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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - - - - -Title: Tierras Solares - Volumen III de las obras completas - - -Author: Rubén Darío - - - -Release Date: August 20, 2016 [eBook #52857] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - - -***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TIERRAS SOLARES*** - - -E-text prepared by Josep Cols Canals, Carlos Colón, and the Online -Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images -generously made available by Internet Archive/Canadian Libraries -(https://archive.org/details/toronto) - - - -Note: Project Gutenberg also has an HTML version of this - file which includes the original illuminations. - See 52857-h.htm or 52857-h.zip: - (http://www.gutenberg.org/files/52857/52857-h/52857-h.htm) - or - (http://www.gutenberg.org/files/52857/52857-h.zip) - - - Images of the original pages are available through - Internet Archive/Canadian Libraries. See - https://archive.org/details/obrascompletaspr03daruoft - - -Nota del Transcriptor: - - Letras itálicas son denotadas con _líneas_. - - Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las - minúsculas) han sido sustituidas por letras mayúsculas - de tamaño normal. - - - - - - TIERRAS - SOLARES - - POR - - RUBÉN DARIO - - ILUSTRACIONES - DE - ENRIQUE OCHOA - - - - Volumen III de las obras completas. - Administración: Editorial - MUNDO LATINO - - MADRID - - - - - ES PROPIEDAD - - - - - A - - FELIPE LÓPEZ - - MUY CORDIALMENTE - - _R. D._ - - - - -[Ilustración: BARCELONA] - - - - -[Ilustración] - - -DESPUÉS de algunos años vuelvo a Barcelona, tierra buena. En otra -ocasión os he dicho mis impresiones de este país grato y amable, en -donde la laboriosidad es virtud común y el orgullo innato y el sustento -de las tradiciones defensa contra debilitamientos y decadencias. Salí -de París el día de la primera nevada, que anunciaba la crudez del -próximo invierno. Salí en busca de sol y salud, y aquí, desde que he -llegado, he visto la luz alegre y sana del sol español, un cielo sin -las tristezas parisienses; y una vez más me he asombrado de cómo -Jean Moreas encuentra en París el mismo cielo de Grecia, el cual tan -solamente da todo su gozo en las tierras solares. Bien es cierto que el -poeta se refiere más al ambiente que a la luz, más al respirar que al -mirar. Pero la bondad de este cielo entra principalmente por los ojos y -los poros, abiertos al cálido cariño del inmenso y maravilloso diamante -de vida que nos hace la merced de existir. - -Cuando os escribí de España fué a raíz de la guerra funesta. Acababa -de pasar la tempestad. Estaba dolorosa y abatida la raza, agonizaba -el país. Y os hablé, sin embargo, de la mina de energía, del vasto -yacimiento de fuerza que hallé en esta provincia de Cataluña, gracias -al carácter de los habitantes, de antaño famosos por empresas arduas -y bien realizadas; y admiré la riqueza y el movimiento productor -de esta Barcelona modernísima, hermana en trabajo de la potente -Bilbao, afortunadas hormigas ambas que no han mirado nunca con buen -mirar a la cortesana cigarra de Castilla. España estaba, por opinión -general, condenada a la perpetua ruina, a la irremediable muerte. -No se veía venir por ninguna parte el caballero esperado, a quien -buscaba en la lejanía del camino la mirada ansiosa de la hermana Ana. -Hubo el aparecimiento de los profetas del mal y la irrupción de los -improvisados salvadores. Todo el mundo era hábil para indicar una -senda propicia; todo el mundo se creía llamado a poner nueva sangre -en el cuerpo agotado. Se dijera un consejo de políticas. Todas las -políticas y todos los politiquistas sabían un secreto con el cual se -iba a hinchar con músculos nuevos el pellejo del maltrecho León. En el -mundo del pensamiento se veían apenas unas cuantas esperanzas entre -el coro de eminencias amojamadas. Apenas los pocos violentos, los -revolucionarios, los iconoclastas, hacían lo posible por encender una -hoguera nueva. Y olía demasiado a podrido en Dinamarca. - -Hoy, al pasar, mi impresión es otra. Desde hace algún tiempo se ha -notado un estremecimiento de vida en la península. Cierto que las -políticas y los politiquistas continúan con sus ruidos inútiles y sus -discursos verbosos; cierto que ni los del carlismo renuncian a su -vago soñar, ni los de la república pierden momento para proclamar -que ellos son los dueños del porvenir y de la grandeza nacional, -entre escándalos y rivalidades poco provechosas al verdadero ideal -perseguido; cierto que el clericalismo inquisitorial, por un lado, -y el militarismo montjuichesco, por otro, no han cambiado un ápice -desde los tiempos terribles en que cayó, rojamente, el pobre y grande -conservador D. Antonio Cánovas; cierto que nadie sucede al pobre y -grande liberal Emilio Castelar; cierto que cierta prensa en que los -antiguos baturrillos, tiquismiquis, o dimes y diretes continúan en -una tradicional ignorancia de cultura, aún persiste; cierto que el -hambre del pueblo no mengua; cierto que la pereza general y la inquina -porque sí, del uno contra el otro, se sigue manifestando; cierto que -sigue oliendo a podrido en Dinamarca. Pero, fijáos bien: una fragancia -de juventud en flor llega hasta nosotros. Voces individuales, pero -poderosas y firmes, dicen palabras de bien y de verdad que el país -comienza a escuchar. Hay un rumor. ¿Es una resurrección? No, es un -despertamiento. Se renace. Se vuelve a vivir en un deseo de acción, -que demuestra y anuncia una próxima era de victorias. No tenían razón -los desconsolados, los que juzgaron el daño irremediable. He ahí los -buenos pensadores de la nueva España que piensa; he ahí los buenos -profesores de trabajo; los bravos catedráticos de actos, que enseñan a -las generaciones flamantes la manera de conseguir el logro, de sembrar -para recoger. Los superficiales del pedantismo desaparecieron; los -superficiales del odio inmotivado, de la improductiva palabra, de -las envidias absurdas, esos no existen más que en sí mismos. Existe, -empero, una juventud que ha encontrado su verbo. Existen los nuevos -apóstoles que dicen la doctrina saludable de la regeneración, del gozo -de la existencia; los buenos escritores de desinterés y de ímpetu; -los nuevos poetas que hablan armoniosamente, con sencillez o con -complicación, según sus almas, lo que sienten, lo que juzgan que deben -decir, en amor y sinceridad, con desdén del lodo verbal, de la vulgar -hazaña, del reir injusto. Y eso en toda España, desde entre los vascos -y catalanes activos, hasta entre los vibrantes andaluces y entre los -habitantes de la gárrula corte. La salud será, pues, luego, total. - -Mas Barcelona me detiene, con su carácter tan propio, y sin embargo, -desde antes tan universalizada más que europeizada. Sus ramblas -floridas hierven de almas, con su paseo de Gracia; las fábricas vecinas -han adquirido mayor empuje. Llegan numerosos los barcos a traer el -material de las industrias y salen cargados de la exportación pingüe -que aumenta la existente riqueza. Se alzan palacios flamantes. La -electricidad ayuda al progreso por todos puntos. La urbe se ensancha -y la población crece. Tan solamente turban la paz activa de producir -las agitaciones que de tanto en tanto siguen manifestándose y tomando -incremento en el elemento obrero. Hay un huevo que empolla desde -hace años la revolución latente, pero de ese huevo no saldrá ni con -mucho la soñada gallina gorda de los socialistas; antes bien, el ave -roja de la anarquía. El obrero aquí no se deja embaucar y va viendo -por sí solo. Los cabecillas pueden de un momento a otro perder su -cabeza. El trabajador aquí se impone, y su imposición se nota. No se -ve un solo establecimiento público que esté vedado a la blusa, y la -blusa hace ostentación de su presencia en todas partes. La cultura -general es también mayor, como ya otra vez lo he hecho notar, que en -otras provincias. El ambiente barcelonés es el de un pequeño París. -Sus artistas y escritores, genuinamente catalanes, están en contacto -con todo el mundo. Esta tierra de hombres de labor material, vasto -nido de menestrales, es también sustentadora de fuertes cerebros, de -aladas almas, de finas y sutiles imaginaciones. En el siglo XIX surge -el marqués de Campo; lo cual no obsta para que nazca después Santiago -Rusiñol. Rusiñol, espíritu encantador, pintor de soñaciones, maestro -de melancolías, y el cual en todas sus obras pone algo de la tristeza -que ha aprendido en las partes dolorosas y misteriosas de la vida. Le -conocí en París, después de ser muy amigos desde lejos. Es la primera -vez en que la persona no me causó decepción por el artista. Personal -e intelectualmente es el mismo. Gracias a Dios que no me ha quitado -aún--¡ni me lo quite nunca!--el don de admirar. Admirar de veras, con -mente sincera, con el corazón o con la cabeza, o con ambas cosas. Me -habló entonces Rusiñol de su drama _L'Heroe_ y de la resonancia del -estreno, pues en la pieza hay dura enseñanza popular dicha, si con -manera de noble artista, con claridad que pone a la vista de todos una -amarga lección de los injustos horrores de la guerra. Los del gobierno, -los del poder y los entorchados, protestaron e iban a provocar grueso -escándalo; las representaciones cesaron por orden de la autoridad, y -el artista dramaturgo tuvo que salir para Francia. Ahora veo en los -carteles anunciada una obra nueva, que por su título juzgo causará, si -cabe, mayores protestas. Se llama _El Mistich_. El soñador hace así -su ofrenda de bien a los oprimidos, ayuda a los de abajo. Como debe -hacerlo: desde arriba. - -Otros poetas traducen a los clásicos, y a los modernísimos extranjeros. -Hay un «teatro latino» que equivale a l'Oeuvre, o al Libre de París. Se -publican excelentes revistas de ideas y de arte, y libros de ingenios y -talentos bregadores presentados en formas artísticamente llamativas y -de bella tipografía. Todo ésto en catalán. Pues son raros los que, como -el noble poeta Marquina, prefieren vestir de castellano sus ideas. - -La juventud--¡brava «joventut»!--cultiva su campo, siembra su -semilla. Alza, construye su torre en el limitado cerco en que se oye -su lengua: pero desde lo alto de su torre, ve todos los horizontes. -Fecundo núcleo de vivaz civilización, la vieja Barcino, la generosa -y gallarda Barcelona de ahora, se afianza en su seguro valor y alza -la cabeza orgullosa coronada de muros, entre la montaña y el mar, que -vió partir en otros siglos los barcos de sus conquistadores. ¿Existe -el catalanismo? ¿Existe el odio que se ha dicho contra el resto de -España? Yo no lo creo ni lo noto ahora. Existe el catalanismo, si -por catalanismo se entiende el deseo de usufructuar el haber propio, -la separación de ese mismo haber para salvarlo de la amenazadora -bancarrota general, el derecho de la hormiga para decir a la cigarra: -«¡baila ahora!»; y la voluntad de mandar en su casa. Mas así como el -ansia de porvenir ha unido a los obreros catalanes con todos los de -la península en una misma mira y un mismo sentimiento, el deseo de -vuelo y expansión comienza a unir a la intelectualidad libre catalana -con la libre intelectualidad española, representada por admirables -personalidades pertenecientes a todas las provincias, ligados así -todos por la solidaridad del pensamiento y el propósito de olvidar -pasados defectos y errores, y colaborar en la misma tarea de bondad -y de gloria. Cierto, repito, que quedan los anquilosados de ayer, -los rezagados de la pacotilla; pero toda la sucia y seca hojarasca -desaparece al brotar la nueva selva, al renovarse la flora del viejo -jardín, a la entrada triunfal de la recién nacida primavera. La -América española ha mandado también sus embajadores, y poco a poco se -va formando más íntima relación entre ambos continentes, gracias a la -fuerza íntima de la idea, y a la internacional potencia del arte y -de la palabra. Pues hasta, por mayor decoro, la vida comercial misma -ha sacado ventajas, ayudada por los predicadores de las letras y -misioneros del periodismo. La unión mental será más y más fundamental -cada día que pase, conservando cada país su personalidad y su manera -de expresión. Se cambiarán con mayor frecuencia las delegaciones de -los intereses y las delegaciones de las ideas. Seremos, entonces -sí, la más grande España, antes de que avance el yanqui haciendo -Panamaes. Que cada región tenga y conserve su egoísmo altivo, pues de -la conjunción de todos esos egoísmos se forma la común grandeza; cada -grande árbol crece y se fortifica solo y todos forman la floresta. Esto -me hace pensar la Barcelona de las rojas barretinas y de las compañías -de vapores, la Barcelona de Rusiñol y de Gual, y la de las copiosas -fábricas y nutridos almacenes; la que hace oro, labra hierro, cultiva -flores y se fecunda a sí misma, entre los montes altos, silenciosos y -las inmensas aguas que hablan. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración: MÁLAGA] - - - - -[Ilustración] - - -ESCRIBO a la orilla del mar, sobre una terraza adonde llega el ruido -de la espuma. A pesar de la estación, está alegre y claro el día, y -el cielo limpio, de limpidez mineral, y el aire acariciador. Esta es -la dulce Málaga, llamada la Bella, de donde son las famosas pasas, -las famosas mujeres y el vino preferido para la consagración. Es -justamente una parte de la «tierra de María Santísima», con dos partes -de la tierra de Mahoma. Mas el color local se va perdiendo, a medida -que avanza la universal civilización destructora de poesía y hacedora -de negocios. Hay, en verdad, mucho de lo típico, en los barrios -singulares, como el Perchel, la Trinidad y la escalonada Alcazaba; mas -la ciudad no os ofrecerá mucho que satisfaga a vuestra imaginación, -sobre todo si imagináis a la francesa, y no buscáis sino pandereta, -navaja, mantón y calañés. Hay sí la reja cantada en los versos, y los -ojos espléndidos de las mujeres, y la molicie, y el ambiente de amor. -Hay las callejuelas estrechas y antiguas, y las ventanas adornadas -con los tiestos de albahacas y claveles, como en los cromos; hay -bastante morisco y no poco medioeval. Mas, del lado del mar, surge una -Málaga cosmopolita y nueva, y más que cosmopolita, inglesa, durante -la «season», pues demás está decir que desde que un Mr. Richard Ford -escribió en su «Hand-Book for travellers in Spain» que el clima de -Málaga es «superior a todos los de Italia y España para enfermedades -del pecho» y que «aquí el invierno es desconocido», la invasión -británica estuvo decretada. Los ingleses no han llegado a Andalucía tan -solamente por bien de sus pulmones y bronquios. Y así, como lo hace -observar José Nogales, que es autoridad y que es andaluz: «en las -zonas andaluzas donde se extiende la influencia inglesa--exclusivamente -inglesa--, la vida interior reacciona de un modo maravilloso. Parece -otra gente. Por Málaga, por el campo de Gibraltar y por Huelva, van -entrando los ingleses en mansa y tranquila invasión de intereses que de -día en día ensanchan y afirman. Y el fenómeno por mí observado consiste -en lo bien y rápidamente que se entienden y hermanan el andaluz y el -inglés. A los dos días de llegar, el inglés es «don Guillermo», o «don -Roberto», o «don Jorge». Unos y otros se acomodan bien a sus maneras, y -hay, andando el tiempo, deseos del entruque rara vez desperdiciados. De -ahí va saliendo el núcleo de una raza nueva y vigorosa». El extranjero -ha traído a Andalucía el impulso del trabajo, ha implantado fábricas, -ha dado gran aumento a la exportación de frutas y de vinos. ¿Quién se -acuerda ya del inglés «aborrecido»? El nombre de uno está grabado en -un monumento público, el inglés Robert Boyd, que fué fusilado por la -causa de la libertad, junto con Torrijos. Estas villas floridas, estos -chalets llenos de morenas meridionales y rubias anglo-sajonas, al -lado de la Caleta y el Polo, hacen recordar que por aquí pasó Byron y -afirman que esto es encantador. Sobre todo, no hay ese bullir lujoso -de las ciudades balnearias revueltas por la moda y emponzoñadas por -el casino. Aquí no hay casino, ni moda, ni viene Liane de Pougy, ni -monsieur de Phocas. Aquí hay luz, montes apacibles, el Mediterráneo, -barcas pescadoras. «Larios y boquerones», corrige un andaluz que lee -las últimas palabras que he escrito. - -¿Larios? En efecto, en la ciudad todo es Larios. La propiedad, la -influencia política, están en poder de ese apellido. Vais por un paseo -y encontráis una estatua del marqués de Larios. La calle principal -de la ciudad, es la calle de Larios; las casas todas que forman esa -calle, pertenecen a los Larios; de los Larios son también otras cuantas -regadas en la población. Hay dos grandes fábricas de hilados, con -unos ocho mil trabajadores, y demás está deciros que esa fábrica es -de los Larios. Hay diez fábricas y refinerías de azúcar, y pertenecen -igualmente a la famosa familia.--¿Y ese gran asilo?--De Larios. Desde -Gibraltar hasta Almería, me dicen, todo es de ellos. Málaga es la -ciudad de los Larios.--¿Y la catedral, también será de ellos?--La -catedral no; pero el reloj de la catedral, ¡sí! Estas son andaluzadas -en serio. - - * * * * * - -«Les damos por armas la forma de la misma ciudad y fortaleza de -Gibralfaro, con el corral de los cautivos en un campo colorado, y por -reverencia y en cada una de sus torres, las imágenes de los patronos de -Málaga, San Ciriaco y Santa Paula, y por honra del puerto las ondas del -mar, y por orladura de las dichas armas, el yugo y las flechas». Así se -expresa la real cédula en que los Reyes Católicos, Don Fernando y Doña -Isabel, concedieron a Málaga el blasón que queda dicho. Gibralfaro es -una ruina, como todo lo que queda recordando el poderío árabe. He visto -la bella puerta de las Atarazanas sirviendo de entrada a un mercado, en -el mismo lugar en que se levantaba una magnífica mezquita en tiempos no -de tanta miseria para el pueblo malagueño. Es la obra de los cristianos -y civilizados vencedores. La labrada piedra contesta: _Le galib ille -Aláh_: El vencedor solo es Dios... - -Y la herencia arábiga se encuentra por todas partes, en la faz de las -mujeres, en las figuras del pueblo, en las rejas de las casas, en los -guturales gritos de los vendedores ambulantes. - -Cuando he recorrido la ciudadela de la antigua Alcazaba, he creído -ver revivir ante mis ojos la pasada existencia. Habitan gentes en las -mismas viejas construcciones, casas estrechas y escalonadas en la -altura, desde donde se domina el ancho puerto. - -En algún punto veis, sobre una columna corintia del tiempo de la -dominación romana, el arco en herradura que vió pasar los albornoces -blancos y los estandartes verdes. He conocido al poeta y novelista -Arturo Reyes, el primero de los portaliras malagueños y bien amado de -sus conterráneos; jamás he visto moro de pintura o de verdad que le -supere en aspecto. ¡Qué modelo para Benjamín Constant! He visto vestida -a la moda de París y en un elegante carruaje, a Zulema; y, con una flor -en la cabeza, comprando pescado, cerca del seco Guadalmedina, a Zoraida. - - * * * * * - -Entrando a la realidad de la vida, halláis un pueblo pobre, falto -de sangre y de trabajo. El exceso de población apenas halla salida -escasa en los inmigrantes que atraviesan el Océano. Y la indolencia -nacional... Iba yo recorriendo la ciudad, en un tranvía tirado por -flojos caballos. Allá, en un lugar llamado Puerta Nueva, se encontró -un carro en la vía, en el carro unos cuantos sacos, y el carrero -consiendo uno de ellos. El hombre vió venir el tranvía con una mirada -indiferente, y siguió cosiendo su saco. ¿Pasaríamos? ¿No pasaríamos...? -El conductor descendió a hablar con el carrero; oí vagas palabras, -vi pocos gestos. El hombre seguía consiendo su saco... A los cuatro -minutos, el tranvía pudo pasar, _et pour cause_. El hombre había -acabado de coser su saco... - -En un lugar de la larga hondonada que forma el lecho del sediento -Guadalmedina, he visto una especie de lamentable mercado al aire libre, -peces y fruta, cestas de pulpos como en Nápoles, y naranjas doradas. Lo -pintoresco no quita la sensación de miseria, entre calles y callejuelas -llenas de malos olores, de charcos pestilenciales, de focos de -enfermedad. Me explico la abundancia de pálidos rostros, de colores -marchitos en las más hermosas facciones. - -Hoy veo, en un diario, que el número de reses vacunas sacrificadas -es de veinte; y Málaga tiene más de ciento treinta mil habitantes... -¡Y la carne paga una peseta el kilo, de derechos de consumo! Un muy -discreto y activo periodista, a quien he tenido el placer de tratar, el -Sr. Fernández y García, me da los más penosos detalles: «La carestía -de los artículos alimenticios, dice, equivale a un grave motivo de -alarma. La carne, para los pobres, resulta un artículo de lujo. Muchos -enfermos tienen que prescindir de ese alimento necesario para reponer -las fuerzas, porque su precio excesivo no lo pone al alcance más que -de las personas bien acomodadas. La leche es mala y cara. ¿De qué -nos sirve nuestra vecindad con Marruecos, si rara vez disfrutamos -la ventaja de recibir, en cantidad suficiente, huevos y aves a -precios económicos, importados de los terrenos inmediatos a nuestras -posesiones de Africa? El pescado mismo, con excepción de los días de -pesca abundante y extraordinaria, sufre carestía. ¿El bacalao? Si el -gobierno no toma el buen acuerdo de pedir a las Cortes la supresión de -los derechos arancelarios, se venderá tan caro, que, como sucede con la -carne, no estará al alcance de los pobres. Sólo faltaba el aumento en -los precios de los alquileres, y ya es tan difícil encontrar albergue -higiénico y barato, como un avaro con alma. De modo que el malestar se -acentúa para todas esas clases de la sociedad a quienes la lucha por -la existencia resulta penosísima, y que van dejándose la piel en las -zarzas de estos infortunios. Con decir que el remedio no se vislumbra, -se expresa que la desgracia que nos afluye parece mayor porque se vive -sin esperanzas». Hay, pues, necesidad en las clases pobres, hambre en -el pueblo. - -La antigua religiosidad ha mermado mucho, y, en sus sufrimientos, ya -no se vuelven los necesitados a la Divinidad, ya no se ruega a Dios... -Se siente una invasión de protestas anárquicas, que va de la ciudad a -la campiña, a pesar de las congregaciones religiosas que luchan por -conservar su influencia, a pesar de las vírgenes que podéis ver en -algunos sitios, a la entrada de algunas casas, adornadas de flores -artificiales, y ante las cuales arde una pálida lamparilla de devoción -tradicional. - - * * * * * - -Hoy, 11 de Diciembre, aniversario del fusilamiento de Torrijos y -sus compañeros, he ido a ver el monumento levantado en memoria del -espantoso sacrificio... No vi coronas profusas, flores de recuerdo. -Por calles sucias, entre baches y pedregales, llegué, por el barrio -del Perchel, a la iglesia del Carmen, donde estaba el antiguo -convento. Por el camino, un compañero me recuerda la página sangrienta -que inmortalizó artísticamente un célebre pincel. Encontrábanse en -Gibraltar unos cincuenta desterrados a causa de sus ideas liberales, -y fueron llamados secretamente por el gobernador de Málaga, Moreno, -proponiéndoles pronunciarse con ellos en favor de las libertades -de la Constitución, como se decía entonces. Salieron de Gibraltar -cincuenta y un hombres. En camino, pasaron la noche en el cortijo de -la Alquería, y allí fueron copados por las tropas que mandó con ese -objeto el mismo gobernador de Málaga. Lograron escapar dos ingleses, -de tres que venían en la expedición. Llegaron los presos por la mañana -del 10 de Diciembre, y al día siguiente, a pesar de ser día domingo, -con el permiso episcopal, fueron fusilados. La capilla la pasaron en -una iglesia del entonces convento carmelita. La ejecución empezó a -las siete de la mañana y duró media hora. El último que mataron fué -el inglés Boyd. «Mi abuelo, me dice la persona que me acompaña, oyó -los tiros desde el vecino matadero de reses. Calcula que se tirarían -mil tiros... De lo que no hay que asombrarse, teniendo en cuenta que -entonces se usaban fusiles de chispa, que estaba lloviendo y que se -mojaba la pólvora de las cazoletas, por lo que fallaban muchos tiros. -Los quejidos de las víctimas y el estado nervioso de los mismos -soldados de la ejecución aumentaban el horror de tal manera, que el -fraile que confesó y ayudó a bien morir a las víctimas se volvió -loco...» - -Al llegar a la iglesia, un chicuelo zaparrastroso me sale al paso. - ---¿Qué quiere usted? - ---Visitar la iglesia. - ---Venga. - ---Dime: ¿en dónde estuvieron encerrados Torrijos y sus compañeros? - -El chico me mira asombrado. No halla qué contestar. Le explico más. Se -trata de unos que mataron hace tiempo... Por fin cae en la cuenta. - ---Venga usted. Ya sé. Aquí está el confesonario en donde los confesaron. - -En efecto: en una capilla que está al lado derecho del altar mayor, y -cuya entrada aún conserva la gruesa reja que sirvió de cárcel de una -noche a los sacrificados, logré ver entre la obscuridad, aislado, un -confesonario viejo y polvoroso. Luego salgo con mi amigo acompañante a -buscar el lugar en que fueron ultimados. Lo encontramos, preguntando, -en una callejuela inmunda. Hay una base gastada, de mármol, sobre la -que reposa una tosca cruz de hierro. Hay una inscripción borrada, -ilegible. Ni una flor. Hay comadres conversando en las puertas de las -casuchas vecinas, y muchachos mugrientos jugando a pleno cielo, y un -perro soñoliento hacia el lado por donde se va al mar azul... - -Esta es Málaga la Bella, de donde son las famosas pasas, las famosas -mujeres y el vino preferido para la consagración. - - -II - -Por la mañana he ido a ver «sacar el copo» a los pescadores, a un -lado del esbelto y blanco faro. Las gentes están ya de fiesta como -la mar y el sol. Miro animación por las calles, sobre todo cerca de -la Plaza de la Constitución, donde un puñado de barracas atrae a los -transeuntes y forasteros. La calle de lujo, la calle Larios, ofrece -sus vitrinas llenas de dulces, de pintura _criarde_ y de artículos -de París. Allá en la playa hay ropas más vistosas que de costumbre, -mantones blancos y azules, pañuelos y corbatas policromas, entre las -gentes que van a presenciar la sacada de la red. Tirada por unos -cuantos hombres y muchachos, sostenida en las aguas por odres infladas, -va saliendo poco a poco ante la inmensidad del Mediterráneo azul y -del cielo azul. Cuando llega a la arena y la recogen rápidamente los -pescadores--después de larga fatiga,--se ve la carga de boquerones -semejantes a vivas rebanaduras de plomo, los opalinos y flácidos -calamares, la pescadilla como una lanza, la sardina plateada y profusa. -De allí los recoge el vendedor callejero, que va después gritando su -calidad y llevando, como la balanza los platillos, dos cestos laterales -colgantes del palo que sostiene sobre sus hombros. - -Por las calles va la gente atareada en busca de los preparativos de -las cenas caseras. Los paveros, «de su banda de pavos en compañía», -como canta la sonora guitarra del poeta Rueda, van, en efecto, -conduciendo, con una vara larga como de alcalde y un ancho sombrero, -a los suculentos animales que son de costumbre y ley en noche de -Navidad. Se compran en las dulcerías y confiterías las sabrosas cosas -miliunanochescas o monjiles, hechas de harinas y mieles, y cuya -nomenclatura regocijaría a pantagruélicos abates: turrones y mazapanes, -pestiños, roscas, tortas de aceite y manteca, y entre cien otros, los -polvorones de Estepa y Laujar, los alfajores exquisitos y golosinas de -almendras y azúcar que se deshacen inefablemente en el paladar. Apenas -me referiré a la _charcuterie_ nacional, con sus salchichones de Vich, -sus chorizos de Candelario y la Rioja y Extremadura, sus incomparables -morcillas y salazones, y la egregia butifarra catalana. Las