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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - - - - -Title: El doncel de don Enrique el doliente, Tomo II (de 4) - Historia caballeresca del siglo quince - - -Author: Mariano José de Larra - - - -Release Date: November 25, 2016 [eBook #53588] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - - -***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL -DOLIENTE, TOMO II (DE 4)*** - - -E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the Online -Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images -generously made available by Internet Archive (https://archive.org) - - - -Note: Images of the original pages are available through - Internet Archive. See - https://archive.org/details/eldonceldedonenr02larr - - - Project Gutenberg has the other three volumes of this work. - Volume I: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53587 - Volume III: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53589 - Volume IV: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53590 - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las - versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS. - - - - - -EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL DOLIENTE: - -HISTORIA CABALLERESCA -DEL SIGLO QUINCE - -por - -D. MARIANO JOSÉ DE LARRA. - -SEGUNDA EDICION. - -TOMO II. - - - - - - - -Madrid. -Imprenta de Don José María Repullés. -1838. - - - - -EL DONCEL DE _Don Enrique el Doliente_. - - - - -CAPITULO IX. - - Ese caballero, amigo, - dime tú que señas trae. - - _Cancion. de Rom._ - - -La hora del alba seria cuando el famoso caballero don Enrique de -Villena, cansado de esperar inútilmente á su juglar, á quien habia -comprometido, como sabe el lector, en el misterioso y nocturno -acontecimiento de la víspera, vacilando entre mil ideas confusas, -habia entregado al descanso sus miembros fatigados. Ni el miedoso -juglar habia vuelto, ni él, desde el punto en que le enviara á -esplorar quién fuese el músico, habia tornado á oir mas que el -confuso ruido de las armas de los desconocidos combatientes. No -habiendo querido dar sospechas á nadie en el alcázar de que pudiera -tener la menor parte en los sucesos que él se figuraba haber -ocurrido, no se habia determinado ni á salir en persona á reconocer -el estado de las cosas, ni á dispertar á ninguno de sus pacíficos -sirvientes. Habíale entretanto sorprendido el sueño en medio de la -encontrada lucha de sus opuestos pensamientos, y vestido como estaba -se habia reclinado en su rico lecho, determinado á esperar al dia -y con él la aclaracion de los acontecimientos de la noche. El sol -sin embargo, que á mas andar se venia, amaneciendo por las doradas -puertas del oriente, daba la señal á caballeros y escuderos de tornar -á las obligaciones diarias, porque en la época de nuestra narracion -no se habia introducido aun la moda regalona de perder las gentes -principales las horas mas hermosas del dia en el mullido y caliente -lecho. - -La cámara principal del señor de Cangas y Tineo, inmediata á su -gabinete alquimístico (cuya entrada no era á todos permitida), -presentaba un aspecto imponente, tanto por el lujo y afectacion con -que se hallaba alhajada, como por las diversas personas que en ella -se veían reunidas esperando á que se dignase recibir su acostumbrado -homenage el ilustre pariente de Enrique III. Gentiles-hombres, -caballeros y escuderos de su casa, oficiales de su servicio, donceles -y pages conversaban en diversos grupos, pendientes del menor ruido -que pudiera anunciarles la deseada presencia de su señor. Notábase -solo la falta de dos personas, y no se oían mas que preguntas -misteriosas sobre su estraña ausencia. - -—¿Qué era del primer escudero? ¿Qué del juglar? - -—¿Qué puede causar la tardanza de Fernan Perez? - -—Por el señor Santiago que es cosa dificil de comprender. Cuando -volviamos anoche de la batida, él se adelantó con un solo montero y -se separó de nosotros. Desde entonces no le volvimos á ver. - -—Sí, reponia otro: apostára la mejor pieza de mi arnés á que fue á -ver bajo las ventanas de su amada esposa si andaban moros en la costa. - -—Bravo modo de decirnos que el escudero es zeloso. - -—¡Dios me perdone! como un moro. - -—¡Oh! entonces, decia un tercero, ya se esplica su ausencia. Habrá -tardado en conciliar el sueño... al lado de su dama... - -—¡Chiton! la puerta de la cámara se ha abierto. - -—Es el camarero. - -—El camarero, el camarero, repitieron varias voces por lo bajo. -Fijáronse las miradas de todos en Rui Pero, quien con la mayor -inquietud preguntó: - -—¿No ha venido aun Ferrus? su señoría pregunta por su juglar. - -—Estará haciendo alguna trova, ó pensando algun donaire, dijo el mas -atrevido de los caballeretes. - -—Cierto que comienza su tardanza á inquietarme, dijo Rui Pero. Y -acercándose á los principales personages de aquella pequeña corte.—Su -señoría no se ha desnudado esta noche; Fernan Perez no parece; Ferrus -tarda, les dijo misteriosamente: temo grandes novedades. Voy á -prevenir á su señoría, añadió en voz alta, y se entró. - -Duraron otro rato las misteriosas conversaciones de la cámara; pero -no tardó mucho en venir á interrumpirlas la presencia del primer -escudero. - -—Dios nos dé su bendicion, dijo en entrando, al comenzar este dia, y -se santiguó devotamente. - -—Dios nos la dé, repitieron los circunstantes, é imitaron, como en -las cortes se usa, la accion del valido. Bien venido sea el escudero -de su señoría, esclamaron despues. - -—Bien venido, sí, y bien despierto; la trasnochada me ha hecho ser -indolente. Vuestras mercedes me darán licencia que entre á tomar las -órdenes de nuestro amo. Ya hace rato que debiera estar á su lado. - -No le dió lugar sin embargo á entrar la salida del conde en persona, -á quien acompañaba su fiel camarero. Hízose como los demas á un lado -respetuosamente Fernan Perez, y el conde, que le habia visto antes -que á otro alguno, disimulándolo sin embargo, como para castigarle -de su tardanza, dirigió comedidamente la palabra á sus principales -cortesanos. Despues de las ceremonias y fórmulas de uso.—Caballeros, -dijo el conde, asuntos de alguna importancia me obligan á separarme -de vuesas mercedes. Podreis esperarme en la antecámara de su alteza, -adonde no tardaré en seguiros. Fernan Perez, quedaos. - -Inclinaron la cabeza los circunstantes, y hablando entre sí por lo -bajo, dejaron la cámara desocupada, no muy contentos con el frio -recibimiento del distraido conde de Cangas y Tineo. - -—Y bien, Fernan Perez, dijo éste luego que quedaron solos, supongo -que habeis encontrado en completa salud á la hermosa Elvira. - -—Esa pregunta, señor... - -—¡Oh! no: haceis bien: no se puede vacilar entre el servicio de una -hermosa y el de un conde. Voy viendo que os debo de armar pronto -caballero, porque ya sin serlo cumplís perfectamente con la orden -de caballería. ¿A qué hora habeis entrado en Madrid?—Rui Pero, -dispondreis que se busque dentro y fuera del alcázar á Ferrus. Su -ausencia me inquieta.—Ya estamos solos, Vadillo. ¿A qué hora habeis -entrado? - -—Podrian ser las cuatro, si dicen las horas las estrellas. - -—¿Las cuatro? A esa hora... ¿no habeis visto á la entrada á Ferrus? - -—Ojalá, señor, que hubiera visto á Ferrus: algo peor es lo que be -visto. - -—¿Peor? esplicaos presto. - -—Y peor lo que he oido. - -—¿Habeis oido? - -—Volvia, señor, de la batida, como me dejastes mandado, á la cabeza -de los caballeros y monteros de tu casa; al llegar al alcázar, -habíame adelantado algun tanto para hacer la señal de que nos echaran -el rastrillo, cuando creí oir hácia cierto punto del alcázar, pero de -la otra parte del foso, un laud asaz bien templado. - -—Seguid, Vadillo. - -—Parecióme mal que á tales horas se diesen serenatas hácia la parte -precisamente del alcázar que habita... - -—Seguid. - -—Apreté los hijares al caballo: cuando llegué, la música habia -cesado, pero un hombre que rodeaba el muro esterior, y que á la sazon -se hallaba debajo de las ventanas de mi señora la condesa... - -—¡Vadillo! - -—De Elvira, señor... perdonad si mi lengua... ¡maldita sospecha! -ahora caigo en que... aquel hombre, pues, no me pareció bien, y le -acometí. - -—Por Santiago que acertaste. ¡Es mi hombre! ¿era el músico? - -—Sin duda, puesto que por alli otro alguno no se veía. - -—¿Se defendió? - -—Trató de defenderse, y trató de hablar pero mi venablo no le dió el -espacio que él quisiera. Le disparé, y cayó. - -—¿Cayó? adelante, Vadillo. Tu recompensa igualará tu servicio. - -—Apeéme del caballo para reconocerle, pero fue imposible: habia -llovido, y él cayó en el fango: mi venablo le habia pasado por la -frente, y su cara estaba llena de lodo y de sangre: la oscuridad -ademas y mi turbacion no me permitieron conocerle. Figuréme sin -embargo que no debia de estar muerto aun, pues latía su corazon y se -quejaba. Deseoso de saber quién fuese el músico que á aquellas horas -osaba comprometer el honor de las dueñas del alcázar, atravesélo en -mi caballo: sin embargo antes de entrar lo encomendé al cuidado del -montero que se habia adelantado conmigo: respondióme de su seguridad. -Fui á dar órdenes para hospedar á la gente de la batida, y ahora solo -espero las tuyas, gran señor, para reconocer al insolente trovador. - -—¡Ah! ¿No sabeis aun quien sea? - -—Solo sé que no está herido de muerte; pero el montero al -anunciármelo añadió que el maestro á quien habia recurrido, al -hacerle la cura, habia encargado que no se le viese ni hablase. Creí, -pues, del caso esperar á la mañana. Parecióme sin embargo jóven y -gallardo mancebo. - -—Él es, no hay duda. Te tengo en mi poder, mal caballero. Vadillo, es -preciso tenerle á buen recaudo. - -—¿Conócesle tú entonces, gran señor? - -—Sí: le conozco; tú le conocerás tambien. Necesito sin embargo á -Ferrus. Á esa misma hora de las cuatro le envié á reconocer al -músico; de entonces acá ha desaparecido. El villano cobarde ha -tenido miedo sin duda; acaso luego se aparecerá y creerá desarmar mi -enojo con alguna juglería. Entre tanto Rui Pero está en el encargo -de encontrármele muerto ó vivo. Sus orejas servirán de pasto á mis -lebreles si ha cometido villanía, por Santiago. Ahora, Vadillo, es -preciso no perder tiempo: supuesto que está en nuestro poder quien -pudiera únicamente desbaratar mis planes, dentro de una hora he de -quedar servido. Hernan Perez, ¿teneis valor y resolucion? - -—Dispon, señor, de mi vida. - -—Venid conmigo; prontitud y secreto. - -Dicho esto, salieron don Enrique y su primer escudero, y atravesando -apresuradamente las galerías del alcázar, se dirigieron á las -caballerizas del conde: dieron alli varias órdenes, al parecer de la -mayor importancia: separáronse en seguida. El primer escudero buscó y -habló misteriosamente á algunos escuderos de la casa de su señoría. -El movimiento y el sigilo con que ciertos preparativos se hacian -pronosticaban algun proyecto de la mayor importancia. Reuniéronse de -nuevo el conde y su primer escudero, y en otra secreta conferencia -aquel pareció dar á éste instrucciones de grave peso, despues de las -cuales se dirigieron entrambos seguidos de los escuderos y armados -que para su plan habian escogido, y desaparecieron entrándose por la -cámara de don Enrique. Nada se trasluce en las crónicas del objeto -de aquellas ignoradas conferencias. El lector sin embargo, si presta -un poco de paciencia, podrá tal vez adivinarle por sus prontos -resultados. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO X. - - Mate el conde á la condesa, - que nadie no lo sabria, - y eche fama que ella es muerta - de un cierto mal que tenia. - - _Rom. del conde Alarcos._ - - -Cuando Fernan Perez de Vadillo hubo dejado su presa al cuidado del -montero, se apresuró á desvanecer las sospechas que en su alma -comenzaban á nacer acerca de la dueña á quien podria haber sido la -serenata dedicada. Era evidente que el trovador se hallaba debajo de -las rejas de doña María de Albornoz: ¿rondaba empero á la condesa, ó -á alguna de sus dueñas y doncellas? ¿era acaso Elvira el objeto de -tan intempestiva música? La conducta irreprensible de la condesa y de -su esposa las ponian en cierto modo á cubierto de cualquier juicio -temerario. Los maridos, sin embargo, que nos lean, no estrañarán que -el zeloso escudero fabricase en el aire mil castillos fantásticos -hasta la completa aclaracion por lo menos de sus terribles dudas. - -El taimado pagecillo entre tanto al oir saltar de su lecho á su -hermosa prima, se habia levantado, y habia conseguido hacer que ella -volviese en sí de su aturdimiento, golpeando á su cerrada puerta, y -preguntándola si necesitaba algun ausilio, y cual era la causa de -aquel ¡ay! doloroso y del estraordinario ruido que acababa de oir. - -Repúsose Elvira lo mejor que pudo, y tranquilizando al page, -mandóle que se retirase á su lecho, y aun le trató de visionario y -de curioso impertinente. A lo de curioso nada tenia el pobre Jaime -que responder, pero en cuanto á lo de visionario, él sabia muy bien -que no habia soñado lo que realmente habia oido, y si obedeció por -entonces, no fue sin reservarse el derecho de averiguar todo el caso -en amaneciendo. Elvira, satisfecha con el silencio del page, tornó á -escuchar, pero no oyendo ruido alguno que pudiese ponerla en camino -de dar con la verdad de lo sucedido, volvióse al lecho tambien; de -suerte que á la venida inesperada del zeloso escudero pudo disimular -convenientemente la reciente turbacion. Despues de las primeras -preguntas que entre los dos pasaron acerca de aquella imprevista -llegada, en valde trató Fernan Perez de sondear mañosamente el -alma de su avisada esposa. Nada habia oido, nada sabia de cuanto á -Vadillo traía inquieto. Hubo éste, pues, de conformarse y remitir á -otra ocasion mas favorable la satisfaccion de sus deseos. Concilió -el sueño de que tanta falta tenia, y cuando se dispertó se vistió -apresuradamente, y despidiéndose de su amada esposa se dirigió á la -cámara de don Enrique, como arriba dejamos indicado. - -No deseaba Elvira otra cosa: cada vez mas inquieta acerca del -obscuro sentido de las trovas de la noche pasada, presagiaba ya -mil próximas desventuras: determinó dar aviso á la condesa, quien -habia oido muy confusamente los sucesos referidos. Antes empero de -dar este importante paso, llamó al page y le dijo como era inútil -que guardase por mas tiempo el secreto de la venida del caballero -de Calatrava, puesto que ella lo habia reconocido: añadióle que -importaba mucho á la seguridad de su señora la condesa saber cuál -habia sido el desventurado lance de la noche, y hablar al caballero, -si habia quedado de él con vida y libertad, para que le aclarase -sus misteriosos avisos: prometió el page indagar cuanto hubiese en -el asunto, tanto por dar contento á su querida prima, como por el -interes que en las cosas del caballero trovador se tomaba. Salió, -pues, en busca de él, resuelto á no volver mientras no diese con -él y no le indicase el deseo de la condesa, de agradecerle su fina -amistad, é implorar al mismo tiempo su proteccion y amparo, si algo -sabia que fuese en contra de ella ó de los suyos. - -Mas tranquila despues de esta primera diligencia, acudió la triste -Elvira á la cámara de su señora, á quien encontró levantada, pero -no repuesta de las terribles escenas de la víspera. No contribuyó á -aquietarla lo que Elvira le refirió, y entrambas á dos determinaron -vivir con cautela, no dudando que las palabras del trovador tuviesen -alguna relacion con los proyectos que el irritado conde habia dejado -traslucir la noche antes, en medio de su colérico arrebato contra su -inocente esposa. - -Bien quisiera la condesa penetrar el arcano que las nocturnas -trovas encerraban, y aun mas quisiera traslucir quién podia ser -el caballero generoso que tan bien informado se hallaba de las -asechanzas que contra ella se prevenian, y que tan singular interes -por su seguridad tomaba. No eran pequeñas por otra parte la zozobra -y la duda que á entrambas nuestras heroinas agitaban acerca de los -resultados de la desgracia que al caballero le habia acarreado su -generosidad. - -Era para Elvira evidente que poco despues de haber callado el -desventurado cantor, le habia sobrevenido un trance de armas: la -caida de un cuerpo habia resonado luego funestamente en sus oidos -y en su corazon, y el silencio y la duda habian sucedido á la -catástrofe. Era de presumir que el muerto ó herido fuese el músico; -pero era imposible saber nada á punto fijo antes de la vuelta del -page; corria entre tanto el tiempo, si bien no tan aprisa como al -desgraciado que espera le suele comunmente convenir, y el page no -daba noticias de su persona. - -Si nuestros lectores han esperado alguna vez, podrán formar una idea -aprocsimada de la penosa agonía de la de Albornoz y Elvira, porque -idea exacta de ninguna manera la podrán concebir. - -—¿Has oido? preguntaba en medio del mayor silencio la condesa. - -—¡Es Jaime! respondia Elvira; mas no, no suena nada, añadia despues -de un momento de inútil espectacion. - -—Ahora... ahora sí, esclamaba de alli á un rato la condesa. - -—Sí; ahora; pasos son, y pasos acelerados... - -—De muchacho. - -—Jaime, Jaime es... ahora sí... repetia Elvira atenta á la puerta, -los ojos fijos en sus batientes hojas, y palpitándole el seno -aceleradamente con el movimiento de las olas azotadas por la brisa; -veíala abrirse ya, se medio-incorporaba en su asiento, entreabria los -labios para hablar á Jaime... La puerta sin embargo cerrada, fija, -inmóvil como una pared. Los pasos se alejaban, apenas se oían. Nada -ya. - -—Seria algun criado que pasaba. - -Una vez, en fin, la puerta se movió al morir en ella el ruido de los -pasos; todavia no se podia ver al que iba á entrar: parecia sacudirse -por sí sola, y antes de que se abriese lo bastante para dar paso -al page, que era sin duda el que iba á entrar, la condesa y Elvira -unánimemente inspiradas de uno de estos raptos del primer momento, -tan comunes é irreprimibles como inesplicables en las mugeres, -habian gritado:—¡Jaime! entra, Jaime. - -Abrióse por fin la puerta enteramente, y entró don Enrique de -Villena. Hay una inclinacion natural en el que espera á creer que -nadie puede venir sino el esperado; nada tienen, pues, de particular -el asombro y la repentina frialdad de la condesa y su camarera al ver -echado por tierra tan inesperadamente todo el aéreo castillo de sus -fantásticas esperanzas. Miráronse una á otra en el primer momento -de estupor; el lector hubiera adivinado en sus semblantes infinidad -de ideas que bullian en sus imaginaciones, y que por la vista se -cruzaban, se comunicaban, se hablaban, se refundian en un solo objeto -de entrambas comprendido sin mas verbal esplicacion. - -Examinó un momento don Enrique de Villena las cambiantes fisonomías -de la señora y su camarera. - -—Bien veo, dijo pausadamente despues de un momento, bien veo, doña -María, que no esperais á vuestro esposo. ¿Pudiera yo merecer vuestra -confianza hasta el punto de saber cuál interes os liga al imprudente -page que ha abandonado de una manera tan imprevista mi envidiado -servicio? ¿callais? ¿me conservais rencor aun por la escena de anoche? - -Dijo estas últimas palabras con tal acento de dulzura y de -reconvencion, que no pudo menos la ilustre víctima de manifestar á -las claras en su semblante su singular asombro. Tenia efectivamente -el de Villena gran facilidad para revestir la máscara que á sus fines -mejor convenia. Nadie hubiera reconocido en sus modales y palabras al -tirano esposo de la víspera. - -—¿No quereis, señor, que estrañe tan singular mudanza en vuestras -acciones? ¿debo creeros, ó prepararme para otra...? - -—Basta, doña María: ¿es posible que no acabeis de conocer los -sentimientos de don Enrique de Villena? No negaré que pudierais estar -justamente ofendida, pero vengo á reclamar mi perdon. He pensado -mejor mis verdaderos intereses, he reconocido mi error: vuestras -virtudes me han hecho abrir los ojos: si sois la misma que habeis -sido siempre, Elvira puede ser testigo de nuestra reconciliacion. - -—¡Don Enrique! esclamó alborozada la de Albornoz. Miró sin embargo -á Elvira como para preguntarla con los ojos si podria creer en la -sinceridad de las palabras del conde: Elvira bajó los suyos, y dejó -sin respuesta la muda interrogacion de su señora. - -—Desechad las dudas, doña María. Vengo á daros una prueba positiva de -mi afecto. Espero que esta noche os presentareis brillante de galas -y preséas en la corte de Enrique III. Quisiera que vencieseis en -esplendor á todas vuestras émulas, y que la corte toda, á quien hemos -dado harto motivo de murmuracion con nuestras anteriores contiendas, -presenciase los efectos de nuestra nueva alianza. ¿Dudais aun? - -—Esta duda, señor, repuso la de Albornoz, puede seros garante del -deseo que en mi alma abrigaba de veros por fin esposo algun dia. ¡Ah! -si vuestro amor, si esta reconciliacion fuesen una nueva artería, si -fuesen un lazo... - -—¡María! - -—Perdonadme: vos habeis dado lugar á mi desconfianza; si esta paz -aparente fuese solo la calma precursora de nuevas borrascas, seriais -bien cruel y bien pérfido caballero: ¿qué gloria podria prestarle -al leon el jugar con la inocente y crédula oveja? Ved mi alma: yo -os perdono, don Enrique perdonémonos entrambos. Oid empero. Si solo -intentais divertiros á costa de mi loca credulidad, Dios confunda -al malsin, abandone la Vírgen Madre al engañador de las damas, y el -buen Santiago al mal caballero. Apodérese el ángel malo del alma -del traidor, y no le sean bastante castigo las penas todas de los -condenados al fuego eterno. Hé aqui mi mano y mi amor, don Enrique. - -Las últimas palabras enérgicas que la de Albornoz habia pronunciado -con toda la entereza de la virtud y el entusiasmo de la inspiracion, -habian hecho bajar los ojos al imperturbable don Enrique: un -estremecimiento involuntario le habia cogido desprevenido, y estrechó -la mano de la de Albornoz diciendo