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-The Project Gutenberg eBook, Tierras Solares, by Rubén Darío, Illustrated
-by Enrique Ochoa
-
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
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-
-Title: Tierras Solares
- Volumen III de las obras completas
-
-
-Author: Rubén Darío
-
-
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-Release Date: August 20, 2016 [eBook #52857]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-
-***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TIERRAS SOLARES***
-
-
-E-text prepared by Josep Cols Canals, Carlos Colón, and the Online
-Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images
-generously made available by Internet Archive/Canadian Libraries
-(https://archive.org/details/toronto)
-
-
-
-Note: Project Gutenberg also has an HTML version of this
- file which includes the original illuminations.
- See 52857-h.htm or 52857-h.zip:
- (http://www.gutenberg.org/files/52857/52857-h/52857-h.htm)
- or
- (http://www.gutenberg.org/files/52857/52857-h.zip)
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-
- Images of the original pages are available through
- Internet Archive/Canadian Libraries. See
- https://archive.org/details/obrascompletaspr03daruoft
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-
-Nota del Transcriptor:
-
- Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
-
- Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las
- minúsculas) han sido sustituidas por letras mayúsculas
- de tamaño normal.
-
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- TIERRAS
- SOLARES
-
- POR
-
- RUBÉN DARIO
-
- ILUSTRACIONES
- DE
- ENRIQUE OCHOA
-
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-
- Volumen III de las obras completas.
- Administración: Editorial
- MUNDO LATINO
-
- MADRID
-
-
-
-
- ES PROPIEDAD
-
-
-
-
- A
-
- FELIPE LÓPEZ
-
- MUY CORDIALMENTE
-
- _R. D._
-
-
-
-
-[Ilustración: BARCELONA]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-DESPUÉS de algunos años vuelvo a Barcelona, tierra buena. En otra
-ocasión os he dicho mis impresiones de este país grato y amable, en
-donde la laboriosidad es virtud común y el orgullo innato y el sustento
-de las tradiciones defensa contra debilitamientos y decadencias. Salí
-de París el día de la primera nevada, que anunciaba la crudez del
-próximo invierno. Salí en busca de sol y salud, y aquí, desde que he
-llegado, he visto la luz alegre y sana del sol español, un cielo sin
-las tristezas parisienses; y una vez más me he asombrado de cómo
-Jean Moreas encuentra en París el mismo cielo de Grecia, el cual tan
-solamente da todo su gozo en las tierras solares. Bien es cierto que el
-poeta se refiere más al ambiente que a la luz, más al respirar que al
-mirar. Pero la bondad de este cielo entra principalmente por los ojos y
-los poros, abiertos al cálido cariño del inmenso y maravilloso diamante
-de vida que nos hace la merced de existir.
-
-Cuando os escribí de España fué a raíz de la guerra funesta. Acababa
-de pasar la tempestad. Estaba dolorosa y abatida la raza, agonizaba
-el país. Y os hablé, sin embargo, de la mina de energía, del vasto
-yacimiento de fuerza que hallé en esta provincia de Cataluña, gracias
-al carácter de los habitantes, de antaño famosos por empresas arduas
-y bien realizadas; y admiré la riqueza y el movimiento productor
-de esta Barcelona modernísima, hermana en trabajo de la potente
-Bilbao, afortunadas hormigas ambas que no han mirado nunca con buen
-mirar a la cortesana cigarra de Castilla. España estaba, por opinión
-general, condenada a la perpetua ruina, a la irremediable muerte.
-No se veía venir por ninguna parte el caballero esperado, a quien
-buscaba en la lejanía del camino la mirada ansiosa de la hermana Ana.
-Hubo el aparecimiento de los profetas del mal y la irrupción de los
-improvisados salvadores. Todo el mundo era hábil para indicar una
-senda propicia; todo el mundo se creía llamado a poner nueva sangre
-en el cuerpo agotado. Se dijera un consejo de políticas. Todas las
-políticas y todos los politiquistas sabían un secreto con el cual se
-iba a hinchar con músculos nuevos el pellejo del maltrecho León. En el
-mundo del pensamiento se veían apenas unas cuantas esperanzas entre
-el coro de eminencias amojamadas. Apenas los pocos violentos, los
-revolucionarios, los iconoclastas, hacían lo posible por encender una
-hoguera nueva. Y olía demasiado a podrido en Dinamarca.
-
-Hoy, al pasar, mi impresión es otra. Desde hace algún tiempo se ha
-notado un estremecimiento de vida en la península. Cierto que las
-políticas y los politiquistas continúan con sus ruidos inútiles y sus
-discursos verbosos; cierto que ni los del carlismo renuncian a su
-vago soñar, ni los de la república pierden momento para proclamar
-que ellos son los dueños del porvenir y de la grandeza nacional,
-entre escándalos y rivalidades poco provechosas al verdadero ideal
-perseguido; cierto que el clericalismo inquisitorial, por un lado,
-y el militarismo montjuichesco, por otro, no han cambiado un ápice
-desde los tiempos terribles en que cayó, rojamente, el pobre y grande
-conservador D. Antonio Cánovas; cierto que nadie sucede al pobre y
-grande liberal Emilio Castelar; cierto que cierta prensa en que los
-antiguos baturrillos, tiquismiquis, o dimes y diretes continúan en
-una tradicional ignorancia de cultura, aún persiste; cierto que el
-hambre del pueblo no mengua; cierto que la pereza general y la inquina
-porque sí, del uno contra el otro, se sigue manifestando; cierto que
-sigue oliendo a podrido en Dinamarca. Pero, fijáos bien: una fragancia
-de juventud en flor llega hasta nosotros. Voces individuales, pero
-poderosas y firmes, dicen palabras de bien y de verdad que el país
-comienza a escuchar. Hay un rumor. ¿Es una resurrección? No, es un
-despertamiento. Se renace. Se vuelve a vivir en un deseo de acción,
-que demuestra y anuncia una próxima era de victorias. No tenían razón
-los desconsolados, los que juzgaron el daño irremediable. He ahí los
-buenos pensadores de la nueva España que piensa; he ahí los buenos
-profesores de trabajo; los bravos catedráticos de actos, que enseñan a
-las generaciones flamantes la manera de conseguir el logro, de sembrar
-para recoger. Los superficiales del pedantismo desaparecieron; los
-superficiales del odio inmotivado, de la improductiva palabra, de
-las envidias absurdas, esos no existen más que en sí mismos. Existe,
-empero, una juventud que ha encontrado su verbo. Existen los nuevos
-apóstoles que dicen la doctrina saludable de la regeneración, del gozo
-de la existencia; los buenos escritores de desinterés y de ímpetu;
-los nuevos poetas que hablan armoniosamente, con sencillez o con
-complicación, según sus almas, lo que sienten, lo que juzgan que deben
-decir, en amor y sinceridad, con desdén del lodo verbal, de la vulgar
-hazaña, del reir injusto. Y eso en toda España, desde entre los vascos
-y catalanes activos, hasta entre los vibrantes andaluces y entre los
-habitantes de la gárrula corte. La salud será, pues, luego, total.
-
-Mas Barcelona me detiene, con su carácter tan propio, y sin embargo,
-desde antes tan universalizada más que europeizada. Sus ramblas
-floridas hierven de almas, con su paseo de Gracia; las fábricas vecinas
-han adquirido mayor empuje. Llegan numerosos los barcos a traer el
-material de las industrias y salen cargados de la exportación pingüe
-que aumenta la existente riqueza. Se alzan palacios flamantes. La
-electricidad ayuda al progreso por todos puntos. La urbe se ensancha
-y la población crece. Tan solamente turban la paz activa de producir
-las agitaciones que de tanto en tanto siguen manifestándose y tomando
-incremento en el elemento obrero. Hay un huevo que empolla desde
-hace años la revolución latente, pero de ese huevo no saldrá ni con
-mucho la soñada gallina gorda de los socialistas; antes bien, el ave
-roja de la anarquía. El obrero aquí no se deja embaucar y va viendo
-por sí solo. Los cabecillas pueden de un momento a otro perder su
-cabeza. El trabajador aquí se impone, y su imposición se nota. No se
-ve un solo establecimiento público que esté vedado a la blusa, y la
-blusa hace ostentación de su presencia en todas partes. La cultura
-general es también mayor, como ya otra vez lo he hecho notar, que en
-otras provincias. El ambiente barcelonés es el de un pequeño París.
-Sus artistas y escritores, genuinamente catalanes, están en contacto
-con todo el mundo. Esta tierra de hombres de labor material, vasto
-nido de menestrales, es también sustentadora de fuertes cerebros, de
-aladas almas, de finas y sutiles imaginaciones. En el siglo XIX surge
-el marqués de Campo; lo cual no obsta para que nazca después Santiago
-Rusiñol. Rusiñol, espíritu encantador, pintor de soñaciones, maestro
-de melancolías, y el cual en todas sus obras pone algo de la tristeza
-que ha aprendido en las partes dolorosas y misteriosas de la vida. Le
-conocí en París, después de ser muy amigos desde lejos. Es la primera
-vez en que la persona no me causó decepción por el artista. Personal
-e intelectualmente es el mismo. Gracias a Dios que no me ha quitado
-aún--¡ni me lo quite nunca!--el don de admirar. Admirar de veras, con
-mente sincera, con el corazón o con la cabeza, o con ambas cosas. Me
-habló entonces Rusiñol de su drama _L'Heroe_ y de la resonancia del
-estreno, pues en la pieza hay dura enseñanza popular dicha, si con
-manera de noble artista, con claridad que pone a la vista de todos una
-amarga lección de los injustos horrores de la guerra. Los del gobierno,
-los del poder y los entorchados, protestaron e iban a provocar grueso
-escándalo; las representaciones cesaron por orden de la autoridad, y
-el artista dramaturgo tuvo que salir para Francia. Ahora veo en los
-carteles anunciada una obra nueva, que por su título juzgo causará, si
-cabe, mayores protestas. Se llama _El Mistich_. El soñador hace así
-su ofrenda de bien a los oprimidos, ayuda a los de abajo. Como debe
-hacerlo: desde arriba.
-
-Otros poetas traducen a los clásicos, y a los modernísimos extranjeros.
-Hay un «teatro latino» que equivale a l'Oeuvre, o al Libre de París. Se
-publican excelentes revistas de ideas y de arte, y libros de ingenios y
-talentos bregadores presentados en formas artísticamente llamativas y
-de bella tipografía. Todo ésto en catalán. Pues son raros los que, como
-el noble poeta Marquina, prefieren vestir de castellano sus ideas.
-
-La juventud--¡brava «joventut»!--cultiva su campo, siembra su
-semilla. Alza, construye su torre en el limitado cerco en que se oye
-su lengua: pero desde lo alto de su torre, ve todos los horizontes.
-Fecundo núcleo de vivaz civilización, la vieja Barcino, la generosa
-y gallarda Barcelona de ahora, se afianza en su seguro valor y alza
-la cabeza orgullosa coronada de muros, entre la montaña y el mar, que
-vió partir en otros siglos los barcos de sus conquistadores. ¿Existe
-el catalanismo? ¿Existe el odio que se ha dicho contra el resto de
-España? Yo no lo creo ni lo noto ahora. Existe el catalanismo, si
-por catalanismo se entiende el deseo de usufructuar el haber propio,
-la separación de ese mismo haber para salvarlo de la amenazadora
-bancarrota general, el derecho de la hormiga para decir a la cigarra:
-«¡baila ahora!»; y la voluntad de mandar en su casa. Mas así como el
-ansia de porvenir ha unido a los obreros catalanes con todos los de
-la península en una misma mira y un mismo sentimiento, el deseo de
-vuelo y expansión comienza a unir a la intelectualidad libre catalana
-con la libre intelectualidad española, representada por admirables
-personalidades pertenecientes a todas las provincias, ligados así
-todos por la solidaridad del pensamiento y el propósito de olvidar
-pasados defectos y errores, y colaborar en la misma tarea de bondad
-y de gloria. Cierto, repito, que quedan los anquilosados de ayer,
-los rezagados de la pacotilla; pero toda la sucia y seca hojarasca
-desaparece al brotar la nueva selva, al renovarse la flora del viejo
-jardín, a la entrada triunfal de la recién nacida primavera. La
-América española ha mandado también sus embajadores, y poco a poco se
-va formando más íntima relación entre ambos continentes, gracias a la
-fuerza íntima de la idea, y a la internacional potencia del arte y
-de la palabra. Pues hasta, por mayor decoro, la vida comercial misma
-ha sacado ventajas, ayudada por los predicadores de las letras y
-misioneros del periodismo. La unión mental será más y más fundamental
-cada día que pase, conservando cada país su personalidad y su manera
-de expresión. Se cambiarán con mayor frecuencia las delegaciones de
-los intereses y las delegaciones de las ideas. Seremos, entonces
-sí, la más grande España, antes de que avance el yanqui haciendo
-Panamaes. Que cada región tenga y conserve su egoísmo altivo, pues de
-la conjunción de todos esos egoísmos se forma la común grandeza; cada
-grande árbol crece y se fortifica solo y todos forman la floresta. Esto
-me hace pensar la Barcelona de las rojas barretinas y de las compañías
-de vapores, la Barcelona de Rusiñol y de Gual, y la de las copiosas
-fábricas y nutridos almacenes; la que hace oro, labra hierro, cultiva
-flores y se fecunda a sí misma, entre los montes altos, silenciosos y
-las inmensas aguas que hablan.
-
-[Ilustración]
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-[Ilustración: MÁLAGA]
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-[Ilustración]
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-
-ESCRIBO a la orilla del mar, sobre una terraza adonde llega el ruido
-de la espuma. A pesar de la estación, está alegre y claro el día, y
-el cielo limpio, de limpidez mineral, y el aire acariciador. Esta es
-la dulce Málaga, llamada la Bella, de donde son las famosas pasas,
-las famosas mujeres y el vino preferido para la consagración. Es
-justamente una parte de la «tierra de María Santísima», con dos partes
-de la tierra de Mahoma. Mas el color local se va perdiendo, a medida
-que avanza la universal civilización destructora de poesía y hacedora
-de negocios. Hay, en verdad, mucho de lo típico, en los barrios
-singulares, como el Perchel, la Trinidad y la escalonada Alcazaba; mas
-la ciudad no os ofrecerá mucho que satisfaga a vuestra imaginación,
-sobre todo si imagináis a la francesa, y no buscáis sino pandereta,
-navaja, mantón y calañés. Hay sí la reja cantada en los versos, y los
-ojos espléndidos de las mujeres, y la molicie, y el ambiente de amor.
-Hay las callejuelas estrechas y antiguas, y las ventanas adornadas
-con los tiestos de albahacas y claveles, como en los cromos; hay
-bastante morisco y no poco medioeval. Mas, del lado del mar, surge una
-Málaga cosmopolita y nueva, y más que cosmopolita, inglesa, durante
-la «season», pues demás está decir que desde que un Mr. Richard Ford
-escribió en su «Hand-Book for travellers in Spain» que el clima de
-Málaga es «superior a todos los de Italia y España para enfermedades
-del pecho» y que «aquí el invierno es desconocido», la invasión
-británica estuvo decretada. Los ingleses no han llegado a Andalucía tan
-solamente por bien de sus pulmones y bronquios. Y así, como lo hace
-observar José Nogales, que es autoridad y que es andaluz: «en las
-zonas andaluzas donde se extiende la influencia inglesa--exclusivamente
-inglesa--, la vida interior reacciona de un modo maravilloso. Parece
-otra gente. Por Málaga, por el campo de Gibraltar y por Huelva, van
-entrando los ingleses en mansa y tranquila invasión de intereses que de
-día en día ensanchan y afirman. Y el fenómeno por mí observado consiste
-en lo bien y rápidamente que se entienden y hermanan el andaluz y el
-inglés. A los dos días de llegar, el inglés es «don Guillermo», o «don
-Roberto», o «don Jorge». Unos y otros se acomodan bien a sus maneras, y
-hay, andando el tiempo, deseos del entruque rara vez desperdiciados. De
-ahí va saliendo el núcleo de una raza nueva y vigorosa». El extranjero
-ha traído a Andalucía el impulso del trabajo, ha implantado fábricas,
-ha dado gran aumento a la exportación de frutas y de vinos. ¿Quién se
-acuerda ya del inglés «aborrecido»? El nombre de uno está grabado en
-un monumento público, el inglés Robert Boyd, que fué fusilado por la
-causa de la libertad, junto con Torrijos. Estas villas floridas, estos
-chalets llenos de morenas meridionales y rubias anglo-sajonas, al
-lado de la Caleta y el Polo, hacen recordar que por aquí pasó Byron y
-afirman que esto es encantador. Sobre todo, no hay ese bullir lujoso
-de las ciudades balnearias revueltas por la moda y emponzoñadas por
-el casino. Aquí no hay casino, ni moda, ni viene Liane de Pougy, ni
-monsieur de Phocas. Aquí hay luz, montes apacibles, el Mediterráneo,
-barcas pescadoras. «Larios y boquerones», corrige un andaluz que lee
-las últimas palabras que he escrito.
-
-¿Larios? En efecto, en la ciudad todo es Larios. La propiedad, la
-influencia política, están en poder de ese apellido. Vais por un paseo
-y encontráis una estatua del marqués de Larios. La calle principal
-de la ciudad, es la calle de Larios; las casas todas que forman esa
-calle, pertenecen a los Larios; de los Larios son también otras cuantas
-regadas en la población. Hay dos grandes fábricas de hilados, con
-unos ocho mil trabajadores, y demás está deciros que esa fábrica es
-de los Larios. Hay diez fábricas y refinerías de azúcar, y pertenecen
-igualmente a la famosa familia.--¿Y ese gran asilo?--De Larios. Desde
-Gibraltar hasta Almería, me dicen, todo es de ellos. Málaga es la
-ciudad de los Larios.--¿Y la catedral, también será de ellos?--La
-catedral no; pero el reloj de la catedral, ¡sí! Estas son andaluzadas
-en serio.
-
- * * * * *
-
-«Les damos por armas la forma de la misma ciudad y fortaleza de
-Gibralfaro, con el corral de los cautivos en un campo colorado, y por
-reverencia y en cada una de sus torres, las imágenes de los patronos de
-Málaga, San Ciriaco y Santa Paula, y por honra del puerto las ondas del
-mar, y por orladura de las dichas armas, el yugo y las flechas». Así se
-expresa la real cédula en que los Reyes Católicos, Don Fernando y Doña
-Isabel, concedieron a Málaga el blasón que queda dicho. Gibralfaro es
-una ruina, como todo lo que queda recordando el poderío árabe. He visto
-la bella puerta de las Atarazanas sirviendo de entrada a un mercado, en
-el mismo lugar en que se levantaba una magnífica mezquita en tiempos no
-de tanta miseria para el pueblo malagueño. Es la obra de los cristianos
-y civilizados vencedores. La labrada piedra contesta: _Le galib ille
-Aláh_: El vencedor solo es Dios...
-
-Y la herencia arábiga se encuentra por todas partes, en la faz de las
-mujeres, en las figuras del pueblo, en las rejas de las casas, en los
-guturales gritos de los vendedores ambulantes.
-
-Cuando he recorrido la ciudadela de la antigua Alcazaba, he creído
-ver revivir ante mis ojos la pasada existencia. Habitan gentes en las
-mismas viejas construcciones, casas estrechas y escalonadas en la
-altura, desde donde se domina el ancho puerto.
-
-En algún punto veis, sobre una columna corintia del tiempo de la
-dominación romana, el arco en herradura que vió pasar los albornoces
-blancos y los estandartes verdes. He conocido al poeta y novelista
-Arturo Reyes, el primero de los portaliras malagueños y bien amado de
-sus conterráneos; jamás he visto moro de pintura o de verdad que le
-supere en aspecto. ¡Qué modelo para Benjamín Constant! He visto vestida
-a la moda de París y en un elegante carruaje, a Zulema; y, con una flor
-en la cabeza, comprando pescado, cerca del seco Guadalmedina, a Zoraida.
-
- * * * * *
-
-Entrando a la realidad de la vida, halláis un pueblo pobre, falto
-de sangre y de trabajo. El exceso de población apenas halla salida
-escasa en los inmigrantes que atraviesan el Océano. Y la indolencia
-nacional... Iba yo recorriendo la ciudad, en un tranvía tirado por
-flojos caballos. Allá, en un lugar llamado Puerta Nueva, se encontró
-un carro en la vía, en el carro unos cuantos sacos, y el carrero
-consiendo uno de ellos. El hombre vió venir el tranvía con una mirada
-indiferente, y siguió cosiendo su saco. ¿Pasaríamos? ¿No pasaríamos...?
-El conductor descendió a hablar con el carrero; oí vagas palabras,
-vi pocos gestos. El hombre seguía consiendo su saco... A los cuatro
-minutos, el tranvía pudo pasar, _et pour cause_. El hombre había
-acabado de coser su saco...
-
-En un lugar de la larga hondonada que forma el lecho del sediento
-Guadalmedina, he visto una especie de lamentable mercado al aire libre,
-peces y fruta, cestas de pulpos como en Nápoles, y naranjas doradas. Lo
-pintoresco no quita la sensación de miseria, entre calles y callejuelas
-llenas de malos olores, de charcos pestilenciales, de focos de
-enfermedad. Me explico la abundancia de pálidos rostros, de colores
-marchitos en las más hermosas facciones.
-
-Hoy veo, en un diario, que el número de reses vacunas sacrificadas
-es de veinte; y Málaga tiene más de ciento treinta mil habitantes...
-¡Y la carne paga una peseta el kilo, de derechos de consumo! Un muy
-discreto y activo periodista, a quien he tenido el placer de tratar, el
-Sr. Fernández y García, me da los más penosos detalles: «La carestía
-de los artículos alimenticios, dice, equivale a un grave motivo de
-alarma. La carne, para los pobres, resulta un artículo de lujo. Muchos
-enfermos tienen que prescindir de ese alimento necesario para reponer
-las fuerzas, porque su precio excesivo no lo pone al alcance más que
-de las personas bien acomodadas. La leche es mala y cara. ¿De qué
-nos sirve nuestra vecindad con Marruecos, si rara vez disfrutamos
-la ventaja de recibir, en cantidad suficiente, huevos y aves a
-precios económicos, importados de los terrenos inmediatos a nuestras
-posesiones de Africa? El pescado mismo, con excepción de los días de
-pesca abundante y extraordinaria, sufre carestía. ¿El bacalao? Si el
-gobierno no toma el buen acuerdo de pedir a las Cortes la supresión de
-los derechos arancelarios, se venderá tan caro, que, como sucede con la
-carne, no estará al alcance de los pobres. Sólo faltaba el aumento en
-los precios de los alquileres, y ya es tan difícil encontrar albergue
-higiénico y barato, como un avaro con alma. De modo que el malestar se
-acentúa para todas esas clases de la sociedad a quienes la lucha por
-la existencia resulta penosísima, y que van dejándose la piel en las
-zarzas de estos infortunios. Con decir que el remedio no se vislumbra,
-se expresa que la desgracia que nos afluye parece mayor porque se vive
-sin esperanzas». Hay, pues, necesidad en las clases pobres, hambre en
-el pueblo.
-
-La antigua religiosidad ha mermado mucho, y, en sus sufrimientos, ya
-no se vuelven los necesitados a la Divinidad, ya no se ruega a Dios...
-Se siente una invasión de protestas anárquicas, que va de la ciudad a
-la campiña, a pesar de las congregaciones religiosas que luchan por
-conservar su influencia, a pesar de las vírgenes que podéis ver en
-algunos sitios, a la entrada de algunas casas, adornadas de flores
-artificiales, y ante las cuales arde una pálida lamparilla de devoción
-tradicional.
-
- * * * * *
-
-Hoy, 11 de Diciembre, aniversario del fusilamiento de Torrijos y
-sus compañeros, he ido a ver el monumento levantado en memoria del
-espantoso sacrificio... No vi coronas profusas, flores de recuerdo.
-Por calles sucias, entre baches y pedregales, llegué, por el barrio
-del Perchel, a la iglesia del Carmen, donde estaba el antiguo
-convento. Por el camino, un compañero me recuerda la página sangrienta
-que inmortalizó artísticamente un célebre pincel. Encontrábanse en
-Gibraltar unos cincuenta desterrados a causa de sus ideas liberales,
-y fueron llamados secretamente por el gobernador de Málaga, Moreno,
-proponiéndoles pronunciarse con ellos en favor de las libertades
-de la Constitución, como se decía entonces. Salieron de Gibraltar
-cincuenta y un hombres. En camino, pasaron la noche en el cortijo de
-la Alquería, y allí fueron copados por las tropas que mandó con ese
-objeto el mismo gobernador de Málaga. Lograron escapar dos ingleses,
-de tres que venían en la expedición. Llegaron los presos por la mañana
-del 10 de Diciembre, y al día siguiente, a pesar de ser día domingo,
-con el permiso episcopal, fueron fusilados. La capilla la pasaron en
-una iglesia del entonces convento carmelita. La ejecución empezó a
-las siete de la mañana y duró media hora. El último que mataron fué
-el inglés Boyd. «Mi abuelo, me dice la persona que me acompaña, oyó
-los tiros desde el vecino matadero de reses. Calcula que se tirarían
-mil tiros... De lo que no hay que asombrarse, teniendo en cuenta que
-entonces se usaban fusiles de chispa, que estaba lloviendo y que se
-mojaba la pólvora de las cazoletas, por lo que fallaban muchos tiros.
-Los quejidos de las víctimas y el estado nervioso de los mismos
-soldados de la ejecución aumentaban el horror de tal manera, que el
-fraile que confesó y ayudó a bien morir a las víctimas se volvió
-loco...»
-
-Al llegar a la iglesia, un chicuelo zaparrastroso me sale al paso.
-
---¿Qué quiere usted?
-
---Visitar la iglesia.
-
---Venga.
-
---Dime: ¿en dónde estuvieron encerrados Torrijos y sus compañeros?
-
-El chico me mira asombrado. No halla qué contestar. Le explico más. Se
-trata de unos que mataron hace tiempo... Por fin cae en la cuenta.
-
---Venga usted. Ya sé. Aquí está el confesonario en donde los confesaron.
-
-En efecto: en una capilla que está al lado derecho del altar mayor, y
-cuya entrada aún conserva la gruesa reja que sirvió de cárcel de una
-noche a los sacrificados, logré ver entre la obscuridad, aislado, un
-confesonario viejo y polvoroso. Luego salgo con mi amigo acompañante a
-buscar el lugar en que fueron ultimados. Lo encontramos, preguntando,
-en una callejuela inmunda. Hay una base gastada, de mármol, sobre la
-que reposa una tosca cruz de hierro. Hay una inscripción borrada,
-ilegible. Ni una flor. Hay comadres conversando en las puertas de las
-casuchas vecinas, y muchachos mugrientos jugando a pleno cielo, y un
-perro soñoliento hacia el lado por donde se va al mar azul...
-
-Esta es Málaga la Bella, de donde son las famosas pasas, las famosas
-mujeres y el vino preferido para la consagración.
-
-
-II
-
-Por la mañana he ido a ver «sacar el copo» a los pescadores, a un
-lado del esbelto y blanco faro. Las gentes están ya de fiesta como
-la mar y el sol. Miro animación por las calles, sobre todo cerca de
-la Plaza de la Constitución, donde un puñado de barracas atrae a los
-transeuntes y forasteros. La calle de lujo, la calle Larios, ofrece
-sus vitrinas llenas de dulces, de pintura _criarde_ y de artículos
-de París. Allá en la playa hay ropas más vistosas que de costumbre,
-mantones blancos y azules, pañuelos y corbatas policromas, entre las
-gentes que van a presenciar la sacada de la red. Tirada por unos
-cuantos hombres y muchachos, sostenida en las aguas por odres infladas,
-va saliendo poco a poco ante la inmensidad del Mediterráneo azul y
-del cielo azul. Cuando llega a la arena y la recogen rápidamente los
-pescadores--después de larga fatiga,--se ve la carga de boquerones
-semejantes a vivas rebanaduras de plomo, los opalinos y flácidos
-calamares, la pescadilla como una lanza, la sardina plateada y profusa.
-De allí los recoge el vendedor callejero, que va después gritando su
-calidad y llevando, como la balanza los platillos, dos cestos laterales
-colgantes del palo que sostiene sobre sus hombros.
-
-Por las calles va la gente atareada en busca de los preparativos de
-las cenas caseras. Los paveros, «de su banda de pavos en compañía»,
-como canta la sonora guitarra del poeta Rueda, van, en efecto,
-conduciendo, con una vara larga como de alcalde y un ancho sombrero,
-a los suculentos animales que son de costumbre y ley en noche de
-Navidad. Se compran en las dulcerías y confiterías las sabrosas cosas
-miliunanochescas o monjiles, hechas de harinas y mieles, y cuya
-nomenclatura regocijaría a pantagruélicos abates: turrones y mazapanes,
-pestiños, roscas, tortas de aceite y manteca, y entre cien otros, los
-polvorones de Estepa y Laujar, los alfajores exquisitos y golosinas de
-almendras y azúcar que se deshacen inefablemente en el paladar. Apenas
-me referiré a la _charcuterie_ nacional, con sus salchichones de Vich,
-sus chorizos de Candelario y la Rioja y Extremadura, sus incomparables
-morcillas y salazones, y la egregia butifarra catalana. Las frutas
-tienen admirable representación en los puestos que se establecen a la
-entrada de la calle Nueva, con una variedad y lozanía que sorprenden.
