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-The Project Gutenberg EBook of Ranchos, by Javier De Viana
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
-to check the laws of the country where you are located before using this ebook.
-
-Title: Ranchos
- Costumbres del Campo
-
-Author: Javier De Viana
-
-Release Date: December 24, 2016 [EBook #53798]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
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-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK RANCHOS ***
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-
-Produced by Carlos Colón, Instituto Ibero-Americano de
-Berlin, Alemania and the Online Distributed Proofreading
-Team at http://www.pgdp.net (This file was produced from
-images generously made available by The Internet Archive)
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- JAVIER DE VIANA
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- RANCHOS
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- (COSTUMBRES DEL CAMPO)
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- [Ilustración: LA BOLSA DE LOS LIBROS
- MONTEVIDEO]
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- EDITOR
- CLAUDIO GARCIA
- SARANDÍ, 441
- 1920
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-OBRAS DE JAVIER DE VIANA
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- GAUCHA (novela) $ 0.50
- YUYOS (cuentos camperos) " 0.50
- MACACHINES (cuentos breves) " 0.50
- CARDOS (cuentos del campo) " 0.50
- ABROJOS (escenas del campo) " 0.50
- SOBRE EL RECADO (cuentos del campo) " 0.50
- CON DIVISA BLANCA " 0.40
- RANCHOS (costumbres del campo) " 0.50
- LEÑA SECA (4.ª edición) " 0.50
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-
-Nuevas obras a editarse por esta casa
-
- DEL CAMPO A LA CIUDAD
- POTROS, TOROS Y APERIASES
- PAISANAS
- GURI y otras novelas (3.ª edición)
- TARDES DEL FOGON
- CAMPO (3.ª edición)
- LA BIBLIA GAUCHA
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-
-EL ALMA DEL PADRE
-
-
-Por la única puerta de la cocina,--una puerta de tablas bastas, sin
-machimbres, llena de hendijas, anchas de una pulgada, el viento en
-ráfagas, violentas y caprichosas, se colaba a ratos, silbaba al
-pasar entre los labios del maderamen, y soplando con furia el hogar
-dormitante en medio de la pieza, aventaba en grísea nube las cenizas,
-y hacía emerger del recio trashoguero, ancha, larga y roja llama que
-enargentaba, fugitivamente, los rostros broncíneos de los contertulios
-del fogón y el brillador azabache de los muros esmaltados de ollin.
-
-Y de cuando en cuando, la habitación aparecía como súbitamente
-incendiada por los rayos y las centellas que el borrascoso cielo
-desparramaba a puñados sobre el campo.
-
-El lívido resplandor cuajaba la voz en las gargantas y los gestos en
-los rostros, sin que enviara para nada la lógica reflexión de don
-Matías,--expresada después de pasado el susto.
-
---Con los rayos acontece lo mesmo que con las balas; la que oímos
-silbar es porque pasa de largo sin tocarnos; y con el rejucilo igual:
-el que nos ha'e partir no nos da tiempo pa santiguarnos...
-
-Y no hay para qué decir que en todas las ocasiones, era el primero
-en santiguarse; aún cuando rescatara de inmediato la momentánea
-debilidad, con uno de sus habituales gracejos de que poseía tan
-inagotable caudal como de agua fresca y pura, la cachimba del
-bajo,--pupila azul entre los grisáceos párpados de piedra, que tenían
-un perfumado festón de hierbas por pestañas.
-
-El tallaba con el mate y con la palabra, afanándose en ahuyentar
-el sueño que mordía a sus jóvenes compañeros, a fuerza de cimarrón
-y a fuerza de historias, pintorescas narraciones y extraordinarias
-aventuras, gruesas mentiras idealizadas por su imaginación poética.
-
---Mi acuerdo una vez,--empezó el viejo, mientras llevaba el mate, la
-cabeza inclinada hacia abajo y hacia un lado, cerrado un ojo y buscando
-con el otro la lucecita roja de un tizón «para no desparramar»...--mi
-acuerdo una vez...
-
-En ese propio instante pasó dentro de la cocina algo así como el brillo
-de un mandoble de una daga formidable--Dios ensayando Juan Moreira,--y
-la pieza se llenó de olor de azufre y de seguido explotó un trueno tan
-formidable como si hubiese reventado la panza del cielo.
-
---¡Jesús María!--exclamó el viejo dejando caer la pava y el mate sobre
-el rescoldo...
-
-Y de inmediato, recogiendo de entre las brasas sus prestigio, exclamó:
-
---Asina jué que dijo Lino Rojas, en una noche igualita qu'ésta, que
-Dios nos libre y guarde, en que machazas nubes picazas iban corcobiando
-por el cielo, jineteadas por rayos y centellas... Hablan del delubio...
-¡qu'el delubio!... Nosotros habiamo desensillao en un altito'e mala
-muerte... supóngase como... como la chiquisuela' e una pata'e
-ñandú!... Pa'este lao de acá, el arroyo 'e los Cordales fufaba echando
-espumas; pa'este otro lao, la Cañada Brava rezongaba como sargento
-qu'el comesario ausente ha dejao a cargo'el distrito. Pu'aquí y
-pu'allí, las ovejas pasaban boyando, con las patas p'arriba y los ojos
-duros... esos ojos asina como ponen las ovejas y los cristianos cuando
-se áugan... Los truenos roncaban furiosos y los relámpagos y los rayos,
-se cruzaban, se misturaban, formando como rollos de víboras blancas y
-jediondas...
-
---¿Y jué entonces que Lino Rojas dijo?...--interrumpió uno de la
-tertulia...
-
---¡Jesús María!--continuó el narrador... Pero el agua y el viento y
-las centellas le metían cada vez más juerte. Pa sujetar los caballos
-qu'enloquecidos, bufaban amenazando arrancar las estacas y dejarnos
-a pie en aquel infierno, tuvimo que levantarnos y asujetarlos del
-maniador. Los recaos se hicieron sopa y como los ponchos, en vez de
-servirnos, nos embolsaban, levantaos pu'el ventarrón, tuvimos que
-sacarlos y tirarlos.
-
-Entonces Lino Rojas, qu'era muy rabioso y muy boca sucia, encomenzó a
-tirarle a Dios con las palabras más fieras. Y dispués siguió con los
-santos y luego con la Virgen, poniéndolas como basurero...
-
---Sosegate, le aconsejé yo: pero él no m'hizo caso; y en una de esa,
-con un rejucilo grande, el mancarrón pegó una sentada y lo voltió en un
-charco. Rabioso de un todo y viendo que ni Dios, ni los santos, ni la
-Virgen le hacían caso, gritó, abriendo la boca:
-
---¡Me ca... igo en la perra madre que m'echó al mundo!...
-
-El no dijo «perra», dijo otra palabra más fiera... Y en el mesmo
-instante, ¡hermanitos! un rayo grueso como una víbora 'e la cruz, ¡le
-dentro por la boca y le dejó seco!...
-
---Al día siguiente, cuando yo lo revisé...
-
---¿Estaba muerto?
-
---¡Dejuro!... Pero sanito; parecía dormido... Como tenía la boca
-abierta, miré y vide...
-
---¿Y vido?...
-
---Vide, ¡hermanitos!... ¡qué no tenía lengua!... ¡No tenía en la boca
-más que un montón de ceniza negra!... ¡Pa mi aquel rayo era el alma del
-dijunto su padre!...
-
-
-
-
-AVES DE PRESA
-
-
-Julio Linarez era uno de esos hombres en los cuales el observador más
-experto no habría podido notar la rotunda contradicción existente entre
-su físico y su moral.
-
-Frisaba los treinta; era de mediana estatura, bien formado, robusto; su
-rostro redondo, de un trigueño sonrosado, su boca de labios ni gruesos
-ni finos, su nariz regular, sus ojos grandes, negros, límpidos, si algo
-indicaban, era salud y bondad, alegría y franqueza.
-
-Sin embargo, Julio Linarez tenía un alma que parecía hecha con el fango
-del estero, adobado con la mezcla de las ponzoñas de todos los reptiles
-que moran en la infecta obscuridad de los pajonales.
-
-Su mirada era suave, su voz cálida, y armoniosa, su frase mesurada, sin
-atildamientos, sin humillaciones y sin soberbias.
-
-Pero ya no engañaba a nadie en el pago, donde su artera perversidad era
-asaz conocida, bien que no se atreviesen a proclamarlo en público, por
-la doble razón de que se le temía y de que su habilidad supo ponerlo
-siempre a salvo de la pena. Sus fechorías dejaron rastro suficiente
-para el convencimiento, pero no para la prueba.
-
-Era prudente, frío, calculador.
-
-En la comarca, grandes y chicos, todos conocían la famosa escena con
-Ana María, la hija del rico hacendado Sandalio Pintos, en la noche de
-un gran baile dado en la estancia festejando el santo del patrón.
-
-Ana María sentía por Julio aversión y miedo, lo cual no obstaba a que
-él la persiguiera con fría tenacidad. En la noche de la referencia,
-ni una sola vez la invitó a bailar, aparentando no preocuparse
-absolutamente de ella.
-
-Sin embargo, ya cerca de la madrugada, en un momento en que Ana María,
-saliendo de la sala atravesaba el gran patio de la estancia, yendo
-hacia la cocina a dar órdenes para que sirvieran el chocolate, Julio le
-salió al paso y la detuvo.
-
---¿Qué quiere?... ¡Déjemé!... ¡Ya sabe qu'es inútil que me persiga!...
-¡Lleve por otro lao su cariño!...--exclamó con violencia.
-
-Y él, tranquilo, sereno:
-
---Una palabra, sólo una palabra tengo que decirle.
-
---Bueno, hable de una vez.
-
---¿Sigue decidida a no quererme?
-
---¡Sí!
-
---Y yo sigo decidido a quererla; y debo decirle, y disculpe la
-comparancia, que bagual que codiseo, más tarde o más temprano lo
-agarro. Por más que arisquée, por más que juya, yo sigo campiándolo, y
-a bola, a lazo o a bala lo hago mío!...
-
---Eso será con baguales orejanos; yo tengo dueño.
-
---Que no ha marcao entuavía.
-
---Marcará.
-
---¡No, Ana María! Y esto es lo que deseaba decirle: ni este novio que
-tiene, ni cien que tenga, se casarán con usted. Ya está advertida,
-puede seguir no más.
-
-Al día siguiente, Darío Luna, el novio de Ana María, apareció ahogado
-en un arroyito de morondanga, que corría a pocas cuadras de la estancia.
-
-En el intervalo de cinco años, Ana María tuvo tres novios más, y los
-tres sucumbieron en forma trágica y misteriosa.
-
-En la conciencia pública, Julio Linárez era el autor de las muertes.
-Pero Julio Linárez, correcto, impecable, altanero, no se dió nunca por
-aludido y prosiguió sereno y razonablemente su propósito.
-
-Ana María se rindió al fin, y la noche de la boda todos los demás
-se rindieron también ante el triunfador acallando odios y ocultando
-envidias.
-
-Todos menos Jacinta López, la hija del principal almacenero del pago,
-a quien Julio sedujo y abandonó después. Los padres la expulsaron
-ignominiosamente de la casa y ella se vió obligada a conchabarse de
-peona en la estancia de Pintos, para ganar su sustento y el de su
-güachito.
-
-Ella no olvidaba, ella no perdonaba, ella no claudicaba. En el momento
-culminante de la fiesta Jacinta, desgreñada con el delantal manchado
-de grasa, con las manos sucias de carbón, penetró en la sala y con el
-orgullo de quien se sabe superior, exclamó dirigiéndose a la novia:
-
---Por cobardía te vas a casar con este canalla... ¡Matate antes, que
-más vale ser difunto bajo tierra que difunto sobre la tierra! ¡Y eso es
-lo que te espera a tí!...
-
-Julio, a pesar de su sangre fría, empalideció y respondió violentamente:
-
---¿Quién es usté pa meterse en este asunto?
-
-Y ella rabiosa, rojos los ojos:
-
---¿Y quién eres tú, miserable? ¿Quién eres tú, dañina ave de presa?...
-
-Linárez, serenándose y sonriendo sarcásticamente respondió:
-
---Vale más ser ave de presa que ave de gallinero.
-
---¡Sí! ¡Cuando el ave de presa es águila o cóndor, cuando lucha y mata
-o es muerto!... ¡Pero tú eres cuervo, carancho, chimango, que te cebas
-en las carnizas de los animales que otros han muerto!... ¡Vos matás
-como los estancieros matan los zorros y los caranchos, envenenando con
-estricnina trozos de carne, pero no matás a tiros y a puñaladas frente
-a frente, cuerpo a cuerpo, cara a cara!...
-
-Y al decir esto, sacó de debajo del delantal una gran cuchilla y se
-avalanzó sobre Julio, pero la concurrencia, solícita, la detuvo,
-la amarró, le arrancó el arma. La condujeron a una pieza donde la
-encerraron para entregarla al día siguiente al comisario.
-
---Está loca.
-
-Y todos se apresuraron a rodear a Linárez, futuro dueño de la opulenta
-estancia de Pintos, prodigándole frases de aprecio y simpatía.
-
-
-
-
-EL CONSEJO DEL TIO
-
-
-Aún no había aclarado del todo, cuando Albino estaba en la enramada
-ensillando con sus pilchas miserables, su mancarrón tubiano, flaco,
-abatido, tan miserable y ruinoso como el apero.
-
-Don Tiburcio, el capataz, extrañado de aquel insólito madrugón de
-Albino, le preguntó:
-
---¿P‘ande estás de viaje?
-
---Pa los Campos del Diablo--respondió el mozo con voz compungida.
-
---¿Y por qué te vas, muchacho?...
-
---¡Yo no me voy, m'echan!...
-
---¿Quién te echa?
-
---Mi tío Pancho... Anoche me dijo: «Mañana mesmo me ensillás tu sotreta
-y te mandás mudar. Si cuando yo me levante t'encuentro tuavía aquí, te
-vi a untar los costillares con ungüento e tala».
-
---¡Y el patrón es muy capaz de hacerlo!--asintió riendo el viejo.
-
---¡Ya lo creo qu'es capaz!... Es un bruto, mi tío Pancho!...--respondió
-Albino, al mismo tiempo de apretarle tan rudamente la cincha al tubiano
-escuálido, que este encorvó el cuello y le tiró un tarascón, como
-diciéndole: «¡No seas bruto, vos también!».
-
---Y a todo eso--gimió el muchacho--porque tengo una enfermedad, la e
-ser un poco chupista.
-
---Y bastante haragán; son dos enfermedades.
-
---No, es una mesma. Cuando me chupo un poco no tengo juerza pa
-trabajar, y entonces me da rabia y chupo más... ¡y claro! tengo menos
-juerza...
-
---Y más ganas de chupar.
-
---Dejuro. Adiós don Tiburcio.
-
-Y se marchó, rumbo a los «Campos del Diablo», vale decir a lo ignoto,
-al azar de la existencia bagabunda.
-
-Transcurrió más de un año sin que se tuvieran noticias suyas. En una
-cruel mañana de invierno cayó a la estancia. ¡Pero en qué estado!...
-A los estragos producidos por el vicio se unían los causados por las
-penurias, los de hambre, las noches de intemperie o de forzada vigilia.
-Apenas había, cumplido veinte años y su rostro enflaquecido, arrugado,
-de color terroso, sus labios plácidos, sus ojos parpajudos acusaban
-completa decrepitud.
-
-Don Pancho lo miró con pena y con rabia, preguntándole con acritud.
-
---¿Qué venís a hacer aquí?
-
---Vea, mi tío--respondió con voz enronquecida por el alcohol;--estoy
-decidido a abandonar este vicio maldito, culpa de toda mi desgracia...
-
---Me parece bien---contestóle el viejo en tono de duda.
-
---Sí, mi tío... Vea mi tío, allá, en la costa el Batoví, hay un negro
-entendido, que se compromete a curarme con el cocimiento de unos yuyos
-qu'el sólo conoce...
-
---¿Y qué hacés que no enderezás pa la costa'el Batoví?
-
---Vea mi tío... es qu'el negro me cobra veinte pesos pu'el remedio... y
-como yo ando medio cortao...
-
---¿Venís a pedírmelos?... No contés con ellos; pero en cambio te vi'a
-dar un consejo que vale más de veinte pesos... Mirá... ahí atrás de las
-casas está atado a soga mi parejero alazán, que aunque ya p'al camino
-no sirve, pa trotiar no tiene fin... Te lo doy. Ensillalo y andá buscar
-la vergüenza... Campiala bien. No te preocupés del tiempo que pase, ni
-del precio que cueste, porque me comprometo a pagarla, cueste lo que
-cueste...
-
---Está bien, mi tío--respondió el mozo, y de seguida se fué en busca
-del viejo parejero, lo ensilló, se despidió y partió de nuevo para los
-«Campos del Diablo».
-
-Al verlo alejarse, Don Tiburcio--exclamó melancólicamente:
-
---¡Pobre alazán!... ¡Ande lo irá a convertir en caña ese desalmao!...
-
---Quien sabe--sentenció don Pedro--nunca perdió una carrera; pueda ser
-que gane esta también...
-
-Al cabo de un par de meses regresó Albino a la estancia. Iba más
-miserable, más despreciable que nunca. Con dificultad se apeó de la
-yegua ética y con paso inseguro avanzó hasta la enramada desde donde
-el tío Pancho lo observaba con el más profundo disgusto. Rechazando la
-mano que el mozo le tendía, increpólo violentamente:
-
---¿A qué has venido, si no trais la vergüenza?...
-
-Y él humilde como un perro castigado, murmuró sollozando:
-
---Vea mi tío... yo la busqué... Cansé el parejero alazán buscándola...
-y no la pude encontrar... ¡Pa mi, que ya no queda ni semilla de esa
-planta!...
-
-
-
-
-Y A MI EL RABICANO
-
-
-Con un cielo luminoso, brillante como plata bruñida, llovía, llovía
-copiosa, incesantemente. Las cañadas desbordaban, empujando las guías
-hacia afuera, hacia el campo, convertido en superficie de laguna.
-
-Ni un relámpago, ni un trueno. No hacía frío. Era la delicia del otoño,
-sereno, tibio, plácido, pródigo de luz.
-
-En la cocina, donde ardía un fogón enorme, el patrón, en rueda con
-los peones, aprovechaba el obligado descanso, en alegre tertulia. Era
-un continuo cambiarle de cebaduras al mate y, para la china Dominga,
-un inacabable tragín de amasar y freir tortas mientras se contaban
-cuentos, simples como las almas de los gauchos,--interrumpidos a cada
-instante por comentarios más o menos ocurrentes.
-
-El patrón no desdeñaba entrar en liza, pero tampoco escapaba, por ser
-patrón, de las interrupciones y de las críticas. Su relato sobre las
-aventuras de Jesucristo, no tuvo éxito, debido, más quizá que a falta
-de interés en la narración, a las observaciones hostiles del viejo
-Romualdo, el famoso contador de cuentos, que esa tarde se había negado
-obstinadamente a complacer al auditorio.
-
-Don Omualdo restaba furioso porque el patrón no había querido regalarle
-el único potrillo «rabicano» de la marcación del año.
-
---Elegí otro,--había dicho don Juan.
-
---Ya aligió ese yo.
-
---Ese es pa la chiquilina. Agarrá otro cualquiera.
-
---Rabicano no más.
-
---Rabicano no. Dispués, cualquiera.
-
---Dispués, denguno.
-
-Y no eligió.
-
-Quedó tan rabioso que casi no hablaba; él, que cuando no tenía con
-quien hablar, hablaba con los perros, con los gatos, con las gallinas
-o, en último extremo, consigo mismo.
-
---«Jesucristo estaba con su partida en el monte de los
-Olivos...--contaba el patrón, y don Rumualdo le interrumpió:
-
---¿Ande está el monte 'e los Olivos?... Yo no conozco ningún monte
-d'ese apelativo, y pa que yo no conozca . . .
-
---Es allá por las Uropas, pasando Bolivia.
-
---¡Ah!... Di áhi no soy baquiano... Nunca juí más p'allá del
-Pilcomayo...
-
---Güeno,--siguió el patrón;--Jesucristo estaba allí echándole una
-proclama a su gente, cuando de golpe se presentó la polecía de Poncio
-Pilatos.
-
---¿Pilatos?... ¿Es pariente de Manuel Pilatos, aquel indio de la Cruz
-que supo ser puestero de ño Tiburcio Rodríguez?...
-
---¡Qué ha de ser!... ¡Si d'esto que cuento hace añares!
-
---¿Y di áhi?... También hace añares qu'están pariendo las vacas y las
-ovejas y entuavía hay yaguaneses que dejuro tienen el apelativo de los
-padres del tiempo de antes.
-
---Será asina, pero ¿me dejás enhebrar l'auja?
-
---Cuando llegó la policía, Jesucristo, en lugar de juir, s'entregó no
-más.
-
---¿Sin peliar?
-
---Dejuro.
-
---¿Y sin tratar de juir?
-
---¿P'ande?
-
---P'al monte. ¿Nu estaba en el monte?
-
---Sí, pero no era baquiano.
-
---¡Claro, era gringo ese don Jesucristo!... En medio 'el monte se deja
-sorprender por la polecía y rodiao de tuita su gente, no atina a juir
-ni a peliar... ¡Gringo maula!... ¿Y qué l'hicieron?...
-
---Lo yebaron p'al pueblo y lo pusieron a desposeción del juez, donde
-un procurador dijo qu'era un hombre malo porque quería que tuitos los
-hombres juesen güenos...
-
---¡Macana!
-
---...que cuando a uno le dieran una cachetada de un lao...
-
---¿Le sumiese la daga en el mondongo al atrevido?
-
---...le pusiera el otro lao de la cara...
-
---¡Macana!...
-
---Y porque decía que debía dársele a cada uno lo suyo.
-
---Eso está bien: pa mí el potrillo rabicano.
-
---...y porque afirmó qu'él curaba con palabras
-
---Eso es verdá: denme un picao de víbora y si yo no lo curo
-venciéndolo, que me corten...
-
---¿Qué le van a cortar a usté?--interrumpió un peón.
-
---Lo que tengo... de sobra--respondió el viejo.
-
---¡Y tan de sobra!--masculló otro.
-
-El patrón, un tanto amostazado, continuó:
-
---Además, le dijeron que quería ser rey de la república.
-
---¡Y si el potrillo daba pa botas!... Pa mandar cualquiera sirve; lo
-difícil es encontrar quien haga...
-
---Y él dijo que no quería ser rey. Que su estancia estaba en el cielo...
-
---¿En el cielo?... ¡Lindo campo pa invernar chingolos!... Bien se
-ve qu'era gringo don Jesucristo!... ¿Y qué le hicieron?... ¿Lo
-afusilaron?...
-
---No, lo rusificaron.
-
---¿Lo qué?...
-
---Hicieron una cruz de palo y lo estaquiaron como cuero fresco.
-
---¡Qué bárbaros!...
-
---Era la costumbre oriental.
-
---¡Pucha que son bárbaros los orientales! ¡Degollar, tuavía, pero
-estaquiar un cristiano vivo!... Vea patrón: si quiere que hagamos las
-paces, deme las lonjas del potrillo rabicano... Usté dice qu'es pa la
-chiquilina, yo digo qu'es pa mí; le sumo el cuchillo en el tragadero y
-se acabó.
-
-El patrón, harto de las interrupciones del viejo, exclamó:
-
---¡Agarrate el rabicano, vivo o muerto!...
-
---Vivo,--respondió--vivo y le pongo mi marca,--una cruz patas abajo...
-Ese don Jesucristo dejó algo bueno: a cada cual lo suyo, y a mí el
-rabicano.
-
-
-
-
-UN SANTO VARON
-
-
-Don Cupertino Denis y don Braulio Salaverry no eran personas estimadas
-en el pago.
-
-Y sin embargo eran dos viejos vecinos--pisaban los setenta--estancieros
-ricos, jefes de numerosa y respetable familia.
-
-Muy trabajadores, muy económicos, quizá demasiado económicos, eran
-además excelentes cristianos: jamás dejaban pasar un domingo, aunque
-tronase, aunque lloviera, aunque amenazara desplomarse el cielo, sin
-levantarse al alba y trotar las doce leguas que mediaban entre sus
-estancias y el pueblo, para concurrir a la iglesia para escuchar una o
-dos misas.
-
-Es verdad que en la casa de don Cupertino, como en la de don Braulio,
-las perradas daban lástima, de lo flacas que estaban.
-
-Pero, vamos a ver. ¿Para qué son los perros?
-
-Para defensa de la casa.
-
-Para que esa defensa sea efectiva es necesario que los perros sean
-malos.
-
-Ahora bien: el psicólogo menos perspicaz sabe que los perros, lo mismo
-que los hombres, no son nunca malos cuando tienen la barriga llena. Es
-decir, pueden seguir siendo malos pero tienen pereza de hacer daño.
-
-Tanto don Cupertino como don Braulio habían tenido oportunidad de
-constatar que todos los curas son mansos.
-
-También se acusa al primero--y al segundo--de estos honrados
-estancieros, de dar a los peones comida escasa y mala. Era cierto;
-pero no lo hacían por tacañería, sino porque la experiencia les había
-demostrado que lo que se gana en alimentación se pierde en tiempo, y
-como es axioma que el trabajo dignifica al hombre, el corolario es que
-será más digno el que trabaje más. Y era a impulsos de ese piadoso
-concepto que don Cupertino y su colega mezquinaban la comida a sus
-peones y les hacían echar los bofes trabajando... ¿Qué importan las
-penas corporales cuando con ellas se hacen méritos ante el Señor?
-
-Se le hacían, además, otros cargos a don Cupertino. Se le reprochaba,
-por ejemplo, que con frecuencia no eran de su marca las vacas, ni de su
-señal las ovejas que se carneaban en su casa.
-
-Tal vez fuese calumnia, o quizá fuese cierto. Pero en el último caso,
-la causa estaría en que don Cupertino tenía ya poca vista y no era
-extraño que se confundiese. Además la culpa era de los linderos que
-no cuidaban sus haciendas y mantenían en mal estado los alambrados
-medianeros. El lo había dicho varias veces, sobre todo cuando las
-majadas linderas tenían sarna o cuando su campo estaba mejor empastado
-que los vecinos:
-
---¿Por qué no componen los alambrados? ¡Vamos a ver! ¿Por qué no
-componen?
-
-Es claro ¿por qué no componían?
-
-El, don Cupertino, llevaba la bondad hasta hacerlo componer por su
-propia cuenta... cuando había sarna en las majadas linderas, cuando su
-campo estaba en mejor estado que los vecinos.
-
-Se decía también que don Cupertino en sus frecuentes rondas nocturnas,
-robaba corderos orejanos a los vecinos y los señalaba sobre el pucho.
-
-Pero deberían ser calumnias, envidias, porque ninguno era capaz del
-sacrificio que él se imponía para vigilar su bien.
