía al puerto.</p>
-
-<p>Al aproximarse lo reconoció el ateniense, á pesar de que llevaba
-cubierta la cabeza con la capucha de un manto de guerra. Era el pastor
-celtíbero. Lanzándose el griego al centro del camino, agarró el caballo
-por las bridas, mientras el jinete, detenido en su carrera, echaba el
-cuerpo atrás, tirando del cuchillo que llevaba en el cinto.</p>
-
-<p>—¡Quieto! —dijo Acteón en voz baja—. Si te detengo es para decirte
-que te he conocido. Eres Hanníbal, el hijo del gran Hamílcar. Tu
-disfraz podrá servirte para los saguntinos, pero tu amigo de la niñez
-te reconoce.</p>
-
-<p>El africano avanzó su melenuda cabeza, y sus ojos imperiosos
-adivinaron al griego en la penumbra.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span>—¿Eres tú
-Acteón?... Al encontrarte ayer tantas veces, comprendí que acabarías
-por conocerme. ¿Qué haces aquí?</p>
-
-<p>—Vivo en casa de Sónnica la rica.</p>
-
-<p>—He oído hablar de ella: una griega famosa por su hermosura y su
-talento como las cortesanas de Atenas. Deseaba conocerla, y creo que la
-hubiera amado si la misión de los hombres fuese ir tras las mujeres...
-¿Y no haces nada más?</p>
-
-<p>—Soy guerrero á sueldo de la ciudad.</p>
-
-<p>—¡Tú!... ¡El hijo de Lisias, que fué el capitán de confianza de
-Hamílcar! ¡Un hombre educado en el Pritaneo de Atenas, al servicio de
-una ciudad de bárbaros y comerciantes!...</p>
-
-<p>Calló algunos momentos, como extrañado por la conducta del griego, y
-añadió con resolución:</p>
-
-<p>—Monta en las ancas de mi caballo: vente conmigo. En el puerto
-me espera una nave cartaginesa que carga plata. Voy á Cartago-Nova
-á ponerme al frente de los míos. Se aproximan días de gloria, una
-empresa inmensa y sublime, como la de los gigantes, cuando amontonando
-montañas, escalaron vuestro Olimpo. Ven: tú eres el amigo de mi niñez,
-te conocí antes que á Hasdrúbal y Magón, los hijos de Hamílcar, que
-el glorioso capitán me dió por hermanos, llamándonos á los tres «mis
-leoncillos...» Te conozco; eres astuto y valiente como tu padre: á mi
-lado conquistarás riquezas. ¡Quién sabe si reinarás en algún hermoso
-país cuando, imitando á Ale<span class="pagenum" id="Page_169">p.
-169</span>jandro, reparta yo mis conquistas entre mis capitanes!...</p>
-
-<p>—No, cartaginés —dijo Acteón gravemente—. No te aborrezco, recuerdo
-con placer nuestros primeros años, pero nunca iré contigo. Se opone tu
-raza, el pasado de tu pueblo, la sombra ensangrentada de mi padre.</p>
-
-<p>—La raza no es más que una ficción; el pueblo un pretexto para hacer
-la guerra. ¿Qué más te da servir á Cartago que á otra república, si
-eres griego? Si me abandonasen los míos, pelearía por cualquier país.
-Nosotros somos hombres de guerra, nos batimos por la gloria, el poder
-y las riquezas: las necesidades de nuestro pueblo, sólo sirven para
-justificar nuestra victoria y que despojemos al enemigo. Odio á los
-mercaderes de Cartago, pacíficos y pegados á sus tiendas, tanto como
-á los orgullosos romanos. Ven, Acteón; ya que nos hemos encontrado,
-sígueme: la fortuna va conmigo.</p>
-
-<p>—No, Hanníbal: aquí me quedo. Viendo tus soldados africanos
-recordaría al populacho que crucificó á Lisias.</p>
-
-<p>—Fué un crimen inevitable: una locura de aquella guerra sin entrañas
-á que nos impulsaron los mercenarios. Mi padre lo lamentó mil veces
-acordándose de su fiel Lisias. Yo repararé con mi protección aquella
-injusticia de Cartago.</p>
-
-<p>—No te seguiré, Hanníbal. He dicho adiós á<span class="pagenum"
-id="Page_170">p. 170</span> la guerra y al botín. Prefiero envejecer
-aquí en esta vida tranquila y dulce, al lado de mi Sónnica, amando la
-paz como cualquiera de los saguntinos que viven en el barrio de los
-comerciantes.</p>
-
-<p>—¡La paz!... ¡la paz!...</p>
-
-<p>Y una carcajada estridente y brutal, semejante á la que oyó Acteón
-en las gradas de Afrodita cuando se embarcaban los legados romanos,
-resonó en el silencio del camino.</p>
-
-<p>—Oye bien, Acteón —dijo el africano recobrando su gravedad—; la
-prueba de que aún guardo por tí mi afecto de la niñez, es la franqueza
-con que te abro mi pensamiento. ¡Sólo á tí, entiéndelo bien!... Si
-durmiendo en mi tienda supiera al despertar que se había escapado en
-palabras lo que pienso, daría de puñaladas al centinela que guarda mi
-sueño... ¡Hablas de paz!... Despierta, Acteón. Si piensas envejecer
-tranquilo en alguna parte, huye con esa griega que amas, lejos, muy
-lejos. Donde yo esté no habrá paz mientras no sea el soberano del
-mundo. La guerra marcha ante mis pasos; el que no se someta á mí, tiene
-que morir ó ser mi esclavo.</p>
-
-<p>El griego comprendió la amenaza que significaban estas palabras.</p>
-
-<p>—Piensa, Hanníbal, que esta ciudad es Roma. La República la tiene
-como aliada y la protege.</p>
-
-<p>—¿Crees que temo á Roma?... Si odio á Sagunto, es porque se muestra
-orgullosa de su<span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span>
-alianza y me desprecia y olvida, á pesar de que estoy cerca. Muéstrase
-tranquila porque la protege esa República desde muy lejos, y se ríe de
-mí que reino sobre toda la península hasta el Ebro y estoy acampado
-casi á sus puertas. Hostiliza á los turdetanos, que son mis aliados,
-como todas las tribus iberas; y dentro de sus muros decapita á los
-ciudadanos que me aman; á los que fueron amigos del gran Hamílcar...
-¡Ah, ciudad ciega y orgullosa! ¡Cuán caro va á costarte vivir cerca de
-Hanníbal sin conocerle!...</p>
-
-<p>Y volviéndose sobre la silla del caballo, miraba con ojos
-amenazadores la Acrópolis de Sagunto que se destacaba entre las brumas
-del amanecer.</p>
-
-<p>—Roma caerá sobre tí apenas ataques á su aliada.</p>
-
-<p>—Que venga —contestó el africano con arrogancia—. Es lo que deseo.
-Me pesa la paz: no puedo acostumbrarme á ver Cartago vencida mientras
-existen hombres como yo y mis amigos. Ó Roma, ó África. Que venga
-cuanto antes el último choque, el esfuerzo supremo, y sea señor del
-mundo el pueblo que quede en pie... Odio á los ricos de mi país, que
-viven felices en la vergüenza de la derrota, porque les dejan comerciar
-tranquilos y llenar sus cuevas de plata. Son los miserables que después
-de nuestras derrotas de Sicilia, soñaron con abandonar Cartago y
-trasladarse en masa á las islas del Mar Grande,<span class="pagenum"
-id="Page_172">p. 172</span> para vivir tranquilos. Son verdaderos
-cartagineses; fenicios sin más gloria que el cambio, ni otra aspiración
-que encontrar puertos para dar salida á sus mercancías. Los Barcas
-somos libios; descendemos de dioses, tenemos como ellos la grandeza
-de pensamiento; queremos ser señores ó morir... Esos mercaderes no
-comprenden que no basta ser ricos; que es preciso dominar é infundir
-miedo, y forman en Cartago el partido de la paz que amargó la vida de
-mi padre con derrotas, y me deja aislado á mí, sin otros recursos que
-los que puedo procurarme en la península. Desconocen á los Barcas, á
-pesar de que trabajamos por el poderío universal de Cartago. Mi padre,
-al perder Sicilia, vió en el porvenir la muerte de nuestro pueblo y
-quiso salvarlo. Habíamos perdido una gran parte de nuestro antiguo
-comercio; necesitábamos un ejército para defendernos de la ambiciosa
-Roma, y no lo teníamos. Los ciudadanos de Cartago son buenos, cuando
-más, para pelear en su propio suelo. El comerciante no resiste el
-peso de las armas ni consiente en caminar meses y años por países
-hostiles. La ganancia del botín conquistado con sangre, la alcanza
-con más facilidad detrás de sus fardos, y como ama el dinero, no
-quiere pagar soldados extranjeros. Por esto Hamílcar nos trajo á la
-península, y aquí hemos dado á Cartago nuevos puertos y mercados, y
-los Barcas tienen un ejército formado por ellos mismos. Poco<span
-class="pagenum" id="Page_173">p. 173</span> importa que en el Senado
-cartaginés los amigos de la paz se nieguen á enviarnos soldados. Las
-tribus ibéricas amaron á mi padre después de poner á prueba su energía,
-y se levantarán en armas á la voz de los Barcas contra el enemigo que
-les designemos.</p>
-
-<p>Y Hanníbal miraba las lejanas montañas como si adivinase los
-innumerables pueblos bárbaros que vivían tras ellas, arañando la tierra
-ó apacentando rebaños.</p>
-
-<p>—Cayó Hamílcar —dijo con tristeza— cuando veía ya realizados sus
-ensueños; un gran ejército para entrar de nuevo en lucha con Roma y
-riquezas propias para sostener la guerra sin necesitar el auxilio de
-los mercaderes africanos. Hasdrúbal, el hermoso marido de mi hermana,
-perdió ocho años al sucederle. Era un buen gobernante y un tímido
-caudillo. Tal vez fué Baal, nuestro dios iracundo, quien guió el brazo
-de su asesino, para que le sucediera otro capaz de exterminar á la
-eterna enemiga de Cartago... Ése seré yo: óyelo bien, griego. Tú eres
-el primero que penetra en mi pensamiento. Ha llegado el instante de
-reñir la última batalla. Pronto sabrá Roma que existe un Hanníbal que
-la desafía apoderándose de Sagunto.</p>
-
-<p>—Tienes escaso poder para ello, africano. Sagunto es fuerte, y yo
-que vengo de Cartago-Nova, sólo he visto allí los elefantes, los restos
-del ejército que trajo tu padre y la caballería<span class="pagenum"
-id="Page_174">p. 174</span> númida que han enviado vuestros amigos de
-África.</p>
-
-<p>—Olvidas á los iberos y celtíberos, á toda la península que se
-levantará en masa para venir á la toma de Sagunto. El país es pobre y
-la ciudad está abarrotada de riquezas. La he visto bien. Hay en ella
-para pagar un ejército años enteros, y hasta de las costas del Mar
-Grande vendrán las tribus lusitanas, atraídas por la esperanza del
-botín y ese odio que los rudos naturales profesan á una ciudad opulenta
-y civilizada, donde viven sus explotadores. No será para Hanníbal gran
-empresa apoderarse de una república de agricultores y mercaderes.</p>
-
-<p>—¿Y después que seas dueño?...</p>
-
-<p>El africano no contestó, hundiendo la barba en el pecho con una
-sonrisa enigmática.</p>
-
-<p>—¿Callas, Hanníbal?... Pues después que seas dueño de Sagunto nada
-habrás adelantado. Roma reclamará contra tí por violar los tratados, y
-el Senado cartaginés te maldecirá; pondrá tu cabeza á precio, ordenará
-á tus soldados que no te obedezcan, y morirás crucificado ó vagarás por
-el mundo como un esclavo fugitivo.</p>
-
-<p>—No, ¡fuego de Baal! —gritó el caudillo con arrogancia—. Cartago no
-intentará nada contra mí; aceptará la guerra con Roma aun cuando hoy no
-la quiera. Tengo allá los innumerables partidarios de los Barcas, el
-populacho que quiere la guerra, porque proporciona envíos de des<span
-class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span>pojos y repartos; toda la
-gente de los suburbios, cuyo entusiasmo mantengo enviando cuantas
-riquezas saco de la península, después de pagar las tropas. Hamílcar y
-Hasdrúbal hicieron lo mismo. Serían capaces de pasar á cuchillo á los
-ricos, si intentasen algo contra Hanníbal. No he vuelto á Cartago desde
-que seguí á mi padre á los nueve años; pero el pueblo adora mi nombre.
-Los del partido de la paz me seguirán á la guerra, si á la guerra los
-arrastro.</p>
-
-<p>—¿Y cómo vencerás á Roma?...</p>
-
-<p>—No sé —dijo Hanníbal con su misteriosa sonrisa—. Siento un mundo de
-pensamientos que provocarían la risa de mis amigos si los relatase...
-Me veo como un titán escalando montañas inmensas, siguiendo caminos
-de águila, hundiéndome en la nieve, llegando hasta el cielo para caer
-con más fuerza sobre mi enemigo... No me preguntes más: nada sé. Mi
-voluntad dice: «quiero» y esto basta... Llegaré.</p>
-
-<p>Calló Hanníbal frunciendo el entrecejo, como si temiese haber dicho
-demasiado.</p>
-
-<p>Era ya de día. Por el camino pasaban mujeres con cestos en la
-cabeza. Dos esclavos llevando en hombros una gran ánfora pendiente
-de un palo, se detuvieron un momento junto á ellos para descansar.
-El africano acariciaba el cuello de su caballo, como preparándose á
-partir.</p>
-
-<p>—Por última vez, griego. ¿Vienes?...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_176">p. 176</span></p>
-
-<p>Acteón hizo con su cabeza un movimiento negativo.</p>
-
-<p>—Te conozco demasiado para rogarte que olvides haber visto á
-Hanníbal. Eres astuto: sabes que cuanto aquí hemos dicho se lo tragó el
-silencio de los campos y á nadie debe repetirse. Sé feliz con tu nuevo
-amor y vive en paz, ya que habiendo nacido águila para volar, quieres
-permanecer en un corral. Si alguna vez eres mi enemigo y me combates,
-no te crucificaré; no serás mi esclavo. Te quiero, aunque no me sigues;
-no olvido que tú fuiste el primero que me enseñó á arrojar un dardo.
-¡Que Baal te guarde, Acteón! Los míos me esperan en el puerto.</p>
-
-<p>Y con el manto flotante, salió al galope entre una nube de polvo,
-atropellando á los campesinos y esclavos, que se arremolinaban en los
-bordes del camino para dejarle paso.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_4">
- <p><span class="pagenum" id="Page_177">p. 177</span></p>
- <h2 class="nobreak" title="IV. Entre griegos y celtíberos">IV</h2>
- <p class="subh2">Entre griegos y celtíberos</p>
-</div>
-
-<p>Á nadie habló Acteón de este encuentro. Es más; á los pocos días,
-casi lo había olvidado. Veía tranquila la ciudad, ocupada en preparar
-las grandes fiestas Panatheas, segura con la protección de su aliada
-Roma, y el recuerdo de la entrevista con el africano, tomaba en su
-memoria la vaguedad de un ensueño.</p>
-
-<p>Tal vez las palabras de Hanníbal no eran más que arrogancias de la
-juventud. Odiado por los ricos de su país, y sin más auxilios que los
-que él mismo pudiera procurarse, no iba á acometer la audaz empresa de
-atacar á una ciudad aliada de Roma, violando con esto los tratados de
-Cartago.</p>
-
-<p>Además, el griego estaba en un período de dulce embriaguez; siempre
-entre los brazos de Sónnica ó tendido en su regazo en la frescura
-del peristilo; escuchando las liras de las esclavas y las flautas de
-las aulétridas y contemplan<span class="pagenum" id="Page_178">p.
-178</span>do las danzas de las de Gades, mientras su amante le ceñía de
-flores la cabeza ó derramaba sobre él costosos perfumes.</p>
-
-<p>Algunas veces, su inquieto espíritu de viajero y hombre de guerra,
-avezado al movimiento y á la lucha, se rebelaba ante la molicie.
-Entonces huía á la ciudad. Allí conversaba con Mopso el arquero, y
-escuchaba á los murmuradores del Foro, que, sin sospechar el paso de
-Hanníbal por Sagunto, hablaban de la posibilidad de que el caudillo
-africano intentase algo contra ellos, y se reían de su poder, fiando
-en la fortaleza de sus muros y más aún en la protección de Roma, que
-repetiría en las costas de Iberia sus triunfos de Sicilia sobre los
-cartagineses.</p>
-
-<p>Acteón contrajo gran amistad con Alorco el celtíbero. Le complacía
-la fiera altivez del bárbaro, su nobleza de sentimientos y el respeto
-casi religioso que mostraba ante la cultura griega. Su padre, viejo
-y enfermo, era reyezuelo de unas tribus que en las montañas de la
-Celtiberia apacentaban grandes rebaños de caballos y toros. Él era
-su único heredero y había de reinar algún día sobre aquella gente
-tosca, de costumbres feroces, que en perpetua cuatrería, se hacía la
-guerra por robarse los caballos, y en los años de hambre bajaba de
-las montañas para despojar á los labradores de las llanuras. Su padre
-le había llevado de niño á Sagunto, y tal efecto causaron en él las
-cos<span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span>tumbres de los
-griegos que, una vez mozo, fué su más vehemente deseo volver á la
-ciudad de la costa, y en ella vivía con algunos servidores de su tribu
-y magníficos caballos, haciéndose el sordo á los cariñosos llamamientos
-del viejo jefe próximo á la muerte, y siendo considerado por los
-saguntinos casi como un conciudadano.</p>
-
-<p>Su deseo era figurar en las fiestas de las Panatheas; que le
-admirasen los griegos de la ciudad galopando en las carreras para
-conquistar la corona de olivo. Se mostraba muy agradecido á Acteón,
-porque éste, valiéndose de la influencia de Sónnica, había conseguido
-de los magistrados que el celtíbero figurase entre los jinetes de la
-gran procesión que subiría á la Acrópolis para llevar las primeras
-espigas al templo de Minerva.</p>
-
-<p>En los días que el ateniense languidecía entre cánticos y perfumes,
-abrumado por las caricias de la griega, que parecía arder en el fuego
-de la última pasión de su vida, saltaba del lecho al amanecer, se
-echaba el arco á la espalda, y seguido por dos hermosos perros corría
-el agro de Sagunto, dando caza á los gatos monteses que bajaban de las
-cercanas montañas.</p>
-
-<p>En una de estas correrías tuvo un encuentro. Era mediodía; caía
-verticalmente la luz del sol, y los perros, jadeantes, se detuvieron
-ladrando<span class="pagenum" id="Page_180">p. 180</span> ante un
-bosque de higueras seculares, cuyas ramas llegaban al suelo, formando
-sombríos pabellones de follaje. Acteón, haciendo callar á sus bestias,
-avanzó cautelosamente con el arco preparado, y al separar la cortina de
-hojas vió en el centro de una plazoleta formada por los árboles á sus
-dos amigos Ranto y Eroción.</p>
-
-<p>El muchacho estaba sentado en el suelo ante un montón de arcilla
-roja que iba modelando con lentitud, frunciendo el entrecejo y silbando
-penosamente. La pastorcilla, completamente desnuda, con el impudor de
-una belleza sana é inocente, satisfecha de ser admirada, sonreía á
-Eroción, coloreándose sus mejillas ligeramente cada vez que el artista
-levantaba sus ojos de la arcilla para fijarlos en la modelo.</p>
-
-<p>Acteón bebía con la mirada las formas de aquel cuerpo primaveral.
-Sentía el entusiasmo de los griegos ante la belleza, replegada aún
-en sí por el ardor de la pubertad. Admiraba sus senos tiernos y
-pequeños como capullos, surgiendo apenas del cuerpo; las caderas de
-ligera curva; la línea que caía de la nuca á los pies con suavísimas
-ondulaciones, que servían para dar más encanto á su pureza; aquella
-gracia de efebo hermoso y fuerte, unida al encanto del sexo. Su gusto
-de griego refinado admiraba la frescura de las formas, comparándolas
-mentalmente con las opulencias soberbias, pero un tanto maduras, de
-Sónnica.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span>Ranto, al ver
-asomar entre las hojas la cabeza del griego, dió un grito penetrante
-y corrió á ocultarse tras una higuera en busca de sus ropas. Entre el
-follaje sonaron los esquilones de las cabras, asustadas por el grito de
-la pastorcilla, y las reses asomaron sus hocicos brillantes, con los
-ojos húmedos y los retorcidos cuernos.</p>
-
-<p>—¿Eres tú, ateniense? —dijo Eroción levantándose con gesto de
-malhumor—. Has asustado á Ranto con tu inesperada presencia.</p>
-
-<p>Después añadió con malicia.</p>
-
-<p>—Ranto es tu esclava, ya lo sé. Y también sé que eres el dueño de
-la alfarería donde trabajo. Has subido mucho desde la mañana en que te
-encontramos en el camino de la Sierpe. Dispones de Sónnica la rica: el
-amor la ha hecho tu esclava.</p>
-
-<p>—No soy amo de nadie —dijo el griego con sencillez—. Soy vuestro
-amigo y recuerdo que el primer pan que comí en la ciudad lo recibí de
-vuestras manos.</p>
-
-<p>Eroción pareció adquirir confianza con estas palabras.</p>
-
-<p>—¿Qué miras, ateniense? ¿Ese barro? ¡Cómo debes burlarte de mí!
-Estoy convencido; no sirvo para artista. Hay momentos en que me
-creo capaz de hacer una obra grande: la concibo, la veo como si la
-tuviera en pie dentro de mi cabeza; pero cuando pongo las manos en el
-barro<span class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span> reconozco mi
-torpeza y siento ganas de llorar. ¡Ah! ¡Si yo hubiese ido á Grecia!</p>
-
-<p>Y decía estas palabras como un lamento, mirando con rabia el montón
-de barro, en el cual comenzaban á marcarse con cierta rudeza las formas
-de Ranto.</p>
-
-<p>—¡Si supieras cuánto tuve que hablar para decidirla á que me
-mostrase la divina desnudez de su cuerpo!... No lo extrañes; es de raza
-de bárbaros: teme el garrote de su abuelo el pastor, que caería sobre
-sus carnes si la viese como tú acabas de verla. La hablé de nuestros
-escultores, ante los cuales se disputan las más hermosas hetarias el
-honor de desnudarse; y la seguridad de que Sónnica su señora había
-hecho lo mismo en Atenas, fué lo único que la decidió... ¿Pero cómo
-copiar su cuerpo divino? ¿Cómo infundir á la tierra amasada la vida que
-circula bajo su piel?</p>
-
-<p>En su desaliento amenazaba á la figurilla de barro como si quisiera
-aplastarla con los pies. Después se animó y dijo con resolución:</p>
-
-<p>—Yo soy más fuerte que mi torpeza. Trabajaré años y más años si es
-preciso, hasta ver reproducido con toda su hermosura el cuerpo divino
-de mi Ranto. No volveré á la alfarería aunque el viejo arquero me
-mate á golpes... Había comenzado mi obra queriendo que figurase en la
-procesión de las Panatheas. Ranto la llevaría sobre su cabeza, y la
-multitud se aglomeraría para<span class="pagenum" id="Page_183">p.
-183</span> verla. Sólo espero un momento de inspiración, una racha
-feliz: ¿quién sabe si mañana soplarán las musas sobre mí, y me
-levantaré con facilidad en las manos para ejecutar lo que sueño?...</p>
-
-<p>Y lanzándose francamente por el despeñadero de la imaginación, el
-pequeño artista contó al ateniense sus ensueños.</p>
-
-<p>—Si logro terminar esta estatua, el porvenir es mío, y algún día
-grabarán mi nombre en el Foro para que lo lean con admiración las
-gentes de la ciudad. Me libraré para siempre de la alfarería; regalaré
-mi estatua á Sónnica después de haberla admirado todo Sagunto en las
-Panatheas, y tu amante, que es tan generosa, me embarcará en uno de
-sus navíos. Veré Atenas, admiraré lo que tú has visto, y entonces...
-¡entonces!... Mira, Acteón, por entre esas hojas. ¿Qué ves sobre la
-montaña de la Acrópolis? Nada; muros de grandes piedras; columnatas;
-techumbres de templos, pero ni una sola estatua que pregone de lejos
-la gloria de la ciudad. Dicen que sobre la Acrópolis de Atenas se alza
-gigantesca la figura de Palas, toda de bronce y oro, con una lanza que
-parece arder á la luz del sol, y guía como una llama á los marineros
-desde muchos estadios, mar adentro. ¿Es eso verdad? Pues yo hace noches
-y noches que sueño con algo parecido, y veo á Eroción, gran artista, de
-regreso de Atenas, levantando sobre nuestra Acrópolis una obra colosal.
-Los toros de Gerión,<span class="pagenum" id="Page_184">p. 184</span>
-enormes, gigantescos, con cuernos dorados que brillen como antorchas,
-y tras ellos, Hércules, cubierto con la piel del león de Nemea, como
-Therón su sacerdote en las grandes fiestas de Sagunto; y tremolando en
-lo alto su clava, que servirá de señal á todos los navegantes del golfo
-Sucronense... ¡Ay! ¡Si yo llegase algún día á realizar esta obra!...</p>
-
-<p>Ranto, cubierta con la túnica, había salido de su escondrijo y se
-aproximaba temerosa á Acteón, mirándolo con respeto y ruborizándose
-al mismo tiempo por el recuerdo de su sorprendida desnudez. Eroción,
-entusiasmado por el relato de sus ilusiones, mostraba en sus ojos el
-deseo de volver á comenzar. Miraba su obra y parecía desnudar con los
-ojos á la pastorcilla para repetir en seguida el trabajo.</p>
-
-<p>El ateniense comprendió que su presencia estorbaba á los jóvenes.</p>
-
-<p>—Trabaja, Eroción —dijo—. Sé un gran artista si puedes. Tu modelo
-lo envidiarían los escultores de Atenas. Ahora que sé que os ocultáis
-aquí, procuraré no molestaros con mi presencia.</p>
-
-<p>Y así lo hizo. No volvió al bosque de higueras, dejando que los dos
-adolescentes trabajasen en su misterioso retiro; él, espoleado por la
-ambición; ella, sumisa por el amor.</p>
-
-<p>Llegó el día de las Panatheas. La fama de la solemnidad se había
-esparcido hasta más allá de los límites de Sagunto, y se presentaban en
-ca<span class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span>ravanas los rudos
-celtíberos para contemplar las diversiones de los griegos.</p>
-
-<p>Las gentes del agro habían abandonado sus trabajos de recolección, y
-vestidas con sus ropas mejores, llegaban á la ciudad desde el amanecer,
-para presenciar la fiesta á la diosa de los campos. Llevaban grandes
-gavillas de trigo matizadas de flores, para ofrecerlas á la diosa y
-corderillos de blancas lanas adornados con cintas, para sacrificarlos
-en su altar.</p>
-
-<p>Cuando salió el sol, la ciudad estaba repleta de una muchedumbre
-multicolor que se agolpaba en el Foro, ó corría á las márgenes del río
-para presenciar las carreras de caballos.</p>
-
-<p>Habíase formado un gran estadio junto al Bætis-Perkes, en el cual
-los principales ciudadanos de Sagunto iban á disputarse el triunfo. Los
-senadores, en largos bancos custodiados por un grupo de mercenarios,
-presidían la fiesta. En un extremo de la pista, los hijos de los
-comerciantes y de los ricos agricultores, toda la juventud saguntina,
-aguardaba la señal, casi desnuda, apoyada en sus ligeras lanzas y
-teniendo agarrados de la brida sus caballos en pelo, que se husmeaban y
-mordían presintiendo el próximo combate.</p>
-
-<p>Dieron la señal de partir, y todos, poniendo su pie izquierdo en el
-asidero de la lanza, saltaron de golpe sobre sus corceles, saliendo
-escapados en compacto escuadrón á lo largo de la<span class="pagenum"
-id="Page_186">p. 186</span> pista. La inmensa masa popular prorrumpió
-en aclamaciones ante el bizarro grupo de jinetes, casi tendidos sobre
-el cuello de sus caballos, como si formasen con estos una sola pieza,
-moviendo en alto sus lanzas, excitando el galope con alaridos, y
-envueltos en polvo, al través del cual se veían las estiradas patas
-de las bestias y sus vientres casi tocando el suelo. La desenfrenada
-carrera duró mucho tiempo. Iban quedando rezagados los jinetes menos
-hábiles ó de peor montura: el escuadrón disminuía visiblemente. El
-último que quedase en la pista habiendo marchado siempre á la cabeza de
-los demás, conseguiría la corona, y la multitud hacía apuestas por el
-celtíbero Alorco ó el ateniense Acteón, que figuraban desde el primer
-instante al frente de los jinetes.</p>
-
-<p>Los ciudadanos, que no querían esperar bajo los ardores del sol
-el final de la carrera, seguían la ribera del río hasta llegar á las
-murallas, á cuya sombra los adolescentes luchaban cuerpo á cuerpo ó
-se ejercitaban en el pugilato para alcanzar el premio de la destreza.
-Otros más pacíficos se dirigían al Foro, bajo cuyos pórticos los
-jóvenes elegantes se disputaban la corona de laurel destinada al más
-hábil en la música y el canto. Sentados en sillas de marfil y teniendo
-cerca de ellos á los lindos esclavos que les abanicaban con ramas de
-mirto, Lacaro y sus amigos tañían la flauta ó pulsaban la lira,<span
-class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span> cantando versos griegos con
-entonación dulzona y afeminada. En el público reían algunos, remedando
-la suavidad de sus voces; pero otros imponían silencio con indignación,
-dominados por el encanto que ejercía sobre su rudeza el arte, aun con
-este aderezo femenil.</p>
-
-<p>Á más de media mañana un estrépito de muchedumbre entusiasta llenó
-como un trueno el ancho espacio del Foro. Era el pueblo que volvía de
-las carreras y aclamaba al vencedor. El arrogante Alorco, arrancado de
-los lomos de su corcel, era llevado en hombros por los más entusiastas.
-La corona de olivo ceñía su cabellera revuelta é impregnada de polvo.
-Acteón marchaba junto á él, celebrando su triunfo fraternalmente, sin
-revelar envidia.</p>
-
-<p>Los cantores, arrollados por esta ola de entusiasmo, recogieron sus
-sillas é instrumentos. La corona de laurel se la ciñó Lacaro en medio
-de la indiferencia general, sin recibir otros plácemes que los de sus
-esclavos. Todo el entusiasmo de la ciudad era para el vencedor de las
-carreras: el pueblo enardecíase admirando la fuerza y la destreza.</p>
-
-<p>Había llegado el momento solemne: la procesión iba á comenzar.
-En el barrio de los comerciantes, los esclavos tendían de tejado
-á tejado velos rojos y verdes, que daban sombra á las calles. Las
-ventanas y terrazas cubríanse con tapices multicolores de complicados
-dibujos,<span class="pagenum" id="Page_188">p. 188</span> y las
-esclavas colocaban en las puertas braserillos para quemar perfumes.</p>
-
-<p>Las griegas ricas, seguidas de sus servidoras, que llevaban sillas
-de tijera, iban en busca de sitio en las escalinatas de los templos ó
-en las tiendas del Foro; y la gente agrupábase á lo largo de las casas,
-esperando impaciente la llegada de la comitiva que se formaba fuera de
-las murallas. Bandas de niños completamente desnudos corrían por las
-calles, agitando ramas de mirto y lanzando aclamaciones en honor de la
-diosa.</p>
-
-<p>De pronto se arremolinó la gente, prorrumpiendo en gritos de
-entusiasmo. La pompa en honor de Minerva entraba por la puerta del
-camino de la Sierpe y avanzaba lentamente hacia el Foro, al través del
-barrio de los comerciantes, que eran los organizadores de la fiesta.</p>
-
-<p>Marchaban al frente ancianos venerables de luenga barba vestidos
-de blanco, con mantos de amplios pliegues, la nevada cabellera
-coronada de verde y llevando en las manos ramas de olivo. Después los
-ciudadanos más arrogantes, armados de lanza y escudo, con la visera
-del casco griego caída sobre los ojos y mostrando con orgullo la recia
-musculatura de sus brazos y piernas. Seguían los adolescentes más
-hermosos de la ciudad, coronados de flores, cantando himnos en loor
-de la diosa; coros de niños desnudos, danzando con infantil gracia,
-cogidos<span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span> de las manos,
-formando una cadena de complicadas combinaciones. Luego desfilaban las
-doncellas, las hijas de los ricos, cubiertas solamente con una túnica
-de purísimo lino, que marcaba sus encantos primaverales. Llevaban en
-las manos como ofrendas, ligeros canastillos de junco cubiertos por
-velos que ocultaban los instrumentos para el sacrificio á la diosa, y
-con ellos las tortas de trigo nuevo que habían de depositarse en su
-altar y los manojos de rubias espigas. Para que se marcase claramente
-la dignidad de las ricas vírgenes, marchaban detrás de ellas las
-esclavas sosteniendo la silla de tijera incrustada de marfil y el
-quitasol de tela rayada con gruesas borlas multicolores al extremo de
-las varillas.</p>
-
-<p>Un grupo de esclavas escogidas por su hermosura, al frente de las
-cuales marchaba Ranto, llevaban sobre sus cabezas grandes ánforas
-con agua y miel para las libaciones en honor de la diosa. Tras ellas
-desfilaban todos los músicos y cantores de la ciudad coronados de rosas
-y con amplias vestiduras blancas. Pulsaban la lira, tañían las flautas,
-y unos griegos de la alfarería de Sónnica que habían sido rapsodas
-errantes en su país, cantaban fragmentos de la guerra de Troya ante
-la muchedumbre bárbara que apenas si les entendía, pero admiraba la
-cadencia armoniosa de los versos de Homero.</p>
-
-<p>La gente se empujó, avanzando sus cabezas<span class="pagenum"
-id="Page_190">p. 190</span> para ver mejor á los <i>salios</i>, los devotos
-danzarines de Marte que avanzaban desnudos, armados de espada y
-escudo. Dos esclavos llevaban pendientes de un palo atravesado sobre
-sus hombros una fila de broqueles de bronce, que otro golpeaba con un
-mazo, y á sus broncos sones, los <i>salios</i> danzaban fingiendo atacarse,
-golpeaban con su espada el escudo del contrario, lanzando gritos
-feroces, y ejecutaban pantomimas para recordar los principales pasajes
-de la vida de la diosa.</p>
-
-<p>Tras este estrépito que ponía en conmoción las calles, haciendo
-rugir de entusiasmo al populacho enardecido por los golpes, seguía un
-grupo de niñas sosteniendo un velo finísimo, en el cual habían bordado
-las principales griegas de la ciudad el combate de Minerva con los
-Titanes. Era la ofrenda que había de quedar en el nuevo templo de la
-diosa como eterno recuerdo de las fiestas.</p>
-
-<p>Cerrando la procesión, avanzaba el escuadrón sagrado, los ciudadanos
-más ricos, montando briosos caballos, que con sus movimientos obligaban
-á la muchedumbre á pegarse á las paredes. Presentaban arrogantes
-figuras haciendo encabritar sus corceles, sin más guía que el freno,
-montándolos en pelo, oprimiendo sus hijares con las rodillas. Los
-jinetes más viejos, cubríanse con grandes sombreros á la moda
-ateniense: los jóvenes usaban el casco alado de Mercurio ó lle<span
-class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span>vaban la cabeza descubierta,
-sujetos los cortos rizos con una cinta de color de fuego. Alorco
-ostentaba su corona de vencedor, y Acteón, que marchaba á su lado en
-uno de los corceles del celtíbero, sonreía á la muchedumbre, que le
-contemplaba con cierto respeto, como si fuese el esposo de Sónnica y
-dispusiera de sus enormes riquezas. Los jinetes miraban con cierto
-orgullo la espada que, ceñida á sus riñones, golpeaba los flancos
-del caballo, y abarcaban de una ojeada la alta Acrópolis y la ciudad
-extendida á sus pies, como expresando la confianza en su fuerza y la
-tranquilidad en que podía vivir Sagunto, segura de ser guardada.</p>
-
-<p>La muchedumbre, enardecida por el brillante desfile, aclamaba á
-Sónnica. Ésta, rodeada de esclavas, asomábase á la terraza del gran
-edificio que poseía en el barrio de los comerciantes para almacenar
-las mercancías. Ella era la organizadora, la que costeaba el velo á
-Minerva; la que había trasladado á Sagunto la hermosa fiesta de Atenas.
-Esparcíase en el ambiente el humo oloroso de los braserillos; caía de
-las ventanas una lluvia de rosas sobre las doncellas; brillaban las
-armas, y en los momentos que callaba el gentío, destacábanse á lo lejos
-los sones de las liras y las flautas, acompañando con suave melodía las
-voces de los cantores de Homero.</p>
-
-<p>Los rudos celtíberos llegados para presen<span class="pagenum"
-id="Page_192">p. 192</span>ciar la fiesta, callaban asombrados por el
-desfile que les deslumbraba con el brillo de las armas y las joyas
-y la confusión multicolor de los trajes. Los naturales de Sagunto
-felicitaban á sus conciudadanos los griegos, admirando el esplendor de
-la fiesta.</p>
-
-<p>Y no terminaba el regocijo con el brillante desfile. Por la
-tarde sería la diversión del populacho; la fiesta de los pobres. Se
-realizaría á lo largo de las murallas la carrera del hacha encendida;
-correrían con la antorcha inflamada en recuerdo de Prometeo, los
-marineros, los alfareros, los labradores, toda la gente libre y
-miserable del puerto y el campo. El que consiguiera dar la vuelta
-á la ciudad con la hacha inflamada, sería el vencedor; los que la
-dejasen apagar ó caminasen despacio para defender la luz, sufrirían los
-silbidos y los golpes de la muchedumbre. Hasta los ricos hablaban con
-entusiasmo de esta fiesta popular, que producía gran regocijo.</p>
-
-<p>Cerca de la Acrópolis, cuando toda la procesión estaba ya dentro de
-sus murallas, Alorco vió entre el gentío un celtíbero montado en un
-caballo sudoroso, el cual le hacía señas para que se aproximara.</p>
-
-<p>Alorco, saliendo del escuadrón, trotó hacia él.</p>
-
-<p>—¿Qué quieres? —preguntó en el áspero lenguaje de su país.</p>
-
-<p>—Soy de tu tribu, y tu padre es mi jefe. Aca<span class="pagenum"
-id="Page_193">p. 193</span>bo de llegar á Sagunto marchando tres días
-para decirte: —Alorco, tu padre va á morir y te llama. Los ancianos de
-la tribu me han ordenado que no vuelva sin tí.</p>
-
-<p>Acteón había seguido á su amigo, saliendo de entre los jinetes
-del escuadrón sagrado, y presenciaba el diálogo sin comprender una
-palabra, aunque adivinaba algo desagradable en el pálido rostro del
-celtíbero.</p>
-
-<p>—¿Malas noticias? —preguntó á Alorco.</p>
-
-<p>—Mi padre se muere y me llama.</p>
-
-<p>—¿Y qué piensas hacer?...</p>
-
-<p>—Partir inmediatamente. Los míos reclaman mi presencia.</p>
-
-<p>Emprendieron los dos jinetes el descenso á la ciudad, seguidos por
-el mensajero celtíbero.</p>
-
-<p>Acteón sentíase atraído por la emoción de su camarada. Al mismo
-tiempo despertábase en él la curiosidad de viajero, tantas veces
-excitada por los relatos del celtíbero.</p>
-
-<p>—¿Quieres que te acompañe, Alorco?</p>
-
-<p>El joven agradeció con una mirada la proposición. Después se
-negó á aceptarla, alegando la prisa que tenía de partir. El griego
-querría despedirse de Sónnica. Tal vez la causaría un disgusto con la
-separación, y él deseaba emprender el viaje inmediatamente.</p>
-
-<p>—Suprimamos la despedida —dijo el griego con su alegre ligereza—.
-Sónnica se resignará cuando la haga saber por un esclavo que me
-au<span class="pagenum" id="Page_194">p. 194</span>sento por
-algunos días. ¿Quieres salir inmediatamente? Sea: partiremos juntos.
-Te acompaño. Siento curiosidad por ver de cerca ese país con sus
-costumbres bárbaras y sus habitantes valerosos y duros, de los cuales
-tantas proezas me han relatado.</p>
-
-<p>Atravesaron la ciudad: las calles estaban desiertas. Toda la
-población había subido á la Acrópolis. Acteón se detuvo un instante
-en los almacenes de Sónnica para noticiar el viaje á sus esclavos, y
-siguió después á su amigo, saliendo ambos de la ciudad.</p>
-
-<p>Alorco estaba alojado en una de las posadas del suburbio, enorme
-edificio con profundas cuadras y anchos patios, donde sonaban
-continuamente las diversas lenguas del interior de la península,
-enronquecidas y encolerizadas por el regateo de mercancías y bestias.
-Cinco hombres de la tribu acompañaban al joven celtíbero durante su
-permanencia en Sagunto, cuidando los caballos y sirviéndole como
-domésticos libres.</p>
-
-<p>Al saber que iban á partir, estos hijos de las montañas gritaron de
-entusiasmo. Languidecían de inacción en aquel país rico y feraz, cuyas
-costumbres detestaban, y á toda prisa realizaron los preparativos para
-la marcha.</p>
-
-<p>Caía el sol cuando emprendieron el viaje. Alorco y Acteón marchaban
-al frente con el manto en la cabeza, un peto de lienzo almohadillado
-para defender el pecho, á usanza celtíbera,<span class="pagenum"
-id="Page_195">p. 195</span> y la espada ancha y corta, junto con el
-escudo de cuero colgando de la cintura. Los cinco servidores y el
-mensajero cerraban la marcha armados de largas lanzas, custodiando dos
-mulas que llevaban las ropas de Alorco y los víveres para el viaje.</p>
-
-<p>Aquella tarde aún marcharon por caminos. Estaban en el agro
-saguntino, y pasaban entre campos cultivados y feraces, hermosas
-quintas y compactos pueblecillos que se apretaban en torno de la torre
-que les servía de defensa. Al cerrar la noche acamparon junto á una
-aldea miserable de las montañas. Allí acababa la dominación de Sagunto:
-más allá estaban las tribus casi siempre en guerra con la gente de la
-costa.</p>
-
-<p>Á la mañana siguiente, el griego vió el paisaje totalmente cambiado.
-Se perdieron á su espalda el mar y el verde llano, y sólo vió montes
-y más montes, unos cubiertos de grandes pinares, otros rojos, con
-promontorios de piedra azulada y espesos matorrales que al estremecerse
-con los pasos de la caravana, vomitaban nubes de pájaros asustados,
-y liebres que, locas de terror, pasaban por entre los pies de los
-caballos.</p>
-
-<p>Los caminos no eran obra de los hombres. Marchaban las bestias
-trabajosamente por el rastro que otros viajeros habían dejado; rodeaban
-muchas veces las moles de piedra caídas de<span class="pagenum"
-id="Page_196">p. 196</span> las cumbres y se hundían otras en
-riachuelos que les cortaban el paso. Faldeaban las montañas; subían á
-las cumbres entre los graznidos de las águilas que se espeluznaban de
-cólera al ver invadida la silenciosa región, en la que muy de tarde
-en tarde entraban los hombres; descendían á los barrancos, profundas
-grietas en las que reinaba una penumbra sepulcral y donde aleteaban los
-cuervos, atraídos por el cadáver de alguna res abandonada.</p>
-
-<p>Veían á lo lejos en un pequeño valle ó al lado de un riachuelo un
-grupo de cabañas de paredes de barro y techo de bálago agujereado para
-dar luz á la habitación y salida al humo. Las mujeres, huesosas y
-cubiertas de pieles, rodeadas de niños desnudos, salían de sus cubiles
-para ver de lejos la caravana, con huraña expresión de alarma, como
-si el paso de unos desconocidos sólo pudiera traer desgracias. Otras
-más jóvenes, con las piernas al descubierto y ceñido el delantal de
-harapos á los riñones, segaban el mísero trigo, que apenas si se
-levantaba como una película dorada sobre la tierra blanquecina y pobre.
-Muchachas fuertes y feas, de miembros varoniles, bajaban de los montes
-con grandes haces de ramas en las espaldas, mientras los hombres, á
-la sombra de los nogales y los robles, trenzaban nervios de toro para
-construir escudos, ó se amaestraban en arrojar dardos y manejar la
-lanza, cayéndoles sobre los<span class="pagenum" id="Page_197">p.
-197</span> rostros tostados y barbudos la alborotada cabellera.</p>
-
-<p>Jinetes en pequeños caballos de largo y sucio pelo aparecían en
-los sitios más altos del camino algunos guerreros de equívoco aspecto,
-mezcla de pastores y bandidos, con armadura de cuero y larga lanza.
