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-The Project Gutenberg eBook, El doncel de don Enrique el doliente, Tomo II
-(de 4), by Mariano José de Larra
-
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
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-Title: El doncel de don Enrique el doliente, Tomo II (de 4)
- Historia caballeresca del siglo quince
-
-
-Author: Mariano José de Larra
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-Release Date: November 25, 2016 [eBook #53588]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-
-***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL
-DOLIENTE, TOMO II (DE 4)***
-
-
-E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the Online
-Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images
-generously made available by Internet Archive (https://archive.org)
-
-
-
-Note: Images of the original pages are available through
- Internet Archive. See
- https://archive.org/details/eldonceldedonenr02larr
-
-
- Project Gutenberg has the other three volumes of this work.
- Volume I: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53587
- Volume III: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53589
- Volume IV: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53590
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-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
- versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
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-
-EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL DOLIENTE:
-
-HISTORIA CABALLERESCA
-DEL SIGLO QUINCE
-
-por
-
-D. MARIANO JOSÉ DE LARRA.
-
-SEGUNDA EDICION.
-
-TOMO II.
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-
-Madrid.
-Imprenta de Don José María Repullés.
-1838.
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-
-EL DONCEL DE _Don Enrique el Doliente_.
-
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-
-CAPITULO IX.
-
- Ese caballero, amigo,
- dime tú que señas trae.
-
- _Cancion. de Rom._
-
-
-La hora del alba seria cuando el famoso caballero don Enrique de
-Villena, cansado de esperar inútilmente á su juglar, á quien habia
-comprometido, como sabe el lector, en el misterioso y nocturno
-acontecimiento de la víspera, vacilando entre mil ideas confusas,
-habia entregado al descanso sus miembros fatigados. Ni el miedoso
-juglar habia vuelto, ni él, desde el punto en que le enviara á
-esplorar quién fuese el músico, habia tornado á oir mas que el
-confuso ruido de las armas de los desconocidos combatientes. No
-habiendo querido dar sospechas á nadie en el alcázar de que pudiera
-tener la menor parte en los sucesos que él se figuraba haber
-ocurrido, no se habia determinado ni á salir en persona á reconocer
-el estado de las cosas, ni á dispertar á ninguno de sus pacíficos
-sirvientes. Habíale entretanto sorprendido el sueño en medio de la
-encontrada lucha de sus opuestos pensamientos, y vestido como estaba
-se habia reclinado en su rico lecho, determinado á esperar al dia
-y con él la aclaracion de los acontecimientos de la noche. El sol
-sin embargo, que á mas andar se venia, amaneciendo por las doradas
-puertas del oriente, daba la señal á caballeros y escuderos de tornar
-á las obligaciones diarias, porque en la época de nuestra narracion
-no se habia introducido aun la moda regalona de perder las gentes
-principales las horas mas hermosas del dia en el mullido y caliente
-lecho.
-
-La cámara principal del señor de Cangas y Tineo, inmediata á su
-gabinete alquimístico (cuya entrada no era á todos permitida),
-presentaba un aspecto imponente, tanto por el lujo y afectacion con
-que se hallaba alhajada, como por las diversas personas que en ella
-se veían reunidas esperando á que se dignase recibir su acostumbrado
-homenage el ilustre pariente de Enrique III. Gentiles-hombres,
-caballeros y escuderos de su casa, oficiales de su servicio, donceles
-y pages conversaban en diversos grupos, pendientes del menor ruido
-que pudiera anunciarles la deseada presencia de su señor. Notábase
-solo la falta de dos personas, y no se oían mas que preguntas
-misteriosas sobre su estraña ausencia.
-
-—¿Qué era del primer escudero? ¿Qué del juglar?
-
-—¿Qué puede causar la tardanza de Fernan Perez?
-
-—Por el señor Santiago que es cosa dificil de comprender. Cuando
-volviamos anoche de la batida, él se adelantó con un solo montero y
-se separó de nosotros. Desde entonces no le volvimos á ver.
-
-—Sí, reponia otro: apostára la mejor pieza de mi arnés á que fue á
-ver bajo las ventanas de su amada esposa si andaban moros en la costa.
-
-—Bravo modo de decirnos que el escudero es zeloso.
-
-—¡Dios me perdone! como un moro.
-
-—¡Oh! entonces, decia un tercero, ya se esplica su ausencia. Habrá
-tardado en conciliar el sueño... al lado de su dama...
-
-—¡Chiton! la puerta de la cámara se ha abierto.
-
-—Es el camarero.
-
-—El camarero, el camarero, repitieron varias voces por lo bajo.
-Fijáronse las miradas de todos en Rui Pero, quien con la mayor
-inquietud preguntó:
-
-—¿No ha venido aun Ferrus? su señoría pregunta por su juglar.
-
-—Estará haciendo alguna trova, ó pensando algun donaire, dijo el mas
-atrevido de los caballeretes.
-
-—Cierto que comienza su tardanza á inquietarme, dijo Rui Pero. Y
-acercándose á los principales personages de aquella pequeña corte.—Su
-señoría no se ha desnudado esta noche; Fernan Perez no parece; Ferrus
-tarda, les dijo misteriosamente: temo grandes novedades. Voy á
-prevenir á su señoría, añadió en voz alta, y se entró.
-
-Duraron otro rato las misteriosas conversaciones de la cámara; pero
-no tardó mucho en venir á interrumpirlas la presencia del primer
-escudero.
-
-—Dios nos dé su bendicion, dijo en entrando, al comenzar este dia, y
-se santiguó devotamente.
-
-—Dios nos la dé, repitieron los circunstantes, é imitaron, como en
-las cortes se usa, la accion del valido. Bien venido sea el escudero
-de su señoría, esclamaron despues.
-
-—Bien venido, sí, y bien despierto; la trasnochada me ha hecho ser
-indolente. Vuestras mercedes me darán licencia que entre á tomar las
-órdenes de nuestro amo. Ya hace rato que debiera estar á su lado.
-
-No le dió lugar sin embargo á entrar la salida del conde en persona,
-á quien acompañaba su fiel camarero. Hízose como los demas á un lado
-respetuosamente Fernan Perez, y el conde, que le habia visto antes
-que á otro alguno, disimulándolo sin embargo, como para castigarle
-de su tardanza, dirigió comedidamente la palabra á sus principales
-cortesanos. Despues de las ceremonias y fórmulas de uso.—Caballeros,
-dijo el conde, asuntos de alguna importancia me obligan á separarme
-de vuesas mercedes. Podreis esperarme en la antecámara de su alteza,
-adonde no tardaré en seguiros. Fernan Perez, quedaos.
-
-Inclinaron la cabeza los circunstantes, y hablando entre sí por lo
-bajo, dejaron la cámara desocupada, no muy contentos con el frio
-recibimiento del distraido conde de Cangas y Tineo.
-
-—Y bien, Fernan Perez, dijo éste luego que quedaron solos, supongo
-que habeis encontrado en completa salud á la hermosa Elvira.
-
-—Esa pregunta, señor...
-
-—¡Oh! no: haceis bien: no se puede vacilar entre el servicio de una
-hermosa y el de un conde. Voy viendo que os debo de armar pronto
-caballero, porque ya sin serlo cumplís perfectamente con la orden
-de caballería. ¿A qué hora habeis entrado en Madrid?—Rui Pero,
-dispondreis que se busque dentro y fuera del alcázar á Ferrus. Su
-ausencia me inquieta.—Ya estamos solos, Vadillo. ¿A qué hora habeis
-entrado?
-
-—Podrian ser las cuatro, si dicen las horas las estrellas.
-
-—¿Las cuatro? A esa hora... ¿no habeis visto á la entrada á Ferrus?
-
-—Ojalá, señor, que hubiera visto á Ferrus: algo peor es lo que be
-visto.
-
-—¿Peor? esplicaos presto.
-
-—Y peor lo que he oido.
-
-—¿Habeis oido?
-
-—Volvia, señor, de la batida, como me dejastes mandado, á la cabeza
-de los caballeros y monteros de tu casa; al llegar al alcázar,
-habíame adelantado algun tanto para hacer la señal de que nos echaran
-el rastrillo, cuando creí oir hácia cierto punto del alcázar, pero de
-la otra parte del foso, un laud asaz bien templado.
-
-—Seguid, Vadillo.
-
-—Parecióme mal que á tales horas se diesen serenatas hácia la parte
-precisamente del alcázar que habita...
-
-—Seguid.
-
-—Apreté los hijares al caballo: cuando llegué, la música habia
-cesado, pero un hombre que rodeaba el muro esterior, y que á la sazon
-se hallaba debajo de las ventanas de mi señora la condesa...
-
-—¡Vadillo!
-
-—De Elvira, señor... perdonad si mi lengua... ¡maldita sospecha!
-ahora caigo en que... aquel hombre, pues, no me pareció bien, y le
-acometí.
-
-—Por Santiago que acertaste. ¡Es mi hombre! ¿era el músico?
-
-—Sin duda, puesto que por alli otro alguno no se veía.
-
-—¿Se defendió?
-
-—Trató de defenderse, y trató de hablar pero mi venablo no le dió el
-espacio que él quisiera. Le disparé, y cayó.
-
-—¿Cayó? adelante, Vadillo. Tu recompensa igualará tu servicio.
-
-—Apeéme del caballo para reconocerle, pero fue imposible: habia
-llovido, y él cayó en el fango: mi venablo le habia pasado por la
-frente, y su cara estaba llena de lodo y de sangre: la oscuridad
-ademas y mi turbacion no me permitieron conocerle. Figuréme sin
-embargo que no debia de estar muerto aun, pues latía su corazon y se
-quejaba. Deseoso de saber quién fuese el músico que á aquellas horas
-osaba comprometer el honor de las dueñas del alcázar, atravesélo en
-mi caballo: sin embargo antes de entrar lo encomendé al cuidado del
-montero que se habia adelantado conmigo: respondióme de su seguridad.
-Fui á dar órdenes para hospedar á la gente de la batida, y ahora solo
-espero las tuyas, gran señor, para reconocer al insolente trovador.
-
-—¡Ah! ¿No sabeis aun quien sea?
-
-—Solo sé que no está herido de muerte; pero el montero al
-anunciármelo añadió que el maestro á quien habia recurrido, al
-hacerle la cura, habia encargado que no se le viese ni hablase. Creí,
-pues, del caso esperar á la mañana. Parecióme sin embargo jóven y
-gallardo mancebo.
-
-—Él es, no hay duda. Te tengo en mi poder, mal caballero. Vadillo, es
-preciso tenerle á buen recaudo.
-
-—¿Conócesle tú entonces, gran señor?
-
-—Sí: le conozco; tú le conocerás tambien. Necesito sin embargo á
-Ferrus. Á esa misma hora de las cuatro le envié á reconocer al
-músico; de entonces acá ha desaparecido. El villano cobarde ha
-tenido miedo sin duda; acaso luego se aparecerá y creerá desarmar mi
-enojo con alguna juglería. Entre tanto Rui Pero está en el encargo
-de encontrármele muerto ó vivo. Sus orejas servirán de pasto á mis
-lebreles si ha cometido villanía, por Santiago. Ahora, Vadillo, es
-preciso no perder tiempo: supuesto que está en nuestro poder quien
-pudiera únicamente desbaratar mis planes, dentro de una hora he de
-quedar servido. Hernan Perez, ¿teneis valor y resolucion?
-
-—Dispon, señor, de mi vida.
-
-—Venid conmigo; prontitud y secreto.
-
-Dicho esto, salieron don Enrique y su primer escudero, y atravesando
-apresuradamente las galerías del alcázar, se dirigieron á las
-caballerizas del conde: dieron alli varias órdenes, al parecer de la
-mayor importancia: separáronse en seguida. El primer escudero buscó y
-habló misteriosamente á algunos escuderos de la casa de su señoría.
-El movimiento y el sigilo con que ciertos preparativos se hacian
-pronosticaban algun proyecto de la mayor importancia. Reuniéronse de
-nuevo el conde y su primer escudero, y en otra secreta conferencia
-aquel pareció dar á éste instrucciones de grave peso, despues de las
-cuales se dirigieron entrambos seguidos de los escuderos y armados
-que para su plan habian escogido, y desaparecieron entrándose por la
-cámara de don Enrique. Nada se trasluce en las crónicas del objeto
-de aquellas ignoradas conferencias. El lector sin embargo, si presta
-un poco de paciencia, podrá tal vez adivinarle por sus prontos
-resultados.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO X.
-
- Mate el conde á la condesa,
- que nadie no lo sabria,
- y eche fama que ella es muerta
- de un cierto mal que tenia.
-
- _Rom. del conde Alarcos._
-
-
-Cuando Fernan Perez de Vadillo hubo dejado su presa al cuidado del
-montero, se apresuró á desvanecer las sospechas que en su alma
-comenzaban á nacer acerca de la dueña á quien podria haber sido la
-serenata dedicada. Era evidente que el trovador se hallaba debajo de
-las rejas de doña María de Albornoz: ¿rondaba empero á la condesa, ó
-á alguna de sus dueñas y doncellas? ¿era acaso Elvira el objeto de
-tan intempestiva música? La conducta irreprensible de la condesa y de
-su esposa las ponian en cierto modo á cubierto de cualquier juicio
-temerario. Los maridos, sin embargo, que nos lean, no estrañarán que
-el zeloso escudero fabricase en el aire mil castillos fantásticos
-hasta la completa aclaracion por lo menos de sus terribles dudas.
-
-El taimado pagecillo entre tanto al oir saltar de su lecho á su
-hermosa prima, se habia levantado, y habia conseguido hacer que ella
-volviese en sí de su aturdimiento, golpeando á su cerrada puerta, y
-preguntándola si necesitaba algun ausilio, y cual era la causa de
-aquel ¡ay! doloroso y del estraordinario ruido que acababa de oir.
-
-Repúsose Elvira lo mejor que pudo, y tranquilizando al page,
-mandóle que se retirase á su lecho, y aun le trató de visionario y
-de curioso impertinente. A lo de curioso nada tenia el pobre Jaime
-que responder, pero en cuanto á lo de visionario, él sabia muy bien
-que no habia soñado lo que realmente habia oido, y si obedeció por
-entonces, no fue sin reservarse el derecho de averiguar todo el caso
-en amaneciendo. Elvira, satisfecha con el silencio del page, tornó á
-escuchar, pero no oyendo ruido alguno que pudiese ponerla en camino
-de dar con la verdad de lo sucedido, volvióse al lecho tambien; de
-suerte que á la venida inesperada del zeloso escudero pudo disimular
-convenientemente la reciente turbacion. Despues de las primeras
-preguntas que entre los dos pasaron acerca de aquella imprevista
-llegada, en valde trató Fernan Perez de sondear mañosamente el
-alma de su avisada esposa. Nada habia oido, nada sabia de cuanto á
-Vadillo traía inquieto. Hubo éste, pues, de conformarse y remitir á
-otra ocasion mas favorable la satisfaccion de sus deseos. Concilió
-el sueño de que tanta falta tenia, y cuando se dispertó se vistió
-apresuradamente, y despidiéndose de su amada esposa se dirigió á la
-cámara de don Enrique, como arriba dejamos indicado.
-
-No deseaba Elvira otra cosa: cada vez mas inquieta acerca del
-obscuro sentido de las trovas de la noche pasada, presagiaba ya
-mil próximas desventuras: determinó dar aviso á la condesa, quien
-habia oido muy confusamente los sucesos referidos. Antes empero de
-dar este importante paso, llamó al page y le dijo como era inútil
-que guardase por mas tiempo el secreto de la venida del caballero
-de Calatrava, puesto que ella lo habia reconocido: añadióle que
-importaba mucho á la seguridad de su señora la condesa saber cuál
-habia sido el desventurado lance de la noche, y hablar al caballero,
-si habia quedado de él con vida y libertad, para que le aclarase
-sus misteriosos avisos: prometió el page indagar cuanto hubiese en
-el asunto, tanto por dar contento á su querida prima, como por el
-interes que en las cosas del caballero trovador se tomaba. Salió,
-pues, en busca de él, resuelto á no volver mientras no diese con
-él y no le indicase el deseo de la condesa, de agradecerle su fina
-amistad, é implorar al mismo tiempo su proteccion y amparo, si algo
-sabia que fuese en contra de ella ó de los suyos.
-
-Mas tranquila despues de esta primera diligencia, acudió la triste
-Elvira á la cámara de su señora, á quien encontró levantada, pero
-no repuesta de las terribles escenas de la víspera. No contribuyó á
-aquietarla lo que Elvira le refirió, y entrambas á dos determinaron
-vivir con cautela, no dudando que las palabras del trovador tuviesen
-alguna relacion con los proyectos que el irritado conde habia dejado
-traslucir la noche antes, en medio de su colérico arrebato contra su
-inocente esposa.
-
-Bien quisiera la condesa penetrar el arcano que las nocturnas
-trovas encerraban, y aun mas quisiera traslucir quién podia ser
-el caballero generoso que tan bien informado se hallaba de las
-asechanzas que contra ella se prevenian, y que tan singular interes
-por su seguridad tomaba. No eran pequeñas por otra parte la zozobra
-y la duda que á entrambas nuestras heroinas agitaban acerca de los
-resultados de la desgracia que al caballero le habia acarreado su
-generosidad.
-
-Era para Elvira evidente que poco despues de haber callado el
-desventurado cantor, le habia sobrevenido un trance de armas: la
-caida de un cuerpo habia resonado luego funestamente en sus oidos
-y en su corazon, y el silencio y la duda habian sucedido á la
-catástrofe. Era de presumir que el muerto ó herido fuese el músico;
-pero era imposible saber nada á punto fijo antes de la vuelta del
-page; corria entre tanto el tiempo, si bien no tan aprisa como al
-desgraciado que espera le suele comunmente convenir, y el page no
-daba noticias de su persona.
-
-Si nuestros lectores han esperado alguna vez, podrán formar una idea
-aprocsimada de la penosa agonía de la de Albornoz y Elvira, porque
-idea exacta de ninguna manera la podrán concebir.
-
-—¿Has oido? preguntaba en medio del mayor silencio la condesa.
-
-—¡Es Jaime! respondia Elvira; mas no, no suena nada, añadia despues
-de un momento de inútil espectacion.
-
-—Ahora... ahora sí, esclamaba de alli á un rato la condesa.
-
-—Sí; ahora; pasos son, y pasos acelerados...
-
-—De muchacho.
-
-—Jaime, Jaime es... ahora sí... repetia Elvira atenta á la puerta,
-los ojos fijos en sus batientes hojas, y palpitándole el seno
-aceleradamente con el movimiento de las olas azotadas por la brisa;
-veíala abrirse ya, se medio-incorporaba en su asiento, entreabria los
-labios para hablar á Jaime... La puerta sin embargo cerrada, fija,
-inmóvil como una pared. Los pasos se alejaban, apenas se oían. Nada
-ya.
-
-—Seria algun criado que pasaba.
-
-Una vez, en fin, la puerta se movió al morir en ella el ruido de los
-pasos; todavia no se podia ver al que iba á entrar: parecia sacudirse
-por sí sola, y antes de que se abriese lo bastante para dar paso
-al page, que era sin duda el que iba á entrar, la condesa y Elvira
-unánimemente inspiradas de uno de estos raptos del primer momento,
-tan comunes é irreprimibles como inesplicables en las mugeres,
-habian gritado:—¡Jaime! entra, Jaime.
-
-Abrióse por fin la puerta enteramente, y entró don Enrique de
-Villena. Hay una inclinacion natural en el que espera á creer que
-nadie puede venir sino el esperado; nada tienen, pues, de particular
-el asombro y la repentina frialdad de la condesa y su camarera al ver
-echado por tierra tan inesperadamente todo el aéreo castillo de sus
-fantásticas esperanzas. Miráronse una á otra en el primer momento
-de estupor; el lector hubiera adivinado en sus semblantes infinidad
-de ideas que bullian en sus imaginaciones, y que por la vista se
-cruzaban, se comunicaban, se hablaban, se refundian en un solo objeto
-de entrambas comprendido sin mas verbal esplicacion.
-
-Examinó un momento don Enrique de Villena las cambiantes fisonomías
-de la señora y su camarera.
-
-—Bien veo, dijo pausadamente despues de un momento, bien veo, doña
-María, que no esperais á vuestro esposo. ¿Pudiera yo merecer vuestra
-confianza hasta el punto de saber cuál interes os liga al imprudente
-page que ha abandonado de una manera tan imprevista mi envidiado
-servicio? ¿callais? ¿me conservais rencor aun por la escena de anoche?
-
-Dijo estas últimas palabras con tal acento de dulzura y de
-reconvencion, que no pudo menos la ilustre víctima de manifestar á
-las claras en su semblante su singular asombro. Tenia efectivamente
-el de Villena gran facilidad para revestir la máscara que á sus fines
-mejor convenia. Nadie hubiera reconocido en sus modales y palabras al
-tirano esposo de la víspera.
-
-—¿No quereis, señor, que estrañe tan singular mudanza en vuestras
-acciones? ¿debo creeros, ó prepararme para otra...?
-
-—Basta, doña María: ¿es posible que no acabeis de conocer los
-sentimientos de don Enrique de Villena? No negaré que pudierais estar
-justamente ofendida, pero vengo á reclamar mi perdon. He pensado
-mejor mis verdaderos intereses, he reconocido mi error: vuestras
-virtudes me han hecho abrir los ojos: si sois la misma que habeis
-sido siempre, Elvira puede ser testigo de nuestra reconciliacion.
-
-—¡Don Enrique! esclamó alborozada la de Albornoz. Miró sin embargo
-á Elvira como para preguntarla con los ojos si podria creer en la
-sinceridad de las palabras del conde: Elvira bajó los suyos, y dejó
-sin respuesta la muda interrogacion de su señora.
-
-—Desechad las dudas, doña María. Vengo á daros una prueba positiva de
-mi afecto. Espero que esta noche os presentareis brillante de galas
-y preséas en la corte de Enrique III. Quisiera que vencieseis en
-esplendor á todas vuestras émulas, y que la corte toda, á quien hemos
-dado harto motivo de murmuracion con nuestras anteriores contiendas,
-presenciase los efectos de nuestra nueva alianza. ¿Dudais aun?
-
-—Esta duda, señor, repuso la de Albornoz, puede seros garante del
-deseo que en mi alma abrigaba de veros por fin esposo algun dia. ¡Ah!
-si vuestro amor, si esta reconciliacion fuesen una nueva artería, si
-fuesen un lazo...
-
-—¡María!
-
-—Perdonadme: vos habeis dado lugar á mi desconfianza; si esta paz
-aparente fuese solo la calma precursora de nuevas borrascas, seriais
-bien cruel y bien pérfido caballero: ¿qué gloria podria prestarle
-al leon el jugar con la inocente y crédula oveja? Ved mi alma: yo
-os perdono, don Enrique perdonémonos entrambos. Oid empero. Si solo
-intentais divertiros á costa de mi loca credulidad, Dios confunda
-al malsin, abandone la Vírgen Madre al engañador de las damas, y el
-buen Santiago al mal caballero. Apodérese el ángel malo del alma
-del traidor, y no le sean bastante castigo las penas todas de los
-condenados al fuego eterno. Hé aqui mi mano y mi amor, don Enrique.
-
-Las últimas palabras enérgicas que la de Albornoz habia pronunciado
-con toda la entereza de la virtud y el entusiasmo de la inspiracion,
-habian hecho bajar los ojos al imperturbable don Enrique: un
-estremecimiento involuntario le habia cogido desprevenido, y estrechó
-la mano de la de Albornoz diciendo balbuciente y confuso:
-
-—Ved aqui la mia: el cielo sabe la verdad de mis palabras.
-
-Abrazáronse los consortes en presencia de la asombrada Elvira, quien,
-acostumbrada á la táctica de don Enrique, no hacia sino examinar su
-semblante como buscando en sus facciones y en el mas insignificante
-de sus gestos pruebas contra sus palabras. La de Albornoz,
-deslumbrada por su mismo deseo y su amor al conde, se entregaba mas
-facilmente á la esperanza de ver por fin su suerte mejorada. ¿No era
-por otra parte muy posible que sus virtudes hubiesen hecho realmente
-en don Enrique el efecto que este acababa de suponer? Nada hay mas
-facil que hacernos creer lo que con vehemencia deseamos. La de
-Albornoz tragó, pues, el cebo y el anzuelo.