balbuciente y confuso: - -—Ved aqui la mia: el cielo sabe la verdad de mis palabras. - -Abrazáronse los consortes en presencia de la asombrada Elvira, quien, -acostumbrada á la táctica de don Enrique, no hacia sino examinar su -semblante como buscando en sus facciones y en el mas insignificante -de sus gestos pruebas contra sus palabras. La de Albornoz, -deslumbrada por su mismo deseo y su amor al conde, se entregaba mas -facilmente á la esperanza de ver por fin su suerte mejorada. ¿No era -por otra parte muy posible que sus virtudes hubiesen hecho realmente -en don Enrique el efecto que este acababa de suponer? Nada hay mas -facil que hacernos creer lo que con vehemencia deseamos. La de -Albornoz tragó, pues, el cebo y el anzuelo. - -Repuesto don Enrique de su primera turbacion, no perdonó medio alguno -de inspirar confianza á su esposa: las palabras mas tiernas fueron -por él prodigadas, y las mas vivas protestas de amor y fidelidad. Un -amante no hubiera dicho mas que el hipócrita marido. - -Poco tiempo podia hacer que esta escena duraba en la cámara de doña -María de Albornoz, cuando la puerta misma que el dia antes habia -proporcionado á don Enrique retirada se abrió con admiracion de los -circunstantes, y se aparecieron seis figuras fantásticas, que un -hombre del vulgo hubiera llamado entonces seis endriagos. Venian -armados al parecer de pies á cabeza, pero unas especies de sayos que -sobre la armadura traían, y cuya capucha cubria su cabeza y rostro, -á manera de los que usaban los almogavares, no permitian ver quiénes -ni qué especie de hombres fuesen. - -Suspensas quedaron á tan estraña aparicion doña María y su -camarera; mirábanse alternativamente, y miraban luego con atencion -esploradora á don Enrique, deseosas de reconocer en su fisonomía si -se presentaban los intrusos alli por su orden, ó si tendrian ellas -motivo para temer algun nuevo peligro. - -—¡Vive Dios! esclamó don Enrique levantándose: ¿quién es el osado que -os envia? ¿quién se atreve á interrumpir de un modo tan incivil las -conversaciones del conde de Cangas y Tineo? salid fuera y... - -No le dieron tiempo á proseguir los encubiertos: el que parecia ser -gefe de ellos desenvainó una espada, á cuya señal se acercaron los -demas con sendos puñales á las aterradas damas, todo sin proferir una -palabra. - -—¡Don Enrique! esclamó la de Albornoz arrojándose á sus pies y -estrechando sus rodillas, al paso que éste con el acero, fuera ya de -la vaina, parecia protejerla de todo estraño acometimiento. - -—Traicion, señora, gritó Elvira, traicion: ¡nos han vendido! y -quiso arrojarse hácia la puerta para demandar socorro. No se lo -consintieron dos de las fantasmas, que arrojándose á su paso la -sujetaron fuertemente y pusieron término á sus alaridos, cubriendo -su boca con su fino cendal, y procediendo en seguida á sujetarla á -una de las columnas de la cámara. Don Enrique entre tanto gritaba y -maldecia. - -—¡Por Santiago! he olvidado mi silbato de plata en mi cámara, y -ningun criado me oirá aunque los llame. Pero venid, añadia al gefe de -los invasores; llegad y arrancadme la vida antes que el honor. - -En vano trató la de Albornoz de separar á su esposo del trance que -le esperaba. Don Enrique la rechazó y cruzó su espada con la del -desconocido, en tanto que los compañeros de éste, apoderándose de la -casi desmayada doña María, vendaban su boca con su propio pañuelo, en -cuyas puntas se veían ricamente recamadas en oro las armas reunidas -de su casa y la de Aragon: cubriéronla toda con un largo manto negro, -que de pies á cabeza la ocultaba, y comenzaron á sacarla fuera de la -cámara por la puerta secreta, sin que pudiese oponerles resistencia -alguna la consternada y ya enteramente enajenada víctima. - -Combatia entre tanto don Enrique con el desconocido, el cual, visto -lo hecho por sus compañeros, se replegaba defendiéndose con destreza. -Miraba Elvira con atencion el semblante de don Enrique, por ver si -descubria en él alguna señal que manifestase estar mancomunado con -los traidores. Ofendia y se defendia éste, empero, con bizarría; -voceaba llamando á sus criados y persiguiendo siempre al fuerte -caballero que protegia la retirada de los suyos con su presa, mas -sin poder herirle: al llegar á la puerta secreta el desconocido hizo -un último esfuerzo para desembarazarse de su molesto perseguidor, -y tirándole un furibundo mandoble desarmó al conde. Bien trató el -al parecer irritado Villena de recojer su acero en cuanto vió que -el encubierto no se habia aprovechado de su ventaja para rematarle, -pero la accion de don Enrique dió tiempo al fugitivo; lanzóse á la -escalera cerrando tras sí la puerta con el oculto cerrojo, de modo -que cuando el conde, apoderado ya de su arma, volvió á la carga, -no halló mas que una pared tersa é insuperable delante de sí, -procurando en vano, tocar el resorte que la solia abrir. - -Volvióse atras entonces el conde, y no parando mientes en Elvira, -que atada y amordazada permanecia, salió por la puerta principal de -la cámara, llamando socorro y armas contra los robadores, como los -llamaba, y malandrines que acababan de arrebatar á su cara esposa de -entre sus mismos brazos, allanando su propia habitacion por arte sin -duda de Luzbel, y con ausilio de todas las potestades del abismo, -contra su robusto y valeroso brazo. - -—A la mina, mis escuderos, al campo, gritaba, al campo del moro, al -Manzanares; alli los alcanzaremos: la escalera secreta no tiene otra -salida. - -No tardó mucho en esparcirse por el alcázar la noticia del -estraordinario robo y desacato cometido en la persona de la condesa -de Cangas y Tineo: caballeros y escuderos acudian todos á la voz -del conde y en menos de media hora estuvo este en disposicion de -traspasar el rastrillo en busca de los robadores; quien enlazaba este -acontecimiento con la música oida la noche antes bajo la ventana de -la condesa, quien suponia que el hecho era imposible, en vista de -que solo don Enrique poseía las llaves de los candados que cerraban -aquella salida al campo. Todos conjeturaban, todos hablaban, nadie -veía clara la verdad. - -No era sin embargo menos cierto que los robadores habian hallado el -secreto de introducirse en la cámara de la de Albornoz por la puerta -que la unia con la del conde, y que tenia salida á la escalera, y -de alli á la larga mina no conocida de todos. Nada mas frecuente -en los alcázares antiguos y de construccion morisca sobre todo que -estas minas secretas: hacíanse prudentemente con la mayor reserva -y secreto, y solian parar á una ó dos leguas á veces del alcázar á -que pertenecian. Varias puertas y trampas de hierro, bien cerradas -y puestas á trechos, impedian la entrada en ellas á los enemigos, -aun en el caso de ser su boca descubierta, cosa de suyo poco menos -que imposible; y podian ser de mucha utilidad á los poseedores del -alcázar, tanto para hacer una salida imprevista como para introducir -víveres, como tambien para salvarse por ellas en una noche la -guarnicion del castillo, en el caso de verse reducida al último -estremo por un ejército aguerrido y numeroso. Por una de estas -minas, pues, escaparon los encubiertos; de suerte que ya se hallaban -muy lejos de Madrid cuando pudieron llegar sus perseguidores á la -boca de la mina, habiéndoles sido preciso reunirse, armarse, salir -del alcázar, y dar un gran rodeo para su objeto, pues perseguirlos -por la misma mina era caso imposible, puesto que habiendo sustraido y -llevado las llaves de las diversas puertas los encubiertos, era claro -que habrian ido cerrandolas todas sucesivamente tras sí, como con la -primera de la cámara habia hecho el gefe de ellos, con el prudente -objeto de asegurarse las espaldas. - -Dejemos á don Enrique á la cabeza de los oficiales de su casa -corriendo el campo del moro en busca de su robada Elena, y pidamos -al lector un ligero descanso, que despues de la pasada refriega y -aventura estraordinaria referida habernos en gran manera menester. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XI. - - Cuando el conde aquesto vido - . . . . . . . . . . . . . . - fuérase para el palacio - donde el rey solia estar, - saludó á todos los grandes, - la mano al rey fue á besar. - - _Rom. del conde Grimaltos, Silva de varios rom._ - - -La pequeña corte de la antecámara de don Enrique, que dejamos en -anteriores capítulos descrita, era un imperfecto y pálido remedo de -la del _muy alto y poderoso rey don Enrique III_. - -Veíanse lucir en esta á mas de los que tenian los primeros oficios -de la real casa de su alteza las principales dignidades de Castilla. -Hallábanse en derredor del trono á derecha é izquierda, y por el -orden de su dignidad y favor, el buen condestable don Rui Lopez -Dávalos, el almirante don Alfonso Enriquez, don Fadrique, duque de -Benavente, don Gaston, conde de Medinaceli, el conde don Juan Alfonso -de Niebla, los maestres de Santiago y Alcántara, el mariscal don -Garci Gonzalez de Herrera, don Juan de Velasco, camarero mayor, Diego -Lopez de Stúñiga, justicia mayor, Pero Lopez de Ayala, chanciller -mayor y del sello de la puridad, el adelantado Pedro Manrique, -donceles y caballeros principales, en fin, que á la corte asistian. -En el momento de nuestra narracion llegaba su alteza á ocupar su -regia silla: acompañábanle al lado don Pedro Tenorio, arzobispo -de Toledo, don Juan Hurtado de Mendoza, su mayordomo mayor, y -sosteníanle del brazo fray Juan Enriquez, su confesor, y don Mosen -Abenzarsal, su físico. Don Enrique III, en medio de su juventud, -tenia el natural aspecto enfermizo que á su rostro prestaban -sus habituales dolencias. Semblante pálido y prolongado por la -enfermedad, noble con todo, grave y lleno de magestad: sus ojos eran -hermosos: mezclábase en ellos cierta languidez y tristeza con la -penetracion y la severidad: su andar era lento y su voz flaca. - -Hasta el momento de la entrada de su alteza habíase tratado con -raro interes entre los palaciegos del robo singular de doña María -de Albornoz, y ninguno en consecuencia estrañaba la ausencia de don -Enrique de Villena y de los caballeros de su casa. Succedió el mayor -silencio á la entrada de su alteza, y éste recorrió con la vista -apresuradamente el círculo de sus cortesanos, saludando á uno y otro -lado con su natural sequedad. - -—¿Y nuestro fiel pariente y vasallo don Enrique de Villena? preguntó -su alteza: condestable, ¿creo que me habeis dicho que ha vuelto de la -montería del Real de Manzanares? - -—Señor, dijo el buen Lopez Dávalos inclinando su cabeza cana y -despojada por el tiempo, cierto es lo que aseguré á tu alteza: don -Enrique volvió ayer del Pardo. - -—¡Por San Francisco! que no sabe sus intereses mi primo cuando olvida -presentarse á su rey... - -—¡Es una omision imperdonable...! pero, señor, hay causas á veces -que... - -—¿Causas? quiero saberlas. - -—Seis enmascarados han robado á su esposa. - -—¿Robado? ¿dónde? - -—En su cámara misma. - -—¿En mi palacio? no puede ser, condestable. Tal desacato costaria la -cabeza... esplicaos. - -—Nada hay mas cierto, señor. - -Aqui el condestable, amigo del conde de Cangas y Tineo, refirió al -rey cuanto en el alcázar corria acerca de tan estraño acontecimiento. - -—Diego Lopez de Stúñiga, dijo el rey levantándose cuando hubo oido -la relacion del caso. El rey Enrique no desmentirá jamas la fama que -tiene granjeada de justiciero. Como justicia mayor de mis reinos os -cometo la averiguacion del suceso. Compadezco á nuestro fiel pariente -y vasallo, y quiero vengar la felonía cometida en la persona de mi -muy amada doña María de Albornoz. Antes de tres meses me habreis -descubierto quién sea el reo, y habrá pagado con su cabeza su -atrevimiento. Juro por las llagas de San Francisco que no le podré -dar seguro aunque me le pida. - -Inclinó respetuosamente la cabeza Diego Lopez de Stúñiga, y volvió á -ocupar su lugar. - -—Vos, Pero Lopez de Ayala, tendreis entendido que quiero que se -estienda hoy mismo la cédula que os dije: es mi real voluntad que no -paguen mis reinos mas monedas, á pesar de no haberse acabado aun la -guerra con Granada. ¿Qué os parece almirante? - -—Paréceme, señor, que pudieran recrecerse graves daños de la -supresion del tributo de las monedas, repuso el almirante: si bien -con eso contentais á los pecheros y hombres de afan, tambien si los -moros vuelven á hacer la entrada... - -—No me lo digais, repuso el rey; estad cierto de que tengo yo mayor -miedo de las maldiciones de las viejas de mis reinos que de cuantos -moros hay de esta parte y de la otra parte del mar. - -Calló el almirante, y alto murmullo de aprobacion acogió el paternal -dicho de Enrique el Doliente. - -Otra media hora pasaria en que el rey de Castilla despachó en medio -de su corte algunos negocios del gobierno de sus reinos; ya iba á dar -la vuelta á la cámara cuando se sintió ruido como de muchas personas -armadas que se acercan; volviendo todos las cabezas hácia el sitio -por donde el rumor sonaba, un faraute de su alteza llegando hasta el -medio de la sala hizo una reverencia, otra á poca distancia, y hecha -la tercera á los pies casi del trono. - -—Poderoso rey, dijo en alta voz, y justo don Enrique, tu pariente -y leal vasallo don Enrique de Aragon, conde de Cangas y Tineo, -rico-hombre de estos reinos, y señor de Alcocer, Salmeron y -Valdeolivas, viene á pedir á tus plantas justicia y reparacion. - -—Decid que entre á mi pariente y leal vasallo. - -Retiróse el faraute con las mismas cortesías sin volver jamas las -espaldas, y llegado á la puerta, _entrad_, dijo con voz descomunal. - -Dos farautes de don Enrique precedian. Don Enrique de Villena detras -con rostro á la par airado y pesaroso. Seguia á su lado su primer -escudero, y detras un caballero de su casa con el estandarte de sus -armas, en que lucian sobremanera las barras paralelas de Aragon. El -estandarte, pendiente de una asta á la manera de los que aun se usan -en algunas procesiones, era ricamente recamado de oro y plata sobre -campo azul. Venian despues armados como su señor los caballeros y -escuderos vasallos del poderoso don Enrique. - -Pedido y dado el permiso de hablar por su alteza, tres veces -reclamaron los farautes de don Enrique la atencion y silencio de los -demas señores y asistentes. - -—Oid, oid, oid el desacato y felonía cometido en la persona de la muy -noble é ilustre señora doña María de Albornoz, esposa del muy noble -é ilustre señor don Enrique de Aragon, y de que en nombre de Dios -Padre, Hijo y Espíritu Santo, y de la Bienaventurada Vírgen gloriosa, -viene á pedir justicia y reparacion. - -Respondido _hablad_ tres veces tambien por el faraute de su alteza, -comenzó don Enrique, hincando en tierra una rodilla, á hacer relacion -de como le habia sido en su misma cámara robada su muy amada esposa, -y de como habia salido en persecucion de los robadores, entre los -cuales contábanse criados de su casa, cuya falta habia notado al -mismo tiempo. - -—Alzad, le dijo el Doliente rey, conde de Cangas y Tineo, y decid -cuál sea el fruto de vuestra espedicion. - -—No me levantaré, señor escelso, mientras no acabe el cuento de mi -cuita, y no esté seguro de que tu alteza me otorga lo que á pedirte -vengo. Inútilmente he recorrido el campo en busca de los robadores; -á haberlos encontrado, señor, no hubiera menester pedirte justicia, -porque mi espada me la supiera dar muy suficiente. ¡Pero oh dolor! -Gran rey, he hallado en vez de la esposa ó de la venganza que -buscara, esos sangrientos despojos que solo una funesta catástrofe me -pueden anunciar. - -Adelantáronse al llegar á decir esto de entre el grupo de los -caballeros dos escuderos, que tendieron á la vista del rey el manto y -el velo de doña María de Albornoz todos ensangrentados. - -—¡Cielo santo! esclamó horrorizado el piadoso rey: un movimiento -de horror circuló por la corte, y todos apartaban la vista de los -sangrientos restos. - -—Hé aqui, señor, esclamó sollozando el desdichado esposo; ¡y ojalá no -hubiera encontrado mas pruebas de mi desgracia! - -—¿Qué decís? hablad, esclamó Enrique III. - -—Un pastor, gran rey, que es el que ves y puede darte de ello -testimonio, me ha asegurado que unas horas antes de encontrar con -estas ropas, habia visto pasar á unos armados con un cadáver de una -muger, á su parecer hermosa y jóven; mi esposa, señor. Receláronse -de él, y quisieron echarle mano para impedir que su mal hecho se -supiese; mas el conocimiento que tiene del pais, las quebradas de las -peñas y sus buenos pies le salvaron por desdicha mia, para mi amargo -desengaño. - -—Pastor, llegad, dijo don Enrique; ¿vos habeis visto eso? - -—Verdad dice su grandeza, repuso el pastor con visible turbacion, que -achacaron todos al asombro de hallarse en tal parage. Llevábanla sin -duda á enterrar en los sitios ocultos en donde los ví. - -—Justicia, pues, señor, justicia. Otorgadme que me dé á buscar al -alevoso, y que donde quiera que le encuentre pueda sin duelo ni -formalidad alguna castigar al que como villano se portó. - -—Yo os juro, don Enrique, justicia y reparacion. Alzad: ¿teneis vos -indicios de quién pueda ser el robador? - -—Ninguno, respondió Villena levantándose. - -—¿Sospechais por ventura, si una venganza ó si una pasion...? - -—¡Ay de quien osare ofender la memoria de mi esposa...! - -—Nadie en mi presencia la ofenderá, conde de Cangas y Tineo. -Imposible me fuera concederos que os entregueis á buscar al -delincuente; necesito vuestra asistencia en mi corte. Pero los -oficiales de mi justicia apurarán la verdad, y le hallarán donde -quiera que se esconda. Os otorgo, sin embargo, en nombre de Dios -Trino y Uno, á quien en la tierra representan los reyes ejercitando -su justicia, que matéis al villano, si lo hallais, adonde quiera que -lo halleis, armado ó desnudo, solo ó acompañado, por vuestra mano -ó por la de villanos vasallos vuestros. Otorgo otro sí, que quede -privado de cualquier gracia que pudiere yo hacerle ó le hubiere hecho -sin conocerle; mando á quien le encuentre, caballero, escudero, noble -ó pechero, y le requiero que le castigue como su villanía merece, y -al que le mate hágole de su muerte salvo y perdonado. Alzad ahora, -don Enrique. - -—No esperaba yo menos, gran rey, de tu recta justicia. - -Adelantándose entonces don Enrique el espacio que del trono le -separaba, llegó con rostro apenado, y doblando de nuevo la rodilla -ante el rey Doliente, quitóse el yelmo, besóle la mano, y dióle -repelidas gracias por el favor singular que acababa de otorgarle. -Retiróse en seguida á desarmar con sus caballeros por el mismo orden -que habian venido. - -Quedaron los cortesanos estupefactos de cuanto acababan de oir. -¿Qué motivo racional se podia efectivamente dar á la estraordinaria -muerte de doña María? Todos discurrian y se hablaban al oido; pero -ninguno conjeturaba la verdad, si bien muchos dudaban del relato y -forma de la muerte por don Enrique referida. Pero donde el rey habia -creido públicamente, no era lícito, ni aun á los mayores enemigos -de don Enrique, dudar del caso sino en secreto. Todos por lo tanto -callaron, y el físico de su alteza, que vió, que la animada audiencia -de la mañana, y lo mucho que su alteza habia hablado, habia alterado -visiblemente su color, le advirtió respetuosamente, que le convenia -tomar algun descanso. Oido esto por el rey bajó del regio sillon, -y despidiendo á sus cortesanos, entróse en su cámara con aquellos -mismos que le habian acompañado á su salida, menos don Pedro Tenorio -el arzobispo de Toledo, que quedó en la sala de audiencia con los -mas grandes, dando y tomando en la singular aventura del que entonces -mas que nunca comenzó á parecer verdadero hechicero á los ojos de los -suspicaces cortesanos de don Enrique el Doliente. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XII. - - Por dar al dicho don Quadros - dado ha al emperador. - . . . . . . . . . . . . - —¿Por qué me tiraste, infante? - ¿por qué me tiras, traidor? - —Perdóneme tu alteza, - que no tiraba á tí, no. - - _Rom. ant. del infante vengador._ - - -No bien hubo llegado don Enrique á su cámara despachó á sus -caballeros, y solo quedó á su lado su predilecto escudero: depuesta -alli la falsa máscara de la pena, cuando hubo quedado solo el -intrigante conde con Fernan Perez de Vadillo trabó con él una breve -conversacion. - -—Fernan, nada tenemos que temer. - -—Siempre tiene que temer quien no obra bien, señor. - -—¡Fernan! - -—Perdonadme, pero no apruebo lo hecho. Y ahora que he obedecido tus -órdenes sin murmurar, tengo algun derecho á descargar mi conciencia. - -—Vadillo, díjole al oido el conde, de nada tiene que acusarme la mia. - -—¿De nada? - -—Bien: convengo en que el medio ha sido violento; pero era preciso -ser maestre de Calatrava. - -—Callo, señor, obedezco; pero no lo apruebo. Permíteme que te lo diga -por última vez. - -—En buena hora: vuestro silencio y vuestra obediencia es lo que -necesito. Y vamos á lo que mas importa. Tiéneme inquieto el camino -que habrán tomado los armados. - -—En cuanto á los que llevaron á la condesa, yo te respondo de su -silencio y de su fidelidad. - -—Bien; ¿y Ferrus? - -—¿Tanto sentís la pérdida del juglar? - -—¡Si la siento, Hernan! aquel nunca desaprueba nada: su conciencia es -la del estúpido: nada le dice nunca: yo soy harto débil y harto bueno -todavia para no necesitar tener á mi lado en mis fines un hombre -honrado como vos. Quiero un instrumento, no un amigo. ¿Y el trovador -prisionero? - -—Podemos verle. - -—¡Podemos!!! es indispensable. ¿No os dije yo que era él? Ved si ha -estado detras del sillon del trono, como acostumbra, hallándose en la -corte. El golpe nuestro será tanto mas seguro cuanto que nadie tiene -noticia de su llegada. Habrá desaparecido del mundo, y quién sabe si -alguien notará la coincidencia de su desaparicion y la de la condesa. - -—Eso, señor, pudiera no convenirte. - -—Conviéneme mucho ser maestre de Calatrava. Partamos. Guíame adonde -esté. - -Inquietos iban los dos acerca de la entrevista que con el nocturno -músico los esperaba. Al odio que contra él por la denegacion referida -abrigaba don Enrique, agregábase cierto recelo de que hubiese en su -conducta algo mas que ley de caballería, y pura generosidad hácia la -condesa: y aunque no amaba á su esposa, como bien á las claras lo -acababa de probar, irritábale sin embargo la idea de que un simple -caballero hubiese puesto los ojos en cosa suya y en tan alta persona. -Con respecto á Vadillo no dejaba de tener alguna inquietud, pues no -estaba muy claro para él si daba serenata á la condesa, ó si acaso su -esposa... imposible y horrorosa le parecia tan descabellada sospecha -de la virtud de Elvira... pero la duda se habia hecho lugar en su -corazon, y es huésped por cierto que, una vez alojado, no se arroja -del pecho á voluntad. - -A entrambos parecia cosa indisputable que el músico era Macías, y -nosotros, que desde la noche anterior nada sabemos de su existencia, -no podemos menos de abundar en la opinion de los que tal pensaban. - -Llegaron por fin á una puerta pequeña que en el estremo de una -larguísima galería se encontraba. - -—Alvar, dijo llamando Vadillo, y se abrió la puerta inmediatamente. -Alvar era el montero á quien en la noche anterior habia confiado el -escudero la importante presa. Entraron en una pequeña habitacion, -cerrándose tras ellos la puerta. - -—¿Y el preso? preguntó Vadillo. - -—Descansa en la pieza inmediata; debia no haber dormido en un mes, -segun ronca tranquilamente. - -—¿Ronca? ¿No está, pues, herido de peligro? - -—Mas daño debió de hacerle el miedo que vuestro venablo, señor -escudero. Tiene algo arañada la cara de la caida, y un brazo vendado; -pero el maestro que lo ha reconocido esta mañana asegura que podrá -salir despues del medio dia. - -—Despertad, pues, á ese caballero, interrumpió impaciente don Enrique. - -—Despertad á ese caballero, repitió entre dientes Alvar. - -—¿Qué respondeis en voz baja? Despachad, dijo Fernan. ¿Háse quejado -de la violencia que con él se ha usado? - -—Ayer noche todo era pedir que se le condujese á presencia de su amo -el ilustre conde... - -—¿Su amo? dijo el conde: el trovador ha perdido la cabeza. - -—Voy á advertirle que vuestras señorías... - -—Presto, Alvar, presto. - -Entróse Alvar en la inmediata pieza, mientras que don Enrique y -Hernan se preparaban á la estraña entrevista que iban á tener. No -tardó mucho en volver á salir Alvar, asegurando que habia despertado -al enfermo, quien sintiéndose completamente reparado de fuerzas con -el pasado sueño, metia sus vestidos para salir á recibir á sus -ilustres huéspedes. - -—¿Es segura esa puerta, Alvar? preguntó el conde. - -—Las fuerzas de diez hombres reunidos no bastarán, señor, á -violentarla, respondió Alvar. Ademas, dos monteros le guardan conmigo -y está indefenso: de aqui no saldrá sino para donde vuestras señorías -determinen. Pero aqui está. - -Salia en efecto el asombrado prisionero, el cual, no bien hubo visto -al conde, cuando arrojándose hácia él, como quien ve á su libertador, -se echó á sus pies, y con lágrimas de gozo y de temor, “Señor, -esclamó besándoselos, ¿en qué ha podido ofenderte para merecer tan -dura prision tu fiel Ferrus?” - -Dos estátuas de mármol parecieron á tan inesperada vista el conde y -su escudero. No seria mayor el asombro y la indignacion del rústico -pastor que se viese torpemente cogido en el propio lazo que hubiera -preparado para el raposo. - -—¿Tú, Ferrus? esclamó despues de la primera sorpresa el furioso -conde. ¿Tú, Ferrus?—Hernan, nos han vendido. Venid acá, don Villano, -añadió derribando por tierra de un empellon al desesperado juglar, -venid acá vos, Alvar, ¿es éste el preso que se os ha confiado? -¿Qué hicísteis, don Vellaco, del doncel de su alteza? Asíale de -la garganta, y ahogárale sin remedio sino se le pusiera por medio -Hernan, que mas sereno comenzaba á vislumbrar la verdad del caso. - -—¿Qué doncel, señor? gritó cuanto pudo Alvar. Lleve mi alma el diablo -si tuve yo jamas en mi poder mas preso que el que el señor escudero -me entregó, y si no es ese el mismo de que me encargué. - -—¿Qué es esto, Hernan? dijo don Enrique soltando la presa. - -—¡Qué ha de ser, señor! que sin duda debió de ser Ferrus el músico -que yo cogí. - -—Negra fortuna mia, gritó don Enrique. ¡Qué músico habiais de coger, -ni qué...! ¡Por Santiago! venid acá, Ferrus; ¿qué hicísteis vos de -cuanto os encargué? ¿quién era el músico, juglar? acabad ó... - -—Serénate, señor, respondió temblando el alterado Ferrus. Yo obedecí -tus órdenes ciegamente: yo rodeaba el muro y me acercaba ya al -que tañía, cuando él, echando de ver mi bulto, calló, y hundióse -precipitadamente en la tierra; el diablo debia de ser sin duda, que -tomó la forma de músico para perderme en tu estimacion... - -—¿El diablo? malandrín... no pudo menos de sonreirse don Enrique al -oir la simpleza de su juglar. ¿El diablo? - -—Señor, lo jurára: lo cierto es que yo no le volví á ver mas: y -cuando, todo ojos y orejas, me acercaba al sitio donde le habia -visto, y buscaba el boqueron que habria dejado al hundirse, sin saber -por dónde encontréme con un caballo encima y un caballero... Bien -sabe Dios que en aquel trance me santigüé... - -—Adelante; miserable, acaba. - -—Por acabado, señor: desde aquel punto ni ví ni oí: cuando recobré -el uso de mi razon halléme en ese camaranchon donde me curaban las -heridas que el mal enemigo me habia hecho. - -—Calle el necio, interrumpió, no pudiendo sufrir mas, don Enrique. -¡Vive Dios que nada comprendo, Hernan! - -—Yo infiero, señor, dijo Hernan, que el músico debió ser si no -diablo, muy ligero por lo menos, y yo debí tomar á Ferrus por el que -tañía. - -—Eso debió de ser sin duda. Pero voto á Santiago que todos los deseos -que de encontrar á Ferrus tenia no me pagan del pesado chasco. Alza, -Ferrus, y vente con nosotros. ¡Necio de mí, que fui á escoger para -tan delicada empresa al mándria mayor que vió la tierra! ¿Enviéte -yo para que cogieras al músico, ó para que te dejaras coger por el -primero que llegase? - -—Perdóname, señor, contestó algo repuesto Ferrus; dijérasme lo que -habia de hacer contra el diablo en viéndole... - -—¿Vuelves á mentar al diablo, menguado? ¿Dónde está el diablo, mal -servidor? Enséñamele, desalmado. - -—¡Jesus! Líbreme Dios. ¡Jesus! esclamó Ferrus santiguándose á mas y -mejor. - -—Vamos de aqui, Hernan. Juro no abrir libro ni hacer trova, y júrolo -por el apostol Santiago, hasta no tener en mi poder al insolente -doncel que de tal manera ha burlado mi esperanza. Ahora está libre -vive Dios, y puede hacernos mucho mal. Alvar tu fidelidad será -recompensada. - -Inclinóse Alvar, y nuestros tres predilectos personages salieron -silenciosamente á la galería; regocijado Ferrus de verse libre, en -poder de su señor legítimo, y disipado ya el nublado que sobre su -cabeza tronaba desde la noche anterior; disimulando Hernan la risa -que en el cuerpo le retozaba al recordar á sangre fria el chasco -inesperado; y mohino por demas el desairado conde, á cuya imaginacion -se agolpaba entre otros peligrosos recuerdos el del secreto que habia -imprudentemente confiado al perseguido doncel, y dándole no poco -cuidado la reflexion de no haberle visto en la corte, siendo asi -que ya no era la causa que él habia pensado la que podia habérselo -impedido. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XIII. - - ¿Qué es aquesto, mi señora? - ¿quién es el que os hizo mal? - - _Cancion. de Rom._ - - -Largo tiempo hacia que Elvira, atada á la columna y sin poder pedir á -nadie ausilio á causa del pañuelo que la tapaba la boca, esperaba con -insufrible impaciencia á que la casualidad ó el transcurso del dia le -deparase un libertador que de tan crítica situacion la sacase. Por -fin llegó el momento deseado, y el page que tanto habia tardado en la -averiguacion de lo que se encomendara á su cuidado, abrió las puertas -de la cámara que de prision servia á la afligida hermosa. Miró en -derredor y á nadie veía, hasta que fijando los ojos en la columna, -ofrecióse á su vista el espectáculo de su aprisionada prima. Asustóse -primero y esclamó: - -—¡Santo Dios! ¿qué ha ocurrido aqui...? - -Mal podia responderle Elvira sino con los ojos; pero cuando vió el -pagecillo que no parecia nadie, ni habia asomos de peligro alguno, -soltó la carcajada, impertinente á la verdad en aquel momento, y -comenzó á dar brincos. - -—¿Quién os ha puesto asi, mi señora Elvira? ¿os ató el señor escudero -por...? - -Dióle lástima al llegar aqui el ver que su prima no parecia gustar de -la prolongacion de tan pesada chanza: llegóse entonces el atolondrado -á Elvira, y desató sus crueles ligaduras. - -—¡Dios mio! ¡Dios mio! esclamó Elvira en viéndose libre, alguna gran -desgracia está sucediendo á mi señora la condesa. Corramos... - -—¿Adónde vais tan deprisa? repuso el page deteniéndola; ¿y quién -me paga mi recado? ¿quién escucha las nuevas que traigo? ¿quién -sobre todo me cuenta lo que os ha sucedido, y la razon de haberos -encontrado asi mano á mano con esa columna negra? - -—¿Traes nuevas? preguntó Elvira olvidando todo lo demas. ¿Traes -nuevas? - -—Y buenas, contestó el page. El caballero de las armas negras era el -que tañía... - -—Lo sé... y... - -—Pero sabed que le esperé inútilmente dos largas horas, mas largas -que las del arenero... - -—¿Inútilmente? - -—Si, pero por fin llegó. - -—¿Llegó? ¿Con que no era él el...? ¡Yo os bendigo, Dios mio...! Sigue. - -—¡Si le vierais qué agitado! descompuesto el cabello, espantados -los ojos, entró en su cámara y no me vió:—Negra suerte, esclamó, -y despedazó con sus manos el laud que traía cruzado sobre la -espalda. ¿No me servireis, dijo rompiendo las cuerdas, sino de -gemir eternamente? vióme en seguida: ¿qué haces aqui? me dijo con -voz terrible; pero al reconocerme templóse toda su ira. Page me -dijo entonces con voz mesurada, ¿tornas aun con nuevas demandas del -hechicero? - -—¡Ah! si supierais quién me envia, dije entonces, si supierais que -una hermosa dama... - -—Silencio, esclamó, no pronuncies su nombre... ¿Es posible?—Díjele -entonces la comision que me dísteis en nombre de la señora condesa: -largo rato suspiró y miró al cielo sin hablar.—Page, me dijo en -fin, no nos veremos mas. He creido que mi brazo podia ser útil á -una inocente; pero si es fuerte contra los hombres, es impotente -contra los recursos de una ciencia misteriosa y... maldecida. El -infierno me envia enemigos en medio de la soledad, y la Madre de -Dios me abandona. Un acontecimiento estraordinario ha interrumpido -mis avisos. He rondado la noche toda para volver á entrar en el -alcázar; las órdenes mas rigurosas, dadas no sé por quién despues -de mi salida, me han impedido verificarlo. He debido esperar á que -entrase el dia para que no fuese mi entrada sospechosa. Pero mañana -el alba me encontrará lejos, bien lejos de Madrid. Si alguna muger -necesita mi amparo en cualquier ocasion, mal pudiera negársele un -doncel de don Enrique. Dígame qué puedo hacer: por mí lo ignoro. -A Dios.—Apretóme la mano de una manera, prima, que yo creí que le -atormentaban otros recuerdos que los de nuestra amistad. Envolvióse -entonces en su pardo gaban, y cubriéndose con él la cabeza, oíle -sollozar y salí. Hé aqui, prima, las nuevas. - -—Tristes, bien tristes, dijo pensativa Elvira. ¿Y de la condesa -supiste...? - -—¿La condesa? ¿Es su confidenta la que me pregunta...? - -—Sí: ¿nada sabes? - -—Pero querida prima, ¿qué teneis? vuestra palidez, vuestra agitacion -me asustan... - -—¡Ah Jaime! la condesa es víctima en este momento de la mas espantosa -villanía... volemos á su socorro: no sé adonde me dirija; la menor -imprudencia mia puede comprometer su suerte y el éxito mismo de mis -diligencias. Si supiera... pero la mas completa oscuridad reina en -todas mis conjeturas. - -Meditó un momento Elvira el partido que tomaria mientras que hacia -nudos á uno de los cordones, que de su cintura pendia, el distraido -page. De pronto pareció que habia iluminado su entendimiento un rayo -de luz. - -—No hay mas recurso, dijo: para los casos estremos son los remedios -violentos Jaime... deja ese cordon, déjale te digo... vamos á buscar -á mi esposo: averigüemos primero qué voces corren de lo ocurrido, y -qué se cree en el alcázar... despues, si eres prudente, si has de ser -callado, pero callado como la muerte, tú, que sabes el camino, me -guiarás adonde pienso ir. - -—Puede que algun dia pruebe Jaime á su hermosa prima que no es tan -atolondrado como le llaman. - -Elvira apretó la mano del inteligente pagecillo con espresion de -gratitud, y ambos salieron de la cámara que acababa de ser teatro de -tan estraordinarias escenas. - -Buscó Elvira á su esposo sin mas demora, por que si bien sospechaba -que don Enrique hubiese tenido parte en la pérfida desaparicion de la -condesa, ni veía claro en esto, ni menos lo podia asegurar. ¡Tan bien -se habia representado por todos la farsa que dejamos descrita! Ni por -otra parte, aunque á pies juntillas hubiera creido la traicion del -conde, cabia en su imaginacion la menor sospecha acerca del estremado -honor de su esposo: sabíale ligado á los intereses de su señor; pero -que él hubiese tomado parte activa en el mal hecho, no le era lícito -á Elvira imaginarlo siquiera. - -Asi era la verdad: hidalga sangre corria por las venas del escudero, -y hacia vanidad de honradez y de rectos sentimientos; no era uno de -los pocos hombres ilustrados de la época; no hubiera sostenido una -intrincada tésis con un teólogo; participaba de las preocupaciones de -su siglo, pero era en sus acciones hidalgo, y esto es por lo menos -tan recomendable como el talento. Alguna parte habia tenido en el -criminal proyecto de don Enrique, pero solo aquella que no habia -podido escusar en calidad de escudero suyo asi que, se habia opuesto -constantemente á las miras de su señor, habíale afeado los medios, -y le habia reconvenido despues, como arriba dejamos indicado; pero -la misma probidad que le impulsaba á manifestar francamente sus -sentimientos en tan delicado asunto, á riesgo de perder la gracia -del conde, le impedia oponerse de hecho á sus deseos: era forzoso -obedecer y callar por el propio honor del deslumbrado magnate: -propúsose, pues, ser completamente pasivo y guardar el mas rigoroso -silencio. Sospechando sin embargo que la primera que habia de poner -á prueba su fidelidad habia de ser su esposa, no habia vuelto á -desatar las crueles ligaduras en que habia quedado presa, y de que -habia sido él la causa, pues desde luego habia manifestado al conde -la imposibilidad de separarla de él, y la dificultad que hubiera -encontrado para realizar su voluntad, mientras Elvira pudiese obrar -libremente en los primeros momentos. Habia, pues, dejado á alguna -casualidad que no podia tardar en sobrevenir el cuidado de su -esposa, deseoso de retardar á cualquier costa el instante de una -esplicacion con ella, para la cual no tenia todavia muy meditadas las -respuestas. - -Avínole mal no obstante, pues poco tardó Elvira en presentarse -ante sus ojos con una agitacion tal, que no le pudo quedar duda al -infeliz del objeto de su intempestiva venida. Hubiera él querido -hallarse á cien leguas entonces de su consorte y del mundo entero, -en cuyas miradas creía ver á cada paso otras tantas reconvenciones -á su reservada y ambigua conducta. Repúsose con todo lo mejor que -pudo, y ni las preguntas sencillas de Elvira, ni sus halagos, ni sus -reconvenciones lograron recabar de él la menor noticia que pudiese -dar luz sobre lo ocurrido á la desconsolada hermosa. Obstinóse en -negar constantemente la menor participacion del conde en el robo de -la condesa; en una palabra, manifestó con toda entereza hallarse en -la misma ignorancia que la corte toda, y aun se indignó con notable -aire de verdad á la menor idea de sospecha presentada por Elvira. -Comenzaba ya ésta á dudar si serian sus juicios temerarios, pero -nunca pudo convencerse á sí misma; vió ademas á don Enrique, y -parecióle que brillaban al través de su aparente dolor sentimientos -de otra especie. Dificil cosa es por cierto engañar la natural -penetracion de una muger: la inutilidad de los esfuerzos del -de Villena para dar con los robadores, y el horrible atentado -cometido en una muger que á nadie habia hecho daño, reunidos á los -antecedentes particulares que de aquel matrimonio desgraciado solo -ella acaso tenia, la hacian ver mas claro en tan atroz intriga -que todos los demas. Inesplicable fue su dolor cuando llegó á sus -oidos la funesta nueva, que de boca en boca corria por el alcázar, -de la desdichada muerte de su señora: afirmábanse al recordarla -todas sus sospechas, ardia en deseo de venganza, y la idea de la -impunidad la hacia padecer tormentos imponderables. Resolvióse, -pues, á realizar el plan que tenia meditado, arriesgado en verdad, -y delante del cual habia retrocedido muchas veces. El amor, en fin, -que á la condesa habia tenido, una voz superior y celestial que creía -oir continuamente, pidiéndole venganza y reparacion, la hicieron -creer que el cielo mismo y su conciencia la obligaban á volver por -la inocencia, y constituyóse entonces campeon de la ultrajada -virtud. Seguida del inquieto page, que tan asombrado como ella -lloraba tambien la desgracia de doña María de Albornoz, entróse en -su aposento, donde la dejaremos poniendo los medios que mas propios -creía para dar cima á la importante empresa que sobre sí tomaba, -sin comprometer su honor por otra parte, su virtud y hasta su misma -tranquilidad. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XIV. - - Contadme vuestros enojos; - no tomeis melenconía, - que sabiendo la verdad - todo se remediaria. - - _Rom. del conde Alarcos._ - - -En la misma postura que el page referia haber dejado al melancólico -doncel, envuelto en su gaban hasta los ojos, y roto á sus pies el -laud, permanecia cuando se presentó delante de él Hernando diciéndole -con su acostumbrada sequedad: - -—¿Lloras, señor? Levanta la cabeza y mira que ó yo entiendo poco de -rastro, ó se te viene la res por sí sola á tiro de tu venablo. - -Alzó la frente el consternado mancebo, y vió á pocos pasos de él -una figura envuelta en un ropon negro, y cubierta la cara con la -mascarilla que usaban en aquel tiempo las damas cuando salian -sobre todo de su casa, ó cuando habian de hablar con caballeros -desconocidos. - -—¿De qué res hablas, Hernando? ¿Quién es esa dama? preguntó -desembozándose con enfado el doncel. - -Miróla entonces de alto abajo, y reparando que su silencio podia -indicar que no venia á hablarle con testigos,—Retírate, Hernando, -dijo: yo te llamaré cuando te haya menester. Cogiendo entonces de una -mano á la dama, hízola entrar en su cámara. Luchaban en su fantasía -mil encontradas ideas. - -—Señora, le dijo con voz mesurada y tímida, sola estais: si alguna -revelacion teneis que hacerme, si alguna ocasion teneis que -proporcionarme en que pueda seros útil mi débil brazo, hablad: no -en vano os habeis dirigido á un caballero de la corte del ínclito y -poderoso rey de Castilla. - -—Caballeros tiene la corte de don Enrique que pudieran desmentir -la hidalguía de vuestras palabras, repuso la tapada con voz que -desfiguraba enteramente la mascarilla que cubria su rostro. - -—Nombradlos, señora; si algun caballero ha mancillado el nombre de -una orden de caballería, el me dará razon y satisfaccion... - -—No os altereis, y oidme. Sí, caballeros hay, y cerca de nosotros, -que amancillan la clase á que pertenecen. Ni la sangre que corre -por sus venas, ni el nombre ilustre que ostentan, ni la dorada cuna -en que se mecieron son rémora bastante á sus desenfrenados deseos. -¿Conoceis á la condesa de Cangas y Tineo, á la ilustre doña María de -Albornoz...? - -—¿Seria posible? Seríais vos, señora... - -—¡Pluguiese al cielo! Pero ni soy la condesa... ni... - -—¿Quién sois, pues, vos la que en su nombre...? - -—Templad vuestro ardor, noble caballero, y dadme palabra de oirme, y -de no indagar quién yo soy... - -Latía violentamente en el pecho el corazon de Macías: miraba una y -otra vez á la desconocida: no osaba, sin embargo, afirmarse en sus -sospechas. - -—Con esa palabra proseguiré en mi demanda, dijo la dama. Contóle en -seguida al caballero, que de todo estaba ignorante, cuanto de la -condesa se decia... - -—¡Muerta la condesa! esclamó Macías al llegar al funesto desenlace de -tan triste historia... y vive el conde todavia... y... - -—¡Silencio! Hé ahí el objeto de mi venida. La tiranía, la injusticia -piden reparacion. Mañana una amiga de la condesa se arrojará á los -pies del rey, y denunciará la traicion. Acaso será preciso que un -caballero salga fiador con su espada de su acusacion. ¿Estareis -mañana en la corte de don Enrique...? - -—¿Qué me pedís, señora? Cuando pensaba alejarme de esa funesta -corte... - -—¿Alejáros? dijo con un movimiento de sorpresa la dama: ¿alejáros? -repitió lanzando un amargo suspiro. - -—¡Ah! señora, ¿ignorais repuso el doncel con la mayor agitacion, que -mi tranquilidad depende acaso de mi marcha precipitada...? - -—¿Y dejareis la inocencia ser presa de la traicion...? - -—Jamas; pero... - -—¿Y sabeis vos, por ventura, poco generoso mancebo, lo que en este -momento sacrifica la que teneis ante vuestros ojos, los respetos que -atropella, los riesgos á que se espone...? - -—Acabad, Santo Dios: ¿quién sois? vos, vos... no hay duda... - -—Caballero, respetad mi silencio y mi dolor. Acabemos: he procedido -de ligero cuando he creido que... - -—No; no; mañana estaré en la corte de don Enrique. Una sola gracia os -pido. Si he de ser vuestro caballero, dadme una prenda, señora, un -color... - -—¡Mi caballero! interrumpió la dama. El caballero sereis de la -inocencia: el mio es imposible... - -—¡Imposible!