-Examinaban un instante la comitiva, y después de apreciar su fuerza,
-convencidos de que era difícil atacarla, volvían al paso hacia sus
-ganados, que pastaban en las profundas quebraduras de los montes
-cubiertos de matorrales. Los infinitos rebaños de corderos y toros,
-acostumbrados á la soledad salvaje, huían huraños al escuchar el paso
-de la caravana. Por entre los romeros y tomillos de las laderas subían
-como pardas hormigas las bandas de codornices buscando su pasto, y al
-sonido de los cascos de los caballos volaban, pasando como un silbido
-sobre las cabezas de los viajeros.</p>
-
-<p>Acteón admiraba las rudas costumbres de aquellas gentes. Las cabañas
-eran de adobes rojos ó de pedruscos unidos con barro: los techos de
-ramas; y las mujeres, más feas y animosas que los hombres, realizaban
-los trabajos fatigosos. Sólo los niños trabajaban, imitando con esto á
-sus madres. Los adolescentes empuñaban la lanza, y bajo la dirección
-de los ancianos aprendían á combatir, tan pronto á pie como á caballo;
-domaban los potros, saltando al suelo y volviendo á montar en mitad
-de la carrera y se amaestra<span class="pagenum" id="Page_198">p.
-198</span>ban en permanecer de rodillas sobre sus lomos, inmóviles y
-con los brazos libres para esgrimir la espada y el escudo.</p>
-
-<p>En algunas aldeas los recibían con la hospitalidad tradicional y
-aún extremaban más sus agasajos al reconocer á Alorco, el heredero de
-Endovellico, temido jefe de las tribus de Baraeco, que apacentaban
-desde hacía siglos sus rebaños en las riberas del Jalón. Les cedían al
-llegar la noche sus mejores lechos de correas, cubiertos de mullida
-hierba seca; atravesaban en el asador un becerro, haciéndolo voltear
-sobre una enorme hoguera en honor de la caravana, y durante la marcha
-les detenían las mujeres á la entrada de sus chozas, ofreciéndoles en
-groseras vasijas de barro la amarga cerveza fabricada en los valles y
-el pan de harina de bellotas.</p>
-
-<p>Alorco explicaba al ateniense las costumbres de su raza. Cosechaban
-la bellota, su principal alimento y la exponían al sol hasta que
-estuviera bien seca: la mondaban, la molían y almacenaban la provisión
-de harina para seis meses. Este pan, la caza y la leche de sus reses,
-constituían los principales alimentos. En algunas épocas la peste les
-había dejado sin rebaños; los campos no daban cosechas, el hambre
-diezmaba las tribus y los más fuertes habían devorado á los débiles
-para subsistir. Esto, recordaba Alorco haberlo oído á los ancianos
-de su tribu, como<span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span>
-ocurrido en remotos tiempos, cuando Neton, Autubel, Nabí y otras
-divinidades del país, irritadas contra su pueblo, habían enviado sobre
-él tan tremendos castigos.</p>
-
-<p>El joven celtíbero continuaba el relato de las costumbres. Algunas
-mujeres de las que con tanto vigor trabajaban en los campos tal vez
-habían parido el día anterior. Apenas salida á luz la criatura, la
-sumergían en el río más cercano, para que con esta prueba, que causaba
-á muchas la muerte, creciese vigorosa é insensible al frío; y mientras
-la madre saltaba de la cama y continuaba sus trabajos, el esposo
-ocupaba su sitio en el lecho, acostándose con el recién nacido. La
-mujer, todavía convaleciente, cuidaba á los dos, rodeando de atenciones
-al fuerte marido, como para agradecerle el fruto que la había dado.</p>
-
-<p>Varias veces encontró la caravana en su marcha al borde de las
-veredas, lechos de hierbas sobre los cuales mostrábanse algunos
-hombres rígidos y quejumbrosos. Las moscas zumbaban en torno de sus
-cabezas como una nube; una ánfora de agua estaba al alcance de su
-mano. Algún niño en cuclillas junto al lecho espantaba los insectos
-con una rama. Eran enfermos que los parientes exponían, según antigua
-costumbre, al borde de los caminos, para implorar la clemencia de
-las divinidades exhibiendo su miseria, y para que los viandantes al
-pasar aconsejaran<span class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span> un
-remedio, transmitiéndose así las recetas de lejanos países.</p>
-
-<p>Los hombres fuertes bañábanse en orines de caballo para endurecer
-los músculos. Su único lujo eran las armas, y admiraban como joyas
-inestimables las espadas de bronce traídas del Norte de la península y
-las de acero fabricadas por los de Bílbilis y templadas en las arenas
-de su famoso río. Las corazas flexibles, formadas por varias telas de
-lino superpuestas, ó las de cuero, adornadas con clavos, eran armas
-defensivas de las que no se despojaba el celtíbero ni aun en el lecho.
-Dormían con el <i xml:lang="la" lang="la">sagum</i> puesto, las grebas
-de metal en las piernas y las armas al alcance de la mano, prontos á
-pelear así que la más leve alarma turbaba su sueño.</p>
-
-<p>Á los tres días de marcha la caravana entró en el territorio de la
-tribu de Alorco. Separábanse las montañas á ambos lados del Jalón,
-formando risueños valles cubiertos de altos pastos, por los cuales
-corrían los rebaños de caballos sin domar, con la melena encrespada
-y la cola ondeante. Las mujeres salían fuera de sus aldeas á saludar
-á Alorco, y los hombres, empuñando la lanza, montaban á caballo para
-unirse á la caravana. En la primera aldea donde se detuvieron, un
-anciano dijo á Alorco que su padre, el poderoso Endovellico, estaba
-agonizante, y en otra que encontraron á las pocas<span class="pagenum"
-id="Page_201">p. 201</span> horas, supo que el gran jefe había muerto
-al amanecer.</p>
-
-<p>Todos los guerreros de la tribu, pastores y agricultores, montaban
-á caballo para seguirle. Cuando llegaron á la aldea donde residía el
-reyezuelo la escolta era ya un pequeño ejército.</p>
-
-<p>En la puerta de la casa paterna, construcción baja de piedras rojas
-y techumbre de troncos, vió Alorco á sus hermanas con trajes de flores
-y la cabeza en un collar de jaula, de cuyos hierros pendían los velos
-de luto.</p>
-
-<p>Las hermanas de Alorco, lo mismo que las otras mujeres que las
-acompañaban, esposas de los primeros guerreros de la tribu, ocultaban
-su dolor por la muerte del jefe y sonreían como si estuvieran
-en vísperas de una fiesta. La vejez era una desgracia entre los
-celtíberos, que despreciaban la vida y peleaban por diversión cuando
-les faltaba la guerra. Morir en el lecho era casi una deshonra,
-y lo único que turbaba un tanto la satisfacción de la familia de
-Endovellico, era que un guerrero tan famoso, terror de las vecinas
-tribus, hubiese muerto con la cabellera blanca, extinguiéndose su vida
-como una antorcha que se apaga, después de haber hecho galopar su
-caballo al través de tantos combates, desplomando su espada como un
-rayo sobre los enemigos.</p>
-
-<p>El traje y el rostro de Acteón atraían las miradas de toda la
-tribu. Muchos de los cel<span class="pagenum" id="Page_202">p.
-202</span>tíberos no habían visto nunca un griego y contemplaban á éste
-con ojos hostiles, recordando las astucias y hábiles explotaciones
-que los comerciantes helénicos hacían sufrir á los de su raza cuando
-descendían hasta Sagunto para vender la plata de las minas.</p>
-
-<p>Alorco tranquilizó á los suyos.</p>
-
-<p>—Es mi hermano —dijo en la lengua del país—. Juntos hemos vivido en
-Sagunto. Además, no es de esa ciudad. Es de muy lejos, de un país donde
-los hombres son casi dioses, y ha venido conmigo para conoceros.</p>
-
-<p>Las mujeres miraban á Acteón con asombro al saber el origen casi
-divino que le atribuía Alorco.</p>
-
-<p>Habían desmontado los de la caravana, entrando en la inmensa cabaña
-que servía de palacio al jefe. Una vasta habitación ennegrecida por
-el humo y sin otras luces que unos angostos respiraderos, semejantes
-á saeteras, servía de punto de reunión y consejo á los guerreros de
-la tribu. En un extremo, una piedra enorme, sobre la cual ardían
-los leños, con una gran abertura en el techo que hacía las veces de
-chimenea. Empotrada en la pared había una lápida, y esculpida en ella
-groseramente la figura del dios de la tribu estrangulando á dos leones.
-De los muros colgaban lanzas y escudos, pieles de bestias feroces,
-retorcidas astaduras y blancos cráneos de animales de caza. Un banco
-de piedra corría<span class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span> á
-lo largo de las paredes, y cerca del hogar interrumpíase para dejar
-espacio á un alto poyo de mampostería cubierto con una piel de oso.
-Allí se sentaba el jefe.</p>
-
-<p>Los guerreros iban colocándose en el banco conforme entraban.</p>
-
-<p>Un anciano cogió la mano á Alorco, guiándolo hasta el puesto de
-honor.</p>
-
-<p>—Siéntate ahí, hijo de Endovellico. Tú eres su único sucesor y
-mereces ser nuestro jefe. Su valor y su prudencia residen en tí.</p>
-
-<p>Los demás guerreros apoyaban con miradas de grave aprobación las
-palabras del anciano.</p>
-
-<p>—¿Dónde está el cadáver de mi padre? —preguntó Alorco, conmovido por
-la sencilla ceremonia.</p>
-
-<p>—Desde que descendió el sol está en la pradera donde aprendiste tú
-á domar los caballos y manejar las armas. Los jóvenes de la tribu le
-guardan. Mañana cuando salga el sol serán sus exequias, dignas de tan
-gran jefe. Después tú, como nuevo rey, nos darás consejos sobre los
-asuntos de la tribu.</p>
-
-<p>Alorco hizo sentar cerca de él al griego. Las mujeres entraron
-antorchas, pues por los estrechos tragaluces apenas si el crepúsculo
-lograba filtrar una claridad pálida y difusa. Las hermanas de Alorco,
-con la vista baja y ondeando las túnicas floreadas en torno de sus
-cuerpos<span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span> de vírgenes
-fuertes, iban por delante de los guerreros ofreciendo en vasos de
-cuerno hidromiel y cerveza. Aquellos hombres bebían enormemente, sin
-perder su gravedad. Hablaban de las hazañas de Endovellico como si
-éste hubiese muerto muchos años antes y de las grandes empresas á que
-seguramente les guiaría su sucesor, aludiendo varias veces con palabras
-misteriosas á un asunto que había de tratarse al día siguiente en el
-consejo.</p>
-
-<p>Entraron la cena. Los celtíberos no acostumbraban á comer en
-mesa como las gentes de la costa. Seguían sentados en el banco de
-piedra. Las mujeres les colocaban al lado un pan de trigo por ser
-extraordinario el banquete, sustituyendo éste al de harina de bellotas
-que era de uso habitual. Otras mujeres hacían circular una gran vasija
-llena de pedazos de carne asada que aún chorreaba sangre, y cada
-guerrero cogía un trozo con la punta de su cuchillo. Los cuernos llenos
-de bebida circulaban de mano en mano, y el griego Acteón aceptaba
-con gracioso ademán cuanto le ofrecían sus vecinos con palabras
-hospitalarias que no podía comprender.</p>
-
-<p>Al terminar la cena entraron varios adolescentes de la tribu con
-trompas y flautas, y comenzaron á hacer sonar un aire bizarro que
-participaba de la alegría de la caza y del furor con que en los
-combates se cargaba sobre el enemigo. Los convidados enardeciéronse,
-y muchos de<span class="pagenum" id="Page_205">p. 205</span> ellos,
-los más jóvenes, saltando al centro de la habitación, comenzaron á
-danzar con una agilidad gimnástica. Era el baile con que terminaban
-los celtíberos todos sus banquetes; un ejercicio violento que ponía á
-prueba sus músculos y les hacía recobrar su fuerza aún en los momentos
-de mayor molicie.</p>
-
-<p>Mucho antes de media noche fueron retirándose los guerreros, dejando
-solos á Alorco y Acteón en aquella pieza inmensa cargada de humo, en
-la cual crepitaban las antorchas, tiñendo con reflejos de sangre los
-bárbaros adornos de las paredes. Durmieron en lechos de hierba sin
-despojarse de sus ropas y con las armas junto á ellos, como dormía toda
-la tribu, siempre temerosa de algún ataque de los vecinos, atraídos por
-la riqueza de sus rebaños.</p>
-
-<p>Al amanecer bajaron á la pradera, donde estaba expuesto el cadáver
-de Endovellico. Toda la tribu se reunía en la llanura, junto al río:
-los jóvenes á caballo con sus lanzas y cubiertos de todas armas; los
-viejos sentados á la sombra de las encinas; las mujeres y los niños,
-cerca de la pira de troncos, sobre la cual estaba tendido el cadáver
-del jefe.</p>
-
-<p>Endovellico aparecía con su traje de guerra. Sus lacios cabellos
-escapaban por los bordes del casco de triple cimera; la barba plateada
-descansaba sobre una loriga de escamas de bronce; los brazos desnudos
-y musculosos, caían so<span class="pagenum" id="Page_206">p.
-206</span>bre la espada celtíbera de hoja corta, estrangulada en su
-mitad para ensancharse en la punta, y las piernas estaban cubiertas
-por las anchas correas de las abarcas. El escudo, en el que aparecía
-grabado el dios de la tribu luchando con los leones, servía de cojín á
-su cabeza.</p>
-
-<p>Al llegar los dos jóvenes, se adelantó el mismo anciano que había
-hablado á Alorco el día anterior. Era el más sabio de la tribu, y había
-aconsejado muchas veces á Endovellico antes de emprender sus audaces
-expediciones. En circunstancias extraordinarias abría con el cuchillo
-sagrado el vientre de los prisioneros para leer el porvenir en las
-palpitaciones de sus entrañas. Otras veces cortaba las manos á los
-vencidos para dedicarlas al dios de la tribu, clavándolas en la puerta
-del jefe para aplacar á la divinidad. El misterio hablaba por su boca,
-y toda la tribu le contemplaba con admiración y miedo, como capaz de
-cambiar el curso del sol y de destruir en una noche las cosechas de los
-enemigos.</p>
-
-<p>—Avanza, hijo de Endovellico —dijo con solemnidad—. Mira tu pueblo,
-que te elige como el más valiente y el más digno para suceder á tu
-padre.</p>
-
-<p>Interrogó con la mirada á la muchedumbre, y los guerreros
-contestaron golpeando sus escudos, lanzando los mismos alaridos con que
-se excitaban al entrar en el combate.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span>—Ya eres nuestro
-rey —continuó el anciano—. Serás el padre y el guardián de tu pueblo.
-Para cumplir tu misión, apodérate de la herencia de tu padre... ¡Bajad
-el escudo!</p>
-
-<p>Dos jóvenes treparon á lo alto de la pira, y levantando la cabeza de
-Endovellico, bajaron el escudo con la imagen del dios, entregándolo á
-Alorco.</p>
-
-<p>—Con este escudo —dijo el anciano— cubrirás á tu pueblo de los
-golpes del enemigo... ¡Venga la espada!</p>
-
-<p>Bajaron los jóvenes la espada, arrancándola de las yertas manos del
-jefe.</p>
-
-<p>—Cíñetela, Alorco —continuó el hechicero—. Con ella nos defenderás
-y caerá como un rayo allí donde te marquen los tuyos. ¡Avanza, joven
-rey!</p>
-
-<p>Guiado por el viejo, llegó Alorco hasta los troncos, sobre los
-cuales descansaba su padre. El joven volvía el rostro para no ver el
-cadáver, temiendo un enternecimiento que le hiciese derramar lágrimas
-ante la tribu.</p>
-
-<p>—¡Jura por Neton, por Autubel, por Nabí, por Caulece, por todos los
-dioses de nuestra tribu y de todas las tribus que pueblan esta tierra
-y odian á los extranjeros que un día llegaron por el mar para robarnos
-nuestras riquezas! ¡Jura ser fiel á tu pueblo y obedecer siempre lo que
-te aconsejen los guerreros de la tribu!... ¡Júralo por el cuerpo de tu
-padre que pronto no será más que cenizas!...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span>Alorco lo juró, y
-los guerreros golpearon otra vez sus escudos, lanzando exclamaciones de
-alegría.</p>
-
-<p>El viejo, con un vigor extraordinario, se encaramó sobre los
-troncos, buscando bajo la coraza del cadáver.</p>
-
-<p>—Toma, Alorco —dijo al descender, entregando al nuevo jefe una
-cadenilla de cobre de la que pendía un disco del mismo metal—. Ésta es
-la mejor herencia de tu padre: la <i>salvación</i> que le seguía á todas
-partes. No hay un guerrero en la Celtiberia que no lleve consigo su
-veneno para morir, antes que ser esclavo del vencedor. Yo compuse éste
-para tu padre. Pasé toda una luna extrayéndolo del apio silvestre, y
-una de sus gotas mata como el rayo. Si algún día caes vencido, bebe y
-muere antes que los tuyos contemplen á su jefe con la mano cortada y
-sirviendo de esclavo á los enemigos.</p>
-
-<p>Alorco pasó la cabeza por la cadenilla, ocultando en el pecho la
-herencia de su padre. Después volvió al lado de Acteón, bajo las
-encinas donde se agrupaban los ancianos.</p>
-
-<p>Los adolescentes de la tribu que estaban haciendo su aprendizaje
-guerrero en la pradera, corrieron con antorchas encendidas en torno de
-la pira. Las teas lamieron los troncos resinosos, y pronto el humo y
-las llamas comenzaron á envolver el cadáver.</p>
-
-<p>Los guerreros de la tribu más famosos por<span class="pagenum"
-id="Page_209">p. 209</span> su valor y sus fuerzas, avanzaron haciendo
-caracolear sus caballos en torno de la hoguera.</p>
-
-<p>Agitando las lanzas, proclamaban con roncos gritos las hazañas
-del difunto jefe, uniéndose la masa de la tribu á sus aclamaciones.
-Relataban los innumerables combates de los que había salido vencedor;
-las audaces expediciones en las que sorprendía al enemigo descuidado
-durante la noche, quemando sus viviendas y formando interminables
-cuerdas de cautivos; los rebaños apresados, que casi no cabían en los
-territorios de la tribu; sus fuerzas colosales; la prontitud con que
-dominaba el potro más salvaje, y la prudencia que demostraba en todos
-sus consejos.</p>
-
-<p>—¡Cubrió de manos de enemigos las puertas de nuestras casas!
-—gritaba un guerrero, pasando al galope como un fantasma entre el humo
-de la hoguera.</p>
-
-<p>Y la multitud gritaba con una entonación de lamento:</p>
-
-<p>—¡Endovellico!... ¡Endovellico!...</p>
-
-<p>—¡Le temían todas las tribus, y su nombre era respetado como el de
-un dios!...</p>
-
-<p>La multitud volvía á repetir varias veces el nombre del jefe como si
-llorase.</p>
-
-<p>—¡Con su puño de roca abatía un toro en mitad de su carrera, y hacía
-volar la cabeza del enemigo con un golpe de su espada!</p>
-
-<p>—¡Endovellico!... ¡Endovellico!...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_210">p. 210</span>Y así continuaban
-las exequias del jefe. La hoguera elevaba rectas las llamas, ensuciando
-con su denso humo el azul del cielo, y los heraldos, incansables en
-pregonar las hazañas de su jefe, pasaban y repasaban como negros
-demonios coronados de chispas, haciendo saltar sus corceles sobre los
-leños inflamados. Vínose abajo la pira, envolviendo los restos de
-Endovellico entre cenizas y tizones, y sobre el rescoldo de la hoguera
-comenzó el combate en honor del difunto.</p>
-
-<p>Avanzaban los guerreros á caballo con las riendas sueltas, el
-escudo ante el pecho, la espada en alto, y combatían como si fuesen
-irreconciliables enemigos. Los mejores camaradas, los hermanos de
-armas, se asestaban tremendos golpes, con el entusiasmo de un pueblo
-que convertía la lucha en la principal diversión. Había que hacer
-correr la sangre para glorificar con más pompa la memoria del difunto;
-caían los caballos al choque del encuentro, y los jinetes continuaban
-la lucha á pie, trabándose cuerpo á cuerpo, haciendo retemblar los
-escudos con el choque de los golpes. Cuando se hubieron retirado
-algunos guerreros cubiertos de sangre, y el combate tomó un carácter
-de batalla general, en la que intervenían las mujeres y los niños
-enardecidos por el espectáculo, Alorco hizo sonar las trompas dando la
-señal de retirada, y se arrojó entre los combatientes para separar á
-los más tenaces.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span>Terminaban las
-exequias. Los esclavos de la tribu arrojaron los restos de la hoguera
-en una zanja, y la muchedumbre, viendo acabada la fiesta, levantó por
-última vez el cuerno lleno de cerveza para beber en honor del nuevo
-rey, retirándose luego á sus aldeas.</p>
-
-<p>Los principales guerreros se dirigieron á la mansión del jefe para
-celebrar consejo.</p>
-
-<p>El ateniense caminaba al lado de Alorco, manifestándole el asombro
-que le habían causado las costumbres bárbaras y belicosas de los
-celtíberos. Como no podía entender su lenguaje, los guerreros le vieron
-sin alarma sentarse en la sala del consejo cerca del nuevo jefe.</p>
-
-<p>El hechicero hablaba á Alorco largamente, entre el respetuoso
-silencio de los guerreros. Acteón comprendió que daba cuenta de cosas
-extraordinarias ocurridas en la tribu pocos días antes de la llegada
-del nuevo rey. Tal vez algún llamamiento de las tribus amigas, alguna
-expedición fructuosa proyectada por los más audaces.</p>
-
-<p>Vió obscurecerse ligeramente el rostro de Alorco, como si le
-hablasen de algo penoso que pugnaba con sus afectos. Los guerreros le
-miraban fijamente, mostrando en sus ojos la conformidad y el entusiasmo
-con las palabras del viejo. Alorco se repuso, siguió escuchando con
-serenidad al hechicero, y cuando éste terminó, tras una larga pausa,
-dijo algunas pala<span class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span>bras
-é hizo con la cabeza una señal de asentimiento.</p>
-
-<p>Aquella gente ruda acogió con gritos de entusiasmo la conformidad de
-su jefe y salió en tropel de la casa, como si la faltase tiempo para
-llevar la noticia al exterior.</p>
-
-<p>Cuando quedaron solos el griego y el celtíbero, éste dijo con
-tristeza:</p>
-
-<p>—Acteón, mañana parto con los míos. Comienzo á ser jefe de la tribu.
-Tengo que llevarla al combate.</p>
-
-<p>—¿Puedo acompañarte?</p>
-
-<p>—No. Ignoro dónde vamos. Mi padre tenía un poderoso aliado que no
-puedo nombrarte, y ese aliado me llama sin decir para qué. Toda la
-tribu muestra un gran entusiasmo por esta expedición.</p>
-
-<p>Alorco añadió tras una larga pausa:</p>
-
-<p>—Puedes permanecer aquí todo el tiempo que quieras. Mis hermanas te
-obedecerán como si fueses el mismo Alorco.</p>
-
-<p>—No: partiendo tú nada me resta que hacer aquí. En un día he visto
-bastante para conocer á los celtíberos. Regresaré á Sagunto.</p>
-
-<p>—¡Feliz tú que puedes volver á la vida griega, á los banquetes de
-Sónnica, á la dulce paz de aquellos mercaderes!... Que no se turbe
-nunca y que yo pueda regresar allá como amigo.</p>
-
-<p>Callaron los dos un buen rato, como si gravitasen sobre su
-pensamiento negras ideas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_213">p. 213</span>—Volverás de esa
-expedición cargado de riquezas —dijo el griego— y vendrás á disiparlas
-alegremente en Sagunto.</p>
-
-<p>—¡Que sea así! —murmuró Alorco—. Pero presiento que nunca volveremos
-á vernos, Acteón. Si nos vemos será para maldecir á los dioses,
-prefiriendo no habernos visto. Parto sin saber dónde voy y tal vez
-marcho contra mí mismo.</p>
-
-<p>No dijeron más: temían explicarse sus pensamientos.</p>
-
-<p>El griego y el celtíbero se abrazaron estrechamente. Después,
-como suprema despedida, se besaron en los ojos, signo de fraternal
-amistad.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_5">
- <p><span class="pagenum" id="Page_215">p. 215</span></p>
- <h2 class="nobreak" title="V. La invasión">V</h2>
- <p class="subh2">La invasión</p>
-</div>
-
-<p>La hermosa Sónnica creía haber perdido para siempre á Acteón.
-Su repentina partida la consideraba como un capricho del veleidoso
-ateniense, eterno viajero impulsado por la fiebre de ver nuevos países.
-¡Sólo los dioses podían saber dónde iría aquel pájaro errante, después
-de su visita á la Celtiberia! Tal vez se quedase con Alorco; tal vez
-guerreara con aquellos bárbaros, y éstos, subyugados por su cultura y
-su astucia, acabaran formándole un reino.</p>
-
-<p>Creía Sónnica que el ateniense no volvería más; que su corta
-primavera de amor había sido semejante á la fugitiva felicidad de
-las mujeres que tuvieron relaciones con los dioses al bajar éstos al
-mundo. Ella, tan insensible y burlona para los afectos, pasaba los
-días llorando en su lecho ó recorría por la noche como una sombra el
-vasto jardín, deteniéndose en la gruta donde el griego había hecho caer
-por primera vez el<span class="pagenum" id="Page_216">p. 216</span>
-cinturón de su túnica. Los esclavos asombrábanse del humor desigual y
-cruel de su ama, que tan pronto gemía cual una niña, como enardecida
-por súbita crueldad, ordenaba castigos para todos. Y de repente,
-una mañana, se presentaba el griego ante la quinta sobre un caballo
-polvoriento y sudoroso, despedía á los bárbaros de feroz catadura que
-venían escoltándole, corría con los brazos abiertos hacia la trémula
-Sónnica, y todo el inmenso dominio parecía resucitar: la señora
-sonreía, el jardín se mostraba más hermoso, en la terraza brillaban con
-mayor esplendor los plumajes de las aves raras, sonaban más alegres las
-flautas de las aulétridas, y á los esclavos, libres ya de castigos, les
-parecía más dulce el aire y más puro el cielo.</p>
-
-<p>La quinta de Sónnica recobró su alegre vida, como si la dueña
-hubiese resucitado. Por la noche hubo banquete en el gran triclinio;
-llegaron invitados los jóvenes elegantes amigos de Sónnica, y hasta
-Eufobias el filósofo encontró su sitio en la mesa, sin tener que luchar
-antes con el palo de los esclavos.</p>
-
-<p>Sónnica sonreía abrazada á Acteón, y escuchaba sus palabras como
-una música dulce. Los convidados le hacían relatar su viaje á la
-Celtiberia, admirando las costumbres de las tribus sobre las que
-reinaba Alorco. El parásito Eufobias no ocultaba su satisfacción
-por tener un amigo tan poderoso, y hablaba de ir allá por<span
-class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span> algún tiempo para vivir
-cómodamente, sin tener que mendigar el pan á los mercaderes de Sagunto.
-Volvió para el ateniense la primavera de amor. Pasaba los días en
-la quinta á los pies de Sónnica, viendo cómo hilaba en la rueca
-lanas de vivos colores, ó cómo se acicalaba el cuerpo, ayudada por
-sus esclavas. Á la caída de la tarde paseaban por el jardín, y les
-sorprendía la noche en la gruta, estrechamente abrazados, oyendo como
-una melodía dulce y monótona el canto del surtidor cayendo en la taza
-de alabastro.</p>
-
-<p>Algunas mañanas, Acteón iba á la ciudad para pasear por los pórticos
-del Foro, escuchando á los noticieros con la curiosidad de un griego
-habituado á las murmuraciones del Ágora. Notábase una agitación
-extraordinaria en la gran plaza saguntina. Los desocupados hablaban
-de guerras; los ciudadanos más belicosos recordaban sus hazañas en la
-última expedición contra los turdetanos exagerándolas, y los tranquilos
-comerciantes abandonaban sus mesas para inquirir noticias, acogiendo
-con gestos de desaliento la posibilidad de una lucha próxima. Acteón,
-al llegar á Sagunto por las mañanas, veía en lo alto de los muros
-centenares de esclavos que reparaban las almenas desmoronadas por el
-tiempo y cubrían las grietas que muchos años de paz habían abierto en
-los fuertes tapiales.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_218">p. 218</span>Mopso el arquero
-le tenía al corriente de las deliberaciones de los Ancianos. Hanníbal
-les había enviado un emisario con la orden de devolver á los turdetanos
-los territorios conquistados y el botín de la última expedición. El
-africano amenazaba con una altivez insufrible, y la república saguntina
-le había contestado con desprecio, negándose á escuchar sus órdenes.
-Sagunto sólo podía obedecer á su fuerte aliada Roma, y segura de su
-protección, miraba con indiferencia las amenazas del cartaginés. Sin
-embargo, como la guerra parecía inevitable y todos temían la juventud
-y el carácter audaz de Hanníbal, dos senadores se habían embarcado
-algunos días antes en el puerto de Sagunto, haciendo vela hacia las
-costas de Italia para relatar lo ocurrido, solicitando la protección
-del Senado romano.</p>
-
-<p>En el Foro circulaban confusamente estas noticias, y la muchedumbre
-se burlaba de Hanníbal como de un joven arrebatado que necesitaba una
-lección. Podía venir contra Sagunto cuando quisiera. Los cartagineses
-eran los derrotados de Sicilia, los que tuvieron que abandonar las
-costas de la Gran Grecia, expulsados por los romanos, poniendo
-con la derrota su propia ciudad al borde de la ruina. Si habían
-logrado después victorias en Iberia era contra tribus bárbaras que
-desconocían el arte de la guerra y eran víctimas de sus astucias.<span
-class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span> Al atacar á Sagunto
-encontrarían un enemigo digno de ellos, y Roma, la poderosa aliada,
-caería á sus espaldas exterminándolos.</p>
-
-<p>Estas reflexiones enardecían la ciudad. Llegaban noticias de
-que Hanníbal había salido de campaña y se aproximaba lentamente; y
-con tales novedades un aire de guerra parecía pasar sobre Sagunto,
-inflamando el ánimo de los más prudentes. Los tranquilos mercaderes,
-con la sorda cólera del hombre pacífico que ve en peligro sus bienes,
-limpiaban viejas armas en las puertas de sus tiendas ó bajaban á las
-riberas del río para ejercitarse en su manejo, confundidos con la
-juventud, que desde la salida del sol hacía caracolear sus caballos y
-esgrimía la lanza ó disparaba el arco bajo la dirección de Mopso.</p>
-
-<p>Acteón comenzó á pasar los días fuera de la quinta, desoyendo los
-ruegos de Sónnica, que quería verle siempre junto á ella. El Senado
-le había dado el mando de los <i>peltastas</i>, la infantería ligera; y
-al frente de algunos centenares de jóvenes descalzos y sin otra arma
-defensiva que una coraza de lana y un escudo de junco, corría por las
-riberas del río, enseñándoles á lanzar los dardos sin detenerse en la
-carrera, á herir al enemigo pasando por su lado rápidamente, sin darle
-tiempo á que respondiese con otro golpe.</p>
-
-<p>Cuando terminado el ejercicio los jóvenes<span class="pagenum"
-id="Page_220">p. 220</span> sudorosos se lanzaban en el río para
-fortalecerse con la natación, el griego regresaba lentamente á la
-quinta, deteniéndose en los lugares más risueños del agro.</p>
-
-<p>Una tarde el ateniense encontró á Eroción el alfarero al pie de un
-enorme cerezo, mirando las ramas más altas, de las que caía una lluvia
-de rojos frutos á impulsos de una mano invisible. Desde el día en que
-le sorprendió Acteón trabajando ante la desnuda pastorcilla no había
-vuelto á verle.</p>
-
-<p>El adolescente acogió al griego con una sonrisa.</p>
-
-<p>—¿Ya no trabajas? —preguntó Acteón con paternal bondad—. ¿Terminaste
-tu obra?</p>
-
-<p>El muchacho contestó con un gesto de indiferencia:</p>
-
-<p>—¡Mi obra!... No te burles, griego. Nada tengo que hacer...</p>
-
-<p>—¿Y Ranto?</p>
-
-<p>—Está en lo alto de ese árbol, cogiendo para mí las mejores cerezas.
-Trepa como una cabra y no quiere que la acompañe. Teme que me haga
-daño.</p>
-
-<p>Se agitaron las ramas del cerezo, y ágil como una ardilla descendió
-la pastora con las piernas descubiertas, llevando en su recogida falda
-de piel un montón de cerezas. Ella y su amante las comían riendo, con
-los labios teñidos de rojo, y se adornaban el cabello ó las colgaban
-á<span class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span> pares de sus
-orejas, formando frescas y vistosas arracadas.</p>
-
-<p>Acteón sonreía contemplando aquella juventud fuerte y hermosa que se
-buscaba y confundía como si viviese en un desierto, sin preocuparse del
-estado de la ciudad.</p>
-
-<p>—¿Pero qué hiciste de tu obra? —preguntó.</p>
-
-<p>Eroción y Ranto rieron al recordar el pasado trabajo.</p>
-
-<p>—La aplasté —dijo el muchacho—. Hice añicos el barro y me propongo
-no tocar otro que el de la alfarería... cuando me decida á volver á
-ella.</p>
-
-<p>Había cogido el talle de la pastorcilla y descansaba su cabeza en
-uno de sus hombros, frotándose contra su cuello con suavidad amorosa de
-felino.</p>
-
-<p>—¿Para qué trabajar? —añadió—. He pasado muchos días arrodillado
-ante el barro maldito, luchando por que tomase las formas de este
-cuerpo. Pero es inútil. El barro es barro y no puede ser carne. Cuando
-se tiene al alcance de la mano la suave piel de mi Ranto, es una
-necedad desesperarse para que la tierra amasada tome la tersura de su
-vida. No quiero soñar más, ateniense. Me contento con lo que poseo.</p>
-
-<p>Y con un impudor sublime acariciaba á su amiga en presencia de
-Acteón.</p>
-
-<p>—Un día —continuó el muchacho— ví claro y comprendí la verdad. Ranto
-estaba desnuda<span class="pagenum" id="Page_222">p. 222</span> ante
-mí. Ofuscado por mi ambición, sólo había visto en ella al modelo, pero
-aquel día ví la mujer. ¿Á qué buscar la gloria cuando tenía ante mí la
-felicidad?... Aunque lograse hacer una gran estatua, ¿qué conseguiría
-con ello? Que la gente dijese después de muerto yo: —Esto lo hizo
-Eroción el saguntino. Y yo no podría oirlo, luego de pasar mi vida
-sufriendo y trabajando... No; vivamos y gocemos. Aquel día rompí de una
-patada la estatua y abracé á Ranto, rodando por el suelo. Amarse es
-mejor que perder el tiempo con monigotes de barro. ¿Verdad, Ranto?</p>
-
-<p>Y volvían á acariciarse, sin importarles la presencia del griego.
-Éste adivinaba la gran transformación de aquella pareja en la
-desenvoltura del adolescente y el fuego que brillaba en los ojos de la
-pastora. El ardor amoroso parecía haber ensanchado los contornos de su
-cuerpo, dando á sus miembros una voluptuosa gracia, un abandono dulce,
-que no tenía antes.</p>
-
-<p>—Olvidé el arte y somos dichosos —continuó el muchacho—. Hubiera
-sido una locura huir á Grecia, dejando aquí este tesoro que no conocía.
-Pasamos el tiempo vagando por los campos; tenemos en los bosquecillos
-rincones misteriosos con cortinas de hojas, escondrijos perfumados y
-obscuros que nos envidiaría Sónnica la rica; y cuando sentimos hambre
-ordeñamos las cabras de Ranto, vaciamos una colmena y subimos á<span
-class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span> los árboles en busca de
-fruta. Ésta es la gran época: toda la campiña está llena de cerezas.</p>
-
-<p>Se detuvo, creyendo haber dicho demasiado. Tal vez Ranto le
-reprendió con un ligero movimiento por hablar tanto. Después, añadió
-con tono suplicante:</p>
-
-<p>—Tú eres bueno, ateniense. Ranto y yo te miramos como un hermano
-mayor desde que te vimos en el camino de la Sierpe. No digas nada á mi
-padre ni á Sónnica. Deja que seamos dichosos en esta vida, digna de
-dioses.</p>
-
-<p>Acteón sentía cierta envidia ante la felicidad de aquellos jóvenes
-exentos de cuidados, que se amaban en medio del campo, bajo los
-árboles, como animales sanos y hermosos que sólo creían en el amor.</p>
-
-<p>—Sagunto va á ser sitiada. Tenemos guerra. ¿No lo sabéis?</p>
-
-<p>—Lo ignoramos —dijo Eroción con un gesto de desprecio—. Á mí solo me
-interesa Ranto.</p>
-
-<p>—¿Y tu ciudad?... ¿No te preocupa su suerte?</p>
-
-<p>—Me preocupan más los besos de mi pastora. Mientras haya amor, sol y
-frutas, ¿qué me importa lo demás del mundo?</p>
-
-<p>—¿No crees en tu país, desgraciado?</p>
-
-<p>—Por ahora sólo creo en las cerezas y en esta boca roja y fresca
-como ellas.</p>
-
-<p>Se separaron, y Acteón guardó algún tiempo el recuerdo del
-encuentro. El alegre descuido de la amorosa pareja le inspiraba
-envidia.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_224">p. 224</span>Pasaron los meses
-del verano. Las vides del agro maduraban sus racimos, los labriegos se
-entusiasmaban contemplando la próxima cosecha oculta bajo los pámpanos,
-y de vez en cuando, como un trompetazo lúgubre, llegaban noticias
-de Hanníbal, de sus victorias sobre las tribus del interior que se
-negaban á reconocerle y de las imperiosas exigencias que mostraba sobre
-Sagunto.</p>
-
-<p>Acteón adivinaba la proximidad de la guerra, y ésta, que había
-constituído siempre su principal medio de existencia, le causaba
-ahora tristeza. Había cobrado afecto á aquella tierra hermosa como la
-de Grecia. Su alma, saturada de la dulce paz de los campos fértiles
-y de la ciudad rica é industriosa, se entristecía al pensar que
-esta vida iba á paralizarse. Su existencia había transcurrido entre
-luchas y aventuras; y ahora que, rico y feliz, deseaba la paz en un
-rincón, donde creía acabar sus días, la guerra, como amante olvidada
-que se presenta inoportunamente, volvía á él sin llamamiento alguno,
-empujándolo nuevamente á la crueldad y la destrucción.</p>
-
-<p>Una tarde, al finalizar el verano, pensaba en esto marchando á
-caballo hacia la ciudad. En los oblicuos rayos del sol brillaban como
-botones de oro las industriosas abejas, buscando las flores silvestres.
-Las vendimiadoras cantaban en las viñas, agachadas junto á sus
-ces<span class="pagenum" id="Page_225">p. 225</span>tos... Acteón vió
-venir corriendo por la parte de la ciudad un esclavo de los que tenía
-Sónnica en sus almacenes de Sagunto.</p>
-
-<p>Se detuvo jadeante ante Acteón. Apenas podía hablar por la fatiga, y
-sus palabras entrecortadas revelaban el espanto. Hanníbal llegaba por
-la parte de Sétabis... Comenzaban á entrar despavoridas en la ciudad
-las gentes del campo con sus rebaños. No habían visto al invasor, pero
-corrían asustadas por el relato de los fugitivos que llegaban de los
-confines del territorio saguntino. Los cartagineses habían pasado los
-límites: eran gentes de rostro feroz y extrañas armas, que robaban las
-aldeas y las entregaban á las llamas. Él corría á avisar á su señora
-para que se refugiase en la ciudad.</p>
-
-<p>Y emprendió de nuevo su carrera hacia la quinta de Sónnica. El
-griego dudó un momento, pensó retroceder en busca de su amada, pero
-acabó por partir al galope hacia la ciudad, y al llegar á ella pasó
-á escape por fuera de las murallas. Iba en busca del camino de las
-montañas que ponían en comunicación á Sagunto con los pueblos del
-interior y bifurcándose llegaba á Sétabis y Denia. Al llegar á él
-comenzó á encontrar los fugitivos de que hablaba el esclavo.</p>
-
-<p>Llenaban el camino como una inundación. Mugían los rebaños bajo el
-látigo, desfilando entre los carros; las mujeres corrían llevando en
-la<span class="pagenum" id="Page_226">p. 226</span> cabeza grandes
-fardos, y arrastraban á sus pequeñuelos, cogidos á los pliegues de
-la túnica; los muchachos arreaban los caballos cargados de muebles y
-ropas, todo amontonado al azar en la precipitación de la fuga, y las
-ovejas saltaban á los lados del camino, librándose de las ruedas que
-rozaban sus vellones, amenazando aplastarlas.</p>
-
-<p>El griego, marchando en dirección opuesta al torrente de fugitivos,
-partía con su caballo el revuelto oleaje de carros y rebaños,
-campesinos y esclavos, en el cual se confundían las gentes de diversos
-pueblos y se perdían los individuos de una misma familia, llamándose
-desesperadamente al través de las nubes de polvo.</p>
-
-<p>La muchedumbre fugitiva comenzaba á aclararse. Pasaban junto á
-Acteón los rezagados: pobres viejas que caminaban con paso vacilante,
-llevando sobre los hombros el corderillo que constituía toda su
-fortuna; ancianos abrumados por el peso de marmitas y ropas; enfermos
-que se arrastraban apoyados en el báculo; animales abandonados que
-vagaban por entre los olivos inmediatos al camino, y de repente, como
-si husmeasen al lejano dueño, lanzábanse á todo correr al través de los
-campos; niños sentados en una piedra que lloraban viéndose abandonados
-de los suyos.</p>
-
-<p>Pronto quedó el camino completamente de<span class="pagenum"
-id="Page_227">p. 227</span>sierto. Se había perdido á lo lejos la cola
-de los fugitivos, y Acteón sólo veía ante sí la estrecha lengua de
-tierra roja serpenteando por las laderas de los montes, sin un ser que
-con su silueta cortase la monotonía del camino.</p>
-
-<p>El galope de su caballo resonaba como un trueno lejano en el
-profundo silencio. Parecía que la naturaleza hubiese muerto al
-sentir la proximidad de la guerra. Hasta los seculares árboles, los
-retorcidos olivos que tenían siglos de vida, las grandes higueras que
-se ensanchaban cual cúpulas verdes sobre las pendientes de los montes,
-permanecían inmóviles, como aterradas por la aproximación de aquel
-algo que hacía abandonar á los pueblos sus viviendas, corriendo á la
-ciudad.</p>
-
-<p>Acteón atravesó una aldea. Las cabañas cerradas; las calles
-silenciosas. Del interior de una casa le pareció que partía un débil
-lamento. Algún enfermo abandonado por los suyos en la precipitación de
-la fuga. Pasó después ante una gran quinta cerrada. Detrás de las altas
-tapias aullaba con desesperación un perro.</p>
-
-<p>Luego otra vez la soledad, el silencio, la ausencia de la vida,
-la parálisis que parecía extenderse sobre los campos. Comenzaba á
-anochecer. Á lo lejos, como arrollado y confundido por la distancia,
-oíase un sordo rumor; algo semejante al mugido de un mar invisible, al
-zumbido creciente de una inundación.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_228">p. 228</span>El griego salió del
-camino: su caballo comenzó á escalar una altura cultivada, hundiendo
-los cascos en la roja tierra de las viñas. Desde lo alto abarcó de una
-mirada una gran parte del paisaje.</p>
-
-<p>Los últimos reflejos del sol teñían de anaranjado las laderas de los
-montes, entre las cuales serpenteaba el camino, y en él brillaban como
-reguero de chispas las corazas de un grupo de jinetes que marchaban
-al trote con cierta precaución, como explorando el terreno. Acteón
-los reconoció; eran jinetes númidas de blancos y flotantes mantos,
-y confundidos con ellos galopaban otros guerreros de estatura menos
-imponente, que agitaban las lanzas haciendo caracolear sus pequeños
-caballos. El griego sonrió reconociendo á las amazonas de Hanníbal, el
-famoso escuadrón que había visto en Cartago-Nova, formado por esposas é
-hijas de soldados y que mandaba la valerosa Asbyte, hija de Hiarbas, el
-garamanta africano.</p>
-
-<p>Detrás de este grupo, aparecía solitario el camino en un buen
-trecho. En el fondo, como un monstruo obscuro que se movía con
-ondulaciones de reptil, se destacaba el ejército, inmensa faja sobre
-la que brillaban las lanzas como una línea de fuego, interrumpida á
-trechos por masas cuadradas que avanzaban cual movedizas torres. Eran
-los elefantes.</p>
-
-<p>De repente, tras el ejército, pareció elevarse<span class="pagenum"
-id="Page_229">p. 229</span> un nuevo sol para alumbrar sus pasos. Se
-inflamó el horizonte, marcándose sobre el fondo rojizo el dentellado
-contorno de la inmensa masa. Era una aldea que ardía. Las tropas de
-Hanníbal, compuestas de mercenarios de todos los países y de tribus
-bárbaras del interior, ansiaban aterrar á la ciudad enemiga, y apenas
-entradas en territorio saguntino, talaban los campos é incendiaban las
-viviendas. Acteón temió ser envuelto por los númidas y las amazonas, y
-bajando de la altura, emprendió un galope desesperado hacia Sagunto.</p>
-
-<p>Llegó á la ciudad cerrada ya la noche, y tuvo que darse á conocer,
-llamar á su amigo Mopso, para que le abriesen una puerta.</p>
-
-<p>—¿Les has visto? —preguntó el arquero.</p>
-
-<p>—Antes de que canten los gallos estarán ante nuestros muros.</p>
-
-<p>La ciudad presentaba un aspecto extraordinario. Las calles estaban
-iluminadas con hogueras. Antorchas de resina ardían en puertas y
-ventanas, y la multitud de fugitivos aglomerábase en las plazas,
-llenando los pórticos y tendiéndose en los quicios de las puertas. Todo
-el pueblo saguntino se había agolpado en la ciudad.</p>
-
-<p>El Foro era un campamento. Oprimíanse los rebaños entre las cuatro
-columnatas, sin espacio para moverse, mugiendo y pataleando; las
-ovejas saltaban en las escaleras de los templos;<span class="pagenum"
-id="Page_230">p. 230</span> las familias de campesinos hacían hervir
-sus marmitas sobre los mármoles de los áticos, y el resplandor de
-tantas hogueras, reflejándose en las fachadas de las casas, parecía
-comunicar á toda la ciudad un temblor de alarma. Los magistrados hacían
-levantar á los fugitivos, tendidos en las calles y que obstruían la
-circulación, para alojarlos en las casas de los ricos, juntos con
-los esclavos, ó guiarlos á la Acrópolis para que acampasen en sus
-innumerables edificios. Allí subían también los rebaños, á la luz de
-las antorchas, entre una doble fila de hombres casi desnudos, que
-apaleaban los bueyes cuando intentaban escapar por las laderas del
-monte sagrado.</p>
-
-<p>Dominando el murmullo de la multitud, sonaba el mugido de las
-trompas y de los caracoles marinos, llamando á los ciudadanos para que
-formasen los grupos encargados de la defensa de la muralla. Salían
-de las casas, arrancándose de los brazos de sus esposas é hijos, los
-comerciantes, vestidos con lorigas de bronce, el rostro cubierto por
-el casco griego rematado por enorme cepillo de crines, y avanzaban
-majestuosos entre la muchedumbre de rústicos, con el arco en la mano,
-la pica en el hombro y la espada golpeándoles el desnudo muslo,
-cubierto hasta la rodilla con el coturno de cobre. Los adolescentes,
-arrastraban á las murallas enormes piedras para arrojarlas á<span
-class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span> los sitiadores, y reían al
-ser ayudados por las mujeres, que deseaban tomar parte en los combates.