frutas -tienen admirable representación en los puestos que se establecen a la -entrada de la calle Nueva, con una variedad y lozanía que sorprenden. -Junto a la uva deliciosa del país, cuya fama es universal, y junto a -las doradas naranjas dulcísimas, se ve la americana chirimoya y la -misma caña de azúcar, y la banana, que han brotado en este suelo al -amor de un clima casi tropical. El mercado de frutas en plena calle -es a la manera de un zoko árabe, por su bullicio y movimiento, lo -pintoresco de las gentes, los borriquillos cargados, los tipos mismos -populares y la invisible y perdurable influencia que los antiguos -habitantes africanos dejaron en el ambiente de esta ciudad indolente, -poética y llena de cálida gracia. - -Y he de celebrar siempre, ante todo y después de todo, el hechizo de -la mujer malagueña, indudablemente la primera en hermosura en todo el -reino de belleza que es la tierra de España. Hay que ver Málaga en -un día como éste, con sus calles y paseos, su Caleta y el Palo, su -Alameda y su nuevo Parque, animados de maravillosas rosas vivientes, -que van y vienen, sin coqueterías de países más parisienizados, pero -todas carne floral y colores de vida, de salud y amor. Lo mismo las -malagueñas de la aristocracia, que saben bien los usos y modas de París -y Londres, que las de la clase media y las del pueblo, llevan en sus -rostros un poema de encanto natural y una atávica chispa encendedora de -corazones que hacen revivir en las más prosaicas almas de este tiempo -práctico, un enamorado son de guzla, o una declamación que valga por -una kásida. La malagueña es sultana u odalisca. O impera con la mirada, -o halaga con la sonrisa. Hay cuerpos que van rítmicamente andando con -manera tal, que el _incensu patuit dea_ os sale de los labios. Hay ojos -malagueños que son inmensos, y en su inmensidad está todo el cielo y -todo el mar y todo el amor, junto con la inmensa voluptuosidad. Este es -don particular de la hembra de aquí, como saturada del perfume de la -ilusión moruna del mahometano paraíso. Son las anticipadas huríes. Y -como a sus abuelas les impuso el catolicismo la devoción, hay en ellas -una inquietante mezcla de ángeles católicos y zoraidas sarracenas. -Tienen el más provocador de los pudores. Las cabelleras son copiosas y -doradas o renegridas. He visto pasar dos hermanitas de las más opuestas -cabelleras: la una nocturna, de noche tempestuosa; la otra auroral. -Llevaban el pelo caído por la espalda, y no se podía menos de pensar ya -en Margarita, ya en Mignon. ¿Y Esmeralda? A Esmeralda la veis a cada -paso. Y si vais al suburbio, en el medio gitano, veis aparecer, aun en -horribles tugurios, sus dos ojos negros llenos de pasión y maleficio. - -La goletera, la heroína de Arturo Reyes, sale multiplicada de su -barrio, seguida del novio y de los varios Pipirigañas que andan -alrededor suyo. Como no soy muy ducho en distinguir las de la Goleta -entre las del Perchel y de la Trinidad, se me antoja una Trini cada -moza de las que llaman barbianas, con bellos ojos y caras y cuerpos -de celeste pecado mortal. En el paseo, por la tarde, a orilla del mar -quieto y amoroso en su dulce infinito, se juntan todas esas Trinis en -grupos familiares, cerca de pequeñas hogueras en que en sartas se asan -las ricas sardinas recién salidas del copo, y que se comen calientes, -regadas después con el chispeante Montilla que pone luz solar en la -cabeza y suelta estas ágiles lenguas, estas ágiles manos y estos ágiles -pies, pues siempre se toca la guitarra, siempre se jalea, se acompaña -al tocador con las palmas, siempre se cantan las gimientes malagueñas -o los rítmicos tangos, y a veces se ve a una brava muchacha iniciar -un paso en que luce el garbo heredado de las antiguas danzarinas -andaluzas. Las percheleras y las trinitarias son famosas por su gracia -y su habilidad para el canto y el baile. Así las he admirado al pasar, -mientras un sol cariñoso teñía ya de oro, de violeta, de púrpura, el -inmenso cristal mediterráneo. - -Los hombres pasan con sus trajes nuevos, las americanas ceñidas a la -torera, los sombreros grises cordobeses, los zapatos de charol con la -inevitable caña de color claro. Y con ciertos andares y ademanes que -hacen ver que el compadrito bonaerense ha heredado algo de por acá. -Y las mujeres andan como que se deslizan, con los mantones de lana, -blancos, rojos, azules, como las corbatas de los novios y amigos, y -llevan las cabezas hermosísimas, adornadas con flores, profusamente, -rosas fresquísimas y rosadas, claveles ultraviolentos, y unas especies -de crisantemas pajizas que llaman goyetinas, y que completan la -decoración floral. Quién va a la casa a preparar la cena de la noche, -quién va a las barracas a comprar juguetes con los niños; juguetes que -tienen todo el carácter local: guitarritas, castañuelas, panderetas -y figuras de nacimiento, que se venden al lado del pin-pan-pum, -divertimiento grotesco en que la brutalidad y el instinto de agresión -humanos encuentran contentamiento, lo mismo en la feria de Neully que -en la diminuta fiesta pascual malacitana. Las borracheras populares -comienzan a hacer ruido por la noche. Se oyen pasar las sonoras -«parrandas», reuniones de muchachos y muchachas del pueblo, que van -cantando coplas por las calles, coplas que recuerdan la celebración -del día, la Virgen en el pesebre, José, el niño Jesús, el buey y la -mula. Y de paso va entremezclada la copla amorosa o satírica, al son -de las zambombas, al grito de los pitos, al chocar de las almireces -y castañuelas, al rasgueo de la inseparable guitarra. Hay quien se -acuerda todavía de por qué se celebra esa noche; hay quien piensa, -por la tradición, en la estrella de los reyes magos, en la aldea de -Belén, en el Dios de los cristianos que nació pobremente, que murió -hace muchos siglos, y por el cual se pasan ratos muy agradables y -regocijados. - - La nochebuena se viene, - la nochebuena se va, - y nosotros nos iremos - y no volveremos más. - - ¡Carrasclás, que gordo está el pavo; - carrasclás, que gordito está; - carrasclás, qué enjundia que tiene; - carrasclás, carrasclás, carrasclás! - -¿Quién se acuerda en París, al engullir el «boudin» blanco, ni de -Cristo ni de la muerte...? - -Luego se va aquí a la misa del gallo. Las gentes invaden la iglesia, -iluminada como para la alegre fiesta. El órgano lanza sus chorros -armoniosos. Los villancicos resuenan, como las coplas de una celeste -juerga. Los registros de la voz humana, del bombardón, de la chirimía, -derraman sus sonidos como en un trueno de música. Hay verdadero gozo -en el ambiente, aunque la devoción no sea muy grande. Las campanas han -anunciado el nacimiento del buen Pastor, celebrado por los pastores -y adorado por los reyes. Todo eso está muy bien; y así ha llegado la -hora de ir a los ágapes copiosos en que hay tanta golosina, tanto vino -encendedor de sangre y el animal de ritual: - - ¡Carrasclás, que gordo está el pavo; - carrasclás, que gordito está; - carrasclás, qué enjundia que tiene; - carrasclás, carrasclás, carrasclás! - -Luego será la danza, los cantos; airosas sevillanas, donairosos -panaderos, saltantes y garbosas jotas. Y el buen pueblo continuará -en la zambra; saldrá por la población caminando al compás de sus -instrumentos, echando al aire, bajo las estrellas, estrofa y estrofa; -la parranda llenará con sus ecos todos los barrios; el vino irá -dejando vencidos, y la última canción se escuchará hasta después de -que haya salido el sol. - - * * * * * - -Sol andaluz, que vieron los primitivos celtas, que sedujo a los -antiguos cartagineses, que deslumbró a los navegantes fenicios, que -atrajo a los brumosos vándalos, que admiró a los romanos, pero que, -sobre todo, fué la delicia de los africanos de ojos y sangre solares; -él es más que todo el donador de gracia y amor en esta tierra. Málaga -es predilecta del divino Helios. «En otros días, dice D. Juan Valera, -cuando teníamos en España un pronunciamiento cada seis meses, Málaga -se jactaba de ser la primera en el peligro de la libertad. Ahora que -felizmente la libertad no peligra, Málaga, con su región, bien puede -jactarse, si no de ser la primera, de ir muy adelante y de descollar -mucho en el cultivo de las letras humanas y de la palabra hablada y -escrita. Es singularísimo que los hijos de esa región se distingan -hablando y escribiendo, por dos cualidades extremas en las que se -cifra todo el poder de la palabra humana. El discurso hablado del -malagueño es torrente impetuoso que arrebata y conmueve: acusaciones -serias, chistes, burlas, sistemas políticos y económicos, y hasta -filosofías de la historia, inventado todo de repente y convertido en -masa de proyectiles para derribar a los contrarios y meterlos debajo -de los bancos; tal es la elocuencia torrencial de la región malagueña: -algo semejante a una venida del Guadalmedina.» Esas son cualidades -solares. El sol da su brillo a la imaginación malagueña, su fuerza a -la fecundidad malagueña, su singular encanto a la hembra malagueña; -Castelar no era de Málaga, era de Cádiz; hermana solar también; pero -Cánovas era malagueño. La paleta del egregio maestro Moreno Carbonero -concentra mucho de esta luz poderosa y dominante. Los poetas malagueños -Díaz de Escovar, que hace cantares oyendo el latir del corazón de su -pueblo; Reyes, que lleva la primacía, ardoroso moro, y más que andaluz -supermalagueño; Rueda, maestro en gay saber andaluz; Urbano, delicado; -Sánchez Rodríguez, triste y melodioso; González Anaya, enamorado -melancólico de su tierra; Fernández de los Reyes, que labra el verso -sincero y vibrador; todos los portaliras malagueños son dignos de su -raza solar. Son almas que sufren lejanos atavismos, de los cuales brota -el canto como la rosa del rosal. - -Hay una estatua que levantar en Málaga: la de Hamehet-el-Zegrí. - -Y así concluyo estas líneas sobre la Nochebuena, en pleno sol. - - -III - -Los extranjeros que llegamos en la hora actual a España, sufrimos -ciertamente desengaños. Hemos llegado tarde; _les lauriers sont -coupés_. El progreso es el enemigo de lo pintoresco, y su nivelación -no va dejando carácter local ni originalidad en ninguna parte. Hay -andaluces de la hora presente que protestan contra la Andalucía de -figuras de pandereta y caja-de-pasas, que tanto ha dado que escribir, -cantar y pintar, la Andalucía byroniana, de Gautier, la de D'Amicis; -protestan porque quieren otra Andalucía semejante a los Dorados -comerciales en que piensa mi amigo Maeztu. ¡Ah! desgraciadamente ya -no encontramos la poética Andalucía sino muy venida a menos o muy ida -a más. El progreso aquí en Málaga, por ejemplo, ha traído los altos -hornos y se ha llevado los encantos de antaño. Las particularidades -andaluzas que antes daban viva lección de las gracias autóctonas y de -las locales bizarrías, la indumentaria misma, todo lo que constituía -tema para páginas de colorido y de dibujo característicos, queda en los -viejos libros. _El Solitario_ es tan antiguo como Nepote. En la calle -principal de Málaga hay tiendas parisienses, dos clubs. En el paseo -principal hay corso como en Palermo o en el Bois, relativamente, y la -ciudad cuenta con un automóvil, ¡oh poeta Ovando Santarén!, que no -podría entrar en tus octavas reales. - -Los malagueños progresistas que quieren su ciudad igual a no importa -qué «ciudad moderna», con las abominaciones rectangulares que odiaba -el gran Yanqui, están en su derecho, como los venecianos que quieren -rellenar el _Canalazzo_ y echar al olvido las góndolas. Están en su -derecho; pero también están en el suyo los artistas del mundo que -defienden la belleza del pasado y la razón del arte. Nada más odioso -para mí que un doctor japonés vestido de londinense, que durante el -tiempo que nos tocó estar juntos en un compartimiento de ferrocarril, -me hablaba con desprecio de los pintores japoneses y de la poesía -de su raza, y me elogiaba la invasión del parlamentarismo y la -occidentalización de sus compatriotas de ojos circunflejos. Y nada más -simpático que la idea del fuerte y noble pintor Moreno Carbonero, que -inició un proyecto, según me dicen, de reconstruir la ruinosa Alcazaba -morisca malagueña, para resucitar en la ciudad luminosa un rincón -pintoresco y animado de la vida antigua, sin duda alguna más activa, -y, sobre todo, más bella que la presente. Las altas damas desdeñan -ya la mantilla. No se encuentra una maja sino en cromos. Los hombres -quieren, por su parte, parecer ingleses, como los elegantes de todos -lugares. El pueblo bajo no tiene sino vagos restos de las tradicionales -maneras. Los toreros quieren ser personajes sociales. «Don Luis» es -el célebre Mazzantini, y se habla de sus modos de gran señor y de su -biblioteca y de sus trufas. El otro Mazzantini, el _cadet_, se mete en -los asuntos electores de su pueblo, perora, toma parte activa en las -luchas políticas. La coleta queda, por milagro, como un recuerdo y como -una costumbre, que acabará por caer. Los tipos bizarros de antes quedan -para modelos de los pintores y _pour l'exportation_. - -El mismo cante flamenco ha degenerado, ha perdido sus bríos antiguos. -Vagan aún gloriosas ruinas, como Chacón, famoso por sus «jipíos», -tanto como por sus buenas fortunas en aristocráticos caprichos, y Juan -Breva, el «cantaor» de Don Alfonso XII, que, viejo corpulento, va hoy -por ahí cantando en falsetes lamentables las eternas malagueñas de -quejas e hipos, o las amorosas y armoniosas soleares, último aeda del -antes triunfante flamenquismo. Dicen de Chacón que es uno de los que -han contribuído a la ruina del cante, porque ha sido el decadente con -talento de los «cantaores», y los que le han seguido y han querido -hacer como él, han resultado con el fracaso de todos los serviles -acólitos que sin reflexión ni fuerza imitan. Donde algo queda de las -pasadas gracias nativas es en el baile, pues las danzarinas andaluzas -guardan aún las mismas condiciones que las hacen aparecer en los -exámetros de Juvenal. La exportación que ya señala el satírico, está -hoy en más auge que nunca. El baile español se ha hecho un número -preciso en todo programa de café-concert o music-hall que se respeta, -y hay países en donde es singularmente gustado, como en Rusia y en los -Estados Unidos. Carolina Otero conoce la admiración de los rublos. Y -el ilustre cubano José Martí contó, en una de sus bellas cartas, a los -lectores de _La Nación_, de Buenos Aires, cómo los yanquis salían de su -frialdad anglosajona al mover sus estupendas piernas aquella ruidosa y -preciosa Carmencita, que quedó, para regocijo de los ojos, perpetuada -en la tela de Sargent, que guarda el Luxembourg. - -Así, toda joven que aprende a bailar, sueña, si es bella, con la -felicidad que existe en el extranjero, con las contratas en grandes -ciudades en que hay gloria y amor rico, en las victorias de las -Carmencitas, Oteros, Guerreros y Chavitas que van conquistando el mundo -a son de sevillana, jota, vito, seguidilla o tango. Entretanto se van -cerrando los cafés típicos de cante, aun en esta misma Andalucía de las -guitarras, coplas y claveles. Aquí en Málaga había cinco, por ejemplo, -entre ellos el famoso de Silverio, y apenas queda uno, muy mediocre -y poco atrayente. En Sevilla se cerró el sonadísimo Burrero, en la -calle de las Sierpes, después de haber tenido en su tablado todas las -celebridades guitarreras y coreográficas de la tierra, que como sabéis, -es «de María Santísima». Restan apenas las vistosas y decorativas casas -de cante y baile que puedan satisfacer la curiosidad del viajero, en -ciudades de segundo orden, como Ronda, Vélez-Malaga o Antequera, lugar -por donde muchos quieren que salga el sol...; o allá en Algeciras, o -La Línea, en las cercanías de Gibraltar, en donde los ingleses de la -guarnición van a dejar sus libras convertidas en castizas pesetas. - -Yo he ido a ver aquí en Málaga el café de España. Leí el anuncio en -un diario: «Todas las noches, grandes bailes nacionales y cante, por -la célebre cantadora por Tangos la Niña de Pomares, y el aplaudido -cantador José Beda, el Jerezano. A las siete y media. Entrada al -consumo». El local es un largo salón, con mesitas, como cualquier café, -y en el centro un tablado, sin adorno alguno. - -Concurrencia heteróclita; humo de cigarros; uno que otro «señorito», -uno que otro militar, algunos campesinos, que aquí llaman catetos. -De pronto, los acordes de un piano se oyen, y aparecen en el tablado -seis u ocho mozas vestidas de semimajas; es decir, de majas, que a la -conocida indumentaria han agregado adornos y pompones a la francesa. - -Llevan colores vistosos en las faldas cortas y acampanadas, en los -corpiños; y en las cabezas, rizadas y de peinados bajos, portan -moños de cintas y flores de tintes violentos, flores naturales o -artificiales. Bailan primero las boleras, que son las que llevan esas -faldas cortas, y se acompañan con las castañuelas, bailan el olé, -que tiene el ritmo de un vals; los panaderos, más despaciosos, por -dos parejas; las sevillanas, el jaleo, el vito, las soleares, las -«seguirillas», y hasta jotas. Hay cierta gracia; pero deslucen las -arrugadas medias color de carne, los trajes sin esmero, los zapatos -usados, las sonrisas forzadas en las caras llenas de pintura, los -horribles calzones que se exhiben al dar las ligeras vueltas o al hacer -un quiebre de cintura. - -Después de las boleras bailan las flamencas sus polos, medios polos, -zapateados, tangos y otros bailes. Las flamencas llevan faldas largas, -no llevan castañuelas; pero hacen sonar los dedos imitándolas, y tienen -un coro de jaleadores que las anima con gritos, con los tradicionales -«oles» y «arzas», y que sigue el ritmo con las palmas. Todas esas -danzas se parecen; el extranjero, el no conocedor, difícilmente puede -distinguir la diferencia que hay entre una y otra, la cual diferencia -es de pasos y compases, con el ritmo más o menos precipitado o -contenido. - -Después que han bailado, descienden boleras y flamencas a visitar -a los consumidores en las mesitas, a hacer gastar lo más que se -pueda, según la consigna del dueño del café. Todas las que he visto -son muy jóvenes y bonitas, afeadas tan solamente por lo sórdido de -los vestidos. Hay una niña de trece a catorce años, portadora de -monstruosas piernas postizas. Pregunto a un vecino qué dice la liga -contra la trata de blancas a este respecto, y me contesta que estas -jóvenes son, o por lo menos dicen que son, honestas. De mesa en mesa -van trasegando manzanilla y más manzanilla, de mesa en mesa donde hay -extranjeros o forasteros, porque los nativos conocen el juego y no se -dejan explotar. Las caras de las muchachas, cubiertas de polvos y de -afeites, exageradamente brochadas de rojo, a los resplandores de la luz -eléctrica toman reflejos extraños, se ven en una verdad lamentable, -con un aspecto cuasi grotesco, penoso y triste, en su fiesta, como en -un cuadro de Zuloaga. Las infelices beben, beben, para volver a bailar -y volver a beber. Las interpelan conocidos, de chaqueta o americana -corta y sombrero cordobés, les dicen groseras galanterías, les murmuran -proposiciones, se burlan de ellas, y, a veces, las insultan... El piano -inicia de nuevo el son, y ellas, descaradas, bestiales, ingenuas, suben -de nuevo a las tablas. - -Toca a los cantadores la tarea. _Cantaor_ en realidad hay uno sólo -de los dos hombres bien afeitados y ceñidos que se sientan en sendas -sillas. Uno toca la guitarra. El otro, el _cantaor_, clava los ojos -en el aire, mirando hacia arriba, y comienza a quejarse, a quejarse -largamente; con un bastón pesado golpea las tablas, llevando el compás, -y la queja se extiende, ondulante, gemido, grito, ay, lamento; y la -boca sigue abierta, como si fuese saliendo de ella una interminable -cinta de notas gemebundas, hasta que sale el verso de la copla, que -se refiere a una de estas tres cosas, que desde hace mil años forman -el tema de los poetas andaluces: su mamá, su novia, la muerte, o -una de tantas vírgenes de su devoción. Entre verso y verso hay unos -ayes desgarradores, unos ayes feroces, de alguien a quien se está -asesinando, y entonces, del público conocedor salen unos cuantos _¡olé -ya!_ aprobativos, mientras la guitarra sigue en rasgueos, o canta o -gime también como el afeitado y berreante _cantaor_. Luego se anuncia -el «americanito». Y sale a cantar un chico de unos diez o doce años, -que bien pudieran ser catorce o quince, y grita, y gime, y berrea -también amores desesperados, habla de la Virgen y de una _puñalaíta_. Y -olé ya. Cuando llegó el chico a mi mesa me pidió un chocolate. - -A él no le obligan a beber montilla ni manzanilla. - ---¿Por qué te llaman «el Americanito»? - ---Porque zoy americano. - ---¿De dónde? - ---De Buenozaire. - ---¿Y te acuerdas de Buenozaire? - ---No zeñó. - ---¿Y cuánto hace que viniste de allá? - ---Doze años. - -¡Cómo no haya venido en el vientre de su madre! Y vuelta otra vez a -los bailes de las pobres muchachas pintarrajeadas, a los clamores -desesperados de José Beda «el Jerezano», y a los tangos de la «niña de -Pomares». Sale uno fastidiado, aburrido. Gautier y D'Amicis llegaron -a estas tierras en tiempos mejores. Sus almas, ciertamente, no tenían -el veneno del Livor que mata a las generaciones de hoy; pero también -las cosas de España eran distintas entonces. Imperaba la alegría de -Fortuny. Había diligencias, contrabandistas, mendigos pintorescos... -Hoy éstos abundan de todas layas... Y la vulgaridad utilitaria de la -universal civilización lleva el desencanto sobre rieles o en automóvil -a todos los rincones del planeta. Si no fuesen las soberbias mujeres, -el hechizo de la tierra, la dulzura del sol. Eso ayuda a la imaginación -y hace que aun se levanten castillos «en España». - - -IV - -Algunos historiadores malacitanos recuerdan cierta horrorosa tempestad -que padeció este puerto el año 1567. «Aunque no ha sido el puerto -de Málaga de los más combatidos por las tempestades, no obstante, -registra varias tristes efemérides--dice el poeta Díaz de Escovar--que -cubrieron de luto a los habitantes de la ciudad». Uno de los temporales -más terribles, que ocasionó muchos daños y no pocas víctimas, fué el -acaecido el 8 de Febrero de 1567. Pocas noticias detalladas encontramos -sobre el mismo, y sólo Martínez de Aguilar, en su _Breve descripción -cronológica de la fundación de la ciudad de Málaga_, impresa en 1819, -nos da algunos datos que hacen comprender la importancia del temporal. -Marzo, en el tomo segundo, página 72 de la _Historia de Málaga_, -escribe algunas indicaciones sobre este suceso. El puerto estaba lleno -de navíos importantes, que debían conducir cargamento de artillería, -municiones y otros bastimentos para las plazas de Africa. A bordo de -estos navíos se hallaban seis mil hombres del ejército, que tenían -necesidad de desembarcar en Cartagena. El mar, agitado violentamente, -arrojó contra las piedras de los muelles muchos de aquellos barcos. -Veinticuatro días, según Martínez de Aguilar, duró el temporal, siendo -difíciles los socorros y grande el pánico de los que veían perecer -tanto y tanto hombre y perdida tanta riqueza. No están conformes los -historiadores, de quienes estos datos tomamos, respecto al número de -navíos que se hicieron pedazos. Marzo asegura que fueron veintisiete, -cantidad con la cual no está conforme Martínez de Aguilar, que escribe -fueron veintitrés, añadiendo que sólo se salvó de aquel horrible -desastre un navío vizcaíno. El mar se cubrió de víctimas, pues muchos -soldados y marineros perecieron. - -Esto me hace recordar otra catástrofe reciente que tanta conmoción -produjo; me refiero a la pérdida del buque-escuela de la marina -alemana que se despedazó contra los escollos, a la vista de la -población malagueña. El barco había salido fuera del puerto, a pesar de -amenazar mal tiempo, a hacer algunos ejercicios. La tempestad se vino -violentamente, y cuando el capitán quiso entrar a ponerse en salvo, no -pudo conseguirlo y el buque chocó contra las rocas. Todos miraban desde -los murallones y desde la playa la muerte de tantos hombres, y, si se -logró salvar a algunos, grande fué el número de los que perecieron. -Quiénes se pudieron asir a cables o boyas, quiénes lograron ganar la -costa a nado, a pesar del fragor y fuerza de las olas enormes. Fué -aquel un día de luto para la escuadra alemana, para Alemania entera -y su emperador. Y he podido ver en este aniversario las coronas que -ornaron las tumbas de algunos de los que perecieron en el cementerio -inglés de esta ciudad. La pérdida de ese barco-escuela, como la del -«Vienne» francés, es de esos golpes terribles que la ira del mar -asesta sobre los países que conquistan su elemento con el poder de las -escuadras, y la escuadra y la nación argentinas saben de esos duelos -con recordar el solo nombre de la perdida «Rosales». - -A veces el mar asalta a la tierra, o temerosamente la amenaza; fuera -de los formidables cataclismos cíclicos, como aquel en que se hundió -la misteriosa Atlántida. Algunos sabréis del clamor que se oyó en el -Callao en tiempos ya lejanos: «¡El mar se sale!» Y si mi memoria no -yerra, he leído que hubo, en efecto, una invasión del mar. Pues bien, -aquí en tierra malagueña se oyó a mediados del antepasado siglo, -en el mismo mes y año en que sufrió Lisboa su histórico y terrible -terremoto, se oyó el mismo espantoso clamor. Serían las diez y media -de la mañana, dice Díaz de Escovar--que sabe admirablemente los -pasados y presentes secretos, leyendas e historias de su ciudad--del -27 de Noviembre de 1755, cuando violentas oscilaciones, que, según -el autor de las _Conversaciones malagueñas_, duraron de cinco a seis -minutos, conmovieron los edificios de Málaga. A la vez se esparció -entre los vecinos la pavorosa voz de que «el mar se salía». Díaz de -Escovar, que es varón creyente y valiente en su fe católica, confiesa -que no ha de entrar «en disertaciones sobre si la voz fué hija de una -extraña realidad o alucinación de exaltadas fantasías». No faltan -historiadores, cuyas dotes de veracidad son notorias, que la presenten -como verdadera. Barbán de Castro parece dar a entender que la voz no -fué sobrenatural, sino que se esparció y propaló de unos en otros, casi -instantáneamente. - -Esto es más racional y más verosímil por más que nada hay imposible si -Dios lo quiere. Paréceme que Málaga, país en donde los gitanos dicen -la buenaventura, lleno aún de terrores medioevales como estaba, fué -posiblemente presa de una vasta autosugestión colectiva, días después -de la ruina de la capital lusitana. - -O había terremoto y maremoto, y alguien gritó: «¡el mar se sale!». -Aunque ni esto último parece, pues ese mismo citado Barbán de Castro -dice en su _Cronología_: «¿Quién creyera que estando el mar entonces -con la mayor quietud y serenidad visible, pues era la hora más -proporcionada para ello, se pudiese persuadir a todo un pueblo tan -numeroso a que creyese que el mar se le tragaba? Se puede con toda -verdad asegurar a nuestros venideros, que apenas hubo persona de todos -estados y condiciones que no creyese a un tiempo mismo que el mar, -como decían, se había salido, y era menester huir aceleradamente a -los montes». A los montes volaron las gentes, por lo que según parece -no fué cólera del mar, sino broma neptuniana; de gente se llenaron los -cerros de San Cristóbal y Gibralfaro, que están junto a la ciudad. De -Escovar escribe que: «El magistrado de la ciudad recorrió las alturas, -costándole gran trabajo y no pocas palabras convencer a los que allí -se refugiaban de que sólo existía una alarma infundada, que tenía por -base el miedo, pues el mar estaba tan sosegado como intranquilos los -espíritus de los habitantes de Málaga. Los menos temerosos volvieron a -la ciudad. Se publicaron bandos referentes a los hechos ocurridos, en -los que se anunciaba que si ocurriese novedad alguna se avisaría por -medio de la campana que había sobre la Puerta