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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Insolación y Morriña - Dos historias amorosas - -Author: Emilia Pardo-Bazán - -Release Date: July 17, 2016 [EBook #52597] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK INSOLACIÓN Y MORRIÑA *** - - - - -Produced by Josep Cols Canals, Chuck Greif and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -book was produced from images made available by the -HathiTrust Digital Library.) - - - - - - - - - - - - OBRAS COMPLETAS - - DE - - EMILIA PARDO-BAZÁN - - CONDESA DE PARDO-BAZÁN - - TOMO VII - - INSOLACIÓN--MORRIÑA - - - - - EMILIA PARDO-BAZÁN - - CONDESA DE PARDO-BAZÁN - - OBRAS COMPLETAS.--TOMO VII - - - INSOLACIÓN - - Y - - MORRIÑA - - (DOS HISTORIAS AMOROSAS) - - [Illustration: colofón] - - MADRID - V. PRIETO Y COMPAÑÍA, EDITORES - Pontejos, número 8. - 1911 - - - - - Es propiedad. - - Queda hecho el depósito - que marca la ley. - - - Establecimiento tipográfico, Campomanes, 4. - - - - - _A José Lázaro Galdiano_ - - _en prenda de amistad_ - - La Autora. - - - - - INSOLACIÓN - - - - -I - - -La primer señal por donde Asís Taboada se hizo cargo de que había salido -de los limbos del sueño, fué un dolor como si la barrenasen las sienes -de parte á parte con un barreno finísimo; luego le pareció que las -raíces del pelo se convertían en millares de puntas de aguja y se le -clavaban en el cráneo. También notó que la boca estaba pegajosita, -amarga y seca; la lengua, hecha un pedazo de esparto; las mejillas -ardían; latían desaforadamente las arterias, y el cuerpo declaraba á -gritos que, si era ya hora muy razonable de saltar de la cama, no estaba -él para valentías tales. - -Suspiró la señora; dió una vuelta, convenciéndose de que tenía -molidísimos los huesos; alcanzó el cordón de la campanilla, y tiró con -garbo. Entró la doncella, pisando quedo, y entreabrió las maderas del -cuarto-tocador. Una flecha de luz se coló en la alcoba, y Asís exclamó -con voz ronca y debilitada: - ---Menos abierto... Muy poco... Así. - ---¿Cómo le va, señorita?--preguntó muy solícita la Angela (por mal -nombre _Diabla_).--¿Se encuentra algo más aliviada ahora? - ---Sí, hija..., pero se me abre la cabeza en dos. - ---¡Ay! ¿Tenemos la maldita de la jaquecona? - ---Clavada... A ver si me traes una taza de tila... - ---¿Muy cargada, señorita? - ---Regular... - ---Voy volando. - -Un cuarto de hora duró el vuelo de la Diabla. Su ama, vuelta de cara á -la pared, subía las sábanas hasta cubrirse la cara con ellas, sin más -objeto que sentir el fresco de la batista en aquellas mejillas y frente -que estaban echando lumbre. - -De tiempo en tiempo exhalaba un gemido sordo. - -En la mollera suya funcionaba, de seguro, toda la maquinaria de la Casa -de la Moneda, pues no recordaba aturdimiento como el presente, sino el -que había experimentado al visitar la fábrica de dinero y salir medio -loca de las salas de acuñación. - -Entonces, lo mismo que ahora, se le figuraba que una legión de enemigos -se divertía en pegarla tenazazos en los sesos y devanarla con argadillos -candentes la masa encefálica. - -Además, notaba cierta trepidación allá dentro, igual que si la cama -fuese una hamaca, y á cada balance se le amontonase el estómago y le -metiesen en prensa el corazón. - -La tila. Calentita, muy bien hecha. Asís se incorporó, sujetando la -cabeza y apretándose las sienes con los dedos. Al acercar la cucharilla -á los labios, náuseas reales y efectivas. - ---Hija... está hirviendo... Abrasa. ¡Ay! Sosténme un poco, por los -hombros. ¡Así! - -Era la Diabla una chica despabilada, lista como una pimienta: una -luguesa que no le cedía el paso á la andaluza más ladina. Miró á su ama -guiñando un poco los ojos, y dijo compungidísima al parecer: - ---Señorita... Vaya por Dios. ¿Se encuentra peor? Lo que tiene no es sino -eso que le dicen allá en nuestra tierra un _soleado_... Ayer se caían -los pájaros de calor, y V. fuera todo el santo día... - ---Eso será...,--afirmó la dama. - ---¿Quiere que vaya enseguidita á avisar al señor de Sánchez del Abrojo? - ---No seas tonta... No es cosa para andar fastidiando al médico. Un meneo -á la taza. Múdala á ese vaso... - -Con un par de trasegaduras de vaso á taza y viceversa, quedó potable la -tila. Asís se la embocó, y al punto se volvió hacia la pared. - ---Quiero dormir... No almuerzo... Almorzad vosotros... Si vienen -visitas, que he salido... Atenderás por si llamo. - -Hablaba la dama sorda y opacamente, de mal talante, como aquel que no -está para bromas y tiene igualmente desazonados el cuerpo y el espíritu. - -Se retiró por fin la doncella, y al verse sola, Asís suspiró más -profundo y alzó otra vez las sábanas, quedándose acurrucada en una -concha de tela. Se arregló los pliegues del camisón, procurando que la -cubriese hasta los piés; echó atrás la madeja del pelo revuelto, -empapado en sudor y áspero de polvo, y luego permaneció quietecita, con -síntomas de alivio y aun de bienestar físico producido por la infusión -calmante. - -La jaqueca, que ya se sabe cómo es de caprichosa y maniática, se había -marchado por la posta desde que llegara al estómago la taza de tila; la -calentura cedía, y las bascas iban aplacándose... Sí, lo que es el -cuerpo se encontraba mejor, infinitamente mejor; pero, ¿y el alma? ¿Qué -procesión le andaba por dentro á la señora? - -No cabe duda: si hay una hora del día en que la conciencia goza todos -sus fueros, es la del despertar. Se distingue muy bien de colores -después del descanso nocturno y el paréntesis del sueño. Ambiciones y -deseos, afectos y rencores se han desvanecido entre una especie de -niebla; faltan las excitaciones de la vida exterior; y así como después -de un largo viaje parece que la ciudad de donde salimos hace tiempo no -existe realmente, al despertar suele figurársenos que las fiebres y -cuidados de la víspera se han ido en humo y ya no volverán á acosarnos -nunca. Es la cama una especie de celda donde se medita y hace examen de -conciencia, tanto mejor cuanto que se está muy á gusto, y ni la luz ni -el ruido distraen. Grandes dolores de corazón y propósitos de la -enmienda suelen quedarse entre las mantas. - -Unas miajas de todo esto sentía la señora; sólo que á sus demás -impresiones sobrepujaba la del asombro.--«¿Pero es de veras? ¿Pero me ha -pasado _eso_? Señor Dios de los ejércitos, ¿lo he soñado ó no? Sácame de -esta duda.»--Y aunque Dios no se tomaba el trabajo de responder negando -ó afirmando, _aquello_ que reside en algún rincón de nuestro ser moral y -nos habla tan categóricamente como pudiera hacerlo una voz divina, -contestaba:--«Grandísima hipócrita, bien sabes tú como fué: no me -preguntes, que te diré algo que te escueza.» - ---Tiene razón la Diabla: ayer atrapé un _soleado_ y para mí, el sol... -matarme. ¡Este chicharrero de Madrid! ¡El veranito y su alma! Bien -empleado, por meterme en avisperos. A estas horas debía yo andar por mi -tierra... - -Doña Francisca Taboada se quedó un poquitín más tranquila desde que pudo -echarle la culpa al sol. A buen seguro que el astro-rey dijese esta boca -es mía protestando, pues aunque está menos acostumbrado á las -acusaciones de galeotismo que la luna, es de presumir que las acoja con -igual impasibilidad é indiferencia. - ---De todos modos--arguyó la voz inflexible,--confiesa, Asís, que si no -hubieses tomado más que sol... Vamos, á mí no me vengas tú con -historias, que ya sabes que nos conocemos... ¡como que andamos juntos -hace la friolera de treinta y dos abriles! Nada, aquí no valen -subterfugios... Y tampoco sirve alegar que si fué inesperado, que si -parece mentira, que si patatín, que si patatán... Hija de mi corazón, lo -que no sucede en un año sucede en un día. No hay que darle vueltas. Tú -has sido hasta la presente una señora intachable; bien; una perfecta -viuda; conformes; te has llevado en peso tus dos añitos de luto (cosa -tanto más meritoria cuanto que, seamos francos, últimamente ya -necesitabas alguna virtud para querer á tu tío, esposo y señor natural, -el insigne marqués de Andrade, con sus bigotes pintados y sus achaques, -fístulas ó lo que fuesen); á pesar de tu genio animado y tu afición á -las diversiones, en veinticuatro meses no se te ha visto el pelo sino en -la iglesia ó en casa de tus amigas íntimas; convenido; has consagrado -largas horas al cuidado de tu niña y eres madre cariñosa; nadie lo -niega; te has propuesto siempre portarte como una señora, disfrutar de -tu posición y tu independencia, no meterte en líos ni hacer contrabando; -lo reconozco; pero... ¿qué quieres, mujer? te descuidaste un minuto, -incurriste en una chiquillada (porque fué una chiquillada, pero -chiquillada del género atroz, convéncete de ello) y por cuanto viene el -demonio y la enreda y te encuentras de patitas en la gran trapisonda... -No andemos con sol por aquí y calor por allá. Disculpas de mal pagador. -Te falta hasta la excusa vulgar, la del cariñito y la pasioncilla... -Nada, chica, nada. Un pecado gordo en frío, sin circunstancias -atenuantes y con ribetes de desliz chabacano. ¡Te luciste! - -Ante estos argumentos irrefutables cedía la acción bienhechora de la -tila, y Asís iba experimentando otra vez terrible desasosiego y sofoco. -El barreno que antes le taladraba la sien, se había vuelto sacacorchos, -y haciendo hincapié en el occipucio, parecía que enganchaba los sesos á -fin de arrancarlos igual que el tapón de una botella. Ardía la cama y -también el cuerpo de la culpable, que, como un San Lorenzo en sus -parrillas, daba vueltas y más vueltas en busca de rincones frescos, al -borde del colchón. Convencida de que todo abrasaba igualmente, Asís -brincó de la cama abajo, y blanca y silenciosa como un fantasma entre la -penumbra de la alcoba, se dirigió al lavabo, torció el grifo del -depósito, y con las yemas de los dedos empapadas en agua, se humedeció -frente, mejillas y nariz; luego se refrescó la boca, y por último se -bañó los párpados largamente, con fruición; hecho lo cual, creyó sentir -que se le despejaban las ideas y que la punta del barreno se retiraba -poquito á poco de los sesos. ¡Ay, qué alivio tan rico! A la cama, á la -cama otra vez, á cerrar los ojos, estarse quietecita y callada y sin -pensar en cosa ninguna... - -Sí, á buena parte. ¿No pensar dijiste? Cuanto más se aquietaban los -zumbidos y los latidos, y la jaqueca y la calentura, más nítidos y -agudos eran los recuerdos, más activas y endiabladas las cavilaciones. - ---Si yo pudiese rezar--discurrió Asís.--No hay para esto de conciliar el -sueño como repetir una misma oración de carretilla. - -Intentólo en efecto; mas si por un lado era soporífera la operación, por -otro agravaba las inquietudes y resquemores íntimos de la señora. Bonito -se pondría el Padre Urdax cuando tocasen á confesarse de aquella cosa -inaudita y estupenda. ¡Él, que tanto se atufaba por menudencias de -escotes, infracciones de ayuno, asistencia á saraos en cuaresma, mermas -de misa y otros pecadillos que trae consigo la vida mundana en la corte! -¿Qué circunloquios serían más adecuados para atenuar la primer impresión -de espanto y la primer filípica? Sí, sí ¡circunloquios al Padre Urdax! -¡Él, que lo preguntaba todo derecho y claro, sin pararse en vergüenzas -ni en reticencias! ¡Con aquel geniazo de pólvora y aquella manga -estrechita que gastaba! Si al menos permitiese explicar la cosa desde un -principio, bien explicada, con todas las aclaraciones y notas precisas -para que se viese la fatalidad, la serie de circunstancias que... Pero, -¿quién se atreve á hacer mérito de ciertas disculpas ante un jesuíta tan -duro de pelar y tan largo de entendederas? Esos señores quieren que todo -sea virtud á raja tabla, y no entienden de componendas ni de excusas. -Antes parece que se les tachaba de tolerantísimos: no, pues lo que es -ahora... - -No obstante el triste convencimiento de que con el Padre Urdax sería -perder tiempo y derrochar saliva todo lo que no fuese decir _acúsome_, -_acúsome_, Asís, en la penumbra del dormitorio, entre el silencio, -componía mentalmente el relato que sigue, donde claro está que no había -de colocarse en el peor lugar, sino paliar el caso: aunque, señores, -ello admitía bien pocos paliativos. - - - - -II - - -Hay que tomarlo desde algo atrás y contar lo que pasó, ó por mejor -decir, lo que se charló anteayer en la tertulia semanal de la duquesa de -Sahagún, á la cual soy asidua concurrente. También la frecuenta mi -paisano el comandante de artillería Don Gabriel Pardo de la Lage, -cumplido caballero, aunque un poquillo inocentón, y sobre todo muy -estrafalario y bastante pernicioso en sus ideas, que á veces sostiene -con gran calor y terquedad, si bien las más noches le da por acoquinarse -y callar ó jugar al tresillo, sin importársele de lo que pasa en nuestro -corro. No obstante, desde que yo soy obligada todos los miércoles, notan -que Don Gabriel se acerca más al círculo de las señoras y gusta de armar -pendencia conmigo y con la dueña de la casa; por lo cual hay quien -asegura que no le parezco saco de paja á mi paisano, aun cuando otros -afirman que está enamorado de una prima ó sobrina suya, acerca de quien -se refieren no sé que historias raras. En fin, el caso es que disputando -y peleándonos siempre, no hacemos malas migas el comandante y yo. ¡Qué -malas migas! A cada polémica que armamos, parece aumentar nuestra -simpatía, como si sus mismas genialidades morales (no sé darles otro -nombre) me fuesen cayendo en gracia y pareciéndome indicio de cierta -bondad interior... Ello va mal expresado..., pero yo me entiendo. - -Pues anteayer (para venir al asunto) estuvo el comandante desde los -primeros momentos muy decidor y muy alborotado, haciéndonos reir con sus -manías. Le sopló la ventolera de sostener una vulgaridad: que España es -un país tan salvaje como el Africa central, que todos tenemos sangre -africana, beduina, árabe ó qué sé yo, y que todas esas músicas de -ferrocarriles, telégrafos, fábricas, escuelas, ateneos, libertad -política y periódicos, son en nosotros postizas y como pegadas con goma, -por lo cual están siempre despegándose, mientras lo verdaderamente -nacional y genuino, la barbarie subsiste, prometiendo durar por los -siglos de los siglos. Sobre esto se levantó el caramillo que es de -suponer. Lo primero que le repliqué fué compararlo á los franceses, que -creen que sólo servimos para bailar el bolero y repicar las castañuelas; -y añadí que la gente bien educada era igual, idéntica, en todos los -países del mundo. - ---Pues mire V., eso empiezo por negarlo--saltó Pardo con grandísima -fogosidad.--De los Pirineos acá, todos, sin excepción, somos salvajes, -lo mismo las personas finas que los tíos; lo que pasa es que nosotros lo -disimulamos un poquillo más, por vergüenza, por convención social, por -conveniencia propia; pero que nos pongan el plano inclinado, y ya -resbalaremos. El primer rayito de sol de España--este sol con que tanto -nos muelen los extranjeros y que casi nunca está en casa, porque aquí -llueve lo propio que en París, que ese es el chiste... - -Le interrumpí: - ---Hombre, sólo falta que también niegue V. el sol. - ---No lo niego, ¡qué he de negarlo! Por lo mismo que suele embozarse bien -en invierno, de miedo á las pulmonías, en verano lo tienen Vds. -convirtiendo á Madrid en sartén ó caldera infernal, donde nos -achicharramos todos... Y claro, no bien asoma, produce una fiebre y una -excitación endiabladas... Se nos sube á la cabeza, y entonces es cuando -se nivelan las clases ante la ordinariez y la ferocidad general. - ---Vamos, ya pareció aquello. V. lo dice por las corridas de toros. - -En efecto, á Pardo le da muy fuerte eso de las corridas. Es uno de sus -principales y frecuentes asuntos de sermón. En tomando la ampolleta -sobre los toros, hay que oirle poner como digan dueñas á los partidarios -de tal espectáculo, que él considera tan pecaminoso como el Padre Urdax, -los bailes de Piñata y las representaciones del _Demi-monde_ y -_Divorciémonos_. Sale á relucir aquello de las tres fieras, toro, torero -y público; la primera, que se deja matar porque no tiene más remedio; la -segunda, que cobra por matar; la tercera, que paga para que maten, de -modo que viene á resultar la más feroz de las tres; y también aquello de -la suerte de pica, y de las tripas colgando, y de las excomuniones del -Papa contra los católicos que asisten á corridas, y de los perjuicios á -la agricultura... Lo que es la cuenta de perjuicios la saca de un modo -imponente. Hasta viene á resultar que por culpa de los toros hay déficit -en la Hacienda y hemos tenido las dos guerras civiles... (Verdad que -esto lo soltó en un instante de acaloramiento, y como vió la greguería y -la chacota que armamos, medio se desdijo.) Por todo lo cual, yo pensé -que al nombrar ferocidad y barbarie vendrían los toros detrás. No era -eso. Pardo contestó: - ---Dejemos á un lado los toros, aunque bien revelan el influjo -barbarizante ó barbarizador (como Vds. gusten) del sol, ya que es -axiomático que sin sol no hay corrida _buena_. Pero prescindamos de -ellos; no quiero que digan Vds. que ya es manía en mí la de sacar á -relucir la gente cornúpeta. Tomemos cualquier otra manifestación bien -genuina de la vida nacional... algo muy español y muy característico... -¿No estamos en tiempo de ferias? ¿No es mañana San Isidro Labrador? ¿No -va la gente estos días á solazarse por la pradera y el cerro? - ---Bueno; ¿y qué? ¿También criticará V. las ferias y el Santo? Este señor -no perdona ni á la corte celestial. - ---Bonito está el Santo, y valiente saturnal asquerosa la que sus devotos -le ofrecen. Si San Isidro la ve, él que era un honrado y pacífico -agricultor, convierte en piedras los garbanzos tostados y desde el cielo -descalabra á sus admiradores. Aquello es un aquelarre, una zahurda de -Plutón. Los instintos españoles más típicos corren allí desbocados, -luciendo su belleza. Borracheras, pendencias, navajazos, gula, -libertinaje grosero, blasfemias, robos, desacatos y bestialidades de -toda calaña... Gracioso _tableau_, señoras mías... Eso es el pueblo -español cuando le dan suelta. Lo mismito que los potros al salir á la -dehesa, que su felicidad consiste en hartarse de relinchos y coces. - ---Si me habla V. de la gente ordinaria... - ---No, es que insisto: todos iguales en siendo españoles; el instinto -vive allá en el fondo del alma; el problema es de ocasión y lugar, de -poder ó no sacudir ciertos miramientos que la educación impone: cosa -externa, cáscara y nada más. - ---¡Qué teorías, Dios misericordioso! ¿Ni siquiera admite V. excepciones -á favor de las señoras? ¿Somos salvajes también? - ---También, y acaso más que los hombres, que al fin Vds. se educan menos -y peor... No se dé V. por resentida, amiga Asís. Concederé que V. sea la -menor cantidad de salvaje posible, porque al fin nuestra tierra es la -porción más apacible y sensata de España. - -Aquí la Duquesa volvió la cabeza con sobresalto. Desde el principio de -la disputa estaba entretenida dando conversación á un tertuliano nuevo, -muchacho andaluz, de buena presencia, hijo de un antiguo amigo del -Duque, el cual, según me dijeron, era un rico hacendado residente en -Cádiz. La Duquesa no admite presentados, y sólo por circunstancias así -pueden encontrarse caras desconocidas en su tertulia. En cambio, á las -relaciones ya antiguas las agasaja muchísimo, y es tan consecuente y -cariñosa en el trato, que todos se hacen lenguas alabando su -perseverancia; virtud que, según he notado, abunda en la corte más de lo -que se cree. Advertía yo que, sin dejar de atender al forastero, la -Duquesa aplicaba el oído á nuestra disputa y rabiaba por mezclarse en -ella; la proporción le vino rodada para hacerlo, metiendo en danza al -gaditano. - ---Muchas gracias, señor de Pardo, por la parte que nos toca á los -andaluces. Estos galleguitos siempre arriman el ascua á su sardina. ¡Más -aprovechados son! De salvajes nos ha puesto, así como quien no quiere la -cosa. - ---¡Oh Duquesa, Duquesa, Duquesa!--respondió Pardo con mucha -guasa.--¡Darse por aludida V., V. que es una señora tan inteligente, -protectora de las bellas artes! ¡Usted que entiende de pucheros -mudéjares y barreñones asirios! ¡Usted que posee colecciones -mineralógicas que dejan con la boca abierta al embajador de Alemania! -¡Usted, señora, que sabe lo que significa _fósil_! ¡Pues si hasta miedo -le han cobrado á V. ciertos pedantes que yo conozco! - ---Haga V. el favor de no quedarse conmigo suavemente. No parece sino que -soy alguna literata ó alguna marisabidilla... Porque le guste á uno un -cuadro ó una porcelana... Si cree V. que así vamos á correr un velo -sobre aquello del salvajismo... ¿Qué opina V. de eso, Pacheco? Según -este caballero, que ha nacido en Galicia, es salvaje toda España y más -los andaluces. Asís, el señor Don Diego Pacheco... Pacheco, la señora -Marquesa viuda de Andrade... el señor Don Gabriel Pardo... - -El gaditano, sin pronunciar palabra, se levantó y vino á apretarme la -mano haciendo una cortesía; yo murmuré entre dientes eso que se murmura -en casos análogos. Llena la fórmula, nos miramos con la curiosidad fría -del primer momento, sin fijarnos en detalles. Pacheco, que llevaba con -soltura el frac, me pareció distinguido, y aunque andaluz, le encontré -más bien trazas inglesas: se me figuró serio y no muy locuaz ni -disputador. Haciéndose cargo de la indicación de la Duquesa, dijo con -acento cerrado y frase perezosa: - ---A cada país le cae bien lo suyo... Nuestra tierra no ha dado pruebas -de ser nada ruda; tenemos allá de too; poetas, pintores, escritores... -Cabalmente en Andalucía la gente pobre es mu fina y mu despabilaa. -Protesto contra lo que se refiere á las señoras. Este cabayero convendrá -en que toítas son unos ángeles del cielo. - ---Si me llama V. al terreno de la galantería--respondió Pardo--convendré -en lo que V. guste... Sólo que esas generalidades no prueban nada. En -las unidades nacionales no veo hombres ni mujeres; veo una raza, que se -determina históricamente en esta ó en aquella dirección... - ---¡Ay, Pardo!--suplicó la Duquesa con mucha gracia.--Nada de palabras -retorcidas, ni de filosofías intrincadas. Hable V. clarito y en -cristiano. Mire V. que no hemos llegado á sabios, y que nos vamos á -quedar en ayunas. - ---Bueno; pues hablando en cristiano, digo que ellos y ellas son de la -misma pasta, porque no hay más remedio, y que en España (allá va, Vds. -se empeñan en que ponga los puntos sobre las _íes_) también las señoras -pagan tributo á la barbarie--lo cual puede no advertirse á primera vista -porque su sexo las obliga á adoptar formas menos toscas, y las condena -al papel de ángeles, como las ha llamado este caballero.--Aquí está -nuestra amiga Asís, que á pesar de haber nacido en el Noroeste, donde -las mujeres son reposadas, dulces y cariñosas, sería capaz, al darle un -rayo de sol en la mollera, de las mismas atrocidades que cualquier hija -del barrio de Triana ó del Avapiés... - ---¡Ay, paisano! Ya digo que está V. tocado, incurable. Con el sol tiene -la tema. ¿Qué le hizo á V. el sol, para que así lo traiga al retortero? - ---Serán aprensiones, pero yo creo que lo llevamos disuelto en la sangre -y que á lo mejor nos trastorna. - ---No lo dirá V. por nuestra tierra. Allá no le vemos la cara sino unos -cuantos días del año. - ---Pues no lo achaquemos al sol; será el aire ibérico; el caso es que los -gallegos, en ese punto, sólo aparentemente nos distinguimos del resto -de la Península. ¿Ha visto V. qué bien nos acostumbramos á las corridas -de toros? En Marineda ya se llena la plaza y se calientan los cascos -igual que en Sevilla ó Córdoba. Los cafés flamencos hacen furor; las -cantaoras traen revuelto al sexo masculino; se han comprado cientos de -navajas, y lo peor es que se hace uso de ellas; hasta los chicos de la -calle se han aprendido de memoria el tecnicismo taurómaco; la manzanilla -corre á mares en los tabernáculos marinedinos; hay sus cañitas y todo; -una parodia ridícula, corriente; pero parodia que sería imposible donde -no hubiese materia dispuesta para semejantes aficiones. Convénzanse -Vds.: aquí en España, desde la Restauración, maldito si hacemos otra -cosa más que jalearnos á nosotros mismos. Empezó la broma por todas -aquellas demostraciones contra Don Amadeo; lo de las peinetas y -mantillas, los trajecitos á medio paso y los caireles; siguió con las -barbianerías del difunto rey, que le había dado por lo chulo, y claro, -la gente elegante le imitó, y ahora es ya una epidemia, y entre -patriotismo y flamenquería, guitarreo y cante jondo, panderetas con -madroños colorados y amarillos, y abanicos con las hazañas y los -retratos de Frascuelo y Mazzantini, hemos hecho una Españita bufa, de -tapiz de Goya ó sainete de Don Ramón de la Cruz. Nada, es moda y á -seguirla. Aquí tiene V. á nuestra amiga la Duquesa, con su cultura y su -finura, y sus mil dotes de dama; ¿pues no se pone tan contenta cuando -la dicen que es la chula más salada de Madrid? - ---Hombre, si fuese verdad, ¡ya se ve que me pondría!--exclamó la Duquesa -con la viveza donosa que la distingue.--¡A mucha honra! Más vale una -chula que treinta gringas. Lo gringo me apesta. Soy yo muy españolaza, -¿se entera V.? Se me figura que más vale ser como Dios nos hizo, que no -que andemos imitando todo lo de extranjis... Estas manías de vivir á la -inglesa, á la francesa... ¿Habrá ridiculez mayor? De Francia los -perifollos; bueno; no ha de salir uno por ahí espantando á la gente, -vestido como en el año de la nanita... De Inglaterra los asados... y se -acabó. Y diga V., muy señor mío de mi mayor aprecio, ¿cómo es eso de que -somos salvajes los españoles y no lo es el resto del género humano? En -primer lugar, ¿se puede saber á qué llama V. salvajadas? En segundo, -¿qué hace nuestro pueblo, pobre infeliz, que no hagan también los demás -de Europa? Conteste. - ---¡Ay!... ¡si me aplasta V.!... ¡si ya no sé por donde ando! _Pietá_, -_Signor._ Vamos, Duquesa, insisto en el ejemplo de antes: ¿ha visto V. -la romería de San Isidro? - ---Vaya si la he visto. Por cierto que es de lo más entretenido y -pintoresco. Tipos se encuentran allí, que... Tipos de oro. ¿Y los -columpios? ¿Y los tíos vivos? ¿Y aquella animación, aquel hormigueo de -la gente? Le digo á V. que, para mí, hay poco tan salado como esas -fiestas populares. ¿Que abundan borracheras y broncas? Pues eso pasa -aquí y en Flandes: ¿ó se ha creído V. que allá, por la _Ingalaterra_, la -gente no se pone nunca á medios pelos, ni se arma quimera, ni se hace -barbaridad ninguna? - ---Señora...--exclamó Pardo desalentado--V. es para mi un enigma. Gustos -tan refinados en ciertas cosas, y tal indulgencia para lo brutal y lo -feroz en otras, no me lo explico sino considerando que con un corazón y -un ingenio de primera, pertenece V. á una generación bizantina y -decadente, que ha perdido los ideales... Y no digo más, porque se reirá -V. de mí. - ---Es muy saludable ese temor; así no me hablará V. de cosazas -filosóficas que yo no entiendo--respondió la Duquesa soltando una de sus -carcajadas argentinas, aunque reprimidas siempre.--No haga V. caso de -este hombre, Marquesa--murmuró volviéndose á mí.--Si se guía V. por él, -la convertirá en una cuákera. Vaya V. al Santo, y verá cómo tengo razón -y aquello es muy original y muy famoso. Este señor ha descubierto que -sólo se achispan los españoles: lo que es los ingleses, ¡angelitos de mi -vida! ¡qué habían de ajumarse nunca! - ---Señora--replicó el comandante riendo, pero sofocado ya--los ingleses -se achispan; conformes: pero se achispan con _sherry_, con cerveza ó con -esos alcoholes endiablados que ellos usan; no como nosotros, con el -aire, el agua, el ruido, la música y la luz del cielo; ellos se volverán -unos cepos así que trincan, pero nosotros nos volvemos fieras; nos entra -en el cuerpo un espíritu maligno de bravata y fanfarronería, y por -gusto nos ponemos á cometer las mayores ordinarieces, empeñándonos en -imitar al populacho. Y esto lo mismo las damas que los caballeros, si á -mano viene, como dicen en mi país. Transijamos con todo, excepto con la -ordinariez, Duquesa. - ---Hasta la presente--declaró con gentil confusión la dama--no hemos -salido ni la marquesa de Andrade ni yo á trastear ningún novillo. - ---Pues todo se andará, señoras mías, si les dan paño--respondió el -comandante. - ---A este señor le arañamos nosotras--afirmó la Duquesa fingiendo con -chiste un enfado descomunal. - ---¿Y el Sr. Pacheco, que no nos ayuda?--murmuré volviéndome hacia el -silencioso gaditano. Este tenía los ojos fijos en mí, y sin apartarlos, -disculpó su neutralidad declarando que ya nos defendíamos muy bien y -maldita la falta que nos hacían auxilios ajenos: al poco rato miró el -reloj, se levantó, despidióse con igual laconismo, y fuése. Su marcha -varió por completo el giro de la conversación. Se habló de él, claro -está: la Sahagún refirió que lo había tenido á su mesa, por ser hijo de -persona á quien estimaba mucho, y añadió que ahí donde lo veíamos, hecho -un moro por la indolencia y un inglés por la sosería, no era sino un -calaverón de tomo y lomo, decente y caballero, sí, pero aventurero y -gracioso como nadie, muy gastador y muy tronera, de quien su padre no -podía hacer bueno, ni traerle al camino de la formalidad y del sentido -práctico, pues lo único para que hasta la fecha servía era para -trastornar la cabeza á las mujeres. Y entonces el comandante (he notado -que á todos los hombres les molesta un poquillo que delante de ellos se -diga de otros que nos trastornan la cabeza) murmuró como hablando -consigo mismo: - ---Buen ejemplar de raza española. - - - - -III - - -Bien sabe Dios que cuando al siguiente día, de mañana, salí á oir misa á -San Pascual, por ser la festividad del Patrón de Madrid, iba yo con mi -eucologio y mi mantillita hecha una santa, sin pensar en nada inesperado -y novelesco, y á quien me profetizase lo que sucedió después, creo que -le llevo á los tribunales por embustero é insolente. Antes de entrar en -la iglesia, como era temprano, me deslicé á dar un borde por la calle de -Alcalá, y recuerdo que, pasando frente al Suizo, dos ó tres de esos -chulos de pantalón estrecho y chaquetilla corta que se están siempre -plantados allí en la acera, me echaron una sarta de requiebros de lo más -desatinado; verbigracia:--Ole, ¡viva la purificación de la canela! -Uyuyuy, ¡vaya unos ojos que se trae V., hermosa! Soniche, ¡viva hasta el -cura que bautiza á estas hembras con mansanilla é lo fino!--Trabajo me -costó contener la risa al entreoir estos disparates; pero logré -mantenerme seria y apreté el paso á fin de perder de vista á los -ociosos. - -Cerca de la Cibeles me fijé en la hermosura del día. Nunca he visto aire -más ligero, ni cielo más claro; la flor de las acacias del paseo de -Recoletos olía á gloria, y los árboles parecía que estrenaban vestido -nuevo de tafetán verde. Ganas me entraron de correr y brincar como á los -quince, y hasta se me figuraba que en mis tiempos de chiquilla no había -sentido nunca tal exceso de vitalidad, tales impulsos de hacer -extravagancias, de arrancar ramas de árbol y de chapuzarme en el pilón -presidido por aquella buena señora de los leones... Nada menos que estas -tonterías me estaba pidiendo el cuerpo á mí. - -Seguí bajando hacia las Pascualas, con la devoción de la misa medio -evaporada y distraído el espíritu. Poco distaba ya de la iglesia, cuando -distinguí á un caballero, que parado al pié de corpulento plátano, -arrojaba á los jardines un puro enterito, y se dirigía luego á -saludarme. Y oí una voz simpática y ceceosa, que me decía: - ---A los piés... ¿A dónde bueno tan de mañana y tan sola? - ---Calle... Pacheco... ¿Y V.? V. sí que de fijo no viene á misa. - ---¿Y V. qué sabe? ¿Por qué no he de venir á misa yo? - -Trocamos estas palabras con las manos cogidas y una familiaridad muy -extraña, dado lo ceremonioso y somero de nuestro conocimiento la -víspera. Era sin duda que influía en ambos la transparencia y alegría de -la atmósfera, haciendo comunicativa nuestra satisfacción y dando -carácter expansivo á nuestra voz y actitudes. Ya que estoy dialogando -con mi alma y nada ha de ocultarse, la verdad es que en lo cordial de mi -saludo entró por mucho la favorable impresión que me causaron las -prendas personales del andaluz. Señor, ¿por qué no han de tener las -mujeres derecho para encontrar guapos á los hombres que lo sean, y por -qué ha de mirarse mal que lo manifiesten (aunque para manifestarlo -dijesen tantas majaderías como los chulos del café Suizo)? Si no lo -decimos lo pensamos, y no hay nada más peligroso que lo reprimido y -oculto, lo que se queda dentro. En suma. Pacheco, que vestía un elegante -terno gris claro, me pareció galán de veras; pero con igual sinceridad -añadiré que esta idea no me preocupó arriba de dos segundos, pues yo no -me pago solamente del exterior. Buena prueba di de ello casándome á los -veinte con mi tío, que tenía lo menos cincuenta, y lo que es de -gallardo... - -Adelante. El señor de Pacheco, sin reparar que ya tocaban á misa, pegó -la hebra, y seguimos de palique, guareciéndonos á la sombra del plátano, -porque el sol nos hacía guiñar los ojos más de lo justo. - ---¡Pero qué madrugadora! - ---¿Madrugadora porque oigo misa á las diez? - ---Sí señor: todo lo que no sea levantarse para almorsá... - ---Pues V. hoy madrugó otro tanto. - ---Tuve corasonada. Esta tarde estarán buenos los toros: ¿No va V.? - ---No: hoy no irá la Sahagún, y yo generalmente voy con ella. - ---¿Y á las carreras de caballos? - ---Menos; me cansan mucho: una revista de trapos y moños: una insulsez. -Ni entiendo aquel tejemaneje de apuestas. Lo único divertido e el -desfile. - ---Y entonces, ¿porqué no va á San Isidro? - ---¡A San Isidro! ¡Después de lo que nos predicó ayer mi paisano! - ---Buen caso hase V. de su paisano. - ---Y ¿creerá V. que con tantos años como llevo de vivir en Madrid, ni -siquiera he visto la ermita? - ---¿Que no? Pues hay que verla; se distraerá V. muchísimo; ya sabe lo que -opina la Duquesa, que esa fiesta merece el viaje. Yo no la conozco -tampoco; verdá que soy forastero. - ---Y... ¿y los borrachos, y los navajazos y todo aquello de que habló D. -Gabriel? ¿Será exageración suya? - ---¡Yo qué sé! ¡Qué más da! - ---Me hace gracia... ¿Dice V. que no importa? ¿Y si luego paso un susto? - ---¡Un susto yendo conmigo! - ---¿Con V.?--y solté la risa. - ---¡Conmigo, ya se sabe! No tiene V. por qué reirse, que soy mu buen -compañero. - -Me reí con más ganas, no sólo de la suposición de que Pacheco me -acompañase, sino de su acento andaluz, que era cerrado y sandunguero, -sin tocar en ordinario, como el de ciertos señoritos que parecen -asistentes. - -Pacheco me dejó acabar de reir, y sin perder su seriedad, con mucha -calma, me explicó lo fácil y divertido que sería darse una vueltecita -por la feria á primera hora, regresando á Madrid sobre las doce ó la -una. ¡Si me hubiese tapado con cera los oídos entonces, cuántos males me -evitaría! La proposición, de repente, empezó á tentarme, recordando el -dicho de la Sahagún:--«Vaya V. al Santo, que aquello es muy original y -muy famoso.»--Y realmente, ¿qué mal había en satisfacer mi curiosidad?, -pensaba yo. Lo mismo se oía misa en la ermita del Santo que en las -Pascualas; nada desagradable podía ocurrirme llevando conmigo á Pacheco; -y si alguien me veía con él, tampoco sospecharía cosa mala de mí á tales -horas y en sitio tan público. Ni era probable que anduviese por allí la -sombra de una persona decente ¡en día de carreras y toros!, ¡á las diez -de la mañana! La escapatoria no ofrecía riesgo... ¡y el tiempo convidaba -tanto! En fin, que si Pacheco porfiaba algo más, lo que es yo... - -Porfió sin impertinencia, y tácitamente, sonriendo, me declaré vencida. -¡Solemne ligereza! Aún no había articulado el _sí_, y ya discutíamos los -medios de locomoción. Pacheco propuso, como más popular y típico, el -tranvía; pero yo, á fin de que la cosa no tuviese el menor aspecto de -informalidad, preferí mi coche. La cochera no estaba lejos: calle del -Caballero de Gracia. Pacheco avisaría, mandaría que enganchasen é iría á -recogerme á mi casa, por donde yo necesitaba pasar antes de la -excursión. Tenía que tomar el abanico, dejar el devocionario, cambiar -mantilla por sombrero... En casa le esperaría. Al punto que concertamos -estos detalles, Pacheco me apretó la mano y se apartó corriendo de mí. A -la distancia de diez pasos se paró y preguntó otra vez. - ---¿Dice V. que el coche cierra en el Caballero de Gracia? - ---Sí, á la izquierda... un gran portalón... - -Y tomé aprisita el camino de mi vivienda, porque la verdad es que -necesitaba hacer muchas más cosas de las que le había confesado á -Pacheco; pero, ¡vaya V. á enterar á un hombre!... Arreglarme el pelo, -darme velutina, buscar un pañolito fino, escoger unas botas nuevas que -me calzan muy bien, ponerme guantes frescos y echarme en el bolsillo un -_sachet_ de raso que huele á _iris_ (el único perfume que no me levanta -dolor de cabeza). Porque al fin, aparte de todo, Pacheco era para mí -persona de cumplido; íbamos á pasar algunas horas juntos y observándonos -muy de cerca, y no me gustaría que algún rasgo de mi ropa ó mi persona -le produjese efecto desagradable. A cualquier señora, en mi caso, le -sucedería lo propio. - -Llegué al portal sofocada y anhelosa, subí á escape, llamé con furia y -me arrojé en el tocador, desprendiéndome la mantilla antes de situarme -frente al espejo.--«Angela, el sombrero negro de paja con cinta -escocesa... Angela, el antuca á cuadritos... las botas bronceadas...» - -Vi que la Diabla se moría de curiosidad... «¿Sí? Pues con las ganas de -saber te quedas, hija... La curiosidad es muy buena para la ropa -blanca.» Pero no se le coció á la chica el pan en el cuerpo, y me soltó -la píldora. - ---¿La señorita almuerza en casa? - -Para desorientarla respondí: - ---Hija, no sé... Por si acaso, tenerme el almuerzo listo de doce y media -á una... Si á la una no vengo, almorzad vosotros... pero reservándome -siempre una chuleta y una taza de caldo... y mi té con leche, y mis -tostadas. - -Cuando estaba arreglando los rizos de la frente bajo el ala del -sombrero, reparé en un precioso cacharro azul, lleno de heliotropos, -gardenias y claveles, que estaba sobre la chimenea. - ---¿Quién ha mandado eso? - ---El señor comandante Pardo... el señorito Gabriel. - ---¿Por qué no me lo enseñabas? - ---Vino la señorita tan aprisa... Ni me dió tiempo. - -No era la primera vez que mi paisano me obsequiaba con flores. Escogí -una gardenia y un clavel rojo, y prendí el grupo en el pecho. Sujeté el -velo con un alfiler, tomé un casaquín ligero de paño, mandé á Angela que -me estirase la enagua y volante, y me asomé á ver si por milagro había -llegado el coche. Aún no, porque era imposible; pero á los diez minutos -desembocaba á la entrada de la calle. Entonces salí á la antesala, -andando despacio, para que la Diabla no acabase de escamarse; me contuve -hasta cruzar la puerta; y ya en la escalera, me precipité, llegando al -portal cuando se paraba la berlina y saltaba en la acera Pacheco. - ---¡Qué listo anduvo el cochero!--le dije. - ---El cochero y un servidor de V., señora--contestó el gaditano, teniendo -la portezuela para que yo subiese.--Con estas manos he ayudao á echar -las guarniciones, y hasta se me figura que á lavar las ruedas. - -Salté en la berlina, quedándome á la derecha, y Pacheco entró por la -portezuela contraria, á fin de no molestarme y con ademán de profundo -respeto... ¡Valiente hipócrita está él! Nos miramos indecisos por -espacio de una fracción de segundo, y mi acompañante me preguntó en voz -sumisa: - ---¿Doy orden de ir camino de la pradera? - ---Sí, sí... Dígaselo V. por el vidrio. - -Sacó fuera la cabeza y gritó:--«¡Al Santo!»--La berlina arrancó -inmediatamente, y entre el primer retemblido de los cristales exclamó -Pacheco: - - ---Veo que se ha prevenío V. contra el calor y el sol... Todo hace falta. - -Sonreí sin responder, porque me encontraba (y no tiene nada de -sorprendente) algo cohibida por la novedad de la situación. No se -desalentó el gaditano. - ---Lleva V. ahí unas flores preciosas... ¿No sobraba para mí ninguna? -¿Ni siquiera una rosita de á ochavo? ¿Ni un palito de albahaca? - ---Vamos--murmuré--que no es V. poco pedigüeño... Tome V., para que se -calle. - -Desprendí la gardenia y se la ofrecí. Entonces hizo mil remilgos y -zalemas. - ---Si yo no pretendía tanto... Con el rabillo me contentaba, ó con media -hoja que V. le arrancase... ¡Una gardenia para mí solo! No sé cómo -lucirla... No se me va á sujetar en el ojal... A ver si V. consigue, con -esos deditos... - ---Vamos, que V. no pedía tanto, pero quiere que se la prenda ¿eh? -Vuélvase V. un poco, voy á afianzársela. - -Introduje el rabo postizo de la flor en el ojal de Pacheco, y tomando de -mi corpiño un alfiler sujeté la gardenia, cuyo olor á pomada me subía al -cerebro, mezclado con otro perfume fino, procedente, sin duda, del pelo -de mi acompañante. Sentí un calor extraordinario en el rostro, y al -levantarlo, mis ojos se tropezaron con los del meridional, que en vez de -darme las gracias, me contempló de un modo expresivo é interrogador. En -aquel momento casi me arrepentí de la humorada de ir á la feria; pero -ya... - -Torcí el cuello y miré por la ventanilla. Bajábamos de la plazuela de la -Cebada á la calle de Toledo. Una marea de gente, que también descendía -hacia la pradera, rodeaba el coche y le impedía á veces rodar. Entre la -multitud dominguera se destacaban los vistosos colorines de algún -bordado pañolón de Manila, con su fleco de una tercia de ancho. Las -chulas se volvían y registraban con franca curiosidad el interior de la -berlina. Pacheco sacó la cabeza y le dijo á una no sé qué. - ---Nos toman por novios--advirtió dirigiéndose á mí.--No se ponga V. más -colorada: es lo que le faltaba para acabar de estar linda--añadió medio -entre dientes. - -Hice como si no oyese el piropo y desvié la conversación, hablando del -pintoresco aspecto de la calle de Toledo, con sus mil tabernillas, sus -puestos ambulantes de quincalla, sus anticuadas tiendas y sus paradores -que se conservan lo mismito que en tiempo de Carlos IV. Noté que Pacheco -se fijaba poco en tales menudencias, y en vez de observar las -curiosidades de la calle más típica que tiene Madrid, llevaba los ojos -puestos en mí con disimulo, pero con pertinacia, como el que estudia una -fisonomía desconocida para leer en ella los pensamientos de la dueña. Yo -también, á hurtadillas, procuraba enterarme de los más mínimos ápices de -la cara de Pacheco. No dejaba de llamarme la atención la mezcla de razas -que creía ver en ella. Con un pelo negrísimo y una tez quemada del sol, -casaban mal aquel bigote dorado y aquellos ojos azules. - ---¿Es V. hijo de inglesa?--le pregunté al fin.--Me han contado que en la -costa del Mediterráneo hay muchas bodas entre ingleses y españolas, y al -revés. - ---Es cierto que hay muchísimas, en Málaga sobre todo; pero yo soy -español de pura sangre. - -Le volví á mirar y comprendí lo tonto de mi pregunta. Ya recordaba -haber oído á algún sabio de los que suele convidar á comer la Sahagún -cuando no tiene otra cosa en que entretenerse, que es una vulgaridad -figurarse que los españoles no pueden ser rubios, y que al contrario el -tipo rubio abunda en España, sólo que no se confunde con el rubio sajón, -porque es mucho más fino, más enjuto, así al modo de los caballos -árabes. En efecto, los ingleses que yo conozco son por lo regular unos -montones de carne sanguínea, que al parecer se escapa sola á la parrilla -del rosbif; tienen cada cogote y cada pescuezo como ruedas de remolacha; -las bocas de ellos dan asco de puro coloradotas, y las frentes, de tan -blancas, fastidian ya, porque eso de la _frente pura_ está bueno para -las señoritas, no para los hombres. ¿Cuándo se verá en ningún inglés un -corte de labios sutil, y una sien hundida, y un cuello delgado y airoso -como el de Pacheco? Pero al grano: ¿pues no me entretengo recreándome en -las perfecciones de ese pillo? - -¡Qué hermoso y alegre estaba el puente de Toledo! Lo recuerdo como se -recuerda una decoración del teatro Real. Hervía la gente, y mirando -hacia abajo, por la pradera y por todas las orillas de Manzanares no se -veían más que grupos, procesiones, corrillos, escenas animadísimas de -esas que se pintan en las panderetas. A mí ciertos monumentos, por -ejemplo las catedrales, casi me parecen más bonitas solitarias; pero el -puente de Toledo, con sus retablazos, ó nichos, ó lo que sean aquellos -fantasmones barrocos que le guarnecen á ambos lados, no está bien sin -el rebullicio y la algazara de la gentuza, los chulapos y los tíos, los -carniceros y los carreteros, que parece que acaban de bajarse de un -lienzo de Goya. Ahora que se han puesto tan de moda los casacones, el -puente tiene un encanto especial. Nuestro coche dió vuelta para tomar el -camino de la pradera, y allí, en el mismo recodo, vi una tienda rara, -una botería, en cuya fachada se ostentaban botas de todos los tamaños, -desde la que mide treinta azumbres de vino, hasta la que cabe en el -bolsillo del pantalón. Pacheco me propuso que, para adoptar el tono de -la fiesta, comprásemos una botita muy cuca que colgaba sobre el -escaparate y la llenásemos de Valdepeñas: proposición que rechacé -horrorizada. - -No sé quién fué el primero que llamó feas y áridas á las orillas del -Manzanares, ni por qué los periódicos han de estar siempre soltándole -pullitas al pobre río, ni cómo no prendieron á aquel farsante de -escritor francés (Alejandro Dumas, si no me engaño) que le ofreció de -limosna un vaso de agua. Convengo en que no es muy caudaloso, ni tan -frescachón como nuestro Miño ó nuestro Sil; pero vamos, que no falta en -sus orillas algún rinconcito ameno, verde y simpático. Hay árboles que -convidan á descansar á la sombra, y unos puentes rústicos por entre los -lavaderos, que son bonitos en cualquier parte. La verdad es que acaso -influía en esta opinión que formé entonces, el que se me iba quitando -el susto y me rebosaba el contento por haber realizado la escapatoria. -Varios motivos se reunían para completar mi satisfacción. Mi traje de -_céfiro_ gris, sembrado de anclitas rojas, era de buen gusto en una -excursión matinal como aquella; mi sombrero negro de paja me sentaba -bien, según comprobé en el vidrio delantero de la berlina; el calor aún -no molestaba mucho; mi acompañante me agradaba, y la calaverada, que -antes me ponía miedo, iba pareciéndome lo más inofensivo del mundo, pues -no se veía por allí ni rastro de persona regular que pudiese conocerme. -Nada me aguaría tanto la fiesta como tropezarme con algún tertuliano de -la Sahagún, ó vecina de butacas en el Real, que fuese luego á permitirse -comentarios absurdos. Sobran personas maldicientes y deslenguadas que -interpretan y traducen siniestramente las cosas más sencillas, y de poco -le sirve á una mujer pasarse la vida muy sobre aviso, si se descuida una -hora... (Sí, y lo que es á mí, en la actualidad, me caen muy bien estas -reflexiones. En fin, prosigamos.) El caso es que la pradera ofrecía -aspecto tranquilizador. Pueblo aquí, pueblo allí, pueblo en todas -direcciones; y si algún hombre vestía americana, en vez de chaquetón ó -chaquetilla, debía de ser criado de servicio, escribiente temporero, -hortera, estudiante pobre, lacayo sin colocación, que se tomaba un día -de asueto y holgorio. Por eso, cuando á la subida del cerro, donde ya no -pueden pasar los carruajes, Pacheco y yo nos bajamos de la berlina, -parecíamos, por el contraste, pareja de archiduques que tentados de la -curiosidad se van á recorrer una fiesta populachera, deseosos de guardar -el incógnito, y delatados por sus elegantes trazas. - -En fuerza de su novedad me hacía gracia el espectáculo. Aquella romería -no tiene nada que ver con las de mi país, que suelen celebrarse en -sitios frescos, sombreados por castaños ó nogales, con una fuente ó -riachuelo cerquita y el santuario en el monte próximo... El campo de San -Isidro es una serie de cerros pelados, un desierto de polvo, invadido -por un tropel de gente entre la cual no se ve un solo campesino, sino -soldados, mujerzuelas, chisperos, ralea apicarada y soez; y en lugar de -vegetación, miles de tinglados y puestos donde se venden cachivaches -que, pasado el día del Santo, no vuelven á verse en parte alguna: pitos -adornados con hojas de papel de plata y rosas estupendas; vírgenes -pintorreadas de esmeralda, cobalto y bermellón; medallas y escapularios -igualmente rabiosos; loza y cacharros; figuritas groseras de toreros y -picadores; botijos de hechuras raras; monigotes y fantoches con la -cabeza de Martos, Sagasta ó Castelar; ministros á _dos reales_; -esculturas de los _ratas_ de _La Gran Vía_, y al lado de la efigie del -bienaventurado San Isidro, unas figuras que... ¡Válgame Dios! Hagamos -como si no las viésemos. - -Aparte del sol que le derrite á uno la sesera y del polvo que se masca, -bastan para marear tantos colorines vivos y metálicos. Si sigo mirando -van á dolerme los ojos. Las naranjas apiñadas parecen de fuego; los -dátiles relucen como granates obscuros; como pepitas de oro los -garbanzos tostados y los cacahuetes; en los puestos de flores no se ven -sino claveles amarillos, sangre de toro, ó de un rosa tan encendido como -las nubes á la puesta del sol: las emanaciones de toda esta clavelería -no consiguen vencer el olor á aceite frito de los buñuelos, que se pega -á la garganta y produce un cosquilleo inaguantable. Lo dicho, aquí no -hay color que no sea desesperado: el uniforme de los militares, los -mantones de las chulas, el azul del cielo, el amarillento de la tierra, -los tíos vivos con listas coloradas y los columpios dados de almagre con -rayas de añil... Y luego la música, el rasgueo de las guitarras, el -tecleo insufrible de los pianos mecánicos que nos aporrean los oídos con -el paso doble de _Cádiz_, repitiendo desde treinta sitios de la -romería:--_¡Vi-va España!_ - -Nadie imagine maliciosamente que se me había pasado lo de oir misa. -Tratamos de romper por entre el gentío y de deslizarnos en la ermita, -abierta de par en par á los devotos; pero éstos eran tantos, y tan -apiñados, y tan groseros, y tan mal olientes, que si porfío en llegar á -la nave, me sacan de allí desmayada ó difunta. Pacheco jugaba los brazos -y los puños, según podía, para defenderme; sólo lograba que nos -apretasen más y que oyésemos juramentos y blasfemias atroces. Le tiré de -la manga. - ---Vámonos, vámonos de aquí... Renuncio... No se puede. - -Cuando ya salimos á atmósfera respirable, suspiré muy compungida. - ---¡Ay, Dios mío!... Sin misa hoy... - ---No se apure--me contestó mi acompañante--que yo oiré por V. aunque sea -todas las gregorianas... Ya ajustaremos esa cuenta. - ---A mí sí que me la ajustará el Padre Urdax tan pronto me eche la vista -encima--pensaba para mis adentros mientras me tentaba el hombro, donde -había recibido un codazo feroz de uno de aquellos cafres. - - - - -IV - - -Don Diego, que en el coche se me figuraba reservado y tristón, se volvió -muy dicharachero desde que andábamos por San Isidro, justificando su -fama de buena sombra. Sujetando bien mi brazo para que las mareas de -gente no nos separasen, él no perdía ripio, y cada pormenor de los -tinglados famosos le daba pretexto para un chiste, que muchas veces no -era tal sino en virtud del tono y acento con que lo decía, porque es -indudable que si se escribiesen las ocurrencias de los andaluces, no -resultarían tan graciosas, ni la mitad, de lo que parecen en sus labios; -al sonsonete, al ceceíllo y á la prontitud en responder, se debe la -mayor parte del salero. - -Lo peor fué que como allí no había más personas regulares que nosotros, -y Pacheco se metía con todo el mundo y á todo el mundo daba cuerda, nos -rodeó la canalla de mendigos, fenómenos, chiquillos harapientos, -gitanas, buñoleras y vendedoras. El impulso de mi acompañante era -comprar cuanto veía, desde los escapularios hasta los botijos, pero me -cuadré. - ---Si compra V. más, me enfado. - ---¡Soniche! San acabao las compras. ¡Que san acabao digo! Al que no me -deje en paz, le doy en igual de dinero, cañaso. ¿Tiene V. más que -mandar? - ---Mire V., pagaría por estar á la sombra un ratito. - ---¿En la cárcel por comprometeora? Llamaremos á la pareja y verasté que -pronto. - -Ahora que reflexiono á sangre fría, caigo en la cuenta de que era -bastante raro y muy inconveniente que á los tres cuartos de hora de -pasearnos juntos por San Isidro, nos hablásemos don Diego y yo con tanta -broma y llaneza. Es posible, bien mirado, que mi paisano tenga razón; -que aquel sol, aquel barullo y aquella atmósfera popular obren sobre el -cuerpo y el alma como un licor ó vino de los que más se suben á la -cabeza, y rompan desde el primer momento la valla de reserva que -trabajosamente levantamos las señoras un día y otro contra peligrosas -osadías. De cualquier índole que fuese, yo sentía ya un principio de -mareo cuando exclamé: - ---En la cárcel estaría á gusto con tal que no hiciese sol... Me -encuentro así... no sé cómo... parece que me desvanezco. - ---Pero ¿se siente V. mala? ¿mala?--preguntó Pacheco seriamente, con vivo -interés. - ---Lo que se dice mala, no: es una fatiga, una sofocación... Se me nubla -la vista. - -Echóse Pacheco á reir y me dijo casi al oído: - ---Lo que V. tiene ya lo adivino yo, sin necesidad de ser sahorí... V. -tiene ni más ni menos que... gasusa. - ---¿Eh? - ---Debilidad, hablando pronto... ¡Y no es V. sola!.. yo hace rato que doy -las boqueás de hambre. ¡Si debe de ser mediodía! - ---Puede, puede que no se equivoque V. mucho. A estas horas suelen -pasearse los ratoncitos por el estómago... Ya hemos visto el Santo; -volvámonos á Madrid y podrá V. almorzar, si gusta acompañarme... - ---No, señora... Si eso que V. discurre es un pueblo. Si lo que vamos á -haser es almorsá en una fondita de aquí. ¡Que las hay...! - -Se llevó los dedos apiñados á la boca y arrojó un beso al aire, para -expresar la excelencia de las fondas de San Isidro. - -Aturdida y todo como me encontraba, la idea me asustó; me pareció -indecorosa y vi de una ojeada sus dificultades y riesgos. Pero al mismo -tiempo, allá en lo íntimo del alma, aquellos escollos me la hacían -deliciosa, apetecible, como es siempre lo vedado y lo desconocido. ¿Era -Pacheco algún atrevido, capaz de faltarme si yo no le daba pié? No por -cierto; y el no darle pié quedaba de mi cuenta. ¡Qué buen rato me perdía -rehusando! ¿Qué diría Pardo de esta aventura si la supiese? Con no -contársela... Mientras discurría así, en voz alta me negaba -terminantemente... Nada, á Madrid de seguida. - -Pacheco no cejó, y en vez de formalizarse, echó á broma mi negativa. Con -mil zalamerías y agudezas, ceceando más que nunca, afirmó que espicharía -de necesidad si tardase en almorzar arriba de veinte minutos. - ---Que me pongo de rodillas aquí mismo...--exclamaba el muy truhán.--Ea, -un sí de esa boquita... ¡Usted verá el gran almuerso del siglo! Fuera -escrúpulos... ¿Se ha pensao V. que mañana voy yo á contárselo á la señá -duquesa de Sahagún? A este probetico..., ¡una limosna de armuerso!. - -Acabó por entrarme risa y tuve la flaqueza de decir: - ---Pero... ¿y el coche que está aguardando allá abajo? - ---En un minuto se le avisa... Que se procure cochera aquí... Y si no, -que se vuelva á Madrid hasta la puesta del sol... Espere V., buscaré -alguno que lleve el recao... No la he de dejar aquí solita pa que se la -coma un lobo; eso sí que no. - -Debió de oirlo un guindilla que andaba por allí ejerciendo sus -funciones, y en tono tan reverente y servicial como bronco lo usaba -para intimar á la gentuza que se _desapartase_, nos dijo con afable -sonrisa: - ---Yo aviso, si justan... ¿Dónde está ó coche? ¿Cómo le llaman al -cochero? - ---Este no es de mi tierra, ni nada. ¿De qué parte de Galicia?--pregunté -al agente. - ---Desviado de Lujo tres légoas, á la banda de Sarria, para servir á -vusté--explicó él, y los ojos le brillaron de alegría al encontrarse con -una paisana.--«¿Si éste me conocerá por conducto de la Diabla?»--pensé -yo recelosa; pero mi temor sería infundado, pues el agente no añadió -nada más. Para despacharle pronto, le expliqué: - ---¿Ve aquella berlina con ruedas encarnadas..., cochero mozo, con -patillas, librea verde? Allá abajo... Es la octava en la fila. - ---Bien veo, bien. - ---Pues va V.--ordenó Pacheco--y le dice que se largue á Madrí con viento -fresco, y que por la tardesita vuerva y se plantifique en el mismo -lugar. ¿Estamos, compadre? - -Noté que mi acompañante extendía la mano y estrechaba con gran efusión -la del guindilla; pero no sería esta distinción lo que tanto le alegró -la cara á mi conterráneo, pues le vi cerrar la diestra deslizándola en -el bolsillo del pantalón, y entreoí la fórmula gallega clásica: - ---De hoy en cien años. - -Libre ya del apéndice del carruaje, por instinto me apoyé más fuerte en -el brazo de Don Diego, y él á su vez estrechó el mío como ratificando -un contrato. - ---Vamos poquito á poco subiendo al cerro... Animo y cogerse bien. - -El sol campeaba en mitad del cielo, y vertía llamas y echaba chiribitas. -El aire faltaba por completo; no se respiraba sino polvo arcilloso. Yo -registraba el horizonte tratando de descubrir la prometida fonda, que -siempre sería un techo, preservativo contra aquel calor del Senegal. Mas -no se veía rastro de edificio grande en toda la extensión del cerro, ni -antes ni después. Las únicas murallas blancas que distinguí á mi derecha -eran las tapias de la Sacramental, á cuyo amparo descansaban los muertos -sin enterarse de las locuras que del otro lado cometíamos los vivos. -Amenacé á Pacheco con el palo de la sombrilla: - ---¿Y esa fonda? ¿Se puede saber hasta qué hora vamos á andar buscándola? - ---¿Fonda?--saltó Pacheco como si le sorprendiese mucho mi -pregunta.--¿Dijo V. fonda? El caso es... Mardito si sé á qué lado cae. - ---¡Hombre..., pues de veras que tiene gracia! ¿No aseguraba V. que había -fondas preciosas, magníficas? ¡Y me trae V. con tanta flema á asarme por -estos vericuetos! Al menos entérese... Pregunte á cualquiera, ¡al -primero que pase! - ---¡Oigasté... cristiano! - -Volvióse un chulo de pelo alisado en peteneras, manos en los bolsillos -de la chaquetilla, hocico puntiagudo, gorra alta de seda, estrecho -pantalón y viciosa y pálida faz; el tipo perfecto del rata, de esos -mocitos que se echa uno á temblar al verlos, recelando que hasta el modo -de andar le timen. - ---¿Hay por aquí alguna fonda, compañero?--interrogó Pacheco alargándole -un buen puro. - ---Se estima... Como haber fondas, hay fondas: misté por ahí too alredor, -que fondas son; pero tocante á fonda, vamos, según se ice, de comías -finas, pala gente é aquel, me pienso que no hallarán ustés conveniencia; -digo, esto me lo pienso yo; ustés verán. - ---No hay más que merenderos, está visto--pronunció Pacheco bajo y con -acento pesaroso. - -Al ver que él se mostraba disgustado, yo, por ese instinto de -contradicción humorística que en situaciones tales se nos desarrolla á -las mujeres, me manifesté satisfecha. Además, en el fondo, no me -desagradaba comer en un merendero. Tenía más _carácter_. Era más nuevo é -imprevisto, y hasta menos clandestino y peligroso. ¿Qué riesgo hay en -comer en un barracón abierto por todos lados donde está entrando y -saliendo la gente? Es tan inocente como tomar un vaso de cerveza en un -café al aire libre. - - - - -V - - -Convencidos ya de que no existía fonda ni sombra de ella, ó de que -nosotros no acertábamos á descubrirla, miramos á nuestro alrededor, -eligiendo el merendero menos indecente y de mejor trapío. Casi en lo -alto del cerro campeaba uno bastante grande y aseado; no ostentaba -ningún rótulo extravagante, como los que se leían en otros merenderos -próximos, verbigracia:--«Refrescos de los que usava el Santo.»--«La mar -en vevidas y comidas.»--«La Brillantez: callos y caracoles.»--A la -entrada (que puerta no la tenía) hallábase de pié una chica joven, de -fisonomía afable, con un puñal de níquel atravesado en el moño: y no -había otra alma viviente en el merendero, cuyas seis mesas vacías me -parecieron muy limpias y fregoteadas. Pudiera compararse el barracón á -una inmensa tienda de campaña: las paredes de lona: el techo de unas -esteras tendidas sobre palos: dividíase en tres partes desiguales, la -menor ocultando la hornilla y el fogón donde guisaban, la grande que -formaba el comedor, la mediana que venía á ser una trastienda donde se -lavaban platos y cubiertos; pero estos misterios convinimos en que sería -mejor no profundizarlos mucho, si habíamos de almorzar. El piso del -merendero era de greda amarilla, la misma greda de todo el árido cerro: -y una vieja, sucia y horrible, que frotaba con un estropajo las mesas, -no necesitaba sino bajarse para encontrar la materia primera de aquel -limpión inverosímil. - -Tomamos posesión de la mesa del fondo, sentándonos en un banco de madera -que tenía por respaldo la pared de lona del barracón. La muchacha, con -su perrera pegada á la frente por grandes churretazos de goma y su puñal -de níquel en el moño, acudió solícita á ver qué mandábamos: olfateaba -parroquianos gordos, y acaso adivinaba ó presentía otra cosa, pues nos -dirigió unas sonrisitas de inteligencia que me pusieron colorada. Decía -á gritos la cara de la chica:--«Buen par están estos dos... ¿Qué manía -les habrá dado de venir á arrullarse en el Santo? Para eso más les valía -quedarse en su nido... que no les faltará, de seguro».--Yo, que leía -semejantes pensamientos en los ojos de la muy entremetida, adopté una -actitud reservada y digna, hablando á Pacheco como se habla á un amigo -íntimo, pero _amigo_ á secas; precaución que lejos de desorientar á la -maliciosa muchacha, creo que sólo sirvió para abrirle más los ojos. Nos -dirigió la consabida pregunta: - ---¿Qué van á tomar? - ---¿Qué nos puede V. dar?--contestó Pacheco.