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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - -Title: Ranchos - Costumbres del Campo - -Author: Javier De Viana - -Release Date: December 24, 2016 [EBook #53798] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK RANCHOS *** - - - - -Produced by Carlos Colón, Instituto Ibero-Americano de -Berlin, Alemania and the Online Distributed Proofreading -Team at http://www.pgdp.net (This file was produced from -images generously made available by The Internet Archive) - - - - - - - - - - - JAVIER DE VIANA - - - RANCHOS - - (COSTUMBRES DEL CAMPO) - - - [Ilustración: LA BOLSA DE LOS LIBROS - MONTEVIDEO] - - - EDITOR - CLAUDIO GARCIA - SARANDÍ, 441 - 1920 - - - - -OBRAS DE JAVIER DE VIANA - - - GAUCHA (novela) $ 0.50 - YUYOS (cuentos camperos) " 0.50 - MACACHINES (cuentos breves) " 0.50 - CARDOS (cuentos del campo) " 0.50 - ABROJOS (escenas del campo) " 0.50 - SOBRE EL RECADO (cuentos del campo) " 0.50 - CON DIVISA BLANCA " 0.40 - RANCHOS (costumbres del campo) " 0.50 - LEÑA SECA (4.ª edición) " 0.50 - - -Nuevas obras a editarse por esta casa - - DEL CAMPO A LA CIUDAD - POTROS, TOROS Y APERIASES - PAISANAS - GURI y otras novelas (3.ª edición) - TARDES DEL FOGON - CAMPO (3.ª edición) - LA BIBLIA GAUCHA - - - - -EL ALMA DEL PADRE - - -Por la única puerta de la cocina,--una puerta de tablas bastas, sin -machimbres, llena de hendijas, anchas de una pulgada, el viento en -ráfagas, violentas y caprichosas, se colaba a ratos, silbaba al -pasar entre los labios del maderamen, y soplando con furia el hogar -dormitante en medio de la pieza, aventaba en grísea nube las cenizas, -y hacía emerger del recio trashoguero, ancha, larga y roja llama que -enargentaba, fugitivamente, los rostros broncíneos de los contertulios -del fogón y el brillador azabache de los muros esmaltados de ollin. - -Y de cuando en cuando, la habitación aparecía como súbitamente -incendiada por los rayos y las centellas que el borrascoso cielo -desparramaba a puñados sobre el campo. - -El lívido resplandor cuajaba la voz en las gargantas y los gestos en -los rostros, sin que enviara para nada la lógica reflexión de don -Matías,--expresada después de pasado el susto. - ---Con los rayos acontece lo mesmo que con las balas; la que oímos -silbar es porque pasa de largo sin tocarnos; y con el rejucilo igual: -el que nos ha'e partir no nos da tiempo pa santiguarnos... - -Y no hay para qué decir que en todas las ocasiones, era el primero -en santiguarse; aún cuando rescatara de inmediato la momentánea -debilidad, con uno de sus habituales gracejos de que poseía tan -inagotable caudal como de agua fresca y pura, la cachimba del -bajo,--pupila azul entre los grisáceos párpados de piedra, que tenían -un perfumado festón de hierbas por pestañas. - -El tallaba con el mate y con la palabra, afanándose en ahuyentar -el sueño que mordía a sus jóvenes compañeros, a fuerza de cimarrón -y a fuerza de historias, pintorescas narraciones y extraordinarias -aventuras, gruesas mentiras idealizadas por su imaginación poética. - ---Mi acuerdo una vez,--empezó el viejo, mientras llevaba el mate, la -cabeza inclinada hacia abajo y hacia un lado, cerrado un ojo y buscando -con el otro la lucecita roja de un tizón «para no desparramar»...--mi -acuerdo una vez... - -En ese propio instante pasó dentro de la cocina algo así como el brillo -de un mandoble de una daga formidable--Dios ensayando Juan Moreira,--y -la pieza se llenó de olor de azufre y de seguido explotó un trueno tan -formidable como si hubiese reventado la panza del cielo. - ---¡Jesús María!--exclamó el viejo dejando caer la pava y el mate sobre -el rescoldo... - -Y de inmediato, recogiendo de entre las brasas sus prestigio, exclamó: - ---Asina jué que dijo Lino Rojas, en una noche igualita qu'ésta, que -Dios nos libre y guarde, en que machazas nubes picazas iban corcobiando -por el cielo, jineteadas por rayos y centellas... Hablan del delubio... -¡qu'el delubio!... Nosotros habiamo desensillao en un altito'e mala -muerte... supóngase como... como la chiquisuela' e una pata'e -ñandú!... Pa'este lao de acá, el arroyo 'e los Cordales fufaba echando -espumas; pa'este otro lao, la Cañada Brava rezongaba como sargento -qu'el comesario ausente ha dejao a cargo'el distrito. Pu'aquí y -pu'allí, las ovejas pasaban boyando, con las patas p'arriba y los ojos -duros... esos ojos asina como ponen las ovejas y los cristianos cuando -se áugan... Los truenos roncaban furiosos y los relámpagos y los rayos, -se cruzaban, se misturaban, formando como rollos de víboras blancas y -jediondas... - ---¿Y jué entonces que Lino Rojas dijo?...--interrumpió uno de la -tertulia... - ---¡Jesús María!--continuó el narrador... Pero el agua y el viento y -las centellas le metían cada vez más juerte. Pa sujetar los caballos -qu'enloquecidos, bufaban amenazando arrancar las estacas y dejarnos -a pie en aquel infierno, tuvimo que levantarnos y asujetarlos del -maniador. Los recaos se hicieron sopa y como los ponchos, en vez de -servirnos, nos embolsaban, levantaos pu'el ventarrón, tuvimos que -sacarlos y tirarlos. - -Entonces Lino Rojas, qu'era muy rabioso y muy boca sucia, encomenzó a -tirarle a Dios con las palabras más fieras. Y dispués siguió con los -santos y luego con la Virgen, poniéndolas como basurero... - ---Sosegate, le aconsejé yo: pero él no m'hizo caso; y en una de esa, -con un rejucilo grande, el mancarrón pegó una sentada y lo voltió en un -charco. Rabioso de un todo y viendo que ni Dios, ni los santos, ni la -Virgen le hacían caso, gritó, abriendo la boca: - ---¡Me ca... igo en la perra madre que m'echó al mundo!... - -El no dijo «perra», dijo otra palabra más fiera... Y en el mesmo -instante, ¡hermanitos! un rayo grueso como una víbora 'e la cruz, ¡le -dentro por la boca y le dejó seco!... - ---Al día siguiente, cuando yo lo revisé... - ---¿Estaba muerto? - ---¡Dejuro!... Pero sanito; parecía dormido... Como tenía la boca -abierta, miré y vide... - ---¿Y vido?... - ---Vide, ¡hermanitos!... ¡qué no tenía lengua!... ¡No tenía en la boca -más que un montón de ceniza negra!... ¡Pa mi aquel rayo era el alma del -dijunto su padre!... - - - - -AVES DE PRESA - - -Julio Linarez era uno de esos hombres en los cuales el observador más -experto no habría podido notar la rotunda contradicción existente entre -su físico y su moral. - -Frisaba los treinta; era de mediana estatura, bien formado, robusto; su -rostro redondo, de un trigueño sonrosado, su boca de labios ni gruesos -ni finos, su nariz regular, sus ojos grandes, negros, límpidos, si algo -indicaban, era salud y bondad, alegría y franqueza. - -Sin embargo, Julio Linarez tenía un alma que parecía hecha con el fango -del estero, adobado con la mezcla de las ponzoñas de todos los reptiles -que moran en la infecta obscuridad de los pajonales. - -Su mirada era suave, su voz cálida, y armoniosa, su frase mesurada, sin -atildamientos, sin humillaciones y sin soberbias. - -Pero ya no engañaba a nadie en el pago, donde su artera perversidad era -asaz conocida, bien que no se atreviesen a proclamarlo en público, por -la doble razón de que se le temía y de que su habilidad supo ponerlo -siempre a salvo de la pena. Sus fechorías dejaron rastro suficiente -para el convencimiento, pero no para la prueba. - -Era prudente, frío, calculador. - -En la comarca, grandes y chicos, todos conocían la famosa escena con -Ana María, la hija del rico hacendado Sandalio Pintos, en la noche de -un gran baile dado en la estancia festejando el santo del patrón. - -Ana María sentía por Julio aversión y miedo, lo cual no obstaba a que -él la persiguiera con fría tenacidad. En la noche de la referencia, -ni una sola vez la invitó a bailar, aparentando no preocuparse -absolutamente de ella. - -Sin embargo, ya cerca de la madrugada, en un momento en que Ana María, -saliendo de la sala atravesaba el gran patio de la estancia, yendo -hacia la cocina a dar órdenes para que sirvieran el chocolate, Julio le -salió al paso y la detuvo. - ---¿Qué quiere?... ¡Déjemé!... ¡Ya sabe qu'es inútil que me persiga!... -¡Lleve por otro lao su cariño!...--exclamó con violencia. - -Y él, tranquilo, sereno: - ---Una palabra, sólo una palabra tengo que decirle. - ---Bueno, hable de una vez. - ---¿Sigue decidida a no quererme? - ---¡Sí! - ---Y yo sigo decidido a quererla; y debo decirle, y disculpe la -comparancia, que bagual que codiseo, más tarde o más temprano lo -agarro. Por más que arisquée, por más que juya, yo sigo campiándolo, y -a bola, a lazo o a bala lo hago mío!... - ---Eso será con baguales orejanos; yo tengo dueño. - ---Que no ha marcao entuavía. - ---Marcará. - ---¡No, Ana María! Y esto es lo que deseaba decirle: ni este novio que -tiene, ni cien que tenga, se casarán con usted. Ya está advertida, -puede seguir no más. - -Al día siguiente, Darío Luna, el novio de Ana María, apareció ahogado -en un arroyito de morondanga, que corría a pocas cuadras de la estancia. - -En el intervalo de cinco años, Ana María tuvo tres novios más, y los -tres sucumbieron en forma trágica y misteriosa. - -En la conciencia pública, Julio Linárez era el autor de las muertes. -Pero Julio Linárez, correcto, impecable, altanero, no se dió nunca por -aludido y prosiguió sereno y razonablemente su propósito. - -Ana María se rindió al fin, y la noche de la boda todos los demás -se rindieron también ante el triunfador acallando odios y ocultando -envidias. - -Todos menos Jacinta López, la hija del principal almacenero del pago, -a quien Julio sedujo y abandonó después. Los padres la expulsaron -ignominiosamente de la casa y ella se vió obligada a conchabarse de -peona en la estancia de Pintos, para ganar su sustento y el de su -güachito. - -Ella no olvidaba, ella no perdonaba, ella no claudicaba. En el momento -culminante de la fiesta Jacinta, desgreñada con el delantal manchado -de grasa, con las manos sucias de carbón, penetró en la sala y con el -orgullo de quien se sabe superior, exclamó dirigiéndose a la novia: - ---Por cobardía te vas a casar con este canalla... ¡Matate antes, que -más vale ser difunto bajo tierra que difunto sobre la tierra! ¡Y eso es -lo que te espera a tí!... - -Julio, a pesar de su sangre fría, empalideció y respondió violentamente: - ---¿Quién es usté pa meterse en este asunto? - -Y ella rabiosa, rojos los ojos: - ---¿Y quién eres tú, miserable? ¿Quién eres tú, dañina ave de presa?... - -Linárez, serenándose y sonriendo sarcásticamente respondió: - ---Vale más ser ave de presa que ave de gallinero. - ---¡Sí! ¡Cuando el ave de presa es águila o cóndor, cuando lucha y mata -o es muerto!... ¡Pero tú eres cuervo, carancho, chimango, que te cebas -en las carnizas de los animales que otros han muerto!... ¡Vos matás -como los estancieros matan los zorros y los caranchos, envenenando con -estricnina trozos de carne, pero no matás a tiros y a puñaladas frente -a frente, cuerpo a cuerpo, cara a cara!... - -Y al decir esto, sacó de debajo del delantal una gran cuchilla y se -avalanzó sobre Julio, pero la concurrencia, solícita, la detuvo, -la amarró, le arrancó el arma. La condujeron a una pieza donde la -encerraron para entregarla al día siguiente al comisario. - ---Está loca. - -Y todos se apresuraron a rodear a Linárez, futuro dueño de la opulenta -estancia de Pintos, prodigándole frases de aprecio y simpatía. - - - - -EL CONSEJO DEL TIO - - -Aún no había aclarado del todo, cuando Albino estaba en la enramada -ensillando con sus pilchas miserables, su mancarrón tubiano, flaco, -abatido, tan miserable y ruinoso como el apero. - -Don Tiburcio, el capataz, extrañado de aquel insólito madrugón de -Albino, le preguntó: - ---¿P‘ande estás de viaje? - ---Pa los Campos del Diablo--respondió el mozo con voz compungida. - ---¿Y por qué te vas, muchacho?... - ---¡Yo no me voy, m'echan!... - ---¿Quién te echa? - ---Mi tío Pancho... Anoche me dijo: «Mañana mesmo me ensillás tu sotreta -y te mandás mudar. Si cuando yo me levante t'encuentro tuavía aquí, te -vi a untar los costillares con ungüento e tala». - ---¡Y el patrón es muy capaz de hacerlo!--asintió riendo el viejo. - ---¡Ya lo creo qu'es capaz!... Es un bruto, mi tío Pancho!...--respondió -Albino, al mismo tiempo de apretarle tan rudamente la cincha al tubiano -escuálido, que este encorvó el cuello y le tiró un tarascón, como -diciéndole: «¡No seas bruto, vos también!». - ---Y a todo eso--gimió el muchacho--porque tengo una enfermedad, la e -ser un poco chupista. - ---Y bastante haragán; son dos enfermedades. - ---No, es una mesma. Cuando me chupo un poco no tengo juerza pa -trabajar, y entonces me da rabia y chupo más... ¡y claro! tengo menos -juerza... - ---Y más ganas de chupar. - ---Dejuro. Adiós don Tiburcio. - -Y se marchó, rumbo a los «Campos del Diablo», vale decir a lo ignoto, -al azar de la existencia bagabunda. - -Transcurrió más de un año sin que se tuvieran noticias suyas. En una -cruel mañana de invierno cayó a la estancia. ¡Pero en qué estado!... -A los estragos producidos por el vicio se unían los causados por las -penurias, los de hambre, las noches de intemperie o de forzada vigilia. -Apenas había, cumplido veinte años y su rostro enflaquecido, arrugado, -de color terroso, sus labios plácidos, sus ojos parpajudos acusaban -completa decrepitud. - -Don Pancho lo miró con pena y con rabia, preguntándole con acritud. - ---¿Qué venís a hacer aquí? - ---Vea, mi tío--respondió con voz enronquecida por el alcohol;--estoy -decidido a abandonar este vicio maldito, culpa de toda mi desgracia... - ---Me parece bien---contestóle el viejo en tono de duda. - ---Sí, mi tío... Vea mi tío, allá, en la costa el Batoví, hay un negro -entendido, que se compromete a curarme con el cocimiento de unos yuyos -qu'el sólo conoce... - ---¿Y qué hacés que no enderezás pa la costa'el Batoví? - ---Vea mi tío... es qu'el negro me cobra veinte pesos pu'el remedio... y -como yo ando medio cortao... - ---¿Venís a pedírmelos?... No contés con ellos; pero en cambio te vi'a -dar un consejo que vale más de veinte pesos... Mirá... ahí atrás de las -casas está atado a soga mi parejero alazán, que aunque ya p'al camino -no sirve, pa trotiar no tiene fin... Te lo doy. Ensillalo y andá buscar -la vergüenza... Campiala bien. No te preocupés del tiempo que pase, ni -del precio que cueste, porque me comprometo a pagarla, cueste lo que -cueste... - ---Está bien, mi tío--respondió el mozo, y de seguida se fué en busca -del viejo parejero, lo ensilló, se despidió y partió de nuevo para los -«Campos del Diablo». - -Al verlo alejarse, Don Tiburcio--exclamó melancólicamente: - ---¡Pobre alazán!... ¡Ande lo irá a convertir en caña ese desalmao!... - ---Quien sabe--sentenció don Pedro--nunca perdió una carrera; pueda ser -que gane esta también... - -Al cabo de un par de meses regresó Albino a la estancia. Iba más -miserable, más despreciable que nunca. Con dificultad se apeó de la -yegua ética y con paso inseguro avanzó hasta la enramada desde donde -el tío Pancho lo observaba con el más profundo disgusto. Rechazando la -mano que el mozo le tendía, increpólo violentamente: - ---¿A qué has venido, si no trais la vergüenza?... - -Y él humilde como un perro castigado, murmuró sollozando: - ---Vea mi tío... yo la busqué... Cansé el parejero alazán buscándola... -y no la pude encontrar... ¡Pa mi, que ya no queda ni semilla de esa -planta!... - - - - -Y A MI EL RABICANO - - -Con un cielo luminoso, brillante como plata bruñida, llovía, llovía -copiosa, incesantemente. Las cañadas desbordaban, empujando las guías -hacia afuera, hacia el campo, convertido en superficie de laguna. - -Ni un relámpago, ni un trueno. No hacía frío. Era la delicia del otoño, -sereno, tibio, plácido, pródigo de luz. - -En la cocina, donde ardía un fogón enorme, el patrón, en rueda con -los peones, aprovechaba el obligado descanso, en alegre tertulia. Era -un continuo cambiarle de cebaduras al mate y, para la china Dominga, -un inacabable tragín de amasar y freir tortas mientras se contaban -cuentos, simples como las almas de los gauchos,--interrumpidos a cada -instante por comentarios más o menos ocurrentes. - -El patrón no desdeñaba entrar en liza, pero tampoco escapaba, por ser -patrón, de las interrupciones y de las críticas. Su relato sobre las -aventuras de Jesucristo, no tuvo éxito, debido, más quizá que a falta -de interés en la narración, a las observaciones hostiles del viejo -Romualdo, el famoso contador de cuentos, que esa tarde se había negado -obstinadamente a complacer al auditorio. - -Don Omualdo restaba furioso porque el patrón no había querido regalarle -el único potrillo «rabicano» de la marcación del año. - ---Elegí otro,--había dicho don Juan. - ---Ya aligió ese yo. - ---Ese es pa la chiquilina. Agarrá otro cualquiera. - ---Rabicano no más. - ---Rabicano no. Dispués, cualquiera. - ---Dispués, denguno. - -Y no eligió. - -Quedó tan rabioso que casi no hablaba; él, que cuando no tenía con -quien hablar, hablaba con los perros, con los gatos, con las gallinas -o, en último extremo, consigo mismo. - ---«Jesucristo estaba con su partida en el monte de los -Olivos...--contaba el patrón, y don Rumualdo le interrumpió: - ---¿Ande está el monte 'e los Olivos?... Yo no conozco ningún monte -d'ese apelativo, y pa que yo no conozca . . . - ---Es allá por las Uropas, pasando Bolivia. - ---¡Ah!... Di áhi no soy baquiano... Nunca juí más p'allá del -Pilcomayo... - ---Güeno,--siguió el patrón;--Jesucristo estaba allí echándole una -proclama a su gente, cuando de golpe se presentó la polecía de Poncio -Pilatos. - ---¿Pilatos?... ¿Es pariente de Manuel Pilatos, aquel indio de la Cruz -que supo ser puestero de ño Tiburcio Rodríguez?... - ---¡Qué ha de ser!... ¡Si d'esto que cuento hace añares! - ---¿Y di áhi?... También hace añares qu'están pariendo las vacas y las -ovejas y entuavía hay yaguaneses que dejuro tienen el apelativo de los -padres del tiempo de antes. - ---Será asina, pero ¿me dejás enhebrar l'auja? - ---Cuando llegó la policía, Jesucristo, en lugar de juir, s'entregó no -más. - ---¿Sin peliar? - ---Dejuro. - ---¿Y sin tratar de juir? - ---¿P'ande? - ---P'al monte. ¿Nu estaba en el monte? - ---Sí, pero no era baquiano. - ---¡Claro, era gringo ese don Jesucristo!... En medio 'el monte se deja -sorprender por la polecía y rodiao de tuita su gente, no atina a juir -ni a peliar... ¡Gringo maula!... ¿Y qué l'hicieron?... - ---Lo yebaron p'al pueblo y lo pusieron a desposeción del juez, donde -un procurador dijo qu'era un hombre malo porque quería que tuitos los -hombres juesen güenos... - ---¡Macana! - ---...que cuando a uno le dieran una cachetada de un lao... - ---¿Le sumiese la daga en el mondongo al atrevido? - ---...le pusiera el otro lao de la cara... - ---¡Macana!... - ---Y porque decía que debía dársele a cada uno lo suyo. - ---Eso está bien: pa mí el potrillo rabicano. - ---...y porque afirmó qu'él curaba con palabras - ---Eso es verdá: denme un picao de víbora y si yo no lo curo -venciéndolo, que me corten... - ---¿Qué le van a cortar a usté?--interrumpió un peón. - ---Lo que tengo... de sobra--respondió el viejo. - ---¡Y tan de sobra!--masculló otro. - -El patrón, un tanto amostazado, continuó: - ---Además, le dijeron que quería ser rey de la república. - ---¡Y si el potrillo daba pa botas!... Pa mandar cualquiera sirve; lo -difícil es encontrar quien haga... - ---Y él dijo que no quería ser rey. Que su estancia estaba en el cielo... - ---¿En el cielo?... ¡Lindo campo pa invernar chingolos!... Bien se -ve qu'era gringo don Jesucristo!... ¿Y qué le hicieron?... ¿Lo -afusilaron?... - ---No, lo rusificaron. - ---¿Lo qué?... - ---Hicieron una cruz de palo y lo estaquiaron como cuero fresco. - ---¡Qué bárbaros!... - ---Era la costumbre oriental. - ---¡Pucha que son bárbaros los orientales! ¡Degollar, tuavía, pero -estaquiar un cristiano vivo!... Vea patrón: si quiere que hagamos las -paces, deme las lonjas del potrillo rabicano... Usté dice qu'es pa la -chiquilina, yo digo qu'es pa mí; le sumo el cuchillo en el tragadero y -se acabó. - -El patrón, harto de las interrupciones del viejo, exclamó: - ---¡Agarrate el rabicano, vivo o muerto!... - ---Vivo,--respondió--vivo y le pongo mi marca,--una cruz patas abajo... -Ese don Jesucristo dejó algo bueno: a cada cual lo suyo, y a mí el -rabicano. - - - - -UN SANTO VARON - - -Don Cupertino Denis y don Braulio Salaverry no eran personas estimadas -en el pago. - -Y sin embargo eran dos viejos vecinos--pisaban los setenta--estancieros -ricos, jefes de numerosa y respetable familia. - -Muy trabajadores, muy económicos, quizá demasiado económicos, eran -además excelentes cristianos: jamás dejaban pasar un domingo, aunque -tronase, aunque lloviera, aunque amenazara desplomarse el cielo, sin -levantarse al alba y trotar las doce leguas que mediaban entre sus -estancias y el pueblo, para concurrir a la iglesia para escuchar una o -dos misas. - -Es verdad que en la casa de don Cupertino, como en la de don Braulio, -las perradas daban lástima, de lo flacas que estaban. - -Pero, vamos a ver. ¿Para qué son los perros? - -Para defensa de la casa. - -Para que esa defensa sea efectiva es necesario que los perros sean -malos. - -Ahora bien: el psicólogo menos perspicaz sabe que los perros, lo mismo -que los hombres, no son nunca malos cuando tienen la barriga llena. Es -decir, pueden seguir siendo malos pero tienen pereza de hacer daño. - -Tanto don Cupertino como don Braulio habían tenido oportunidad de -constatar que todos los curas son mansos. - -También se acusa al primero--y al segundo--de estos honrados -estancieros, de dar a los peones comida escasa y mala. Era cierto; -pero no lo hacían por tacañería, sino porque la experiencia les había -demostrado que lo que se gana en alimentación se pierde en tiempo, y -como es axioma que el trabajo dignifica al hombre, el corolario es que -será más digno el que trabaje más. Y era a impulsos de ese piadoso -concepto que don Cupertino y su colega mezquinaban la comida a sus -peones y les hacían echar los bofes trabajando... ¿Qué importan las -penas corporales cuando con ellas se hacen méritos ante el Señor? - -Se le hacían, además, otros cargos a don Cupertino. Se le reprochaba, -por ejemplo, que con frecuencia no eran de su marca las vacas, ni de su -señal las ovejas que se carneaban en su casa. - -Tal vez fuese calumnia, o quizá fuese cierto. Pero en el último caso, -la causa estaría en que don Cupertino tenía ya poca vista y no era -extraño que se confundiese. Además la culpa era de los linderos que -no cuidaban sus haciendas y mantenían en mal estado los alambrados -medianeros. El lo había dicho varias veces, sobre todo cuando las -majadas linderas tenían sarna o cuando su campo estaba mejor empastado -que los vecinos: - ---¿Por qué no componen los alambrados? ¡Vamos a ver! ¿Por qué no -componen? - -Es claro ¿por qué no componían? - -El, don Cupertino, llevaba la bondad hasta hacerlo componer por su -propia cuenta... cuando había sarna en las majadas linderas, cuando su -campo estaba en mejor estado que los vecinos. - -Se decía también que don Cupertino en sus frecuentes rondas nocturnas, -robaba corderos orejanos a los vecinos y los señalaba sobre el pucho. - -Pero deberían ser calumnias, envidias, porque ninguno era capaz del -sacrificio que él se imponía para vigilar su bien. - - * * * * * - -Como antes dijimos, don Cupertino y don Braulio no perdían jamás la -misa del domingo. Y ni uno ni otro dejaban de llevar a los tientos -el corderito destinado a don Tadeo, un cura napolitano, cabeza de -melón, mofletes de nodriza gallega, cuello de toro y vientre de perra -en fin de embarazo. El buen cura adoraba los corderitos asados, casi -tanto como las libras esterlinas,--de las cuales era entusiasta -coleccionista--y por lo tanto adoraba a aquellos dos santos varones; -pero más a don Cupertino, quien con frecuencia unía al cordero -infaltable, una gallina gorda, un canasto de huevos frescos, una -maletada de duraznos, y, en ocasiones, una lechiguana gorda, que era -una de las debilidades del virtuoso párroco. - ---¡Ah, la lichidiguana!... ¡Come mi gusta la lichidiguana!... - -Don Cupertino, hombre sobrio, esclavo del deber, era siempre el primero -en llegar a la sacristía. Sin embargo, ocurrió una vez en que, -llegando a la hora habitual, se encontró con que su vecino le había -precedido. - ---Lu dun Brulio l'ha che ganatu il terone ista volta,--díjole el cura. - -Sorprendido, presintiendo una trastada, don Cupertino preguntó: - ---¿Y ande está? - ---¿Ande quiere qu'estase?... ¡A l‘iglesia, rodillao devanti San Jenaro, -gulpiá qui gulpiá lo picho!... - -Don Cupertino tuvo una idea: - ---Si usted quiere, padre, yo mesmo vi a desollar el cordero, porqu'es -muy gordo y lo va echar a perder su cocinera maturranga. - ---Cume ta parezca, don Cupertini... Venise pe lu patio. - -Fueron ambos. El estanciero colgó y desolló concienzudamente el borrego. - ---¡Madona!... ¡Cume e gordo!... - ---Rigularcito--respondió con modestia don Cupertino; y mientras -arreglaba el cuero, preguntó observando uno recién estirado. - ---¿Y este, padre? - ---Es el de don Brulio. - ---¡Canalla!--exclamó en el colmo de la indignación. - ---¿Cume canalla?... - ---¡Pero sí, padre!... ¿No ve las orejas?... - ---¡Sicuro!... Tiene orecas come tudos los corderos... - ---¿Pero no ve la señal?... ¡Punta e' lanza en la izquierda, sarcillo de -arriba en la derecha!... !Mi señal!... - -El fraile quedó asombrado. - ---¡Ma si cuesto e vero, e propio un canalla!... - -El cura continuó manifestando su indignación, mientras don Cupertino -observaba uno por uno los cueros apilados. Había cincuenta y ocho: tres -de su señal, veintiseis de distintas señales de linderos y veintinueve -señal de don Braulio. Porque él, don Cupertino, sólo le robaba a don -Braulio. Quedó satisfecho, y cuando el cura le dijo: - ---Que hay qui denunciarle a la justicia a cuesto porcaccione--él -contestó humildemente: - ---No padre. ¡Por tan poca cosa! Cristo manda perdonar, ¡yo perdono!... - -Don Tadeo miró el cordero gordo, se le hizo agua la boca y exclamó -emocionado: - ---¡Qui santo varone!... - - - - -TRIPLE DRAMA - - -Estaba obscureciendo cuando don Fidel regresó de su gira por el campo. -Los peones que mateaban en el galpón y lo vieron acercarse al lento -tranco de su tordillo viejo,--ya casi blanco de puro viejo,--observaron -primero el balanceo de las gruesas piernas, luego la inclinación de la -cabeza sobre el pecho, y, conociéndolo a fondo, presagiaron borrasca. - ---Pa mí que v'a llover--anunció uno. - ---Pa mí que v'a tronar,--contestó otro; y Sandalio, el capataz, muy -serio, con aire preocupado, agregó: - ---Y no será difícil que caigan rayos. - -Casi todos ellos, nacidos y criados en el establecimiento, casi -todos ellos hijos y nietos de servidores de los Moyano, conocían -perfectamente a don Fidel. - -Grandote, panzudo, barbudo, tenía el aspecto de un animal potente, -inofensivo para quien no le agrediera, temible para quien se permitiese -fastidiarlo. - -Fué siempre liso como badana y límpido cual agua de manantial. -Habitualmente, recias carcajadas hacían estremecer el intrincado bosque -de sus barbas, como se estremecen alegres los pajonales, cuando en el -bochorno estival, la fresca brisa vespertina, mojada en agua del río, -hace cimbrar con su risa las lanzas enhiestas, enclavadas en el cieno -del bañado. - -Empero, al llegar a la cincuentena, cuando murió su mujer de una manera -trágica y algo misteriosa, el carácter de don Fidel cambió en forma -sensible. - -Normalmente era el mismo de antes, bondadoso y justo, severo, pero -ecuánime; mas, de tiempo en tiempo y sin causa aparente, tornábase -irascible, violento y atrabiliario, lanzando reproches infundados y -sosteniendo ideas absurdas, al solo objeto de que los inculpados se -defendiesen, o los interpelados le contradijeran, para exacerbarse, -montar en cólera y desatarse en denuestos y amenazas. - -Pasada la crisis, volvía a ser el hombre bueno, más suave que maneador -bien sobado y bien engrasado con sebo de riñonada. - -Las gentes de la estación lo conocían bien; y dado que, aparte de -quererlo y respetarlo y temerlo, encontraban mucha ventaja en su -servicio, sabían «hacer el perro»--callar y agacharse,--cuando tronaba -en lo alto. - -Don Fidel descendió del caballo dentro de la enramada, y al volverse se -encontró con Felisa, su sobrina y ahijada, quien, juntando las manos, -imploró humildemente: - ---¿La bendición, padrino?... - -El la miró; trató de corregir la aspereza de su semblante y dijo: - ---Dios l'haga una santa. - -Entre estas dos frases rápidas, un peón había acudido y tomado la -rienda del caballo, mientras otro, no menos solícito, desprendía la -sobrecincha y se apresuraba a desensillar. - -Don Fidel rabió con aquella solicitud que le impedía estallar en -reproches; pero se contuvo, y entregando a Felisa la escopeta que -llevaba en la mano, le dijo: - ---Llevá p'al cuarto; y tené cuidao qu'está cargada con bala. - -Ella tomó el arma, dió vuelta, anduvo un paso y volviéndose interrogó -con voz de inocencia: - ---¿Los dos caños están cargaos con bala? - ---¡Los dos!--respondió con aspereza el viejo; y luego, por natural -sentimiento de bondad, agregó dulcificando el acento: - ---Tené cuidao... - -Ella se fué hacia las habitaciones de la estancia, y don Fidel penetró -en el galpón. Un peón le ofertó de inmediato un «amargo» que el -estanciero, con el gañote seco, aceptó. Tomando un banquito, se sentó, -en la rueda, cerca del fogón. Y mientras chupaba el mate, dijo: - ---Anduve recorriendo... En el bañao de las cruces encontré una vaca -bragada, muerta y medio podrida, sin sacarle el cuero... - ---Yo la vide, patrón,--respondió el capataz;--murió de grano malo y por -eso no mandé cueriarla... - -El estanciero, sin dignarse mirar ni responder al descargo de su -subalterno, continuó: - ---En la majada del Bajo Chico vide sinnúmero de ovejas señal horqueta -del vasco Ismendi. - -Pacíficamente, el capataz explicó: - ----Jué un entrevero causao por la lluvia el domingo, que voltió un -lienzo 'e alambrao y pa fin de apartar yo le he dao rodeo a Ismendi -mañana a las cinco 'e la mañana... - -Don Fidel hizo como si no hubiera oído el descargo de su administrador, -por quien experimentaba una hostilidad que en vano intentaba disimular. -Y dijo con sequedad: - ---¡Debía haber empezao por componer el alambrao! - -Generalmente, el viejo mayordomo dejaba sin réplica las acusaciones del -patrón; pero aquella tarde parecía tener empeño en avivar su mal humor -contradiciéndole. - ---No compuse, patrón, porque el bajo, como habrá visto, está lleno de -agua; y no se puede estirar alambre con postes plantaos en el agua... - -Humillado con la lógica del capataz, don Fidel cogió la limeta y apuró -un grueso sorbo de «caña». - -El viejo Sandalio sonrió irónicamente, dejando ver a través de las -hebras escasas y ásperas de sus bigotes griseos, las negras encías, -desprovistas de dientes. Pocas veces bebía el patrón, pero cuando había -pegado un trago, era insaciable. Satisfecho, el capataz aprovechó la -coyuntura de que don Fidel la emprendiera violentamente con uno de los -peones, para escurrirse en silencio. - -Sigilosamente cruzó el patio, rodeó «las casas» y se fué hasta la barra -de eucaliptus que defendían de los vientos bravos del este y del sud, -la cabecera de la huerta de frutales. - -Allí, vuelto detrás del membrillar que crecían entre los eucaliptos, se -encontró a Virginio Moyano, su sobrino. - -Ahorrando frases inútiles, el viejo preguntó secamente: - ---¿Estás pronto? - ---Sí,--respondió el mozo--; tengo ensillao, pa mí, el tordillo negro -qu'es capaz de galopiar treinta leguas de un tirón, y pa ella el bayo -batea, que no se cansa nunca y de un andar qu'es como hamacarse en un -sillón. - ---Güeno. Estén alpiste y cuando sintás un tiro, monten a caballo y -claven la uña... ¡Adiós!... - ---¡Adiós, tío! - -Se abrazaron y el viejo empezó a andar hacia el galpón. Iba contento. -Chita, la hija de don Fidel, y Virginio, su sobrino, se amaban. Pero el -patrón, a quien se le había puesto entre ceja y ceja que Chita no era -hija suya sino de Sandalio, no sólo había «espantado» a Virginio, sino -que se había dispuesto a cazarlo; y para eso salía todas las tardes -con la escopeta cargada a bala, sabiendo que el mozo rondaba por las -inmediaciones. - -Don Fidel odiaba a Sandalio, su viejo amigo, y compañero, su eficaz -cooperador en la construcción de su fortuna; y lo odiaba tanto más, -cuanto que, convencido de su infidelidad, carecía en absoluto de -pruebas materiales de su traición y evitaba la querella por miedo al -ridículo. - -Enterado de todo, el capataz, resolvió salvar a los jóvenes -proporcionándoles la fuga. ¡Después... lo que Dios quisiera!... Su -acción era justa, bien que la empañase una pequeña nube: Virginio -había seducido a Felisa, la sobrina del patrón, abandonándola con un -hijito en los brazos, la deshonra en el rostro y la desesperación en el -alma... Pero... la vida es así. Las yerbas que mueren dan alimento a -las yerbas que nacen. Cuando un cariño se seca, nadie puede obligar a -la tierra que permanezca estéril, que no germine otra semilla, que no -críe otra planta, que no expanda otra flor... - -Y cuando el capataz entró en el galpón y se acercó al fogón, pudo -observar con contento, que la botella de caña estaba casi vacía y que -los ojos de don Fidel brillaban excesivamente. - -Incorporado a la rueda, le alcanzaron un mate; pero apenas había -chupado un sorbo, cuando lo arrojó, y levantándose bruscamente, exclamó: - ---¡Jué pucha!... ¡La comadreja ladrona e gallinas!... - -Desenfundó el revólver que llevaba al cinto e inclinado el cuerpo -avanzó con precauciones hacia el fondo obscuro del galpón, donde -estaban amontonados cajones vacíos, útiles de labranza, cachivaches de -toda clase. - ---Ahí está--gritó el viejo haciendo fuego sobre un sujeto imaginario. - -Los tertulianos, con el patrón a la cabeza, se acercaron. - ---¿Pegó? - ---¡Seguro que pegué!... Puay no más debe estar... - ---¡Ni plumas de comadreja!... ¡Sandalio ya no tiene ni vista ni -puntería!--expresó irónicamente don Fidel. - -Y Sandalio, con ironía: - ---¡Pasencia!... Cuando se tiran dos tiros al mesmo tiempo, no se pueden -acertar los dos... - -En ese mismo momento llegó hasta el galpón el estampido de un tiro que -parecía venir de la valla de eucaliptus. Todos corrieron hacia allá y -se encontraron con un cuadro tan inesperado como desconcertante. - -Virginio, hincada en tierra una rodilla, sostenía entre sus brazos el -cuerpo inanimado de Chita, todo bañado en sangre. A unos pasos de allí, -recostada a un eucaliptu, Felisa, cuyo rostro expresaba contento feroz, -tenía en su mano la escopeta, humeante aún. - -Don Fidel y Sandalio se abalanzaron al mismo tiempo sobre la joven -moribunda. Pero el capataz llegó primero y la arrancó de los brazos de -Virginio, y besándola frenéticamente, exclamó: - ---¡Hija mía!... ¡Adorada hija mía!... - -El estanciero detuvo el movimiento de sus brazos. Se replegó sobre sí -mismo y con una voz tan amarga cual si le hubiesen reventado en la -garganta una vejiga de hiel, díjole: - ---¡Ah! ¡Tu hija!... ¿Te denunciás al final, traidor de amigos, ladrón -de honras?... - -Y con un gesto rápido, sacó el revólver, lo aplicó a la frente de -Sandalio y le hizo saltar los sesos. - - - - -FLOR DE BASURERO - - -Ana y el viejo cuzco «Cachila» hallábanse de tal modo habituados a -insultos y aporreos, que cuando éstos escaseaban sentíanse inquietos -temiendo alguna crueldad extraordinaria. - -Ana, hija de una de esas almas de fango del suburbio aldeano, había -sido recogida por la familia del estanciero don Andrés Aldama y -fué a aumentar el número de los numerosos «güachos» criados en el -establecimiento. - -Como los durazneros, producto de carozos que germinan en los basureros -donde fueron arrojados junto con los demás desperdicios de cosas que -causaron placer, como esos hijos del desprecio engendrados al azar, Ana -hubiera crecido en medio de la indiferencia de todos. - -Y así fué durante ocho o diez años. Baja, flacucha, de cara menuda y -siempre pálida, crecía igual que las plantas aludidas, sufriendo la -ausencia de todo cultivo, nutriéndose con los escasos jugos que les -deja la voracidad de los yuyos. - -Esa carencia de encantos, unida a la constante adustez de su fisonomía, -su parquedad de palabra, su actitud siempre huraña y recelosa, -justificaban el menosprecio general de la población de la estancia. - ---A más de flaca y fiera, en tuavía es más arisca que aguará,--decían -de ella los peones; y en injusto castigo por defectos de que no era -culpable, la acosaban con sátiras mordaces y con bromas de una grosería -brutal casi siempre. - -Pero ocurrió que con la llegada de una precoz pubertad se operó en su -físico una repentina y radical transformación. - -Las piernas de tero y los brazos de alfeñique y el pecho plano -adquirieron en pocos tiempos redondeces impresentidas. Y el -rostro, aun cuando se conservó flacucho y menudo, se embelleció -extraordinariamente, sin perder, al contrario, acentuándose, la -expresión, huraña y agresiva. - ---Con la pelechada de primavera, la guacha se ha puesto cuasi -linda,--expresó un peón. - ---Pero sigue siendo dura de boca,--dijo otro. - -Con la transformación, en vez de mejorar empeoró la suerte de la -muchacha. Los mozos, altamente desdeñados en sus galanteos, redoblaron -las groserías de sus injurias; las compañeras que antes la martirizaban -por fea y por débil, unieron la envidia al haz de la malquerencia. - -Para colmo de las adversidades, doña Sabina, la patrona, se puso a la -cabeza de la conjura. Dicha señora, orgullosa, irascible, gobernaba -despóticamente en la estancia y todas las voluntades se rendían ante -la suya, porque todas sabían que aquella alma egoísta y cruel, era -inaccesible, no sólo a la piedad, sino también a las reclamaciones de -estricta justicia. - -Ana mereció que la patrona la distinguiera con mayor dosis de acritud; -y cuando el patrón interponía, tímidamente, su escasa influencia en -favor suyo, la señora se contentaba con aumentar la violencia del -pellizco o del tirón de las mechas. - -Empero, al convertirse en moza apetecible la insignificante chiquilla, -la iracunda señora no admitió ya la bondadosa intervención de su débil -esposo. Diez años mayor que éste, doña Sabina lo tenía brutalmente -esclavizado con sus celos, hasta el punto que el pobre hombre no se -atrevía a levantar la vista delante de ninguna mujer, joven o vieja, -linda o fea. Y aún así no escapaba al diario diluvio de violentas -recriminaciones y de improperios con que lo azotara su consorte. - -Desde entonces la más leve falta cometida por Ana era castigada con -inaudita severidad y en medio de los más rudos apóstrofes. - ---¡Sin vergüenza, arrastrada, flor de basurero!... ¡Andá pedirle ayuda -a tu protector, el puerco de mi marido!... - -El marido no solamente no volvió a interceder en favor de Ana, sino -que esquivaba su presencia y rarísima vez le dirigía la palabra. -Precauciones que, por otra parte, en nada hicieron disminuir la furia -celosa de su mujer. - -El cambio no impresionó,--en apariencia, al menos,--a la huérfana. -Su resignación y su humildad se mantuvieron iguales que antes. En -apariencia, porque un observador sagaz hubiera advertido en sus ojos -ciertos fugitivos destellos de rencor concentrado y de voluntad -disimulada. - -Una mañana, a raíz de formidable rabieta, doña Sabina cayó fulminada. -Su muerte produjo en todos los seres del establecimiento una impresión -de alivio, de liberación. La alegría, prescripta durante la tiránica -dominación de la harpía, reapareció en la estancia. Hubieron de nuevo -cantos y risas y expansiones. Hasta don Andrés sintióse rejuvenecido -de diez años. Tras veinte años de esclavitud, experimentaba imperiosa -necesidad de amor, de afectos, de caricias. Sus consideraciones y -simpatías por Ana se extremaban día a día, hasta el punto de que una -vez el viejo capataz don Sandalio le observó respetuosamente: - ---¡Tenga cuidao, patrón!... Las piedras de arroyo son refalosas... - -El no pudo impedir el rubor y respondió intentando justificarse: - ---Lo que yo hago por esa muchacha es de lástima y también porque me -remuerde la consensia no haber tenido coraje pa defenderla de las -injusticias de la finada. - ---¡Tenga cuidao, patrón!--volvió a advertir el viejo.--Las flores de -basuras tuitas son venenosas. - -Pocas semanas después, el capataz decía en rueda de fogón: - ---Maliseo que no v'a pasar un año sin que tengamos nueva patrona; y -esta v'a ser pa nosotros diez veces pior que la dijunta, a quien Dios -haiga perdonao... - -Y así fué. La despreciada y aporreada güachita se instaló en la casa -como «patrona». Sin violencias, sin gritos, sonriendo siempre, impuso -tales vejámenes y tal abrumador recargo de trabajo a todo el personal -de la casa, que uno tras otro tuvieron que marcharse. El patrón, -enceguecido por un amor casi senil, justificaba aquella dictadura -mansa y suave, para él infinitamente más soportable que la dictadura -brutal del sargentón fallecido. Todo lo disculpaba y perdonaba, hasta -las continuas infidelidades de su esposa, realizadas sin recato alguno. -Con ruegos, con súplicas humillantes, había conseguido salvar a -Sandalio, su viejo y honesto servidor. Pero llegó el momento en que la -dominadora ordenó su sacrificio. Don Andrés tuvo que ir a comunicarle -la sentencia, diciéndole, con los ojos llenos de lágrimas: - ---Mi pobre viejo... - ---No diga más patrón,--interrumpió don Sandalio;--hace tiempo tengo -prontas las maletas y si antes no me juí, jué por no dejarlo a usté de -un modo abandonao... - ---¡Quién había'e decirme,--gimió don Andrés,--que tuitas mis bondades -habían de tener ese pago!... - ---Yo se lo dije, patrón y usté no quiso oirme: los duraznos nacidos en -el basurero tienen flor linda, pero el fruto siempre es agrio... - - - - -P' HACERLO RABIAR AL OTRO - - ---Me vi' a dir. - ---¿P' ande? - -Pa cualisquier pago que tenga arroyos ande uno pueda arrojarse... - ---¿Tenés ganas de augarte? - ---...o campos fieros, con serranías o cangrejales que permitan -quebrarse el pescuezo de una rodada!... - ---¡La pucha!... Sabe aparcero qu' está más fúnebre que cajón de -difunto?... ¿Qué le acontece?.. ¿Carnió a lo gringo y cortó la vegiga -de la yel?... - ---¡Cuasi asina!... ¡De la res qu'he carniao, tuitas las tripas me -resultan tripas amargas!... - ---¿Y d' ahí?... El remedio está acollarao con la enfermedá: deje las -achuras pa los perros y meriende los costillares y la pulpa... - ---¡Si la res que carnié no tiene más que achuras!... - -Esta última frase la pronunció Trifón con tal acento de amargura y de -descorazonamiento, que su amigo Silverio, condolido, cambió de tono y -exclamó afectuosamente: - ---Estás desagerando, muchacho... Por ruin que sea la lonja, ningún lazo -se rompe de la primera enlazada... ¿Qué te pasa para ponerte blandito -asina?... - ---¡Que m' ha de pasar!... Usté lo sabe bien. - ---Carculo no más... Yo no he dentrao al rancho 'e tu alma pa saber si -la cama está renga. - ---No carece dentrar al agua pa saber qu' el arroyo está de nado. - ---Sí; cuando se tiene seña. En el paso chico del Auspon, pu' ejemplo, -yo sé que cuando l' agua llega al primer ñudo del sauce viejo de -la derecha, moja las verijas del mancarrón, y cuando sube hasta -la horqueta, baña el lomo... Eso sé, porque lo vide sinfinidad de -ocasiones... Pero en tu caso... - ---Mi caso es más claro entuavía,--respondió violentamente Trifón. Y -echándose sobre los ojos el chambergo, se fué de la enramada. - -Silverio, gaucho maduro ya, lo miró partir con lástima, sacudió la -cabeza, sacó la tabaquera y mientras armaba un cigarrillo, exclamó: - ---¡La gran mucha!... ¡Parece mentira que unas náguas maneen más que -unas boleadoras!... ¡Es bicho zonzo el hombre!... Güeno... a sigún. -Lo qu' es a mí, cualquier día mi hacen dentrar en corral de ovejas -mariandomé con jarabe 'e pico... ¡Mucho tiene que llover pa que gotée -el techo de mi rancho!... - -Tras el soliloquio, tomó el mate, le dió vuelta a la cebadura, quitó -los palos, «encieló» un poco y se puso a cimarronear solo. Siempre -había estado solo, él. ¿Por qué?... No lo buscaba, pero siempre ocurría -así. A la hora de la comida, o llegaba antes que los otros o llegaba -después que los otros, y tenía que comer solo. A la hora del mate -pasaba lo mismo. En los trabajos de campo, en las recorridas o en las -recogidas, siempre ocurría lo mismo: a él le tocaba quedar solo. - -Pero como era muy bueno y muy simple, jamás se preocupó por ello, -ni encontró motivo de amarguras. Por lo único que hubiera podido -disgustarse era por su afición a «pensiar»; pero por eso mismo lo -subsanaba hablando solo continuamente en voz alta lo que le había -valido el apodo de «el loco Silverio». - -Y a Silverio no le importaba un fósforo todo eso. En realidad, nada le -importaba. Para él, lo mismo era una picana de vaquillona que un cogote -de novillo, igual un flete escarceador que un matungo tropezador, de -esos que van «arrancando macachines» y que a lo mejor se vuelcan «como -carreta en ladera». Bebía lo mismo el agua cristalina de la laguna, -que el agua pestilencial del estero. Lo único que le repugnaba un -poco, eran las mujeres. Pero hay que advertir que él nunca se acercó a -ninguna mujer, y menos aún ninguna mujer a él. - -Esa tarde, mientras mateaba y venía cayendo la noche, decía: - -¡Que pavada 'e muchacho!... Andar de esa laya, tuito descangallao, -porque la piona Liberia le dijo que lo quería y aura le dice que no -lo quiere!... ¡Me había 'e pasar a mí! Güeno, es verdá que a mí las -mujeres m' empalagan mesmo que miel de camoatí... - -En ese mismo momento se acercó sigilosamente Liberia, una chinita cuyo -cuerpo y cuyo rostro eran la suprema expresión de la lujuria. Con voz -dulce dijo: - ---¿Siempre solito, Silverio? - ---Siempre, m'hijita. - -Ella hizo un mohín. - ---¡No me llame m'hijita!... Usté no es un viejo. - -Ante aquella frase, dicha cariñosamente, Silverio experimentó una -sensación extraña. - ---Viejo, no;--dijo--pero ya medio tordillo. - ---¡Salga de áhi!... Si usted supiera... - -Y la chica suspiró, bajó los ojos y se acercó más al gaucho. - -Este se puso de pie, extrañado, cohibido. - ---¿Si yo supiera, qué? - ---Qué... ¿pero me quiere hacer decir lo que no debo decir?... ¿No ve -que... que desde hace tiempo lo quiero?... - -Y al decir esto, muy despacito, como si la frase hubiese salido contra -su voluntad, dejó caer la cabeza sobre el hombro de Silverio en -adorable abandono amoroso... - ---¡Caramba!--dijo él, estrechándole la cintura.--¿Y Trifón? - ---¿Qué me importa de Trifón?... Si vos me querés... - ---Y... yo dentraría... a la verdá... soy chambón pa este juego, pero... - -Con acento sonriente y quemándole la mejilla con los labios, ella -exclamó: - ---¡Quereme! - -Incapaz de reflexión, súbitamente despertado el instinto, Silverio la -abrazó con fuerza, exclamando: - ---¡Sí, ya t'estuy queriendo!... - -En ese mismo momento apareció Trifón. Al ver el cuadro se detuvo -indeciso. Luego escupió en el suelo. - ---¡Cochina!--dijo y dió media vuelta. - -Cuando el otro hubo desaparecido, Liberia se desasió de los brazos del -gaucho y rió con estrépito. - -El, tartamudeante, rogó: - ---¿Nos veremos luego?... - -Ella, despreciativa, contestó: - ---¿Pa qué?... ¿Si piensa que suy clavel del aire pa vivir pegada a un -palo viejo? - ---¿Y por qué has hecho esto?,--balbuceó desconcertado Silverio. - ---¿Y no se da cuenta?... ¡P' hacerlo rabiar al otro!... - - - - -EN EL ARROYO - - -El verano encendía el campo con sus reverberaciones de fuego, brillaban -las lomas en el tapiz de doradas flechillas, y en el verde de los -bajíos cien flores diversas de cien hierbas distintas, bordaban un -manto multicolor y aromatizaban el aire que ascendía hacia el ardiente -toldo azul. - -En el recodo de un arroyuelo, sobre un pequeño cerro, veíanse unos -ranchos de adobe y paja brava, circundados de árboles. El amplio patio -no tenía más adornos que un gran ombú en el medio y en las lindes unos -tiestos con margaritas, romeros y claveles. El prolijo alambrado que lo -cercaba tenía tres aberturas, de donde partían tres senderos: uno que -iba al corral de las ovejas, otro que conducía al campo de pastoreo, y -el tercero, más ancho y muy trillado, iba a morir a la vera del arroyo, -distante allí un centenar de metros. - -El arroyo aquel es un portento; no es hondo, ni ruge; sobre su lecho -arenoso la linfa se acuesta y corre sin rumores, fresca como los -camalotes que bordan sus riberas y pura como el océano azul del -firmamento. No hay en las márgenes palmas enhiestas representando el -orgullo florestal, ni secas coronillas, símbolo de fuerza, ni ramosos -guayabos, ni virarós corpulentos. En cambio, en muchos trechos vense -hundir en el agua con melancólica pereza las largas, finas y flexibles -ramas de los sauces, o extenderse como culebras que se bañan, los -pardos sarandíes. Tras esta primera línea de vegetación vienen los -saúcos, el aragá, el guayacán, la arnera sombría, los ceibos gallardos, -y aquí y allí, encaramándose por todos los troncos, multitud de -enredaderas que, una vez en la altura, dejan perder sus ramas como -desnudos brazos de bacante que duerme en una hamaca. - -Los árboles no se oprimen, y, a pesar de sus opulentas frondescencias, -caen a sus plantas, en franja de luz, ardientes rayos solares que besan -la hierba y arrancan reflejos diamantinos al montón de hojas secas. Hay -allí sitio para todos; entre el césped corren alegres las lagartijas; -en el boscaje centenares de pájaros inspiran amores en la puerta del -nido; las mariposas de sutiles alas policromas vuelan libando flores, -y allá, en la cinta de agua que parece un esmalte de nácar sobre el -verde del bosque, saltan las mojarras de reluciente escama, cruzan, -serpenteando veloces culebrillas rojas parecidas a movibles trozos de -coral, y, de cuando en cuando, con rápido vuelo sigiloso un martín -pescador proyecta su sombra, rompe el cristal con su largo pico y se -eleva conduciendo una presa. - -En una cálida mañana de diciembre, una joven, en cuclillas junto al -agua, lavaba afanosamente. De tiempo en tiempo cesaba de refregar, -sacudía las manos y se las pasaba por la frente a fin de quitar el -sudor o volver a su sitio una mecha rebelde. Concluído el trabajo, la -joven se puso de pie, hizo un lío con las piezas lavadas y se escurrió -por un sendero hasta llegar a un playo, donde extendió las ropas, -cantando bajito unas coplas maliciosas. - -Luego quedó un rato indecisa, y al fin echó a andar hacia el fondo del -patiecito. Cuando llegó a la arboleda arrancó una flor de ceibo, que -puso entre sus labios tan rojos como la flor, y recostada en el árbol -detúvose pensativa. - -Oyóse a poco un crujir de ramas, y de súbito apareció en el playo -un mocetón fornido, de tez morena, de simpático rostro. Iba con el -sombrero en la mano, sujeto del barboquejo a manera de canasta, pues -lo había llenado de frutos de _ñangapiré_, cubiertos por un gran ramo -de margaritas. Ya cerca de la joven, tendió torpemente el brazo, -ofreciéndole el ramo. - ---Tomá. - -Ella lo tomó y respondió contenta: - ---¡Qué lindas!... gracias... - -Y después, mirando el sombrero: - ---¿Qué trais ahí? - -Y sin darle tiempo para responder, metió la mano traviesa y tomó un -puñado de frutas que llevó golosamente a la boca. - ---¡Pitarigas!... ¡Qué lindas! ¿Dónde las ajuntastes?... - -El mocetón, con el labio péndulo y la mirada embobada, se quedó -mirándola. - ---¿No me das esa flor?--dijo de pronto, refiriéndose a la de ceibo que -la niña había dejado caer al suelo. - ---¡Esa no!--contestó ella con viveza.--¡Es muy ordinaria!... ¡Tomá -ésta!