-
- * * * * *
-
-Como antes dijimos, don Cupertino y don Braulio no perdían jamás la
-misa del domingo. Y ni uno ni otro dejaban de llevar a los tientos
-el corderito destinado a don Tadeo, un cura napolitano, cabeza de
-melón, mofletes de nodriza gallega, cuello de toro y vientre de perra
-en fin de embarazo. El buen cura adoraba los corderitos asados, casi
-tanto como las libras esterlinas,--de las cuales era entusiasta
-coleccionista--y por lo tanto adoraba a aquellos dos santos varones;
-pero más a don Cupertino, quien con frecuencia unía al cordero
-infaltable, una gallina gorda, un canasto de huevos frescos, una
-maletada de duraznos, y, en ocasiones, una lechiguana gorda, que era
-una de las debilidades del virtuoso párroco.
-
---¡Ah, la lichidiguana!... ¡Come mi gusta la lichidiguana!...
-
-Don Cupertino, hombre sobrio, esclavo del deber, era siempre el primero
-en llegar a la sacristía. Sin embargo, ocurrió una vez en que,
-llegando a la hora habitual, se encontró con que su vecino le había
-precedido.
-
---Lu dun Brulio l'ha che ganatu il terone ista volta,--díjole el cura.
-
-Sorprendido, presintiendo una trastada, don Cupertino preguntó:
-
---¿Y ande está?
-
---¿Ande quiere qu'estase?... ¡A l‘iglesia, rodillao devanti San Jenaro,
-gulpiá qui gulpiá lo picho!...
-
-Don Cupertino tuvo una idea:
-
---Si usted quiere, padre, yo mesmo vi a desollar el cordero, porqu'es
-muy gordo y lo va echar a perder su cocinera maturranga.
-
---Cume ta parezca, don Cupertini... Venise pe lu patio.
-
-Fueron ambos. El estanciero colgó y desolló concienzudamente el borrego.
-
---¡Madona!... ¡Cume e gordo!...
-
---Rigularcito--respondió con modestia don Cupertino; y mientras
-arreglaba el cuero, preguntó observando uno recién estirado.
-
---¿Y este, padre?
-
---Es el de don Brulio.
-
---¡Canalla!--exclamó en el colmo de la indignación.
-
---¿Cume canalla?...
-
---¡Pero sí, padre!... ¿No ve las orejas?...
-
---¡Sicuro!... Tiene orecas come tudos los corderos...
-
---¿Pero no ve la señal?... ¡Punta e' lanza en la izquierda, sarcillo de
-arriba en la derecha!... !Mi señal!...
-
-El fraile quedó asombrado.
-
---¡Ma si cuesto e vero, e propio un canalla!...
-
-El cura continuó manifestando su indignación, mientras don Cupertino
-observaba uno por uno los cueros apilados. Había cincuenta y ocho: tres
-de su señal, veintiseis de distintas señales de linderos y veintinueve
-señal de don Braulio. Porque él, don Cupertino, sólo le robaba a don
-Braulio. Quedó satisfecho, y cuando el cura le dijo:
-
---Que hay qui denunciarle a la justicia a cuesto porcaccione--él
-contestó humildemente:
-
---No padre. ¡Por tan poca cosa! Cristo manda perdonar, ¡yo perdono!...
-
-Don Tadeo miró el cordero gordo, se le hizo agua la boca y exclamó
-emocionado:
-
---¡Qui santo varone!...
-
-
-
-
-TRIPLE DRAMA
-
-
-Estaba obscureciendo cuando don Fidel regresó de su gira por el campo.
-Los peones que mateaban en el galpón y lo vieron acercarse al lento
-tranco de su tordillo viejo,--ya casi blanco de puro viejo,--observaron
-primero el balanceo de las gruesas piernas, luego la inclinación de la
-cabeza sobre el pecho, y, conociéndolo a fondo, presagiaron borrasca.
-
---Pa mí que v'a llover--anunció uno.
-
---Pa mí que v'a tronar,--contestó otro; y Sandalio, el capataz, muy
-serio, con aire preocupado, agregó:
-
---Y no será difícil que caigan rayos.
-
-Casi todos ellos, nacidos y criados en el establecimiento, casi
-todos ellos hijos y nietos de servidores de los Moyano, conocían
-perfectamente a don Fidel.
-
-Grandote, panzudo, barbudo, tenía el aspecto de un animal potente,
-inofensivo para quien no le agrediera, temible para quien se permitiese
-fastidiarlo.
-
-Fué siempre liso como badana y límpido cual agua de manantial.
-Habitualmente, recias carcajadas hacían estremecer el intrincado bosque
-de sus barbas, como se estremecen alegres los pajonales, cuando en el
-bochorno estival, la fresca brisa vespertina, mojada en agua del río,
-hace cimbrar con su risa las lanzas enhiestas, enclavadas en el cieno
-del bañado.
-
-Empero, al llegar a la cincuentena, cuando murió su mujer de una manera
-trágica y algo misteriosa, el carácter de don Fidel cambió en forma
-sensible.
-
-Normalmente era el mismo de antes, bondadoso y justo, severo, pero
-ecuánime; mas, de tiempo en tiempo y sin causa aparente, tornábase
-irascible, violento y atrabiliario, lanzando reproches infundados y
-sosteniendo ideas absurdas, al solo objeto de que los inculpados se
-defendiesen, o los interpelados le contradijeran, para exacerbarse,
-montar en cólera y desatarse en denuestos y amenazas.
-
-Pasada la crisis, volvía a ser el hombre bueno, más suave que maneador
-bien sobado y bien engrasado con sebo de riñonada.
-
-Las gentes de la estación lo conocían bien; y dado que, aparte de
-quererlo y respetarlo y temerlo, encontraban mucha ventaja en su
-servicio, sabían «hacer el perro»--callar y agacharse,--cuando tronaba
-en lo alto.
-
-Don Fidel descendió del caballo dentro de la enramada, y al volverse se
-encontró con Felisa, su sobrina y ahijada, quien, juntando las manos,
-imploró humildemente:
-
---¿La bendición, padrino?...
-
-El la miró; trató de corregir la aspereza de su semblante y dijo:
-
---Dios l'haga una santa.
-
-Entre estas dos frases rápidas, un peón había acudido y tomado la
-rienda del caballo, mientras otro, no menos solícito, desprendía la
-sobrecincha y se apresuraba a desensillar.
-
-Don Fidel rabió con aquella solicitud que le impedía estallar en
-reproches; pero se contuvo, y entregando a Felisa la escopeta que
-llevaba en la mano, le dijo:
-
---Llevá p'al cuarto; y tené cuidao qu'está cargada con bala.
-
-Ella tomó el arma, dió vuelta, anduvo un paso y volviéndose interrogó
-con voz de inocencia:
-
---¿Los dos caños están cargaos con bala?
-
---¡Los dos!--respondió con aspereza el viejo; y luego, por natural
-sentimiento de bondad, agregó dulcificando el acento:
-
---Tené cuidao...
-
-Ella se fué hacia las habitaciones de la estancia, y don Fidel penetró
-en el galpón. Un peón le ofertó de inmediato un «amargo» que el
-estanciero, con el gañote seco, aceptó. Tomando un banquito, se sentó,
-en la rueda, cerca del fogón. Y mientras chupaba el mate, dijo:
-
---Anduve recorriendo... En el bañao de las cruces encontré una vaca
-bragada, muerta y medio podrida, sin sacarle el cuero...
-
---Yo la vide, patrón,--respondió el capataz;--murió de grano malo y por
-eso no mandé cueriarla...
-
-El estanciero, sin dignarse mirar ni responder al descargo de su
-subalterno, continuó:
-
---En la majada del Bajo Chico vide sinnúmero de ovejas señal horqueta
-del vasco Ismendi.
-
-Pacíficamente, el capataz explicó:
-
----Jué un entrevero causao por la lluvia el domingo, que voltió un
-lienzo 'e alambrao y pa fin de apartar yo le he dao rodeo a Ismendi
-mañana a las cinco 'e la mañana...
-
-Don Fidel hizo como si no hubiera oído el descargo de su administrador,
-por quien experimentaba una hostilidad que en vano intentaba disimular.
-Y dijo con sequedad:
-
---¡Debía haber empezao por componer el alambrao!
-
-Generalmente, el viejo mayordomo dejaba sin réplica las acusaciones del
-patrón; pero aquella tarde parecía tener empeño en avivar su mal humor
-contradiciéndole.
-
---No compuse, patrón, porque el bajo, como habrá visto, está lleno de
-agua; y no se puede estirar alambre con postes plantaos en el agua...
-
-Humillado con la lógica del capataz, don Fidel cogió la limeta y apuró
-un grueso sorbo de «caña».
-
-El viejo Sandalio sonrió irónicamente, dejando ver a través de las
-hebras escasas y ásperas de sus bigotes griseos, las negras encías,
-desprovistas de dientes. Pocas veces bebía el patrón, pero cuando había
-pegado un trago, era insaciable. Satisfecho, el capataz aprovechó la
-coyuntura de que don Fidel la emprendiera violentamente con uno de los
-peones, para escurrirse en silencio.
-
-Sigilosamente cruzó el patio, rodeó «las casas» y se fué hasta la barra
-de eucaliptus que defendían de los vientos bravos del este y del sud,
-la cabecera de la huerta de frutales.
-
-Allí, vuelto detrás del membrillar que crecían entre los eucaliptos, se
-encontró a Virginio Moyano, su sobrino.
-
-Ahorrando frases inútiles, el viejo preguntó secamente:
-
---¿Estás pronto?
-
---Sí,--respondió el mozo--; tengo ensillao, pa mí, el tordillo negro
-qu'es capaz de galopiar treinta leguas de un tirón, y pa ella el bayo
-batea, que no se cansa nunca y de un andar qu'es como hamacarse en un
-sillón.
-
---Güeno. Estén alpiste y cuando sintás un tiro, monten a caballo y
-claven la uña... ¡Adiós!...
-
---¡Adiós, tío!
-
-Se abrazaron y el viejo empezó a andar hacia el galpón. Iba contento.
-Chita, la hija de don Fidel, y Virginio, su sobrino, se amaban. Pero el
-patrón, a quien se le había puesto entre ceja y ceja que Chita no era
-hija suya sino de Sandalio, no sólo había «espantado» a Virginio, sino
-que se había dispuesto a cazarlo; y para eso salía todas las tardes
-con la escopeta cargada a bala, sabiendo que el mozo rondaba por las
-inmediaciones.
-
-Don Fidel odiaba a Sandalio, su viejo amigo, y compañero, su eficaz
-cooperador en la construcción de su fortuna; y lo odiaba tanto más,
-cuanto que, convencido de su infidelidad, carecía en absoluto de
-pruebas materiales de su traición y evitaba la querella por miedo al
-ridículo.
-
-Enterado de todo, el capataz, resolvió salvar a los jóvenes
-proporcionándoles la fuga. ¡Después... lo que Dios quisiera!... Su
-acción era justa, bien que la empañase una pequeña nube: Virginio
-había seducido a Felisa, la sobrina del patrón, abandonándola con un
-hijito en los brazos, la deshonra en el rostro y la desesperación en el
-alma... Pero... la vida es así. Las yerbas que mueren dan alimento a
-las yerbas que nacen. Cuando un cariño se seca, nadie puede obligar a
-la tierra que permanezca estéril, que no germine otra semilla, que no
-críe otra planta, que no expanda otra flor...
-
-Y cuando el capataz entró en el galpón y se acercó al fogón, pudo
-observar con contento, que la botella de caña estaba casi vacía y que
-los ojos de don Fidel brillaban excesivamente.
-
-Incorporado a la rueda, le alcanzaron un mate; pero apenas había
-chupado un sorbo, cuando lo arrojó, y levantándose bruscamente, exclamó:
-
---¡Jué pucha!... ¡La comadreja ladrona e gallinas!...
-
-Desenfundó el revólver que llevaba al cinto e inclinado el cuerpo
-avanzó con precauciones hacia el fondo obscuro del galpón, donde
-estaban amontonados cajones vacíos, útiles de labranza, cachivaches de
-toda clase.
-
---Ahí está--gritó el viejo haciendo fuego sobre un sujeto imaginario.
-
-Los tertulianos, con el patrón a la cabeza, se acercaron.
-
---¿Pegó?
-
---¡Seguro que pegué!... Puay no más debe estar...
-
---¡Ni plumas de comadreja!... ¡Sandalio ya no tiene ni vista ni
-puntería!--expresó irónicamente don Fidel.
-
-Y Sandalio, con ironía:
-
---¡Pasencia!... Cuando se tiran dos tiros al mesmo tiempo, no se pueden
-acertar los dos...
-
-En ese mismo momento llegó hasta el galpón el estampido de un tiro que
-parecía venir de la valla de eucaliptus. Todos corrieron hacia allá y
-se encontraron con un cuadro tan inesperado como desconcertante.
-
-Virginio, hincada en tierra una rodilla, sostenía entre sus brazos el
-cuerpo inanimado de Chita, todo bañado en sangre. A unos pasos de allí,
-recostada a un eucaliptu, Felisa, cuyo rostro expresaba contento feroz,
-tenía en su mano la escopeta, humeante aún.
-
-Don Fidel y Sandalio se abalanzaron al mismo tiempo sobre la joven
-moribunda. Pero el capataz llegó primero y la arrancó de los brazos de
-Virginio, y besándola frenéticamente, exclamó:
-
---¡Hija mía!... ¡Adorada hija mía!...
-
-El estanciero detuvo el movimiento de sus brazos. Se replegó sobre sí
-mismo y con una voz tan amarga cual si le hubiesen reventado en la
-garganta una vejiga de hiel, díjole:
-
---¡Ah! ¡Tu hija!... ¿Te denunciás al final, traidor de amigos, ladrón
-de honras?...
-
-Y con un gesto rápido, sacó el revólver, lo aplicó a la frente de
-Sandalio y le hizo saltar los sesos.
-
-
-
-
-FLOR DE BASURERO
-
-
-Ana y el viejo cuzco «Cachila» hallábanse de tal modo habituados a
-insultos y aporreos, que cuando éstos escaseaban sentíanse inquietos
-temiendo alguna crueldad extraordinaria.
-
-Ana, hija de una de esas almas de fango del suburbio aldeano, había
-sido recogida por la familia del estanciero don Andrés Aldama y
-fué a aumentar el número de los numerosos «güachos» criados en el
-establecimiento.
-
-Como los durazneros, producto de carozos que germinan en los basureros
-donde fueron arrojados junto con los demás desperdicios de cosas que
-causaron placer, como esos hijos del desprecio engendrados al azar, Ana
-hubiera crecido en medio de la indiferencia de todos.
-
-Y así fué durante ocho o diez años. Baja, flacucha, de cara menuda y
-siempre pálida, crecía igual que las plantas aludidas, sufriendo la
-ausencia de todo cultivo, nutriéndose con los escasos jugos que les
-deja la voracidad de los yuyos.
-
-Esa carencia de encantos, unida a la constante adustez de su fisonomía,
-su parquedad de palabra, su actitud siempre huraña y recelosa,
-justificaban el menosprecio general de la población de la estancia.
-
---A más de flaca y fiera, en tuavía es más arisca que aguará,--decían
-de ella los peones; y en injusto castigo por defectos de que no era
-culpable, la acosaban con sátiras mordaces y con bromas de una grosería
-brutal casi siempre.
-
-Pero ocurrió que con la llegada de una precoz pubertad se operó en su
-físico una repentina y radical transformación.
-
-Las piernas de tero y los brazos de alfeñique y el pecho plano
-adquirieron en pocos tiempos redondeces impresentidas. Y el
-rostro, aun cuando se conservó flacucho y menudo, se embelleció
-extraordinariamente, sin perder, al contrario, acentuándose, la
-expresión, huraña y agresiva.
-
---Con la pelechada de primavera, la guacha se ha puesto cuasi
-linda,--expresó un peón.
-
---Pero sigue siendo dura de boca,--dijo otro.
-
-Con la transformación, en vez de mejorar empeoró la suerte de la
-muchacha. Los mozos, altamente desdeñados en sus galanteos, redoblaron
-las groserías de sus injurias; las compañeras que antes la martirizaban
-por fea y por débil, unieron la envidia al haz de la malquerencia.
-
-Para colmo de las adversidades, doña Sabina, la patrona, se puso a la
-cabeza de la conjura. Dicha señora, orgullosa, irascible, gobernaba
-despóticamente en la estancia y todas las voluntades se rendían ante
-la suya, porque todas sabían que aquella alma egoísta y cruel, era
-inaccesible, no sólo a la piedad, sino también a las reclamaciones de
-estricta justicia.
-
-Ana mereció que la patrona la distinguiera con mayor dosis de acritud;
-y cuando el patrón interponía, tímidamente, su escasa influencia en
-favor suyo, la señora se contentaba con aumentar la violencia del
-pellizco o del tirón de las mechas.
-
-Empero, al convertirse en moza apetecible la insignificante chiquilla,
-la iracunda señora no admitió ya la bondadosa intervención de su débil
-esposo. Diez años mayor que éste, doña Sabina lo tenía brutalmente
-esclavizado con sus celos, hasta el punto que el pobre hombre no se
-atrevía a levantar la vista delante de ninguna mujer, joven o vieja,
-linda o fea. Y aún así no escapaba al diario diluvio de violentas
-recriminaciones y de improperios con que lo azotara su consorte.
-
-Desde entonces la más leve falta cometida por Ana era castigada con
-inaudita severidad y en medio de los más rudos apóstrofes.
-
---¡Sin vergüenza, arrastrada, flor de basurero!... ¡Andá pedirle ayuda
-a tu protector, el puerco de mi marido!...
-
-El marido no solamente no volvió a interceder en favor de Ana, sino
-que esquivaba su presencia y rarísima vez le dirigía la palabra.
-Precauciones que, por otra parte, en nada hicieron disminuir la furia
-celosa de su mujer.
-
-El cambio no impresionó,--en apariencia, al menos,--a la huérfana.
-Su resignación y su humildad se mantuvieron iguales que antes. En
-apariencia, porque un observador sagaz hubiera advertido en sus ojos
-ciertos fugitivos destellos de rencor concentrado y de voluntad
-disimulada.
-
-Una mañana, a raíz de formidable rabieta, doña Sabina cayó fulminada.
-Su muerte produjo en todos los seres del establecimiento una impresión
-de alivio, de liberación. La alegría, prescripta durante la tiránica
-dominación de la harpía, reapareció en la estancia. Hubieron de nuevo
-cantos y risas y expansiones. Hasta don Andrés sintióse rejuvenecido
-de diez años. Tras veinte años de esclavitud, experimentaba imperiosa
-necesidad de amor, de afectos, de caricias. Sus consideraciones y
-simpatías por Ana se extremaban día a día, hasta el punto de que una
-vez el viejo capataz don Sandalio le observó respetuosamente:
-
---¡Tenga cuidao, patrón!... Las piedras de arroyo son refalosas...
-
-El no pudo impedir el rubor y respondió intentando justificarse:
-
---Lo que yo hago por esa muchacha es de lástima y también porque me
-remuerde la consensia no haber tenido coraje pa defenderla de las
-injusticias de la finada.
-
---¡Tenga cuidao, patrón!--volvió a advertir el viejo.--Las flores de
-basuras tuitas son venenosas.
-
-Pocas semanas después, el capataz decía en rueda de fogón:
-
---Maliseo que no v'a pasar un año sin que tengamos nueva patrona; y
-esta v'a ser pa nosotros diez veces pior que la dijunta, a quien Dios
-haiga perdonao...
-
-Y así fué. La despreciada y aporreada güachita se instaló en la casa
-como «patrona». Sin violencias, sin gritos, sonriendo siempre, impuso
-tales vejámenes y tal abrumador recargo de trabajo a todo el personal
-de la casa, que uno tras otro tuvieron que marcharse. El patrón,
-enceguecido por un amor casi senil, justificaba aquella dictadura
-mansa y suave, para él infinitamente más soportable que la dictadura
-brutal del sargentón fallecido. Todo lo disculpaba y perdonaba, hasta
-las continuas infidelidades de su esposa, realizadas sin recato alguno.
-Con ruegos, con súplicas humillantes, había conseguido salvar a
-Sandalio, su viejo y honesto servidor. Pero llegó el momento en que la
-dominadora ordenó su sacrificio. Don Andrés tuvo que ir a comunicarle
-la sentencia, diciéndole, con los ojos llenos de lágrimas:
-
---Mi pobre viejo...
-
---No diga más patrón,--interrumpió don Sandalio;--hace tiempo tengo
-prontas las maletas y si antes no me juí, jué por no dejarlo a usté de
-un modo abandonao...
-
---¡Quién había'e decirme,--gimió don Andrés,--que tuitas mis bondades
-habían de tener ese pago!...
-
---Yo se lo dije, patrón y usté no quiso oirme: los duraznos nacidos en
-el basurero tienen flor linda, pero el fruto siempre es agrio...
-
-
-
-
-P' HACERLO RABIAR AL OTRO
-
-
---Me vi' a dir.
-
---¿P' ande?
-
-Pa cualisquier pago que tenga arroyos ande uno pueda arrojarse...
-
---¿Tenés ganas de augarte?
-
---...o campos fieros, con serranías o cangrejales que permitan
-quebrarse el pescuezo de una rodada!...
-
---¡La pucha!... Sabe aparcero qu' está más fúnebre que cajón de
-difunto?... ¿Qué le acontece?.. ¿Carnió a lo gringo y cortó la vegiga
-de la yel?...
-
---¡Cuasi asina!... ¡De la res qu'he carniao, tuitas las tripas me
-resultan tripas amargas!...
-
---¿Y d' ahí?... El remedio está acollarao con la enfermedá: deje las
-achuras pa los perros y meriende los costillares y la pulpa...
-
---¡Si la res que carnié no tiene más que achuras!...
-
-Esta última frase la pronunció Trifón con tal acento de amargura y de
-descorazonamiento, que su amigo Silverio, condolido, cambió de tono y
-exclamó afectuosamente:
-
---Estás desagerando, muchacho... Por ruin que sea la lonja, ningún lazo
-se rompe de la primera enlazada... ¿Qué te pasa para ponerte blandito
-asina?...
-
---¡Que m' ha de pasar!... Usté lo sabe bien.
-
---Carculo no más... Yo no he dentrao al rancho 'e tu alma pa saber si
-la cama está renga.
-
---No carece dentrar al agua pa saber qu' el arroyo está de nado.
-
---Sí; cuando se tiene seña. En el paso chico del Auspon, pu' ejemplo,
-yo sé que cuando l' agua llega al primer ñudo del sauce viejo de
-la derecha, moja las verijas del mancarrón, y cuando sube hasta
-la horqueta, baña el lomo... Eso sé, porque lo vide sinfinidad de
-ocasiones... Pero en tu caso...
-
---Mi caso es más claro entuavía,--respondió violentamente Trifón. Y
-echándose sobre los ojos el chambergo, se fué de la enramada.
-
-Silverio, gaucho maduro ya, lo miró partir con lástima, sacudió la
-cabeza, sacó la tabaquera y mientras armaba un cigarrillo, exclamó:
-
---¡La gran mucha!... ¡Parece mentira que unas náguas maneen más que
-unas boleadoras!... ¡Es bicho zonzo el hombre!... Güeno... a sigún.
-Lo qu' es a mí, cualquier día mi hacen dentrar en corral de ovejas
-mariandomé con jarabe 'e pico... ¡Mucho tiene que llover pa que gotée
-el techo de mi rancho!...
-
-Tras el soliloquio, tomó el mate, le dió vuelta a la cebadura, quitó
-los palos, «encieló» un poco y se puso a cimarronear solo. Siempre
-había estado solo, él. ¿Por qué?... No lo buscaba, pero siempre ocurría
-así. A la hora de la comida, o llegaba antes que los otros o llegaba
-después que los otros, y tenía que comer solo. A la hora del mate
-pasaba lo mismo. En los trabajos de campo, en las recorridas o en las
-recogidas, siempre ocurría lo mismo: a él le tocaba quedar solo.
-
-Pero como era muy bueno y muy simple, jamás se preocupó por ello,
-ni encontró motivo de amarguras. Por lo único que hubiera podido
-disgustarse era por su afición a «pensiar»; pero por eso mismo lo
-subsanaba hablando solo continuamente en voz alta lo que le había
-valido el apodo de «el loco Silverio».
-
-Y a Silverio no le importaba un fósforo todo eso. En realidad, nada le
-importaba. Para él, lo mismo era una picana de vaquillona que un cogote
-de novillo, igual un flete escarceador que un matungo tropezador, de
-esos que van «arrancando macachines» y que a lo mejor se vuelcan «como
-carreta en ladera». Bebía lo mismo el agua cristalina de la laguna,
-que el agua pestilencial del estero. Lo único que le repugnaba un
-poco, eran las mujeres. Pero hay que advertir que él nunca se acercó a
-ninguna mujer, y menos aún ninguna mujer a él.
-
-Esa tarde, mientras mateaba y venía cayendo la noche, decía:
-
-¡Que pavada 'e muchacho!... Andar de esa laya, tuito descangallao,
-porque la piona Liberia le dijo que lo quería y aura le dice que no
-lo quiere!... ¡Me había 'e pasar a mí! Güeno, es verdá que a mí las
-mujeres m' empalagan mesmo que miel de camoatí...
-
-En ese mismo momento se acercó sigilosamente Liberia, una chinita cuyo
-cuerpo y cuyo rostro eran la suprema expresión de la lujuria. Con voz
-dulce dijo:
-
---¿Siempre solito, Silverio?
-
---Siempre, m'hijita.
-
-Ella hizo un mohín.
-
---¡No me llame m'hijita!... Usté no es un viejo.
-
-Ante aquella frase, dicha cariñosamente, Silverio experimentó una
-sensación extraña.
-
---Viejo, no;--dijo--pero ya medio tordillo.
-
---¡Salga de áhi!... Si usted supiera...
-
-Y la chica suspiró, bajó los ojos y se acercó más al gaucho.
-
-Este se puso de pie, extrañado, cohibido.
-
---¿Si yo supiera, qué?
-
---Qué... ¿pero me quiere hacer decir lo que no debo decir?... ¿No ve
-que... que desde hace tiempo lo quiero?...
-
-Y al decir esto, muy despacito, como si la frase hubiese salido contra
-su voluntad, dejó caer la cabeza sobre el hombro de Silverio en
-adorable abandono amoroso...
-
---¡Caramba!--dijo él, estrechándole la cintura.--¿Y Trifón?
-
---¿Qué me importa de Trifón?... Si vos me querés...
-
---Y... yo dentraría... a la verdá... soy chambón pa este juego, pero...
-
-Con acento sonriente y quemándole la mejilla con los labios, ella
-exclamó:
-
---¡Quereme!
-
-Incapaz de reflexión, súbitamente despertado el instinto, Silverio la
-abrazó con fuerza, exclamando:
-
---¡Sí, ya t'estuy queriendo!...
-
-En ese mismo momento apareció Trifón. Al ver el cuadro se detuvo
-indeciso. Luego escupió en el suelo.
-
---¡Cochina!--dijo y dió media vuelta.
-
-Cuando el otro hubo desaparecido, Liberia se desasió de los brazos del
-gaucho y rió con estrépito.
-
-El, tartamudeante, rogó:
-
---¿Nos veremos luego?...
-
-Ella, despreciativa, contestó:
-
---¿Pa qué?... ¿Si piensa que suy clavel del aire pa vivir pegada a un
-palo viejo?