-Junto a la uva deliciosa del país, cuya fama es universal, y junto a
-las doradas naranjas dulcísimas, se ve la americana chirimoya y la
-misma caña de azúcar, y la banana, que han brotado en este suelo al
-amor de un clima casi tropical. El mercado de frutas en plena calle
-es a la manera de un zoko árabe, por su bullicio y movimiento, lo
-pintoresco de las gentes, los borriquillos cargados, los tipos mismos
-populares y la invisible y perdurable influencia que los antiguos
-habitantes africanos dejaron en el ambiente de esta ciudad indolente,
-poética y llena de cálida gracia.
-
-Y he de celebrar siempre, ante todo y después de todo, el hechizo de
-la mujer malagueña, indudablemente la primera en hermosura en todo el
-reino de belleza que es la tierra de España. Hay que ver Málaga en
-un día como éste, con sus calles y paseos, su Caleta y el Palo, su
-Alameda y su nuevo Parque, animados de maravillosas rosas vivientes,
-que van y vienen, sin coqueterías de países más parisienizados, pero
-todas carne floral y colores de vida, de salud y amor. Lo mismo las
-malagueñas de la aristocracia, que saben bien los usos y modas de París
-y Londres, que las de la clase media y las del pueblo, llevan en sus
-rostros un poema de encanto natural y una atávica chispa encendedora de
-corazones que hacen revivir en las más prosaicas almas de este tiempo
-práctico, un enamorado son de guzla, o una declamación que valga por
-una kásida. La malagueña es sultana u odalisca. O impera con la mirada,
-o halaga con la sonrisa. Hay cuerpos que van rítmicamente andando con
-manera tal, que el _incensu patuit dea_ os sale de los labios. Hay ojos
-malagueños que son inmensos, y en su inmensidad está todo el cielo y
-todo el mar y todo el amor, junto con la inmensa voluptuosidad. Este es
-don particular de la hembra de aquí, como saturada del perfume de la
-ilusión moruna del mahometano paraíso. Son las anticipadas huríes. Y
-como a sus abuelas les impuso el catolicismo la devoción, hay en ellas
-una inquietante mezcla de ángeles católicos y zoraidas sarracenas.
-Tienen el más provocador de los pudores. Las cabelleras son copiosas y
-doradas o renegridas. He visto pasar dos hermanitas de las más opuestas
-cabelleras: la una nocturna, de noche tempestuosa; la otra auroral.
-Llevaban el pelo caído por la espalda, y no se podía menos de pensar ya
-en Margarita, ya en Mignon. ¿Y Esmeralda? A Esmeralda la veis a cada
-paso. Y si vais al suburbio, en el medio gitano, veis aparecer, aun en
-horribles tugurios, sus dos ojos negros llenos de pasión y maleficio.
-
-La goletera, la heroína de Arturo Reyes, sale multiplicada de su
-barrio, seguida del novio y de los varios Pipirigañas que andan
-alrededor suyo. Como no soy muy ducho en distinguir las de la Goleta
-entre las del Perchel y de la Trinidad, se me antoja una Trini cada
-moza de las que llaman barbianas, con bellos ojos y caras y cuerpos
-de celeste pecado mortal. En el paseo, por la tarde, a orilla del mar
-quieto y amoroso en su dulce infinito, se juntan todas esas Trinis en
-grupos familiares, cerca de pequeñas hogueras en que en sartas se asan
-las ricas sardinas recién salidas del copo, y que se comen calientes,
-regadas después con el chispeante Montilla que pone luz solar en la
-cabeza y suelta estas ágiles lenguas, estas ágiles manos y estos ágiles
-pies, pues siempre se toca la guitarra, siempre se jalea, se acompaña
-al tocador con las palmas, siempre se cantan las gimientes malagueñas
-o los rítmicos tangos, y a veces se ve a una brava muchacha iniciar
-un paso en que luce el garbo heredado de las antiguas danzarinas
-andaluzas. Las percheleras y las trinitarias son famosas por su gracia
-y su habilidad para el canto y el baile. Así las he admirado al pasar,
-mientras un sol cariñoso teñía ya de oro, de violeta, de púrpura, el
-inmenso cristal mediterráneo.
-
-Los hombres pasan con sus trajes nuevos, las americanas ceñidas a la
-torera, los sombreros grises cordobeses, los zapatos de charol con la
-inevitable caña de color claro. Y con ciertos andares y ademanes que
-hacen ver que el compadrito bonaerense ha heredado algo de por acá.
-Y las mujeres andan como que se deslizan, con los mantones de lana,
-blancos, rojos, azules, como las corbatas de los novios y amigos, y
-llevan las cabezas hermosísimas, adornadas con flores, profusamente,
-rosas fresquísimas y rosadas, claveles ultraviolentos, y unas especies
-de crisantemas pajizas que llaman goyetinas, y que completan la
-decoración floral. Quién va a la casa a preparar la cena de la noche,
-quién va a las barracas a comprar juguetes con los niños; juguetes que
-tienen todo el carácter local: guitarritas, castañuelas, panderetas
-y figuras de nacimiento, que se venden al lado del pin-pan-pum,
-divertimiento grotesco en que la brutalidad y el instinto de agresión
-humanos encuentran contentamiento, lo mismo en la feria de Neully que
-en la diminuta fiesta pascual malacitana. Las borracheras populares
-comienzan a hacer ruido por la noche. Se oyen pasar las sonoras
-«parrandas», reuniones de muchachos y muchachas del pueblo, que van
-cantando coplas por las calles, coplas que recuerdan la celebración
-del día, la Virgen en el pesebre, José, el niño Jesús, el buey y la
-mula. Y de paso va entremezclada la copla amorosa o satírica, al son
-de las zambombas, al grito de los pitos, al chocar de las almireces
-y castañuelas, al rasgueo de la inseparable guitarra. Hay quien se
-acuerda todavía de por qué se celebra esa noche; hay quien piensa,
-por la tradición, en la estrella de los reyes magos, en la aldea de
-Belén, en el Dios de los cristianos que nació pobremente, que murió
-hace muchos siglos, y por el cual se pasan ratos muy agradables y
-regocijados.
-
- La nochebuena se viene,
- la nochebuena se va,
- y nosotros nos iremos
- y no volveremos más.
-
- ¡Carrasclás, que gordo está el pavo;
- carrasclás, que gordito está;
- carrasclás, qué enjundia que tiene;
- carrasclás, carrasclás, carrasclás!
-
-¿Quién se acuerda en París, al engullir el «boudin» blanco, ni de
-Cristo ni de la muerte...?
-
-Luego se va aquí a la misa del gallo. Las gentes invaden la iglesia,
-iluminada como para la alegre fiesta. El órgano lanza sus chorros
-armoniosos. Los villancicos resuenan, como las coplas de una celeste
-juerga. Los registros de la voz humana, del bombardón, de la chirimía,
-derraman sus sonidos como en un trueno de música. Hay verdadero gozo
-en el ambiente, aunque la devoción no sea muy grande. Las campanas han
-anunciado el nacimiento del buen Pastor, celebrado por los pastores
-y adorado por los reyes. Todo eso está muy bien; y así ha llegado la
-hora de ir a los ágapes copiosos en que hay tanta golosina, tanto vino
-encendedor de sangre y el animal de ritual:
-
- ¡Carrasclás, que gordo está el pavo;
- carrasclás, que gordito está;
- carrasclás, qué enjundia que tiene;
- carrasclás, carrasclás, carrasclás!
-
-Luego será la danza, los cantos; airosas sevillanas, donairosos
-panaderos, saltantes y garbosas jotas. Y el buen pueblo continuará
-en la zambra; saldrá por la población caminando al compás de sus
-instrumentos, echando al aire, bajo las estrellas, estrofa y estrofa;
-la parranda llenará con sus ecos todos los barrios; el vino irá
-dejando vencidos, y la última canción se escuchará hasta después de
-que haya salido el sol.
-
- * * * * *
-
-Sol andaluz, que vieron los primitivos celtas, que sedujo a los
-antiguos cartagineses, que deslumbró a los navegantes fenicios, que
-atrajo a los brumosos vándalos, que admiró a los romanos, pero que,
-sobre todo, fué la delicia de los africanos de ojos y sangre solares;
-él es más que todo el donador de gracia y amor en esta tierra. Málaga
-es predilecta del divino Helios. «En otros días, dice D. Juan Valera,
-cuando teníamos en España un pronunciamiento cada seis meses, Málaga
-se jactaba de ser la primera en el peligro de la libertad. Ahora que
-felizmente la libertad no peligra, Málaga, con su región, bien puede
-jactarse, si no de ser la primera, de ir muy adelante y de descollar
-mucho en el cultivo de las letras humanas y de la palabra hablada y
-escrita. Es singularísimo que los hijos de esa región se distingan
-hablando y escribiendo, por dos cualidades extremas en las que se
-cifra todo el poder de la palabra humana. El discurso hablado del
-malagueño es torrente impetuoso que arrebata y conmueve: acusaciones
-serias, chistes, burlas, sistemas políticos y económicos, y hasta
-filosofías de la historia, inventado todo de repente y convertido en
-masa de proyectiles para derribar a los contrarios y meterlos debajo
-de los bancos; tal es la elocuencia torrencial de la región malagueña:
-algo semejante a una venida del Guadalmedina.» Esas son cualidades
-solares. El sol da su brillo a la imaginación malagueña, su fuerza a
-la fecundidad malagueña, su singular encanto a la hembra malagueña;
-Castelar no era de Málaga, era de Cádiz; hermana solar también; pero
-Cánovas era malagueño. La paleta del egregio maestro Moreno Carbonero
-concentra mucho de esta luz poderosa y dominante. Los poetas malagueños
-Díaz de Escovar, que hace cantares oyendo el latir del corazón de su
-pueblo; Reyes, que lleva la primacía, ardoroso moro, y más que andaluz
-supermalagueño; Rueda, maestro en gay saber andaluz; Urbano, delicado;
-Sánchez Rodríguez, triste y melodioso; González Anaya, enamorado
-melancólico de su tierra; Fernández de los Reyes, que labra el verso
-sincero y vibrador; todos los portaliras malagueños son dignos de su
-raza solar. Son almas que sufren lejanos atavismos, de los cuales brota
-el canto como la rosa del rosal.
-
-Hay una estatua que levantar en Málaga: la de Hamehet-el-Zegrí.
-
-Y así concluyo estas líneas sobre la Nochebuena, en pleno sol.
-
-
-III
-
-Los extranjeros que llegamos en la hora actual a España, sufrimos
-ciertamente desengaños. Hemos llegado tarde; _les lauriers sont
-coupés_. El progreso es el enemigo de lo pintoresco, y su nivelación
-no va dejando carácter local ni originalidad en ninguna parte. Hay
-andaluces de la hora presente que protestan contra la Andalucía de
-figuras de pandereta y caja-de-pasas, que tanto ha dado que escribir,
-cantar y pintar, la Andalucía byroniana, de Gautier, la de D'Amicis;
-protestan porque quieren otra Andalucía semejante a los Dorados
-comerciales en que piensa mi amigo Maeztu. ¡Ah! desgraciadamente ya
-no encontramos la poética Andalucía sino muy venida a menos o muy ida
-a más. El progreso aquí en Málaga, por ejemplo, ha traído los altos
-hornos y se ha llevado los encantos de antaño. Las particularidades
-andaluzas que antes daban viva lección de las gracias autóctonas y de
-las locales bizarrías, la indumentaria misma, todo lo que constituía
-tema para páginas de colorido y de dibujo característicos, queda en los
-viejos libros. _El Solitario_ es tan antiguo como Nepote. En la calle
-principal de Málaga hay tiendas parisienses, dos clubs. En el paseo
-principal hay corso como en Palermo o en el Bois, relativamente, y la
-ciudad cuenta con un automóvil, ¡oh poeta Ovando Santarén!, que no
-podría entrar en tus octavas reales.
-
-Los malagueños progresistas que quieren su ciudad igual a no importa
-qué «ciudad moderna», con las abominaciones rectangulares que odiaba
-el gran Yanqui, están en su derecho, como los venecianos que quieren
-rellenar el _Canalazzo_ y echar al olvido las góndolas. Están en su
-derecho; pero también están en el suyo los artistas del mundo que
-defienden la belleza del pasado y la razón del arte. Nada más odioso
-para mí que un doctor japonés vestido de londinense, que durante el
-tiempo que nos tocó estar juntos en un compartimiento de ferrocarril,
-me hablaba con desprecio de los pintores japoneses y de la poesía
-de su raza, y me elogiaba la invasión del parlamentarismo y la
-occidentalización de sus compatriotas de ojos circunflejos. Y nada más
-simpático que la idea del fuerte y noble pintor Moreno Carbonero, que
-inició un proyecto, según me dicen, de reconstruir la ruinosa Alcazaba
-morisca malagueña, para resucitar en la ciudad luminosa un rincón
-pintoresco y animado de la vida antigua, sin duda alguna más activa,
-y, sobre todo, más bella que la presente. Las altas damas desdeñan
-ya la mantilla. No se encuentra una maja sino en cromos. Los hombres
-quieren, por su parte, parecer ingleses, como los elegantes de todos
-lugares. El pueblo bajo no tiene sino vagos restos de las tradicionales
-maneras. Los toreros quieren ser personajes sociales. «Don Luis» es
-el célebre Mazzantini, y se habla de sus modos de gran señor y de su
-biblioteca y de sus trufas. El otro Mazzantini, el _cadet_, se mete en
-los asuntos electores de su pueblo, perora, toma parte activa en las
-luchas políticas. La coleta queda, por milagro, como un recuerdo y como
-una costumbre, que acabará por caer. Los tipos bizarros de antes quedan
-para modelos de los pintores y _pour l'exportation_.
-
-El mismo cante flamenco ha degenerado, ha perdido sus bríos antiguos.
-Vagan aún gloriosas ruinas, como Chacón, famoso por sus «jipíos»,
-tanto como por sus buenas fortunas en aristocráticos caprichos, y Juan
-Breva, el «cantaor» de Don Alfonso XII, que, viejo corpulento, va hoy
-por ahí cantando en falsetes lamentables las eternas malagueñas de
-quejas e hipos, o las amorosas y armoniosas soleares, último aeda del
-antes triunfante flamenquismo. Dicen de Chacón que es uno de los que
-han contribuído a la ruina del cante, porque ha sido el decadente con
-talento de los «cantaores», y los que le han seguido y han querido
-hacer como él, han resultado con el fracaso de todos los serviles
-acólitos que sin reflexión ni fuerza imitan. Donde algo queda de las
-pasadas gracias nativas es en el baile, pues las danzarinas andaluzas
-guardan aún las mismas condiciones que las hacen aparecer en los
-exámetros de Juvenal. La exportación que ya señala el satírico, está
-hoy en más auge que nunca. El baile español se ha hecho un número
-preciso en todo programa de café-concert o music-hall que se respeta,
-y hay países en donde es singularmente gustado, como en Rusia y en los
-Estados Unidos. Carolina Otero conoce la admiración de los rublos. Y
-el ilustre cubano José Martí contó, en una de sus bellas cartas, a los
-lectores de _La Nación_, de Buenos Aires, cómo los yanquis salían de su
-frialdad anglosajona al mover sus estupendas piernas aquella ruidosa y
-preciosa Carmencita, que quedó, para regocijo de los ojos, perpetuada
-en la tela de Sargent, que guarda el Luxembourg.
-
-Así, toda joven que aprende a bailar, sueña, si es bella, con la
-felicidad que existe en el extranjero, con las contratas en grandes
-ciudades en que hay gloria y amor rico, en las victorias de las
-Carmencitas, Oteros, Guerreros y Chavitas que van conquistando el mundo
-a son de sevillana, jota, vito, seguidilla o tango. Entretanto se van
-cerrando los cafés típicos de cante, aun en esta misma Andalucía de las
-guitarras, coplas y claveles. Aquí en Málaga había cinco, por ejemplo,
-entre ellos el famoso de Silverio, y apenas queda uno, muy mediocre
-y poco atrayente. En Sevilla se cerró el sonadísimo Burrero, en la
-calle de las Sierpes, después de haber tenido en su tablado todas las
-celebridades guitarreras y coreográficas de la tierra, que como sabéis,
-es «de María Santísima». Restan apenas las vistosas y decorativas casas
-de cante y baile que puedan satisfacer la curiosidad del viajero, en
-ciudades de segundo orden, como Ronda, Vélez-Malaga o Antequera, lugar
-por donde muchos quieren que salga el sol...; o allá en Algeciras, o
-La Línea, en las cercanías de Gibraltar, en donde los ingleses de la
-guarnición van a dejar sus libras convertidas en castizas pesetas.
-
-Yo he ido a ver aquí en Málaga el café de España. Leí el anuncio en
-un diario: «Todas las noches, grandes bailes nacionales y cante, por
-la célebre cantadora por Tangos la Niña de Pomares, y el aplaudido
-cantador José Beda, el Jerezano. A las siete y media. Entrada al
-consumo». El local es un largo salón, con mesitas, como cualquier café,
-y en el centro un tablado, sin adorno alguno.
-
-Concurrencia heteróclita; humo de cigarros; uno que otro «señorito»,
-uno que otro militar, algunos campesinos, que aquí llaman catetos.
-De pronto, los acordes de un piano se oyen, y aparecen en el tablado
-seis u ocho mozas vestidas de semimajas; es decir, de majas, que a la
-conocida indumentaria han agregado adornos y pompones a la francesa.
-
-Llevan colores vistosos en las faldas cortas y acampanadas, en los
-corpiños; y en las cabezas, rizadas y de peinados bajos, portan
-moños de cintas y flores de tintes violentos, flores naturales o
-artificiales. Bailan primero las boleras, que son las que llevan esas
-faldas cortas, y se acompañan con las castañuelas, bailan el olé,
-que tiene el ritmo de un vals; los panaderos, más despaciosos, por
-dos parejas; las sevillanas, el jaleo, el vito, las soleares, las
-«seguirillas», y hasta jotas. Hay cierta gracia; pero deslucen las
-arrugadas medias color de carne, los trajes sin esmero, los zapatos
-usados, las sonrisas forzadas en las caras llenas de pintura, los
-horribles calzones que se exhiben al dar las ligeras vueltas o al hacer
-un quiebre de cintura.
-
-Después de las boleras bailan las flamencas sus polos, medios polos,
-zapateados, tangos y otros bailes. Las flamencas llevan faldas largas,
-no llevan castañuelas; pero hacen sonar los dedos imitándolas, y tienen
-un coro de jaleadores que las anima con gritos, con los tradicionales
-«oles» y «arzas», y que sigue el ritmo con las palmas. Todas esas
-danzas se parecen; el extranjero, el no conocedor, difícilmente puede
-distinguir la diferencia que hay entre una y otra, la cual diferencia
-es de pasos y compases, con el ritmo más o menos precipitado o
-contenido.
-
-Después que han bailado, descienden boleras y flamencas a visitar
-a los consumidores en las mesitas, a hacer gastar lo más que se
-pueda, según la consigna del dueño del café. Todas las que he visto
-son muy jóvenes y bonitas, afeadas tan solamente por lo sórdido de
-los vestidos. Hay una niña de trece a catorce años, portadora de
-monstruosas piernas postizas. Pregunto a un vecino qué dice la liga
-contra la trata de blancas a este respecto, y me contesta que estas
-jóvenes son, o por lo menos dicen que son, honestas. De mesa en mesa
-van trasegando manzanilla y más manzanilla, de mesa en mesa donde hay
-extranjeros o forasteros, porque los nativos conocen el juego y no se
-dejan explotar. Las caras de las muchachas, cubiertas de polvos y de
-afeites, exageradamente brochadas de rojo, a los resplandores de la luz
-eléctrica toman reflejos extraños, se ven en una verdad lamentable,
-con un aspecto cuasi grotesco, penoso y triste, en su fiesta, como en
-un cuadro de Zuloaga. Las infelices beben, beben, para volver a bailar
-y volver a beber. Las interpelan conocidos, de chaqueta o americana
-corta y sombrero cordobés, les dicen groseras galanterías, les murmuran
-proposiciones, se burlan de ellas, y, a veces, las insultan... El piano
-inicia de nuevo el son, y ellas, descaradas, bestiales, ingenuas, suben
-de nuevo a las tablas.
-
-Toca a los cantadores la tarea. _Cantaor_ en realidad hay uno sólo
-de los dos hombres bien afeitados y ceñidos que se sientan en sendas
-sillas. Uno toca la guitarra. El otro, el _cantaor_, clava los ojos
-en el aire, mirando hacia arriba, y comienza a quejarse, a quejarse
-largamente; con un bastón pesado golpea las tablas, llevando el compás,
-y la queja se extiende, ondulante, gemido, grito, ay, lamento; y la
-boca sigue abierta, como si fuese saliendo de ella una interminable
-cinta de notas gemebundas, hasta que sale el verso de la copla, que
-se refiere a una de estas tres cosas, que desde hace mil años forman
-el tema de los poetas andaluces: su mamá, su novia, la muerte, o
-una de tantas vírgenes de su devoción. Entre verso y verso hay unos
-ayes desgarradores, unos ayes feroces, de alguien a quien se está
-asesinando, y entonces, del público conocedor salen unos cuantos _¡olé
-ya!_ aprobativos, mientras la guitarra sigue en rasgueos, o canta o
-gime también como el afeitado y berreante _cantaor_. Luego se anuncia
-el «americanito». Y sale a cantar un chico de unos diez o doce años,
-que bien pudieran ser catorce o quince, y grita, y gime, y berrea
-también amores desesperados, habla de la Virgen y de una _puñalaíta_. Y
-olé ya. Cuando llegó el chico a mi mesa me pidió un chocolate.
-
-A él no le obligan a beber montilla ni manzanilla.
-
---¿Por qué te llaman «el Americanito»?
-
---Porque zoy americano.
-
---¿De dónde?
-
---De Buenozaire.
-
---¿Y te acuerdas de Buenozaire?
-
---No zeñó.
-
---¿Y cuánto hace que viniste de allá?
-
---Doze años.
-
-¡Cómo no haya venido en el vientre de su madre! Y vuelta otra vez a
-los bailes de las pobres muchachas pintarrajeadas, a los clamores
-desesperados de José Beda «el Jerezano», y a los tangos de la «niña de
-Pomares». Sale uno fastidiado, aburrido. Gautier y D'Amicis llegaron
-a estas tierras en tiempos mejores. Sus almas, ciertamente, no tenían
-el veneno del Livor que mata a las generaciones de hoy; pero también
-las cosas de España eran distintas entonces. Imperaba la alegría de
-Fortuny. Había diligencias, contrabandistas, mendigos pintorescos...
-Hoy éstos abundan de todas layas... Y la vulgaridad utilitaria de la
-universal civilización lleva el desencanto sobre rieles o en automóvil
-a todos los rincones del planeta. Si no fuesen las soberbias mujeres,
-el hechizo de la tierra, la dulzura del sol. Eso ayuda a la imaginación
-y hace que aun se levanten castillos «en España».
-
-
-IV
-
-Algunos historiadores malacitanos recuerdan cierta horrorosa tempestad
-que padeció este puerto el año 1567. «Aunque no ha sido el puerto
-de Málaga de los más combatidos por las tempestades, no obstante,
-registra varias tristes efemérides--dice el poeta Díaz de Escovar--que
-cubrieron de luto a los habitantes de la ciudad». Uno de los temporales
-más terribles, que ocasionó muchos daños y no pocas víctimas, fué el
-acaecido el 8 de Febrero de 1567. Pocas noticias detalladas encontramos
-sobre el mismo, y sólo Martínez de Aguilar, en su _Breve descripción
-cronológica de la fundación de la ciudad de Málaga_, impresa en 1819,
-nos da algunos datos que hacen comprender la importancia del temporal.
-Marzo, en el tomo segundo, página 72 de la _Historia de Málaga_,
-escribe algunas indicaciones sobre este suceso. El puerto estaba lleno
-de navíos importantes, que debían conducir cargamento de artillería,
-municiones y otros bastimentos para las plazas de Africa. A bordo de
-estos navíos se hallaban seis mil hombres del ejército, que tenían
-necesidad de desembarcar en Cartagena. El mar, agitado violentamente,
-arrojó contra las piedras de los muelles muchos de aquellos barcos.
-Veinticuatro días, según Martínez de Aguilar, duró el temporal, siendo
-difíciles los socorros y grande el pánico de los que veían perecer
-tanto y tanto hombre y perdida tanta riqueza. No están conformes los
-historiadores, de quienes estos datos tomamos, respecto al número de
-navíos que se hicieron pedazos. Marzo asegura que fueron veintisiete,
-cantidad con la cual no está conforme Martínez de Aguilar, que escribe
-fueron veintitrés, añadiendo que sólo se salvó de aquel horrible
-desastre un navío vizcaíno. El mar se cubrió de víctimas, pues muchos
-soldados y marineros perecieron.
-
-Esto me hace recordar otra catástrofe reciente que tanta conmoción
-produjo; me refiero a la pérdida del buque-escuela de la marina
-alemana que se despedazó contra los escollos, a la vista de la
-población malagueña. El barco había salido fuera del puerto, a pesar de
-amenazar mal tiempo, a hacer algunos ejercicios. La tempestad se vino
-violentamente, y cuando el capitán quiso entrar a ponerse en salvo, no
-pudo conseguirlo y el buque chocó contra las rocas. Todos miraban desde
-los murallones y desde la playa la muerte de tantos hombres, y, si se
-logró salvar a algunos, grande fué el número de los que perecieron.
-Quiénes se pudieron asir a cables o boyas, quiénes lograron ganar la
-costa a nado, a pesar del fragor y fuerza de las olas enormes. Fué
-aquel un día de luto para la escuadra alemana, para Alemania entera
-y su emperador. Y he podido ver en este aniversario las coronas que
-ornaron las tumbas de algunos de los que perecieron en el cementerio
-inglés de esta ciudad. La pérdida de ese barco-escuela, como la del
-«Vienne» francés, es de esos golpes terribles que la ira del mar
-asesta sobre los países que conquistan su elemento con el poder de las
-escuadras, y la escuadra y la nación argentinas saben de esos duelos
-con recordar el solo nombre de la perdida «Rosales».
-
-A veces el mar asalta a la tierra, o temerosamente la amenaza; fuera
-de los formidables cataclismos cíclicos, como aquel en que se hundió
-la misteriosa Atlántida. Algunos sabréis del clamor que se oyó en el
-Callao en tiempos ya lejanos: «¡El mar se sale!» Y si mi memoria no
-yerra, he leído que hubo, en efecto, una invasión del mar. Pues bien,
-aquí en tierra malagueña se oyó a mediados del antepasado siglo,
-en el mismo mes y año en que sufrió Lisboa su histórico y terrible
-terremoto, se oyó el mismo espantoso clamor. Serían las diez y media
-de la mañana, dice Díaz de Escovar--que sabe admirablemente los
-pasados y presentes secretos, leyendas e historias de su ciudad--del
-27 de Noviembre de 1755, cuando violentas oscilaciones, que, según
-el autor de las _Conversaciones malagueñas_, duraron de cinco a seis
-minutos, conmovieron los edificios de Málaga. A la vez se esparció
-entre los vecinos la pavorosa voz de que «el mar se salía». Díaz de
-Escovar, que es varón creyente y valiente en su fe católica, confiesa
-que no ha de entrar «en disertaciones sobre si la voz fué hija de una
-extraña realidad o alucinación de exaltadas fantasías». No faltan
-historiadores, cuyas dotes de veracidad son notorias, que la presenten
-como verdadera. Barbán de Castro parece dar a entender que la voz no
-fué sobrenatural, sino que se esparció y propaló de unos en otros, casi
-instantáneamente.
-
-Esto es más racional y más verosímil por más que nada hay imposible si
-Dios lo quiere. Paréceme que Málaga, país en donde los gitanos dicen
-la buenaventura, lleno aún de terrores medioevales como estaba, fué
-posiblemente presa de una vasta autosugestión colectiva, días después
-de la ruina de la capital lusitana.
-
-O había terremoto y maremoto, y alguien gritó: «¡el mar se sale!».
-Aunque ni esto último parece, pues ese mismo citado Barbán de Castro
-dice en su _Cronología_: «¿Quién creyera que estando el mar entonces
-con la mayor quietud y serenidad visible, pues era la hora más
-proporcionada para ello, se pudiese persuadir a todo un pueblo tan
-numeroso a que creyese que el mar se le tragaba? Se puede con toda
-verdad asegurar a nuestros venideros, que apenas hubo persona de todos
-estados y condiciones que no creyese a un tiempo mismo que el mar,
-como decían, se había salido, y era menester huir aceleradamente a
-los montes». A los montes volaron las gentes, por lo que según parece
-no fué cólera del mar, sino broma neptuniana; de gente se llenaron los
-cerros de San Cristóbal y Gibralfaro, que están junto a la ciudad. De
-Escovar escribe que: «El magistrado de la ciudad recorrió las alturas,
-costándole gran trabajo y no pocas palabras convencer a los que allí
-se refugiaban de que sólo existía una alarma infundada, que tenía por
-base el miedo, pues el mar estaba tan sosegado como intranquilos los
-espíritus de los habitantes de Málaga. Los menos temerosos volvieron a
-la ciudad. Se publicaron bandos referentes a los hechos ocurridos, en
-los que se anunciaba que si ocurriese novedad alguna se avisaría por
-medio de la campana que había sobre la Puerta de Mar, en cuyo sitio un
-regidor perpetuo, con centinelas avanzados, en el caso de notar algún
-movimiento peligroso, o extraño en el mar, dispararía algunos tiros
-al aire, que servirían de señales». Y si gustáis de la nota cómica en
-medio de las tribulaciones, he aquí lo que cuenta, entre otras cosas,
-un escritor que presenció los sucesos: «El Dignidad de Tesoro de
-nuestra iglesia, al ver correr a las gentes a buscar el campo quiso
-seguirlas, y pareciéndole que en calle de Beatas se atrasaba a otros,
-porque el manteo y el sombrero le estorbaban, los soltó en la calle,
-para seguir la marcha, alzándose bien la sotana. Advirtiendo después
-que en ella llevaba, entre el pecho, metidos los guantes (me contó él
-mismo), que los arrojó al suelo, pareciéndole que aun aquello le servía
-de embarazo». Y agrega Medina Conde: «Fueron muchas las confesiones
-generales que se hicieron, y reformó más este susto que muchas
-misiones».