--y le ofreció un clavel blanco que llevaba en el pelo. El lo tomó -con mano trémula y abrazándola con la mirada suspiró: - ---¿De verdá me querés, Clota? - -Ella lo miró fijamente, dando una expresión severa a su linda cara -morocha y, lanzando una sonora carcajada, dijo: - ---¡Qué cara de ternero enfermo que tenés!... - -Palideció el gauchito; honda pena anubló su semblante, y entonces ella, -acercándose, le echó los brazos al cuello y le dió un beso mordiéndole -el labio hasta hacer brotar la sangre... - - - - -UN DESHONESTO - - -Hacía calor, sentí sed y me introduje en el primer bar que se ofreció a -mi paso. - -Era aquello una cueva larga, estrecha, obscura. - -En los muros laterales, encerrados en marcos de color terroso parecían -dormitar Thiers y Gambetta, Grevy y Carnot, con los rostros maculados -por la indecencia de las moscas. Al fondo, remando sobre la anaquelería -indigente que se encontraba detrás del mostrador, un espejo oval lucía -su luna turbia protegida por un tul amarillo. - -Me senté, pedí un chopp, y mientras bebía el inmundo brebaje, observaba -el recinto. - -En el fondo, cerca del despacho, estaba sentado un parroquiano. -Aparentaba más de cuarenta años; la vestimenta, trabajada; la barba, -canosa y sin aseo; el rostro, con residuos de inteligencia ocracio y -demacrado. - -Tenía por delante una copa de licor casi intacta, y entre sus dedos -enflaquecidos, azulados, sostenía en alto un periódico. Simulaba leer. -La mirada, turbia y vaga, parecía un riacho helado. - -Aquel hombre me atrajo, quizá por su visible tristeza, quizá por su -evidente penuria moral. No recuerdo con qué pretexto entablamos -conversación. - -Hablamos, es decir, él habló, contándome su historia. En la -incoherencia del relato, en el ilogismo de algunos episodios, en la -inverosimilitud de ciertos hechos, advertí que mentía, que mentía a -cada instante, con la obstinación de un maniático, con la indisciplina -mental de un beodo. Pero, en realidad, no mentía: inventaba para -explicar con dolorosa sinceridad, las tribulaciones, las caídas y la -bancarrota de su ser moral. - -Más o menos suprimidas las digresiones, me dijo lo siguiente: - ---Yo era huérfano y disponía de una fortunita. Era débil, necesitaba un -apoyo, un sostén. Hallé una mujer que me gustó; ella gustó de mí: nos -casamos. Modestos y económicos los dos, vivíamos muy bien con la escasa -renta de mis bienes. A seguir siempre así hubiéramos sido felices. Pero -los parientes de mi mujer, que eran ricos, comerciantes, se indignaron -de que yo, siendo joven y fuerte, dejase transcurrir los meses y los -años sin otra ocupación que cuidar mi jardín, vigilar las aves, jugar -con los chicos y leer los folletines de los diarios. Al fin llegaron -a convencernos--a mi esposa primero, a mí después,--que aquella -existencia era indecorosa, que debía trabajar en algo. - -«Debo advertir que yo no era haragán, no; no era haragán; pero era un -inútil, sin iniciativa, sin energías, sin voluntad. Esa es la palabra, -sin voluntad. - -»Así se lo expliqué a mi esposa, agregando que me parecía cosa -temeraria aventurar nuestro bienestar; pero ella me convenció de lo -contrario, diciéndome que sus parientes encontraban deshonesto mi modo -de vivir, y que debían tener razón, siendo personas serias. - -«Me decidí. Realicé mi capitalito y fuí a pedir consejos a mis avisados -parientes. El más competente de entre ellos--el más rico,--se expresó -de este modo: - ---La ciencia del comercio puede concretarse en cinco preceptos: 1.º -No tener ningún vicio ostensible; 2.º No dejarse engañar por el -vendedor; 3.º Engañar siempre al comprador; 4.º Pagar derechos de -aduana solamente por la tercera parte de las mercaderías importadas; -5.º Explotar a los empleados pagándoles lo mínimum y exigiéndoles el -máximum de trabajo posible. - -«Más sencillo no podía ser. Pero yo era decididamente muy bruto. Creí -en la sinceridad y en la honestidad comercial de los vendedores. No -supe engañar al cliente; me repugnó el contrabando, pagué con largueza -a mis empleados y... ¡claro!... me fundí. - -«¡Me fundí!... Mis parientes le dijeron a mi esposa: - ---¡Es natural! No sirve para nada. - -«Y efectivamente, yo ya no servía para nada. La miseria invadió mi -casa; las deudas me estrangularon. En esa situación, los honorables -parientes vinieron a mi auxilio: recogieron a mi mujer y a mis hijos. -Fueron buenos, no hay que negarlo. Mi mujer zurce los calcetines del -marido, arregla los vestidos de su esposa, cuida de los chicos, vigila -la servidumbre. Mis hijos... a mis hijos se les cuida para utilizarlos -más tarde, conforme al quinto precepto del éxito comercial. - -Dolorido, preguntéle: - ---¿Y usted? - ---¿Yo?--respondió amargamente.--Yo soy un inútil. - -Bebió de un sorbo la copa de licor y mirándome con ojos vidriosos, con -una mirada opaca de agonizante, agregó: - ---¿Crée usted que si yo fuera algo, si hubiera en mí un resto de -voluntad, si no me sintiera una pulpa muerta, habría aceptado la -sangrienta caridad de mis verdugos?... ¡Yo soy un deshonesto!... - -Al decir esto, sus ojos brillaron con rojos resplandores de fiera -cautiva; y luego, agobiado por el esfuerzo, dejó caer la cabeza sobre -el pecho... - -Viejo conocedor de miseria, aproveché su ensimismamiento para alejarme, -que colmadas de tristezas propias hállanse mis alforjas. - - - - -UN CUENTO - - ---Don Eulalio, cuente un cuento. - ---¿Para qué?... Ya tuitos los que yo sé, los he contao. La bolsa está -vacida. - ---Invente. No es pa ofenderlo, pero siempre me ha parecido que la mitá -de sus rilaciones son cosas que nunca jueron, porque por muchos años -que lleve en las maletas y muchas cosas que haiga visto y óido, me -parece a mí qu'en ninguna cabeza 'e cristiano se pueda apilar tanta -historia. - ---¿Te parece a vos? - ---Me parece que la calavera es un corral chiquito en el que, ni -apeñuscadas, caben tantas ovejas. - ---¡Potranco mamón!... No te has dao cuenta de que la cabeza de una -persona no es un corral, como vos decís, sino un potrero. Allí se -crían, engordan y paren las ideas. Unas se van muriendo y se las -sepulta: son los recuerdos, como quien dice los dijuntos. En los sesos -pasa lo mesmo qu'en la tierra: arriba caben pocos, abajo no s'enllena -nunca. - ---Y los recuerdos retoñan. - ---Como l'albaca... - ---Arranque un gajo, viejo, pa perfumarnos esta noche qu'está más -desabrida que asao de paleta... - ---Ya dije: son cuentas del mesmo rosario. - ---No importa: el rosario no aburre cuando tienen habilidá los dedos -p'acortar los padrenuestros... - ---Contaré entonces... Pueda ser qu'escarbando en la memoria encuentre -un grano olvidao. - ---¿Quiere un trago 'e giniebra pa facilitar el trabajo? - ---Alcance. Siempre s'escarba mejor la tierra ricién mojada... ¡Es -juerte esta giniebra! - ---Marca Chancho. - ---Como chancho se queda, dejuro, el que se zambulla hasta el fondo el -porrón... - ---Pero usté es nadador... - ---¡Como nutria!... En una ocasión m'echaron en un bocoy de caña y quedé -boyando tres días... - ---¿Y al cuarto día? - ---Hice pie; se había secao el bocoy. - ---¡Usté es capaz de secar el Río de la Plata!... - ---¡Eso no, m'hijito!... Si juese de caña u de giniebra, no digo; pero, -el agua me hace mal... Pucha, si por una casualidá llego a tomar un -trago de agua, me corcovea en las tripas y p'asujetarlo tengo que -hacerlo ginetear por un ginebrón marca... - ---¿Chancho?... - ---Cualquiera que tenga garrones juertes... Alcanzá el porrón... - ---¿Tragó agua? - ---No; pero al mentarla nomás se me ladea el recao. - ---Bueno y ¿va largar? - ---¡Esperate!... ¿Vos no sabés que a parejero viejo hay que calentarlo -en partidas pa desentumirle las tabas?... ¡Qué vas a saber!... Los -muchachos de áura parece que nacieran casaos, con suegra y todo y son -más inorantes que un dotor de la ciudá... Allá en el tiempo de antes, -cuando yo encomenzaba a echar los cormillos... ¿Che vos, Atañasio, vos -te debés di acordar? - ---¡Hum! - ---Vos debés ser del año... ¿De qué año sos vos? - ---¡Hum!... No... mi... a... cuerdo... - ---¡Dejuro! Es negro Atañasio: los negros son igual que los yatays; como -nadie los planta no pueden saber cuándo nacieron ni cuántos años tienen. - ---¿Nunca contastes los años que tenés? - ---Hum... Nunca no conté, no... - ---¡Correntino bagual!... - ---¿Por qué?... Los años que uno ha vivido y las deudas que ha hecho, -nunca se deben contar. ¿Pa qué?... Contándolos, ni los años ni las -deudas se borran... - ---¿Y usté, don Eulalio nunca cuenta sus años? - ---¿Pa qué?... Ni siquiera he contao nunca la plata que siempre se jué -de mi bolsillo al cajón del pulpero. - ---¿Y las deudas?... - ---¡Avisá!... ¿Qué paisano es capaz de contar las estrellas?... - ---¿Tiene muchas? - ---¡Como mucho!... Si cada una juese un novillo, no caberían en los -campos que supieron tener los Anchorenas... ¡Alcanzá el porrón!... ¡Se -apagó el candil!... - ---¿Y el cuento? - ---¿Qué cuento? - ---El que iba a contar. - ---No lo conté pero lo hice. Tomá el porrón; esta noche v'hacer frío; -lo enllenás de agua caliente y se lo ponés a tu mujer en los pieses... -¡Asina puede que te deje dormir tranquilo!... - - - - -POR CULPA DE LA FRANQUEZA - - -Era la trastienda de la pulpería una amplia habitación con los muros -bordeados hasta el techo por estiba de pipas y cuarterolas, barricas de -yerba y sacos de harina, fariña y galleta. - -En medio había una larga mesa de pino blanco y, a su contorno, -supliendo sillas, cuatro bancos sin respaldos. Una lámpara a kerosene, -con el tubo ennegrecido y descabezado, echaba discreta claridad sobre -la jerga atrigada, que servía de carpeta. Una botella de caña, seis -vasos, un plato sopero y un mazo de naipes sin abrir, esperaban a la -habitual concurrencia de la tertulia del almacén. - -Esta estaba constituída por el pulpero, Don Benito,--jugador famoso -delante del Señor,--y cuatro o cinco hacendados del contorno, que yendo -a pretexto de recibir su correspondencias,--porque la Pulpería del Abra -era a la vez posta de diligencias y oficina de correos,--quedaban a -cenar y luego a «meterle al monte», hasta que el día dijera «basta». - -Y la reunión de aquella noche era excepcional, pues a los «piernas» -habituales, se habían reunido tres mocitos «cajetillas bien -empilchados», que venían de Paraná y habían tenido que hacer noche -en el Abra, a causa de un «peludo difícil de cavar», encontrado en el -camino por la diligencia del rengo Demetrio. - -Convidados para el «trimifuquen», discretamente, don Bonifacio, viejo -cachafaz que decía: «Todo lo que debo lo he ganado en el juego»--y -no filosofaba mal;--dos de los forasteros miraron al tercero, el más -joven, una personita que parecía no ser nada, pero que parecía ser más -que ellos, por tener más dinero. El asintió. - -Se sentaron. Don Bonifacio tomó la banca. - ---Dos diez pa principio... ¿Es poco?... Primero se enciende el juego -con charamusca; dispués s'echan los ñandubayses... - ---Poca pulpa, pa tanto hambriento,--objetó uno de los presentes; y el -viejo, revolviendo el naipe, respondió: - ---No te apurés, muchacho; es el churrasco p'abrir l'apetito; en dispués -vendrán los costillares. ¿Qué le parece don?--agregó dirigiéndose al -forastero. - ---Me parece que el churrasco es ruin. - -Y como en ese momento el viejo había dado vuelta un tres y un siete: - ---Copo al siete,--dijo. - ---Me doy güelta por el siete... y con mucho cuidao, porque le tomo mal -olor al apunte... Sota... Un cuatro bagual... ¿De qu'es su siete? ¿De -oro?... Aquí viene un martillo... Y pinta raya corrida... ¡Si se rumpe -la achura!... ¡Se le rompió aparcero!... ¡El tres de copas!... - ---Está bien,--respondió sereno el mozo y puso los siete pesos de la -apuesta. Don Bonifacio siguió mezclando las cartas. - ---¿Vicio, don?... Si agrandó la nidada. Est'es churrasco 'e bofe: -cuanti más se cocina más s'infla. - ---Pero al cortarlo se güelve nada. - ---¿Y quién lo corta?... Un sais y un rey. ¿A cual le meten?... Meta no -más sin miedo, don... - ---Copo al rey... - -¡Claro! Siendo 'e la ciudá le pagan al ray!... Pero en tiempo 'el -durazno, me... rio 'e la pera, y en país de república los reyes no -dentran ni placé, siquiera... Vea... Una, dos, tres... abajo este -cinco, el sais... ¡Ahí está el sais!... S' hicieron ochenta. Va -creciendo el arroyo. - -Durante una hora la partida continuó, siendo constantes perdedores los -tres forasteros. A las tres de la madrugada se hizo un alto para comer -el puchero de gallina que había hecho preparar el dueño de casa. - -En el intervalo, don Bonifacio contó la ganancia. Había ochocientos -noventa pesos. - ---Ochenta y nueve pa las velas,--dijo don Benito; y apartó la suma. - ---Y cuatrocientos pa mi,--dijo un señor hosco y barbudo que todo el -tiempo se lo había pasado mirando jugar y bebiendo caña. - ---Güenas cuentas, güenos amigos,--habló el tallador distribuyendo el -dinero. - -Y entonces el joven forastero, que no parecía afectado por la pérdida, -preguntó: - ---¿No tienen miedo de que la autoridad los sorprenda? - -El viejo se echó a reir. - ---¡Que vamo tener miedo!... L'autoridá es güena... El señor--y designó -al hombre de la pera negra,--es el comisario y nos deja divertirnos... - ---¡Ah! ¿Usted es el comisario de la sección? - ---¡Ya lo creo, qu'es el comisario!--respondió don Bonifacio; y el otro, -altivo: - ---Soy el comisario, soy... ¿Qué le duele?... - ---¿Usted es el comisario? - ---¡Claro qu'es el comisario! intervino con violencia el viejo.--¿Y si -no juese el comisario, iba a cobrar la coima?... ¿Y usté quién es, pa -priguntar como maistro?... - ---Soy el nuevo jefe político,--respondió tranquilamente el joven. - -Y don Bonifacio, empalideciendo súbitamente se echó al buche un trago -de caña y exclamó hipando: - ---¡Aura si que la... embarré!... ¡Metete a ensillar ajeno sin averiguar -la marca!... - - - - -LA LIBERTAD DEL CIMARRÓN - - -Floro Niz regresaba a su ranchito en la tibiedad adorable de un sereno -crepúsculo otoñal. - -Su ranchito de paja y totora, semioculto entre un grupo de talas -espinosos, a orillas de un plácido arroyuelo, ostentaba al frente -un gran ceibo que en las primaveras tendían sobre la puertecita de -entrada, regio cortinado escarlata. - -Era un nido agreste, digna morada de Floro Niz, el gauchito trovero, -calandria humana que iba de pago en pago y de rancho en rancho -desgranando las notas sentimentales de sus cantos. - -Mientras él afectaba sus giras triunfales de rapsoda ablandando hasta -los pechos de pedernal con las lágrimas cálidas de sus canciones, -cuidaba el nido Bebé, su linda compañera, de piel de bronce, de -cabellera negro-azulada como el plumaje del morajú, de ojos más oscuros -que el fondo de una cachimba, de labios que parecían teñidos con la -sangre del fruto del ñangapiré, de dientes menudos y blancos como el -nácar de las escamas de las mojarras. - -Era Bebé una estatuita tallada en cerno de coronilla; y su alma era -buena como la torcaz, sensible como la caicobé, y al mismo tiempo -altiva como el cardenal de la selva y el chaja de los esteros. - -Era tan buena que hasta los yuyos la querían: alrededor de la casita, -el trébol y la gramilla se emulaban en formar una mullida alfombra y -se estremecían de gozo cuando al alba, los piececitos desnudos de la -morocha, más que hollarlos, les producían la voluptuosa sensación de -una caricia... - -Era en un encantador atardecer de otoño. Al descender del caballo, -Floro fué recibido en los brazos de su amada, quien lo besó -frenéticamente en la boca y en los ojos. - ---¿Te jué bien, mi pajarito? - ---Me jué lindo, mi chingola... - -Penetraron en el rancho. El puso sobre la mesa sus maletas y empezó a -vaciarlas. - ---Mirá, prenda: te truje este corte 'e vestido... ¿Te gusta? ... - ---¡Es precioso!... ¿Sabés lo que parece?... Las flores del camalote -reflejadas en la laguna... ¡Qué lindo!... ¡Dame un beso, pajarito! - ---Tomá. - ---¡Dame otro!... - ---Tomá... - ---¡Dame un montón tuitos juntos! - ---¡Estás pedigüeña! - ---Dejuro... ¡hace más de un mes que no como _almibara_!... - ---Chupá, que tuito el camuatí es tuyo... - ---Contame cómo te jué. - ---Lindazo... Mejor que nunca. Fijate que anoche, cuando estaba cantando -en la pulpería de Fernández aquel estilo que a vos te gusta tanto: -«Será muy linda la Uropa,--será muy sabia su gente»… un paisano viejo, -con los ojos llenitos de agua, se abrió cancha entre el genterío pa -venir a abrazarme, tuvo la disgracia de darle un pisotón al sargento, -y el sargento le acomodó un mangazo por la cabeza y lo largó contra el -suelo. - ---¡Qué bruto!... - ---Eso mismo dije yo y le sumí la daga en la panza del indino. - ---¡Ay, Floro, lo que has hecho!... - ---Una güena asión. - ---¡Pero te van a prender! - ---¿Por qué? Yo no tengo delito. ¡Sería güeno que lo metiesen en la -cárcel a quien apuñalea un perro que lo agarra a tarascones a un pobre -viejo!... ¿Hice mal?... - ---¡Hiciste bien!--exclamó ella colgándose del cuello.--¡Dame un beso!... - ---¡Tomá tuitos los que quieras, mi Bebé querida!... Pa vos, mi boca es -un manantial de besos y no tengás miedo de que se agote…... - -En ese momento, y como asociándose al banquete amoroso, un «cimarrón», -encerrado en pequeñísima jaula, rompió en un redoble orgulloso. - ---¡Mi Chichí!--exclamó conmovido el trovador.--Traemeló, prenda... -Tanto te quiero a vos que me olvidé del pajarito a quien quiero -tanto!... - -La cena iniciada alegremente fué interrumpida por la llegada bulliciosa -de la policía…... - - * * * * * - -Con cuatro años de cárcel tuvo que pagar Floro su noble gesto de -justiciero. Al regreso encontró que todo estaba igual: el nido, los -claveles del aire que vivían en los talas y los fraganciosos claveles -que Bebé cuidaba con esmero en los tiestos, bajo el alero del rancho. - -Todo estaba igual, hasta Bebé, idéntica en su cariño, aunque algo -ofendida la tersura del rostro y el brillo de los ojos, por tanto -sufrir y tanto llorar. - -Todo estaba igual; el cimarroncito, dorado como una pepita de oro, -rompió a cantar, más armonioso y sentido, cual si en la ausencia del -buen amo se hubiese empeñado en perfeccionar su arte. - ---¡Mi pobrecito amigo!--exclamó el trovador, sacando de la jaula -diminuta a su émulo. Lo besó en la cabecita, en los ojos inteligentes, -en el piquito sonoro, y luego, abriendo la mano exclamó: - ---¡Andate, queridito, andate!... ¡Yo he probado la cárcel con menos -delito que tú, y las amarguras sufridas me hacen comprender las -tuyas!... ¡Andate, pajarito querido! ¡Andate, recupera tu libertad!... - - - - -DE CUERO CRUDO - - -Tarde de otoño, cielo gris, ambiente tibio, fina, intermitente garúa. - -La peonada, sin trabajo, está reunida en el galpón. Cuatro, rodeando un -cajón que tiene por carpeta una jerga, juegan al «solo», por fósforos. - -El chico Terutero ceba y acarrea incansablemente el amargo. - -En otro grupo, el viejo Serafín, Santurio y dos o tres peones más, -iniciando cada uno relatos que morían al nacer porque no interesaban a -nadie. - ---Con este tiempo malo,--dijo el viejo--m'está doliendo la «estilla» -izquierda... Me la quebraron de un balazo cuando la regolución del -finao López Jordán y... - -Uno interrumpió: - ---¡Ya lo sabemo!... ¡Puchero recocido, ese!... - -Calló el viejo, cohibido, y Paulino intentó meter baza: - ---Ayer vide en la pulpería del gallego Rodríguez un poncho atrigao, -medio parecido al que lleva el comesario, y m'estoy tentado de -comprarlo ¿A que no saben con cuánto se apunta el gallego?... Se deja -cáir con... - ---¿Y a los otros qué se los importa, si no los vamo a tapar con -él?--sofrenó Federico. - -Algo alejado del grupo, Juan José tocaba un estilo en la guitarra. - -La mujer que a mí me quiera Ha de ser con condición... - ---La mujer que a vos te quiera,--interrumpió Santurio,--ha de ser loca -de remate. - ---Ha de encontrarse cansada de andar con el freno en la mano sin -encontrar un mancarrón qu'enfrenar... - ---Vieja, flaca y desdentada... - ---¡Y negra... noche l'espera!... - -Juan José, impasible, continuó su canto: - - A la china más bonita - del pago del Abrojal, - le puse ayer con mis labios - un amoroso bozal... - ---Miente... nao... no vino tuavía...--dijo maliciosamente el viejo -Serafín. - -Juan José, amoscado, apoyó la guitarra en el muslo, y encarándose con -los del grupo, interrogó: - ---¿Pa qué ráir?... Unos porque entuavía no han emplumao, y otros porque -ya de viejos se les cáin las plumas, coligen que yo no he de encontrar -árbol ande rascarme... Pues güeno: sepan que me via'casar. - ---De los pelos... del chancho no se hacen más que cepillos,--replicó -Federico. - -Juan José sofrenó un impulso de acometer con frase ruda, y cambiando -de ritmo entonó una vidalita: - - Ayer me dijiste: - Vidalita, - ¡Todo concluyó! - Desde hoy no existe - Vidalita, - ¡Nada entre los dos!... - Pero te ha engañado, - Vidalita, - Tu hábito falaz: - Beso que yo he dado - Vidalita, - ¡No se borra más!... - ---Eso está lindo,--dijo don Serafín. - ---Siendo verdá es lindo, siendo mentira es gozo,--completó Santurio. - ---Lo lindo siempre es mentira--replicó Federico. - ---Y como la mentira siempre es fiera,--razonó el viejo,--viene a cáir -que lo lindo es fiero... ¡Sos animal!... - -Federico sonrió con indulgencia y dirigiéndose a Juan José: - ---¿Y con quién te pensás casar, hermano?... - ---Con Luisa,--respondió serenamente el mozo. - -El otro rió: - ---¿Con mi novia? - ---La mesma. - -Con voz que se esforzaba en aparecer tranquila, Federico replicó: - ---Para enebrar esa auja, carecen dos sercustancias: una, que yo te la -dé; otra, qu'ella te quiera, y dispués del poco caso qu't'hizo ayer -abrazándome en tu presencia debés estar albertido... - ---Sos vos, quien debía estar albertido, si conocieras más mejor las -arterías de las mujeres. Que te prefiera para marido, aceto; pero, si -entuavía no l'estuviese quemando la boca la marca de mis besos, no -habría hecho eso, que no es más que desimulo pa embobarte mejor... Y la -prueba es que una hora dispués se me vino refregando como perra mimosa -y me ofreció los labios... - -Intensamente pálido, fulgurantes los ojos, Federico se irguió, -interrogando con voz trémula: - ---¿Es verdá, eso, hermano? - -Y Juan José, solemne, tendiendo la mano: - ---Es verdá--respondió;--yo no miento nunca, vos lo sabés. - -Federico empalideció más todavía y dijo amargamente: - ---Te creo... ¡Guardatelá!... - -Entonces, Juan José le puso la mano en el hombro y exclamó con acento -de fraternal ternura: - ---¡No, hermano!... Yo la he redomoniao y he visto que no hay medio de -sacarla güena. Lo que t'he contao, te lo he contao como hermano, pa -evitarte una rodada, y sabiendo que le hablo a un hombre de cuero crudo. - ---Gracias, hermano,--respondió simplemente Federico. Y le tendió la -mano. - - - - -LA RECAÍDA - - -Don Silvestre era un cuarentón fornido, un tanto obeso y de rostro -constantemente congestionado. Hijo de una de las más distinguidas y -opulentas familias entrerrianas, cursó sus estudios secundarios en -Concepción del Uruguay, y adquirió luego su título de ingeniero en la -Universidad de Buenos Aires. - -Joven, rico, lleno de prestigios, abiertas delante suyo todas las -puertas y expeditos todos los caminos, su vida se cristalizó en el -alfa del abecedario sentimental. Amó con la diáfana sinceridad de las -almas simples y buenas, y fué,--como infaliblemente corresponde a ese -caso,--víctima del engaño y del escarnio. - -No buscó desquite. Era sabiamente prudente, como todos los hombres -gordos. Se fué a la estancia, renunciando a la lucha dentro de su -medio--le echó llave y cerrojo al corazón, buscando la felicidad en -las satisfacciones del sensualismo animal, sin ninguna intervención -cerebral ni sentimental. - -Buena cocina, buena bodega, el mayor confort posible; y en aquella vida -sedentaria, despreocupada, huérfana de ideales, empezó a engordar. Y -como la grasa es el mejor sedativo para los nervios, llegó a ser, a -los cuarenta y siete años, un hombre casi completamente feliz. - -Ninguna preocupación pecuniaria: su vasto establecimiento ganadero, -manejado por sus mayordomos y sus capataces, le producía una renta que -dejaba todos los años un superavit en su presupuesto. - -Ninguna ambición política, ni social, ni intelectual. Sentíase -completamente feliz, porque en la limitación de sus aspiraciones, le -era dable satisfacer todos sus caprichos. - -Su alma, un tanto femenina, le hizo apasionarse por las plantas, los -pájaros, los perros y los gatos. - -Su parque de eucaliptus y su bosque de naranjos, se enriquecían todos -los años con centenares de ejemplares. Sus jardines eran inmensos. -En verano, las rosas y los claveles ardían en ramas rojas por todas -partes, quemando con su aliento amoroso a las pálidas camelias, a los -tímidos lirios y a los congestionados tulpanes; mientras en amplias -pajareras, con sus finos muros de alambre tapizados con madreselvas, -jazmines y gladiolas, vibraban en sones doscordantes, cual de una -orquesta de locos, los cantos del sabiá y la calandria, el cardenal y -mirlo, el chingolo y el jilguero, el suave canario y la melancólica -viudita. - -Muy rara vez, y sólo por compromiso, y siempre a disgusto, abandonaba -su casa, que era cueva y nido a la vez, digna de él, que gustaba -clasificarse como ave troglodita. - -Y le llegó uno de esos sacrificios. Se casaba Berta, su ahijada, único -vástago de su amigo el doctor Castillendo, hacendado vecino, y otro -misántropo como él, quien había exigido al novio, un abogadito porteño, -que la boda se celebrase en la estancia, con la prodigalidad de un gran -señor gaucho, pero sin maneas de etiqueta cortesana. - -Silvestre tuvo que ir; y fué resignado a aburrirse durante dos o tres -días. - ---No será tanto, patrón,--observó el capataz;--en la estancia del -doctor siempre hay, pa'esta época, señoras y muchachas de la capital, -que le harán pasar lindamente el tiempo. - ---Ese es el tropiezo. He perdido el hábito de los salones y tú no -te imaginas cómo resulta penoso tener que sonreir y tratar de ser -espiritual cuando las mujeres con quienes hablamos nos son del todo -indiferentes y cuando estamos echando de menos la buena siesta, sobre -el catre pelado, en el silencio de la estancia... - - * * * * * - -Dos horas después de haber llegado a la casa de su compadre, Silvestre -sintióse transformado. Parecía que le hubieran sacado de encima los -veinte años de vida semianimal, desierta de emociones y de ideales, -transcurridos desde la fecha de su desastre amoroso. En un repentino -reverdecimiento de todo su ser, su corazón se expandía en mágica -florescencia. - -La aurora del milagro fué la pequeña Lisa, sobrinita del doctor -Castillendo, que pasaba las vacaciones en la estancia. Desde el primer -momento le atrajo con su mirada y su voz acariciadoras. - ---¿Por qué está usted siempre triste?--le preguntó, fijándole los ojos -con ternura, mientras paseaba del brazo por el parque. - -El sonrió: - ---Yo no estoy triste; es que no soy alegre. - ---¿Escolástica?...--musitó ella. - ---No; franca verdad. Muchas veces, para muchas personas, se presenta un -estado de estática anímica... ¡perdón por el pedantismo!...--en el cual -no hay razón para estar alegre ni para estar triste; se es... - ---¿Indiferente?... ¡Muchas gracias!... - -Fingiendo enojo, bajó la cabeza y anduvo un trecho en silencio, -marchando lentamente, levantando las piedrecillas del camino con la -punta del pie. El, presa de extraña emoción, no atinaba a hablar. Lisa -se irguió bruscamente. Sus rubios y desordenados cabellos rozaron -el rostro de Silvestre y los labios incitantes de la muchacha se -inmovilizaron a un centímetro de sus propios labios... - -¡Oh, aquel beso!... Y luego las ininterrumpidas ternuras, las delicadas -atenciones, las atrevidas ostentaciones de su encariñamiento, -trastornaron por completo al pobre solterón que se vanagloriaba de -haber cerrado con doble llave y cerrojo la puerta del amor. - -Esa noche fué para él de delicioso insomnio. Sentía el cuerpo y el alma -impregnados del perfume de Lisa y en sus labios persistía la quemante -sensación del primer beso. - ---¿Podría ser?... ¡Y por qué no!... - -Y al amparo de esta duda, aureolada de esperanzas, se durmió al fin en -un dulce sueño. - -A pesar de las pocas horas de sueño, las ansias de volver a ver a Lisa -le hicieron despertar relativamente temprano. Mientras se hacía una -prolija y coqueta toilette, monologaba: - ---Yo tengo cuarenta y siete años; ella tiene veinte... ¡Es mucha la -diferencia!... Bueno, pero yo de mis cuarenta y siete, veinte no los he -vivido, no los he gastado, de modo... no hay duda que ella me ama, o -por lo menos, que simpatiza conmigo. - -Se dirigió al jardín, ganó el parque y echó a andar, a andar, tratando -de enhebrar ideas que se le enredaban a cada momento. Varias veces sacó -un cigarrillo, pero al ir a encenderlo, lo estrujaba y lo arrojaba; -daba por seguro volver a besar los divinos labios de Lisa y no quería -ofenderlos con el sabor acre del tabaco. - -Anduvo mucho tiempo. Al fin, fatigado, regresó y se dejó caer sobre un -banco rústico, junto a un bosquecillo de palmas índicas. De inmediato -le sorprendió una charla femenina que partía del lado opuesto del -boscaje y reconoció las voces de Berta y de Lisa. - ---Eres una perversa,--decía Berta. - ---¿Por qué?--arguía Lisa.--Apostamos a que yo era capaz de enamorar a -tu viejo solterón de padrino, y lo he conseguido. - ---¡Demasiado!... Es una maldad tuya, porque de seguro no lo quieres y -dentro de un par de días todo habrá concluido. - -Lisa rió alegremente. - ---¿Dentro de un par de días?... ¡No!... Desde anoche. Hoy tengo que -consagrarme a Fernando... - ---¡Te repito que eres una perversa! - ---¡Que no!... Yo le he proporcionado a don Silvestre varias horas de -una felicidad que nunca soñó... Le he hecho un gran servicio y debe -agradecérmelo!... - -Don Silvestre no pudo soportar más. Muy pálido, pero sereno, la sonrisa -en los labios, se presentó ante las jóvenes, saludó afablemente y dijo: - ---Y se lo agradezco, señorita. Me ha hecho usted, en efecto, un enorme -servicio, demostrándome que si enamorarse a los veinte años es una -tontería, enamorarse cuando se está por cumplir medio siglo, es una -imbecilidad. ¡Mil gracias!... - - - - -EL NEGRITO DE MELITÓN - - -Era en el Paraguay, en la época trágica de las revoluciones y los -motines cuarteleros que tuvieron sometido al noble país hermano a -continuos sobresaltos y a perpetuas torturas. - -Gobernaba a la sazón, con poderes discrecionales, el famoso coronel -Fortunato Jara, encaramado al poder por un audaz golpe de mano y -convertido en dictador. Dictador de la peor especie, por cuanto -no lo guiaba otro móvil que la satisfacción de los apetitos de su -desenfrenado libertinaje. - -La soldadesca, alentada por el ejemplo de los superiores y segura de la -impunidad, cometía todo género de violencias y de atentados contra la -propiedad y las personas. - -Los milicos vivían más en las tabernas y la ranchería del suburbio que -en los cuarteles. - -Ebrios la mayor parte del día, recorrían las calles de la ciudad, -gritando, cantando, promoviendo escándalos. - -No había peligro de reprimendas ni castigos: los oficiales, por -su parte, cuando no junto con ellos, cometían idénticos excesos, -explicables,--ya que de ningún modo disculpables,--por el estado de -completa anarquía y el relajamiento de la disciplina, fomentados en -primer término por el jefe supremo con su conducta sin precedentes. - -Tan lejos estaba a su ánimo el deseo de tomar medidas moralizadoras -de severa represión, que era el primero en reir y festejar las -«travesuras» de sus subalternos. - ---¡Los muchachos también tienen derecho a divertirse!...--decía riendo. - ---Y nada no pueden icir los otros,--conformaba algún adulador. - -De fijo que nada podían decir «los otros»; pero no por faltarles -derecho para la protesta, sino porque, bajo el régimen del terror, -la más elemental prudencia aconsejaba mascar en silencio el amargo -del agravio, ahorrando reclamaciones, cuyas consecuencias inevitables -serían acentuar la persecución de parte de los forajidos. - -Los mayores delitos pasaban inadvertidos por la justicia; y eso que los -hubo de la magnitud del que va a leerse. - -Melitón Manzanares era un chino correntino, petizo, grueso, fornido y -de ancha cara cobriza y barbilampiña. - -No hacía mucho que había caído a la Asunción, cuyas continuas -revueltas ofrecían campo propicio a los tipos de su calaña, y también, -probablemente por andar en malas relaciones con las autoridades de su -país. - -El solía decir, con una sonrisa que ponía de manifiesto su formidable -dentadura de yacaré: - ---Las autoridades de Caacatí estaban tan encamotadas conmigo que iá mi -tinían empalagao... Siempre andaba detrás mío algún sargento con recao -del comisario pa que juese a yerbiar con él, y de puro fastidiao, alcé -el vuelo pa estos pagos... - ---Usté es mesmito que ió,--dijo un compinche;--nada no apetesco la -amistá de los polecías. - -Melitón, que había sentado plaza en las milicias irregulares, -conjuntamente con otros forajidos de igual ralea, encontrábase allí -como pescado en el agua. - -Farras, chupandinas, jugarretas y amplia libertad de acción en la -holgazanería cuartelera, constituían el ideal de un sujeto de su clase -y de sus hábitos. - -Sus camaradas lo tenían en gran estima por su constante buen humor, su -parla dicharachera, su audacia y su absoluta carencia de escrúpulos. - -Admirando esta cualidad, dijo una vez entusiasmado un compinche: - ---Amigo Melitón, estómago igualito a ñandú: ¡hasta vidrios digiere!... - -Sin embargo hubo un momento en que empezó a ponerse meditativo y -silencioso. - -Interrogado por las causas de aquel cambio de carácter, dijo: - ---La verdá, estoy triste porque ha venido un antojo. - ---Y vaia diciendo. - ----Velay: mi han contao que en este país no hay diversión más linda -qu'el velorio de un negrito. - ---No lo engañaron, no. ¡Si arman unos candombes que duran días y qu'es -un viva la patria! - ---Lo malo es que va p'al año que moro aquí y entuavía no ha muerto -ningún negrito. - ---Van quedando pocos. - -Melitón meditó unos segundos, y luego propuso: - ---¿Por qué no matamo uno? - ---¡No sea bárbaro, compañero! Matar un cristiano p'al puro gusto 'e -divertirse, es mucha herejía. - ---¿Y quien ha dicho que los negros son cristianos?... ¿No saben que -tienen el mate muy duro y el agua bendita nunca les dentra a los -sesos?... - -Melitón siguió preocupado con la idea de aquella farra original y magna. - -Una vez, a eso de media noche, regresaba al cuartel, dando bordadas, -apoyándose con frecuencia en los muros de las casas para no dar de -bruces sobre la acera y recuperar un tanto el equilibrio y la fuerza de -sus piernas ablandadas y descoyuntadas por el alcohol. - -En uno de esos ziszaes fué a dar contra un portal, a cuyo pié vió -un bulto obscuro. Tocólo con la punta del pié y notando blandura de -carnes, agachóse, con muchas precauciones y grandes esfuerzos, hasta -poder palparlo. Zamarreado con violencia, un quejido lastimoso escapó -del bulto obscuro, y el soldado descubrió, envuelto en unos harapos, un -negrito de cinco o seis años de edad. - ---¿Qué hacés aquí?--preguntó ásperamente. - -Y el negrito, asustado, respondió gimoteando: - ---Me peldí... - ---¿Dónde está tu casa? - ---No sé, me peldí... - ---¿Quiénes son tus padres?... - ---Padres no tengo... Amita me mandó llamar el médico para amito -enfermo... y me peldí... ¡ay!... ¡ay!... ¡ay!... ¡ay! - -Una idea infernal cruzó por la mente del bandido. - ---Io le via ievar,--dijo; y cogiendo al chico de ambos pies, lo -revoloteó y le destrozó la cabeza contra un poste de piedra que había -junto al portal. - -El negrito lanzó un grito horrible, uno solo y enmudeció para siempre... - -El criminal ocultó el cuerpo de la víctima bajo el poncho patrio y, -dando traspiés, llegó al cuartel. Al penetrar en el cuerpo de guardia, -donde los soldados ebrios jugaban al naipe, el oficial, más ebrio aún -que sus subalternos, lo interrogó alegremente: - ---¿Qué tráis debajo' el poncho?... ¿Chivito o borrego? - -Rió Melitón y dijo: - ---Borrego... Un borrego negro... - -Y tirando en medio de la pieza el ensangrentado cadáver, agregó con -feroz impudicia: - ---Ya tenemos p'al candombe: yo pongo el difunto; pongan ustedes las -velas y la caña... - - - - -LA CADENA - - -El reloj de pared sonó las diez con una lenta y cascada voz de viejo. - -A esa voz, don Manuel levantóse sobresaltado de la silla en que se -había quedado dormido. Su vista vaga, indecisa, paseóse por el salón, -desconociéndolo. - -La vieja lámpara que pendía del techo, derrababa una luz amarillenta y -triste sobre las anaquelerías atascadas de artículos diversos, sobre el -hule descascarado que tapizaba el mostrador y sobre las botellas y los -vasos alineados sobre el zinc del despacho de bebidas. - -En lo alto de los muros blanqueados, proyectaban sombras raras los -objetos suspendidos de las vigas del techo: frenos, tazas, cinchas, -cazuelas, riendas y maneas, jarros y guitarras, una disparatada -población de bric-a-brac. - -Don Manuel observaba el lugar con creciente sorpresa. Miró la armazón -de enfrente, la mayor, en cuyos estantes se apilaban las piezas de -tela, las blancas cajas de cartón conteniendo festones y puntillas, las -verdes cajas guardando medias y calcetines, todo parecióle extraño, -desconocido. - -Y sin embargo, todo allí, todo, en conjunto, y en detalles, le era -familiar. Probablemente no existía en la casa un solo objeto que -no hubiese pasado por sus manos; un solo artículo cuya colocación, -calidad, precio de costo y de venta, ignorase, y eso que los había -en cantidad respetable y en mescolanza original, dado que la casa -era: «almacén, tienda y ferretería», con el aditamento de librería -y farmacia, más el obligado apéndice de acopio de frutos del país: -trigo, maíz, lana, cueros, cerda, aspas, etc., y la yapa de «agencia -de correos y venta de papel sellado y timbres»; un «Louvre» o un «Bon -Marché» en plena Pampa. - -Miraba ejecutando prodigiosos esfuerzos para despertar la memoria. -Cerca del ventanillo de la «glorieta» estaba el anaquel de las -conservas donde dormían las latas de sardinas, de atún, de congrio, de -merluza, de calamares y de ostras, entre bocales de ciruelas, frascos -de aceitunas y cajas de pasas de higo. El estrecho lienzo de pared que -mediaba entre la estantería y la reja, estaba a la altura del hombro -totalmente ennegrecido con inscripciones, cifras y diseños de marcas -trazadas a lápiz. Don Manuel reconoció su propia escritura entre otras -escrituras. - -Continuó observando. En la puerta del mostrador, una gran balanza -mostraba el abultado vientre de su platillo de bronce y el cuerpo -plano y negro, dormitando bajo la custodia de media docena de pesas, -pentagonales, trozos de hierro ennegrecido. En el puesto extremo de la -larga mesa, junto a la pila de zarazas, ronroñaba un gato barcino; por -el centro, al lado de una palmatoria de metal amarillo, veíase un mazo -de naipes viejos, sucios, encrespados como plumaje de gallina clueca; -inmediato a los naipes un puñadito de garbanzos, dos groseros vasos de -vidrio, una botella vacía, ceniza y colillas de cigarrillos. - ---¡Curioso, curioso!--decía mentalmente don Manuel, desconcertado ante -aquella complicación psíquica, tan ajena a la simplicidad ordinaria de -su existencia, por medio de la cual los objetos le eran al mismo tiempo -familiares y desconocidos... - -Desorientado, tornó a sentarse en la misma silla, junto al mostrador, -cerca de la candela. Inconscientemente comenzó a dibujar el trazado -de su vida. Tenía doce años al llegar de España. Era entonces un -«galleguito» ignorante y vivaracho, dotado de una extraordinaria -energía, seguro de llegar a la fortuna más tarde o más temprano. Casi -sin transición pasó del barco que le trajo a la casa de comercio de su -paisano don José Rodríguez, donde fué ascendiendo, de sirviente a peón, -de peón a dependiente, de dependiente a socio y a dueño por fin. - -Todo eso allí, en esa misma casa, en aquella «pulpería» de campaña -identificada en su persona. Allí penó, allí luchó, allí conquistó la -fortuna, que fué la única novia de sus sueños. - -Novia inconstante. Los años malos trajeron una situación difícil, -viendose obligado a buscar un socio para salvarla. No salvó nada, la -suerte le había dado la espalda y fué necesario vender, vender todo, -abandonar aquella casa. La víspera había firmado la escritura, al día -siguiente debía hacer entrega del negocio y partir... - -¡Partir!... El derrumbe de su fortuna no impresionaba mayormente a -don Manuel: tenía cerca de cincuenta años, era solo, era sobrio y con -lo salvado le alcanzaría para pasar la vida; ¡pero salir de allí, -abandonar aquella casa, en cáscara!... Eso era insoportable... - -Pensando, pensando, una idea nació en su cerebro. Al principio la -encontró absurda; luego le agradó. Le agradó tanto, que disipando -instantáneamente sus tristezas, volvió a reconocer el salón y los -objetos familiares. Bajo esa impresión fué a su cuarto, se acostó y -durmió tranquilo. - -Al día siguiente, después de haber hecho formal entrega del -establecimiento al nuevo dueño--su socio don Pedro,--éste quedó pasmado -al oir lo siguiente: - ---¿Quiere tomarme de dependiente? - ---¡Pero don Manuel!... ¿Es chacota?... - ---Es serio. - ---Francamente... no comprendo... - ---¿No comprende que yo no podré vivir separado de estos cachivaches, -privado de mis hábitos de casi cuarenta años, libertado de la cadena -que de niño me soldaron al taquillo?... - - * * * * * - -Confesaba don Manuel que nunca había sido tan feliz como entonces, -diestro y activo dependiente de cabellos grises, en la casa en que -había sido patrón a los 30 años y dependiente a los 15. - - - - -LOS DÉBILES - - -Las negras agujas del viejo reloj marcaban las nueve de la noche y la -campana las contaba con voz lenta y pausada. - -Marcelina, que agobiada por las doce horas de incesante trajín se -había quedado dormida sobre el banquillo junto al hogar, despertó -sobresaltada. - -Y en ese mismo momento abrióse la puerta de calle y penetró Servando, -con el sombrero echado a la nuca, el busto erguido y taconeando recio. -Esa actitud, unida a la brillantez de los ojos y el arrebolado del -rostro bastó a Marcelina para convencerse de que su esposo había -castigado fuerte en el café. - -Bien que apenada, como siempre en casos análogos, por desgracia -frecuentes, halló consuelo notando que en vez del habitual gesto adusto -y atormentado, la fisonomía de Servando expresaba contento y jovialidad. - ---¡Qué tarde!--dijo sin reproche,--la sopa estará fría y el asado seco. - ---¡No importa, viejita! respondió él, abrazándola y besándola -efusivamente. Me demoré en el bar por complacer a los muchachos, más -bien dicho, por satisfacer a Paulino Salvatierra... ¿sabés?... el hijo -del ricacho mendocino don Tiburcio Salvatierra... Hacía tiempo que no -nos veíamos y... - ---Espera un momento, que voy a servir la sopa. - -A su regreso, Servando, sin hacer caso de la comida, prosiguió: - ---Empezamos a charlar, recordando aventuras de muchachos, y entre -cocktail y cocktail, entramos en el terreno de las confidencias. El -me contó que había recibido la parte de la madre,--¡un Tupungato de -moneda!... y que se iba a pasar cuatro o cinco años en Europa.--«El -viejo,--me dijo,--quería que abriese estudio, pero a mí me repugna el -papel sellado, y además, hermano, este Buenos Aires se está poniendo -más aburridor que La Plata...» Y eso es verdad, ¿sabés?... Hoy no hay -en todo Buenos Aires un sitio donde divertirse... - ---Tomá la sopa que se enfría,--insinuó Marcelina. - -El empujó el plato diciendo: - ---¡Dejate de sopa de hospital!... Recién me acuerdo que traigo una caja -de «paté de foie gras»... ¡Ah! tomá un cartucho de «marrons glacés» -para tí y dos de bombones finos para los chicos. ¿Están durmiendo ya?... - ---Seguramente... ¿Pero para qué has gastado en esas golosinas cuando -nos están haciendo falta tantas cosas?... Hoy vino furioso el -almacenero... - ---¡Que se vaya al infierno el almacenero!... Ya se le pagará... que -espere; y si no quiere esperar, se busca otro: no faltan almacenes en -Buenos Aires!... - -Ella, humilde, guardó silencio, y él prosiguió: - ---Pues, como te decía, Paulino, después de contarme su situación y sus -proyectos, me preguntó:--¿Y vos, siempre en las mismas taperas, siempre -amojosándote en el periodismo!... - ---Siempre,--le respondí.--¿Qué quieres que haga? - ---Buscar otra cosa, moverte salir de la ciudad en busca de un porvenir, -utilizar tu inteligencia en provecho propio en vez de hacerlo en -provecho de los demás,--me aconsejó. - ---Lo comprendo, respondí; pero ¿cómo? ¿en qué? - ---Mira,--me dijo;--la fortuna está en la campaña. Si tanto bruto -analfabeto amontona millones en pocos años, ¿cómo no podrá enriquecerse -un hombre inteligente e ilustrado como vos, decime?... - ---Sí, pero... - -Se interrumpió Servando para servirse vino y al encontrar vacía la -botella, exclamó con desagrado: - ---¿No hay más vino? - ---No; compré medio litro y te lo has bebido... - ---¡Siempre la manía de comprar por medio litro!... dentro de poco -compraremos por bordalesas... ¿Lo dudas?... Escucha: Cuando yo dije -eso, Salvatierra me interrumpió para exclamar: - ---¡Ya sé lo que has de decirme!... ¡Que se necesita capital, -relaciones, crédito, etc., etc!... Bueno; vos sabés, hermano, que el -amigo y el caballo son pa las ocasiones, y aquí estoy yo para darte una -manito. Mirá, entre los bienes que me correspondieron por herencia de -la finada mamá, hay una estanzuela, un soberbio valle en Uspallata... -Yo no lo conozco, ni sé bien dónde está, pero me han dicho que es -de lo mejor y puede producir un platal... ¡Te lo doy en sociedad y -te adelantaré unos cuatro o cinco mil pesos para los gastos!... ¿Te -conviene?... - ---¡Cómo no me va a convenir, hermano!--exclamé. - ---Bueno. Mañana a la una te espero aquí; tomaremos los aperitivos, -almorzaremos juntos y arreglaremos todo... Por lo pronto, tomá un -«canario», para festejar el acontecimiento... - ---¿Qué te parece, viejita?... ¡Ese es un amigo!... Fijate a ver si está -la chiquilina de al lado, que vaya a traer un litro de vino. - -El amigo cumplió la promesa y poco después la familia partió para -Mendoza. Iba Servando rebosando de entusiasmo, mas no así su compañera, -quien estaba habituada a tales entusiasmos, siempre fugitivos. - -En la estanzuela--un vallecito enclavado en la montaña--no había nada -más que una casucha de adobones y media docena de chivas semisalvajes. -Pero el flamante cultivador, muy orgulloso de su traje, su gorra y -sus botas de alpinista, no se amilanó por eso: el abundante surtido -de conservas que había llevado consigo aseguraba por varios meses -exquisito comestible. - -Púsose a la obra inmediatamente. Lo primero fué planear un jardincito; -mientras el peón preparaba la tierra, él se engolfaba en la lectura del -más reciente tratado de floricultura venido de París. Luego siguió la -formación de una pequeña huerta de hortalizas y un plantel de frutales; -todo lo cual daba pretexto a frecuentes viajes a la ciudad en procura -de semillas, plantas y útiles. Al principio demoraba el regreso un par -de días, pero después las estadas prolongábanse por una semana y aun -más, ocasionando considerables dispendios. - -Y mientras el ex periodista derrochaba el tiempo y el dinero en viajes, -en diversiones y en fantásticos planes de explotación agropecuaria, -llegó el invierno con sus nieves y turbonadas y fríos atroces. El -jardín y la huerta--absurdamente y descuidadamente cultivados--se -agostaron bien pronto; y los árboles que no derribaron los vientos, -perecieron por inadaptación al clima. - -Terminadas las conservas, fué necesario surtirse de víveres, a gran -costo, en la capital de la provincia. Todos los chivatos y casi todas -las chivas fueron muertos a tiros por Servando, que no encontró otro -medio de utilizar su copioso material cinegético. Frecuentemente -bloqueado por el mal tiempo, y abandonado el propósito de consagrar los -ocios al cultivo de la alta literatura, el joven se consolaba abusando -más que nunca de los alcoholes. - -Por otra parte, los cinco mil pesos estaban a punto de agotarse; y un -buen día, el pioneer, desilusionado y aburrido, empezó a maldecir la -tierra ingrata, la campaña que «envejece, empobrece y embrutece», según -dice el adagio. - -Y no tardó en decirse: - ---La campaña--dijo--está hecha para los animales. ¡Volvamos a Buenos -Aires!... - -Marcelina, sumisa, dócil, sin voluntad, aceptó con indiferencia y sin -un reproche el nuevo fracaso, preparándose para el venidero. - - - - -EL ABRAZO DE MARCULINA - - -En invierno, un día opaco, un cielo brumoso, de sombra, de quietud, -de silencio, uno de esos atardeceres capaces de entristecer a los -chingolos. - -A las seis era casi noche y hubo que suspender la jugada de truco en la -trastienda de la pulpería. - -El patrón ofreció encender una vela; pero los tertulianos no aceptaron: -jugaban «por divertirse» y todos se aburrían. - -Pidieron otro litro de vino, encendieron los cigarrillos y hubo un -silencio largo, que fué roto por el viejo Pantaleón, quien mirando -fijamente a Secundino, habló así: - ---¡Qué muerte triste la de mi sobrino Estanislao!... ¡El, qu'era más -nadador que una tararira, augarse en una cañada que se vandea de un -resuello!... - ---¡Qué quiere viejo!--intervino Julio--si está de Dios es capaz de -augarse uno lavándose la cara en una palangana. - ---Será, pero pa mi gusto el finao mi sobrino se hundió a causa de las -libras de chumbos con que le habían cargao el alma... ¿Qué pensás vos, -Secundino?... - -Apostrofado indirectamente, el mozo alzó la cabeza con altanería y -dijo con voz firme y serena: - ---Ya me tienen cansao esas alusiones que se arrastran entre los yuyos -buscando morder los talones del que lo'encuentra descuidao... - ---Sé que hay más de uno que me acumula esa muerte, pero tuitos lo dicen -a escondidas, o lo dan a entender sin decirlo... - ---Será porque te tienen miedo--observó don Pantaleón. - ---Sí: ¡porque tienen miedo de arrostrarle a un hombre un crimen sin más -fundamento que chismes de mujeres o comentarios de pulpería!... ¡Yo -había resuelto aguantar y callarme, pero ya me fastidea demasiado el -mangangá y no me resino a seguir mascando el freno por más tiempo!... - -Van a saber ustedes cómo pasaron las cosas, la verdá desnuda como un -recién nacido. Dispués, vayan y desparramenlá por tuito el pago... - ---¡Hablá!--exclamaron varios a un tiempo; y Secundino comenzó de este -modo. - ---Tuitos ustedes saben que Marculina, la mujer de Estanislao, era... - ---Sí, ya sabemos lo qu'era: seguí no más--interrumpió don Pantaleón. - ---Sigo. El finao difunto estaba tan quemao de los celos que desconfiaba -hasta 'e su propia sombra, y como no permitía que ningún hombre pusiera -los pieses en sus ranchos, había rompido con tuitos sus amigos. Esto lo -supe yo a mi güelta 'el Brasil, ande, como a ustedes les costa, desollé -una punta de años. - -Los encontramos en esta mesma pulpería y nos relinchamos contentasos... -¡Dejuro!... ¡si nos habíamos criao como chanchos, como quien dice, -comiendo juntos en la mesma batea! - ---¿Ande pensás hacer noche?--me preguntó dispués de mucho prosiar. - ---Acá nomás--respondí. - -El quedó cavilando y yo vide que le había cambiao la cara, quedándose -como empacao y con el entrecejo fruncido. Dispués arrancó de un golpe: - ---¡No puede ser: vení a quedarte en casa! - ---Si no es incomodo...