-Viejos de barba venerable, ciudadanos ricos del Senado, se abrían
-paso, seguidos por esclavos con grandes haces de picas y espadas, y
-distribuían las armas entre los campesinos más fuertes, preguntándoles
-antes si eran hombres libres.</p>
-
-<p>La ciudad parecía contenta. ¡Ya llegaba Hanníbal!... Los más
-entusiastas habían dudado con cierta pena de que el africano osase
-presentarse ante sus muros. Pero ya estaba allí; y todos reían pensando
-que Cartago perecería ante Sagunto así que Roma acudiese en auxilio de
-la ciudad.</p>
-
-<p>Los embajadores saguntinos estaban allá, y no tardarían en llegar
-las legiones romanas, aplastando en un momento á los sitiadores.
-Algunos, en su entusiasta optimismo, inclinados á lo maravilloso,
-creían que por un milagro de los dioses, el gran hecho ocurriría dentro
-de pocas horas, y que tan pronto como clarease el día, al extenderse
-el ejército de Hanníbal ante Sagunto, asomarían al mismo tiempo en
-el límite azul del seno Sucronense un sinnúmero de velas; la flota
-conduciendo á los invencibles soldados de Roma.</p>
-
-<p>Casi toda la ciudad estaba en las murallas. Apiñábase en ellas la
-muchedumbre, hasta el punto de que muchos tenían que agarrarse de las
-almenas, para no ser precipitados.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span>Fuera de los muros,
-la obscuridad era absoluta. Habían callado como asustadas las ranas que
-poblaban las charcas del río; los perros que rodaban vagabundos por la
-campiña ladraban incesantemente. Adivinábase la presencia de ocultos
-seres que se agitaban en la sombra, rodeando la ciudad.</p>
-
-<p>Las tinieblas aumentaban la incertidumbre ansiosa del gentío de
-las murallas. De pronto brilló un punto de luz en la obscuridad de la
-campiña: después otro y otros en distintos lugares, á alguna distancia
-de la ciudad. Eran antorchas guiando los pasos de los que llegaban.
-Sobre su rojiza mancha de luz veíanse pasar las siluetas de hombres
-y caballos. Á lo lejos, en la cumbre de algunos montes, brillaban
-hogueras, sirviendo, sin duda, de señal á las tropas rezagadas.</p>
-
-<p>Estas luces pusieron fin á la calma de los más impacientes. Algunos
-jóvenes no pudieron permanecer con el arco inactivo, y tendiéndolo
-comenzaron á disparar flechas. Pronto respondieron desde la obscuridad.
-Sonaban silbidos sobre la cabeza de la muchedumbre, y de las casas
-inmediatas á la muralla volaron con gran estrépito algunas tejas. Eran
-balas de honda enviadas por los sitiadores.</p>
-
-<p>Así transcurrió la noche. Cuando cantaron los gallos anunciando el
-amanecer, una gran parte de la muchedumbre se había dormido, can<span
-class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span>sada de escudriñar la
-obscuridad en la que zumbaba el enemigo invisible.</p>
-
-<p>Al apuntar el día los saguntinos vieron todo el ejército de
-Hanníbal, frente á sus muros, por la parte del río. Acteón, al examinar
-la colocación de las tropas, no pudo menos de sonreir.</p>
-
-<p>—Conoce bien el terreno —murmuró—. Ha aprovechado su visita á la
-ciudad. En las sombras ha sabido escoger el único punto por donde
-Sagunto puede ser atacada.</p>
-
-<p>Todo el lado del monte estaba libre de sitiadores. Su ejército
-había acampado entre el río y la parte baja de la ciudad, ocupando las
-huertas, los jardines de las casas de recreo, el hermoso arrabal de que
-tan orgullosos se mostraban los ricos de Sagunto.</p>
-
-<p>Entraban y salían los soldados en las lujosas villas, preparando su
-comida de la mañana; hacían astillas los ricos muebles para encender
-las hogueras; envolvíanse en las telas que habían encontrado, y
-derribaban los arbolillos para plantar sus tiendas con mayor desahogo.
-Al otro lado del río, sobre el inmenso agro, esparcíanse los grupos
-de jinetes, para tomar posesión de las aldeas, de las quintas, de los
-innumerables edificios que surgían entre el verdor de la inmensa vega,
-abandonados á la proximidad del enemigo.</p>
-
-<p>Lo que primeramente llamó la atención de los saguntinos, excitando
-una curiosidad infantil,<span class="pagenum" id="Page_234">p.
-234</span> fueron los elefantes. Estaban en fila al otro lado del río,
-enormes, cenicientos, como tumefacciones que hubieran surgido de la
-tierra durante la noche; con las orejas caídas como abanicos, pintadas
-de verde, y agitando de vez en cuando sus trompas, que parecían
-gigantescas sanguijuelas, intentando chupar el azul del cielo. Sus
-conductores, ayudados por los soldados, descargaban de sus lomos las
-cuadradas torres y arrollaban las gruesas gualdrapas que les cubrían
-los flancos en los momentos de combate. Los dejaban libres, como si la
-vega fuese para ellos una inmensa cuadra, seguros los conductores de
-que el sitio iba á ser empresa larga y que mientras durase no sería
-preciso el auxilio de las terribles bestias, tan apreciadas en las
-batallas.</p>
-
-<p>Cerca de los elefantes, por la ribera del río, llegaban las
-máquinas de guerra, las catapultas, los arietes, las torres movedizas,
-complicadas fábricas de madera y bronce, de las que tiraban dobles
-rosarios de bueyes, enormes y con retorcidos cuernos.</p>
-
-<p>El terreno, como si sufriera una erupción en su superficie, cubríase
-de vejigas de diversos colores, tiendas de tela, de paja ó de pieles,
-unas cónicas, otras cuadradas, las más redondas como hormigueros, en
-torno de las cuales se agitaba la multitud armada.</p>
-
-<p>Los saguntinos, desde lo alto de sus muros, examinaban el ejército
-sitiador, que parecía lle<span class="pagenum" id="Page_235">p.
-235</span>nar toda la vega, y al cual se unían incesantemente nuevas
-muchedumbres á pie y á caballo que llegaban por todos los caminos y
-parecían rodar de las cumbres de las inmediatas montañas. Era una
-aglomeración de razas diversas, de pueblos distintos; una bizarra
-amalgama de trajes, colores y tipos; y los saguntinos, que por sus
-viajes conocían todas aquellas gentes, las iban señalando á sus
-absortos conciudadanos.</p>
-
-<p>Unos jinetes que parecían volar casi tendidos sobre sus pequeños
-caballos, eran númidas; africanos de aspecto afeminado, cubiertos de
-velos blancos, con pendientes de mujer y babuchas, perfumados, con los
-ojos pintados de negro, pero que resultaban impetuosos en el combate
-y luchaban á la carrera, manejando la lanza con gran destreza. En
-torno de las hogueras de los jardines paseaban los negros de Libia,
-atléticos, con los cabellos crespos y la dentadura deslumbrante,
-sonriendo con estúpida satisfacción al ver sus miembros desnudos
-envueltos en los girones de rica tela que acababan de robar; temblando
-de frío apenas se apartaban del fuego, como si les martirizase la
-frescura del amanecer. Estos hombres, de piel obscura y brillante,
-pocas veces vistos en Sagunto, excitaban la curiosidad de los
-ciudadanos casi tanto como las amazonas que audazmente pasaban al
-galope por cerca de las murallas para ver de más cerca la ciudad.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_236">p. 236</span>Eran jóvenes,
-esbeltas, de piel tostada por la intemperie. Su cabello ondeaba tras
-el casco como un adorno bárbaro, y no llevaban otra vestidura que una
-amplia túnica hendida por el lado izquierdo, que dejaba al descubierto
-sus piernas nerviosas oprimiendo los hijares del caballo. Sobre el
-pecho llevaban algunas un justillo de escamas de bronce, pero abierto
-por el costado izquierdo para pelear con más desahogo y mostrando la
-redondez de su seno recogido y duro por los fatigosos ejercicios.
-Montaban en pelo sus caballos nerviosos y salvajes, guiándolos con un
-ligero freno, y al marchar en grupo las feroces bestias se mordían
-y coceaban, animándose así en la desesperada carrera. Avanzaban las
-amazonas hasta cerca de los muros riendo y profiriendo palabras que no
-entendían los saguntinos; agitaban sus lanzas y escudos, y al enviarles
-una nube de flechas y piedras, huían á escape, volviendo la cabeza para
-repetir sus gestos de burla.</p>
-
-<p>Los sitiados distinguían entre la muchedumbre obscura de los
-soldados las corazas de algunos jinetes, que brillaban como láminas
-de oro. Eran los capitanes cartagineses, los ricos de Cartago, que
-seguían á Hanníbal; hijos de opulentos comerciantes que marchaban con
-el ejército más como pastores que como caudillos, cubiertos de metal
-de cabeza á pies para librarse de los golpes y más atentos, con el
-genio de su<span class="pagenum" id="Page_237">p. 237</span> raza, á
-administrar las conquistas y repartirse el botín que á buscar gloria en
-los combates.</p>
-
-<p>Aparte de estas gentes, los conocedores señalaban desde las
-murallas las demás tropas del ejército sitiador. Unos hombres con la
-piel de color de leche, lacios bigotes y las crines rojas anudadas
-en el vértice del cráneo, que se despojaban de sus sayos y sus altas
-botas de pieles sin curtir para bañarse en el río, eran galos; los
-otros, bronceados y tan enjutos que su esqueleto se marcaba como
-si fuese á desgarrar la piel, eran africanos de los oasis del gran
-desierto, gentes misteriosas que con el redoble de sus tamborcillos
-hacían descender la luna, y tañendo la flauta obligaban á bailar á las
-serpientes venenosas. Y revueltos con ellos, aparecían los lusitanos
-enormes, de piernas fuertes como columnas y anchos pechos de roca;
-los de la Bética, unidos á sus caballos de día y de noche por un amor
-que duraba toda la vida; los celtíberos hostiles, melenudos y sucios,
-ostentando con altivez sus harapos; las tribus del Norte, que adoraban
-como dioses los pedruscos solitarios y buscaban á la luz de la luna
-hierbas misteriosas para hechicerías y filtros; todos de costumbres
-feroces, en perpetua batalla con el hambre, gentes bárbaras de las que
-se decían cosas horripilantes, suponiéndolas inclinadas á devorar los
-cadáveres de los vencidos después del combate.</p>
-
-<p>Los honderos baleares provocaban la risa, á<span class="pagenum"
-id="Page_238">p. 238</span> pesar de su aspecto feroz. Comentábanse en
-las murallas las costumbres extravagantes que regían en sus islas; y
-la multitud prorrumpía en carcajadas contemplando aquellos mocetones
-casi desnudos, empuñando un palo con la punta tostada que les servía de
-lanza, y llevando tres hondas, una arrollada á la frente, otra en la
-cintura y la tercera en la mano. Estas hondas eran de crín, de esparto
-y de nervio de toro, usándolas alternativamente según la distancia á
-que debían tirar.</p>
-
-<p>Vivían en las cuevas de sus islas ó en la cavidad formada por
-varios peñascos amontonados, y desde niños se amaestraban en el uso
-de la honda. Sus padres les ponían el pan á alguna distancia, y no
-podían comerlo si no lo derribaban antes de una pedrada. Su pasión era
-la embriaguez, y su más vehemente apetito la mujer. En los combates
-despreciaban los prisioneros de buen rescate por apoderarse de las
-mujeres, y muchas veces cambiaban seis esclavos fuertes por una
-esclava. En sus islas no se conocía el oro y la plata: los ancianos,
-adivinando los males del dinero, habían prohibido que se importaran
-monedas, y los honderos baleares al servicio de Cartago, no pudiendo
-llevar las ganancias á su país, gastaban las soldadas en bebidas ó las
-arrojaban generosamente en manos de las rameras hediondas y miserables
-que seguían al ejército. Sus costumbres tradicionales regocijaban<span
-class="pagenum" id="Page_239">p. 239</span> á los saguntinos. En sus
-bodas, según decían los que habían visitado las islas, era uso que
-todos los invitados gozasen á la desposada antes que el marido, y
-en los entierros se apaleaba al cadáver hasta magullarle los huesos
-y convertirlo en una masa informe que se apelotonaba á viva fuerza
-en una estrecha urna, enterrándola bajo un montón de pedruscos. Sus
-hondas eran terribles. Arrojaban á grandes distancias balas de arcilla
-cocida al sol, cónicas por sus extremos y con grotescas inscripciones
-dedicadas al que recibía el golpe; y en los combates disparaban piedras
-de á libra con tal fuerza, que no podía resistirlas la armadura mejor
-templada.</p>
-
-<p>Detrás de esta muchedumbre belicosa, se esparcían por la campiña
-mujeres desharrapadas de todos colores; niños desnudos y enflaquecidos
-que no conocían á su padre; los parásitos de la guerra, que marchaban
-á la cola del ejército para aprovecharse de los despojos de la
-victoria: hembras que por las noches se tendían en un extremo del
-campamento amaneciendo en el opuesto, y envejecidas en plena juventud
-por las fatigas y los golpes, morían abandonadas al borde un camino;
-pequeñuelos que miraban como padres á todos los soldados de su raza
-llevando á la espalda en las marchas la leña ó la marmita de los
-guerreros, y en los momentos de lucha difícil, cuando se reñía cuerpo á
-cuerpo,<span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span> deslizábanse
-entre las piernas de los contrarios para morderles como rabiosos
-gozquecillos.</p>
-
-<p>Acteón encontró á Sónnica en la muralla, mirando el campamento
-enemigo á los primeros rayos del sol. La hermosa griega se había
-refugiado en Sagunto la noche anterior, seguida de esclavos y rebaños,
-trasladando á su casa comercial una parte de las riquezas de la quinta.
-Quedaban allá las habitaciones con sus pinturas y mosaicos; los muebles
-ricos, las suntuosas vajillas que caerían en poder del vencedor. Y
-ella y el griego, por entre el follaje del agro, veían la terraza de
-la quinta con sus estatuas; la torre de las palomas y los tejados de
-las casas de los esclavos, sobre los cuales corrían algunos hombres
-como insectos casi imperceptibles. Los invasores estaban allí. Tal vez
-se divertían matando á flechazos los pájaros asiáticos de deslumbrante
-plumaje y golpeaban á los esclavos enfermos y viejos abandonados en
-la fuga. Por entre los plátanos del jardín se elevaba el humo de una
-hoguera. La griega y su amante presentían la destrucción y la rapiña.
-Sónnica entristecíase, no por la pérdida de una parte de sus riquezas,
-sino por creer que mataban su amor destruyendo un lugar que había sido
-testigo de sus primeros arrebatos de pasión con el ateniense.</p>
-
-<p>Bien entrada la mañana, la gente saguntina prorrumpió en gritos de
-indignación. Por el<span class="pagenum" id="Page_241">p. 241</span>
-camino de la Sierpe venían algunos grupos de mujeres ebrias y
-vociferantes, abrazando á los soldados. Eran las lobas del puerto,
-las cortesanas miserables que pululaban de noche en torno del templo
-de Afrodita y á las que se prohibía la entrada en la ciudad. Al
-presentarse en el puerto los primeros jinetes cartagineses, los habían
-seguido con entusiasmo. Habituadas á las caricias brutales de los
-hombres de todas las naciones, no las causaba extrañeza la presencia de
-aquellos soldados de tan distintos trajes y razas. Lo mismo eran los
-lobos de la tierra que los del mar. Adoraban á los hombres fuertes,
-aves de presa que las destrozaban entre sus garras; y á la zaga de
-los cartagineses marcharon al campamento, satisfechas en el fondo de
-aproximarse á la ciudad sin miedo al castigo; de poder burlarse de
-los sitiados habitantes, con el concentrado odio de muchos años de
-humillación.</p>
-
-<p>Cantaban como locas, agitándose entre las manos ávidas y temblorosas
-de deseo, que se las disputaban como si quisieran desgarrarlas;
-embriagábanse en las ánforas de ricos vinos, sacadas de las quintas;
-caían sobre sus hombros telas con hilos de oro robadas un momento
-antes; los númidas, las admiraban con sus húmedos ojos de gacela,
-coronándolas con guirnaldas de hierbas, y ellas, prorrumpiendo
-en carcajadas de bacante, acariciaban la<span class="pagenum"
-id="Page_242">p. 242</span> cabeza de crespa lana de los etíopes, que
-reían como niños, mostrando sus agudos dientes de antropófagos.</p>
-
-<p>Se entregaban al amor bajo los árboles, junto á las largas filas
-de caballos amarrados al borde de las tiendas, mostrando al rodar
-sus desnudeces, como un insulto impúdico á la sitiada ciudad; y los
-saguntinos, que habían presenciado impávidos el largo desfile del
-enemigo, temblaban de ira tras sus almenas á la vista de la ofensa de
-sus cortesanas.</p>
-
-<p>¡Las miserables!... ¡Las perras!...</p>
-
-<p>Insultábanlas las ciudadanas, pálidas de furor, echando el busto
-fuera de los muros, como queriendo saltar al campo para caer sobre las
-prostitutas; y éstas, cual si las excitase la cólera de la ciudad,
-redoblaban sus carcajadas, tendidas de espaldas en la hierba, abiertos
-sus miembros, como invitando al ejército entero á que pasase sobre sus
-cuerpos.</p>
-
-<p>Un nuevo motivo de indignación vino á inflamar otra vez el ánimo de
-los saguntinos. Algunos, creyeron reconocer á un guerrero celtíbero
-que marchaba al frente de un grupo de jinetes. Su gallardía sobre el
-caballo, la arrogancia con que galopaba pegado á la silla, recordaron
-á muchos el vistoso desfile de la fiesta de las Panatheas. Cuando
-echó pie á tierra y se despojó del casco, limpiándose el sudor, todos
-le reconocieron, lanzando un grito de indigna<span class="pagenum"
-id="Page_243">p. 243</span>ción. Era Alorco. ¡También aquél!... Otro
-ingrato para la ciudad que le había colmado de atenciones y honores.
-Sus deberes de reyezuelo le hacían olvidar la fraternal acogida de
-Sagunto.</p>
-
-<p>Y ciegos de ira dispararon sus arcos contra él, pero las flechas no
-podían llegar al sitio donde acampaban los celtíberos.</p>
-
-<p>La muchedumbre, enfurecida, experimentó un ligero consuelo.
-Abríanse los grupos á lo largo de la muralla, y con la majestad de un
-dios avanzaba Therón, el sacerdote de Hércules, fijos los ojos en el
-enemigo, insensible á la adoración popular que le rodeaba.</p>
-
-<p>Los saguntinos creyeron ver al propio Hércules que había abandonado
-su templo de la Acrópolis para bajar á las murallas. Iba desnudo:
-una piel enorme de león cubría sus espaldas. Las garras de la fiera
-cruzábanse sobre su pecho, y el cráneo lo cubría con la cabeza de la
-bestia, de erizados bigotes, agudos dientes y ojos amarillos de vidrio
-que brillaban entre la revuelta melena de oro. Su diestra empuñaba sin
-ningún esfuerzo un tronco entero de roble que le servía de cachiporra,
-como la maza del dios. Sus hombros sobresalían por encima de todas las
-cabezas. La muchedumbre admiraba sus pectorales redondos y fuertes como
-escudos, los brazos, en los que se marcaban las venas y tendones como
-sarmientos arro<span class="pagenum" id="Page_244">p. 244</span>llados
-á los músculos, y las piernas, semejantes á columnas, entre las
-cuales pendía la virilidad con el soberano impudor de la fuerza. Era
-tan enorme, que su cráneo parecía pequeño en medio de los inmensos
-hombros, abultados por la almohadilla de los músculos; su pecho mujía
-al respirar como una fragua, y todos, instintivamente, se hacían un
-paso atrás, temiendo el roce de aquella máquina de carne creada para la
-fuerza.</p>
-
-<p>Los jóvenes elegantes amigos de Sónnica, que ni aun en aquella
-ocasión suprema habían olvidado pintarse el rostro, le seguían y
-admiraban, ordenando á la muchedumbre que abriese paso.</p>
-
-<p>—¡Salve, Therón! —gritaba Lacaro—. Veremos qué hace Hanníbal cuando
-te encuentre en el combate.</p>
-
-<p>—¡Salud al Hércules saguntino! —contestaban los otros jóvenes,
-apoyándose con desmayo en las espaldas de sus muchachuelos.</p>
-
-<p>El gigante miraba el campamento, en el cual comenzaban á sonar las
-trompas y corrían los soldados para formarse en grupos. Avanzaban
-los honderos cautelosamente, amparándose de los edificios y las
-desigualdades del terreno. Iba á comenzar el combate. En las murallas
-tendían sus arcos los flecheros, y los adolescentes amontonaban piedras
-para arrojarlas con sus hondas. Los viejos obligaban á las mujeres á
-re<span class="pagenum" id="Page_245">p. 245</span>tirarse. Cerca de
-una escalera de la muralla, peroraba el filósofo Eufobias en medio de
-un grupo, sin hacer caso de la indignación de los oyentes.</p>
-
-<p>—Va á correr la sangre —gritaba—. Pereceréis todos: ¿y para qué?...
-Yo os pregunto qué ganáis no obedeciendo á Hanníbal. Siempre tendréis
-un amo: y lo mismo da ser amigos de Cartago que de Roma. Se prolongará
-el sitio y moriréis de hambre. Yo seré el último en sobreviviros, pues
-conozco de antiguo la miseria como una fiel amiga... Pero otra vez os
-pregunto: ¿qué más os da ser romanos que cartagineses? Vivid y gozad.
-Quede para los carniceros el derramar sangre, y antes que pensar en dar
-muerte á otro hombre, estudiaos á vosotros. Si hicierais caso de mi
-sabiduría, si en vez de despreciarme me alimentaseis á cambio de mis
-consejos, no os veríais encerrados en vuestra ciudad como zorras en el
-cepo.</p>
-
-<p>Un coro de imprecaciones y una fila de puños amenazantes contestaron
-al filósofo.</p>
-
-<p>—¡Parásito! ¡Esclavo de la miseria! —gritaban—. Eres peor que esas
-<i>lobas</i> que se prostituyen á los bárbaros.</p>
-
-<p>Eufobias, cuya insolencia crecía al compás de la indignación, quiso
-contestar; pero se detuvo viendo que una masa obscura le tapaba la luz
-del sol. El gigantesco Therón estaba ante él, mirándole con el mismo
-desprecio que uno de aquellos elefantes que los sitiadores tenían junto
-al<span class="pagenum" id="Page_246">p. 246</span> río. Levantó su
-mano izquierda, débilmente, como si fuese á alejar un insecto de un
-papirotazo; apenas si rozó la cara insolente del filósofo, y éste cayó
-por la escalera de la muralla con la cabeza ensangrentada, silencioso,
-sin una queja, rebotando de peldaño en peldaño, como hombre convencido
-de que el dolor no es más que una apariencia, y acostumbrado á tales
-caricias.</p>
-
-<p>En el mismo momento una nube de puntos negros silbó sobre las
-murallas como una bandada de pájaros. Volaron tejas, saltaron yesones
-de las almenas, y cayeron con la cabeza rota algunos de los que estaban
-en el muro. De entre las almenas salieron como contestación impetuosa,
-las piedras y las flechas.</p>
-
-<p>Comenzaba la defensa de la ciudad.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_6">
- <p><span class="pagenum" id="Page_247">p. 247</span></p>
- <h2 class="nobreak" title="VI. Asbyte">VI</h2>
- <p class="subh2">Asbyte</p>
-</div>
-
-<p>Hanníbal se agitaba entre las mantas de colores de su lecho, sin
-poder conciliar el sueño.</p>
-
-<p>Los gallos habían anunciado la media noche, rasgando con su grito el
-silencio del campamento, y el caudillo permanecía desvelado, cerrando
-los ojos sin poder dormir. Le tenía en vela el canto de un ruiseñor
-posado en un gran árbol, de cuyo ramaje pendía su tienda.</p>
-
-<p>Una lámpara de barro iluminaba la aglomeración de objetos en
-torno de su lecho. Centelleaban en el suelo corazas, grebas y cascos
-cubiertos por pedazos de ricas telas robadas en las quintas saguntinas.
-Los muebles griegos, las ánforas de tocador de sutil cincelado,
-los tapices con escenas mitológicas, revolvíanse confundidos con
-los látigos de piel de buey sin curtir, los escudos de cuero de
-hipopótamo y los harapos de Hanníbal, tan amante del brillo de sus
-armas, como descuidado y sucio en sus ropas.<span class="pagenum"
-id="Page_248">p. 248</span> Los vasos griegos de rica labor estaban
-destinados á los más bajos usos. Una crátera de alabastro cubierta por
-un escudo servía de asiento; un gran vaso de arcilla roja, decorado
-por un artista griego con las aventuras de Aquiles, lo empleaba el
-africano con desprecio para sus desahogos más íntimos; pedazos de
-estatuas y columnas destrozadas por el furor de la invasión se hundían
-en el suelo, ofreciendo asiento á los capitanes de Hanníbal cuando
-celebraban consejo en la tienda del caudillo. Era el botín, amontonado
-y magullado por la fiebre del robo. De él, sólo una pequeña parte había
-llegado hasta el jefe, que sentía un absoluto desprecio por la belleza
-artística cuando no estaba impresa en metales preciosos. Se reía de los
-dioses de aquella tierra lo mismo que de los de su país y del mundo
-entero, y escupía sobre los mármoles de las divinidades que llenaban
-el campamento como si fuesen pedazos de piedra, buenos únicamente para
-enviarlos con la catapulta contra los enemigos.</p>
-
-<p>Á impulsos de la excitación nerviosa, que no le dejaba dormir,
-se incorporó en el lecho, y la luz de la lámpara dió de lleno en su
-rostro. Ya no era el pastor celtíbero, greñudo y feroz que Acteón había
-encontrado en el puerto de Sagunto. Libre del disfraz, se mostraba tal
-cual era: un joven de estatura regular, de miembros proporcionados y
-fuertes, sin alardes de exage<span class="pagenum" id="Page_249">p.
-249</span>rada musculatura, pero revelando en su cuerpo el temple del
-acero, una vitalidad capaz en momentos supremos de los más inauditos
-esfuerzos. Tenía la tez ligeramente bronceada, y su cabellera, de
-cortos y gruesos rizos, formaba á modo de un turbante negro y lustroso
-en torno de su cabeza, cubriéndole por completo la frente y dejando
-al descubierto los lóbulos de las orejas, de los que pendían grandes
-discos de bronce. La barba era espesa y rizosa; la nariz recta, pero
-poco saliente, y sus ojos, grandes é imperiosos, miraban siempre
-de lado, con una expresión de profunda astucia y de inabordable
-recogimiento. El cuello, musculoso, se torcía habitualmente, inclinando
-la cabeza á la derecha, como si quisiera percibir mejor el sonido de
-cuanto le rodeaba.</p>
-
-<p>Vestía un simple sayo deshilachado y sucio como el de cualquier
-celtíbero de los que roncaban en las tiendan inmediatas, y únicamente,
-cual signo de poder, brillaban en sus muñecas dos anchos brazaletes
-de oro, dando fuerza con su opresión á los tendones y músculos del
-brazo.</p>
-
-<p>Más de un mes estaba ante los muros de Sagunto sin conseguir ventaja
-alguna. Aquella misma tarde la había pasado guiando sus máquinas de
-guerra sin resultado, y esta falta de éxito era lo que en la soledad
-excitaba sus nervios, no dejándole dormir. Hijo mimado de la<span
-class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span> victoria, había vencido
-á campo raso las tribus más salvajes de la Iberia; había llevado sus
-elefantes por las cumbres de los montes más altos, atravesando ríos,
-rompiendo bosques, viendo la muchedumbre antes belicosa prosternarse
-ante él como si fuese un dios; y por primera vez en su vida tropezaba
-con un enemigo tenaz que al abrigo de sus muros se burlaba de él y no
-le dejaba avanzar un paso.</p>
-
-<p>La ciudad de comerciantes y labradores, que había estudiado de
-cerca, contemplando con desprecio su opulenta molicie, amenazaba
-acabar con su buena suerte; y el caudillo, viéndola inquebrantable y
-pensando en sus enemigos de Cartago, en la cólera de Roma y en que el
-tiempo transcurría sin conseguir ningún avance, experimentaba cierta
-ansiedad.</p>
-
-<p>Había escogido bien el punto vulnerable de Sagunto. Sus máquinas de
-guerra estaban colocadas ante la parte baja de la ciudad, que avanzaba
-sus murallas en el valle, sobre un terreno llano y descubierto que
-permitía la aproximación de los arietes. Pero apenas se adelantaban los
-centenares de hombres desnudos que tiraban de las pesadas máquinas,
-caía sobre ellos tal lluvia de flechas, que habían de huir los que no
-quedaban clavados en el suelo.</p>
-
-<p>Algunas veces, al abrigo de los manteletes que avanzaban sobre
-ruedas y por cuyas saeteras disparaban los arqueros cartagineses,
-conse<span class="pagenum" id="Page_251">p. 251</span>guían llegar
-los arietes al pie del muro. Pero por lo mismo que aquel lado de la
-ciudad resultaba el más expuesto á un ataque, las murallas, que en la
-parte alta de Sagunto eran de tapial, tenían allí una robusta base de
-rocas, y en vano las cabezas de carnero de bronce con que remataban los
-arietes topaban y topaban, movidas por centenares de brazos. Una lluvia
-de flechas y piedras caía sobre los sitiadores, rompiendo los escudos
-con que se cubrían: una gran torre dominaba todo el terreno de los
-asaltantes, sembrando entre ellos á mansalva la muerte; y no contentos
-con esto los sitiados, muchas veces, arrastrados por su coraje,
-lanzábanse fuera de los muros, acuchillando á los cartagineses.</p>
-
-<p>Cada salida de estas costaba grandes pérdidas al ejército de
-Hanníbal. Los africanos comenzaban á hablar con temor supersticioso
-de un gigante desnudo, cubierto con una piel de león y esgrimiendo
-un tronco, que salía al frente de los saguntinos y á cada golpe
-abría un ancho surco en los asaltantes. Los etíopes veían en él una
-divinidad terrible y sanguinaria como las que adoraban en sus oasis;
-los celtíberos aseguraban que era Hércules, descendido del Olimpo para
-ayudar á su ciudad.</p>
-
-<p>Hanníbal le reconoció de lejos en los combates. Era Therón, el
-sacerdote que había visto una mañana en la Acrópolis, admirando
-su vigor extraordinario. Pero á pesar de conocer su origen<span
-class="pagenum" id="Page_252">p. 252</span> humano no podía evitar el
-terror de las tropas apenas veían sobresalir sobre los cascos aquella
-cabeza de león invulnerable, que parecía torcer el curso de las flechas
-y las piedras.</p>
-
-<p>Además, los sitiados contaban con el auxilio de las <i>faláricas</i>.
-¡Bien se conocía que entre los comerciantes y rústicos agricultores
-figuraban hombres expertos en la guerra, que habían corrido muchos
-países! El recuerdo de Acteón, el aventurero griego, compañero de su
-infancia, surgía en la memoria de Hanníbal. Él sería seguramente el
-inventor de la <i>falárica</i>, un dardo arrojadizo, rodeado de estopa
-empapada en pez. Partía la flecha ardiendo como un reguero de fuego,
-con su hierro largo, capaz de atravesar el escudo y la coraza; y aunque
-el terrible dardo no penetrase en la armadura, sus llamas se pegaban á
-las ropas; los combatientes arrojaban las armas para librarse del fuego
-y quedaban de este modo expuestos á los golpes del enemigo. Los mismos
-que habían peleado con las tribus más invencibles y bárbaras de Iberia,
-huían, arrojando el escudo ante aquellas colas de fuego que venían
-silbando y esparciendo chispas desde los muros de Sagunto.</p>
-
-<p>Así transcurría el tiempo, sin que los sitiadores avanzasen; y
-Hanníbal se sentía dominado por cruel impaciencia. ¡Fuego de Baal!
-Él, encadenado á aquellos muros que no podía hacer suyos; y mientras
-tanto, la facción de Hanón<span class="pagenum" id="Page_253">p.
-253</span> conspirando en Cartago, preparando la ruina de los Barcas si
-no conseguía apoderarse de Sagunto, y proyectando tal vez su entrega á
-Roma cuando ésta reclamase viendo violados los tratados.</p>
-
-<p>Su despecho le hizo arrojarse de nuevo en la cama, buscando el sueño
-con el ansia de quien desea olvidar. Apagó la luz de la lámpara, pero
-en la obscuridad siguió con los ojos abiertos. La azulada luz de la
-luna se filtraba por una rendija de la cúpula de la tienda, cayendo
-sobre las corazas que en la obscuridad brillaban como peces plateados.
-Fuera seguía cantando el ruiseñor.</p>
-
-<p>Hanníbal se encolerizó: le desvelaba el maldito pájaro. Él era capaz
-de dormir entre el estrépito de los combates. Acostumbrado desde niño
-al campamento, le arrullaban las ásperas trompas de guerra: las roncas
-canciones de los mercenarios y el relincho de los caballos, no lograban
-despertarle. Pero el canto dulce de aquel pájaro, su trino incesante,
-le molestaba como el zumbido de un abejorro.</p>
-
-<p>Saltó del lecho, buscó á tientas un arco entre el revoltijo de
-armas, telas y muebles, y salió de la tienda. La frescura de la noche
-le calmó un tanto.</p>
-
-<p>Brillaba la luna en un ambiente puro, sin una nubecilla. El
-viento era tibio, á pesar de que terminaba el otoño; parpadeaban las
-estrellas;<span class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span> al trino
-del ruiseñor, contestaban otros y otros esparcidos en los árboles del
-inmenso valle. El campamento descansaba. Extinguíanse las hogueras,
-cerca de las cuales dormían los soldados en horrible promiscuidad
-con las mujeres y los niños del ejército, envueltos en harapos ó en
-pedazos de ricas telas; y los caballos, amarrados al suelo por estacas,
-alineaban en correctas filas sus soñolientas cabezas. En el fondo, la
-ciudad sitiada permanecía obscura y silenciosa como si durmiese. El
-débil resplandor que se escapaba por algunas saeteras de sus muros,
-producía el efecto de unas pupilas ligeramente entreabiertas que
-vigilaban fingiendo dormir.</p>
-
-<p>Hanníbal saltó por encima de los soldados escogidos, que dormían
-ante la puerta de la tienda. Se incorporaban al sentir su paso, y
-reconociendo al caudillo, volvían á unir su cabeza á la tierra y
-continuaban roncando. Eran veteranos de las guerras de Hamílcar, que
-miraban con veneración casi religiosa al <i>leoncillo</i> de su antiguo
-capitán.</p>
-
-<p>Armó el arco al dar la vuelta á la tienda para disparar contra el
-pájaro oculto en el ramaje; pero se detuvo asombrado viendo junto al
-tronco del árbol una figura blanca que brillaba envuelta por la luz de
-luna.</p>
-
-<p>Era una mujer; una amazona. Centelleaban en su cabeza y su pecho el
-casco de oro y la coraza de escamas; descendía á lo largo de las<span
-class="pagenum" id="Page_255">p. 255</span> piernas, marcando su
-contorno, la túnica de blanco lino, y los brazos fuertes y desnudos,
-se apoyaban en la lanza con el regatón clavado en el suelo. Sus ojos
-negros estaban fijos en la tienda de Hanníbal con extraña persistencia,
-sin parpadear, como si soñase despierta, y el viento de la noche
-agitaba levemente la cabellera que descendía por sus espaldas. Detrás
-de ella veíase un caballo negro, de pelo brillante, piernas nerviosas
-y ojos inyectados de sangre, sin silla ni freno, sueltas las crines y
-bajando la cabeza para lamer el borde de la túnica de la amazona y sus
-desnudos pies, como un perrillo que la siguiera á todas partes.</p>
-
-<p>—¡Asbyte! —exclamó Hanníbal, sorprendido por la aparición—. ¿Qué
-haces aquí?</p>
-
-<p>La reina de las amazonas pareció despertar, y al ver al caudillo,
-fijó en él la mirada húmeda y apasionada de sus grandes ojos.</p>
-
-<p>—No podía dormir —dijo con voz lánguida y cadenciosa—. He pasado
-la primera parte de la noche soñando cosas horribles. La diosa Thanit
-no guarda mi reposo, y he visto la sombra de mi padre Hiarbas,
-anunciándome la próxima muerte.</p>
-
-<p>—¡Morir! —exclamó Hanníbal riendo—. ¿Quién piensa en morir?</p>
-
-<p>—¿Soy acaso inmortal? ¿No combato como cualquiera de tus soldados?
-Me arrojo con ímpetu sobre los bosques de lanzas; las flechas
-silban<span class="pagenum" id="Page_256">p. 256</span> en torno de
-mí como si arrastrase un manto de invisibles pájaros; desprecio las
-<i>faláricas</i> con sus cabelleras de fuego... pero algún día moriré: los
-sueños me lo anuncian.</p>
-
-<p>Asbyte, como si temiera mostrar demasiada melancolía ante Hanníbal,
-añadió animosamente:</p>
-
-<p>—Venga la muerte cuando quiera. No me asusta como á los mercaderes
-de Cartago que te odian. Si turbó mi sueño es porque al despertar pensé
-en tí. No puedo explicarme por qué causa pensé que tú también podías
-morir; y ante tu muerte, Hanníbal, no me resigno. Tú debes vivir tanto
-como un dios. Recordé que duermes solo en tu tienda; que para ocultar
-mejor tus salidas no tienes guardias que velen despiertos tu sueño, y
-sentí la necesidad de hacer algo por tí, de pasar la noche apoyada en
-la lanza, cerca de tu lecho, para impedir la traición de un enemigo.</p>
-
-<p>—¡Qué locura! —exclamó riendo el africano.</p>
-
-<p>—Hanníbal —dijo con gravedad la hermosa amazona—; acuérdate de
-Hasdrúbal, el esposo de tu hermana. Bastó el puñal de un esclavo para
-acabar con él.</p>
-
-<p>—Hasdrúbal debía morir —dijo el caudillo con la convicción del
-fatalismo—. Lo quería la suerte de Cartago. Era preciso que Hasdrúbal
-desapareciese para dejar paso á Hanníbal. Pero Hanníbal no tiene quien
-le reemplace, y vivirá aun<span class="pagenum" id="Page_257">p.
-257</span> cuando durmiese rodeado de enemigos. Mi sueño es ligero y mi
-brazo pronto: el que se desliza en la tienda de Hanníbal entra en su
-tumba.</p>
-
-<p>Asbyte contemplaba con admiración amorosa al joven héroe, que
-había arrojado el arco, y al hablar de su fuerza elevaba los brazos
-poderosos. La luna agrandaba su sombra de tal modo que, al mover los
-brazos, parecía abarcar en ellos el campamento, la ciudad, todo el
-valle, como un sér sobrenatural.</p>
-
-<p>La amazona se aproximó á él, dejando la lanza sobre el tronco
-del árbol. Al abandonar su arma, parecía haber depuesto la belicosa
-fiereza, y avanzaba hacia Hanníbal con dulzura femenil, mirándolo con
-los mismos ojos tímidos y húmedos de los antílopes que triscan en los
-oasis de su país.</p>
-
-<p>—Además —murmuró—, he venido porque necesitaba estar cerca de tí.
-Me causa un placer dulcísimo velar tu sueño; siento la voluptuosidad
-de un sacrificio grato guardándote sin que tú lo sepas... Nunca puedo
-hablarte. Te contemplo de día á caballo entre esos cartagineses de
-armaduras doradas que te rodean; á pie, guiando á los que empujan
-las máquinas de guerra, ayudándoles muchas veces para excitar su
-entusiasmo; pero siempre te veo de lejos, como caudillo, como héroe,
-nunca como hombre. ¿Te acuerdas de aquellos días en la ciudadela de
-Cartago-Nova, cuando acababa yo de llegar de África con los<span
-class="pagenum" id="Page_258">p. 258</span> refuerzos que te hicieron
-lanzar gritos de entusiasmo?</p>
-
-<p>—¡Asbyte! ¡Asbyte! —murmuró Hanníbal, moviendo las manos para
-rechazarla, como si le molestasen tales recuerdos.</p>
-
-<p>—No te enojes, Hanníbal, óyeme. Necesito hablarte: dame al menos el
-consuelo de verte de cerca, de decirte lo que siento. Si no, ¿á qué he
-venido á Iberia uniendo mi suerte á la tuya?</p>
-
-<p>El caudillo miraba en torno, como si le molestase que alguien
-pudiera escuchar su conversación con la amazona.</p>
-
-<p>—No temas —dijo Asbyte adivinando su pensamiento—. Magón tu hermano
-duerme lejos de aquí con Marbahal, el capitán predilecto. Mis númidas
-están en el otro extremo del campamento. Tú te rodeas únicamente de
-iberos para excitar su fidelidad con tal prueba de confianza, y éstos
-no entienden el fenicio.</p>
-
-<p>Hanníbal, convencido por la observación de Asbyte, bajó la cabeza y
-cruzó los brazos, resignándose á escucharla.</p>
-
-<p>—Eres huraño y duro como un dios —suspiró la amazona—. Quien te
-ama siente para siempre el fuego de Moloch en las entrañas, sin que
-te dignes apagarlo con una mirada de bondad, con una sonrisa. Eres de
-bronce; tus ojos miran eternamente á lo alto y no puedes ver á los que
-se arrastran para llegar hasta tí. Crees haberme<span class="pagenum"
-id="Page_259">p. 259</span> hecho feliz porque me llevas de combate en
-combate, de conquista en conquista, y consideras que mi dicha consiste
-en tener encallecidas por la lanza mis manos, que antes se adornaban
-con sortijas; endurecidas por las carrilleras del casco mis mejillas,
-que en otros tiempos se cubrían con ungüentos costosos, traídos de
-Egipto por mis caravanas. Soy ruda y feroz como un hombre. Poseyendo
-allá lejos jardines, en los que vive una primavera eterna, he sufrido
-hambre y sed á tu lado. No sé ya quién soy; dudo de mi sexo, viendo
-afeado mi cuerpo por la fatiga: la piel, sobre la que se deslizaban
-las manos de mis esclavas como si fuese un espejo, es dura como la del
-cocodrilo. Si no parezco horrible como el tropel de hembras envejecidas
-que siguen á tus soldados, es porque aún vive en mí la juventud. Y todo
-esto, ¿por quién? Por tí, que no me miras, que has olvidado nuestro
-primer encuentro, que sólo ves en Asbyte un buen amigo, un aliado
-apreciable que llegó hasta tí trayendo un buen golpe de combatientes.