--Diga V. lo que hay, -resalada..., y la señora irá escogiendo. - ---Como haber..., hay de todo. ¿Quieren almorzar formalmente? - ---Con toa formaliá. - ---Pues de primer plato... una tortillita... ó huevos revueltos. - ---Vaya por los huevos revueltos. ¿Y hay magras? - ---¿Unas magritas de jamón? Sí. - ---¿Y chuletas? - ---De ternera, muy ricas. - ---¿Pescado? - ---Pescado no... Si quieren latas... tenemos escabeche de besugo, -sardinas... - ---¿Ostras no? - ---Como ostras..., no señora. Aquí pocas cosas finas se pueden despachar. -Lo general que piden... callos y caracoles, Valdepeñas, chuletas... - ---V. resolverá--indiqué volviéndome á Pacheco. - ---¿He de ser yo? Pues tráiganos de too eso que hemos dicho, niña -bonita..., huevos, magras, ternera, lata de sardinas... ¡Ay! y lo -primero de too se va V. á traer por los aires una boteya e mansaniya y -unas cañitas... Y aseitunas. - ---Y después... ¿qué es lo que les he de servir? ¿Las chuletas antes de -nada? - ---No: misté, azucena: nos sirve V. los huevos, luego el jamón, las -sardinas, las chuletitas... De postre, si hay algún queso... - ---¡Ya lo creo que sí! De Flandes y de Villalón... Y pasas, y almendras, -y rosquillas, y avellanas tostás... - ---Pues vamos á armorsá mejor que el Nuncio. - -Esto mismo que exclamó Pacheco frotándose las manos, lo pensaba yo. -Aquellas ordinarieces, como diría mi paisano el filósofo, me abrían el -apetito de par en par. Y aumentaba mi buena disposición de ánimo el -encontrarme á cubierto del terrible sol. - -Verdad que estaba á cubierto lo mismo que el que sale al campo á las -doce del día bajo un paraguas. El sol, si no podía ensañarse con -nuestros cráneos, se filtraba por todas partes y nos envolvía en un baño -abrasador. Por entre las esteras mal juntas del techo, al través de la -lona, y sobre todo, por el abierto frente de la tienda, entraban á -oleadas, á torrentes, no sólo la luz y el calor del astro, sino el -ruido, el oleaje del humano mar, los gritos, las disputas, las -canciones, las risotadas, los rasgueos y punteos de guitarra y vihuela, -el infernal paso doble, el _¡Viva España!_ de los duros pianos -mecánicos. - -Casi al mismo punto en que la chica del puñal de níquel depositaba en la -mesa una botella rotulada _Manzanilla superior_, dos cañas del vidrio -más basto y dos conchas con rajas de salchichón y aceitunas _aliñás_, se -coló por la abertura una mujer desgreñada, cetrina, con ojos como -carbones, saya de percal con almidonados faralaes y pañuelo de crespón -de lana desteñido y viejo, que al cruzarse sobre el pecho dejaba asomar -la cabeza de una criatura. La mujer se nos plantó delante, fija la mano -izquierda en la cadera y accionando con la derecha: de qué modo se -sostenía el chiquillo, es lo que no entiendo. - ---En er nombre e Dios, Pare, Jijo y Epíritu Zanto, que donde va er -nombre e Dios no va cosa mala. Una palabrita les voy á icir que lase á -ostés mucha farta saberla... - ---¡Calle!--grité yo contentísima. ¡Una gitana que nos va á decir la -buenaventura! - ---¿La mando que se largue? ¿La incomoda á V.? - ---¡Al contrario! Si me divierte lo que no es imaginable. Verá V. cuántos -enredos va á echar por esa boca. Ea, la buenaventura pronto, que tengo -una curiosidad inmensa de oirla. - ---Pué diñe osté la mano erecha, jermosa, y una moneíta de plata pa jaser -la crú. - -Pacheco le alargó una peseta, y al mismo tiempo, habiendo descorchado la -manzanilla y pedido otra caña, se la tendió llena de vino á la egipcia. -Con este motivo armaron los dos un tiroteo de agudezas y bromas; bien se -conocía que eran hijos de la misma tierra, y que ni á uno ni á otro se -les atascaban las palabras en el gaznate, ni se les agotaba la labia -aunque la derramasen á torrentes. Al fin la gitana se embocó el -contenido de la cañita, y yo la imité, porque, con la sed, tentaba aquel -vinillo claro. ¡Manzanilla superior! ¡A cualquier cosa llaman _superior_ -aquí! La manzanilla dichosa sabía á esparto, á piedra alumbre y á -demonios coronados; pero como al fin era un líquido, y yo con el calor -estaba para beberme el Manzanares entero, no resistí cuando Pacheco me -escanció otra caña. Sólo que en vez de refrescarme, se me figuró que un -rayo de sol, disuelto en polvo, se me introducía en las venas y me -salía en chispas por los ojos y en arreboles por la faz. Miré á Pacheco -muy risueña, y luego me volví confusa, porque él me pagó la mirada con -otra más larga de lo debido. - ---¡Qué bonitos ojos azules tiene este perdis!--pensaba yo para mí. - -El gaditano estaba sin sombrero; vestía un traje ceniza, elegante, de -paño rico y flexible; de vez en cuando se enjugaba la frente sudorosa -con un pañuelo fino, y á cada movimiento se le descomponía el pelo, -bastante crecido, negro y sedoso; al reir, le iluminaba la cara la -blancura de sus dientes, que son de los mejor puestos y más sanos que he -visto nunca, y aun parecía doblemente morena su tez, ó mejor dicho, -doblemente tostada, porque hacia la parte que ya cubre el cuello de la -camisa se entreveía un cutis claro. - ---La mano, jermosa,--repitió la gitana. - -Se la alargué, y ella la agarró haciéndomela tener abierta. Pacheco -contemplaba las dos manos unidas. - ---¡Qué contraste!--murmuró en voz baja, no como el que dice una -galantería á una señora, sino como el que hace una reflexión entre sí. - -En efecto, sin vanidad, tengo que reconocer que la mano de la gitana, al -lado de la mía, parecía un pedazo de cecina feísimo: la tumbaga de -plata, donde resplandecía una esmeralda falsa espantosa, contribuía á -que resaltase el color cobrizo de la garra aquella, y claro está que mi -diestra, que es algo chica, pulida y blanca, con anillos de perlas, -zafiros y brillantes, contrastaba extrañamente. La buena de la bohemia -empezó á hacer sus rayas y ensalmos, endilgándonos una retahila de esas -que no comprometen, pues son de doble sentido y se aplican á cualquier -circunstancia, como las respuestas de los oráculos. Todo muy recalcado -con los ojos y el ademán. - ---Una cosa diquelo yo en esta manica, que hae suseder mu pronto, y nadie -saspera que susea... Un viaje me vasté á jaser, y no ae ser para má, que -ae ser pa sastisfasión e toos. Una carta me vasté á resibir, y lae -alegrá lo que viene escribío en eya... Unas presonas me tiene usté que -la quieren má, y están toas perdías por jaserle daño; pero der revé les -ae salir la perra intensión... Una presoniya está chalaíta por usté--(al -llegar aquí la bruja clavó en Pacheco las ascuas encendidas de sus -ojos)--y un convite le ae dar quien bien la quiere... Amorosica de genio -me es usté; pero cuando se atufa, una leona brava de los montes se me -güerve... Que no la enriten a usté y que le yeven toiticas las cosas ar -pelo de la suavidá, que por la buena, corasón tiene usté pa tirarse en -metá e la bahía e Cadis... Con mieles y no con hieles me la han de -engatusar á usté... Un cariñiyo me vasté á tener mu guardadico en su -pechito y no lo ae sabé ni la tierra, que secretica me es usté como la -piedra e la sepultura... También una cosa le igo y es que usté mesma no -me sabe lo que en ese corasonsiyo está guardao... Un cachito e gloria le -va a caer der sielo y pasmáa se quedará usté; que á la presente me está -usté como los pajariyos, que no saben el árbol onde han de ponerse... - -Si la dejamos, creo que aún sigue ahora ensartando tonterías. A mí su -parla me entretenía mucho, pues ya se sabe que en esta clase de -vaticinios tan confusos y tan latos, siempre hay algo que responde á -nuestras ideas, esperanzas y aspiraciones ocultas. Es lo mismo que -cuando, al tiempo de jugar á los naipes, vamos corriéndolos para -descubrir sólo la pinta, y adivinamos ó presentimos de un modo vago la -carta que va á salir. Pacheco me miraba atentamente, aguardando á que me -cansase de gitanerías para despedir á la profetisa. Viendo que ya la -chica del puñal en el moño acudía con la fuente de huevos revueltos, -solté la mano, y mi acompañante despachó á la gitana, que antes de poner -piés en polvorosa aún pidió no sé qué para _er churumbeliyo_. - -Empezábamos á servirnos del apetitoso comistrajo y á descorchar una -botella de jerez, cuando otro cuerpo asomó en la abertura de la tienda, -se adelantó hacia la mesa y recitó la consabida jaculatoria: - ---En er nombre e Dió Pare, Jijo y Epíritu Zanto, que onde va er nombre é -Dió... - ---¡Estamos frescos!--gritó Pacheco.--¡Gitana nueva! - ---Claro--murmuró con aristocrático desdén la chica del merendero.--Como -á la otra le han dado cuartos y vino, se ha corrido la voz... Y tendrán -aquí á todas las de la romería. - -Pacheco alargó á la recién venida unas monedas y un vaso de jerez. - ---Bébase usté eso á mi salú..., y andar con Dios, y najensia. - ---E que les igo yo lo buenaventura e barde... por el aqué de la sal der -mundo que van ustés derramando. - ---No, no...,--exclamé yo casi al oído de Pacheco.--Nos va á encajar lo -mismo que la otra; con una vez basta. Espántela V.... sin reñirla. - ---Bébase usté el jerés, prenda... y najarse he dicho--ordenó el gaditano -sin enojo alguno, con campechana franqueza. - -La gitana, convencida de que no sacaba más raja ya, después de echarse -al coleto el Jerez y limpiarse la boca con el dorso de la mano, se largó -con su indispensable _churumbeliyo_, que lo traía también escondido en -el mantón como gusano en queso. - ---¿Tienen todas su chiquitín?--pregunté á la muchacha. - ---Todas, pues ya se ve--explicó ella con tono de persona desengañada y -experta.--Valientes maulas están. Los chiquillos son tan suyos como de -una servidora de Vds. Infelices, los alquilan por ahí á otras bribonas, -y sabe Dios el trato que les dan. Y está la romería plagada de estas -tunantas, embusteronas. ¡Lástima de Abanico! - ---¿Vds. duermen aquí?--la dije por tirarla de la lengua.--¿No tienen -miedo á que de noche les roben las ganancias del día ó la comida del -siguiente? - ---Ya se ve que dormimos con un ojo cerrado y otro abierto... Porque no -se crea V.: nosotros tenemos un café á la salida de la Plaza Mayor y -venimos aquí no más á poner el ambigú. - -Comprendí que la chica se daba importancia, deseando probarme que era, -socialmente, muy superior á aquella gentecilla de poco más ó menos que -andaba por los demás figones. A todo esto íbamos despachando la ración -de huevos revueltos y nos disponíamos á emprenderla con las magras. -Interceptó la claridad de la abertura otra sombra. Esta era una chula de -mantón terciado, peina de bolas, brazos desnudos, que traía en un jarro -de loza un inmenso haz de rosas y claveles, murmurando con voz entre -zalamera y dolorida:--«¡Señoritico! ¡Cómpreme usté flores pa osequiar á -esa buena moza!»--Al mismo tiempo que la florera, entraron en el -merendero cuatro soldados, cuatro húsares jóvenes y muy bulliciosos, que -tomaron posesión de una mesa pidiendo cerveza y gaseosa, metiendo ruido -con los sables y regocijando la vista con su uniforme amarillo y azul. -¡Válgame Dios, y qué virtud tan rara poseen la manzanilla y el jerez, -sobre todo cuando están encabezados y compuestos! Si en otra ocasión me -veo yo almorzando así, entre soldados, creo que me da un soponcio; pero -empezaba á tener subvertidas las nociones de la corrección y de la -jerarquía social, y hasta me hizo gracia semejante compañía y la celebré -con la risa más alegre del mundo! Pacheco, al observar mi buen humor, se -levantó y fué á ofrecer á los húsares jerez y otros obsequios; de -suerte que no sólo comíamos con ellos en el mismo bodegón, sino que -fraternizábamos. - -Cuando está uno de buen temple, ninguna cosa le disgusta. Alabé la -comida; de la chula de los claveles dije que parecía un boceto de Sala; -y entonces Pacheco sacó de la jarra las flores y me las echó en el -regazo, diciendo:--«Póngaselas V. todas.»--Así lo ejecuté, y quedó mi -pecho convertido en búcaro. Luego me hizo reir con toda mi alma una -desvergonzada riña que se oyó por detrás de la pared de lona, y las -ocurrencias de Pacheco que se lió con los húsares no recuerdo con qué -motivo. Volvió á nublarse el sol que entraba por la abertura y apareció -un pordiosero de lo más remendado y haraposo. No contento con aflojar -buena limosna, Pacheco le dió palique largo, y el mendigo nos contó -aventuras de su vida: una sarta de embustes, por supuesto. Oyóle el -gaditano muy atentamente, y luego empezó á exigirle que trajese un -guitarrillo y se cantase por lo más jondo. El pobre juraba y perjuraba -que no sabía sino unas coplillas, pero sin música, y al fin le soltamos, -bajo palabra de que nos traería un buen cantaor y tocaor de bandurria -para que nos echase polos y peteneras hasta morir. Por fortuna hizo la -del humo. - -Yo, á todo esto, más divertida que en un sainete, y dispuesta á -entenderme con las chuletas y el champagne. Comprendía, sí, que mis -pupilas destellaban lumbre y en mis mejillas se podía encender un -fósforo; pero lejos de percibir el atolondramiento que suponía precursor -de la embriaguez, sólo experimentaba una animación agradabilísima, con -la lengua suelta, los sentidos excitados, el espíritu en volandas y -gozoso el corazón. Lo que más me probaba que _aquello_ no era cosa -alarmante, era que comprendía la necesidad de guardar en mis dichos y -modales cierta reserva de buen gusto; y en efecto, la guardaba, evitando -toda palabra ó movimiento que siendo inocente pudiese parecer equívoco, -sin dejar por eso de reir, de elogiar los guisos, de mostrarme jovial, -en armonía con la situación... Porque allí, vamos, convengan Vds. en -ello, también sería muy raro estar como si me hubiese tragado el -molinillo. - - - - -VI - - -Pacheco, por su parte, me llevaba la corriente; cuidaba de que nunca -estuviesen vacíos mi vaso ni mi plato, y ajustaba su humor al mío con -tal esmero, cual si fuese un director de escena encargado de entretener -y hacer pasar el mejor rato posible á un príncipe. ¡Ay! Porque eso sí: -tengo que rendirle justicia al grandísimo socarrón, y una vez que me -encuentro á solas con mi conciencia, reconocer que, animado, oportuno, -bromista y (admitamos la terrible palabra) en _juerga_ redonda conmigo, -como se encontraba al fin y al cabo Pacheco, ni un dicho libre, ni una -acción descompuesta ó siquiera familiar llegó á permitirse. En ocasión -tan singular y crítica, hubiera sido descortesía y atrevimiento lo que -en otra mero galanteo ó _flirtación_ (como dicen los ingleses). Esto lo -entendía yo muy bien, aun entonces, y á la verdad, temía cualquiera de -esas insinuaciones impertinentes que dejan á una mujer volada y le -estropean el mejor rato. Sin la caballerosa delicadeza de Pacheco, -aquella situación en que impremeditadamente me había colocado pudo ser -muy ridícula para mí. Pero la verdad por delante: su miramiento fué tal, -que no me echó ni una flor, mientras hartaba de lindas, simpáticas y -retrecheras á las gitanas, á la chica del puñal de níquel y hasta á la -fregona del estropajo. Cierto que á veces sorprendí sus ojos azules que -me devoraban á hurtadillas; sólo que apenas notaba que yo había caído en -la cuenta, los desviaba á escape. Su acento era respetuoso, sus frases -serias y sencillas al dirigirse sólo á mi. Ahora se me figura que tantas -exquisiteces fueron calculadas, para inspirarme confianza é interés: ¡ah -malvado! Y bien que me iba comprando con aquel porte fino. - -Surgió de repente ante nosotros, sin que supiésemos por donde había -entrado, una figurilla color de yesca, una gitanuela de algunos trece -años, típica, de encargo para modelo de un pintor: el pelo azulado de -puro negro, muy aceitoso, recogido en castaña, con su peina de cuerno y -su clavel sangre de toro; los dientes y los ojos brillantes, por -contraste con lo atezado de la cara; la frente chata como la de una -víbora, y los brazos desnudos, verdosos y flacos lo mismo que dos -reptiles. Y con el propio tonillo desgarrado de las demás, empezó la -retahila consabida: - ---En er nombre de Dió Pare, Jijo... - -De esta vez, la chica del merendero montó en cólera, y dando al diablo -sus pujos de señorita, se convirtió en chula de las más boquifrescas. - ---¿Hase visto hato de pindongas? ¿No dejarán comer en paz á las personas -decentes? ¿Conque las barre uno por un lado y se cuelan por otro? ¿Y -cómo habrá entrado aquí semejante calamidá, digo yo? Pues si no te -largas más pronto que la luz, bofetá como la que te arrimo no la has -visto tú en tu vía. Te doy un recorrío al cuerpo, que no te queda lengua -pa contarlo. - -La chiquilla huyó más lista que un cohete; pero no habrían transcurrido -dos segundos, cuando vimos entreabrirse la lona que nos protegía las -espaldas, y por la rendija del lienzo asomó una geta que parecía la del -mismo enemigo, unos dientes que rechinaban, un puño cerrado, negro como -una bola de bronce, y la gitanilla becerreó: - ---Arrastrá, condená, tía cochina, que malos retortijones te arranquen -las tripas, y malos mengues te jagan picaíllo e los jígados, y malas -culebras te piquen, y remardita tiña te pegue con er moño pa que te -quedes pelá como tu ifunta agüela... - -Llegaba aquí de su rosario de maldiciones, cuando la del puñal, que así -se vió tratada, empuñó el rabo de una cacerola y se arrojó como una -fiera á descalabrar á la egipcia: al hacerlo, dió con el codo a una -botella de jerez, que se derramó entera por el mantel. Este incidente -hizo que la chica, olvidando el enojo, se echase á reir -exclamando:--¡Alegría, alegría! Vino en el mantel... ¡boda segura!--y, -por supuesto, la gitana tuvo tiempo de afufarse más pronta que un -pájaro. - -No ocurrió durante el almuerzo ninguna otra cosa que recordarse merezca, -y lo bien que hago memoria de todo cuanto pasó en él, me prueba que -estaba muy despejada y muy sobre mí. Apuramos el último sorbo de -champagne y un empecatado café; saldó Pacheco la cuenta, gratificando -como Dios manda, y nos levantamos con ánimo de recorrer la romería. -Notaba yo cierta ligereza insólita en piernas y piés; me figuraba que se -había suprimido el peso de mi cuerpo, y, en vez de andar, creía -deslizarme sobre la tierra. - -Al salir, me deslumbró el sol: ya no estaba en el cenit ni mucho menos; -pero era la hora en que sus rayos, aunque oblicuos, queman más: debían -de ser las tres y media ó cuatro de la tarde, y el suelo se rajaba de -calor. Gente, triple que por la mañana, y veinte veces más bullanguera y -estrepitosa. Al punto que nos metimos entre aquel bureo, se me puso -cabeza que me había caído en el mar: mar caliente, que hervía á -borbotones, y en el cual flotaba yo dentro de un botecillo chico como -una cáscara de nuez: golpe va y golpe viene, ola arriba y ola abajo. -¡Sí, era el mar; no cabía duda! ¡El mar, con toda la angustia y -desconsuelo del mareo que empieza! - -Lejos de disiparse esta aprensión, se aumentaba mientras iba -internándome en la romería apoyada en el brazo del gaditano. Nada, -señores, que estaba en mitad del golfo. Los innumerables ruidos de -voces, disputas, coplas, pregones, juramentos, vihuelas, organillos, -pianos, se confundían en un rumor nada más: el mugido sordo con que el -Océano se estrella en los arrecifes: y allá á lo lejos, los columpios, -lanzados al aire con vuelo vertiginoso, me representaban lanchas y -falúas balanceadas por el oleaje. ¡Ay Dios mío, y qué desvanecimiento me -entró al convencerme de que en efecto me encontraba en alta mar! Me -agarré al brazo de Pacheco como me agarro en la temporada de baños al -cuello del bañero robusto, para que no me lleve el agua... Sentía un -pánico atroz y no me atrevía á confesarlo, porque tal vez mi acompañante -se reiría de mí, por fuera ó por dentro, si le dijese que me mareaba, -que me mareaba á toda prisa. - -Una peripecia nos detuvo breves instantes. Fué una pelea de mujerotas. -Pelea muy rara: por lo regular, estas riñas van acompañadas de -vociferaciones, de chillidos, de injurias, y aquí no hubo nada de eso. -Eran dos mozas: una que tostaba garbanzos en una sartén puesta sobre -una hornilla: otra que pasó y con las sayas derribó el artilugio. Jamás -he visto en rostro humano expresión de ferocidad como adquirió el de la -tostadora. Más pronta que el rayo, recogió del suelo la sartén, y -echándose á manera de irritada tigre sobre la autora del desaguisado, le -dió con el filo en mitad de la cara. La agredida se volvió sin exhalar -un ay, corriéndole de la ceja á la mejilla un hilo de sangre; y -trincando á su enemiga por el moño, del primer arrechucho le arrancó un -buen mechón, mientras le clavaba en el pescuezo las uñas de la mano -izquierda: cayeron á tierra las dos amazonas, rodando entre trébedes, -hornillas y cazos; se formó alrededor corro de mirones, sin que nadie -pensase en separarlas, y ellas seguían luchando, calladas y pálidas como -muertas, una con la oreja rasgada ya, otra con la sien toda -ensangrentada y un ojo medio saltado de un puñetazo. Los soldados se -reían á carcajadas y les decían requiebros indecentes, en tanto que se -despedazaban las infelices. Advertí por un instante que se me quitaba el -mareo, á fuerza de repugnancia y lástima: me acordé de mi paisano Pardo, -y de aquello del salvajismo y la barbarie española. Pero duró poco esta -idea, porque en seguidita se me ocurrió otra muy singular: que las dos -combatientes eran dos pescados grandes, así como golfines ó tiburones, y -que á coletazos y mordiscos, sin chistar, estaban haciéndose trizas. Y -este pensamiento me renovó la fatiga del mareo de tal modo, que arrastré -á Pacheco. - ---Vámonos de aquí... No me gusta ver esto... Se matan. - -Preguntóme Don Diego si me sentía mal, en cuyo caso no visitaríamos los -barracones donde enseñan panoramas y fenómenos. Respondí muy picada que -me encontraba perfectamente y capaz de examinar todas las curiosidades -de la romería. Entramos en varias barracas y vimos un enano, un ternero -de dos cabezas, y por último, la mujer de cuatro piernas, muy pizpireta, -muy escotada, muy vestida de seda azul con puntillas de algodón, y que -enseñaba sonriendo--la risa del conejo--sus dobles muñones al extremo de -cada rodilla. En esta pícara barraca se apoderó de mí, con más fuerza -que nunca, la convicción de que me hallaba en alta mar, entregada á los -vaivenes del Océano. En el lado izquierdo del barracón había una serie -de agujeritos redondos por donde se veía un cosmorama: y yo empeñada en -que eran las portas del buque, sin que me sacase de mi error el que al -través de las susodichas portas se divisase, en vez del mar, la plaza -del Carrousel... el Arco de la Estrella... el Coliseo de Roma... y otros -monumentos análogos. Las perspectivas arquitectónicas me parecían -desdibujadas y confusas, con gran temblequeteo y vaguedad de contornos, -lo mismo que si las cubriese el trémulo velo de las olas. Al volverme y -fijarme en el costado opuesto de la barraca, los grandes espejos de -_rigolada_, de lunas cóncavas ó convexas, que reflejaban mi figura con -líneas grotescamente deformes, me parecieron también charcos de agua de -mar... ¡Ay, ay, ay, qué malo se pone esto! Un terror espantoso cruzó por -mi mente: ¿apostemos á que todas estas chifladuras marítimas y náuticas -son pura y simplemente una... vamos, una _filoxerita_, como ahora dicen? -¡Pero si he bebido poco! ¡Si en la mesa me encontraba tan bien! - ---Hay que disimular--pensé.--Que Pacheco no se entere... ¡Virgen, y qué -vergüenza si lo nota!... Volver á Madrid corriendo... ¡Quiá! El -movimiento del coche me pierde, me acaba, de seguro... Aire, aire... ¡Si -hubiese un rincón donde librarse de este gentío! - -O Pacheco leyó en mis pensamientos, ó coincidió conmigo en sensaciones, -pues se inclinó y en el tono más cariñoso y deferente murmuró á mi oído: - ---Hace aquí un calor intolerable... ¿Verdad que sí? ¿Quiere V. que -salgamos? Daremos una vueltecita por la pradera y la alameda; estará más -despejado y más fresco. - ---Vamos--respondí fingiendo indiferencia, aunque veía el cielo abierto -con la proposición. - - - - -VII - - -Salimos de la barraca y bajamos del cerro á la alameda, siempre -empujados y azotados por la ola del gentío, cuyas aguas eran más densas -según iba acercándose la noche. Llegó un momento en que nos encontramos -presos en remolino tal, que Pacheco me apretó fuertemente el brazo y -tiró de mí para sacarme á flote. Me latían las sienes, se me encogía el -corazón y se me nublaban los ojos: no sabía lo que me pasaba: un sudor -frío bañaba mi frente. Forcejeábamos deseando romper por entre el grupo, -cuando nos paró en firme una cosa tremenda que se apareció allí, -enteramente á nuestro lado: un par de navajas desnudas, de esas _lenguas -de vaca_ con su letrero de _si esta víbora te pica no hay remedio en la -botica_, volando por los aires en busca de las tripas de algún prójimo. -También relucían machetes de soldados, y se enarbolaban garrotes, y se -oían palabras soeces, blasfemias de las más horribles... Me arrimé -despavorida al gaditano, el cual me dijo á media voz: - ---Por aquí... No pase V. cuidado... Vengo prevenido. - -Le vi meter la mano en el bolsillo derecho del chaleco y asomarse á él -la culata de un revólver: vista que redobló mi susto y mis esfuerzos -para desviarme. No nos fué difícil, porque todo el mundo se arremolinaba -en sentido contrario, hacia el lugar de la pendencia. Pronto -retrocedimos hasta la alameda, sitio relativamente despejado. Allí y -todo continuaban mis ilusiones marítimas dándome guerra. Los carruajes, -los carros de violín, los ómnibus, las galeras, cuantos vehículos -estaban en espera de sus dueños, me parecían á mí embarcaciones -fondeadas en alguna bahía ó varadas en la playa, paquetes de vapor con -sus ruedas, quechemarines con su arboladura. Hasta olor á carbón de -piedra y á brea notaba yo. Que sí, que me había dado por la náutica. - ---¿Vámonos á la orilla... allí, donde haya silencio?--supliqué á -Pacheco.--¿Donde corra fresquito y no se vea un alma? Porque la gente me -mar... - -Un resto de cautela me contuvo á tiempo, y rectifiqué: - ---Me fatiga. - ---¿Sin gente? Dificilillo va á ser hoy... Mire V.--Y Pacheco señaló, -extendiendo la mano. - -Por la praderita verde, por las alturas peladas del cerro, por cuanta -extensión de tierra registrábamos desde allí, bullía el mismo hormigueo -de personas, igual confusión de colorines, balanceo de columpios, girar -de tíos vivos y corros de baile. - ---Hacia allá--murmuré--parece que hay un espacio libre... - -Para llegar adonde yo indicaba, era preciso saltar un vallado, bastante -alto por más señas. Pacheco lo salvó, y desde el lado opuesto me tendió -los brazos. ¡Cosa más particular! Pegué el brinco con agilidad -sorprendente. Ni notaba el peso de mi cuerpo; se había derogado para mí -la ley de gravedad: creo que podría hacer volatines. Eso sí, la firmeza -no estaba en proporción con la agilidad, porque si me empujan con un -dedo, me caigo y boto como una pelota. - -Atravesamos un barbecho, que fué una serie de saltos de surco á surco, -y por senderos realmente solitarios fuimos á parar á la puerta de una -casuca que se bañaba los piés en el Manzanares. ¡Ay, qué descanso! Verse -uno allí casi solo, sin oir apenas el estrépito de la romería, con un -fresquito delicioso venido de la superficie del agua, y con la media -obscuridad ó al menos la luz tibia del sol que iba poniéndose... -¡Alabado sea Dios! Allá queda el tempestuoso Océano con sus olas -bramadoras, sus espumarajos y sus arrecifes, y héteme al borde de una -pacífica ensenada, donde el agua sólo tiene un rizado de onditas muy -mansas que vienen á morir en la arena sin meterse con nadie... - -¡Dale con el mar! ¡Mire V. que es fuerte cosa! ¿Si continuará aquello? -¿Si...? - -A la puerta de la casuca asomó una mujer pobremente vestida y dos -chiquillos harapientos, que muy obsequiosos me sacaron una silla. -Sentóse Pacheco á mi lado sobre unos troncos. Noté bienestar -inexplicable, y me puse á mirar cómo se acostaba el sol, todo ardoroso y -sofocado, destellando sus últimos resplandores en el Manzanares. Es -decir, en el Manzanares no: aquello se parecía extraordinariamente á la -bahía viguesa. La casa también se había vuelto una lancha muy airosa que -se mecía con movimiento insensible: Pacheco, sentado en la popa, oprimía -contra el pecho la caña del timón, y yo, muellemente reclinada á su -lado, apoyaba un codo en su rodilla, recostaba la cabeza en su hombro, -cerraba los ojos para mejor gozar del soplo de la brisa marina que me -abanicaba el semblante... ¡Ay madre mía, qué bien se va así!... De aquí -al cielo... - -Abrí los párpados... ¡Jesús, qué atrocidad! Estaba en la misma postura -que he descrito, y Pacheco me sostenía en silencio y con exquisito -cuidado, como á una criatura enferma, mientras me hacía aire, muy -despacio, con mi propio pericón... - -No tuve tiempo de reflexionar en situación tan rara. No me lo permitió -el afán, la fatiga inexplicable que me entró de súbito. Era como si me -tirasen del estómago y de las entrañas hacia afuera con un garfio para -arrancármelas por la boca. Llevé las manos á la garganta y al pecho, y -gemí: - ---¡A tierra, á tierra! ¡Que se pare el vapor... me mareo, me mareo! ¡Que -me muero!... ¡Por la Virgen, á tierra! - -Cesé de ver la bahía, el mar verde y espumoso, las crespas olitas; cesé -de sentir el soplo del Nordeste y el olor del alquitrán... Percibí, como -entre sueños, que me levantaban en vilo y me trasladaban... ¿Estaríamos -desembarcando? Entreoí frases que para mí entonces carecían de -sentido.--«Probetica, sa puesto mala.--Por aquí, señorito...--Sí que hay -cama y lo que se nesecite...--Mandar...»--Sin duda ya me habían -depositado en tierra firme, pues noté un consuelo grandísimo, y luego -una sensación inexplicable de desahogo, como si alguna manaza gigantesca -rompiese un aro de hierro que me estaba comprimiendo las costillas y -dificultando la respiración. Di un suspiro y abrí los ojos... - -Fué un intervalo lúcido, de esos que se tienen aun en medio del síncope -ó del acceso de locura, y en que comprendí claramente todo cuanto me -sucedía. No había mar, ni barco, ni tales carneros, sino turca de padre -y muy señor mío: la tierra firme era el camastro de la tabernera, el aro -de hierro el corsé que acababan de aflojarme; y no me quedé muerta de -sonrojo allí mismo, porque no vi en el cuarto á Pacheco. Sólo la mujer -morena y alta, muy afable, se deshacía en cuidados, me ofrecía toda -clase de socorros... - ---No, gracias... Silencio, y estar á obscuras... Es lo único... Bien, -sí, llamaré si ocurre. Ya, ya me siento mejor... Silencio y dormir; no -necesito más. - -La mujer entornó el ventanuco por donde entraba en el chiribitil la luz -del sol poniente, y se marchó en puntillas. Me quedé sola: me dominaba -una modorra invencible: no podía mover brazo ni pierna; sin embargo, la -cabeza y el corazón se me iban sosegando por efecto de la penumbra y la -soledad. Cierto que andaba otra vez á vueltas con la manía náutica, pues -pensaba para mis adentros:--¡Qué bien me encuentro así... en este -camarote... en esta litera!... ¡Y qué serena debe de estar la mar!... -¡Ni chispa de balance! ¡El barco no se mueve! - -Yo había oído asegurar muchas veces que si tenemos los ojos cerrados y -alguna persona se pone á mirarnos fijamente, una fuerza inexplicable nos -obliga á abrirlos. Digo que es verdad, y lo digo por experiencia. En -medio de mi sopor empecé á sentir cierta comezón de alzar los párpados -y una inquietud especial, que me indicaba la presencia de _alguien_ en -el tugurio... Entreabrí los ojos, y con gran sorpresa vi el agua del -mar; pero no la verde y plomiza del Cantábrico, sino la del -Mediterráneo, azul y tranquila... Las pupilas de Pacheco, como Vds. se -habrán imaginado. Estaba de pié, y cuando clavé en él la mirada, se -inclinó y me arregló delicadamente la falda del vestido para que me -cubriese los piés. - ---¿Cómo vamos? ¿Hay ánimos para levantarse?--murmuró: es decir, sería -algo por el estilo, pues no me atrevo á jurar que dijese esto. Lo que -afirmo es que le tendí las dos manos con un cariñazo repentino y -descomunal, porque se me había puesto en el moño que me encontraba allí -abandonadita en medio de un golfo profundo, y que iba á ahogarme si no -acierta á venir en mi auxilio Pacheco. El tomó las manos que yo ofrecía, -las apretó muy afectuoso, me tentó los pulsos y apoyó su derecha en mis -sienes y frente, ¡Cuánto bien me hacía aquella presioncita cuidadosa y -firme! Como si me volviese á encajar los goznes del cerebro en su -verdadero sitio, dándoles aceite para que girasen mejor. Le estreché la -mano izquierda... ¡Qué pegajoso, qué majadero se vuelve uno en estas -situaciones... anormales! Yo me estaba muriendo por mimos, igual que una -niña pequeña... ¡Quería que me tuviesen lástima!... Es sabido que á -mucha gente le dan las turcas por el lado tierno. Ganas me venían de -echarme á llorar, por el gusto de que me consolasen. - -Había á la cabecera de la cama una mugrienta silla de Vitoria, y el -gaditano tomó asiento en ella acercando su cara á la dura almohada donde -reclinaba la mía. No sé qué me fué diciendo por lo bajo: sí que eran -cositas muy dulces y zalameras, y que yo seguía estrujándole la mano -izquierda con fuerza convulsiva, sonriendo y entornando los párpados, -porque me parecía que de nuevo bogábamos en el esquife, y las olas -hacían un _¡clap! ¡clap!_ armonioso contra el costado. Sentí en la -mejilla un soplo caliente, y luego un contacto parecido al revoloteo de -una mariposa. Sonaron pasos fuertes, abrí los ojos, y vi á la mujer alta -y morena, figonera, tabernera ó lo que fuese. - ---¿La traigo una tacita de té, señorita? Lo tengo mu bueno, no se -piensen ustés que no... Se le pué echar unas gotas de ron, si les -parece... - ---¡No, ron no!--articulé muy quejumbrosa, como si pidiese que no me -mataran. - ---¡Sin ron... y calentito!--mandó Pacheco. - -La mujer salió. Cerré otra vez los ojos. Me zumbaban los sesos: ni que -tuviese en ellos un enjambre de abejas. Pacheco seguía apretándome las -sienes, lo cual me aliviaba mucho. También noté que me esponjaba la -almohada, que me alisaba el pelo. Todo de una manera tan insensible, -como si una brisa marina muy mansa me jugase con los rizos. Volvieron á -oirse los pasos y el duro taconeo. - ---El té, señorito... ¿Se lo quié usté dar ó se lo doy yo? - ---Venga--exclamó el meridional. - -Le sentí revolver con la cucharilla y que me la introducía entre los -labios. Al primer sorbo me fatigó el esfuerzo y dije _que no_ con la -cabeza; al segundo me incorporé de golpe, tropecé con la taza, y ¡zas! -el contenido se derramó por el chaleco y pantalón de mi enfermero. El -cual, con la insolencia más grande que cabe en persona humana, me -preguntó: - ---¿No lo quieres ya? ¿O te pido otra tacita? - -Y yo... ¡Dios de bondad! ¡De esto sí que estoy segura! le contesté -empleando el mismo tuteo y muy mansa y babosa: - ---No, no pidas más... Se hace noche... Hay que salir de aquí... Veremos -si puedo levantarme. ¡Qué mareo, Señor, qué mareo! - -Tendí los brazos confiadamente: el malvado me recibió en los suyos, y -agarrada á su cuello, probé á saltar del camastro. Con el mayor recato y -comedimiento, Pacheco me ayudó á abrocharme, estiró las guarniciones de -mi saya de surá, me presentó el imperdible, el sombrero, el velito, el -agujón, el abanico y los guantes. No se veía casi nada, y yo lo atribuía -á la mezquindad del cuchitril; pero así que, sostenida por Pacheco y -andando muy despacio, salí á la puerta del figón, pude convencerme de -que la noche había cerrado del todo. Allá á lo lejos, detrás del muro -que cercaba el campo, hormigueaba confusamente la romería, salpicada de -lucecillas bailadoras, innumerables... - -La calma de la noche y el aire exterior me produjeron el efecto de una -ducha de agua fría. Sentí que la cabeza se me despejaba y que así como -se va la espuma por el cuello de la botella de champagne, se escapaban -de mi mollera en burbujas el sol abrasador y los espíritus alcohólicos -del endiablado vino compuesto. Eso sí: en lugar de meollo me parecía que -me quedaba un sitio hueco, vacío, barrido con escoba... Encontrábame -aniquilada, en el más completo idiotismo. - -Pacheco me guiaba sin decir oxte ni moxte. Derechos como una flecha -fuimos adonde mi coche aguardaba ya. Sus dos faroles lucían á la entrada -de la alameda, en el mismo sitio en que por la mañana le mandáramos -esperar. Entré y me dejé caer en el asiento, medio exánime. Pacheco me -siguió, dió una orden, y la berlina empezó á rodar poco á poco. - -¡Ay Dios de mi vida! ¿Quién soñó que se habían acabado ya los barcos, el -oleaje, mis fantasías marítimas todas? ¡Pues si ahora es cuando -navegábamos de veras, encerrados en el camarote de un trasatlántico, y á -cada tres segundos cuchareaba el buque ó cabeceaba bajando á los abismos -del mar y arrastrándome consigo! La voz de Pacheco no era tal voz, sino -el ruido del viento en las jarcias... ¡Nada, nada, que hoy naufrago! - ---¡Vas disgustá conmigo?--gemía á mi oído el sudoeste. No vayas. Mira, -bien callé y bien prudente fuí... Hasta que me apretaste la mano... -Perdón, sielo, me da una pena verte afligía... Es una rareza en mí, -pero estoy así como aturdido de pensar si te enfadarás por lo que te -dije... Pobrecita, no sabes lo guapa que estabas mareá... Los ojos tuyos -echaban lumbre... ¡Vaya unos ojos que tienes tú! Anda, descansa así, en -el hombro mío. Duerme, niñita, duerme... - -Tal vez equivoque yo las palabras, porque resultaban un murmullo y no -más... Lo que sí recuerdo con absoluta exactitud es esta frase, que sin -duda cayó en el intervalo de una ola á otra: - ---¿Sabes qué decían en aquel figón? Pues que debíamos de ser recién -casados..., «porque él la trata con mucho cariño y no sabe qué hacer -para cuidarla.» - -Y puedo jurar que no me acuerdo de ninguna cosa más; de ninguna. Sí..., -pero muy vagamente: que el coche se detuvo á mi puerta, y que por las -escaleras me ayudó á subir Pacheco, y que desfallecida y atónita como me -encontraba, le rogué que no entrase, sin duda obedeciendo á un instinto -de precaución. No sé lo que me dijo al despedirse; sé que la despedida -fué rápida y sosa. A la Diabla, que al abrir me incrustó en la cara su -curioso mirar, le expliqué tartamudeando que me había hecho daño el sol, -que deseaba acostarme. Claro que se habrá comido la partida... Sí, que -se mama ella el dedo... ¡Buenas cosas pensará á estas horas de mí! - -Me precipité á mi cuarto, me eché en la cama, me puse de cara á la -pared, y aunque al pronto volví á amodorrarme, hacia las tres de la -madrugada empezó la función y se renovó mi padecimiento. No quise llamar -á Angela... ¡Para que se escamase tres veces más! ¡Ay qué noche... noche -de perros! ¡Qué bascas, qué calentura, qué pesadillas, que aturdimiento, -qué jaqueca al despertar! - -Y sobre todo, ¡qué compromiso, qué lance, qué parchazo! ¡Qué lío tan -espantoso!... ¡Qué resbalón! (ya es preciso convenir en ello). - - - - -VIII - - -Convengamos; pero también en que Pacheco, habiéndose portado tan -correctamente al principio, no debió luego echarla á perder. Si yo, por -culpa de las circunstancias--eso es, de las circunstancias -inesperadísimas en que me he visto,--pude darle algún pié, á la verdad, -ningún caballero se aprovecha de ocasiones semejantes; al contrario, en -ellas debe manifestar su educación, si la tiene. Yo me trastorné -completamente, por lo mismo que nunca anduve en pasos como éstos; yo no -estaba en mi cabal juicio, no señor; yo no tenía responsabilidad, y él, -el grandísimo pillo, tan sereno como si le acabasen de enfriar en el -pozo... Lo dicho: ¡fué una osadía, una serranada incalificable! - -Cuanto más lo pienso... ¡Un hombre que hace veinticuatro horas no había -cruzado conmigo media docena de palabras; un hombre que ni siquiera es -visita mía! Cierta heroína de novela, de las que yo leía siendo -muchacha, en un caso así recuerdo que empezó á devanarse los sesos -preguntándose á sí propia: «¿Le amo?» ¡Valiente tontería la de aquella -simple! ¡Qué amor ni qué!... Caso de preguntar, yo me preguntaría: «¿Le -conozco á este caballero?» Porque maldito si sé hasta ni cómo se llama -de segundo apellido... Lo que sé es que le detesto y le juzgo un -pillastre. Motivos tengo sobrados. ¡Que se ponga en mi caso cualquiera! - -Y ahora... Supongamos que, naturalmente, cuando él aporte por aquí, me -cierro á la banda y doy orden terminante á los criados: que he salido. -Se pondrá furioso, y lo menos que hará, con el despecho, irse alabando -en casa de Sahagún... Porque de fijo es uno de esos tipos que pegan -carteles en las esquinas... ¡Como si lo viera! Y resistir que se me -presente tan fresco... vamos, es de lo que no pasa. Una, que me daría un -sofoco de primera; otra, que en estas cosas, si no se empieza cortando -por lo sano... Me parece lo más natural. Me niego... y se acabó. -Escribirá... Bien, no contesto. Y dentro de unos días, como ya salgo de -Madrid... Sí, todo se arregla. - -Y... á sangre fría, Asís... ¿Es ese descarado quien tiene la culpa toda? -Vamos, hija, que tú... ¿Quién te mandaba satisfacer el caprichito de ir -al Santo y de acompañarte con una persona casi desconocida, y de -almorzar allí en un merendero churri, como si fueses una salchichera de -los barrios bajos? ¿Por qué probaste del vino aquel, que está encabezado -con el _amílico_ más venenoso? ¿No sabías que, aun sin vino, á ti el sol -te marea? - -Te dejaste embarcar por la Sahagún... Pero la Sahagún... Para ciertas -personas no rigen las ordenanzas sociales. La Sahagún, no sólo es muy -experta, y muy despabilada, y discretísima, y una de esas mujeres á -quienes nadie se les atreve no queriendo ellas, sino que con su alta -posición convierte en excentricidad graciosa é inofensiva lo que en las -demás se toma por desvergüenza y liviandad. Hay gentes que tienen -permiso para todo, y se imponen, y les caen bien hasta las barrabasadas. -Pero yo, que soy una señora como todas, una de tantas, debo respetar el -orden establecido y no meterme en honduras. Era visto que Pacheco se -había de figurar desde el primer instante... No, no es justo acusarle á -él solo. - -Bien dice mi paisano. Somos ordinarios y populacheros; nos pule la -educación treinta años seguidos, y renace la corteza... Una persona -decente, en ciertos sitios obra lo mismo que obraría un mayoral. Aquí -estoy yo, que me he portado como una chula. - -Es decir... más bien obré como una tonta. Caí de inocente. No supe -precaver, pero no hubo en mí mala intención. Ello ocurrió... porque sí. -Me pesa, Señor. En toda mi vida me ha sucedido ni ha de volver á -sucederme cosa semejante... De eso respondo, y ahora, á remediar el -daño. Puerta cerrada, esquinazo, mutis. No me vuelve á ver el pelo el -señorito ese. En tomando el tren de Galicia... Y sin tanto. Declaro la -casa en estado de sitio... Aquí no entra una mosca. Ya verá si es tan -fácil marear á una mujer cuando ella sabe lo que se hace. - - - - -IX - - -Así, punto más, punto menos, hubiese redactado su declaración la dama, -si confiase al papel lo que la bullía en el magín. No afirmamos que, aun -dialogando con su conciencia propia, fuese la marquesa viuda de Andrade -perfectamente sincera, y no omitiese algún detalle que agravara su tanto -de culpa en el terreno de la imprevisión, la ligereza ó la coquetería. -Todo es posible, y no conviene salir fiador de nadie en este género de -confesiones, que nunca se hacen sin pelos en la lengua y restricciones -en la mente. - -Sin embargo, no puede negarse que la señora había referido con bastante -franqueza el terrible episodio, tanto más terrible para ella, cuanto que -hasta dar este mal paso caminara con pié firme y alegre espíritu por la -senda de la honestidad. Mérito suyo, más que fruto de la educación -paterna, no muy rígida, ni excesivamente vigilante. A Asís se le habían -cumplido cuantos caprichos puede tener en un pueblo como Vigo una niña -rica, huérfana de madre, y única. A los veinte años de edad, asistiendo -á todos los bailes del Casino, á todos los paseos en la Alameda, á todas -las verbenas y romerías de Cristos y Pastoras, visitando todos los -buques de todas las escuadras que fondeaban en el puerto, Asís no había -hecho cosa esencialmente mala, pues no hay severidad que baste á -condenar de un modo riguroso el carteo con un teniente de navío, á quien -veía be higos á brevas--cuando la _Villa de Bilbao_ andaba por aquellas -aguas.--Entonces le entró al papá de Asís, acaudalado negociante, la -ventolera de las contratas, acompañada, naturalmente, de la necesidad de -meterse en política; tuvo distrito, y contrata va y legislatura viene, -comenzó á llevarse á su hija á Madrid todos los inviernos, á dar una -vueltecita--la frase sacramental.--Hospedábanse en casa de un primo de -la difunta mamá de Asís, el marqués de Andrade, consejero de Estado, -porque Asís era fruto de una de esas alianzas entre blasones y talegas, -que en Galicia y en todas partes se ven tan á menudo, sin que tuerza el -gesto ningún venerable retrato de familia, ni ningún abuelo se -estremezca en su tumba. El consejero de Estado se encontraba viudo y sin -descendencia; conservaba un cerquillo de pelo alrededor de una lucia -calva; poseía buenos modales, carácter ameno (en la corte no existen -viejos avinagrados) y la suficiente mundología para saber cómo ha de -insinuarse un cincuentón con una muchacha. Asís empezó por enseñarle á -su tío, bromeando, las cartas del marino, y acabó por escribir á éste -una significándole que sus relaciones «quedaban cortadas para siempre». -Y así fué, y la esbelta sombra con gorrilla blanca y levita azul y -anclas de oro no se apareció jamás al pié del tálamo de los marqueses de -Andrade. - -El Marqués tuvo el talento de no ser celoso y hacerle grata á su mujer -la vida conyugal. Hasta se separó de otra hermana suya--con la cual -vivía desde su primer matrimonio--porque era devota, maniática, opuesta -á la sociedad y á las distracciones, y no podía congeniar con la joven -esposa; y no se mostró remiso en aflojar dinero para modistas, ni en -gastar tiempo en teatros, saraos y tertulias. También supo evitar el -delirio de los extremos amorosos, impropios de su edad y la de Asís -combinadas; dejó dormir lo que no era para despertado, y así logró siete -años de tranquila ventura y una chiquilla algo enclenque, que únicamente -revivía con los aires marinos y agrestes de la tierra galaica. Un -derrame seroso cortó el curso de los días del buen consejero de Estado, -y Asís quedó libre, rica, moza, bien mirada y con el alma serena. - -Pasaba en Madrid los inviernos, teniendo á su niña de medio interna en -un atildado colegio francés; los veranos se iba á Vigo, al lado de su -papá; á veces (como sucedía ahora), el viaje de la chiquilla se -adelantaba un poco, porque el abuelo, al cerrarse las Cortes, se la -llevaba consigo á desencanijarse en la aldea... Asís la dejaba marchar -de buen grado. El amor maternal era en ella lo que había sido el cariño -conyugal: sentimiento apacible, exento de esas divinas locuras que -abrasan el alma y dan á la existencia sentido nuevo. La marquesa de -Andrade vivía contenta, algo envanecida de haber soltado la cáscara -provinciana, y satisfecha también de conservar su honradez como la -conservan allá en Vigo las señoras muy visibles, que no dan un paso sin -que el vecindario sepa si fué con el pié izquierdo ó el derecho. -Entretenía sus ocios pensando, por ejemplo, que el último vestido que le -había mandado su modista era tan gracioso y menos caro que el de Worth -de la Sahagún; que estaba á bien con el Padre Urdax, merced á haber -entrado en una asociación benéfica muy recomendada por los jesuítas; que -ella era una dama formal, intachable, y que, sin embargo, no dejaban de -citarla con elogio en las revistas de salones alguna que otra vez; que -podía vivirse en el mundo sin abrir paso al demonio, y que ni el mundo -ni Dios tenían por qué volverle la espalda. - -Y ahora... - - - - -X - - -Oyendo un nuevo repiqueteo de campanilla, acudió Angela despavorida, á -ver _qué era_. Su ama estaba medio incorporada sobre un codo. - ---Venga quien venga, ¿entiendes?, venga quien venga..., que he salido. - ---A todo el mundo, vamos; que ha salido la señorita. - ---A todo el mundo: sin excepción. Cuidadito como me dejas entrar á -nadie. - ---¡Jesús, señorita! Ni el aire entrará. - ---Y prepárame el baño. - ---¿El baño? ¿No le sentará mal á la señorita? - ---No--contestó Asís secamente.--(¡Manía de meterse en todo tienen estas -doncellas!) - ---¿Y la orden del coche, señorita? Ya dos veces ha venido Roque á -preguntarla. - -Al nombre del cochero, sintió Asís que le _subía un pavo_ atroz, como si -el cochero representase para ella la sociedad, el deber, todas las -conveniencias pisoteadas y atropelladas la víspera. ¡El cochero si que -debía maliciarse!... - ---Dile..., dile que... venga dentro de un par de horas..., á las cuatro -y media... No, á las cinco y cuarto. Para paseo... Las cinco y media más -bien. - -Saltó de la cama, se puso la bata, y se calzó las chinelas. ¡Sentía un -abatimiento grande, agujetas, cansancio, y al mismo tiempo una -excitación, unas ganas de echar á andar, de huir de sí misma, de no -verse ni oirse! No se podía sufrir. - ---¡Qué vida tan incómoda la de las señoras que anden siempre en estos -enredos! No les arriendo la ganancia... ¡Ay! Aborrezco los tapujos y las -ilegalidades... He nacido para vivir con orden y con decoro, está -visto. ¿Le dará á ese tunante por venir? - -Mientras no estaba dispuesto el baño, practicó Asís las operaciones de -aseo que deben precederle: limpiarse y limarse las uñas, lavar y -cepillar esmeradamente la dentadura, desenredar el pelo y pasarse -repetidas veces el peine menudo, registrarse cuidadosamente las orejas -con la esponjita y la cucharita de marfil, frotarse el pescuezo con el -guante de crín suavizado con pasta de almendra y miel. A cada higiénica -operación y á cada parte de su cuerpo que quedaba como una patena, Asís -creía ver desaparecer la marca de las irregularidades del día anterior, -y confundiendo involuntariamente lo físico y lo moral, al asearse, -juzgaba regenerarse. - -Avisó la Diabla que estaba listo el baño. Asís pasó á un cuartuco -obscuro, que alumbraba un quinqué de petróleo (las habitaciones de baño -fantásticas que se describen en las novelas no suelen existir sino en -algún palacio, nunca en las casas de alquiler), y se metió en una -bañadera de zinc con capa de porcelana--idéntica á las cacerolas.--¡Qué -placer! En el agua clara iban á quedarse la vergüenza, la sofoquina y -las inconveniencias de la aventura... ¡Allí estaban escritas con letras -de polvo! ¡Polvo doblemente vil, el polvo de la innoble feria! ¡Y -cuidado que era pegajoso y espeso! ¡Si había penetrado al través de las -medias, de la ropa interior, y en toda su piel lo veía depositado la -dama! Agua clara y tibia--pensaba Asís--lava, lava tanta grosería, -tanto flamenquismo, tanta barbaridad: lava la osadía, lava el desacato, -lava el aturdimiento, lava el... Jabón y más jabón. Ahora agua de -Colonia... Así. - -Esta manía de que con agua de Colonia y jabón fino se le quitaban las -manchas á la honra, se apoderó de la señora en grado tal, que á poco se -arranca el cutis, de la rabia y el encarnizamiento con que lo frotaba. -Cuando su doncella le dió la bata de tela turca para enjugarse, Asís -continuó sus fricciones mitad morales, mitad higiénicas, hasta que ya -rendida se dejó envolver en la ropa limpia, suspirando como el que echa -de sí un enorme peso de cuidados. - -Llegó el coche algún tiempo después de terminada la faena, no sólo del -baño, sino del tocado y vestido: Asís llevaba un traje serio, de señora -que aspira á no llamar la atención. Ya tenía la Diabla la mano en el -pestillo para abrir la puerta á su ama, cuando se la ocurrió preguntar: - ---¿Vendrá á comer, señorita? - ---No.--Y añadió como el que da explicaciones para que no se piense mal -de él.--Estoy convidada á comer en casa de las tías de Cardeñosa. - -Al sentarse en su berlinita, respiró anchamente. Ya no había que temer -la aparición del pillo. ¡Bah! Ni era probable que él se acordase de -ella; estos troneras, así que pueden jactarse..., si te he visto no me -acuerdo. Mejor que mejor. Qué ganga, si la historia se resolviese de -una manera tan sencilla... Y la voz de Asís adquirió cierta sonoridad al -decir al cochero: - ---Castellana... Y luego á casa de las tías... - -Aquella vibración orgullosa de su acento parece que quería significar: - ---Ya lo ves, Roque... No se va uno todos los días de picos pardos... De -hoy más vuelvo á mi inflexible línea de conducta... - -Rodó el coche al trote hasta la Castellana y allí se metió en fila. Era -tal el número y la apretura de carruajes, que á veces tenían que pararse -todos por imposibilidad de avanzar ni retroceder. En estos momentos de -forzosa quietud sucedían cosas chuscas: dos señoras que se conocían y se -saludaban, pero no teniendo la intimidad suficiente para emprender -conversación, permanecían con la sonrisa estereotipada, observándose con -el rabillo del ojo, desmenuzándose el atavío y deseando que un leve -sacudimiento del maremagnum de carruajes pusiese fin á una situación tan -pesadita. Otras veces le acontecía á Asís quedarse parada tocando con -una _manuela_, en cuyo asiento trasero, dejando la bigotera libre, se -apiñaban tres mozos de buen humor, horteras ó empleadillos de -ministerio, que la soltaban una andanada de dicharachos y majaderías; y -nada: aguantarlos á quema ropa, sin saber qué era menos desairado, -sonreirse ó ponerse muy seria ó hacerse la sorda. También era fastidioso -encontrarse en contacto íntimo con el fogoso tronco de un _milord_, que -sacudía la espuma del hocico dentro de la ventanilla, salpicando el haz -de lilas blancas sujeto en el tarjetero, que perfumaba el interior del -coche. Incidentes que distraían por un instante á la marquesa de Andrade -de la dulce quietud y del bienhechor reposo producido por la frescura -del aire impregnado de aroma de lilas y flor de acacia, por la animación -distinguida y silenciosa del paseo, por el grato reclinatorio que hacía -á su cabeza y espalda el rehenchido del coche, forrado de paño gris. - ---¡Calle! Allí va Casilda Sahagún empingorotada en el campanario de su -_break_. ¿De dónde vendrá, señor? ¡Toma! Ya caigo; de la novillada que -armaron los muchachos finos, Juanito Albares, Perico Gonzalvo, Paco -Gironellas, Fernandín Hurtado...--En un minuto recordó Asís la -organización de la fiesta taurina: se habían repartido programas -impresos en raso lacre, redactados con muy buena sombra; no había nada -más salado que leer, por ejemplo:--Banderilleros: Fernando Alfonso -Hurtado de Mendoza (a) Pajarillas.--José María Aguilar y Austria (a) el -Chaval.--¡Pues poca broma que hubo en casa de Sahagún la noche que se -arregló el plan de la corrida! Y Asís estaba convidada también. Se le -había pasado: ¡qué lástima! La Duquesa, tan sandunguera como de -costumbre, hecha un cartón de Goya con su mantilla negra y su grupo de -claveles; los muchachos, ufanísimos, en carretela descubierta, envueltos -en sus capotes morados y carmesíes con galón de oro. Lo que es torear -habrían toreado de echarles patatas; pero ahora nadie les ganaba á -darse pisto luciendo los trajes. Revolvían el paseo de la Castellana: -eran el acontecimiento de la tarde. Asís sintió un descanso mayor aún -después de ver pasar la comitiva taurómaca: comprendió, guiada por el -buen sentido, que á nadie, en aquel conjunto de personas siempre -entretenidas por algún suceso gordo del orden político, ó del orden -divertido, ó del orden escandaloso con platillos y timbales, se le -ocurriría sospechar su aventurilla del _Santo_. A buen seguro que por un -par de días nadie pensaba más que en la becerrada aristocrática. - -Este convencimiento de que su escapatoria no estaba llamada á trascender -al público, se robusteció en casa de las tías de Cardeñosa. Las -Cardeñosas eran dos buenas señoritas, solteronas, de muy afable -condición, rasas de pecho, tristes de mirar, sumamente anticuadas en el -vestir, tímidas y dulces, no emancipadas, á pesar de sus cincuenta y -pico, de la eterna infancia femenina: hablaban mucho de novenas, y -comentaban detenidamente los acontecimientos culminantes, pero -exteriores, ocurridos en la familia de Andrade y en las demás que -componían el círculo de sus relaciones; para las bodas tenían aparejada -una sonrisa golosa y tierna, como si paladeasen el licor que no habían -probado nunca; para las enfermedades, calaveradas de chicos y -fallecimientos de viejos, un melancólico arqueo de cejas, unos ademanes -de resignación con los hombros y unas frases de compasión, que por ser -siempre las mismas, sonaban á indiferencia. Religiosas de verdad, nunca -murmuraban de nadie ni juzgaban duramente la ajena conducta, y para -ellas la vida humana no tenía más que un lado, el anverso, el que cada -cual deja ver á las gentes. Gozaban con todo esto las Cardeñosas fama de -trato distinguidísimo, y su tarjeta _hacía bien_ en cualquier bandeja de -porcelana de esas donde se amontona, en forma de pedazos de cartulina, -la consideración social. - -Para Asís, la insulsa comida de las tías de Cardeñosa y la anodina -velada que la siguió, fueron al principio un bálsamo. Se la disiparon -las últimas vibraciones de la jaqueca y las postreras angustias del -estómago, y su espíritu se aquietó, viendo que aquellas señoras -respetadísimas y excelentes la trataban con el acostumbrado afecto y -comprendiendo que ni por las mientes se les pasaba imaginar de ella nada -censurable. - -El cuerpo y el alma se sosegaban á la par, y gracias á tan saludable -reacción, _aquello_ se le figuraba á Asís una especie de pesadilla, un -cuento fantástico. - -Pero obtenido este estado de calma tan necesario á sus nervios, empezó -la dama á notar, hacia eso de las diez, que se aburría ferozmente, por -todo lo alto, y que le entraban ya unas ganas de dormir, ya unos -impulsos de tomar el aire, que se revelaban en prolongados bostezos y en -revolverse en la butaca como si estuviese tapizada de alfileres punta -arriba. Tanto, que las Cardeñosas lo percibieron, y con su inalterable -bondad comenzaron á ofrecerla otro sillón de distinta forma, el rincón -del sofá, una silla de rejilla, un taburetito para los piés, un cojín -para la espalda. - ---No os incomodéis... Mil gracias... Pero si estoy perfectamente. - -Y no atreviéndose á mirar el suyo, echaba un ojo al reloj de sobremesa, -un Apolo de bronce dorado, de cuya clásica desnudez ni se habían -enterado siquiera las Cardeñosas, en cuarenta años que llevaba el dios -de estarse sobre la consola del salón en postura académica, con la lira -muy empuñada. El reloj... por supuesto, se había parado desde el primer -día, como todos los de su especie. Asís quería disimular, pero se le -abría la boca y se le llenaban de lágrimas los ojos; abanicábase -estrepitosamente, contestando por máquina á las interrogaciones de las -tías acerca de la salud de su niña y los proyectos de veraneo, -inminentes ya. Las horas corrían, sin embargo, derramando en el espíritu -de Asís el opio del fastidio... Cada rodar de coches por la retirada -calle en que habitaban las Cardeñosas, le producía una sacudida -eléctrica. Al fin hubo uno que paró delante de la casa misma... ¡Bendito -sea Dios! Por encanto recobró la dama su alegría y su amabilidad de -costumbre, y cuando la criada vino á decir:--«Está el coche de la señora -Marquesa»,--tuvo el heroismo de responder con indiferencia fingida: - ---Gracias, que se aguarde. - -A los dos minutos, alegando que había madrugado un poco, arrimaba las -mejillas al pálido pergamino de la de sus tías, daba un glacial beso al -aire y bajaba la escalera repitiendo: - ---Sí..., cualquier día de estos... ¡Qué! Si he pasado un rato -buenísimo... ¿Mañana sin falta... eh? las papeletas de los Asilos. Mil -cosas al Padre Urdax. - -Al tirar de la campanilla en su casa, tuvo una corazonada rarísima. Las -hay, las hay, y el que lo niegue es un miope del corazón, que rehusa á -los demás la acuidad del sentido porque á él le falta. Asís, mientras -sonata el campanillazo, sintió un hormigueo y un temblor en el pulso, -como si semejante tirón fuese algún acto muy importante y decisivo en su -existencia. Y no experimentó ninguna sorpresa, aunque sí una violenta -emoción que por poco la hace caerse redonda al suelo, cuando en vez de -la Diabla ó del criado vió que le abría la puerta aquel pillo, aquel -grandiosísimo truhán. - - - - -XI - - -Lo bueno fué que la dama, lejos de mostrar extrañeza, saludó á Pacheco -como si el encontrarle allí á tales horas le pareciese la cosa más -natural del mundo, y, recíprocamente, Pacheco empleó también con ella -todas las fórmulas de cortesía acostumbradas cuando un caballero se -dirige á una señora de cumplido, respetable, ya que no por sus años, -por su carácter y condición. Se hizo atrás para dejarla pasar, y al -seguirla al saloncito de confianza, donde ardía sobre la mesa de tijera -la gran lámpara con pantalla rosa velada de encaje, se quedó próximo á -la puerta y en pié, como el que espera una orden de despedida. - ---Siéntese V., Pacheco...--tartamudeó la señora, bastante aturrullada -aún. - -El gaditano no se sentó, pero adelantó despacio, como receloso; parecía, -por su continente, algún hombre poco avezado á sociedad: pero este -aspecto, que Asís atribuyó á hipocresía refinada, contrastaba de un modo -encantador con la soltura de su cuerpo y modales, la elegancia no -estudiada de su vestir, la finura de su chaleco blanquísimo, su tipo de -persona principal. Viéndole tan contrito, Asís se rehizo y cobró -ánimos.--«Gran ocasión de leerle la cartilla al señorito éste: ¿conque -muy manso y fingiéndose arrepentido, eh? Ahora lo verás...»