--dije yo, por decir no más, porque, ¿a qué santo -me ib'hacer rogar, no hayan?... - -Güeno, el caso fué que la mujer del finao me recibió tuita fruncida y -si yo no le hablaba, ella no me hablaba y era pa contestar con «sis» y -«nos», más secos que alón de ñandú. - -Al otro día era pior. En varias ocasiones la ói a Marculina rezongando -con el finao al propósito mío. Una güelta ói que dijo con mucha rabia: - ---¿Te pensás qu'esto es fonda y que yo vi'astar cocinando pa los -entrusos que vos tráis a los tientos pa entretenerte dispués de cena, -chupando caña y mintiendo y gastando velas?... - -Yo no dije nada, pero esa mesma tarde le dije a Estanislao que me -marchaba. Pero él s'encaprichó en que no. - ---¿Pande vas a dir?... tuavía no tenés colocación; quedate conmigo, me -tenés compaña y me ayudás a estirar la línea de alambrao de la costa. - -Entonces dije: - ---Yo por vos me quedaría, pero veo que tu patrona no es gustosa. - ---¡Ráite 'e la patrona!--dijo él;--¡vos sos mi mejor amigo, sos mi -hermano, puede decirse, y no vas a dormir a campo mientras tu hermano -tenga rancho! - -Aflojé, ¿qué iba hacer?... - ---Y te aquerenciastes--intercaló don Pantaleón. - ---A la juerza. Estanislao estaba loco 'e contento, y cuando la mujer -me decía alguna cosa grosera, él se raiba de contento. Y la indina me -trataba mal, mesmo. En la mesa me servía los pedazos que debían quedar -pa los perros; si le pedía una cebadura 'e yerba me la daba como pa -tomar en una cáscara de nuez; si le traiban alguna golosina de regalo, -la escondía delante mis ojos, como pa mostrarme poco caso. - -Y cuanti más abrojo era ella pa conmigo, más alegre se ponía él, de lo -cual me comenzó a dentrar desconfianza y me puse a escarbar despacito -pa fin de llegar a la olla de aquel hormiguero. - -Prontito supe que dende ricién casao mi amigo estaba encendido por -los celos como un gran trafoguero de coronilla, que arde hasta que -se consume. Marculina no podía ver un hombre, juese viejo, juese una -criatura, juese lindo o fiero sin encomenzar a tirarle piales con la -mirada y la sonrisa. Que hubiera faltao, naides daba testimonio, pero -con aquello no más le sobraba al marido pa llevar una vida de perro -sarnoso. Descuidaba su trabajo, porque si había cáido algún mozo de -visita, no se atrevía a dir al campo dejándolo solo con ella: y cuando -salía se le ocurría pensar que quién sabe si fulano o mengano no -estarían en el rancho aprovechando su ausencia; y en seguida montaba a -caballo y volvía a las casas, dejando el trabajo a medio hacer. - -Nunca pudo sorprenderla; pero eso en vez de sacarle la manía le -recalentaba más los sesos. - -Cuando yo juí a su casa y vido la mala gana con que me recibió su -mujer, tuvo un alegrón, porque, dejuro habería sido lo pior de lo pior -verse obligao a celarla con quier era cuasi como hermano. - -Dispués que pasó una semana y vido que Marculina me mostraba cada vez -más entepatía, le dentró lástima por mí y varias güeltas l'atropelló -pidiendolé no juese tan corsaria conmigo, pero no consiguió nada; con -lo cual el pobre finao no sabía si llorar o bailar, pero la cosa es que -el hombre andaba alegre dende la mañana a la noche, como si hubiese -escapao a una enfermedá muy mala... - -Sin embargo, yo le había descubierto el juego a aquella china artera. -En más de una ocasión, a ráiz de decirme una grosería, me tiraba, a -espaldas del marido, el anzuelo de una mirada querendona. Yo me hacía -el desentendido, pero sucedió una vez d'esta laya: díbamos a salir -decampo; Estanislao marchaba adelante, dispué yo y detrás mío, cuasi -pegada, Marculina; tan pegada que me había echao un brazo sobre la -paleta y llevaba la cara juntita con la mía. Yo no tuve coraje pa hacer -un ademán, de piedad por mi amigo, que si la albertía no iba a creer -en mi inocencia. Esperaba qu'ella tuviera un respiro 'e juicio y me -soltara... ¡y en eso se vino el rancho abajo!... Pantaleón dió güelta -la cabeza de golpe y vido tuito... Se puso blanco como cuajada, se le -redondearon los ojos mesmo que si juesen de ñandú, dió tres o cuatro -güeltas redondas, como perro que intenta morderse el rabo, y luego juyó -p'al arroyo... - -Yo no quise seguirlo; monté a caballo y enderezé ni sé p'adonde, -juyendolé al recuerdo de aquel ocurrido en que me tocó aparecer como -traidor canalla al amigo que más he querido... - -Eso jué. Lo demás ustedes lo saben. Por denuncias de la arrastrada -Marculina, me prendieron. Seis meses estuve en la cárcel hasta que -tuvieron que soltarme porque de ningún lao me aprobaron delito. - ---¿Y Marculina?--interrogó don Pantaleón. - ---En tuavía no la vide, pero como pa eso no más he dao la güelta al -pago, la he'encontrar unos d'estos días pa retribuirle su abrazo... - - - - -LOS INSERVIBLES - - -Alto, flaco, cargado de espaldas, la cara ancha, larga, color ocre, -el labio inferior perezosamente caído, los grandes ojos pardos llenos -de inteligencia, solitario y silencioso de costumbre, sin duda porque -sus frases eran ideas, y desdeñaba echarlas--_margaritas a los -puerco_--a la multitud ignara a que hallábase mezclado, constituía uno -de los tantos exóticos, pieza sin objeto, elemento inútil, en aquella -efervescencia pasional colectiva, donde ni su corazón ni su cerebro -conseguían armonizar. - -En un atardecer hermoso llegóse a mi carpa y mesándose los largos -cabellos lacios con sus dedos afilados, en un gesto habitual, me -preguntó con su voz extraña, que tenía un timbre varonil aterciopelado -por un yo no sé qué de femenino: - ---Hermano, ¿no te han traído pulpa? - ---No, respondí; sé que carnearon y he visto varios fogones donde los -asados se chamuscan, pero para nosotros... - ---¡Nosotros somos los _maporras_!--interrumpió con una sonrisa -amarga;--tenemos derecho a comer lo que sobra, como los perros!... - -Y sentándose en el suelo, sobre el pasto, agregó: - ---Alcanzame un amargo: para regenerar el país hay que alimentarse de -alguna manera, aun cuando más no sea con agua sucia... - -Tosió. Volvió a sacudir con sus finos dedos de tuberculoso la negra -melena y dijo con agria ironía: - ---De esta vez lo regeneramos. La indiada se pone panzona y puede -quedarse quieta un año; después del año, si hay vacas gordas... - -En ese momento se presentó el doctor X., médico ilustre, patriota -insigne, descollante, personalidad del partido. - ---¿Tiene carne?--preguntó. - ---No, ¿y ustedes? - ---Tampoco. Parece que nosotros no tenemos derecho a comer. - ---¡Para lo que servimos!--replicó con su amarga sonrisa el hombre alto, -flaco, cargado de espaldas. - ---Ni siquiera nos desviamos cargando uno de esos aparatos que parecen -fusiles y que no sirve ni para hacer fuego. - ---El chiste es malo--contestó un exquisito poeta que llegaba, -hambriento, como todos nosotros,--pero te lo perdono en mérito a las -circunstancias: tres días de tranquear largo, dos noches sin dormir -y más de cuarenta y ocho horas sin comer, no pueden considerarse -excitantes para la función cerebral... - ---¡Para lo que tienen que hacer aquí los cerebros!...--respondió el -hombre alto, extendiéndose largo a largo sobre el pasto.--A nosotros -nos dan los matungos que no caminan, los fusiles descompuestos... -y la carne que sobra... ¡Vean qué rico olor de asado viene hasta -aquí!...--hacen bien: somos los _inservibles_. - ---Verdad--confirmó el poeta;--en ciertos momentos y en ciertos medios, -las flores valen poco. - ---Y en todos los momentos y en todos los medios, los zonzos no valen -nada--concluyó sentenciosamente el muchacho flaco y largo. - - * * * * * - -Concluída la guerra de mala manera, los revolucionarios salieron, sin -embargo, con _pulpa entre los dientes_. Los ases revolucionarios, se -entiende. - -Acto contínuo se resolvió no desperdiciar los puestos legislativos -que la ley dejaba a disposición de la minoría vencida militarmente. -Hubo quien propuso una diputación para el hombre alto, flaco, etc..., -pero la masa declarólo inservible para el cargo, dado que sólo tenía -talento... - -Unos años después, hallábanse reunidos en Buenos Aires varios de -aquellos _inservibles_. En una noche memorable una sala repleta y -selecta aplaudía frenéticamente una obra en que el autor primerizo se -revelaba, no sólo un literato superior, sino un psicólogo profundo, un -admirable analista de almas, cuya clarovidencia lo indicaba como faro, -guía y conductor de muchedumbres, sanas pero ciegas... - -Triunfó, triunfó estruendosamente el muchacho alto, flaco, cargado de -espaldas, y desde entonces, lleno de laureles, comía cada dos días uno, -y siguió siendo un _inservible_, tan inservible que su gloria pasó -inadvertida para sus compañeros de lucha cívica, aun hoy convencidos -de que era injusto darle un caballo que caminase y un pedazo de pulpa -para saciarle el hambre, mejor empleados en servicio de un gaucho vago, -haragán, asesino y bruto... - - * * * * * - -Un grupo reducido de _inservibles_ orientales, consternóse al recibir -la breve noticia telegráfica: «Ha fallecido en Italia Florencio -Sánchez.» - - - - -LOS MISIONEROS - - -Punteaba el día cuando el teniente Hormigón montó a caballo y abandonó -el festín, en cumplimiento de la orden recibida. - -Iban, a la cabeza, él y Caracú, el sargento Caracú, correntino -veterano, indio fiero, agalludo, más temido que la lepra, el «lagarto», -la raya y la palometa juntos--haciendo caso omiso de los tigres, de los -chanchos y de los mosquitos,--que son los bichos más temibles del Chaco. - -Además, Caracú era un baqueano insuperable. Conocía la selva casi tan -bien como los tobas y los chiriguanos, porque la había recorrido en -casi todos sus recovecos unas veces persiguiendo a los indios, en su -carácter de policía, y otras veces persiguiendo a las policías en su -papel accidental de «rerubichá» toba o chiriguano. - -Después de todo, buen gaucho. Caracú; guapo y alegre, ligero para el -cuchillo, para el trago y para «la uña» y ni aun lo de «la uña» era -ofensivo, en el medio. - -Durante la primera media hora de tramo mulero, el teniente Hormigón -se mantuvo dignamente silencioso, guardando la orgullosa altivez que -corresponde a un oficial de «caballería». Pero pasada aquella, la -juventud triunfó y no pudo resistir al deseo de entablar conversación -con su subalterno. Al penetrar un rizado amplio que formaba una -estanzuela bastante bien poblada, preguntó: - ---¿De quién es este campo? - ---De quién es aura no sé, señor,--respondió maliciosamente el -sargento:--Un tiempo fué del guaicurú Añabe, que se lo robó al gallego -Rodríguez; y dispués jué del comisario Pintos, que se lo robó al -indio Añabe; y cuando Pintos dejó de ser comisario, se lo robaron los -alemanes del obraje grande... Aura no sé quién lo habrá robao, aura... - -El teniente guardó silencio y siguieron andando. El sol, invisible, -se iba trepando por los quebrachos, y cuando se subió a la punta de -los más altos, escupió fuego. El teniente Hormigón, sintiendo sed, se -tanteó el flanco, buscando la cantimplora con «cognac de la habana», e -hizo un gesto de disgusto al notar que la había olvidado. Caracú, sin -perder un detalle, había observado, y sonrió. - -El teniente Hormigón, un mozo alto, flacucho, de ojos vivos, de nariz -fina, de labios insolentes, era, en forma innata, «muy de caballería», -pero le faltaba la práctica del oficio y debía, como todos, pagar la -chapetonada. - -Caracú, después de sonreir, destapó su «chifle» y ofreciólo diciendo: - ---Mi teniente, si usted está queriendo pegarle un trago... - -Bebió el teniente y bebió el sargento. Y después el sargento preguntó: - ---¿Se puede saber p'ande vamos, teniente? - ---Para la misión. - ---¿Cuála? - ---Me parece que del fortín para dentro, en la costa del Pilcomayo no -hay más que una: la de los franciscanos. - ---Disculpe, mi teniente; aquí en el Chaco hay muchas misiones... -prendalé otro buche... Tuitos tenemos nuestra misión. La policía -tiene la misión de guardar el orden, prendiendo a los indios que -s'escapan por no trabajar pa los alemanes, que pagan la policía. Los -jueces de paz tienen la misión de hacer justicia a quien los pague -mejor... Y claro que nunca es el hijo el páis el que paga mejor... Los -franciscanos tienen la misión de cevilizar a los indios, deslomándolos -a trabajo. - ---Y civilizan,--arguyó el teniente. - ---¡Dejuro, mi jefe!... Asigún los comentos, la Obrajera del Chaco tiene -más de siete millones de pesos ingleses de capital y los franciscanos, -arrimadito. ¡Calcule lo que se puede cevilizar con tuita esa moneda!... -Güeno; ¿pero sabe una cosa, mi teniente? - ---¿Qué cosa? - ---Que pa mi gusto, cuando se haiga lograo la completa civilización de -los indios... - ---¿Qué? - ---No v'haber ya ningún indio. Nos los habremos comido tuitos, salvajes, -a medio cevilizar o cevilizaos, como quien dice: ¡crudos, chamuscaos o -asaos a punto!... Velay, teniente... ¡Es la misión!... - -Instruyéndose en el camino, y después de andar cincuenta leguas por las -boscosas pampas chaqueñas, el teniente y sus hombres llegaron a la -misión franciscana, cerca del Pilcomayo. - -Allí le suministraron los datos necesarios para el cumplimiento de su -comisión, que consistía en adquirir veinte bueyes para el destacamento. - -No fué tarea fácil, y el teniente debió emplear en ella cinco días -de fatigosas marchas; pero consiguió veinte bueyes, grandes, gordos, -mansos. - -Y esa noche durmió tranquilo y satisfecho. - -Y al día siguiente, cuando despertó, el desayuno que le sirvió su -asistente fué la noticia de que le habían robado los siete bueyes. - ---No deben andar lejos,--dijo, y se puso al campearlos. Tarea inútil: -en el Chaco no se vuelve a encontrar nada de lo que se pierde. Al fin, -desesperado, envió al jefe una carta narrando lo ocurrido y rogando la -remisión del dinero necesario para adquirir otros veinte bueyes, dinero -que él se comprometía a pagar. - -Pocos días después regresaba al chasque con la respuesta. El mayor, -sabiendo que Hormigón pertenecía a una familia muy rica no tuvo -inconveniente en mandarle el dinero, aunque, advirtiéndole que no lo -creía necesario. «En un país de tantos recursos como aquél, sólo un -maturrango o un recluta no sabía acomodarse.» - -Meditó el teniente, leyó veinte veces la carta y como al fin, aunque -novicio, tenía una alma «muy de caballería», comprendió. Poco después -mandaba al jefe otro chasque con esta lacónica misiva: - -«Señor jefe: - -«De los veinte bueyes que nos robaron, ya hemos conseguido veintiocho; -los demás los andamos campeando.» - - - - -LA SINGULAR AVENTURA DEL DR. MANZZI - - -Era el Dr. Atilio Manzzi un «original»; pero no en el sentido que el -vulgo acostumbra dar al vocablo, es decir, extravagante y atrabiliario, -un ser mediocre que a falta de méritos positivos que lo eleven sobre el -común de sus coterráneos, se singularizan por los excesos capilares, el -arcaísmo de su indumentaria y su decir paradojal. - -No era de esos el Dr. Atilio. - -Si con frecuencia llevaba largo el cabello y descuidada la barba y -el traje siempre en disonancia con la moda, nada de ello era en él -estudiado descuido. - -Hombre joven aún,--pues apenas trasmontaba la cuarentena,--vivía -por completo consagrado al ejercicio de su profesión de médico y al -estudio. Las tertulias del café,--el billar y el naipe,--casi exclusivo -entretenimiento de los pueblitos,--no le ofrecían ningún aliciente; y -las pueriles vanalidades de la vida social, menos aún. - -Su pasión era los libros; y al final de cada lectura gustábale -abstraerse, para extraer, a través del filtro del análisis crítico, la -esencia de lo leído. Era, en fin, un temperamento de sabio. - -Entusiasmábanle las ciencias sociales. Las miserias, físicas y morales -observadas a diario en su consultorio, entristecían su alma generosa, -impulsándole a poner en contribución su voluntad y su cerebro al ideal -nobilísimo de plasmar una humanidad más buena y más justa. - -¡Cuántos de aquellos infelices que imploraban el auxilio de su ciencia -curativa, llevaban sus organismos corroídos por las deficiencias de -alimentación, de higiene y de educación, al par que por un trabajo -excesivo y ejecutado en pésimas condiciones!... - -¡Cuántas veces había comprobado la ineficacia de su humanitarismo!... -El no se ahorraba, en efecto, ninguna molestia, ninguna fatiga, para -asistir gratuita y solícitamente a los menesterosos; pero ¿de qué -servían sus desvelos y sus prescripciones, si las más de las veces -el paciente carecía de medios para adquirir las drogas prescriptas, -de ropas para abrigarse y de lo necesario para seguir el régimen -alimenticio ordenado,--en la mayor parte de los casos base fundamental -de la curación?... - -Su despreocupación de las prácticas sociales y su predilección por los -humildes, mortificaba a la aristocracia lugareña, y, sobre todo, a las -niñas casaderas que desde el arribo del doctor al pueblo rivalizaban en -amabilidades por conquistar aquel partido excepcional. - -Empero nadie manifestaba abiertamente un juicio severo, por la doble -razón de que Manzzi era el único médico con que contaba la localidad, y -de que las chicas no desesperaban de encadenar al oso. - -Diariamente recibía éste obsequios de «dulces caseros» hechos -por Fulanita, pasteles y otras golosinas que le enviaba Zutanita, -excusándose de que «no le habían salido muy bien» y grandes ramos de -flores que Fulanita, Zutanita y Menganita habían «arrancado ellas -mismas, esa mañana en sus respectivos jardines». - -Atilio, gran amante de las golosinas y de las flores, saboreaba las -unas y adornaba con las otras todas las habitaciones de su casa, sin -sospechar siquiera que aquellas atenciones llevaran en sí la intención -de discretas y delicadas insinuaciones. - -El buen doctor, «gourmand» y «gourmet», saboreaba las golosinas del -mismo modo que admiraba los diversos ramos de flores, en conjunto, -haciendo caso omiso de las tarjetas que ostentaban los nombres de las -obsequiantes. - -Su existencia transcurría de ese modo, plácidamente monótona, cuando un -incidente vulgar introdujo en ella un elemento perturbador. - -Cierta tarde ocurrió a su consultorio una joven de delicada belleza y -cuyos modales y expresiones denotaban una cultura muy superior a la que -pudiera atribuírsele por su indumentaria, reveladora de muy humilde -clase. - -Manzzi, advirtiendo ese contraste, le preguntó después de haberla -examinado y recetado: - ---¿Usted es de acá?... Yo conozco a casi todos los habitantes del -pueblo, y no recuerdo haberla visto nunca... - -Recién hace tres meses que vine. Yo soy de Pampa Chica. - ---¿Su familia vive allá? - ---Vivía,--respondió la muchacha con voz aflictiva;--mi padre murió -hace cinco años... - ---¿De qué se ocupaba? - ---Era maestro de escuela y periodista. - ---¡Bravo!... ¡Dos profesiones extremadamente lucrativas!... ¿Apuesto a -que al morir no les dejó un palacio, ni auto, ni rentas siquiera? - ---¡Qué nos iba a dejar!... El pobrecito abrevió su existencia -consumiéndose en el trabajo y apenas obtenía lo indispensable al -sostenimiento de nuestro modestísimo hogar. A su fallecimiento, -endeudados con los gastos de la enfermedad y entierro, quedamos en la -indigencia. Yo tenía apenas nueve años y la pobre mamá, muy delicada -de salud, trabajaba día y noche para conseguir el sustento, no pudo -resistir y hace seis meses también rindió su alma a Dios... - -Había pronunciado estas palabras, ahogándose en llanto, y Atilio -necesitó dejar transcurrir unos segundos para dominar su emoción. - ---¿Y ahora trabaja aquí?--preguntó luego. - ---Sí, señor: en casa de la viuda de don Atanasio Bacigalupe. - ---¿Gente muy rica?... - ---Así dicen. - ---Creo que hay varias muchachas... - ---Tres. - ---¿Y usted está de institutriz? - -Amarga sonrisa contrajo los labios de la joven, que respondió con voz -más amarga aún: - ---De sirvienta... - -Enmudeció el doctor. Con violento esfuerzo hizo que el profesional -recuperara la plaza momentáneamente ocupada por el sentimental, y dijo, -cambiando de tono: - ---Es una bronquitis que desaparecerá en breve. Siga el tratamiento -indicado y vuelva el jueves próximo. - -El Dr. Manzzi sintióse extrañamente subyugado por el recuerdo de -aquella encantadora fregatriz, hija de intelectuales e intelectual ella -misma. A cada instante su gallarda silueta, enlutada por prematura -tristeza y aureolada por sin igual valentía, distraíalo a sus -cavilaciones científicas. Tanta satisfacción experimentaba en verla y -en platicar con ella, que prolongó indebidamente la asistencia. Pero -llegó el día en que su honradez profesional le obligó a darla de alta. - -Pasaron dos semanas sin verla y aquello le producía una desazón que él -no se preocupaba de explicársela ni de justificarla. - -Y fué así que inconscientemente, sin propósito premeditado, comenzó -a ir todas las tardes a estacionarse en un banco de la plaza, frente -a los balcones de la viuda de Bacigalupe. Leyendo a ratos, y con -frecuencia simulando leer, atisbaba continuamente, esperando ver salir -a la sirvientita. - -Su persistencia llegó a ser advertida y a motivar el comentario. De -pronto era alguno de los viejos «rentistas» y desocupados que abundaban -en el pueblo, quien se detenía un momento y decíale, acompañando la -frase con una guiñada significativa: - ---¡Muy bien, doctor, muy bien!... ¡Ha tenido buen ojo, lo felicito!... - -Y antes de que Manzzi hubiera tenido tiempo de formular una demanda -explicativa, el otro proseguía su paseo, diciendo con aire de sutileza: - ---Me voy; no quiero interrumpirlo: todos hemos pasado por ese trance. - -Escenas semejantes se sucedían cada vez con mayor frecuencia, -intrigando al médico, convencido de que aquel hábito no encerraba otro -propósito que el manifiesto: el solaz de la lectura en la placidez -estival, bajo la sombra refrescante de los añosos paraísos de la plaza. - -¿Había advertido que su instalación en el banco habitual coincidía con -la presencia en el balcón de enfrente, de las tres hijas de la viuda? - -Sí; pero sin sorprenderle la coincidencia. ¿Qué cosa más natural que -las chicas del pueblo exhibiéndose en los balcones o en las puertas de -las casas en los cálidos atardeceres estivales? - -Así transcurrieron los días hasta una noche en que, recién comenzada la -cena, fué sorprendido por estrepitoso sonar de la campanilla eléctrica. - ---Es la sirvienta de Bacigalupe que desea hablarle urgentemente. - -Sin perder un segundo, el doctor se encaminó al consultorio. - ---¿Qué le pasa, Servanda?--exclamó cogiendo la mano de la joven, a -quien la distinción hizo enrojecer y bajar la vista. - ---A mí, nada, doctor; la señora me mandó a buscarlo porque a una de las -niñas le ha dado un ataque. - -Manzzi, que ante el deber profesional posponía todo interés personal, -se encasquetó el chambergo y con un breve: - ---¡Vamos!--salió dando zancadas. - -A su llegada quedó sorprendido ante el aspecto que ofrecía la sala y -sus ocupantes: se diría que allí se habría librado una batalla. Se veía -que los muebles habían sido arreglados precipitadamente; al pie de un -pedestal dorado habían quedado trozos del jarrón que soportara; en un -ángulo, una silla tumbada y encima del piano un almohadón floreado, -hecho jiba, parecía haber sido utilizado como proyectil. Extendida -sobre el sofá, la cabeza reposada en un edredón y la frente cubierta -por un pañuelo que hedía a agua Colonia, estaba Elisa, la menor de las -Bacigalupe. - -La viuda, al igual de sus otras dos hijas, sin duda empolvadas a -obscuras y a prisa, ofrecían, con sus expresiones aflictivas, un -aspecto clownesco. - ---¡Hay, doctor, qué desgracia! ¡A esta chica le ha dado un ataque -horrible!--exclamó la viuda haciendo aspavientos; y Manzzi pudo -observar que las fisonomías de las otras dos chicas se contraían -simultáneamente en un rictus irónico. - -Sin responder, observó a la enferma y dijo: - ---No es nada. Acuéstela, dele un poco de tilo y pasará enseguida. - -Al retirarse, la viuda lo llevó hasta el fondo del zaguán, y en voz -baja, con aire misterioso y al mismo tiempo meloso, suplicó: - ---Estimado doctor, ¡decídase de una vez!... - ---¿Que me decida?... ¿a qué?--interrogó sorprendido el médico. - ---¡Vamos, vamos!... Todo el pueblo sabe que usted corteja a una de mis -chicas, pero ignoramos a cuál... Cada una de ellas se considera la -preferida, y naturalmente, riñen entre ellas... ¡Por favor, doctor, -decídase por una u otra!... - -Manzzi lanzó una estruendosa carcajada y respondió: - ---¡Pero, señora, si yo no tengo interés por ninguna de sus hijas! - -La viuda enmudeció de asombro, y luego expresó con agriedad: - ---¿Conque a ninguna?... Entonces me quiere explicar, caballerito, ¿cómo -ha estado usted durante tres meses, plantado las horas muertas frente a -nuestros balcones, comprometiendo así a las niñas?... - ---¡Sí!... ¿Por qué?--gritaron a coro las dos muchachas que habían -estado escuchando detrás de la puerta. - ---¡Eso es una infamia!--exclamó a su vez la enferma, que apareció en el -zaguán agitando los brazos en actitud amenazante... - ---¡Hacernos tal desaire!... - ---¡Semejante papelón!... - -El violento ataque desconcertó al doctor, tímido e inexperto en lances -de esa naturaleza. - ---Pero, señora... vean, señoritas... yo...--balbuceaba intentando -justificarse; mas sin éxito, pues el enemigo no le daba alce. - ---Vamos a ver: ¿cómo explica su insistencia en festejar públicamente a -las niñas?--interroga la viuda. - ---¡Sí, sí!... ¡Desde el banco de la plaza!...--agregó la mayor de las -niñas. - -Al fin la hosca sinceridad del retraído hombre de ciencia, estalló en -forma brutal: - ---¡Bueno, acabemos con este sainete! Yo no me intereso por ninguna de -ustedes. - ---¿Y lo del banco y su continuo mirarnos? - ---¡No era a ustedes a quien miraba, sino a Servanda!... - ---¡A la sirvienta!... ¡Jesús, Dios mío! - ---¡Ay, qué asco! - ---¡Bien les había dicho yo,--exclamó colérica la mamá,--que esa -mosquita muerta, caída al pueblo como una perra gaucha, debía ser -alguna lagarta!... ¡Ah, pero no estará en casa ni un minuto más!... ¡Ni -un minuto más!... ¡Servanda! - -La pobre chica acudió toda llorosa y confundida. - ---¡Inmediatamente, pero inmediatamente, agarra usted sus trapos y se -manda mudar, grandísima sinvergüenza!... - ---¡Sí, sí, en seguida, que se vaya en seguida, esta hipócrita -desvergonzada!--corearon las chicas. - ---¡Pero, señora!--imploró la muchacha--¿A dónde quiere que vaya ahora, -de noche? - ---¡A la calle!... ¡Las perras viven bien en la calle! - -El doctor se irguió y dijo con imperio: - ---A la calle no. Venga usted a mi casa. - -Y tras un seco «Buenas noches», tomó del braso a Servanda y salió sin -volver la cabeza. - - * * * * * - -Quince días después la aristocracia lugareña recibió indignada la -noticia del casamiento del doctor Atilio Manzzi con la ex sirvienta de -las Bacigalupe. - - - - -LA MEJOR HISTORIA - - -Cuando el temporal se instala es como visita de vieja chismosa que -llega a una estancia y no se marcha hasta haber agotado el repertorio -de las murmuraciones. Eso puede durar una semana, diez días, quince, -quizá un mes, según las actividades y la facultad de inventiva de la -cuentera. Cuando la dueña de casa comienza a desinteresarse de sus -chismes, ha llegado el momento de marcharse, y se marcha en busca de -otro auditorio, como hacen las compañías de cómicos que vagan por -los escenarios lugariegos ajustando la duración de cada estada al -termómetro de la taquilla. - -Los temporales obran de parecida manera. Rugen, castigan, devastan -y mientras ven angustiados a los hombres y a las bestias, persisten -en su obra perversa. Empero llega el día en que bestias y hombres se -habitúan al azote y no hacen ya caso de él; entonces, imitan a la vieja -murmuradora y a los cómicos trashumantes: cierra sus grifos, lía sus -odres y se marcha. - -Mas en tanto que los vientos braman y los aguaceros latiguean los -campos e inflan los vientos de los arroyos, quedan paralizadas las -faenas camperas. - -Picar leña y pisar mazamorra dentro del galpón no constituían -entretenimiento verdadero; y componer o confeccionar «garras», era -imposible, pues sólo un maturrango ignora que no se pueden cortar -tientos ni trabajar en guascas en días de humedad. - -Fuerza es holgar, «pegarle al cimarrón» y contar cuentos, haciendo -rabiar de despecho al temporal. - -Cierto invierno se desencadenó uno de éstos--allá por el litoral -uruguayo de Corrientes--tan singularmente obstinado, que la peonada -numerosa de la estancia del Urunday, en Monte Caseros, había agotado -el repertorio; y ya ahitos de agua verde, maíz asado y tortas fritas, -se aburrían, bostezando hasta «descoyuntarse las quijadas», cuando don -Ponciano propuso: - ---Que cada uno 'e nosotros cuente su propia historia. - ---¡Linda idea!--apoyó uno; y Juan José adhirió diciendo: - ---¡Me gusta!... y si permiten, punteo yo. - ---Dale guasca, no más. - ---Güeno--comenzó el narrador;--aunque no tengo más que veinticinco -años... - ---Sin contar los que mamaste y anduviste a gatas--interrumpió Toribio, -motivando una réplica violenta de Juan José: - ---¡Si quieren oir, oigan! y si no, que enfrene y largue otro, que ni el -mejor parejero corre cuando se l'enrieda un cuzco en las manos... - ---Tenés razón: seguí viaje. - ---V'a ser corto. Mi han contao que yo nací en una madrugada escura en -que los rejucilos s'enredaban como pelota 'e gusanos, y era, pa mejor, -un viernes santo, que cayó en 13... - ---¡La ocurrencia, también, de la finaíta tu mama!... - ---...y dejuramente eso me puso la marca 'e la desgracia, condenandomé a -dir trompezando en tuito el camino 'e la vida. - ---Flojo 'e tabas... - ---No les v'ia contar tuitas las rodadas que he pegao... - ---Hacés bien. - ---...ni tuitas las disgracias que se ma han ido clavando en el alma -hasta dejarmelá de un todo tullida; pero la última jué la que me dió -contra el suelo. - ---¡Dejuro!... siempre es la última copa la qu'emborracha... - ---Pal trabajo... - ---Oí contar que habías jurao matarlo al que lo inventó, ande quiera que -lo encontrases... - ---...nunca tuve suerte, y pal juego menos entuavía. Pa l´único que juí -afortunado jué pa las mujeres. En los bailes se me solían amontonar -las novias como tropilla, y en más de una ocasión me vide negro pa -desenredarme en el entrevero... - ---¡Vamos mintiendo!... - ---...Pero de tuitas, a la única que quise de verdá jué a Marculina Paz -y se murió cinco días antes del señalao pal casorio... - ---¡Qui en paz descanse!... - ---Y dende ese día... - -El narrador continuó enhebrando lástimas, y cuando hubo terminado, -otro entró en liza, y luego otro, hasta quedar solamente «Yacaré», un -correntino taciturno,--más que taciturno, impasible,--capaz de pasarse -dos días sin desplegar los labios, de los cuales nunca nadie oyó una -expresión de alegría ni de pena, de contento ni de desagrado. - -Y como no diese indicios de tomar parte en el torneo, don Ponciano lo -espoloenó: - ---¡A ver, «Yacaré», contá vos también tu historia!... - -Tras varios minutos de silencio, el correntino, con la vista baja, -siguiendo las líneas de las arabescas que dibujaba en la ceniza el dedo -gordo de su pie derecho, respondió: - ---Io no tengo historia. - ---¿Quiénes fueron tus padres? - ---Io no sé. - ---¿Dónde nacistes? - ---Tampoco sé. - ---¿No has tenido novia? - ---Nunca novia no tuve, no. - ---Pero alguna cosa te ha de haber pasao en la vida!... - ---Nada nunca me pasó. - ---¿Y qué has hecho durante los años que has vivido? - ---¿Y qué hi di hacer?... Lo mismito qui haré hasta qui muera: trabajar, -pitar, comer, dormir... Nada más nunca no hice... - -Callaron todos; y tras prolongado silencio, sentenció don Ponciano: - ---¡Esa si qu'es la mejor historia! - - - - -CON LA CRUZ EN LA PUNTA - - -Era alto, fuerte, flaco, y feo. La cabeza chica, la cara grande. La -frente tan estrecha que no había sitio para correr una carrera de tres -ideas juntas. Los ojos de un aterciopelado color de piel de lodo de -río, expresaban bondad, mansedumbre; lo mismo que la nariz sólida, -gruesa, aguileña, con dos aberturas amplias que aseguraban una perfecta -ventilación pulmonar. - -Pero, por debajo, de la nariz se abría, en tajo sombrío, una boca -que era una verdadera boca de abismo, unos labios graníticos, fríos, -rígidos, que se alivianaban cansados de suspirar e incapaces de vibrar -en otras articulaciones sonoras que las expresivas de sátira o injuria. - -A las mujeres malas se les secan los senos; a los hombres infelices se -les acecinan los labios; razonable correlación psicofisiológica. - -Esto daría motivo para una larga disertación filosófica; pero volvamos -a Hermann, el hombre grande, fuerte y feo de que íbamos ocupándonos. - -Hermann, cuya verdadera nacionalidad--y cuyo verdadero nombre--nadie -conocía, podría tener treinta años. Fué peón de chacra, peón de -estancia, puestero más tarde, dedicándose a la cría de cerdos y de -aves y a las pequeñas industrias derivadas. - -Le fué mal. - -Creyendo que la adversa suerte provenía de la falta de una -mujer,--aparato regulador--se casó con una criolla que le dijo: -«Quiero» cuando él decía «Envido». - -Y le fué mucho peor, todavía. - -En poco tiempo desaparecieron los animalitos, los útiles de labranza. -Después desapareció la chacra y casi en seguida la mujer, cuyo -cariño,--si alguna vez lo tuvo--se había ido mucho antes. - -Desde entonces Hermann se despreocupó del mañana y no pensó más -en hacer casa ni en plantar árboles, esas cosas destinadas a -sobrevivirnos; sobrevenirnos con y para el hijo que tenemos o esperamos -tener. - ---Yo no estuvo buenos a piliar felicidad--decía. - -Y sentado en la glorieta de la pulpería, solo, la pipa entre los -dientes, el vaso de gim al costado, los ojos de Hermann, sus pupilas -color caramelo inmovilizaban la visión en lo infinito del horizonte -campesino, como en ansias de trasponer los mares de investigar la -remota tierra nativa, donde quizá hubiera aún alguna ramita de afecto, -capaz de prosperar, de crecer, de hacerse árbol, cuidada y regada. - -Pero, de vez en cuando, el solitario salía de su embebecimiento, -sacudía la cabeza y murmuraba en su media lengua: - ---Yo nunca estuvo bueno domar pingo la suerte. - -Y quitando la pipa de los labios--que entonces se cerraban formando -una larga y fina línea cárdena, semejando el cuello de un individuo -degollado después de muerto--apuraba el vaso de gim sin hacer un gesto. - ---Dios te conserve el tragadero, gringo--dijo un gaucho,--qui ha 'e ser -como papel de lija. - ---Y a vos la lengua que ha estar igual escoba amontonar basura. - ---¿No te da vergüenza emborracharte asina, solo sin envitar a naides? - ---¡Qué le va dar vergüenza a este guampudo!--agregó otro mofador. Y él, -sin quitarse la pipa de los labios y otra vez perdida la mirada en las -lejanías del otero: - ---Yo nada no tengo vergüenza. Yo no importa palabras que dicen... Yo -estoy como río: todo qu' echan dentro lleva fuera... - -Cuando estalló en el Uruguay la revolución de 1904 fué uno de los -primeros en alistarse en las filas insurrectas. - ---¿Vos sos «blanco»?--le preguntaron. - ---¿Qué están blancos?... Yo estoy gringo. - ---¿Pero sos enemigo del gobierno? - ---¿Quién está gobierno?... Yo quiere no más ir guerra, matar hombres, -todos hombres pueda matar... Todos biches malos, hombres. - -Y fué un formidable guerrillero. No tiraba muchos tiros, pero cada -disparo suyo era casi seguro que hacía una víctima, porque apuntaba -largamente, amorosamente, a fin de que su bala fuese eficaz. - -Concluídas las peleas, volvía a su aislamiento, a fumar su pipa, a -beber su gim,--del cual nunca le faltaba provisión, sin importársele un -comino de si habían vencido o habían sido vencidos. - -Una tarde, después de una lucha singularmente trágica, -extraordinariamente sangrienta, Hermann se reposaba, fumando su pipa -y bebiendo su ginebra, cuando se le acercó un indiecito, conocido por -«Rejucilo» y en cuyo rostro estaban dibujados todos los estigmas de la -perversidad. Durante las cuatro horas que había durado la carnicería, -Rejucilo estuvo junto a Hermann y había admirado, no su valor, sino su -ferocidad, su pasión de matar. - -Al acercarse al extranjero, que lo recibió, como a todo el mundo, fosco -y prevenido, dijo: - ---Lo felicito, hermano. - ---Yo no tengo hermano, yo no precisa felicitación--fué la respuesta de -Hermann. - -Rejucilo, sin desconcertarse. - ---No importa. Lu he visto peliar. Se que pelea por puro gusto 'e matar -gente, lo mesmo que yo peleo, pa ver si se puede concluir con tuita la -gente, y di' ahí mi simpatía... Nu'es pa pedirle nada, es pa ofertarle, -es pa convidarlo que haga como yo... vea... - -Y sacando de la cartuchera una bala de mauser cuya punta había sido -tallada en cruz, repitió: - ---Vea. - ---¿Y qué?--preguntó el extranjero, después de observar la bala. - ---¿Y qué?... Que asina, con cruz en la punta, hace más daño. Al dentrar -en el cuerpo y trompezar con un gueso, se abre como rosa y destroza -mesmo que rayo. Nu hay cristiano que aguante un chumbo d'esta laya. - -Hermann, observó detenidamente la bala,--una dum-dum, al fin;--meditó, -y luego tomó la botella de gim y le ofreció un trago a Rejucilo. Era -la primera vez que hacía aquello. - -En seguida, desenvainó el cuchillo, volcó en el suelo la cartuchera y -se puso a tallar en cruz la camisa de niquel de los proyectiles. - ---Gracias--dijo el indio, devolviendo el porrón. - ---Nada... Vos estás amigo mío. ¡Oijalá peliamos mañana!... - - - - -LOS GRINGOS - - -La estancia de los «Horcones», después de extenderse por varias leguas -en el oeste de la provincia, se ha ido desparramando en otras varias -leguas, por la pampa lindera. - -Las primeras se debieron al esfuerzo consecutivo de tres generaciones -de Salazar de Villarica. Don Martín el fundador, fué un vasco recio -y animoso que se instaló en el entonces semidesierto, con un rebaño -de ovejas y cuya energía logró triunfar en la lucha incesante con la -indiada, con los malevos, con las policías, con los alcaldes y las -calamidades menores de las sequias torturantes y de las inundaciones -desvastadoras. - -El segundo Salazar de Villarica, don Carlos, heredó de su padre un -vasto y próspero establecimiento, que él agrandó y perfeccionó mediante -un esfuerzo y una tenacidad dignas del heróico antecesor. - -Contribuyó no poco a sus éxitos, Lino Colombo, robusto y activo mocetón -genovés, que empezó por sembrar unas cuantas hortalizas y plantar una -docena de frutales. - -Y dos años después, ya no era una docena, sino una centena de -durazneros, perales, manzanos, que formaba alegre festón al antes -desnudo y triste caserón de la estancia. - -La peonada gaucha miró al principio con adversión al innovador. - ---Ahí viene el loco 'e los árboles--decía despreciativamente uno, al -verlo regresar, siempre a pie, las herramientas al hombro, en mangas de -camisa, la cabeza eternamente descubierta. - ---Ahí está el dueño de la hacienda verde--mofaba otro, no pudiendo -comprender que el campo pudiese ser ocupado en otra cosa que en la cría -de vacas, caballos y ovejas. - -Empero, como el gaucho es por naturaleza goloso, cuando llegó la -producción, cuando pudieron hartarse de duraznos, de peras, de -manzanas, de membrillos, cesaron las hostilidades, aunque no las puyas, -hacia el «ganadero de la hacienda verde», a quien, por otra parte, don -Carlos dispensaba la mayor confianza, alentándolo en sus plantaciones. - ---Dejenló tranquilo a mi gringo. El trabaja lo mismo que nosotros, -para nosotros para los que vengan. Cada uno tenemos nuestra misión en -la vida, y la cosa es cumplirla bien. Los caballos no sirven para el -matadero, ni los bueyes para correr carreras. - -Y los gauchos se iban acostumbrando; pero ocurrió que una vez, al -regresar el patrón de un viaje a la ciudad, trajo una bolsita de -semillas que Gino recibió con manifiesta expresión de júbilo. - -Desde la madrugada del día siguiente, se puso a preparar un -gran rectángulo de tierra elegida. La preparó animosa, prolija, -cariñosamente, y cuando al fin esparció sobre ella la diminuta semilla -del saquito traído por el patrón, su rostro bello y enérgico expresaba -la alegría de un gran acto triunfal. - ---¿Qué yuyo es ese? - ---Espera, espera... - ---¿Se come? - ---No se come, ma da de comer. - -Los gauchos se encogieron de hombros, considerando con desprecio -aquellos centenares de plantitas de un verde de plata, que crecían -rápidamente, estirando sus tallitos endebles... - -Quince años más tarde, diez mil eucaliptus, unos colosos ya, otros -de mediana altura, formaban un delicioso parque, recreo de la vista, -generador de salud, fuente preciada de riqueza en todo sentido... - -A la muerte de don Carlos, Pedro, el tercer Salazar de Villarica, -se encontró poseedor de una inmensa fortuna. Acababa de regresar de -Europa, donde fuera en viaje de recreo y de instrucción, al terminar su -carrera de abogado. - -Hombre de ciudad, no descuidó, sin embargo, sus intereses, y siguió -la tradición, administrando y explotando personalmente sus estancias, -contando siempre con la eficaz ayuda del fiel genovés, quien no -obstante haberse enriquecido, comprando tierras con sus economías, y -a pesar de tener varios hijos y muchos nietos, todos propietarios, -continuó prestando su mayor atención y sus últimas energías al cuidado -de los bienes de sus patrones. - -Y con tanto mayor motivo, cuanto que los cinco hijos del tercer Salazar -de Villarica--dos mujeres y tres hombres--se habían despreocupado por -completo, consagrados a la ociosidad fastuosa, viviendo la mayor parte -del año en Europa, desparramando monedas con esplendidez de nababs. - -Y como los derroches eran idénticos en el ciclo de las siete vacas -flacas que en el de las siete vacas gordas, la mina empezó a disminuir -su cosecha de oro. - -Y recién cuando frente al pedido de una fuerte suma de dinero, Gino -respondió manifestando la imposibilidad de conseguirlo sin recurrir a -operaciones onerosas, Julio, el mayor de la familia, resolvió ir a la -estancia. - ---¡Dejenmé no más, que yo les voy a arreglar las cuentas a esos gringos -ladrones!--manifestó al partir. - -Todas las explicaciones de Gino fueron inútiles. Grandes extensiones -de tierra estaban desiertas porque las haciendas propias se habían -malbaratado para satisfacer el incesante pedido de sumas cuantiosas... - ---¿Y los arrendamientos? - ---Ya no hay arrendatarios, patrón. La época es mala, el precio caro; -quien arriende se muere de hambre. - ---¡Lo que hay--exclamó violentamente el mozo,--es que ustedes se -aprovechan con la confianza que les damos; lo que hay es que ustedes -los gringos nos van tragando poco a poco!... - -El viejo servidor no pudo permanecer impasible ante el insulto tan -supremamente injusto. De un brusco manotón se arrancó el chambergo -que tiró con rabia al suelo, y sacudiendo la larga, espesa melena -nevada, gritó, golpeando el pecho con las manos encallecidas en más de -cincuenta años de labor sin treguas ni fallecimientos: - ---¡Los gringos!... ¡Ma los gringos aquí son ostedes, ostedes que se -pasan en la Uropa, gastando la plata en divertirse, sin trabacar, sin -hacer nada per so tierra!... ¡E in cambio, ío, gringo, vivo aquí, -pegao a la tietro que beso y riego con mi sodor, haciandola cada vez -más rica!... ¡Y yo tengo once hicos, que son arquentinos, que trabacan -la tierra y la quieren, y tengo trentaun nietos arquentinos y todos -tenemo las raíces del alma metidas inta la tierra arquentina como los -ucalitos, esos d'allá, todos esos, que yo planté cuando!... - -Y luego, presa de un acceso de lágrimas, dijo, sacudiendo la nevada -cabeza: - ---¡No! ¡no me dica esto, don Culio!... Y sabe, no es por ofensa, pero, -en veritá, aquí los únicos gringos sos ostedes, ostedes que tienen -vergüenza de so tierra, que ni meno la conocen, e que porque no la -conocen no la quieren... - - - - -DESAGRADECIDOS - - -Lucía una soberbia mañana de otoño, de luminosidad enceguecedora, de un -ambiente fresco, que alegraba el espíritu y despertaba energías: «un -día como pa domingo»,--según la frase de Caraciolo. - -La recorrida del campo fué un agradable paseo matinal, sin trabajo -alguno: los alambrados se encontraban en perfecto estado: con las -pasturas en flor, la hacienda estaba inmejorable y en las majadas aún -no había dado comienzo la parición. - -Sandalio, Felipe y Caraciolo retornaban a las casas, al tranquito, -charlando, aspirando con fruición el aire puro, embalsamado con las -yerbas olorosas que alfombraban las colinas. - -Estando aún a cinco o seis cuadras del galpón, el negro Sandalio -levantó la cabeza, olfateó con fruición y dijo: - ---Estoy sintiendo el olor del asao... Vamos apurando un poco, porque ya -saben que a ese señor si lo hacen esperar se pone todo fruncido. - -Felipe haciendo pantalla con la mano y tras ligera observación exclamó: - ---En la enramada hay dos caballos ensillados: y si no me equivoco, uno -es el zaino del comisario Morales. - ---¡Eh!...--exclamó Caraciolo con expresión de disgusto; pues, por lo -general la visita de la policía nunca llevaba a los moradores de los -ranchos otra cosa que incomodidades e inquietudes. - -Llegaron. Felipe no se había equivocado: en el galpón, al lado del -fogón, haciendo rueda al costillar que se doraba en el asador, estaban -el comisario y el sargento, haciéndole honor al amargo que cebaba el -viejo Leandro. - -Al respetuoso saludo de los peones, el comisario respondió con -amabilidad inusitada: - ---¿Qué tal, juventú, como les va diendo?... ¿Rejuntando solsito pal -invierno?... Sientensé no más, por mí, no hagan cumplimientos. - -Y luego, dirigiéndose al viejo Pancho, el comisario continuó el relato -interrumpido por la llegada de los peones. - ---Pues, como les iba diciendo, los diareros de la capital, chiyaron -tanto que el menistro no tuvo más remedio que mandarme atracar un -sumario. - -«El jefe, al notificarme me dijo:--«No te asustés y andá campiar güenos -testigos y que los traigan bien sobaos no sea que dispués s'enrieden y -te comprometan a vos y me comprometan a mí»... - -«Miedo, pa decir verdá, nunca tuve, ya soy veterano en eso'e los -sumarios; con un poco de habelidá siempre se sale bien y lo pior -que puede suceder es que lo cambeen a uno pa otra sesión o pa otro -departamento; pero da rabia que lo incomoden a uno por un savandija»... - ---¿Jué Natalio Suárez, no?--preguntó don Pancho. - ---Sí... a quien uno se ve obligao en las ocasiones a atracarle unos -palos. - ---Pero Natalio murió. - ---Murió por culpa de el mesmo. Yo le sacudí de plano,--naides me puede -tildar de hereje y de lastimar un hombre sin necesidad,--pero en un -viaje se me jué de acha, a cualesquiera le puede pasar,--y medio le -bajé una oreja... El animal se hizo tráir un puñao de bosta y se lo -puso en la herida; le dentró pasmo y estiró la pata. De ahí vino el -barullo y cuasi me amuelan. Por fortuna que los testigos y el juez de -paz y el médico de polecía se portaron muy decentes, y que de arriba -trabajaron juerte, que sino me la iba ver fiero. - ---He óido decir,--habló el viejo,--qu'el deputao Menchaca la peliaron -lindo. - ---¿Y el deputao Mendieta, entonces, que hasta salió a los diarios -p'hacer mi defensa?... Y aura, digamé usté, amigazo, ¿cómo no va uno a -serles fiel a hombres que lo sirven a uno de ese modo?... Lo qu'es yo, -más fácil es que me olvide del nombre 'e mi madre que de un servicio -recibido... Ansina, tanto el dotor Mendieta como el dotor Menchaca -pueden estar seguros de que en las que vienen yo los güelvo a sacar -deputaos... - ---¡Llenando las urnas con gatos!--exclamó riendo Sandalio. - ---¡Y aunque sean con aperiases, si los gatos no alcanzan!--exclamó -Morales, con expresión de la mayor sinceridad. - -Y luego, con entonación solemne: - ---Sepa amiguito que el hombre que no es honrao es más despreciable que -un escuerzo; y que un desagradecido nunca puede llamarse honrao... -Pongo por caso ustedes; ni yo ni mi polecía los hemos incomodao -nunca... ¿es verdá o no es verdá? - ---Es verdá. - ---Ustedes van a las reuniones, a las carreras, andan puande quieren y a -pesar de que sabemos que son del otro pelo, nunca se les ha dicho nada -ni se les ha hecho nada... ¿Es cierto o no es cierto? - ---Es cierto... hasta áura gracias a Dios... - ---¡Ahí está!... Ustedes reconocen que mi polecía los ha tratado siempre -bien y que con otras quien sabe lo que les hubiera podido acontecer... -Güeno, áura diganmé ¿no serían ustedes unos mal agradecidos si se -negaran a entregarme sus boletas, alegando que son del otro lao? - -Callaron los mozos y el comisario concluyó sentenciosamente: - ---¡No, a mi no me vengan con desagradecidos!... A esos no les tengo -lástima, palabra que no; y más tarde o más temprano, ¡me las tienen que -pagar! - ---Ya está el asao,--avisó don Pancho; y el comisario Morales, dando a -su rostro la expresión alegre y bondadosa de momentos antes, exclamó: - ---¡A la carga muchachos, que p'asao gordo no hay hombre malo!... - - - - -LA ABSURDA IMPRUDENCIA - - -Don Eufrodio Villamoros poseía una espléndida plantación de naranjos a -espaldas de Bella Vista, la coqueta ciudad correntina recatada detrás -de las altísimas barrancas que, en aquel paraje guarecen la ribera del -Paraná. - -A la entrada del naranjal se alzaba la población, sencillo y alegre -edificio, sobre cuyos muros muy blancos y sobre cuyos muy rojos -cabrillea el sol casi todas las horas de casi todos los días del año. -Del lado del sud, tres cambanambís las defienden contra los vientos -malos del invierno. Un valladar de duelas, totalmente cubiertas por las -exhuberantes vegetaciones de las madreselvas y los rosales silvestres -le forman una discreta cintura verde, siempre verde y florida siempre. - -Sobre el patio, la casa tiene, como la mayor parte de las casas -correntinas, un amplio corredor, fresca terraza desde donde, se -divisa, hasta perdida de vista, el inmenso mar, verde e inmóvil de las -plantaciones. - -Don Eufrodio pasa allí, en unión de su esposa, Misia Micaela, y de su -hija Ubaldina, la mayor parte del año; sobre todo, después que esta -última hubo terminado sus estudios en la capital de la provincia. - -La niña--que a la reinstalación de la familia en la casa solariega, -contaba apenas quince años,--amaba apasionadamente aquella existencia, -donde parecía reinar inquebrantable silencio, no obstante el contínuo -clamoreo de las aves y el cantar sin más tregua que las sombras -nocturnas, de los pájaros, que, entre cautivos y libres, sumaban -míriadas. Silencio engañador y tan aparente como el aspecto de quietud -y de inercia que ofrecía aquella activísima colmena. - -Cada vez que, era indispensable--por razones particulares o de -obligación social, hacer «un viaje» a la ciudad--veinticinco minutos -de trote perezoso del viejo tronco tordillo,--Ubaldina lo hacía -contrariada y se esforzaba en apresurar el regreso a la tibiedad -perfumada de su nido. - -No era, sin embargo, un espíritu esquivo y agreste. Había recibido una -educación esmerada, y poseía, como casi todas las niñas correntinas, -intensa afición por las artes, desde la música y la literatura hasta -los prodigiosos primores de la aguja. - -Era sí, un temperamento sensitivo, delicado, casi enfermizo. - -Menudo, más que delgado, su rostro de rasgos finos y armoniosos, tenía -un color trigueño extremadamente, palidez que hacía resaltar la negrura -de sus grandes ojos en perfecta forma de almendra. - -Su alegría silenciosa no había sido nunca alterada por ningún capricho, -por ningún deseo extravagante. El amor no había aún hablado a su -corazón juvenil, y como estaba de un todo desprovista de coquetería, -los piropos y las frases galantes le pasaban inadvertidos. - -Sin embargo, el despertar estaba próximo. Un verano fué a pasar las -vacaciones en la finca; su primo Rómulo, gallardo mancebo que estaba -terminando sus estudios de ingeniería en Buenos Aires. - -El mozo logró intimar muy pronto con ella. Su conversación frívola y -voluble la entretenía como el incesante, y bullicioso revolotear de los -gorriones. Sus dislates y sus bromas infantiles la hacían reir. - -El también reía, burlándose de la seriedad de «Mamita», como la había -apodado. Después de la cena, en las espléndidas noches de triunfo -lunar, charlaban largamente bajo la glorieta embalsamada con el perfume -capitoso de los azahares. Muchas veces, mientras él hablaba, picoteando -todos los temas, Ubaldina solía quemar silenciosa, inmóvil, el bello -rostro de virgen morocha, fija la mirada de sus ojos profundos en la -fronda espesa y obscura del naranjal. Una vez él le dijo: - ---¿Le ha puesto candado a la boca, «Mamita»? - ---Sí; y he perdido la llave--respondió ella sonriendo. - ---Yo sé dónde está--replicó el mozo. - ---¿Dónde? - ---Dentro de su corazón; y si usted me lo permite yo entraría a sacarla. - -Ruborizóse Ubaldina y respondió con visible emoción: - ---No sé cómo iba a entrar... - ---De la única manera como se entra en un corazón de mujer: con la -ganzúa del amor... - -Rómulo también habíase sentido emocionado extrañamente, cual si -advirtiera recién que la frívola camaradería se hubiese transformado -en un sentimiento más hondo... - - * * * * * - -Después de un año de ausencia en el obligado, viaje a Europa, el joven -matrimonio regresó al terruño, con gran contentamiento de Ubaldina, -en cuyo espíritu las maravillas del viejo mundo no lograron entibiar -el cariño a la casita rústica, a los camanambíes, que parecían tres -formidables esclavos etiópicos, al cerco florido y al océano verde del -plantío, a las aves y los pájaros familiares, y, sobre todo ello, a los -viejos genitores. - -Rómulo, en cambio, experimentó bien pronto la nostalgia de las -bulliciosas capitales; y al mes de permanencia en la chacra, pretextó -urgentes asuntos y se marchó a la capital. - -Era a la entrada del verano. Poco después la ciudad paranense se sintió -flagelada por terrible epidemia de viruela, y Ubaldina fué de las -primeras en trasladarse con su madre al foco epidémico y en prodigar -sus cuidados y sus auxilios a los infelices indigentes, carne preferida -del implacable mal. - -Ubaldo escribió condenando la «tremenda imprudencia» de su esposa y -ordenando que regresara a la finca. - -La orden ¡ay! llegó demasiado tarde. El flagelo, como si quisiera -vengarse de aquella abnegada criatura, merced a cuya intrépida -solicitud se le habían escapado de las uñas ponzoñosas decenas de -víctimas, hizo presa en ella, mordiéndola con atroz ferocidad. - -Rómulo, venciendo su egoísmo miedoso, no tuvo más remedio que acudir -al llamado de la familia, pero se negó rotundamente a penetrar en la -habitación de la paciente. - ---¡No puedo!, ¡no puedo!