-¡Hanníbal! ¡Rayo de Baal! Eres grande como un semidiós, pero no conoces
-á los seres humanos. Tú sólo ves en mí una amazona, una virgen guerrera
-como las que cantaron los poetas de Grecia... y yo soy una mujer.</p>
-
-<p>Calló Asbyte algunos momentos, contemplando con tristeza al
-silencioso Hanníbal.</p>
-
-<p>—Has olvidado sin duda cómo nos conocimos —añadió melancólicamente,
-después de una lar<span class="pagenum" id="Page_260">p. 260</span>ga
-pausa—. Vivía feliz en mis oasis, hasta que corrí hacia tí, como
-si emanase de tu persona un hechizo irresistible. Era la hija del
-garamanta Hiarbas. Cansada de las dulzuras de mi casa, del canto de mis
-esclavas y de los esplendores que arrojaban á mis pies los mercaderes
-de las caravanas, iba con Hiarbas á cazar el león en el desierto, y los
-guerreros asombrábanse viendo cómo temblaban, obedientes y tímidos,
-los más salvajes potros, al sentirme sobre sus lomos. Era fuerte, era
-hermosa; apenas salida de la niñez, los caudillos más fieros de la
-Numidia venían á pedir hospitalidad á mi padre para verme de cerca, y
-hablaban de sus rebaños y de sus guerreros, proponiendo una alianza á
-Hiarbas. Y yo, indiferente, fría, con el pensamiento puesto en Cartago,
-donde había estado una vez acompañando á mi padre para ajustar el
-tributo con los ricos del Senado. ¡Ah, la ciudad grandiosa, la ciudad
-inmensa, con sus templos como pueblos y sus dioses gigantes!</p>
-
-<p>Y desviando el curso de sus ideas, hablaba con entusiasmo de
-Cartago, como si al través de los viajes y las aventuras belicosas se
-conservase fresca en ella la impresión de la gran ciudad. Recordaba las
-viviendas de los ricos cartagineses, con los muros polícromos rematados
-por esferas brillantes de metal y de vidrio; los grandes templos de
-mármol, con sus bosques misteriosos, en los cuales resonaban las liras
-y los címbalos de<span class="pagenum" id="Page_261">p. 261</span>
-los sacerdotes; el templo de Thanit, rodeado de rosales, escondrijos
-perfumados que servían de albergue á la prostitución sagrada en honor
-de la diosa; y después el puerto, el inmenso puerto, con todo un pueblo
-de naves que arrojaban á borbotones en la ciudad las riquezas del
-mundo entero; el estaño de la Bretaña, el cobre de Italia, la plata
-de Iberia, el oro de Ofir, el incienso de Saba, el ámbar de los mares
-del Norte, la púrpura de Tiro, el ébano y el marfil de Etiopía, las
-especias y perlas de la India y las telas brillantes de los pueblos del
-Asia misteriosos y sin nombre, que permanecían en el último confín del
-mundo envueltos en la vaguedad de la leyenda.</p>
-
-<p>Ella adoraba la ciudad, más aún que por sus esplendores, porque en
-ella estaban los partidarios de los Barcas, los sostenedores de la
-familia heroica, de cuyas hazañas hablaban por la noche á la luz de
-la luna los guerreros númidas, y de la que era vástago glorioso aquel
-Hanníbal todavía niño que hacía sonar su nombre en las guerras de
-Iberia.</p>
-
-<p>—Los míos amaron siempre á los tuyos —continuó la amazona—. Si mi
-padre Hiarbas soportó la dominación de Cartago, fué porque al frente
-de ella estaba Hamílcar, un africano, un númida como nosotros. Yo odio
-tanto como tú á los mercaderes de Cartago, antiguos fenicios que se
-amontonaron y reprodujeron como gusanos en el peñón de Arad, para venir
-después á apode<span class="pagenum" id="Page_262">p. 262</span>rarse
-por el mar de nuestro hermoso suelo de África. Odio la nave grabada
-en muchas de vuestras monedas y templos, porque es el signo de los
-avarientos que vinieron á explotarnos; y adoro el corcel cartaginés, el
-caballo númida, como un signo de nuestro pasado.</p>
-
-<p>Después habló del encanto que había ejercido sobre ella desde lejos
-la gloria de los Barcas. Amó á Hanníbal sin conocerlo, influída por
-los relatos de hazañas que llegaban hasta ella. Le veía luchando como
-un leoncillo al lado de su padre, entre las manadas de toros con los
-cuernos inflamados y de los carros ardiendo que los iberos arrojaban
-contra el invasor cartaginés; le contemplaba loco de furor ante el
-cadáver de Hamílcar, y después languideciendo de inacción al lado del
-hermoso Hasdrúbal, conciliador y pacífico; hasta el momento en que,
-asesinado éste por el puñal de un galo, aclamaba todo el ejército al
-joven jefe.</p>
-
-<p>Acababa de morir su padre Hiarbas, y ella era reina de sus tribus
-cuando supo que Hanníbal, ansioso de gloria y de luchas, estaba
-aislado en la fortaleza de Cartago-Nova, sin otras tropas que las
-últimas reliquias del ejército que Hamílcar había llevado á Iberia.
-Los ricos de Cartago, enemigos de los Barcas, no se atrevían por miedo
-al populacho á despojar al hijo de Hamílcar de la jefatura que le
-daban sus soldados; confirmábanla con su silencio, pero le de<span
-class="pagenum" id="Page_263">p. 263</span>jaban aislado, sin recurso
-alguno, entregado á sus propias fuerzas para que los indígenas acabasen
-con él, ó cuando más consiguiera sostener en las costas de Iberia un
-pequeño estado, en cuyo seno se extinguiría lentamente la ambición de
-los Barcas.</p>
-
-<p>—Entonces volé hacia tí —continuó Asbyte—. Deseaba conocer al
-hombre y salvar al héroe. Entregué una gran parte de mis riquezas á
-los mercaderes de Cartago para que me prestasen sus naves; inflamé el
-entusiasmo de los más belicosos de mis tribus para que me siguieran;
-hasta sus hijas que, imitándome, iban á la caza del león y galopaban
-todo el día, empuñaron la lanza, sintiéndose arrastradas á mi loca
-aventura; y una tarde, cuando tal vez llorabas considerando muertas
-tus ilusiones de gloria, viste desde lo alto de la ciudadela de
-Cartago-Nova toda una flota que llegaba del África. ¿Te acuerdas?...
-Dí: ¿te acuerdas de cómo me recibiste?</p>
-
-<p>—Sí, y jamás lo olvidaré —dijo Hanníbal con dulzura—. Aquellos días
-son mi mejor recuerdo.</p>
-
-<p>—Me recibiste como si fuese una divinidad, como si Astaroth, que
-alumbra nuestras noches, hubiese descendido del cielo para darte
-su protección. Olvidaste á mis guerreros para verme sólo á mí, y
-despreciando por el momento tus ambiciones, pasamos las noches tendidos
-en la terraza de la ciudadela, y las estrellas fueron testigos de<span
-class="pagenum" id="Page_264">p. 264</span> nuestros interminables
-abrazos. Pero ¡ay! aquella felicidad fué como esas rosas de Egipto que
-sólo duran un día en los búcaros de las ricas de Cartago. Pronto volvió
-á tí el orgullo de la dominación, el afán del caudillo. Admirabas, más
-que mi belleza, la apostura de mis númidas, cuando por las tardes,
-fuera de los muros, asombraban á tus viejos guerreros, arrojando
-dardos, de rodillas sobre sus caballos, que corrían levantando el
-polvo con el vientre. Salimos á pelear con los Olcades, los Vaceos,
-todas esas tribus iberas que ayer te combatían y hoy te siguen:
-guerreé tras de tí como un soldado y me consideraba feliz cuando
-en las largas marchas, imitando á nuestros caballos que juntaban
-amorosamente sus cabezas, te inclinabas hacia mí, chocando tu casco con
-el mío para besarme... Después ni esto. ¿Qué soy yo? Un guerrero más
-en tu campamento; un amigo digno de gratitud que te trajo su auxilio
-al verte abandonado de Cartago, sin otra fuerza que un puñado de
-veteranos y algunos elefantes. En los combates, si me ves en peligro,
-vuelas á defenderme; pero después, en el campamento, en las marchas,
-algunas palabras de amistad, una fría sonrisa como á cualquiera de
-tus capitanes. Tu corazón se ha cerrado para mí. ¿Es que ya no soy
-Asbyte, la que conociste en Cartago-Nova? ¿No me amas al verme afeada y
-endurecida por la guerra? Dímelo, y volveré á ser mujer, me llenaré de
-jo<span class="pagenum" id="Page_265">p. 265</span>yas, abandonaré mis
-amazonas para rodearme de esclavas griegas; me cubriré de ungüentos que
-devuelvan á mi piel su primitiva frescura, y te seguiré en tus marchas,
-tendida en una litera con cortinas de púrpura.</p>
-
-<p>—No —se apresuró á decir Hanníbal con entusiasmo—. Te amo tal como
-eres. La amada de Hanníbal sólo puede ser una amazona como tú, que has
-hecho rodar bajo tu corcel muchos guerreros.</p>
-
-<p>—¡Entonces!... ¿por qué me huyes? ¿por qué me abandonas, olvidando
-las dulzuras de nuestro primer encuentro? Mira ese ruiseñor que hace
-poco querías matar: en medio de un campamento, frente á una ciudad
-sitiada, canta y canta llamando á su hembra, sin importarle los
-horrores de la guerra, sin percibir el hedor de sangre que sale de los
-campos. Seamos como él: hagamos la guerra, pero amándonos, y paseemos
-al través de las batallas nuestros cuerpos fundidos por el amor.</p>
-
-<p>—No, Asbyte —dijo el africano con acento sombrío—. Esa felicidad es
-imposible: te amo, pero no podemos comprendernos. Tú te quejas de que
-sólo veo en tí una amazona cuando eres una mujer: tú en cambio sólo ves
-en mí un hombre, y yo soy más que un hombre. No soy el semidiós que tú
-imaginas; soy algo más: una formidable máquina de guerra, sin corazón
-ni misericordia, creada para aplastar á los hom<span class="pagenum"
-id="Page_266">p. 266</span>bres y los pueblos que se opongan á su
-paso.</p>
-
-<p>Y Hanníbal decía esto con convicción, golpeándose el duro pecho,
-irguiendo su figura con sombría majestad al afirmar su potencia
-destructora.</p>
-
-<p>—Te amaría si fuese un hombre capaz de perder mi tiempo en tales
-dulzuras. ¿Pero cuándo has visto que el águila pase toda su vida en el
-nido acariciando á la hembra, sin sentir el anhelo de remontarse para
-caer sobre el enemigo? Los que tienen garras no pueden acariciar, y yo
-nací para hacer presa del mundo ó que el mundo me aplaste... ¡Amar!
-¡Dulce ocupación, lo reconozco! En mi pasada existencia, llena de
-sangre y de luchas, el único oasis de felicidad fueron aquellos días
-de Cartago-Nova, en los cuales creí que la propia Thanit, con toda su
-belleza de diosa, se dignaba descender hasta mis brazos. Pero aquello
-se acabó: Hanníbal tiene otros amores que le atraen y le dominan;
-ama su espada, ama todo lo que posee el enemigo, y no puede dormir
-con tranquilidad pensando en Roma, á la que ansía estrujar entre sus
-brazos... ¡Cuán lejos está!...</p>
-
-<p>La amazona hizo un gesto de desesperación ante el apasionamiento con
-que el caudillo hablaba de sus ambiciones.</p>
-
-<p>—Podías quejarte —continuó Hanníbal— si vieses que mi pensamiento
-estaba ocupado por la imagen de otra mujer. ¿Á quién he amado
-sino<span class="pagenum" id="Page_267">p. 267</span> á tí? Para
-atraerme á estos bárbaros que me siguen, para ligarles por el
-parentesco á mis empresas, hice mi esposa á la hija de un reyezuelo
-ibero. Y bien, ¿dónde está? ¿me sigue acaso como tú? Permanece en
-Cartago-Nova, hilando sus lanas de colores, y apenas si me acuerdo
-de ella, pues ni por un momento me conmovieron sus gracias de virgen
-bárbara. Yo sólo te amo á tí. Hanníbal sólo pudo caer trémulo de
-pasión entre unos brazos como los tuyos, endurecidos por el manejo de
-la lanza. Pero sé digna de él: no pienses como las otras mujeres: no
-busques nuevos enternecimientos: únete á mí para que los dos pensemos
-en poseer y odiar; en hacer el mundo nuestro.</p>
-
-<p>Y como exaltado por sus propias palabras, el africano, con los ojos
-brillantes, se aproximó á Asbyte, acariciándola los brazos, mientras la
-soplaba junto al rostro sus palabras de entusiasmo.</p>
-
-<p>—Yo quiero ser el señor del mundo: quiero que sobre la tierra
-sólo exista Cartago, porque Cartago es mi patria. Si hubiese nacido
-romano sería Roma la señora. Quiero con mi nombre borrar el recuerdo
-de Alejandro el Macedonio; ser más grande que él, conquistar mayores
-territorios, y sueño empresas menos fáciles que dominar los pueblos
-asiáticos, ablandados por la molicie del sol y las riquezas. Roma es
-dura, es más fuerte que nuestra república de mer<span class="pagenum"
-id="Page_268">p. 268</span>caderes, roída por la avaricia y los
-placeres; sus manos están endurecidas por la esteva y la lanza... ¡pues
-contra Roma voy!... ¡Alejandro! ¡Cuán débil es su gloria! Es fácil
-marchar á la conquista del mundo cuando se es hijo de Filipo, que deja
-por herencia un ejército aguerrido en cien victorias; cuando se tiene
-un reino obediente á la espalda y hasta en la niñez se goza la suerte
-de recibir las lecciones de Aristóteles. Lo difícil es ser Hanníbal,
-viéndose abandonado de la patria, sin otros recursos que los que yo
-puedo buscarme; teniendo que hacer frente al mismo tiempo á la furia de
-los enemigos y á la traición y las intrigas de los compatriotas; criado
-lejos de mi padre, entre mercaderes astutos que, conservándome como en
-rehenes, querían evitarse futuros peligros, torciendo mis instintos
-belicosos; sin otra cultura que un poco de griego que me enseñó Sosilón
-el espartano. Y á pesar de esto, Hanníbal riñe con la fatalidad y la
-vence. Si Alejandro admira por sus conquistas en el país del sol, algún
-día se asombrará el mundo viéndome dominar á la naturaleza, después de
-aplastar á los hombres, atravesando las más altas nieves y cambiando
-de sitio montañas enteras para seguir mi camino. Mírame bien, Asbyte,
-y te convencerás de que es tan inútil querer despertar en mi corazón
-sentimientos humanos como ablandar el pecho del enorme Moloch de bronce
-que tenemos en Cartago. Hace un<span class="pagenum" id="Page_269">p.
-269</span> momento, en la soledad de mi tienda, me sentía débil y
-desconfiado; pero hablando contigo renace mi fuerza. Mírame bien: estás
-en presencia del que no teme á los hombres ni á los dioses.</p>
-
-<p>—¡Los dioses! —exclamó con cierto temor Asbyte—. ¿No temes que te
-castiguen?...</p>
-
-<p>Una carcajada ruidosa, sarcástica, de inmenso desprecio, contestó á
-la amazona.</p>
-
-<p>—¡Los dioses! —gritó Hanníbal—. Vivo entre guerreros de todos los
-pueblos. Cada uno adora sus dioses, y conozco tantos, ¡tantos! que no
-creo en ninguno y me burlo de todos ellos. En Cartago adoraba á Moloch;
-aquí me has visto muchas veces dedicar sacrificios á las divinidades
-iberas, para atraerme á los pueblos. Si algún día entro como vencedor
-en esa ciudad donde vive continuamente mi pensamiento, el populacho me
-aclamará, viéndome subir al Capitolio para dar gracias á sus dioses...
-Yo sólo creo en la fuerza y la astucia; sólo tengo un dios tutelar,
-la guerra, que agiganta los hombres dándoles la omnipotencia de la
-divinidad. Si al ser señor de toda la tierra no encontrara con quien
-reñir, moriría, creyendo que el mundo estaba vacío.</p>
-
-<p>La amazona bajaba la cabeza con expresión triste.</p>
-
-<p>—Comprendo que nunca serás mío, Hanníbal. Amas la guerra sobre todas
-las cosas y serás<span class="pagenum" id="Page_270">p. 270</span>
-fiel á ella mientras vivas. Eres una ave de presa; te basta el amor
-momentáneo de la esclava, te sacia la mujer llorosa y herida que cae
-en poder de tus soldados al entrar al asalto por la brecha. Nunca
-comprenderás el amor con sus dulzuras.</p>
-
-<p>Hanníbal se encogió de hombros con desprecio.</p>
-
-<p>—Amo la victoria, el éxito. El laurel que los héroes griegos se
-ceñían en el triunfo tiene para mí un perfume más penetrante que las
-rosas de los poetas. Cesa, Asbyte, en tus lamentos: sé guerrera y
-olvida que eres mujer; te amaré más, serás mi hermano de armas. ¿Á
-qué pensar en aquellas noches de amor, cuando estaba yo caído en la
-desgracia y carecía de soldados, ahora que toda Iberia viene á mí y
-comienzo á ver realizados mis ensueños de dominación? Contempla ese
-campamento donde se hablan infinitas lenguas y cada uno viste diverso
-traje. Las tribus llegan como los riachuelos que engrosan el torrente.
-Cada día se presentan nuevos guerreros. ¿Cuántos son?... Nadie lo sabe.
-Marbahal decía ayer que eran ciento veinte mil; yo creo que pronto
-serán ciento ochenta mil. Les arrastra la ciega confianza en Hanníbal;
-presienten que conmigo se marcha á la victoria; tal vez sus dioses
-les han dicho que esto no es más que el principio de una serie de
-hazañas que asombrarán al mundo. Admírate, Asbyte. Esas gentes<span
-class="pagenum" id="Page_271">p. 271</span> han pasado su vida
-guerreando entre sí; se odiaban, y sin embargo, la espada de Hanníbal
-es un cayado, que les guía como un rebaño común. ¿Y quieres, después
-de este prodigio, que pierda mi tiempo amándote, que permanezca en mi
-tienda tendido á tus pies, con la cabeza sobre tus rodillas, oyéndote
-cantar las soñolientas canciones del oasis?... No, ¡rayo de Baal! La
-ciudad está enfrente de nosotros, burlándose del ejército más grande
-que jamás se reunió en los campos de Iberia, y es preciso acabar. Es
-preciso que la tienda de lienzo aplaste á la torre de piedra. Afila
-bien tu lanza, hija de Hiarbas; prepara tu fiel caballo, amada mía.
-Sopla en torno de mí ese aliento misterioso que siempre percibo en
-vísperas de la victoria. Hoy mismo entraremos en Sagunto.</p>
-
-<p>Y miraba á lo lejos como si sintiera impaciencia, aguardando la
-llegada del día. Brillaba la luna con menos intensidad; oscurecíase
-el cielo tomando su azul un tono más denso, y por la parte del mar
-marcábase una ancha faja de claridad violácea.</p>
-
-<p>—Pronto amanecerá —continuó el africano—; esta noche, Asbyte,
-dormirás en el lecho de marfil de alguna rica griega, y tendrás á tus
-pies los ancianos de la ciudad para que te sirvan como esclavos.</p>
-
-<p>—No, Hanníbal. No terminará para mí el día que ahora empieza.
-Veo aún la sombra de Hiar<span class="pagenum" id="Page_272">p.
-272</span>bas, tal como se me apareció antes del primer canto del
-gallo. ¡Moriré, Hanníbal!</p>
-
-<p>—¡Morir!... ¿Y eres tú quien lo crees? Para que el enemigo llegue
-hasta tí, es preciso que pase sobre Hanníbal. Eres mi hermano de armas.
-Yo estaré á tu lado.</p>
-
-<p>—Aun así moriré. Mi padre no puede engañarme.</p>
-
-<p>—¿Tienes miedo?... ¿Tiemblas, hija del garamanta?... ¡Al fin, mujer!
-Quédate en tu tienda: no te aproximes á los muros. Iré á buscarte,
-cuando llegue el momento de que entres en la ciudad como señora.</p>
-
-<p>Asbyte irguió su gallarda figura cual si acabase de recibir un
-latigazo. Sus grandes ojos brillaban con cólera.</p>
-
-<p>—Te dejo, Hanníbal. Comienza á amanecer. Prepáralo todo para el
-asalto, y ya me encontrarás cuando tus tropas den la señal. Al saber
-que voy á morir, sólo quería pedirte un beso, el último... No, no
-te acerques. Ahora no lo deseo: me haría daño. Si caigo y puedes
-encontrarme entre los cadáveres, ya sabes cual ha sido mi último
-pensamiento.</p>
-
-<p>Se alejó apoyada en su lanza, por entre las filas de tiendas,
-seguida del negro caballo, que husmeaba la huella de sus plantas como
-bestia apasionada.</p>
-
-<p>Comenzaba el día. Extinguíanse las hogueras, y en torno de las
-últimas llamas veíanse<span class="pagenum" id="Page_273">p.
-273</span> hombres que se levantaban del suelo estirando sus miembros
-entumecidos y sacudiendo los pedazos de tela en que estaban envueltos.
-Relinchaban los caballos tirando de las cuerdas, y los soldados
-los dejaban en libertad, conduciéndolos al río para abrevarlos y
-limpiarlos.</p>
-
-<p>Por todos los caminos llegaban al campamento grandes carretas
-cargadas de víveres y forraje, y con el chirrido de sus ejes
-confundíanse las canciones de los soldados que, al levantarse alegres,
-recordaban el lejano país, cantando en la lengua natal.</p>
-
-<p>Era una confusión de voces y de gritos; cada pueblo ocupaba un lugar
-distinto; se saludaban con aullidos regocijados de una nación á otra.
-Sobre el campamento, elevábase un vaho de carne desnuda y sudorosa, de
-guisos raros hirviendo en las marmitas, y resonaban los grandes mazos
-de los carpinteros componiendo los artefactos de asedio, que á las
-pocas horas habían de disparar piedras y dardos contra las murallas.
-Algunos guerreros de flotante manto, jinetes en briosos caballos,
-corrían entre la ciudad y el campamento mirando las murallas de
-Sagunto, en cuyas almenas, enrojecidas por los primeros rayos del sol,
-comenzaban á rebullir los defensores. Hanníbal, á pie, con la cabeza
-descubierta, contemplaba también la ciudad desde fuera del campamento,
-sentado en<span class="pagenum" id="Page_274">p. 274</span> un trozo
-de muro, último resto de una quinta arrasada por los sitiadores.</p>
-
-<p>Estaba resuelto á dar el asalto tan pronto como su ejército hubiese
-terminado los preparativos matinales. Quinientos africanos armados
-con picos se formaban en las afueras del campamento. Iban á acometer
-aquel punto de la ciudad que avanzaba su muralla en un terreno llano
-y despejado, que permitía llegar hasta su base sin obstáculo alguno.
-En otros sitios del campamento se agolpaban los infantes celtíberos
-con largas escalas para intentar el asalto por distintos lados á la
-vez. Avanzaban las máquinas de guerra; las catapultas, con el robusto
-balancín oprimido por tirantes cuerdas, pronto á disparar los pedruscos
-depositados en la cavidad de su largo brazo; los arietes, que al ser
-arrastrados, temblaban pendientes de sus cadenas. Las torres de asedio,
-ligeras, de paredes de juncos entrelazados, marchaban sobre discos
-macizos, coronadas por los escudos de los sitiadores, que se ocultaban
-tras ellos para disparar los dardos.</p>
-
-<p>Hanníbal corrió á su tienda, pasando por entre los jinetes, que
-limpiaban sus caballos y sus armas con lentitud, convencidos de que
-no habían de tomar parte en el asalto hasta el último momento. El
-caudillo se armó á la ligera. Vistióse una corta loriga de escamas
-de bronce, se cubrió con el casco, tomó un escudo, y al salir<span
-class="pagenum" id="Page_275">p. 275</span> de la tienda encontró á
-Marbahal y á su hermano Magón, encargados de las reservas que quedaban
-en el campamento.</p>
-
-<p>—Llevas las piernas descubiertas —dijo el hermano—. ¿No te las
-cubres con las grebas?</p>
-
-<p>—No —contestó animoso el caudillo—. Vamos á un asalto, y para trepar
-por los escombros, hay que tener los pies ligeros. Los dardos me
-respetarán como siempre.</p>
-
-<p>Al salir del campamento creyó ver entre dos tiendas á la reina de
-las amazonas, que le seguía con ojos tristes. Pero Asbyte, al cruzar
-su mirada con la de Hanníbal, se alejó, tornándole la espalda con
-altivez.</p>
-
-<p>Sonaron las trompas y el campamento pareció moverse, marchando
-contra la ciudad.</p>
-
-<p>Avanzaban los manteletes, verdaderas murallas de madera, por cuyos
-intersticios disparaban los arqueros. Al abrigo de estos movibles
-baluartes, iban adelantando los africanos armados de picos, mientras
-que por otros lados del valle corrían los celtíberos, llevando al
-frente sus escalas.</p>
-
-<p>Las murallas se cubrieron en un instante de defensores. Por encima
-de las almenas asomaban brazos nervudos arrojando dardos, culebreaban
-las hondas disparando piedras, y se combaban los arcos despidiendo
-agudos silbidos.</p>
-
-<p>Hanníbal, para animar á los asaltantes, marchaba detrás de los
-quinientos africanos, riendo<span class="pagenum" id="Page_276">p.
-276</span> de los proyectiles de toda clase que chocaban con la
-madera de los manteletes. Varias noches, arrastrándose, y á riesgo
-de caer prisionero, había llegado hasta el pie de aquel muro que
-cubría la parte del valle y era el más fuerte de la ciudad. La base
-estaba formada de grandes piedras unidas con barro. Convencido el
-caudillo de que era difícil escalar los muros, quería abrir brecha por
-los cimientos, derrumbando la rojiza muralla, ante la que se había
-estrellado su ejército.</p>
-
-<p>Al llegar cerca de ella, los africanos abandonaron el abrigo de
-los manteletes, arrojándose con furor contra la barrera de enormes
-piedras. Desnudos, negruzcos, vociferantes, subiendo y bajando sus
-brazos musculosos, al final de los cuales brillaba el hierro del pico,
-parecían espíritus infernales enviados por los dioses kabiros de
-Cartago para la destrucción de la ciudad. Encarnizados y tenaces en su
-tarea de destrucción, rugían y trabajaban, insensibles á los golpes que
-venían de arriba.</p>
-
-<p>Los sitiados, enfurecidos por tanta audacia, despreciaban á los
-honderos baleares y á los arqueros, que desde lejos disparaban sobre
-las almenas; y sacando el cuerpo fuera, arrojaban á los africanos
-dardos y pedruscos, que cayendo verticalmente, nunca dejaban de
-producir víctimas. Rodaban los africanos con la cabeza partida
-ó las espaldas aplastadas; rompíanse los<span class="pagenum"
-id="Page_277">p. 277</span> brazos y las piernas como cañas bajo el
-peso de los pedruscos, y más de un asaltante quedaba con el vientre
-clavado al suelo por un dardo que le atravesaba los riñones. Por encima
-de los cuerpos palpitantes, de las carnes magulladas, de la sangre que
-se amalgamaba con el barro de los muros, nuevos asaltantes cogían el
-pico de manos de un moribundo y emprendían contra la muralla la obra de
-destrucción, golpeándola furiosamente como si fuese un enemigo en pie;
-confundiéndose los africanos, los celtíberos, los galos, hombres de
-todos colores y razas, jurando cada cual en su idioma con espumarajos
-de rabia y sintiendo cernerse la muerte sobre sus espaldas á cada
-instante, entre el estrépito de aullidos y lamentos, de piedras que
-caían y de <i>faláricas</i> que incendiaban las ropas y se agarraban á la
-carne desnuda, haciendo arder á los hombres, que, retorciéndose de
-dolor, corrían hacia el río como antorchas animadas.</p>
-
-<p>¡Ya se movía un bloque del muro! ¡Ya rodaba fuera de su álveo! Lo
-más importante era sacar el primero; tras de aquel saldrían los otros.
-Los asaltantes prorrumpieron en exclamaciones de salvaje alegría; oían
-la voz de Hanníbal animándolos; pero antes de levantar la cabeza para
-descansar un momento, un rugido inmenso se elevó entre ellos. Llovía;
-pero eran gotas ardientes, infernales, que penetraban en los<span
-class="pagenum" id="Page_278">p. 278</span> cuerpos como interminables
-cuchillos. Arriba, entre las almenas, humeaba una hoguera. Era que los
-comerciantes derretían los grandes lingotes de plata de sus almacenes,
-enviando el metal fundido como una lluvia de muerte sobre los que
-osaban destruir los muros de la ciudad.</p>
-
-<p>Los asaltantes retrocedieron rugiendo de rabia, y fueron á
-refugiarse detrás de los manteletes. Hanníbal levantaba su espada,
-queriendo con sus golpes hacerles volver al trabajo. Pero en vano se
-esforzaba hablando de la victoria y de la necesidad de destruir el
-muro. Sus soldados retrocedían de espaldas, mirando con respeto al
-caudillo, que parecía invulnerable, pero quejándose del atroz tormento
-de las quemaduras. Algunos se revolcaban en el suelo, con los labios
-cubiertos de espuma, pataleando de dolor.</p>
-
-<p>De pronto, pareció que la ciudad estallaba, arrojando lejos de
-sí á todos sus habitantes. Á lo lejos veíase huir á los celtíberos,
-arrojando sus escalas. La ciudad salía en masa contra los sitiadores.
-Las puertas eran pequeñas para dar paso á la muchedumbre armada que se
-arremolinaba en ellas, extendiéndose después como un torrente que corre
-encajonado entre montañas y de pronto se esparce en la llanura. Muchos
-impacientes se descolgaban de las almenas para caer más pronto sobre el
-enemigo.</p>
-
-<p>En un momento quedó cubierto por los sa<span class="pagenum"
-id="Page_279">p. 279</span>guntinos que atacaban y los sitiadores que
-huían, todo el espacio entre las murallas y el campamento. Hanníbal se
-sintió arrastrado por la fuga de sus soldados. Ardían los manteletes,
-y una muchedumbre de mujeres y niños empuñando antorchas, rodeaba las
-torres de asedio, incendiando sus paredes de junco.</p>
-
-<p>Los saguntinos, formados en masas, avanzaban, barriendo á los
-sitiadores, que huían á la desbandada. Ante su movible frente de picas
-y brazos levantados con anchas espadas, sólo se veían hombres fugitivos
-que arrojaban las armas y caían alcanzados por los dardos y las
-lanzas.</p>
-
-<p>El gigante Therón avanzaba aislado, como si él solo fuese una
-falange. La piel de león y su enorme estatura atraían las miradas de
-todos: su maza subía y bajaba, acosando los grupos fugitivos y abriendo
-en ellos grandes claros.</p>
-
-<p>—¡Es Hércules! —gritaban con terror supersticioso los sitiadores—.
-¡El dios de Sagunto que viene contra nosotros!</p>
-
-<p>Y la presencia del gigante aceleraba aún más la dispersión que los
-golpes de los saguntinos.</p>
-
-<p>Hanníbal intentaba avanzar, hacer frente; pero en vano rugía,
-blandiendo su espada. Estaba preso en el torrente de la fuga; le
-empujaban sus propios soldados, ciegos por el contagio del terror; le
-pisaban los talones ó le golpeaban la espalda con sus cabezas bajas
-por<span class="pagenum" id="Page_280">p. 280</span> la velocidad de
-la carrera, y tenía que hacer grandes esfuerzos para no verse derribado
-y pisoteado. Un momento más y los sitiados, después de destruir todas
-las obras de asedio, entraban en el campamento.</p>
-
-<p>El caudillo rugía maldiciones y amenazas contra su hermano y
-Marbahal, que no acudían con las reservas á sostener el torrente de la
-derrota. Vió que apresuradamente salían tropas del campamento, pero á
-pie y sin orden, con la precipitación que produce un suceso inesperado,
-ajustándose muchos de ellos las correas de sus corazas, confundidos
-con los de otros pueblos y sin sus jefes, que en vano hacían sonar los
-cuernos para ordenar las huestes.</p>
-
-<p>Los saguntinos, con el impulso ciego de la victoria, chocaron con
-este refuerzo y casi lo arrollaron en el primer encuentro. Hanníbal,
-que había conseguido reunir un grupo de soldados más animosos, hacía
-frente á los saguntinos.</p>
-
-<p>—¡Á mí! ¡Á mí! —gritaba á los que llegaban del campamento, y en su
-turbación no sabían dónde acudir.</p>
-
-<p>Pero sus gritos atraían al mismo tiempo á los enemigos. Therón, como
-si le guiase su dios, se dirigió contra Hanníbal, y pronto su maza
-comenzó á caer sobre los escudos del grupo cartaginés. Se arrojaba
-con un coraje frío contra los enemigos, quebrando sus lanzas con un
-revés de la<span class="pagenum" id="Page_281">p. 281</span> maza;
-hiriéndose con las espadas, que parecían embotarse en sus músculos
-poderosos, y chorreando sangre por debajo de su piel de león, feroz y
-magnífico, como una divinidad. No levantaba el nudoso tronco sin que
-cayera un enemigo á sus pies.</p>
-
-<p>Comenzaban á retroceder otra vez los sitiadores ante el empuje de
-los saguntinos; Hanníbal se veía arrastrado de nuevo por los suyos,
-aterrados por la furia del gigante que parecía invulnerable, cuando
-algo inesperado cambió la faz del combate.</p>
-
-<p>Tembló la tierra bajo un desenfrenado galope semejante al tableteo
-de un trueno, y encorvadas sobre las crines de sus caballos, al aire
-las cabelleras ondeantes bajo los cascos y arremolinadas las blancas
-túnicas en torno de las piernas desnudas, cayeron contra los enemigos
-las amazonas de Asbyte, con la impetuosidad de un huracán. Gritaban
-tremolando sus lanzas, llamándose unas á otras para cargar sobre los
-grupos más compactos, y los enemigos retrocedían asombrados ante
-aquellas mujeres que por primera vez veían de cerca y que tenían á su
-favor la fuerza de la sorpresa.</p>
-
-<p>Hanníbal, al través de las cabezas de los que le rodeaban, vió pasar
-como un rayo luminoso á Asbyte, completamente sola. La luz del sol,
-quebrándose en su casco, la rodeaba de un nimbo de oro. Su instinto de
-amante la había hecho<span class="pagenum" id="Page_282">p. 282</span>
-adivinar dónde estaba Hanníbal cercado de enemigos, y corría allí para
-darle auxilio.</p>
-
-<p>Lo que después pasó fué rápido, instantáneo; apenas si Hanníbal pudo
-verlo entre el polvo de la carga, con la vaguedad apresurada de un
-ensueño.</p>
-
-<p>La amazona, con la lanza baja, se dirigió al galope contra el
-sacerdote de Hércules, que en el reflujo de aquel combate desordenado,
-cuerpo á cuerpo, había quedado solo en un gran espacio de terreno.</p>
-
-<p>—¡Ohóoo!... —gritaba la amazona, excitando el caballo con su
-exclamación de guerra.</p>
-
-<p>Y doblando las piernas contra los hijares de la bestia, elevábase
-sobre sus lomos para herir mejor al gigante.</p>
-
-<p>El caballo, asustado al ver la espantosa cabeza de león sobre la
-testa del coloso, se encabritó relinchando, y en el mismo momento cayó
-sobre sus ojos la enorme maza, produciendo igual chasquido que si se
-quebrara una robusta ánfora.</p>
-
-<p>Rodó el caballo sobre las patas traseras con la cabeza rota, manando
-sangre por los ojos, y la amazona, despedida de sus lomos, cayó de
-rodillas á algunos pasos de distancia, cubriéndose con el escudo. Si
-podía resistir un momento se salvaba. Hanníbal, olvidado de los suyos
-que se agitaban en la confusión del combate, corría en su auxilio.
-Del campamento salían grandes<span class="pagenum" id="Page_283">p.
-283</span> grupos de jinetes para apoyar á las audaces amazonas, y la
-masa de los sitiados retrocedía en desorden hacia la ciudad.</p>
-
-<p>Púsose en pie Asbyte y avanzó un paso, levantando la lanza para
-herir al gigante; pero en el mismo momento, la enorme maza, blandida
-con dos manos, cayó sobre ella como un muro que se desploma. Resonó
-quejumbrosamente el escudo de bronce al quebrarse, cayó en pedazos el
-casco de oro, y Asbyte se dobló en el suelo con la túnica cubierta de
-sangre, como una ave blanca que plegase sus alas.</p>
-
-<p>Therón, á pesar de su ferocidad, quedó inmóvil, apoyado en su maza,
-sin ver lo que pasaba á su alrededor, como arrepentido del horrible
-destrozo que su fuerza había causado en aquella mujer hermosa.</p>
-
-<p>—¡Á mí, Therón! ¡Defiéndete, carnicero de Hércules!... Mátame si
-puedes: soy Hanníbal.</p>
-
-<p>Volvióse el sacerdote y vió un guerrero que, cubierto el rostro
-con el escudo y la espada de punta, avanzaba con agilidad asombrosa,
-trazando círculos en torno de él, como un tigre que ataca á un
-elefante y busca con su movilidad hacer presa en un punto flaco.
-Había terminado la batalla: los saguntinos se replegaban sobre la
-ciudad. Los jinetes sitiadores cargaban cerca de las murallas, dejando
-solos á los dos combatientes en aquella parte del campo. Algunos
-soldados se aproximaban con len<span class="pagenum" id="Page_284">p.
-284</span>titud para detenerse á alguna distancia, intimidados por el
-terror supersticioso que inspiraba el gigante.</p>
-
-<p>Therón no se inmutó al verse solo. ¡Hanníbal! ¡Era Hanníbal
-aquel guerrero que iba á luchar con él completamente solo!... ¡Este
-encuentro singular, á la vista de toda la ciudad asomada á las
-murallas, parecía preparado por su dios! ¡Iba á librar á Sagunto de
-su principal enemigo!... Hércules le proporcionaba esta gloria; y
-sonriendo satisfecho, levantó la maza, marchando en línea recta contra
-el africano.</p>
-
-<p>Éste le eludía retrocediendo, saltando de lado con agilidad felina,
-evitando el encuentro, hasta que al fin, cansado el sacerdote y
-deseando acabar antes que llegaran nuevos combatientes, se afirmó sobre
-sus piernas de coloso y arrojó la maza contra Hanníbal. El enorme
-tronco rasgó el aire, al mismo tiempo que Hanníbal, viéndolo venir
-sobre él, saltaba de lado. Todavía alcanzó su escudo, produciendo
-con el choque un estrépito atronador, y fué á caer lejos, levantando
-una nube de polvo. El africano, con la violencia del golpe dobló las
-rodillas, pero se repuso, y arrojando su escudo roto corrió con la
-espada levantada contra Therón.</p>
-
-<p>El sacerdote de Hércules, al verse desarmado, tuvo un momento de
-debilidad, sintió miedo, creyóse en presencia de un ser superior contra
-el que nada podían sus fuerzas, y volviendo<span class="pagenum"
-id="Page_285">p. 285</span> la espalda á Hanníbal, huyó hacia Sagunto.
-Desde las murallas le llamaban á gritos viéndole en peligro. Algunos
-armaban los arcos para detener con sus flechas á Hanníbal; pero no
-osaban disparar por miedo á herir á Therón. Respiraban angustiosamente
-los saguntinos al ver huir á su Hércules, perseguido por aquel guerrero
-que le acosaba cerrándole el paso para que no llegase á la ciudad.</p>
-
-<p>El gigante pesado y musculoso corría difícilmente por el campo
-cubierto de cadáveres y despojos del combate. Tropezó en un escudo,
-sus rodillas se doblaron, y volvió á levantarse; pero esta vez
-completamente desnudo. La piel de león había caído de sus hombros,
-quedando entre los despojos de la batalla.</p>
-
-<p>Su perseguidor le alcanzaba. Sintió en sus espaldas el frío del
-hierro hundiéndose entre los músculos, y no queriendo morir perseguido
-como un esclavo á la vista de toda la ciudad, volvióse rápidamente,
-extendiendo sus brazos como columnas para ahogar entre ellos al
-enemigo.</p>
-
-<p>Pero Hanníbal, antes de que cayeran en torno de él aquellas dos
-moles magullándolo, hundió su espada varias veces en el costado del
-coloso, y Therón se desplomó, llevándose las manos á las heridas para
-contemplar su sangre, de un rojo obscuro.</p>
-
-<p>Miró sin cólera á Hanníbal, con una expre<span class="pagenum"
-id="Page_286">p. 286</span>sión infantil de dolor, y luego fijó sus
-ojos turbios por la muerte en la alta Acrópolis, sobre cuyas techumbres
-se reflejaba el sol.</p>
-
-<p>—¡Padre Hércules! —murmuró con amargura—. ¿Por qué abandonas á los
-tuyos?...</p>
-
-<p>Su cabeza enorme, al caer en el suelo, levantó una nube de polvo.
-Hanníbal se inclinó sobre ella, y con su espada comenzó á cortar el
-robusto cuello, teniendo que dar muchos golpes para partir la maraña de
-tendones como cuerdas y de músculos resistentes, en los que el hierro
-parecía embotarse.</p>
-
-<p>Una nube de flechas comenzó á clavarse en el suelo en torno de
-Hanníbal.</p>
-
-<p>El caudillo se despojó del casco, dejando suelta la cabellera de
-gruesos rizos; agarró la cabeza de Therón por su ensangrentada melena,
-y poniendo un pie con ademán de vencedor sobre el cuerpo del sacerdote,
-la enseñó á los que ocupaban las murallas.</p>
-
-<p>Estaba magnífico con la espada en la diestra, avanzando el otro
-brazo, que sostenía la cabeza del gigante. Relampagueaban de orgullo y
-fría cólera sobre la obscura tez sus ojos, brillantes como los discos
-de metal que pendían de sus orejas.</p>
-
-<p>Los sitiados le reconocieron, y un grito de sorpresa y de rabia
-corrió á lo largo de la muralla.</p>
-
-<p>—¡Hanníbal!... ¡Es Hanníbal!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_287">p. 287</span>Aún permaneció
-inmóvil algunos instantes, como la estatua de la victoria, desafiando
-con soberbia á los enemigos, sin hacer caso de la nube de proyectiles
-que zumbaba en torno de él, hasta que de pronto soltó la cabeza de
-Therón y cayó de rodillas, abandonando su espada.</p>
-
-<p>Mopso el arquero acababa de atravesarle una pierna de un
-flechazo.</p>
-
-<p>Todos vieron desde las murallas cómo en un arranque de dolorosa
-rabia se arrancaba el mástil de la flecha, haciéndolo añicos y
-arrojándolo lejos. Luego ya no vieron más. Una gran parte del ejército
-sitiador corrió á él para cubrirlo, y sus honderos y arqueros
-comenzaron á disparar contra la muralla.</p>
-
-<p>Acteón, fatigado por la salida reciente, contemplaba oculto tras
-una almena lo que ocurría en torno de Hanníbal, sin prestar atención
-á los proyectiles de los honderos que, enfurecidos por la herida del
-caudillo, enviaban una tempestad de piedras contra los muros.</p>
-
-<p>Vió cómo se alejaba Hanníbal, sostenido por dos capitanes
-cartagineses de dorada coraza y custodiado por una muchedumbre.</p>
-
-<p>De repente el caudillo repelió á los que le sostenían, y cojeando
-dolorosamente anduvo hacia un bulto blanco y ensangrentado que se
-destacaba sobre la tierra roja, como un harapo informe. Se inclinó
-sobre él, y los númidas que le rodeaban vieron llorar al terrible
-Hanníbal por<span class="pagenum" id="Page_288">p. 288</span> primera
-y última vez, uniendo su boca á la destrozada cabeza de la amazona
-Asbyte, besando aquel rostro amado, en torno de cuyas facciones
-aplastadas y sangrientas, comenzaba á revolotear un enjambre de
-fúnebres moscas.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_7">
- <p><span class="pagenum" id="Page_289">p. 289</span></p>
- <h2 class="nobreak" title="VII. Las murallas de Sagunto">VII</h2>
- <p class="subh2">Las murallas de Sagunto</p>
-</div>
-
-<p>La herida de Hanníbal proporcionó á la ciudad algunos días de calma.
-Los sitiadores permanecían en su campamento, inactivos, mirando Sagunto
-desde lejos. Salían los honderos por las mañanas para ejercitar sus
-brazos disparando contra la muralla; pero aparte de esto y de los
-flechazos con que les contestaban desde la ciudad, no se cruzaban otras
-hostilidades entre sitiados y sitiadores.</p>
-
-<p>Los pelotones de caballería recorrían el agro forrajeando, y la
-turba inmensa de tribus feroces acababa su obra de destrucción,
-saqueando las villas y casas de campo. Se aclaraban los grupos de
-árboles: cada día derribaban nuevos troncos para llevar leña al
-campamento, y en los espacios descubiertos ya no se veían tejados
-y torres. Sólo ruinas humeantes y ennegrecidas aparecían aquí y
-allá, sobre los abandonados campos. Un mosaico á flor de tierra era
-muchas<span class="pagenum" id="Page_290">p. 290</span> veces el único
-vestigio de una quinta elegante, arrasada hasta los cimientos por los
-invasores.</p>
-
-<p>Los sitiados veían engrosar rápidamente el ejército de Hanníbal.
