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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - - - - -Title: El doncel de don Enrique el doliente, Tomo II (de 4) - Historia caballeresca del siglo quince - - -Author: Mariano José de Larra - - - -Release Date: November 25, 2016 [eBook #53588] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - - -***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL -DOLIENTE, TOMO II (DE 4)*** - - -E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the Online -Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images -generously made available by Internet Archive (https://archive.org) - - - -Note: Images of the original pages are available through - Internet Archive. See - https://archive.org/details/eldonceldedonenr02larr - - - Project Gutenberg has the other three volumes of this work. - Volume I: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53587 - Volume III: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53589 - Volume IV: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53590 - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las - versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS. - - - - - -EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL DOLIENTE: - -HISTORIA CABALLERESCA -DEL SIGLO QUINCE - -por - -D. MARIANO JOSÉ DE LARRA. - -SEGUNDA EDICION. - -TOMO II. - - - - - - - -Madrid. -Imprenta de Don José María Repullés. -1838. - - - - -EL DONCEL DE _Don Enrique el Doliente_. - - - - -CAPITULO IX. - - Ese caballero, amigo, - dime tú que señas trae. - - _Cancion. de Rom._ - - -La hora del alba seria cuando el famoso caballero don Enrique de -Villena, cansado de esperar inútilmente á su juglar, á quien habia -comprometido, como sabe el lector, en el misterioso y nocturno -acontecimiento de la víspera, vacilando entre mil ideas confusas, -habia entregado al descanso sus miembros fatigados. Ni el miedoso -juglar habia vuelto, ni él, desde el punto en que le enviara á -esplorar quién fuese el músico, habia tornado á oir mas que el -confuso ruido de las armas de los desconocidos combatientes. No -habiendo querido dar sospechas á nadie en el alcázar de que pudiera -tener la menor parte en los sucesos que él se figuraba haber -ocurrido, no se habia determinado ni á salir en persona á reconocer -el estado de las cosas, ni á dispertar á ninguno de sus pacíficos -sirvientes. Habíale entretanto sorprendido el sueño en medio de la -encontrada lucha de sus opuestos pensamientos, y vestido como estaba -se habia reclinado en su rico lecho, determinado á esperar al dia -y con él la aclaracion de los acontecimientos de la noche. El sol -sin embargo, que á mas andar se venia, amaneciendo por las doradas -puertas del oriente, daba la señal á caballeros y escuderos de tornar -á las obligaciones diarias, porque en la época de nuestra narracion -no se habia introducido aun la moda regalona de perder las gentes -principales las horas mas hermosas del dia en el mullido y caliente -lecho. - -La cámara principal del señor de Cangas y Tineo, inmediata á su -gabinete alquimístico (cuya entrada no era á todos permitida), -presentaba un aspecto imponente, tanto por el lujo y afectacion con -que se hallaba alhajada, como por las diversas personas que en ella -se veían reunidas esperando á que se dignase recibir su acostumbrado -homenage el ilustre pariente de Enrique III. Gentiles-hombres, -caballeros y escuderos de su casa, oficiales de su servicio, donceles -y pages conversaban en diversos grupos, pendientes del menor ruido -que pudiera anunciarles la deseada presencia de su señor. Notábase -solo la falta de dos personas, y no se oían mas que preguntas -misteriosas sobre su estraña ausencia. - -—¿Qué era del primer escudero? ¿Qué del juglar? - -—¿Qué puede causar la tardanza de Fernan Perez? - -—Por el señor Santiago que es cosa dificil de comprender. Cuando -volviamos anoche de la batida, él se adelantó con un solo montero y -se separó de nosotros. Desde entonces no le volvimos á ver. - -—Sí, reponia otro: apostára la mejor pieza de mi arnés á que fue á -ver bajo las ventanas de su amada esposa si andaban moros en la costa. - -—Bravo modo de decirnos que el escudero es zeloso. - -—¡Dios me perdone! como un moro. - -—¡Oh! entonces, decia un tercero, ya se esplica su ausencia. Habrá -tardado en conciliar el sueño... al lado de su dama... - -—¡Chiton! la puerta de la cámara se ha abierto. - -—Es el camarero. - -—El camarero, el camarero, repitieron varias voces por lo bajo. -Fijáronse las miradas de todos en Rui Pero, quien con la mayor -inquietud preguntó: - -—¿No ha venido aun Ferrus? su señoría pregunta por su juglar. - -—Estará haciendo alguna trova, ó pensando algun donaire, dijo el mas -atrevido de los caballeretes. - -—Cierto que comienza su tardanza á inquietarme, dijo Rui Pero. Y -acercándose á los principales personages de aquella pequeña corte.—Su -señoría no se ha desnudado esta noche; Fernan Perez no parece; Ferrus -tarda, les dijo misteriosamente: temo grandes novedades. Voy á -prevenir á su señoría, añadió en voz alta, y se entró. - -Duraron otro rato las misteriosas conversaciones de la cámara; pero -no tardó mucho en venir á interrumpirlas la presencia del primer -escudero. - -—Dios nos dé su bendicion, dijo en entrando, al comenzar este dia, y -se santiguó devotamente. - -—Dios nos la dé, repitieron los circunstantes, é imitaron, como en -las cortes se usa, la accion del valido. Bien venido sea el escudero -de su señoría, esclamaron despues. - -—Bien venido, sí, y bien despierto; la trasnochada me ha hecho ser -indolente. Vuestras mercedes me darán licencia que entre á tomar las -órdenes de nuestro amo. Ya hace rato que debiera estar á su lado. - -No le dió lugar sin embargo á entrar la salida del conde en persona, -á quien acompañaba su fiel camarero. Hízose como los demas á un lado -respetuosamente Fernan Perez, y el conde, que le habia visto antes -que á otro alguno, disimulándolo sin embargo, como para castigarle -de su tardanza, dirigió comedidamente la palabra á sus principales -cortesanos. Despues de las ceremonias y fórmulas de uso.—Caballeros, -dijo el conde, asuntos de alguna importancia me obligan á separarme -de vuesas mercedes. Podreis esperarme en la antecámara de su alteza, -adonde no tardaré en seguiros. Fernan Perez, quedaos. - -Inclinaron la cabeza los circunstantes, y hablando entre sí por lo -bajo, dejaron la cámara desocupada, no muy contentos con el frio -recibimiento del distraido conde de Cangas y Tineo. - -—Y bien, Fernan Perez, dijo éste luego que quedaron solos, supongo -que habeis encontrado en completa salud á la hermosa Elvira. - -—Esa pregunta, señor... - -—¡Oh! no: haceis bien: no se puede vacilar entre el servicio de una -hermosa y el de un conde. Voy viendo que os debo de armar pronto -caballero, porque ya sin serlo cumplís perfectamente con la orden -de caballería. ¿A qué hora habeis entrado en Madrid?—Rui Pero, -dispondreis que se busque dentro y fuera del alcázar á Ferrus. Su -ausencia me inquieta.—Ya estamos solos, Vadillo. ¿A qué hora habeis -entrado? - -—Podrian ser las cuatro, si dicen las horas las estrellas. - -—¿Las cuatro? A esa hora... ¿no habeis visto á la entrada á Ferrus? - -—Ojalá, señor, que hubiera visto á Ferrus: algo peor es lo que be -visto. - -—¿Peor? esplicaos presto. - -—Y peor lo que he oido. - -—¿Habeis oido? - -—Volvia, señor, de la batida, como me dejastes mandado, á la cabeza -de los caballeros y monteros de tu casa; al llegar al alcázar, -habíame adelantado algun tanto para hacer la señal de que nos echaran -el rastrillo, cuando creí oir hácia cierto punto del alcázar, pero de -la otra parte del foso, un laud asaz bien templado. - -—Seguid, Vadillo. - -—Parecióme mal que á tales horas se diesen serenatas hácia la parte -precisamente del alcázar que habita... - -—Seguid. - -—Apreté los hijares al caballo: cuando llegué, la música habia -cesado, pero un hombre que rodeaba el muro esterior, y que á la sazon -se hallaba debajo de las ventanas de mi señora la condesa... - -—¡Vadillo! - -—De Elvira, señor... perdonad si mi lengua... ¡maldita sospecha! -ahora caigo en que... aquel hombre, pues, no me pareció bien, y le -acometí. - -—Por Santiago que acertaste. ¡Es mi hombre! ¿era el músico? - -—Sin duda, puesto que por alli otro alguno no se veía. - -—¿Se defendió? - -—Trató de defenderse, y trató de hablar pero mi venablo no le dió el -espacio que él quisiera. Le disparé, y cayó. - -—¿Cayó? adelante, Vadillo. Tu recompensa igualará tu servicio. - -—Apeéme del caballo para reconocerle, pero fue imposible: habia -llovido, y él cayó en el fango: mi venablo le habia pasado por la -frente, y su cara estaba llena de lodo y de sangre: la oscuridad -ademas y mi turbacion no me permitieron conocerle. Figuréme sin -embargo que no debia de estar muerto aun, pues latía su corazon y se -quejaba. Deseoso de saber quién fuese el músico que á aquellas horas -osaba comprometer el honor de las dueñas del alcázar, atravesélo en -mi caballo: sin embargo antes de entrar lo encomendé al cuidado del -montero que se habia adelantado conmigo: respondióme de su seguridad. -Fui á dar órdenes para hospedar á la gente de la batida, y ahora solo -espero las tuyas, gran señor, para reconocer al insolente trovador. - -—¡Ah! ¿No sabeis aun quien sea? - -—Solo sé que no está herido de muerte; pero el montero al -anunciármelo añadió que el maestro á quien habia recurrido, al -hacerle la cura, habia encargado que no se le viese ni hablase. Creí, -pues, del caso esperar á la mañana. Parecióme sin embargo jóven y -gallardo mancebo. - -—Él es, no hay duda. Te tengo en mi poder, mal caballero. Vadillo, es -preciso tenerle á buen recaudo. - -—¿Conócesle tú entonces, gran señor? - -—Sí: le conozco; tú le conocerás tambien. Necesito sin embargo á -Ferrus. Á esa misma hora de las cuatro le envié á reconocer al -músico; de entonces acá ha desaparecido. El villano cobarde ha -tenido miedo sin duda; acaso luego se aparecerá y creerá desarmar mi -enojo con alguna juglería. Entre tanto Rui Pero está en el encargo -de encontrármele muerto ó vivo. Sus orejas servirán de pasto á mis -lebreles si ha cometido villanía, por Santiago. Ahora, Vadillo, es -preciso no perder tiempo: supuesto que está en nuestro poder quien -pudiera únicamente desbaratar mis planes, dentro de una hora he de -quedar servido. Hernan Perez, ¿teneis valor y resolucion? - -—Dispon, señor, de mi vida. - -—Venid conmigo; prontitud y secreto. - -Dicho esto, salieron don Enrique y su primer escudero, y atravesando -apresuradamente las galerías del alcázar, se dirigieron á las -caballerizas del conde: dieron alli varias órdenes, al parecer de la -mayor importancia: separáronse en seguida. El primer escudero buscó y -habló misteriosamente á algunos escuderos de la casa de su señoría. -El movimiento y el sigilo con que ciertos preparativos se hacian -pronosticaban algun proyecto de la mayor importancia. Reuniéronse de -nuevo el conde y su primer escudero, y en otra secreta conferencia -aquel pareció dar á éste instrucciones de grave peso, despues de las -cuales se dirigieron entrambos seguidos de los escuderos y armados -que para su plan habian escogido, y desaparecieron entrándose por la -cámara de don Enrique. Nada se trasluce en las crónicas del objeto -de aquellas ignoradas conferencias. El lector sin embargo, si presta -un poco de paciencia, podrá tal vez adivinarle por sus prontos -resultados. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO X. - - Mate el conde á la condesa, - que nadie no lo sabria, - y eche fama que ella es muerta - de un cierto mal que tenia. - - _Rom. del conde Alarcos._ - - -Cuando Fernan Perez de Vadillo hubo dejado su presa al cuidado del -montero, se apresuró á desvanecer las sospechas que en su alma -comenzaban á nacer acerca de la dueña á quien podria haber sido la -serenata dedicada. Era evidente que el trovador se hallaba debajo de -las rejas de doña María de Albornoz: ¿rondaba empero á la condesa, ó -á alguna de sus dueñas y doncellas? ¿era acaso Elvira el objeto de -tan intempestiva música? La conducta irreprensible de la condesa y de -su esposa las ponian en cierto modo á cubierto de cualquier juicio -temerario. Los maridos, sin embargo, que nos lean, no estrañarán que -el zeloso escudero fabricase en el aire mil castillos fantásticos -hasta la completa aclaracion por lo menos de sus terribles dudas. - -El taimado pagecillo entre tanto al oir saltar de su lecho á su -hermosa prima, se habia levantado, y habia conseguido hacer que ella -volviese en sí de su aturdimiento, golpeando á su cerrada puerta, y -preguntándola si necesitaba algun ausilio, y cual era la causa de -aquel ¡ay! doloroso y del estraordinario ruido que acababa de oir. - -Repúsose Elvira lo mejor que pudo, y tranquilizando al page, -mandóle que se retirase á su lecho, y aun le trató de visionario y -de curioso impertinente. A lo de curioso nada tenia el pobre Jaime -que responder, pero en cuanto á lo de visionario, él sabia muy bien -que no habia soñado lo que realmente habia oido, y si obedeció por -entonces, no fue sin reservarse el derecho de averiguar todo el caso -en amaneciendo. Elvira, satisfecha con el silencio del page, tornó á -escuchar, pero no oyendo ruido alguno que pudiese ponerla en camino -de dar con la verdad de lo sucedido, volvióse al lecho tambien; de -suerte que á la venida inesperada del zeloso escudero pudo disimular -convenientemente la reciente turbacion. Despues de las primeras -preguntas que entre los dos pasaron acerca de aquella imprevista -llegada, en valde trató Fernan Perez de sondear mañosamente el -alma de su avisada esposa. Nada habia oido, nada sabia de cuanto á -Vadillo traía inquieto. Hubo éste, pues, de conformarse y remitir á -otra ocasion mas favorable la satisfaccion de sus deseos. Concilió -el sueño de que tanta falta tenia, y cuando se dispertó se vistió -apresuradamente, y despidiéndose de su amada esposa se dirigió á la -cámara de don Enrique, como arriba dejamos indicado. - -No deseaba Elvira otra cosa: cada vez mas inquieta acerca del -obscuro sentido de las trovas de la noche pasada, presagiaba ya -mil próximas desventuras: determinó dar aviso á la condesa, quien -habia oido muy confusamente los sucesos referidos. Antes empero de -dar este importante paso, llamó al page y le dijo como era inútil -que guardase por mas tiempo el secreto de la venida del caballero -de Calatrava, puesto que ella lo habia reconocido: añadióle que -importaba mucho á la seguridad de su señora la condesa saber cuál -habia sido el desventurado lance de la noche, y hablar al caballero, -si habia quedado de él con vida y libertad, para que le aclarase -sus misteriosos avisos: prometió el page indagar cuanto hubiese en -el asunto, tanto por dar contento á su querida prima, como por el -interes que en las cosas del caballero trovador se tomaba. Salió, -pues, en busca de él, resuelto á no volver mientras no diese con -él y no le indicase el deseo de la condesa, de agradecerle su fina -amistad, é implorar al mismo tiempo su proteccion y amparo, si algo -sabia que fuese en contra de ella ó de los suyos. - -Mas tranquila despues de esta primera diligencia, acudió la triste -Elvira á la cámara de su señora, á quien encontró levantada, pero -no repuesta de las terribles escenas de la víspera. No contribuyó á -aquietarla lo que Elvira le refirió, y entrambas á dos determinaron -vivir con cautela, no dudando que las palabras del trovador tuviesen -alguna relacion con los proyectos que el irritado conde habia dejado -traslucir la noche antes, en medio de su colérico arrebato contra su -inocente esposa. - -Bien quisiera la condesa penetrar el arcano que las nocturnas -trovas encerraban, y aun mas quisiera traslucir quién podia ser -el caballero generoso que tan bien informado se hallaba de las -asechanzas que contra ella se prevenian, y que tan singular interes -por su seguridad tomaba. No eran pequeñas por otra parte la zozobra -y la duda que á entrambas nuestras heroinas agitaban acerca de los -resultados de la desgracia que al caballero le habia acarreado su -generosidad. - -Era para Elvira evidente que poco despues de haber callado el -desventurado cantor, le habia sobrevenido un trance de armas: la -caida de un cuerpo habia resonado luego funestamente en sus oidos -y en su corazon, y el silencio y la duda habian sucedido á la -catástrofe. Era de presumir que el muerto ó herido fuese el músico; -pero era imposible saber nada á punto fijo antes de la vuelta del -page; corria entre tanto el tiempo, si bien no tan aprisa como al -desgraciado que espera le suele comunmente convenir, y el page no -daba noticias de su persona. - -Si nuestros lectores han esperado alguna vez, podrán formar una idea -aprocsimada de la penosa agonía de la de Albornoz y Elvira, porque -idea exacta de ninguna manera la podrán concebir. - -—¿Has oido? preguntaba en medio del mayor silencio la condesa. - -—¡Es Jaime! respondia Elvira; mas no, no suena nada, añadia despues -de un momento de inútil espectacion. - -—Ahora... ahora sí, esclamaba de alli á un rato la condesa. - -—Sí; ahora; pasos son, y pasos acelerados... - -—De muchacho. - -—Jaime, Jaime es... ahora sí... repetia Elvira atenta á la puerta, -los ojos fijos en sus batientes hojas, y palpitándole el seno -aceleradamente con el movimiento de las olas azotadas por la brisa; -veíala abrirse ya, se medio-incorporaba en su asiento, entreabria los -labios para hablar á Jaime... La puerta sin embargo cerrada, fija, -inmóvil como una pared. Los pasos se alejaban, apenas se oían. Nada -ya. - -—Seria algun criado que pasaba. - -Una vez, en fin, la puerta se movió al morir en ella el ruido de los -pasos; todavia no se podia ver al que iba á entrar: parecia sacudirse -por sí sola, y antes de que se abriese lo bastante para dar paso -al page, que era sin duda el que iba á entrar, la condesa y Elvira -unánimemente inspiradas de uno de estos raptos del primer momento, -tan comunes é irreprimibles como inesplicables en las mugeres, -habian gritado:—¡Jaime! entra, Jaime. - -Abrióse por fin la puerta enteramente, y entró don Enrique de -Villena. Hay una inclinacion natural en el que espera á creer que -nadie puede venir sino el esperado; nada tienen, pues, de particular -el asombro y la repentina frialdad de la condesa y su camarera al ver -echado por tierra tan inesperadamente todo el aéreo castillo de sus -fantásticas esperanzas. Miráronse una á otra en el primer momento -de estupor; el lector hubiera adivinado en sus semblantes infinidad -de ideas que bullian en sus imaginaciones, y que por la vista se -cruzaban, se comunicaban, se hablaban, se refundian en un solo objeto -de entrambas comprendido sin mas verbal esplicacion. - -Examinó un momento don Enrique de Villena las cambiantes fisonomías -de la señora y su camarera. - -—Bien veo, dijo pausadamente despues de un momento, bien veo, doña -María, que no esperais á vuestro esposo. ¿Pudiera yo merecer vuestra -confianza hasta el punto de saber cuál interes os liga al imprudente -page que ha abandonado de una manera tan imprevista mi envidiado -servicio? ¿callais? ¿me conservais rencor aun por la escena de anoche? - -Dijo estas últimas palabras con tal acento de dulzura y de -reconvencion, que no pudo menos la ilustre víctima de manifestar á -las claras en su semblante su singular asombro. Tenia efectivamente -el de Villena gran facilidad para revestir la máscara que á sus fines -mejor convenia. Nadie hubiera reconocido en sus modales y palabras al -tirano esposo de la víspera. - -—¿No quereis, señor, que estrañe tan singular mudanza en vuestras -acciones? ¿debo creeros, ó prepararme para otra...? - -—Basta, doña María: ¿es posible que no acabeis de conocer los -sentimientos de don Enrique de Villena? No negaré que pudierais estar -justamente ofendida, pero vengo á reclamar mi perdon. He pensado -mejor mis verdaderos intereses, he reconocido mi error: vuestras -virtudes me han hecho abrir los ojos: si sois la misma que habeis -sido siempre, Elvira puede ser testigo de nuestra reconciliacion. - -—¡Don Enrique! esclamó alborozada la de Albornoz. Miró sin embargo -á Elvira como para preguntarla con los ojos si podria creer en la -sinceridad de las palabras del conde: Elvira bajó los suyos, y dejó -sin respuesta la muda interrogacion de su señora. - -—Desechad las dudas, doña María. Vengo á daros una prueba positiva de -mi afecto. Espero que esta noche os presentareis brillante de galas -y preséas en la corte de Enrique III. Quisiera que vencieseis en -esplendor á todas vuestras émulas, y que la corte toda, á quien hemos -dado harto motivo de murmuracion con nuestras anteriores contiendas, -presenciase los efectos de nuestra nueva alianza. ¿Dudais aun? - -—Esta duda, señor, repuso la de Albornoz, puede seros garante del -deseo que en mi alma abrigaba de veros por fin esposo algun dia. ¡Ah! -si vuestro amor, si esta reconciliacion fuesen una nueva artería, si -fuesen un lazo... - -—¡María! - -—Perdonadme: vos habeis dado lugar á mi desconfianza; si esta paz -aparente fuese solo la calma precursora de nuevas borrascas, seriais -bien cruel y bien pérfido caballero: ¿qué gloria podria prestarle -al leon el jugar con la inocente y crédula oveja? Ved mi alma: yo -os perdono, don Enrique perdonémonos entrambos. Oid empero. Si solo -intentais divertiros á costa de mi loca credulidad, Dios confunda -al malsin, abandone la Vírgen Madre al engañador de las damas, y el -buen Santiago al mal caballero. Apodérese el ángel malo del alma -del traidor, y no le sean bastante castigo las penas todas de los -condenados al fuego eterno. Hé aqui mi mano y mi amor, don Enrique. - -Las últimas palabras enérgicas que la de Albornoz habia pronunciado -con toda la entereza de la virtud y el entusiasmo de la inspiracion, -habian hecho bajar los ojos al imperturbable don Enrique: un -estremecimiento involuntario le habia cogido desprevenido, y estrechó -la mano de la de Albornoz diciendo balbuciente y confuso: - -—Ved aqui la mia: el cielo sabe la verdad de mis palabras. - -Abrazáronse los consortes en presencia de la asombrada Elvira, quien, -acostumbrada á la táctica de don Enrique, no hacia sino examinar su -semblante como buscando en sus facciones y en el mas insignificante -de sus gestos pruebas contra sus palabras. La de Albornoz, -deslumbrada por su mismo deseo y su amor al conde, se entregaba mas -facilmente á la esperanza de ver por fin su suerte mejorada. ¿No era -por otra parte muy posible que sus virtudes hubiesen hecho realmente -en don Enrique el efecto que este acababa de suponer? Nada hay mas -facil que hacernos creer lo que con vehemencia deseamos. La de -Albornoz tragó, pues, el cebo y el anzuelo. - -Repuesto don Enrique de su primera turbacion, no perdonó medio alguno -de inspirar confianza á su esposa: las palabras mas tiernas fueron -por él prodigadas, y las mas vivas protestas de amor y fidelidad. Un -amante no hubiera dicho mas que el hipócrita marido. - -Poco tiempo podia hacer que esta escena duraba en la cámara de doña -María de Albornoz, cuando la puerta misma que el dia antes habia -proporcionado á don Enrique retirada se abrió con admiracion de los -circunstantes, y se aparecieron seis figuras fantásticas, que un -hombre del vulgo hubiera llamado entonces seis endriagos. Venian -armados al parecer de pies á cabeza, pero unas especies de sayos que -sobre la armadura traían, y cuya capucha cubria su cabeza y rostro, -á manera de los que usaban los almogavares, no permitian ver quiénes -ni qué especie de hombres fuesen. - -Suspensas quedaron á tan estraña aparicion doña María y su -camarera; mirábanse alternativamente, y miraban luego con atencion -esploradora á don Enrique, deseosas de reconocer en su fisonomía si -se presentaban los intrusos alli por su orden, ó si tendrian ellas -motivo para temer algun nuevo peligro. - -—¡Vive Dios! esclamó don Enrique levantándose: ¿quién es el osado que -os envia? ¿quién se atreve á interrumpir de un modo tan incivil las -conversaciones del conde de Cangas y Tineo? salid fuera y... - -No le dieron tiempo á proseguir los encubiertos: el que parecia ser -gefe de ellos desenvainó una espada, á cuya señal se acercaron los -demas con sendos puñales á las aterradas damas, todo sin proferir una -palabra. - -—¡Don Enrique! esclamó la de Albornoz arrojándose á sus pies y -estrechando sus rodillas, al paso que éste con el acero, fuera ya de -la vaina, parecia protejerla de todo estraño acometimiento. - -—Traicion, señora, gritó Elvira, traicion: ¡nos han vendido! y -quiso arrojarse hácia la puerta para demandar socorro. No se lo -consintieron dos de las fantasmas, que arrojándose á su paso la -sujetaron fuertemente y pusieron término á sus alaridos, cubriendo -su boca con su fino cendal, y procediendo en seguida á sujetarla á -una de las columnas de la cámara. Don Enrique entre tanto gritaba y -maldecia. - -—¡Por Santiago! he olvidado mi silbato de plata en mi cámara, y -ningun criado me oirá aunque los llame. Pero venid, añadia al gefe de -los invasores; llegad y arrancadme la vida antes que el honor. - -En vano trató la de Albornoz de separar á su esposo del trance que -le esperaba. Don Enrique la rechazó y cruzó su espada con la del -desconocido, en tanto que los compañeros de éste, apoderándose de la -casi desmayada doña María, vendaban su boca con su propio pañuelo, en -cuyas puntas se veían ricamente recamadas en oro las armas reunidas -de su casa y la de Aragon: cubriéronla toda con un largo manto negro, -que de pies á cabeza la ocultaba, y comenzaron á sacarla fuera de la -cámara por la puerta secreta, sin que pudiese oponerles resistencia -alguna la consternada y ya enteramente enajenada víctima. - -Combatia entre tanto don Enrique con el desconocido, el cual, visto -lo hecho por sus compañeros, se replegaba defendiéndose con destreza. -Miraba Elvira con atencion el semblante de don Enrique, por ver si -descubria en él alguna señal que manifestase estar mancomunado con -los traidores. Ofendia y se defendia éste, empero, con bizarría; -voceaba llamando á sus criados y persiguiendo siempre al fuerte -caballero que protegia la retirada de los suyos con su presa, mas -sin poder herirle: al llegar á la puerta secreta el desconocido hizo -un último esfuerzo para desembarazarse de su molesto perseguidor, -y tirándole un furibundo mandoble desarmó al conde. Bien trató el -al parecer irritado Villena de recojer su acero en cuanto vió que -el encubierto no se habia aprovechado de su ventaja para rematarle, -pero la accion de don Enrique dió tiempo al fugitivo; lanzóse á la -escalera cerrando tras sí la puerta con el oculto cerrojo, de modo -que cuando el conde, apoderado ya de su arma, volvió á la carga, -no halló mas que una pared tersa é insuperable delante de sí, -procurando en vano, tocar el resorte que la solia abrir. - -Volvióse atras entonces el conde, y no parando mientes en Elvira, -que atada y amordazada permanecia, salió por la puerta principal de -la cámara, llamando socorro y armas contra los robadores, como los -llamaba, y malandrines que acababan de arrebatar á su cara esposa de -entre sus mismos brazos, allanando su propia habitacion por arte sin -duda de Luzbel, y con ausilio de todas las potestades del abismo, -contra su robusto y valeroso brazo. - -—A la mina, mis escuderos, al campo, gritaba, al campo del moro, al -Manzanares; alli los alcanzaremos: la escalera secreta no tiene otra -salida. - -No tardó mucho en esparcirse por el alcázar la noticia del -estraordinario robo y desacato cometido en la persona de la condesa -de Cangas y Tineo: caballeros y escuderos acudian todos á la voz -del conde y en menos de media hora estuvo este en disposicion de -traspasar el rastrillo en busca de los robadores; quien enlazaba este -acontecimiento con la música oida la noche antes bajo la ventana de -la condesa, quien suponia que el hecho era imposible, en vista de -que solo don Enrique poseía las llaves de los candados que cerraban -aquella salida al campo. Todos conjeturaban, todos hablaban, nadie -veía clara la verdad. - -No era sin embargo menos cierto que los robadores habian hallado el -secreto de introducirse en la cámara de la de Albornoz por la puerta -que la unia con la del conde, y que tenia salida á la escalera, y -de alli á la larga mina no conocida de todos. Nada mas frecuente -en los alcázares antiguos y de construccion morisca sobre todo que -estas minas secretas: hacíanse prudentemente con la mayor reserva -y secreto, y solian parar á una ó dos leguas á veces del alcázar á -que pertenecian. Varias puertas y trampas de hierro, bien cerradas -y puestas á trechos, impedian la entrada en ellas á los enemigos, -aun en el caso de ser su boca descubierta, cosa de suyo poco menos -que imposible; y podian ser de mucha utilidad á los poseedores del -alcázar, tanto para hacer una salida imprevista como para introducir -víveres, como tambien para salvarse por ellas en una noche la -guarnicion del castillo, en el caso de verse reducida al último -estremo por un ejército aguerrido y numeroso. Por una de estas -minas, pues, escaparon los encubiertos; de suerte que ya se hallaban -muy lejos de Madrid cuando pudieron llegar sus perseguidores á la -boca de la mina, habiéndoles sido preciso reunirse, armarse, salir -del alcázar, y dar un gran rodeo para su objeto, pues perseguirlos -por la misma mina era caso imposible, puesto que habiendo sustraido y -llevado las llaves de las diversas puertas los encubiertos, era claro -que habrian ido cerrandolas todas sucesivamente tras sí, como con la -primera de la cámara habia hecho el gefe de ellos, con el prudente -objeto de asegurarse las espaldas. - -Dejemos á don Enrique á la cabeza de los oficiales de su casa -corriendo el campo del moro en busca de su robada Elena, y pidamos -al lector un ligero descanso, que despues de la pasada refriega y -aventura estraordinaria referida habernos en gran manera menester. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XI. - - Cuando el conde aquesto vido - . . . . . . . . . . . . . . - fuérase para el palacio - donde el rey solia estar, - saludó á todos los grandes, - la mano al rey fue á besar. - - _Rom. del conde Grimaltos, Silva de varios rom._ - - -La pequeña corte de la antecámara de don Enrique, que dejamos en -anteriores capítulos descrita, era un imperfecto y pálido remedo de -la del _muy alto y poderoso rey don Enrique III_. - -Veíanse lucir en esta á mas de los que tenian los primeros oficios -de la real casa de su alteza las principales dignidades de Castilla. -Hallábanse en derredor del trono á derecha é izquierda, y por el -orden de su dignidad y favor, el buen condestable don Rui Lopez -Dávalos, el almirante don Alfonso Enriquez, don Fadrique, duque de -Benavente, don Gaston, conde de Medinaceli, el conde don Juan Alfonso -de Niebla, los maestres de Santiago y Alcántara, el mariscal don -Garci Gonzalez de Herrera, don Juan de Velasco, camarero mayor, Diego -Lopez de Stúñiga, justicia mayor, Pero Lopez de Ayala, chanciller -mayor y del sello de la puridad, el adelantado Pedro Manrique, -donceles y caballeros principales, en fin, que á la corte asistian. -En el momento de nuestra narracion llegaba su alteza á ocupar su -regia silla: acompañábanle al lado don Pedro Tenorio, arzobispo -de Toledo, don Juan Hurtado de Mendoza, su mayordomo mayor, y -sosteníanle del brazo fray Juan Enriquez, su confesor, y don Mosen -Abenzarsal, su físico. Don Enrique III, en medio de su juventud, -tenia el natural aspecto enfermizo que á su rostro prestaban -sus habituales dolencias. Semblante pálido y prolongado por la -enfermedad, noble con todo, grave y lleno de magestad: sus ojos eran -hermosos: mezclábase en ellos cierta languidez y tristeza con la -penetracion y la severidad: su andar era lento y su voz flaca. - -Hasta el momento de la entrada de su alteza habíase tratado con -raro interes entre los palaciegos del robo singular de doña María -de Albornoz, y ninguno en consecuencia estrañaba la ausencia de don -Enrique de Villena y de los caballeros de su casa. Succedió el mayor -silencio á la entrada de su alteza, y éste recorrió con la vista -apresuradamente el círculo de sus cortesanos, saludando á uno y otro -lado con su natural sequedad. - -—¿Y nuestro fiel pariente y vasallo don Enrique de Villena? preguntó -su alteza: condestable, ¿creo que me habeis dicho que ha vuelto de la -montería del Real de Manzanares? - -—Señor, dijo el buen Lopez Dávalos inclinando su cabeza cana y -despojada por el tiempo, cierto es lo que aseguré á tu alteza: don -Enrique volvió ayer del Pardo. - -—¡Por San Francisco! que no sabe sus intereses mi primo cuando olvida -presentarse á su rey... - -—¡Es una omision imperdonable...! pero, señor, hay causas á veces -que... - -—¿Causas? quiero saberlas. - -—Seis enmascarados han robado á su esposa. - -—¿Robado? ¿dónde? - -—En su cámara misma. - -—¿En mi palacio? no puede ser, condestable. Tal desacato costaria la -cabeza... esplicaos. - -—Nada hay mas cierto, señor. - -Aqui el condestable, amigo del conde de Cangas y Tineo, refirió al -rey cuanto en el alcázar corria acerca de tan estraño acontecimiento. - -—Diego Lopez de Stúñiga, dijo el rey levantándose cuando hubo oido -la relacion del caso. El rey Enrique no desmentirá jamas la fama que -tiene granjeada de justiciero. Como justicia mayor de mis reinos os -cometo la averiguacion del suceso. Compadezco á nuestro fiel pariente -y vasallo, y quiero vengar la felonía cometida en la persona de mi -muy amada doña María de Albornoz. Antes de tres meses me habreis -descubierto quién sea el reo, y habrá pagado con su cabeza su -atrevimiento. Juro por las llagas de San Francisco que no le podré -dar seguro aunque me le pida. - -Inclinó respetuosamente la cabeza Diego Lopez de Stúñiga, y volvió á -ocupar su lugar. - -—Vos, Pero Lopez de Ayala, tendreis entendido que quiero que se -estienda hoy mismo la cédula que os dije: es mi real voluntad que no -paguen mis reinos mas monedas, á pesar de no haberse acabado aun la -guerra con Granada. ¿Qué os parece almirante? - -—Paréceme, señor, que pudieran recrecerse graves daños de la -supresion del tributo de las monedas, repuso el almirante: si bien -con eso contentais á los pecheros y hombres de afan, tambien si los -moros vuelven á hacer la entrada... - -—No me lo digais, repuso el rey; estad cierto de que tengo yo mayor -miedo de las maldiciones de las viejas de mis reinos que de cuantos -moros hay de esta parte y de la otra parte del mar. - -Calló el almirante, y alto murmullo de aprobacion acogió el paternal -dicho de Enrique el Doliente. - -Otra media hora pasaria en que el rey de Castilla despachó en medio -de su corte algunos negocios del gobierno de sus reinos; ya iba á dar -la vuelta á la cámara cuando se sintió ruido como de muchas personas -armadas que se acercan; volviendo todos las cabezas hácia el sitio -por donde el rumor sonaba, un faraute de su alteza llegando hasta el -medio de la sala hizo una reverencia, otra á poca distancia, y hecha -la tercera á los pies casi del trono. - -—Poderoso rey, dijo en alta voz, y justo don Enrique, tu pariente -y leal vasallo don Enrique de Aragon, conde de Cangas y Tineo, -rico-hombre de estos reinos, y señor de Alcocer, Salmeron y -Valdeolivas, viene á pedir á tus plantas justicia y reparacion. - -—Decid que entre á mi pariente y leal vasallo. - -Retiróse el faraute con las mismas cortesías sin volver jamas las -espaldas, y llegado á la puerta, _entrad_, dijo con voz descomunal. - -Dos farautes de don Enrique precedian. Don Enrique de Villena detras -con rostro á la par airado y pesaroso. Seguia á su lado su primer -escudero, y detras un caballero de su casa con el estandarte de sus -armas, en que lucian sobremanera las barras paralelas de Aragon. El -estandarte, pendiente de una asta á la manera de los que aun se usan -en algunas procesiones, era ricamente recamado de oro y plata sobre -campo azul. Venian despues armados como su señor los caballeros y -escuderos vasallos del poderoso don Enrique. - -Pedido y dado el permiso de hablar por su alteza, tres veces -reclamaron los farautes de don Enrique la atencion y silencio de los -demas señores y asistentes. - -—Oid, oid, oid el desacato y felonía cometido en la persona de la muy -noble é ilustre señora doña María de Albornoz, esposa del muy noble -é ilustre señor don Enrique de Aragon, y de que en nombre de Dios -Padre, Hijo y Espíritu Santo, y de la Bienaventurada Vírgen gloriosa, -viene á pedir justicia y reparacion. - -Respondido _hablad_ tres veces tambien por el faraute de su alteza, -comenzó don Enrique, hincando en tierra una rodilla, á hacer relacion -de como le habia sido en su misma cámara robada su muy amada esposa, -y de como habia salido en persecucion de los robadores, entre los -cuales contábanse criados de su casa, cuya falta habia notado al -mismo tiempo. - -—Alzad, le dijo el Doliente rey, conde de Cangas y Tineo, y decid -cuál sea el fruto de vuestra espedicion. - -—No me levantaré, señor escelso, mientras no acabe el cuento de mi -cuita, y no esté seguro de que tu alteza me otorga lo que á pedirte -vengo. Inútilmente he recorrido el campo en busca de los robadores; -á haberlos encontrado, señor, no hubiera menester pedirte justicia, -porque mi espada me la supiera dar muy suficiente. ¡Pero oh dolor! -Gran rey, he hallado en vez de la esposa ó de la venganza que -buscara, esos sangrientos despojos que solo una funesta catástrofe me -pueden anunciar. - -Adelantáronse al llegar á decir esto de entre el grupo de los -caballeros dos escuderos, que tendieron á la vista del rey el manto y -el velo de doña María de Albornoz todos ensangrentados. - -—¡Cielo santo! esclamó horrorizado el piadoso rey: un movimiento -de horror circuló por la corte, y todos apartaban la vista de los -sangrientos restos. - -—Hé aqui, señor, esclamó sollozando el desdichado esposo; ¡y ojalá no -hubiera encontrado mas pruebas de mi desgracia! - -—¿Qué decís? hablad, esclamó Enrique III. - -—Un pastor, gran rey, que es el que ves y puede darte de ello -testimonio, me ha asegurado que unas horas antes de encontrar con -estas ropas, habia visto pasar á unos armados con un cadáver de una -muger, á su parecer hermosa y jóven; mi esposa, señor. Receláronse -de él, y quisieron echarle mano para impedir que su mal hecho se -supiese; mas el conocimiento que tiene del pais, las quebradas de las -peñas y sus buenos pies le salvaron por desdicha mia, para mi amargo -desengaño. - -—Pastor, llegad, dijo don Enrique; ¿vos habeis visto eso? - -—Verdad dice su grandeza, repuso el pastor con visible turbacion, que -achacaron todos al asombro de hallarse en tal parage. Llevábanla sin -duda á enterrar en los sitios ocultos en donde los ví. - -—Justicia, pues, señor, justicia. Otorgadme que me dé á buscar al -alevoso, y que donde quiera que le encuentre pueda sin duelo ni -formalidad alguna castigar al que como villano se portó. - -—Yo os juro, don Enrique, justicia y reparacion. Alzad: ¿teneis vos -indicios de quién pueda ser el robador? - -—Ninguno, respondió Villena levantándose. - -—¿Sospechais por ventura, si una venganza ó si una pasion...? - -—¡Ay de quien osare ofender la memoria de mi esposa...! - -—Nadie en mi presencia la ofenderá, conde de Cangas y Tineo. -Imposible me fuera concederos que os entregueis á buscar al -delincuente; necesito vuestra asistencia en mi corte. Pero los -oficiales de mi justicia apurarán la verdad, y le hallarán donde -quiera que se esconda. Os otorgo, sin embargo, en nombre de Dios -Trino y Uno, á quien en la tierra representan los reyes ejercitando -su justicia, que matéis al villano, si lo hallais, adonde quiera que -lo halleis, armado ó desnudo, solo ó acompañado, por vuestra mano -ó por la de villanos vasallos vuestros. Otorgo otro sí, que quede -privado de cualquier gracia que pudiere yo hacerle ó le hubiere hecho -sin conocerle; mando á quien le encuentre, caballero, escudero, noble -ó pechero, y le requiero que le castigue como su villanía merece, y -al que le mate hágole de su muerte salvo y perdonado. Alzad ahora, -don Enrique. - -—No esperaba yo menos, gran rey, de tu recta justicia. - -Adelantándose entonces don Enrique el espacio que del trono le -separaba, llegó con rostro apenado, y doblando de nuevo la rodilla -ante el rey Doliente, quitóse el yelmo, besóle la mano, y dióle -repelidas gracias por el favor singular que acababa de otorgarle. -Retiróse en seguida á desarmar con sus caballeros por el mismo orden -que habian venido. - -Quedaron los cortesanos estupefactos de cuanto acababan de oir. -¿Qué motivo racional se podia efectivamente dar á la estraordinaria -muerte de doña María? Todos discurrian y se hablaban al oido; pero -ninguno conjeturaba la verdad, si bien muchos dudaban del relato y -forma de la muerte por don Enrique referida. Pero donde el rey habia -creido públicamente, no era lícito, ni aun á los mayores enemigos -de don Enrique, dudar del caso sino en secreto. Todos por lo tanto -callaron, y el físico de su alteza, que vió, que la animada audiencia -de la mañana, y lo mucho que su alteza habia hablado, habia alterado -visiblemente su color, le advirtió respetuosamente, que le convenia -tomar algun descanso. Oido esto por el rey bajó del regio sillon, -y despidiendo á sus cortesanos, entróse en su cámara con aquellos -mismos que le habian acompañado á su salida, menos don Pedro Tenorio -el arzobispo de Toledo, que quedó en la sala de audiencia con los -mas grandes, dando y tomando en la singular aventura del que entonces -mas que nunca comenzó á parecer verdadero hechicero á los ojos de los -suspicaces cortesanos de don Enrique el Doliente. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XII. - - Por dar al dicho don Quadros - dado ha al emperador. - . . . . . . . . . . . . - —¿Por qué me tiraste, infante? - ¿por qué me tiras, traidor? - —Perdóneme tu alteza, - que no tiraba á tí, no. - - _Rom. ant. del infante vengador._ - - -No bien hubo llegado don Enrique á su cámara despachó á sus -caballeros, y solo quedó á su lado su predilecto escudero: depuesta -alli la falsa máscara de la pena, cuando hubo quedado solo el -intrigante conde con Fernan Perez de Vadillo trabó con él una breve -conversacion. - -—Fernan, nada tenemos que temer. - -—Siempre tiene que temer quien no obra bien, señor. - -—¡Fernan! - -—Perdonadme, pero no apruebo lo hecho. Y ahora que he obedecido tus -órdenes sin murmurar, tengo algun derecho á descargar mi conciencia. - -—Vadillo, díjole al oido el conde, de nada tiene que acusarme la mia. - -—¿De nada? - -—Bien: convengo en que el medio ha sido violento; pero era preciso -ser maestre de Calatrava. - -—Callo, señor, obedezco; pero no lo apruebo. Permíteme que te lo diga -por última vez. - -—En buena hora: vuestro silencio y vuestra obediencia es lo que -necesito. Y vamos á lo que mas importa. Tiéneme inquieto el camino -que habrán tomado los armados. - -—En cuanto á los que llevaron á la condesa, yo te respondo de su -silencio y de su fidelidad. - -—Bien; ¿y Ferrus? - -—¿Tanto sentís la pérdida del juglar? - -—¡Si la siento, Hernan! aquel nunca desaprueba nada: su conciencia es -la del estúpido: nada le dice nunca: yo soy harto débil y harto bueno -todavia para no necesitar tener á mi lado en mis fines un hombre -honrado como vos. Quiero un instrumento, no un amigo. ¿Y el trovador -prisionero? - -—Podemos verle. - -—¡Podemos!!! es indispensable. ¿No os dije yo que era él? Ved si ha -estado detras del sillon del trono, como acostumbra, hallándose en la -corte. El golpe nuestro será tanto mas seguro cuanto que nadie tiene -noticia de su llegada. Habrá desaparecido del mundo, y quién sabe si -alguien notará la coincidencia de su desaparicion y la de la condesa. - -—Eso, señor, pudiera no convenirte. - -—Conviéneme mucho ser maestre de Calatrava. Partamos. Guíame adonde -esté. - -Inquietos iban los dos acerca de la entrevista que con el nocturno -músico los esperaba. Al odio que contra él por la denegacion referida -abrigaba don Enrique, agregábase cierto recelo de que hubiese en su -conducta algo mas que ley de caballería, y pura generosidad hácia la -condesa: y aunque no amaba á su esposa, como bien á las claras lo -acababa de probar, irritábale sin embargo la idea de que un simple -caballero hubiese puesto los ojos en cosa suya y en tan alta persona. -Con respecto á Vadillo no dejaba de tener alguna inquietud, pues no -estaba muy claro para él si daba serenata á la condesa, ó si acaso su -esposa... imposible y horrorosa le parecia tan descabellada sospecha -de la virtud de Elvira... pero la duda se habia hecho lugar en su -corazon, y es huésped por cierto que, una vez alojado, no se arroja -del pecho á voluntad. - -A entrambos parecia cosa indisputable que el músico era Macías, y -nosotros, que desde la noche anterior nada sabemos de su existencia, -no podemos menos de abundar en la opinion de los que tal pensaban. - -Llegaron por fin á una puerta pequeña que en el estremo de una -larguísima galería se encontraba. - -—Alvar, dijo llamando Vadillo, y se abrió la puerta inmediatamente. -Alvar era el montero á quien en la noche anterior habia confiado el -escudero la importante presa. Entraron en una pequeña habitacion, -cerrándose tras ellos la puerta. - -—¿Y el preso? preguntó Vadillo. - -—Descansa en la pieza inmediata; debia no haber dormido en un mes, -segun ronca tranquilamente. - -—¿Ronca? ¿No está, pues, herido de peligro? - -—Mas daño debió de hacerle el miedo que vuestro venablo, señor -escudero. Tiene algo arañada la cara de la caida, y un brazo vendado; -pero el maestro que lo ha reconocido esta mañana asegura que podrá -salir despues del medio dia. - -—Despertad, pues, á ese caballero, interrumpió impaciente don Enrique. - -—Despertad á ese caballero, repitió entre dientes Alvar. - -—¿Qué respondeis en voz baja? Despachad, dijo Fernan. ¿Háse quejado -de la violencia que con él se ha usado? - -—Ayer noche todo era pedir que se le condujese á presencia de su amo -el ilustre conde... - -—¿Su amo? dijo el conde: el trovador ha perdido la cabeza. - -—Voy á advertirle que vuestras señorías... - -—Presto, Alvar, presto. - -Entróse Alvar en la inmediata pieza, mientras que don Enrique y -Hernan se preparaban á la estraña entrevista que iban á tener. No -tardó mucho en volver á salir Alvar, asegurando que habia despertado -al enfermo, quien sintiéndose completamente reparado de fuerzas con -el pasado sueño, metia sus vestidos para salir á recibir á sus -ilustres huéspedes. - -—¿Es segura esa puerta, Alvar? preguntó el conde. - -—Las fuerzas de diez hombres reunidos no bastarán, señor, á -violentarla, respondió Alvar. Ademas, dos monteros le guardan conmigo -y está indefenso: de aqui no saldrá sino para donde vuestras señorías -determinen. Pero aqui está. - -Salia en efecto el asombrado prisionero, el cual, no bien hubo visto -al conde, cuando arrojándose hácia él, como quien ve á su libertador, -se echó á sus pies, y con lágrimas de gozo y de temor, “Señor, -esclamó besándoselos, ¿en qué ha podido ofenderte para merecer tan -dura prision tu fiel Ferrus?” - -Dos estátuas de mármol parecieron á tan inesperada vista el conde y -su escudero. No seria mayor el asombro y la indignacion del rústico -pastor que se viese torpemente cogido en el propio lazo que hubiera -preparado para el raposo. - -—¿Tú, Ferrus? esclamó despues de la primera sorpresa el furioso -conde. ¿Tú, Ferrus?