--Porque la -dama, en su inexperiencia, se había figurado que su compañero de romería -iba á entrar hecho un sargento, y á las primeras de cambio la iba á -soltar un abrazo furibundo ó cualquier gansada semejante... Pero ya que -gracias á Dios se manifestaba tan comedido, bien podía la señora -acusarle las cuarenta. Y Asís abrió la boca y exclamó: - ---Conque V. aquí... Yo quisiera... yo... - -El gaditano se acercó todavía más, hasta ponerse al lado de la dama, que -seguía en pié junto á la mesa. La miró fijamente y luego pronunció como -el que dice la cosa más patética del mundo: - ---A mi va V. á regañarme too lo que guste... A los criados, ni chispa... -La culpa es mía toa. Un cuarto de hora de conversación con la chica me -ha costao el entrar. Hasta requiebros la he soltao. Y na, ni por esas. -Al fin la dije... que vamos, que ya sabía V. que yo vendría y que para -recibirme á mí se quería V. negar á los demás. Ríñame V., que lo meresco -too. - -Estas enormidades las murmuró con tono quejumbroso y lánguido, con los -ojos mortecinos y un aire de melancolía que daba compasión. Asís, así al -pronto se quedó de una pieza, después se la deshizo el nudo de la -garganta y las palabras le salieron á borbotones. Ea..., ahí va... Ahora -sí que me desato... - ---Sí señor, que merece V.... Pues hombre... me pone V. en berlina con -mis criados... ¡Por eso se escondieron cuando yo entraba... y le dejan á -V. que abra la puerta! ¡Gandules de profesión! A la Angelita yo le diré -cuántas son cinco... Y lo que es á Perfecto... Alguno podrá ser que no -duerma en casa esta noche... Los enemigos domésticos... Aguarde V., -aguarde V.... Estas jugadas no me las hacen ellos á mí... ¡Habrase -visto! ¡Para esto los trata uno del modo que los trata! ¡Para que le -vendan á las primeras de cambio! - -Comprendía la misma señora que se ponía algo ordinaria chillando y -manoteando así, y lo peor de todo, que era predicar en desierto, pues ni -siquiera podían oirla desde la cocina; además, Pacheco, en vez de -asustarse con tan caliente reprimenda, pareció que recobraba los -espíritus, se llegó más, y bajando la cabeza, acarició las sienes de la -enojada. Esta se echó atrás, no tan pronto que ya no la sujetase -blandamente por la cintura un brazo del gaditano y que éste no -balbuciese á su oído: - ---¿A qué te enfadas con los criados, chiquilla? ¿No te he dicho que no -tienen culpa? Mira, esa chica que te sirve, vale un Perú. Te quiere -bien. La daba dinero y no lo admitió ni hecha peazos. Dijo que con tal -que tú no la riñeses... Ahora si gritas se armará un escándalo... Pero -me iré cuando tú lo mandes. Que sí me iré, nena... - -Al anunciar que se iba, se sentó en el sofá-diván, obligando á la señora -á sentarse también. Esta notaba una turbación que ya no se parecía á la -pseudo-cólera de antes, y por lo bajo, murmuraba: - ---Pues váyase V... Hágame el favor de irse. Por Dios... - ---¿Ni un minuto hay para mí? Estoy enfermo... ¡Si vieses! En toda la -noche no he dormido, no he pegado los ojos. - -Asís iba á preguntar: «¿por qué?» pero calló, pareciéndole inconveniente -y necia la pregunta. - ---Necesitaba saber de ti... Si estabas ya buena, si habías descansado... -Si me querías mal, ó si me mirabas con alguna indulgencia. ¿Dura el mal -humor? ¿Y esa cabecita? ¿A ver? - -Se la recostó sobre el hombro, sujetándola con la palma de la mano -derecha. Asís, esforzándose en romper el lazo, notaba disminuidas sus -fuerzas por dos sentimientos: el primero, que viendo tan sumiso y -moderado al gran pillo, le habían entrado unas miajas de lástima; el -segundo..., el sentimiento eterno, la maldita curiosidad, la que perdió -en el Paraíso á la primera mujer, la que pierde á todas, y tal vez no -sólo á ellas sino al género humano... ¿A ver? ¿Cómo sería? ¿Qué diría -Pacheco ahora? - -Pacheco, en un rato, no dijo nada; ni chistó. Su palma fina, sus dedos -enjutos y nerviosos oprimían suavemente la cabeza y sienes de Asís, lo -mismo que si á ésta le durase aún el mareo de la víspera y necesitase la -medicina de tan sencillo halago. En la sala parecía que la varita de -algún mágico invisible derramaba silencio apacible y amoroso, y la luz -de la lámpara, al través de su celosía de encaje, alumbraba con poética -suavidad el recinto. La sala estaba amueblada con esas pretensiones -artísticas que hoy ostenta todo bicho viviente, sepa ó no sepa lo que es -arte, y con ese aspecto de prendería, que resulta de aglomerar el mayor -número posible de cosas inconexas. Sitiales, butacas bajas y coquetonas, -mesillas forradas de felpa imitando un corazón ó una hoja de trébol, -columnas que sostienen quinqués, divancitos cambiados donde la gente -puede gozar del placer de darse la espalda y coger un torticolis, alguna -drácena en jardineras de zinc, un perro de porcelana haciendo centinela -junto á la chimenea, y dos hermosos vargueños patrimoniales restaurados -y dorados de nuevo... Todo revuelto, colocado de la manera que más -dificultase el paso á la gente, haciendo un archipiélago donde no se -podía navegar sin práctico. ¿Y las paredes? Si el suelo estaba -intransitable, en las paredes no quedaba sitio libre para un clavo, pues -el buen marqués de Andrade, incapaz de distinguir un Ticiano de un -Ribera, la había dado algún tiempo de protector de jóvenes artistas, -llenando la casa de acuarelas con chulas, matones del Renacimiento ó -damas de Luis XV; de _manchas_, apuntes y bocetos hechos á punta de -cuchillo, ó á yema de dedo, tan _libres_ y tan _francos_, que ni el -mismo demonio adivinaría lo que representaban; de tablitas lamidas y -microscópicas, encerradas en marcos cinco veces mayores; de fotografías -con retumbantes dedicatorias, migajas de arte, en suma, que al menos -cubren la vulgaridad del empapelado y distraen gratamente la vista. Y en -hora semejante, en medio de la amable paz que flotaba en la atmósfera, y -con la luz discreta transparentada por el encaje, los cachivaches se -armonizaban, se fundían en una dulce intimidad, en una complicidad -silenciosa; la misma horrible carátula japonesa colgada encima de un -vargueño y de uno de cuyos ojos se descolgaba una procesión de monitos -de felpa, tenía gesto menos infernal; el pañolón de Manila que cubría el -piano abría alegremente todas sus flores; las begonias, próximas á la -entreabierta ventana, se estremecían como si las acariciase el -vientecillo nocturno... Sólo el _bull-dog_ de porcelana, sentado como -una esfinge, miraba con alarmante persistencia al grupo del sofá, -ostentando una actitud digna y enérgica, como si fuese celoso guardián -puesto allí por el espíritu del respetable Marqués difunto... Casi -parecía natural que abriese las fauces, soltase un ladrido de alarma, y -se abalanzase dispuesto á morder... - -Pacheco decía bajito, con el ceceo mimoso y triste de su pronunciación: - ---¿Te sospechabas tú lo de ayer, chiquilla? ¿A que sí? Mira, no me digas -no, que las mujeres estáis siempre de vuelta en esas cosas... ¡A ver si -se calla V. y no me replica! Tú veías muy bien, picarona, que yo estaba -muerto, lo que se dise muerto... Sólo que creiste poder dejarme en -blanco... Pero sospechar... ¡Quiá! ¡Si lo calaste desde el mismo momento -que tiré el puro en los jardines! ¿Y tú te gosabas en verme á mí sufrir, -no es eso? ¡Somos más malos! Toma en castigo... ¡Y qué bonita estabas, -gitana salá! ¿Te ha dicho á ti algún hombre bonita? ¿No? ¡Pues ahora te -lo digo yo, vamos! y valgo más que toos... Oye, en el coche te hubiese -yo requebrado seis dosenas de veses..., te hubiese llamao mona, serrana, -matadora de hombres... Sólo que no me atrevía, ¿sabes tú? Que si me -atrevo, te suelto toas las flores de la primavera en un ramiyetico. - -Aquí Asís, sin saber por qué, recobró el uso de la palabra, y fué para -gritar: - ---Sí..., como á la chica del merendero..., y á mi criada..., y á todas -cuantas se ofrece... Lo que es por palabrería no queda. - -La interrumpió un enérgico tapabocas. - ---No compares, chiquiya, no compares... Tonterías que se disen por pasá -el rato, pa que se encandilen las mujeres... Contigo... ¡Virgen Santa! -tengo yo una ilusionasa..., ¡una ilusión de volverme loco! Has de saber -que yo mismo estoy pasmao de lo que me sucede. Nunca me quedé triste -después de una cosa así sino contigo. Hasta me falta resolución pa -hablarte. Estoy así... medio orgulloso y medio pesaroso. Más quisiera -que nos hubiésemos vuelto ayer antes de almorsá. ¿No lo crees? ¿Ah, no -lo crees? Por estas... - -El meridional puso los dedos en cruz y los besó con ademán popular. Asís -se echó á reir mal de su grado. Ya no había posibilidad de enfadarse; la -risa desarma al más furioso. Y ahora, ¿qué hacer? pensaba la dama, -llamando en su auxilio toda su presencia de ánimo, toda su habilidad -femenil. Nada, muy sencillo... No negarle la cita que pedía para el día -siguiente por la tarde, porque si se le negaba, era capaz de hacer -cualquier desatino. No, no..., contemporizar..., otorgar la cita, y á la -hora señalada... ¡busca! estar en cualquier sitio menos donde Pacheco -esperase... Y ahora, procurar _por bien_ que se largase cuanto más -pronto... ¡Que diría el servicio! ¡En esa cocina estaría la Diabla -haciendo unos calendarios! - - - - -XII - - -Doloroso es tener que reconocer y consignar ciertas cosas; sin embargo, -la sinceridad obliga á no eliminarlas de la narración. Queda, eso sí, el -recurso de presentarlas en forma indirecta, procurando con maña que no -lastimen tanto como si apareciesen de frente, insolentonas y descaradas, -metiéndose por los ojos. Así la implícita desaprobación del novelista se -disfraza de habilidad. - -Tocante á la cita que la marquesa viuda de Andrade pensaba conceder en -falso, con resolución firmísima de hacer la del humo, la novela puede -guardar un discreto mutismo; y no faltará á su elevada misión, con tal -que refiera lo que ocurría á la puerta de la dama: indicación sobria y á -la vez sumamente expresiva. - -La berlina de la señora, enganchada desde las cinco, esperaba allí. El -cochero, inmóvil, bien afianzado en su cuña, había permanecido algún -tiempo en la actitud reglamentaria, enarbolada la fusta, recogidas las -riendas, ladeado graciosamente el sombrero y muy juntas las punteras de -las botas; pero transcurrido un cuarto de hora, el recalmón de la -tardecita y el aburrimiento de la espera le derramaron en los párpados -grato beleño y fué dejando caer la cabeza sobre el pecho, aflojando las -manos, exhalando una especie de silbido y á veces un ronquido súbito, -que le asustaba á él mismo, despertándole... También el caballo, durante -los primeros momentos de quietud, se mantuvo engallado, airoso, -dispuesto á beberse la distancia; pero al convencerse de que teníamos -plantón, desplomó el cuerpo sobre las patas, sacudió el freno regándolo -con espuma, entornó los ojos y se dispuso á la siesta. Hasta la misma -berlina pareció afianzarse en las ruedas con ánimo de descansar. - -Y fué poniéndose el sol, subiendo de piso en piso á despedirse de los -cristales, refugiándose en la copa de las acacias de Recoletos cuando ya -las envolvía la azul y vaporosa bruma del anochecer; y el calor -disminuyó un tantico, y el farolero corrió encendiendo hilos de luz á lo -largo de las calles... Berlina, caballo y cochero dormían, resignados -con su suerte, sin que se les ocurriese que para semejante viaje no se -necesitaban alforjas y que mejor se encontrarían la una metida en su -funda, el otro despachando su ración de pienso, el último en su taberna -favorita ó viendo la novillada de aquella tarde... - -Cerca de las siete serían cuando salió de la casa un hombre. Era apuesto -y andaba aprisa, recatándose de la portera. Atravesó la calle y en la -acera de enfrente se detuvo, mirando hacia las ventanas del cuarto de -Asís. Ni rastro de persona asomada en ellas. El hombre siguió su camino -hacia Recoletos. - - - - -XIII - - -Solía el comandante Pardo ir alguna que otra noche á casa de su paisana -y amiga La marquesa de Andrade. Charlaban de mil cosas, disputando, -acalorándose, y en suma, pasando la velada solos, contentos y -entretenidos. De galanteo propiamente dicho, ni sombra, aun cuando la -gente murmuraba (de la tertulia de la Sahagún saldría el chisme) que Don -Gabriel hacía tiro al decente caudal y á la agradable persona de Asís; -si bien otros opinaban, con trazas y tono de mejor informados, que ni á -Pardo le importaba el dinero, por ser desinteresadísimo, ni las mujeres, -por hallarse mal curada todavía la herida de un gran desengaño amoroso -que en Galicia sufriera: una historia romántica y algo obscura con una -sobrina, que por huir de él se había metido monja en un convento de -Santiago. - -Ello es que Pardo resolvió consagrar á la dama la noche del día en que -la berlina echó la siesta famosa. Serían las nueve cuando llamó á la -puerta. Generalmente los criados le hacían entrar con un apresuramiento -que delataba el gusto de la señora en recibir semejantes visitas. Pero -aquella noche, así Perfecto (el mozo de comedor á quien Asís llamaba -_Imperfecto_ por sus _gedeonadas_) como la Diabla, se miraron y -respondieron á la pregunta usual del comandante, titubeando é indecisos. - ---¿Qué pasa? ¿Ha salido la señorita? Los martes no acostumbra. - ---Salir..., como salir...,--balbució Imperfecto. - ---No, salir no--acudió la Diabla viéndole en apuro.--Pero está un -poco... - ---Un poco _dilicada_--declaró el criado con tono diplomático. - ---¿Cómo delicada?--exclamó el comandante alzando la voz.--¿Desde cuándo -se encuentra enferma? ¿Y qué tiene? ¿Guarda cama? - ---No señor, guardar cama no... Unas _miagas_ de jaqueca... - ---¡Ah! bien: díganla Vds. que volveré mañana á saber... y que la deseo -alivio. ¿Eh? ¡No se olviden! - -Acabar de decir esto el comandante y aparecer en la antesala Asís en -bata y arrastrando chinelas finas, fué todo uno. - ---Pero que siempre han de entender al revés cuanto se les manda... -Estoy, Pardo, estoy visible... Entre V.... Qué tienen que ver las -órdenes que se dan así, en general, para la gente de cumplido... Haga V. -el favor de pasar aquí... - -Gabriel entró. La sala estaba tan simpática, tan tentadora, tan fresca -como la víspera; la pantalla de encaje filtraba la misma luz rosada y -ensoñadora; en un talavera _de botica_ se marchitaba un ramo de lilas y -rosas blancas. Tropezó el pié del comandante, al ir á sentarse en su -butaca de costumbre, con un objeto medio oculto en las arrugas del tapiz -turco arrojado ante el diván. Se bajó y recogió del suelo el estorbo, -maquinalmente. Asís extendió la mano, y á pesar de lo muy distraído y -sonámbulo que era Gabriel, no pudo menos de observar la agitación de la -dama al recobrar la prenda, uno de esos tarjeteros sin cierre, de cuero -inglés, con dos iniciales de plata enlazadas, prenda evidentemente -masculina. Por un instinto de discreción y respeto, Gabriel se hizo el -tonto y entregó su hallazgo sin intentar ver la cifra. - ---Pues me habían dado un susto ese Imperfecto y esa Diabla...--murmuró -tratando de disimular mejor la sorpresa.--Están en Belén... ¿Se había V. -negado, sí ó no? - ---Le diré á V.... Di una orden... Claro que con V. no rezaba; bien ha -visto V. que le llamé...--alegó la señora con acento contrito, cual si -se disculpase de alguna falta gorda, y muy inmutada, aunque esforzándose -también en no descubrirlo. - ---¿Y qué es ello? ¿Jaqueca? - ---Sí..., bastante incómoda. (Asís se llevó la mano á la sien.) - ---Entonces le voy á dar V. la noche si me quedo. La dejaré á V. -descansar... En durmiendo se pasa. - ---No, no, qué disparate... No se va V. Al contrario... - ---¿Cómo que _al contrario_? Ruego que se expliquen esas -palabras--exclamó el comandante, aprovechando la ocasión de bromear -para que se le quitase á Asís el sobresalto. - ---Se explicarán... Significan que va V. á acompañarme por ahí fuera un -ratito... A dar una vuelta á pié. Me conviene esparcirme, tomar el -aire... - ---Iremos á un teatrillo... ¿Quiere V.? Dicen que es muy gracioso _El -padrón municipal_, en Lara. - ---Teatrillo..., ¿calor, luces, gente? V. pretende asesinarme. No: si lo -que me pide el cuerpo es ejercicio. Así, conforme estoy, sin vestirme... -Me planto un abrigo y un velo... Me calzo... y jala. - ---A sus órdenes. - -Cuando salieron á la calle, Asís suspiró, aliviada, y con el impulso de -su andar señaló la dirección del paseo. - -El barrio de Salamanca, á trechos, causa la ilusión gratísima de estar -en el campo: masas de árboles, ambiente oxigenado y oloroso, espacio -libre, y una bóveda de firmamento que parece más elevada que en el resto -de Madrid. - -La noche era espléndida, y al levantar Asís la cabeza para contemplar el -centelleo de los astros, se le ocurrió, por decir alguna cosa, -compararlos á las joyas que solía admirar en los bailes. - ---Aquellas cuatro estrellitas seguidas parecen el imperdible de la -marquesa de Riachuelo... cuatro brillantazos que le dejan á uno bizco. -Esa constelación... ¡allí, hombre, allí! hace el mismo efecto que la -joya que le trajo de París su marido á la Torres-Nobles... Hasta tiene -en medio una estrellita amarillenta, que será el brillante brasileño del -centro. Aquel lucero tan bonito, que está solo... - ---Es Venus... Tiene algo de emblemático eso de que Venus sea tan guapa. - ---V. siempre confundiendo lo humano y lo divino... - ---No, si la mezcolanza fué V. quien la armó comparando los astros á las -joyas de sus amiguitas. ¡Qué hermoso es el cielo de Madrid!--añadió -después de breve silencio.--En esto tenemos que rendir el pabellón, -paisana. Nuestro suelo es más fresco, más bonito; pero la limpieza de -esta atmósfera... Allá hay que mirar hacia abajo, aquí hacia arriba. - -Callaron un ratito. - -En aquel dosel azul sembrado de flores de pedrería, Asís y el comandante -veían la misma cosa, un tarjetero de piel inglesa, y como por magnética -virtud, sentían al través de sus brazos, que se tocaban, el mutuo -pensamiento. - -Hallábanse al final del Prado, enteramente desierto á tales horas, con -sus sillas recogidas y vueltas. Se escuchaba el murmurio monótono de la -Cibeles, y allá en el fondo del jardincillo, tras las irregulares masas -de las coníferas, destacaba el Museo su elegante silueta de palacio -italiano. No pasaba un alma, y la plazuela de las Cortes, á la luz de -sus faroles de gas, parecía tan solitaria como el Prado mismo. - ---¿Subimos hacia la Carrera?--interrogó Pardo. - ---No, paisano... ¡Ay Jesús! A los dos pasos nos encontrábamos algún -conocido, y mañana..., chi, chi, chi..., cuentecito en casa de Sahagún ó -donde se les antojase. Bajemos hacia Atocha. - ---Y V. ¿por qué da á _eso_ tanta importancia? ¿Qué tiene de particular -que salga V. á tomar el fresco en compañía de un amigo formal? Cuidado -que son majaderas las fórmulas sociales. Yo puedo ir á su casa de V. y -estarme allí las horas muertas sin que nadie se entere ni se ocupe, y -luego, si salimos reunidos á la calle media hora... cataplum. - ---Qué manía tiene V. de ir contra la corriente... Nosotros no vamos á -volver el mundo patas arriba. Dejarlo que ruede. Todo tiene sus por -qués, y en algo se fundan esas precauciones ó fórmulas, como V. les -llama. ¡Ay! ¡Qué fresquito tan hermoso corre! - ---¿Está V. mejor? - ---Un poco. Me da la vida este aire. - ---¿Quiere V. sentarse un rato? El sitio convida. - -Sí que convidaba el sitio, á la vez acompañado y solo: unos anchos -asientos de piedra que hay delante del Museo, á la entrada de la calle -de Trajineros, la cual si por su gran proximidad á la plazuela de las -Cortes resulta céntrica y decorosa, á semejante hora compite en lo -desierta con el despoblado más formidable de Castilla. Las acacias -prodigaban su rica esencia, y si el comandante tuviese propósito de -declarar á la señora algún atrevido pensamiento, nunca mejor. No sería -así, porque después de tomar asiento se quedaron mudos ella y él; Asís, -además de muda, estaba cabizbaja y absorta. - -No es posible que esta clase de pausas se establezcan en una entrevista -á solas de hombre y mujer, en tales sitios y horas, sin producirles á -los dos un estado de ánimo singular, á la vez atractivo y embarazoso. El -comandante limpió sus quevedos, operación que verificaba muy á menudo, -volvió á calárselos, y salió por la puerta ó por la ventana, juzgando -que la señora desearía explayarse. - ---A mí no me la pega V. con jaquecas, Paquita... V. tiene algo... alguna -cosa que la preocupa en gordo... No se me alarme V.: ya sabe que somos -amigos viejos. - ---Pero si no tengo nada... ¡Qué ocurrencia! - ---Mejor, señora, mejor, celebro que sea así,--dijo Don Gabriel -retrocediendo discretamente.--Yo, en cambio, le podría confiar á V. -penas muy grandes..., cosas raras. - ---¿Lo de la sobrina?--preguntó Asís con curiosidad, pues ya dos ó tres -veces en conversación familiar habían aludido de rechazo á ese misterio -de la vida de Don Gabriel. - ---Sí; al menos la parte mía..., lo que me toca..., eso puedo contárselo -á V. Sabe Dios cómo lo glosa la gente.--(Pardo se alzó el sombrero, -porque tenía las sienes húmedas de sudor.)--Creo que se dice que la -pobrecilla me detestaba y que por librarse de mi entró en un convento de -novicia... Falso. No me detestaba, y es más: me hubiese querido con toda -su alma á la vuelta de poco tiempo... Sólo que ella misma no acertó á -descifrarlo. Cuando me conoció, estaba comprometida con otro hombre... -cuya clase... no... En fin, que no podía aspirar á ser su marido. Y al -convencerse de esto, la infeliz muchacha pensó que se acababa el mundo -para ella y que no tenía más refugio que el convento, ¡Ay, Paquita! ¡Si -supiese V. qué ratos... qué tragedia! Es asombroso que después de -ciertos acontecimientos pueda uno volver á vivir como antes..., y vaya á -tertulias y se chancee, y mire otra vez á las mujeres, y le agraden, -sí..., como me agrada V., por ejemplo..., y no lo eche V. á mala parte, -que no soy pretendiente importuno, sino amigo de verdad. Ya sabe V. cómo -digo yo las cosas. - -Oía la dama la voz del artillero y al par otra interior que zumbaba -confusamente: - ---Confíale algo..., al menos indícale tu situación... Ideas -estrafalarias las tiene, y á veces es poco práctico, pero es leal... No -corres peligro, no... Así te desahogarás... Tal vez te aconseje bien. -Anda, boba... ¿No hace él confianza de ti? Además... no creas que -callando le engañas... ¡Quítale ya la escama del tarjetero! - -A pesar de las excitaciones de la voz indiscreta, la señora, en alto, -decía tan sólo: - ---¿Con que la chica le quería á V. algo? ¿Sin saberlo? ¡Eso es muy -particular! ¿Y cómo lo explica V.? - ---¡Ay, Paquita! He renunciado á explicar cosa alguna... No hay -explicación que valga para los fenómenos del corazón. Cuanto más se -quieren entender, más se obscurecen. Hay en nosotros anomalías tan -raras, contradicciones tan absurdas... Y á la vez cierta lógica fatal. -En esto de la simpatía sexual, ó del amor, ó como V. guste llamarle, es -en lo que se ven mayores extravagancias. Luego, á los caprichos y las -desviaciones y los brincos de esta víscera que tenemos aquí, sume V. la -maraña de ideas con que la sociedad complica los problemitas -psicológicos. La sociedad... - ---Contigo tengo la tema, morena...--interrumpió Asís festivamente.--V. -le echa á la sociedad todas las culpas. Ahí que no duele. Ya no sé como -tiene espaldas la infeliz. - ---Pues, figúrese V., paisana. Como que de mi tragedia únicamente es -responsable la sociedad. Por atribuir exagerada importancia á lo que -tiene mucha menos ante las leyes naturales. Por hacer lo principal de lo -accesorio. En fin, punto en boca. No quiero escandalizarla á V. - ---Paisano... Pero si me da mucha curiosidad eso que iba Vd. diciendo... -No me deje á media miel... Todas las cosas pueden decirse, según como se -digan. No me escandalizaré, vamos. - ---Bien, siendo así... Pero ya no sé en que estábamos... ¿V. se acuerda? - ---Decía V. que lo principal y lo accesorio... Eso será alguna herejía -tremenda, cuando no quiso V. pasar de ahí. - ---Sí, señora... Verá V. la herejía... Yo llamo accesorio á lo que en -estas cuestiones suele llamarse principal... ¿Se hace V. cargo? - -Asís no respondió, porque pasaba un mozalbete silbando un aire de -zarzuela y mirando de reojo y con malicia al sospechoso grupo. Cuando se -perdió de vista, pronunció la dama: - ---¿Y si me equivoco? - ---¿No se asusta V. si lo expreso claramente? - -La verdad, desde cierta distancia aquello parecía un diálogo amoroso. -Acaso la valla que existía para que ni pudiese serlo ni llegase á serlo -jamás, era un delgado y breve trozo de piel inglesa--la cubierta de un -tarjetero. - ---No, no me asusto... Vamos á hablar como dos amigos... francamente. - ---¿Quedamos en eso? ¡Magnífico! Pues conste que ya no tiene V. derecho -para reñirme si se me va la lengua... Procuraré, sin embargo... En fin, -entiendo por accesorio... aquello que Vds. juzgan irreparable. ¿Lo pongo -más claro aún? - ---No, ¡basta!--gritó la señora.--Pero entonces, ¿qué es lo principal -según V.? - ---Una cosa que abunda menos..., y en cambio vale más... La realidad de -un cariño muy grande entre dos... ¿Qué le parece á V.? - ---¡Caramba!--exclamó la señora, meditabunda. - ---Le voy á proponer á V. una demostración de mi teoría... Ejemplo; como -dicen los predicadores. Imagínese que en vez de estar en el Prado, -estamos en Tierra de Campos, á dos leguas de un poblachón; que yo soy un -bárbaro; que me prevalgo de la ocasión, y abuso de la fuerza, y la falto -á V. al respeto debido... ¿Hay entre nosotros, dos minutos después, -algún vínculo que no existía dos minutos antes? No señora. Lo mismo que -si ahora se trompica V. con una esquina..., se hace daño..., procura -apartarse y andar con más cuidado otra vez... y acabóse. - ---Pintado el lance así..., lo que habría, que V. me parecería atroz de -antipático y de bruto. - ---Eso sí... pero vamos á perfeccionar el ejemplo, y pido á V. perdón de -antemano por una conversación tan _shocking_. Pues no señora: suponga V. -que yo no abuso de la fuerza ni ese es el camino. Lo que hago es -explotar con maña la situación y despertar en V. ese germen que existe -en todo ser humano... Nada de violencia: si acaso, en el terreno -puramente moral... Yo soy hábil y provoco en V. un momento de -flaqueza... - -Fortuna que era de noche y estaba lejos el farol, que si no, el sofoco y -el azoramiento de la dama se le meterían por los ojos al comandante.--Lo -sabe, lo sabe--calculaba para sí, toda trémula, y en voz alterada y -suplicante, exclamó interrumpiendo: - ---¡Qué horror! ¡Don Gabriel! - ---¿Qué horror? ¡Mire V. lo que va de Vds. á nosotros! Ese horror, -Paquita del alma, no les parece horrible á los caballeros que V. trata y -estima: al marqués de Huelva, con su severidad de principios y su -encomienda de Calatrava, que no se quita ni para bañarse... al papá de -V., tan amable y francote... á mí... al otro... á toditos. Es valor -entendido, y á nadie le extraña ni le importa un bledo. Tratándose de -Vds., es cuando por lo más insignificante se arma una batahola de mil -diablos, que no parece sino que arde por los cuatro costados Madrid. La -infeliz de Vds. que resbala, si olfateamos el resbalón, nos arrojamos á -ella como sabuesos, y, ó se salva casándose con el _seductor_, ó la -matriculamos en el gremio de las mujeres galantes hasta la hora de la -muerte. Ya puede, después de su falta, llevar vida más ejemplar que la -de una monja: la hemos fallado... no nos la pega más. O bodas, ó es V. -una corrida, una perdida de profesión... ¡Bonita lógica! V., niña -inocente, que cae víctima de la poca edad, la inexperiencia y la tiranía -de los afectos y las inclinaciones naturales, púdrase en un convento, -que ya no tiene V. más camino... Amiga Asís... ¡Tonterías! - -Mientras hablaba el comandante, su fantasía, en vez de los plátanos del -jardincillo, le representaba otras masas sombrías de follaje, robles y -castaños; y el olor fragante de las flores de acacia le parecía el de -las silvestres mentas que crecen al borde de los linderos en el valle de -Ulloa. La dama que tenía á su lado, por el mismo fenómeno de óptica -interior, veía el rebullicio de una feria, una casita al borde del -Manzanares, un cuartuco estrecho, un camastro, una taza de té volcada... - ---Tonterías--prosiguió Don Gabriel, sin fijarse en la gran emoción de -Asís--pero que se pagan caras á veces... Sucede que se nos imponen, y -que por obedecerlas, una mujer de instintos nobles se juzga manchada, -vilipendiada, infamada por toda su vida á consecuencia de un minuto de -extravío, y, de no poder casarse con aquel á quien se cree ligada para -siempre jamás, se anula, se entierra, se despide de la felicidad por los -siglos de los siglos amén... Es monja sin vocación, ó es esposa sin -cariño... Ahí tiene V. dónde paran ciertas cosas. - -Al murmurar con amargura estas palabras, el comandante, en lugar de la -silueta gentil del Museo, veía las verdosas tapias del convento -santiagués, las negras rejas de trágicos recuerdos, y tras de aquellas -rejas, comidas de orín, una cara pálida, con obscuros ojos, muy -semejante á la de cierta hermana suya, que había sido el cariño más -profundo de su vida. - - - - -XIV - - -Vaya, Pardo... Es V. terrible. ¿Me quiere V. igualar la moral de los -hombres con la de las mujeres? - ---Paquita... dejémonos de _clichés_.--(Pardo usaba muy á menudo esta -palabrilla para condenar las frases ó ideas vulgares.)--Tanto jabón -llevan Vds. en las suelas del calzado como nosotros. Es una hipocresía -detestable eso de acusarlas é infamarlas á Vds. con tal rigor por lo que -en nosotros nada significa. - ---¿Y la conciencia, señor mío? ¿Y Dios? - -La dama argüía con cierta afectada solemnidad y severidad, bajo la cual -velaba una satisfacción inmensa. Iban pareciéndole muy bonitos y -sensatos los detestables sofismas del comandante, que así pervierte la -pasión el entendimiento. - ---¡La conciencia! ¡Dios!--exclamó él, remedando el tono enfático de la -señora.--Otro registro. Bueno: toquémoslo también. ¿Se trata de -pecadores creyentes? ¿Católicos, apostólicos, romanos? - ---Por supuesto. ¿Ha de ser todo el mundo hereje como V.? - ---Pues si tratamos de creyentes, la cuestión de conciencia es -independiente de la de sexo. Aunque me llama V. hereje, todavía no he -olvidado la doctrina; puedo decirle á V. de corrido los diez -mandamientos... y se me figura que rezan igual con nosotros que con Vds. -Y también sé que el confesor las absuelve y perdona á Vds. igualito que -á nosotros. Lo que pide á la penitente el ministro de Dios es -arrepentimiento, propósito de la enmienda. El mundo, más severo que -Dios, pide la perfección absoluta, y si no... O todo ó nada. - ---No, no; mire V. que también el confesor nos aprieta más las clavijas. -Para Vds. la manga se ensancha un poquito...--repuso Asís, paladeando el -deleite de aducir malas razones para saborear el gusto de verlas -refutadas. - ---Hija, si eso hacen, es por prudencia, para que no desertemos del -confesonario si nos da por frecuentarlo... En el fondo, ningún confesor -le dirá á V, que hay un pecado más para las hembras. Es decir, que la -cosa queda reducida á las consecuencias positivas, exteriores..., al -criterio social. En salvando éste, en no sabiéndose nada, el asunto no -tiene más trascendencia en Vds. que en nosotros... Y en nosotros... -¡ayúdeme V. á sentir! (Al argüir así, el comandante castañeteaba los -dedos.) Ahora, si V. me ataca por otro lado... - ---Yo...--balbució la señora, sin pizca de ganas de atacar. - ---Si me sale V. con el respeto y la estimación propia... con lo que cada -cual se debe á sí mismo... - ---Eso... lo que cada cual se debe á sí mismo--articuló Asís hecha una -amapola. - ---Convendré en que eso siempre realza á una mujer; pero, en gran parte, -depende del criterio social. La mujer se cree infamada, después de una -de esas caídas, ante su propia conciencia, porque le han hecho concebir -desde niña que lo más malo, lo más infamante, lo irreparable, es eso; -que es como el infierno, donde no sale el que entra. A nosotros nos -enseñan lo contrario; que es vergonzoso para el hombre no tener -aventuras, y que hasta queda humillado si las rehuye... De modo, que lo -mismo que á nosotros nos pone muy huecos, á Vds. las envilece. -Preocupaciones hereditarias emocionales, como diría Spencer. Y vaya unos -terminachos que la suelto á V. - ---No, si yo con su trato ya me voy haciendo una sabia. Todos los días me -aporrea V. los oídos con cada palabrota... - ---¿Y si yo le dijese á V.--prosiguió Pardo echándose á disertar--que -_eso_ que llamé accesorio en las aventurillas, me parece á mí que en el -cariño verdadero, cuando están unidas así, así, como si las pegasen con -argamasa, las voluntades, llega á ser más accesorio aún? Es el -complemento de otra cosa mucho más grande, que dura siempre, y que -comprende eso y todo lo demás... Lo estoy embrollando, paisana. V. se -ríe de mí: á callar. - -Asís oía, oía con toda su alma, pareciéndole que nunca había tenido su -paisano momentos tan felices como aquella noche, ni hablado tan discreta -y profundamente. Los dichos del comandante, que al pronto lastimaban sus -convicciones adquiridas, entraban, sin embargo, como bien disparadas -saetas hasta el fondo de su entendimiento y encendían en él una especie -de hoguera incendiaria, á cuya destructora luz veía tambalearse -infinitas ideas de las que había creído más sólidas y firmes hasta -entonces. Era como si le arrancasen del espíritu una muela dañada: dolor -y susto al sentir el frío del instrumento y el tirón; pero después, un -alivio, una sensación tan grata viéndose libre de aquel cuerpo muerto... -Anestesia de la conciencia, con cloroformo de malas doctrinas, podría -llamarse aquella operación quirúrgico-moral. - ---Es un extravagante este hombre--pensaba la operada.--Decir, me está -diciendo cosas estupendas... Pero se me figura que le sobra la razón por -encima de los pelos. Habla por su boca la justicia. ¿Va una á creerse -criminal por unos instantes de error? Siempre estoy á tiempo de pararme -y no reincidir... ¡Claro que si por sistema!... Ni él tampoco dice eso, -no... Su teoría es que ciertas cosas que suceden así... qué sé yo cómo, -sin iniciativa ni premeditación por parte de uno, no han de mirarse como -manchas de esas que ya nunca se limpian... El mismo Padre Urdax de fijo -que no es tan severo en eso como la sociedad hipocritona... ¡Ay Dios -mío! Ya estoy como mi paisano, echándole á la sociedad la culpa de todo. - -Al llegar aquí de sus reflexiones la dama, la molestó un cosquilleo, -primero entre las cejas, luego en la membrana de la nariz... ¡Aaach! -Estornudó con ruido, estremeciéndose. - ---¡Adiós! Ya se me ha resfriado V.--exclamó su amigo.--No está V. -acostumbrada á estas vagancias al sereno... Levántese V. y paseemos. - ---No, si no es el rocío lo que me acatarra á mí... He tomado sol. - ---¿Sol? ¿Cuándo? - ---Ayer..., digo, anteayer..., yendo..., sí, yendo á misa á las -Pascualas. No crea V.: desde entonces ando yo regular, nada más que -regularcita. Cuándo jaquecas, cuándo mareos... - ---De todos modos... guíese V. por mí: caminemos, ¿eh? Si sobre la -insolación le viene á V. un pasmo... ó coge V. unas intermitentes de -estas de primavera en Madrid... - ---No me asuste V.... Tengo poco de aprensiva--contestó la dama -levantándose y envolviéndose mejor en el abrigo. - ---¿A su casa de V.? - ---Bien..., sí, vamos hacia allá despacio. - -No siguió el comandante explanando sus disolventes opiniones hasta la -misma puerta de la señora. Al abrirla Imperfecto, Asís convidó á su -amigo á que descansase un rato; él se negó; necesitaba darse una vuelta -por el Círculo Militar, leer los periódicos extranjeros y hablar con un -par de amigos, á última hora, en Fornos. Deseó respetuosamente las -buenas noches á la señora y bajó las escaleras á paso redoblado. Con el -mismo echó calle abajo aquel gran despreocupado, nihilista de la moral: -y nos consta que iba haciendo éste ó parecido soliloquio, idéntico al -que, en igualdad de circunstancias, haría otra persona que pensase según -todos los _clichés_ admitidos: - ---Me ha engañado la viuda... Yo que la creía una señora impecable. Un -apabullo como otro cualquiera. No he mirado las iniciales del tarjetero: -serían... ¡vaya V. á saber! Porque en realidad, ni nadie murmura de -ella, ni veo á su alrededor persona que... En fin, cosas que suceden en -la vida; chascos que uno se lleva. Cuando pienso que á veces se me -pasaba por la cabeza decirle algo formal... No, esto no es un _caballo -muerto_, ¡qué disparate! es sólo un tropiezo del caballo... No he -llegado á caerme... ¡Así fuesen los desengaños todos!... - -Siguió caminando sin ver los árboles del Retiro, que se agrupaban en -misteriosas masas á su derecha. Ni percibía el olor de las acacias. Pero -él seguía oliendo, no á los cortesanos y pulidos vegetales de los -paseos públicos, sino á otros árboles rurales, bravíos y libres: los que -producen la morena castaña que se asa en los magostos de Noviembre, en -el valle de los Pazos. - - - - -XV - - -La tarde del día siguiente la dedicó Asís á pagar visitas. Tarea -maquinal y enfadosa, deber de los más irritantes que el pacto social -impone. Raro es que nadie se someta á él sin murmurar, por fuera ó por -dentro, del mundo y sus farsas. Menos mal cuando las visitas se hacen, -como las hacía la dama, en piés ajenos. Entonces lo arduo de la faena -empieza en las porterías. ¡Si todas las casas fuesen como la de Sahagún -ó la de Torres-Nobles, por ejemplo! Allí, antes de llegar, ya llevaba -Asís en la mano la tarjeta con el pico dobladito, y al sentir rodar el -coche, ya estaba asomándose al ancho vano del portón el portero -imponente, patilludo, correcto, amabilísimo, que recogía la tarjeta -preguntando:--¿A dónde desea ir la señora?--para transmitir la orden al -cochero. Los Torres-Nobles, los Sahagún, los Pinogrande y otras familias -así, de muy alto copete, no recibían sino de noche alguna vez, y el -llegarse á su casa para dejar la tarjeta representaba una fórmula de -cortesía facilísima de cumplir al bajar al paseo ó al volver de las -tiendas. Pero si entre las relaciones de Asís las había tan granadas, -otras eran de muchísimo menos fuste, y algunas, procedentes de Vigo, -rayaban en modestas. Y allí era el entrar en portales angostos, el -parlamentar con porteras gruñonas, la desconsoladora respuesta:--Sí, -señora, me paece que no ha salió en to el día de casa... Tercero con -entresuelo, primero y principal... á mano izquierda.--Y la ascensión -interminable, el sobrealiento, el tedio de subir por aquel caracol -obscuro, con olores á cocina y á todas las oficinas caseras, y la cerril -alcarreña que abre, y la acogida embarazosa, las empalagosas -preguntitas, los chiquillos sucios y desgreñados, los relatos de -enfermedades, la chismografía viguesa agigantada por la óptica de la -distancia... Vamos, que era para renegar, y Asís renegaba en su -interior, consultando, sin embargo, la lista de la cartera y diciendo -con un suspiro profundo:--¡Ay! Aún falta la viuda de Pardiñas... la -madre del médico de Celas..., y Rita, la hermana de Gabriel Pardo... Y -esa si que es urgente... Ha tenido al chiquillo con difteria... - -Por lo mismo que el ajetreo de las visitas había sido tan cargante, que -á la mayor parte se las encontrara en casa y que no le sacaron sino -conversaciones capaces de aburrir á una estatua de yeso, la dama -regresaba á su vivienda con el espíritu muy sosegado. A semejanza de los -devotos que si les hurga la conciencia se imponen la obligación de -rezar tres rosarios seguidos y una serie considerable de padre nuestros, -Asís, sintiéndose reo de perturbación social, ó al menos de amago de -este delito, se consagraba á cumplir minuciosamente los ritos de -desagravio, y como le habían producido tan soberano fastidio, juzgaba -saldada más de la mitad de su cuenta. Por otra parte, encontrábase -decidida--más que nunca--á cortar las irregularidades de su conducta -presente. Tenía razón el comandante: la falta, bien mirado, no era tan -inaudita; pero si trascendía al público, ¡ah! ¡entonces! Evitar el -escándalo y la reincidencia, precaver lo venidero..., y se acabó. Cortar -de raíz, eso sí, (la dama veía entonces la virtud en forma de grandes y -afiladísimas tijeras, como las que usan los sastres). Y bien podía -hacerlo, porque la verdad ante todo, su corazón no estaba -interesado...--Vamos á ver--argüía para sí la señora.--Supongamos que -ahora viniesen á decirme: Diego Pacheco se ha largado esta mañana á su -tierra, donde parece que se casa con una muchacha preciosa... Nada: yo -tan fresca, sin echar ni una lágrima. Hasta puede que diese gracias á -Dios, viéndome libre de este grave compromiso. Pues la cosa es bien -sencilla: ¿se había de ir él? Soy yo quien se larga. Así como así, días -arriba ó abajo, ya estaba cerca el de irse á veranear... Pues adelanto -el veraneo un poquillo... y corrientes.--¡Qué descanso tomar el tren! Se -concluían aquellos recelos incesantes, aquel volver el rostro cuando la -Diabla le preguntaba alguna cosa, aquella tartamudez, aquella -vergüenza, vergüenza tonta en una viuda, que al fin y al cabo era libre -y no tenía que dar á nadie cuenta de sus actos... - -Pensaba en estas cosas cuando se apeó y empezó á subir la escalera de su -casa. Aún no estaba encendida la luz, caso frecuente en las tardes -veraniegas. Al segundo tramo... ¡Dios nos asista! Un hombre que se -destaca del obscuro rincón... ¡Pacheco! - -Reprimió el chillido. El meridional la cogía ambas manos con violencia. - ---¿Cómo está mi niña? Tres veces he venido y siempre te negaron... Lo -que es una de ellas juro que estabas en casa... Si no quieres verme, -dímelo á mí, que no vendré... Te miraré de lejitos en el paseo ó en el -teatro... Pero no me despidas con una criada, que se ríe de mí al darme -con la puerta en las narices. - ---No... pero si yo...--contestaba aturdida la señora. - ---¿No se había negado la nena para mí? - ---No, para ti no...--afirmó rápidamente Asís con acento de sinceridad: -tan espontáneo é inevitable suele ser en ciertas ocasiones el engaño. - ---Pues, entonces, vengo esta noche. ¿Sí? Esta noche á las nueve. - -Hizo la dama un expresivo movimiento. - ---¿No quieres? ¿Tienes compromiso de salir, de ir á alguna parte? La -verdad, chiquilla. Me largaré como aquel á quien le han dado cañaso, -pero no porfiaré. Me sabe mal porfiar. Por mí no has de tener tú media -hora de disgusto. - -Asís titubeaba. Cosa rara y sin embargo explicable dentro de cierto -misterioso ilogismo que impone á la conducta femenina la difícil -situación de la mujer: lo que decidió su respuesta afirmativa fué -cabalmente la resolución de poner tierra en medio que acababa de adoptar -en el coche. - ---Bueno, á las nueve... (Pacheco la apretó contra sí.) ¿Pero... te irás -á las diez? - ---¿A las diez? Es tanto como no venir... Tú tienes que hacer hoy: dímelo -así, clarito. - ---Que hacer no... Por los criados. No me gusta dar espectáculo á esa -gente. - ---El chico no importa, es un bausán... La chica es más avispada. Mándala -con un recado fuera... Hasta pronto. - -Y Pacheco ocultó la cara en el pelo de la señora, descomponiéndolo y -echándola el sombrero hacia atrás. Ella se lo arregló antes de llamar, -lo cual hizo con pulso trémulo. - -Iba muy preocupada, mucho. Se desnudó distraídamente, dejando una prenda -aquí y otra acullá; la Diabla las recogía y colgaba, no sin haberlas -sacudido y examinado con un detenimiento que á Asís le pareció -importuno. ¿Por qué no rehusar firmemente la dichosa cita?... Sí, sería -mejor; pero al fin, para el tiempo que faltaba... Volvióse hacia la -doncella. - ---Mira, revisarás el mundo grande...: creo que tiene descompuestas las -bisagras. Acuérdate mañana de ir á casa de Madama Armandina...; puede -que ya estén los sombreros listos... Si no están, la das prisa. Que -quiero marcharme pronto, pronto. - ---¿A Vigo, señorita?--preguntó la Diabla con hipócrita suavidad. - ---¿Pues á dónde? También te darás una vuelta por el zapatero... y á ver -si en la plazuela del Angel tienen compuesto el abanico. - -Dictando estas órdenes se calmaba. No, el rehusar no era factible. Si le -hubiese despedido esta noche, él querría volver mañana. Disimulo, -transigir... y, como decía él..., _najencia_. - -Comió poco; sentía esa constricción en el diafragma, inseparable -compañera de las ansiedades y zozobras del espíritu. Miraba -frecuentemente para la esfera del reloj, el cual no señalaba más que las -ocho al levantarse la señora de la mesa. - ---Oye, Angela... - -Faltábale saliva en la boca; la lengua se le pegaba al velo del paladar. - ---Oye, hija... ¿Quieres... irte á pasar esta noche con tu hermana, la -casada con el guardia civil? ¿Eh? - ---¡Ay señorita!... Yo, con mil amores... Pero vive tan lejos: el cuartel -lo tienen allá en las Peñuelas... Mientras se va y se viene... - ---Es lo de menos... Te pago el tranvía... ó un simón. Lo que te haga -falta... Y aunque vuelvas después de... media noche, ¿eh? no dejarán de -abrirte. Come á escape... Mira, ¿no tiene tu hermana una niña de seis -años? - ---De ocho, señorita, de ocho... Y un muñeco de trece meses que anda con -la dentición. - ---Bien: á la niña podrá servirle, arreglándola... Le llevas aquella ropa -de Marujita que hemos apartado el otro día... - ---Dios se lo pague... ¿También el sombrero de castor blanco, con el -pájaro? - ---También... Anda ya. - -El sombrero de castor produjo excelente efecto. Imaginaba siempre la -señora que, de algunos días á esta parte, su doncella se atrevía á -mirarla y hablarla ya con indefinible acento severo, ya con disimulada -entonación irónica; pero después de tan espléndida donación, por más que -aguzó la malicia, no pudo advertir en el gracioso semblante de la criada -sino júbilo y gratitud. Comió la Diabla en tres minutos: ni visto ni -oído: y á poco se presentó á su ama muy maja y pizpireta, con traje -dominguero, el pelo rizado á tenacilla, botas que cantaban. - ---Vete, hija, ya debe de ser tarde... Las nueve menos cuarto... - ---No, señorita... Las ocho y veinticinco por el comedor... ¿Tiene algo -que mandar? ¿Quiere alguna cosa?... - ---Nada, nada... Que lo pases bien... ¡Qué elegante te has puesto!... -¿Allí habrá gente, eh? ¿Guardias civiles? ¿Jóvenes? - ---Algunos... Hay uno de nuestra tierra... de la provincia de Pontevedra, -de Marín..., alto él, con bigote negro. - ---Bien, hija... Pues lo que es por mí, ya puedes marcharte. - -¿Qué haría aquella maldita Diabla, que un cuarto de hora después de -recibidas semejantes despachaderas aún no había tomado el portante? Con -el oído pegado á la puertecilla falsa de su dormitorio, que caía al -pasillo, Asís espiaba la salida de su doncella, mordiéndose los labios -de impaciencia nerviosa. Al fin sintió pasitos, taconeo de calzado -flamante, oyó una risotada, un _¡divertirse y gastar poco!_ que venía de -la cocina... La puerta se abrió, hizo ¡puum! al cerrarse... ¡Ay, gracias -á Dios! - -Así que se fué la condenada chica, parecióle á la señora que todo el -piso se había quedado en un silencio religioso, en un recogimiento -inexplicable. Hasta la lámpara del saloncito alumbraba, si cabe, con luz -más velada, más dulce que otras noches. Eran las nueve menos cuarto: -Pacheco aun tardaría cosa de veinte minutos... Se oyó un campanillazo -sentimental, tímido, como si la campanilla recelase pecar de -indiscreta... - - - - -XVI - - -Era Pacheco, envuelto en su capa de embozos grana, impropia de la -estación, y de hongo. Detúvose en la puerta como irresoluto, y Asís tuvo -que animarle: - ---Pase V... - -Entonces el galán se desembozó resueltamente y se informó de cómo -andaba la salud de Asís. - -En los primeros momentos de sus entrevistas, siempre se hablaban así, -empleando fórmulas corteses y preguntando cosas insignificantes; su -saludo era el saludo de ordenanza en sociedad: estrecharse la mano. Ni -ellos mismos podrían explicar la razón de este procedimiento extraño, -que acaso fuese la cortedad debida á lo reciente é impensado de su trato -amoroso. No obstante, algo especial y distinto de otras veces notaría el -andaluz en la señora, que al sentarse en el diván á su lado, murmuró -después de una embarazosa pausa: - ---¡Qué fría me recibes! ¿Qué tienes? - ---¡Qué disparate! ¿Qué voy á tener? - ---¡Ay prenda, prenda! A mí no se me engaña... Soy perro viejo en materia -de mujeres. Estorbo. Tú tenías algún plan esta noche. - ---Ninguno, ninguno--afirmó calurosamente Asís. - ---Bien, lo creo. Eso sí que lo has dicho como se dicen las verdaes. -Pero, en plata: que no te pinchaban á ti las ganas de verme. Hoy me -querías tú á cien leguas. - -Aseveró esto metiendo sus dedos largos, de pulcras uñas, entre el pelo -de la señora, y complaciéndose en alborotar el peinado sobrio, sin -postizos ni rellenos, que Asís trataba de imitar del de la Pinogrande, -maestra en los toques de la elegancia. - ---Si no quisiese recibirte, con decírtelo... - ---Así debiera ser... el corasonsillo en la mano... Pero á veces se le -figura á uno que está comprometido á pintar afecto, ¿sabes tú?, por -caridad ó qué sé yo por qué... Si yo lo he hecho á cada rato con un -ciento de novias y de querías... Harto de ellas por cima de los pelos... -y empeñado en aparentar otra cosa... porque es fuerte eso de estamparle -á un hombre ó á una hembra en su propia cara:--Ya me tiene V. hasta -aquí... no me hace V. ni tanto de ilusión. - ---¿Quién sabe si eso te estará pasando á ti conmigo?--exclamó Asís -festivamente, echándolas de modesta. - -No contestó el meridional sino con un abrazo vehemente, apretado, -repentino, y un--_¡ojalá!_--salido del alma, tan ronco y tan dramático, -que la dama sintió rara conmoción, semejante á la del que, poniendo la -mano sobre un aparato eléctrico, nota la sacudida de la corriente. - ---¿Por qué dices _ojalá_?--preguntó, imitando el tono del andaluz. - ---Porque esto es de más; porque nunca me vi como me veo; porque tú me -has dado á beber zumo de hierbas desde que te he conocío, chiquilla... -Porque estoy mareado, chiflado, loco, por tus pedasos de almíbar... ¿Te -enteras? Porque tú vas á ser causa de la perdición de un hombre, lo -mismo que Dios está en el sielo y nos oye y nos ve... Terroncito de sal, -¿qué tienes en esta boca, y en estos ojos, y en toda tu persona, para -que yo me ponga así? A ver, dímelo, gloria, veneno, sirena del mar. - -La señora callaba, aturdida, no sabiendo qué contestar á tan apasionadas -protestas; pero vino á sacarla del apuro un estruendo inesperado y -desapacible, el alboroto de una de esas músicas ratoneras antes llamadas -_murgas_, y que en la actualidad, por la manía reinante de elevarlo -todo, adoptan el nombre de _bandas populares_. - ---¡Oiga! ¿Nos dan cencerrada ya los vecinos del barrio?--gritó Pacheco, -levantándose del sofá y entreabriendo las vidrieras.--¡Y cómo desafinan -los malditos!... Ven á oir, chiquilla, ven á oir. Verás cómo te rompen -el tímpano. - -En el meridional no era sorprendente este salto desde las ternezas más -moriscas al más prosaico de los incidentes callejeros: estaba en su modo -de ser la transición brusca, la rápida exteriorización de las -impresiones. - ---Mira, ven--continuó.--Te pongo aquí una butaca y nos recreamos. ¿A -quién le dispararán la serenata? - ---A un almacén de ultramarinos que se ha estrenado hoy--contestó Asís -recordando casualmente chismografías de la Diabla.--En la otra acera, -pocas casas más allá de la de enfrente. Aquella puerta... allí. ¡Ya -tenemos música para rato! - -Pacheco arrastró un sillón hacia la ventana y se sentó en él. - ---¡Desatento!--exclamó riendo la señora.--¿Pues no decías que era para -mí? - ---Para ti es--respondió el amante cogiéndola por la cintura y -obligándola quieras ó no quieras á que se acomodase en sus rodillas. Se -resistió algo la dama, y al fin tuvo que acceder. Pacheco la mecía como -se mece á las criaturas, sin permitirse ningún agasajo distinto de los -que pueden prodigarse á un niño inocente. Por forzosa exigencia de la -postura, Asís le echó un brazo al cuello, y después de los primeros -minutos, reposó la cabeza en el hombro del andaluz. Un airecillo -delgado, en que flotaban perfumes de acacia y ese peculiar olor de humo -y ladrillo recaliente de la atmósfera madrileña en estío, entraba por -las vidrieras, intentaba en balde mover las cortinas, y traía fragmentos -de la música chillona, tolerable á favor de la distancia y de la noche, -hora que tiene virtud para suavizar y concertar los más discordantes -sonidos. Y la proximidad de los dos cuerpos ocupando un solo sillón, -estrechaba también, sin duda, los espíritus, pues por vez primera en el -curso de aquella historia entablóse entre Pacheco y la dama un cuchicheo -íntimo, cariñoso, confidencial. - -No hablaban de amor: versaba el coloquio sobre esas cosas que parecen -muy insignificantes escritas y que en la vida real no se tratan casi -nunca sino en ocasiones semejantes á aquella, en minutos de imprevista -efusión. Asís menudeaba preguntas, exigiendo detalles biográficos: ¿Qué -hacía Pacheco? ¿Por dónde andaba? ¿Cómo era su familia? ¿La vida -anterior? ¿Los gustos? ¿Las amistades? ¿La edad justa, justa, por meses, -días y no sé si horas? - ---Pues yo soy más vieja que tú--murmuró pensativa, así que el gaditano -hubo declarado su fe de bautismo. - ---¡Gran cosa! Será un añito, ó medio. - ---No, no, dos lo menos. Dos, dos. - ---Corriente, sí, pero el hombre siempre es más viejo, cachito de gloria, -porque nosotros vivimos; ¿te enteras? y vosotras no. Yo, en particular, -he vivido por una docena. No imaginarás diablura que yo no haya catado. -Soy maestro en el arte de hacer desatinos. ¡Si tú supieses algunas cosas -mías! - -Asís sintió una curiosidad punzante unida á un enojo sin motivo. - ---Por lo visto eres todo un perdis, buena alhaja. - ---¡Quiá!... ¿Perdis yo? Di que no, nena mía. Yo galanteé á trescientas -mil mujeres, y ahora me parece que no quise á ninguna. Yo hice cuanto -disparate se puede hacer, y al mismo tiempo no tengo vicios. ¿Dirás que -cómo es ese milagro? Siendo... ahí verás tú. Los vicios no prenden en -mí. Ninguno arraiga, ni arraigará jamás. Aún te declaro otra cosa; que -no sólo no se me puede llamar vicioso, sino que si me descuido acabo por -santo. Es según los lados á que me arrimo. ¿Me ponen en circunstancias -de ser perdío? No me quedo atrás. ¿Que tocan á ser bueno? Nadie me gana. -Si doy con gente arrastrada, ¿qué quieres tú? - ---¿Hasta en lo tocante á la honra te dejarías llevar?--preguntó algo -asustada Asís. - -El gaditano se echó atrás como si le hubiese picado una sierpe. - ---¡Hija! Vaya unas cosillas que me preguntas. ¿Me has tomado por algún -secuestrador? Yo no secuestro más que á las hembras de tu facha. Pero -ya sabes que en mi tierra, las pendencias no se cuentan por delitos... -He _enfriado_ á un infeliz... que más quisiera no haberle tocado al pelo -de la ropa. Dejémoslo, que importa un pito. Fuera de esas trifulcas, no -ha tenío el diablo por donde cogerme: he jugado, perdiendo y ganando un -dinerillo... regular; he bebío... vamos, que no me falta á mí saque; de -novias y otros enredos... De esto estaría muy feo que te contase ná. -Chitito. ¿Un cariño á tu rorro? - ---Vamos, que eres la gran persona--protestó escandalizada Asís, -desviándose en vez de acercarse como Pacheco pretendía. - ---No lo sabes bien. Eso es como el Evangelio. Yo quisiera averiguar pa -qué me ha echado Dios á este mundo. Porque soy, además de tronerilla, un -haragán y un zángano de primera, niña del alma... No hago cosa de -provecho, ni ganas de hacerla. ¿A qué? Mi padre, empeñao el buen señor -en que me luzca y en que sirva al país, y dale con la chifladura de que -me meta en política, y tumba con que salga diputao, y vaya á hacer el bu -al Congreso... ¡En el Congreso yo! A mí, lo que es asustarme, ni el -Congreso ni veinte Congresos me asustan. La farsa aquella no me pone -miedo. Te aviso que en todo cuanto me propongo salir avante, salgo y sin -grandes fatigas: ¡qué! Pero á decir verdad, no me he tomado nunca -trabajos así enormes, como no fuese por alguna mujer guapa. No soy memo -ni lerdo, y si quisiese ir allí á pintar la mona como Albareda, la -pintaría, figúrate. ¿Que se me ha muerto mi abuelita? ¡Si es la pura -verdad! Sólo que too eso porque tanto se descuaja la gente, no vale los -sudores que cuesta. En cambio... ¡una mujer como tú!... - -Díjolo al oído de la dama, á quien estrechó más contra sí. - ---Sólo esto, terrón de azúcar, sólo esto sabe bien en el mundo amargo... -Tener así á una mujer adorándola... Así, apretadica, metida en el -corasón... Lo demás... pamplina. - ---Pero eso es atroz--protestó severamente Asís, cuya formalidad -cantábrica se despertaba entonces con gran brío.--¿De modo que no te -avergüenzas de ser un hombre inútil, un mequetrefe, un cero á la -izquierda? - ---¿Y á ti qué te importa, lucerito? ¿Soy inútil pa quererte? ¿Has -resuelto no enamorarte sino de tipos que mangoneen y anden agarraos á la -casaca de algún ministro? Mira... Si te empeñas en hacer de mí un -personaje, una notabilidad... como soy Diego que te sales con la tuya. -Daré días de gloria á la patria; ¿no se dice así? Aguarda, aguarda..., -verás qué registros saco. Proponte que me vuelva un Castelar ó un -Cánovas del Castillo, y me vuelvo... ¡Ole que sí! ¿Te creías tú que -alguno de esos panolis vale más que este nene? (Sólo que ellos largaron -todo el trapo y yo recogí velas.). Por no deslucirlos. Modestia pura. - -No había más remedio que reirse de los dislates de aquel tarambana, y -Asís lo hizo; al reirse hubo de toser un poco. - ---¡Ea! ya te me acatarraste--exclamó el gaditano -consternadísimo.--Hágame V. el obsequio de ponerse algo en la cabeza... -Así, tan desabrigada... ¡Loca! - ---Pero si nunca me pongo nada, ni... No soy enclenque. - ---Pues hoy te pondrás, porque yo lo mando. Si aciertas á enfermar, me -suicido. - -Saltó Asís de brazos de su adorador, muerta de risa, y al saltar perdió -una de sus bonitas chinelas, que por ser sin talón, á cada rato se le -escurrían del pié. Recogióla Pacheco, calzándosela con mil extremos y -zalamerías. La dama entró en su alcoba, y abriendo el armario de luna -empezó á buscar á tientas una toquilla de encaje para ponérsela y que no -la marease aquel pesado. Vuelta estaba de espaldas á la poca luz que -venía del saloncito, cuando sintió que dos brazos la ceñían el cuerpo. -En medio de la lluvia de caricias delirantes que acompañó á demostración -tan atrevida, Asís entreoyó una voz alterada, que repetía con acento -serio y trágico: - ---¡Te adoro... Me muero, me muero por ti! - -Parecía la voz de otro hombre; hasta tenía ese _trémolo_ penoso que da -al acento humano el rugir de las emociones extraordinarias comprimido en -la garganta por la voluntad. Impresionada, Asís se volvió soltando la -toquilla. - ---Diego...--tartamudeó llamando así á Pacheco por primera vez. - ---¿Por qué no dices _Diego mío, Diego del alma_?--exclamó con fuego el -andaluz deshaciéndola entre sus brazos. - ---Qué sé yo... Cuando uno habla así... me parece cosa de novela ó de -comedia. Es una ridiculez. - ---¡Prueba... prueba... ¡Ay! ¡Cómo lo has dicho! _¡Diego -mío!_--prorrumpió él remedando á la señora, al mismo tiempo que la -soltaba casi con igual violencia que la había cogido.--¡Pedazo de hielo! -¡Vaya unas hembras que se gastan en tu país!... ¡Marusiñas! ¡Reniego de -ellas todas! ¡Que las echen al carro de la basura! - ---Mira--dijo la dama tomándolo otra vez á risa--eres un cómico y un -orate... No hay modo de ponerse seria con un tipo como tú. A ver: aquí -está un señorito que ha tenido cuatrocientas novias y dos mil líos -gordos, y ahora se ha prendado de mí como el Petrarca de la señora -Laura... De mí nada más: privilegio exclusivo, patente del Gobierno. - ---Tómalo á guasa... Pues es tan verdad como que ahora te agarro la mano. -Yo tuve un millón de devaneos, conformes; pero en ninguno me pasó lo que -ahora. ¡Por éstas, que son cruces! Quebraeros de cabesa míos, novias y -demás, me las encuentro en la calle y no las conozco. A ti... te -dibujaría, si fuese pintor, á obscuras. Tan clavadita te tengo. De aquí -á cincuenta años, cayéndote de vieja, te conocería entre mil viejas más. -Otras historias las seguí por vanidad, por capricho, por golosina, por -terquedad, por matar el tiempo... Me quedaba un rincón aquí, donde no ha -puesto el pié nadie, y tenía yo guardaa la llave de oro para ti, prenda -morena... ¿Qué, lo dudas? Mira, haz un ensayo... Por gusto. - -Arrastró á la dama hacia el salón y se recostó en el diván; tomó la mano -de Asís y la colocó extendida sobre el lado izquierdo de su chaleco. -Asís sintió un leve y acompasado vaivén, como de péndulo de reloj. -Pacheco tenía los ojos cerrados. - ---Estoy pensando en otras mujeres, chiquilla... Quieta..., atención, -observa bien. - ---No late nada fuerte--afirmó la señora. - ---Déjate un rato así... Pienso en mi última novia, una rubia que tenía -un talle de lo más fino que se encuentra en el mundo... ¿Ves qué -quietecillo está el pájaro? Ahora... dime tú... ¡si puedes! alguna cosa -tierna... Mas que no sea verdá. - -Asís discurría una gran terneza y buscaba la inflexión de voz para -pronunciarla. Y al fin salió con esta eterna vulgaridad: - ---¡Vida mía! - -Bajo la palma de la señora, el corazón de Pacheco, como espíritu foleto -que obedece á un conjuro, rompió en el más agitado baile que puede -ejecutar semejante víscera. Eran saltos de ave azorada que embiste -contra los hierros de su cárcel... El meridional entreabrió las azules -pupilas; su tez tostada había palidecido algún tanto; con extraña prisa -se levantó del sofá y fué derecho al balcón, donde se apoyó como para -beber aire y rehacerse de algún trastorno físico y moral. Asís, -inquieta, le siguió y le tocó en el brazo. - ---Ya ves qué majadero soy...--murmuró él volviéndose. - ---¿Pero te pasa algo? - ---Ná...--El gaditano se apartó del balcón, y viniendo á sentarse en un -_puf_ bajito, y rogando á Asís con la mirada que ocupase el sillón, -apoyó la cabeza, en el regazo de la dama.