-
- * * * * *
-
-He ido a ver en día de mar agitado la playa malagueña. El agua, que
-tantas veces ha mostrado a mis ojos su espejo de azules profundos
-y pacíficos, ruge y se arquea y avanza hacia la tierra de manera
-tal, que bien se explica hayan padecido el legendario susto los que
-gritaban: «¡El mar se sale!» Las espumas saltan sobre las macizas obras
-del puerto que aquel gran malagueño que se llamó D. Antonio Cánovas
-del Castillo dejó a su ciudad nunca olvidada. Por el lado del faro
-la furia marina se manifiesta igual, y a lo largo de la vía que se
-extiende hacia la parte de la Caleta. Hablando en poeta diría que la
-espuma de los briosos caballos de Neptuno, o la hirviente leche de los
-rebaños que «carnerean» sobre la revuelta superficie, o bien el agitado
-jabón que mil colosales Nansicaas derraman de colosales artesas, llega
-alzándose, echando al aire saladas pulverizaciones, rompiéndose en las
-piedras, hasta salpicar los jardines que en floridas mansiones hay para
-encanto de hidalgos, ricos o adinerados extranjeros.
-
-He visto, a pesar de la mar brava, que los pescadores estaban sacando
-sus redes con gran trabajo. Me he acercado a ellos. Unos veinte hombres
-de cada lado tiraban, aprovechando la llegada de la ola, las cuerdas
-resistentes; y luego hacían esfuerzos para que la vuelta del agua no
-les quitara lo ganado.
-
-Poco a poco, bajo el sol y casi desnudos, hacen su tarea. A veces les
-bañan los espumarajos; a veces les hace retroceder la potencia del
-agua, y se entierran hasta más arriba de los tobillos, encorvados
-con la cuerda del hombro. Y parece que el monstruo está colérico,
-sin razón, como la fatalidad, contra esos pobres trabajadores del
-mar. Porque las cóleras del mar son así, como todas las cosas de la
-naturaleza, iguales para todos. La hormiga o el hombre, el acorazado
-o la lancha del pescador, son aplastados por la misma invisible mano,
-sorbidos por el mismo visible elemento, unidos en la destrucción, en la
-universal muerte. Thalasa no sabe si el rey loco la manda azotar, o si
-están allí los pies de ese otro rey para mojarlos o no. Ella vive en su
-misterio. Hace su eterna obra, cumple su destino infinito. Apenas si
-se comunica con los corazones que se acuerdan con la palpitación del
-suyo, con las mentes de los soñadores y pensadores que se hunden en lo
-insondable del tiempo y del espacio, con los buzos de Dios.
-
-La ronca mar sigue en sus vaivenes y en sus clamores furiosos, y los
-pescadores tiran de su «copo». Un grito señala el momento de unir
-el empuje. Entre los que trabajan hay ancianos, hombres robustos,
-adolescentes dorados de sol, niños que están aprendiendo los oficios
-del agua y del viento. Un capataz vigila. A lo lejos se recortan en el
-lejano horizonte las velas latinas que andan aguas adentro. Los colores
-del agua cambian. Aquí es el blanco lácteo de las espumas, en seguida
-un gris verdoso, en seguida verdeoscuro, luego verdepálido, luego azul.
-Y las voces del mar enojado son roncas, hondas, cuando se desploman los
-arcos de cristal y de ámbar, alborotadas como de muchedumbre al saltar
-los ramilletes enormes, las cascadas espumosas, y con ruido de sedas,
-de papeles que se rozan, de condor que se arrastra, del aire entre los
-ramajes de pinos de un bosque.
-
-Gracias a Dios. A pesar de la cólera del mar, a pesar del ímpetu de
-esas poderosas fuerzas, he aquí que los pescadores han sacado por fin
-el «copo», y más cargados de peces que otras ocasiones en que los he
-visto trabajar con viento propicio y Mediterráneo en calma. La red
-ha traído un buen por qué de calamares, sardinas, rojos salmonetes,
-pequeños y saltantes boquerones, un crecido, feo y amarillento pulpo.
-Los pescadores están contentos. Y me alejo pensando--asociación de
-ideas--en Wells, en Víctor Hugo y en N. S. Jesucristo.
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-[Ilustración: LA TRISTEZA ANDALUZA]
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-[Ilustración]
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-¿HABÉIS oído a un «cantaor»? Si lo habéis oído, os recordaré esa voz
-larga y gimiente, esa cara rapada y seria, esa mano que mueve el bastón
-para llevar el compás. Parece que el hombre se está muriendo, parece
-que se va a acabar, parece que se acabó. A mí me ha conturbado tal
-gemido de otro mundo, tal hilo de alma, cosa de armonía enferma, copla
-llena de rota música que no se sabe con qué afanes va a hundirse en
-los abismos del espacio. El «cantaor», aeda de estas tierras extrañas,
-ha recogido el alma triste de la España mora y la echa por la boca
-en quejidos, en largos ayes, en lamentos desesperados de pasión. Más
-que una pena personal, es una pena nacional la que estos hombres van
-gimiendo al son de las histéricas guitarras. Son cosas antiguas, son
-cosas melodiosas o furiosas de palacios de árabes... He oído a Juan
-Breva, el «cantaor» de más renombre, el que acompañó en sus juergas
-al rey alegre don Alfonso XII. Juan Breva aúlla o se queja, lobo o
-pájaro de amor, dejando entrever todo el pasado de estas regiones
-asoleadas, toda la morería, toda la inmensa tristeza que hay en la
-tierra andaluza; tristeza del suelo fatigado de las llamas solares,
-tristeza de las melancólicas hembras de grandes ojos, tristeza especial
-de los mismos cantos, pues no se puede escuchar uno que no diga muerte,
-cuchillada, luto, virgen penosa o nota crepuscular. A la orilla del mar
-he oído cantar a un mozo pescador, que descansaba junto a una barca; y
-su canción era tan triste, tan amarga, como las coplas de Juan Breva.
-Cantan lo mismo las muchachas frescas, rosadas de vida, que ponen
-claveles en las ventanas y que tienen un novio. Porque así son aquí la
-vida y el amor; todo lo contrario de lo que piensan los que sólo han
-visto una Andalucía a la francesa, de exposición universal o de caja
-de pasas. En verdad os digo que este es el reino del desconsuelo y de
-la muerte. El amor popular es inquieto y fatal. La mujer ama con ardor
-y con miedo. Sabe que si engaña al novio, le partirá éste el pecho y
-el vientre de un navajazo. «Una puñalaíta». Hace algún tiempo, en un
-florido patio malagueño, se celebraba una fiesta, y cierta gallarda
-moza se puso a cantar. Cantaba maravillosamente. De pronto cantó una
-copla que dice en dos de sus versos:
-
- ¿No hay quien me pegue un tirito
- en medio del corazón?
-
-Un loco, o un enamorado novio, estaba allí, y sacó una pistola, y le
-pegó el tiro, en medio del corazón. Estos salvajes amorosos son así.
-Antaño no habría sido pistola, sino gumía. Todos los poetas de estas
-regiones son dolorosos y excesivos, fatalistas, o violentos. Todos son
-amados del sol. Todos no: he aquí uno amado de la luna...
-
-En uno de estos crepúsculos de invierno, en que el Mediterráneo ensaya
-un aspecto gris que borrará la aurora del siguiente día, he comenzado
-a leer el libro de un poeta nuevo de tierra andaluza, el cual acaba
-de aparecer y es ya el más sutil y exquisito de todos los portaliras
-españoles. Al hojear su libro _Arias tristes_, lo juzgariais de un
-poeta extranjero. Fijáos más; es un poeta completamente de su tierra,
-como su nombre. Se llama Juan, como el Arcipreste, y Jiménez, como el
-Cardenal. Surge en momentos en que a su país comienzan a llegar ráfagas
-de afuera, sobre más de una parte derrumbada de la antigua muralla
-chinesca que construyó la intransigencia y macizó el exagerado y falso
-orgullo nacional. Quiero decir que llega a tiempo para el triunfo de su
-esfuerzo. Como todo joven poeta de fines del siglo XIX y comienzos del
-XX, ha puesto el oído atento a la siringa francesa de Verlaine. Mas,
-lejos del desdoro de la imitación y ajeno a la indigencia del calco,
-ha aprendido a ser él mismo--_être soi mème_--y dice su alma en versos
-sencillos como lirios y musicales como aguas de fuente. Este poeta
-está enfermo, vive en un sanatorio, allá en Madrid. Así, en su poesía
-no busquéis salud gozosa ni rosas de risa. Cuando más, a veces, una
-sonrisa, una sonrisa de convaleciente:
-
- Convalescente di squisitti mali...
-
-pero en la cual se insinúa uno de los más grandes misterios de la vida.
-Cuando Camille Mauclair, el crítico meditativo del «Arte en silencio»,
-se complacía en escribir versos, colocó un volumen de verbales
-sonatinas de otoño bajo la invocación de Schumann; Jiménez tiene como
-patrono de su libro musical y melancólico al melodioso Schubert. Antes
-de cada división de sus poemas, aparecen, a la manera de introducción,
-las notas de «El elogio de las lágrimas», de la «Serenata», de «Tú
-eres la paz». Se penetra así, a la influencia de la música, a uno como
-parque de dulzura y de pena en donde, al amor de la luna, un alma dice,
-como el ruiseñor, sus arias crepusculares o nocturnas. Nunca como ahora
-se ha cumplido el precepto de Pauvre Lelian: _De la musique avant toute
-chose..._ Ya antes dijo el celeste Shakespeare:
-
- The man that hath no music in himself,
- Nor is not mov'd with concord of sweet sounds,
- Is fit for treasons, stratagems, and spoils;
- The motions of his spirit are dull as night.
- And his affections dark as Erebus...
-
-Conozco de esos seres. Y veo, en cambio, a través de esta poesía de
-sinceridad y de reserva, a un tiempo mismo, la transparencia de un
-espíritu fino como un diamante y deliciosamente sensitivo. He aquí
-un lírico de la familia de Heine, de la familia de Verlaine, y que
-permanece, no solamente español, sino andaluz, andaluz de la triste
-Andalucía. Es de los que cantan la verdad de su existencia y claman
-el secreto de su ilusión, adornando su poesía con flores de su jardín
-interior, lejos de la especulación «literaria» y del mundo del
-arribismo intelectual. Su cultura le universaliza, su vocabulario es el
-de la aristocracia artística de todas partes, pero la expresión y el
-fondo son suyos como el perfume de su tierra y el ritmo de su sangre.
-Desde Becquer no se ha escuchado en este ambiente de la península
-un son de arpa, un eco de mandolina, más personal, más individual.
-Pudiendo ser obscuro y complicado, es cristalino y casi ingenuo. Se
-diría que tiene timideces de orfandad, como el Maestro--_¡priez pour
-le pauvre Gaspard!_--si no se viesen brillar a la luz de la luna las
-espuelas de oro de sus pies de príncipe, que estimulan los bríos de un
-pegaso joven y ardiente cuyas crines están húmedas de rocío matinal.
-El poeta dice, como la Ifigenia de Moreas: «Es dulce el sol», pero
-sus ansias y sus visiones están alumbradas por el _clair-de-lune_. Y
-hay allí en esos versos admirables y exquisitos, las mismas visiones
-y las mismas ansias que en las coplas populares que cantan las mozas
-enamoradas, y los sonoros, duros y aullantes _cantaores_. Allí está la
-irremediable obsesión de la muerte, de la podredumbre sepulcral, de
-los corazones partidos, de la tristeza matadora. Sólo que el artista
-tiene una cultura europea, y si no fuese su «acento» mental, no se le
-conocería el origen ni la patria, y sus arias podrían ser _lieder_
-germánicos o sonatinas parisienses que acompañaría la música de
-Debussy. Hay un olor a violetas. Hay paisajes entrevistos como por una
-ventana, cielos y campos de viñeta. Hay una gran castidad poeana, a
-pesar de los gritos de la vida; hay valles que tienen un ensueño y un
-corazón:
-
- El valle tiene un ensueño
- y un corazón; sueña y sabe
- dar con su sueño un son triste
- de flautas y de cantares,
-
-hay flautas pánicas, dulces flautas campesinas. ¡Deliciosos romances!
-
- Río encantado, las ramas
- soñolientas de los sauces,
- en los remansos dormidos
- besan los claros cristales.
-
- Y el cielo es plácido y dulce,
- un cielo bajo y flotante,
- que con su bruma de plata
- va acariciando los árboles.
-
-Ese romance suena a la música del divino Góngora; y para nosotros, los
-americanos, a la música de un rimador de encantos y de tristezas, de
-un adorable orfeo cubano, ha tiempo desaparecido. Esas notas las hemos
-oído en las cuerdas que acariciaba la mano de Zenea. Escuchad a Jiménez:
-
- Llora el ángelus de otoño
- la campana de la iglesia,
- un ángelus mustio, muerto
- entre la lluvia y la niebla.
-
-Recordad a Zenea:
-
- Baja Arturo al occidente
- Bañado en púrpura regia
- Y al soplar el manso alisio
- Las eolias arpas suenan.
-
-En todo el libro de Jiménez hay una, diríase, sonrisa psíquica, llena
-de la suavidad melancólica que da el anhelo de lo imposible, antigua
-enfermedad de soñador. Los que hablan de un arte enfermo, juzgo que
-se equivocan. No hay arte enfermo, hay artistas enfermos; y en las
-almas es como en la naturaleza. Hay maneras de expresión que da el
-obscuro destino. Los antiguos no andaban errados cuando hablaban de la
-influencia de los astros. Hay maneras de expresión que da el obscuro
-destino, y no exijáis a una pálida flor de lis que tenga los colores
-violentos de una rosa roja, ni modestia a la cola del pavo real, ni
-un solo de ruiseñor al papagayo. El poeta nace, sí; todas las cosas
-naturales nacen; lo que no nace es lo artificial. Así, no penséis
-en que Francis Jammes o Juan R. Jiménez harían mejor en pensar en
-el porvenir político de sus respectivas naciones, que en decir los
-sentimientos que brotan al calor apacible de sus dulces musas. No seas
-alegre, poeta, que naciste absolutamente amado de la tristeza, por tu
-tierra, por la morena y amadora y triste Andalucía; y porque tu sino te
-ha puesto al nacer un rayo lunático y visionario dentro del cerebro.
-
-Hay en este libro vagas reminiscencias literarias; por ahí pasa, un
-momento, un enlutado misterioso semejante al de la estrofa mussetiana,
-el enlutado «qui me ressemble comme un frère»; suena uno que otro
-acorde de fiesta galante--íntima, sin decoración ni preciosismo--y se
-alzan, bajo la claridad lunar, los chorros de agua de Lelian, «sveltes
-parmi les marbres». Y Febe, aquí; allá, más allá, siempre:
-
- Las noches de luna tienen
- una lumbre de azucena,
- que inunda de paz el alma
- y de ensueño la tristeza.
-
- Yo no sé qué hay en la luna
- que tanto calma y consuela,
- que da unos besos tan dulces
- a las almas que la besan.
-
- Si hubiera siempre una luna,
- una luna blanca y buena,
- triste lágrima del cielo
- temblando sobre la tierra,
-
- los corazones que saben
- por qué las flores se secan,
- mirando siempre a la luna
- se morirían de pena.
-
- Mi jardín tiene una fuente
- y la fuente una quimera,
- y la quimera un amante
- que se muere de tristeza...
-
-Hay de cuando en cuando, entre los sedosos romances, estrofas que
-hacen vibrar sus consonantes de armónica, sus acordes de ocarina. Lo
-preciso se junta a lo indeciso. Y el amor del astro en todos los siglos
-misterioso lo melancoliza todo. El poeta explicará su atracción: «Libro
-monótono, lleno de luna y de tristeza. Si no existiera la luna, no sé
-qué sería de los soñadores, pues de tal modo entra el rayo de luna en
-el alma triste, que, aunque la apena más, la inunda de consuelo: un
-consuelo lleno de lágrimas, como la luna. Los que os hayáis estremecido
-bajo las estrellas, oyendo venir en la brisa la sonata de un piano,
-sintiendo qué pobre es la vida entre la noche y ante la muerte, dejad
-caer la mirada sobre estas rimas iguales, de un mismo color, sin otros
-matices que los que en la noche surgen confusamente de los macizos
-del jardín, allá donde están las flores casi ahogadas en la negrura.
-Y soñad conmigo con las visiones blancas de siempre y con los poetas
-muertos: Enrique Heine, Gustavo Becquer, Pablo Verlaine, Alfredo de
-Musset; y lloremos juntos por nosotros y por todos los que nunca
-lloran.» Mirad con simpatía esa juventud que, en estos impudentes
-tiempos, tiene el franco valor de las lágrimas: _Lacrimabiliter_.
-Juzgad que ha elegido bien el patronato de Schuber. «Llave de plata de
-la fuente de las lágrimas», dice Shelley de la música. El poeta nuevo
-toca esa llave y hace caer el agua de la fuente una vez más. Así,
-Andalucía, entre todos tus tocadores de guitarra y de pandereta, entre
-todos los que hacen literatura alegre con tu color y tu exuberancia,
-te ha nacido un sonador de viola, de arpa, que sabe cantar, noble y
-deliciosamente, a la sordina, la recóndita nostalgia, la melancolía que
-llevas en el fondo de tu pecho. En tu copioso y fuertemente perfumado
-jardín lleno de claveles, ha abierto sus pétalos armoniosos una rosa
-de plata pálida espolvoreada de azul. Y yo tengo fe en la vida y en
-el porvenir. Quizá pronto, la nueva aurora pondrá un poco de su color
-de rosa en esa flor de poesía nostálgica. Y al ruiseñor que canta por
-la noche al hechizo de la luna, sucederá una alondra matutina que se
-embriague de sol.
-
-
-
-
-[Ilustración: GRANADA]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-HE venido, por un instante, a visitar el viejo paraíso moro. He venido
-por un ferrocarril osado, bizarría de ingenieros, hecho entre las
-entrañas de montes de piedra dura. He visto inmensas rocas tajadas; he
-pasado sobre puentes entre la boca de un túnel y la de otro; abajo, en
-el abismo, corre el agua sonora. Así el progreso moderno conduce al
-antiguo ensueño. Y cuando he admirado la ciudad de Boabdil, he tenido
-muy amables imaginaciones. He pensado en visiones miliunanochescas.
-He recordado el título del lírico libro del provenzal Aubanel: _La
-granada entreabierta_. Y he ideado las impresiones de la pequeña
-alma de una coccinela pequeñita que se pasease por una granada
-entreabierta... Va por la corteza rugosa que acaba en una corona, que
-ha sido flor roja como una brasa. Va, la pequeñita coccinela, por
-las durezas lisas o ásperas de la cáscara, hasta llegar al borde,
-desde donde se divisa el interior palacio de pedrería... Y los rayos
-solares ponen el encanto de los juegos de la luz en el corazón de la
-granada entreabierta; y la coccinela penetra entre las riquezas que se
-presentan a sus ojos, y se maravilla de ese esplendor, y luego sabe
-que el corazón de la granada es dulce como la miel. Como la almita
-de esa bestezuela de Dios mi alma. He mirado la corteza rugosa de la
-antigua capital mahometana, en un tiempo muy poco propicio, entre
-calles lodosas y bajo un cielo nublado; mas luego he ido hacia la
-parte entreabierta que deja ver el corazón de su historia y su propio
-corazón. Y he visto la pedrería fantástica de un arte exótico, amoroso
-y sensual. Y después, el sol ha brillado; y así, la encantadora ciudad
-se me ha mostrado primero brumosa y luego luminosa. Y sé que el
-corazón de la granada entreabierta es dulce como la miel.
-
-Razón tuvo el rey que lloró como una mujer... Es este uno de los países
-en que uno crearía, para una primavera sin fin, un jardín de ilusiones.
-Un «carmen». Carmen, verso... Jóvenes enamorados, parejas dichosas de
-todos los puntos de la tierra, si sois ricos, venid a repetiros que os
-amáis, en el tiempo de la primavera, a un carmen granadino; y si sois
-pobres, venid en alas de vuestro deseo, en el carro de una ilusión, en
-compañía de un poeta favorito... Verso, carmen.
-
-He tenido, por llegar en este frío Febrero, un singular gozo; estar
-solo en la Alhambra y en el Generalife. En otra estación, la afluencia
-de viajeros abruma y perturba, como en todos los lugares adonde
-puede guiar el rojo Baedeker. Pues es esta una de las ciudades más
-frecuentadas por los rebaños de la agencia Cook. Además, el guía,
-discreto, no ha pretendido instruirme evocando la sombra del erudito
-Riaño. Los rebaños de la agencia Cook, que van a dar de comer a
-las palomas de Venecia, a oir el eco del baptisterio de Pisa, y a
-reflexionar sobre la inclinación de la torre; los que andan en
-busca de la especialidad señalada en las guías, o narrada por los
-_commis-voyageurs_, ya se sabe lo que vienen a ver a Granada: los
-mosaicos y azulejos, que antaño destrozaba el turismo; la Alhambra
-anecdótica: «¡ah, cómo gozaban aquellos moros!»; _Chorro e Jumo_, el
-rey de los gitanos y los tangos de las gitanillas, en las cuevas, en
-donde se compran cestillas de mimbre y candiles de cobre. En otra
-ocasión y en otra parte, me he complacido en bailes de gitanas que
-bailaban maravillosamente, y he contado cómo el pintor Carolus Durán
-dejó caer en el corpiño de una pequeña Esmeralda un luis de oro. En
-cuanto al lamentable rey _fâlof_, vestido como los contrabandistas de
-la era romántica, con una indumentaria de comparsa de ópera cómica,
-«¡palojinglese!» le he mirado al pasar, a la entrada del palacio.
-Ya está muy viejo el pobre modelo de Fortuny, y vive apenas de las
-propinas anglo-sajonas.
-
-No me perdonaríais que a estas horas os resultase con el descubrimiento
-de Granada. Todos, más o menos, acariciáis el recuerdo de vuestro
-«último abencerraje», y si no, el yanqui Washington Irving os
-habrá, de seguro, conducido por estas encantadoras regiones. Pero
-no es posible poner el pie en este suelo atrayente, contemplar la
-decoración histórica de estos recintos de leyenda, sin hacer un poquito
-el Chateaubriand. ¿Quién no se siente en un caso igual poseído de
-ese tartarinismo sentimental, que sin que notemos a la inmediata su
-influencia, nos solidariza un tanto con los tipos de nuestras lecturas,
-con los personajes que nos han hecho pensar y soñar un poco, por la
-poesía de su vida, que nos liberta por instantes de la prosa de nuestra
-existencia práctica cuotidiana? Así, pues, no he de negaros que he
-evocado a la bella Lindaraja cerca de su mirador, que he lamentado una
-vez más la atroz expulsión de los moros, de aquellos moros cultos,
-sabios, poetas, con industrias hermosas y pueblo sin miserias. Desde
-la Alhambra se mira el soberbio paisaje que presenta Granada y su
-vega Deliciosa. A la derecha, la antigua capital, el barrio actual
-del Albaicín, con sus tejados viejos, sus construcciones moriscas,
-su amontonamiento oriental de viviendas; al frente, la ciudad nueva,
-en que la universalidad edilicia sigue el patrón de todas partes; a
-la izquierda, la verde vega, con sus cultivos y sus inmensos paños
-de billar; más acá, cerca de la mansión de encajes de piedra, los
-cármenes, estas frescas y pintorescas villas, donde los granadinos
-cultivan en los ardientes veranos sus heredadas gratas perezas, sus
-complacencias amorosas y sus tranquilas indolencias. En el fondo, la
-sirena coronada de blancura. En verdad se sienten saudades del pasado.
-Se comprende el entusiasmo de los artistas que han llegado aquí a
-recibir una nueva revelación de la belleza de la vida. Se piensa en
-los novelescos guerreros y amadores que vinieron del Africa cercana a
-anticiparse en este país espléndido un poco del cielo mahometano. Nadie
-ha vivido la poesía como esa misteriosa y pensativa raza de hombres
-tristes de amor y de fatalidad. Su arte labra esas mansiones de recelo
-y capricho con talento de abejas. La decoración viene de la naturaleza
-misma, de las líneas de florales, de las geometrías de la clara del
-huevo batido o de los cristales de la nieve. Su arco diríase imitado
-de las herraduras de sus caballos; sus columnas de los datileros, o
-de los tallos de las azucenas. Y hay algo de inaudito y de fantástico
-en todo esto, de manera tal, que vienen al pensamiento esas moradas
-ilusorias en que habitan los inmortales príncipes de los cuentos que
-cuenta la prodigiosa Scherezada. Y tan no puede separarse la poesía
-de estas mágicas arquitecturas, que sus decoradores y ornamentistas
-aprovechaban sus magníficas caligrafías para adornos, adornos que
-al mismo tiempo que los ojos con sus combinaciones y bizarrías
-de caracteres, halagan la mente con el sentido de las suras o la
-significación de los versos. Y ¿ese encanto del agua, transparencia,
-frescor, armonía, en los patios de mármol, para creyentes en cuya
-religión son obligatorias las abluciones, y ardientes poligamos en cuyo
-paraíso el primer premio es la limpia, perfumada, adolescente y siempre
-virgen belleza femenina?
-
-El agua por todas partes, en las copiosas albercas, en los estanques
-que reproducen las bizarrías arquitecturales, en las anchas tazas como
-la que sostienen los leones del famoso patio, o simplemente brotando de
-los surtidores colocados entre las lisas losas de mármol. Comprendían
-aquellos príncipes imaginativos que hablaban en tropos pomposos, que
-la vida tiene hechizos que hay que aprovechar antes de que sobrevenga
-la fatal desaparición. Fijáos en el significado de las inscripciones
-decorativas que a cada paso encontraréis: «Yo soy una esposa con las
-vestiduras nupciales, dotada de hermosura y perfecciones. Contempla el
-esplendor que me rodea y comprenderás la gran verdad de mis palabras.
-Mira también mi corona, la encontrarás semejante a la luna nueva. Ibn
-Nazar es el sol de este orbe del esplendor y la belleza. Permanezca en
-su elevado puesto sin miedo a la hora del ocaso. Mientras yo, llena
-de gloria por misericordia suya, publico siempre sus felicidades.
-Contempla este esplendor. Aquí se establece para administrar justicia a
-sus siervos. Siempre que de aquí se aleja, sus vasallos se entristecen
-de no encontrarlo. Pues por mi Señor Ibn Nazar colma Dios de beneficios
-a los que le sirven. Habiéndole hecho descendiente del Señor de la
-tribu de Jaxred Saad, hijo de Obada». ¡Gloriosos nazaritas y feliz
-Abul Walid Ismael! Y allí en dos nichos de la sala de Comares:
-«¡Alabanza a Dios! Yo deslumbro a los seres dotados de hermosura con
-mis adornos y mi diadema, pues los luceros descendieron a mí desde
-sus elevadas mansiones. Aparece el vaso de agua que hay en mí como un
-fiel que en la quibla del templo permanece absorto en Dios. A pesar
-del transcurso del tiempo, continuarán mis generosas acciones dando
-alivio al que tiene sed, y albergue al indigente. Pues por mí pasan
-las numerosas liberalidades de mi Señor Abul Hachach. Nunca dejan de
-brillar en mí sus resplandores, pues su luz resplandece aun en las
-tinieblas de la noche. Tallaron sutilmente los dedos de mi artífice
-mis labores, después de haber ordenado las piedras de mi corona. Me
-asemejo al solio de una esposa, pero soy superior a él, pues contengo
-la felicidad de los desposados. Aquel que venga a mí sediento, le
-conduciré a un lugar donde encuentre agua limpia, fresca, dulce y
-sin mezcla. Pues yo soy a manera del arco iris cuando aparece, y el
-sol nuestro Señor Abul Hachach. No dejen de vivir sus bondades tanto
-tiempo cuanto la casa del Excelso continúe concediendo los favores de
-la peregrinación». Por todos lugares encontraréis las alabanzas al
-dichoso dueño y morador, y, sobre todo, a Alah. Nada que contenga mayor
-filosofía que la divisa de los Alhamares: «Sólo Dios es vencedor».
-Para disfrutar tranquilamente de la magnificencia y suavidad de estos
-parajes y recintos, ninguna ayuda mejor que la tradición, eso que no
-está en los libros ni certifican los documentos. Así, al llegar a la
-pila en donde algo que se asemeja a una gran mancha sangrienta llama
-la atención del visitante, no escuchéis a los que os dicen que Ginés
-Pérez de Hita inventa, y creed firmemente en que esa oscura tacha de
-mármol es debida a las rojas degollaciones de que se habla en las
-leyendas de zegríes y abencerrajes. Y cuando estéis en el patio de
-Lindaraja, no pongáis atención a los arabizantes que os pretendan
-explicar la etimología del nombre y negar la existencia de la linda
-figura; antes bien: imagináosla muy rosada, muy blanca, muy ardiente
-para el amor, y con unos ojos almendrados, de negros mirares, como
-corresponde a una verdadera sultana de cuento. Los traductores como
-Lafuente Alcántara pueden serviros para saber que en la taza de la
-fuente, en ese patio, dejó un poeta estos pensamientos: «Yo soy un
-orbe de agua que se ostenta a las criaturas diáfano y transparente;
-un gran océano, cuyas riberas son obras selectas de mármol escogido,
-y cuyas aguas, en forma de perlas, corren sobre un inmenso hielo
-primorosamente labrado. Me llega a inundar el agua; pero yo, de tiempo
-en tiempo, voy desprendiéndome del transparente velo con que me cubre.