--alegaba;--¡me partiría el corazón verla en -ese estado!... - -Y ella, la madrecita santamente buena, enterada de su presencia, aprobó -su conducta, diciendo: - ---Sí; sí; hace bien; yo no quiero que pueda contagiarse... Con saber -que está acá me siento feliz... - -La mayor parte del día y una buena parte de la noche, pasábalas Rómulo -paseando por el naranjal y tomando todo género de precauciones para -esquivar la contaminación. - ---¡Qué macana!, ¡pero qué macana!--monologaba--¿Qué necesidad tenía -esta mujer de ir a agarrar esa asquerosa enfermedad por servir a -desconocidos, gentes miserables, a quienes la muerte les hace un -servicio?... ¡Qué los hubiera auxiliado con dinero, santo y bueno; pero -exponerse así, no tiene nombre!... - -Debió pensar en mí; pero, ¡todas las mujeres son iguales, del último -que se acuerdan es del marido!... Por un capricho bobo, por un -sentimiento estúpido, le arruinan a uno lo mejor de la existencia... -¡Yo que estaba preparando para este invierno un macanudo viaje por -Italia!... Viaje de placer; pero, sobre todo, de estudio, que es -necesario, que sin salir de aquí, uno no es nunca más que Juan de los -Palotes, por más talento que tenga... Ahora, aunque se salve, ¿cómo me -voy yo a presentar a mis relaciones con una mujer desfigurada, fea, -ridículamente picada por la viruela... ¡Qué macana!... ¡qué macana!... - -Hacía rato que había caído la noche cuando regresó a la casa. Al -penetrar en la glorieta notó algo insólito que le hizo presumir -la catástrofe: voces apagadas, murmullos, sollozos, las luces sin -encender... - -Detúvose conturbado. Esperó. - -Misia Micaela, advertida de su esposo, fué hacia él, y anegada en -lágrimas, balbuceó: - ---¡La pobrecita!... - ---¡Sí!... ¡acaba de morir!... ¡Sus últimas palabras fueron para usted, -pidiéndole que la perdone!... - -Y como la pobre madre, anonadada por la pena, hiciera ademán de -tenderle los brazos, él retrocedió bruscamente, experimentando un -escalofrío de miedo, y sin poder refrenar su brutal egoísmo, exclamó -con rabia: - ---¡Qué macana!... ¡qué macana! - -Y luego guardó silencio, pensando, sin duda, en su proyecto de viaje a -Italia, malogrado por la «absurda imprudencia» de su esposa... - - - - -POR CORTAR CAMPO - - ---Cortando campo se acorta el camino--exclamó con violencia Sebastián. - -Y Carlos, calmoso, respondió: - ---No siempre; pa cortar campo hay que cortar alambraos... - ---¡Bah!... ¡Son alambrao de ricos; poco les cuesta recomponerlos! - ----Eso no es razón; el mesmo respeto merece la propiedá del pobre y del -rico... Pero quería decirte que en ocasiones, por ahorrarse un par de -leguas de trote, se espone uno a un viaje al pueblo y a varios meses de -cárcel. - ---¿Y di'ai?... ¡La cárcel se ha hecho pa los hombres!... - ----Cuase siempre pa los hombres que no tienen o que han perdido la -vergüenza. - ---¿Es provocación?... - ---No, es consejo. - ---Los consejos son como las esponjas: mucho bulto, y al apretarlas no -hay nada. Dispués que uno se ha deslomao de una rodada, los amigos, -p'aliviarle el dolor, sin duda, encomienzan a zumbarle en los oídos: -«¡No te lo había dicho: no se debe galopiar ande hay aujeros!»... «La -culpa'e la disgracia la tenés vos mesmo, por imprudente»... Y d'esa -laya y sin cambiar de tono, fastidiando los mosquitos... - ---Hacé tu gusto en vida--contestó Carlos;--pero dispués no salgás -escupiendo maldiciones a Dios y al diablo. - - * * * * * - -Hace un frío terrible y el cielo está más negro que hollín de cocina -vieja. - -De rato en rato, viborea en el horizonte, casi al ras de la tierra; un -finísimo relámpago, y llega hasta las casas el eco sordo, apagado, de -un trueno que reventó en lo remoto del cielo. - -Las moles de los eucaliptus centenarios tienen, de tiempo en tiempo, -como estremecimientos nerviosos, previendo la inminencia de una batalla -formidable. - -Las gallinas, inquietas, se estrujan, forcejeando por refugiarse en el -interior del ombú. - -Los perros, malhumorados, interrumpen frecuentemente su sueño, -olfatean, ambulan y no encuentran sitio donde echarse a gusto... - -El portoncito del patio se abre sin ruido, y Carmelita, precedida -por la parda Julia, lo trasponen y se encaminan rápidamente hacia el -higueral del fondo. Sus pies, calzados con alpargatas, no producen -ruido alguno al avanzar sobre la hierba húmeda. - -Sin embargo, «Vigilante», el gran mastín azabache, las sintió e inició -un ladrido que Carmelita logró apagar acariciándole la gruesa testa. -Gruñó, disgustado, sin duda, ante aquella intempestiva incursión -nocturna, pero en su respeto a la «patroncita» tornó a echarse, dejando -libre el paso. - -Las fugitivas, luego de pasar, por entre los hilos, el alambrado de la -huerta, encontráronse en pleno campo. Carmelita detúvose aterrorizada. - ---¡Tengo miedo!--exclamó. - ---¿Miedo a qué?...--respondió la parda con un dejo despreciativo. - ---¡Miedo a todo! ¡Mucho miedo!... - ---¡Me hace ráir, niña!... ¡Tener miedo cuando Sebastián la espera en -sus brazos!... ¿Qué daga es capaz de sacarle chispas a la daga de -Sebastián?... - ---¡Tengo miedo a Dios!... - ---¡Salga di'ai, niña!... Primero, que Dios está muy ocupao pa meterse -en esas cosas; y segundo, que si Dios es justo, no le ha de acumular -delito. Sebastián la quiere a usté; usté lo quiere a Sebastián, ¿y -no han de hacer su gusto porque su tata s'emperre en casarla con ese -dotorcito pelao, con vidrios en los ojos y más fiero que pichón de -venteveo... ¡Salga d'iai! - ---No sé... será... ¡tengo miedo!... - - * * * * * - -Después de la conversación tenida con Sebastián, Carlos se abismó en -cavilaciones. Sabedor del propósito de su amigo, de raptar a Carmelita, -su conciencia de hombre honrado encontránbase en doloroso conflicto. -Sebastián era su mejor amigo, su «hermano»; pero el padre de la -muchacha, don Sandalio, era su padrino y su protector. ¿Qué hacer?... -¿Poner a éste en conocimiento de resolución tomada por los novios -ante su obstinada negativa? No; hubiese sido indigno de su nobleza -oficiar de delator; obraría por su propia cuenta, por más que reconocía -temeraria tal determinación. - -Al obscurecer ensilló; churrasqueó a prisa y con desgano y se encaminó -a la portada del «alto grande», donde su amigo, según se lo había -comunicado, debía esperar a Carmelita, conducida por la parda Julia. - -A pesar de la profunda obscuridad de la noche, Carlos advirtió, junto -al alambrado, como a media cuadra de la portera, un jinete desmontado, -y no cabiéndole duda de que fuese Sebastián, se encaminó hacia él. -Pronto se reconocieron. - ---¿Qué andás haciendo, cuidándome?... ¡Soy bastante crecido para poder -andar sin ladero!--exclamó agriamente el galán. - ---A las veces los hombres se vuelven criaturas y carece acompañarlas -pa evitar que se disgraceen en alguna travesura--respondió, tranquilo -siempre, el amigo. - ---Yo no preciso; gracias, y andate. - - * * * * * - ---P'uacá, niña... ¡tenga valor, caray!... ya estamos cerquita... - ---No, Julia, no; ¡vamos para casa!... Volvamos, ¡no quiero, no -quiero!... ¡Pobre tata, se moriría de pena y de vergüenza!... - -Sebastián había oído el diálogo; ató a un poste del alambrado a su -caballo, y, pasando por entre los hilos, fué al encuentro de su prenda. - -Carlos lo siguió, e interponiéndose entre él y Carmelita, exclamó con -expresión autoritaria, dirigiéndose a ésta: - ---¡Vuélvase en seguida pa las casas!... - ---¡Es lo que le estoy pidiendo a Julia!--gimió la moza. - ---¿Y a usted, quién le da vela en este entierro?--profirió con -insolencia la parda. - ---¡Lo que yo sé es quién te v'aplastar las motas a talerazos!... - -Con voz ronca, amenazante, Sebastián dijo: - ---Soy yo el que pregunta... ¿qué venís a hacer aquí? - ---A salvar al viejo, a Carmelita y a vos... - ---¡No necesito ni quiero salvadores!... Dame lao, o me via olvidar de -que somos amigos... - ---No--respondió Carlos con imperturbable serenidad. - -Sebastián, furioso, desenvainó la daga; pero su amigo, con un rápido y -recio golpe de rebenque en la muñeca, le hizo volar el arma. - -Enceguecido con la humillación, Sebastián sacó la pistola, apuntó e -hizo fuego. - -A la detonación siguió un grito angustioso de Carmelita, que herida en -medio del pecho, se desplomó sobre la hierba blanda y húmeda del campo. - -Tras una pausa impresionante, Carlos avanzó, puso la diestra sobre el -hombro de su amigo aterrado y dijo con expresión de inmensa pena: - ---¿No te albertí que cuasi siempre cortar campo es alargar el -camino?... - - - - -POR QUÉ BASILIO MATÓ UN FRAILE - - -Al sentir la detonación del escopetazo y ver caer del caballo al padre -Jacinto con la cabeza deshecha, Alfonso, horrorizado, taloneó al -matungo, le aflojó la rienda, cruzó a galope el vado y siguió a escape -por el camino real, sin dirección y sin propósito. - -Iba huyendo, simplemente. Iba huyendo de la espantosa escena -presenciada. En los tres años que llevaba al servicio del padre -Jacinto, había tenido oportunidad de ver muchos muertos, y de ver -morir; pero nunca había visto matar a nadie. - -Al pasar, disparando por frente a la comisaría rural, un milico que lo -vió y supuso iba con el caballo desbocado, montó, salió a su encuentro -y lo detuvo. - -El chico sintió crecer su espanto, porque para la mentalidad -objetivadora de las sencillas almas campesinas, un crimen es un -triángulo con tres vértices igualmente aguzados y peligrosos: el -delincuente, la policía y el juez. - -La turbación del muchacho, infundió sospechas. Se le sometió a un -interrogatorio y él respondió contando lo que sabía y lo que había -visto. Su declaración decía textualmente así: - -«El jueves cinco salimos de la villa San Pedro, el padre Jacinto y -yo para hacer una gira por la campaña. El padre Jacinto era un cura -jovencito, recientemente nombrado teniente en la parroquia. Parecía muy -pobre, y el párroco, que era viejo y achacoso, le cedió la oportunidad -de ganarse muchos pesos, casando y cristianando en excursión campera. - -«Habían andado ocho días con resultado bastante halagüeno. Realizaron -muchos casamientos y la mar de bautizos, lo que importó una buena suma -de dinero y con muy escasos gastos, porque el alojamiento siempre era -gratuito y aún no se había consumido una tercera parte de la damajuana -de agua bendita que Alfonso llenó en la cachimba del fondo de la -iglesia. - -«El negocio iba muy bien. El padre Jacinto estaba contentísimo. Tanto, -que habiendo encontrado en el camino un buhonero árabe, le compró el -mejor par de caravanas que llevaba, sin duda para ofrendárselas, a la -vuelta, a María Santísima, u otra tan virgen como María. - -«Todo marchaba muy bien, cuando en el caer de una tarde, iban -acercándose a un arroyito, traspuesto el cual, y andadas un par de -leguas, debían llegar a la estancia de un viejo muy viejo, muy pecador -y muy miedoso, candidato seguro, por esas tres circunstancias, a -recompensar generosamente la acción purificadora del joven y santo -varón, que iba por los campos con la sagrada encomienda de desinfectar -las almas contaminadas con el pecado ambiente. - -«Iban ya llegando al arroyo, cuando un hombre que estaba sentado bajo -un tala, con una escopeta en la mano y al parecer abstraído en la -contemplación del pajonal inmediato, levantó bruscamente la cabeza, se -echó el arma a la cara e hizo fuego. - -El comisario y su escribiente se miraron. - -¿Sería Basilio? - ---Cómo era el hombre de la escopeta,--preguntó el comisario. - ---No sé,--respondió el chico. - ---¿Huyó después del crimen? - ---No sé tampoco. - -Mientras Antonio quedaba preventivamente detenido, el comisario mandó -al sargento y dos soldados con orden de aprehender a Basilio. - -Este no opuso la menor resistencia. - -Esa noche durmió tranquilamente en el calabozo y con la misma -tranquilidad se presentó al otro día ante el comisario, quien, -conociéndolo de largo tiempo atrás, sabiendo que era un mozo bueno, muy -trabajador, muy retraído, se asombraba de que hubiese cometido aquel -crimen alevoso. Es más, se resistía a creer en su culpabilidad. Por esa -razón, empezó a interrogarlo bondadosamente. - ---El sargento me dijo que vos te habías confesado autor de la muerte -del padre Jacinto, ¿es verdad? - ---Es verdad, si señor,--respondió Basilio con la mayor calma del mundo. - ---¿Qué te había hecho? - ---Nada. - ---¿Lo conocías? - ---No. - ---¿Por qué lo mataste, entonces? - ---Porque era fraile. - -El comisario López, paisano vivaracho, que había visto mucho en sus -cincuenta años de vida, que conocía uno por uno a los hombres del pago, -se quedó observando atentamente al criminal. ¿Qué misterio entrañaba -aquel crimen inexplicable? - -Basilio era un excelente muchacho. A la muerte de su padre, había -heredado la pequeña propiedad, un campito, una majadita de ovejas, unos -matungos, cuatro yuntas de bueyes y unas pocas lecheras. Vivía solo. -Sólo cuidaba su hacienda, solo labraba su chacra. Muy rara vez se le -veía en la pulpería; no iba a carreras ni a bailes. No se le conocían -vicios, ni amigos. Tenía fama comarcana de trabajador y honesto... - ---Amigo Basilio,--insistió afectuosamente el comisario,--hábleme con -franqueza. Yo lo estimo y trataré de ayudarlo en lo posible... Usted -es un vecino serio, un hombre juicioso y algún motivo debe tener para -haber cometido ese delito... ¿Por qué mató al padre Jacinto? - ---Ya dije: porque era fraile. - ---¿Usté enemigo de la religión? - ---¿Yo?... ¡No!... Hay unos que creen, hay otros que no creen: pa mí es -lo mesmo. - ---¿Pero usted no cré? - ---¿Yo?... ¡Yo no sé!... ¡Qué vi'a saber yo, que soy un bruto!... - ---Pero les tiene odio a los frailes. - ---¡Ah! ¡Eso sí! - ---¿Por qué?... - -Basilio se rascó la cabeza. Luego dijo: - ---Vea, comisario. Yo ya voy diendo pa viejo. Dende muchacho he -trabajao y he visto que tuitos los hombres honraos y tuitos los -animales buenos, trabajan pa ganar lo que comen... Cuando yo era tuavía -un mocoso, mi padre me dió una soba'e lazo sin razón, y yo me juí de -casa... Anduve rodando y al fin cái al pueblo y me conchavé con el -cura... Eramos dos muchachos y nos tenía dende el amanecer trabajando -en la quinta... Nunca nos pagó nada. La comida, y gracias. Y eso, -escasa, porque toda la comida era poca para él, y a cada rato nos -retaba y nos pegaba. - -«El no hacía nada y no le faltaba nada. Los ricos le mandaban postres. -Los pobres, si cuadra, se quedaban sin comer pa traile una gallina o -una docena de güevos... pero si venían a pedirle que dijese una misa -por el alma de un finao, no había caso sin pintar la moneda. - -«Don Antonio,--se llamaba don Antonio e fraile,--se murió de una -indigestión. Vino otro, don Genaro, y era lo mesmo. A ese lo sacaron -porque hizo unas cosas fieras, y dispués, trugeron un viejo gordo que -no hacía más que comer, chupar vino y dormir... Yo me cansé y me juí... -Anduve rodando, trabajando y cuando murió el finao mi padre y me tocó -el campito, me vine a trabajar, a cuidar los animales, a sembrar la -chacra... - -Basilio se interrumpió, quedó un momento pensativo y luego respondió: - ---«Yo les tenía muchísima rabia a las cotorras que me comían el maíz, y -a los zorros que me mataban los corderos... Les tenía rabia, no tanto -por el mal que me hacían, sinó porque son unos haraganes inservibles -que viven del trabajo ajeno... Ayer de mañana me encontré que los -zorros me habían muerto cinco corderitos... De tardecita cargué la -escopeta y los juí a aguartiar en la orilla del pajonal... A la cuenta -me olieron, porque no salía ninguno del escondite... Llevaba dos horas -perdidas allí, dos horas que me hacían falta pa desgranar unas fanegas -de maíz... ¡Y eso hizo que se m'empreñase la rabia!... No aparecía -ningún zorro... ¡En eso pasó un fraile y le prendí juego!... - -Basilio escupió, dió vueltas al sombrero entre sus dedos callosos y, -mirando al comisario con sus grandes ojos, concluyó: - --Jué asina no más que maté al fraile. - - - - -¡LINDO PUEBLO! - - -Ivirapitá es una aldea que se parece a los viejos: cada año que -trascurre se achica algo más. - -Tiene muchas calles y pocas casas, un par de docenas de ranchos, a -lo sumo; cuentan que antes hubo más; pero se fueron secando como los -paraísos de la plaza. - -Y a medida que disminuye la población humana, aumenta la perruna. -Hay en el pueblo una enormidad de perros; pero como todos son perros -pobres, le temen a la policía y no se meten con las personas. De qué -viven, nadie lo sabe, lo mismo que nadie sabe de qué viven las tres -cuartas partes de los habitantes del pueblo. Don Macario--a quien -interrogamos al respecto--nos ilustró diciendo: - ---En verano, de siesta, mate amargo y máiz asao. - ---¡Pero si yo no veo aquí ninguna planta de maíz! - ---No; pero a media legua, o tres cuartos de legua de aquí, hay -estancias que tienen chacras. - ---¡Comprendo!... ¿Y en invierno?... - ---En invierno, es fácil agenciarse una o dos ovejas por semana. - ---¿Cómo? - ---Pues... carniando como los zorros, en las noches oscuras. - -La siesta era, en efecto, algo así como un vicio en Ivirapitá. Debían -dormir durante todo el día, pues aparte de algunos chicos haraposos y -de los perros famélicos, rara vez se veía un transeunte por la calle, -cuyas pasturas proporcionaban abundante alimento a los matungos de la -policía y a las mulas del pulpero, único comerciante del pueblo. - -Allí no había iglesia, ni farmacia, ni panadería, ni carnicería, ni -mucho menos escuela; y en cuanto a la policía, estaba constituída -por un cabo y dos milicos, quienes, día y noche, lo pasaban en la -trastienda de la pulpería, chupando ginebra y jugando al truco. - ---¡Parece mentira que ni gallinas se vean en este pueblo!--exclamamos. - ---Antes habían muchas; pero se acabaron. - ---¿Alguna peste? - ---No. Como aquí ningún solar tiene muros, las gallinas se iban a la -calle y fulano se comía las de zutano, zutano las de mengano, y así -hasta que las concluyeron. - ---¿Y la policía?... - ---La polecía ayudó bastante, hay que decirlo, comiendo de las de todos, -sin hacer preferencias ni enjusticias. El cabo Pérez, lo mesmo que los -melicos, son muy güenos, no incomodan a naides. - ---¡Lindo pueblo! - ---Lindazo. - ---¿Y nunca vienen forasteros? - ---Allá por la muerte un obispo suele cruzar alguno... Aquí hasta las -mangas de langosta pasan de largo, porque nos despresean y prefieren -galopiar tres leguas pu'el aire pa dir a los naranjales de ño Facundo y -a los trigales del rengo Alfonso... - -Rió el viejo evocando una escena que se le antojaba en extremo cómica: - ---Una vez vinieron unos forasteros: un fraile, un sacristán y tres -manates. Diban p'hacer un casorio en una estancia del pago, y como -cayeron al escurecer, hicieron noche en la pulpería... Al otro día, -cuando diban a seguir viaje, el pulpero tuvo que prestarle sus mulas pa -prenderlas al breque... - ---¿Se habían ido los caballos? - ---Sí; se jueron junto con el poncho'el cochero y las valijas de los -manates... - ---¿Y no descubrieron a los ladrones? - ---Hast'aura, no. - ---¿Y cuándo fué eso? - ---Va como pa diez años. - ---¿Entonces, para qué está la policía; para qué sirve la policía?... - -El viejo gaucho nos miró con expresión de asombro y respondió sin asomo -de ironía: - ---¿Cómo pa qué sirve?... ¿Y las votaciones quién las iba hacer?... - ---¡Lindo pueblo! - ---Lindazo; aquí tuitos viven y los que tienen habelidá viven bien. - ---¿Y usted de qué vive? - ---¿Yo?... Yo tengo más habelidá que ninguno... sacando el pulpero, se -entiende... - ---No comprendo qué negocios puede hacer el pulpero con gentes que no -tienen nada ni trabajan en nada. - ---Que no tenemos nada, es verdá; pero trabajar, trabajamos, y le -vendemos cueros, cerda, plumas de ñandú y de cuando en cuando una -puntita'e ganao. - ---¿Y de dónde sacan todo eso? - ---¡De donde haiga, pues!... ¡Pucha que había sido lerdo!... - - - - -LANZA SECA - - -Profundamente abatido, Ponciano resistió aún: - ---¡No Nerea!... Eso no; ¿pa qué comprometerme al ñudo?... ¿Tenés ganas -de comer una ternera gorda?... Yo tengo muchas en mi rodeo y no viá -dir a carniar la ternerita blanca del vasco Anselmo, exponiéndome a un -disgusto... - ---¡Compraselá! - ---Ya te dije que no quiere venderla. - ---Robaselá, entonces... - -Y luego, con esa expresión de insolente fiereza que sólo saben tener -las mujeres, exclamó: - ---¡No ha de ser el primer zorro que desollés!... - -La bofetada hizo empurpurar sus flacas mejillas tostadas por todos los -soles estivales y por todas las heladas invernales. Pero la pasión, una -pasión casi senil, le maneó la voluntad y el orgullo. Guardó silencio. - -Envalentonada, la china impuso: - ---Ya sabés: el lunes que viene, de aquí cinco días, es mi santo, y yo -quiero festejarlo comiendo la ternerita blanca del vasco Anselmo. - -Ponciano se despidió contristado, sin aventurar una respuesta. En el -momento de montar a caballo, ella insistió: - ---Si el lunes no venís con la ternera, es al ñudo que vengás... - -Era él un gaucho alto y flaco, que parecía más alto y más flaco debido -a la eterna vestimenta negra. Tenía una cabeza perfectamente árabe; -denegridos el pelo, la barba y los ojos; aguileña y afilada la nariz; -salientes los pómulos, hundidas las quijadas, obscura la tez, finos los -labios, blanquísimos los dientes. - -Su flacura le había valido el mote generalizado de «Lanza seca» y -pasaba en el pago por un personaje misterioso. - -Su oficio era el de acarreador de ganado para invernadas y saladeros, y -tenía gran crédito debido a su pericia y a su honradez. - -En los veinte años que llevaba trabajando en el pago, nadie había -tenido de él la más mínima queja. - -Empero existían varias circunstancias de su vida que obligaban al -comentario. Lanza seca había caído al norte entrerriano sin más haberes -que un buen flete, un apero plateado y algunos patacones en el cinto. - -Todos ignoraban quién era y de dónde venía, y las averiguaciones en ese -sentido siempre fueron infructuosas. - -Ponciano era un hombre callado y que rehuía el trato con todos. Sin -embargo, cuando le hablaban, mostrábase siempre humilde. - -Quitábase el sombrero, bajaba los ojos y respondía, con una voz suave y -finita: - -Sí, señor... No, señor. - -Pero nada más. - -Por otra pare, en determinadas épocas del año, cuando cesaba su -trabajo de tropero, desaparecía. Nadie supo nunca dónde iba ni a qué -ocupaciones se dedicaba; pero es el caso que «Lanza seca», el infeliz -Ponciano, llegó a ser propietario de dos leguas de campo pobladas con -hacienda flor, lo cual no le impidió continuar ejerciendo su oficio de -tropero y su misma vida modesta y misteriosa. - -A pesar de ser un hombre a lo sumo de cuarenta y cinco años, no se le -conocía una sola amistad femenina, del mismo modo que no se le conocía -ningún vicio. Era un ser sombrío; uno de esos seres que parecen vivir -sin objeto. - -La realidad era otra. - -Por mucho tiempo, la existencia de «Lanza seca» tuvo por fin único -enriquecerse. Con su humildad hipócrita, con su insignificancia -aparente, con su honradez visible, era en el fondo un taimado, un pillo -habilidoso sediento de placeres, pero dotado de una voluntad férrea que -le permitía contenerse y disimular siempre sus vicios. - -Sin embargo, lo inevitable llegó al fin. Nerea, una chinita de diez -y seis años, hija de matreros, cuya choza se ocultaba entre los -ñandubaysales de Montiel, logró vencer su egoísmo y convertirlo en su -esclavo. Si no se había instalado en la estancia, si no se había hecho -legalizar como esposa, es porque aquella alma chúcara y aquel cuerpo -libertino, no podían decidirse al abandono del salvajismo montaraz y a -los fugitivos y ardientes amores de las fieras que pasan. - -Ponciano había rogado vanamente muchas veces: - ---Vení; ¡yo soy rico y tuito lo marcado con mi marca será tuyo y vos -serás la reina del pago!... - -Y ella respondía: - ---Cuando sea más luego, y encomiense a desnudarse el día, andá a la -orilla el arroyo y cantale ese estilo a la madre 'el agua... - ---Yo ti aseguro que serás feliz, siendo sólo mía... - ---¡Pu'áhi se quiebra el palo!... Chancho montarás no engorda en -chiquero... - -Siempre fué inútil el ruego, y Lanza seca sentíase, sin embargo, cada -vez más esclavizado por la bella y perversa flor de la áspera tierra de -los matreros. - -Se sometía a todo, pero aquel capricho era exhorbitante. No es que su -conciencia sintiese mayores escrúpulos. Como lo había dicho Nerea, no -sería el primer zorro que desollase. Pero sus cochinerías las efectuaba -allá, en el Paraguay, en el Uruguay, en el Brasil, donde no se llamaba -Ponciano Suárez. ¡Pero allí, en Montiel, donde gozaba de envidiable -reputación de honradez!... ¡Y meterse con el vasco Anselmo que de -tiempo atrás lo venía sospechando!... - -Llegó rabioso a su estancia. Llegó tarde. Desprendió del gancho una -paleta de oveja, avivó el fuego, la asó y empezó a comerla vorazmente -sin preocuparse de Caín, su perro fiel, que lo miraba con unos ojos que -iban entristeciéndose a medida que se iba concluyendo la carne. - -Ponciano puso la paletilla pelada sobre una alhacena, y ya con la -barriga llena se fué a dormir. Caín quedó solo en la cocina, solo y -con hambre de dos días. Reflexionó largo rato, midiendo virtualmente -la altura de la alhacena calculando si valdría la pena exponerse a un -porrazo por un hueso pelado. El hambre pudo más que la prudencia. Dió -un brinco formidable y se encontró encima del mueble. - -¡Sorpresa!... Desde allí, su hocico alcanzaba sin dificultad al gancho -donde quedaba medio costillar de oveja. - ---Suceda lo qu'el patrón quiera--pensó Caín y le meneó diente al -costillar. - -Y sucedió algo mucho peor de lo que esperaba el perro. Lanza seca, -que no había podido dormir en toda la noche, se levantó de madrugada, -cuando los peones dormían aún, se fué a la cocina, hizo fuego y se -dispuso a desayunarse con el costillar de oveja. - -Su rabia fué enorme. Miró en contorno. En un rincón vió los huesos -pelados; en otro rincón vió a Caín, echado, la cola entre las piernas, -las orejas gachas, la mirada tímida: una manifiesta actitud de -delincuente. - -La primera idea del tropero fué romperle la cabeza de un tizonazo; pero -Ponciano no era un impulsivo. Tranquila, sosegadamente, cogió a Caín, -le puso una cadena y lo ató a un palo del zarzo del parral, diciendo, -sin ira, con su frialdad de víbora: - ---¡Ahí vas a estar hasta que te pudrás de hambre! - -El viernes, el sábado y el domingo, Caín permaneció atado sin recibir -alimento alguno. Gracias que un peón le arrojó a escondidas un hueso y -le puso un tacho con agua, de miedo de que rabiase. - -Algunos de los peones sentían lástima. Pero el patrón había ordenado -terminantemente que se dejase morir de hambre al perro; y como los -peones conocían bien el carácter vindicativo del patrón y como el alma -de los hombres es muy semejante al alma de los perros, ahogaron sus -sentimientos compasivos. - -El domingo de noche, Lanza seca, vencido al fin por la pasión, se fué -al rodeo del vasco Anselmo, enlazó la vaquillona blanca, la degolló, la -vació, la cargó en ancas de su caballo y al amanecer la echaba a los -pies de la china en suprema ofrenda de amor. - -Ella le recompensó abrazándole frenéticamente, haciéndole sangre los -labios con un beso de vampiro y exclamando: - ---¡Ansina me gustan los hombres, capaces de dormir en el bañao con una -crucera por almohada y un puma por cobija!... - -Práctico, prudente, a pesar de su excitación amorosa, Ponciano desolló -él mismo la ternera y puso a buen recaudo el cuero. El cuero que en la -madrugada del día siguiente se llevó bien oculto bajo los cojinillos. - -Llegado a su casa antes de nacer el sol, buscó una pala, fué al -fondo de la casa, cavó un hoyo y sepultó el cuero de la ternera -blanca. Regresó a las casas, y como pasara junto a Caín que maulló -humildemente, sintió compasión. Lo desató; el perro empezó a -acariciarle frenéticamente, con esa bajeza casi humana de todos los -perros. - -Lanza seca durmió ese día tranquila y largamente. Despertó, es decir, -lo despertaron, cuando empezaba a grisear el crepúsculo. - -Era intempestiva visita del comisario, el juez de paz y el vasco -Anselmo. Este le acusaba de la muerte de la ternera blanca. Las -autoridades manifestaron que concurrían «por fórmula», convencidos de -lo injusto de la sospecha. - -Se hizo el registro de la casa. Es claro, no se encontró nada. Iba a -darse por terminada la investigación, cuando el vasco advirtió que en -el fondo de la casa, el perro Caín devoraba una gran cosa blanca. - -Fueron allí. Al notar la presencia del amo, Caín reculó con el rabo -entre las piernas dejando a descubierto el cuero que su hambre había -hecho desenterrar. - -Pálido, hecho un pulpa ante la evidencia del delito, Ponciano enmudeció. - -El comisario, compadecido, díjole: - ---Vea, amigo, ¡por un perro! - -Y Lanza seca, recapacitando y siendo justo por primera vez en su vida, -exclamó: - ---¡No!... ¡Por una yegua!... - - - - -INDICE - - - - - INDICE - - - pág. - - El alma del padre 5 - - Aves de presa 9 - - El consejo del tío 13 - - Y a mi el rabicano 17 - - Un santo varón 21 - - Triple drama 27 - - Flor de basurero 35 - - P'hacerlo rabiar al otro 41 - - En el arroyo 47 - - Un deshonesto 51 - - Un cuento 54 - - Por culpa de la franqueza 59 - - La libertad del cimarrón 63 - - De cuero crudo 67 - - La Recaída 71 - - El negrito de Melitón 77 - - La cadena 83 - - Los débiles 87 - - El abrazo de Marculina 93 - - Los inservibles 99 - - Los misioneros 103 - - La singular aventura del Dr. Manzzi 107 - - La mejor historia 117 - - Con la Cruz en la punta 119 - - Los Gringos 127 - - Desagradecidos 133 - - La absurda imprudencia 137 - - Por cortar campo 143 - - Por qué Basilio mató un fraile 149 - - ¡Lindo Pueblo! 155 - - Lanza Seca 159 - - - - - INDICES de las obras de JAVIER DE VIANA - - - DE CARDOS - - La estancia de don Liborio - Añojal - Con tiento de alambre - Lucha a muerte - Mientras llueve - Tapera humana - Falsos héroes - El tirador de Macario - No hay que sestear los domingos - Matapájaros - Un viaje inútil - Sin palo ni piedra - Sin segunda repetida - Nabuco - Vergüenza de la familia - Gloria de la familia - Juan Pedro - La caza del aguará - Por robar sándias - Pelea de perros - Con la ayuda de Dios - Un negocio interrumpido - La hija del Chacarero - El poncho de la conciencia - Crimen del viejo Pedro - La Vampira - La Vidalita - La Aruera y el Ombú - - - DE ABROJOS - - Abrojo - El Triunfo de las Flores - La Lección del Perro - Por el nene - Por un papelito - Empate - Más oveja que la oveja - Del bien y del mal - Partición extraña - Huevo guacho - Inmolación - Cuando la leña es fuerte - Patrón Elías - Obra buena - Captura imposible - Lo que se escribe en pizarras - Por el amor al truco - Isto e una porquera - Un despertar - La salvación de Niceto - Mosca brava - Las dos ramas de una horqueta - Crítica autorizada - La vuelta del cuervo - Cuestión de carnadas - Pa ser hay que ser - Castigo de una injusticia - Entre camaradas - Se seca la glicina - La inocencia de Calendario - La injusticia de un justo - Un sacrificio - Realidades margas - Crímenes gauchos - - - DE SOBRE EL RECADO - - La Ley del Amor - El violín del grillo - Yo no sé como jué - El puerto de Añang - Igualito a mí - La Novia - «Come cola» - El pial - Leyenda Andina - La Navidad en la cocina - Los muertos que matan - Cachorra de tigre - Primitivo - Pedro Juan - De Taragüí - Agua de cachimba - El baul del pardo Alfredo - «Taba de chancho» - Así obran los amigos - Guerra de zapa - Mal abrigo - Un cuento que no es cuento - Del tiempo maldito - Chingolos - El loco de las vejigas - Sembrando fuera de tiempo - El Comisario de Tucutuco - El cuento de ño Liborio - La Tierra es chica - La Vencedora - Vida estática - América hecha - Como Martín ganó un pleito - El que mató a Faustino Díaz - Palabra de Aragonés - De la Biblia gaucha - - - DE YUYOS - - La caza del tigre - El tiempo perdido - Como un tiento a otro tiento - Una carrera perdida - Como se puede - Cosas de negro - A los tajos - Ruptura - El zonzo Malaquías - Las tormentas - Por la gloria - Una achura - Jugando al lobo - Resurección - Carancho - Compadres - Triunfo amargo - Clavel del aire - La casa de los guachos - ¡Salga San Pedro! - Crimen de amor - Don Bruno el perverso - En la orilla - Por la petiza lobuna - Voltiando palos - La última tropa - Aura - Por no doblarse - Cómo se vive - Mi prima Ulogia - Como en el tiempo de antes - Las gentes del Abra Sucia - La venganza del buey - La vuelta a la aldea - El baile de ña Casiana - La cerrazón - - - DE «MACACHINES» - - Soledad - La tísica - Como alpargata - La rifa del pardo Abdón - Charla gaucha - Mendocina - Conversando - Oí cuando ella dijo - Puesta de sol - ¡Miseria! - No-ha-de - Fin de enojo - La carta de la suicida - Por haraganería - ¡Se me jué la mano! - Filosofando - ¡Imposible! - ¡Patroncito enfermo! - Chaqueña - El viaje del perro - Mamá, aquí'está la ropa - Hormiguita - La baja - Como la gente - Rivales - Pata blanca y Grandeeship - Fiel - Por tierra de Arachanes - Chamamé - Una porquería - ¡El lobo!... ¡El lobo!... - De tigre a tigre - Una sola flor - Bichita - Juicio de imprenta - Como hace veinte años - El hombre malo - Fin de ensueño - Como y porque hizo Dios la R. O. - Desempate - Los agregados - El tiempo borra - Palabra dada - Visión de oro - Malos recuerdos - Combate nocturno - Simple historia - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Ranchos, by Javier De Viana - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK RANCHOS *** - -***** This file should be named 53798-8.txt or 53798-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/3/7/9/53798/ - -Produced by Carlos Colón, Instituto Ibero-Americano de -Berlin, Alemania and the Online Distributed Proofreading -Team at http://www.pgdp.net (This file was produced from -images generously made available by The Internet Archive) - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the -trademark license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the -mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its -volunteers and employees are scattered throughout numerous -locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt -Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact - -For additional contact information: - - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. - -Most people start at our Web site which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - diff --git a/old/53798-8.zip b/old/53798-8.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index a14d551..0000000 --- a/old/53798-8.zip +++ /dev/null diff --git a/old/53798-h.zip b/old/53798-h.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 0fe083e..0000000 --- a/old/53798-h.zip +++ /dev/null diff --git a/old/53798-h/53798-h.htm b/old/53798-h/53798-h.htm deleted file mode 100644 index 9d5eb8b..0000000 --- a/old/53798-h/53798-h.htm +++ /dev/null @@ -1,6931 +0,0 @@ -<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" - "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> -<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" xml:lang="es" lang="es"> - <head> - <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=iso-8859-1" /> - <meta http-equiv="Content-Style-Type" content="text/css" /> - <title> - The Project Gutenberg eBook of Ranchos (Costumbres del Campo), by Javier De Viana. - </title> - <link rel="coverpage" href="images/cover.jpg" /> - <style type="text/css"> - -body { - margin-left: 10%; - margin-right: 10%; -} - - h1,h2,h3{ - text-align: center; /* all headings centered */ - clear: both; - line-height: 2; -} - -h1 {margin-top: 2em; margin-bottom: 2em;} - -h2 {margin-top: 4em; margin-bottom: 1em;} - -h3 {margin-top: 4em; margin-bottom: 1em;} - -div.titlepage { - text-align: center; - page-break-before: always; - page-break-after: always; -} - -div.chapter {page-break-before: always;} -h2.nobreak {page-break-before: avoid;} - -p { - margin-top: .75em; - text-align: justify; - margin-bottom: .75em; - } - - .p2 {margin-top: 2em;} - .p4 {margin-top: 4em;} - .p6 {margin-top: 6em;} - -.pagenum { /* uncomment the next line for invisible page numbers */ - /* visibility: hidden; */ - position: absolute; - left: 92%; - font-size: small; - text-align: right; - /* not bold */ - font-weight: normal; - /* not italic */ - font-style: normal; - /* not small cap */ - font-variant: normal; -} /* page numbers */ - -.poetry-container -{ - text-align: center; - font-size: 95%; -} - -.poetry - { - display: inline-block; - text-align: left; - } - -.poetry .stanza -{ - margin: 1em 0em 2em 0em; -} - -.poetry .line -{ - margin: 0; - text-indent: -3em; - padding-left: 3em; -} - -.poetry .i1 {margin-left: 1em;} - -.figcenter4em {margin: auto; - text-align: center; - margin-top: 4em;} - -.center {text-align: center;} -.large {font-size: large;} -.smcap {font-variant: small-caps;} - -hr { - width: 33%; - margin-top: 2em; - margin-bottom: 2em; - margin-left: auto; - margin-right: auto; - clear: both; -} - - - -hr.tb {width: 15%; margin-top: 2em; margin-bottom: 2em;} -hr.chap {width: 25%; margin-top: 2em; margin-bottom: 2em;} - - -/* Transcriber's notes */ -.box {margin: auto; - margin-top: 2em; - border: 1px solid; - padding: 1em; - background-color: #F0FFFF; - width: 25em;} - -table { - margin-left: auto; - margin-right: auto; - margin-top: 2em; - margin-bottom: 2em; -} - - .tdl {text-align: left;} - .tdc {text-align: center; padding-left: 2em;} - .tdcc {text-align: center; padding-top: 1.5em;} - .tdr {text-align: right; padding-left: 2em;} - .tdrb {text-align: right; vertical-align: bottom;} - .tdrbb {text-align: right; vertical-align: bottom; padding-left: 2em;} - - -@media handheld -{ - body - { - margin: 0; - padding: 0; - width: 90%; - } - - .box { - width: 75%;} - - hr.tb - { - width: 10%; - margin-left: 47.5%; - margin-top: 2em; - margin-bottom: 2em; - } - - hr.chap - { - width: 20%; - margin-left: 42.5%; - margin-top: 2em; - margin-bottom: 2em; - } - - .poetry - { - margin: 2em; - display: block; - } - - -} - </style> - </head> - -<body> - - -<pre> - -The Project Gutenberg EBook of Ranchos, by Javier De Viana - -This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most -other parts of the world at no cost and with almost no restrictions -whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of -the Project Gutenberg License included with this eBook or online at -www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - -Title: Ranchos - Costumbres del Campo - -Author: Javier De Viana - -Release Date: December 24, 2016 [EBook #53798] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK RANCHOS *** - - - - -Produced by Carlos Colón, Instituto Ibero-Americano de -Berlin, Alemania and the Online Distributed Proofreading -Team at http://www.pgdp.net (This file was produced from -images generously made available by The Internet Archive) - - - - - - -</pre> - - -<p class="box">Nota del Transcriptor:<br/><br/> - -Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.<br/><br /> - Errores obvios de imprenta han sido corregidos.<br/><br /> - - Páginas en blanco han sido eliminadas.<br/><br/> -La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.<br /></p> - -<div class="titlepage"> - -<p class="p6 center large">JAVIER DE VIANA</p> - -<h1>RANCHOS<br /> -<span class="medium smcap">(Costumbres del Campo)</span></h1> - -<div class="figcenter4em"><img src="images/illo1.png" width="125" -height="124" alt="" title="" /></div> - -<p class="p4 center">EDITOR<br /> -CLAUDIO GARCIA<br /> -SARANDÍ, 441<br /> -1920</p> -</div> - -<hr class="chap" /> - - - - -<h2>OBRAS DE JAVIER DE VIANA</h2> - -<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="obras"> - -<tr> -<td class="tdl">GAUCHA (novela)</td> -<td class="tdc">$</td> -<td class="tdrb">0.50</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">YUYOS (cuentos camperos)</td> -<td class="tdc">"</td> -<td class="tdrb">0.50</td> -</tr> - - -<tr> -<td class="tdl">MACACHINES (cuentos breves)</td> -<td class="tdc">"</td> -<td class="tdrb">0.50</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CARDOS (cuentos del campo)</td> -<td class="tdc">"</td> -<td class="tdrb">0.50</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">ABROJOS (escenas del campo)</td> -<td class="tdc">"</td> -<td class="tdrb">0.50</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">SOBRE EL RECADO (cuentos del campo)</td> -<td class="tdc">"</td> -<td class="tdrb">0.50</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CON DIVISA BLANCA</td> -<td class="tdc">"</td> -<td class="tdrb">0.50</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">RANCHOS (costumbres del campo)</td> -<td class="tdc">"</td> -<td class="tdrb">0.50</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">LEÑA SECA (4.ª edición)</td> -<td class="tdc">"</td> -<td class="tdrb">0.50</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdcc" colspan="2">Nuevas obras a editarse por esta casa</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">DEL CAMPO A LA CIUDAD</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">POTROS, TOROS Y APERIASES</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">PAISANAS</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">GURI y otras novelas (3.ª edición)</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">TARDES DEL FOGON</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAMPO (3.ª edición)</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">LA BIBLIA GAUCHA</td> -</tr> - -</table> - - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="PADRE">EL ALMA DEL PADRE</h2></div> - - -<p>Por la única puerta de la cocina,—una puerta -de tablas bastas, sin machimbres, llena de hendijas, -anchas de una pulgada, el viento en ráfagas, violentas -y caprichosas, se colaba a ratos, silbaba al -pasar entre los labios del maderamen, y soplando -con furia el hogar dormitante en medio de la pieza, -aventaba en grísea nube las cenizas, y hacía -emerger del recio trashoguero, ancha, larga y roja -llama que enargentaba, fugitivamente, los -rostros broncíneos de los contertulios del fogón -y el brillador azabache de los muros esmaltados -de ollin.</p> - -<p>Y de cuando en cuando, la habitación aparecía -como súbitamente incendiada por los rayos y las -centellas que el borrascoso cielo desparramaba a puñados -sobre el campo.</p> - -<p>El lívido resplandor cuajaba la voz en las gargantas -y los gestos en los rostros, sin que enviara para -nada la lógica reflexión de don Matías,—expresada -después de pasado el susto.</p> - -<p>—Con los rayos acontece lo mesmo que con las -balas; la que oímos silbar es porque pasa de largo -sin tocarnos; y con el rejucilo igual: el que nos -ha'e partir no nos da tiempo pa santiguarnos...</p> - -<p>Y no hay para qué decir que en todas las ocasiones, -era el primero en santiguarse; aún cuando<span class="pagenum"><a name="Page_6" id="Page_6">[6]</a></span> -rescatara de inmediato la momentánea debilidad, -con uno de sus habituales gracejos de que poseía -tan inagotable caudal como de agua fresca y pura, -la cachimba del bajo,—pupila azul entre los grisáceos -párpados de piedra, que tenían un perfumado -festón de hierbas por pestañas.</p> - -<p>El tallaba con el mate y con la palabra, afanándose -en ahuyentar el sueño que mordía a sus jóvenes -compañeros, a fuerza de cimarrón y a fuerza -de historias, pintorescas narraciones y extraordinarias -aventuras, gruesas mentiras idealizadas -por su imaginación poética.</p> - -<p>—Mi acuerdo una vez,—empezó el viejo, mientras -llevaba el mate, la cabeza inclinada hacia abajo y -hacia un lado, cerrado un ojo y buscando con el -otro la lucecita roja de un tizón «para no desparramar»...—mi -acuerdo una vez...</p> - -<p>En ese propio instante pasó dentro de la cocina -algo así como el brillo de un mandoble de una -daga formidable—Dios ensayando Juan Moreira,—y -la pieza se llenó de olor de azufre y de seguido -explotó un trueno tan formidable como si hubiese -reventado la panza del cielo.</p> - -<p>—¡Jesús María!—exclamó el viejo dejando caer -la pava y el mate sobre el rescoldo...</p> - -<p>Y de inmediato, recogiendo de entre las brasas -sus prestigio, exclamó:</p> - -<p>—Asina jué que dijo Lino Rojas, en una noche -igualita qu'ésta, que Dios nos libre y guarde, en -que machazas nubes picazas iban corcobiando por -el cielo, jineteadas por rayos y centellas... Hablan -del delubio... ¡qu'el delubio!... Nosotros habiamo -desensillao en un altito'e mala muerte... supóngase -como... como la chiquisuela' e una pata'e<span class="pagenum"><a name="Page_7" id="Page_7">[7]</a></span> -ñandú!... Pa'este lao de acá, el arroyo 'e los Cordales -fufaba echando espumas; pa'este otro lao, -la Cañada Brava rezongaba como sargento qu'el -comesario ausente ha dejao a cargo'el distrito. -Pu'aquí y pu'allí, las ovejas pasaban boyando, -con las patas p'arriba y los ojos duros... esos ojos -asina como ponen las ovejas y los cristianos cuando -se áugan... Los truenos roncaban furiosos y -los relámpagos y los rayos, se cruzaban, se misturaban, -formando como rollos de víboras blancas y -jediondas...</p> - -<p>—¿Y jué entonces que Lino Rojas dijo?...—interrumpió -uno de la tertulia...</p> - -<p>—¡Jesús María!—continuó el narrador... Pero -el agua y el viento y las centellas le metían cada -vez más juerte. Pa sujetar los caballos qu'enloquecidos, -bufaban amenazando arrancar las -estacas y dejarnos a pie en aquel infierno, tuvimo -que levantarnos y asujetarlos del maniador. Los -recaos se hicieron sopa y como los ponchos, en vez -de servirnos, nos embolsaban, levantaos pu'el -ventarrón, tuvimos que sacarlos y tirarlos.</p> - -<p>Entonces Lino Rojas, qu'era muy rabioso y -muy boca sucia, encomenzó a tirarle a Dios con las -palabras más fieras. Y dispués siguió con los santos -y luego con la Virgen, poniéndolas como -basurero...</p> - -<p>—Sosegate, le aconsejé yo: pero él no m'hizo -caso; y en una de esa, con un rejucilo grande, -el mancarrón pegó una sentada y lo voltió en un -charco. Rabioso de un todo y viendo que ni Dios, -ni los santos, ni la Virgen le hacían caso, gritó, -abriendo la boca:</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_8" id="Page_8">[8]</a></span></p> - -<p>—¡Me ca... igo en la perra madre que m'echó al -mundo!...</p> - -<p>El no dijo «perra», dijo otra palabra más fiera... -Y en el mesmo instante, ¡hermanitos! un rayo grueso -como una víbora 'e la cruz, ¡le dentro por la boca -y le dejó seco!...</p> - -<p>—Al día siguiente, cuando yo lo revisé...</p> - -<p>—¿Estaba muerto?</p> - -<p>—¡Dejuro!... Pero sanito; parecía dormido... -Como tenía la boca abierta, miré y vide...</p> - -<p>—¿Y vido?...</p> - -<p>—Vide, ¡hermanitos!... ¡qué no tenía lengua!... -¡No tenía en la boca más que un montón de ceniza -negra!... ¡Pa mi aquel rayo era el alma del -dijunto su padre!...</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="PRESA">AVES DE PRESA</h2></div> - - - -<p>Julio Linarez era uno de esos hombres en los -cuales el observador más experto no habría podido -notar la rotunda contradicción existente entre su -físico y su moral.</p> - -<p>Frisaba los treinta; era de mediana estatura, -bien formado, robusto; su rostro redondo, de un -trigueño sonrosado, su boca de labios ni gruesos -ni finos, su nariz regular, sus ojos grandes, negros, -límpidos, si algo indicaban, era salud y bondad, -alegría y franqueza.</p> - -<p>Sin embargo, Julio Linarez tenía un alma que -parecía hecha con el fango del estero, adobado -con la mezcla de las ponzoñas de todos los reptiles -que moran en la infecta obscuridad de los pajonales.</p> - -<p>Su mirada era suave, su voz cálida, y armoniosa, -su frase mesurada, sin atildamientos, sin humillaciones -y sin soberbias.</p> - -<p>Pero ya no engañaba a nadie en el pago, donde -su artera perversidad era asaz conocida, bien que -no se atreviesen a proclamarlo en público, por la -doble razón de que se le temía y de que su habilidad -supo ponerlo siempre a salvo de la pena. Sus -fechorías dejaron rastro suficiente para el convencimiento, -pero no para la prueba.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_10" id="Page_10">[10]</a></span></p> - -<p>Era prudente, frío, calculador.</p> - -<p>En la comarca, grandes y chicos, todos conocían -la famosa escena con Ana María, la hija del rico -hacendado Sandalio Pintos, en la noche de un gran -baile dado en la estancia festejando el santo del -patrón.</p> - -<p>Ana María sentía por Julio aversión y miedo, -lo cual no obstaba a que él la persiguiera con fría -tenacidad. En la noche de la referencia, ni una sola -vez la invitó a bailar, aparentando no preocuparse -absolutamente de ella.</p> - -<p>Sin embargo, ya cerca de la madrugada, en un -momento en que Ana María, saliendo de la sala -atravesaba el gran patio de la estancia, yendo hacia -la cocina a dar órdenes para que sirvieran el -chocolate, Julio le salió al paso y la detuvo.</p> - -<p>—¿Qué quiere?... ¡Déjemé!... ¡Ya sabe qu'es -inútil que me persiga!... ¡Lleve por otro lao su cariño!...—exclamó -con violencia.</p> - -<p>Y él, tranquilo, sereno:</p> - -<p>—Una palabra, sólo una palabra tengo que decirle.</p> - -<p>—Bueno, hable de una vez.</p> - -<p>—¿Sigue decidida a no quererme?</p> - -<p>—¡Sí!</p> - -<p>—Y yo sigo decidido a quererla; y debo decirle, -y disculpe la comparancia, que bagual que codiseo, -más tarde o más temprano lo agarro. Por -más que arisquée, por más que juya, yo sigo campiándolo, -y a bola, a lazo o a bala lo hago mío!...