—Hernan, nos han vendido. Venid acá, don Villano, -añadió derribando por tierra de un empellon al desesperado juglar, -venid acá vos, Alvar, ¿es éste el preso que se os ha confiado? -¿Qué hicísteis, don Vellaco, del doncel de su alteza? Asíale de -la garganta, y ahogárale sin remedio sino se le pusiera por medio -Hernan, que mas sereno comenzaba á vislumbrar la verdad del caso. - -—¿Qué doncel, señor? gritó cuanto pudo Alvar. Lleve mi alma el diablo -si tuve yo jamas en mi poder mas preso que el que el señor escudero -me entregó, y si no es ese el mismo de que me encargué. - -—¿Qué es esto, Hernan? dijo don Enrique soltando la presa. - -—¡Qué ha de ser, señor! que sin duda debió de ser Ferrus el músico -que yo cogí. - -—Negra fortuna mia, gritó don Enrique. ¡Qué músico habiais de coger, -ni qué...! ¡Por Santiago! venid acá, Ferrus; ¿qué hicísteis vos de -cuanto os encargué? ¿quién era el músico, juglar? acabad ó... - -—Serénate, señor, respondió temblando el alterado Ferrus. Yo obedecí -tus órdenes ciegamente: yo rodeaba el muro y me acercaba ya al -que tañía, cuando él, echando de ver mi bulto, calló, y hundióse -precipitadamente en la tierra; el diablo debia de ser sin duda, que -tomó la forma de músico para perderme en tu estimacion... - -—¿El diablo? malandrín... no pudo menos de sonreirse don Enrique al -oir la simpleza de su juglar. ¿El diablo? - -—Señor, lo jurára: lo cierto es que yo no le volví á ver mas: y -cuando, todo ojos y orejas, me acercaba al sitio donde le habia -visto, y buscaba el boqueron que habria dejado al hundirse, sin saber -por dónde encontréme con un caballo encima y un caballero... Bien -sabe Dios que en aquel trance me santigüé... - -—Adelante; miserable, acaba. - -—Por acabado, señor: desde aquel punto ni ví ni oí: cuando recobré -el uso de mi razon halléme en ese camaranchon donde me curaban las -heridas que el mal enemigo me habia hecho. - -—Calle el necio, interrumpió, no pudiendo sufrir mas, don Enrique. -¡Vive Dios que nada comprendo, Hernan! - -—Yo infiero, señor, dijo Hernan, que el músico debió ser si no -diablo, muy ligero por lo menos, y yo debí tomar á Ferrus por el que -tañía. - -—Eso debió de ser sin duda. Pero voto á Santiago que todos los deseos -que de encontrar á Ferrus tenia no me pagan del pesado chasco. Alza, -Ferrus, y vente con nosotros. ¡Necio de mí, que fui á escoger para -tan delicada empresa al mándria mayor que vió la tierra! ¿Enviéte -yo para que cogieras al músico, ó para que te dejaras coger por el -primero que llegase? - -—Perdóname, señor, contestó algo repuesto Ferrus; dijérasme lo que -habia de hacer contra el diablo en viéndole... - -—¿Vuelves á mentar al diablo, menguado? ¿Dónde está el diablo, mal -servidor? Enséñamele, desalmado. - -—¡Jesus! Líbreme Dios. ¡Jesus! esclamó Ferrus santiguándose á mas y -mejor. - -—Vamos de aqui, Hernan. Juro no abrir libro ni hacer trova, y júrolo -por el apostol Santiago, hasta no tener en mi poder al insolente -doncel que de tal manera ha burlado mi esperanza. Ahora está libre -vive Dios, y puede hacernos mucho mal. Alvar tu fidelidad será -recompensada. - -Inclinóse Alvar, y nuestros tres predilectos personages salieron -silenciosamente á la galería; regocijado Ferrus de verse libre, en -poder de su señor legítimo, y disipado ya el nublado que sobre su -cabeza tronaba desde la noche anterior; disimulando Hernan la risa -que en el cuerpo le retozaba al recordar á sangre fria el chasco -inesperado; y mohino por demas el desairado conde, á cuya imaginacion -se agolpaba entre otros peligrosos recuerdos el del secreto que habia -imprudentemente confiado al perseguido doncel, y dándole no poco -cuidado la reflexion de no haberle visto en la corte, siendo asi -que ya no era la causa que él habia pensado la que podia habérselo -impedido. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XIII. - - ¿Qué es aquesto, mi señora? - ¿quién es el que os hizo mal? - - _Cancion. de Rom._ - - -Largo tiempo hacia que Elvira, atada á la columna y sin poder pedir á -nadie ausilio á causa del pañuelo que la tapaba la boca, esperaba con -insufrible impaciencia á que la casualidad ó el transcurso del dia le -deparase un libertador que de tan crítica situacion la sacase. Por -fin llegó el momento deseado, y el page que tanto habia tardado en la -averiguacion de lo que se encomendara á su cuidado, abrió las puertas -de la cámara que de prision servia á la afligida hermosa. Miró en -derredor y á nadie veía, hasta que fijando los ojos en la columna, -ofrecióse á su vista el espectáculo de su aprisionada prima. Asustóse -primero y esclamó: - -—¡Santo Dios! ¿qué ha ocurrido aqui...? - -Mal podia responderle Elvira sino con los ojos; pero cuando vió el -pagecillo que no parecia nadie, ni habia asomos de peligro alguno, -soltó la carcajada, impertinente á la verdad en aquel momento, y -comenzó á dar brincos. - -—¿Quién os ha puesto asi, mi señora Elvira? ¿os ató el señor escudero -por...? - -Dióle lástima al llegar aqui el ver que su prima no parecia gustar de -la prolongacion de tan pesada chanza: llegóse entonces el atolondrado -á Elvira, y desató sus crueles ligaduras. - -—¡Dios mio! ¡Dios mio! esclamó Elvira en viéndose libre, alguna gran -desgracia está sucediendo á mi señora la condesa. Corramos... - -—¿Adónde vais tan deprisa? repuso el page deteniéndola; ¿y quién -me paga mi recado? ¿quién escucha las nuevas que traigo? ¿quién -sobre todo me cuenta lo que os ha sucedido, y la razon de haberos -encontrado asi mano á mano con esa columna negra? - -—¿Traes nuevas? preguntó Elvira olvidando todo lo demas. ¿Traes -nuevas? - -—Y buenas, contestó el page. El caballero de las armas negras era el -que tañía... - -—Lo sé... y... - -—Pero sabed que le esperé inútilmente dos largas horas, mas largas -que las del arenero... - -—¿Inútilmente? - -—Si, pero por fin llegó. - -—¿Llegó? ¿Con que no era él el...? ¡Yo os bendigo, Dios mio...! Sigue. - -—¡Si le vierais qué agitado! descompuesto el cabello, espantados -los ojos, entró en su cámara y no me vió:—Negra suerte, esclamó, -y despedazó con sus manos el laud que traía cruzado sobre la -espalda. ¿No me servireis, dijo rompiendo las cuerdas, sino de -gemir eternamente? vióme en seguida: ¿qué haces aqui? me dijo con -voz terrible; pero al reconocerme templóse toda su ira. Page me -dijo entonces con voz mesurada, ¿tornas aun con nuevas demandas del -hechicero? - -—¡Ah! si supierais quién me envia, dije entonces, si supierais que -una hermosa dama... - -—Silencio, esclamó, no pronuncies su nombre... ¿Es posible?—Díjele -entonces la comision que me dísteis en nombre de la señora condesa: -largo rato suspiró y miró al cielo sin hablar.—Page, me dijo en -fin, no nos veremos mas. He creido que mi brazo podia ser útil á -una inocente; pero si es fuerte contra los hombres, es impotente -contra los recursos de una ciencia misteriosa y... maldecida. El -infierno me envia enemigos en medio de la soledad, y la Madre de -Dios me abandona. Un acontecimiento estraordinario ha interrumpido -mis avisos. He rondado la noche toda para volver á entrar en el -alcázar; las órdenes mas rigurosas, dadas no sé por quién despues -de mi salida, me han impedido verificarlo. He debido esperar á que -entrase el dia para que no fuese mi entrada sospechosa. Pero mañana -el alba me encontrará lejos, bien lejos de Madrid. Si alguna muger -necesita mi amparo en cualquier ocasion, mal pudiera negársele un -doncel de don Enrique. Dígame qué puedo hacer: por mí lo ignoro. -A Dios.—Apretóme la mano de una manera, prima, que yo creí que le -atormentaban otros recuerdos que los de nuestra amistad. Envolvióse -entonces en su pardo gaban, y cubriéndose con él la cabeza, oíle -sollozar y salí. Hé aqui, prima, las nuevas. - -—Tristes, bien tristes, dijo pensativa Elvira. ¿Y de la condesa -supiste...? - -—¿La condesa? ¿Es su confidenta la que me pregunta...? - -—Sí: ¿nada sabes? - -—Pero querida prima, ¿qué teneis? vuestra palidez, vuestra agitacion -me asustan... - -—¡Ah Jaime! la condesa es víctima en este momento de la mas espantosa -villanía... volemos á su socorro: no sé adonde me dirija; la menor -imprudencia mia puede comprometer su suerte y el éxito mismo de mis -diligencias. Si supiera... pero la mas completa oscuridad reina en -todas mis conjeturas. - -Meditó un momento Elvira el partido que tomaria mientras que hacia -nudos á uno de los cordones, que de su cintura pendia, el distraido -page. De pronto pareció que habia iluminado su entendimiento un rayo -de luz. - -—No hay mas recurso, dijo: para los casos estremos son los remedios -violentos Jaime... deja ese cordon, déjale te digo... vamos á buscar -á mi esposo: averigüemos primero qué voces corren de lo ocurrido, y -qué se cree en el alcázar... despues, si eres prudente, si has de ser -callado, pero callado como la muerte, tú, que sabes el camino, me -guiarás adonde pienso ir. - -—Puede que algun dia pruebe Jaime á su hermosa prima que no es tan -atolondrado como le llaman. - -Elvira apretó la mano del inteligente pagecillo con espresion de -gratitud, y ambos salieron de la cámara que acababa de ser teatro de -tan estraordinarias escenas. - -Buscó Elvira á su esposo sin mas demora, por que si bien sospechaba -que don Enrique hubiese tenido parte en la pérfida desaparicion de la -condesa, ni veía claro en esto, ni menos lo podia asegurar. ¡Tan bien -se habia representado por todos la farsa que dejamos descrita! Ni por -otra parte, aunque á pies juntillas hubiera creido la traicion del -conde, cabia en su imaginacion la menor sospecha acerca del estremado -honor de su esposo: sabíale ligado á los intereses de su señor; pero -que él hubiese tomado parte activa en el mal hecho, no le era lícito -á Elvira imaginarlo siquiera. - -Asi era la verdad: hidalga sangre corria por las venas del escudero, -y hacia vanidad de honradez y de rectos sentimientos; no era uno de -los pocos hombres ilustrados de la época; no hubiera sostenido una -intrincada tésis con un teólogo; participaba de las preocupaciones de -su siglo, pero era en sus acciones hidalgo, y esto es por lo menos -tan recomendable como el talento. Alguna parte habia tenido en el -criminal proyecto de don Enrique, pero solo aquella que no habia -podido escusar en calidad de escudero suyo asi que, se habia opuesto -constantemente á las miras de su señor, habíale afeado los medios, -y le habia reconvenido despues, como arriba dejamos indicado; pero -la misma probidad que le impulsaba á manifestar francamente sus -sentimientos en tan delicado asunto, á riesgo de perder la gracia -del conde, le impedia oponerse de hecho á sus deseos: era forzoso -obedecer y callar por el propio honor del deslumbrado magnate: -propúsose, pues, ser completamente pasivo y guardar el mas rigoroso -silencio. Sospechando sin embargo que la primera que habia de poner -á prueba su fidelidad habia de ser su esposa, no habia vuelto á -desatar las crueles ligaduras en que habia quedado presa, y de que -habia sido él la causa, pues desde luego habia manifestado al conde -la imposibilidad de separarla de él, y la dificultad que hubiera -encontrado para realizar su voluntad, mientras Elvira pudiese obrar -libremente en los primeros momentos. Habia, pues, dejado á alguna -casualidad que no podia tardar en sobrevenir el cuidado de su -esposa, deseoso de retardar á cualquier costa el instante de una -esplicacion con ella, para la cual no tenia todavia muy meditadas las -respuestas. - -Avínole mal no obstante, pues poco tardó Elvira en presentarse -ante sus ojos con una agitacion tal, que no le pudo quedar duda al -infeliz del objeto de su intempestiva venida. Hubiera él querido -hallarse á cien leguas entonces de su consorte y del mundo entero, -en cuyas miradas creía ver á cada paso otras tantas reconvenciones -á su reservada y ambigua conducta. Repúsose con todo lo mejor que -pudo, y ni las preguntas sencillas de Elvira, ni sus halagos, ni sus -reconvenciones lograron recabar de él la menor noticia que pudiese -dar luz sobre lo ocurrido á la desconsolada hermosa. Obstinóse en -negar constantemente la menor participacion del conde en el robo de -la condesa; en una palabra, manifestó con toda entereza hallarse en -la misma ignorancia que la corte toda, y aun se indignó con notable -aire de verdad á la menor idea de sospecha presentada por Elvira. -Comenzaba ya ésta á dudar si serian sus juicios temerarios, pero -nunca pudo convencerse á sí misma; vió ademas á don Enrique, y -parecióle que brillaban al través de su aparente dolor sentimientos -de otra especie. Dificil cosa es por cierto engañar la natural -penetracion de una muger: la inutilidad de los esfuerzos del -de Villena para dar con los robadores, y el horrible atentado -cometido en una muger que á nadie habia hecho daño, reunidos á los -antecedentes particulares que de aquel matrimonio desgraciado solo -ella acaso tenia, la hacian ver mas claro en tan atroz intriga -que todos los demas. Inesplicable fue su dolor cuando llegó á sus -oidos la funesta nueva, que de boca en boca corria por el alcázar, -de la desdichada muerte de su señora: afirmábanse al recordarla -todas sus sospechas, ardia en deseo de venganza, y la idea de la -impunidad la hacia padecer tormentos imponderables. Resolvióse, -pues, á realizar el plan que tenia meditado, arriesgado en verdad, -y delante del cual habia retrocedido muchas veces. El amor, en fin, -que á la condesa habia tenido, una voz superior y celestial que creía -oir continuamente, pidiéndole venganza y reparacion, la hicieron -creer que el cielo mismo y su conciencia la obligaban á volver por -la inocencia, y constituyóse entonces campeon de la ultrajada -virtud. Seguida del inquieto page, que tan asombrado como ella -lloraba tambien la desgracia de doña María de Albornoz, entróse en -su aposento, donde la dejaremos poniendo los medios que mas propios -creía para dar cima á la importante empresa que sobre sí tomaba, -sin comprometer su honor por otra parte, su virtud y hasta su misma -tranquilidad. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XIV. - - Contadme vuestros enojos; - no tomeis melenconía, - que sabiendo la verdad - todo se remediaria. - - _Rom. del conde Alarcos._ - - -En la misma postura que el page referia haber dejado al melancólico -doncel, envuelto en su gaban hasta los ojos, y roto á sus pies el -laud, permanecia cuando se presentó delante de él Hernando diciéndole -con su acostumbrada sequedad: - -—¿Lloras, señor? Levanta la cabeza y mira que ó yo entiendo poco de -rastro, ó se te viene la res por sí sola á tiro de tu venablo. - -Alzó la frente el consternado mancebo, y vió á pocos pasos de él -una figura envuelta en un ropon negro, y cubierta la cara con la -mascarilla que usaban en aquel tiempo las damas cuando salian -sobre todo de su casa, ó cuando habian de hablar con caballeros -desconocidos. - -—¿De qué res hablas, Hernando? ¿Quién es esa dama? preguntó -desembozándose con enfado el doncel. - -Miróla entonces de alto abajo, y reparando que su silencio podia -indicar que no venia á hablarle con testigos,—Retírate, Hernando, -dijo: yo te llamaré cuando te haya menester. Cogiendo entonces de una -mano á la dama, hízola entrar en su cámara. Luchaban en su fantasía -mil encontradas ideas. - -—Señora, le dijo con voz mesurada y tímida, sola estais: si alguna -revelacion teneis que hacerme, si alguna ocasion teneis que -proporcionarme en que pueda seros útil mi débil brazo, hablad: no -en vano os habeis dirigido á un caballero de la corte del ínclito y -poderoso rey de Castilla. - -—Caballeros tiene la corte de don Enrique que pudieran desmentir -la hidalguía de vuestras palabras, repuso la tapada con voz que -desfiguraba enteramente la mascarilla que cubria su rostro. - -—Nombradlos, señora; si algun caballero ha mancillado el nombre de -una orden de caballería, el me dará razon y satisfaccion... - -—No os altereis, y oidme. Sí, caballeros hay, y cerca de nosotros, -que amancillan la clase á que pertenecen. Ni la sangre que corre -por sus venas, ni el nombre ilustre que ostentan, ni la dorada cuna -en que se mecieron son rémora bastante á sus desenfrenados deseos. -¿Conoceis á la condesa de Cangas y Tineo, á la ilustre doña María de -Albornoz...? - -—¿Seria posible? Seríais vos, señora... - -—¡Pluguiese al cielo! Pero ni soy la condesa... ni... - -—¿Quién sois, pues, vos la que en su nombre...? - -—Templad vuestro ardor, noble caballero, y dadme palabra de oirme, y -de no indagar quién yo soy... - -Latía violentamente en el pecho el corazon de Macías: miraba una y -otra vez á la desconocida: no osaba, sin embargo, afirmarse en sus -sospechas. - -—Con esa palabra proseguiré en mi demanda, dijo la dama. Contóle en -seguida al caballero, que de todo estaba ignorante, cuanto de la -condesa se decia... - -—¡Muerta la condesa! esclamó Macías al llegar al funesto desenlace de -tan triste historia... y vive el conde todavia... y... - -—¡Silencio! Hé ahí el objeto de mi venida. La tiranía, la injusticia -piden reparacion. Mañana una amiga de la condesa se arrojará á los -pies del rey, y denunciará la traicion. Acaso será preciso que un -caballero salga fiador con su espada de su acusacion. ¿Estareis -mañana en la corte de don Enrique...? - -—¿Qué me pedís, señora? Cuando pensaba alejarme de esa funesta -corte... - -—¿Alejáros? dijo con un movimiento de sorpresa la dama: ¿alejáros? -repitió lanzando un amargo suspiro. - -—¡Ah! señora, ¿ignorais repuso el doncel con la mayor agitacion, que -mi tranquilidad depende acaso de mi marcha precipitada...? - -—¿Y dejareis la inocencia ser presa de la traicion...? - -—Jamas; pero... - -—¿Y sabeis vos, por ventura, poco generoso mancebo, lo que en este -momento sacrifica la que teneis ante vuestros ojos, los respetos que -atropella, los riesgos á que se espone...? - -—Acabad, Santo Dios: ¿quién sois? vos, vos... no hay duda... - -—Caballero, respetad mi silencio y mi dolor. Acabemos: he procedido -de ligero cuando he creido que... - -—No; no; mañana estaré en la corte de don Enrique. Una sola gracia os -pido. Si he de ser vuestro caballero, dadme una prenda, señora, un -color... - -—¡Mi caballero! interrumpió la dama. El caballero sereis de la -inocencia: el mio es imposible... - -—¡Imposible!—Elvira, vos sois... - -—Soltad, imprudente jóven, soltad. ¿Por dónde presumís que soy la -esposa del escudero? Vuestra imaginacion os engaña, y acaso vuestro -deseo... - -—¡Me engaña...! Mi deseo, señora, es el de servir á esa dama, que -conozco, como pudiera conocer... - -—Vuestra turbacion os delata; pero esa imprudencia permanecerá oculta -en mi pecho. Conozco á esa Elvira, y su honor me es harto caro... - -—Nunca podia padecer su honor... - -—Bien: ¿qué nos importa Elvira? La prenda que me pedís, si mañana -ante la corte toda del rey decreta el duelo y el juicio de Dios, la -tendreis; pero ni os podreis nombrar mi caballero, ni exigireis de -mí que me descubra. Básteos saber que conozco demasiado la dama que -nombrasteis, y que sé, doncel, que ella no viniera á vos. - -—¿Eso sabeis? - -—Lo sé. - -Dejó caer Macías al oir estas dos palabras, pronunciadas con funesta -tranquilidad, la mano con que tenia asida una punta de la ropa de -la tapada, como para detenerla. Inclinando en seguida la cabeza, -declaró que al dia siguiente se hallaria en la corte de don Enrique, -y ofreció su mano á la desconocida: aceptóla ésta para salir, pero un -notable temblor la agitaba: oprimióla suavemente el doncel como si -quisiese tentar este último y desesperado recurso para salir de su -terrible duda: un movimiento involuntario y convulsivo correspondió -á su indicacion, y en el mismo momento la tapada, volviendo en sí, -arrancó su mano de la del doncel y se lanzó fuera de la estancia. -Arrojóse en pos Macías: iba á prosternarse á sus pies, iba á hablar, -pero un ademan imperioso de la negra fantasma le mandó apartarse, -y mas rápida en seguida que esas rojas exhalaciones que surcan el -espacio en una oscura noche del estío, desapareció á sus ojos -la aérea vision. Macías creyó ver un ser sobrenatural, la sombra -acaso de la misma condesa; permaneció con los brazos cruzados, y la -vista fija, como si quisiese ver mas allá de la oscuridad y de la -distancia. Entonces oyó un suspiro lanzado á lo lejos, y parecióle -que al desaparecer de sus ojos en el confin del corredor se habia -reunido la dama á otra figura mas pequeña que alli la estaba sin duda -alguna esperando. - -—_Sé doncel, que ella no viniera á vos_, repitió un momento despues -Macías con doloroso acento. Yo tambien lo sé: nunca me amó. ¿Ni cómo -pudiera amarme? ¿no amaba á ese feliz escudero cuando se unió á él en -indisolubles lazos? ¡Loco, insensato de mí! Ah, quien quiera que seas -la que vienes á implorar mi espada, ¡cuán poco conoces el corazon del -hombre! ¡un amante correspondido, un mortal feliz es invencible; á un -miserable despechado y aborrecido un niño le vence!!! - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XV. - - ¿De dónde vino este diablo? - - _Rom. del Cid._ - - -De vuelta don Enrique en su cámara con su primer escudero y con su -favorito juglar, revolvia en su cabeza los medios de dar á su intriga -la feliz conclusion que por tanto tiempo habia deseado. Estorbábale -la idea de Macías, pero dejó al tiempo el cuidado de iluminarle -acerca de lo que de él podia temer. Despidió, pues, á Hernan, cuya -probidad le incomodaba no poco para sus fines, y solo el juglar, -de cuya aparente estupidez nada recelaba, entró con él al secreto -laboratorio. - -—Libres estamos ya de la condesa, Ferrus, dijo; pero merced á tu -singular valor, quédanos en campaña otro enemigo no menos terrible... - -—¿Eres ya maestre, señor...? - -—Lo seré, Ferrus, ó poco ha de poder don Enrique de Aragon: acabo -de recibir un aviso secreto de que ha sido elegido papa en Aviñon -don Pedro de Luna, bajo el nombre de Benedicto XIV. Esperaba este -favorable acaecimiento de un momento á otro. Luna es aragonés, como -yo, y vínculos antiguos de amistad nos unen: la lucha que habrá -de sostener ademas con Urbano en este cisma de la iglesia, y la -necesidad que tiene de Castilla y Aragon, unida á la influencia que -él sabe que ejerzo en estos reinos, me aseguran su provision para -el maestrazgo, la piedad por otra parte de don Enrique III no podrá -menos de pesar en la balanza en favor mio cuando éste sepa que mi -allegado, el rico-hombre de Luna, ha ceñido á sus sienes la triple -corona. Ahora necesito sacar partido de la ignorancia en que de esta -nueva está la corte, y de la feliz tardanza de la noticia de la -muerte del maestre de Calatrava... - -—Tu antecesor. - -—Asi lo espero, Ferrus. Tira el cordon que corresponde al cuarto del -astrólogo, y retírate á esa cámara inmediata. - -Hízolo Ferrus como se le mandaba. Apenas habia doblado tras sí las -batientes hojas de la puerta, oyéronse los vacilantes pasos de -una persona de edad que bajaba escalones con toda la prisa que sus -cansados años le permitian. - -—Entrad, dijo don Enrique, y se presentó en la habitacion el físico -de su alteza Mosen Abrahem Abenzarsal, el mismo que en la corte de la -mañana habia acompañado constantemente al Doliente rey. Su estatura -era pequeña, su tez pálida y macilenta: brillaban sus ojos en su -oscuro semblante como dos carbuncos en medio de las tinieblas de la -noche; y era la espresion de toda su persona, malignidad y avaricia. -Su mano descarnada y su barba larga le daban cierto aire de adusta -gravedad. Su trage era un largo y ámplio balandran negro cogido con -una larga correa: ayudábale á andar un nudoso y retorcido báculo -semejante al baston pastoral, y una toquilla con dos plumas malamente -colocadas encubertaba su calva zolloa. - -—¿En qué puedo servir al ilustre y eminente...? - -—Tregua á las lisonjas; nos conocemos, y entre nosotros no son -necesarias. - -—Sea en buen hora, conde, repuso con humildad el físico. ¿Habeis -menester de mi ciencia y de las relaciones que con el espíritu del -ser conservo? ¿quereis consultar el curso de las estrellas...? - -—En cuanto á las estrellas, Abrahem, no creo saber menos que vos. -Dejemos á los astros del cielo recorrer tranquilamente su carrera, -y no nos acordemos mas de ellos que ellos se acuerdan de nosotros. -Otros astros mas humildes que cruzan sombriamente por esta esfera -terrestre, haciendo sombra á mis vastos planes, son los que os será -preciso desviar y no consultar. - -—¿Quereis que amolde una semejanza de cera...? Señaladme la víctima: -antes que la noche haya tendido sus densas sombras sobre el alcázar -de Madrid veréisla concluída y atravesado el pecho con punzante -almarada: una lámpara arderá delante de ella; cuando gusteis, una vez -pronunciado el funesto conjuro, vos mismo apagareis el resplander -mortecino, y el que os haya ofendido, bien pudiera estar en el -apartado polo, caerá herido de invisible mano... - -—Tregua, viejo miserable, tregua al torpe manejo de vuestra pérfida -ciencia. ¿Creeis, por ventura, que tengo yo mi tiempo libre para -oir vuestras impertinencias? ¿creeis que hablais con el imbécil don -Enrique el Doliente, á quien su débil contestura arroja como una -víctima inerme en vuestros groseros lazos? ¿creeis que he pasado años -enteros sobre los triángulos y los crisoles, llamando inútilmente á -ese espíritu de las tinieblas, para dejarme deslumbrar de vuestra -impudente charlatanería? Guardad para el vulgo esa necia ostentacion, -y acordaos de que es mas facil oir que adivinar. - -Temblaba el viejo de mal reprimido corage, pero no osaba arrostrar la -indignacion del impaciente Villena. - -—Ea, Abrahem, dijo entonces don Enrique, mas sosegado con el terrible -efecto que en el réprobo habian hecho sus tonantes espresiones, -¿cuánto oro habeis fabricado esta mañana? - -—¿Oro? ¡Pluguiera al cielo! en vano he intentado encerrar en el -crisol un rayo de ese sol que nos alumbra: él contiene la apetecida -esencia del oro; pero el medio, el medio... - -—¿No sabeis, pues, hacer oro con toda vuestra ciencia? - -—Si supiera hacer oro, señor, ¿imaginais que fraguara, para ganarle, -mentiras que algun tiempo yo mismo creí, pero que la esperiencia me -obliga, en fin, á desechar tristemente? - -—Bien, Abrahem: ahora os poneis en la razon: ahora hablais con el -conde de Cangas. Ved: yo soy mejor alquimista. Sin andar á caza de la -esencia del oro encerrada en un rayo del sol, yo hago ese precioso -metal con los terrones de mis estados. Tomad esas doblas, añadió -alargando al viejo, cuyos ojos brillaban ya de alegría, un repleto -bolson de cuero, tomadlas: ese es el mejor conjuro: á la voz de ese -no hay espíritu en el orbe que no responda. - -—¿Y en qué puede serviros vuestro criado? - -—Oid: ¿sabeis que os he elevado al alto favor que en la corte de don -Enrique gozais? - -—Con tu licencia, señor; mi padre Abrahem Abenzarsal era ya físico -del rey don Pedro el Cruel... - -—¿Y os sostendriais, Abenzarsal, en ese lugar, que creeis -arrogantemente haber heredado, si el nieto del célebre y primer -marques de Villena quisiese patentizar á la corte entera que vuestra -existencia toda, vuestras palabras, vuestra misma persona, no son mas -que una prolongada impostura...? - -—¿Pero esas preguntas...? - -—Quiero asegurarme vuestra fidelidad. Conozco á los hombres. Son -fieles cuando tienen interes en serlo. Escuchad ahora. Quiero ser -maestre de Calatrava. - -—¡Por Israel! Comprendo: un rayo de luz acaba de iluminarme, y la -muerte de la condesa no es ya un enigma para... - -—Pues os advierto precisamente que debe serlo hasta para vos... - -—En buen hora, señor; no digas mas; confieso que no la entiendo. Pero -hay ya un maestre, y no suele haber dos en ninguna orden... - -—Precisamente eso es lo que todas las figuras cabalísticas no os -hubieran revelado nunca á vos antes que á los demas. No hay ninguno. - -—¡Dios de Abraham! Dos muertes en menos de... - -—Con respecto al maestre Guzman, ese mismo Dios de Abraham que -invocais tuvo á bien llevarle á mejor vida. - -—¿Qué dices, señor? - -—Ahora lo sabemos dos en Madrid. Vos y yo. - -—¿Y creeis que Clemente VII...? - -—Clemente VII estará probablemente ahora donde el maestre... - -—¡Qué de importantes noticias!! - -—Don Pedro de Luna ocupa la santa silla de Aviñon. Ahora bien, ¿á qué -hora vereis á su alteza? - -—Debo asistir á su refaccion de la noche. - -—¿Qué mas pudierais pretender? Deslumbrad á la corte. Alli podeis -hacer uso de vuestra recóndita ciencia. Adivinad delante de su alteza -las noticias que acabo de daros, y adivinidad tambien que el maestre -de Calatrava ha de ser... - -—Don Enrique de Villena. - -—Justo. Mañana me ha de saludar el rey en la corte con ese pomposo -título. Para el logro de nuestro fin es preciso que le conste al rey -que no nos hemos visto. - -—Nada mas facil. Ya sabes, señor, que la quebrantada salud del -jóven rey me obliga á habitar, ciñéndome á sus mismas órdenes, una -habitacion inmediata á la suya, y que todos ignoran que tengo una -comunicacion abierta con vuestro laboratorio. Su alteza juzga que -encanezco ahora sobre los crisoles, que consulto las estrellas sobre -el éxito de la guerra de Granada, y que revuelvo á Dioscórides -buscando remedios á su dolencia. - -—Perfectamente. Esperad. Dos personas mas me estorban para mis -fines... - -—Ya sabeis que he recibido no ha mucho de Italia un pomo de aquella -agua clara, mas cristalina que la que envian las sierras vecinas á -esta villa, y que el que la llega una vez á sus labios no vuelve en -sus dias á tener sed. - -—Basta, Abenzarsal, basta. Si el estudio endurece de esa suerte el -corazon del hombre, quemaré mis libros; viejo empedernido en el -pecado, soy ambicioso; pero creo que hay un Dios, y juzgo que ya he -hecho lo bastante hoy para haberle de dar cuentas largas y terribles -el dia que se digne llamarme á su juicio, - -—En ese caso... - -—Oid. La una persona es un doncel de Enrique Doliente, un mancebo -valeroso: las armas no pueden nada con él... pero es mozo de pasiones -vivas; acaso manejándolas y volviéndolas contra él mismo... - -—¿Se llama? - -—Macías. - -—¿Está en Calatrava? - -—En el alcázar, por mi desgracia. - -—Prosigue, señor; la otra... - -—Elvira, la muger de... - -—Tranquilizaos. Vos ignorais acaso algunas circunstancias que -derraman gran luz sobre mis ideas. Mañana os he de decir... - -—No: hablad ahora. - -—Bien: sabed que ese mancebo ha estado fuera de la corte por una -pasion que le domina... - -—¿Qué decís? Yo creí que mis servicios solo... - -—Os equivocais. - -—¡Ah! ¡de esa ignorancia nació mi error! Proseguid. - -—Es bizarro, pero preocupado, supersticioso como los jóvenes todos de -esa corte ciega y atrasada... - -—Proseguid. - -—En una ocasion halléle en mi habitacion: iba á consultarme sobre -su horóscopo: examiné su temperamento, ardiente, arrebatado; hícele -varias preguntas al parecer indiferentes; pero un jóven de veinte -años mal hubiera pretendido encubrir su flaco á un hombre de mi -esperiencia. - -—Díjome sin creer decirlo que amaba, y de sus respuestas, que yo -aparentaba despreciar, inferí que amaba á una dama casada... - -—¿Casada? - -—Mi prediccion fue vaga. Deseoso de informarme mejor, tomé tiempo -para responderle mas claramente. Observéle entre tanto: de alli á -pocos dias un ramillete cayó del pecho de una dama desde el corredor -al patio de los leones de su alteza, recordareis que un caballero -incógnito, armado y calada la visera, se precipitó á recoger el -ramillete á riesgo de su vida... - -—Adelante, Abrahem. - -—El ramillete era de Elvira, el caballero Macías. En la corte, y -entre los que no tenian antecedente ni interes alguno en observarlos, -esta anécdota sonó dos dias, y se olvidó despues. De alli á poco -anuncié al mancebo que un astro fatal le perseguia en la corte... - -—¡Santo Dios! - -—El crédulo mancebo me creyó y desapareció. No me cabe duda: ama á -Elvira, y la ama como un frenético. Mas; debe de ser correspondido: -la dama no pensó en recoger su ramillete. Creedme, le he examinado -atentamente; es de aquellos hombres en quienes el amor es siempre -precursor de la muerte. - -—¡Qué descubrimiento! ¿Y pensais que...? - -—Pienso que si logramos poner en juego esa pasion, pienso que si el -doncel no ha olvidado su amor, vuestros enemigos se destruirán por sí -solos, sin que necesitéis cargar vuestra conciencia con un crímen. - -—Hacedlo, Abenzarsal, hacedlo, gritó don Enrique fuera de sí: -quitáisme un peso horrible. - -—Un medio para reunirlos: una ocasion, y son perdidos. - -—Un medio, una ocasion... es mas facil decirlo que... - -—No importa. Una ocasion. - -—Y que Hernan Perez... - -—Sí: una vez impuesto Hernan Perez, su ruina es cierta; el escudero -es osado, pundonoroso, valiente... - -—¡Ah! pero me haceis recordar... si ha de envolver su desgracia la de -mi escudero... mirad que me ha prestado servicios... - -—Tranquilizaos, ilustre conde. ¿Qué mal le podrá avenir? ¿haber de -encerrar á su muger en una reclusion para toda su vida? Supongo que -sabeis que un esposo de tres años no se morirá de tristeza por tan -terrible golpe... Vos erais tambien esposo y... - -—Abrahem, Abrahem, ya os he dicho que no consiento alusiones en esa -materia: dejadme tiempo á lo menos para reconciliarme conmigo mismo. - -—Señor... - -—En buen hora, concluyamos en ese asunto; pues vos me respondeis -de mi inocencia y de la vida de mi escudero, de consuno buscaremos -un medio para reunirlos, y acaso la Vírgen Santísima de Atocha, de -quien soy devoto, nos le proporcione presto. Si lo consigo, ofrezco -edificarle un santuario en la mejor villa del maestrazgo... - -—Besad este escapulario, señor, que representa su efigie, dijo -entonces el redomado físico, alargando el que del cuello traía -pendiente, y ella y su Hijo nos ayuden. - -—Amen, dijo levantándose don Enrique con aquella incomprensible -mezcla de devocion y de impudencia, de religion y de vicios que -distinguia asi á los hombres vulgares como á los mas ilustrados de -la época, sin que dejemos de inclinarnos á creer que en hombres como -nuestros dos interlocutores eran aquellas prácticas esteriores -hijas solo de la costumbre. Amen, repitió, y apretando la mano del -físico, separáronse con una afectuosa mirada de inteligencia; volvió -á subir el astrólogo la escalera escondida, por donde habia bajado, -para meditar en los medios de cooperar á los planes ambiciosos de don -Enrique, y éste cruzó su laboratorio alquimístico en busca de Ferrus, -que en la cámara impaciente le esperaba. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XVI. - - Viendo aquesto un moro viejo - que solia adivinar... - suspirando con gran pena, - aquesto fue á razonar. - - _Canc. de Rom._ - - -Inútil es decir á nuestros lectores que el físico Abrahem Abenzarsal -contó en cuanto llegó á su aposento las relucientes doblas del de -Villena, y que animado con su sonido vivificador, y con la esperanza -fundada de merecer nuevas confianzas de la misma especie, coordinó -sus ideas y estudió preventivamente el dificil papel que ante el rey -de Castilla habia de representar de alli á poco. Llegada la hora, -asistió como tenia de costumbre á la mesa frugal de su alteza, ora -previniéndole los platos que debia comer y los que solo debia gustar, -ora dando pábulo con sus bien estudiadas respuestas á la conversacion -naturalmente seca y desabrida de Enrique III. Hubieron empero de -chocarle tanto á su alteza las misteriosas palabras con que salpicó -la cena su médico, que no pudo menos de hacerle entrar en su cámara, -y á presencia solo del buen condestable Rui Lopez Dávalos, que gozaba -con él de la mayor privanza, y era no poco afecto á superticiones y -hechicerías,—Abrahem, le dijo, tus palabras encierran esta noche un -sentido que no acierto á comprender. Dime por tu vida si algun fausto -acontecimiento se prepara para estos reinos, ó si alguna calamidad -nos amaga, que podamos evitar con el favor de nuestro padre San -Francisco, á quien venero particularmente. - -—Vana es ya la intercesion de los santos, señor, cuando es pasada la -hora del hombre. - -Paróse aqui el inspirado varon, arqueó las cejas con siniestro mirar, -dió un golpe en el pavimento con su nudoso báculo, y permaneció -suspenso largo espacio, insensible á las reiteradas instancias -del asustado monarca, que puesto en pie y descubierta la cabeza, -pendia de su boca, ni mas ni menos que el reo que espera oir de la -de su juez la temida sentencia. Llegándose entonces el astrólogo -judiciario á una rasgada y gótica ventana, y examinado el cielo -detenidamente,—No me engañaron, esclamó con voz hueca y sonora, -que salia como un trueno de lo mas hondo de su agitado pecho, no me -engañaron los infalibles cálculos de mi cábala. El astro, que ha -presidido tan infausto dia, velado entre cenicientas y rojas nubes, -acabó su diurna revolucion, y corrió á lanzarse en la inmensidad de -los mundos, dejando tras sí sangrientas huellas de su funesto paso. -¡Oh rey! humilla tu frente soberbia: la iglesia de tu Dios, dividida -y presa de un cisma prolongado, ve caer su columna principal; el -sublime vicario de su ungido inclina la frente pálida, soltando sus -sienes la triple corona que dignamente llevó, y sus débiles manos las -llaves de Pedro y el anillo del Pescador. - -—¡Dios mio! esclamaron á un tiempo el piadoso rey y el asombrado -condestable; ¡Clemente VII! - -—Sí; Clemente VII, continuó el energúmeno, ha pagado á la tierra el -tributo de que solo un profeta de Israel, arrebatado por el fuego del -cielo, pudo eximirse. Pero, esperad: veo levantarse sobre su asiento -y calzar la sagrada sandalia á un ilustre aragonés: un rico-hombre -de los de Luna es el elegido del Señor, á quien confia el timon de -su nave zozobrante... Oh Benedicto, catorce de este nombre; á alta -mision has sido llamado por el cielo. ¡Qué de lágrimas costará tu -aragonesa condicion, tu invencible tenacidad, á los fieles divididos! -En tí habrán de estrellarse los esfuerzos conciliadores de Urbano y -del Sacro Colegio Romano. - -—¡Don Pedro de Luna! esclamó vuelto hácia el condestable el -sorprendido rey: ¡don Pedro de Luna! y arrodillándose ante una -venerada estampa de las llagas de San Francisco, ¡oh portento! -continuó; libradme, señor, de todo mal, y purificad mi alma si estas -predicciones son hechas por arte de vos reprobado... - -—Rey, interrumpió al oir este escrúpulo religioso el solapado -Abrahem, el Dios del cielo y de la tierra no reprobó nunca la -ciencia, si bien quiso descubrir á pocos sus recónditos arcanos. -Los hechos que te refiero, ademas, no son predicciones de incierto -porvenir, en cuya oscuridad no es dado siempre á los míseros mortales -penetrar; á la hora esta, si es cierto que hablan los astros á los -que poseen el don de entender su lenguaje sublime, Aviñon ha sido -testigo ya de los grandes acontecimientos que te anuncio. ¿Ves -aquella estrella, cuyo incierto resplandor parece querer apagarse con -vacilantes oscilaciones, á la derecha de la osa menor, siguiendo la -direccion de mi báculo? Parece lanzar sus mortecinos reflejos á la -parte de Calatrava... - -—Abrahem, ¿qué nueva desdicha...? - -—Una columna de la cristiandad española yace derribada; el rayo -contra el moro de Granada se estinguió. Acaba de entregar su -espíritu al Señor... - -—¿Guzman? preguntó con precipitacion el buen Lopez Dávalos. - -—Sí: ¿veis aquella parda y manchada nubecilla que el viento del -norte impele violentamente hácia el mediodia? miradla reunirse á -los demas vapores que un resto del calor del dia levanta de la -húmeda superficie de la tierra. El astro del virtuoso maestre se ha -eclipsado para no volver á lucir jamas. - -Al llegar aqui, un profundo silencio succedió á la tonante voz de -Abenzarsal, y don Enrique y el condestable oraron fervorosamente por -el alma del difunto maestre. - -—Si las señales de mi ciencia, continuó el físico, no han dejado de -ser infalibles, sangre mas ilustre ha de reemplazar la del piadoso -maestre, y el estandarte de Calatrava verá agregarse á su cruz roja -las barras de Aragon. Otro aragonés llevará á la victoria á los -valientes caballeros de Calatrava. El cielo ensalza á los hijos de -don Jaime y un nieto del primer condestable de Castilla... - -—Basta, interrumpió don Enrique III con voz desfallecida, basta -Abrahem: los altos juicios de Dios son incomprehensibles, pero el -tiempo viene á justificarlos. Ayer el voto de la orden de Calatrava -hubiera apartado á ese nieto del primer marques de Villena del -alto puesto á que está destinado. Un acontecimiento desgraciado, -pero cuya causa, escondida hasta ahora, revelan tus palabras, ha -llevado á mejor vida á mi muy amada doña María de Albornoz, y su -afligido esposo ha quedado desatado de los lazos que le alejaban del -maestrazgo. Dios la tenga en su santa gloria. Adoro tus fines, ó -Providencia. Abrahem, decid, ¿habeis visto hoy al conde de Cangas? - -—Señor, respondió con afectada sorpresa el hipócrita charlatan, tu -alteza sabe que el estudio absorbe las horas todas de mi vida, y -desde esta mañana no he cesado de consultar mis pergaminos en mi -cámara inmediata á la tuya. Don Enrique por otra parte no se apartará -de su estancia en estos momentos de luto para su corazon. No he -visto, pues, al conde... - -—No sabes en ese caso, repuso el rey, si está dispuesto á admitir el -alto cargo á que el cielo le destina. - -—No creo que haya pensado en ello siquiera; ni menos que pueda saber -nadie en el alcázar todavia la triste muerte de don Gonzalo... - -—Dices bien, Abrahem. Por otra parte, el nombre ilustre de mi -pariente no puede menos de dar realce á la orden de Calatrava, y sus -caballeros no opondrian obstáculo á tan acertada eleccion. - -—¡Hágase la voluntad del Señor! respondió el taimado físico con -solemne entonacion; é inclinando la cabeza, el recojimienio en que -quedó pareció anunciar el fin de sus predicciones. - -—Condestable, dijo el rey despues de una ligera pausa, mañana -dispondreis que la corte se reuna. Quiero recibir á los embajadores -del Tamorlan y del rey de Francia. Abenzarsal, ayudadme á entrar en -mi cámara: mis fuerzas se debilitan, y despues de la agitacion de -esta noche necesito que las restaure un sueño reparador. - -Llamó el condestable á los camareros de su alteza, y abriéndose las -puertas de la estancia en que dormía, despidióse de él el primero: -el rey de alli á poco, apoyado en el brazo de su físico favorito, -desapareció, volviéndose á cerrar las hojas de la puerta, y quedando -aquella parte del regio alcázar sumida en el mas profundo silencio. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XVII. - - Yo os repto los zamoranos, - por traidores fementidos, - repto á todos los muertos, - y con ellos á los vivos, - repto hombres y mugeres, - los por nacer y nacidos, - repto á todos los grandes, - á los grandes y á los chicos, - á las carnes y pescados, - y á las aguas de los rios. - - _Canc. de Rom._ - - -Aun no habia conciliado el sueño el poderoso rey de Castilla, cuando -ya el impaciente conde de Cangas y Tineo sabia palabra por palabra el -coloquio que en el anterior capítulo dejamos descrito. A la mañana -siguiente creyó ya del caso la llegada de la noticia de la muerte del -maestre de Calatrava; tomó en consecuencia sus disposiciones para que -el enviado, que precisamente habia llegado la víspera, y que él habia -sabido entretener, se presentase en la corte de aquel dia, y esperó -tranquilo el resultado de su artificio. - -El salon principal del alcázar donde tenia corte su alteza se hallaba -ya ocupado en la mañana del dia, que tan fecundo prometia ser en -notables acontecimientos, por algunos caballeros jóvenes donceles del -rey, por varios pages de lanza y de estribo, y por los ballesteros -que guardaban las puertas como prevenia la etiqueta del tiempo. -Algunos caballeros cortesanos de los que no acompañaban al rey á la -misa, que á la sazon oía: discurrian sobre las noticias del dia. - -—¿Qué novedades, dijo un jóven de gallarda apostura y de pulido -arreo á otro caballero que paseaba con él á lo largo del salon, qué -novedades habeis recogido para vuestra corónica, señor coronista -Pedro Lopez de Ayala? - -—La principal, señor don Luis de Guzman, es la que de Sevilla me -escribe el ginovés Micer Francisco Imperial. - -—¿El de las trovas que comienzan _Gran sosiego é mansedumbre_ á doña -Angelina de Grecia, la princesa que ha regalado á Castilla el gran -Tamorlan, del botin que cogió al turco Bayaceto? - -—El mismo. Buen ingenio. - -—¿Y qué os dice? - -—Díceme que el ginebrino que envió á buscar su alteza á París para -componer el reloj de la torre de Sevilla, hálo compuesto á las mil -maravillas, y que da todas las horas como antes de haberle caido el -rayo hace un año. - -—Cierto que es importante, porque no habia otro reloj tan maravilloso -en Castilla, ni quien supiera componer aquella enredada máquina. -Premiaránlo bien. - -—Merece mas de diez mil maravedís. ¿Habeis oido, señor comendador, -que acaba de llegar un demandadero de Calatrava? - -—Por la Vírgen de Atocha que eso me interesaria, porque mi tio el -maestre estaba malo... - -—Sabeis que si muriese, lo que Dios no quiera, podriais pretender... - -—Acaso. Pues nada oí: estuve jugando á las tablas... - -—¡Ah! vos bohordais bien. - -—Sí, ahora que no está aqui el doncel Macías: cuando está, nadie -lanza con mas tino el bohordo, ni derriba mas veces el tablero. -Cobróle aficion el rey solo por eso. - -—¿Y qué es de Macías? ¡Bravo trovador y buen caballero! - -—Desde que está en comision del hechicero no se sabe de él. -¿Sabeis que ese hombre es el diablo, y que todo el que se le llega -desaparece? Mirad ahora la condesa... - -—¡Bah! como dice Rodriguez del Padron, el trovador gallego, amigo de -Macías, ya se le podria hechizar á él con una buena lanza, porque, -sea dicho sin ofenderle, se le entiende mas de _lais_, y _virolais_, -que de achaque de encuentros. Ahora anda enseñando la gaya ciencia al -marques de Santillana. - -—Ese sí que es mancebo de sutil ingenio. El jóven don Íñigo Mendoza -gusta mucho de letras, y ha de hacer con el tiempo mejores trovas que -el mismo Alfonso Alvarez de Villasandino, y que el judío Baena... A -propósito, ¿cómo lleváis vos vuestro rimado? - -—Téngolo suspendido porque digo grandes verdades en él, y ya sabeis -que en palacio... - -—Oh, la verdad nunca gusta á... - -—¡El rey...! dijo una voz que salia de las piezas inmediatas. - -—¡El rey! repitieron dos farautes que entraban ya vestidos de -ceremonia por las puertas del salon. Apartáronse los caballeros, y -don Enrique subió á su trono, rodeado de los principales señores de -Castilla, á cada uno de los cuales seguian los caballeros y escuderos -de sus casas. - -Ocupaba don Enrique de Villena, como tio segundo que era de su -alteza, el lugar preeminente, si se esceptúa el del físico y el del -condestable Dávalos, que á uno y otro lado pisaban el primer escalon -del trono. Tenia el conde á su izquierda á su primer escudero y -detras al juglar, y rodeábanle varios caballeros, en cuyos pechos -lucian las cruces de Calatrava, en lo cual echará de ver el lector -que no se habia descuidado aquella mañana en atraérselos con mercedes -y distinciones para tenerlos favorables á sus miras. Vestía luto, -pero su semblante mas anunciaba alegría que dolor, por mas que -procuraba él disimularla, - -—Chanciller, dijo don Enrique cuando se hubo sentado y saludado en -derredor á sus cortesanos, ¿qué letras teneis? - -—Acábanse, señor, de recibir estas. - -—¡Ah! de Otordesillas, de mi esposa. Díceme doña Catalina que está -próxima á su alumbramiento. ¿Paréceos, Abenzarsal, que tendrá -Castilla que jurar un príncipe de Asturias, despues de haber jurado -solemnemente á la infanta doña María mi muy amada hija? - -—Pudiera ser, señor. ¿Qué mal habria en eso? - -—Haced, condestable, que se dispongan tiros, y avisad á los pueblos -de aqui á Otordesillas que se hagan grandes fogadas y ahumadas en las -eminencias luego que las vean hacer en el pueblo inmediato, empezando -Otordesillas mismo en cuanto su alteza dé á luz un príncipe. De -esta suerte sabremos ese fausto acontecimiento pocas horas despues: -dispondreis que no falten atalayas. ¿Hay mas? - -—Señor, desea besar los pies de tu alteza el sublime Mahomad Alcagí, -embajador del llamado gran Tamorlan. - -—Que entre, dijo su alteza; y los cortesanos todos volvieron las -cabezas con ansiosa curiosidad hácia la puerta, como quien iba á ver -una cosa que no todos los dias se veía. - -Entró efectivamente el tártaro con áspero continente al aviso de un -page de antecámara. Acompañábanle al lado Payo Gomez de Sotomayor y -Hernan Sanchez de Palazuelos, embajadores del rey de Castilla al -Tamorlan, que habian vuelto con él despues de haber recorrido vastas -regiones, climas apartados y diversas costumbres de paises. - -Hablaba el bárbaro, y Sotomayor que en dos años que su larga embajada -habia durado, habia tenido ocasion de aprender algun tanto su lengua, -le sirvió de truchiman. - -—El rey Tamurbec el honrado, Tabor Bermacian, mi señor, me envia á -tí, rey de las ciudades y lugares de Castilla y de Leon é España. -Dure tu tiempo y buena fama en noblezas generales y en gracias -cumplidas. El rey mi amo, noticioso de la grandeza de tu reino, -acepta la amistad y buena correspondencia que con tus embajadores -le enviaste á ofrecer. El Profeta te sea en ayuda, y te dé sus -saludaciones. En muestra de buena amistad, envíate el rey mi señor -el presente de joyas y las dos hermosas damas, que te trage, para -tu harem, que al hijo de Osmin ha cogido en la gran victoria que le -ha ganado. El Rey de los reyes ha humillado la soberbia condicion -del hijo de Osmin, y hoy en una jaula de hierro sirve de estribo al -poderoso Tamurbec, rayo de Dios. - -—Recibo vuestra embajada, valiente Mahomad Alcagí, y no os doy -respuesta, dijo don Enrique, porque quiero que tornen embajadores -mios á vuestro amo y señor el muy honrado Tamurbec con mis cartas y -presentes. Rui Gonzalez de Clavijo, añadió vuelto á este su camarero -que entre la turba de cortesanos andaba oscurecido, quiero que vos y -fray Alonso Paez de Santa María, maestro en santa teología, y Gomez -de Salazar mi guarda, hagais este viage como embajadores mios. - -Adelantóse entonces Rui Perez de Clavijo, y poniendo en tierra una -rodilla,—Beso á tu alteza los pies, dijo, por la lisonjera distincion -con que honras á tu vasallo. - -Retiróse el embajador del Tamorlan, y salieron con él algunos -caballeros, curiosos de preguntarle y saber las varias noticias que -de tan luengas tierras y afamadas hazañas podia darles. - -Entraron en seguida los embajadores del rey Cárlos de Francia, -sexto de este nombre, los cuales digeron á su alteza despues de las -primeras fórmulas de etiqueta, como se hallaba bastante malo el -rey su amo de resultas de habérsele prendido fuego en un baile de -máscaras á una piel de salvage de que iba vestido. Aseguraron despues -á los cortesanos en confianza, que lo que en Francia mas se temia -no eran las resultas de este accidente, sino que corria el rumor de -que el buen rey Cárlos VI estaba á punto de perder la razon, que se -habia observado ya muchas veces tal cual desatino en su conducta, -que pasaba los dias enteros sin hablar, y otras estravagancias de -esta especie. Estos embajadores trajeron en presente dos truenos -grandes, como entonces se llamaban, que fueron la admiracion de los -cortesanos, por haberse reducido ya á tan cortos límites una arma que -habia empezado por no poderse usar sino en las murallas de una plaza -sitiada, que se habia podido trasladar de un punto á otro despues -por medio de una máquina convenientemente montada, y que ya podia -manejar, y disparar casi un hombre solo, si bien con trabajo. Apreció -mucho este regalo el rey Enrique, y despachó á los embajadores, los -cuales volvieron para su tierra, no sin dejar alguna moda de las de -su trage en la corte del rey de Castilla, pues eran muy galanos, y -venian lindamente ataviados. Al dia siguiente salieron ya varios -jóvenes donceles con el pantalon muy ajustado, y dos mangas perdidas -recortadas como las habian visto en los embajadores: moderaron la -barba que antes se dejaban crecer en derredor de la cara, porque -los embajadores no la traían, y hubo quien sacó el zapato retorcido -y puntiagudo, que entonces se llevaba, con mas de seis pulgadas de -punta, ni mas ni menos que el asta de un toro. - -Presentóse en seguida de los embajadores franceses un demandadero -de Calatrava, el cual anunció á su alteza la infausta noticia de la -muerte del maestre. - -—La sabíamos, dijo el rey, y hoy mismo le nombraré sucesor. - -—Hernan Perez, dijo el de Villena dándole con el codo. - -—Entiendo, señor, contestó el taimado escudero. - -Apenas se habia retirado el demandadero, cuando se dejó ver en -las puertas del salon, precedida de dos dueñas vestidas de negro, -una dama enlutada y con antifaz que le tapaba completamente el -rostro. Grande fue la sorpresa de los cortesanos todos: examinaban -detenidamente sus contornos, por ver si descubrian quién fuese la -que de aquella manera se presentaba. Llegóse la tapada lentamente -hasta los pies del trono, y prosternóse en actitud de esperar á que -su alteza le diese licencia para hablar. - -—Condestable, dijo curioso y admirado don Enrique, ¿por qué no me -habeis prevenido que hoy nos las habiamos de haber con fantasmas? -Vive Dios que hubiera preparado mi alma á recibirlas dignamente: -¿sabeis quién sea esta dolorida? - -—Ha burlado sin duda la vigilancia de los ballesteros; si su -presencia te incomoda, señor, harásela salir. - -—Es muger, condestable, y su manera de presentarse encierra algun -misterio que es fuerza aclarar. Alzad, señora, prosiguió don Enrique, -alzad, y declarad qué causa estraordinaria os fuerza á venir de esta -manera. - -—¡Justicia, señor, justicia! esclamó con doliente voz la arrodillada -dama. - -—Alzad y contad vuestras cuitas, repuso su alteza: nunca el rey de -Castilla negó justicia á nadie. - -—Señor, prosiguió la dama levantándose y mirando en derredor con -notable inquietud, como si buscase á alguien que apoyase la demanda -que iba á hacer, señor, un crímen se ha cometido en tus dominios, en -tu villa de Madrid, en tu propio palacio. - -—¿Un crímen? - -—Un crímen, y crímen destinado á quedar impune. Los poderosos que -rodean insolentemente tu trono, validos de tu favor, son, señor los -que infringen tu justicia, y los que la arrostran. Doña María de -Albornoz, la ilustre condesa de Cangas y Tineo, ha sido asesinada... - -—Lo sabemos, dueña, dijo don Enrique, y ya hemos dado nuestras -órdenes para que se descubran los autores de tan horrible atentado. - -—¿Los autores, señor? Uno hay no mas, y ese no corre los campos -fugitivo á esconder como debiera debajo de la tierra su insolente -rostro; ese se ampara en tu misma corte. Ese nos oye. - -—¿En mi corte? dijo don Enrique mirando dudoso á todas partes. -Agolpáronse al oir estas palabras los cortesanos para escuchar mas -de cerca á la atrevida acusadora. Don Enrique de Villena, de cuyo -semblante habia desaparecido su natural serenidad desde el momento -en que habia columbrado el sentido de las palabras de la dama, -la miraba con ojos indagadores, y afectando una curiosidad hija -del interes que le convenia aparentar por el descubrimiento del -perpetrador del asesinato de su esposa. - -—Hernan, dijo en voz baja á su escudero durante la pausa que siguió -á las últimas palabras de la tapada, Hernan Perez, ¿qué quiere decir -esto? - -Hernan Perez estaba tan inquieto como el conde; por una parte creía -que la tapada no podia ser otra que una persona que muy de cerca le -tocaba. Su voz aunque disfrazada, le habia hecho un efecto singular: -por otra parte no podia concebir que se diese tal paso sin su -noticia.—Señor, contestó al conde, sea lo que fuere, tu escudero no -desmiente nunca su fidelidad. - -—En tu corte, prosiguió la dama: él nos oye, y él recibe tus -beneficios... - -—Nombradle, dijo el rey, nombradle. - -—Sí, añadió con voz trémula el de Villena echando el resto á su mal -sostenido disimulo, ¿quién es? - -—¡Vos! respondió una voz tonante, vos. - -—¿Yo? preguntó don Enrique: ¿yo? - -—¡Don Enrique! esclamó el rey mirando alternativamente al de Villena -y á la tapada. - -—¡Don Enrique! repitieron en voz confusa casi á un mismo tiempo los -señores todos que rodeaban el trono. - -—¡Santo cielo! esclamó el agitado conde volviéndose al rey con ademan -y gesto hipócrita. ¿No me bastaba, señor, que una fatal estrella me -privase de mi esposa; era preciso que la calumnia se uniese á la -alevosía, y que Don Enrique de Villena se viese asi ultrajado en tu -misma corte y en tu presencia misma? Toma, señor, los honores que me -has dado, recoge las distinciones con que me has honrado, toma esta -espada, acepta esa banda que mal pudiera llevar con honor quien vió -de esa manera el suyo atropellado... - -—Serenaos, don Enrique, dijo tranquilamente despues de un breve -rato de meditacion el rey justiciero, serenaos: conservad esas -distinciones que tan bien os estan, y tened presente que la calumnia -se embota en el inocente como la punta de la lanza en el bruñido peto. - -—¿La calumnia? repitió mirando de nuevo en derredor la dueña -desconsolada. - -—Dueña, dijo don Enrique entonces con entereza, ¿sabeis el nombre que -habeis tomado en boca, y la persona á quien ultrajais...? - -—La verdad nunca puede ser ultraje. - -—¿Sabeis á ciencia cierta lo que dijísteis...? - -—Juráralo si fuera menester. - -—¿Qué caucion dais de vuestras palabras? ¿quién sois? ¿por qué venis -tapada á acusar al delincuente? La verdad trae la cara descubierta á -la faz del sol. La mentira es la que se esconde. - -—¿Quién yo soy, señor? si pudiera decirlo no viniera de este modo. -¿No es posible que circunstancias personales me impidan descubrirme -en público? Tomad, señor dijo entonces la tapada presentando á su -alteza un anillo que en el dedo traía. Ese anillo puede decir quién -soy algun dia. - -Tomó su alteza el anillo y examinóle detenidamente.—¿Conoceis ese -anillo, Abenzarsal, ó la seña que dice esa dama? - -—Señor, dijo Abenzarsal al oido de su alteza, las piedras forman un -nombre. - -—Guardadle, pues. - -—Ademas, señor, no trato de huir; póngome bajo tu salvaguardia; sé -que desde el punto en que tomo sobre mí esta acusacion mil peligros -me rodean. - -—¿Y sabeis, incauta dueña, que la pena del Talion espera al -impostor...? - -—Solo sé que el crímen debe denunciarse y desenmascararse al criminal. - -—¿Sabeis que si os faltan pruebas, ó un caballero que sostenga -vuestra acusacion, sereis puesta en tormento y...? - -—¡En tormento! dijo espantada la dama volviendo á mirar en derredor -con inquietud. ¡En tormento! - -—A tiempo estais de desdeciros... - -—Desdecirme... esclamó la dama enlutada clavando en don Enrique los -ojos, que aparecian en medio de su antifaz como los relámpagos que -rasgan la negra nube en medio de una noche tempestuosa, Jamas. - -—En ese caso es forzosa la muerte del delincuente ó la vuestra. - -—¡Nadie, nadie! dijo entre dientes la demandante mirando á las -puertas, y escuchando con la mayor ansiedad. ¿No hay un caballero, -esclamó entonces con despecho volviéndose á los cortesanos todos, -no hay un cortesano siquiera del poderoso rey de Castilla que sepa -empuñar una lanza por la inocencia, que salga por una muger? - -Leve y susurrante murmullo corrió por la asamblea á esta invitacion -desesperada. Pero lucian en los pechos y en los brazos de los mas -caballeros jóvenes prendas del amor de sus damas: un caballero que -tenia la suya no podia adoptar otra. No era ademas seguro que la -acusadora no hubiese perdido el juicio, cuando con tan poco apoyo y -favor osaba habérselas con el mas poderoso señor de Castilla. ¿Quién -la conocia? nadie: ¿quién estaba seguro de no ser víctima del rencor -del de Villena si tomaba la defensa de la advenediza?—¡Oh oprobio! -¡oh mengua! ¡oh caballeros! esclamó sollozando la desairada hermosa. -¡Hé aqui la corte de don Enrique III! Lo veo, aunque tarde: la -inocencia no encuentra defensa entre los hombres. No importa. Insisto -en la acusacion. - -—Faraute, dijo entonces su alteza, haced vuestro deber. - -Adelantóse un faraute, y en la fórmula del tiempo anunció tres veces -en alta voz la acusacion hecha á don Enrique de Villena; preguntó si -algun caballero tomaba la demanda de la acusadora, y succediendo -á sus voces sepulcral silencio, intimó á aquella que en el plazo -preciso de tres dias habia de presentar un defensor ó las pruebas de -su acusacion, y que cumplido el plazo sin presentarle seria puesta en -tormento y llevada al suplicio, donde le seria la lengua cortada y -arrojada á los canes, despues de ella ajusticiada por calumniadora. - -No pudo oir esta última parte de la intimacion la desolada dama sin -exhalar un gemido de terror, y abandonándola sus fuerzas, dejóse caer -en brazos de una de las dueñas que la habian acompañado. - -Movido á lástima el rey al ver su situacion, alzóse en el trono, y -puesto en pie,—Don Enrique, dijo, estoy seguro de vuestra inocencia, -y el cielo en todo caso saldrá por ella. Aflíjeme sin embargo el -estado de esa desgraciada, y la administracion de la justicia exige -que yo satisfaga la vindicta pública. Dadme, Abenzarsal, ese anillo. -Quiero yo mismo requerir por última vez un defensor, Ricos-hombres, -caballeros, ¿quién de vosotros toma esta demanda? El caballero -que se proclame su defensor recibirá este anillo como prenda de -la dama que va á defender, y si sale con victoria de la prueba á -hierro y demuestra en el palenque, con el favor de Dios, la verdad -de la acusacion, que no creemos, este anillo le servirá de seguro -para los dias de su vida: la persona que me lo presente logrará la -gracia que pida, y su dueño será libre de toda pena en el momento de -presentarlo. ¿Quién de vosotros toma la demanda de la acusadora? - -—¡Yo! esclamó una voz estentórea que resonó fuera de la cámara -todavia. - -—¡Él es! gritó con penetrante alarido la enlutada, y el esceso de la -alegría, pudiendo mas en su alma que el pasado dolor, la derribó sin -sentido en brazos de sus dos dueñas. - -Volvieron los ojos los cortesanos á mirar quién fuese el temerario -que en tan arriesgada demanda se entrometia, y don Enrique de -Villena, cuya alegría se habia manifiestamente conocido por algunos -instantes, dirigió miradas de fuego y de incertidumbre hácia el -advenedizo defensor de su acusadora. - -Entraba éste ya por la cámara con ademan resuelto y pasos -precipitados. Venia armado de pies á cabeza, y su sobreveste negra -y su penacho del mismo color, que ondeaba funestamente sobre su -capacete, parecian anunciar la muerte á todo el que se opusiese á su -bizarro valor. - -—Yo, repitió con voz fuerte entrando. Dirigiéndose en seguida hácia -el trono, arrodillóse y pidió licencia á su alteza para tomar la -demanda de la desconocida, fuese la que fuese. - -Mirábanse unos á otros los circunstantes, y no sabian qué pensar de -las aventuras de la mañana.—Condestable, dijo el rey volviéndose á -Rui Lopez Dávalos, ¿será que hoy no hayamos de conocer á ninguno de -nuestros vasallos? ¿qué decís, conde de Cangas, de este defensor? ¿le -conoceis? - -—No responderé nunca, señor, á la acusacion de dos enmascarados. - -—¿Y respondereis á la mia? preguntó alzándose la visera el denodado -mancebo. - -—¡Macías! esclamó el rey. ¡Macías! repitieron asombrados los mas de -los que presentes estaban. Don Enrique fue el único que sobrecogido -de la ira y del terror, ni acertaba á pronunciar palabra, ni osaba -levantar los ojos del suelo, al cual se los habian hecho bajar mal -su grado la seguridad y la audacia de las miradas de Macías. - -—Perdóneme tu alteza, prosiguió éste vuelto á don Enrique el -Doliente, si me hallo en tu palacio sin haberme presentado antes -á recibir tus órdenes: tu alteza conoce mi lealtad, y solo -poderosísimas causas pueden habérmelo impedido. - -—Sensible es á mi corazon, doncel, que cuando os veo despues de tan -larga ausencia sea para declararos contrario de mi muy amado pariente -el conde de Cangas y Tineo, y para defender contra él una acusacion -que estimo calumniosa. - -—El cielo, señor, puede solo decidir esta querella. - -—Aqui, pues, teneis dijo el rey presentando á Macías el anillo de la -tapada, que ya habia vuelto en sí de su desmayo, la prenda de la dama -que elegís. - -—Perdóneme tu alteza, esclamó la dama arrojándose en medio del rey -y de Macías: permite que no reciba de mi mano ese anillo hasta el -dia en que haya de verificarse el combate. Yo informaré á la persona -de tu confianza que elijas de mis circunstancias, y quedaré hasta -que las sepas en tu poder, si necesario fuese. Como prenda de que os -admito por mi campeon, aceptad este lazo, noble caballero. - -Arrodillóse el mancebo, á quien palpitaba violentamente el corazon -dentro del pecho, y mientras que su dama rodeaba su cuello con -una banda negra que tenia por lema estas dos palabras bordadas: -_imposible_, _venganza_:—¿Será posible, le dijo en voz baja, que -insistais en ocultaros de quien ha de ser vuestro caballero, no solo -acaso en la lid...? - -—_Imposible_, repuso por lo bajo tambien la tapada. - -—¿Qué teneis, pues, derecho á exigir de mí...? repuso Macías. - -—_Venganza_, volvió á contestar la dama concluyendo de anudarle el -lazo. - -—Y bien, Macías, ¿teneis que pedirme alguna gracia? dijo el rey. - -—Ninguna, respondió el doncel, sino que oiga tu alteza y apruebe mi -desafio. Oid, ricos-hombres, caballeros y escuderos. Yo, Macías, -doncel del poderoso rey de Castilla don Enrique III, á tí don Enrique -de Aragon y Villena, conde de Cangas y Tineo, tomamos por testigos á -todos los aqui presentes, te desafiamos de mal caballero, descortés y -aleve, y te retamos á muerte como matador de tu esposa la muy ilustre -doña María de Albornoz, á tí y á todos los caballeros de tu casa, á -lanza ó á espada, á pie ó á caballo, mientras corra la sangre en las -venas, renunciando á tu merced, como tu debes renunciar á la mia, -y sobre esto Dios y la Vírgen de Atocha me ayuden. Á tí solo, ó á -varios. - -Al decir estas palabras arrojó Macías su guante. Gran suspension y -silencio siguió á esta accion determinada. - -—Conde de Cangas y Tineo, dijo el rey volviéndose á alzar en el -trono y comenzando á bajar los escalones, Macías, mi doncel, -ricos-hombres, caballeros, escuderos aqui presentes. Yo don Enrique, -rey de Castilla, concedo el juicio de Dios á mi doncel Macías y á -don Enrique de Villena para que en combate singular riñan cuerpo á -cuerpo, y declaro traidor y aleve y digno de muerte al que fuere en -la lid vencido si saliere del vencimiento con vida. Dios sea en favor -de la inocencia y de la justicia. Conde, ¿qué haceis? añadió viendo -que don Enrique inmóvil no recogia el guante que le habia arrojado -su contrario. - -—Espero, señor, que no permitirás que yo descienda de la clase en que -el parentesco que nos une y los honores con que me has distinguido me -han colocado para rebatir cuerpo á cuerpo con un simple doncel de tu -alteza una calumnia que desprecio y... - -—Si os empeñais, contestó el rey, picado, igualaré al doncel Macías... - -—No es necesario, señor, replicó Hernan Perez adelantándose á recoger -la prenda abandonada; no es necesario: yo la alzaré por mi señor... - -—Teneos... gritó Macías poniendo un pie en el guante: sois escudero. - -—Le armaré, dijo el conde, y será vuestro igual; y en tanto, Hernan, -alzad el guante por mí. Ó yo ó vos. Bastamos cualquiera de los dos -para castigar la insolencia del campeon de las damas desconocidas. - -Iba á responder Macías á este sarcasmo, pero el rey, volviéndose á -entrambos,—Conde, dijo, espero que vos, ó un caballero en vuestro -lugar, sostendreis vuestra buena fama. Os hago maestre de Calatrava; -espero que ni los caballeros de la orden ni su santidad desaprobarán -esta eleccion que recae en mi misma sangre. - -—Señor, dijo inclinándose con mal rebozada alegría el conde, estoy -pronto á aceptar esta nueva honra si los caballeros de la orden... - -—¡Viva el maestre don Enrique! clamaron tumultuariamente varios de -los presentes. - -—Bien, señores, bien, dijo el rey, no esperaba menos de mis leales -caballeros de Calatrava, Á vos, Macías, os doy un hábito de Santiago, -y os cubriré yo mismo. Habeis manifestado hoy valor y cortesanía. -Espero que entrareis á mi cámara en cuanto os desarmeis. - -Inclinóse Macías en señal de gratitud, y el rey se retiró diciendo -al condestable:—Rui, me recordareis que debo fijar el dia del -combate.—Vos, Abrahem Abenzarsal, encargaos de esa dueña en vuestra -cámara hasta que órdenes posteriores mias os indiquen dónde puede -permanecer durante el plazo que falte para el combate. - -El físico en consecuencia intimó la orden á la dama enlutada, y la -encaminó con un page á su cámara. Retiróse el rey, y con su marcha -desaparecieron en pocos momentos los mas de los cortesanos.—No ha -sido del todo feliz el dia, dijo Abenzarsal á don Enrique, que se -retiraba con su escudero; pero no importa, son nuestros: haced por -dirigir á la noche á Hernan Perez á mi cámara.—¿Habeis hecho algo? -preguntó don Enrique.—Espero hacer.—Dicho esto se separaron por no -dar sospechas. Don Enrique y su escudero se fueron, departieron -acerca de los muchos sucesos buenos y malos que habian pasado aquel -dia, y acerca de quién podia ser la dama, si bien muy pocas dudas les -quedaban, y ya se proponia salir de ellas al momento el escudero. - -Entre tanto rodeaban á Macías varios caballeros, quién á darle la -bien venida, quién á preguntarle nuevas de Calatrava. Entre los -muchos que se le acercaban, tocóle uno en el hombro con misteriosa -familiaridad. - -—¡Ah! sois vos, padre mio, buen Abrahem, le dijo Macías con un -estremecimiento involuntario, y una nube de tristeza envolvió su -frente.—Bien venido á la _corte_.—¡Á la corte!—Sí: á Dios, jóven -osado.—Escuchad; esas palabras... me dijísteis, es verdad... -¡_corte_, _corte_ funesta! Á Dios.—¿No podeis esplicaros?—Ahora -imposible: si quereis verme, al anochecer os esperaré en mi -cámara.—¿Cierto, Abrahem? Esperadme.—Á Dios.—Á Dios. - -Siguió el astrólogo con su aparente prisa la direccion de su -cámara, y Macías, distraido, revolviendo mil confusas ideas en su -imaginacion, quedó entre sus curiosos amigos, á quienes ni contestaba -ya acorde, ni podia apenas atender. ¡Tal era la impresion que la -palabra _corte_, pronunciada por el físico, habia hecho en su -imaginacion!—Macías ha perdido la cabeza, iban diciendo sus amigos -al despedirse de él: ese maldito hechicero, en cuyas comisiones ha -andado, le ha turbado el juicio. ¡Habeis visto qué desconcierto! ¡qué -distraccion! ó está enamorado, ó ha perdido el seso. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XVIII. - - Melisendra está en Sunsueña, - vos en París descuidado, - vos ausente, ella muger. - Harto os he dicho; miraldo. - - _Rom. de Gaiferos._ - - -En cuanto habia llegado á su habitacion don Enrique de Villena, se -habia despedido de él el escudero, ansioso de saber definitivamente -si era su esposa la que por obsequio á la memoria de la condesa se -habia presentado con tanta osadía en la corte del rey de Castilla. -Pesábale en gran manera que hubiese cabido en la imaginacion de su -consorte tan heróica determinacion, pero lo que con mas cuidado le -traía, era la circunstancia de haber llegado tan á punto el doncel -para tomar sobre sí su demanda, y la esclamacion de la tapada al -oir la voz de su defensor, circunstancias entrambas que ligaba mal -que bien con el músico de la noche anterior á la desaparicion de la -condesa. Podia ser casual esta coincidencia; podian muy bien, su -consorte por amistad á doña María de Albornoz, y Macías por amor á -esa misma, ó por cortesanía de caballero ocioso, encontrarse en el -mismo camino. Esta reflexion sin embargo, no bastaba á declarar sus -dudas, y pensó en el partido que deberia tomar si no encontraba á -Elvira en su cuarto. - -Sucedióle sin embargo lo que no pensaba. Llamó el escudero á su -habitacion, y la primera persona con quien dió fue con el listo page, -el cual con aire sumamente alegre, - -—Buenos dias, le dijo, señor Hernan Perez; bien haceis en venir, -porque desde que la señora condesa ha desaparecido no hay medio de -alegrar á mi prima. Venid, venid á consolarla; mis esfuerzos todos -son inútiles. - -—¡Vuestra prima, señor page! dijo con asombro y gravedad el escudero. -¿Supongo que no os quereis burlar de mí? - -—¿Yo burlarme, señor escudero: pésia mi alma? Para burlas estamos por -cierto, y no se cesa de llorar hoy en esta habitacion. Entrad vos -mismo y lo vereis. - -Abrió Hernan Perez la mampara inmediata, y quedóse como de piedra -cuando contra todas sus esperanzas vió levantarse al presentarse él -á Elvira, que con afectuosas palabras - -—Esposo, le dijo, cuán mal lo haceis conmigo; vos teneis secretos -para mí, vos pasais los dias enteros lejos de mí: hoy, sobre todo, -me habeis dejado sola, y sabeis que no tenia ya la compañía de la -condesa... - -—Perdonad, Elvira, si... yo... ya sabeis que... Pero nunca pudo decir -mas el asombrado escudero. Su esposa estaba vestida de negro, sí, -pero su ropa no manifestaba haber salido aquella mañana; por otra -parte la dama enlutada habia quedado en palacio. - -—¿Qué teneis? ¿Traeis alguna mala nueva? - -—Sí por cierto, contestó mas repuesto Hernan Perez: os traigo la de -que me he vuelto loco. - -—Muy cuerdo lo decís. - -—Jurára que os habia visto en otra parte... - -—Puede... - -—¿Cómo? ¿puede...? - -—Tantas veces me habeis dicho que no me separo un punto de vuestra -imaginacion, que me veis en todas partes tal cual soy... que... ¿no -es cierto? - -—Sí, replicó mordiéndose los labios el desairado esposo. Pero esta -mañana no os creí yo ver de ese modo. En fin, parece que estais -aqui... - -—¿Os estorbo, Vadillo? habladme con el corazon en la mano... ¿Quereis -que salga efectivamente...? - -—No, no es eso; es, es que me he vuelto loco, ya lo he dicho. - -—Lindo humor traeis, esposo. Si hubiérais perdido una amiga, si os -persiguiese una voz que os gritase continuamente en vuestro pecho: -_un crímen se ha cometido, y el criminal está impune_... - -—¿Qué decís? ¿oís vos esa voz? - -—Os digo que no puedo desechar de mi imaginacion que esa pobre -condesa ha sido malamente muerta, y que una persona... - -—¡Silencio! gritó con terror Vadillo. - -—¡Silencio! ¿por qué? Esta noche lo he soñado. - -—¿Qué habeis soñado? - -—Tonterías; pero cuando está una afligida y prevenida por una idea... -no sé qué efecto... - -—Contad. - -—Nada: soñé que habia estado en la corte no sé por qué accidente, y -que una dueña enlutada se habia aparecido á pedir justicia... - -—Proseguid, dijo temblando Vadillo. - -—Sus facciones eran las de la condesa, su voz la misma: arrojéme á -abrazarla y... - -—¿Vos? - -—Yo, y me rechazó: “Aparta, dijo; estoy manchada de sangre: ¿no -la ves correr aun?” Un chorro entonces pareció salpicarme toda y -temblé... Pero ¡Dios mio! vos temblais tambien. - -—No. - -—Sí. - -—Bien; sí... Estoy mortal, añadió para sí levantándose Vadillo: si -habrá muerto efectivamente la condesa: ¿seria capaz conde...? ¡Que -horror! Por otra parte conociéndome, si lo hubiera hecho, me lo -hubiera ocultado... yo le afeé... ¡Dios mio! ¡Dios mio! ¿Yo he sido -cómplice de un asesinato? La dueña enlutada no podia ser sino la -sombra misma de la condesa. ¡Jesus! ¡Jesus! ¡Vírgen Santísima! gritó -Vadillo fuera de sí. - -—Esposo, ¿qué es eso? ¿Sabeis que empiezo á temer que sea cierta la -pérdida de vuestra razon...? Contadme por Dios... - -—Nada; imposible: en dos palabras: ¿vos no habeis salido? - -—¡Qué pregunta! - -—¿No saldreis? - -—¡Qué aire! - -—A Dios, Elvira, á Dios. No me espereis hasta la noche. Asuntos de -importancia me llaman al lado de don Enrique... - -—¿Os vais? ¿Para eso habeis venido? Mirad... - -—Bien sé que me quereis, que me sois fiel; soy un loco... pero... -la condesa... ya sabeis... ahora dejadme por Dios, dejadme, vuestra -presencia me hace mal. - -Separóse al decir esto casi por fuerza de los brazos de su esposa, la -cual quedó sollozando en un sillon con el page al lado. - -—Esto es mejor, dijo el page. ¿Llorais de veras? - -—Jaime, sí. Hace una tantas cosas contra su voluntad; las -consideraciones del mundo... - -—¿Cómo? ¿Lo decís porque teneis que agasajar y poner buen semblante á -vuestro esposo? - -—¿Qué dices, Jaime? preguntó lanzando un suspiro Elvira: ¿quién te ha -dicho eso? es mentira, mentira. Yo amo á mi esposo; ni pudiera amar -sino á él; ¡es tan bueno! - -—Pues entonces, dijo el page, no os entiendo: yo por mí, si no os -viera llorar, ahora me reiria, soltaria la carcajada. - -—¿Por qué? ¿Por que una circunstancia desgraciada le ha puesto en el -caso bien triste de no poder distinguir la verdad del engaño? ¿Por -que una muger tenga mil veces que parecer artificiosa con su esposo, -se habrá de deducir que éste es risible? Ah, Jaime, en todo engaño -ten lástima siempre al engañador, que en realidad ese es el mas -risible, y ese es acaso realmente el engañado. - -Despues de esta pequeña reprimenda no osó hablar el pagecillo. - -—Mira, Jaime, si va lejos ya Hernan Perez. - -—Tan lejos que no le alcanzaria el mismo Hernando, que no hay corza -que no alcance. - -—Vamos, pues, page; no hay tiempo que perder: ya tienes tus -instrucciones. Prudencia y silencio... Como la muerte, ¿estás? - -—Como la muerte, respondió el page. Dichas estas palabras, Elvira y -el page pasaron á otra pieza, donde no nos es lícito penetrar con -ellos. - -Hernan Perez entre tanto recorria con mas terror que zelos las -inmensas galerías del alcázar: cada pisada suya le parecia las de la -condesa. Hay muchos hombres valientes, temerarios contra un millar de -enemigos armados en un dia de batalla, y que perecen de terror ante -la idea de un muerto y el recuerdo de una fantasma; que treparian los -primeros á la brecha, y no subirian nunca solos una escalera oscura. -En aquel momento Hernan Perez era de estos: el menor ruido que -hubiera oido realmente, la menor sombra que se hubiera puesto delante -de sus ojos, le hubiera derribado por tierra sin sentido. Tal traía -él la imaginacion llena de ideas de muertes y apariciones, de sombras -y emplazamientos. Llegó por fin á la cámara de don Enrique. Abrióla -de golpe, y precipitóse dentro con los cabellos erizados y los ojos -casi fuera del cráneo. - -—¿Qué traeis, Vadillo? dijo levantándose don Enrique al ver el -desorden de su escudero. - -—Es su sombra, señor, es su sombra, repuso Vadillo mirando atras -todavia, y procurando componer su semblante. - -—¿Qué sombra? replicó don Enrique. Será la que hace vuestro cuerpo -al pasar por delante de la lámpara de la galería. - -—No es eso, señor, no es eso. - -—¿Qué es, pues? esplicaos. - -—Mi esposa... - -—¿Vuestra esposa es sombra? ¿Qué decís? - -Temblaba ya Ferrus de pies á cabeza con la esplicacion del escudero, -y no sabia don Enrique qué creer de semejante asombro. - -—Digo, señor, concluyó Vadillo reponiéndose, que la dueña enlutada no -es mi esposa, porque mi esposa está en su habitacion, y mi esposa no -ha salido ni saldrá... - -—¿Estais seguro? - -—Como estoy vivo. - -—¿Quién puede entonces...? - -—No puede ser, dijo Ferrus, sino... - -—La sombra de la condesa, concluyó Vadillo. - -—¿La sombra de la condesa? ¡Esa es buena! esclamó soltando una -estrepitosa carcajada don Enrique de Villena. - -—¿Te ries, señor? - -—¿No he de reirme si habeis perdido entrambos la cabeza? - -—Ah, señor, repuso Vadillo, veo que si yo contara un sueño... En fin, -quiero que me hayais referido de la condesa la pura verdad. ¿Estais -seguro de que el encargado de...? - -—Delirais, Vadillo, delirais. Verdad es que ahora pierdo yo el hilo -de mis observaciones, y no sé... Puesto que decís que estais seguro -de haber visto á vuestra esposa, confieso que no entiendo... De todos -modos es necesario que vayais á buscar al astrólogo: os aguarda para -darme una razon que espero con ansia. ¿Os atreveríais, ya que vais, -Vadillo, á averiguar quién sea la tapada? ¿Tendríais resolucion...? - -—Manda, señor, á tu escudero. - -—Bien, pues yo confio á vuestro talento esa intriga: si el -nigromántico lo sabe, os lo dirá; sino ved de tocar siquiera -esa sombra, que como la toqueis, y como ella ofrezca cuerpo y -resistencia, añadió riéndose don Enrique, podeis estar seguro, no -quiero yo decir de que sea vuestra esposa, pero á lo menos, sí de que -es persona; y á ser hombre como parece muger... - -—Entonces, señor, yo os prometo que mi espada hiciera pronto la -esperiencia. Perdona si el sobrecogimiento de una escena que he -tenido tan rara, tan estraordinaria, me ha hecho parecer á tus ojos, -señor... - -—Vadillo, os he visto pelear; sé que teneis valor. Conozco por -otra parte á los hombres: son débiles y miserables en todo. Una -preocupacion es mas fuerte que cien ballesteros. - -Iba á despedirse el escudero para la cámara del astrólogo; donde -le esperaban acontecimientos mas estraordinarios cien veces que -los pasados; pero don Enrique le detuvo para dar lugar, lo uno á -las intrigas que debia preparar el nigromante, y lo otro porque -entonces que en realidad le engañaba, una voz interior le gritaba que -debia tratarle con mas amistad y consideracion que nunca. No debia -faltarles tampoco que hablar desde que don Enrique era maestre, desde -que iba á ser Hernan Perez caballero, y desde que el singular duelo -de la mañana habia venido á complicar tan estraordinariamente los -negocios y los intereses de los principales personages de nuestra -verídica historia. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XIX. - - Y despues de haber propuesto - su intento y sus pretensiones - á los de guerra y estado - que atento le escuchan y oyen, - en confuso conferir - se oye un susurro discorde, - que sala y palacio asorda - la diversidad de voces. - - _Rom. de Bernardo del Carpio._ - - -Cosa indudable es que don Enrique de Villena, una vez adoptadas -sus ambiciosas ideas de elevacion, no perdonaba medio alguno de -llevarlas á cabo, ni daba un punto reposo á su imaginacion, buscando -trazas para asegurarlas. El alto puesto que anhelaba era sin embargo -bastante apetecible para que se le ofreciesen naturalmente en el -camino de sus intrigas temibles maquinaciones de sus enemigos y -poderosos contendedores. No habrá olvidado el lector tan pronto, -si es que ha llegado á tomar alguna aficion á los sucesos que le -vamos con desaliñada pluma enarrando, aquel don Luis de Guzman, -que paseaba el salon de la corte en la mañana de este mismo dia -hablando con el famoso coronista Pero Lopez de Ayala. Si no ha -olvidado á aquel caballero, y si recuerda el diálogo en que se le -presentamos por primera vez, tendrá presente tambien que el coronista -le habia designado como sucesor probable de su tio don Gonzalo de -Guzman, último maestre de Calatrava. Llamábanle efectivamente á -este alto puesto, en primer lugar su parentesco con el difunto, su -vida egemplar é irreprensible conducta, el título de comendador de -la orden, y la confianza que inspiraba á los mas de los caballeros. -Era generalmente querido, y en realidad mas digno del maestrazgo -que don Enrique de Villena, en aquella época, sobre todo, en que el -valor solia suplir todas las demas calidades: teníale don Luis en -alto grado, y habia dado de él repetidísimas y brillantes pruebas -en las guerras de Portugal y de Granada, al paso que de don Enrique -se podia sospechar fundadamente que no era su virtud favorita, -pues nadie recordaba haberlo visto jamas en ningun trance de -armas. Habia probado ademas don Luis que conocia los deberes todos -de buen caballero en las diversas justas y torneos en que habia -sido mantenedor ó aventurero; sabia manejar en todas ocasiones con -singular gracia un caballo, rompia una lanza con bizarría, acometia -con denuedo en la carrera, corria parejas con estrema donosura, cogia -sortijas con destreza, y disparaba cañas con notable inteligencia. -Don Enrique, por el contrario, empleaba todo su fuego en semejantes -circunstancias en hacer una trova muy pulida y altisonante, en que -cantaba las hazañas agenas, á falta de las propias. Pero era el -mal que en la corte de don Enrique no habian obtenido todavia las -trovas aquel grado de estima que en reinados posteriores llegaron á -alcanzar; cosa en verdad que no dejaba de ser justa, si se atiende á -que las trovas servian solo para matar el fastidio momentáneamente -en un banquete de damas y cortesanos, al paso que una lanza bien -manejada derribaba á un enemigo; y en aquellos tiempos belicosos eran -mas de temer los enemigos que el fastidio. - -Las intrigas de don Enrique habian impedido que este mancebo generoso -supiese á debido tiempo la infausta nueva de la muerte de su tio. La -primera noticia que de ella tuvo fue la que en pública corte recibió, -y en el primer momento la sorpresa de no haber sido de ella avisado, -circunstancia que no acertaba á esplicarse á sí mismo facilmente, y -el dolor le embargaron toda facultad de pensar y abrazar un partido -prontamente. Sacóle empero de su letargo la eleccion que hizo el rey -de su pariente para succeder en el maestrazgo, é indignóle aun mas -que semejante nombramiento la bajeza con que se adelantaron varios -caballeros de su orden á proclamar casi tumultuosamente al conde. Mal -podia sin embargo en aquella circunstancia manifestar su agravio, -ni menos oponerse á la dicha de su competidor. Aunque lo hubiera -intentado, hubiérale sido muy dificil pronunciar una sola palabra, -porque debemos añadir á lo que de su carácter llevamos manifestado, -que tenia tanto don Luis de cortesano, como don Enrique de valiente. -Todos sus conocimientos estaban reducidos á los de un caballero de -aquellos tiempos: habíanle enseñado en verdad á leer y escribir, -merced á la clase elevada á que pertenecia; pero cuando no tenia -olvidado él mismo que poseía tan peregrinas habilidades, que era la -mayor parte del tiempo, no comprendia por qué se habrian empeñado -sus padres en hacerle perder algunos años en aquellos profundísimos -estudios, que no le podian ayudar, decia, á rescatar una espuela ni -el guante de su dama en un paso honroso. ¿Qué cota por débil que -fuera, que almete por mal templado habia cedido nunca á la lectura -de un pergamino por bien dictado que estuviese, ó al rimado de una -trova por armoniosa que sonase? Despreciaba asimismo las galas del -decir, y el elegante artificio de la oratoria, porque solia repetir -que él llevaba la persuasion en la punta de su lanza, y efectivamente -habia convencido con ella á mas moros que los misioneros que iban -continuamente á Granada; éstos no solian sacar otro fruto de su -peregrinacion cristiana que la palma del martirio, la cual podia ser -muy santa y buena para su alma; pero no daba un solo súbdito á la -corona de Castilla, sino antes se lo quitaba. Bien se ve por este -ligero bosquejo que era don Luis hombre positivo, y que no hubiera -hecho mal papel en el siglo XIX. En esta candorosa ignorancia, y en -la fuerza de su brazo, consistia su popularidad, porque entonces como -ahora se pagaba y paga la multitud de las cualidades que le son mas -análogas, y que le es mas facil tener: en ellas tomaba su orígen el -carácter impetuoso y poco ó nada flexible de don Luis; cuando oyó la -eleccion que habia hecho el rey Doliente, miró á una y otra parte -todo asombrado, como si no pudiese ser cierta una cosa que no le -agradaba, enrojecióse su rostro, cerró los puños con notable cólera é -indignacion, miró en seguida al rey, miró al conde de Cangas, miró á -los caballeros calatravos que le proclamaban, encogióse de hombros, y -sin proferir una sola palabra salióse determinadamente de la corte, -accion que en otras circunstancias menos interesantes hubiera llamado -estraordinariamente la atencion de los circunstantes. Nadie sin -embargo la notó, y el ofendido caballero pudo entregarse libremente -al desahogo de su mal reprimida indignacion. Hubiera él dado su mejor -arnés y su mejor caballo por haber sabido el golpe que le esperaba en -el momento aquel en que la acusadora de su rival habia apostrofado -á los caballeros presentes en favor de su demanda. No hubiera sido -Macías entonces el que se hubiera llevado el honor de salir por la -belleza; porque es de advertir que la acusacion, que, como á todos, -le habia parecido inverosímil en el instante de oirla, comenzó á -tomar en su fantasía todos los visos no solo de verosímil, sino de -probable, y hasta de cierta desde el punto en que se vió suplantado -por el que era objeto de la querella. Es evidente, dijo para sí, -que don Enrique es un fementido: mientras mas lo pienso, mas me -convenzo de su iniquidad. ¡Felonía! ¡matar á una muger!!! Desde que -hizo este raciocinio hasta el dia de su muerte, don Luis de Guzman -no pudo admitir jamas suposicion alguna que no fuese en apoyo de -esta opinion: era evidente para él que don Enrique habia matado á su -esposa, y aunque la hubiera vuelto á ver de nuevo buena y sana, cosa -que no sabremos decir si era facil ya que sucediese, hubiera dudado -primero de sus propios ojos que del delito de don Enrique. Asi juzgan -los hombres, y los hombres exaltados sobre todo. - -Llegado don Luis á su casa, llamó á su escudero, y le dió el encargo -de convocar á los caballeros de Calatrava en quien mas confianza -tenia, y que no habian asistido á la corte de aquel dia. Mientras que -el escudero partió á desempeñar su delicada comision, quedó don Luis -paseando á lo largo su habitacion, y maquinando cómo podria asir la -dignidad que acababa de deslizársele entre las manos. - -De alli á poco comenzaron á ir llegando los caballeros de Calatrava, -llamados unos, de su propia voluntad otros, al saber la escandalosa -novedad que en la orden ocurria. Varios entre ellos tenian el -mismo motivo de agravio que don Luis, es decir, que no podian -alegar mas causa de su enemistad á don Enrique que el haber éste -conseguido lo que ellos para sí deseaban: estos tales se hubieran -reunido igualmente con Villena contra don Luis si hubiera sido éste -el afortunado. El amor propio ofendido y el deseo de derribar al -poseedor eran su único objeto al reunirse, cosa que sucede comunmente -en los mas de los conspiradores y descontentos. No sucedió, pues, en -esta ocasion sino lo que suele siempre suceder en casos semejantes; -pero habia una circunstancia favorable para ellos esta vez: á saber; -que Villena prestaba mucho campo á la oposicion, de suerte que en -realidad no eran sus enemigos los que tenian ventaja, sino él el -desventajado. - -No tardaron mucho tiempo en hallarse reunidos en la casa posada de -don Luis Guzman mas de veinte entre caballeros y comendadores de -Calatrava. Seguia paseándose en silencio el desairado candidato, -y solamente una seca inclinacion de cabeza, y un ademan mas seco -todavia, con que hacia seña de ofrecer asiento, marcaban de cuando -en cuando la entrada de un nuevo concurrente. Al ver tan distraido y -preocupado al dueño de la casa, sentábase cada cual, y esperaba con -humilde resignacion á que tuviese por conveniente romper tan incómodo -silencio: lo mas á que se estendia el atrevimiento en tan solemne -reunion, era á preguntar en voz imperceptible alguno á su compañero -y adlátere el objeto de aquella misteriosa asamblea. Luego que le -pareció á don Luis suficiente el número de sus oyentes, soltó la -rienda á su desnuda elocuencia con toda la seguridad de un hombre que -está muy lejos de imaginar que puedan reprochársele las frases que -usa, ó vituperársele los vocablos que para espresar sus ideas adopta. - -—¡Por Santiago, caballeros de Calatrava! esclamó: que hoy luce un dia -bien triste para nuestra orden. Dia de oprobio, dia que no saldrá -facilmente de vuestra memoria. Un rey débil, un rey enfermo, un rey -en cuya mano estaria mejor la rueca de una dueña que la lanza de -un caballero, osa atropellar vuestros fueros y privilegios, y ¡voto -va! que no luce bien la cruz roja en un pecho dispuesto á sufrir -humillaciones. ¿Sabeis lo que es honor, caballeros de Calatrava? se -interrumpió bruscamente á sí mismo el comendador, parándose de pronto -en su paseo, como hombre que ha perdido el hilo de un largo discurso -que trae mal estudiado, y que se decide por fin á reasumir en una -sola frase enérgica y terminante todos sus cargos y argumentaciones: -¿sabeis lo que es honor, caballeros de Calatrava? - -A la primera enunciacion de este inesperado apóstrofe, dejóse -percibir sordo murmullo de desaprobacion en el auditorio, y -poniéndose en pie uno de sus principales oyentes, - -—Duda es esa, señor don Luis de Guzman, que cada uno de los que -mirais aqui reunidos á vuestro llamamiento sabria desvanecer bien -presto, á no ser vos el que la anunciais. Ignoro los motivos que -podeis tener para haber llegado á darle entrada en vuestro corazon, -pero yo en mi nombre, y en el de todos los presentes, os ruego que -os sirvais esponernos brevemente la causa que á esta convocacion os -mueve, y á declarar qué habeis visto en los caballeros de la orden -que provoque tan alta indignacion. Espada tenemos todos, y en cuanto -al valor, no será esta la primera ocasion en que probemos que no -estamos acostumbrados á sufrir ultrajes impunemente. - -—Nunca dudé, contestó don Luis con la satisfaccion de un hombre que -ve abundar á sus oyentes en sus mismas opiniones, nunca dudé de -vuestro valor. Como comendador mas antiguo, como pariente de nuestro -buen maestre, que acaba de fallecer en Calatrava, he creido tener -derecho á convocaros cuando se trata de los altos intereses de la -orden, y de evitar acaso su ruina. - -—¿Su ruina? esclamaron á una todos los caballeros. - -—Su ruina, sí, repitió Guzman, su ruina. Hoy ha llevado un golpe -que tarde ó nunca se reparará. Varios de vosotros lo habeis oido. -Escuchadlo los demas con espanto y con indignacion. No se espera ya -á que los caballeros de la orden, reunidos en su capítulo, pongan á -su cabeza, movidos de justas razones, al caballero mas perfecto, mas -esperimentado en las lides, mas prudente en los consejos. No: un rey -por sí y ante sí, atropellando nuestros mas sagrados derechos, eleva -á la dignidad que mil hechos heróicos, que una larga vida de virtudes -bastan apenas á merecer, ¿á quién? á un hombre cuyo penacho no sirvió -nunca de guia á los valientes en una batalla, á un hombre que nunca -dió el primero ni oyó resonar en torno suyo el grito de ¡Santiago -cierra España! Á un hombre que ha trocado la lanza por la pluma cuyo -campo de batalla es una mesa cubierta de inútiles pergaminos; que -no ha vencido nunca sino las necias dificultades de lo que llama él -rimas. Á un hombre, caballeros, de quien con fundada razon se dice -que tiene inteligencia con los espíritus, y que... - -—¡Qué horror! - -—Oidlo, sí, con escándalo, nobles compañeros. Ese es el hombre que -nos destinan por maestre: un afeminado cortesano, un intrigante -ambicioso, un rimador, un nigromante en fin... - -—¡Fuera, fuera! gritaron á una los caballeros, cuyos ánimos iba -templando ya el calor comunicativo y la natural elocuencia de la -pasion que dominaba en el comendador. - -—¿Lo sufriremos? continuó don Luis, como una piedra que caida de una -altura desmesurada sigue rodando largo espacio despues de llegada al -llano, ¿lo sufriremos? Yo por mí, nobles caballeros, juro á Santiago -de no dormir desnudo y de no comer pan á la mesa mientras que vea la -orden á su cabeza al... al... ¿para qué callarlo en fin? al asesino -de su esposa. - -No necesitaban ni tanto ya los caballeros reunidos en casa del -comendador para acabar de perder la poca sangre fria que les quedaba. -La última frase del orador produjo el efecto de una chispa lanzada -en medio de un monton de estopa seca. Veíase lucir en todos los -semblantes la misma animacion que en el de Guzman; todos provocaban -y escitaban mútuamente su cólera con la relacion de las ofensas que -en aquel momento se figuraba cada cual haber recibido ó del rey -Doliente ó del intruso maestre. Inútil es decir si se recapitularon -largamente las calidades del conde de Cangas. Habia quien lo habia -visto horas enteras evocando los manes de los difuntos en un -cementerio en compañía del judío Abenzarsal; habia quien le habia -visto sepultarse en una larga redoma y desaparecer á los ojos de los -circunstantes; y hasta se llegaba á probar que habia estado en mas -de una ocasion en dos partes opuestas á un mismo tiempo: lo cual, -como convinieron todos, no podia obrarse sino por arte del demonio, -si se atiende á que cada uno no suele tener en el mundo mas que un -cuerpo; ahora bien, era cosa sabida que el demonio no hace nada de -valde, circunstancia que podria hacerle pasar perfectamente por -escribano ó agente de negocios; de lo cual era forzoso inferir que -don Enrique le habria vendido su alma, si bien no habia entre tanto -ilustre caballero quien osase descifrar las ventajas que al demonio -le podian resultar de poseer el alma de don Enrique de Villena, tanto -mas cuanto que á todo tirar no era realmente de las mejores. - -Quedó sin embargo establecido por punto general; primero, que don -Enrique habia sido, era y seria eternamente nigromante por pacto con -el demonio: segundo, que habia sido asimismo, era y seria eternamente -el asesino de su esposa, lo cual habia de ser irremisiblemente -cierto, mas que no hubiese tal demonio, ni tal esposa muerta, cosas -para nosotros, si hemos de decir verdad, igualmente dudosas. - -Resueltos estos dos puntos principales, era consecuencia forzosa -el resolver la deposicion del maestre: esto en verdad ofrecia mas -dificultades, pero la imaginacion las superó; convínose primeramente -en que don Luis de Guzman quedaria en la corte para esponer -reverentemente á su alteza que los estatutos de la orden de Calatrava -determinaban que solo pudiese ser nombrado el maestre por eleccion -de los caballeros y comendadores reunidos en capítulo; y que para -ganar tiempo mientras se recababa de su alteza la revocacion del -nombramiento ilegal, saldrian varios de los caballeros presentes en -calidad de emisarios á los diversos puntos donde habia fortalezas -y castillos de la orden para evitar que se reconociese y prestase -juramento de pleito homenage al conde de Cangas. Uno sobre todo -debia ir y declarar al clavero de la orden residente en Calatrava -que era la voluntad del mayor número de los caballeros que siguiese -desempeñando las funciones de maestre, lo cual ademas le suplicaban -rendidamente por el bien de todos, mientras que se procedia á la -eleccion del que hubiese de ser válida y legalmente nombrado. - -No perdieron, pues, instantes preciosos, y antes de anochecer -los caballeros habian hecho voto solemne de llevar adelante su -empresa, mientras que estuviese pegado el puño de la espada á la -hoja, y mientras que corriese una gota de sangre por las venas: -todos habian ofrecido al santo de su devocion el don que les parecia -mas grato á sus ojos, y se habian separado, despues de conferidos -poderes á cada uno de los emisarios en nombre de aquella junta, que -llamaron _capítulo estraordinario_, y al cual supusieron igual poder -que al capítulo general, en vista de la urgencia y apuro de las -circunstancias en que se habia celebrado. - -Verdad es que tampoco se habia dormido don Enrique de Villena, á -quien no se le ocultaba que podria encontrar una enérgica oposicion -en los caballeros; antes disponiendo de varios de los que se habian -pronunciado en su favor en la corte de aquella mañana, tomó igual -providencia enviando á Calatrava á Alhama, y á otros puntos emisarios -que le dieran á reconocer, que animasen á los tibios con promesas -de adelantamiento, ganasen á los descontentos con plazas efectivas -de comendadores, y enardeciesen á los amigos para que no pudiese en -ningun caso ser contraria á la eleccion de su alteza la eleccion del -capítulo, que bien sabia él que se necesitaba para la tranquila é -indisputable posesion del apetecido maestrazgo. - -Dejemos empero á los emisarios de uno y otro corriendo los campos de -Castilla, y llevando de una parte á otra órdenes contradictorias, y -volvamos á seguir el hilo de las maquinaciones, de que era teatro la -parte del alcázar destinada á las habitaciones de su alteza y de sus -mas allegados servidores. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XX. - - Quien esto vos aconseja - vuestra honra no queria. - - _Rom. de don García._ - - -Empezaba á anochecer cuando el astrólogo Abrahem Abenzarsal, -paseándose en su laboratorio con notable inquietud, parecia esperar -á alguna persona, ó el éxito por lo menos de alguna de las muchas -intrigas en que le tenia embarcado á la sazon su desmedida avaricia. - -—¿Si habré cometido una imprudencia? decia. ¡Oh! á mi edad seria -imperdonable. ¡Los motivos que me espuso fueron tan poderosos y -tantas sus lágrimas, tan eficaces sus ruegos!! No sé qué principio -de condescendencia hay en el corazon del hombre, el mas duro, el mas -empedernido, el mas viejo, para con una muger, y una muger hermosa -y jóven que suplica... pero... alguien viene... ¡Ah! No cometí -imprudencia alguna.—Señora, me hallais en la mayor inquietud... -estaba anocheciendo ya... - -—Os dí mi palabra, respondió la dama, que entraba, é hicísteis mal -en estar con cuidado. Pero os advierto lo mismo que esta mañana os -advertí: bien conoceis cuán dificil es que en mi posicion pueda -continuar semejante enredo. Os he dicho ya que las razones que á -ocultarme me obligaron nada tenian de comun con su alteza; muchas -veces no se puede hacer una obra buena á cara descubierta; las -posiciones de la vida... En fin ya me habeis comprendido. Espero, -pues, que si no habeis hablado á su alteza, le hableis cuanto antes -os sea posible. - -—Esta misma noche, señora, podreis retiraros. Una vez que sepa su -alteza quién sois, ¿qué inconveniente podrá haber...? - -—¡Qué agradecida debo estaros, sabio Abrahem! - -—Vuestra estancia aqui es ahora indispensable. Su alteza pudiera -querer veros, y sus órdenes han sido tan terminantes... Por otra -parte no es de estrañar que quiera tomar con la acusadora de su -querido pariente todas las medidas que la prudencia indica, sobre -todo cuando no presenta acusacion tan atrevida vislumbre alguna de -verosimilitud. - -—¿Vos tambien, Abenzarsal, vos que conoceis á don Enrique de -Villena...? - -—Porque le conozco, señora, no le creí nunca capaz de un... - -—De todo, Abrahem, de todo. - -—Veo que os hace obrar, señora, algun resentimiento particular... -¡Oh! sabido es que el conde fue siempre aficionado en demasía á las -bellas... - -—De nada le hubiera servido esa aficion para conmigo... - -—Conozco vuestra virtud... pero pudiera muy bien... - -—¿Sí? ¿y qué? ¿para qué negarlo? largo tiempo duró su persecucion; -pero si alguno de los dos puede aborrecer al otro por ese recuerdo, -él es y no yo... - -—Lo sé, señora... - -—Por lo que á mí hace, me ha movido la amistad que á la condesa, mi -señora, siempre he profesado, y el cielo; no otras consideraciones. -Las que puedan moverle á él contra mí me interesan poco, Abenzarsal. -Hállome bajo la proteccion de las leyes, bajo la salvaguardia de mi -estado, bajo la custodia ahora de su alteza mismo. - -—Decís bien, hermosa dama. Perdonadme si no entro ahora mismo á -hablar por vos á su alteza; pero tengo para mí que ha de estar en su -cámara todavia su doncel favorito, cuya larga ausencia no podia menos -de dar lugar ahora á largas entrevistas. ¿Conoceis supongo al doncel -Macías? ¡pero qué distraccion! es vuestro defensor. - -—Sin embargo, respondió la dueña cubriéndose el rostro con su abanico -morisco, nunca le hablé... - -—¿No? - -—Ya visteis que su presencia en la corte no tenia indicio de cosa -premeditada de consuno. La casualidad sin duda le trajo... á tiempo -que ningun caballero de la corte de don Enrique queria arrostrar por -una débil muger el poder del insolente Villena. - -—Y su bizarro valor fue en ese caso y su cortesanía lo que le obligó -á... - -—¡Oh! eso no es nada. Mas es de admirar la cobardía de los demas -caballeros que su valor. Ese es deber... - -—No sereis vos sin embargo, prosiguió el astuto astrólogo, la que -negareis al único caballero que os ha librado del riesgo en que -estabais las brillantes y peregrinas dotes que Castilla toda le -concede... - -—Ciertamente, no. ¿Sabeis qué hora es? - -—Aqui teneis el arenero... Un solo defecto suelen encontrarle... - -—¿A quién? - -—Al doncel. - -—¿Y cuál? repuso la dama afectando una indiferencia que por cierto no -sentia. - -—Nada; dícese que nunca se le ha conocido dama alguna: sin embargo -tiene edad ya de enamorarse. - -—¿Quién sabe si lo estará realmente? ¿Es forzoso decir á gritos...? - -—No; pero sabeis que á su edad es raro el caballero que no puede -llevar un mal lazo, una banda, prenda del amor de su dama. Hasta es -desdoro. Como no sea que adore en secreto á alguna belleza cuyo mote -no pueda llevar... - -—¿Qué decís? - -—Ó es eso, señora, ó es que el doncel no es sensible sino al aguijon -de la gloria. En ese caso su galantería seria pura caballerosidad... - -—¿Estará ya solo su alteza? interrumpió la agitada dama. - -—Paréceme, señora, que teneis interes en interrumpir la conversacion -del doncel... ¿Seria yo indiscreto al hablar delante de vos...? - -—Oh, no, no, nada de eso; hablad de él como pudierais de cualquiera -otro. Solo me relaciona con él el vínculo de la gratitud que -recientemente me ha merecido. - -—Solo una cosa tenia que añadir, en el supuesto de que esta -conversacion no os incomode... ¿Estais inquieta? - -—No, os he dicho que no: estoy tranquila. ¿Por qué no habria de -estarlo? - -—Digo, pues, que acaso ahora con ser vuestro caballero... - -—¡Mi caballero! - -—Forzosamente ha de serlo. - -—Sí; mi campeon; repuso la enlutada con un suspiro escapado del pecho -á su pesar. - -—Como querais. La posicion en que está para con vos, ese misterio que -os empeñais en guardar, la compasion que inspirais, y el entusiasmo -al mismo tiempo á que inclina el hermoso rasgo de amistad que -habeis... - -—No me lisonjeeis, y acabad. - -—Todo eso, pues, hará nacer acaso en su imaginacion ideas que no -habrá tenido nunca tal vez, y en su corazon una aficion... - -—Perdonad, Abrahem, si os interrumpo pero admiro vuestra -penetracion. ¿Habeis conocido antes en mi rostro que me sentia -incomodada...? - -—¿Será cierto? esta conversacion... - -—No, la conversacion no, repuso la dama reclinándose; pero la -agitacion del dia, la precipitacion ademas con que he tenido que -andar no me ha permitido tomar alimento y siento una debilidad... - -—¿No os decia yo? la palidez de vuestro rostro me lo anunciaba. Ved -qué necio, y yo creía que era la conversacion... ¡Qué tontería! Ya -veo que el dia que habeis traido hoy es mas que suficiente motivo... - -—Decís bien. - -—Ya sabeis que mi primera ciencia es la de curar, si quereis seguir -mis consejos... - -—¡Ah! ¿Creeis que esta debilidad...? - -—¿Quereis tomar algun alimento? - -—Me será imposible... - -—Verdad es... Si quisierais una bebida cordial que os diese fuerzas... - -—¿Teneis...? - -—Yo mismo os la prepararia... Os daria descanso y fuerzas. - -—Como gusteis, Abrahem. - -—La tomareis, dijo el físico, preparando unas yerbas, y podreis -descansar un rato aqui mientras que paso á hablar á su alteza. - -—Pero en vuestra ausencia... - -—No temais: nadie viene á mi cámara: el estudio y el retiro en que -vivo alejan de mí las visitas que pudieran turbar vuestro reposo. -Ningun sitio del palacio mas seguro que este: su inmediacion á la -cámara del rey, las muchas guardias que custodian las próximas -galerías... - -—No, no es que tema ningun peligro; pero... - -—Perder el miedo; por otra parte teneis vuestro antifaz, que puede -en todo caso guardaros de la indiscrecion, y vuestras dos dueñas -esperan vuestras órdenes en mi antecámara. A la menor voz, ellas y -los ballesteros... - -—Decís bien. - -—Perdonad si vuestros mismos intereses me obligan á dejaros sola en -mi habitacion; mi ausencia será corta. - -—Eso deseo. - -—Tomad, pues, señora, esa bebida. - -—¿Pero me respondeis de su eficacia...? - -—Estoy seguro de ella: apuradla. - -—Ya veis si tengo confianza en el físico de su alteza; ni una sola -gota he dejado. - -—Obrásteis como prudente, repuso el empírico con una alegría que -disimulaban mal sus ojos llenos de fuego y de esperanza. Reclinaos -ahora un momento. - -—No, no hay necesidad. - -—Presto conoceréis sus efectos; es maravillosa la virtud de la -bebida; al principio parecerá quitaros las fuerzas; pero despues... Y -obra con una rapidez... - -—Sí; paréceme que siento como pesadez... - -—¿No os dije? acaso os hará dormir... - -—¡Dormir, Dios mio! y aqui...¡Abrahem!! - -—¡Señora! - -—¡Santo Dios! ¿por qué no me lo habeis dicho? - -—¡Oh! será un momento... una hora... - -—¡Una hora, Abrahem! Quiero marcharme... Me pondré el antifaz... - -—¿Qué decís? si quereis mi lecho... - -—¡Dios mio! ¡Dios mio...!¡Qué sueño, Abrahem, qué pesadez! es de -plomo mi cabeza... Abrahem, Abrah... ah... Bien. - -Apenas tuvo fuerza para pronunciar esta última palabra, á la cual no -podia ya dar la enlutada sentido alguno. Inclinóse su cabeza, dejó -caer su brazo lánguidamente, abrióse su mano, y desprendióse de ella -sobre su sitial el hermoso pañuelo que bordado de su propia mano -traía, y en que lucia su nombre con gruesos caractéres góticos de -oro y seda artificiosamente mezclados. El mas profundo letargo habia -sobrecogido á la enlutada, y el astrólogo conocia efectivamente muy -bien el maravilloso efecto de la narcótica bebida. - -—¡Es mia! dijo, despues de un momento de silencio, el físico: ¡es -mia! añadió levantando el antifaz con que se habia cubierto la dueña -la cara antes de dormirse, y volviendo á dejarle caer sobre sus -hermosas facciones luego que la vió profundamente dormida. Téngola -segura aqui para mas de dos horas. Una hora tengo para hablar con su -alteza; otra para el desenlace de esta intriga infernal. Infernal, -sí, pero pagada. Esta es la circunstancia que han de tener las -intrigas. Dichas estas palabras, reconoció el astrólogo su habitacion -y las puertas de ella; cerró la comunicacion con la escalera secreta, -y salió con direccion sin duda á la cámara de su alteza. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XXI. - - ¿Cuyo es aquel caballo - que allá bajo relinchó? - . . . . . . . . . . - ¿Cuyas son aquellas armas - que estan en el corredor? - . . . . . . . . . . - ¿Cuya es aquella lanza - que desde aqui la veo yo? - - _Canc. de Rom. Anón._ - - -Mas de una hora habia pasado desde que el intrigante viejo habia -sepultado en letargo profundo á la incauta enlutada, y no habia -alterado en aquel espacio el mas mínimo ruido la tranquilidad que en -el laboratorio reinaba. - -Por fin dos hombres, vestido el uno de rica y vistosa seda, de tosco -buriel el otro, armado aquel simplemente con una espada, balanceando -éste en su diestra mano un aguzado venablo, entraron en la pieza -inmediata á la del astrólogo. - -—¿Con que está decidido, dijo Hernando, que vais á ver á ese -astrólogo? - -—Citóme esta mañana, Hernando, repuso Macías, y no ha mucho que le he -visto en la cámara de su alteza. “Dentro de una hora, me dijo, estaré -en mi aposento: esperadme, si tardare un momento.” - -—¡Plegue á Dios que no acabe el judío de volverte el juicio, señor! - -—¿Por qué, Hernando? - -—Por el soto de Manzanares, señor, que otra vez le viniste á ver -y nos ha costado andar meses perdiendo alcones en los montes de -Calatrava, que asi sirven para los de Madrid como sirven los mas de -los perros del rey Enrique para mi leal Bravonel. - -—Asi estaba escrito, Hernando; mi negra estrella lo dispuso de esa -suerte. - -—Voto ya, señor, que yo no tuve nunca mas constelacion que mi mano -derecha, y lo que sé decirte es que siempre está escrito que muera el -venado contra el cual disparo mi venablo. - -—¿Niegas tú, pues, la influencia de las constelaciones? - -—No niego nada, pésiamí: pero si tienes enemigos, señor, y si quieres -conjurarlos, ¿por qué no me dices: Hernando, escatima el rastro de -aquel oso que me incomoda? Mal año para Hernando si antes de la luna -nueva no habias de poderle hacer una buena zamarra con la piel de la -bestia. - -—Muchas veces, Hernando, conviene cazar de otra manera. Puede mas el -ingenio que la fuerza. - -—¿Y qué, no tiene ingenio un montero? No todo ha de ser tampoco dar -lanzada; pero maneras hay de cazar, si bien no se hicieron todas para -monteros de corazon. No gusto yo de ardides; pero por tí, válame -Dios, que monteara yo presto de todos modos. Tambien yo estuve en tu -tierra; alli en Galicia aprendí la montería á buitron, y mas de un -lobo he cogido al alzapie. - -—Bien se trasluce, Hernando, que se te alcanza mas de ardides de -montería que de intrigas de corte. Mira si puedes esperar á mi -salida, y dejemos para mejor coyuntura tus toscos lazos. - -—Toscos, señor, pero seguros. Aqui te espero, y á la buena de Dios. -Quiera éste que no caigas tú en la hoya del adivino, y salgas cazado -pudiendo cazar. - -—No temas, Hernando, que en último apuro no ha de faltarme nunca una -buena lanza, y eso es todo lo que necesita un caballero. Entre tanto -no tengo que temer del astrólogo, á quien nunca hice mal, sino de mí -mismo, y este peligro es el que vengo á prevenir, que aquel prevenido -se está. - -—Como de esas veces sale la fiera de donde no se espera. El oso era -enemigo del hombre antes de que el hombre supiera cazarle. Anda con -Dios, señor, mientras yo le quedo rogando que sea mas feliz esta -prediccion del astrólogo que la pasada. - -Sentóse á un lado Hernando dichas estas últimas palabras, y el dudoso -doncel entró en el laboratorio del judío, inquieto por sus propios -presentimientos, reforzados con las palabras del montero, y por el -objeto de su supersticiosa visita. - -La luz que alumbraba la habitacion era una lámpara de que solo -ardia un mechero, y ese con pálido resplandor, porque el adivino no -ignoraba cuán favorable es á la osadía en el amor un débil reflejo -que sirve de velo al pudor y de capa al enamorado deseo. El doncel -por lo tanto dirigió la vista á la mesa á que solia estar sentado -trabajando el judío, y no vió á nadie. El sitial, donde estaba -la dama reclinada, caia del otro lado de la mesa, y el aburrido -caballero se creyó solo por consiguiente.—No está, dijo para sí; -le esperaré. No habia mucho que se habia abandonado en un asiento á -sus melancólicas imaginaciones, cuando le sacó de su distraccion un -ruido acompasado semejante al que produce el desigual aliento de una -persona que duerme agitadamente. Miró á todos lados, y creyó que su -oido le engañaba, cuando un profundísimo suspiro vino á confirmarle -en su primera sospecha. - -—¿Quién hay aqui, dijo levantándose: quién? Alguien duerme en esta -habitacion, ¿será que el judío, rendido al poder del sueño...? -pero Santo Dios, ¿qué veo? añadió reparando en la dormida, cuyo -vestido se confundia en color con el fondo oscuro de los muebles -y de la habitacion. Una persona... ella... ella es... la dama que -esta mañana... no hay duda. Yo te doy gracias, Santo Dios, por -esta ocasion que me deparas propicio para averiguar lo que tanto -anhelaba saber. ¡Oh! añadió acercándose con blando paso, temeroso de -despertarla; ¡haced, Dios mio, que no venga nadie ahora, nadie! - -La postura que el abandono de su letargo habia hecho adoptar á -la dormida era tan elegante como puede serlo la de una hermosa -dormida: su ropa la cubria enteramente; uno de sus pies adelantado -indolentemente, y levantando el estremo de su vestido, dejaba ver el -torneado y escelente contorno de una pierna modelada por el deseo: no -la hubiera hecho mas perfecta la imaginacion. Reclinábase sobre la -una mano su cabeza, y la otra, naturalmente caida, parecia destinada -á ser el objeto de la osadía de un amante arrodillado. Su estremada -blancura, que se destacaba del fondo negro del vestido sobre que -descansaba, la hacia semejante á esas pequeñas manchas de nieve que -suelen verse todavia á fines de la primavera, desde larga distancia, -resaltando entre las quebradas de una escarpada y oscura montaña. -La agitacion de su descanso marcaba á cada sobrealiento la delicada -forma de su seno, que se alzaba y deprimia como suelen alzarse y -deprimirse las leves ondas al blando impulso de la brisa azotadora. -Su aliento desigual solevantaba de cuando en cuando el ligero antifaz -de seda, y dejaba descubierta un instante la estremidad de su rostro, -por la cual parecia poderse deducir fundadamente la hermosura del -resto que no se llegaba á ver: levantándose alguna vez un poco mas -el antifaz llegaba á descubrirse cerca de la boca la huella de -una fugitiva y vaga sonrisa; bien como un relámpago mas prolongado -suele en una noche tenebrosa ofrecer por un instante á la vista del -ansioso espectador una porcion del cielo que dejan á descubierto los -intervalos de las nubes, ó la lejana y suave superficie de un arroyo -plateado. - -El doncel, cruzado de brazos á su lado, y sin atreverse á respirar ni -acercarse por no terminar él mismo con el mas leve ruido la dicha de -su contemplacion, esperaba el inmediato movimiento del antifaz, como -si hubiese de ir viendo cada vez mas porcion de aquel tan deseado -rostro, que la importuna tela robaba á sus ansiosas miradas. - -No era, sin embargo el descanso del tierno objeto de su espectacion -aquel que en la inmediacion de la mañana tiñe en alegres imágenes -la fantasía de una bella: era el sueño fatídico de una horrible -pesadilla producida por la pena ó por una bebida ponzoñosa y -antinatural. Algun gemido se escapaba de cuando en cuando del pecho -oprimido: un ay oscuramente pronunciado moria al nacer en sus -trémulos labios, y la mano que pendia, moviéndose con dificultad -parecia querer desviar de su dueño la fantástica figura que -atormentaba sin duda su intranquilo sueño. - -—Padece la infeliz, padece, dijo entre dientes Macías. ¡Ah! ¿quién -puede ser sino ella? ¿quién sino ella podria atar de esta manera mis -acciones? ¿quién producir este respeto y esta agitacion que á un -mismo tiempo me dominan? - -Un movimiento, en fin, mas marcado pareció anunciar que iba á -despertarse.—Dejadme, dejadme, dijo confusamente; huid. La muerte, la -muerte... - -—No, dijo Macías sin poderse contener por mas tiempo, no; la vida, la -vida á tu lado eternamente. ¿Quién se atreverá á ofenderte estando -Macías á tu lado? - -Arrojóse entonces á sus pies, é iba á levantar con mano atrevida el -antifaz. - -—Salgamos de una vez, esclamó, de esta penosa situacion. Recordó -entonces que en la mañana del mismo dia habia manifestado la enlutada -su deseo de no ser conocida, y que él la habia empeñado su palabra de -no descubrirla. - -—¡Horrible tormento! esclamó; pero respetaré tu voluntad, muger -cruel. Atrevióse entonces á llegar su mano á la de la tapada, y un -fuego desconocido corrió por sus venas. - -—¡Dios mio! gritó despertándose la dama al sentir su mano oprimida -por la del doncel. ¿Dónde estoy? ¡ah! ¿qué haceis? ¡Abrahem! Pero, -cielos, ¿qué veo? ¿pierdo la cabeza? ¿quién sois? soltad... Guiomar, -Guiomar, añadió levantándose y llamando con voz apenas inteligible á -una de sus dueñas que en la antecámara la esperaban. - -—Callad por Dios, callad, esclamó Macías mirando á la puerta. No -llameis á nadie: señora, ¿qué temeis? - -—¿Quién sois? ¡ah! ¡sois vos! ¿Me engaña mi deseo? - -—¿Tu deseo? has dicho ¿tu deseo? repítelo otra vez, repítelo. - -—No; no, caballero; no he dicho mi deseo. Perdonad si... no sé lo que -pronuncio; el sueño, la... pero decidme, ¿por qué estais aqui? ¿qué -haceis? Huid, huid ahora que os conozco. - -—¡Cruel! ¿por qué? - -—Soltad mi mano; soltadla, que no es vuestra... - -—¡No es mia! ¡Mil rayos me confundan! Perdonad si mi dolor... ¿pero -qué veo? este anillo... ¡Santo Dios! ¡ella es! ¡ella es! ¿quién sino -ella pudiera tener este anillo? Es el mismo, le conozco, es el mismo. - -—¡Imprudente! esclamó la dama retirando y escondiendo -precipitadamente su mano. - -—¡Elvira! - -—¡Silencio! - -—Vos sois, vos sois: no me lo oculteis por mas tiempo, si no quereis -que muera á vuestros pies. - -—Y bien, yo soy, respondió la dama abalanzándose hácia atras para -poner todo el espacio posible entre ella y el doncel; yo soy, puesto -que fuera inútil negároslo por mas tiempo. ¿Y qué quereis? ¿qué -exigís de mí? - -—¿Qué exijo, señora, qué exijo? preguntó el doncel arrebatado de su -loco frenesí: ¿tengo derecho á exigir algo de vos? - -—Huid, pues, y no turbeis por mas tiempo mi tranquilidad. - -—¿Vuestra tranquilidad? y la mia, señora, ¿quién la turbó sino vos? -¿ó no es nada por ventura mi tranquilidad? - -—¿Yo? - -—¿Quién sino vos emponzoñó mi existencia, antes feliz y descuidada? -¿quién sino vos me dijo: Macías, mírame y ama? - -—¿Yo? - -—Vuestros ojos, vuestros ojos se clavaron cien veces en los mios, y -bien claro lo dijeron. ¡Ah! Elvira, yo he aprendido bien á mi costa á -leer en ellos. - -—Santo Dios, ¿qué decís? - -—¿Juzgais, señora, por ventura, que es lícito mirar á un hombre y -elegirle con los ojos entre la multitud para abrasarle impunemente? -¿Creeis que no vale tanto un hombre como una muger? ¿Imaginásteis que -su vida no es nada, que su existencia es vuestra? Vuestra, sí, si la -comprais; pero con una sola moneda, con la sola moneda que la paga; -¡con amor! - -—¿Pero Macías, delirais? - -—Sí, deliro, porque te veo, porque te hablo, porque esta era la -felicidad que anhelaba y que huia hace tres años. ¡Tres años, Elvira! -Tú sabes los dias, los larguísimos dias que encierran, cuando se -pasan sin esperanza. He huido yo tambien, pero no hay un hombre mas -fuerte que su destino. Te amo, Elvira, te adoro. Amame, ó mátame. - -—Elegid, caballero, lo que gusteis, esclamó Elvira fuera de sí, y -haciendo un esfuerzo sobrenatural. ¡Vos osais ofenderme, vos abusais -de esa manera de mi loca confianza! ¿Quién os ha dicho que os amé? -¿Olvidais que no puedo ser vuestra nunca jamas? - -—¡Yo olvidarlo, señora! ¡Pluguiera al cielo que me fuera dado -olvidarlo! ¿Quién mas dichoso entonces? pues nunca creí que vos misma -os complaceriais en repetírmelo. Añadidme ahora que le amáis á ese -hidalgo. - -—¿Y si os lo digera mentiria? Le amo... - -—¡Silencio! El infierno, el infierno se abre en este momento ante -mis ojos... necio de mí, que consumí una vida entera de amor en -conquistar este desengaño... ¿Pero qué veo? ¿Llorais? Elvira, -¿llorais? Nos entendemos, ¡ah! nos entendemos: se hablan nuestras -almas, á pesar de nosotros y de los obstáculos: confesadlo; es -imposible que no me ameis. No se ama nunca con este amor que me -abrasa para no ser correspondido. Os comprendo. ¿Temeis? ¿mirais á -todas partes? Bien, callaré, señora, callaré. Pero decidme _os amo_, -y nada mas. - -—Basta ya: ¡es imposible! ¿Paréceos que la supercheria que conmigo -usais, y que este encuentro, _casual_ sin duda, en la habitacion -del astrólogo, merece de mi parte premio y galardon? Creedme, jóven -imprudente, un mundo entero existe entre vos y entre mí: jamas le -traspasareis. - -—¡Jamas! ¡Dios mio! - -—Y escuchad: si quereis evitar mi odio, si mi aprecio os interesa, -jamas me hableis de amor: os prohibo que os presenteis delante de mí; -os prohibo que me dirijais trova ni cancion alguna; os prohibo... - -—Prohibidme el vivir, cruel, y acabareis mas pronto, contestó el -doncel con toda la amargura de la desesperacion. - -—Juradlo, Macías, juradlo si sois caballero. - -—¿Que jure yo no amarte? Jurad vos no ser hermosa, jurad que vuestra -voz no será dulce y penetrante, jurad que vuestros ojos no me -abrasarán en lo sucesivo, y yo juraré entonces... - -—¡Silencio! Soy perdida. ¿No sentís pasos? ¿No oís? ¡Abrahem, Abrahem! - -—Si; pero esa puerta se cerrará... - -—¿Qué haceis? Teneos. ¿Quereis hacerme delincuente cuando soy solo -desgraciada? - -—Señor Hernan Perez, dijo á este tiempo la conocida voz del -astrólogo en la antecámara, entrad en mi habitacion, y daré -satisfaccion á vuestras preguntas. - -—Él es, señora, él es, esclamó Macías apretando por última vez la -mano de Elvira, que se desasió de él: y lanzando un ¡ay! agudo y -penetrante, se dejó caer sobre el sitial que detras de si tenia. - -El lejano y repentino ruido de la conocida tormenta no pone mas pavor -en el corazon del asustado marinero que el que produjo en el pecho -del hidalgo la voz acongojada que en valde intentaba desconocer. - -—¡Santo cielo! gritó: ¡esta voz es la suya! Lanzóse en seguida en la -habitacion como se abalanza el tigre al redil, llamado por el tímido -balído de la inocente oveja. - -Detúvole empero y acabó de confundir todas sus ideas la presencia del -doncel, que ya en pie, y echada la visera, parecia el ángel tutelar -de la enlutada, puesto alli delante de ella para defenderla de todo -riesgo.—Abrahem, dijo entonces vuelto hácia el astrólogo, ¿quién es -esta enlutada? - -Fingía el judío hallarse en la mayor agitacion.—Señor, le respondió -por último, permitid que no descubra á nadie este secreto que se me -ha encargado y menos á vos... - -—¿A mí...? Yo he de saberlo... Acercóse entonces, resuelto, á la -tapada con ánimo al parecer de descubrirla. - -—¿Qué haceis, hidalgo...? preguntó una voz de trueno, deteniéndole al -mismo tiempo el brazo del doncel. - -Llegándose entonces el astrólogo á la dama, que se habia arrojado de -rodillas como á implorar piedad ante el zeloso marido, asióla de una -mano, y aprovechando el momento en que forcejeaba Hernan Perez con el -doncel, sacóla de la cámara, diciéndola al oido precipitadamente, - -—Me ha sido imposible evitarlo; pero salvaos. - -—La he de seguir, esclamó el hidalgo. - -—No, mientras esté yo aqui, repuso el doncel. Id, señora... - -—¿Y con qué derecho...? - -—Con el de la fuerza. - -—¡Ah! os conozco: mis dudas se desvanecen: ¿sois vos el doncel...? - -—Yo mismo. - -—Sacad la espada... - -—¿Osado y descortés? - -—Sacadla. - -—No en el alcázar, gritó el astrólogo arrojándose entre los dos. -Imprudentes, respetad mis canas. Macías, no teneis razon sino para -envainar vuestro acero. Hidalgo, os deslumbra tal vez... - -—¡Basta, pérfido astrólogo! gritó fuera de sí el irritado hidalgo: -¡basta! Doncel, respetemos este lugar; pero en otra parte tengo que -hablaros: salgamos. - -—Salgamos, repuso Macías echando á andar tras el escudero. ¡Tiempo -hace que lo deseaba! añadió en lo mas profundo de su corazon. - -—¡Oidme! gritaba el astrólogo ¡Teneos! - -Pero de alli á poco dejó de oir sus pasos precipitados; mirando -entonces hácia la puerta por donde habian salido,—¡Miserables, dijo -cerrándola, os preciais de fuertes y de entendidos, y un torpe -anciano juega con vosotros como con sus maniquíes! Abriendo en -seguida la comunicacion que daba á la cámara de don Enrique, asió de -una lámpara, y bajó silenciosa, pero precipitadamente, la escalera -retorcida. Daba la luz en parte solo de su rostro, merced á su -mano derecha, que interpuesta le defendia los ojos del resplandor. -Sonaban sus sandalias de escalon en escalon, y su larga ropa crugía -barriendo el pavimento. Parecia el genio del mal de aquel oscuro -alcázar, que recorria sus mas recónditos rincones buscando víctimas -nuevas que sacrificar el dia siguiente á su insaciable furor. - - -FIN DEL TOMO SEGUNDO. - -[Ilustración] - - - - -ÍNDICE DEL TOMO SEGUNDO - - - CAPITULO IX 1 - CAPITULO X 11 - CAPITULO XI 28 - CAPITULO XII 40 - CAPITULO XIII 50 - CAPITULO XIV 60 - CAPITULO XV 67 - CAPITULO XVI 81 - CAPITULO XVII 89 - CAPITULO XVIII 116 - CAPITULO XIX 127 - CAPITULO XX 144 - CAPITULO XXI 154 - - - - - * * * * * * - - - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la utilizada - actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han normalizado a - la grafía de mayor frecuencia. - - * Se ha completado el emparejamiento de los puntos de admiración y de - interrogación. Los puntos suspensivos se han normalizado a tres - puntos. - - * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar. - - * Se han añadido ilustraciones de adorno al final de los capítulos - que, en el original impreso, carecen de ellas. - - * Se ha añadido al final un índice de capítulos que no existe en el - original impreso. - - - -***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL -DOLIENTE, TOMO II (DE 4)*** - - -******* This file should be named 53588-0.txt or 53588-0.zip ******* - - -This and all associated files of various formats will be found in: -http://www.gutenberg.org/dirs/5/3/5/8/53588 - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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You may copy it, give it away or re-use it -under the terms of the Project Gutenberg License included with this -eBook or online at <a -href="http://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you are not -located in the United States, you'll have to check the laws of the -country where you are located before using this ebook.</p> -<p>Title: El doncel de don Enrique el doliente, Tomo II (de 4)</p> -<p> Historia caballeresca del siglo quince</p> -<p>Author: Mariano José de Larra</p> -<p>Release Date: November 25, 2016 [eBook #53588]</p> -<p>Language: Spanish</p> -<p>Character set encoding: UTF-8</p> -<p>***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL DOLIENTE, TOMO II (DE 4)***</p> -<h4>E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box,<br /> - and the Online Distributed Proofreading Team<br /> - (<a href="http://www.pgdp.net">http://www.pgdp.net</a>)<br /> - from page images generously made available by<br /> - Internet Archive<br /> - (<a href="https://archive.org">https://archive.org</a>)</h4> -<p> </p> -<table border="0" style="background-color: #ccccff;margin: 0 auto;" cellpadding="10"> - <tr> - <td valign="top"> - Note: - </td> - <td> - Images of the original pages are available through - Internet Archive. See - <a href="https://archive.org/details/eldonceldedonenr02larr"> - https://archive.org/details/eldonceldedonenr02larr</a><br /> - <br /> - Project Gutenberg has the other three volumes of this work.<br /> - <a href="http://www.gutenberg.org/files/53587/53587-h/53587-h.htm">Volume I</a>: see http://www.gutenberg.org/files/53587/53587-h/53587-h.htm<br /> - <a href="http://www.gutenberg.org/files/53589/53589-h/53589-h.htm">Volume III</a>: see http://www.gutenberg.org/files/53589/53589-h/53589-h.htm<br /> - <a href="http://www.gutenberg.org/files/53590/53590-h/53590-h.htm">Volume IV</a>: see http://www.gutenberg.org/files/53590/53590-h/53590-h.htm - </td> - </tr> -</table> -<div class="body"> -<div class="front"> - <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p> - <p><a href="#ToC">Índice</a></p> - <h1 class="faux">El doncel de Don Enrique el Doliente</h1> -</div> - -</div> -<p> </p> -<hr class="pg" /> -<div class="body"> -<p> </p> -<p> </p> -<p> </p> -<p> </p> -<p> </p> - -<div class="screenonly"> - <div class="figcenter"> - <img src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro" /> - </div> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="tit pt3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_i">[p. i]</span></p> - <p class="xxl"><b>EL DONCEL</b></p> - <p class="small mt15"><b>DE</b></p> - <p class="xxl mt05"><b>Don Enrique el Doliente:</b></p> - - <p class="small mt2">HISTORIA CABALLERESCA</p> - <p class="large g2 mt05">DEL SIGLO QUINCE</p> - - <p class="small mt15">POR</p> - <p class="xl mt05">D. MARIANO JOSÉ DE LARRA.</p> - - <p class="large mt2"><b>SEGUNDA EDICION.</b></p> - - <div class="mt3"> - <hr class="sep2" /> - <p class="tomo">TOMO II.</p> - <hr class="sep2" /> - </div> - - <p class="large mt2">MADRID:<br /> - <span class="medium"><span class="smcap">Imprenta de I. Sancha,</span></span><br /> - <span class="large">1838.</span></p> -</div> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_9"> - <p><span class="pagenum" id="Page_1">[p. 1]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-b001.jpg" - alt="El doncel de Don Enrique el Doliente" - title="El doncel de Don Enrique el Doliente" /> - </div> - <h2 class="nobreak">CAPITULO IX.</h2> - <hr class="sep" /> - <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza"> - <p class="i2">Ese caballero, amigo,</p> - <p class="i0">dime tú que señas trae.</p> - <p class="i8"><i>Cancion. de Rom.</i></p> - </div></div> -</div> - -<p class="ti0"><span class="capitular">L</span><span class="smcap">a -hora</span> del alba seria cuando el famoso caballero don Enrique -de Villena, cansado de esperar inútilmente á su juglar, á quien -habia comprometido, como sabe el lector, en el misterioso y -nocturno acontecimiento de la víspera, vacilando entre mil ideas -confusas, habia entregado al descanso sus miembros fatigados. Ni -el miedoso juglar habia vuelto, ni él, desde el punto en que le -enviara á esplorar quién fuese el músico, habia tornado á oir mas -que el confuso ruido de las armas de los desconocidos combatientes. -No habiendo querido dar sospechas á nadie<span class="pagenum" -id="Page_2">[p. 2]</span> en el alcázar de que pudiera tener la -menor parte en los sucesos que él se figuraba haber ocurrido, no se -habia determinado ni á salir en persona á reconocer el estado de las -cosas, ni á dispertar á ninguno de sus pacíficos sirvientes. Habíale -entretanto sorprendido el sueño en medio de la encontrada lucha de -sus opuestos pensamientos, y vestido como estaba se habia reclinado -en su rico lecho, determinado á esperar al dia y con él la aclaracion -de los acontecimientos de la noche. El sol sin embargo, que á mas -andar se venia, amaneciendo por las doradas puertas del oriente, -daba la señal á caballeros y escuderos de tornar á las obligaciones -diarias, porque en la época de nuestra narracion no se habia -introducido aun la moda regalona de perder las gentes principales las -horas mas hermosas del dia en el mullido y caliente lecho.</p> - -<p>La cámara principal del señor de Cangas y Tineo, inmediata á -su gabinete alquimístico (cuya entrada no era á todos permitida), -presentaba un aspecto imponente, tanto por el lujo y afectacion -con que se hallaba alhajada, como por las diversas personas que -en ella se veían reunidas esperando á que<span class="pagenum" -id="Page_3">[p. 3]</span> se dignase recibir su acostumbrado homenage -el ilustre pariente de Enrique III. Gentiles-hombres, caballeros y -escuderos de su casa, oficiales de su servicio, donceles y pages -conversaban en diversos grupos, pendientes del menor ruido que -pudiera anunciarles la deseada presencia de su señor. Notábase solo -la falta de dos personas, y no se oían mas que preguntas misteriosas -sobre su estraña ausencia.</p> - -<p>—¿Qué era del primer escudero? ¿Qué del juglar?</p> - -<p>—¿Qué puede causar la tardanza de Fernan Perez?</p> - -<p>—Por el señor Santiago que es cosa dificil de comprender. Cuando -volviamos anoche de la batida, él se adelantó con un solo montero y -se separó de nosotros. Desde entonces no le volvimos á ver.</p> - -<p>—Sí, reponia otro: apostára la mejor pieza de mi arnés á que fue -á ver bajo las ventanas de su amada esposa si andaban moros en la -costa.</p> - -<p>—Bravo modo de decirnos que el escudero es zeloso.</p> - -<p>—¡Dios me perdone! como un moro.</p> - -<p>—¡Oh! entonces, decia un tercero, ya<span class="pagenum" -id="Page_4">[p. 4]</span> se esplica su ausencia. Habrá tardado en -conciliar el sueño... al lado de su dama...</p> - -<p>—¡Chiton! la puerta de la cámara se ha abierto.</p> - -<p>—Es el camarero.</p> - -<p>—El camarero, el camarero, repitieron varias voces por lo bajo. -Fijáronse las miradas de todos en Rui Pero, quien con la mayor -inquietud preguntó:</p> - -<p>—¿No ha venido aun Ferrus? su señoría pregunta por su juglar.</p> - -<p>—Estará haciendo alguna trova, ó pensando algun donaire, dijo el -mas atrevido de los caballeretes.</p> - -<p>—Cierto que comienza su tardanza á inquietarme, dijo Rui Pero. Y -acercándose á los principales personages de aquella pequeña corte.—Su -señoría no se ha desnudado esta noche; Fernan Perez no parece; Ferrus -tarda, les dijo misteriosamente: temo grandes novedades. Voy á -prevenir á su señoría, añadió en voz alta, y se entró.</p> - -<p>Duraron otro rato las misteriosas conversaciones de la cámara; -pero no tardó mucho en venir á interrumpirlas la presencia del primer -escudero.</p> - -<p>—Dios nos dé su bendicion, dijo en en<span class="pagenum" -id="Page_5">[p. 5]</span>trando, al comenzar este dia, y se santiguó -devotamente.</p> - -<p>—Dios nos la dé, repitieron los circunstantes, é imitaron, como en -las cortes se usa, la accion del valido. Bien venido sea el escudero -de su señoría, esclamaron despues.</p> - -<p>—Bien venido, sí, y bien despierto; la trasnochada me ha hecho ser -indolente. Vuestras mercedes me darán licencia que entre á tomar las -órdenes de nuestro amo. Ya hace rato que debiera estar á su lado.</p> - -<p>No le dió lugar sin embargo á entrar la salida del conde en -persona, á quien acompañaba su fiel camarero. Hízose como los demas -á un lado respetuosamente Fernan Perez, y el conde, que le habia -visto antes que á otro alguno, disimulándolo sin embargo, como para -castigarle de su tardanza, dirigió comedidamente la palabra á sus -principales cortesanos. Despues de las ceremonias y fórmulas de -uso.—Caballeros, dijo el conde, asuntos de alguna importancia me -obligan á separarme de vuesas mercedes. Podreis esperarme en la -antecámara de su alteza, adonde no tardaré en seguiros. Fernan Perez, -quedaos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_6">[p. 6]</span></p> - -<p>Inclinaron la cabeza los circunstantes, y hablando entre sí por -lo bajo, dejaron la cámara desocupada, no muy contentos con el frio -recibimiento del distraido conde de Cangas y Tineo.</p> - -<p>—Y bien, Fernan Perez, dijo éste luego que quedaron solos, supongo -que habeis encontrado en completa salud á la hermosa Elvira.</p> - -<p>—Esa pregunta, señor...</p> - -<p>—¡Oh! no: haceis bien: no se puede vacilar entre el servicio -de una hermosa y el de un conde. Voy viendo que os debo de armar -pronto caballero, porque ya sin serlo cumplís perfectamente con la -orden de caballería. ¿A qué hora habeis entrado en Madrid?—Rui Pero, -dispondreis que se busque dentro y fuera del alcázar á Ferrus. Su -ausencia me inquieta.—Ya estamos solos, Vadillo. ¿A qué hora habeis -entrado?</p> - -<p>—Podrian ser las cuatro, si dicen las horas las estrellas.</p> - -<p>—¿Las cuatro? A esa hora... ¿no habeis visto á la entrada á -Ferrus?</p> - -<p>—Ojalá, señor, que hubiera visto á Ferrus: algo peor es lo que be -visto.</p> - -<p>—¿Peor? esplicaos presto.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_7">[p. 7]</span></p> - -<p>—Y peor lo que he oido.</p> - -<p>—¿Habeis oido?</p> - -<p>—Volvia, señor, de la batida, como me dejastes mandado, á la -cabeza de los caballeros y monteros de tu casa; al llegar al alcázar, -habíame adelantado algun tanto para hacer la señal de que nos echaran -el rastrillo, cuando creí oir hácia cierto punto del alcázar, pero de -la otra parte del foso, un laud asaz bien templado.</p> - -<p>—Seguid, Vadillo.</p> - -<p>—Parecióme mal que á tales horas se diesen serenatas hácia la -parte precisamente del alcázar que habita...</p> - -<p>—Seguid.</p> - -<p>—Apreté los hijares al caballo: cuando llegué, la música habia -cesado, pero un hombre que rodeaba el muro esterior, y que á la sazon -se hallaba debajo de las ventanas de mi señora la condesa...</p> - -<p>—¡Vadillo!</p> - -<p>—De Elvira, señor... perdonad si mi lengua... ¡maldita sospecha! -ahora caigo en que... aquel hombre, pues, no me pareció bien, y le -acometí.</p> - -<p>—Por Santiago que acertaste. ¡Es mi hombre! ¿era el músico?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_8">[p. 8]</span></p> - -<p>—Sin duda, puesto que por alli otro alguno no se veía.</p> - -<p>—¿Se defendió?</p> - -<p>—Trató de defenderse, y trató de hablar pero mi venablo no le dió -el espacio que él quisiera. Le disparé, y cayó.</p> - -<p>—¿Cayó? adelante, Vadillo. Tu recompensa igualará tu servicio.</p> - -<p>—Apeéme del caballo para reconocerle, pero fue imposible: habia -llovido, y él cayó en el fango: mi venablo le habia pasado por la -frente, y su cara estaba llena de lodo y de sangre: la oscuridad -ademas y mi turbacion no me permitieron conocerle. Figuréme sin -embargo que no debia de estar muerto aun, pues latía su corazon y se -quejaba. Deseoso de saber quién fuese el músico que á aquellas horas -osaba comprometer el honor de las dueñas del alcázar, atravesélo en -mi caballo: sin embargo antes de entrar lo encomendé al cuidado del -montero que se habia adelantado conmigo: respondióme de su seguridad. -Fui á dar órdenes para hospedar á la gente de la batida, y ahora -solo espero las tuyas, gran señor, para reconocer al insolente -trovador.</p> - -<p>—¡Ah! ¿No sabeis aun quien sea?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_9">[p. 9]</span></p> - -<p>—Solo sé que no está herido de muerte; pero el montero al -anunciármelo añadió que el maestro á quien habia recurrido, al -hacerle la cura, habia encargado que no se le viese ni hablase. Creí, -pues, del caso esperar á la mañana. Parecióme sin embargo jóven y -gallardo mancebo.</p> - -<p>—Él es, no hay duda. Te tengo en mi poder, mal caballero. Vadillo, -es preciso tenerle á buen recaudo.</p> - -<p>—¿Conócesle tú entonces, gran señor?</p> - -<p>—Sí: le conozco; tú le conocerás tambien. Necesito sin embargo -á Ferrus. Á esa misma hora de las cuatro le envié á reconocer al -músico; de entonces acá ha desaparecido. El villano cobarde ha -tenido miedo sin duda; acaso luego se aparecerá y creerá desarmar mi -enojo con alguna juglería. Entre tanto Rui Pero está en el encargo -de encontrármele muerto ó vivo. Sus orejas servirán de pasto á mis -lebreles si ha cometido villanía, por Santiago. Ahora, Vadillo, es -preciso no perder tiempo: supuesto que está en nuestro poder quien -pudiera únicamente desbaratar mis planes, dentro de una hora he de -quedar servido. Hernan Perez, ¿teneis valor y resolucion?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_10">[p. 10]</span></p> - -<p>—Dispon, señor, de mi vida.</p> - -<p>—Venid conmigo; prontitud y secreto.</p> - -<p>Dicho esto, salieron don Enrique y su primer escudero, y -atravesando apresuradamente las galerías del alcázar, se dirigieron -á las caballerizas del conde: dieron alli varias órdenes, al parecer -de la mayor importancia: separáronse en seguida. El primer escudero -buscó y habló misteriosamente á algunos escuderos de la casa de su -señoría. El movimiento y el sigilo con que ciertos preparativos -se hacian pronosticaban algun proyecto de la mayor importancia. -Reuniéronse de nuevo el conde y su primer escudero, y en otra -secreta conferencia aquel pareció dar á éste instrucciones de -grave peso, despues de las cuales se dirigieron entrambos seguidos -de los escuderos y armados que para su plan habian escogido, y -desaparecieron entrándose por la cámara de don Enrique. Nada -se trasluce en las crónicas del objeto de aquellas ignoradas -conferencias. El lector sin embargo, si presta un poco de paciencia, -podrá tal vez adivinarle por sus prontos resultados.