de Mar, en cuyo sitio un -regidor perpetuo, con centinelas avanzados, en el caso de notar algún -movimiento peligroso, o extraño en el mar, dispararía algunos tiros -al aire, que servirían de señales». Y si gustáis de la nota cómica en -medio de las tribulaciones, he aquí lo que cuenta, entre otras cosas, -un escritor que presenció los sucesos: «El Dignidad de Tesoro de -nuestra iglesia, al ver correr a las gentes a buscar el campo quiso -seguirlas, y pareciéndole que en calle de Beatas se atrasaba a otros, -porque el manteo y el sombrero le estorbaban, los soltó en la calle, -para seguir la marcha, alzándose bien la sotana. Advirtiendo después -que en ella llevaba, entre el pecho, metidos los guantes (me contó él -mismo), que los arrojó al suelo, pareciéndole que aun aquello le servía -de embarazo». Y agrega Medina Conde: «Fueron muchas las confesiones -generales que se hicieron, y reformó más este susto que muchas -misiones». - - * * * * * - -He ido a ver en día de mar agitado la playa malagueña. El agua, que -tantas veces ha mostrado a mis ojos su espejo de azules profundos -y pacíficos, ruge y se arquea y avanza hacia la tierra de manera -tal, que bien se explica hayan padecido el legendario susto los que -gritaban: «¡El mar se sale!» Las espumas saltan sobre las macizas obras -del puerto que aquel gran malagueño que se llamó D. Antonio Cánovas -del Castillo dejó a su ciudad nunca olvidada. Por el lado del faro -la furia marina se manifiesta igual, y a lo largo de la vía que se -extiende hacia la parte de la Caleta. Hablando en poeta diría que la -espuma de los briosos caballos de Neptuno, o la hirviente leche de los -rebaños que «carnerean» sobre la revuelta superficie, o bien el agitado -jabón que mil colosales Nansicaas derraman de colosales artesas, llega -alzándose, echando al aire saladas pulverizaciones, rompiéndose en las -piedras, hasta salpicar los jardines que en floridas mansiones hay para -encanto de hidalgos, ricos o adinerados extranjeros. - -He visto, a pesar de la mar brava, que los pescadores estaban sacando -sus redes con gran trabajo. Me he acercado a ellos. Unos veinte hombres -de cada lado tiraban, aprovechando la llegada de la ola, las cuerdas -resistentes; y luego hacían esfuerzos para que la vuelta del agua no -les quitara lo ganado. - -Poco a poco, bajo el sol y casi desnudos, hacen su tarea. A veces les -bañan los espumarajos; a veces les hace retroceder la potencia del -agua, y se entierran hasta más arriba de los tobillos, encorvados -con la cuerda del hombro. Y parece que el monstruo está colérico, -sin razón, como la fatalidad, contra esos pobres trabajadores del -mar. Porque las cóleras del mar son así, como todas las cosas de la -naturaleza, iguales para todos. La hormiga o el hombre, el acorazado -o la lancha del pescador, son aplastados por la misma invisible mano, -sorbidos por el mismo visible elemento, unidos en la destrucción, en la -universal muerte. Thalasa no sabe si el rey loco la manda azotar, o si -están allí los pies de ese otro rey para mojarlos o no. Ella vive en su -misterio. Hace su eterna obra, cumple su destino infinito. Apenas si -se comunica con los corazones que se acuerdan con la palpitación del -suyo, con las mentes de los soñadores y pensadores que se hunden en lo -insondable del tiempo y del espacio, con los buzos de Dios. - -La ronca mar sigue en sus vaivenes y en sus clamores furiosos, y los -pescadores tiran de su «copo». Un grito señala el momento de unir -el empuje. Entre los que trabajan hay ancianos, hombres robustos, -adolescentes dorados de sol, niños que están aprendiendo los oficios -del agua y del viento. Un capataz vigila. A lo lejos se recortan en el -lejano horizonte las velas latinas que andan aguas adentro. Los colores -del agua cambian. Aquí es el blanco lácteo de las espumas, en seguida -un gris verdoso, en seguida verdeoscuro, luego verdepálido, luego azul. -Y las voces del mar enojado son roncas, hondas, cuando se desploman los -arcos de cristal y de ámbar, alborotadas como de muchedumbre al saltar -los ramilletes enormes, las cascadas espumosas, y con ruido de sedas, -de papeles que se rozan, de condor que se arrastra, del aire entre los -ramajes de pinos de un bosque. - -Gracias a Dios. A pesar de la cólera del mar, a pesar del ímpetu de -esas poderosas fuerzas, he aquí que los pescadores han sacado por fin -el «copo», y más cargados de peces que otras ocasiones en que los he -visto trabajar con viento propicio y Mediterráneo en calma. La red -ha traído un buen por qué de calamares, sardinas, rojos salmonetes, -pequeños y saltantes boquerones, un crecido, feo y amarillento pulpo. -Los pescadores están contentos. Y me alejo pensando--asociación de -ideas--en Wells, en Víctor Hugo y en N. S. Jesucristo. - - - - -[Ilustración: LA TRISTEZA ANDALUZA] - - - - -[Ilustración] - - -¿HABÉIS oído a un «cantaor»? Si lo habéis oído, os recordaré esa voz -larga y gimiente, esa cara rapada y seria, esa mano que mueve el bastón -para llevar el compás. Parece que el hombre se está muriendo, parece -que se va a acabar, parece que se acabó. A mí me ha conturbado tal -gemido de otro mundo, tal hilo de alma, cosa de armonía enferma, copla -llena de rota música que no se sabe con qué afanes va a hundirse en -los abismos del espacio. El «cantaor», aeda de estas tierras extrañas, -ha recogido el alma triste de la España mora y la echa por la boca -en quejidos, en largos ayes, en lamentos desesperados de pasión. Más -que una pena personal, es una pena nacional la que estos hombres van -gimiendo al son de las histéricas guitarras. Son cosas antiguas, son -cosas melodiosas o furiosas de palacios de árabes... He oído a Juan -Breva, el «cantaor» de más renombre, el que acompañó en sus juergas -al rey alegre don Alfonso XII. Juan Breva aúlla o se queja, lobo o -pájaro de amor, dejando entrever todo el pasado de estas regiones -asoleadas, toda la morería, toda la inmensa tristeza que hay en la -tierra andaluza; tristeza del suelo fatigado de las llamas solares, -tristeza de las melancólicas hembras de grandes ojos, tristeza especial -de los mismos cantos, pues no se puede escuchar uno que no diga muerte, -cuchillada, luto, virgen penosa o nota crepuscular. A la orilla del mar -he oído cantar a un mozo pescador, que descansaba junto a una barca; y -su canción era tan triste, tan amarga, como las coplas de Juan Breva. -Cantan lo mismo las muchachas frescas, rosadas de vida, que ponen -claveles en las ventanas y que tienen un novio. Porque así son aquí la -vida y el amor; todo lo contrario de lo que piensan los que sólo han -visto una Andalucía a la francesa, de exposición universal o de caja -de pasas. En verdad os digo que este es el reino del desconsuelo y de -la muerte. El amor popular es inquieto y fatal. La mujer ama con ardor -y con miedo. Sabe que si engaña al novio, le partirá éste el pecho y -el vientre de un navajazo. «Una puñalaíta». Hace algún tiempo, en un -florido patio malagueño, se celebraba una fiesta, y cierta gallarda -moza se puso a cantar. Cantaba maravillosamente. De pronto cantó una -copla que dice en dos de sus versos: - - ¿No hay quien me pegue un tirito - en medio del corazón? - -Un loco, o un enamorado novio, estaba allí, y sacó una pistola, y le -pegó el tiro, en medio del corazón. Estos salvajes amorosos son así. -Antaño no habría sido pistola, sino gumía. Todos los poetas de estas -regiones son dolorosos y excesivos, fatalistas, o violentos. Todos son -amados del sol. Todos no: he aquí uno amado de la luna... - -En uno de estos crepúsculos de invierno, en que el Mediterráneo ensaya -un aspecto gris que borrará la aurora del siguiente día, he comenzado -a leer el libro de un poeta nuevo de tierra andaluza, el cual acaba -de aparecer y es ya el más sutil y exquisito de todos los portaliras -españoles. Al hojear su libro _Arias tristes_, lo juzgariais de un -poeta extranjero. Fijáos más; es un poeta completamente de su tierra, -como su nombre. Se llama Juan, como el Arcipreste, y Jiménez, como el -Cardenal. Surge en momentos en que a su país comienzan a llegar ráfagas -de afuera, sobre más de una parte derrumbada de la antigua muralla -chinesca que construyó la intransigencia y macizó el exagerado y falso -orgullo nacional. Quiero decir que llega a tiempo para el triunfo de su -esfuerzo. Como todo joven poeta de fines del siglo XIX y comienzos del -XX, ha puesto el oído atento a la siringa francesa de Verlaine. Mas, -lejos del desdoro de la imitación y ajeno a la indigencia del calco, -ha aprendido a ser él mismo--_être soi mème_--y dice su alma en versos -sencillos como lirios y musicales como aguas de fuente. Este poeta -está enfermo, vive en un sanatorio, allá en Madrid. Así, en su poesía -no busquéis salud gozosa ni rosas de risa. Cuando más, a veces, una -sonrisa, una sonrisa de convaleciente: - - Convalescente di squisitti mali... - -pero en la cual se insinúa uno de los más grandes misterios de la vida. -Cuando Camille Mauclair, el crítico meditativo del «Arte en silencio», -se complacía en escribir versos, colocó un volumen de verbales -sonatinas de otoño bajo la invocación de Schumann; Jiménez tiene como -patrono de su libro musical y melancólico al melodioso Schubert. Antes -de cada división de sus poemas, aparecen, a la manera de introducción, -las notas de «El elogio de las lágrimas», de la «Serenata», de «Tú -eres la paz». Se penetra así, a la influencia de la música, a uno como -parque de dulzura y de pena en donde, al amor de la luna, un alma dice, -como el ruiseñor, sus arias crepusculares o nocturnas. Nunca como ahora -se ha cumplido el precepto de Pauvre Lelian: _De la musique avant toute -chose..._ Ya antes dijo el celeste Shakespeare: - - The man that hath no music in himself, - Nor is not mov'd with concord of sweet sounds, - Is fit for treasons, stratagems, and spoils; - The motions of his spirit are dull as night. - And his affections dark as Erebus... - -Conozco de esos seres. Y veo, en cambio, a través de esta poesía de -sinceridad y de reserva, a un tiempo mismo, la transparencia de un -espíritu fino como un diamante y deliciosamente sensitivo. He aquí -un lírico de la familia de Heine, de la familia de Verlaine, y que -permanece, no solamente español, sino andaluz, andaluz de la triste -Andalucía. Es de los que cantan la verdad de su existencia y claman -el secreto de su ilusión, adornando su poesía con flores de su jardín -interior, lejos de la especulación «literaria» y del mundo del -arribismo intelectual. Su cultura le universaliza, su vocabulario es el -de la aristocracia artística de todas partes, pero la expresión y el -fondo son suyos como el perfume de su tierra y el ritmo de su sangre. -Desde Becquer no se ha escuchado en este ambiente de la península -un son de arpa, un eco de mandolina, más personal, más individual. -Pudiendo ser obscuro y complicado, es cristalino y casi ingenuo. Se -diría que tiene timideces de orfandad, como el Maestro--_¡priez pour -le pauvre Gaspard!_--si no se viesen brillar a la luz de la luna las -espuelas de oro de sus pies de príncipe, que estimulan los bríos de un -pegaso joven y ardiente cuyas crines están húmedas de rocío matinal. -El poeta dice, como la Ifigenia de Moreas: «Es dulce el sol», pero -sus ansias y sus visiones están alumbradas por el _clair-de-lune_. Y -hay allí en esos versos admirables y exquisitos, las mismas visiones -y las mismas ansias que en las coplas populares que cantan las mozas -enamoradas, y los sonoros, duros y aullantes _cantaores_. Allí está la -irremediable obsesión de la muerte, de la podredumbre sepulcral, de -los corazones partidos, de la tristeza matadora. Sólo que el artista -tiene una cultura europea, y si no fuese su «acento» mental, no se le -conocería el origen ni la patria, y sus arias podrían ser _lieder_ -germánicos o sonatinas parisienses que acompañaría la música de -Debussy. Hay un olor a violetas. Hay paisajes entrevistos como por una -ventana, cielos y campos de viñeta. Hay una gran castidad poeana, a -pesar de los gritos de la vida; hay valles que tienen un ensueño y un -corazón: - - El valle tiene un ensueño - y un corazón; sueña y sabe - dar con su sueño un son triste - de flautas y de cantares, - -hay flautas pánicas, dulces flautas campesinas. ¡Deliciosos romances! - - Río encantado, las ramas - soñolientas de los sauces, - en los remansos dormidos - besan los claros cristales. - - Y el cielo es plácido y dulce, - un cielo bajo y flotante, - que con su bruma de plata - va acariciando los árboles. - -Ese romance suena a la música del divino Góngora; y para nosotros, los -americanos, a la música de un rimador de encantos y de tristezas, de -un adorable orfeo cubano, ha tiempo desaparecido. Esas notas las hemos -oído en las cuerdas que acariciaba la mano de Zenea. Escuchad a Jiménez: - - Llora el ángelus de otoño - la campana de la iglesia, - un ángelus mustio, muerto - entre la lluvia y la niebla. - -Recordad a Zenea: - - Baja Arturo al occidente - Bañado en púrpura regia - Y al soplar el manso alisio - Las eolias arpas suenan. - -En todo el libro de Jiménez hay una, diríase, sonrisa psíquica, llena -de la suavidad melancólica que da el anhelo de lo imposible, antigua -enfermedad de soñador. Los que hablan de un arte enfermo, juzgo que -se equivocan. No hay arte enfermo, hay artistas enfermos; y en las -almas es como en la naturaleza. Hay maneras de expresión que da el -obscuro destino. Los antiguos no andaban errados cuando hablaban de la -influencia de los astros. Hay maneras de expresión que da el obscuro -destino, y no exijáis a una pálida flor de lis que tenga los colores -violentos de una rosa roja, ni modestia a la cola del pavo real, ni -un solo de ruiseñor al papagayo. El poeta nace, sí; todas las cosas -naturales nacen; lo que no nace es lo artificial. Así, no penséis -en que Francis Jammes o Juan R. Jiménez harían mejor en pensar en -el porvenir político de sus respectivas naciones, que en decir los -sentimientos que brotan al calor apacible de sus dulces musas. No seas -alegre, poeta, que naciste absolutamente amado de la tristeza, por tu -tierra, por la morena y amadora y triste Andalucía; y porque tu sino te -ha puesto al nacer un rayo lunático y visionario dentro del cerebro. - -Hay en este libro vagas reminiscencias literarias; por ahí pasa, un -momento, un enlutado misterioso semejante al de la estrofa mussetiana, -el enlutado «qui me ressemble comme un frère»; suena uno que otro -acorde de fiesta galante--íntima, sin decoración ni preciosismo--y se -alzan, bajo la claridad lunar, los chorros de agua de Lelian, «sveltes -parmi les marbres». Y Febe, aquí; allá, más allá, siempre: - - Las noches de luna tienen - una lumbre de azucena, - que inunda de paz el alma - y de ensueño la tristeza. - - Yo no sé qué hay en la luna - que tanto calma y consuela, - que da unos besos tan dulces - a las almas que la besan. - - Si hubiera siempre una luna, - una luna blanca y buena, - triste lágrima del cielo - temblando sobre la tierra, - - los corazones que saben - por qué las flores se secan, - mirando siempre a la luna - se morirían de pena. - - Mi jardín tiene una fuente - y la fuente una quimera, - y la quimera un amante - que se muere de tristeza... - -Hay de cuando en cuando, entre los sedosos romances, estrofas que -hacen vibrar sus consonantes de armónica, sus acordes de ocarina. Lo -preciso se junta a lo indeciso. Y el amor del astro en todos los siglos -misterioso lo melancoliza todo. El poeta explicará su atracción: «Libro -monótono, lleno de luna y de tristeza. Si no existiera la luna, no sé -qué sería de los soñadores, pues de tal modo entra el rayo de luna en -el alma triste, que, aunque la apena más, la inunda de consuelo: un -consuelo lleno de lágrimas, como la luna. Los que os hayáis estremecido -bajo las estrellas, oyendo venir en la brisa la sonata de un piano, -sintiendo qué pobre es la vida entre la noche y ante la muerte, dejad -caer la mirada sobre estas rimas iguales, de un mismo color, sin otros -matices que los que en la noche surgen confusamente de los macizos -del jardín, allá donde están las flores casi ahogadas en la negrura. -Y soñad conmigo con las visiones blancas de siempre y con los poetas -muertos: Enrique Heine, Gustavo Becquer, Pablo Verlaine, Alfredo de -Musset; y lloremos juntos por nosotros y por todos los que nunca -lloran.» Mirad con simpatía esa juventud que, en estos impudentes -tiempos, tiene el franco valor de las lágrimas: _Lacrimabiliter_. -Juzgad que ha elegido bien el patronato de Schuber. «Llave de plata de -la fuente de las lágrimas», dice Shelley de la música. El poeta nuevo -toca esa llave y hace caer el agua de la fuente una vez más. Así, -Andalucía, entre todos tus tocadores de guitarra y de pandereta, entre -todos los que hacen literatura alegre con tu color y tu exuberancia, -te ha nacido un sonador de viola, de arpa, que sabe cantar, noble y -deliciosamente, a la sordina, la recóndita nostalgia, la melancolía que -llevas en el fondo de tu pecho. En tu copioso y fuertemente perfumado -jardín lleno de claveles, ha abierto sus pétalos armoniosos una rosa -de plata pálida espolvoreada de azul. Y yo tengo fe en la vida y en -el porvenir. Quizá pronto, la nueva aurora pondrá un poco de su color -de rosa en esa flor de poesía nostálgica. Y al ruiseñor que canta por -la noche al hechizo de la luna, sucederá una alondra matutina que se -embriague de sol. - - - - -[Ilustración: GRANADA] - - - - -[Ilustración] - - -HE venido, por un instante, a visitar el viejo paraíso moro. He venido -por un ferrocarril osado, bizarría de ingenieros, hecho entre las -entrañas de montes de piedra dura. He visto inmensas rocas tajadas; he -pasado sobre puentes entre la boca de un túnel y la de otro; abajo, en -el abismo, corre el agua sonora. Así el progreso moderno conduce al -antiguo ensueño. Y cuando he admirado la ciudad de Boabdil, he tenido -muy amables imaginaciones. He pensado en visiones miliunanochescas. -He recordado el título del lírico libro del provenzal Aubanel: _La -granada entreabierta_. Y he ideado las impresiones de la pequeña -alma de una coccinela pequeñita que se pasease por una granada -entreabierta... Va por la corteza rugosa que acaba en una corona, que -ha sido flor roja como una brasa. Va, la pequeñita coccinela, por -las durezas lisas o ásperas de la cáscara, hasta llegar al borde, -desde donde se divisa el interior palacio de pedrería... Y los rayos -solares ponen el encanto de los juegos de la luz en el corazón de la -granada entreabierta; y la coccinela penetra entre las riquezas que se -presentan a sus ojos, y se maravilla de ese esplendor, y luego sabe -que el corazón de la granada es dulce como la miel. Como la almita -de esa bestezuela de Dios mi alma. He mirado la corteza rugosa de la -antigua capital mahometana, en un tiempo muy poco propicio, entre -calles lodosas y bajo un cielo nublado; mas luego he ido hacia la -parte entreabierta que deja ver el corazón de su historia y su propio -corazón. Y he visto la pedrería fantástica de un arte exótico, amoroso -y sensual. Y después, el sol ha brillado; y así, la encantadora ciudad -se me ha mostrado primero brumosa y luego luminosa. Y sé que el -corazón de la granada entreabierta es dulce como la miel. - -Razón tuvo el rey que lloró como una mujer... Es este uno de los países -en que uno crearía, para una primavera sin fin, un jardín de ilusiones. -Un «carmen». Carmen, verso... Jóvenes enamorados, parejas dichosas de -todos los puntos de la tierra, si sois ricos, venid a repetiros que os -amáis, en el tiempo de la primavera, a un carmen granadino; y si sois -pobres, venid en alas de vuestro deseo, en el carro de una ilusión, en -compañía de un poeta favorito... Verso, carmen. - -He tenido, por llegar en este frío Febrero, un singular gozo; estar -solo en la Alhambra y en el Generalife. En otra estación, la afluencia -de viajeros abruma y perturba, como en todos los lugares adonde -puede guiar el rojo Baedeker. Pues es esta una de las ciudades más -frecuentadas por los rebaños de la agencia Cook. Además, el guía, -discreto, no ha pretendido instruirme evocando la sombra del erudito -Riaño. Los rebaños de la agencia Cook, que van a dar de comer a -las palomas de Venecia, a oir el eco del baptisterio de Pisa, y a -reflexionar sobre la inclinación de la torre; los que andan en -busca de la especialidad señalada en las guías, o narrada por los -_commis-voyageurs_, ya se sabe lo que vienen a ver a Granada: los -mosaicos y azulejos, que antaño destrozaba el turismo; la Alhambra -anecdótica: «¡ah, cómo gozaban aquellos moros!»; _Chorro e Jumo_, el -rey de los gitanos y los tangos de las gitanillas, en las cuevas, en -donde se compran cestillas de mimbre y candiles de cobre. En otra -ocasión y en otra parte, me he complacido en bailes de gitanas que -bailaban maravillosamente, y he contado cómo el pintor Carolus Durán -dejó caer en el corpiño de una pequeña Esmeralda un luis de oro. En -cuanto al lamentable rey _fâlof_, vestido como los contrabandistas de -la era romántica, con una indumentaria de comparsa de ópera cómica, -«¡palojinglese!» le he mirado al pasar, a la entrada del palacio. -Ya está muy viejo el pobre modelo de Fortuny, y vive apenas de las -propinas anglo-sajonas. - -No me perdonaríais que a estas horas os resultase con el descubrimiento -de Granada. Todos, más o menos, acariciáis el recuerdo de vuestro -«último abencerraje», y si no, el yanqui Washington Irving os -habrá, de seguro, conducido por estas encantadoras regiones. Pero -no es posible poner el pie en este suelo atrayente, contemplar la -decoración histórica de estos recintos de leyenda, sin hacer un poquito -el Chateaubriand. ¿Quién no se siente en un caso igual poseído de -ese tartarinismo sentimental, que sin que notemos a la inmediata su -influencia, nos solidariza un tanto con los tipos de nuestras lecturas, -con los personajes que nos han hecho pensar y soñar un poco, por la -poesía de su vida, que nos liberta por instantes de la prosa de nuestra -existencia práctica cuotidiana? Así, pues, no he de negaros que he -evocado a la bella Lindaraja cerca de su mirador, que he lamentado una -vez más la atroz expulsión de los moros, de aquellos moros cultos, -sabios, poetas, con industrias hermosas y pueblo sin miserias. Desde -la Alhambra se mira el soberbio paisaje que presenta Granada y su -vega Deliciosa. A la derecha, la antigua capital, el barrio actual -del Albaicín, con sus tejados viejos, sus construcciones moriscas, -su amontonamiento oriental de viviendas; al frente, la ciudad nueva, -en que la universalidad edilicia sigue el patrón de todas partes; a -la izquierda, la verde vega, con sus cultivos y sus inmensos paños -de billar; más acá, cerca de la mansión de encajes de piedra, los -cármenes, estas frescas y pintorescas villas, donde los granadinos -cultivan en los ardientes veranos sus heredadas gratas perezas, sus -complacencias amorosas y sus tranquilas indolencias. En el fondo, la -sirena coronada de blancura. En verdad se sienten saudades del pasado. -Se comprende el entusiasmo de los artistas que han llegado aquí a -recibir una nueva revelación de la belleza de la vida. Se piensa en -los novelescos guerreros y amadores que vinieron del Africa cercana a -anticiparse en este país espléndido un poco del cielo mahometano. Nadie -ha vivido la poesía como esa misteriosa y pensativa raza de hombres -tristes de amor y de fatalidad. Su arte labra esas mansiones de recelo -y capricho con talento de abejas. La decoración viene de la naturaleza -misma, de las líneas de florales, de las geometrías de la clara del -huevo batido o de los cristales de la nieve. Su arco diríase imitado -de las herraduras de sus caballos; sus columnas de los datileros, o -de los tallos de las azucenas. Y hay algo de inaudito y de fantástico -en todo esto, de manera tal, que vienen al pensamiento esas moradas -ilusorias en que habitan los inmortales príncipes de los cuentos que -cuenta la prodigiosa Scherezada. Y tan no puede separarse la poesía -de estas mágicas arquitecturas, que sus decoradores y ornamentistas -aprovechaban sus magníficas caligrafías para adornos, adornos que -al mismo tiempo que los ojos con sus combinaciones y bizarrías -de caracteres, halagan la mente con el sentido de las suras o la -significación de los versos. Y ¿ese encanto del agua, transparencia, -frescor, armonía, en los patios de mármol, para creyentes en cuya -religión son obligatorias las abluciones, y ardientes poligamos en cuyo -paraíso el primer premio es la limpia, perfumada, adolescente y siempre -virgen belleza femenina? - -El agua por todas partes, en las copiosas albercas, en los estanques -que reproducen las bizarrías arquitecturales, en las anchas tazas como -la que sostienen los leones del famoso patio, o simplemente brotando de -los surtidores colocados entre las lisas losas de mármol. Comprendían -aquellos príncipes imaginativos que hablaban en tropos pomposos, que -la vida tiene hechizos que hay que aprovechar antes de que sobrevenga -la fatal desaparición. Fijáos en el significado de las inscripciones -decorativas que a cada paso encontraréis: «Yo soy una esposa con las -vestiduras nupciales, dotada de hermosura y perfecciones. Contempla el -esplendor que me rodea y comprenderás la gran verdad de mis palabras. -Mira también mi corona, la encontrarás semejante a la luna nueva. Ibn -Nazar es el sol de este orbe del esplendor y la belleza. Permanezca en -su elevado puesto sin miedo a la hora del ocaso. Mientras yo, llena -de gloria por misericordia suya, publico siempre sus felicidades. -Contempla este esplendor. Aquí se establece para administrar justicia a -sus siervos. Siempre que de aquí se aleja, sus vasallos se entristecen -de no encontrarlo. Pues por mi Señor Ibn Nazar colma Dios de beneficios -a los que le sirven. Habiéndole hecho descendiente del Señor de la -tribu de Jaxred Saad, hijo de Obada». ¡Gloriosos nazaritas y feliz -Abul Walid Ismael! Y allí en dos nichos de la sala de Comares: -«¡Alabanza a Dios! Yo deslumbro a los seres dotados de hermosura con -mis adornos y mi diadema, pues los luceros descendieron a mí desde -sus elevadas mansiones. Aparece el vaso de agua que hay en mí como un -fiel que en la quibla del templo permanece absorto en Dios. A pesar -del transcurso del tiempo, continuarán mis generosas acciones dando -alivio al que tiene sed, y albergue al indigente. Pues por mí pasan -las numerosas liberalidades de mi Señor Abul Hachach. Nunca dejan de -brillar en mí sus resplandores, pues su luz resplandece aun en las -tinieblas de la noche. Tallaron sutilmente los dedos de mi artífice -mis labores, después de haber ordenado las piedras de mi corona. Me -asemejo al solio de una esposa, pero soy superior a él, pues contengo -la felicidad de los desposados. Aquel que venga a mí sediento, le -conduciré a un lugar donde encuentre agua limpia, fresca, dulce y -sin mezcla. Pues yo soy a manera del arco iris cuando aparece, y el -sol nuestro Señor Abul Hachach. No dejen de vivir sus bondades tanto -tiempo cuanto la casa del Excelso continúe concediendo los favores de -la peregrinación». Por todos lugares encontraréis las alabanzas al -dichoso dueño y morador, y, sobre todo, a Alah. Nada que contenga mayor -filosofía que la divisa de los Alhamares: «Sólo Dios es vencedor». -Para disfrutar tranquilamente de la magnificencia y suavidad de estos -parajes y recintos, ninguna ayuda mejor que la tradición, eso que no -está en los libros ni certifican los documentos. Así, al llegar a la -pila en donde algo que se asemeja a una gran mancha sangrienta llama -la atención del visitante, no escuchéis a los que os dicen que Ginés -Pérez de Hita inventa, y creed firmemente en que esa oscura tacha de -mármol es debida a las rojas degollaciones de que se habla en las -leyendas de zegríes y abencerrajes. Y cuando estéis en el patio de -Lindaraja, no pongáis atención a los arabizantes que os pretendan -explicar la etimología del nombre y negar la existencia de la linda -figura; antes bien: imagináosla muy rosada, muy blanca, muy ardiente -para el amor, y con unos ojos almendrados, de negros mirares, como -corresponde a una verdadera sultana de cuento. Los traductores como -Lafuente Alcántara pueden serviros para saber que en la taza de la -fuente, en ese patio, dejó un poeta estos pensamientos: «Yo soy un -orbe de agua que se ostenta a las criaturas diáfano y transparente; -un gran océano, cuyas riberas son obras selectas de mármol escogido, -y cuyas aguas, en forma de perlas, corren sobre un inmenso hielo -primorosamente labrado. Me llega a inundar el agua; pero yo, de tiempo -en tiempo, voy desprendiéndome del transparente velo con que me cubre. -Entonces yo y aquella parte de agua que se desprende desde los bordes -de la fuente, aparecemos como un trozo de hielo, del cual parte se -liquida y parte no se liquida. Pero cuando mana con mucha abundancia, -sólo somos comparables a un cielo tachonado de estrellas. Yo también -soy una concha, y la reunión de las perlas son las gotas. Semejantes -a las joyas que la diestra mano de un artífice colocó en la corona de -mi Señor Ibn Nazar, del que con solicitud prodigó para mí los tesoros -de su erario. Viva con doble felicidad que hasta el día el solícito -varón de la estirpe de Galeb, de los hijos de la prosperidad, de los -venturosos, estrellas resplandecientes de la bondad, mansión deliciosa -de la nobleza. De los hijos de la kabila de los Jazrech, de aquellos -que clamaron la verdad y ampararon al profeta, él ha sido nuevo Saad, -que con sus amonestaciones ha disipado y convertido en luz todas las -tinieblas. Y constituyendo a las comarcas en una paz estable, ha hecho -prosperar a sus vasallos. Puso la elevación del trono en garantía de -seguridad a la religión y a los creyentes. Y a mí me ha concedido el -más alto grado de belleza, causando mi forma admiración a los eruditos; -pues ni jamás se ha visto cosa mayor que yo en Oriente ni en Occidente, -ni en ningún tiempo alcanzó cosa semejante a mí rey alguno ni en el -extranjero ni en Arabia». Salones, torres, ajimeces, bordadas piedras, -aéreos calados, baños, jardines, miradores... Aquí encuentro que había -Justicia; más allá que había Salud; más allá que había Belleza; más -allá que había Placer. Eran sabios aquellos hombres de turbante; eran -buenos, eran fuertes y eran artistas. - -Si la Alhambra es más grande, más suntuosa, más imponente, el -Generalife es más cordial, más íntimo, más amable. «Delicioso para el -amor», escribió en el álbum de la dulce mansión una mujer llamada -D.