</p> - -<p>—Eso será con baguales orejanos; yo tengo dueño.</p> - -<p>—Que no ha marcao entuavía.</p> - -<p>—Marcará.</p> - -<p>—¡No, Ana María! Y esto es lo que deseaba de<span class="pagenum"><a name="Page_11" id="Page_11">[11]</a></span>cirle: -ni este novio que tiene, ni cien que tenga, se -casarán con usted. Ya está advertida, puede -seguir no más.</p> - -<p>Al día siguiente, Darío Luna, el novio de Ana -María, apareció ahogado en un arroyito de morondanga, -que corría a pocas cuadras de la estancia.</p> - -<p>En el intervalo de cinco años, Ana María tuvo tres -novios más, y los tres sucumbieron en forma trágica -y misteriosa.</p> - -<p>En la conciencia pública, Julio Linárez era el -autor de las muertes. Pero Julio Linárez, correcto, -impecable, altanero, no se dió nunca por aludido -y prosiguió sereno y razonablemente su propósito.</p> - -<p>Ana María se rindió al fin, y la noche de la boda -todos los demás se rindieron también ante el triunfador -acallando odios y ocultando envidias.</p> - -<p>Todos menos Jacinta López, la hija del principal -almacenero del pago, a quien Julio sedujo y -abandonó después. Los padres la expulsaron ignominiosamente -de la casa y ella se vió obligada -a conchabarse de peona en la estancia de Pintos, -para ganar su sustento y el de su güachito.</p> - -<p>Ella no olvidaba, ella no perdonaba, ella no claudicaba. -En el momento culminante de la fiesta -Jacinta, desgreñada con el delantal manchado -de grasa, con las manos sucias de carbón, penetró -en la sala y con el orgullo de quien se sabe superior, -exclamó dirigiéndose a la novia:</p> - -<p>—Por cobardía te vas a casar con este canalla... ¡Matate -antes, que más vale ser difunto bajo tierra -que difunto sobre la tierra! ¡Y eso es lo que te -espera a tí!...</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span></p> - -<p>Julio, a pesar de su sangre fría, empalideció -y respondió violentamente:</p> - -<p>—¿Quién es usté pa meterse en este asunto?</p> - -<p>Y ella rabiosa, rojos los ojos:</p> - -<p>—¿Y quién eres tú, miserable? ¿Quién eres tú, dañina -ave de presa?...</p> - -<p>Linárez, serenándose y sonriendo sarcásticamente -respondió:</p> - -<p>—Vale más ser ave de presa que ave de gallinero.</p> - -<p>—¡Sí! ¡Cuando el ave de presa es águila o cóndor, -cuando lucha y mata o es muerto!... ¡Pero -tú eres cuervo, carancho, chimango, que te cebas -en las carnizas de los animales que otros han muerto!... ¡Vos -matás como los estancieros matan los -zorros y los caranchos, envenenando con estricnina -trozos de carne, pero no matás a tiros y a puñaladas -frente a frente, cuerpo a cuerpo, cara a -cara!...</p> - -<p>Y al decir esto, sacó de debajo del delantal una -gran cuchilla y se avalanzó sobre Julio, pero la -concurrencia, solícita, la detuvo, la amarró, le -arrancó el arma. La condujeron a una pieza donde -la encerraron para entregarla al día siguiente -al comisario.</p> - -<p>—Está loca.</p> - -<p>Y todos se apresuraron a rodear a Linárez, futuro -dueño de la opulenta estancia de Pintos, -prodigándole frases de aprecio y simpatía.</p> - - - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="TIO">EL CONSEJO DEL TIO</h2></div> - - -<p>Aún no había aclarado del todo, cuando Albino -estaba en la enramada ensillando con sus pilchas -miserables, su mancarrón tubiano, flaco, abatido, -tan miserable y ruinoso como el apero.</p> - -<p>Don Tiburcio, el capataz, extrañado de aquel -insólito madrugón de Albino, le preguntó:</p> - -<p>—¿P‘ande estás de viaje?</p> - -<p>—Pa los Campos del Diablo—respondió el mozo -con voz compungida.</p> - -<p>—¿Y por qué te vas, muchacho?...</p> - -<p>—¡Yo no me voy, m'echan!...</p> - -<p>—¿Quién te echa?</p> - -<p>—Mi tío Pancho... Anoche me dijo: «Mañana -mesmo me ensillás tu sotreta y te mandás mudar. -Si cuando yo me levante t'encuentro tuavía aquí, -te vi a untar los costillares con ungüento e tala».</p> - -<p>—¡Y el patrón es muy capaz de hacerlo!—asintió -riendo el viejo.</p> - -<p>—¡Ya lo creo qu'es capaz!... Es un bruto, mi -tío Pancho!...—respondió Albino, al mismo tiempo -de apretarle tan rudamente la cincha al tubiano -escuálido, que este encorvó el cuello y le tiró un -tarascón, como diciéndole: «¡No seas bruto, vos también!».</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_14" id="Page_14">[14]</a></span></p> - -<p>—Y a todo eso—gimió el muchacho—porque -tengo una enfermedad, la e ser un poco chupista.</p> - -<p>—Y bastante haragán; son dos enfermedades.</p> - -<p>—No, es una mesma. Cuando me chupo un poco -no tengo juerza pa trabajar, y entonces me da rabia -y chupo más... ¡y claro! tengo menos juerza...</p> - -<p>—Y más ganas de chupar.</p> - -<p>—Dejuro. Adiós don Tiburcio.</p> - -<p>Y se marchó, rumbo a los «Campos del Diablo», -vale decir a lo ignoto, al azar de la existencia -bagabunda.</p> - -<p>Transcurrió más de un año sin que se tuvieran -noticias suyas. En una cruel mañana de invierno -cayó a la estancia. ¡Pero en qué estado!... A los -estragos producidos por el vicio se unían los causados -por las penurias, los de hambre, las noches -de intemperie o de forzada vigilia. Apenas había, -cumplido veinte años y su rostro enflaquecido, arrugado, -de color terroso, sus labios plácidos, sus -ojos parpajudos acusaban completa decrepitud.</p> - -<p>Don Pancho lo miró con pena y con rabia, preguntándole -con acritud.</p> - -<p>—¿Qué venís a hacer aquí?</p> - -<p>—Vea, mi tío—respondió con voz enronquecida -por el alcohol;—estoy decidido a abandonar este -vicio maldito, culpa de toda mi desgracia...</p> - -<p>—Me parece bien—-contestóle el viejo en tono de -duda.</p> - -<p>—Sí, mi tío... Vea mi tío, allá, en la costa el Batoví, -hay un negro entendido, que se compromete -a curarme con el cocimiento de unos yuyos qu'el -sólo conoce...</p> - -<p>—¿Y qué hacés que no enderezás pa la costa'el -Batoví?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_15" id="Page_15">[15]</a></span></p> - -<p>—Vea mi tío... es qu'el negro me cobra veinte pesos -pu'el remedio... y como yo ando medio cortao...</p> - -<p>—¿Venís a pedírmelos?... No contés con ellos; -pero en cambio te vi'a dar un consejo que vale -más de veinte pesos... Mirá... ahí atrás de las casas -está atado a soga mi parejero alazán, que aunque -ya p'al camino no sirve, pa trotiar no tiene -fin... Te lo doy. Ensillalo y andá buscar la vergüenza... -Campiala bien. No te preocupés del tiempo -que pase, ni del precio que cueste, porque me comprometo -a pagarla, cueste lo que cueste...</p> - -<p>—Está bien, mi tío—respondió el mozo, y de -seguida se fué en busca del viejo parejero, lo ensilló, -se despidió y partió de nuevo para los «Campos -del Diablo».</p> - -<p>Al verlo alejarse, Don Tiburcio—exclamó melancólicamente:</p> - -<p>—¡Pobre alazán!... ¡Ande lo irá a convertir en -caña ese desalmao!...</p> - -<p>—Quien sabe—sentenció don Pedro—nunca perdió -una carrera; pueda ser que gane esta también...</p> - -<p>Al cabo de un par de meses regresó Albino a -la estancia. Iba más miserable, más despreciable -que nunca. Con dificultad se apeó de la yegua ética -y con paso inseguro avanzó hasta la enramada -desde donde el tío Pancho lo observaba con el -más profundo disgusto. Rechazando la mano que -el mozo le tendía, increpólo violentamente:</p> - -<p>—¿A qué has venido, si no trais la vergüenza?...</p> - -<p>Y él humilde como un perro castigado, murmuró -sollozando:</p> - -<p>—Vea mi tío... yo la busqué... Cansé el parejero -alazán buscándola... y no la pude encontrar... -¡Pa mi, que ya no queda ni semilla de esa planta!...</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="RABICANO">Y A MI EL RABICANO</h2></div> - -<p>Con un cielo luminoso, brillante como plata -bruñida, llovía, llovía copiosa, incesantemente. -Las cañadas desbordaban, empujando las guías -hacia afuera, hacia el campo, convertido en superficie -de laguna.</p> - -<p>Ni un relámpago, ni un trueno. No hacía frío. -Era la delicia del otoño, sereno, tibio, plácido, -pródigo de luz.</p> - -<p>En la cocina, donde ardía un fogón enorme, -el patrón, en rueda con los peones, aprovechaba -el obligado descanso, en alegre tertulia. Era un -continuo cambiarle de cebaduras al mate y, para -la china Dominga, un inacabable tragín de amasar -y freir tortas mientras se contaban cuentos, -simples como las almas de los gauchos,—interrumpidos -a cada instante por comentarios más -o menos ocurrentes.</p> - -<p>El patrón no desdeñaba entrar en liza, pero -tampoco escapaba, por ser patrón, de las interrupciones -y de las críticas. Su relato sobre las -aventuras de Jesucristo, no tuvo éxito, debido, -más quizá que a falta de interés en la narración, -a las observaciones hostiles del viejo Romualdo, -el famoso contador de cuentos, que esa tarde se<span class="pagenum"><a name="Page_18" id="Page_18">[18]</a></span> -había negado obstinadamente a complacer al -auditorio.</p> - -<p>Don Omualdo restaba furioso porque el patrón -no había querido regalarle el único potrillo -«rabicano» de la marcación del año.</p> - -<p>—Elegí otro,—había dicho don Juan.</p> - -<p>—Ya aligió ese yo.</p> - -<p>—Ese es pa la chiquilina. Agarrá otro cualquiera.</p> - -<p>—Rabicano no más.</p> - -<p>—Rabicano no. Dispués, cualquiera.</p> - -<p>—Dispués, denguno.</p> - -<p>Y no eligió.</p> - -<p>Quedó tan rabioso que casi no hablaba; él, -que cuando no tenía con quien hablar, hablaba -con los perros, con los gatos, con las gallinas o, -en último extremo, consigo mismo.</p> - -<p>—«Jesucristo estaba con su partida en el monte -de los Olivos...—contaba el patrón, y don Rumualdo -le interrumpió:</p> - -<p>—¿Ande está el monte 'e los Olivos?... Yo no -conozco ningún monte d'ese apelativo, y pa que -yo no conozca . . .</p> - -<p>—Es allá por las Uropas, pasando Bolivia.</p> - -<p>—¡Ah!... Di áhi no soy baquiano... Nunca -juí más p'allá del Pilcomayo...</p> - -<p>—Güeno,—siguió el patrón;—Jesucristo estaba -allí echándole una proclama a su gente, cuando -de golpe se presentó la polecía de Poncio Pilatos.</p> - -<p>—¿Pilatos?... ¿Es pariente de Manuel Pilatos, -aquel indio de la Cruz que supo ser puestero -de ño Tiburcio Rodríguez?...</p> - -<p>—¡Qué ha de ser!... ¡Si d'esto que cuento -hace añares!</p> - -<p>—¿Y di áhi?... También hace añares qu'es<span class="pagenum"><a name="Page_19" id="Page_19">[19]</a></span>tán -pariendo las vacas y las ovejas y entuavía -hay yaguaneses que dejuro tienen el apelativo -de los padres del tiempo de antes.</p> - -<p>—Será asina, pero ¿me dejás enhebrar l'auja?</p> - -<p>—Cuando llegó la policía, Jesucristo, en lugar -de juir, s'entregó no más.</p> - -<p>—¿Sin peliar?</p> - -<p>—Dejuro.</p> - -<p>—¿Y sin tratar de juir?</p> - -<p>—¿P'ande?</p> - -<p>—P'al monte. ¿Nu estaba en el monte?</p> - -<p>—Sí, pero no era baquiano.</p> - -<p>—¡Claro, era gringo ese don Jesucristo!... -En medio 'el monte se deja sorprender por la -polecía y rodiao de tuita su gente, no atina a juir -ni a peliar... ¡Gringo maula!... ¿Y qué l'hicieron?...</p> - -<p>—Lo yebaron p'al pueblo y lo pusieron a desposeción -del juez, donde un procurador dijo qu'era -un hombre malo porque quería que tuitos los -hombres juesen güenos...</p> - -<p>—¡Macana!</p> - -<p>—...que cuando a uno le dieran una cachetada -de un lao...</p> - -<p>—¿Le sumiese la daga en el mondongo al atrevido?</p> - -<p>—...le pusiera el otro lao de la cara...</p> - -<p>—¡Macana!...</p> - -<p>—Y porque decía que debía dársele a cada -uno lo suyo.</p> - -<p>—Eso está bien: pa mí el potrillo rabicano.</p> - -<p>—...y porque afirmó qu'él curaba con palabras…</p> - -<p>—Eso es verdá: denme un picao de víbora y -si yo no lo curo venciéndolo, que me corten<span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span>...</p> - -<p>—¿Qué le van a cortar a usté?—interrumpió -un peón.</p> - -<p>—Lo que tengo... de sobra—respondió el viejo.</p> - -<p>—¡Y tan de sobra!—masculló otro.</p> - -<p>El patrón, un tanto amostazado, continuó:</p> - -<p>—Además, le dijeron que quería ser rey de la -república.</p> - -<p>—¡Y si el potrillo daba pa botas!... Pa mandar -cualquiera sirve; lo difícil es encontrar quien -haga...</p> - -<p>—Y él dijo que no quería ser rey. Que su estancia -estaba en el cielo...</p> - -<p>—¿En el cielo?... ¡Lindo campo pa invernar -chingolos!... Bien se ve qu'era gringo don Jesucristo!... ¿Y -qué le hicieron?... ¿Lo afusilaron?...</p> - -<p>—No, lo rusificaron.</p> - -<p>—¿Lo qué?...</p> - -<p>—Hicieron una cruz de palo y lo estaquiaron -como cuero fresco.</p> - -<p>—¡Qué bárbaros!...</p> - -<p>—Era la costumbre oriental.</p> - -<p>—¡Pucha que son bárbaros los orientales! ¡Degollar, -tuavía, pero estaquiar un cristiano vivo!... Vea -patrón: si quiere que hagamos las paces, deme -las lonjas del potrillo rabicano... Usté dice qu'es -pa la chiquilina, yo digo qu'es pa mí; le sumo -el cuchillo en el tragadero y se acabó.</p> - -<p>El patrón, harto de las interrupciones del viejo, -exclamó:</p> - -<p>—¡Agarrate el rabicano, vivo o muerto!...</p> - -<p>—Vivo,—respondió—vivo y le pongo mi marca,—una -cruz patas abajo... Ese don Jesucristo -dejó algo bueno: a cada cual lo suyo, y a mí el -rabicano.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="VARON">UN SANTO VARON</h2></div> - - -<p>Don Cupertino Denis y don Braulio Salaverry -no eran personas estimadas en el pago.</p> - -<p>Y sin embargo eran dos viejos vecinos—pisaban -los setenta—estancieros ricos, jefes de numerosa -y respetable familia.</p> - -<p>Muy trabajadores, muy económicos, quizá demasiado -económicos, eran además excelentes cristianos: -jamás dejaban pasar un domingo, aunque -tronase, aunque lloviera, aunque amenazara desplomarse -el cielo, sin levantarse al alba y trotar -las doce leguas que mediaban entre sus estancias -y el pueblo, para concurrir a la iglesia para escuchar -una o dos misas.</p> - -<p>Es verdad que en la casa de don Cupertino, -como en la de don Braulio, las perradas daban -lástima, de lo flacas que estaban.</p> - -<p>Pero, vamos a ver. ¿Para qué son los perros?</p> - -<p>Para defensa de la casa.</p> - -<p>Para que esa defensa sea efectiva es necesario -que los perros sean malos.</p> - -<p>Ahora bien: el psicólogo menos perspicaz sabe -que los perros, lo mismo que los hombres, no son -nunca malos cuando tienen la barriga llena. Es -decir, pueden seguir siendo malos pero tienen -pereza de hacer daño.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span></p> - -<p>Tanto don Cupertino como don Braulio habían -tenido oportunidad de constatar que todos los -curas son mansos.</p> - -<p>También se acusa al primero—y al segundo—de -estos honrados estancieros, de dar a los peones -comida escasa y mala. Era cierto; pero no lo hacían -por tacañería, sino porque la experiencia -les había demostrado que lo que se gana en alimentación -se pierde en tiempo, y como es axioma -que el trabajo dignifica al hombre, el corolario -es que será más digno el que trabaje más. -Y era a impulsos de ese piadoso concepto que don -Cupertino y su colega mezquinaban la comida -a sus peones y les hacían echar los bofes trabajando... -¿Qué importan las penas corporales -cuando con ellas se hacen méritos ante el Señor?</p> - -<p>Se le hacían, además, otros cargos a don Cupertino. -Se le reprochaba, por ejemplo, que con -frecuencia no eran de su marca las vacas, ni de -su señal las ovejas que se carneaban en su casa.</p> - -<p>Tal vez fuese calumnia, o quizá fuese cierto. -Pero en el último caso, la causa estaría en que -don Cupertino tenía ya poca vista y no era extraño -que se confundiese. Además la culpa era -de los linderos que no cuidaban sus haciendas -y mantenían en mal estado los alambrados medianeros. -El lo había dicho varias veces, sobre -todo cuando las majadas linderas tenían sarna -o cuando su campo estaba mejor empastado que -los vecinos:</p> - -<p>—¿Por qué no componen los alambrados? ¡Vamos -a ver! ¿Por qué no componen?</p> - -<p>Es claro ¿por qué no componían?</p> - -<p>El, don Cupertino, llevaba la bondad hasta<span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span> -hacerlo componer por su propia cuenta... cuando -había sarna en las majadas linderas, cuando su -campo estaba en mejor estado que los vecinos.</p> - -<p>Se decía también que don Cupertino en sus -frecuentes rondas nocturnas, robaba corderos orejanos -a los vecinos y los señalaba sobre el pucho.</p> - -<p>Pero deberían ser calumnias, envidias, porque -ninguno era capaz del sacrificio que él se imponía -para vigilar su bien.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Como antes dijimos, don Cupertino y don Braulio -no perdían jamás la misa del domingo. Y ni -uno ni otro dejaban de llevar a los tientos el corderito -destinado a don Tadeo, un cura napolitano, -cabeza de melón, mofletes de nodriza gallega, -cuello de toro y vientre de perra en fin de -embarazo. El buen cura adoraba los corderitos -asados, casi tanto como las libras esterlinas,—de -las cuales era entusiasta coleccionista—y por -lo tanto adoraba a aquellos dos santos varones; -pero más a don Cupertino, quien con frecuencia -unía al cordero infaltable, una gallina gorda, un -canasto de huevos frescos, una maletada de duraznos, -y, en ocasiones, una lechiguana gorda, -que era una de las debilidades del virtuoso párroco.</p> - -<p>—¡Ah, la lichidiguana!... ¡Come mi gusta la -lichidiguana!...</p> - -<p>Don Cupertino, hombre sobrio, esclavo del -deber, era siempre el primero en llegar a la sacristía. -Sin embargo, ocurrió una vez en que,<span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span> -llegando a la hora habitual, se encontró con que -su vecino le había precedido.</p> - -<p>—Lu dun Brulio l'ha che ganatu il terone ista -volta,—díjole el cura.</p> - -<p>Sorprendido, presintiendo una trastada, don -Cupertino preguntó:</p> - -<p>—¿Y ande está?</p> - -<p>—¿Ande quiere qu'estase?... ¡A l‘iglesia, rodillao -devanti San Jenaro, gulpiá qui gulpiá lo -picho!...</p> - -<p>Don Cupertino tuvo una idea:</p> - -<p>—Si usted quiere, padre, yo mesmo vi a desollar -el cordero, porqu'es muy gordo y lo va echar a -perder su cocinera maturranga.</p> - -<p>—Cume ta parezca, don Cupertini... Venise -pe lu patio.</p> - -<p>Fueron ambos. El estanciero colgó y desolló -concienzudamente el borrego.</p> - -<p>—¡Madona!... ¡Cume e gordo!...</p> - -<p>—Rigularcito—respondió con modestia don Cupertino; -y mientras arreglaba el cuero, preguntó -observando uno recién estirado.</p> - -<p>—¿Y este, padre?</p> - -<p>—Es el de don Brulio.</p> - -<p>—¡Canalla!—exclamó en el colmo de la indignación.</p> - -<p>—¿Cume canalla?...</p> - -<p>—¡Pero sí, padre!... ¿No ve las orejas?...</p> - -<p>—¡Sicuro!... Tiene orecas come tudos los corderos…</p> - -<p>—¿Pero no ve la señal?... ¡Punta e' lanza -en la izquierda, sarcillo de arriba en la derecha!... -!Mi señal!...</p> - -<p>El fraile quedó asombrado.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_25" id="Page_25">[25]</a></span></p> - -<p>—¡Ma si cuesto e vero, e propio un canalla!...</p> - -<p>El cura continuó manifestando su indignación, -mientras don Cupertino observaba uno por uno -los cueros apilados. Había cincuenta y ocho: -tres de su señal, veintiseis de distintas señales -de linderos y veintinueve señal de don Braulio. -Porque él, don Cupertino, sólo le robaba a don -Braulio. Quedó satisfecho, y cuando el cura le -dijo:</p> - -<p>—Que hay qui denunciarle a la justicia a cuesto -porcaccione—él contestó humildemente:</p> - -<p>—No padre. ¡Por tan poca cosa! Cristo manda -perdonar, ¡yo perdono!...</p> - -<p>Don Tadeo miró el cordero gordo, se le hizo -agua la boca y exclamó emocionado:</p> - -<p>—¡Qui santo varone!...</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="DRAMA">TRIPLE DRAMA</h2></div> - -<p>Estaba obscureciendo cuando don Fidel regresó -de su gira por el campo. Los peones que mateaban -en el galpón y lo vieron acercarse al lento -tranco de su tordillo viejo,—ya casi blanco de -puro viejo,—observaron primero el balanceo de -las gruesas piernas, luego la inclinación de la cabeza -sobre el pecho, y, conociéndolo a fondo, -presagiaron borrasca.</p> - -<p>—Pa mí que v'a llover—anunció uno.</p> - -<p>—Pa mí que v'a tronar,—contestó otro; y Sandalio, -el capataz, muy serio, con aire preocupado, -agregó:</p> - -<p>—Y no será difícil que caigan rayos.</p> - -<p>Casi todos ellos, nacidos y criados en el establecimiento, -casi todos ellos hijos y nietos de servidores -de los Moyano, conocían perfectamente -a don Fidel.</p> - -<p>Grandote, panzudo, barbudo, tenía el aspecto -de un animal potente, inofensivo para quien no -le agrediera, temible para quien se permitiese -fastidiarlo.</p> - -<p>Fué siempre liso como badana y límpido cual -agua de manantial. Habitualmente, recias carcajadas -hacían estremecer el intrincado bosque -de sus barbas, como se estremecen alegres los pa<span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span>jonales, -cuando en el bochorno estival, la fresca -brisa vespertina, mojada en agua del río, hace -cimbrar con su risa las lanzas enhiestas, enclavadas -en el cieno del bañado.</p> - -<p>Empero, al llegar a la cincuentena, cuando -murió su mujer de una manera trágica y algo misteriosa, -el carácter de don Fidel cambió en forma -sensible.</p> - -<p>Normalmente era el mismo de antes, bondadoso -y justo, severo, pero ecuánime; mas, de tiempo en -tiempo y sin causa aparente, tornábase irascible, -violento y atrabiliario, lanzando reproches infundados -y sosteniendo ideas absurdas, al solo -objeto de que los inculpados se defendiesen, o -los interpelados le contradijeran, para exacerbarse, -montar en cólera y desatarse en denuestos y amenazas.</p> - -<p>Pasada la crisis, volvía a ser el hombre bueno, -más suave que maneador bien sobado y bien engrasado -con sebo de riñonada.</p> - -<p>Las gentes de la estación lo conocían bien; y -dado que, aparte de quererlo y respetarlo y temerlo, -encontraban mucha ventaja en su servicio, -sabían «hacer el perro»—callar y agacharse,—cuando -tronaba en lo alto.</p> - -<p>Don Fidel descendió del caballo dentro de la -enramada, y al volverse se encontró con Felisa, -su sobrina y ahijada, quien, juntando las manos, -imploró humildemente:</p> - -<p>—¿La bendición, padrino?...</p> - -<p>El la miró; trató de corregir la aspereza de su -semblante y dijo:</p> - -<p>—Dios l'haga una santa.</p> - -<p>Entre estas dos frases rápidas, un peón había<span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span> -acudido y tomado la rienda del caballo, mientras -otro, no menos solícito, desprendía la sobrecincha -y se apresuraba a desensillar.</p> - -<p>Don Fidel rabió con aquella solicitud que le -impedía estallar en reproches; pero se contuvo, -y entregando a Felisa la escopeta que llevaba en -la mano, le dijo:</p> - -<p>—Llevá p'al cuarto; y tené cuidao qu'está -cargada con bala.</p> - -<p>Ella tomó el arma, dió vuelta, anduvo un paso -y volviéndose interrogó con voz de inocencia:</p> - -<p>—¿Los dos caños están cargaos con bala?</p> - -<p>—¡Los dos!—respondió con aspereza el viejo; -y luego, por natural sentimiento de bondad, agregó -dulcificando el acento:</p> - -<p>—Tené cuidao...</p> - -<p>Ella se fué hacia las habitaciones de la estancia, -y don Fidel penetró en el galpón. Un peón le -ofertó de inmediato un «amargo» que el estanciero, -con el gañote seco, aceptó. Tomando un -banquito, se sentó, en la rueda, cerca del fogón. -Y mientras chupaba el mate, dijo:</p> - -<p>—Anduve recorriendo... En el bañao de las -cruces encontré una vaca bragada, muerta y medio -podrida, sin sacarle el cuero...</p> - -<p>—Yo la vide, patrón,—respondió el capataz;—murió -de grano malo y por eso no mandé cueriarla...</p> - -<p>El estanciero, sin dignarse mirar ni responder -al descargo de su subalterno, continuó:</p> - -<p>—En la majada del Bajo Chico vide sinnúmero -de ovejas señal horqueta del vasco Ismendi.</p> - -<p>Pacíficamente, el capataz explicó:</p> - -<p>---Jué un entrevero causao por la lluvia el do<span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span>mingo, -que voltió un lienzo 'e alambrao y pa fin -de apartar yo le he dao rodeo a Ismendi mañana -a las cinco 'e la mañana...</p> - -<p>Don Fidel hizo como si no hubiera oído el descargo -de su administrador, por quien experimentaba -una hostilidad que en vano intentaba disimular. -Y dijo con sequedad:</p> - -<p>—¡Debía haber empezao por componer el alambrao!</p> - -<p>Generalmente, el viejo mayordomo dejaba sin -réplica las acusaciones del patrón; pero aquella -tarde parecía tener empeño en avivar su mal -humor contradiciéndole.</p> - -<p>—No compuse, patrón, porque el bajo, como -habrá visto, está lleno de agua; y no se puede -estirar alambre con postes plantaos en el agua...</p> - -<p>Humillado con la lógica del capataz, don Fidel -cogió la limeta y apuró un grueso sorbo de «caña».</p> - -<p>El viejo Sandalio sonrió irónicamente, dejando -ver a través de las hebras escasas y ásperas de -sus bigotes griseos, las negras encías, desprovistas -de dientes. Pocas veces bebía el patrón, pero -cuando había pegado un trago, era insaciable. -Satisfecho, el capataz aprovechó la coyuntura de -que don Fidel la emprendiera violentamente con -uno de los peones, para escurrirse en silencio.</p> - -<p>Sigilosamente cruzó el patio, rodeó «las casas» -y se fué hasta la barra de eucaliptus que defendían -de los vientos bravos del este y del sud, la -cabecera de la huerta de frutales.</p> - -<p>Allí, vuelto detrás del membrillar que crecían -entre los eucaliptos, se encontró a Virginio Moyano, -su sobrino.</p> - -<p>Ahorrando frases inútiles, el viejo preguntó<span class="pagenum"><a name="Page_31" id="Page_31">[31]</a></span> -secamente:</p> - -<p>—¿Estás pronto?</p> - -<p>—Sí,—respondió el mozo—; tengo ensillao, pa -mí, el tordillo negro qu'es capaz de galopiar treinta -leguas de un tirón, y pa ella el bayo batea, -que no se cansa nunca y de un andar qu'es como -hamacarse en un sillón.</p> - -<p>—Güeno. Estén alpiste y cuando sintás un tiro, -monten a caballo y claven la uña... ¡Adiós!...</p> - -<p>—¡Adiós, tío!</p> - -<p>Se abrazaron y el viejo empezó a andar hacia -el galpón. Iba contento. Chita, la hija de don -Fidel, y Virginio, su sobrino, se amaban. Pero -el patrón, a quien se le había puesto entre ceja -y ceja que Chita no era hija suya sino de Sandalio, -no sólo había «espantado» a Virginio, sino que -se había dispuesto a cazarlo; y para eso salía todas -las tardes con la escopeta cargada a bala, sabiendo -que el mozo rondaba por las inmediaciones.</p> - -<p>Don Fidel odiaba a Sandalio, su viejo amigo, -y compañero, su eficaz cooperador en la construcción -de su fortuna; y lo odiaba tanto más, cuanto -que, convencido de su infidelidad, carecía en absoluto -de pruebas materiales de su traición y -evitaba la querella por miedo al ridículo.</p> - -<p>Enterado de todo, el capataz, resolvió salvar -a los jóvenes proporcionándoles la fuga. ¡Después... -lo que Dios quisiera!... Su acción era -justa, bien que la empañase una pequeña nube: -Virginio había seducido a Felisa, la sobrina del -patrón, abandonándola con un hijito en los brazos, -la deshonra en el rostro y la desesperación -en el alma... Pero... la vida es así. Las yerbas -que mueren dan alimento a las yerbas que nacen.<span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span> -Cuando un cariño se seca, nadie puede obligar a la -tierra que permanezca estéril, que no germine -otra semilla, que no críe otra planta, que no expanda -otra flor...</p> - -<p>Y cuando el capataz entró en el galpón y se -acercó al fogón, pudo observar con contento, -que la botella de caña estaba casi vacía y que los -ojos de don Fidel brillaban excesivamente.</p> - -<p>Incorporado a la rueda, le alcanzaron un mate; -pero apenas había chupado un sorbo, cuando lo -arrojó, y levantándose bruscamente, exclamó:</p> - -<p>—¡Jué pucha!... ¡La comadreja ladrona e gallinas!...</p> - -<p>Desenfundó el revólver que llevaba al cinto -e inclinado el cuerpo avanzó con precauciones -hacia el fondo obscuro del galpón, donde estaban -amontonados cajones vacíos, útiles de labranza, -cachivaches de toda clase.</p> - -<p>—Ahí está—gritó el viejo haciendo fuego sobre -un sujeto imaginario.</p> - -<p>Los tertulianos, con el patrón a la cabeza, se -acercaron.</p> - -<p>—¿Pegó?</p> - -<p>—¡Seguro que pegué!... Puay no más debe -estar...</p> - -<p>—¡Ni plumas de comadreja!... ¡Sandalio ya -no tiene ni vista ni puntería!—expresó irónicamente -don Fidel.</p> - -<p>Y Sandalio, con ironía:</p> - -<p>—¡Pasencia!... Cuando se tiran dos tiros al -mesmo tiempo, no se pueden acertar los dos...</p> - -<p>En ese mismo momento llegó hasta el galpón -el estampido de un tiro que parecía venir de la -valla de eucaliptus. Todos corrieron hacia allá<span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33">[33]</a></span> -y se encontraron con un cuadro tan inesperado -como desconcertante.</p> - -<p>Virginio, hincada en tierra una rodilla, sostenía -entre sus brazos el cuerpo inanimado de Chita, -todo bañado en sangre. A unos pasos de allí, -recostada a un eucaliptu, Felisa, cuyo rostro expresaba -contento feroz, tenía en su mano la escopeta, -humeante aún.</p> - -<p>Don Fidel y Sandalio se abalanzaron al mismo -tiempo sobre la joven moribunda. Pero el capataz -llegó primero y la arrancó de los brazos de Virginio, -y besándola frenéticamente, exclamó:</p> - -<p>—¡Hija mía!... ¡Adorada hija mía!...</p> - -<p>El estanciero detuvo el movimiento de sus brazos. -Se replegó sobre sí mismo y con una voz -tan amarga cual si le hubiesen reventado en la -garganta una vejiga de hiel, díjole:</p> - -<p>—¡Ah! ¡Tu hija!... ¿Te denunciás al final, traidor -de amigos, ladrón de honras?...</p> - -<p>Y con un gesto rápido, sacó el revólver, lo -aplicó a la frente de Sandalio y le hizo saltar los -sesos.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="BASURERO">FLOR DE BASURERO</h2></div> - -<p>Ana y el viejo cuzco «Cachila» hallábanse de -tal modo habituados a insultos y aporreos, que -cuando éstos escaseaban sentíanse inquietos -temiendo alguna crueldad extraordinaria.</p> - -<p>Ana, hija de una de esas almas de fango del -suburbio aldeano, había sido recogida por la familia -del estanciero don Andrés Aldama y fué -a aumentar el número de los numerosos «güachos» -criados en el establecimiento.</p> - -<p>Como los durazneros, producto de carozos que -germinan en los basureros donde fueron arrojados -junto con los demás desperdicios de cosas -que causaron placer, como esos hijos del desprecio -engendrados al azar, Ana hubiera crecido -en medio de la indiferencia de todos.</p> - -<p>Y así fué durante ocho o diez años. Baja, flacucha, -de cara menuda y siempre pálida, crecía -igual que las plantas aludidas, sufriendo la ausencia -de todo cultivo, nutriéndose con los escasos -jugos que les deja la voracidad de los yuyos.</p> - -<p>Esa carencia de encantos, unida a la constante -adustez de su fisonomía, su parquedad de palabra, -su actitud siempre huraña y recelosa, justificaban -el menosprecio general de la población de -la estancia.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_36" id="Page_36">[36]</a></span></p> - -<p>—A más de flaca y fiera, en tuavía es más arisca -que aguará,—decían de ella los peones; y en -injusto castigo por defectos de que no era culpable, -la acosaban con sátiras mordaces y con -bromas de una grosería brutal casi siempre.</p> - -<p>Pero ocurrió que con la llegada de una precoz -pubertad se operó en su físico una repentina y -radical transformación.</p> - -<p>Las piernas de tero y los brazos de alfeñique -y el pecho plano adquirieron en pocos tiempos -redondeces impresentidas. Y el rostro, aun cuando -se conservó flacucho y menudo, se embelleció -extraordinariamente, sin perder, al contrario, acentuándose, -la expresión, huraña y agresiva.</p> - -<p>—Con la pelechada de primavera, la guacha -se ha puesto cuasi linda,—expresó un peón.</p> - -<p>—Pero sigue siendo dura de boca,—dijo otro.</p> - -<p>Con la transformación, en vez de mejorar empeoró -la suerte de la muchacha. Los mozos, altamente -desdeñados en sus galanteos, redoblaron -las groserías de sus injurias; las compañeras -que antes la martirizaban por fea y por débil, -unieron la envidia al haz de la malquerencia.</p> - -<p>Para colmo de las adversidades, doña Sabina, -la patrona, se puso a la cabeza de la conjura. -Dicha señora, orgullosa, irascible, gobernaba despóticamente -en la estancia y todas las voluntades -se rendían ante la suya, porque todas sabían -que aquella alma egoísta y cruel, era inaccesible, -no sólo a la piedad, sino también a las -reclamaciones de estricta justicia.</p> - -<p>Ana mereció que la patrona la distinguiera -con mayor dosis de acritud; y cuando el patrón -interponía, tímidamente, su escasa influencia en<span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span> -favor suyo, la señora se contentaba con aumentar -la violencia del pellizco o del tirón de las mechas.</p> - -<p>Empero, al convertirse en moza apetecible la -insignificante chiquilla, la iracunda señora no -admitió ya la bondadosa intervención de su débil -esposo. Diez años mayor que éste, doña Sabina -lo tenía brutalmente esclavizado con sus celos, -hasta el punto que el pobre hombre no se atrevía -a levantar la vista delante de ninguna mujer, -joven o vieja, linda o fea. Y aún así no escapaba -al diario diluvio de violentas recriminaciones y -de improperios con que lo azotara su consorte.</p> - -<p>Desde entonces la más leve falta cometida por -Ana era castigada con inaudita severidad y en -medio de los más rudos apóstrofes.</p> - -<p>—¡Sin vergüenza, arrastrada, flor de basurero!... -¡Andá pedirle ayuda a tu protector, -el puerco de mi marido!...</p> - -<p>El marido no solamente no volvió a interceder -en favor de Ana, sino que esquivaba su presencia -y rarísima vez le dirigía la palabra. Precauciones -que, por otra parte, en nada hicieron disminuir -la furia celosa de su mujer.</p> - -<p>El cambio no impresionó,—en apariencia, al -menos,—a la huérfana. Su resignación y su humildad -se mantuvieron iguales que antes. En -apariencia, porque un observador sagaz hubiera -advertido en sus ojos ciertos fugitivos destellos -de rencor concentrado y de voluntad disimulada.</p> - -<p>Una mañana, a raíz de formidable rabieta, -doña Sabina cayó fulminada. Su muerte produjo -en todos los seres del establecimiento una -impresión de alivio, de liberación. La alegría,<span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span> -prescripta durante la tiránica dominación de la -harpía, reapareció en la estancia. Hubieron de -nuevo cantos y risas y expansiones. Hasta don -Andrés sintióse rejuvenecido de diez años. Tras -veinte años de esclavitud, experimentaba imperiosa -necesidad de amor, de afectos, de caricias. -Sus consideraciones y simpatías por Ana -se extremaban día a día, hasta el punto de que -una vez el viejo capataz don Sandalio le observó -respetuosamente:</p> - -<p>—¡Tenga cuidao, patrón!... Las piedras de -arroyo son refalosas...</p> - -<p>El no pudo impedir el rubor y respondió intentando -justificarse:</p> - -<p>—Lo que yo hago por esa muchacha es de lástima -y también porque me remuerde la consensia -no haber tenido coraje pa defenderla de las -injusticias de la finada.</p> - -<p>—¡Tenga cuidao, patrón!—volvió a advertir -el viejo.—Las flores de basuras tuitas son venenosas.</p> - -<p>Pocas semanas después, el capataz decía en -rueda de fogón:</p> - -<p>—Maliseo que no v'a pasar un año sin que tengamos -nueva patrona; y esta v'a ser pa nosotros -diez veces pior que la dijunta, a quien Dios haiga -perdonao...</p> - -<p>Y así fué. La despreciada y aporreada güachita -se instaló en la casa como «patrona». Sin -violencias, sin gritos, sonriendo siempre, impuso -tales vejámenes y tal abrumador recargo de trabajo -a todo el personal de la casa, que uno tras -otro tuvieron que marcharse. El patrón, enceguecido -por un amor casi senil, justificaba aquella<span class="pagenum"><a name="Page_39" id="Page_39">[39]</a></span> -dictadura mansa y suave, para él infinitamente -más soportable que la dictadura brutal del sargentón -fallecido. Todo lo disculpaba y perdonaba, -hasta las continuas infidelidades de su -esposa, realizadas sin recato alguno. Con ruegos, -con súplicas humillantes, había conseguido salvar -a Sandalio, su viejo y honesto servidor. Pero -llegó el momento en que la dominadora ordenó -su sacrificio. Don Andrés tuvo que ir a comunicarle -la sentencia, diciéndole, con los ojos llenos -de lágrimas:</p> - -<p>—Mi pobre viejo...</p> - -<p>—No diga más patrón,—interrumpió don Sandalio;—hace -tiempo tengo prontas las maletas -y si antes no me juí, jué por no dejarlo a usté -de un modo abandonao...</p> - -<p>—¡Quién había'e decirme,—gimió don Andrés,—que -tuitas mis bondades habían de tener ese -pago!...</p> - -<p>—Yo se lo dije, patrón y usté no quiso oirme: -los duraznos nacidos en el basurero tienen flor -linda, pero el fruto siempre es agrio...</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="OTRO">P' HACERLO RABIAR AL OTRO</h2></div> - -<p>—Me vi' a dir.</p> - -<p>—¿P' ande?</p> - -<p>Pa cualisquier pago que tenga arroyos ande -uno pueda arrojarse...</p> - -<p>—¿Tenés ganas de augarte?</p> - -<p>—...o campos fieros, con serranías o cangrejales -que permitan quebrarse el pescuezo de una -rodada!...</p> - -<p>—¡La pucha!... Sabe aparcero qu' está más -fúnebre que cajón de difunto?... ¿Qué le acontece?.. -¿Carnió a lo gringo y cortó la vegiga de la yel?...</p> - -<p>—¡Cuasi asina!... ¡De la res qu'he carniao, -tuitas las tripas me resultan tripas amargas!...</p> - -<p>—¿Y d' ahí?... El remedio está acollarao con -la enfermedá: deje las achuras pa los perros y meriende -los costillares y la pulpa...</p> - -<p>—¡Si la res que carnié no tiene más que achuras!...</p> - -<p>Esta última frase la pronunció Trifón con tal -acento de amargura y de descorazonamiento, que -su amigo Silverio, condolido, cambió de tono y -exclamó afectuosamente:</p> - -<p>—Estás desagerando, muchacho... Por ruin -que sea la lonja, ningún lazo se rompe de la pri<span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span>mera -enlazada... ¿Qué te pasa para ponerte -blandito asina?...</p> - -<p>—¡Que m' ha de pasar!... Usté lo sabe bien.</p> - -<p>—Carculo no más... Yo no he dentrao al rancho -'e tu alma pa saber si la cama está renga.</p> - -<p>—No carece dentrar al agua pa saber qu' el -arroyo está de nado.</p> - -<p>—Sí; cuando se tiene seña. En el paso chico del -Auspon, pu' ejemplo, yo sé que cuando l' agua -llega al primer ñudo del sauce viejo de la derecha, -moja las verijas del mancarrón, y cuando sube -hasta la horqueta, baña el lomo... Eso sé, porque -lo vide sinfinidad de ocasiones... Pero en tu -caso...</p> - -<p>—Mi caso es más claro entuavía,—respondió -violentamente Trifón. Y echándose sobre los ojos -el chambergo, se fué de la enramada.</p> - -<p>Silverio, gaucho maduro ya, lo miró partir con -lástima, sacudió la cabeza, sacó la tabaquera y -mientras armaba un cigarrillo, exclamó:</p> - -<p>—¡La gran mucha!... ¡Parece mentira que -unas náguas maneen más que unas boleadoras!... -¡Es bicho zonzo el hombre!... Güeno... a sigún. -Lo qu' es a mí, cualquier día mi hacen dentrar -en corral de ovejas mariandomé con jarabe 'e -pico... ¡Mucho tiene que llover pa que gotée el -techo de mi rancho!...</p> - -<p>Tras el soliloquio, tomó el mate, le dió vuelta -a la cebadura, quitó los palos, «encieló» un poco -y se puso a cimarronear solo. Siempre había estado -solo, él. ¿Por qué?... No lo buscaba, pero -siempre ocurría así. A la hora de la comida, o llegaba -antes que los otros o llegaba después que los -otros, y tenía que comer solo. A la hora del mate<span class="pagenum"><a name="Page_43" id="Page_43">[43]</a></span> -pasaba lo mismo. En los trabajos de campo, en -las recorridas o en las recogidas, siempre ocurría -lo mismo: a él le tocaba quedar solo.</p> - -<p>Pero como era muy bueno y muy simple, jamás -se preocupó por ello, ni encontró motivo de amarguras. -Por lo único que hubiera podido disgustarse -era por su afición a «pensiar»; pero por eso -mismo lo subsanaba hablando solo continuamente -en voz alta lo que le había valido el apodo de -«el loco Silverio».</p> - -<p>Y a Silverio no le importaba un fósforo todo eso. -En realidad, nada le importaba. Para él, lo mismo -era una picana de vaquillona que un cogote de -novillo, igual un flete escarceador que un matungo -tropezador, de esos que van «arrancando macachines» -y que a lo mejor se vuelcan «como carreta -en ladera». Bebía lo mismo el agua cristalina -de la laguna, que el agua pestilencial del estero. -Lo único que le repugnaba un poco, eran -las mujeres. Pero hay que advertir que él nunca -se acercó a ninguna mujer, y menos aún ninguna -mujer a él.</p> - -<p>Esa tarde, mientras mateaba y venía cayendo -la noche, decía:</p> - -<p>¡Que pavada 'e muchacho!... Andar de esa -laya, tuito descangallao, porque la piona Liberia -le dijo que lo quería y aura le dice que no lo quiere!... ¡Me -había 'e pasar a mí! Güeno, es verdá -que a mí las mujeres m' empalagan mesmo que -miel de camoatí...</p> - -<p>En ese mismo momento se acercó sigilosamente -Liberia, una chinita cuyo cuerpo y cuyo rostro -eran la suprema expresión de la lujuria. Con voz -dulce dijo:</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span></p> - -<p>—¿Siempre solito, Silverio?</p> - -<p>—Siempre, m'hijita.</p> - -<p>Ella hizo un mohín.</p> - -<p>—¡No me llame m'hijita!... Usté no es un -viejo.</p> - -<p>Ante aquella frase, dicha cariñosamente, Silverio -experimentó una sensación extraña.</p> - -<p>—Viejo, no;—dijo—pero ya medio tordillo.</p> - -<p>—¡Salga de áhi!... Si usted supiera...</p> - -<p>Y la chica suspiró, bajó los ojos y se acercó más -al gaucho.</p> - -<p>Este se puso de pie, extrañado, cohibido.</p> - -<p>—¿Si yo supiera, qué?</p> - -<p>—Qué... ¿pero me quiere hacer decir lo que -no debo decir?... ¿No ve que... que desde hace -tiempo lo quiero?...</p> - -<p>Y al decir esto, muy despacito, como si la frase -hubiese salido contra su voluntad, dejó caer la -cabeza sobre el hombro de Silverio en adorable -abandono amoroso...</p> - -<p>—¡Caramba!—dijo él, estrechándole la cintura.—¿Y -Trifón?</p> - -<p>—¿Qué me importa de Trifón?... Si vos me -querés...</p> - -<p>—Y... yo dentraría... a la verdá... soy -chambón pa este juego, pero...</p> - -<p>Con acento sonriente y quemándole la mejilla -con los labios, ella exclamó:</p> - -<p>—¡Quereme!</p> - -<p>Incapaz de reflexión, súbitamente despertado -el instinto, Silverio la abrazó con fuerza, exclamando:</p> - -<p>—¡Sí, ya t'estuy queriendo!...</p> - -<p>En ese mismo momento apareció Trifón. Al<span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span> -ver el cuadro se detuvo indeciso. Luego escupió -en el suelo.</p> - -<p>—¡Cochina!—dijo y dió media vuelta.</p> - -<p>Cuando el otro hubo desaparecido, Liberia se -desasió de los brazos del gaucho y rió con estrépito.</p> - -<p>El, tartamudeante, rogó:</p> - -<p>—¿Nos veremos luego?...</p> - -<p>Ella, despreciativa, contestó:</p> - -<p>—¿Pa qué?... ¿Si piensa que suy clavel del -aire pa vivir pegada a un palo viejo?</p> - -<p>—¿Y por qué has hecho esto?,—balbuceó desconcertado -Silverio.</p> - -<p>—¿Y no se da cuenta?... ¡P' hacerlo rabiar -al otro!...</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="ARROYO">EN EL ARROYO</h2></div> - -<p>El verano encendía el campo con sus reverberaciones -de fuego, brillaban las lomas en el -tapiz de doradas flechillas, y en el verde de los -bajíos cien flores diversas de cien hierbas distintas, -bordaban un manto multicolor y aromatizaban -el aire que ascendía hacia el ardiente -toldo azul.</p> - -<p>En el recodo de un arroyuelo, sobre un pequeño -cerro, veíanse unos ranchos de adobe y paja brava, -circundados de árboles. El amplio patio no -tenía más adornos que un gran ombú en el medio -y en las lindes unos tiestos con margaritas, romeros -y claveles. El prolijo alambrado que lo cercaba -tenía tres aberturas, de donde partían tres -senderos: uno que iba al corral de las ovejas, otro -que conducía al campo de pastoreo, y el tercero, -más ancho y muy trillado, iba a morir a la vera -del arroyo, distante allí un centenar de metros.</p> - -<p>El arroyo aquel es un portento; no es hondo, -ni ruge; sobre su lecho arenoso la linfa se acuesta -y corre sin rumores, fresca como los camalotes -que bordan sus riberas y pura como el océano -azul del firmamento. No hay en las márgenes -palmas enhiestas representando el orgullo florestal, -ni secas coronillas, símbolo de fuerza, ni ra<span class="pagenum"><a name="Page_48" id="Page_48">[48]</a></span>mosos -guayabos, ni virarós corpulentos. En cambio, -en muchos trechos vense hundir en el agua -con melancólica pereza las largas, finas y flexibles -ramas de los sauces, o extenderse como culebras -que se bañan, los pardos sarandíes. Tras -esta primera línea de vegetación vienen los saúcos, -el aragá, el guayacán, la arnera sombría, los ceibos -gallardos, y aquí y allí, encaramándose por -todos los troncos, multitud de enredaderas que, -una vez en la altura, dejan perder sus ramas como -desnudos brazos de bacante que duerme en una -hamaca.</p> - -<p>Los árboles no se oprimen, y, a pesar de sus -opulentas frondescencias, caen a sus plantas, -en franja de luz, ardientes rayos solares que besan -la hierba y arrancan reflejos diamantinos al -montón de hojas secas. Hay allí sitio para todos; -entre el césped corren alegres las lagartijas; en el -boscaje centenares de pájaros inspiran amores -en la puerta del nido; las mariposas de sutiles -alas policromas vuelan libando flores, y allá, en -la cinta de agua que parece un esmalte de nácar -sobre el verde del bosque, saltan las mojarras -de reluciente escama, cruzan, serpenteando veloces -culebrillas rojas parecidas a movibles trozos -de coral, y, de cuando en cuando, con rápido -vuelo sigiloso un martín pescador proyecta su -sombra, rompe el cristal con su largo pico y se -eleva conduciendo una presa.</p> - -<p>En una cálida mañana de diciembre, una joven, -en cuclillas junto al agua, lavaba afanosamente. -De tiempo en tiempo cesaba de refregar, -sacudía las manos y se las pasaba por la frente -a fin de quitar el sudor o volver a su sitio una<span class="pagenum"><a name="Page_49" id="Page_49">[49]</a></span> -mecha rebelde. Concluído el trabajo, la joven -se puso de pie, hizo un lío con las piezas lavadas -y se escurrió por un sendero hasta llegar a un playo, -donde extendió las ropas, cantando bajito unas -coplas maliciosas.</p> - -<p>Luego quedó un rato indecisa, y al fin echó -a andar hacia el fondo del patiecito. Cuando -llegó a la arboleda arrancó una flor de ceibo, que -puso entre sus labios tan rojos como la flor, y -recostada en el árbol detúvose pensativa.</p> - -<p>Oyóse a poco un crujir de ramas, y de súbito -apareció en el playo un mocetón fornido, de tez -morena, de simpático rostro. Iba con el sombrero -en la mano, sujeto del barboquejo a manera de -canasta, pues lo había llenado de frutos de <i>ñangapiré</i>, -cubiertos por un gran ramo de margaritas. -Ya cerca de la joven, tendió torpemente -el brazo, ofreciéndole el ramo.</p> - -<p>—Tomá.</p> - -<p>Ella lo tomó y respondió contenta:</p> - -<p>—¡Qué lindas!... gracias...</p> - -<p>Y después, mirando el sombrero:</p> - -<p>—¿Qué trais ahí?</p> - -<p>Y sin darle tiempo para responder, metió la -mano traviesa y tomó un puñado de frutas que -llevó golosamente a la boca.</p> - -<p>—¡Pitarigas!... ¡Qué lindas! ¿Dónde las ajuntastes?...</p> - -<p>El mocetón, con el labio péndulo y la mirada -embobada, se quedó mirándola.</p> - -<p>—¿No me das esa flor?—dijo de pronto, refiriéndose -a la de ceibo que la niña había dejado -caer al suelo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50">[50]</a></span></p> - -<p>—¡Esa no!—contestó ella con viveza.—¡Es muy -ordinaria!... ¡Tomá ésta!—y le ofreció un clavel -blanco que llevaba en el pelo. El lo tomó -con mano trémula y abrazándola con la mirada -suspiró:</p> - -<p>—¿De verdá me querés, Clota?</p> - -<p>Ella lo miró fijamente, dando una expresión -severa a su linda cara morocha y, lanzando una -sonora carcajada, dijo:</p> - -<p>—¡Qué cara de ternero enfermo que tenés!...</p> - -<p>Palideció el gauchito; honda pena anubló su -semblante, y entonces ella, acercándose, le echó -los brazos al cuello y le dió un beso mordiéndole -el labio hasta hacer brotar la sangre...</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="DESHONESTO">UN DESHONESTO</h2></div> - -<p>Hacía calor, sentí sed y me introduje en el primer -bar que se ofreció a mi paso.</p> - -<p>Era aquello una cueva larga, estrecha, obscura.</p> - -<p>En los muros laterales, encerrados en marcos -de color terroso parecían dormitar Thiers y Gambetta, -Grevy y Carnot, con los rostros maculados -por la indecencia de las moscas. Al fondo, remando -sobre la anaquelería indigente que se encontraba -detrás del mostrador, un espejo oval lucía su -luna turbia protegida por un tul amarillo.</p> - -<p>Me senté, pedí un chopp, y mientras bebía -el inmundo brebaje, observaba el recinto.</p> - -<p>En el fondo, cerca del despacho, estaba sentado -un parroquiano. Aparentaba más de cuarenta -años; la vestimenta, trabajada; la barba, canosa -y sin aseo; el rostro, con residuos de inteligencia -ocracio y demacrado.</p> - -<p>Tenía por delante una copa de licor casi intacta, -y entre sus dedos enflaquecidos, azulados, -sostenía en alto un periódico. Simulaba leer. -La mirada, turbia y vaga, parecía un riacho helado.</p> - -<p>Aquel hombre me atrajo, quizá por su visible -tristeza, quizá por su evidente penuria moral.<span class="pagenum"><a name="Page_52" id="Page_52">[52]</a></span> -No recuerdo con qué pretexto entablamos conversación.</p> - -<p>Hablamos, es decir, él habló, contándome su -historia. En la incoherencia del relato, en el ilogismo -de algunos episodios, en la inverosimilitud -de ciertos hechos, advertí que mentía, que -mentía a cada instante, con la obstinación de un -maniático, con la indisciplina mental de un beodo. -Pero, en realidad, no mentía: inventaba para explicar -con dolorosa sinceridad, las tribulaciones, -las caídas y la bancarrota de su ser moral.</p> - -<p>Más o menos suprimidas las digresiones, me -dijo lo siguiente:</p> - -<p>—Yo era huérfano y disponía de una fortunita. -Era débil, necesitaba un apoyo, un sostén. Hallé -una mujer que me gustó; ella gustó de mí: nos -casamos. Modestos y económicos los dos, vivíamos -muy bien con la escasa renta de mis bienes. -A seguir siempre así hubiéramos sido felices. Pero -los parientes de mi mujer, que eran ricos, comerciantes, -se indignaron de que yo, siendo joven y -fuerte, dejase transcurrir los meses y los años -sin otra ocupación que cuidar mi jardín, vigilar -las aves, jugar con los chicos y leer los folletines -de los diarios. Al fin llegaron a convencernos—a -mi esposa primero, a mí después,—que aquella -existencia era indecorosa, que debía trabajar -en algo.</p> - -<p>«Debo advertir que yo no era haragán, no; -no era haragán; pero era un inútil, sin iniciativa, -sin energías, sin voluntad. Esa es la palabra, sin -voluntad.</p> - -<p>»Así se lo expliqué a mi esposa, agregando que -me parecía cosa temeraria aventurar nuestro bien<span class="pagenum"><a name="Page_53" id="Page_53">[53]</a></span>estar; -pero ella me convenció de lo contrario, -diciéndome que sus parientes encontraban deshonesto -mi modo de vivir, y que debían tener -razón, siendo personas serias.</p> - -<p>«Me decidí. Realicé mi capitalito y fuí a pedir -consejos a mis avisados parientes. El más competente -de entre ellos—el más rico,—se expresó -de este modo:</p> - -<p>—La ciencia del comercio puede concretarse -en cinco preceptos: 1.º No tener ningún vicio -ostensible; 2.º No dejarse engañar por el vendedor; -3.