--Con sólo dos palabritas que -tú me dijiste... Haz favor de no reirte, mona, porque donde me ves tengo -mal genio... y puede que soltase un desatino. Desde que me he -entontecido por ti, estoy echando peor carácter. Calladita la niní... -Deje dormir á su rorro. - -Pacheco cruzó el umbral de aquella casa antes de sonar la media noche. -La Diabla no había regresado aún. Cuando el gaditano, según costumbre -hasta entonces infructuosa, se volvió desde la esquina de la calle -mirando hacia los balcones de Asís, pudo distinguir en ellos un bulto -blanco. La señora exponía sus sofocadísimas mejillas al aire fresco de -la noche, y la embriaguez de sus sentidos y el embargo de sus potencias -empezaban á disiparse. Como náufrago arrojado á la costa, que volviendo -en si toca con placer el cinto de oro que tuvo la precaución de ceñirse -al sentir que se hundía el buque, Asís se felicitaba por haber -conservado el átomo de razón indispensable para no acceder á cierta -súplica insensata. - ---¡Buena la hacíamos! Mañana estaban enterados vecinos, servicio, -portero, sereno, el diablo y su madre. ¡Ay Dios mío!... ¡Me sigue, me -sigue el mareo aquel de la verbena... y lo que es ahora no hay álcali -que me lo quite!... ¡Qué mareo ni qué!... Mareo, alcohol, insolación... -¡Pretextos, tonterías!... Lo que pasa es que me gusta, que me va -gustando cada día un poco más, que me trastorna con su palabrería..., y -punto redondo. Dice que yo le he dado bebedizos y hierbas... El sí que -me va dando á comer sesos de borrico... y nada, que no me desenredo. -Cuando se va, reflexiono y caigo en la cuenta; pero en viéndole... -acabóse, me perdí. - -Llegada á este capítulo, la dama se dedicó á recordar mil pormenores, -que reunidos formaban lindo mosaico de gracias y méritos de su adorador. -La pasión con que requebraba; el donaire con que pedía; la gentileza de -su persona; su buen porte, tan libre del menor conato de gomosería -impertinente como de encogimiento provinciano; su rara mezcla de -espontaneidad popular y cortesía hidalga; sus rasgos calaverescos y -humorísticos unidos á cierta hermosa tristeza romántica (conjunto, dicho -sea de paso, que forma el hechizo peculiar de los _polos_, _soleares_ y -demás canciones andaluzas), eran otros tantos motivos que la dama se -alegaba á sí propia para excusar su debilidad y aquella afición -avasalladora que sentía apoderarse de su alma. Pero al mismo tiempo, -considerando otras cosas, se increpaba ásperamente. - ---No darle vueltas: aquí no hay nada superior, ni siquiera bueno: hay un -truhán, un vago, un perdis... Todo eso que me dice de que sólo á mí... -Ardides, trapacerías, costumbre de engañar, mañitas de calavera. En -volviendo la esquina... (Pacheco acababa de verificar, hacía pocos -minutos, tan sencillo movimiento), ya ni se acuerda de lo que me -declama. Estos andaluces nacen actores... Juicio, Asís... juicio. Para -estas tercianas, hija mía, píldoras de camino de hierro... y extracto de -Vigo, mañana y tarde, durante cuatro meses. ¡Bahía de Vigo, cuándo te -veré! - -El airecillo de la noche, burlándose de la buena señora, compuso con sus -susurros delicados estas palabras: - ---Terronsito e asúcar..., gitana salá. - - - - -XVII - - -MUY atareadas estaban la marquesa viuda de Andrade y su doncella en -revisar los mundos, sacos y maletillas, operación necesaria cuando se va -á emprender un viaje. Y mire V. que parece cosa del mismo enemigo. -Siempre en los últimos momentos han de faltar las llaves de los baúles. -Por mucho que uno las coloque en sitio determinado, diciendo para -sí:--En este cajón se queda la llavecita; no olvidar que aquí la puse; -le ato á un estambre colorado, para acordarme mejor; no sea que el día -de la marcha salgamos con que se ha obscurecido,--viene el instante -crítico, la busca uno, y... ¡echarle un galgo! Nada, no parece: venga el -cerrajero, tiznado, sucio, preguntón, insufrible; haga una nueva, y -lléveselo todo la trampa. - -Nerviosa y displicente, daba Asís á la Angela estas quejas. El ajetreo -del viaje la ponía de mal humor: ¡son tan cargantes los preparativos! -¡Qué babel, qué trastorno! Nunca sabe uno lo que conviene llevar y lo -que debe dejarse; cree no necesitar ropa de abrigo, porque al fin se -viene encima la canícula, pero ¡fíese V. de aquel clima gallego, tan -inconstante, tan húmedo, tan lluvioso, que tiene seis temperaturas -diferentísimas en cada veinticuatro horas! Se quedan aquí las prendas en -el ropero, muertas de risa, y allá tirita uno ó tiene que envolverse en -mantones como las viejas... Luego, las fiestecitas, los bailes dichosos -de la Pastora, que obligan á ir provisto de trajes de sociedad, porque -si uno se presenta sencillo, de seda cruda, les choca y se ofenden y -critican... Nada, que la última hora es para volverse loco. ¿A que no se -había acordado Angela de pasarse por casa de la Armandina, á ver si -tiene lista la pamela de la niña y el pajazón? ¿Apostemos á que el -impermeable aún está con los mismos botones, que lastiman y en todo se -prenden? ¿Y el alcanfor para poner en el abrigo de nutria? ¿Y la -pimienta para que no se apolillase el tapiz de la sala? - -Atarugada y dando vueltas de aquí para allí, la Diabla contestaba lo -mejor posible al chaparrón de advertencias, reconvenciones y preguntas -de su señora. La hábil muchacha, después de los primeros pases, conocía -una estocada certera para su ama: si los preparativos de viaje andaban -algo retrasados, era que la señorita aquel año había dispuesto la marcha -un mes antes que de costumbre, por lo menos; también á ella (la Diabla) -se le quedaba sin alistar un vestido de percal, y calzado, y varias -menudencias; ella creía que hasta mediados de Junio, hacia el día de San -Antonio... ¿Cómo se le había de ocurrir que se largaban tan de prisa y -corriendo? La señora contestaba con reprimido suspiro, callaba dos -minutos, y luego, redoblando su gruñir, corría del cuarto-ropero al -dormitorio, de la leonera ó cuarto de los baúles al saloncito, y aun se -determinaba á entrar en la cocina y el comedor, para regañar á -Imperfecto que no le había traído á su gusto papel de seda, bramante, -puntas de París, algodón en rama... Imperfecto, con la boca abierta y la -fisonomía estúpida, subía y bajaba cien veces la escalera haciendo -recados: las puntas eran gordas, se precisaban otras más chiquitas; el -algodón no convenía blanco, sino gris: era para rellenar huecos en -ciertos cajones y que no se estropease lo que iba dentro... En una de -estas idas y venidas del criado, la señora cruzaba el pasillo, cuando -repicó la campanilla. Impremeditadamente fué á abrir--cosa que no hacía -nunca--y se encontró cara á cara con su Diego. - -El primer movimiento fué de despecho y contrariedad mal encubierta. -¿Quién contaba con Pacheco á tales horas? (las diez y media de la -mañana). No estaba Asís lo que se llama hecha un pingo, con traje roto y -zapatos viejos, porque ni en una isla desierta se pondría ella en -semejante facha; pero su bata de chiné blanco tenía manchas y visos -obscuros, y aun no sé si alguna telaraña, indicio de la lidia con los -baúles de la leonera; su peinado, revuelto sin arte, con rabos y -mechones, saliendo por aquí y por acullá, parecía obra de peluquería -gatuna; y en la superficie del pelo y del rostro se había depositado un -sutil viso polvoriento, que la señora percibía vagamente al pestañear y -al pasarse la lengua por los labios, y que la impacientaba lo indecible. -Y en cambio, el galán venía todo soplado, con una camisa y un chaleco -como el ampo de la nieve, el ojal guarnecido de fresquísimo clavel, -guantes de piel de perro flamantitos, y, en suma, todas las señales de -haberse acicalado mucho. En la mano traía el pretexto de la visita -madrugadora: dos libros medianamente gruesos. - ---Las novelas francesas que le prometí...--dijo en voz alta, después del -cambio de saludos, porque la dama le había hecho seña con el mirar de -que había moros en la costa.--Si está V. ocupada, me retiro... Si no, -entraré diez minutos... - ---Con mucho gusto... A la sala: el resto de la casa está imposible... no -quiero que se asuste V. del estado en que se encuentra. - -Entró Pacheco en la sala; pero por aprisa que Angela cerrase las puertas -de las habitaciones interiores, el gaditano pudo ver baúles abiertos, -con las bandejas fuera, ropa desparramada, cajas, sacos... - ---¿Está V. de mudanza... ó de viaje?--preguntó, quedándose de pié en -medio del saloncito, con voz opaca, pero sin emplear tono de -reconvención ni de queja. - ---No...--tartamudeó Asís--tanto como de viaje precisamente... no. Es que -estoy guardando la ropa de invierno, poniéndole alcanfor... Si uno se -descuida, la polilla hace destrozos... - -Pacheco se acercó á la dama, y bajando el diapasón, con las inflexiones -dolientes y melancólicas que solía adoptar á veces, dijo: - ---A mi no se me engaña, te lo repito. Antes de venir sabía que te ibas. -Tú no me conoces; tú te has creído que me la puedes dar. Aún no pasaron -las ideas por esa cabecita, y ya las he olfateado yo. Siento que gastes -conmigo tapujos. Al fin no te valen, hija mía. - -La señora, no acertando á responder nada que valiese la pena, bajó los -ojos, frunció la boca é hizo un mohín de disgusto. - ---No amoscarse. Si no me enfado tampoco. La nena mía es muy dueña de -irse adonde quiera. Pero mientras está aquí, ¿por qué me huye? Ayer me -dijiste que no podíamos vernos, por estar tú convidada á comer... - -Movidos por el mismo impulso, Asís y Don Diego miraron en derredor. Las -puertas, cerradas; al través de la que comunicaba con los cuartos -interiores, pasaba amortiguado el ruido del ir y venir de la Diabla. Y -sin concertarse, á un mismo tiempo se acercaron para cruzar mejor esas -explicaciones que el corazón adivina antes de pronunciadas. - ---Hazte cargo... Los criados... Es una atrocidad... Yo nunca tuve de -estas... vamos... de estas historias... No sé lo que me pasa. Por favor -te pido... - ---¡Bendita sea tu madre, niña!... Si ya lo sé... ¿Te crees que no me -informo yo de los pasos en que anduvo mi reina? Estoy enterao de que -nadie consiguió de ti ni esto. Yo el primerito... ¡Ay! Te deshago... -Rica, gitana... ¡Cielo! - ---Chist... La chica... Si pesca... Es más curiosa... - ---Un favor te pido no más. Vente á almorsá conmigo. Que te vienes. - ---Estás tocado... Quita... Chist... - ---Que te vienes. Palabra, no lo sabrá ni la tierra. Se arreglará... -verás tú. - ---¿Pero cómo? ¿Dónde? - ---En el campo. Te vienes, te vienes. ¡Ya pronto te quedas libre de -mí!... La despedía. Al reo de muerte se le da, mujer. - -¿Cómo cedió y balbució _que sí_, prometiendo, si no por la Estigia, por -algún otro juramento formidable? ¡Ah! Aunque la observación ya no -resulte nueva, cedió obedeciendo á los dos móviles que, desde la -memorable insolación de San Isidro, guiaban, sin que ella misma lo -notase, su voluntad: dos resortes que podemos llamar de goma el uno y de -acero el otro: el resorte de goma era la debilidad que aplaza, que -remite toda gran resolución hasta que la ampare el recurso de la fuga; -el resorte de acero, todavía chiquitín, menudo como pieza de reloj, era -el sentimiento que así, á la chita callando, aspiraba nada menos que á -tomar plenísima posesión de sus dominios, á engranar en la máquina del -espíritu, para ser su regulador absoluto y dirigir su marcha con -soberano imperio. - -Fiado en la palabra solemne de la señora, Pacheco se marchó, pues no -convenía, por ningún estilo, que los viesen salir juntos. Asís entró en -su cuarto á componerse. La Diabla la miraba con su acostumbrada -curiosidad fisgona y aun le disparó tres ó cuatro preguntas pérfidas -referentes á la interrumpida tarea del equipaje. - ---¿Se cierra el mundo? ¿Se clavan los cajones? ¿La señorita quiere que -avise á la Central para mañana? - -¿Cómo había de responder la señora á interrogaciones tan impertinentes? -Claro que con alguna sequedad y no poco enfado secreto. Además, otros -incidentes concurrían á exasperarla: por culpa del revoluto del -equipaje, ni había cosa con cosa, ni parecía lo más indispensable de -vestir: para dar con unos guantes nuevos tuvo que desbaratar el baúl más -chico: para sacar un sombrero, desclavó dos cajones. Más peripecias: la -hebilla del zapato inglés, descosida: al abrochar el cuerpo del traje, -salta un herrete; al cepillarse los dientes, se rompe el frasco del -elíxir contra el mármol del lavabo... - ---¿Almuerza fuera la señorita?--preguntó la incorregible Diabla. - ---Sí... En casa de Inzula. - ---¿Ha de venir á buscarla Roque? - ---No... Pero le mandas que esté con la berlina allí, á las siete... - ---¿De la tarde? - ---¿Había de ser de la mañana? ¡Tienes cosas!... - -La Diabla sonrió á espaldas de su señora y se bajó para estirarla los -volantes del vestido y ahuecarla el polisón. Asís piafaba, pegando -taconacitos de impaciencia. ¿El pericón? ¿El gabán gris, por si -refresca? ¿Pañuelo? ¿Dónde se habrá metido el velo de tul? Estos -pinguitos parece que se evaporan... Nunca están en ninguna parte... ¡Ah! -Por fin... Loado sea Dios... - - - - -XVIII - - -Salvó la escalera como pájaro á quien abren el postigo de su -penitenciaría, y con el mismo paso vivo, echó calle abajo hasta -Recoletos. La cita era en aquel sitio señalado donde Pacheco había -tirado el puro: casi frente á la Cibeles. Asís avanzaba protegida por su -antucá, pero bañada y animada por el sol, el sol instigador y cómplice -de todo aquel enredo sin antecedentes, sin finalidad y sin excusa. La -dama registró con los ojos las arboledas, los jardincillos, la entrada -de la Carrera y las perspectivas del Museo, y no vió á nadie. ¿Se habría -cansado Diego de esperar? ¡Capaz sería!... De pronto, á sus espaldas, -una voz cuchicheó afanosa: - ---Allí... entre aquellos árboles... El simón. - -Sin que ella respondiese, el gaditano la guió hacia el destartalado -carricoche. Era uno de esos clarens inmundos, con forro de gutapercha -resquebrajado y mal oliente, vidrios embazados y conductor medio beodo, -que zarandean por Madrid adelante la prisa de los negocios ó la -clandestinidad del amor. Asís se metió en él con escrúpulo, pensando que -bien pudiera su galán traerle otro simón menos derrotado. Pacheco, á fin -de no molestarla pasando á la izquierda, subió por la portezuela -contraria, y al subir arrojó al regazo de la dama un objeto... ¡Qué -placer! ¡Un ramillete de rosas, ó mejor dicho un mazo, casi desatado, -mojado aún! El recinto se inundó de frescura. - ---¡Huelen tan mal estos condenaos coches!--exclamó el meridional como -excusándose de su galantería. Pero Asís le flechó una ojeada de -gratitud. El indecente vehículo comenzaba á rodar; ya debía de tener -órdenes. - ---¿Se puede saber á dónde vamos, ó es un secreto? - ---A las Ventas del Espíritu Santo. - ---¡Las Ventas!--clamó Asís alarmada.--¡Pero si es un sitio de los más -públicos! ¿Vuelta á las andadas? ¿Otro San Isidro tenemos? - ---Es sitio público los domingos; los días sueltos está bastante -solitario. Que te calles. ¿Te iba yo á llevar adonde te encontrases en -un bochorno? Antes de convidarte, chiquilla, me he enterado yo de toas -las maneras de almorsá en Madrid... Se puede almorsá en un buen -_restaurant_ ó en cafés finos; pero eso es echar un pregón pa que te -vean. Se puede ir á un colmado de los barrios ó á una pastelería decente -y escondía, pero no hay cuartos aparte; tendrías que almorsá en pública -subasta, á la vera de alguna chulapa ó de algún torero. Fondas, ya -supondrás... No quedaban sino las Ventas ó el puente de Vallecas. Creo -que las Ventas es más bonito. - -¡Bonito! Asís miró el camino en que entraban. Dejándose atrás las -frondosidades del Retiro y las construcciones coquetonas de Recoletos, -el coche se metía, lento y remolón, por una comarca la más escuálida, -seca y triste que puede imaginarse, á no ser que la comparemos al cerro -de San Isidro. Era tal la diferencia entre la zona del Retiro y aquel -arrabal de Madrid, y se advertía tan de golpe, que mejor que transición -parecía sorpresa escenográfica. Cual mastín que guarda las puertas del -limbo, allí estaba la estatua de Espartero, tan mezquina como el mismo -personaje, y la torre mudéjar de una escuela parecía sostener con ella -competencia de mal gusto. Luego, en primer término, escombros y solares -marcados con empalizadas; y allá en el horizonte, parodia de algún -grandioso y feroz anfiteatro romano, la plaza de toros. En aquel rincón -semidesierto--á dos pasos del corazón de la vida elegante--se habían -refugiado edificios heterogéneos, bien como en ciertas habitaciones de -las casas se arrinconan juntas la silla inservible, la máquina de -limpiar cuchillos y las colgaduras para el día de Corpus; así, después -del circo taurino y la escuela, venía una fábrica de galletas y -bizcochos y en pos un barracón con este rótulo: _Acreditado merendero de -la Alegría_. - -Las lontananzas, una desolación. El fielato parecía viva imagen del -estorbo y la importunidad. A su puerta estaba detenido un borrico -cargado de liebres y conejos, y un tío de gorra peluda buscaba en su -cinto los cuartos de la alcabala. Más adelante, en un descampado -amarillento, jugaban á la barra varios de esos salvajes que rodean á la -corte lo mismo que los galos á Roma sitiada. Y seguían los edificios -fantásticos: un castillo de la Edad Media hecho, al parecer, de cartón y -cercado de tapias por donde las francesillas sacaban sus brazos -floridos; un parador, tan desmantelado como teológico (dedicado al -Espíritu Santo nada menos); un merendero que se honraba con la divisa -_tanto monta_, y por último una franja rojiza, inflamada bajo la -reverberación del sol: los hornos de ladrillo. En los términos más -remotos que la vista podía alcanzar, erguía el Guadarrama sus picos -coronados de eternas nieves. - -Lo que sorprendió gratamente á Asís fué la ausencia total de carruajes -de lujo en la carretera. Tenía razón Pacheco, por lo visto. Sólo -encontraron un domador que arrastraban dos preciosas tarbesas; un -carromato tirado por innumerable serie de mulas; el tranvía, que cruzó -muy bullanguero y jacarandoso, con sus bancos atestados de gente; otro -simón con tapadillo, de retorno, y un asistente, caballero en el alazán -de su amo. ¡Ah! Un entierro de angelito, una caja blanca y azul que, -tambaleándose sobre el ridículo catafalco del carro, se dirigía hacia la -sacramental sin acompañamiento alguno, inundado de luz solar, como deben -de ir los querubines camino del Empíreo... - -Poco hablaron durante el trayecto los amantes. Llevaban las manos -cogidas; Asís respiraba frecuentemente el manojo de rosas y miraba y -remiraba hacia fuera, porque así creía disminuir la gravedad de aquel -contrabando, que en su fuero interno--cosa decidida--llamaba _el -último_, y por lo mismo le causaba tristeza, sabiéndole á confite que -jamás, jamás había de gustar otra vez. - -Llegaron al puente, y detúvose el simón ante el pintoresco racimo de -merenderos, hotelitos y jardines que constituye la parte nueva de las -Ventas. - ---¿Qué sitio prefieres? ¿Nos apeamos aquí?--preguntó Pacheco. - ---Aquí... Ese merendero... Tiene trazas de alegre y limpio--indicó la -dama, señalando á uno, cuya entrada por el puente era una escalera de -palo pintada de verde rabioso. - -Sobre el frontis del establecimiento podía leerse este rótulo, en letras -descomunales imitando las de imprenta y sin gazapos -ortográficos:--_Fonda de la Confianza._--_Vinos y comidas._--_Aseo y -equidad._--El aspecto era original y curioso. Si no cabía llamar á -aquello los jardines aéreos de Babilonia, cuando menos tenían que ser -los merenderos colgantes. ¡Ingenioso sistema para aprovechar terreno! -Abajo una serie de jardines, mejor dicho, de plantaciones entecas y -marchitas, víctimas de la aridez del suburbio matritense; y encima, -sostenidas en armadijos de postes, las salas de baile, los comedores, -las alcobas con pasillos rodeados de una especie de barandas que -comunicaban entre sí las viviendas. Todo ello--justo es añadirlo para -evitar el descrédito de esta Citerea suspendida--muy enjalbegado, -alegre, clarito, flamante, como ropa blanca recién lavada y tendida á -secar al sol, como nido de jilguero colgado en rama de arbusto. - -Un mozo, frisando en los cincuenta, de mandil pero en mangas de camisa, -con cara de mico, muequera, arrugadilla y sardónica, se adelantó -apresurado al divisar á la pareja. - ---Almorsá--dijo Pacheco lacónicamente. - ---¿Dónde desean los señoritos que se les ponga el almuerzo? - -El gaditano giró la vista alrededor y luego la convirtió hacia su -compañera: ésta había vuelto la cara. Con la agudeza de la gente de su -oficio el mozo comprendió y les sacó del apuro. - ---Vengan los señoritos... Les daré un sitio bueno. - -Y torciendo á la izquierda, guió por una escalera angosta que sombreaba -un grupo de acacias y castaños de Indias, llevándoles á una especie de -antesala descubierta, que formaba parte de los consabidos corredores -aéreos. Abriendo una puertecilla, hízose á un lado y murmuró con unción: - ---Pasen, señoritos, pasen. - -La dama experimentó mucho bienestar al encontrarse en aquella salita. -Era pequeña, recogida, misteriosa, con ventanas muy chicas que cerraban -gruesos postigos, y enteramente blanqueada; los muebles vestían también -blanquísimas fundas de calicó. La mesa, en el centro, lucía un mantel -como el armiño; y lo más amable de tanta blancura era que al través de -ella se percibía, se filtraba, por decirlo así, el sol, prestándole un -reflejo dorado y quitándole el aspecto sepulcral de las cosas blancas -cuando hace frío y hay nubes en el cielo. Mientras salía el mozo, el -gaditano miró risueño á la señora. - ---Nos han traído al palomar--dijo entre dientes. - -Y levantado una cortina nívea que se veía en el fondo de la reducida -estancia, descubrió un recinto más chico aún, ocupado por un solo -mueble, blanco también, más blanco que una azucena... - ---Mira el nido--añadió tomando á Asís de la mano y obligándola á que se -asomase.--Gente precavida... Bien se ve que están en todo. No me -sorprende que vivan y se sostengan tantos establecimientos de esta -índole. Aquí la gente no viene un día del año como á San Isidro; pero -digo yo que habrá abonos á turno. ¿Nos abonamos, cacho de gloria? - -No sé cómo acentuó Pacheco esta broma, que en rigor, dada la situación, -no afrentaba; lo cierto es que la señora sintió una sofoquina... vamos, -una sofoquina de esas que están á dos deditos de la llorera y la -congoja. Parecíale que le habían arañado el corazón. La mujer es un -péndulo continuo que oscila entre el instinto natural y la aprendida -vergüenza, y el varón más delicado no acertará á no lastimar alguna vez -su invencible pudor. - - - - -XIX - - -Al colarse en el palomar los dos tórtolos, no lo hicieron sin ser vistos -y atentamente examinados por una taifa de gente humilde, que á la puerta -de la cocina del merendero fronterizo se dedicaba á aderezar un guisote -de carnero, puesto, en monumental cazuela, sobre una hornilla. Es de -saber que ambos enseres domésticos los alquilaba el dueño del -_restaurant_ por módica suma en que iba comprendido también el carbón: -en cuanto al carnero y al arroz de añadidura, lo habían traído en sus -delantales las muchachas, que por lo que pueda importar, diremos que -eran operarias de la Fábrica de tabacos. - -Capitaneaba la tribu una vieja pitillera, morena, lista, alegre, más -sabidora que Merlín; y dos niñas de ocho y seis años traveseaban -alrededor de la hornilla, empeñadas en que les dejasen cuidar el -guisado, para lo cual se reconocían con superiores aptitudes. Toda esta -gentuza, al pasar la marquesa viuda de Andrade y su cortejo, se comunicó -impresiones con mucho parpadeo y meneo de cabeza, y susurrando á media -voz dichos sentenciosos. Hablaban con el seco y recalcado acento de la -plebe madrileña, que tiene alguna analogía con lo que pudo ser la parla -de Demóstenes, si se le ocurriese escupir á cada frase una de las guijas -que llevaba en la boca. - ---Ay... Pus van así como asustaos... Ella es guapetona, colorá y blanca. - ---Valiente perdía será. - ---Se ve caa cosa... Hijas, la mar son estos señorones de rango. - ---Puee que sea arguna del Circo. Tié pinta de franchuta. - ---Que no, que este es un belén gordo, de gente de calidá. Mujer de algún -menistro lo menos. ¿Qué vus pensáis? Pus una conocí yo, casaa con un -presonaje de los más superfarolícos... de mucho coche, una casa como el -Palacio Rial... y andaba como caa cuala, con su apaño. ¡Qué líos, -Virgen! - ---No, pus muy amartelaos no van. - ---¿Te quies callar? Ya samartelarán dentro. Verás tú las ventanas y las -puertas atrancás, como en los pantiones... Pa que el sol no los queme el -cutis. - -Desmintiendo las profecías de la experta matrona, los postigos y -vidrieras del palomar se abrieron, y asomó la cabeza de la dama, sin -sombrero ya, mirando atentamente hacia el merendero. - ---Miala, miala..., la gusta el baile. - -En efecto, el corredor aéreo de enfrente ofrecía curiosa escena -coreográfica. Un piano mecánico soltaba, con la regularidad que hace tan -odiosos á estos instrumentos, el duro chorro de sus martilleadoras -tocatas: _Cádiz_ hacía el gasto: paso doble de _Cádiz_, tango de -_Cádiz_, coro de majas de _Cádiz_... y hasta una veintena de cigarreras, -de chiquillas, de fregonas muy repeinadas y con ropa de domingo, saltaba -y brincaba al compás de la música, haciendo á cada zapateta temblar el -merendero... Asís veía pasar y repasar las caras sofocadas, las -toquillas azul y rosa; y aquel brincoteo, aquel tripudio suspendido en -el aire, sin hombres, sin fiesta que lo justificara, parecía efecto -teatral, coro de zarzuela bufa. Asís se imaginó que las muchachas -cobraban de los fondistas algún sueldo por animar el cuadro. - ---¡Calla!--secreteó minutos después el grupo dedicado á vigilar la -cazuela del guisote.--¡Pus si también han abierto la puerta! Chicas... -quien que se entere too el mundo. - ---Estas tunantas ponen carteles. - -El mozo subía y bajaba, atareado. - ---Mia lo que los llevan. Tortilla... Jamón... Están abriendo latas de -perdices... ¡Aire! - ---No se las cambio por mi rico carnero. A gloria huele. - ---¡Chist!--mandó el mozo imponiéndose á aquellas cotorras.--Cuidadito... -Si oyen... Son gente... ¡uf! - -Al expresar la calidad de los huéspedes, el mozo hizo una mueca -indescriptible, mezcla de truhanería y respeto profundo á la propina que -ya olfateaba. La vieja cigarrera, de repente, adoptó cierta diplomática -gravedad. - ---Y pué que sean gente tan honrá como Dios Padre. No sé pa qué ha de -condenar una su arma echando malos pensamientos. Serán argunos novios -recién casaos, ú dos hermanos, ú tío y sobrina. Vayasté á saber. -Oigasté, mozo... - -Se apartó y secreteó con el mozo un ratito. De esta conferencia salió un -proyecto habilísimo, madurado en breves minutos en el ardiente y -optimista magín de la señá Donata, que así se llamaba la pitillera, si -no mienten las crónicas. Arriba, dama y galán empezaban á despachar los -apetitosos entremeses, las incitantes aceitunas y las sardinillas con su -ajustada túnica de plata. Aunque Pacheco había pedido vinos de lo mejor, -la dama rehusaba hasta probar el _Tío Pepe_ y el amontillado, porque con -sólo ver las botellas, le parecía ya hallarse en la cámara de un -trasatlántico, en los angustiosos minutos que preceden al mareo total. -Como la señora exigía que puertas y ventanas permaneciesen abiertas, el -almuerzo no revelaba más que la cordialidad propia de una luna de miel -ya próxima á su cuarto menguante. Pacheco había perdido por completo su -labia meridional, y manifestaba un abatimiento que, al quedar mediada la -botella de _Tío Pepe_, se convirtió en la tristeza humorística tan -frecuente en él. - ---¿Te aburres?--preguntaba la dama á cada vuelta del mozo. - ---Ajogo las peniyas, gitana,--respondía el meridional apurando otro vaso -de jerez, más auténtico que la famosa manzanilla del Santo. - -Acababa el mozo de dejar sobre la mesa las perdices en escabeche, cuando -en el marco de la puerta asomó una carita infantil, colorada, regordeta, -boquiabierta, guarnecida de un matorral de rizos negrísimos. ¡Qué monada -de chiquilla! Y estaba allí hecha un pasmarote, si entro si no entro. -Asís la hizo seña con la mano; el pájaro se coló en el nido sin esperar -á que se lo dijesen dos veces. Y las preguntas y los halagos de -cajón:--Eres muy guapa... ¿Cómo te llamas? ¿Vas á la escuela?... Toma -pasas... Cómete esta aceitunita por mí... Prueba el jerez... ¡Huy qué -gesto más salado le pone al vino!... Arriba con él... ¡Borrachilla! -¿Dónde está tu mamá? ¿En qué trabaja tu padre? - -De respuesta, ni sombra. El pajarito abría dos ojos como dos espuertas, -bajaba la cabeza adelantando la frente como hacen los niños cuando -tienen cortedad y al par se encuentran mimados, picaba golosinas y daba -con el talón del pié izquierdo en el empeine del derecho. A los tres -minutos de haberse colado el primer gorrión migajero en el palomar, -apareció otro. El primero representaba cinco años; el segundo, más -formal pero no menos asustadizo, tendría ya ocho lo menos. - ---¡Hola! Ahí viene la hermanita...--dijo Asís.--Y se parecen como dos -gotas... La pequeña es más saladilla... pero vaya con los ojos de la -mayor... Señorita, pase V. Esta nos enterará de cómo se llama su padre, -porque á la chiquita le comieron la lengua los ratones. - -Permanecía la mayor incrustada en la puerta, seria y recelosa, como -aquel que antes de lanzarse á alguna empresa erizada de dificultades, -vacila y teme. Sus ojazos, que eran realmente árabes por el tamaño, el -fuego y la precoz gravedad, iban de Asís á Diego y á su hermanita: la -chiquilla meditaba, se recogía, buscaba una fórmula, y no daba con ella, -porque había en su corazón cierta salvaje repugnancia á pedir favores, y -en su carácter una indómita fiereza muy en armonía con sus pupilas -africanas. Y como se prolongase la vacilación, acudióle un refuerzo, en -figura de la señá Donata, que con la solicitud y el enojo peor fingidos -del mundo, se entró muy resuelta en el gabinete refunfuñando: - ---¡Eh! niñas, corderas, largo, que estáis dando la gran jaqueca á estos -señores... A ver si vus salís afuera, ú sino... - ---No molestan...--declaró Asís.--Son más formalcitas... A esa no hay -quien la haga pasar, y la chiquitilla ni abre la boca. - ---Pa comer ya la abren las tunantas... - -Pacheco se levantó cortésmente y ofreció silla á la vieja. El gaditano, -que entre gente de su misma esfera social pecaba de reservado y aun de -altanero, se volvía sumamente campechano al acercarse al pueblo. - ---Tome V. asiento... Se va V. á bebé una copita de jerés á la salú de -toos. - -¡Oídos que tal oyeron! ¡Señá Donata, fuera temor, al ataque, ya que te -presentan la brecha franca y expedito el rumbo! Y tan expedito, que -Pacheco, desde que la vieja sentó allí el pié, pareció sacudir sus -penosas cavilaciones y recobrar su cháchara, diciendo los mayores -desatinos del mundo. Como que se puso muy formal á solicitar á la -honrada matrona, proponiéndola un paseíto á solas por los tejares. Oía -la muy lagarta de la vieja, y celebraba con carcajadas pueriles, -luciendo una dentadura sana y sin mella; pero al replicar, iba encajando -mañosamente aquella misión diplomática que bullía en su mente fecunda -desde media hora antes. Tratábase de que ella, ¿se hacen ustés cargo? -trabajaba en la Frábica de Madrí... y tenía cuatro nietecicas, de una -hija que se murió de la tifusidea, y el padre de gomitar sangre, así, á -golpás..., en dos meses se lo llevó la tierra, ¡señores! que si se -cuenta, mentira parece. Las dos nietecicas mayores, colocaas ya en los -talleres; pero si la suerte la deparase una presona de suposición pa -meter un empeño..., porque en este pícaro mundo, ya es sabío, too va por -las amistaes y las enfluencias de unos y otros...--Llegada á este -punto, la voz de la señá Donata adquiría inflexiones patéticas.--«¡Ay -Virgen de la Paloma! No premita el Señor que ustés sepan lo que es comer -y vestir y calzar cinco enfelices mujeres con tristes ocho ú nueve -riales ganaos á trompicones... Si la señorita, que tenía cara de ser tan -complaciente y tan cabal, conociese por casualidad al Menistro... ó al -Menistraor de la Frábica..., ó al Contaor..., ó algún presonaje de estos -que too lo regüerven..., pa que la chiquilla mayor, Lolilla, entrase de -aprendiza también... ¡Sería una caridá de las grandes, de las mayores! -Dos letricas, un cacho de papel...» - -Pacheco respondía á la arenga con mucha guasa, sacando la cartera, -apuntando las señas de al pitillera detenidamente, y asegurándola que -hablaría al Presidente del Consejo, á la infanta Isabel (íntima amiga -suya), al Obispo, al Nuncio... Enredados se hallaban en esta broma, -cuando tras la abuela pedigüeña y las nietecillas mudas, se metieron en -el gabinete las dos chicas mayores. - ---Miren mis otras huerfanicas enfelices,--indicó la señá Donata. - -Imposible imaginarse cosa más distinta de la clásica orfandad enlutada y -extenuada que representan pintores y dibujantes al cultivar el -sentimentalismo artístico. Dos mozallonas frescas, sudorosas porque -acababan de bailar, echando alegría y salud á chorros, y saliéndoles la -juventud en rosas á los carrillos y á los labios; para más, alborotadas -y retozonas dándose codazos y pellizcándose para hacerse reir -mutuamente. Viendo á semejantes ninfas, Pacheco abandonó á la señá -Donata, y con el mayor rendimiento se consagró á ellas, encandilado y -camelador como hijo legitimo de Andalucía. Todas las penas _ajogadas_ -por el _Tío Pepe_ se fueron á paseo, y el gaditano, entornando los ojos, -derramando sales por la boca y ceceando como nunca, aseguró á aquellas -principesas del Virginia que desde el punto y hora en que habían -entrado, no tenía él sosiego ni más gusto que comérselas con los ojos. - ---¿Vienen ustés de bailar?--les preguntó risueño. - ---Pus ya se ve,--contestaron ellas con chulesco desgarro. - ---¿Sin hombres? ¿Sin pareja? - ---Ni mardita la falta. - ---Pan con pan... Eso es más soso que una calabasa, prendas. Si me -hubiesen ustés llamao... - ---¿Que iba usté á venir? Somos poca cosa pa usté. - ---¿Poca cosa? Son ustés... dos peasitos del tersiopelo de que está -forraa la bóveda seleste. ¡Ea! ¿echamos ó no ese baile? Ahora me empeñé -yo... ¡A bailar! - -Salió como una exhalación; dió la vuelta al pasillo aéreo; cruzó el -puente que á los dos merenderos unía, y en breve, al compás del horrible -piano mecánico, Pacheco bailaba ágilmente con las cigarreras. - - - - -XX - - -Entre las condiciones de carácter de la marquesa viuda de Andrade, y de -los gallegos en general, se cuenta cierto don de encerrar bajo llave -toda impresión fuerte. Esto se llama _guardarse_ las cosas, y si tiene -la ventaja de evitar choques, tiene la desventaja de que esas -impresiones archivadas y ocultas se pudren dentro. Cuando el andaluz -regresó después de haber pegado cuatro saltos, enjugándose la frente con -su pañuelo y abanicándose con el hongo, halló á la señora aparentemente -tranquila y afable, ocupada en obsequiar con queso, bizcochos y pasas á -las dos gorrioncillas, y muy atenta á la charla de la vejezuela, que -refería por tercera vez las _golpás_ de sangre causa de la defunción de -su yerno. Pero el camarero, que era más fino que el oro y más largo que -la cuaresma, se dió cuenta con rápida intuición de que _aquello_ no iba -por el camino natural de almuerzos semejantes, y adoptando el aire -imponente de un bedel que despeja una cátedra, intimó á toda la bandada -la orden de expulsión. - ---¡Ea! bastante han molestado Vds. á los señores. Me parece regular que -se larguen. - ---Oigasté... ¡El tío este! Si yo he entrao aquí, fué porque los señores -me lo premitieron, ¿estamos? Yo soy así, muy franca de mi natural..., y -me arrimo aonde veo naturalidá, y señoritos llanos y buenos mozos, sin -despreciar á nadie. - ---¡Ole las mujeres principales!--contestó con la mayor formalidad -Pacheco, pagando el requiebro de la señá Donata. La cual no soltó el -sitio hasta que Don Diego y la señora prometieron unánimes acordarse de -su empeño y procurar que Lolilla entrase en los talleres. Las gorrionas -se dejaron besar y se llevaron las manos atestadas de postres, pero ni -con tenazas se les pudo sacar palabra alguna. No piaron hasta que fueron -á posarse en el salón de baile. - -El camarero también salió anunciando que «dentro de un ratito» traería -café y licores. Al marcharse encajó bien la puerta, é inmediatamente los -ojos de Pacheco buscaron los de su amiga. La vió de pié, mirando á las -paredes. ¿Qué quería la niña? ¿Eh? - ---Un espejo. - ---¿Pa qué? Aquí no hay. Los que vienen aquí no se miran á si mismos. -¿Espejo? Mírate en mí. ¿Pero cómo? ¿Vas á ponerte el sombrero, -chiquilla? ¿Qué te pasa? - ---Es por ganar tiempo... Al fin, en tomando el café hemos de irnos... - -El meridional se acercó á Asís, y la contempló cara á cara, largo -rato... La señora esquivaba el examen, poniendo, por decirlo así, -sordina á sus ojos y un velo impalpable de serenidad á sus facciones. La -tomó Pacheco la cintura, y sentándose en el sofá la atrajo hacia sí. -Hablaba y reía y la acariciaba tiernamente. - ---¡Ay, ay, ay!... ¿Esas tenemos? Mi niña está celosa. ¡Celosita, -celosita! ¡Celosita de mí la reina del mundo! - -Asís se enderezó en el sofá, rechazando á Pacheco. - ---Tienes la necedad de que todo lo conviertes en substancia. La vanidad -te parte, hijo mío. Yo no estoy celosa, y si me apuras, te diré... - ---¿Qué? ¿Que me dirás?--prorrumpió Pacheco algo inmutado y descolorido. - ---Que... es algo imposible eso de estar celoso, cuando... - ---¡Ah!--interrumpió el meridional, más que pálido, lívido, con voz que -salía á _golpás_, según diría la señá Donata.--No necesitas ponerlo más -claro... Enterado, mujer, enterado: si yo adivino antes que hables. Pa -miserables tres horas ó cuatro que nos faltan de estar juntos, y -probablemente serán las últimas que nos hemos de ver en este mundo -perro, ya pudiste callarte y procurar engañarme como hasta aquí... Poco -favor te haces, si viniste aquí no queriéndome algo. Tú te habrás creído -que yo me tragaba... ¡Y me llamas necio! Yo seré un vago, un hombre que -no sirve para ná, un tronera, un perdido, lo que gustes; ¡pero necio! -Necio yo... ¡y en cuestiones de faldas! ¡Mire V. que es grande! Pero, -¿qué importa? Llámame lo que quieras... y óyeme sólo esto, que te voy á -decir una verdá que ni tú la sabes, niña. No me has querío hasta hoy, -corriente... Hoy, mas que digas por tema lo que te dé la gana, me -quieres, me requieres, estás enamoraa de mí... Poquito á poco te ha ido -entrando... y así que yo te falte, se te va á acabar el mundo. Esta es -la fija... Ya lo verás, ya lo verás. Y por amor propio y por soberbia -sales con la pata e gallo... ¡Te desdeñas de tener celos de mí! Bien -hecho... Así como así no hay de qué. Boba serías si tuvieses celos. -Algún ratito ha de pasar antes de que yo me pierda por otras mujeres... -¡Maldita sea hasta la hora en que te vi!... Dispensa, ¡dispensa! No -quiero ofenderte, ¿sabes? ahora ni nunca. No sé lo que me digo... Pero -digo verdad. - -Soltaba esta andanada paseando por el pequeño recinto, como las fieras -en sus jaulas de hierro; unas veces sepultaba las manos en los bolsillos -del pantalón, y otras las desenfundaba para accionar con violencia. Su -rostro, descompuesto por la cólera, perdiendo su expresión indolente, -mejoraba infinito: se acentuaban sus enjutas facciones, temblaba el -bigote dorado, resplandecían los blancos dientes, y los azules ojos se -obscurecían como el agua del Mediterráneo cuando amaga tempestad. El -piso retemblaba bajo sus pasos; diríase que el aéreo nido iba á saltar -hecho trizas. Aquella tormenta de verano, aquella cólera meridional, no -cabía en el cuartuco. - -Al encajar la puerta el mozo, los amantes se habían olvidado de que el -nido tenía otro boquete, la ventana, abierta por Asís y dejada en la -misma situación durante todo el almuerzo. Y la ventana justamente -miraba al salón de baile, ocupado por parte de la bandada de gorrionas, -entretenidísimas á la sazón en atisbar la riña amorosa, mientras abajo -Lolilla se consagraba al carnero y al arroz. - ---Anda..., ella está de morros con él... Está amoscá. - ---Porque bailó con nusotras... Me lo malicié, hijas. - ---¡Jesús! Pus no se ha resquemao poco... ¡Qué gesto! - ---¡Ay! ¡Miales! El la está haciendo cucamonas pa que se le pase... -¡Ole!... Hombre, no nos ponga usté el gorro... Siquiera pa repichonear -podían tener la ventana cerrá. - ---¿Quién os manda mirar? - ---Pa eso tiene una los ojos... ¡Calle!... Pues ella, en sus trece... Que -nones... Las orejas le calienta ahora. - ---¡Virgen! ¿Qué cosas le habrá icho, pa que él se enfade así? Mueve los -brazos que paecen aspas de molino... ¿A que le pega? - ---¿Que la e pegar, mujer, que la e pegar? Eso á las probres. A estas -pindongas de señoronas, los hombres les rinden el pabellón. Y eso que -cualisquiera de nosotros les pue vender honradez y dicencia. Digo, me -paece... - ---No, pus enfadao ya está. - ---¿Va que acaba pidiendo perdón como los chiquillos? ¿No lo ije? -Miale... más manso que un cordero... Ella na, espetá, secatona... vuelta -á la manía de ponerse el abrigo... Se quie largar... ¡Madre e Dios, lo -que saben estas tunantas! Me lo maneja como á un fantoche... ¡Qué -compungió que está!... ¿A que se pone de rodillas, pa que le echen la -solución? ¡Ay, qué mujer, paece la leona del Retiro! Empeñá en que me -voy... Y se sale con la suya... Mia... ¡Se largan! - -La turba se precipitó por la escalera del merendero. Verdad: Asís se -largaba, se largaba. Salía tranquilamente, sin prisa ni enojo; hasta -sonrió á Lolilla, que armada del soplador de mimbres avivaba el fuego. -Con voz serena explicó al mozo, atónito de semejante deserción, que se -les hacía tarde, que no podían aguardar ni un minuto más; que avisase al -cochero, el cual probablemente estaría con el simón por allí, en alguna -sombra. Mientras Pacheco, demudado, con pulso trémulo, buscaba en el -portamonedas un billete, Asís trazaba en el piso rayas con la sombrilla, -hasta dibujar una celosía complicada y menuda. Al terminarla extendió la -mano; cogió una ramita florida de la acacia que sombreaba el merendero y -se la sujetó en el pecho con el imperdible. Acercóse obsequiosa la señá -Donata, ofreciendo á sus huérfanas, sus nietecicas, «pa juntar un ramo -de cacias y de mapolas, si á la señorita le gustan...» Dió Asís las -gracias rehusando, porque se marchaba acto continuo, y acercándose -disimuladamente á la vieja le deslizó algo en la mano, recia y curtida -cual la piel del arenque. Acercóse el simón; sin duda el cochero se -había atizado un par de tragos, porque su nariz echaba lumbre, -reluciendo al sol como la película roja que viste á los pimientos -riojanos. La señora tomó por la escalerilla que bajaba desde el puente; -Pacheco la siguió... - ---En el coche harán las paces--piaron las gorrionas mayores.--¿A que sí? - ---La fija. En entrando... - -Grande fué el asombro de aquellas aves, más parleras que canoras, viendo -que, tras un corto debate al pié de la portezuela, la señora tendió la -mano á Pacheco, éste llevó la suya al sombrero saludando, y el simón -arrancó á paso de tortuga, bamboleándose sobre la polvorosa carretera. - ---Pus ella vence... Me lo deja plantadito. - ---¿A que él se nos vuelve aquí?--indicó la gorriona primogénita, -alisando con la palma las grandes peteneras de su peinado, untadas de -bandolina. - -No volvió el muy... Ni siquiera torció la cabeza para hacerlas un saludo -ó enviarlas una sonrisa de despedida. ¡Fantasioso! Estuvo pendiente del -simón mientras éste no traspuso los hornos de ladrillo; luego, -cabizbajo, echó á andar á pié. - - - - -XXI - - -La buena fe, que debe servir de norma á los historiadores, así de hechos -memorables como de sucesos ínfimos, obliga á declarar que la marquesa -viuda de Andrade se dedicó asiduamente--desde las dos de la tarde, hora -en que llegó á su casa, hasta cerca de las nueve de la noche--á la faena -del arreglo definitivo de su equipaje, resolviendo la marcha para el -siguiente día, sin prórroga. El trajín fué gordo, y aumentó sus fatigas -el desasosiego moral de la señora. Anduvo hecha un zarandillo; removió -hasta el último trasto de la casa; mareó á la Diabla; aturrulló á los -demás criados; y al agitarse así la impulsaban sus nervios, tirantes -como cuerdas de guitarra, al par que sentía una especie de punzada -continua en el corazón, un calor extraño en el epigastrio, un saborete -amargo en la boca. Después de haber comido--por fórmula y sin -ganas--pidióle Angela licencia, ya que era el último día, para decir -adiós á su hermana. La negó en un arranque de cólera; la otorgó dos -minutos después. Y así que la chica batió la puerta, la señora, rendida -de cuerpo, más encapotada que nunca de espíritu, se retiró á su -dormitorio... Tenía que poner el S. D. á un sinnúmero de tarjetas; pero -¡estaba tan molida! ¡de humor tan perro! Además, la punzadita aquella -del corazón se iba convirtiendo en dolor fijo, intolerable... ¿Se -aplacaría un poco recostándose en la cama? A ver... - -Cerró los ojos, mascando unas hieles que tenía entre la lengua y el -paladar. ¿A qué venían las hieles dichosas? Ella había obrado bien, -mostrándose digna y entera. En realidad, ningún desenlace mejor para la -historia. De un modo ó de otro ello iba á acabarse; era inevitable, -inminente; mejor que se acabase así... Porque si aquella última -entrevista fuese muy tierna, qué tristeza y qué... Nada; mejor así, -mejor cien veces. Ella había tenido razón sobrada: una cosa son los -celos, otra el amor propio y el decoro de que nunca está bien -prescindir. Y á quién se le ocurre, allí, en su propia cara, ponerse á -bailar con... Veía el salón de baile aéreo, el brincoteo de las -gorrionas, los incidentes del almuerzo... y las hieles se volvían más -amarguitas aún. Cierto que ella fué quien abrió puertas y ventanas; de -todos modos, el proceder de Pacheco... Sí... buen tipo estaba Pacheco. -En viendo una escoba con faldas... ¡Ay infeliz de la mujer que se fiase -de sus exageraciones y sus locuras! ¡Requebrar á las cigarreras así, -delante de...! ¡Y qué fatuo! ¡Pues no había querido convencerla de que -estaba enamorada de él! ¿Enamorada? No, no señor, gracias á Dios... -Conservaría, sí, un recuerdo... un recuerdo de esos que... Allí tenía, -en el medallón de oro, junto al pelo de Maruja, una florecita de la -acacia blanca... ¡Qué tontera! Lo probable es que á Pacheco no volviese -á verle nunca más... Y esta punzada del corazón, ¿qué será? Será -enfermedad, ó... Parece que lo aprieta un aro de hierro... ¡Jesús, qué -cavilaciones más insensatas! - -Bregando con la imaginación y la memoria, se quedó traspuesta. No era -dormir profundo, sino una especie de somnambulismo, en que las -percepciones de la vida exterior se amalgamaban con el delirio de la -fantasía. No era la pesadilla que causa la ocupación de estómago, en -que tan pronto caemos de altísima torre como volamos por dilatadas zonas -celestes, ni menos el ensueño provocado por la acción del calor del -lecho sobre los lóbulos cerebrales, donde, sin permiso de la honrada -voluntad, se representan imágenes repulsivas... Lo que veía Asís, -adormecida ó mal despierta, puede explicarse en la forma siguiente, -aunque en realidad fuese harto más vago y borroso. - -Encontrábase ya en el vagón, con la Diabla enfrente, la maletita y el -lío de mantas en la rejilla, el velo de gasa inglesa bien ceñido sobre -la toca de paja, calzados los guantes de camino, abrochado hasta el -cuello el guardapolvo. El tren adelantaba, unas veces bufando y pitando, -otras con perezoso cuneo, al través de las eternas estepas amarillas, -caldeadas por un sol del trópico. ¡Oh Castilla la fea, la árida, la -polvorosa, la de monótonos aspectos, la de escuetas lontananzas! ¡Oh -sombría mole, región desconsolada del Escorial, qué felicidad perderte -de vista! ¡Oh calor, calor del infierno, cuando acabarás! Asís sentía -que el sol, al través de las cortinas corridas que teñían con viso azul -el departamento, se le empapaba en los sesos como el agua en una -esponja, y que en sus venas la sangre se volvía alquitrán, y la punta de -cada filete nervioso una aguja candente, y que los ojos se le salían de -las órbitas, igual que á los gatos cuando los escaldan... El polvillo de -carbón, unido al de los páramos castellanos, entraba en remolinos ó en -ráfagas violentas, cegando, desvaneciendo, asfixiando. No valía manejar -desesperadamente el abanico: como toda la atmósfera era polvo, polvo -levantaba al agitar el aire, y polvo absorbían los sedientos -pulmones.--¡Agua! ¡Agua! ¡Agua por Dios! Angela, va una botella llena -ahí en el cesto...--Revolvía la Diabla el fondo de la canastilla..., -nada: sin duda el agua se había olvidado. ¡Ah! una botella... El vaso -plano... Asís bebía. ¡No es agua, no es agua! Es manzanilla, jerez, -brasa líquida, esas ponzoñas que roban el juicio á las gentes... Venga -un río, un río de mi tierra, para agotarlo de un sorbo... Mientras la -señora gemía, el inmenso foco del sol ardía más implacable, como si -estuviesen echándole carbón, convertidos en fogoneros, los arcángeles y -los serafines. Y así atravesaban la pedregosa tierra de Avila, con sus -escuadrones de enormes cantos, y las llanuras de Palencia, y los severos -desiertos de León, y la vieja comarca de la Maragatería. ¡Que me -abraso!... ¡Que me abraso!... ¡Que me muero!... ¡Socorro!... - -¡Aah! ¿Qué ocurre? Salimos del país llano... ¡Montes queridos! Cada -túnel es una inmersión en la noche, un baño en un pozo; al volver á la -claridad, montañas y más montañas, revestidas de frondosos castañares, y -por cuyas laderas... ¡oh deleite! se despeñan saltando manantiales, -cascaditas, riachuelos, mientras allá abajo, caudaloso y profundo, corre -el Sil... Las mismas rocas sudan humedad; de la bóveda de los túneles -rezuman gotas gordas; el suelo se encharca. Al principio, Asís revive -como el pez restituido á su elemento: su corazón se dilata, calmase el -hervor de su sangre, se aplaca la horrible sed. Pero los riachuelos van -engrosando; los túneles menudean, lóbregos, pantanosos; al término se -divisa un cielo color de panza de burro, muy bajo, en el cual se -acumulan nubes preñadas de agua, que al fin, abriendo su seno, dejan -caer, primero en delgados hilos, luego en cerrada cortina, la lluvia, la -eterna lluvia del Noroeste, plomo derretido y glacial, que solloza -escurriendo por los vidrios. Y aquella lluvia, Asís la siente sobre el -corazón, que se lo infiltra, que se lo reblandece, que se lo ensopa, -hasta no poder admitir más líquido, hasta que, anegado de tristeza, el -corazón empieza también á chorrear agua, primero gota á gota, luego á -borbotones, con fúnebre ruido de botella que se vacía... - - * * * * * - -Pan, pan. Dos golpes en la puerta de la alcoba...--¡Jesús!... ¿Quién? -¿Pero dormía ó soñaba ó qué es esto?--Y la señora palpaba la -almohada.--Húmeda, sí... Los ojos... También los ojos... ¡Lágrimas! -¿Quién está?... ¿Quién? - ---Yo, amiga Asís... Gabriel Pardo... ¿He venido á molestar? Por Dios, -siga V. con sus preparativos... Me he encontrado á la chica; me dijo que -mañana sin falta salía V. para nuestra tierra... Cuánto sentiré -incomodarla... Me retiro, me retiro. - ---Por Dios... De ningún modo... Tome V. asiento... Salgo en seguida... -Estaba lavándome las manos. - -Y en efecto, se oía ruido de chapuzón, de lavaroteo. Pero nos consta que -lo que lavaba la señora eran los párpados. Luego se dió polvos, se -compuso el pelo, se arregló los encajes de la gola. Apareció muy -presentable. Pardo había tomado un periódico, creo que _La Epoca_, y -leía distraído, sin entender: «La dispersión veraniega ha comenzado. -Parten hoy para Biarritz en el expreso, el duque de Albares, las lindas -señoritas de Amézaga...» - -Apenas habrían tenido tiempo los dos paisanos para trocar unas cuantas -frases de excusa, cuando se oyó sonar la campanilla y en el corredor -retumbaron pasos fuertes, varoniles. De sofocada, la señora se volvió -pálida: una sonrisa involuntaria y una luz vivísima cruzaron por sus -labios y sus ojos. Pacheco entró, y al verle el comandante Pardo, -reprimió el impulso de pegarse un cachete en el hueso frontal. - ---¡Ya pareció aquello! ¡Se despejó la incógnita! ¡Y decir que no hará -dos semanas que se conocieron en casa de Sahagún! ¡Mujeres!!! - -El gaditano,--lo mismo que si se propusiese evidenciar lo que Pardo -adivinaba,--apenas se hubo sentado, sacó del bolsillo un tarjetero de -piel inglesa, con monograma de plata, y se lo entregó á Asís, murmurando -cortésmente: - ---Marquesa... las señas que V. me pidió que le trajese. Las señas de la -pitillera... ¿no recuerda V.? Puede V. copiarlas, ó quedarse con el -tarjetero, si gusta... Viéndolo, se acuerda V. más del empeñillo. - -¡Ay! Asís trasudaba. Era para volarse. ¡Vaya un pretexto que daba á su -visita nocturna el bueno del gaditano! Si lo quería más claro Don -Gabriel... - -Miró al comandante, que se hacía el sueco, tratando de no ver el -tarjetero dichoso. No hay posición más desairada que la de tercero en -concordia, y Don Gabriel, notando la ojeada expresiva que trocaron -Pacheco y Asís, creía estar sentado sobre brasas, tanto le apretaban las -ganas de quitarse de en medio. Pero convenía hacerlo con habilidad y -educación. Un cuarto de hora tardó en preparar la retirada honrosa, -echándole el muerto al Círculo Militar, donde aquella noche había una -conferencia muy notable. Los círculos, ateneos y clubs, serán siempre -instituciones benéficas, por lo que se prestan á encubrir toda -escapatoria masculina,--así la del que va en busca de la propia -felicidad, como la del que evita el espectáculo de la -ajena,--verbigracia Pardo. - -Retrasó el paso al llegar á la esquina de la calle y se puso á -reflexionar acerca del impensado descubrimiento. Raro es que el amigo de -una dama, en caso semejante, no desapruebe la elección.--¡Cómo escogen -las mujeres! En dándoles el puntapié el demonio... Indulgencia, Gabriel; -no hay mujeres, hay humanidad, y la humanidad es _así_... Esta desazón, -además, se parece un poquito á la envidia y al des... No, hijo, eso sí -que no: despechado no estás: lo que pasa es que ves claro, mientras tu -pobre amiga se ha quedado ciega... ¡Cómo se transformó su fisonomía al -entrar el individuo! La verdad: no la creí capaz de echarse un amante... -y menos ese. O mucho me equivoco ó le ha caído que hacer á la infeliz. -Ese andaluz es uno de los tipos que mejor patentizan la decadencia de la -raza española. ¡Qué provincias las del Mediodía, señor Dios de los -ejércitos! ¡Qué hombre el tal Pachequito! Perezoso, ignorante, sensual, -sin energía ni vigor, juguete de las pasiones, incapaz de trabajar y de -servir á su patria, mujeriego, pendenciero, escéptico á fuerza de -indolencia y egoismo, inútil para fundar una familia, célula ociosa en -el organismo social... ¡Hay tantos así! Y sin embargo, á veces medran, -con una apariencia de talento y la viveza propia del meridional; no -tienen fondo, no tienen seriedad, no tienen palabra, no tienen fe, son -malos padres, esposos traidores, ciudadanos zánganos, y los ve V. -encumbrarse y hacer carrera... Así anda ello. Y á las mujeres... qué -diablo, estos hombres les caen en gracia... ¡Eh! dejémonos de clichés... -Asís, que es de otra raza muy distinta, necesita formalidad y -constancia; la compadezco... Bueno es que no se casará; no, casarse no -lo creo posible. De esa madera no se hacen maridos. Como aventura, -tendrá sus encantos... ¡Qué casualidad! Y dirán que no hay -coincidencias... ¡Tarjetero, tarjetero!... - -Así meditaba el comandante. ¿Era injusto ó sagaz? ¿Obedecía á su -costumbre de analizarlo todo, ó á una puntita de berrinche? Se caló los -lentes y se retorció la barba, ¿A dónde iría? - ---Al Círculo Militar, ya que me sirvió de pretexto para escurrir el -bulto. ¡Poco gusto que les habrá dado cuando yo tomé la puerta!... - -Tras esta ingrata reflexión apretó á andar. La obscuridad de la noche le -exaltaba, y ese enlazado grupo, que ve con la fantasía todo el que sale -huyendo de hacer mala obra á dos enamorados, se empeñaba en flotar, -vaporoso é irónico, ante Don Gabriel. Fortuna que este género de -visiones no suele resistir á los efectos anodinos de una conferencia -sobre «Ventajas é inconvenientes del escalafón en los cuerpos -facultativos.» - - - - -XXII - -EPÍLOGO - - -No entremos en el saloncito de Asís mientras dure el tiroteo de -explicaciones (¡cosa más empalagosa!) sino cuando la pareja liba la -primera miel de las paces (empalagosísima también, pero paciencia). Ni -Pacheco pregunta ya nada acerca de Don Gabriel Pardo y su amistad, ni -Asís se acuerda del baile en el merendero. El gaditano habla al oído de -la señora. - ---¿Pero tú te creíste que yo no sabía que mañana te vas? A Diego Pacheco -no se la ha pegado ninguna hembra... ¡Niña boba! Esta mañana ya habías -dispuesto la marcha, claro que sí, y si te viniste á almorsá conmigo, -fué que te dí un poquillo de lástima... Decías tú allá en tus adentros: -sólo faltan horas; vamos á complacer á éste, que tiempo habrá de que -estalle la bomba y dejarlo plantao... ¡Y ahora también piensas en cosas -así, muy tristes; en que ya no nos vemos, en que se acaba el cariñito y -las fatigas y el verme y el hablarme!... ¡Ay, chiquilla! Me quieres tú -mucho más de lo que te figuras. No te has tomado el trabajo de echar la -sonda ahí en ese pechito... ¡Tonta! ¡Cómo te acordarás de estos ratos, -allá en tu país, entre aquella gente sosaina! Aquí se queda un hombre -que te quería también un poquitillo... ¡Pobrecita, la nena! - -No estaban los amantes abrazados, ni siquiera muy juntos, pues Pacheco -ocupaba el sillón, y el diván Asís. Sólo sus manos, encendidas por la -misma fiebre, se buscaban, y habiéndose encontrado, se entrelazaban y -fundían. Callaron entonces y fué el instante más hermoso. Por el mudo -diálogo de los ojos y por el contacto eléctrico de las palmas, se -enviaban el espíritu en arrobo inefable. Con la nueva y victoriosa -dulzura de semejante comunicación, Asís sentía que se mezclaba un -asombro muy grande. Miraba á Pacheco y creía no haberle visto nunca: -descubría en su apostura, en su cara, en sus ojos, algo sublime, que -realmente no existía, pero era positivo entonces para la señora, pues -así sucede en toda revelación, para que resplandezca su orígen superior -á la materia inerte y al ciego acaso... y á Asís se le revelaba entonces -el amor. Poco á poco, sin conciencia de sus actos, acercaba la mano de -Diego á su pecho, ansiosa de apretarla contra el corazón y de calmar así -el ahogo suave que le oprimía... Sus pupilas se humedecieron, su -respiración se apresuró, y corrió por sus vértebras misterioso -escalofrío, corriente de aire agitado por las alas del Ideal. - ---No estés tan tristón--tartamudeó con blandura mimosa. - ---Sí que estoy triste, prenda. Y es por ti. Estoy de remate. Estoy hasta -enfermo. No sé por dónde ando. Parece que me han dao cañaso. Es un mal -que se me entra por el alma arriba. Si sigo así, guardaré cama. Después -que te vayas la guardaré... Es cosa rara, chiquilla. ¡Válgame Dios, á lo -que llega un hombre! - ---Te pones tan lejos... Aquí, cerquita--murmuró la señora con el tono -con que se habla á los niños. - ---No..., déjame aquí... Estoy bien. Mira tú que cosas más raras hace la -guilladura cuando entra de verdad. Ni ganas tengo de acercarme; la -manita me basta... - ---¿No te gusto? - ---No como me gustarían otras. ¡Ah! Ya sabes si tengo ilusión por ti... Y -así y todo..., ahora prefiero callar y no acercarme, gloria... ¡Ay!... -¿Pero qué es eso? ¿Llora mi niña? - -Puede que llorase, en efecto. No debía de ser el reflejo de la lámpara -lo que tanto relucía en su mejilla izquierda... Pacheco exhaló un -suspiro y se puso en pié, desenclavijando su mano de la de Asís. - ---Me voy--pronunció con voz alteradísima ronca, resuelta. - -De un brinco se levantó Asís, echándole los brazos al cuello y -sujetándole. - ---No, Diego, que no... ¡Vaya una ocurrencia! ¡Irte ya! ¡Pues si apenas -llegaste! ¿Cómo irte? ¿Tienes que hacer? No, irte no quiero. - ---Niña... El mal camino andarlo pronto. No tengo ánimos para más. Estoy -que con una seda me ahogan. ¿A qué aprovechar unos minutos? Es la -despedida. Yéndome ahora me ahorro alguna pena. Adiós, querida... Cree -que más vale así. - ---No, no, no te vas... Por lo mismo que ya es la última noche... Diego, -por Dios, mi vida... Tú quieres sacarme de quicio. No puede ser. - -Pacheco sujetó los brazos de la señora, y mirándola de hito en hito -exclamó con firmeza: - ---Piénsalo bien. Si me quedo ahora no me voy en toda la noche. -Reflexiona. No digas después que te pongo en berlina. Te conviene -soltarme. Tú decidirás. - -Asís dudó un minuto. Allá dentro percibía, á manera de inundación que -todo lo arrolla, un torrente de pasión desatado. Principios salvadores, -eternos, mal llamados por el comandante _clichés_; que regís las horas -normales, ¿por qué no resistís mejor el embate de este formidable -torrente? Asís articuló, oyendo su propia voz resonar como la de una -persona extraña: - ---Quédate. - -El plan era absurdo, y sin embargo los medios de realizarlo se -presentaban entonces asequibles, rodados. La Diabla, fuera de casa, por -casualidad feliz; la cocinera lo mismo; cuestión de engañar á -Imperfecto, que era la quinta esencia de la bobería, y á la portera, que -siempre estaba dormitando á tales horas. Para conseguir el apetecido -resultado, combinóse un atrevido plan de entradas y salidas, de pases y -repases, que hizo reir á los dos delincuentes... Y á las doce de la -noche las puertas de la casa se hallaban cerradas, y dentro de ella el -contraventor de las pragmáticas sociales y de las leyes divinas. - -Si la cosa no hubiese pasado de aquí, creo sinceramente, lector amigo, -que no merecía la pena, no ya de narrarla, sino hasta de mencionarla en -estos libros de memorias y exámenes de conciencia de la humanidad, que -se llaman novelas. Porque aun siendo el caso tan desatinado y enorme; -aun constituyendo una atrevida infracción de todo lo que no debe, ni -puede infringirse, bien cabe suponer que en las fiebres pasionales tiene -algo de necesario y fatídico, cual en las otras fiebres, la calentura. -Pero lo que me parece verdaderamente digno de tomarse en cuenta, como -dato singular y curioso; lo que quizás convendría analizar -sutilmente--si no es preferible dejarlo sugerido á la imaginación del -lector para que lo deduzca y reconstruya á su modo--es la causa, la -génesis y el rápido desarrollo de aquella _idea_ inesperadísima, que -desenlazó precipitada y honrosamente la historia empezada por tan -liviano y censurable modo en la romería del Santo... - -¿A cuál de los dos amantes, ó mejor dicho, aunque la distinción parezca -especiosa, de los dos enamorados, se le ocurrió primero la _idea_? ¿Fué -á él, como único paliativo, heroico, pero infalible, de su extraña -guilladura? ¿Fué á ella, como medio de conciliar el honor con la pasión, -el instinto de rectitud y el respeto al deber que siempre guardara, con -la flaqueza de su voluntad, ya rendida? ¿Fué que esa _idea_, -profundamente lógica (y en el caso presente tal vez expiatoria), se -presenta á la vuelta del amor, tan fatalmente como sigue á la aurora el -mediodía, al crepúsculo la noche y á la vida la muerte? - -Que cada cual lo arregle á su gusto y rastree y discurra qué caminos -siguieron aquellos espíritus para no reparar en inconvenientes, no -recelar de lo futuro, cerrar los ojos á problemas del porvenir y mandar -á paseo las sabias advertencias de la razón, que tiembla de espanto ante -lo irreparable, lo indisoluble, lo que lleva escrito el letrero -medroso:--Para siempre--y avisa que de malos principios rara vez se -sacan buenos fines.