-
---¿Y por qué has hecho esto?,--balbuceó desconcertado Silverio.
-
---¿Y no se da cuenta?... ¡P' hacerlo rabiar al otro!...
-
-
-
-
-EN EL ARROYO
-
-
-El verano encendía el campo con sus reverberaciones de fuego, brillaban
-las lomas en el tapiz de doradas flechillas, y en el verde de los
-bajíos cien flores diversas de cien hierbas distintas, bordaban un
-manto multicolor y aromatizaban el aire que ascendía hacia el ardiente
-toldo azul.
-
-En el recodo de un arroyuelo, sobre un pequeño cerro, veíanse unos
-ranchos de adobe y paja brava, circundados de árboles. El amplio patio
-no tenía más adornos que un gran ombú en el medio y en las lindes unos
-tiestos con margaritas, romeros y claveles. El prolijo alambrado que lo
-cercaba tenía tres aberturas, de donde partían tres senderos: uno que
-iba al corral de las ovejas, otro que conducía al campo de pastoreo, y
-el tercero, más ancho y muy trillado, iba a morir a la vera del arroyo,
-distante allí un centenar de metros.
-
-El arroyo aquel es un portento; no es hondo, ni ruge; sobre su lecho
-arenoso la linfa se acuesta y corre sin rumores, fresca como los
-camalotes que bordan sus riberas y pura como el océano azul del
-firmamento. No hay en las márgenes palmas enhiestas representando el
-orgullo florestal, ni secas coronillas, símbolo de fuerza, ni ramosos
-guayabos, ni virarós corpulentos. En cambio, en muchos trechos vense
-hundir en el agua con melancólica pereza las largas, finas y flexibles
-ramas de los sauces, o extenderse como culebras que se bañan, los
-pardos sarandíes. Tras esta primera línea de vegetación vienen los
-saúcos, el aragá, el guayacán, la arnera sombría, los ceibos gallardos,
-y aquí y allí, encaramándose por todos los troncos, multitud de
-enredaderas que, una vez en la altura, dejan perder sus ramas como
-desnudos brazos de bacante que duerme en una hamaca.
-
-Los árboles no se oprimen, y, a pesar de sus opulentas frondescencias,
-caen a sus plantas, en franja de luz, ardientes rayos solares que besan
-la hierba y arrancan reflejos diamantinos al montón de hojas secas. Hay
-allí sitio para todos; entre el césped corren alegres las lagartijas;
-en el boscaje centenares de pájaros inspiran amores en la puerta del
-nido; las mariposas de sutiles alas policromas vuelan libando flores,
-y allá, en la cinta de agua que parece un esmalte de nácar sobre el
-verde del bosque, saltan las mojarras de reluciente escama, cruzan,
-serpenteando veloces culebrillas rojas parecidas a movibles trozos de
-coral, y, de cuando en cuando, con rápido vuelo sigiloso un martín
-pescador proyecta su sombra, rompe el cristal con su largo pico y se
-eleva conduciendo una presa.
-
-En una cálida mañana de diciembre, una joven, en cuclillas junto al
-agua, lavaba afanosamente. De tiempo en tiempo cesaba de refregar,
-sacudía las manos y se las pasaba por la frente a fin de quitar el
-sudor o volver a su sitio una mecha rebelde. Concluído el trabajo, la
-joven se puso de pie, hizo un lío con las piezas lavadas y se escurrió
-por un sendero hasta llegar a un playo, donde extendió las ropas,
-cantando bajito unas coplas maliciosas.
-
-Luego quedó un rato indecisa, y al fin echó a andar hacia el fondo del
-patiecito. Cuando llegó a la arboleda arrancó una flor de ceibo, que
-puso entre sus labios tan rojos como la flor, y recostada en el árbol
-detúvose pensativa.
-
-Oyóse a poco un crujir de ramas, y de súbito apareció en el playo
-un mocetón fornido, de tez morena, de simpático rostro. Iba con el
-sombrero en la mano, sujeto del barboquejo a manera de canasta, pues
-lo había llenado de frutos de _ñangapiré_, cubiertos por un gran ramo
-de margaritas. Ya cerca de la joven, tendió torpemente el brazo,
-ofreciéndole el ramo.
-
---Tomá.
-
-Ella lo tomó y respondió contenta:
-
---¡Qué lindas!... gracias...
-
-Y después, mirando el sombrero:
-
---¿Qué trais ahí?
-
-Y sin darle tiempo para responder, metió la mano traviesa y tomó un
-puñado de frutas que llevó golosamente a la boca.
-
---¡Pitarigas!... ¡Qué lindas! ¿Dónde las ajuntastes?...
-
-El mocetón, con el labio péndulo y la mirada embobada, se quedó
-mirándola.
-
---¿No me das esa flor?--dijo de pronto, refiriéndose a la de ceibo que
-la niña había dejado caer al suelo.
-
---¡Esa no!--contestó ella con viveza.--¡Es muy ordinaria!... ¡Tomá
-ésta!--y le ofreció un clavel blanco que llevaba en el pelo. El lo tomó
-con mano trémula y abrazándola con la mirada suspiró:
-
---¿De verdá me querés, Clota?
-
-Ella lo miró fijamente, dando una expresión severa a su linda cara
-morocha y, lanzando una sonora carcajada, dijo:
-
---¡Qué cara de ternero enfermo que tenés!...
-
-Palideció el gauchito; honda pena anubló su semblante, y entonces ella,
-acercándose, le echó los brazos al cuello y le dió un beso mordiéndole
-el labio hasta hacer brotar la sangre...
-
-
-
-
-UN DESHONESTO
-
-
-Hacía calor, sentí sed y me introduje en el primer bar que se ofreció a
-mi paso.
-
-Era aquello una cueva larga, estrecha, obscura.
-
-En los muros laterales, encerrados en marcos de color terroso parecían
-dormitar Thiers y Gambetta, Grevy y Carnot, con los rostros maculados
-por la indecencia de las moscas. Al fondo, remando sobre la anaquelería
-indigente que se encontraba detrás del mostrador, un espejo oval lucía
-su luna turbia protegida por un tul amarillo.
-
-Me senté, pedí un chopp, y mientras bebía el inmundo brebaje, observaba
-el recinto.
-
-En el fondo, cerca del despacho, estaba sentado un parroquiano.
-Aparentaba más de cuarenta años; la vestimenta, trabajada; la barba,
-canosa y sin aseo; el rostro, con residuos de inteligencia ocracio y
-demacrado.
-
-Tenía por delante una copa de licor casi intacta, y entre sus dedos
-enflaquecidos, azulados, sostenía en alto un periódico. Simulaba leer.
-La mirada, turbia y vaga, parecía un riacho helado.
-
-Aquel hombre me atrajo, quizá por su visible tristeza, quizá por su
-evidente penuria moral. No recuerdo con qué pretexto entablamos
-conversación.
-
-Hablamos, es decir, él habló, contándome su historia. En la
-incoherencia del relato, en el ilogismo de algunos episodios, en la
-inverosimilitud de ciertos hechos, advertí que mentía, que mentía a
-cada instante, con la obstinación de un maniático, con la indisciplina
-mental de un beodo. Pero, en realidad, no mentía: inventaba para
-explicar con dolorosa sinceridad, las tribulaciones, las caídas y la
-bancarrota de su ser moral.
-
-Más o menos suprimidas las digresiones, me dijo lo siguiente:
-
---Yo era huérfano y disponía de una fortunita. Era débil, necesitaba un
-apoyo, un sostén. Hallé una mujer que me gustó; ella gustó de mí: nos
-casamos. Modestos y económicos los dos, vivíamos muy bien con la escasa
-renta de mis bienes. A seguir siempre así hubiéramos sido felices. Pero
-los parientes de mi mujer, que eran ricos, comerciantes, se indignaron
-de que yo, siendo joven y fuerte, dejase transcurrir los meses y los
-años sin otra ocupación que cuidar mi jardín, vigilar las aves, jugar
-con los chicos y leer los folletines de los diarios. Al fin llegaron
-a convencernos--a mi esposa primero, a mí después,--que aquella
-existencia era indecorosa, que debía trabajar en algo.
-
-«Debo advertir que yo no era haragán, no; no era haragán; pero era un
-inútil, sin iniciativa, sin energías, sin voluntad. Esa es la palabra,
-sin voluntad.
-
-»Así se lo expliqué a mi esposa, agregando que me parecía cosa
-temeraria aventurar nuestro bienestar; pero ella me convenció de lo
-contrario, diciéndome que sus parientes encontraban deshonesto mi modo
-de vivir, y que debían tener razón, siendo personas serias.
-
-«Me decidí. Realicé mi capitalito y fuí a pedir consejos a mis avisados
-parientes. El más competente de entre ellos--el más rico,--se expresó
-de este modo:
-
---La ciencia del comercio puede concretarse en cinco preceptos: 1.º
-No tener ningún vicio ostensible; 2.º No dejarse engañar por el
-vendedor; 3.º Engañar siempre al comprador; 4.º Pagar derechos de
-aduana solamente por la tercera parte de las mercaderías importadas;
-5.º Explotar a los empleados pagándoles lo mínimum y exigiéndoles el
-máximum de trabajo posible.
-
-«Más sencillo no podía ser. Pero yo era decididamente muy bruto. Creí
-en la sinceridad y en la honestidad comercial de los vendedores. No
-supe engañar al cliente; me repugnó el contrabando, pagué con largueza
-a mis empleados y... ¡claro!... me fundí.
-
-«¡Me fundí!... Mis parientes le dijeron a mi esposa:
-
---¡Es natural! No sirve para nada.
-
-«Y efectivamente, yo ya no servía para nada. La miseria invadió mi
-casa; las deudas me estrangularon. En esa situación, los honorables
-parientes vinieron a mi auxilio: recogieron a mi mujer y a mis hijos.
-Fueron buenos, no hay que negarlo. Mi mujer zurce los calcetines del
-marido, arregla los vestidos de su esposa, cuida de los chicos, vigila
-la servidumbre. Mis hijos... a mis hijos se les cuida para utilizarlos
-más tarde, conforme al quinto precepto del éxito comercial.
-
-Dolorido, preguntéle:
-
---¿Y usted?
-
---¿Yo?--respondió amargamente.--Yo soy un inútil.
-
-Bebió de un sorbo la copa de licor y mirándome con ojos vidriosos, con
-una mirada opaca de agonizante, agregó:
-
---¿Crée usted que si yo fuera algo, si hubiera en mí un resto de
-voluntad, si no me sintiera una pulpa muerta, habría aceptado la
-sangrienta caridad de mis verdugos?... ¡Yo soy un deshonesto!...
-
-Al decir esto, sus ojos brillaron con rojos resplandores de fiera
-cautiva; y luego, agobiado por el esfuerzo, dejó caer la cabeza sobre
-el pecho...
-
-Viejo conocedor de miseria, aproveché su ensimismamiento para alejarme,
-que colmadas de tristezas propias hállanse mis alforjas.
-
-
-
-
-UN CUENTO
-
-
---Don Eulalio, cuente un cuento.
-
---¿Para qué?... Ya tuitos los que yo sé, los he contao. La bolsa está
-vacida.
-
---Invente. No es pa ofenderlo, pero siempre me ha parecido que la mitá
-de sus rilaciones son cosas que nunca jueron, porque por muchos años
-que lleve en las maletas y muchas cosas que haiga visto y óido, me
-parece a mí qu'en ninguna cabeza 'e cristiano se pueda apilar tanta
-historia.
-
---¿Te parece a vos?
-
---Me parece que la calavera es un corral chiquito en el que, ni
-apeñuscadas, caben tantas ovejas.
-
---¡Potranco mamón!... No te has dao cuenta de que la cabeza de una
-persona no es un corral, como vos decís, sino un potrero. Allí se
-crían, engordan y paren las ideas. Unas se van muriendo y se las
-sepulta: son los recuerdos, como quien dice los dijuntos. En los sesos
-pasa lo mesmo qu'en la tierra: arriba caben pocos, abajo no s'enllena
-nunca.
-
---Y los recuerdos retoñan.
-
---Como l'albaca...
-
---Arranque un gajo, viejo, pa perfumarnos esta noche qu'está más
-desabrida que asao de paleta...
-
---Ya dije: son cuentas del mesmo rosario.
-
---No importa: el rosario no aburre cuando tienen habilidá los dedos
-p'acortar los padrenuestros...
-
---Contaré entonces... Pueda ser qu'escarbando en la memoria encuentre
-un grano olvidao.
-
---¿Quiere un trago 'e giniebra pa facilitar el trabajo?
-
---Alcance. Siempre s'escarba mejor la tierra ricién mojada... ¡Es
-juerte esta giniebra!
-
---Marca Chancho.
-
---Como chancho se queda, dejuro, el que se zambulla hasta el fondo el
-porrón...
-
---Pero usté es nadador...
-
---¡Como nutria!... En una ocasión m'echaron en un bocoy de caña y quedé
-boyando tres días...
-
---¿Y al cuarto día?
-
---Hice pie; se había secao el bocoy.
-
---¡Usté es capaz de secar el Río de la Plata!...
-
---¡Eso no, m'hijito!... Si juese de caña u de giniebra, no digo; pero,
-el agua me hace mal... Pucha, si por una casualidá llego a tomar un
-trago de agua, me corcovea en las tripas y p'asujetarlo tengo que
-hacerlo ginetear por un ginebrón marca...
-
---¿Chancho?...
-
---Cualquiera que tenga garrones juertes... Alcanzá el porrón...
-
---¿Tragó agua?
-
---No; pero al mentarla nomás se me ladea el recao.
-
---Bueno y ¿va largar?
-
---¡Esperate!... ¿Vos no sabés que a parejero viejo hay que calentarlo
-en partidas pa desentumirle las tabas?... ¡Qué vas a saber!... Los
-muchachos de áura parece que nacieran casaos, con suegra y todo y son
-más inorantes que un dotor de la ciudá... Allá en el tiempo de antes,
-cuando yo encomenzaba a echar los cormillos... ¿Che vos, Atañasio, vos
-te debés di acordar?
-
---¡Hum!
-
---Vos debés ser del año... ¿De qué año sos vos?
-
---¡Hum!... No... mi... a... cuerdo...
-
---¡Dejuro! Es negro Atañasio: los negros son igual que los yatays; como
-nadie los planta no pueden saber cuándo nacieron ni cuántos años tienen.
-
---¿Nunca contastes los años que tenés?
-
---Hum... Nunca no conté, no...
-
---¡Correntino bagual!...
-
---¿Por qué?... Los años que uno ha vivido y las deudas que ha hecho,
-nunca se deben contar. ¿Pa qué?... Contándolos, ni los años ni las
-deudas se borran...
-
---¿Y usté, don Eulalio nunca cuenta sus años?
-
---¿Pa qué?... Ni siquiera he contao nunca la plata que siempre se jué
-de mi bolsillo al cajón del pulpero.
-
---¿Y las deudas?...
-
---¡Avisá!... ¿Qué paisano es capaz de contar las estrellas?...
-
---¿Tiene muchas?
-
---¡Como mucho!... Si cada una juese un novillo, no caberían en los
-campos que supieron tener los Anchorenas... ¡Alcanzá el porrón!... ¡Se
-apagó el candil!...
-
---¿Y el cuento?
-
---¿Qué cuento?
-
---El que iba a contar.
-
---No lo conté pero lo hice. Tomá el porrón; esta noche v'hacer frío;
-lo enllenás de agua caliente y se lo ponés a tu mujer en los pieses...
-¡Asina puede que te deje dormir tranquilo!...
-
-
-
-
-POR CULPA DE LA FRANQUEZA
-
-
-Era la trastienda de la pulpería una amplia habitación con los muros
-bordeados hasta el techo por estiba de pipas y cuarterolas, barricas de
-yerba y sacos de harina, fariña y galleta.
-
-En medio había una larga mesa de pino blanco y, a su contorno,
-supliendo sillas, cuatro bancos sin respaldos. Una lámpara a kerosene,
-con el tubo ennegrecido y descabezado, echaba discreta claridad sobre
-la jerga atrigada, que servía de carpeta. Una botella de caña, seis
-vasos, un plato sopero y un mazo de naipes sin abrir, esperaban a la
-habitual concurrencia de la tertulia del almacén.
-
-Esta estaba constituída por el pulpero, Don Benito,--jugador famoso
-delante del Señor,--y cuatro o cinco hacendados del contorno, que yendo
-a pretexto de recibir su correspondencias,--porque la Pulpería del Abra
-era a la vez posta de diligencias y oficina de correos,--quedaban a
-cenar y luego a «meterle al monte», hasta que el día dijera «basta».
-
-Y la reunión de aquella noche era excepcional, pues a los «piernas»
-habituales, se habían reunido tres mocitos «cajetillas bien
-empilchados», que venían de Paraná y habían tenido que hacer noche
-en el Abra, a causa de un «peludo difícil de cavar», encontrado en el
-camino por la diligencia del rengo Demetrio.
-
-Convidados para el «trimifuquen», discretamente, don Bonifacio, viejo
-cachafaz que decía: «Todo lo que debo lo he ganado en el juego»--y
-no filosofaba mal;--dos de los forasteros miraron al tercero, el más
-joven, una personita que parecía no ser nada, pero que parecía ser más
-que ellos, por tener más dinero. El asintió.
-
-Se sentaron. Don Bonifacio tomó la banca.
-
---Dos diez pa principio... ¿Es poco?... Primero se enciende el juego
-con charamusca; dispués s'echan los ñandubayses...
-
---Poca pulpa, pa tanto hambriento,--objetó uno de los presentes; y el
-viejo, revolviendo el naipe, respondió:
-
---No te apurés, muchacho; es el churrasco p'abrir l'apetito; en dispués
-vendrán los costillares. ¿Qué le parece don?--agregó dirigiéndose al
-forastero.
-
---Me parece que el churrasco es ruin.
-
-Y como en ese momento el viejo había dado vuelta un tres y un siete:
-
---Copo al siete,--dijo.
-
---Me doy güelta por el siete... y con mucho cuidao, porque le tomo mal
-olor al apunte... Sota... Un cuatro bagual... ¿De qu'es su siete? ¿De
-oro?... Aquí viene un martillo... Y pinta raya corrida... ¡Si se rumpe
-la achura!... ¡Se le rompió aparcero!... ¡El tres de copas!...
-
---Está bien,--respondió sereno el mozo y puso los siete pesos de la
-apuesta. Don Bonifacio siguió mezclando las cartas.
-
---¿Vicio, don?... Si agrandó la nidada. Est'es churrasco 'e bofe:
-cuanti más se cocina más s'infla.
-
---Pero al cortarlo se güelve nada.
-
---¿Y quién lo corta?... Un sais y un rey. ¿A cual le meten?... Meta no
-más sin miedo, don...
-
---Copo al rey...
-
-¡Claro! Siendo 'e la ciudá le pagan al ray!... Pero en tiempo 'el
-durazno, me... rio 'e la pera, y en país de república los reyes no
-dentran ni placé, siquiera... Vea... Una, dos, tres... abajo este
-cinco, el sais... ¡Ahí está el sais!... S' hicieron ochenta. Va
-creciendo el arroyo.
-
-Durante una hora la partida continuó, siendo constantes perdedores los
-tres forasteros. A las tres de la madrugada se hizo un alto para comer
-el puchero de gallina que había hecho preparar el dueño de casa.
-
-En el intervalo, don Bonifacio contó la ganancia. Había ochocientos
-noventa pesos.
-
---Ochenta y nueve pa las velas,--dijo don Benito; y apartó la suma.
-
---Y cuatrocientos pa mi,--dijo un señor hosco y barbudo que todo el
-tiempo se lo había pasado mirando jugar y bebiendo caña.
-
---Güenas cuentas, güenos amigos,--habló el tallador distribuyendo el
-dinero.
-
-Y entonces el joven forastero, que no parecía afectado por la pérdida,
-preguntó:
-
---¿No tienen miedo de que la autoridad los sorprenda?
-
-El viejo se echó a reir.
-
---¡Que vamo tener miedo!... L'autoridá es güena... El señor--y designó
-al hombre de la pera negra,--es el comisario y nos deja divertirnos...
-
---¡Ah! ¿Usted es el comisario de la sección?
-
---¡Ya lo creo, qu'es el comisario!--respondió don Bonifacio; y el otro,
-altivo:
-
---Soy el comisario, soy... ¿Qué le duele?...
-
---¿Usted es el comisario?
-
---¡Claro qu'es el comisario! intervino con violencia el viejo.--¿Y si
-no juese el comisario, iba a cobrar la coima?... ¿Y usté quién es, pa
-priguntar como maistro?...
-
---Soy el nuevo jefe político,--respondió tranquilamente el joven.
-
-Y don Bonifacio, empalideciendo súbitamente se echó al buche un trago
-de caña y exclamó hipando:
-
---¡Aura si que la... embarré!... ¡Metete a ensillar ajeno sin averiguar
-la marca!...
-
-
-
-
-LA LIBERTAD DEL CIMARRÓN
-
-
-Floro Niz regresaba a su ranchito en la tibiedad adorable de un sereno
-crepúsculo otoñal.
-
-Su ranchito de paja y totora, semioculto entre un grupo de talas
-espinosos, a orillas de un plácido arroyuelo, ostentaba al frente
-un gran ceibo que en las primaveras tendían sobre la puertecita de
-entrada, regio cortinado escarlata.
-
-Era un nido agreste, digna morada de Floro Niz, el gauchito trovero,
-calandria humana que iba de pago en pago y de rancho en rancho
-desgranando las notas sentimentales de sus cantos.
-
-Mientras él afectaba sus giras triunfales de rapsoda ablandando hasta
-los pechos de pedernal con las lágrimas cálidas de sus canciones,
-cuidaba el nido Bebé, su linda compañera, de piel de bronce, de
-cabellera negro-azulada como el plumaje del morajú, de ojos más oscuros
-que el fondo de una cachimba, de labios que parecían teñidos con la
-sangre del fruto del ñangapiré, de dientes menudos y blancos como el
-nácar de las escamas de las mojarras.
-
-Era Bebé una estatuita tallada en cerno de coronilla; y su alma era
-buena como la torcaz, sensible como la caicobé, y al mismo tiempo
-altiva como el cardenal de la selva y el chaja de los esteros.
-
-Era tan buena que hasta los yuyos la querían: alrededor de la casita,
-el trébol y la gramilla se emulaban en formar una mullida alfombra y
-se estremecían de gozo cuando al alba, los piececitos desnudos de la
-morocha, más que hollarlos, les producían la voluptuosa sensación de
-una caricia...
-
-Era en un encantador atardecer de otoño. Al descender del caballo,
-Floro fué recibido en los brazos de su amada, quien lo besó
-frenéticamente en la boca y en los ojos.
-
---¿Te jué bien, mi pajarito?
-
---Me jué lindo, mi chingola...
-
-Penetraron en el rancho. El puso sobre la mesa sus maletas y empezó a
-vaciarlas.
-
---Mirá, prenda: te truje este corte 'e vestido... ¿Te gusta? ...
-
---¡Es precioso!... ¿Sabés lo que parece?... Las flores del camalote
-reflejadas en la laguna... ¡Qué lindo!... ¡Dame un beso, pajarito!
-
---Tomá.
-
---¡Dame otro!...
-
---Tomá...
-
---¡Dame un montón tuitos juntos!
-
---¡Estás pedigüeña!
-
---Dejuro... ¡hace más de un mes que no como _almibara_!...
-
---Chupá, que tuito el camuatí es tuyo...
-
---Contame cómo te jué.
-
---Lindazo... Mejor que nunca. Fijate que anoche, cuando estaba cantando
-en la pulpería de Fernández aquel estilo que a vos te gusta tanto:
-«Será muy linda la Uropa,--será muy sabia su gente»… un paisano viejo,
-con los ojos llenitos de agua, se abrió cancha entre el genterío pa
-venir a abrazarme, tuvo la disgracia de darle un pisotón al sargento,
-y el sargento le acomodó un mangazo por la cabeza y lo largó contra el
-suelo.
-
---¡Qué bruto!...
-
---Eso mismo dije yo y le sumí la daga en la panza del indino.
-
---¡Ay, Floro, lo que has hecho!...
-
---Una güena asión.
-
---¡Pero te van a prender!
-
---¿Por qué? Yo no tengo delito. ¡Sería güeno que lo metiesen en la
-cárcel a quien apuñalea un perro que lo agarra a tarascones a un pobre
-viejo!... ¿Hice mal?...
-
---¡Hiciste bien!--exclamó ella colgándose del cuello.--¡Dame un beso!...
-
---¡Tomá tuitos los que quieras, mi Bebé querida!... Pa vos, mi boca es
-un manantial de besos y no tengás miedo de que se agote…...
-
-En ese momento, y como asociándose al banquete amoroso, un «cimarrón»,
-encerrado en pequeñísima jaula, rompió en un redoble orgulloso.
-
---¡Mi Chichí!--exclamó conmovido el trovador.--Traemeló, prenda...
-Tanto te quiero a vos que me olvidé del pajarito a quien quiero
-tanto!...
-
-La cena iniciada alegremente fué interrumpida por la llegada bulliciosa
-de la policía…...
-
- * * * * *
-
-Con cuatro años de cárcel tuvo que pagar Floro su noble gesto de
-justiciero. Al regreso encontró que todo estaba igual: el nido, los
-claveles del aire que vivían en los talas y los fraganciosos claveles
-que Bebé cuidaba con esmero en los tiestos, bajo el alero del rancho.
-
-Todo estaba igual, hasta Bebé, idéntica en su cariño, aunque algo
-ofendida la tersura del rostro y el brillo de los ojos, por tanto
-sufrir y tanto llorar.
-
-Todo estaba igual; el cimarroncito, dorado como una pepita de oro,
-rompió a cantar, más armonioso y sentido, cual si en la ausencia del
-buen amo se hubiese empeñado en perfeccionar su arte.
-
---¡Mi pobrecito amigo!--exclamó el trovador, sacando de la jaula
-diminuta a su émulo. Lo besó en la cabecita, en los ojos inteligentes,
-en el piquito sonoro, y luego, abriendo la mano exclamó:
-
---¡Andate, queridito, andate!... ¡Yo he probado la cárcel con menos
-delito que tú, y las amarguras sufridas me hacen comprender las
-tuyas!... ¡Andate, pajarito querido! ¡Andate, recupera tu libertad!...
-
-
-
-
-DE CUERO CRUDO
-
-
-Tarde de otoño, cielo gris, ambiente tibio, fina, intermitente garúa.
-
-La peonada, sin trabajo, está reunida en el galpón. Cuatro, rodeando un
-cajón que tiene por carpeta una jerga, juegan al «solo», por fósforos.
-
-El chico Terutero ceba y acarrea incansablemente el amargo.
-
-En otro grupo, el viejo Serafín, Santurio y dos o tres peones más,
-iniciando cada uno relatos que morían al nacer porque no interesaban a
-nadie.
-
---Con este tiempo malo,--dijo el viejo--m'está doliendo la «estilla»
-izquierda... Me la quebraron de un balazo cuando la regolución del
-finao López Jordán y...