º Engañar siempre al comprador; 4.º -Pagar derechos de aduana solamente por la tercera -parte de las mercaderías importadas; 5.º -Explotar a los empleados pagándoles lo mínimum -y exigiéndoles el máximum de trabajo posible.</p> - -<p>«Más sencillo no podía ser. Pero yo era decididamente -muy bruto. Creí en la sinceridad y -en la honestidad comercial de los vendedores. -No supe engañar al cliente; me repugnó el contrabando, -pagué con largueza a mis empleados -y... ¡claro!... me fundí.</p> - -<p>«¡Me fundí!... Mis parientes le dijeron a mi -esposa:</p> - -<p>—¡Es natural! No sirve para nada.</p> - -<p>«Y efectivamente, yo ya no servía para nada. -La miseria invadió mi casa; las deudas me estrangularon. -En esa situación, los honorables parientes -vinieron a mi auxilio: recogieron a mi mujer -y a mis hijos. Fueron buenos, no hay que negarlo. -Mi mujer zurce los calcetines del marido, -arregla los vestidos de su esposa, cuida de los chicos, -vigila la servidumbre. Mis hijos... a mis -hijos se les cuida para utilizarlos más tarde, con<span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span>forme -al quinto precepto del éxito comercial.</p> - -<p>Dolorido, preguntéle:</p> - -<p>—¿Y usted?</p> - -<p>—¿Yo?—respondió amargamente.—Yo soy un -inútil.</p> - -<p>Bebió de un sorbo la copa de licor y mirándome -con ojos vidriosos, con una mirada opaca -de agonizante, agregó:</p> - -<p>—¿Crée usted que si yo fuera algo, si hubiera -en mí un resto de voluntad, si no me sintiera una -pulpa muerta, habría aceptado la sangrienta -caridad de mis verdugos?... ¡Yo soy un deshonesto!...</p> - -<p>Al decir esto, sus ojos brillaron con rojos resplandores -de fiera cautiva; y luego, agobiado por -el esfuerzo, dejó caer la cabeza sobre el pecho...</p> - -<p>Viejo conocedor de miseria, aproveché su ensimismamiento -para alejarme, que colmadas de -tristezas propias hállanse mis alforjas.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="CUENTO">UN CUENTO</h2></div> - -<p>—Don Eulalio, cuente un cuento.</p> - -<p>—¿Para qué?... Ya tuitos los que yo sé, los -he contao. La bolsa está vacida.</p> - -<p>—Invente. No es pa ofenderlo, pero siempre -me ha parecido que la mitá de sus rilaciones son -cosas que nunca jueron, porque por muchos años -que lleve en las maletas y muchas cosas que haiga -visto y óido, me parece a mí qu'en ninguna cabeza -'e cristiano se pueda apilar tanta historia.</p> - -<p>—¿Te parece a vos?</p> - -<p>—Me parece que la calavera es un corral chiquito -en el que, ni apeñuscadas, caben tantas -ovejas.</p> - -<p>—¡Potranco mamón!... No te has dao cuenta -de que la cabeza de una persona no es un corral, -como vos decís, sino un potrero. Allí se crían, -engordan y paren las ideas. Unas se van muriendo -y se las sepulta: son los recuerdos, como -quien dice los dijuntos. En los sesos pasa lo mesmo -qu'en la tierra: arriba caben pocos, abajo no -s'enllena nunca.</p> - -<p>—Y los recuerdos retoñan.</p> - -<p>—Como l'albaca...</p> - -<p>—Arranque un gajo, viejo, pa perfumarnos<span class="pagenum"><a name="Page_56" id="Page_56">[56]</a></span> -esta noche qu'está más desabrida que asao de -paleta...</p> - -<p>—Ya dije: son cuentas del mesmo rosario.</p> - -<p>—No importa: el rosario no aburre cuando -tienen habilidá los dedos p'acortar los padrenuestros...</p> - -<p>—Contaré entonces... Pueda ser qu'escarbando -en la memoria encuentre un grano olvidao.</p> - -<p>—¿Quiere un trago 'e giniebra pa facilitar el -trabajo?</p> - -<p>—Alcance. Siempre s'escarba mejor la tierra -ricién mojada... ¡Es juerte esta giniebra!</p> - -<p>—Marca Chancho.</p> - -<p>—Como chancho se queda, dejuro, el que se -zambulla hasta el fondo el porrón...</p> - -<p>—Pero usté es nadador...</p> - -<p>—¡Como nutria!... En una ocasión m'echaron -en un bocoy de caña y quedé boyando tres días...</p> - -<p>—¿Y al cuarto día?</p> - -<p>—Hice pie; se había secao el bocoy.</p> - -<p>—¡Usté es capaz de secar el Río de la Plata!...</p> - -<p>—¡Eso no, m'hijito!... Si juese de caña u -de giniebra, no digo; pero, el agua me hace mal... -Pucha, si por una casualidá llego a tomar un trago -de agua, me corcovea en las tripas y p'asujetarlo -tengo que hacerlo ginetear por un ginebrón marca...</p> - -<p>—¿Chancho?...</p> - -<p>—Cualquiera que tenga garrones juertes... -Alcanzá el porrón...</p> - -<p>—¿Tragó agua?</p> - -<p>—No; pero al mentarla nomás se me ladea -el recao.</p> - -<p>—Bueno y ¿va largar?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_57" id="Page_57">[57]</a></span></p> - -<p>—¡Esperate!... ¿Vos no sabés que a parejero -viejo hay que calentarlo en partidas pa desentumirle -las tabas?... ¡Qué vas a saber!... Los -muchachos de áura parece que nacieran casaos, -con suegra y todo y son más inorantes que un -dotor de la ciudá... Allá en el tiempo de antes, -cuando yo encomenzaba a echar los cormillos... -¿Che vos, Atañasio, vos te debés di acordar?</p> - -<p>—¡Hum!</p> - -<p>—Vos debés ser del año... ¿De qué año sos -vos?</p> - -<p>—¡Hum!... No... mi... a... cuerdo...</p> - -<p>—¡Dejuro! Es negro Atañasio: los negros son -igual que los yatays; como nadie los planta no -pueden saber cuándo nacieron ni cuántos años -tienen.</p> - -<p>—¿Nunca contastes los años que tenés?</p> - -<p>—Hum... Nunca no conté, no...</p> - -<p>—¡Correntino bagual!...</p> - -<p>—¿Por qué?... Los años que uno ha vivido -y las deudas que ha hecho, nunca se deben contar. -¿Pa qué?... Contándolos, ni los años ni las deudas -se borran...</p> - -<p>—¿Y usté, don Eulalio nunca cuenta sus años?</p> - -<p>—¿Pa qué?... Ni siquiera he contao nunca -la plata que siempre se jué de mi bolsillo al cajón -del pulpero.</p> - -<p>—¿Y las deudas?...</p> - -<p>—¡Avisá!... ¿Qué paisano es capaz de contar -las estrellas?...</p> - -<p>—¿Tiene muchas?</p> - -<p>—¡Como mucho!... Si cada una juese un novillo, -no caberían en los campos que supieron<span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span> -tener los Anchorenas... ¡Alcanzá el porrón!... -¡Se apagó el candil!...</p> - -<p>—¿Y el cuento?</p> - -<p>—¿Qué cuento?</p> - -<p>—El que iba a contar.</p> - -<p>—No lo conté pero lo hice. Tomá el porrón; -esta noche v'hacer frío; lo enllenás de agua caliente -y se lo ponés a tu mujer en los pieses... -¡Asina puede que te deje dormir tranquilo!...</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="FRANQUEZA">POR CULPA DE LA FRANQUEZA</h2></div> - -<p>Era la trastienda de la pulpería una amplia -habitación con los muros bordeados hasta el techo -por estiba de pipas y cuarterolas, barricas -de yerba y sacos de harina, fariña y galleta.</p> - -<p>En medio había una larga mesa de pino blanco -y, a su contorno, supliendo sillas, cuatro bancos -sin respaldos. Una lámpara a kerosene, con el -tubo ennegrecido y descabezado, echaba discreta -claridad sobre la jerga atrigada, que servía -de carpeta. Una botella de caña, seis vasos, -un plato sopero y un mazo de naipes sin abrir, -esperaban a la habitual concurrencia de la tertulia -del almacén.</p> - -<p>Esta estaba constituída por el pulpero, Don Benito,—jugador -famoso delante del Señor,—y cuatro -o cinco hacendados del contorno, que yendo a -pretexto de recibir su correspondencias,—porque -la Pulpería del Abra era a la vez posta de diligencias -y oficina de correos,—quedaban a cenar -y luego a «meterle al monte», hasta que el día -dijera «basta».</p> - -<p>Y la reunión de aquella noche era excepcional, -pues a los «piernas» habituales, se habían -reunido tres mocitos «cajetillas bien empilchados», -que venían de Paraná y habían tenido que ha<span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span>cer -noche en el Abra, a causa de un «peludo difícil -de cavar», encontrado en el camino por la -diligencia del rengo Demetrio.</p> - -<p>Convidados para el «trimifuquen», discretamente, -don Bonifacio, viejo cachafaz que decía: -«Todo lo que debo lo he ganado en el juego»—y -no filosofaba mal;—dos de los forasteros -miraron al tercero, el más joven, una personita -que parecía no ser nada, pero que parecía ser -más que ellos, por tener más dinero. El asintió.</p> - -<p>Se sentaron. Don Bonifacio tomó la banca.</p> - -<p>—Dos diez pa principio... ¿Es poco?... Primero -se enciende el juego con charamusca; dispués -s'echan los ñandubayses...</p> - -<p>—Poca pulpa, pa tanto hambriento,—objetó -uno de los presentes; y el viejo, revolviendo el -naipe, respondió:</p> - -<p>—No te apurés, muchacho; es el churrasco -p'abrir l'apetito; en dispués vendrán los costillares. -¿Qué le parece don?—agregó dirigiéndose -al forastero.</p> - -<p>—Me parece que el churrasco es ruin.</p> - -<p>Y como en ese momento el viejo había dado -vuelta un tres y un siete:</p> - -<p>—Copo al siete,—dijo.</p> - -<p>—Me doy güelta por el siete... y con mucho -cuidao, porque le tomo mal olor al apunte... -Sota... Un cuatro bagual... ¿De qu'es su siete? -¿De oro?... Aquí viene un martillo... Y pinta -raya corrida... ¡Si se rumpe la achura!... ¡Se -le rompió aparcero!... ¡El tres de copas!...</p> - -<p>—Está bien,—respondió sereno el mozo y puso -los siete pesos de la apuesta. Don Bonifacio siguió -mezclando las cartas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_61" id="Page_61">[61]</a></span></p> - -<p>—¿Vicio, don?... Si agrandó la nidada. Est'es -churrasco 'e bofe: cuanti más se cocina más s'infla.</p> - -<p>—Pero al cortarlo se güelve nada.</p> - -<p>—¿Y quién lo corta?... Un sais y un rey. ¿A -cual le meten?... Meta no más sin miedo, don...</p> - -<p>—Copo al rey...</p> - -<p>¡Claro! Siendo 'e la ciudá le pagan al ray!... -Pero en tiempo 'el durazno, me... rio 'e la pera, -y en país de república los reyes no dentran ni -placé, siquiera... Vea... Una, dos, tres... abajo -este cinco, el sais... ¡Ahí está el sais!... S' hicieron -ochenta. Va creciendo el arroyo.</p> - -<p>Durante una hora la partida continuó, siendo -constantes perdedores los tres forasteros. A las -tres de la madrugada se hizo un alto para comer -el puchero de gallina que había hecho preparar -el dueño de casa.</p> - -<p>En el intervalo, don Bonifacio contó la ganancia. -Había ochocientos noventa pesos.</p> - -<p>—Ochenta y nueve pa las velas,—dijo don Benito; -y apartó la suma.</p> - -<p>—Y cuatrocientos pa mi,—dijo un señor hosco -y barbudo que todo el tiempo se lo había pasado -mirando jugar y bebiendo caña.</p> - -<p>—Güenas cuentas, güenos amigos,—habló el -tallador distribuyendo el dinero.</p> - -<p>Y entonces el joven forastero, que no parecía -afectado por la pérdida, preguntó:</p> - -<p>—¿No tienen miedo de que la autoridad los -sorprenda?</p> - -<p>El viejo se echó a reir.</p> - -<p>—¡Que vamo tener miedo!... L'autoridá es -güena... El señor—y designó al hombre de la<span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span> -pera negra,—es el comisario y nos deja divertirnos...</p> - -<p>—¡Ah! ¿Usted es el comisario de la sección?</p> - -<p>—¡Ya lo creo, qu'es el comisario!—respondió -don Bonifacio; y el otro, altivo:</p> - -<p>—Soy el comisario, soy... ¿Qué le duele?...</p> - -<p>—¿Usted es el comisario?</p> - -<p>—¡Claro qu'es el comisario! intervino con violencia -el viejo.—¿Y si no juese el comisario, iba -a cobrar la coima?... ¿Y usté quién es, pa priguntar -como maistro?...</p> - -<p>—Soy el nuevo jefe político,—respondió tranquilamente -el joven.</p> - -<p>Y don Bonifacio, empalideciendo súbitamente -se echó al buche un trago de caña y exclamó hipando:</p> - -<p>—¡Aura si que la... embarré!... ¡Metete a -ensillar ajeno sin averiguar la marca!...</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="CIMARRON">LA LIBERTAD DEL CIMARRÓN</h2></div> - -<p>Floro Niz regresaba a su ranchito en la tibiedad -adorable de un sereno crepúsculo otoñal.</p> - -<p>Su ranchito de paja y totora, semioculto entre -un grupo de talas espinosos, a orillas de un plácido -arroyuelo, ostentaba al frente un gran ceibo -que en las primaveras tendían sobre la puertecita -de entrada, regio cortinado escarlata.</p> - -<p>Era un nido agreste, digna morada de Floro -Niz, el gauchito trovero, calandria humana que -iba de pago en pago y de rancho en rancho desgranando -las notas sentimentales de sus cantos.</p> - -<p>Mientras él afectaba sus giras triunfales de -rapsoda ablandando hasta los pechos de pedernal -con las lágrimas cálidas de sus canciones, -cuidaba el nido Bebé, su linda compañera, de -piel de bronce, de cabellera negro-azulada como -el plumaje del morajú, de ojos más oscuros que -el fondo de una cachimba, de labios que parecían -teñidos con la sangre del fruto del ñangapiré, -de dientes menudos y blancos como el nácar -de las escamas de las mojarras.</p> - -<p>Era Bebé una estatuita tallada en cerno de -coronilla; y su alma era buena como la torcaz, -sensible como la caicobé, y al mismo tiempo al<span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64">[64]</a></span>tiva -como el cardenal de la selva y el chaja de -los esteros.</p> - -<p>Era tan buena que hasta los yuyos la querían: -alrededor de la casita, el trébol y la gramilla se -emulaban en formar una mullida alfombra y se -estremecían de gozo cuando al alba, los piececitos -desnudos de la morocha, más que hollarlos, -les producían la voluptuosa sensación de una -caricia...</p> - -<p>Era en un encantador atardecer de otoño. Al -descender del caballo, Floro fué recibido en los -brazos de su amada, quien lo besó frenéticamente -en la boca y en los ojos.</p> - -<p>—¿Te jué bien, mi pajarito?</p> - -<p>—Me jué lindo, mi chingola...</p> - -<p>Penetraron en el rancho. El puso sobre la mesa -sus maletas y empezó a vaciarlas.</p> - -<p>—Mirá, prenda: te truje este corte 'e vestido... -¿Te gusta? ...</p> - -<p>—¡Es precioso!... ¿Sabés lo que parece?... -Las flores del camalote reflejadas en la laguna... -¡Qué lindo!... ¡Dame un beso, pajarito!</p> - -<p>—Tomá.</p> - -<p>—¡Dame otro!...</p> - -<p>—Tomá...</p> - -<p>—¡Dame un montón tuitos juntos!</p> - -<p>—¡Estás pedigüeña!</p> - -<p>—Dejuro... ¡hace más de un mes que no como -<i>almibara</i>!...</p> - -<p>—Chupá, que tuito el camuatí es tuyo...</p> - -<p>—Contame cómo te jué.</p> - -<p>—Lindazo... Mejor que nunca. Fijate que anoche, -cuando estaba cantando en la pulpería de -Fernández aquel estilo que a vos te gusta tanto:<span class="pagenum"><a name="Page_65" id="Page_65">[65]</a></span> -«Será muy linda la Uropa,—será muy sabia su -gente»… un paisano viejo, con los ojos llenitos -de agua, se abrió cancha entre el genterío pa venir -a abrazarme, tuvo la disgracia de darle un -pisotón al sargento, y el sargento le acomodó un -mangazo por la cabeza y lo largó contra el suelo.</p> - -<p>—¡Qué bruto!...</p> - -<p>—Eso mismo dije yo y le sumí la daga en la -panza del indino.</p> - -<p>—¡Ay, Floro, lo que has hecho!...</p> - -<p>—Una güena asión.</p> - -<p>—¡Pero te van a prender!</p> - -<p>—¿Por qué? Yo no tengo delito. ¡Sería güeno -que lo metiesen en la cárcel a quien apuñalea -un perro que lo agarra a tarascones a un pobre -viejo!... ¿Hice mal?...</p> - -<p>—¡Hiciste bien!—exclamó ella colgándose del -cuello.—¡Dame un beso!...</p> - -<p>—¡Tomá tuitos los que quieras, mi Bebé querida!... -Pa vos, mi boca es un manantial de -besos y no tengás miedo de que se agote…...</p> - -<p>En ese momento, y como asociándose al banquete -amoroso, un «cimarrón», encerrado en -pequeñísima jaula, rompió en un redoble orgulloso.</p> - -<p>—¡Mi Chichí!—exclamó conmovido el trovador.—Traemeló, -prenda... Tanto te quiero a -vos que me olvidé del pajarito a quien quiero -tanto!...</p> - -<p>La cena iniciada alegremente fué interrumpida -por la llegada bulliciosa de la policía…...</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Con cuatro años de cárcel tuvo que pagar Floro<span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span> -su noble gesto de justiciero. Al regreso encontró -que todo estaba igual: el nido, los claveles del -aire que vivían en los talas y los fraganciosos claveles -que Bebé cuidaba con esmero en los tiestos, -bajo el alero del rancho.</p> - -<p>Todo estaba igual, hasta Bebé, idéntica en su -cariño, aunque algo ofendida la tersura del rostro -y el brillo de los ojos, por tanto sufrir y tanto -llorar.</p> - -<p>Todo estaba igual; el cimarroncito, dorado como -una pepita de oro, rompió a cantar, más armonioso -y sentido, cual si en la ausencia del buen -amo se hubiese empeñado en perfeccionar su -arte.</p> - -<p>—¡Mi pobrecito amigo!—exclamó el trovador, -sacando de la jaula diminuta a su émulo. Lo -besó en la cabecita, en los ojos inteligentes, en -el piquito sonoro, y luego, abriendo la mano exclamó:</p> - -<p>—¡Andate, queridito, andate!... ¡Yo he probado -la cárcel con menos delito que tú, y las amarguras -sufridas me hacen comprender las tuyas!... -¡Andate, pajarito querido! ¡Andate, recupera tu -libertad!...</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="CRUDO">DE CUERO CRUDO</h2></div> - -<p>Tarde de otoño, cielo gris, ambiente tibio, fina, -intermitente garúa.</p> - -<p>La peonada, sin trabajo, está reunida en el -galpón. Cuatro, rodeando un cajón que tiene -por carpeta una jerga, juegan al «solo», por fósforos.</p> - -<p>El chico Terutero ceba y acarrea incansablemente -el amargo.</p> - -<p>En otro grupo, el viejo Serafín, Santurio y -dos o tres peones más, iniciando cada uno relatos -que morían al nacer porque no interesaban -a nadie.</p> - -<p>—Con este tiempo malo,—dijo el viejo—m'está -doliendo la «estilla» izquierda... Me la quebraron -de un balazo cuando la regolución del -finao López Jordán y...</p> - -<p>Uno interrumpió:</p> - -<p>—¡Ya lo sabemo!... ¡Puchero recocido, ese!...</p> - -<p>Calló el viejo, cohibido, y Paulino intentó meter -baza:</p> - -<p>—Ayer vide en la pulpería del gallego Rodríguez -un poncho atrigao, medio parecido al que -lleva el comesario, y m'estoy tentado de comprarlo -¿A que no saben con cuánto se apunta el -gallego?... Se deja cáir con<span class="pagenum"><a name="Page_68" id="Page_68">[68]</a></span>...</p> - -<p>—¿Y a los otros qué se los importa, si no los -vamo a tapar con él?—sofrenó Federico.</p> - -<p>Algo alejado del grupo, Juan José tocaba un -estilo en la guitarra.</p> - -<p>La mujer que a mí me quiera -Ha de ser con condición...</p> - -<p>—La mujer que a vos te quiera,—interrumpió -Santurio,—ha de ser loca de remate.</p> - -<p>—Ha de encontrarse cansada de andar con el -freno en la mano sin encontrar un mancarrón -qu'enfrenar...</p> - -<p>—Vieja, flaca y desdentada...</p> - -<p>—¡Y negra... noche l'espera!...</p> - -<p>Juan José, impasible, continuó su canto:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> - -<div class="line">A la china más bonita</div> -<div class="line">del pago del Abrojal,</div> -<div class="line">le puse ayer con mis labios</div> -<div class="line">un amoroso bozal...</div> -</div></div></div> - -<p>—Miente... nao... no vino tuavía...—dijo -maliciosamente el viejo Serafín.</p> - -<p>Juan José, amoscado, apoyó la guitarra en el -muslo, y encarándose con los del grupo, interrogó:</p> - -<p>—¿Pa qué ráir?... Unos porque entuavía no -han emplumao, y otros porque ya de viejos se -les cáin las plumas, coligen que yo no he de encontrar -árbol ande rascarme... Pues güeno: sepan -que me via'casar.</p> - -<p>—De los pelos... del chancho no se hacen -más que cepillos,—replicó Federico.</p> - -<p>Juan José sofrenó un impulso de acometer<span class="pagenum"><a name="Page_69" id="Page_69">[69]</a></span> -con frase ruda, y cambiando de ritmo entonó -una vidalita:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> - -<div class="line">Ayer me dijiste:</div> -<div class="line i1">Vidalita,</div> -<div class="line">¡Todo concluyó!</div> -<div class="line">Desde hoy no existe</div> -<div class="line i1">Vidalita,</div> -<div class="line">¡Nada entre los dos!...</div> -<div class="line">Pero te ha engañado,</div> -<div class="line i1">Vidalita,</div> -<div class="line">Tu hábito falaz:</div> -<div class="line">Beso que yo he dado</div> -<div class="line i1">Vidalita,</div> -<div class="line">¡No se borra más!...</div> -</div></div></div> - -<p>—Eso está lindo,—dijo don Serafín.</p> - -<p>—Siendo verdá es lindo, siendo mentira es gozo,—completó -Santurio.</p> - -<p>—Lo lindo siempre es mentira—replicó Federico.</p> - -<p>—Y como la mentira siempre es fiera,—razonó -el viejo,—viene a cáir que lo lindo es fiero... -¡Sos animal!...</p> - -<p>Federico sonrió con indulgencia y dirigiéndose -a Juan José:</p> - -<p>—¿Y con quién te pensás casar, hermano?...</p> - -<p>—Con Luisa,—respondió serenamente el mozo.</p> - -<p>El otro rió:</p> - -<p>—¿Con mi novia?</p> - -<p>—La mesma.</p> - -<p>Con voz que se esforzaba en aparecer tranquila, -Federico replicó:</p> - -<p>—Para enebrar esa auja, carecen dos sercus<span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span>tancias: -una, que yo te la dé; otra, qu'ella te quiera, -y dispués del poco caso qu't'hizo ayer abrazándome -en tu presencia debés estar albertido...</p> - -<p>—Sos vos, quien debía estar albertido, si conocieras -más mejor las arterías de las mujeres. -Que te prefiera para marido, aceto; pero, si entuavía -no l'estuviese quemando la boca la marca -de mis besos, no habría hecho eso, que no es más -que desimulo pa embobarte mejor... Y la prueba -es que una hora dispués se me vino refregando -como perra mimosa y me ofreció los labios...</p> - -<p>Intensamente pálido, fulgurantes los ojos, Federico -se irguió, interrogando con voz trémula:</p> - -<p>—¿Es verdá, eso, hermano?</p> - -<p>Y Juan José, solemne, tendiendo la mano:</p> - -<p>—Es verdá—respondió;—yo no miento nunca, -vos lo sabés.</p> - -<p>Federico empalideció más todavía y dijo amargamente:</p> - -<p>—Te creo... ¡Guardatelá!...</p> - -<p>Entonces, Juan José le puso la mano en el -hombro y exclamó con acento de fraternal ternura:</p> - -<p>—¡No, hermano!... Yo la he redomoniao y -he visto que no hay medio de sacarla güena. Lo -que t'he contao, te lo he contao como hermano, -pa evitarte una rodada, y sabiendo que le hablo -a un hombre de cuero crudo.</p> - -<p>—Gracias, hermano,—respondió simplemente Federico. -Y le tendió la mano.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="RECAIDA">LA RECAÍDA</h2></div> - - -<p>Don Silvestre era un cuarentón fornido, un tanto -obeso y de rostro constantemente congestionado. -Hijo de una de las más distinguidas y opulentas -familias entrerrianas, cursó sus estudios secundarios -en Concepción del Uruguay, y adquirió luego -su título de ingeniero en la Universidad de Buenos -Aires.</p> - -<p>Joven, rico, lleno de prestigios, abiertas delante -suyo todas las puertas y expeditos todos los caminos, -su vida se cristalizó en el alfa del abecedario -sentimental. Amó con la diáfana sinceridad -de las almas simples y buenas, y fué,—como -infaliblemente corresponde a ese caso,—víctima -del engaño y del escarnio.</p> - -<p>No buscó desquite. Era sabiamente prudente, -como todos los hombres gordos. Se fué a la estancia, -renunciando a la lucha dentro de su medio—le -echó llave y cerrojo al corazón, buscando la -felicidad en las satisfacciones del sensualismo -animal, sin ninguna intervención cerebral ni sentimental.</p> - -<p>Buena cocina, buena bodega, el mayor confort -posible; y en aquella vida sedentaria, despreocupada, -huérfana de ideales, empezó a engordar. -Y como la grasa es el mejor sedativo<span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span> -para los nervios, llegó a ser, a los cuarenta y siete -años, un hombre casi completamente feliz.</p> - -<p>Ninguna preocupación pecuniaria: su vasto establecimiento -ganadero, manejado por sus mayordomos -y sus capataces, le producía una renta -que dejaba todos los años un superavit en su presupuesto.</p> - -<p>Ninguna ambición política, ni social, ni intelectual. -Sentíase completamente feliz, porque -en la limitación de sus aspiraciones, le era dable -satisfacer todos sus caprichos.</p> - -<p>Su alma, un tanto femenina, le hizo apasionarse -por las plantas, los pájaros, los perros y -los gatos.</p> - -<p>Su parque de eucaliptus y su bosque de naranjos, -se enriquecían todos los años con centenares -de ejemplares. Sus jardines eran inmensos. -En verano, las rosas y los claveles ardían en ramas -rojas por todas partes, quemando con su -aliento amoroso a las pálidas camelias, a los tímidos -lirios y a los congestionados tulpanes; mientras -en amplias pajareras, con sus finos muros -de alambre tapizados con madreselvas, jazmines -y gladiolas, vibraban en sones doscordantes, cual -de una orquesta de locos, los cantos del sabiá -y la calandria, el cardenal y mirlo, el chingolo y -el jilguero, el suave canario y la melancólica viudita.</p> - -<p>Muy rara vez, y sólo por compromiso, y siempre -a disgusto, abandonaba su casa, que era cueva -y nido a la vez, digna de él, que gustaba clasificarse -como ave troglodita.</p> - -<p>Y le llegó uno de esos sacrificios. Se casaba -Berta, su ahijada, único vástago de su amigo el<span class="pagenum"><a name="Page_73" id="Page_73">[73]</a></span> -doctor Castillendo, hacendado vecino, y otro -misántropo como él, quien había exigido al novio, -un abogadito porteño, que la boda se celebrase -en la estancia, con la prodigalidad de un gran -señor gaucho, pero sin maneas de etiqueta cortesana.</p> - -<p>Silvestre tuvo que ir; y fué resignado a aburrirse -durante dos o tres días.</p> - -<p>—No será tanto, patrón,—observó el capataz;—en -la estancia del doctor siempre hay, pa'esta -época, señoras y muchachas de la capital, que -le harán pasar lindamente el tiempo.</p> - -<p>—Ese es el tropiezo. He perdido el hábito de -los salones y tú no te imaginas cómo resulta penoso -tener que sonreir y tratar de ser espiritual -cuando las mujeres con quienes hablamos nos -son del todo indiferentes y cuando estamos echando -de menos la buena siesta, sobre el catre pelado, -en el silencio de la estancia...</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Dos horas después de haber llegado a la casa -de su compadre, Silvestre sintióse transformado. -Parecía que le hubieran sacado de encima los -veinte años de vida semianimal, desierta de emociones -y de ideales, transcurridos desde la fecha -de su desastre amoroso. En un repentino reverdecimiento -de todo su ser, su corazón se expandía -en mágica florescencia.</p> - -<p>La aurora del milagro fué la pequeña Lisa, -sobrinita del doctor Castillendo, que pasaba las -vacaciones en la estancia. Desde el primer momento -le atrajo con su mirada y su voz acariciadoras.</p> - -<p>—¿Por qué está usted siempre triste?—le pre<span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span>guntó, -fijándole los ojos con ternura, mientras -paseaba del brazo por el parque.</p> - -<p>El sonrió:</p> - -<p>—Yo no estoy triste; es que no soy alegre.</p> - -<p>—¿Escolástica?...—musitó ella.</p> - -<p>—No; franca verdad. Muchas veces, para muchas -personas, se presenta un estado de estática -anímica... ¡perdón por el pedantismo!...—en -el cual no hay razón para estar alegre ni -para estar triste; se es...</p> - -<p>—¿Indiferente?... ¡Muchas gracias!...</p> - -<p>Fingiendo enojo, bajó la cabeza y anduvo un -trecho en silencio, marchando lentamente, levantando -las piedrecillas del camino con la punta -del pie. El, presa de extraña emoción, no atinaba -a hablar. Lisa se irguió bruscamente. Sus -rubios y desordenados cabellos rozaron el rostro -de Silvestre y los labios incitantes de la muchacha -se inmovilizaron a un centímetro de sus -propios labios...</p> - -<p>¡Oh, aquel beso!... Y luego las ininterrumpidas -ternuras, las delicadas atenciones, las atrevidas -ostentaciones de su encariñamiento, trastornaron -por completo al pobre solterón que se vanagloriaba -de haber cerrado con doble llave y cerrojo -la puerta del amor.</p> - -<p>Esa noche fué para él de delicioso insomnio. -Sentía el cuerpo y el alma impregnados del perfume -de Lisa y en sus labios persistía la quemante -sensación del primer beso.</p> - -<p>—¿Podría ser?... ¡Y por qué no!...</p> - -<p>Y al amparo de esta duda, aureolada de esperanzas, -se durmió al fin en un dulce sueño.</p> - -<p>A pesar de las pocas horas de sueño, las ansias<span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75">[75]</a></span> -de volver a ver a Lisa le hicieron despertar relativamente -temprano. Mientras se hacía una prolija -y coqueta toilette, monologaba:</p> - -<p>—Yo tengo cuarenta y siete años; ella tiene -veinte... ¡Es mucha la diferencia!... Bueno, pero -yo de mis cuarenta y siete, veinte no los he vivido, -no los he gastado, de modo... no hay duda -que ella me ama, o por lo menos, que simpatiza -conmigo.</p> - -<p>Se dirigió al jardín, ganó el parque y echó a -andar, a andar, tratando de enhebrar ideas que -se le enredaban a cada momento. Varias veces -sacó un cigarrillo, pero al ir a encenderlo, lo estrujaba -y lo arrojaba; daba por seguro volver a -besar los divinos labios de Lisa y no quería ofenderlos -con el sabor acre del tabaco.</p> - -<p>Anduvo mucho tiempo. Al fin, fatigado, regresó -y se dejó caer sobre un banco rústico, junto -a un bosquecillo de palmas índicas. De inmediato -le sorprendió una charla femenina que partía -del lado opuesto del boscaje y reconoció las voces -de Berta y de Lisa.</p> - -<p>—Eres una perversa,—decía Berta.</p> - -<p>—¿Por qué?—arguía Lisa.—Apostamos a que -yo era capaz de enamorar a tu viejo solterón de -padrino, y lo he conseguido.</p> - -<p>—¡Demasiado!... Es una maldad tuya, porque -de seguro no lo quieres y dentro de un par -de días todo habrá concluido.</p> - -<p>Lisa rió alegremente.</p> - -<p>—¿Dentro de un par de días?... ¡No!... Desde -anoche. Hoy tengo que consagrarme a Fernando...</p> - -<p>—¡Te repito que eres una perversa!</p> - -<p>—¡Que no!... Yo le he proporcionado a don Sil<span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span>vestre -varias horas de una felicidad que nunca -soñó... Le he hecho un gran servicio y debe agradecérmelo!...</p> - -<p>Don Silvestre no pudo soportar más. Muy pálido, -pero sereno, la sonrisa en los labios, se presentó -ante las jóvenes, saludó afablemente y dijo:</p> - -<p>—Y se lo agradezco, señorita. Me ha hecho -usted, en efecto, un enorme servicio, demostrándome -que si enamorarse a los veinte años es una -tontería, enamorarse cuando se está por cumplir -medio siglo, es una imbecilidad. ¡Mil gracias!...</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="MELITON">EL NEGRITO DE MELITÓN</h2></div> - - -<p>Era en el Paraguay, en la época trágica de las -revoluciones y los motines cuarteleros que tuvieron -sometido al noble país hermano a continuos -sobresaltos y a perpetuas torturas.</p> - -<p>Gobernaba a la sazón, con poderes discrecionales, -el famoso coronel Fortunato Jara, encaramado -al poder por un audaz golpe de mano y -convertido en dictador. Dictador de la peor especie, -por cuanto no lo guiaba otro móvil que la -satisfacción de los apetitos de su desenfrenado -libertinaje.</p> - -<p>La soldadesca, alentada por el ejemplo de los -superiores y segura de la impunidad, cometía -todo género de violencias y de atentados contra -la propiedad y las personas.</p> - -<p>Los milicos vivían más en las tabernas y la -ranchería del suburbio que en los cuarteles.</p> - -<p>Ebrios la mayor parte del día, recorrían las -calles de la ciudad, gritando, cantando, promoviendo -escándalos.</p> - -<p>No había peligro de reprimendas ni castigos: -los oficiales, por su parte, cuando no junto con -ellos, cometían idénticos excesos, explicables,—ya -que de ningún modo disculpables,—por el -estado de completa anarquía y el relajamiento<span class="pagenum"><a name="Page_78" id="Page_78">[78]</a></span> -de la disciplina, fomentados en primer término -por el jefe supremo con su conducta sin precedentes.</p> - -<p>Tan lejos estaba a su ánimo el deseo de tomar -medidas moralizadoras de severa represión, que -era el primero en reir y festejar las «travesuras» -de sus subalternos.</p> - -<p>—¡Los muchachos también tienen derecho a -divertirse!...—decía riendo.</p> - -<p>—Y nada no pueden icir los otros,—conformaba -algún adulador.</p> - -<p>De fijo que nada podían decir «los otros»; pero -no por faltarles derecho para la protesta, sino -porque, bajo el régimen del terror, la más elemental -prudencia aconsejaba mascar en silencio -el amargo del agravio, ahorrando reclamaciones, -cuyas consecuencias inevitables serían acentuar -la persecución de parte de los forajidos.</p> - -<p>Los mayores delitos pasaban inadvertidos por -la justicia; y eso que los hubo de la magnitud -del que va a leerse.</p> - -<p>Melitón Manzanares era un chino correntino, -petizo, grueso, fornido y de ancha cara cobriza -y barbilampiña.</p> - -<p>No hacía mucho que había caído a la Asunción, -cuyas continuas revueltas ofrecían campo propicio -a los tipos de su calaña, y también, probablemente -por andar en malas relaciones con -las autoridades de su país.</p> - -<p>El solía decir, con una sonrisa que ponía de -manifiesto su formidable dentadura de yacaré:</p> - -<p>—Las autoridades de Caacatí estaban tan encamotadas -conmigo que iá mi tinían empalagao... Siempre -andaba detrás mío algún sar<span class="pagenum"><a name="Page_79" id="Page_79">[79]</a></span>gento -con recao del comisario pa que juese a yerbiar -con él, y de puro fastidiao, alcé el vuelo pa -estos pagos...</p> - -<p>—Usté es mesmito que ió,—dijo un compinche;—nada -no apetesco la amistá de los polecías.</p> - -<p>Melitón, que había sentado plaza en las milicias -irregulares, conjuntamente con otros forajidos -de igual ralea, encontrábase allí como pescado -en el agua.</p> - -<p>Farras, chupandinas, jugarretas y amplia libertad -de acción en la holgazanería cuartelera, -constituían el ideal de un sujeto de su clase y -de sus hábitos.</p> - -<p>Sus camaradas lo tenían en gran estima por su -constante buen humor, su parla dicharachera, su -audacia y su absoluta carencia de escrúpulos.</p> - -<p>Admirando esta cualidad, dijo una vez entusiasmado -un compinche:</p> - -<p>—Amigo Melitón, estómago igualito a ñandú: -¡hasta vidrios digiere!...</p> - -<p>Sin embargo hubo un momento en que empezó -a ponerse meditativo y silencioso.</p> - -<p>Interrogado por las causas de aquel cambio de -carácter, dijo:</p> - -<p>—La verdá, estoy triste porque ha venido un -antojo.</p> - -<p>—Y vaia diciendo.</p> - -<p>---Velay: mi han contao que en este país no hay -diversión más linda qu'el velorio de un negrito.</p> - -<p>—No lo engañaron, no. ¡Si arman unos candombes -que duran días y qu'es un viva la patria!</p> - -<p>—Lo malo es que va p'al año que moro aquí -y entuavía no ha muerto ningún negrito.</p> - -<p>—Van quedando pocos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span></p> - -<p>Melitón meditó unos segundos, y luego propuso:</p> - -<p>—¿Por qué no matamo uno?</p> - -<p>—¡No sea bárbaro, compañero! Matar un cristiano -p'al puro gusto 'e divertirse, es mucha herejía.</p> - -<p>—¿Y quien ha dicho que los negros son cristianos?... -¿No saben que tienen el mate muy duro -y el agua bendita nunca les dentra a los sesos?...</p> - -<p>Melitón siguió preocupado con la idea de aquella -farra original y magna.</p> - -<p>Una vez, a eso de media noche, regresaba al -cuartel, dando bordadas, apoyándose con frecuencia -en los muros de las casas para no dar de -bruces sobre la acera y recuperar un tanto el -equilibrio y la fuerza de sus piernas ablandadas -y descoyuntadas por el alcohol.</p> - -<p>En uno de esos ziszaes fué a dar contra un portal, -a cuyo pié vió un bulto obscuro. Tocólo con -la punta del pié y notando blandura de carnes, -agachóse, con muchas precauciones y grandes esfuerzos, -hasta poder palparlo. Zamarreado con -violencia, un quejido lastimoso escapó del bulto -obscuro, y el soldado descubrió, envuelto en unos -harapos, un negrito de cinco o seis años de edad.</p> - -<p>—¿Qué hacés aquí?—preguntó ásperamente.</p> - -<p>Y el negrito, asustado, respondió gimoteando:</p> - -<p>—Me peldí...</p> - -<p>—¿Dónde está tu casa?</p> - -<p>—No sé, me peldí...</p> - -<p>—¿Quiénes son tus padres?...</p> - -<p>—Padres no tengo... Amita me mandó llamar -el médico para amito enfermo... y me peldí... -¡ay!... ¡ay!... ¡ay!... ¡ay!</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81">[81]</a></span></p> - -<p>Una idea infernal cruzó por la mente del bandido.</p> - -<p>—Io le via ievar,—dijo; y cogiendo al chico -de ambos pies, lo revoloteó y le destrozó la cabeza -contra un poste de piedra que había junto -al portal.</p> - -<p>El negrito lanzó un grito horrible, uno solo -y enmudeció para siempre...</p> - -<p>El criminal ocultó el cuerpo de la víctima bajo -el poncho patrio y, dando traspiés, llegó al cuartel. -Al penetrar en el cuerpo de guardia, donde -los soldados ebrios jugaban al naipe, el oficial, -más ebrio aún que sus subalternos, lo interrogó -alegremente:</p> - -<p>—¿Qué tráis debajo' el poncho?... ¿Chivito -o borrego?</p> - -<p>Rió Melitón y dijo:</p> - -<p>—Borrego... Un borrego negro...</p> - -<p>Y tirando en medio de la pieza el ensangrentado -cadáver, agregó con feroz impudicia:</p> - -<p>—Ya tenemos p'al candombe: yo pongo el -difunto; pongan ustedes las velas y la caña...</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="CADENA">LA CADENA</h2></div> - -<p>El reloj de pared sonó las diez con una lenta -y cascada voz de viejo.</p> - -<p>A esa voz, don Manuel levantóse sobresaltado -de la silla en que se había quedado dormido. Su -vista vaga, indecisa, paseóse por el salón, desconociéndolo.</p> - -<p>La vieja lámpara que pendía del techo, derrababa -una luz amarillenta y triste sobre las anaquelerías -atascadas de artículos diversos, sobre el -hule descascarado que tapizaba el mostrador -y sobre las botellas y los vasos alineados sobre -el zinc del despacho de bebidas.</p> - -<p>En lo alto de los muros blanqueados, proyectaban -sombras raras los objetos suspendidos de -las vigas del techo: frenos, tazas, cinchas, cazuelas, -riendas y maneas, jarros y guitarras, una -disparatada población de bric-a-brac.</p> - -<p>Don Manuel observaba el lugar con creciente -sorpresa. Miró la armazón de enfrente, la mayor, -en cuyos estantes se apilaban las piezas de tela, -las blancas cajas de cartón conteniendo festones -y puntillas, las verdes cajas guardando medias -y calcetines, todo parecióle extraño, desconocido.</p> - -<p>Y sin embargo, todo allí, todo, en conjunto,<span class="pagenum"><a name="Page_84" id="Page_84">[84]</a></span> -y en detalles, le era familiar. Probablemente -no existía en la casa un solo objeto que no hubiese -pasado por sus manos; un solo artículo cuya -colocación, calidad, precio de costo y de venta, -ignorase, y eso que los había en cantidad respetable -y en mescolanza original, dado que la casa -era: «almacén, tienda y ferretería», con el aditamento -de librería y farmacia, más el obligado -apéndice de acopio de frutos del país: trigo, maíz, -lana, cueros, cerda, aspas, etc., y la yapa de «agencia -de correos y venta de papel sellado y timbres»; -un «Louvre» o un «Bon Marché» en plena Pampa.</p> - -<p>Miraba ejecutando prodigiosos esfuerzos para -despertar la memoria. Cerca del ventanillo de -la «glorieta» estaba el anaquel de las conservas -donde dormían las latas de sardinas, de atún, -de congrio, de merluza, de calamares y de ostras, -entre bocales de ciruelas, frascos de aceitunas y -cajas de pasas de higo. El estrecho lienzo de pared -que mediaba entre la estantería y la reja, -estaba a la altura del hombro totalmente ennegrecido -con inscripciones, cifras y diseños de marcas -trazadas a lápiz. Don Manuel reconoció su propia -escritura entre otras escrituras.</p> - -<p>Continuó observando. En la puerta del mostrador, -una gran balanza mostraba el abultado vientre -de su platillo de bronce y el cuerpo plano y -negro, dormitando bajo la custodia de media -docena de pesas, pentagonales, trozos de hierro -ennegrecido. En el puesto extremo de la larga -mesa, junto a la pila de zarazas, ronroñaba un -gato barcino; por el centro, al lado de una palmatoria -de metal amarillo, veíase un mazo de -naipes viejos, sucios, encrespados como plumaje<span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span> -de gallina clueca; inmediato a los naipes un puñadito -de garbanzos, dos groseros vasos de vidrio, -una botella vacía, ceniza y colillas de cigarrillos.</p> - -<p>—¡Curioso, curioso!—decía mentalmente don -Manuel, desconcertado ante aquella complicación -psíquica, tan ajena a la simplicidad ordinaria -de su existencia, por medio de la cual los -objetos le eran al mismo tiempo familiares y desconocidos...</p> - -<p>Desorientado, tornó a sentarse en la misma silla, -junto al mostrador, cerca de la candela. Inconscientemente -comenzó a dibujar el trazado de su -vida. Tenía doce años al llegar de España. Era -entonces un «galleguito» ignorante y vivaracho, -dotado de una extraordinaria energía, seguro de -llegar a la fortuna más tarde o más temprano. -Casi sin transición pasó del barco que le trajo -a la casa de comercio de su paisano don José Rodríguez, -donde fué ascendiendo, de sirviente a -peón, de peón a dependiente, de dependiente -a socio y a dueño por fin.</p> - -<p>Todo eso allí, en esa misma casa, en aquella -«pulpería» de campaña identificada en su persona. -Allí penó, allí luchó, allí conquistó la fortuna, -que fué la única novia de sus sueños.</p> - -<p>Novia inconstante. Los años malos trajeron -una situación difícil, viendose obligado a buscar -un socio para salvarla. No salvó nada, la suerte -le había dado la espalda y fué necesario vender, -vender todo, abandonar aquella casa. La víspera -había firmado la escritura, al día siguiente -debía hacer entrega del negocio y partir...</p> - -<p>¡Partir!... El derrumbe de su fortuna no im<span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86">[86]</a></span>presionaba -mayormente a don Manuel: tenía -cerca de cincuenta años, era solo, era sobrio y -con lo salvado le alcanzaría para pasar la vida; -¡pero salir de allí, abandonar aquella casa, en -cáscara!... Eso era insoportable...</p> - -<p>Pensando, pensando, una idea nació en su cerebro. -Al principio la encontró absurda; luego -le agradó. Le agradó tanto, que disipando instantáneamente -sus tristezas, volvió a reconocer -el salón y los objetos familiares. Bajo esa impresión -fué a su cuarto, se acostó y durmió tranquilo.</p> - -<p>Al día siguiente, después de haber hecho formal -entrega del establecimiento al nuevo dueño—su -socio don Pedro,—éste quedó pasmado al oir -lo siguiente:</p> - -<p>—¿Quiere tomarme de dependiente?</p> - -<p>—¡Pero don Manuel!... ¿Es chacota?...</p> - -<p>—Es serio.</p> - -<p>—Francamente... no comprendo...</p> - -<p>—¿No comprende que yo no podré vivir separado -de estos cachivaches, privado de mis hábitos -de casi cuarenta años, libertado de la cadena -que de niño me soldaron al taquillo?...</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Confesaba don Manuel que nunca había sido -tan feliz como entonces, diestro y activo dependiente -de cabellos grises, en la casa en que había -sido patrón a los 30 años y dependiente a los 15.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="DEBILES">LOS DÉBILES</h2></div> - - -<p>Las negras agujas del viejo reloj marcaban las -nueve de la noche y la campana las contaba con -voz lenta y pausada.</p> - -<p>Marcelina, que agobiada por las doce horas de -incesante trajín se había quedado dormida sobre -el banquillo junto al hogar, despertó sobresaltada.</p> - -<p>Y en ese mismo momento abrióse la puerta -de calle y penetró Servando, con el sombrero echado -a la nuca, el busto erguido y taconeando recio. -Esa actitud, unida a la brillantez de los ojos y -el arrebolado del rostro bastó a Marcelina para -convencerse de que su esposo había castigado -fuerte en el café.</p> - -<p>Bien que apenada, como siempre en casos análogos, -por desgracia frecuentes, halló consuelo -notando que en vez del habitual gesto adusto y -atormentado, la fisonomía de Servando expresaba -contento y jovialidad.</p> - -<p>—¡Qué tarde!—dijo sin reproche,—la sopa estará -fría y el asado seco.</p> - -<p>—¡No importa, viejita! respondió él, abrazándola -y besándola efusivamente. Me demoré en -el bar por complacer a los muchachos, más bien -dicho, por satisfacer a Paulino Salvatierra... -¿sabés?... el hijo del ricacho mendocino don Ti<span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span>burcio -Salvatierra... Hacía tiempo que no nos -veíamos y...</p> - -<p>—Espera un momento, que voy a servir la -sopa.</p> - -<p>A su regreso, Servando, sin hacer caso de la -comida, prosiguió:</p> - -<p>—Empezamos a charlar, recordando aventuras -de muchachos, y entre cocktail y cocktail, entramos -en el terreno de las confidencias. El me contó -que había recibido la parte de la madre,—¡un Tupungato -de moneda!... y que se iba a pasar cuatro -o cinco años en Europa.—«El viejo,—me dijo,—quería -que abriese estudio, pero a mí me repugna -el papel sellado, y además, hermano, este Buenos -Aires se está poniendo más aburridor que -La Plata...» Y eso es verdad, ¿sabés?... Hoy -no hay en todo Buenos Aires un sitio donde divertirse...</p> - -<p>—Tomá la sopa que se enfría,—insinuó Marcelina.</p> - -<p>El empujó el plato diciendo:</p> - -<p>—¡Dejate de sopa de hospital!... Recién me -acuerdo que traigo una caja de «paté de foie -gras»... ¡Ah! tomá un cartucho de «marrons -glacés» para tí y dos de bombones finos para los -chicos. ¿Están durmiendo ya?...</p> - -<p>—Seguramente... ¿Pero para qué has gastado -en esas golosinas cuando nos están haciendo -falta tantas cosas?... Hoy vino furioso el almacenero...</p> - -<p>—¡Que se vaya al infierno el almacenero!... -Ya se le pagará... que espere; y si no quiere esperar, -se busca otro: no faltan almacenes en Buenos -Aires!...</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_89" id="Page_89">[89]</a></span></p> - -<p>Ella, humilde, guardó silencio, y él prosiguió:</p> - -<p>—Pues, como te decía, Paulino, después de -contarme su situación y sus proyectos, me preguntó:—¿Y -vos, siempre en las mismas taperas, -siempre amojosándote en el periodismo!...</p> - -<p>—Siempre,—le respondí.—¿Qué quieres que -haga?</p> - -<p>—Buscar otra cosa, moverte salir de la ciudad -en busca de un porvenir, utilizar tu inteligencia -en provecho propio en vez de hacerlo en provecho -de los demás,—me aconsejó.</p> - -<p>—Lo comprendo, respondí; pero ¿cómo? ¿en qué?</p> - -<p>—Mira,—me dijo;—la fortuna está en la campaña. -Si tanto bruto analfabeto amontona millones -en pocos años, ¿cómo no podrá enriquecerse -un hombre inteligente e ilustrado como vos, decime?...</p> - -<p>—Sí, pero...</p> - -<p>Se interrumpió Servando para servirse vino -y al encontrar vacía la botella, exclamó con desagrado:</p> - -<p>—¿No hay más vino?</p> - -<p>—No; compré medio litro y te lo has bebido...</p> - -<p>—¡Siempre la manía de comprar por medio -litro!... dentro de poco compraremos por bordalesas... -¿Lo dudas?... Escucha: Cuando yo -dije eso, Salvatierra me interrumpió para exclamar:</p> - -<p>—¡Ya sé lo que has de decirme!... ¡Que se -necesita capital, relaciones, crédito, etc., etc!... -Bueno; vos sabés, hermano, que el amigo y el -caballo son pa las ocasiones, y aquí estoy yo para -darte una manito. Mirá, entre los bienes que me -correspondieron por herencia de la finada mamá, -hay una estanzuela, un soberbio valle en Uspa<span class="pagenum"><a name="Page_90" id="Page_90">[90]</a></span>llata... -Yo no lo conozco, ni sé bien dónde está, -pero me han dicho que es de lo mejor y puede -producir un platal... ¡Te lo doy en sociedad -y te adelantaré unos cuatro o cinco mil pesos para -los gastos!... ¿Te conviene?...</p> - -<p>—¡Cómo no me va a convenir, hermano!—exclamé.</p> - -<p>—Bueno. Mañana a la una te espero aquí; -tomaremos los aperitivos, almorzaremos juntos -y arreglaremos todo... Por lo pronto, tomá un -«canario», para festejar el acontecimiento...</p> - -<p>—¿Qué te parece, viejita?... ¡Ese es un amigo!... -Fijate a ver si está la chiquilina de al -lado, que vaya a traer un litro de vino.</p> - -<p>El amigo cumplió la promesa y poco después -la familia partió para Mendoza. Iba Servando -rebosando de entusiasmo, mas no así su compañera, -quien estaba habituada a tales entusiasmos, -siempre fugitivos.</p> - -<p>En la estanzuela—un vallecito enclavado en -la montaña—no había nada más que una casucha -de adobones y media docena de chivas semisalvajes. -Pero el flamante cultivador, muy orgulloso -de su traje, su gorra y sus botas de alpinista, -no se amilanó por eso: el abundante surtido -de conservas que había llevado consigo aseguraba -por varios meses exquisito comestible.</p> - -<p>Púsose a la obra inmediatamente. Lo primero -fué planear un jardincito; mientras el peón preparaba -la tierra, él se engolfaba en la lectura del -más reciente tratado de floricultura venido de -París. Luego siguió la formación de una pequeña -huerta de hortalizas y un plantel de frutales; -todo lo cual daba pretexto a frecuentes viajes<span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span> -a la ciudad en procura de semillas, plantas y útiles. -Al principio demoraba el regreso un par de -días, pero después las estadas prolongábanse -por una semana y aun más, ocasionando considerables -dispendios.</p> - -<p>Y mientras el ex periodista derrochaba el tiempo -y el dinero en viajes, en diversiones y en fantásticos -planes de explotación agropecuaria, llegó -el invierno con sus nieves y turbonadas y fríos -atroces. El jardín y la huerta—absurdamente y -descuidadamente cultivados—se agostaron bien -pronto; y los árboles que no derribaron los vientos, -perecieron por inadaptación al clima.</p> - -<p>Terminadas las conservas, fué necesario surtirse -de víveres, a gran costo, en la capital de -la provincia. Todos los chivatos y casi todas las -chivas fueron muertos a tiros por Servando, que -no encontró otro medio de utilizar su copioso material -cinegético. Frecuentemente bloqueado por -el mal tiempo, y abandonado el propósito de consagrar -los ocios al cultivo de la alta literatura, -el joven se consolaba abusando más que nunca -de los alcoholes.</p> - -<p>Por otra parte, los cinco mil pesos estaban a -punto de agotarse; y un buen día, el pioneer, -desilusionado y aburrido, empezó a maldecir -la tierra ingrata, la campaña que «envejece, empobrece -y embrutece», según dice el adagio.</p> - -<p>Y no tardó en decirse:</p> - -<p>—La campaña—dijo—está hecha para los animales. -¡Volvamos a Buenos Aires!...</p> - -<p>Marcelina, sumisa, dócil, sin voluntad, aceptó -con indiferencia y sin un reproche el nuevo fracaso, -preparándose para el venidero.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="MARCULINA">EL ABRAZO DE MARCULINA</h2></div> - -<p>En invierno, un día opaco, un cielo brumoso, -de sombra, de quietud, de silencio, uno de esos -atardeceres capaces de entristecer a los chingolos.</p> - -<p>A las seis era casi noche y hubo que suspender -la jugada de truco en la trastienda de la pulpería.</p> - -<p>El patrón ofreció encender una vela; pero los -tertulianos no aceptaron: jugaban «por divertirse» -y todos se aburrían.</p> - -<p>Pidieron otro litro de vino, encendieron los -cigarrillos y hubo un silencio largo, que fué roto -por el viejo Pantaleón, quien mirando fijamente -a Secundino, habló así:</p> - -<p>—¡Qué muerte triste la de mi sobrino Estanislao!... -¡El, qu'era más nadador que una tararira, -augarse en una cañada que se vandea de -un resuello!...</p> - -<p>—¡Qué quiere viejo!—intervino Julio—si está -de Dios es capaz de augarse uno lavándose la -cara en una palangana.</p> - -<p>—Será, pero pa mi gusto el finao mi sobrino -se hundió a causa de las libras de chumbos con -que le habían cargao el alma... ¿Qué pensás -vos, Secundino?...</p> - -<p>Apostrofado indirectamente, el mozo alzó la<span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span> -cabeza con altanería y dijo con voz firme y serena:</p> - -<p>—Ya me tienen cansao esas alusiones que se -arrastran entre los yuyos buscando morder los -talones del que lo'encuentra descuidao...