ª Cristina Santoyo. D.ª Cristina sintetizó así todo lo que pueden -hilar los literatos y rimar los poetas sobre este rincón hechicero. -Yo no sé si la marquesa de Campotejar, dueña actual de esa maravilla, -es joven; pero si no lo es, tiene que haberlo sido y que haber amado -en este nido de ensueño; y, por lo tanto, haber tenido por escenario -de su amor el que le envidiarían todos los reyes de la tierra. Cuán -explicables son los entusiásticos arranques del viejo Dumas, en las -cartas en que se manifiesta poeta y amoroso: «Lo que hay de maravilloso -en el Generalife, señora, no son por cierto sus salas, sus baños, sus -corredores, pues que esto lo encontraremos en la Alhambra mejor y más -bien conservado; lo que es allí bello, maravilloso, son sus jardines, -sus aguas, su vista. Permaneced, pues, en medio de esos jardines lo que -os sea posible, señora; embriagáos con los perfumes que no encontraréis -iguales, porque en parte ninguna se hallarán reunidos en un más pequeño -espacio tantos naranjos, tantos jazmines, tantas rosas; impregnáos con -la muelle frescura que despide el agua, porque tampoco en parte alguna -veréis brotar tantas fuentes, despeñarse tantas cascadas, rodar tantos -torrentes; y, en fin, mirad por cada abertura, que cada abertura es una -ventana abierta sobre el paraíso. Y lo que más os seducirá, señora, -es ese sabor de Arabia que ha quedado flotando en el aire». Yo he -gustado ese sabor de Arabia desde que penetré por entre la doble fila -de cipreses y entré por la baja y ancha puerta del Generalife. Buenos -genios me amparaban en mi paseo solitario. Por guía tuve a la hija del -jardinero, una preciosa niña de trece a catorce años, rubia y seria, -que me enseñó el secular ciprés, bajo el cual se sentaba la sultana -Zoraida, y el estanque, y los mirtos, y los rosales, y las salas en que -en los viejos lienzos se representan los antiguos señores, y el gran -árbol genealógico, y las galerías silenciosas en donde dan ganas de -suspirar y de besar. ¿Para qué hablaros de lo demás? ¿Para qué deciros -vulgares noticias de las guías, datos y fechas que os resultarían -ridículos? ¿Para qué hablaros de la Granada actual, de la ciudad que -hace política y en donde se pregonan las últimas noticias del conflicto -ruso-japonés? He dejado Granada con pena, por su corazón de mármol -labrado, por su viejo corazón, por sus divinas vejeces, que hace más -adorables una naturaleza singular. Es uno de los pocos lugares de la -tierra en que uno querría permanecer, si no fuese que el espíritu -tiende adelante, siempre más adelante, si es posible fuera del mundo, -«anywhere out of the world!» Y al dejarlo, han venido a mi memoria las -estrofas de una romanza que en mi niñez oía cantar: - - Aben Amet, al partir de Granada, - su corazón desgarrado sintió, - y allá en la vega, al perderla de vista, - con débil voz su lamento expresó... - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración: SEVILLA] - - - - -[Ilustración] - - -AUNQUE es invierno, he hallado rosas en Sevilla. El cielo ha estado -puro y francamente hospitalario pasadas las primeras horas de la -mañana. La Giralda se ha destacado en espléndido campo de azur. Luego, -las mujeres sevillanas, entrevistas por las rejas que hay a la entrada -de los patios marmóreos y floridos, dan razón a la fama. He visto, -pues, maravilla. - -No sin razón es esta la ciudad de don Juan y la ciudad de don Pedro. -Siempre la poesía, la leyenda, la tradición, os saldrán al encuentro. -Estrella, el Burlador, el Monarca cruel, el Barbero... Por eso el -grande y armonioso José Zorrilla se recomendaba aquí evocando el nombre -de su Tenorio y de su Rey justiciero. El turismo viene, por moda, a la -Semana Santa. Es decir, a pagar cuentas enormes de hospedaje, a dormir -sobre una mesa de billar en veces, y a ver pasar las procesiones, entre -católicos irreligiosos, santos macabros, cristos lívidos y sangrientos -con cabelleras humanas. Al mismo tiempo, el viajero escuchará los -gritos extraordinarios de las saetas y las carceleras. En el día -aprovechará la buena ocasión para ir a ver a las cigarreras en la -fábrica, con sus _deshabillés_ sugerentes; si ha leído _La femme et le -pantin_, de Pierre Louys, tanto mejor; y volverá a su país diciendo que -ha conocido el encanto sevillano. No, ciertamente, indiscutiblemente, -el encanto sevillano está en otra parte. La Semana Santa y la feria -son notas singulares, y las cigarreras ayudan al color local que se -ha conocido en las lecturas; pero el alma de Sevilla no tiene gran -cosa que ver con todo ese pintoresco reglamentario. Ni con eso, ni -con el industrialismo y la vida comercial que puebla de barcos las -riberas del Guadalquivir; ni aun con el batallón trashumante de toreros -calipigios que se entretiene en la estrecha y retorcida calle de las -Sierpes. El encanto íntimo de Sevilla está en lo que nos comunica su -pasado. Su alma habla en la soledad silenciosa; así el alma triste de -toda la vieja España. Dicen sus secretos las antiguas callejuelas en -las horas nocturnas. Y nada es comparable a la melancolía grave de sus -jardines, esos jardines que ha interpretado pictórica y magistralmente -en melodías del color el talento excepcional y hondo de Santiago -Rusiñol--ese «ruiseñor» de la fuerte Cataluña. - -¡Sevilla! Las injusticias de la fama no tienen gran fundamento: -abominad la célebre calle de las Sierpes en donde existió un célebre -café flamenco que se llamaba el Burrero...; abominad la manzanilla -misma, que es un brevaje aceitoso y poco amable; abominad, aunque os -gusten los toros, a los toreros fuera del coso. Pero adorad, extasiáos, -para vuestro reino interior, en los jardines del Alcázar sevillano--, -como en Aranjuez, como en la mágica Granada. De todo lo que han -contemplado mis ojos, una de las cosas que más han impresionado a -mi espíritu son esos deleitosos y frescos retiros. Ni las vetustas -murallas carcomidas de siglos, que aún atestiguan el viejo poderío de -los conquistadores romanos, ni los restos visigodos, ni la esbelta -Giralda mauritana, cuyo nombre alegra como una banderola, ni la Torre -del Oro a la orilla del río, ni las magnificencias del Alcázar, que -renuevan en mi memoria las sensaciones experimentadas en la Alhambra -granadina, nada me ha hecho meditar y soñar como estos jardines -que vieron tantas históricas grandezas, tantos misterios y tantas -voluptuosidades. La culpa la tiene en gran parte ese don Pedro que -tenía tanto de don Juan... - -Cuando uno entra, a un lado de las galerías que llevan el nombre de -aquel raro monarca que comprendía la belleza morisca, que tuvo mucho -de oriental, mucho del Arum-al-Raschid de «Las mil y una noches», lo -primero que conmueve es el más blando de los silencios, apenas turbado -por el fino hilo líquido que cae de un surtidor en el ancho estanque de -verdes aguas. El suave viento mueve el ramaje de dos grandes magnolias -vecinas. Y entre rosales y arrayanes, se descienden dos graderías y se -va a ver lo que se llama los baños de doña María de Padilla. Hay una -grande y larga piscina, bajo bajas bóvedas góticas. Nada más. Pero, -¿qué importa? Pintores ha habido que han intentado resucitar el sensual -capítulo de la bella novela de vida. Quedáos al amor de vuestras ideas. -¿No oís cantar los pájaros de la primavera? ¿No veis al monarca que se -acerca entre las flores nuevas y lujuriantes? ¿No oís el ruido del agua -transparente en donde el cuerpo sonrosado de la real querida forma a -su rededor círculos de diamante? Ella ríe, el duro rey sonríe. Cerca -hay palomas blancas y de plumajes que la luz tornasola; y un pavón -de Oriente, vestido de orgullo, ostenta sus gemas, como un visir de -fiesta. Ahí tenéis el encanto sevillano. - -Más allá iréis al jardín de la gruta, y allí los arrayanes forman un -famoso y pueril laberinto; y en un rústico templete, bajo extraña -bóveda, una blanca estatua de dos mujeres unidas por la espalda, arroja -de sus cuatro pechos cuatro chorros de agua. Neptuno decorativo os -saluda en el llamado jardín Grande, y en el del León hay señaladas -huellas leoninas: _hic sunt leones_. Es en efecto aquí donde se -conserva el cenador del césar Carlos V. Allí, entre los mármoles y los -policromos azulejos y las maderas admirablemente talladas, las águilas -imperiales guardan el orgullo de sus actitudes y recuerdan la presencia -desvanecida de la soberbia y soberana persona. - -Cuando salís, lleváis una sensación imborrable. - -Como decía antes, por las calles os llamará siempre, con su callada -voz, la tradición. En vano, en las vías estrechas, os hará pegaros a la -pared el tranvía eléctrico. En vano los vendedores de antigüedades os -querrán atraer con sus letreros en inglés. Por muy poco meditativos o -poetas que seáis, tendréis que pensar en uno de los dos hombres-sombras -zorrillescos, don Pedro o don Juan. - -Allá en la iglesia del hospital de la Caridad, me he inclinado ante -nombres ilustres, de mosaistas, pintores y tallistas; bastará el solo -de Murillo multiplicado en obras excelentes, como un Dios Niño que se -apoya en el mundo, todo gracia, y un Moisés en que Bartolomé Esteban -demuestra que celeste suavidad y pincel dulce no le impiden el dar -cuando le venía en voluntad una nota de fuerza. Y luego el realista -y macabro Valdés Leal, cantado en las labradas rimas de Gautier, que -renueva en más de un cuadro el triunfo de la muerte, y las visiones -cadavéricas de los frescos del camposanto pisano. - -Cuenta un cronista que al ver pintada tan a lo muerto la descomposición -en el ataúd, dijo Murillo a su amigo el artista: «Compadre, esto -es menester mirarlo con la mano en las narices». Mas, pasad a la -sacristía. No os detengáis en la visión de San Cayetano, de Céspedes, -ni en el San Miguel, de Roela. - -Ved ese retrato del tiempo viejo, ved ese caballero firmado por Valdés -Leal y ved esa espada antigua, que en estos tiempos de ruines prosas -no hay mano digna de tocar. Ese caballero orgulloso, cuya estatua se -ha inaugurado recientemente, es un _révenant_, es un habitante del -ensueño, es un vecino de la ciudad de la eterna ilusión, es un héroe de -la poesía, un fantasma de capa y espada. Ese hombre es el asesino del -amor y el campeón de la voluptuosidad. Es el Sr. D. Miguel de Mañara, -celebrado en la inmortalidad del arte bajo el nombre de Don Juan. Y esa -es su espada. Está en una sacristía, porque ya sabéis que el diablo -cuando se hizo viejo se metió fraile. - -En la catedral mucho hay que admirar y las guías lo detallan; pero -allí también, como en todos lugares, es el pasado el que os detiene -con su historia o con su página legendaria. Así, de ese púlpito que -encontráis en un patio, en donde predicaron varones ilustres como el -vigoroso Vicente Ferrer, pasáis a las maravillas de las naves, en donde -gloriosas paletas dejaron telas de valor y de renombre. Y la anécdota -tradicional os espera asimismo por toda capilla y rincón, desde el -colosal San Cristóbal, junto al altar de la Gamba, hasta el pequeño -Niño Jesús, al cual llaman el mudo, obra de Montáñez. Y aquí llega la -nota curiosa. - -Encontráis gentes de añeja devoción, a quienes dirigís la palabra, -y que, por más que les habléis, no os dan contestación alguna. Esos -son fanáticos que han hecho al niño rubio del altar la promesa del -silencio por un tiempo determinado. En una de las capillas--y aquí la -anécdota es moderna--está el famoso San Antonio, de Murillo, cuadro -que fué mutilado por un visitante norteamericano, que creyó oportuno -aislar el santo del resto de la composición para provecho propio. -Sabido es que el cónsul español en Boston tuvo denuncia del paradero -del fragmento pictórico y logró rescatarlo. Hoy, gracias al arte y -habilidad de un pintor eminente, el cuadro aparece restaurado, y no se -notan las señales de la amputación del robador yanqui. - -No os detendré ante las muchas obras artísticas y renombradas que aquí -se guardan, pues son tantas y tales que hay libros de eruditos, como -Cean Bermúdes, que están dedicados a ellos. Pero no dejaré de deciros -que veáis cierto fúnebre monumento que está cerca del Cristóforo de -Pérez de Alesio, el cual monumento es obra moderna y muy celebrada, -compuesta de cuatro figuras que soportan una urna, y que seguramente -os es familiar por las ilustraciones. En esa urna--¡descubríos!--están -las cenizas, las discutidas cenizas de Cristóbal Colón, que antes -estuvieron depositadas en la catedral de la Habana. Creo que el más -impasible e indiferente de los americanos, no dejará de sentir así sea -una vaga emoción delante de ese puñado de huesos. Hasta después podrá -llegar la eterna Eironeia, y haceros comprender que no es muy grande el -favor que nos hizo. - -La tarde estaba alegre y dorada cuando pasé el Puente de Triana para -ir al barrio de ese nombre tan cantado en las coplas. ¿Diré que tuve -más de una ilusión deshecha? Fuera de una que otra ventana llena de -los tiestos usuales en toda Andalucía, y una que otra cara de cromo -o de caja de cerillas, no pude satisfacer mi curiosidad de belleza -sevillana. Vi mucho mozo de chaqueta y pantalón ajustado, haraganeando -en las esquinas, no lejos de los muelles en que el sevillano trabajador -suda en los afanes del tráfago moderno. Vi portales sin aseo y tiendas -de salazones, y una diligencia a la antigua, que al lado del eléctrico -tranvía iba cargada de gentes y maletas a alguna parte. Vi la Torre -del Oro bañada del oro de la tarde, y el río de un color sucio -amarillento; y a lo lejos las alturas que empezaba a borrar, a esfumar -el crepúsculo. Y si no volví contento de Triana, puesto que quizás yo -iba con la idea de un Triana fantástico, o imposible o demasiado a la -francesa, tuve un desquite con la salida de una bella niña y una vieja -dueña de una vieja iglesia. Doña Inés del alma mía y su inseparable -guardadora. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración: CORDOBA] - - - - -[Ilustración] - - -UNA modesta estación; un ómnibus que va mal que bien por la calle, -sobre baches y fango. - -Mal tiempo. He ahí mi primera impresión en la ilustre y secular -Córdoba. En cambio, los verdes naranjos, en los cercanos jardines, -y flores a pesar del tiempo, me resarcieron del inicial desencanto. -El hotel en que me hospedo da a la vía principal de la población, -la alameda llamada del Gran Capitán, en memoria de aquel magnífico -guerrero D. Gonzalo, cuya casa natal estuvo por este punto. Cuando la -lluvia ha cesado y puedo salir, veo grupos de gentes estacionados en -la alameda, el eterno grupo de ciudad española, que conversa y «mata» -las horas. - -Fuera de este paseo, de que están orgullosos los habitantes, las otras -calles son marcadamente típicas, descendiendo de la parte alta de la -ciudad a la baja, o Ajerquia. No he podido menos que tener presente en -mi memoria a la amable Córdoba argentina, a cada paso que he dado en -la antigua Córdoba andaluza. No es que tengan nada de semejante, fuera -del espíritu de la raza llevado por los hombres de la colonia, sino -que el nombre imponía el recuerdo, y el haber sido centro de estudio -y de saber en tiempos remotos esta ciudad abuela, como esa en no tan -lejanos, continuando su tradición en los presentes. No son pocos los -pergaminos de nobleza de la patria de Séneca y de Lucano, a la cual un -latinista moderno hace declarar sus grandezas en clásicos exámetros: - - Illa ego sum quodam latialis gloria Roma - cum dedit illa mihi quæ sibi jura dabat. - Inter romanas sum prima colonia facta - sola que patricio nomine clara fui. - Deliciis fruor ipsa meis Montisque Marian - ad cujus gremium dotibus aucta cubo... - Piscosus me Boetis amat, me argentea cingit - unda cabalino fonte sacrata magis, etc., etc. - -Y vaya esa transcripción de sabios metros en gracia a las dos Córdobas -gloriosas, pues la de ese lado del mar también pudiera repetir con ésta: - - Mille mihi Senecæ, Lucani mille fuissenl, - si mihi Mecoenas unus ab urbe foret. - -Decía, pues, que las calles de la población me han parecido de -lo más característico, y con razón, pues según la monografía -histórico-topográfica de Ramírez, «ni en su dirección ni en su anchura -han sufrido alteración alguna sustancial desde los tiempos más remotos, -y son, por lo general, como todas las de las poblaciones antiguas, -estrechas y torcidas, o poco alineadas, por lo que es cosa digna de -reparo que en el centro de la ciudad se encuentren algunas calles de -mediana anchura». Yo, ni en Granada, ni en Sevilla, ni en Málaga, he -encontrado ese ambiente de antigüedad de esta capital esclarecida y -en una época foco, puede decirse, de la sabiduría universal. Y en la -estrechez y soledad de las calles, la reja siempre, la ventana propicia -al amorío de romance, los patios misteriosos que se entrevén. Si en -un lugar, a modo de plazoleta, está el nombre de Séneca, y evocáis la -memoria de aquel admirable filósofo y periodista _avant la lettre_, -conocimientos mentales no tan viejos se os presentarán en esas casas -de las vías angostas, y de las cuales suele brotar, inesperadamente, -el eco de un piano. Allí puede muy bien vivir la señorita doña Pepita -Jiménez; allá puede estar forjando sus ilusiones el doctor Faustino; -y si no, en una o en otra morada puede haber nacido el ilustre D. -Juan Valera, porque es sabido que, como Ambrosio de Morales y el gran -Góngora, D. Juan es cordobés. - -De edades lejanísimas quedan en Córdoba huellas cesáreas. De César -quedan, cuando después de ser cartaginesa fué romana. Como colonia -patricia consta en las medallas y en los libros que fué notable. Y aun -afirma uno de sus historiadores que, siendo pretor de las Españas -citerior y ulterior Marco Claudio Marcelo, «la ciudad fué ampliada y -ennoblecida con suntuosos edificios, y parece se hizo de moda en Roma, -por aquel tiempo, poseer una quinta en los amenos campos de Córdoba». -Hoy de aquellas grandezas quedan apenas lápidas, inscripciones -monumentales, columnas miliarias, monedas de Augusto en que hay -borrosos problemas para los numismatas, y un venerable puente, al que -aún sostienen sus pesados arcos sobre el turbio Guadalquivir. Fué goda -y luego árabe, y los islamitas la elevaron en verdad a su más alta -potencia. Leer esa historia es penetrar en su vida cuasi fabulosa de -capital imperial, de un imperio de cuento miliunanochesco. - -Hoy queda casi nada en comparación de los antiguos esplendores -califales; pero lo que queda, la mezquita convertida en catedral y -cuya transformación enoja a todo artista viajero, como D'Amicis, da -idea de qué clase de cerebros cubrían aquellos prestigiosos turbantes. -¿Qué sería aquella magnífica Rusafa, o huerto real, en donde el -poderoso Abderramán I, que también, como buen oriental, era profeta, -anticipándose al cubano José María Heredia el viejo, cantó a su -compatriota la palmera, entonces extranjera en esta tierra? Y sobre -todo, ¿qué escenario como de la historia del príncipe Camaralzamán y la -princesa Badura, u otros príncipes en cuyas vidas se interesaba tanto -Dinarzada, no sería la Azhara de Abderramán III, llamada así por el -nombre de la favorita del harén? En verdad, pudo venir a habitar el -palacio el rey Salomón en compañía de la reina de Saba. No os repetiré -los datos algo prosaicos de cronistas cristianos como Díaz de Rivas; -pero sí lo que refieren narradores árabes contemporáneos de aquel -espléndido califa: - -«Las casas edificadas bajo un plan uniforme, con mucho gusto y -magnificencia y coronadas de azoteas, tenían jardines plantados de -naranjos, y correspondían a la grandeza y suntuosidad del alcázar a -que estaban agregadas. En la construcción de este sitio real empleó -Abderramán inmensos tesoros. Los obreros ocupados en la construcción -eran mil, mil y quinientas las mulas y cuatrocientos los camellos que -conducían materiales. Ayudáronle en la dirección de la obra los más -célebres arquitectos de Bagdad, Tosthat y Kaiorán, y de Constantinopla, -que le envió su aliado Constantino VI, regalándole al mismo tiempo -cuarenta columnas de granito, las más hermosas que pudo encontrar. -Pasaban de mil doscientas las de varias clases de mármoles que había -hecho traer a gran precio de algunas provincias de España, de Francia, -de Italia, Grecia, Africa y Asia. El exterior, así como el interior del -alcázar, contra la costumbre de los árabes, estaba hermoseado con el -mismo empeño y prolijidad que el resto del edificio, y en el interior -se encontraba cuanto el arte ayudado de la riqueza puede producir de -más bello y encantador. Las paredes estaban incrustadas de arabescos -de mucho gusto, las ventanas y puertas eran de cedro adornadas -de preciosas esculturas, y los techos pintados de azul celeste y -esmaltados de oro. - -«Pero como era natural, nada llegaba al primor y riqueza que en -el salón destinado para su morada había prodigado el califa. Los -adornos de sus muros estaban formados de oro, perlas y otras piedras -preciosas, y en varios sitios, según costumbre, se leían aleluyas -alkoránicas. En una magnífica fuente de alabastro, que estaba en medio -de la pieza, arrojaban agua por la boca varios animales de oro, y en -su centro nadaba un cisne del mismo metal. Sobre la fuente pendía -una perla de extraordinario precio que al califa había regalado el -emperador León, de Constantinopla. El retrete donde estaba el lecho -de la favorita, se veía cubierto por un artesonado revestido de oro y -acero, y sembrado de piedras preciosas; y en medio del resplandor que -despedían las luces de cien arañas, saltaba un chorro de azogue que -cual plata líquida caía en un hermoso pilón de alabastro. Sobre la -puerta principal del alcázar, se veía la estatua de la hermosa esclava, -no sin indignación de los más severos musulmanes, que censuraban la -impiedad del califa, que se había atrevido a representar la forma -humana, contra el expreso precepto del Korán. Los jardines que rodeaban -el palacio correspondían a lo demás en primor y belleza, pues la -fantasía más fecunda había prodigado allí cuanto puede lisonjear los -sentidos. Bosques de mirtos y de laureles se mezclaban con los olivos, -cuyo verdor se retrataba en las cristalinas aguas de los estanques: -animales raros vagaban encerrados en jardines dispuestos para este fin -y aves de vistosos plumajes y agradable canto animaban tan encantadora -mansión.» Al suspender esa descripción, no creeríais oir la voz de -Dinarzada: «¿Hermanita, quieres contar uno de los hermosos cuentos -que tú sabes?» De tales mansiones no se gloria hoy la más soberbia de -las testas coronadas y solamente pueden contemplarse, con ayuda de -la imaginación, en las renombradas narraciones que he citado y que -ha sacado a la luz y al arte modernos la sabia voluntad y el talento -admirable del Dr. Mardrus. - -Vagando de un punto a otro y perdiéndome a veces en el laberinto -de esas calles orientales, he dado con fuentes, ruinas, un curioso -monumento al ángel Gabriel, que, según tradición, ha librado a la -ciudad repetidas veces de pestes, tempestades y calamidades, y por -fin encontré lo único que verdaderamente atrae a los extranjeros: la -mezquita. En este caso, como en otros, no cabe descripción alguna, -pues muchas hay en las guías y en cien libros de viajes. Diré, sí, -que me asombró este edificio de fe, como los otros edificios de amor y -de guerra que dejaron en su amado Al-Andalus, y que uní mi voz a las -mil que han lamentado la vandálica religiosidad de los católicos que -creyeron preciso demoler obras del arte y afear el recinto de Alah para -adorar mejor a Jesucristo. - -La selva de columnas, la profusión de los arcos, hacen pensar en -lo que sería cuando no había tapiadas puertas y la luz penetraba -lateral. Se diría una vasta petrificación de palmeras. Y gracias que -aún queden joyas arquitecturales y de mosaico, cual ese prodigioso -mihrab o sagrario mahometano, que es la admiración de los conocedores. -Aunque hay en la parte de intrusa construcción española muy notables -trabajos, como el coro, el visitante no tiene pensamientos más que -para los islamitas, que sabían edificar tan bellas moradas de oración. -Al entrar, da deseos de cambiar los zapatos por un par de babuchas, y -murmurar que «sólo Dios es grande». - - - - -[Ilustración: GIBRALTAR] - - - - -[Ilustración] - - -I - -DESDE que llegué a Algeciras, sentí que ya no me encontraba -completamente en España. No descendí en la estación, sino a la entrada -del muelle, a un paso del Hotel Anglo-Hispano y del Hotel Reina -Cristina, dos establecimientos ingleses. El tren llega hasta allí -para comodidad de los ingleses. Desde luego la línea férrea entre -Bobadilla y Algeciras es propiedad de una compañía inglesa. En el hotel -me encuentro con que todo el mundo es inglés. En el salón de lectura -casi todos los diarios son de Londres. Alguien me asegura que desde el -Hotel Reina Cristina, que está construído en una altura y en el cual -se eleva un largo mástil, se hacen señales semafóricas con Gibraltar. -Al día siguiente tomo en el muelle inglés el vapor de la misma -nacionalidad, que me conduce al Peñón. - - * * * * * - -Un malagueño que se llama Paquito y que es portador de una guitarra, va -a bordo. Una joven miss se ha acercado a él y en muy buen castellano le -invita a que le dé una lección al aire libre, sobre cubierta. Paquito -se excusa. Luego, allá a solas