-Todos los días llegaban nuevas tribus. Parecía que la Iberia entera,
-subyugada por el prestigio de Hanníbal, iba á acampar en torno de
-Sagunto, enardecida por la fama de sus riquezas. Llegaban á pie ó á
-caballo; sucios, feroces, cubiertos de pieles ó vestidos de esparto,
-con el escudo de media luna y la espada corta de dos filos, ansiosos
-de pelear y trayendo consigo vistosos presentes para el africano, cuya
-gloria les deslumbraba.</p>
-
-<p>Los saguntinos que habían comerciado con las tribus del interior,
-reconocían desde las murallas á los recién llegados. Venían de muy
-lejos; los había de ellos que habían marchado más de un mes para
-llegar á Sagunto; y señalaban á los lusitanos, de figura atlética,
-de los que se relataban horrorosas ferocidades; á los galaicos, que
-vivían de la pesca ó de fundir el oro de sus ríos; á los astures, que
-fabricaban el hierro, y á los vascos sombríos, cuya lengua no podían
-aprender los otros pueblos. Y mezclados con ellos llegaban nuevas
-tribus de la Bética, que se habían retrasado en acudir al llamamiento
-del cartaginés; infantes ágiles de piel aceitunada, con la cabellera
-esparcida sobre la espalda, vestidos con cortos faldellines blancos
-y ancha franja<span class="pagenum" id="Page_291">p. 291</span> de
-púrpura y empuñando grandes escudos redondos que les servían de sostén
-para pasar los torrentes. El campamento que se extendía á lo largo
-del río, acabó esparciéndose por el inmenso valle, formando grupos de
-tiendas y chozas, hasta perderse de vista. Era una verdadera ciudad,
-más grande que Sagunto, que avanzaba y avanzaba como si fuera á
-tragarse sus murallas.</p>
-
-<p>Al día siguiente de la victoriosa salida de los saguntinos notaron
-éstos gran movimiento en el campo sitiador. Eran las honras fúnebres de
-la reina de las amazonas. Vieron cómo el cadáver de Asbyte era paseado
-por las guerreras, llevándolo en alto sobre un escudo: después, en el
-centro del campamento, se elevó la columna de humo de la enorme pira
-que consumió sus restos.</p>
-
-<p>Los sitiados adivinaban el estado de ánimo de los enemigos. Hanníbal
-estaba tendido en su lecho, y el ejército parecía anonadado por el
-dolor del héroe. Los hechiceros del campamento entraban y salían en la
-tienda examinando la herida, y buscaban después en los montes cercanos
-hierbas misteriosas para confeccionar milagrosos emplastos.</p>
-
-<p>En Sagunto los más audaces hablaban de hacer una salida, de
-aprovechar aquel instante de desaliento para caer sobre los enemigos,
-poniéndolos en fuga. Pero el campo sitiador estaba bien<span
-class="pagenum" id="Page_292">p. 292</span> vigilado; el hermano
-de Hanníbal, con los principales capitanes, velaba para evitar
-una sorpresa; el ejército estaba tras los baluartes de tierra del
-campamento como en una ciudad fuerte, y aprovechaba su inacción para
-realizar nuevas obras, poniéndose á cubierto de un ataque.</p>
-
-<p>Además, la ciudad no estaba menos desalentada por la muerte del
-sacerdote de Hércules. No podían explicarse los saguntinos cómo el
-caudillo africano había dado muerte al gigantesco Therón, á los ojos
-de todo Sagunto, y los más supersticiosos veían en esto una señal
-celeste, el aviso de que los dioses tutelares de la ciudad comenzaban á
-abandonarla.</p>
-
-<p>Todos se mostraban con igual firmeza que al principio, resueltos á
-defenderse; pero había desaparecido la alegría burlona de los primeros
-días del asedio. Creían husmear la desgracia en torno de ellos y les
-entristecía el número de enemigos, siempre en aumento. Cada mañana
-veían crecer el campo sitiador. ¿Cuándo cesarían de llegar los aliados
-de Hanníbal?</p>
-
-<p>La alegre ciudad griega de los ricos comercios y las pomposas
-fiestas Panatheas, presentaba el aspecto de las poblaciones sitiadas.
-La muchedumbre de los campos refugiada en la ciudad, acampaba en calles
-y plazas, esparciendo un hedor de rebaño enfermo y miserable. En los
-templos se arrastraban los heridos al pie de las<span class="pagenum"
-id="Page_293">p. 293</span> columnas, lanzando gemidos: arriba, en la
-Acrópolis, humeaba la hoguera día y noche, consumiendo los cadáveres
-de los que morían en las murallas ó caían en las calles, víctimas de
-extrañas enfermedades, desarrolladas por el hacinamiento.</p>
-
-<p>Aún abundaban los víveres, pero faltos de frescura; y los ricos,
-adivinando el porvenir, acaparaban lo que podían, viendo en lontananza
-los días de escasez. En los barrios pobres mataban los caballos, las
-bestias de carga, asando sus carnes en las fogatas encendidas en las
-calles para los fugitivos que carecían de techo.</p>
-
-<p>Lo mismo en las murallas que en la Acrópolis, todos miraban al mar
-con impaciencia. ¿Cuándo llegarían los auxilios de Roma? ¿Qué hacían
-los legados enviados por Sagunto á la gran República?...</p>
-
-<p>La impaciencia hacía caer frecuentemente á toda la ciudad en
-dolorosos engaños. Por las mañanas, los vigías apostados en la
-Acrópolis sobre la torre de Hércules, daban furiosos golpes en los
-címbalos de alarma al ver en el horizonte algunas velas. Corría la
-muchedumbre á la cumbre del monte, siguiendo con mirada ansiosa la
-marcha de los lienzos blancos ó rojos, sobre la azul superficie del
-golfo Sucronense. ¡Eran ellos!... ¡los romanos!... ¡las avanzadas de
-la flota de socorro que navegaban hacia el puerto! Pero tras algunas
-horas de angustiosa expectativa,<span class="pagenum" id="Page_294">p.
-294</span> llegaba la decepción, al ver que eran naves mercantes de
-Marsella ó Ampurias que pasaban de largo, ó trirremes enemigas que
-Hasdrúbal, el hermano de Hanníbal, enviaba desde Cartago-Nova con
-vituallas para el ejército.</p>
-
-<p>Cada uno de estos desengaños aumentaba la tristeza de los
-saguntinos. ¡El enemigo siempre creciendo y los aliados sin venir!
-La ciudad iba á perderse. Únicamente se reanimaba el entusiasmo de
-los defensores al encontrar en las murallas al viejo Mopso, que por
-su flechazo certero contra Hanníbal, era el héroe de la ciudad, y al
-animoso Acteón, que con sus burlas de ateniense, ligero y gracioso ante
-el peligro, sabía comunicarles nuevos ánimos.</p>
-
-<p>Sónnica también aparecía entre ellos en los sitios de combate.
-Recorría las murallas cuando silbaban las flechas, y los ciudadanos
-pobres admirábanse del valor de la opulenta griega, despreciando los
-golpes del enemigo.</p>
-
-<p>El amor á Acteón y el odio á los sitiadores, la hacían ser audaz.
-Mostrábase furiosa contra los cartagineses. Desde lo alto de la
-Acrópolis había visto una tarde cómo salían llamas de la techumbre de
-su quinta, cómo se derrumbaba la roja torre del palomar, cómo eran
-abatidos los hermosos bosques que rodeaban su casa, quedando todo
-convertido en un montón de escombros y troncos carbonizados, y ansiaba
-vengarse, no de la riqueza perdida, sino de la destrucción<span
-class="pagenum" id="Page_295">p. 295</span> del retiro misterioso
-de sus amores, de la suntuosa vivienda llena de recuerdos. Además,
-sentíase nerviosa y en insufrible molestia en esta nueva vida, dentro
-de una ciudad sitiada, teniendo que comer viandas groseras y dormir
-en una habitación de su almacén, entre las riquezas amontonadas con
-el desorden de la fuga, confundida casi con sus esclavas y privándose
-del baño, pues en la ciudad no había más agua que la de las cisternas,
-y los magistrados la distribuían con gran parsimonia, preveyendo una
-próxima escasez.</p>
-
-<p>Esta vida de miserias excitábala, haciendo que se distinguiera por
-su audacia belicosa. Veía de tarde en tarde á su amante, pues Acteón,
-alma de la defensa, tan pronto estaba en las murallas dirigiendo á los
-esclavos que las reparaban, como subía á la Acrópolis con Mopso, para
-examinar en conjunto la situación del enemigo. Quería aprovechar la
-tregua proporcionada por la herida de Hanníbal para poner á la ciudad
-en mejores condiciones de defensa; y mientras tanto Sónnica paseaba
-por la muralla hablando con los jóvenes, prometiendo ricos premios á
-los que más se distinguiesen, y excitando á todos á hacer una salida
-sin ejemplo: la ciudad en masa arrojándose fuera de las murallas,
-aplastando á los enemigos, barriéndolos hasta arrojarlos en el mar.</p>
-
-<p>Iba á todos lados escoltada por Eroción y<span class="pagenum"
-id="Page_296">p. 296</span> Ranto. La vida en un estrecho espacio y la
-comunidad del peligro, la habían hecho aproximarse á los dos muchachos,
-y éstos seguían á su señora acogiendo con sonrisas de entusiasmo todas
-sus palabras, aplaudiendo los propósitos belicosos de la rica.</p>
-
-<p>Ranto ya no era pastora. Una tras otra, habían devorado todas sus
-cabras en la casa de Sónnica, y sin más ocupación que seguir á su
-señora, cogida siempre de la mano de Eroción, consideraba el sitio como
-una felicidad, y su deseo era que no terminase nunca. Hasta el ceñudo
-Mopso, el padre de su amante, los encontraba juntos sin protestar, y
-muchas veces sonreía al verles tranquilos y felices, paseando por las
-murallas sin miedo á los sitiadores.</p>
-
-<p>El peligro había hecho más bondadosa á la gente. Los ricos
-comerciantes se codeaban con los esclavos al disparar el arco detrás
-de las almenas; veíase á más de una griega opulenta, rasgar su túnica
-de lino para vendar las heridas á los rudos mercenarios; y Sónnica la
-rica, que antes despreciaba á las mujeres de la ciudad, hablaba á las
-esclavas para que formasen una tropa igual á la de aquellas amazonas
-que seguían á Hanníbal. Ranto, satisfecha de la nueva situación, ciega
-de felicidad hasta el punto de no ver las angustias y miserias que
-sufría la población, tiraba de su amante en los momentos de combate, le
-arrancaba el arco de las manos,<span class="pagenum" id="Page_297">p.
-297</span> y arrastrándolo fuera de las murallas, escondíanse en el
-hueco de una escalera, al pie del muro, y se acariciaban con nueva
-voluptuosidad, pareciéndoles más intenso su placer mezclado con el
-silbido de las flechas y los gritos y exclamaciones de dolor y rabia
-que sonaban arriba.</p>
-
-<p>La tregua sólo duró veinte días. En el silencio del campamento,
-resonaban sin cesar los mazos de los carpinteros, y los sitiados veían
-elevarse poco á poco una gran torre de madera de varios pisos, mucho
-más alta que las murallas de la ciudad.</p>
-
-<p>Hanníbal se sentía fuerte y ansiaba reanudar el sitio. Con el deseo
-de que los enemigos le viesen cuanto antes, abandonó su tienda, á
-pesar de que aún tenía abierta la herida; y montando á caballo salió
-del campamento para galopar á lo largo de los muros, seguido por sus
-capitanes.</p>
-
-<p>Los saguntinos sintiéronse deslumbrados al mirarle. Brillaba como
-una ascua de fuego sobre su negro caballo; el sol le envolvía en un
-resplandor que cegaba, como si fuese una divinidad. Llevaba la coraza
-y el casco que las tribus galaicas le habían traído como presente,
-fabricados con oro puro de sus ríos. El caudillo amaba más las
-armaduras de bronce, que había paseado al través de las batallas; pero
-su cabalgada en torno de Sagunto equivalía á una<span class="pagenum"
-id="Page_298">p. 298</span> resurrección, y deseaba que los sitiados le
-contemplasen deslumbrador y majestuoso como un dios.</p>
-
-<p>Con la reaparición de Hanníbal, comenzó de nuevo el asedio, más
-fuerte que antes. Los saguntinos comprendieron desde el primer momento
-que los sitiadores habían aprovechado la tregua para aumentar su poder
-ofensivo. Avanzaron con grandes esfuerzos la enorme torre de madera que
-acababan de construir. Tenía varios pisos, en los cuales se colocaban
-los arqueros, disparando por las saeteras abiertas en los troncos. La
-plataforma superior dominaba de tal modo la muralla, que su catapulta
-arrojaba sobre las almenas grandes piedras, sembrando la muerte entre
-los defensores.</p>
-
-<p>Hanníbal multiplicábase, excitado por la tenacidad de los
-saguntinos, ansiando terminar cuanto antes el sitio.</p>
-
-<p>Era imposible permanecer al descubierto en las murallas. La torre
-había sido colocada cerca de aquel punto saliente de la ciudad, que
-Hanníbal consideraba el más flaco. Caían sin cesar dardos y piedras
-sobre las murallas, y mientras los defensores se refugiaban tras las
-almenas, no pudiendo sacar el cuerpo, abajo, en la base, trabajaban los
-arietes al abrigo de la torre, topando contra los muros, deshaciéndolos
-lentamente; y los africanos, que sobrevivieron á la primera intentona,
-atacaban ahora con más segu<span class="pagenum" id="Page_299">p.
-299</span>ridad los bloques, abriendo poco á poco una brecha.</p>
-
-<p>Los saguntinos, pálidos por el furor y la impotencia, se agitaban en
-vano para impedir esta destrucción. La torre de asedio, moviéndose en
-un terreno llano á impulsos de los hombres que se ocultaban tras ella,
-iba de un sitio á otro sembrando la muerte, y á veces se aproximaba
-tanto, que los sitiados podían oir las voces de los arqueros que
-disparaban por sus saeteras. Mientras tanto, continuaba abajo, en la
-base de los muros, el trabajo lento y obstinado para derribarlos.</p>
-
-<p>Los ciudadanos más entusiastas, bramando de indignación al ver
-como destruían impunemente sus muros, sacaban el cuerpo para disparar
-contra los que manejaban el ariete ó los picos; pero apenas quedaban
-al descubierto, caía sobre ellos un pedrusco ó se desplomaban con
-el cuerpo atravesado por una flecha. La muralla estaba cubierta de
-cadáveres. Se arrastraban los heridos, contemplando con mirada turbia
-el mástil del dardo que les atravesaba el cuerpo.</p>
-
-<p>En vano disparaban los sitiados contra la torre. Las piedras
-rebotaban sobre sus paredes de troncos con sordo ruido, pero sin
-causarla quebranto. Aparecía erizada de flechas, moviéndose como un
-elefante monstruoso, insensible á las heridas, é inútilmente partían
-contra ella las <i>faláricas</i> rasgando el espacio con su cabellera<span
-class="pagenum" id="Page_300">p. 300</span> de humo y chispas, pues no
-hacían arder las pieles mojadas de que estaba forrada la parte alta de
-la torre.</p>
-
-<p>Huían los más prudentes de un lugar donde se concentraban los
-esfuerzos del sitiador y acudían á él los más audaces, sin saber
-ciertamente cómo repeler al enemigo, pero con la tenaz idea de morir
-antes de que avanzara un paso.</p>
-
-<p>Mopso, el arquero, era el único que en tan difícil situación causaba
-daño á los cartagineses. Con el arco tendido avanzaba un instante la
-cabeza fuera de las almenas y disparaba, consiguiendo introducir sus
-flechas por las saeteras de la torre, lo que esparcía la muerte entre
-los soldados que se creían seguros. Eroción estaba á su lado. Al ver
-á su padre en aquel lugar de peligro, había repelido á Ranto al pie
-de la escalinata de la muralla, sin hacer caso de sus lágrimas, y
-empuñando el arco, pretendía imitar á su padre, hostilizando á los de
-la torre.</p>
-
-<p>Pero menos prudente, con el ardor de la juventud, sacaba casi todo
-el cuerpo fuera de las almenas, y cuando conseguía introducir una
-flecha en la torre, reía, completamente al descubierto, insultando á
-los sitiadores con sus carcajadas de pilluelo audaz.</p>
-
-<p>Una piedra de la catapulta de la torre pasó silbando y chocó con su
-cabeza, produciendo un chasquido fúnebre. La sangre y las piltrafas
-sal<span class="pagenum" id="Page_301">p. 301</span>picaron á los más
-cercanos, y el muchacho, doblándose como si fuese de trapos, resbaló
-entre dos almenas, cayendo fuera de las murallas. Las flechas de su
-carcax se esparcieron en torno del cadáver, con triste vibración de
-hierro.</p>
-
-<p>—¡Mopso! ¡Mopso! —gritó Acteón, intentando detener al arquero.</p>
-
-<p>Pero el viejo se había lanzado en medio de la muralla, completamente
-al descubierto, con los ojos vidriosos, trémula la barba gris,
-imponente de dolor y de furia.</p>
-
-<p>Intentó tender por tres veces su arco para disparar contra la
-plataforma de la torre donde estaba la catapulta, y por más esfuerzos
-que hizo, no logró preparar su arma. El dolor, la sorpresa, la
-desesperación que le producía no poder exterminar de un golpe á todos
-los enemigos, le arrebataban las fuerzas.</p>
-
-<p>Mientras pugnaba con el duro arco, que parecía rebelarse contra él,
-silbaban en torno de su cabeza los proyectiles del enemigo. Viéndose
-impotente, envejecido en un instante por el dolor, contemplando abajo
-el destrozado cadáver de su hijo y sin poder vengarle, lanzó un gemido,
-y reuniendo todas las fuerzas de su voluntad, se lanzó fuera de la
-muralla, cayendo sobre los restos de Eroción. Su cabeza chocó con sordo
-ruido en las piedras, salió de ella un hilo de sangre, y padre é hijo
-formaron un grupo inmóvil á corta distancia de los asaltantes, que
-seguían<span class="pagenum" id="Page_302">p. 302</span> empujando el
-ariete y socavando la base de la muralla.</p>
-
-<p>Duró casi todo el día la desigual lucha. Los saguntinos que
-guardaban esta parte del muro, no lograban evitar los avances del
-enemigo. Sentían el sordo choque de los picos, la muralla parecía
-bambolearse bajo sus pies y nada podían hacer para impedir los
-progresos del sitiador.</p>
-
-<p>Lentamente iban retirándose los defensores. Acteón, triste por
-la trágica muerte de su compatriota y convencido de que era inútil
-permanecer allí, les aconsejaba la retirada al interior de la ciudad.
-Retrocedió con algunos de los suyos, y á los pocos momentos, un
-torreón carcomido en su base por el ariete, se bamboleó, cayendo al
-fin al suelo con gran estrépito de escombros, que llenaron de polvo el
-espacio. Tras él se abatieron dos torreones más y un gran lienzo de
-muralla, sepultando entre los escombros á los defensores más tenaces,
-que quisieron permanecer en su puesto hasta el último momento.</p>
-
-<p>Una exclamación formidable, un alarido de salvaje alegría, contestó
-desde afuera á la caída de los muros. Al través de la abierta brecha
-vióse desde las calles de la ciudad la campiña desolada y un extremo
-del campamento. Brillaban las armas en el denso ambiente, enrojecido
-por el polvo de los escombros; veíase avanzar<span class="pagenum"
-id="Page_303">p. 303</span> obscuras masas y resonaba el bramido de los
-cuernos.</p>
-
-<p>—¡El asalto!... ¡Los cartagineses que entran!...</p>
-
-<p>Y de todos los puntos de la ciudad acudían gentes armadas. Las
-estrechas calles vecinas á la muralla vomitaban grupos y más grupos
-que llegaban vociferantes, blandiendo espadas y hachas, con el aspecto
-resuelto del que ha decidido morir. Escalando los escombros fueron á
-colocarse de pie en la brecha; y este espacio abierto, ancha herida
-que rasgaba el cinturón de piedra de la ciudad, quedó cubierto por una
-muchedumbre abigarrada que blandía sus armas formando una masa sólida é
-inquebrantable.</p>
-
-<p>Acteón estaba en la primera fila. Cerca de él vió al prudente Alco,
-que había cambiado su báculo por la espada, y muchos de aquellos
-tranquilos comerciantes, cuyas caras astutas parecían ennoblecidas por
-la heroica resolución de morir antes que dejar paso á los enemigos.</p>
-
-<p>Cuando éstos llegaron al asalto tuvieron que chocar con la ciudad
-entera. De nada les servían la torre de asedio, los arietes y
-catapultas; la lucha era cuerpo á cuerpo, y los mismos sitiados no
-empleaban ya la <i>falárica</i>, sino la espada y el hacha.</p>
-
-<p>Hanníbal, á pie, guiaba las falanges, que avanzaban con las picas
-bajas ó la espada en<span class="pagenum" id="Page_304">p. 304</span>
-alto. Peleaba como un soldado, ansioso por acabar aquel sitio que
-retardaba sus planes; comprendiendo que estaba en el momento decisivo
-y un esfuerzo supremo podía hacerle dueño de la ciudad. Con palabras
-entrecortadas hablaba á los soldados en los distintos idiomas de sus
-tribus, recordando las grandes riquezas de la ciudad, la hermosura de
-las griegas, el considerable número de esclavos que había dentro de
-los muros; y los baleares acometían con la cabeza baja, avanzando sus
-picas de madera con la punta endurecida por el fuego; los celtíberos
-rugían sus cantos de guerra, golpeándose el pecho como un sonoro tambor
-y descargando las cortantes espadas de dos filos; y los númidas y
-mauritanos, descendidos de sus caballos, iban de un lado á otro astutos
-y recelosos, arrojando sobre los sitiados los dardos de su cinturón,
-oculto bajo los blancos velos.</p>
-
-<p>Todo en vano. La brecha era una angosta garganta. El ejército
-cartaginés, á pesar de la superioridad numérica, tenía que estrechar
-su frente para batirse en tan reducido espacio, y, equilibradas
-las fuerzas, los saguntinos eran los que llevaban la mejor parte,
-rechazando á los sitiadores tantas veces como intentaban subir
-la pendiente de escombros. Hundíanse las espadas en las carnes,
-produciendo las atroces heridas de las guerras de la antigüedad;
-rasgábanse los pechos al brutal impulso de las picas; agarrá<span
-class="pagenum" id="Page_305">p. 305</span>banse los combatientes,
-enredando sus brazos como sarmientos, trabándose las piernas, haciendo
-crujir sus pechos jadeantes como fuelles, y rodaban por el suelo
-mordiéndose el rostro. Al levantarse algunas veces el vencedor,
-ostentaba con orgullo entre los dientes, una piltrafa sangrienta.</p>
-
-<p>Subían las tropas de Hanníbal como un huracán la pendiente de la
-brecha, y á su choque conmovíase la masa de defensores: pero ninguno
-retrocedía; había que morir, firmes en el puesto, teniendo á las
-espaldas una compacta multitud que obligaba á ser valiente, no dejando
-espacio para huir.</p>
-
-<p>Así duró el combate algunas horas. Los cadáveres, amontonándose
-entre los sitiados y los asaltantes, dificultaban el avance de éstos.
-Comenzaba á ponerse el sol, y Hanníbal se sentía fatigado por la
-tenaz resistencia, contra la que se estrellaban todos sus esfuerzos.
-Confiando aún en su buena suerte, hizo sonar las trompas para un último
-asalto; pero en el mismo instante ocurrió una cosa inaudita, que
-desconcertó al caudillo, sembrando la confusión en sus tropas.</p>
-
-<p>Acteón no supo realmente de dónde partió la voz. Tal vez fué una
-alucinación de la fe; la invención de algún entusiasta cansado de
-permanecer á la defensiva.</p>
-
-<p>—¡Los romanos! —gritó una voz—. ¡Nuestros aliados que llegan!...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_306">p. 306</span>La noticia se
-esparció con la credulidad que da el peligro. Corría de unos á otros
-la versión de que los vigías de la torre de Hércules acababan de ver
-una flota navegando hacia el puerto, y nadie preguntaba quién había
-traído á la brecha la agradable nueva. Todos la aceptaban, añadiéndola
-por propia cuenta nuevos detalles; y brillaban los ojos de alegría,
-se coloreaban los rostros, y hasta los heridos que se arrastraban por
-entre los escombros levantaban los brazos gritando:</p>
-
-<p>—¡Los romanos! ¡Ya vienen los romanos!</p>
-
-<p>De repente, sin orden alguna, por común instinto, como si los
-empujase una fuerza invisible, se arrojaron fuera de la brecha,
-escombros abajo, cayendo como una avalancha sobre los sitiadores que se
-agrupaban para dar el último asalto.</p>
-
-<p>Lo inesperado del choque, la fuerza de la sorpresa, aquel grito:
-«¡Los romanos! ¡los romanos!», que lanzaban con tanta convicción los
-saguntinos, sembraron la dispersión en las tribus bárbaras de Hanníbal.
-Se defendieron; pero toda la ciudad caía sobre ellos; hasta las mujeres
-y los muchachos combatían como en la mañana que murió Therón; y los
-soldados de Hanníbal, esparcidos en pequeños grupos, sin ver ni oir á
-sus jefes, emprendieron la fuga hacia el campamento.</p>
-
-<p>Hanníbal corría, gritando de furor, enloque<span class="pagenum"
-id="Page_307">p. 307</span>cido, al ver que los sitiados repelían por
-segunda vez sus tropas. Tanta era la ceguedad de su cólera, que se
-introdujo entre los enemigos, y varias veces se vió próximo á caer bajo
-sus golpes.</p>
-
-<p>Comenzaba á anochecer. Los combatientes saguntinos llegaban ya
-á las inmediaciones del campamento, mientras la gente menuda de la
-ciudad se esparcía por el campo, rematando á los heridos é intentando
-incendiar las máquinas de asedio. Las hubieran destruído todas á no ser
-por Marbahal, el lugarteniente de Hanníbal, que salió del campamento
-con algunas cohortes de jinetes. Los sitiados, no pudiendo resistir á
-la caballería en campo raso, fueron retirándose lentamente. Al cerrar
-la noche ocupaban de nuevo la brecha, comentando á gritos aquella
-victoria, que templaba su desaliento por la ausencia de los romanos.</p>
-
-<p>Acteón, con algunos saguntinos de los que más se distinguían en los
-combates, se ocupaba de fortificar la ciudad. Hablaba á los viejos del
-Senado de lo difícil que era defender largamente aquella abertura. Era
-imposible repetir muchas veces el prodigio de aquella tarde. Y á la luz
-de las antorchas, pasó la muchedumbre toda la noche trabajando dentro
-de la brecha, abatiendo tejados y derribando muros.</p>
-
-<p>Los comerciantes y los esclavos, las ricas ciudadanas y las mujeres
-de los arrabales, todos<span class="pagenum" id="Page_308">p.
-308</span> confundidos, empuñaban picos, rodaban piedras y acarreaban
-espuertas de barro. Hasta los Ancianos del Senado tomaban parte en
-este trabajo titánico, que duró toda la noche y gran parte del día
-siguiente.</p>
-
-<p>Eufobias el filósofo, que permanecía inactivo ante los insultos de
-los que trabajaban, evocaba irónicamente el recuerdo de los primitivos
-fundadores de la ciudad, cíclopes que manejaban piedras como montañas y
-habían hecho arriba la base de la Acrópolis.</p>
-
-<p>En la tarde del día siguiente, cuando cesaban los trabajos,
-comenzó á moverse el ejército sitiador. Marchó en masa al asalto,
-silencioso, sombrío, adivinándose en él la resolución de apoderarse
-al primer empuje de aquella brecha que el día anterior había sido su
-vergüenza.</p>
-
-<p>Atravesaron las nubes de flechas y piedras que los sitiados les
-arrojaban, y corriendo las primeras cohortes, subieron por los
-escombros, luchando con los saguntinos más audaces, que todavía les
-disputaban la brecha. Tras un breve combate, los sitiadores quedaron
-dueños de la entrada de la ciudad, y prorrumpieron en exclamaciones de
-triunfo.</p>
-
-<p>Hanníbal marchaba al frente de sus soldados animosamente; pero al
-llegar á la cresta de la brecha, retrocedió un paso con expresión de
-disgusto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_309">p. 309</span>Frente á él,
-extendíase un vasto espacio de casas arrasadas, y más allá de los
-montones de escombros, elevábase un segundo muro monstruoso, construído
-de prisa, como si un enorme escobazo hubiese colocado á la entrada de
-la ciudad todos los despojos de su interior. Grandes sillares, masas de
-mampostería, columnas rotas, apilábanse con la misma regularidad que
-los bloques de una muralla, y los intersticios estaban cubiertos de
-barro todavía fresco. Este muro, levantado á toda prisa por el supremo
-esfuerzo de la ciudad entera, era más alto que el anterior, y formando
-una curva, se unía con las dos cortinas de las antiguas murallas que
-aún estaban en pie.</p>
-
-<p>Hanníbal palideció de rabia al ver que todos sus esfuerzos sólo
-servían para hacerle dueño de un pedazo de suelo de la ciudad, cubierto
-de ruinas, y que por arte prodigioso, los muros que él derribaba
-volvían á levantarse más allá, en una sola noche. Sagunto destruiría
-sus casas para fortificarse con nuevos recintos, cortándole el paso.
-Tendría que conquistar el terreno palmo á palmo, calle por calle,
-y le costaría meses y años ir estrechándola, primero en torno del
-Foro, después en lo alto de la Acrópolis, antes de conseguir que se
-rindiera.</p>
-
-<p>En la cima de la nueva muralla mostrábanse los saguntinos tan
-resueltos como el día anterior, y sus arcos y hondas detuvieron el
-empuje<span class="pagenum" id="Page_310">p. 310</span> de los
-asaltantes, que acabaron por retroceder, quedando al abrigo de los
-escombros de la brecha.</p>
-
-<p>Hanníbal, fuera del recinto de la ciudad, reflexionaba contemplando
-las alturas de la Acrópolis. Adivinaba la posibilidad de perder todo
-su ejército lentamente si seguía atacando Sagunto por la parte llana y
-débil, donde los sitiados defendían tenazmente el terreno. Y llamando
-á Marbahal y á su hermano Magón, les habló de la necesidad de tomar un
-punto de la altura; de asaltar una parte de la inmensa Acrópolis, para
-desde allí hostilizar á la ciudad, obligándola á rendirse.</p>
-
-<p>Transcurrieron algunos días sin que se reanudaran las hostilidades
-por la parte del río. Las máquinas de guerra se habían trasladado al
-pie del monte, y enviaban sus pesados proyectiles contra los muros más
-extremos de la Acrópolis. Estos eran viejos y no habían sido reparados,
-por fiar los saguntinos en lo inexpugnable de la altura.</p>
-
-<p>Además, el número de defensores no bastaba para atender al extenso
-recinto de Sagunto, mientras el sitiador disponía de una inmensa
-muchedumbre armada que podía lanzarse sobre varios puntos á la vez.</p>
-
-<p>Una noche, Acteón encontró en el Foro á Sónnica que le buscaba,
-seguida de Alco el Prudente.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_311">p. 311</span>—Los Ancianos
-necesitan de tí —dijo con tristeza la hermosa griega—. He aquí Alco,
-que desea hablarte.</p>
-
-<p>—Escucha, ateniense —dijo con gravedad el saguntino—. Los días pasan
-y no llega de Roma el necesario socorro. ¿Es que nuestros legados no
-pudieron llegar al territorio de la nación aliada, y el Senado de la
-gran República ignora nuestra situación? ¿Es que en Roma se imaginan
-que Hanníbal, arrepentido de su audacia, ha levantado el sitio?...
-Necesitamos saber qué es lo que nuestra aliada piensa de nosotros;
-queremos que el Senado de Roma conozca detalladamente lo que hace
-Sagunto; y los Ancianos, por indicación mía, han pensado en tí.</p>
-
-<p>—¿En mí?... ¿Y qué quieren? —preguntó Acteón con extrañeza, mirando
-á la triste Sónnica.</p>
-
-<p>—Quieren que esta misma noche partas para Roma. Aquí tienes oro:
-toma estas tablillas que servirán para que el Senado te reconozca
-como mensajero de Sagunto. No te enviamos á una fiesta. La salida es
-difícil, y más difícil aún encontrar en estas costas infestadas de
-enemigos, quien te lleve hasta Roma. Debes partir esta noche; ahora
-mismo si es posible, descolgándote de las murallas de la Acrópolis por
-la parte opuesta del monte, donde apenas hay enemigos. Mañana, tal vez
-sea tarde. Huye y vuelve pronto con el auxilio ansiado.</p>
-
-<p>Acteón tomó el oro y las tablillas que le ofre<span class="pagenum"
-id="Page_312">p. 312</span>cía Alco, pero no sin excusarse,
-comprendiendo la gravedad de la misión.</p>
-
-<p>—Nadie mejor que tú puede hacer esto —dijo el saguntino—. Por eso
-he pensado en tí. Has pasado tu vida corriendo el mundo; hablas muchas
-lenguas y no te faltan astucia y valor... ¿Conoces Roma?</p>
-
-<p>—No: el padre de mi padre hizo la guerra contra ella, á las órdenes
-de Pirro.</p>
-
-<p>—Ve, pues, ahora á ella como amigo, como aliado, y quieran
-los dioses que algún día bendigamos el momento en que llegaste á
-Sagunto.</p>
-
-<p>Acteón no parecía resuelto á partir. Le pesaba como una vergüenza
-abandonar la ciudad en aquel trance supremo, dejar á Sónnica dentro de
-una población sitiada.</p>
-
-<p>—Yo soy un extranjero, Alco —dijo con sencillez—. Ningún vínculo
-de sangre me une á vuestra suerte. ¿No temes que huya para siempre
-dejándoos abandonados?</p>
-
-<p>—No, ateniense: te conozco y por esto he respondido de tu fidelidad
-ante los Ancianos. Sónnica también ha jurado que volverás si no se
-apoderan de tí los enemigos.</p>
-
-<p>El griego miró á su amada como preguntándola si debía partir, y ella
-bajó la cabeza, resignada ante el sacrificio. Acteón, después de esto
-se mostró resuelto.</p>
-
-<p>—Salud, Alco. Dí á los Ancianos que el ateniense Acteón será
-crucificado en el campo de<span class="pagenum" id="Page_313">p.
-313</span> Hanníbal ó comparecerá ante el Senado de Roma repitiendo
-vuestras quejas.</p>
-
-<p>Besó á Sónnica en los ojos varias veces, y la hermosa griega,
-conteniendo sus lágrimas, quiso seguirle con Alco hasta lo alto de la
-Acrópolis, para verle algunos momentos más.</p>
-
-<p>Marcharon los tres en la obscuridad, por las explanadas de la ciudad
-antigua, á lo largo de los muros de la Acrópolis. Habían apagado su
-antorcha para no llamar la atención de los sitiadores y caminaban
-guiados por la difusa luz de las estrellas, que parecían brillar con
-más intensidad, como aguzadas por el frío de aquella noche, que era de
-las primeras de invierno.</p>
-
-<p>Alco buscaba un lugar de la muralla que le habían indicado los
-Ancianos más conocedores de la Acrópolis. Cuando llegaron á él, el
-saguntino encontró á tientas el extremo de una gruesa soga atada á una
-almena y lo arrojó en el espacio.</p>
-
-<p>La partida se verificaba en el más absoluto secreto. Los mismos
-Ancianos que habían acordado el viaje del mensajero y preparado su
-fuga, se ocultaban para no presenciarla. Sónnica se abrazó sollozando
-al cuello de Acteón.</p>
-
-<p>—Parte pronto, ateniense —dijo el saguntino con impaciencia—.
-Esta primera hora de la noche es la mejor; aún circulan por el campo
-grupos de soldados antes de entregarse al sueño. Ahora pasarás sin
-que te reconozcan: más tarde,<span class="pagenum" id="Page_314">p.
-314</span> en el silencio de la noche, te sorprenderían los
-centinelas.</p>
-
-<p>Acteón se libró de los brazos de Sónnica, y echando el cuerpo fuera
-de los muros, agarró la cuerda en la obscuridad.</p>
-
-<p>—Ten confianza en nuestros dioses —dijo Alco como última
-recomendación—. Aunque parezca que nos abandonan, siempre velan por
-Sagunto. Hace poco, un esclavo fugitivo del campamento, ha revelado
-ante los Ancianos que los Vaceos y los Calpenses, hartos de sufrir las
-rapiñas de los destacamentos que Hanníbal envía para adquirir víveres,
-se han sublevado contra él, degollando á sus emisarios. Parece que
-Hanníbal, con una parte de su ejército, habrá de abandonar el sitio
-para ir á castigarles. Tendremos enfrente menos enemigos; y si tú
-vuelves con las legiones de Roma, Sagunto será para los cartagineses lo
-que las islas Egatas fueron para ellos en Sicilia... ¡Ay! ¡Cuánto mejor
-es la paz!</p>
-
-<p>Con esta melancólica exclamación se despidió Alco del griego,
-mientras éste descendía por la cuerda silenciosamente. Al poco rato
-sus pies tropezaron con una de las peñas en las que descansaba el
-muro. Soltó la cuerda y comenzó á deslizarse á tientas, agarrándose
-en su descenso, que parecía una caída, á los míseros olivos que se
-retorcían en aquellas alturas como si se quejasen de la opresión de los
-peñascos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_315">p. 315</span>Á los pies del
-griego, en la negra soledad de la llanura, brillaban algunas hogueras.
-Eran tal vez guardias avanzadas del campamento que vigilaban aquella
-parte de la montaña; merodeadores de los que seguían al ejército,
-establecidos allí, lejos de las miradas de Hanníbal.</p>
-
-<p>Acteón llegó al llano y comenzó á caminar sigilosamente, agachado,
-á lo largo de un ribazo de piedras, deteniéndose muchas veces para
-escuchar, conteniendo la respiración. Creía que le seguían; que
-alguien caminaba tras él cautelosamente. Veía cerca una gran hoguera,
-y destacándose sobre su humo rojo, algunas siluetas de hombres y
-mujeres.</p>
-
-<p>Cuando se erguía explorando los obscuros campos para dar un rodeo
-que le alejase de la hoguera, sintió que le cogían por los hombros, y
-una voz ronca murmuró en su oído entre estúpidas risotadas:</p>
-
-<p>—Ya te tengo... En vano te ocultas.</p>
-
-<p>Acteón se desasió de aquellas manos, y tirando del ancho cuchillo
-que llevaba en el cinto, dió un salto, quedando frente al desconocido
-en actitud de defensa. Era una mujer. El griego veía á la difusa luz de
-las estrellas su actitud de indecisión y sorpresa.</p>
-
-<p>—¿No eres Gerión el hondero? —murmuró, tendiendo sus manos al
-ateniense.</p>
-
-<p>Se miraron casi tocándose en la obscuridad,<span class="pagenum"
-id="Page_316">p. 316</span> y el griego reconoció en aquella mujer á la
-infeliz <i>loba</i> que le había alimentado la primera noche de su llegada
-á Sagunto. Ella parecía aún más sorprendida que el ateniense por el
-encuentro.</p>
-
-<p>—¿Eres tú, Acteón?... Parece que los dioses me ponen en tu camino,
-á pesar de que me desprecias... Huyes de la ciudad, ¿verdad? Te
-habrás cansado de Sónnica la rica; no quieres perecer como todos esos
-mercaderes que Hanníbal el invencible pasará á cuchillo. Haces bien.
-Huye; aléjate.</p>
-
-<p>Y miraba con zozobra la cercana fogata, como si temiese la
-aproximación de los soldados que se calentaban en torno de ella, riendo
-y bebiendo con un grupo de <i>lobas</i> del puerto.</p>
-
-<p>La mísera cortesana, ahogando su voz, relataba al griego por qué
-se hallaba allí. Era la amante de Gerión, un hondero balear. Éste
-había abandonado á sus compañeros un momento antes, huyendo de ella
-para no entregarla el dinero de la última soldada, y buscándolo, había
-tropezado con Acteón. Podía volver; podían aproximarse los compañeros,
-atraídos por las voces: allí estaban mal... ¿Qué pensaba hacer?</p>
-
-<p>—Quiero llegar á la costa, seguir por ella hasta que encuentre una
-barca de pescadores que me lleve á Emporión ó á Denia. Tengo dinero
-para pagarla. Después buscaré una nave que quiera conducirme lejos, muy
-lejos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_317">p. 317</span>—No volverás,
-¿verdad?... Deseo que no vuelvas. ¡Si supieras que algunas veces,
-mientras los hombres se mataban en las murallas, pensaba en tí!... No
-te veré más; pero prefiero no verte, antes que perezcas dentro de la
-ciudad ó seas esclavo de mi amante el hondero... Hanníbal acabará con
-todos... ¡Ah, ciudad cruel! ¡Y cómo deseo ver caer bajo las tropas de
-Hanníbal á todas esas ricas, que nos hacían dar de latigazos cuando nos
-aproximábamos á ellas en el puerto!...</p>
-
-<p>La pobre cortesana, dando la mano al griego, comenzó á guiarle al
-través de los campos.</p>
-
-<p>—Ven —murmuró—. Yo te conduciré hasta la playa y allí seguirás tu
-camino, sin más amparo que el de los dioses. Viéndote conmigo, creerán
-que eres un soldado celtíbero que busca con su amante un lugar para
-pasar la noche. Ven: te alimenté en la primera noche que llegaste y te
-salvaré en la última.</p>
-
-<p>Se aproximaban al mar. Pasaron cerca de varias hogueras, siendo
-saludados por las pullas soeces de los soldados y de las mujerzuelas,
-que les creían una pareja amorosa en busca de refugio. Algunos grupos
-armados les dejaron pasar sin el menor recelo.</p>
-
-<p>Oíase cada vez más próximo el rumor de las olas sobre la arena de la
-playa. Caminaban entre juncos, hundiéndose en el tibio y pegajoso fango
-de las marismas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_318">p. 318</span>La pobre <i>loba</i> se
-detuvo.</p>
-
-<p>—Te dejo, Acteón. Si quisieras, te seguiría como una esclava.
-Pero no querrás: me conozco... nada puedo ser para tí. Te alejas
-para siempre, pero estoy contenta porque huyes de Sónnica. Antes de
-partir... ¡bésame, mi dios!... En los ojos, no... En la boca... así.</p>
-
-<p>Y el ateniense, con tierna conmiseración, conmovido por la bondad de
-aquella mísera criatura, besó sus labios secos y flácidos, que dejaban
-escapar el insufrible hedor del vino de los honderos baleares.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_8">
- <p><span class="pagenum" id="Page_319">p. 319</span></p>
- <h2 class="nobreak" title="VIII. Roma">VIII</h2>
- <p class="subh2">Roma</p>
-</div>
-
-<p>Cuando los primeros rayos del sol enrojecían las murallas del
-Capitolio, la vida de Roma había comenzado hacía más de una hora.</p>
-
-<p>Los romanos abandonaban el lecho á la luz de las estrellas.
-Rodaban en la obscuridad por las tortuosas calles los carros de la
-campiña; desfilaban los esclavos con sus cestos y útiles de labranza,
-despertados por el canto de los gallos, y cuando apuntaba el día, todas
-las casas tenían abiertas sus puertas, y los ciudadanos sin ocupación
-en los campos, marchaban á reunirse en el Foro, centro del tráfico y
-de los negocios públicos, que comenzaba á adornarse con los primeros
-templos y conservaba grandes espacios yermos, sobre los cuales se
-habían de elevar algunos siglos después las magnificencias de la Roma
-señora del mundo.</p>
-
-<p>Hacía dos días que Acteón estaba en la gran ciudad, alojado en
-una posada de extramuros es<span class="pagenum" id="Page_320">p.