--Y reconstruya también á su modo los diálogos en que -la _idea_ se abrió paso, tímida primero, luego clara, imperiosa y -terminante, después triunfadora, agasajada por el amor que, coronado de -rosas, empuñando á guisa de cetro la más aguda y emponzoñada de sus -flechas, velaba á la puerta del aposento, cerrando el paso á profanos -disectores. - -Por eso, y porque no gusto de hacer mala obra, líbreme Dios de entrar -hasta que el sol alumbra con dorada claridad el saloncito, colándose por -la ventana que Asís, despeinada, alegre, más fresca que el amanecer, -abre de par en par, sin recelo ó más bien con orgullo. ¡Ah! Ahora ya se -puede subir. Pacheco está allí también, y los dos se asoman, juntos, -casi enlazados, como si quisiesen quitar todo sabor clandestino á la -entrevista, dar á su amor un baño de claridad solar, y á la vecindad -entera parte de boda... Diríase que los futuros esposos deseaban cantar -un himno á su numen tutelar, el sol, y ofrecerle la primer plegaria -matutina. - ---Está el gran día, chichi...--exclamaba Pacheco.--Vas á tener un -viaje... - ---¿Y para el tuyo? ¿Hará buen tiempo? - ---Lo mismo que ahora. Verás. - ---¿Despacharás en ocho ó diez días la ida á Cádiz? - ---No que no. Y la aprobación del papá y too. Muerto está él porque me -case y siente la cabeza. Le diré que después de la boda me presento -diputao por Vigo con la ayuda del papá suegro. Verás tú. Para despabilar -un asunto me pinto solo... cuando el asunto me importa, ¿sabes? - ---¿Escribirás las veces que prometiste? - ---Boba. - ---Simplón, monigote, feo. - ---Reina de España. - ---En Vigo..., ya sabes... formalidad. - ---Hasta que el cura...--(Pacheco hizo con la mano derecha un ademán -litúrgico muy significativo.)--Entretanto... me dedicaré á tu chiquilla. -¿Eh? A los dos días... te la he conquistao. Puede que te deje plantaíta -á ti pa casarme con ella. - -Siguieron algunas bromas y ternezas más, que ni hacen al caso, ni deben -figurar aquí en modo alguno. De repente, Diego tomó la mano derecha de -la señora, preguntando: - ---¿Te acuerdas tú de una buenaventura que te echaron en la feria? - -E imitando el acento y modales de la gitana, añadió: - ---Una cosa diquelo yo en esta manica, que ha e suseder mu pronto y nadie -saspera que susea... Un viaje me vasté á jaser, y no ae ser para má, que -ae ser pa satisfasión e toos... Una presonilla está chalaíta por usté... - -El gaditano, siempre presumido, agregó: - ---Y usté por ella. - - - FIN - - * * * * * - - - - MORRIÑA - - - - - _A Carmen Almario y Ossorio - de Espinosa_ - - - _en prenda de antigua amistad_ - - - La Autora. - - - - -MORRIÑA - - - - -I - - -Si el entresuelo que habitan en Madrid doña Aurora Nogueira de Pardiñas -y su hijo único Rogelio no es ni de los menos obscuros ni de los más -espaciosos, tiene en desquite la ventaja inestimable de encontrarse sito -en la calle Ancha de San Bernardo, tan frontero á la Universidad -Central, que, hablando en plata, aquello es vivir en la Universidad -misma. Encajada la señora dentro de su butaca de gutapercha, en el -rincón de la ventana, mientras _crece_ y _mengua_ su labor de calceta -sin mirarla una sola vez, sigue los pasos al adorado chiquillo, y en -cierto modo, salvando la distancia de la calle y calando el espesor de -las paredes, le acompaña hasta el aula misma. Le ve entrar; al salir -observa si se detiene en algún grupo, y con quién charla, y cómo se ríe; -conoce á todos los camaradas, á los amigotes, á los antipáticos, á los -estudiosos, á los holgazanes, á los asiduos, á los que hacen rabona casi -siempre. También está familiarizada con las caras de los profesores, y -estudia su continente y su modo de responder al saludo de los -discípulos, sacando de los signos exteriores importantes consecuencias -psicológicas, relacionadas con el problema de los exámenes.--«¡Ay! Allí -viene ya el viejiño Contreras, el de Procedimientos. ¡Qué afable!... -¡Qué cara de santo! Anda despacito el pobre... bien se nota que padece -reuma articular, como yo. ¡Malpecado! Me es simpático por eso. No, y -sobre todo, porque sé que es blando y que le ha de dar á Rogelio un -aprobado como una casa. Ahora sale Ruiz del Monte, tan almidonado y tan -engreído. Parece todo él hecho de una pieza. ¡Pobres de nos! Con éste no -valen empeños, ni influencias, ni... Arre que le han de saber los chicos -la asignatura tan bien como él. Pues para eso, que les deje á ellos la -cátedra... y la paga. ¡Ay! Ahí tenemos al señor de Lastra. Jorobadito es -un poco. ¡Qué gracia, las caricaturas que los muchachos le sacan en -clase! Y se pasa de campechano. Ahí está pegándole palmadas en el hombro -á Benito Díaz, el amigacho de Rogelio. Me parece uno de esos señores que -dejan rodar el mundo. Bendito él sea. No sé qué se saca de disgustar á -las familias y crucificar á los pobres rapaces.» - -Suspendiendo el soliloquio, la señora se hincaba en el moño entrecano la -aguja de calceta, rascándose los cascos ligeramente. De pronto la piel -floja y rancia de sus mejillas se teñía de rosa vivo, como si una brisa -de juventud le orease las facciones. - ---¡Ay! Rogelio. - -Salía el estudiante, envuelto en su capa de embozos de felpa carmesí, -con el hongo un tantico ladeado y la mirada fija, desde el primer -momento, en la ventana aquella. Por lo común sonreía; pero á veces, -poniéndose muy formal, llevaba tres dedos al hongo, y estirando el brazo -con movimiento de marioneta, remedaba el saludo de los gomosos en el -Retiro. Contestaba la madre amenazándole con la mano abierta y -descuajándose de risa, cual si fuese nueva una gracia consuetudinaria -ya. Después, el muchacho platicaba tres ó cuatro minutos con algunos -condiscípulos; de refilón se metía con el fosforero, la billetera, el -naranjero de la esquina y los dependientes de la tienda más próxima, -acabando por echar un requiebro á las criadas que charloteaban á la -puerta; y al fin subía á su domicilio, esperándole en el recibimiento -doña Aurora. Las primeras frases solían ser por este estilo: - ---_Mater amabilis_... brinda el corporal sustento al fruto de tu -vientre. Traigo un hambre que no la merezco. ¡Aaam! Si no llega pronto -el bisteque, se producirán repugnantes escenas de canibalismo. - ---Sí--decía risueña la señora;--ya vendrá todo á parar en que te comerás -dos aceitunas y una hebra de carne. Anda, pistraco, señorito de la media -almendra. - -La habitación predilecta de la casa no era ni la sala, siempre -abandonada y desierta, ni el despacho de Rogelio, ni el gabinete de la -señora: era el comedor, muy próximo á la antesalita. Allí estaba el -reloj de pared, que consultaba para las horas de clase Rogelio, perezoso -en dar cuerda á su remontuar; allí la mesilla, donde el cesto de la -labor y la media empezada desaparecían bajo números del _Madrid Cómico_, -de _Los Madriles_ y de todas las _Ilustraciones_ habidas y por haber; -allí el sofá bajo, ancho y cómodo y las vastas poltronas; allí, sobre el -aparador, el reparito del estómago, botella de jerez y bizcochos, ó, en -verano, frutas que el chico gulusmeaba; allí, en una copa, el ramo de -lilas frescas, ó los claveles que se ponía en el ojal; allí el botijón -trasudando agua, y el azucarero, y el frasco del jarabe ferruginoso, y -el abanico japonés, y la novela empezada, con la plegadera entre las -hojas, y algún libro de texto, maltratado, mucho más que por el uso, por -el mal humor y displicencia con que lo cogían y soltaban. Allí, en fin, -la chimeneíta, la que funcionaba tan bien, la que consolaba de las -cátedras glaciales y los desmantelados patios y pasillos del templo de -Minerva. ¡Con qué gusto se ponía Rogelio, al llegar de clase, al canto -de la lumbre, sin desembozarse, extendiendo las palmas hechas dos -carámbanos! El calor desentumecía sus tejidos, activaba su empobrecida -sangre, y le daba fuerzas para pedir, entre chistosos regaños y súplicas -mimosas, el almuerzo, sintiendo casi la puntualidad con que se lo -servían, porque se le acababa el tema de sus humoradas y bromas. Aún no -había él cruzado la puerta y ya estaba doña Aurora gritando: - ---Fausta... Pepa... Que llega el señorito... Almorzar por el aire... -Niño, el jirope de hierro... ¿Te cuento las gotas amargas? - ---¿Qué mayores amarguras que las de la muerte por inanición? Usted, -fámula encargada del ramo culinario, ¿se puede saber con qué deleitosos -manjares piensa V. calmar hoy el hambre que me roe las entrañas? ¿Me ha -destilado V. ambrosía celestial, néctar extraído del cáliz de las -flores... ó callos y caracoles del _Petit Fornos_? ¡Sacadme de esta -cruel incertidumbre! - -Risas sofocadas en la cocina. - ---¡Dénmele de comer á este loco, para que calle! - -Sentados ya madre é hijo, contadas las gotas y tragadas también, venía -el sopicaldo humeante, el par de huevos estrellados, abuñoladitos, y el -bisteque, el cual precisamente había de traerse del café cercano. Sólo -así lo comía Rogelio. Por mucho que se esmerase Fausta, la vizcaína, no -conseguía desbancar al cocinero del cafetín. Llegaba el rico pedazo de -vianda medio cruda, encerrado entre dos platos, con sus patatas -sopladas, tierno, jugoso, apetecible. Mientras Rogelio trinchaba -preparándose á despachar las tajaditas, su madre le observaba con -inquietud y avidez, lo mismo que si nunca hubiese visto aquel tipo -delicaducho, tan diferente del ideal de las madres gallegas. Veinte -años espigados; palidez mate; ojos negros y alegres, pero de caído -párpado y cárdenas ojeras; boca de espiritual dibujo y arqueada con -finura, un poco amoratada de labios, con una dedada de bozo; nariz -enjuta; pelo lacio y suave, del que suele llamarse _de ratón_; cabeza -estrecha de sienes, garganta delgada, nuca con canal, muñecas planas y -talle cimbrador, componían una figura no salida aún de la adolescencia y -como detenida en su desarrollo por la clorosis que produce la vida de -invernáculo, donde la planta necesitada de aire bravo y libre se ahila ó -se seca. Así doña Aurora no podía disfrutar momento de tranquilidad con -aquel hijo, si no precisamente enteco, al menos de complexión flaca y -nerviosa, según revelaba su carácter, en que á la alegría propiamente -infantil sucedían sin transición ratos de inexplicable abatimiento. Por -eso le miraba comer, tan ansiosa como si cada buen bocado le cayese á -ella en el estómago después de dos días de ayuno. Con el pensamiento le -decía á la substanciosa carne: «Anda, fortaléceme á ese niño. Dale -fibra, dale sangre, dale huesos. Házmele robustote, varonil, patrón. Que -se vuelva un torito... aunque fuese así, á modo de un bárbaro... no -importa, mejor, ¡ojalá! Mira que no me queda á mi otro cariño en el -mundo sino este rapaz tan poca cosa.» Y agregaba en alta voz: - ---Come, hijiño, come, que la carne, carne cría. - - - - -II - - -Doña Aurora tenía su tertulia, y vespertina--nada menos que un _five -o’clock_, como diría algún revistero--sólo que sin _tea_, ni ganas de -él; porque caso de ofrecer algo á los tertulianos, la señora de -Pardiñas, muy chapada á la antigua, optaría por unas buenas magras de -jamón, ó cosa análoga. Como los amigos de la señora sabían que no -acostumbraba salir á la calle sino por la mañana, de manto y arrebujada -en su rotonda de pieles, á visitas de confianza ó á compras, y que las -tardes se las pasaba haciendo media en la ventana del comedor, acudían -fielmente, atraídos por la chimenea, las poltronas, la intimidad y el -hábito. - -El mayor núcleo de relaciones de doña Aurora lo formaban compañeros de -su difunto marido, magistrados, ó como ella decía en lenguaje -profesional, «señores». Algunos, jubilados ya, eran los más constantes -en acudir. Ciertos muebles del comedor teníalos vinculados determinada -persona; la butaca de respaldo ancho se le reservaba á Don Nicanor -Candás, el fiscal, aficionado á arrellanarse; la de gutapercha de -asiento blando, á Don Prudencio Rojas; la de cretona rameada, á la vera -de la chimenea, que nadie se la disputase al patriarca Don Gaspar -Febrero; este venerable sujeto era el alma de la tertulia, el más vivo, -rozagante y animoso de los concurrentes, á pesar de sus ochenta y pico -de navidades y su pata coja, quebrada al saltar de un tranvía. El primer -cuarto de hora de conversación solía consagrarse al estado atmosférico y -á la salud; ninguno de los respetables señores estaba sin alifafes y -goteras; algunos eran ya una pura ruina; y el lamentar achaques y -discutir métodos curativos resultaba siempre de actualidad. Allí se -llevaba el alta y baja de los catarros crónicos, de los dolores -artríticos, de los flatos y las acedías de cada quisque, y se -deliberaba, tan solemnemente como en otro tiempo sobre una sentencia, -sobre las ventajas del salicilato y las pastillas pectorales. - -Agotada la cuestión sanitaria--todo se agota--pasaban, casi siempre por -iniciativa del señor de Febrero, á tratar otros asuntos más agradables. -No podía sufrir el amable ochentón que se hablase tanto de botica, -recetas y potingues.--«No parece sino que está uno con un pié en el -sepulcro»--decía sonriendo y luciendo su brillante dentadura postiza. La -conversación variaba de rumbo, pero casi nunca versaba sobre temas -contemporáneos. Como gavota ejecutada por una abuela sobre viejo -clavicordio, sonaba allí el anticuado ritornelo de las memorias y de las -reminiscencias. Los diálogos solían empezar así. - ---¿Se acuerda V.? Cuando me destinaron á la Gran Canaria, mandando -Narváez... - -O de este otro modo: - ---¡Que tiempos! Lo menos diez años antes que se sustanciase la célebre -causa Fontanelas... Aún no había nacido mi hijo mayor... - -El señor de Febrero les iba á la mano también en esto de contar -tristemente los lustros ya corridos, exclamando con juvenil viveza: - ---Qué, si eso pasó ayer, como quien dice. En la vida de una nación, nada -significan miserables veinticinco ó treinta años. - ---Sí; pero en la de un hombre... - ---Tampoco en la de un hombre, si Vds. me apuran. A los cuarenta, á los -cincuenta llamo yo la flor de la edad. - ---Hable V. por sí... Usted ha descubierto el elíxir de larga vida. Más -fresquito que una lechuga. En cambio, los demás parecemos zapatillas, y -estamos para que nos saquen en un carro al sol. - -Con su muleta entre las piernas, Don Gaspar se reía, y como sacudiese la -cabeza, relucían al reflejo del fuego los rizos argentados de su -peluquín. Sentimos tener que pagar tributo á la exactitud descriptiva, -consignando que llevaba peluca y dientes postizos el señor de Febrero: -mas importa añadir que era tanta la verdad de su mentira, que eclipsaba -á lo real, y engañaba al más lince. Revelando exquisito gusto y -consumado arte, el anciano había encargado su peluca del color de la -nieve, y la diadema de ligeros rizos canos que coronaba su frente de -marfil era como majestuosa aureola, bien distinta de la tupida -pelambrera con que los viejos verdes se obstinan en reparar el -irreparable ultraje de los años. Asimismo la dentadura, hábilmente -contrahecha, algo desigual y gastada, con una mellita en el lado -izquierdo, se la pegaba á cualquiera. Con aquel pelo tan decorativo; con -el rostro escrupulosamente afeitado, de facciones correctas, muy -expresivas aún; con la pulcritud y dignidad afable de su persona, Don -Gaspar recordaba las mejores cabezas del siglo XVIII, tal como nos las -ha conservado la miniatura. Daba pena que no vistiese chupa de raso -bordado. El traje de paño no le caía. Hasta la muleta de ébano, con -almohadón de terciopelo azul, realzaba y completaba la autoridad de su -presencia. A fuer de hombre de otras épocas que ya fenecieron, Don -Gaspar, en cuanto veía mujeres, se encandilaba, y le chorreaban azúcar y -miel los labios: hasta con la misma señora de Pardiñas, enteramente -fuera de combate, no prescindía de sus formas, más que corteses, -galantes y rendidas. - -A aquel viejo que llevaba tan serena y elegantemente la vejez, le -cosquilleaba en la vanidad de un modo grato oir á los contertulios, -todos cascados, todos asmáticos y catarrosos, todos ostensiblemente -calvos, que le decían en tono de envidia: - ---Este Don Gaspar... es mucho cuento. Nos entierra á cuantos venimos -aquí. - -Otra satisfacción de amor propio muy grande era la de probarles la -frescura y nitidez de su memoria: y la disfrutaba á menudo, porque en la -tertulia de la señora de Pardiñas se hilaba continuamente el copo de -los recuerdos, del cual salía una hebra de oro, pero oro amortiguado ya, -como el de las antiguas casullas. Era la memoria de Don Gaspar una -especie de armario de cedro, donde se guardaban perfumados, -empaquetados, clasificados, íntegros, los sucesos, los nombres, las -fechas y hasta las palabras.--«Este señor de Febrero es una cartilla -vieja»,--solía decir doña Aurora. Cuando se discutía algo, apelábase al -arbitraje de Don Gaspar.--«¿Verdad, señor de Febrero, que la causa -Zaldívar, de Sevilla, se elevó á plenario en el invierno del 56?»--«No, -señor, el 57: y por cierto que ocurrió eso hacia el 15 de Diciembre... -digo mal, el 16, cumpleaños del amigo Don Nicanor Candás.» - ---¡Pero, hombre!--exclamaba el aludido cuando llegaba á -enterarse.--¡Reniego hasta de quien hizo su memorión de V.! ¡Pues no va -este maldito gallego á acordarse de la fecha de mi cumpleaños, que yo -mismo no me acuerdo nunca! Los años nadie me los ha de robar, con que no -veo la necesidad de llevarlos por cuenta exacta. - -Don Nicanor Candás, fiscal jubilado, asturiano, malicioso y presumido á -fuer de buen ovetense; listo como una pimienta y más atravesado que una -espina, daba mucho que reir á la tertulia metiéndose con el señor de -Febrero, á quien llevaba la contraria por sistema, sin respetar sus -fueros patriarcales y su decanato glorioso. Para mejor marear á su -contrincante, adoptaba Candás un método raro, que no carecía de chiste. -Fingíase sordo como una pared, y llevaba siempre en el bolsillo del -gabán una trompetilla de plata que se introducía en el oído cuando le -convenía responder acorde y rebatir al contrario, y que decía haber -olvidado en casa cuando le daba la gana de contestar yéndose por los -cerros sin atender á razones ajenas. Tal estratagema era de resultado -seguro, y conseguía ponerle á salvo de todos los riesgos de la disputa. -En su lenguaje, el señor de Candás era crudo y ordinario, tanto como Don -Gaspar atildado, atento y melifluo, y por semejante modo de hablar -desentonaba en la reunión. Ni era sólo por esto, sino también porque era -el único que prefería las noticias de actualidad á los recuerdos, el -único que vivía con un pié en lo presente, el único que traía á aquel -enmohecido senado una corriente de aire callejero y de vida real. Don -Gaspar, en tono agridulce, le llamaba «nuestro reporter». - -La portentosa memoria del ochentón se confundía y embrollaba al tratarse -de sucesos recientes, y Candás, aprovechándose de esta deficiencia en -las admirables facultades del patriarca, siempre estaba tomándola con -él.--«A ver,--decía,--cómo se iba á componer nuestro Don Gasparín para -probar una coartada. Muy fuerte en todo lo que se refiere al ministerio -Calomarde ó á la regencia de Espartero, y no sabe por dónde anduvo esta -mañana misma.» Y remedando la voz de Don Gaspar, añadía: «¿Qué hice yo -ayer tarde? Espérense Vds.. ¿Fuí á casa de Rojas? Me parece que sí... -Digo, no, no. Estuve paseando en Recoletos. Con todo, no se lo juraría -á Vds.» - -Esta observación cómica relativa al patriarca, podía hasta cierto punto -aplicarse á los demás tertulianos. Diríase que para ellos no existía lo -actual, y sólo lo pretérito tenía vida y realce. Las noticias del -reporter Don Nicanor las comentaban tres minutos, con esa tendencia -pesimista que aflige á la edad senil; después volvían á subir corriente -arriba, engolfándose muy á gusto entre las nieblas de los años -desvanecidos. Quizá en esto influyese, además de la vejez, el carácter -que imprime la magistratura, profesión cuya base son nociones -científicas estratificadas ya, un derecho puramente histórico, en que el -espíritu de innovación es una herejía, y en que se resuelven problemas -jurídicos de hoy con el criterio de la ley romana ó del fuero visigodo. -Así es que cabía comparar la reunión de casa de Pardiñas á una peña -inmóvil en medio del mar de la existencia. No veían los excelentes -«señores» que también en la polilla de los legajos palpitan gérmenes y -late el ímpetu renovador: apegados á fórmulas vanas, creían custodiar un -licor sagrado, cuando en sus manos no quedaba ya sino la ampolla vacía; -y, al tratarse de novedades, en el mismo grado de heterodoxia ponían el -uso de la barba, las audiencias de perro chico, el Jurado y la revisión -de códigos. - - - - -III - - -Aquella asamblea de sonámbulos se despertaba y alborozaba al entrar -Rogelio, quien, por las tardes, antes de salir á pié ó en coche, -acostumbraba dejarse ver en la tertulia, riendo mucho de lo que ocurría -en ella, pero sin malicia, con travesura de chico mimado. Habíale puesto -de mote _Inútil Club_; á Candás, por su calva amarilla y enorme, le -llamaba _Laín Calvo_; y al afeitado y galante señor de Febrero, _Nuño -Rasura_. Las criadas repetían por lo bajo estos apodos. La misma señora -de Pardiñas se reía en secreto, aunque aparentaba enfado diciendo al -chico: - ---Está muy mal que te burles... ¡Tanto como los pobres señores te -quieren! - -Sí que le querían. Al aparecer Rogelio, era como si algún rayo de sol -dorado y caliente se deslizase en una de esas habitaciones cerradas, -donde muebles, cortinas, papel y cuadros, han adquirido el desmayado -matiz del polvo y la humedad. Todos los viejos amaban entrañablemente al -chico: el uno le había visto en mantillas; el otro había asistido á su -primera comunión; éste le traía juguetes cuando pasó la escarlatina; -aquél, compañero de Sala é íntimo amigo de su padre, chocheaba -recordando los dulces del bautizo... Si se dejasen llevar del primer -impulso, á pesar de la orla negra que realzaba el arqueado labio -superior de Rogelio, serían capaces de besuquearle los carrillos y -traerle caramelos y cacahuetes. Para ellos era siempre el pequeño, el -_rapaz_: cierto que, por un fenómeno natural de óptica, los excelentes -tertulianos de la señora de Pardiñas propendían á seguir considerando -como niños á los jóvenes, y como jóvenes á los machuchos. Se les oía -decir, verbigracia: «¿Conque se murió Valdivieso? ¡Hombre, pues si -estaba en lo mejor de la edad, si era un chico!» Y necesitaba intervenir -el maligno asturiano, haciendo de la diestra embudo acústico, ó -metiéndose la trompetilla: «¡Caray, caray con los chicos que sueñan -Vds.! Valdivieso no cumplía ya los cincuenta.» «No tanto, no tanto.» -«¿Que no tanto? Y los que mamó y anduvo á gatas.» - -Al tratarse de Rogelio, extremaban la manía de no advertir que el tiempo -pasa y hacerse los distraídos cuando suena el reloj. Cada año que ganaba -en la carrera de Derecho, era para ellos un asombro: no le concebían -abogado: quisiéranle deletreando todavía en la escuela. Lo cual no -dejaba de amoscar al estudiante. Al regresar de una excursión de veraneo -á San Sebastián, sucedió que le preguntase con la mejor fe del mundo el -señor de Rojas: - ---¿Cómo te habrás divertido, eh? ¡Todo el día corriendo y jugando por la -playa! - -Y el chico respondió, sin descubrir el amostazamiento sino con un mohín -de pillería truhanesca: - ---¡Vaya! Muchísimo. Hice agujeritos y chocitas con la arena. ¡Gocé más! - -En el fondo, el buen corazón del chico se había apegado á la colección -de honrados vejestorios que frecuentaba su casa. Aquel mismo señor de -Rojas (por ejemplo), le infundía un respeto cariñoso, por su -justificación y rectitud intachable. Si Temis descendiese á este bajo -mundo, se hospedaría en casa del señor de Rojas, y encontraría allí -altar y simulacro (de madera, según Candás). Estricto celador del -sentido literal de la ley, Rojas marchaba por el angosto camino que -veía, sin titubear, alta la frente y tranquila la conciencia. Persuadido -de la altísima dignidad de su cargo, cubría las exigencias del decoro -social á costa de una economía y una modestia inverosímiles de puertas -adentro, comprendido y secundado en esta obra heroica por su mujer. No -conocía influencias políticas, ni amistosas, ni de ninguna especie. -Pasaron por sus manos asuntos en que se atravesaban millones, y la -codicia, que no es sino instinto de conservación en forma de -adquisividad, ni resolló siquiera. Por eso el severo nombre de Prudencio -Rojas era pronunciado, ya con veneración, ya con la solapada y -disolvente ironía que adopta el vicio para desacatar á la virtud. El -cáustico Don Nicanor llamaba á Rojas _fantoche del Derecho_. Decía que -todo en él era de palo, la inteligencia y el carácter; sin ver ó sin -querer ver que esta clase de hombres, cuando las leyes fuesen perfectas -dentro de lo humano, podrían, con su firmeza é integridad en -aplicarlas, hacer reinar la edad de oro. - -Muchas tardes, especialmente si hacía frío riguroso ó llovía ó nevaba, -Rogelio, en vez de salir, se acurrucaba en el rincón del ancho sofá, y -atendía á las soñolientas conversaciones de los viejos. Cuando podía, -trataba de dirigirlas hacia un punto para él muy interesante: nunca se -cansaba de oir hablar de su tierra, Galicia, de donde había salido muy -pequeño. Casi todos los tertulios, ó eran de allí, ó allí habían pasado -largas temporadas desempeñando puestos en la Audiencia de Marineda; y -hacíanse lenguas de la benignidad y salubridad del clima, lo barato y -sabroso de los alimentos, lo tratable y afectuoso de la gente, y la -hermosura extraordinaria del país. - ---No sé cómo nuestra amable amiga doña Aurora no lleva allá á este pollo -para que conozca su cuna--decía el señor de Febrero sobando el cojín de -la muleta. - ---Si siempre estoy proyectándolo--contestaba la señora--y es de esos -planes que tienen desgracia. La verdad, ustedes comprenden que hasta el -día todo se me ha vuelto dificultades y tropiezos. - ---Di que eres muy remoloncita, _mater admirabilis_--objetaba el -hijo.--Por tu gusto serías árbol, para echar raíces donde te plantasen. - ---Lo mismo que te llevo á San Sebastián, á Galicia te hubiese llevado, -niño; pero no fué posible. ¿Crees tú que no me llama á mí la tierra? -Los que allá nacimos... es tontería; no tenemos más ganas que de volver, -ni perdemos nunca la querencia. - ---Y los que no nacimos lo mismo--intervino Don Nicanor Candás, armado de -trompetilla.--Ahora daba yo el dedo meñique por pasarme un año en -Marineda; mejor me voy allá que á Oviedo ó á Gijón. - ---Pero á mí--prosiguió la señora--siempre se me descomponía el plan, -como si anduviesen en ello las brujas. ¿Tienes gana de volver á tu país -antes de cerrar el ojo? Pues fastídiate, y aguarda hasta que te caigas -de vieja. Verán Vds.:--y contaba por los dedos.--Primero: que la -incompatibilidad. Deje V. su familia, su casa, sus bienes, y váyase V. á -rodar de zeca en meca, con un niño pequeñito y que siempre fué delicado, -de Oviedo á Zaragoza, luego, con lo de la Regencia, á Barcelona, luego -al Supremo aquí... Mi matanza toda era decirle á Pardiñas: jubílate, -hombre, jubílate, y volvámonos á la terriña, á no dejar por ahí nuestros -huesos. Para vivir nos sobra con lo nuestro, y los hijos no son tantos -que nos agobien. Pero... como ya saben Vds. lo que era mi pobre marido, -que no es que yo lo diga... - -Rumor de simpatía en la asamblea. - ---Creía que en seguir la carrera hasta el fin consistía su obligación... -¡En nombrando al deber! En fin, tenía aquella idea y era preciso -respetarla. Y después, como se puso ya tan malito... - -Aquí la voz de la señora se enronquecía algo; llevaba la mano al -bolsillo, y se sonaba, aplicando luego el pañuelo á los ojos. - ---De manera--repetía suspirando y encogiéndose de hombros--que cuando -llega la hora... Después, ya saben Vds. cómo me vi con mis cuñadas, y la -de pleitos y de embrollas que me armaron. Creí que nunca me desenredaba. -De allá me escribían los amigos antiguos: «Que vengas, que vengas, que -en un día haces más desde aquí que desde ahí en un año.» ¿Qué quieren -Vds.? Me daba miedo la diligencia. Con este reuma, pensar en embutirme -en aquellos carricoches, que á lo mejor no tenían un cristal para un -remedio... Así que se transigieron bien que mal las cuestiones y se -devanó el ovillo de la testamentaría, cate V. que ponen el tren directo -hasta Marineda... Pero ya se me había enfriado el alma, porque volver -allá para encontrarse de esquina con toda la parentela... - ---Mamá, con toda no. Muchos parientes, según tus mismas noticias, están -de nuestra parte. - ---Bah... Yo qué sé. En nuestra tierra, rapaz, es difícil saber quién -está por uno y quién en contra. En ese particular he recibido desengaños -atroces. A lo mejor te venden amistad mientras te clavan el cuchillo -hasta el mango. La verdad se ha de decir: por allá no somos así... -francotes y reales, como los castellanos viejos. - ---Habla V. como un libro--asentía el señor de Candás, no desperdiciando -la ocasión de sacar las uñas.--El gallego reunirá los méritos que V. -guste; pero á retorcido y escurridizo y falso no le gana nadie. No -contrate V. con él de palabra sólo, carapuche, que no tienen fe, ó si la -tienen es púnica. Cómo será el gallego, que los gitanos no se atreven á -colarse nunca por allí, temerosos de salir engañados. - ---¡Cuidadito con insultar á la tierra!--decía festivamente Rogelio. - ---Sí es cosa averiguada. A Galicia no va un gitano. Más chalanes y más -socarrones son ellos que toda la gitanería junta. ¿Y en litigar? ¡Santo -Cristo de mi pueblo! Nacieron pleiteantes. Le envuelven á V., home; el -aldeano más rudo le da á V. cien vueltas. - ---Eso prueba,--alegaba el señor de Febrero--que somos gente despabilada; -no me lo negará V. - -El señor de Candás, quitándose del oído el cañuto de plata á fin de no -hacer caso de la observación y despacharse á su gusto, proseguía: - ---Y hay tontines que llaman á los gallegos listos; yo lo que digo es que -son maulas: si fuesen listos no andarían siempre hechos unos pobretes, -comidos de miseria, roídos de envidia, sin salir nunca de pobres y de -quejumbrosos. Son la casta de gente más llorona que he conocido. Todo se -les vuelve pucherines y lamentos. - -La tez de marfil del señor de Febrero se encendía un poco, porque le era -imposible habituarse á las malignas descortesías de _Laín Calvo_. - ---Eso es algo fuerte, señor Don Nicanor; repare V. que aquí estamos en -mayoría los gallegos. ¿Le gustaría á V. que yo le repitiese ahora -aquella vulgaridad de «asturiano, loco, vano, mal cristiano?» - ---Hay--proseguía el fiscal imperturbable--una tanda de memos en polvo -que se alborotan cuando oyen decir esto; pero ello es ya tan sabido, que -de puro sabido se calla. El gallego tiene alguna penetración, corriente, -sobre todo cuando se trata de discurrir maneras de jeringar al prójimo; -y, sin embargo, ni sabe cultivar la industria, ni salir de aquella -escasez en que vive. Le ve V. resignado con su mendrugo de pan de maíz, -hecho un pelele, sin ropa, sin comer carne, sin beber vino una vez en el -año... Le ve V. que con su fama de avispado, á veces parece más alma de -cántaro que los mismos aragoneses. Es tacaño y ahorrará un _ochavitu_ -aunque se lo saque del pellejo con una raspa; pero no tenga V. miedo que -discurra para agenciarse ese ochavo, ni que se anime á trabajar de veras -por el aliciente de un duro. Nada: con tal que no le perturben en su -rutina y en su haraganería... Así ve V. que ahora tienen esa red de -ferrocarriles, ¿y para qué les sirve? No moverán el dedo para atraer á -los veraneantes. ¡Aquel agrado, aquella limpieza de la gente -donostiarra! - ---A este Don Nicanor hay que matarle ó dejarle--objetaba furioso Nuño -Rasura.--Como no atiende á razones... ¿Dónde está esa red ferrocarrilera -de que habla? ¡Bonita red! Llena de agujeros. ¿Quiere que todo se haga -en un día? Milagros sólo Dios. Todo se andará, con paciencia y tiempo. -Mire ya mi Don Nicanor la importancia que va adquiriendo la bellísima -Vigo. Aquel clima tan fresco, aquellas costas y aquellas rías son la -admiración de la prensa. ¡Y aquellas mujeres... mejorando siempre lo que -tenemos delante, pero mi buena amiga también es de allá! ¿Y aquel -pescado tan especial? ¿Qué me dice V. de él?... Amiga queridísima doña -Aurora, yo no he vuelto á comer sardina ni lenguados desde que me vine. -Antes de la caída de O’Donnell, recuerdo que estábamos tomando baños en -Marín, y nos trajeron á la puerta un rodaballo... - -Aquí volvía el ochentón á hilar el copo de los recuerdos, y Rogelio, con -el codo en el sofá y en la palma la mejilla, escuchaba embelesado. -Parecíale que estaban contando alguna tradición de familia. El aposento -y la tertulia adquirían aspecto de cariñosa intimidad: la atmósfera -moral y material era templada: el mundo era mullido y acolchado como el -almohadón donde reclinaba su cuerpo. Cada tertuliano era para él, si no -un padre, por lo menos un tío carnal. En derredor suyo reinaba la más -dulce seguridad; y así como en ciertas moradas lujosas se traslucen el -ahogo y la escasez, en aquel comedor modestísimo se transparentaba el -bienestar casero, la más dorada mediocridad que pudo soñar ningún poeta -ni apetecer ningún filósofo. La armonía y la moderación son siempre -hermosas, y Rogelio, sin definir esta belleza que le rodeaba, la sentía -y se envolvía en ella como el pájaro en el plumón de su nido. Y mientras -en la chimenea chisporroteaba la leña ardiendo, y de la cocina venía -amortiguado el repique del almirez, y discutían los viejos y la madre -activaba las agujas de su media, el muchacho, sumido en vaga -contemplación, fantaseaba cómo sería aquel país bonito, aquella Galicia -verde, llena de agua, de flores y de muchachas mimosas. - - - - -IV - - -La calle enterita, tiendas, puestos ambulantes, criadas y vecindad, -conocía á Rogelio: como suele decirse, todo el mundo le debía un cuarto. -Eranle familiares los establecimientos, ó, mejor dicho, humildes -tenduchos de loza, ultramarinos, novedades, cordelería y periódicos, que -se incrustan entre las viejas é imponentes casas solariegas de la calle -Ancha, animada por la concurrencia de los estudiantes y por el ascenso y -descenso de los tranvías. - -Pero con quien la emprendía Rogelio más á menudo, era con los cocheros -simones, de los cuales existe un puesto en la plazuela de Santo Domingo. -Rara vez salía de casa doña Aurora que el reuma ó el frío ó el calor no -la determinasen á enviar por uno de aquellos vehículos tan destartalados -y feos, pero tan cómodos y accesibles; ella les llamaba enfáticamente -«sus trenes», y aseguraba riendo que siempre tenía el coche enganchado -y á la puerta, con un cochero tan puntual, que no se hacía esperar una -vez sola. Rogelio, á fuer de hijo único y rico, se permitía otros lujos, -y su madre le pagaba la pensión de dos caballitos moscas y el alquiler -de un milor flamante en casa del alquilador Agustín Cuero, para que los -días festivos bajase al Retiro ó adonde le diese la gana (no -consintiéndole caballo de silla por temor á un lance peligroso). Pero á -la señora primero la matarían que usar de aquel tronco juguete: que la -dejasen con sus pacíficos simones; á no ser algún día, por decoro y para -hacer visitas, maldito lo que le importaba la farsa de que el coche -estuviese más barnizado y el cochero llevase guantes y unas zaleas de -carnero por los hombros. Con el uso frecuente y las razonables propinas, -todo el personal cocheril de la plaza estaba á devoción de doña Aurora, -y muy prendado de la buena sombra del señorito. Este no les dejaba -vivir, máxime á sus paisanos, los gallegos, con quienes la tenía siempre -armada. Decíales mil disparates acerca de su tierra; les tarareaba la -muiñeira; les hablaba con la _u_, á guisa de sirviente de comedia de -Ayala; y si por milagro llegaban á amoscarse, les decía: - ---Auriga veloz, yo también soy galleguiño, maruso, de pralá. - -A lo cual solían ellos responder: - ---¡Qué señorito tan _pavero_! - -Cuando venía á comprometer á alguno porque lo necesitaba su madre, desde -una legua que le viesen ya estaban riéndose y bajando la alquila. Y él -solía entrar en escena dirigiéndoles retahilas semejantes: - ---Automedonte alígero, vapulea á tu fogoso corcel para que se beba la -distancia hasta mi encantado palacio. Ya el generoso bridón tasca -impaciente el dorado freno. ¿No ves cual le rocía de cándida espuma? -Buloniu, ¿en qué estabas pensando que no me veías de venir? - ---Señorito... estaba á leer _La Correspondencia_. - ---_¡La Correspondencia!_ ¿Qué profieren tus sacrílegos labios? _¡La -Correspondencia!_ ¡Rabo de Satanás! ¡Una hoja revolucionaria, anárquica -y nihilista! Arroja pronto ese veneno, antes de apropincuarte á la -mansión honrada de los pacíficos ciudadanos. ¡Acude, corre, vuela, -simón! ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Anda, burrachu, demagogo! - -Cuanto mayores extravagancias ensartase, más se reían los cocheros. - -Una mañana salió Rogelio, ya embozado en su capita hasta los ojos, pues -las postrimerías de Octubre tenían la atmósfera en punto de sorbete, -aunque el alegre sol madrileño brillase en todo su esplendor. Tratábase -como siempre de buscar un cochecillo para doña Aurora. Al llegar á la -esquina de la plazuela, divisó á uno de sus trenes predilectos: una -berlina algo menos indecente, con forro de sagrén avellana no tan -mugriento y sobado como el de la mayor parte de estos vehículos. El -cochero, rubio, gordo, coloradote, atendía por Martín y era gallego. -Rogelio venía llamándole con señas y gritos: - ---¡Martín, el de la capa! ¡Ah de la imperial carroza! - -Hablaba el simón con una mujer cuyo rostro no podía ver el estudiante; -pero á la voz de éste se volvió, y Rogelio hubo de notar que era moza, -no mal parecida, de aspecto humilde y vestida de luto. - ---¡Señorito, qué cuaselidá!--exclamó Martín al conocer á Rogelio.--Esta -joven (el cochero pronunciaba _joven_ con _g_) viene en busca de la casa -del señorito, y me preguntaba el camino ahora. Es paisana nuestra. Trae -una carta... - ---¿Quiere V. dejarme ver el sobre?--indicó el estudiante, que al -dirigirse á la muchacha varió enteramente de modales y de tono. - -La muchacha alargó el billete, que lo era, y bien chico. - ---¡Calle! Es para mamá. Véngase V. conmigo; yo le enseñaré la casa. Tú, -simón, sigue nuestra resplandeciente estela con tu carroza imperial, -tirada por ese lánguido cisne. - ---Dios se lo pague, señorito--dijo la muchacha con voz bien timbrada y -dulce, y acento cantarín, como suelen tenerlo las gallegas -ribereñas.--No necesita molestarse. Ya veo desde aquí el portal de la -casa, que el cochero me lo señaló. - ---Si yo también llevo ese camino. Ningún trabajo me cuesta. - -Sin otra discusión, la muchacha rompió á andar, y Rogelio, por instinto, -se colocó á su izquierda, como haría con una dama. A los diez pasos le -pesaba ya de su galantería. En primer lugar, menuda chacota le -arrimarían sus compañeros si acertaban á encontrarle acompañando tan -cortés á una individua de pañuelo á la cabeza y saya lisa de merino. En -segundo, Rogelio atravesaba esa edad en que un chico criado algo -falderamente, en la casta atmósfera maternal, no puede evitar una -impresión de cortedad penosa cuando trata con mujeres desconocidas aún. -Cierto que las de condición inferior no le atarugaban tanto: las -señoritas eran su muerte: siempre creía que se burlaban de él, que -cuanto le decían era pura matraca, que no hacían sino tomarle el pelo, -gozarse en su confusión y comentarla luego á solas, con maliciosa y -despiadada ironía; pero ahora, al lado de la muchacha vestida de luto, -experimentaba la misma turbación, porque, á pesar de su pobre traje, no -tenía pinta de lo que se entiende por mujer ordinaria. «¿La diré algo? -¿Se reirá de mí? Más se reirá si me quedo mudo. No, la palabra hay que -dirigírsela». Entonces se le ocurrió preguntar con suma formalidad: - ---¿Quién le envía á mamá esa carta? ¿Lo sabe V.? - ---Sé; sí, señor. ¿No he de saber? Las señoritas del general Romera. ¿No -las conoce? - ---¡Vaya si las conozco! El general Romera fué amigo de papá. Hace tiempo -que no las vemos. - ---Estuvo malita doña Pascuala, la mayor. Tuvo una cosa que le dicen -_enginas inflamadas_. ¡Ay! Muy mala estuvo. - ---Y ahora, ¿sigue mejor?--interrogó Rogelio por seguir hablando, aunque -las anginas de doña Pascuala no le quitaban el sueño. - ---Ya sanó de todo. Pues si no sanase, tampoco me marchaba yo de _junta_ -ella. - ---¿Estaba V.... allí?--(Rogelio no se atrevió á decir _sirviendo_.) - ---Sí, señor, desde que vine de _allá_. - ---¿Conque galleguita? - ---No tengo por qué negarlo. - ---Ni yo tampoco, caramba. - ---No, señor, por cierto. Es una tierra muy buena, mejor que la de Madrí -y la de todo el mundo. - -Rogelio sonrió, agradado del patriotismo de la muchacha, y comenzando á -sentirse bien con ella, porque le parecía incapaz de burlarse de nadie. -Estaban próximos á la casa: Martín, que se había adelantado, paraba su -jamelgo, operación más fácil que la de obligarle á salir al trote, y, -desde el portal, doña Aurora hacía señas á su hijo. - - - - -V - - ---Mamá, aquí te traen una amorosa epístola. - ---¿Esta chica? - ---Sí, señora... De las señoritas de Romera. - ---A ver, venga. Puede que sea cosa de despachar acto continuo. - -Pero apenas hubo roto el sobre, la señora se echó á reir. - ---¡Qué chiflada estoy! Sin mis gafas... Rapaz, lee tú. - -Desplegó Rogelio la misiva, y ahuecando la voz, comenzó así: - ---«Alta y poderosa y sobajada señora; si la vuestra fermosura...» - ---Mira, niño, lee formal, que aquí corre un frío de los diablos y con el -reuma mis caderas no están para músicas. - -En tono natural leyó Rogelio: - - «Nuestra más distinguida amiga: La dadora, Esclavitud Lamas, - manifestará á V. el favor que pide. Nosotras sólo podemos - atestiguar que todo el tiempo que estuvo en esta casa, observó - ejemplar conducta, sin faltar nunca á su obligación; tanto, que su - marcha nos deja muy disgustadas, por no tener queja ninguna de - ella, al contrario. - - «Quedan de V. afectísimas sus antiguas amigas, - - «PASCUALA Y MERCEDES ROMERA.» - - - ---¿No dice más, hijo? - ---Trae una posdata tonta. No la leo, ea. - ---¿Una posdata tonta? - ---Sí; que por qué no me dejo ver, que ya estaré hecho un buen mozo... -Las bobadas de cajón. - ---Te lo estoy diciendo siempre, rapaz,--exclamó la madre con -viveza.--Nunca subes diez minutos á casa de esas pobres señoras que te -quieren tantísimo. Como que te han conocido así, hecho un muñeco. -Pensarán que es culpa mía. Pues bastantes veces te hablo de ellas. -¡Pascuala y Mercedes! Si tú no vas iré yo. - ---¡Pero, _mater terribilis_, si en cuanto piso aquella antesala me entra -un sueño... y no hago sino bostezar! - ---Pues son unas santas. - ---¡Amén; yo no les quito su santidad; sólo digo que son tan pesaditas, -tan patosas! Hablan á dúo como los alemanes de _La Diva_, «Rogelito, -¿qué tal la mamá? ¿Y los estudios?»--Al decir, así imitaba la voz -cascada y el acento malagueño de las solteronas. - ---Valiente pinturero estás tú,--murmuró la señora reprimiendo la -risa.--No sé por qué te han de dar sueño Pascuala y Mercedes. - ---Insondables enigmas del corazón humano. Arcanos profundos. En aquella -_dimora casta è pura_ flota en la atmósfera un beleño letal. - ---¡Farsante! - -Mientras duraba esta escaramuza entre la madre y el hijo, la muchacha -esperaba inmóvil, sin levantar los ojos del suelo. Doña Aurora se hizo -cargo y se encaró con ella. - ---Hija, dispense V. Aquí dice que V. me explicará el objeto de su -venida. ¿Quiere subir? - ---No, señora... Por mí no se moleste. Aquí mismo... - ---A ver, no tenga V. reparo. ¿Alguna recomendación? - ---Recomendación, no, señora. Es que yo quiero entrar á servir en casa de -V.... ó de otra familia gallega,--añadió después de una pausa. - -Doña Aurora miró fijamente á la postulante, y creyó advertir que se -ruborizaba un poco. - ---¿Usted... no estaba contenta con las señoritas de Romera, según eso? - ---Sí, señora; por contenta sí... y me parece que ellas también conmigo; -ya lo ve por la carta que me dieron. Por lo que es de las señoritas, -estaría yo en la santa gloria, que son muy buenísimas, no despreciando: -Dios las florezca. Sólo que á las veces... hay personas buenas y no se -hace uno con ellas. Esas señoritas son de allá de Málaga, en tierra de -Andalucía, y tienen unas costumbres y unas comidas que yo no las -entiendo. Hasta el habla suya es atravesada para mí. Cuando me mandan -hacer una cosa y no comprendo, me quedo como si me leyesen la sentencia -de muerte. Y luego, señora, la verdad por delante: el no estar entre -gente de su tierra, ni oir mentarla nunca, le pone á uno el corazón muy -negro. Por la metá de soldada y con doble de trabajo, quiero servir á -una persona del país. - -Lo dijo con tal persuasión, que se aumentó la benevolencia de doña -Aurora, prendada ya del porte decente y honesto de la muchacha, tan -distinto del desgarro que gastan las _Menegildas_ madrileñas. Sólo que -no veía claro aún en la historia: allí debía de haber algún intríngulis. -Delante de la puerta, el simón chupaba su papelito, mientras el jamelgo -bajaba la cabeza y estiraba los belfos, soñando con pienso abundante y -prados deleitosos. - ---Hija--advirtió la señora--yo voy á sentarme en el coche. Como no tengo -sus años, me pesa el cuerpo y las piernas me bailan. De no subir, el -coche sea conmigo. - -La galleguita la ayudó á colocarse, y desde dentro, doña Aurora -preguntó: - ---Diga... Y estando V. tan pegada á la tierra, ¿cómo se vino de allá? - -¡Ah! de esta vez no cabía duda: fué rubor, y rubor encendidísimo, el que -tiñó los pómulos de la sirviente. Y al contestar--se necesitaba ser -sordo, y sordo verdadero, para no percibirlo--tartamudeaba, sobre todo -en las primeras frases. - ---A las veces... tiene uno... que hacer aquello que menos le está -pidiendo el corazón, señora... Somos hijos de la suerte. A mí me criara -mi tío, el cura de Vimieiro. Dispuso el Señor de llevárselo; quedé sin -arrimo. Para comer pan hay que trabajar. Era reina en mi casa; ahora -sirvo. Alabado sea Dios, y nunca nos falten las manos y la salud. - ---¿Cómo no entró V. á servir allá?--insistió la señora, que sobre una -pista era más fina que el mejor sabueso. Y que la pista existía, no pudo -dudarlo al ver que ya no era rubor, sino llamaradas de fuego, lo que -pasó por el rostro de Esclavitud. - ---No... no se me proporcionó--respondió con acento ahogado.--Luego, como -allí todos me conocían, me daba vergüenza. - -Doña Aurora Pardiñas recapacitó cosa de dos minutos, y endulzando el -tono para suavizar lo áspero de la idea. - ---Vamos á ver... Quien la recomienda á V. son las señoritas de Romera, -que... que la conocen sólo del tiempo que estuvo en su casa. ¿No es eso? -Pues sería conveniente... V. se hará cargo de ello... que tuviese aquí -otras personas de allá, del país, para responder. - -La muchacha titubeó un instante, y resolviéndose al fin, contestó: - ---Me conocen el señorito Gabriel Pardo de la Lage y también la hermana. - ---¿Rita Pardo? ¿La casada con el ingeniero? Pues si la trato mucho. ¿Y -dice V. que la conoce? - -No contestó la chica sino alzando la mano y el hombro como para -expresar: «¡Bah! Desde que nací.» - ---Bien...--murmuró la señora.--Francamente, hija, siento que deje V. á -las de Romera. Mejor casa y mejores señoritas... - ---No niego eso--replicó Esclavitud con mayor energía si cabe;--solamente -que ya le he contado la verdad, señora, como si estuviese hablando con -mi difunta madre ó con el confesor. Pegó conmigo la morriña, y si no -salgo creo que se me revuelve la cabeza ó me voy derecha á la sepultura. -Yo no comía. Yo me metía á cavilar por los rincones. Yo me fuí quedando -morena, morena, y tan flaca, que la ropa se me cae. Yo de noche tenía -unos aflictos como si me atasen una soga al pescuezo tirando mucho. Con -esto y con todo me daba empacho descubrirme á mis señoritas. Lo -conocieron ellas, y fueron las primeras en aconsejarme que, de no -volverme á la tierra, que me metiese en alguna casa de gente de allá. -«Hija, estás tan desmejorá que pareces otra». Mismo así me dijeron. - -Al hacer esta narración, la barbilla de Esclavitud temblaba como la de -los niños cuando reprimen la emoción que precede al llanto. Los ojos no -se veían, porque los bajaba, según costumbre. - ---Serénese--ordenó afectuosamente la señora. Iba entrándole una simpatía -irresistible por aquella muchacha, de porte tan modesto y de corazón al -parecer tan sensible. ¡Qué poco se parecía á las descocadas de Madrid, á -las charranas de los barrios, chulapas sin pudor que no pueden estar en -una casa decente! Justamente no hacía hora y media que la Pepa, la -doncella, por un quítame allá ese polvo, se había desvergonzado -poniéndose como una verdulera. Esta galleguita podría haber tenido... -qué sé yo... cualquier desliz... porque lo de la escapatoria de su -tierra no resultaba claro; pero el tipo era tan... vamos, tan de mujer -de bien... Sabe Dios lo que le habría sucedido á la pobrecilla. - ---Mire--declaró adelantando la cabeza por la portezuela--lo que es ahora -mismo no le puedo contestar fijamente si la tomo ó no. Dése V. una -vuelta mañana á estas mismas horas, y llame en el entresuelo. Me -alegraría de que... pero hay que pensarlo. Si yo no pudiese, haré por -descubrir alguna casa gallega... Dígame V. las condiciones, por si otra -persona quisiese saber... - -Esclavitud arrollaba entre las yemas del pulgar y el índice un pico del -pañuelo de seda negra. - ---Dios se lo pague. Por la soldada tanto me da un duro más como un duro -menos. Al trabajo no le pongo mala cara. De cocinera no voy porque no sé -estos guisos finos que se estilan ahora; sé las comidas de la tierra, -así, sencillas. En lo demás me parece que daré gusto, lo mismo en -limpiar, que en el repaso, que en la plancha. Lo que le pido es que en -la casa que me busque, no haya... vamos... hombres que... - ---¡Ya, ya!...--atajó doña Aurora. Y añadió bromeando:--Pero y entonces -¿cómo pretende V. mi casa? ¿No ha visto V. que en ella hay un hombre? - -Señaló á Rogelio, que repuesto de su cortedad con la presencia de su -madre, consideraba á la chica, reclinado en la portezuela del simón. -Esclavitud siguió la dirección de la mano de la señora; por primera vez -sus ojos, verdes, cambiantes, de mirada cándida, se fijaron en el -estudiante: luego pronunció risueña: - ---¿Este señorito es su hijo? Por muchos años... Dios se lo conserve. -Este no es de los hombres que yo decía. Por ahora es un rapaz. - -Demudóse Rogelio como si le hubiesen dirigido el más atroz insulto. Para -disimular quiso reir, y la risa se le atascó en la garganta. Preciso es -consignarlo: hasta sintió como el ardor de una lágrima en los ojos. Fué -uno de esos instantes de rabia insensata y profunda, que alguna vez ha -de sufrir el varón cuya infancia se prolonga más de lo justo; instantes -en los cuales se apetece, como el mayor bien, poseer el amargo tesoro de -la experiencia: dolores, desengaños, tribulaciones, luchas, -enfermedades, canas, arrugas en el rostro, fracasos, traiciones de la -amistad y del amor... todo, todo á trueque de oir la palabra reveladora, -de gustar el fruto del bien y del mal, la eterna manzana dorada por un -lado y sangrienta por otro. Todo por llenar el destino humano; todo por -recorrer el ciclo de la vida. - - - - -VI - - -Cuando arrancó á andar el simón, la señora gritó á su hijo, que iba en -el pescante: «Da las señas de Rita Pardo.» Rogelio obedeció, pero así -que llegaron á la fea calle del Pez, donde vivía la señora del -ingeniero, saltó á abrir la portezuela y dijo: - ---No subo. Para esos informes que vas á tomar no me necesitas. - ---¿Y á dónde te vas ahora? - ---Por ahí,--respondió no sin alguna sequedad el estudiante, echando á -andar y haciendo á su madre con la mano esa señal de despedida del -hombre que se emancipa, algo semejante al nervioso aleteo del pájaro -cuando le abren la jaula. Sin dar otra explicación, y embozándose más -ceñido, desapareció en la revuelta de la primer esquina. La madre le -siguió con los ojos mientras pudo: después suspiró y sonrió á medias. - ---Algún día ha de ser...,--pensaba.--Está en una edad en que no se puede -tirar de la cuerda mucho. Por supuesto que á mí no me la pega el -pobriño: esto es un puro alarde de independencia: mirará cuatro -escaparates, comprará seis ú ocho periódicos, dará unas vueltas con -algún amigo que encuentre... y á su farmacia en seguida. Yo, si le viese -fuerte, robusto, hecho un brutazo... otros á su edad tienen cada espalda -y cada barbota negra que parece un tojal... El es así, tan finito, tan -poquita cosa... Sácamele adelante, Virgen de los Remedios. - -Las inquietudes maternales se apaciguaron cuando la señora, soltando el -pasamano de la escalera, agarró el cordón de la campanilla para llamar -en el tercer piso efectivo, con honores de principal, de Rita Pardo. -Salió á abrir una niña como de once ó doce años, pálida, ojinegra, mal -atusada y peor vestida, que en cuanto vió visita se escapó corriendo y -gritando: - ---¡Mamá! ¡mamá! La señora de Pardiñas. - ---Que pase á la sala... voy inmediatamente...--respondió desde alguna -oficina interior, cocina ó despensa, una voz de mujer. Doña Aurora, sin -esperar el permiso, se dirigía ya al salón, modelo cumplido de la -cursilería mesocrática, rebosando pretensiones y sin un solo mueble -sólido ni artístico. Había dos ó tres sillas de felpa de colores -variados, una _étagère_ con estatuitas de fundición, cacharros vulgares, -y algún objeto de plata, sin ningún mérito, que sólo por ser de plata -estaba allí; una alfombra de moqueta mal barrida; dos retratos al óleo -del señor y de la señora, en óvalo, con traje dominguero, y otras -ridiculeces semejantes. Conocíase que la sala se ventilaba y aseaba -poco, y la alfombra daba evidentes indicios de haber en la casa -criaturas menores. - -Al cabo de diez minutos, apareció la señora del ingeniero, Rita Pardo. -Venía acabando de abrocharse una bata demasiado lujosa, de raso azul -pálido con encajes crema, por encima de la ropa interior, sucia del -trajín casero: acababa de pasarse la borla de polvos, y le sonaban los -brazaletes. Aunque ajamonada y algo desbaratada de cuerpo, ni la -maternidad ni la madurez habían podido eclipsar su picante hermosura; -pero la coqueta á quien conocimos poniendo el plano inclinado á su primo -el marqués de Ulloa, se había transformado en matrona circunspecta y -barnizada de una espesa capa de decoro, bajo la cual sólo el ojo lince -del observador podía descubrir á la mujer verdadera, invariable, porque -las almas se tiñen, se disfrazan, pero no se renuevan. Saludó -cordialmente á la señora de Pardiñas, con aquello de «Tanto bueno, -Aurora... ¡Jesús! En esta vida de Madrid, se van los meses y ni sabe uno -de los amigos... Me coge V. hecha una visión... Las mañanas son -terribles: las pierde uno en atender á chinchorrerías y á recaditos... -Cuánto va á sentir Eugenio...» - -Apenas dejó doña Aurora entrever el objeto de su visita, Rita Pardo -suspendió la charla, y atendió con una curiosidad evidente, pintada en -sus voluptuosos ojos negros y en su boca dura y fresca. Prolongada serie -de gestos ambiguos y de risitas sospechosas fué preludio al siguiente -comentario. - ---¡Qué me dice V., qué me dice V.! ¡Esclavitud Lamas, Esclavitud Lamas! -¡La del abad de Vimieiro! ¡Ta, ta, ta, ta, ta! ¿Y cómo ha ido á batir -con V. Esclavitud Lamas? ¿No es una chica rubia? - ---No sé si es rubia. Lleva pañuelo negro que le tapa la cabeza. Viste de -luto riguroso, muy aseada. La traza excelente. - ---¡Vaya, vaya! ¡Conque Esclavitud Lamas, señor! ¡Mire V., mire V.! Sí, -es, como decimos allá, muy moinita, muy modosa: habla tan pacato y tan -suave que á veces no se la oye. Huele desde cien leguas á sacristía y á -incienso. ¡Una santita mocarda! - -Doña Aurora iba escamándose más de lo justo con este prefacio: resolvió, -no obstante, disimular y apurar la verdad, toda la verdad, siquiera el -descubrirla doliese á su corazón, interesado por la chica. - ---¿Conque V. la conoce mucho? - ---¡Jesús! Como á los dedos de las manos. ¡Si la conozco! Ese cura Lamas -Tarrío era muy amigote de casa, ya antes de que papá le presentase para -Vimieiro, cuando servía el otro curato en la montaña. Siempre le -teníamos de huésped, y muy aficionado á hacer regalos: que manteca, que -quesos, que huevos en Pascua, que en Navidad capones... Papá le -apreciaba, porque en la montaña corrió bastante tiempo con la cobranza -de las rentas. En fin, él era todo nuestro. A papá le debió también -favores... favores gordos, doña Aurora. - ---Bien: lo que yo deseo saber es lo referente á la muchacha. Si no tiene -ningún mal antecedente, si puedo admitirla en mi casa... para mí será -una satisfacción. No estoy contenta con la Pepa, y esta chica me ha -entrado. - -Rita Pardo sonreía con malignidad, al paso que estiraba los encajes de -su manga izquierda, un poco abarquillados por el uso. Enarcó las cejas é -hizo un mohín de difícil interpretación. - ---¡Pst! Buenos antecedentes, es un término muy elástico, como V. -comprenderá. Los buenos para unos son... medianitos para otros. En eso, -hay quien hila más ó menos delgado. Si á V. le gusta tanto la chica... - ---¡No, poco á poco!--exclamó alarmada ya la señora.--Para mí los buenos -antecedentes son... los antecedentes buenos, sin más acá ni más allá. -Sea V. franca y dígame todo lo que sepa, que á eso he venido; y ya con -la espina que V. me clava, no tomo yo la chica, ni coronada de gloria, -sin que V. me explique... - -Volvió Rita á dar tormento á los encajes, y suspiró como quien se ve en -aprieto. - ---Aurora... hay cosas de esas que... que por muy públicas que sean, no -puede uno tomar sobre su conciencia el descubrirlas. ¿V. no está en -autos, eh? pues sería muy feo que yo la pusiese. ¿Que no llegó á oídos -de V.? Mejor; ventaja para Esclavitud. Y puede V. tomarla, que á mí se -me figura que resultará una excelente doncella. - ---V. se guasea, Rita,--dijo la señora dando vado á su impaciencia -creciente.--Me envuelve V. el asunto en el misterio, me hace V. de él -una montaña, y luego me sale con que puedo recibir á Esclavitud. No, -hija; en mi casa no se recibe á la gente así, sin más ni más. Aclare V. -el enigma, y entonces... - -Al llegar la entrevista á este terreno, adoptó Rita una actitud que -hasta rayaba en desatenta. Se hinchó de nariz y de pecho, se hizo atrás -y empezó á negarse, con el acento de la dignidad ofendida y del pudor -lastimado. - -Cuando después de agotar los razonamientos, doña Aurora obtuvo por seca -respuesta un «Lo siento mucho, pero es imposible», la señora hubo de -levantarse, no cuidándose de reprimir el mal humor que le producían -aquellos impertinentes tapujos. Ya murmuraba con cólera: «V. perdonará -que haya venido á molestar», cuando, después de un fuerte repique de -campanilla y algunos gritos infantiles en el recibimiento, entró en la -sala la niña mayor,--la zangolotina de doce años,--saltando de júbilo y -exclamando: - ---Mamá, mamá, tío Gabriel. - -Entonces la viuda de Pardiñas, con repentina inspiración, se afirmó en -el suelo calculando: - ---Esta es la mía. Ahora verás, gata hipócrita, maulona, farsanta. - - - - -VII - - -Entró el comandante, vestido de paisano, metiendo bulla con la -sobrinita, que era su ojo derecho, y trayéndola cogida de la cintura, -como si fuesen á bailar un vals. En cambio, en el saludo que hizo á su -hermana pudo notar doña Aurora esa sequedad muy parecida al desvío, que -á veces consigue disimularse respecto de los indiferentes, pero nunca en -familia. Después de las fórmulas y cumplimientos de rigor, la señora de -Pardiñas, que no desmentía su raza en punto á diplomacia y tenacidad, -insinuó como aquel que no quiere la cosa: - ---Vaya, les dejo á Vds. Al fin no consigo saber lo que deseaba, y para -eso... Su hermana de V. es reservadísima, señor de Pardo. - ---A fe que no lo creí,--contestó redonda y duramente el artillero. - ---Pues mire V., cada uno habla de la feria según le va en ella. Conmigo -ha mostrado una prudencia... atroz.--Y, sin atender al gesto y la mirada -de Rita, continuó impávida:--Un cuarto de hora hace que le pido informes -de una chica paisana nuestra, Esclavitud Lamas, la sobrina del abad de -Vimieiro... - -Pardo prestó oído, como el que escucha algo que le despierta memorias -confusas. - ---Aguarde V., aguarde V... Vimieiro... Lamas... Lamas Tarrío... Ese cura -era íntimo de papá. Rita sabrá cuanto á él se refiere; lo sabrá al -dedillo. ¿Qué reparo has tenido en decirle á doña Aurora?... - -Un caricaturista que quisiese representar la dignidad burguesa en su más -enfática expresión, debiera copiar el rostro y la flexión de cejas de -Rita, que señalando á su hija mayor, casi sentada en las rodillas del -comandante, exclamó con acento profundo: - ---¡¡La niña!! - ---¡¡Y qué, la niña!!--respondió Don Gabriel remedando el tono dramático -de su hermana.--¿Tenemos alguna de esas cosas terribles que no puede oir -la inocencia; que ha parido la gata, pongo por caso? - ---Gabriel, eres tremendo, hijo,--gimió Rita, alzando al cielo sus bellos -ojos meridionales.--Una matándose por hacer de tus sobrinas lo que deben -ser en sociedad, y tú empeñado... Manías de las personas; con eso no se -puede. - ---Ea, señores,--insistió la pesada de doña Aurora,--yo estoy á mi -pleito. Rita, no diga V.; lo que es por la niña no dejó V. de darme esos -informes. La niña no estaba delante; y sobre todo, con enviarla á otra -habitación... - ---Que es lo que voy á hacer ahora mismo. Eugenia, vete, hija, á -estudiar el método de Concone. - -La chiquilla salió á contrapelo, no sin obsequiar á su tío con dos ó -tres carantoñas de despedida; pero ninguna escala ni ningún estudio -reveló que se hubiese encerrado en el potro musical donde diariamente se -descoyuntan las manos nuestras señoritas, dignas de mejor suerte. - ---Verá V.,--recalcó doña Aurora,--ahora que podemos hablar libremente. -Se trataba de que esa chica, Esclavitud Lamas, quiere entrar en mi casa -á servir; y á mi sus tracitas me gustan mucho. Pero no sé sus -antecedentes, ni el motivo por qué se vino de su tierra. Me huele á -alguna historia rara todo ello. Su hermana de V. sabe la historia, y ni -por Dios ni por los santos me la quiere contar. Ahí tiene V. nuestra -batalla. Ya nos estábamos formalizando cuando V. llegó. - ---La historia...,--dijo Gabriel limpiando nerviosamente sus lentes de -oro y calándoselos con ahinco.