-
-Repuesto don Enrique de su primera turbacion, no perdonó medio alguno
-de inspirar confianza á su esposa: las palabras mas tiernas fueron
-por él prodigadas, y las mas vivas protestas de amor y fidelidad. Un
-amante no hubiera dicho mas que el hipócrita marido.
-
-Poco tiempo podia hacer que esta escena duraba en la cámara de doña
-María de Albornoz, cuando la puerta misma que el dia antes habia
-proporcionado á don Enrique retirada se abrió con admiracion de los
-circunstantes, y se aparecieron seis figuras fantásticas, que un
-hombre del vulgo hubiera llamado entonces seis endriagos. Venian
-armados al parecer de pies á cabeza, pero unas especies de sayos que
-sobre la armadura traían, y cuya capucha cubria su cabeza y rostro,
-á manera de los que usaban los almogavares, no permitian ver quiénes
-ni qué especie de hombres fuesen.
-
-Suspensas quedaron á tan estraña aparicion doña María y su
-camarera; mirábanse alternativamente, y miraban luego con atencion
-esploradora á don Enrique, deseosas de reconocer en su fisonomía si
-se presentaban los intrusos alli por su orden, ó si tendrian ellas
-motivo para temer algun nuevo peligro.
-
-—¡Vive Dios! esclamó don Enrique levantándose: ¿quién es el osado que
-os envia? ¿quién se atreve á interrumpir de un modo tan incivil las
-conversaciones del conde de Cangas y Tineo? salid fuera y...
-
-No le dieron tiempo á proseguir los encubiertos: el que parecia ser
-gefe de ellos desenvainó una espada, á cuya señal se acercaron los
-demas con sendos puñales á las aterradas damas, todo sin proferir una
-palabra.
-
-—¡Don Enrique! esclamó la de Albornoz arrojándose á sus pies y
-estrechando sus rodillas, al paso que éste con el acero, fuera ya de
-la vaina, parecia protejerla de todo estraño acometimiento.
-
-—Traicion, señora, gritó Elvira, traicion: ¡nos han vendido! y
-quiso arrojarse hácia la puerta para demandar socorro. No se lo
-consintieron dos de las fantasmas, que arrojándose á su paso la
-sujetaron fuertemente y pusieron término á sus alaridos, cubriendo
-su boca con su fino cendal, y procediendo en seguida á sujetarla á
-una de las columnas de la cámara. Don Enrique entre tanto gritaba y
-maldecia.
-
-—¡Por Santiago! he olvidado mi silbato de plata en mi cámara, y
-ningun criado me oirá aunque los llame. Pero venid, añadia al gefe de
-los invasores; llegad y arrancadme la vida antes que el honor.
-
-En vano trató la de Albornoz de separar á su esposo del trance que
-le esperaba. Don Enrique la rechazó y cruzó su espada con la del
-desconocido, en tanto que los compañeros de éste, apoderándose de la
-casi desmayada doña María, vendaban su boca con su propio pañuelo, en
-cuyas puntas se veían ricamente recamadas en oro las armas reunidas
-de su casa y la de Aragon: cubriéronla toda con un largo manto negro,
-que de pies á cabeza la ocultaba, y comenzaron á sacarla fuera de la
-cámara por la puerta secreta, sin que pudiese oponerles resistencia
-alguna la consternada y ya enteramente enajenada víctima.
-
-Combatia entre tanto don Enrique con el desconocido, el cual, visto
-lo hecho por sus compañeros, se replegaba defendiéndose con destreza.
-Miraba Elvira con atencion el semblante de don Enrique, por ver si
-descubria en él alguna señal que manifestase estar mancomunado con
-los traidores. Ofendia y se defendia éste, empero, con bizarría;
-voceaba llamando á sus criados y persiguiendo siempre al fuerte
-caballero que protegia la retirada de los suyos con su presa, mas
-sin poder herirle: al llegar á la puerta secreta el desconocido hizo
-un último esfuerzo para desembarazarse de su molesto perseguidor,
-y tirándole un furibundo mandoble desarmó al conde. Bien trató el
-al parecer irritado Villena de recojer su acero en cuanto vió que
-el encubierto no se habia aprovechado de su ventaja para rematarle,
-pero la accion de don Enrique dió tiempo al fugitivo; lanzóse á la
-escalera cerrando tras sí la puerta con el oculto cerrojo, de modo
-que cuando el conde, apoderado ya de su arma, volvió á la carga,
-no halló mas que una pared tersa é insuperable delante de sí,
-procurando en vano, tocar el resorte que la solia abrir.
-
-Volvióse atras entonces el conde, y no parando mientes en Elvira,
-que atada y amordazada permanecia, salió por la puerta principal de
-la cámara, llamando socorro y armas contra los robadores, como los
-llamaba, y malandrines que acababan de arrebatar á su cara esposa de
-entre sus mismos brazos, allanando su propia habitacion por arte sin
-duda de Luzbel, y con ausilio de todas las potestades del abismo,
-contra su robusto y valeroso brazo.
-
-—A la mina, mis escuderos, al campo, gritaba, al campo del moro, al
-Manzanares; alli los alcanzaremos: la escalera secreta no tiene otra
-salida.
-
-No tardó mucho en esparcirse por el alcázar la noticia del
-estraordinario robo y desacato cometido en la persona de la condesa
-de Cangas y Tineo: caballeros y escuderos acudian todos á la voz
-del conde y en menos de media hora estuvo este en disposicion de
-traspasar el rastrillo en busca de los robadores; quien enlazaba este
-acontecimiento con la música oida la noche antes bajo la ventana de
-la condesa, quien suponia que el hecho era imposible, en vista de
-que solo don Enrique poseía las llaves de los candados que cerraban
-aquella salida al campo. Todos conjeturaban, todos hablaban, nadie
-veía clara la verdad.
-
-No era sin embargo menos cierto que los robadores habian hallado el
-secreto de introducirse en la cámara de la de Albornoz por la puerta
-que la unia con la del conde, y que tenia salida á la escalera, y
-de alli á la larga mina no conocida de todos. Nada mas frecuente
-en los alcázares antiguos y de construccion morisca sobre todo que
-estas minas secretas: hacíanse prudentemente con la mayor reserva
-y secreto, y solian parar á una ó dos leguas á veces del alcázar á
-que pertenecian. Varias puertas y trampas de hierro, bien cerradas
-y puestas á trechos, impedian la entrada en ellas á los enemigos,
-aun en el caso de ser su boca descubierta, cosa de suyo poco menos
-que imposible; y podian ser de mucha utilidad á los poseedores del
-alcázar, tanto para hacer una salida imprevista como para introducir
-víveres, como tambien para salvarse por ellas en una noche la
-guarnicion del castillo, en el caso de verse reducida al último
-estremo por un ejército aguerrido y numeroso. Por una de estas
-minas, pues, escaparon los encubiertos; de suerte que ya se hallaban
-muy lejos de Madrid cuando pudieron llegar sus perseguidores á la
-boca de la mina, habiéndoles sido preciso reunirse, armarse, salir
-del alcázar, y dar un gran rodeo para su objeto, pues perseguirlos
-por la misma mina era caso imposible, puesto que habiendo sustraido y
-llevado las llaves de las diversas puertas los encubiertos, era claro
-que habrian ido cerrandolas todas sucesivamente tras sí, como con la
-primera de la cámara habia hecho el gefe de ellos, con el prudente
-objeto de asegurarse las espaldas.
-
-Dejemos á don Enrique á la cabeza de los oficiales de su casa
-corriendo el campo del moro en busca de su robada Elena, y pidamos
-al lector un ligero descanso, que despues de la pasada refriega y
-aventura estraordinaria referida habernos en gran manera menester.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XI.
-
- Cuando el conde aquesto vido
- . . . . . . . . . . . . . .
- fuérase para el palacio
- donde el rey solia estar,
- saludó á todos los grandes,
- la mano al rey fue á besar.
-
- _Rom. del conde Grimaltos, Silva de varios rom._
-
-
-La pequeña corte de la antecámara de don Enrique, que dejamos en
-anteriores capítulos descrita, era un imperfecto y pálido remedo de
-la del _muy alto y poderoso rey don Enrique III_.
-
-Veíanse lucir en esta á mas de los que tenian los primeros oficios
-de la real casa de su alteza las principales dignidades de Castilla.
-Hallábanse en derredor del trono á derecha é izquierda, y por el
-orden de su dignidad y favor, el buen condestable don Rui Lopez
-Dávalos, el almirante don Alfonso Enriquez, don Fadrique, duque de
-Benavente, don Gaston, conde de Medinaceli, el conde don Juan Alfonso
-de Niebla, los maestres de Santiago y Alcántara, el mariscal don
-Garci Gonzalez de Herrera, don Juan de Velasco, camarero mayor, Diego
-Lopez de Stúñiga, justicia mayor, Pero Lopez de Ayala, chanciller
-mayor y del sello de la puridad, el adelantado Pedro Manrique,
-donceles y caballeros principales, en fin, que á la corte asistian.
-En el momento de nuestra narracion llegaba su alteza á ocupar su
-regia silla: acompañábanle al lado don Pedro Tenorio, arzobispo
-de Toledo, don Juan Hurtado de Mendoza, su mayordomo mayor, y
-sosteníanle del brazo fray Juan Enriquez, su confesor, y don Mosen
-Abenzarsal, su físico. Don Enrique III, en medio de su juventud,
-tenia el natural aspecto enfermizo que á su rostro prestaban
-sus habituales dolencias. Semblante pálido y prolongado por la
-enfermedad, noble con todo, grave y lleno de magestad: sus ojos eran
-hermosos: mezclábase en ellos cierta languidez y tristeza con la
-penetracion y la severidad: su andar era lento y su voz flaca.
-
-Hasta el momento de la entrada de su alteza habíase tratado con
-raro interes entre los palaciegos del robo singular de doña María
-de Albornoz, y ninguno en consecuencia estrañaba la ausencia de don
-Enrique de Villena y de los caballeros de su casa. Succedió el mayor
-silencio á la entrada de su alteza, y éste recorrió con la vista
-apresuradamente el círculo de sus cortesanos, saludando á uno y otro
-lado con su natural sequedad.
-
-—¿Y nuestro fiel pariente y vasallo don Enrique de Villena? preguntó
-su alteza: condestable, ¿creo que me habeis dicho que ha vuelto de la
-montería del Real de Manzanares?
-
-—Señor, dijo el buen Lopez Dávalos inclinando su cabeza cana y
-despojada por el tiempo, cierto es lo que aseguré á tu alteza: don
-Enrique volvió ayer del Pardo.
-
-—¡Por San Francisco! que no sabe sus intereses mi primo cuando olvida
-presentarse á su rey...
-
-—¡Es una omision imperdonable...! pero, señor, hay causas á veces
-que...
-
-—¿Causas? quiero saberlas.
-
-—Seis enmascarados han robado á su esposa.
-
-—¿Robado? ¿dónde?
-
-—En su cámara misma.
-
-—¿En mi palacio? no puede ser, condestable. Tal desacato costaria la
-cabeza... esplicaos.
-
-—Nada hay mas cierto, señor.
-
-Aqui el condestable, amigo del conde de Cangas y Tineo, refirió al
-rey cuanto en el alcázar corria acerca de tan estraño acontecimiento.
-
-—Diego Lopez de Stúñiga, dijo el rey levantándose cuando hubo oido
-la relacion del caso. El rey Enrique no desmentirá jamas la fama que
-tiene granjeada de justiciero. Como justicia mayor de mis reinos os
-cometo la averiguacion del suceso. Compadezco á nuestro fiel pariente
-y vasallo, y quiero vengar la felonía cometida en la persona de mi
-muy amada doña María de Albornoz. Antes de tres meses me habreis
-descubierto quién sea el reo, y habrá pagado con su cabeza su
-atrevimiento. Juro por las llagas de San Francisco que no le podré
-dar seguro aunque me le pida.
-
-Inclinó respetuosamente la cabeza Diego Lopez de Stúñiga, y volvió á
-ocupar su lugar.
-
-—Vos, Pero Lopez de Ayala, tendreis entendido que quiero que se
-estienda hoy mismo la cédula que os dije: es mi real voluntad que no
-paguen mis reinos mas monedas, á pesar de no haberse acabado aun la
-guerra con Granada. ¿Qué os parece almirante?
-
-—Paréceme, señor, que pudieran recrecerse graves daños de la
-supresion del tributo de las monedas, repuso el almirante: si bien
-con eso contentais á los pecheros y hombres de afan, tambien si los
-moros vuelven á hacer la entrada...
-
-—No me lo digais, repuso el rey; estad cierto de que tengo yo mayor
-miedo de las maldiciones de las viejas de mis reinos que de cuantos
-moros hay de esta parte y de la otra parte del mar.
-
-Calló el almirante, y alto murmullo de aprobacion acogió el paternal
-dicho de Enrique el Doliente.
-
-Otra media hora pasaria en que el rey de Castilla despachó en medio
-de su corte algunos negocios del gobierno de sus reinos; ya iba á dar
-la vuelta á la cámara cuando se sintió ruido como de muchas personas
-armadas que se acercan; volviendo todos las cabezas hácia el sitio
-por donde el rumor sonaba, un faraute de su alteza llegando hasta el
-medio de la sala hizo una reverencia, otra á poca distancia, y hecha
-la tercera á los pies casi del trono.
-
-—Poderoso rey, dijo en alta voz, y justo don Enrique, tu pariente
-y leal vasallo don Enrique de Aragon, conde de Cangas y Tineo,
-rico-hombre de estos reinos, y señor de Alcocer, Salmeron y
-Valdeolivas, viene á pedir á tus plantas justicia y reparacion.
-
-—Decid que entre á mi pariente y leal vasallo.
-
-Retiróse el faraute con las mismas cortesías sin volver jamas las
-espaldas, y llegado á la puerta, _entrad_, dijo con voz descomunal.
-
-Dos farautes de don Enrique precedian. Don Enrique de Villena detras
-con rostro á la par airado y pesaroso. Seguia á su lado su primer
-escudero, y detras un caballero de su casa con el estandarte de sus
-armas, en que lucian sobremanera las barras paralelas de Aragon. El
-estandarte, pendiente de una asta á la manera de los que aun se usan
-en algunas procesiones, era ricamente recamado de oro y plata sobre
-campo azul. Venian despues armados como su señor los caballeros y
-escuderos vasallos del poderoso don Enrique.
-
-Pedido y dado el permiso de hablar por su alteza, tres veces
-reclamaron los farautes de don Enrique la atencion y silencio de los
-demas señores y asistentes.
-
-—Oid, oid, oid el desacato y felonía cometido en la persona de la muy
-noble é ilustre señora doña María de Albornoz, esposa del muy noble
-é ilustre señor don Enrique de Aragon, y de que en nombre de Dios
-Padre, Hijo y Espíritu Santo, y de la Bienaventurada Vírgen gloriosa,
-viene á pedir justicia y reparacion.
-
-Respondido _hablad_ tres veces tambien por el faraute de su alteza,
-comenzó don Enrique, hincando en tierra una rodilla, á hacer relacion
-de como le habia sido en su misma cámara robada su muy amada esposa,
-y de como habia salido en persecucion de los robadores, entre los
-cuales contábanse criados de su casa, cuya falta habia notado al
-mismo tiempo.
-
-—Alzad, le dijo el Doliente rey, conde de Cangas y Tineo, y decid
-cuál sea el fruto de vuestra espedicion.
-
-—No me levantaré, señor escelso, mientras no acabe el cuento de mi
-cuita, y no esté seguro de que tu alteza me otorga lo que á pedirte
-vengo. Inútilmente he recorrido el campo en busca de los robadores;
-á haberlos encontrado, señor, no hubiera menester pedirte justicia,
-porque mi espada me la supiera dar muy suficiente. ¡Pero oh dolor!
-Gran rey, he hallado en vez de la esposa ó de la venganza que
-buscara, esos sangrientos despojos que solo una funesta catástrofe me
-pueden anunciar.
-
-Adelantáronse al llegar á decir esto de entre el grupo de los
-caballeros dos escuderos, que tendieron á la vista del rey el manto y
-el velo de doña María de Albornoz todos ensangrentados.
-
-—¡Cielo santo! esclamó horrorizado el piadoso rey: un movimiento
-de horror circuló por la corte, y todos apartaban la vista de los
-sangrientos restos.
-
-—Hé aqui, señor, esclamó sollozando el desdichado esposo; ¡y ojalá no
-hubiera encontrado mas pruebas de mi desgracia!
-
-—¿Qué decís? hablad, esclamó Enrique III.
-
-—Un pastor, gran rey, que es el que ves y puede darte de ello
-testimonio, me ha asegurado que unas horas antes de encontrar con
-estas ropas, habia visto pasar á unos armados con un cadáver de una
-muger, á su parecer hermosa y jóven; mi esposa, señor. Receláronse
-de él, y quisieron echarle mano para impedir que su mal hecho se
-supiese; mas el conocimiento que tiene del pais, las quebradas de las
-peñas y sus buenos pies le salvaron por desdicha mia, para mi amargo
-desengaño.
-
-—Pastor, llegad, dijo don Enrique; ¿vos habeis visto eso?
-
-—Verdad dice su grandeza, repuso el pastor con visible turbacion, que
-achacaron todos al asombro de hallarse en tal parage. Llevábanla sin
-duda á enterrar en los sitios ocultos en donde los ví.
-
-—Justicia, pues, señor, justicia. Otorgadme que me dé á buscar al
-alevoso, y que donde quiera que le encuentre pueda sin duelo ni
-formalidad alguna castigar al que como villano se portó.
-
-—Yo os juro, don Enrique, justicia y reparacion. Alzad: ¿teneis vos
-indicios de quién pueda ser el robador?
-
-—Ninguno, respondió Villena levantándose.
-
-—¿Sospechais por ventura, si una venganza ó si una pasion...?
-
-—¡Ay de quien osare ofender la memoria de mi esposa...!
-
-—Nadie en mi presencia la ofenderá, conde de Cangas y Tineo.
-Imposible me fuera concederos que os entregueis á buscar al
-delincuente; necesito vuestra asistencia en mi corte. Pero los
-oficiales de mi justicia apurarán la verdad, y le hallarán donde
-quiera que se esconda. Os otorgo, sin embargo, en nombre de Dios
-Trino y Uno, á quien en la tierra representan los reyes ejercitando
-su justicia, que matéis al villano, si lo hallais, adonde quiera que
-lo halleis, armado ó desnudo, solo ó acompañado, por vuestra mano
-ó por la de villanos vasallos vuestros. Otorgo otro sí, que quede
-privado de cualquier gracia que pudiere yo hacerle ó le hubiere hecho
-sin conocerle; mando á quien le encuentre, caballero, escudero, noble
-ó pechero, y le requiero que le castigue como su villanía merece, y
-al que le mate hágole de su muerte salvo y perdonado. Alzad ahora,
-don Enrique.
-
-—No esperaba yo menos, gran rey, de tu recta justicia.
-
-Adelantándose entonces don Enrique el espacio que del trono le
-separaba, llegó con rostro apenado, y doblando de nuevo la rodilla
-ante el rey Doliente, quitóse el yelmo, besóle la mano, y dióle
-repelidas gracias por el favor singular que acababa de otorgarle.
-Retiróse en seguida á desarmar con sus caballeros por el mismo orden
-que habian venido.
-
-Quedaron los cortesanos estupefactos de cuanto acababan de oir.
-¿Qué motivo racional se podia efectivamente dar á la estraordinaria
-muerte de doña María? Todos discurrian y se hablaban al oido; pero
-ninguno conjeturaba la verdad, si bien muchos dudaban del relato y
-forma de la muerte por don Enrique referida. Pero donde el rey habia
-creido públicamente, no era lícito, ni aun á los mayores enemigos
-de don Enrique, dudar del caso sino en secreto. Todos por lo tanto
-callaron, y el físico de su alteza, que vió, que la animada audiencia
-de la mañana, y lo mucho que su alteza habia hablado, habia alterado
-visiblemente su color, le advirtió respetuosamente, que le convenia
-tomar algun descanso. Oido esto por el rey bajó del regio sillon,
-y despidiendo á sus cortesanos, entróse en su cámara con aquellos
-mismos que le habian acompañado á su salida, menos don Pedro Tenorio
-el arzobispo de Toledo, que quedó en la sala de audiencia con los
-mas grandes, dando y tomando en la singular aventura del que entonces
-mas que nunca comenzó á parecer verdadero hechicero á los ojos de los
-suspicaces cortesanos de don Enrique el Doliente.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XII.
-
- Por dar al dicho don Quadros
- dado ha al emperador.
- . . . . . . . . . . . .
- —¿Por qué me tiraste, infante?
- ¿por qué me tiras, traidor?
- —Perdóneme tu alteza,
- que no tiraba á tí, no.
-
- _Rom. ant. del infante vengador._
-
-
-No bien hubo llegado don Enrique á su cámara despachó á sus
-caballeros, y solo quedó á su lado su predilecto escudero: depuesta
-alli la falsa máscara de la pena, cuando hubo quedado solo el
-intrigante conde con Fernan Perez de Vadillo trabó con él una breve
-conversacion.
-
-—Fernan, nada tenemos que temer.
-
-—Siempre tiene que temer quien no obra bien, señor.
-
-—¡Fernan!
-
-—Perdonadme, pero no apruebo lo hecho. Y ahora que he obedecido tus
-órdenes sin murmurar, tengo algun derecho á descargar mi conciencia.
-
-—Vadillo, díjole al oido el conde, de nada tiene que acusarme la mia.
-
-—¿De nada?
-
-—Bien: convengo en que el medio ha sido violento; pero era preciso
-ser maestre de Calatrava.
-
-—Callo, señor, obedezco; pero no lo apruebo. Permíteme que te lo diga
-por última vez.
-
-—En buena hora: vuestro silencio y vuestra obediencia es lo que
-necesito. Y vamos á lo que mas importa. Tiéneme inquieto el camino
-que habrán tomado los armados.
-
-—En cuanto á los que llevaron á la condesa, yo te respondo de su
-silencio y de su fidelidad.
-
-—Bien; ¿y Ferrus?
-
-—¿Tanto sentís la pérdida del juglar?
-
-—¡Si la siento, Hernan! aquel nunca desaprueba nada: su conciencia es
-la del estúpido: nada le dice nunca: yo soy harto débil y harto bueno
-todavia para no necesitar tener á mi lado en mis fines un hombre
-honrado como vos. Quiero un instrumento, no un amigo. ¿Y el trovador
-prisionero?
-
-—Podemos verle.
-
-—¡Podemos!!! es indispensable. ¿No os dije yo que era él? Ved si ha
-estado detras del sillon del trono, como acostumbra, hallándose en la
-corte. El golpe nuestro será tanto mas seguro cuanto que nadie tiene
-noticia de su llegada. Habrá desaparecido del mundo, y quién sabe si
-alguien notará la coincidencia de su desaparicion y la de la condesa.
-
-—Eso, señor, pudiera no convenirte.
-
-—Conviéneme mucho ser maestre de Calatrava. Partamos. Guíame adonde
-esté.
-
-Inquietos iban los dos acerca de la entrevista que con el nocturno
-músico los esperaba. Al odio que contra él por la denegacion referida
-abrigaba don Enrique, agregábase cierto recelo de que hubiese en su
-conducta algo mas que ley de caballería, y pura generosidad hácia la
-condesa: y aunque no amaba á su esposa, como bien á las claras lo
-acababa de probar, irritábale sin embargo la idea de que un simple
-caballero hubiese puesto los ojos en cosa suya y en tan alta persona.
-Con respecto á Vadillo no dejaba de tener alguna inquietud, pues no
-estaba muy claro para él si daba serenata á la condesa, ó si acaso su
-esposa... imposible y horrorosa le parecia tan descabellada sospecha
-de la virtud de Elvira... pero la duda se habia hecho lugar en su
-corazon, y es huésped por cierto que, una vez alojado, no se arroja
-del pecho á voluntad.
-
-A entrambos parecia cosa indisputable que el músico era Macías, y
-nosotros, que desde la noche anterior nada sabemos de su existencia,
-no podemos menos de abundar en la opinion de los que tal pensaban.
-
-Llegaron por fin á una puerta pequeña que en el estremo de una
-larguísima galería se encontraba.
-
-—Alvar, dijo llamando Vadillo, y se abrió la puerta inmediatamente.