-Entonces yo y aquella parte de agua que se desprende desde los bordes
-de la fuente, aparecemos como un trozo de hielo, del cual parte se
-liquida y parte no se liquida. Pero cuando mana con mucha abundancia,
-sólo somos comparables a un cielo tachonado de estrellas. Yo también
-soy una concha, y la reunión de las perlas son las gotas. Semejantes
-a las joyas que la diestra mano de un artífice colocó en la corona de
-mi Señor Ibn Nazar, del que con solicitud prodigó para mí los tesoros
-de su erario. Viva con doble felicidad que hasta el día el solícito
-varón de la estirpe de Galeb, de los hijos de la prosperidad, de los
-venturosos, estrellas resplandecientes de la bondad, mansión deliciosa
-de la nobleza. De los hijos de la kabila de los Jazrech, de aquellos
-que clamaron la verdad y ampararon al profeta, él ha sido nuevo Saad,
-que con sus amonestaciones ha disipado y convertido en luz todas las
-tinieblas. Y constituyendo a las comarcas en una paz estable, ha hecho
-prosperar a sus vasallos. Puso la elevación del trono en garantía de
-seguridad a la religión y a los creyentes. Y a mí me ha concedido el
-más alto grado de belleza, causando mi forma admiración a los eruditos;
-pues ni jamás se ha visto cosa mayor que yo en Oriente ni en Occidente,
-ni en ningún tiempo alcanzó cosa semejante a mí rey alguno ni en el
-extranjero ni en Arabia». Salones, torres, ajimeces, bordadas piedras,
-aéreos calados, baños, jardines, miradores... Aquí encuentro que había
-Justicia; más allá que había Salud; más allá que había Belleza; más
-allá que había Placer. Eran sabios aquellos hombres de turbante; eran
-buenos, eran fuertes y eran artistas.
-
-Si la Alhambra es más grande, más suntuosa, más imponente, el
-Generalife es más cordial, más íntimo, más amable. «Delicioso para el
-amor», escribió en el álbum de la dulce mansión una mujer llamada
-D.ª Cristina Santoyo. D.ª Cristina sintetizó así todo lo que pueden
-hilar los literatos y rimar los poetas sobre este rincón hechicero.
-Yo no sé si la marquesa de Campotejar, dueña actual de esa maravilla,
-es joven; pero si no lo es, tiene que haberlo sido y que haber amado
-en este nido de ensueño; y, por lo tanto, haber tenido por escenario
-de su amor el que le envidiarían todos los reyes de la tierra. Cuán
-explicables son los entusiásticos arranques del viejo Dumas, en las
-cartas en que se manifiesta poeta y amoroso: «Lo que hay de maravilloso
-en el Generalife, señora, no son por cierto sus salas, sus baños, sus
-corredores, pues que esto lo encontraremos en la Alhambra mejor y más
-bien conservado; lo que es allí bello, maravilloso, son sus jardines,
-sus aguas, su vista. Permaneced, pues, en medio de esos jardines lo que
-os sea posible, señora; embriagáos con los perfumes que no encontraréis
-iguales, porque en parte ninguna se hallarán reunidos en un más pequeño
-espacio tantos naranjos, tantos jazmines, tantas rosas; impregnáos con
-la muelle frescura que despide el agua, porque tampoco en parte alguna
-veréis brotar tantas fuentes, despeñarse tantas cascadas, rodar tantos
-torrentes; y, en fin, mirad por cada abertura, que cada abertura es una
-ventana abierta sobre el paraíso. Y lo que más os seducirá, señora,
-es ese sabor de Arabia que ha quedado flotando en el aire». Yo he
-gustado ese sabor de Arabia desde que penetré por entre la doble fila
-de cipreses y entré por la baja y ancha puerta del Generalife. Buenos
-genios me amparaban en mi paseo solitario. Por guía tuve a la hija del
-jardinero, una preciosa niña de trece a catorce años, rubia y seria,
-que me enseñó el secular ciprés, bajo el cual se sentaba la sultana
-Zoraida, y el estanque, y los mirtos, y los rosales, y las salas en que
-en los viejos lienzos se representan los antiguos señores, y el gran
-árbol genealógico, y las galerías silenciosas en donde dan ganas de
-suspirar y de besar. ¿Para qué hablaros de lo demás? ¿Para qué deciros
-vulgares noticias de las guías, datos y fechas que os resultarían
-ridículos? ¿Para qué hablaros de la Granada actual, de la ciudad que
-hace política y en donde se pregonan las últimas noticias del conflicto
-ruso-japonés? He dejado Granada con pena, por su corazón de mármol
-labrado, por su viejo corazón, por sus divinas vejeces, que hace más
-adorables una naturaleza singular. Es uno de los pocos lugares de la
-tierra en que uno querría permanecer, si no fuese que el espíritu
-tiende adelante, siempre más adelante, si es posible fuera del mundo,
-«anywhere out of the world!» Y al dejarlo, han venido a mi memoria las
-estrofas de una romanza que en mi niñez oía cantar:
-
- Aben Amet, al partir de Granada,
- su corazón desgarrado sintió,
- y allá en la vega, al perderla de vista,
- con débil voz su lamento expresó...
-
-[Ilustración]
-
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-
-
-[Ilustración: SEVILLA]
-
-
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-
-[Ilustración]
-
-
-AUNQUE es invierno, he hallado rosas en Sevilla. El cielo ha estado
-puro y francamente hospitalario pasadas las primeras horas de la
-mañana. La Giralda se ha destacado en espléndido campo de azur. Luego,
-las mujeres sevillanas, entrevistas por las rejas que hay a la entrada
-de los patios marmóreos y floridos, dan razón a la fama. He visto,
-pues, maravilla.
-
-No sin razón es esta la ciudad de don Juan y la ciudad de don Pedro.
-Siempre la poesía, la leyenda, la tradición, os saldrán al encuentro.
-Estrella, el Burlador, el Monarca cruel, el Barbero... Por eso el
-grande y armonioso José Zorrilla se recomendaba aquí evocando el nombre
-de su Tenorio y de su Rey justiciero. El turismo viene, por moda, a la
-Semana Santa. Es decir, a pagar cuentas enormes de hospedaje, a dormir
-sobre una mesa de billar en veces, y a ver pasar las procesiones, entre
-católicos irreligiosos, santos macabros, cristos lívidos y sangrientos
-con cabelleras humanas. Al mismo tiempo, el viajero escuchará los
-gritos extraordinarios de las saetas y las carceleras. En el día
-aprovechará la buena ocasión para ir a ver a las cigarreras en la
-fábrica, con sus _deshabillés_ sugerentes; si ha leído _La femme et le
-pantin_, de Pierre Louys, tanto mejor; y volverá a su país diciendo que
-ha conocido el encanto sevillano. No, ciertamente, indiscutiblemente,
-el encanto sevillano está en otra parte. La Semana Santa y la feria
-son notas singulares, y las cigarreras ayudan al color local que se
-ha conocido en las lecturas; pero el alma de Sevilla no tiene gran
-cosa que ver con todo ese pintoresco reglamentario. Ni con eso, ni
-con el industrialismo y la vida comercial que puebla de barcos las
-riberas del Guadalquivir; ni aun con el batallón trashumante de toreros
-calipigios que se entretiene en la estrecha y retorcida calle de las
-Sierpes. El encanto íntimo de Sevilla está en lo que nos comunica su
-pasado. Su alma habla en la soledad silenciosa; así el alma triste de
-toda la vieja España. Dicen sus secretos las antiguas callejuelas en
-las horas nocturnas. Y nada es comparable a la melancolía grave de sus
-jardines, esos jardines que ha interpretado pictórica y magistralmente
-en melodías del color el talento excepcional y hondo de Santiago
-Rusiñol--ese «ruiseñor» de la fuerte Cataluña.
-
-¡Sevilla! Las injusticias de la fama no tienen gran fundamento:
-abominad la célebre calle de las Sierpes en donde existió un célebre
-café flamenco que se llamaba el Burrero...; abominad la manzanilla
-misma, que es un brevaje aceitoso y poco amable; abominad, aunque os
-gusten los toros, a los toreros fuera del coso. Pero adorad, extasiáos,
-para vuestro reino interior, en los jardines del Alcázar sevillano--,
-como en Aranjuez, como en la mágica Granada. De todo lo que han
-contemplado mis ojos, una de las cosas que más han impresionado a
-mi espíritu son esos deleitosos y frescos retiros. Ni las vetustas
-murallas carcomidas de siglos, que aún atestiguan el viejo poderío de
-los conquistadores romanos, ni los restos visigodos, ni la esbelta
-Giralda mauritana, cuyo nombre alegra como una banderola, ni la Torre
-del Oro a la orilla del río, ni las magnificencias del Alcázar, que
-renuevan en mi memoria las sensaciones experimentadas en la Alhambra
-granadina, nada me ha hecho meditar y soñar como estos jardines
-que vieron tantas históricas grandezas, tantos misterios y tantas
-voluptuosidades. La culpa la tiene en gran parte ese don Pedro que
-tenía tanto de don Juan...
-
-Cuando uno entra, a un lado de las galerías que llevan el nombre de
-aquel raro monarca que comprendía la belleza morisca, que tuvo mucho
-de oriental, mucho del Arum-al-Raschid de «Las mil y una noches», lo
-primero que conmueve es el más blando de los silencios, apenas turbado
-por el fino hilo líquido que cae de un surtidor en el ancho estanque de
-verdes aguas. El suave viento mueve el ramaje de dos grandes magnolias
-vecinas. Y entre rosales y arrayanes, se descienden dos graderías y se
-va a ver lo que se llama los baños de doña María de Padilla. Hay una
-grande y larga piscina, bajo bajas bóvedas góticas. Nada más. Pero,
-¿qué importa? Pintores ha habido que han intentado resucitar el sensual
-capítulo de la bella novela de vida. Quedáos al amor de vuestras ideas.
-¿No oís cantar los pájaros de la primavera? ¿No veis al monarca que se
-acerca entre las flores nuevas y lujuriantes? ¿No oís el ruido del agua
-transparente en donde el cuerpo sonrosado de la real querida forma a
-su rededor círculos de diamante? Ella ríe, el duro rey sonríe. Cerca
-hay palomas blancas y de plumajes que la luz tornasola; y un pavón
-de Oriente, vestido de orgullo, ostenta sus gemas, como un visir de
-fiesta. Ahí tenéis el encanto sevillano.
-
-Más allá iréis al jardín de la gruta, y allí los arrayanes forman un
-famoso y pueril laberinto; y en un rústico templete, bajo extraña
-bóveda, una blanca estatua de dos mujeres unidas por la espalda, arroja
-de sus cuatro pechos cuatro chorros de agua. Neptuno decorativo os
-saluda en el llamado jardín Grande, y en el del León hay señaladas
-huellas leoninas: _hic sunt leones_. Es en efecto aquí donde se
-conserva el cenador del césar Carlos V. Allí, entre los mármoles y los
-policromos azulejos y las maderas admirablemente talladas, las águilas
-imperiales guardan el orgullo de sus actitudes y recuerdan la presencia
-desvanecida de la soberbia y soberana persona.
-
-Cuando salís, lleváis una sensación imborrable.
-
-Como decía antes, por las calles os llamará siempre, con su callada
-voz, la tradición. En vano, en las vías estrechas, os hará pegaros a la
-pared el tranvía eléctrico. En vano los vendedores de antigüedades os
-querrán atraer con sus letreros en inglés. Por muy poco meditativos o
-poetas que seáis, tendréis que pensar en uno de los dos hombres-sombras
-zorrillescos, don Pedro o don Juan.
-
-Allá en la iglesia del hospital de la Caridad, me he inclinado ante
-nombres ilustres, de mosaistas, pintores y tallistas; bastará el solo
-de Murillo multiplicado en obras excelentes, como un Dios Niño que se
-apoya en el mundo, todo gracia, y un Moisés en que Bartolomé Esteban
-demuestra que celeste suavidad y pincel dulce no le impiden el dar
-cuando le venía en voluntad una nota de fuerza. Y luego el realista
-y macabro Valdés Leal, cantado en las labradas rimas de Gautier, que
-renueva en más de un cuadro el triunfo de la muerte, y las visiones
-cadavéricas de los frescos del camposanto pisano.
-
-Cuenta un cronista que al ver pintada tan a lo muerto la descomposición
-en el ataúd, dijo Murillo a su amigo el artista: «Compadre, esto
-es menester mirarlo con la mano en las narices». Mas, pasad a la
-sacristía. No os detengáis en la visión de San Cayetano, de Céspedes,
-ni en el San Miguel, de Roela.
-
-Ved ese retrato del tiempo viejo, ved ese caballero firmado por Valdés
-Leal y ved esa espada antigua, que en estos tiempos de ruines prosas
-no hay mano digna de tocar. Ese caballero orgulloso, cuya estatua se
-ha inaugurado recientemente, es un _révenant_, es un habitante del
-ensueño, es un vecino de la ciudad de la eterna ilusión, es un héroe de
-la poesía, un fantasma de capa y espada. Ese hombre es el asesino del
-amor y el campeón de la voluptuosidad. Es el Sr. D. Miguel de Mañara,
-celebrado en la inmortalidad del arte bajo el nombre de Don Juan. Y esa
-es su espada. Está en una sacristía, porque ya sabéis que el diablo
-cuando se hizo viejo se metió fraile.
-
-En la catedral mucho hay que admirar y las guías lo detallan; pero
-allí también, como en todos lugares, es el pasado el que os detiene
-con su historia o con su página legendaria. Así, de ese púlpito que
-encontráis en un patio, en donde predicaron varones ilustres como el
-vigoroso Vicente Ferrer, pasáis a las maravillas de las naves, en donde
-gloriosas paletas dejaron telas de valor y de renombre. Y la anécdota
-tradicional os espera asimismo por toda capilla y rincón, desde el
-colosal San Cristóbal, junto al altar de la Gamba, hasta el pequeño
-Niño Jesús, al cual llaman el mudo, obra de Montáñez. Y aquí llega la
-nota curiosa.
-
-Encontráis gentes de añeja devoción, a quienes dirigís la palabra,
-y que, por más que les habléis, no os dan contestación alguna. Esos
-son fanáticos que han hecho al niño rubio del altar la promesa del
-silencio por un tiempo determinado. En una de las capillas--y aquí la
-anécdota es moderna--está el famoso San Antonio, de Murillo, cuadro
-que fué mutilado por un visitante norteamericano, que creyó oportuno
-aislar el santo del resto de la composición para provecho propio.
-Sabido es que el cónsul español en Boston tuvo denuncia del paradero
-del fragmento pictórico y logró rescatarlo. Hoy, gracias al arte y
-habilidad de un pintor eminente, el cuadro aparece restaurado, y no se
-notan las señales de la amputación del robador yanqui.
-
-No os detendré ante las muchas obras artísticas y renombradas que aquí
-se guardan, pues son tantas y tales que hay libros de eruditos, como
-Cean Bermúdes, que están dedicados a ellos. Pero no dejaré de deciros
-que veáis cierto fúnebre monumento que está cerca del Cristóforo de
-Pérez de Alesio, el cual monumento es obra moderna y muy celebrada,
-compuesta de cuatro figuras que soportan una urna, y que seguramente
-os es familiar por las ilustraciones. En esa urna--¡descubríos!--están
-las cenizas, las discutidas cenizas de Cristóbal Colón, que antes
-estuvieron depositadas en la catedral de la Habana. Creo que el más
-impasible e indiferente de los americanos, no dejará de sentir así sea
-una vaga emoción delante de ese puñado de huesos. Hasta después podrá
-llegar la eterna Eironeia, y haceros comprender que no es muy grande el
-favor que nos hizo.
-
-La tarde estaba alegre y dorada cuando pasé el Puente de Triana para
-ir al barrio de ese nombre tan cantado en las coplas. ¿Diré que tuve
-más de una ilusión deshecha? Fuera de una que otra ventana llena de
-los tiestos usuales en toda Andalucía, y una que otra cara de cromo
-o de caja de cerillas, no pude satisfacer mi curiosidad de belleza
-sevillana. Vi mucho mozo de chaqueta y pantalón ajustado, haraganeando
-en las esquinas, no lejos de los muelles en que el sevillano trabajador
-suda en los afanes del tráfago moderno. Vi portales sin aseo y tiendas
-de salazones, y una diligencia a la antigua, que al lado del eléctrico
-tranvía iba cargada de gentes y maletas a alguna parte. Vi la Torre
-del Oro bañada del oro de la tarde, y el río de un color sucio
-amarillento; y a lo lejos las alturas que empezaba a borrar, a esfumar
-el crepúsculo. Y si no volví contento de Triana, puesto que quizás yo
-iba con la idea de un Triana fantástico, o imposible o demasiado a la
-francesa, tuve un desquite con la salida de una bella niña y una vieja
-dueña de una vieja iglesia. Doña Inés del alma mía y su inseparable
-guardadora.
-
-[Ilustración]
-
-
-
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-[Ilustración: CORDOBA]
-
-
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-
-[Ilustración]
-
-
-UNA modesta estación; un ómnibus que va mal que bien por la calle,
-sobre baches y fango.
-
-Mal tiempo. He ahí mi primera impresión en la ilustre y secular
-Córdoba. En cambio, los verdes naranjos, en los cercanos jardines,
-y flores a pesar del tiempo, me resarcieron del inicial desencanto.
-El hotel en que me hospedo da a la vía principal de la población,
-la alameda llamada del Gran Capitán, en memoria de aquel magnífico
-guerrero D. Gonzalo, cuya casa natal estuvo por este punto. Cuando la
-lluvia ha cesado y puedo salir, veo grupos de gentes estacionados en
-la alameda, el eterno grupo de ciudad española, que conversa y «mata»
-las horas.
-
-Fuera de este paseo, de que están orgullosos los habitantes, las otras
-calles son marcadamente típicas, descendiendo de la parte alta de la
-ciudad a la baja, o Ajerquia. No he podido menos que tener presente en
-mi memoria a la amable Córdoba argentina, a cada paso que he dado en
-la antigua Córdoba andaluza. No es que tengan nada de semejante, fuera
-del espíritu de la raza llevado por los hombres de la colonia, sino
-que el nombre imponía el recuerdo, y el haber sido centro de estudio
-y de saber en tiempos remotos esta ciudad abuela, como esa en no tan
-lejanos, continuando su tradición en los presentes. No son pocos los
-pergaminos de nobleza de la patria de Séneca y de Lucano, a la cual un
-latinista moderno hace declarar sus grandezas en clásicos exámetros:
-
- Illa ego sum quodam latialis gloria Roma
- cum dedit illa mihi quæ sibi jura dabat.
- Inter romanas sum prima colonia facta
- sola que patricio nomine clara fui.
- Deliciis fruor ipsa meis Montisque Marian
- ad cujus gremium dotibus aucta cubo...
- Piscosus me Boetis amat, me argentea cingit
- unda cabalino fonte sacrata magis, etc., etc.
-
-Y vaya esa transcripción de sabios metros en gracia a las dos Córdobas
-gloriosas, pues la de ese lado del mar también pudiera repetir con ésta:
-
- Mille mihi Senecæ, Lucani mille fuissenl,
- si mihi Mecoenas unus ab urbe foret.
-
-Decía, pues, que las calles de la población me han parecido de
-lo más característico, y con razón, pues según la monografía
-histórico-topográfica de Ramírez, «ni en su dirección ni en su anchura
-han sufrido alteración alguna sustancial desde los tiempos más remotos,
-y son, por lo general, como todas las de las poblaciones antiguas,
-estrechas y torcidas, o poco alineadas, por lo que es cosa digna de
-reparo que en el centro de la ciudad se encuentren algunas calles de
-mediana anchura». Yo, ni en Granada, ni en Sevilla, ni en Málaga, he
-encontrado ese ambiente de antigüedad de esta capital esclarecida y
-en una época foco, puede decirse, de la sabiduría universal. Y en la
-estrechez y soledad de las calles, la reja siempre, la ventana propicia
-al amorío de romance, los patios misteriosos que se entrevén. Si en
-un lugar, a modo de plazoleta, está el nombre de Séneca, y evocáis la
-memoria de aquel admirable filósofo y periodista _avant la lettre_,
-conocimientos mentales no tan viejos se os presentarán en esas casas
-de las vías angostas, y de las cuales suele brotar, inesperadamente,
-el eco de un piano. Allí puede muy bien vivir la señorita doña Pepita
-Jiménez; allá puede estar forjando sus ilusiones el doctor Faustino;
-y si no, en una o en otra morada puede haber nacido el ilustre D.
-Juan Valera, porque es sabido que, como Ambrosio de Morales y el gran
-Góngora, D. Juan es cordobés.
-
-De edades lejanísimas quedan en Córdoba huellas cesáreas. De César
-quedan, cuando después de ser cartaginesa fué romana. Como colonia
-patricia consta en las medallas y en los libros que fué notable. Y aun
-afirma uno de sus historiadores que, siendo pretor de las Españas
-citerior y ulterior Marco Claudio Marcelo, «la ciudad fué ampliada y
-ennoblecida con suntuosos edificios, y parece se hizo de moda en Roma,
-por aquel tiempo, poseer una quinta en los amenos campos de Córdoba».
-Hoy de aquellas grandezas quedan apenas lápidas, inscripciones
-monumentales, columnas miliarias, monedas de Augusto en que hay
-borrosos problemas para los numismatas, y un venerable puente, al que
-aún sostienen sus pesados arcos sobre el turbio Guadalquivir. Fué goda
-y luego árabe, y los islamitas la elevaron en verdad a su más alta
-potencia. Leer esa historia es penetrar en su vida cuasi fabulosa de
-capital imperial, de un imperio de cuento miliunanochesco.
-
-Hoy queda casi nada en comparación de los antiguos esplendores
-califales; pero lo que queda, la mezquita convertida en catedral y
-cuya transformación enoja a todo artista viajero, como D'Amicis, da
-idea de qué clase de cerebros cubrían aquellos prestigiosos turbantes.
-¿Qué sería aquella magnífica Rusafa, o huerto real, en donde el
-poderoso Abderramán I, que también, como buen oriental, era profeta,
-anticipándose al cubano José María Heredia el viejo, cantó a su
-compatriota la palmera, entonces extranjera en esta tierra? Y sobre
-todo, ¿qué escenario como de la historia del príncipe Camaralzamán y la
-princesa Badura, u otros príncipes en cuyas vidas se interesaba tanto
-Dinarzada, no sería la Azhara de Abderramán III, llamada así por el
-nombre de la favorita del harén? En verdad, pudo venir a habitar el
-palacio el rey Salomón en compañía de la reina de Saba. No os repetiré
-los datos algo prosaicos de cronistas cristianos como Díaz de Rivas;
-pero sí lo que refieren narradores árabes contemporáneos de aquel
-espléndido califa:
-
-«Las casas edificadas bajo un plan uniforme, con mucho gusto y
-magnificencia y coronadas de azoteas, tenían jardines plantados de
-naranjos, y correspondían a la grandeza y suntuosidad del alcázar a
-que estaban agregadas. En la construcción de este sitio real empleó
-Abderramán inmensos tesoros. Los obreros ocupados en la construcción
-eran mil, mil y quinientas las mulas y cuatrocientos los camellos que
-conducían materiales. Ayudáronle en la dirección de la obra los más
-célebres arquitectos de Bagdad, Tosthat y Kaiorán, y de Constantinopla,
-que le envió su aliado Constantino VI, regalándole al mismo tiempo
-cuarenta columnas de granito, las más hermosas que pudo encontrar.
-Pasaban de mil doscientas las de varias clases de mármoles que había
-hecho traer a gran precio de algunas provincias de España, de Francia,
-de Italia, Grecia, Africa y Asia. El exterior, así como el interior del
-alcázar, contra la costumbre de los árabes, estaba hermoseado con el
-mismo empeño y prolijidad que el resto del edificio, y en el interior
-se encontraba cuanto el arte ayudado de la riqueza puede producir de
-más bello y encantador. Las paredes estaban incrustadas de arabescos
-de mucho gusto, las ventanas y puertas eran de cedro adornadas
-de preciosas esculturas, y los techos pintados de azul celeste y
-esmaltados de oro.
-
-«Pero como era natural, nada llegaba al primor y riqueza que en
-el salón destinado para su morada había prodigado el califa. Los
-adornos de sus muros estaban formados de oro, perlas y otras piedras
-preciosas, y en varios sitios, según costumbre, se leían aleluyas
-alkoránicas. En una magnífica fuente de alabastro, que estaba en medio
-de la pieza, arrojaban agua por la boca varios animales de oro, y en
-su centro nadaba un cisne del mismo metal. Sobre la fuente pendía
-una perla de extraordinario precio que al califa había regalado el
-emperador León, de Constantinopla. El retrete donde estaba el lecho
-de la favorita, se veía cubierto por un artesonado revestido de oro y
-acero, y sembrado de piedras preciosas; y en medio del resplandor que
-despedían las luces de cien arañas, saltaba un chorro de azogue que
-cual plata líquida caía en un hermoso pilón de alabastro. Sobre la
-puerta principal del alcázar, se veía la estatua de la hermosa esclava,
-no sin indignación de los más severos musulmanes, que censuraban la
-impiedad del califa, que se había atrevido a representar la forma
-humana, contra el expreso precepto del Korán. Los jardines que rodeaban
-el palacio correspondían a lo demás en primor y belleza, pues la
-fantasía más fecunda había prodigado allí cuanto puede lisonjear los
-sentidos. Bosques de mirtos y de laureles se mezclaban con los olivos,
-cuyo verdor se retrataba en las cristalinas aguas de los estanques:
-animales raros vagaban encerrados en jardines dispuestos para este fin
-y aves de vistosos plumajes y agradable canto animaban tan encantadora
-mansión.» Al suspender esa descripción, no creeríais oir la voz de
-Dinarzada: «¿Hermanita, quieres contar uno de los hermosos cuentos
-que tú sabes?» De tales mansiones no se gloria hoy la más soberbia de
-las testas coronadas y solamente pueden contemplarse, con ayuda de
-la imaginación, en las renombradas narraciones que he citado y que
-ha sacado a la luz y al arte modernos la sabia voluntad y el talento
-admirable del Dr. Mardrus.
-
-Vagando de un punto a otro y perdiéndome a veces en el laberinto
-de esas calles orientales, he dado con fuentes, ruinas, un curioso
-monumento al ángel Gabriel, que, según tradición, ha librado a la
-ciudad repetidas veces de pestes, tempestades y calamidades, y por
-fin encontré lo único que verdaderamente atrae a los extranjeros: la
-mezquita. En este caso, como en otros, no cabe descripción alguna,
-pues muchas hay en las guías y en cien libros de viajes. Diré, sí,
-que me asombró este edificio de fe, como los otros edificios de amor y
-de guerra que dejaron en su amado Al-Andalus, y que uní mi voz a las
-mil que han lamentado la vandálica religiosidad de los católicos que
-creyeron preciso demoler obras del arte y afear el recinto de Alah para
-adorar mejor a Jesucristo.
-
-La selva de columnas, la profusión de los arcos, hacen pensar en
-lo que sería cuando no había tapiadas puertas y la luz penetraba
-lateral. Se diría una vasta petrificación de palmeras. Y gracias que
-aún queden joyas arquitecturales y de mosaico, cual ese prodigioso
-mihrab o sagrario mahometano, que es la admiración de los conocedores.
-Aunque hay en la parte de intrusa construcción española muy notables
-trabajos, como el coro, el visitante no tiene pensamientos más que
-para los islamitas, que sabían edificar tan bellas moradas de oración.
-Al entrar, da deseos de cambiar los zapatos por un par de babuchas, y
-murmurar que «sólo Dios es grande».
-
-
-
-
-[Ilustración: GIBRALTAR]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-I
-
-DESDE que llegué a Algeciras, sentí que ya no me encontraba
-completamente en España. No descendí en la estación, sino a la entrada
-del muelle, a un paso del Hotel Anglo-Hispano y del Hotel Reina
-Cristina, dos establecimientos ingleses. El tren llega hasta allí
-para comodidad de los ingleses. Desde luego la línea férrea entre
-Bobadilla y Algeciras es propiedad de una compañía inglesa. En el hotel
-me encuentro con que todo el mundo es inglés. En el salón de lectura
-casi todos los diarios son de Londres. Alguien me asegura que desde el
-Hotel Reina Cristina, que está construído en una altura y en el cual
-se eleva un largo mástil, se hacen señales semafóricas con Gibraltar.
-Al día siguiente tomo en el muelle inglés el vapor de la misma
-nacionalidad, que me conduce al Peñón.
-
- * * * * *
-
-Un malagueño que se llama Paquito y que es portador de una guitarra, va
-a bordo. Una joven miss se ha acercado a él y en muy buen castellano le
-invita a que le dé una lección al aire libre, sobre cubierta. Paquito
-se excusa. Luego, allá a solas conmigo, me hace sus confidencias.
-
---¡Vamos, que los ingleses no me agradan! Voy a Gibraltar por unos días
-a ganar un dinerito... A usted, si gusta, le invito para que me oiga
-tocar y cantar.
-
-La enorme mole se va agrandando sobre el fondo del cielo invernal.