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-b010.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_10"> - <hr class="doble" /> - <hr class="doble" /> - <h2 class="nobreak" title="CAPITULO X."><span class="pagenum" - id="Page_11">[p. 11]</span>CAPITULO X.</h2> - <hr class="sep" /> - <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza"> - <p class="i0">Mate el conde á la condesa,</p> - <p class="i0">que nadie no lo sabria,</p> - <p class="i0">y eche fama que ella es muerta</p> - <p class="i0">de un cierto mal que tenia.</p> - <p class="i6"><i>Rom. del conde Alarcos.</i></p> - </div></div> -</div> - -<p class="ti0"><span class="capitular">C</span><span -class="smcap">uando</span> Fernan Perez de Vadillo hubo dejado su -presa al cuidado del montero, se apresuró á desvanecer las sospechas -que en su alma comenzaban á nacer acerca de la dueña á quien podria -haber sido la serenata dedicada. Era evidente que el trovador se -hallaba debajo de las rejas de doña María de Albornoz: ¿rondaba -empero á la condesa, ó á alguna de sus dueñas y doncellas? ¿era -acaso Elvira el objeto de tan intempestiva música? La conducta -irreprensible de la condesa y de su esposa las ponian en cierto modo -á cubierto de cualquier juicio temerario. Los maridos, sin embargo, -que nos lean, no estrañarán que el zeloso escudero fabricase en el -aire mil castillos fantásticos hasta la completa aclaracion por lo -menos de sus terribles dudas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_12">[p. 12]</span></p> - -<p>El taimado pagecillo entre tanto al oir saltar de su lecho á su -hermosa prima, se habia levantado, y habia conseguido hacer que ella -volviese en sí de su aturdimiento, golpeando á su cerrada puerta, y -preguntándola si necesitaba algun ausilio, y cual era la causa de -aquel ¡ay! doloroso y del estraordinario ruido que acababa de oir.</p> - -<p>Repúsose Elvira lo mejor que pudo, y tranquilizando al page, -mandóle que se retirase á su lecho, y aun le trató de visionario y -de curioso impertinente. A lo de curioso nada tenia el pobre Jaime -que responder, pero en cuanto á lo de visionario, él sabia muy bien -que no habia soñado lo que realmente habia oido, y si obedeció por -entonces, no fue sin reservarse el derecho de averiguar todo el -caso en amaneciendo. Elvira, satisfecha con el silencio del page, -tornó á escuchar, pero no oyendo ruido alguno que pudiese ponerla -en camino de dar con la verdad de lo sucedido, volvióse al lecho -tambien; de suerte que á la venida inesperada del zeloso escudero -pudo disimular convenientemente la reciente turbacion. Despues de -las primeras preguntas que entre los dos pasaron acerca de aquella -imprevista llega<span class="pagenum" id="Page_13">[p. 13]</span>da, -en valde trató Fernan Perez de sondear mañosamente el alma de su -avisada esposa. Nada habia oido, nada sabia de cuanto á Vadillo traía -inquieto. Hubo éste, pues, de conformarse y remitir á otra ocasion -mas favorable la satisfaccion de sus deseos. Concilió el sueño de que -tanta falta tenia, y cuando se dispertó se vistió apresuradamente, -y despidiéndose de su amada esposa se dirigió á la cámara de don -Enrique, como arriba dejamos indicado.</p> - -<p>No deseaba Elvira otra cosa: cada vez mas inquieta acerca del -obscuro sentido de las trovas de la noche pasada, presagiaba ya -mil próximas desventuras: determinó dar aviso á la condesa, quien -habia oido muy confusamente los sucesos referidos. Antes empero de -dar este importante paso, llamó al page y le dijo como era inútil -que guardase por mas tiempo el secreto de la venida del caballero -de Calatrava, puesto que ella lo habia reconocido: añadióle que -importaba mucho á la seguridad de su señora la condesa saber cuál -habia sido el desventurado lance de la noche, y hablar al caballero, -si habia quedado de él con vida y libertad, para que le aclarase sus -misteriosos avisos:<span class="pagenum" id="Page_14">[p. 14]</span> -prometió el page indagar cuanto hubiese en el asunto, tanto por dar -contento á su querida prima, como por el interes que en las cosas del -caballero trovador se tomaba. Salió, pues, en busca de él, resuelto -á no volver mientras no diese con él y no le indicase el deseo de la -condesa, de agradecerle su fina amistad, é implorar al mismo tiempo -su proteccion y amparo, si algo sabia que fuese en contra de ella ó -de los suyos.</p> - -<p>Mas tranquila despues de esta primera diligencia, acudió la triste -Elvira á la cámara de su señora, á quien encontró levantada, pero -no repuesta de las terribles escenas de la víspera. No contribuyó á -aquietarla lo que Elvira le refirió, y entrambas á dos determinaron -vivir con cautela, no dudando que las palabras del trovador tuviesen -alguna relacion con los proyectos que el irritado conde habia dejado -traslucir la noche antes, en medio de su colérico arrebato contra su -inocente esposa.</p> - -<p>Bien quisiera la condesa penetrar el arcano que las nocturnas -trovas encerraban, y aun mas quisiera traslucir quién podia ser -el caballero generoso que tan bien informado se hallaba de las -asechanzas que contra ella<span class="pagenum" id="Page_15">[p. -15]</span> se prevenian, y que tan singular interes por su seguridad -tomaba. No eran pequeñas por otra parte la zozobra y la duda que á -entrambas nuestras heroinas agitaban acerca de los resultados de la -desgracia que al caballero le habia acarreado su generosidad.</p> - -<p>Era para Elvira evidente que poco despues de haber callado el -desventurado cantor, le habia sobrevenido un trance de armas: la -caida de un cuerpo habia resonado luego funestamente en sus oidos -y en su corazon, y el silencio y la duda habian sucedido á la -catástrofe. Era de presumir que el muerto ó herido fuese el músico; -pero era imposible saber nada á punto fijo antes de la vuelta del -page; corria entre tanto el tiempo, si bien no tan aprisa como al -desgraciado que espera le suele comunmente convenir, y el page no -daba noticias de su persona.</p> - -<p>Si nuestros lectores han esperado alguna vez, podrán formar una -idea aprocsimada de la penosa agonía de la de Albornoz y Elvira, -porque idea exacta de ninguna manera la podrán concebir.</p> - -<p>—¿Has oido? preguntaba en medio del mayor silencio la condesa.</p> - -<p>—¡Es Jaime! respondia Elvira; mas no,<span class="pagenum" -id="Page_16">[p. 16]</span> no suena nada, añadia despues de un -momento de inútil espectacion.</p> - -<p>—Ahora... ahora sí, esclamaba de alli á un rato la condesa.</p> - -<p>—Sí; ahora; pasos son, y pasos acelerados...</p> - -<p>—De muchacho.</p> - -<p>—Jaime, Jaime es... ahora sí... repetia Elvira atenta á la puerta, -los ojos fijos en sus batientes hojas, y palpitándole el seno -aceleradamente con el movimiento de las olas azotadas por la brisa; -veíala abrirse ya, se medio-incorporaba en su asiento, entreabria los -labios para hablar á Jaime... La puerta sin embargo cerrada, fija, -inmóvil como una pared. Los pasos se alejaban, apenas se oían. Nada -ya.</p> - -<p>—Seria algun criado que pasaba.</p> - -<p>Una vez, en fin, la puerta se movió al morir en ella el ruido -de los pasos; todavia no se podia ver al que iba á entrar: parecia -sacudirse por sí sola, y antes de que se abriese lo bastante -para dar paso al page, que era sin duda el que iba á entrar, la -condesa y Elvira unánimemente inspiradas de uno de estos raptos -del primer momento, tan comunes é irreprimibles como inespli<span -class="pagenum" id="Page_17">[p. 17]</span>cables en las mugeres, -habian gritado:—¡Jaime! entra, Jaime.</p> - -<p>Abrióse por fin la puerta enteramente, y entró don Enrique de -Villena. Hay una inclinacion natural en el que espera á creer que -nadie puede venir sino el esperado; nada tienen, pues, de particular -el asombro y la repentina frialdad de la condesa y su camarera al ver -echado por tierra tan inesperadamente todo el aéreo castillo de sus -fantásticas esperanzas. Miráronse una á otra en el primer momento -de estupor; el lector hubiera adivinado en sus semblantes infinidad -de ideas que bullian en sus imaginaciones, y que por la vista se -cruzaban, se comunicaban, se hablaban, se refundian en un solo objeto -de entrambas comprendido sin mas verbal esplicacion.</p> - -<p>Examinó un momento don Enrique de Villena las cambiantes -fisonomías de la señora y su camarera.</p> - -<p>—Bien veo, dijo pausadamente despues de un momento, bien veo, doña -María, que no esperais á vuestro esposo. ¿Pudiera yo merecer vuestra -confianza hasta el punto de saber cuál interes os liga al imprudente -page que ha abandonado de una manera tan im<span class="pagenum" -id="Page_18">[p. 18]</span>prevista mi envidiado servicio? ¿callais? -¿me conservais rencor aun por la escena de anoche?</p> - -<p>Dijo estas últimas palabras con tal acento de dulzura y de -reconvencion, que no pudo menos la ilustre víctima de manifestar á -las claras en su semblante su singular asombro. Tenia efectivamente -el de Villena gran facilidad para revestir la máscara que á sus fines -mejor convenia. Nadie hubiera reconocido en sus modales y palabras al -tirano esposo de la víspera.</p> - -<p>—¿No quereis, señor, que estrañe tan singular mudanza en vuestras -acciones? ¿debo creeros, ó prepararme para otra...?</p> - -<p>—Basta, doña María: ¿es posible que no acabeis de conocer los -sentimientos de don Enrique de Villena? No negaré que pudierais estar -justamente ofendida, pero vengo á reclamar mi perdon. He pensado -mejor mis verdaderos intereses, he reconocido mi error: vuestras -virtudes me han hecho abrir los ojos: si sois la misma que habeis -sido siempre, Elvira puede ser testigo de nuestra reconciliacion.</p> - -<p>—¡Don Enrique! esclamó alborozada la de Albornoz. Miró sin embargo -á Elvira co<span class="pagenum" id="Page_19">[p. 19]</span>mo para -preguntarla con los ojos si podria creer en la sinceridad de las -palabras del conde: Elvira bajó los suyos, y dejó sin respuesta la -muda interrogacion de su señora.</p> - -<p>—Desechad las dudas, doña María. Vengo á daros una prueba positiva -de mi afecto. Espero que esta noche os presentareis brillante de -galas y preséas en la corte de Enrique III. Quisiera que vencieseis -en esplendor á todas vuestras émulas, y que la corte toda, á quien -hemos dado harto motivo de murmuracion con nuestras anteriores -contiendas, presenciase los efectos de nuestra nueva alianza. ¿Dudais -aun?</p> - -<p>—Esta duda, señor, repuso la de Albornoz, puede seros garante del -deseo que en mi alma abrigaba de veros por fin esposo algun dia. ¡Ah! -si vuestro amor, si esta reconciliacion fuesen una nueva artería, si -fuesen un lazo...</p> - -<p>—¡María!</p> - -<p>—Perdonadme: vos habeis dado lugar á mi desconfianza; si esta paz -aparente fuese solo la calma precursora de nuevas borrascas, seriais -bien cruel y bien pérfido caballero: ¿qué gloria podria prestarle al -leon el jugar con la inocente y crédula oveja?<span class="pagenum" -id="Page_20">[p. 20]</span> Ved mi alma: yo os perdono, don Enrique -perdonémonos entrambos. Oid empero. Si solo intentais divertiros á -costa de mi loca credulidad, Dios confunda al malsin, abandone la -Vírgen Madre al engañador de las damas, y el buen Santiago al mal -caballero. Apodérese el ángel malo del alma del traidor, y no le sean -bastante castigo las penas todas de los condenados al fuego eterno. -Hé aqui mi mano y mi amor, don Enrique.</p> - -<p>Las últimas palabras enérgicas que la de Albornoz habia -pronunciado con toda la entereza de la virtud y el entusiasmo -de la inspiracion, habian hecho bajar los ojos al imperturbable -don Enrique: un estremecimiento involuntario le habia cogido -desprevenido, y estrechó la mano de la de Albornoz diciendo -balbuciente y confuso:</p> - -<p>—Ved aqui la mia: el cielo sabe la verdad de mis palabras.</p> - -<p>Abrazáronse los consortes en presencia de la asombrada Elvira, -quien, acostumbrada á la táctica de don Enrique, no hacia sino -examinar su semblante como buscando en sus facciones y en el -mas insignificante de sus gestos pruebas contra sus palabras. -La de Albornoz, deslumbrada por su mismo<span class="pagenum" -id="Page_21">[p. 21]</span> deseo y su amor al conde, se entregaba -mas facilmente á la esperanza de ver por fin su suerte mejorada. -¿No era por otra parte muy posible que sus virtudes hubiesen hecho -realmente en don Enrique el efecto que este acababa de suponer? Nada -hay mas facil que hacernos creer lo que con vehemencia deseamos. La -de Albornoz tragó, pues, el cebo y el anzuelo.</p> - -<p>Repuesto don Enrique de su primera turbacion, no perdonó medio -alguno de inspirar confianza á su esposa: las palabras mas tiernas -fueron por él prodigadas, y las mas vivas protestas de amor y -fidelidad. Un amante no hubiera dicho mas que el hipócrita marido.</p> - -<p>Poco tiempo podia hacer que esta escena duraba en la cámara de -doña María de Albornoz, cuando la puerta misma que el dia antes -habia proporcionado á don Enrique retirada se abrió con admiracion -de los circunstantes, y se aparecieron seis figuras fantásticas, que -un hombre del vulgo hubiera llamado entonces seis endriagos. Venian -armados al parecer de pies á cabeza, pero unas especies de sayos -que sobre la armadura traían, y cuya capucha cubria su cabeza<span -class="pagenum" id="Page_22">[p. 22]</span> y rostro, á manera de los -que usaban los almogavares, no permitian ver quiénes ni qué especie -de hombres fuesen.</p> - -<p>Suspensas quedaron á tan estraña aparicion doña María y su -camarera; mirábanse alternativamente, y miraban luego con atencion -esploradora á don Enrique, deseosas de reconocer en su fisonomía si -se presentaban los intrusos alli por su orden, ó si tendrian ellas -motivo para temer algun nuevo peligro.</p> - -<p>—¡Vive Dios! esclamó don Enrique levantándose: ¿quién es el osado -que os envia? ¿quién se atreve á interrumpir de un modo tan incivil -las conversaciones del conde de Cangas y Tineo? salid fuera y...</p> - -<p>No le dieron tiempo á proseguir los encubiertos: el que parecia -ser gefe de ellos desenvainó una espada, á cuya señal se acercaron -los demas con sendos puñales á las aterradas damas, todo sin proferir -una palabra.</p> - -<p>—¡Don Enrique! esclamó la de Albornoz arrojándose á sus pies y -estrechando sus rodillas, al paso que éste con el acero, fuera ya de -la vaina, parecia protejerla de todo estraño acometimiento.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_23">[p. 23]</span></p> - -<p>—Traicion, señora, gritó Elvira, traicion: ¡nos han vendido! y -quiso arrojarse hácia la puerta para demandar socorro. No se lo -consintieron dos de las fantasmas, que arrojándose á su paso la -sujetaron fuertemente y pusieron término á sus alaridos, cubriendo -su boca con su fino cendal, y procediendo en seguida á sujetarla á -una de las columnas de la cámara. Don Enrique entre tanto gritaba y -maldecia.</p> - -<p>—¡Por Santiago! he olvidado mi silbato de plata en mi cámara, y -ningun criado me oirá aunque los llame. Pero venid, añadia al gefe de -los invasores; llegad y arrancadme la vida antes que el honor.</p> - -<p>En vano trató la de Albornoz de separar á su esposo del trance -que le esperaba. Don Enrique la rechazó y cruzó su espada con la del -desconocido, en tanto que los compañeros de éste, apoderándose de la -casi desmayada doña María, vendaban su boca con su propio pañuelo, en -cuyas puntas se veían ricamente recamadas en oro las armas reunidas -de su casa y la de Aragon: cubriéronla toda con un largo manto negro, -que de pies á cabeza la ocultaba, y comenzaron á sacarla fuera -de la cámara por la puer<span class="pagenum" id="Page_24">[p. -24]</span>ta secreta, sin que pudiese oponerles resistencia alguna la -consternada y ya enteramente enajenada víctima.</p> - -<p>Combatia entre tanto don Enrique con el desconocido, el cual, -visto lo hecho por sus compañeros, se replegaba defendiéndose con -destreza. Miraba Elvira con atencion el semblante de don Enrique, por -ver si descubria en él alguna señal que manifestase estar mancomunado -con los traidores. Ofendia y se defendia éste, empero, con bizarría; -voceaba llamando á sus criados y persiguiendo siempre al fuerte -caballero que protegia la retirada de los suyos con su presa, mas -sin poder herirle: al llegar á la puerta secreta el desconocido hizo -un último esfuerzo para desembarazarse de su molesto perseguidor, -y tirándole un furibundo mandoble desarmó al conde. Bien trató el -al parecer irritado Villena de recojer su acero en cuanto vió que -el encubierto no se habia aprovechado de su ventaja para rematarle, -pero la accion de don Enrique dió tiempo al fugitivo; lanzóse á la -escalera cerrando tras sí la puerta con el oculto cerrojo, de modo -que cuando el conde, apoderado ya de su arma, volvió á la carga, no -halló mas que una pared ter<span class="pagenum" id="Page_25">[p. -25]</span>sa é insuperable delante de sí, procurando en vano, tocar -el resorte que la solia abrir.</p> - -<p>Volvióse atras entonces el conde, y no parando mientes en Elvira, -que atada y amordazada permanecia, salió por la puerta principal de -la cámara, llamando socorro y armas contra los robadores, como los -llamaba, y malandrines que acababan de arrebatar á su cara esposa de -entre sus mismos brazos, allanando su propia habitacion por arte sin -duda de Luzbel, y con ausilio de todas las potestades del abismo, -contra su robusto y valeroso brazo.</p> - -<p>—A la mina, mis escuderos, al campo, gritaba, al campo del moro, -al Manzanares; alli los alcanzaremos: la escalera secreta no tiene -otra salida.</p> - -<p>No tardó mucho en esparcirse por el alcázar la noticia del -estraordinario robo y desacato cometido en la persona de la condesa -de Cangas y Tineo: caballeros y escuderos acudian todos á la voz -del conde y en menos de media hora estuvo este en disposicion de -traspasar el rastrillo en busca de los robadores; quien enlazaba este -acontecimiento con la música oida la noche antes bajo la ventana de -la condesa, quien suponia que<span class="pagenum" id="Page_26">[p. -26]</span> el hecho era imposible, en vista de que solo don Enrique -poseía las llaves de los candados que cerraban aquella salida al -campo. Todos conjeturaban, todos hablaban, nadie veía clara la -verdad.</p> - -<p>No era sin embargo menos cierto que los robadores habian hallado -el secreto de introducirse en la cámara de la de Albornoz por -la puerta que la unia con la del conde, y que tenia salida á la -escalera, y de alli á la larga mina no conocida de todos. Nada -mas frecuente en los alcázares antiguos y de construccion morisca -sobre todo que estas minas secretas: hacíanse prudentemente con la -mayor reserva y secreto, y solian parar á una ó dos leguas á veces -del alcázar á que pertenecian. Varias puertas y trampas de hierro, -bien cerradas y puestas á trechos, impedian la entrada en ellas á -los enemigos, aun en el caso de ser su boca descubierta, cosa de -suyo poco menos que imposible; y podian ser de mucha utilidad á los -poseedores del alcázar, tanto para hacer una salida imprevista como -para introducir víveres, como tambien para salvarse por ellas en -una noche la guarnicion del castillo, en el caso de verse reducida -al último estremo<span class="pagenum" id="Page_27">[p. 27]</span> -por un ejército aguerrido y numeroso. Por una de estas minas, pues, -escaparon los encubiertos; de suerte que ya se hallaban muy lejos -de Madrid cuando pudieron llegar sus perseguidores á la boca de la -mina, habiéndoles sido preciso reunirse, armarse, salir del alcázar, -y dar un gran rodeo para su objeto, pues perseguirlos por la misma -mina era caso imposible, puesto que habiendo sustraido y llevado las -llaves de las diversas puertas los encubiertos, era claro que habrian -ido cerrandolas todas sucesivamente tras sí, como con la primera de -la cámara habia hecho el gefe de ellos, con el prudente objeto de -asegurarse las espaldas.</p> - -<p>Dejemos á don Enrique á la cabeza de los oficiales de su casa -corriendo el campo del moro en busca de su robada Elena, y pidamos -al lector un ligero descanso, que despues de la pasada refriega y -aventura estraordinaria referida habernos en gran manera menester.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-b027.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_11"> - <hr class="doble" /> - <hr class="doble" /> - <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XI."><span class="pagenum" - id="Page_28">[p. 28]</span>CAPITULO XI.</h2> - <hr class="sep" /> - <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza"> - <p class="i2">Cuando el conde aquesto vido</p> - <p class="g4">. . . . . . . . . . . . . .</p> - <p class="i0">fuérase para el palacio</p> - <p class="i0">donde el rey solia estar,</p> - <p class="i0">saludó á todos los grandes,</p> - <p class="i0">la mano al rey fue á besar.</p> - <p class="i0"><i>Rom. del conde Grimaltos, Silva de varios rom.</i></p> - </div></div> -</div> - -<p class="ti0"><span class="capitular">L</span><span class="smcap">a -pequeña</span> corte de la antecámara de don Enrique, que dejamos en -anteriores capítulos descrita, era un imperfecto y pálido remedo de -la del <i>muy alto y poderoso rey don Enrique III</i>.</p> - -<p>Veíanse lucir en esta á mas de los que tenian los primeros -oficios de la real casa de su alteza las principales dignidades de -Castilla. Hallábanse en derredor del trono á derecha é izquierda, -y por el orden de su dignidad y favor, el buen condestable don Rui -Lopez Dávalos, el almirante don Alfonso Enriquez, don Fadrique, -duque de Benavente, don Gaston, conde de Medinaceli, el conde don -Juan Alfonso de Niebla, los maestres de Santiago y Alcántara, el -mariscal<span class="pagenum" id="Page_29">[p. 29]</span> don Garci -Gonzalez de Herrera, don Juan de Velasco, camarero mayor, Diego Lopez -de Stúñiga, justicia mayor, Pero Lopez de Ayala, chanciller mayor -y del sello de la puridad, el adelantado Pedro Manrique, donceles -y caballeros principales, en fin, que á la corte asistian. En el -momento de nuestra narracion llegaba su alteza á ocupar su regia -silla: acompañábanle al lado don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, -don Juan Hurtado de Mendoza, su mayordomo mayor, y sosteníanle del -brazo fray Juan Enriquez, su confesor, y don Mosen Abenzarsal, su -físico. Don Enrique III, en medio de su juventud, tenia el natural -aspecto enfermizo que á su rostro prestaban sus habituales dolencias. -Semblante pálido y prolongado por la enfermedad, noble con todo, -grave y lleno de magestad: sus ojos eran hermosos: mezclábase en -ellos cierta languidez y tristeza con la penetracion y la severidad: -su andar era lento y su voz flaca.</p> - -<p>Hasta el momento de la entrada de su alteza habíase tratado con -raro interes entre los palaciegos del robo singular de doña María -de Albornoz, y ninguno en consecuencia estrañaba la ausencia de don -Enrique de Vi<span class="pagenum" id="Page_30">[p. 30]</span>llena -y de los caballeros de su casa. Succedió el mayor silencio á la -entrada de su alteza, y éste recorrió con la vista apresuradamente el -círculo de sus cortesanos, saludando á uno y otro lado con su natural -sequedad.</p> - -<p>—¿Y nuestro fiel pariente y vasallo don Enrique de Villena? -preguntó su alteza: condestable, ¿creo que me habeis dicho que ha -vuelto de la montería del Real de Manzanares?</p> - -<p>—Señor, dijo el buen Lopez Dávalos inclinando su cabeza cana y -despojada por el tiempo, cierto es lo que aseguré á tu alteza: don -Enrique volvió ayer del Pardo.</p> - -<p>—¡Por San Francisco! que no sabe sus intereses mi primo cuando -olvida presentarse á su rey...</p> - -<p>—¡Es una omision imperdonable...! pero, señor, hay causas á veces -que...</p> - -<p>—¿Causas? quiero saberlas.</p> - -<p>—Seis enmascarados han robado á su esposa.</p> - -<p>—¿Robado? ¿dónde?</p> - -<p>—En su cámara misma.</p> - -<p>—¿En mi palacio? no puede ser, condestable. Tal desacato costaria -la cabeza... esplicaos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_31">[p. 31]</span></p> - -<p>—Nada hay mas cierto, señor.</p> - -<p>Aqui el condestable, amigo del conde de Cangas y Tineo, -refirió al rey cuanto en el alcázar corria acerca de tan estraño -acontecimiento.</p> - -<p>—Diego Lopez de Stúñiga, dijo el rey levantándose cuando hubo -oido la relacion del caso. El rey Enrique no desmentirá jamas la -fama que tiene granjeada de justiciero. Como justicia mayor de mis -reinos os cometo la averiguacion del suceso. Compadezco á nuestro -fiel pariente y vasallo, y quiero vengar la felonía cometida en la -persona de mi muy amada doña María de Albornoz. Antes de tres meses -me habreis descubierto quién sea el reo, y habrá pagado con su cabeza -su atrevimiento. Juro por las llagas de San Francisco que no le podré -dar seguro aunque me le pida.</p> - -<p>Inclinó respetuosamente la cabeza Diego Lopez de Stúñiga, y volvió -á ocupar su lugar.</p> - -<p>—Vos, Pero Lopez de Ayala, tendreis entendido que quiero que se -estienda hoy mismo la cédula que os dije: es mi real voluntad que -no paguen mis reinos mas monedas, á pesar de no haberse acabado aun -la<span class="pagenum" id="Page_32">[p. 32]</span> guerra con -Granada. ¿Qué os parece almirante?</p> - -<p>—Paréceme, señor, que pudieran recrecerse graves daños de la -supresion del tributo de las monedas, repuso el almirante: si bien -con eso contentais á los pecheros y hombres de afan, tambien si los -moros vuelven á hacer la entrada...</p> - -<p>—No me lo digais, repuso el rey; estad cierto de que tengo yo -mayor miedo de las maldiciones de las viejas de mis reinos que de -cuantos moros hay de esta parte y de la otra parte del mar.</p> - -<p>Calló el almirante, y alto murmullo de aprobacion acogió el -paternal dicho de Enrique el Doliente.</p> - -<p>Otra media hora pasaria en que el rey de Castilla despachó en -medio de su corte algunos negocios del gobierno de sus reinos; ya iba -á dar la vuelta á la cámara cuando se sintió ruido como de muchas -personas armadas que se acercan; volviendo todos las cabezas hácia -el sitio por donde el rumor sonaba, un faraute de su alteza llegando -hasta el medio de la sala hizo una reverencia, otra á poca distancia, -y hecha la tercera á los pies casi del trono.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_33">[p. 33]</span></p> - -<p>—Poderoso rey, dijo en alta voz, y justo don Enrique, tu -pariente y leal vasallo don Enrique de Aragon, conde de Cangas y -Tineo, rico-hombre de estos reinos, y señor de Alcocer, Salmeron y -Valdeolivas, viene á pedir á tus plantas justicia y reparacion.</p> - -<p>—Decid que entre á mi pariente y leal vasallo.</p> - -<p>Retiróse el faraute con las mismas cortesías sin volver jamas -las espaldas, y llegado á la puerta, <i>entrad</i>, dijo con voz -descomunal.</p> - -<p>Dos farautes de don Enrique precedian. Don Enrique de Villena -detras con rostro á la par airado y pesaroso. Seguia á su lado su -primer escudero, y detras un caballero de su casa con el estandarte -de sus armas, en que lucian sobremanera las barras paralelas de -Aragon. El estandarte, pendiente de una asta á la manera de los que -aun se usan en algunas procesiones, era ricamente recamado de oro -y plata sobre campo azul. Venian despues armados como su señor los -caballeros y escuderos vasallos del poderoso don Enrique.</p> - -<p>Pedido y dado el permiso de hablar por su alteza, tres veces -reclamaron los farautes<span class="pagenum" id="Page_34">[p. -34]</span> de don Enrique la atencion y silencio de los demas señores -y asistentes.</p> - -<p>—Oid, oid, oid el desacato y felonía cometido en la persona de -la muy noble é ilustre señora doña María de Albornoz, esposa del -muy noble é ilustre señor don Enrique de Aragon, y de que en nombre -de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y de la Bienaventurada Vírgen -gloriosa, viene á pedir justicia y reparacion.</p> - -<p>Respondido <i>hablad</i> tres veces tambien por el faraute de su -alteza, comenzó don Enrique, hincando en tierra una rodilla, á hacer -relacion de como le habia sido en su misma cámara robada su muy amada -esposa, y de como habia salido en persecucion de los robadores, entre -los cuales contábanse criados de su casa, cuya falta habia notado al -mismo tiempo.</p> - -<p>—Alzad, le dijo el Doliente rey, conde de Cangas y Tineo, y decid -cuál sea el fruto de vuestra espedicion.</p> - -<p>—No me levantaré, señor escelso, mientras no acabe el cuento de mi -cuita, y no esté seguro de que tu alteza me otorga lo que á pedirte -vengo. Inútilmente he recorrido el campo en busca de los robadores; -á<span class="pagenum" id="Page_35">[p. 35]</span> haberlos -encontrado, señor, no hubiera menester pedirte justicia, porque -mi espada me la supiera dar muy suficiente. ¡Pero oh dolor! Gran -rey, he hallado en vez de la esposa ó de la venganza que buscara, -esos sangrientos despojos que solo una funesta catástrofe me pueden -anunciar.</p> - -<p>Adelantáronse al llegar á decir esto de entre el grupo de los -caballeros dos escuderos, que tendieron á la vista del rey el manto y -el velo de doña María de Albornoz todos ensangrentados.</p> - -<p>—¡Cielo santo! esclamó horrorizado el piadoso rey: un movimiento -de horror circuló por la corte, y todos apartaban la vista de los -sangrientos restos.</p> - -<p>—Hé aqui, señor, esclamó sollozando el desdichado esposo; ¡y ojalá -no hubiera encontrado mas pruebas de mi desgracia!</p> - -<p>—¿Qué decís? hablad, esclamó Enrique III.</p> - -<p>—Un pastor, gran rey, que es el que ves y puede darte de ello -testimonio, me ha asegurado que unas horas antes de encontrar con -estas ropas, habia visto pasar á unos armados con un cadáver de -una muger, á su parecer hermosa y jóven; mi esposa, señor.<span -class="pagenum" id="Page_36">[p. 36]</span> Receláronse de él, y -quisieron echarle mano para impedir que su mal hecho se supiese; -mas el conocimiento que tiene del pais, las quebradas de las peñas -y sus buenos pies le salvaron por desdicha mia, para mi amargo -desengaño.</p> - -<p>—Pastor, llegad, dijo don Enrique; ¿vos habeis visto eso?</p> - -<p>—Verdad dice su grandeza, repuso el pastor con visible turbacion, -que achacaron todos al asombro de hallarse en tal parage. Llevábanla -sin duda á enterrar en los sitios ocultos en donde los ví.</p> - -<p>—Justicia, pues, señor, justicia. Otorgadme que me dé á buscar -al alevoso, y que donde quiera que le encuentre pueda sin duelo ni -formalidad alguna castigar al que como villano se portó.</p> - -<p>—Yo os juro, don Enrique, justicia y reparacion. Alzad: ¿teneis -vos indicios de quién pueda ser el robador?</p> - -<p>—Ninguno, respondió Villena levantándose.</p> - -<p>—¿Sospechais por ventura, si una venganza ó si una pasion...?</p> - -<p>—¡Ay de quien osare ofender la memoria de mi esposa...!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_37">[p. 37]</span></p> - -<p>—Nadie en mi presencia la ofenderá, conde de Cangas y Tineo. -Imposible me fuera concederos que os entregueis á buscar al -delincuente; necesito vuestra asistencia en mi corte. Pero los -oficiales de mi justicia apurarán la verdad, y le hallarán donde -quiera que se esconda. Os otorgo, sin embargo, en nombre de Dios -Trino y Uno, á quien en la tierra representan los reyes ejercitando -su justicia, que matéis al villano, si lo hallais, adonde quiera que -lo halleis, armado ó desnudo, solo ó acompañado, por vuestra mano -ó por la de villanos vasallos vuestros. Otorgo otro sí, que quede -privado de cualquier gracia que pudiere yo hacerle ó le hubiere hecho -sin conocerle; mando á quien le encuentre, caballero, escudero, noble -ó pechero, y le requiero que le castigue como su villanía merece, y -al que le mate hágole de su muerte salvo y perdonado. Alzad ahora, -don Enrique.</p> - -<p>—No esperaba yo menos, gran rey, de tu recta justicia.</p> - -<p>Adelantándose entonces don Enrique el espacio que del trono le -separaba, llegó con rostro apenado, y doblando de nuevo la rodilla -ante el rey Doliente, quitóse el yelmo,<span class="pagenum" -id="Page_38">[p. 38]</span> besóle la mano, y dióle repelidas gracias -por el favor singular que acababa de otorgarle. Retiróse en seguida á -desarmar con sus caballeros por el mismo orden que habian venido.</p> - -<p>Quedaron los cortesanos estupefactos de cuanto acababan de oir. -¿Qué motivo racional se podia efectivamente dar á la estraordinaria -muerte de doña María? Todos discurrian y se hablaban al oido; pero -ninguno conjeturaba la verdad, si bien muchos dudaban del relato -y forma de la muerte por don Enrique referida. Pero donde el rey -habia creido públicamente, no era lícito, ni aun á los mayores -enemigos de don Enrique, dudar del caso sino en secreto. Todos por -lo tanto callaron, y el físico de su alteza, que vió, que la animada -audiencia de la mañana, y lo mucho que su alteza habia hablado, -habia alterado visiblemente su color, le advirtió respetuosamente, -que le convenia tomar algun descanso. Oido esto por el rey bajó del -regio sillon, y despidiendo á sus cortesanos, entróse en su cámara -con aquellos mismos que le habian acompañado á su salida, menos -don Pedro Tenorio el arzobispo de Toledo, que quedó en la sala de -audien<span class="pagenum" id="Page_39">[p. 39]</span>cia con los -mas grandes, dando y tomando en la singular aventura del que entonces -mas que nunca comenzó á parecer verdadero hechicero á los ojos de los -suspicaces cortesanos de don Enrique el Doliente.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-b039.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_12"> - <hr class="doble" /> - <hr class="doble" /> - <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XII."><span class="pagenum" - id="Page_40">[p. 40]</span>CAPITULO XII.</h2> - <hr class="sep" /> - <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza"> - <p class="i2">Por dar al dicho don Quadros</p> - <p class="i0">dado ha al emperador.</p> - <p class="g4">. . . . . . . . . . . .</p> - <p class="i2">—¿Por qué me tiraste, infante?</p> - <p class="i0">¿por qué me tiras, traidor?</p> - <p class="i2">—Perdóneme tu alteza,</p> - <p class="i0">que no tiraba á tí, no.</p> - <p class="i4"><i>Rom. ant. del infante vengador.</i></p> - </div></div> -</div> - -<p class="ti0"><span class="capitular">N</span><span class="smcap">o -bien</span> hubo llegado don Enrique á su cámara despachó á sus -caballeros, y solo quedó á su lado su predilecto escudero: depuesta -alli la falsa máscara de la pena, cuando hubo quedado solo el -intrigante conde con Fernan Perez de Vadillo trabó con él una breve -conversacion.</p> - -<p>—Fernan, nada tenemos que temer.</p> - -<p>—Siempre tiene que temer quien no obra bien, señor.</p> - -<p>—¡Fernan!</p> - -<p>—Perdonadme, pero no apruebo lo hecho. Y ahora que he obedecido -tus órdenes sin murmurar, tengo algun derecho á descargar mi -conciencia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_41">[p. 41]</span></p> - -<p>—Vadillo, díjole al oido el conde, de nada tiene que acusarme la -mia.</p> - -<p>—¿De nada?</p> - -<p>—Bien: convengo en que el medio ha sido violento; pero era preciso -ser maestre de Calatrava.</p> - -<p>—Callo, señor, obedezco; pero no lo apruebo. Permíteme que te lo -diga por última vez.</p> - -<p>—En buena hora: vuestro silencio y vuestra obediencia es lo que -necesito. Y vamos á lo que mas importa. Tiéneme inquieto el camino -que habrán tomado los armados.</p> - -<p>—En cuanto á los que llevaron á la condesa, yo te respondo de su -silencio y de su fidelidad.</p> - -<p>—Bien; ¿y Ferrus?</p> - -<p>—¿Tanto sentís la pérdida del juglar?</p> - -<p>—¡Si la siento, Hernan! aquel nunca desaprueba nada: su conciencia -es la del estúpido: nada le dice nunca: yo soy harto débil y harto -bueno todavia para no necesitar tener á mi lado en mis fines un -hombre honrado como vos. Quiero un instrumento, no un amigo. ¿Y el -trovador prisionero?</p> - -<p>—Podemos verle.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_42">[p. 42]</span></p> - -<p>—¡Podemos!!! es indispensable. ¿No os dije yo que era él? Ved si -ha estado detras del sillon del trono, como acostumbra, hallándose -en la corte. El golpe nuestro será tanto mas seguro cuanto que nadie -tiene noticia de su llegada. Habrá desaparecido del mundo, y quién -sabe si alguien notará la coincidencia de su desaparicion y la de la -condesa.</p> - -<p>—Eso, señor, pudiera no convenirte.</p> - -<p>—Conviéneme mucho ser maestre de Calatrava. Partamos. Guíame -adonde esté.</p> - -<p>Inquietos iban los dos acerca de la entrevista que con el nocturno -músico los esperaba. Al odio que contra él por la denegacion referida -abrigaba don Enrique, agregábase cierto recelo de que hubiese en su -conducta algo mas que ley de caballería, y pura generosidad hácia la -condesa: y aunque no amaba á su esposa, como bien á las claras lo -acababa de probar, irritábale sin embargo la idea de que un simple -caballero hubiese puesto los ojos en cosa suya y en tan alta persona. -Con respecto á Vadillo no dejaba de tener alguna inquietud, pues no -estaba muy claro para él si daba serenata á la condesa, ó si acaso su -esposa...<span class="pagenum" id="Page_43">[p. 43]</span> imposible -y horrorosa le parecia tan descabellada sospecha de la virtud de -Elvira... pero la duda se habia hecho lugar en su corazon, y es -huésped por cierto que, una vez alojado, no se arroja del pecho á -voluntad.</p> - -<p>A entrambos parecia cosa indisputable que el músico era Macías, y -nosotros, que desde la noche anterior nada sabemos de su existencia, -no podemos menos de abundar en la opinion de los que tal pensaban.</p> - -<p>Llegaron por fin á una puerta pequeña que en el estremo de una -larguísima galería se encontraba.</p> - -<p>—Alvar, dijo llamando Vadillo, y se abrió la puerta -inmediatamente. Alvar era el montero á quien en la noche anterior -habia confiado el escudero la importante presa. Entraron en una -pequeña habitacion, cerrándose tras ellos la puerta.</p> - -<p>—¿Y el preso? preguntó Vadillo.</p> - -<p>—Descansa en la pieza inmediata; debia no haber dormido en un mes, -segun ronca tranquilamente.</p> - -<p>—¿Ronca? ¿No está, pues, herido de peligro?</p> - -<p>—Mas daño debió de hacerle el miedo<span class="pagenum" -id="Page_44">[p. 44]</span> que vuestro venablo, señor escudero. -Tiene algo arañada la cara de la caida, y un brazo vendado; pero el -maestro que lo ha reconocido esta mañana asegura que podrá salir -despues del medio dia.</p> - -<p>—Despertad, pues, á ese caballero, interrumpió impaciente don -Enrique.</p> - -<p>—Despertad á ese caballero, repitió entre dientes Alvar.</p> - -<p>—¿Qué respondeis en voz baja? Despachad, dijo Fernan. ¿Háse -quejado de la violencia que con él se ha usado?</p> - -<p>—Ayer noche todo era pedir que se le condujese á presencia de su -amo el ilustre conde...</p> - -<p>—¿Su amo? dijo el conde: el trovador ha perdido la cabeza.</p> - -<p>—Voy á advertirle que vuestras señorías...</p> - -<p>—Presto, Alvar, presto.</p> - -<p>Entróse Alvar en la inmediata pieza, mientras que don Enrique y -Hernan se preparaban á la estraña entrevista que iban á tener. No -tardó mucho en volver á salir Alvar, asegurando que habia despertado -al enfermo, quien sintiéndose completamente reparado de fuerzas con -el pasado sueño,<span class="pagenum" id="Page_45">[p. 45]</span> -metia sus vestidos para salir á recibir á sus ilustres huéspedes.</p> - -<p>—¿Es segura esa puerta, Alvar? preguntó el conde.</p> - -<p>—Las fuerzas de diez hombres reunidos no bastarán, señor, á -violentarla, respondió Alvar. Ademas, dos monteros le guardan conmigo -y está indefenso: de aqui no saldrá sino para donde vuestras señorías -determinen. Pero aqui está.</p> - -<p>Salia en efecto el asombrado prisionero, el cual, no bien hubo -visto al conde, cuando arrojándose hácia él, como quien ve á su -libertador, se echó á sus pies, y con lágrimas de gozo y de temor, -“Señor, esclamó besándoselos, ¿en qué ha podido ofenderte para -merecer tan dura prision tu fiel Ferrus?”</p> - -<p>Dos estátuas de mármol parecieron á tan inesperada vista el conde -y su escudero. No seria mayor el asombro y la indignacion del rústico -pastor que se viese torpemente cogido en el propio lazo que hubiera -preparado para el raposo.</p> - -<p>—¿Tú, Ferrus? esclamó despues de la primera sorpresa el -furioso conde. ¿Tú, Ferrus?—Hernan, nos han vendido. Venid<span -class="pagenum" id="Page_46">[p. 46]</span> acá, don Villano, añadió -derribando por tierra de un empellon al desesperado juglar, venid acá -vos, Alvar, ¿es éste el preso que se os ha confiado? ¿Qué hicísteis, -don Vellaco, del doncel de su alteza? Asíale de la garganta, y -ahogárale sin remedio sino se le pusiera por medio Hernan, que mas -sereno comenzaba á vislumbrar la verdad del caso.</p> - -<p>—¿Qué doncel, señor? gritó cuanto pudo Alvar. Lleve mi alma el -diablo si tuve yo jamas en mi poder mas preso que el que el señor -escudero me entregó, y si no es ese el mismo de que me encargué.</p> - -<p>—¿Qué es esto, Hernan? dijo don Enrique soltando la presa.</p> - -<p>—¡Qué ha de ser, señor! que sin duda debió de ser Ferrus el músico -que yo cogí.</p> - -<p>—Negra fortuna mia, gritó don Enrique. ¡Qué músico habiais de -coger, ni qué...! ¡Por Santiago! venid acá, Ferrus; ¿qué hicísteis -vos de cuanto os encargué? ¿quién era el músico, juglar? acabad -ó...</p> - -<p>—Serénate, señor, respondió temblando el alterado Ferrus. Yo -obedecí tus órdenes ciegamente: yo rodeaba el muro y me acercaba -ya al que tañía, cuando él, echando de ver mi bulto, calló, -y hundióse<span class="pagenum" id="Page_47">[p. 47]</span> -precipitadamente en la tierra; el diablo debia de ser sin duda, que -tomó la forma de músico para perderme en tu estimacion...</p> - -<p>—¿El diablo? malandrín... no pudo menos de sonreirse don Enrique -al oir la simpleza de su juglar. ¿El diablo?</p> - -<p>—Señor, lo jurára: lo cierto es que yo no le volví á ver mas: -y cuando, todo ojos y orejas, me acercaba al sitio donde le habia -visto, y buscaba el boqueron que habria dejado al hundirse, sin saber -por dónde encontréme con un caballo encima y un caballero... Bien -sabe Dios que en aquel trance me santigüé...</p> - -<p>—Adelante; miserable, acaba.</p> - -<p>—Por acabado, señor: desde aquel punto ni ví ni oí: cuando recobré -el uso de mi razon halléme en ese camaranchon donde me curaban las -heridas que el mal enemigo me habia hecho.</p> - -<p>—Calle el necio, interrumpió, no pudiendo sufrir mas, don Enrique. -¡Vive Dios que nada comprendo, Hernan!</p> - -<p>—Yo infiero, señor, dijo Hernan, que el músico debió ser si no -diablo, muy ligero por lo menos, y yo debí tomar á Ferrus por el que -tañía.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_48">[p. 48]</span></p> - -<p>—Eso debió de ser sin duda. Pero voto á Santiago que todos los -deseos que de encontrar á Ferrus tenia no me pagan del pesado chasco. -Alza, Ferrus, y vente con nosotros. ¡Necio de mí, que fui á escoger -para tan delicada empresa al mándria mayor que vió la tierra! -¿Enviéte yo para que cogieras al músico, ó para que te dejaras coger -por el primero que llegase?</p> - -<p>—Perdóname, señor, contestó algo repuesto Ferrus; dijérasme lo que -habia de hacer contra el diablo en viéndole...</p> - -<p>—¿Vuelves á mentar al diablo, menguado? ¿Dónde está el diablo, mal -servidor? Enséñamele, desalmado.</p> - -<p>—¡Jesus! Líbreme Dios. ¡Jesus! esclamó Ferrus santiguándose á mas -y mejor.</p> - -<p>—Vamos de aqui, Hernan. Juro no abrir libro ni hacer trova, -y júrolo por el apostol Santiago, hasta no tener en mi poder al -insolente doncel que de tal manera ha burlado mi esperanza. Ahora -está libre vive Dios, y puede hacernos mucho mal. Alvar tu fidelidad -será recompensada.</p> - -<p>Inclinóse Alvar, y nuestros tres predilectos personages salieron -silenciosamente á la galería; regocijado Ferrus de verse libre,<span -class="pagenum" id="Page_49">[p. 49]</span> en poder de su señor -legítimo, y disipado ya el nublado que sobre su cabeza tronaba desde -la noche anterior; disimulando Hernan la risa que en el cuerpo le -retozaba al recordar á sangre fria el chasco inesperado; y mohino -por demas el desairado conde, á cuya imaginacion se agolpaba entre -otros peligrosos recuerdos el del secreto que habia imprudentemente -confiado al perseguido doncel, y dándole no poco cuidado la reflexion -de no haberle visto en la corte, siendo asi que ya no era la causa -que él habia pensado la que podia habérselo impedido.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-b049.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_13"> - <hr class="doble" /> - <hr class="doble" /> - <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XIII."><span class="pagenum" - id="Page_50">[p. 50]</span>CAPITULO XIII.</h2> - <hr class="sep" /> - <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza"> - <p class="i2">¿Qué es aquesto, mi señora?</p> - <p class="i0">¿quién es el que os hizo mal?</p> - <p class="i6"><i>Cancion. de Rom.</i></p> - </div></div> -</div> - -<p class="ti0"><span class="capitular">L</span><span -class="smcap">argo</span> tiempo hacia que Elvira, atada á la columna -y sin poder pedir á nadie ausilio á causa del pañuelo que la tapaba -la boca, esperaba con insufrible impaciencia á que la casualidad ó -el transcurso del dia le deparase un libertador que de tan crítica -situacion la sacase. Por fin llegó el momento deseado, y el page que -tanto habia tardado en la averiguacion de lo que se encomendara á su -cuidado, abrió las puertas de la cámara que de prision servia á la -afligida hermosa. Miró en derredor y á nadie veía, hasta que fijando -los ojos en la columna, ofrecióse á su vista el espectáculo de su -aprisionada prima. Asustóse primero y esclamó:</p> - -<p>—¡Santo Dios! ¿qué ha ocurrido aqui...?</p> - -<p>Mal podia responderle Elvira sino con los ojos; pero cuando vió -el pagecillo que no parecia nadie, ni habia asomos de peligro<span -class="pagenum" id="Page_51">[p. 51]</span> alguno, soltó la -carcajada, impertinente á la verdad en aquel momento, y comenzó á dar -brincos.</p> - -<p>—¿Quién os ha puesto asi, mi señora Elvira? ¿os ató el señor -escudero por...?</p> - -<p>Dióle lástima al llegar aqui el ver que su prima no parecia -gustar de la prolongacion de tan pesada chanza: llegóse entonces el -atolondrado á Elvira, y desató sus crueles ligaduras.</p> - -<p>—¡Dios mio! ¡Dios mio! esclamó Elvira en viéndose libre, alguna -gran desgracia está sucediendo á mi señora la condesa. Corramos...</p> - -<p>—¿Adónde vais tan deprisa? repuso el page deteniéndola; ¿y quién -me paga mi recado? ¿quién escucha las nuevas que traigo? ¿quién -sobre todo me cuenta lo que os ha sucedido, y la razon de haberos -encontrado asi mano á mano con esa columna negra?</p> - -<p>—¿Traes nuevas? preguntó Elvira olvidando todo lo demas. ¿Traes -nuevas?</p> - -<p>—Y buenas, contestó el page. El caballero de las armas negras era -el que tañía...</p> - -<p>—Lo sé... y...</p> - -<p>—Pero sabed que le esperé inútilmente<span class="pagenum" -id="Page_52">[p. 52]</span> dos largas horas, mas largas que las del -arenero...