--Aguarde V., señora, que si mi memoria de -gallo no me juega alguna trastada... ¿Tú, Rita, ese cura Lamas Tarrío no -es el que recogió una niña pobre? Dime la verdad, que si no, escribo hoy -mismo á Galicia preguntando. - ---¡Jesús, hijo, pero qué cosas tienes! Eres incapaz, y cada día que -pasa... ¿No iba yo á decirte la verdad? Sí, ese Lamas fué, y ya que se -te antoja abrir su sepultura y sacarle á la vergüenza pública, sácale -tú, que yo no quiero semejante cargo de conciencia. - ---Más cargo de conciencia es,--replicó Gabriel con vehemencia,--que la -chica pierda su colocación por delitos ajenos. Doña Aurora, ahora le -puedo yo contar á V. la historia enterita: por un cabo ha salido toda la -madeja; en esto de historias sucede lo que con las tonadas antiguas, que -si recuerda uno el primer compás, ya puede cantarlas enteras sin -equivocarse. ¡Y le aseguro á V. que es una novela... vamos, una novela! - ---Allá tú,--articuló Rita venenosamente emprendiéndola con los encajes -otra vez.--Yo, ciertas cosas... Lavo mis manos. - -Disimuló doña Aurora el gozo del triunfo; pero hembra al fin, miró á -Rita de soslayo y pensó: - ---Fastídiate, pinturera... - ---Verá V.,--empezó el comandante.--Ese cura Lamas fué un infeliz, -ignorantón como lo era entonces todo el clero rural, que hoy se ha -civilizado mucho, y bastante zoquete; pero cumplía sus deberes -parroquiales, y si tenía deslices los encubría bien: no puedes ser -casto, sé cauto, como dicen ellos. Por cuanto una noche llega á la -rectoral una chiquilla, de diez años poco más ó menos, que había quedado -huérfana y vagaba pidiendo limosna: en una casa le daban un mendrugo de -pan de maíz, en otra un poco de hoja del mismo maíz para tumbarse y -dormir; aquí un pañuelo roto, allí unos zuecos viejos... Así vivía la -desdichada. El cura se compadeció, y le dijo: «Pues quédate aquí; -aprenderás las labores caseras..., tendrás vestido, cama y caldo -caliente.» Dicho y hecho; la chiquilla se quedó... - ---¿Y era Esclavitud? - ---No, señora; no, señora... Aguarde V. Salió la chica habilidosa y -despabilada: echó, como dicen allá, la morriña fuera..., y hasta se puso -lozana y guapetona. Y,--aquí la voz del comandante adquirió tonos -irónicos,--al desabrochar la flor de la nubilidad... - ---¡Ay, Gabriel!...--respingó Rita.--Ciertas cosas se pueden contar de -otro modo. No se necesita entrar en detalles que... - ---¡Bah!--dijo doña Aurora.--Todos somos casados, y yo vieja. Ya estamos -al cabo y curados de espantos, amiga. Siga V. ¿Qué vino después? - ---Después vino Esclavitud. - -Aunque la señora afirmaba _estar al cabo_, la noticia, dicha así de -pronto, casi la hizo saltar en la silla. - ---¡Aah!--pronunció, quedándose muy meditabunda.--Por eso la pobre... -Bueno: ¿y después? - ---¿Después?--recalcó fogosamente Rita, incapaz de contenerse, metiendo -al fin cucharada.--Después mi papá se vió negro para amansar al Cardenal -Arzobispo, el señor Cuesta, que estaba hecho un león. Como era tan -virtuoso, aquel señor apretaba las clavijas y no permitía desmanes. Pues -si no es lo que papá machacó en Su Eminencia, y hoy una súplica y mañana -otra, sin licencias se queda Lamas Tarrío, y se pudre en la cárcel -eclesiástica. Porque una cosa es que á un sacerdote se le escurra el -pié y cometa gatuperios allá donde nadie lo sabe, y otra que esté -escandalizando á los feligreses, y que críe la chiquilla en su casa á -ciencia y paciencia de todo el mundo, y la traiga en brazos, y... - ---Mi padre,--advirtió Gabriel interrumpiendo á su hermana,--con una mano -machacaba en el Arzobispo, y con la otra martillaba en el culpable. A -fuerza de exhortaciones pudo conseguir que la sirena saliese de la -rectoral; pero Lamas seguía viéndola. Al fin papá se cuadró, le echó al -cura unas pláticas que me río yo de las del capuchino más barbado, y -pudo conseguir que enviase á la madre á Montevideo, á condición de que -le dejasen la chiquilla. - ---Sí,--volvió á entrometerse Rita,--bonito remedio fué: peor que la -enfermedad. El hombre quedó más rabioso y más relajado de lo que estaba. -Se pasaba las noches en vela llorando y gritando; le dieron unos -arrebatos de sangre,--en casa por cierto,--que fué preciso aplicarle un -golpe de más de cuarenta sanguijuelas; y la sangre salía negra como la -pez. Creímos que se volvía loco: andaba por los corredores arrancándose -los pelos, llamando á la individua, y diciéndole cosas babosas... - -Cuando esto soltaba Rita, su hermano observó que las cortinas del -gabinete contiguo se agitaban como movidas por un céfiro de curiosidad -retozona, y casi se dibujaba en ellas el relieve de un hociquito atento. - ---Mira,--advirtió,--ahora eres tú la que te metes en honduras. Todo eso -no viene al caso. Despachemos pronto la historia, y deja que yo la -acabe. El pobre Lamas se puso tan mal, que le dió lástima al mismo -Arzobispo, el cual le llamó para animarle é infundirle deseos de -penitencia. Y, en efecto, con el curso del tiempo, fué sosegándose, y -hasta se portó bastante bien en lo sucesivo. Unicamente se le podía -tachar de que criaba á la niña con mimos extremados; pero como el -sentimiento de la paternidad, aun cuando atropelle toda ley divina y -humana, tiene mucho de sagrado, la gente transigió. El presentaba á la -chica diciendo que era sobrina suya. Como los hijos sacrílegos no -heredan, el cura ahorró dinero, onza tras onza, para entregárselo en -mano propia á Esclavitud; pero la chica, que ha salido muy remirada y -muy devota y muy desinteresada además, al morir Lamas entregó todo ese -dinero, en oro como lo había recibido, para misas y sufragios por el -alma del pecador. Este solo rasgo le pinta á V. el carácter de la -muchacha: pocas harían otro tanto, aunque hubiesen nacido en mejores -pañales y más... ortodoxamente. - ---Mi hermano, como tiene así la imaginación, pinta muy románticas las -cosas. - ---Señora de Pardiñas, palabra de caballero que ni quito ni pongo. Esa -chica, según entiendo, sería capaz de irse á cualquier parte en -peregrinación, descalza, para sacar del purgatorio el alma del cura de -Vimieiro. - ---Falta le haría,--advirtió Rita,--y también para la de su madre, que -allá en América parece que se dió á la vita bona. - ---¡Válgame el cielo, y qué inquisidores os volvéis los que nunca habéis -carecido de consideración ni de pan!--exclamó Pardo, ya indignado -seriamente.--Yo no peco de filántropo; pero ciertas cosas no me las -explico en gente que alardea de cristiana, y va á misa, y reza. Buenos -rezos son esos, buenos. ¿Así entiendes tú la caridad? Pues hija, afirmo -que esa Esclavitud vale más que... - -Se contuvo por fortuna, y añadió: - ---Que otras personas. ¿Qué culpa tiene ella de las faltas de sus padres, -diga V.? Y las está expiando como si las hubiese cometido. Hasta se -expatrió, según veo, y juraría que es por vergüenza, por no estar donde -la gente _sepa_ y _recuerde_ y _diga_... - ---También juraría lo mismo--asintió con calor doña Aurora.--Ahora -entiendo por qué se sofoca tanto cuando le hacen ciertas preguntas. Yo -opino como V., Pardo, como V., que es buena; que tiene sentimientos -nobles... y que esos rasgos la honran mucho. - ---Sí, guíese V. por mi hermano. Admítala en su casa,--exclamó Rita con -una carcajada impertinente, que salía de lo más dañado de sus -hígados.--Tocante á dar consejos, Gabriel es una especialidad. Le -tiemblo cuando pega la hebra con mi esposo. Si Eugenio se guiase por él, -estaríamos pidiendo limosna. Cargue V. con esa chica, ya verá cómo sale -con las manos en la cabeza. Entonces dirá V.: «Bien me lo avisó Rita -Pardo.» - -La señora pensaba para su rotonda de pieles: - ---Aunque sólo fuera para hacerte tragar quina; falsa, maulona... Ya te -he calado, ya. - -Al salir Gabriel, esperábale en la antesala su sobrina mayor. La cogió -por el talle, y subiéndola á la altura de su boca, entre risas de la -chiquilla, le deslizó al oído: - ---Las niñas buenas, para que tití Gabriel las quiera mucho, no atisban, -no husmean, no se esconden detrás del portier... Obedecen á su mamá, -porque es su mamá, y no les ha de mandar cosa mala... ¡Cuidadito con -morder, lagartija! Las niñas buenas... son buenas. ¡Ay! ¡Mi corbataaá! - ---¿Tití Gabriel, me llevas contigo?--arrullaba la zangolotina.--Contigo -sí, contigo no..., contigo sí me iría yo. ¡Llévame, anda! - ---A Leganés te llevaré... ¡Juicio! ¡Estudie V. la lección de francés! -¡Péinese V. ese felpudo! ¡Dé V. una vueltecita por la cocina, á ver qué -hace la pobre chica esa! ¡A papá le gusta el rosbif muy poco hecho! -¡Cuide V. el rosbif de papá! - -Al cruzar la puerta, el comandante le echó á la niña un beso volado, y -ella pagó en seguida el envío. - - - - -VIII - - -Doña Aurora acostumbraba llevarle á su hijo el chocolate á la cama, -porque, chapada á la antigua en muchas cosas, estábalo también en -madrugar. Era un momento delicioso para la mamá chocha aquel del -chocolate. - -El rapaz, como ella le llamaba, tenía al despertarse ese regocijo sin -causa, propio de los años primaverales, en que parece que cada día nuevo -sale de manos del tiempo dorado y lindo, esmaltado de dichas, y en que -el peso de recuerdos dolorosos no sujeta aún las alas vibradoras de la -esperanza. Rogelio, que por las tardes padecía á veces un abatimiento -nervioso, por las mañanas era un pájaro en lo vivo y juguetón. Hasta su -charla se parecía al gorjeo de las aves cuando amanece y de los niños -cuando abren los ojos. Sentada su madre á la cabecera, después de haber -apartado las prendas de ropa esparcidas y los libros desparramados aquí -y acullá, sostenía la bandeja para que no se volcase la jícara, donde el -muchacho mojaba los rubios buñuelos, mientras esperaba turno un vaso de -purísima leche. ¡Y qué de sudores y fatigas le costaba á doña Aurora el -tal vasito! Ya podía ella dar quince y raya á todos los químicos del -gabinete municipal: sin análisis, ni instrumentos, ni pamplinas, á -simple vista, por el color y el olor, conocía los grados y cualidades de -la leche toda que se expende en Madrid. ¡Como que sus esperanzas de ver -engordar á Rogelio las cifraba en aquel vasito de leche bebido antes de -clase, y en el bisteque engullido al salir de ella! - -A la hora del chocolate era cuando se comentaban todos los sucesos de la -víspera, las graciosas reyertas de Nuño Rasura y Laín Calvo, los -chistes estudiantiles, el último crimen, el fuego de anoche, junto con -los menudísimos acontecimientos de aquel hogar realmente tranquilo (como -lo son tantos en la corte, á despecho de la superstición provinciana que -considera á Madrid un torbellino ó vértigo perenne). Lo primerito que -hizo Rogelio, la mañana que siguió al día en que vino á pretender la -gallega, fué preguntar á su madre, con mal disfrazado interés: - ---¿Qué tal? ¿Qué te han dicho sobre la cándida doncella... de labor? - -Nada tenía la pregunta de importuna ni de extraña; sin embargo doña -Aurora se quedó algo cohibida, fluctuando entre referir puntualmente lo -averiguado ó callárselo. No; lo más prudente sería esto último. Se -trataba de cosas graves, y si Rogelio no guardaba toda la discreción -necesaria... Era preciso irse con tiento. - ---Mira, ratiño, en primer lugar tengo que advertirte que he despachado á -la Pepa. - ---¿Hola? ¿Caen aquí los ministerios sin que me entere yo? - ---Verás. Andaba muy engreída, muy respondona. Le planté la cuenta en la -mano. Todo les aguanto menos que repliquen. Supongo que había novio por -medio, que si no... La verdad: estoy harta de estas criadas de Madrid -tan remontadas y tan insufribles con ese salero y ese desgarro. Prefiero -una chica humilde, bien mandadita. Con una buena palabra me compran; no -lo puedo remediar. Si vieses la tal Pepa, qué modos y qué remangos. -Hecha un conejo de monte. ¡Ay! me parece mentira que se fué. - ---_Mater_, basta ya de prolegónemos--exclamó el chico ensopando en la -leche la lengüeta de un bizcocho.--Todo esto viene á parar en que tomas -á la misteriosa enlutada. Te entró por el ojito derecho, y caá uno tiene -sus debilidaes. - ---No seas bobo. Lo que quiero es que el servicio ande corriente. Esa -muchacha merece interés. Cuando yo lo digo... - -¡Ay! propósitos de reserva, programas de discreción, temedle como al -fuego á estas reticencias involuntarias, que abren de par en par la -puerta á las confidencias absolutas. La señora quería callar: pero -¿quién calla después de soltar prenda? Ni la hubiese dejado vivir -Rogelio. Además, doña Aurora, en el fondo, también deseaba relatar su -triunfo, decir cómo había vencido á aquella pinturera farsantona de Rita -Pardo. Tan dulce desahogo era el precio de la victoria. Hay un placer, -cuyo origen no se define, pero á cuyo atractivo cede casi todo el mundo, -en referir esos dramas hondos de la vida humana, que de rechazo nos -tocan á todos, que tienen el don de interesarnos porque despiertan -nuestros sentimientos de compasión y justicia, y al par nos ponen frente -á graves problemas, sin obligarnos á resolverlos, sino sólo á -considerarlos como consideramos en el teatro el argumento de una -tragedia engendradora de terror y piedad. Rogelio, con el codo puesto en -la almohada y los ojos muy abiertos, atendía afanosamente á la -narración novelesca de su madre. - ---Ya ves--advirtió ésta al concluir su historia--que á la pobre hay que -tratarla con ciertos miramientos. Ella, dada su situación, no ha podido -portarse mejor. Desinteresada como pocas, y aparte de eso religiosa y -formal. Por lo que he sacado en limpio, ella se cree una hija de -maldición, que anda cargada con los pecados de sus padres, y se -abochorna de que allá la vean y recuerden lo ocurrido. Hay que proceder -con mucho tino en como se le habla. Del padre no se puede ni indicar -tanto así... Pues de la madre, aun menos... porque la muy picarona vive -aún, y anda por esos mundos de Dios corriéndola... - ---Vamos...--respondió Rogelio recobrando su buen humor--resulta que á la -niña la miraremos como si fuese un hongo. Si alguna vez se trata de -papás y de mamás, la diré: «Ya sé que V. no los tuvo nunca». ¿Te parece -bien? - ---¡Chiquillo, no me seas rematado! Cómete ese bizcochito más. Lo que -quiero decir es que no le des bromas pesadas. Esas personas así, que -sufrieron grandes desgracias, son más sentidas; se sobresaltan por -cualquier cosa. ¡Yo desearía tenerla contenta!... En este Madrid y en el -servicio que ofrece, coger una chica virtuosa y de tan buen avío, créeme -que es una ganga. ¡Hay cada sargentona y cada lercha! - ---¿Te parece que compre un ramito de flores para ofrecérselo -galantemente cuando penetre en nuestra mansión?--preguntó el -estudiante. Su madre le descargó un bofetoncito muy tierno, agregando: - ---Lo que voy á comprar yo es un aguamanil y otras cosillas, porque -aquella desencuadernada de Pepa me dejó el cuarto hecho una leonera, y -esta muchacha tan aseada no va á encontrar ni donde lavarse las manos. -Aguamanil, jabón, una mesita de noche... y un ruedo limpio para que con -ese frío no salte de la cama sobre las baldosas, que están como la pura -nieve. Mejor que un ruedo será un pedazo de alfombrita de moqueta: ¡la -hay tan barata! Le voy á comprar también paño gordo para una chaquetita: -me parece que no tiene abrigo: á cuerpo venía ayer... No sé cómo estará -de ropa blanca. Siento haberle dado á la Pepa, no hará quince días, tres -camisas preciosas. - ---¡Bah! Con encargarle á París un _trusó_ como el de la señora de -Cánovas, por ejemplo... Diez docenas de elegantes peinadores y cuatro -mil pares de medias de seda... ¿Bastará? - -Doña Aurora salió temprano y volvió antes de las doce con sus -adquisiciones hechas. Se complació en ver barridito el cuarto y -colocados en su sitio el palanganero y la alfombra. Puso toallas limpias -y sacó una colcha blanca de muletón, á fin de que la cama de hierro -pareciese más cuca. Dió una vuelta, y al entrar de nuevo en el cuartucho -no pudo menos de reirse á carcajadas. En un vaso de cristal azul lucía -un ramillete de á dos cuartos: Rogelio, escondido detrás de la puerta, -acechaba el efecto. - ---¿Qué tal este timo? ¿Eh? ¡Ya tenemos _buqué_, caray, carapuche! como -dice Laín Calvo. Es de gardenias: me cuesta diez duros. ¿Voy por alguna -begonia? Haría muy bien un macizo al lado del aguamanil. Escribiremos la -crónica después: «La alcoba se había transformado, al toque de la -varilla de un hada, en frondoso jardín de invierno...» - -Esclavitud fué recibida tan pronto como se presentó, á eso de la una: -pero quiso ir á despedirse de las señoritas de Romera. No se instaló en -su nueva casa hasta por la tarde, trayendo consigo un mozo de cordel, -portador de uno de esos baúles gallegos forrados de piel de buey, que -tienen cantoneras de hojadelata. Pesaba tan poco, que al llegar al pié -de la escalera la muchacha se lo cargó á hombros y lo subió ella misma. -En aquel baúl casi vacío traía todo lo que le tocara por herencia del -abad de Vimieiro. - - - - -IX - - -Los primeros días estuvo como gallina en corral ajeno. Realmente, fuese -debido á sus antecedentes históricos ó á la extraña enfermedad -nostálgica que padecía desde su llegada á Madrid, la chica aparecía -desmejorada y en un estado de caimiento que, si no la impedía trabajar -con asiduidad y hasta con ardor, la quitaba esa valentía que hace -insensible el trabajo. Su demacración era evidente, y aunque por las -esbeltas proporciones del talle y por ciertos rasgos de su cara se -revelaba muy joven, por el carácter, el estado de ánimo, la severidad de -su continente, cualquiera podía calcularle la edad en veintiocho ó -treinta. - -Es de advertir que esta especie de murria y desaliento no le impedía -cumplir estrictamente su obligación. Al contrario, Esclavitud realizaba -el tipo de la criada modelo. Levantábase muy temprano, casi con -estrellas, y antes de que la cocinera hubiese soñado en encender la -lumbre, ya estaba ella arreglando todas las menudencias concernientes al -desayuno de los amos. Desde el primer día se reservó la preparación de -chocolates, y los hacía con esmero clerical. El secreto, que ya va -perdiéndose, del tiempo, hervores y batiduras indispensables para que -una solución de cacao salga aromática, ligada y substanciosa, lo poseía -tan á fondo Esclavitud, que doña Aurora juraba no haber probado en su -vida chocolate por el estilo. En barrer tampoco se quedaba atrás. Con el -pañuelo atado á la curra y las sayas recogidas, pero sin gran alboroto -ni mucho trasteo de muebles, barriendo manso, por decirlo así, nadie -sería capaz de descubrir un átomo de polvo en los lugares por donde -había pasado aquella inteligente escoba. El no sacudir con exceso, ni -aporrear demasiado con los zorros, molestando á todo bicho viviente so -pretexto de limpiar, era un mérito más á los ojos de doña Aurora, -enemiga de la gente arrebatada y brusca. Pero donde la fámula nueva -descollaba era en el repaso. Veíase que estaba menos acostumbrada á -trabajos de fogón y á trajines caseros que á la labor sedentaria, en -silla baja, junto á una ventanita. En dos horas despabilaba el canasto -de ropa, y eran de admirar sus invisibles zurcidos, sus mañosas piezas, -sus indestructibles presillas y sus firmes botones. Doña Aurora decía á -las amigas: - ---Hoy no recelo yo echar á diario la ropa buena. Con esta Esclavitud, ni -una puntilla descosida, ni un bordado roto. Es una delicia verla con la -aguja en la mano. - -Pero al mismo tiempo, el carácter expansivo de doña Aurora no podía -sufrir aquella reservada melancolía de la muchacha. Mientras más -contenta estaba de su servicio, más desearía verla andar con ese aire -ligero que revela alegre conformidad con la suerte que nos toca y la -ocupación que desempeñamos. ¡Tantas consideraciones con la dichosa -chica, y ella siempre enfurruñada y cavilosa! La señora de Pardiñas -tenía en su bondad un elemento de egoismo, retoño natural de aquella -bondad propia: al hacer un beneficio, deseaba cobrarse en el espectáculo -de la felicidad ajena; y este gusto la dominaba tanto, que para vivir -tranquila y satisfecha, necesitaba persuadirse de que lo estaban todos á -su alrededor. En su determinación de admitir á Esclavitud, habían -influido dos móviles: primero, llevar la contraria á aquella antipática -de Rita Pardo: segundo, contentar á una chica de tan agradable aspecto -como Esclavitud, desempeñando en cierto modo papel de Providencia y -reconciliándola con el destino, para ella funesto é implacable desde la -hora de nacer. Y este segundo generoso propósito se le malograba, porque -la chica no quería levantar cabeza ni abrir el alma á la buena suerte. - -Un día hasta notó doña Aurora que su doncella apenas probaba alimento, -obstinándose al mismo tiempo en continuar el trabajo y en responder que -«no tenía nada». La señora poseía un carácter franco, impetuoso y -directo, de los que no abundan en el país galaico: daba salida inmediata -á sus impresiones, y si no pudiese hacerlo, creería tener una pera de -ahogo encajada en el gaznate. Sin detenerse más, acorraló á la muchacha -junto á una ventana, sitio claro donde la sombra del pañuelo de seda -negra no podía encubrir el estado de los ojos y el movimiento de la -fisonomía. - ---Hija, ¿qué te pasa?--la preguntó maternalmente á boca de -jarro.--¿Tienes algún disgusto? ¿Estás enferma? ¿No te sienta la comida? -¿Te falta alguna cosa? - -La muchacha se encendió, cosa que le sucedía en toda clase de emociones, -y respondió bajito: - ---No, señora, ¿qué me ha de faltar? Dios se lo pague. - ---Pero vamos á ver, ¿es que tampoco aquí estás contenta? ¿Te tratamos -mal? ¿La compañera no se porta como debe? ¿Necesitas más ropa de -abrigo? - -Como la muchacha guardase silencio, diciendo que _no_ con la cabeza, -dulce y obstinadamente, insistió la señora: - ---Harás muy mal, te lo aviso, si te quedas con el embuchado dentro. Peor -para ti si eres mema. Pudiendo estar á gusto no entiendo á qué vienen -estos silencios y estas tonterías. A mí me agrada ver alrededor caras de -Pascua. El gesto compungido, y más cuando no hay motivo ninguno, se me -sienta en la boca del estómago. - -Esto lo articuló ya con enfado, viendo el tenaz mutismo de Esclavitud. -Al mismo tiempo discurría para sí: «La muchacha tiene las buenas -cualidades de nuestro país, pero no le faltan los defectos. Es humilde, -modosa y callada, pero también es algo zorrita, y no hay modo de saber -lo que piensa ni lo que le pasa. Las chulapas de por aquí son unas -caridelanteras y unas raídas, pero al menos son toros claros: al pan, -pan, y al vino, vino; esto sí, esto no. Para un genio como el mío...» - -En estos pensamientos estaba, cuando sonó la campanilla, y se oyó en el -recibimiento la voz de Rogelio que volvía de clase. Instantáneamente las -mejillas de Esclavitud se encendieron todavía más é hizo un movimiento -instintivo, como intentando huir y esconderse.--«¡Ta, ta!»--discurrió la -señora, iluminada por un rayo de sagacidad repentina.--«Ya había yo -notado que el rapaz tenía con esta chica no sé qué. La habla tan -secamente, cosa rara en él... ¡Vamos! la pobre está así amohinada, -porque conoce que no le ha caído en gracia al chiquillo. Es preciso que -yo arregle este cotarro; se ve que Esclavitud peca de susceptible, y -cuando imagina que la miran mal...»--Insistió entonces en alta -voz.--«Hija, pues mira que si estás á disgusto...» - ---Yo no estoy á disgusto, no, señora--contestó Esclavitud con respeto y -no sin firmeza.--Como los demás no estén á disgusto conmigo... Yo estoy -perfectamente, lástima fuera. Pero otros... - ---¿De dónde sacas eso?--replicó la señora mirándola fijamente.--¿Te he -regañado desde que entraste? - ---No, señora. V. es muy buena. Si yo no me quejo de nadie--repuso la -chica.--Sólo tengo recelo, así, vamos... de no dar gusto. No dando gusto -más quiero no estar. Para no dar gusto aún vale más meterse... en el -infierno que sea, señora. - ---Calla, calla, boba--gruñó su ama.--Ya se ve que das gusto. A tu -repaso. Como me vuelvas á salir con pasmarotadas..., verás. - -En cuanto pudo hacerlo todo lo sigilosamente que el caso requería, doña -Aurora llamó á capítulo á su hijo.--«Te aseguro que el intringulis de -esas murrias de Esclavitud es la cara que tú le pones... A Fausta le -hablas de distinto modo... no lo notas tú mismo...; pero con Fausta -armas siempre gresca y broma, y la otra, como te ve serio, claro, -imagina que estás torcido con ella, y que no te da gusto, como ella -dice... Te aseguro que la infeliz anda decaidísima, y que es capaz de -enfermarse muy de veras. Son una tecla estas muchachas nerviosas. Y -aparte de eso, como median los antecedentes de su... del cura, ¿eh? cada -vez está la chica más sensible... Palabra, que me da lástima. Yo que tú -le hablaría... así... con más afecto.» - -El estudiante oía las palabras de su mamá, pero con el rostro vuelto -hacia un cuadro, que parecía llamarle mucho la atención. Cuando tuvo que -responder lo metió á barullo.--«Nada, que de esta noche no pasa...: -compro una mandolina y le doy serenata á esa madamisela. Le voy á traer -más flores y me pondré á ver si le hago unos versos del género de los de -mi amigo Anastasio Cardona, con cada ripio así. La llamaré ninfa -acuática y vago ensueño del poeta. Ya verás, ya verás... Ajustaremos -paces la ilustre fregona y yo.» - -En el fondo del corazón, Rogelio se sentía extraordinariamente -envanecido y halagado por la queja de Esclavitud. Cuando tan á lo vivo -la llegaran su secura y despego, era que la muchacha no le tenía por -chiquillo, ó como ella decía, por rapaz. ¿Se apura ni se formaliza nadie -por lo que dice ó hace un niño? Indudablemente le juzgaba todo un -hombre, y hombre de cuyas acciones dependía el estado de su espíritu: -tan á pecho las tomaba, que se resentían de ellas su humor y hasta su -salud. En este pensamiento se deleitó Rogelio largo rato. Con todo, -durante el almuerzo, á pesar de dos ó tres señas de su madre, no cambió -de actitud respecto á la doncella. Sin saber por qué, le causaba -empacho realizar la mutación delante de doña Aurora. Lo que hizo fué -observar á hurtadillas á Esclavitud, la cual--sin duda por efecto de la -excitación de su fantasía--le pareció muy demacrada, muy descolorida y -más lánguida que un sauce. Al convencerse de esto, su noble alma juvenil -se inundó de piedad; pero su orgullo, juvenil también, se estremeció -dulcemente. «Pues por mí está de ese modo. Casi parece que me tiene -miedo, según la precaución respetuosa con que me sirve...» - -Acababa de retirarse á su aposento el estudiante para lavarse las manos, -cuando tocaron ligeramente á la puerta, y á la voz de «pasen» entró -Esclavitud, llevando en una batea de mimbres hasta media docena de -camisas planchadas. Por efecto de la carga, que la obligaba á levantar -los brazos, la muchacha lucía su fino talle y su andar compasado y -armonioso. Iba á dejar sobre la cama las camisas y retirarse -silenciosamente, á tiempo que Rogelio, llegándose á ella y amenazándola -con la mano, exclamó: - ---Vamos á ver como están de planchaditos esos puños. ¡Si les encuentro -un solo candil! - -Al oir la voz del señorito, Esclavitud se había sobresaltado, -figurándose en el primer instante que la regañaban de veras; pero al -levantar los ojos y fijarlos en la cara de Rogelio, comprendió que se -trataba de una broma. Radió en su mirada tan sincera alegría; se dilató -tan visiblemente su pecho; se esponjó de tal modo, en fin, que las -excelentes entrañas del estudiante se conmovieron otra vez gratamente, -y para disimular aquella emoción recargó la broma. - ---¿Es justo que ande yo hecho un cesante, y que mis camisas parezcan la -cara del apreciable señor Don Prudencio Rojas, alias _Fantoche del -Derecho_? A ver: alce V. ese níveo cendal y enséñeme esas íntimas -prendas de vestir. Si mis togas pretextas descubren las rayas de la -senectud..., huya V. adonde no la alcance mi cólera vengadora. - -En el rostro de Esclavitud, cada vez más regocijado, brillaba, al -levantar el paño, cierta cariñosa malicia. - ---A ver, señorito, á ver qué chata tiene que ponerles á estas pecheras. -Ni el Rey las gasta más ricas. - ---El Rey lo que gasta son baberos: no confundamos. ¡Enséñeme ese -prodigio! - -En efecto, estaban primorosamente planchadas, tan bruñidas y tersas, que -fuera gollería pedir más. - ---Bien; por esta vez le perdono á V. la vida. ¡Pero guay si acierta V. á -descuidarse en el cumplimiento de tan sagrado deber! - ---No señor, no señor. Vendrán cada día más blancas. Lo mismo que -palomas. - ---Dígnese V. decírmelo en gallego. Voy á dedicarme al estudio de ese -idioma, porque en el griego y en el sanscrito ya estoy tan fuerte que -les echo la pata á los profesores. ¿Cómo se dice _paloma_ en gallego? - ---¿Y es de allá y no lo sabe? ¡Vaya qué ser! Se dice _pomba_ y también -se dice _suriña_. - ---¡Ay! ¡Eso de _suriña_, qué bonito es! Desde mañana lección de idiomas -clásicos: V. será mi maestra. «Mademoiselle Suriña, profesora á -domicilio». Pondremos un cartelito en el balcón y un anuncio en _El -Imparcial_. Suriña, quite V. de ahí las camisas, que estorban. Guárdelas -V. en el armario. ¡Eso! - ---¡Ay, señorito, qué revuelto tiene el armario!--exclamó la muchacha -apenas lo abrió. - ---Pues á arreglarlo, Suriña. El arreglo de armarios forma parte de la -lección de idiomas. - - - - -X - - -Ello sería... ó no sería; pero no se puede negar que, después de -firmadas las paces con Rogelio, el aspecto exterior de Esclavitud empezó -á modificarse completamente. Sus ojos se reanimaron, sus mejillas -florecieron, su voz perdió aquel tono dolorido, su conversación fué más -expansiva; y sin alterar en nada sus ocupaciones, varió tanto su manera -de desempeñarlas, que si antes parecía víctima resignada del deber, y su -silueta tenía algo de aflictivo al proyectarse sobre las paredes de la -casa, ahora su ir y venir, su resuelta actividad, la llenaban y -regocijaban toda. - -Doña Aurora no cesaba de felicitarse por este cambio. «¡Alabado sea -Dios! Así me gustan á mí las caras, así. No puedo tragar á la gente que -anda tristota y rostrituerta sin por qué ni para qué. ¿Lo ves, rapaz? -Pues era por causa tuya, ni más ni menos. Ahora que la tratas -campechanamente, mira cómo es otra.» - -Y tanto como era otra. Hasta su físico había sufrido halagüeña -metamorfosis. En señal de contento ó por otra causa que ignoramos, -habíase quitado el pañuelo negro de la cabeza, dejándolo caer -negligentemente sobre el cuello, cuya blancura extraordinaria realzaba -el contraste con la negra seda. Su cutis era ahora el cutis de las -gallegas jóvenes, una tez fresca que parece conservar el brillo de la -humedad del suelo nativo, y afrenta, con las nacaradas tintas de las -mejillas, la enfermiza palidez de las hijas de Madrid. Sus interesantes -ojos verdes, con reflejos amarillentos, acentuaban el carácter -primaveral y tierno de la hermosura de Esclavitud, asemejando su faz á -un valle regado por dos cristalinos arroyos. Pero el adorno que -verdaderamente agraciaba á la muchacha era su cabellera rubia, de un -rubio algo tostado, con reflejos de oro que rielaban en lo más saliente -de las simétricas ondulaciones ó conchas que fluían á uno y otro lado de -la raya, como orla magnífica de la estrecha frente y la delicada sien. -La rica mata colgaba partida en dos trenzas, ó se retorcía en rodete -copioso; y si por la mañana aparecía lisa y hasta charolada por la mucha -agua, único afeite de tocador que usaba Esclavitud, al ir corriendo el -día y el trajín doméstico, se rebelaba, y fosca y suave á la vez, -formaba al rostro un nimbo, parecido al de las santas de los retablos -viejos. Y es que el tipo de Esclavitud, con aquel peinado sencillo y -aldeano, recordaba las creaciones de la iconografía mística, ya en las -tablas flamencas, ya en las primitivas pinturas italianas, á lo cual -contribuía su aire modesto, sus ojos bajos, aquel olor á incienso y á -sacristía que notaba Rita Pardo en ella. Cuando miraba de frente, -sonriendo, se notaba la fisonomía de la campesina bajo el anguloso -diseño de la virgen. - -Todas estas perfecciones y gracias, con otras más cuyo inventario -suprimo, las avizoró al través de sus espejuelos, y las reconoció y -comentó y puso en las nubes el discreto ochentón á quien Rogelio llamaba -_Nuño Rasura_, y nosotros con más respeto nombramos Don Gaspar. Ni -aguardó para entonar el panegírico á que se verificase la transformación -de la muchacha, sino que desde el primer día que ésta le abrió la -puerta, empezó el gallardo viejo á babarse y amartelarse, dando jaqueca -á los contertulios con sus elogios inmoderados, sus involuntarios -madrigales, sus niñerías, y, para decirlo en frase del Fiscal, «sus -golpes de archimemo». - ---Vea V., vea V.--repetía el señor de Febrero levantando la hermosa -testa orleánica, atusándose delicadamente los rizos de la peluca ó -sobando el cojín de terciopelo de su muleta,--qué buen tino ha -demostrado mi excelente amiguita doña Aurora, al elegir esta sirviente -única dentro de su clase. En primer lugar, tan útil, tan precavida, tan -laboriosa como parece. En segundo, con ese aire de honestidad y de -recato. ¡Ah! Para mí, mérito grandísimo, ahora que se han perdido los -buenos modales, y en la sociedad pululan las sargentonas y los -marimachos. Allá en otros tiempos ¿se acuerda el amigo Candás? eran -todas así: nada de estos descaros de hoy día. - ---Sí, sí; por fuera mucho compás...--respondía el empecatado Don -Nicanor, requiriendo la trompetilla.--Unas santinas de alfeñique. Y por -dentro..., vamos, que ya se desquitaban. ¡Carapuche si se desquitaban! -Como ya se me cayeron los segundos dientes..., no me fío de carinas de -Virgen. - ---¡Ay, que el amigo Candás se nos va por los cerros de la malicia! Eso -sera allá en Asturias, en su tierra de V. Por la nuestra, no: ¿verdad, -doña Aurora? Y confesémoslo, señores: en la mujer, así como el descoco y -la tunantería repelen, este modo tan decente de presentarse, este aire -tan modesto, abren más el apetito. - -Aquí la señora de Pardiñas estuvo á punto de soltar el trapo á reir, -porque Rogelio, desde su rincón, oyendo hablar de apetito, hizo una -morisqueta y un guiño de pilluelo para subrayar aquellas lozanías del -decano. - -A los pocos días, la benévola admiración del señor de Febrero se -convirtió en desatada curiosidad, comezón invencible de saber todo lo -concerniente á «nuestra paisanita». - ---¿De dónde la ha sacado V., vamos á ver?--preguntaba á la señora de -Pardiñas, más con el centellear de los entornados y expresivos ojos -tras los vidrios de los espejuelos, que con la voz. - ---Me la recomendaron las de Romera, á quien V. debe de conocer. - ---¡Aaaaah! ¡Mucho, mucho! ¡Romera, Romera! Sí, Romera.--Y ajustó los -vidrios sobre la correctísima nariz.--Pero las amiguitas -Romera--prosiguió con la insistencia del juez que abre una información y -la machaquería del viejo que quiere enterarse--¿la han traído de -Galicia? Porque, si no me engaño, no estuvieron allá nunca. ¿La familia -de esta chica es gallega? - ---Gallega, sí, señor--afirmó evasivamente doña Aurora. - ---Será una familia decentita, ¿eh?--prosiguió el impertérrito _Nuño -Rasura_.--Porque á eso me huele..., y yo tengo de aquí--añadió señalando -á aquella escultural facción de su cara.--Ella, hablar, habla bien: sólo -algún modismo... El aire es fino, adamado. ¿Conque familia decente? - ---Decente, sí tal--tuvo que responder la señora, de dientes afuera. - ---¿Pero artesanos? ¿Propietarios? ¿Empleaditos? - ---No señor... Sobrina... (la voz de doña Aurora se atascó unas miajas) -de un cura de aldea. - ---¡Toma, toma, toma!...--articuló el decano enfáticamente.--¡Ya decía -yo! ¡Sobrinita de un sacerdote! _Boccato di cardinale_: son unas -muchachas muy religiosas, divinamente criadas... y de un orden á toda -prueba. ¡Toma, toma! - -La señora intentó echar la conversación por otro lado; pero nada es -comparable al antojo de un niño, sino el capricho de un viejo. Don -Gaspar acariciaba su muleta dándole vueltas, y al fin, sin poder -reprimirse, indicó: - ---¿Sabe V., amiguita Aurora, que, si así puede decirse, no le he visto -bien la cara á esa muchacha? La antesala está un poco obscura. Y tengo -curiosidad de convencerme de si en efecto se parece á una señorita de -Vivero, preciosa por más señas, á quien le llamábamos los muchachos la -Magdalenita..., allá el año de 34 ó 35. Si V. la mandase traer un vaso -de agua... ó cosa así... con disimulo. - -El guiño malicioso que trocaban madre é hijo fué interceptado al vuelo -por Laín Calvo, quien exclamó haciendo cómicos aspavientos y renunciando -momentáneamente al ejercicio de la sordera: - ---¡Caray, doña Aurorina del alma! No llame á esa ninfa, no, que será V. -responsable de la pérdida del amigo señor Febrero. En la edad de Don -Gaspar, las pasiones hacen estragos, Prudencia, Don Gasparín, mire que -hay cielo. ¿Refregarles por los hocicos las niñas bonitas á los -calaveras? Es un pecado, home. - -Cuando entró Esclavitud llamada con un pretexto cualquiera, nadie podía -contener la risa, lo cual azoró un tanto á la muchacha, que no sabiendo -de qué se trataba allí, se puso muy sofocada y por consiguiente más -linda, con aquel encanto especial suyo, que procedía de un aire casto y -humilde, bajo el cual se traslucía una firmeza rayando en apasionada -obstinación. El señor de Febrero se la comía con los ojos. ¡Viejecito -más chiflado! Tan pronto como Esclavitud pudo escurrirse, Laín Calvo -secreteó á la señora de Pardiñas: - ---Ay, ay...: la niñina será un tesoro..., pero á mí...--y se tocaba la -nuez--aquí se me pone y de aquí no me pasa. Estas que todas se arrebatan -cuando las mira uno, me escaman muchísimo. ¡Doña Aurora, ojo..., -cuidado! - ---No sé de dónde saca V. eso, señor de Candás--protestó la señora con -enojo, herida en su gran simpatía por la muchacha. - ---Estas así, que parece que no rompen un plato, son de la misma -rabadilla de Lucifer--alegó el maligno asturiano.--Venden modestia, y -dan terquedad; venden inocencia, y dan más truchimanería que el que la -inventó. No se fíe, amiguina. Estas son de aquellas que dicen: «¡Ay -Jesús! No me pidas el brazo que me escandalizo. Pero si te lo tomas... -¿cómo ha de ser? tendremos paciencia.» - ---Señor Candás, hay ciertas indicaciones que se pueden calificar de -viperinas--protestó frenético Nuño Rasura, pegando con la muleta en el -suelo.--Cuando está en juego la honra del sexo hermoso, toda cautela es -poca, y conviene ver por dónde se anda y lo que se dice y á quién se -toma en boca, señores. - ---Ya, ya--replicó el Fiscal, agarrándose á la sordera.--Ya entiendo que -á V. también le dan en qué pensar estos tipos así. No en balde hemos -vivido añitos, y se nos ha caído la segunda dentición y los pelos de la -cabeza. Doña Aurora: diga, y ¿por qué vino á dar aquí esta princesa -errante? ¿Algún Eneas de allá que la plantó? Huéleme á historia. - ---No señor--declaró la señora de Pardiñas.--No se eche V. á pensar mal, -que no acertará. Por muerte de... de su tío, tuvo que ponerse á -servir... - ---¿Desde cuándo? - ---Pues hará medio año... poco más ó menos. - ---¿Y ya ha corrido dos casas? ¡Malorum... malorum! - ---¡Qué malorum! Nada de eso. La yerra V., Don Nicanor. Le entró á la -infeliz una especie de nostalgia, de esa que suele atacarnos á los -gallegos cuando salimos por primera vez de nuestra tierra..., y, al -menos, quiso servir con gente de allá. Como Vds. los asturianos son unos -descastados, no comprenden esto. Pregúntele V. á las de Romera si tienen -queja de la muchacha; que de allí se vino para esta casa muy de Vds. - ---¡Uy, uy! ¿eh? ¡Con que nostalgia! Romanticismos y dengues, ¡carapuche! -Ahora sí que digo yo que á esta princesina la tendrá V. que llevar tila -para los nervios todas las mañanas. No se le ocurre ni al diaño. En -estando bien comida y bien tratada, no sé qué caray le importaba la -nacionalidad de los amos con quien servía, home. - ---Está V. equivocado--contestó airadamente el señor de Febrero.--Esta -enfermedad, que se conoce por _morriña_ ó mal del país, es terrible en -mis paisanos, señor de Candás, y alguno conocí á quien le llevó á la -hoya. No se ría V., que esto lo saben allá hasta los gatos; y si V. no -lo sabe, apréndalo. A veces, con evocar un recuerdo del país, se cura. -¿Ignora V. lo que ocurrió con el quinto, enfermo en el Hospital de la -Habana? Pues estaba el pobre hombre á punto de liárselas, y ¿con qué -dirá V. que sanó, pero en seguidita? Pues con tocarle la muiñeira en la -gaita de su país. Así, así; con la muiñeira. - ---Home..., no fastidie, por el Santísimo Cristo se lo imploro. Estaría -ese quinto más borracho que un templo. Jumera pura. Ya le curaría yo con -solfa de varas de avellano. - ---Mi Don Nicanor, con V. no se puede. Niega V. lo que los demás hemos -visto... Más vale hacerse como V., el sordo. Doña Aurora, si la -paisanita esa no le conviene á V..., yo, por una servidora así... - ---¡Aquí de Dios! Que este home quiere robar á la bella Elena que V. ha -descubierto. Atentado contra la moral pública. Diga que no, doña Aurora; -mire que es cosa grave. - ---Ya se ve que diré que no. Por la cuenta que me tiene. Estoy muy bien -servida con Esclavitud para deshacerme de ella. - -Rogelio había oído en silencio la discusión de Nuño Rasura y Laín Calvo. -El se inclinaba hacia las indulgentes apreciaciones de su madre y del -ex-presidente de sala: con todo, á veces le entraban impulsos de creer -que el maldito asturiano calaba más y conocía mejor la vida. Por una -ilusión frecuente en los que carecen de experiencia, la malignidad y el -pesimismo le parecían la última palabra del saber humano. Aquella -disposición suya á pensar bien, debía, en su concepto, originarse de lo -poco que había vivido. «A mí cualquiera me mete el dedo en la -boca»--deducía.--«Soy un chiquillo, y no me da la gana de seguir -siéndolo.» - - - - -XI - - -Cruzaba Esclavitud el pasillo, y oyó la voz de su señorito llamándola. - ---¡Esclavita! - ---Voy. - ---Acude pronto... Tu intervención habrá de resolver un pavoroso -conflicto. - -La muchacha entró, y vió al estudiante de pié, en mangas de camisa, con -el chaleco en una mano, y la otra muy apretada, lo mismo que si -encerrase en ella algún tesoro. - ---Ahora mismo, con la velocidad del rayo, acaba de saltarse de mi cuello -este botón de precioso nácar... ¿Puedes adherirlo otra vez á su base sin -atravesar mi garganta con el frío acero? - -Sonrió Esclavitud, y registrándose el bolsillo, sacó alfiletero, -carrete, dedal: este último era perforado por arriba y abajo, como los -de las aldeanas. Se lo calzó rápidamente, y con igual presteza enhebró -la aguja, dió el nudo, y cogió entre el pulgar y el índice la rodajilla -de nácar. Arrancó el hilo que colgaba señalando el lugar del -desperfecto; aplicó el botón, é introdujo la aguja... Aquí dieron -principio las dificultades de la empresa. No era posible sacar la aguja -airosamente, sin pincharle al señorito la barba, todavía rasa y monda -cual la de una mujer. El fingía ayudar, y torcía la geta con mil -festivos remangos y mucho de «¡ay! ¡socorro..., que me parten la -carótida..., que me atraviesan la yugular..., que me practican la -arriesgada operación de la traqueotomía sin tener garrotillo!» y la -muchacha, risueña, pero sin perder el aplomo, sólo decía:--«Aparte un -poco..., cuidadito ahora..., vuélvase..., pronto acabo...» Por fin, con -ademán triunfante, dió alrededor del botón un sinnúmero de vueltas con -el hilo, formando el pié; remató... - ---¡Hurra! Victoria. Abróchamelo. - -Los deditos menudos, picados de la aguja, recorrieron la garganta del -estudiante, el cual despidió nuevos chillidos. - ---¡Ay, ay, ay... Que me pelliiizcan! - -Pero apenas estuvo abrochado el botón, murmuró como el que ruega para -obtener una cosa muy importante y ardua: - ---Esclava... Dígnate ceñir á mi cuello este dogal. - -La muchacha tomó la chalina de seda, y al rodearla al cuello del -señorito, se tropezaron las miradas de los dos. Mientras duraban las -otras operaciones no había sucedido semejante cosa, porque Rogelio -volvía la cabeza todo cuanto se lo permitían los accesos de risa que le -entraban: ahora sí tenía que suceder, pues Esclavitud levantaba el -rostro, y Rogelio, más alto, veía por fuerza, tan cerca que le mareaban, -las dos pupilas verdes sembradas de puntitos de oro, y la raya del pelo, -derecha, angosta y limpia, como surco que parte un campo de madura mies, -y la cóncava frente, tersa y suave, y las venitas azules de las sienes y -párpados. El aliento puro de la muchacha subía hasta la boca del -estudiante, causándole un principio de embriaguez, como si hubiesen -destapado una botella de oxígeno. - -Fué asunto de un instante, pero instante en que por la intensidad de la -sensación, Rogelio creyó vivir un año. La infancia, con su ligereza de -mariposa, sus vagos horizontes de plata y azul, se quedó atrás; y la -golosa juventud, la de insaciables labios, surgió tendiéndolos con afán -á la copa eterna. La sangre de Rogelio, hasta entonces lenta, enfriada -por la clorosis, saltó en las venas con impetuoso hervor, y refluyendo -al corazón de golpe, volvió á derramarse encendida por el organismo. Un -velo rojo, el que nubla las pupilas del criminal en el momento decisivo, -cubrió también los ojos del estudiante, mientras le asaltaba la -tentación brutal y furiosa de cerrar los brazos, comerse á besos la -linda cabeza y deshacer á achuchones el cuerpo... La misma violencia -del deseo paralizó su acción, y como Esclavitud había terminado el -arreglo de la corbata, cuando Rogelio iba á ceder á la sugestión -culpable, la muchacha se desviaba ya, colocándose á distancia -conveniente para juzgar del efecto del lazo. - -Fué como si se interrumpiese la comunicación del alambre con la pila. -Rogelio volvió en sí, tan sobrecogido de terror considerando lo que -había estado á punto de hacer, que sintió enfriársele las manos. «¡Qué -atrocidad, Dios mío!... ¡qué disgustazo para mi madre!» - -La noción moral, que á otros se les inculca como necesidad racional y -deber ineludible, ó como religioso precepto, habíala recibido Rogelio -por el conducto del sentimiento, en su educación faldera y mimosa de -hijo único. Todas las ideas de decoro, de bondad, de rectitud, le -llegaban por ese camino indirecto, pero dulce. «¡Ay, qué pena tendría -yo, rapaz, si tú hicieses tal ó cual cosa! ¡Jesús, qué bochorno para mí -si cayeses en esta ó en aquella falta!» Así es que, sin darse cuenta de -ello, lo primero que Rogelio veía en sus actos era el efecto que podían -producir en el corazón de su madre; y ésta fué también su primer idea, -al disiparse el vértigo que le obscureciera la razón mientras tuvo tan -cerca á la muchacha. Cuando Esclavitud hubo salido del aposento, el -mismo recelo fué base de una honradísima resolución, la de evitar nuevas -ocasiones y peligros más inminentes todavía. Tales propósitos son -difíciles de sostener cuando se tiene el peligro en casa. A cada -momento Rogelio sentía renacer su antojo primerizo, y como bocanadas de -aire caliente, subírsele al cerebro los mismos vapores. En la mesa; al -encontrar á Esclavitud en el pasillo; cuando le traía á su cuarto luz, -recados ó ropa, no podía menos de devorarla con los ojos, detallando la -perfección de su talle gentil, el misterio de su cerrado y honesto -corpiño, la gracia de su ligero andar. Cuanto mayor y más vivo era su -anhelo, más atado se sentía en presencia de la muchacha. Delante de ella -le parecía imposible resolverse nunca á decirle nada que tuviese color -de requiebro formal; y en cambio, de noche, á solas, desvelado, dando -vueltas en la estrecha camita, juzgaba fáciles todas las empresas y -razonables todos los despropósitos, y hasta--¡extraña forma del capricho -apasionado!--creía tener una obligación, una especie de deber estricto -de realizar lo que por el día consideraba un atentado y un acto de -locura. «Después sí,--pensaba,--que nadie podrá llamarme chiquillo; y yo -mismo me convenceré plenamente de que no lo soy.» Esta disparatada idea -se desvanecía por la mañana, al traerle su madre el chocolate según -vieja y afectuosa costumbre. Al ver entrar á doña Aurora con su bata de -tartán y la bandeja en las manos; al saborear el primer bizcocho, el -chico mimado sentía todo el influjo de la ley moral imponiéndose con -fuerza apodíctica, y los principios desconocidos ó negados minutos -antes, se le presentaban claros, demostrativos, evidentes. «Darle una -pesadumbre á mamá, allá por fuera de casa, ya sería terrible, ya se me -ponen los pelos de punta con solo imaginarlo... Pero, en fin, siempre -resultaría más disculpable y más llevadero. Aquí mismo..., vaya..., es -cosa inaudita. Aunque ella no lo pescase, á mí se me figuraría que me lo -estaba leyendo en los ojos y hasta en el modo de respirar. Y lo -pescaría, lo pescaría; ¿pues quién lo duda? Es muy pilla mamá, así con -esas tracitas de bonachona. El dedo en la boca no se lo mete nadie. Me -conoce tan bien, que aún no he acabado yo de decir las cosas y ya las ha -guipado ella. Como que no le importa ni se ocupa de nada sino de mí. -Dios quiera que no tenga escama ya...» - -Así, aquel culpable de pensamiento estudiaba con atención el rostro de -doña Aurora, temeroso de que alguna de sus miradas á Esclavitud le -delatase. A veces se comprometía por dar en el extremo opuesto, -afectando no mirar á la muchacha, evitando hasta el roce de su manga -cuando le servía á la mesa. Verdad que este mero roce le sacaba de -quicio, llegando á causarle una impresión dolorosa por lo intensa. Era -el suyo deseo exaltado de la primera edad, que no sabe aún ni reprimirse -ni abrirse camino hasta su objeto. Después de dos ó tres días de huir de -la Esclavitud, ideaba un pretexto para ir á sorprenderla en el cuchitril -donde planchaba y tenía las cestas del repaso; y una vez allí, no se le -ocurría más que sentarse en una silleta, y engañar su violento capricho -contemplando á la chica que, encendida y sudorosa, encorvado el brazo -derecho en arco rígido, hincaba con esfuerzo la plancha en las pecheras -ó los puños de las camisas. Cuando el ímpetu de abrazarla le acudía muy -fuerte, Rogelio se levantaba y refugiábase en su despachito. Allí -estaban, sobre el barnizado escritorio, los antipáticos libros de texto, -impresos en papel de estraza, con tipos gastados y turbios, y -despidiendo de sus mustias hojas y de su parda cubierta toda la secura -de la aridez, todo el humo del hastío. Nunca le habían caído en gracia á -Rogelio los tales librotes; pero ahora... Apenas intentaba abrirlos para -repasar una conferencia, una niebla de aburrimiento pertinaz se le subía -á la cabeza, y una especie de disolución moral se verificaba en su -espíritu, en el cual cierta voz rebelde murmuraba vagamente herejías -así: «Anda, hijo, déjate de pamplinas, reniega de esa ciencia oficial, -manida, huera, sin jugo. La realidad y la vida son otra cosa. Eso con -que pretenden alimentarte es un conjunto de vejeces, la cáscara de un -limón exprimido ya por la mano diez y nueve veces secular de la -Historia. Ha caducado cuanto estudias. Te quieren llenar el cerebro de -restos momificados, de trapos polvorientos y de antiguas telarañas. Te -quieren meter en la cabeza la vieja balumba jurídica, y que de un salto -te encuentres en la edad de tus tertulianos, Laín Calvo, Nuño Rasura y -el honrado _Fantoche_. Quieren que seas de palo como él. No, eres de -carne y hueso; eres hombre; la vida te llama, y la vida á tu edad, á -falta de un estudio que desarrolle la armonía de tus facultades, es... -Esclavitud». - -A estas indeterminadas reflexiones aquí traducidas en lenguaje claro y -vulgar, el estudiante asentía bostezando, levantándose nerviosamente de -la silla, cogiendo del estantito una novela ó el último número del -_Madrid Cómico_, tumbándose sobre la cama, y tratando de distraer con -una lectura hambrienta sus febriles ansias. - -No tenía el recurso del cigarro, porque pertenecía á esta generación -reciente que no fuma, y que llegará, si Dios no lo remedia, á desmayarse -con el olor del habano, ni más ni menos que las damas británicas. -Faltábale ese gran engañador de la impaciencia, ese gran consejero en -las horas malas, ese poderoso sedante, esa distracción la más espiritual -de cuantas puede ofrecer la materia. Un día pensó en ella mucho. «¿Qué -me sucedería si fumase? Por de pronto, marearme. Quién sabe si echar los -bofes... de fijo que sí. Luego, mamá conocería por el olor... No, peor -es el remedio que la enfermedad.» - -Esta idea del cigarro, que le halagaba porque tenía algo de calaverada -varonil, trajo como de la mano otro expediente más fecundo en resultados -y hasta de realización gratísima y fácil. ¡No habérsele ocurrido antes, -cuando era tan sencillo, tan sencillo, y hasta tan natural y justo, y -sobre todo tan útil para alivio del malestar presente! «Pues si lo raro -es que yo no tenga ya una novia, señor. La tiene cada quisque: Benito -Díaz, una preciosa; Cardona otra por quien bebe los vientos... Siempre -me están diciendo que á qué aguardo para echarme la mía -correspondiente. Pues les sobra razón. Así se me quitarán estas -chifladuras y estos alborotos. Tomaremos novia, sí señor que la -tomaremos. El tener novia no es cosa mala, ni aunque mamá lo averigüe se -va por eso á disgustar. Un clavo saca otro clavo. Será la gran -distracción...» - -Creada ya la plaza, faltaba saber en quién recaería la provisión del -empleo. Rogelio pasó revista con la memoria á todas las señoritas -conocidas suyas. Unas eran feas, otras tenían ya su arreglito; ésta -frisaba en los treinta; aquélla no salía de casa jamás; unas se -burlarían de él; otras le pedirían cosas muy difíciles en prueba de -cariño... Recordó que por una callejuela que desembocaba en la Ancha de -San Bernardo, vivían frente á su casa tres ó cuatro chicas, descendencia -de un empleado en el Ministerio de Ultramar. No eran malejas, en -especial la menor, una rubita pálida que, cara, pelo y ojos, todo lo -tenía de un color mismo, lo cual la favorecía, dándole cierto parecido -con la infanta Eulalia. Rogelio la miraba á veces, recibiendo pago -puntual de todas sus ojeadas sin que le quedasen debiendo ni una sola. -«La rubita me conviene....», pensó el estudiante. «Ni necesito moverme -del comedor...» En efecto: el mismo día que lo discurrió, á la hora del -almuerzo, apostóse detrás de los cristales, con las vidrieras á -cuchillo, y miró hacia los balcones del tercer piso de enfrente. Allí -estaba la rubia, vistiendo una mañanita de percal de lunares, toda -sucia y ajada; sobre la barandilla del balcón flotaban varias prendas de -ropa íntima, en más que mediano uso, puestas á secar, y encima de una -cómoda se veían frascos cubiertos de polvo, la jaula vacía de un -jilguero, trapos, una bota inservible.--Al fijarse en aquel interior -nada holandés, el plan de tomar novia que viviese allí se le frustró á -Rogelio. Permaneció apabullado diez minutos. «Buscaremos por otra parte. -Lo que es sin novia no me quedo yo; sólo faltaba...» - - - - -XII - - -La mañana de un domingo despertó á su hijo la señora de Pardiñas con la -intimación siguiente: «Hoy haremos visitas. No hay más remedio: estamos -en descubierto con todo el mundo. Es un escándalo. Ya he pedido el landó -al taller de Agustín: dice que á las dos en punto lo tendremos á la -puerta. ¡Ah!... ¿No sabes? Voy á ir, que si me miro al espejo, no me -conozco. La modista me trajo ayer el vestido de terciopelo negro -arreglado con pasamanería de azabache y puntillas; el sombrero igual -está listo. Con que tocan á sacar el fondo del baúl. Te pasarás por la -peluquería antes de almorzar: tienes el pelito muy largo». - -Rogelio gruñó bastante, alegó dos ó tres ocupaciones indispensables -aquel día, pero todo en broma, porque bien veía á la señora de Pardiñas -resuelta á no acostarse sin haber ofrecido un gran holocausto en el -altar de la sociedad. A los dos menos cuarto, Rogelio estaba acabando de -abrocharse la primer fila de botones de su levita inglesa, delante del -armario de espejo. Por fortuna era domingo, y, en tal día, frente á la -Universidad es donde se puede estar seguro de no encontrar un estudiante -para un remedio; que si no, menuda sofoquina le esperaba cuando los -compañeros le viesen con aquel empaque, vestido de _caballero_, con -guantes y chisterómetro. Acostumbrado á la pañosa y al hongo, le parecía -en los primeros momentos, que ir de levita era así cómo salir de -máscara. Allí estaba la chistera, reluciente, flamante, sobre la mesa -del despacho, y los guantes también, y el junquillo, y el tarjetero de -piel de Rusia, y el pañuelo con rica inicial bordada. De todos estos -objetos se hizo cargo; ladeó el sombrero al colocarlo sobre la bien -aliñada cabeza, y empezaba á calzarse los guantes, con el mal humor -inherente á esta operación siempre enfadosa, cuando su madre entró. - ---¡Jesús, máter admirábilis! Vienes hecha un brazo de mar. ¡Ole por las -buenas mozas, las mujeres principales y el trapío! - -Lo que venía doña Aurora era muy atarugada con las galas que sólo en -ocasiones solemnísimas se determinaba á lucir. Que no la quitasen á ella -de su mantito arrebujado, de su traje de merino y de su gran abrigo de -pieles. Tanto embeleco era para condenarse. El peso del sombrero, con -sus lazos empingorotados, la obligaba á bajar la cabeza; los aceros de -la falda la ataban los muslos; en fin, ello no había más camino que -someterse á semejantes impertinencias, por lo menos dos veces al año. -Llevaba tarjetero, como su hijo, y además una lista de las casas donde -se creía obligada á ir. También lucía, asomando por el manguito de -marta, un hermoso pañuelo de encaje, perfumado con no sé qué extracto -fino, y en las orejas dos buenos solitarios; el lujo modesto de una -señora que no pretende sino guardar el decoro de su clase. Y, sin -embargo, tal es el poder de la composición y del adorno en la mujer, que -doña Aurora, con sus cincuenta y pico, parecía haberse dejado diez en la -puerta del cuarto tocador, ostentando en la tez una animación agradable, -y en el andar cierta majestad insólita. - -Esclavitud venía detrás, trayendo un abrigo, que por si acaso enfriaba -la tarde iría en el coche; y mostrando esa admiración solícita de los -criados adictos en los días de gala con uniforme para sus amos, se puso -á arreglarla el _polisón_ y las aldetas del corpiño, y á sacudir -imperceptibles motas de polvo en la parte inferior del volante. De -pronto alzó los ojos, y exclamó cándidamente mirando á Rogelio: - ---Virgen de las Ermitas... ¡El señorito qué majo! - ---¿Verdad que está hecho un figurín? Rogeliño, vuélvete, vuélvete..., -así. La levita te la han sacado pintada. - ---¡Mamá!...--protestó Rogelio. Pero fué preciso dejarse mirar y remirar -por Esclavitud, y aun consentir una mano de cepilladura en el cuello de -la levita. Las pupilas de la muchacha le decían con inocente lenguaje -que estaba _bien_. Le arregló los puños, y cuando bajaba la escalera -todavía le gritó: - ---¡Qué lástima! Lleva en la pierna derecha un poco de pelusa de la -alfombra. - -La primer visita fué á casa de Don Gaspar Febrero, porque la hija del -respetable decano, casada con un comandante de Estado Mayor, se -marcharía pronto á Filipinas, en compañía de su marido, destinado á -Manila. Se habló de la navegación, del clima, de los baguíos, de la -carestía de la vida allá, y del señor mayor que se quedaba solo aquí. -Por fortuna, nunca había estado más tieso, más animoso, ni más rufo: aun -ahora mismo acababa de salir á pié, agarradito á su muleta, ávido de -tomar sol. Con estas buenas nuevas se despidieron de la morada de Nuño -Rasura y pasaron á hacer otras visitas casi todas análogas, algunas de -tarjetazo, las más agradables para Rogelio, que al acercarse á cada -portal repetía entre dientes la consabida jaculatoria: - ---Animas benditas, ¡que no estén en casa las visitas! - -Pero ¡ay! Pegó el gran respingo al anunciarle su madre que ahora irían -«un minuto» á casa de las señoritas de Romera, Pascuala y Mercedes. - ---Madre mía, si es posible, pase de mí ese cáliz. Pero, ¡carapuche! -como dice el sordo de conveniencia, ¿no ves que necesitaré pellizcarme -así, para no dormirme? - ---¿Tan curro como estás y no quieres lucirte con las buenas mozas? Anda, -anda, da la orden: calle del Barquillo... - -Reservaba la casa de las solteronas una sorpresa al estudiante, en -figura de la despabilada chiquilla que salió á recibir á los -visitadores, y les convidó á pasar á la sala, anunciando que las tías -«vendrían inmediatamente». Para decirlo hizo mil monerías con la cara y -los ojos, que los tenía negros, chiquitos, vivarachos, muy parleros. -Vestía la sobrinita de las de Romera un traje bastante rabicorto, -indicio de que aún no había ascendido á la dignidad de la mantilla, y un -mandil de peto, bordado de colorines alrededor: un lazo de cinta azul -ataba la coleta de su trenza corta; y sus zapatitos usados, desflorados -por la punta, indicaban la viveza de movimientos del pié menudo y -arqueado que prendían. A poco rato salió Pascuala, la mayor de las -solteronas, toda mocosa y acatarrada, declarando que su hermana no podía -moverse del gabinete, por estar pasando un resfriado mayor aún, que -requería evitar cambios de temperatura. «Mire V.: poner á mi hermana -entre puertas, es como darle una puñalá». Luego presentó á su sobrina -igual que hubiese presentado á un perrillo revoltoso, que alterase la -soñolienta quietud de aquella morada. «Aquí tiene V. á mi ahijada -Inocencia, la niña segunda de mi hermano Sebastián, el que vive en -Loja... Nos la ha dejado el pobre aquí porque necesita arreglarse la -boca; le ha nacío un diente montado sobre otro, y habrá que -arrancárselo... Es muy ardilla; no puede estarse fija en un sitio; no -hay calzado que le baste; por eso la ven Vds. tan mal de botitas...» -Hechas estas aclaraciones, vino á cuento hablar de Esclavitud, y en -atención á que no se podía tratar el asunto delante de «una criatura» y -á que Mercedes deseaba disfrutar de la presencia de doña Aurora, las dos -damas pasaron al gabinete, dejando solos á Rogelio é Inocencia. -«Enséñale los álbumes y las vistas de Granada, niña», fué la orden que -recibió la chiquilla al salir su tía de la sala. - -Inocencia obedeció,--no sin hacer varias morisquetas á pretexto de -llegarse á la mesa,--exclamando atropelladamente y con mucho ceceo: - ---Venga V., venga V. á ver las estampas que dice tía Pascua. ¡Son más -preciosas! - -Aunque lo de ponerse á mirar estampitas le sabía mal al «caballero» de -levita y chistera, por vergüenza de protestar se resignó, y ocupó una -silla al lado de la chicuela, que, al abrir el álbum, le lanzó una -ojeada inequívoca, incendiaria, con todo el descaro de los catorce años -mal cumplidos. Ya al quedarse solo con la niña, le había ocurrido al -estudiante que no pudiera deparársele ocasión más rodada y cómoda de -echarse novia que la presente. Mortificábale un poco en su amor propio -el que fuese tan chiquilla, porque una señorita de diez y ocho á veinte -honraba más, y aquello olía á noviazgo de juego; pero al verla de -cerca, con todos los indicios de la precocidad meridional, con su -cuerpecito ya enteramente formado y su labio superior grueso y un poco -remangado por el diente defectuoso, parecióle una mujer en miniatura, y -dijo para sí: - ---Me declaro. - -Declaróse en efecto, sin más preámbulos ni ceremonias, con frases muy -retumbantes aprendidas en zarzuelas y comedias, en periódicos y bromas -de estudiantes. La chiquilla, sin mostrar la menor sorpresa, fingía -seriedad, enrollando un pico del lazo de su trenza, traída adelante con -afectación de lucir el pelo, haciendo á la vez mil mohines y dengues de -coqueta de oficio. Como el estudiante alzase un poco la voz, la niña -murmuró: - ---¡Chisss... Que están ahí, en el gabinete! - -Rogelio bajó el diapasón y apretó la súplica, aunque empezaban á -cosquillearle unos fuertes impulsos de reir á carcajadas: y después de -tres ó cuatro gestos negativos, la niña, sin más ni más, de golpe, dijo -que _sí_. - ---¿Me da V. una prueba de amor?