-Se distinguen las casas escalonadas sobre la roca, y más tarde los
-muelles y escolleras; por todas partes el ir y venir de barcos, y, con
-ayuda del anteojo, las innumerables baterías, la floración de cañones
-que hacen del promontorio un inmenso panal de piedra y acero en que
-aguardan el momento propicio para lanzarse los enjambres de avispas de
-fuego que alborotará la mano de la guerra.
-
---¿Qué le parece, Paquito?
-
-Paquito alza los hombros, resignado. Después, a media voz, me canta,
-junto a la borda del barco, una canción, con ritmo de tango, cuyas
-patrióticas y desgreñadas estrofas, no por serlo dicen menos lo que
-siente el corazón popular.
-
- España fué la nación
- que más lauros conquistó;
- por la tierra y por el mar
- extendió su autoridad;
- al grito sacrosanto
- de Castilla y de León,
- clavaba en lo más alto
- su glorioso pabellón.
- Tiempo feliz que de fijo
- para siempre ya pasó.
- Al comparar la antigua situación
- con la actual, causa pena y dolor.
- De ira y de vergüenza
- deberíamos llorar
- al contemplar, y es la verdad,
- que nuestra dignidad
- manchada está
- desde que vió ondear
- la bandera inglesa
- en el Peñón de Gibraltar.
- Qué vergüenza da,
- que vergüenza da, y es la verdad.
- Aunque el mundo sabe
- que ese invencible Peñón
- hoy es inglés
- por una traición.
- Porque jamás pudo vencer
- el pueblo inglés al español,
- y en lucha igual, franca y leal,
- el Aguila se humilla ante el León.
- Pero ha de llegar
- el día en que volvamos
- nuestro Peñón a recobrar
- y ese día cerca está,
- y subiendo a lo más alto,
- y allí gritando ¡viva España!
- nuestro glorioso pabellón clavar.
-
-¡_Alas poor_, Paquito! Mientras das al aire suavemente esa cordial
-protesta, yo admiro a estos fuertes y temibles hombres. Este Peñón es
-el más vasto altar, el más colosal monumento de la conquista y de la
-guerra. Por un lado se impone dominante sobre España, por otro sobre
-Africa, y el Mediterráneo que vió en lejanos tiempos la omnipotencia
-latina, presencia hoy la omnipotencia de Britannia, sobre las olas--,
-_on the waves_.
-
- * * * * *
-
-El vapor atraca al muelle. Al pisar tierra, creo entrar en un cuartel.
-Las murallas, los fuertes, las amenazantes baterías de la altura están
-ante mi vista. Al entrar por una puerta de la ciudad, un soldado me da
-un cartoncito con un número y un permiso para circular por ella hasta
-el cañonazo de las doce. En una plazoleta, oficiales rojos enseñan el
-ejercicio a soldados kakhi. Una banda suena a lo lejos. Por fin, heme
-aquí en un hotel carísimo--parece que no hay de otros en la ciudad--y
-luego, en la calle, para aprovechar mi tiempo.
-
-Noto que, a pesar de todo, no se ha logrado desarraigar el idioma. Toda
-la gente habla español. En las vitrinas de las tiendas, los objetos
-están expuestos con los precios escritos en inglés y en español.
-Asimismo la moneda española circula, y se puede pagar una cosa,
-correspondientemente, en chelines o en pesetas. Mas la poderosa Roma
-moderna impone su sello. Hay algo de cada colonia que podéis observar
-al paso. Aquí un negro, más allá un hindú, que os vende labores de
-Persia y del Indostán. No os extrañarán, por la vecindad, los moros,
-y los muchos malteses y judíos en sus tiendas curiosas. Los tipos son
-marcadísimos. He visto en verdad y en una esquina, a Alí Babá. Y los
-cuarenta ladrones, entre ellos el cochero que me pasea; y a Shylock,
-junto a un sórdido mostrador, un Shylock como el que hace Novelli,
-todo vestido de negro. Pasan, en fiacres de toldos amarillos, soldados
-y oficiales, que se dirigen a los cuarteles. Veo, no lejos, humo de
-chimeneas, y oigo agitación de máquinas. Sobre todo se siente el peso
-de una consigna y la regularidad dura de la vida militar. Aquí se han
-de leer mucho los versos de Rudyar Kipling. Todos esos caras morenas de
-comerciantes de la India, sonríen al Tommy que pasa. Los judíos están
-contentos porque hacen negocio. Los gibraltarinos están satisfechos
-porque los negocios van siempre bien. Y los españoles vecinos, de la
-misma manera, pues hay aquí buen mercado para los productos que se
-importan. Por su parte, los militares llevan una existencia de lo más
-agradable, pues tienen desde «whisky-and-soda» hasta «music-hall», con
-estrellas de la Alhambra londinense, y cacerías en tierra española, con
-todo el confort y cuidado que un inglés pone en esas cosas.
-
- * * * * *
-
-Allá lejos, pasadas las puertas del lado sur del puerto--una española,
-otra inglesa, puertas gemelas que decoran sendos escudos, el uno
-del tiempo de la antigua dominación, el otro moderno--; más allá de
-los jardines que en la roca escueta han hecho florecer con bellas
-vegetaciones las activas autoridades, he ido a ver los trabajos de los
-grandes diques en construcción. Los trabajadores bullen en la inmensa
-escavación, afanosos. Se me dice que de algunos días a esta parte
-se han recibido órdenes de apurar las tareas. Se escucha el ruido
-de las dragas. Los pitos de vapor silban, las vagonetas cargadas de
-tierra corren, la multiplicada labor se siente incansable. Se ve que
-es la energía británica la que dirige. Hay aspectos imprevistos, de
-rincones floridos, cerca de las garitas y de los depósitos. El cochero
-que he tomado en Gunners Parade, me lleva hasta una de las baterías
-bajas, donde un enorme cañón rodeado de proyectiles, también enormes,
-amenaza al mar. Hay en las entrañas de la colosal roca vastos trojes
-de guerra, en previsión de posibles cercos, así fuesen los traídos por
-consecuencia de una liga continental.
-
-Hay cordones de bocas de fuego en las distintas salientes del Peñón.
-Y, a pesar de lo que se murmura contra la capacidad del ejército
-inglés, hay una admirable disciplina, y se ve que una inteligencia
-ordenada y eficaz ha precedido a todo el abastecimiento y defensa
-de ese formidable castillo natural sobre las olas. No soy perito en
-cuestiones militares, pero no sé hasta qué punto tenga razón un miembro
-de la Cámara de los Comunes, Gibson Bowles, en las afirmaciones hechas
-en un ruidoso folleto sobre la vulnerabilidad y debilidad estratégica
-de Gibraltar. Sin embargo, a la simple vista, no me parece de una
-imposibilidad absoluta que por el lado de tierra, un ejército audaz
-y bien dirigido pudiese llegar a tomar la gran fortaleza, apoyado
-por modernísimos cañones, que encontrarían el más estupendo blanco
-que imaginarse puede. Por esto es muy explicable la actitud celosa
-de Inglaterra que, cada vez que el gobierno español ha intentado
-fortificar su territorio por los lados peligrosos, ha protestado por
-medio del embajador en Madrid, y ha impedido toda probabilidad de
-futuros perjuicios. Por su parte, el almirantazgo y el ministerio de
-guerra londinenses tienen siempre buenos centinelas. De Rooke a White,
-todos los que han tenido mando en el Peñón han sido espíritus hábiles
-y meritorios soldados. Me parece que en los versos de Paquito el
-malagueño, hay profecías difíciles de cumplirse. En Highest-Pont, en
-The Galleries, en Signal-Station, hay muchos ojos vigilantes. Y cada
-día que pasa se va aumentando el número de cañones, el trabajo de los
-diques de carena y el arreglo y buen mantenimiento de los innumerables
-galpones, bodegas y depósitos de municiones y víveres. Hay talleres
-excelentes y cantidades de carbón crecidísimas. El nuevo muelle,
-concluído casi, es de primer orden, como los otros en construcción. Una
-lluvia de libras esterlinas amaciza y fortalece todo eso.
-
- * * * * *
-
-Difícil de abordar el gobernador, el secretario colonial, Mr. Evans,
-es en verdad tipo simpático y afable. Un mi compañero ocasional, Mr.
-Fox--sonriente zorro anglosajón, que viaja por placer y sport, y que
-ha recorrido todo el mundo, se hace lenguas del secretario.--«¿Y la
-guerra, Mr. Fox? ¿Y la guerra?»--«No sabe nadie lo que puede pasar.
-Pero Inglaterra es tan prudente como potente, y no crea usted que se
-precipite a causar conflictos, de los cuales no se puede calcular el
-terrible resultado. No obstante, la Gran Bretaña está lista para todo
-evento. El pueblo simpatiza con el Japón, más que por la alianza, por
-la antigua enemiga con el Oso. En cuanto al estado de la marina y
-del ejército, no crea usted a los pesimistas. Se ha trabajado y se
-trabaja. Sir Charles Beresford, no diría ahora lo que en época no muy
-lejana. Esta es la opinión del vencedor de Ladysmith y de su amable
-secretario». Miss Fox, que acompaña a su padre y que tiene los más
-lindos ojos azules en el más fino y sonrosado rostro, aprueba. Lo cual
-me hace, incontinenti, no tener ningún cuidado por la buena suerte
-asegurada de los barcos y soldados de su majestad el rey Eduardo.
-
- * * * * *
-
-En un solo día he visto pasar un hermoso crucero francés, tres barcos
-de guerra de otras nacionalidades y como doscientos vapores mercantes.
-Se espera pronto a la escuadra nacional. Además, el King Alfred y el
-Diadem, que de Singapoore se dirigen a Inglaterra. Y dentro de días, la
-visita del emperador de Alemania.
-
- * * * * *
-
-Mr. Fox me hace saber cosas interesantes y pintorescas. Hay un club
-Ladysmith que da bailes de máscaras en sus salones, situados en el
-Flat Bastion Road. El ejército de salvación, por su parte, predica el
-bien y pone en las calles los grandes letreros usuales, con máximas
-evangélicas y declamatorios consejos. Pero los oficiales que escuchan y
-siguen al pie de la letra la palabra de esos comisionistas del Señor,
-son pocos como los temperantes de tal o cual asociación. Prefieren
-entre el _hunting_ y el _tennis_, unas salidas gratas por el lado de
-la Línea, en donde hay cante flamenco, guapas mozas españolas y el
-consiguiente pale-ale y whisky de Escocia. Y aquí, en la ciudad armada,
-está el Empire, a la manera de Londres, con una London Variety Company,
-en que hay una «star» que se llama mademoiselle Vanmeeren.--«¡Soberbio,
-Mr. Fox!--_¡I think so, Mr. Darío, The Channel Fleet will thus find
-ample amusement for their evenings on shore!_»
-
-Miss Fox mira, distraídamente, hacia la costa de España, donde Tarifa
-semeja una ciudad sin vida. La banda ensaya, no lejos, todos los himnos
-nacionales habidos y por haber. Las sombras nocturnas se adelantan.
-
- * * * * *
-
---¡Allo, Mr. Darío!
-
---¡Allo, Mr. Fox!
-
---¿Una taza de té?
-
-Tomar una taza de té con Mr. Fox es un placer, cuando no da en hablar
-de cacerías y otros sports. Miss Fox le acompaña siempre, y toma parte
-activa en charlas sobre literatura, sobre ocultismo, sobre artes.
-
-Ambos son admiradores de Rodín, y se esfuerzan en convencerme de que
-los franceses no comprenden al gran escultor y los ingleses sí. Los
-ingleses y los norteamericanos, dice Miss Fox. Se celebra la poesía de
-Rudyard Kipling, algunas de cuyas composiciones, demasiado argóticas,
-confieso modestamente no comprender. Se trata del valor japonés, y no
-soy simpático cuando expongo mis simpatías por Rusia. Así, llegamos a
-tratar de la cuestión anglo-española, la eterna cuestión de Gibraltar.
-
---Los españoles, dice Mr. Fox, dicen que los Ingleses ocupan Gibraltar
-por una traición. Y a los japoneses se les acusa de traidores por
-causa del golpe por sorpresa que inició la guerra actual. ¿Qué guerra
-no es, en realidad, traidora? ¿Y qué cosa es traición, cuando se
-trata de guerra? Ahora bien, si los ingleses dejaran actualmente poner
-excelentes y modernísimas fortificaciones en el Fraile, en La Leña, en
-Camorro, en las Palomas y en otros lugares del litoral del estrecho,
-confiese usted que serían unos tontos. Puesto que usted ha leído al
-filósofo alemán de «Más allá del Bien y del Mal», no tengo que entrar
-en mayores disertaciones. Además el tiempo es oro.
-
-Miss Fox pone un poquito más de brandy en mi té.
-
- * * * * *
-
-Pronto he de dejar el Peñón, erizado de hierro y de muerte. Me he de
-dirigir a la vecina Africa, cuyas costas se divisan, alzándose en
-el fondo el grande Atlas. Mis amigos ingleses me dan una carta de
-presentación para un rico árabe, que reside en Tánger, y llevo además
-otra, del amable cónsul argentino en Málaga, para el administrador
-español de correos en la ciudad blanca.
-
-
-II
-
-En estos días ha habido, como muy a menudo, divertimientos alegres
-para los distinguidos oficiales de esta férrea guarnición. Persona que
-ha asistido a ellos, me celebra la distinción y las elegancias de las
-jiras sportivas. Ha sido un _fox hunting_ de lo más ameno y variado,
-después de gozar los invitados de la hospitalidad de Mr. Larios--, uno
-de la egregia familia que sabéis. Galopes animados hacia Salt Pans,
-por amables colinas, por Agua Corte; persecución de un zorro cerca de
-Polmones Village; amazonas animosas y bravos cazadores, que iban en
-caballos veloces; magnífica jauría;
-
- Van perros de fina raza,
- Cornetas de monte, en fin,
- Cuanto exige Moratín,
- En su poema _La Caza_.
-
-como diría, en los buenos tiempos en que hacía versos, el señor
-presidente Marroquín, de Colombia. Además de zorros, ha habido
-jabalíes, entre los cuales uno viejo y terrible que hirió gravemente
-a dos sabuesos. Nada os diré de las excelentes provisiones, siendo
-ingleses los de la partida. Hasta versos se han rimado, en los cuales
-se dicen bromas anglosajonas que tocan al «honorable secretario». He
-aquí esa muestra del humor britanocalpense:
-
- Oh where and oh where is the gallant «Hon. Sec.»
- Oh where and oh where can he be?
- There's no one to keep these bold «thrusters» in check
- No signs of E. M. can we see.
- We met at «the Farm» (sure 'twas after the Ball)
- And gossiped and «coffe-housed» there,
- And drinks (though the need of Dutch courage is small)
- While violets decket each dame there.
- _Chorus._--And there, oh yes there, was the genial «Hon. Sec.»
- His smile beaming broadly and bland
- As fietd money tickets he swift did collect
- By scores were they thrust in his hand.
-
-Eso, con otras estrofas más, se ha cantado con uno de esos joviales
-aires ingleses que habéis oído más de una vez. Así se divierten los
-militares que guardan la vasta fortaleza de rocas que humilla el amor
-propio de la Europa entera. Así se divierten, como en todas partes
-donde moran. Unos son enviados a la India, o a otras posesiones
-coloniales. Otros hay que viven aquí desde hace mucho tiempo. A veces
-suena un pífano, se oyen tambores. Un grupo de soldados pasa, solemne.
-Se lleva a enterrar a un compañero que quedará por siempre en el peñón,
-como están en el cementerio viejo, bajo túmulos grises, llenos de
-inscripciones, víctimas de Trafalgar... Pero son los amos de cuanto su
-vista abarca.
-
- * * * * *
-
-Como leyese las anteriores líneas a un mi amigo español que está en el
-mismo hotel que yo, sonríe amargamente.--«¿Usted no sabe hasta dónde
-llega la conquista de la libra esterlina y de los cañones del Peñón, en
-tierras de España, en tierra de nuestro D. Quijote? Pues escuche.» Y me
-lee unos recortes que saca de su cartera:
-
-«Junto a Algeciras los ingleses disponen de campos para jugar al
-«golf», de cotos para cazar, de huertas para recrearse. Apenas alguien
-necesita en Algeciras vender una casa, los ingleses la adquieren, y a
-buen precio. Pronto habrá en Algeciras más propietarios ingleses que
-españoles. Sin embargo, Algeciras, es como Gibraltar una plaza fuerte.
-Bien es verdad que esta condición no se halla justificada sino por una
-vetusta batería artillada por algunas piezas de las que se cargan por
-la boca; pero no importa, buena, o mala, Algeciras es una plaza de
-guerra, y como tal, está sujeta a reglas especiales, ni más ni menos
-que la plaza de Gibraltar.
-
-Sin extremar, como en Gibraltar se extreman--por ser allí la
-jurisdicción militar la única que rige--la dignidad, el honor, si
-todavía estos vocablos quieren significar algo en nuestra patria,
-debieran imponernos cierta línea de conducta. Entretanto, del propio
-modo que La Línea, El Campamento y Puente Mayorga son arrabales de
-Gibraltar, Algeciras se convierte paulatinamente en una dependencia
-del imperio británico. Hay una provincia inglesa que tiene por capital
-Gibraltar, y que comprende de hecho el Peñón, el Campo, Algeciras y
-todo el territorio hasta Tarifa por un lado, y de Ronda por otro.
-Es verdad que esta provincia tiene autoridades militares, civiles y
-judiciales españolas; pero quien gobierna efectivamente en ellas es el
-Foreign Office de Londres, y por mandato suyo, el general gobernador
-de la plaza de Gibraltar. Allí no se hace nada sin anuencia de los
-ingleses, en tanto que los ingleses hacen allí lo que les parece,
-seguros de hallar la aprobación tácita o la sanción legal de parte de
-España. La soberanía española en aquella región de la Península es una
-pura ficción. Conviene hablar claro y que lo proclamemos muy alto; es
-indispensable que España lo sepa: existe de hecho, enclavada en los
-dominios de la monarquía española, una provincia inglesa de Gibraltar,
-de la cual el Peñón es la cabeza y la ciudadela.
-
-Los ingleses se han creado intereses por doquiera, desde la margen
-del estrecho hasta la serranía de Ronda. Todo el mundo sabe lo que
-significa para los ingleses la fórmula «crearse intereses». La
-intervención activa de la Gran Bretaña en la colonia portuguesa
-de Lorenzo Márquez y la transformación de ésta en una especie de
-protectorado británico, débese principalmente al ferrocarril de
-Delagoa a Komati-Port, cuyo primer interesado es un súbdito inglés.
-Así también la zona recorrida por el ferrocarril de Algeciras a
-Bobadilla cae, según la teoría diplomática inglesa «dentro de la
-esfera de los intereses británicos». De ahí que conceptuemos este
-ferrocarril como una infamia, porque, una de dos: o esta línea
-aprovecha al país, o aprovecha a los ingleses: si lo primero, el más
-elemental patriotismo aconsejaba que se concediese a una compañía
-nacional, o por lo menos, no inglesa; si lo segundo, jamás, en manera
-alguna, debía haberse otorgado la concesión a quienquiera que fuera,
-y menos aun, a una compañía inglesa. Si los ingleses no se encuentran
-bien en Gibraltar; si el Peñón les parece incómodo y angosto; si la
-residencia en Gibraltar les es penosa, por la falta de campos, de
-espacio, de comunicaciones, ¡que se vayan! pero que no vengan a exigir
-de nosotros esas facilidades de que carecen. Desgraciadamente, para
-oprobio nuestro, esas facilidades las obtienen con creces; gracias a
-nosotros, Gibraltar reune para ellos todos los atractivos y todas
-las comodidades imaginables». Todo eso es la pura verdad, y mi amigo
-español me hace notar que se les ha dado y se les sigue dando hasta
-tierra. ¡Hasta tierra! Sí, se ha traído mucha tierra de España y la
-que se pisa, en el muelle nuevo, y más allá, es, ciertamente, «tierra
-española...»
-
-¿Y agua?
-
-Hay aljibes admirables en que se aprovecha toda el agua que cae en
-el Peñón; pero se trataba no hace mucho de concesiones de no sé qué
-fuentes de la sierra al lado de San Roque. Y ha habido un diputado a
-cortes que sostenía con entusiasmo esa concesión. «Gibraltar tiene en
-el parlamento español «sus» diputados. Los ingleses no civilizan nunca,
-corrompen, y el espíritu corruptor inglés se extiende como una lepra
-a muchas leguas a la redonda del Peñón.» No obstante... Podrán los
-ingleses no civilizar; más, desde Castellar, Ronda, y demás lugares
-que se van acercando a Gibraltar, de donde se desborda la invasión
-británica, advertís un aseo, una actividad, una higiene, un confort y
-un _pale-ale_, que muy poco tienen de españoles...
-
-No he encontrado en los habitantes de Gibraltar, originarios de
-familias españolas, un manifiesto deseo de volver a la antigua
-bandera... Se advierte que un nuevo espíritu se ha posesionado de la
-raza. Todo el mundo ama el trabajo y procura la actividad. He recordado
-la palabra del siempre citable Nietzsche: «Las razas laboriosas no
-pueden soportar la ociosidad. Fué un golpe magistral del instinto
-«inglés» santificar el domingo en las masas y hacerlo aburrido para
-ellas, a tal punto que el inglés aspira inconscientemente a su
-trabajo de la semana.» El domingo en Gibraltar, es como el domingo
-en Londres, o en cualquier ciudad anglosajona. Religiosa o no, la
-población se encuentra triste, opaca, sin movimiento, en un exceso de
-santificaciones.
-
-Todos los ciudadanos de Gibraltar que hablan español piensan en inglés.
-El Peñón está bien asido, como por las poderosas mandíbulas de un
-gigantesco bulldog. Este no soltará fácilmente, antes bien quiere
-avanzar, tierra adentro.
-
-Como he dicho, no se permite al Gobierno de España ninguna
-fortificación vecina. Inglaterra desea mantener el campo, tal como
-quedó establecido en 1810, cuando fueron volados los fuertes
-existentes. «De 1810 a acá, dice un escritor español, cuantas veces
-hemos intentado levantar las fortificaciones derruídas o construir
-otras, Inglaterra ha hallado medio de hacer obstrucción. Nuestras
-tentativas por recuperar en la bahía de Algeciras el rango a que
-tenemos derecho, o simplemente por organizar la defensa de nuestro
-territorio, corresponden a la segunda mitad del siglo XIX. El último
-proyecto, el que más nos interesa, puesto que se aplica a los modernos
-adelantos de la artillería y a las recientes innovaciones en el arte de
-la fortificación, lleva la fecha de 1900.»
-
-Los ingleses, por su parte, hacen perfectamente, pues una vez bien
-fortificada la parte española y artillada con cañones modernos, El
-Peñón estaría, dada una conflagración europea, en verdadero peligro.
-
-
-
-
-[Ilustración: TÁNGER]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-EN el _Gibel-Musa_, vapor inglés, después de tres horas de mar, llego
-a tierra mahometana. Desde a bordo ha comenzado para mí lo pintoresco
-con el amontonamiento, sobre cubierta, de moros y judíos de distintos
-aspectos, blancos, morenos, de ropajes oscuros o de vestidos vistosos.
-Había ancianos de largas barbas blancas, semejantes a los Abrahames
-de las ilustraciones bíblicas, y mocetones robustos, hombres de faces
-serenas y meditativas, mercaderes con morrales y cajas. Había rimeros
-de paquetes, armas, bagajes. Había pipas humeantes de cazoleta
-diminuta. Cabezas con fez, con turbante, con capuchón. Había animales.
-Un árabe de negra mirada iba cuidando su caballo. Un viejo de dulce
-y venerable aspecto acariciaba un cordero. Las inglesas del pasaje y
-unas norteamericanas de gorrita impertinente y rosados colores sacaban
-instantáneas, no sin la protesta de algunos de los africanos, que veían
-en tal acto un atentado contra el precepto koránico. Atrás quedaban las
-costas andaluzas. (¿No es allá, oh soberbio y famoso mulato, donde el
-Africa empieza más bien que en los Pirineos?). El mar estaba apacible,
-a pesar de las cóleras que le han sacudido los días pasados, y el
-firmamento de un azul pacífico. Poco a poco la ciudad fué apareciendo
-a mi vista, y antes, a un lado, las alturas que se extienden hacia
-el interior, en donde hormiguean las kabilas; y más allá, la casita
-blanca del nunca bien ponderado corresponsal del _Times_, Mr. Harris
-(¡perpetúe Alah su felicidad y sus días!), que en tantas andanzas se ha
-metido, y cuya cabeza ha sido deseada por tantos alfanjes de hijos del
-Profeta. Ese brillantísimo colega y Mr. Mac-Lean tuvieron que salir
-más que velozmente a causa de políticas aventuras, en las cuales estaba
-mezclado el sultán modernista, sportman Moulai-abd-ul-Aziz (¡que Alah
-le dé unos buenos tirones de orejas!), el cual no piensa más que en
-bicicletas y máquinas fotográficas, cosa que no había pensado el buen
-Loti cuando le vió niño en la corte de su padre.
-
-Por fin la ciudad se presenta, sobre el celeste fondo, la ciudad
-blanca, muy blanca, tatuada de minaretes verdes. Confieso que es para
-mí de un singular placer esta llegada a un lugar que se compadece
-con mis lecturas y ensueños orientales, a pesar de que sé que es una
-ciudad profanada por la invasión europea, adonde la civilización ha
-llevado, con escasos bienes, muchos de sus daños habituales. Por de
-pronto, he ahí la muchedumbre de intérpretes del hotel, de dueños de
-botes de desembarco que pretenden desollarnos en todas las lenguas
-posibles. Y ya en el muelle, después de pasar la aduana, muchedumbre
-de guías, y de los que el señor Echegaray llamaría, por no hablar como
-Quevedo, galeotos. ¡La aduana! Yo no sé que es lo que le dice en árabe
-a uno de los empleados de turbante y albornoz el intérprete que me
-conduce; pero, como en algunos países cristianos, no me han registrado
-el equipaje, y ha de costarme esa deferencia el consabido premio.
-Entro a la ciudad por una de las tres puertas juntas arábigas que hay
-en los muros blancos, entre una muchedumbre de albornoces, turbantes
-y babuchas, burritos cargados, cargadores que atropellan, mendigos
-que tienden la mano y dicen palabras guturales, amontonamientos de
-fardos, de cajas, de cargamentos de todas clases. Hacia la izquierda
-subo por una calle estrecha, y a poco estamos en el mercado, o Zoko
-Chico, punto en donde se encuentra el hotel en que he de habitar
-durante mi corta permanencia. A pesar de las tiendas europeas, a pesar
-de la indumentaria de los turistas y vecinos europeos, el aspecto
-de la ciudad es completamente oriental. Me siento por primera vez
-en la atmósfera de unas de mis más preferidas obras, las deliciosas
-narraciones que han regocijado y hecho soñar mi infancia, en español,
-y complacido y recreado más de una vez mis horas de hombre, en la
-incomparable y completa versión francesa del Dr. Mardrus: _Las mil
-Noches y una Noche_. Es que tras esta mezcla de árabes, de moros, de
-kabilas, de europeos, que constituye la población accesible, existe el
-misterio y la poesía de la verdadera vida de Oriente, tal como en los
-tiempos más remotos. Pues, como muy bien se ha observado, el Marruecos
-contemporáneo es siempre el imperio moro del siglo duodécimo, con
-su organización feudal, su lujo y sus artes exquisitas. Y comprendo
-la inmensa distancia que hay entre esos espíritus de creyentes y
-fatalistas musulmanes y las almas de Europa y América; entre esas razas
-del animal humano llenas de ferocidades, de noblezas, de arrojos, de
-vicios y de virtudes naturales, y las razas nuestras que el progreso
-y la civilización han llenado de artificialidad, de sequedad y de
-desencanto. El desdén inmenso que estos hombres sienten por nosotros,
-tiene su base principal en el concepto distinto de la vida que hay en
-su cerebro. Ellos no guardan, como los que somos cristianos, ciertas
-ideas del pecado que hacen dura y despreciable la vida terrestre, y en
-su inmortalidad teológica, no esperan ni premios ni castigos que vayan
-más allá de nuestra comprensión.
-
- * * * * *
-
-Salgo del hotel a dar mi primera vuelta por la ciudad, caballero en
-una mula mansa y vieja, en una silla morisca forrada de paño rojo. Me
-precede, en otra mula, el guía, un español que hace largos años reside
-aquí, y que conoce el idioma perfectamente. Me sigue, a pie, un morito
-vivaracho, de grandes ojos negros. Ambos llevan látigos; el guía para
-los moros del pueblo, que no se apartan del camino, y el morito para
-mi mula. Así pasamos por toda la larga y única calle que pueda merecer
-este nombre, hasta llegar al gran Zoko, o Zoko de Barra, el mercado
-principal. No nos detenemos, pues por esta vez quiero conocer los
-alrededores. No lejos están las casas en que habitan los cónsules,
-algunas con hermosos jardines y de arquitectura oriental. Más afuera,
-en los declives del terreno, o sobre graciosas colinas, hay otras
-construcciones en donde moran extranjeros. Después es la campaña. Hay
-profusión de áloes y tunas, lo que en España llaman higos chumbos, y
-datileros e higueras. Manchas de flores rojas y amarillas entre los
-repliegues del terreno, y gencianas y geranios. Todo lo ilumina una
-luz grata y cálida. No muy distante, advierto grupos de casas bajas,
-aldehuelas como sembradas en el seno de los valles, y de donde se eleva
-una columna de humo. Y sobre una altura, de pronto, la silueta de un
-jinete. Unos cuantos soldados entran montados en sus hermosos caballos
-y armados de las largas espingardas que se creerían tan solamente
-propias para las panoplias de adorno y las colecciones de los museos y
-armerías. Son de las tropas que vienen del interior, en donde una nueva
-insurrección se ha levantado de manera tal, que desde hace algunos días
-son escasas las caravanas que entran a Tánger, y, por lo tanto, sufre
-el comercio.