</p> - -<p>—¿Inútilmente?</p> - -<p>—Si, pero por fin llegó.</p> - -<p>—¿Llegó? ¿Con que no era él el...? ¡Yo os bendigo, Dios mio...! -Sigue.</p> - -<p>—¡Si le vierais qué agitado! descompuesto el cabello, espantados -los ojos, entró en su cámara y no me vió:—Negra suerte, esclamó, -y despedazó con sus manos el laud que traía cruzado sobre la -espalda. ¿No me servireis, dijo rompiendo las cuerdas, sino de -gemir eternamente? vióme en seguida: ¿qué haces aqui? me dijo con -voz terrible; pero al reconocerme templóse toda su ira. Page me -dijo entonces con voz mesurada, ¿tornas aun con nuevas demandas del -hechicero?</p> - -<p>—¡Ah! si supierais quién me envia, dije entonces, si supierais que -una hermosa dama...</p> - -<p>—Silencio, esclamó, no pronuncies su nombre... ¿Es posible?—Díjele -entonces la comision que me dísteis en nombre de la señora condesa: -largo rato suspiró y miró al cielo sin hablar.—Page, me dijo en -fin, no nos veremos mas. He creido que mi brazo podia ser útil á -una inocente; pero si es fuerte contra los hombres, es impotente -contra los<span class="pagenum" id="Page_53">[p. 53]</span> recursos -de una ciencia misteriosa y... maldecida. El infierno me envia -enemigos en medio de la soledad, y la Madre de Dios me abandona. -Un acontecimiento estraordinario ha interrumpido mis avisos. He -rondado la noche toda para volver á entrar en el alcázar; las órdenes -mas rigurosas, dadas no sé por quién despues de mi salida, me han -impedido verificarlo. He debido esperar á que entrase el dia para que -no fuese mi entrada sospechosa. Pero mañana el alba me encontrará -lejos, bien lejos de Madrid. Si alguna muger necesita mi amparo en -cualquier ocasion, mal pudiera negársele un doncel de don Enrique. -Dígame qué puedo hacer: por mí lo ignoro. A Dios.—Apretóme la mano de -una manera, prima, que yo creí que le atormentaban otros recuerdos -que los de nuestra amistad. Envolvióse entonces en su pardo gaban, y -cubriéndose con él la cabeza, oíle sollozar y salí. Hé aqui, prima, -las nuevas.</p> - -<p>—Tristes, bien tristes, dijo pensativa Elvira. ¿Y de la condesa -supiste...?</p> - -<p>—¿La condesa? ¿Es su confidenta la que me pregunta...?</p> - -<p>—Sí: ¿nada sabes?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_54">[p. 54]</span></p> - -<p>—Pero querida prima, ¿qué teneis? vuestra palidez, vuestra -agitacion me asustan...</p> - -<p>—¡Ah Jaime! la condesa es víctima en este momento de la mas -espantosa villanía... volemos á su socorro: no sé adonde me dirija; -la menor imprudencia mia puede comprometer su suerte y el éxito mismo -de mis diligencias. Si supiera... pero la mas completa oscuridad -reina en todas mis conjeturas.</p> - -<p>Meditó un momento Elvira el partido que tomaria mientras que hacia -nudos á uno de los cordones, que de su cintura pendia, el distraido -page. De pronto pareció que habia iluminado su entendimiento un rayo -de luz.</p> - -<p>—No hay mas recurso, dijo: para los casos estremos son los -remedios violentos Jaime... deja ese cordon, déjale te digo... vamos -á buscar á mi esposo: averigüemos primero qué voces corren de lo -ocurrido, y qué se cree en el alcázar... despues, si eres prudente, -si has de ser callado, pero callado como la muerte, tú, que sabes el -camino, me guiarás adonde pienso ir.</p> - -<p>—Puede que algun dia pruebe Jaime á su hermosa prima que no es tan -atolondrado como le llaman.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_55">[p. 55]</span></p> - -<p>Elvira apretó la mano del inteligente pagecillo con espresion de -gratitud, y ambos salieron de la cámara que acababa de ser teatro de -tan estraordinarias escenas.</p> - -<p>Buscó Elvira á su esposo sin mas demora, por que si bien -sospechaba que don Enrique hubiese tenido parte en la pérfida -desaparicion de la condesa, ni veía claro en esto, ni menos lo podia -asegurar. ¡Tan bien se habia representado por todos la farsa que -dejamos descrita! Ni por otra parte, aunque á pies juntillas hubiera -creido la traicion del conde, cabia en su imaginacion la menor -sospecha acerca del estremado honor de su esposo: sabíale ligado á -los intereses de su señor; pero que él hubiese tomado parte activa en -el mal hecho, no le era lícito á Elvira imaginarlo siquiera.</p> - -<p>Asi era la verdad: hidalga sangre corria por las venas del -escudero, y hacia vanidad de honradez y de rectos sentimientos; no -era uno de los pocos hombres ilustrados de la época; no hubiera -sostenido una intrincada tésis con un teólogo; participaba de las -preocupaciones de su siglo, pero era en sus acciones hidalgo, y esto -es por lo menos tan recomendable como el talento. Alguna parte<span -class="pagenum" id="Page_56">[p. 56]</span> habia tenido en el -criminal proyecto de don Enrique, pero solo aquella que no habia -podido escusar en calidad de escudero suyo asi que, se habia opuesto -constantemente á las miras de su señor, habíale afeado los medios, -y le habia reconvenido despues, como arriba dejamos indicado; pero -la misma probidad que le impulsaba á manifestar francamente sus -sentimientos en tan delicado asunto, á riesgo de perder la gracia -del conde, le impedia oponerse de hecho á sus deseos: era forzoso -obedecer y callar por el propio honor del deslumbrado magnate: -propúsose, pues, ser completamente pasivo y guardar el mas rigoroso -silencio. Sospechando sin embargo que la primera que habia de poner -á prueba su fidelidad habia de ser su esposa, no habia vuelto á -desatar las crueles ligaduras en que habia quedado presa, y de que -habia sido él la causa, pues desde luego habia manifestado al conde -la imposibilidad de separarla de él, y la dificultad que hubiera -encontrado para realizar su voluntad, mientras Elvira pudiese obrar -libremente en los primeros momentos. Habia, pues, dejado á alguna -casualidad que no podia tardar en sobrevenir el cuidado de<span -class="pagenum" id="Page_57">[p. 57]</span> su esposa, deseoso de -retardar á cualquier costa el instante de una esplicacion con ella, -para la cual no tenia todavia muy meditadas las respuestas.</p> - -<p>Avínole mal no obstante, pues poco tardó Elvira en presentarse -ante sus ojos con una agitacion tal, que no le pudo quedar duda al -infeliz del objeto de su intempestiva venida. Hubiera él querido -hallarse á cien leguas entonces de su consorte y del mundo entero, -en cuyas miradas creía ver á cada paso otras tantas reconvenciones -á su reservada y ambigua conducta. Repúsose con todo lo mejor que -pudo, y ni las preguntas sencillas de Elvira, ni sus halagos, ni sus -reconvenciones lograron recabar de él la menor noticia que pudiese -dar luz sobre lo ocurrido á la desconsolada hermosa. Obstinóse en -negar constantemente la menor participacion del conde en el robo de -la condesa; en una palabra, manifestó con toda entereza hallarse -en la misma ignorancia que la corte toda, y aun se indignó con -notable aire de verdad á la menor idea de sospecha presentada por -Elvira. Comenzaba ya ésta á dudar si serian sus juicios temerarios, -pero nunca pudo convencerse á sí misma; vió<span class="pagenum" -id="Page_58">[p. 58]</span> ademas á don Enrique, y parecióle que -brillaban al través de su aparente dolor sentimientos de otra -especie. Dificil cosa es por cierto engañar la natural penetracion -de una muger: la inutilidad de los esfuerzos del de Villena para dar -con los robadores, y el horrible atentado cometido en una muger que -á nadie habia hecho daño, reunidos á los antecedentes particulares -que de aquel matrimonio desgraciado solo ella acaso tenia, la hacian -ver mas claro en tan atroz intriga que todos los demas. Inesplicable -fue su dolor cuando llegó á sus oidos la funesta nueva, que de boca -en boca corria por el alcázar, de la desdichada muerte de su señora: -afirmábanse al recordarla todas sus sospechas, ardia en deseo de -venganza, y la idea de la impunidad la hacia padecer tormentos -imponderables. Resolvióse, pues, á realizar el plan que tenia -meditado, arriesgado en verdad, y delante del cual habia retrocedido -muchas veces. El amor, en fin, que á la condesa habia tenido, una voz -superior y celestial que creía oir continuamente, pidiéndole venganza -y reparacion, la hicieron creer que el cielo mismo y su conciencia -la obligaban á volver por la inocencia, y cons<span class="pagenum" -id="Page_59">[p. 59]</span>tituyóse entonces campeon de la ultrajada -virtud. Seguida del inquieto page, que tan asombrado como ella -lloraba tambien la desgracia de doña María de Albornoz, entróse en -su aposento, donde la dejaremos poniendo los medios que mas propios -creía para dar cima á la importante empresa que sobre sí tomaba, -sin comprometer su honor por otra parte, su virtud y hasta su misma -tranquilidad.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-b059.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_14"> - <hr class="doble" /> - <hr class="doble" /> - <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XIV."><span class="pagenum" - id="Page_60">[p. 60]</span>CAPITULO XIV.</h2> - <hr class="sep" /> - <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza"> - <p class="i2">Contadme vuestros enojos;</p> - <p class="i0">no tomeis melenconía,</p> - <p class="i0">que sabiendo la verdad</p> - <p class="i0">todo se remediaria.</p> - <p class="i4"><i>Rom. del conde Alarcos.</i></p> - </div></div> -</div> - -<p class="ti0"><span class="capitular">E</span><span class="smcap">n -la misma</span> postura que el page referia haber dejado al -melancólico doncel, envuelto en su gaban hasta los ojos, y roto á sus -pies el laud, permanecia cuando se presentó delante de él Hernando -diciéndole con su acostumbrada sequedad:</p> - -<p>—¿Lloras, señor? Levanta la cabeza y mira que ó yo entiendo poco -de rastro, ó se te viene la res por sí sola á tiro de tu venablo.</p> - -<p>Alzó la frente el consternado mancebo, y vió á pocos pasos de -él una figura envuelta en un ropon negro, y cubierta la cara con -la mascarilla que usaban en aquel tiempo las damas cuando salian -sobre todo de su casa, ó cuando habian de hablar con caballeros -desconocidos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_61">[p. 61]</span></p> - -<p>—¿De qué res hablas, Hernando? ¿Quién es esa dama? preguntó -desembozándose con enfado el doncel.</p> - -<p>Miróla entonces de alto abajo, y reparando que su silencio podia -indicar que no venia á hablarle con testigos,—Retírate, Hernando, -dijo: yo te llamaré cuando te haya menester. Cogiendo entonces de una -mano á la dama, hízola entrar en su cámara. Luchaban en su fantasía -mil encontradas ideas.</p> - -<p>—Señora, le dijo con voz mesurada y tímida, sola estais: si -alguna revelacion teneis que hacerme, si alguna ocasion teneis que -proporcionarme en que pueda seros útil mi débil brazo, hablad: no -en vano os habeis dirigido á un caballero de la corte del ínclito y -poderoso rey de Castilla.</p> - -<p>—Caballeros tiene la corte de don Enrique que pudieran desmentir -la hidalguía de vuestras palabras, repuso la tapada con voz que -desfiguraba enteramente la mascarilla que cubria su rostro.</p> - -<p>—Nombradlos, señora; si algun caballero ha mancillado el nombre de -una orden de caballería, el me dará razon y satisfaccion...</p> - -<p>—No os altereis, y oidme. Sí, caballeros<span class="pagenum" -id="Page_62">[p. 62]</span> hay, y cerca de nosotros, que amancillan -la clase á que pertenecen. Ni la sangre que corre por sus venas, ni -el nombre ilustre que ostentan, ni la dorada cuna en que se mecieron -son rémora bastante á sus desenfrenados deseos. ¿Conoceis á la -condesa de Cangas y Tineo, á la ilustre doña María de Albornoz...?</p> - -<p>—¿Seria posible? Seríais vos, señora...</p> - -<p>—¡Pluguiese al cielo! Pero ni soy la condesa... ni...</p> - -<p>—¿Quién sois, pues, vos la que en su nombre...?</p> - -<p>—Templad vuestro ardor, noble caballero, y dadme palabra de oirme, -y de no indagar quién yo soy...</p> - -<p>Latía violentamente en el pecho el corazon de Macías: miraba una -y otra vez á la desconocida: no osaba, sin embargo, afirmarse en sus -sospechas.</p> - -<p>—Con esa palabra proseguiré en mi demanda, dijo la dama. Contóle -en seguida al caballero, que de todo estaba ignorante, cuanto de la -condesa se decia...</p> - -<p>—¡Muerta la condesa! esclamó Macías al llegar al funesto desenlace -de tan triste historia... y vive el conde todavia... y...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_63">[p. 63]</span></p> - -<p>—¡Silencio! Hé ahí el objeto de mi venida. La tiranía, la -injusticia piden reparacion. Mañana una amiga de la condesa se -arrojará á los pies del rey, y denunciará la traicion. Acaso será -preciso que un caballero salga fiador con su espada de su acusacion. -¿Estareis mañana en la corte de don Enrique...?</p> - -<p>—¿Qué me pedís, señora? Cuando pensaba alejarme de esa funesta -corte...</p> - -<p>—¿Alejáros? dijo con un movimiento de sorpresa la dama: ¿alejáros? -repitió lanzando un amargo suspiro.</p> - -<p>—¡Ah! señora, ¿ignorais repuso el doncel con la mayor agitacion, -que mi tranquilidad depende acaso de mi marcha precipitada...?</p> - -<p>—¿Y dejareis la inocencia ser presa de la traicion...?</p> - -<p>—Jamas; pero...</p> - -<p>—¿Y sabeis vos, por ventura, poco generoso mancebo, lo que en este -momento sacrifica la que teneis ante vuestros ojos, los respetos que -atropella, los riesgos á que se espone...?</p> - -<p>—Acabad, Santo Dios: ¿quién sois? vos, vos... no hay duda...</p> - -<p>—Caballero, respetad mi silencio y mi<span class="pagenum" -id="Page_64">[p. 64]</span> dolor. Acabemos: he procedido de ligero -cuando he creido que...</p> - -<p>—No; no; mañana estaré en la corte de don Enrique. Una sola gracia -os pido. Si he de ser vuestro caballero, dadme una prenda, señora, un -color...</p> - -<p>—¡Mi caballero! interrumpió la dama. El caballero sereis de la -inocencia: el mio es imposible...</p> - -<p>—¡Imposible!—Elvira, vos sois...</p> - -<p>—Soltad, imprudente jóven, soltad. ¿Por dónde presumís que soy la -esposa del escudero? Vuestra imaginacion os engaña, y acaso vuestro -deseo...</p> - -<p>—¡Me engaña...! Mi deseo, señora, es el de servir á esa dama, que -conozco, como pudiera conocer...</p> - -<p>—Vuestra turbacion os delata; pero esa imprudencia permanecerá -oculta en mi pecho. Conozco á esa Elvira, y su honor me es harto -caro...</p> - -<p>—Nunca podia padecer su honor...</p> - -<p>—Bien: ¿qué nos importa Elvira? La prenda que me pedís, si mañana -ante la corte toda del rey decreta el duelo y el juicio de Dios, la -tendreis; pero ni os podreis nombrar mi caballero, ni exigireis de -mí<span class="pagenum" id="Page_65">[p. 65]</span> que me descubra. -Básteos saber que conozco demasiado la dama que nombrasteis, y que -sé, doncel, que ella no viniera á vos.</p> - -<p>—¿Eso sabeis?</p> - -<p>—Lo sé.</p> - -<p>Dejó caer Macías al oir estas dos palabras, pronunciadas con -funesta tranquilidad, la mano con que tenia asida una punta de la -ropa de la tapada, como para detenerla. Inclinando en seguida la -cabeza, declaró que al dia siguiente se hallaria en la corte de don -Enrique, y ofreció su mano á la desconocida: aceptóla ésta para -salir, pero un notable temblor la agitaba: oprimióla suavemente el -doncel como si quisiese tentar este último y desesperado recurso para -salir de su terrible duda: un movimiento involuntario y convulsivo -correspondió á su indicacion, y en el mismo momento la tapada, -volviendo en sí, arrancó su mano de la del doncel y se lanzó fuera -de la estancia. Arrojóse en pos Macías: iba á prosternarse á sus -pies, iba á hablar, pero un ademan imperioso de la negra fantasma le -mandó apartarse, y mas rápida en seguida que esas rojas exhalaciones -que surcan el espacio en una oscura noche del estío, desapa<span -class="pagenum" id="Page_66">[p. 66]</span>reció á sus ojos la aérea -vision. Macías creyó ver un ser sobrenatural, la sombra acaso de la -misma condesa; permaneció con los brazos cruzados, y la vista fija, -como si quisiese ver mas allá de la oscuridad y de la distancia. -Entonces oyó un suspiro lanzado á lo lejos, y parecióle que al -desaparecer de sus ojos en el confin del corredor se habia reunido -la dama á otra figura mas pequeña que alli la estaba sin duda alguna -esperando.</p> - -<p>—<i>Sé doncel, que ella no viniera á vos</i>, repitió un momento -despues Macías con doloroso acento. Yo tambien lo sé: nunca me amó. -¿Ni cómo pudiera amarme? ¿no amaba á ese feliz escudero cuando se -unió á él en indisolubles lazos? ¡Loco, insensato de mí! Ah, quien -quiera que seas la que vienes á implorar mi espada, ¡cuán poco -conoces el corazon del hombre! ¡un amante correspondido, un mortal -feliz es invencible; á un miserable despechado y aborrecido un niño -le vence!!!</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-b027.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_15"> - <hr class="doble" /> - <hr class="doble" /> - <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XV."><span class="pagenum" - id="Page_67">[p. 67]</span>CAPITULO XV.</h2> - <hr class="sep" /> - <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza"> - <p class="i0">¿De dónde vino este diablo?</p> - <p class="i8"><i>Rom. del Cid.</i></p> - </div></div> -</div> - -<p class="ti0"><span class="capitular">D</span><span class="smcap">e -vuelta</span> don Enrique en su cámara con su primer escudero y -con su favorito juglar, revolvia en su cabeza los medios de dar á -su intriga la feliz conclusion que por tanto tiempo habia deseado. -Estorbábale la idea de Macías, pero dejó al tiempo el cuidado de -iluminarle acerca de lo que de él podia temer. Despidió, pues, á -Hernan, cuya probidad le incomodaba no poco para sus fines, y solo -el juglar, de cuya aparente estupidez nada recelaba, entró con él al -secreto laboratorio.</p> - -<p>—Libres estamos ya de la condesa, Ferrus, dijo; pero merced -á tu singular valor, quédanos en campaña otro enemigo no menos -terrible...</p> - -<p>—¿Eres ya maestre, señor...?</p> - -<p>—Lo seré, Ferrus, ó poco ha de poder don Enrique de Aragon: acabo -de re<span class="pagenum" id="Page_68">[p. 68]</span>cibir un aviso -secreto de que ha sido elegido papa en Aviñon don Pedro de Luna, bajo -el nombre de Benedicto XIV. Esperaba este favorable acaecimiento de -un momento á otro. Luna es aragonés, como yo, y vínculos antiguos de -amistad nos unen: la lucha que habrá de sostener ademas con Urbano -en este cisma de la iglesia, y la necesidad que tiene de Castilla y -Aragon, unida á la influencia que él sabe que ejerzo en estos reinos, -me aseguran su provision para el maestrazgo, la piedad por otra parte -de don Enrique III no podrá menos de pesar en la balanza en favor mio -cuando éste sepa que mi allegado, el rico-hombre de Luna, ha ceñido -á sus sienes la triple corona. Ahora necesito sacar partido de la -ignorancia en que de esta nueva está la corte, y de la feliz tardanza -de la noticia de la muerte del maestre de Calatrava...</p> - -<p>—Tu antecesor.</p> - -<p>—Asi lo espero, Ferrus. Tira el cordon que corresponde al cuarto -del astrólogo, y retírate á esa cámara inmediata.</p> - -<p>Hízolo Ferrus como se le mandaba. Apenas habia doblado tras sí -las batientes hojas de la puerta, oyéronse los vacilantes pasos -de<span class="pagenum" id="Page_69">[p. 69]</span> una persona de -edad que bajaba escalones con toda la prisa que sus cansados años le -permitian.</p> - -<p>—Entrad, dijo don Enrique, y se presentó en la habitacion el -físico de su alteza Mosen Abrahem Abenzarsal, el mismo que en la -corte de la mañana habia acompañado constantemente al Doliente -rey. Su estatura era pequeña, su tez pálida y macilenta: brillaban -sus ojos en su oscuro semblante como dos carbuncos en medio de -las tinieblas de la noche; y era la espresion de toda su persona, -malignidad y avaricia. Su mano descarnada y su barba larga le daban -cierto aire de adusta gravedad. Su trage era un largo y ámplio -balandran negro cogido con una larga correa: ayudábale á andar -un nudoso y retorcido báculo semejante al baston pastoral, y una -toquilla con dos plumas malamente colocadas encubertaba su calva -zolloa.</p> - -<p>—¿En qué puedo servir al ilustre y eminente...?</p> - -<p>—Tregua á las lisonjas; nos conocemos, y entre nosotros no son -necesarias.</p> - -<p>—Sea en buen hora, conde, repuso con humildad el físico. ¿Habeis -menester de mi ciencia y de las relaciones que con el espíri<span -class="pagenum" id="Page_70">[p. 70]</span>tu del ser conservo? -¿quereis consultar el curso de las estrellas...?</p> - -<p>—En cuanto á las estrellas, Abrahem, no creo saber menos que vos. -Dejemos á los astros del cielo recorrer tranquilamente su carrera, -y no nos acordemos mas de ellos que ellos se acuerdan de nosotros. -Otros astros mas humildes que cruzan sombriamente por esta esfera -terrestre, haciendo sombra á mis vastos planes, son los que os será -preciso desviar y no consultar.</p> - -<p>—¿Quereis que amolde una semejanza de cera...? Señaladme la -víctima: antes que la noche haya tendido sus densas sombras sobre -el alcázar de Madrid veréisla concluída y atravesado el pecho con -punzante almarada: una lámpara arderá delante de ella; cuando -gusteis, una vez pronunciado el funesto conjuro, vos mismo apagareis -el resplander mortecino, y el que os haya ofendido, bien pudiera -estar en el apartado polo, caerá herido de invisible mano...</p> - -<p>—Tregua, viejo miserable, tregua al torpe manejo de vuestra -pérfida ciencia. ¿Creeis, por ventura, que tengo yo mi tiempo libre -para oir vuestras impertinencias? ¿creeis que hablais con el imbécil -don Enrique el<span class="pagenum" id="Page_71">[p. 71]</span> -Doliente, á quien su débil contestura arroja como una víctima inerme -en vuestros groseros lazos? ¿creeis que he pasado años enteros sobre -los triángulos y los crisoles, llamando inútilmente á ese espíritu -de las tinieblas, para dejarme deslumbrar de vuestra impudente -charlatanería? Guardad para el vulgo esa necia ostentacion, y -acordaos de que es mas facil oir que adivinar.</p> - -<p>Temblaba el viejo de mal reprimido corage, pero no osaba arrostrar -la indignacion del impaciente Villena.</p> - -<p>—Ea, Abrahem, dijo entonces don Enrique, mas sosegado con -el terrible efecto que en el réprobo habian hecho sus tonantes -espresiones, ¿cuánto oro habeis fabricado esta mañana?</p> - -<p>—¿Oro? ¡Pluguiera al cielo! en vano he intentado encerrar en el -crisol un rayo de ese sol que nos alumbra: él contiene la apetecida -esencia del oro; pero el medio, el medio...</p> - -<p>—¿No sabeis, pues, hacer oro con toda vuestra ciencia?</p> - -<p>—Si supiera hacer oro, señor, ¿imaginais que fraguara, para -ganarle, mentiras que algun tiempo yo mismo creí, pero que<span -class="pagenum" id="Page_72">[p. 72]</span> la esperiencia me obliga, -en fin, á desechar tristemente?</p> - -<p>—Bien, Abrahem: ahora os poneis en la razon: ahora hablais con el -conde de Cangas. Ved: yo soy mejor alquimista. Sin andar á caza de la -esencia del oro encerrada en un rayo del sol, yo hago ese precioso -metal con los terrones de mis estados. Tomad esas doblas, añadió -alargando al viejo, cuyos ojos brillaban ya de alegría, un repleto -bolson de cuero, tomadlas: ese es el mejor conjuro: á la voz de ese -no hay espíritu en el orbe que no responda.</p> - -<p>—¿Y en qué puede serviros vuestro criado?</p> - -<p>—Oid: ¿sabeis que os he elevado al alto favor que en la corte de -don Enrique gozais?</p> - -<p>—Con tu licencia, señor; mi padre Abrahem Abenzarsal era ya físico -del rey don Pedro el Cruel...</p> - -<p>—¿Y os sostendriais, Abenzarsal, en ese lugar, que creeis -arrogantemente haber heredado, si el nieto del célebre y primer -marques de Villena quisiese patentizar á la corte entera que vuestra -existencia toda, vuestras palabras, vuestra misma persona, no son mas -que una prolongada impostura<span class="pagenum" id="Page_73">[p. -73]</span>...?</p> - -<p>—¿Pero esas preguntas...?</p> - -<p>—Quiero asegurarme vuestra fidelidad. Conozco á los hombres. Son -fieles cuando tienen interes en serlo. Escuchad ahora. Quiero ser -maestre de Calatrava.</p> - -<p>—¡Por Israel! Comprendo: un rayo de luz acaba de iluminarme, y la -muerte de la condesa no es ya un enigma para...</p> - -<p>—Pues os advierto precisamente que debe serlo hasta para vos...</p> - -<p>—En buen hora, señor; no digas mas; confieso que no la entiendo. -Pero hay ya un maestre, y no suele haber dos en ninguna orden...</p> - -<p>—Precisamente eso es lo que todas las figuras cabalísticas no -os hubieran revelado nunca á vos antes que á los demas. No hay -ninguno.</p> - -<p>—¡Dios de Abraham! Dos muertes en menos de...</p> - -<p>—Con respecto al maestre Guzman, ese mismo Dios de Abraham que -invocais tuvo á bien llevarle á mejor vida.</p> - -<p>—¿Qué dices, señor?</p> - -<p>—Ahora lo sabemos dos en Madrid. Vos y yo.</p> - -<p>—¿Y creeis que Clemente VII<span class="pagenum" id="Page_74">[p. -74]</span>...?</p> - -<p>—Clemente VII estará probablemente ahora donde el maestre...</p> - -<p>—¡Qué de importantes noticias!!</p> - -<p>—Don Pedro de Luna ocupa la santa silla de Aviñon. Ahora bien, ¿á -qué hora vereis á su alteza?</p> - -<p>—Debo asistir á su refaccion de la noche.</p> - -<p>—¿Qué mas pudierais pretender? Deslumbrad á la corte. Alli podeis -hacer uso de vuestra recóndita ciencia. Adivinad delante de su alteza -las noticias que acabo de daros, y adivinidad tambien que el maestre -de Calatrava ha de ser...</p> - -<p>—Don Enrique de Villena.</p> - -<p>—Justo. Mañana me ha de saludar el rey en la corte con ese pomposo -título. Para el logro de nuestro fin es preciso que le conste al rey -que no nos hemos visto.</p> - -<p>—Nada mas facil. Ya sabes, señor, que la quebrantada salud del -jóven rey me obliga á habitar, ciñéndome á sus mismas órdenes, una -habitacion inmediata á la suya, y que todos ignoran que tengo una -comunicacion abierta con vuestro laboratorio. Su alteza juzga que -encanezco ahora sobre los crisoles, que consulto las estrellas -sobre el éxito de la guerra de Granada, y que revuelvo<span -class="pagenum" id="Page_75">[p. 75]</span> á Dioscórides buscando -remedios á su dolencia.</p> - -<p>—Perfectamente. Esperad. Dos personas mas me estorban para mis -fines...</p> - -<p>—Ya sabeis que he recibido no ha mucho de Italia un pomo de -aquella agua clara, mas cristalina que la que envian las sierras -vecinas á esta villa, y que el que la llega una vez á sus labios no -vuelve en sus dias á tener sed.</p> - -<p>—Basta, Abenzarsal, basta. Si el estudio endurece de esa suerte -el corazon del hombre, quemaré mis libros; viejo empedernido en el -pecado, soy ambicioso; pero creo que hay un Dios, y juzgo que ya he -hecho lo bastante hoy para haberle de dar cuentas largas y terribles -el dia que se digne llamarme á su juicio,</p> - -<p>—En ese caso...</p> - -<p>—Oid. La una persona es un doncel de Enrique Doliente, un mancebo -valeroso: las armas no pueden nada con él... pero es mozo de pasiones -vivas; acaso manejándolas y volviéndolas contra él mismo...</p> - -<p>—¿Se llama?</p> - -<p>—Macías.</p> - -<p>—¿Está en Calatrava?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_76">[p. 76]</span></p> - -<p>—En el alcázar, por mi desgracia.</p> - -<p>—Prosigue, señor; la otra...</p> - -<p>—Elvira, la muger de...</p> - -<p>—Tranquilizaos. Vos ignorais acaso algunas circunstancias que -derraman gran luz sobre mis ideas. Mañana os he de decir...</p> - -<p>—No: hablad ahora.</p> - -<p>—Bien: sabed que ese mancebo ha estado fuera de la corte por una -pasion que le domina...</p> - -<p>—¿Qué decís? Yo creí que mis servicios solo...</p> - -<p>—Os equivocais.</p> - -<p>—¡Ah! ¡de esa ignorancia nació mi error! Proseguid.</p> - -<p>—Es bizarro, pero preocupado, supersticioso como los jóvenes todos -de esa corte ciega y atrasada...</p> - -<p>—Proseguid.</p> - -<p>—En una ocasion halléle en mi habitacion: iba á consultarme sobre -su horóscopo: examiné su temperamento, ardiente, arrebatado; hícele -varias preguntas al parecer indiferentes; pero un jóven de veinte -años mal hubiera pretendido encubrir su flaco á un hombre de mi -esperiencia.</p> - -<p>—Díjome sin creer decirlo que amaba, y<span class="pagenum" -id="Page_77">[p. 77]</span> de sus respuestas, que yo aparentaba -despreciar, inferí que amaba á una dama casada...</p> - -<p>—¿Casada?</p> - -<p>—Mi prediccion fue vaga. Deseoso de informarme mejor, tomé tiempo -para responderle mas claramente. Observéle entre tanto: de alli á -pocos dias un ramillete cayó del pecho de una dama desde el corredor -al patio de los leones de su alteza, recordareis que un caballero -incógnito, armado y calada la visera, se precipitó á recoger el -ramillete á riesgo de su vida...</p> - -<p>—Adelante, Abrahem.</p> - -<p>—El ramillete era de Elvira, el caballero Macías. En la corte, y -entre los que no tenian antecedente ni interes alguno en observarlos, -esta anécdota sonó dos dias, y se olvidó despues. De alli á poco -anuncié al mancebo que un astro fatal le perseguia en la corte...</p> - -<p>—¡Santo Dios!</p> - -<p>—El crédulo mancebo me creyó y desapareció. No me cabe duda: -ama á Elvira, y la ama como un frenético. Mas; debe de ser -correspondido: la dama no pensó en recoger su ramillete. Creedme, le -he examinado atentamente; es de aquellos hom<span class="pagenum" -id="Page_78">[p. 78]</span>bres en quienes el amor es siempre -precursor de la muerte.</p> - -<p>—¡Qué descubrimiento! ¿Y pensais que...?</p> - -<p>—Pienso que si logramos poner en juego esa pasion, pienso que si -el doncel no ha olvidado su amor, vuestros enemigos se destruirán -por sí solos, sin que necesitéis cargar vuestra conciencia con un -crímen.</p> - -<p>—Hacedlo, Abenzarsal, hacedlo, gritó don Enrique fuera de sí: -quitáisme un peso horrible.</p> - -<p>—Un medio para reunirlos: una ocasion, y son perdidos.</p> - -<p>—Un medio, una ocasion... es mas facil decirlo que...</p> - -<p>—No importa. Una ocasion.</p> - -<p>—Y que Hernan Perez...</p> - -<p>—Sí: una vez impuesto Hernan Perez, su ruina es cierta; el -escudero es osado, pundonoroso, valiente...</p> - -<p>—¡Ah! pero me haceis recordar... si ha de envolver su desgracia la -de mi escudero... mirad que me ha prestado servicios...</p> - -<p>—Tranquilizaos, ilustre conde. ¿Qué mal le podrá avenir? ¿haber -de encerrar á su muger en una reclusion para toda su vida?<span -class="pagenum" id="Page_79">[p. 79]</span> Supongo que sabeis que -un esposo de tres años no se morirá de tristeza por tan terrible -golpe... Vos erais tambien esposo y...</p> - -<p>—Abrahem, Abrahem, ya os he dicho que no consiento alusiones en -esa materia: dejadme tiempo á lo menos para reconciliarme conmigo -mismo.</p> - -<p>—Señor...</p> - -<p>—En buen hora, concluyamos en ese asunto; pues vos me respondeis -de mi inocencia y de la vida de mi escudero, de consuno buscaremos -un medio para reunirlos, y acaso la Vírgen Santísima de Atocha, de -quien soy devoto, nos le proporcione presto. Si lo consigo, ofrezco -edificarle un santuario en la mejor villa del maestrazgo...</p> - -<p>—Besad este escapulario, señor, que representa su efigie, dijo -entonces el redomado físico, alargando el que del cuello traía -pendiente, y ella y su Hijo nos ayuden.</p> - -<p>—Amen, dijo levantándose don Enrique con aquella incomprensible -mezcla de devocion y de impudencia, de religion y de vicios que -distinguia asi á los hombres vulgares como á los mas ilustrados de -la época, sin que dejemos de inclinarnos á creer que en hombres -como nuestros dos inter<span class="pagenum" id="Page_80">[p. -80]</span>locutores eran aquellas prácticas esteriores hijas solo -de la costumbre. Amen, repitió, y apretando la mano del físico, -separáronse con una afectuosa mirada de inteligencia; volvió á subir -el astrólogo la escalera escondida, por donde habia bajado, para -meditar en los medios de cooperar á los planes ambiciosos de don -Enrique, y éste cruzó su laboratorio alquimístico en busca de Ferrus, -que en la cámara impaciente le esperaba.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-b080.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_16"> - <hr class="doble" /> - <hr class="doble" /> - <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XVI."><span class="pagenum" - id="Page_81">[p. 81]</span>CAPITULO XVI.</h2> - <hr class="sep" /> - <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza"> - <p class="i2">Viendo aquesto un moro viejo</p> - <p class="i0">que solia adivinar...</p> - <p class="i0">suspirando con gran pena,</p> - <p class="i0">aquesto fue á razonar.</p> - <p class="i10"><i>Canc. de Rom.</i></p> - </div></div> -</div> - -<p class="ti0"><span class="capitular">I</span><span -class="smcap">nútil</span> es decir á nuestros lectores que el -físico Abrahem Abenzarsal contó en cuanto llegó á su aposento las -relucientes doblas del de Villena, y que animado con su sonido -vivificador, y con la esperanza fundada de merecer nuevas confianzas -de la misma especie, coordinó sus ideas y estudió preventivamente -el dificil papel que ante el rey de Castilla habia de representar -de alli á poco. Llegada la hora, asistió como tenia de costumbre -á la mesa frugal de su alteza, ora previniéndole los platos que -debia comer y los que solo debia gustar, ora dando pábulo con -sus bien estudiadas respuestas á la conversacion naturalmente -seca y desabrida de Enrique III. Hubieron empero de chocarle -tanto á su alteza las misteriosas pa<span class="pagenum" -id="Page_82">[p. 82]</span>labras con que salpicó la cena su -médico, que no pudo menos de hacerle entrar en su cámara, y á -presencia solo del buen condestable Rui Lopez Dávalos, que gozaba -con él de la mayor privanza, y era no poco afecto á superticiones y -hechicerías,—Abrahem, le dijo, tus palabras encierran esta noche un -sentido que no acierto á comprender. Dime por tu vida si algun fausto -acontecimiento se prepara para estos reinos, ó si alguna calamidad -nos amaga, que podamos evitar con el favor de nuestro padre San -Francisco, á quien venero particularmente.</p> - -<p>—Vana es ya la intercesion de los santos, señor, cuando es pasada -la hora del hombre.</p> - -<p>Paróse aqui el inspirado varon, arqueó las cejas con siniestro -mirar, dió un golpe en el pavimento con su nudoso báculo, y -permaneció suspenso largo espacio, insensible á las reiteradas -instancias del asustado monarca, que puesto en pie y descubierta la -cabeza, pendia de su boca, ni mas ni menos que el reo que espera -oir de la de su juez la temida sentencia. Llegándose entonces el -astrólogo judiciario á una rasgada y gótica ventana, y examinado -el cielo detenidamente,—No<span class="pagenum" id="Page_83">[p. -83]</span> me engañaron, esclamó con voz hueca y sonora, que salia -como un trueno de lo mas hondo de su agitado pecho, no me engañaron -los infalibles cálculos de mi cábala. El astro, que ha presidido tan -infausto dia, velado entre cenicientas y rojas nubes, acabó su diurna -revolucion, y corrió á lanzarse en la inmensidad de los mundos, -dejando tras sí sangrientas huellas de su funesto paso. ¡Oh rey! -humilla tu frente soberbia: la iglesia de tu Dios, dividida y presa -de un cisma prolongado, ve caer su columna principal; el sublime -vicario de su ungido inclina la frente pálida, soltando sus sienes la -triple corona que dignamente llevó, y sus débiles manos las llaves de -Pedro y el anillo del Pescador.</p> - -<p>—¡Dios mio! esclamaron á un tiempo el piadoso rey y el asombrado -condestable; ¡Clemente VII!</p> - -<p>—Sí; Clemente VII, continuó el energúmeno, ha pagado á la tierra -el tributo de que solo un profeta de Israel, arrebatado por el -fuego del cielo, pudo eximirse. Pero, esperad: veo levantarse sobre -su asiento y calzar la sagrada sandalia á un ilustre aragonés: un -rico-hombre de los de Luna<span class="pagenum" id="Page_84">[p. -84]</span> es el elegido del Señor, á quien confia el timon de su -nave zozobrante... Oh Benedicto, catorce de este nombre; á alta -mision has sido llamado por el cielo. ¡Qué de lágrimas costará tu -aragonesa condicion, tu invencible tenacidad, á los fieles divididos! -En tí habrán de estrellarse los esfuerzos conciliadores de Urbano y -del Sacro Colegio Romano.</p> - -<p>—¡Don Pedro de Luna! esclamó vuelto hácia el condestable el -sorprendido rey: ¡don Pedro de Luna! y arrodillándose ante una -venerada estampa de las llagas de San Francisco, ¡oh portento! -continuó; libradme, señor, de todo mal, y purificad mi alma si estas -predicciones son hechas por arte de vos reprobado...</p> - -<p>—Rey, interrumpió al oir este escrúpulo religioso el solapado -Abrahem, el Dios del cielo y de la tierra no reprobó nunca la -ciencia, si bien quiso descubrir á pocos sus recónditos arcanos. -Los hechos que te refiero, ademas, no son predicciones de incierto -porvenir, en cuya oscuridad no es dado siempre á los míseros mortales -penetrar; á la hora esta, si es cierto que hablan los astros á -los que poseen el don de<span class="pagenum" id="Page_85">[p. -85]</span> entender su lenguaje sublime, Aviñon ha sido testigo ya de -los grandes acontecimientos que te anuncio. ¿Ves aquella estrella, -cuyo incierto resplandor parece querer apagarse con vacilantes -oscilaciones, á la derecha de la osa menor, siguiendo la direccion -de mi báculo? Parece lanzar sus mortecinos reflejos á la parte de -Calatrava...</p> - -<p>—Abrahem, ¿qué nueva desdicha...?</p> - -<p>—Una columna de la cristiandad española yace derribada; el rayo -contra el moro de Granada se estinguió. Acaba de entregar su -espíritu al Señor...</p> - -<p>—¿Guzman? preguntó con precipitacion el buen Lopez Dávalos.</p> - -<p>—Sí: ¿veis aquella parda y manchada nubecilla que el viento del -norte impele violentamente hácia el mediodia? miradla reunirse á -los demas vapores que un resto del calor del dia levanta de la -húmeda superficie de la tierra. El astro del virtuoso maestre se ha -eclipsado para no volver á lucir jamas.</p> - -<p>Al llegar aqui, un profundo silencio succedió á la tonante voz de -Abenzarsal, y don Enrique y el condestable oraron fervorosamente por -el alma del difunto maestre.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_86">[p. 86]</span></p> - -<p>—Si las señales de mi ciencia, continuó el físico, no han dejado -de ser infalibles, sangre mas ilustre ha de reemplazar la del piadoso -maestre, y el estandarte de Calatrava verá agregarse á su cruz roja -las barras de Aragon. Otro aragonés llevará á la victoria á los -valientes caballeros de Calatrava. El cielo ensalza á los hijos de -don Jaime y un nieto del primer condestable de Castilla...</p> - -<p>—Basta, interrumpió don Enrique III con voz desfallecida, basta -Abrahem: los altos juicios de Dios son incomprehensibles, pero el -tiempo viene á justificarlos. Ayer el voto de la orden de Calatrava -hubiera apartado á ese nieto del primer marques de Villena del -alto puesto á que está destinado. Un acontecimiento desgraciado, -pero cuya causa, escondida hasta ahora, revelan tus palabras, ha -llevado á mejor vida á mi muy amada doña María de Albornoz, y su -afligido esposo ha quedado desatado de los lazos que le alejaban del -maestrazgo. Dios la tenga en su santa gloria. Adoro tus fines, ó -Providencia. Abrahem, decid, ¿habeis visto hoy al conde de Cangas?</p> - -<p>—Señor, respondió con afectada sorpresa el hipócrita charlatan, tu -alteza sabe que<span class="pagenum" id="Page_87">[p. 87]</span> el -estudio absorbe las horas todas de mi vida, y desde esta mañana no he -cesado de consultar mis pergaminos en mi cámara inmediata á la tuya. -Don Enrique por otra parte no se apartará de su estancia en estos -momentos de luto para su corazon. No he visto, pues, al conde...</p> - -<p>—No sabes en ese caso, repuso el rey, si está dispuesto á admitir -el alto cargo á que el cielo le destina.</p> - -<p>—No creo que haya pensado en ello siquiera; ni menos que -pueda saber nadie en el alcázar todavia la triste muerte de don -Gonzalo...</p> - -<p>—Dices bien, Abrahem. Por otra parte, el nombre ilustre de mi -pariente no puede menos de dar realce á la orden de Calatrava, y sus -caballeros no opondrian obstáculo á tan acertada eleccion.</p> - -<p>—¡Hágase la voluntad del Señor! respondió el taimado físico con -solemne entonacion; é inclinando la cabeza, el recojimienio en que -quedó pareció anunciar el fin de sus predicciones.</p> - -<p>—Condestable, dijo el rey despues de una ligera pausa, mañana -dispondreis que la corte se reuna. Quiero recibir á los emba<span -class="pagenum" id="Page_88">[p. 88]</span>jadores del Tamorlan y -del rey de Francia. Abenzarsal, ayudadme á entrar en mi cámara: -mis fuerzas se debilitan, y despues de la agitacion de esta noche -necesito que las restaure un sueño reparador.</p> - -<p>Llamó el condestable á los camareros de su alteza, y abriéndose -las puertas de la estancia en que dormía, despidióse de él el -primero: el rey de alli á poco, apoyado en el brazo de su físico -favorito, desapareció, volviéndose á cerrar las hojas de la puerta, -y quedando aquella parte del regio alcázar sumida en el mas profundo -silencio.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-b088.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_17"> - <hr class="doble" /> - <hr class="doble" /> - <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XVII."><span class="pagenum" - id="Page_89">[p. 89]</span>CAPITULO XVII.</h2> - <hr class="sep" /> - <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza"> - <p class="i2">Yo os repto los zamoranos,</p> - <p class="i0">por traidores fementidos,</p> - <p class="i0">repto á todos los muertos,</p> - <p class="i0">y con ellos á los vivos,</p> - <p class="i0">repto hombres y mugeres,</p> - <p class="i0">los por nacer y nacidos,</p> - <p class="i0">repto á todos los grandes,</p> - <p class="i0">á los grandes y á los chicos,</p> - <p class="i0">á las carnes y pescados,</p> - <p class="i0">y á las aguas de los rios.</p> - <p class="i6"><i>Canc. de Rom.</i></p> -</div></div> -</div> - -<p class="ti0"><span class="capitular">A</span><span class="smcap">un -no</span> habia conciliado el sueño el poderoso rey de Castilla, -cuando ya el impaciente conde de Cangas y Tineo sabia palabra por -palabra el coloquio que en el anterior capítulo dejamos descrito. -A la mañana siguiente creyó ya del caso la llegada de la noticia -de la muerte del maestre de Calatrava; tomó en consecuencia sus -disposiciones para que el enviado, que precisamente habia llegado la -víspera, y que él habia sabido entretener, se presentase en la corte -de aquel dia, y esperó tranquilo el resultado de su artificio.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_90">[p. 90]</span></p> - -<p>El salon principal del alcázar donde tenia corte su alteza se -hallaba ya ocupado en la mañana del dia, que tan fecundo prometia -ser en notables acontecimientos, por algunos caballeros jóvenes -donceles del rey, por varios pages de lanza y de estribo, y por los -ballesteros que guardaban las puertas como prevenia la etiqueta del -tiempo. Algunos caballeros cortesanos de los que no acompañaban al -rey á la misa, que á la sazon oía: discurrian sobre las noticias del -dia.</p> - -<p>—¿Qué novedades, dijo un jóven de gallarda apostura y de pulido -arreo á otro caballero que paseaba con él á lo largo del salon, qué -novedades habeis recogido para vuestra corónica, señor coronista -Pedro Lopez de Ayala?</p> - -<p>—La principal, señor don Luis de Guzman, es la que de Sevilla me -escribe el ginovés Micer Francisco Imperial.</p> - -<p>—¿El de las trovas que comienzan <i>Gran sosiego é mansedumbre</i> á -doña Angelina de Grecia, la princesa que ha regalado á Castilla el -gran Tamorlan, del botin que cogió al turco Bayaceto?</p> - -<p>—El mismo. Buen ingenio.</p> - -<p>—¿Y qué os dice?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_91">[p. 91]</span></p> - -<p>—Díceme que el ginebrino que envió á buscar su alteza á París para -componer el reloj de la torre de Sevilla, hálo compuesto á las mil -maravillas, y que da todas las horas como antes de haberle caido el -rayo hace un año.</p> - -<p>—Cierto que es importante, porque no habia otro reloj tan -maravilloso en Castilla, ni quien supiera componer aquella enredada -máquina. Premiaránlo bien.</p> - -<p>—Merece mas de diez mil maravedís. ¿Habeis oido, señor comendador, -que acaba de llegar un demandadero de Calatrava?</p> - -<p>—Por la Vírgen de Atocha que eso me interesaria, porque mi tio el -maestre estaba malo...</p> - -<p>—Sabeis que si muriese, lo que Dios no quiera, podriais -pretender...</p> - -<p>—Acaso. Pues nada oí: estuve jugando á las tablas...</p> - -<p>—¡Ah! vos bohordais bien.</p> - -<p>—Sí, ahora que no está aqui el doncel Macías: cuando está, nadie -lanza con mas tino el bohordo, ni derriba mas veces el tablero. -Cobróle aficion el rey solo por eso.</p> - -<p>—¿Y qué es de Macías? ¡Bravo trovador y buen caballero!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_92">[p. 92]</span></p> - -<p>—Desde que está en comision del hechicero no se sabe de él. -¿Sabeis que ese hombre es el diablo, y que todo el que se le llega -desaparece? Mirad ahora la condesa...</p> - -<p>—¡Bah! como dice Rodriguez del Padron, el trovador gallego, amigo -de Macías, ya se le podria hechizar á él con una buena lanza, porque, -sea dicho sin ofenderle, se le entiende mas de <i>lais</i>, y <i>virolais</i>, -que de achaque de encuentros. Ahora anda enseñando la gaya ciencia al -marques de Santillana.</p> - -<p>—Ese sí que es mancebo de sutil ingenio. El jóven don Íñigo -Mendoza gusta mucho de letras, y ha de hacer con el tiempo mejores -trovas que el mismo Alfonso Alvarez de Villasandino, y que el judío -Baena... A propósito, ¿cómo lleváis vos vuestro rimado?</p> - -<p>—Téngolo suspendido porque digo grandes verdades en él, y ya -sabeis que en palacio...</p> - -<p>—Oh, la verdad nunca gusta á...</p> - -<p>—¡El rey...! dijo una voz que salia de las piezas inmediatas.</p> - -<p>—¡El rey! repitieron dos farautes que entraban ya vestidos de -ceremonia por las<span class="pagenum" id="Page_93">[p. 93]</span> -puertas del salon. Apartáronse los caballeros, y don Enrique subió á -su trono, rodeado de los principales señores de Castilla, á cada uno -de los cuales seguian los caballeros y escuderos de sus casas.</p> - -<p>Ocupaba don Enrique de Villena, como tio segundo que era de su -alteza, el lugar preeminente, si se esceptúa el del físico y el del -condestable Dávalos, que á uno y otro lado pisaban el primer escalon -del trono. Tenia el conde á su izquierda á su primer escudero y -detras al juglar, y rodeábanle varios caballeros, en cuyos pechos -lucian las cruces de Calatrava, en lo cual echará de ver el lector -que no se habia descuidado aquella mañana en atraérselos con mercedes -y distinciones para tenerlos favorables á sus miras. Vestía luto, -pero su semblante mas anunciaba alegría que dolor, por mas que -procuraba él disimularla,</p> - -<p>—Chanciller, dijo don Enrique cuando se hubo sentado y saludado en -derredor á sus cortesanos, ¿qué letras teneis?</p> - -<p>—Acábanse, señor, de recibir estas.</p> - -<p>—¡Ah! de Otordesillas, de mi esposa. Díceme doña Catalina que -está próxima á su alumbramiento. ¿Paréceos, Abenzarsal, que<span -class="pagenum" id="Page_94">[p. 94]</span> tendrá Castilla que jurar -un príncipe de Asturias, despues de haber jurado solemnemente á la -infanta doña María mi muy amada hija?</p> - -<p>—Pudiera ser, señor. ¿Qué mal habria en eso?