-
-Uno interrumpió:
-
---¡Ya lo sabemo!... ¡Puchero recocido, ese!...
-
-Calló el viejo, cohibido, y Paulino intentó meter baza:
-
---Ayer vide en la pulpería del gallego Rodríguez un poncho atrigao,
-medio parecido al que lleva el comesario, y m'estoy tentado de
-comprarlo ¿A que no saben con cuánto se apunta el gallego?... Se deja
-cáir con...
-
---¿Y a los otros qué se los importa, si no los vamo a tapar con
-él?--sofrenó Federico.
-
-Algo alejado del grupo, Juan José tocaba un estilo en la guitarra.
-
-La mujer que a mí me quiera Ha de ser con condición...
-
---La mujer que a vos te quiera,--interrumpió Santurio,--ha de ser loca
-de remate.
-
---Ha de encontrarse cansada de andar con el freno en la mano sin
-encontrar un mancarrón qu'enfrenar...
-
---Vieja, flaca y desdentada...
-
---¡Y negra... noche l'espera!...
-
-Juan José, impasible, continuó su canto:
-
- A la china más bonita
- del pago del Abrojal,
- le puse ayer con mis labios
- un amoroso bozal...
-
---Miente... nao... no vino tuavía...--dijo maliciosamente el viejo
-Serafín.
-
-Juan José, amoscado, apoyó la guitarra en el muslo, y encarándose con
-los del grupo, interrogó:
-
---¿Pa qué ráir?... Unos porque entuavía no han emplumao, y otros porque
-ya de viejos se les cáin las plumas, coligen que yo no he de encontrar
-árbol ande rascarme... Pues güeno: sepan que me via'casar.
-
---De los pelos... del chancho no se hacen más que cepillos,--replicó
-Federico.
-
-Juan José sofrenó un impulso de acometer con frase ruda, y cambiando
-de ritmo entonó una vidalita:
-
- Ayer me dijiste:
- Vidalita,
- ¡Todo concluyó!
- Desde hoy no existe
- Vidalita,
- ¡Nada entre los dos!...
- Pero te ha engañado,
- Vidalita,
- Tu hábito falaz:
- Beso que yo he dado
- Vidalita,
- ¡No se borra más!...
-
---Eso está lindo,--dijo don Serafín.
-
---Siendo verdá es lindo, siendo mentira es gozo,--completó Santurio.
-
---Lo lindo siempre es mentira--replicó Federico.
-
---Y como la mentira siempre es fiera,--razonó el viejo,--viene a cáir
-que lo lindo es fiero... ¡Sos animal!...
-
-Federico sonrió con indulgencia y dirigiéndose a Juan José:
-
---¿Y con quién te pensás casar, hermano?...
-
---Con Luisa,--respondió serenamente el mozo.
-
-El otro rió:
-
---¿Con mi novia?
-
---La mesma.
-
-Con voz que se esforzaba en aparecer tranquila, Federico replicó:
-
---Para enebrar esa auja, carecen dos sercustancias: una, que yo te la
-dé; otra, qu'ella te quiera, y dispués del poco caso qu't'hizo ayer
-abrazándome en tu presencia debés estar albertido...
-
---Sos vos, quien debía estar albertido, si conocieras más mejor las
-arterías de las mujeres. Que te prefiera para marido, aceto; pero, si
-entuavía no l'estuviese quemando la boca la marca de mis besos, no
-habría hecho eso, que no es más que desimulo pa embobarte mejor... Y la
-prueba es que una hora dispués se me vino refregando como perra mimosa
-y me ofreció los labios...
-
-Intensamente pálido, fulgurantes los ojos, Federico se irguió,
-interrogando con voz trémula:
-
---¿Es verdá, eso, hermano?
-
-Y Juan José, solemne, tendiendo la mano:
-
---Es verdá--respondió;--yo no miento nunca, vos lo sabés.
-
-Federico empalideció más todavía y dijo amargamente:
-
---Te creo... ¡Guardatelá!...
-
-Entonces, Juan José le puso la mano en el hombro y exclamó con acento
-de fraternal ternura:
-
---¡No, hermano!... Yo la he redomoniao y he visto que no hay medio de
-sacarla güena. Lo que t'he contao, te lo he contao como hermano, pa
-evitarte una rodada, y sabiendo que le hablo a un hombre de cuero crudo.
-
---Gracias, hermano,--respondió simplemente Federico. Y le tendió la
-mano.
-
-
-
-
-LA RECAÍDA
-
-
-Don Silvestre era un cuarentón fornido, un tanto obeso y de rostro
-constantemente congestionado. Hijo de una de las más distinguidas y
-opulentas familias entrerrianas, cursó sus estudios secundarios en
-Concepción del Uruguay, y adquirió luego su título de ingeniero en la
-Universidad de Buenos Aires.
-
-Joven, rico, lleno de prestigios, abiertas delante suyo todas las
-puertas y expeditos todos los caminos, su vida se cristalizó en el
-alfa del abecedario sentimental. Amó con la diáfana sinceridad de las
-almas simples y buenas, y fué,--como infaliblemente corresponde a ese
-caso,--víctima del engaño y del escarnio.
-
-No buscó desquite. Era sabiamente prudente, como todos los hombres
-gordos. Se fué a la estancia, renunciando a la lucha dentro de su
-medio--le echó llave y cerrojo al corazón, buscando la felicidad en
-las satisfacciones del sensualismo animal, sin ninguna intervención
-cerebral ni sentimental.
-
-Buena cocina, buena bodega, el mayor confort posible; y en aquella vida
-sedentaria, despreocupada, huérfana de ideales, empezó a engordar. Y
-como la grasa es el mejor sedativo para los nervios, llegó a ser, a
-los cuarenta y siete años, un hombre casi completamente feliz.
-
-Ninguna preocupación pecuniaria: su vasto establecimiento ganadero,
-manejado por sus mayordomos y sus capataces, le producía una renta que
-dejaba todos los años un superavit en su presupuesto.
-
-Ninguna ambición política, ni social, ni intelectual. Sentíase
-completamente feliz, porque en la limitación de sus aspiraciones, le
-era dable satisfacer todos sus caprichos.
-
-Su alma, un tanto femenina, le hizo apasionarse por las plantas, los
-pájaros, los perros y los gatos.
-
-Su parque de eucaliptus y su bosque de naranjos, se enriquecían todos
-los años con centenares de ejemplares. Sus jardines eran inmensos.
-En verano, las rosas y los claveles ardían en ramas rojas por todas
-partes, quemando con su aliento amoroso a las pálidas camelias, a los
-tímidos lirios y a los congestionados tulpanes; mientras en amplias
-pajareras, con sus finos muros de alambre tapizados con madreselvas,
-jazmines y gladiolas, vibraban en sones doscordantes, cual de una
-orquesta de locos, los cantos del sabiá y la calandria, el cardenal y
-mirlo, el chingolo y el jilguero, el suave canario y la melancólica
-viudita.
-
-Muy rara vez, y sólo por compromiso, y siempre a disgusto, abandonaba
-su casa, que era cueva y nido a la vez, digna de él, que gustaba
-clasificarse como ave troglodita.
-
-Y le llegó uno de esos sacrificios. Se casaba Berta, su ahijada, único
-vástago de su amigo el doctor Castillendo, hacendado vecino, y otro
-misántropo como él, quien había exigido al novio, un abogadito porteño,
-que la boda se celebrase en la estancia, con la prodigalidad de un gran
-señor gaucho, pero sin maneas de etiqueta cortesana.
-
-Silvestre tuvo que ir; y fué resignado a aburrirse durante dos o tres
-días.
-
---No será tanto, patrón,--observó el capataz;--en la estancia del
-doctor siempre hay, pa'esta época, señoras y muchachas de la capital,
-que le harán pasar lindamente el tiempo.
-
---Ese es el tropiezo. He perdido el hábito de los salones y tú no
-te imaginas cómo resulta penoso tener que sonreir y tratar de ser
-espiritual cuando las mujeres con quienes hablamos nos son del todo
-indiferentes y cuando estamos echando de menos la buena siesta, sobre
-el catre pelado, en el silencio de la estancia...
-
- * * * * *
-
-Dos horas después de haber llegado a la casa de su compadre, Silvestre
-sintióse transformado. Parecía que le hubieran sacado de encima los
-veinte años de vida semianimal, desierta de emociones y de ideales,
-transcurridos desde la fecha de su desastre amoroso. En un repentino
-reverdecimiento de todo su ser, su corazón se expandía en mágica
-florescencia.
-
-La aurora del milagro fué la pequeña Lisa, sobrinita del doctor
-Castillendo, que pasaba las vacaciones en la estancia. Desde el primer
-momento le atrajo con su mirada y su voz acariciadoras.
-
---¿Por qué está usted siempre triste?--le preguntó, fijándole los ojos
-con ternura, mientras paseaba del brazo por el parque.
-
-El sonrió:
-
---Yo no estoy triste; es que no soy alegre.
-
---¿Escolástica?...--musitó ella.
-
---No; franca verdad. Muchas veces, para muchas personas, se presenta un
-estado de estática anímica... ¡perdón por el pedantismo!...--en el cual
-no hay razón para estar alegre ni para estar triste; se es...
-
---¿Indiferente?... ¡Muchas gracias!...
-
-Fingiendo enojo, bajó la cabeza y anduvo un trecho en silencio,
-marchando lentamente, levantando las piedrecillas del camino con la
-punta del pie. El, presa de extraña emoción, no atinaba a hablar. Lisa
-se irguió bruscamente. Sus rubios y desordenados cabellos rozaron
-el rostro de Silvestre y los labios incitantes de la muchacha se
-inmovilizaron a un centímetro de sus propios labios...
-
-¡Oh, aquel beso!... Y luego las ininterrumpidas ternuras, las delicadas
-atenciones, las atrevidas ostentaciones de su encariñamiento,
-trastornaron por completo al pobre solterón que se vanagloriaba de
-haber cerrado con doble llave y cerrojo la puerta del amor.
-
-Esa noche fué para él de delicioso insomnio. Sentía el cuerpo y el alma
-impregnados del perfume de Lisa y en sus labios persistía la quemante
-sensación del primer beso.
-
---¿Podría ser?... ¡Y por qué no!...
-
-Y al amparo de esta duda, aureolada de esperanzas, se durmió al fin en
-un dulce sueño.
-
-A pesar de las pocas horas de sueño, las ansias de volver a ver a Lisa
-le hicieron despertar relativamente temprano. Mientras se hacía una
-prolija y coqueta toilette, monologaba:
-
---Yo tengo cuarenta y siete años; ella tiene veinte... ¡Es mucha la
-diferencia!... Bueno, pero yo de mis cuarenta y siete, veinte no los he
-vivido, no los he gastado, de modo... no hay duda que ella me ama, o
-por lo menos, que simpatiza conmigo.
-
-Se dirigió al jardín, ganó el parque y echó a andar, a andar, tratando
-de enhebrar ideas que se le enredaban a cada momento. Varias veces sacó
-un cigarrillo, pero al ir a encenderlo, lo estrujaba y lo arrojaba;
-daba por seguro volver a besar los divinos labios de Lisa y no quería
-ofenderlos con el sabor acre del tabaco.
-
-Anduvo mucho tiempo. Al fin, fatigado, regresó y se dejó caer sobre un
-banco rústico, junto a un bosquecillo de palmas índicas. De inmediato
-le sorprendió una charla femenina que partía del lado opuesto del
-boscaje y reconoció las voces de Berta y de Lisa.
-
---Eres una perversa,--decía Berta.
-
---¿Por qué?--arguía Lisa.--Apostamos a que yo era capaz de enamorar a
-tu viejo solterón de padrino, y lo he conseguido.
-
---¡Demasiado!... Es una maldad tuya, porque de seguro no lo quieres y
-dentro de un par de días todo habrá concluido.
-
-Lisa rió alegremente.
-
---¿Dentro de un par de días?... ¡No!... Desde anoche. Hoy tengo que
-consagrarme a Fernando...
-
---¡Te repito que eres una perversa!
-
---¡Que no!... Yo le he proporcionado a don Silvestre varias horas de
-una felicidad que nunca soñó... Le he hecho un gran servicio y debe
-agradecérmelo!...
-
-Don Silvestre no pudo soportar más. Muy pálido, pero sereno, la sonrisa
-en los labios, se presentó ante las jóvenes, saludó afablemente y dijo:
-
---Y se lo agradezco, señorita. Me ha hecho usted, en efecto, un enorme
-servicio, demostrándome que si enamorarse a los veinte años es una
-tontería, enamorarse cuando se está por cumplir medio siglo, es una
-imbecilidad. ¡Mil gracias!...
-
-
-
-
-EL NEGRITO DE MELITÓN
-
-
-Era en el Paraguay, en la época trágica de las revoluciones y los
-motines cuarteleros que tuvieron sometido al noble país hermano a
-continuos sobresaltos y a perpetuas torturas.
-
-Gobernaba a la sazón, con poderes discrecionales, el famoso coronel
-Fortunato Jara, encaramado al poder por un audaz golpe de mano y
-convertido en dictador. Dictador de la peor especie, por cuanto
-no lo guiaba otro móvil que la satisfacción de los apetitos de su
-desenfrenado libertinaje.
-
-La soldadesca, alentada por el ejemplo de los superiores y segura de la
-impunidad, cometía todo género de violencias y de atentados contra la
-propiedad y las personas.
-
-Los milicos vivían más en las tabernas y la ranchería del suburbio que
-en los cuarteles.
-
-Ebrios la mayor parte del día, recorrían las calles de la ciudad,
-gritando, cantando, promoviendo escándalos.
-
-No había peligro de reprimendas ni castigos: los oficiales, por
-su parte, cuando no junto con ellos, cometían idénticos excesos,
-explicables,--ya que de ningún modo disculpables,--por el estado de
-completa anarquía y el relajamiento de la disciplina, fomentados en
-primer término por el jefe supremo con su conducta sin precedentes.
-
-Tan lejos estaba a su ánimo el deseo de tomar medidas moralizadoras
-de severa represión, que era el primero en reir y festejar las
-«travesuras» de sus subalternos.
-
---¡Los muchachos también tienen derecho a divertirse!...--decía riendo.
-
---Y nada no pueden icir los otros,--conformaba algún adulador.
-
-De fijo que nada podían decir «los otros»; pero no por faltarles
-derecho para la protesta, sino porque, bajo el régimen del terror,
-la más elemental prudencia aconsejaba mascar en silencio el amargo
-del agravio, ahorrando reclamaciones, cuyas consecuencias inevitables
-serían acentuar la persecución de parte de los forajidos.
-
-Los mayores delitos pasaban inadvertidos por la justicia; y eso que los
-hubo de la magnitud del que va a leerse.
-
-Melitón Manzanares era un chino correntino, petizo, grueso, fornido y
-de ancha cara cobriza y barbilampiña.
-
-No hacía mucho que había caído a la Asunción, cuyas continuas
-revueltas ofrecían campo propicio a los tipos de su calaña, y también,
-probablemente por andar en malas relaciones con las autoridades de su
-país.
-
-El solía decir, con una sonrisa que ponía de manifiesto su formidable
-dentadura de yacaré:
-
---Las autoridades de Caacatí estaban tan encamotadas conmigo que iá mi
-tinían empalagao... Siempre andaba detrás mío algún sargento con recao
-del comisario pa que juese a yerbiar con él, y de puro fastidiao, alcé
-el vuelo pa estos pagos...
-
---Usté es mesmito que ió,--dijo un compinche;--nada no apetesco la
-amistá de los polecías.
-
-Melitón, que había sentado plaza en las milicias irregulares,
-conjuntamente con otros forajidos de igual ralea, encontrábase allí
-como pescado en el agua.
-
-Farras, chupandinas, jugarretas y amplia libertad de acción en la
-holgazanería cuartelera, constituían el ideal de un sujeto de su clase
-y de sus hábitos.
-
-Sus camaradas lo tenían en gran estima por su constante buen humor, su
-parla dicharachera, su audacia y su absoluta carencia de escrúpulos.
-
-Admirando esta cualidad, dijo una vez entusiasmado un compinche:
-
---Amigo Melitón, estómago igualito a ñandú: ¡hasta vidrios digiere!...
-
-Sin embargo hubo un momento en que empezó a ponerse meditativo y
-silencioso.
-
-Interrogado por las causas de aquel cambio de carácter, dijo:
-
---La verdá, estoy triste porque ha venido un antojo.
-
---Y vaia diciendo.
-
----Velay: mi han contao que en este país no hay diversión más linda
-qu'el velorio de un negrito.
-
---No lo engañaron, no. ¡Si arman unos candombes que duran días y qu'es
-un viva la patria!
-
---Lo malo es que va p'al año que moro aquí y entuavía no ha muerto
-ningún negrito.
-
---Van quedando pocos.
-
-Melitón meditó unos segundos, y luego propuso:
-
---¿Por qué no matamo uno?
-
---¡No sea bárbaro, compañero! Matar un cristiano p'al puro gusto 'e
-divertirse, es mucha herejía.
-
---¿Y quien ha dicho que los negros son cristianos?... ¿No saben que
-tienen el mate muy duro y el agua bendita nunca les dentra a los
-sesos?...
-
-Melitón siguió preocupado con la idea de aquella farra original y magna.
-
-Una vez, a eso de media noche, regresaba al cuartel, dando bordadas,
-apoyándose con frecuencia en los muros de las casas para no dar de
-bruces sobre la acera y recuperar un tanto el equilibrio y la fuerza de
-sus piernas ablandadas y descoyuntadas por el alcohol.
-
-En uno de esos ziszaes fué a dar contra un portal, a cuyo pié vió
-un bulto obscuro. Tocólo con la punta del pié y notando blandura de
-carnes, agachóse, con muchas precauciones y grandes esfuerzos, hasta
-poder palparlo. Zamarreado con violencia, un quejido lastimoso escapó
-del bulto obscuro, y el soldado descubrió, envuelto en unos harapos, un
-negrito de cinco o seis años de edad.
-
---¿Qué hacés aquí?--preguntó ásperamente.
-
-Y el negrito, asustado, respondió gimoteando:
-
---Me peldí...
-
---¿Dónde está tu casa?
-
---No sé, me peldí...
-
---¿Quiénes son tus padres?...
-
---Padres no tengo... Amita me mandó llamar el médico para amito
-enfermo... y me peldí... ¡ay!... ¡ay!... ¡ay!... ¡ay!
-
-Una idea infernal cruzó por la mente del bandido.
-
---Io le via ievar,--dijo; y cogiendo al chico de ambos pies, lo
-revoloteó y le destrozó la cabeza contra un poste de piedra que había
-junto al portal.
-
-El negrito lanzó un grito horrible, uno solo y enmudeció para siempre...
-
-El criminal ocultó el cuerpo de la víctima bajo el poncho patrio y,
-dando traspiés, llegó al cuartel. Al penetrar en el cuerpo de guardia,
-donde los soldados ebrios jugaban al naipe, el oficial, más ebrio aún
-que sus subalternos, lo interrogó alegremente:
-
---¿Qué tráis debajo' el poncho?... ¿Chivito o borrego?
-
-Rió Melitón y dijo:
-
---Borrego... Un borrego negro...
-
-Y tirando en medio de la pieza el ensangrentado cadáver, agregó con
-feroz impudicia:
-
---Ya tenemos p'al candombe: yo pongo el difunto; pongan ustedes las
-velas y la caña...
-
-
-
-
-LA CADENA
-
-
-El reloj de pared sonó las diez con una lenta y cascada voz de viejo.
-
-A esa voz, don Manuel levantóse sobresaltado de la silla en que se
-había quedado dormido. Su vista vaga, indecisa, paseóse por el salón,
-desconociéndolo.
-
-La vieja lámpara que pendía del techo, derrababa una luz amarillenta y
-triste sobre las anaquelerías atascadas de artículos diversos, sobre el
-hule descascarado que tapizaba el mostrador y sobre las botellas y los
-vasos alineados sobre el zinc del despacho de bebidas.
-
-En lo alto de los muros blanqueados, proyectaban sombras raras los
-objetos suspendidos de las vigas del techo: frenos, tazas, cinchas,
-cazuelas, riendas y maneas, jarros y guitarras, una disparatada
-población de bric-a-brac.
-
-Don Manuel observaba el lugar con creciente sorpresa. Miró la armazón
-de enfrente, la mayor, en cuyos estantes se apilaban las piezas de
-tela, las blancas cajas de cartón conteniendo festones y puntillas, las
-verdes cajas guardando medias y calcetines, todo parecióle extraño,
-desconocido.
-
-Y sin embargo, todo allí, todo, en conjunto, y en detalles, le era
-familiar. Probablemente no existía en la casa un solo objeto que
-no hubiese pasado por sus manos; un solo artículo cuya colocación,
-calidad, precio de costo y de venta, ignorase, y eso que los había
-en cantidad respetable y en mescolanza original, dado que la casa
-era: «almacén, tienda y ferretería», con el aditamento de librería
-y farmacia, más el obligado apéndice de acopio de frutos del país:
-trigo, maíz, lana, cueros, cerda, aspas, etc., y la yapa de «agencia
-de correos y venta de papel sellado y timbres»; un «Louvre» o un «Bon
-Marché» en plena Pampa.
-
-Miraba ejecutando prodigiosos esfuerzos para despertar la memoria.
-Cerca del ventanillo de la «glorieta» estaba el anaquel de las
-conservas donde dormían las latas de sardinas, de atún, de congrio, de
-merluza, de calamares y de ostras, entre bocales de ciruelas, frascos
-de aceitunas y cajas de pasas de higo. El estrecho lienzo de pared que
-mediaba entre la estantería y la reja, estaba a la altura del hombro
-totalmente ennegrecido con inscripciones, cifras y diseños de marcas
-trazadas a lápiz. Don Manuel reconoció su propia escritura entre otras
-escrituras.
-
-Continuó observando. En la puerta del mostrador, una gran balanza
-mostraba el abultado vientre de su platillo de bronce y el cuerpo
-plano y negro, dormitando bajo la custodia de media docena de pesas,
-pentagonales, trozos de hierro ennegrecido. En el puesto extremo de la
-larga mesa, junto a la pila de zarazas, ronroñaba un gato barcino; por
-el centro, al lado de una palmatoria de metal amarillo, veíase un mazo
-de naipes viejos, sucios, encrespados como plumaje de gallina clueca;
-inmediato a los naipes un puñadito de garbanzos, dos groseros vasos de
-vidrio, una botella vacía, ceniza y colillas de cigarrillos.
-
---¡Curioso, curioso!--decía mentalmente don Manuel, desconcertado ante
-aquella complicación psíquica, tan ajena a la simplicidad ordinaria de
-su existencia, por medio de la cual los objetos le eran al mismo tiempo
-familiares y desconocidos...
-
-Desorientado, tornó a sentarse en la misma silla, junto al mostrador,
-cerca de la candela. Inconscientemente comenzó a dibujar el trazado
-de su vida. Tenía doce años al llegar de España. Era entonces un
-«galleguito» ignorante y vivaracho, dotado de una extraordinaria
-energía, seguro de llegar a la fortuna más tarde o más temprano. Casi
-sin transición pasó del barco que le trajo a la casa de comercio de su
-paisano don José Rodríguez, donde fué ascendiendo, de sirviente a peón,
-de peón a dependiente, de dependiente a socio y a dueño por fin.
-
-Todo eso allí, en esa misma casa, en aquella «pulpería» de campaña
-identificada en su persona. Allí penó, allí luchó, allí conquistó la
-fortuna, que fué la única novia de sus sueños.
-
-Novia inconstante. Los años malos trajeron una situación difícil,
-viendose obligado a buscar un socio para salvarla. No salvó nada, la
-suerte le había dado la espalda y fué necesario vender, vender todo,
-abandonar aquella casa. La víspera había firmado la escritura, al día
-siguiente debía hacer entrega del negocio y partir...
-
-¡Partir!... El derrumbe de su fortuna no impresionaba mayormente a
-don Manuel: tenía cerca de cincuenta años, era solo, era sobrio y con
-lo salvado le alcanzaría para pasar la vida; ¡pero salir de allí,
-abandonar aquella casa, en cáscara!... Eso era insoportable...
-
-Pensando, pensando, una idea nació en su cerebro. Al principio la
-encontró absurda; luego le agradó. Le agradó tanto, que disipando
-instantáneamente sus tristezas, volvió a reconocer el salón y los
-objetos familiares. Bajo esa impresión fué a su cuarto, se acostó y
-durmió tranquilo.
-
-Al día siguiente, después de haber hecho formal entrega del
-establecimiento al nuevo dueño--su socio don Pedro,--éste quedó pasmado
-al oir lo siguiente:
-
---¿Quiere tomarme de dependiente?
-
---¡Pero don Manuel!... ¿Es chacota?...
-
---Es serio.
-
---Francamente... no comprendo...
-
---¿No comprende que yo no podré vivir separado de estos cachivaches,
-privado de mis hábitos de casi cuarenta años, libertado de la cadena
-que de niño me soldaron al taquillo?...
-
- * * * * *
-
-Confesaba don Manuel que nunca había sido tan feliz como entonces,
-diestro y activo dependiente de cabellos grises, en la casa en que
-había sido patrón a los 30 años y dependiente a los 15.
-
-
-
-
-LOS DÉBILES
-
-
-Las negras agujas del viejo reloj marcaban las nueve de la noche y la
-campana las contaba con voz lenta y pausada.
-
-Marcelina, que agobiada por las doce horas de incesante trajín se
-había quedado dormida sobre el banquillo junto al hogar, despertó
-sobresaltada.
-
-Y en ese mismo momento abrióse la puerta de calle y penetró Servando,
-con el sombrero echado a la nuca, el busto erguido y taconeando recio.
-Esa actitud, unida a la brillantez de los ojos y el arrebolado del
-rostro bastó a Marcelina para convencerse de que su esposo había
-castigado fuerte en el café.
-
-Bien que apenada, como siempre en casos análogos, por desgracia
-frecuentes, halló consuelo notando que en vez del habitual gesto adusto
-y atormentado, la fisonomía de Servando expresaba contento y jovialidad.
-
---¡Qué tarde!--dijo sin reproche,--la sopa estará fría y el asado seco.
-
---¡No importa, viejita! respondió él, abrazándola y besándola
-efusivamente. Me demoré en el bar por complacer a los muchachos, más
-bien dicho, por satisfacer a Paulino Salvatierra... ¿sabés?... el hijo
-del ricacho mendocino don Tiburcio Salvatierra... Hacía tiempo que no
-nos veíamos y...
-
---Espera un momento, que voy a servir la sopa.
-
-A su regreso, Servando, sin hacer caso de la comida, prosiguió:
-
---Empezamos a charlar, recordando aventuras de muchachos, y entre
-cocktail y cocktail, entramos en el terreno de las confidencias. El
-me contó que había recibido la parte de la madre,--¡un Tupungato de
-moneda!... y que se iba a pasar cuatro o cinco años en Europa.--«El
-viejo,--me dijo,--quería que abriese estudio, pero a mí me repugna el
-papel sellado, y además, hermano, este Buenos Aires se está poniendo
-más aburridor que La Plata...» Y eso es verdad, ¿sabés?... Hoy no hay
-en todo Buenos Aires un sitio donde divertirse...