-
-La tarde cae y vuelvo al hotel.
-
-He bajado a la playa, allá lejos, en donde hay casetas de baño y pasan
-de cuando en cuando moros montados en sus burros, que vienen de no
-sé dónde, del campo vecino, de detrás de las alturas cercanas. Hay
-cerca un quiosco blanco y pintoresco, casas blancas de techos rojos,
-habitaciones en que ricos extranjeros se solazan enfrente de las aguas
-azules.
-
-Desde aquí se divisa una parte de la población; en algunos puntos
-jardines y arboledas; más lejos, murallones, las orientales
-construcciones cúbicas, construídas como en un vasto anfiteatro. Hay
-algunas de dos pisos, y tales rodeadas de otras bajas, con muchas
-puertas.
-
-Una que otra lancha se ve por ahí cerca en el mar quieto. Hay una
-grande paz. Por aquí deben habitar de esos ingleses y norteamericanos
-hábiles y curiosos que han sentado sus reales en esta tierra y han
-explotado y explotan el país comercialmente, o como dice un buen
-censor, que han hecho experiencias industriales e industriosas. Los
-chalets y moradas que hay cerca de mí, muestran todos los aspectos de
-nuestras mansiones de ricos occidentales.
-
-A poco rato de vagar, he aquí que sale de una de las casas una bella
-dama rubia, mientras en lo interior suena un piano. Pongo el oído
-atento a lo que tocan. Es algo del _Otello_ de Verdi. No está fuera de
-lugar.
-
-Un caballero español me presenta a Mohamed-Ben-Ibrahim, moro de
-letras, que ha viajado por Francia, Italia y España, y que conoce
-perfectamente, para ser moro, la literatura española. Es un tipo
-elegante, quizá demasiado europeizado, que a su traje flotante y
-soberbio ha agregado una magnífica leontina hecha por un platero
-madrileño, y un reloj suizo, de cincelados oros, con campanilla de
-repetición, que se complace en hacerme oir cuando paseamos... Me
-habla del poeta Zorrilla y me recita versos del maestro. Me pregunta
-si Zorrilla sabía árabe y, como yo resueltamente y creyendo decir la
-verdad, le digo que sí, su contentamiento es grande. Mohamed no ha
-perdido mucho de su carácter nacional a pesar de sus viajes y de su
-confesado afecto por las mujeres cristianas, sobre todo por esas huríes
-singulares de París. Él continúa en la completa fe de sus mayores, y
-es un mahometano practicante que no olvida, a la hora señalada, su
-plegaria, con la mirada hacia el punto cardinal en donde la ciudad
-sagrada se encuentra. Pero no es suficientemente ortodoxo... Hemos
-entrado en un bar, o cosa por el estilo, que hay cerca de mi hotel,
-y allí Mohamed se ha mostrado demasiado afecto a una bebida nacional
-británica, muy usada por los célebres rumíes Harris y Mac Lean...: el
-whisky-and-soda. «Amigo Mohamed, le digo, tengo una vaga sospecha de
-que vuestro profeta no os ha dicho precisamente que el vino es bueno, y
-menos el whisky». Mohamed sonríe, pero no con irreverencia occidental,
-antes bien como quien va a decir una cosa de razón a quien la ignora.
-«Es cierto que él peca, porque le gustan mucho no solamente el whisky,
-sino los vinos de España, y sobre todo el champaña que aprendió a
-saborear en los bulevares parisienses, y cierto moscato espumante
-de que la admirable Italia le dió muestra exquisita, pero él es un
-creyente que conoce muy bien su religión, y las condiciones que hay que
-llenar para que los pecados sean perdonados y sea abierto el mahometano
-paraíso. El peca, y luego va a la Meca.
-
-No ha faltado, desde hace tiempo, una sola vez a la consagrada
-costumbre, obligatoria para todo buen musulmán, y así Alah le reconoce
-digno». Esto dicho, Mohamed bebe su licor escocés con fruición y vuelve
-a hablar de poesía. A este propósito me confía que se ha atrevido a
-hacer versos en español, y me recita algunos, no más malos que los
-de tales incircuncisos que yo me sé. Me cuenta que hay marroquíes y
-tunecinos que cultivan la literatura castellana, y me pondera a un su
-amigo de Túnez, llamado Abul Nazar, de quien me recita unos versos a
-la Giralda sevillana, que le habrían satisfecho a Zorrilla, por moros
-y por zorrillescos. Abul Nazar, como Mohamed-Ben-Ibrahim, siente en
-verdad que el alma del autor de _Granada_, era, siendo tan católica,
-enormemente sarracena. Los versos de Abul Nazar, son los siguientes:
-
- Giralda, alminar gentil
- En que la belleza mora,
- Eres cautiva señora
- En extranjero pensil.
-
- Yo te llevara a un paraje
- Que fuera harén opulento,
- Donde regalase el viento
- Tus alharacas de encaje.
-
- Vieras con el ajimez,
- Que ojos finge de tu cara,
- Las lejanías del Sahara,
- Los bosques de Mequinez.
-
- Sobre cielos carmesíes
- Las huríes,
- Aun más blancas que el marfil,
- Se apostaran por mirarte
- E imitarte
- En tu apostura gentil.
-
- Desde tu altura sonara
- Dulce y clara
- La canción del Muëzín;
- Te abanicaran palmeras
- Y tuvieras
- De rosas blando cojín.
-
- ¡Quién abrochara tu talle
- De mi valle
- Con el nardo embriagador!
- Y a tu pecho floreciente
- Diera ardiente
- Cálido beso de amor.
-
-¿Qué más morisco y qué más zorrillesco? Ese son de guzla es ciertamente
-una oriental que se intercalaría sin detonar, entre las del autor de
-_Tenorio_ o las del injustamente olvidado padre Arolas.
-
- * * * * *
-
-Anoche he estado en el principal café moro. Por una puerta estrecha que
-da a una angosta callejuela, se entra al no muy espacioso recinto. Hay
-tapices para los del país, y mesitas para los visitantes extranjeros.
-Mi amigo español y yo nos sentamos en una de las últimas. Había cerca
-de nosotros varios franceses y señoras inglesas. Un mozo de rojo fez
-nos sirve en pequeñas tazas el café ya azucarado y sin colar, como es
-uso y como lo solemos tomar los aficionados en París en el restaurant
-judío-oriental de la rue Cadet. La atmósfera está cargada, pues no son
-pocos los fumadores. Unos fuman el tabaco solo, y otros mezclado con
-cáñamo indiano. De pronto inicia la orquesta--¡la orquesta!--un son de
-los suyos... La orquesta se compone de ocho o diez músicos que tocan
-los más inverosímiles violines y violones. Veo un solo violoncello
-europeo tocado por un morenote barrigón que mueve todo el cuerpo
-cuando toca. Es un solo motivo repetido una, dos, innumerables veces,
-motivo triste, lánguido, hipnotizante; y como no andan muy acordes
-todos los que ejecutan, da la disonancia persistente, a veces, cierta
-angustia. ¿Qué impresión hay en mí? En verdad, vuelve a cada paso,
-por la escena iluminada por las lámparas de cobre, por el ambiente,
-por los tipos y sus indumentarias, la reminiscencia miliunanochesca;
-pero también pienso que no es la primera vez que escucho ese aire
-monótono y veo esas singulares figuras. A la idea de cuento árabe se
-junta entonces el no lejano recuerdo de la Exposición de 1900. Me
-regocija un tanto, por el lado poético, el que esto esté en su centro
-y lugar, aunque me amargue mi contentamiento el notar que todo se hace
-para satisfacer la curiosidad y recibir las pesetas del turista, del
-perro cristiano. Las cuerdas chillan rozadas por los arcos curvos, y
-de las cajas sonoras, hechas unas en forma de zuecos, salen las voces
-gimientes. A esto acompañan varios guitarrones a manera de laúdes, con
-labores de nácar incrustados, y a todo se unen las voces cantantes de
-los músicos mismos, entre los que hay jóvenes y viejos, abundando
-entre los últimos siempre los rostros bíblicos, las caras de viejos
-profetas aullantes.
-
-Hay que salir de ahí para librarse de la repetición dolorosa y llorosa
-del motivo oriental, que llega a causar malestar en los nervios.
-
- * * * * *
-
-El canto o más bien recitado del muezzin, es de esas cosas que no
-se olvidan cuando se las oye. En lo profundo de la sombra nocturna,
-o a la hora del crepúsculo, o bajo la maravillosa luna que brilla
-sobre zafiro celeste, su voz, en un ritmo repetido y único, confía al
-viento y promulga al mundo que Alah es grande. Esta campana humana
-que llama a la oración y que recuerda a las razas más creyentes del
-orbe la omnipotencia del Dios poderoso, es de lo más impresionante
-intelectualmente que se puede todavía encontrar sobre la faz de la
-tierra, de la tierra árida de destrucciones mentales, seca de vientos
-de filosofía, y que casi no halla en donde resguardar el resto de las
-creencias y de amables ilusiones divinas que han sido por tantos
-siglos el sostén y la gracia del espíritu de los pueblos.
-
-Flaubert afirmaba, que si se golpeaba sobre las cabezas bellas y graves
-y pensativas de estos africanos, no saldría más que lo que hay en un
-_cruchon sans bière ou d'un sepulcre vide_. Yo he oído salir de estos
-cerebros--quizá de los menos europerizados que en mis pocos momentos
-africanos he conocido--pensamientos serios y ocurrencias interesantes.
-No porque ellos tengan un punto de vista diferente del nuestro en la
-vida, en el progreso y en la esperada inmortalidad, dejan de mostrar
-una sensatez y largas vistas que muchos cristianos desearían. Son
-excepciones, es cierto; pero no hay que olvidar que esta raza tuvo en
-jaque a Europa y encendió lámparas al mundo cuando había enseñanza en
-Córdoba, y gloria en Granada y en Bagdad.
-
-El zapatero que tiene su taller en un miserable tenducho, os dice
-razones discretas y, sobre todo, os trata con toda la urbanidad
-apetecible, desde luego que entráis bajo su techo. Esos remendones
-de babuchas son curiosísimos, y, según mi intérprete, hacen entre la
-morería, como los barberos de nuestras civilizaciones cristianas:
-charlar de los sucesos que pasan y entretener o impacientar al cliente
-con sus conversaciones. En este caso, pues, el silencioso vivir de la
-raza, tiene su contraparte...
-
- * * * * *
-
-Día de mercado. El gran zocco es un vasto cafarnaum, un hervidero de
-colores y de figuras bizarras, una colección rara, para el extraño, de
-escenas pintorescas.
-
-He aquí las caravanas en reposo, después de haber cruzado el desierto
-para traer las mercaderías de lejanas comarcas. Los camellos, que
-hasta hoy había visto tan sólo en jardines zoológicos, en la bohemia
-de los circos errantes, los camellos, feos y misteriosos, cantados
-tan bellamente en los versos de Valencia, están aquí en su ambiente
-y bajo su cielo, unos echados, otros de pie, tristes, esfíngicos,
-jeroglíficos...; y junto a ellos, sudaneses de carbón, beduínos de
-gestos fieros, entre bultos y amontonamientos de cosas heteróclitas.
-Más allá, mulas, caballos desensillados o con las consabidas monturas
-rojas. Y un mundo de gentes diversas, un andante museo de biología
-comparada, y una variedad de vestimentas y de tintes que sorprenden e
-interesan. Aquí está un moro berberisco, con su capucha calada que le
-cae atrás en pico: su traje que se asemeja a una clámide con mangas
-que le llegan a medio brazo, y el aire poco reservado, en su cara que
-llamara campechana si no relampagueasen de repente instintos terribles
-en sus pupilas. Lleva las piernas desnudas, la barba afeitada, los
-pies descalzos. Luego un kabila ceñudo, rapado el cabello por delante
-hasta formarle una calva sobre el apretado y corto pelo negro; los
-ojos crueles, la boca voluntariosa bajo un bigote escasísimo. Luego un
-árabe rubio casi, de mirada soñadora y barba fina, y un árabe moreno,
-de cara afilada, mentón puntiagudo que prolonga la barba negra, cráneo
-alargado, gesto autoritario y siempre duro. Luego negros colosales;
-¿senegalenses? ¿abisinios? ¿sudaneses?
-
-Perdonad mi escasez de antropología en tan curiosas sensaciones
-africanas; mas lo único que os diré, es que como esos gigantescos
-negros eran, o deben haber sido, los que cuidaban los molosos y los
-leones de la reina de Saba. Los vestidos hacen sus juegos de color en
-la plaza hormigueante. Ya es el jaique blanco, ya el jaique rosado,
-ya el jaique verdoso, ya el jaique obscuro o leonado; ya el amplio
-albornoz majestuoso, ya los mil turbantes de varias formas. Veo
-turbantes rojos en el centro, y alrededor blanquísimos, en un pesado
-retorcimiento de telas, turbantes blancos de centro negro, turbantes
-todos negros y turbantes todos blancos; y unos que parecen hechos
-con camisas viejas y otros que parecen gordas trenzas de fulares de
-lujo. Una tela es áspera y pobre; otra os da idea del gran señor que
-la lleva, por los tejidos de oro que brillan en la ondulante seda o
-preciosa lana. Hay albornoces que indican una categoría. Hay babuchas
-ricas y babuchas miserables.
-
-A tal comerciante le veo una leontina semejante a la de mi amigo
-Mohamed-Ben-Ibrahim, y un rostro que parece haber pasado por el
-pecaminoso ambiente de París. Si irá también con frecuencia en
-peregrinación a la Meca... Y paso entre este mundo tan diferente al
-mundo en que he vivido, con la sensación de estar en un ambiente de
-fantasía. En este lado, un moro vende dátiles en confitura; más lejos
-unas galletas de apetitoso aspecto; más allá, dulce de no sé qué fruta;
-más allá habas; acullá aceitunas, y almendras, y pan del país hecho de
-un trigo especial que llaman _dura_.
-
-Luego, son unos ambulantes vendedores de babuchas y cueros, curtidos,
-de colores vivos, orfebrerías y tejidos de oro de Fez: _chiarenas_, y
-jaiques hechos a mano. Y en sus tenduchos, otros mercaderes aguardan
-indolentes a los compradores de sillas de montar, de turbantes, de
-arneses, de puñales, de hierros y aceros distintos, de vasos y jarras.
-¿Y las mujeres? Yo no he visto sino tales envoltorios blancos, pobres
-viejas, que como todas las mahometanas, tenían el pudor oriental de la
-cara. A una jovencita alcancé, en un descuido, a verle el rostro, por
-un lado; era hermosa, mas me pareció que estaba tatuada en la mejilla.
-Mirad si un artista, en estas tierras, tiene en donde ver vida aparte,
-seres aparte, y soñar su sueño, aparte...
-
-Caminando llego hasta un grupo de gentes que ven a un encantador de
-serpientes. Más lejos, unos _aissaouas_ hacen sus sabidas terribles
-proezas. Al son de unos roncos tambores golpeados por las manos de sus
-dos compañeros, el salvaje brujo comienza a mover la cabeza primero,
-luego el busto, luego todo el cuerpo, sin mover los pies, en una
-danza de cobra, de adelante atrás o de un lado para otro. Los moros
-le miran en silencio. Uno de los tamboreros echa en un brasero cierto
-polvo resinoso, que produce fuerte humareda, en la cual, sin dejar
-su rítmico vaivén, mete la cabeza el _aissaoua_ y aspira con fuerza.
-Diríase que se hipnotiza y que se anestesia. A poco toma un puñal agudo
-y se traspasa un brazo, una mano, una oreja, la lengua; ase a puñados
-brasas que uno ve que queman, pues se siente un repugnante olor a carne
-asada...; se echa de barriga sobre un sable afiladísimo y se le ve en
-la piel una herida que brota sangre...; se mete una especie de cuña en
-la órbita de un ojo y el globo sale fuera, horroroso...; ase varias
-víboras que dicen ser venenosas y se deja picar en los labios, en el
-cuello, en la lengua... Los tamboreros siguen su son, al que agregan
-un canto nasal y chillón. Para final, el brujo feroz toma un poco de
-paja, la da a examinar a la asistencia como nuestros prestidigitadores,
-la enrolla, la hace una pelota entre sus ásperas manos, sopla en ella y
-la paja se enciende y arde sobre sus palmas hasta que se consume. Los
-concurrentes le dan unos cuantos ochavos y la función concluye para
-recomenzar más tarde.
-
- * * * * *
-
-Al retirarme veo en otro extremo de la plaza, que forma un declive,
-gran muchedumbre sentada en el suelo silenciosa. Frente al grupo
-de albornoces, jaiques y turbantes de colores, se alza un árabe de
-negra barba, todo vestido de blanco, tipo, en verdad, hermoso y
-aristocrático. Habla, recita. Mi intérprete me explica: «Es el poeta
-que cuenta cuentos». Viejos, muchachos, hombres, le escuchan como a
-quien trajese noticias de reinos extraordinarios, de países de ilusión.
-Bello es el espectáculo al armonioso brillar del sol de la tarde sobre
-los hombres, sobre las vestiduras, sobre las cercanas casas cúbicas y
-blancas. El poeta, el narrador, dice con entonaciones admirables, en
-su gutural y ronca lengua, sus historias, sus cuentos. Y hay algo en
-su declamación del modo de recitar de los actores franceses. Cuando
-concluye, todos desfilan ante él y le dejan su óbolo.
-
-Y al partir y al despedirme de ese lugar y de este país en donde jamás
-un tholva leerá un libro de Nietszche, vuelve a mi memoria el libro
-maravilloso, el libro glorioso, a quien se debe tanta magia, tanto
-color, tantas sanas alegrías y visiones interiores, el adorable _Alf
-lailah oua lailah_--_Las mil noches y una noche_--que empieza: «Está
-referido--pero Alah es más sabio y más cuerdo y más bienhechor--que
-había--en lo que transcurrió y se presentó en la antigüedad del tiempo
-y el pasado de la edad y del momento--un rey entre los reyes de Sassan
-en las islas de la India y de la China...»
-
-
-
-
-[Ilustración: VENECIA]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-ESCRIBIR sobre Venecia, insistir sobre Venecia... ¿todavía? Bien se
-pudiera, para nosotros, sobre todo, con un poco del montón estético
-ruskiniano, con Molmenti, con los mil de la bibliografía veneciana,
-hacer, al uso del fácil literaturismo, una labor de pintorescos
-retazos, como del viejo traje de Arlequín, desecho de los últimos
-carnavales... No en mis días. Uno podría aparecer de repente que me
-dijese: «Eso es de Ruskin», o «es de Molmenti». Os doy mejor lo mío,
-mis impresiones, mis instantáneas intelectuales, a toda luz, para que
-todos las comprendan y las vean. Esto me atrae desde hace ya tiempo las
-simpatías de las excelentes personas que gustan de la claridad y de la
-sencillez...
-
-Así, pues, guardo mi flauta y mi violín, que me habrían servido para
-ejecutar vagas rapsodias en esta ocasión, y digo simplemente que
-estoy en Venecia, de nuevo, y que, desde la misma ventana del hotel
-Bellevue, por donde me asomaba hace cuatro años, veo la misma joya
-bizantina de San Marcos, las palomas, la plaza, con el Campanile
-de menos, y los ingleses eternos, que van a visitar la iglesia, el
-palacio, y a dar de comer a las palomas... La primera vez me enamoré
-de Venecia con locura: hoy, creo que estoy siempre enamorado de ella,
-pero haría un matrimonio de conveniencia... No porque la juzgue muerta,
-como Maurice Barrés, porque Anadiómena no muere, sino por las malas
-frecuentaciones y relaciones que ha tenido; no por su decadencia,
-sino por su profanación. Profanación del peor vicio cosmopolita que
-viene a flotar en góndola, para dar color local a sus caprichos; del
-ridículo literario de todas partes, que escoge como decoración de
-insensatez estos lugares divinizados por la poesía y consagrados por
-la historia; del dinero anglosajón y alemán que vulgariza los palacios
-y las costumbres, del turismo carneril que invade con sus tropillas
-todo rincón de meditaciones, todo recinto de arte, todo santuario de
-recuerdo. Esto se ha convertido, ¡oh, desgracia! en la ciudad de los
-Snobs, en Snobópolis. Y es el peor snobismo existente el que aquí
-se da cita. ¿Sabéis que podéis encontrar en el Danieli aristocracia
-adventicia, falsa y pentapolitana? Chiflados de todas partes vienen
-a querer convertirse en ruiseñores y a creer que hacen brillar la
-renovación de grandes nombres. Periodistas ricos y novelistas de
-París, de Londres, de otras partes, vienen a vivir dos meses de novela
-pseudosentimental que les dé para ponerla en una serie de artículos,
-en un volumen... Pintores de rezagado romanticismo enfermos, o de
-ultrahisterismo, rematados, _ainda mais_ llenos de ideas morbosas,
-llegan a proyectar telas y a realizar escándalos de que los Esclavones
-sonríen y la Piazzeta se conmueve, aun... Tal novelista bulevardero,
-busca aquí temas o decorado, para sus escenas, para su literatura
-asfaltita. Y las siete lámparas de la Arquitectura no se apagan, y las
-Piedras de Venecia siguen impasibles.
-
-...Piedras de Venecia, ¿quién diría vuestros encantos, vuestros
-misterios, vuestros maravillosos secretos, vuestras floraciones de
-idea y de arte? Muchos lo han dicho--y el mejor, y el último, ese
-inexcusable D'Annunzio... Y he aquí que D'Annunzio se me asemeja a esa
-prodigiosa Venecia... ¿Raro? No sé. Vamos a ver.
-
-Venecia, la poética, la soberbiamente dulce, la celeste Venecia--decía
-yo a un amigo mío, compañero de viaje, mientras la góndola nos
-conducía en esas aguas soñolientas cuyo paludismo se mezcla a tanta
-reminiscencia intelectual... Y me esforcé en hacer todo lo posible
-para presentarle, en cortas frases, una monografía veneciana, una
-imagen pequeña como en un pequeño espejo, de la soberana y magnífica
-república, del poderío antiguo, de la maravilla de sus grandezas
-comerciales y políticas, de su vida artísticamente real y práctica, y
-cruel y terrible y poética y sangrienta. Le cincelé en poca prosa un
-Puente de los Suspiros... Le hice ver el Canalazzo, casi en verso, con
-estrofa por palacio... Le diluí, con mi mejor manera, la dulzura de
-amar y el ardor de amor, en ese ambiente. Le hice sentir a Giorgione, y
-adorar el Ticiano, a su manera. Vió de oro, de mármol y de sol amable
-la ciudad de silencio, de amor y de crepúsculo. Saqué mi violín... En
-esto llegó, en otra góndola, un agente de una casa de cristalería y
-muebles... Fuimos a los almacenes. Vimos muchas cosas de todas clases
-y hubo que comprar. Había una Venus de mármol, cristales finísimos y
-pacotilla... Recordé un cuento de Julio Piquet, a propósito de un lindo
-vaso. Hubo que hacer sumas... Hablamos en inglés... El agente hacía
-señas al vendedor, para su comisión... Afuera brillaba un bello sol
-sobre el gran canal... Eso es D'Annunzio... ¿y qué?... Eso es nuestro
-tiempo. Eso es nuestra vida actual. Eso es: pompa y oropel, brillo y
-negocio...
-
-...La negra góndola va por el agua negra y mal oliente. Relucen sus
-adornos dorados. Va entre las viejas puertas, las paredes viejas y las
-rejas de las famosas prisiones. El gondolero no deja de enseñarme su
-lección de historia hasta que le pido silencio. Va la negra góndola.
-Sale al gran canal. La tarde es literaria. El sol va adorablemente
-dorando con oro violeta las aguas, y con oro rojo pálido la cúpula
-de San Giorgio... La luz, el paisaje, la armonía suprema natural, el
-horizonte «histórico», el aire melificado por siglos de besos de amor,
-los poetas que por aquí pasaron, los duxes, los conquistadores... ¡Qué
-hermoso escenario para veinte años vírgenes y una lira! Yo tengo casi
-el doble, y sin palma; y el instrumento apolíneo creo que se me quedó
-en Buenos Aires...
-
-Llego al Lido en momentos en que puedo presenciar un lamentable
-espectáculo. D. Carlos de Borbón y su esposa D.ª Berta de Rohan,
-bajan a tierra, de su barquilla a vapor, o a gasolina, una especie de
-automóvil marítimo. Hace años os he hablado, con respeto y simpatía, de
-ese rey en el destierro... Hoy le veo y me parece que no le ha limado
-el tiempo. Su D.ª Berta--«¡Rohan soy!»--es la misma. El aspecto del
-monarca _in partibus_ es el mismo, y su humor que se transparenta por
-sus maneras, pintado admirablemente por Luis Bonafoux, debe ser el
-mismo. Y _César_, el perro, de que hablé también hace ya tiempo, sigue
-siempre al lado del amo, símbolo de la carlista fidelidad.
-
-Conozco la mayor parte de las repúblicas nuestras, con sus extrañas
-políticas movidas desde los palacios presidenciales y casas de
-distintos colores, y llego a este propósito a recordar la ocurrencia
-que en una revista francesa expresó un chispeante escritor argentino,
-Luis B. Tamini: ¡Los pueblos latinoamericanos unidos en un gran imperio
-o reino, y proclamado y coronado señor, D. Carlos de Borbón! La broma
-da que pensar, sobre todo, si se han leído los versos en que un poeta
-y diplomático del Perú, el distinguido Sr. Chocano, dice con su épica
-trompa:
-
- Ve a Porfirio I: si él es fuerte y es grande,
- Grande y fuerte es su pueblo. Y él nos da la lección.
- Quien le diga tirano, ya sabrá que en América
- Los rieles que se clavan son los grilletes de hoy.
-
-Yo no sé lo que dirán de eso mejicanos poco entusiastas por los rieles
-del presidente Díaz, como el escritor Ciro Ceballos. Mas volviendo a
-D. Carlos, no me uniría yo a la proclamación que inicia Tamini, desde
-que le he visto salir de su lanchita a vapor en las playas de ese Lido
-por donde vaga el recuerdo de Byron. Le he visto, con su esposa, ella
-muy elegante, muy parisiense, él muy sportman, muy inglés, con su
-sombrerito de paja y doblado el ruedo de los pantalones, como es de uso
-entre la correcta gente británica. Hasta allí todo va perfectamente.
-Mas ¿esa banderita española que parte los corazones, en la popa de
-la lanchita automóvil? ¿Y esos marineros, vestidos como comparsas
-de zarzuela patriótica, con cintas amarillas y rojas en vestidos y
-sombreros?... ¡Oh, Daudet, oh, Voltaire!
-
- * * * * *
-
-Llevo en la obscura barca el libro en que Barrés, cultivando siempre su
-yo, realiza preciosas páginas de amable filosofía. Y me fijo en las que
-hablan de «las sombras que flotan sobre los ponientes del Adriático».
-Es una la del sereno Goethe, otra la del sentimental Chateaubriand,
-otra la del borrascoso lord Byron, dos unidas, las de Musset y George
-Sand; otra la del pintor suicida, Leopoldo Robert; luego la de Taine,
-la de Gautier, la de Wagner. Pienso que esas sombras tienen mucha
-culpa, con los evocadores de ellas, de que la encantada ciudad pueda
-justamente ser denominada Snobópolis. Desde más de un honesto burgués
-atacado de mal de novela vivida, hasta los equívocos Aldesward, se
-acogen, quién al amparo de la sombra de Musset, quién a la de Wagner.
-Solamente a la del sesudo Taine sospecho que la dejan tranquila.
-
-...¡Musset, George Sand! Acaba de publicarse la correspondencia de ese
-famoso par de románticos, y no por pura indiscrección del encargado de
-la publicación o de las familias respectivas, sino por póstuma voluntad
-de aquella terrible señora, que pensó en el futuro, en que la humanidad
-del porvenir tendría interés en saber sus intimidades poco delicadas,
-y la estupenda situación del _ménage à trois_ sentimental y físico que
-sostuvieron su inaudito carácter y su extraordinario temperamento.
-Sand, Musset, Pagello... ¡Da pena leer esas cartas, pena por el pobre
-Musset, jovencito, soñador, alcoholizado, y en manos de semejante
-literata! La literatura los unió, y Pagello, que no entendía de
-literaturas, aparece allí como el más interesante bruto. Él es el único
-que está en la vida. A los dos curiosos amantes, apenas el velo de oro
-de la gloria alcanza a librarlos del ridículo. Ellos mismos fueron
-snobs _avant la lettre_.
-
-Oigo, por la noche, en el silencio de los canales, bajo el taciturno
-cielo, como eco de cantos. Vuelvo a la góndola y me dirijo hacia en
-donde, en una gran barca adornada de farolillos de colores, suenan
-violines y flautas y guitarras. Allí, una graciosa muchacha, acompañada
-por los instrumentos, canta sus canciones. La barca está rodeada
-de góndolas, y todos los que han llegado atraídos por la armonía,
-escuchan. Hay allí seguramente espíritus de pasión, almas de ideas; y
-hay allí, seguramente, de los cosmopolitas de Snobópolis. Hay quienes,
-silenciosos, sueñan su sueño, y quienes se engañan a sí mismos, en una
-aventura de farsa, en una comedia amorosa, artística o literaria. De
-todas maneras, es éste aún uno de los lugares de la tierra en donde,
-los enamorados del amor o de sus visiones, pueden encontrar un refugio,
-a despecho de los profanos invasores. _Aunque se quiera, no puede
-haber un automóvil._ No hay más que el de D. Carlos sobre las aguas...