-320</span>tablecida por un griego. Aún no se había extinguido en él la
-admiración que le causaba aquella República severa, viviendo casi en
-la pobreza; pueblo duro de agricultores y soldados, que llenaba con su
-fama el mundo y vivía con mayor miseria que cualquier lugarejo de los
-alrededores de Atenas.</p>
-
-<p>Esperaba Acteón comparecer ante el Senado aquel mismo día. La
-mayor parte de los Padres de la República, vivían en el campo, en las
-rústicas villas con paredes de adobes sin cocer y techo de ramaje,
-vigilando el trabajo de sus esclavos, empuñando el arado como Cincinato
-y Camilo; y cuando las necesidades del país les llamaban al Senado,
-llegaban á Roma en su carreta tirada por bueyes, entre cestos de
-verduras y sacos de grano, y con sus manos encallecidas por el trabajo,
-vestíanse la toga antes de entrar en el Foro, transfigurados por la
-majestad que les daba su alta investidura.</p>
-
-<p>El griego llegó al amanecer al Foro, encontrando la misma
-muchedumbre de todos los días. Venerables romanos envueltos en su
-toga, hablando á los jóvenes y á sus clientes del arte de colocar
-prudentemente el dinero sobre buenas prendas, principal sabiduría de
-todo ciudadano; pedagogos griegos, famélicos é intrigantes, siempre
-en busca de una colocación en aquel pueblo sombrío, más apto para
-la lucha que para la sabiduría; viejos legionarios, con el pardo
-sayo<span class="pagenum" id="Page_321">p. 321</span> lleno de
-remiendos, pensando con nostalgia en las pasadas guerras contra Pirro
-y Cartago, perseguidos por las deudas y amenazados de esclavitud por
-sus acreedores, á pesar de las cicatrices que cubrían su cuerpo; y la
-plebe, sin otro vestido que la <i xml:lang="la" lang="la">lacerna</i>
-(corta capa de paño burdo rematada por el <i xml:lang="la"
-lang="la">cuculus</i>, capucha puntiaguda), la inmensa plebe romana
-explotada y oprimida por los patricios, soñando siempre como remedio á
-sus males con nuevos repartos de las tierras públicas, que lentamente,
-por medio de la usura, iban á parar á manos de los ricos.</p>
-
-<p>En las gradas de los Comicios se reunían los ciudadanos de una tribu
-para tratar del testamento de uno de los suyos que acababa de morir.
-Cerca de la tribuna de las arengas, algunos centuriones veteranos
-con coturnos y casco de bronce, apoyados en bastones de sarmientos
-trenzados, divisa de su categoría militar, discutían el sitio de
-Sagunto y la audacia de Hanníbal, deseando marchar inmediatamente
-contra el cartaginés.</p>
-
-<p>Sobre los grandes bloques de piedra azul que pavimentaban el Foro,
-establecían los vendedores de bebidas calientes sus grandes cráteras,
-golpeándolas con el cazo para atraer á la gente; y al pie de las gradas
-del templo de la Concordia, unos bufones etruscos, enmascarados con
-horrorosas carátulas, comenzaban su mímica grotesca, haciendo acudir
-los<span class="pagenum" id="Page_322">p. 322</span> niños y los
-desocupados de todos los extremos de la plaza.</p>
-
-<p>Hacía frío. Soplaba el viento helado y húmedo de las lagunas
-Pontinas; el cielo era gris, y de la muchedumbre agolpada en el Foro
-salía un zumbido opaco y continuo. Acteón comparaba esta plaza con la
-alegre Ágora de Atenas y aun con el Foro de Sagunto en sus días de paz.
-Faltaba en Roma la alegría griega, la dulce y regocijada ligereza de
-un pueblo artista que desprecia las riquezas, y si comercia es para
-vivir mejor. Era un pueblo frío y triste, dado al lucro y al ahorro,
-desdeñoso del ideal, sin más industria que la agricultura y la guerra,
-exprimiendo el terruño y robando al enemigo; rutinario, sin iniciativa
-y sin juventud.</p>
-
-<p>—Este pueblo —se decía el ateniense— parece que no ha tenido nunca
-veinte años. Hasta los niños nacen viejos.</p>
-
-<p>Y Acteón pensaba en lo que había visto durante dos días con su
-sagacidad de griego: la cruel disciplina de la familia, de la religión
-y del Estado á que vivían sometidos todos los ciudadanos; su total
-desconocimiento de la poesía y el arte: aquella educación férrea y
-triste, basada únicamente en el deber, que obligaba á todo romano á una
-larga y penosa obediencia para poder mandar algún día.</p>
-
-<p>El padre, que era en Grecia un amigo, resultaba en Roma un tirano.
-Para la ciudad latina<span class="pagenum" id="Page_323">p. 323</span>
-no existía más ser que el padre de familia: la esposa, los hijos, los
-clientes, estaban casi al nivel de los esclavos; eran instrumentos de
-trabajo sin voluntad y sin nombre. Los dioses sólo oían á él; era en
-su casa sacerdote y juez; podía matar á la mujer, vender los hijos
-por tres veces, y su autoridad sobre la prole persistía al través
-de los años, temblando el cónsul vencedor, el senador omnipotente,
-cuando estaba en presencia de su padre. Y en esta organización sombría
-y despótica, más triste aún que la de Esparta, adivinaba Acteón una
-fuerza latente incubada en el misterio, que algún día rompería su
-envoltura, abarcando al mundo como en un abrazo de hierro. El griego
-detestaba este pueblo sombrío, pero lo admiraba.</p>
-
-<p>Su rudeza, el espíritu belicoso y duro de la raza, se revelaba en
-el Foro. En lo alto del monte sagrado, el Capitolio era una verdadera
-fortaleza, con muros desnudos y sombríos, limpios de los adornos que
-hacían brillar con eterna sonrisa la ciudadela de Atenas. El templo
-de Júpiter Capitolino, apenas sobresalía sobre las murallas con su
-techo bajo y sus filas de columnas achatadas y robustas, como si
-fuesen torreones. Abajo, en el Foro, igual fealdad grave y sombría.
-Los edificios eran bajos y robustos; más bien parecían construcciones
-de guerra, que templos á los dioses y edificios públicos. Del Foro
-partían las grandes vías roma<span class="pagenum" id="Page_324">p.
-324</span>nas, el único embellecimiento á que se dedicaba Roma por
-la utilidad que reportaban como caminos para las legiones y para los
-arrastres de la agricultura. Desde el Foro veíase partir en línea
-recta la vía Apia, pavimentada de piedra azul, con sus dos hileras de
-tumbas que comenzaban á elevarse en las inmediaciones de la ciudad,
-perdiéndose al través de la campiña con dirección á Capua; y del
-extremo opuesto partía la vía Flaminia, que iba á buscar la costa,
-remontándose hasta la tierra de los Cisalpinos. Sobre la inmensa
-campiña destacábanse, como fajas ondulantes y rojas, los primeros
-acueductos construídos bajo la censura de Apio Claudio para surtir
-la ciudad de fresca agua de las montañas, combatiendo así los aires
-corrompidos de las lagunas Pontinas.</p>
-
-<p>Pero aparte de estos rudos monumentos, la ciudad extensa,
-gigantesca, que podía poner por sí sola sobre las armas más de ciento
-cincuenta mil combatientes, presentaba un aspecto salvaje y miserable,
-casi semejante al de aquellas tribus que había visto Acteón en su viaje
-por la Celtiberia.</p>
-
-<p>Escaseaban los edificios con piso superior: la mayoría eran grandes
-cabañas con muros redondos de piedra ó barro y techumbres cónicas de
-tablas y troncos. Después que los galos incendiaron Roma, la ciudad
-había sido reconstruída en un año, al azar, con precipitada lige<span
-class="pagenum" id="Page_325">p. 325</span>reza. Amontonábanse las
-casas en determinados barrios, hasta el punto de no dejar más que
-el espacio de un hombre para circular entre ellas, y esparcíanse
-en otros como si fuesen villas campestres, rodeadas de pequeños
-campos, dentro de las murallas de la ciudad. Las calles no existían:
-eran prolongaciones tortuosas de los caminos que conducían á Roma;
-arterias formadas por la casualidad, que se enroscaban, siguiendo las
-sinuosidades de una caprichosa construcción, y de repente desembocaban
-en grandes terrenos baldíos, donde iban amontonándose los desperdicios
-de los vecinos y graznaban por la noche los cuervos, picoteando las
-carroñas de los perros y los asnos muertos.</p>
-
-<p>La ruda pobreza de esta ciudad de agricultores, prestamistas y
-soldados, reflejábase en el exterior de sus habitantes. Las altivas
-matronas hilaban la lana y el cáñamo á la puerta de sus casas, sin otro
-traje que una túnica de burdo tejido y algunos adornos de bronce en
-el pecho y las orejas; las primeras piezas de plata se habían acuñado
-luego de la guerra con los Samnitas; el <i>as</i> de cobre grosero y pesado
-era la moneda corriente, y los ricos objetos griegos traídos por las
-legiones después de la guerra de Sicilia, casi recibían adoración
-en las casas de los patricios, y se miraban de lejos como amuletos
-que podían corromper la virtud de las rudas costumbres romanas. Los
-senadores que<span class="pagenum" id="Page_326">p. 326</span> poseían
-grandes territorios y centenares de esclavos, paseaban por el Foro con
-cívico orgullo su toga llena de remiendos. En toda Roma sólo existía
-una vajilla de plata, propiedad de la República, que pasaba de casa
-de un patricio á la de otro cuando llegaba un enviado de Grecia, un
-embajador de Sicilia ó un mercader opulento de Cartago, habituado á los
-refinamientos asiáticos, y había que dar banquetes en su honor.</p>
-
-<p>Acteón, acostumbrado á las disputas filosóficas del Ágora ateniense,
-á los diálogos sobre poesía ó sobre misterios del alma apenas se
-reunían dos griegos sin ocupación, iba por el Foro atento á las
-conversaciones, en un latín rudo é inflexible que hería sus oídos de
-ateniense. En un grupo hablaban de la salud de los rebaños y del precio
-de la lana; en otro se ajustaba la venta de un buey, en presencia de
-cinco ciudadanos de edad adulta que servían de testigos. El comprador
-ponía en una balanza el bronce, precio de la compra, y tocando con
-la mano el buey, decía con acento solemne, como si recitase una
-oración:</p>
-
-<p>—Esto es mío, según la ley de los Quirites: lo he pagado con este
-metal bien pesado.</p>
-
-<p>Más allá, un legionario de cara famélica ajustaba un préstamo con un
-anciano, ofreciéndole como prenda su casco y sus grebas, y pronunciaban
-las fórmulas de la ley para tal caso.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_327">p. 327</span>—<i xml:lang="la"
-lang="la">¿Dari spondes?</i> (¿Prometes dar?) —preguntaba el soldado.</p>
-
-<p>—<i xml:lang="la" lang="la">Spondeo.</i> (Prometo) —contestaba el
-prestamista.</p>
-
-<p>Y el trato quedaba cerrado con estas solemnes palabras, de las
-cuales una sola sílaba cambiada era suficiente para anular la
-operación, pues los romanos profesaban un respeto supersticioso á la
-letra y la fórmula de sus leyes.</p>
-
-<p>En otro grupo se discutían las condiciones que debe tener un esclavo
-para ser útil á su señor y que éste lo conserve; y en todo el Foro
-aquel pueblo grave, austero y sin ideal, sólo hablaba de bienes y de la
-manera de acrecentarlos.</p>
-
-<p>El griego se fijó en un joven que apenas llegado á los veinte años,
-mostraba la gravedad de un viejo. Sus cabellos cortados al rape eran
-rojos, y su mirada dura tenía una expresión de inteligencia y astucia.
-Caminaba lentamente al lado de un muchacho que le escuchaba con
-atención como si fuese su maestro.</p>
-
-<p>—Aunque tu padre es Cónsul —decía el rojo— debes tener presente,
-Scipión, que para ser buen ciudadano y servir á la República, no sólo
-hay que manejar la lanza y el caballo, sino saber trabajar la tierra
-y conocer los secretos del cultivo. Tal vez algún día mandes nuestros
-ejércitos, y no sólo tendrás que conquistar tierras para Roma, sino
-cultivarlas y que produzcan mucho. ¿No lo comprendes?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_328">p. 328</span>—Sí; Catón —dijo el
-adolescente.</p>
-
-<p>—Cada día debes aprender un mes del calendario que hicieron nuestros
-antepasados. Quedando todo él fijo en tu memoria, te será más fácil
-ordenar pronto y bien á tus esclavos lo que deben hacer en los campos.
-Ayer te enseñé el mes de Mayo: repítelo, Scipión.</p>
-
-<p>—«Mes de Mayo —recitó el muchacho frunciendo las cejas para
-concentrar más su memoria—. Treinta y un días. Las nonas caen el
-séptimo día. El día tiene catorce horas y media: la noche nueve horas
-y media. El sol está en el signo de Tauro: el mes bajo la protección
-de Apolo. Se escardan los trigos. Se esquilan las ovejas. Se lava la
-lana. Se ponen en yugo los toros nuevos. Se cortan de los prados las
-arvejas. Se hace la lustración de las cosechas. Sacrificios á Mercurio
-y á Flora.»</p>
-
-<p>—Lo recuerdas bien, Scipión. Nuestros antecesores no tenían ni
-deseaban otra ciencia; les bastaba con saber lo que debía hacerse en
-todos los meses del año; y con esto, y valor y audacia para conservar
-sus campos y apoderarse de las tierras de los vecinos, fundaron nuestra
-ciudad, que crece y crecerá hasta ser la primera de la tierra. No somos
-charlatanes como los griegos, que se arrodillan con admiración ante
-los monigotes de mármol y disputan como bufones sobre lo que hay más
-allá de la muerte. No somos locamente ambiciosos como los cartagi<span
-class="pagenum" id="Page_329">p. 329</span>neses, que basan su vida en
-el comercio y entregan todas sus riquezas al mar. Nuestra vida está en
-la tierra; somos más rudos, pero más sólidos que los otros pueblos;
-caminamos más despacio, pero iremos más lejos. En la tierra que pisamos
-por vez primera, no plantamos la tienda como otros; hundimos el arado,
-y por esto lo que toma Roma nadie se lo quita. No olvides esto,
-Scipión.</p>
-
-<p>El ateniense les seguía de cerca. Las palabras de aquel viejo
-de veinte años, le enseñaban más que sus observaciones. Roma
-parecía hablar por su boca en aquella lección al hijo de uno de sus
-cónsules.</p>
-
-<p>—Debes saber también —continuó Catón— las reglas domésticas de todo
-buen ciudadano. Cuando nuestros padres querían alabar á un hombre de
-bien, le llamaban «buen labrador». Este era el mayor elogio. Entonces
-se vivía en las mismas tierras, en las tribus rústicas, que eran las
-más honorables de todas, y no se venía á Roma más que en los días de
-mercado y de comicios. Aún quedan buenos ciudadanos que hacen la vida
-sana de Cincinato y de Camilo, y sólo vienen cuando se reúne el Senado:
-pero la guerra, con sus expediciones á países nuevos, ha corrompido á
-muchos que sólo quieren vivir en la ciudad, y el antiguo hogar romano
-con su techo de tablas y sus sencillos penates lo sustituyen con casas
-llenas de columnatas como si<span class="pagenum" id="Page_330">p.
-330</span> fuesen templos, y adornadas con dioses y diosas que se hacen
-traer de Grecia.</p>
-
-<p>El gesto austero de Catón demostraba un inmenso desprecio por estos
-refinamientos importados que comenzaban á quebrantar la rudeza de su
-país.</p>
-
-<p>—En el campo, el buen ciudadano no debe perder ni un día. Si el
-tiempo le impide salir, debe entretenerse limpiando los establos y
-corrales, componiendo los enseres viejos y vigilando á las mujeres para
-que remienden la ropa. Aun en los días de fiesta, se puede hacer algo:
-regar los espinos, bañar el ganado, ir á la ciudad á vender aceite ó
-fruta. No hay que perder el tiempo consultando á los arúspices, ó á los
-augures, ni entregarse á cultos que obliguen al ciudadano á abandonar
-su casa. Bastan los dioses del hogar ó de la más próxima encrucijada.
-Los Lares, los Manes y los Silvanos, son suficientes para proteger á
-un buen ciudadano. Nuestros padres no tuvieron otros, y, sin embargo,
-fueron grandes.</p>
-
-<p>El pequeño Scipión le escuchaba atentamente, pero sus ojos se
-fijaban en dos mocetones de la Campania, que con el <i xml:lang="la"
-lang="la">cuculus</i> caído sobre los hombros, se daban de puñetazos
-junto á un vendedor de vino cocido. Las mejillas del adolescente se
-coloreaban de emoción viendo los golpes que cambiaban los dos atletas,
-estremeciendo sus duros músculos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_331">p. 331</span>—Si el ciudadano
-vive en Roma —continuó Catón sin fijarse en este incidente, que no
-alteraba la gravedad del Foro— debe abrir desde la aurora la puerta de
-su casa para explicar la ley á los clientes y colocar con prudencia
-su dinero, enseñando á los jóvenes el arte de aumentar los ahorros
-y evitar ruinosas locuras. El padre de familia debe hacer dinero de
-todo y no perder nada. Si da sayos nuevos á sus esclavos, debe recoger
-los viejos para otros usos. Debe vender el aceite y lo que le quede
-de vino y trigo al final del año. Venda también los bueyes viejos,
-las terneras, corderos, la lana, las pieles, los carros inservibles,
-el herraje enmohecido, los esclavos valetudinarios y las esclavas
-enfermas: venda siempre. El padre de familia debe ser vendedor: no
-comprador. Fíjate bien en esto, Scipión.</p>
-
-<p>Pero Scipión estaba inquieto y apenas le oía.</p>
-
-<p>Los campesinos habían cesado de golpearse, y el adolescente miraba
-lejos, á la parte del río, deseando marcharse.</p>
-
-<p>—Catón; es la hora de la lucha. Tengo que ir á la orilla del Tíber
-para amaestrarme en la carrera y el pugilato y hacer después una hora
-de natación.</p>
-
-<p>—Marcha cuando quieras y guarda mis consejos. Después de la lección,
-sienta bien la lucha y el baño frío, que endurecen el cuerpo.<span
-class="pagenum" id="Page_332">p. 332</span> El ciudadano que quiere
-servir á su país, no sólo ha de ser prudente, sino fuerte.</p>
-
-<p>Se alejó el muchacho, y Catón, al volver sobre sus pasos, encontró
-al ateniense que le seguía. El aspecto de Acteón le atrajo, y se
-aproximó á él.</p>
-
-<p>—Griego —le preguntó—. ¿Qué te parece nuestra ciudad?</p>
-
-<p>—Es un pueblo triste, pero un gran pueblo. Sólo estoy en Roma tres
-días.</p>
-
-<p>—¿Eres acaso ese mensajero de Sagunto que hoy se presentará ante el
-Senado?</p>
-
-<p>Acteón contestó afirmativamente, y el romano se apoyó en su brazo
-con grave familiaridad, como si fuese un antiguo amigo.</p>
-
-<p>—Conseguirás muy poco —dijo—. El Senado sufre ahora una enfermedad:
-el exceso de prudencia. Yo aborrezco las locuras, no creo que Hanníbal
-sea un gran capitán desde que le veo cometer audacias como el sitio
-de Sagunto; pero no puedo tolerar con mi silencio la meticulosidad
-con que procede Roma en sus asuntos. Quiere apurar todos los medios
-para sostener la paz: teme la guerra, cuando la guerra con Cartago es
-inevitable. Ella y nuestra ciudad no caben en el mismo saco. El mundo
-es estrecho para los dos. Siempre digo lo mismo: «Destruyamos Cartago»,
-y se me ríen. Hace algunos años, al estallar allá la guerra de los
-mercenarios, podíamos haberla aplastado con gran facilidad.<span
-class="pagenum" id="Page_333">p. 333</span> Con enviar á África un par
-de legiones, los númidas sublevados y los mercenarios, hubiesen acabado
-con Cartago. Pero tuvimos miedo; Roma sólo se ocupaba después de la
-victoria en restañar sus heridas. Temimos no fuese peor el triunfo de
-la soldadesca de todos los países, y salvamos á Cartago, ayudándola á
-destruir sus mercenarios sublevados.</p>
-
-<p>—Ahora es diferente —dijo Acteón con energía—. Sagunto es una
-aliada, y si Hanníbal la hostiliza, es por el amor que la ciudad
-profesa á Roma.</p>
-
-<p>—Sí; por eso los romanos nos interesamos por su suerte; pero
-no esperes gran cosa del Senado. Le preocupan más los piratas del
-Adriático que asolan nuestras costas, la sublevación de Demetrio de
-Faros en la Illiria, contra el cual vamos á enviar un ejército mandado
-por el cónsul Lucio Emilio.</p>
-
-<p>—Pero, ¿y Sagunto? ¿Si la abandonáis, cómo va á resistir al audaz
-Hanníbal, que acaudilla las tribus más belicosas de Iberia? ¿Qué
-dirán aquellos infelices de la seriedad con que Roma cumple sus
-alianzas?...</p>
-
-<p>—Procura convencer al Senado con todas esas razones. Yo estoy
-convencido: veo en Cartago la única enemiga de Roma... ¡Si todos fuesen
-como yo!... Aceptaría las audacias del hijo de Hamílcar y declararía
-la guerra á Cartago, yendo á buscarla en su propio territorio.
-Ocurra<span class="pagenum" id="Page_334">p. 334</span> lo que ocurra,
-nosotros somos invencibles. Italia es una masa compacta, y como
-centinelas avanzados de nuestro campo, tenemos por Oriente la Illiria,
-por la parte que mira al África la Sicilia y al Occidente la Cerdeña,
-mientras que los terrenos que domina Cartago forman una cinta extensa
-de novecientas leguas, que recorre gran parte de las costas del África
-y todas las de Iberia; pero tan estrecha, y poblada por tan diversas
-razas, que con facilidad puede romperse. Aunque Roma pierda cien
-batallas, siempre será Roma; y una derrota de Cartago basta para que se
-disuelva como pueblo...</p>
-
-<p>—¡Si todos pensasen como tú, Catón!...</p>
-
-<p>—Si el Senado pensase como yo, despreciaría á Demetrio de Faros y
-hace días que sus legiones estarían en Sagunto. Tal vez se evitara con
-ello un peligro, ¡porque quién sabe dónde irá ese joven africano, y qué
-no osará si consigue conquistar sin obstáculos una ciudad aliada de
-Roma!... Por esto yo, que soy un ciudadano libre, ejerzo de pedagogo,
-como has visto hace poco. Ese muchacho es hijo del cónsul Publio
-Cornelio Scipión, y reviven en él con nueva fuerza todas las virtudes
-de su familia. Tal vez sea él el destinado á cortar el paso á Hanníbal,
-á destruir el insolente poderío de esa Cartago, con la que tropezamos
-siempre.</p>
-
-<p>Aún vagaron algún tiempo por el Foro hablando de las costumbres de
-Roma y discutiendo<span class="pagenum" id="Page_335">p. 335</span>
-acaloradamente al compararlas con las de Atenas. El severo romano tenía
-que avistarse con varios patricios para sus asuntos particulares, que
-llevaba con gran escrupulosidad, y se despidió del griego.</p>
-
-<p>Al quedar solo Acteón, sintió hambre. Aún faltaba mucho tiempo para
-la hora en que se reunía el Senado, y cansado de la sorda agitación
-del Foro salió de él, rodeando la falda del Capitolio y siguiendo una
-calle más ancha que las otras, con edificios de piedra, que mostraban
-al través de sus puertas la relativa abundancia de las familias
-patricias.</p>
-
-<p>Entró en una panadería, golpeando con un as la piedra del mostrador
-abandonado. Desde una especie de cueva le contestó una voz quejumbrosa.
-El griego vió en el lúgubre antro la muela de triturar el trigo,
-y uncido á ella un hombre, un esclavo, que la empujaba con gran
-esfuerzo.</p>
-
-<p>Salió el esclavo casi desnudo, limpiándose el sudor que chorreaba de
-su frente, y cogiendo el dinero del griego, dió á éste un pan redondo.
-Después quedó en pie, contemplando á Acteón con curiosidad.</p>
-
-<p>—¿Es tuya la panadería? —preguntó éste.</p>
-
-<p>—No soy más que un esclavo —repuso con tristeza—. Mi amo ha tenido
-que ir al Foro para hablar con los tratantes de trigo... Tú eres
-griego, ¿verdad?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_336">p. 336</span>Y antes de que
-Acteón se dignase contestarle, se apresuró á añadir con melancólico
-orgullo:</p>
-
-<p>—Yo no he sido siempre esclavo. Hace poco tiempo que lo soy, y
-cuando gozaba de libertad, mi ferviente deseo era visitar tu país. ¡Oh,
-Atenas! La ciudad donde los poetas son dioses...</p>
-
-<p>Y recitó en griego algunos versos del <i>Prometeo</i> de Esquilo,
-asombrando á Acteón con la pureza de su acento y la expresión que sabía
-comunicar á sus palabras.</p>
-
-<p>—¿Es que en Roma os dedican vuestros amos á la poesía?— dijo el
-ateniense riendo.</p>
-
-<p>—Yo era poeta antes de ser esclavo. Mi nombre es Plauto.</p>
-
-<p>Y mirando en torno como si temiera ser sorprendido por la familia
-de su amo, continuó hablando, feliz por librarse algunos momentos del
-tormento de la muela.</p>
-
-<p>—He escrito comedias. Intenté establecer en Roma el teatro, que
-es entre vosotros casi una religión. Los romanos son poco sensibles
-á la poesía. Aman las farsas; una tragedia que á vosotros os hace
-llorar, les dejaría fríos: una comedia de Aristófanes les haría dormir.
-Sólo gustan, ateniense, de los bufones etruscos, de los grotescos
-personajes de las farsas que llaman <i>atelanas</i> y de los mascarones de
-agudos dientes y cabeza deforme que desfilan rugiendo obscenidades
-en las pompas del triunfo. Apedrearían á<span class="pagenum"
-id="Page_337">p. 337</span> un héroe de vuestras tragedias, y, en
-cambio, braman de entusiasmo cuando en la entrada de un cónsul
-victorioso, pasan los soldados disfrazados con una piel de cabrón y
-un penacho de erizadas crines, y ríen al ver cómo se vengan de su
-humildad, insultando al vencedor tras su carro triunfal. Yo escribí
-comedias para este pueblo y aún las escribo en los momentos que mi
-amo cesa de apalearme para que dé vueltas al molino. Los patricios,
-los ciudadanos libres no gustan de verse sobre la escena. Aquí
-despedazarían á Aristófanes que sacaba á las tablas á los primeros
-hombres de Atenas. Mis héroes son esclavos, extranjeros y mercenarios,
-y hacían reir mucho al público. He acabado una comedia ahí dentro, en
-ese antro, ridiculizando las fanfarronadas de los guerreros. Te la
-recitaría si no temiese que de un momento á otro llegue mi amo.</p>
-
-<p>—¿Y cómo has caído en tan mísera situación después de divertir á tu
-pueblo?</p>
-
-<p>—Cometí la locura de fundar en Roma el primer teatro, á imitación
-de los de Grecia. Era una cerca de tablas en las afueras de la ciudad.
-Pedí dinero prestado, contraje deudas: el populacho venía á reir,
-pero daba poco. Me arruiné, y las sabias leyes de Roma condenan al
-que no puede pagar, á ser esclavo de su acreedor. Este panadero, que
-antes reía mis comedias y me prestaba gustoso algunos sacos de cobre,
-se<span class="pagenum" id="Page_338">p. 338</span> venga ahora de la
-pasada admiración, haciéndome dar vueltas á la muela, porque resulto
-más barato que un asno. Cada carcajada del pasado se trueca en un palo
-sobre mis espaldas. Es el destino de los poetas. También vosotros, al
-gran Esquilo, que siempre fué hombre libre, le agradecíais los versos á
-pedradas.</p>
-
-<p>Calló Plauto, y sonriendo melancólicamente, añadió:</p>
-
-<p>—Confío en el porvenir. No siempre he de ser esclavo; tal vez
-encontraré quien me devuelva la libertad. Los romanos que hacen la
-guerra y ven nuevos países, vuelven con más dulces costumbres y
-aman las artes. Seré libre, fundaré un nuevo teatro, y entonces...
-entonces...</p>
-
-<p>Y en su mirada brillaba la esperanza, como si viese ya realizados
-los ensueños con que embellecía la lobreguez de su antro, mientras
-rodaba jadeante como una bestia el enorme cono de piedra.</p>
-
-<p>Sonó ruido en el interior de la casa, y antes de que pudieran verle
-los hijos de su amo, Plauto corrió á uncirse de nuevo á la barra de
-la muela, mientras el griego salía de la tahona, asombrado por el
-encuentro.</p>
-
-<p>¿Qué pueblo era aquel que convertía al deudor en esclavo y hacía de
-los poetas bestias de carga?...</p>
-
-<p>El griego devoró su pan, paseando por el<span class="pagenum"
-id="Page_339">p. 339</span> Foro. Aguardaba la hora de reunión del
-Senado, y para emplear su tiempo, subió á la cumbre del Palatino,
-el terreno sagrado donde estaba la cuna de Roma. Allí vió el antro
-lupercal, en cuyo fondo fueron amamantados por la loba, Rómulo y Remo.
-En la entrada de la angosta cueva extendía sus añosas ramas, desnudas
-por el invierno, la higuera Rumeal, árbol famoso á cuya sombra habían
-jugueteado los dos gemelos, fundadores de la ciudad. Junto al árbol,
-sobre un pedestal de granito, elevábase la loba, de bronce obscuro
-y lustroso, obra de un artista etrusco, con las espantables fauces
-entreabiertas y el vientre erizado por una doble fila de ubres, á las
-cuales se agarraban, arrastrándose, dos niños desnudos.</p>
-
-<p>Acteón contempló desde esta altura la inmensa ciudad, como un
-oleaje de tejados entre las siete colinas, invadiendo las alturas y
-esparciéndose por las profundas depresiones del terreno. Casi al lado
-del Palatino levantábase el Capitolio, la gran fortaleza de Roma, sobre
-las desnudas fragosidades de la roca Tarpeya; y el griego pasó de una
-altura á otra, para ver de cerca el templo de Júpiter Capitolino, más
-célebre por su fama que por su hermosura.</p>
-
-<p>Dejó á sus espaldas el rudo templo de Marte, que ocupaba el lugar
-más alto del Palatino, y siguiendo una vereda entre abruptas rocas,
-pasó al Capitolio. Encontró en su camino á los<span class="pagenum"
-id="Page_340">p. 340</span> sacerdotes de Júpiter, que caminaban con
-hierática rigidez, como si estuvieran ofreciendo siempre sacrificios
-á su dios. Vió las vestales arrebujadas en sus amplios velos blancos,
-andando con paso varonil. Algunos <i xml:lang="la" lang="la">milites</i>
-subían al templo de Marte, con el ancho pecho forrado de fajas
-superpuestas de cobre, los desnudos muslos cubiertos por tiras de lana
-que pendían del talle, una mano apoyada en el pomo de su corta espada y
-hablando con entusiasmo de la próxima campaña de Illiria, sin acordarse
-de la situación de sus aliados de Iberia.</p>
-
-<p>Acteón entró en el sagrado recinto del Capitolio, cercado de
-obscuras murallas. Era el antiguo monte <i>Tarpeyus</i>, con sus dos
-cumbres unidas por una extensa meseta. La parte más alta, que era la
-septentrional, estaba ocupada por el <i xml:lang="la" lang="la">Arx</i>, ó
-sea la ciudadela de Roma; en la meridional estaba el templo de Júpiter
-Capitolino, rodeado de robustas columnas.</p>
-
-<p>El griego entró en la ciudadela, famosa por su resistencia cuando
-la invasión de los galos. Al borde de una balsa, ante los templos
-que se aglomeraban en el fuerte recinto, vió las aves sagradas; los
-gansos que, con sus graznidos en medio del silencio de la noche, habían
-librado á Roma de la sorpresa de los invasores. Después atravesó toda
-la meseta baja que parecía dividir en dos partes la colina, y se
-aproximó al gran Fano de Roma.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_341">p. 341</span>Una escalinata
-de cien gradas conducía al templo, construído en tiempos del último
-Tarquino en honor de las tres divinidades de Roma, Júpiter, Juno y
-Minerva. Constaba el edificio de tres <i xml:lang="la" lang="la">cellæ</i>
-ó santuarios paralelos con las tres puertas abiertas bajo el mismo
-frontón. El de en medio era el de Júpiter, y los de los lados
-pertenecían á las dos diosas. Una triple fila de columnas sostenían el
-frontón, en cuyos ángulos se encabritaban algunos caballos de piedra de
-grosera labor. Dos filas de columnas corrían por los lados del templo,
-formando un pórtico, á cuya sombra paseaban los romanos más viejos
-hablando de los asuntos de la ciudad.</p>
-
-<p>El templo había sido construído por artistas llamados de la Etruria;
-y bajo las columnas veíanse estatuas traídas de las expediciones
-á Sicilia y de las diversas guerras sostenidas por Roma. Aquel
-pueblo rudo era incapaz de crear artistas, pero tenía soldados para
-proporcionarse el arte por medio de la guerra y la rapiña.</p>
-
-<p>El ateniense entró en el santuario de en medio, perteneciente á
-Júpiter, y vió la imagen del dios en barro cocido, con una lanza
-dorada en la diestra. Ante él humeaba continuamente el altar de
-los sacrificios. Al salir del templo, miró el <i xml:lang="la"
-lang="la">gnomon</i> ó reloj de sol, que en aquella altura marcaba la hora
-á toda Roma.</p>
-
-<p>Ya era tiempo de bajar al <i xml:lang="la" lang="la">Senaculum</i>,
-antiguo edificio al pie de la colina Tarpeya, entre el Ca<span
-class="pagenum" id="Page_342">p. 342</span>pitolio y el Foro, que
-muchos años después se convirtió en templo de la Concordia. Al
-llegar á las gradas que daban acceso á él, encontró Acteón á los dos
-legados enviados por Sagunto antes de comenzar el sitio; dos viejos
-agricultores que por primera vez habían abandonado sus casas, y se
-mostraban abrumados por los largos meses de permanencia en Roma, con
-sus visitas que no terminaban nunca, y las entrevistas y súplicas sin
-resultado. Aturdidos los dos saguntinos, impotentes ante una ciudad que
-nunca respondía definitivamente á sus palabras, seguían como autómatas
-al desenvuelto griego, que entraba en todas partes como en casa
-propia, y hablaba distintos idiomas, cual si el mundo entero fuese su
-patria.</p>
-
-<p>Iban llegando los senadores. Unos venían de sus negocios de la
-ciudad, y se presentaban vistiendo la toga blanca con franja de
-púrpura, seguidos de sus clientes, que volvían la vista á todos lados
-como para atraer la atención pública sobre su majestuoso protector.
-Otros llegaban del campo, detenían su carro ante las gradas del <i
-xml:lang="la" lang="la">Senaculum</i>, y entregando las riendas á los
-esclavos subían al templo con la toga arrollada sobre el brazo,
-vistiendo el corto sayo de lana burda de los agricultores y esparciendo
-en torno de ellos el hedor de sus establos y cosechas. Eran hombres
-maduros, que mostraban en la dureza de los recios músculos los
-esfuerzos de su vida,<span class="pagenum" id="Page_343">p. 343</span>
-en continua lucha con la tierra y los enemigos: ancianos de luenga
-barba y rostro apergaminado que, trémulos por la vejez, revelaban
-aún en la mirada la seguridad que tenían en sus perdidas fuerzas. La
-muchedumbre del Foro, corriéndose hacia las gradas del <i xml:lang="la"
-lang="la">Senaculum</i>, les contemplaba con admiración y respeto. Eran
-los padres de la República: la cabeza de Roma.</p>
-
-<p>Los legados de Sagunto subieron la escalinata del templo. Bajo
-las columnas que sostenían el frontón, amontonábanse un sinnúmero
-de despojos de las últimas guerras, depositados por los vencedores
-al desfilar en el Foro, entre la multitud que les saludaba agitando
-ramas de laurel. Acteón vió escudos atravesados por el hierro, espadas
-enmohecidas por la sangre, carros de guerra con el timón roto y las
-doradas ruedas sucias del barro de las batallas. Eran los despojos de
-la guerra de los Samnitas. Más allá, alineados á lo largo del muro, una
-fila de espantosos enanos de madera teñidos de rojo y azul, arrancados
-de las proas de las naves cartaginesas después de la gran victoria
-de las islas Egatas: las barras de hierro que cerraban las puertas
-de muchas ciudades conquistadas por los romanos; los estandartes de
-oro con fantásticos animales que guiaban á las tropas de Pirro; los
-enormes colmillos de los elefantes que este descendiente de Aquiles
-había hecho marchar contra las legiones de Roma;<span class="pagenum"
-id="Page_344">p. 344</span> los cascos con cuernos ó alas de águila
-de los ligurios; los dardos de las tribus de los Alpes; y al lado de
-la puerta, como un trofeo de honor, la armadura del glorioso Camilo,
-paseada por la ciudad en triunfo después que el gran romano arrojó á
-los galos del Capitolio. Á lo largo de los muros, como extraño adorno,
-pendía un extenso harapo negruzco y apergaminado. Era la piel de la
-gran serpiente que durante un día entero había hecho retroceder á todo
-el ejército de Atilio Régulo, cuando éste, en su expedición al África,
-marchaba á la conquista de Cartago. El horrible monstruo, insensible
-á las flechas, devoró muchos soldados, hasta que cayó aplastado bajo
-una lluvia de piedras, enviando Régulo á Roma la piel del reptil como
-testimonio de la aventura.</p>
-
-<p>Los enviados de Sagunto esperaron un buen rato, hasta
-que un centurión les hizo entrar en el <i xml:lang="la"
-lang="la">Senaculum</i>.</p>
-
-<p>El griego, al pasear su mirada por el hemiciclo, quedó turbado ante
-la majestad de aquella asamblea. Recordaba la entrada de los galos en
-Roma; el asombro de los bárbaros ante aquellos ancianos, firmes en
-sus sillas de mármol, envueltos como fantasmas en los nítidos velos
-que sólo dejaban al descubierto la barba de plata, y empuñando el
-cetro de marfil con la majestad divina que parecía brillar en sus ojos
-inmóviles. Sólo los bárbaros, ebrios de san<span class="pagenum"
-id="Page_345">p. 345</span>gre, podían osar el exterminio de una
-ancianidad tan imponente.</p>
-
-<p>Eran más de doscientos. Entre ellos quedaban espacios libres, los
-asientos de los senadores que no habían podido asistir; y sobre el
-blanco graderío extendíanse las blancas togas como una nevada nueva
-sobre un suelo ya helado. Tras ellos elevábase una fila de columnas en
-semicírculo, sosteniendo la cúpula, por la que se filtraba una claridad
-crepuscular que parecía favorecer la meditación y el recogimiento.
-Una balaustrada baja de piedra, cerraba el hemiciclo, y al otro lado
-de ella se agolpaban los ciudadanos importantes que no tenían la
-investidura de senador. En el centro, la barrera estaba cortada por
-un pedestal cuadrado, sosteniendo la loba de bronce con los gemelos
-agarrados á sus pechos, y en la base, en grandes letras, el lema de
-la suprema autoridad de Roma: S. P. Q. R. Un trípode sostenía un
-braserillo ante el pedestal, y sobre los tizones ondeaba una nube azul
-de incienso.</p>
-
-<p>Los tres legados se sentaron en sillas de mármol, junto á la imagen
-de la loba, ante la triple fila de hombres blancos é inmóviles.</p>
-
-<p>Algunos apoyaban la barba en la mano, como para oir mejor.</p>
-
-<p>Podían hablar: el Senado les escuchaba. Y Acteón, impulsado por
-las miradas suplicantes de sus dos compañeros, se levantó. En su
-ánimo<span class="pagenum" id="Page_346">p. 346</span> no duraban
-mucho las impresiones; se había amortiguado ya la emoción que le
-produjo en el primer instante la majestad de la Asamblea.</p>
-
-<p>Habló con lentitud, preocupado como buen griego, de no incurrir en
-faltas de estilo al expresarse en aquella lengua ruda, y procurando dar
-á sus palabras la emoción que quería infundir á los representantes de
-Roma. Describió la desesperada resistencia de Sagunto y su confianza
-en los auxilios de la República; aquella fe ciega que la había hecho
-arrojarse fuera de las murallas y vencer al enemigo al solo anuncio de
-que se presentaba en el horizonte la flota romana. Cuando él salió de
-la ciudad aún tenían víveres para subsistir y alientos para defenderse.
-Pero iba transcurrido mucho tiempo desde entonces: cerca de dos meses.
-El mensajero había tenido que hacer su camino al través de aventuras
-y peligros, unas veces por mar, aprovechando los itinerarios de las
-naves comerciales, otras á pie por las costas; y en aquel momento la
-situación de la ciudad debía ser desesperada. Caería Sagunto si no
-acudían en su socorro: ¡y qué responsabilidad para Roma si abandonaba á
-su protegida después de atraerse ésta la cólera de Hanníbal por querer
-ser romana! ¡Cómo habrían de fiarse los demás pueblos de la amistad de
-Roma conociendo el triste fin de Sagunto!...</p>
-
-<p>Calló el griego, y el silencio penoso en que<span class="pagenum"
-id="Page_347">p. 347</span> quedó el Senado revelaba la profunda
-impresión de sus palabras.</p>
-
-<p>Entonces, Lentulus, un viejo senador, se levantó para hablar.
-En medio del silencio, su aguda voz de anciano habló del origen de
-Sagunto, que si era griega por los mercaderes de Zazintho, que en ella
-establecieron sus factorías, era también italiana por los rótulos de
-Ardea que en remotos tiempos habían ido allá á fundar una colonia.
-Además, Sagunto era la amiga de Roma. Para serle más fiel había
-decapitado á algunos de sus ciudadanos que trabajaban por Cartago...
-¿Qué audacia era la de aquel jovenzuelo, hijo de Hamílcar, que
-olvidando los tratados de Roma con Hasdrúbal osaba levantar la espada
-sobre una ciudad amiga de los romanos? Si Roma miraba con indiferencia
-este atentado, el cachorro de Hamílcar crecería en audacia, pues la
-juventud no tiene freno cuando ve que el éxito corona sus imprudencias.
-Además, la gran ciudad no podía tolerar tal atrevimiento. Fuera, en la
-puerta del <i xml:lang="la" lang="la">Senaculum</i>, estaban los gloriosos
-despojos de las guerras como demostración de que el que se levantaba
-contra Roma caía vencido á sus pies. Había que ser inexorables con el
-enemigo y fieles con el aliado: había que llevar la guerra á Iberia
-para destruir al audaz que desafiaba á Roma.</p>
-
-<p>Y toda la cólera de la ciudad sombría, belicosa y dura, hablaba
-por la boca de aquel an<span class="pagenum" id="Page_348">p.
-348</span>ciano que avanzaba el rígido brazo por encima de las cabezas
-de sus compañeros, amenazando al invisible enemigo. El vigoroso soldado
-de las antiguas guerras contra los Samnitas y contra Pirro despertaba
-en el viejo débil, estremeciendo sus músculos y haciendo llamear sus
-ojos.</p>
-
-<p>Los dos compañeros de Acteón, que no comprendían la lengua latina,
-adivinaban, sin embargo, las palabras de Lentulus, y se sentían
-emocionados por los elogios á la abnegación de su ciudad. Sus ojos se
-empañaban con las lágrimas, sus manos rasgaban los mantos obscuros en
-que iban envueltos como lúgubres mensajeros, y arrojándose á tierra
-con la vehemencia de los antiguos para expresar el dolor, agitábanse
-convulsos, gritando á los senadores:</p>
-
-<p>—¡Salvadnos! ¡salvadnos!</p>
-
-<p>La desesperación de los dos ancianos y la actitud digna del griego
-que, ceñudo y silencioso, parecía la personificación de Sagunto
-esperando el cumplimiento de la promesa, conmovieron al Senado y á la
-masa que se agolpaba en el balaustre de la loba. Todos se agitaban,
-cambiando palabras de indignación. Bajo la cúpula del <i xml:lang="la"
-lang="la">Senaculum</i> resonaba el zumbido del desorden, el eco de mil
-voces confundidas. Querían declarar la guerra á Cartago inmediatamente,
-llamar las legiones, reunir las naves, embarcar la expedición en el
-puerto de Ostia y lanzarla contra el campamento de Hanníbal.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_349">p. 349</span>Un senador reclamó
-silencio para hablar. Era Fabio; uno de los patricios más famosos
-de Roma, el descendiente de aquellos trescientos héroes de su mismo
-nombre que habían muerto en un día peleando por Roma en las riberas de
-Cremera. La prudencia hablaba por su boca; sus consejos eran seguidos
-siempre como los más sanos: por esto el Senado recobró su calma apenas
-le vió de pie.</p>
-
-<p>Con reposada palabra, después de lamentar la situación de la ciudad
-aliada, dijo que no se sabía si era Cartago la que había roto las
-hostilidades contra Sagunto, ó si Hanníbal por su propia cuenta. Una
-guerra en Iberia resultaba asunto grave para Roma, ahora que iba á
-emprender una lucha más próxima con el rebelde Demetrio de Faros. Lo
-oportuno era enviar una embajada á Hanníbal en su campamento, y si
-el africano se negaba á levantar el sitio, que pasase á Cartago para
-preguntar á sus gobernantes si aceptaban la conducta del caudillo y
-exigir que éste fuera entregado á Roma en castigo de su osadía.</p>
-
-<p>La solución pareció agradar al Senado. Los mismos que antes se
-mostraban belicosos é intransigentes, inclinaban la cabeza como
-aprobando las palabras de Fabio. El recuerdo de la insurrección de
-Illiria, hacía prudentes á los más exaltados. Pensaban en el enemigo
-que se alzaba casi junto á ellos, al otro lado del Adriático,<span
-class="pagenum" id="Page_350">p. 350</span> y que podía intentar
-con sus flotas dedicadas á la piratería la invasión del territorio
-latino. Su egoísmo les hacía mirar esta empresa como anterior á todo
-juramento; y para engañarse, ocultando su propia debilidad, exageraban
-la importancia de la embajada al campo de Hanníbal, afirmando que el
-africano levantaría el sitio y pediría perdón á Roma apenas viese
-aparecer á los legados del Senado.</p>
-
-<p>Acteón acogía este cambio de la asamblea con visibles muestras de
-impaciencia.</p>
-
-<p>—Conozco mucho á Hanníbal —gritó—. No os obedecerá; hará burla de
-vosotros. Si no enviáis un ejército, es inútil el viaje de vuestros
-legados.</p>
-
-<p>Pero los senadores, con el ansia de ocultar la debilidad á que
-les impulsaba su egoísmo, protestaron ruidosamente de las palabras
-de Acteón. ¿Quién hablaba de burlarse de la República romana? ¿Quién
-suponía que Hanníbal había de despreciar á los enviados del Senado?...