-Alvar era el montero á quien en la noche anterior habia confiado el
-escudero la importante presa. Entraron en una pequeña habitacion,
-cerrándose tras ellos la puerta.
-
-—¿Y el preso? preguntó Vadillo.
-
-—Descansa en la pieza inmediata; debia no haber dormido en un mes,
-segun ronca tranquilamente.
-
-—¿Ronca? ¿No está, pues, herido de peligro?
-
-—Mas daño debió de hacerle el miedo que vuestro venablo, señor
-escudero. Tiene algo arañada la cara de la caida, y un brazo vendado;
-pero el maestro que lo ha reconocido esta mañana asegura que podrá
-salir despues del medio dia.
-
-—Despertad, pues, á ese caballero, interrumpió impaciente don Enrique.
-
-—Despertad á ese caballero, repitió entre dientes Alvar.
-
-—¿Qué respondeis en voz baja? Despachad, dijo Fernan. ¿Háse quejado
-de la violencia que con él se ha usado?
-
-—Ayer noche todo era pedir que se le condujese á presencia de su amo
-el ilustre conde...
-
-—¿Su amo? dijo el conde: el trovador ha perdido la cabeza.
-
-—Voy á advertirle que vuestras señorías...
-
-—Presto, Alvar, presto.
-
-Entróse Alvar en la inmediata pieza, mientras que don Enrique y
-Hernan se preparaban á la estraña entrevista que iban á tener. No
-tardó mucho en volver á salir Alvar, asegurando que habia despertado
-al enfermo, quien sintiéndose completamente reparado de fuerzas con
-el pasado sueño, metia sus vestidos para salir á recibir á sus
-ilustres huéspedes.
-
-—¿Es segura esa puerta, Alvar? preguntó el conde.
-
-—Las fuerzas de diez hombres reunidos no bastarán, señor, á
-violentarla, respondió Alvar. Ademas, dos monteros le guardan conmigo
-y está indefenso: de aqui no saldrá sino para donde vuestras señorías
-determinen. Pero aqui está.
-
-Salia en efecto el asombrado prisionero, el cual, no bien hubo visto
-al conde, cuando arrojándose hácia él, como quien ve á su libertador,
-se echó á sus pies, y con lágrimas de gozo y de temor, “Señor,
-esclamó besándoselos, ¿en qué ha podido ofenderte para merecer tan
-dura prision tu fiel Ferrus?”
-
-Dos estátuas de mármol parecieron á tan inesperada vista el conde y
-su escudero. No seria mayor el asombro y la indignacion del rústico
-pastor que se viese torpemente cogido en el propio lazo que hubiera
-preparado para el raposo.
-
-—¿Tú, Ferrus? esclamó despues de la primera sorpresa el furioso
-conde. ¿Tú, Ferrus?—Hernan, nos han vendido. Venid acá, don Villano,
-añadió derribando por tierra de un empellon al desesperado juglar,
-venid acá vos, Alvar, ¿es éste el preso que se os ha confiado?
-¿Qué hicísteis, don Vellaco, del doncel de su alteza? Asíale de
-la garganta, y ahogárale sin remedio sino se le pusiera por medio
-Hernan, que mas sereno comenzaba á vislumbrar la verdad del caso.
-
-—¿Qué doncel, señor? gritó cuanto pudo Alvar. Lleve mi alma el diablo
-si tuve yo jamas en mi poder mas preso que el que el señor escudero
-me entregó, y si no es ese el mismo de que me encargué.
-
-—¿Qué es esto, Hernan? dijo don Enrique soltando la presa.
-
-—¡Qué ha de ser, señor! que sin duda debió de ser Ferrus el músico
-que yo cogí.
-
-—Negra fortuna mia, gritó don Enrique. ¡Qué músico habiais de coger,
-ni qué...! ¡Por Santiago! venid acá, Ferrus; ¿qué hicísteis vos de
-cuanto os encargué? ¿quién era el músico, juglar? acabad ó...
-
-—Serénate, señor, respondió temblando el alterado Ferrus. Yo obedecí
-tus órdenes ciegamente: yo rodeaba el muro y me acercaba ya al
-que tañía, cuando él, echando de ver mi bulto, calló, y hundióse
-precipitadamente en la tierra; el diablo debia de ser sin duda, que
-tomó la forma de músico para perderme en tu estimacion...
-
-—¿El diablo? malandrín... no pudo menos de sonreirse don Enrique al
-oir la simpleza de su juglar. ¿El diablo?
-
-—Señor, lo jurára: lo cierto es que yo no le volví á ver mas: y
-cuando, todo ojos y orejas, me acercaba al sitio donde le habia
-visto, y buscaba el boqueron que habria dejado al hundirse, sin saber
-por dónde encontréme con un caballo encima y un caballero... Bien
-sabe Dios que en aquel trance me santigüé...
-
-—Adelante; miserable, acaba.
-
-—Por acabado, señor: desde aquel punto ni ví ni oí: cuando recobré
-el uso de mi razon halléme en ese camaranchon donde me curaban las
-heridas que el mal enemigo me habia hecho.
-
-—Calle el necio, interrumpió, no pudiendo sufrir mas, don Enrique.
-¡Vive Dios que nada comprendo, Hernan!
-
-—Yo infiero, señor, dijo Hernan, que el músico debió ser si no
-diablo, muy ligero por lo menos, y yo debí tomar á Ferrus por el que
-tañía.
-
-—Eso debió de ser sin duda. Pero voto á Santiago que todos los deseos
-que de encontrar á Ferrus tenia no me pagan del pesado chasco. Alza,
-Ferrus, y vente con nosotros. ¡Necio de mí, que fui á escoger para
-tan delicada empresa al mándria mayor que vió la tierra! ¿Enviéte
-yo para que cogieras al músico, ó para que te dejaras coger por el
-primero que llegase?
-
-—Perdóname, señor, contestó algo repuesto Ferrus; dijérasme lo que
-habia de hacer contra el diablo en viéndole...
-
-—¿Vuelves á mentar al diablo, menguado? ¿Dónde está el diablo, mal
-servidor? Enséñamele, desalmado.
-
-—¡Jesus! Líbreme Dios. ¡Jesus! esclamó Ferrus santiguándose á mas y
-mejor.
-
-—Vamos de aqui, Hernan. Juro no abrir libro ni hacer trova, y júrolo
-por el apostol Santiago, hasta no tener en mi poder al insolente
-doncel que de tal manera ha burlado mi esperanza. Ahora está libre
-vive Dios, y puede hacernos mucho mal. Alvar tu fidelidad será
-recompensada.
-
-Inclinóse Alvar, y nuestros tres predilectos personages salieron
-silenciosamente á la galería; regocijado Ferrus de verse libre, en
-poder de su señor legítimo, y disipado ya el nublado que sobre su
-cabeza tronaba desde la noche anterior; disimulando Hernan la risa
-que en el cuerpo le retozaba al recordar á sangre fria el chasco
-inesperado; y mohino por demas el desairado conde, á cuya imaginacion
-se agolpaba entre otros peligrosos recuerdos el del secreto que habia
-imprudentemente confiado al perseguido doncel, y dándole no poco
-cuidado la reflexion de no haberle visto en la corte, siendo asi
-que ya no era la causa que él habia pensado la que podia habérselo
-impedido.
-
-[Ilustración]
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-CAPITULO XIII.
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- ¿Qué es aquesto, mi señora?
- ¿quién es el que os hizo mal?
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- _Cancion. de Rom._
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-Largo tiempo hacia que Elvira, atada á la columna y sin poder pedir á
-nadie ausilio á causa del pañuelo que la tapaba la boca, esperaba con
-insufrible impaciencia á que la casualidad ó el transcurso del dia le
-deparase un libertador que de tan crítica situacion la sacase. Por
-fin llegó el momento deseado, y el page que tanto habia tardado en la
-averiguacion de lo que se encomendara á su cuidado, abrió las puertas
-de la cámara que de prision servia á la afligida hermosa. Miró en
-derredor y á nadie veía, hasta que fijando los ojos en la columna,
-ofrecióse á su vista el espectáculo de su aprisionada prima. Asustóse
-primero y esclamó:
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-—¡Santo Dios! ¿qué ha ocurrido aqui...?
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-Mal podia responderle Elvira sino con los ojos; pero cuando vió el
-pagecillo que no parecia nadie, ni habia asomos de peligro alguno,
-soltó la carcajada, impertinente á la verdad en aquel momento, y
-comenzó á dar brincos.
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-—¿Quién os ha puesto asi, mi señora Elvira? ¿os ató el señor escudero
-por...?
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-Dióle lástima al llegar aqui el ver que su prima no parecia gustar de
-la prolongacion de tan pesada chanza: llegóse entonces el atolondrado
-á Elvira, y desató sus crueles ligaduras.
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-—¡Dios mio! ¡Dios mio! esclamó Elvira en viéndose libre, alguna gran
-desgracia está sucediendo á mi señora la condesa. Corramos...
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-—¿Adónde vais tan deprisa? repuso el page deteniéndola; ¿y quién
-me paga mi recado? ¿quién escucha las nuevas que traigo? ¿quién
-sobre todo me cuenta lo que os ha sucedido, y la razon de haberos
-encontrado asi mano á mano con esa columna negra?
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-—¿Traes nuevas? preguntó Elvira olvidando todo lo demas. ¿Traes
-nuevas?
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-—Y buenas, contestó el page. El caballero de las armas negras era el
-que tañía...
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-—Lo sé... y...
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-—Pero sabed que le esperé inútilmente dos largas horas, mas largas
-que las del arenero...
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-—¿Inútilmente?
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-—Si, pero por fin llegó.
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-—¿Llegó? ¿Con que no era él el...? ¡Yo os bendigo, Dios mio...! Sigue.
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-—¡Si le vierais qué agitado! descompuesto el cabello, espantados
-los ojos, entró en su cámara y no me vió:—Negra suerte, esclamó,
-y despedazó con sus manos el laud que traía cruzado sobre la
-espalda. ¿No me servireis, dijo rompiendo las cuerdas, sino de
-gemir eternamente? vióme en seguida: ¿qué haces aqui? me dijo con
-voz terrible; pero al reconocerme templóse toda su ira. Page me
-dijo entonces con voz mesurada, ¿tornas aun con nuevas demandas del
-hechicero?
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-—¡Ah! si supierais quién me envia, dije entonces, si supierais que
-una hermosa dama...
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-—Silencio, esclamó, no pronuncies su nombre... ¿Es posible?—Díjele
-entonces la comision que me dísteis en nombre de la señora condesa:
-largo rato suspiró y miró al cielo sin hablar.—Page, me dijo en
-fin, no nos veremos mas. He creido que mi brazo podia ser útil á
-una inocente; pero si es fuerte contra los hombres, es impotente
-contra los recursos de una ciencia misteriosa y... maldecida. El
-infierno me envia enemigos en medio de la soledad, y la Madre de
-Dios me abandona. Un acontecimiento estraordinario ha interrumpido
-mis avisos. He rondado la noche toda para volver á entrar en el
-alcázar; las órdenes mas rigurosas, dadas no sé por quién despues
-de mi salida, me han impedido verificarlo. He debido esperar á que
-entrase el dia para que no fuese mi entrada sospechosa. Pero mañana
-el alba me encontrará lejos, bien lejos de Madrid. Si alguna muger
-necesita mi amparo en cualquier ocasion, mal pudiera negársele un
-doncel de don Enrique. Dígame qué puedo hacer: por mí lo ignoro.
-A Dios.—Apretóme la mano de una manera, prima, que yo creí que le
-atormentaban otros recuerdos que los de nuestra amistad. Envolvióse
-entonces en su pardo gaban, y cubriéndose con él la cabeza, oíle
-sollozar y salí. Hé aqui, prima, las nuevas.
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-—Tristes, bien tristes, dijo pensativa Elvira. ¿Y de la condesa
-supiste...?
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-—¿La condesa? ¿Es su confidenta la que me pregunta...?
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-—Sí: ¿nada sabes?
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-—Pero querida prima, ¿qué teneis? vuestra palidez, vuestra agitacion
-me asustan...
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-—¡Ah Jaime! la condesa es víctima en este momento de la mas espantosa
-villanía... volemos á su socorro: no sé adonde me dirija; la menor
-imprudencia mia puede comprometer su suerte y el éxito mismo de mis
-diligencias. Si supiera... pero la mas completa oscuridad reina en
-todas mis conjeturas.
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-Meditó un momento Elvira el partido que tomaria mientras que hacia
-nudos á uno de los cordones, que de su cintura pendia, el distraido
-page. De pronto pareció que habia iluminado su entendimiento un rayo
-de luz.
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-—No hay mas recurso, dijo: para los casos estremos son los remedios
-violentos Jaime... deja ese cordon, déjale te digo... vamos á buscar
-á mi esposo: averigüemos primero qué voces corren de lo ocurrido, y
-qué se cree en el alcázar... despues, si eres prudente, si has de ser
-callado, pero callado como la muerte, tú, que sabes el camino, me
-guiarás adonde pienso ir.
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-—Puede que algun dia pruebe Jaime á su hermosa prima que no es tan
-atolondrado como le llaman.
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-Elvira apretó la mano del inteligente pagecillo con espresion de
-gratitud, y ambos salieron de la cámara que acababa de ser teatro de
-tan estraordinarias escenas.
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-Buscó Elvira á su esposo sin mas demora, por que si bien sospechaba
-que don Enrique hubiese tenido parte en la pérfida desaparicion de la
-condesa, ni veía claro en esto, ni menos lo podia asegurar. ¡Tan bien
-se habia representado por todos la farsa que dejamos descrita! Ni por
-otra parte, aunque á pies juntillas hubiera creido la traicion del
-conde, cabia en su imaginacion la menor sospecha acerca del estremado
-honor de su esposo: sabíale ligado á los intereses de su señor; pero
-que él hubiese tomado parte activa en el mal hecho, no le era lícito
-á Elvira imaginarlo siquiera.
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-Asi era la verdad: hidalga sangre corria por las venas del escudero,
-y hacia vanidad de honradez y de rectos sentimientos; no era uno de
-los pocos hombres ilustrados de la época; no hubiera sostenido una
-intrincada tésis con un teólogo; participaba de las preocupaciones de
-su siglo, pero era en sus acciones hidalgo, y esto es por lo menos
-tan recomendable como el talento. Alguna parte habia tenido en el
-criminal proyecto de don Enrique, pero solo aquella que no habia
-podido escusar en calidad de escudero suyo asi que, se habia opuesto
-constantemente á las miras de su señor, habíale afeado los medios,
-y le habia reconvenido despues, como arriba dejamos indicado; pero
-la misma probidad que le impulsaba á manifestar francamente sus
-sentimientos en tan delicado asunto, á riesgo de perder la gracia
-del conde, le impedia oponerse de hecho á sus deseos: era forzoso
-obedecer y callar por el propio honor del deslumbrado magnate:
-propúsose, pues, ser completamente pasivo y guardar el mas rigoroso
-silencio. Sospechando sin embargo que la primera que habia de poner
-á prueba su fidelidad habia de ser su esposa, no habia vuelto á
-desatar las crueles ligaduras en que habia quedado presa, y de que
-habia sido él la causa, pues desde luego habia manifestado al conde
-la imposibilidad de separarla de él, y la dificultad que hubiera
-encontrado para realizar su voluntad, mientras Elvira pudiese obrar
-libremente en los primeros momentos. Habia, pues, dejado á alguna
-casualidad que no podia tardar en sobrevenir el cuidado de su
-esposa, deseoso de retardar á cualquier costa el instante de una
-esplicacion con ella, para la cual no tenia todavia muy meditadas las
-respuestas.
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-Avínole mal no obstante, pues poco tardó Elvira en presentarse
-ante sus ojos con una agitacion tal, que no le pudo quedar duda al
-infeliz del objeto de su intempestiva venida. Hubiera él querido
-hallarse á cien leguas entonces de su consorte y del mundo entero,
-en cuyas miradas creía ver á cada paso otras tantas reconvenciones
-á su reservada y ambigua conducta. Repúsose con todo lo mejor que
-pudo, y ni las preguntas sencillas de Elvira, ni sus halagos, ni sus
-reconvenciones lograron recabar de él la menor noticia que pudiese
-dar luz sobre lo ocurrido á la desconsolada hermosa. Obstinóse en
-negar constantemente la menor participacion del conde en el robo de
-la condesa; en una palabra, manifestó con toda entereza hallarse en
-la misma ignorancia que la corte toda, y aun se indignó con notable
-aire de verdad á la menor idea de sospecha presentada por Elvira.
-Comenzaba ya ésta á dudar si serian sus juicios temerarios, pero
-nunca pudo convencerse á sí misma; vió ademas á don Enrique, y
-parecióle que brillaban al través de su aparente dolor sentimientos
-de otra especie. Dificil cosa es por cierto engañar la natural
-penetracion de una muger: la inutilidad de los esfuerzos del
-de Villena para dar con los robadores, y el horrible atentado
-cometido en una muger que á nadie habia hecho daño, reunidos á los
-antecedentes particulares que de aquel matrimonio desgraciado solo
-ella acaso tenia, la hacian ver mas claro en tan atroz intriga
-que todos los demas. Inesplicable fue su dolor cuando llegó á sus
-oidos la funesta nueva, que de boca en boca corria por el alcázar,
-de la desdichada muerte de su señora: afirmábanse al recordarla
-todas sus sospechas, ardia en deseo de venganza, y la idea de la
-impunidad la hacia padecer tormentos imponderables. Resolvióse,
-pues, á realizar el plan que tenia meditado, arriesgado en verdad,
-y delante del cual habia retrocedido muchas veces. El amor, en fin,
-que á la condesa habia tenido, una voz superior y celestial que creía
-oir continuamente, pidiéndole venganza y reparacion, la hicieron
-creer que el cielo mismo y su conciencia la obligaban á volver por
-la inocencia, y constituyóse entonces campeon de la ultrajada
-virtud. Seguida del inquieto page, que tan asombrado como ella
-lloraba tambien la desgracia de doña María de Albornoz, entróse en
-su aposento, donde la dejaremos poniendo los medios que mas propios
-creía para dar cima á la importante empresa que sobre sí tomaba,
-sin comprometer su honor por otra parte, su virtud y hasta su misma
-tranquilidad.
-
-[Ilustración]
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-CAPITULO XIV.
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- Contadme vuestros enojos;
- no tomeis melenconía,
- que sabiendo la verdad
- todo se remediaria.
-
- _Rom. del conde Alarcos._
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-En la misma postura que el page referia haber dejado al melancólico
-doncel, envuelto en su gaban hasta los ojos, y roto á sus pies el
-laud, permanecia cuando se presentó delante de él Hernando diciéndole
-con su acostumbrada sequedad:
-
-—¿Lloras, señor? Levanta la cabeza y mira que ó yo entiendo poco de
-rastro, ó se te viene la res por sí sola á tiro de tu venablo.
-
-Alzó la frente el consternado mancebo, y vió á pocos pasos de él
-una figura envuelta en un ropon negro, y cubierta la cara con la
-mascarilla que usaban en aquel tiempo las damas cuando salian
-sobre todo de su casa, ó cuando habian de hablar con caballeros
-desconocidos.
-
-—¿De qué res hablas, Hernando? ¿Quién es esa dama? preguntó
-desembozándose con enfado el doncel.
-
-Miróla entonces de alto abajo, y reparando que su silencio podia
-indicar que no venia á hablarle con testigos,—Retírate, Hernando,
-dijo: yo te llamaré cuando te haya menester. Cogiendo entonces de una
-mano á la dama, hízola entrar en su cámara. Luchaban en su fantasía
-mil encontradas ideas.
-
-—Señora, le dijo con voz mesurada y tímida, sola estais: si alguna
-revelacion teneis que hacerme, si alguna ocasion teneis que
-proporcionarme en que pueda seros útil mi débil brazo, hablad: no
-en vano os habeis dirigido á un caballero de la corte del ínclito y
-poderoso rey de Castilla.
-
-—Caballeros tiene la corte de don Enrique que pudieran desmentir
-la hidalguía de vuestras palabras, repuso la tapada con voz que
-desfiguraba enteramente la mascarilla que cubria su rostro.
-
-—Nombradlos, señora; si algun caballero ha mancillado el nombre de
-una orden de caballería, el me dará razon y satisfaccion...
-
-—No os altereis, y oidme. Sí, caballeros hay, y cerca de nosotros,
-que amancillan la clase á que pertenecen. Ni la sangre que corre
-por sus venas, ni el nombre ilustre que ostentan, ni la dorada cuna
-en que se mecieron son rémora bastante á sus desenfrenados deseos.
-¿Conoceis á la condesa de Cangas y Tineo, á la ilustre doña María de
-Albornoz...?
-
-—¿Seria posible? Seríais vos, señora...
-
-—¡Pluguiese al cielo! Pero ni soy la condesa... ni...
-
-—¿Quién sois, pues, vos la que en su nombre...?
-
-—Templad vuestro ardor, noble caballero, y dadme palabra de oirme, y
-de no indagar quién yo soy...
-
-Latía violentamente en el pecho el corazon de Macías: miraba una y
-otra vez á la desconocida: no osaba, sin embargo, afirmarse en sus
-sospechas.
-
-—Con esa palabra proseguiré en mi demanda, dijo la dama. Contóle en
-seguida al caballero, que de todo estaba ignorante, cuanto de la
-condesa se decia...
-
-—¡Muerta la condesa! esclamó Macías al llegar al funesto desenlace de
-tan triste historia... y vive el conde todavia... y...
-
-—¡Silencio! Hé ahí el objeto de mi venida. La tiranía, la injusticia
-piden reparacion. Mañana una amiga de la condesa se arrojará á los
-pies del rey, y denunciará la traicion. Acaso será preciso que un
-caballero salga fiador con su espada de su acusacion. ¿Estareis
-mañana en la corte de don Enrique...?
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-—¿Qué me pedís, señora? Cuando pensaba alejarme de esa funesta
-corte...
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-—¿Alejáros? dijo con un movimiento de sorpresa la dama: ¿alejáros?
-repitió lanzando un amargo suspiro.
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-—¡Ah! señora, ¿ignorais repuso el doncel con la mayor agitacion, que
-mi tranquilidad depende acaso de mi marcha precipitada...?
-
-—¿Y dejareis la inocencia ser presa de la traicion...?
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-—Jamas; pero...
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-—¿Y sabeis vos, por ventura, poco generoso mancebo, lo que en este
-momento sacrifica la que teneis ante vuestros ojos, los respetos que
-atropella, los riesgos á que se espone...?
-
-—Acabad, Santo Dios: ¿quién sois? vos, vos... no hay duda...
-
-—Caballero, respetad mi silencio y mi dolor. Acabemos: he procedido
-de ligero cuando he creido que...
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-—No; no; mañana estaré en la corte de don Enrique. Una sola gracia os
-pido. Si he de ser vuestro caballero, dadme una prenda, señora, un
-color...
-
-—¡Mi caballero! interrumpió la dama. El caballero sereis de la
-inocencia: el mio es imposible...
-
-—¡Imposible!—Elvira, vos sois...
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-—Soltad, imprudente jóven, soltad. ¿Por dónde presumís que soy la
-esposa del escudero? Vuestra imaginacion os engaña, y acaso vuestro
-deseo...
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-—¡Me engaña...! Mi deseo, señora, es el de servir á esa dama, que
-conozco, como pudiera conocer...
-
-—Vuestra turbacion os delata; pero esa imprudencia permanecerá oculta
-en mi pecho. Conozco á esa Elvira, y su honor me es harto caro...
-
-—Nunca podia padecer su honor...
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-—Bien: ¿qué nos importa Elvira? La prenda que me pedís, si mañana
-ante la corte toda del rey decreta el duelo y el juicio de Dios, la
-tendreis; pero ni os podreis nombrar mi caballero, ni exigireis de
-mí que me descubra. Básteos saber que conozco demasiado la dama que
-nombrasteis, y que sé, doncel, que ella no viniera á vos.
-
-—¿Eso sabeis?
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-—Lo sé.