-Se puede también apartar por momentos, mejor que en ninguna parte, la
-dolorosa realidad cotidiana. «El único medio eficaz de soportar la
-vida, es olvidar la vida», dice el ya citado M. Taine. Aquí se puede
-gozar de ese olvido, pues Venecia, todavía, a pesar de los judíos de
-las fábricas de vidrios, a pesar de los clientes del café Florián,
-a pesar de los estetas de larga cabellera, es un país de sueño y de
-ilusión, un reino florido de versos y de melodías. Y la belleza de las
-mujeres venecianas, consagrada en rimas y en cuadros magistrales, con
-sus gloriosas cabezas que Ticiano amaba, está allí, indestructible,
-atractiva, demandando la ofrenda del canto y el tributo del amor. Amor
-que inspiran, no terribles y estrepitosas Pentesileas de letras, como
-la ilustre jamona del lírico de _Las Noches_, sino prodigios de gracia
-y de decoro juveniles, primaverales, como aquella divina y casi impúber
-condesa que adoró a Byron, la Guiccioli, cuyo nombre vibra en la noche
-del tiempo como un trino de italiano ruiseñor.
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-[Ilustración: FLORENCIA]
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-[Ilustración]
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-UNA vuelta por la Cascine, una recorrida al Lungarno, un saludo a
-Miguel Angel, una reverencia a Dante, y después de subir por la puerta
-Romana a respirar el dulce aire en que se recrea la vegetación florida
-que rodea al amable San Miniato, descender por este suelo que hollaron
-los pies de Beatriz, hacia la ciudad. Luego, pasar por las venerables
-construcciones de dominó, detenerse un rato en el Gambrinus, e ir
-en seguida a un restaurant, en donde no se coma a la francesa, y en
-donde se balancee en su armazón de níquel el grande y panzudo frasco
-de purísimo vino toscano. Es un buen programa para turista que va de
-prisa. Si sois artistas, esta ciudad es para largas permanencias, para
-venir a pintar un gran cuadro, vivir una bella vida, escribir un gran
-libro..., aunque fuese uno más en la inmensa bibliografía inspirada por
-la vieja urbe florida de los lirios y de las rosas.
-
-Por la noche he ido al teatro en que cantan la Paccini y Bonci. Aquí no
-se exige el traje de etiqueta. Es algo así como si se diese a entender
-que lo que en otras partes es función extraordinaria y singular
-divertimiento, aquí es espectáculo natural y propio. Se está en casa de
-la Opera, de confianza.
-
-Magnífica orquesta, concurrencia, en donde brillaban hermosísimos ojos
-de luz negra, o de ardientes resplandores azules; copiosas cabelleras
-de heroínas d'annunzianas, y un ambiente de comunicativa alegría. Y son
-los viejos _Puritani_, los que se cantan. Gloria a la música antigua,
-a la melodiosa ópera romántica, a los maestros que nos deleitan sin
-fatigarnos mucho el cerebro, con el «vapor del arte». Las músicas
-nuevas y sabias son para la cabeza; las que encantaron a nuestros
-abuelos son para el corazón. Feliz quien puede todavía gustar de esos
-goces de antaño, y salir del teatro con la imaginación fresca, el alma
-alada, como respirando un recién cortado _bouquet_ de ilusiones, y,
-como en el encanto de pasados recuerdos, o en la esperanza de amor aún,
-tarareando una romanza que aún no han alcanzado a ajar los callejeros
-organillos.
-
-
-PEQUEÑA ÓPERA LÍRICA
-
-Por la mañana, después de leer los versos de un poeta joven y ardoroso,
-R. Blanco Fombona, he tenido una singular soñación, de esta manera...:
-«En cuanto a la persona del autor de esta «Pequeña ópera lírica», diré
-que es un antiguo conocimiento mío. Lo vi la primera vez en casa del
-cardenal de Ferrara, en Roma, y allí nos presentó en términos amables
-y corteses, messer Gabriel Cesano. Juntos visitamos frecuentemente en
-sus horas laboriosas al insigne Benvenuto Cellini, a quien solíamos
-acompañar, algún tiempo después en la ciudad de Florencia, cuando
-salía de paseo y aventura, durante cuatro días que allí permaneció.
-Benvenuto lo tenía en estima y cariño, porque mostraba un gentil
-hablar, una gallarda figura y un ímpetu brillante para cosas de placer
-y pendencia, además de sus relaciones con las musas, docto en finas
-rimas, finas dagas y finas palabras. Desrazonábamos a la luz de la
-luna, a las orillas del Arno. Él tenía a veces súbitos arranques
-de intransigencia y ponía yo como escudo paciencia fuerte, para no
-acabar tanto intelecto de amor en choque y sangre. Mi mayor edad me
-daba más tranquilos argumentos. Las discusiones eran sobre Cristo
-Nuestro Señor, sobre el poder de Venus, sobre el mérito de un salero
-de oro. Me solía repetir sentencias de graves pensadores y exámetros
-de sensuales poetas. Fraternizábamos en Epicuro, pero yo creyendo
-siempre en Jesús santo, y él no. Me repetía con frecuencia un apotegma
-del sesudo y honesto Marco Aurelio: «En general, el vicio no daña al
-mundo, y en particular no daña sino a aquel que no puede abandonarlo
-cuando quiere.» Tenía las más suaves y amables maneras y las más
-inesperadas y agresivas sonrisas. Una noche, en una hostería, apaleó
-a un mozo, se armó camorra, sacó la espada, llegó la justicia, yo me
-escurrí. Sus frecuentaciones eran de todas guisas. El mismo día en que
-me presentó a un grande de España, le vi hablar con gentes equívocas.
-«La vida es eso», contestaba a mi extrañeza. Era gran partidario
-de los Médicis y amaba sobre todo a Lorenzo, porque era poeta y se
-apellidaba el Magnífico. Apenas había comenzado a vivir verdaderamente,
-y ya quería escribir el diario de su vida. Era injusto, porque la
-juventud es pasión y la pasión no es justicia. Yo le observaba con
-nuestro gran Benvenuto: «Tutti gli uomini d'ogni sorte, che hanno fatto
-qualche cosa che sia virtuosa, o si veramente che le virtù somiglie,
-doverieno, essendo veritieri e da bene, di lor propria mano descrivere
-la loro vita: ma non si doverrebe cominciare una tal bella impresa,
-prima che passatto l'età de quarant'anni». Partió a Flandes; llegó
-a París y fué favorecido por el rey Francisco. Tuvo una riña con La
-Primatrice a causa del Cellini, e hirió gravemente a un mal enemigo,
-por lo cual fué a prisión. Seguía siempre el cultivo de su individuo,
-y el de los versos, y el de su fresca y valiente vida. Concluía una
-carta suya que recibí en Florencia, con una cita de Séneca... «et in
-isto vitæ habitu compone placide, non molliter». Tan pronto oía rumor
-de guerra en cualquier parte, quería volar, buscaba el caballo que
-relincha en Job. Amador de gozo, había sido desde la infancia sabedor
-de sufrimiento; y en su fragante primavera, miraba a todos lados
-azorado, cual si sospechase que iban de pronto a salir cabezas de lobos
-de entre las rosas. Desconfiaba de la más dulce amistad, pues en el
-corazón de cada próximo bien podía haber un nido de perfidias. Gustaba
-largamente del buen vino de España, del excelente acero, de la carne
-en flor. Se exaltaba con facilidad, mas de la violencia pasaba en un
-instante a la blandura. Un día, con messer Luigi Alamanni, que era
-alegre y razonable, por una cuestión de arte, casi llega a la ofensa.
-Guardaba en su estancia hermosas armas, ricas sedas, libros de poemas,
-camafeos de diosas y figuras itifálicas. Dejé de verlo por la ausencia.
-Luego, no supe más de él. Un nuestro amigo romano me dijo estar en
-conocimiento de que habiendo partido a un país lejano y entrado en
-guerras, se había hecho coronar rey. Otro me refirió que lo habían
-matado. Otro que se había metido fraile.
-
-...Hoy, en una mañana ardorosa de las calendas de Mayo, del año de
-1904, en la ciudad de Florencia, he escrito las líneas anteriores, que
-he leído varias veces con meditación y cuidado. ¿Lo que contienen, es
-una creación de la fantasía, o bien un fijo recuerdo de una pasada
-realidad, o la concentración de un sueño?... Pasemos. Pasemos... Un
-poco de barata sabiduría alcánica no haría mal; o un poco de teosofía
-hindú y de H. P. B. No me interesan esas proezas. El que tenga ojos que
-vea. ¡Para los demás todo es inútil!
-
-El Arno está allí, no lejos de donde escribo. Acabo de ver una
-vez más el palacio viejo, el Perseo, los sátiros que rodean al
-Biancone... Estoy saturado de italianidad y de florentinismo... Doy
-a Dios gracias por los aislamientos intelectuales que me procura, y
-por lo lejos que estoy de tantas otras gentes... Y gusto los versos
-de este poeta hispanoamericano, que es asimismo tan de Italia, tan
-del Renacimiento, aunque sea muy de hoy y tenga sangre española, y
-haya nacido en Caracas y habite en París. «Pequeña ópera lírica»...
-¿qué me importa cómo se llame el instrumento si suena bien y seduce
-la armonía? El instrumento suena ya como una mandolina de Venecia,
-ya como una melancólica guitarra americana, o bien como una lira de
-arte nuevo. Mas, quien lo toca, tenedlo por seguro, es un hombre; un
-hombre que dice la verdad de su sentimiento y de su pensamiento, a
-veces lo más personalmente posible, a veces pagando el natural tributo
-al momento intelectual por que pasa la joven poesía castellana de
-ambos continentes. Ha pasado ya la primera tentativa de Querubín, D.
-Juan se afirma, sin que pueda evitar, un instante u otro, un acceso
-de sentimentalismo, pues tiene pupilas que contemplan el crepúsculo
-y oídos que oyen la revelación de un son de flauta. Un donjuanismo a
-veces pensativo, a veces precioso, a veces felino... Como de su don
-Juan gato. El dirá el encanto de las piedras preciosas, madrigalizará
-arcáicamente, pagará lo que debe a la literatura. Mas, cuando dice:
-Vida, es de verdad, y parece que se desnudase, que se pusiese en pleno
-sol en el orgullo de su animalidad, con el ímpetu de hacer cosas
-fuertes y naturales, primitivas, que manifiestan energía, músculo
-y voluntad. Y así contradice al espíritu de decadencia un soplo de
-humanismo. El cansancio, la tristeza urbana, la enfermedad de las
-lecturas, el residuo de las varias filosofías apuradas, dan paso a un
-soplo sano, a un aire germinal, a un aliento agrario.
-
- ...Me dan ganas
- de beber leche, de domar un potro,
- de atravesar un río...
-
-Esto está ajeno a las parodias de corrupción estética que infestan
-algunos de nuestros rincones literarios, verlenianismo por fuerza,
-sibilinismo de importación, «porque así se hace ahora», cosas que a
-muchos parecen nuevas, y que ya son, en verdad, muy viejas. Hombre
-enérgico, de acción, la poesía le va bien, como el laurel a la frente,
-la banderola a la lanza y el penacho al casco. ¿Por qué te habías
-de dejar contagiar, ¡oh, amigo de Benvenuto y de Lorenzo!, por el
-rebajamiento de las aspiraciones, por la humillación ante su propia
-conciencia, por las _petites saletées_ del literaturismo industrial
-que privan en las bajas regiones de la mentalidad parisiense, o mejor
-dicho, bulevardera? Si caes, tanto peor para ti, y rompe, antes, tus
-relaciones epistolares con la Primavera, y encógete de hombros ante los
-pañuelos blancos que dicen adiós. He leído estos versos con el placer
-que se experimenta siempre a la influencia de la juventud, con todos
-sus bellos excesos, exuberancias e irreflexiones. Tal fosco aspecto
-de ateísmo, tal contagio de superhombría germánica, tal ligereza de
-expresión, no van con mis pensares y mis gustos. Lo que sí va, es el
-amor a la Belleza en general, y a la femenina belleza en particular, y
-la continua tendencia a la vida, a la dominación de la vida, con sus
-países de ensueño y sus realidades armoniosas, productoras, floreales,
-genésicas. Va ese gran placer del sensitivo que toca los nervios del
-mundo y los siente vibrar al unísono con sus nervios; va el culto del
-beso y del verso, y la savia pagana y la locura sensual de todo panida.
-
-El grupo de rimas es corto. Siete cañas tiene la siringa, y de cada una
-de ellas fluirá una rítmica voz. No alargaré esta disertación sobre
-la breve ópera en que se canta un alma. Sería fabricar un baúl para un
-collar de perlas o «hacer una casa para un ruiseñor.»
-
-
-ITALOTERAPIA
-
-El mejor sistema de curación para la fatiga de los inmensos capitales,
-para el hastío del tumulto, para la pereza cerebral, para la desolante
-neurastenia que os hace ver tan sólo el lado débil y oscuro de vuestra
-vida: este sol, estas gentes, estos recuerdos, esta poesía, estas
-piedras viejas.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración: DE TIERRAS SOLARES A TIERRAS DE BRUMA]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-WATERLÓO
-
-CUANDO descendí del tren, un carruaje me condujo a recorrer el campo
-de batalla. Hacía un bello día primaveral. La vasta campiña verde se
-extendía bañada de sol fresco, de luz dulce. Y fué primero el gran
-recuerdo de Hugo, narrando la formidable caída del dueño del águila,
-y a los sonoros clarines líricos y a las terribles trompetas épicas
-apareció todo lo que el arte ha creado por obra del más tempestuoso
-derrumbamiento de gloria y de soberbia que hayan visto los siglos.
-Y entonces me convencía de que en realidad no puede ya fácilmente
-concebirse otro Napoleón que el Napoleón idealizado de la leyenda, el
-de los versos de Heine, el de los cuadros lívidos de Henri de Groux.
-Los lugares de peregrinación y de turismo, la realidad de las reliquias
-conservadas en las colecciones que se exhiben, todo contribuye a
-afirmar mayormente el carácter extrahumano de la acción que tuvo entre
-los hombres el semidiós, cuyas cenizas están bajo la cúpula de los
-Inválidos. (Semidiós..., cenizas, cenizas de semidiós..., ¡mísero
-planeta!) El gran león conmemorativo se alza sobre su alto pedestal;
-los monumentos dicen en letras borrosas nombres de guerreros; la Ferme
-Papelotte alza su torrecilla sobre las blancas paredes; Hougomont
-aún mantiene ruinoso el tremendo capítulo de _Los miserables_, las
-ruinas de la capilla, el Cristo de pies quemados, el pozo; todo es
-la ilustración patente del magnífico trozo de historia que cambió
-la suerte del mundo. Aun tal tronco de árbol, contemporáneo de la
-sangrienta función, se yergue, destrozado y mordido por la curiosidad
-o la piedad, o la admiración de estrictos visitantes. La Belle
-Alliance, blanca y vieja, junto a la verde alameda, da su testimonio
-como una abuela. En el cuartel general de Wéllington hay un café y se
-vende leche fresca. En el castillo anciano, bajo un galpón, está el
-carretón y los barriles, tomados en Waterlóo. Y en un hotel inglés en
-que hay un bar, se exhiben huesos, balas desenterradas, apolilladas
-casacas, _petits-chapeaux_, autógrafos de Blucher, Wéllington y otros
-jefes, números del _Times_ que dieron cuenta de la batalla, sables
-franceses, holandeses, ingleses, hierros viejos, memorias viejas.
-Una vieja inglesa hace el _boniment_, da la explicación, vende
-tarjetas postales... Después, uno, se toma, al lado, un bock, o un
-whisky-and-soda, entre ingleses, que no faltan, pensando en la leyenda
-del Aguila, en el inmenso Napoleón, semidiós en cenizas.
-
-Y he ahí que al dejar el vasto campo en el Mont-Saint-Jean, en donde
-tanta sangre se derramó por _el Cabito_, por _el Pelón_, por uno de los
-más tremendos azotes de Dios, cae sobre la tierra, harta de osamentas,
-la clara bondad de los azules cielos. Vacas rojas, manchadas de blanco,
-pacen sobre la felpa ondulada de la llanura. Un campesino ara. Suena a
-lo lejos un mugido. Un pájaro pasa sobre mi cabeza, como una flecha.
-Tranquilidad. Mayo. Paz.
-
-
-POR EL RHIN
-
-Adiós, Colonia, que aprendí a amar en Heine, y que me eres grata por
-tu catedral portentosa, por el agua que inventó Farina y por mi amigo
-Johan Fasthenrath, que traduce a los poetas españoles y ha llevado al
-zorrillesco D. Juan Tenorio a hablar en el idioma del Doctor Fausto.
-Te saludo por las once mil vírgenes que desembarcaron en tu suelo,
-guiadas por la divina Ursula; por Conrado de Hochsteden, tu Arzobispo;
-por el arquitecto de tu fábrica sagrada, que entró en tratos con el
-diablo antes que el amante de Margarita; por el bravo obispo Engelbert
-de Falkembourg y por Hermann Gryn, cuyas armas aún he podido contemplar
-esculpidas en tu _rathaus_. Llevo de ti la visión de tus puentes de
-barcas, del domo labrado que erige al firmamento sus oraciones de
-piedra, armoniosa y severa iglesia, hermana gótica de las maravillas
-de Burgos, de París, de las antiguas basílicas de las ciudades que
-antaño sabían orar católicamente; el magnífico esplendor moderno de tus
-construcciones, de tus paseos entrevistos y de una emperatriz Augusta,
-marmórea y serena, sentada sobre su blanco pedestal ante un plantío
-casi heraldizado de tulipanes multicolores.
-
-¡El Rhin! Y siempre la vasta sombra hugueana por todas partes... Y
-la sombra de otro coloso, Wagner, y las armoniosas baladas de tantos
-poetas. Permitid que, por primera vez, cite versos a propósito, de un
-poeta que me es íntimamente personal y querido:
-
- ...; la celeste
- Gretchen; claro de luna; el aria, el nido
- del ruiseñor; y en una roca agreste,
- la luz de nieve que del cielo llega
- y baña a una hermosura que suspira
- la queja vaga que a la noche entrega
- Loreley en la lengua de la lira.
- Y sobre el agua azul el caballero
- Lohengrín; y su cisne, cual si fuese
- un cincelado témpano viajero,
- con su cuello enarcado en forma de S.
- Y del divino Enrique Heine un canto
- a la orilla del Rhin; y del divino
- Wolfang la larga cabellera, el manto:
- y de la uva teutona el blanco vino.
-
-El vaporcito, flamante y elegante, sale por el río, hacia Maguncia.
-Miro a un lado la campaña verde, y a otro la fila de grises edificios
-comerciales y marítimos. Hay una que otra chimenea que lanza su humo.
-Se oye el rumor de la ciudad, y a lo lejos el agudo clamor de una
-sirena. Y antes de las últimas villas y chalets que señalan el término
-de población, alcanzo a divisar una especie de gigantesco guerrero, rey
-de piedra, o monumental burgrave que aparece como una evocación de la
-pasada feudalidad teutónica.
-
-Y comienza el desfile de castillos, de esos castillos de cuento y
-de grabado que han deleitado nuestra infancia en páginas de dorados
-libros, en antiguos almanaques o en ornamentados _keepsakes_. Y sobre
-las torres arruinadas, o sobre las restauradas almenas, pasa el vuelo
-de las tradiciones legendarias.
-
-Y es el pasado recóndito, la prodigiosa Edad Media «enorme y
-delicada», o los nombres de ayer, resplandecientes de gloria y
-sonoros de armonía. He aquí ya Bonn, que, más altas que su castillo
-de Poppelsdorf, levanta dos banderas de gloria: Arndt, Beethoven. He
-aquí las siete montañas a un lado, y a otro el derruído Godesberg; y
-una vasta procesión de poéticas resurrecciones empieza. ¿Son cincuenta
-nombres? ¿Son cien nombres? ¿Son mil? Son un mundo de creaciones de
-la historia, de la fantasía popular y de la celeste potencia de los
-maestros de la lira y del arpa. Y sucede que, a menudo, mientras vais
-pensando en una brumosa soñación, o mirando con los ojos de vuestra
-mente las figuras de luz de luna, nacidas de la melodía de los poemas,
-pasa de pronto ante vuestros carnales ojos, por la cultivada ribera,
-a perderse en la negrura de un túnel, una locomotora, que arrastra su
-caudal de vagones. Cuando Hugo vino todavía no había ferrocarriles
-en estas regiones que sintieron antaño el paso de los dragones y de
-los gigantes. El maestro recogió muchos ecos de las sagas rhenanas, y
-los repitió y aprisionó en la prosa suya, hecha como con las mismas
-rocas duras de los montes y de los cimientos indestructibles de los
-castillos señoriales. Pero las leyendas son innumerables y vencen al
-paso de los siglos. Su gran enemigo, el progreso, apenas las toca y
-transforma. Lo que es estudio folklórico para los eruditos, vive y
-palpita siempre en la imaginación y en el corazón populares--y en el
-santuario de los incontaminados poetas.
-
-...Gryn, el matador de leones, pasa. Surgen entre las viejas piedras,
-en las leyendas ciudadanas, testas de fieros arzobispos, o de duros
-y severos burgomaestres. Soberbios bandidos son amados, antes que
-Hernani, por deliciosas y delicadas castellanas. Entre huestes
-semejantes a perros rabiosos, florecen dulces rubias que melifican
-el espanto de las torturas y carnicerías. Caballeros que parten en
-peregrinación a Palestina, son salvados de las desgracias por el Señor,
-a quien elevan capillas votivas. El milagro florece como en Jacobo de
-Voragine; hay dragones como en las vidas de los santos, y gigantes como
-en las _Mil y una Noches_, y aparecidos como en los cuentos del pueblo.
-Mujeres ideales, de ojos azules, son lirios de felicidad y rosas de
-consagración. Bárbaros velludos como osos y feroces como tigres,
-se mueren de amor por las blancas y finas adoradas. Princesas de
-lánguidos cuellos cantan romanzas acompañándose con el arpa, ante reyes
-paternales, de largas barbas y ojos pensativos. Peregrinos tocan a las
-puertas de los castillos en noches tempestuosas. Los alquimistas hacen
-el oro en sus nocturnas tareas. Los templarios combaten, o emplazan,
-en la hoguera, a sus verdugos, ante el tribunal de Dios. Los cuernos
-de caza hacen resonar los bosques y los rudos cazadores persiguen en
-caballos como huracanes, ciervos y jabalíes. Lorelay, envuelta en gasa
-lunar, melodiosa, amorosa, peligrosa, la mujer, la ilusión, la sirena,
-se sienta en su roca.
-
-Antorchas llameantes brillan entre los peñascos. San Clemente libra
-a la suave Ina, de la furia del río y de los bandidos. Uta, muere
-abrazada a su amante Reichenstein, en un suicidio amoroso que ha de
-ser, corriendo los tiempos, un común _faits-divers_. El Arzobispo
-Hatto, a quien la historia alaba y la leyenda vitupera, muere, por
-castigo de Dios, a causa de su mal corazón, comido por los ratones.
-El Conde Eppo encuentra en una montaña a una bella joven robada por
-un gigante; y, con ayuda de la Santísima Trinidad, salva a la dama y
-echa al monstruo en un precipicio en donde muere despedazado. La enorme
-persona de Carlo Magno aparece aquí, allá. Su hija Emma, casada contra
-su voluntad, va a habitar con su esposo Egimardo, en el campo; luego
-el emperador, ante ellos, un día que los encuentra por casualidad, y
-los reconoce, felices, les perdona y les lleva a su palacio. El mismo
-César sale, en coche, en excursiones, con el bandido Elbegart, que
-es un bandido cuerdo y valiente. Condes violentos y caprichosos son
-vencidos en sus mansiones feudaes por la unión de los comerciantes de
-las ciudades coligadas. El caballero de Stanferberg se enamora de una
-ondina y es correspondido; luego es infiel a su juramento de amor y es
-castigado por la cólera de las ondas vengadoras. Una sirena discreta
-y hacendosa, va a hilar en la rueca, a la casa de un joven que se
-apasiona por ella. Una noche la sigue, la ve entrar en las aguas del
-Rhin, y muere al lanzarse tras ella en los cristales del río. Los
-espíritus salen de las tumbas a amonestar a los caballeros demasiado
-tunantes. Lobos furiosos castigan a las profetisas que, enamoradas de
-los hombres, pierden su castidad y su don pitónico. Bodegas ocultas
-guardan un vino de dioses que inútilmente es buscado en los campos
-misteriosos. El diablo, Satanás en persona, sale de sus abismos y
-entra en tratos con las personas que andan en apuros y dificultades, y
-las saca de ellos, a trueque del alma y de la salvación eterna. Pero
-Nuestra Señora suele aparecer a tiempo con su poder, y manda a los
-infiernos al perverso demonio. Un joven pintor ve de noche renovarse
-en Oppenmeins, entre esqueletos, una batalla entre suecos y españoles,
-de la guerra de Treinta años. Una diestra caballería conduce a la dama
-que la monta y a la que se quiere casar por fuerza, a la mansión de
-su amante. Y cien y cien más páginas, de sangre y de bruma, de luz
-pálida o de resplandores rojos, hasta llegar a esa Maguncia famosa en
-que nació el hombre que después Lucifer ha hecho mayor competencia al
-Creador: Gutenberg.
-
-Desfile de castillos, desfile de leyendas, revuelo de poesía y de
-encanto lírico, en este viaje de horas, por el río sereno, eternamente
-perfumado por el vino pálido que dan las viñas de sus orillas. Y canta
-Adelaida von Stolterfoth: «Del polvo de la ruina nace en el Rhin una
-vida más bella. Giran los espíritus que por tanto tiempo han descansado
-en las tumbas; resuenan las canciones con extraños saludos que yo debo
-repetir suavemente en mis canciones y en mis ensueños. Cuando veo volar
-al pájaro en las alturas del azul del aire; cuando veo deslizarse los
-barcos en la lejanía de las brumas grises, me parece que dice palabras
-el pájaro al hender los espacios, y otras palabras escucho al rápido
-paso de la embarcación.» Y yo también, peregrino de arte, de americanas
-tierras, hecho al sol y al canto de la vida latina, he puesto el oído
-atento a esas palabras de las aves y de las barcas germánicas, y de esa
-bruma he visto surgir la eterna gracia de las almas aladas, la virtud
-de la sagrada poesía, a la cual no vencerán ni los odios humanos, ni
-las sequedades de los intereses modernos, ni la mediocridad de las
-chatas cabezas de los regeneradores igualitarios. Pues la soberanía
-del espíritu se basa en lo que está más allá del bien y del mal, más
-allá de nuestro planeta mismo y de nuestros conceptos de verdad y de
-mentira: en lo infinito, en lo absoluto.
-
-
-FRANCFORT S. M.
-
-Francfort, ciudad seca, triste, honrada, judía. A pesar del abuso del
-_art nouveau_ que la invade como a todas las ciudades alemanas, a pesar
-de sus tranvías eléctricos y de los palacios modernos de sus banqueros,
-tiene un aire de antigüedad, un olor de vejez y un sello imborrable de
-_ghetto_ y de _judengasse_. Por algo hacen detener el carruaje cuando,
-al pasar por la calle Boerne, os señalan una casita _vieillotte_ de
-estampa, blanca, con su fachada terminada en punta, sus ventanas con
-cortinillas de encaje, sus dos rejas de hierro en la parte baja. Es
-la casa-madre, la cuna del poder de los Rothschild. Allí vivió y allí
-manejó sus primeros millones el viejo _rex Judeorum_, tronco de los
-barones de hoy. La sequedad y la tristeza de esta ciudad de finanzas
-apenas es alegrada aquí, allá, por la figura de mármol o de bronze
-de un pensador, de un poeta. Aquí Schiller, allá Goethe, más allá
-Lessing. Pasan tipos de Shilock, o hermosas Rebecas, por las calles en
-donde se alzan los muros de la sinagoga. La restaurada catedral se ve
-como extraña en esta tierra de circuncisos. En el día, se siente el
-hervor de los negocios, la agitación de los rapaces mercaderes de oro.
-De noche, no hay lugar más triste. A las diez, ya los teatros están
-cerrados. A las diez y media, nadie anda por las calles. Tanto como
-el catolicismo, el arte parece estar aquí en dominio ajeno. Apenas se
-sabe aquí que existe un museo Goethe, en donde, junto con documentos
-iconográficos, se guardan objetos y manuscritos del gran alemán. El
-verdadero santuario de Francfort del Mein, es la casita de verjas de
-hierro y de las cortinillas blancas: la casa de los viejos Rothschild.
-
-La sombra del Emperador de la banca, del César israelita, se ve, por
-los ojos de nuestra adoración mammónica contemporánea, más grande que
-la del remoto y casi ignorado Gunther Schwarzburg, y aun que la del
-fabuloso Carlo Magno, cuya estatua se alza en el rojo y viejo puente
-sobre el río moroso que divide la población.
-
-
-HAMBURGO O EL REINO DE LOS CISNES
-
-Huysmans ha sido injusto con Hamburgo, y su duro humor se ha expresado
-en párrafos acres. Es que Durtal no fué a visitar el paraíso de los
-cisnes, y M. Folantin comió mal a dos marcos cincuenta. Hamburgo es
-alegre, casi con alegría latina, en cuanto cabe en un centro sajón.