-
---Tomá la sopa que se enfría,--insinuó Marcelina.
-
-El empujó el plato diciendo:
-
---¡Dejate de sopa de hospital!... Recién me acuerdo que traigo una caja
-de «paté de foie gras»... ¡Ah! tomá un cartucho de «marrons glacés»
-para tí y dos de bombones finos para los chicos. ¿Están durmiendo ya?...
-
---Seguramente... ¿Pero para qué has gastado en esas golosinas cuando
-nos están haciendo falta tantas cosas?... Hoy vino furioso el
-almacenero...
-
---¡Que se vaya al infierno el almacenero!... Ya se le pagará... que
-espere; y si no quiere esperar, se busca otro: no faltan almacenes en
-Buenos Aires!...
-
-Ella, humilde, guardó silencio, y él prosiguió:
-
---Pues, como te decía, Paulino, después de contarme su situación y sus
-proyectos, me preguntó:--¿Y vos, siempre en las mismas taperas, siempre
-amojosándote en el periodismo!...
-
---Siempre,--le respondí.--¿Qué quieres que haga?
-
---Buscar otra cosa, moverte salir de la ciudad en busca de un porvenir,
-utilizar tu inteligencia en provecho propio en vez de hacerlo en
-provecho de los demás,--me aconsejó.
-
---Lo comprendo, respondí; pero ¿cómo? ¿en qué?
-
---Mira,--me dijo;--la fortuna está en la campaña. Si tanto bruto
-analfabeto amontona millones en pocos años, ¿cómo no podrá enriquecerse
-un hombre inteligente e ilustrado como vos, decime?...
-
---Sí, pero...
-
-Se interrumpió Servando para servirse vino y al encontrar vacía la
-botella, exclamó con desagrado:
-
---¿No hay más vino?
-
---No; compré medio litro y te lo has bebido...
-
---¡Siempre la manía de comprar por medio litro!... dentro de poco
-compraremos por bordalesas... ¿Lo dudas?... Escucha: Cuando yo dije
-eso, Salvatierra me interrumpió para exclamar:
-
---¡Ya sé lo que has de decirme!... ¡Que se necesita capital,
-relaciones, crédito, etc., etc!... Bueno; vos sabés, hermano, que el
-amigo y el caballo son pa las ocasiones, y aquí estoy yo para darte una
-manito. Mirá, entre los bienes que me correspondieron por herencia de
-la finada mamá, hay una estanzuela, un soberbio valle en Uspallata...
-Yo no lo conozco, ni sé bien dónde está, pero me han dicho que es
-de lo mejor y puede producir un platal... ¡Te lo doy en sociedad y
-te adelantaré unos cuatro o cinco mil pesos para los gastos!... ¿Te
-conviene?...
-
---¡Cómo no me va a convenir, hermano!--exclamé.
-
---Bueno. Mañana a la una te espero aquí; tomaremos los aperitivos,
-almorzaremos juntos y arreglaremos todo... Por lo pronto, tomá un
-«canario», para festejar el acontecimiento...
-
---¿Qué te parece, viejita?... ¡Ese es un amigo!... Fijate a ver si está
-la chiquilina de al lado, que vaya a traer un litro de vino.
-
-El amigo cumplió la promesa y poco después la familia partió para
-Mendoza. Iba Servando rebosando de entusiasmo, mas no así su compañera,
-quien estaba habituada a tales entusiasmos, siempre fugitivos.
-
-En la estanzuela--un vallecito enclavado en la montaña--no había nada
-más que una casucha de adobones y media docena de chivas semisalvajes.
-Pero el flamante cultivador, muy orgulloso de su traje, su gorra y
-sus botas de alpinista, no se amilanó por eso: el abundante surtido
-de conservas que había llevado consigo aseguraba por varios meses
-exquisito comestible.
-
-Púsose a la obra inmediatamente. Lo primero fué planear un jardincito;
-mientras el peón preparaba la tierra, él se engolfaba en la lectura del
-más reciente tratado de floricultura venido de París. Luego siguió la
-formación de una pequeña huerta de hortalizas y un plantel de frutales;
-todo lo cual daba pretexto a frecuentes viajes a la ciudad en procura
-de semillas, plantas y útiles. Al principio demoraba el regreso un par
-de días, pero después las estadas prolongábanse por una semana y aun
-más, ocasionando considerables dispendios.
-
-Y mientras el ex periodista derrochaba el tiempo y el dinero en viajes,
-en diversiones y en fantásticos planes de explotación agropecuaria,
-llegó el invierno con sus nieves y turbonadas y fríos atroces. El
-jardín y la huerta--absurdamente y descuidadamente cultivados--se
-agostaron bien pronto; y los árboles que no derribaron los vientos,
-perecieron por inadaptación al clima.
-
-Terminadas las conservas, fué necesario surtirse de víveres, a gran
-costo, en la capital de la provincia. Todos los chivatos y casi todas
-las chivas fueron muertos a tiros por Servando, que no encontró otro
-medio de utilizar su copioso material cinegético. Frecuentemente
-bloqueado por el mal tiempo, y abandonado el propósito de consagrar los
-ocios al cultivo de la alta literatura, el joven se consolaba abusando
-más que nunca de los alcoholes.
-
-Por otra parte, los cinco mil pesos estaban a punto de agotarse; y un
-buen día, el pioneer, desilusionado y aburrido, empezó a maldecir la
-tierra ingrata, la campaña que «envejece, empobrece y embrutece», según
-dice el adagio.
-
-Y no tardó en decirse:
-
---La campaña--dijo--está hecha para los animales. ¡Volvamos a Buenos
-Aires!...
-
-Marcelina, sumisa, dócil, sin voluntad, aceptó con indiferencia y sin
-un reproche el nuevo fracaso, preparándose para el venidero.
-
-
-
-
-EL ABRAZO DE MARCULINA
-
-
-En invierno, un día opaco, un cielo brumoso, de sombra, de quietud,
-de silencio, uno de esos atardeceres capaces de entristecer a los
-chingolos.
-
-A las seis era casi noche y hubo que suspender la jugada de truco en la
-trastienda de la pulpería.
-
-El patrón ofreció encender una vela; pero los tertulianos no aceptaron:
-jugaban «por divertirse» y todos se aburrían.
-
-Pidieron otro litro de vino, encendieron los cigarrillos y hubo un
-silencio largo, que fué roto por el viejo Pantaleón, quien mirando
-fijamente a Secundino, habló así:
-
---¡Qué muerte triste la de mi sobrino Estanislao!... ¡El, qu'era más
-nadador que una tararira, augarse en una cañada que se vandea de un
-resuello!...
-
---¡Qué quiere viejo!--intervino Julio--si está de Dios es capaz de
-augarse uno lavándose la cara en una palangana.
-
---Será, pero pa mi gusto el finao mi sobrino se hundió a causa de las
-libras de chumbos con que le habían cargao el alma... ¿Qué pensás vos,
-Secundino?...
-
-Apostrofado indirectamente, el mozo alzó la cabeza con altanería y
-dijo con voz firme y serena:
-
---Ya me tienen cansao esas alusiones que se arrastran entre los yuyos
-buscando morder los talones del que lo'encuentra descuidao...
-
---Sé que hay más de uno que me acumula esa muerte, pero tuitos lo dicen
-a escondidas, o lo dan a entender sin decirlo...
-
---Será porque te tienen miedo--observó don Pantaleón.
-
---Sí: ¡porque tienen miedo de arrostrarle a un hombre un crimen sin más
-fundamento que chismes de mujeres o comentarios de pulpería!... ¡Yo
-había resuelto aguantar y callarme, pero ya me fastidea demasiado el
-mangangá y no me resino a seguir mascando el freno por más tiempo!...
-
-Van a saber ustedes cómo pasaron las cosas, la verdá desnuda como un
-recién nacido. Dispués, vayan y desparramenlá por tuito el pago...
-
---¡Hablá!--exclamaron varios a un tiempo; y Secundino comenzó de este
-modo.
-
---Tuitos ustedes saben que Marculina, la mujer de Estanislao, era...
-
---Sí, ya sabemos lo qu'era: seguí no más--interrumpió don Pantaleón.
-
---Sigo. El finao difunto estaba tan quemao de los celos que desconfiaba
-hasta 'e su propia sombra, y como no permitía que ningún hombre pusiera
-los pieses en sus ranchos, había rompido con tuitos sus amigos. Esto lo
-supe yo a mi güelta 'el Brasil, ande, como a ustedes les costa, desollé
-una punta de años.
-
-Los encontramos en esta mesma pulpería y nos relinchamos contentasos...
-¡Dejuro!... ¡si nos habíamos criao como chanchos, como quien dice,
-comiendo juntos en la mesma batea!
-
---¿Ande pensás hacer noche?--me preguntó dispués de mucho prosiar.
-
---Acá nomás--respondí.
-
-El quedó cavilando y yo vide que le había cambiao la cara, quedándose
-como empacao y con el entrecejo fruncido. Dispués arrancó de un golpe:
-
---¡No puede ser: vení a quedarte en casa!
-
---Si no es incomodo...--dije yo, por decir no más, porque, ¿a qué santo
-me ib'hacer rogar, no hayan?...
-
-Güeno, el caso fué que la mujer del finao me recibió tuita fruncida y
-si yo no le hablaba, ella no me hablaba y era pa contestar con «sis» y
-«nos», más secos que alón de ñandú.
-
-Al otro día era pior. En varias ocasiones la ói a Marculina rezongando
-con el finao al propósito mío. Una güelta ói que dijo con mucha rabia:
-
---¿Te pensás qu'esto es fonda y que yo vi'astar cocinando pa los
-entrusos que vos tráis a los tientos pa entretenerte dispués de cena,
-chupando caña y mintiendo y gastando velas?...
-
-Yo no dije nada, pero esa mesma tarde le dije a Estanislao que me
-marchaba. Pero él s'encaprichó en que no.
-
---¿Pande vas a dir?... tuavía no tenés colocación; quedate conmigo, me
-tenés compaña y me ayudás a estirar la línea de alambrao de la costa.
-
-Entonces dije:
-
---Yo por vos me quedaría, pero veo que tu patrona no es gustosa.
-
---¡Ráite 'e la patrona!--dijo él;--¡vos sos mi mejor amigo, sos mi
-hermano, puede decirse, y no vas a dormir a campo mientras tu hermano
-tenga rancho!
-
-Aflojé, ¿qué iba hacer?...
-
---Y te aquerenciastes--intercaló don Pantaleón.
-
---A la juerza. Estanislao estaba loco 'e contento, y cuando la mujer
-me decía alguna cosa grosera, él se raiba de contento. Y la indina me
-trataba mal, mesmo. En la mesa me servía los pedazos que debían quedar
-pa los perros; si le pedía una cebadura 'e yerba me la daba como pa
-tomar en una cáscara de nuez; si le traiban alguna golosina de regalo,
-la escondía delante mis ojos, como pa mostrarme poco caso.
-
-Y cuanti más abrojo era ella pa conmigo, más alegre se ponía él, de lo
-cual me comenzó a dentrar desconfianza y me puse a escarbar despacito
-pa fin de llegar a la olla de aquel hormiguero.
-
-Prontito supe que dende ricién casao mi amigo estaba encendido por
-los celos como un gran trafoguero de coronilla, que arde hasta que
-se consume. Marculina no podía ver un hombre, juese viejo, juese una
-criatura, juese lindo o fiero sin encomenzar a tirarle piales con la
-mirada y la sonrisa. Que hubiera faltao, naides daba testimonio, pero
-con aquello no más le sobraba al marido pa llevar una vida de perro
-sarnoso. Descuidaba su trabajo, porque si había cáido algún mozo de
-visita, no se atrevía a dir al campo dejándolo solo con ella: y cuando
-salía se le ocurría pensar que quién sabe si fulano o mengano no
-estarían en el rancho aprovechando su ausencia; y en seguida montaba a
-caballo y volvía a las casas, dejando el trabajo a medio hacer.
-
-Nunca pudo sorprenderla; pero eso en vez de sacarle la manía le
-recalentaba más los sesos.
-
-Cuando yo juí a su casa y vido la mala gana con que me recibió su
-mujer, tuvo un alegrón, porque, dejuro habería sido lo pior de lo pior
-verse obligao a celarla con quier era cuasi como hermano.
-
-Dispués que pasó una semana y vido que Marculina me mostraba cada vez
-más entepatía, le dentró lástima por mí y varias güeltas l'atropelló
-pidiendolé no juese tan corsaria conmigo, pero no consiguió nada; con
-lo cual el pobre finao no sabía si llorar o bailar, pero la cosa es que
-el hombre andaba alegre dende la mañana a la noche, como si hubiese
-escapao a una enfermedá muy mala...
-
-Sin embargo, yo le había descubierto el juego a aquella china artera.
-En más de una ocasión, a ráiz de decirme una grosería, me tiraba, a
-espaldas del marido, el anzuelo de una mirada querendona. Yo me hacía
-el desentendido, pero sucedió una vez d'esta laya: díbamos a salir
-decampo; Estanislao marchaba adelante, dispué yo y detrás mío, cuasi
-pegada, Marculina; tan pegada que me había echao un brazo sobre la
-paleta y llevaba la cara juntita con la mía. Yo no tuve coraje pa hacer
-un ademán, de piedad por mi amigo, que si la albertía no iba a creer
-en mi inocencia. Esperaba qu'ella tuviera un respiro 'e juicio y me
-soltara... ¡y en eso se vino el rancho abajo!... Pantaleón dió güelta
-la cabeza de golpe y vido tuito... Se puso blanco como cuajada, se le
-redondearon los ojos mesmo que si juesen de ñandú, dió tres o cuatro
-güeltas redondas, como perro que intenta morderse el rabo, y luego juyó
-p'al arroyo...
-
-Yo no quise seguirlo; monté a caballo y enderezé ni sé p'adonde,
-juyendolé al recuerdo de aquel ocurrido en que me tocó aparecer como
-traidor canalla al amigo que más he querido...
-
-Eso jué. Lo demás ustedes lo saben. Por denuncias de la arrastrada
-Marculina, me prendieron. Seis meses estuve en la cárcel hasta que
-tuvieron que soltarme porque de ningún lao me aprobaron delito.
-
---¿Y Marculina?--interrogó don Pantaleón.
-
---En tuavía no la vide, pero como pa eso no más he dao la güelta al
-pago, la he'encontrar unos d'estos días pa retribuirle su abrazo...
-
-
-
-
-LOS INSERVIBLES
-
-
-Alto, flaco, cargado de espaldas, la cara ancha, larga, color ocre,
-el labio inferior perezosamente caído, los grandes ojos pardos llenos
-de inteligencia, solitario y silencioso de costumbre, sin duda porque
-sus frases eran ideas, y desdeñaba echarlas--_margaritas a los
-puerco_--a la multitud ignara a que hallábase mezclado, constituía uno
-de los tantos exóticos, pieza sin objeto, elemento inútil, en aquella
-efervescencia pasional colectiva, donde ni su corazón ni su cerebro
-conseguían armonizar.
-
-En un atardecer hermoso llegóse a mi carpa y mesándose los largos
-cabellos lacios con sus dedos afilados, en un gesto habitual, me
-preguntó con su voz extraña, que tenía un timbre varonil aterciopelado
-por un yo no sé qué de femenino:
-
---Hermano, ¿no te han traído pulpa?
-
---No, respondí; sé que carnearon y he visto varios fogones donde los
-asados se chamuscan, pero para nosotros...
-
---¡Nosotros somos los _maporras_!--interrumpió con una sonrisa
-amarga;--tenemos derecho a comer lo que sobra, como los perros!...
-
-Y sentándose en el suelo, sobre el pasto, agregó:
-
---Alcanzame un amargo: para regenerar el país hay que alimentarse de
-alguna manera, aun cuando más no sea con agua sucia...
-
-Tosió. Volvió a sacudir con sus finos dedos de tuberculoso la negra
-melena y dijo con agria ironía:
-
---De esta vez lo regeneramos. La indiada se pone panzona y puede
-quedarse quieta un año; después del año, si hay vacas gordas...
-
-En ese momento se presentó el doctor X., médico ilustre, patriota
-insigne, descollante, personalidad del partido.
-
---¿Tiene carne?--preguntó.
-
---No, ¿y ustedes?
-
---Tampoco. Parece que nosotros no tenemos derecho a comer.
-
---¡Para lo que servimos!--replicó con su amarga sonrisa el hombre alto,
-flaco, cargado de espaldas.
-
---Ni siquiera nos desviamos cargando uno de esos aparatos que parecen
-fusiles y que no sirve ni para hacer fuego.
-
---El chiste es malo--contestó un exquisito poeta que llegaba,
-hambriento, como todos nosotros,--pero te lo perdono en mérito a las
-circunstancias: tres días de tranquear largo, dos noches sin dormir
-y más de cuarenta y ocho horas sin comer, no pueden considerarse
-excitantes para la función cerebral...
-
---¡Para lo que tienen que hacer aquí los cerebros!...--respondió el
-hombre alto, extendiéndose largo a largo sobre el pasto.--A nosotros
-nos dan los matungos que no caminan, los fusiles descompuestos...
-y la carne que sobra... ¡Vean qué rico olor de asado viene hasta
-aquí!...--hacen bien: somos los _inservibles_.
-
---Verdad--confirmó el poeta;--en ciertos momentos y en ciertos medios,
-las flores valen poco.
-
---Y en todos los momentos y en todos los medios, los zonzos no valen
-nada--concluyó sentenciosamente el muchacho flaco y largo.
-
- * * * * *
-
-Concluída la guerra de mala manera, los revolucionarios salieron, sin
-embargo, con _pulpa entre los dientes_. Los ases revolucionarios, se
-entiende.
-
-Acto contínuo se resolvió no desperdiciar los puestos legislativos
-que la ley dejaba a disposición de la minoría vencida militarmente.
-Hubo quien propuso una diputación para el hombre alto, flaco, etc...,
-pero la masa declarólo inservible para el cargo, dado que sólo tenía
-talento...
-
-Unos años después, hallábanse reunidos en Buenos Aires varios de
-aquellos _inservibles_. En una noche memorable una sala repleta y
-selecta aplaudía frenéticamente una obra en que el autor primerizo se
-revelaba, no sólo un literato superior, sino un psicólogo profundo, un
-admirable analista de almas, cuya clarovidencia lo indicaba como faro,
-guía y conductor de muchedumbres, sanas pero ciegas...
-
-Triunfó, triunfó estruendosamente el muchacho alto, flaco, cargado de
-espaldas, y desde entonces, lleno de laureles, comía cada dos días uno,
-y siguió siendo un _inservible_, tan inservible que su gloria pasó
-inadvertida para sus compañeros de lucha cívica, aun hoy convencidos
-de que era injusto darle un caballo que caminase y un pedazo de pulpa
-para saciarle el hambre, mejor empleados en servicio de un gaucho vago,
-haragán, asesino y bruto...
-
- * * * * *
-
-Un grupo reducido de _inservibles_ orientales, consternóse al recibir
-la breve noticia telegráfica: «Ha fallecido en Italia Florencio
-Sánchez.»
-
-
-
-
-LOS MISIONEROS
-
-
-Punteaba el día cuando el teniente Hormigón montó a caballo y abandonó
-el festín, en cumplimiento de la orden recibida.
-
-Iban, a la cabeza, él y Caracú, el sargento Caracú, correntino
-veterano, indio fiero, agalludo, más temido que la lepra, el «lagarto»,
-la raya y la palometa juntos--haciendo caso omiso de los tigres, de los
-chanchos y de los mosquitos,--que son los bichos más temibles del Chaco.
-
-Además, Caracú era un baqueano insuperable. Conocía la selva casi tan
-bien como los tobas y los chiriguanos, porque la había recorrido en
-casi todos sus recovecos unas veces persiguiendo a los indios, en su
-carácter de policía, y otras veces persiguiendo a las policías en su
-papel accidental de «rerubichá» toba o chiriguano.
-
-Después de todo, buen gaucho. Caracú; guapo y alegre, ligero para el
-cuchillo, para el trago y para «la uña» y ni aun lo de «la uña» era
-ofensivo, en el medio.
-
-Durante la primera media hora de tramo mulero, el teniente Hormigón
-se mantuvo dignamente silencioso, guardando la orgullosa altivez que
-corresponde a un oficial de «caballería». Pero pasada aquella, la
-juventud triunfó y no pudo resistir al deseo de entablar conversación
-con su subalterno. Al penetrar un rizado amplio que formaba una
-estanzuela bastante bien poblada, preguntó:
-
---¿De quién es este campo?
-
---De quién es aura no sé, señor,--respondió maliciosamente el
-sargento:--Un tiempo fué del guaicurú Añabe, que se lo robó al gallego
-Rodríguez; y dispués jué del comisario Pintos, que se lo robó al
-indio Añabe; y cuando Pintos dejó de ser comisario, se lo robaron los
-alemanes del obraje grande... Aura no sé quién lo habrá robao, aura...
-
-El teniente guardó silencio y siguieron andando. El sol, invisible,
-se iba trepando por los quebrachos, y cuando se subió a la punta de
-los más altos, escupió fuego. El teniente Hormigón, sintiendo sed, se
-tanteó el flanco, buscando la cantimplora con «cognac de la habana», e
-hizo un gesto de disgusto al notar que la había olvidado. Caracú, sin
-perder un detalle, había observado, y sonrió.
-
-El teniente Hormigón, un mozo alto, flacucho, de ojos vivos, de nariz
-fina, de labios insolentes, era, en forma innata, «muy de caballería»,
-pero le faltaba la práctica del oficio y debía, como todos, pagar la
-chapetonada.
-
-Caracú, después de sonreir, destapó su «chifle» y ofreciólo diciendo:
-
---Mi teniente, si usted está queriendo pegarle un trago...
-
-Bebió el teniente y bebió el sargento. Y después el sargento preguntó:
-
---¿Se puede saber p'ande vamos, teniente?
-
---Para la misión.
-
---¿Cuála?
-
---Me parece que del fortín para dentro, en la costa del Pilcomayo no
-hay más que una: la de los franciscanos.
-
---Disculpe, mi teniente; aquí en el Chaco hay muchas misiones...
-prendalé otro buche... Tuitos tenemos nuestra misión. La policía
-tiene la misión de guardar el orden, prendiendo a los indios que
-s'escapan por no trabajar pa los alemanes, que pagan la policía. Los
-jueces de paz tienen la misión de hacer justicia a quien los pague
-mejor... Y claro que nunca es el hijo el páis el que paga mejor... Los
-franciscanos tienen la misión de cevilizar a los indios, deslomándolos
-a trabajo.
-
---Y civilizan,--arguyó el teniente.
-
---¡Dejuro, mi jefe!... Asigún los comentos, la Obrajera del Chaco tiene
-más de siete millones de pesos ingleses de capital y los franciscanos,
-arrimadito. ¡Calcule lo que se puede cevilizar con tuita esa moneda!...
-Güeno; ¿pero sabe una cosa, mi teniente?
-
---¿Qué cosa?
-
---Que pa mi gusto, cuando se haiga lograo la completa civilización de
-los indios...
-
---¿Qué?
-
---No v'haber ya ningún indio. Nos los habremos comido tuitos, salvajes,
-a medio cevilizar o cevilizaos, como quien dice: ¡crudos, chamuscaos o
-asaos a punto!... Velay, teniente... ¡Es la misión!...
-
-Instruyéndose en el camino, y después de andar cincuenta leguas por las
-boscosas pampas chaqueñas, el teniente y sus hombres llegaron a la
-misión franciscana, cerca del Pilcomayo.
-
-Allí le suministraron los datos necesarios para el cumplimiento de su
-comisión, que consistía en adquirir veinte bueyes para el destacamento.
-
-No fué tarea fácil, y el teniente debió emplear en ella cinco días
-de fatigosas marchas; pero consiguió veinte bueyes, grandes, gordos,
-mansos.
-
-Y esa noche durmió tranquilo y satisfecho.
-
-Y al día siguiente, cuando despertó, el desayuno que le sirvió su
-asistente fué la noticia de que le habían robado los siete bueyes.
-
---No deben andar lejos,--dijo, y se puso al campearlos. Tarea inútil:
-en el Chaco no se vuelve a encontrar nada de lo que se pierde. Al fin,
-desesperado, envió al jefe una carta narrando lo ocurrido y rogando la
-remisión del dinero necesario para adquirir otros veinte bueyes, dinero
-que él se comprometía a pagar.
-
-Pocos días después regresaba al chasque con la respuesta. El mayor,
-sabiendo que Hormigón pertenecía a una familia muy rica no tuvo
-inconveniente en mandarle el dinero, aunque, advirtiéndole que no lo
-creía necesario. «En un país de tantos recursos como aquél, sólo un
-maturrango o un recluta no sabía acomodarse.»
-
-Meditó el teniente, leyó veinte veces la carta y como al fin, aunque
-novicio, tenía una alma «muy de caballería», comprendió. Poco después
-mandaba al jefe otro chasque con esta lacónica misiva:
-
-«Señor jefe:
-
-«De los veinte bueyes que nos robaron, ya hemos conseguido veintiocho;
-los demás los andamos campeando.»
-
-
-
-
-LA SINGULAR AVENTURA DEL DR. MANZZI
-
-
-Era el Dr. Atilio Manzzi un «original»; pero no en el sentido que el
-vulgo acostumbra dar al vocablo, es decir, extravagante y atrabiliario,
-un ser mediocre que a falta de méritos positivos que lo eleven sobre el
-común de sus coterráneos, se singularizan por los excesos capilares, el
-arcaísmo de su indumentaria y su decir paradojal.
-
-No era de esos el Dr. Atilio.
-
-Si con frecuencia llevaba largo el cabello y descuidada la barba y
-el traje siempre en disonancia con la moda, nada de ello era en él
-estudiado descuido.
-
-Hombre joven aún,--pues apenas trasmontaba la cuarentena,--vivía
-por completo consagrado al ejercicio de su profesión de médico y al
-estudio. Las tertulias del café,--el billar y el naipe,--casi exclusivo
-entretenimiento de los pueblitos,--no le ofrecían ningún aliciente; y
-las pueriles vanalidades de la vida social, menos aún.
-
-Su pasión era los libros; y al final de cada lectura gustábale
-abstraerse, para extraer, a través del filtro del análisis crítico, la
-esencia de lo leído. Era, en fin, un temperamento de sabio.
-
-Entusiasmábanle las ciencias sociales. Las miserias, físicas y morales
-observadas a diario en su consultorio, entristecían su alma generosa,
-impulsándole a poner en contribución su voluntad y su cerebro al ideal
-nobilísimo de plasmar una humanidad más buena y más justa.
-
-¡Cuántos de aquellos infelices que imploraban el auxilio de su ciencia
-curativa, llevaban sus organismos corroídos por las deficiencias de
-alimentación, de higiene y de educación, al par que por un trabajo
-excesivo y ejecutado en pésimas condiciones!...
-
-¡Cuántas veces había comprobado la ineficacia de su humanitarismo!...