</p> - -<p>—Haced, condestable, que se dispongan tiros, y avisad á los -pueblos de aqui á Otordesillas que se hagan grandes fogadas y -ahumadas en las eminencias luego que las vean hacer en el pueblo -inmediato, empezando Otordesillas mismo en cuanto su alteza dé á luz -un príncipe. De esta suerte sabremos ese fausto acontecimiento pocas -horas despues: dispondreis que no falten atalayas. ¿Hay mas?</p> - -<p>—Señor, desea besar los pies de tu alteza el sublime Mahomad -Alcagí, embajador del llamado gran Tamorlan.</p> - -<p>—Que entre, dijo su alteza; y los cortesanos todos volvieron las -cabezas con ansiosa curiosidad hácia la puerta, como quien iba á ver -una cosa que no todos los dias se veía.</p> - -<p>Entró efectivamente el tártaro con áspero continente al aviso -de un page de antecámara. Acompañábanle al lado Payo Gomez de -Sotomayor y Hernan Sanchez de Palazuelos,<span class="pagenum" -id="Page_95">[p. 95]</span> embajadores del rey de Castilla al -Tamorlan, que habian vuelto con él despues de haber recorrido vastas -regiones, climas apartados y diversas costumbres de paises.</p> - -<p>Hablaba el bárbaro, y Sotomayor que en dos años que su larga -embajada habia durado, habia tenido ocasion de aprender algun tanto -su lengua, le sirvió de truchiman.</p> - -<p>—El rey Tamurbec el honrado, Tabor Bermacian, mi señor, me envia -á tí, rey de las ciudades y lugares de Castilla y de Leon é España. -Dure tu tiempo y buena fama en noblezas generales y en gracias -cumplidas. El rey mi amo, noticioso de la grandeza de tu reino, -acepta la amistad y buena correspondencia que con tus embajadores -le enviaste á ofrecer. El Profeta te sea en ayuda, y te dé sus -saludaciones. En muestra de buena amistad, envíate el rey mi señor -el presente de joyas y las dos hermosas damas, que te trage, para -tu harem, que al hijo de Osmin ha cogido en la gran victoria que le -ha ganado. El Rey de los reyes ha humillado la soberbia condicion -del hijo de Osmin, y hoy en una jaula de hierro sirve de estribo al -poderoso Tamurbec, rayo de Dios.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_96">[p. 96]</span></p> - -<p>—Recibo vuestra embajada, valiente Mahomad Alcagí, y no os doy -respuesta, dijo don Enrique, porque quiero que tornen embajadores -mios á vuestro amo y señor el muy honrado Tamurbec con mis cartas y -presentes. Rui Gonzalez de Clavijo, añadió vuelto á este su camarero -que entre la turba de cortesanos andaba oscurecido, quiero que vos y -fray Alonso Paez de Santa María, maestro en santa teología, y Gomez -de Salazar mi guarda, hagais este viage como embajadores mios.</p> - -<p>Adelantóse entonces Rui Perez de Clavijo, y poniendo en tierra una -rodilla,—Beso á tu alteza los pies, dijo, por la lisonjera distincion -con que honras á tu vasallo.</p> - -<p>Retiróse el embajador del Tamorlan, y salieron con él algunos -caballeros, curiosos de preguntarle y saber las varias noticias que -de tan luengas tierras y afamadas hazañas podia darles.</p> - -<p>Entraron en seguida los embajadores del rey Cárlos de Francia, -sexto de este nombre, los cuales digeron á su alteza despues de -las primeras fórmulas de etiqueta, como se hallaba bastante malo -el rey su amo de resultas de habérsele prendido fuego en un<span -class="pagenum" id="Page_97">[p. 97]</span> baile de máscaras á -una piel de salvage de que iba vestido. Aseguraron despues á los -cortesanos en confianza, que lo que en Francia mas se temia no eran -las resultas de este accidente, sino que corria el rumor de que -el buen rey Cárlos VI estaba á punto de perder la razon, que se -habia observado ya muchas veces tal cual desatino en su conducta, -que pasaba los dias enteros sin hablar, y otras estravagancias de -esta especie. Estos embajadores trajeron en presente dos truenos -grandes, como entonces se llamaban, que fueron la admiracion de -los cortesanos, por haberse reducido ya á tan cortos límites una -arma que habia empezado por no poderse usar sino en las murallas -de una plaza sitiada, que se habia podido trasladar de un punto á -otro despues por medio de una máquina convenientemente montada, y -que ya podia manejar, y disparar casi un hombre solo, si bien con -trabajo. Apreció mucho este regalo el rey Enrique, y despachó á los -embajadores, los cuales volvieron para su tierra, no sin dejar alguna -moda de las de su trage en la corte del rey de Castilla, pues eran -muy galanos, y venian lindamente ataviados. Al<span class="pagenum" -id="Page_98">[p. 98]</span> dia siguiente salieron ya varios jóvenes -donceles con el pantalon muy ajustado, y dos mangas perdidas -recortadas como las habian visto en los embajadores: moderaron la -barba que antes se dejaban crecer en derredor de la cara, porque -los embajadores no la traían, y hubo quien sacó el zapato retorcido -y puntiagudo, que entonces se llevaba, con mas de seis pulgadas de -punta, ni mas ni menos que el asta de un toro.</p> - -<p>Presentóse en seguida de los embajadores franceses un demandadero -de Calatrava, el cual anunció á su alteza la infausta noticia de la -muerte del maestre.</p> - -<p>—La sabíamos, dijo el rey, y hoy mismo le nombraré sucesor.</p> - -<p>—Hernan Perez, dijo el de Villena dándole con el codo.</p> - -<p>—Entiendo, señor, contestó el taimado escudero.</p> - -<p>Apenas se habia retirado el demandadero, cuando se dejó ver -en las puertas del salon, precedida de dos dueñas vestidas de -negro, una dama enlutada y con antifaz que le tapaba completamente -el rostro. Grande fue la sorpresa de los cortesanos todos: -examinaban detenidamente sus contornos, por<span class="pagenum" -id="Page_99">[p. 99]</span> ver si descubrian quién fuese la que de -aquella manera se presentaba. Llegóse la tapada lentamente hasta los -pies del trono, y prosternóse en actitud de esperar á que su alteza -le diese licencia para hablar.</p> - -<p>—Condestable, dijo curioso y admirado don Enrique, ¿por qué no me -habeis prevenido que hoy nos las habiamos de haber con fantasmas? -Vive Dios que hubiera preparado mi alma á recibirlas dignamente: -¿sabeis quién sea esta dolorida?</p> - -<p>—Ha burlado sin duda la vigilancia de los ballesteros; si su -presencia te incomoda, señor, harásela salir.</p> - -<p>—Es muger, condestable, y su manera de presentarse encierra algun -misterio que es fuerza aclarar. Alzad, señora, prosiguió don Enrique, -alzad, y declarad qué causa estraordinaria os fuerza á venir de esta -manera.</p> - -<p>—¡Justicia, señor, justicia! esclamó con doliente voz la -arrodillada dama.</p> - -<p>—Alzad y contad vuestras cuitas, repuso su alteza: nunca el rey de -Castilla negó justicia á nadie.</p> - -<p>—Señor, prosiguió la dama levantándose y mirando en derredor -con notable in<span class="pagenum" id="Page_100">[p. -100]</span>quietud, como si buscase á alguien que apoyase la demanda -que iba á hacer, señor, un crímen se ha cometido en tus dominios, en -tu villa de Madrid, en tu propio palacio.</p> - -<p>—¿Un crímen?</p> - -<p>—Un crímen, y crímen destinado á quedar impune. Los poderosos -que rodean insolentemente tu trono, validos de tu favor, son, -señor los que infringen tu justicia, y los que la arrostran. Doña -María de Albornoz, la ilustre condesa de Cangas y Tineo, ha sido -asesinada...</p> - -<p>—Lo sabemos, dueña, dijo don Enrique, y ya hemos dado nuestras -órdenes para que se descubran los autores de tan horrible -atentado.</p> - -<p>—¿Los autores, señor? Uno hay no mas, y ese no corre los campos -fugitivo á esconder como debiera debajo de la tierra su insolente -rostro; ese se ampara en tu misma corte. Ese nos oye.</p> - -<p>—¿En mi corte? dijo don Enrique mirando dudoso á todas partes. -Agolpáronse al oir estas palabras los cortesanos para escuchar mas -de cerca á la atrevida acusadora. Don Enrique de Villena, de cuyo -semblante habia desaparecido su natural serenidad desde el mo<span -class="pagenum" id="Page_101">[p. 101]</span>mento en que habia -columbrado el sentido de las palabras de la dama, la miraba con -ojos indagadores, y afectando una curiosidad hija del interes que -le convenia aparentar por el descubrimiento del perpetrador del -asesinato de su esposa.</p> - -<p>—Hernan, dijo en voz baja á su escudero durante la pausa que -siguió á las últimas palabras de la tapada, Hernan Perez, ¿qué quiere -decir esto?</p> - -<p>Hernan Perez estaba tan inquieto como el conde; por una parte -creía que la tapada no podia ser otra que una persona que muy de -cerca le tocaba. Su voz aunque disfrazada, le habia hecho un efecto -singular: por otra parte no podia concebir que se diese tal paso sin -su noticia.—Señor, contestó al conde, sea lo que fuere, tu escudero -no desmiente nunca su fidelidad.</p> - -<p>—En tu corte, prosiguió la dama: él nos oye, y él recibe tus -beneficios...</p> - -<p>—Nombradle, dijo el rey, nombradle.</p> - -<p>—Sí, añadió con voz trémula el de Villena echando el resto á su -mal sostenido disimulo, ¿quién es?</p> - -<p>—¡Vos! respondió una voz tonante, vos.</p> - -<p>—¿Yo? preguntó don Enrique: ¿yo?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_102">[p. 102]</span></p> - -<p>—¡Don Enrique! esclamó el rey mirando alternativamente al de -Villena y á la tapada.</p> - -<p>—¡Don Enrique! repitieron en voz confusa casi á un mismo tiempo -los señores todos que rodeaban el trono.</p> - -<p>—¡Santo cielo! esclamó el agitado conde volviéndose al rey con -ademan y gesto hipócrita. ¿No me bastaba, señor, que una fatal -estrella me privase de mi esposa; era preciso que la calumnia se -uniese á la alevosía, y que Don Enrique de Villena se viese asi -ultrajado en tu misma corte y en tu presencia misma? Toma, señor, -los honores que me has dado, recoge las distinciones con que me has -honrado, toma esta espada, acepta esa banda que mal pudiera llevar -con honor quien vió de esa manera el suyo atropellado...</p> - -<p>—Serenaos, don Enrique, dijo tranquilamente despues de un breve -rato de meditacion el rey justiciero, serenaos: conservad esas -distinciones que tan bien os estan, y tened presente que la calumnia -se embota en el inocente como la punta de la lanza en el bruñido -peto.</p> - -<p>—¿La calumnia? repitió mirando de nuevo en derredor la dueña -desconsolada.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_103">[p. 103]</span></p> - -<p>—Dueña, dijo don Enrique entonces con entereza, ¿sabeis el nombre -que habeis tomado en boca, y la persona á quien ultrajais...?</p> - -<p>—La verdad nunca puede ser ultraje.</p> - -<p>—¿Sabeis á ciencia cierta lo que dijísteis...?</p> - -<p>—Juráralo si fuera menester.</p> - -<p>—¿Qué caucion dais de vuestras palabras? ¿quién sois? ¿por -qué venis tapada á acusar al delincuente? La verdad trae la cara -descubierta á la faz del sol. La mentira es la que se esconde.</p> - -<p>—¿Quién yo soy, señor? si pudiera decirlo no viniera de este modo. -¿No es posible que circunstancias personales me impidan descubrirme -en público? Tomad, señor dijo entonces la tapada presentando á su -alteza un anillo que en el dedo traía. Ese anillo puede decir quién -soy algun dia.</p> - -<p>Tomó su alteza el anillo y examinóle detenidamente.—¿Conoceis ese -anillo, Abenzarsal, ó la seña que dice esa dama?</p> - -<p>—Señor, dijo Abenzarsal al oido de su alteza, las piedras forman -un nombre.</p> - -<p>—Guardadle, pues.</p> - -<p>—Ademas, señor, no trato de huir; pón<span class="pagenum" -id="Page_104">[p. 104]</span>gome bajo tu salvaguardia; sé que -desde el punto en que tomo sobre mí esta acusacion mil peligros me -rodean.</p> - -<p>—¿Y sabeis, incauta dueña, que la pena del Talion espera al -impostor...?</p> - -<p>—Solo sé que el crímen debe denunciarse y desenmascararse al -criminal.</p> - -<p>—¿Sabeis que si os faltan pruebas, ó un caballero que sostenga -vuestra acusacion, sereis puesta en tormento y...?</p> - -<p>—¡En tormento! dijo espantada la dama volviendo á mirar en -derredor con inquietud. ¡En tormento!</p> - -<p>—A tiempo estais de desdeciros...</p> - -<p>—Desdecirme... esclamó la dama enlutada clavando en don Enrique -los ojos, que aparecian en medio de su antifaz como los relámpagos -que rasgan la negra nube en medio de una noche tempestuosa, Jamas.</p> - -<p>—En ese caso es forzosa la muerte del delincuente ó la vuestra.</p> - -<p>—¡Nadie, nadie! dijo entre dientes la demandante mirando á las -puertas, y escuchando con la mayor ansiedad. ¿No hay un caballero, -esclamó entonces con despecho volviéndose á los cortesanos todos, -no hay un cortesano siquiera del poderoso rey<span class="pagenum" -id="Page_105">[p. 105]</span> de Castilla que sepa empuñar una lanza -por la inocencia, que salga por una muger?</p> - -<p>Leve y susurrante murmullo corrió por la asamblea á esta -invitacion desesperada. Pero lucian en los pechos y en los brazos -de los mas caballeros jóvenes prendas del amor de sus damas: un -caballero que tenia la suya no podia adoptar otra. No era ademas -seguro que la acusadora no hubiese perdido el juicio, cuando con -tan poco apoyo y favor osaba habérselas con el mas poderoso señor -de Castilla. ¿Quién la conocia? nadie: ¿quién estaba seguro de -no ser víctima del rencor del de Villena si tomaba la defensa de -la advenediza?—¡Oh oprobio! ¡oh mengua! ¡oh caballeros! esclamó -sollozando la desairada hermosa. ¡Hé aqui la corte de don Enrique -III! Lo veo, aunque tarde: la inocencia no encuentra defensa entre -los hombres. No importa. Insisto en la acusacion.</p> - -<p>—Faraute, dijo entonces su alteza, haced vuestro deber.</p> - -<p>Adelantóse un faraute, y en la fórmula del tiempo anunció tres -veces en alta voz la acusacion hecha á don Enrique de Villena; -preguntó si algun caballero tomaba la<span class="pagenum" -id="Page_106">[p. 106]</span> demanda de la acusadora, y succediendo -á sus voces sepulcral silencio, intimó á aquella que en el plazo -preciso de tres dias habia de presentar un defensor ó las pruebas -de su acusacion, y que cumplido el plazo sin presentarle seria -puesta en tormento y llevada al suplicio, donde le seria la lengua -cortada y arrojada á los canes, despues de ella ajusticiada por -calumniadora.</p> - -<p>No pudo oir esta última parte de la intimacion la desolada dama -sin exhalar un gemido de terror, y abandonándola sus fuerzas, dejóse -caer en brazos de una de las dueñas que la habian acompañado.</p> - -<p>Movido á lástima el rey al ver su situacion, alzóse en el trono, y -puesto en pie,—Don Enrique, dijo, estoy seguro de vuestra inocencia, -y el cielo en todo caso saldrá por ella. Aflíjeme sin embargo el -estado de esa desgraciada, y la administracion de la justicia exige -que yo satisfaga la vindicta pública. Dadme, Abenzarsal, ese anillo. -Quiero yo mismo requerir por última vez un defensor, Ricos-hombres, -caballeros, ¿quién de vosotros toma esta demanda? El caballero que -se proclame su defensor recibirá este anillo como prenda de la -dama que va á<span class="pagenum" id="Page_107">[p. 107]</span> -defender, y si sale con victoria de la prueba á hierro y demuestra -en el palenque, con el favor de Dios, la verdad de la acusacion, que -no creemos, este anillo le servirá de seguro para los dias de su -vida: la persona que me lo presente logrará la gracia que pida, y su -dueño será libre de toda pena en el momento de presentarlo. ¿Quién de -vosotros toma la demanda de la acusadora?</p> - -<p>—¡Yo! esclamó una voz estentórea que resonó fuera de la cámara -todavia.</p> - -<p>—¡Él es! gritó con penetrante alarido la enlutada, y el esceso de -la alegría, pudiendo mas en su alma que el pasado dolor, la derribó -sin sentido en brazos de sus dos dueñas.</p> - -<p>Volvieron los ojos los cortesanos á mirar quién fuese el temerario -que en tan arriesgada demanda se entrometia, y don Enrique de -Villena, cuya alegría se habia manifiestamente conocido por algunos -instantes, dirigió miradas de fuego y de incertidumbre hácia el -advenedizo defensor de su acusadora.</p> - -<p>Entraba éste ya por la cámara con ademan resuelto y pasos -precipitados. Venia ar<span class="pagenum" id="Page_108">[p. -108]</span>mado de pies á cabeza, y su sobreveste negra y su penacho -del mismo color, que ondeaba funestamente sobre su capacete, parecian -anunciar la muerte á todo el que se opusiese á su bizarro valor.</p> - -<p>—Yo, repitió con voz fuerte entrando. Dirigiéndose en seguida -hácia el trono, arrodillóse y pidió licencia á su alteza para tomar -la demanda de la desconocida, fuese la que fuese.</p> - -<p>Mirábanse unos á otros los circunstantes, y no sabian qué pensar -de las aventuras de la mañana.—Condestable, dijo el rey volviéndose á -Rui Lopez Dávalos, ¿será que hoy no hayamos de conocer á ninguno de -nuestros vasallos? ¿qué decís, conde de Cangas, de este defensor? ¿le -conoceis?</p> - -<p>—No responderé nunca, señor, á la acusacion de dos -enmascarados.</p> - -<p>—¿Y respondereis á la mia? preguntó alzándose la visera el -denodado mancebo.</p> - -<p>—¡Macías! esclamó el rey. ¡Macías! repitieron asombrados los -mas de los que presentes estaban. Don Enrique fue el único que -sobrecogido de la ira y del terror, ni acertaba á pronunciar palabra, -ni osaba le<span class="pagenum" id="Page_109">[p. 109]</span>vantar -los ojos del suelo, al cual se los habian hecho bajar mal su grado la -seguridad y la audacia de las miradas de Macías.</p> - -<p>—Perdóneme tu alteza, prosiguió éste vuelto á don Enrique -el Doliente, si me hallo en tu palacio sin haberme presentado -antes á recibir tus órdenes: tu alteza conoce mi lealtad, y solo -poderosísimas causas pueden habérmelo impedido.</p> - -<p>—Sensible es á mi corazon, doncel, que cuando os veo despues de -tan larga ausencia sea para declararos contrario de mi muy amado -pariente el conde de Cangas y Tineo, y para defender contra él una -acusacion que estimo calumniosa.</p> - -<p>—El cielo, señor, puede solo decidir esta querella.</p> - -<p>—Aqui, pues, teneis dijo el rey presentando á Macías el anillo de -la tapada, que ya habia vuelto en sí de su desmayo, la prenda de la -dama que elegís.</p> - -<p>—Perdóneme tu alteza, esclamó la dama arrojándose en medio del -rey y de Macías: permite que no reciba de mi mano ese anillo hasta -el dia en que haya de verificarse el combate. Yo informaré á la -persona de tu confianza que elijas de mis circunstancias, y<span -class="pagenum" id="Page_110">[p. 110]</span> quedaré hasta que las -sepas en tu poder, si necesario fuese. Como prenda de que os admito -por mi campeon, aceptad este lazo, noble caballero.</p> - -<p>Arrodillóse el mancebo, á quien palpitaba violentamente el -corazon dentro del pecho, y mientras que su dama rodeaba su cuello -con una banda negra que tenia por lema estas dos palabras bordadas: -<i>imposible</i>, <i>venganza</i>:—¿Será posible, le dijo en voz baja, que -insistais en ocultaros de quien ha de ser vuestro caballero, no solo -acaso en la lid...?</p> - -<p>—<i>Imposible</i>, repuso por lo bajo tambien la tapada.</p> - -<p>—¿Qué teneis, pues, derecho á exigir de mí...? repuso Macías.</p> - -<p>—<i>Venganza</i>, volvió á contestar la dama concluyendo de anudarle el -lazo.</p> - -<p>—Y bien, Macías, ¿teneis que pedirme alguna gracia? dijo el -rey.</p> - -<p>—Ninguna, respondió el doncel, sino que oiga tu alteza y apruebe -mi desafio. Oid, ricos-hombres, caballeros y escuderos. Yo, Macías, -doncel del poderoso rey de Castilla don Enrique III, á tí don -Enrique de Aragon y Villena, conde de Cangas y Tineo, to<span -class="pagenum" id="Page_111">[p. 111]</span>mamos por testigos á -todos los aqui presentes, te desafiamos de mal caballero, descortés y -aleve, y te retamos á muerte como matador de tu esposa la muy ilustre -doña María de Albornoz, á tí y á todos los caballeros de tu casa, á -lanza ó á espada, á pie ó á caballo, mientras corra la sangre en las -venas, renunciando á tu merced, como tu debes renunciar á la mia, -y sobre esto Dios y la Vírgen de Atocha me ayuden. Á tí solo, ó á -varios.</p> - -<p>Al decir estas palabras arrojó Macías su guante. Gran suspension y -silencio siguió á esta accion determinada.</p> - -<p>—Conde de Cangas y Tineo, dijo el rey volviéndose á alzar en -el trono y comenzando á bajar los escalones, Macías, mi doncel, -ricos-hombres, caballeros, escuderos aqui presentes. Yo don Enrique, -rey de Castilla, concedo el juicio de Dios á mi doncel Macías y á -don Enrique de Villena para que en combate singular riñan cuerpo á -cuerpo, y declaro traidor y aleve y digno de muerte al que fuere en -la lid vencido si saliere del vencimiento con vida. Dios sea en favor -de la inocencia y de la justicia. Conde, ¿qué haceis? añadió viendo -que don Enrique inmóvil<span class="pagenum" id="Page_112">[p. -112]</span> no recogia el guante que le habia arrojado su -contrario.</p> - -<p>—Espero, señor, que no permitirás que yo descienda de la clase -en que el parentesco que nos une y los honores con que me has -distinguido me han colocado para rebatir cuerpo á cuerpo con un -simple doncel de tu alteza una calumnia que desprecio y...</p> - -<p>—Si os empeñais, contestó el rey, picado, igualaré al doncel -Macías...</p> - -<p>—No es necesario, señor, replicó Hernan Perez adelantándose á -recoger la prenda abandonada; no es necesario: yo la alzaré por mi -señor...</p> - -<p>—Teneos... gritó Macías poniendo un pie en el guante: sois -escudero.</p> - -<p>—Le armaré, dijo el conde, y será vuestro igual; y en tanto, -Hernan, alzad el guante por mí. Ó yo ó vos. Bastamos cualquiera -de los dos para castigar la insolencia del campeon de las damas -desconocidas.</p> - -<p>Iba á responder Macías á este sarcasmo, pero el rey, volviéndose -á entrambos,—Conde, dijo, espero que vos, ó un caballero en vuestro -lugar, sostendreis vuestra buena fama. Os hago maestre de Calatrava; -espero que ni los caballeros de la orden ni<span class="pagenum" -id="Page_113">[p. 113]</span> su santidad desaprobarán esta eleccion -que recae en mi misma sangre.</p> - -<p>—Señor, dijo inclinándose con mal rebozada alegría el conde, estoy -pronto á aceptar esta nueva honra si los caballeros de la orden...</p> - -<p>—¡Viva el maestre don Enrique! clamaron tumultuariamente varios de -los presentes.</p> - -<p>—Bien, señores, bien, dijo el rey, no esperaba menos de mis leales -caballeros de Calatrava, Á vos, Macías, os doy un hábito de Santiago, -y os cubriré yo mismo. Habeis manifestado hoy valor y cortesanía. -Espero que entrareis á mi cámara en cuanto os desarmeis.</p> - -<p>Inclinóse Macías en señal de gratitud, y el rey se retiró diciendo -al condestable:—Rui, me recordareis que debo fijar el dia del -combate.—Vos, Abrahem Abenzarsal, encargaos de esa dueña en vuestra -cámara hasta que órdenes posteriores mias os indiquen dónde puede -permanecer durante el plazo que falte para el combate.</p> - -<p>El físico en consecuencia intimó la orden á la dama enlutada, y -la encaminó con un page á su cámara. Retiróse el rey, y con su<span -class="pagenum" id="Page_114">[p. 114]</span> marcha desaparecieron -en pocos momentos los mas de los cortesanos.—No ha sido del todo -feliz el dia, dijo Abenzarsal á don Enrique, que se retiraba con -su escudero; pero no importa, son nuestros: haced por dirigir á la -noche á Hernan Perez á mi cámara.—¿Habeis hecho algo? preguntó don -Enrique.—Espero hacer.—Dicho esto se separaron por no dar sospechas. -Don Enrique y su escudero se fueron, departieron acerca de los muchos -sucesos buenos y malos que habian pasado aquel dia, y acerca de quién -podia ser la dama, si bien muy pocas dudas les quedaban, y ya se -proponia salir de ellas al momento el escudero.</p> - -<p>Entre tanto rodeaban á Macías varios caballeros, quién á darle -la bien venida, quién á preguntarle nuevas de Calatrava. Entre los -muchos que se le acercaban, tocóle uno en el hombro con misteriosa -familiaridad.</p> - -<p>—¡Ah! sois vos, padre mio, buen Abrahem, le dijo Macías con -un estremecimiento involuntario, y una nube de tristeza envolvió -su frente.—Bien venido á la <i>corte</i>.—¡Á la corte!—Sí: á Dios, -jóven osado.—Escuchad; esas palabras... me dijísteis, es<span -class="pagenum" id="Page_115">[p. 115]</span> verdad... ¡<i>corte</i>, -<i>corte</i> funesta! Á Dios.—¿No podeis esplicaros?—Ahora imposible: -si quereis verme, al anochecer os esperaré en mi cámara.—¿Cierto, -Abrahem? Esperadme.—Á Dios.—Á Dios.</p> - -<p>Siguió el astrólogo con su aparente prisa la direccion de su -cámara, y Macías, distraido, revolviendo mil confusas ideas en su -imaginacion, quedó entre sus curiosos amigos, á quienes ni contestaba -ya acorde, ni podia apenas atender. ¡Tal era la impresion que la -palabra <i>corte</i>, pronunciada por el físico, habia hecho en su -imaginacion!—Macías ha perdido la cabeza, iban diciendo sus amigos -al despedirse de él: ese maldito hechicero, en cuyas comisiones ha -andado, le ha turbado el juicio. ¡Habeis visto qué desconcierto! ¡qué -distraccion! ó está enamorado, ó ha perdido el seso.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-b027.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_18"> - <hr class="doble" /> - <hr class="doble" /> - <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XVIII."><span class="pagenum" - id="Page_116">[p. 116]</span>CAPITULO XVIII.</h2> - <hr class="sep" /> - <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza"> - <p class="i2">Melisendra está en Sunsueña,</p> - <p class="i0">vos en París descuidado,</p> - <p class="i0">vos ausente, ella muger.</p> - <p class="i0">Harto os he dicho; miraldo.</p> - <p class="i6"><i>Rom. de Gaiferos.</i></p> - </div></div> -</div> - -<p class="ti0"><span class="capitular">E</span><span class="smcap">n -cuanto</span> habia llegado á su habitacion don Enrique de -Villena, se habia despedido de él el escudero, ansioso de saber -definitivamente si era su esposa la que por obsequio á la memoria -de la condesa se habia presentado con tanta osadía en la corte del -rey de Castilla. Pesábale en gran manera que hubiese cabido en la -imaginacion de su consorte tan heróica determinacion, pero lo que -con mas cuidado le traía, era la circunstancia de haber llegado tan -á punto el doncel para tomar sobre sí su demanda, y la esclamacion -de la tapada al oir la voz de su defensor, circunstancias entrambas -que ligaba mal que bien con el músico de la noche anterior á la -desaparicion de la condesa. Podia ser casual esta coincidencia; -podian muy bien, su con<span class="pagenum" id="Page_117">[p. -117]</span>sorte por amistad á doña María de Albornoz, y Macías por -amor á esa misma, ó por cortesanía de caballero ocioso, encontrarse -en el mismo camino. Esta reflexion sin embargo, no bastaba á declarar -sus dudas, y pensó en el partido que deberia tomar si no encontraba á -Elvira en su cuarto.</p> - -<p>Sucedióle sin embargo lo que no pensaba. Llamó el escudero á su -habitacion, y la primera persona con quien dió fue con el listo page, -el cual con aire sumamente alegre,</p> - -<p>—Buenos dias, le dijo, señor Hernan Perez; bien haceis en venir, -porque desde que la señora condesa ha desaparecido no hay medio de -alegrar á mi prima. Venid, venid á consolarla; mis esfuerzos todos -son inútiles.</p> - -<p>—¡Vuestra prima, señor page! dijo con asombro y gravedad el -escudero. ¿Supongo que no os quereis burlar de mí?</p> - -<p>—¿Yo burlarme, señor escudero: pésia mi alma? Para burlas estamos -por cierto, y no se cesa de llorar hoy en esta habitacion. Entrad vos -mismo y lo vereis.</p> - -<p>Abrió Hernan Perez la mampara inmediata, y quedóse como de piedra -cuando contra todas sus esperanzas vió levantarse al pre<span -class="pagenum" id="Page_118">[p. 118]</span>sentarse él á Elvira, -que con afectuosas palabras</p> - -<p>—Esposo, le dijo, cuán mal lo haceis conmigo; vos teneis secretos -para mí, vos pasais los dias enteros lejos de mí: hoy, sobre todo, -me habeis dejado sola, y sabeis que no tenia ya la compañía de la -condesa...</p> - -<p>—Perdonad, Elvira, si... yo... ya sabeis que... Pero nunca pudo -decir mas el asombrado escudero. Su esposa estaba vestida de negro, -sí, pero su ropa no manifestaba haber salido aquella mañana; por otra -parte la dama enlutada habia quedado en palacio.</p> - -<p>—¿Qué teneis? ¿Traeis alguna mala nueva?</p> - -<p>—Sí por cierto, contestó mas repuesto Hernan Perez: os traigo la -de que me he vuelto loco.</p> - -<p>—Muy cuerdo lo decís.</p> - -<p>—Jurára que os habia visto en otra parte...</p> - -<p>—Puede...</p> - -<p>—¿Cómo? ¿puede...?</p> - -<p>—Tantas veces me habeis dicho que no me separo un punto de vuestra -imaginacion, que me veis en todas partes tal cual soy... que... ¿no -es cierto?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_119">[p. 119]</span></p> - -<p>—Sí, replicó mordiéndose los labios el desairado esposo. Pero -esta mañana no os creí yo ver de ese modo. En fin, parece que estais -aqui...</p> - -<p>—¿Os estorbo, Vadillo? habladme con el corazon en la mano... -¿Quereis que salga efectivamente...?</p> - -<p>—No, no es eso; es, es que me he vuelto loco, ya lo he dicho.</p> - -<p>—Lindo humor traeis, esposo. Si hubiérais perdido una amiga, si os -persiguiese una voz que os gritase continuamente en vuestro pecho: -<i>un crímen se ha cometido, y el criminal está impune</i>...</p> - -<p>—¿Qué decís? ¿oís vos esa voz?</p> - -<p>—Os digo que no puedo desechar de mi imaginacion que esa pobre -condesa ha sido malamente muerta, y que una persona...</p> - -<p>—¡Silencio! gritó con terror Vadillo.</p> - -<p>—¡Silencio! ¿por qué? Esta noche lo he soñado.</p> - -<p>—¿Qué habeis soñado?</p> - -<p>—Tonterías; pero cuando está una afligida y prevenida por una -idea... no sé qué efecto...</p> - -<p>—Contad.</p> - -<p>—Nada: soñé que habia estado en la cor<span class="pagenum" -id="Page_120">[p. 120]</span>te no sé por qué accidente, y que una -dueña enlutada se habia aparecido á pedir justicia...</p> - -<p>—Proseguid, dijo temblando Vadillo.</p> - -<p>—Sus facciones eran las de la condesa, su voz la misma: arrojéme á -abrazarla y...</p> - -<p>—¿Vos?</p> - -<p>—Yo, y me rechazó: “Aparta, dijo; estoy manchada de sangre: ¿no -la ves correr aun?” Un chorro entonces pareció salpicarme toda y -temblé... Pero ¡Dios mio! vos temblais tambien.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Bien; sí... Estoy mortal, añadió para sí levantándose Vadillo: -si habrá muerto efectivamente la condesa: ¿seria capaz conde...? -¡Que horror! Por otra parte conociéndome, si lo hubiera hecho, me lo -hubiera ocultado... yo le afeé... ¡Dios mio! ¡Dios mio! ¿Yo he sido -cómplice de un asesinato? La dueña enlutada no podia ser sino la -sombra misma de la condesa. ¡Jesus! ¡Jesus! ¡Vírgen Santísima! gritó -Vadillo fuera de sí.</p> - -<p>—Esposo, ¿qué es eso? ¿Sabeis que empiezo á temer que sea cierta -la pérdida de vuestra razon...? Contadme por Dios...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_121">[p. 121]</span></p> - -<p>—Nada; imposible: en dos palabras: ¿vos no habeis salido?</p> - -<p>—¡Qué pregunta!</p> - -<p>—¿No saldreis?</p> - -<p>—¡Qué aire!</p> - -<p>—A Dios, Elvira, á Dios. No me espereis hasta la noche. Asuntos de -importancia me llaman al lado de don Enrique...</p> - -<p>—¿Os vais? ¿Para eso habeis venido? Mirad...</p> - -<p>—Bien sé que me quereis, que me sois fiel; soy un loco... pero... -la condesa... ya sabeis... ahora dejadme por Dios, dejadme, vuestra -presencia me hace mal.</p> - -<p>Separóse al decir esto casi por fuerza de los brazos de su esposa, -la cual quedó sollozando en un sillon con el page al lado.</p> - -<p>—Esto es mejor, dijo el page. ¿Llorais de veras?</p> - -<p>—Jaime, sí. Hace una tantas cosas contra su voluntad; las -consideraciones del mundo...</p> - -<p>—¿Cómo? ¿Lo decís porque teneis que agasajar y poner buen -semblante á vuestro esposo?</p> - -<p>—¿Qué dices, Jaime? preguntó lanzando un suspiro Elvira: ¿quién te -ha dicho eso?<span class="pagenum" id="Page_122">[p. 122]</span> es -mentira, mentira. Yo amo á mi esposo; ni pudiera amar sino á él; ¡es -tan bueno!</p> - -<p>—Pues entonces, dijo el page, no os entiendo: yo por mí, si no os -viera llorar, ahora me reiria, soltaria la carcajada.</p> - -<p>—¿Por qué? ¿Por que una circunstancia desgraciada le ha puesto en -el caso bien triste de no poder distinguir la verdad del engaño? ¿Por -que una muger tenga mil veces que parecer artificiosa con su esposo, -se habrá de deducir que éste es risible? Ah, Jaime, en todo engaño -ten lástima siempre al engañador, que en realidad ese es el mas -risible, y ese es acaso realmente el engañado.</p> - -<p>Despues de esta pequeña reprimenda no osó hablar el pagecillo.</p> - -<p>—Mira, Jaime, si va lejos ya Hernan Perez.</p> - -<p>—Tan lejos que no le alcanzaria el mismo Hernando, que no hay -corza que no alcance.</p> - -<p>—Vamos, pues, page; no hay tiempo que perder: ya tienes tus -instrucciones. Prudencia y silencio... Como la muerte, ¿estás?</p> - -<p>—Como la muerte, respondió el page. Dichas estas palabras, Elvira -y el page pasaron á otra pieza, donde no nos es lícito penetrar con -ellos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_123">[p. 123]</span></p> - -<p>Hernan Perez entre tanto recorria con mas terror que zelos las -inmensas galerías del alcázar: cada pisada suya le parecia las de la -condesa. Hay muchos hombres valientes, temerarios contra un millar de -enemigos armados en un dia de batalla, y que perecen de terror ante -la idea de un muerto y el recuerdo de una fantasma; que treparian los -primeros á la brecha, y no subirian nunca solos una escalera oscura. -En aquel momento Hernan Perez era de estos: el menor ruido que -hubiera oido realmente, la menor sombra que se hubiera puesto delante -de sus ojos, le hubiera derribado por tierra sin sentido. Tal traía -él la imaginacion llena de ideas de muertes y apariciones, de sombras -y emplazamientos. Llegó por fin á la cámara de don Enrique. Abrióla -de golpe, y precipitóse dentro con los cabellos erizados y los ojos -casi fuera del cráneo.</p> - -<p>—¿Qué traeis, Vadillo? dijo levantándose don Enrique al ver el -desorden de su escudero.</p> - -<p>—Es su sombra, señor, es su sombra, repuso Vadillo mirando atras -todavia, y procurando componer su semblante.</p> - -<p>—¿Qué sombra? replicó don Enrique.<span class="pagenum" -id="Page_124">[p. 124]</span> Será la que hace vuestro cuerpo al -pasar por delante de la lámpara de la galería.</p> - -<p>—No es eso, señor, no es eso.</p> - -<p>—¿Qué es, pues? esplicaos.</p> - -<p>—Mi esposa...</p> - -<p>—¿Vuestra esposa es sombra? ¿Qué decís?</p> - -<p>Temblaba ya Ferrus de pies á cabeza con la esplicacion del -escudero, y no sabia don Enrique qué creer de semejante asombro.</p> - -<p>—Digo, señor, concluyó Vadillo reponiéndose, que la dueña enlutada -no es mi esposa, porque mi esposa está en su habitacion, y mi esposa -no ha salido ni saldrá...</p> - -<p>—¿Estais seguro?</p> - -<p>—Como estoy vivo.</p> - -<p>—¿Quién puede entonces...?</p> - -<p>—No puede ser, dijo Ferrus, sino...</p> - -<p>—La sombra de la condesa, concluyó Vadillo.</p> - -<p>—¿La sombra de la condesa? ¡Esa es buena! esclamó soltando una -estrepitosa carcajada don Enrique de Villena.</p> - -<p>—¿Te ries, señor?</p> - -<p>—¿No he de reirme si habeis perdido entrambos la cabeza?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_125">[p. 125]</span></p> - -<p>—Ah, señor, repuso Vadillo, veo que si yo contara un sueño... En -fin, quiero que me hayais referido de la condesa la pura verdad. -¿Estais seguro de que el encargado de...?</p> - -<p>—Delirais, Vadillo, delirais. Verdad es que ahora pierdo yo el -hilo de mis observaciones, y no sé... Puesto que decís que estais -seguro de haber visto á vuestra esposa, confieso que no entiendo... -De todos modos es necesario que vayais á buscar al astrólogo: os -aguarda para darme una razon que espero con ansia. ¿Os atreveríais, -ya que vais, Vadillo, á averiguar quién sea la tapada? ¿Tendríais -resolucion...?</p> - -<p>—Manda, señor, á tu escudero.</p> - -<p>—Bien, pues yo confio á vuestro talento esa intriga: si el -nigromántico lo sabe, os lo dirá; sino ved de tocar siquiera -esa sombra, que como la toqueis, y como ella ofrezca cuerpo y -resistencia, añadió riéndose don Enrique, podeis estar seguro, no -quiero yo decir de que sea vuestra esposa, pero á lo menos, sí de que -es persona; y á ser hombre como parece muger...</p> - -<p>—Entonces, señor, yo os prometo que mi espada hiciera pronto la -esperiencia. Perdona si el sobrecogimiento de una escena que<span -class="pagenum" id="Page_126">[p. 126]</span> he tenido tan rara, tan -estraordinaria, me ha hecho parecer á tus ojos, señor...</p> - -<p>—Vadillo, os he visto pelear; sé que teneis valor. Conozco por -otra parte á los hombres: son débiles y miserables en todo. Una -preocupacion es mas fuerte que cien ballesteros.</p> - -<p>Iba á despedirse el escudero para la cámara del astrólogo; donde -le esperaban acontecimientos mas estraordinarios cien veces que -los pasados; pero don Enrique le detuvo para dar lugar, lo uno á -las intrigas que debia preparar el nigromante, y lo otro porque -entonces que en realidad le engañaba, una voz interior le gritaba que -debia tratarle con mas amistad y consideracion que nunca. No debia -faltarles tampoco que hablar desde que don Enrique era maestre, desde -que iba á ser Hernan Perez caballero, y desde que el singular duelo -de la mañana habia venido á complicar tan estraordinariamente los -negocios y los intereses de los principales personages de nuestra -verídica historia.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-b037.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_19"> - <hr class="doble" /> - <hr class="doble" /> - <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XIX."><span class="pagenum" - id="Page_127">[p. 127]</span>CAPITULO XIX.</h2> - <hr class="sep" /> - <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza"> - <p class="i2">Y despues de haber propuesto</p> - <p class="i0">su intento y sus pretensiones</p> - <p class="i0">á los de guerra y estado</p> - <p class="i0">que atento le escuchan y oyen,</p> - <p class="i0">en confuso conferir</p> - <p class="i0">se oye un susurro discorde,</p> - <p class="i0">que sala y palacio asorda</p> - <p class="i0">la diversidad de voces.</p> - <p class="i4"><i>Rom. de Bernardo del Carpio.</i></p> - </div></div> -</div> - -<p class="ti0"><span class="capitular">C</span><span -class="smcap">osa</span> indudable es que don Enrique de Villena, una -vez adoptadas sus ambiciosas ideas de elevacion, no perdonaba medio -alguno de llevarlas á cabo, ni daba un punto reposo á su imaginacion, -buscando trazas para asegurarlas. El alto puesto que anhelaba era sin -embargo bastante apetecible para que se le ofreciesen naturalmente -en el camino de sus intrigas temibles maquinaciones de sus enemigos -y poderosos contendedores. No habrá olvidado el lector tan pronto, -si es que ha llegado á tomar alguna aficion á los sucesos que le -vamos con desaliñada pluma enarrando, aquel don Luis de Guzman, que -paseaba<span class="pagenum" id="Page_128">[p. 128]</span> el salon -de la corte en la mañana de este mismo dia hablando con el famoso -coronista Pero Lopez de Ayala. Si no ha olvidado á aquel caballero, -y si recuerda el diálogo en que se le presentamos por primera vez, -tendrá presente tambien que el coronista le habia designado como -sucesor probable de su tio don Gonzalo de Guzman, último maestre de -Calatrava. Llamábanle efectivamente á este alto puesto, en primer -lugar su parentesco con el difunto, su vida egemplar é irreprensible -conducta, el título de comendador de la orden, y la confianza que -inspiraba á los mas de los caballeros. Era generalmente querido, y -en realidad mas digno del maestrazgo que don Enrique de Villena, en -aquella época, sobre todo, en que el valor solia suplir todas las -demas calidades: teníale don Luis en alto grado, y habia dado de él -repetidísimas y brillantes pruebas en las guerras de Portugal y de -Granada, al paso que de don Enrique se podia sospechar fundadamente -que no era su virtud favorita, pues nadie recordaba haberlo visto -jamas en ningun trance de armas. Habia probado ademas don Luis que -conocia los deberes todos de buen caballero en las diversas justas -y<span class="pagenum" id="Page_129">[p. 129]</span> torneos en -que habia sido mantenedor ó aventurero; sabia manejar en todas -ocasiones con singular gracia un caballo, rompia una lanza con -bizarría, acometia con denuedo en la carrera, corria parejas con -estrema donosura, cogia sortijas con destreza, y disparaba cañas con -notable inteligencia. Don Enrique, por el contrario, empleaba todo -su fuego en semejantes circunstancias en hacer una trova muy pulida -y altisonante, en que cantaba las hazañas agenas, á falta de las -propias. Pero era el mal que en la corte de don Enrique no habian -obtenido todavia las trovas aquel grado de estima que en reinados -posteriores llegaron á alcanzar; cosa en verdad que no dejaba de -ser justa, si se atiende á que las trovas servian solo para matar -el fastidio momentáneamente en un banquete de damas y cortesanos, -al paso que una lanza bien manejada derribaba á un enemigo; y en -aquellos tiempos belicosos eran mas de temer los enemigos que el -fastidio.</p> - -<p>Las intrigas de don Enrique habian impedido que este mancebo -generoso supiese á debido tiempo la infausta nueva de la muerte de -su tio. La primera noticia que de ella tuvo fue la que en pública -corte recibió, y<span class="pagenum" id="Page_130">[p. 130]</span> -en el primer momento la sorpresa de no haber sido de ella avisado, -circunstancia que no acertaba á esplicarse á sí mismo facilmente, y -el dolor le embargaron toda facultad de pensar y abrazar un partido -prontamente. Sacóle empero de su letargo la eleccion que hizo el -rey de su pariente para succeder en el maestrazgo, é indignóle aun -mas que semejante nombramiento la bajeza con que se adelantaron -varios caballeros de su orden á proclamar casi tumultuosamente al -conde. Mal podia sin embargo en aquella circunstancia manifestar su -agravio, ni menos oponerse á la dicha de su competidor. Aunque lo -hubiera intentado, hubiérale sido muy dificil pronunciar una sola -palabra, porque debemos añadir á lo que de su carácter llevamos -manifestado, que tenia tanto don Luis de cortesano, como don Enrique -de valiente. Todos sus conocimientos estaban reducidos á los de un -caballero de aquellos tiempos: habíanle enseñado en verdad á leer y -escribir, merced á la clase elevada á que pertenecia; pero cuando -no tenia olvidado él mismo que poseía tan peregrinas habilidades, -que era la mayor parte del tiempo, no comprendia por qué se habrian -empeñado sus<span class="pagenum" id="Page_131">[p. 131]</span> -padres en hacerle perder algunos años en aquellos profundísimos -estudios, que no le podian ayudar, decia, á rescatar una espuela ni -el guante de su dama en un paso honroso. ¿Qué cota por débil que -fuera, que almete por mal templado habia cedido nunca á la lectura -de un pergamino por bien dictado que estuviese, ó al rimado de una -trova por armoniosa que sonase? Despreciaba asimismo las galas del -decir, y el elegante artificio de la oratoria, porque solia repetir -que él llevaba la persuasion en la punta de su lanza, y efectivamente -habia convencido con ella á mas moros que los misioneros que iban -continuamente á Granada; éstos no solian sacar otro fruto de su -peregrinacion cristiana que la palma del martirio, la cual podia -ser muy santa y buena para su alma; pero no daba un solo súbdito -á la corona de Castilla, sino antes se lo quitaba. Bien se ve por -este ligero bosquejo que era don Luis hombre positivo, y que no -hubiera hecho mal papel en el siglo <span class="smcap">XIX</span>. -En esta candorosa ignorancia, y en la fuerza de su brazo, consistia -su popularidad, porque entonces como ahora se pagaba y paga la -multitud de las cualidades que le son mas análogas, y que le<span -class="pagenum" id="Page_132">[p. 132]</span> es mas facil tener: -en ellas tomaba su orígen el carácter impetuoso y poco ó nada -flexible de don Luis; cuando oyó la eleccion que habia hecho el rey -Doliente, miró á una y otra parte todo asombrado, como si no pudiese -ser cierta una cosa que no le agradaba, enrojecióse su rostro, -cerró los puños con notable cólera é indignacion, miró en seguida -al rey, miró al conde de Cangas, miró á los caballeros calatravos -que le proclamaban, encogióse de hombros, y sin proferir una sola -palabra salióse determinadamente de la corte, accion que en otras -circunstancias menos interesantes hubiera llamado estraordinariamente -la atencion de los circunstantes. Nadie sin embargo la notó, y el -ofendido caballero pudo entregarse libremente al desahogo de su mal -reprimida indignacion. Hubiera él dado su mejor arnés y su mejor -caballo por haber sabido el golpe que le esperaba en el momento aquel -en que la acusadora de su rival habia apostrofado á los caballeros -presentes en favor de su demanda. No hubiera sido Macías entonces el -que se hubiera llevado el honor de salir por la belleza; porque es de -advertir que la acusacion, que, como á todos, le habia pareci<span -class="pagenum" id="Page_133">[p. 133]</span>do inverosímil en el -instante de oirla, comenzó á tomar en su fantasía todos los visos -no solo de verosímil, sino de probable, y hasta de cierta desde el -punto en que se vió suplantado por el que era objeto de la querella. -Es evidente, dijo para sí, que don Enrique es un fementido: mientras -mas lo pienso, mas me convenzo de su iniquidad. ¡Felonía! ¡matar -á una muger!!! Desde que hizo este raciocinio hasta el dia de su -muerte, don Luis de Guzman no pudo admitir jamas suposicion alguna -que no fuese en apoyo de esta opinion: era evidente para él que don -Enrique habia matado á su esposa, y aunque la hubiera vuelto á ver de -nuevo buena y sana, cosa que no sabremos decir si era facil ya que -sucediese, hubiera dudado primero de sus propios ojos que del delito -de don Enrique. Asi juzgan los hombres, y los hombres exaltados sobre -todo.</p> - -<p>Llegado don Luis á su casa, llamó á su escudero, y le dió el -encargo de convocar á los caballeros de Calatrava en quien mas -confianza tenia, y que no habian asistido á la corte de aquel dia. -Mientras que el escudero partió á desempeñar su delicada comision, -quedó don Luis paseando á lo largo su habi<span class="pagenum" -id="Page_134">[p. 134]</span>tacion, y maquinando cómo podria asir la -dignidad que acababa de deslizársele entre las manos.</p> - -<p>De alli á poco comenzaron á ir llegando los caballeros de -Calatrava, llamados unos, de su propia voluntad otros, al saber la -escandalosa novedad que en la orden ocurria. Varios entre ellos -tenian el mismo motivo de agravio que don Luis, es decir, que no -podian alegar mas causa de su enemistad á don Enrique que el haber -éste conseguido lo que ellos para sí deseaban: estos tales se -hubieran reunido igualmente con Villena contra don Luis si hubiera -sido éste el afortunado. El amor propio ofendido y el deseo de -derribar al poseedor eran su único objeto al reunirse, cosa que -sucede comunmente en los mas de los conspiradores y descontentos. No -sucedió, pues, en esta ocasion sino lo que suele siempre suceder en -casos semejantes; pero habia una circunstancia favorable para ellos -esta vez: á saber; que Villena prestaba mucho campo á la oposicion, -de suerte que en realidad no eran sus enemigos los que tenian -ventaja, sino él el desventajado.