conmigo, me hace sus confidencias. - ---¡Vamos, que los ingleses no me agradan! Voy a Gibraltar por unos días -a ganar un dinerito... A usted, si gusta, le invito para que me oiga -tocar y cantar. - -La enorme mole se va agrandando sobre el fondo del cielo invernal. -Se distinguen las casas escalonadas sobre la roca, y más tarde los -muelles y escolleras; por todas partes el ir y venir de barcos, y, con -ayuda del anteojo, las innumerables baterías, la floración de cañones -que hacen del promontorio un inmenso panal de piedra y acero en que -aguardan el momento propicio para lanzarse los enjambres de avispas de -fuego que alborotará la mano de la guerra. - ---¿Qué le parece, Paquito? - -Paquito alza los hombros, resignado. Después, a media voz, me canta, -junto a la borda del barco, una canción, con ritmo de tango, cuyas -patrióticas y desgreñadas estrofas, no por serlo dicen menos lo que -siente el corazón popular. - - España fué la nación - que más lauros conquistó; - por la tierra y por el mar - extendió su autoridad; - al grito sacrosanto - de Castilla y de León, - clavaba en lo más alto - su glorioso pabellón. - Tiempo feliz que de fijo - para siempre ya pasó. - Al comparar la antigua situación - con la actual, causa pena y dolor. - De ira y de vergüenza - deberíamos llorar - al contemplar, y es la verdad, - que nuestra dignidad - manchada está - desde que vió ondear - la bandera inglesa - en el Peñón de Gibraltar. - Qué vergüenza da, - que vergüenza da, y es la verdad. - Aunque el mundo sabe - que ese invencible Peñón - hoy es inglés - por una traición. - Porque jamás pudo vencer - el pueblo inglés al español, - y en lucha igual, franca y leal, - el Aguila se humilla ante el León. - Pero ha de llegar - el día en que volvamos - nuestro Peñón a recobrar - y ese día cerca está, - y subiendo a lo más alto, - y allí gritando ¡viva España! - nuestro glorioso pabellón clavar. - -¡_Alas poor_, Paquito! Mientras das al aire suavemente esa cordial -protesta, yo admiro a estos fuertes y temibles hombres. Este Peñón es -el más vasto altar, el más colosal monumento de la conquista y de la -guerra. Por un lado se impone dominante sobre España, por otro sobre -Africa, y el Mediterráneo que vió en lejanos tiempos la omnipotencia -latina, presencia hoy la omnipotencia de Britannia, sobre las olas--, -_on the waves_. - - * * * * * - -El vapor atraca al muelle. Al pisar tierra, creo entrar en un cuartel. -Las murallas, los fuertes, las amenazantes baterías de la altura están -ante mi vista. Al entrar por una puerta de la ciudad, un soldado me da -un cartoncito con un número y un permiso para circular por ella hasta -el cañonazo de las doce. En una plazoleta, oficiales rojos enseñan el -ejercicio a soldados kakhi. Una banda suena a lo lejos. Por fin, heme -aquí en un hotel carísimo--parece que no hay de otros en la ciudad--y -luego, en la calle, para aprovechar mi tiempo. - -Noto que, a pesar de todo, no se ha logrado desarraigar el idioma. Toda -la gente habla español. En las vitrinas de las tiendas, los objetos -están expuestos con los precios escritos en inglés y en español. -Asimismo la moneda española circula, y se puede pagar una cosa, -correspondientemente, en chelines o en pesetas. Mas la poderosa Roma -moderna impone su sello. Hay algo de cada colonia que podéis observar -al paso. Aquí un negro, más allá un hindú, que os vende labores de -Persia y del Indostán. No os extrañarán, por la vecindad, los moros, -y los muchos malteses y judíos en sus tiendas curiosas. Los tipos son -marcadísimos. He visto en verdad y en una esquina, a Alí Babá. Y los -cuarenta ladrones, entre ellos el cochero que me pasea; y a Shylock, -junto a un sórdido mostrador, un Shylock como el que hace Novelli, -todo vestido de negro. Pasan, en fiacres de toldos amarillos, soldados -y oficiales, que se dirigen a los cuarteles. Veo, no lejos, humo de -chimeneas, y oigo agitación de máquinas. Sobre todo se siente el peso -de una consigna y la regularidad dura de la vida militar. Aquí se han -de leer mucho los versos de Rudyar Kipling. Todos esos caras morenas de -comerciantes de la India, sonríen al Tommy que pasa. Los judíos están -contentos porque hacen negocio. Los gibraltarinos están satisfechos -porque los negocios van siempre bien. Y los españoles vecinos, de la -misma manera, pues hay aquí buen mercado para los productos que se -importan. Por su parte, los militares llevan una existencia de lo más -agradable, pues tienen desde «whisky-and-soda» hasta «music-hall», con -estrellas de la Alhambra londinense, y cacerías en tierra española, con -todo el confort y cuidado que un inglés pone en esas cosas. - - * * * * * - -Allá lejos, pasadas las puertas del lado sur del puerto--una española, -otra inglesa, puertas gemelas que decoran sendos escudos, el uno -del tiempo de la antigua dominación, el otro moderno--; más allá de -los jardines que en la roca escueta han hecho florecer con bellas -vegetaciones las activas autoridades, he ido a ver los trabajos de los -grandes diques en construcción. Los trabajadores bullen en la inmensa -escavación, afanosos. Se me dice que de algunos días a esta parte -se han recibido órdenes de apurar las tareas. Se escucha el ruido -de las dragas. Los pitos de vapor silban, las vagonetas cargadas de -tierra corren, la multiplicada labor se siente incansable. Se ve que -es la energía británica la que dirige. Hay aspectos imprevistos, de -rincones floridos, cerca de las garitas y de los depósitos. El cochero -que he tomado en Gunners Parade, me lleva hasta una de las baterías -bajas, donde un enorme cañón rodeado de proyectiles, también enormes, -amenaza al mar. Hay en las entrañas de la colosal roca vastos trojes -de guerra, en previsión de posibles cercos, así fuesen los traídos por -consecuencia de una liga continental. - -Hay cordones de bocas de fuego en las distintas salientes del Peñón. -Y, a pesar de lo que se murmura contra la capacidad del ejército -inglés, hay una admirable disciplina, y se ve que una inteligencia -ordenada y eficaz ha precedido a todo el abastecimiento y defensa -de ese formidable castillo natural sobre las olas. No soy perito en -cuestiones militares, pero no sé hasta qué punto tenga razón un miembro -de la Cámara de los Comunes, Gibson Bowles, en las afirmaciones hechas -en un ruidoso folleto sobre la vulnerabilidad y debilidad estratégica -de Gibraltar. Sin embargo, a la simple vista, no me parece de una -imposibilidad absoluta que por el lado de tierra, un ejército audaz -y bien dirigido pudiese llegar a tomar la gran fortaleza, apoyado -por modernísimos cañones, que encontrarían el más estupendo blanco -que imaginarse puede. Por esto es muy explicable la actitud celosa -de Inglaterra que, cada vez que el gobierno español ha intentado -fortificar su territorio por los lados peligrosos, ha protestado por -medio del embajador en Madrid, y ha impedido toda probabilidad de -futuros perjuicios. Por su parte, el almirantazgo y el ministerio de -guerra londinenses tienen siempre buenos centinelas. De Rooke a White, -todos los que han tenido mando en el Peñón han sido espíritus hábiles -y meritorios soldados. Me parece que en los versos de Paquito el -malagueño, hay profecías difíciles de cumplirse. En Highest-Pont, en -The Galleries, en Signal-Station, hay muchos ojos vigilantes. Y cada -día que pasa se va aumentando el número de cañones, el trabajo de los -diques de carena y el arreglo y buen mantenimiento de los innumerables -galpones, bodegas y depósitos de municiones y víveres. Hay talleres -excelentes y cantidades de carbón crecidísimas. El nuevo muelle, -concluído casi, es de primer orden, como los otros en construcción. Una -lluvia de libras esterlinas amaciza y fortalece todo eso. - - * * * * * - -Difícil de abordar el gobernador, el secretario colonial, Mr. Evans, -es en verdad tipo simpático y afable. Un mi compañero ocasional, Mr. -Fox--sonriente zorro anglosajón, que viaja por placer y sport, y que -ha recorrido todo el mundo, se hace lenguas del secretario.--«¿Y la -guerra, Mr. Fox? ¿Y la guerra?»--«No sabe nadie lo que puede pasar. -Pero Inglaterra es tan prudente como potente, y no crea usted que se -precipite a causar conflictos, de los cuales no se puede calcular el -terrible resultado. No obstante, la Gran Bretaña está lista para todo -evento. El pueblo simpatiza con el Japón, más que por la alianza, por -la antigua enemiga con el Oso. En cuanto al estado de la marina y -del ejército, no crea usted a los pesimistas. Se ha trabajado y se -trabaja. Sir Charles Beresford, no diría ahora lo que en época no muy -lejana. Esta es la opinión del vencedor de Ladysmith y de su amable -secretario». Miss Fox, que acompaña a su padre y que tiene los más -lindos ojos azules en el más fino y sonrosado rostro, aprueba. Lo cual -me hace, incontinenti, no tener ningún cuidado por la buena suerte -asegurada de los barcos y soldados de su majestad el rey Eduardo. - - * * * * * - -En un solo día he visto pasar un hermoso crucero francés, tres barcos -de guerra de otras nacionalidades y como doscientos vapores mercantes. -Se espera pronto a la escuadra nacional. Además, el King Alfred y el -Diadem, que de Singapoore se dirigen a Inglaterra. Y dentro de días, la -visita del emperador de Alemania. - - * * * * * - -Mr. Fox me hace saber cosas interesantes y pintorescas. Hay un club -Ladysmith que da bailes de máscaras en sus salones, situados en el -Flat Bastion Road. El ejército de salvación, por su parte, predica el -bien y pone en las calles los grandes letreros usuales, con máximas -evangélicas y declamatorios consejos. Pero los oficiales que escuchan y -siguen al pie de la letra la palabra de esos comisionistas del Señor, -son pocos como los temperantes de tal o cual asociación. Prefieren -entre el _hunting_ y el _tennis_, unas salidas gratas por el lado de -la Línea, en donde hay cante flamenco, guapas mozas españolas y el -consiguiente pale-ale y whisky de Escocia. Y aquí, en la ciudad armada, -está el Empire, a la manera de Londres, con una London Variety Company, -en que hay una «star» que se llama mademoiselle Vanmeeren.--«¡Soberbio, -Mr. Fox!--_¡I think so, Mr. Darío, The Channel Fleet will thus find -ample amusement for their evenings on shore!_» - -Miss Fox mira, distraídamente, hacia la costa de España, donde Tarifa -semeja una ciudad sin vida. La banda ensaya, no lejos, todos los himnos -nacionales habidos y por haber. Las sombras nocturnas se adelantan. - - * * * * * - ---¡Allo, Mr. Darío! - ---¡Allo, Mr. Fox! - ---¿Una taza de té? - -Tomar una taza de té con Mr. Fox es un placer, cuando no da en hablar -de cacerías y otros sports. Miss Fox le acompaña siempre, y toma parte -activa en charlas sobre literatura, sobre ocultismo, sobre artes. - -Ambos son admiradores de Rodín, y se esfuerzan en convencerme de que -los franceses no comprenden al gran escultor y los ingleses sí. Los -ingleses y los norteamericanos, dice Miss Fox. Se celebra la poesía de -Rudyard Kipling, algunas de cuyas composiciones, demasiado argóticas, -confieso modestamente no comprender. Se trata del valor japonés, y no -soy simpático cuando expongo mis simpatías por Rusia. Así, llegamos a -tratar de la cuestión anglo-española, la eterna cuestión de Gibraltar. - ---Los españoles, dice Mr. Fox, dicen que los Ingleses ocupan Gibraltar -por una traición. Y a los japoneses se les acusa de traidores por -causa del golpe por sorpresa que inició la guerra actual. ¿Qué guerra -no es, en realidad, traidora? ¿Y qué cosa es traición, cuando se -trata de guerra? Ahora bien, si los ingleses dejaran actualmente poner -excelentes y modernísimas fortificaciones en el Fraile, en La Leña, en -Camorro, en las Palomas y en otros lugares del litoral del estrecho, -confiese usted que serían unos tontos. Puesto que usted ha leído al -filósofo alemán de «Más allá del Bien y del Mal», no tengo que entrar -en mayores disertaciones. Además el tiempo es oro. - -Miss Fox pone un poquito más de brandy en mi té. - - * * * * * - -Pronto he de dejar el Peñón, erizado de hierro y de muerte. Me he de -dirigir a la vecina Africa, cuyas costas se divisan, alzándose en -el fondo el grande Atlas. Mis amigos ingleses me dan una carta de -presentación para un rico árabe, que reside en Tánger, y llevo además -otra, del amable cónsul argentino en Málaga, para el administrador -español de correos en la ciudad blanca. - - -II - -En estos días ha habido, como muy a menudo, divertimientos alegres -para los distinguidos oficiales de esta férrea guarnición. Persona que -ha asistido a ellos, me celebra la distinción y las elegancias de las -jiras sportivas. Ha sido un _fox hunting_ de lo más ameno y variado, -después de gozar los invitados de la hospitalidad de Mr. Larios--, uno -de la egregia familia que sabéis. Galopes animados hacia Salt Pans, -por amables colinas, por Agua Corte; persecución de un zorro cerca de -Polmones Village; amazonas animosas y bravos cazadores, que iban en -caballos veloces; magnífica jauría; - - Van perros de fina raza, - Cornetas de monte, en fin, - Cuanto exige Moratín, - En su poema _La Caza_. - -como diría, en los buenos tiempos en que hacía versos, el señor -presidente Marroquín, de Colombia. Además de zorros, ha habido -jabalíes, entre los cuales uno viejo y terrible que hirió gravemente -a dos sabuesos. Nada os diré de las excelentes provisiones, siendo -ingleses los de la partida. Hasta versos se han rimado, en los cuales -se dicen bromas anglosajonas que tocan al «honorable secretario». He -aquí esa muestra del humor britanocalpense: - - Oh where and oh where is the gallant «Hon. Sec.» - Oh where and oh where can he be? - There's no one to keep these bold «thrusters» in check - No signs of E. M. can we see. - We met at «the Farm» (sure 'twas after the Ball) - And gossiped and «coffe-housed» there, - And drinks (though the need of Dutch courage is small) - While violets decket each dame there. - _Chorus._--And there, oh yes there, was the genial «Hon. Sec.» - His smile beaming broadly and bland - As fietd money tickets he swift did collect - By scores were they thrust in his hand. - -Eso, con otras estrofas más, se ha cantado con uno de esos joviales -aires ingleses que habéis oído más de una vez. Así se divierten los -militares que guardan la vasta fortaleza de rocas que humilla el amor -propio de la Europa entera. Así se divierten, como en todas partes -donde moran. Unos son enviados a la India, o a otras posesiones -coloniales. Otros hay que viven aquí desde hace mucho tiempo. A veces -suena un pífano, se oyen tambores. Un grupo de soldados pasa, solemne. -Se lleva a enterrar a un compañero que quedará por siempre en el peñón, -como están en el cementerio viejo, bajo túmulos grises, llenos de -inscripciones, víctimas de Trafalgar... Pero son los amos de cuanto su -vista abarca. - - * * * * * - -Como leyese las anteriores líneas a un mi amigo español que está en el -mismo hotel que yo, sonríe amargamente.--«¿Usted no sabe hasta dónde -llega la conquista de la libra esterlina y de los cañones del Peñón, en -tierras de España, en tierra de nuestro D. Quijote? Pues escuche.» Y me -lee unos recortes que saca de su cartera: - -«Junto a Algeciras los ingleses disponen de campos para jugar al -«golf», de cotos para cazar, de huertas para recrearse. Apenas alguien -necesita en Algeciras vender una casa, los ingleses la adquieren, y a -buen precio. Pronto habrá en Algeciras más propietarios ingleses que -españoles. Sin embargo, Algeciras, es como Gibraltar una plaza fuerte. -Bien es verdad que esta condición no se halla justificada sino por una -vetusta batería artillada por algunas piezas de las que se cargan por -la boca; pero no importa, buena, o mala, Algeciras es una plaza de -guerra, y como tal, está sujeta a reglas especiales, ni más ni menos -que la plaza de Gibraltar. - -Sin extremar, como en Gibraltar se extreman--por ser allí la -jurisdicción militar la única que rige--la dignidad, el honor, si -todavía estos vocablos quieren significar algo en nuestra patria, -debieran imponernos cierta línea de conducta. Entretanto, del propio -modo que La Línea, El Campamento y Puente Mayorga son arrabales de -Gibraltar, Algeciras se convierte paulatinamente en una dependencia -del imperio británico. Hay una provincia inglesa que tiene por capital -Gibraltar, y que comprende de hecho el Peñón, el Campo, Algeciras y -todo el territorio hasta Tarifa por un lado, y de Ronda por otro. -Es verdad que esta provincia tiene autoridades militares, civiles y -judiciales españolas; pero quien gobierna efectivamente en ellas es el -Foreign Office de Londres, y por mandato suyo, el general gobernador -de la plaza de Gibraltar. Allí no se hace nada sin anuencia de los -ingleses, en tanto que los ingleses hacen allí lo que les parece, -seguros de hallar la aprobación tácita o la sanción legal de parte de -España. La soberanía española en aquella región de la Península es una -pura ficción. Conviene hablar claro y que lo proclamemos muy alto; es -indispensable que España lo sepa: existe de hecho, enclavada en los -dominios de la monarquía española, una provincia inglesa de Gibraltar, -de la cual el Peñón es la cabeza y la ciudadela. - -Los ingleses se han creado intereses por doquiera, desde la margen -del estrecho hasta la serranía de Ronda. Todo el mundo sabe lo que -significa para los ingleses la fórmula «crearse intereses». La -intervención activa de la Gran Bretaña en la colonia portuguesa -de Lorenzo Márquez y la transformación de ésta en una especie de -protectorado británico, débese principalmente al ferrocarril de -Delagoa a Komati-Port, cuyo primer interesado es un súbdito inglés. -Así también la zona recorrida por el ferrocarril de Algeciras a -Bobadilla cae, según la teoría diplomática inglesa «dentro de la -esfera de los intereses británicos». De ahí que conceptuemos este -ferrocarril como una infamia, porque, una de dos: o esta línea -aprovecha al país, o aprovecha a los ingleses: si lo primero, el más -elemental patriotismo aconsejaba que se concediese a una compañía -nacional, o por lo menos, no inglesa; si lo segundo, jamás, en manera -alguna, debía haberse otorgado la concesión a quienquiera que fuera, -y menos aun, a una compañía inglesa. Si los ingleses no se encuentran -bien en Gibraltar; si el Peñón les parece incómodo y angosto; si la -residencia en Gibraltar les es penosa, por la falta de campos, de -espacio, de comunicaciones, ¡que se vayan! pero que no vengan a exigir -de nosotros esas facilidades de que carecen. Desgraciadamente, para -oprobio nuestro, esas facilidades las obtienen con creces; gracias a -nosotros, Gibraltar reune para ellos todos los atractivos y todas -las comodidades imaginables». Todo eso es la pura verdad, y mi amigo -español me hace notar que se les ha dado y se les sigue dando hasta -tierra. ¡Hasta tierra! Sí, se ha traído mucha tierra de España y la -que se pisa, en el muelle nuevo, y más allá, es, ciertamente, «tierra -española...» - -¿Y agua? - -Hay aljibes admirables en que se aprovecha toda el agua que cae en -el Peñón; pero se trataba no hace mucho de concesiones de no sé qué -fuentes de la sierra al lado de San Roque. Y ha habido un diputado a -cortes que sostenía con entusiasmo esa concesión. «Gibraltar tiene en -el parlamento español «sus» diputados. Los ingleses no civilizan nunca, -corrompen, y el espíritu corruptor inglés se extiende como una lepra -a muchas leguas a la redonda del Peñón.» No obstante... Podrán los -ingleses no civilizar; más, desde Castellar, Ronda, y demás lugares -que se van acercando a Gibraltar, de donde se desborda la invasión -británica, advertís un aseo, una actividad, una higiene, un confort y -un _pale-ale_, que muy poco tienen de españoles... - -No he encontrado en los habitantes de Gibraltar, originarios de -familias españolas, un manifiesto deseo de volver a la antigua -bandera... Se advierte que un nuevo espíritu se ha posesionado de la -raza. Todo el mundo ama el trabajo y procura la actividad. He recordado -la palabra del siempre citable Nietzsche: «Las razas laboriosas no -pueden soportar la ociosidad. Fué un golpe magistral del instinto -«inglés» santificar el domingo en las masas y hacerlo aburrido para -ellas, a tal punto que el inglés aspira inconscientemente a su -trabajo de la semana.» El domingo en Gibraltar, es como el domingo -en Londres, o en cualquier ciudad anglosajona. Religiosa o no, la -población se encuentra triste, opaca, sin movimiento, en un exceso de -santificaciones. - -Todos los ciudadanos de Gibraltar que hablan español piensan en inglés. -El Peñón está bien asido, como por las poderosas mandíbulas de un -gigantesco bulldog. Este no soltará fácilmente, antes bien quiere -avanzar, tierra adentro. - -Como he dicho, no se permite al Gobierno de España ninguna -fortificación vecina. Inglaterra desea mantener el campo, tal como -quedó establecido en 1810, cuando fueron volados los fuertes -existentes. «De 1810 a acá, dice un escritor español, cuantas veces -hemos intentado levantar las fortificaciones derruídas o construir -otras, Inglaterra ha hallado medio de hacer obstrucción. Nuestras -tentativas por recuperar en la bahía de Algeciras el rango a que -tenemos derecho, o simplemente por organizar la defensa de nuestro -territorio, corresponden a la segunda mitad del siglo XIX. El último -proyecto, el que más nos interesa, puesto que se aplica a los modernos -adelantos de la artillería y a las recientes innovaciones en el arte de -la fortificación, lleva la fecha de 1900.» - -Los ingleses, por su parte, hacen perfectamente, pues una vez bien -fortificada la parte española y artillada con cañones modernos, El -Peñón estaría, dada una conflagración europea, en verdadero peligro. - - - - -[Ilustración: TÁNGER] - - - - -[Ilustración] - - -EN el _Gibel-Musa_, vapor inglés, después de tres horas de mar, llego -a tierra mahometana. Desde a bordo ha comenzado para mí lo pintoresco -con el amontonamiento, sobre cubierta, de moros y judíos de distintos -aspectos, blancos, morenos, de ropajes oscuros o de vestidos vistosos. -Había ancianos de largas barbas blancas, semejantes a los Abrahames -de las ilustraciones bíblicas, y mocetones robustos, hombres de faces -serenas y meditativas, mercaderes con morrales y cajas. Había rimeros -de paquetes, armas, bagajes. Había pipas humeantes de cazoleta -diminuta. Cabezas con fez, con turbante, con capuchón. Había animales. -Un árabe de negra mirada iba cuidando su caballo. Un viejo de dulce -y venerable aspecto acariciaba un cordero. Las inglesas del pasaje y -unas norteamericanas de gorrita impertinente y rosados colores sacaban -instantáneas, no sin la protesta de algunos de los africanos, que veían -en tal acto un atentado contra el precepto koránico. Atrás quedaban las -costas andaluzas. (¿No es allá, oh soberbio y famoso mulato, donde el -Africa empieza más bien que en los Pirineos?). El mar estaba apacible, -a pesar de las cóleras que le han sacudido los días pasados, y el -firmamento de un azul pacífico. Poco a poco la ciudad fué apareciendo -a mi vista, y antes, a un lado, las alturas que se extienden hacia -el interior, en donde hormiguean las kabilas; y más allá, la casita -blanca del nunca bien ponderado corresponsal del _Times_, Mr. Harris -(¡perpetúe Alah su felicidad y sus días!), que en tantas andanzas se ha -metido, y cuya cabeza ha sido deseada por tantos alfanjes de hijos del -Profeta. Ese brillantísimo colega y Mr. Mac-Lean tuvieron que salir -más que velozmente a causa de políticas aventuras, en las cuales estaba -mezclado el sultán modernista, sportman Moulai-abd-ul-Aziz (¡que Alah -le dé unos buenos tirones de orejas!), el cual no piensa más que en -bicicletas y máquinas fotográficas, cosa que no había pensado el buen -Loti cuando le vió niño en la corte de su padre. - -Por fin la ciudad se presenta, sobre el celeste fondo, la ciudad -blanca, muy blanca, tatuada de minaretes verdes. Confieso que es para -mí de un singular placer esta llegada a un lugar que se compadece -con mis lecturas y ensueños orientales, a pesar de que sé que es una -ciudad profanada por la invasión europea, adonde la civilización ha -llevado, con escasos bienes, muchos de sus daños habituales. Por de -pronto, he ahí la muchedumbre de intérpretes del hotel, de dueños de -botes de desembarco que pretenden desollarnos en todas las lenguas -posibles. Y ya en el muelle, después de pasar la aduana, muchedumbre -de guías, y de los que el señor Echegaray llamaría, por no hablar como -Quevedo, galeotos. ¡La aduana! Yo no sé que es lo que le dice en árabe -a uno de los empleados de turbante y albornoz el intérprete que me -conduce; pero, como en algunos países cristianos, no me han registrado -el equipaje, y ha de costarme esa deferencia el consabido premio. -Entro a la ciudad por una de las tres puertas juntas arábigas que hay -en los muros blancos, entre una muchedumbre de albornoces, turbantes -y babuchas, burritos cargados, cargadores que atropellan, mendigos -que tienden la mano y dicen palabras guturales, amontonamientos de -fardos, de cajas, de cargamentos de todas clases. Hacia la izquierda -subo por una calle estrecha, y a poco estamos en el mercado, o Zoko -Chico, punto en donde se encuentra el hotel en que he de habitar -durante mi corta permanencia. A pesar de las tiendas europeas, a pesar -de la indumentaria de los turistas y vecinos europeos, el aspecto -de la ciudad es completamente oriental. Me siento por primera vez -en la atmósfera de unas de mis más preferidas obras, las deliciosas -narraciones que han regocijado y hecho soñar mi infancia, en español, -y complacido y recreado más de una vez mis horas de hombre, en la -incomparable y completa versión francesa del Dr. Mardrus: _Las mil -Noches y una Noche_. Es que tras esta mezcla de árabes, de moros, de -kabilas, de europeos, que constituye la población accesible, existe el -misterio y la poesía de la verdadera vida de Oriente, tal como en los -tiempos más remotos. Pues, como muy bien se ha observado, el Marruecos -contemporáneo es siempre el imperio moro del siglo duodécimo, con -su organización feudal, su lujo y sus artes exquisitas. Y comprendo -la inmensa distancia que hay entre esos espíritus de creyentes y -fatalistas musulmanes y las almas de Europa y América; entre esas razas -del animal humano llenas de ferocidades, de noblezas, de arrojos, de -vicios y de virtudes naturales, y las razas nuestras que el progreso -y la civilización han llenado de artificialidad, de sequedad y de -desencanto. El desdén inmenso que estos hombres sienten por nosotros, -tiene su base principal en el concepto distinto de la vida que hay en -su cerebro. Ellos no guardan, como los que somos cristianos, ciertas -ideas del pecado que hacen dura y despreciable la vida terrestre, y en -su inmortalidad teológica, no esperan ni premios ni castigos que vayan -más allá de nuestra comprensión. - - * * * * * - -Salgo del hotel a dar mi primera vuelta por la ciudad, caballero en -una mula mansa y vieja, en una silla morisca forrada de paño rojo. Me -precede, en otra mula, el guía, un español que hace largos años reside -aquí, y que conoce el idioma perfectamente. Me sigue, a pie, un morito -vivaracho, de grandes ojos negros. Ambos llevan látigos; el guía para -los moros del pueblo, que no se apartan del camino, y el morito para -mi mula. Así pasamos por toda la larga y única calle que pueda merecer -este nombre, hasta llegar al gran Zoko, o Zoko de Barra, el mercado -principal. No nos detenemos, pues por esta vez quiero conocer los -alrededores. No lejos están las casas en que habitan los cónsules, -algunas con hermosos jardines y de arquitectura oriental. Más afuera, -en los declives del terreno, o sobre graciosas colinas, hay otras -construcciones en donde moran extranjeros. Después es la campaña. Hay -profusión de áloes y tunas, lo que en España llaman higos chumbos, y -datileros e higueras. Manchas de flores rojas y amarillas