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-Dejó caer Macías al oir estas dos palabras, pronunciadas con funesta
-tranquilidad, la mano con que tenia asida una punta de la ropa de
-la tapada, como para detenerla. Inclinando en seguida la cabeza,
-declaró que al dia siguiente se hallaria en la corte de don Enrique,
-y ofreció su mano á la desconocida: aceptóla ésta para salir, pero un
-notable temblor la agitaba: oprimióla suavemente el doncel como si
-quisiese tentar este último y desesperado recurso para salir de su
-terrible duda: un movimiento involuntario y convulsivo correspondió
-á su indicacion, y en el mismo momento la tapada, volviendo en sí,
-arrancó su mano de la del doncel y se lanzó fuera de la estancia.
-Arrojóse en pos Macías: iba á prosternarse á sus pies, iba á hablar,
-pero un ademan imperioso de la negra fantasma le mandó apartarse,
-y mas rápida en seguida que esas rojas exhalaciones que surcan el
-espacio en una oscura noche del estío, desapareció á sus ojos
-la aérea vision. Macías creyó ver un ser sobrenatural, la sombra
-acaso de la misma condesa; permaneció con los brazos cruzados, y la
-vista fija, como si quisiese ver mas allá de la oscuridad y de la
-distancia. Entonces oyó un suspiro lanzado á lo lejos, y parecióle
-que al desaparecer de sus ojos en el confin del corredor se habia
-reunido la dama á otra figura mas pequeña que alli la estaba sin duda
-alguna esperando.
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-—_Sé doncel, que ella no viniera á vos_, repitió un momento despues
-Macías con doloroso acento. Yo tambien lo sé: nunca me amó. ¿Ni cómo
-pudiera amarme? ¿no amaba á ese feliz escudero cuando se unió á él en
-indisolubles lazos? ¡Loco, insensato de mí! Ah, quien quiera que seas
-la que vienes á implorar mi espada, ¡cuán poco conoces el corazon del
-hombre! ¡un amante correspondido, un mortal feliz es invencible; á un
-miserable despechado y aborrecido un niño le vence!!!
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-[Ilustración]
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-
-CAPITULO XV.
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- ¿De dónde vino este diablo?
-
- _Rom. del Cid._
-
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-De vuelta don Enrique en su cámara con su primer escudero y con su
-favorito juglar, revolvia en su cabeza los medios de dar á su intriga
-la feliz conclusion que por tanto tiempo habia deseado. Estorbábale
-la idea de Macías, pero dejó al tiempo el cuidado de iluminarle
-acerca de lo que de él podia temer. Despidió, pues, á Hernan, cuya
-probidad le incomodaba no poco para sus fines, y solo el juglar,
-de cuya aparente estupidez nada recelaba, entró con él al secreto
-laboratorio.
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-—Libres estamos ya de la condesa, Ferrus, dijo; pero merced á tu
-singular valor, quédanos en campaña otro enemigo no menos terrible...
-
-—¿Eres ya maestre, señor...?
-
-—Lo seré, Ferrus, ó poco ha de poder don Enrique de Aragon: acabo
-de recibir un aviso secreto de que ha sido elegido papa en Aviñon
-don Pedro de Luna, bajo el nombre de Benedicto XIV. Esperaba este
-favorable acaecimiento de un momento á otro. Luna es aragonés, como
-yo, y vínculos antiguos de amistad nos unen: la lucha que habrá
-de sostener ademas con Urbano en este cisma de la iglesia, y la
-necesidad que tiene de Castilla y Aragon, unida á la influencia que
-él sabe que ejerzo en estos reinos, me aseguran su provision para
-el maestrazgo, la piedad por otra parte de don Enrique III no podrá
-menos de pesar en la balanza en favor mio cuando éste sepa que mi
-allegado, el rico-hombre de Luna, ha ceñido á sus sienes la triple
-corona. Ahora necesito sacar partido de la ignorancia en que de esta
-nueva está la corte, y de la feliz tardanza de la noticia de la
-muerte del maestre de Calatrava...
-
-—Tu antecesor.
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-—Asi lo espero, Ferrus. Tira el cordon que corresponde al cuarto del
-astrólogo, y retírate á esa cámara inmediata.
-
-Hízolo Ferrus como se le mandaba. Apenas habia doblado tras sí las
-batientes hojas de la puerta, oyéronse los vacilantes pasos de
-una persona de edad que bajaba escalones con toda la prisa que sus
-cansados años le permitian.
-
-—Entrad, dijo don Enrique, y se presentó en la habitacion el físico
-de su alteza Mosen Abrahem Abenzarsal, el mismo que en la corte de la
-mañana habia acompañado constantemente al Doliente rey. Su estatura
-era pequeña, su tez pálida y macilenta: brillaban sus ojos en su
-oscuro semblante como dos carbuncos en medio de las tinieblas de la
-noche; y era la espresion de toda su persona, malignidad y avaricia.
-Su mano descarnada y su barba larga le daban cierto aire de adusta
-gravedad. Su trage era un largo y ámplio balandran negro cogido con
-una larga correa: ayudábale á andar un nudoso y retorcido báculo
-semejante al baston pastoral, y una toquilla con dos plumas malamente
-colocadas encubertaba su calva zolloa.
-
-—¿En qué puedo servir al ilustre y eminente...?
-
-—Tregua á las lisonjas; nos conocemos, y entre nosotros no son
-necesarias.
-
-—Sea en buen hora, conde, repuso con humildad el físico. ¿Habeis
-menester de mi ciencia y de las relaciones que con el espíritu del
-ser conservo? ¿quereis consultar el curso de las estrellas...?
-
-—En cuanto á las estrellas, Abrahem, no creo saber menos que vos.
-Dejemos á los astros del cielo recorrer tranquilamente su carrera,
-y no nos acordemos mas de ellos que ellos se acuerdan de nosotros.
-Otros astros mas humildes que cruzan sombriamente por esta esfera
-terrestre, haciendo sombra á mis vastos planes, son los que os será
-preciso desviar y no consultar.
-
-—¿Quereis que amolde una semejanza de cera...? Señaladme la víctima:
-antes que la noche haya tendido sus densas sombras sobre el alcázar
-de Madrid veréisla concluída y atravesado el pecho con punzante
-almarada: una lámpara arderá delante de ella; cuando gusteis, una vez
-pronunciado el funesto conjuro, vos mismo apagareis el resplander
-mortecino, y el que os haya ofendido, bien pudiera estar en el
-apartado polo, caerá herido de invisible mano...
-
-—Tregua, viejo miserable, tregua al torpe manejo de vuestra pérfida
-ciencia. ¿Creeis, por ventura, que tengo yo mi tiempo libre para
-oir vuestras impertinencias? ¿creeis que hablais con el imbécil don
-Enrique el Doliente, á quien su débil contestura arroja como una
-víctima inerme en vuestros groseros lazos? ¿creeis que he pasado años
-enteros sobre los triángulos y los crisoles, llamando inútilmente á
-ese espíritu de las tinieblas, para dejarme deslumbrar de vuestra
-impudente charlatanería? Guardad para el vulgo esa necia ostentacion,
-y acordaos de que es mas facil oir que adivinar.
-
-Temblaba el viejo de mal reprimido corage, pero no osaba arrostrar la
-indignacion del impaciente Villena.
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-—Ea, Abrahem, dijo entonces don Enrique, mas sosegado con el terrible
-efecto que en el réprobo habian hecho sus tonantes espresiones,
-¿cuánto oro habeis fabricado esta mañana?
-
-—¿Oro? ¡Pluguiera al cielo! en vano he intentado encerrar en el
-crisol un rayo de ese sol que nos alumbra: él contiene la apetecida
-esencia del oro; pero el medio, el medio...
-
-—¿No sabeis, pues, hacer oro con toda vuestra ciencia?
-
-—Si supiera hacer oro, señor, ¿imaginais que fraguara, para ganarle,
-mentiras que algun tiempo yo mismo creí, pero que la esperiencia me
-obliga, en fin, á desechar tristemente?
-
-—Bien, Abrahem: ahora os poneis en la razon: ahora hablais con el
-conde de Cangas. Ved: yo soy mejor alquimista. Sin andar á caza de la
-esencia del oro encerrada en un rayo del sol, yo hago ese precioso
-metal con los terrones de mis estados. Tomad esas doblas, añadió
-alargando al viejo, cuyos ojos brillaban ya de alegría, un repleto
-bolson de cuero, tomadlas: ese es el mejor conjuro: á la voz de ese
-no hay espíritu en el orbe que no responda.
-
-—¿Y en qué puede serviros vuestro criado?
-
-—Oid: ¿sabeis que os he elevado al alto favor que en la corte de don
-Enrique gozais?
-
-—Con tu licencia, señor; mi padre Abrahem Abenzarsal era ya físico
-del rey don Pedro el Cruel...
-
-—¿Y os sostendriais, Abenzarsal, en ese lugar, que creeis
-arrogantemente haber heredado, si el nieto del célebre y primer
-marques de Villena quisiese patentizar á la corte entera que vuestra
-existencia toda, vuestras palabras, vuestra misma persona, no son mas
-que una prolongada impostura...?
-
-—¿Pero esas preguntas...?
-
-—Quiero asegurarme vuestra fidelidad. Conozco á los hombres. Son
-fieles cuando tienen interes en serlo. Escuchad ahora. Quiero ser
-maestre de Calatrava.
-
-—¡Por Israel! Comprendo: un rayo de luz acaba de iluminarme, y la
-muerte de la condesa no es ya un enigma para...
-
-—Pues os advierto precisamente que debe serlo hasta para vos...
-
-—En buen hora, señor; no digas mas; confieso que no la entiendo. Pero
-hay ya un maestre, y no suele haber dos en ninguna orden...
-
-—Precisamente eso es lo que todas las figuras cabalísticas no os
-hubieran revelado nunca á vos antes que á los demas. No hay ninguno.
-
-—¡Dios de Abraham! Dos muertes en menos de...
-
-—Con respecto al maestre Guzman, ese mismo Dios de Abraham que
-invocais tuvo á bien llevarle á mejor vida.
-
-—¿Qué dices, señor?
-
-—Ahora lo sabemos dos en Madrid. Vos y yo.
-
-—¿Y creeis que Clemente VII...?
-
-—Clemente VII estará probablemente ahora donde el maestre...
-
-—¡Qué de importantes noticias!!
-
-—Don Pedro de Luna ocupa la santa silla de Aviñon. Ahora bien, ¿á qué
-hora vereis á su alteza?
-
-—Debo asistir á su refaccion de la noche.
-
-—¿Qué mas pudierais pretender? Deslumbrad á la corte. Alli podeis
-hacer uso de vuestra recóndita ciencia. Adivinad delante de su alteza
-las noticias que acabo de daros, y adivinidad tambien que el maestre
-de Calatrava ha de ser...
-
-—Don Enrique de Villena.
-
-—Justo. Mañana me ha de saludar el rey en la corte con ese pomposo
-título. Para el logro de nuestro fin es preciso que le conste al rey
-que no nos hemos visto.
-
-—Nada mas facil. Ya sabes, señor, que la quebrantada salud del
-jóven rey me obliga á habitar, ciñéndome á sus mismas órdenes, una
-habitacion inmediata á la suya, y que todos ignoran que tengo una
-comunicacion abierta con vuestro laboratorio. Su alteza juzga que
-encanezco ahora sobre los crisoles, que consulto las estrellas sobre
-el éxito de la guerra de Granada, y que revuelvo á Dioscórides
-buscando remedios á su dolencia.
-
-—Perfectamente. Esperad. Dos personas mas me estorban para mis
-fines...
-
-—Ya sabeis que he recibido no ha mucho de Italia un pomo de aquella
-agua clara, mas cristalina que la que envian las sierras vecinas á
-esta villa, y que el que la llega una vez á sus labios no vuelve en
-sus dias á tener sed.
-
-—Basta, Abenzarsal, basta. Si el estudio endurece de esa suerte el
-corazon del hombre, quemaré mis libros; viejo empedernido en el
-pecado, soy ambicioso; pero creo que hay un Dios, y juzgo que ya he
-hecho lo bastante hoy para haberle de dar cuentas largas y terribles
-el dia que se digne llamarme á su juicio,
-
-—En ese caso...
-
-—Oid. La una persona es un doncel de Enrique Doliente, un mancebo
-valeroso: las armas no pueden nada con él... pero es mozo de pasiones
-vivas; acaso manejándolas y volviéndolas contra él mismo...
-
-—¿Se llama?
-
-—Macías.
-
-—¿Está en Calatrava?
-
-—En el alcázar, por mi desgracia.
-
-—Prosigue, señor; la otra...
-
-—Elvira, la muger de...
-
-—Tranquilizaos. Vos ignorais acaso algunas circunstancias que
-derraman gran luz sobre mis ideas. Mañana os he de decir...
-
-—No: hablad ahora.
-
-—Bien: sabed que ese mancebo ha estado fuera de la corte por una
-pasion que le domina...
-
-—¿Qué decís? Yo creí que mis servicios solo...
-
-—Os equivocais.
-
-—¡Ah! ¡de esa ignorancia nació mi error! Proseguid.
-
-—Es bizarro, pero preocupado, supersticioso como los jóvenes todos de
-esa corte ciega y atrasada...
-
-—Proseguid.
-
-—En una ocasion halléle en mi habitacion: iba á consultarme sobre
-su horóscopo: examiné su temperamento, ardiente, arrebatado; hícele
-varias preguntas al parecer indiferentes; pero un jóven de veinte
-años mal hubiera pretendido encubrir su flaco á un hombre de mi
-esperiencia.
-
-—Díjome sin creer decirlo que amaba, y de sus respuestas, que yo
-aparentaba despreciar, inferí que amaba á una dama casada...
-
-—¿Casada?
-
-—Mi prediccion fue vaga. Deseoso de informarme mejor, tomé tiempo
-para responderle mas claramente. Observéle entre tanto: de alli á
-pocos dias un ramillete cayó del pecho de una dama desde el corredor
-al patio de los leones de su alteza, recordareis que un caballero
-incógnito, armado y calada la visera, se precipitó á recoger el
-ramillete á riesgo de su vida...
-
-—Adelante, Abrahem.
-
-—El ramillete era de Elvira, el caballero Macías. En la corte, y
-entre los que no tenian antecedente ni interes alguno en observarlos,
-esta anécdota sonó dos dias, y se olvidó despues. De alli á poco
-anuncié al mancebo que un astro fatal le perseguia en la corte...
-
-—¡Santo Dios!
-
-—El crédulo mancebo me creyó y desapareció. No me cabe duda: ama á
-Elvira, y la ama como un frenético. Mas; debe de ser correspondido:
-la dama no pensó en recoger su ramillete. Creedme, le he examinado
-atentamente; es de aquellos hombres en quienes el amor es siempre
-precursor de la muerte.
-
-—¡Qué descubrimiento! ¿Y pensais que...?
-
-—Pienso que si logramos poner en juego esa pasion, pienso que si el
-doncel no ha olvidado su amor, vuestros enemigos se destruirán por sí
-solos, sin que necesitéis cargar vuestra conciencia con un crímen.
-
-—Hacedlo, Abenzarsal, hacedlo, gritó don Enrique fuera de sí:
-quitáisme un peso horrible.
-
-—Un medio para reunirlos: una ocasion, y son perdidos.
-
-—Un medio, una ocasion... es mas facil decirlo que...
-
-—No importa. Una ocasion.
-
-—Y que Hernan Perez...
-
-—Sí: una vez impuesto Hernan Perez, su ruina es cierta; el escudero
-es osado, pundonoroso, valiente...
-
-—¡Ah! pero me haceis recordar... si ha de envolver su desgracia la de
-mi escudero... mirad que me ha prestado servicios...
-
-—Tranquilizaos, ilustre conde. ¿Qué mal le podrá avenir? ¿haber de
-encerrar á su muger en una reclusion para toda su vida? Supongo que
-sabeis que un esposo de tres años no se morirá de tristeza por tan
-terrible golpe... Vos erais tambien esposo y...
-
-—Abrahem, Abrahem, ya os he dicho que no consiento alusiones en esa
-materia: dejadme tiempo á lo menos para reconciliarme conmigo mismo.
-
-—Señor...
-
-—En buen hora, concluyamos en ese asunto; pues vos me respondeis
-de mi inocencia y de la vida de mi escudero, de consuno buscaremos
-un medio para reunirlos, y acaso la Vírgen Santísima de Atocha, de
-quien soy devoto, nos le proporcione presto. Si lo consigo, ofrezco
-edificarle un santuario en la mejor villa del maestrazgo...
-
-—Besad este escapulario, señor, que representa su efigie, dijo
-entonces el redomado físico, alargando el que del cuello traía
-pendiente, y ella y su Hijo nos ayuden.
-
-—Amen, dijo levantándose don Enrique con aquella incomprensible
-mezcla de devocion y de impudencia, de religion y de vicios que
-distinguia asi á los hombres vulgares como á los mas ilustrados de
-la época, sin que dejemos de inclinarnos á creer que en hombres como
-nuestros dos interlocutores eran aquellas prácticas esteriores
-hijas solo de la costumbre. Amen, repitió, y apretando la mano del
-físico, separáronse con una afectuosa mirada de inteligencia; volvió
-á subir el astrólogo la escalera escondida, por donde habia bajado,
-para meditar en los medios de cooperar á los planes ambiciosos de don
-Enrique, y éste cruzó su laboratorio alquimístico en busca de Ferrus,
-que en la cámara impaciente le esperaba.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XVI.
-
- Viendo aquesto un moro viejo
- que solia adivinar...
- suspirando con gran pena,
- aquesto fue á razonar.
-
- _Canc. de Rom._
-
-
-Inútil es decir á nuestros lectores que el físico Abrahem Abenzarsal
-contó en cuanto llegó á su aposento las relucientes doblas del de
-Villena, y que animado con su sonido vivificador, y con la esperanza
-fundada de merecer nuevas confianzas de la misma especie, coordinó
-sus ideas y estudió preventivamente el dificil papel que ante el rey
-de Castilla habia de representar de alli á poco. Llegada la hora,
-asistió como tenia de costumbre á la mesa frugal de su alteza, ora
-previniéndole los platos que debia comer y los que solo debia gustar,
-ora dando pábulo con sus bien estudiadas respuestas á la conversacion
-naturalmente seca y desabrida de Enrique III. Hubieron empero de
-chocarle tanto á su alteza las misteriosas palabras con que salpicó
-la cena su médico, que no pudo menos de hacerle entrar en su cámara,
-y á presencia solo del buen condestable Rui Lopez Dávalos, que gozaba
-con él de la mayor privanza, y era no poco afecto á superticiones y
-hechicerías,—Abrahem, le dijo, tus palabras encierran esta noche un
-sentido que no acierto á comprender. Dime por tu vida si algun fausto
-acontecimiento se prepara para estos reinos, ó si alguna calamidad
-nos amaga, que podamos evitar con el favor de nuestro padre San
-Francisco, á quien venero particularmente.
-
-—Vana es ya la intercesion de los santos, señor, cuando es pasada la
-hora del hombre.
-
-Paróse aqui el inspirado varon, arqueó las cejas con siniestro mirar,
-dió un golpe en el pavimento con su nudoso báculo, y permaneció
-suspenso largo espacio, insensible á las reiteradas instancias
-del asustado monarca, que puesto en pie y descubierta la cabeza,
-pendia de su boca, ni mas ni menos que el reo que espera oir de la
-de su juez la temida sentencia. Llegándose entonces el astrólogo
-judiciario á una rasgada y gótica ventana, y examinado el cielo
-detenidamente,—No me engañaron, esclamó con voz hueca y sonora,
-que salia como un trueno de lo mas hondo de su agitado pecho, no me
-engañaron los infalibles cálculos de mi cábala. El astro, que ha
-presidido tan infausto dia, velado entre cenicientas y rojas nubes,
-acabó su diurna revolucion, y corrió á lanzarse en la inmensidad de
-los mundos, dejando tras sí sangrientas huellas de su funesto paso.
-¡Oh rey! humilla tu frente soberbia: la iglesia de tu Dios, dividida
-y presa de un cisma prolongado, ve caer su columna principal; el
-sublime vicario de su ungido inclina la frente pálida, soltando sus
-sienes la triple corona que dignamente llevó, y sus débiles manos las
-llaves de Pedro y el anillo del Pescador.
-
-—¡Dios mio! esclamaron á un tiempo el piadoso rey y el asombrado
-condestable; ¡Clemente VII!
-
-—Sí; Clemente VII, continuó el energúmeno, ha pagado á la tierra el
-tributo de que solo un profeta de Israel, arrebatado por el fuego del
-cielo, pudo eximirse. Pero, esperad: veo levantarse sobre su asiento
-y calzar la sagrada sandalia á un ilustre aragonés: un rico-hombre
-de los de Luna es el elegido del Señor, á quien confia el timon de
-su nave zozobrante... Oh Benedicto, catorce de este nombre; á alta
-mision has sido llamado por el cielo. ¡Qué de lágrimas costará tu
-aragonesa condicion, tu invencible tenacidad, á los fieles divididos!
-En tí habrán de estrellarse los esfuerzos conciliadores de Urbano y
-del Sacro Colegio Romano.
-
-—¡Don Pedro de Luna! esclamó vuelto hácia el condestable el
-sorprendido rey: ¡don Pedro de Luna! y arrodillándose ante una
-venerada estampa de las llagas de San Francisco, ¡oh portento!
-continuó; libradme, señor, de todo mal, y purificad mi alma si estas
-predicciones son hechas por arte de vos reprobado...
-
-—Rey, interrumpió al oir este escrúpulo religioso el solapado
-Abrahem, el Dios del cielo y de la tierra no reprobó nunca la
-ciencia, si bien quiso descubrir á pocos sus recónditos arcanos.
-Los hechos que te refiero, ademas, no son predicciones de incierto
-porvenir, en cuya oscuridad no es dado siempre á los míseros mortales
-penetrar; á la hora esta, si es cierto que hablan los astros á los
-que poseen el don de entender su lenguaje sublime, Aviñon ha sido
-testigo ya de los grandes acontecimientos que te anuncio. ¿Ves
-aquella estrella, cuyo incierto resplandor parece querer apagarse con
-vacilantes oscilaciones, á la derecha de la osa menor, siguiendo la
-direccion de mi báculo? Parece lanzar sus mortecinos reflejos á la
-parte de Calatrava...
-
-—Abrahem, ¿qué nueva desdicha...?
-
-—Una columna de la cristiandad española yace derribada; el rayo
-contra el moro de Granada se estinguió. Acaba de entregar su
-espíritu al Señor...
-
-—¿Guzman? preguntó con precipitacion el buen Lopez Dávalos.
-
-—Sí: ¿veis aquella parda y manchada nubecilla que el viento del
-norte impele violentamente hácia el mediodia? miradla reunirse á
-los demas vapores que un resto del calor del dia levanta de la
-húmeda superficie de la tierra. El astro del virtuoso maestre se ha
-eclipsado para no volver á lucir jamas.
-
-Al llegar aqui, un profundo silencio succedió á la tonante voz de
-Abenzarsal, y don Enrique y el condestable oraron fervorosamente por
-el alma del difunto maestre.
-
-—Si las señales de mi ciencia, continuó el físico, no han dejado de
-ser infalibles, sangre mas ilustre ha de reemplazar la del piadoso
-maestre, y el estandarte de Calatrava verá agregarse á su cruz roja
-las barras de Aragon. Otro aragonés llevará á la victoria á los
-valientes caballeros de Calatrava. El cielo ensalza á los hijos de
-don Jaime y un nieto del primer condestable de Castilla...
-
-—Basta, interrumpió don Enrique III con voz desfallecida, basta
-Abrahem: los altos juicios de Dios son incomprehensibles, pero el
-tiempo viene á justificarlos. Ayer el voto de la orden de Calatrava
-hubiera apartado á ese nieto del primer marques de Villena del
-alto puesto á que está destinado. Un acontecimiento desgraciado,
-pero cuya causa, escondida hasta ahora, revelan tus palabras, ha
-llevado á mejor vida á mi muy amada doña María de Albornoz, y su
-afligido esposo ha quedado desatado de los lazos que le alejaban del
-maestrazgo. Dios la tenga en su santa gloria. Adoro tus fines, ó
-Providencia. Abrahem, decid, ¿habeis visto hoy al conde de Cangas?
-
-—Señor, respondió con afectada sorpresa el hipócrita charlatan, tu
-alteza sabe que el estudio absorbe las horas todas de mi vida, y
-desde esta mañana no he cesado de consultar mis pergaminos en mi
-cámara inmediata á la tuya. Don Enrique por otra parte no se apartará
-de su estancia en estos momentos de luto para su corazon. No he
-visto, pues, al conde...