-Podía callar aquel extranjero, que ni siquiera era hijo de la ciudad en
-cuyo nombre hablaba.</p>
-
-<p>Acteón bajó la cabeza. Luego murmuró dirigiéndose á sus dos viejos
-compañeros, que no comprendían la resolución del Senado:</p>
-
-<p>—Nuestra ciudad está perdida. Roma teme declarar la guerra á
-Hanníbal y retrasa el rompimiento. Cuando quieran socorrernos, Sagunto
-no existirá.</p>
-
-<p>Los tres legados saguntinos recibieron la or<span class="pagenum"
-id="Page_351">p. 351</span>den de salir. Los senadores iban á designar
-los dos patricios que marcharían como enviados de Roma.</p>
-
-<p>Al abandonar el <i xml:lang="la" lang="la">Senaculum</i>, el más viejo
-de los senadores se dirigió á Acteón.</p>
-
-<p>—Dí á tus compañeros que se preparen á partir. Mañana al anochecer
-os embarcaréis con los legados del Senado en el puerto de Ostia.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_9">
- <p><span class="pagenum" id="Page_353">p. 353</span></p>
- <h2 class="nobreak" title="IX. La ciudad hambrienta">IX</h2>
- <p class="subh2">La ciudad hambrienta</p>
-</div>
-
-<p>Más de quince días llevaba de viaje la trirreme de los
-representantes de Roma.</p>
-
-<p>Había remontado las costas del mar Tirreno, cruzando después el mar
-de Liguria, de costas abruptas, y pasado ante Marsella, la próspera
-colonia griega, aliada también de Roma. Después, atravesando audazmente
-el gran golfo, había puesto su proa hacia Emporión y seguido á lo largo
-las costas de Iberia.</p>
-
-<p>Los legados de Roma eran el patricio Valerio Flaco, uno de los que
-con palabras de prudencia quería mantener la paz, y Bebio Tamfilo, que
-gozaba del amor de la plebe romana, á causa del interés con que miraba
-sus miserias.</p>
-
-<p>Acteón mostrábase impaciente por llegar á Sagunto. Quería hablar
-á sus amigos, evitar el sacrificio inútil de la ciudad, describirles
-el estado de ánimo de Roma, para que no persistieran en una defensa
-inútil. Siete meses llevaba<span class="pagenum" id="Page_354">p.
-354</span> Sagunto de empeñada resistencia. Aún no había comenzado el
-otoño cuando el ejército de Hanníbal se presentó ante la ciudad; y
-ahora finalizaba el invierno.</p>
-
-<p>El griego pensaba con tristeza en las gratas ilusiones que había
-acariciado cuando se dirigía á Roma al través de peligros y aventuras.
-Creía que su presencia en la gran ciudad, el relato de las penalidades
-del pueblo aliado y fiel, indignaría á los romanos, levantando en masa
-las legiones; y volvía sin soldados, en una nave donde todos, fingiendo
-gran interés por Sagunto, no se conmovían gran cosa por sus desgracias;
-sin otro auxilio, que las sonoras é imponentes palabras de los legados
-y la loba de bronce en lo alto de un palo, como emblema de la majestad
-de la embajada.</p>
-
-<p>¿Qué diría la muchedumbre entusiasta y crédula que peleaba en
-las murallas, cubriendo la brecha con sus pechos, y que para cobrar
-nuevos ánimos le bastaba suponer la llegada de los romanos? Cambiando
-el pensamiento hacia sus afectos, se preguntaba qué habría sido de
-Sónnica, tan animosa, dejándole partir para que salvase á la ciudad;
-cómo viviría ella, acostumbrada á la suntuosidad de una existencia
-muelle y dulce, en medio de las miserias y los horrores de aquel asedio
-que por su duración debía haber consumido los víveres de la ciudad y la
-energía de sus defensores.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_355">p. 355</span>La nave dejó atrás
-la embocadura del Ebro, y luchando con vientos contrarios, avistó una
-mañana la Acrópolis de Sagunto. De la alta torre de Hércules se elevó
-una gran humareda. Habían reconocido la embarcación, por el velamen á
-cuadros que usaban los barcos de guerra de Roma.</p>
-
-<p>Estaba el sol en el cenit cuando la nave, con la vela amainada y
-á impulsos de la triple fila de remos, fué á entrar en el canal que
-conducía al puerto de Sagunto. Tierra adentro, por encima de los
-cañaverales que cubrían las marismas, veíanse los mástiles de algunas
-naves cartaginesas, ancladas en el triple puerto.</p>
-
-<p>Los tripulantes de la nave romana vieron llegar á escape, por
-la playa, grandes grupos de jinetes. Eran escuadrones de númidas y
-mauritanos, agitando sus lanzas y dando alaridos como cuando cargaban
-en las batallas.</p>
-
-<p>Un jinete, con armadura de bronce y la cabeza descubierta, les había
-gritado para que se detuvieran. Avanzando solo, metió su caballo en el
-canal, aproximándose á la nave, hasta que las aguas llegaron al vientre
-de la bestia.</p>
-
-<p>Acteón le reconoció:</p>
-
-<p>—Ése es Hanníbal —dijo á los dos legados que estaban junto á él en
-la popa de la nave, contemplando con asombro el aparato belicoso con
-que les recibían antes de echar el ancla en el puerto de Sagunto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_356">p. 356</span>Iban presentándose
-nuevos escuadrones, como si la noticia de la llegada de la nave hubiese
-puesto en alarma al campamento, agolpando todas las tropas en el
-puerto. Tras los grupos de jinetes llegaban á todo correr los fieros
-celtíberos, los honderos baleares, todos los peones de diversas razas
-que figuraban en el ejército sitiador.</p>
-
-<p>Hanníbal, aun á riesgo de ahogarse, metía su caballo en las aguas
-del canal para que le oyesen mejor desde la nave y extendió su mano con
-tal imperio, ordenando que se detuviera, que á los pocos instantes los
-remos cayeron inmóviles á lo largo del casco.</p>
-
-<p>—¿Quién sois? ¿Qué queréis? —preguntó en griego.</p>
-
-<p>Acteón servía de intérprete entre los romanos y el caudillo
-cartaginés.</p>
-
-<p>—Son los legados de Roma que vienen á verte en nombre de la
-República.</p>
-
-<p>—¿Quién eres tú, que me hablas, y cuya voz creo conocer?</p>
-
-<p>Miró largo rato, poniéndose una mano sobre los ojos, y al fin
-reconoció al griego.</p>
-
-<p>—¿Eres tú, Acteón?... ¡Siempre tú, ateniense inquieto! Te creía
-dentro de la ciudad, y has logrado salir para traerme sin duda á esos
-hombres. Pues bien: diles que es tarde; ¿para qué hablar? Un caudillo
-que sitia á una ciudad, sólo admite embajadores cuando está dentro de
-ella.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_357">p. 357</span>El griego repetía á
-los romanos las palabras de Hanníbal, traduciendo sus respuestas.</p>
-
-<p>—Escucha, africano —dijo Acteón á Hanníbal—. Los enviados de Roma
-te recuerdan la amistad que tienen contraída con Sagunto. En nombre
-del Senado y del pueblo romano, te intiman á que levantes el sitio y
-respetes á la ciudad.</p>
-
-<p>—Diles que Sagunto me ha ofendido y que ella fué la primera en
-declarar la guerra sacrificando á mis amigos y negándose á respetar á
-mis aliados los turdetanos.</p>
-
-<p>—No es verdad, Hanníbal.</p>
-
-<p>—Griego: repite á los romanos lo que te digo.</p>
-
-<p>—Los legados quieren bajar á tierra. Han de hablarte en nombre de
-Roma.</p>
-
-<p>—Es inútil: no me harán desistir de mi empeño. Además, el sitio
-dura mucho, las tropas están excitadas y no es lugar seguro para los
-embajadores de Roma un campamento como el mío, compuesto de gentes
-feroces de diversos países, que sólo obedecen cuando están en mi
-presencia. Hace pocas horas hemos sostenido un combate, y aún dura en
-ellos la excitación.</p>
-
-<p>Volvió al decir esto su cabeza hacia las tropas, y éstas, como si
-tomasen el movimiento cual una orden ó adivinasen tal vez en los ojos
-del caudillo sus ocultos designios, comenzaron á agitarse, avanzando
-hacia el canal como si fueran á marchar á nado contra la nave. Los
-jine<span class="pagenum" id="Page_358">p. 358</span>tes tremolaban
-sus lanzas, tintas aún en la sangre del reciente combate; elevaban
-sus escudos, en los cuales los africanos más salvajes habían colocado
-como trofeos las cabelleras de algunos saguntinos muertos en la última
-salida. Los baleares enseñaban sus dientes con estúpida sonrisa, y
-sacando del zurrón las balas de arcilla, comenzaron á disparar con la
-honda contra la nave romana.</p>
-
-<p>—¿Lo veis? —gritaba con satisfacción Hanníbal—. Es imposible que
-reciba en mi campo á los legados. Es tarde para hablar: sólo resta que
-Sagunto se entregue como castigo á sus faltas.</p>
-
-<p>Los legados, despreciando los proyectiles de las hondas, se apoyaban
-en la borda de la nave, y avanzaban el busto cubierto por la toga, con
-una arrogancia que parecía desafiar á los salvajes guerreros.</p>
-
-<p>La indignación que les causaba verse acogidos con tanto desprecio,
-hacía palidecer sus mejillas.</p>
-
-<p>—Africano —gritó uno de los legados en latín, sin darse cuenta de
-que Hanníbal no podía comprenderle—. Ya que no quieres recibir á los
-enviados de Roma, vamos á Cartago á pedir que nos entreguen tu persona
-por faltar á los tratados de Hasdrúbal. Roma te castigará cuando seas
-nuestro prisionero.</p>
-
-<p>—¿Qué dice? ¿Qué dice? —rugió Hanníbal, furioso por aquellas
-palabras incomprensibles en las que adivinaba una amenaza.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_359">p. 359</span>Al explicárselas
-Acteón, el caudillo lanzó una carcajada de desprecio.</p>
-
-<p>—¡Id, romanos! —gritó— ¡id allá! Los ricos me odian y su deseo sería
-aceptar vuestra petición entregándome á los enemigos: pero el pueblo me
-ama y no hay en Cartago quien se atreva á venir al seno de mi ejército
-para hacerme prisionero.</p>
-
-<p>Llovían las flechas en torno de la nave; algunas balas de arcilla
-rebotaban en sus costados, y el piloto romano dió la orden de
-retroceder. Moviéronse los remos, y la nave comenzó á virar lentamente
-para alejarse del canal.</p>
-
-<p>—¿Pero vamos á Cartago? —preguntó el griego.</p>
-
-<p>—Sí; en Cartago nos oirán mejor —contestó uno de los legados—.
-Después de lo ocurrido, ó el Senado de allá nos entrega á Hanníbal ó
-Roma declara la guerra á Cartago.</p>
-
-<p>—Id vosotros, romanos. Mi deber está aquí.</p>
-
-<p>Y antes de que pudieran evitarlo los dos senadores y los legados
-de Sagunto que habían contemplado con asombro la anterior escena, el
-ateniense pasó una pierna sobre la borda y se arrojó de cabeza en la
-entrada del canal. Buceó un buen rato en las aguas profundas y salió á
-flote cerca de la orilla, á la que corrieron infantes y jinetes para
-hacerle prisionero.</p>
-
-<p>Antes de pisar tierra firme, Acteón se vió rodeado por unos
-cuantos honderos que se me<span class="pagenum" id="Page_360">p.
-360</span>tieron en el agua hasta la cintura para apoderarse de sus
-ropas sin partirlas con los camaradas. En un instante le arrebataron
-su espada celtíbera, la bolsa que pendía del cinto y una cadena de
-oro que guardaba en el pecho como recuerdo de Sónnica. Iban también á
-quitarle su túnica de viaje, dejándolo desnudo, y comenzaba á recibir
-golpes de aquella gente bárbara y cruel, cuando llegó Hanníbal,
-reconociéndolo.</p>
-
-<p>—¡Has preferido quedarte! Lo celebro. Después de haberme causado
-tanto daño desde los muros de Sagunto, te arrepientes y vienes conmigo.
-Debía abandonarte en manos de estos bárbaros que te harían pedazos;
-debía crucificarte fuera de mi campamento para que te viese desde las
-murallas esa griega que amas: pero recuerdo la promesa que te hice un
-día y la cumplo acogiéndote como amigo.</p>
-
-<p>Ordenó á uno de sus oficiales que cubriese las mojadas vestiduras
-del griego con un <i>endromis</i>, manto militar con capucha de largo pelo
-que usaban los soldados en invierno sobre su armadura. Después le hizo
-montar en el caballo de un númida.</p>
-
-<p>Emprendieron la marcha hacia el campamento. Las tropas que habían
-corrido á la entrada del puerto se replegaban lentamente, mientras la
-nave se alejaba mar adentro, extendiendo de nuevo su velamen. En lo
-alto de la<span class="pagenum" id="Page_361">p. 361</span> Acrópolis
-se había extinguido la humareda: sólo flotaban algunas nubecillas
-tenues. Adivinábase de lejos el desaliento producido en la ciudad por
-la inesperada fuga de la nave romana. Con ella parecía alejarse la
-última esperanza de los sitiados.</p>
-
-<p>Las tropas de Hanníbal, al retirarse, comentaban la escena en
-la entrada del puerto entre su caudillo y los enviados de Roma.
-No comprendían las palabras que se habían cruzado; pero el acento
-enérgico del romano al hablar á Hanníbal, les parecía á todos ellos
-una amenaza. Algunos, queriendo hacer creer que habían comprendido al
-embajador, repetían un discurso imaginario, en el cual se amenazaba en
-nombre de Roma con pasar á cuchillo á todo el ejército y hacer morir
-á Hanníbal en una cruz. Repetían estas amenazas, aumentándolas cada
-cual con invenciones propias; y cuando las tropas se encontraban con
-otros destacamentos en el camino de la Sierpe ó en distintos puntos
-del valle, todos afirmaban haber visto las cadenas que enseñaban desde
-el buque los legados romanos para llevarse prisionero á Hanníbal, y un
-rugido de furor partía del ejército.</p>
-
-<p>Hanníbal admiraba satisfecho la marea de indignación que rugía en
-torno de él. Los soldados, saliendo á su paso, le aclamaban con mayor
-entusiasmo; oía en todas las lenguas voces de<span class="pagenum"
-id="Page_362">p. 362</span> muerte contra Roma, llamamientos al
-caudillo para que diese el último asalto á la ciudad, apoderándose de
-ella antes que los embajadores llegasen á Cartago, fraguando la ruina
-del joven héroe.</p>
-
-<p>—Guárdate, Hanníbal —dijo un viejo celtíbero plantándose ante su
-corcel—. Tus enemigos de Cartago, los de Hanón, se unirán á Roma para
-perderte.</p>
-
-<p>—El pueblo me ama —dijo el caudillo con arrogancia—. Antes que el
-Senado cartaginés escuche á los romanos, Sagunto será nuestra y los
-cartagineses aclamarán nuestro triunfo.</p>
-
-<p>Acteón contemplaba con tristeza el aspecto desolado del paisaje,
-antes tan risueño y fértil. En el puerto no había otras embarcaciones
-que algunas naves de guerra de Cartago-Nova. La marinería dormía en
-el Fano de Afrodita después de apoderarse de lo mejor del templo. Los
-almacenes del puerto habían sido robados y destruídos; los muelles
-estaban cubiertos de inmundicias. En el campo no se encontraban ni los
-rastros de las antiguas quintas. La ferocidad de las tribus bárbaras
-llegadas del interior, su odio á los griegos de la costa, les habían
-impulsado hasta á arrancar los pavimentos multicolores, esparciendo sus
-piezas. Todo el valle era una inmensa y desolada llanura. No quedaba
-un árbol en pie. Para combatir el frío del invierno, habían arrancado
-los bosques de higueras, las dilatadas plan<span class="pagenum"
-id="Page_363">p. 363</span>taciones de olivos, las cepas de los
-viñedos, destruyendo hasta las casas para calentarse con las maderas
-de las techumbres. Sólo quedaban en pie muros en ruinas y matorrales
-bajos. Una vegetación parásita que crecía rápidamente, fecundada por
-cadáveres de hombres y bestias, extendíase por todo el valle, borrando
-los antiguos caminos, escalando las ruinas y cubriendo los riachuelos
-que, con los cauces rotos, esparcían sus aguas, hasta convertir en
-charcas los campos hondos.</p>
-
-<p>Era la obra de devastación de un ejército continuamente engrosado,
-compuesto de ciento ochenta mil hombres y muchos millares de caballos.
-Habían devorado en poco tiempo el agro saguntino. Los soldados,
-después de destrozar todo lo que no era de uso inmediato, extendían su
-rapacidad á las zonas cercanas, esparciendo cada vez más el radio de la
-destrucción conforme se prolongaba el sitio.</p>
-
-<p>Los víveres venían ya de muchas jornadas de distancia; los
-enviaban las remotas tribus á cambio de la esperanza de botín que
-sabía infundirles Hanníbal, hablando de las riquezas de Sagunto. Los
-elefantes habían sido enviados algunos meses antes á Cartago-Nova por
-no ser de utilidad en el asedio y resultar difícil su mantenimiento en
-la asolada campiña.</p>
-
-<p>Sobre el agro aleteaban los cuervos en ondulantes fajas negras.
-De entre los matorrales sur<span class="pagenum" id="Page_364">p.
-364</span>gía el hedor de los caballos y mulos pudriéndose abandonados.
-Al borde de los caminos, con los miembros sujetos al suelo por
-pedruscos, veíanse los cuerpos de los bárbaros muertos á consecuencia
-de las heridas y que sus compatriotas, con arreglo á las costumbres de
-raza, dejaban abandonados á las aves de rapiña. La inmensa aglomeración
-había infestado el ambiente del valle. Vivían al aire libre, y, sin
-embargo, la suciedad del hacinamiento y el hálito de la muerte,
-parecían esparcir entre las montañas y el mar una atmósfera de mazmorra
-repleta de carne enferma.</p>
-
-<p>Acteón, que viniendo de lejos percibía esta hediondez del
-campamento, pensaba con tristeza en los sitiados. Mirando hacia la
-ciudad, creía adivinar los horrores que ocultaban aquellas murallas
-rojizas, después de una resistencia de siete meses.</p>
-
-<p>Aproximábanse al campamento. El griego vió que esta aglomeración
-militar había tomado el aspecto de una ciudad permanente. Quedaban
-muy pocas tiendas de lienzo y de pieles. El invierno, que ya tocaba á
-su fin, había obligado á los sitiadores á construir chozas de piedras
-con techos de ramaje; casas de madera que parecían torres y servían de
-apoyo á los baluartes que circunvalaban el campamento.</p>
-
-<p>Hanníbal, como si adivinase los pensamientos del griego, sonreía
-fieramente contemplando<span class="pagenum" id="Page_365">p.
-365</span> la obra de destrucción realizada por su ejército en torno de
-la ciudad.</p>
-
-<p>—Encuentras muy cambiado todo esto, ¿verdad, Acteón?</p>
-
-<p>—Veo que tus tropas no han descansado mientras te alejaste para
-castigar á los rebeldes de la Celtiberia.</p>
-
-<p>—Marbahal, el jefe de mi caballería, es un excelente auxiliar.
-Cuando volví me enseñó dos muros de Sagunto destruídos y una parte
-de la ciudad en nuestro poder. ¿Ves aquella altura cerca de la
-Acrópolis, dentro del recinto amurallado?... Pues es nuestra. Las
-catapultas que desde aquí se distinguen, disparan sobre Sagunto,
-que ha quedado reducida á una mitad de sus antiguos límites. ¡Y aún
-sueñan en defenderse! ¡Aún esperan auxilios de Roma!... Testarudos.
-Han construído por tercera vez una línea de murallas, y así se van
-estrechando y defendiendo hasta que sólo les quede el Foro, donde
-acuchillaré á los que sobrevivan... ¡Oh, ciudad orgullosa é indomable!
-Yo te haré mi esclava.</p>
-
-<p>El africano cambió de conversación, fijándose en su antiguo
-compañero.</p>
-
-<p>—Al fin has visto claro y vienes conmigo. ¿Vas á seguirme con
-entusiasmo? ¿Vendrás tras de mí en esa serie de empresas de las que
-te hablé un día, al amanecer, en este mismo campo?... Tal vez seas
-rey por haber seguido á Han<span class="pagenum" id="Page_366">p.
-366</span>níbal como Ptolomeo lo fué por Alejandro. ¿Estás
-resuelto?...</p>
-
-<p>Acteón se detuvo un momento antes de contestar, y en sus ojos leyó
-Hanníbal la indecisión, el deseo de engañarle.</p>
-
-<p>—No mientas, griego: la mentira es para el enemigo ó para conservar
-la existencia. Yo soy tu amigo y he prometido respetar tu vida. ¿Es que
-no quieres seguirme?</p>
-
-<p>—Pues bien; no —dijo con resolución el griego—. Mi deseo es volver
-á la ciudad, y si realmente guardas algún afecto al compañero de tu
-infancia, déjame partir.</p>
-
-<p>—¡Pero vas á perecer ahí dentro!... No esperes misericordia si
-entramos á viva fuerza por la brecha.</p>
-
-<p>—Moriré —dijo con sencillez el ateniense—. Pero ahí dentro hay
-hombres que me acogieron como compatriota cuando yo erraba hambriento
-por el mundo; hay una mujer que me amparó viéndome miserable, y me
-dió su amor y sus riquezas. Ellos me enviaron á Roma para que les
-trajese una palabra de esperanza, y yo debo volver aunque sea para
-infundirles la tristeza y el dolor. ¿Qué te importa dejarme libre?...
-Mañana tal vez podrás matarme. Dentro de Sagunto seré una boca más, y
-en ella debe reinar el hambre. Tal vez al decir yo la verdad, al verme
-que vuelvo sin auxilio alguno, decaigan sus ánimos y te entreguen la
-plaza. Déjame<span class="pagenum" id="Page_367">p. 367</span> pasar,
-Hanníbal: con esto, tal vez sin querer, ayudo tus planes.</p>
-
-<p>Hanníbal le miraba con asombro.</p>
-
-<p>—¡Loco! Nunca creí que un ateniense fuese capaz de tal sacrificio.
-¡Vosotros tan ligeros, tan dados á la mentira, tan falsos para
-satisfacer vuestro egoísmo!... Eres el primer griego que veo fiel á la
-ciudad que le prohijó. Cartago tuvo peor suerte con los mercenarios de
-tu país... Es imposible hacer nada de tí; eres un hombre incompleto:
-te domina el amor: no te satisfaces como yo con la hembra que ronda
-en torno del campamento, ó que se toma al asaltar una ciudad para
-regalarla después á la soldadesca. Te ligas á la mujer, eres su esclavo
-y buscas morir sin gloria, en un rincón obscuro del mundo, como soldado
-al servicio de unos cuantos mercaderes, sólo por volver á verla.
-Aléjate, loco: vete, te dejo en libertad... Nada quiero saber de tí.
-He deseado hacerte héroe, y me respondes como un esclavo. Marcha á
-Sagunto, pero sabe que la protección de Hanníbal te abandona desde este
-momento. Si caes en mis manos dentro de la ciudad, serás mi prisionero;
-jamás mi amigo.</p>
-
-<p>Hanníbal, golpeando con los talones los hijares de su corcel, se
-metió en el campamento, volviendo altaneramente la espalda al griego.
-Éste vió llegar al poco rato un joven cartaginés, que, sin decir una
-palabra ni mirarlo siquiera,<span class="pagenum" id="Page_368">p.
-368</span> cogió las riendas de su caballo y comenzó á caminar hacia
-Sagunto.</p>
-
-<p>Al llegar á los puntos avanzados del ejército sitiador, decía el
-cartaginés una palabra y Acteón pasaba adelante entre las miradas
-hostiles de los soldados, que conocían la escena del puerto y bramaban
-de coraje al pensar en las cadenas que los legados de Roma habían
-tenido la insolencia de enseñar á su caudillo. Aquel griego que
-iba á entrar en la ciudad sitiada, debía ser un acompañante de los
-legados; y muchos pusieron una flecha en el arco para disparar contra
-él, deteniéndose únicamente ante la fría y altanera mirada del joven
-cartaginés que hablaba en nombre de Hanníbal.</p>
-
-<p>Llegaron á las ruinas del primer recinto amurallado. Al abrigo
-de ellas estaban las avanzadas del ejército sitiador. Allí echó pie
-á tierra el griego, y arrancando de un matorral una rama espinosa,
-avanzó, llevándola en alto como señal de paz.</p>
-
-<p>Encontró enfrente aquella muralla que bajo su dirección había sido
-elevada en una noche para contener al invasor. Sobre ella sólo se
-veían los cascos de unos cuantos defensores. El sitiador dirigía todos
-sus ataques por la parte alta. El lado de la ciudad donde se habían
-desarrollado los primeros combates, estaba casi abandonado.</p>
-
-<p>Los guardianes de la muralla reconocieron á<span class="pagenum"
-id="Page_369">p. 369</span> Acteón, con grandes exclamaciones de
-sorpresa y alegría, y le arrojaron una cuerda de esparto para ayudarle
-á subir por las asperezas del muro, hasta que pudo introducirse por una
-brecha de la cresta. Todos rodearon con ansiedad al griego. Este creyó
-ver en torno de él un grupo de espectros. Sus cuerpos parecían próximos
-á escaparse de las amplias armaduras; los rostros amarillentos,
-tristes, apergaminados, se ocultaban bajo la visera de los cascos; y
-las manos descarnadas y con la piel rugosa, apenas si podían sostener
-las armas. Un fulgor extraño y amarillento brillaba en sus ojos.</p>
-
-<p>Acteón se defendía con bondad de las incesantes preguntas. Ya
-hablaría oportunamente: debía antes dar cuenta de su misión á los
-ancianos del Senado. Un poco de calma: antes de cerrar la noche lo
-sabrían todo. Y lleno de conmiseración ante la miseria de aquellos
-héroes, mentía misericordiosamente, asegurando que Roma no olvidaba
-á Sagunto y que él era la avanzada de las legiones que enviaban los
-aliados.</p>
-
-<p>De las casas inmediatas, de las callejuelas vecinas al muro, salían
-hombres y mujeres, atraídos por la noticia de la llegada del griego.
-Le rodeaban, le preguntaban; todos querían ser los primeros en recibir
-noticias, para esparcirlas por la ciudad; y Acteón, defendiéndose
-de ellos, contemplaba con terror sus caras amarillentas<span
-class="pagenum" id="Page_370">p. 370</span> y enjutas, con la piel
-terrosa, marcando las aristas salientes del cráneo; los ojos hundidos
-en las órbitas negras, brillando con extraño fulgor, como estrellas
-moribundas reflejadas en el fondo de un pozo, y los brazos descarnados,
-que crujían como cañas al moverse con la nerviosidad de la emoción.</p>
-
-<p>Púsose en marcha, escoltado por la multitud; precedido de muchachos
-horribles, completamente desnudos, cuya piel parecía romperse con
-la presión de las costillas que se marcaban una á una, y la cabeza
-enormemente gruesa sobre el cuello descarnado. Andaban trabajosamente
-sobre sus piernas, que parecían hilos, balanceándose como si éstas no
-pudieran soportar el tronco: algunos, para sufrir menos, se arrastraban
-por el suelo, faltos de fuerza para sostenerse.</p>
-
-<p>Acteón vió en una esquina un cadáver abandonado, con el rostro
-cubierto de extrañas moscas que brillaban al sol con reflejos
-metálicos. Más allá, en una encrucijada, varias mujeres pugnaban por
-incorporar á un joven desnudo que tenía un arco abandonado á sus
-pies. El griego vió con horror su vientre hundido, encorvado, como un
-remolino de pieles entre los dos huesos de las caderas, que parecían
-salirse del cuerpo. Era una momia que aún conservaba una chispa de vida
-en los ojos y abría los labios negros y resquebrajados como si quisiera
-mascar el aire.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_371">p. 371</span>Atravesaba calles
-enteras sin que nuevas gentes se uniesen á su comitiva. Muchas casas
-permanecían con las puertas cerradas, á pesar del rumor del gentío;
-y Acteón comparaba esta soledad con la gran aglomeración de seres en
-los primeros días del sitio. Perros muertos, tendidos en el arroyo
-y tan descarnados como las personas, infectaban el ambiente. En las
-encrucijadas veíanse esqueletos de caballos y mulos, limpios y blancos,
-sin la más leve piltrafa á que pudieran agarrarse los repugnantes
-insectos que zumbaban en aquella atmósfera de ciudad moribunda.</p>
-
-<p>El griego, con su rápido instinto de observación, se fijaba en las
-armas de los guerreros. Sólo veía corazas de metal: las de cuero habían
-desaparecido. Los escudos mostraban al descubierto sus tejidos de
-juncos ó de nervios de toro despojados de la envoltura de piel. En una
-esquina vió á dos viejos que se peleaban por una piltrafa negruzca y
-correosa. Era un pedazo de cuero reblandecido en agua caliente. Muchas
-casas de varios pisos habían sido demolidas para llevar sus piedras á
-las nuevas murallas, que cortaban los avances del enemigo dentro de la
-ciudad.</p>
-
-<p>El hambre cruel y asoladora lo había barrido todo. Se aprovechaban
-las materias más fétidas y repugnantes. Parecía que los sitiadores
-hubieran entrado ya en la ciudad arrebatándolo<span class="pagenum"
-id="Page_372">p. 372</span> todo; no dejando más que los edificios en
-pie para dar testimonio de su rapiña. El hambre y la muerte estaban
-entre los sitiados.</p>
-
-<p>Cerca del Foro, vió el griego que una mujer se abría paso entre la
-multitud y le echaba los brazos al cuello, oprimiéndole amorosamente.
-Era Sónnica. También las privaciones del sitio habían dejado en ella
-profundos rastros. No presentaba el aspecto de extrema miseria de
-la multitud; pero estaba más delgada, más pálida, su nariz se había
-afilado, sus mejillas parecían transparentar una luz interior, y los
-brazos con que le oprimía habían enflaquecido y tenían el ardor de la
-fiebre. Una aureola amoratada rodeaba sus ojos, y su túnica, de gran
-riqueza, caía con abandono, en innumerables pliegues, á lo largo de su
-cuerpo, que al enflaquecer parecía mucho más alto.</p>
-
-<p>—¡Acteón... amor mío! ¡Creí no verte más! Gracias, gracias, por
-haber vuelto.</p>
-
-<p>Y abarcando su cuello con uno de sus brazos siguió marchando al lado
-de él. La multitud miraba á Sónnica con veneración: era la única en la
-ciudad que se sacrificaba por los miserables, repartiéndoles todos los
-días los últimos víveres de sus almacenes.</p>
-
-<p>Acteón creyó ver confundido entre la muchedumbre al filósofo
-Eufobias, con las vestiduras más rotas que nunca, casi desnudo, pero
-con un aspecto de relativo vigor que contrastaba<span class="pagenum"
-id="Page_373">p. 373</span> con la famélica miseria de la muchedumbre.
-En el Foro le saludaron de lejos con desmayada expresión, Lacaro y
-todos los elegantes amigos de Sónnica. Tenían aspecto de hambrientos;
-pero ocultaban su palidez bajo el colorete y toda clase de afeites, y
-ostentaban sus más ricas vestiduras, como si quisieran consolarse de
-las privaciones con la pompa de un lujo inútil. Los pequeños esclavos
-que les acompañaban, movían sus miembros descarnados dentro de las
-vestiduras bordadas de oro, y mirando sus pendientes de perlas,
-bostezaban dolorosamente.</p>
-
-<p>La multitud se detuvo en el Foro. Los Ancianos se habían reunido en
-el templo inmediato á la plaza. Arriba en la Acrópolis era continuo
-el combate con los cartagineses que ocupaban una parte de la altura,
-y caían con frecuencia gruesas piedras de las catapultas. Algunas de
-éstas llegaban hasta el Foro, y muchas casas tenían desfondado el techo
-y desmoronadas las paredes por el choque de los enormes proyectiles.</p>
-
-<p>Acteón entró completamente solo en el templo. El número de los
-Ancianos era menor. Unos habían perecido víctimas del hambre y la
-peste; otros, con ardor juvenil, habían corrido á las murallas para
-recibir la muerte. El prudente Alco parecía gozar gran ascendiente
-y figuraba á la cabeza de la asamblea. Los acontecimientos habían
-justificado aquella prudencia que le hacía declamar en otros tiempos
-contra las em<span class="pagenum" id="Page_374">p. 374</span>presas
-belicosas de la ciudad y su afición á las alianzas.</p>
-
-<p>—Habla, Acteón —dijo Alco—. Dinos la verdad, toda la verdad. Después
-de las desgracias que los dioses nos han enviado, estamos dispuestos á
-resistirlas aún mayores.</p>
-
-<p>El griego miró á aquellos ciudadanos que, envueltos en sus mantos y
-con altos bastones de reyes, esperaban sus palabras con una ansiedad
-que pretendían ocultar tras su majestuosa calma.</p>
-
-<p>Relató la entrevista con el Senado de Roma, la prudencia de éste,
-que le había impulsado á buscar términos conciliadores, la llegada
-de los legados ante Sagunto, la extraña manera de recibirlos usada
-por Hanníbal, y la marcha de los enviados hacia Cartago para pedir el
-castigo del caudillo y la libertad de Sagunto.</p>
-
-<p>Este relato triste, fué haciendo desaparecer gradualmente la calma
-de los Ancianos. Algunos más violentos se ponían en pie y desgarraban
-sus mantos, dando alaridos de pena; otros, en su exaltación, se
-golpeaban la frente con los puños, rugiendo de ira al saber que Roma
-no enviaba sus legiones; y los más viejos, sin perder la actitud
-majestuosa, lloraban, dejando que sus lágrimas rodasen por las
-descarnadas mejillas, perdiéndose en sus barbas de nieve.</p>
-
-<p>—¡Nos abandonan!</p>
-
-<p>—¡Será ya tarde cuando llegue el auxilio!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_375">p. 375</span>—¡Perecerá Sagunto
-antes que los romanos lleguen á Cartago!</p>
-
-<p>Duró mucho tiempo la desesperación de la asamblea. Algunos,
-inmóviles en sus asientos por la debilidad, pedían á los dioses morir,
-antes que presenciar la caída de su pueblo.</p>
-
-<p>Parecía que Hanníbal estuviese ya en las puertas del templo.</p>
-
-<p>—Calma, Ancianos —gritó Alco—. Pensad que el pueblo saguntino está
-fuera de esos muros. Si conoce vuestro dolor, cundirá el desaliento y
-esta misma noche seremos esclavos de Hanníbal.</p>
-
-<p>Recobraron su calma lentamente los Ancianos, y se hizo el silencio.
-Todos esperaban los consejos de Alco el Prudente. Éste habló.</p>
-
-<p>—No había que pensar en la entrega inmediata de la ciudad. ¿No era
-así?</p>
-
-<p>Un rugido de indignación de toda la asamblea le contestó:</p>
-
-<p>—¡Nunca, nunca!</p>
-
-<p>Pues para mantener excitados los ánimos, para prolongar la defensa
-algunos días más, había que mentir, inspirar una esperanza engañosa
-á los saguntinos. No había víveres; los que estaban en las murallas
-con las armas en la mano, comían la carne de los últimos caballos que
-quedaban en la ciudad; la plebe perecía de miseria. Todas las noches
-se recogían centenares de cadáveres y se quemaban en seguida en la
-Acrópolis, por miedo á que los devorasen los<span class="pagenum"
-id="Page_376">p. 376</span> perros vagabundos que, aguijoneados por
-el hambre, se habían convertido en verdaderas fieras, atacando á los
-vivos. Se murmuraba que, algunos extranjeros refugiados en la ciudad,
-en unión de esclavos y de mercenarios, se reunían por la noche cerca de
-las murallas para alimentarse con los cadáveres que podían arrebatar.
-Las cisternas de la ciudad estaban próximas á secarse; sólo se extraía
-de ellas el agua del fondo, revuelta con el barro que había precipitado
-la destilación; pero á pesar de esto, en Sagunto nadie hablaba de
-rendirse y había que continuar la defensa. Todos sabían lo que les
-esperaba al caer en manos de Hanníbal.</p>
-
-<p>—He hablado con él —dijo Acteón— y se muestra inexorable. Si entra
-en Sagunto todos seremos sus esclavos.</p>
-
-<p>Volvió á agitarse la asamblea con un movimiento de indignación.</p>
-
-<p>—¡Moriremos antes! —gritaron los Ancianos.</p>
-
-<p>Y rápidamente se acordó lo que debían decir al pueblo. Juraron todos
-por los dioses ocultar la verdad. Prolongarían el sacrificio con la
-esperanza de que aún llegase á tiempo el auxilio de Roma. Y componiendo
-el gesto para que nadie adivinase la desesperación de los Ancianos,
-salieron éstos del templo.</p>
-
-<p>Pronto circuló entre la muchedumbre la noticia. Los legados se
-habían dirigido á Cartago para no perder tiempo en el campamento, y
-allá<span class="pagenum" id="Page_377">p. 377</span> pedirían el
-castigo de Hanníbal. De un momento á otro iban á llegar las legiones
-que enviaba Roma para apoyar á los saguntinos.</p>
-
-<p>La muchedumbre acogió estas halagüeñas noticias con un entusiasmo
-frío. Las penalidades del sitio amortiguaban su vehemencia. Además,
-se había enardecido tantas veces con la esperanza de los romanos, que
-dudaba de su auxilio, no creyendo en él hasta que viese llegar la
-flota.</p>
-
-<p>Acteón se confundió con la muchedumbre hambrienta, buscando á
-Sónnica. La vió rodeada de Lacaro y los jóvenes elegantes. Cerca de
-ellos Eufobias sonreía á Sónnica, sin atreverse á aproximarse.</p>
-
-<p>—Los dioses te han guardado en tu viaje, Acteón —dijo el parásito—.
-Tienes mejor aspecto que los que hemos permanecido en la ciudad. Bien
-se ve que has comido.</p>
-
-<p>—Pues tú, filósofo —dijo el griego— no estás tan macilento y
-descarnado como los demás. ¿Quién te mantiene?</p>
-
-<p>—Mi pobreza. Estaba tan acostumbrado al hambre en los tiempos de
-abundancia, que ahora apenas si noto la carestía. ¡Ventajas de ser
-filósofo y mendigo!</p>
-
-<p>—No creas á ese monstruo —dijo Lacaro con repugnancia—. Es
-tan bárbaro como un celtíbero. Todos los días come; pero debían
-crucificarle en medio del Foro para que sirviera de escarmiento. Le han
-visto rondar por la noche cerca<span class="pagenum" id="Page_378">p.
-378</span> de las murallas con una turba de esclavos en busca de los
-cuerpos agonizantes.</p>
-
-<p>El griego se separó con repugnancia del parásito.</p>
-
-<p>—No lo creas, Acteón —dijo Eufobias—. Envidian mi parquedad de
-mendigo, así como en otro tiempo la insultaban. El hambre es mi antigua
-compañera y me respeta.</p>
-
-<p>Se alejaron todos del parásito, y Acteón siguió á Sónnica á su casa.
-La hermosa griega vivía casi sola. Muchos de sus servidores habían
-muerto en las murallas; otros habían perecido en las calles, víctimas
-de la peste. Algunos esclavos, no pudiendo resistir el tormento del
-hambre, se fugaban al campo sitiador. Dos esclavas viejas gemían en un
-rincón, entre el amontonamiento de ricos cofres y lujosos muebles. Los
-grandes almacenes del piso bajo estaban vacíos. Una banda de chicuelos
-se había establecido allí y pasaban las horas inmóviles y al acecho,
-esperando que de los rincones saliese alguna rata, para caer sobre
-ella, como una bestia de inestimable valor.</p>
-
-<p>—¿Y Ranto? —preguntó el griego á su amada.</p>
-
-<p>—Pobrecilla; la veo de tarde en tarde. No quiere vivir aquí:
-se escapa cuando la hago traer para tenerla segura. Ha perdido la
-razón desde que vió el cadáver de su amante. Vaga día y noche por
-las murallas. Se presenta en los sitios de mayor combate, pasando
-insen<span class="pagenum" id="Page_379">p. 379</span>sible por entre
-los dardos, como si no los viera. Por la noche se oyen de lejos las
-canciones que entona llamando á Eroción, y muchas veces se presenta
-coronada con una guirnalda de flores de las que crecen en las murallas
-y pregunta por el hijo de Mopso, como si éste se ocultase entre los
-defensores. El populacho cree que está en comunicación con los dioses
-y la mira con respeto, preguntándola cual va á ser la suerte de
-Sagunto.</p>
-
-<p>Pasaron la noche los dos amantes entre el amontonamiento de riquezas
-del almacén, tendidos sobre unos tapices, estrechándose amorosamente,
-insensibles á todo cuanto les rodeaba, como si estuvieran aún en
-la rica quinta del agro, al final de uno de aquellos banquetes que
-escandalizaban á los viejos saguntinos.</p>
-
-<p>Transcurrieron algunos días. La ciudad había vuelto á caer en el
-marasmo, y tenaz en su resolución, seguía defendiéndose con el estómago
-desfallecido por el hambre. Los sitiadores no extremaban sus ataques.
-Hanníbal adivinaba sin duda el estado de la ciudad, y deseoso de evitar
-á sus tropas el derramamiento de sangre, dejaba que transcurriese el
-tiempo y mantenía el apretado cerco, esperando que el hambre y la peste
-completasen su triunfo.</p>
-
-<p>Aumentaba la mortalidad en las calles. Ya no había quien recogiese
-los muertos; la hoguera que los consumía en lo alto de la Acrópolis
-se<span class="pagenum" id="Page_380">p. 380</span> había apagado.
-Los cadáveres abandonados á las puertas de las casas, se cubrían de
-asquerosos insectos, hasta que las aves de rapiña bajaban audazmente
-por la noche al centro de la ciudad, disputando tenazmente su presa á
-los perros vagabundos de retorcida lengua y ojos de ascuas, convertidos
-en bestias feroces por el hambre.</p>
-
-<p>Gentes hediondas, de aspecto salvaje, poseídas de la demencia de la
-extenuación, se arrastraban cautelosamente por las callejuelas, armadas
-con palos, piedras y dardos. Iban de caza así que cerraba la noche.