</p> - -<p>—Sé que hay más de uno que me acumula esa -muerte, pero tuitos lo dicen a escondidas, o lo -dan a entender sin decirlo...</p> - -<p>—Será porque te tienen miedo—observó don -Pantaleón.</p> - -<p>—Sí: ¡porque tienen miedo de arrostrarle a -un hombre un crimen sin más fundamento que -chismes de mujeres o comentarios de pulpería!... -¡Yo había resuelto aguantar y callarme, pero ya -me fastidea demasiado el mangangá y no me resino -a seguir mascando el freno por más tiempo!...</p> - -<p>Van a saber ustedes cómo pasaron las cosas, -la verdá desnuda como un recién nacido. Dispués, -vayan y desparramenlá por tuito el pago...</p> - -<p>—¡Hablá!—exclamaron varios a un tiempo; -y Secundino comenzó de este modo.</p> - -<p>—Tuitos ustedes saben que Marculina, la mujer -de Estanislao, era...</p> - -<p>—Sí, ya sabemos lo qu'era: seguí no más—interrumpió -don Pantaleón.</p> - -<p>—Sigo. El finao difunto estaba tan quemao -de los celos que desconfiaba hasta 'e su propia -sombra, y como no permitía que ningún hombre -pusiera los pieses en sus ranchos, había rompido -con tuitos sus amigos. Esto lo supe yo a mi güelta -'el Brasil, ande, como a ustedes les costa, desollé -una punta de años.</p> - -<p>Los encontramos en esta mesma pulpería y -nos relinchamos contentasos... ¡Dejuro!... ¡si<span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95">[95]</a></span> -nos habíamos criao como chanchos, como quien -dice, comiendo juntos en la mesma batea!</p> - -<p>—¿Ande pensás hacer noche?—me preguntó -dispués de mucho prosiar.</p> - -<p>—Acá nomás—respondí.</p> - -<p>El quedó cavilando y yo vide que le había cambiao -la cara, quedándose como empacao y con el -entrecejo fruncido. Dispués arrancó de un golpe:</p> - -<p>—¡No puede ser: vení a quedarte en casa!</p> - -<p>—Si no es incomodo...—dije yo, por decir -no más, porque, ¿a qué santo me ib'hacer rogar, -no hayan?...</p> - -<p>Güeno, el caso fué que la mujer del finao me -recibió tuita fruncida y si yo no le hablaba, ella -no me hablaba y era pa contestar con «sis» y -«nos», más secos que alón de ñandú.</p> - -<p>Al otro día era pior. En varias ocasiones la -ói a Marculina rezongando con el finao al propósito -mío. Una güelta ói que dijo con mucha -rabia:</p> - -<p>—¿Te pensás qu'esto es fonda y que yo vi'astar -cocinando pa los entrusos que vos tráis a los tientos -pa entretenerte dispués de cena, chupando -caña y mintiendo y gastando velas?...</p> - -<p>Yo no dije nada, pero esa mesma tarde le dije -a Estanislao que me marchaba. Pero él s'encaprichó -en que no.</p> - -<p>—¿Pande vas a dir?... tuavía no tenés colocación; -quedate conmigo, me tenés compaña y -me ayudás a estirar la línea de alambrao de la -costa.</p> - -<p>Entonces dije:</p> - -<p>—Yo por vos me quedaría, pero veo que tu -patrona no es gustosa.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span></p> - -<p>—¡Ráite 'e la patrona!—dijo él;—¡vos sos mi -mejor amigo, sos mi hermano, puede decirse, -y no vas a dormir a campo mientras tu hermano -tenga rancho!</p> - -<p>Aflojé, ¿qué iba hacer?...</p> - -<p>—Y te aquerenciastes—intercaló don Pantaleón.</p> - -<p>—A la juerza. Estanislao estaba loco 'e contento, -y cuando la mujer me decía alguna cosa grosera, -él se raiba de contento. Y la indina me trataba -mal, mesmo. En la mesa me servía los pedazos -que debían quedar pa los perros; si le pedía -una cebadura 'e yerba me la daba como pa -tomar en una cáscara de nuez; si le traiban alguna -golosina de regalo, la escondía delante mis ojos, -como pa mostrarme poco caso.</p> - -<p>Y cuanti más abrojo era ella pa conmigo, más -alegre se ponía él, de lo cual me comenzó a dentrar -desconfianza y me puse a escarbar despacito pa -fin de llegar a la olla de aquel hormiguero.</p> - -<p>Prontito supe que dende ricién casao mi amigo -estaba encendido por los celos como un gran trafoguero -de coronilla, que arde hasta que se consume. -Marculina no podía ver un hombre, juese -viejo, juese una criatura, juese lindo o fiero sin -encomenzar a tirarle piales con la mirada y la -sonrisa. Que hubiera faltao, naides daba testimonio, -pero con aquello no más le sobraba al -marido pa llevar una vida de perro sarnoso. Descuidaba -su trabajo, porque si había cáido algún -mozo de visita, no se atrevía a dir al campo dejándolo -solo con ella: y cuando salía se le ocurría -pensar que quién sabe si fulano o mengano no -estarían en el rancho aprovechando su ausencia;<span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span> -y en seguida montaba a caballo y volvía a las -casas, dejando el trabajo a medio hacer.</p> - -<p>Nunca pudo sorprenderla; pero eso en vez de -sacarle la manía le recalentaba más los sesos.</p> - -<p>Cuando yo juí a su casa y vido la mala gana -con que me recibió su mujer, tuvo un alegrón, -porque, dejuro habería sido lo pior de lo pior -verse obligao a celarla con quier era cuasi como -hermano.</p> - -<p>Dispués que pasó una semana y vido que Marculina -me mostraba cada vez más entepatía, le -dentró lástima por mí y varias güeltas l'atropelló -pidiendolé no juese tan corsaria conmigo, -pero no consiguió nada; con lo cual el pobre finao -no sabía si llorar o bailar, pero la cosa es que el -hombre andaba alegre dende la mañana a la noche, -como si hubiese escapao a una enfermedá -muy mala...</p> - -<p>Sin embargo, yo le había descubierto el juego -a aquella china artera. En más de una ocasión, -a ráiz de decirme una grosería, me tiraba, a espaldas -del marido, el anzuelo de una mirada querendona. -Yo me hacía el desentendido, pero sucedió -una vez d'esta laya: díbamos a salir decampo; -Estanislao marchaba adelante, dispué -yo y detrás mío, cuasi pegada, Marculina; tan -pegada que me había echao un brazo sobre la -paleta y llevaba la cara juntita con la mía. Yo -no tuve coraje pa hacer un ademán, de piedad -por mi amigo, que si la albertía no iba a creer -en mi inocencia. Esperaba qu'ella tuviera un respiro -'e juicio y me soltara... ¡y en eso se vino -el rancho abajo!... Pantaleón dió güelta la<span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span> -cabeza de golpe y vido tuito... Se puso blanco -como cuajada, se le redondearon los ojos mesmo -que si juesen de ñandú, dió tres o cuatro güeltas -redondas, como perro que intenta morderse el -rabo, y luego juyó p'al arroyo...</p> - -<p>Yo no quise seguirlo; monté a caballo y enderezé -ni sé p'adonde, juyendolé al recuerdo de aquel -ocurrido en que me tocó aparecer como traidor -canalla al amigo que más he querido...</p> - -<p>Eso jué. Lo demás ustedes lo saben. Por denuncias -de la arrastrada Marculina, me prendieron. -Seis meses estuve en la cárcel hasta que -tuvieron que soltarme porque de ningún lao me -aprobaron delito.</p> - -<p>—¿Y Marculina?—interrogó don Pantaleón.</p> - -<p>—En tuavía no la vide, pero como pa eso no -más he dao la güelta al pago, la he'encontrar -unos d'estos días pa retribuirle su abrazo...</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="INSERVIBLES">LOS INSERVIBLES</h2></div> - -<p>Alto, flaco, cargado de espaldas, la cara ancha, -larga, color ocre, el labio inferior perezosamente -caído, los grandes ojos pardos llenos -de inteligencia, solitario y silencioso de costumbre, -sin duda porque sus frases eran ideas, y desdeñaba -echarlas—<i>margaritas a los puerco</i>—a la multitud -ignara a que hallábase mezclado, constituía -uno de los tantos exóticos, pieza sin objeto, -elemento inútil, en aquella efervescencia pasional -colectiva, donde ni su corazón ni su cerebro conseguían -armonizar.</p> - -<p>En un atardecer hermoso llegóse a mi carpa -y mesándose los largos cabellos lacios con sus dedos -afilados, en un gesto habitual, me preguntó -con su voz extraña, que tenía un timbre varonil -aterciopelado por un yo no sé qué de femenino:</p> - -<p>—Hermano, ¿no te han traído pulpa?</p> - -<p>—No, respondí; sé que carnearon y he visto -varios fogones donde los asados se chamuscan, -pero para nosotros...</p> - -<p>—¡Nosotros somos los <i>maporras</i>!—interrumpió -con una sonrisa amarga;—tenemos derecho a -comer lo que sobra, como los perros!...</p> - -<p>Y sentándose en el suelo, sobre el pasto, agregó:</p> - -<p>—Alcanzame un amargo: para regenerar el<span class="pagenum"><a name="Page_100" id="Page_100">[100]</a></span> -país hay que alimentarse de alguna manera, aun -cuando más no sea con agua sucia...</p> - -<p>Tosió. Volvió a sacudir con sus finos dedos de -tuberculoso la negra melena y dijo con agria -ironía:</p> - -<p>—De esta vez lo regeneramos. La indiada se -pone panzona y puede quedarse quieta un año; -después del año, si hay vacas gordas...</p> - -<p>En ese momento se presentó el doctor X., médico -ilustre, patriota insigne, descollante, personalidad -del partido.</p> - -<p>—¿Tiene carne?—preguntó.</p> - -<p>—No, ¿y ustedes?</p> - -<p>—Tampoco. Parece que nosotros no tenemos -derecho a comer.</p> - -<p>—¡Para lo que servimos!—replicó con su amarga -sonrisa el hombre alto, flaco, cargado de espaldas.</p> - -<p>—Ni siquiera nos desviamos cargando uno de -esos aparatos que parecen fusiles y que no sirve -ni para hacer fuego.</p> - -<p>—El chiste es malo—contestó un exquisito -poeta que llegaba, hambriento, como todos nosotros,—pero -te lo perdono en mérito a las circunstancias: -tres días de tranquear largo, dos -noches sin dormir y más de cuarenta y ocho horas -sin comer, no pueden considerarse excitantes para -la función cerebral...</p> - -<p>—¡Para lo que tienen que hacer aquí los cerebros!...—respondió -el hombre alto, extendiéndose -largo a largo sobre el pasto.—A nosotros nos -dan los matungos que no caminan, los fusiles -descompuestos... y la carne que sobra... ¡Vean<span class="pagenum"><a name="Page_101" id="Page_101">[101]</a></span> -qué rico olor de asado viene hasta aquí!...—hacen -bien: somos los <i>inservibles</i>.</p> - -<p>—Verdad—confirmó el poeta;—en ciertos momentos -y en ciertos medios, las flores valen poco.</p> - -<p>—Y en todos los momentos y en todos los medios, -los zonzos no valen nada—concluyó sentenciosamente -el muchacho flaco y largo.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Concluída la guerra de mala manera, los revolucionarios -salieron, sin embargo, con <i>pulpa -entre los dientes</i>. Los ases revolucionarios, se entiende.</p> - -<p>Acto contínuo se resolvió no desperdiciar los -puestos legislativos que la ley dejaba a disposición -de la minoría vencida militarmente. Hubo -quien propuso una diputación para el hombre alto, -flaco, etc..., pero la masa declarólo inservible -para el cargo, dado que sólo tenía talento...</p> - -<p>Unos años después, hallábanse reunidos en -Buenos Aires varios de aquellos <i>inservibles</i>. En -una noche memorable una sala repleta y selecta -aplaudía frenéticamente una obra en que el autor -primerizo se revelaba, no sólo un literato superior, -sino un psicólogo profundo, un admirable analista -de almas, cuya clarovidencia lo indicaba -como faro, guía y conductor de muchedumbres, -sanas pero ciegas...</p> - -<p>Triunfó, triunfó estruendosamente el muchacho -alto, flaco, cargado de espaldas, y desde entonces, -lleno de laureles, comía cada dos días uno, -y siguió siendo un <i>inservible</i>, tan inservible que -su gloria pasó inadvertida para sus compañeros -de lucha cívica, aun hoy convencidos de que era -injusto darle un caballo que caminase y un pe<span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span>dazo -de pulpa para saciarle el hambre, mejor empleados -en servicio de un gaucho vago, haragán, -asesino y bruto...</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Un grupo reducido de <i>inservibles</i> orientales, -consternóse al recibir la breve noticia telegráfica: -«Ha fallecido en Italia Florencio Sánchez.»</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="MISIONEROS">LOS MISIONEROS</h2></div> - -<p>Punteaba el día cuando el teniente Hormigón -montó a caballo y abandonó el festín, en cumplimiento -de la orden recibida.</p> - -<p>Iban, a la cabeza, él y Caracú, el sargento Caracú, -correntino veterano, indio fiero, agalludo, -más temido que la lepra, el «lagarto», la raya y -la palometa juntos—haciendo caso omiso de los -tigres, de los chanchos y de los mosquitos,—que -son los bichos más temibles del Chaco.</p> - -<p>Además, Caracú era un baqueano insuperable. -Conocía la selva casi tan bien como los tobas -y los chiriguanos, porque la había recorrido en -casi todos sus recovecos unas veces persiguiendo -a los indios, en su carácter de policía, y otras -veces persiguiendo a las policías en su papel accidental -de «rerubichá» toba o chiriguano.</p> - -<p>Después de todo, buen gaucho. Caracú; guapo -y alegre, ligero para el cuchillo, para el trago y -para «la uña» y ni aun lo de «la uña» era -ofensivo, en el medio.</p> - -<p>Durante la primera media hora de tramo mulero, -el teniente Hormigón se mantuvo dignamente -silencioso, guardando la orgullosa altivez que -corresponde a un oficial de «caballería». Pero -pasada aquella, la juventud triunfó y no pudo<span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104">[104]</a></span> -resistir al deseo de entablar conversación con su -subalterno. Al penetrar un rizado amplio que -formaba una estanzuela bastante bien poblada, -preguntó:</p> - -<p>—¿De quién es este campo?</p> - -<p>—De quién es aura no sé, señor,—respondió -maliciosamente el sargento:—Un tiempo fué del -guaicurú Añabe, que se lo robó al gallego Rodríguez; -y dispués jué del comisario Pintos, que se -lo robó al indio Añabe; y cuando Pintos dejó de -ser comisario, se lo robaron los alemanes del obraje -grande... Aura no sé quién lo habrá robao, aura...</p> - -<p>El teniente guardó silencio y siguieron andando. -El sol, invisible, se iba trepando por los quebrachos, -y cuando se subió a la punta de los más -altos, escupió fuego. El teniente Hormigón, sintiendo -sed, se tanteó el flanco, buscando la cantimplora -con «cognac de la habana», e hizo un -gesto de disgusto al notar que la había olvidado. -Caracú, sin perder un detalle, había observado, -y sonrió.</p> - -<p>El teniente Hormigón, un mozo alto, flacucho, -de ojos vivos, de nariz fina, de labios insolentes, -era, en forma innata, «muy de caballería», pero -le faltaba la práctica del oficio y debía, como todos, -pagar la chapetonada.</p> - -<p>Caracú, después de sonreir, destapó su «chifle» -y ofreciólo diciendo:</p> - -<p>—Mi teniente, si usted está queriendo pegarle -un trago...</p> - -<p>Bebió el teniente y bebió el sargento. Y después -el sargento preguntó:</p> - -<p>—¿Se puede saber p'ande vamos, teniente?</p> - -<p>—Para la misión.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_105" id="Page_105">[105]</a></span></p> - -<p>—¿Cuála?</p> - -<p>—Me parece que del fortín para dentro, en la -costa del Pilcomayo no hay más que una: la de -los franciscanos.</p> - -<p>—Disculpe, mi teniente; aquí en el Chaco hay -muchas misiones... prendalé otro buche... Tuitos -tenemos nuestra misión. La policía tiene -la misión de guardar el orden, prendiendo a los -indios que s'escapan por no trabajar pa los alemanes, -que pagan la policía. Los jueces de paz -tienen la misión de hacer justicia a quien los pague -mejor... Y claro que nunca es el hijo el -páis el que paga mejor... Los franciscanos tienen -la misión de cevilizar a los indios, deslomándolos -a trabajo.</p> - -<p>—Y civilizan,—arguyó el teniente.</p> - -<p>—¡Dejuro, mi jefe!... Asigún los comentos, -la Obrajera del Chaco tiene más de siete millones -de pesos ingleses de capital y los franciscanos, -arrimadito. ¡Calcule lo que se puede cevilizar -con tuita esa moneda!... Güeno; ¿pero sabe una -cosa, mi teniente?</p> - -<p>—¿Qué cosa?</p> - -<p>—Que pa mi gusto, cuando se haiga lograo la -completa civilización de los indios...</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—No v'haber ya ningún indio. Nos los habremos -comido tuitos, salvajes, a medio cevilizar -o cevilizaos, como quien dice: ¡crudos, chamuscaos -o asaos a punto!... Velay, teniente... ¡Es -la misión!...</p> - -<p>Instruyéndose en el camino, y después de andar -cincuenta leguas por las boscosas pampas chaqueñas, -el teniente y sus hombres llegaron a la<span class="pagenum"><a name="Page_106" id="Page_106">[106]</a></span> -misión franciscana, cerca del Pilcomayo.</p> - -<p>Allí le suministraron los datos necesarios para -el cumplimiento de su comisión, que consistía -en adquirir veinte bueyes para el destacamento.</p> - -<p>No fué tarea fácil, y el teniente debió emplear -en ella cinco días de fatigosas marchas; pero consiguió -veinte bueyes, grandes, gordos, mansos.</p> - -<p>Y esa noche durmió tranquilo y satisfecho.</p> - -<p>Y al día siguiente, cuando despertó, el desayuno -que le sirvió su asistente fué la noticia de -que le habían robado los siete bueyes.</p> - -<p>—No deben andar lejos,—dijo, y se puso al -campearlos. Tarea inútil: en el Chaco no se vuelve -a encontrar nada de lo que se pierde. Al fin, -desesperado, envió al jefe una carta narrando lo -ocurrido y rogando la remisión del dinero necesario -para adquirir otros veinte bueyes, dinero -que él se comprometía a pagar.</p> - -<p>Pocos días después regresaba al chasque con -la respuesta. El mayor, sabiendo que Hormigón -pertenecía a una familia muy rica no tuvo inconveniente -en mandarle el dinero, aunque, advirtiéndole -que no lo creía necesario. «En un país -de tantos recursos como aquél, sólo un maturrango -o un recluta no sabía acomodarse.»</p> - -<p>Meditó el teniente, leyó veinte veces la carta -y como al fin, aunque novicio, tenía una alma -«muy de caballería», comprendió. Poco después -mandaba al jefe otro chasque con esta lacónica -misiva:</p> - -<p>«Señor jefe:</p> - -<p>«De los veinte bueyes que nos robaron, ya -hemos conseguido veintiocho; los demás los andamos -campeando.»</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="MANZZI">LA SINGULAR AVENTURA DEL DR. MANZZI</h2></div> - -<p>Era el Dr. Atilio Manzzi un «original»; pero no -en el sentido que el vulgo acostumbra dar al vocablo, -es decir, extravagante y atrabiliario, un -ser mediocre que a falta de méritos positivos que -lo eleven sobre el común de sus coterráneos, se -singularizan por los excesos capilares, el arcaísmo -de su indumentaria y su decir paradojal.</p> - -<p>No era de esos el Dr. Atilio.</p> - -<p>Si con frecuencia llevaba largo el cabello y -descuidada la barba y el traje siempre en disonancia -con la moda, nada de ello era en él estudiado -descuido.</p> - -<p>Hombre joven aún,—pues apenas trasmontaba -la cuarentena,—vivía por completo consagrado -al ejercicio de su profesión de médico y -al estudio. Las tertulias del café,—el billar y el -naipe,—casi exclusivo entretenimiento de los pueblitos,—no -le ofrecían ningún aliciente; y las -pueriles vanalidades de la vida social, menos -aún.</p> - -<p>Su pasión era los libros; y al final de cada lectura -gustábale abstraerse, para extraer, a través -del filtro del análisis crítico, la esencia de -lo leído. Era, en fin, un temperamento de sabio.</p> - -<p>Entusiasmábanle las ciencias sociales. Las mi<span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span>serias, -físicas y morales observadas a diario en -su consultorio, entristecían su alma generosa, -impulsándole a poner en contribución su voluntad -y su cerebro al ideal nobilísimo de plasmar -una humanidad más buena y más justa.</p> - -<p>¡Cuántos de aquellos infelices que imploraban -el auxilio de su ciencia curativa, llevaban sus -organismos corroídos por las deficiencias de alimentación, -de higiene y de educación, al par que -por un trabajo excesivo y ejecutado en pésimas -condiciones!...</p> - -<p>¡Cuántas veces había comprobado la ineficacia -de su humanitarismo!... El no se ahorraba, -en efecto, ninguna molestia, ninguna fatiga, para -asistir gratuita y solícitamente a los menesterosos; -pero ¿de qué servían sus desvelos y sus -prescripciones, si las más de las veces el paciente -carecía de medios para adquirir las drogas prescriptas, -de ropas para abrigarse y de lo necesario -para seguir el régimen alimenticio ordenado,—en -la mayor parte de los casos base fundamental -de la curación?...</p> - -<p>Su despreocupación de las prácticas sociales -y su predilección por los humildes, mortificaba -a la aristocracia lugareña, y, sobre todo, a las -niñas casaderas que desde el arribo del doctor al -pueblo rivalizaban en amabilidades por conquistar -aquel partido excepcional.</p> - -<p>Empero nadie manifestaba abiertamente un -juicio severo, por la doble razón de que Manzzi -era el único médico con que contaba la localidad, -y de que las chicas no desesperaban de -encadenar al oso.</p> - -<p>Diariamente recibía éste obsequios de «dulces<span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span> -caseros» hechos por Fulanita, pasteles y otras -golosinas que le enviaba Zutanita, excusándose -de que «no le habían salido muy bien» y grandes -ramos de flores que Fulanita, Zutanita y Menganita -habían «arrancado ellas mismas, esa mañana -en sus respectivos jardines».</p> - -<p>Atilio, gran amante de las golosinas y de -las flores, saboreaba las unas y adornaba con -las otras todas las habitaciones de su casa, sin -sospechar siquiera que aquellas atenciones llevaran -en sí la intención de discretas y delicadas -insinuaciones.</p> - -<p>El buen doctor, «gourmand» y «gourmet», -saboreaba las golosinas del mismo modo que admiraba -los diversos ramos de flores, en conjunto, -haciendo caso omiso de las tarjetas que ostentaban -los nombres de las obsequiantes.</p> - -<p>Su existencia transcurría de ese modo, plácidamente -monótona, cuando un incidente vulgar -introdujo en ella un elemento perturbador.</p> - -<p>Cierta tarde ocurrió a su consultorio una joven -de delicada belleza y cuyos modales y expresiones -denotaban una cultura muy superior a la -que pudiera atribuírsele por su indumentaria, -reveladora de muy humilde clase.</p> - -<p>Manzzi, advirtiendo ese contraste, le preguntó -después de haberla examinado y recetado:</p> - -<p>—¿Usted es de acá?... Yo conozco a casi todos -los habitantes del pueblo, y no recuerdo haberla -visto nunca...</p> - -<p>Recién hace tres meses que vine. Yo soy de -Pampa Chica.</p> - -<p>—¿Su familia vive allá?</p> - -<p>—Vivía,—respondió la muchacha con voz aflic<span class="pagenum"><a name="Page_110" id="Page_110">[110]</a></span>tiva;—mi -padre murió hace cinco años...</p> - -<p>—¿De qué se ocupaba?</p> - -<p>—Era maestro de escuela y periodista.</p> - -<p>—¡Bravo!... ¡Dos profesiones extremadamente -lucrativas!... ¿Apuesto a que al morir no les dejó -un palacio, ni auto, ni rentas siquiera?</p> - -<p>—¡Qué nos iba a dejar!... El pobrecito abrevió -su existencia consumiéndose en el trabajo -y apenas obtenía lo indispensable al sostenimiento -de nuestro modestísimo hogar. A su fallecimiento, -endeudados con los gastos de la enfermedad -y entierro, quedamos en la indigencia. -Yo tenía apenas nueve años y la pobre mamá, -muy delicada de salud, trabajaba día y noche -para conseguir el sustento, no pudo resistir y -hace seis meses también rindió su alma a Dios...</p> - -<p>Había pronunciado estas palabras, ahogándose -en llanto, y Atilio necesitó dejar transcurrir -unos segundos para dominar su emoción.</p> - -<p>—¿Y ahora trabaja aquí?—preguntó luego.</p> - -<p>—Sí, señor: en casa de la viuda de don Atanasio -Bacigalupe.</p> - -<p>—¿Gente muy rica?...</p> - -<p>—Así dicen.</p> - -<p>—Creo que hay varias muchachas...</p> - -<p>—Tres.</p> - -<p>—¿Y usted está de institutriz?</p> - -<p>Amarga sonrisa contrajo los labios de la joven, -que respondió con voz más amarga aún:</p> - -<p>—De sirvienta...</p> - -<p>Enmudeció el doctor. Con violento esfuerzo -hizo que el profesional recuperara la plaza momentáneamente -ocupada por el sentimental, y -dijo, cambiando de tono:</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_111" id="Page_111">[111]</a></span></p> - -<p>—Es una bronquitis que desaparecerá en breve. -Siga el tratamiento indicado y vuelva el jueves -próximo.</p> - -<p>El Dr. Manzzi sintióse extrañamente subyugado -por el recuerdo de aquella encantadora fregatriz, -hija de intelectuales e intelectual ella misma. -A cada instante su gallarda silueta, enlutada -por prematura tristeza y aureolada por sin igual -valentía, distraíalo a sus cavilaciones científicas. -Tanta satisfacción experimentaba en verla -y en platicar con ella, que prolongó indebidamente -la asistencia. Pero llegó el día en que su honradez -profesional le obligó a darla de alta.</p> - -<p>Pasaron dos semanas sin verla y aquello le -producía una desazón que él no se preocupaba -de explicársela ni de justificarla.</p> - -<p>Y fué así que inconscientemente, sin propósito -premeditado, comenzó a ir todas las tardes -a estacionarse en un banco de la plaza, frente -a los balcones de la viuda de Bacigalupe. Leyendo -a ratos, y con frecuencia simulando leer, atisbaba -continuamente, esperando ver salir a la sirvientita.</p> - -<p>Su persistencia llegó a ser advertida y a motivar -el comentario. De pronto era alguno de los -viejos «rentistas» y desocupados que abundaban -en el pueblo, quien se detenía un momento y -decíale, acompañando la frase con una guiñada -significativa:</p> - -<p>—¡Muy bien, doctor, muy bien!... ¡Ha tenido -buen ojo, lo felicito!...</p> - -<p>Y antes de que Manzzi hubiera tenido tiempo de -formular una demanda explicativa, el otro proseguía -su paseo, diciendo con aire de sutileza:</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112">[112]</a></span></p> - -<p>—Me voy; no quiero interrumpirlo: todos hemos -pasado por ese trance.</p> - -<p>Escenas semejantes se sucedían cada vez con -mayor frecuencia, intrigando al médico, convencido -de que aquel hábito no encerraba otro propósito -que el manifiesto: el solaz de la lectura en -la placidez estival, bajo la sombra refrescante -de los añosos paraísos de la plaza.</p> - -<p>¿Había advertido que su instalación en el banco -habitual coincidía con la presencia en el balcón -de enfrente, de las tres hijas de la viuda?</p> - -<p>Sí; pero sin sorprenderle la coincidencia. ¿Qué -cosa más natural que las chicas del pueblo exhibiéndose -en los balcones o en las puertas de las -casas en los cálidos atardeceres estivales?</p> - -<p>Así transcurrieron los días hasta una noche -en que, recién comenzada la cena, fué sorprendido -por estrepitoso sonar de la campanilla eléctrica.</p> - -<p>—Es la sirvienta de Bacigalupe que desea hablarle -urgentemente.</p> - -<p>Sin perder un segundo, el doctor se encaminó al -consultorio.</p> - -<p>—¿Qué le pasa, Servanda?—exclamó cogiendo -la mano de la joven, a quien la distinción hizo -enrojecer y bajar la vista.</p> - -<p>—A mí, nada, doctor; la señora me mandó -a buscarlo porque a una de las niñas le ha dado -un ataque.</p> - -<p>Manzzi, que ante el deber profesional posponía -todo interés personal, se encasquetó el chambergo -y con un breve:</p> - -<p>—¡Vamos!—salió dando zancadas.</p> - -<p>A su llegada quedó sorprendido ante el aspec<span class="pagenum"><a name="Page_113" id="Page_113">[113]</a></span>to -que ofrecía la sala y sus ocupantes: se diría -que allí se habría librado una batalla. Se veía -que los muebles habían sido arreglados precipitadamente; -al pie de un pedestal dorado habían -quedado trozos del jarrón que soportara; -en un ángulo, una silla tumbada y encima del -piano un almohadón floreado, hecho jiba, parecía -haber sido utilizado como proyectil. Extendida -sobre el sofá, la cabeza reposada en un edredón -y la frente cubierta por un pañuelo que hedía -a agua Colonia, estaba Elisa, la menor de las Bacigalupe.</p> - -<p>La viuda, al igual de sus otras dos hijas, sin -duda empolvadas a obscuras y a prisa, ofrecían, -con sus expresiones aflictivas, un aspecto clownesco.</p> - -<p>—¡Hay, doctor, qué desgracia! ¡A esta chica -le ha dado un ataque horrible!—exclamó la viuda -haciendo aspavientos; y Manzzi pudo observar -que las fisonomías de las otras dos chicas se contraían -simultáneamente en un rictus irónico.</p> - -<p>Sin responder, observó a la enferma y dijo:</p> - -<p>—No es nada. Acuéstela, dele un poco de tilo -y pasará enseguida.</p> - -<p>Al retirarse, la viuda lo llevó hasta el fondo -del zaguán, y en voz baja, con aire misterioso -y al mismo tiempo meloso, suplicó:</p> - -<p>—Estimado doctor, ¡decídase de una vez!...</p> - -<p>—¿Que me decida?... ¿a qué?—interrogó sorprendido -el médico.</p> - -<p>—¡Vamos, vamos!... Todo el pueblo sabe que -usted corteja a una de mis chicas, pero ignora<span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span>mos -a cuál... Cada una de ellas se considera -la preferida, y naturalmente, riñen entre ellas... -¡Por favor, doctor, decídase por una u otra!...</p> - -<p>Manzzi lanzó una estruendosa carcajada y -respondió:</p> - -<p>—¡Pero, señora, si yo no tengo interés por ninguna -de sus hijas!</p> - -<p>La viuda enmudeció de asombro, y luego expresó -con agriedad:</p> - -<p>—¿Conque a ninguna?... Entonces me quiere -explicar, caballerito, ¿cómo ha estado usted durante -tres meses, plantado las horas muertas -frente a nuestros balcones, comprometiendo así -a las niñas?...</p> - -<p>—¡Sí!... ¿Por qué?—gritaron a coro las dos -muchachas que habían estado escuchando detrás -de la puerta.</p> - -<p>—¡Eso es una infamia!—exclamó a su vez la -enferma, que apareció en el zaguán agitando los -brazos en actitud amenazante...</p> - -<p>—¡Hacernos tal desaire!...</p> - -<p>—¡Semejante papelón!...</p> - -<p>El violento ataque desconcertó al doctor, tímido -e inexperto en lances de esa naturaleza.</p> - -<p>—Pero, señora... vean, señoritas... yo...—balbuceaba -intentando justificarse; mas sin éxito, -pues el enemigo no le daba alce.</p> - -<p>—Vamos a ver: ¿cómo explica su insistencia -en festejar públicamente a las niñas?—interroga -la viuda.</p> - -<p>—¡Sí, sí!... ¡Desde el banco de la plaza!...—agregó -la mayor de las niñas.</p> - -<p>Al fin la hosca sinceridad del retraído hombre -de ciencia, estalló en forma brutal:</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span></p> - -<p>—¡Bueno, acabemos con este sainete! Yo no -me intereso por ninguna de ustedes.</p> - -<p>—¿Y lo del banco y su continuo mirarnos?</p> - -<p>—¡No era a ustedes a quien miraba, sino a Servanda!...</p> - -<p>—¡A la sirvienta!... ¡Jesús, Dios mío!</p> - -<p>—¡Ay, qué asco!</p> - -<p>—¡Bien les había dicho yo,—exclamó colérica -la mamá,—que esa mosquita muerta, caída al -pueblo como una perra gaucha, debía ser alguna -lagarta!... ¡Ah, pero no estará en casa ni un -minuto más!... ¡Ni un minuto más!... ¡Servanda!</p> - -<p>La pobre chica acudió toda llorosa y confundida.</p> - -<p>—¡Inmediatamente, pero inmediatamente, agarra -usted sus trapos y se manda mudar, grandísima -sinvergüenza!...</p> - -<p>—¡Sí, sí, en seguida, que se vaya en seguida, -esta hipócrita desvergonzada!—corearon las chicas.</p> - -<p>—¡Pero, señora!—imploró la muchacha—¿A dónde -quiere que vaya ahora, de noche?</p> - -<p>—¡A la calle!... ¡Las perras viven bien en -la calle!</p> - -<p>El doctor se irguió y dijo con imperio:</p> - -<p>—A la calle no. Venga usted a mi casa.</p> - -<p>Y tras un seco «Buenas noches», tomó del braso -a Servanda y salió sin volver la cabeza.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Quince días después la aristocracia lugareña -recibió indignada la noticia del casamiento del -doctor Atilio Manzzi con la ex sirvienta de las -Bacigalupe.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="HISTORIA">LA MEJOR HISTORIA</h2></div> - -<p>Cuando el temporal se instala es como visita -de vieja chismosa que llega a una estancia y no -se marcha hasta haber agotado el repertorio de -las murmuraciones. Eso puede durar una semana, -diez días, quince, quizá un mes, según las actividades -y la facultad de inventiva de la cuentera. -Cuando la dueña de casa comienza a desinteresarse -de sus chismes, ha llegado el momento de -marcharse, y se marcha en busca de otro auditorio, -como hacen las compañías de cómicos que -vagan por los escenarios lugariegos ajustando -la duración de cada estada al termómetro de -la taquilla.</p> - -<p>Los temporales obran de parecida manera. -Rugen, castigan, devastan y mientras ven angustiados -a los hombres y a las bestias, persisten -en su obra perversa. Empero llega el día -en que bestias y hombres se habitúan al azote -y no hacen ya caso de él; entonces, imitan a la -vieja murmuradora y a los cómicos trashumantes: -cierra sus grifos, lía sus odres y se marcha.</p> - -<p>Mas en tanto que los vientos braman y los -aguaceros latiguean los campos e inflan los vientos -de los arroyos, quedan paralizadas las faenas -camperas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_118" id="Page_118">[118]</a></span></p> - -<p>Picar leña y pisar mazamorra dentro del galpón -no constituían entretenimiento verdadero; -y componer o confeccionar «garras», era imposible, -pues sólo un maturrango ignora que no se -pueden cortar tientos ni trabajar en guascas en -días de humedad.</p> - -<p>Fuerza es holgar, «pegarle al cimarrón» y contar -cuentos, haciendo rabiar de despecho al temporal.</p> - -<p>Cierto invierno se desencadenó uno de éstos—allá -por el litoral uruguayo de Corrientes—tan -singularmente obstinado, que la peonada numerosa -de la estancia del Urunday, en Monte -Caseros, había agotado el repertorio; y ya ahitos -de agua verde, maíz asado y tortas fritas, se aburrían, -bostezando hasta «descoyuntarse las quijadas», -cuando don Ponciano propuso:</p> - -<p>—Que cada uno 'e nosotros cuente su propia -historia.</p> - -<p>—¡Linda idea!—apoyó uno; y Juan José adhirió -diciendo:</p> - -<p>—¡Me gusta!... y si permiten, punteo yo.</p> - -<p>—Dale guasca, no más.</p> - -<p>—Güeno—comenzó el narrador;—aunque no tengo -más que veinticinco años...</p> - -<p>—Sin contar los que mamaste y anduviste -a gatas—interrumpió Toribio, motivando una -réplica violenta de Juan José:</p> - -<p>—¡Si quieren oir, oigan! y si no, que enfrene -y largue otro, que ni el mejor parejero corre cuando -se l'enrieda un cuzco en las manos...</p> - -<p>—Tenés razón: seguí viaje.</p> - -<p>—V'a ser corto. Mi han contao que yo nací -en una madrugada escura en que los rejucilos<span class="pagenum"><a name="Page_119" id="Page_119">[119]</a></span> -s'enredaban como pelota 'e gusanos, y era, pa -mejor, un viernes santo, que cayó en 13...</p> - -<p>—¡La ocurrencia, también, de la finaíta tu -mama!...</p> - -<p>—...y dejuramente eso me puso la marca 'e -la desgracia, condenandomé a dir trompezando -en tuito el camino 'e la vida.</p> - -<p>—Flojo 'e tabas...</p> - -<p>—No les v'ia contar tuitas las rodadas que he -pegao...</p> - -<p>—Hacés bien.</p> - -<p>—...ni tuitas las disgracias que se ma han -ido clavando en el alma hasta dejarmelá de un -todo tullida; pero la última jué la que me dió -contra el suelo.</p> - -<p>—¡Dejuro!... siempre es la última copa la -qu'emborracha...</p> - -<p>—Pal trabajo...</p> - -<p>—Oí contar que habías jurao matarlo al que -lo inventó, ande quiera que lo encontrases...</p> - -<p>—...nunca tuve suerte, y pal juego menos -entuavía. Pa l´único que juí afortunado jué pa -las mujeres. En los bailes se me solían amontonar -las novias como tropilla, y en más de una ocasión -me vide negro pa desenredarme en el entrevero...</p> - -<p>—¡Vamos mintiendo!...</p> - -<p>—...Pero de tuitas, a la única que quise de -verdá jué a Marculina Paz y se murió cinco días -antes del señalao pal casorio...</p> - -<p>—¡Qui en paz descanse!...</p> - -<p>—Y dende ese día...</p> - -<p>El narrador continuó enhebrando lástimas, y -cuando hubo terminado, otro entró en liza, y -luego otro, hasta quedar solamente «Yacaré»,<span class="pagenum"><a name="Page_120" id="Page_120">[120]</a></span> -un correntino taciturno,—más que taciturno, impasible,—capaz -de pasarse dos días sin desplegar -los labios, de los cuales nunca nadie oyó una expresión -de alegría ni de pena, de contento ni de -desagrado.</p> - -<p>Y como no diese indicios de tomar parte en el -torneo, don Ponciano lo espoloenó:</p> - -<p>—¡A ver, «Yacaré», contá vos también tu historia!...</p> - -<p>Tras varios minutos de silencio, el correntino, -con la vista baja, siguiendo las líneas de las arabescas -que dibujaba en la ceniza el dedo gordo -de su pie derecho, respondió:</p> - -<p>—Io no tengo historia.</p> - -<p>—¿Quiénes fueron tus padres?</p> - -<p>—Io no sé.</p> - -<p>—¿Dónde nacistes?</p> - -<p>—Tampoco sé.</p> - -<p>—¿No has tenido novia?</p> - -<p>—Nunca novia no tuve, no.</p> - -<p>—Pero alguna cosa te ha de haber pasao en -la vida!...</p> - -<p>—Nada nunca me pasó.</p> - -<p>—¿Y qué has hecho durante los años que has -vivido?</p> - -<p>—¿Y qué hi di hacer?... Lo mismito qui haré -hasta qui muera: trabajar, pitar, comer, dormir... -Nada más nunca no hice...</p> - -<p>Callaron todos; y tras prolongado silencio, -sentenció don Ponciano:</p> - -<p>—¡Esa si qu'es la mejor historia!</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="PUNTA">CON LA CRUZ EN LA PUNTA</h2></div> - -<p>Era alto, fuerte, flaco, y feo. La cabeza chica, -la cara grande. La frente tan estrecha que no -había sitio para correr una carrera de tres ideas -juntas. Los ojos de un aterciopelado color de piel -de lodo de río, expresaban bondad, mansedumbre; -lo mismo que la nariz sólida, gruesa, aguileña, -con dos aberturas amplias que aseguraban una -perfecta ventilación pulmonar.</p> - -<p>Pero, por debajo, de la nariz se abría, en tajo -sombrío, una boca que era una verdadera boca -de abismo, unos labios graníticos, fríos, rígidos, que -se alivianaban cansados de suspirar e incapaces -de vibrar en otras articulaciones sonoras que las -expresivas de sátira o injuria.</p> - -<p>A las mujeres malas se les secan los senos; a -los hombres infelices se les acecinan los labios; -razonable correlación psicofisiológica.</p> - -<p>Esto daría motivo para una larga disertación -filosófica; pero volvamos a Hermann, el hombre -grande, fuerte y feo de que íbamos ocupándonos.</p> - -<p>Hermann, cuya verdadera nacionalidad—y cuyo -verdadero nombre—nadie conocía, podría tener -treinta años. Fué peón de chacra, peón de estancia, -puestero más tarde, dedicándose a la cría de<span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122">[122]</a></span> -cerdos y de aves y a las pequeñas industrias derivadas.</p> - -<p>Le fué mal.</p> - -<p>Creyendo que la adversa suerte provenía de la -falta de una mujer,—aparato regulador—se casó -con una criolla que le dijo: «Quiero» cuando él -decía «Envido».</p> - -<p>Y le fué mucho peor, todavía.</p> - -<p>En poco tiempo desaparecieron los animalitos, -los útiles de labranza. Después desapareció la -chacra y casi en seguida la mujer, cuyo cariño,—si -alguna vez lo tuvo—se había ido mucho antes.</p> - -<p>Desde entonces Hermann se despreocupó del mañana -y no pensó más en hacer casa ni en plantar -árboles, esas cosas destinadas a sobrevivirnos; -sobrevenirnos con y para el hijo que tenemos -o esperamos tener.</p> - -<p>—Yo no estuvo buenos a piliar felicidad—decía.</p> - -<p>Y sentado en la glorieta de la pulpería, solo, -la pipa entre los dientes, el vaso de gim al costado, -los ojos de Hermann, sus pupilas color caramelo -inmovilizaban la visión en lo infinito del horizonte -campesino, como en ansias de trasponer los -mares de investigar la remota tierra nativa, donde -quizá hubiera aún alguna ramita de afecto, capaz -de prosperar, de crecer, de hacerse árbol, cuidada -y regada.</p> - -<p>Pero, de vez en cuando, el solitario salía de su -embebecimiento, sacudía la cabeza y murmuraba -en su media lengua:</p> - -<p>—Yo nunca estuvo bueno domar pingo la suerte.</p> - -<p>Y quitando la pipa de los labios—que entonces<span class="pagenum"><a name="Page_123" id="Page_123">[123]</a></span> -se cerraban formando una larga y fina línea cárdena, -semejando el cuello de un individuo degollado -después de muerto—apuraba el vaso de gim -sin hacer un gesto.</p> - -<p>—Dios te conserve el tragadero, gringo—dijo -un gaucho,—qui ha 'e ser como papel de lija.</p> - -<p>—Y a vos la lengua que ha estar igual escoba -amontonar basura.</p> - -<p>—¿No te da vergüenza emborracharte asina, -solo sin envitar a naides?</p> - -<p>—¡Qué le va dar vergüenza a este guampudo!—agregó -otro mofador. Y él, sin quitarse la pipa de -los labios y otra vez perdida la mirada en las lejanías -del otero:</p> - -<p>—Yo nada no tengo vergüenza. Yo no importa -palabras que dicen... Yo estoy como río: todo qu' -echan dentro lleva fuera...</p> - -<p>Cuando estalló en el Uruguay la revolución -de 1904 fué uno de los primeros en alistarse en las -filas insurrectas.</p> - -<p>—¿Vos sos «blanco»?—le preguntaron.</p> - -<p>—¿Qué están blancos?... Yo estoy gringo.</p> - -<p>—¿Pero sos enemigo del gobierno?</p> - -<p>—¿Quién está gobierno?... Yo quiere no más -ir guerra, matar hombres, todos hombres pueda -matar... Todos biches malos, hombres.</p> - -<p>Y fué un formidable guerrillero. No tiraba muchos -tiros, pero cada disparo suyo era casi seguro -que hacía una víctima, porque apuntaba largamente, -amorosamente, a fin de que su bala fuese -eficaz.</p> - -<p>Concluídas las peleas, volvía a su aislamiento, -a fumar su pipa, a beber su gim,—del cual nunca -le faltaba provisión, sin importársele un comino<span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span> -de si habían vencido o habían sido vencidos.</p> - -<p>Una tarde, después de una lucha singularmente -trágica, extraordinariamente sangrienta, Hermann -se reposaba, fumando su pipa y bebiendo su ginebra, -cuando se le acercó un indiecito, conocido -por «Rejucilo» y en cuyo rostro estaban dibujados -todos los estigmas de la perversidad. Durante las -cuatro horas que había durado la carnicería, Rejucilo -estuvo junto a Hermann y había admirado, -no su valor, sino su ferocidad, su pasión de matar.</p> - -<p>Al acercarse al extranjero, que lo recibió, -como a todo el mundo, fosco y prevenido, dijo:</p> - -<p>—Lo felicito, hermano.</p> - -<p>—Yo no tengo hermano, yo no precisa felicitación—fué -la respuesta de Hermann.</p> - -<p>Rejucilo, sin desconcertarse.</p> - -<p>—No importa. Lu he visto peliar. Se que pelea -por puro gusto 'e matar gente, lo mesmo que -yo peleo, pa ver si se puede concluir con tuita -la gente, y di' ahí mi simpatía... Nu'es pa pedirle -nada, es pa ofertarle, es pa convidarlo que haga -como yo... vea...</p> - -<p>Y sacando de la cartuchera una bala de mauser -cuya punta había sido tallada en cruz, repitió:</p> - -<p>—Vea.</p> - -<p>—¿Y qué?—preguntó el extranjero, después -de observar la bala.</p> - -<p>—¿Y qué?... Que asina, con cruz en la punta, -hace más daño. Al dentrar en el cuerpo y trompezar -con un gueso, se abre como rosa y destroza -mesmo que rayo. Nu hay cristiano que aguante -un chumbo d'esta laya.</p> - -<p>Hermann, observó detenidamente la bala,—una -dum-dum, al fin;—meditó, y luego tomó la botella<span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125">[125]</a></span> -de gim y le ofreció un trago a Rejucilo. Era la primera -vez que hacía aquello.</p> - -<p>En seguida, desenvainó el cuchillo, volcó en -el suelo la cartuchera y se puso a tallar en cruz -la camisa de niquel de los proyectiles.</p> - -<p>—Gracias—dijo el indio, devolviendo el porrón.</p> - -<p>—Nada... Vos estás amigo mío. ¡Oijalá peliamos -mañana!...</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="GRINGOS">LOS GRINGOS</h2></div> - -<p>La estancia de los «Horcones», después de extenderse -por varias leguas en el oeste de la provincia, -se ha ido desparramando en otras varias -leguas, por la pampa lindera.</p> - -<p>Las primeras se debieron al esfuerzo consecutivo -de tres generaciones de Salazar de Villarica. -Don Martín el fundador, fué un vasco recio y animoso -que se instaló en el entonces semidesierto, -con un rebaño de ovejas y cuya energía logró triunfar -en la lucha incesante con la indiada, con los -malevos, con las policías, con los alcaldes y las -calamidades menores de las sequias torturantes y de -las inundaciones desvastadoras.</p> - -<p>El segundo Salazar de Villarica, don Carlos, heredó -de su padre un vasto y próspero establecimiento, -que él agrandó y perfeccionó mediante un esfuerzo -y una tenacidad dignas del heróico antecesor.</p> - -<p>Contribuyó no poco a sus éxitos, Lino Colombo, -robusto y activo mocetón genovés, que empezó -por sembrar unas cuantas hortalizas y plantar una -docena de frutales.</p> - -<p>Y dos años después, ya no era una docena, sino -una centena de durazneros, perales, manzanos,<span class="pagenum"><a name="Page_128" id="Page_128">[128]</a></span> -que formaba alegre festón al antes desnudo y triste -caserón de la estancia.</p> - -<p>La peonada gaucha miró al principio con adversión -al innovador.</p> - -<p>—Ahí viene el loco 'e los árboles—decía despreciativamente -uno, al verlo regresar, siempre a -pie, las herramientas al hombro, en mangas de -camisa, la cabeza eternamente descubierta.</p> - -<p>—Ahí está el dueño de la hacienda verde—mofaba -otro, no pudiendo comprender que el campo -pudiese ser ocupado en otra cosa que en la cría -de vacas, caballos y ovejas.</p> - -<p>Empero, como el gaucho es por naturaleza goloso, -cuando llegó la producción, cuando pudieron -hartarse de duraznos, de peras, de manzanas, de -membrillos, cesaron las hostilidades, aunque no -las puyas, hacia el «ganadero de la hacienda -verde», a quien, por otra parte, don Carlos dispensaba -la mayor confianza, alentándolo en sus plantaciones.</p> - -<p>—Dejenló tranquilo a mi gringo. El trabaja lo -mismo que nosotros, para nosotros para los que -vengan. Cada uno tenemos nuestra misión en la -vida, y la cosa es cumplirla bien. Los caballos -no sirven para el matadero, ni los bueyes para correr -carreras.</p> - -<p>Y los gauchos se iban acostumbrando; pero ocurrió -que una vez, al regresar el patrón de un viaje -a la ciudad, trajo una bolsita de semillas que Gino -recibió con manifiesta expresión de júbilo.</p> - -<p>Desde la madrugada del día siguiente, se puso -a preparar un gran rectángulo de tierra elegida. -La preparó animosa, prolija, cariñosamente, y cuando -al fin esparció sobre ella la diminuta semilla<span class="pagenum"><a name="Page_129" id="Page_129">[129]</a></span> -del saquito traído por el patrón, su rostro bello y -enérgico expresaba la alegría de un gran acto -triunfal.</p> - -<p>—¿Qué yuyo es ese?</p> - -<p>—Espera, espera...</p> - -<p>—¿Se come?</p> - -<p>—No se come, ma da de comer.</p> - -<p>Los gauchos se encogieron de hombros, considerando -con desprecio aquellos centenares de plantitas -de un verde de plata, que crecían rápidamente, -estirando sus tallitos endebles...</p> - -<p>Quince años más tarde, diez mil eucaliptus, -unos colosos ya, otros de mediana altura, formaban -un delicioso parque, recreo de la vista, generador -de salud, fuente preciada de riqueza en todo sentido...</p> - -<p>A la muerte de don Carlos, Pedro, el tercer -Salazar de Villarica, se encontró poseedor de una -inmensa fortuna. Acababa de regresar de Europa, -donde fuera en viaje de recreo y de instrucción, -al terminar su carrera de abogado.</p> - -<p>Hombre de ciudad, no descuidó, sin embargo, -sus intereses, y siguió la tradición, administrando -y explotando personalmente sus estancias, contando -siempre con la eficaz ayuda del fiel genovés, -quien no obstante haberse enriquecido, comprando -tierras con sus economías, y a pesar de tener -varios hijos y muchos nietos, todos propietarios, -continuó prestando su mayor atención y sus últimas -energías al cuidado de los bienes de sus patrones.</p> - -<p>Y con tanto mayor motivo, cuanto que los cinco -hijos del tercer Salazar de Villarica—dos mujeres<span class="pagenum"><a name="Page_130" id="Page_130">[130]</a></span> -y tres hombres—se habían despreocupado por completo, -consagrados a la ociosidad fastuosa, viviendo -la mayor parte del año en Europa, desparramando -monedas con esplendidez de nababs.</p> - -<p>Y como los derroches eran idénticos en el ciclo de -las siete vacas flacas que en el de las siete vacas -gordas, la mina empezó a disminuir su cosecha de -oro.</p> - -<p>Y recién cuando frente al pedido de una fuerte -suma de dinero, Gino respondió manifestando -la imposibilidad de conseguirlo sin recurrir a operaciones -onerosas, Julio, el mayor de la familia, -resolvió ir a la estancia.</p> - -<p>—¡Dejenmé no más, que yo les voy a arreglar -las cuentas a esos gringos ladrones!—manifestó -al partir.</p> - -<p>Todas las explicaciones de Gino fueron inútiles. -Grandes extensiones de tierra estaban desiertas -porque las haciendas propias se habían malbaratado -para satisfacer el incesante pedido de sumas -cuantiosas...</p> - -<p>—¿Y los arrendamientos?</p> - -<p>—Ya no hay arrendatarios, patrón. La época es -mala, el precio caro; quien arriende se muere de -hambre.</p> - -<p>—¡Lo que hay—exclamó violentamente el mozo,—es -que ustedes se aprovechan con la confianza -que les damos; lo que hay es que ustedes los gringos -nos van tragando poco a poco!...</p> - -<p>El viejo servidor no pudo permanecer impasible -ante el insulto tan supremamente injusto. -De un brusco manotón se arrancó el chambergo -que tiró con rabia al suelo, y sacudiendo la larga,<span class="pagenum"><a name="Page_131" id="Page_131">[131]</a></span> -espesa melena nevada, gritó, golpeando el pecho -con las manos encallecidas en más de cincuenta -años de labor sin treguas ni fallecimientos:</p> - -<p>—¡Los gringos!... ¡Ma los gringos aquí son ostedes, -ostedes que se pasan en la Uropa, gastando -la plata en divertirse, sin trabacar, sin hacer nada -per so tierra!... ¡E in cambio, ío, gringo, vivo -aquí, pegao a la tietro que beso y riego con mi -sodor, haciandola cada vez más rica!... ¡Y yo -tengo once hicos, que son arquentinos, que trabacan -la tierra y la quieren, y tengo trentaun nietos arquentinos -y todos tenemo las raíces del alma -metidas inta la tierra arquentina como los ucalitos, -esos d'allá, todos esos, que yo planté cuando!...</p> - -<p>Y luego, presa de un acceso de lágrimas, dijo, -sacudiendo la nevada cabeza:</p> - -<p>—¡No! ¡no me dica esto, don Culio!... Y sabe, -no es por ofensa, pero, en veritá, aquí los únicos -gringos sos ostedes, ostedes que tienen vergüenza -de so tierra, que ni meno la conocen, e que porque -no la conocen no la quieren...</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="DESAGRADECIDOS">DESAGRADECIDOS</h2></div> - -<p>Lucía una soberbia mañana de otoño, de luminosidad -enceguecedora, de un ambiente fresco, -que alegraba el espíritu y despertaba energías: -«un día como pa domingo»,—según la frase de -Caraciolo.</p> - -<p>La recorrida del campo fué un agradable paseo -matinal, sin trabajo alguno: los alambrados se -encontraban en perfecto estado: con las pasturas -en flor, la hacienda estaba inmejorable y en las -majadas aún no había dado comienzo la parición.</p> - -<p>Sandalio, Felipe y Caraciolo retornaban a las -casas, al tranquito, charlando, aspirando con fruición -el aire puro, embalsamado con las yerbas olorosas -que alfombraban las colinas.</p> - -<p>Estando aún a cinco o seis cuadras del galpón, -el negro Sandalio levantó la cabeza, olfateó con fruición -y dijo:</p> - -<p>—Estoy sintiendo el olor del asao... Vamos apurando -un poco, porque ya saben que a ese señor -si lo hacen esperar se pone todo fruncido.</p> - -<p>Felipe haciendo pantalla con la mano y tras -ligera observación exclamó:</p> - -<p>—En la enramada hay dos caballos ensillados: -y si no me equivoco, uno es el zaino del comisario -Morales.</p> - -<p>—¡Eh!...—exclamó Caraciolo con expresión de<span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span> -disgusto; pues, por lo general la visita de la policía -nunca llevaba a los moradores de los ranchos otra -cosa que incomodidades e inquietudes.