-
-—No sabes en ese caso, repuso el rey, si está dispuesto á admitir el
-alto cargo á que el cielo le destina.
-
-—No creo que haya pensado en ello siquiera; ni menos que pueda saber
-nadie en el alcázar todavia la triste muerte de don Gonzalo...
-
-—Dices bien, Abrahem. Por otra parte, el nombre ilustre de mi
-pariente no puede menos de dar realce á la orden de Calatrava, y sus
-caballeros no opondrian obstáculo á tan acertada eleccion.
-
-—¡Hágase la voluntad del Señor! respondió el taimado físico con
-solemne entonacion; é inclinando la cabeza, el recojimienio en que
-quedó pareció anunciar el fin de sus predicciones.
-
-—Condestable, dijo el rey despues de una ligera pausa, mañana
-dispondreis que la corte se reuna. Quiero recibir á los embajadores
-del Tamorlan y del rey de Francia. Abenzarsal, ayudadme á entrar en
-mi cámara: mis fuerzas se debilitan, y despues de la agitacion de
-esta noche necesito que las restaure un sueño reparador.
-
-Llamó el condestable á los camareros de su alteza, y abriéndose las
-puertas de la estancia en que dormía, despidióse de él el primero:
-el rey de alli á poco, apoyado en el brazo de su físico favorito,
-desapareció, volviéndose á cerrar las hojas de la puerta, y quedando
-aquella parte del regio alcázar sumida en el mas profundo silencio.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XVII.
-
- Yo os repto los zamoranos,
- por traidores fementidos,
- repto á todos los muertos,
- y con ellos á los vivos,
- repto hombres y mugeres,
- los por nacer y nacidos,
- repto á todos los grandes,
- á los grandes y á los chicos,
- á las carnes y pescados,
- y á las aguas de los rios.
-
- _Canc. de Rom._
-
-
-Aun no habia conciliado el sueño el poderoso rey de Castilla, cuando
-ya el impaciente conde de Cangas y Tineo sabia palabra por palabra el
-coloquio que en el anterior capítulo dejamos descrito. A la mañana
-siguiente creyó ya del caso la llegada de la noticia de la muerte del
-maestre de Calatrava; tomó en consecuencia sus disposiciones para que
-el enviado, que precisamente habia llegado la víspera, y que él habia
-sabido entretener, se presentase en la corte de aquel dia, y esperó
-tranquilo el resultado de su artificio.
-
-El salon principal del alcázar donde tenia corte su alteza se hallaba
-ya ocupado en la mañana del dia, que tan fecundo prometia ser en
-notables acontecimientos, por algunos caballeros jóvenes donceles del
-rey, por varios pages de lanza y de estribo, y por los ballesteros
-que guardaban las puertas como prevenia la etiqueta del tiempo.
-Algunos caballeros cortesanos de los que no acompañaban al rey á la
-misa, que á la sazon oía: discurrian sobre las noticias del dia.
-
-—¿Qué novedades, dijo un jóven de gallarda apostura y de pulido
-arreo á otro caballero que paseaba con él á lo largo del salon, qué
-novedades habeis recogido para vuestra corónica, señor coronista
-Pedro Lopez de Ayala?
-
-—La principal, señor don Luis de Guzman, es la que de Sevilla me
-escribe el ginovés Micer Francisco Imperial.
-
-—¿El de las trovas que comienzan _Gran sosiego é mansedumbre_ á doña
-Angelina de Grecia, la princesa que ha regalado á Castilla el gran
-Tamorlan, del botin que cogió al turco Bayaceto?
-
-—El mismo. Buen ingenio.
-
-—¿Y qué os dice?
-
-—Díceme que el ginebrino que envió á buscar su alteza á París para
-componer el reloj de la torre de Sevilla, hálo compuesto á las mil
-maravillas, y que da todas las horas como antes de haberle caido el
-rayo hace un año.
-
-—Cierto que es importante, porque no habia otro reloj tan maravilloso
-en Castilla, ni quien supiera componer aquella enredada máquina.
-Premiaránlo bien.
-
-—Merece mas de diez mil maravedís. ¿Habeis oido, señor comendador,
-que acaba de llegar un demandadero de Calatrava?
-
-—Por la Vírgen de Atocha que eso me interesaria, porque mi tio el
-maestre estaba malo...
-
-—Sabeis que si muriese, lo que Dios no quiera, podriais pretender...
-
-—Acaso. Pues nada oí: estuve jugando á las tablas...
-
-—¡Ah! vos bohordais bien.
-
-—Sí, ahora que no está aqui el doncel Macías: cuando está, nadie
-lanza con mas tino el bohordo, ni derriba mas veces el tablero.
-Cobróle aficion el rey solo por eso.
-
-—¿Y qué es de Macías? ¡Bravo trovador y buen caballero!
-
-—Desde que está en comision del hechicero no se sabe de él.
-¿Sabeis que ese hombre es el diablo, y que todo el que se le llega
-desaparece? Mirad ahora la condesa...
-
-—¡Bah! como dice Rodriguez del Padron, el trovador gallego, amigo de
-Macías, ya se le podria hechizar á él con una buena lanza, porque,
-sea dicho sin ofenderle, se le entiende mas de _lais_, y _virolais_,
-que de achaque de encuentros. Ahora anda enseñando la gaya ciencia al
-marques de Santillana.
-
-—Ese sí que es mancebo de sutil ingenio. El jóven don Íñigo Mendoza
-gusta mucho de letras, y ha de hacer con el tiempo mejores trovas que
-el mismo Alfonso Alvarez de Villasandino, y que el judío Baena... A
-propósito, ¿cómo lleváis vos vuestro rimado?
-
-—Téngolo suspendido porque digo grandes verdades en él, y ya sabeis
-que en palacio...
-
-—Oh, la verdad nunca gusta á...
-
-—¡El rey...! dijo una voz que salia de las piezas inmediatas.
-
-—¡El rey! repitieron dos farautes que entraban ya vestidos de
-ceremonia por las puertas del salon. Apartáronse los caballeros, y
-don Enrique subió á su trono, rodeado de los principales señores de
-Castilla, á cada uno de los cuales seguian los caballeros y escuderos
-de sus casas.
-
-Ocupaba don Enrique de Villena, como tio segundo que era de su
-alteza, el lugar preeminente, si se esceptúa el del físico y el del
-condestable Dávalos, que á uno y otro lado pisaban el primer escalon
-del trono. Tenia el conde á su izquierda á su primer escudero y
-detras al juglar, y rodeábanle varios caballeros, en cuyos pechos
-lucian las cruces de Calatrava, en lo cual echará de ver el lector
-que no se habia descuidado aquella mañana en atraérselos con mercedes
-y distinciones para tenerlos favorables á sus miras. Vestía luto,
-pero su semblante mas anunciaba alegría que dolor, por mas que
-procuraba él disimularla,
-
-—Chanciller, dijo don Enrique cuando se hubo sentado y saludado en
-derredor á sus cortesanos, ¿qué letras teneis?
-
-—Acábanse, señor, de recibir estas.
-
-—¡Ah! de Otordesillas, de mi esposa. Díceme doña Catalina que está
-próxima á su alumbramiento. ¿Paréceos, Abenzarsal, que tendrá
-Castilla que jurar un príncipe de Asturias, despues de haber jurado
-solemnemente á la infanta doña María mi muy amada hija?
-
-—Pudiera ser, señor. ¿Qué mal habria en eso?
-
-—Haced, condestable, que se dispongan tiros, y avisad á los pueblos
-de aqui á Otordesillas que se hagan grandes fogadas y ahumadas en las
-eminencias luego que las vean hacer en el pueblo inmediato, empezando
-Otordesillas mismo en cuanto su alteza dé á luz un príncipe. De
-esta suerte sabremos ese fausto acontecimiento pocas horas despues:
-dispondreis que no falten atalayas. ¿Hay mas?
-
-—Señor, desea besar los pies de tu alteza el sublime Mahomad Alcagí,
-embajador del llamado gran Tamorlan.
-
-—Que entre, dijo su alteza; y los cortesanos todos volvieron las
-cabezas con ansiosa curiosidad hácia la puerta, como quien iba á ver
-una cosa que no todos los dias se veía.
-
-Entró efectivamente el tártaro con áspero continente al aviso de un
-page de antecámara. Acompañábanle al lado Payo Gomez de Sotomayor y
-Hernan Sanchez de Palazuelos, embajadores del rey de Castilla al
-Tamorlan, que habian vuelto con él despues de haber recorrido vastas
-regiones, climas apartados y diversas costumbres de paises.
-
-Hablaba el bárbaro, y Sotomayor que en dos años que su larga embajada
-habia durado, habia tenido ocasion de aprender algun tanto su lengua,
-le sirvió de truchiman.
-
-—El rey Tamurbec el honrado, Tabor Bermacian, mi señor, me envia á
-tí, rey de las ciudades y lugares de Castilla y de Leon é España.
-Dure tu tiempo y buena fama en noblezas generales y en gracias
-cumplidas. El rey mi amo, noticioso de la grandeza de tu reino,
-acepta la amistad y buena correspondencia que con tus embajadores
-le enviaste á ofrecer. El Profeta te sea en ayuda, y te dé sus
-saludaciones. En muestra de buena amistad, envíate el rey mi señor
-el presente de joyas y las dos hermosas damas, que te trage, para
-tu harem, que al hijo de Osmin ha cogido en la gran victoria que le
-ha ganado. El Rey de los reyes ha humillado la soberbia condicion
-del hijo de Osmin, y hoy en una jaula de hierro sirve de estribo al
-poderoso Tamurbec, rayo de Dios.
-
-—Recibo vuestra embajada, valiente Mahomad Alcagí, y no os doy
-respuesta, dijo don Enrique, porque quiero que tornen embajadores
-mios á vuestro amo y señor el muy honrado Tamurbec con mis cartas y
-presentes. Rui Gonzalez de Clavijo, añadió vuelto á este su camarero
-que entre la turba de cortesanos andaba oscurecido, quiero que vos y
-fray Alonso Paez de Santa María, maestro en santa teología, y Gomez
-de Salazar mi guarda, hagais este viage como embajadores mios.
-
-Adelantóse entonces Rui Perez de Clavijo, y poniendo en tierra una
-rodilla,—Beso á tu alteza los pies, dijo, por la lisonjera distincion
-con que honras á tu vasallo.
-
-Retiróse el embajador del Tamorlan, y salieron con él algunos
-caballeros, curiosos de preguntarle y saber las varias noticias que
-de tan luengas tierras y afamadas hazañas podia darles.
-
-Entraron en seguida los embajadores del rey Cárlos de Francia,
-sexto de este nombre, los cuales digeron á su alteza despues de las
-primeras fórmulas de etiqueta, como se hallaba bastante malo el
-rey su amo de resultas de habérsele prendido fuego en un baile de
-máscaras á una piel de salvage de que iba vestido. Aseguraron despues
-á los cortesanos en confianza, que lo que en Francia mas se temia
-no eran las resultas de este accidente, sino que corria el rumor de
-que el buen rey Cárlos VI estaba á punto de perder la razon, que se
-habia observado ya muchas veces tal cual desatino en su conducta,
-que pasaba los dias enteros sin hablar, y otras estravagancias de
-esta especie. Estos embajadores trajeron en presente dos truenos
-grandes, como entonces se llamaban, que fueron la admiracion de los
-cortesanos, por haberse reducido ya á tan cortos límites una arma que
-habia empezado por no poderse usar sino en las murallas de una plaza
-sitiada, que se habia podido trasladar de un punto á otro despues
-por medio de una máquina convenientemente montada, y que ya podia
-manejar, y disparar casi un hombre solo, si bien con trabajo. Apreció
-mucho este regalo el rey Enrique, y despachó á los embajadores, los
-cuales volvieron para su tierra, no sin dejar alguna moda de las de
-su trage en la corte del rey de Castilla, pues eran muy galanos, y
-venian lindamente ataviados. Al dia siguiente salieron ya varios
-jóvenes donceles con el pantalon muy ajustado, y dos mangas perdidas
-recortadas como las habian visto en los embajadores: moderaron la
-barba que antes se dejaban crecer en derredor de la cara, porque
-los embajadores no la traían, y hubo quien sacó el zapato retorcido
-y puntiagudo, que entonces se llevaba, con mas de seis pulgadas de
-punta, ni mas ni menos que el asta de un toro.
-
-Presentóse en seguida de los embajadores franceses un demandadero
-de Calatrava, el cual anunció á su alteza la infausta noticia de la
-muerte del maestre.
-
-—La sabíamos, dijo el rey, y hoy mismo le nombraré sucesor.
-
-—Hernan Perez, dijo el de Villena dándole con el codo.
-
-—Entiendo, señor, contestó el taimado escudero.
-
-Apenas se habia retirado el demandadero, cuando se dejó ver en
-las puertas del salon, precedida de dos dueñas vestidas de negro,
-una dama enlutada y con antifaz que le tapaba completamente el
-rostro. Grande fue la sorpresa de los cortesanos todos: examinaban
-detenidamente sus contornos, por ver si descubrian quién fuese la
-que de aquella manera se presentaba. Llegóse la tapada lentamente
-hasta los pies del trono, y prosternóse en actitud de esperar á que
-su alteza le diese licencia para hablar.
-
-—Condestable, dijo curioso y admirado don Enrique, ¿por qué no me
-habeis prevenido que hoy nos las habiamos de haber con fantasmas?
-Vive Dios que hubiera preparado mi alma á recibirlas dignamente:
-¿sabeis quién sea esta dolorida?
-
-—Ha burlado sin duda la vigilancia de los ballesteros; si su
-presencia te incomoda, señor, harásela salir.
-
-—Es muger, condestable, y su manera de presentarse encierra algun
-misterio que es fuerza aclarar. Alzad, señora, prosiguió don Enrique,
-alzad, y declarad qué causa estraordinaria os fuerza á venir de esta
-manera.
-
-—¡Justicia, señor, justicia! esclamó con doliente voz la arrodillada
-dama.
-
-—Alzad y contad vuestras cuitas, repuso su alteza: nunca el rey de
-Castilla negó justicia á nadie.
-
-—Señor, prosiguió la dama levantándose y mirando en derredor con
-notable inquietud, como si buscase á alguien que apoyase la demanda
-que iba á hacer, señor, un crímen se ha cometido en tus dominios, en
-tu villa de Madrid, en tu propio palacio.
-
-—¿Un crímen?
-
-—Un crímen, y crímen destinado á quedar impune. Los poderosos que
-rodean insolentemente tu trono, validos de tu favor, son, señor los
-que infringen tu justicia, y los que la arrostran. Doña María de
-Albornoz, la ilustre condesa de Cangas y Tineo, ha sido asesinada...
-
-—Lo sabemos, dueña, dijo don Enrique, y ya hemos dado nuestras
-órdenes para que se descubran los autores de tan horrible atentado.
-
-—¿Los autores, señor? Uno hay no mas, y ese no corre los campos
-fugitivo á esconder como debiera debajo de la tierra su insolente
-rostro; ese se ampara en tu misma corte. Ese nos oye.
-
-—¿En mi corte? dijo don Enrique mirando dudoso á todas partes.
-Agolpáronse al oir estas palabras los cortesanos para escuchar mas
-de cerca á la atrevida acusadora. Don Enrique de Villena, de cuyo
-semblante habia desaparecido su natural serenidad desde el momento
-en que habia columbrado el sentido de las palabras de la dama,
-la miraba con ojos indagadores, y afectando una curiosidad hija
-del interes que le convenia aparentar por el descubrimiento del
-perpetrador del asesinato de su esposa.
-
-—Hernan, dijo en voz baja á su escudero durante la pausa que siguió
-á las últimas palabras de la tapada, Hernan Perez, ¿qué quiere decir
-esto?
-
-Hernan Perez estaba tan inquieto como el conde; por una parte creía
-que la tapada no podia ser otra que una persona que muy de cerca le
-tocaba. Su voz aunque disfrazada, le habia hecho un efecto singular:
-por otra parte no podia concebir que se diese tal paso sin su
-noticia.—Señor, contestó al conde, sea lo que fuere, tu escudero no
-desmiente nunca su fidelidad.
-
-—En tu corte, prosiguió la dama: él nos oye, y él recibe tus
-beneficios...
-
-—Nombradle, dijo el rey, nombradle.
-
-—Sí, añadió con voz trémula el de Villena echando el resto á su mal
-sostenido disimulo, ¿quién es?
-
-—¡Vos! respondió una voz tonante, vos.
-
-—¿Yo? preguntó don Enrique: ¿yo?
-
-—¡Don Enrique! esclamó el rey mirando alternativamente al de Villena
-y á la tapada.
-
-—¡Don Enrique! repitieron en voz confusa casi á un mismo tiempo los
-señores todos que rodeaban el trono.
-
-—¡Santo cielo! esclamó el agitado conde volviéndose al rey con ademan
-y gesto hipócrita. ¿No me bastaba, señor, que una fatal estrella me
-privase de mi esposa; era preciso que la calumnia se uniese á la
-alevosía, y que Don Enrique de Villena se viese asi ultrajado en tu
-misma corte y en tu presencia misma? Toma, señor, los honores que me
-has dado, recoge las distinciones con que me has honrado, toma esta
-espada, acepta esa banda que mal pudiera llevar con honor quien vió
-de esa manera el suyo atropellado...
-
-—Serenaos, don Enrique, dijo tranquilamente despues de un breve
-rato de meditacion el rey justiciero, serenaos: conservad esas
-distinciones que tan bien os estan, y tened presente que la calumnia
-se embota en el inocente como la punta de la lanza en el bruñido peto.
-
-—¿La calumnia? repitió mirando de nuevo en derredor la dueña
-desconsolada.
-
-—Dueña, dijo don Enrique entonces con entereza, ¿sabeis el nombre que
-habeis tomado en boca, y la persona á quien ultrajais...?
-
-—La verdad nunca puede ser ultraje.
-
-—¿Sabeis á ciencia cierta lo que dijísteis...?
-
-—Juráralo si fuera menester.
-
-—¿Qué caucion dais de vuestras palabras? ¿quién sois? ¿por qué venis
-tapada á acusar al delincuente? La verdad trae la cara descubierta á
-la faz del sol. La mentira es la que se esconde.
-
-—¿Quién yo soy, señor? si pudiera decirlo no viniera de este modo.
-¿No es posible que circunstancias personales me impidan descubrirme
-en público? Tomad, señor dijo entonces la tapada presentando á su
-alteza un anillo que en el dedo traía. Ese anillo puede decir quién
-soy algun dia.
-
-Tomó su alteza el anillo y examinóle detenidamente.—¿Conoceis ese
-anillo, Abenzarsal, ó la seña que dice esa dama?
-
-—Señor, dijo Abenzarsal al oido de su alteza, las piedras forman un
-nombre.
-
-—Guardadle, pues.
-
-—Ademas, señor, no trato de huir; póngome bajo tu salvaguardia; sé
-que desde el punto en que tomo sobre mí esta acusacion mil peligros
-me rodean.
-
-—¿Y sabeis, incauta dueña, que la pena del Talion espera al
-impostor...?
-
-—Solo sé que el crímen debe denunciarse y desenmascararse al criminal.
-
-—¿Sabeis que si os faltan pruebas, ó un caballero que sostenga
-vuestra acusacion, sereis puesta en tormento y...?
-
-—¡En tormento! dijo espantada la dama volviendo á mirar en derredor
-con inquietud. ¡En tormento!
-
-—A tiempo estais de desdeciros...
-
-—Desdecirme... esclamó la dama enlutada clavando en don Enrique los
-ojos, que aparecian en medio de su antifaz como los relámpagos que
-rasgan la negra nube en medio de una noche tempestuosa, Jamas.
-
-—En ese caso es forzosa la muerte del delincuente ó la vuestra.
-
-—¡Nadie, nadie! dijo entre dientes la demandante mirando á las
-puertas, y escuchando con la mayor ansiedad. ¿No hay un caballero,
-esclamó entonces con despecho volviéndose á los cortesanos todos,
-no hay un cortesano siquiera del poderoso rey de Castilla que sepa
-empuñar una lanza por la inocencia, que salga por una muger?
-
-Leve y susurrante murmullo corrió por la asamblea á esta invitacion
-desesperada. Pero lucian en los pechos y en los brazos de los mas
-caballeros jóvenes prendas del amor de sus damas: un caballero que
-tenia la suya no podia adoptar otra. No era ademas seguro que la
-acusadora no hubiese perdido el juicio, cuando con tan poco apoyo y
-favor osaba habérselas con el mas poderoso señor de Castilla. ¿Quién
-la conocia? nadie: ¿quién estaba seguro de no ser víctima del rencor
-del de Villena si tomaba la defensa de la advenediza?—¡Oh oprobio!
-¡oh mengua! ¡oh caballeros! esclamó sollozando la desairada hermosa.
-¡Hé aqui la corte de don Enrique III! Lo veo, aunque tarde: la
-inocencia no encuentra defensa entre los hombres. No importa. Insisto
-en la acusacion.
-
-—Faraute, dijo entonces su alteza, haced vuestro deber.
-
-Adelantóse un faraute, y en la fórmula del tiempo anunció tres veces
-en alta voz la acusacion hecha á don Enrique de Villena; preguntó si
-algun caballero tomaba la demanda de la acusadora, y succediendo
-á sus voces sepulcral silencio, intimó á aquella que en el plazo
-preciso de tres dias habia de presentar un defensor ó las pruebas de
-su acusacion, y que cumplido el plazo sin presentarle seria puesta en
-tormento y llevada al suplicio, donde le seria la lengua cortada y
-arrojada á los canes, despues de ella ajusticiada por calumniadora.
-
-No pudo oir esta última parte de la intimacion la desolada dama sin
-exhalar un gemido de terror, y abandonándola sus fuerzas, dejóse caer
-en brazos de una de las dueñas que la habian acompañado.
-
-Movido á lástima el rey al ver su situacion, alzóse en el trono, y
-puesto en pie,—Don Enrique, dijo, estoy seguro de vuestra inocencia,
-y el cielo en todo caso saldrá por ella. Aflíjeme sin embargo el
-estado de esa desgraciada, y la administracion de la justicia exige
-que yo satisfaga la vindicta pública. Dadme, Abenzarsal, ese anillo.
-Quiero yo mismo requerir por última vez un defensor, Ricos-hombres,
-caballeros, ¿quién de vosotros toma esta demanda? El caballero
-que se proclame su defensor recibirá este anillo como prenda de
-la dama que va á defender, y si sale con victoria de la prueba á
-hierro y demuestra en el palenque, con el favor de Dios, la verdad
-de la acusacion, que no creemos, este anillo le servirá de seguro
-para los dias de su vida: la persona que me lo presente logrará la
-gracia que pida, y su dueño será libre de toda pena en el momento de
-presentarlo. ¿Quién de vosotros toma la demanda de la acusadora?
-
-—¡Yo! esclamó una voz estentórea que resonó fuera de la cámara
-todavia.
-
-—¡Él es! gritó con penetrante alarido la enlutada, y el esceso de la
-alegría, pudiendo mas en su alma que el pasado dolor, la derribó sin
-sentido en brazos de sus dos dueñas.
-
-Volvieron los ojos los cortesanos á mirar quién fuese el temerario
-que en tan arriesgada demanda se entrometia, y don Enrique de
-Villena, cuya alegría se habia manifiestamente conocido por algunos
-instantes, dirigió miradas de fuego y de incertidumbre hácia el
-advenedizo defensor de su acusadora.
-
-Entraba éste ya por la cámara con ademan resuelto y pasos
-precipitados. Venia armado de pies á cabeza, y su sobreveste negra
-y su penacho del mismo color, que ondeaba funestamente sobre su
-capacete, parecian anunciar la muerte á todo el que se opusiese á su
-bizarro valor.
-
-—Yo, repitió con voz fuerte entrando. Dirigiéndose en seguida hácia
-el trono, arrodillóse y pidió licencia á su alteza para tomar la
-demanda de la desconocida, fuese la que fuese.
-
-Mirábanse unos á otros los circunstantes, y no sabian qué pensar de
-las aventuras de la mañana.—Condestable, dijo el rey volviéndose á
-Rui Lopez Dávalos, ¿será que hoy no hayamos de conocer á ninguno de
-nuestros vasallos? ¿qué decís, conde de Cangas, de este defensor? ¿le
-conoceis?