—Elvira, vos sois... - -—Soltad, imprudente jóven, soltad. ¿Por dónde presumís que soy la -esposa del escudero? Vuestra imaginacion os engaña, y acaso vuestro -deseo... - -—¡Me engaña...! Mi deseo, señora, es el de servir á esa dama, que -conozco, como pudiera conocer... - -—Vuestra turbacion os delata; pero esa imprudencia permanecerá oculta -en mi pecho. Conozco á esa Elvira, y su honor me es harto caro... - -—Nunca podia padecer su honor... - -—Bien: ¿qué nos importa Elvira? La prenda que me pedís, si mañana -ante la corte toda del rey decreta el duelo y el juicio de Dios, la -tendreis; pero ni os podreis nombrar mi caballero, ni exigireis de -mí que me descubra. Básteos saber que conozco demasiado la dama que -nombrasteis, y que sé, doncel, que ella no viniera á vos. - -—¿Eso sabeis? - -—Lo sé. - -Dejó caer Macías al oir estas dos palabras, pronunciadas con funesta -tranquilidad, la mano con que tenia asida una punta de la ropa de -la tapada, como para detenerla. Inclinando en seguida la cabeza, -declaró que al dia siguiente se hallaria en la corte de don Enrique, -y ofreció su mano á la desconocida: aceptóla ésta para salir, pero un -notable temblor la agitaba: oprimióla suavemente el doncel como si -quisiese tentar este último y desesperado recurso para salir de su -terrible duda: un movimiento involuntario y convulsivo correspondió -á su indicacion, y en el mismo momento la tapada, volviendo en sí, -arrancó su mano de la del doncel y se lanzó fuera de la estancia. -Arrojóse en pos Macías: iba á prosternarse á sus pies, iba á hablar, -pero un ademan imperioso de la negra fantasma le mandó apartarse, -y mas rápida en seguida que esas rojas exhalaciones que surcan el -espacio en una oscura noche del estío, desapareció á sus ojos -la aérea vision. Macías creyó ver un ser sobrenatural, la sombra -acaso de la misma condesa; permaneció con los brazos cruzados, y la -vista fija, como si quisiese ver mas allá de la oscuridad y de la -distancia. Entonces oyó un suspiro lanzado á lo lejos, y parecióle -que al desaparecer de sus ojos en el confin del corredor se habia -reunido la dama á otra figura mas pequeña que alli la estaba sin duda -alguna esperando. - -—_Sé doncel, que ella no viniera á vos_, repitió un momento despues -Macías con doloroso acento. Yo tambien lo sé: nunca me amó. ¿Ni cómo -pudiera amarme? ¿no amaba á ese feliz escudero cuando se unió á él en -indisolubles lazos? ¡Loco, insensato de mí! Ah, quien quiera que seas -la que vienes á implorar mi espada, ¡cuán poco conoces el corazon del -hombre! ¡un amante correspondido, un mortal feliz es invencible; á un -miserable despechado y aborrecido un niño le vence!!! - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XV. - - ¿De dónde vino este diablo? - - _Rom. del Cid._ - - -De vuelta don Enrique en su cámara con su primer escudero y con su -favorito juglar, revolvia en su cabeza los medios de dar á su intriga -la feliz conclusion que por tanto tiempo habia deseado. Estorbábale -la idea de Macías, pero dejó al tiempo el cuidado de iluminarle -acerca de lo que de él podia temer. Despidió, pues, á Hernan, cuya -probidad le incomodaba no poco para sus fines, y solo el juglar, -de cuya aparente estupidez nada recelaba, entró con él al secreto -laboratorio. - -—Libres estamos ya de la condesa, Ferrus, dijo; pero merced á tu -singular valor, quédanos en campaña otro enemigo no menos terrible... - -—¿Eres ya maestre, señor...? - -—Lo seré, Ferrus, ó poco ha de poder don Enrique de Aragon: acabo -de recibir un aviso secreto de que ha sido elegido papa en Aviñon -don Pedro de Luna, bajo el nombre de Benedicto XIV. Esperaba este -favorable acaecimiento de un momento á otro. Luna es aragonés, como -yo, y vínculos antiguos de amistad nos unen: la lucha que habrá -de sostener ademas con Urbano en este cisma de la iglesia, y la -necesidad que tiene de Castilla y Aragon, unida á la influencia que -él sabe que ejerzo en estos reinos, me aseguran su provision para -el maestrazgo, la piedad por otra parte de don Enrique III no podrá -menos de pesar en la balanza en favor mio cuando éste sepa que mi -allegado, el rico-hombre de Luna, ha ceñido á sus sienes la triple -corona. Ahora necesito sacar partido de la ignorancia en que de esta -nueva está la corte, y de la feliz tardanza de la noticia de la -muerte del maestre de Calatrava... - -—Tu antecesor. - -—Asi lo espero, Ferrus. Tira el cordon que corresponde al cuarto del -astrólogo, y retírate á esa cámara inmediata. - -Hízolo Ferrus como se le mandaba. Apenas habia doblado tras sí las -batientes hojas de la puerta, oyéronse los vacilantes pasos de -una persona de edad que bajaba escalones con toda la prisa que sus -cansados años le permitian. - -—Entrad, dijo don Enrique, y se presentó en la habitacion el físico -de su alteza Mosen Abrahem Abenzarsal, el mismo que en la corte de la -mañana habia acompañado constantemente al Doliente rey. Su estatura -era pequeña, su tez pálida y macilenta: brillaban sus ojos en su -oscuro semblante como dos carbuncos en medio de las tinieblas de la -noche; y era la espresion de toda su persona, malignidad y avaricia. -Su mano descarnada y su barba larga le daban cierto aire de adusta -gravedad. Su trage era un largo y ámplio balandran negro cogido con -una larga correa: ayudábale á andar un nudoso y retorcido báculo -semejante al baston pastoral, y una toquilla con dos plumas malamente -colocadas encubertaba su calva zolloa. - -—¿En qué puedo servir al ilustre y eminente...? - -—Tregua á las lisonjas; nos conocemos, y entre nosotros no son -necesarias. - -—Sea en buen hora, conde, repuso con humildad el físico. ¿Habeis -menester de mi ciencia y de las relaciones que con el espíritu del -ser conservo? ¿quereis consultar el curso de las estrellas...? - -—En cuanto á las estrellas, Abrahem, no creo saber menos que vos. -Dejemos á los astros del cielo recorrer tranquilamente su carrera, -y no nos acordemos mas de ellos que ellos se acuerdan de nosotros. -Otros astros mas humildes que cruzan sombriamente por esta esfera -terrestre, haciendo sombra á mis vastos planes, son los que os será -preciso desviar y no consultar. - -—¿Quereis que amolde una semejanza de cera...? Señaladme la víctima: -antes que la noche haya tendido sus densas sombras sobre el alcázar -de Madrid veréisla concluída y atravesado el pecho con punzante -almarada: una lámpara arderá delante de ella; cuando gusteis, una vez -pronunciado el funesto conjuro, vos mismo apagareis el resplander -mortecino, y el que os haya ofendido, bien pudiera estar en el -apartado polo, caerá herido de invisible mano... - -—Tregua, viejo miserable, tregua al torpe manejo de vuestra pérfida -ciencia. ¿Creeis, por ventura, que tengo yo mi tiempo libre para -oir vuestras impertinencias? ¿creeis que hablais con el imbécil don -Enrique el Doliente, á quien su débil contestura arroja como una -víctima inerme en vuestros groseros lazos? ¿creeis que he pasado años -enteros sobre los triángulos y los crisoles, llamando inútilmente á -ese espíritu de las tinieblas, para dejarme deslumbrar de vuestra -impudente charlatanería? Guardad para el vulgo esa necia ostentacion, -y acordaos de que es mas facil oir que adivinar. - -Temblaba el viejo de mal reprimido corage, pero no osaba arrostrar la -indignacion del impaciente Villena. - -—Ea, Abrahem, dijo entonces don Enrique, mas sosegado con el terrible -efecto que en el réprobo habian hecho sus tonantes espresiones, -¿cuánto oro habeis fabricado esta mañana? - -—¿Oro? ¡Pluguiera al cielo! en vano he intentado encerrar en el -crisol un rayo de ese sol que nos alumbra: él contiene la apetecida -esencia del oro; pero el medio, el medio... - -—¿No sabeis, pues, hacer oro con toda vuestra ciencia? - -—Si supiera hacer oro, señor, ¿imaginais que fraguara, para ganarle, -mentiras que algun tiempo yo mismo creí, pero que la esperiencia me -obliga, en fin, á desechar tristemente? - -—Bien, Abrahem: ahora os poneis en la razon: ahora hablais con el -conde de Cangas. Ved: yo soy mejor alquimista. Sin andar á caza de la -esencia del oro encerrada en un rayo del sol, yo hago ese precioso -metal con los terrones de mis estados. Tomad esas doblas, añadió -alargando al viejo, cuyos ojos brillaban ya de alegría, un repleto -bolson de cuero, tomadlas: ese es el mejor conjuro: á la voz de ese -no hay espíritu en el orbe que no responda. - -—¿Y en qué puede serviros vuestro criado? - -—Oid: ¿sabeis que os he elevado al alto favor que en la corte de don -Enrique gozais? - -—Con tu licencia, señor; mi padre Abrahem Abenzarsal era ya físico -del rey don Pedro el Cruel... - -—¿Y os sostendriais, Abenzarsal, en ese lugar, que creeis -arrogantemente haber heredado, si el nieto del célebre y primer -marques de Villena quisiese patentizar á la corte entera que vuestra -existencia toda, vuestras palabras, vuestra misma persona, no son mas -que una prolongada impostura...? - -—¿Pero esas preguntas...? - -—Quiero asegurarme vuestra fidelidad. Conozco á los hombres. Son -fieles cuando tienen interes en serlo. Escuchad ahora. Quiero ser -maestre de Calatrava. - -—¡Por Israel! Comprendo: un rayo de luz acaba de iluminarme, y la -muerte de la condesa no es ya un enigma para... - -—Pues os advierto precisamente que debe serlo hasta para vos... - -—En buen hora, señor; no digas mas; confieso que no la entiendo. Pero -hay ya un maestre, y no suele haber dos en ninguna orden... - -—Precisamente eso es lo que todas las figuras cabalísticas no os -hubieran revelado nunca á vos antes que á los demas. No hay ninguno. - -—¡Dios de Abraham! Dos muertes en menos de... - -—Con respecto al maestre Guzman, ese mismo Dios de Abraham que -invocais tuvo á bien llevarle á mejor vida. - -—¿Qué dices, señor? - -—Ahora lo sabemos dos en Madrid. Vos y yo. - -—¿Y creeis que Clemente VII...? - -—Clemente VII estará probablemente ahora donde el maestre... - -—¡Qué de importantes noticias!! - -—Don Pedro de Luna ocupa la santa silla de Aviñon. Ahora bien, ¿á qué -hora vereis á su alteza? - -—Debo asistir á su refaccion de la noche. - -—¿Qué mas pudierais pretender? Deslumbrad á la corte. Alli podeis -hacer uso de vuestra recóndita ciencia. Adivinad delante de su alteza -las noticias que acabo de daros, y adivinidad tambien que el maestre -de Calatrava ha de ser... - -—Don Enrique de Villena. - -—Justo. Mañana me ha de saludar el rey en la corte con ese pomposo -título. Para el logro de nuestro fin es preciso que le conste al rey -que no nos hemos visto. - -—Nada mas facil. Ya sabes, señor, que la quebrantada salud del -jóven rey me obliga á habitar, ciñéndome á sus mismas órdenes, una -habitacion inmediata á la suya, y que todos ignoran que tengo una -comunicacion abierta con vuestro laboratorio. Su alteza juzga que -encanezco ahora sobre los crisoles, que consulto las estrellas sobre -el éxito de la guerra de Granada, y que revuelvo á Dioscórides -buscando remedios á su dolencia. - -—Perfectamente. Esperad. Dos personas mas me estorban para mis -fines... - -—Ya sabeis que he recibido no ha mucho de Italia un pomo de aquella -agua clara, mas cristalina que la que envian las sierras vecinas á -esta villa, y que el que la llega una vez á sus labios no vuelve en -sus dias á tener sed. - -—Basta, Abenzarsal, basta. Si el estudio endurece de esa suerte el -corazon del hombre, quemaré mis libros; viejo empedernido en el -pecado, soy ambicioso; pero creo que hay un Dios, y juzgo que ya he -hecho lo bastante hoy para haberle de dar cuentas largas y terribles -el dia que se digne llamarme á su juicio, - -—En ese caso... - -—Oid. La una persona es un doncel de Enrique Doliente, un mancebo -valeroso: las armas no pueden nada con él... pero es mozo de pasiones -vivas; acaso manejándolas y volviéndolas contra él mismo... - -—¿Se llama? - -—Macías. - -—¿Está en Calatrava? - -—En el alcázar, por mi desgracia. - -—Prosigue, señor; la otra... - -—Elvira, la muger de... - -—Tranquilizaos. Vos ignorais acaso algunas circunstancias que -derraman gran luz sobre mis ideas. Mañana os he de decir... - -—No: hablad ahora. - -—Bien: sabed que ese mancebo ha estado fuera de la corte por una -pasion que le domina... - -—¿Qué decís? Yo creí que mis servicios solo... - -—Os equivocais. - -—¡Ah! ¡de esa ignorancia nació mi error! Proseguid. - -—Es bizarro, pero preocupado, supersticioso como los jóvenes todos de -esa corte ciega y atrasada... - -—Proseguid. - -—En una ocasion halléle en mi habitacion: iba á consultarme sobre -su horóscopo: examiné su temperamento, ardiente, arrebatado; hícele -varias preguntas al parecer indiferentes; pero un jóven de veinte -años mal hubiera pretendido encubrir su flaco á un hombre de mi -esperiencia. - -—Díjome sin creer decirlo que amaba, y de sus respuestas, que yo -aparentaba despreciar, inferí que amaba á una dama casada... - -—¿Casada? - -—Mi prediccion fue vaga. Deseoso de informarme mejor, tomé tiempo -para responderle mas claramente. Observéle entre tanto: de alli á -pocos dias un ramillete cayó del pecho de una dama desde el corredor -al patio de los leones de su alteza, recordareis que un caballero -incógnito, armado y calada la visera, se precipitó á recoger el -ramillete á riesgo de su vida... - -—Adelante, Abrahem. - -—El ramillete era de Elvira, el caballero Macías. En la corte, y -entre los que no tenian antecedente ni interes alguno en observarlos, -esta anécdota sonó dos dias, y se olvidó despues. De alli á poco -anuncié al mancebo que un astro fatal le perseguia en la corte... - -—¡Santo Dios! - -—El crédulo mancebo me creyó y desapareció. No me cabe duda: ama á -Elvira, y la ama como un frenético. Mas; debe de ser correspondido: -la dama no pensó en recoger su ramillete. Creedme, le he examinado -atentamente; es de aquellos hombres en quienes el amor es siempre -precursor de la muerte. - -—¡Qué descubrimiento! ¿Y pensais que...? - -—Pienso que si logramos poner en juego esa pasion, pienso que si el -doncel no ha olvidado su amor, vuestros enemigos se destruirán por sí -solos, sin que necesitéis cargar vuestra conciencia con un crímen. - -—Hacedlo, Abenzarsal, hacedlo, gritó don Enrique fuera de sí: -quitáisme un peso horrible. - -—Un medio para reunirlos: una ocasion, y son perdidos. - -—Un medio, una ocasion... es mas facil decirlo que... - -—No importa. Una ocasion. - -—Y que Hernan Perez... - -—Sí: una vez impuesto Hernan Perez, su ruina es cierta; el escudero -es osado, pundonoroso, valiente... - -—¡Ah! pero me haceis recordar... si ha de envolver su desgracia la de -mi escudero... mirad que me ha prestado servicios... - -—Tranquilizaos, ilustre conde. ¿Qué mal le podrá avenir? ¿haber de -encerrar á su muger en una reclusion para toda su vida? Supongo que -sabeis que un esposo de tres años no se morirá de tristeza por tan -terrible golpe... Vos erais tambien esposo y... - -—Abrahem, Abrahem, ya os he dicho que no consiento alusiones en esa -materia: dejadme tiempo á lo menos para reconciliarme conmigo mismo. - -—Señor... - -—En buen hora, concluyamos en ese asunto; pues vos me respondeis -de mi inocencia y de la vida de mi escudero, de consuno buscaremos -un medio para reunirlos, y acaso la Vírgen Santísima de Atocha, de -quien soy devoto, nos le proporcione presto. Si lo consigo, ofrezco -edificarle un santuario en la mejor villa del maestrazgo... - -—Besad este escapulario, señor, que representa su efigie, dijo -entonces el redomado físico, alargando el que del cuello traía -pendiente, y ella y su Hijo nos ayuden. - -—Amen, dijo levantándose don Enrique con aquella incomprensible -mezcla de devocion y de impudencia, de religion y de vicios que -distinguia asi á los hombres vulgares como á los mas ilustrados de -la época, sin que dejemos de inclinarnos á creer que en hombres como -nuestros dos interlocutores eran aquellas prácticas esteriores -hijas solo de la costumbre. Amen, repitió, y apretando la mano del -físico, separáronse con una afectuosa mirada de inteligencia; volvió -á subir el astrólogo la escalera escondida, por donde habia bajado, -para meditar en los medios de cooperar á los planes ambiciosos de don -Enrique, y éste cruzó su laboratorio alquimístico en busca de Ferrus, -que en la cámara impaciente le esperaba. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XVI. - - Viendo aquesto un moro viejo - que solia adivinar... - suspirando con gran pena, - aquesto fue á razonar. - - _Canc. de Rom._ - - -Inútil es decir á nuestros lectores que el físico Abrahem Abenzarsal -contó en cuanto llegó á su aposento las relucientes doblas del de -Villena, y que animado con su sonido vivificador, y con la esperanza -fundada de merecer nuevas confianzas de la misma especie, coordinó -sus ideas y estudió preventivamente el dificil papel que ante el rey -de Castilla habia de representar de alli á poco. Llegada la hora, -asistió como tenia de costumbre á la mesa frugal de su alteza, ora -previniéndole los platos que debia comer y los que solo debia gustar, -ora dando pábulo con sus bien estudiadas respuestas á la conversacion -naturalmente seca y desabrida de Enrique III. Hubieron empero de -chocarle tanto á su alteza las misteriosas palabras con que salpicó -la cena su médico, que no pudo menos de hacerle entrar en su cámara, -y á presencia solo del buen condestable Rui Lopez Dávalos, que gozaba -con él de la mayor privanza, y era no poco afecto á superticiones y -hechicerías,—Abrahem, le dijo, tus palabras encierran esta noche un -sentido que no acierto á comprender. Dime por tu vida si algun fausto -acontecimiento se prepara para estos reinos, ó si alguna calamidad -nos amaga, que podamos evitar con el favor de nuestro padre San -Francisco, á quien venero particularmente. - -—Vana es ya la intercesion de los santos, señor, cuando es pasada la -hora del hombre. - -Paróse aqui el inspirado varon, arqueó las cejas con siniestro mirar, -dió un golpe en el pavimento con su nudoso báculo, y permaneció -suspenso largo espacio, insensible á las reiteradas instancias -del asustado monarca, que puesto en pie y descubierta la cabeza, -pendia de su boca, ni mas ni menos que el reo que espera oir de la -de su juez la temida sentencia. Llegándose entonces el astrólogo -judiciario á una rasgada y gótica ventana, y examinado el cielo -detenidamente,—No me engañaron, esclamó con voz hueca y sonora, -que salia como un trueno de lo mas hondo de su agitado pecho, no me -engañaron los infalibles cálculos de mi cábala. El astro, que ha -presidido tan infausto dia, velado entre cenicientas y rojas nubes, -acabó su diurna revolucion, y corrió á lanzarse en la inmensidad de -los mundos, dejando tras sí sangrientas huellas de su funesto paso. -¡Oh rey! humilla tu frente soberbia: la iglesia de tu Dios, dividida -y presa de un cisma prolongado, ve caer su columna principal; el -sublime vicario de su ungido inclina la frente pálida, soltando sus -sienes la triple corona que dignamente llevó, y sus débiles manos las -llaves de Pedro y el anillo del Pescador. - -—¡Dios mio! esclamaron á un tiempo el piadoso rey y el asombrado -condestable; ¡Clemente VII! - -—Sí; Clemente VII, continuó el energúmeno, ha pagado á la tierra el -tributo de que solo un profeta de Israel, arrebatado por el fuego del -cielo, pudo eximirse. Pero, esperad: veo levantarse sobre su asiento -y calzar la sagrada sandalia á un ilustre aragonés: un rico-hombre -de los de Luna es el elegido del Señor, á quien confia el timon de -su nave zozobrante... Oh Benedicto, catorce de este nombre; á alta -mision has sido llamado por el cielo. ¡Qué de lágrimas costará tu -aragonesa condicion, tu invencible tenacidad, á los fieles divididos! -En tí habrán de estrellarse los esfuerzos conciliadores de Urbano y -del Sacro Colegio Romano. - -—¡Don Pedro de Luna! esclamó vuelto hácia el condestable el -sorprendido rey: ¡don Pedro de Luna! y arrodillándose ante una -venerada estampa de las llagas de San Francisco, ¡oh portento! -continuó; libradme, señor, de todo mal, y purificad mi alma si estas -predicciones son hechas por arte de vos reprobado... - -—Rey, interrumpió al oir este escrúpulo religioso el solapado -Abrahem, el Dios del cielo y de la tierra no reprobó nunca la -ciencia, si bien quiso descubrir á pocos sus recónditos arcanos. -Los hechos que te refiero, ademas, no son predicciones de incierto -porvenir, en cuya oscuridad no es dado siempre á los míseros mortales -penetrar; á la hora esta, si es cierto que hablan los astros á los -que poseen el don de entender su lenguaje sublime, Aviñon ha sido -testigo ya de los grandes acontecimientos que te anuncio. ¿Ves -aquella estrella, cuyo incierto resplandor parece querer apagarse con -vacilantes oscilaciones, á la derecha de la osa menor, siguiendo la -direccion de mi báculo? Parece lanzar sus mortecinos reflejos á la -parte de Calatrava... - -—Abrahem, ¿qué nueva desdicha...? - -—Una columna de la cristiandad española yace derribada; el rayo -contra el moro de Granada se estinguió. Acaba de entregar su -espíritu al Señor... - -—¿Guzman? preguntó con precipitacion el buen Lopez Dávalos. - -—Sí: ¿veis aquella parda y manchada nubecilla que el viento del -norte impele violentamente hácia el mediodia? miradla reunirse á -los demas vapores que un resto del calor del dia levanta de la -húmeda superficie de la tierra. El astro del virtuoso maestre se ha -eclipsado para no volver á lucir jamas. - -Al llegar aqui, un profundo silencio succedió á la tonante voz de -Abenzarsal, y don Enrique y el condestable oraron fervorosamente por -el alma del difunto maestre. - -—Si las señales de mi ciencia, continuó el físico, no han dejado de -ser infalibles, sangre mas ilustre ha de reemplazar la del piadoso -maestre, y el estandarte de Calatrava verá agregarse á su cruz roja -las barras de Aragon. Otro aragonés llevará á la victoria á los -valientes caballeros de Calatrava. El cielo ensalza á los hijos de -don Jaime y un nieto del primer condestable de Castilla... - -—Basta, interrumpió don Enrique III con voz desfallecida, basta -Abrahem: los altos juicios de Dios son incomprehensibles, pero el -tiempo viene á justificarlos. Ayer el voto de la orden de Calatrava -hubiera apartado á ese nieto del primer marques de Villena del -alto puesto á que está destinado. Un acontecimiento desgraciado, -pero cuya causa, escondida hasta ahora, revelan tus palabras, ha -llevado á mejor vida á mi muy amada doña María de Albornoz, y su -afligido esposo ha quedado desatado de los lazos que le alejaban del -maestrazgo. Dios la tenga en su santa gloria. Adoro tus fines, ó -Providencia. Abrahem, decid, ¿habeis visto hoy al conde de Cangas? - -—Señor, respondió con afectada sorpresa el hipócrita charlatan, tu -alteza sabe que el estudio absorbe las horas todas de mi vida, y -desde esta mañana no he cesado de consultar mis pergaminos en mi -cámara inmediata á la tuya. Don Enrique por otra parte no se apartará -de su estancia en estos momentos de luto para su corazon. No he -visto, pues, al conde... - -—No sabes en ese caso, repuso el rey, si está dispuesto á admitir el -alto cargo á que el cielo le destina. - -—No creo que haya pensado en ello siquiera; ni menos que pueda saber -nadie en el alcázar todavia la triste muerte de don Gonzalo... - -—Dices bien, Abrahem. Por otra parte, el nombre ilustre de mi -pariente no puede menos de dar realce á la orden de Calatrava, y sus -caballeros no opondrian obstáculo á tan acertada eleccion. - -—¡Hágase la voluntad del Señor! respondió el taimado físico con -solemne entonacion; é inclinando la cabeza, el recojimienio en que -quedó pareció anunciar el fin de sus predicciones. - -—Condestable, dijo el rey despues de una ligera pausa, mañana -dispondreis que la corte se reuna. Quiero recibir á los embajadores -del Tamorlan y del rey de Francia. Abenzarsal, ayudadme á entrar en -mi cámara: mis fuerzas se debilitan, y despues de la agitacion de -esta noche necesito que las restaure un sueño reparador. - -Llamó el condestable á los camareros de su alteza, y abriéndose las -puertas de la estancia en que dormía, despidióse de él el primero: -el rey de alli á poco, apoyado en el brazo de su físico favorito, -desapareció, volviéndose á cerrar las hojas de la puerta, y quedando -aquella parte del regio alcázar sumida en el mas profundo silencio. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XVII. - - Yo os repto los zamoranos, - por traidores fementidos, - repto á todos los muertos, - y con ellos á los vivos, - repto hombres y mugeres, - los por nacer y nacidos, - repto á todos los grandes, - á los grandes y á los chicos, - á las carnes y pescados, - y á las aguas de los rios. - - _Canc. de Rom._ - - -Aun no habia conciliado el sueño el poderoso rey de Castilla, cuando -ya el impaciente conde de Cangas y Tineo sabia palabra por palabra el -coloquio que en el anterior capítulo dejamos descrito. A la mañana -siguiente creyó ya del caso la llegada de la noticia de la muerte del -maestre de Calatrava; tomó en consecuencia sus disposiciones para que -el enviado, que precisamente habia llegado la víspera, y que él habia -sabido entretener, se presentase en la corte de aquel dia, y esperó -tranquilo el resultado de su artificio. - -El salon principal del alcázar donde tenia corte su alteza se hallaba -ya ocupado en la mañana del dia, que tan fecundo prometia ser en -notables acontecimientos, por algunos caballeros jóvenes donceles del -rey, por varios pages de lanza y de estribo, y por los ballesteros -que guardaban las puertas como prevenia la etiqueta del tiempo. -Algunos caballeros cortesanos de los que no acompañaban al rey á la -misa, que á la sazon oía: discurrian sobre las noticias del dia. - -—¿Qué novedades, dijo un jóven de gallarda apostura y de pulido -arreo á otro caballero que paseaba con él á lo largo del salon, qué -novedades habeis recogido para vuestra corónica, señor coronista -Pedro Lopez de Ayala? - -—La principal, señor don Luis de Guzman, es la que de Sevilla me -escribe el ginovés Micer Francisco Imperial. - -—¿El de las trovas que comienzan _Gran sosiego é mansedumbre_ á doña -Angelina de Grecia, la princesa que ha regalado á Castilla el gran -Tamorlan, del botin que cogió al turco Bayaceto? - -—El mismo. Buen ingenio. - -—¿Y qué os dice? - -—Díceme que el ginebrino que envió á buscar su alteza á París para -componer el reloj de la torre de Sevilla, hálo compuesto á las mil -maravillas, y que da todas las horas como antes de haberle caido el -rayo hace un año. - -—Cierto que es importante, porque no habia otro reloj tan maravilloso -en Castilla, ni quien supiera componer aquella enredada máquina. -Premiaránlo bien. - -—Merece mas de diez mil maravedís. ¿Habeis oido, señor comendador, -que acaba de llegar un demandadero de Calatrava? - -—Por la Vírgen de Atocha que eso me interesaria, porque mi tio el -maestre estaba malo... - -—Sabeis que si muriese, lo que Dios no quiera, podriais pretender... - -—Acaso. Pues nada oí: estuve jugando á las tablas... - -—¡Ah! vos bohordais bien. - -—Sí, ahora que no está aqui el doncel Macías: cuando está, nadie -lanza con mas tino el bohordo, ni derriba mas veces el tablero. -Cobróle aficion el rey solo por eso. - -—¿Y qué es de Macías? ¡Bravo trovador y buen caballero! - -—Desde que está en comision del hechicero no se sabe de él. -¿Sabeis que ese hombre es el diablo, y que todo el que se le llega -desaparece? Mirad ahora la condesa... - -—¡Bah! como dice Rodriguez del Padron, el trovador gallego, amigo de -Macías, ya se le podria hechizar á él con una buena lanza, porque, -sea dicho sin ofenderle, se le entiende mas de _lais_, y _virolais_, -que de achaque de encuentros. Ahora anda enseñando la gaya ciencia al -marques de Santillana. - -—Ese sí que es mancebo de sutil ingenio. El jóven don Íñigo Mendoza -gusta mucho de letras, y ha de hacer con el tiempo mejores trovas que -el mismo Alfonso Alvarez de Villasandino, y que el judío Baena... A -propósito, ¿cómo lleváis vos vuestro rimado? - -—Téngolo suspendido porque digo grandes verdades en él, y ya sabeis -que en palacio... - -—Oh, la verdad nunca gusta á... - -—¡El rey...! dijo una voz que salia de las piezas inmediatas. - -—¡El rey! repitieron dos farautes que entraban ya vestidos de -ceremonia por las puertas del salon. Apartáronse los caballeros, y -don Enrique subió á su trono, rodeado de los principales señores de -Castilla, á cada uno de los cuales seguian los caballeros y escuderos -de sus casas. - -Ocupaba don Enrique de Villena, como tio segundo que era de su -alteza, el lugar preeminente, si se esceptúa el del físico y el del -condestable Dávalos, que á uno y otro lado pisaban el primer escalon -del trono. Tenia el conde á su izquierda á su primer escudero y -detras al juglar, y rodeábanle varios caballeros, en cuyos pechos -lucian las cruces de Calatrava, en lo cual echará de ver el lector -que no se habia descuidado aquella mañana en atraérselos con mercedes -y distinciones para tenerlos favorables á sus miras. Vestía luto, -pero su semblante mas anunciaba alegría que dolor, por mas que -procuraba él disimularla, - -—Chanciller, dijo don Enrique cuando se hubo sentado y saludado en -derredor á sus cortesanos, ¿qué letras teneis? - -—Acábanse, señor, de recibir estas. - -—¡Ah! de Otordesillas, de mi esposa. Díceme doña Catalina que está -próxima á su alumbramiento. ¿Paréceos, Abenzarsal, que tendrá -Castilla que jurar un príncipe de Asturias, despues de haber jurado -solemnemente á la infanta doña María mi muy amada hija? - -—Pudiera ser, señor. ¿Qué mal habria en eso? - -—Haced, condestable, que se dispongan tiros, y avisad á los pueblos -de aqui á Otordesillas que se hagan grandes fogadas y ahumadas en las -eminencias luego que las vean hacer en el pueblo inmediato, empezando -Otordesillas mismo en cuanto su alteza dé á luz un príncipe. De -esta suerte sabremos ese fausto acontecimiento pocas horas despues: -dispondreis que no falten atalayas. ¿Hay mas? - -—Señor, desea besar los pies de tu alteza el sublime Mahomad Alcagí, -embajador del llamado gran Tamorlan. - -—Que entre, dijo su alteza; y los cortesanos todos volvieron las -cabezas con ansiosa curiosidad hácia la puerta, como quien iba á ver -una cosa que no todos los dias se veía. - -Entró efectivamente el tártaro con áspero continente al aviso de un -page de antecámara. Acompañábanle al lado Payo Gomez de Sotomayor y -Hernan Sanchez de Palazuelos, embajadores del rey de Castilla al -Tamorlan, que habian vuelto con él despues de haber recorrido vastas -regiones, climas apartados y diversas costumbres de paises. - -Hablaba el bárbaro, y Sotomayor que en dos años que su larga embajada -habia durado, habia tenido ocasion de aprender algun tanto su lengua, -le sirvió de truchiman. - -—El rey Tamurbec el honrado, Tabor Bermacian, mi señor, me envia á -tí, rey de las ciudades y lugares de Castilla y de Leon é España. -Dure tu tiempo y buena fama en noblezas generales y en gracias -cumplidas. El rey mi amo, noticioso de la grandeza de tu reino, -acepta la amistad y buena correspondencia que con tus embajadores -le enviaste á ofrecer. El Profeta te sea en ayuda, y te dé sus -saludaciones. En muestra de buena amistad, envíate el rey mi señor -el presente de joyas y las dos hermosas damas, que te trage, para -tu harem, que al hijo de Osmin ha cogido en la gran victoria que le -ha ganado. El Rey de los reyes ha humillado la soberbia condicion -del hijo de Osmin, y hoy en una jaula de hierro sirve de estribo al -poderoso Tamurbec, rayo de Dios. - -—Recibo vuestra embajada, valiente Mahomad Alcagí, y no os doy -respuesta, dijo don Enrique, porque quiero que tornen embajadores -mios á vuestro amo y señor el muy honrado Tamurbec con mis cartas y -presentes. Rui Gonzalez de Clavijo, añadió vuelto á este su camarero -que entre la turba de cortesanos andaba oscurecido, quiero que vos y -fray Alonso Paez de Santa María, maestro en santa teología, y Gomez -de Salazar mi guarda, hagais este viage como embajadores mios. - -Adelantóse entonces Rui Perez de Clavijo, y poniendo en tierra una -rodilla,—Beso á tu alteza los pies, dijo, por la lisonjera distincion -con que honras á tu vasallo. - -Retiróse el embajador del Tamorlan, y salieron con él algunos -caballeros, curiosos de preguntarle y saber las varias noticias que -de tan luengas tierras y afamadas hazañas podia darles. - -Entraron en seguida los embajadores del rey Cárlos de Francia, -sexto de este nombre, los cuales digeron á su alteza despues de las -primeras fórmulas de etiqueta, como se hallaba bastante malo el -rey su amo de resultas de habérsele prendido fuego en un baile de -máscaras á una piel de salvage de que iba vestido. Aseguraron despues -á los cortesanos en confianza, que lo que en Francia mas se temia -no eran las resultas de este accidente, sino que corria el rumor de -que el buen rey Cárlos VI estaba á punto de perder la razon, que se -habia observado ya muchas veces tal cual desatino en su conducta, -que pasaba los dias enteros sin hablar, y otras estravagancias de -esta especie. Estos embajadores trajeron en presente dos truenos -grandes, como entonces se llamaban, que fueron la admiracion de los -cortesanos, por haberse reducido ya á tan cortos límites una arma que -habia empezado por no poderse usar sino en las murallas de una plaza -sitiada, que se habia podido trasladar de un punto á otro despues -por medio de una máquina convenientemente montada, y que ya podia -manejar, y disparar casi un hombre solo, si bien con trabajo. Apreció -mucho este regalo el rey Enrique, y despachó á los embajadores, los -cuales volvieron para su tierra, no sin dejar alguna moda de las de -su trage en la corte del rey de Castilla, pues eran muy galanos, y -venian lindamente ataviados. Al dia siguiente salieron ya varios -jóvenes donceles con el pantalon muy ajustado, y dos mangas perdidas -recortadas como las habian visto en los embajadores: moderaron la -barba que antes se dejaban crecer en derredor de la cara, porque -los embajadores no la traían, y hubo quien sacó el zapato retorcido -y puntiagudo, que entonces se llevaba, con mas de seis pulgadas de -punta, ni mas ni menos que el asta de un toro. - -Presentóse en seguida de los embajadores franceses un demandadero -de Calatrava, el cual anunció á su alteza la infausta noticia de la -muerte del maestre. - -—La sabíamos, dijo el rey, y hoy mismo le nombraré sucesor. - -—Hernan Perez, dijo el de Villena dándole con el codo. - -—Entiendo, señor, contestó el taimado escudero. - -Apenas se habia retirado el demandadero, cuando se dejó ver en -las puertas del salon, precedida de dos dueñas vestidas de negro, -una dama enlutada y con antifaz que le tapaba completamente el -rostro. Grande fue la sorpresa de los cortesanos todos: examinaban -detenidamente sus contornos, por ver si descubrian quién fuese la -que de aquella manera se presentaba. Llegóse la tapada lentamente -hasta los pies del trono, y prosternóse en actitud de esperar á que -su alteza le diese licencia para hablar. - -—Condestable, dijo curioso y admirado don Enrique, ¿por qué no me -habeis prevenido que hoy nos las habiamos de haber con fantasmas? -Vive Dios que hubiera preparado mi alma á recibirlas dignamente: -¿sabeis quién sea esta dolorida? - -—Ha burlado sin duda la vigilancia de los ballesteros; si su -presencia te incomoda, señor, harásela salir. - -—Es muger, condestable, y su manera de presentarse encierra algun -misterio que es fuerza aclarar. Alzad, señora, prosiguió don Enrique, -alzad, y declarad qué causa estraordinaria os fuerza á venir de esta -manera. - -—¡Justicia, señor, justicia! esclamó con doliente voz la arrodillada -dama. - -—Alzad y contad vuestras cuitas, repuso su alteza: nunca el rey de -Castilla negó justicia á nadie. - -—Señor, prosiguió la dama levantándose y mirando en derredor con -notable inquietud, como si buscase á alguien que apoyase la demanda -que iba á hacer, señor, un crímen se ha cometido en tus dominios, en -tu villa de Madrid, en tu propio palacio. - -—¿Un crímen? - -—Un crímen, y crímen destinado á quedar impune. Los poderosos que -rodean insolentemente tu trono, validos de tu favor, son, señor los -que infringen tu justicia, y los que la arrostran. Doña María de -Albornoz, la ilustre condesa de Cangas y Tineo, ha sido asesinada... - -—Lo sabemos, dueña, dijo don Enrique, y ya hemos dado nuestras -órdenes para que se descubran los autores de tan horrible atentado. - -—¿Los autores, señor? Uno hay no mas, y ese no corre los campos -fugitivo á esconder como debiera debajo de la tierra su insolente -rostro; ese se ampara en tu misma corte. Ese nos oye. - -—¿En mi corte? dijo don Enrique mirando dudoso á todas partes. -Agolpáronse al oir estas palabras los cortesanos para escuchar mas -de cerca á la atrevida acusadora. Don Enrique de Villena, de cuyo -semblante habia desaparecido su natural serenidad desde el momento -en que habia columbrado el sentido de las palabras de la dama, -la miraba con ojos indagadores, y afectando una curiosidad hija -del interes que le convenia aparentar por el descubrimiento del -perpetrador del asesinato de su esposa. - -—Hernan, dijo en voz baja á su escudero durante la pausa que siguió -á las últimas palabras de la tapada, Hernan Perez, ¿qué quiere decir -esto? - -Hernan Perez estaba tan inquieto como el conde; por una parte creía -que la tapada no podia ser otra que una persona que muy de cerca le -tocaba. Su voz aunque disfrazada, le habia hecho un efecto singular: -por otra parte no podia concebir que se diese tal paso sin su -noticia.—Señor, contestó al conde, sea lo que fuere, tu escudero no -desmiente nunca su fidelidad. - -—En tu corte, prosiguió la dama: él nos oye, y él recibe tus -beneficios... - -—Nombradle, dijo el rey, nombradle. - -—Sí, añadió con voz trémula el de Villena echando el resto á su mal -sostenido disimulo, ¿quién es? - -—¡Vos! respondió una voz tonante, vos. - -—¿Yo? preguntó don Enrique: ¿yo? - -—¡Don Enrique! esclamó el rey mirando alternativamente al de Villena -y á la tapada. - -—¡Don Enrique! repitieron en voz confusa casi á un mismo tiempo los -señores todos que rodeaban el trono. - -—¡Santo cielo! esclamó el agitado conde volviéndose al rey con ademan -y gesto hipócrita. ¿No me bastaba, señor, que una fatal estrella me -privase de mi esposa; era preciso que la calumnia se uniese á la -alevosía, y que Don Enrique de Villena se viese asi ultrajado en tu -misma corte y en tu presencia misma? Toma, señor, los honores que me -has dado, recoge las distinciones con que me has honrado, toma esta -espada, acepta esa banda que mal pudiera llevar con honor quien vió -de esa manera el suyo atropellado... - -—Serenaos, don Enrique, dijo tranquilamente despues de un breve -rato de meditacion el rey justiciero, serenaos: conservad esas -distinciones que tan bien os estan, y tened presente que la calumnia -se embota en el inocente como la punta de la lanza en el bruñido peto. - -—¿La calumnia? repitió mirando de nuevo en derredor la dueña -desconsolada. - -—Dueña, dijo don Enrique entonces con entereza, ¿sabeis el nombre que -habeis tomado en boca, y la persona á quien ultrajais...? - -—La verdad nunca puede ser ultraje. - -—¿Sabeis á ciencia cierta lo que dijísteis...? - -—Juráralo si fuera menester. - -—¿Qué caucion dais de vuestras palabras? ¿quién sois? ¿por qué venis -tapada á acusar al delincuente? La verdad trae la cara descubierta á -la faz del sol. La mentira es la que se esconde. - -—¿Quién yo soy, señor? si pudiera decirlo no viniera de este modo. -¿No es posible que circunstancias personales me impidan descubrirme -en público? Tomad, señor dijo entonces la tapada presentando á su -alteza un anillo que en el dedo traía. Ese anillo puede decir quién -soy algun dia. - -Tomó su alteza el anillo y examinóle detenidamente.—¿Conoceis ese -anillo, Abenzarsal, ó la seña que dice esa dama? - -—Señor, dijo Abenzarsal al oido de su alteza, las piedras forman un -nombre. - -—Guardadle, pues. - -—Ademas, señor, no trato de huir; póngome bajo tu salvaguardia; sé -que desde el punto en que tomo sobre mí esta acusacion mil peligros -me rodean. - -—¿Y sabeis, incauta dueña, que la pena del Talion espera al -impostor...? - -—Solo sé que el crímen debe denunciarse y desenmascararse al criminal. - -—¿Sabeis que si os faltan pruebas, ó un caballero que sostenga -vuestra acusacion, sereis puesta en tormento y...? - -—¡En tormento! dijo espantada la dama volviendo á mirar en derredor -con inquietud. ¡En tormento! - -—A tiempo estais de desdeciros... - -—Desdecirme... esclamó la dama enlutada clavando en don Enrique los -ojos, que aparecian en medio de su antifaz como los relámpagos que -rasgan la negra nube en medio de una noche tempestuosa, Jamas. - -—En ese caso es forzosa la muerte del delincuente ó la vuestra. - -—¡Nadie, nadie! dijo entre dientes la demandante mirando á las -puertas, y escuchando con la mayor ansiedad. ¿No hay un caballero, -esclamó entonces con despecho volviéndose á los cortesanos todos, -no hay un cortesano siquiera del poderoso rey de Castilla que sepa -empuñar una lanza por la inocencia, que salga por una muger? - -Leve y susurrante murmullo corrió por la asamblea á esta invitacion -desesperada. Pero lucian en los pechos y en los brazos de los mas -caballeros jóvenes prendas del amor de sus damas: un caballero que -tenia la suya no podia adoptar otra. No era ademas seguro que la -acusadora no hubiese perdido el juicio, cuando con tan poco apoyo y -favor osaba habérselas con el mas poderoso señor de Castilla. ¿Quién -la conocia? nadie: ¿quién estaba seguro de no ser víctima del rencor -del de Villena si tomaba la defensa de la advenediza?—¡Oh oprobio! -¡oh mengua! ¡oh caballeros! esclamó sollozando la desairada hermosa. -¡Hé aqui la corte de don Enrique III! Lo veo, aunque tarde: la -inocencia no encuentra defensa entre los hombres. No importa. Insisto -en la acusacion. - -—Faraute, dijo entonces su alteza, haced vuestro deber. - -Adelantóse un faraute, y en la fórmula del tiempo anunció tres veces -en alta voz la acusacion hecha á don Enrique de Villena; preguntó si -algun caballero tomaba la demanda de la acusadora, y succediendo -á sus voces sepulcral silencio, intimó á aquella que en el plazo -preciso de tres dias habia de presentar un defensor ó las pruebas de -su acusacion, y que cumplido el plazo sin presentarle seria puesta en -tormento y llevada al suplicio, donde le seria la lengua cortada y -arrojada á los canes, despues de ella ajusticiada por calumniadora. - -No pudo oir esta última parte de la intimacion la desolada dama sin -exhalar un gemido de terror, y abandonándola sus fuerzas, dejóse caer -en brazos de una de las dueñas que la habian acompañado. - -Movido á lástima el rey al ver su situacion, alzóse en el trono, y -puesto en pie,—Don Enrique, dijo, estoy seguro de vuestra inocencia, -y el cielo en todo caso saldrá por ella. Aflíjeme sin embargo el -estado de esa desgraciada, y la administracion de la justicia exige -que yo satisfaga la vindicta pública. Dadme, Abenzarsal, ese anillo. -Quiero yo mismo requerir por última vez un defensor, Ricos-hombres, -caballeros, ¿quién de vosotros toma esta demanda? El caballero -que se proclame su defensor recibirá este anillo como prenda de -la dama que va á defender, y si sale con victoria de la prueba á -hierro y demuestra en el palenque, con el favor de Dios, la verdad -de la acusacion, que no creemos, este anillo le servirá de seguro -para los dias de su vida: la persona que me lo presente logrará la -gracia que pida, y su dueño será libre de toda pena en el momento de -presentarlo. ¿Quién de vosotros toma la demanda de la acusadora? - -—¡Yo! esclamó una voz estentórea que resonó fuera de la cámara -todavia. - -—¡Él es! gritó con penetrante alarido la enlutada, y el esceso de la -alegría, pudiendo mas en su alma que el pasado dolor, la derribó sin -sentido en brazos de sus dos dueñas. - -Volvieron los ojos los cortesanos á mirar quién fuese el temerario -que en tan arriesgada demanda se entrometia, y don Enrique de -Villena, cuya alegría se habia manifiestamente conocido por algunos -instantes, dirigió miradas de fuego y de incertidumbre hácia el -advenedizo defensor de su acusadora. - -Entraba éste ya por la cámara con ademan resuelto y pasos -precipitados. Venia armado de pies á cabeza, y su sobreveste negra -y su penacho del mismo color, que ondeaba funestamente sobre su -capacete, parecian anunciar la muerte á todo el que se opusiese á su -bizarro valor. - -—Yo, repitió con voz fuerte entrando. Dirigiéndose en seguida hácia -el trono, arrodillóse y pidió licencia á su alteza para tomar la -demanda de la desconocida, fuese la que fuese. - -Mirábanse unos á otros los circunstantes, y no sabian qué pensar de -las aventuras de la mañana.