-Eufobias los guiaba, dándoles consejos con majestuoso énfasis, como si
-fuese un gran capitán dirigiendo á su ejército. Cuando conseguían matar
-un cuervo ó un perro salvaje, lo llevaban al Foro, chamuscándolo en una
-hoguera, y se disputaban á golpes los hediondos pedazos, mientras los
-ciudadanos ricos se alejaban desfallecidos, pero sintiendo náuseas ante
-tales horrores.</p>
-
-<p>Comenzaba la primavera. Era una primavera triste que se manifestaba
-á los sitiados en las florecillas que surgían de las cabelleras de
-hierba de los torreones y los tejados de las casas. Había acabado el
-invierno y, sin embargo, hacía frío en Sagunto; un frío de tumba que
-sentían los sitiados hasta en los huesos. Brillaba el sol, y la ciudad
-parecía obscurecida por una bruma fétida que daba á las casas y á los
-seres un tinte plomizo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_381">p. 381</span>Acteón, al
-dirigirse una mañana á la parte más alta del monte, donde continuaba
-el combate, encontró en el Foro al prudente Alco. El buen ciudadano
-revelaba en su aspecto tristeza y desaliento.</p>
-
-<p>—Ateniense —le dijo con expresión misteriosa—. Estoy resuelto á que
-esto acabe. La ciudad no puede resistir más. Bastante ha esperado el
-auxilio de los romanos. Que caiga Sagunto y se avergüence Roma de su
-infidelidad con los aliados. Hoy mismo iré al campamento de Hanníbal á
-pedirle la paz.</p>
-
-<p>—¿Lo has pensado bien? —exclamó el griego—; ¿no temes la indignación
-de tu pueblo al verte en tratos con el enemigo?</p>
-
-<p>—Amo mucho á mi ciudad y no puedo presenciar impasible su
-sacrificio, su agonía interminable. Pocos lo saben; pero á tí te lo
-digo, Acteón, porque eres discreto. Estamos mucho peor que el pueblo
-se imagina. Ya no queda un pedazo de carne para los que defienden
-las murallas; esta mañana, de las cisternas apenas si se ha podido
-sacar barro. No tenemos agua. Unos cuantos días más de resistencia, y
-tendremos que comernos los cadáveres como esas turbas de desalmados que
-se alimentan por la noche. Tendremos que matar á los pequeñuelos para
-apagar nuestra sed con su sangre.</p>
-
-<p>Calló Alco un momento, y se pasó la mano por la frente con un gesto
-de pena, como si<span class="pagenum" id="Page_382">p. 382</span>
-quisiera arrojar lejos de él terribles recuerdos.</p>
-
-<p>—Nadie mejor que los Ancianos —continuó— conocemos lo que ocurre en
-la ciudad. Los dioses deben temblar de horror contemplando lo que hace
-Sagunto al verse abandonada por ellos. Oye y olvida, Acteón, —dijo en
-voz muy baja y con acento de espanto—. Ayer, dos mujeres enloquecidas
-por el hambre, echaron suertes para escoger cuál de sus pequeños
-habían de devorar. Los Ancianos hemos cerrado ojos y oídos; no hemos
-querido ver ni escuchar, comprendiendo que el castigo sólo serviría
-para difundir más tales horrores. Los ciudadanos que pelean en las
-murallas, tragan el cuero de sus armas para engañar el hambre. La carne
-se despega de sus huesos, enflaquecen y caen como heridos por el rayo
-invisible de los dioses. Llevamos cerca de ocho meses de resistencia;
-dos terceras partes de la ciudad ya no existen. Hemos hecho bastante
-ante el cielo y ante los hombres para demostrar cómo cumple Sagunto sus
-juramentos.</p>
-
-<p>El griego bajaba la cabeza, convencido de las razones de Alco.</p>
-
-<p>—Además —continuó éste— el ánimo de la ciudad decae: se extingue la
-fe. Los presagios son todos en contra nuestra. Hay gentes que durante
-la noche han visto globos de fuego elevarse de la Acrópolis y huir
-hacia el mar, hundiéndose en las aguas como esas estrellas velo<span
-class="pagenum" id="Page_383">p. 383</span>ces que cortan con una raya
-de luz el azul del cielo. La muchedumbre cree que son los Penates de la
-ciudad que, adivinando la próxima ruina de Sagunto, la abandonan para
-ir á establecerse al otro lado del mar de donde vinieron. Anoche, los
-que velan arriba, en el templo de Hércules, vieron salir por debajo
-de la tumba de Zazintho una serpiente que silbaba como si estuviese
-herida. Era azul con estrellas de oro: la serpiente que mordió á
-Zazintho y fué causa de la fundación de la ciudad en torno de la tumba
-del héroe. Pasó entre las piernas de los asombrados guardianes, huyó
-monte abajo y se alejó por la llanura con dirección al mar. También
-ese nos abandona; el reptil sagrado que era como el dios tutelar de
-Sagunto.</p>
-
-<p>—Tal vez no sea verdad —dijo el griego—. Alucinaciones de la gente
-atormentada por el hambre.</p>
-
-<p>—Puede que así sea; pero acércate á las mujeres y las verás llorar,
-á pesar de su miseria, lamentando la fuga de la serpiente de Zazintho.
-Creen á la ciudad sin defensa, y muchos hombres se sentirán hoy más
-débiles en las murallas al conocer la extraña desaparición. La fe es lo
-que sostiene á los pueblos.</p>
-
-<p>Permanecieron silenciosos los dos hombres un buen rato.</p>
-
-<p>—Ve —dijo al fin el griego—. Habla con Hanníbal y que los dioses le
-inspiren la clemencia.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_384">p. 384</span>—¿Por qué no
-vienes conmigo? Tú que tanto has viajado y posees la elocuencia de la
-convicción podrías ayudarme.</p>
-
-<p>—Hanníbal me conoce. He despreciado su amistad y me odia. Ve y salva
-á la ciudad... Mi suerte está echada. Ese africano no retrocede en su
-cólera. Perdonará á todos menos á mí. Yo moriré antes que verme esclavo
-ó agonizante en una cruz.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_10">
- <p><span class="pagenum" id="Page_385">p. 385</span></p>
- <h2 class="nobreak" title="X. La última noche">X</h2>
- <p class="subh2">La última noche</p>
-</div>
-
-<p>Era más de media tarde cuando Acteón, que estaba entre los
-defensores de la parte alta de la ciudad, vió aproximarse á Ranto por
-una callejuela inmediata á la muralla.</p>
-
-<p>No había encontrado á la pastorcilla desde su regreso á Sagunto, y
-al verla reconoció en ella los estragos causados por las penalidades
-del sitio y el dolor que quebrantaba su razón.</p>
-
-<p>Caminaba absorta, con la cabeza baja, y en su enmarañada cabellera
-asomaban algunas florecillas mustias, que soltaban á cada paso los
-pétalos muertos. La túnica desgarrada y sucia dejaba ver su cuerpo
-enflaquecido, que aún conservaba la esbeltez y frescura admiradas
-por el griego. El pecho se había desarrollado un tanto, como si
-el dolor madurase sus globos que apuntaban antes como capullos;
-los ojos, dilatados por la demencia, parecían llenar todo su<span
-class="pagenum" id="Page_386">p. 386</span> rostro, esparciendo en
-torno de él una luz misteriosa, una aureola de fiebre.</p>
-
-<p>Avanzaba lentamente: varias veces levantó la cabeza mirando á los
-hombres que estaban en lo alto de la muralla, y al fin, deteniéndose al
-pie de la escala de piedra, murmuró con voz suplicante que parecía un
-vagido:</p>
-
-<p>—¡Eroción! ¡Eroción!...</p>
-
-<p>Á pesar de que tras los manteletes de los sitiadores se notaba algún
-movimiento, como si éstos intentasen un nuevo ataque contra la ciudad,
-el griego descendió de la muralla con el deseo de ver de cerca á la
-joven.</p>
-
-<p>—Ranto... pastorcilla, ¿me conoces?</p>
-
-<p>La hablaba con tono cariñoso, cogiéndola las manos; pero ella se
-agitó, intentando desasirse, como si despertase sobresaltada. Después
-de este esfuerzo cayó en una absoluta postración, y fijando sus ojos
-enormes y asustados en el griego, exclamó:</p>
-
-<p>—¡Tú!... ¡Eres tú!</p>
-
-<p>—¿Me conoces?</p>
-
-<p>—Sí: eres el ateniense; eres mi señor: el amado de Sónnica la
-rica... Dí, ¿dónde está Eroción?</p>
-
-<p>El griego no supo qué contestar; pero Ranto siguió hablando sin
-esperar la respuesta.</p>
-
-<p>—Me dijeron que había muerto; hasta yo misma creí verle tendido
-al pie de las murallas; pero no era verdad; fué un mal sueño. El
-muerto<span class="pagenum" id="Page_387">p. 387</span> era su padre,
-Mopso, el arquero. Desde entonces que huye de mí, como si quisiera
-llorar á solas la muerte de su padre. De día se oculta. Le veo de
-lejos, sobre la muralla, entre los combatientes, y cuando subo en su
-busca, encuentro hombres armados y Eroción desaparece. Sólo me es fiel
-por la noche: entonces me busca, viene á mí. Apenas me agazapo al pie
-del muro y apoyo mi cabeza en las rodillas, le veo venir, buscándome
-en la obscuridad, arrogante y amoroso, con el carcax sobre la cadera
-y el arco cruzado en las espaldas. Por él huyen los perros feroces
-que se arrastran en la sombra y me husmean la cara, mirándome con
-ojos como brasas. Viene á mí... se sienta á mi lado; sonríe, pero
-siempre está mudo. Le hablo y me contesta su sonrisa; nunca su boca.
-Busco su hombro, como en otros tiempos, para descansar mi cabeza,
-y huye, desaparece como si lo tragasen las sombras. ¿Qué es esto,
-buen griego?... Si le ves, pregúntale por qué se oculta; dile que no
-huya... Él te quiere tanto, ¡tanto!... ¡Me ha hablado tantas veces con
-entusiasmo de tí y de tu país!...</p>
-
-<p>Calló un momento, como si estas palabras hubiesen despertado en
-su memoria todo un pasado de recuerdos. Los agrupaba, los reunía
-con un esfuerzo penoso que se reflejaba en su rostro, y lentamente
-surgía en su memoria la imagen de aquellos días felices, anteriores al
-sitio, cuando ella y Eroción correteaban por el valle y tenían<span
-class="pagenum" id="Page_388">p. 388</span> por casa todos los
-bosquecillos del agro saguntino.</p>
-
-<p>Sonreía á Acteón, mirándolo cariñosamente, y le recordaba sus
-diversos encuentros: la primera entrevista en el camino de la Sierpe,
-cuando acababa él de desembarcar, pobre y desconocido. Después, el
-gesto de paternal protección con que les saludaba al encontrarlos en
-los campos, subiendo á los cerezos, disputándose entre risas el rojo
-fruto con los labios, y aquella sorpresa bajo las frondosas higueras,
-cuando ella, totalmente desnuda, servía de modelo al joven escultor.
-¿Se acordaba? ¿No había olvidado el griego aquellos días de paz y
-felicidad?</p>
-
-<p>Acteón los tenía presentes en su memoria. Duraba aún en él la
-impresión causada por la desnudez de la pastorcilla, y en aquel mismo
-momento sus ojos sondeaban los rasguños de la vieja túnica, buscando
-con deleite de artista los contornos del cuerpo algo enflaquecido, pero
-fresco y juvenil, con los tonos calientes de su piel color de ámbar.</p>
-
-<p>Pero Ranto, después de evocar estos recuerdos, volvía á su desvarío.
-¿Dónde estaba Eroción? ¿Le había visto? ¿Estaba arriba entre los
-defensores? Y el griego tornaba á contenerla, cogiéndola las manos,
-para evitar que subiese al muro.</p>
-
-<p>Arriba, los defensores gritaban, disparando<span class="pagenum"
-id="Page_389">p. 389</span> sus arcos, arrojando dardos y piedras.
-Había comenzado el ataque de los sitiadores. Pasaban por encima de las
-almenas, como obscuros pájaros, los proyectiles de fuera, y el muro se
-conmovía con sordos choques, como si los africanos lo atacasen con sus
-arietes y picos, para abrir brecha.</p>
-
-<p>Acteón, que desde su regreso á Sagunto era el alma de la defensa,
-necesitaba subir al muro.</p>
-
-<p>—Márchate, Ranto —decía apresuradamente—. Aquí van á matarte...
-Vuelve á casa de Sónnica... Yo te llevaré á Eroción... Pero huye,
-ocúltate. Mira como caen los dardos cerca de nosotros.</p>
-
-<p>Y la empujaba rudamente, acabando por arrojarla lejos de la
-escalera, con impulso brutal, que la hizo doblar las rodillas.</p>
-
-<p>El griego subió apresuradamente, oyendo sin inmutarse los mortales
-silbidos que rasgaban el aire cerca de su cabeza. Antes de que llegase
-á las almenas, sonó á sus espaldas un débil gemido, un grito dulce, que
-recordó á Acteón el balido de los cervatillos al recibir un saetazo en
-las cacerías. Al volverse, vió en mitad de la escalera á Ranto, que
-se doblaba hacia atrás para caer, con el pecho cubierto de sangre y
-clavada en él, una larga vara con cola de plumas, todavía temblorosa
-por los estremecimientos de la velocidad.</p>
-
-<p>Había querido seguirle á lo alto de la mura<span class="pagenum"
-id="Page_390">p. 390</span>lla, y en la escalera la alcanzó una flecha
-de los sitiadores.</p>
-
-<p>—¡Ranto!... ¡Pobrecita!...</p>
-
-<p>El griego, obedeciendo al impulso de un dolor que él mismo no podía
-explicarse, pero que resultaba más fuerte que su voluntad, olvidó la
-defensa del muro, el ataque de los enemigos, todo, para correr hacia la
-joven, que se desplomaba con el suave desmayo de un ave herida.</p>
-
-<p>Sosteniéndola con sus fuertes brazos, la bajó para tenderla al pie
-de la escalera. Ranto suspiraba, movía la cabeza como queriendo alejar
-el dolor que se apoderaba de ella.</p>
-
-<p>El griego la sostenía por los hombros, llamándola con voz
-cariñosa:</p>
-
-<p>—Ranto... Ranto...</p>
-
-<p>En sus ojos, agrandados por el dolor, parecía condensarse la luz.
-Su mirada era ahora humana; perdía por momentos la vaguedad de la
-demencia. Parecía haber recobrado la razón á impulsos del dolor, como
-si en este supremo momento de lucidez, viera de un golpe todo el
-pasado.</p>
-
-<p>—No mueras, Ranto —murmuraba el griego, sin darse cuenta de lo que
-decía—. Aguarda: te arrancaré ese hierro; te llevaré al Foro sobre mis
-espaldas para que te curen.</p>
-
-<p>Pero la joven movía tristemente la cabeza. No: quería morir; quería
-reunirse con Eroción, cerca de los dioses, entre las nubes de rosa y
-oro, por donde paseaba la madre del Amor, se<span class="pagenum"
-id="Page_391">p. 391</span>guida de los que en la tierra se amaron
-mucho. Había vagado como una sombra por entre los horrores de la ciudad
-sitiada, creyendo que Eroción vivía, buscándolo por todas partes,
-y Eroción había muerto; lo recordaba bien ahora: ella misma había
-contemplado su cadáver. Muerto él, ¿para qué quería vivir?</p>
-
-<p>—Vivirás para mí —gritó Acteón, exasperado por el dolor, sin ver lo
-que le rodeaba, sin oir los gritos de los defensores en el inmediato
-muro y los pasos que sonaban á su espalda en una callejuela cercana—.
-Ranto, pastorcilla, escúchame. Ahora comprendo por qué deseaba verte;
-por qué tu recuerdo me asaltaba á veces allá en Roma, siempre que
-pensaba en Sagunto. Vive y serás para Acteón la última primavera de su
-existencia. Te amo, Ranto. Eres mi afecto postrero; la flor que se abre
-en el invierno de mi vida. Te amo, Ranto: te amo desde el día en que te
-ví desnuda como una diosa. Vive y seré tu Eroción.</p>
-
-<p>La joven, pálida ya, con el rostro empañado por la sombra de la
-muerte, sonrió murmurando:</p>
-
-<p>—Acteón... buen griego... gracias, gracias.</p>
-
-<p>Y su cabeza resbaló entre las manos de Acteón, cayendo pesadamente
-en el suelo. El ateniense estuvo inmóvil mucho rato, contemplando con
-estúpida fijeza el cuerpo de la joven. El silencio que se hizo de
-pronto en la muralla, pareció despertarle del doloroso sopor.<span
-class="pagenum" id="Page_392">p. 392</span> Los sitiadores habían
-suspendido su ataque. El griego se incorporó; pero volvió á
-arrodillarse para besar varias veces la boca todavía caliente de la
-pastorcilla y sus ojos inmóviles, desmesuradamente abiertos, en los
-cuales reflejábanse como en una agua muerta los rojos resplandores de
-la puesta del sol.</p>
-
-<p>Al levantarse vió frente á él á Sónnica inmóvil, rígida, mirándole
-con ojos fríos é irónicos.</p>
-
-<p>—¡Sónnica!... ¡Tú!</p>
-
-<p>—He venido para decirte que corras al Foro. Un mensajero del campo
-enemigo se ha presentado en las puertas de la ciudad pidiendo hablar á
-los Ancianos. El pueblo está convocado en el Foro.</p>
-
-<p>Á pesar de la importancia de la noticia, Acteón no se conmovió. Le
-preocupaba la fría rigidez de Sónnica.</p>
-
-<p>—¿Desde cuándo estás aquí?</p>
-
-<p>—Llegué á tiempo para ver como te despedías para siempre de mi
-esclava.</p>
-
-<p>Calló un instante, pero como impulsada por un sentimiento superior
-á su voluntad, avanzó hacia él con los ojos centelleantes y las manos
-extendidas.</p>
-
-<p>—La amabas, ¿verdad? —dijo con amargura.</p>
-
-<p>—Sí —contestó el griego con voz tenue, como avergonzado de su
-confesión—. Conozco ahora que la amaba... pero también te amo á tí.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_393">p. 393</span>Permanecieron
-inmóviles largo rato, con la vista fija en aquel cadáver que
-les separaba. Era como un muro frío levantándose entre los dos,
-apartándolos para siempre.</p>
-
-<p>Acteón sentíase avergonzado por el dolor que sus palabras causaban
-á aquella mujer que tanto le había amado. Sónnica parecía absorta por
-su inmensa decepción y contemplaba fríamente, con ojos de Némesis
-implacable, el cadáver de la esclava.</p>
-
-<p>—Aléjate, Acteón —dijo la griega—. Te esperan en el Foro. Los
-Ancianos reclaman tu presencia para que sirvas de intérprete al
-mensajero de Hanníbal.</p>
-
-<p>El ateniense dió algunos pasos, pero se detuvo, implorando
-dulcemente misericordia para el cadáver.</p>
-
-<p>—Va á quedar abandonada... Pronto cerrará la noche, y los perros
-hambrientos... los desalmados que buscan los cadáveres...</p>
-
-<p>Sentía escalofríos al pensar que aquel cuerpo hermoso que le
-había hecho estremecer de admiración, llegase á ser devorado por las
-bestias.</p>
-
-<p>Sónnica le contestó con un gesto. Podía alejarse: ella permanecería
-allí. Y Acteón, dominado por la fría altivez de su amante, partió
-corriendo hacia el Foro.</p>
-
-<p>Al llegar á la plaza comenzaba á anochecer. Ardía en el centro
-la gran fogata, que se en<span class="pagenum" id="Page_394">p.
-394</span>cendía todas las noches para combatir el frío mortal de la
-ciudad en plena primavera.</p>
-
-<p>Los Ancianos sacaban sus sillas de marfil al pie de las gradas del
-templo para esperar ante la muchedumbre al mensajero de Hanníbal. La
-noticia había circulado por toda la ciudad, y la gente se agolpaba en
-el Foro, ansiosa de escuchar las proposiciones del sitiador. Nuevos
-grupos desembocaban á cada momento por todas las callejuelas afluyentes
-á la gran plaza, donde se concentraba la agonizante vida de la
-ciudad.</p>
-
-<p>Acteón fué á colocarse junto á los Ancianos. Extendió su vista y
-no vió á Alco. Estaba aún en el campo sitiador, y la llegada de aquel
-emisario debía ser consecuencia de su entrevista con Hanníbal.</p>
-
-<p>Un senador le explicó el suceso. Se había presentado ante los muros
-un enemigo sin armas y tremolando una rama de olivo. Pedía hablar al
-Senado en nombre de los sitiadores, y la asamblea de los Ancianos creyó
-necesario reunir á toda la ciudad para que tomase parte en la suprema
-deliberación.</p>
-
-<p>Habían dado orden de introducir al mensajero, y al poco rato se vió
-avanzar, rompiendo la aglomeración de la muchedumbre, un grupo armado,
-en el centro del cual marchaba un hombre con la cabeza descubierta, sin
-armas y levantando con la diestra una rama, símbolo de paz.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_395">p. 395</span>Al pasar junto
-á la hoguera dió de lleno en su rostro el resplandor rojizo de las
-llamas, y en el Foro se levantó un clamoreo de indignación. Le habían
-reconocido.</p>
-
-<p>—¡Alorco!... ¡Es Alorco!</p>
-
-<p>—¡Traidor!</p>
-
-<p>—¡Ingrato!</p>
-
-<p>Muchas manos buscaron la espada para caer sobre él; por encima de
-las cabezas de la muchedumbre se agitaron algunos brazos empuñando
-dardos; pero la presencia de los Ancianos y la triste sonrisa del
-celtíbero calmaron los ánimos. Además, el pueblo sentía la debilidad de
-la miseria; no tenía fuerzas para la indignación y ansiaba oir pronto
-al mensajero; conocer la suerte que le reservaba el enemigo.</p>
-
-<p>Avanzó Alorco hasta colocarse frente á los Ancianos, y la gran plaza
-quedó en un silencio profundo, sólo interrumpido por el chisporroteo
-de los leños de la hoguera. Todos los ojos estaban fijos en el
-celtíbero.</p>
-
-<p>—¿Alco el Prudente no está entre vosotros? —comenzó por
-preguntar.</p>
-
-<p>Todos miraron en torno con sorpresa. Era verdad; hasta entonces no
-habían notado la ausencia de aquel hombre, que era el primero en todos
-los actos públicos.</p>
-
-<p>—No le busquéis —continuó el celtíbero—. Alco está en el campamento
-de Hanníbal. Dolido del estado de la ciudad, comprendiendo que<span
-class="pagenum" id="Page_396">p. 396</span> es imposible continuar la
-defensa por más tiempo, se ha sacrificado por vosotros, y á riesgo de
-morir llegó hace algunas horas á la tienda de Hanníbal para suplicarle
-con lágrimas que tuviese compasión de vosotros.</p>
-
-<p>—¿Y por qué no ha venido contigo? —preguntó uno de los Ancianos.</p>
-
-<p>—Sentía miedo y vergüenza de repetiros las palabras de Hanníbal, las
-condiciones que impone para que se entregue la ciudad.</p>
-
-<p>Se hizo aún mayor el silencio. La muchedumbre adivinaba en el terror
-del ausente Alco las espantosas exigencias del vencedor, que hacían
-latir apresuradamente el corazón de todos, antes de conocerlas.</p>
-
-<p>Iban llegando al Foro nuevos grupos de gente. Hasta los defensores
-de la ciudad abandonaban las murallas, atraídos por el suceso, y
-estaban allí, en las desembocaduras de las calles, centelleando al
-resplandor de la hoguera sus cascos de bronce y sus escudos de varias
-formas, redondos, estrangulados y de media luna. Acteón vió llegar
-también á Sónnica, que se abrió paso entre el gentío, yendo á colocarse
-junto al grupo formado por la juventud elegante que la admiraba.</p>
-
-<p>Alorco siguió hablando.</p>
-
-<p>—Ya sabéis quién soy yo. Hace un momento escuché amenazas, ví gestos
-de muerte al reconocerme. Comprendo la indignación al encontrar<span
-class="pagenum" id="Page_397">p. 397</span>me frente á vosotros. Tal
-vez seré un ingrato; pero pensad que nací en otras tierras y la muerte
-de mi padre me puso al frente de un pueblo al que tengo que obedecer
-y seguir en sus alianzas. Nunca he olvidado que fuí el huésped de
-Sagunto; guardo el recuerdo de vuestra hospitalidad y me intereso por
-la suerte de este pueblo como si fuese la de mi misma patria. Pensad
-bien en vuestra situación, saguntinos. El valor tiene sus límites,
-y por más que os esforcéis, los dioses han decretado la ruina de la
-valerosa Sagunto. Lo demuestran con su abandono; y vuestro arrojo se
-estrellará ante su voluntad inmutable.</p>
-
-<p>Las vagas palabras de Alorco aumentaban la incertidumbre del pueblo.
-Todos temían las condiciones de Hanníbal, por lo mismo que el celtíbero
-se retrasaba en exponerlas.</p>
-
-<p>—¡Las condiciones!... ¡Dinos las condiciones! —gritaron desde varios
-puntos del Foro.</p>
-
-<p>—La prueba de que he venido por interés vuestro —continuó Alorco
-como si no oyera estos gritos— está en que mientras habéis podido
-resistir con vuestras propias fuerzas ó esperar un socorro de los
-romanos no me he presentado á aconsejaros la sumisión. Pero vuestras
-murallas no pueden defenderos más; todos los días perecen de hambre
-centenares de saguntinos; los romanos no vendrán, están muy lejos y
-ocupados en otras guerras; en vez de enviaros le<span class="pagenum"
-id="Page_398">p. 398</span>giones os envían legados; y por esto yo,
-viendo que Alco titubeaba en volver, arrostro vuestra indignación para
-traeros una paz que no es ventajosa, pero resulta necesaria.</p>
-
-<p>—¡Las condiciones! ¡Las condiciones! —gritó la muchedumbre con un
-formidable aullido que hizo temblar al Foro.</p>
-
-<p>—Pensad —dijo Alorco— que lo que quiera concederos el vencedor es
-un regalo que os hace, pues hoy es dueño de todo lo vuestro: vidas y
-haciendas.</p>
-
-<p>Esta verdad terrible, cayendo sobre la muchedumbre, produjo el
-silencio.</p>
-
-<p>—Sagunto, que está en gran parte destruída y cuyos extremos ocupan
-ya sus tropas, os la toma como castigo; pero permitirá que construyáis
-una nueva ciudad en el punto que Hanníbal os designe. Todas las
-riquezas que guardéis, tanto en el tesoro público como en vuestras
-casas, serán entregadas al vencedor. Hanníbal respetará vuestras vidas,
-las de vuestras esposas é hijos, pero tendréis que salir para el lugar
-que os designe sin armas y con sólo dos trajes. Comprendo que las
-condiciones son crueles; pero la desgracia os obliga á soportarlas.
-Peor es morir y que vuestras familias caigan como botín de guerra en
-manos de la soldadesca triunfante.</p>
-
-<p>Terminó de hablar Alorco, y, sin embargo, continuó el silencio
-en el Foro; un silencio pro<span class="pagenum" id="Page_399">p.
-399</span>fundo, amenazante, igual á la plomiza calma que precede á una
-tempestad.</p>
-
-<p>—No; saguntinos, no —gritó una voz de mujer.</p>
-
-<p>Acteón reconoció á Sónnica en esta voz.</p>
-
-<p>—No, no —contestó la muchedumbre, como un eco atronador.</p>
-
-<p>Se agitaban, corrían de un lado á otro, se empujaban los grupos
-poseídos de furia, como si quisieran despedazarse, desahogando la rabia
-que les producían las condiciones del vencedor.</p>
-
-<p>Sónnica había desaparecido; pero Acteón la vió volver al Foro,
-seguida de un cordón de gente; esclavos, mujeres, soldados, llevando
-todos sobre sus hombros los ricos muebles de la quinta, amontonados en
-el almacén; las arquillas de joyas, los suntuosos tapices, los lingotes
-de plata y las cajas de polvo de oro. La muchedumbre contemplaba este
-desfile de riquezas, sin adivinar el propósito de Sónnica.</p>
-
-<p>—No, no —repetía la griega, como si hablase con ella misma.</p>
-
-<p>Estaba fuera de sí por las proposiciones del vencedor. Se veía
-saliendo de la ciudad, sin más fortuna que una túnica puesta y otra
-sobre el brazo, teniendo que mendigar por los caminos ó trabajar en los
-campos como una esclava, perseguida por aquella soldadesca feroz, de
-diversas razas.</p>
-
-<p>—No, no —repetía enérgicamente, abriéndose<span class="pagenum"
-id="Page_400">p. 400</span> paso entre la muchedumbre, para llegar á la
-hoguera en el centro del Foro.</p>
-
-<p>Estaba magnífica, con la rubia cabellera alborotada por la
-agitación, la túnica rota por los empellones del gentío, los ojos
-relampagueantes, con la expresión de una Furia, que encontraba amarga
-voluptuosidad en la destrucción. ¿Para qué las riquezas? ¿Para qué
-vivir? Y en su desesperada energía, mezclábase por mucho la amargura
-que una hora antes había paladeado ante el cadáver de su esclava.</p>
-
-<p>Ella dió la señal, arrojando en la hoguera una imagen de Venus,
-de jaspe y plata, que llevaba en sus brazos, y que desapareció entre
-las llamas como si fuera un pedrusco. Los que la seguían, gente toda
-miserable y hambrienta, la imitaron con intenso goce. La destrucción
-de tantas riquezas, les hacía rugir de placer y dar saltos de alegría,
-á ellos, tan pobres, que habían pasado su existencia en las escaseces
-de la esclavitud. Caían en las llamas los cofrecillos de marfil, de
-cedro y de ébano, y al chocar con los leños, se abrían, derramando
-los tesoros de su vientre; collares de perlas, guirnaldas de topacios
-y esmeraldas, arracadas de diamantes, toda la gama de las piedras
-preciosas, que centelleaban un instante entre los tizones como
-maravillosas salamandras. Después caían los tapices, los velos bordados
-de plata, las túnicas con doradas flores, las sandalias de oro, las
-sillas<span class="pagenum" id="Page_401">p. 401</span> con garras
-de león, los lechos con clavijas de metal, los peines de marfil, los
-espejos, las lámparas, las liras, los frascos de perfumes, las mesillas
-de ricos mármoles incrustados; todas las magnificencias de Sónnica la
-rica. Y la muchedumbre miserable entusiasmada por esta destrucción,
-aplaudía con rugidos, al ver la hoguera que crecía y crecía con tanto
-combustible, hasta elevar las llamas á considerable altura, arrojando
-chispas y cenizas sobre los tejados de las casas.</p>
-
-<p>—¡Hanníbal quiere riquezas! —gritaba Sónnica, con voz ronca que
-parecía un aullido—. Venid, arrojad aquí todo lo vuestro: que el
-africano se lo dispute al fuego.</p>
-
-<p>Pero no necesitaba extremar sus voces para que la imitasen. Muchos
-de los Ancianos, que habían huído en el primer instante de confusión,
-volvían al Foro llevando un cofrecillo bajo su blanco manto y lo
-arrojaban en la hoguera. Eran las riquezas que habían tomado en sus
-casas.</p>
-
-<p>Sobre las cabezas de la multitud rodaban muebles y telas de brazo en
-brazo, hasta caer en el inmenso brasero, que cada vez elevaba más altas
-sus llamas, coronadas por un humo blanco y luminoso.</p>
-
-<p>Era un holocausto en honor de los dioses mudos y sordos que
-estaban en la Acrópolis. Las casas parecían vaciarse para arrojar
-todos sus<span class="pagenum" id="Page_402">p. 402</span> adornos y
-riquezas en la hoguera. Los hombres cumplían silenciosos y sombríos su
-anhelo de destrucción; pero las mujeres parecían locas, y desgreñadas,
-rugientes, con los ojos saltando de las órbitas, danzaban en torno
-de la inmensa hoguera, atraídas por las llamas, rozándolas con sus
-vestiduras, ebrias por el fuego, arañándose el rostro sin darse cuenta
-de lo que hacían y rugiendo maldiciones con su boca espumeante de
-rabia.</p>
-
-<p>Una de ellas, como enloquecida por la ronda infernal, no pudiendo
-resistir la atracción del fuego, dió un salto, cayendo entre las
-llamas. Ardieron instantáneamente las ropas y el cabello, y flameó
-durante algunos instantes como una antorcha, desplomándose sobre los
-tizones. Otra mujer arrojó en el brasero, como si fuese una pelota, el
-niño que llevaba agarrado á su flácido pecho, y después saltó ella en
-medio de la fogata, cual si arrepentida del crimen, quisiera seguir á
-su hijo.</p>
-
-<p>El fuego se había comunicado á las techumbres de madera de las casas
-del Foro. Una guirnalda de llamas comenzaba á rodear la plaza. El humo
-y el calor asfixiaban á la muchedumbre, y en esta atmósfera densa
-y negruzca, los muebles parecían andar solos camino de la hoguera,
-arrastrándose por encima de la muchedumbre.</p>
-
-<p>Lacaro y sus elegantes amigos hablaban de<span class="pagenum"
-id="Page_403">p. 403</span> morir. Aquellos seres afeminados discutían
-con una tranquilidad sublime el modo de caer. No querían seguir á
-Sónnica, que acababa de armarse con una espada y un escudo para salir
-contra el campamento sitiador y morir matando. Les repugnaba luchar
-con un soldado rudo y casi salvaje, percibir su hedor de fiera y
-caer con el pintado rostro partido de un golpe, cubiertos de sangre
-y revolcándose en el fango, como una res degollada. No les placía
-tampoco darse de puñaladas: era un medio gastado por los héroes. Morir
-en el brasero les parecía mejor; les recordaba el sacrificio de las
-reinas asiáticas, pereciendo en una hoguera de maderas perfumadas.
-¡Lástima que aquella fogata oliese tan mal! Pero el momento no era de
-refinamientos, y echándose el manto sobre los ojos, uno tras otro, los
-jóvenes elegantes, empujando con el brazo depilado y perfumado á sus
-pequeños esclavos, entraron en la hoguera con tranquilo paso, como
-si estuvieran en aquellos días de paz en que paseaban por el Foro,
-satisfechos del escándalo que producían sus adornos femeniles.</p>
-
-<p>Sónnica recogíase la túnica en torno del talle, dejando al
-descubierto la adorable blancura de sus piernas para correr con más
-desembarazo.</p>
-
-<p>—Vamos á morir, Eufobias —dijo al filósofo, que contemplaba absorto
-este espectáculo de destrucción.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_404">p. 404</span>Por primera vez,
-el parásito no mostraba su gesto insolente é irónico. Estaba grave y
-fruncía el ceño, viendo como morían aquellas gentes de las que tanto se
-había burlado.</p>
-
-<p>—¡Morir! —dijo—. ¿Es preciso morir? ¿Lo crees tú, Sónnica?</p>
-
-<p>—Sí; el que no quiera ser esclavo, debe morir. Coge una espada y ven
-conmigo.</p>
-
-<p>—No necesito tanto. Si he de morir, quiero evitarme la fatiga de
-correr; el trabajo de dar golpes. Moriré tranquilo, con la dulce pereza
-que embelleció mi vida.</p>
-
-<p>Y lentamente, sin apresurarse, dió algunos pasos y se acostó entre
-las llamas con la cara cubierta por su manto remendado, lo mismo que se
-tendía bajo los pórticos del Foro en los días de paz.</p>
-
-<p>En las gradas del templo, los Ancianos se herían el pecho con el
-puñal. Agonizantes, prestaban su arma al compañero más inmediato,
-y morían haciendo esfuerzos por mantenerse erguidos en sus sillas.
-Grupos de mujeres arrebataban maderos encendidos de la gran hoguera
-y se esparcían como bacantes furiosas por toda Sagunto, quemando las
-puertas, arrojando tizones sobre los techos de tablas.</p>
-
-<p>De repente en la parte alta de la ciudad, allí donde se concentraban
-los ataques de los sitiadores, sonó un horrible estrépito, como si
-media montaña se viniera abajo. Los muros es<span class="pagenum"
-id="Page_405">p. 405</span>taban abandonados por los defensores
-reunidos en el Foro, y una torre que los cartagineses minaban desde
-algunos días antes, acababa de derrumbarse. Una cohorte del ejército
-de Hanníbal, viendo libre la entrada de la ciudad, se lanzó dentro
-de ella, dando aviso al caudillo para que acudiese con todas sus
-fuerzas.</p>
-
-<p>—¡Á mí! ¡á mí! —gritaba Sónnica con su voz ronca—. Ésta es nuestra
-última noche. Yo no muero en la hoguera; quiero morir matando... ¡Deseo
-sangre!</p>
-
-<p>Salió del Foro como una furia, seguida de Acteón, que corría á su
-lado llamándola, haciendo esfuerzos porque le mirase. Pero la hermosa
-griega permanecía insensible en su furia, como si llevase al lado un
-desconocido.</p>
-
-<p>Les siguieron en revuelto tropel todos los que estaban en el
-Foro; ciudadanos armados, mujeres que esgrimían cuchillos y dardos,
-adolescentes desnudos, sin otra defensa que una pica. Á la luz de
-los incendios pasaban como un rebaño enloquecido, centelleando los
-coseletes de bronce, los cascos de rota cimera, las armas manchadas
-de sangre y mostrando por los girones de las ropas los músculos
-enflaquecidos, que parecían danzar en su ancha envoltura de piel,
-apergaminada y seca por el hambre.</p>
-
-<p>Salieron de Sagunto por la parte baja, marchando al resplandor de la
-ciudad incendiada contra el campamento de los sitiadores.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_406">p. 406</span>Una cohorte de
-celtíberos que corría hacia Sagunto fué arrollada, deshecha, pateada
-por esta tromba de desesperados, que corrían con la cabeza baja,
-hiriendo cuanto encontraban por delante. Pero más allá tropezaron con
-nuevas tropas que avanzaban advertidas de la salida, y se estrellaron
-contra la hilera de escudos, no pudiendo soportar una lucha cuerpo á
-cuerpo.</p>
-
-<p>Los saguntinos, debilitados por el largo sitio, perdidas sus fuerzas
-por las enfermedades y el hambre, no pudieron resistir el choque. Los
-celtíberos, con sus espadas de dos filos, herían sin misericordia;
-y bajo sus golpes caía rápidamente aquella aglomeración de hombres
-enfermos, de mujeres y niños.</p>
-
-<p>Acteón, luchando con el escudo ante el rostro y la espada en
-alto contra dos vigorosos soldados, vió como Sónnica recibía una
-cuchillada en el cráneo y soltaba sus armas, doblándose con una suprema
-contracción antes de caer.</p>
-
-<p>—¡Acteón! ¡Acteón! —gritó en aquel momento olvidando su odio,
-sintiendo que con la muerte volvía á ella todo el fuego del antiguo
-amor.</p>
-
-<p>Cayó de bruces en el suelo. El griego quiso correr hacia ella; pero
-en el mismo instante le zumbaron los oídos, como si sobre su cráneo
-se desplomase una inmensa mole; sintió en los costados el frío del
-hierro perforando sus carnes, y cayó viéndolo todo negro, como si se
-despeña<span class="pagenum" id="Page_407">p. 407</span>ra por una
-sima lóbrega y sin fondo á cuyo fin no había de llegar nunca.</p>
-
-
-<p class="mt2">El griego despertó. Sobre su pecho pesaba una mole
-abrumadora como una montaña. No tenía la certeza de si realmente
-existía. Su cuerpo se negaba á obedecerle. Únicamente con un doloroso
-esfuerzo, pudo abrir los ojos y recordar confusamente por qué estaba
-allí.</p>
-
-<p>Lentamente vió que lo que oprimía su pecho era el cadáver de un
-soldado enorme. Acteón creyó recordar que había hundido su espada en el
-cuerpo de aquel guerrero en el mismo instante que se sentía caer en la
-noche densa y misteriosa.</p>
-
-<p>Miró en torno de él. Un resplandor rojizo, como el de una aurora sin
-fin, hacía centellear en el suelo las armas abandonadas, y marcaba la
-silueta de los cadáveres amontonados y dispersos, en extrañas posturas,
-contraídos por las últimas convulsiones.</p>
-
-<p>En el fondo ardía una ciudad. Los edificios negruzcos y deformes, se
-destacaban sobre la cortina de llamas, que con su resplandor inquieto
-hacían temblar los muros de la Acrópolis.</p>
-
-<p>Acteón lo recordó todo. Aquella ciudad era Sagunto: se oían los
-aullidos de los vencedores que corrían las calles, cubiertos de sangre,
-acabando de incendiar las casas que aún permanecían intactas, rabiosos
-contra una pobla<span class="pagenum" id="Page_408">p. 408</span>ción
-que únicamente se entregaba después de consumir sus riquezas; matando
-en su furia á cuantos seres encontraba al paso, y rematando á los
-heridos.</p>
-
-<p>Al darse cuenta de todo esto, reconocía que no había muerto; pero
-iba á morir. Lo presentía en la debilidad inmensa que se apoderaba
-de él, en el frío mortal que subía á lo largo de su cuerpo; en el
-pensamiento que se extinguía y no era ya más que una lucecilla
-débil...</p>
-
-<p>¿Y Sónnica? ¿Dónde encontrar á Sónnica?... Su último deseo era
-llegar hasta su cadáver, que debía estar próximo. Quería besarla como á
-su esclava; rendirla este tributo antes de morir. Pero al intentar un
-supremo esfuerzo, separando su cabeza del suelo, una oleada de líquido
-caliente y pegajoso le cubrió el rostro. Era la última sangre.</p>
-
-<p>Le pareció ver entonces con la vaguedad de un ensueño que se
-extingue, una especie de centauro negro, que galopaba sobre los
-cadáveres, y mirando la iluminada ciudad, reía con infernal gozo.</p>
-
-<p>Pasó junto á él. Los cascos de su caballo se hundieron en el cuerpo
-del celtíbero tendido sobre su pecho. El griego, agonizante, creyó
-reconocer el jinete á la luz del incendio.</p>
-
-<p>Era Hanníbal, con la cabeza descubierta, poseído de la furia del
-triunfo, galopando en un caballo negro como la noche, que parecía
-conta<span class="pagenum" id="Page_409">p. 409</span>giado del furor
-del jinete, y relinchaba, coceando los cadáveres, agitando su cola
-sobre los restos del combate. Al griego le pareció una furia infernal
-que venía por su alma.</p>
-
-<p>Vió débilmente, como una imagen borrosa, la cara de Hanníbal animada
-por una sonrisa de soberbia, de cruel satisfacción; el gesto majestuoso
-y feroz á la vez de uno de aquellos dioses de Cartago que sólo se
-mostraban clementes cuando humeaban en su altar los seres humanos
-sacrificados.</p>
-
-<p>Reía viendo que era suya por fin la ciudad que le había detenido
-ocho meses ante sus muros. Ya podía desarrollar sus ensueños
-audaces.</p>
-
-<p>El griego no vió más. Volvió á caer en la eterna noche.</p>
-
-<p>Hanníbal galopó en torno de la ciudad, y al ver que por la parte
-de la mar se extendía el resplandor cárdeno del amanecer, detuvo su
-caballo, miró á Oriente, y extendiendo el brazo cual si quisiera
-prolongarlo por encima de la extensión azul que cerraba el horizonte,
-gritó amenazante, como si retase á un enemigo invisible antes de caer
-sobre él:</p>
-
-<p>—¡Roma!... ¡Roma!...</p>
-
-<p class="fs90 ti0 pl2 mt2">Playa de la Malvarrosa (Valencia).</p>
-
-<p class="fs90 ti0 pl2">Julio-Septiembre 1901.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ToC">
- <p><span class="pagenum" id="Page_411">p. 411</span></p>
- <h2 class="nobreak">ÍNDICE</h2>
- <hr class="sep" />
-</div>
-
-<table class="toc" summary="Índice de contenidos">
- <tr>
- <td colspan="2">&nbsp;</td>
- <td class="tdrb bb"><small>Págs.</small></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru">I.</td>
- <td class="tdlh"><small><a href="#Ch_1">EL TEMPLO DE AFRODITA</a>.</small></td>
- <td class="tdrb">5</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru">II.</td>
- <td class="tdlh"><small><a href="#Ch_2">LA CIUDAD</a>.</small></td>
- <td class="tdrb">57</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru">III.</td>
- <td class="tdlh"><small><a href="#Ch_3">LAS DANZARINAS DE GADES</a>.</small></td>
- <td class="tdrb">119</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru">IV.</td>
- <td class="tdlh"><small><a href="#Ch_4">ENTRE GRIEGOS Y CELTÍBEROS</a>.</small></td>
- <td class="tdrb">177</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru">V.</td>
- <td class="tdlh"><small><a href="#Ch_5">LA INVASIÓN</a>.</small></td>
- <td class="tdrb">215</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru">VI.</td>
- <td class="tdlh"><small><a href="#Ch_6">ASBYTE</a>.</small></td>
- <td class="tdrb">247</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru">VII.</td>
- <td class="tdlh"><small><a href="#Ch_7">LAS MURALLAS DE SAGUNTO</a>.</small></td>
- <td class="tdrb">289</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru">VIII.</td>
- <td class="tdlh"><small><a href="#Ch_8">ROMA</a>.</small></td>
- <td class="tdrb">319</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru">IX.</td>
- <td class="tdlh"><small><a href="#Ch_9">LA CIUDAD HAMBRIENTA</a>.</small></td>
- <td class="tdrb">353</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru">X.</td>
- <td class="tdlh"><small><a href="#Ch_10">LA ÚLTIMA NOCHE</a>.</small></td>
- <td class="tdrb">385</td>
- </tr>
-</table>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3">
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
- <ul>
- <li>Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.</li>
-
- <li>Se ha respetado la ortografía del original, que difiere algo de la
- actual.</li>
-
- <li>Se han completado los emparejamientos de comillas, paréntesis,
- admiraciones e interrogaciones, se han espaciado las rayas y se
- han añadido tildes a las mayúsculas iniciales que las necesitaban.</li>
-
- <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li>
-
- <li>El nombre propio «Mompso» se ha unificado con «Mopso», y el de
- «Lisastro» con «Lisias», pues se refieren a un mismo personaje.</li>
- </ul>
-</div>
-</div>
-
-
-<hr class="full" />
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's Sónnica la cortesana, by Vicente Blasco Ibáñez
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK SÓNNICA LA CORTESANA ***
-
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-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
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-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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-from people in all walks of life.
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-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
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-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
-www.gutenberg.org
-
-
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-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
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-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
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