-
-—No responderé nunca, señor, á la acusacion de dos enmascarados.
-
-—¿Y respondereis á la mia? preguntó alzándose la visera el denodado
-mancebo.
-
-—¡Macías! esclamó el rey. ¡Macías! repitieron asombrados los mas de
-los que presentes estaban. Don Enrique fue el único que sobrecogido
-de la ira y del terror, ni acertaba á pronunciar palabra, ni osaba
-levantar los ojos del suelo, al cual se los habian hecho bajar mal
-su grado la seguridad y la audacia de las miradas de Macías.
-
-—Perdóneme tu alteza, prosiguió éste vuelto á don Enrique el
-Doliente, si me hallo en tu palacio sin haberme presentado antes
-á recibir tus órdenes: tu alteza conoce mi lealtad, y solo
-poderosísimas causas pueden habérmelo impedido.
-
-—Sensible es á mi corazon, doncel, que cuando os veo despues de tan
-larga ausencia sea para declararos contrario de mi muy amado pariente
-el conde de Cangas y Tineo, y para defender contra él una acusacion
-que estimo calumniosa.
-
-—El cielo, señor, puede solo decidir esta querella.
-
-—Aqui, pues, teneis dijo el rey presentando á Macías el anillo de la
-tapada, que ya habia vuelto en sí de su desmayo, la prenda de la dama
-que elegís.
-
-—Perdóneme tu alteza, esclamó la dama arrojándose en medio del rey
-y de Macías: permite que no reciba de mi mano ese anillo hasta el
-dia en que haya de verificarse el combate. Yo informaré á la persona
-de tu confianza que elijas de mis circunstancias, y quedaré hasta
-que las sepas en tu poder, si necesario fuese. Como prenda de que os
-admito por mi campeon, aceptad este lazo, noble caballero.
-
-Arrodillóse el mancebo, á quien palpitaba violentamente el corazon
-dentro del pecho, y mientras que su dama rodeaba su cuello con
-una banda negra que tenia por lema estas dos palabras bordadas:
-_imposible_, _venganza_:—¿Será posible, le dijo en voz baja, que
-insistais en ocultaros de quien ha de ser vuestro caballero, no solo
-acaso en la lid...?
-
-—_Imposible_, repuso por lo bajo tambien la tapada.
-
-—¿Qué teneis, pues, derecho á exigir de mí...? repuso Macías.
-
-—_Venganza_, volvió á contestar la dama concluyendo de anudarle el
-lazo.
-
-—Y bien, Macías, ¿teneis que pedirme alguna gracia? dijo el rey.
-
-—Ninguna, respondió el doncel, sino que oiga tu alteza y apruebe mi
-desafio. Oid, ricos-hombres, caballeros y escuderos. Yo, Macías,
-doncel del poderoso rey de Castilla don Enrique III, á tí don Enrique
-de Aragon y Villena, conde de Cangas y Tineo, tomamos por testigos á
-todos los aqui presentes, te desafiamos de mal caballero, descortés y
-aleve, y te retamos á muerte como matador de tu esposa la muy ilustre
-doña María de Albornoz, á tí y á todos los caballeros de tu casa, á
-lanza ó á espada, á pie ó á caballo, mientras corra la sangre en las
-venas, renunciando á tu merced, como tu debes renunciar á la mia,
-y sobre esto Dios y la Vírgen de Atocha me ayuden. Á tí solo, ó á
-varios.
-
-Al decir estas palabras arrojó Macías su guante. Gran suspension y
-silencio siguió á esta accion determinada.
-
-—Conde de Cangas y Tineo, dijo el rey volviéndose á alzar en el
-trono y comenzando á bajar los escalones, Macías, mi doncel,
-ricos-hombres, caballeros, escuderos aqui presentes. Yo don Enrique,
-rey de Castilla, concedo el juicio de Dios á mi doncel Macías y á
-don Enrique de Villena para que en combate singular riñan cuerpo á
-cuerpo, y declaro traidor y aleve y digno de muerte al que fuere en
-la lid vencido si saliere del vencimiento con vida. Dios sea en favor
-de la inocencia y de la justicia. Conde, ¿qué haceis? añadió viendo
-que don Enrique inmóvil no recogia el guante que le habia arrojado
-su contrario.
-
-—Espero, señor, que no permitirás que yo descienda de la clase en que
-el parentesco que nos une y los honores con que me has distinguido me
-han colocado para rebatir cuerpo á cuerpo con un simple doncel de tu
-alteza una calumnia que desprecio y...
-
-—Si os empeñais, contestó el rey, picado, igualaré al doncel Macías...
-
-—No es necesario, señor, replicó Hernan Perez adelantándose á recoger
-la prenda abandonada; no es necesario: yo la alzaré por mi señor...
-
-—Teneos... gritó Macías poniendo un pie en el guante: sois escudero.
-
-—Le armaré, dijo el conde, y será vuestro igual; y en tanto, Hernan,
-alzad el guante por mí. Ó yo ó vos. Bastamos cualquiera de los dos
-para castigar la insolencia del campeon de las damas desconocidas.
-
-Iba á responder Macías á este sarcasmo, pero el rey, volviéndose á
-entrambos,—Conde, dijo, espero que vos, ó un caballero en vuestro
-lugar, sostendreis vuestra buena fama. Os hago maestre de Calatrava;
-espero que ni los caballeros de la orden ni su santidad desaprobarán
-esta eleccion que recae en mi misma sangre.
-
-—Señor, dijo inclinándose con mal rebozada alegría el conde, estoy
-pronto á aceptar esta nueva honra si los caballeros de la orden...
-
-—¡Viva el maestre don Enrique! clamaron tumultuariamente varios de
-los presentes.
-
-—Bien, señores, bien, dijo el rey, no esperaba menos de mis leales
-caballeros de Calatrava, Á vos, Macías, os doy un hábito de Santiago,
-y os cubriré yo mismo. Habeis manifestado hoy valor y cortesanía.
-Espero que entrareis á mi cámara en cuanto os desarmeis.
-
-Inclinóse Macías en señal de gratitud, y el rey se retiró diciendo
-al condestable:—Rui, me recordareis que debo fijar el dia del
-combate.—Vos, Abrahem Abenzarsal, encargaos de esa dueña en vuestra
-cámara hasta que órdenes posteriores mias os indiquen dónde puede
-permanecer durante el plazo que falte para el combate.
-
-El físico en consecuencia intimó la orden á la dama enlutada, y la
-encaminó con un page á su cámara. Retiróse el rey, y con su marcha
-desaparecieron en pocos momentos los mas de los cortesanos.—No ha
-sido del todo feliz el dia, dijo Abenzarsal á don Enrique, que se
-retiraba con su escudero; pero no importa, son nuestros: haced por
-dirigir á la noche á Hernan Perez á mi cámara.—¿Habeis hecho algo?
-preguntó don Enrique.—Espero hacer.—Dicho esto se separaron por no
-dar sospechas. Don Enrique y su escudero se fueron, departieron
-acerca de los muchos sucesos buenos y malos que habian pasado aquel
-dia, y acerca de quién podia ser la dama, si bien muy pocas dudas les
-quedaban, y ya se proponia salir de ellas al momento el escudero.
-
-Entre tanto rodeaban á Macías varios caballeros, quién á darle la
-bien venida, quién á preguntarle nuevas de Calatrava. Entre los
-muchos que se le acercaban, tocóle uno en el hombro con misteriosa
-familiaridad.
-
-—¡Ah! sois vos, padre mio, buen Abrahem, le dijo Macías con un
-estremecimiento involuntario, y una nube de tristeza envolvió su
-frente.—Bien venido á la _corte_.—¡Á la corte!—Sí: á Dios, jóven
-osado.—Escuchad; esas palabras... me dijísteis, es verdad...
-¡_corte_, _corte_ funesta! Á Dios.—¿No podeis esplicaros?—Ahora
-imposible: si quereis verme, al anochecer os esperaré en mi
-cámara.—¿Cierto, Abrahem? Esperadme.—Á Dios.—Á Dios.
-
-Siguió el astrólogo con su aparente prisa la direccion de su
-cámara, y Macías, distraido, revolviendo mil confusas ideas en su
-imaginacion, quedó entre sus curiosos amigos, á quienes ni contestaba
-ya acorde, ni podia apenas atender. ¡Tal era la impresion que la
-palabra _corte_, pronunciada por el físico, habia hecho en su
-imaginacion!—Macías ha perdido la cabeza, iban diciendo sus amigos
-al despedirse de él: ese maldito hechicero, en cuyas comisiones ha
-andado, le ha turbado el juicio. ¡Habeis visto qué desconcierto! ¡qué
-distraccion! ó está enamorado, ó ha perdido el seso.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XVIII.
-
- Melisendra está en Sunsueña,
- vos en París descuidado,
- vos ausente, ella muger.
- Harto os he dicho; miraldo.
-
- _Rom. de Gaiferos._
-
-
-En cuanto habia llegado á su habitacion don Enrique de Villena, se
-habia despedido de él el escudero, ansioso de saber definitivamente
-si era su esposa la que por obsequio á la memoria de la condesa se
-habia presentado con tanta osadía en la corte del rey de Castilla.
-Pesábale en gran manera que hubiese cabido en la imaginacion de su
-consorte tan heróica determinacion, pero lo que con mas cuidado le
-traía, era la circunstancia de haber llegado tan á punto el doncel
-para tomar sobre sí su demanda, y la esclamacion de la tapada al
-oir la voz de su defensor, circunstancias entrambas que ligaba mal
-que bien con el músico de la noche anterior á la desaparicion de la
-condesa. Podia ser casual esta coincidencia; podian muy bien, su
-consorte por amistad á doña María de Albornoz, y Macías por amor á
-esa misma, ó por cortesanía de caballero ocioso, encontrarse en el
-mismo camino. Esta reflexion sin embargo, no bastaba á declarar sus
-dudas, y pensó en el partido que deberia tomar si no encontraba á
-Elvira en su cuarto.
-
-Sucedióle sin embargo lo que no pensaba. Llamó el escudero á su
-habitacion, y la primera persona con quien dió fue con el listo page,
-el cual con aire sumamente alegre,
-
-—Buenos dias, le dijo, señor Hernan Perez; bien haceis en venir,
-porque desde que la señora condesa ha desaparecido no hay medio de
-alegrar á mi prima. Venid, venid á consolarla; mis esfuerzos todos
-son inútiles.
-
-—¡Vuestra prima, señor page! dijo con asombro y gravedad el escudero.
-¿Supongo que no os quereis burlar de mí?
-
-—¿Yo burlarme, señor escudero: pésia mi alma? Para burlas estamos por
-cierto, y no se cesa de llorar hoy en esta habitacion. Entrad vos
-mismo y lo vereis.
-
-Abrió Hernan Perez la mampara inmediata, y quedóse como de piedra
-cuando contra todas sus esperanzas vió levantarse al presentarse él
-á Elvira, que con afectuosas palabras
-
-—Esposo, le dijo, cuán mal lo haceis conmigo; vos teneis secretos
-para mí, vos pasais los dias enteros lejos de mí: hoy, sobre todo,
-me habeis dejado sola, y sabeis que no tenia ya la compañía de la
-condesa...
-
-—Perdonad, Elvira, si... yo... ya sabeis que... Pero nunca pudo decir
-mas el asombrado escudero. Su esposa estaba vestida de negro, sí,
-pero su ropa no manifestaba haber salido aquella mañana; por otra
-parte la dama enlutada habia quedado en palacio.
-
-—¿Qué teneis? ¿Traeis alguna mala nueva?
-
-—Sí por cierto, contestó mas repuesto Hernan Perez: os traigo la de
-que me he vuelto loco.
-
-—Muy cuerdo lo decís.
-
-—Jurára que os habia visto en otra parte...
-
-—Puede...
-
-—¿Cómo? ¿puede...?
-
-—Tantas veces me habeis dicho que no me separo un punto de vuestra
-imaginacion, que me veis en todas partes tal cual soy... que... ¿no
-es cierto?
-
-—Sí, replicó mordiéndose los labios el desairado esposo. Pero esta
-mañana no os creí yo ver de ese modo. En fin, parece que estais
-aqui...
-
-—¿Os estorbo, Vadillo? habladme con el corazon en la mano... ¿Quereis
-que salga efectivamente...?
-
-—No, no es eso; es, es que me he vuelto loco, ya lo he dicho.
-
-—Lindo humor traeis, esposo. Si hubiérais perdido una amiga, si os
-persiguiese una voz que os gritase continuamente en vuestro pecho:
-_un crímen se ha cometido, y el criminal está impune_...
-
-—¿Qué decís? ¿oís vos esa voz?
-
-—Os digo que no puedo desechar de mi imaginacion que esa pobre
-condesa ha sido malamente muerta, y que una persona...
-
-—¡Silencio! gritó con terror Vadillo.
-
-—¡Silencio! ¿por qué? Esta noche lo he soñado.
-
-—¿Qué habeis soñado?
-
-—Tonterías; pero cuando está una afligida y prevenida por una idea...
-no sé qué efecto...
-
-—Contad.
-
-—Nada: soñé que habia estado en la corte no sé por qué accidente, y
-que una dueña enlutada se habia aparecido á pedir justicia...
-
-—Proseguid, dijo temblando Vadillo.
-
-—Sus facciones eran las de la condesa, su voz la misma: arrojéme á
-abrazarla y...
-
-—¿Vos?
-
-—Yo, y me rechazó: “Aparta, dijo; estoy manchada de sangre: ¿no
-la ves correr aun?” Un chorro entonces pareció salpicarme toda y
-temblé... Pero ¡Dios mio! vos temblais tambien.
-
-—No.
-
-—Sí.
-
-—Bien; sí... Estoy mortal, añadió para sí levantándose Vadillo: si
-habrá muerto efectivamente la condesa: ¿seria capaz conde...? ¡Que
-horror! Por otra parte conociéndome, si lo hubiera hecho, me lo
-hubiera ocultado... yo le afeé... ¡Dios mio! ¡Dios mio! ¿Yo he sido
-cómplice de un asesinato? La dueña enlutada no podia ser sino la
-sombra misma de la condesa. ¡Jesus! ¡Jesus! ¡Vírgen Santísima! gritó
-Vadillo fuera de sí.
-
-—Esposo, ¿qué es eso? ¿Sabeis que empiezo á temer que sea cierta la
-pérdida de vuestra razon...? Contadme por Dios...
-
-—Nada; imposible: en dos palabras: ¿vos no habeis salido?
-
-—¡Qué pregunta!
-
-—¿No saldreis?
-
-—¡Qué aire!
-
-—A Dios, Elvira, á Dios. No me espereis hasta la noche. Asuntos de
-importancia me llaman al lado de don Enrique...
-
-—¿Os vais? ¿Para eso habeis venido? Mirad...
-
-—Bien sé que me quereis, que me sois fiel; soy un loco... pero...
-la condesa... ya sabeis... ahora dejadme por Dios, dejadme, vuestra
-presencia me hace mal.
-
-Separóse al decir esto casi por fuerza de los brazos de su esposa, la
-cual quedó sollozando en un sillon con el page al lado.
-
-—Esto es mejor, dijo el page. ¿Llorais de veras?
-
-—Jaime, sí. Hace una tantas cosas contra su voluntad; las
-consideraciones del mundo...
-
-—¿Cómo? ¿Lo decís porque teneis que agasajar y poner buen semblante á
-vuestro esposo?
-
-—¿Qué dices, Jaime? preguntó lanzando un suspiro Elvira: ¿quién te ha
-dicho eso? es mentira, mentira. Yo amo á mi esposo; ni pudiera amar
-sino á él; ¡es tan bueno!
-
-—Pues entonces, dijo el page, no os entiendo: yo por mí, si no os
-viera llorar, ahora me reiria, soltaria la carcajada.
-
-—¿Por qué? ¿Por que una circunstancia desgraciada le ha puesto en el
-caso bien triste de no poder distinguir la verdad del engaño? ¿Por
-que una muger tenga mil veces que parecer artificiosa con su esposo,
-se habrá de deducir que éste es risible? Ah, Jaime, en todo engaño
-ten lástima siempre al engañador, que en realidad ese es el mas
-risible, y ese es acaso realmente el engañado.
-
-Despues de esta pequeña reprimenda no osó hablar el pagecillo.
-
-—Mira, Jaime, si va lejos ya Hernan Perez.
-
-—Tan lejos que no le alcanzaria el mismo Hernando, que no hay corza
-que no alcance.
-
-—Vamos, pues, page; no hay tiempo que perder: ya tienes tus
-instrucciones. Prudencia y silencio... Como la muerte, ¿estás?
-
-—Como la muerte, respondió el page. Dichas estas palabras, Elvira y
-el page pasaron á otra pieza, donde no nos es lícito penetrar con
-ellos.
-
-Hernan Perez entre tanto recorria con mas terror que zelos las
-inmensas galerías del alcázar: cada pisada suya le parecia las de la
-condesa. Hay muchos hombres valientes, temerarios contra un millar de
-enemigos armados en un dia de batalla, y que perecen de terror ante
-la idea de un muerto y el recuerdo de una fantasma; que treparian los
-primeros á la brecha, y no subirian nunca solos una escalera oscura.
-En aquel momento Hernan Perez era de estos: el menor ruido que
-hubiera oido realmente, la menor sombra que se hubiera puesto delante
-de sus ojos, le hubiera derribado por tierra sin sentido. Tal traía
-él la imaginacion llena de ideas de muertes y apariciones, de sombras
-y emplazamientos. Llegó por fin á la cámara de don Enrique. Abrióla
-de golpe, y precipitóse dentro con los cabellos erizados y los ojos
-casi fuera del cráneo.
-
-—¿Qué traeis, Vadillo? dijo levantándose don Enrique al ver el
-desorden de su escudero.
-
-—Es su sombra, señor, es su sombra, repuso Vadillo mirando atras
-todavia, y procurando componer su semblante.
-
-—¿Qué sombra? replicó don Enrique. Será la que hace vuestro cuerpo
-al pasar por delante de la lámpara de la galería.
-
-—No es eso, señor, no es eso.
-
-—¿Qué es, pues? esplicaos.
-
-—Mi esposa...
-
-—¿Vuestra esposa es sombra? ¿Qué decís?
-
-Temblaba ya Ferrus de pies á cabeza con la esplicacion del escudero,
-y no sabia don Enrique qué creer de semejante asombro.
-
-—Digo, señor, concluyó Vadillo reponiéndose, que la dueña enlutada no
-es mi esposa, porque mi esposa está en su habitacion, y mi esposa no
-ha salido ni saldrá...
-
-—¿Estais seguro?
-
-—Como estoy vivo.
-
-—¿Quién puede entonces...?
-
-—No puede ser, dijo Ferrus, sino...
-
-—La sombra de la condesa, concluyó Vadillo.
-
-—¿La sombra de la condesa? ¡Esa es buena! esclamó soltando una
-estrepitosa carcajada don Enrique de Villena.
-
-—¿Te ries, señor?
-
-—¿No he de reirme si habeis perdido entrambos la cabeza?
-
-—Ah, señor, repuso Vadillo, veo que si yo contara un sueño... En fin,
-quiero que me hayais referido de la condesa la pura verdad. ¿Estais
-seguro de que el encargado de...?
-
-—Delirais, Vadillo, delirais. Verdad es que ahora pierdo yo el hilo
-de mis observaciones, y no sé... Puesto que decís que estais seguro
-de haber visto á vuestra esposa, confieso que no entiendo... De todos
-modos es necesario que vayais á buscar al astrólogo: os aguarda para
-darme una razon que espero con ansia. ¿Os atreveríais, ya que vais,
-Vadillo, á averiguar quién sea la tapada? ¿Tendríais resolucion...?
-
-—Manda, señor, á tu escudero.
-
-—Bien, pues yo confio á vuestro talento esa intriga: si el
-nigromántico lo sabe, os lo dirá; sino ved de tocar siquiera
-esa sombra, que como la toqueis, y como ella ofrezca cuerpo y
-resistencia, añadió riéndose don Enrique, podeis estar seguro, no
-quiero yo decir de que sea vuestra esposa, pero á lo menos, sí de que
-es persona; y á ser hombre como parece muger...
-
-—Entonces, señor, yo os prometo que mi espada hiciera pronto la
-esperiencia. Perdona si el sobrecogimiento de una escena que he
-tenido tan rara, tan estraordinaria, me ha hecho parecer á tus ojos,
-señor...
-
-—Vadillo, os he visto pelear; sé que teneis valor. Conozco por
-otra parte á los hombres: son débiles y miserables en todo. Una
-preocupacion es mas fuerte que cien ballesteros.
-
-Iba á despedirse el escudero para la cámara del astrólogo; donde
-le esperaban acontecimientos mas estraordinarios cien veces que
-los pasados; pero don Enrique le detuvo para dar lugar, lo uno á
-las intrigas que debia preparar el nigromante, y lo otro porque
-entonces que en realidad le engañaba, una voz interior le gritaba que
-debia tratarle con mas amistad y consideracion que nunca. No debia
-faltarles tampoco que hablar desde que don Enrique era maestre, desde
-que iba á ser Hernan Perez caballero, y desde que el singular duelo
-de la mañana habia venido á complicar tan estraordinariamente los
-negocios y los intereses de los principales personages de nuestra
-verídica historia.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XIX.
-
- Y despues de haber propuesto
- su intento y sus pretensiones
- á los de guerra y estado
- que atento le escuchan y oyen,
- en confuso conferir
- se oye un susurro discorde,
- que sala y palacio asorda
- la diversidad de voces.
-
- _Rom. de Bernardo del Carpio._
-
-
-Cosa indudable es que don Enrique de Villena, una vez adoptadas
-sus ambiciosas ideas de elevacion, no perdonaba medio alguno de
-llevarlas á cabo, ni daba un punto reposo á su imaginacion, buscando
-trazas para asegurarlas. El alto puesto que anhelaba era sin embargo
-bastante apetecible para que se le ofreciesen naturalmente en el
-camino de sus intrigas temibles maquinaciones de sus enemigos y
-poderosos contendedores. No habrá olvidado el lector tan pronto,
-si es que ha llegado á tomar alguna aficion á los sucesos que le
-vamos con desaliñada pluma enarrando, aquel don Luis de Guzman,
-que paseaba el salon de la corte en la mañana de este mismo dia
-hablando con el famoso coronista Pero Lopez de Ayala. Si no ha
-olvidado á aquel caballero, y si recuerda el diálogo en que se le
-presentamos por primera vez, tendrá presente tambien que el coronista
-le habia designado como sucesor probable de su tio don Gonzalo de
-Guzman, último maestre de Calatrava. Llamábanle efectivamente á
-este alto puesto, en primer lugar su parentesco con el difunto, su
-vida egemplar é irreprensible conducta, el título de comendador de
-la orden, y la confianza que inspiraba á los mas de los caballeros.
-Era generalmente querido, y en realidad mas digno del maestrazgo
-que don Enrique de Villena, en aquella época, sobre todo, en que el
-valor solia suplir todas las demas calidades: teníale don Luis en
-alto grado, y habia dado de él repetidísimas y brillantes pruebas
-en las guerras de Portugal y de Granada, al paso que de don Enrique
-se podia sospechar fundadamente que no era su virtud favorita,
-pues nadie recordaba haberlo visto jamas en ningun trance de
-armas. Habia probado ademas don Luis que conocia los deberes todos
-de buen caballero en las diversas justas y torneos en que habia
-sido mantenedor ó aventurero; sabia manejar en todas ocasiones con
-singular gracia un caballo, rompia una lanza con bizarría, acometia
-con denuedo en la carrera, corria parejas con estrema donosura, cogia
-sortijas con destreza, y disparaba cañas con notable inteligencia.
-Don Enrique, por el contrario, empleaba todo su fuego en semejantes
-circunstancias en hacer una trova muy pulida y altisonante, en que
-cantaba las hazañas agenas, á falta de las propias. Pero era el
-mal que en la corte de don Enrique no habian obtenido todavia las
-trovas aquel grado de estima que en reinados posteriores llegaron á
-alcanzar; cosa en verdad que no dejaba de ser justa, si se atiende á
-que las trovas servian solo para matar el fastidio momentáneamente
-en un banquete de damas y cortesanos, al paso que una lanza bien
-manejada derribaba á un enemigo; y en aquellos tiempos belicosos eran
-mas de temer los enemigos que el fastidio.