</p> - -<p>No tardaron mucho tiempo en hallarse reunidos en la casa posada de -don Luis Guz<span class="pagenum" id="Page_135">[p. 135]</span>man -mas de veinte entre caballeros y comendadores de Calatrava. Seguia -paseándose en silencio el desairado candidato, y solamente una seca -inclinacion de cabeza, y un ademan mas seco todavia, con que hacia -seña de ofrecer asiento, marcaban de cuando en cuando la entrada de -un nuevo concurrente. Al ver tan distraido y preocupado al dueño de -la casa, sentábase cada cual, y esperaba con humilde resignacion á -que tuviese por conveniente romper tan incómodo silencio: lo mas -á que se estendia el atrevimiento en tan solemne reunion, era á -preguntar en voz imperceptible alguno á su compañero y adlátere -el objeto de aquella misteriosa asamblea. Luego que le pareció á -don Luis suficiente el número de sus oyentes, soltó la rienda á su -desnuda elocuencia con toda la seguridad de un hombre que está muy -lejos de imaginar que puedan reprochársele las frases que usa, ó -vituperársele los vocablos que para espresar sus ideas adopta.</p> - -<p>—¡Por Santiago, caballeros de Calatrava! esclamó: que hoy luce un -dia bien triste para nuestra orden. Dia de oprobio, dia que no saldrá -facilmente de vuestra memoria. Un rey débil, un rey enfermo, un rey -en cuya<span class="pagenum" id="Page_136">[p. 136]</span> mano -estaria mejor la rueca de una dueña que la lanza de un caballero, -osa atropellar vuestros fueros y privilegios, y ¡voto va! que no -luce bien la cruz roja en un pecho dispuesto á sufrir humillaciones. -¿Sabeis lo que es honor, caballeros de Calatrava? se interrumpió -bruscamente á sí mismo el comendador, parándose de pronto en su -paseo, como hombre que ha perdido el hilo de un largo discurso que -trae mal estudiado, y que se decide por fin á reasumir en una sola -frase enérgica y terminante todos sus cargos y argumentaciones: -¿sabeis lo que es honor, caballeros de Calatrava?</p> - -<p>A la primera enunciacion de este inesperado apóstrofe, dejóse -percibir sordo murmullo de desaprobacion en el auditorio, y -poniéndose en pie uno de sus principales oyentes,</p> - -<p>—Duda es esa, señor don Luis de Guzman, que cada uno de los que -mirais aqui reunidos á vuestro llamamiento sabria desvanecer bien -presto, á no ser vos el que la anunciais. Ignoro los motivos que -podeis tener para haber llegado á darle entrada en vuestro corazon, -pero yo en mi nombre, y en el de todos los presentes, os ruego que os -sirvais esponernos brevemente la causa que á<span class="pagenum" -id="Page_137">[p. 137]</span> esta convocacion os mueve, y á declarar -qué habeis visto en los caballeros de la orden que provoque tan alta -indignacion. Espada tenemos todos, y en cuanto al valor, no será esta -la primera ocasion en que probemos que no estamos acostumbrados á -sufrir ultrajes impunemente.</p> - -<p>—Nunca dudé, contestó don Luis con la satisfaccion de un hombre -que ve abundar á sus oyentes en sus mismas opiniones, nunca dudé de -vuestro valor. Como comendador mas antiguo, como pariente de nuestro -buen maestre, que acaba de fallecer en Calatrava, he creido tener -derecho á convocaros cuando se trata de los altos intereses de la -orden, y de evitar acaso su ruina.</p> - -<p>—¿Su ruina? esclamaron á una todos los caballeros.</p> - -<p>—Su ruina, sí, repitió Guzman, su ruina. Hoy ha llevado un golpe -que tarde ó nunca se reparará. Varios de vosotros lo habeis oido. -Escuchadlo los demas con espanto y con indignacion. No se espera ya -á que los caballeros de la orden, reunidos en su capítulo, pongan á -su cabeza, movidos de justas razones, al caballero mas perfecto, mas -esperimentado en las lides, mas prudente en los<span class="pagenum" -id="Page_138">[p. 138]</span> consejos. No: un rey por sí y ante sí, -atropellando nuestros mas sagrados derechos, eleva á la dignidad que -mil hechos heróicos, que una larga vida de virtudes bastan apenas á -merecer, ¿á quién? á un hombre cuyo penacho no sirvió nunca de guia -á los valientes en una batalla, á un hombre que nunca dió el primero -ni oyó resonar en torno suyo el grito de ¡Santiago cierra España! Á -un hombre que ha trocado la lanza por la pluma cuyo campo de batalla -es una mesa cubierta de inútiles pergaminos; que no ha vencido nunca -sino las necias dificultades de lo que llama él rimas. Á un hombre, -caballeros, de quien con fundada razon se dice que tiene inteligencia -con los espíritus, y que...</p> - -<p>—¡Qué horror!</p> - -<p>—Oidlo, sí, con escándalo, nobles compañeros. Ese es el hombre -que nos destinan por maestre: un afeminado cortesano, un intrigante -ambicioso, un rimador, un nigromante en fin...</p> - -<p>—¡Fuera, fuera! gritaron á una los caballeros, cuyos ánimos iba -templando ya el calor comunicativo y la natural elocuencia de la -pasion que dominaba en el comendador.</p> - -<p>—¿Lo sufriremos? continuó don Luis,<span class="pagenum" -id="Page_139">[p. 139]</span> como una piedra que caida de una altura -desmesurada sigue rodando largo espacio despues de llegada al llano, -¿lo sufriremos? Yo por mí, nobles caballeros, juro á Santiago de no -dormir desnudo y de no comer pan á la mesa mientras que vea la orden -á su cabeza al... al... ¿para qué callarlo en fin? al asesino de su -esposa.</p> - -<p>No necesitaban ni tanto ya los caballeros reunidos en casa del -comendador para acabar de perder la poca sangre fria que les quedaba. -La última frase del orador produjo el efecto de una chispa lanzada -en medio de un monton de estopa seca. Veíase lucir en todos los -semblantes la misma animacion que en el de Guzman; todos provocaban y -escitaban mútuamente su cólera con la relacion de las ofensas que en -aquel momento se figuraba cada cual haber recibido ó del rey Doliente -ó del intruso maestre. Inútil es decir si se recapitularon largamente -las calidades del conde de Cangas. Habia quien lo habia visto horas -enteras evocando los manes de los difuntos en un cementerio en -compañía del judío Abenzarsal; habia quien le habia visto sepultarse -en una larga redoma y desaparecer á los ojos de los circunstantes; -y hasta se llegaba á<span class="pagenum" id="Page_140">[p. -140]</span> probar que habia estado en mas de una ocasion en dos -partes opuestas á un mismo tiempo: lo cual, como convinieron todos, -no podia obrarse sino por arte del demonio, si se atiende á que -cada uno no suele tener en el mundo mas que un cuerpo; ahora bien, -era cosa sabida que el demonio no hace nada de valde, circunstancia -que podria hacerle pasar perfectamente por escribano ó agente de -negocios; de lo cual era forzoso inferir que don Enrique le habria -vendido su alma, si bien no habia entre tanto ilustre caballero quien -osase descifrar las ventajas que al demonio le podian resultar de -poseer el alma de don Enrique de Villena, tanto mas cuanto que á todo -tirar no era realmente de las mejores.</p> - -<p>Quedó sin embargo establecido por punto general; primero, que don -Enrique habia sido, era y seria eternamente nigromante por pacto con -el demonio: segundo, que habia sido asimismo, era y seria eternamente -el asesino de su esposa, lo cual habia de ser irremisiblemente -cierto, mas que no hubiese tal demonio, ni tal esposa muerta, cosas -para nosotros, si hemos de decir verdad, igualmente dudosas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_141">[p. 141]</span></p> - -<p>Resueltos estos dos puntos principales, era consecuencia forzosa -el resolver la deposicion del maestre: esto en verdad ofrecia mas -dificultades, pero la imaginacion las superó; convínose primeramente -en que don Luis de Guzman quedaria en la corte para esponer -reverentemente á su alteza que los estatutos de la orden de Calatrava -determinaban que solo pudiese ser nombrado el maestre por eleccion -de los caballeros y comendadores reunidos en capítulo; y que para -ganar tiempo mientras se recababa de su alteza la revocacion del -nombramiento ilegal, saldrian varios de los caballeros presentes en -calidad de emisarios á los diversos puntos donde habia fortalezas -y castillos de la orden para evitar que se reconociese y prestase -juramento de pleito homenage al conde de Cangas. Uno sobre todo -debia ir y declarar al clavero de la orden residente en Calatrava -que era la voluntad del mayor número de los caballeros que siguiese -desempeñando las funciones de maestre, lo cual ademas le suplicaban -rendidamente por el bien de todos, mientras que se procedia á la -eleccion del que hubiese de ser válida y legalmente nombrado.</p> - -<p>No perdieron, pues, instantes preciosos,<span class="pagenum" -id="Page_142">[p. 142]</span> y antes de anochecer los caballeros -habian hecho voto solemne de llevar adelante su empresa, mientras -que estuviese pegado el puño de la espada á la hoja, y mientras que -corriese una gota de sangre por las venas: todos habian ofrecido al -santo de su devocion el don que les parecia mas grato á sus ojos, -y se habian separado, despues de conferidos poderes á cada uno de -los emisarios en nombre de aquella junta, que llamaron <i>capítulo -estraordinario</i>, y al cual supusieron igual poder que al capítulo -general, en vista de la urgencia y apuro de las circunstancias en que -se habia celebrado.</p> - -<p>Verdad es que tampoco se habia dormido don Enrique de Villena, á -quien no se le ocultaba que podria encontrar una enérgica oposicion -en los caballeros; antes disponiendo de varios de los que se habian -pronunciado en su favor en la corte de aquella mañana, tomó igual -providencia enviando á Calatrava á Alhama, y á otros puntos emisarios -que le dieran á reconocer, que animasen á los tibios con promesas -de adelantamiento, ganasen á los descontentos con plazas efectivas -de comendadores, y enardeciesen á los amigos para que no pudiese en -ningun<span class="pagenum" id="Page_143">[p. 143]</span> caso ser -contraria á la eleccion de su alteza la eleccion del capítulo, que -bien sabia él que se necesitaba para la tranquila é indisputable -posesion del apetecido maestrazgo.</p> - -<p>Dejemos empero á los emisarios de uno y otro corriendo los campos -de Castilla, y llevando de una parte á otra órdenes contradictorias, -y volvamos á seguir el hilo de las maquinaciones, de que era teatro -la parte del alcázar destinada á las habitaciones de su alteza y de -sus mas allegados servidores.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-b059.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_20"> - <hr class="doble" /> - <hr class="doble" /> - <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XX."><span class="pagenum" - id="Page_144">[p. 144]</span>CAPITULO XX.</h2> - <hr class="sep" /> - <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza"> - <p class="i2">Quien esto vos aconseja</p> - <p class="i0">vuestra honra no queria.</p> - <p class="i6"><i>Rom. de don García.</i></p> - </div></div> -</div> - -<p class="ti0"><span class="capitular">E</span><span -class="smcap">mpezaba</span> á anochecer cuando el astrólogo Abrahem -Abenzarsal, paseándose en su laboratorio con notable inquietud, -parecia esperar á alguna persona, ó el éxito por lo menos de alguna -de las muchas intrigas en que le tenia embarcado á la sazon su -desmedida avaricia.</p> - -<p>—¿Si habré cometido una imprudencia? decia. ¡Oh! á mi edad seria -imperdonable. ¡Los motivos que me espuso fueron tan poderosos y -tantas sus lágrimas, tan eficaces sus ruegos!! No sé qué principio -de condescendencia hay en el corazon del hombre, el mas duro, el mas -empedernido, el mas viejo, para con una muger, y una muger hermosa -y jóven que suplica... pero... alguien viene... ¡Ah! No cometí -imprudencia alguna.—Señora, me hallais en la mayor inquietud... -estaba anocheciendo ya...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_145">[p. 145]</span></p> - -<p>—Os dí mi palabra, respondió la dama, que entraba, é hicísteis -mal en estar con cuidado. Pero os advierto lo mismo que esta mañana -os advertí: bien conoceis cuán dificil es que en mi posicion pueda -continuar semejante enredo. Os he dicho ya que las razones que á -ocultarme me obligaron nada tenian de comun con su alteza; muchas -veces no se puede hacer una obra buena á cara descubierta; las -posiciones de la vida... En fin ya me habeis comprendido. Espero, -pues, que si no habeis hablado á su alteza, le hableis cuanto antes -os sea posible.</p> - -<p>—Esta misma noche, señora, podreis retiraros. Una vez que sepa su -alteza quién sois, ¿qué inconveniente podrá haber...?</p> - -<p>—¡Qué agradecida debo estaros, sabio Abrahem!</p> - -<p>—Vuestra estancia aqui es ahora indispensable. Su alteza pudiera -querer veros, y sus órdenes han sido tan terminantes... Por otra -parte no es de estrañar que quiera tomar con la acusadora de su -querido pariente todas las medidas que la prudencia indica, sobre -todo cuando no presenta acusacion tan atrevida vislumbre alguna de -verosimilitud.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_146">[p. 146]</span></p> - -<p>—¿Vos tambien, Abenzarsal, vos que conoceis á don Enrique de -Villena...?</p> - -<p>—Porque le conozco, señora, no le creí nunca capaz de un...</p> - -<p>—De todo, Abrahem, de todo.</p> - -<p>—Veo que os hace obrar, señora, algun resentimiento particular... -¡Oh! sabido es que el conde fue siempre aficionado en demasía á las -bellas...</p> - -<p>—De nada le hubiera servido esa aficion para conmigo...</p> - -<p>—Conozco vuestra virtud... pero pudiera muy bien...</p> - -<p>—¿Sí? ¿y qué? ¿para qué negarlo? largo tiempo duró su persecucion; -pero si alguno de los dos puede aborrecer al otro por ese recuerdo, -él es y no yo...</p> - -<p>—Lo sé, señora...</p> - -<p>—Por lo que á mí hace, me ha movido la amistad que á la -condesa, mi señora, siempre he profesado, y el cielo; no otras -consideraciones. Las que puedan moverle á él contra mí me interesan -poco, Abenzarsal. Hállome bajo la proteccion de las leyes, bajo -la salvaguardia de mi estado, bajo la custodia ahora de su alteza -mismo.</p> - -<p>—Decís bien, hermosa dama. Perdonad<span class="pagenum" -id="Page_147">[p. 147]</span>me si no entro ahora mismo á hablar por -vos á su alteza; pero tengo para mí que ha de estar en su cámara -todavia su doncel favorito, cuya larga ausencia no podia menos de dar -lugar ahora á largas entrevistas. ¿Conoceis supongo al doncel Macías? -¡pero qué distraccion! es vuestro defensor.</p> - -<p>—Sin embargo, respondió la dueña cubriéndose el rostro con su -abanico morisco, nunca le hablé...</p> - -<p>—¿No?</p> - -<p>—Ya visteis que su presencia en la corte no tenia indicio de cosa -premeditada de consuno. La casualidad sin duda le trajo... á tiempo -que ningun caballero de la corte de don Enrique queria arrostrar por -una débil muger el poder del insolente Villena.</p> - -<p>—Y su bizarro valor fue en ese caso y su cortesanía lo que le -obligó á...</p> - -<p>—¡Oh! eso no es nada. Mas es de admirar la cobardía de los demas -caballeros que su valor. Ese es deber...</p> - -<p>—No sereis vos sin embargo, prosiguió el astuto astrólogo, la -que negareis al único caballero que os ha librado del riesgo en que -estabais las brillantes y peregrinas dotes que Castilla toda le -concede...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_148">[p. 148]</span></p> - -<p>—Ciertamente, no. ¿Sabeis qué hora es?</p> - -<p>—Aqui teneis el arenero... Un solo defecto suelen -encontrarle...</p> - -<p>—¿A quién?</p> - -<p>—Al doncel.</p> - -<p>—¿Y cuál? repuso la dama afectando una indiferencia que por cierto -no sentia.</p> - -<p>—Nada; dícese que nunca se le ha conocido dama alguna: sin embargo -tiene edad ya de enamorarse.</p> - -<p>—¿Quién sabe si lo estará realmente? ¿Es forzoso decir á -gritos...?</p> - -<p>—No; pero sabeis que á su edad es raro el caballero que no puede -llevar un mal lazo, una banda, prenda del amor de su dama. Hasta es -desdoro. Como no sea que adore en secreto á alguna belleza cuyo mote -no pueda llevar...</p> - -<p>—¿Qué decís?</p> - -<p>—Ó es eso, señora, ó es que el doncel no es sensible sino -al aguijon de la gloria. En ese caso su galantería seria pura -caballerosidad...</p> - -<p>—¿Estará ya solo su alteza? interrumpió la agitada dama.</p> - -<p>—Paréceme, señora, que teneis interes en interrumpir la -conversacion del doncel...<span class="pagenum" id="Page_149">[p. -149]</span> ¿Seria yo indiscreto al hablar delante de vos...?</p> - -<p>—Oh, no, no, nada de eso; hablad de él como pudierais de -cualquiera otro. Solo me relaciona con él el vínculo de la gratitud -que recientemente me ha merecido.</p> - -<p>—Solo una cosa tenia que añadir, en el supuesto de que esta -conversacion no os incomode... ¿Estais inquieta?</p> - -<p>—No, os he dicho que no: estoy tranquila. ¿Por qué no habria de -estarlo?</p> - -<p>—Digo, pues, que acaso ahora con ser vuestro caballero...</p> - -<p>—¡Mi caballero!</p> - -<p>—Forzosamente ha de serlo.</p> - -<p>—Sí; mi campeon; repuso la enlutada con un suspiro escapado del -pecho á su pesar.</p> - -<p>—Como querais. La posicion en que está para con vos, ese misterio -que os empeñais en guardar, la compasion que inspirais, y el -entusiasmo al mismo tiempo á que inclina el hermoso rasgo de amistad -que habeis...</p> - -<p>—No me lisonjeeis, y acabad.</p> - -<p>—Todo eso, pues, hará nacer acaso en su imaginacion ideas que no -habrá tenido nunca tal vez, y en su corazon una aficion...</p> - -<p>—Perdonad, Abrahem, si os interrumpo<span class="pagenum" -id="Page_150">[p. 150]</span> pero admiro vuestra penetracion. -¿Habeis conocido antes en mi rostro que me sentia incomodada...?</p> - -<p>—¿Será cierto? esta conversacion...</p> - -<p>—No, la conversacion no, repuso la dama reclinándose; pero la -agitacion del dia, la precipitacion ademas con que he tenido que -andar no me ha permitido tomar alimento y siento una debilidad...</p> - -<p>—¿No os decia yo? la palidez de vuestro rostro me lo anunciaba. -Ved qué necio, y yo creía que era la conversacion... ¡Qué tontería! -Ya veo que el dia que habeis traido hoy es mas que suficiente -motivo...</p> - -<p>—Decís bien.</p> - -<p>—Ya sabeis que mi primera ciencia es la de curar, si quereis -seguir mis consejos...</p> - -<p>—¡Ah! ¿Creeis que esta debilidad...?</p> - -<p>—¿Quereis tomar algun alimento?</p> - -<p>—Me será imposible...</p> - -<p>—Verdad es... Si quisierais una bebida cordial que os diese -fuerzas...</p> - -<p>—¿Teneis...?</p> - -<p>—Yo mismo os la prepararia... Os daria descanso y fuerzas.</p> - -<p>—Como gusteis, Abrahem.</p> - -<p>—La tomareis, dijo el físico, preparan<span class="pagenum" -id="Page_151">[p. 151]</span>do unas yerbas, y podreis descansar un -rato aqui mientras que paso á hablar á su alteza.</p> - -<p>—Pero en vuestra ausencia...</p> - -<p>—No temais: nadie viene á mi cámara: el estudio y el retiro -en que vivo alejan de mí las visitas que pudieran turbar vuestro -reposo. Ningun sitio del palacio mas seguro que este: su inmediacion -á la cámara del rey, las muchas guardias que custodian las próximas -galerías...</p> - -<p>—No, no es que tema ningun peligro; pero...</p> - -<p>—Perder el miedo; por otra parte teneis vuestro antifaz, que puede -en todo caso guardaros de la indiscrecion, y vuestras dos dueñas -esperan vuestras órdenes en mi antecámara. A la menor voz, ellas y -los ballesteros...</p> - -<p>—Decís bien.</p> - -<p>—Perdonad si vuestros mismos intereses me obligan á dejaros sola -en mi habitacion; mi ausencia será corta.</p> - -<p>—Eso deseo.</p> - -<p>—Tomad, pues, señora, esa bebida.</p> - -<p>—¿Pero me respondeis de su eficacia...?</p> - -<p>—Estoy seguro de ella: apuradla.</p> - -<p>—Ya veis si tengo confianza en el físi<span class="pagenum" -id="Page_152">[p. 152]</span>co de su alteza; ni una sola gota he -dejado.</p> - -<p>—Obrásteis como prudente, repuso el empírico con una alegría que -disimulaban mal sus ojos llenos de fuego y de esperanza. Reclinaos -ahora un momento.</p> - -<p>—No, no hay necesidad.</p> - -<p>—Presto conoceréis sus efectos; es maravillosa la virtud de la -bebida; al principio parecerá quitaros las fuerzas; pero despues... Y -obra con una rapidez...</p> - -<p>—Sí; paréceme que siento como pesadez...</p> - -<p>—¿No os dije? acaso os hará dormir...</p> - -<p>—¡Dormir, Dios mio! y aqui...¡Abrahem!!</p> - -<p>—¡Señora!</p> - -<p>—¡Santo Dios! ¿por qué no me lo habeis dicho?</p> - -<p>—¡Oh! será un momento... una hora...</p> - -<p>—¡Una hora, Abrahem! Quiero marcharme... Me pondré el -antifaz...</p> - -<p>—¿Qué decís? si quereis mi lecho...</p> - -<p>—¡Dios mio! ¡Dios mio...!¡Qué sueño, Abrahem, qué pesadez! es de -plomo mi cabeza... Abrahem, Abrah... ah... Bien.</p> - -<p>Apenas tuvo fuerza para pronunciar esta última palabra, á la -cual no podia ya dar la enlutada sentido alguno. Inclinóse su -cabeza,<span class="pagenum" id="Page_153">[p. 153]</span> dejó caer -su brazo lánguidamente, abrióse su mano, y desprendióse de ella sobre -su sitial el hermoso pañuelo que bordado de su propia mano traía, y -en que lucia su nombre con gruesos caractéres góticos de oro y seda -artificiosamente mezclados. El mas profundo letargo habia sobrecogido -á la enlutada, y el astrólogo conocia efectivamente muy bien el -maravilloso efecto de la narcótica bebida.</p> - -<p>—¡Es mia! dijo, despues de un momento de silencio, el físico: -¡es mia! añadió levantando el antifaz con que se habia cubierto la -dueña la cara antes de dormirse, y volviendo á dejarle caer sobre sus -hermosas facciones luego que la vió profundamente dormida. Téngola -segura aqui para mas de dos horas. Una hora tengo para hablar con su -alteza; otra para el desenlace de esta intriga infernal. Infernal, -sí, pero pagada. Esta es la circunstancia que han de tener las -intrigas. Dichas estas palabras, reconoció el astrólogo su habitacion -y las puertas de ella; cerró la comunicacion con la escalera secreta, -y salió con direccion sin duda á la cámara de su alteza.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-b153.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_21"> - <hr class="doble" /> - <hr class="doble" /> - <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XXI."><span class="pagenum" - id="Page_154">[p. 154]</span>CAPITULO XXI.</h2> - <hr class="sep" /> - <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza"> - <p class="i2">¿Cuyo es aquel caballo</p> - <p class="i0">que allá bajo relinchó?</p> - <p class="g4">. . . . . . . . . .</p> - <p class="i2">¿Cuyas son aquellas armas</p> - <p class="i0">que estan en el corredor?</p> - <p class="g4">. . . . . . . . . .</p> - <p class="i2">¿Cuya es aquella lanza</p> - <p class="i0">que desde aqui la veo yo?</p> - <p class="i4"><i>Canc. de Rom. Anón.</i></p> - </div></div> -</div> - -<p class="ti0"><span class="capitular">M</span><span class="smcap">as -de</span> una hora habia pasado desde que el intrigante viejo habia -sepultado en letargo profundo á la incauta enlutada, y no habia -alterado en aquel espacio el mas mínimo ruido la tranquilidad que en -el laboratorio reinaba.</p> - -<p>Por fin dos hombres, vestido el uno de rica y vistosa seda, de -tosco buriel el otro, armado aquel simplemente con una espada, -balanceando éste en su diestra mano un aguzado venablo, entraron en -la pieza inmediata á la del astrólogo.</p> - -<p>—¿Con que está decidido, dijo Hernando, que vais á ver á ese -astrólogo?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_155">[p. 155]</span></p> - -<p>—Citóme esta mañana, Hernando, repuso Macías, y no ha mucho que -le he visto en la cámara de su alteza. “Dentro de una hora, me dijo, -estaré en mi aposento: esperadme, si tardare un momento.”</p> - -<p>—¡Plegue á Dios que no acabe el judío de volverte el juicio, -señor!</p> - -<p>—¿Por qué, Hernando?</p> - -<p>—Por el soto de Manzanares, señor, que otra vez le viniste á ver -y nos ha costado andar meses perdiendo alcones en los montes de -Calatrava, que asi sirven para los de Madrid como sirven los mas de -los perros del rey Enrique para mi leal Bravonel.</p> - -<p>—Asi estaba escrito, Hernando; mi negra estrella lo dispuso de esa -suerte.</p> - -<p>—Voto ya, señor, que yo no tuve nunca mas constelacion que mi mano -derecha, y lo que sé decirte es que siempre está escrito que muera el -venado contra el cual disparo mi venablo.</p> - -<p>—¿Niegas tú, pues, la influencia de las constelaciones?</p> - -<p>—No niego nada, pésiamí: pero si tienes enemigos, señor, y si -quieres conjurarlos, ¿por qué no me dices: Hernando, escatima el -rastro de aquel oso que me incomoda? Mal<span class="pagenum" -id="Page_156">[p. 156]</span> año para Hernando si antes de la luna -nueva no habias de poderle hacer una buena zamarra con la piel de la -bestia.</p> - -<p>—Muchas veces, Hernando, conviene cazar de otra manera. Puede mas -el ingenio que la fuerza.</p> - -<p>—¿Y qué, no tiene ingenio un montero? No todo ha de ser tampoco -dar lanzada; pero maneras hay de cazar, si bien no se hicieron todas -para monteros de corazon. No gusto yo de ardides; pero por tí, válame -Dios, que monteara yo presto de todos modos. Tambien yo estuve en tu -tierra; alli en Galicia aprendí la montería á buitron, y mas de un -lobo he cogido al alzapie.</p> - -<p>—Bien se trasluce, Hernando, que se te alcanza mas de ardides -de montería que de intrigas de corte. Mira si puedes esperar á mi -salida, y dejemos para mejor coyuntura tus toscos lazos.</p> - -<p>—Toscos, señor, pero seguros. Aqui te espero, y á la buena de -Dios. Quiera éste que no caigas tú en la hoya del adivino, y salgas -cazado pudiendo cazar.</p> - -<p>—No temas, Hernando, que en último apuro no ha de faltarme -nunca una buena lanza, y eso es todo lo que necesita un ca<span -class="pagenum" id="Page_157">[p. 157]</span>ballero. Entre tanto no -tengo que temer del astrólogo, á quien nunca hice mal, sino de mí -mismo, y este peligro es el que vengo á prevenir, que aquel prevenido -se está.</p> - -<p>—Como de esas veces sale la fiera de donde no se espera. El oso -era enemigo del hombre antes de que el hombre supiera cazarle. Anda -con Dios, señor, mientras yo le quedo rogando que sea mas feliz esta -prediccion del astrólogo que la pasada.</p> - -<p>Sentóse á un lado Hernando dichas estas últimas palabras, y el -dudoso doncel entró en el laboratorio del judío, inquieto por sus -propios presentimientos, reforzados con las palabras del montero, y -por el objeto de su supersticiosa visita.</p> - -<p>La luz que alumbraba la habitacion era una lámpara de que solo -ardia un mechero, y ese con pálido resplandor, porque el adivino -no ignoraba cuán favorable es á la osadía en el amor un débil -reflejo que sirve de velo al pudor y de capa al enamorado deseo. El -doncel por lo tanto dirigió la vista á la mesa á que solia estar -sentado trabajando el judío, y no vió á nadie. El sitial, donde -estaba la dama reclinada, caia del otro lado de la mesa, y el -aburrido caballero se creyó<span class="pagenum" id="Page_158">[p. -158]</span> solo por consiguiente.—No está, dijo para sí; le -esperaré. No habia mucho que se habia abandonado en un asiento á -sus melancólicas imaginaciones, cuando le sacó de su distraccion un -ruido acompasado semejante al que produce el desigual aliento de una -persona que duerme agitadamente. Miró á todos lados, y creyó que su -oido le engañaba, cuando un profundísimo suspiro vino á confirmarle -en su primera sospecha.</p> - -<p>—¿Quién hay aqui, dijo levantándose: quién? Alguien duerme en -esta habitacion, ¿será que el judío, rendido al poder del sueño...? -pero Santo Dios, ¿qué veo? añadió reparando en la dormida, cuyo -vestido se confundia en color con el fondo oscuro de los muebles -y de la habitacion. Una persona... ella... ella es... la dama que -esta mañana... no hay duda. Yo te doy gracias, Santo Dios, por -esta ocasion que me deparas propicio para averiguar lo que tanto -anhelaba saber. ¡Oh! añadió acercándose con blando paso, temeroso de -despertarla; ¡haced, Dios mio, que no venga nadie ahora, nadie!</p> - -<p>La postura que el abandono de su letargo habia hecho adoptar á la -dormida era tan elegante como puede serlo la de una hermosa<span -class="pagenum" id="Page_159">[p. 159]</span> dormida: su ropa la -cubria enteramente; uno de sus pies adelantado indolentemente, -y levantando el estremo de su vestido, dejaba ver el torneado y -escelente contorno de una pierna modelada por el deseo: no la hubiera -hecho mas perfecta la imaginacion. Reclinábase sobre la una mano su -cabeza, y la otra, naturalmente caida, parecia destinada á ser el -objeto de la osadía de un amante arrodillado. Su estremada blancura, -que se destacaba del fondo negro del vestido sobre que descansaba, -la hacia semejante á esas pequeñas manchas de nieve que suelen verse -todavia á fines de la primavera, desde larga distancia, resaltando -entre las quebradas de una escarpada y oscura montaña. La agitacion -de su descanso marcaba á cada sobrealiento la delicada forma de su -seno, que se alzaba y deprimia como suelen alzarse y deprimirse las -leves ondas al blando impulso de la brisa azotadora. Su aliento -desigual solevantaba de cuando en cuando el ligero antifaz de seda, -y dejaba descubierta un instante la estremidad de su rostro, por la -cual parecia poderse deducir fundadamente la hermosura del resto que -no se llegaba á ver: levantándose alguna vez un poco mas el antifaz -llegaba á descubrirse cer<span class="pagenum" id="Page_160">[p. -160]</span>ca de la boca la huella de una fugitiva y vaga sonrisa; -bien como un relámpago mas prolongado suele en una noche tenebrosa -ofrecer por un instante á la vista del ansioso espectador una porcion -del cielo que dejan á descubierto los intervalos de las nubes, ó la -lejana y suave superficie de un arroyo plateado.</p> - -<p>El doncel, cruzado de brazos á su lado, y sin atreverse á respirar -ni acercarse por no terminar él mismo con el mas leve ruido la -dicha de su contemplacion, esperaba el inmediato movimiento del -antifaz, como si hubiese de ir viendo cada vez mas porcion de aquel -tan deseado rostro, que la importuna tela robaba á sus ansiosas -miradas.</p> - -<p>No era, sin embargo el descanso del tierno objeto de su -espectacion aquel que en la inmediacion de la mañana tiñe en alegres -imágenes la fantasía de una bella: era el sueño fatídico de una -horrible pesadilla producida por la pena ó por una bebida ponzoñosa -y antinatural. Algun gemido se escapaba de cuando en cuando del -pecho oprimido: un ay oscuramente pronunciado moria al nacer en sus -trémulos labios, y la mano que pendia, moviéndose con dificultad -parecia que<span class="pagenum" id="Page_161">[p. 161]</span>rer -desviar de su dueño la fantástica figura que atormentaba sin duda su -intranquilo sueño.</p> - -<p>—Padece la infeliz, padece, dijo entre dientes Macías. ¡Ah! ¿quién -puede ser sino ella? ¿quién sino ella podria atar de esta manera mis -acciones? ¿quién producir este respeto y esta agitacion que á un -mismo tiempo me dominan?</p> - -<p>Un movimiento, en fin, mas marcado pareció anunciar que iba á -despertarse.—Dejadme, dejadme, dijo confusamente; huid. La muerte, la -muerte...</p> - -<p>—No, dijo Macías sin poderse contener por mas tiempo, no; la vida, -la vida á tu lado eternamente. ¿Quién se atreverá á ofenderte estando -Macías á tu lado?</p> - -<p>Arrojóse entonces á sus pies, é iba á levantar con mano atrevida -el antifaz.</p> - -<p>—Salgamos de una vez, esclamó, de esta penosa situacion. Recordó -entonces que en la mañana del mismo dia habia manifestado la enlutada -su deseo de no ser conocida, y que él la habia empeñado su palabra de -no descubrirla.</p> - -<p>—¡Horrible tormento! esclamó; pero respetaré tu voluntad, muger -cruel. Atrevióse<span class="pagenum" id="Page_162">[p. 162]</span> -entonces á llegar su mano á la de la tapada, y un fuego desconocido -corrió por sus venas.</p> - -<p>—¡Dios mio! gritó despertándose la dama al sentir su mano oprimida -por la del doncel. ¿Dónde estoy? ¡ah! ¿qué haceis? ¡Abrahem! Pero, -cielos, ¿qué veo? ¿pierdo la cabeza? ¿quién sois? soltad... Guiomar, -Guiomar, añadió levantándose y llamando con voz apenas inteligible á -una de sus dueñas que en la antecámara la esperaban.</p> - -<p>—Callad por Dios, callad, esclamó Macías mirando á la puerta. No -llameis á nadie: señora, ¿qué temeis?</p> - -<p>—¿Quién sois? ¡ah! ¡sois vos! ¿Me engaña mi deseo?</p> - -<p>—¿Tu deseo? has dicho ¿tu deseo? repítelo otra vez, repítelo.</p> - -<p>—No; no, caballero; no he dicho mi deseo. Perdonad si... no sé lo -que pronuncio; el sueño, la... pero decidme, ¿por qué estais aqui? -¿qué haceis? Huid, huid ahora que os conozco.</p> - -<p>—¡Cruel! ¿por qué?</p> - -<p>—Soltad mi mano; soltadla, que no es vuestra...</p> - -<p>—¡No es mia! ¡Mil rayos me confundan! Perdonad si mi dolor... -¿pero qué veo? este<span class="pagenum" id="Page_163">[p. -163]</span> anillo... ¡Santo Dios! ¡ella es! ¡ella es! ¿quién sino -ella pudiera tener este anillo? Es el mismo, le conozco, es el -mismo.</p> - -<p>—¡Imprudente! esclamó la dama retirando y escondiendo -precipitadamente su mano.</p> - -<p>—¡Elvira!</p> - -<p>—¡Silencio!</p> - -<p>—Vos sois, vos sois: no me lo oculteis por mas tiempo, si no -quereis que muera á vuestros pies.</p> - -<p>—Y bien, yo soy, respondió la dama abalanzándose hácia atras para -poner todo el espacio posible entre ella y el doncel; yo soy, puesto -que fuera inútil negároslo por mas tiempo. ¿Y qué quereis? ¿qué -exigís de mí?</p> - -<p>—¿Qué exijo, señora, qué exijo? preguntó el doncel arrebatado de -su loco frenesí: ¿tengo derecho á exigir algo de vos?</p> - -<p>—Huid, pues, y no turbeis por mas tiempo mi tranquilidad.</p> - -<p>—¿Vuestra tranquilidad? y la mia, señora, ¿quién la turbó sino -vos? ¿ó no es nada por ventura mi tranquilidad?</p> - -<p>—¿Yo?</p> - -<p>—¿Quién sino vos emponzoñó mi exis<span class="pagenum" -id="Page_164">[p. 164]</span>tencia, antes feliz y descuidada? ¿quién -sino vos me dijo: Macías, mírame y ama?</p> - -<p>—¿Yo?</p> - -<p>—Vuestros ojos, vuestros ojos se clavaron cien veces en los mios, -y bien claro lo dijeron. ¡Ah! Elvira, yo he aprendido bien á mi costa -á leer en ellos.</p> - -<p>—Santo Dios, ¿qué decís?</p> - -<p>—¿Juzgais, señora, por ventura, que es lícito mirar á un hombre y -elegirle con los ojos entre la multitud para abrasarle impunemente? -¿Creeis que no vale tanto un hombre como una muger? ¿Imaginásteis que -su vida no es nada, que su existencia es vuestra? Vuestra, sí, si la -comprais; pero con una sola moneda, con la sola moneda que la paga; -¡con amor!</p> - -<p>—¿Pero Macías, delirais?</p> - -<p>—Sí, deliro, porque te veo, porque te hablo, porque esta era la -felicidad que anhelaba y que huia hace tres años. ¡Tres años, Elvira! -Tú sabes los dias, los larguísimos dias que encierran, cuando se -pasan sin esperanza. He huido yo tambien, pero no hay un hombre mas -fuerte que su destino. Te amo, Elvira, te adoro. Amame, ó mátame.</p> - -<p>—Elegid, caballero, lo que gusteis, es<span class="pagenum" -id="Page_165">[p. 165]</span>clamó Elvira fuera de sí, y haciendo -un esfuerzo sobrenatural. ¡Vos osais ofenderme, vos abusais de esa -manera de mi loca confianza! ¿Quién os ha dicho que os amé? ¿Olvidais -que no puedo ser vuestra nunca jamas?</p> - -<p>—¡Yo olvidarlo, señora! ¡Pluguiera al cielo que me fuera dado -olvidarlo! ¿Quién mas dichoso entonces? pues nunca creí que vos misma -os complaceriais en repetírmelo. Añadidme ahora que le amáis á ese -hidalgo.</p> - -<p>—¿Y si os lo digera mentiria? Le amo...</p> - -<p>—¡Silencio! El infierno, el infierno se abre en este momento -ante mis ojos... necio de mí, que consumí una vida entera de amor -en conquistar este desengaño... ¿Pero qué veo? ¿Llorais? Elvira, -¿llorais? Nos entendemos, ¡ah! nos entendemos: se hablan nuestras -almas, á pesar de nosotros y de los obstáculos: confesadlo; es -imposible que no me ameis. No se ama nunca con este amor que me -abrasa para no ser correspondido. Os comprendo. ¿Temeis? ¿mirais á -todas partes? Bien, callaré, señora, callaré. Pero decidme <i>os amo</i>, -y nada mas.</p> - -<p>—Basta ya: ¡es imposible! ¿Paréceos que la supercheria que conmigo -usais, y que este<span class="pagenum" id="Page_166">[p. 166]</span> -encuentro, <i>casual</i> sin duda, en la habitacion del astrólogo, merece -de mi parte premio y galardon? Creedme, jóven imprudente, un mundo -entero existe entre vos y entre mí: jamas le traspasareis.</p> - -<p>—¡Jamas! ¡Dios mio!</p> - -<p>—Y escuchad: si quereis evitar mi odio, si mi aprecio os interesa, -jamas me hableis de amor: os prohibo que os presenteis delante de mí; -os prohibo que me dirijais trova ni cancion alguna; os prohibo...</p> - -<p>—Prohibidme el vivir, cruel, y acabareis mas pronto, contestó el -doncel con toda la amargura de la desesperacion.</p> - -<p>—Juradlo, Macías, juradlo si sois caballero.</p> - -<p>—¿Que jure yo no amarte? Jurad vos no ser hermosa, jurad que -vuestra voz no será dulce y penetrante, jurad que vuestros ojos no me -abrasarán en lo sucesivo, y yo juraré entonces...</p> - -<p>—¡Silencio! Soy perdida. ¿No sentís pasos? ¿No oís? ¡Abrahem, -Abrahem!</p> - -<p>—Si; pero esa puerta se cerrará...</p> - -<p>—¿Qué haceis? Teneos. ¿Quereis hacerme delincuente cuando soy solo -desgraciada?</p> - -<p>—Señor Hernan Perez, dijo á este tiem<span class="pagenum" -id="Page_167">[p. 167]</span>po la conocida voz del astrólogo en la -antecámara, entrad en mi habitacion, y daré satisfaccion á vuestras -preguntas.</p> - -<p>—Él es, señora, él es, esclamó Macías apretando por última vez -la mano de Elvira, que se desasió de él: y lanzando un ¡ay! agudo y -penetrante, se dejó caer sobre el sitial que detras de si tenia.</p> - -<p>El lejano y repentino ruido de la conocida tormenta no pone -mas pavor en el corazon del asustado marinero que el que produjo -en el pecho del hidalgo la voz acongojada que en valde intentaba -desconocer.</p> - -<p>—¡Santo cielo! gritó: ¡esta voz es la suya! Lanzóse en seguida -en la habitacion como se abalanza el tigre al redil, llamado por el -tímido balído de la inocente oveja.</p> - -<p>Detúvole empero y acabó de confundir todas sus ideas la presencia -del doncel, que ya en pie, y echada la visera, parecia el ángel -tutelar de la enlutada, puesto alli delante de ella para defenderla -de todo riesgo.—Abrahem, dijo entonces vuelto hácia el astrólogo, -¿quién es esta enlutada?</p> - -<p>Fingía el judío hallarse en la mayor agitacion.—Señor, le -respondió por último, permitid que no descubra á nadie este -secreto<span class="pagenum" id="Page_168">[p. 168]</span> que se me -ha encargado y menos á vos...</p> - -<p>—¿A mí...? Yo he de saberlo... Acercóse entonces, resuelto, á la -tapada con ánimo al parecer de descubrirla.</p> - -<p>—¿Qué haceis, hidalgo...? preguntó una voz de trueno, deteniéndole -al mismo tiempo el brazo del doncel.</p> - -<p>Llegándose entonces el astrólogo á la dama, que se habia arrojado -de rodillas como á implorar piedad ante el zeloso marido, asióla -de una mano, y aprovechando el momento en que forcejeaba Hernan -Perez con el doncel, sacóla de la cámara, diciéndola al oido -precipitadamente,</p> - -<p>—Me ha sido imposible evitarlo; pero salvaos.</p> - -<p>—La he de seguir, esclamó el hidalgo.</p> - -<p>—No, mientras esté yo aqui, repuso el doncel. Id, señora...</p> - -<p>—¿Y con qué derecho...?</p> - -<p>—Con el de la fuerza.</p> - -<p>—¡Ah! os conozco: mis dudas se desvanecen: ¿sois vos el -doncel...?</p> - -<p>—Yo mismo.</p> - -<p>—Sacad la espada...</p> - -<p>—¿Osado y descortés?</p> - -<p>—Sacadla.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_169">[p. 169]</span></p> - -<p>—No en el alcázar, gritó el astrólogo arrojándose entre los dos. -Imprudentes, respetad mis canas. Macías, no teneis razon sino para -envainar vuestro acero. Hidalgo, os deslumbra tal vez...</p> - -<p>—¡Basta, pérfido astrólogo! gritó fuera de sí el irritado hidalgo: -¡basta! Doncel, respetemos este lugar; pero en otra parte tengo que -hablaros: salgamos.</p> - -<p>—Salgamos, repuso Macías echando á andar tras el escudero. ¡Tiempo -hace que lo deseaba! añadió en lo mas profundo de su corazon.</p> - -<p>—¡Oidme! gritaba el astrólogo ¡Teneos!</p> - -<p>Pero de alli á poco dejó de oir sus pasos precipitados; mirando -entonces hácia la puerta por donde habian salido,—¡Miserables, dijo -cerrándola, os preciais de fuertes y de entendidos, y un torpe -anciano juega con vosotros como con sus maniquíes! Abriendo en -seguida la comunicacion que daba á la cámara de don Enrique, asió de -una lámpara, y bajó silenciosa, pero precipitadamente, la escalera -retorcida. Daba la luz en parte solo de su rostro, merced á su -mano derecha, que interpuesta le defendia los ojos del resplandor. -Sonaban sus sandalias de escalon en escalon, y<span class="pagenum" -id="Page_170">[p. 170]</span> su larga ropa crugía barriendo el -pavimento. Parecia el genio del mal de aquel oscuro alcázar, que -recorria sus mas recónditos rincones buscando víctimas nuevas que -sacrificar el dia siguiente á su insaciable furor.</p> - - -<p class="centra mt3"><span class="smcap">Fin del tomo segundo.</span></p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-b088.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="ToC"> - <hr class="doble" /> - <hr class="doble" /> - <h2 class="nobreak" title="ÍNDICE DEL TOMO II">ÍNDICE</h2> - <p class="subh2">DEL TOMO SEGUNDO</p> - <hr class="sep" /> -</div> - -<table class="mt2" summary="Índice y tabla de contenidos"> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_9">CAPITULO IX</a></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_9">1</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_10">CAPITULO X</a></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_10">11</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_11">CAPITULO XI</a></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_11">28</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_12">CAPITULO XII</a></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_12">40</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_13">CAPITULO XIII</a></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_13">50</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_14">CAPITULO XIV</a></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_14">60</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_15">CAPITULO XV</a></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_15">67</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_16">CAPITULO XVI</a></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_16">81</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_17">CAPITULO XVII</a></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_17">89</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_18">CAPITULO XVIII</a></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_18">116</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_19">CAPITULO XIX</a></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_19">127</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_20">CAPITULO XX</a></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_20">144</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_21">CAPITULO XXI</a></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_21">154</a></td> - </tr> -</table> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter pt3"> -<div class="transnote" id="tnote"> - <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> - - <ul> - <li>Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la - utilizada actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han - normalizado a la grafía de mayor frecuencia.</li> - - <li>Se ha completado el emparejamiento de los puntos de admiración y de - interrogación. Los puntos suspensivos se han normalizado a tres puntos.</li> - - <li>Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.</li> - - <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li> - - <li>Se han añadido ilustraciones de adorno al final de los capítulos - que, en el original impreso, carecen de ellas.</li> - - <li>Se ha añadido al final un índice de capítulos que no existe en el - original impreso.</li> - - <li>El transcriptor ha creado la imagen de la cubierta y la sitúa - en el dominio público.</li> - </ul> -</div> -</div> - -</div> - -<p> </p> -<p> </p> -<hr class="pg" /> -<p>***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL DOLIENTE, TOMO II (DE 4)***</p> -<p>******* This file should be named 53588-h.htm or 53588-h.zip *******</p> -<p>This and all associated files of various formats will be found in:<br /> -<a href="http://www.gutenberg.org/dirs/5/3/5/8/53588">http://www.gutenberg.org/5/3/5/8/53588</a></p> -<p> -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed.</p> - -<p>Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the -trademark license, especially commercial redistribution. -</p> - -<h2 class="pg">START: FULL LICENSE<br /> -<br /> -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE<br /> -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK</h2> - -<p>To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license.</p> - -<h3>Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works</h3> - -<p>1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition.</p> - -<p>Most people start at our Web site which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org</p> - -<p>This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.</p> - -</body> -</html> - diff --git a/old/53588-h/images/cover.jpg b/old/53588-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 5d5b2c6..0000000 --- a/old/53588-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/53588-h/images/illus-b001.jpg b/old/53588-h/images/illus-b001.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 96a02ca..0000000 --- a/old/53588-h/images/illus-b001.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/53588-h/images/illus-b010.jpg b/old/53588-h/images/illus-b010.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index d3ac6c7..0000000 --- a/old/53588-h/images/illus-b010.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/53588-h/images/illus-b027.jpg b/old/53588-h/images/illus-b027.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index b568d10..0000000 --- a/old/53588-h/images/illus-b027.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/53588-h/images/illus-b037.jpg b/old/53588-h/images/illus-b037.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index da500b9..0000000 --- a/old/53588-h/images/illus-b037.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/53588-h/images/illus-b039.jpg b/old/53588-h/images/illus-b039.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 8cdd489..0000000 --- a/old/53588-h/images/illus-b039.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/53588-h/images/illus-b049.jpg b/old/53588-h/images/illus-b049.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index ad9b129..0000000 --- a/old/53588-h/images/illus-b049.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/53588-h/images/illus-b059.jpg b/old/53588-h/images/illus-b059.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 4a2a868..0000000 --- a/old/53588-h/images/illus-b059.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/53588-h/images/illus-b080.jpg b/old/53588-h/images/illus-b080.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 0e9aacc..0000000 --- a/old/53588-h/images/illus-b080.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/53588-h/images/illus-b088.jpg b/old/53588-h/images/illus-b088.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 0e1b50e..0000000 --- a/old/53588-h/images/illus-b088.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/53588-h/images/illus-b153.jpg b/old/53588-h/images/illus-b153.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index cbdffab..0000000 --- a/old/53588-h/images/illus-b153.jpg +++ /dev/null |