-El no se ahorraba, en efecto, ninguna molestia, ninguna fatiga, para
-asistir gratuita y solícitamente a los menesterosos; pero ¿de qué
-servían sus desvelos y sus prescripciones, si las más de las veces
-el paciente carecía de medios para adquirir las drogas prescriptas,
-de ropas para abrigarse y de lo necesario para seguir el régimen
-alimenticio ordenado,--en la mayor parte de los casos base fundamental
-de la curación?...
-
-Su despreocupación de las prácticas sociales y su predilección por los
-humildes, mortificaba a la aristocracia lugareña, y, sobre todo, a las
-niñas casaderas que desde el arribo del doctor al pueblo rivalizaban en
-amabilidades por conquistar aquel partido excepcional.
-
-Empero nadie manifestaba abiertamente un juicio severo, por la doble
-razón de que Manzzi era el único médico con que contaba la localidad, y
-de que las chicas no desesperaban de encadenar al oso.
-
-Diariamente recibía éste obsequios de «dulces caseros» hechos
-por Fulanita, pasteles y otras golosinas que le enviaba Zutanita,
-excusándose de que «no le habían salido muy bien» y grandes ramos de
-flores que Fulanita, Zutanita y Menganita habían «arrancado ellas
-mismas, esa mañana en sus respectivos jardines».
-
-Atilio, gran amante de las golosinas y de las flores, saboreaba las
-unas y adornaba con las otras todas las habitaciones de su casa, sin
-sospechar siquiera que aquellas atenciones llevaran en sí la intención
-de discretas y delicadas insinuaciones.
-
-El buen doctor, «gourmand» y «gourmet», saboreaba las golosinas del
-mismo modo que admiraba los diversos ramos de flores, en conjunto,
-haciendo caso omiso de las tarjetas que ostentaban los nombres de las
-obsequiantes.
-
-Su existencia transcurría de ese modo, plácidamente monótona, cuando un
-incidente vulgar introdujo en ella un elemento perturbador.
-
-Cierta tarde ocurrió a su consultorio una joven de delicada belleza y
-cuyos modales y expresiones denotaban una cultura muy superior a la que
-pudiera atribuírsele por su indumentaria, reveladora de muy humilde
-clase.
-
-Manzzi, advirtiendo ese contraste, le preguntó después de haberla
-examinado y recetado:
-
---¿Usted es de acá?... Yo conozco a casi todos los habitantes del
-pueblo, y no recuerdo haberla visto nunca...
-
-Recién hace tres meses que vine. Yo soy de Pampa Chica.
-
---¿Su familia vive allá?
-
---Vivía,--respondió la muchacha con voz aflictiva;--mi padre murió
-hace cinco años...
-
---¿De qué se ocupaba?
-
---Era maestro de escuela y periodista.
-
---¡Bravo!... ¡Dos profesiones extremadamente lucrativas!... ¿Apuesto a
-que al morir no les dejó un palacio, ni auto, ni rentas siquiera?
-
---¡Qué nos iba a dejar!... El pobrecito abrevió su existencia
-consumiéndose en el trabajo y apenas obtenía lo indispensable al
-sostenimiento de nuestro modestísimo hogar. A su fallecimiento,
-endeudados con los gastos de la enfermedad y entierro, quedamos en la
-indigencia. Yo tenía apenas nueve años y la pobre mamá, muy delicada
-de salud, trabajaba día y noche para conseguir el sustento, no pudo
-resistir y hace seis meses también rindió su alma a Dios...
-
-Había pronunciado estas palabras, ahogándose en llanto, y Atilio
-necesitó dejar transcurrir unos segundos para dominar su emoción.
-
---¿Y ahora trabaja aquí?--preguntó luego.
-
---Sí, señor: en casa de la viuda de don Atanasio Bacigalupe.
-
---¿Gente muy rica?...
-
---Así dicen.
-
---Creo que hay varias muchachas...
-
---Tres.
-
---¿Y usted está de institutriz?
-
-Amarga sonrisa contrajo los labios de la joven, que respondió con voz
-más amarga aún:
-
---De sirvienta...
-
-Enmudeció el doctor. Con violento esfuerzo hizo que el profesional
-recuperara la plaza momentáneamente ocupada por el sentimental, y dijo,
-cambiando de tono:
-
---Es una bronquitis que desaparecerá en breve. Siga el tratamiento
-indicado y vuelva el jueves próximo.
-
-El Dr. Manzzi sintióse extrañamente subyugado por el recuerdo de
-aquella encantadora fregatriz, hija de intelectuales e intelectual ella
-misma. A cada instante su gallarda silueta, enlutada por prematura
-tristeza y aureolada por sin igual valentía, distraíalo a sus
-cavilaciones científicas. Tanta satisfacción experimentaba en verla y
-en platicar con ella, que prolongó indebidamente la asistencia. Pero
-llegó el día en que su honradez profesional le obligó a darla de alta.
-
-Pasaron dos semanas sin verla y aquello le producía una desazón que él
-no se preocupaba de explicársela ni de justificarla.
-
-Y fué así que inconscientemente, sin propósito premeditado, comenzó
-a ir todas las tardes a estacionarse en un banco de la plaza, frente
-a los balcones de la viuda de Bacigalupe. Leyendo a ratos, y con
-frecuencia simulando leer, atisbaba continuamente, esperando ver salir
-a la sirvientita.
-
-Su persistencia llegó a ser advertida y a motivar el comentario. De
-pronto era alguno de los viejos «rentistas» y desocupados que abundaban
-en el pueblo, quien se detenía un momento y decíale, acompañando la
-frase con una guiñada significativa:
-
---¡Muy bien, doctor, muy bien!... ¡Ha tenido buen ojo, lo felicito!...
-
-Y antes de que Manzzi hubiera tenido tiempo de formular una demanda
-explicativa, el otro proseguía su paseo, diciendo con aire de sutileza:
-
---Me voy; no quiero interrumpirlo: todos hemos pasado por ese trance.
-
-Escenas semejantes se sucedían cada vez con mayor frecuencia,
-intrigando al médico, convencido de que aquel hábito no encerraba otro
-propósito que el manifiesto: el solaz de la lectura en la placidez
-estival, bajo la sombra refrescante de los añosos paraísos de la plaza.
-
-¿Había advertido que su instalación en el banco habitual coincidía con
-la presencia en el balcón de enfrente, de las tres hijas de la viuda?
-
-Sí; pero sin sorprenderle la coincidencia. ¿Qué cosa más natural que
-las chicas del pueblo exhibiéndose en los balcones o en las puertas de
-las casas en los cálidos atardeceres estivales?
-
-Así transcurrieron los días hasta una noche en que, recién comenzada la
-cena, fué sorprendido por estrepitoso sonar de la campanilla eléctrica.
-
---Es la sirvienta de Bacigalupe que desea hablarle urgentemente.
-
-Sin perder un segundo, el doctor se encaminó al consultorio.
-
---¿Qué le pasa, Servanda?--exclamó cogiendo la mano de la joven, a
-quien la distinción hizo enrojecer y bajar la vista.
-
---A mí, nada, doctor; la señora me mandó a buscarlo porque a una de las
-niñas le ha dado un ataque.
-
-Manzzi, que ante el deber profesional posponía todo interés personal,
-se encasquetó el chambergo y con un breve:
-
---¡Vamos!--salió dando zancadas.
-
-A su llegada quedó sorprendido ante el aspecto que ofrecía la sala y
-sus ocupantes: se diría que allí se habría librado una batalla. Se veía
-que los muebles habían sido arreglados precipitadamente; al pie de un
-pedestal dorado habían quedado trozos del jarrón que soportara; en un
-ángulo, una silla tumbada y encima del piano un almohadón floreado,
-hecho jiba, parecía haber sido utilizado como proyectil. Extendida
-sobre el sofá, la cabeza reposada en un edredón y la frente cubierta
-por un pañuelo que hedía a agua Colonia, estaba Elisa, la menor de las
-Bacigalupe.
-
-La viuda, al igual de sus otras dos hijas, sin duda empolvadas a
-obscuras y a prisa, ofrecían, con sus expresiones aflictivas, un
-aspecto clownesco.
-
---¡Hay, doctor, qué desgracia! ¡A esta chica le ha dado un ataque
-horrible!--exclamó la viuda haciendo aspavientos; y Manzzi pudo
-observar que las fisonomías de las otras dos chicas se contraían
-simultáneamente en un rictus irónico.
-
-Sin responder, observó a la enferma y dijo:
-
---No es nada. Acuéstela, dele un poco de tilo y pasará enseguida.
-
-Al retirarse, la viuda lo llevó hasta el fondo del zaguán, y en voz
-baja, con aire misterioso y al mismo tiempo meloso, suplicó:
-
---Estimado doctor, ¡decídase de una vez!...
-
---¿Que me decida?... ¿a qué?--interrogó sorprendido el médico.
-
---¡Vamos, vamos!... Todo el pueblo sabe que usted corteja a una de mis
-chicas, pero ignoramos a cuál... Cada una de ellas se considera la
-preferida, y naturalmente, riñen entre ellas... ¡Por favor, doctor,
-decídase por una u otra!...
-
-Manzzi lanzó una estruendosa carcajada y respondió:
-
---¡Pero, señora, si yo no tengo interés por ninguna de sus hijas!
-
-La viuda enmudeció de asombro, y luego expresó con agriedad:
-
---¿Conque a ninguna?... Entonces me quiere explicar, caballerito, ¿cómo
-ha estado usted durante tres meses, plantado las horas muertas frente a
-nuestros balcones, comprometiendo así a las niñas?...
-
---¡Sí!... ¿Por qué?--gritaron a coro las dos muchachas que habían
-estado escuchando detrás de la puerta.
-
---¡Eso es una infamia!--exclamó a su vez la enferma, que apareció en el
-zaguán agitando los brazos en actitud amenazante...
-
---¡Hacernos tal desaire!...
-
---¡Semejante papelón!...
-
-El violento ataque desconcertó al doctor, tímido e inexperto en lances
-de esa naturaleza.
-
---Pero, señora... vean, señoritas... yo...--balbuceaba intentando
-justificarse; mas sin éxito, pues el enemigo no le daba alce.
-
---Vamos a ver: ¿cómo explica su insistencia en festejar públicamente a
-las niñas?--interroga la viuda.
-
---¡Sí, sí!... ¡Desde el banco de la plaza!...--agregó la mayor de las
-niñas.
-
-Al fin la hosca sinceridad del retraído hombre de ciencia, estalló en
-forma brutal:
-
---¡Bueno, acabemos con este sainete! Yo no me intereso por ninguna de
-ustedes.
-
---¿Y lo del banco y su continuo mirarnos?
-
---¡No era a ustedes a quien miraba, sino a Servanda!...
-
---¡A la sirvienta!... ¡Jesús, Dios mío!
-
---¡Ay, qué asco!
-
---¡Bien les había dicho yo,--exclamó colérica la mamá,--que esa
-mosquita muerta, caída al pueblo como una perra gaucha, debía ser
-alguna lagarta!... ¡Ah, pero no estará en casa ni un minuto más!... ¡Ni
-un minuto más!... ¡Servanda!
-
-La pobre chica acudió toda llorosa y confundida.
-
---¡Inmediatamente, pero inmediatamente, agarra usted sus trapos y se
-manda mudar, grandísima sinvergüenza!...
-
---¡Sí, sí, en seguida, que se vaya en seguida, esta hipócrita
-desvergonzada!--corearon las chicas.
-
---¡Pero, señora!--imploró la muchacha--¿A dónde quiere que vaya ahora,
-de noche?
-
---¡A la calle!... ¡Las perras viven bien en la calle!
-
-El doctor se irguió y dijo con imperio:
-
---A la calle no. Venga usted a mi casa.
-
-Y tras un seco «Buenas noches», tomó del braso a Servanda y salió sin
-volver la cabeza.
-
- * * * * *
-
-Quince días después la aristocracia lugareña recibió indignada la
-noticia del casamiento del doctor Atilio Manzzi con la ex sirvienta de
-las Bacigalupe.
-
-
-
-
-LA MEJOR HISTORIA
-
-
-Cuando el temporal se instala es como visita de vieja chismosa que
-llega a una estancia y no se marcha hasta haber agotado el repertorio
-de las murmuraciones. Eso puede durar una semana, diez días, quince,
-quizá un mes, según las actividades y la facultad de inventiva de la
-cuentera. Cuando la dueña de casa comienza a desinteresarse de sus
-chismes, ha llegado el momento de marcharse, y se marcha en busca de
-otro auditorio, como hacen las compañías de cómicos que vagan por
-los escenarios lugariegos ajustando la duración de cada estada al
-termómetro de la taquilla.
-
-Los temporales obran de parecida manera. Rugen, castigan, devastan
-y mientras ven angustiados a los hombres y a las bestias, persisten
-en su obra perversa. Empero llega el día en que bestias y hombres se
-habitúan al azote y no hacen ya caso de él; entonces, imitan a la vieja
-murmuradora y a los cómicos trashumantes: cierra sus grifos, lía sus
-odres y se marcha.
-
-Mas en tanto que los vientos braman y los aguaceros latiguean los
-campos e inflan los vientos de los arroyos, quedan paralizadas las
-faenas camperas.
-
-Picar leña y pisar mazamorra dentro del galpón no constituían
-entretenimiento verdadero; y componer o confeccionar «garras», era
-imposible, pues sólo un maturrango ignora que no se pueden cortar
-tientos ni trabajar en guascas en días de humedad.
-
-Fuerza es holgar, «pegarle al cimarrón» y contar cuentos, haciendo
-rabiar de despecho al temporal.
-
-Cierto invierno se desencadenó uno de éstos--allá por el litoral
-uruguayo de Corrientes--tan singularmente obstinado, que la peonada
-numerosa de la estancia del Urunday, en Monte Caseros, había agotado
-el repertorio; y ya ahitos de agua verde, maíz asado y tortas fritas,
-se aburrían, bostezando hasta «descoyuntarse las quijadas», cuando don
-Ponciano propuso:
-
---Que cada uno 'e nosotros cuente su propia historia.
-
---¡Linda idea!--apoyó uno; y Juan José adhirió diciendo:
-
---¡Me gusta!... y si permiten, punteo yo.
-
---Dale guasca, no más.
-
---Güeno--comenzó el narrador;--aunque no tengo más que veinticinco
-años...
-
---Sin contar los que mamaste y anduviste a gatas--interrumpió Toribio,
-motivando una réplica violenta de Juan José:
-
---¡Si quieren oir, oigan! y si no, que enfrene y largue otro, que ni el
-mejor parejero corre cuando se l'enrieda un cuzco en las manos...
-
---Tenés razón: seguí viaje.
-
---V'a ser corto. Mi han contao que yo nací en una madrugada escura en
-que los rejucilos s'enredaban como pelota 'e gusanos, y era, pa mejor,
-un viernes santo, que cayó en 13...
-
---¡La ocurrencia, también, de la finaíta tu mama!...
-
---...y dejuramente eso me puso la marca 'e la desgracia, condenandomé a
-dir trompezando en tuito el camino 'e la vida.
-
---Flojo 'e tabas...
-
---No les v'ia contar tuitas las rodadas que he pegao...
-
---Hacés bien.
-
---...ni tuitas las disgracias que se ma han ido clavando en el alma
-hasta dejarmelá de un todo tullida; pero la última jué la que me dió
-contra el suelo.
-
---¡Dejuro!... siempre es la última copa la qu'emborracha...
-
---Pal trabajo...
-
---Oí contar que habías jurao matarlo al que lo inventó, ande quiera que
-lo encontrases...
-
---...nunca tuve suerte, y pal juego menos entuavía. Pa l´único que juí
-afortunado jué pa las mujeres. En los bailes se me solían amontonar
-las novias como tropilla, y en más de una ocasión me vide negro pa
-desenredarme en el entrevero...
-
---¡Vamos mintiendo!...
-
---...Pero de tuitas, a la única que quise de verdá jué a Marculina Paz
-y se murió cinco días antes del señalao pal casorio...
-
---¡Qui en paz descanse!...
-
---Y dende ese día...
-
-El narrador continuó enhebrando lástimas, y cuando hubo terminado,
-otro entró en liza, y luego otro, hasta quedar solamente «Yacaré», un
-correntino taciturno,--más que taciturno, impasible,--capaz de pasarse
-dos días sin desplegar los labios, de los cuales nunca nadie oyó una
-expresión de alegría ni de pena, de contento ni de desagrado.
-
-Y como no diese indicios de tomar parte en el torneo, don Ponciano lo
-espoloenó:
-
---¡A ver, «Yacaré», contá vos también tu historia!...
-
-Tras varios minutos de silencio, el correntino, con la vista baja,
-siguiendo las líneas de las arabescas que dibujaba en la ceniza el dedo
-gordo de su pie derecho, respondió:
-
---Io no tengo historia.
-
---¿Quiénes fueron tus padres?
-
---Io no sé.
-
---¿Dónde nacistes?
-
---Tampoco sé.
-
---¿No has tenido novia?
-
---Nunca novia no tuve, no.
-
---Pero alguna cosa te ha de haber pasao en la vida!...
-
---Nada nunca me pasó.
-
---¿Y qué has hecho durante los años que has vivido?
-
---¿Y qué hi di hacer?... Lo mismito qui haré hasta qui muera: trabajar,
-pitar, comer, dormir... Nada más nunca no hice...
-
-Callaron todos; y tras prolongado silencio, sentenció don Ponciano:
-
---¡Esa si qu'es la mejor historia!
-
-
-
-
-CON LA CRUZ EN LA PUNTA
-
-
-Era alto, fuerte, flaco, y feo. La cabeza chica, la cara grande. La
-frente tan estrecha que no había sitio para correr una carrera de tres
-ideas juntas. Los ojos de un aterciopelado color de piel de lodo de
-río, expresaban bondad, mansedumbre; lo mismo que la nariz sólida,
-gruesa, aguileña, con dos aberturas amplias que aseguraban una perfecta
-ventilación pulmonar.
-
-Pero, por debajo, de la nariz se abría, en tajo sombrío, una boca
-que era una verdadera boca de abismo, unos labios graníticos, fríos,
-rígidos, que se alivianaban cansados de suspirar e incapaces de vibrar
-en otras articulaciones sonoras que las expresivas de sátira o injuria.
-
-A las mujeres malas se les secan los senos; a los hombres infelices se
-les acecinan los labios; razonable correlación psicofisiológica.
-
-Esto daría motivo para una larga disertación filosófica; pero volvamos
-a Hermann, el hombre grande, fuerte y feo de que íbamos ocupándonos.
-
-Hermann, cuya verdadera nacionalidad--y cuyo verdadero nombre--nadie
-conocía, podría tener treinta años. Fué peón de chacra, peón de
-estancia, puestero más tarde, dedicándose a la cría de cerdos y de
-aves y a las pequeñas industrias derivadas.
-
-Le fué mal.
-
-Creyendo que la adversa suerte provenía de la falta de una
-mujer,--aparato regulador--se casó con una criolla que le dijo:
-«Quiero» cuando él decía «Envido».
-
-Y le fué mucho peor, todavía.
-
-En poco tiempo desaparecieron los animalitos, los útiles de labranza.
-Después desapareció la chacra y casi en seguida la mujer, cuyo
-cariño,--si alguna vez lo tuvo--se había ido mucho antes.
-
-Desde entonces Hermann se despreocupó del mañana y no pensó más
-en hacer casa ni en plantar árboles, esas cosas destinadas a
-sobrevivirnos; sobrevenirnos con y para el hijo que tenemos o esperamos
-tener.
-
---Yo no estuvo buenos a piliar felicidad--decía.
-
-Y sentado en la glorieta de la pulpería, solo, la pipa entre los
-dientes, el vaso de gim al costado, los ojos de Hermann, sus pupilas
-color caramelo inmovilizaban la visión en lo infinito del horizonte
-campesino, como en ansias de trasponer los mares de investigar la
-remota tierra nativa, donde quizá hubiera aún alguna ramita de afecto,
-capaz de prosperar, de crecer, de hacerse árbol, cuidada y regada.
-
-Pero, de vez en cuando, el solitario salía de su embebecimiento,
-sacudía la cabeza y murmuraba en su media lengua:
-
---Yo nunca estuvo bueno domar pingo la suerte.
-
-Y quitando la pipa de los labios--que entonces se cerraban formando
-una larga y fina línea cárdena, semejando el cuello de un individuo
-degollado después de muerto--apuraba el vaso de gim sin hacer un gesto.
-
---Dios te conserve el tragadero, gringo--dijo un gaucho,--qui ha 'e ser
-como papel de lija.
-
---Y a vos la lengua que ha estar igual escoba amontonar basura.
-
---¿No te da vergüenza emborracharte asina, solo sin envitar a naides?
-
---¡Qué le va dar vergüenza a este guampudo!--agregó otro mofador. Y él,
-sin quitarse la pipa de los labios y otra vez perdida la mirada en las
-lejanías del otero:
-
---Yo nada no tengo vergüenza. Yo no importa palabras que dicen... Yo
-estoy como río: todo qu' echan dentro lleva fuera...
-
-Cuando estalló en el Uruguay la revolución de 1904 fué uno de los
-primeros en alistarse en las filas insurrectas.
-
---¿Vos sos «blanco»?--le preguntaron.
-
---¿Qué están blancos?... Yo estoy gringo.
-
---¿Pero sos enemigo del gobierno?
-
---¿Quién está gobierno?... Yo quiere no más ir guerra, matar hombres,
-todos hombres pueda matar... Todos biches malos, hombres.
-
-Y fué un formidable guerrillero. No tiraba muchos tiros, pero cada
-disparo suyo era casi seguro que hacía una víctima, porque apuntaba
-largamente, amorosamente, a fin de que su bala fuese eficaz.
-
-Concluídas las peleas, volvía a su aislamiento, a fumar su pipa, a
-beber su gim,--del cual nunca le faltaba provisión, sin importársele un
-comino de si habían vencido o habían sido vencidos.
-
-Una tarde, después de una lucha singularmente trágica,
-extraordinariamente sangrienta, Hermann se reposaba, fumando su pipa
-y bebiendo su ginebra, cuando se le acercó un indiecito, conocido por
-«Rejucilo» y en cuyo rostro estaban dibujados todos los estigmas de la
-perversidad. Durante las cuatro horas que había durado la carnicería,
-Rejucilo estuvo junto a Hermann y había admirado, no su valor, sino su
-ferocidad, su pasión de matar.
-
-Al acercarse al extranjero, que lo recibió, como a todo el mundo, fosco
-y prevenido, dijo:
-
---Lo felicito, hermano.
-
---Yo no tengo hermano, yo no precisa felicitación--fué la respuesta de
-Hermann.
-
-Rejucilo, sin desconcertarse.
-
---No importa. Lu he visto peliar. Se que pelea por puro gusto 'e matar
-gente, lo mesmo que yo peleo, pa ver si se puede concluir con tuita la
-gente, y di' ahí mi simpatía... Nu'es pa pedirle nada, es pa ofertarle,
-es pa convidarlo que haga como yo... vea...
-
-Y sacando de la cartuchera una bala de mauser cuya punta había sido
-tallada en cruz, repitió:
-
---Vea.
-
---¿Y qué?--preguntó el extranjero, después de observar la bala.
-
---¿Y qué?... Que asina, con cruz en la punta, hace más daño. Al dentrar
-en el cuerpo y trompezar con un gueso, se abre como rosa y destroza
-mesmo que rayo. Nu hay cristiano que aguante un chumbo d'esta laya.
-
-Hermann, observó detenidamente la bala,--una dum-dum, al fin;--meditó,
-y luego tomó la botella de gim y le ofreció un trago a Rejucilo. Era
-la primera vez que hacía aquello.
-
-En seguida, desenvainó el cuchillo, volcó en el suelo la cartuchera y
-se puso a tallar en cruz la camisa de niquel de los proyectiles.
-
---Gracias--dijo el indio, devolviendo el porrón.
-
---Nada... Vos estás amigo mío. ¡Oijalá peliamos mañana!...
-
-
-
-
-LOS GRINGOS
-
-
-La estancia de los «Horcones», después de extenderse por varias leguas
-en el oeste de la provincia, se ha ido desparramando en otras varias
-leguas, por la pampa lindera.
-
-Las primeras se debieron al esfuerzo consecutivo de tres generaciones
-de Salazar de Villarica. Don Martín el fundador, fué un vasco recio
-y animoso que se instaló en el entonces semidesierto, con un rebaño
-de ovejas y cuya energía logró triunfar en la lucha incesante con la
-indiada, con los malevos, con las policías, con los alcaldes y las
-calamidades menores de las sequias torturantes y de las inundaciones
-desvastadoras.
-
-El segundo Salazar de Villarica, don Carlos, heredó de su padre un
-vasto y próspero establecimiento, que él agrandó y perfeccionó mediante
-un esfuerzo y una tenacidad dignas del heróico antecesor.
-
-Contribuyó no poco a sus éxitos, Lino Colombo, robusto y activo mocetón
-genovés, que empezó por sembrar unas cuantas hortalizas y plantar una
-docena de frutales.
-
-Y dos años después, ya no era una docena, sino una centena de
-durazneros, perales, manzanos, que formaba alegre festón al antes
-desnudo y triste caserón de la estancia.
-
-La peonada gaucha miró al principio con adversión al innovador.
-
---Ahí viene el loco 'e los árboles--decía despreciativamente uno, al
-verlo regresar, siempre a pie, las herramientas al hombro, en mangas de
-camisa, la cabeza eternamente descubierta.
-
---Ahí está el dueño de la hacienda verde--mofaba otro, no pudiendo
-comprender que el campo pudiese ser ocupado en otra cosa que en la cría
-de vacas, caballos y ovejas.
-
-Empero, como el gaucho es por naturaleza goloso, cuando llegó la
-producción, cuando pudieron hartarse de duraznos, de peras, de
-manzanas, de membrillos, cesaron las hostilidades, aunque no las puyas,
-hacia el «ganadero de la hacienda verde», a quien, por otra parte, don
-Carlos dispensaba la mayor confianza, alentándolo en sus plantaciones.
-
---Dejenló tranquilo a mi gringo. El trabaja lo mismo que nosotros,
-para nosotros para los que vengan. Cada uno tenemos nuestra misión en
-la vida, y la cosa es cumplirla bien. Los caballos no sirven para el
-matadero, ni los bueyes para correr carreras.
-
-Y los gauchos se iban acostumbrando; pero ocurrió que una vez, al
-regresar el patrón de un viaje a la ciudad, trajo una bolsita de
-semillas que Gino recibió con manifiesta expresión de júbilo.
-
-Desde la madrugada del día siguiente, se puso a preparar un
-gran rectángulo de tierra elegida. La preparó animosa, prolija,
-cariñosamente, y cuando al fin esparció sobre ella la diminuta semilla
-del saquito traído por el patrón, su rostro bello y enérgico expresaba
-la alegría de un gran acto triunfal.
-
---¿Qué yuyo es ese?
-
---Espera, espera...
-
---¿Se come?
-
---No se come, ma da de comer.
-
-Los gauchos se encogieron de hombros, considerando con desprecio
-aquellos centenares de plantitas de un verde de plata, que crecían
-rápidamente, estirando sus tallitos endebles...