entre los -repliegues del terreno, y gencianas y geranios. Todo lo ilumina una -luz grata y cálida. No muy distante, advierto grupos de casas bajas, -aldehuelas como sembradas en el seno de los valles, y de donde se eleva -una columna de humo. Y sobre una altura, de pronto, la silueta de un -jinete. Unos cuantos soldados entran montados en sus hermosos caballos -y armados de las largas espingardas que se creerían tan solamente -propias para las panoplias de adorno y las colecciones de los museos y -armerías. Son de las tropas que vienen del interior, en donde una nueva -insurrección se ha levantado de manera tal, que desde hace algunos días -son escasas las caravanas que entran a Tánger, y, por lo tanto, sufre -el comercio. - -La tarde cae y vuelvo al hotel. - -He bajado a la playa, allá lejos, en donde hay casetas de baño y pasan -de cuando en cuando moros montados en sus burros, que vienen de no -sé dónde, del campo vecino, de detrás de las alturas cercanas. Hay -cerca un quiosco blanco y pintoresco, casas blancas de techos rojos, -habitaciones en que ricos extranjeros se solazan enfrente de las aguas -azules. - -Desde aquí se divisa una parte de la población; en algunos puntos -jardines y arboledas; más lejos, murallones, las orientales -construcciones cúbicas, construídas como en un vasto anfiteatro. Hay -algunas de dos pisos, y tales rodeadas de otras bajas, con muchas -puertas. - -Una que otra lancha se ve por ahí cerca en el mar quieto. Hay una -grande paz. Por aquí deben habitar de esos ingleses y norteamericanos -hábiles y curiosos que han sentado sus reales en esta tierra y han -explotado y explotan el país comercialmente, o como dice un buen -censor, que han hecho experiencias industriales e industriosas. Los -chalets y moradas que hay cerca de mí, muestran todos los aspectos de -nuestras mansiones de ricos occidentales. - -A poco rato de vagar, he aquí que sale de una de las casas una bella -dama rubia, mientras en lo interior suena un piano. Pongo el oído -atento a lo que tocan. Es algo del _Otello_ de Verdi. No está fuera de -lugar. - -Un caballero español me presenta a Mohamed-Ben-Ibrahim, moro de -letras, que ha viajado por Francia, Italia y España, y que conoce -perfectamente, para ser moro, la literatura española. Es un tipo -elegante, quizá demasiado europeizado, que a su traje flotante y -soberbio ha agregado una magnífica leontina hecha por un platero -madrileño, y un reloj suizo, de cincelados oros, con campanilla de -repetición, que se complace en hacerme oir cuando paseamos... Me -habla del poeta Zorrilla y me recita versos del maestro. Me pregunta -si Zorrilla sabía árabe y, como yo resueltamente y creyendo decir la -verdad, le digo que sí, su contentamiento es grande. Mohamed no ha -perdido mucho de su carácter nacional a pesar de sus viajes y de su -confesado afecto por las mujeres cristianas, sobre todo por esas huríes -singulares de París. Él continúa en la completa fe de sus mayores, y -es un mahometano practicante que no olvida, a la hora señalada, su -plegaria, con la mirada hacia el punto cardinal en donde la ciudad -sagrada se encuentra. Pero no es suficientemente ortodoxo... Hemos -entrado en un bar, o cosa por el estilo, que hay cerca de mi hotel, -y allí Mohamed se ha mostrado demasiado afecto a una bebida nacional -británica, muy usada por los célebres rumíes Harris y Mac Lean...: el -whisky-and-soda. «Amigo Mohamed, le digo, tengo una vaga sospecha de -que vuestro profeta no os ha dicho precisamente que el vino es bueno, y -menos el whisky». Mohamed sonríe, pero no con irreverencia occidental, -antes bien como quien va a decir una cosa de razón a quien la ignora. -«Es cierto que él peca, porque le gustan mucho no solamente el whisky, -sino los vinos de España, y sobre todo el champaña que aprendió a -saborear en los bulevares parisienses, y cierto moscato espumante -de que la admirable Italia le dió muestra exquisita, pero él es un -creyente que conoce muy bien su religión, y las condiciones que hay que -llenar para que los pecados sean perdonados y sea abierto el mahometano -paraíso. El peca, y luego va a la Meca. - -No ha faltado, desde hace tiempo, una sola vez a la consagrada -costumbre, obligatoria para todo buen musulmán, y así Alah le reconoce -digno». Esto dicho, Mohamed bebe su licor escocés con fruición y vuelve -a hablar de poesía. A este propósito me confía que se ha atrevido a -hacer versos en español, y me recita algunos, no más malos que los -de tales incircuncisos que yo me sé. Me cuenta que hay marroquíes y -tunecinos que cultivan la literatura castellana, y me pondera a un su -amigo de Túnez, llamado Abul Nazar, de quien me recita unos versos a -la Giralda sevillana, que le habrían satisfecho a Zorrilla, por moros -y por zorrillescos. Abul Nazar, como Mohamed-Ben-Ibrahim, siente en -verdad que el alma del autor de _Granada_, era, siendo tan católica, -enormemente sarracena. Los versos de Abul Nazar, son los siguientes: - - Giralda, alminar gentil - En que la belleza mora, - Eres cautiva señora - En extranjero pensil. - - Yo te llevara a un paraje - Que fuera harén opulento, - Donde regalase el viento - Tus alharacas de encaje. - - Vieras con el ajimez, - Que ojos finge de tu cara, - Las lejanías del Sahara, - Los bosques de Mequinez. - - Sobre cielos carmesíes - Las huríes, - Aun más blancas que el marfil, - Se apostaran por mirarte - E imitarte - En tu apostura gentil. - - Desde tu altura sonara - Dulce y clara - La canción del Muëzín; - Te abanicaran palmeras - Y tuvieras - De rosas blando cojín. - - ¡Quién abrochara tu talle - De mi valle - Con el nardo embriagador! - Y a tu pecho floreciente - Diera ardiente - Cálido beso de amor. - -¿Qué más morisco y qué más zorrillesco? Ese son de guzla es ciertamente -una oriental que se intercalaría sin detonar, entre las del autor de -_Tenorio_ o las del injustamente olvidado padre Arolas. - - * * * * * - -Anoche he estado en el principal café moro. Por una puerta estrecha que -da a una angosta callejuela, se entra al no muy espacioso recinto. Hay -tapices para los del país, y mesitas para los visitantes extranjeros. -Mi amigo español y yo nos sentamos en una de las últimas. Había cerca -de nosotros varios franceses y señoras inglesas. Un mozo de rojo fez -nos sirve en pequeñas tazas el café ya azucarado y sin colar, como es -uso y como lo solemos tomar los aficionados en París en el restaurant -judío-oriental de la rue Cadet. La atmósfera está cargada, pues no son -pocos los fumadores. Unos fuman el tabaco solo, y otros mezclado con -cáñamo indiano. De pronto inicia la orquesta--¡la orquesta!--un son de -los suyos... La orquesta se compone de ocho o diez músicos que tocan -los más inverosímiles violines y violones. Veo un solo violoncello -europeo tocado por un morenote barrigón que mueve todo el cuerpo -cuando toca. Es un solo motivo repetido una, dos, innumerables veces, -motivo triste, lánguido, hipnotizante; y como no andan muy acordes -todos los que ejecutan, da la disonancia persistente, a veces, cierta -angustia. ¿Qué impresión hay en mí? En verdad, vuelve a cada paso, -por la escena iluminada por las lámparas de cobre, por el ambiente, -por los tipos y sus indumentarias, la reminiscencia miliunanochesca; -pero también pienso que no es la primera vez que escucho ese aire -monótono y veo esas singulares figuras. A la idea de cuento árabe se -junta entonces el no lejano recuerdo de la Exposición de 1900. Me -regocija un tanto, por el lado poético, el que esto esté en su centro -y lugar, aunque me amargue mi contentamiento el notar que todo se hace -para satisfacer la curiosidad y recibir las pesetas del turista, del -perro cristiano. Las cuerdas chillan rozadas por los arcos curvos, y -de las cajas sonoras, hechas unas en forma de zuecos, salen las voces -gimientes. A esto acompañan varios guitarrones a manera de laúdes, con -labores de nácar incrustados, y a todo se unen las voces cantantes de -los músicos mismos, entre los que hay jóvenes y viejos, abundando -entre los últimos siempre los rostros bíblicos, las caras de viejos -profetas aullantes. - -Hay que salir de ahí para librarse de la repetición dolorosa y llorosa -del motivo oriental, que llega a causar malestar en los nervios. - - * * * * * - -El canto o más bien recitado del muezzin, es de esas cosas que no -se olvidan cuando se las oye. En lo profundo de la sombra nocturna, -o a la hora del crepúsculo, o bajo la maravillosa luna que brilla -sobre zafiro celeste, su voz, en un ritmo repetido y único, confía al -viento y promulga al mundo que Alah es grande. Esta campana humana -que llama a la oración y que recuerda a las razas más creyentes del -orbe la omnipotencia del Dios poderoso, es de lo más impresionante -intelectualmente que se puede todavía encontrar sobre la faz de la -tierra, de la tierra árida de destrucciones mentales, seca de vientos -de filosofía, y que casi no halla en donde resguardar el resto de las -creencias y de amables ilusiones divinas que han sido por tantos -siglos el sostén y la gracia del espíritu de los pueblos. - -Flaubert afirmaba, que si se golpeaba sobre las cabezas bellas y graves -y pensativas de estos africanos, no saldría más que lo que hay en un -_cruchon sans bière ou d'un sepulcre vide_. Yo he oído salir de estos -cerebros--quizá de los menos europerizados que en mis pocos momentos -africanos he conocido--pensamientos serios y ocurrencias interesantes. -No porque ellos tengan un punto de vista diferente del nuestro en la -vida, en el progreso y en la esperada inmortalidad, dejan de mostrar -una sensatez y largas vistas que muchos cristianos desearían. Son -excepciones, es cierto; pero no hay que olvidar que esta raza tuvo en -jaque a Europa y encendió lámparas al mundo cuando había enseñanza en -Córdoba, y gloria en Granada y en Bagdad. - -El zapatero que tiene su taller en un miserable tenducho, os dice -razones discretas y, sobre todo, os trata con toda la urbanidad -apetecible, desde luego que entráis bajo su techo. Esos remendones -de babuchas son curiosísimos, y, según mi intérprete, hacen entre la -morería, como los barberos de nuestras civilizaciones cristianas: -charlar de los sucesos que pasan y entretener o impacientar al cliente -con sus conversaciones. En este caso, pues, el silencioso vivir de la -raza, tiene su contraparte... - - * * * * * - -Día de mercado. El gran zocco es un vasto cafarnaum, un hervidero de -colores y de figuras bizarras, una colección rara, para el extraño, de -escenas pintorescas. - -He aquí las caravanas en reposo, después de haber cruzado el desierto -para traer las mercaderías de lejanas comarcas. Los camellos, que -hasta hoy había visto tan sólo en jardines zoológicos, en la bohemia -de los circos errantes, los camellos, feos y misteriosos, cantados -tan bellamente en los versos de Valencia, están aquí en su ambiente -y bajo su cielo, unos echados, otros de pie, tristes, esfíngicos, -jeroglíficos...; y junto a ellos, sudaneses de carbón, beduínos de -gestos fieros, entre bultos y amontonamientos de cosas heteróclitas. -Más allá, mulas, caballos desensillados o con las consabidas monturas -rojas. Y un mundo de gentes diversas, un andante museo de biología -comparada, y una variedad de vestimentas y de tintes que sorprenden e -interesan. Aquí está un moro berberisco, con su capucha calada que le -cae atrás en pico: su traje que se asemeja a una clámide con mangas -que le llegan a medio brazo, y el aire poco reservado, en su cara que -llamara campechana si no relampagueasen de repente instintos terribles -en sus pupilas. Lleva las piernas desnudas, la barba afeitada, los -pies descalzos. Luego un kabila ceñudo, rapado el cabello por delante -hasta formarle una calva sobre el apretado y corto pelo negro; los -ojos crueles, la boca voluntariosa bajo un bigote escasísimo. Luego un -árabe rubio casi, de mirada soñadora y barba fina, y un árabe moreno, -de cara afilada, mentón puntiagudo que prolonga la barba negra, cráneo -alargado, gesto autoritario y siempre duro. Luego negros colosales; -¿senegalenses? ¿abisinios? ¿sudaneses? - -Perdonad mi escasez de antropología en tan curiosas sensaciones -africanas; mas lo único que os diré, es que como esos gigantescos -negros eran, o deben haber sido, los que cuidaban los molosos y los -leones de la reina de Saba. Los vestidos hacen sus juegos de color en -la plaza hormigueante. Ya es el jaique blanco, ya el jaique rosado, -ya el jaique verdoso, ya el jaique obscuro o leonado; ya el amplio -albornoz majestuoso, ya los mil turbantes de varias formas. Veo -turbantes rojos en el centro, y alrededor blanquísimos, en un pesado -retorcimiento de telas, turbantes blancos de centro negro, turbantes -todos negros y turbantes todos blancos; y unos que parecen hechos -con camisas viejas y otros que parecen gordas trenzas de fulares de -lujo. Una tela es áspera y pobre; otra os da idea del gran señor que -la lleva, por los tejidos de oro que brillan en la ondulante seda o -preciosa lana. Hay albornoces que indican una categoría. Hay babuchas -ricas y babuchas miserables. - -A tal comerciante le veo una leontina semejante a la de mi amigo -Mohamed-Ben-Ibrahim, y un rostro que parece haber pasado por el -pecaminoso ambiente de París. Si irá también con frecuencia en -peregrinación a la Meca... Y paso entre este mundo tan diferente al -mundo en que he vivido, con la sensación de estar en un ambiente de -fantasía. En este lado, un moro vende dátiles en confitura; más lejos -unas galletas de apetitoso aspecto; más allá, dulce de no sé qué fruta; -más allá habas; acullá aceitunas, y almendras, y pan del país hecho de -un trigo especial que llaman _dura_. - -Luego, son unos ambulantes vendedores de babuchas y cueros, curtidos, -de colores vivos, orfebrerías y tejidos de oro de Fez: _chiarenas_, y -jaiques hechos a mano. Y en sus tenduchos, otros mercaderes aguardan -indolentes a los compradores de sillas de montar, de turbantes, de -arneses, de puñales, de hierros y aceros distintos, de vasos y jarras. -¿Y las mujeres? Yo no he visto sino tales envoltorios blancos, pobres -viejas, que como todas las mahometanas, tenían el pudor oriental de la -cara. A una jovencita alcancé, en un descuido, a verle el rostro, por -un lado; era hermosa, mas me pareció que estaba tatuada en la mejilla. -Mirad si un artista, en estas tierras, tiene en donde ver vida aparte, -seres aparte, y soñar su sueño, aparte... - -Caminando llego hasta un grupo de gentes que ven a un encantador de -serpientes. Más lejos, unos _aissaouas_ hacen sus sabidas terribles -proezas. Al son de unos roncos tambores golpeados por las manos de sus -dos compañeros, el salvaje brujo comienza a mover la cabeza primero, -luego el busto, luego todo el cuerpo, sin mover los pies, en una -danza de cobra, de adelante atrás o de un lado para otro. Los moros -le miran en silencio. Uno de los tamboreros echa en un brasero cierto -polvo resinoso, que produce fuerte humareda, en la cual, sin dejar -su rítmico vaivén, mete la cabeza el _aissaoua_ y aspira con fuerza. -Diríase que se hipnotiza y que se anestesia. A poco toma un puñal agudo -y se traspasa un brazo, una mano, una oreja, la lengua; ase a puñados -brasas que uno ve que queman, pues se siente un repugnante olor a carne -asada...; se echa de barriga sobre un sable afiladísimo y se le ve en -la piel una herida que brota sangre...; se mete una especie de cuña en -la órbita de un ojo y el globo sale fuera, horroroso...; ase varias -víboras que dicen ser venenosas y se deja picar en los labios, en el -cuello, en la lengua... Los tamboreros siguen su son, al que agregan -un canto nasal y chillón. Para final, el brujo feroz toma un poco de -paja, la da a examinar a la asistencia como nuestros prestidigitadores, -la enrolla, la hace una pelota entre sus ásperas manos, sopla en ella y -la paja se enciende y arde sobre sus palmas hasta que se consume. Los -concurrentes le dan unos cuantos ochavos y la función concluye para -recomenzar más tarde. - - * * * * * - -Al retirarme veo en otro extremo de la plaza, que forma un declive, -gran muchedumbre sentada en el suelo silenciosa. Frente al grupo -de albornoces, jaiques y turbantes de colores, se alza un árabe de -negra barba, todo vestido de blanco, tipo, en verdad, hermoso y -aristocrático. Habla, recita. Mi intérprete me explica: «Es el poeta -que cuenta cuentos». Viejos, muchachos, hombres, le escuchan como a -quien trajese noticias de reinos extraordinarios, de países de ilusión. -Bello es el espectáculo al armonioso brillar del sol de la tarde sobre -los hombres, sobre las vestiduras, sobre las cercanas casas cúbicas y -blancas. El poeta, el narrador, dice con entonaciones admirables, en -su gutural y ronca lengua, sus historias, sus cuentos. Y hay algo en -su declamación del modo de recitar de los actores franceses. Cuando -concluye, todos desfilan ante él y le dejan su óbolo. - -Y al partir y al despedirme de ese lugar y de este país en donde jamás -un tholva leerá un libro de Nietszche, vuelve a mi memoria el libro -maravilloso, el libro glorioso, a quien se debe tanta magia, tanto -color, tantas sanas alegrías y visiones interiores, el adorable _Alf -lailah oua lailah_--_Las mil noches y una noche_--que empieza: «Está -referido--pero Alah es más sabio y más cuerdo y más bienhechor--que -había--en lo que transcurrió y se presentó en la antigüedad del tiempo -y el pasado de la edad y del momento--un rey entre los reyes de Sassan -en las islas de la India y de la China...» - - - - -[Ilustración: VENECIA] - - - - -[Ilustración] - - -ESCRIBIR sobre Venecia, insistir sobre Venecia... ¿todavía? Bien se -pudiera, para nosotros, sobre todo, con un poco del montón estético -ruskiniano, con Molmenti, con los mil de la bibliografía veneciana, -hacer, al uso del fácil literaturismo, una labor de pintorescos -retazos, como del viejo traje de Arlequín, desecho de los últimos -carnavales... No en mis días. Uno podría aparecer de repente que me -dijese: «Eso es de Ruskin», o «es de Molmenti». Os doy mejor lo mío, -mis impresiones, mis instantáneas intelectuales, a toda luz, para que -todos las comprendan y las vean. Esto me atrae desde hace ya tiempo las -simpatías de las excelentes personas que gustan de la claridad y de la -sencillez... - -Así, pues, guardo mi flauta y mi violín, que me habrían servido para -ejecutar vagas rapsodias en esta ocasión, y digo simplemente que -estoy en Venecia, de nuevo, y que, desde la misma ventana del hotel -Bellevue, por donde me asomaba hace cuatro años, veo la misma joya -bizantina de San Marcos, las palomas, la plaza, con el Campanile -de menos, y los ingleses eternos, que van a visitar la iglesia, el -palacio, y a dar de comer a las palomas... La primera vez me enamoré -de Venecia con locura: hoy, creo que estoy siempre enamorado de ella, -pero haría un matrimonio de conveniencia... No porque la juzgue muerta, -como Maurice Barrés, porque Anadiómena no muere, sino por las malas -frecuentaciones y relaciones que ha tenido; no por su decadencia, -sino por su profanación. Profanación del peor vicio cosmopolita que -viene a flotar en góndola, para dar color local a sus caprichos; del -ridículo literario de todas partes, que escoge como decoración de -insensatez estos lugares divinizados por la poesía y consagrados por -la historia; del dinero anglosajón y alemán que vulgariza los palacios -y las costumbres, del turismo carneril que invade con sus tropillas -todo rincón de meditaciones, todo recinto de arte, todo santuario de -recuerdo. Esto se ha convertido, ¡oh, desgracia! en la ciudad de los -Snobs, en Snobópolis. Y es el peor snobismo existente el que aquí -se da cita. ¿Sabéis que podéis encontrar en el Danieli aristocracia -adventicia, falsa y pentapolitana? Chiflados de todas partes vienen -a querer convertirse en ruiseñores y a creer que hacen brillar la -renovación de grandes nombres. Periodistas ricos y novelistas de -París, de Londres, de otras partes, vienen a vivir dos meses de novela -pseudosentimental que les dé para ponerla en una serie de artículos, -en un volumen... Pintores de rezagado romanticismo enfermos, o de -ultrahisterismo, rematados, _ainda mais_ llenos de ideas morbosas, -llegan a proyectar telas y a realizar escándalos de que los Esclavones -sonríen y la Piazzeta se conmueve, aun... Tal novelista bulevardero, -busca aquí temas o decorado, para sus escenas, para su literatura -asfaltita. Y las siete lámparas de la Arquitectura no se apagan, y las -Piedras de Venecia siguen impasibles. - -...Piedras de Venecia, ¿quién diría vuestros encantos, vuestros -misterios, vuestros maravillosos secretos, vuestras floraciones de -idea y de arte? Muchos lo han dicho--y el mejor, y el último, ese -inexcusable D'Annunzio... Y he aquí que D'Annunzio se me asemeja a esa -prodigiosa Venecia... ¿Raro? No sé. Vamos a ver. - -Venecia, la poética, la soberbiamente dulce, la celeste Venecia--decía -yo a un amigo mío, compañero de viaje, mientras la góndola nos -conducía en esas aguas soñolientas cuyo paludismo se mezcla a tanta -reminiscencia intelectual... Y me esforcé en hacer todo lo posible -para presentarle, en cortas frases, una monografía veneciana, una -imagen pequeña como en un pequeño espejo, de la soberana y magnífica -república, del poderío antiguo, de la maravilla de sus grandezas -comerciales y políticas, de su vida artísticamente real y práctica, y -cruel y terrible y poética y sangrienta. Le cincelé en poca prosa un -Puente de los Suspiros... Le hice ver el Canalazzo, casi en verso, con -estrofa por palacio... Le diluí, con mi mejor manera, la dulzura de -amar y el ardor de amor, en ese ambiente. Le hice sentir a Giorgione, y -adorar el Ticiano, a su manera. Vió de oro, de mármol y de sol amable -la ciudad de silencio, de amor y de crepúsculo. Saqué mi violín... En -esto llegó, en otra góndola, un agente de una casa de cristalería y -muebles... Fuimos a los almacenes. Vimos muchas cosas de todas clases -y hubo que comprar. Había una Venus de mármol, cristales finísimos y -pacotilla... Recordé un cuento de Julio Piquet, a propósito de un lindo -vaso. Hubo que hacer sumas... Hablamos en inglés... El agente hacía -señas al vendedor, para su comisión... Afuera brillaba un bello sol -sobre el gran canal... Eso es D'Annunzio... ¿y qué?... Eso es nuestro -tiempo. Eso es nuestra vida actual. Eso es: pompa y oropel, brillo y -negocio... - -...La negra góndola va por el agua negra y mal oliente. Relucen sus -adornos dorados. Va entre las viejas puertas, las paredes viejas y las -rejas de las famosas prisiones. El gondolero no deja de enseñarme su -lección de historia hasta que le pido silencio. Va la negra góndola. -Sale al gran canal. La tarde es literaria. El sol va adorablemente -dorando con oro violeta las aguas, y con oro rojo pálido la cúpula -de San Giorgio... La luz, el paisaje, la armonía suprema natural, el -horizonte «histórico», el aire melificado por siglos de besos de amor, -los poetas que por aquí pasaron, los duxes, los conquistadores... ¡Qué -hermoso escenario para veinte años vírgenes y una lira! Yo tengo casi -el doble, y sin palma; y el instrumento apolíneo creo que se me quedó -en Buenos Aires... - -Llego al Lido en momentos en que puedo presenciar un lamentable -espectáculo. D. Carlos de Borbón y su esposa D.ª Berta de Rohan, -bajan a tierra, de su barquilla a vapor, o a gasolina, una especie de -automóvil marítimo. Hace años os he hablado, con respeto y simpatía, de -ese rey en el destierro... Hoy le veo y me parece que no le ha limado -el tiempo. Su D.ª Berta--«¡Rohan soy!»--es la misma. El aspecto del -monarca _in partibus_ es el mismo, y su humor que se transparenta por -sus maneras, pintado admirablemente por Luis Bonafoux, debe ser el -mismo. Y _César_, el perro, de que hablé también hace ya tiempo, sigue -siempre al lado del amo, símbolo de la carlista fidelidad. - -Conozco la mayor parte de las repúblicas nuestras, con sus extrañas -políticas movidas desde los palacios presidenciales y casas de -distintos colores, y llego a este propósito a recordar la ocurrencia -que en una revista francesa expresó un chispeante escritor argentino, -Luis B. Tamini: ¡Los pueblos latinoamericanos unidos en un gran imperio -o reino, y proclamado y coronado señor, D. Carlos de Borbón! La broma -da que pensar, sobre todo, si se han leído los versos en que un poeta -y diplomático del Perú, el distinguido Sr. Chocano, dice con su épica -trompa: - - Ve a Porfirio I: si él es fuerte y es grande, - Grande y fuerte es su pueblo. Y él nos da la lección. - Quien le diga tirano, ya sabrá que en América - Los rieles que se clavan son los grilletes de hoy. - -Yo no sé lo que dirán de eso mejicanos poco entusiastas por los rieles -del presidente Díaz, como el escritor Ciro Ceballos. Mas volviendo a -D. Carlos, no me uniría yo a la proclamación que inicia Tamini, desde -que le he visto salir de su lanchita a vapor en las playas de ese Lido -por donde vaga el recuerdo de Byron. Le he visto, con su esposa, ella -muy elegante, muy parisiense, él muy sportman, muy inglés, con su -sombrerito de paja y doblado el ruedo de los pantalones, como es de uso -entre la correcta gente británica. Hasta allí todo va perfectamente. -Mas ¿esa banderita española que parte los corazones, en la popa de -la lanchita automóvil? ¿Y esos marineros, vestidos como comparsas -de zarzuela patriótica, con cintas amarillas y rojas en vestidos y -sombreros?... ¡Oh, Daudet, oh, Voltaire! - - * * * * * - -Llevo en la obscura barca el libro en que Barrés, cultivando siempre su -yo, realiza preciosas páginas de amable filosofía. Y me fijo en las que -hablan de «las sombras que flotan sobre los ponientes del Adriático». -Es una la del sereno Goethe, otra la del sentimental Chateaubriand, -otra la del borrascoso lord Byron, dos unidas, las de Musset y George -Sand; otra la del pintor suicida, Leopoldo Robert; luego la de Taine, -la de Gautier, la de Wagner. Pienso que esas sombras tienen mucha -culpa, con los evocadores de ellas, de que la encantada ciudad pueda -justamente ser denominada Snobópolis. Desde más de un honesto burgués -atacado de mal de novela vivida, hasta los equívocos Aldesward, se -acogen, quién al amparo de la sombra de Musset, quién a la de Wagner. -Solamente a la del sesudo Taine sospecho que la dejan tranquila. - -...