--imploró Rogelio: y sin aguardar -respuesta, se inclinó y la besó en el carrillo, figurándose que besaba -el de una pintada muñeca, terso, rosado, insensible. Ninguna emoción, ni -de placer ni de bochorno, reveló Inocencia al recibir el beso: antes -cogiendo al estudiante por la solapa, indicó con mucha fe: - ---Me parece que debemos tutearnos. Los novios de mis amigas se tutean -con ellas. - ---Bien, pues te tutearé... Ya te estoy tuteando. - -Ella recalcó con el mismo empeño y apresuramiento: - ---También debemos escribirnos todos los días: todos, sin faltar uno. El -novio de mi hermana Lucía le escribe unas cartas así..., una por la -mañana, otra por la tarde, que aún es más. - ---Corriente. Nos escribiremos. Me entenderé con la criada para que -traiga y lleve la correspondencia. - ---Y me darás un retrato tuyo. ¿No tienes fotografías? A mí no han -querido papás dejármela sacar, hasta que me arranquen el diente; pero -puedo darte pelo para un medallón. ¿Me lo corto ya?--añadió jugueteando -con las puntitas rizadas de la coleta. - ---No... Cuando yo te dé el retrato. - -La chiquilla se levantó rápidamente, y andando de puntillas, fué á la -puerta del gabinete donde charlaban las señoras mayores. Regresó, con -las mismas precauciones, gozosa. - ---Creí que venía madrina. Pero no. Están de mucho palique. - -Dicho esto volvió á ocupar su sitio al lado del estudiante, y -transcurrieron dos ó tres minutos sin que se dijesen palabra. La -chiquilla esperaba, sorprendida de que no se le ocurriese nada á su -novio; y al muchacho, por más que discurría, no se le venía ni esto á la -boca. Sólo continuaba teniendo ganas de reir, unas ganas disparatadas, y -para no estallar se cubría los labios y la nariz con el rico pañuelo de -bordada inicial. La _novia_ reparó en el pañuelo, y observó vivamente: - ---¿Qué letra es esa? - ---Erre. Me llamo Rogelio. - ---Ya te lo iba yo á preguntar. Siendo mi novio necesito saber cómo te -llamas. ¿Qué pongo en los sobres de las cartas? Señor Don Rogelio... - ---Pardiñas. - ---Pardiñas, Pardiñas, Pardiñas...--Repitiólo muchas veces la muchacha, -como si temiese olvidarlo; y después, encarándose con el estudiante, le -interrogó con tono solemne: - ---¿Nos hemos de casar? - -Aquí ya Rogelio no pudo aguantar el acceso de risa nerviosa, y la dejó -salir por la boca, por los ojos, por el cuerpo mismo, cogiéndose la -cintura, que le dolía con la fuerza de las carcajadas. Y sollozaba, -echado atrás en el sillón: - ---¡Ay... ay... me muero, me muerooó! - ---¿De qué te ríes?--preguntó algo picada la niña.--Pareces tonto. Dime -si nos hemos de casar, ea. - ---Por supuesto que sí. Es que soy muy tentado de la risa. Déjame reir, -que si no me pongo malo. - -Así que hubo desahogado, Inocencia le cuchicheó al oido: - ---¿Pasarás mañana á las nueve de la mañana por esta calle? Yo estaré al -balcón. A esas horas me asomo siempre á ver pasar la batería montada. -Es muy bonita. ¿Tú qué carrera sigues?... - ---Abogado. - ---¡Lástima! No tienes uniforme. - - - - -XIII - - -A Rogelio, cuando iban terminando de bajar la escalera, le duraba aún la -impresión burlesca del noviazgo, por lo cual no se cuidó de ofrecer el -brazo, según acostumbraba, á doña Aurora. Un grito y un estruendo -inesperados le helaron la sangre en las venas, al ver á la señora -resbalar y precipitarse desde el último tramo yendo á caer sobre las -baldosas del portal. Los grandes sentimientos tienen revelaciones -supremas en las ocasiones supremas también; Rogelio ignoraba que hubiese -cuerdas en su laringe y acentos en su voz para decir de un modo tan -desgarrador y patético: - ---¡¡Madre del alma!! - -Saltó á brincos lo que su madre había rodado, y en un abrir y cerrar de -ojos la puso de pié, la reclinó en sus brazos y la apretó contra el -corazón, palpándola con delirio, para cerciorarse de que no estaba -muerta ni tenía ningún miembro fracturado. De repente lanzó una -exclamación de horrible susto. - ---¡Sangre, mamá!... Hay sangre... ¿Por dónde sangras? Aquí... ¡Jesús, -sangre! - -En efecto, la cabeza había dado contra el filo de un peldaño, y asomaban -unas gotas de sangre por la descalabradura. Aturdida como estaba la -señora por la fuerza del porrazo, la angustiosa voz de su hijo la -reanimó, y pudo decir con desmayado acento: - ---No te asustes, rapaz. No fué nada... puedes creerme que no fué nada. -Ya estoy así..., mejor. - ---En esta portería no hay nadie... Voy á subir, á pedir vinagre, agua... - ---No, hijo, no, por la Virgen... No llames, no alborotes. Llévame al -coche poquito á poco. Para males y cosas así, cada uno en su casa. - -Temblando y trasudando frío, Rogelio condujo á su madre, casi en vilo, -al coche, y á pulso la subió, recostándola en la esquina, mientras le -hacía aire con el pañuelo, pensando con terror: «¿Habrá habido conmoción -cerebral?» - ---A casa, despacito--ordenó al cochero que se inclinaba lleno de -curiosidad para ver qué sucedía. Y sin poder reprimirse, Rogelio abrazó -á la señora, formulando la pregunta de todas las caídas: - ---¿Pero mamá, cómo hiciste? - ---No sé, hombriño... el pié se me escapó; sería culpa de los tacones de -las botinas nuevas... ó me prendería en el volante del traje. - ---Culpa mía, que no te di el brazo. Soy un bruto. ¿Dónde te duele? ¿Qué -tienes ahora, mamá? - ---No sé... Parece que me entra un síncope--respondió con voz débil la -señora. - -De síncope eran las trazas, según el color mortal y el enfriamiento -repentino. Rogelio estuvo á punto de gritar al cochero: «A una botica»; -pero en esta incertidumbre y congoja, la señora volvió un poco en sí, -hizo señas de encontrarse mejor, y el coche se fué acercando á la puerta -de la casa. Al bajar Rogelio á su madre, ayudado del lacayo, la señora -lanzó una queja. - ---¿Qué te duele? - ---Esta pierna... No, si no vale nada, no te apures. - -Enterada al vuelo de lo ocurrido, Esclavitud, sin inútiles aspavientos, -con actividad y destreza, se dió prisa en aflojar á la señora, aplicarle -vinagre á las sienes, desnudarla después y acostarla en su cama bien -mullida. Doña Aurora se quejaba de arcadas, de angustia, de opresión, de -náuseas continuas, y deseaba arrojar; por lo cual el estudiante pensó -aterrado: «¡Adiós! conmoción cerebral tenemos». Llamó aparte á -Esclavitud y la dijo atropelladamente: «Ten cuidado. Yo voy por Sánchez -del Abrojo, y no me vengo sin él». - -Le trajo, en efecto, al cabo de dos horas; y el insigne médico, después -de examinar detenidamente á la enferma y verificar un minucioso y hábil -interrogatorio, tuvo que convenir en que había habido un poquito, nada -más que un poquito, de conmoción cerebral... Unica terapéutica: quietud -en la cama, silencio, dieta mientras no se aplacase el estómago. Las -demás lesiones eran de escasa monta: la descalabradura de la frente no -había pasado de la epidermis: la contusión en la pierna izquierda se -reduciría á un cardenal más ó menos respetable. En suma, todo no valía -nada. Quietud, y se acabó. - -Para cumplir el programa del facultativo, realizóse en casa de Pardiñas -esa mutación de costumbres y ese cambio de aspecto que introduce siempre -la enfermedad. La vida se reconcentró en el estrecho espacio de la -alcoba y gabinete de la enferma. Rogelio y Esclavitud se declararon allí -en sesión permanente, él recibiendo visitas de amigos, ella mudando -paños de árnica, trayendo tazas de tila, quemando espliego y haciéndose -cargo de órdenes dadas en voz baja y llaves confiadas con misterio sumo. -«Que no le falte nada al niño... Su sopicaldo, su jerez... Cuidado con -calentarle la cama...» A estas advertencias, que Esclavitud oía -religiosamente, seguían gemidos ahogados. «Ay, la maldita pierna, como -me escuece... Se me parte la cabeza de dolor». - -Ejercía Esclavitud sus funciones de enfermera con aquella asiduidad -reconcentrada y muda que solía demostrar en todos los actos de la vida -de relación. Salía y entraba sin que se percibiese el menor ruido de -pisadas, ni crujido ó roce de ropa. Estaba en todo, y si faltaba de la -alcoba, era á fin de manipular algún potingue en la cocina. Hasta se las -arregló para tener tiempo de servir la comida á Rogelio sin desatender á -la señora; pero de ella misma, no se averiguó jamás á qué hora había -tomado algún sustento en aquel día memorable. - -Adelantada ya la noche, y recogida la casa, preparó cuidadosamente una -lamparilla y la colocó en el suelo, de modo que su luz no ofendiese la -vista de la enferma: después tomó una silla baja, que colocó cerca de la -cabecera y en la cual se instaló. Como Rogelio permaneciese en la butaca -del gabinete, acercóse á él y le suplicó en voz muy queda: «Acuéstese, -señorito; no esté así». La enferma, que había empezado á aletargarse un -poco, entreoyó la súplica, y la esforzó más. «Rapaz, á ver si te -acuestas... No estás acostumbrado á velar, te va á hacer mucho daño... -No seas loco, acuéstate... Me cuida divinamente Esclavitud». Mas no hubo -forma de convencer á Rogelio, y el pleito se transigió resolviendo que -se le pondría en el suelo una cama volante. La galleguita acarreó con -extraño vigor dos colchones; batió silenciosamente las almohadas, y con -igual silencio hizo la cama en toda regla. Rogelio no se desnudó más que -de la americana y el chaleco; así, á medio vestir, se deslizó entre las -sábanas, notando entonces el quebrantamiento corporal que sigue á los -grandes sobresaltos y á las emociones profundas. Al mismo tiempo un -recuerdo bufo cruzó por su memoria: - ---¡Calle! ¿Y mi novia? ¿Se asomará mañana para verme? - - - - -XIV - - -Aunque rendido por las fuertes impresiones de la jornada, y casi -tranquilo porque veía á su madre en estado bastante satisfactorio, -Rogelio tardó mucho en conciliar un sueñecillo, y dió no pocas vueltas -antes de quedarse traspuesto. Ni consiguió adormecimiento profundo y -reparador, sino un dormir agitado, lleno de pesadillas, soñando siempre -que se caía; caídas rápidas, infinitas, interminables, con la angustia -de no llegar jamás al suelo, y de ver desde arriba el punto crítico en -que iba á estrellarse. En uno de esos esfuerzos dolorosos é -involuntarios que se hacen durante el sueño mismo ó para terminar la -pesadilla ó para cambiarla, despertó atónito, y no recordando al pronto -cómo podía ser que se encontrase allí, á aquellas horas, acostado en la -alcoba de su madre, miró á su alrededor. - -Silencio absoluto. El cuarto estaba medio á obscuras, alumbrado por la -lamparilla; la señora debía de dormir, porque se la oía respirar fuerte, -roncar casi; y á su cabecera, el estudiante divisó á Esclavitud sentada, -inmóvil, con los ojos abiertos y clavados en él, grandes y fijos. Un -impulso irresistible le movió á llamarla, con voz de niño que, á causa -de algún miedo nocturno, implora compañía. - ---¡Esclavita! ¡Ps! ¡Esclavita!--cuchicheó.--Aquí. - -Se acercó la muchacha, deslizándose como una sombra, y se inclinó hacia -Rogelio. - ---¿Duerme mamá? - ---Y bien que duerme. - ---Pues yo ahora estoy despabilado. Dame conversación..., así, bajito, -para que no la despertemos. - ---¡Ay, señorito! ¿Y si vamos á molestarla? - ---Que no. Habla bien despacito... y de cerca. - ---¿No le era mejor dormir? - ---¡Quiá! ¡Si supieras qué cosas tan tristes soñaba! No, más quiero velar -ahora. Ponte aquí. - ---¿Dónde? - ---Sentada aquí, en el suelo. Si no no podemos hablar bajo... y -despertaremos á mamá. - -Esclavitud aceptó la proposición incontinenti, y se tendió casi boca á -boca con Rogelio, pero sin perder su aire púdico y reservado, -manifestando bien en esto haber nacido en el país donde se ejecutan las -acciones libres con más aire de decencia, y donde las mozas unen á la -naturalidad bucólica el exterior honesto. El aliento virginal y fresco -de la muchacha se mezcló por segunda vez con el del estudiante; pero le -produjo una impresión muy diferente de la primera. Sea que el sustazo de -la caída de su madre hubiese transformado todas sus sensaciones -juveniles en sentimiento, sea que el lugar en que se encontraba no -permitiese malas tentaciones, ello es que al tener tan próxima á -Esclavitud y tan fácil cualquier desmán, ni se le pasó por las mientes -intentarlo, y sólo notó una especie de efusión rara y cariñosa, un -movimiento de ternura inexplicable, mientras sus ojos se llenaban de -lágrimas. Alargando la mano y apretando con violencia la de la chica, -murmuró: - ---Esclava, ¡por poco se muere hoy mamá! - ---¡Gracias á Dios que no fué nada, señorito!--contestó la muchacha -correspondiendo á la presión. - ---¿Y si muriese, qué hacía yo, di? - -No respondió Esclavitud, y obró sabiamente, porque el problema planteado -era de los que no se resuelven con palabras. Estrechó aún más la mano -nerviosa y febril, y sus ojos contestaron, en la penumbra, con larga -mirada elocuentísima. - ---Si muriese--prosiguió Rogelio dejándose arrastrar por aquel movimiento -de sensibilidad involuntaria--ahí tienes; no me quedaba nadie en el -mundo más que tú, nadie. - ---¡Yo!...--balbució la muchacha, cuya diestra se estremeció en la del -estudiante. - ---Pues tú, y nada más que tú. Familia no la tengo; digo, allá en Galicia -unas tías, con quienes estamos como el perro y el gato. Ya ves qué -arrimo, chica. ¡Pues amigos...! ¡bah! dos ó tres... ahí en la -Universidad... Amigotes que de poco sirven. Luego los viejos de la -tertulia de mamá. Gran cosa. Todos van chocheando. Nada, Suriña..., tú y -sólo tú. - -Hablaba así Rogelio medio incorporado, para mejor dejarse oir de la -muchacha; y la necesidad de bajar mucho la voz, hacía parecer más -persuasivo su acento, dándole el tono apasionado y reprimido de una -confesión. Persuadido él, persuadía al auditorio. No se encontraba en -estado de medir la trascendencia y el efecto de sus palabras, ni menos -sospechaba que la sensibilidad y la bondad pueden ser en determinadas -ocasiones más funestas que la cólera y el odio. En su emoción había -mucho de nervioso, y las frases salían de sus labios provocadas por una -reacción del susto de la mañana, como sale el gemido al golpe del dolor, -que ni sabemos medirlo, ni de qué manera lo hemos articulado. Lo mucho -que tenía aún de niño rebosaba en aquel desahogo cariñoso, y ni él -aspiraba á más, ni más podía prever, dado que en momentos tales quepa -ejercitar previsión. - ---Tú, Suriña--repetía entregándose á las manos que con vigor casi -convulsivo oprimían la suya.--¿Verdad que tú me quieres, y que me -quieres mucho? - -Incapaz de responder con la boca, la muchacha afirmó enérgicamente con -la cabeza. - ---Ya lo sé. Si eso lo había adivinado yo; por eso te decía que no me -quedaba nadie más que tú, y que á ti me arrimaba, ¿sabes? Aunque me -dijeses que no, no te lo creería. Me quieres... y á mamá también. - ---Pues es verdad--pronunció al cabo la chica recobrando el habla y -apartándose un poco del estudiante.--Yo no sé qué me ha pasado á mí en -esta casa, que le cogí así á modo de un cariño... un cariño muy -grandísimo desde que entré por la puerta. Vamos, se me figuraba que -estaba en la tierra otra vez. Como son personas de allá... En fin..., -estas cosas me parece á mí que cuanto más quiere uno explicarlas, peor -las explica. Lo que sé es que si me quedo con aquellas otras señoras, -doy cabo de mí muy pronto. - ---¿Y por qué estabas tan triste aquí los primeros días, Esclava? - ---Verá... Porque pensé que V. me tenía tema. - ---¡Yo tema! - ---Sí señor. Cavilando en eso me vinieron unas melancolías muy hondas. Se -me metió en la cabeza el _verme_... - ---¿El _verme_? - ---Le decimos allí así á uno... como un bicho, vamos, un gusano, una -cavilación, para hablar verdad. Toda la santa noche pasaba á devanar la -madeja... «¿Qué haré para que me pierda la tema el señorito? ¿Cómo me -valdré para darle gusto?» Y lo más chocante de todo..., puede creerme, -es tan verdad como que Dios está en el cielo..., que así tan negra como -tenía el alma... no era como en la otra casa, no. De ésta no me querría -ir ni hecha cuartos, más que de ella me echasen. - ---Porque sabías que yo te quería, Sura. - ---No señor, no; no lo sabía: á fe que pensé que aborrecida era. De la -rabia que tomé me daban ganas de morirme. - ---Yo sí que me muero de gusto con oírtelo. Ahí estás muy mal, chica. -Pon la cabecita en mi almohada. Ahí va. Te la saco fuera para que te -alcance. - -Esclavitud apoyó la cabeza en la almohada sin desconfianza ni esquivez, -y los dos permanecieron un instante silenciosos, saboreando el momento. -La endeble luz de la lamparilla señalaba en realce las facciones de -Esclavitud, marcando los claros con pálida blancura, los obscuros con un -matiz uniforme, entre gris y rosa. Parecía un fino grabado, y Rogelio -expresó su admiración así: - ---Suriña, eres preciosa. - -En esto doña Aurora suspiró hondo, y ambos se estremecieron, aunque su -coloquio no pudiese en ningún modo graduarse de ilícito. La enfermera se -puso de pié para enterarse de lo que ocurría. A los dos segundos estaba -de vuelta. - ---Duerme como una santa. - ---Colócate bien otra vez. Quiero preguntarte una cosa. La mano. ¿Por qué -te daba tan fuerte la manía de si me tendrías contento ó descontento? - ---¡Ay! ¡No sé! Desde el primer día dije yo entre mí: si aquí no te -quieren, Esclava, es que estás de sobra en el mundo. Ya viniste á él -contra la voluntad de Nuestro Señor... Ya Dios te miró siempre con malos -ojos... ¿No lo sabe, señorito? - ---Sí que lo sé, Suriña... Pero eso es una atrocidad. ¿Cómo va á mirarte -Dios con malos ojos? - -La muchacha medio se incorporó de un salto, con los suyos muy abiertos, -espantada de ver que ya sabían lo mismo que ella se disponía á confesar. - ---No seas boba--murmuró generosamente Rogelio.--Tú qué culpa tienes, -mujer. Eso me puede suceder á mí, á cualquiera. El nacimiento no lo -escogemos. ¡Simple! - ---¡Si viese cómo me trabaja _eso_ allá dentro!...--articuló con -vehemencia la muchacha, abriendo el corazón como si, próxima á -desmayarse, desabrochase el corpiño para respirar.--Siempre estoy -imaginando: «Esclava, á ti Dios no te puede querer bien. Nunca buena -suerte has de tener, nunca. Ya desde que naciste estás en poder del -enemigo, y buena gana tiene el enemigo de soltar lo que agarra. Por -mucho que te empeñes en ser un ángel, estarás eternamente en pecado -mortal. Ya lo tienes de obligación. Para ti no hay padre, ni madre, ni -nada más que vergüenza cuando te pregunten por ellos. Y así, todo lo que -hagas te tiene que salir del revés, y si te encariñas con una persona, -peor, que Dios te ha de quitar aquel cariño.» - ---Pues conmigo no te pasará nada de eso, Suriña blanca. Yo te quiero -como si fueses hija del rey... Mamá también te quiere mucho; le entraste -desde el primer día, ¿no sabes? - -Esclavitud, al oir este aserto, levantó la cabeza, clavando la vista en -el lecho de la señora. Su mirada y su sonrisa querían decir varias cosas -importantes; pero Rogelio no estaba en disposición de prestarse á -entenderlas. El estado de su ánimo no era á propósito para -razonamientos, sino para dejarse mecer dulcemente por el afecto que -necesitaba como sedación y medicina. Viendo que no le producía -Esclavitud las malas tentaciones de otras veces, pensaba que su cariño -se había depurado, y que aquel juego anómalo era lo más inocente del -mundo. O para decir toda verdad: estaba en una crisis de sentimiento, y -ni pesaba ni medía sus promesas y sus afirmaciones. Era para él uno de -esos minutos de la vida en que se obedece á la naturaleza íntima, al -egoismo secreto, y se cede al gusto de sentirse querido y de hacerse -querer más aún: quien está triste busca el consuelo, y el hambriento la -comida. - ---Mamá te quiere mucho--repitió.--¿Parece que no lo crees? ¡Boba! Pues -si ella misma fué quien me riñó porque te trataba así, un poco -fríamente... al principio. Ella me dijo que estabas disgustada por eso. - -Esclavitud bajó los ojos, sin duda para que delatasen sus pensamientos é -intuiciones adivinatorias del porvenir. - ---Mira--murmuró Rogelio--si vieses qué bien me encuentro así contigo. -Hasta parece que me vuelven á entrar ganas de dormir, y ahora no habrá -malos sueños ni boberías. Se me figura que dormiré lo mismo que un -patriarca; pero hace falta que tú tengas la cachacita de estarte ahí al -pié mío. Si te vas, me despavilo otra vez. - ---No me muevo--respondió con firmeza la muchacha.--Así me quisiesen -arrancar con tenazas, aquí me estoy. - ---Bien, pues... me quedo dormidito. ¡Ay qué bueno! - -Paladeando la primera y dulce cucharada de beleño que nos da el reposo -cuando sigue á un gran sacudimiento moral ó físico, Rogelio preguntó -todavía: - ---¿Suriña? - ---¿Qué? - ---¿Me quieres mucho? - -La respuesta la entreoyó nada más: por eso nunca estuvo bien seguro de -que hubiese sido ésta, tan romántica é impropia de una aldeanita: - ---Hasta la hora de morir. - - - - -XV - - -No obstante la explícita promesa, cuando Rogelio abrió los párpados -después de un sueño tranquilo y bienhechor, vió á Esclavitud á la -cabecera de su madre, sirviéndola una tacita de caldo. La señora, -aliviada de la jaqueca, se quejaba mucho de la contusión en la -espinilla. Poco después vino Sánchez del Abrojo, y le dió la razón -asegurando que, según las trazas, aquella magulladura iba á presentar -una degeneración erisipelatosa, por lo cual, para evitar los -perniciosos efectos del frío sobre los tejidos, convenía la -cama.--«Tampoco estaba yo capaz de levantarme aunque me diesen permiso», -advirtió la señora. «Me encuentro como si me hubiesen manteado y pegado -después una tunda con sacos de arena. No tengo hueso que bien me quiera. -Ahora es cuando noto yo las resultas del batacazo.» - -Rogelio tomó chocolate al pié de la cama de su madre, y manifestaba -pocas ganas de moverse de allí; pero doña Aurora cayó en la cuenta en -seguida. «¡Ay, ay, rapaz! A clase volando. Ya sabes que esos señores, y -en particular Ruiz del Monte, no tragan las faltas de asistencia. -Después llega el tiempo de los exámenes, y tenemos aquello de quién lo -diría.» - -Fué necesario, pues, sacudir la pereza, ir al cuarto, chapuzarse con -agua glacial, embozarse bien y salir á la condenada _fábrica de -chocolate_, como llamaba Rogelio á la Universidad, fundándose en que en -ningún sitio muelen tanto. Al dejar la atmósfera templada de su casa, -despejado por las abluciones matutinas, y sentir el frío de la mañanita -en los ojos y en los labios, notó Rogelio como si se rasgase un velo de -niebla, y los recuerdos del día anterior se definieron y se aclararon -del todo. A tales horas, su novia, la chiquilla del sobrediente, estaría -colgándose del balcón para ver pasar primero á la batería montada y -luego á él. Una oleada de risa estremeció el pecho de Rogelio al -acordarse de tal episodio. «¡Qué pava, como dicen los simones! ¡Vaya un -modo que tuve de echarme novia!» Después acudieron las reminiscencias -nocturnas. «Yo no sé cómo estaba: la caída de mamá me puso turulato. Le -dije á Esclava unas cosas estupendas. Aquello sí que parecía verdadera -declaración amorosa, por todo lo alto. Aquello sí. Y que me puse -conmovido, y que si me descuido, me echo á llorar. No, pues ella también -estaba en punto de caramelo. Pero, bien mirado..., nada de lo que nos -dijimos compromete á ninguno de los dos. Son cosas que las suelta uno... -así... porque hay momentos... Si me pusiesen ahora en el apuro de -explicar cómo se las dije, no podría. Me salían de dentro. Quizá esto -sea _querer_; lo que es lo otro... es pura guasa. Bien; al menos _esto_ -de ahora, caso que mamá lo averiguase, no le daría tanto disgusto como -_aquello_ que se me ocurría al principio. En lo de anoche no veo ningún -mal». Y al cruzar un saludo á la puerta de la Universidad con el -soñoliento bedel, sus pensamientos mudaron de dirección, y se le -ocurrió: «Me luzco si hoy me preguntan la conferencia.» - -Por la tarde se llenó la casa de amigos, que habían sabido el percance y -venían «á ofrecerse». Hubo hasta dos ó tres señoras, á las cuales se -permitió entrar en la alcoba y dar conversación á la paciente, porque en -la cabeza no tenía nada ya, y en consecuencia no la molestaba el ruido. -Ni faltaron los tertulianos de costumbre, que se quedaron en el -gabinete, haciendo compañía al _hijo de la víctima_, como se llamaba á -sí mismo Rogelio bromeando. Se habló de las consecuencias que pudo -tener el golpe: se dedicó media hora larga á inquirir lo que sucedería -si la señora, en vez de poner el tacón así, lo pone asado. Sólo Laín -Calvo, representante, al par que de la malignidad, del buen sentido en -aquella reunión senil, hacíase más que nunca el sordo, limitándose á -atizar la lumbre y á mirar las láminas y caricaturas de los periódicos -ilustrados. Dos ó tres veces sacó su trompetilla del bolsillo, é hizo -ademán de limpiarla é introducirla en el conducto; y otras tantas la -volvió á guardar, sin más consecuencias. Pero la prueba evidente de que -oía á las mil maravillas, fué que á pretexto de enseñarle no sé qué -dibujos de _La Ilustración Ibérica_, se inclinó hacia el estudiante y le -dijo con una mueca más de granuja que de sesentón: - ---Niñín, no sé cuándo acaban estos estafermos de darte la lata. Cuidado -que están hoy más memos que de costumbre. ¿A qué vendrá andar -discurriendo lo que pudo suceder si pasase lo que no pasó? Ahora cuadra -bien aquello de «Si como le dió en el pié le da en la pata... la mata.» - -Después se suscitó otra conversación, siempre relacionada con el magno -suceso de la caída: y fué discutir si haría falta que alguna amiga se -quedase á asistir á la enferma, porque para Rogelio no servían ciertos -trajines; al fin no tenía experiencia, y era hombre. Pero aquí saltó Don -Gaspar Febrero, llegando hasta robustecer sus aseveraciones con -golpecitos del regatón de la muleta sobre el guardafuego de la -chimenea. - ---¡Pues si tiene la mejor enfermera que se habrá visto! ¡Señores! ¡Que -no estará la amiguita doña Aurora bien cuidada con la simpática -Esclavitud! De fijo que parecerá una Hermana de la Caridad. No se -compadezcan de Aurora: compadézcanse de los pobres que no tendremos una -Esclavitud á la cabecera si nos llega la de cerrar el ojo... - -La tertulia en masa protestó, excepto Laín Calvo, el cual parecía muy -entretenido en ajustarse la trompetilla. - ---V., don Gaspar... ¡Pues si V. nos enterrará á todos! ¡Digo: apenas si -está fuerte el hombre! Igual que un muchacho. - -Meneó la cabeza Don Gaspar, pero con aire tan sereno y olímpico, con -tanta vida en las correctas facciones, que más parecía un semidiós de la -Grecia afirmando su inmortalidad, que un viejo de nuestra angustiada -época anunciando la caducidad de la vida. - ---La verdad es--intervino Laín Calvo--que todos estamos hechos unos -pellejos podres, y que ya, si nos tocan, nos reducimos á polvillo como -las momias del Perú. ¿No decía eso, Don Gaspar? - ---Decía--le gritó Rojas--que para cuidar de sus males quiere á -Esclavitud, la doncella de doña Aurora. - ---¡Aire!--exclamó el sordo.--No, pues con los cuidados de una rapacina -así, pronto se va un viejo á la sepultura, aunque esté hecho un roble, -caray. A no ser que sea como el rey David...--Y añadió encarándose con -Rogelio.--¿Qué dice á esto el rapacín de la casa? ¿Quiere cederles la -niña guapa á los vejetes? ¿No protesta? - -Ya por el modo como lo dijo, ó ya porque la conciencia de Rogelio tenía -alguna razón para sobresaltarse, ó porque su inexperiencia y poca edad -no le permitían aún el aplomo que se requiere en tales casos, Rogelio se -puso como la grana (lo cual se notaba más en él por su morena palidez -habitual), y contestó tartamudeando: - ---No, yo... Yo... al señor de Febrero...--Y para su coleto -decía:--«¡Sordo del diablo! Oyes tú más... Hasta oyes crecer la hierba.» - -Los preparativos para la noche no se diferenciaron de los de la -precedente, sin otra variación sino que, á fin de no viciar el aire, la -cama de Rogelio se colocó en el gabinete, pero comunicada con la alcoba -por medio de la puerta abierta. La enferma tardaba en coger el sueño, -quejándose de dolores, de inflamación en la pierna dichosa, y de un -molimiento inexplicable: Rogelio, al apoyarle la mano sobre la frente, -notó algún calorcillo, observación que tuvo desvelado al estudiante, sin -que dejase de alterarle también la idea de si Esclavitud iría ó no á -darle un rato de palique, lo cual temía y deseaba. En esta zozobra se -adormeció por fin; y medio entre sueños, hacia eso del amanecer, vió -acercarse á la muchacha, que se inclinó y le dijo rápidamente: «No -puedo apartarme de allí. Pide mucho de beber. Se queja que le duele -aquí y que le duele acullá: es el mismo retumbo del golpe.» Y Rogelio, -desalentado, murmuró: «Bien, Suriña.» Pero con aquellas malas nuevas ya -no pudo volver á prender en un sueño seguido. ¿Habría peligro? ¿Sería -principio de una fiebre? El médico, que vino temprano, le quitó la -aprensión. «Todo esto es la repercusión de la caída. La calentura, -insignificante. La inflamación la vamos á combatir... Deme V. papel. -Esta tarde ya se notará la mejoría.» Por la tarde, en vez de la mejoría -anunciada, se advirtió algún recargo, pero al anochecer se indicó el -alivio, y á las diez la señora cenó con mucho apetito un ala de gallina. -«¡Ay... alabado sea Dios!--decía.--Parece que se me han sosegado mis -huesos. Sentía allá dentro una opresión... Rapaz, me parece que ya -tenemos mujer.» A este alegre vaticinio siguió una calma profunda, y á -cosa de la media noche doña Aurora gozaba de un descanso de -convaleciente, tan profundo y apacible, que casi no se le notaba la -respiración. - ---Hoy sí que viene volando--pensó Rogelio, decidido á no adormecerse y -sintiendo, á pesar de sus sofismas para no dar á _aquello_ importancia -ninguna, un rebullicio en el sistema nervioso, y en el corazón un -desordenado latir. - - - - -XVI - - -Vino en puntillas, mostrando viveza y júbilo que contrastaban con su -acostumbrada reserva, y se acurrucó en el piso como gata favorita al pié -de la cama de su dueño. Este, sin embargo, no le dedicó sus primeras -palabras, sino que instintivamente las consagró al verdadero amor de su -vida, á la mujer que le había llevado en su seno y que reposaba allí á -dos pasos. - ---¡Pero ves qué gusto, Esclava! Mamá se ha puesto casi bien del todo. -Parece mentira. Me ha dado un susto de órdago. Esta mañana, cuando me -dijiste que estaba así... no pude dormir ya más. - -Esclavitud, antes de contestar, miró al estudiante de un modo raro por -lo penetrante y profundo. - ---Bien que le recé á mi patrona la Virgen de la Esclavitud para que la -señora se aliviase. Le ofrecí también una misa. Ya ve cómo la Virgen me -ha hecho caso, señorito. - ---¡Ya se ve! Tú debes de tener vara alta en el cielo. - ---Sí, señor...--murmuró la muchacha.--La tengo. Para conseguir todo lo -que es contra mí. - ---¡Contra ti!--articuló Rogelio asombrado y un tanto receloso.--¿Y es -contra ti el que mi madre sane? - ---Como sanar...--balbuceó Esclavitud--como sanar... no, señor, y quiera -Dios llevarme á mí antes que á ella. Pero en acabándose el mal, se acaba -la vela, y en acabándose la vela... se acaban estos ratos. - -La explicación halagó la vanidad de Rogelio, afirmándole una vez más que -era querido, y no á la manera de los niños, sino del modo que quiere al -hombre la mujer, punto en que consistía toda la gracia de tan singular -comercio, que no se atrevía á llamar, ni aun en sus adentros, amoroso. -Aquellas palabras, dulces por el mismo acento hosco y dolorido con que -la muchacha las pronunció, impulsaron á Rogelio á alargar el brazo, y -cogiendo la bonita cabeza de su amiga, la arrimó á su pecho y la -estrechó con ternura. Esclavitud respiraba tan anhelosamente, que -Rogelio la dijo en tono afectuoso: - ---Ya te suelto... No quiero hacerte daño, ni sofocarte. - ---Daño, no--murmuró la muchacha.--Daño, no. - -Rogelio no volvió á estrecharla. Ninguna violencia tenía que imponerse -para respetar á Esclavitud, allí, al borde de la cama de su madre, y en -aquellas efusiones de carácter más fraternal que apasionado, cuyo -verdadero sentido y objeto ni él mismo acertaba á definir. Sólo se -deslizó á pasar la mano repetidas veces por el pelo rubio, revuelto y -abundante. A la vista parecía más sedoso el pelo de Esclavitud; pero de -todos modos, era muy agradable acariciar la madeja ondeada y tibia. - ---¿No quieres dormir un poquito?--le propuso.--Llevas dos noches en -vela y debes de estar molida. Si mamá rebulle te despierto. Yo al fin he -de estar despabilado... - -Negóse Esclavitud. ¡Velar tres noches! Gran cosa. Cuarenta días sin -desnudarse había pasado á la cabecera del cura, en su última enfermedad, -sin tomar otro descanso sino recostarse á ratos, en una silla vieja, á -descabezar una siesta de cinco minutos... ¡Velar tres noches! Velaría -ella un trimestre. - ---Pues si no has de dormir, entretenme. Cuéntame algo. - ---¡Ay, señorito... pues buena persona ha ido á buscar para contarle!... -Quien no sabe nada... - ---¡No has de saber, boba!... Háblame de allá, de la tierra nuestra. -Tengo unas ganas atroces de que me cuenten de allí. Cuando salí era un -tapón. Casi no me acuerdo. - -Al oir nombrar la tierra, los ojos verdes de Esclava fulguraron en la -obscuridad, como los de los gatos. - ---¿No se acuerda nada, señorito? - ---Te diré... Apurando la memoria, me parece que veo, así..., muchos -campos verdes, y el mar muy alborotado y muy verde también... Ello es -que si me acuerdo, es de un modo confuso. ¿Sabes lo que tengo más -presente? Un marinero que me cogía en brazos para bañarme; á ese parece -que le estoy viendo ahora mismo, más negro que la brea, y apestando á -sardina. - ---¿Y por qué no va allá á ver otra vez todo aquello? - ---Este año, ó poco he de poder, ó he de convencer á mamá de que vaya. -Pasaremos por Marineda y Compostela. Veremos la provincia de Pontevedra -y la de Orense. Nos atracaremos de ostras y de langosta fresca. ¡Allí sí -que sabrá á gloria! Te llevaremos. Ya verás. - ---¿A mí?--articuló la muchacha meneando la cabeza.--A mí, ya verá como -no. - ---¿Por qué, tonta? - ---Cuando se me pone una cosa en el corazón, acierto siempre; y se me ha -puesto que ver no veo más la tierra. - ---¡Anda, pájaro de mal agüero! Déjame salir del aprieto de los -exámenes... y después... ¿Conque la tierra es muy bonita? Cuenta, -cuenta. ¿Cómo es? Aseguran que es la más linda de todas las de España. - ---Y de las del mundo todo, ya se lo dije--contestó con gran persuasión -Esclavitud.--Si viese las rías de Pontevedra... quedaba lelo. ¡Si viese -echar el cedazo de la sardina! - ---Será precioso. Ya me estás abriendo el apetito. ¿Y las romerías, con -su tamboril y su gaita? - ---Vale más una fiesta de aquellas--aseguró muy formal la chica--que -todas las diversiones de Madrid. Yo allá era bien alegre, y todos los -domingos bailaba: aquí parece que se me ha caído la paletilla. - ---¿Y qué es eso de la paletilla? Sepamos. - ---Un hueso que tenemos en semejante parte--respondió señalando al -pecho--que cuando se cae es como si le cayese á uno el alma: se va uno -quedando mustio, mustio... vamos, así, muy triste, y amarillo, y sin -voluntad de comer, hasta que después de algún tiempo, si no se la -levantan á uno, se muere. - ---¿Tú crees en eso, chica? - ---Si es la verdad. Algunas personas dicen que todo lo de la paletilla es -una brujería; pero yo he visto ya dos ó tres que se fueron al otro -mundo, por no querer que se la levantasen. - ---Pues Suriña, á veces parece que también se me ha caído á mí la -paletilla dichosa, porque paso esplines y se me quitan las ganas de -probar bocado. Tengo metido en la cabeza que así que vaya á la terriña -me pondré magnífico, hecho un animal de gordo..., así.--Al decirlo -inflaba los carrillos, para demostrar cómo pensaba ponerse.--Aquí -siempre seré un fideo. Esta vida no es para echar buen pelo, no. Cuenta, -anda, cuéntame de allá. - -Esclavitud obedeció y empezó á contar sin orden ni genio descriptivo -alguno, pormenores que, mejor que á la tierra, se referían á su -biografía propia. «Siendo yo chiquilla, ocurrió esto y aquello... Una -tarde que salí yo en Marín á la pesca de las xardas... Cuando yo -aprendía á hacer encajes con los palillos... Un día que cocíamos la -hornada en nuestro horno...» Esta misma personalidad de la narración le -prestaba singular encanto para Rogelio. Al hablar la muchacha, parecióle -que sus desvanecidos recuerdos infantiles tomaban cuerpo, se destacaban, -y se le aparecían claros y distintos. El cuarto se llenaba de olores de -campo, á menta, á anís, á hierba recién segada. La ilusión fué tan -fuerte que arrimó á sí la cabeza de Esclava y la olió.--«Hueles no sé á -qué... así como á flores, á aldea». Mientras la chica hablaba, se le -ponía á él entre ceja y ceja, más fuerte que nunca, el capricho de ir -_allá_. «Si no voy allá, no soy nunca hombre. Es lo primerito que he de -pedirle á mamá cuando se levante. Es una rareza no haber ido ya á -veranear allí, en vez de aquel San Sebastián, tan apestoso y con tanto -gentío. En sentando los piés en la terriña, doblo y me pongo lo mismo -que un becerro bravo.» - ---¡Ay señorito!--murmuraba la voz de Esclavitud--¡qué fea y qué seca me -pareció toda esa tierra que se pasa para venir aquí! ¡Jesús, María! Ni -un triste árbol, ni un regato, ni una mata verde... ¿Cómo viven los -labradores ahí? - ---Mejor que allá, infeliz. Esta es la tierra que da el pan y el vino, -mujer. - ---¡Mi madre querida! En esa secura parece increíble que contenta esté la -gente. Luego ¡faltarles la vista del mar! Cuando uno ve el mar, -mismamente parece que ve la grandeza de Dios. ¿No es cierto que sólo -Dios podía hacer aquella cosa tan grandísima? ¡Y lo que sale de él! -¡Aquellas conchitas tan monas; tantísimas clases de pescados; la -sardina, que es el mantenimiento de los pobres! - ---Hablas como un libro, Esclavita. No me extraña que diga tu apasionado -Nuño Rasura... - ---¿Quién? - ---El señor de Febrero, mujer... - ---¿El ancianito de la muleta? - ---Ese... Pues dice que tú eres un tesoro. Has de saber que está muerto -por ti. - ---¡Bah!... No haga burla. - ---De veras. Como que quiere llevarte consigo á su casa. Se cree que -acabará por ofrecerte su blanca mano y su pata coja. Ha concebido por ti -una insensata pasión, que le arrastrará al sepulcro en la flor de sus -años, en la risueña edad de las ilusiones, á los ochenta y seis abriles -no cumplidos. - ---Bueno, bueno... Malpocado de señor, ni con sus piernas puede. - ---Calla, ingrata mujer, ó mejor dicho, hipócrita. Nada conseguirás con -disimular la profunda impresión que han hecho en ti sus rizados -cabellos... - ---Sí, de difunto--observó humorísticamente la muchacha. - ---Las perlas de su dentadura, y la esbeltez de su talle. Pero no te -compongas, infiel, que yo no te permitiré seguir á ese Tenorio. No harás -traición á tus deberes, ó morirás á mis manos. Te arrancaré el corazón -si me vendes. - -Le deshizo cariñosamente las conchas del pelo, y murmuró bajito: - ---Suriña no se va con el viejo. Suriña es para mí. ¿Quién se la quería -llevar? Que se limpien, que se limpien. Suriña es mía. - - - - -XVII - - -Doña Aurora se encontró tan aliviada el día siguiente, que ya pudo -levantarse un par de horas, y á la noche insistió y porfió en que su -hijo no se quedase en el cuarto. «No me conviene», advirtió. «Te -acuestas ni desnudo ni vestido; tardas en dormir; te entra el -aburrimiento; te pones de palique con Esclavitud, que bien os oí anoche -entre sueños, y luego amaneces desemblantado y desganado». Cuando la -señora hablaba así, andaba la muchacha por el cuarto arreglando no sé -qué cosas, y se volvió de espaldas precipitadamente, sin duda para -recoger mejor la abrazadera caída de una cortina, operación en que se -entretuvo bastante tiempo. En cuanto al estudiante, clavó en su madre -los ojos, sobrecogido; pero aquella querida fisonomía, tan poco avezada -á disimular sus impresiones y tan conocida para él en sus menores -repliegues, no expresaba nada más que lo que en voz alta habían -proferido los labios, y el estudiante, respirando mejor, accedió á -retirarse á su cuarto aquella noche. No dejaba su madre de llevar razón -asegurando que le faltaba sueño. En la edad del pleno desarrollo, no -robustecido aún después de una niñez si no precisamente enfermiza, al -menos delicada, su fina organización se resentía de cualquier cosa, y -las tres noches de media vela le traían ya algo lacio. Sin embargo, al -recogerse á su alcobita, experimentó una impresión de pena y de soledad. -Acostumbrado á una atmósfera de ternura y de mimos, á andar envuelto en -algodón en rama, era codicioso de cariño, y bastáranle dos días para -contraer el hábito de aquellos tiernos y extraños coloquios, á deshora, -con una mujer que le ofrecía tal cantidad de afecto y de adhesión, que -ni su propia madre, al parecer, derramaba más profusamente el amor sobre -su cabeza. Si Rogelio pudiese analizar al microscopio sus sentimientos, -vería que buena parte del encanto de Esclavitud consistía en que allí él -era quien mandaba, y que la mujer de veinticinco años que al pronto le -tuvo por un chiquilicuatro, un _rapaz_, ahora estaba á sus órdenes, -sumisa, como _esclava_ verdadera. Con la madre, por más amante y tierna -que fuese, Rogelio siempre se reconocía súbdito: la costumbre de -respetar y obedecer se le imponía, manteniéndole en perpetua infancia. -Con la doncella, podía en cambio satisfacer su pueril vanidad y á la vez -su oculto y mal definido anhelo de vestir la toga viril, atributo de la -dignidad humana. - -Por eso le causó gran disgusto la interrupción de veladas tan sabrosas. -A punto estuvo de escurrirse de puntillas á eso de la una, y sorprender -á _Suriña_, para alegrarle aquella cara que se le había puesto de una -legua. Pero ¿y si los cogía su madre? Creería todas las cosas malas; -tendría una desazón horrible; recaería; acaso despacharía á -Esclavitud... El instinto de cautela, que en los movimientos pasionales -se despierta como contrapeso á la fiebre de las determinaciones -radicales y de los insensatos extremos, le aconsejó cierto tino; y al -otro día, como viese á Esclavitud descolorida y con las facciones -afiladas, la acorraló en un rincón del pasillo, y la dijo entre bromas y -veras: «Suriña, no me pongas esa cara de viernes. Esta noche me acordé -mucho de ti, y de nuestra charla. Se me pasaban ganas de ir, pero no me -atreví. Cuidadito, por causa de la pobre mamá. Anda, Esclava, sonríe á -tu señor.» - -Bastó esta pequeña satisfacción para que la muchacha apareciese con -mejor semblante, y aun se manifestase en apariencia contenta y segura. -Rogelio había hecho su composición de lugar, mitad por instinto de -prudencia, mitad por filial respeto: «Ahora, que sane mamá del todo: que -se reponga: á eso estamos. Mientras no se consiga verla fuerte y buena, -que Esclavitud la cuide, y se acabó. Pero mamá se encuentra muy -aliviada, y va á entrar en convalecencia: dentro de ocho ó diez días no -quedará rastro del percance. Entonces tenemos tiempo de echar todos los -paliques que se nos antoje. Porque mamá sale á la calle, ó se entretiene -con su tertulia, y... perfectamente. Se lo he de decir á Sura para que -se ponga más alegre todavía.» - -Atisbó la ocasión propicia de comunicarle este agradable proyecto. -Sujeta incesantemente en el cuarto de la enferma, Esclavitud aquellos -días no pisaba el del estudiante: era preciso tomar por centro de -operaciones el pasillo, y Rogelio se propuso esperar á la chica en él -por la tarde, pues la mañana se le iba entre almuerzo y cátedras. Hacia -eso de las cuatro, el entrar y salir de los amigos en la tertulia -introducía en la casa cierta animación y desorden favorables al intento -de Rogelio. Y la tertulia aquellas tardes se encontraba muy concurrida, -porque el género de enfermedad de la señora, no incompatible con la -charla y la bulla, imponía á sus amigos el deber de acompañarla. No sólo -venían los «señores» sino también el personal femenino, compuesto casi -todo de modestas amas de casa, que por carecer de la desahogada fortuna -de doña Aurora, sólo de tarde en tarde podían permitirse el lujo de -hacer visitas, no sin meditarlo antes á fin de darse á luz con la -decencia conveniente en la familia de un magistrado. Aquella tarde -vinieron dos señoras que acostumbraban dejarse ver muy poco: la del -presidente de Sala D. Prudencio Rojas, y la del ex-Fiscal D. Nicanor -Candás, por mal nombre Laín Calvo. Si un pintor quisiese simbolizar la -Dignidad envuelta en los cendales de la Modestia, bastábale copiar -fielmente el porte y rasgos de la señora de Rojas. Para quien no tuviese -el alma dañada y torcida, ó embotada la sensibilidad, había algo en -aquella mujer sencilla, socialmente insignificante, que obligaba con -categórico mandato á inclinarse y descubrirse. En su abriguito de -terciopelo negro ya raído, escrupulosamente limpio, trabajosamente -puesto al aire de la moda después de ocho ó diez arreglos quizá; en su -capota cuyos encajes descubrían el brillo de la plancha casera; en sus -guantes nuevos, comprados para la circunstancia, de dos botones no más, -de color sufrido y obscuro; en sus aretes antiguos,--una roseta de -minúsculos diamantes;--en sus blancos cabellos, alisados y pegados á las -sienes con el supremo decoro de una reina viuda que ha renunciado á -agradar, se revelaba más valor, más sufrimiento, más secreto heroismo -que en los harapos de ningún pordiosero, ni en el uniforme de ningún -inválido, ni en el sayal de ninguna monja. El viviente comentario y tal -vez la mejor clave de la rígida integridad del marido, era la aureola de -paciencia doméstica y de serena aceptación del sacrificio cotidiano que -resplandecía en la esposa. Lo que tenía Rojas de duro y leñoso en su -modo de entender y rendir estrictamente la justicia, lo suavizaba la -dulzura de su mujer, á quien Roma hubiese conferido el cargo de -sacerdotisa de la piedad doméstica. Aquella matrona no había preguntado -jamás, ni aun á sí misma, la razón de que su vida conyugal fuese un -continuado acto de abnegación que duraba ya treinta y tantos años: sabía -que en su casa se adoraba el inflexible simulacro del Deber poniendo en -el mismo altar la estatua sobredorada de la Decencia, y sin una protesta -se había consagrado al culto de ambos númenes. - -No cabía mayor contraste que el de la señora de Rojas y la de Candás. -Como en la magistratura se tienen muy en cuenta los antecedentes de -familia, no es posible dudar que una esposa tan cursi, que según malas -lenguas había sido posadera en Gijón, influía bastante en ciertas -sombras que un tiempo empañaron el buen nombre del Fiscal, y era motivo -para que sus compañeros, molestados por tener que seguir trato con ella, -mirasen á su esposo con una prevención que crecía al fijarse en la -incorregible mordacidad, burlón escepticismo y sordera intermitente del -asturiano. La señora de Candás, gordinflona, con una lupia al margen del -ojo izquierdo, muy empavesada, luciendo siempre vestidos llenos de -faralaes y capotas que parecían garitas ó peroles, hablando medio en -bable, llamando á su marido _este_, y contando delante de cualquiera -indisposiciones propias para sepultadas en el silencio más profundo, era -el tipo perfecto de la ordinariez incurable, enquistada, que resiste al -buen ejemplo, al aire de la corte, al cáustico de la burla y al roce de -la corriente del tiempo, que desgasta y pule, como la del mar, las -piedras más toscas. Si Don Nicanor probó alguna vez á civilizar á su -costilla, seguramente había renunciado á ello muchos años hace; y -además, los compañeros aseguraban que para desasnar á Pachita tenía que -empezar Don Nicanor por darse una mano de barniz á sí propio, y suprimir -las crudezas de su conversación, el desentono de sus modales y el mal -gusto de sus opiniones,--porque hasta las opiniones eran de mal gusto -en el Fiscal, ó al menos lo parecían por la forma de expresarlas. - -Lo evidente es que, encontrárase ó no al nivel de su Pachita,--y acaso -sólo le llevaba de ventaja la agudeza del ingenio y la superioridad de -la instrucción masculina,--Don Nicanor se mostraba á veces como -avergonzado de su mitad. Quien se apostase aquel día en casa de doña -Aurora y viese entrar primero al señor de Rojas y luego al señor de -Candás en compañía de sus respectivas mujeres, podría, sólo con aquella -observación, deducir la vida psíquica de ambas parejas y ambos hogares. -Rojas había ofrecido á su mujer el brazo por la escalera, adelantándose -á tirar de la campanilla; y, al cruzar la puerta, se hizo atrás -cortésmente, no sin llegar después á tiempo de alzar el portier del -comedor (donde ya había vuelto á instalarse la tertulia). En el modo de -colocarse á su lado, en el de asociarse á sus protestas de interés por -la salud de la madre de Rogelio, rebosaba la misma consideración, el -mismo delicado sentimiento de reverencia familiar, si así puede decirse; -y el magistrado, respetando á su compañera, mostraba respetarse á sí -mismo. El señor de Candás, al contrario, entró con el sanfasón de todos -los días, y por poco suelta á su mujer en el mismo rincón en que había -colocado el paraguas. Parecía como si Pachita y su esposo se hubiesen -encontrado por casualidad en la escalera, sin conocerse, ni haber sido -presentados. Pero hubo más. Mientras el señor de Rojas, conversando en -igual tono deferente con su mujer que con doña Aurora, no se movió del -asiento hasta que la señora de Rojas hizo la clásica indicación, «cuando -quieras, Prudencio, nos iremos hacia casa», el señor de Candás, de -repente y cortando una arenga de Pacha sobre lo rancio y caro que era en -Madrid el _tocín_, dijo con el peor estilo del mundo: - ---Ea, Pacha, cállate y larguémonos, que es hora. - -Salía el señor de Candás, sin duda para enseñar el camino á su mujer, -que aún quedaba empantanada en los cumplimientos de despedida, á tiempo -de espantar un grupo de dos personas que hacia el fondo del recibimiento -se secreteaban con calor. Nadie ganaba al socarrón del astur en el arte -de hacerse el sueco; pero ver... ¡carapuche si vió! Tanto, que al salir -de la casa aún retozaba una risilla en las arrugas de su volteriana faz. - -Lo que Rogelio le decía con tanto entusiasmo á la muchacha era esto: - ---Suriña, la gran noticia. Este verano iremos allá... todos. Ya mamá me -lo tiene ofrecido. - - - - -XVIII - - -Encontrábase la señora de Pardiñas completamente dada de alta y se -discutía la oportunidad de una salida á pié, cuando cierta mañana, á la -hora en que Rogelio tenía su clase de economía política, que para tales -visitas era deshora, llegó Don Nicanor muy bien humorado y cordialísimo. -Se hizo el sorprendido de no encontrar allí á ninguno de los -acostumbrados tertulianos; á lo cual doña Aurora, que se consagraba á la -fabricación de unas medias de abrigo, respondió muy cuerdamente que -faltaban dos horas lo menos para la de la tertulia, y por consiguiente -no tenía nada de extraño que la gente no hubiese llegado. Pero Laín -Calvo no debió de oir esta observación, porque conservaba en el bolsillo -la trompetilla, limitándose á formar con la mano un embudo acústico. - ---¿Diga, Aurora, no ha notado una cosa?--preguntó después de -repantigarse en la butaca, sobre cuyo ancho respaldo estaba ya señalada -la forma de sus lomos. - -Doña Aurora levantó las pupilas como el que dice:--«No; es decir, ¿yo -qué sé? Haga V. él favor de explicarse». - ---¿No se ha fijado el otro día... cuando vinimos de visita Pacha y yo... - ---Sí, sí; ya... el viernes. - ---¿La mujer de Rojas, qué abatida estaba? - ---¡La pobre! No es muy animada nunca; pero tampoco se la ve displicente. -¡Mujer de más mérito! Vale un Perú. - ---No, ella bien se esforzaba en hacer de tripas corazón: ¡pero se le -conocía! Sobre todo, los que estábamos en autos. - ---¿Pues qué ha pasado? ¿Tienen algún disgusto serio?--preguntó ya -consternada la señora de Pardiñas, que estimaba y quería muy de verdad á -la de Rojas. - ---El Joaquín... el hijo, el juez... me le han vuelto á trasladar desde -un extremo á otro de España, á los dos meses de la primera traslación, y -estando su señora para dar á luz. Así se convencerán de que aquí no se -puede hacer el quijote, ¡carapuche! ¡Mire que un rapaz que empieza la -carrera, y para estreno se le ocurre tenérselas tiesas con un alto -cacique de las agallas de Colmenar, á quien le guarda las espaldas el -ministro del ramo! Ya verá, ya verá que no se pueden gastar bromitas con -esos nenes. Y ya comprenderá lo que importan aquí legalidades. ¿Que no -se puede trasladar á los jueces más que á instancia suya? Pues se pone -en la Real orden: «A instancia suya», y tan guapamente. Ya hubo alguno á -quien le encajaron la cesantía «á instancia suya». Y cuando protestó le -salieron con «¿V. desacata al ministro?» - ---Pero señor Don Nicanor, eso honra mucho á la familia de Rojas, y al -muchacho, que por lo visto es de la escuela de su padre. Gente íntegra -así, se ve ya muy poca. Yo nada entiendo; pero recuerdo que aquí se -hizo conversación del asunto, y se dijo que querían que Joaquín Rojas se -prestase á una picardía tremenda, á un despojo que importaba... - ---¡Mire V.--añadió Laín Calvo prosiguiendo en su sordera--que ir un -mequetrefe como él á cuadrarse delante del Ministro! Los Rojas tienen -vena. _Talis pater_... Farol el padre, farol el hijo... Es decir, el -hijo todavía más farol, aunque parezca mentira. Porque el padre al menos -no se mete en camisa de once varas: al texto de la ley y se acabó. ¿Que -el Código dice blanco? Pues blanco. ¿Que dice negro? Negro. Rojas es una -máquina de aplicar la ley. Si la ley hoy trajese azotes, y cortar las -orejas, andaría Rojas desorejando y vapuleando á la gente. ¡Pero el -chiquillo!... Porque se ha leído unas chapucerías alemanas é italianas, -traducidas en gringo, se las echa de sabiondo y de fi-ló-so-fo. -¡Fi-ló-so-fo un xuez! ¡Home, qué farolería! - ---Pues á mí,--arguyó doña Aurora sin alzar la voz, porque sabía á qué -atenerse respecto á la sordera del Fiscal,--me parece que en todas las -profesiones puede un hombre portarse con dignidad y con decencia. Les -tengo á los Rojas, por eso, una simpatía grandísima. - ---Y claro,--siguió Laín,--ahora lo de cuartos anda mal. En aquella casa -ni se enciende estufa, ni se come principio, ni se hace café. No le -llega el sueldo para traslaciones; se ha casado con una chica que no -tiene un ochavo, y así que la cosa apremie, ya bajará el gallo el -señorito. La necesidad enseña más que las Universidades. Ya le domarán. -Como un guante estará dentro de un año. - -Persuadida de que no conseguía nada con protestar, doña Aurora -continuaba menguando el talón de su media, limitándose á hacer gestos -negativos, porque su genio vivaracho no le consentía asentir á las -atrocidades del maligno sordo. - ---Todos allá cuando rapaces empezamos por echárnoslas de plancheta... ¡y -luego amainamos, vaya si amainamos! O si no, es querer pasar una vida -miserable. Ya verá V. como el ramalazo que ha cogido á Joaquín le -alcanzará también á su padre. Se la están armando con queso. No pasa el -año sin que le jueguen alguna de puño: gorda. ¿No pueden trasladarle? le -jubilarán. Yo no soy antiguallero como Don Gaspar y los otros; pero -tengo que reconocer que en mis tiempos la magistratura dependía menos -que ahora de la política. Las cosas vienen así, y hay que tomarlas como -vienen. Estos señores están siempre en Belén, carapuche. ¡Memos en -polvo! A bien que la camada nueva la entiende mejor. Aquí soy yo el -único de la tertulia que vive en el mundo. Si no fuese la arrenegada -sordera... - ---A mí no me venga V. con sorderas,--protestó la señora.--Dios me libre -de sordos así. Oye V. más que quiere. A mí déjeme V. de cuentos ¿eh? No -nací en el año de los tontos. - ---Y el que está más chiflado de todos,--advirtió Laín haciéndose el -desentendido,--es el bueno de Don Gaspar. Ese ya, guillati por -completo. Ha vuelto á la infancia. Tendremos que ponerle ama de cría, ó -al menos niñera. Eso quiere y por eso suspira; y anda buscando robarle á -V. la que V. escogió para su chico. Hablo formal; tan cierto como me -llamo Nicanor, que le tenemos vuelto tarumba por su doncella de V., por -la Esclava ó como se llame. Ningún rapaz de veinte se enamoraría tan -fuerte de ella; estoy seguro de que á Rogelín no le entró así, home. - -Al nombre de Rogelio, y sobre todo al percibir el tono en que lo -pronunciaba Candás, la madre se estremeció, dejando caer en el regazo la -calceta. - ---Lo de Rogelín,--continuó con la misma bonachonería el sordo,--es tan -natural en un rapaz, que sería para hacerse cruces si no sucediese. -Claro: una mujer agraciada de veinticinco, y mimosina; un rapaz de -veinte... ¿qué había de pasar, señores? Que hoy te miro, que mañana te -toco... que el cariñín en el pasillo, que el retozo en la antesala... -Rapazadas que se caen de suyo. - -La señora saltaba en el asiento lo mismo que un muñeco de resorte. - ---¿V. sabe lo que está diciendo?--exclamaba.