-
-Quince años más tarde, diez mil eucaliptus, unos colosos ya, otros
-de mediana altura, formaban un delicioso parque, recreo de la vista,
-generador de salud, fuente preciada de riqueza en todo sentido...
-
-A la muerte de don Carlos, Pedro, el tercer Salazar de Villarica,
-se encontró poseedor de una inmensa fortuna. Acababa de regresar de
-Europa, donde fuera en viaje de recreo y de instrucción, al terminar su
-carrera de abogado.
-
-Hombre de ciudad, no descuidó, sin embargo, sus intereses, y siguió
-la tradición, administrando y explotando personalmente sus estancias,
-contando siempre con la eficaz ayuda del fiel genovés, quien no
-obstante haberse enriquecido, comprando tierras con sus economías, y
-a pesar de tener varios hijos y muchos nietos, todos propietarios,
-continuó prestando su mayor atención y sus últimas energías al cuidado
-de los bienes de sus patrones.
-
-Y con tanto mayor motivo, cuanto que los cinco hijos del tercer Salazar
-de Villarica--dos mujeres y tres hombres--se habían despreocupado por
-completo, consagrados a la ociosidad fastuosa, viviendo la mayor parte
-del año en Europa, desparramando monedas con esplendidez de nababs.
-
-Y como los derroches eran idénticos en el ciclo de las siete vacas
-flacas que en el de las siete vacas gordas, la mina empezó a disminuir
-su cosecha de oro.
-
-Y recién cuando frente al pedido de una fuerte suma de dinero, Gino
-respondió manifestando la imposibilidad de conseguirlo sin recurrir a
-operaciones onerosas, Julio, el mayor de la familia, resolvió ir a la
-estancia.
-
---¡Dejenmé no más, que yo les voy a arreglar las cuentas a esos gringos
-ladrones!--manifestó al partir.
-
-Todas las explicaciones de Gino fueron inútiles. Grandes extensiones
-de tierra estaban desiertas porque las haciendas propias se habían
-malbaratado para satisfacer el incesante pedido de sumas cuantiosas...
-
---¿Y los arrendamientos?
-
---Ya no hay arrendatarios, patrón. La época es mala, el precio caro;
-quien arriende se muere de hambre.
-
---¡Lo que hay--exclamó violentamente el mozo,--es que ustedes se
-aprovechan con la confianza que les damos; lo que hay es que ustedes
-los gringos nos van tragando poco a poco!...
-
-El viejo servidor no pudo permanecer impasible ante el insulto tan
-supremamente injusto. De un brusco manotón se arrancó el chambergo
-que tiró con rabia al suelo, y sacudiendo la larga, espesa melena
-nevada, gritó, golpeando el pecho con las manos encallecidas en más de
-cincuenta años de labor sin treguas ni fallecimientos:
-
---¡Los gringos!... ¡Ma los gringos aquí son ostedes, ostedes que se
-pasan en la Uropa, gastando la plata en divertirse, sin trabacar, sin
-hacer nada per so tierra!... ¡E in cambio, ío, gringo, vivo aquí,
-pegao a la tietro que beso y riego con mi sodor, haciandola cada vez
-más rica!... ¡Y yo tengo once hicos, que son arquentinos, que trabacan
-la tierra y la quieren, y tengo trentaun nietos arquentinos y todos
-tenemo las raíces del alma metidas inta la tierra arquentina como los
-ucalitos, esos d'allá, todos esos, que yo planté cuando!...
-
-Y luego, presa de un acceso de lágrimas, dijo, sacudiendo la nevada
-cabeza:
-
---¡No! ¡no me dica esto, don Culio!... Y sabe, no es por ofensa, pero,
-en veritá, aquí los únicos gringos sos ostedes, ostedes que tienen
-vergüenza de so tierra, que ni meno la conocen, e que porque no la
-conocen no la quieren...
-
-
-
-
-DESAGRADECIDOS
-
-
-Lucía una soberbia mañana de otoño, de luminosidad enceguecedora, de un
-ambiente fresco, que alegraba el espíritu y despertaba energías: «un
-día como pa domingo»,--según la frase de Caraciolo.
-
-La recorrida del campo fué un agradable paseo matinal, sin trabajo
-alguno: los alambrados se encontraban en perfecto estado: con las
-pasturas en flor, la hacienda estaba inmejorable y en las majadas aún
-no había dado comienzo la parición.
-
-Sandalio, Felipe y Caraciolo retornaban a las casas, al tranquito,
-charlando, aspirando con fruición el aire puro, embalsamado con las
-yerbas olorosas que alfombraban las colinas.
-
-Estando aún a cinco o seis cuadras del galpón, el negro Sandalio
-levantó la cabeza, olfateó con fruición y dijo:
-
---Estoy sintiendo el olor del asao... Vamos apurando un poco, porque ya
-saben que a ese señor si lo hacen esperar se pone todo fruncido.
-
-Felipe haciendo pantalla con la mano y tras ligera observación exclamó:
-
---En la enramada hay dos caballos ensillados: y si no me equivoco, uno
-es el zaino del comisario Morales.
-
---¡Eh!...--exclamó Caraciolo con expresión de disgusto; pues, por lo
-general la visita de la policía nunca llevaba a los moradores de los
-ranchos otra cosa que incomodidades e inquietudes.
-
-Llegaron. Felipe no se había equivocado: en el galpón, al lado del
-fogón, haciendo rueda al costillar que se doraba en el asador, estaban
-el comisario y el sargento, haciéndole honor al amargo que cebaba el
-viejo Leandro.
-
-Al respetuoso saludo de los peones, el comisario respondió con
-amabilidad inusitada:
-
---¿Qué tal, juventú, como les va diendo?... ¿Rejuntando solsito pal
-invierno?... Sientensé no más, por mí, no hagan cumplimientos.
-
-Y luego, dirigiéndose al viejo Pancho, el comisario continuó el relato
-interrumpido por la llegada de los peones.
-
---Pues, como les iba diciendo, los diareros de la capital, chiyaron
-tanto que el menistro no tuvo más remedio que mandarme atracar un
-sumario.
-
-«El jefe, al notificarme me dijo:--«No te asustés y andá campiar güenos
-testigos y que los traigan bien sobaos no sea que dispués s'enrieden y
-te comprometan a vos y me comprometan a mí»...
-
-«Miedo, pa decir verdá, nunca tuve, ya soy veterano en eso'e los
-sumarios; con un poco de habelidá siempre se sale bien y lo pior
-que puede suceder es que lo cambeen a uno pa otra sesión o pa otro
-departamento; pero da rabia que lo incomoden a uno por un savandija»...
-
---¿Jué Natalio Suárez, no?--preguntó don Pancho.
-
---Sí... a quien uno se ve obligao en las ocasiones a atracarle unos
-palos.
-
---Pero Natalio murió.
-
---Murió por culpa de el mesmo. Yo le sacudí de plano,--naides me puede
-tildar de hereje y de lastimar un hombre sin necesidad,--pero en un
-viaje se me jué de acha, a cualesquiera le puede pasar,--y medio le
-bajé una oreja... El animal se hizo tráir un puñao de bosta y se lo
-puso en la herida; le dentró pasmo y estiró la pata. De ahí vino el
-barullo y cuasi me amuelan. Por fortuna que los testigos y el juez de
-paz y el médico de polecía se portaron muy decentes, y que de arriba
-trabajaron juerte, que sino me la iba ver fiero.
-
---He óido decir,--habló el viejo,--qu'el deputao Menchaca la peliaron
-lindo.
-
---¿Y el deputao Mendieta, entonces, que hasta salió a los diarios
-p'hacer mi defensa?... Y aura, digamé usté, amigazo, ¿cómo no va uno a
-serles fiel a hombres que lo sirven a uno de ese modo?... Lo qu'es yo,
-más fácil es que me olvide del nombre 'e mi madre que de un servicio
-recibido... Ansina, tanto el dotor Mendieta como el dotor Menchaca
-pueden estar seguros de que en las que vienen yo los güelvo a sacar
-deputaos...
-
---¡Llenando las urnas con gatos!--exclamó riendo Sandalio.
-
---¡Y aunque sean con aperiases, si los gatos no alcanzan!--exclamó
-Morales, con expresión de la mayor sinceridad.
-
-Y luego, con entonación solemne:
-
---Sepa amiguito que el hombre que no es honrao es más despreciable que
-un escuerzo; y que un desagradecido nunca puede llamarse honrao...
-Pongo por caso ustedes; ni yo ni mi polecía los hemos incomodao
-nunca... ¿es verdá o no es verdá?
-
---Es verdá.
-
---Ustedes van a las reuniones, a las carreras, andan puande quieren y a
-pesar de que sabemos que son del otro pelo, nunca se les ha dicho nada
-ni se les ha hecho nada... ¿Es cierto o no es cierto?
-
---Es cierto... hasta áura gracias a Dios...
-
---¡Ahí está!... Ustedes reconocen que mi polecía los ha tratado siempre
-bien y que con otras quien sabe lo que les hubiera podido acontecer...
-Güeno, áura diganmé ¿no serían ustedes unos mal agradecidos si se
-negaran a entregarme sus boletas, alegando que son del otro lao?
-
-Callaron los mozos y el comisario concluyó sentenciosamente:
-
---¡No, a mi no me vengan con desagradecidos!... A esos no les tengo
-lástima, palabra que no; y más tarde o más temprano, ¡me las tienen que
-pagar!
-
---Ya está el asao,--avisó don Pancho; y el comisario Morales, dando a
-su rostro la expresión alegre y bondadosa de momentos antes, exclamó:
-
---¡A la carga muchachos, que p'asao gordo no hay hombre malo!...
-
-
-
-
-LA ABSURDA IMPRUDENCIA
-
-
-Don Eufrodio Villamoros poseía una espléndida plantación de naranjos a
-espaldas de Bella Vista, la coqueta ciudad correntina recatada detrás
-de las altísimas barrancas que, en aquel paraje guarecen la ribera del
-Paraná.
-
-A la entrada del naranjal se alzaba la población, sencillo y alegre
-edificio, sobre cuyos muros muy blancos y sobre cuyos muy rojos
-cabrillea el sol casi todas las horas de casi todos los días del año.
-Del lado del sud, tres cambanambís las defienden contra los vientos
-malos del invierno. Un valladar de duelas, totalmente cubiertas por las
-exhuberantes vegetaciones de las madreselvas y los rosales silvestres
-le forman una discreta cintura verde, siempre verde y florida siempre.
-
-Sobre el patio, la casa tiene, como la mayor parte de las casas
-correntinas, un amplio corredor, fresca terraza desde donde, se
-divisa, hasta perdida de vista, el inmenso mar, verde e inmóvil de las
-plantaciones.
-
-Don Eufrodio pasa allí, en unión de su esposa, Misia Micaela, y de su
-hija Ubaldina, la mayor parte del año; sobre todo, después que esta
-última hubo terminado sus estudios en la capital de la provincia.
-
-La niña--que a la reinstalación de la familia en la casa solariega,
-contaba apenas quince años,--amaba apasionadamente aquella existencia,
-donde parecía reinar inquebrantable silencio, no obstante el contínuo
-clamoreo de las aves y el cantar sin más tregua que las sombras
-nocturnas, de los pájaros, que, entre cautivos y libres, sumaban
-míriadas. Silencio engañador y tan aparente como el aspecto de quietud
-y de inercia que ofrecía aquella activísima colmena.
-
-Cada vez que, era indispensable--por razones particulares o de
-obligación social, hacer «un viaje» a la ciudad--veinticinco minutos
-de trote perezoso del viejo tronco tordillo,--Ubaldina lo hacía
-contrariada y se esforzaba en apresurar el regreso a la tibiedad
-perfumada de su nido.
-
-No era, sin embargo, un espíritu esquivo y agreste. Había recibido una
-educación esmerada, y poseía, como casi todas las niñas correntinas,
-intensa afición por las artes, desde la música y la literatura hasta
-los prodigiosos primores de la aguja.
-
-Era sí, un temperamento sensitivo, delicado, casi enfermizo.
-
-Menudo, más que delgado, su rostro de rasgos finos y armoniosos, tenía
-un color trigueño extremadamente, palidez que hacía resaltar la negrura
-de sus grandes ojos en perfecta forma de almendra.
-
-Su alegría silenciosa no había sido nunca alterada por ningún capricho,
-por ningún deseo extravagante. El amor no había aún hablado a su
-corazón juvenil, y como estaba de un todo desprovista de coquetería,
-los piropos y las frases galantes le pasaban inadvertidos.
-
-Sin embargo, el despertar estaba próximo. Un verano fué a pasar las
-vacaciones en la finca; su primo Rómulo, gallardo mancebo que estaba
-terminando sus estudios de ingeniería en Buenos Aires.
-
-El mozo logró intimar muy pronto con ella. Su conversación frívola y
-voluble la entretenía como el incesante, y bullicioso revolotear de los
-gorriones. Sus dislates y sus bromas infantiles la hacían reir.
-
-El también reía, burlándose de la seriedad de «Mamita», como la había
-apodado. Después de la cena, en las espléndidas noches de triunfo
-lunar, charlaban largamente bajo la glorieta embalsamada con el perfume
-capitoso de los azahares. Muchas veces, mientras él hablaba, picoteando
-todos los temas, Ubaldina solía quemar silenciosa, inmóvil, el bello
-rostro de virgen morocha, fija la mirada de sus ojos profundos en la
-fronda espesa y obscura del naranjal. Una vez él le dijo:
-
---¿Le ha puesto candado a la boca, «Mamita»?
-
---Sí; y he perdido la llave--respondió ella sonriendo.
-
---Yo sé dónde está--replicó el mozo.
-
---¿Dónde?
-
---Dentro de su corazón; y si usted me lo permite yo entraría a sacarla.
-
-Ruborizóse Ubaldina y respondió con visible emoción:
-
---No sé cómo iba a entrar...
-
---De la única manera como se entra en un corazón de mujer: con la
-ganzúa del amor...
-
-Rómulo también habíase sentido emocionado extrañamente, cual si
-advirtiera recién que la frívola camaradería se hubiese transformado
-en un sentimiento más hondo...
-
- * * * * *
-
-Después de un año de ausencia en el obligado, viaje a Europa, el joven
-matrimonio regresó al terruño, con gran contentamiento de Ubaldina,
-en cuyo espíritu las maravillas del viejo mundo no lograron entibiar
-el cariño a la casita rústica, a los camanambíes, que parecían tres
-formidables esclavos etiópicos, al cerco florido y al océano verde del
-plantío, a las aves y los pájaros familiares, y, sobre todo ello, a los
-viejos genitores.
-
-Rómulo, en cambio, experimentó bien pronto la nostalgia de las
-bulliciosas capitales; y al mes de permanencia en la chacra, pretextó
-urgentes asuntos y se marchó a la capital.
-
-Era a la entrada del verano. Poco después la ciudad paranense se sintió
-flagelada por terrible epidemia de viruela, y Ubaldina fué de las
-primeras en trasladarse con su madre al foco epidémico y en prodigar
-sus cuidados y sus auxilios a los infelices indigentes, carne preferida
-del implacable mal.
-
-Ubaldo escribió condenando la «tremenda imprudencia» de su esposa y
-ordenando que regresara a la finca.
-
-La orden ¡ay! llegó demasiado tarde. El flagelo, como si quisiera
-vengarse de aquella abnegada criatura, merced a cuya intrépida
-solicitud se le habían escapado de las uñas ponzoñosas decenas de
-víctimas, hizo presa en ella, mordiéndola con atroz ferocidad.
-
-Rómulo, venciendo su egoísmo miedoso, no tuvo más remedio que acudir
-al llamado de la familia, pero se negó rotundamente a penetrar en la
-habitación de la paciente.
-
---¡No puedo!, ¡no puedo!--alegaba;--¡me partiría el corazón verla en
-ese estado!...
-
-Y ella, la madrecita santamente buena, enterada de su presencia, aprobó
-su conducta, diciendo:
-
---Sí; sí; hace bien; yo no quiero que pueda contagiarse... Con saber
-que está acá me siento feliz...
-
-La mayor parte del día y una buena parte de la noche, pasábalas Rómulo
-paseando por el naranjal y tomando todo género de precauciones para
-esquivar la contaminación.
-
---¡Qué macana!, ¡pero qué macana!--monologaba--¿Qué necesidad tenía
-esta mujer de ir a agarrar esa asquerosa enfermedad por servir a
-desconocidos, gentes miserables, a quienes la muerte les hace un
-servicio?... ¡Qué los hubiera auxiliado con dinero, santo y bueno; pero
-exponerse así, no tiene nombre!...
-
-Debió pensar en mí; pero, ¡todas las mujeres son iguales, del último
-que se acuerdan es del marido!... Por un capricho bobo, por un
-sentimiento estúpido, le arruinan a uno lo mejor de la existencia...
-¡Yo que estaba preparando para este invierno un macanudo viaje por
-Italia!... Viaje de placer; pero, sobre todo, de estudio, que es
-necesario, que sin salir de aquí, uno no es nunca más que Juan de los
-Palotes, por más talento que tenga... Ahora, aunque se salve, ¿cómo me
-voy yo a presentar a mis relaciones con una mujer desfigurada, fea,
-ridículamente picada por la viruela... ¡Qué macana!... ¡qué macana!...
-
-Hacía rato que había caído la noche cuando regresó a la casa. Al
-penetrar en la glorieta notó algo insólito que le hizo presumir
-la catástrofe: voces apagadas, murmullos, sollozos, las luces sin
-encender...
-
-Detúvose conturbado. Esperó.
-
-Misia Micaela, advertida de su esposo, fué hacia él, y anegada en
-lágrimas, balbuceó:
-
---¡La pobrecita!...
-
---¡Sí!... ¡acaba de morir!... ¡Sus últimas palabras fueron para usted,
-pidiéndole que la perdone!...
-
-Y como la pobre madre, anonadada por la pena, hiciera ademán de
-tenderle los brazos, él retrocedió bruscamente, experimentando un
-escalofrío de miedo, y sin poder refrenar su brutal egoísmo, exclamó
-con rabia:
-
---¡Qué macana!... ¡qué macana!
-
-Y luego guardó silencio, pensando, sin duda, en su proyecto de viaje a
-Italia, malogrado por la «absurda imprudencia» de su esposa...
-
-
-
-
-POR CORTAR CAMPO
-
-
---Cortando campo se acorta el camino--exclamó con violencia Sebastián.
-
-Y Carlos, calmoso, respondió:
-
---No siempre; pa cortar campo hay que cortar alambraos...
-
---¡Bah!... ¡Son alambrao de ricos; poco les cuesta recomponerlos!
-
----Eso no es razón; el mesmo respeto merece la propiedá del pobre y del
-rico... Pero quería decirte que en ocasiones, por ahorrarse un par de
-leguas de trote, se espone uno a un viaje al pueblo y a varios meses de
-cárcel.
-
---¿Y di'ai?... ¡La cárcel se ha hecho pa los hombres!...
-
----Cuase siempre pa los hombres que no tienen o que han perdido la
-vergüenza.
-
---¿Es provocación?...
-
---No, es consejo.
-
---Los consejos son como las esponjas: mucho bulto, y al apretarlas no
-hay nada. Dispués que uno se ha deslomao de una rodada, los amigos,
-p'aliviarle el dolor, sin duda, encomienzan a zumbarle en los oídos:
-«¡No te lo había dicho: no se debe galopiar ande hay aujeros!»... «La
-culpa'e la disgracia la tenés vos mesmo, por imprudente»... Y d'esa
-laya y sin cambiar de tono, fastidiando los mosquitos...
-
---Hacé tu gusto en vida--contestó Carlos;--pero dispués no salgás
-escupiendo maldiciones a Dios y al diablo.
-
- * * * * *
-
-Hace un frío terrible y el cielo está más negro que hollín de cocina
-vieja.
-
-De rato en rato, viborea en el horizonte, casi al ras de la tierra; un
-finísimo relámpago, y llega hasta las casas el eco sordo, apagado, de
-un trueno que reventó en lo remoto del cielo.
-
-Las moles de los eucaliptus centenarios tienen, de tiempo en tiempo,
-como estremecimientos nerviosos, previendo la inminencia de una batalla
-formidable.
-
-Las gallinas, inquietas, se estrujan, forcejeando por refugiarse en el
-interior del ombú.
-
-Los perros, malhumorados, interrumpen frecuentemente su sueño,
-olfatean, ambulan y no encuentran sitio donde echarse a gusto...
-
-El portoncito del patio se abre sin ruido, y Carmelita, precedida
-por la parda Julia, lo trasponen y se encaminan rápidamente hacia el
-higueral del fondo. Sus pies, calzados con alpargatas, no producen
-ruido alguno al avanzar sobre la hierba húmeda.
-
-Sin embargo, «Vigilante», el gran mastín azabache, las sintió e inició
-un ladrido que Carmelita logró apagar acariciándole la gruesa testa.
-Gruñó, disgustado, sin duda, ante aquella intempestiva incursión
-nocturna, pero en su respeto a la «patroncita» tornó a echarse, dejando
-libre el paso.
-
-Las fugitivas, luego de pasar, por entre los hilos, el alambrado de la
-huerta, encontráronse en pleno campo. Carmelita detúvose aterrorizada.
-
---¡Tengo miedo!--exclamó.
-
---¿Miedo a qué?...--respondió la parda con un dejo despreciativo.
-
---¡Miedo a todo! ¡Mucho miedo!...
-
---¡Me hace ráir, niña!... ¡Tener miedo cuando Sebastián la espera en
-sus brazos!... ¿Qué daga es capaz de sacarle chispas a la daga de
-Sebastián?...
-
---¡Tengo miedo a Dios!...
-
---¡Salga di'ai, niña!... Primero, que Dios está muy ocupao pa meterse
-en esas cosas; y segundo, que si Dios es justo, no le ha de acumular
-delito. Sebastián la quiere a usté; usté lo quiere a Sebastián, ¿y
-no han de hacer su gusto porque su tata s'emperre en casarla con ese
-dotorcito pelao, con vidrios en los ojos y más fiero que pichón de
-venteveo... ¡Salga d'iai!
-
---No sé... será... ¡tengo miedo!...
-
- * * * * *
-
-Después de la conversación tenida con Sebastián, Carlos se abismó en
-cavilaciones. Sabedor del propósito de su amigo, de raptar a Carmelita,
-su conciencia de hombre honrado encontránbase en doloroso conflicto.
-Sebastián era su mejor amigo, su «hermano»; pero el padre de la
-muchacha, don Sandalio, era su padrino y su protector. ¿Qué hacer?...
-¿Poner a éste en conocimiento de resolución tomada por los novios
-ante su obstinada negativa? No; hubiese sido indigno de su nobleza
-oficiar de delator; obraría por su propia cuenta, por más que reconocía
-temeraria tal determinación.
-
-Al obscurecer ensilló; churrasqueó a prisa y con desgano y se encaminó
-a la portada del «alto grande», donde su amigo, según se lo había
-comunicado, debía esperar a Carmelita, conducida por la parda Julia.
-
-A pesar de la profunda obscuridad de la noche, Carlos advirtió, junto
-al alambrado, como a media cuadra de la portera, un jinete desmontado,
-y no cabiéndole duda de que fuese Sebastián, se encaminó hacia él.
-Pronto se reconocieron.
-
---¿Qué andás haciendo, cuidándome?... ¡Soy bastante crecido para poder
-andar sin ladero!--exclamó agriamente el galán.
-
---A las veces los hombres se vuelven criaturas y carece acompañarlas
-pa evitar que se disgraceen en alguna travesura--respondió, tranquilo
-siempre, el amigo.
-
---Yo no preciso; gracias, y andate.
-
- * * * * *
-
---P'uacá, niña... ¡tenga valor, caray!... ya estamos cerquita...
-
---No, Julia, no; ¡vamos para casa!... Volvamos, ¡no quiero, no
-quiero!... ¡Pobre tata, se moriría de pena y de vergüenza!...
-
-Sebastián había oído el diálogo; ató a un poste del alambrado a su
-caballo, y, pasando por entre los hilos, fué al encuentro de su prenda.
-
-Carlos lo siguió, e interponiéndose entre él y Carmelita, exclamó con
-expresión autoritaria, dirigiéndose a ésta:
-
---¡Vuélvase en seguida pa las casas!...
-
---¡Es lo que le estoy pidiendo a Julia!--gimió la moza.
-
---¿Y a usted, quién le da vela en este entierro?--profirió con
-insolencia la parda.
-
---¡Lo que yo sé es quién te v'aplastar las motas a talerazos!...
-
-Con voz ronca, amenazante, Sebastián dijo:
-
---Soy yo el que pregunta... ¿qué venís a hacer aquí?
-
---A salvar al viejo, a Carmelita y a vos...
-
---¡No necesito ni quiero salvadores!... Dame lao, o me via olvidar de
-que somos amigos...
-
---No--respondió Carlos con imperturbable serenidad.
-
-Sebastián, furioso, desenvainó la daga; pero su amigo, con un rápido y
-recio golpe de rebenque en la muñeca, le hizo volar el arma.
-
-Enceguecido con la humillación, Sebastián sacó la pistola, apuntó e
-hizo fuego.
-
-A la detonación siguió un grito angustioso de Carmelita, que herida en
-medio del pecho, se desplomó sobre la hierba blanda y húmeda del campo.
-
-Tras una pausa impresionante, Carlos avanzó, puso la diestra sobre el
-hombro de su amigo aterrado y dijo con expresión de inmensa pena:
-
---¿No te albertí que cuasi siempre cortar campo es alargar el
-camino?...
-
-
-
-
-POR QUÉ BASILIO MATÓ UN FRAILE
-
-
-Al sentir la detonación del escopetazo y ver caer del caballo al padre
-Jacinto con la cabeza deshecha, Alfonso, horrorizado, taloneó al
-matungo, le aflojó la rienda, cruzó a galope el vado y siguió a escape
-por el camino real, sin dirección y sin propósito.
-
-Iba huyendo, simplemente. Iba huyendo de la espantosa escena
-presenciada. En los tres años que llevaba al servicio del padre
-Jacinto, había tenido oportunidad de ver muchos muertos, y de ver
-morir; pero nunca había visto matar a nadie.
-
-Al pasar, disparando por frente a la comisaría rural, un milico que lo
-vió y supuso iba con el caballo desbocado, montó, salió a su encuentro
-y lo detuvo.
-
-El chico sintió crecer su espanto, porque para la mentalidad
-objetivadora de las sencillas almas campesinas, un crimen es un
-triángulo con tres vértices igualmente aguzados y peligrosos: el
-delincuente, la policía y el juez.
-
-La turbación del muchacho, infundió sospechas. Se le sometió a un
-interrogatorio y él respondió contando lo que sabía y lo que había
-visto. Su declaración decía textualmente así:
-
-«El jueves cinco salimos de la villa San Pedro, el padre Jacinto y
-yo para hacer una gira por la campaña. El padre Jacinto era un cura
-jovencito, recientemente nombrado teniente en la parroquia. Parecía muy
-pobre, y el párroco, que era viejo y achacoso, le cedió la oportunidad
-de ganarse muchos pesos, casando y cristianando en excursión campera.