¡Musset, George Sand! Acaba de publicarse la correspondencia de ese -famoso par de románticos, y no por pura indiscrección del encargado de -la publicación o de las familias respectivas, sino por póstuma voluntad -de aquella terrible señora, que pensó en el futuro, en que la humanidad -del porvenir tendría interés en saber sus intimidades poco delicadas, -y la estupenda situación del _ménage à trois_ sentimental y físico que -sostuvieron su inaudito carácter y su extraordinario temperamento. -Sand, Musset, Pagello... ¡Da pena leer esas cartas, pena por el pobre -Musset, jovencito, soñador, alcoholizado, y en manos de semejante -literata! La literatura los unió, y Pagello, que no entendía de -literaturas, aparece allí como el más interesante bruto. Él es el único -que está en la vida. A los dos curiosos amantes, apenas el velo de oro -de la gloria alcanza a librarlos del ridículo. Ellos mismos fueron -snobs _avant la lettre_. - -Oigo, por la noche, en el silencio de los canales, bajo el taciturno -cielo, como eco de cantos. Vuelvo a la góndola y me dirijo hacia en -donde, en una gran barca adornada de farolillos de colores, suenan -violines y flautas y guitarras. Allí, una graciosa muchacha, acompañada -por los instrumentos, canta sus canciones. La barca está rodeada -de góndolas, y todos los que han llegado atraídos por la armonía, -escuchan. Hay allí seguramente espíritus de pasión, almas de ideas; y -hay allí, seguramente, de los cosmopolitas de Snobópolis. Hay quienes, -silenciosos, sueñan su sueño, y quienes se engañan a sí mismos, en una -aventura de farsa, en una comedia amorosa, artística o literaria. De -todas maneras, es éste aún uno de los lugares de la tierra en donde, -los enamorados del amor o de sus visiones, pueden encontrar un refugio, -a despecho de los profanos invasores. _Aunque se quiera, no puede -haber un automóvil._ No hay más que el de D. Carlos sobre las aguas... -Se puede también apartar por momentos, mejor que en ninguna parte, la -dolorosa realidad cotidiana. «El único medio eficaz de soportar la -vida, es olvidar la vida», dice el ya citado M. Taine. Aquí se puede -gozar de ese olvido, pues Venecia, todavía, a pesar de los judíos de -las fábricas de vidrios, a pesar de los clientes del café Florián, -a pesar de los estetas de larga cabellera, es un país de sueño y de -ilusión, un reino florido de versos y de melodías. Y la belleza de las -mujeres venecianas, consagrada en rimas y en cuadros magistrales, con -sus gloriosas cabezas que Ticiano amaba, está allí, indestructible, -atractiva, demandando la ofrenda del canto y el tributo del amor. Amor -que inspiran, no terribles y estrepitosas Pentesileas de letras, como -la ilustre jamona del lírico de _Las Noches_, sino prodigios de gracia -y de decoro juveniles, primaverales, como aquella divina y casi impúber -condesa que adoró a Byron, la Guiccioli, cuyo nombre vibra en la noche -del tiempo como un trino de italiano ruiseñor. - - - - -[Ilustración: FLORENCIA] - - - - -[Ilustración] - - -UNA vuelta por la Cascine, una recorrida al Lungarno, un saludo a -Miguel Angel, una reverencia a Dante, y después de subir por la puerta -Romana a respirar el dulce aire en que se recrea la vegetación florida -que rodea al amable San Miniato, descender por este suelo que hollaron -los pies de Beatriz, hacia la ciudad. Luego, pasar por las venerables -construcciones de dominó, detenerse un rato en el Gambrinus, e ir -en seguida a un restaurant, en donde no se coma a la francesa, y en -donde se balancee en su armazón de níquel el grande y panzudo frasco -de purísimo vino toscano. Es un buen programa para turista que va de -prisa. Si sois artistas, esta ciudad es para largas permanencias, para -venir a pintar un gran cuadro, vivir una bella vida, escribir un gran -libro..., aunque fuese uno más en la inmensa bibliografía inspirada por -la vieja urbe florida de los lirios y de las rosas. - -Por la noche he ido al teatro en que cantan la Paccini y Bonci. Aquí no -se exige el traje de etiqueta. Es algo así como si se diese a entender -que lo que en otras partes es función extraordinaria y singular -divertimiento, aquí es espectáculo natural y propio. Se está en casa de -la Opera, de confianza. - -Magnífica orquesta, concurrencia, en donde brillaban hermosísimos ojos -de luz negra, o de ardientes resplandores azules; copiosas cabelleras -de heroínas d'annunzianas, y un ambiente de comunicativa alegría. Y son -los viejos _Puritani_, los que se cantan. Gloria a la música antigua, -a la melodiosa ópera romántica, a los maestros que nos deleitan sin -fatigarnos mucho el cerebro, con el «vapor del arte». Las músicas -nuevas y sabias son para la cabeza; las que encantaron a nuestros -abuelos son para el corazón. Feliz quien puede todavía gustar de esos -goces de antaño, y salir del teatro con la imaginación fresca, el alma -alada, como respirando un recién cortado _bouquet_ de ilusiones, y, -como en el encanto de pasados recuerdos, o en la esperanza de amor aún, -tarareando una romanza que aún no han alcanzado a ajar los callejeros -organillos. - - -PEQUEÑA ÓPERA LÍRICA - -Por la mañana, después de leer los versos de un poeta joven y ardoroso, -R. Blanco Fombona, he tenido una singular soñación, de esta manera...: -«En cuanto a la persona del autor de esta «Pequeña ópera lírica», diré -que es un antiguo conocimiento mío. Lo vi la primera vez en casa del -cardenal de Ferrara, en Roma, y allí nos presentó en términos amables -y corteses, messer Gabriel Cesano. Juntos visitamos frecuentemente en -sus horas laboriosas al insigne Benvenuto Cellini, a quien solíamos -acompañar, algún tiempo después en la ciudad de Florencia, cuando -salía de paseo y aventura, durante cuatro días que allí permaneció. -Benvenuto lo tenía en estima y cariño, porque mostraba un gentil -hablar, una gallarda figura y un ímpetu brillante para cosas de placer -y pendencia, además de sus relaciones con las musas, docto en finas -rimas, finas dagas y finas palabras. Desrazonábamos a la luz de la -luna, a las orillas del Arno. Él tenía a veces súbitos arranques -de intransigencia y ponía yo como escudo paciencia fuerte, para no -acabar tanto intelecto de amor en choque y sangre. Mi mayor edad me -daba más tranquilos argumentos. Las discusiones eran sobre Cristo -Nuestro Señor, sobre el poder de Venus, sobre el mérito de un salero -de oro. Me solía repetir sentencias de graves pensadores y exámetros -de sensuales poetas. Fraternizábamos en Epicuro, pero yo creyendo -siempre en Jesús santo, y él no. Me repetía con frecuencia un apotegma -del sesudo y honesto Marco Aurelio: «En general, el vicio no daña al -mundo, y en particular no daña sino a aquel que no puede abandonarlo -cuando quiere.» Tenía las más suaves y amables maneras y las más -inesperadas y agresivas sonrisas. Una noche, en una hostería, apaleó -a un mozo, se armó camorra, sacó la espada, llegó la justicia, yo me -escurrí. Sus frecuentaciones eran de todas guisas. El mismo día en que -me presentó a un grande de España, le vi hablar con gentes equívocas. -«La vida es eso», contestaba a mi extrañeza. Era gran partidario -de los Médicis y amaba sobre todo a Lorenzo, porque era poeta y se -apellidaba el Magnífico. Apenas había comenzado a vivir verdaderamente, -y ya quería escribir el diario de su vida. Era injusto, porque la -juventud es pasión y la pasión no es justicia. Yo le observaba con -nuestro gran Benvenuto: «Tutti gli uomini d'ogni sorte, che hanno fatto -qualche cosa che sia virtuosa, o si veramente che le virtù somiglie, -doverieno, essendo veritieri e da bene, di lor propria mano descrivere -la loro vita: ma non si doverrebe cominciare una tal bella impresa, -prima che passatto l'età de quarant'anni». Partió a Flandes; llegó -a París y fué favorecido por el rey Francisco. Tuvo una riña con La -Primatrice a causa del Cellini, e hirió gravemente a un mal enemigo, -por lo cual fué a prisión. Seguía siempre el cultivo de su individuo, -y el de los versos, y el de su fresca y valiente vida. Concluía una -carta suya que recibí en Florencia, con una cita de Séneca... «et in -isto vitæ habitu compone placide, non molliter». Tan pronto oía rumor -de guerra en cualquier parte, quería volar, buscaba el caballo que -relincha en Job. Amador de gozo, había sido desde la infancia sabedor -de sufrimiento; y en su fragante primavera, miraba a todos lados -azorado, cual si sospechase que iban de pronto a salir cabezas de lobos -de entre las rosas. Desconfiaba de la más dulce amistad, pues en el -corazón de cada próximo bien podía haber un nido de perfidias. Gustaba -largamente del buen vino de España, del excelente acero, de la carne -en flor. Se exaltaba con facilidad, mas de la violencia pasaba en un -instante a la blandura. Un día, con messer Luigi Alamanni, que era -alegre y razonable, por una cuestión de arte, casi llega a la ofensa. -Guardaba en su estancia hermosas armas, ricas sedas, libros de poemas, -camafeos de diosas y figuras itifálicas. Dejé de verlo por la ausencia. -Luego, no supe más de él. Un nuestro amigo romano me dijo estar en -conocimiento de que habiendo partido a un país lejano y entrado en -guerras, se había hecho coronar rey. Otro me refirió que lo habían -matado. Otro que se había metido fraile. - -...Hoy, en una mañana ardorosa de las calendas de Mayo, del año de -1904, en la ciudad de Florencia, he escrito las líneas anteriores, que -he leído varias veces con meditación y cuidado. ¿Lo que contienen, es -una creación de la fantasía, o bien un fijo recuerdo de una pasada -realidad, o la concentración de un sueño?... Pasemos. Pasemos... Un -poco de barata sabiduría alcánica no haría mal; o un poco de teosofía -hindú y de H. P. B. No me interesan esas proezas. El que tenga ojos que -vea. ¡Para los demás todo es inútil! - -El Arno está allí, no lejos de donde escribo. Acabo de ver una -vez más el palacio viejo, el Perseo, los sátiros que rodean al -Biancone... Estoy saturado de italianidad y de florentinismo... Doy -a Dios gracias por los aislamientos intelectuales que me procura, y -por lo lejos que estoy de tantas otras gentes... Y gusto los versos -de este poeta hispanoamericano, que es asimismo tan de Italia, tan -del Renacimiento, aunque sea muy de hoy y tenga sangre española, y -haya nacido en Caracas y habite en París. «Pequeña ópera lírica»... -¿qué me importa cómo se llame el instrumento si suena bien y seduce -la armonía? El instrumento suena ya como una mandolina de Venecia, -ya como una melancólica guitarra americana, o bien como una lira de -arte nuevo. Mas, quien lo toca, tenedlo por seguro, es un hombre; un -hombre que dice la verdad de su sentimiento y de su pensamiento, a -veces lo más personalmente posible, a veces pagando el natural tributo -al momento intelectual por que pasa la joven poesía castellana de -ambos continentes. Ha pasado ya la primera tentativa de Querubín, D. -Juan se afirma, sin que pueda evitar, un instante u otro, un acceso -de sentimentalismo, pues tiene pupilas que contemplan el crepúsculo -y oídos que oyen la revelación de un son de flauta. Un donjuanismo a -veces pensativo, a veces precioso, a veces felino... Como de su don -Juan gato. El dirá el encanto de las piedras preciosas, madrigalizará -arcáicamente, pagará lo que debe a la literatura. Mas, cuando dice: -Vida, es de verdad, y parece que se desnudase, que se pusiese en pleno -sol en el orgullo de su animalidad, con el ímpetu de hacer cosas -fuertes y naturales, primitivas, que manifiestan energía, músculo -y voluntad. Y así contradice al espíritu de decadencia un soplo de -humanismo. El cansancio, la tristeza urbana, la enfermedad de las -lecturas, el residuo de las varias filosofías apuradas, dan paso a un -soplo sano, a un aire germinal, a un aliento agrario. - - ...Me dan ganas - de beber leche, de domar un potro, - de atravesar un río... - -Esto está ajeno a las parodias de corrupción estética que infestan -algunos de nuestros rincones literarios, verlenianismo por fuerza, -sibilinismo de importación, «porque así se hace ahora», cosas que a -muchos parecen nuevas, y que ya son, en verdad, muy viejas. Hombre -enérgico, de acción, la poesía le va bien, como el laurel a la frente, -la banderola a la lanza y el penacho al casco. ¿Por qué te habías -de dejar contagiar, ¡oh, amigo de Benvenuto y de Lorenzo!, por el -rebajamiento de las aspiraciones, por la humillación ante su propia -conciencia, por las _petites saletées_ del literaturismo industrial -que privan en las bajas regiones de la mentalidad parisiense, o mejor -dicho, bulevardera? Si caes, tanto peor para ti, y rompe, antes, tus -relaciones epistolares con la Primavera, y encógete de hombros ante los -pañuelos blancos que dicen adiós. He leído estos versos con el placer -que se experimenta siempre a la influencia de la juventud, con todos -sus bellos excesos, exuberancias e irreflexiones. Tal fosco aspecto -de ateísmo, tal contagio de superhombría germánica, tal ligereza de -expresión, no van con mis pensares y mis gustos. Lo que sí va, es el -amor a la Belleza en general, y a la femenina belleza en particular, y -la continua tendencia a la vida, a la dominación de la vida, con sus -países de ensueño y sus realidades armoniosas, productoras, floreales, -genésicas. Va ese gran placer del sensitivo que toca los nervios del -mundo y los siente vibrar al unísono con sus nervios; va el culto del -beso y del verso, y la savia pagana y la locura sensual de todo panida. - -El grupo de rimas es corto. Siete cañas tiene la siringa, y de cada una -de ellas fluirá una rítmica voz. No alargaré esta disertación sobre -la breve ópera en que se canta un alma. Sería fabricar un baúl para un -collar de perlas o «hacer una casa para un ruiseñor.» - - -ITALOTERAPIA - -El mejor sistema de curación para la fatiga de los inmensos capitales, -para el hastío del tumulto, para la pereza cerebral, para la desolante -neurastenia que os hace ver tan sólo el lado débil y oscuro de vuestra -vida: este sol, estas gentes, estos recuerdos, esta poesía, estas -piedras viejas. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración: DE TIERRAS SOLARES A TIERRAS DE BRUMA] - - - - -[Ilustración] - - -WATERLÓO - -CUANDO descendí del tren, un carruaje me condujo a recorrer el campo -de batalla. Hacía un bello día primaveral. La vasta campiña verde se -extendía bañada de sol fresco, de luz dulce. Y fué primero el gran -recuerdo de Hugo, narrando la formidable caída del dueño del águila, -y a los sonoros clarines líricos y a las terribles trompetas épicas -apareció todo lo que el arte ha creado por obra del más tempestuoso -derrumbamiento de gloria y de soberbia que hayan visto los siglos. -Y entonces me convencía de que en realidad no puede ya fácilmente -concebirse otro Napoleón que el Napoleón idealizado de la leyenda, el -de los versos de Heine, el de los cuadros lívidos de Henri de Groux. -Los lugares de peregrinación y de turismo, la realidad de las reliquias -conservadas en las colecciones que se exhiben, todo contribuye a -afirmar mayormente el carácter extrahumano de la acción que tuvo entre -los hombres el semidiós, cuyas cenizas están bajo la cúpula de los -Inválidos. (Semidiós..., cenizas, cenizas de semidiós..., ¡mísero -planeta!) El gran león conmemorativo se alza sobre su alto pedestal; -los monumentos dicen en letras borrosas nombres de guerreros; la Ferme -Papelotte alza su torrecilla sobre las blancas paredes; Hougomont -aún mantiene ruinoso el tremendo capítulo de _Los miserables_, las -ruinas de la capilla, el Cristo de pies quemados, el pozo; todo es -la ilustración patente del magnífico trozo de historia que cambió -la suerte del mundo. Aun tal tronco de árbol, contemporáneo de la -sangrienta función, se yergue, destrozado y mordido por la curiosidad -o la piedad, o la admiración de estrictos visitantes. La Belle -Alliance, blanca y vieja, junto a la verde alameda, da su testimonio -como una abuela. En el cuartel general de Wéllington hay un café y se -vende leche fresca. En el castillo anciano, bajo un galpón, está el -carretón y los barriles, tomados en Waterlóo. Y en un hotel inglés en -que hay un bar, se exhiben huesos, balas desenterradas, apolilladas -casacas, _petits-chapeaux_, autógrafos de Blucher, Wéllington y otros -jefes, números del _Times_ que dieron cuenta de la batalla, sables -franceses, holandeses, ingleses, hierros viejos, memorias viejas. -Una vieja inglesa hace el _boniment_, da la explicación, vende -tarjetas postales... Después, uno, se toma, al lado, un bock, o un -whisky-and-soda, entre ingleses, que no faltan, pensando en la leyenda -del Aguila, en el inmenso Napoleón, semidiós en cenizas. - -Y he ahí que al dejar el vasto campo en el Mont-Saint-Jean, en donde -tanta sangre se derramó por _el Cabito_, por _el Pelón_, por uno de los -más tremendos azotes de Dios, cae sobre la tierra, harta de osamentas, -la clara bondad de los azules cielos. Vacas rojas, manchadas de blanco, -pacen sobre la felpa ondulada de la llanura. Un campesino ara. Suena a -lo lejos un mugido. Un pájaro pasa sobre mi cabeza, como una flecha. -Tranquilidad. Mayo. Paz. - - -POR EL RHIN - -Adiós, Colonia, que aprendí a amar en Heine, y que me eres grata por -tu catedral portentosa, por el agua que inventó Farina y por mi amigo -Johan Fasthenrath, que traduce a los poetas españoles y ha llevado al -zorrillesco D. Juan Tenorio a hablar en el idioma del Doctor Fausto. -Te saludo por las once mil vírgenes que desembarcaron en tu suelo, -guiadas por la divina Ursula; por Conrado de Hochsteden, tu Arzobispo; -por el arquitecto de tu fábrica sagrada, que entró en tratos con el -diablo antes que el amante de Margarita; por el bravo obispo Engelbert -de Falkembourg y por Hermann Gryn, cuyas armas aún he podido contemplar -esculpidas en tu _rathaus_. Llevo de ti la visión de tus puentes de -barcas, del domo labrado que erige al firmamento sus oraciones de -piedra, armoniosa y severa iglesia, hermana gótica de las maravillas -de Burgos, de París, de las antiguas basílicas de las ciudades que -antaño sabían orar católicamente; el magnífico esplendor moderno de tus -construcciones, de tus paseos entrevistos y de una emperatriz Augusta, -marmórea y serena, sentada sobre su blanco pedestal ante un plantío -casi heraldizado de tulipanes multicolores. - -¡El Rhin! Y siempre la vasta sombra hugueana por todas partes... Y -la sombra de otro coloso, Wagner, y las armoniosas baladas de tantos -poetas. Permitid que, por primera vez, cite versos a propósito, de un -poeta que me es íntimamente personal y querido: - - ...; la celeste - Gretchen; claro de luna; el aria, el nido - del ruiseñor; y en una roca agreste, - la luz de nieve que del cielo llega - y baña a una hermosura que suspira - la queja vaga que a la noche entrega - Loreley en la lengua de la lira. - Y sobre el agua azul el caballero - Lohengrín; y su cisne, cual si fuese - un cincelado témpano viajero, - con su cuello enarcado en forma de S. - Y del divino Enrique Heine un canto - a la orilla del Rhin; y del divino - Wolfang la larga cabellera, el manto: - y de la uva teutona el blanco vino. - -El vaporcito, flamante y elegante, sale por el río, hacia Maguncia. -Miro a un lado la campaña verde, y a otro la fila de grises edificios -comerciales y marítimos. Hay una que otra chimenea que lanza su humo. -Se oye el rumor de la ciudad, y a lo lejos el agudo clamor de una -sirena. Y antes de las últimas villas y chalets que señalan el término -de población, alcanzo a divisar una especie de gigantesco guerrero, rey -de piedra, o monumental burgrave que aparece como una evocación de la -pasada feudalidad teutónica. - -Y comienza el desfile de castillos, de esos castillos de cuento y -de grabado que han deleitado nuestra infancia en páginas de dorados -libros, en antiguos almanaques o en ornamentados _keepsakes_. Y sobre -las torres arruinadas, o sobre las restauradas almenas, pasa el vuelo -de las tradiciones legendarias. - -Y es el pasado recóndito, la prodigiosa Edad Media «enorme y -delicada», o los nombres de ayer, resplandecientes de gloria y -sonoros de armonía. He aquí ya Bonn, que, más altas que su castillo -de Poppelsdorf, levanta dos banderas de gloria: Arndt, Beethoven. He -aquí las siete montañas a un lado, y a otro el derruído Godesberg; y -una vasta procesión de poéticas resurrecciones empieza. ¿Son cincuenta -nombres? ¿Son cien nombres? ¿Son mil? Son un mundo de creaciones de -la historia, de la fantasía popular y de la celeste potencia de los -maestros de la lira y del arpa. Y sucede que, a menudo, mientras vais -pensando en una brumosa soñación, o mirando con los ojos de vuestra -mente las figuras de luz de luna, nacidas de la melodía de los poemas, -pasa de pronto ante vuestros carnales ojos, por la cultivada ribera, -a perderse en la negrura de un túnel, una locomotora, que arrastra su -caudal de vagones. Cuando Hugo vino todavía no había ferrocarriles -en estas regiones que sintieron antaño el paso de los dragones y de -los gigantes. El maestro recogió muchos ecos de las sagas rhenanas, y -los repitió y aprisionó en la prosa suya, hecha como con las mismas -rocas duras de los montes y de los cimientos indestructibles de los -castillos señoriales. Pero las leyendas son innumerables y vencen al -paso de los siglos. Su gran enemigo, el progreso, apenas las toca y -transforma. Lo que es estudio folklórico para los eruditos, vive y -palpita siempre en la imaginación y en el corazón populares--y en el -santuario de los incontaminados poetas. - -...Gryn, el matador de leones, pasa. Surgen entre las viejas piedras, -en las leyendas ciudadanas, testas de fieros arzobispos, o de duros -y severos burgomaestres. Soberbios bandidos son amados, antes que -Hernani, por deliciosas y delicadas castellanas. Entre huestes -semejantes a perros rabiosos, florecen dulces rubias que melifican -el espanto de las torturas y carnicerías. Caballeros que parten en -peregrinación a Palestina, son salvados de las desgracias por el Señor, -a quien elevan capillas votivas. El milagro florece como en Jacobo de -Voragine; hay dragones como en las vidas de los santos, y gigantes como -en las _Mil y una Noches_, y aparecidos como en los cuentos del pueblo. -Mujeres ideales, de ojos azules, son lirios de felicidad y rosas de -consagración. Bárbaros velludos como osos y feroces como tigres, -se mueren de amor por las blancas y finas adoradas. Princesas de -lánguidos cuellos cantan romanzas acompañándose con el arpa, ante reyes -paternales, de largas barbas y ojos pensativos. Peregrinos tocan a las -puertas de los castillos en noches tempestuosas. Los alquimistas hacen -el oro en sus nocturnas tareas. Los templarios combaten, o emplazan, -en la hoguera, a sus verdugos, ante el tribunal de Dios. Los cuernos -de caza hacen resonar los bosques y los rudos cazadores persiguen en -caballos como huracanes, ciervos y jabalíes. Lorelay, envuelta en gasa -lunar, melodiosa, amorosa, peligrosa, la mujer, la ilusión, la sirena, -se sienta en su roca. - -Antorchas llameantes brillan entre los peñascos. San Clemente libra -a la suave Ina, de la furia del río y de los bandidos. Uta, muere -abrazada a su amante Reichenstein, en un suicidio amoroso que ha de -ser, corriendo los tiempos, un común _faits-divers_. El Arzobispo -Hatto, a quien la historia alaba y la leyenda vitupera, muere, por -castigo de Dios, a causa de su mal corazón, comido por los ratones. -El Conde Eppo encuentra en una montaña a una bella joven robada por -un gigante; y, con ayuda de la Santísima Trinidad, salva a la dama y -echa al monstruo en un precipicio en donde muere despedazado. La enorme -persona de Carlo Magno aparece aquí, allá. Su hija Emma, casada contra -su voluntad, va a habitar con su esposo Egimardo, en el campo; luego -el emperador, ante ellos, un día que los encuentra por casualidad, y -los reconoce, felices, les perdona y les lleva a su palacio. El mismo -César sale, en coche, en excursiones, con el bandido Elbegart, que -es un bandido cuerdo y valiente. Condes violentos y caprichosos son -vencidos en sus mansiones feudaes por la unión de los comerciantes de -las ciudades coligadas. El caballero de Stanferberg se enamora de una -ondina y es correspondido; luego es infiel a su juramento de amor y es -castigado por la cólera de las ondas vengadoras. Una sirena discreta -y hacendosa, va a hilar en la rueca, a la casa de un joven que se -apasiona por ella. Una noche la sigue, la ve entrar en las aguas del -Rhin, y muere al lanzarse tras ella en los cristales del río. Los -espíritus salen de las tumbas a amonestar a los caballeros demasiado -tunantes. Lobos furiosos castigan a las profetisas que, enamoradas de -los hombres, pierden su castidad y su don pitónico. Bodegas ocultas -guardan un vino de dioses que inútilmente es buscado en los campos -misteriosos. El diablo, Satanás en persona, sale de sus abismos y -entra en tratos con las personas que andan en apuros y dificultades, y -las saca de ellos, a trueque del alma y de la salvación eterna. Pero -Nuestra Señora suele aparecer a tiempo con su poder, y manda a los -infiernos al perverso demonio. Un joven pintor ve de noche renovarse -en Oppenmeins, entre esqueletos, una batalla entre suecos y españoles, -de la guerra de Treinta años. Una diestra caballería conduce a la dama -que la monta y a la que se quiere casar por fuerza, a la mansión de -su amante. Y cien y cien más páginas, de sangre y de bruma, de luz -pálida o de resplandores rojos, hasta llegar a esa Maguncia famosa en -que nació el hombre que después Lucifer ha hecho mayor competencia al -Creador: Gutenberg. - -Desfile de castillos, desfile de leyendas, revuelo de poesía y de -encanto lírico, en este viaje de horas, por el río sereno, eternamente -perfumado por el vino pálido que dan las viñas de sus orillas. Y canta -Adelaida von Stolterfoth: «Del polvo de la ruina nace en el Rhin una -vida más bella. Giran los espíritus que por tanto tiempo han descansado -en las tumbas; resuenan las canciones con extraños saludos que yo debo -repetir suavemente en mis canciones y en mis ensueños. Cuando veo volar -al pájaro en las alturas del azul del aire; cuando veo deslizarse los -barcos en la lejanía de las brumas grises, me parece que dice palabras -el pájaro al hender los espacios, y otras palabras escucho al rápido -paso de la embarcación.» Y yo también, peregrino de arte, de americanas -tierras, hecho al sol y al canto de la vida latina, he puesto el oído -atento a esas palabras de las aves y de las barcas germánicas, y de esa -bruma he visto surgir la eterna gracia de las almas aladas, la virtud -de la sagrada poesía, a la cual no vencerán ni los odios humanos, ni -las sequedades de los intereses modernos, ni la mediocridad de las -chatas cabezas de los regeneradores igualitarios. Pues la soberanía -del espíritu se basa en lo que está más allá del bien y del mal, más -allá de nuestro planeta mismo y de nuestros conceptos de verdad y de -mentira: en lo infinito, en lo absoluto. - - -FRANCFORT S. M. - -Francfort, ciudad seca, triste, honrada, judía. A pesar del abuso del -_art nouveau_ que la invade como a todas las ciudades alemanas, a pesar -de sus tranvías eléctricos y de los palacios modernos de sus banqueros, -tiene un aire de antigüedad, un olor de vejez y un sello imborrable de -_ghetto_ y de _judengasse_. Por algo hacen detener el carruaje cuando, -al pasar por la calle Boerne, os señalan una casita _vieillotte_ de -estampa, blanca, con su fachada terminada en punta, sus ventanas con -cortinillas de encaje, sus dos rejas de hierro en la parte baja. Es -la casa-madre, la cuna del poder de los Rothschild. Allí vivió y allí -manejó sus primeros millones el viejo _rex Judeorum_, tronco de los -barones de hoy. La sequedad y la tristeza de esta ciudad de finanzas -apenas es alegrada aquí, allá, por la figura de mármol o de bronze -de un pensador, de un poeta. Aquí Schiller, allá Goethe, más allá -Lessing. Pasan tipos de Shilock, o hermosas Rebecas, por las calles en -donde se alzan los muros de la sinagoga. La restaurada catedral se ve -como extraña en esta tierra de circuncisos. En el día, se siente el -hervor de los negocios, la agitación de los rapaces mercaderes de oro. -De noche, no hay lugar más triste. A las diez, ya los teatros están -cerrados. A las diez y media, nadie anda por las calles. Tanto como -el catolicismo, el arte parece estar aquí en dominio ajeno. Apenas se -sabe aquí que existe un museo Goethe, en donde, junto con documentos -iconográficos, se guardan objetos y manuscritos del gran alemán. El -verdadero santuario de Francfort del Mein, es la casita de verjas de -hierro y de las cortinillas blancas: la casa de los viejos Rothschild. - -La sombra del Emperador de la banca, del César israelita, se ve, por -los ojos de nuestra adoración mammónica contemporánea, más grande que -la del remoto y casi ignorado Gunther Schwarzburg, y aun que la del -fabuloso Carlo Magno, cuya estatua se alza en el rojo y viejo puente -sobre el río moroso que divide la población. - - -HAMBURGO O EL REINO DE LOS CISNES - -Huysmans ha sido injusto con Hamburgo, y su duro humor se ha expresado -en párrafos acres. Es que Durtal no fué a visitar el paraíso de los -cisnes, y M. Folantin comió mal a dos marcos cincuenta. Hamburgo es -alegre, casi con alegría latina, en cuanto cabe en un centro sajón. -Hamburgo es la ciudad trabajadora, negociante, independiente, con -su estricto senado, sus fábricas, sus canales, sus grandes hoteles, -sus almacenes copiosos, y es también la ciudad que se divierte, se -embellece, coquetea con el extranjero, tiene un su San