—Condestable, dijo el rey volviéndose á -Rui Lopez Dávalos, ¿será que hoy no hayamos de conocer á ninguno de -nuestros vasallos? ¿qué decís, conde de Cangas, de este defensor? ¿le -conoceis? - -—No responderé nunca, señor, á la acusacion de dos enmascarados. - -—¿Y respondereis á la mia? preguntó alzándose la visera el denodado -mancebo. - -—¡Macías! esclamó el rey. ¡Macías! repitieron asombrados los mas de -los que presentes estaban. Don Enrique fue el único que sobrecogido -de la ira y del terror, ni acertaba á pronunciar palabra, ni osaba -levantar los ojos del suelo, al cual se los habian hecho bajar mal -su grado la seguridad y la audacia de las miradas de Macías. - -—Perdóneme tu alteza, prosiguió éste vuelto á don Enrique el -Doliente, si me hallo en tu palacio sin haberme presentado antes -á recibir tus órdenes: tu alteza conoce mi lealtad, y solo -poderosísimas causas pueden habérmelo impedido. - -—Sensible es á mi corazon, doncel, que cuando os veo despues de tan -larga ausencia sea para declararos contrario de mi muy amado pariente -el conde de Cangas y Tineo, y para defender contra él una acusacion -que estimo calumniosa. - -—El cielo, señor, puede solo decidir esta querella. - -—Aqui, pues, teneis dijo el rey presentando á Macías el anillo de la -tapada, que ya habia vuelto en sí de su desmayo, la prenda de la dama -que elegís. - -—Perdóneme tu alteza, esclamó la dama arrojándose en medio del rey -y de Macías: permite que no reciba de mi mano ese anillo hasta el -dia en que haya de verificarse el combate. Yo informaré á la persona -de tu confianza que elijas de mis circunstancias, y quedaré hasta -que las sepas en tu poder, si necesario fuese. Como prenda de que os -admito por mi campeon, aceptad este lazo, noble caballero. - -Arrodillóse el mancebo, á quien palpitaba violentamente el corazon -dentro del pecho, y mientras que su dama rodeaba su cuello con -una banda negra que tenia por lema estas dos palabras bordadas: -_imposible_, _venganza_:—¿Será posible, le dijo en voz baja, que -insistais en ocultaros de quien ha de ser vuestro caballero, no solo -acaso en la lid...? - -—_Imposible_, repuso por lo bajo tambien la tapada. - -—¿Qué teneis, pues, derecho á exigir de mí...? repuso Macías. - -—_Venganza_, volvió á contestar la dama concluyendo de anudarle el -lazo. - -—Y bien, Macías, ¿teneis que pedirme alguna gracia? dijo el rey. - -—Ninguna, respondió el doncel, sino que oiga tu alteza y apruebe mi -desafio. Oid, ricos-hombres, caballeros y escuderos. Yo, Macías, -doncel del poderoso rey de Castilla don Enrique III, á tí don Enrique -de Aragon y Villena, conde de Cangas y Tineo, tomamos por testigos á -todos los aqui presentes, te desafiamos de mal caballero, descortés y -aleve, y te retamos á muerte como matador de tu esposa la muy ilustre -doña María de Albornoz, á tí y á todos los caballeros de tu casa, á -lanza ó á espada, á pie ó á caballo, mientras corra la sangre en las -venas, renunciando á tu merced, como tu debes renunciar á la mia, -y sobre esto Dios y la Vírgen de Atocha me ayuden. Á tí solo, ó á -varios. - -Al decir estas palabras arrojó Macías su guante. Gran suspension y -silencio siguió á esta accion determinada. - -—Conde de Cangas y Tineo, dijo el rey volviéndose á alzar en el -trono y comenzando á bajar los escalones, Macías, mi doncel, -ricos-hombres, caballeros, escuderos aqui presentes. Yo don Enrique, -rey de Castilla, concedo el juicio de Dios á mi doncel Macías y á -don Enrique de Villena para que en combate singular riñan cuerpo á -cuerpo, y declaro traidor y aleve y digno de muerte al que fuere en -la lid vencido si saliere del vencimiento con vida. Dios sea en favor -de la inocencia y de la justicia. Conde, ¿qué haceis? añadió viendo -que don Enrique inmóvil no recogia el guante que le habia arrojado -su contrario. - -—Espero, señor, que no permitirás que yo descienda de la clase en que -el parentesco que nos une y los honores con que me has distinguido me -han colocado para rebatir cuerpo á cuerpo con un simple doncel de tu -alteza una calumnia que desprecio y... - -—Si os empeñais, contestó el rey, picado, igualaré al doncel Macías... - -—No es necesario, señor, replicó Hernan Perez adelantándose á recoger -la prenda abandonada; no es necesario: yo la alzaré por mi señor... - -—Teneos... gritó Macías poniendo un pie en el guante: sois escudero. - -—Le armaré, dijo el conde, y será vuestro igual; y en tanto, Hernan, -alzad el guante por mí. Ó yo ó vos. Bastamos cualquiera de los dos -para castigar la insolencia del campeon de las damas desconocidas. - -Iba á responder Macías á este sarcasmo, pero el rey, volviéndose á -entrambos,—Conde, dijo, espero que vos, ó un caballero en vuestro -lugar, sostendreis vuestra buena fama. Os hago maestre de Calatrava; -espero que ni los caballeros de la orden ni su santidad desaprobarán -esta eleccion que recae en mi misma sangre. - -—Señor, dijo inclinándose con mal rebozada alegría el conde, estoy -pronto á aceptar esta nueva honra si los caballeros de la orden... - -—¡Viva el maestre don Enrique! clamaron tumultuariamente varios de -los presentes. - -—Bien, señores, bien, dijo el rey, no esperaba menos de mis leales -caballeros de Calatrava, Á vos, Macías, os doy un hábito de Santiago, -y os cubriré yo mismo. Habeis manifestado hoy valor y cortesanía. -Espero que entrareis á mi cámara en cuanto os desarmeis. - -Inclinóse Macías en señal de gratitud, y el rey se retiró diciendo -al condestable:—Rui, me recordareis que debo fijar el dia del -combate.—Vos, Abrahem Abenzarsal, encargaos de esa dueña en vuestra -cámara hasta que órdenes posteriores mias os indiquen dónde puede -permanecer durante el plazo que falte para el combate. - -El físico en consecuencia intimó la orden á la dama enlutada, y la -encaminó con un page á su cámara. Retiróse el rey, y con su marcha -desaparecieron en pocos momentos los mas de los cortesanos.—No ha -sido del todo feliz el dia, dijo Abenzarsal á don Enrique, que se -retiraba con su escudero; pero no importa, son nuestros: haced por -dirigir á la noche á Hernan Perez á mi cámara.—¿Habeis hecho algo? -preguntó don Enrique.—Espero hacer.—Dicho esto se separaron por no -dar sospechas. Don Enrique y su escudero se fueron, departieron -acerca de los muchos sucesos buenos y malos que habian pasado aquel -dia, y acerca de quién podia ser la dama, si bien muy pocas dudas les -quedaban, y ya se proponia salir de ellas al momento el escudero. - -Entre tanto rodeaban á Macías varios caballeros, quién á darle la -bien venida, quién á preguntarle nuevas de Calatrava. Entre los -muchos que se le acercaban, tocóle uno en el hombro con misteriosa -familiaridad. - -—¡Ah! sois vos, padre mio, buen Abrahem, le dijo Macías con un -estremecimiento involuntario, y una nube de tristeza envolvió su -frente.—Bien venido á la _corte_.—¡Á la corte!—Sí: á Dios, jóven -osado.—Escuchad; esas palabras... me dijísteis, es verdad... -¡_corte_, _corte_ funesta! Á Dios.—¿No podeis esplicaros?—Ahora -imposible: si quereis verme, al anochecer os esperaré en mi -cámara.—¿Cierto, Abrahem? Esperadme.—Á Dios.—Á Dios. - -Siguió el astrólogo con su aparente prisa la direccion de su -cámara, y Macías, distraido, revolviendo mil confusas ideas en su -imaginacion, quedó entre sus curiosos amigos, á quienes ni contestaba -ya acorde, ni podia apenas atender. ¡Tal era la impresion que la -palabra _corte_, pronunciada por el físico, habia hecho en su -imaginacion!—Macías ha perdido la cabeza, iban diciendo sus amigos -al despedirse de él: ese maldito hechicero, en cuyas comisiones ha -andado, le ha turbado el juicio. ¡Habeis visto qué desconcierto! ¡qué -distraccion! ó está enamorado, ó ha perdido el seso. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XVIII. - - Melisendra está en Sunsueña, - vos en París descuidado, - vos ausente, ella muger. - Harto os he dicho; miraldo. - - _Rom. de Gaiferos._ - - -En cuanto habia llegado á su habitacion don Enrique de Villena, se -habia despedido de él el escudero, ansioso de saber definitivamente -si era su esposa la que por obsequio á la memoria de la condesa se -habia presentado con tanta osadía en la corte del rey de Castilla. -Pesábale en gran manera que hubiese cabido en la imaginacion de su -consorte tan heróica determinacion, pero lo que con mas cuidado le -traía, era la circunstancia de haber llegado tan á punto el doncel -para tomar sobre sí su demanda, y la esclamacion de la tapada al -oir la voz de su defensor, circunstancias entrambas que ligaba mal -que bien con el músico de la noche anterior á la desaparicion de la -condesa. Podia ser casual esta coincidencia; podian muy bien, su -consorte por amistad á doña María de Albornoz, y Macías por amor á -esa misma, ó por cortesanía de caballero ocioso, encontrarse en el -mismo camino. Esta reflexion sin embargo, no bastaba á declarar sus -dudas, y pensó en el partido que deberia tomar si no encontraba á -Elvira en su cuarto. - -Sucedióle sin embargo lo que no pensaba. Llamó el escudero á su -habitacion, y la primera persona con quien dió fue con el listo page, -el cual con aire sumamente alegre, - -—Buenos dias, le dijo, señor Hernan Perez; bien haceis en venir, -porque desde que la señora condesa ha desaparecido no hay medio de -alegrar á mi prima. Venid, venid á consolarla; mis esfuerzos todos -son inútiles. - -—¡Vuestra prima, señor page! dijo con asombro y gravedad el escudero. -¿Supongo que no os quereis burlar de mí? - -—¿Yo burlarme, señor escudero: pésia mi alma? Para burlas estamos por -cierto, y no se cesa de llorar hoy en esta habitacion. Entrad vos -mismo y lo vereis. - -Abrió Hernan Perez la mampara inmediata, y quedóse como de piedra -cuando contra todas sus esperanzas vió levantarse al presentarse él -á Elvira, que con afectuosas palabras - -—Esposo, le dijo, cuán mal lo haceis conmigo; vos teneis secretos -para mí, vos pasais los dias enteros lejos de mí: hoy, sobre todo, -me habeis dejado sola, y sabeis que no tenia ya la compañía de la -condesa... - -—Perdonad, Elvira, si... yo... ya sabeis que... Pero nunca pudo decir -mas el asombrado escudero. Su esposa estaba vestida de negro, sí, -pero su ropa no manifestaba haber salido aquella mañana; por otra -parte la dama enlutada habia quedado en palacio. - -—¿Qué teneis? ¿Traeis alguna mala nueva? - -—Sí por cierto, contestó mas repuesto Hernan Perez: os traigo la de -que me he vuelto loco. - -—Muy cuerdo lo decís. - -—Jurára que os habia visto en otra parte... - -—Puede... - -—¿Cómo? ¿puede...? - -—Tantas veces me habeis dicho que no me separo un punto de vuestra -imaginacion, que me veis en todas partes tal cual soy... que... ¿no -es cierto? - -—Sí, replicó mordiéndose los labios el desairado esposo. Pero esta -mañana no os creí yo ver de ese modo. En fin, parece que estais -aqui... - -—¿Os estorbo, Vadillo? habladme con el corazon en la mano... ¿Quereis -que salga efectivamente...? - -—No, no es eso; es, es que me he vuelto loco, ya lo he dicho. - -—Lindo humor traeis, esposo. Si hubiérais perdido una amiga, si os -persiguiese una voz que os gritase continuamente en vuestro pecho: -_un crímen se ha cometido, y el criminal está impune_... - -—¿Qué decís? ¿oís vos esa voz? - -—Os digo que no puedo desechar de mi imaginacion que esa pobre -condesa ha sido malamente muerta, y que una persona... - -—¡Silencio! gritó con terror Vadillo. - -—¡Silencio! ¿por qué? Esta noche lo he soñado. - -—¿Qué habeis soñado? - -—Tonterías; pero cuando está una afligida y prevenida por una idea... -no sé qué efecto... - -—Contad. - -—Nada: soñé que habia estado en la corte no sé por qué accidente, y -que una dueña enlutada se habia aparecido á pedir justicia... - -—Proseguid, dijo temblando Vadillo. - -—Sus facciones eran las de la condesa, su voz la misma: arrojéme á -abrazarla y... - -—¿Vos? - -—Yo, y me rechazó: “Aparta, dijo; estoy manchada de sangre: ¿no -la ves correr aun?” Un chorro entonces pareció salpicarme toda y -temblé... Pero ¡Dios mio! vos temblais tambien. - -—No. - -—Sí. - -—Bien; sí... Estoy mortal, añadió para sí levantándose Vadillo: si -habrá muerto efectivamente la condesa: ¿seria capaz conde...? ¡Que -horror! Por otra parte conociéndome, si lo hubiera hecho, me lo -hubiera ocultado... yo le afeé... ¡Dios mio! ¡Dios mio! ¿Yo he sido -cómplice de un asesinato? La dueña enlutada no podia ser sino la -sombra misma de la condesa. ¡Jesus! ¡Jesus! ¡Vírgen Santísima! gritó -Vadillo fuera de sí. - -—Esposo, ¿qué es eso? ¿Sabeis que empiezo á temer que sea cierta la -pérdida de vuestra razon...? Contadme por Dios... - -—Nada; imposible: en dos palabras: ¿vos no habeis salido? - -—¡Qué pregunta! - -—¿No saldreis? - -—¡Qué aire! - -—A Dios, Elvira, á Dios. No me espereis hasta la noche. Asuntos de -importancia me llaman al lado de don Enrique... - -—¿Os vais? ¿Para eso habeis venido? Mirad... - -—Bien sé que me quereis, que me sois fiel; soy un loco... pero... -la condesa... ya sabeis... ahora dejadme por Dios, dejadme, vuestra -presencia me hace mal. - -Separóse al decir esto casi por fuerza de los brazos de su esposa, la -cual quedó sollozando en un sillon con el page al lado. - -—Esto es mejor, dijo el page. ¿Llorais de veras? - -—Jaime, sí. Hace una tantas cosas contra su voluntad; las -consideraciones del mundo... - -—¿Cómo? ¿Lo decís porque teneis que agasajar y poner buen semblante á -vuestro esposo? - -—¿Qué dices, Jaime? preguntó lanzando un suspiro Elvira: ¿quién te ha -dicho eso? es mentira, mentira. Yo amo á mi esposo; ni pudiera amar -sino á él; ¡es tan bueno! - -—Pues entonces, dijo el page, no os entiendo: yo por mí, si no os -viera llorar, ahora me reiria, soltaria la carcajada. - -—¿Por qué? ¿Por que una circunstancia desgraciada le ha puesto en el -caso bien triste de no poder distinguir la verdad del engaño? ¿Por -que una muger tenga mil veces que parecer artificiosa con su esposo, -se habrá de deducir que éste es risible? Ah, Jaime, en todo engaño -ten lástima siempre al engañador, que en realidad ese es el mas -risible, y ese es acaso realmente el engañado. - -Despues de esta pequeña reprimenda no osó hablar el pagecillo. - -—Mira, Jaime, si va lejos ya Hernan Perez. - -—Tan lejos que no le alcanzaria el mismo Hernando, que no hay corza -que no alcance. - -—Vamos, pues, page; no hay tiempo que perder: ya tienes tus -instrucciones. Prudencia y silencio... Como la muerte, ¿estás? - -—Como la muerte, respondió el page. Dichas estas palabras, Elvira y -el page pasaron á otra pieza, donde no nos es lícito penetrar con -ellos. - -Hernan Perez entre tanto recorria con mas terror que zelos las -inmensas galerías del alcázar: cada pisada suya le parecia las de la -condesa. Hay muchos hombres valientes, temerarios contra un millar de -enemigos armados en un dia de batalla, y que perecen de terror ante -la idea de un muerto y el recuerdo de una fantasma; que treparian los -primeros á la brecha, y no subirian nunca solos una escalera oscura. -En aquel momento Hernan Perez era de estos: el menor ruido que -hubiera oido realmente, la menor sombra que se hubiera puesto delante -de sus ojos, le hubiera derribado por tierra sin sentido. Tal traía -él la imaginacion llena de ideas de muertes y apariciones, de sombras -y emplazamientos. Llegó por fin á la cámara de don Enrique. Abrióla -de golpe, y precipitóse dentro con los cabellos erizados y los ojos -casi fuera del cráneo. - -—¿Qué traeis, Vadillo? dijo levantándose don Enrique al ver el -desorden de su escudero. - -—Es su sombra, señor, es su sombra, repuso Vadillo mirando atras -todavia, y procurando componer su semblante. - -—¿Qué sombra? replicó don Enrique. Será la que hace vuestro cuerpo -al pasar por delante de la lámpara de la galería. - -—No es eso, señor, no es eso. - -—¿Qué es, pues? esplicaos. - -—Mi esposa... - -—¿Vuestra esposa es sombra? ¿Qué decís? - -Temblaba ya Ferrus de pies á cabeza con la esplicacion del escudero, -y no sabia don Enrique qué creer de semejante asombro. - -—Digo, señor, concluyó Vadillo reponiéndose, que la dueña enlutada no -es mi esposa, porque mi esposa está en su habitacion, y mi esposa no -ha salido ni saldrá... - -—¿Estais seguro? - -—Como estoy vivo. - -—¿Quién puede entonces...? - -—No puede ser, dijo Ferrus, sino... - -—La sombra de la condesa, concluyó Vadillo. - -—¿La sombra de la condesa? ¡Esa es buena! esclamó soltando una -estrepitosa carcajada don Enrique de Villena. - -—¿Te ries, señor? - -—¿No he de reirme si habeis perdido entrambos la cabeza? - -—Ah, señor, repuso Vadillo, veo que si yo contara un sueño... En fin, -quiero que me hayais referido de la condesa la pura verdad. ¿Estais -seguro de que el encargado de...? - -—Delirais, Vadillo, delirais. Verdad es que ahora pierdo yo el hilo -de mis observaciones, y no sé... Puesto que decís que estais seguro -de haber visto á vuestra esposa, confieso que no entiendo... De todos -modos es necesario que vayais á buscar al astrólogo: os aguarda para -darme una razon que espero con ansia. ¿Os atreveríais, ya que vais, -Vadillo, á averiguar quién sea la tapada? ¿Tendríais resolucion...? - -—Manda, señor, á tu escudero. - -—Bien, pues yo confio á vuestro talento esa intriga: si el -nigromántico lo sabe, os lo dirá; sino ved de tocar siquiera -esa sombra, que como la toqueis, y como ella ofrezca cuerpo y -resistencia, añadió riéndose don Enrique, podeis estar seguro, no -quiero yo decir de que sea vuestra esposa, pero á lo menos, sí de que -es persona; y á ser hombre como parece muger... - -—Entonces, señor, yo os prometo que mi espada hiciera pronto la -esperiencia. Perdona si el sobrecogimiento de una escena que he -tenido tan rara, tan estraordinaria, me ha hecho parecer á tus ojos, -señor... - -—Vadillo, os he visto pelear; sé que teneis valor. Conozco por -otra parte á los hombres: son débiles y miserables en todo. Una -preocupacion es mas fuerte que cien ballesteros. - -Iba á despedirse el escudero para la cámara del astrólogo; donde -le esperaban acontecimientos mas estraordinarios cien veces que -los pasados; pero don Enrique le detuvo para dar lugar, lo uno á -las intrigas que debia preparar el nigromante, y lo otro porque -entonces que en realidad le engañaba, una voz interior le gritaba que -debia tratarle con mas amistad y consideracion que nunca. No debia -faltarles tampoco que hablar desde que don Enrique era maestre, desde -que iba á ser Hernan Perez caballero, y desde que el singular duelo -de la mañana habia venido á complicar tan estraordinariamente los -negocios y los intereses de los principales personages de nuestra -verídica historia. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XIX. - - Y despues de haber propuesto - su intento y sus pretensiones - á los de guerra y estado - que atento le escuchan y oyen, - en confuso conferir - se oye un susurro discorde, - que sala y palacio asorda - la diversidad de voces. - - _Rom. de Bernardo del Carpio._ - - -Cosa indudable es que don Enrique de Villena, una vez adoptadas -sus ambiciosas ideas de elevacion, no perdonaba medio alguno de -llevarlas á cabo, ni daba un punto reposo á su imaginacion, buscando -trazas para asegurarlas. El alto puesto que anhelaba era sin embargo -bastante apetecible para que se le ofreciesen naturalmente en el -camino de sus intrigas temibles maquinaciones de sus enemigos y -poderosos contendedores. No habrá olvidado el lector tan pronto, -si es que ha llegado á tomar alguna aficion á los sucesos que le -vamos con desaliñada pluma enarrando, aquel don Luis de Guzman, -que paseaba el salon de la corte en la mañana de este mismo dia -hablando con el famoso coronista Pero Lopez de Ayala. Si no ha -olvidado á aquel caballero, y si recuerda el diálogo en que se le -presentamos por primera vez, tendrá presente tambien que el coronista -le habia designado como sucesor probable de su tio don Gonzalo de -Guzman, último maestre de Calatrava. Llamábanle efectivamente á -este alto puesto, en primer lugar su parentesco con el difunto, su -vida egemplar é irreprensible conducta, el título de comendador de -la orden, y la confianza que inspiraba á los mas de los caballeros. -Era generalmente querido, y en realidad mas digno del maestrazgo -que don Enrique de Villena, en aquella época, sobre todo, en que el -valor solia suplir todas las demas calidades: teníale don Luis en -alto grado, y habia dado de él repetidísimas y brillantes pruebas -en las guerras de Portugal y de Granada, al paso que de don Enrique -se podia sospechar fundadamente que no era su virtud favorita, -pues nadie recordaba haberlo visto jamas en ningun trance de -armas. Habia probado ademas don Luis que conocia los deberes todos -de buen caballero en las diversas justas y torneos en que habia -sido mantenedor ó aventurero; sabia manejar en todas ocasiones con -singular gracia un caballo, rompia una lanza con bizarría, acometia -con denuedo en la carrera, corria parejas con estrema donosura, cogia -sortijas con destreza, y disparaba cañas con notable inteligencia. -Don Enrique, por el contrario, empleaba todo su fuego en semejantes -circunstancias en hacer una trova muy pulida y altisonante, en que -cantaba las hazañas agenas, á falta de las propias. Pero era el -mal que en la corte de don Enrique no habian obtenido todavia las -trovas aquel grado de estima que en reinados posteriores llegaron á -alcanzar; cosa en verdad que no dejaba de ser justa, si se atiende á -que las trovas servian solo para matar el fastidio momentáneamente -en un banquete de damas y cortesanos, al paso que una lanza bien -manejada derribaba á un enemigo; y en aquellos tiempos belicosos eran -mas de temer los enemigos que el fastidio. - -Las intrigas de don Enrique habian impedido que este mancebo generoso -supiese á debido tiempo la infausta nueva de la muerte de su tio. La -primera noticia que de ella tuvo fue la que en pública corte recibió, -y en el primer momento la sorpresa de no haber sido de ella avisado, -circunstancia que no acertaba á esplicarse á sí mismo facilmente, y -el dolor le embargaron toda facultad de pensar y abrazar un partido -prontamente. Sacóle empero de su letargo la eleccion que hizo el rey -de su pariente para succeder en el maestrazgo, é indignóle aun mas -que semejante nombramiento la bajeza con que se adelantaron varios -caballeros de su orden á proclamar casi tumultuosamente al conde. Mal -podia sin embargo en aquella circunstancia manifestar su agravio, -ni menos oponerse á la dicha de su competidor. Aunque lo hubiera -intentado, hubiérale sido muy dificil pronunciar una sola palabra, -porque debemos añadir á lo que de su carácter llevamos manifestado, -que tenia tanto don Luis de cortesano, como don Enrique de valiente. -Todos sus conocimientos estaban reducidos á los de un caballero de -aquellos tiempos: habíanle enseñado en verdad á leer y escribir, -merced á la clase elevada á que pertenecia; pero cuando no tenia -olvidado él mismo que poseía tan peregrinas habilidades, que era la -mayor parte del tiempo, no comprendia por qué se habrian empeñado -sus padres en hacerle perder algunos años en aquellos profundísimos -estudios, que no le podian ayudar, decia, á rescatar una espuela ni -el guante de su dama en un paso honroso. ¿Qué cota por débil que -fuera, que almete por mal templado habia cedido nunca á la lectura -de un pergamino por bien dictado que estuviese, ó al rimado de una -trova por armoniosa que sonase? Despreciaba asimismo las galas del -decir, y el elegante artificio de la oratoria, porque solia repetir -que él llevaba la persuasion en la punta de su lanza, y efectivamente -habia convencido con ella á mas moros que los misioneros que iban -continuamente á Granada; éstos no solian sacar otro fruto de su -peregrinacion cristiana que la palma del martirio, la cual podia ser -muy santa y buena para su alma; pero no daba un solo súbdito á la -corona de Castilla, sino antes se lo quitaba. Bien se ve por este -ligero bosquejo que era don Luis hombre positivo, y que no hubiera -hecho mal papel en el siglo XIX. En esta candorosa ignorancia, y en -la fuerza de su brazo, consistia su popularidad, porque entonces como -ahora se pagaba y paga la multitud de las cualidades que le son mas -análogas, y que le es mas facil tener: en ellas tomaba su orígen el -carácter impetuoso y poco ó nada flexible de don Luis; cuando oyó la -eleccion que habia hecho el rey Doliente, miró á una y otra parte -todo asombrado, como si no pudiese ser cierta una cosa que no le -agradaba, enrojecióse su rostro, cerró los puños con notable cólera é -indignacion, miró en seguida al rey, miró al conde de Cangas, miró á -los caballeros calatravos que le proclamaban, encogióse de hombros, y -sin proferir una sola palabra salióse determinadamente de la corte, -accion que en otras circunstancias menos interesantes hubiera llamado -estraordinariamente la atencion de los circunstantes. Nadie sin -embargo la notó, y el ofendido caballero pudo entregarse libremente -al desahogo de su mal reprimida indignacion. Hubiera él dado su mejor -arnés y su mejor caballo por haber sabido el golpe que le esperaba en -el momento aquel en que la acusadora de su rival habia apostrofado -á los caballeros presentes en favor de su demanda. No hubiera sido -Macías entonces el que se hubiera llevado el honor de salir por la -belleza; porque es de advertir que la acusacion, que, como á todos, -le habia parecido inverosímil en el instante de oirla, comenzó á -tomar en su fantasía todos los visos no solo de verosímil, sino de -probable, y hasta de cierta desde el punto en que se vió suplantado -por el que era objeto de la querella. Es evidente, dijo para sí, -que don Enrique es un fementido: mientras mas lo pienso, mas me -convenzo de su iniquidad. ¡Felonía! ¡matar á una muger!!! Desde que -hizo este raciocinio hasta el dia de su muerte, don Luis de Guzman -no pudo admitir jamas suposicion alguna que no fuese en apoyo de -esta opinion: era evidente para él que don Enrique habia matado á su -esposa, y aunque la hubiera vuelto á ver de nuevo buena y sana, cosa -que no sabremos decir si era facil ya que sucediese, hubiera dudado -primero de sus propios ojos que del delito de don Enrique. Asi juzgan -los hombres, y los hombres exaltados sobre todo. - -Llegado don Luis á su casa, llamó á su escudero, y le dió el encargo -de convocar á los caballeros de Calatrava en quien mas confianza -tenia, y que no habian asistido á la corte de aquel dia. Mientras que -el escudero partió á desempeñar su delicada comision, quedó don Luis -paseando á lo largo su habitacion, y maquinando cómo podria asir la -dignidad que acababa de deslizársele entre las manos. - -De alli á poco comenzaron á ir llegando los caballeros de Calatrava, -llamados unos, de su propia voluntad otros, al saber la escandalosa -novedad que en la orden ocurria. Varios entre ellos tenian el -mismo motivo de agravio que don Luis, es decir, que no podian -alegar mas causa de su enemistad á don Enrique que el haber éste -conseguido lo que ellos para sí deseaban: estos tales se hubieran -reunido igualmente con Villena contra don Luis si hubiera sido éste -el afortunado. El amor propio ofendido y el deseo de derribar al -poseedor eran su único objeto al reunirse, cosa que sucede comunmente -en los mas de los conspiradores y descontentos. No sucedió, pues, en -esta ocasion sino lo que suele siempre suceder en casos semejantes; -pero habia una circunstancia favorable para ellos esta vez: á saber; -que Villena prestaba mucho campo á la oposicion, de suerte que en -realidad no eran sus enemigos los que tenian ventaja, sino él el -desventajado. - -No tardaron mucho tiempo en hallarse reunidos en la casa posada de -don Luis Guzman mas de veinte entre caballeros y comendadores de -Calatrava. Seguia paseándose en silencio el desairado candidato, -y solamente una seca inclinacion de cabeza, y un ademan mas seco -todavia, con que hacia seña de ofrecer asiento, marcaban de cuando -en cuando la entrada de un nuevo concurrente. Al ver tan distraido y -preocupado al dueño de la casa, sentábase cada cual, y esperaba con -humilde resignacion á que tuviese por conveniente romper tan incómodo -silencio: lo mas á que se estendia el atrevimiento en tan solemne -reunion, era á preguntar en voz imperceptible alguno á su compañero -y adlátere el objeto de aquella misteriosa asamblea. Luego que le -pareció á don Luis suficiente el número de sus oyentes, soltó la -rienda á su desnuda elocuencia con toda la seguridad de un hombre que -está muy lejos de imaginar que puedan reprochársele las frases que -usa, ó vituperársele los vocablos que para espresar sus ideas adopta. - -—¡Por Santiago, caballeros de Calatrava! esclamó: que hoy luce un dia -bien triste para nuestra orden. Dia de oprobio, dia que no saldrá -facilmente de vuestra memoria. Un rey débil, un rey enfermo, un rey -en cuya mano estaria mejor la rueca de una dueña que la lanza de -un caballero, osa atropellar vuestros fueros y privilegios, y ¡voto -va! que no luce bien la cruz roja en un pecho dispuesto á sufrir -humillaciones. ¿Sabeis lo que es honor, caballeros de Calatrava? se -interrumpió bruscamente á sí mismo el comendador, parándose de pronto -en su paseo, como hombre que ha perdido el hilo de un largo discurso -que trae mal estudiado, y que se decide por fin á reasumir en una -sola frase enérgica y terminante todos sus cargos y argumentaciones: -¿sabeis lo que es honor, caballeros de Calatrava? - -A la primera enunciacion de este inesperado apóstrofe, dejóse -percibir sordo murmullo de desaprobacion en el auditorio, y -poniéndose en pie uno de sus principales oyentes, - -—Duda es esa, señor don Luis de Guzman, que cada uno de los que -mirais aqui reunidos á vuestro llamamiento sabria desvanecer bien -presto, á no ser vos el que la anunciais. Ignoro los motivos que -podeis tener para haber llegado á darle entrada en vuestro corazon, -pero yo en mi nombre, y en el de todos los presentes, os ruego que -os sirvais esponernos brevemente la causa que á esta convocacion os -mueve, y á declarar qué habeis visto en los caballeros de la orden -que provoque tan alta indignacion. Espada tenemos todos, y en cuanto -al valor, no será esta la primera ocasion en que probemos que no -estamos acostumbrados á sufrir ultrajes impunemente. - -—Nunca dudé, contestó don Luis con la satisfaccion de un hombre que -ve abundar á sus oyentes en sus mismas opiniones, nunca dudé de -vuestro valor. Como comendador mas antiguo, como pariente de nuestro -buen maestre, que acaba de fallecer en Calatrava, he creido tener -derecho á convocaros cuando se trata de los altos intereses de la -orden, y de evitar acaso su ruina. - -—¿Su ruina? esclamaron á una todos los caballeros. - -—Su ruina, sí, repitió Guzman, su ruina. Hoy ha llevado un golpe -que tarde ó nunca se reparará. Varios de vosotros lo habeis oido. -Escuchadlo los demas con espanto y con indignacion. No se espera ya -á que los caballeros de la orden, reunidos en su capítulo, pongan á -su cabeza, movidos de justas razones, al caballero mas perfecto, mas -esperimentado en las lides, mas prudente en los consejos. No: un rey -por sí y ante sí, atropellando nuestros mas sagrados derechos, eleva -á la dignidad que mil hechos heróicos, que una larga vida de virtudes -bastan apenas á merecer, ¿á quién? á un hombre cuyo penacho no sirvió -nunca de guia á los valientes en una batalla, á un hombre que nunca -dió el primero ni oyó resonar en torno suyo el grito de ¡Santiago -cierra España! Á un hombre que ha trocado la lanza por la pluma cuyo -campo de batalla es una mesa cubierta de inútiles pergaminos; que -no ha vencido nunca sino las necias dificultades de lo que llama él -rimas. Á un hombre, caballeros, de quien con fundada razon se dice -que tiene inteligencia con los espíritus, y que... - -—¡Qué horror! - -—Oidlo, sí, con escándalo, nobles compañeros. Ese es el hombre que -nos destinan por maestre: un afeminado cortesano, un intrigante -ambicioso, un rimador, un nigromante en fin... - -—¡Fuera, fuera! gritaron á una los caballeros, cuyos ánimos iba -templando ya el calor comunicativo y la natural elocuencia de la -pasion que dominaba en el comendador. - -—¿Lo sufriremos? continuó don Luis, como una piedra que caida de una -altura desmesurada sigue rodando largo espacio despues de llegada al -llano, ¿lo sufriremos? Yo por mí, nobles caballeros, juro á Santiago -de no dormir desnudo y de no comer pan á la mesa mientras que vea la -orden á su cabeza al... al... ¿para qué callarlo en fin? al asesino -de su esposa. - -No necesitaban ni tanto ya los caballeros reunidos en casa del -comendador para acabar de perder la poca sangre fria que les quedaba. -La última frase del orador produjo el efecto de una chispa lanzada -en medio de un monton de estopa seca. Veíase lucir en todos los -semblantes la misma animacion que en el de Guzman; todos provocaban -y escitaban mútuamente su cólera con la relacion de las ofensas que -en aquel momento se figuraba cada cual haber recibido ó del rey -Doliente ó del intruso maestre. Inútil es decir si se recapitularon -largamente las calidades del conde de Cangas. Habia quien lo habia -visto horas enteras evocando los manes de los difuntos en un -cementerio en compañía del judío Abenzarsal; habia quien le habia -visto sepultarse en una larga redoma y desaparecer á los ojos de los -circunstantes; y hasta se llegaba á probar que habia estado en mas -de una ocasion en dos partes opuestas á un mismo tiempo: lo cual, -como convinieron todos, no podia obrarse sino por arte del demonio, -si se atiende á que cada uno no suele tener en el mundo mas que un -cuerpo; ahora bien, era cosa sabida que el demonio no hace nada de -valde, circunstancia que podria hacerle pasar perfectamente por -escribano ó agente de negocios; de lo cual era forzoso inferir que -don Enrique le habria vendido su alma, si bien no habia entre tanto -ilustre caballero quien osase descifrar las ventajas que al demonio -le podian resultar de poseer el alma de don Enrique de Villena, tanto -mas cuanto que á todo tirar no era realmente de las mejores. - -Quedó sin embargo establecido por punto general; primero, que don -Enrique habia sido, era y seria eternamente nigromante por pacto con -el demonio: segundo, que habia sido asimismo, era y seria eternamente -el asesino de su esposa, lo cual habia de ser irremisiblemente -cierto, mas que no hubiese tal demonio, ni tal esposa muerta, cosas -para nosotros, si hemos de decir verdad, igualmente dudosas. - -Resueltos estos dos puntos principales, era consecuencia forzosa -el resolver la deposicion del maestre: esto en verdad ofrecia mas -dificultades, pero la imaginacion las superó; convínose primeramente -en que don Luis de Guzman quedaria en la corte para esponer -reverentemente á su alteza que los estatutos de la orden de Calatrava -determinaban que solo pudiese ser nombrado el maestre por eleccion -de los caballeros y comendadores reunidos en capítulo; y que para -ganar tiempo mientras se recababa de su alteza la revocacion del -nombramiento ilegal, saldrian varios de los caballeros presentes en -calidad de emisarios á los diversos puntos donde habia fortalezas -y castillos de la orden para evitar que se reconociese y prestase -juramento de pleito homenage al conde de Cangas. Uno sobre todo -debia ir y declarar al clavero de la orden residente en Calatrava -que era la voluntad del mayor número de los caballeros que siguiese -desempeñando las funciones de maestre, lo cual ademas le suplicaban -rendidamente por el bien de todos, mientras que se procedia á la -eleccion del que hubiese de ser válida y legalmente nombrado. - -No perdieron, pues, instantes preciosos, y antes de anochecer -los caballeros habian hecho voto solemne de llevar adelante su -empresa, mientras que estuviese pegado el puño de la espada á la -hoja, y mientras que corriese una gota de sangre por las venas: -todos habian ofrecido al santo de su devocion el don que les parecia -mas grato á sus ojos, y se habian separado, despues de conferidos -poderes á cada uno de los emisarios en nombre de aquella junta, que -llamaron _capítulo estraordinario_, y al cual supusieron igual poder -que al capítulo general, en vista de la urgencia y apuro de las -circunstancias en que se habia celebrado. - -Verdad es que tampoco se habia dormido don Enrique de Villena, á -quien no se le ocultaba que podria encontrar una enérgica oposicion -en los caballeros; antes disponiendo de varios de los que se habian -pronunciado en su favor en la corte de aquella mañana, tomó igual -providencia enviando á Calatrava á Alhama, y á otros puntos emisarios -que le dieran á reconocer, que animasen á los tibios con promesas -de adelantamiento, ganasen á los descontentos con plazas efectivas -de comendadores, y enardeciesen á los amigos para que no pudiese en -ningun caso ser contraria á la eleccion de su alteza la eleccion del -capítulo, que bien sabia él que se necesitaba para la tranquila é -indisputable posesion del apetecido maestrazgo. - -Dejemos empero á los emisarios de uno y otro corriendo los campos de -Castilla, y llevando de una parte á otra órdenes contradictorias, y -volvamos á seguir el hilo de las maquinaciones, de que era teatro la -parte del alcázar destinada á las habitaciones de su alteza y de sus -mas allegados servidores. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XX. - - Quien esto vos aconseja - vuestra honra no queria. - - _Rom. de don García._ - - -Empezaba á anochecer cuando el astrólogo Abrahem Abenzarsal, -paseándose en su laboratorio con notable inquietud, parecia esperar -á alguna persona, ó el éxito por lo menos de alguna de las muchas -intrigas en que le tenia embarcado á la sazon su desmedida avaricia. - -—¿Si habré cometido una imprudencia? decia. ¡Oh! á mi edad seria -imperdonable. ¡Los motivos que me espuso fueron tan poderosos y -tantas sus lágrimas, tan eficaces sus ruegos!! No sé qué principio -de condescendencia hay en el corazon del hombre, el mas duro, el mas -empedernido, el mas viejo, para con una muger, y una muger hermosa -y jóven que suplica... pero... alguien viene... ¡Ah! No cometí -imprudencia alguna.—Señora, me hallais en la mayor inquietud... -estaba anocheciendo ya... - -—Os dí mi palabra, respondió la dama, que entraba, é hicísteis mal -en estar con cuidado. Pero os advierto lo mismo que esta mañana os -advertí: bien conoceis cuán dificil es que en mi posicion pueda -continuar semejante enredo. Os he dicho ya que las razones que á -ocultarme me obligaron nada tenian de comun con su alteza; muchas -veces no se puede hacer una obra buena á cara descubierta; las -posiciones de la vida... En fin ya me habeis comprendido. Espero, -pues, que si no habeis hablado á su alteza, le hableis cuanto antes -os sea posible. - -—Esta misma noche, señora, podreis retiraros. Una vez que sepa su -alteza quién sois, ¿qué inconveniente podrá haber...? - -—¡Qué agradecida debo estaros, sabio Abrahem! - -—Vuestra estancia aqui es ahora indispensable. Su alteza pudiera -querer veros, y sus órdenes han sido tan terminantes... Por otra -parte no es de estrañar que quiera tomar con la acusadora de su -querido pariente todas las medidas que la prudencia indica, sobre -todo cuando no presenta acusacion tan atrevida vislumbre alguna de -verosimilitud. - -—¿Vos tambien, Abenzarsal, vos que conoceis á don Enrique de -Villena...? - -—Porque le conozco, señora, no le creí nunca capaz de un... - -—De todo, Abrahem, de todo. - -—Veo que os hace obrar, señora, algun resentimiento particular... -¡Oh! sabido es que el conde fue siempre aficionado en demasía á las -bellas... - -—De nada le hubiera servido esa aficion para conmigo... - -—Conozco vuestra virtud... pero pudiera muy bien... - -—¿Sí? ¿y qué? ¿para qué negarlo? largo tiempo duró su persecucion; -pero si alguno de los dos puede aborrecer al otro por ese recuerdo, -él es y no yo... - -—Lo sé, señora... - -—Por lo que á mí hace, me ha movido la amistad que á la condesa, mi -señora, siempre he profesado, y el cielo; no otras consideraciones. -Las que puedan moverle á él contra mí me interesan poco, Abenzarsal. -Hállome bajo la proteccion de las leyes, bajo la salvaguardia de mi -estado, bajo la custodia ahora de su alteza mismo. - -—Decís bien, hermosa dama. Perdonadme si no entro ahora mismo á -hablar por vos á su alteza; pero tengo para mí que ha de estar en su -cámara todavia su doncel favorito, cuya larga ausencia no podia menos -de dar lugar ahora á largas entrevistas. ¿Conoceis supongo al doncel -Macías? ¡pero qué distraccion! es vuestro defensor. - -—Sin embargo, respondió la dueña cubriéndose el rostro con su abanico -morisco, nunca le hablé... - -—¿No? - -—Ya visteis que su presencia en la corte no tenia indicio de cosa -premeditada de consuno. La casualidad sin duda le trajo... á tiempo -que ningun caballero de la corte de don Enrique queria arrostrar por -una débil muger el poder del insolente Villena. - -—Y su bizarro valor fue en ese caso y su cortesanía lo que le obligó -á... - -—¡Oh! eso no es nada. Mas es de admirar la cobardía de los demas -caballeros que su valor. Ese es deber... - -—No sereis vos sin embargo, prosiguió el astuto astrólogo, la que -negareis al único caballero que os ha librado del riesgo en que -estabais las brillantes y peregrinas dotes que Castilla toda le -concede... - -—Ciertamente, no. ¿Sabeis qué hora es? - -—Aqui teneis el arenero... Un solo defecto suelen encontrarle... - -—¿A quién? - -—Al doncel. - -—¿Y cuál? repuso la dama afectando una indiferencia que por cierto no -sentia. - -—Nada; dícese que nunca se le ha conocido dama alguna: sin embargo -tiene edad ya de enamorarse. - -—¿Quién sabe si lo estará realmente? ¿Es forzoso decir á gritos...? - -—No; pero sabeis que á su edad es raro el caballero que no puede -llevar un mal lazo, una banda, prenda del amor de su dama. Hasta es -desdoro. Como no sea que adore en secreto á alguna belleza cuyo mote -no pueda llevar... - -—¿Qué decís? - -—Ó es eso, señora, ó es que el doncel no es sensible sino al aguijon -de la gloria. En ese caso su galantería seria pura caballerosidad... - -—¿Estará ya solo su alteza? interrumpió la agitada dama. - -—Paréceme, señora, que teneis interes en interrumpir la conversacion -del doncel... ¿Seria yo indiscreto al hablar delante de vos...? - -—Oh, no, no, nada de eso; hablad de él como pudierais de cualquiera -otro. Solo me relaciona con él el vínculo de la gratitud que -recientemente me ha merecido. - -—Solo una cosa tenia que añadir, en el supuesto de que esta -conversacion no os incomode... ¿Estais inquieta? - -—No, os he dicho que no: estoy tranquila. ¿Por qué no habria de -estarlo? - -—Digo, pues, que acaso ahora con ser vuestro caballero... - -—¡Mi caballero! - -—Forzosamente ha de serlo. - -—Sí; mi campeon; repuso la enlutada con un suspiro escapado del pecho -á su pesar. - -—Como querais. La posicion en que está para con vos, ese misterio que -os empeñais en guardar, la compasion que inspirais, y el entusiasmo -al mismo tiempo á que inclina el hermoso rasgo de amistad que -habeis... - -—No me lisonjeeis, y acabad. - -—Todo eso, pues, hará nacer acaso en su imaginacion ideas que no -habrá tenido nunca tal vez, y en su corazon una aficion... - -—Perdonad, Abrahem, si os interrumpo pero admiro vuestra -penetracion. ¿Habeis conocido antes en mi rostro que me sentia -incomodada...? - -—¿Será cierto? esta conversacion... - -—No, la conversacion no, repuso la dama reclinándose; pero la -agitacion del dia, la precipitacion ademas con que he tenido que -andar no me ha permitido tomar alimento y siento una debilidad... - -—¿No os decia yo? la palidez de vuestro rostro me lo anunciaba. Ved -qué necio, y yo creía que era la conversacion... ¡Qué tontería! Ya -veo que el dia que habeis traido hoy es mas que suficiente motivo... - -—Decís bien. - -—Ya sabeis que mi primera ciencia es la de curar, si quereis seguir -mis consejos... - -—¡Ah! ¿Creeis que esta debilidad...? - -—¿Quereis tomar algun alimento? - -—Me será imposible... - -—Verdad es... Si quisierais una bebida cordial que os diese fuerzas... - -—¿Teneis...? - -—Yo mismo os la prepararia... Os daria descanso y fuerzas. - -—Como gusteis, Abrahem. - -—La tomareis, dijo el físico, preparando unas yerbas, y podreis -descansar un rato aqui mientras que paso á hablar á su alteza. - -—Pero en vuestra ausencia... - -—No temais: nadie viene á mi cámara: el estudio y el retiro en que -vivo alejan de mí las visitas que pudieran turbar vuestro reposo. -Ningun sitio del palacio mas seguro que este: su inmediacion á la -cámara del rey, las muchas guardias que custodian las próximas -galerías... - -—No, no es que tema ningun peligro; pero... - -—Perder el miedo; por otra parte teneis vuestro antifaz, que puede -en todo caso guardaros de la indiscrecion, y vuestras dos dueñas -esperan vuestras órdenes en mi antecámara. A la menor voz, ellas y -los ballesteros... - -—Decís bien. - -—Perdonad si vuestros mismos intereses me obligan á dejaros sola en -mi habitacion; mi ausencia será corta. - -—Eso deseo. - -—Tomad, pues, señora, esa bebida. - -—¿Pero me respondeis de su eficacia...? - -—Estoy seguro de ella: apuradla. - -—Ya veis si tengo confianza en el físico de su alteza; ni una sola -gota he dejado. - -—Obrásteis como prudente, repuso el empírico con una alegría que -disimulaban mal sus ojos llenos de fuego y de esperanza. Reclinaos -ahora un momento. - -—No, no hay necesidad. - -—Presto conoceréis sus efectos; es maravillosa la virtud de la -bebida; al principio parecerá quitaros las fuerzas; pero despues... Y -obra con una rapidez... - -—Sí; paréceme que siento como pesadez... - -—¿No os dije? acaso os hará dormir... - -—¡Dormir, Dios mio! y aqui...