-
-«Habían andado ocho días con resultado bastante halagüeno. Realizaron
-muchos casamientos y la mar de bautizos, lo que importó una buena suma
-de dinero y con muy escasos gastos, porque el alojamiento siempre era
-gratuito y aún no se había consumido una tercera parte de la damajuana
-de agua bendita que Alfonso llenó en la cachimba del fondo de la
-iglesia.
-
-«El negocio iba muy bien. El padre Jacinto estaba contentísimo. Tanto,
-que habiendo encontrado en el camino un buhonero árabe, le compró el
-mejor par de caravanas que llevaba, sin duda para ofrendárselas, a la
-vuelta, a María Santísima, u otra tan virgen como María.
-
-«Todo marchaba muy bien, cuando en el caer de una tarde, iban
-acercándose a un arroyito, traspuesto el cual, y andadas un par de
-leguas, debían llegar a la estancia de un viejo muy viejo, muy pecador
-y muy miedoso, candidato seguro, por esas tres circunstancias, a
-recompensar generosamente la acción purificadora del joven y santo
-varón, que iba por los campos con la sagrada encomienda de desinfectar
-las almas contaminadas con el pecado ambiente.
-
-«Iban ya llegando al arroyo, cuando un hombre que estaba sentado bajo
-un tala, con una escopeta en la mano y al parecer abstraído en la
-contemplación del pajonal inmediato, levantó bruscamente la cabeza, se
-echó el arma a la cara e hizo fuego.
-
-El comisario y su escribiente se miraron.
-
-¿Sería Basilio?
-
---Cómo era el hombre de la escopeta,--preguntó el comisario.
-
---No sé,--respondió el chico.
-
---¿Huyó después del crimen?
-
---No sé tampoco.
-
-Mientras Antonio quedaba preventivamente detenido, el comisario mandó
-al sargento y dos soldados con orden de aprehender a Basilio.
-
-Este no opuso la menor resistencia.
-
-Esa noche durmió tranquilamente en el calabozo y con la misma
-tranquilidad se presentó al otro día ante el comisario, quien,
-conociéndolo de largo tiempo atrás, sabiendo que era un mozo bueno, muy
-trabajador, muy retraído, se asombraba de que hubiese cometido aquel
-crimen alevoso. Es más, se resistía a creer en su culpabilidad. Por esa
-razón, empezó a interrogarlo bondadosamente.
-
---El sargento me dijo que vos te habías confesado autor de la muerte
-del padre Jacinto, ¿es verdad?
-
---Es verdad, si señor,--respondió Basilio con la mayor calma del mundo.
-
---¿Qué te había hecho?
-
---Nada.
-
---¿Lo conocías?
-
---No.
-
---¿Por qué lo mataste, entonces?
-
---Porque era fraile.
-
-El comisario López, paisano vivaracho, que había visto mucho en sus
-cincuenta años de vida, que conocía uno por uno a los hombres del pago,
-se quedó observando atentamente al criminal. ¿Qué misterio entrañaba
-aquel crimen inexplicable?
-
-Basilio era un excelente muchacho. A la muerte de su padre, había
-heredado la pequeña propiedad, un campito, una majadita de ovejas, unos
-matungos, cuatro yuntas de bueyes y unas pocas lecheras. Vivía solo.
-Sólo cuidaba su hacienda, solo labraba su chacra. Muy rara vez se le
-veía en la pulpería; no iba a carreras ni a bailes. No se le conocían
-vicios, ni amigos. Tenía fama comarcana de trabajador y honesto...
-
---Amigo Basilio,--insistió afectuosamente el comisario,--hábleme con
-franqueza. Yo lo estimo y trataré de ayudarlo en lo posible... Usted
-es un vecino serio, un hombre juicioso y algún motivo debe tener para
-haber cometido ese delito... ¿Por qué mató al padre Jacinto?
-
---Ya dije: porque era fraile.
-
---¿Usté enemigo de la religión?
-
---¿Yo?... ¡No!... Hay unos que creen, hay otros que no creen: pa mí es
-lo mesmo.
-
---¿Pero usted no cré?
-
---¿Yo?... ¡Yo no sé!... ¡Qué vi'a saber yo, que soy un bruto!...
-
---Pero les tiene odio a los frailes.
-
---¡Ah! ¡Eso sí!
-
---¿Por qué?...
-
-Basilio se rascó la cabeza. Luego dijo:
-
---Vea, comisario. Yo ya voy diendo pa viejo. Dende muchacho he
-trabajao y he visto que tuitos los hombres honraos y tuitos los
-animales buenos, trabajan pa ganar lo que comen... Cuando yo era tuavía
-un mocoso, mi padre me dió una soba'e lazo sin razón, y yo me juí de
-casa... Anduve rodando y al fin cái al pueblo y me conchavé con el
-cura... Eramos dos muchachos y nos tenía dende el amanecer trabajando
-en la quinta... Nunca nos pagó nada. La comida, y gracias. Y eso,
-escasa, porque toda la comida era poca para él, y a cada rato nos
-retaba y nos pegaba.
-
-«El no hacía nada y no le faltaba nada. Los ricos le mandaban postres.
-Los pobres, si cuadra, se quedaban sin comer pa traile una gallina o
-una docena de güevos... pero si venían a pedirle que dijese una misa
-por el alma de un finao, no había caso sin pintar la moneda.
-
-«Don Antonio,--se llamaba don Antonio e fraile,--se murió de una
-indigestión. Vino otro, don Genaro, y era lo mesmo. A ese lo sacaron
-porque hizo unas cosas fieras, y dispués, trugeron un viejo gordo que
-no hacía más que comer, chupar vino y dormir... Yo me cansé y me juí...
-Anduve rodando, trabajando y cuando murió el finao mi padre y me tocó
-el campito, me vine a trabajar, a cuidar los animales, a sembrar la
-chacra...
-
-Basilio se interrumpió, quedó un momento pensativo y luego respondió:
-
---«Yo les tenía muchísima rabia a las cotorras que me comían el maíz, y
-a los zorros que me mataban los corderos... Les tenía rabia, no tanto
-por el mal que me hacían, sinó porque son unos haraganes inservibles
-que viven del trabajo ajeno... Ayer de mañana me encontré que los
-zorros me habían muerto cinco corderitos... De tardecita cargué la
-escopeta y los juí a aguartiar en la orilla del pajonal... A la cuenta
-me olieron, porque no salía ninguno del escondite... Llevaba dos horas
-perdidas allí, dos horas que me hacían falta pa desgranar unas fanegas
-de maíz... ¡Y eso hizo que se m'empreñase la rabia!... No aparecía
-ningún zorro... ¡En eso pasó un fraile y le prendí juego!...
-
-Basilio escupió, dió vueltas al sombrero entre sus dedos callosos y,
-mirando al comisario con sus grandes ojos, concluyó:
-
--Jué asina no más que maté al fraile.
-
-
-
-
-¡LINDO PUEBLO!
-
-
-Ivirapitá es una aldea que se parece a los viejos: cada año que
-trascurre se achica algo más.
-
-Tiene muchas calles y pocas casas, un par de docenas de ranchos, a
-lo sumo; cuentan que antes hubo más; pero se fueron secando como los
-paraísos de la plaza.
-
-Y a medida que disminuye la población humana, aumenta la perruna.
-Hay en el pueblo una enormidad de perros; pero como todos son perros
-pobres, le temen a la policía y no se meten con las personas. De qué
-viven, nadie lo sabe, lo mismo que nadie sabe de qué viven las tres
-cuartas partes de los habitantes del pueblo. Don Macario--a quien
-interrogamos al respecto--nos ilustró diciendo:
-
---En verano, de siesta, mate amargo y máiz asao.
-
---¡Pero si yo no veo aquí ninguna planta de maíz!
-
---No; pero a media legua, o tres cuartos de legua de aquí, hay
-estancias que tienen chacras.
-
---¡Comprendo!... ¿Y en invierno?...
-
---En invierno, es fácil agenciarse una o dos ovejas por semana.
-
---¿Cómo?
-
---Pues... carniando como los zorros, en las noches oscuras.
-
-La siesta era, en efecto, algo así como un vicio en Ivirapitá. Debían
-dormir durante todo el día, pues aparte de algunos chicos haraposos y
-de los perros famélicos, rara vez se veía un transeunte por la calle,
-cuyas pasturas proporcionaban abundante alimento a los matungos de la
-policía y a las mulas del pulpero, único comerciante del pueblo.
-
-Allí no había iglesia, ni farmacia, ni panadería, ni carnicería, ni
-mucho menos escuela; y en cuanto a la policía, estaba constituída
-por un cabo y dos milicos, quienes, día y noche, lo pasaban en la
-trastienda de la pulpería, chupando ginebra y jugando al truco.
-
---¡Parece mentira que ni gallinas se vean en este pueblo!--exclamamos.
-
---Antes habían muchas; pero se acabaron.
-
---¿Alguna peste?
-
---No. Como aquí ningún solar tiene muros, las gallinas se iban a la
-calle y fulano se comía las de zutano, zutano las de mengano, y así
-hasta que las concluyeron.
-
---¿Y la policía?...
-
---La polecía ayudó bastante, hay que decirlo, comiendo de las de todos,
-sin hacer preferencias ni enjusticias. El cabo Pérez, lo mesmo que los
-melicos, son muy güenos, no incomodan a naides.
-
---¡Lindo pueblo!
-
---Lindazo.
-
---¿Y nunca vienen forasteros?
-
---Allá por la muerte un obispo suele cruzar alguno... Aquí hasta las
-mangas de langosta pasan de largo, porque nos despresean y prefieren
-galopiar tres leguas pu'el aire pa dir a los naranjales de ño Facundo y
-a los trigales del rengo Alfonso...
-
-Rió el viejo evocando una escena que se le antojaba en extremo cómica:
-
---Una vez vinieron unos forasteros: un fraile, un sacristán y tres
-manates. Diban p'hacer un casorio en una estancia del pago, y como
-cayeron al escurecer, hicieron noche en la pulpería... Al otro día,
-cuando diban a seguir viaje, el pulpero tuvo que prestarle sus mulas pa
-prenderlas al breque...
-
---¿Se habían ido los caballos?
-
---Sí; se jueron junto con el poncho'el cochero y las valijas de los
-manates...
-
---¿Y no descubrieron a los ladrones?
-
---Hast'aura, no.
-
---¿Y cuándo fué eso?
-
---Va como pa diez años.
-
---¿Entonces, para qué está la policía; para qué sirve la policía?...
-
-El viejo gaucho nos miró con expresión de asombro y respondió sin asomo
-de ironía:
-
---¿Cómo pa qué sirve?... ¿Y las votaciones quién las iba hacer?...
-
---¡Lindo pueblo!
-
---Lindazo; aquí tuitos viven y los que tienen habelidá viven bien.
-
---¿Y usted de qué vive?
-
---¿Yo?... Yo tengo más habelidá que ninguno... sacando el pulpero, se
-entiende...
-
---No comprendo qué negocios puede hacer el pulpero con gentes que no
-tienen nada ni trabajan en nada.
-
---Que no tenemos nada, es verdá; pero trabajar, trabajamos, y le
-vendemos cueros, cerda, plumas de ñandú y de cuando en cuando una
-puntita'e ganao.
-
---¿Y de dónde sacan todo eso?
-
---¡De donde haiga, pues!... ¡Pucha que había sido lerdo!...
-
-
-
-
-LANZA SECA
-
-
-Profundamente abatido, Ponciano resistió aún:
-
---¡No Nerea!... Eso no; ¿pa qué comprometerme al ñudo?... ¿Tenés ganas
-de comer una ternera gorda?... Yo tengo muchas en mi rodeo y no viá
-dir a carniar la ternerita blanca del vasco Anselmo, exponiéndome a un
-disgusto...
-
---¡Compraselá!
-
---Ya te dije que no quiere venderla.
-
---Robaselá, entonces...
-
-Y luego, con esa expresión de insolente fiereza que sólo saben tener
-las mujeres, exclamó:
-
---¡No ha de ser el primer zorro que desollés!...
-
-La bofetada hizo empurpurar sus flacas mejillas tostadas por todos los
-soles estivales y por todas las heladas invernales. Pero la pasión, una
-pasión casi senil, le maneó la voluntad y el orgullo. Guardó silencio.
-
-Envalentonada, la china impuso:
-
---Ya sabés: el lunes que viene, de aquí cinco días, es mi santo, y yo
-quiero festejarlo comiendo la ternerita blanca del vasco Anselmo.
-
-Ponciano se despidió contristado, sin aventurar una respuesta. En el
-momento de montar a caballo, ella insistió:
-
---Si el lunes no venís con la ternera, es al ñudo que vengás...
-
-Era él un gaucho alto y flaco, que parecía más alto y más flaco debido
-a la eterna vestimenta negra. Tenía una cabeza perfectamente árabe;
-denegridos el pelo, la barba y los ojos; aguileña y afilada la nariz;
-salientes los pómulos, hundidas las quijadas, obscura la tez, finos los
-labios, blanquísimos los dientes.
-
-Su flacura le había valido el mote generalizado de «Lanza seca» y
-pasaba en el pago por un personaje misterioso.
-
-Su oficio era el de acarreador de ganado para invernadas y saladeros, y
-tenía gran crédito debido a su pericia y a su honradez.
-
-En los veinte años que llevaba trabajando en el pago, nadie había
-tenido de él la más mínima queja.
-
-Empero existían varias circunstancias de su vida que obligaban al
-comentario. Lanza seca había caído al norte entrerriano sin más haberes
-que un buen flete, un apero plateado y algunos patacones en el cinto.
-
-Todos ignoraban quién era y de dónde venía, y las averiguaciones en ese
-sentido siempre fueron infructuosas.
-
-Ponciano era un hombre callado y que rehuía el trato con todos. Sin
-embargo, cuando le hablaban, mostrábase siempre humilde.
-
-Quitábase el sombrero, bajaba los ojos y respondía, con una voz suave y
-finita:
-
-Sí, señor... No, señor.
-
-Pero nada más.
-
-Por otra pare, en determinadas épocas del año, cuando cesaba su
-trabajo de tropero, desaparecía. Nadie supo nunca dónde iba ni a qué
-ocupaciones se dedicaba; pero es el caso que «Lanza seca», el infeliz
-Ponciano, llegó a ser propietario de dos leguas de campo pobladas con
-hacienda flor, lo cual no le impidió continuar ejerciendo su oficio de
-tropero y su misma vida modesta y misteriosa.
-
-A pesar de ser un hombre a lo sumo de cuarenta y cinco años, no se le
-conocía una sola amistad femenina, del mismo modo que no se le conocía
-ningún vicio. Era un ser sombrío; uno de esos seres que parecen vivir
-sin objeto.
-
-La realidad era otra.
-
-Por mucho tiempo, la existencia de «Lanza seca» tuvo por fin único
-enriquecerse. Con su humildad hipócrita, con su insignificancia
-aparente, con su honradez visible, era en el fondo un taimado, un pillo
-habilidoso sediento de placeres, pero dotado de una voluntad férrea que
-le permitía contenerse y disimular siempre sus vicios.
-
-Sin embargo, lo inevitable llegó al fin. Nerea, una chinita de diez
-y seis años, hija de matreros, cuya choza se ocultaba entre los
-ñandubaysales de Montiel, logró vencer su egoísmo y convertirlo en su
-esclavo. Si no se había instalado en la estancia, si no se había hecho
-legalizar como esposa, es porque aquella alma chúcara y aquel cuerpo
-libertino, no podían decidirse al abandono del salvajismo montaraz y a
-los fugitivos y ardientes amores de las fieras que pasan.
-
-Ponciano había rogado vanamente muchas veces:
-
---Vení; ¡yo soy rico y tuito lo marcado con mi marca será tuyo y vos
-serás la reina del pago!...
-
-Y ella respondía:
-
---Cuando sea más luego, y encomiense a desnudarse el día, andá a la
-orilla el arroyo y cantale ese estilo a la madre 'el agua...
-
---Yo ti aseguro que serás feliz, siendo sólo mía...
-
---¡Pu'áhi se quiebra el palo!... Chancho montarás no engorda en
-chiquero...
-
-Siempre fué inútil el ruego, y Lanza seca sentíase, sin embargo, cada
-vez más esclavizado por la bella y perversa flor de la áspera tierra de
-los matreros.
-
-Se sometía a todo, pero aquel capricho era exhorbitante. No es que su
-conciencia sintiese mayores escrúpulos. Como lo había dicho Nerea, no
-sería el primer zorro que desollase. Pero sus cochinerías las efectuaba
-allá, en el Paraguay, en el Uruguay, en el Brasil, donde no se llamaba
-Ponciano Suárez. ¡Pero allí, en Montiel, donde gozaba de envidiable
-reputación de honradez!... ¡Y meterse con el vasco Anselmo que de
-tiempo atrás lo venía sospechando!...
-
-Llegó rabioso a su estancia. Llegó tarde. Desprendió del gancho una
-paleta de oveja, avivó el fuego, la asó y empezó a comerla vorazmente
-sin preocuparse de Caín, su perro fiel, que lo miraba con unos ojos que
-iban entristeciéndose a medida que se iba concluyendo la carne.
-
-Ponciano puso la paletilla pelada sobre una alhacena, y ya con la
-barriga llena se fué a dormir. Caín quedó solo en la cocina, solo y
-con hambre de dos días. Reflexionó largo rato, midiendo virtualmente
-la altura de la alhacena calculando si valdría la pena exponerse a un
-porrazo por un hueso pelado. El hambre pudo más que la prudencia. Dió
-un brinco formidable y se encontró encima del mueble.
-
-¡Sorpresa!... Desde allí, su hocico alcanzaba sin dificultad al gancho
-donde quedaba medio costillar de oveja.
-
---Suceda lo qu'el patrón quiera--pensó Caín y le meneó diente al
-costillar.
-
-Y sucedió algo mucho peor de lo que esperaba el perro. Lanza seca,
-que no había podido dormir en toda la noche, se levantó de madrugada,
-cuando los peones dormían aún, se fué a la cocina, hizo fuego y se
-dispuso a desayunarse con el costillar de oveja.
-
-Su rabia fué enorme. Miró en contorno. En un rincón vió los huesos
-pelados; en otro rincón vió a Caín, echado, la cola entre las piernas,
-las orejas gachas, la mirada tímida: una manifiesta actitud de
-delincuente.
-
-La primera idea del tropero fué romperle la cabeza de un tizonazo; pero
-Ponciano no era un impulsivo. Tranquila, sosegadamente, cogió a Caín,
-le puso una cadena y lo ató a un palo del zarzo del parral, diciendo,
-sin ira, con su frialdad de víbora:
-
---¡Ahí vas a estar hasta que te pudrás de hambre!
-
-El viernes, el sábado y el domingo, Caín permaneció atado sin recibir
-alimento alguno. Gracias que un peón le arrojó a escondidas un hueso y
-le puso un tacho con agua, de miedo de que rabiase.
-
-Algunos de los peones sentían lástima. Pero el patrón había ordenado
-terminantemente que se dejase morir de hambre al perro; y como los
-peones conocían bien el carácter vindicativo del patrón y como el alma
-de los hombres es muy semejante al alma de los perros, ahogaron sus
-sentimientos compasivos.
-
-El domingo de noche, Lanza seca, vencido al fin por la pasión, se fué
-al rodeo del vasco Anselmo, enlazó la vaquillona blanca, la degolló, la
-vació, la cargó en ancas de su caballo y al amanecer la echaba a los
-pies de la china en suprema ofrenda de amor.
-
-Ella le recompensó abrazándole frenéticamente, haciéndole sangre los
-labios con un beso de vampiro y exclamando:
-
---¡Ansina me gustan los hombres, capaces de dormir en el bañao con una
-crucera por almohada y un puma por cobija!...
-
-Práctico, prudente, a pesar de su excitación amorosa, Ponciano desolló
-él mismo la ternera y puso a buen recaudo el cuero. El cuero que en la
-madrugada del día siguiente se llevó bien oculto bajo los cojinillos.
-
-Llegado a su casa antes de nacer el sol, buscó una pala, fué al
-fondo de la casa, cavó un hoyo y sepultó el cuero de la ternera
-blanca. Regresó a las casas, y como pasara junto a Caín que maulló
-humildemente, sintió compasión. Lo desató; el perro empezó a
-acariciarle frenéticamente, con esa bajeza casi humana de todos los
-perros.
-
-Lanza seca durmió ese día tranquila y largamente. Despertó, es decir,
-lo despertaron, cuando empezaba a grisear el crepúsculo.
-
-Era intempestiva visita del comisario, el juez de paz y el vasco
-Anselmo. Este le acusaba de la muerte de la ternera blanca. Las
-autoridades manifestaron que concurrían «por fórmula», convencidos de
-lo injusto de la sospecha.
-
-Se hizo el registro de la casa. Es claro, no se encontró nada. Iba a
-darse por terminada la investigación, cuando el vasco advirtió que en
-el fondo de la casa, el perro Caín devoraba una gran cosa blanca.
-
-Fueron allí. Al notar la presencia del amo, Caín reculó con el rabo
-entre las piernas dejando a descubierto el cuero que su hambre había
-hecho desenterrar.
-
-Pálido, hecho un pulpa ante la evidencia del delito, Ponciano enmudeció.
-
-El comisario, compadecido, díjole:
-
---Vea, amigo, ¡por un perro!
-
-Y Lanza seca, recapacitando y siendo justo por primera vez en su vida,
-exclamó:
-
---¡No!... ¡Por una yegua!...
-
-
-
-
-INDICE
-
-
-
-
- INDICE
-
-
- pág.
-
- El alma del padre 5
-
- Aves de presa 9
-
- El consejo del tío 13
-
- Y a mi el rabicano 17
-
- Un santo varón 21
-
- Triple drama 27
-
- Flor de basurero 35
-
- P'hacerlo rabiar al otro 41
-
- En el arroyo 47
-
- Un deshonesto 51
-
- Un cuento 54
-
- Por culpa de la franqueza 59
-
- La libertad del cimarrón 63
-
- De cuero crudo 67
-
- La Recaída 71
-
- El negrito de Melitón 77
-
- La cadena 83
-
- Los débiles 87
-
- El abrazo de Marculina 93
-
- Los inservibles 99
-
- Los misioneros 103
-
- La singular aventura del Dr. Manzzi 107
-
- La mejor historia 117
-
- Con la Cruz en la punta 119
-
- Los Gringos 127
-
- Desagradecidos 133
-
- La absurda imprudencia 137
-
- Por cortar campo 143
-
- Por qué Basilio mató un fraile 149
-
- ¡Lindo Pueblo! 155
-
- Lanza Seca 159
-
-
-
-
- INDICES de las obras de JAVIER DE VIANA
-
-
- DE CARDOS
-
- La estancia de don Liborio
- Añojal
- Con tiento de alambre
- Lucha a muerte
- Mientras llueve
- Tapera humana
- Falsos héroes
- El tirador de Macario
- No hay que sestear los domingos
- Matapájaros
- Un viaje inútil
- Sin palo ni piedra
- Sin segunda repetida
- Nabuco
- Vergüenza de la familia
- Gloria de la familia
- Juan Pedro
- La caza del aguará
- Por robar sándias
- Pelea de perros
- Con la ayuda de Dios
- Un negocio interrumpido
- La hija del Chacarero
- El poncho de la conciencia
- Crimen del viejo Pedro
- La Vampira
- La Vidalita
- La Aruera y el Ombú
-
-
- DE ABROJOS
-
- Abrojo
- El Triunfo de las Flores
- La Lección del Perro
- Por el nene
- Por un papelito
- Empate
- Más oveja que la oveja
- Del bien y del mal
- Partición extraña
- Huevo guacho
- Inmolación
- Cuando la leña es fuerte
- Patrón Elías
- Obra buena
- Captura imposible
- Lo que se escribe en pizarras
- Por el amor al truco
- Isto e una porquera
- Un despertar
- La salvación de Niceto
- Mosca brava
- Las dos ramas de una horqueta
- Crítica autorizada
- La vuelta del cuervo
- Cuestión de carnadas
- Pa ser hay que ser
- Castigo de una injusticia
- Entre camaradas
- Se seca la glicina
- La inocencia de Calendario
- La injusticia de un justo
- Un sacrificio
- Realidades margas
- Crímenes gauchos
-
-
- DE SOBRE EL RECADO
-
- La Ley del Amor
- El violín del grillo
- Yo no sé como jué
- El puerto de Añang
- Igualito a mí
- La Novia
- «Come cola»
- El pial
- Leyenda Andina
- La Navidad en la cocina
- Los muertos que matan
- Cachorra de tigre
- Primitivo
- Pedro Juan
- De Taragüí
- Agua de cachimba
- El baul del pardo Alfredo
- «Taba de chancho»
- Así obran los amigos
- Guerra de zapa
- Mal abrigo
- Un cuento que no es cuento
- Del tiempo maldito
- Chingolos
- El loco de las vejigas
- Sembrando fuera de tiempo
- El Comisario de Tucutuco
- El cuento de ño Liborio
- La Tierra es chica
- La Vencedora
- Vida estática
- América hecha
- Como Martín ganó un pleito
- El que mató a Faustino Díaz
- Palabra de Aragonés
- De la Biblia gaucha
-
-
- DE YUYOS
-
- La caza del tigre
- El tiempo perdido
- Como un tiento a otro tiento
- Una carrera perdida
- Como se puede
- Cosas de negro
- A los tajos
- Ruptura
- El zonzo Malaquías
- Las tormentas
- Por la gloria
- Una achura
- Jugando al lobo
- Resurección
- Carancho
- Compadres
- Triunfo amargo
- Clavel del aire
- La casa de los guachos
- ¡Salga San Pedro!
- Crimen de amor
- Don Bruno el perverso
- En la orilla
- Por la petiza lobuna
- Voltiando palos
- La última tropa
- Aura
- Por no doblarse
- Cómo se vive
- Mi prima Ulogia
- Como en el tiempo de antes
- Las gentes del Abra Sucia
- La venganza del buey
- La vuelta a la aldea
- El baile de ña Casiana
- La cerrazón
-
-
- DE «MACACHINES»
-
- Soledad
- La tísica
- Como alpargata
- La rifa del pardo Abdón
- Charla gaucha
- Mendocina
- Conversando
- Oí cuando ella dijo
- Puesta de sol
- ¡Miseria!
- No-ha-de
- Fin de enojo
- La carta de la suicida
- Por haraganería
- ¡Se me jué la mano!
- Filosofando
- ¡Imposible!
- ¡Patroncito enfermo!
- Chaqueña
- El viaje del perro
- Mamá, aquí'está la ropa
- Hormiguita
- La baja
- Como la gente
- Rivales
- Pata blanca y Grandeeship
- Fiel
- Por tierra de Arachanes
- Chamamé
- Una porquería
- ¡El lobo!... ¡El lobo!...
- De tigre a tigre
- Una sola flor
- Bichita
- Juicio de imprenta
- Como hace veinte años
- El hombre malo
- Fin de ensueño
- Como y porque hizo Dios la R. O.
- Desempate
- Los agregados
- El tiempo borra
- Palabra dada
- Visión de oro
- Malos recuerdos
- Combate nocturno
- Simple historia
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Ranchos, by Javier De Viana
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK RANCHOS ***
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