</p> - -<p>Llegaron. Felipe no se había equivocado: en el -galpón, al lado del fogón, haciendo rueda al costillar -que se doraba en el asador, estaban el comisario -y el sargento, haciéndole honor al amargo -que cebaba el viejo Leandro.</p> - -<p>Al respetuoso saludo de los peones, el comisario -respondió con amabilidad inusitada:</p> - -<p>—¿Qué tal, juventú, como les va diendo?... -¿Rejuntando solsito pal invierno?... Sientensé no -más, por mí, no hagan cumplimientos.</p> - -<p>Y luego, dirigiéndose al viejo Pancho, el comisario -continuó el relato interrumpido por la llegada -de los peones.</p> - -<p>—Pues, como les iba diciendo, los diareros de -la capital, chiyaron tanto que el menistro no tuvo -más remedio que mandarme atracar un sumario.</p> - -<p>«El jefe, al notificarme me dijo:—«No te asustés -y andá campiar güenos testigos y que los traigan -bien sobaos no sea que dispués s'enrieden -y te comprometan a vos y me comprometan a -mí»...</p> - -<p>«Miedo, pa decir verdá, nunca tuve, ya soy -veterano en eso'e los sumarios; con un poco de habelidá -siempre se sale bien y lo pior que puede -suceder es que lo cambeen a uno pa otra sesión o -pa otro departamento; pero da rabia que lo incomoden -a uno por un savandija»...</p> - -<p>—¿Jué Natalio Suárez, no?—preguntó don Pancho.</p> - -<p>—Sí... a quien uno se ve obligao en las ocasiones -a atracarle unos palos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span></p> - -<p>—Pero Natalio murió.</p> - -<p>—Murió por culpa de el mesmo. Yo le sacudí -de plano,—naides me puede tildar de hereje y -de lastimar un hombre sin necesidad,—pero en -un viaje se me jué de acha, a cualesquiera le puede -pasar,—y medio le bajé una oreja... El animal -se hizo tráir un puñao de bosta y se lo puso en la -herida; le dentró pasmo y estiró la pata. De ahí -vino el barullo y cuasi me amuelan. Por fortuna -que los testigos y el juez de paz y el médico de polecía -se portaron muy decentes, y que de arriba -trabajaron juerte, que sino me la iba ver fiero.</p> - -<p>—He óido decir,—habló el viejo,—qu'el deputao -Menchaca la peliaron lindo.</p> - -<p>—¿Y el deputao Mendieta, entonces, que hasta -salió a los diarios p'hacer mi defensa?... Y aura, -digamé usté, amigazo, ¿cómo no va uno a serles -fiel a hombres que lo sirven a uno de ese modo?... -Lo qu'es yo, más fácil es que me olvide del nombre -'e mi madre que de un servicio recibido... Ansina, -tanto el dotor Mendieta como el dotor Menchaca -pueden estar seguros de que en las que vienen -yo los güelvo a sacar deputaos...</p> - -<p>—¡Llenando las urnas con gatos!—exclamó riendo -Sandalio.</p> - -<p>—¡Y aunque sean con aperiases, si los gatos -no alcanzan!—exclamó Morales, con expresión -de la mayor sinceridad.</p> - -<p>Y luego, con entonación solemne:</p> - -<p>—Sepa amiguito que el hombre que no es honrao -es más despreciable que un escuerzo; y que -un desagradecido nunca puede llamarse honrao... -Pongo por caso ustedes; ni yo ni mi polecía los he<span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136">[136]</a></span>mos -incomodao nunca... ¿es verdá o no es verdá?</p> - -<p>—Es verdá.</p> - -<p>—Ustedes van a las reuniones, a las carreras, -andan puande quieren y a pesar de que sabemos -que son del otro pelo, nunca se les ha dicho nada -ni se les ha hecho nada... ¿Es cierto o no es cierto?</p> - -<p>—Es cierto... hasta áura gracias a Dios...</p> - -<p>—¡Ahí está!... Ustedes reconocen que mi polecía -los ha tratado siempre bien y que con otras -quien sabe lo que les hubiera podido acontecer... -Güeno, áura diganmé ¿no serían ustedes unos mal -agradecidos si se negaran a entregarme sus boletas, -alegando que son del otro lao?</p> - -<p>Callaron los mozos y el comisario concluyó sentenciosamente:</p> - -<p>—¡No, a mi no me vengan con desagradecidos!... -A esos no les tengo lástima, palabra que no; y más -tarde o más temprano, ¡me las tienen que pagar!</p> - -<p>—Ya está el asao,—avisó don Pancho; y el comisario -Morales, dando a su rostro la expresión -alegre y bondadosa de momentos antes, exclamó:</p> - -<p>—¡A la carga muchachos, que p'asao gordo no -hay hombre malo!...</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="IMPRUDENCIA">LA ABSURDA IMPRUDENCIA</h2></div> - -<p>Don Eufrodio Villamoros poseía una espléndida -plantación de naranjos a espaldas de Bella -Vista, la coqueta ciudad correntina recatada detrás -de las altísimas barrancas que, en aquel -paraje guarecen la ribera del Paraná.</p> - -<p>A la entrada del naranjal se alzaba la población, -sencillo y alegre edificio, sobre cuyos muros muy -blancos y sobre cuyos muy rojos cabrillea el sol -casi todas las horas de casi todos los días del año. -Del lado del sud, tres cambanambís -las defienden contra los vientos malos del invierno. -Un valladar de duelas, totalmente cubiertas -por las exhuberantes vegetaciones de las madreselvas -y los rosales silvestres le forman una discreta -cintura verde, siempre verde y florida siempre.</p> - -<p>Sobre el patio, la casa tiene, como la mayor parte -de las casas correntinas, un amplio corredor, -fresca terraza desde donde, se divisa, hasta perdida -de vista, el inmenso mar, verde e inmóvil de las -plantaciones.</p> - -<p>Don Eufrodio pasa allí, en unión de su esposa, -Misia Micaela, y de su hija Ubaldina, la mayor -parte del año; sobre todo, después que esta última -hubo terminado sus estudios en la capital -de la provincia.</p> - -<p>La niña—que a la reinstalación de la familia<span class="pagenum"><a name="Page_138" id="Page_138">[138]</a></span> -en la casa solariega, contaba apenas quince años,—amaba -apasionadamente aquella existencia, donde -parecía reinar inquebrantable silencio, no obstante -el contínuo clamoreo de las aves y el cantar -sin más tregua que las sombras nocturnas, de los -pájaros, que, entre cautivos y libres, sumaban -míriadas. Silencio engañador y tan aparente como -el aspecto de quietud y de inercia que ofrecía -aquella activísima colmena.</p> - -<p>Cada vez que, era indispensable—por razones -particulares o de obligación social, hacer «un -viaje» a la ciudad—veinticinco minutos de trote -perezoso del viejo tronco tordillo,—Ubaldina lo -hacía contrariada y se esforzaba en apresurar el -regreso a la tibiedad perfumada de su nido.</p> - -<p>No era, sin embargo, un espíritu esquivo y agreste. -Había recibido una educación esmerada, y -poseía, como casi todas las niñas correntinas, -intensa afición por las artes, desde la música y la -literatura hasta los prodigiosos primores de la aguja.</p> - -<p>Era sí, un temperamento sensitivo, delicado, -casi enfermizo.</p> - -<p>Menudo, más que delgado, su rostro de rasgos -finos y armoniosos, tenía un color trigueño extremadamente, -palidez que hacía resaltar la negrura -de sus grandes ojos en perfecta forma de almendra.</p> - -<p>Su alegría silenciosa no había sido nunca alterada -por ningún capricho, por ningún deseo extravagante. -El amor no había aún hablado a su -corazón juvenil, y como estaba de un todo desprovista -de coquetería, los piropos y las frases -galantes le pasaban inadvertidos.</p> - -<p>Sin embargo, el despertar estaba próximo.<span class="pagenum"><a name="Page_139" id="Page_139">[139]</a></span> -Un verano fué a pasar las vacaciones en la finca; -su primo Rómulo, gallardo mancebo que estaba -terminando sus estudios de ingeniería en Buenos Aires.</p> - -<p>El mozo logró intimar muy pronto con ella. -Su conversación frívola y voluble la entretenía -como el incesante, y bullicioso revolotear de los -gorriones. Sus dislates y sus bromas infantiles -la hacían reir.</p> - -<p>El también reía, burlándose de la seriedad de -«Mamita», como la había apodado. Después de -la cena, en las espléndidas noches de triunfo lunar, -charlaban largamente bajo la glorieta embalsamada -con el perfume capitoso de los azahares. -Muchas veces, mientras él hablaba, picoteando -todos los temas, Ubaldina solía quemar silenciosa, -inmóvil, el bello rostro de virgen morocha, fija -la mirada de sus ojos profundos en la fronda espesa -y obscura del naranjal. Una vez él le dijo:</p> - -<p>—¿Le ha puesto candado a la boca, «Mamita»?</p> - -<p>—Sí; y he perdido la llave—respondió ella sonriendo.</p> - -<p>—Yo sé dónde está—replicó el mozo.</p> - -<p>—¿Dónde?</p> - -<p>—Dentro de su corazón; y si usted me lo permite -yo entraría a sacarla.</p> - -<p>Ruborizóse Ubaldina y respondió con visible -emoción:</p> - -<p>—No sé cómo iba a entrar...</p> - -<p>—De la única manera como se entra en un corazón -de mujer: con la ganzúa del amor...</p> - -<p>Rómulo también habíase sentido emocionado -extrañamente, cual si advirtiera recién que la<span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span> -frívola camaradería se hubiese transformado en -un sentimiento más hondo...</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Después de un año de ausencia en el obligado, -viaje a Europa, el joven matrimonio regresó al -terruño, con gran contentamiento de Ubaldina, -en cuyo espíritu las maravillas del viejo mundo -no lograron entibiar el cariño a la casita rústica, -a los camanambíes, que parecían tres formidables -esclavos etiópicos, al cerco florido y al océano verde -del plantío, a las aves y los pájaros familiares, -y, sobre todo ello, a los viejos genitores.</p> - -<p>Rómulo, en cambio, experimentó bien pronto -la nostalgia de las bulliciosas capitales; y al mes de -permanencia en la chacra, pretextó urgentes asuntos -y se marchó a la capital.</p> - -<p>Era a la entrada del verano. Poco después la -ciudad paranense se sintió flagelada por terrible -epidemia de viruela, y Ubaldina fué de las -primeras en trasladarse con su madre al foco -epidémico y en prodigar sus cuidados y sus auxilios -a los infelices indigentes, carne preferida del -implacable mal.</p> - -<p>Ubaldo escribió condenando la «tremenda imprudencia» -de su esposa y ordenando que regresara -a la finca.</p> - -<p>La orden ¡ay! llegó demasiado tarde. El flagelo, -como si quisiera vengarse de aquella abnegada -criatura, merced a cuya intrépida solicitud se le -habían escapado de las uñas ponzoñosas decenas -de víctimas, hizo presa en ella, mordiéndola con -atroz ferocidad.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141">[141]</a></span></p> - -<p>Rómulo, venciendo su egoísmo miedoso, no tuvo -más remedio que acudir al llamado de la familia, -pero se negó rotundamente a penetrar en la habitación -de la paciente.</p> - -<p>—¡No puedo!, ¡no puedo!—alegaba;—¡me partiría -el corazón verla en ese estado!...</p> - -<p>Y ella, la madrecita santamente buena, enterada -de su presencia, aprobó su conducta, diciendo:</p> - -<p>—Sí; sí; hace bien; yo no quiero que pueda -contagiarse... Con saber que está acá me siento feliz...</p> - -<p>La mayor parte del día y una buena parte de -la noche, pasábalas Rómulo paseando por el naranjal -y tomando todo género de precauciones -para esquivar la contaminación.</p> - -<p>—¡Qué macana!, ¡pero qué macana!—monologaba—¿Qué -necesidad tenía esta mujer de ir a -agarrar esa asquerosa enfermedad por servir a -desconocidos, gentes miserables, a quienes la muerte -les hace un servicio?... ¡Qué los hubiera auxiliado -con dinero, santo y bueno; pero exponerse -así, no tiene nombre!...</p> - -<p>Debió pensar en mí; pero, ¡todas las mujeres -son iguales, del último que se acuerdan es del marido!... -Por un capricho bobo, por un sentimiento -estúpido, le arruinan a uno lo mejor de la existencia... -¡Yo que estaba preparando para este -invierno un macanudo viaje por Italia!... Viaje -de placer; pero, sobre todo, de estudio, que es -necesario, que sin salir de aquí, uno no es nunca -más que Juan de los Palotes, por más talento -que tenga... Ahora, aunque se salve, ¿cómo me voy -yo a presentar a mis relaciones con una mujer<span class="pagenum"><a name="Page_142" id="Page_142">[142]</a></span> -desfigurada, fea, ridículamente picada por la viruela... -¡Qué macana!... ¡qué macana!...</p> - -<p>Hacía rato que había caído la noche cuando -regresó a la casa. Al penetrar en la glorieta notó -algo insólito que le hizo presumir la catástrofe: -voces apagadas, murmullos, sollozos, las luces sin -encender...</p> - -<p>Detúvose conturbado. Esperó.</p> - -<p>Misia Micaela, advertida de su esposo, fué hacia -él, y anegada en lágrimas, balbuceó:</p> - -<p>—¡La pobrecita!...</p> - -<p>—¡Sí!... ¡acaba de morir!... ¡Sus últimas palabras -fueron para usted, pidiéndole que la perdone!...</p> - -<p>Y como la pobre madre, anonadada por la pena, -hiciera ademán de tenderle los brazos, él retrocedió -bruscamente, experimentando un escalofrío -de miedo, y sin poder refrenar su brutal -egoísmo, exclamó con rabia:</p> - -<p>—¡Qué macana!... ¡qué macana!</p> - -<p>Y luego guardó silencio, pensando, sin duda, -en su proyecto de viaje a Italia, malogrado por la -«absurda imprudencia» de su esposa...</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="CAMPO">POR CORTAR CAMPO</h2></div> - -<p>—Cortando campo se acorta el camino—exclamó -con violencia Sebastián.</p> - -<p>Y Carlos, calmoso, respondió:</p> - -<p>—No siempre; pa cortar campo hay que cortar -alambraos...</p> - -<p>—¡Bah!... ¡Son alambrao de ricos; poco les -cuesta recomponerlos!</p> - -<p>---Eso no es razón; el mesmo respeto merece -la propiedá del pobre y del rico... Pero quería -decirte que en ocasiones, por ahorrarse un par de -leguas de trote, se espone uno a un viaje al pueblo -y a varios meses de cárcel.</p> - -<p>—¿Y di'ai?... ¡La cárcel se ha hecho pa los -hombres!...</p> - -<p>---Cuase siempre pa los hombres que no tienen -o que han perdido la vergüenza.</p> - -<p>—¿Es provocación?...</p> - -<p>—No, es consejo.</p> - -<p>—Los consejos son como las esponjas: mucho -bulto, y al apretarlas no hay nada. Dispués que -uno se ha deslomao de una rodada, los amigos, -p'aliviarle el dolor, sin duda, encomienzan a zumbarle -en los oídos: «¡No te lo había dicho: no se -debe galopiar ande hay aujeros!»... «La culpa'e -la disgracia la tenés vos mesmo, por imprudente»...<span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span> -Y d'esa laya y sin cambiar de tono, fastidiando -los mosquitos...</p> - -<p>—Hacé tu gusto en vida—contestó Carlos;—pero -dispués no salgás escupiendo maldiciones -a Dios y al diablo.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Hace un frío terrible y el cielo está más negro -que hollín de cocina vieja.</p> - -<p>De rato en rato, viborea en el horizonte, casi -al ras de la tierra; un finísimo relámpago, y llega -hasta las casas el eco sordo, apagado, de un trueno -que reventó en lo remoto del cielo.</p> - -<p>Las moles de los eucaliptus centenarios tienen, -de tiempo en tiempo, como estremecimientos -nerviosos, previendo la inminencia de una batalla -formidable.</p> - -<p>Las gallinas, inquietas, se estrujan, forcejeando -por refugiarse en el interior del ombú.</p> - -<p>Los perros, malhumorados, interrumpen frecuentemente -su sueño, olfatean, ambulan y no -encuentran sitio donde echarse a gusto...</p> - -<p>El portoncito del patio se abre sin ruido, y Carmelita, -precedida por la parda Julia, lo trasponen -y se encaminan rápidamente hacia el higueral -del fondo. Sus pies, calzados con alpargatas, -no producen ruido alguno al avanzar sobre la -hierba húmeda.</p> - -<p>Sin embargo, «Vigilante», el gran mastín azabache, -las sintió e inició un ladrido que Carmelita -logró apagar acariciándole la gruesa testa. Gruñó, -disgustado, sin duda, ante aquella intempestiva -incursión nocturna, pero en su respeto a la -«patroncita» tornó a echarse, dejando libre el -paso.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145">[145]</a></span></p> - -<p>Las fugitivas, luego de pasar, por entre los hilos, -el alambrado de la huerta, encontráronse -en pleno campo. Carmelita detúvose aterrorizada.</p> - -<p>—¡Tengo miedo!—exclamó.</p> - -<p>—¿Miedo a qué?...—respondió la parda con un -dejo despreciativo.</p> - -<p>—¡Miedo a todo! ¡Mucho miedo!...</p> - -<p>—¡Me hace ráir, niña!... ¡Tener miedo cuando -Sebastián la espera en sus brazos!... ¿Qué daga -es capaz de sacarle chispas a la daga de Sebastián?...</p> - -<p>—¡Tengo miedo a Dios!...</p> - -<p>—¡Salga di'ai, niña!... Primero, que Dios está -muy ocupao pa meterse en esas cosas; y segundo, -que si Dios es justo, no le ha de acumular delito. -Sebastián la quiere a usté; usté lo quiere a Sebastián, -¿y no han de hacer su gusto porque su tata -s'emperre en casarla con ese dotorcito pelao, con -vidrios en los ojos y más fiero que pichón de venteveo... -¡Salga d'iai!</p> - -<p>—No sé... será... ¡tengo miedo!...</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Después de la conversación tenida con Sebastián, -Carlos se abismó en cavilaciones. Sabedor -del propósito de su amigo, de raptar a Carmelita, -su conciencia de hombre honrado encontránbase -en doloroso conflicto. Sebastián era su mejor -amigo, su «hermano»; pero el padre de la muchacha, -don Sandalio, era su padrino y su protector. -¿Qué hacer?... ¿Poner a éste en conocimiento de -resolución tomada por los novios ante su obs<span class="pagenum"><a name="Page_146" id="Page_146">[146]</a></span>tinada -negativa? No; hubiese sido indigno de su -nobleza oficiar de delator; obraría por su propia -cuenta, por más que reconocía temeraria tal determinación.</p> - -<p>Al obscurecer ensilló; churrasqueó a prisa y -con desgano y se encaminó a la portada del «alto -grande», donde su amigo, según se lo había comunicado, -debía esperar a Carmelita, conducida por la -parda Julia.</p> - -<p>A pesar de la profunda obscuridad de la noche, -Carlos advirtió, junto al alambrado, como a -media cuadra de la portera, un jinete desmontado, -y no cabiéndole duda de que fuese Sebastián, -se encaminó hacia él. Pronto se reconocieron.</p> - -<p>—¿Qué andás haciendo, cuidándome?... ¡Soy -bastante crecido para poder andar sin ladero!—exclamó -agriamente el galán.</p> - -<p>—A las veces los hombres se vuelven criaturas -y carece acompañarlas pa evitar que se disgraceen -en alguna travesura—respondió, tranquilo siempre, -el amigo.</p> - -<p>—Yo no preciso; gracias, y andate.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>—P'uacá, niña... ¡tenga valor, caray!... ya estamos -cerquita...</p> - -<p>—No, Julia, no; ¡vamos para casa!... Volvamos, -¡no quiero, no quiero!... ¡Pobre tata, se moriría -de pena y de vergüenza!...</p> - -<p>Sebastián había oído el diálogo; ató a un poste -del alambrado a su caballo, y, pasando por entre -los hilos, fué al encuentro de su prenda.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_147" id="Page_147">[147]</a></span></p> - -<p>Carlos lo siguió, e interponiéndose entre él y -Carmelita, exclamó con expresión autoritaria, -dirigiéndose a ésta:</p> - -<p>—¡Vuélvase en seguida pa las casas!...</p> - -<p>—¡Es lo que le estoy pidiendo a Julia!—gimió -la moza.</p> - -<p>—¿Y a usted, quién le da vela en este entierro?—profirió -con insolencia la parda.</p> - -<p>—¡Lo que yo sé es quién te v'aplastar las motas -a talerazos!...</p> - -<p>Con voz ronca, amenazante, Sebastián dijo:</p> - -<p>—Soy yo el que pregunta... ¿qué venís a hacer -aquí?</p> - -<p>—A salvar al viejo, a Carmelita y a vos...</p> - -<p>—¡No necesito ni quiero salvadores!... Dame lao, -o me via olvidar de que somos amigos...</p> - -<p>—No—respondió Carlos con imperturbable serenidad.</p> - -<p>Sebastián, furioso, desenvainó la daga; pero su -amigo, con un rápido y recio golpe de rebenque -en la muñeca, le hizo volar el arma.</p> - -<p>Enceguecido con la humillación, Sebastián sacó -la pistola, apuntó e hizo fuego.</p> - -<p>A la detonación siguió un grito angustioso de -Carmelita, que herida en medio del pecho, se desplomó -sobre la hierba blanda y húmeda del -campo.</p> - -<p>Tras una pausa impresionante, Carlos avanzó, -puso la diestra sobre el hombro de su amigo aterrado -y dijo con expresión de inmensa pena:</p> - -<p>—¿No te albertí que cuasi siempre cortar campo -es alargar el camino?...</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="FRAILE">POR QUÉ BASILIO MATÓ UN FRAILE</h2></div> - -<p>Al sentir la detonación del escopetazo y ver -caer del caballo al padre Jacinto con la cabeza -deshecha, Alfonso, horrorizado, taloneó al matungo, -le aflojó la rienda, cruzó a galope el vado -y siguió a escape por el camino real, sin dirección -y sin propósito.</p> - -<p>Iba huyendo, simplemente. Iba huyendo de -la espantosa escena presenciada. En los tres años -que llevaba al servicio del padre Jacinto, había -tenido oportunidad de ver muchos muertos, y -de ver morir; pero nunca había visto matar a -nadie.</p> - -<p>Al pasar, disparando por frente a la comisaría -rural, un milico que lo vió y supuso iba con el -caballo desbocado, montó, salió a su encuentro -y lo detuvo.</p> - -<p>El chico sintió crecer su espanto, porque para -la mentalidad objetivadora de las sencillas almas -campesinas, un crimen es un triángulo con tres -vértices igualmente aguzados y peligrosos: el -delincuente, la policía y el juez.</p> - -<p>La turbación del muchacho, infundió sospechas. -Se le sometió a un interrogatorio y él respondió -contando lo que sabía y lo que había visto. -Su declaración decía textualmente así:</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_150" id="Page_150">[150]</a></span> -«El jueves cinco salimos de la villa San Pedro, -el padre Jacinto y yo para hacer una gira por -la campaña. El padre Jacinto era un cura jovencito, -recientemente nombrado teniente en la -parroquia. Parecía muy pobre, y el párroco, que -era viejo y achacoso, le cedió la oportunidad de -ganarse muchos pesos, casando y cristianando -en excursión campera.</p> - -<p>«Habían andado ocho días con resultado bastante -halagüeno. Realizaron muchos casamientos y la -mar de bautizos, lo que importó una buena suma -de dinero y con muy escasos gastos, porque el -alojamiento siempre era gratuito y aún no se había -consumido una tercera parte de la damajuana -de agua bendita que Alfonso llenó en la cachimba -del fondo de la iglesia.</p> - -<p>«El negocio iba muy bien. El padre Jacinto estaba -contentísimo. Tanto, que habiendo encontrado -en el camino un buhonero árabe, le compró -el mejor par de caravanas que llevaba, sin duda -para ofrendárselas, a la vuelta, a María Santísima, -u otra tan virgen como María.</p> - -<p>«Todo marchaba muy bien, cuando en el caer -de una tarde, iban acercándose a un arroyito, -traspuesto el cual, y andadas un par de leguas, -debían llegar a la estancia de un viejo muy viejo, -muy pecador y muy miedoso, candidato seguro, -por esas tres circunstancias, a recompensar generosamente -la acción purificadora del joven y -santo varón, que iba por los campos con la sagrada -encomienda de desinfectar las almas contaminadas -con el pecado ambiente.</p> - -<p>«Iban ya llegando al arroyo, cuando un hombre -que estaba sentado bajo un tala, con una esco<span class="pagenum"><a name="Page_151" id="Page_151">[151]</a></span>peta -en la mano y al parecer abstraído en la contemplación -del pajonal inmediato, levantó bruscamente -la cabeza, se echó el arma a la cara e hizo -fuego.</p> - -<p>El comisario y su escribiente se miraron.</p> - -<p>¿Sería Basilio?</p> - -<p>—Cómo era el hombre de la escopeta,—preguntó -el comisario.</p> - -<p>—No sé,—respondió el chico.</p> - -<p>—¿Huyó después del crimen?</p> - -<p>—No sé tampoco.</p> - -<p>Mientras Antonio quedaba preventivamente detenido, -el comisario mandó al sargento y dos soldados -con orden de aprehender a Basilio.</p> - -<p>Este no opuso la menor resistencia.</p> - -<p>Esa noche durmió tranquilamente en el calabozo -y con la misma tranquilidad se presentó al -otro día ante el comisario, quien, conociéndolo de -largo tiempo atrás, sabiendo que era un mozo -bueno, muy trabajador, muy retraído, se asombraba -de que hubiese cometido aquel crimen alevoso. -Es más, se resistía a creer en su culpabilidad. -Por esa razón, empezó a interrogarlo bondadosamente.</p> - -<p>—El sargento me dijo que vos te habías confesado -autor de la muerte del padre Jacinto, ¿es -verdad?</p> - -<p>—Es verdad, si señor,—respondió Basilio con -la mayor calma del mundo.</p> - -<p>—¿Qué te había hecho?</p> - -<p>—Nada.</p> - -<p>—¿Lo conocías?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Por qué lo mataste, entonces?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_152" id="Page_152">[152]</a></span></p> - -<p>—Porque era fraile.</p> - -<p>El comisario López, paisano vivaracho, que había -visto mucho en sus cincuenta años de vida, -que conocía uno por uno a los hombres del pago, -se quedó observando atentamente al criminal. -¿Qué misterio entrañaba aquel crimen inexplicable?</p> - -<p>Basilio era un excelente muchacho. A la muerte -de su padre, había heredado la pequeña propiedad, -un campito, una majadita de ovejas, -unos matungos, cuatro yuntas de bueyes y unas -pocas lecheras. Vivía solo. Sólo cuidaba su hacienda, -solo labraba su chacra. Muy rara vez se -le veía en la pulpería; no iba a carreras ni a bailes. -No se le conocían vicios, ni amigos. Tenía -fama comarcana de trabajador y honesto...</p> - -<p>—Amigo Basilio,—insistió afectuosamente el comisario,—hábleme -con franqueza. Yo lo estimo -y trataré de ayudarlo en lo posible... Usted es -un vecino serio, un hombre juicioso y algún motivo -debe tener para haber cometido ese delito... -¿Por qué mató al padre Jacinto?</p> - -<p>—Ya dije: porque era fraile.</p> - -<p>—¿Usté enemigo de la religión?</p> - -<p>—¿Yo?... ¡No!... Hay unos que creen, hay -otros que no creen: pa mí es lo mesmo.</p> - -<p>—¿Pero usted no cré?</p> - -<p>—¿Yo?... ¡Yo no sé!... ¡Qué vi'a saber yo, -que soy un bruto!...</p> - -<p>—Pero les tiene odio a los frailes.</p> - -<p>—¡Ah! ¡Eso sí!</p> - -<p>—¿Por qué?...</p> - -<p>Basilio se rascó la cabeza. Luego dijo:</p> - -<p>—Vea, comisario. Yo ya voy diendo pa viejo.<span class="pagenum"><a name="Page_153" id="Page_153">[153]</a></span> -Dende muchacho he trabajao y he visto que tuitos -los hombres honraos y tuitos los animales -buenos, trabajan pa ganar lo que comen... Cuando -yo era tuavía un mocoso, mi padre me dió -una soba'e lazo sin razón, y yo me juí de casa... -Anduve rodando y al fin cái al pueblo y me conchavé -con el cura... Eramos dos muchachos -y nos tenía dende el amanecer trabajando en la -quinta... Nunca nos pagó nada. La comida, -y gracias. Y eso, escasa, porque toda la comida -era poca para él, y a cada rato nos retaba y nos -pegaba.</p> - -<p>«El no hacía nada y no le faltaba nada. Los -ricos le mandaban postres. Los pobres, si cuadra, -se quedaban sin comer pa traile una gallina -o una docena de güevos... pero si venían a pedirle -que dijese una misa por el alma de un finao, -no había caso sin pintar la moneda.</p> - -<p>«Don Antonio,—se llamaba don Antonio e -fraile,—se murió de una indigestión. Vino otro, -don Genaro, y era lo mesmo. A ese lo sacaron -porque hizo unas cosas fieras, y dispués, trugeron -un viejo gordo que no hacía más que comer, -chupar vino y dormir... Yo me cansé y me juí... -Anduve rodando, trabajando y cuando murió -el finao mi padre y me tocó el campito, me vine -a trabajar, a cuidar los animales, a sembrar la -chacra...</p> - -<p>Basilio se interrumpió, quedó un momento pensativo -y luego respondió:</p> - -<p>—«Yo les tenía muchísima rabia a las cotorras -que me comían el maíz, y a los zorros que me -mataban los corderos... Les tenía rabia, no tanto -por el mal que me hacían, sinó porque son unos<span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span> -haraganes inservibles que viven del trabajo ajeno... Ayer -de mañana me encontré que los zorros -me habían muerto cinco corderitos... De -tardecita cargué la escopeta y los juí a aguartiar -en la orilla del pajonal... A la cuenta me olieron, -porque no salía ninguno del escondite... Llevaba -dos horas perdidas allí, dos horas que me -hacían falta pa desgranar unas fanegas de maíz... ¡Y -eso hizo que se m'empreñase la rabia!... No -aparecía ningún zorro... ¡En eso pasó un fraile -y le prendí juego!...</p> - -<p>Basilio escupió, dió vueltas al sombrero entre -sus dedos callosos y, mirando al comisario con -sus grandes ojos, concluyó:</p> - -<p>-Jué asina no más que maté al fraile.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="PUEBLO">¡LINDO PUEBLO!</h2></div> - -<p>Ivirapitá es una aldea que se parece a los viejos: -cada año que trascurre se achica algo más.</p> - -<p>Tiene muchas calles y pocas casas, un par de -docenas de ranchos, a lo sumo; cuentan que antes -hubo más; pero se fueron secando como los paraísos -de la plaza.</p> - -<p>Y a medida que disminuye la población humana, -aumenta la perruna. Hay en el pueblo una enormidad -de perros; pero como todos son perros pobres, -le temen a la policía y no se meten con las -personas. De qué viven, nadie lo sabe, lo mismo -que nadie sabe de qué viven las tres cuartas partes -de los habitantes del pueblo. Don Macario—a -quien interrogamos al respecto—nos ilustró -diciendo:</p> - -<p>—En verano, de siesta, mate amargo y máiz -asao.</p> - -<p>—¡Pero si yo no veo aquí ninguna planta de -maíz!</p> - -<p>—No; pero a media legua, o tres cuartos de legua -de aquí, hay estancias que tienen chacras.</p> - -<p>—¡Comprendo!... ¿Y en invierno?...</p> - -<p>—En invierno, es fácil agenciarse una o dos -ovejas por semana.</p> - -<p>—¿Cómo?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span></p> - -<p>—Pues... carniando como los zorros, en las -noches oscuras.</p> - -<p>La siesta era, en efecto, algo así como un vicio -en Ivirapitá. Debían dormir durante todo -el día, pues aparte de algunos chicos haraposos -y de los perros famélicos, rara vez se veía un transeunte -por la calle, cuyas pasturas proporcionaban -abundante alimento a los matungos de la policía -y a las mulas del pulpero, único comerciante -del pueblo.</p> - -<p>Allí no había iglesia, ni farmacia, ni panadería, -ni carnicería, ni mucho menos escuela; y en cuanto -a la policía, estaba constituída por un cabo -y dos milicos, quienes, día y noche, lo pasaban en -la trastienda de la pulpería, chupando ginebra -y jugando al truco.</p> - -<p>—¡Parece mentira que ni gallinas se vean en -este pueblo!—exclamamos.</p> - -<p>—Antes habían muchas; pero se acabaron.</p> - -<p>—¿Alguna peste?</p> - -<p>—No. Como aquí ningún solar tiene muros, -las gallinas se iban a la calle y fulano se comía -las de zutano, zutano las de mengano, y así hasta -que las concluyeron.</p> - -<p>—¿Y la policía?...</p> - -<p>—La polecía ayudó bastante, hay que decirlo, -comiendo de las de todos, sin hacer preferencias -ni enjusticias. El cabo Pérez, lo mesmo que los -melicos, son muy güenos, no incomodan a naides.</p> - -<p>—¡Lindo pueblo!</p> - -<p>—Lindazo.</p> - -<p>—¿Y nunca vienen forasteros?</p> - -<p>—Allá por la muerte un obispo suele cruzar -alguno... Aquí hasta las mangas de langosta<span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157">[157]</a></span> -pasan de largo, porque nos despresean y prefieren -galopiar tres leguas pu'el aire pa dir a los naranjales -de ño Facundo y a los trigales del rengo -Alfonso...</p> - -<p>Rió el viejo evocando una escena que se le antojaba -en extremo cómica:</p> - -<p>—Una vez vinieron unos forasteros: un fraile, -un sacristán y tres manates. Diban p'hacer -un casorio en una estancia del pago, y como cayeron -al escurecer, hicieron noche en la pulpería... -Al otro día, cuando diban a seguir viaje, -el pulpero tuvo que prestarle sus mulas pa prenderlas -al breque...</p> - -<p>—¿Se habían ido los caballos?</p> - -<p>—Sí; se jueron junto con el poncho'el cochero -y las valijas de los manates...</p> - -<p>—¿Y no descubrieron a los ladrones?</p> - -<p>—Hast'aura, no.</p> - -<p>—¿Y cuándo fué eso?</p> - -<p>—Va como pa diez años.</p> - -<p>—¿Entonces, para qué está la policía; para qué -sirve la policía?...</p> - -<p>El viejo gaucho nos miró con expresión de asombro -y respondió sin asomo de ironía:</p> - -<p>—¿Cómo pa qué sirve?... ¿Y las votaciones -quién las iba hacer?...</p> - -<p>—¡Lindo pueblo!</p> - -<p>—Lindazo; aquí tuitos viven y los que tienen -habelidá viven bien.</p> - -<p>—¿Y usted de qué vive?</p> - -<p>—¿Yo?... Yo tengo más habelidá que ninguno... sacando -el pulpero, se entiende...</p> - -<p>—No comprendo qué negocios puede hacer el<span class="pagenum"><a name="Page_158" id="Page_158">[158]</a></span> -pulpero con gentes que no tienen nada ni trabajan -en nada.</p> - -<p>—Que no tenemos nada, es verdá; pero trabajar, -trabajamos, y le vendemos cueros, cerda, -plumas de ñandú y de cuando en cuando una -puntita'e ganao.</p> - -<p>—¿Y de dónde sacan todo eso?</p> - -<p>—¡De donde haiga, pues!... ¡Pucha que había -sido lerdo!...</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="SECA">LANZA SECA</h2></div> - -<p>Profundamente abatido, Ponciano resistió aún:</p> - -<p>—¡No Nerea!... Eso no; ¿pa qué comprometerme -al ñudo?... ¿Tenés ganas de comer una -ternera gorda?... Yo tengo muchas en mi rodeo -y no viá dir a carniar la ternerita blanca del -vasco Anselmo, exponiéndome a un disgusto...</p> - -<p>—¡Compraselá!</p> - -<p>—Ya te dije que no quiere venderla.</p> - -<p>—Robaselá, entonces...</p> - -<p>Y luego, con esa expresión de insolente fiereza -que sólo saben tener las mujeres, exclamó:</p> - -<p>—¡No ha de ser el primer zorro que desollés!...</p> - -<p>La bofetada hizo empurpurar sus flacas mejillas -tostadas por todos los soles estivales y por todas -las heladas invernales. Pero la pasión, una pasión -casi senil, le maneó la voluntad y el orgullo. Guardó -silencio.</p> - -<p>Envalentonada, la china impuso:</p> - -<p>—Ya sabés: el lunes que viene, de aquí cinco -días, es mi santo, y yo quiero festejarlo comiendo -la ternerita blanca del vasco Anselmo.</p> - -<p>Ponciano se despidió contristado, sin aventurar -una respuesta. En el momento de montar a caballo, -ella insistió:</p> - -<p>—Si el lunes no venís con la ternera, es al ñudo -que vengás...</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160">[160]</a></span></p> - -<p>Era él un gaucho alto y flaco, que parecía más -alto y más flaco debido a la eterna vestimenta -negra. Tenía una cabeza perfectamente árabe; -denegridos el pelo, la barba y los ojos; aguileña -y afilada la nariz; salientes los pómulos, hundidas -las quijadas, obscura la tez, finos los labios, -blanquísimos los dientes.</p> - -<p>Su flacura le había valido el mote generalizado -de «Lanza seca» y pasaba en el pago por un personaje -misterioso.</p> - -<p>Su oficio era el de acarreador de ganado para -invernadas y saladeros, y tenía gran crédito debido -a su pericia y a su honradez.</p> - -<p>En los veinte años que llevaba trabajando -en el pago, nadie había tenido de él la más mínima -queja.</p> - -<p>Empero existían varias circunstancias de su -vida que obligaban al comentario. Lanza seca -había caído al norte entrerriano sin más haberes -que un buen flete, un apero plateado y algunos -patacones en el cinto.</p> - -<p>Todos ignoraban quién era y de dónde venía, -y las averiguaciones en ese sentido siempre fueron -infructuosas.</p> - -<p>Ponciano era un hombre callado y que rehuía -el trato con todos. Sin embargo, cuando le hablaban, -mostrábase siempre humilde.</p> - -<p>Quitábase el sombrero, bajaba los ojos y respondía, -con una voz suave y finita:</p> - -<p>Sí, señor... No, señor.</p> - -<p>Pero nada más.</p> - -<p>Por otra pare, en determinadas épocas del -año, cuando cesaba su trabajo de tropero, desapa<span class="pagenum"><a name="Page_161" id="Page_161">[161]</a></span>recía. -Nadie supo nunca dónde iba ni a qué ocupaciones -se dedicaba; pero es el caso que «Lanza -seca», el infeliz Ponciano, llegó a ser propietario -de dos leguas de campo pobladas con hacienda -flor, lo cual no le impidió continuar ejerciendo -su oficio de tropero y su misma vida modesta y -misteriosa.</p> - -<p>A pesar de ser un hombre a lo sumo de cuarenta -y cinco años, no se le conocía una sola amistad -femenina, del mismo modo que no se le conocía -ningún vicio. Era un ser sombrío; uno de esos -seres que parecen vivir sin objeto.</p> - -<p>La realidad era otra.</p> - -<p>Por mucho tiempo, la existencia de «Lanza seca» -tuvo por fin único enriquecerse. Con su humildad -hipócrita, con su insignificancia aparente, con su -honradez visible, era en el fondo un taimado, -un pillo habilidoso sediento de placeres, pero dotado -de una voluntad férrea que le permitía contenerse -y disimular siempre sus vicios.</p> - -<p>Sin embargo, lo inevitable llegó al fin. Nerea, -una chinita de diez y seis años, hija de matreros, -cuya choza se ocultaba entre los ñandubaysales -de Montiel, logró vencer su egoísmo y convertirlo -en su esclavo. Si no se había instalado en la -estancia, si no se había hecho legalizar como esposa, -es porque aquella alma chúcara y aquel -cuerpo libertino, no podían decidirse al abandono -del salvajismo montaraz y a los fugitivos y ardientes -amores de las fieras que pasan.</p> - -<p>Ponciano había rogado vanamente muchas veces:</p> - -<p>—Vení; ¡yo soy rico y tuito lo marcado con mi<span class="pagenum"><a name="Page_162" id="Page_162">[162]</a></span> -marca será tuyo y vos serás la reina del pago!...</p> - -<p>Y ella respondía:</p> - -<p>—Cuando sea más luego, y encomiense a desnudarse -el día, andá a la orilla el arroyo y cantale -ese estilo a la madre 'el agua...</p> - -<p>—Yo ti aseguro que serás feliz, siendo sólo -mía...</p> - -<p>—¡Pu'áhi se quiebra el palo!... Chancho montarás -no engorda en chiquero...</p> - -<p>Siempre fué inútil el ruego, y Lanza seca sentíase, -sin embargo, cada vez más esclavizado -por la bella y perversa flor de la áspera tierra -de los matreros.</p> - -<p>Se sometía a todo, pero aquel capricho era -exhorbitante. No es que su conciencia sintiese mayores -escrúpulos. Como lo había dicho Nerea, -no sería el primer zorro que desollase. Pero sus -cochinerías las efectuaba allá, en el Paraguay, -en el Uruguay, en el Brasil, donde no se llamaba -Ponciano Suárez. ¡Pero allí, en Montiel, donde -gozaba de envidiable reputación de honradez!... -¡Y meterse con el vasco Anselmo que de tiempo -atrás lo venía sospechando!...</p> - -<p>Llegó rabioso a su estancia. Llegó tarde. Desprendió -del gancho una paleta de oveja, avivó -el fuego, la asó y empezó a comerla vorazmente -sin preocuparse de Caín, su perro fiel, que lo miraba -con unos ojos que iban entristeciéndose a -medida que se iba concluyendo la carne.</p> - -<p>Ponciano puso la paletilla pelada sobre una -alhacena, y ya con la barriga llena se fué a dormir. -Caín quedó solo en la cocina, solo y con -hambre de dos días. Reflexionó largo rato, midiendo -virtualmente la altura de la alhacena<span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163">[163]</a></span> -calculando si valdría la pena exponerse a un porrazo -por un hueso pelado. El hambre pudo más -que la prudencia. Dió un brinco formidable y se -encontró encima del mueble.</p> - -<p>¡Sorpresa!... Desde allí, su hocico alcanzaba -sin dificultad al gancho donde quedaba medio -costillar de oveja.</p> - -<p>—Suceda lo qu'el patrón quiera—pensó Caín -y le meneó diente al costillar.</p> - -<p>Y sucedió algo mucho peor de lo que esperaba -el perro. Lanza seca, que no había podido dormir -en toda la noche, se levantó de madrugada, cuando -los peones dormían aún, se fué a la cocina, hizo -fuego y se dispuso a desayunarse con el costillar -de oveja.</p> - -<p>Su rabia fué enorme. Miró en contorno. En -un rincón vió los huesos pelados; en otro rincón -vió a Caín, echado, la cola entre las piernas, las -orejas gachas, la mirada tímida: una manifiesta -actitud de delincuente.</p> - -<p>La primera idea del tropero fué romperle la -cabeza de un tizonazo; pero Ponciano no era un -impulsivo. Tranquila, sosegadamente, cogió a Caín, -le puso una cadena y lo ató a un palo del zarzo -del parral, diciendo, sin ira, con su frialdad de -víbora:</p> - -<p>—¡Ahí vas a estar hasta que te pudrás de hambre!</p> - -<p>El viernes, el sábado y el domingo, Caín permaneció -atado sin recibir alimento alguno. Gracias -que un peón le arrojó a escondidas un hueso y -le puso un tacho con agua, de miedo de que rabiase.</p> - -<p>Algunos de los peones sentían lástima. Pero el<span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span> -patrón había ordenado terminantemente que se -dejase morir de hambre al perro; y como los peones -conocían bien el carácter vindicativo del patrón -y como el alma de los hombres es muy semejante -al alma de los perros, ahogaron sus sentimientos -compasivos.</p> - -<p>El domingo de noche, Lanza seca, vencido al -fin por la pasión, se fué al rodeo del vasco Anselmo, -enlazó la vaquillona blanca, la degolló, la -vació, la cargó en ancas de su caballo y al amanecer -la echaba a los pies de la china en suprema -ofrenda de amor.</p> - -<p>Ella le recompensó abrazándole frenéticamente, -haciéndole sangre los labios con un beso de vampiro -y exclamando:</p> - -<p>—¡Ansina me gustan los hombres, capaces de -dormir en el bañao con una crucera por almohada -y un puma por cobija!...</p> - -<p>Práctico, prudente, a pesar de su excitación -amorosa, Ponciano desolló él mismo la ternera -y puso a buen recaudo el cuero. El cuero que en -la madrugada del día siguiente se llevó bien oculto -bajo los cojinillos.</p> - -<p>Llegado a su casa antes de nacer el sol, buscó -una pala, fué al fondo de la casa, cavó un hoyo -y sepultó el cuero de la ternera blanca. Regresó -a las casas, y como pasara junto a Caín que maulló -humildemente, sintió compasión. Lo desató; -el perro empezó a acariciarle frenéticamente, -con esa bajeza casi humana de todos los perros.</p> - -<p>Lanza seca durmió ese día tranquila y largamente. -Despertó, es decir, lo despertaron, cuando -empezaba a grisear el crepúsculo.</p> - -<p>Era intempestiva visita del comisario, el juez<span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span> -de paz y el vasco Anselmo. Este le acusaba de -la muerte de la ternera blanca. Las autoridades -manifestaron que concurrían «por fórmula», convencidos -de lo injusto de la sospecha.</p> - -<p>Se hizo el registro de la casa. Es claro, no se -encontró nada. Iba a darse por terminada la -investigación, cuando el vasco advirtió que en -el fondo de la casa, el perro Caín devoraba una gran -cosa blanca.</p> - -<p>Fueron allí. Al notar la presencia del amo, -Caín reculó con el rabo entre las piernas dejando -a descubierto el cuero que su hambre había hecho -desenterrar.</p> - -<p>Pálido, hecho un pulpa ante la evidencia del -delito, Ponciano enmudeció.</p> - -<p>El comisario, compadecido, díjole:</p> - -<p>—Vea, amigo, ¡por un perro!</p> - -<p>Y Lanza seca, recapacitando y siendo justo -por primera vez en su vida, exclamó:</p> - -<p>—¡No!... ¡Por una yegua!...</p> - -<hr class="chap" /> - - - - - - - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak">INDICE</h2></div> - -<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="indice"> - -<tr> -<td class="tdrbb" colspan="2">pág.</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#PADRE">El alma del padre</a></td> -<td class="tdrbb">5</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#PRESA">Aves de presa</a></td> -<td class="tdrbb">9</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#TIO">El consejo del tío</a></td> -<td class="tdrbb">13</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#RABICANO">Y a mi el rabicano</a></td> -<td class="tdrbb">17</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#VARON">Un santo varón</a></td> -<td class="tdrbb">21</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#DRAMA">Triple drama</a></td> -<td class="tdrbb">27</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#BASURERO">Flor de basurero</a></td> -<td class="tdrbb">35</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#OTRO">P'hacerlo rabiar al otro</a></td> -<td class="tdrbb">41</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#ARROYO">En el arroyo</a></td> -<td class="tdrbb">47</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#DESHONESTO">Un deshonesto</a></td> -<td class="tdrbb">51</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#CUENTO">Un cuento</a></td> -<td class="tdrbb">54</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#FRANQUEZA">Por culpa de la franqueza</a></td> -<td class="tdrbb">59</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#CIMARRON">La libertad del cimarrón</a></td> -<td class="tdrbb">63</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#CRUDO">De cuero crudo</a></td> -<td class="tdrbb">67</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#RECAIDA">La Recaída</a></td> -<td class="tdrbb">71</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#MELITON">El negrito de Melitón</a></td> -<td class="tdrbb">77</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#CADENA">La cadena</a></td> -<td class="tdrbb">83</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#DEBILES">Los débiles</a></td> -<td class="tdrbb">87</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#MARCULINA">El abrazo de Marculina</a></td> -<td class="tdrbb">93</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#INSERVIBLES">Los inservibles</a></td> -<td class="tdrbb">99</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#MISIONEROS">Los misioneros</a></td> -<td class="tdrbb">103</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#MANZZI">La singular aventura del Dr. Manzzi</a></td> -<td class="tdrbb">107</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#HISTORIA">La mejor historia</a></td> -<td class="tdrbb">117</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#PUNTA">Con la Cruz en la punta</a></td> -<td class="tdrbb">119</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#GRINGOS">Los Gringos</a></td> -<td class="tdrbb">127</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#DESAGRADECIDOS">Desagradecidos</a></td> -<td class="tdrbb">133</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#IMPRUDENCIA">La absurda imprudencia</a></td> -<td class="tdrbb">137</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#CAMPO">Por cortar campo</a></td> -<td class="tdrbb">143</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#FRAILE">Por qué Basilio mató un fraile</a></td> -<td class="tdrbb">149</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#PUEBLO">¡Lindo Pueblo!</a></td> -<td class="tdrbb">155</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"><a href="#SECA">Lanza Seca</a></td> -<td class="tdrbb">159</td> -</tr> - -</table> -<hr class="chap" /> -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak">INDICES de las obras de JAVIER DE VIANA</h2></div> - -<h3>DE CARDOS</h3> - -<p>La estancia de don Liborio<br /> -Añojal<br /> -Con tiento de alambre<br /> -Lucha a muerte<br /> -Mientras llueve<br /> -Tapera humana<br /> -Falsos héroes<br /> -El tirador de Macario<br /> -No hay que sestear los domingos<br /> -Matapájaros<br /> -Un viaje inútil<br /> -Sin palo ni piedra<br /> -Sin segunda repetida<br /> -Nabuco<br /> -Vergüenza de la familia<br /> -Gloria de la familia<br /> -Juan Pedro<br /> -La caza del aguará<br /> -Por robar sándias<br /> -Pelea de perros<br /> -Con la ayuda de Dios<br /> -Un negocio interrumpido<br /> -La hija del Chacarero<br /> -<span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span>El poncho de la conciencia<br /> -Crimen del viejo Pedro<br /> -La Vampira<br /> -La Vidalita<br /> -La Aruera y el Ombú</p> - -<h3>DE ABROJOS</h3> - -<p>Abrojo<br /> -El Triunfo de las Flores<br /> -La Lección del Perro<br /> -Por el nene<br /> -Por un papelito<br /> -Empate<br /> -Más oveja que la oveja<br /> -Del bien y del mal<br /> -Partición extraña<br /> -Huevo guacho<br /> -Inmolación<br /> -Cuando la leña es fuerte<br /> -Patrón Elías<br /> -Obra buena<br /> -Captura imposible<br /> -Lo que se escribe en pizarras<br /> -Por el amor al truco<br /> -Isto e una porquera<br /> -Un despertar<br /> -La salvación de Niceto<br /> -Mosca brava<br /> -Las dos ramas de una horqueta<br /> -Crítica autorizada<br /> -La vuelta del cuervo<br /> -Cuestión de carnadas<br /> -Pa ser hay que ser<br /> -Castigo de una injusticia<br /> -Entre camaradas<br /> -<span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span>Se seca la glicina<br /> -La inocencia de Calendario<br /> -La injusticia de un justo<br /> -Un sacrificio<br /> -Realidades margas<br /> -Crímenes gauchos</p> - -<h3>DE SOBRE EL RECADO</h3> - -<p>La Ley del Amor<br /> -El violín del grillo<br /> -Yo no sé como jué<br /> -El puerto de Añang<br /> -Igualito a mí<br /> -La Novia<br /> -«Come cola»<br /> -El pial<br /> -Leyenda Andina<br /> -La Navidad en la cocina<br /> -Los muertos que matan<br /> -Cachorra de tigre<br /> -Primitivo<br /> -Pedro Juan<br /> -De Taragüí<br /> -Agua de cachimba<br /> -El baul del pardo Alfredo<br /> -«Taba de chancho»<br /> -Así obran los amigos<br /> -Guerra de zapa<br /> -Mal abrigo<br /> -Un cuento que no es cuento<br /> -Del tiempo maldito<br /> -Chingolos<br /> -El loco de las vejigas<br /> -Sembrando fuera de tiempo<br /> -El Comisario de Tucutuco<br /> -<span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174">[174]</a></span>El cuento de ño Liborio<br /> -La Tierra es chica<br /> -La Vencedora<br /> -Vida estática<br /> -América hecha<br /> -Como Martín ganó un pleito<br /> -El que mató a Faustino Díaz<br /> -Palabra de Aragonés<br /> -De la Biblia gaucha</p> - -<h3>DE YUYOS</h3> - -<p>La caza del tigre<br /> -El tiempo perdido<br /> -Como un tiento a otro tiento<br /> -Una carrera perdida<br /> -Como se puede<br /> -Cosas de negro<br /> -A los tajos<br /> -Ruptura<br /> -El zonzo Malaquías<br /> -Las tormentas<br /> -Por la gloria<br /> -Una achura<br /> -Jugando al lobo<br /> -Resurección<br /> -Carancho<br /> -Compadres<br /> -Triunfo amargo<br /> -Clavel del aire<br /> -La casa de los guachos<br /> -¡Salga San Pedro!<br /> -Crimen de amor<br /> -Don Bruno el perverso<br /> -En la orilla<br /> -Por la petiza lobuna<br /> -<span class="pagenum"><a name="Page_175" id="Page_175">[175]</a></span>Voltiando palos<br /> -La última tropa<br /> -Aura<br /> -Por no doblarse<br /> -Cómo se vive<br /> -Mi prima Ulogia<br /> -Como en el tiempo de antes<br /> -Las gentes del Abra Sucia<br /> -La venganza del buey<br /> -La vuelta a la aldea<br /> -El baile de ña Casiana<br /> -La cerrazón</p> - -<h3>DE «MACACHINES»</h3> - -<p>Soledad<br /> -La tísica<br /> -Como alpargata<br /> -La rifa del pardo Abdón<br /> -Charla gaucha<br /> -Mendocina<br /> -Conversando<br /> -Oí cuando ella dijo<br /> -Puesta de sol<br /> -¡Miseria!<br /> -No-ha-de<br /> -Fin de enojo<br /> -La carta de la suicida<br /> -Por haraganería<br /> -¡Se me jué la mano!<br /> -Filosofando<br /> -¡Imposible!<br /> -¡Patroncito enfermo!<br /> -Chaqueña<br /> -El viaje del perro<br /> -Mamá, aquí'está la ropa<br /> -<span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span>Hormiguita<br /> -La baja<br /> -Como la gente<br /> -Rivales<br /> -Pata blanca y Grandeeship<br /> -Fiel<br /> -Por tierra de Arachanes<br /> -Chamamé<br /> -Una porquería<br /> -¡El lobo!... ¡El lobo!...<br /> -De tigre a tigre<br /> -Una sola flor<br /> -Bichita<br /> -Juicio de imprenta<br /> -Como hace veinte años<br /> -El hombre malo<br /> -Fin de ensueño<br /> -Como y porque hizo Dios la R. O.<br /> -Desempate<br /> -Los agregados<br /> -El tiempo borra<br /> -Palabra dada<br /> -Visión de oro<br /> -Malos recuerdos<br /> -Combate nocturno<br /> -Simple historia</p> - - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Ranchos, by Javier De Viana - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK RANCHOS *** - -***** This file should be named 53798-h.htm or 53798-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/3/7/9/53798/ - -Produced by Carlos Colón, Instituto Ibero-Americano de -Berlin, Alemania and the Online Distributed Proofreading -Team at http://www.pgdp.net (This file was produced from -images generously made available by The Internet Archive) - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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