-
-Las intrigas de don Enrique habian impedido que este mancebo generoso
-supiese á debido tiempo la infausta nueva de la muerte de su tio. La
-primera noticia que de ella tuvo fue la que en pública corte recibió,
-y en el primer momento la sorpresa de no haber sido de ella avisado,
-circunstancia que no acertaba á esplicarse á sí mismo facilmente, y
-el dolor le embargaron toda facultad de pensar y abrazar un partido
-prontamente. Sacóle empero de su letargo la eleccion que hizo el rey
-de su pariente para succeder en el maestrazgo, é indignóle aun mas
-que semejante nombramiento la bajeza con que se adelantaron varios
-caballeros de su orden á proclamar casi tumultuosamente al conde. Mal
-podia sin embargo en aquella circunstancia manifestar su agravio,
-ni menos oponerse á la dicha de su competidor. Aunque lo hubiera
-intentado, hubiérale sido muy dificil pronunciar una sola palabra,
-porque debemos añadir á lo que de su carácter llevamos manifestado,
-que tenia tanto don Luis de cortesano, como don Enrique de valiente.
-Todos sus conocimientos estaban reducidos á los de un caballero de
-aquellos tiempos: habíanle enseñado en verdad á leer y escribir,
-merced á la clase elevada á que pertenecia; pero cuando no tenia
-olvidado él mismo que poseía tan peregrinas habilidades, que era la
-mayor parte del tiempo, no comprendia por qué se habrian empeñado
-sus padres en hacerle perder algunos años en aquellos profundísimos
-estudios, que no le podian ayudar, decia, á rescatar una espuela ni
-el guante de su dama en un paso honroso. ¿Qué cota por débil que
-fuera, que almete por mal templado habia cedido nunca á la lectura
-de un pergamino por bien dictado que estuviese, ó al rimado de una
-trova por armoniosa que sonase? Despreciaba asimismo las galas del
-decir, y el elegante artificio de la oratoria, porque solia repetir
-que él llevaba la persuasion en la punta de su lanza, y efectivamente
-habia convencido con ella á mas moros que los misioneros que iban
-continuamente á Granada; éstos no solian sacar otro fruto de su
-peregrinacion cristiana que la palma del martirio, la cual podia ser
-muy santa y buena para su alma; pero no daba un solo súbdito á la
-corona de Castilla, sino antes se lo quitaba. Bien se ve por este
-ligero bosquejo que era don Luis hombre positivo, y que no hubiera
-hecho mal papel en el siglo XIX. En esta candorosa ignorancia, y en
-la fuerza de su brazo, consistia su popularidad, porque entonces como
-ahora se pagaba y paga la multitud de las cualidades que le son mas
-análogas, y que le es mas facil tener: en ellas tomaba su orígen el
-carácter impetuoso y poco ó nada flexible de don Luis; cuando oyó la
-eleccion que habia hecho el rey Doliente, miró á una y otra parte
-todo asombrado, como si no pudiese ser cierta una cosa que no le
-agradaba, enrojecióse su rostro, cerró los puños con notable cólera é
-indignacion, miró en seguida al rey, miró al conde de Cangas, miró á
-los caballeros calatravos que le proclamaban, encogióse de hombros, y
-sin proferir una sola palabra salióse determinadamente de la corte,
-accion que en otras circunstancias menos interesantes hubiera llamado
-estraordinariamente la atencion de los circunstantes. Nadie sin
-embargo la notó, y el ofendido caballero pudo entregarse libremente
-al desahogo de su mal reprimida indignacion. Hubiera él dado su mejor
-arnés y su mejor caballo por haber sabido el golpe que le esperaba en
-el momento aquel en que la acusadora de su rival habia apostrofado
-á los caballeros presentes en favor de su demanda. No hubiera sido
-Macías entonces el que se hubiera llevado el honor de salir por la
-belleza; porque es de advertir que la acusacion, que, como á todos,
-le habia parecido inverosímil en el instante de oirla, comenzó á
-tomar en su fantasía todos los visos no solo de verosímil, sino de
-probable, y hasta de cierta desde el punto en que se vió suplantado
-por el que era objeto de la querella. Es evidente, dijo para sí,
-que don Enrique es un fementido: mientras mas lo pienso, mas me
-convenzo de su iniquidad. ¡Felonía! ¡matar á una muger!!! Desde que
-hizo este raciocinio hasta el dia de su muerte, don Luis de Guzman
-no pudo admitir jamas suposicion alguna que no fuese en apoyo de
-esta opinion: era evidente para él que don Enrique habia matado á su
-esposa, y aunque la hubiera vuelto á ver de nuevo buena y sana, cosa
-que no sabremos decir si era facil ya que sucediese, hubiera dudado
-primero de sus propios ojos que del delito de don Enrique. Asi juzgan
-los hombres, y los hombres exaltados sobre todo.
-
-Llegado don Luis á su casa, llamó á su escudero, y le dió el encargo
-de convocar á los caballeros de Calatrava en quien mas confianza
-tenia, y que no habian asistido á la corte de aquel dia. Mientras que
-el escudero partió á desempeñar su delicada comision, quedó don Luis
-paseando á lo largo su habitacion, y maquinando cómo podria asir la
-dignidad que acababa de deslizársele entre las manos.
-
-De alli á poco comenzaron á ir llegando los caballeros de Calatrava,
-llamados unos, de su propia voluntad otros, al saber la escandalosa
-novedad que en la orden ocurria. Varios entre ellos tenian el
-mismo motivo de agravio que don Luis, es decir, que no podian
-alegar mas causa de su enemistad á don Enrique que el haber éste
-conseguido lo que ellos para sí deseaban: estos tales se hubieran
-reunido igualmente con Villena contra don Luis si hubiera sido éste
-el afortunado. El amor propio ofendido y el deseo de derribar al
-poseedor eran su único objeto al reunirse, cosa que sucede comunmente
-en los mas de los conspiradores y descontentos. No sucedió, pues, en
-esta ocasion sino lo que suele siempre suceder en casos semejantes;
-pero habia una circunstancia favorable para ellos esta vez: á saber;
-que Villena prestaba mucho campo á la oposicion, de suerte que en
-realidad no eran sus enemigos los que tenian ventaja, sino él el
-desventajado.
-
-No tardaron mucho tiempo en hallarse reunidos en la casa posada de
-don Luis Guzman mas de veinte entre caballeros y comendadores de
-Calatrava. Seguia paseándose en silencio el desairado candidato,
-y solamente una seca inclinacion de cabeza, y un ademan mas seco
-todavia, con que hacia seña de ofrecer asiento, marcaban de cuando
-en cuando la entrada de un nuevo concurrente. Al ver tan distraido y
-preocupado al dueño de la casa, sentábase cada cual, y esperaba con
-humilde resignacion á que tuviese por conveniente romper tan incómodo
-silencio: lo mas á que se estendia el atrevimiento en tan solemne
-reunion, era á preguntar en voz imperceptible alguno á su compañero
-y adlátere el objeto de aquella misteriosa asamblea. Luego que le
-pareció á don Luis suficiente el número de sus oyentes, soltó la
-rienda á su desnuda elocuencia con toda la seguridad de un hombre que
-está muy lejos de imaginar que puedan reprochársele las frases que
-usa, ó vituperársele los vocablos que para espresar sus ideas adopta.
-
-—¡Por Santiago, caballeros de Calatrava! esclamó: que hoy luce un dia
-bien triste para nuestra orden. Dia de oprobio, dia que no saldrá
-facilmente de vuestra memoria. Un rey débil, un rey enfermo, un rey
-en cuya mano estaria mejor la rueca de una dueña que la lanza de
-un caballero, osa atropellar vuestros fueros y privilegios, y ¡voto
-va! que no luce bien la cruz roja en un pecho dispuesto á sufrir
-humillaciones. ¿Sabeis lo que es honor, caballeros de Calatrava? se
-interrumpió bruscamente á sí mismo el comendador, parándose de pronto
-en su paseo, como hombre que ha perdido el hilo de un largo discurso
-que trae mal estudiado, y que se decide por fin á reasumir en una
-sola frase enérgica y terminante todos sus cargos y argumentaciones:
-¿sabeis lo que es honor, caballeros de Calatrava?
-
-A la primera enunciacion de este inesperado apóstrofe, dejóse
-percibir sordo murmullo de desaprobacion en el auditorio, y
-poniéndose en pie uno de sus principales oyentes,
-
-—Duda es esa, señor don Luis de Guzman, que cada uno de los que
-mirais aqui reunidos á vuestro llamamiento sabria desvanecer bien
-presto, á no ser vos el que la anunciais. Ignoro los motivos que
-podeis tener para haber llegado á darle entrada en vuestro corazon,
-pero yo en mi nombre, y en el de todos los presentes, os ruego que
-os sirvais esponernos brevemente la causa que á esta convocacion os
-mueve, y á declarar qué habeis visto en los caballeros de la orden
-que provoque tan alta indignacion. Espada tenemos todos, y en cuanto
-al valor, no será esta la primera ocasion en que probemos que no
-estamos acostumbrados á sufrir ultrajes impunemente.
-
-—Nunca dudé, contestó don Luis con la satisfaccion de un hombre que
-ve abundar á sus oyentes en sus mismas opiniones, nunca dudé de
-vuestro valor. Como comendador mas antiguo, como pariente de nuestro
-buen maestre, que acaba de fallecer en Calatrava, he creido tener
-derecho á convocaros cuando se trata de los altos intereses de la
-orden, y de evitar acaso su ruina.
-
-—¿Su ruina? esclamaron á una todos los caballeros.
-
-—Su ruina, sí, repitió Guzman, su ruina. Hoy ha llevado un golpe
-que tarde ó nunca se reparará. Varios de vosotros lo habeis oido.
-Escuchadlo los demas con espanto y con indignacion. No se espera ya
-á que los caballeros de la orden, reunidos en su capítulo, pongan á
-su cabeza, movidos de justas razones, al caballero mas perfecto, mas
-esperimentado en las lides, mas prudente en los consejos. No: un rey
-por sí y ante sí, atropellando nuestros mas sagrados derechos, eleva
-á la dignidad que mil hechos heróicos, que una larga vida de virtudes
-bastan apenas á merecer, ¿á quién? á un hombre cuyo penacho no sirvió
-nunca de guia á los valientes en una batalla, á un hombre que nunca
-dió el primero ni oyó resonar en torno suyo el grito de ¡Santiago
-cierra España! Á un hombre que ha trocado la lanza por la pluma cuyo
-campo de batalla es una mesa cubierta de inútiles pergaminos; que
-no ha vencido nunca sino las necias dificultades de lo que llama él
-rimas. Á un hombre, caballeros, de quien con fundada razon se dice
-que tiene inteligencia con los espíritus, y que...
-
-—¡Qué horror!
-
-—Oidlo, sí, con escándalo, nobles compañeros. Ese es el hombre que
-nos destinan por maestre: un afeminado cortesano, un intrigante
-ambicioso, un rimador, un nigromante en fin...
-
-—¡Fuera, fuera! gritaron á una los caballeros, cuyos ánimos iba
-templando ya el calor comunicativo y la natural elocuencia de la
-pasion que dominaba en el comendador.
-
-—¿Lo sufriremos? continuó don Luis, como una piedra que caida de una
-altura desmesurada sigue rodando largo espacio despues de llegada al
-llano, ¿lo sufriremos? Yo por mí, nobles caballeros, juro á Santiago
-de no dormir desnudo y de no comer pan á la mesa mientras que vea la
-orden á su cabeza al... al... ¿para qué callarlo en fin? al asesino
-de su esposa.
-
-No necesitaban ni tanto ya los caballeros reunidos en casa del
-comendador para acabar de perder la poca sangre fria que les quedaba.
-La última frase del orador produjo el efecto de una chispa lanzada
-en medio de un monton de estopa seca. Veíase lucir en todos los
-semblantes la misma animacion que en el de Guzman; todos provocaban
-y escitaban mútuamente su cólera con la relacion de las ofensas que
-en aquel momento se figuraba cada cual haber recibido ó del rey
-Doliente ó del intruso maestre. Inútil es decir si se recapitularon
-largamente las calidades del conde de Cangas. Habia quien lo habia
-visto horas enteras evocando los manes de los difuntos en un
-cementerio en compañía del judío Abenzarsal; habia quien le habia
-visto sepultarse en una larga redoma y desaparecer á los ojos de los
-circunstantes; y hasta se llegaba á probar que habia estado en mas
-de una ocasion en dos partes opuestas á un mismo tiempo: lo cual,
-como convinieron todos, no podia obrarse sino por arte del demonio,
-si se atiende á que cada uno no suele tener en el mundo mas que un
-cuerpo; ahora bien, era cosa sabida que el demonio no hace nada de
-valde, circunstancia que podria hacerle pasar perfectamente por
-escribano ó agente de negocios; de lo cual era forzoso inferir que
-don Enrique le habria vendido su alma, si bien no habia entre tanto
-ilustre caballero quien osase descifrar las ventajas que al demonio
-le podian resultar de poseer el alma de don Enrique de Villena, tanto
-mas cuanto que á todo tirar no era realmente de las mejores.
-
-Quedó sin embargo establecido por punto general; primero, que don
-Enrique habia sido, era y seria eternamente nigromante por pacto con
-el demonio: segundo, que habia sido asimismo, era y seria eternamente
-el asesino de su esposa, lo cual habia de ser irremisiblemente
-cierto, mas que no hubiese tal demonio, ni tal esposa muerta, cosas
-para nosotros, si hemos de decir verdad, igualmente dudosas.
-
-Resueltos estos dos puntos principales, era consecuencia forzosa
-el resolver la deposicion del maestre: esto en verdad ofrecia mas
-dificultades, pero la imaginacion las superó; convínose primeramente
-en que don Luis de Guzman quedaria en la corte para esponer
-reverentemente á su alteza que los estatutos de la orden de Calatrava
-determinaban que solo pudiese ser nombrado el maestre por eleccion
-de los caballeros y comendadores reunidos en capítulo; y que para
-ganar tiempo mientras se recababa de su alteza la revocacion del
-nombramiento ilegal, saldrian varios de los caballeros presentes en
-calidad de emisarios á los diversos puntos donde habia fortalezas
-y castillos de la orden para evitar que se reconociese y prestase
-juramento de pleito homenage al conde de Cangas. Uno sobre todo
-debia ir y declarar al clavero de la orden residente en Calatrava
-que era la voluntad del mayor número de los caballeros que siguiese
-desempeñando las funciones de maestre, lo cual ademas le suplicaban
-rendidamente por el bien de todos, mientras que se procedia á la
-eleccion del que hubiese de ser válida y legalmente nombrado.
-
-No perdieron, pues, instantes preciosos, y antes de anochecer
-los caballeros habian hecho voto solemne de llevar adelante su
-empresa, mientras que estuviese pegado el puño de la espada á la
-hoja, y mientras que corriese una gota de sangre por las venas:
-todos habian ofrecido al santo de su devocion el don que les parecia
-mas grato á sus ojos, y se habian separado, despues de conferidos
-poderes á cada uno de los emisarios en nombre de aquella junta, que
-llamaron _capítulo estraordinario_, y al cual supusieron igual poder
-que al capítulo general, en vista de la urgencia y apuro de las
-circunstancias en que se habia celebrado.
-
-Verdad es que tampoco se habia dormido don Enrique de Villena, á
-quien no se le ocultaba que podria encontrar una enérgica oposicion
-en los caballeros; antes disponiendo de varios de los que se habian
-pronunciado en su favor en la corte de aquella mañana, tomó igual
-providencia enviando á Calatrava á Alhama, y á otros puntos emisarios
-que le dieran á reconocer, que animasen á los tibios con promesas
-de adelantamiento, ganasen á los descontentos con plazas efectivas
-de comendadores, y enardeciesen á los amigos para que no pudiese en
-ningun caso ser contraria á la eleccion de su alteza la eleccion del
-capítulo, que bien sabia él que se necesitaba para la tranquila é
-indisputable posesion del apetecido maestrazgo.
-
-Dejemos empero á los emisarios de uno y otro corriendo los campos de
-Castilla, y llevando de una parte á otra órdenes contradictorias, y
-volvamos á seguir el hilo de las maquinaciones, de que era teatro la
-parte del alcázar destinada á las habitaciones de su alteza y de sus
-mas allegados servidores.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XX.
-
- Quien esto vos aconseja
- vuestra honra no queria.
-
- _Rom. de don García._
-
-
-Empezaba á anochecer cuando el astrólogo Abrahem Abenzarsal,
-paseándose en su laboratorio con notable inquietud, parecia esperar
-á alguna persona, ó el éxito por lo menos de alguna de las muchas
-intrigas en que le tenia embarcado á la sazon su desmedida avaricia.
-
-—¿Si habré cometido una imprudencia? decia. ¡Oh! á mi edad seria
-imperdonable. ¡Los motivos que me espuso fueron tan poderosos y
-tantas sus lágrimas, tan eficaces sus ruegos!! No sé qué principio
-de condescendencia hay en el corazon del hombre, el mas duro, el mas
-empedernido, el mas viejo, para con una muger, y una muger hermosa
-y jóven que suplica... pero... alguien viene... ¡Ah! No cometí
-imprudencia alguna.—Señora, me hallais en la mayor inquietud...
-estaba anocheciendo ya...
-
-—Os dí mi palabra, respondió la dama, que entraba, é hicísteis mal
-en estar con cuidado. Pero os advierto lo mismo que esta mañana os
-advertí: bien conoceis cuán dificil es que en mi posicion pueda
-continuar semejante enredo. Os he dicho ya que las razones que á
-ocultarme me obligaron nada tenian de comun con su alteza; muchas
-veces no se puede hacer una obra buena á cara descubierta; las
-posiciones de la vida... En fin ya me habeis comprendido. Espero,
-pues, que si no habeis hablado á su alteza, le hableis cuanto antes
-os sea posible.
-
-—Esta misma noche, señora, podreis retiraros. Una vez que sepa su
-alteza quién sois, ¿qué inconveniente podrá haber...?
-
-—¡Qué agradecida debo estaros, sabio Abrahem!
-
-—Vuestra estancia aqui es ahora indispensable. Su alteza pudiera
-querer veros, y sus órdenes han sido tan terminantes... Por otra
-parte no es de estrañar que quiera tomar con la acusadora de su
-querido pariente todas las medidas que la prudencia indica, sobre
-todo cuando no presenta acusacion tan atrevida vislumbre alguna de
-verosimilitud.
-
-—¿Vos tambien, Abenzarsal, vos que conoceis á don Enrique de
-Villena...?
-
-—Porque le conozco, señora, no le creí nunca capaz de un...
-
-—De todo, Abrahem, de todo.
-
-—Veo que os hace obrar, señora, algun resentimiento particular...
-¡Oh! sabido es que el conde fue siempre aficionado en demasía á las
-bellas...
-
-—De nada le hubiera servido esa aficion para conmigo...
-
-—Conozco vuestra virtud... pero pudiera muy bien...
-
-—¿Sí? ¿y qué? ¿para qué negarlo? largo tiempo duró su persecucion;
-pero si alguno de los dos puede aborrecer al otro por ese recuerdo,
-él es y no yo...
-
-—Lo sé, señora...
-
-—Por lo que á mí hace, me ha movido la amistad que á la condesa, mi
-señora, siempre he profesado, y el cielo; no otras consideraciones.
-Las que puedan moverle á él contra mí me interesan poco, Abenzarsal.
-Hállome bajo la proteccion de las leyes, bajo la salvaguardia de mi
-estado, bajo la custodia ahora de su alteza mismo.
-
-—Decís bien, hermosa dama. Perdonadme si no entro ahora mismo á
-hablar por vos á su alteza; pero tengo para mí que ha de estar en su
-cámara todavia su doncel favorito, cuya larga ausencia no podia menos
-de dar lugar ahora á largas entrevistas. ¿Conoceis supongo al doncel
-Macías? ¡pero qué distraccion! es vuestro defensor.
-
-—Sin embargo, respondió la dueña cubriéndose el rostro con su abanico
-morisco, nunca le hablé...
-
-—¿No?
-
-—Ya visteis que su presencia en la corte no tenia indicio de cosa
-premeditada de consuno. La casualidad sin duda le trajo... á tiempo
-que ningun caballero de la corte de don Enrique queria arrostrar por
-una débil muger el poder del insolente Villena.
-
-—Y su bizarro valor fue en ese caso y su cortesanía lo que le obligó
-á...
-
-—¡Oh! eso no es nada. Mas es de admirar la cobardía de los demas
-caballeros que su valor. Ese es deber...
-
-—No sereis vos sin embargo, prosiguió el astuto astrólogo, la que
-negareis al único caballero que os ha librado del riesgo en que
-estabais las brillantes y peregrinas dotes que Castilla toda le
-concede...
-
-—Ciertamente, no. ¿Sabeis qué hora es?
-
-—Aqui teneis el arenero... Un solo defecto suelen encontrarle...
-
-—¿A quién?
-
-—Al doncel.
-
-—¿Y cuál? repuso la dama afectando una indiferencia que por cierto no
-sentia.
-
-—Nada; dícese que nunca se le ha conocido dama alguna: sin embargo
-tiene edad ya de enamorarse.
-
-—¿Quién sabe si lo estará realmente? ¿Es forzoso decir á gritos...?
-
-—No; pero sabeis que á su edad es raro el caballero que no puede
-llevar un mal lazo, una banda, prenda del amor de su dama. Hasta es
-desdoro. Como no sea que adore en secreto á alguna belleza cuyo mote
-no pueda llevar...
-
-—¿Qué decís?
-
-—Ó es eso, señora, ó es que el doncel no es sensible sino al aguijon
-de la gloria. En ese caso su galantería seria pura caballerosidad...
-
-—¿Estará ya solo su alteza? interrumpió la agitada dama.
-
-—Paréceme, señora, que teneis interes en interrumpir la conversacion
-del doncel... ¿Seria yo indiscreto al hablar delante de vos...?
-
-—Oh, no, no, nada de eso; hablad de él como pudierais de cualquiera
-otro. Solo me relaciona con él el vínculo de la gratitud que
-recientemente me ha merecido.
-
-—Solo una cosa tenia que añadir, en el supuesto de que esta
-conversacion no os incomode... ¿Estais inquieta?
-
-—No, os he dicho que no: estoy tranquila. ¿Por qué no habria de
-estarlo?
-
-—Digo, pues, que acaso ahora con ser vuestro caballero...
-
-—¡Mi caballero!
-
-—Forzosamente ha de serlo.
-
-—Sí; mi campeon; repuso la enlutada con un suspiro escapado del pecho
-á su pesar.
-
-—Como querais. La posicion en que está para con vos, ese misterio que
-os empeñais en guardar, la compasion que inspirais, y el entusiasmo
-al mismo tiempo á que inclina el hermoso rasgo de amistad que
-habeis...
-
-—No me lisonjeeis, y acabad.
-
-—Todo eso, pues, hará nacer acaso en su imaginacion ideas que no
-habrá tenido nunca tal vez, y en su corazon una aficion...
-
-—Perdonad, Abrahem, si os interrumpo pero admiro vuestra
-penetracion. ¿Habeis conocido antes en mi rostro que me sentia
-incomodada...?
-
-—¿Será cierto? esta conversacion...
-
-—No, la conversacion no, repuso la dama reclinándose; pero la
-agitacion del dia, la precipitacion ademas con que he tenido que
-andar no me ha permitido tomar alimento y siento una debilidad...
-
-—¿No os decia yo? la palidez de vuestro rostro me lo anunciaba. Ved
-qué necio, y yo creía que era la conversacion... ¡Qué tontería! Ya
-veo que el dia que habeis traido hoy es mas que suficiente motivo...
-
-—Decís bien.
-
-—Ya sabeis que mi primera ciencia es la de curar, si quereis seguir
-mis consejos...
-
-—¡Ah! ¿Creeis que esta debilidad...?
-
-—¿Quereis tomar algun alimento?
-
-—Me será imposible...
-
-—Verdad es... Si quisierais una bebida cordial que os diese fuerzas...
-
-—¿Teneis...?
-
-—Yo mismo os la prepararia... Os daria descanso y fuerzas.
-
-—Como gusteis, Abrahem.
-
-—La tomareis, dijo el físico, preparando unas yerbas, y podreis
-descansar un rato aqui mientras que paso á hablar á su alteza.