-Hamburgo es la ciudad trabajadora, negociante, independiente, con
-su estricto senado, sus fábricas, sus canales, sus grandes hoteles,
-sus almacenes copiosos, y es también la ciudad que se divierte, se
-embellece, coquetea con el extranjero, tiene un su San Paulique que se
-parece a Montmartre como la cerveza al champaña, cafés al aire libre, a
-la orilla del Alster animado de yates, y a donde se va en vaporcitos,
-y en donde, los domingos, garridas muchachas flirtean al son de la
-música. Tiene un gran barrio lujoso que algunos llaman la Judea, porque
-poderosos semitas gozan en villas y _cottages_ de la felicidad que
-da el dinero. Huysmans habla, feroz, de caraqueños que encontró en
-este emporio comercial. Yo no he encontrado a ningún compatriota de
-Bolívar, aunque no es raro oir hablar español, pues son muchos los
-hispanoamericanos residentes, y los hamburgueses que se han venido a
-establecer con sus familias criollas, después de hacer fortuna en las
-lejanas tierras calientes. Las arquitecturas distintas surgen entre los
-verdores de los jardines o al lado de las ordenadas alamedas.
-
-Helkendorf, fresco y florido, tiene rincones deliciosos de descanso, de
-amor y de ensueño, pues no es imposible ejercer esa delicada función
-de soñar en una ciudad en donde los habitantes, por muy prácticos que
-sean, tienen un poético paraje formado por un remanso del río, en el
-cual paraje una cantidad numerosa de cisnes es mantenida por el erario
-público. Estos poetas no tienen otra ocupación más que consagrarse a la
-belleza, ser blancos--hay algunos negros--y deslizarse gallardamente,
-con la dignidad que les dejó como herencia Júpiter. Ellos cumplen
-exactamente con sus obligaciones, y además de la pitanza que les
-ofrecen sus guardianes, el público los gratifica con migas de pan. El
-remanso es cristalino, la ribera florida; las tardes de oro llueven
-gracia mágica sobre ese divino espectáculo, que pondría meditabundo al
-doctor Tribulat Bonhomet. Y los líricos habitantes de esos cristales
-que multiplican sus olímpicos aspectos, gozan de la más dulce beatitud
-en la capital de los falsificadores y mercaderes teutónicos. Aunque,
-en verdad, no he dejado de sentirme un poco inquieto cuando, comiendo
-en compañía de un mi conocido, exportador semita, me ha dicho, con
-una manera de satisfacción glotona, que el cisne, como el ganso, bien
-preparado, es, ¡ay! muy sabroso.
-
-Y a propósito de líricos cisnes, os he dicho que Hamburgo tiene un
-Montmartre que se llama San Pauli... A mí me lo habían asegurado así,
-al menos. ¿Un Montmartre...? Para marineros. Con uno que otro café de
-nota, en que se puede comer halagado por la orquesta. Por lo demás,
-los teatritos son sórdidos, con _chanteuses_ de deshecho, espesas
-mugidoras de romanzas, o flacas parcas que dicen en inglés o en alemán
-chillonas canciones. No hay un solo cabaret, un solo poeta melenudo o
-sin melena que evoque el recuerdo de Privas, de Rictus o de Montoya.
-En un gran salón de audiciones populares, da conciertos una banda
-militar. En la plaza, un guignol atrae al _populo_; los letreros de
-la luz eléctrica prometen maravillas, y en el interior, la diversión
-es mala y fastidiosa. Quedan los restaurantes, con las sopas dulces,
-las salchichas, los diversos _bráten_, y la excelente cerveza. M. de
-Folantin, por un lado, tuvo razón. Pero, ¡oh, Des Esseintes!, ¿y los
-cisnes?
-
-
-BERLÍN
-
-Al conocer Alemania, y sobre todo, Berlín, he creído comprender al
-emperador. Guillermo II, militar, creyente fervoroso, apasionado de
-arte, inquieto, viajero, abarcador, es el único cerebro de coronada
-testa en que hoy caben los antiguos ideales de grandeza, de dominación
-y de dignidad cesárea que constituyeron, durante tanto tiempo, el poder
-y la fuerza del vigoroso feudalismo. Todos los monarcas de hoy, más o
-menos, con excepción quizá del autócrata de Rusia, merecen el paraguas
-de Luis Felipe. Guillermo II, compatriota de Lohengrin, vidente que ha
-previsto no hace mucho tiempo y anunciado a las naciones, por medio
-de un simbólico dibujo célebre, el despertamiento y la acometida de
-la raza amarilla contra la blanca Europa; Guillermo II, que, si no
-fuese el óbice pietista, quién sabe si llegaría hasta realizar la liga
-medioeval dominadora del mundo--el Papa y el Emperador;--Guillermo II,
-vive más allá del momento, inspirado en lo pasado, presintiendo lo
-porvenir, y amacizando el presente robusto de su país, con la rigurosa
-disciplina que lo militariza todo, príncipe de ideal sustentado por
-la realidad de la fuerza, creyente cuando ya casi no hay rey que
-crea ni en su propio derecho divino, respetuoso de la tradición
-eclesiástica romana, cuando la misma Francia cristianísima echa de su
-suelo a las congregaciones religiosas y está dominada por un gobierno
-que no desearía otra cosa que la completa ruptura del concordato y
-la separación absoluta de la iglesia; Guillermo II, cuya actividad
-asombra, cuyo talento no hay quien no reconozca, cuyo carácter es de
-acero como su voluntad, está en su verdadero centro en este Berlín
-geométrico, alegre de otra alegría que la de París, hollado a cada
-momento por el paso de las tropas, con su Unter den Linden que extiende
-su verde avenida entre las casas lujosas, con su movimiento comercial y
-su circulación activa, y en donde, junto a las conmemoraciones de las
-armas, se levantan las conmemoraciones de las artes y de las ciencias.
-Y no en vano el divino Euforión surgió en esta tierra a la evocación
-del cisne de Weimar, pues en esta capital bárbara a cada paso se mira
-florecer la gracia helénica, ya en la composición de los artificiales
-paisajes, en las arquitecturas urbanas, en las construcciones
-monumentales. Yo no sabría alabar cierta protestante hipocresía general
-que se nota en la vida; pero, sí, la bella libertad del arte en sus
-mejores manifestaciones, una larga comprensión de la armonía, del
-desnudo, de la euritmia griega. Y esto se explica. Aquí, en tierra
-germánica, Goethe resucitó la olímpica persona de la homérica Helena,
-Lessing meditó sus dilucidaciones del Laoconte, Juan Pablo pensó:
-Heine, el ruiseñor, se abrevó de agua castalia; Momsen construyó su
-edificio mental sobre las gloriosas ruinas de Roma.
-
-La luz de la Helade alcanzó las brumas septentrionales. Allí en
-Charlotemburg, siguiendo el silencioso camino de copudas alamedas,
-al suave rozar de los pinos, entre los macizos de rosas, entre los
-plantíos de tulipanes, he llegado al severo y sencillo templete que
-sirve de lugar de reposo a los restos imperiales de los abuelos
-de Guillermo II. Un coloso marcial de larga y rubia barba me ha
-permitido la entrada. Y he tenido, en verdad, como la vaga sensación
-de un ensueño. A través de los vidrios de un color azul dulce y de
-cielo, la onda solar penetra maravillosamente, de manera que baña el
-recinto con su tenue y paradisiaco resplandor. Y a esa blanda y mágica
-luminosidad se ve alzarse la alta figura tristemente grave de un divino
-centinela, el arcángel Miguel, armado de su espada flamígera, y luego,
-he allí tres yacentes estatuas sobre tres mausoleos. Y en el fondo
-un Jesucristo de mosaico, que dice con su leyenda y con su expresión
-sabias y celestes palabras. Allí descansa en la paz de Dios Federico
-Guillermo II; allí descansa en la misericordia de Dios Guillermo I,
-emperador de Alemania y rey de Prusia. Y he allí, a su lado, a la Dama
-porfirogénita que es semejante a una diosa. El artista no haría con
-más amor que el que ha puesto al hacer ese cuerpo admirable apenas
-cubierto por el lino fino de la túnica, el cuerpo de Diana o el cuerpo
-de Venus. ¿Es Diana, es Venus dormida? Diana no es, pues la maternidad
-se revela en esa flor en plena hermosura; no es Venus, pues antes bien
-que la tentadora gracia de la carne, se desprende de esa forma una
-dignidad casta y serena. Y la luz tamizada pone una caricia paradisiaca
-sobre esa realización pagana; y Miguel, apoyado en su arma flamígera,
-vela silencioso: una paz sepulcral llena el estrecho habitáculo de los
-príncipes de mármol; e iguales a los del último paria, en la sola y
-posible igualdad de la transformación eterna, quedan en sus criptas
-semejantes a santuarios, esos puñados de huesos de Hohenzollern.
-
-Berlín: cuarteles, museos, estatuas, paseos con más estatuas, derroche
-de mármol como en la alameda de la Victoria, mármol para todos los
-Hohenstauffen, mármol para los Hohenzollern, y bronce y mármol para
-el gran Federico, para el gran Guillermo, para Moltke, para Bismarck;
-almacenes, pasajes llenos de tiendas de bric-a-brac, pomposas
-cigarrerías, restaurantes de cervezas y restaurantes de vinos; grandes
-teatros y un music-hall enorme. Y un aquárium que llamó la atención
-de Huysmans. Huysmans vió mucho, pero no lo vió todo, naturalmente. A
-mí me ha parecido entrar en un círculo del Dante, en el cual hubiera
-necesitado, como Virgilio, a mi amigo el doctor Holmberg. El aquárium
-es subterráneo, y no es solamente aquárium, pues se exhiben hasta loros
-y arañas y otros bichos pesadillescos, como ese horroroso ptatydactilus
-aegipcianus que está a la entrada, semejante a una rana estirada, y el
-zomurus gigánteus, lagarto erizado como de púas de hierro. Más allá,
-la africana bitis gabónica, serpiente con la piel pintada art-nouveau,
-y el pithon feroz y el crótalo con su apéndice de cascabeles; el naja
-búngarus, venenosísimo y aterciopelado; iguanas crestadas, nudos de
-viboritas enredadas como macarrones, y grises, y flácidas; y luego la
-anaconda brasileña. Se desciende, y en un estanque, entre peñascos,
-hay focas y leones marinos, y a un lado, papagayos blancos; y después
-una gran pajarera, donde se oyen arrullos de paloma y cuchilleo
-de aves. A un lado, apenas separados por una barrera baja y muy
-franqueable, los cocodrilos semejantes a troncos, a piedras. Y en
-seguida, la siboldia máxima japonesa, monstruoso y leproso lagarto. ¿Os
-atrae de nuevo la pajarera? Es que canta la gymnorhinia tibicen, igual
-a un cuervo que tuviese una blanca sobrepelliz y que tocase la flauta.
-Un hoyo lleno de agua: el cocodrilo negro de China, como un gran
-«garrobo». Y por fin, os atrae el verdadero aquárium, la fantástica
-vida submarina que tanto ha interesado al autor de _A Rebours_. Es la
-inaudita flora del Océano, los peces de sueños calenturientos, los
-aspectos de visión diabólica, o de locura. Veo en un fondo de arenas
-y de roca, naranjas que se mueven, crustáceos imprevistos, caprichos
-madrepóricos, semivivientes rábanos que se encogen, hipocampos y
-estrellas purpúreas. Erizos como pelotas de alfileres, entre lechugas
-de cristal verdemarino. Y grutas. Y un pecezote hinchado, inflado,
-junto al escorpión de mar. Hay una brocha que se mueve, una vejiga de
-manteca, plumones y espumas. Entreabiertas, grandes valvas que parecen
-abanicos, cactus y raquetas de lawn tennis. Pagurus inverosímiles
-van arrastrando sus casas llenas de púas y protuberancias. Y la
-pluralidad de los peces, la variedad de sus tipos, son desconcertantes.
-Y veis en todas sus faces monstruosas, hasta en las más increíbles,
-la reproducción de fisonomías humanas que habéis observado, desde
-las comunes hasta las deformes del raquitismo, de la idiotez, de la
-imbecilidad, de los casos crueles de los manicomios. Y hay formas y
-gestos que creeríais imaginarios y alucinatorios; y os convencéis que
-los pintores holandeses de ciertos cuadros demoníacos, y el mismo
-Rops y Odilon Redon, con sus fantasías monstruosas e ilusorias, no
-han creado nada, pues todo lo que la imaginación del hombre más
-torturado de visiones infernales pueda imaginar, existe en los secretos
-misteriosos y en los profundos laboratorios de la naturaleza. Seguís, y
-os encontráis con la murena que se envaina en un tubo como un espeso
-sable gris. Pequeños pulpos evolucionan entre el agua burbujeante.
-Inmóvil sobre la arena, está la negra raya chata, de pizarra terrosa
-con su arpón largo. Y pasa despacioso el homard, enorme alacrán marino
-acorazado, que en vez del venenoso garfio, tiene una mariposa de
-terciopelo negro ornada de amarillo.
-
-Berlín: ciudad que sabe la ordenanza, el latín, el griego, y también
-el plat-deustch; ciudad fuerte, pecadora, pero pacata; elegante, pero
-dura; rica, banquera; de arte; pero con cierto mal gusto común; con
-mujeres lindas, pero que tienen unos pies aplastadores de ilusiones;
-ciudad de secretos escándalos y de corrección excesiva; ciudad en que
-se siente la influencia del cuartel junto a la de la universidad;
-ciudad llena de cosas contradictorias, donde visitando un templo, os
-aborda un proxeneta que os promete el pecado, y en un bar, entre gentes
-pecadoras, se os aparece una mujer que os ofrece periódicos religiosos
-y os vende ¡imágenes de Cristo!
-
-
-VIENA
-
-Me habían dicho: «Es una hermana de París». Es una hermana de París que
-tiene los ojos más azules de tanto mirarse en el espejo del Danubio.
-Hay en la ciudad una alegría comunicativa, y si no la gracia impregnada
-de parisina, posee la elegancia, la gallardía de la seducción.
-
-Para mí, Viena y vals eran dos ideas juntas en mi mente. Viena, vals,
-placer. Un gran torbellino de mujeres hermosas en brazos de magníficos
-danzadores, deslizándose en anchas salas lisas, mientras afuera pasaban
-sonoros carruajes, se alzaban soberbios monumentos, bullía el mundo.
-Más o menos, he podido encontrar realizada esa imaginación, con mucho
-progreso además y mucho jardín atrayente, y mucho divertimiento, y
-mucha belleza femenina, y el centenario del padre del vals, Joseph
-Johan Strauss, que acaba de celebrarse. En su honor me he invitado
-a almorzar en el Volksgarten. En su honor y con una reverencia al
-poeta Grillparzer, cuyo monumento se alza no lejos de donde me sirven
-excelente _rostbraten_ y una pilsen de oro pálido, que es como líquida
-seda helada, mientras la brava orquesta anima el suave aire con ritmos
-armoniosos y ondulantes. En este mismo jardín fué donde Strauss dirigió
-la suya. Aquí nació el vals, a cuyos compases se balanceó el orbe;
-el vals, halago de la melancolía, lengua del gozo, música de amor,
-creación de un músico _minor_, pero que adoptarían los más altos y
-mayores, como Weber, como Chopín, como el mismo poderoso Beethoven.
-¿Que Lanner, el amigo y rival, tuvo parte en el invento? Nadie se
-acuerda de Lanner, hoy, como no sea para hacer constar que tenía mucho
-menos talento que Strauss.
-
-Juraría que no hay uno solo de los que lean estas líneas, que no haya
-tenido en su vida un momento de animado placer, o de dulce tristeza,
-al mágico brotar de esa pequeña y cristalina cascada melodiosa que
-se llama _El Danubio azul_... Yo le debo muy copiosa cosecha de
-recuerdos y de ensueños, ya lanzada por las orquestas, ejecutadas en
-confidenciales pianos, o suspirada por errantes organillos; sobre todo
-por los organillos...
-
-También como París, es este un país de arte, y en una avenida os
-encontraréis con un grande y pensativo Goethe, sentado en su sillón
-de bronce, o en una plazuela con un Mozart, jóvenes y airosos, o con
-Beethoven, o con Schiller; y en todas partes, un ambiente propicio al
-pensamiento. Y, sobre todo, un invisible soplo que incita al placer.
-En París hay más vicio que goce, aquí más goce que vicio. De todas
-maneras, aquí lanzó su último aliento el probo y sensato Marco Aurelio,
-que, entre sus mejores sentencias, ha dejado ésta, si poco purista, muy
-cuerda: «En general, el vicio no daña al mundo, y en particular, no
-daña sino a aquel que no puede abandonarlo cuando quiere».
-
-Viena placentera, pero también Viena laboriosa, pensadora, política,
-sentimental, artística, guerrera, religiosa. Todo encontraréis a
-vuestro paso. Aquí su palacio imperial; su catedral, enorme vegetación
-de piedra; más allá, Santa María Stiegen, vasto bouquet de ojivas
-y flechas, lo antiguo; y más allá, su teatro de la Opera, con su
-peristilo coronado por dos caballeros de bronce, lo moderno; o el
-Hofburgtheater, serio y elegante, al cual se llega por entre dos filas
-de estatuas de mármol, que tienen por fondo verdores de árboles y
-macizos de flores; o la Rathaus imponente con su elevada torre central;
-o el palacio del Reichsrath, y el frontispicio del parlamento, todo
-griego; y ante este último, mientras a sus pies, entre simulacros
-marmóreos, se vierte el agua armoniosa de una ánfora, Palas Atenea,
-gigantesca, se apoya en su lanza de oro y tiene en la diestra la alada
-Victoria.
-
-Dulces rincones amorosos, blandos retiros, labrados quioscos y curvos
-chorros de agua, en los jardines, en el Stadtpark, lleno de risas de
-niños; en Schwarzenberg, fácil a las citas y a los suspiros, o en el
-mismo Volksgarten, con su templo a Teseo, y sus alamedas, sus umbrías,
-sus tibios nidos, sus fragancias de parque y sus rumores de bosque. O
-allá, en el Prater, que si no vale el Bois parisiense, tiene especiales
-atractivos, en sus recodos de floresta y sus techumbres de hojas y su
-larguísima avenida. Mas, nada como ese fastuoso e histórico Schönbrunn,
-donde recordáis a Versalles y a Le Nôtre, y al gran Napoleón, y al
-triste Aiglon, hijo del Aguila. Flota un ambiente singular entre las
-bien ordenadas arquitecturas vegetales, entre los templetes de ramas y
-las verdes cúpulas y arcadas que forman los recortados tilos, las copas
-educadas y pomposas de los castaños. Las mitologías de las fuentes se
-bañan en la exhalación de vaporizadas perlas de su propia lluvia. Grata
-quietud invita a sentarse en los místicos bancos de los parterres,
-a meditar, a soñar, a imaginarse las bellas representaciones de la
-historia, mientras en su magnífica altura, la Gloriette destaca sobre
-el fondo celeste su pórtico soberbio, aún persistente decoración de más
-de una comedia y drama imperiales y reales.
-
-
-LA TUMBA DE LOS NUEVOS ATRIDAS
-
-Un capuchino de larga barba guía al grupo de visitantes--campesinos,
-forasteros e ingleses. Al bajar la escalera estrecha de la bóveda, el
-ruido de los pasos. Luego, el ruido de las llaves de su reverencia.
-Luego, silencio. Y el cicerone de capucha, comienza a decir su lección,
-recorriendo las tumbas del lado derecho, los sarcófagos viejos, en
-donde reposan reales e imperiales huesos viejísimos, entre las cajas
-de metal gris labrado de esculturas macabras y simbólicas, tras
-duras rejas férreas. A mí no me interesan esos príncipes antiguos
-que tienen su página correspondiente en los anales austriacos: no me
-atrae Matías, ni Ana, ni José, ni Leopoldo, ni Carlos. Yo voy hacia
-la izquierda, en donde duermen los porfirogénitos malditos, las
-coronadas testas perseguidas por el destino, la familia misteriosa y
-fatídica de los Atridas modernos, esos Hapsburgos rubios o brunos,
-jóvenes o viejos, pero idénticos en el sufrimiento, en la desventura,
-en la tragedia. No me impresiona tanto el ataúd en que están los
-restos del duque de Reichstadt, ni el nombre de María Luisa en la caja
-mortuoria, como los otros sarcófagos en que duermen su eterno sueño,
-Maximiliano, el emperador de la barba de oro, el del cerro de las
-campanas; Elisabeth, la «emperatriz errante», que segó el anarquismo,
-y Rodolfo, el de la novela sangrienta. Aquí reposa, en la paz de la
-muerte, el que estaba destinado a ceñir la corona de los emperadores
-de Austria y de los reyes de Hungría. El capuchino explica rápida
-y precisamente, en alemán, la vida de cada uno de los príncipes
-difuntos que reposan en el subterráneo; y el profundo silencio de
-los visitantes es tan solamente interrumpido por un vago rumor de
-palabras entredichas en voz baja, cuando se detiene el grupo ante el
-sepulcro del archiduque Rodolfo de Hapsburgo. Pequeña iglesia de los
-capuchinos, que encierra tanta desventura, los despojos de esa familia
-predestinada fatídicamente a ser azotada por la desgracia; tristes
-grandezas desaparecidas entre la locura y la sangre; seres de vidas
-extraordinarias que realizan las más lúgubres y dolorosas creaciones de
-los poetas del destino, de los dramaturgos del misterio.
-
-
-LA SECESIÓN
-
-Cuando en 1900 vi en el Grand Palais la sección correspondiente a los
-secesionistas vieneses, mi entusiasmo fué vivo y justo. He ahí unos
-cuantos adoradores sinceros de la libertad del arte, buscadores de lo
-nuevo, de lo raro, según sus temperamentos, o intérpretes personales
-de las antiguas tradiciones artísticas, sin _blague_ bulevardera, sin
-esteticismos montmartreses, sin los absurdos mamarrachos que, entre
-pocas obras de talento, exhiben unos cuantos desalmados, en el Salón
-de los Indépendents parisienses. ¿Es que el ambiente es otro? ¿Es que
-en Viena la lucha por la vida y por la gloria es distinta? La verdad
-es que, en todos los esfuerzos de los artistas de la Secesión, noto
-una sinceridad y una noble independencia y una consagración a la idea
-y a la realización de la belleza, muy distantes de los extravagantes
-_épateurs_ apurados de arribismo que abundan en la capital francesa.
-
-En edificio propio construído y arreglado conforme con los gustos
-y pensares estéticos de los organizadores del museo, la obra de la
-Secesión se exhibe en la metrópoli austriaca como un testimonio
-innegable del tesón, de la energía y del talento de sus puros artistas.
-El museo es un museo «de excepción» como diría Vittorio Pica. Nada de
-lo que hay en él es vulgar ni común, y se manifiesta en todo un don de
-alta gracia y una voluntad de hermosura y una fuerza de pensamiento,
-que honran y elevan sobremanera a la luchadora mentalidad austriaca.
-Aquí se ve que no se busca asustar al burgués, sino más bien darle una
-nueva revelación de belleza. Aquí tienen nobles sacerdotes el ensueño
-y la vida misteriosa, y el pincel y el cincel dicen la profundidad
-de lo desconocido, lo arcano de nuestras humanas existencias y el
-enigma que existe en toda cosa. Sintéticos o complicados, expresan
-sus meditaciones y sus visiones interiores, o en un extraño aparato
-simbólico hacen surgir un aspecto de la verdad posible, o hacen
-florecer de luz el alma, o cristalizan lo indeciso y lo recóndito. Y
-hay la franca expresión y el desdén de toda rutina. Aquí es el único
-museo del mundo en donde no solamente se ha destrozado la académica
-hoja de parra, sino que se ha tenido el valor de revelar lo más íntimo,
-de no ocultar lo más oculto, a punto de que se os vienen a la memoria
-ciertas cuartetas memorables de Théophile Gautier. La leyenda tiene sus
-cultivadores. Veo cien cuadros que me atraen; no os diré los nombres
-de los autores, pues no están en las telas y no tengo tiempo para
-anotar un catálogo. Sí recordaré al potente Franz Metzner, el Rodin
-austriaco, el autor de ese poema soberbio de mármol que se llama _La
-Tierra_, y de admirables estudios decorativos y de bustos y de estatuas
-de una originalidad imponente y comprensiva. _La Tierra_, de Metzner,
-está expuesta en un saloncito especial, adornado tan solamente de
-expresivos telamones y de su sola, impresionante y elegante sencillez.
-Y la figura en que se manifiestan la vida y el ritmo terrestres y la
-fuerza natural, está sobre su base como la majestad y el misterio de
-un simulacro sagrado. Lo que la Secesión ha enviado a la Exposición de
-San Luis, atestigua el valor de sus pintores, decoradores, estatuarios,
-ceramistas, mueblistas. Ferdinand Andri envía sus figuras valientes,
-que renuevan algo del arcáico arte asirio; Metzner, sus soberbias
-creaciones plásticas, sus sintéticas expresiones de la persona
-humana; Klimt, sus cuadros simbólicos de factura extraordinaria y de
-significación honda, como _El manzano de oro_, _La vida es un combate_,
-_La Jurisprudencia_ y _La Filosofía_, que tantas discusiones causó
-cuando se expuso en París en la última Exposición Universal.
-
-Salgo de la Secesión encantado de encontrar un verdadero templo del
-arte en tiempos en que los templos del arte están en posesión de
-los mercaderes, de los insinceros, de los pacotillistas o de los
-histriones. Y saludo ese esfuerzo generoso, deseando que en nuestros
-países de arte naciente se junten las energías individuales de los
-puros, de los incontaminados, y procuren hacer algo semejante, lejos de
-la chatura de las escuelas de limitación y atrofia y de las modas vanas
-que nada tienen que ver con la eternidad de la belleza.
-
-
-BUDA-PEST
-
-...Buda-Pest: el Rey; María Teresa; el Danubio azul; paprikahum, vino
-de Tokai...; y una vieja zarzuela que deleiteó mis años infantiles.
-_Los Madgyares_, en la cual cantaba un coro:
-
- Vamos señores
- A la feria de Buda,
- Que hoy es el día
- De vender y comprar.
-
-Y los trajes vistosos de alamares y galones, y el leguito del convento:
-
- _Ego sum, ego sum_
- El leguito del convento
- _Ego sum_, además
- Campanero y sacristán...
-
-Y me hechizó la ciudad bizarra, o más bien las dos ciudades gemelas
-unidas por los magníficos puentes, con su clima, sus flores, sus
-paseos, su barrio elegante y moderno en que casi todas las nuevas
-construcciones son _art nouveau_, o secesión, mansiones caprichosas
-de los magnates y propietarios de pingües pushtas y «economías». Es
-una delicia pasear por el kiralgi var, y sus palacios y verdores, a
-orillas del agua azul del armonioso río. Hay edificios espléndidos
-como el magnífico parlamento, que se refleja en el Danubio, y sus
-plazas espaciosas, las calles y avenidas, y sobre todo, las más bellas
-mujeres del mundo hacen mirar esta tierra como un terrenal paraíso.
-¡Oh! todos los países tienen lugares de gozo y bellas mujeres, pero
-la Ciudad del Amor y de la hermosura, creedme, es Buda-Pest. Hay un
-lugar, en un suburbio de la ciudad de Pest, que se llama Os Buda Vara,
-jardín, paseo; feria nocturna, lleno de atracciones, teatritos, ventas
-diversas, castillos luminosos, flores, perfumes, músicas nacionales,
-trajes pintorescos; y allí he visto una colección de beldades que
-habrían dejado meditabundo y soñador al mismo rey Salomón que, como
-sabéis, era de gusto exquisito.
-
-Un momento ha habido de duelo nacional, más que duelo ha sido una
-glorificación, una apoteosis: la muerte de Jokai. Impregnado del
-encanto de esta ciudad fascinadora, he asistido a los funerales de su
-poeta, de su novelista, de su pensador nacional. Pasaban los carros
-cargados de coronas por la gran calle Andrassy, en donde estaba la
-morada del escritor; el cortejo era solemne y fastuoso; representantes
-del gobierno asistían a la ceremonia en que se honraba la memoria del
-viejo revolucionario; vistosos y pintorescos uniformes militares,
-universitarios, heráldicos, desfilaban en la severa procesión. Y en en
-los balcones, adornados de colgaduras de duelo, se veía una muchedumbre
-de rostros divinos en que brillaban maravillosos ojos húngaros. Y ante
-ese esplendor y ese prodigio de belleza femenina, al pasar el carro de
-las más frescas coronas, de los estudiantes, compré a una florista un
-ramo de rosas, y, poeta desconocido de lejanas tierras, con el corazón
-palpitante, con un temor de emoción, arrojé yo también mi ofrenda al
-anciano Jokai.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-INDICE
-
-
-TIERRAS SOLARES
-
- Págs.
-
- Barcelona 9
-
- Málaga 21
-
- La tristeza andaluza 69
-
- Granada 85
-
- Sevilla 103
-
- Córdoba 117
-
- Gibraltar 129
-
- Tánger 155
-
- Venecia 181
-
- Florencia 195
-
-
- DE TIERRAS SOLARES A TIERRAS DE BRUMA
-
- Waterlóo 211
-
- Por el Rhin 214
-
- Francfort S. M. 223
-
- Berlín 228
-
- Viena 237
-
- La tumba de los nuevos atridas 241
-
- La Secesión 243
-
- Buda-Pest 247
-
-
-
-
- ACABÓSE
- DE IMPRIMIR
- ESTE LIBRO EN
- MADRID EN EL ESTABLECIMIENTO
- TIPOGRÁFICO
- DE JOSÉ YAGÜES
- SANZ, EL DÍA XXV
- DE SEPTIEMBRE
- DE AÑO
- MCMXVII
-
-
-
-
- * * * * * *
-
-
-
-
-Nota del Transcriptor:
-
-Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
-
-Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
-
-Páginas en blanco han sido eliminadas.
-
-
-
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