¡Abrahem!! - -—¡Señora! - -—¡Santo Dios! ¿por qué no me lo habeis dicho? - -—¡Oh! será un momento... una hora... - -—¡Una hora, Abrahem! Quiero marcharme... Me pondré el antifaz... - -—¿Qué decís? si quereis mi lecho... - -—¡Dios mio! ¡Dios mio...!¡Qué sueño, Abrahem, qué pesadez! es de -plomo mi cabeza... Abrahem, Abrah... ah... Bien. - -Apenas tuvo fuerza para pronunciar esta última palabra, á la cual no -podia ya dar la enlutada sentido alguno. Inclinóse su cabeza, dejó -caer su brazo lánguidamente, abrióse su mano, y desprendióse de ella -sobre su sitial el hermoso pañuelo que bordado de su propia mano -traía, y en que lucia su nombre con gruesos caractéres góticos de -oro y seda artificiosamente mezclados. El mas profundo letargo habia -sobrecogido á la enlutada, y el astrólogo conocia efectivamente muy -bien el maravilloso efecto de la narcótica bebida. - -—¡Es mia! dijo, despues de un momento de silencio, el físico: ¡es -mia! añadió levantando el antifaz con que se habia cubierto la dueña -la cara antes de dormirse, y volviendo á dejarle caer sobre sus -hermosas facciones luego que la vió profundamente dormida. Téngola -segura aqui para mas de dos horas. Una hora tengo para hablar con su -alteza; otra para el desenlace de esta intriga infernal. Infernal, -sí, pero pagada. Esta es la circunstancia que han de tener las -intrigas. Dichas estas palabras, reconoció el astrólogo su habitacion -y las puertas de ella; cerró la comunicacion con la escalera secreta, -y salió con direccion sin duda á la cámara de su alteza. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XXI. - - ¿Cuyo es aquel caballo - que allá bajo relinchó? - . . . . . . . . . . - ¿Cuyas son aquellas armas - que estan en el corredor? - . . . . . . . . . . - ¿Cuya es aquella lanza - que desde aqui la veo yo? - - _Canc. de Rom. Anón._ - - -Mas de una hora habia pasado desde que el intrigante viejo habia -sepultado en letargo profundo á la incauta enlutada, y no habia -alterado en aquel espacio el mas mínimo ruido la tranquilidad que en -el laboratorio reinaba. - -Por fin dos hombres, vestido el uno de rica y vistosa seda, de tosco -buriel el otro, armado aquel simplemente con una espada, balanceando -éste en su diestra mano un aguzado venablo, entraron en la pieza -inmediata á la del astrólogo. - -—¿Con que está decidido, dijo Hernando, que vais á ver á ese -astrólogo? - -—Citóme esta mañana, Hernando, repuso Macías, y no ha mucho que le he -visto en la cámara de su alteza. “Dentro de una hora, me dijo, estaré -en mi aposento: esperadme, si tardare un momento.” - -—¡Plegue á Dios que no acabe el judío de volverte el juicio, señor! - -—¿Por qué, Hernando? - -—Por el soto de Manzanares, señor, que otra vez le viniste á ver -y nos ha costado andar meses perdiendo alcones en los montes de -Calatrava, que asi sirven para los de Madrid como sirven los mas de -los perros del rey Enrique para mi leal Bravonel. - -—Asi estaba escrito, Hernando; mi negra estrella lo dispuso de esa -suerte. - -—Voto ya, señor, que yo no tuve nunca mas constelacion que mi mano -derecha, y lo que sé decirte es que siempre está escrito que muera el -venado contra el cual disparo mi venablo. - -—¿Niegas tú, pues, la influencia de las constelaciones? - -—No niego nada, pésiamí: pero si tienes enemigos, señor, y si quieres -conjurarlos, ¿por qué no me dices: Hernando, escatima el rastro de -aquel oso que me incomoda? Mal año para Hernando si antes de la luna -nueva no habias de poderle hacer una buena zamarra con la piel de la -bestia. - -—Muchas veces, Hernando, conviene cazar de otra manera. Puede mas el -ingenio que la fuerza. - -—¿Y qué, no tiene ingenio un montero? No todo ha de ser tampoco dar -lanzada; pero maneras hay de cazar, si bien no se hicieron todas para -monteros de corazon. No gusto yo de ardides; pero por tí, válame -Dios, que monteara yo presto de todos modos. Tambien yo estuve en tu -tierra; alli en Galicia aprendí la montería á buitron, y mas de un -lobo he cogido al alzapie. - -—Bien se trasluce, Hernando, que se te alcanza mas de ardides de -montería que de intrigas de corte. Mira si puedes esperar á mi -salida, y dejemos para mejor coyuntura tus toscos lazos. - -—Toscos, señor, pero seguros. Aqui te espero, y á la buena de Dios. -Quiera éste que no caigas tú en la hoya del adivino, y salgas cazado -pudiendo cazar. - -—No temas, Hernando, que en último apuro no ha de faltarme nunca una -buena lanza, y eso es todo lo que necesita un caballero. Entre tanto -no tengo que temer del astrólogo, á quien nunca hice mal, sino de mí -mismo, y este peligro es el que vengo á prevenir, que aquel prevenido -se está. - -—Como de esas veces sale la fiera de donde no se espera. El oso era -enemigo del hombre antes de que el hombre supiera cazarle. Anda con -Dios, señor, mientras yo le quedo rogando que sea mas feliz esta -prediccion del astrólogo que la pasada. - -Sentóse á un lado Hernando dichas estas últimas palabras, y el dudoso -doncel entró en el laboratorio del judío, inquieto por sus propios -presentimientos, reforzados con las palabras del montero, y por el -objeto de su supersticiosa visita. - -La luz que alumbraba la habitacion era una lámpara de que solo -ardia un mechero, y ese con pálido resplandor, porque el adivino no -ignoraba cuán favorable es á la osadía en el amor un débil reflejo -que sirve de velo al pudor y de capa al enamorado deseo. El doncel -por lo tanto dirigió la vista á la mesa á que solia estar sentado -trabajando el judío, y no vió á nadie. El sitial, donde estaba -la dama reclinada, caia del otro lado de la mesa, y el aburrido -caballero se creyó solo por consiguiente.—No está, dijo para sí; -le esperaré. No habia mucho que se habia abandonado en un asiento á -sus melancólicas imaginaciones, cuando le sacó de su distraccion un -ruido acompasado semejante al que produce el desigual aliento de una -persona que duerme agitadamente. Miró á todos lados, y creyó que su -oido le engañaba, cuando un profundísimo suspiro vino á confirmarle -en su primera sospecha. - -—¿Quién hay aqui, dijo levantándose: quién? Alguien duerme en esta -habitacion, ¿será que el judío, rendido al poder del sueño...? -pero Santo Dios, ¿qué veo? añadió reparando en la dormida, cuyo -vestido se confundia en color con el fondo oscuro de los muebles -y de la habitacion. Una persona... ella... ella es... la dama que -esta mañana... no hay duda. Yo te doy gracias, Santo Dios, por -esta ocasion que me deparas propicio para averiguar lo que tanto -anhelaba saber. ¡Oh! añadió acercándose con blando paso, temeroso de -despertarla; ¡haced, Dios mio, que no venga nadie ahora, nadie! - -La postura que el abandono de su letargo habia hecho adoptar á -la dormida era tan elegante como puede serlo la de una hermosa -dormida: su ropa la cubria enteramente; uno de sus pies adelantado -indolentemente, y levantando el estremo de su vestido, dejaba ver el -torneado y escelente contorno de una pierna modelada por el deseo: no -la hubiera hecho mas perfecta la imaginacion. Reclinábase sobre la -una mano su cabeza, y la otra, naturalmente caida, parecia destinada -á ser el objeto de la osadía de un amante arrodillado. Su estremada -blancura, que se destacaba del fondo negro del vestido sobre que -descansaba, la hacia semejante á esas pequeñas manchas de nieve que -suelen verse todavia á fines de la primavera, desde larga distancia, -resaltando entre las quebradas de una escarpada y oscura montaña. -La agitacion de su descanso marcaba á cada sobrealiento la delicada -forma de su seno, que se alzaba y deprimia como suelen alzarse y -deprimirse las leves ondas al blando impulso de la brisa azotadora. -Su aliento desigual solevantaba de cuando en cuando el ligero antifaz -de seda, y dejaba descubierta un instante la estremidad de su rostro, -por la cual parecia poderse deducir fundadamente la hermosura del -resto que no se llegaba á ver: levantándose alguna vez un poco mas -el antifaz llegaba á descubrirse cerca de la boca la huella de -una fugitiva y vaga sonrisa; bien como un relámpago mas prolongado -suele en una noche tenebrosa ofrecer por un instante á la vista del -ansioso espectador una porcion del cielo que dejan á descubierto los -intervalos de las nubes, ó la lejana y suave superficie de un arroyo -plateado. - -El doncel, cruzado de brazos á su lado, y sin atreverse á respirar ni -acercarse por no terminar él mismo con el mas leve ruido la dicha de -su contemplacion, esperaba el inmediato movimiento del antifaz, como -si hubiese de ir viendo cada vez mas porcion de aquel tan deseado -rostro, que la importuna tela robaba á sus ansiosas miradas. - -No era, sin embargo el descanso del tierno objeto de su espectacion -aquel que en la inmediacion de la mañana tiñe en alegres imágenes -la fantasía de una bella: era el sueño fatídico de una horrible -pesadilla producida por la pena ó por una bebida ponzoñosa y -antinatural. Algun gemido se escapaba de cuando en cuando del pecho -oprimido: un ay oscuramente pronunciado moria al nacer en sus -trémulos labios, y la mano que pendia, moviéndose con dificultad -parecia querer desviar de su dueño la fantástica figura que -atormentaba sin duda su intranquilo sueño. - -—Padece la infeliz, padece, dijo entre dientes Macías. ¡Ah! ¿quién -puede ser sino ella? ¿quién sino ella podria atar de esta manera mis -acciones? ¿quién producir este respeto y esta agitacion que á un -mismo tiempo me dominan? - -Un movimiento, en fin, mas marcado pareció anunciar que iba á -despertarse.—Dejadme, dejadme, dijo confusamente; huid. La muerte, la -muerte... - -—No, dijo Macías sin poderse contener por mas tiempo, no; la vida, la -vida á tu lado eternamente. ¿Quién se atreverá á ofenderte estando -Macías á tu lado? - -Arrojóse entonces á sus pies, é iba á levantar con mano atrevida el -antifaz. - -—Salgamos de una vez, esclamó, de esta penosa situacion. Recordó -entonces que en la mañana del mismo dia habia manifestado la enlutada -su deseo de no ser conocida, y que él la habia empeñado su palabra de -no descubrirla. - -—¡Horrible tormento! esclamó; pero respetaré tu voluntad, muger -cruel. Atrevióse entonces á llegar su mano á la de la tapada, y un -fuego desconocido corrió por sus venas. - -—¡Dios mio! gritó despertándose la dama al sentir su mano oprimida -por la del doncel. ¿Dónde estoy? ¡ah! ¿qué haceis? ¡Abrahem! Pero, -cielos, ¿qué veo? ¿pierdo la cabeza? ¿quién sois? soltad... Guiomar, -Guiomar, añadió levantándose y llamando con voz apenas inteligible á -una de sus dueñas que en la antecámara la esperaban. - -—Callad por Dios, callad, esclamó Macías mirando á la puerta. No -llameis á nadie: señora, ¿qué temeis? - -—¿Quién sois? ¡ah! ¡sois vos! ¿Me engaña mi deseo? - -—¿Tu deseo? has dicho ¿tu deseo? repítelo otra vez, repítelo. - -—No; no, caballero; no he dicho mi deseo. Perdonad si... no sé lo que -pronuncio; el sueño, la... pero decidme, ¿por qué estais aqui? ¿qué -haceis? Huid, huid ahora que os conozco. - -—¡Cruel! ¿por qué? - -—Soltad mi mano; soltadla, que no es vuestra... - -—¡No es mia! ¡Mil rayos me confundan! Perdonad si mi dolor... ¿pero -qué veo? este anillo... ¡Santo Dios! ¡ella es! ¡ella es! ¿quién sino -ella pudiera tener este anillo? Es el mismo, le conozco, es el mismo. - -—¡Imprudente! esclamó la dama retirando y escondiendo -precipitadamente su mano. - -—¡Elvira! - -—¡Silencio! - -—Vos sois, vos sois: no me lo oculteis por mas tiempo, si no quereis -que muera á vuestros pies. - -—Y bien, yo soy, respondió la dama abalanzándose hácia atras para -poner todo el espacio posible entre ella y el doncel; yo soy, puesto -que fuera inútil negároslo por mas tiempo. ¿Y qué quereis? ¿qué -exigís de mí? - -—¿Qué exijo, señora, qué exijo? preguntó el doncel arrebatado de su -loco frenesí: ¿tengo derecho á exigir algo de vos? - -—Huid, pues, y no turbeis por mas tiempo mi tranquilidad. - -—¿Vuestra tranquilidad? y la mia, señora, ¿quién la turbó sino vos? -¿ó no es nada por ventura mi tranquilidad? - -—¿Yo? - -—¿Quién sino vos emponzoñó mi existencia, antes feliz y descuidada? -¿quién sino vos me dijo: Macías, mírame y ama? - -—¿Yo? - -—Vuestros ojos, vuestros ojos se clavaron cien veces en los mios, y -bien claro lo dijeron. ¡Ah! Elvira, yo he aprendido bien á mi costa á -leer en ellos. - -—Santo Dios, ¿qué decís? - -—¿Juzgais, señora, por ventura, que es lícito mirar á un hombre y -elegirle con los ojos entre la multitud para abrasarle impunemente? -¿Creeis que no vale tanto un hombre como una muger? ¿Imaginásteis que -su vida no es nada, que su existencia es vuestra? Vuestra, sí, si la -comprais; pero con una sola moneda, con la sola moneda que la paga; -¡con amor! - -—¿Pero Macías, delirais? - -—Sí, deliro, porque te veo, porque te hablo, porque esta era la -felicidad que anhelaba y que huia hace tres años. ¡Tres años, Elvira! -Tú sabes los dias, los larguísimos dias que encierran, cuando se -pasan sin esperanza. He huido yo tambien, pero no hay un hombre mas -fuerte que su destino. Te amo, Elvira, te adoro. Amame, ó mátame. - -—Elegid, caballero, lo que gusteis, esclamó Elvira fuera de sí, y -haciendo un esfuerzo sobrenatural. ¡Vos osais ofenderme, vos abusais -de esa manera de mi loca confianza! ¿Quién os ha dicho que os amé? -¿Olvidais que no puedo ser vuestra nunca jamas? - -—¡Yo olvidarlo, señora! ¡Pluguiera al cielo que me fuera dado -olvidarlo! ¿Quién mas dichoso entonces? pues nunca creí que vos misma -os complaceriais en repetírmelo. Añadidme ahora que le amáis á ese -hidalgo. - -—¿Y si os lo digera mentiria? Le amo... - -—¡Silencio! El infierno, el infierno se abre en este momento ante -mis ojos... necio de mí, que consumí una vida entera de amor en -conquistar este desengaño... ¿Pero qué veo? ¿Llorais? Elvira, -¿llorais? Nos entendemos, ¡ah! nos entendemos: se hablan nuestras -almas, á pesar de nosotros y de los obstáculos: confesadlo; es -imposible que no me ameis. No se ama nunca con este amor que me -abrasa para no ser correspondido. Os comprendo. ¿Temeis? ¿mirais á -todas partes? Bien, callaré, señora, callaré. Pero decidme _os amo_, -y nada mas. - -—Basta ya: ¡es imposible! ¿Paréceos que la supercheria que conmigo -usais, y que este encuentro, _casual_ sin duda, en la habitacion -del astrólogo, merece de mi parte premio y galardon? Creedme, jóven -imprudente, un mundo entero existe entre vos y entre mí: jamas le -traspasareis. - -—¡Jamas! ¡Dios mio! - -—Y escuchad: si quereis evitar mi odio, si mi aprecio os interesa, -jamas me hableis de amor: os prohibo que os presenteis delante de mí; -os prohibo que me dirijais trova ni cancion alguna; os prohibo... - -—Prohibidme el vivir, cruel, y acabareis mas pronto, contestó el -doncel con toda la amargura de la desesperacion. - -—Juradlo, Macías, juradlo si sois caballero. - -—¿Que jure yo no amarte? Jurad vos no ser hermosa, jurad que vuestra -voz no será dulce y penetrante, jurad que vuestros ojos no me -abrasarán en lo sucesivo, y yo juraré entonces... - -—¡Silencio! Soy perdida. ¿No sentís pasos? ¿No oís? ¡Abrahem, Abrahem! - -—Si; pero esa puerta se cerrará... - -—¿Qué haceis? Teneos. ¿Quereis hacerme delincuente cuando soy solo -desgraciada? - -—Señor Hernan Perez, dijo á este tiempo la conocida voz del -astrólogo en la antecámara, entrad en mi habitacion, y daré -satisfaccion á vuestras preguntas. - -—Él es, señora, él es, esclamó Macías apretando por última vez la -mano de Elvira, que se desasió de él: y lanzando un ¡ay! agudo y -penetrante, se dejó caer sobre el sitial que detras de si tenia. - -El lejano y repentino ruido de la conocida tormenta no pone mas pavor -en el corazon del asustado marinero que el que produjo en el pecho -del hidalgo la voz acongojada que en valde intentaba desconocer. - -—¡Santo cielo! gritó: ¡esta voz es la suya! Lanzóse en seguida en la -habitacion como se abalanza el tigre al redil, llamado por el tímido -balído de la inocente oveja. - -Detúvole empero y acabó de confundir todas sus ideas la presencia del -doncel, que ya en pie, y echada la visera, parecia el ángel tutelar -de la enlutada, puesto alli delante de ella para defenderla de todo -riesgo.—Abrahem, dijo entonces vuelto hácia el astrólogo, ¿quién es -esta enlutada? - -Fingía el judío hallarse en la mayor agitacion.—Señor, le respondió -por último, permitid que no descubra á nadie este secreto que se me -ha encargado y menos á vos... - -—¿A mí...? Yo he de saberlo... Acercóse entonces, resuelto, á la -tapada con ánimo al parecer de descubrirla. - -—¿Qué haceis, hidalgo...? preguntó una voz de trueno, deteniéndole al -mismo tiempo el brazo del doncel. - -Llegándose entonces el astrólogo á la dama, que se habia arrojado de -rodillas como á implorar piedad ante el zeloso marido, asióla de una -mano, y aprovechando el momento en que forcejeaba Hernan Perez con el -doncel, sacóla de la cámara, diciéndola al oido precipitadamente, - -—Me ha sido imposible evitarlo; pero salvaos. - -—La he de seguir, esclamó el hidalgo. - -—No, mientras esté yo aqui, repuso el doncel. Id, señora... - -—¿Y con qué derecho...? - -—Con el de la fuerza. - -—¡Ah! os conozco: mis dudas se desvanecen: ¿sois vos el doncel...? - -—Yo mismo. - -—Sacad la espada... - -—¿Osado y descortés? - -—Sacadla. - -—No en el alcázar, gritó el astrólogo arrojándose entre los dos. -Imprudentes, respetad mis canas. Macías, no teneis razon sino para -envainar vuestro acero. Hidalgo, os deslumbra tal vez... - -—¡Basta, pérfido astrólogo! gritó fuera de sí el irritado hidalgo: -¡basta! Doncel, respetemos este lugar; pero en otra parte tengo que -hablaros: salgamos. - -—Salgamos, repuso Macías echando á andar tras el escudero. ¡Tiempo -hace que lo deseaba! añadió en lo mas profundo de su corazon. - -—¡Oidme! gritaba el astrólogo ¡Teneos! - -Pero de alli á poco dejó de oir sus pasos precipitados; mirando -entonces hácia la puerta por donde habian salido,—¡Miserables, dijo -cerrándola, os preciais de fuertes y de entendidos, y un torpe -anciano juega con vosotros como con sus maniquíes! Abriendo en -seguida la comunicacion que daba á la cámara de don Enrique, asió de -una lámpara, y bajó silenciosa, pero precipitadamente, la escalera -retorcida. Daba la luz en parte solo de su rostro, merced á su -mano derecha, que interpuesta le defendia los ojos del resplandor. -Sonaban sus sandalias de escalon en escalon, y su larga ropa crugía -barriendo el pavimento. Parecia el genio del mal de aquel oscuro -alcázar, que recorria sus mas recónditos rincones buscando víctimas -nuevas que sacrificar el dia siguiente á su insaciable furor. - - -FIN DEL TOMO SEGUNDO. - -[Ilustración] - - - - -ÍNDICE DEL TOMO SEGUNDO - - - CAPITULO IX 1 - CAPITULO X 11 - CAPITULO XI 28 - CAPITULO XII 40 - CAPITULO XIII 50 - CAPITULO XIV 60 - CAPITULO XV 67 - CAPITULO XVI 81 - CAPITULO XVII 89 - CAPITULO XVIII 116 - CAPITULO XIX 127 - CAPITULO XX 144 - CAPITULO XXI 154 - - - - - * * * * * * - - - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la utilizada - actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han normalizado a - la grafía de mayor frecuencia. - - * Se ha completado el emparejamiento de los puntos de admiración y de - interrogación. Los puntos suspensivos se han normalizado a tres - puntos. - - * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar. - - * Se han añadido ilustraciones de adorno al final de los capítulos - que, en el original impreso, carecen de ellas. - - * Se ha añadido al final un índice de capítulos que no existe en el - original impreso. - - - -***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL -DOLIENTE, TOMO II (DE 4)*** - - -******* This file should be named 53588-0.txt or 53588-0.zip ******* - - -This and all associated files of various formats will be found in: -http://www.gutenberg.org/dirs/5/3/5/8/53588 - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the -trademark license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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