Paulique que se -parece a Montmartre como la cerveza al champaña, cafés al aire libre, a -la orilla del Alster animado de yates, y a donde se va en vaporcitos, -y en donde, los domingos, garridas muchachas flirtean al son de la -música. Tiene un gran barrio lujoso que algunos llaman la Judea, porque -poderosos semitas gozan en villas y _cottages_ de la felicidad que -da el dinero. Huysmans habla, feroz, de caraqueños que encontró en -este emporio comercial. Yo no he encontrado a ningún compatriota de -Bolívar, aunque no es raro oir hablar español, pues son muchos los -hispanoamericanos residentes, y los hamburgueses que se han venido a -establecer con sus familias criollas, después de hacer fortuna en las -lejanas tierras calientes. Las arquitecturas distintas surgen entre los -verdores de los jardines o al lado de las ordenadas alamedas. - -Helkendorf, fresco y florido, tiene rincones deliciosos de descanso, de -amor y de ensueño, pues no es imposible ejercer esa delicada función -de soñar en una ciudad en donde los habitantes, por muy prácticos que -sean, tienen un poético paraje formado por un remanso del río, en el -cual paraje una cantidad numerosa de cisnes es mantenida por el erario -público. Estos poetas no tienen otra ocupación más que consagrarse a la -belleza, ser blancos--hay algunos negros--y deslizarse gallardamente, -con la dignidad que les dejó como herencia Júpiter. Ellos cumplen -exactamente con sus obligaciones, y además de la pitanza que les -ofrecen sus guardianes, el público los gratifica con migas de pan. El -remanso es cristalino, la ribera florida; las tardes de oro llueven -gracia mágica sobre ese divino espectáculo, que pondría meditabundo al -doctor Tribulat Bonhomet. Y los líricos habitantes de esos cristales -que multiplican sus olímpicos aspectos, gozan de la más dulce beatitud -en la capital de los falsificadores y mercaderes teutónicos. Aunque, -en verdad, no he dejado de sentirme un poco inquieto cuando, comiendo -en compañía de un mi conocido, exportador semita, me ha dicho, con -una manera de satisfacción glotona, que el cisne, como el ganso, bien -preparado, es, ¡ay! muy sabroso. - -Y a propósito de líricos cisnes, os he dicho que Hamburgo tiene un -Montmartre que se llama San Pauli... A mí me lo habían asegurado así, -al menos. ¿Un Montmartre...? Para marineros. Con uno que otro café de -nota, en que se puede comer halagado por la orquesta. Por lo demás, -los teatritos son sórdidos, con _chanteuses_ de deshecho, espesas -mugidoras de romanzas, o flacas parcas que dicen en inglés o en alemán -chillonas canciones. No hay un solo cabaret, un solo poeta melenudo o -sin melena que evoque el recuerdo de Privas, de Rictus o de Montoya. -En un gran salón de audiciones populares, da conciertos una banda -militar. En la plaza, un guignol atrae al _populo_; los letreros de -la luz eléctrica prometen maravillas, y en el interior, la diversión -es mala y fastidiosa. Quedan los restaurantes, con las sopas dulces, -las salchichas, los diversos _bráten_, y la excelente cerveza. M. de -Folantin, por un lado, tuvo razón. Pero, ¡oh, Des Esseintes!, ¿y los -cisnes? - - -BERLÍN - -Al conocer Alemania, y sobre todo, Berlín, he creído comprender al -emperador. Guillermo II, militar, creyente fervoroso, apasionado de -arte, inquieto, viajero, abarcador, es el único cerebro de coronada -testa en que hoy caben los antiguos ideales de grandeza, de dominación -y de dignidad cesárea que constituyeron, durante tanto tiempo, el poder -y la fuerza del vigoroso feudalismo. Todos los monarcas de hoy, más o -menos, con excepción quizá del autócrata de Rusia, merecen el paraguas -de Luis Felipe. Guillermo II, compatriota de Lohengrin, vidente que ha -previsto no hace mucho tiempo y anunciado a las naciones, por medio -de un simbólico dibujo célebre, el despertamiento y la acometida de -la raza amarilla contra la blanca Europa; Guillermo II, que, si no -fuese el óbice pietista, quién sabe si llegaría hasta realizar la liga -medioeval dominadora del mundo--el Papa y el Emperador;--Guillermo II, -vive más allá del momento, inspirado en lo pasado, presintiendo lo -porvenir, y amacizando el presente robusto de su país, con la rigurosa -disciplina que lo militariza todo, príncipe de ideal sustentado por -la realidad de la fuerza, creyente cuando ya casi no hay rey que -crea ni en su propio derecho divino, respetuoso de la tradición -eclesiástica romana, cuando la misma Francia cristianísima echa de su -suelo a las congregaciones religiosas y está dominada por un gobierno -que no desearía otra cosa que la completa ruptura del concordato y -la separación absoluta de la iglesia; Guillermo II, cuya actividad -asombra, cuyo talento no hay quien no reconozca, cuyo carácter es de -acero como su voluntad, está en su verdadero centro en este Berlín -geométrico, alegre de otra alegría que la de París, hollado a cada -momento por el paso de las tropas, con su Unter den Linden que extiende -su verde avenida entre las casas lujosas, con su movimiento comercial y -su circulación activa, y en donde, junto a las conmemoraciones de las -armas, se levantan las conmemoraciones de las artes y de las ciencias. -Y no en vano el divino Euforión surgió en esta tierra a la evocación -del cisne de Weimar, pues en esta capital bárbara a cada paso se mira -florecer la gracia helénica, ya en la composición de los artificiales -paisajes, en las arquitecturas urbanas, en las construcciones -monumentales. Yo no sabría alabar cierta protestante hipocresía general -que se nota en la vida; pero, sí, la bella libertad del arte en sus -mejores manifestaciones, una larga comprensión de la armonía, del -desnudo, de la euritmia griega. Y esto se explica. Aquí, en tierra -germánica, Goethe resucitó la olímpica persona de la homérica Helena, -Lessing meditó sus dilucidaciones del Laoconte, Juan Pablo pensó: -Heine, el ruiseñor, se abrevó de agua castalia; Momsen construyó su -edificio mental sobre las gloriosas ruinas de Roma. - -La luz de la Helade alcanzó las brumas septentrionales. Allí en -Charlotemburg, siguiendo el silencioso camino de copudas alamedas, -al suave rozar de los pinos, entre los macizos de rosas, entre los -plantíos de tulipanes, he llegado al severo y sencillo templete que -sirve de lugar de reposo a los restos imperiales de los abuelos -de Guillermo II. Un coloso marcial de larga y rubia barba me ha -permitido la entrada. Y he tenido, en verdad, como la vaga sensación -de un ensueño. A través de los vidrios de un color azul dulce y de -cielo, la onda solar penetra maravillosamente, de manera que baña el -recinto con su tenue y paradisiaco resplandor. Y a esa blanda y mágica -luminosidad se ve alzarse la alta figura tristemente grave de un divino -centinela, el arcángel Miguel, armado de su espada flamígera, y luego, -he allí tres yacentes estatuas sobre tres mausoleos. Y en el fondo -un Jesucristo de mosaico, que dice con su leyenda y con su expresión -sabias y celestes palabras. Allí descansa en la paz de Dios Federico -Guillermo II; allí descansa en la misericordia de Dios Guillermo I, -emperador de Alemania y rey de Prusia. Y he allí, a su lado, a la Dama -porfirogénita que es semejante a una diosa. El artista no haría con -más amor que el que ha puesto al hacer ese cuerpo admirable apenas -cubierto por el lino fino de la túnica, el cuerpo de Diana o el cuerpo -de Venus. ¿Es Diana, es Venus dormida? Diana no es, pues la maternidad -se revela en esa flor en plena hermosura; no es Venus, pues antes bien -que la tentadora gracia de la carne, se desprende de esa forma una -dignidad casta y serena. Y la luz tamizada pone una caricia paradisiaca -sobre esa realización pagana; y Miguel, apoyado en su arma flamígera, -vela silencioso: una paz sepulcral llena el estrecho habitáculo de los -príncipes de mármol; e iguales a los del último paria, en la sola y -posible igualdad de la transformación eterna, quedan en sus criptas -semejantes a santuarios, esos puñados de huesos de Hohenzollern. - -Berlín: cuarteles, museos, estatuas, paseos con más estatuas, derroche -de mármol como en la alameda de la Victoria, mármol para todos los -Hohenstauffen, mármol para los Hohenzollern, y bronce y mármol para -el gran Federico, para el gran Guillermo, para Moltke, para Bismarck; -almacenes, pasajes llenos de tiendas de bric-a-brac, pomposas -cigarrerías, restaurantes de cervezas y restaurantes de vinos; grandes -teatros y un music-hall enorme. Y un aquárium que llamó la atención -de Huysmans. Huysmans vió mucho, pero no lo vió todo, naturalmente. A -mí me ha parecido entrar en un círculo del Dante, en el cual hubiera -necesitado, como Virgilio, a mi amigo el doctor Holmberg. El aquárium -es subterráneo, y no es solamente aquárium, pues se exhiben hasta loros -y arañas y otros bichos pesadillescos, como ese horroroso ptatydactilus -aegipcianus que está a la entrada, semejante a una rana estirada, y el -zomurus gigánteus, lagarto erizado como de púas de hierro. Más allá, -la africana bitis gabónica, serpiente con la piel pintada art-nouveau, -y el pithon feroz y el crótalo con su apéndice de cascabeles; el naja -búngarus, venenosísimo y aterciopelado; iguanas crestadas, nudos de -viboritas enredadas como macarrones, y grises, y flácidas; y luego la -anaconda brasileña. Se desciende, y en un estanque, entre peñascos, -hay focas y leones marinos, y a un lado, papagayos blancos; y después -una gran pajarera, donde se oyen arrullos de paloma y cuchilleo -de aves. A un lado, apenas separados por una barrera baja y muy -franqueable, los cocodrilos semejantes a troncos, a piedras. Y en -seguida, la siboldia máxima japonesa, monstruoso y leproso lagarto. ¿Os -atrae de nuevo la pajarera? Es que canta la gymnorhinia tibicen, igual -a un cuervo que tuviese una blanca sobrepelliz y que tocase la flauta. -Un hoyo lleno de agua: el cocodrilo negro de China, como un gran -«garrobo». Y por fin, os atrae el verdadero aquárium, la fantástica -vida submarina que tanto ha interesado al autor de _A Rebours_. Es la -inaudita flora del Océano, los peces de sueños calenturientos, los -aspectos de visión diabólica, o de locura. Veo en un fondo de arenas -y de roca, naranjas que se mueven, crustáceos imprevistos, caprichos -madrepóricos, semivivientes rábanos que se encogen, hipocampos y -estrellas purpúreas. Erizos como pelotas de alfileres, entre lechugas -de cristal verdemarino. Y grutas. Y un pecezote hinchado, inflado, -junto al escorpión de mar. Hay una brocha que se mueve, una vejiga de -manteca, plumones y espumas. Entreabiertas, grandes valvas que parecen -abanicos, cactus y raquetas de lawn tennis. Pagurus inverosímiles -van arrastrando sus casas llenas de púas y protuberancias. Y la -pluralidad de los peces, la variedad de sus tipos, son desconcertantes. -Y veis en todas sus faces monstruosas, hasta en las más increíbles, -la reproducción de fisonomías humanas que habéis observado, desde -las comunes hasta las deformes del raquitismo, de la idiotez, de la -imbecilidad, de los casos crueles de los manicomios. Y hay formas y -gestos que creeríais imaginarios y alucinatorios; y os convencéis que -los pintores holandeses de ciertos cuadros demoníacos, y el mismo -Rops y Odilon Redon, con sus fantasías monstruosas e ilusorias, no -han creado nada, pues todo lo que la imaginación del hombre más -torturado de visiones infernales pueda imaginar, existe en los secretos -misteriosos y en los profundos laboratorios de la naturaleza. Seguís, y -os encontráis con la murena que se envaina en un tubo como un espeso -sable gris. Pequeños pulpos evolucionan entre el agua burbujeante. -Inmóvil sobre la arena, está la negra raya chata, de pizarra terrosa -con su arpón largo. Y pasa despacioso el homard, enorme alacrán marino -acorazado, que en vez del venenoso garfio, tiene una mariposa de -terciopelo negro ornada de amarillo. - -Berlín: ciudad que sabe la ordenanza, el latín, el griego, y también -el plat-deustch; ciudad fuerte, pecadora, pero pacata; elegante, pero -dura; rica, banquera; de arte; pero con cierto mal gusto común; con -mujeres lindas, pero que tienen unos pies aplastadores de ilusiones; -ciudad de secretos escándalos y de corrección excesiva; ciudad en que -se siente la influencia del cuartel junto a la de la universidad; -ciudad llena de cosas contradictorias, donde visitando un templo, os -aborda un proxeneta que os promete el pecado, y en un bar, entre gentes -pecadoras, se os aparece una mujer que os ofrece periódicos religiosos -y os vende ¡imágenes de Cristo! - - -VIENA - -Me habían dicho: «Es una hermana de París». Es una hermana de París que -tiene los ojos más azules de tanto mirarse en el espejo del Danubio. -Hay en la ciudad una alegría comunicativa, y si no la gracia impregnada -de parisina, posee la elegancia, la gallardía de la seducción. - -Para mí, Viena y vals eran dos ideas juntas en mi mente. Viena, vals, -placer. Un gran torbellino de mujeres hermosas en brazos de magníficos -danzadores, deslizándose en anchas salas lisas, mientras afuera pasaban -sonoros carruajes, se alzaban soberbios monumentos, bullía el mundo. -Más o menos, he podido encontrar realizada esa imaginación, con mucho -progreso además y mucho jardín atrayente, y mucho divertimiento, y -mucha belleza femenina, y el centenario del padre del vals, Joseph -Johan Strauss, que acaba de celebrarse. En su honor me he invitado -a almorzar en el Volksgarten. En su honor y con una reverencia al -poeta Grillparzer, cuyo monumento se alza no lejos de donde me sirven -excelente _rostbraten_ y una pilsen de oro pálido, que es como líquida -seda helada, mientras la brava orquesta anima el suave aire con ritmos -armoniosos y ondulantes. En este mismo jardín fué donde Strauss dirigió -la suya. Aquí nació el vals, a cuyos compases se balanceó el orbe; -el vals, halago de la melancolía, lengua del gozo, música de amor, -creación de un músico _minor_, pero que adoptarían los más altos y -mayores, como Weber, como Chopín, como el mismo poderoso Beethoven. -¿Que Lanner, el amigo y rival, tuvo parte en el invento? Nadie se -acuerda de Lanner, hoy, como no sea para hacer constar que tenía mucho -menos talento que Strauss. - -Juraría que no hay uno solo de los que lean estas líneas, que no haya -tenido en su vida un momento de animado placer, o de dulce tristeza, -al mágico brotar de esa pequeña y cristalina cascada melodiosa que -se llama _El Danubio azul_... Yo le debo muy copiosa cosecha de -recuerdos y de ensueños, ya lanzada por las orquestas, ejecutadas en -confidenciales pianos, o suspirada por errantes organillos; sobre todo -por los organillos... - -También como París, es este un país de arte, y en una avenida os -encontraréis con un grande y pensativo Goethe, sentado en su sillón -de bronce, o en una plazuela con un Mozart, jóvenes y airosos, o con -Beethoven, o con Schiller; y en todas partes, un ambiente propicio al -pensamiento. Y, sobre todo, un invisible soplo que incita al placer. -En París hay más vicio que goce, aquí más goce que vicio. De todas -maneras, aquí lanzó su último aliento el probo y sensato Marco Aurelio, -que, entre sus mejores sentencias, ha dejado ésta, si poco purista, muy -cuerda: «En general, el vicio no daña al mundo, y en particular, no -daña sino a aquel que no puede abandonarlo cuando quiere». - -Viena placentera, pero también Viena laboriosa, pensadora, política, -sentimental, artística, guerrera, religiosa. Todo encontraréis a -vuestro paso. Aquí su palacio imperial; su catedral, enorme vegetación -de piedra; más allá, Santa María Stiegen, vasto bouquet de ojivas -y flechas, lo antiguo; y más allá, su teatro de la Opera, con su -peristilo coronado por dos caballeros de bronce, lo moderno; o el -Hofburgtheater, serio y elegante, al cual se llega por entre dos filas -de estatuas de mármol, que tienen por fondo verdores de árboles y -macizos de flores; o la Rathaus imponente con su elevada torre central; -o el palacio del Reichsrath, y el frontispicio del parlamento, todo -griego; y ante este último, mientras a sus pies, entre simulacros -marmóreos, se vierte el agua armoniosa de una ánfora, Palas Atenea, -gigantesca, se apoya en su lanza de oro y tiene en la diestra la alada -Victoria. - -Dulces rincones amorosos, blandos retiros, labrados quioscos y curvos -chorros de agua, en los jardines, en el Stadtpark, lleno de risas de -niños; en Schwarzenberg, fácil a las citas y a los suspiros, o en el -mismo Volksgarten, con su templo a Teseo, y sus alamedas, sus umbrías, -sus tibios nidos, sus fragancias de parque y sus rumores de bosque. O -allá, en el Prater, que si no vale el Bois parisiense, tiene especiales -atractivos, en sus recodos de floresta y sus techumbres de hojas y su -larguísima avenida. Mas, nada como ese fastuoso e histórico Schönbrunn, -donde recordáis a Versalles y a Le Nôtre, y al gran Napoleón, y al -triste Aiglon, hijo del Aguila. Flota un ambiente singular entre las -bien ordenadas arquitecturas vegetales, entre los templetes de ramas y -las verdes cúpulas y arcadas que forman los recortados tilos, las copas -educadas y pomposas de los castaños. Las mitologías de las fuentes se -bañan en la exhalación de vaporizadas perlas de su propia lluvia. Grata -quietud invita a sentarse en los místicos bancos de los parterres, -a meditar, a soñar, a imaginarse las bellas representaciones de la -historia, mientras en su magnífica altura, la Gloriette destaca sobre -el fondo celeste su pórtico soberbio, aún persistente decoración de más -de una comedia y drama imperiales y reales. - - -LA TUMBA DE LOS NUEVOS ATRIDAS - -Un capuchino de larga barba guía al grupo de visitantes--campesinos, -forasteros e ingleses. Al bajar la escalera estrecha de la bóveda, el -ruido de los pasos. Luego, el ruido de las llaves de su reverencia. -Luego, silencio. Y el cicerone de capucha, comienza a decir su lección, -recorriendo las tumbas del lado derecho, los sarcófagos viejos, en -donde reposan reales e imperiales huesos viejísimos, entre las cajas -de metal gris labrado de esculturas macabras y simbólicas, tras -duras rejas férreas. A mí no me interesan esos príncipes antiguos -que tienen su página correspondiente en los anales austriacos: no me -atrae Matías, ni Ana, ni José, ni Leopoldo, ni Carlos. Yo voy hacia -la izquierda, en donde duermen los porfirogénitos malditos, las -coronadas testas perseguidas por el destino, la familia misteriosa y -fatídica de los Atridas modernos, esos Hapsburgos rubios o brunos, -jóvenes o viejos, pero idénticos en el sufrimiento, en la desventura, -en la tragedia. No me impresiona tanto el ataúd en que están los -restos del duque de Reichstadt, ni el nombre de María Luisa en la caja -mortuoria, como los otros sarcófagos en que duermen su eterno sueño, -Maximiliano, el emperador de la barba de oro, el del cerro de las -campanas; Elisabeth, la «emperatriz errante», que segó el anarquismo, -y Rodolfo, el de la novela sangrienta. Aquí reposa, en la paz de la -muerte, el que estaba destinado a ceñir la corona de los emperadores -de Austria y de los reyes de Hungría. El capuchino explica rápida -y precisamente, en alemán, la vida de cada uno de los príncipes -difuntos que reposan en el subterráneo; y el profundo silencio de -los visitantes es tan solamente interrumpido por un vago rumor de -palabras entredichas en voz baja, cuando se detiene el grupo ante el -sepulcro del archiduque Rodolfo de Hapsburgo. Pequeña iglesia de los -capuchinos, que encierra tanta desventura, los despojos de esa familia -predestinada fatídicamente a ser azotada por la desgracia; tristes -grandezas desaparecidas entre la locura y la sangre; seres de vidas -extraordinarias que realizan las más lúgubres y dolorosas creaciones de -los poetas del destino, de los dramaturgos del misterio. - - -LA SECESIÓN - -Cuando en 1900 vi en el Grand Palais la sección correspondiente a los -secesionistas vieneses, mi entusiasmo fué vivo y justo. He ahí unos -cuantos adoradores sinceros de la libertad del arte, buscadores de lo -nuevo, de lo raro, según sus temperamentos, o intérpretes personales -de las antiguas tradiciones artísticas, sin _blague_ bulevardera, sin -esteticismos montmartreses, sin los absurdos mamarrachos que, entre -pocas obras de talento, exhiben unos cuantos desalmados, en el Salón -de los Indépendents parisienses. ¿Es que el ambiente es otro? ¿Es que -en Viena la lucha por la vida y por la gloria es distinta? La verdad -es que, en todos los esfuerzos de los artistas de la Secesión, noto -una sinceridad y una noble independencia y una consagración a la idea -y a la realización de la belleza, muy distantes de los extravagantes -_épateurs_ apurados de arribismo que abundan en la capital francesa. - -En edificio propio construído y arreglado conforme con los gustos -y pensares estéticos de los organizadores del museo, la obra de la -Secesión se exhibe en la metrópoli austriaca como un testimonio -innegable del tesón, de la energía y del talento de sus puros artistas. -El museo es un museo «de excepción» como diría Vittorio Pica. Nada de -lo que hay en él es vulgar ni común, y se manifiesta en todo un don de -alta gracia y una voluntad de hermosura y una fuerza de pensamiento, -que honran y elevan sobremanera a la luchadora mentalidad austriaca. -Aquí se ve que no se busca asustar al burgués, sino más bien darle una -nueva revelación de belleza. Aquí tienen nobles sacerdotes el ensueño -y la vida misteriosa, y el pincel y el cincel dicen la profundidad -de lo desconocido, lo arcano de nuestras humanas existencias y el -enigma que existe en toda cosa. Sintéticos o complicados, expresan -sus meditaciones y sus visiones interiores, o en un extraño aparato -simbólico hacen surgir un aspecto de la verdad posible, o hacen -florecer de luz el alma, o cristalizan lo indeciso y lo recóndito. Y -hay la franca expresión y el desdén de toda rutina. Aquí es el único -museo del mundo en donde no solamente se ha destrozado la académica -hoja de parra, sino que se ha tenido el valor de revelar lo más íntimo, -de no ocultar lo más oculto, a punto de que se os vienen a la memoria -ciertas cuartetas memorables de Théophile Gautier. La leyenda tiene sus -cultivadores. Veo cien cuadros que me atraen; no os diré los nombres -de los autores, pues no están en las telas y no tengo tiempo para -anotar un catálogo. Sí recordaré al potente Franz Metzner, el Rodin -austriaco, el autor de ese poema soberbio de mármol que se llama _La -Tierra_, y de admirables estudios decorativos y de bustos y de estatuas -de una originalidad imponente y comprensiva. _La Tierra_, de Metzner, -está expuesta en un saloncito especial, adornado tan solamente de -expresivos telamones y de su sola, impresionante y elegante sencillez. -Y la figura en que se manifiestan la vida y el ritmo terrestres y la -fuerza natural, está sobre su base como la majestad y el misterio de -un simulacro sagrado. Lo que la Secesión ha enviado a la Exposición de -San Luis, atestigua el valor de sus pintores, decoradores, estatuarios, -ceramistas, mueblistas. Ferdinand Andri envía sus figuras valientes, -que renuevan algo del arcáico arte asirio; Metzner, sus soberbias -creaciones plásticas, sus sintéticas expresiones de la persona -humana; Klimt, sus cuadros simbólicos de factura extraordinaria y de -significación honda, como _El manzano de oro_, _La vida es un combate_, -_La Jurisprudencia_ y _La Filosofía_, que tantas discusiones causó -cuando se expuso en París en la última Exposición Universal. - -Salgo de la Secesión encantado de encontrar un verdadero templo del -arte en tiempos en que los templos del arte están en posesión de -los mercaderes, de los insinceros, de los pacotillistas o de los -histriones. Y saludo ese esfuerzo generoso, deseando que en nuestros -países de arte naciente se junten las energías individuales de los -puros, de los incontaminados, y procuren hacer algo semejante, lejos de -la chatura de las escuelas de limitación y atrofia y de las modas vanas -que nada tienen que ver con la eternidad de la belleza. - - -BUDA-PEST - -...Buda-Pest: el Rey; María Teresa; el Danubio azul; paprikahum, vino -de Tokai...; y una vieja zarzuela que deleiteó mis años infantiles. -_Los Madgyares_, en la cual cantaba un coro: - - Vamos señores - A la feria de Buda, - Que hoy es el día - De vender y comprar. - -Y los trajes vistosos de alamares y galones, y el leguito del convento: - - _Ego sum, ego sum_ - El leguito del convento - _Ego sum_, además - Campanero y sacristán... - -Y me hechizó la ciudad bizarra, o más bien las dos ciudades gemelas -unidas por los magníficos puentes, con su clima, sus flores, sus -paseos, su barrio elegante y moderno en que casi todas las nuevas -construcciones son _art nouveau_, o secesión, mansiones caprichosas -de los magnates y propietarios de pingües pushtas y «economías». Es -una delicia pasear por el kiralgi var, y sus palacios y verdores, a -orillas del agua azul del armonioso río. Hay edificios espléndidos -como el magnífico parlamento, que se refleja en el Danubio, y sus -plazas espaciosas, las calles y avenidas, y sobre todo, las más bellas -mujeres del mundo hacen mirar esta tierra como un terrenal paraíso. -¡Oh! todos los países tienen lugares de gozo y bellas mujeres, pero -la Ciudad del Amor y de la hermosura, creedme, es Buda-Pest. Hay un -lugar, en un suburbio de la ciudad de Pest, que se llama Os Buda Vara, -jardín, paseo; feria nocturna, lleno de atracciones, teatritos, ventas -diversas, castillos luminosos, flores, perfumes, músicas nacionales, -trajes pintorescos; y allí he visto una colección de beldades que -habrían dejado meditabundo y soñador al mismo rey Salomón que, como -sabéis, era de gusto exquisito. - -Un momento ha habido de duelo nacional, más que duelo ha sido una -glorificación, una apoteosis: la muerte de Jokai. Impregnado del -encanto de esta ciudad fascinadora, he asistido a los funerales de su -poeta, de su novelista, de su pensador nacional. Pasaban los carros -cargados de coronas por la gran calle Andrassy, en donde estaba la -morada del escritor; el cortejo era solemne y fastuoso; representantes -del gobierno asistían a la ceremonia en que se honraba la memoria del -viejo revolucionario; vistosos y pintorescos uniformes militares, -universitarios, heráldicos, desfilaban en la severa procesión. Y en en -los balcones, adornados de colgaduras de duelo, se veía una muchedumbre -de rostros divinos en que brillaban maravillosos ojos húngaros. Y ante -ese esplendor y ese prodigio de belleza femenina, al pasar el carro de -las más frescas coronas, de los estudiantes, compré a una florista un -ramo de rosas, y, poeta desconocido de lejanas tierras, con el corazón -palpitante, con un temor de emoción, arrojé yo también mi ofrenda al -anciano Jokai. - -[Ilustración] - - - - -INDICE - - -TIERRAS SOLARES - - Págs. - - Barcelona 9 - - Málaga 21 - - La tristeza andaluza 69 - - Granada 85 - - Sevilla 103 - - Córdoba 117 - - Gibraltar 129 - - Tánger 155 - - Venecia 181 - - Florencia 195 - - - DE TIERRAS SOLARES A TIERRAS DE BRUMA - - Waterlóo 211 - - Por el Rhin 214 - - Francfort S. M. 223 - - Berlín 228 - - Viena 237 - - La tumba de los nuevos atridas 241 - - La Secesión 243 - - Buda-Pest 247 - - - - - ACABÓSE - DE IMPRIMIR - ESTE LIBRO EN - MADRID EN EL ESTABLECIMIENTO - TIPOGRÁFICO - DE JOSÉ YAGÜES - SANZ, EL DÍA XXV - DE SEPTIEMBRE - DE AÑO - MCMXVII - - - - - * * * * * * - - - - -Nota del Transcriptor: - -Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original. - -Errores obvios de imprenta han sido corregidos. - -Páginas en blanco han sido eliminadas. - - - -***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TIERRAS SOLARES*** - - -******* This file should be named 52857-8.txt or 52857-8.zip ******* - - -This and all associated files of various formats will be found in: -http://www.gutenberg.org/dirs/5/2/8/5/52857 - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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