-
-—Pero en vuestra ausencia...
-
-—No temais: nadie viene á mi cámara: el estudio y el retiro en que
-vivo alejan de mí las visitas que pudieran turbar vuestro reposo.
-Ningun sitio del palacio mas seguro que este: su inmediacion á la
-cámara del rey, las muchas guardias que custodian las próximas
-galerías...
-
-—No, no es que tema ningun peligro; pero...
-
-—Perder el miedo; por otra parte teneis vuestro antifaz, que puede
-en todo caso guardaros de la indiscrecion, y vuestras dos dueñas
-esperan vuestras órdenes en mi antecámara. A la menor voz, ellas y
-los ballesteros...
-
-—Decís bien.
-
-—Perdonad si vuestros mismos intereses me obligan á dejaros sola en
-mi habitacion; mi ausencia será corta.
-
-—Eso deseo.
-
-—Tomad, pues, señora, esa bebida.
-
-—¿Pero me respondeis de su eficacia...?
-
-—Estoy seguro de ella: apuradla.
-
-—Ya veis si tengo confianza en el físico de su alteza; ni una sola
-gota he dejado.
-
-—Obrásteis como prudente, repuso el empírico con una alegría que
-disimulaban mal sus ojos llenos de fuego y de esperanza. Reclinaos
-ahora un momento.
-
-—No, no hay necesidad.
-
-—Presto conoceréis sus efectos; es maravillosa la virtud de la
-bebida; al principio parecerá quitaros las fuerzas; pero despues... Y
-obra con una rapidez...
-
-—Sí; paréceme que siento como pesadez...
-
-—¿No os dije? acaso os hará dormir...
-
-—¡Dormir, Dios mio! y aqui...¡Abrahem!!
-
-—¡Señora!
-
-—¡Santo Dios! ¿por qué no me lo habeis dicho?
-
-—¡Oh! será un momento... una hora...
-
-—¡Una hora, Abrahem! Quiero marcharme... Me pondré el antifaz...
-
-—¿Qué decís? si quereis mi lecho...
-
-—¡Dios mio! ¡Dios mio...!¡Qué sueño, Abrahem, qué pesadez! es de
-plomo mi cabeza... Abrahem, Abrah... ah... Bien.
-
-Apenas tuvo fuerza para pronunciar esta última palabra, á la cual no
-podia ya dar la enlutada sentido alguno. Inclinóse su cabeza, dejó
-caer su brazo lánguidamente, abrióse su mano, y desprendióse de ella
-sobre su sitial el hermoso pañuelo que bordado de su propia mano
-traía, y en que lucia su nombre con gruesos caractéres góticos de
-oro y seda artificiosamente mezclados. El mas profundo letargo habia
-sobrecogido á la enlutada, y el astrólogo conocia efectivamente muy
-bien el maravilloso efecto de la narcótica bebida.
-
-—¡Es mia! dijo, despues de un momento de silencio, el físico: ¡es
-mia! añadió levantando el antifaz con que se habia cubierto la dueña
-la cara antes de dormirse, y volviendo á dejarle caer sobre sus
-hermosas facciones luego que la vió profundamente dormida. Téngola
-segura aqui para mas de dos horas. Una hora tengo para hablar con su
-alteza; otra para el desenlace de esta intriga infernal. Infernal,
-sí, pero pagada. Esta es la circunstancia que han de tener las
-intrigas. Dichas estas palabras, reconoció el astrólogo su habitacion
-y las puertas de ella; cerró la comunicacion con la escalera secreta,
-y salió con direccion sin duda á la cámara de su alteza.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XXI.
-
- ¿Cuyo es aquel caballo
- que allá bajo relinchó?
- . . . . . . . . . .
- ¿Cuyas son aquellas armas
- que estan en el corredor?
- . . . . . . . . . .
- ¿Cuya es aquella lanza
- que desde aqui la veo yo?
-
- _Canc. de Rom. Anón._
-
-
-Mas de una hora habia pasado desde que el intrigante viejo habia
-sepultado en letargo profundo á la incauta enlutada, y no habia
-alterado en aquel espacio el mas mínimo ruido la tranquilidad que en
-el laboratorio reinaba.
-
-Por fin dos hombres, vestido el uno de rica y vistosa seda, de tosco
-buriel el otro, armado aquel simplemente con una espada, balanceando
-éste en su diestra mano un aguzado venablo, entraron en la pieza
-inmediata á la del astrólogo.
-
-—¿Con que está decidido, dijo Hernando, que vais á ver á ese
-astrólogo?
-
-—Citóme esta mañana, Hernando, repuso Macías, y no ha mucho que le he
-visto en la cámara de su alteza. “Dentro de una hora, me dijo, estaré
-en mi aposento: esperadme, si tardare un momento.”
-
-—¡Plegue á Dios que no acabe el judío de volverte el juicio, señor!
-
-—¿Por qué, Hernando?
-
-—Por el soto de Manzanares, señor, que otra vez le viniste á ver
-y nos ha costado andar meses perdiendo alcones en los montes de
-Calatrava, que asi sirven para los de Madrid como sirven los mas de
-los perros del rey Enrique para mi leal Bravonel.
-
-—Asi estaba escrito, Hernando; mi negra estrella lo dispuso de esa
-suerte.
-
-—Voto ya, señor, que yo no tuve nunca mas constelacion que mi mano
-derecha, y lo que sé decirte es que siempre está escrito que muera el
-venado contra el cual disparo mi venablo.
-
-—¿Niegas tú, pues, la influencia de las constelaciones?
-
-—No niego nada, pésiamí: pero si tienes enemigos, señor, y si quieres
-conjurarlos, ¿por qué no me dices: Hernando, escatima el rastro de
-aquel oso que me incomoda? Mal año para Hernando si antes de la luna
-nueva no habias de poderle hacer una buena zamarra con la piel de la
-bestia.
-
-—Muchas veces, Hernando, conviene cazar de otra manera. Puede mas el
-ingenio que la fuerza.
-
-—¿Y qué, no tiene ingenio un montero? No todo ha de ser tampoco dar
-lanzada; pero maneras hay de cazar, si bien no se hicieron todas para
-monteros de corazon. No gusto yo de ardides; pero por tí, válame
-Dios, que monteara yo presto de todos modos. Tambien yo estuve en tu
-tierra; alli en Galicia aprendí la montería á buitron, y mas de un
-lobo he cogido al alzapie.
-
-—Bien se trasluce, Hernando, que se te alcanza mas de ardides de
-montería que de intrigas de corte. Mira si puedes esperar á mi
-salida, y dejemos para mejor coyuntura tus toscos lazos.
-
-—Toscos, señor, pero seguros. Aqui te espero, y á la buena de Dios.
-Quiera éste que no caigas tú en la hoya del adivino, y salgas cazado
-pudiendo cazar.
-
-—No temas, Hernando, que en último apuro no ha de faltarme nunca una
-buena lanza, y eso es todo lo que necesita un caballero. Entre tanto
-no tengo que temer del astrólogo, á quien nunca hice mal, sino de mí
-mismo, y este peligro es el que vengo á prevenir, que aquel prevenido
-se está.
-
-—Como de esas veces sale la fiera de donde no se espera. El oso era
-enemigo del hombre antes de que el hombre supiera cazarle. Anda con
-Dios, señor, mientras yo le quedo rogando que sea mas feliz esta
-prediccion del astrólogo que la pasada.
-
-Sentóse á un lado Hernando dichas estas últimas palabras, y el dudoso
-doncel entró en el laboratorio del judío, inquieto por sus propios
-presentimientos, reforzados con las palabras del montero, y por el
-objeto de su supersticiosa visita.
-
-La luz que alumbraba la habitacion era una lámpara de que solo
-ardia un mechero, y ese con pálido resplandor, porque el adivino no
-ignoraba cuán favorable es á la osadía en el amor un débil reflejo
-que sirve de velo al pudor y de capa al enamorado deseo. El doncel
-por lo tanto dirigió la vista á la mesa á que solia estar sentado
-trabajando el judío, y no vió á nadie. El sitial, donde estaba
-la dama reclinada, caia del otro lado de la mesa, y el aburrido
-caballero se creyó solo por consiguiente.—No está, dijo para sí;
-le esperaré. No habia mucho que se habia abandonado en un asiento á
-sus melancólicas imaginaciones, cuando le sacó de su distraccion un
-ruido acompasado semejante al que produce el desigual aliento de una
-persona que duerme agitadamente. Miró á todos lados, y creyó que su
-oido le engañaba, cuando un profundísimo suspiro vino á confirmarle
-en su primera sospecha.
-
-—¿Quién hay aqui, dijo levantándose: quién? Alguien duerme en esta
-habitacion, ¿será que el judío, rendido al poder del sueño...?
-pero Santo Dios, ¿qué veo? añadió reparando en la dormida, cuyo
-vestido se confundia en color con el fondo oscuro de los muebles
-y de la habitacion. Una persona... ella... ella es... la dama que
-esta mañana... no hay duda. Yo te doy gracias, Santo Dios, por
-esta ocasion que me deparas propicio para averiguar lo que tanto
-anhelaba saber. ¡Oh! añadió acercándose con blando paso, temeroso de
-despertarla; ¡haced, Dios mio, que no venga nadie ahora, nadie!
-
-La postura que el abandono de su letargo habia hecho adoptar á
-la dormida era tan elegante como puede serlo la de una hermosa
-dormida: su ropa la cubria enteramente; uno de sus pies adelantado
-indolentemente, y levantando el estremo de su vestido, dejaba ver el
-torneado y escelente contorno de una pierna modelada por el deseo: no
-la hubiera hecho mas perfecta la imaginacion. Reclinábase sobre la
-una mano su cabeza, y la otra, naturalmente caida, parecia destinada
-á ser el objeto de la osadía de un amante arrodillado. Su estremada
-blancura, que se destacaba del fondo negro del vestido sobre que
-descansaba, la hacia semejante á esas pequeñas manchas de nieve que
-suelen verse todavia á fines de la primavera, desde larga distancia,
-resaltando entre las quebradas de una escarpada y oscura montaña.
-La agitacion de su descanso marcaba á cada sobrealiento la delicada
-forma de su seno, que se alzaba y deprimia como suelen alzarse y
-deprimirse las leves ondas al blando impulso de la brisa azotadora.
-Su aliento desigual solevantaba de cuando en cuando el ligero antifaz
-de seda, y dejaba descubierta un instante la estremidad de su rostro,
-por la cual parecia poderse deducir fundadamente la hermosura del
-resto que no se llegaba á ver: levantándose alguna vez un poco mas
-el antifaz llegaba á descubrirse cerca de la boca la huella de
-una fugitiva y vaga sonrisa; bien como un relámpago mas prolongado
-suele en una noche tenebrosa ofrecer por un instante á la vista del
-ansioso espectador una porcion del cielo que dejan á descubierto los
-intervalos de las nubes, ó la lejana y suave superficie de un arroyo
-plateado.
-
-El doncel, cruzado de brazos á su lado, y sin atreverse á respirar ni
-acercarse por no terminar él mismo con el mas leve ruido la dicha de
-su contemplacion, esperaba el inmediato movimiento del antifaz, como
-si hubiese de ir viendo cada vez mas porcion de aquel tan deseado
-rostro, que la importuna tela robaba á sus ansiosas miradas.
-
-No era, sin embargo el descanso del tierno objeto de su espectacion
-aquel que en la inmediacion de la mañana tiñe en alegres imágenes
-la fantasía de una bella: era el sueño fatídico de una horrible
-pesadilla producida por la pena ó por una bebida ponzoñosa y
-antinatural. Algun gemido se escapaba de cuando en cuando del pecho
-oprimido: un ay oscuramente pronunciado moria al nacer en sus
-trémulos labios, y la mano que pendia, moviéndose con dificultad
-parecia querer desviar de su dueño la fantástica figura que
-atormentaba sin duda su intranquilo sueño.
-
-—Padece la infeliz, padece, dijo entre dientes Macías. ¡Ah! ¿quién
-puede ser sino ella? ¿quién sino ella podria atar de esta manera mis
-acciones? ¿quién producir este respeto y esta agitacion que á un
-mismo tiempo me dominan?
-
-Un movimiento, en fin, mas marcado pareció anunciar que iba á
-despertarse.—Dejadme, dejadme, dijo confusamente; huid. La muerte, la
-muerte...
-
-—No, dijo Macías sin poderse contener por mas tiempo, no; la vida, la
-vida á tu lado eternamente. ¿Quién se atreverá á ofenderte estando
-Macías á tu lado?
-
-Arrojóse entonces á sus pies, é iba á levantar con mano atrevida el
-antifaz.
-
-—Salgamos de una vez, esclamó, de esta penosa situacion. Recordó
-entonces que en la mañana del mismo dia habia manifestado la enlutada
-su deseo de no ser conocida, y que él la habia empeñado su palabra de
-no descubrirla.
-
-—¡Horrible tormento! esclamó; pero respetaré tu voluntad, muger
-cruel. Atrevióse entonces á llegar su mano á la de la tapada, y un
-fuego desconocido corrió por sus venas.
-
-—¡Dios mio! gritó despertándose la dama al sentir su mano oprimida
-por la del doncel. ¿Dónde estoy? ¡ah! ¿qué haceis? ¡Abrahem! Pero,
-cielos, ¿qué veo? ¿pierdo la cabeza? ¿quién sois? soltad... Guiomar,
-Guiomar, añadió levantándose y llamando con voz apenas inteligible á
-una de sus dueñas que en la antecámara la esperaban.
-
-—Callad por Dios, callad, esclamó Macías mirando á la puerta. No
-llameis á nadie: señora, ¿qué temeis?
-
-—¿Quién sois? ¡ah! ¡sois vos! ¿Me engaña mi deseo?
-
-—¿Tu deseo? has dicho ¿tu deseo? repítelo otra vez, repítelo.
-
-—No; no, caballero; no he dicho mi deseo. Perdonad si... no sé lo que
-pronuncio; el sueño, la... pero decidme, ¿por qué estais aqui? ¿qué
-haceis? Huid, huid ahora que os conozco.
-
-—¡Cruel! ¿por qué?
-
-—Soltad mi mano; soltadla, que no es vuestra...
-
-—¡No es mia! ¡Mil rayos me confundan! Perdonad si mi dolor... ¿pero
-qué veo? este anillo... ¡Santo Dios! ¡ella es! ¡ella es! ¿quién sino
-ella pudiera tener este anillo? Es el mismo, le conozco, es el mismo.
-
-—¡Imprudente! esclamó la dama retirando y escondiendo
-precipitadamente su mano.
-
-—¡Elvira!
-
-—¡Silencio!
-
-—Vos sois, vos sois: no me lo oculteis por mas tiempo, si no quereis
-que muera á vuestros pies.
-
-—Y bien, yo soy, respondió la dama abalanzándose hácia atras para
-poner todo el espacio posible entre ella y el doncel; yo soy, puesto
-que fuera inútil negároslo por mas tiempo. ¿Y qué quereis? ¿qué
-exigís de mí?
-
-—¿Qué exijo, señora, qué exijo? preguntó el doncel arrebatado de su
-loco frenesí: ¿tengo derecho á exigir algo de vos?
-
-—Huid, pues, y no turbeis por mas tiempo mi tranquilidad.
-
-—¿Vuestra tranquilidad? y la mia, señora, ¿quién la turbó sino vos?
-¿ó no es nada por ventura mi tranquilidad?
-
-—¿Yo?
-
-—¿Quién sino vos emponzoñó mi existencia, antes feliz y descuidada?
-¿quién sino vos me dijo: Macías, mírame y ama?
-
-—¿Yo?
-
-—Vuestros ojos, vuestros ojos se clavaron cien veces en los mios, y
-bien claro lo dijeron. ¡Ah! Elvira, yo he aprendido bien á mi costa á
-leer en ellos.
-
-—Santo Dios, ¿qué decís?
-
-—¿Juzgais, señora, por ventura, que es lícito mirar á un hombre y
-elegirle con los ojos entre la multitud para abrasarle impunemente?
-¿Creeis que no vale tanto un hombre como una muger? ¿Imaginásteis que
-su vida no es nada, que su existencia es vuestra? Vuestra, sí, si la
-comprais; pero con una sola moneda, con la sola moneda que la paga;
-¡con amor!
-
-—¿Pero Macías, delirais?
-
-—Sí, deliro, porque te veo, porque te hablo, porque esta era la
-felicidad que anhelaba y que huia hace tres años. ¡Tres años, Elvira!
-Tú sabes los dias, los larguísimos dias que encierran, cuando se
-pasan sin esperanza. He huido yo tambien, pero no hay un hombre mas
-fuerte que su destino. Te amo, Elvira, te adoro. Amame, ó mátame.
-
-—Elegid, caballero, lo que gusteis, esclamó Elvira fuera de sí, y
-haciendo un esfuerzo sobrenatural. ¡Vos osais ofenderme, vos abusais
-de esa manera de mi loca confianza! ¿Quién os ha dicho que os amé?
-¿Olvidais que no puedo ser vuestra nunca jamas?
-
-—¡Yo olvidarlo, señora! ¡Pluguiera al cielo que me fuera dado
-olvidarlo! ¿Quién mas dichoso entonces? pues nunca creí que vos misma
-os complaceriais en repetírmelo. Añadidme ahora que le amáis á ese
-hidalgo.
-
-—¿Y si os lo digera mentiria? Le amo...
-
-—¡Silencio! El infierno, el infierno se abre en este momento ante
-mis ojos... necio de mí, que consumí una vida entera de amor en
-conquistar este desengaño... ¿Pero qué veo? ¿Llorais? Elvira,
-¿llorais? Nos entendemos, ¡ah! nos entendemos: se hablan nuestras
-almas, á pesar de nosotros y de los obstáculos: confesadlo; es
-imposible que no me ameis. No se ama nunca con este amor que me
-abrasa para no ser correspondido. Os comprendo. ¿Temeis? ¿mirais á
-todas partes? Bien, callaré, señora, callaré. Pero decidme _os amo_,
-y nada mas.
-
-—Basta ya: ¡es imposible! ¿Paréceos que la supercheria que conmigo
-usais, y que este encuentro, _casual_ sin duda, en la habitacion
-del astrólogo, merece de mi parte premio y galardon? Creedme, jóven
-imprudente, un mundo entero existe entre vos y entre mí: jamas le
-traspasareis.
-
-—¡Jamas! ¡Dios mio!
-
-—Y escuchad: si quereis evitar mi odio, si mi aprecio os interesa,
-jamas me hableis de amor: os prohibo que os presenteis delante de mí;
-os prohibo que me dirijais trova ni cancion alguna; os prohibo...
-
-—Prohibidme el vivir, cruel, y acabareis mas pronto, contestó el
-doncel con toda la amargura de la desesperacion.
-
-—Juradlo, Macías, juradlo si sois caballero.
-
-—¿Que jure yo no amarte? Jurad vos no ser hermosa, jurad que vuestra
-voz no será dulce y penetrante, jurad que vuestros ojos no me
-abrasarán en lo sucesivo, y yo juraré entonces...
-
-—¡Silencio! Soy perdida. ¿No sentís pasos? ¿No oís? ¡Abrahem, Abrahem!
-
-—Si; pero esa puerta se cerrará...
-
-—¿Qué haceis? Teneos. ¿Quereis hacerme delincuente cuando soy solo
-desgraciada?
-
-—Señor Hernan Perez, dijo á este tiempo la conocida voz del
-astrólogo en la antecámara, entrad en mi habitacion, y daré
-satisfaccion á vuestras preguntas.
-
-—Él es, señora, él es, esclamó Macías apretando por última vez la
-mano de Elvira, que se desasió de él: y lanzando un ¡ay! agudo y
-penetrante, se dejó caer sobre el sitial que detras de si tenia.
-
-El lejano y repentino ruido de la conocida tormenta no pone mas pavor
-en el corazon del asustado marinero que el que produjo en el pecho
-del hidalgo la voz acongojada que en valde intentaba desconocer.
-
-—¡Santo cielo! gritó: ¡esta voz es la suya! Lanzóse en seguida en la
-habitacion como se abalanza el tigre al redil, llamado por el tímido
-balído de la inocente oveja.
-
-Detúvole empero y acabó de confundir todas sus ideas la presencia del
-doncel, que ya en pie, y echada la visera, parecia el ángel tutelar
-de la enlutada, puesto alli delante de ella para defenderla de todo
-riesgo.—Abrahem, dijo entonces vuelto hácia el astrólogo, ¿quién es
-esta enlutada?
-
-Fingía el judío hallarse en la mayor agitacion.—Señor, le respondió
-por último, permitid que no descubra á nadie este secreto que se me
-ha encargado y menos á vos...
-
-—¿A mí...? Yo he de saberlo... Acercóse entonces, resuelto, á la
-tapada con ánimo al parecer de descubrirla.
-
-—¿Qué haceis, hidalgo...? preguntó una voz de trueno, deteniéndole al
-mismo tiempo el brazo del doncel.
-
-Llegándose entonces el astrólogo á la dama, que se habia arrojado de
-rodillas como á implorar piedad ante el zeloso marido, asióla de una
-mano, y aprovechando el momento en que forcejeaba Hernan Perez con el
-doncel, sacóla de la cámara, diciéndola al oido precipitadamente,
-
-—Me ha sido imposible evitarlo; pero salvaos.
-
-—La he de seguir, esclamó el hidalgo.
-
-—No, mientras esté yo aqui, repuso el doncel. Id, señora...
-
-—¿Y con qué derecho...?
-
-—Con el de la fuerza.
-
-—¡Ah! os conozco: mis dudas se desvanecen: ¿sois vos el doncel...?
-
-—Yo mismo.
-
-—Sacad la espada...
-
-—¿Osado y descortés?
-
-—Sacadla.
-
-—No en el alcázar, gritó el astrólogo arrojándose entre los dos.
-Imprudentes, respetad mis canas. Macías, no teneis razon sino para
-envainar vuestro acero. Hidalgo, os deslumbra tal vez...
-
-—¡Basta, pérfido astrólogo! gritó fuera de sí el irritado hidalgo:
-¡basta! Doncel, respetemos este lugar; pero en otra parte tengo que
-hablaros: salgamos.
-
-—Salgamos, repuso Macías echando á andar tras el escudero. ¡Tiempo
-hace que lo deseaba! añadió en lo mas profundo de su corazon.
-
-—¡Oidme! gritaba el astrólogo ¡Teneos!
-
-Pero de alli á poco dejó de oir sus pasos precipitados; mirando
-entonces hácia la puerta por donde habian salido,—¡Miserables, dijo
-cerrándola, os preciais de fuertes y de entendidos, y un torpe
-anciano juega con vosotros como con sus maniquíes! Abriendo en
-seguida la comunicacion que daba á la cámara de don Enrique, asió de
-una lámpara, y bajó silenciosa, pero precipitadamente, la escalera
-retorcida. Daba la luz en parte solo de su rostro, merced á su
-mano derecha, que interpuesta le defendia los ojos del resplandor.
-Sonaban sus sandalias de escalon en escalon, y su larga ropa crugía
-barriendo el pavimento. Parecia el genio del mal de aquel oscuro
-alcázar, que recorria sus mas recónditos rincones buscando víctimas
-nuevas que sacrificar el dia siguiente á su insaciable furor.
-
-
-FIN DEL TOMO SEGUNDO.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-ÍNDICE DEL TOMO SEGUNDO
-
-
- CAPITULO IX 1
- CAPITULO X 11
- CAPITULO XI 28
- CAPITULO XII 40
- CAPITULO XIII 50
- CAPITULO XIV 60
- CAPITULO XV 67
- CAPITULO XVI 81
- CAPITULO XVII 89
- CAPITULO XVIII 116
- CAPITULO XIX 127
- CAPITULO XX 144
- CAPITULO XXI 154
-
-
-
-
- * * * * * *
-
-
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la utilizada
- actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han normalizado a
- la grafía de mayor frecuencia.
-
- * Se ha completado el emparejamiento de los puntos de admiración y de
- interrogación. Los puntos suspensivos se han normalizado a tres
- puntos.
-
- * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.
-
- * Se han añadido ilustraciones de adorno al final de los capítulos
- que, en el original impreso, carecen de ellas.
-
- * Se ha añadido al final un índice de capítulos que no existe en el
- original impreso.
-
-
-
-***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL
-DOLIENTE, TOMO II (DE 4)***
-
-
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