--¿Le parece á V. bien -lanzar esas cosas tan serias _porque sí_, sin prueba ni fundamento -ninguno? ¿No hay más que echar la lengua á paseo y caiga el que caiga? -Rogelio... ¡infeliz criatura! ¡que no es capaz de semejantes trastadas -en casa de su madre!... - ---Bueno, si yo comprendo que V. le dé poca importancia y lo meta á risa, -porque son demoniuras que la edad las trae consigo...; y por eso, cuando -el otro día los pillé en la antesala muy entretenidos, hechos un -caramelo, díjeles para mi saco: «Eso, niñines, á divertirse, que es ley -de Dios.» Pero si pienso en el otro estafermo, con sus ochenta del pico, -todo derretido en babas...: home, le bajaría los calzones y le daría una -mano de azotes en el tafanario, por archimemo. - -¡A doña Aurora sí que se le pasaban ganas vivísimas de ejecutar la misma -operación con el empecatado sordo! ¡Contar aquellas enormidades, y -contarlas de aquel modo traidor, que ni daba lugar á rectificaciones, -porque con la farsa de la sordera podía decir cuanto se le antojase, sin -atender á las razones en contra, ni aun á los mentís! Era para -envenenarse la sangre de rabia... Era una burla supina, descarada, -insufrible. ¿Y ella había de aguantarla? Eso sí que no. La bilis de la -señora de Pardiñas se alborotaba: la sangre le hervía en las venas. -«Sordo infame, sordo de mentirijillas, revoltoso y chismoso de verdad, -raposa malvada y astuta, ahora te lo diré de misas.» Levantóse del -sillón, y acercándose rápidamente á Laín Calvo, le metió la mano, con la -destreza de un tomador de oficio, en el bolsillo del gabán, sacando el -estuche que contenía la trompetilla. Y antes que el sorprendido Fiscal -pudiese evitar el ataque, doña Aurora había sacado el cañuto de plata -encajándolo en el conducto auditivo del asturiano, acercado la boca y -gritado con toda su fuerza: - ---Para mí póngase V. siempre la trompetilla, ó si no determínese á oir -lo que le contesto. Eso de Rogelio y Esclava lo inventa V. con su -maliciota condenada, ¿oye? Mi niño no seduce á las criadas de la casa de -su madre, ¿oye? La gente no anda tan suelta ni tan descarada como V. la -pinta, ¿oye, oye? Y las personas decentes se diferencian ¿oye? de los -pillos. Y yo no soy tan borrica ¿oye bien? que si semejantes cosazas me -pasasen por delante de las narices las fuese á consentir. Y á mí me -gusta poco la gente maligna ¿oye? porque siempre echo la cuenta ¿oye? -«Piensa el ladrón que todos lo son.» - -Acabada la filípica, la señora se dejó caer toda sofocada y nerviosa en -el sofá: y el astur, llevándose ambas manos á su amarillenta calva, -exclamó con acento dolorido: - ---Carapuche, Aurorina... Me ha roto el tímpano... Con otra como ésta me -deja sordo. - - - - -XIX - - -Pero apenas el truhán de Laín Calvo se hubo ido, y calmádose un poco la -indignación y la cólera dando lugar á la reflexión, doña Aurora, -ejecutando su movimiento favorito de rascarse el moño con una aguja de -la calceta, llegó á formular categóricamente el indefectible «¿por qué -no?» de todas las desconfianzas. Sin necesidad de gran perspicacia, sin -poseer la aguda malicia del Fiscal, con sólo las nociones más -elementales del sentido común, bien podía venirse á la memoria é -imponerse al entendimiento todo aquello de «el fuego junto á la -estopa...», con lo otro de «entre santa y santo...», etcétera. Y por una -serie natural de razonamientos, propios de su buen sentido, llegó la -señora á caer en el extremo contrario á su primer impulso, acusándose de -confiada en demasía, de necia y simple, porque ni una sola vez se le -había ocurrido la posibilidad y aun la probabilidad de cosa tan obvia, -hasta que se la indicara una persona maliciosa y extraña, cuando ella -tenía obligación de precaverla á tiempo. «Las mamás padecemos esta -pícara manía, de pensar que los niños siempre han de ser niños... y los -años vuelan, y ellos llegan á hombres, y el bigote no nos pide permiso -para crecer... Cuando no creemos que siguen siendo chiquillos, damos en -figurarnos que ya son viejos y formales como nosotros..., otro -imposible, otra bobada... La edad pide lo suyo, y es una majadería no -sospecharlo siquiera... Lo malo aquí es que tenemos al enemigo en la -plaza. ¡Y lo he metido yo misma! Nada, le abrí la puerta y le -dije:--Pase V. Sobre que la situación es poco decente, desairadísima -para mí, he duplicado el peligro y la gravedad de todas las -consecuencias que pueden sobrevenir... ¡y tanto como pueden! Ello es que -yo no esperé nunca que Rogelio fuese toda, toda la vida un santo; pero -esto... así, á domicilio...» - -Otra rascadura en el moño le sugería el contrapeso lógico de tales -reflexiones. «Es muy creíble que el tiñoso del viejo haya calumniado, -por el gusto de calumniar, á mi nene y á la pobre Esclava. Yo no tengo -tan mal ojo para conocer á las pájaras de cuenta, y Esclava me gustó, me -llenó precisamente por su tipo formal y modesto. Verdad que los -antecedentes de familia no la abonan, y que tiene mala sangre por los -cuatro costados; pero eso... en eso se lleva uno chascos grandísimos: la -gente no es como los pimientos, que salen gordos ó ruines según la -semilla. Nada, aquí no tenemos sino un caminito que seguir. Observar, no -dormirnos y procurar que el muchacho se distraiga por ahí fuera. Según -lo que vaya pescando, así haré. Yo no voy á cometer la barbaridad de -echar á la chica de buenas á primeras. Si todo ello resultase paparrucha -de Don Nicanor, sería un cargo de alma. Y si es verdad, podía -alborotárseme el chico... y tendríamos una... Estas primeras chifladuras -y tonterías de los rapaces les entran muy fuerte. Andarse con tiento. -Aurora, figúrate que eres de policía y que te mandan seguir la pista de -un crimen... Ojo alerta, calma y mala intención.» - -Ningún programa se cumplió más al pié de la letra. Dedicóse la señora -desde aquel mismo instante á reparar el tiempo perdido: tan confiada y -noblota como fué antes de concebir recelo alguno, tan suspicaz y -escamona se volvió desde que la sospecha vino á hacerle cosquillas con -sus dedos rápidos y fríos. Espiaba con destreza y con un sosiego -perfecto, sin dejar salir al exterior las preocupaciones del ánimo. En -toda mujer, en la más sencilla y franca, hay un polizonte en germen; los -hábitos de disimulo contraídos desde la niñez les hacen fácil el oficio. - -Para no alarmar ni poner sobre aviso, discurrió doña Aurora no vigilar á -los dos presuntos culpables, sino á uno solo: porque si éste comunicaba -al otro sus temores respecto al espionaje, el otro los disiparía -asegurando no haber notado cosa alguna que alarmar debiese. Y en efecto, -en el presente caso no puede negarse que, vigilada Esclavitud, sobraba -atisbar á Rogelio. Así se practicó. La señora, usando de un derecho -indiscutible, estudió minuto por minuto las acciones, pasos y -movimientos de su criada. Supo á qué hora se despertaba; qué hacía -después de levantarse; cuántas veces y con qué fin entraba en el cuarto -de Rogelio; en qué empleaba la tarde; á qué se dedicaba mientras duraba -la tertulia; cuándo se recogía y en qué momento soplaba la luz. -Y,--preciso es confesarlo,--al pronto el resultado de estas -averiguaciones fué completamente negativo. Esclavitud, no bien salía de -su cuarto, se consagraba como siempre á los chocolates, y después á su -aseo personal, sin acicalarse ni hacerse esos moños de figura de -sorbete, único lujo de las domésticas madrileñas. Para arreglar y asear -las habitaciones de Rogelio, despachito y alcoba, escogía las horas que -el estudiante pasaba en clase, ó en paseo: nunca iba estando él. -Esclavitud no salía los domingos sino á misa; por consiguiente, tampoco -veía á Rogelio fuera de casa. Durante la tertulia, Rogelio no se movía -de su rincón del sofá, ni la muchacha abandonaba su cesta de repaso, -excepto para abrir la puerta. Y las noches, en que á no venir algún -estudiante amigote de Rogelio, éste leía periódicos ó salía á los -teatrillos á ver una pieza, Esclavitud se las pasaba en su cuarto, -cosiéndose su propia ropa, ó dedicándose á faenas análogas. Nada se -descubría que pudiese dar pábulo á ciertos recelos, y la señora se -dormiría tranquilamente, si sus condiciones de observadora fuesen más -vulgares. - -Pero no era ella mujer á quien se le pasasen por alto varias cosillas -insignificantes en apariencia, y en realidad muy significativas y aun -escamativas para una mamá avispada; cabos sueltos tras los cuales suele -salir toda una madeja larga y enredadísima. Estos indicios, señales ó -guiones para las pesquisas de la celosa madre, eran del género -siguiente. A la hora de almorzar, al traer Esclava las píldoras ó el -jarabe ferruginoso, al presentar á Rogelio sus manjares preferidos, -establecíase alguna vez (y que no se lo negasen á doña Aurora, que ella -bien lo había guipado) un trueque de miradas lánguidas de _carnero á -medio morir_, ó encendidas y chispeantes. Al llamar el estudiante á la -campanilla y levantarse Esclavitud para abrir la puerta, la muchacha -mostraba un apresuramiento que estaba muy lejos de manifestar cuando -tiraban del cordón los vejestorios tertulianos; es evidente que conocía -al señorito en el modo de llamar y hasta de subir las escaleras. Si -Esclavitud planchaba ropa de Rogelio, hacíalo con primor y esmero muy -especiales; y este mismo síntoma podía advertirse en el arreglo de la -habitación y en el servicio de la mesa. Algunas noches, al salir de casa -Rogelio, la muchacha le esperaba en el pasillo, y trocaban breves -frases, pero en voz tan baja que no podía oirse el diálogo: esto mismo -ocurría por la mañana al regresar de clase, y siempre que no estuviese -en la antesala doña Aurora. Por último, y este indicio era de los más -elocuentes, Rogelio se había resistido dos ó tres veces á acompañar á su -madre para salir, y aunque por fin cedía, iba asaz mohino y con las -orejas gachas. - -Ni más ni menos que esto percibió la señora: ello bastaba y aun sobraba -quizá para tenerla en ascuas ó inspirarla deseos de resolver del mejor -modo posible aquella ambigua situación y desenredar la madejita, que -amenazaba ser con el tiempo un enredo de dos mil diablos. No se atrevía -á moverse de casa por no facilitar ocasiones peligrosas; pero esto puede -hacerse un día, dos, tres; no prolongarse todo un invierno, á menos de -criar moho. Rogelio había manifestado ya repetidas veces gran extrañeza -viendo suprimidas las correrías matinales en simón. «Máter, estamos -abocados á presenciar graves trastornos si continúa tu retraimiento y -sigues desdeñando á las áureas carrozas que al pié de los muros de -nuestro palacio esperan que te recuestes muellemente en sus recamadas -alcatifas para dedicarte á tus matutinos quehaceres. Prepárase imponente -manifestación en que tomarán parte diez mil Faetontes de punto; -pronunciáranse discursos en la dulce lengua del trovador Macías y en la -jerga elocuente del duque Pelayo. Tienen pedida la palabra Martín el -Buloniu y José el Cabaleiro. El Gobierno ha adoptado precauciones, y el -duelo se despedirá en la taberna.» - -Los tertulianos, informados del retraimiento de la señora, también se -creían obligados á soltar su discurso de higiene. «Amiga doña Aurora, no -hay que apoltronarse. Cuidadito con criar humores, que después dan que -sentir. Míreme V. á mí: la salud de que gozo y la buena disposición en -que me encuentro, las debo á mi costumbre de que no pase día sin salir y -sin andar á pié regulares distancias. Menos de una legüecita, no se -esparce la sangre. Yo, desde que me rompí el hueso, ando más.» Estos -consejos eran del excelente Nuño Rasura. «Muy conveniente considero el -ejercicio», añadía el señor de Rojas, con su sentenciosa formalidad de -costumbre, «para el cuerpo, y si Vds. me apuran, para el alma. Andando, -se distrae... vamos, el espíritu. No hay como un paseíto, y si uno se -aburre, lo mejor que puede hacer es contar las piedras, los árboles ó -los números de las casas.» A doña Aurora, tales advertencias acababan -por sacarla de tino. «Es monomanía la que tiene todo el mundo de -aconsejar y de cuidarle á uno, sin saber ni lo que le conviene ni dónde -le aprieta á uno el zapato. Estos señores parece que se empeñan en que -aquí suceda... lo que no debe suceder. Vaya, con razón dice aquel -truchimán de Don Nicanor que están en Babia todos ellos.» - -No obstante, doña Aurora iba persuadiéndose de que la encerrona era -insostenible, y la irritaba pensar que tal vez se tomaba un trabajo -excusado, porque la inclinación de los muchachos no llegaba á extremo -que justificase tantas precauciones; y de llegar, el impedirles que se -viesen á solas era como poner puertas al campo. Ocurriósele entonces un -expediente para salir de dudas y medir la magnitud del riesgo. Mandó -fabricar secretamente un llavín para la puerta de su piso; y ya provista -de él, salió á la calle de mañana en uno de sus trenes, el de Martín por -más señas; y despidiéndolo al poco rato, volvió á su casa á pié, abrió -sin hacer ruido, y se dirigió, pisando blandamente, al cuarto-leonera, -donde supuso que debía encontrarse Esclavitud. Así era. La halló -haciendo labor, como de costumbre, tranquila, con el aire reconcentrado -y pensativo que la caracterizaba. - ---¿Dónde está el señorito?--preguntó doña Aurora de súbito, sin dar -tiempo para que la Esclava adoptase precaución alguna. - -Y la criada, alzando el rostro sereno, ó más bien melancólico, -respondió: - ---Me parece que estudiando en su cuarto ¿Cómo entró, señora? No he -sentido la campanilla. - ---Es que salía Fausta--explicó doña Aurora atropelladamente, cogida en -el garlito lo mismo que si fuese ella la culpable. Hasta sintió -encendérsele los carrillos. ¡Aquello era lo que se llama un parchazo! -¡Tantos misterios y tantos preparativos de llavín, para encontrarse con -que en casa no sucedía nada de particular, y que cuando pensó sorprender -un pecaminoso coloquio, sólo encontraba la calma y el orden! Y sin -embargo, no se convencía, no señor: que se convenciese el diablo. «¿Será -esta chica más lagarta de lo que me figuro? ¿Me estará envolviendo sin -yo pensarlo? ¿Se reirán de mí los dos? Porque las miraditas y los -coloquios al entrar y salir, y las pocas ganas que tiene mi niño de -echarse á la calle... eso no me lo quita nadie de aquí; lo he visto, y -lo que veo... nada, que lo veo, y ya pueden predicarme después frailes -descalzos. Con salirme fallida esta emboscada, en vez de sosegarme creo -me voy sobresaltando muchísimo más. No, pues yo no me dejo meter el dedo -en la boca. Para defender á mi hijo, todos los medios humanos he de -apurar; á mí no me cogen desprevenida: por si ó por no... Me da miedo -esta muchacha. La veo yo así..., no sé cómo, pero no me gusta. Tiene un -carácter muy de allá, que todo se lo guarda, y no hay nunca seguridad -con ella, porque no se descubre. Pues á pillo, pillo y medio. Deja, -deja, que yo te buscaré la salida; y ha de ser salida decorosa, sin que -te puedas quejar; al contrario, has de tener que darte por satisfecha. -Y ahora..., un clavo saca otro clavo, los rapaces son rapaces... Voy á -proporcionarle entretenimiento á Rogeliño. Voy á darte una rival... y -bien bonita. Espérate, rapaza...: contra treta, retreta; ya encontré -quien ha de desbancarte.» - - - - -XX - - -Y en efecto, ni veinticuatro horas tardó la madre en arreglarle á su -hijo una entrevista con la rival de Esclavitud. El punto de cita fué en -la propia morada de la susodicha rival, morada obscura y que olía -medianamente, como suelen oler todas las habitaciones de gente de su -laya; por lo cual, para que Rogelio se enterase bien del talle y porte -de su nuevo quebradero de cabeza, hubo que sacarle al patio sin ningún -artificio de coquetería, y aun pudiéramos decir que en estado de casi -total desnudez, pues no cubría sus esbeltas formas sino una manta vieja -que el dueño del taller de coches, Agustín Cuero, se apresuró á levantar -á fin de que nada velase sus encantos. - -Era una monada de jaca andaluza, alazana con cabes negros, de cabeza -chica y enjuta, de nerviosos remos, de lucio y acopado casco, de pelo -irisado á fuerza de estar brillante, de entreabiertas fosas nasales más -suaves que la seda, de ojo lleno de fuego y dulzura; joven, leal, -gallarda, animosa; un animal de esos que honran á la raza caballar -española con la hermosura de su estampa y la inteligente generosidad de -su carácter. Agustín Cuero no le escaseó elogios hiperbólicos, fingiendo -que se enternecía al desprenderse de tan rica pieza. - ---Le aseguro á la señora que otra más bonita no se pasea hoy por la -Castellana. No tiene una maca siquiera. Y es una santa, es una seda, la -maneja un niño de pecho. Con toda la sangre que le sobra, no es capaz de -una mala partida. Así es que un hombre le toma ley, vamos, y parece que -cuando uno la vende es como si se le llevasen á alguien, es un decir, de -la familia. - ---Sí--respondió la señora metiéndose á chalana--pero también no me -negará V. que esta clase de caballos no está ahora de moda. Los -elegantes tienen una legua de pescuezo y son de figura de mondadientes. - ---Bueno, los ingleses...; una moda _redícula_, como muchas que hay; y -esos son para ciertos señoritos y con ciertas circunstancias... pues. -Para el Hipódromo y esas farsas. Una jaca como la que está viendo la -señora siempre tendrá partido. Bien emperrado que anda el _Baraterín_ en -comprármela; en pleito estamos porque no quiere llegar al precio que yo -le pongo. Ahí el señorito podrá decirlo. - ---Es verdad, mamá--afirmó Rogelio mientras halagaba el anca de raso del -simpático animal.--Soy testigo. Agustín le pidió lo mismo que á ti, y -el torero la dejó quedar por diferencia de dos onzas, y está chalado por -ella. La anda rondando; ¡le hace más visitas! - ---Pues que no la ronde, que es tuya--exclamó la mamá decisivamente, -recreándose en ver el rostro extático de su hijo, que al oir esta -palabra divina, con un impulso de esos que no se calculan, echó los -brazos al cuello de la jaca, y le plantó un achuchón completo en el -hocico negro y suave. - -Convenido ya el precio y la hora de cobrarlo, doña Aurora indicó algo -sobre el cuidado de la jaca, proponiendo á Agustín dejársela en -pupilaje; pero Rogelio, excitado, casi convulso de felicidad, no -permitía hablar á nadie, ni tomar resolución alguna. «Tú no sabes, -mamá... Yo me encargo de eso, déjame á mí... Sí que he de pasarme yo un -día solo sin enterarme de cómo anda la jaquita mía... Todas las mañanas -y todas las tardes la he de ver á la señora jaca... Te digo que lo dejes -de mi cuenta...» Acabó doña Aurora por acceder y otorgarle plenas -facultades. «Bien, pues allá tú...» Cuando se trató de poner nombre á la -jaca, el muchacho, sonriendo, murmuró: «La llamaré Suriña». - -Los afectos cardinales del alma humana dictan á veces rasgos de -maravillosa inspiración: la señora había comprendido, iluminada por el -amor maternal, que tratándose de un hombre de veinte años, y menor aún -que su misma edad, no hay rival mejor contra una hembra que un caballo -bonito. El caballo no es solamente distracción de un par de horas al -día, sino ocu pación y preocupación constante, desde que amanece hasta -que anochece. Enterarse de lo que come, y de si le roban ó no la cebada; -ver si está limpio y se han practicado con él todas las operaciones de -tocador--y el tocador de un caballo fino lleva casi tanto tiempo como el -de una mujer primorosa; luego, esa comunicación afectiva que se -establece entre el jinete que por vez primera disfruta el goce de un -caballo, y el animal; esa ternura que nace de la posesión; ese trueque -de monerías, el azúcar robado al almuerzo para ir á dárselo, el pan -fresco escondido en el bolsillo del chaleco, la dicha que produce el -relincho de júbilo del animal cuando su penetrante olfato y su delicada -percepción le dicen que el amo se acerca con la golosina... Después, las -inquietudes por la salud--un caballo ocasiona tantas como un niño -chico.--«Señorito, esta jaca no sé qué tiene... hoy no ha comido el -pienso. Le noto los ojos tristes.--Señorito, hoy la jaca no ha...» -¡Quién lleva lista de los innumerables achaquillos que puede padecer una -jaca! Después de tan múltiples cuidados, aun queda otro orden de ellos, -relacionados con lo que podemos llamar las galas de boda de la -equitación: el galápago de la mejor piel de cerdo, crujiente, diminuto, -mono; el sudadero de rico fieltro con cifras inglesas; los acerados -estribos; la sutil cabezada, que deja lucir toda la gracia de la gentil -cabeza; y para el jinete, el látigo de puño de plata cincelado; los -guantes del Tirol; el ajustado calzón de punto; las botas muelles; la -corbata con herraduras blancas sobre fondo gris... Todo distracción, -todo embeleso en la encantadora luna de miel del muchacho con su jaca. -¡Y qué emoción al sacarla! ¡Qué vanidad al lucirla con los amigos! ¡Qué -inexplicable deleite al pasearla en las frondosas arboledas de la -Moncloa, al ver acercarse un carruaje en cuyo fondo se reclina una bella -enlutada, y bajo la fascinación del mirar de la gentil desconocida, -ostentar la montura, hacer piernas, caracolear y lucir su gallardía -cubriéndola de espuma y sudor! ¡Qué placer ir variando de aires, ya el -rítmico paso, ya el animado trote, ya el ardiente galope; y al halagar -con cariñosa palmada el cuello del obediente bruto, sentirle resoplar de -placer, estremeciéndose todos sus sensibles nervios y su vigorosa y -enjuta musculatura, como talle de jovencilla al rodearlo el brazo de -ágil pareja y disponerse al vals! - -Indudablemente, lo de la jaca sí que había sido gran recurso é idea -feliz, hija al fin de la experiencia, y muy superior á aquel ardid -vulgar de echarse novia, que se ofreciera al candor de Rogelio como -arbitrio soberano para curar su incipiente enfermedad amorosa. Ahora no -necesitaba su madre pedirle que saliese, ni inventar pretextos con que -echarle á la calle. Espontáneamente no hacía el chico más que ir y venir -de su casa á la cuadra de la favorita. El invierno cejaba ya; los -últimos días de Marzo eran, á pesar de la mala fama de este mes -versátil, claros, templados y hermosos; y todas las tardes, desde las -tres, salía Rogelio á gozar de los primeros soplos primaverales, ya -solo, ya con amigos, ya con el picador, volviendo al anochecer dominado -por una sana fatiga física, embriagado de aire puro, libre de molicies y -malas sugestiones, penetrado de la alegría del paseo. Entre esta veta de -actividad que su madre había descubierto, y el estudio, indispensable -porque la época de los exámenes se acercaba amenazadora, ¿cuándo ni cómo -había de encontrar tiempo de atender á la Esclava? - -No por eso se dormía la madre, ni abandonaba el bien concebido plan de -defensa. Un día, Don Gaspar Febrero, habiendo madrugado algo más que los -otros tertulios, vino á quedarse á solas con la señora de Pardiñas, y -según costumbre, trajo la conversación hacia Esclavitud, elogiándola de -tan desatinada manera, que la señora sintió cierta desazón en los -nervios. - ---Pecisamente--dijo doña Aurora cuando el anciano la permitió meter -baza:--tenía que indicarle á V., á propósito de esa chica... Pero -prométame que me responderá con franqueza absoluta, como amigos viejos -que somos ya. - ---¡Pues no faltaba más! Mi simpática Aurora, ¿cuándo no?... ¿En qué -puedo servirla? - ---Verá V.... Una cosa que se me ha ocurrido aquí por la mañanas cuando -estoy sin gente y el rapaz en clase... Como V. se va á quedar muy mal, -creo yo... así que Felisa emprenda su gran viajata á Filipinas..., -yo..., en mi deseo de que no eche V. tan de menos esos cuidados á que -está acostumbrado ya... ¿no le parece á V.? - ---Veamos, veamos. Siendo de V. la idea... V. discurre siempre muy -juiciosamente, amiguita... - ---Como me ha dicho V. tantas veces que le agrada el modo de servir de -Esclavitud... - -El gallardo anciano hizo un brioso movimiento de halagüeña sorpresa, -afianzó sus espejuelos, se apoyó en la muleta, inclinándose hacia -adelante; y desatentado, trémulo, sin acertar á formar los períodos, -exclamó: - ---Amiga, amiga, amiga... ¿Qué me dice V., qué me dice V....? ¿Ha -reflexionado antes de hablar? ¡Desprenderse V. de ese tesoro! ¡de ese -tesoro! Me llena V. de agradecimiento, sí, señor... pero en -conciencia... no, no puedo consentir... ¡A dónde llega la amistad! Ahora -lo veo, Aurora... No, pero yo no soy un egoista... No, V. no habrá -meditado... ¿lo dice V. formal, formal? - -Sintió la señora el aguijón del remordimiento ante esta gratitud -extemporánea, y se dió prisa á añadir: - ---Mire V., si sería conveniente para mí también; hasta para mí. Hay su -parte de egoismo, Don Gaspar; no es todo virtud. Como este año proyecto -llevar á Rogelio á que conozca nuestra tierra... - ---Razón de más, amiguita, razón de más. No puede V. prescindir de una -servidora semejante viajando. Están muy malos los tiempos... Ahora, con -las Higinias que corren, ¿quién suelta una Esclavitud.... ¡ah! una -Esclavita de esa marca! ¿V., V. lo ha pensado, lo que se dice pensar? - -Al hablar así, Nuño Rasura pegaba saltos en su butaca, y hacía con la -muleta el molinete. Sus ojos brillaban; su cuerpo se erguía como de un -muchacho, y afanoso sobrealiento agitaba su esternón. «Dios nos asista» -pensó doña Aurora: «á este señor le voy á tener que recoger del suelo -con cucharilla.» Y como guardaba silencio aparentando hallarse conmovida -por los argumentos del buen señor, éste añadió de pronto, con energía, á -manera de niño que se deja convencer para tomar un juguete: - ---Pero es decir... ya comprendo que la amiguita lo ha meditado bien, en -el mero hecho de proponérmelo á mí. Conozco que tiene fundamento lo que -V. alega: mucho, mucho, Aurora... viajando, se va mejor solo: el hijo -con la mamá... claro, perfectamente. Pues por mí... basta que sea -indicación de V.: acepto, acepto... ¿oye la amiguita? acepto. - -Doña Aurora discurría: «Cierto que á veces irrita un trucha como Don -Nicanor, que tiene la malicia por arrobas y es capaz de pensar mal de su -propia madre; pero también estos inocentones, que nunca se enteran... -vamos, hay días en que le ponen á uno los nervios como cuerdas de -guitarra». - -Vencidos ya los escrúpulos de Don Gaspar, él mismo combinó y desarrolló -el plan de campaña: al ausentarse la hija, Esclavitud entraría á servir -al padre en concepto de ama de llaves. El ochentón añadió, estregándose -repetidas veces las manos: - ---Que no se entere Candás... No quiero bromas inconvenientes. - - - - -XXI - - -Nada transpiró de esta conjuración doméstica. Guardó silencio doña -Aurora, porque las mujeres saben callar muy bien si se lo proponen y si -están en juego intereses de su corazón; y Don Gaspar se cosió los -labios, porque temía más que al cólera á las cuchufletas é insinuaciones -del Fiscal, y otro tanto--revelemos estas interioridades--á la fiereza -de su hija Felisa. La cual, suspicaz como una esposa, alarmada por los -instintos de elegancia, sociabilidad y galantería del anciano, se había -dedicado á buscarle lo más feo, zafio é intratable del ramo de -maritornes, porque siempre veía perfilarse en el horizonte la fatídica -silueta de una madrastra. Hasta que Felisa emprendiese su viaje hacia la -quinta parte del mundo, no se atrevía el viejo ni siquiera á indicar el -propósito de llevarse consigo á tan dulce y linda sirviente. Costábale -mucho trabajo reprimirse y esperar, porque su senectud era niñez -antojadiza é impaciente, y cuando tardaba en cumplírsele un deseo, á -dejarse llevar de sus impulsos, hubiera pateado. El desahogo que tomaba -era cogerle las vueltas á los tertulianos para encontrar sola á doña -Aurora, y hablarle difusamente, como hablan los viejos, de sus planes, -de lo bien que iba á estar con él Esclavitud, de todas las atenciones -que le prodigaría, de lo fácil que es servir un nombre _pelado_, con -otras cosas del mismo jaez. Y cuando por haber gente delante no podía -explayarse el buen señor, dirigía á su «amiguita respetable» miradas y -guiños de inteligencia, le sonreía sin motivo y en fin buscaba salida á -aquella plenitud de espíritu digna de otra más ardiente edad. «Dios nos -conserve el juicio», reflexionaba la señora. «No sé por qué nos pasmamos -de que se chiflen los rapaces, cuando los señores mayores se ponen así. -Aun á los rapaces mismos no les da tan fuerte. Voy á comprar unos -pañuelos tamaños como la Sábana Santa, para limpiarle las babas á este -bendito señor. El diablo me lleve si no está rabiando porque la hija -tome las de Villadiego para recoger á Esclavitud más corriendito. Si yo -no supiese que por otra parte es una persona buenísima, y que la -muchacha tampoco me parece capaz de una mala partida con él, tendría -algún reconcomio. Porque nadie es capaz de saber á dónde llegan estas -cosas, y si le da por casorio ó una barbaridad semejante...» La idea era -tan bufa, Don Gaspar casado con una muchacha de veinticinco, que la -señora de Pardiñas se rió sola, y el monólogo acabó por una rascadura de -aguja de calceta en el moño, y este corolario: «Yo no tengo culpa si -llega á suceder algún caso estupendo. Proporcionarle una buena -colocación á una buena criada, no es delito. Lo que siento es que esa -empalagosa de Felisa Febrero nunca acaba de tomar el tole para -Filipinas.» - -Era verdad que se daba una calma en emprender el camino, hecha para -freir la sangre á quien tuviese genio menos pronto que doña Aurora. Lo -que la impacientaba y desesperaba era que ya iba acercándose la época de -exámenes, después de los cuales tenía determinado salir á Galicia; y ni -dejar á Esclavitud ni llevársela le parecía factible. Don Gaspar traía -noticias del éxodo de su hija, con cara más alegre cuanto más se -acercaba el plazo. «Ya está arreglando baúles... Se ha enterado de -salidas de vapores... El jueves, ó á todo tirar el sábado, andando para -Cádiz...» Por fin, un día llegó con el exterior más radiante, más -olímpico que nunca, bajo la aureola de sus hermosos rizos blancos. -«Amiguita doña Aurora, esta tarde se nos va...» Convínose en que por -respetos humanos se dejarían transcurrir dos ó tres días sin hacerle la -primera intimación á la sucia y tosca extremeña que asistía á Don -Gaspar, y en significar á Esclavitud el cambio de su destino. «La amiga -doña Aurora se encarga de eso...», indicó el ochentón. Pero aunque -dejando su espíritu encomendado en manos de la señora de Pardiñas, como -al día siguiente, en ocasión de dar el higiénico paseo cotidiano á la -pata coja, cruzase la Puerta del Sol y pasase por delante de la -confitería de _La Pajarita_, no pudo reprimirse, entró, é hizo pesar -medio kilo de caramelos y bombones. Los guardó furtivamente en el -bolsillo interior del gabán, y al llamar en casa de Pardiñas y abrirle -Esclavitud la puerta, miró alrededor, echó mano á la faltriquera, y -sacando el alcartaz, se lo pasó á la muchacha como podría pasarle un -billete amoroso. «Fresquitos», fué lo único que en su grata turbación -acertó á decir entregando la dádiva. - -Contrariedad y esfuerzo y tragadura de saliva costó á doña Aurora -desempeñar la ingrata tarea de _soltársela_ á Esclavitud. Hubiese -preferido tener que darle la nueva de una gran desdicha, como muerte de -un ser querido ó revés de fortuna: porque al cabo, en semejantes males -no le correspondería á la señora parte de responsabilidad ni tanto de -culpa, mientras en esta mera traslación de domicilio y cambio de amos, -la señora, con su rectitud natural que sólo podría torcer la corriente -del sentimiento, adivinaba algo de crueldad y dureza que era obra suya, -aunque procediese de móviles justos, de los que no desoye ninguna madre -prudente. «Es hasta cuestión de conciencia para mí», pensaba, á fin de -cobrar ánimos. «Fuí inadvertida trayéndole á Rogelio la tentación al -alcance de la mano: Felisa Febrero, en esto, ha mostrado tener más -mundo, pues ni siquiera á los ochenta y pico de su padre les arrima la -mecha. Demasiado bueno es el niño, cuando ya no se me ha emberrenchinado -atrozmente. No, no, mejor es ponerse una vez colorado que ciento -amarillo. Hoy se la suelto. Así que Rogelio salga á clase...» - -Encierra el tono de la voz humana misteriosos avisos, que en situaciones -dadas revelan todo lo que oculta el alma, antes que las palabras lo -digan. La sencilla frase «Esclavitud, ven», que tantas veces al día oye -una criada de su ama, resonó esta vez de un modo particular en el -corazón de la gallega. Toda su sangre afluyó al centro de la vida -orgánica, y cuando entró en la habitación donde la esperaba su señora, -el fondo y la esencia de lo que iba á oir le eran ya conocidos -intuitivamente. - -No estaba doña Aurora en el comedor, sino en el despacho de su hijo, al -cual solía ir en ausencia de éste para escribir alguna carta ó sacar -alguna cuenta, si ocurría, y quizá por satisfacer ese instinto de -curiosidad inquieta propio de los afectos exclusivos que llegan al grado -de pasión. Hizo sentar á Esclavitud en una silla próxima, y empezó á -hablar sin mirarla á la cara, jugando con una cajita de plumas, de donde -las iba sacando para alinearlas sobre la mesa. «Todo el mundo tiene que -amoldarse á las circunstancias. Con el viaje á Galicia, no había -medio... Moverse tres personas no es como moverse dos, claro está. La -casa del señor de Febrero era la mejor colocación que una muchacha como -ella podía desear; una ganga... No sería doncella, sino ama de llaves... -Se le guardarían toda especie de consideraciones... El trabajo de servir -á una persona sola no había de matarla; complaciendo un poco al señor -aquel tan excelente, estaría como en la gloria, casi lo mismo que si -hubiese encontrado una familia. Por último, Don Gaspar también era de la -tierra: no tenía Esclavitud por qué pasar malos ratos, como en la otra -casa...» - -Así que hubo alegado todas estas razones, sintió un alivio interior, y -sin dejar de prestar en apariencia gran atención á las hileras de -plumas, miró con el rabillo del ojo á la muchacha. Esclavitud permanecía -inmóvil en su asiento, con las manos cruzadas sobre el regazo, los piés -juntos y bajos los ojos: tampoco ella entregaba fácilmente aquel espejo -de los movimientos del alma á disposición de la curiosidad. - ---Bien, ¿qué dices?--articuló al fin la señora que comenzaba á -impacientarse, como siempre que encontraba resistencia pasiva. - ---¿Yo qué quiere que diga?--respondió Esclavitud con voz sorda, pero -tranquila al parecer. - ---Sí ó no; si te gusta la casa que te ofrezco, ó si quieres tú buscar -otra á tu modo y á tu idea. - -Hubo una pausa, y, por último, la muchacha respondió con acento incoloro -á fuerza de ser contenido: - ---Si no corre mucha prisa, daré la contestación mañana ó pasado. - -«Te veo», pensó la señora. «Tú quieres hablar antes con el niño. Bien, -aquí estamos todos para lo que pueda ocurrir. En guardia me tienes, y de -centinela. Por de pronto yo procuraré que no le cojas á tergo. -Andaremos, como quien dice, barba sobre el hombro.» Sin embargo, aquella -tarde no tuvo más recurso que salir,--contra su costumbre,--á despedir -en la estación del Mediodía á Felisa Febrero, de esas pejigueras de -sociedad que no se pueden rehuir y siempre caen en el momento más -inoportuno. Rogelio también había salido á caballo; pero quizá por la -necesidad de repasar las lecciones, más apremiante á medida que los -exámenes se venían encima, hizo corto el paseo; y al entrar en su casa, -aun animado de la correría, abanicándose con el hongo gris, y girando el -látigo, fué cuando Esclavitud le agarró de la manga y le empujó casi -hasta su despacho, acorralándole contra la mesa misma en que doña Aurora -había ordenado por la mañana los ejércitos de plumas. - ---¿Qué pasa, Suriña? ¿Qué tienes? - ---¿No le decía yo que no iba á Galicia este año, ni en jamás? Su mamá me -despide... Me deja en casa del señor de Febrero. - ---Pero, ¿qué estás diciendo? A ver, á ver, cuenta... - -La muchacha refirió lo que sabía. Sus ojos estaban secos, y sólo algo -temblorosas su boca y barba. Su seno anhelaba precipitadamente, y en su -modo de narrar y de explicarse, en aquella desesperada demanda de -auxilio que hacía como náufrago que saca la cabeza por encima de las -olas, había una vehemencia y un desorden que contrastaban con su -habitual compostura, y que trastornarían á cualquiera aunque no tuviese -los pocos años y la inexperiencia de Rogelio. Mientras balbucía «no, no -puede ser, tú no te irás, qué tontería...», sus brazos ceñían -involuntariamente el talle gentil de la muchacha, y el estremecimiento -interior de deseo de hacía cuatro ó cinco meses renacía más brioso, -infundiendo á su alma vigor para rebelarse, protestar y defender á la -Esclavita como se defiende lo que nos pertenece y forma la substancia de -nuestro vivir. «Pero vamos á ver, no entiendo cómo le ha entrado ese -arrechucho á mamá... Por fuerza le han ido con algún chisme... ¿Y por -qué, y de qué...? Nosotros ¿qué motivo hemos dado, Suriña? Si desde la -enfermedad de mamá no nos hablamos casi: si tú ni pones aquí los piés... -Es una cosa rarísima, y no ha de quedar así... Yo lo arreglaré; ¡qué -habías de irte! No, hermosa...» Alentada y resucitada por estas -promesas, Esclavitud se apretaba contra el corazón de su amigo, -queriendo incrustarse en aquel refugio para que nadie la arrancase de -allí; y Rogelio, con transporte juvenil é irresistible, la cubría de -caricias, tratando de alzarle la cabeza para buscar sus labios. Tocaron -á la campanilla, y la primera vez no oyó el repique ninguno de los dos. -Al segundo, enérgico y airado, Esclavitud se estremeció, y, con -movimiento simultáneo y brusco, se desunió la pareja. La muchacha se -arregló el pelo, se ajustó temblando el pañuelo de seda que le rodeaba -la garganta. - ---Voy á abrir, que es la señora. - - - - -XXII - - -Viendo á su hijo aquella noche, á la hora de comer, distraído, pálido y -hasta un poco seco al hablar, la señora pensó al punto: «La tenemos -armada. Ya se lo ha encajado aquella buena alhajita». También pescó al -vuelo miradillas furtivas, azoradas y elocuentes; pero se aguantó, -discurriendo para sí: «Según Don Nicanor, en este mundo hay que hacerse -el tonto un cuarto de hora todos los días; ahora á mí me han doblado la -ración, y tendré que hacerme la tonta algunos meses.» Hízose, pues, la -tonta, como si no advirtiese el estado de su hijo, á quien preguntó con -muchísimo interés noticias de la jaca y de la cochera, y de los -habituales compañeros de _sport_. Así que se alzaron los manteles, sacó -otra conversación muy socorrida y de palpitante actualidad, á saber: los -exámenes. «Rapaz, allá para el miércoles ó jueves, me parece que te -tocará el turno, de manera que esta semana me espera á mí un ajetreo -regular... Porque la verdad es que con esos señores no sabe uno á qué -carta quedarse. ¡Si todos fuesen como Contreras! Ese sabe ponerse en la -razón. Sólo que este año todavía no te cae por banda Contreras. Con los -demás es un lío; si se oye á unos y á otros, hay para marearse. Lastra -quiere que le bajen la cabeza, que le rindan el tributo de la -recomendación, y que todo el mundo tenga que agradecerle. Ruiz del Monte -parece que es al contrario: si le hablan por un chico, le toma tirria, y -le aprieta hasta reventarlo. Tú sabrás si es cierto; á mí me lo contó tu -amigachillo Díaz, el que escribe romances... De Albirán se susurra otra -cosa: que no desatiende recomendaciones, pero con su cuenta y razón, -según de quien procedan... Lo más seguro será que repases, niño.» - ---Ya repaso, mamá--contestó lacónicamente el estudiante. - -Corrió la noche sin que se le pudiese sacar otra palabra. Revolvía las -revistas ilustradas, los periódicos del día; los tomaba y los dejaba, -cambiaba de asiento pasando del sillón al sofá y del sofá al sillón; -suspiraba hondo, y, en fin, daba todas las señales de desazón posibles, -sin cuidarse de que se viese, ó más bien pareciendo que deseaba lo -advirtiese su mamá. Al fin, cuando ésta le dijo «¿no sales hoy á un -actito á Lara?» exclamó con tono duro y resuelto: - ---No; voy á acostarme. Me duele un poco la cabeza. - -La señora le oyó taconear en el corredor y batir la puerta de su -despacho. - ---Lo dicho; la tenemos. Yo he cometido una falta grave. Debí no resolver -este cotarro hasta pasados los exámenes, un par de días antes de la -marcha... Ha sido una borricada mía. Ya se ve; el deseo de salir del -atolladero prontito... Pues no; hay cosas que vale más llevarlas por sus -pasos contados. Veremos si la puedo enmendar y dar tiempo al tiempo. Si -no, voy á tener al rapaz desquiciado cuando más necesita la cabeza -firme. Una prórroga... A ver si consigo encajárselo en la cabeza á Don -Gaspar. Es fácil que sea más arduo hacer entrar en razón al viejo que al -niño. ¡Qué complicaciones! Aquella falsona de Rita Pardo decía bien... -Conviene mirar mucho á quién mete uno en su casa. - -Hubo entonces en el pequeño drama doméstico, intimo, que ya tocaba á su -desenlace, uno de esos entreactos, como treguas momentáneas, durante las -cuales los actores, aparentando dedicarse á otros intereses ó distraídos -efectivamente por ellos, no pierden de vista, sin embargo, el asunto -capital, y viven, por decirlo así, en perpetua representación, guardando -silencio acerca de lo que más ocupa su alma, sin que este silencio -engañe á nadie. La señora atendía sólo á ganar días, calmando la -impaciencia pueril de Don Gaspar Febrero con moratorias que justificaba -la proximidad de los exámenes y la imposibilidad de quedarse en aquel -momento sin doncella; Esclavitud aguardaba, ocultando en lo más profundo -del pecho una esperanza tenaz, basada en las palabras y ofrecimientos de -su amigo; y Rogelio, preocupado, agitado, acechaba inútilmente la -ocasión de decir algo, ¡algo muy formal y en tono muy firme!, á su -madre. La verdad ante todo; si la señora le facilitase esta ocasión, el -estudiante se vería perdido para aprovecharla. A medida que pasaba -tiempo, la dosis de valor atesorada en el primer instante iba -disipándose como un frasco de esencia cuando queda destapado. Es -indecible el pecho que necesita un buen hijo para ponerse frente á -frente de una buena madre, y realizar un acto que en cierto modo le -manumite, pero que le desgarra las fibras más íntimas del corazón. Tanto -se unen y confunden el deber natural, la costumbre y hasta aquel -disculpable egoísmo que nos aconseja entregarnos sin reserva en manos de -quien más que á sí mismo nos ama, que el romper ese lazo constituye un -acto de supremo vigor, uno de esos esfuerzos que quebrantan una voluntad -si no es de acero bien templado. Contra un padre severo hay siempre -energía; sus propios rigores entonan; pero una madre como la de Rogelio, -que no había tenido más pensamiento que su hijo, que le había rodeado de -tal solicitud, ahorrándole hasta el trabajo de discurrir y el esfuerzo -de desear; una madre viuda, delicada de salud, y que había ejercitado el -arte de adelantarse á los gustos de su hijo, consiguiendo así que la -voluntad de éste no adquiriese nunca el temple recio que dan las -privaciones y las luchas, era un adversario con quien Rogelio no tenía -fuerzas para medirse. «Si ella misma sacase la conversación...», pensaba -el estudiante. Pero ¡quiá! La verdad es que si ella la sacase... sería -lo mismo. Lo único á que se atrevía era á la protesta muda, á hacerse -unas veces el triste y otras el malhumorado y fosco. «Mamá, por no verme -así, es capaz de cualquier cosa...», calculaba con su lógica de niño -mimado. Sólo que mamá sabía distinguir de juguetes. - -El incidente de los exámenes contribuyó á enflaquecer más todavía su -resolución. Entre el repaso, los temores del mal éxito y las idas y -venidas de los amigos que le traían, por decirlo así, relación del -estado barométrico de las notas, Rogelio se encontró fuera del círculo -mágico con que nos rodea la idea fija amorosa, y á no ser por un par de -ojos verdes que de vez en cuando se fijaban en los suyos, hasta hubiese -olvidado _aquéllo_, que, por raro fenómeno de óptica, le parecía todos -los días menos inminente--siendo así que lo era más, pues la salida á -Galicia estaba irremisiblemente señalada para después de los exámenes. - -Y éstos llegaron, y se encontró Rogelio con dos asignaturas aprobadas; -pero en una--la más ingrata y antipática para él--le cayó como una ducha -fría un _suspenso_. «De estas calabazas ya sé yo quién tiene la -culpa...», pensaba la madre, mirando al través de la puerta entornada á -Esclavitud, que pasaba un plumero á los cuadros del saloncito. «En esto -paran las guilladuras; pero, ¿qué le vamos á hacer? cada edad trae lo -suyo. En Septiembre ganará lo que pierde ahora; bien joven es; con tal -que esté sano... Y seamos justos; la jaca también me lo levantó de -cascos en esta temporada última. Verdad que más vale así. De la -primavera acá no me quejo. Bien se ha portado la jaquita... Merece una -libra de azúcar.» - - - - -XXIII - - -La última noche que la familia Pardiñas pasó en Madrid antes de marchar -á su tierra, vino mucha gente á decirles adiós, y se formó una pequeña -tertulia animada y sin etiqueta. A fines ya de Junio, el momento más -hermoso para salir y buscar sociedad era realmente entre diez y once de -la noche, cuando corre un sano aire fresco hasta por las abrasadas -callejuelas del Madrid antiguo, del que ni tiene arbolado ni casi goza -los beneficios del riego municipal. Bajaron las vecinas del segundo, -sobrinas de un brigadier de ingenieros, y acudió también la marquesa -viuda de Andrade, paisana de doña Aurora, señora guapetona y maja, -bastante conocida en los círculos aristocráticos, y acostumbrada por -consiguiente á recogerse tarde. La señora de Pardiñas, al encontrarse -rodeada de visitas, se dedicó á agasajarlas lo mejor que pudo y supo, -dejando girar libremente la conversación, que versaba sobre cosas del -país donde iba á volver después de tantos años. La Marquesa, alegre y -rozagante, habló de irse pronto á Vigo, y enseñó un brazalete nuevo, con -zafiros y brillantes, dando á entender que había en él cierto misterio. -«Esta anda otra vez con intenciones de maridar--pensó doña -Aurora.--¿Quién será el galán? Dios se la depare buena.» - -Rogelio había abandonado la reunión impensadamente, sin decir oxte ni -moxte. La retirada no se le pasó por alto á su madre, pero sobre que no -podía evitarla, descubrió otros motivos de resignarse: «Pocas son las -malas fadas; al fin mañana nos vamos...» Esclavitud aún se le figuraba -un peligro y un compromiso, pero ya muy remoto. «Mañana á estas horas -estaremos cerca de Avila... ¡Cuándo oiré el silbato del tren!» - -Se recogía Rogelio á su cuarto, impulsado por vagas esperanzas de ver á -la chica, explicarle su actitud de aquellos días, y la imposibilidad de -proceder de distinto modo, de evitar la marcha y de sublevarse. -Presentía que Esclavitud, no desperdiciando la ocasión, vendría pronto; -y á fin de que comprendiese que estaba allí, encendió luz con mucho -derroche de fósforos y taconeo, abrió cajones é hizo chirriar dos ó tres -veces la puerta. A llamarla no se atrevía por temor al fino oído de su -madre, pues, según su frase paradójica é hiperbólica, «oía mejor que el -sordo Candás». - -No aguardó largo trecho. A los diez minutos tocaron á la puerta, y antes -que dijese «adelante» entraba Esclavitud. La claridad del quinqué puesto -sobre la mesa del despachillo que precedía á la alcoba y cuarto tocador -del estudiante cayó sobre el rostro de la muchacha, y Rogelio observó -mejor que nunca cómo en una quincena había empalidecido y se había -demacrado, afinando y espiritualizando su tipo, que ahora podría servir -de modelo para esas imágenes labradas en cera, donde se encierran los -huesos de alguna mártir desconocida. - -Rogelio se llegó á Esclava y le tomó la mano: ardía de calentura. - -Sin decirse palabra, con unánime impulso, miraron alrededor, buscando un -mueble en que sentarse reunidos. No lo había en el despachito, alhajado -con un sitial y media docena de sillas; y sin reflexionar se refugiaron -en la alcoda, donde Rogelio, cogiendo á la muchacha por el talle, la -obligó á sentarse en la cama. Tampoco entonces hablaron hasta -transcurrir un tiempo que no bajaría de cinco minutos. Rogelio apretaba -y acariciaba aquella manecita algo endurecida por el trabajo y muy -picada de la aguja, como queriendo comunicarle la frescura de sus palmas -y quitarle el ardor de la fiebre. Pero no se le ocurría nada, sino las -vulgaridades consoladoras de todas las despedidas; y al fin, -pareciéndole raro callar más, se resolvió á emplear tan mala moneda. - ---Suriña, tontiña, mujer, no me estés así... Mira, he reflexionado -mucho; he cavilado más que tú. No se conseguiría nada con llevarle á -mamá la contraria ahora. Le daríamos un disgusto muy grande; acaso se -nos pondría enferma, pero no mudaría de resolución. Ten paciencia. -Dentro de tres meses, ó menos aún, estamos de vuelta aquí, y nos -veremos, porque en casa del señor de Febrero andarás mucho más libre que -en ésta. Ya sabes que yo te he de querer siempre, boba. No me la pegues -con el tierno Nuño Rasura. Anda, tontiña, paloma, no me estés así. Mira -que me vas á poner muy triste. - -Esclavitud no contestaba sino moviendo la cabeza negativamente, con -obstinada melancolía. Luego respondió, en voz bastante entera: - ---Alegre no puedo estar. Pero tampoco estoy triste. No se apure. Sólo -que tengo la cabeza... así... como si me anduviese por dentro de ella -una cosa mala. - ---Mujer, ¡Suriña! - ---Sí, señor. Yo estoy aquí, ¿eh? ¿Le estoy oyendo? ¿Le respondo? Pues -estoy como si oyese á una persona... de allá, del otro mundo, que me -habla. - ---¡Válgame Dios!--exclamó el estudiante estremeciéndose.--Más quisiera -que llorases. Si llorases no estarías tan maniática, Sura. Llora y -desespérate, pero no digas esas cosazas. - ---Yo lloro por dentro. Por fuera no. Ni una lágrima puedo echar. Ya -estuve lo mismo otra vez, cuando murió mi padre--repuso apaciblemente la -muchacha, sin que ni ella ni Rogelio subrayasen aquel nombre de _padre_ -que acaso por primera vez articulaba Esclavitud sin rebozo ni -perífrasis. - ---Hija, te encuentro algo enferma. ¡Ay, ay, ay! Tienes calentura. Las -manos tuyas abrasan. Dame palabra de que mañana vas á ver á Sánchez del -Abrojo. - ---No, señor, no es enfermedad. Más buena no estuve nunca. Son _avisos_. - ---Mujer, calla por Dios. Estás diciendo unos disparates... - -Arrimó el rostro al de la muchacha y la besó tiernamente en las heladas -mejillas, sin que ella hiciese movimiento de resistencia. Al contrario, -pareció más conforme y adoptó un tono casi confidencial y franco para -decir á su amigo las extravagancias siguientes: - ---Rogelio, hay cosas que avisan los difuntos á los vivos; no le quepa -duda. Tres días antes de morir mi padre, vi un pájaro grande, negro, al -pié de mi cama. Ayer vi otra vez el pájaro: iba tan de prisa que no sé -por dónde se escapó; pero lo vi, tan cierto como que aquí estamos. Yo no -vuelvo nunca más á la tierra: nunca más. Ya se verá; y entonces ha de -convencerse y dirá: «Esclavitud bien me lo avisaba». Si tuviese tan -seguro un millón de onzas, ya estaría discurriendo dónde las iba á -guardar para que no me las llevasen los ladrones. Esta noche... - -Bajó mucho más la voz, y al oído de Rogelio murmuró: - ---Un perro, en una casa de ahí al lado, estuvo hasta que amaneció -_ventando_ la muerte. - ---¡Jesús, mujer!--exclamó Rogelio por segunda vez, ya fatalmente -impresionado con aquella conversación extraña.--Tú estás loca ¿No ves, -Suriña, que en Madrid se mueren ó agonizan cada noche infinitas -personas? Figúrate: si los perros anunciasen todo eso, trabajo les -mando. Se convertirían en cuarta plana de _La Correspondencia_. Lo que -tienes, Sura, es que estás afectada porque nosotros nos vamos y tú te -quedas. También yo ando hace muchos días disgustado con el viajecito. He -pasado ratos feroces. Después he reflexionado... y... me parece que es -mejor conformarse con esto de ahora, porque si alborotamos la -enredaremos más. Suriña, tres meses. Dentro de noventa días (y aun puede -que no tanto), me tienes aquí. Mi primer visita es para doña Sura. Anda, -no estés así. Te quiero mucho, hermosa. Ya convenceremos á mamá. Todavía -no me has dicho hoy que me querías. ¡Anda!... - -Con el movimiento de un niño que pide halagos, acercó su mejilla á la -boca de Esclavitud, y ésta, sin protesta alguna, como el que ejecuta una -acción hija de la costumbre, puso en ella los labios. Estaban como las -palmas, secos y ardientes, y á Rogelio le pareció que le arrancaban la -piel, con sensación más bien dolorosa que placentera. Sólo que las -caricias eran un recurso para que aquella última y penosa entrevista -fuese algo menos intolerable, y el estudiante, á falta de razones que -consolasen á la pobre abandonada, acudió á los halagos, sin que en el -primer momento le animase otra intención menos limpia y noble. Corrió -bastante tiempo--y él mismo no acertaría á explicar el por qué de esta -tardanza, anómala si se examina bien lo incitante de la hora y sitio y -la ceguera de los pocos años--antes que se le despertase una sed -criminal y ardiente. Cuando la embriaguez le ofuscó, saltó de la cama y -fué á dar vuelta á la llave de la lámpara, sin conseguir por eso -obscuridad completa, pues un rayo de luna primaveral, entrando por la -vidriera del despacho, lo bañaba en luz fantástica, azulada y soñadora. -Al recobrar, entre la pálida penumbra, los labios donde la fuerza de la -ilusión juvenil le movía á creer que se dejaba presa el alma á cada -aspiración del aliento, ya no los soltó, ni acaso los soltaría aunque -viese allí á su madre, que representaba para él el Deber, y el Deber -amado, el único que se impone á las almas tiernas. Pero el recuerdo y la -conciencia de ese Deber fué lo primero que acudió á su mente al -despertarse, y corriendo á la puerta, escuchó, volvió azorado, y exclamó -en tono suplicante: - ---Suriña, Suriña, se me figura que oigo despedirse en el pasillo á la -Marquesa... Si esa se va, es que no queda nadie... Mamá se cuela aquí -derechamente, de fijo... A ver, á ver si puedes escurrirte con maña. -Adiós, vé despacito, que no te sientan... ¿eh? - -La muchacha obedeció pasiva, como en todo, sin reclamar, en la premura -de su aquiescencia, ni el último abrazo. Rogelio volvió á encender la -lámpara, cuya mecha igualó cuidadosamente. Corrió también la vidriera de -la alcoba, y de pié ante el gran armario de luna, se atusó y se sacó la -raya con un peinecillo. Después metió las manos en los bolsillos del -pantalón y se miró un rato, atentamente, estudiando con curiosidad -irreflexiva su propia cara; hablando con sus ojos en el espejo, como -para convencerse de que, disipado aquel vértigo, la individualidad -persistía, y no quedaba para siempre en su persona no sé qué de otra, -una huella que no se podía borrar y que iba á delatarle. Luego, la -imagen de su madre volvió á oprimirle el corazón; pero disipó -instantáneamente sus recelos un arrebato de alegría nerviosa; y el -neófito, corriendo á la ventana, la abrió, se dejó bañar por la pura -atmósfera nocturna, y agarrado á los hierros de la ventana, respiró con -avidez. - - - - -EPILOGO - - -Antes faltaría el sol en los cielos, que Don Gaspar á las cuatro de la -tarde con un cochecillo, para llevarse á casa su futura ama de llaves. -Se le dijo que Esclavitud había salido ya en la misma dirección, y el -viejo, con esta noticia, se metió otra vez en la berlina destartalada, -mandando al cochero «que arrease bien.» La impaciencia no le permitía ir -andando con su pata coja. - -En los últimos momentos llamara doña Aurora á Esclavitud, poniéndole en -las manos, amén de su salario, una buena propina, á cuyo obsequio añadió -el de unos aretes con turquesas. «No quiero que se vaya descontenta. -Cuidado que la noto desemblantada á la infeliz. Me parece que estaba -encariñada de veras con el niño, por lo cual es cada vez más conveniente -mi resolución. Me da lástima, y conozco que es una tontería que me la -dé: ¡qué arrimo como el que encuentra! Le hago un favor grandísimo: lo -que me tranquiliza es eso. Lleva una canonjía...» - -Así y todo, la señora no podía reprimir cierta desazón, cierta amargura -íntima, una lástima inmensa, que después tradujo por doloroso -presentimiento. «Mire V. que compadecerla cuando estoy tan segura de que -le he proporcionado lo que más podría desear una muchacha de su -clase...» Y así lo creía en efecto la señora de Pardiñas. Como les -sucede á muchas personas bondadosas incapaces de odiar y hacer daño, no -quería reconocer que miraba ante todo á la conveniencia de su hijo, por -más justo que le pareciese y en efecto fuese este móvil, y trataba de -atribuir su conducta al interés de la misma Esclavitud. - -La tranquilizó un poquillo oir en la cocina á Fausta que embromaba á -Esclavitud cantándole _sotto voce_ aquello de «Y hoy sirvo á un -abuelo... que está chocho y lelo... y yo soy el ama...» - ---Tiene razón Fausta. El ama será en casa del señor de Febrero. Como no -lo sea de más... - -Salía el tren de Galicia á las siete y treinta y cinco, y á esa hora tan -bonita, precursora del anochecer, en el andén de la estación del Norte -no cabía la multitud afanosa y regocijada de viajeros y de amigos que -los despedían, envidiando éstos á los que se marchaban á ver tierras -hermosas, respirar aire salino, gozar el fresco, vivir mejor, en clima -templado y salubre, algunos meses. No había escenas tristes: no era el -adiós del marinero, ni la partida del soldado, ni la nostálgica -despedida del emigrante: los que se iban, excitados y gozosos; risueños -en su dentera los que se quedaban... Sólo hacia el extremo del tren, á -la portezuela de un coche de primera, se divisaba un grupo de cinco -personas que trocaban abrazos prolongados; componíase de dos hombres, -mozo el uno y el otro viejo ya, cabizbajos, pero erguidos de cuerpo, y -tres señoras, dos jóvenes y una de pelo blanco, que aplicaban -frecuentemente el pañuelo á los ojos enrojecidos. Dentro del vagón -estaba un ama con niño de pecho. Laín Calvo se acercó á doña Aurora y le -dijo señalando al grupo: - ---¿Ve allí á los Rojas? Faroles hasta el fin, hasta la muerte. Al hijo -me lo han vuelto á trasladar á Marineda por aquella historia consabida -de farolerías con el ministro, y mas que sepa perecer de necesidad, -viajará en primera por el decoro de su cargo. Tiene á la mujer otra vez -embarazada... y bien adelantadita en meses. A otra traslación dice que -dimitirá... Y á Rojas ya me lo pillaron, ¿no sabía? Recibió la -jubilación hace una semana. - ---¡Qué me dice V.!--exclamó con pena sincerísima la señora.--¡Válgame -Dios! ¡Pobrecitos! Esa infeliz de Matilde Rojas, cuándo encontrará un -hombre de bien que la quiera sin un cuarto de dote! Le digo á V. que -todo el camino iré pensando en esta familia. ¡Qué mundo, Don Nicanor! - -Doña Aurora intentó dirigirse al grupo y estrechar la mano de las -señoras de Rojas: pero ya no era hacedero, porque sonaba la campana de -aviso, bufaba la máquina, y corrían de un lado á otro las carretillas -con equipajes facturados para cargarlos. Rogelio, desde el vagón, alargó -la mano á su madre, que subió despacio, riendo porque se le había -enganchado un volante en el estribo; y entre la primer arrancada del -tren se perdió la voz de Laín Calvo que gritaba: - ---¡Cuidado con las niñas de Vigo, Rogelín que son de rechupete, home! - -El tren, oscilando con suavidad, activaba su marcha. Caía la tarde con -serena magnificencia, y Rogelio, asomado á la ventanilla, creía divisar -ya los frescos valles galaicos, los castaños frondosos, el azul festón -de las rías orlando la tierra más bonita del mundo. - -En cambio no vió, del otro lado del andén, á Esclavitud, que seguía con -los ojos el tren hasta que se alejó grandioso y raudo. Cuando ya no fué -posible columbrar ni un copo del penachillo de humo negro, la muchacha, -estremeciéndose como si tuviese frío, retrocedió lentamente hacia la -ciudad, bien resuelta á que el sol, que se ponía en aquel instante, no -volviese á levantarse para ella nunca, nunca. - -Dejemos á la infeliz, porque al cabo no podríamos quitárselo de la -cabeza. Si consultamos sobre este drama á Don Gabriel Pardo, que es -amigo de generalidades pedantescas y se paga de malas razones por el -afán de pretender explicarlo todo, nos dirá que el extravío mental que -conduce á la muerte voluntaria, es muy propio del sombrío humor de la -raza céltica, esa gran vencida de la Historia: como si cada día y en -cada provincia de España no trajese la prensa suicidios así. - - -FIN - - - - - - - - -End of Project Gutenberg's Insolación y Morriña, by Emilia Pardo-Bazán - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK INSOLACIÓN Y MORRIÑA *** - -***** This file should be named 52597-0.txt or 52597-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/2/5/9/52597/ - -Produced by Josep Cols Canals, Chuck Greif and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -book was produced from images made available by the -HathiTrust Digital Library.) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. Special rules, -set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to -copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to -protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project -Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you -charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you -do not charge anything for copies of this eBook, complying with the -rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose -such as creation of derivative works, reports, performances and -research. They may be modified and printed and given away--you may do -practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. - - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To -SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any -particular state visit http://pglaf.org - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. 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Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - http://www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/old/52597-0.zip b/old/52597-0.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index f2df8b4..0000000 --- a/old/52597-0.zip +++ /dev/null diff --git a/old/52597-h.zip b/old/52597-h.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index f0fbc2e..0000000 --- a/old/52597-h.zip +++ /dev/null diff --git a/old/52597-h/52597-h.htm b/old/52597-h/52597-h.htm deleted file mode 100644 index 50aef78..0000000 --- a/old/52597-h/52597-h.htm +++ /dev/null @@ -1,9843 +0,0 @@ -<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" -"http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> - -<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" lang="en" xml:lang="en"> - <head> <link rel="coverpage" href="images/cover.jpg" /> -<meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=utf-8" /> -<title> - The Project Gutenberg eBook of Isolación-Morriña, por Emilia Pardo-Bazán. -</title> -<style type="text/css"> - p {margin-top:.2em;text-align:justify;margin-bottom:.2em;text-indent:4%;} - -.c {text-align:center;text-indent:0%;} - -.cb {text-align:center;text-indent:0%;font-weight:bold;} - -.letra {font-size:250%;float:left;margin-top:-1%;} - @media print, handheld - { .letra - {font-size:150%;} - } - -.nind {text-indent:0%;} - -.r {text-align:right;margin-right: 5%;} - -.rht {margin-left:70%;margin-right:8%} - -.ht {border-top:1px solid black;border-bottom:1px solid black;text-align:center;} - -.sans {font-family:sans-serif, serif;} - -small {font-size: 70%;} - -big {font-size: 130%;} - - h1 {margin-top:5%;text-align:center;clear:both;} - - h2 {margin-top:4%;margin-bottom:2%;text-align:center;clear:both; - font-size:120%;} - - h3 {margin:4% auto 2% auto;text-align:center;clear:both;} - - hr {width:60%;margin:2em auto .2em auto;clear:both;color:black;} - - hr.full {width: 60%;margin:2% auto 2% auto;border-top:1px solid black; -padding:.1em;border-bottom:1px solid black;border-left:none;border-right:none;} - - table {margin-top:2%;margin-bottom:2%;margin-left:auto;margin-right:auto;border:none;} - - body{margin-left:4%;margin-right:6%;background:#ffffff;color:black;font-family:"Times New Roman", serif;font-size:medium;} - -a:link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;} - - link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;} - -a:visited {background-color:#ffffff;color:purple;text-decoration:none;} - -a:hover {background-color:#ffffff;color:#FF0000;text-decoration:underline;} - -.smcap {font-variant:small-caps;font-size:100%;} - - img {border:none;} - -.blockquot {margin-top:2%;margin-bottom:2%;} - -.figcenter {margin-top:3%;margin-bottom:3%;clear:both; -margin-left:auto;margin-right:auto;text-align:center;text-indent:0%;} - @media print, handheld - {.figcenter - {page-break-before: avoid;} - } - -.pagenum {font-style:normal;position:absolute; -left:95%;font-size:55%;text-align:right;color:gray; -background-color:#ffffff;font-variant:normal;font-style:normal;font-weight:normal;text-decoration:none;text-indent:0em;} -@media print, handheld -{.pagenum - {display: none;} - } - -</style> - </head> -<body> - - -<pre> - -The Project Gutenberg EBook of Insolación y Morriña, by Emilia Pardo-Bazán - -This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with -almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Insolación y Morriña - Dos historias amorosas - -Author: Emilia Pardo-Bazán - -Release Date: July 17, 2016 [EBook #52597] -[Last updated: May 16, 2017] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK INSOLACIÓN Y MORRIÑA *** - - - - -Produced by Josep Cols Canals, Chuck Greif and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -book was produced from images made available by the -HathiTrust Digital Library.) - - - - - - -</pre> - -<hr class="full" /> - -<div class="figcenter"> -<img src="images/cover.jpg" width="319" height="500" alt="" title="" /> -</div> - -<p class="cb">OBRAS COMPLETAS<br /> - -<span class="pagenum"><a name="page_001" id="page_001"></a>{1}</span> - -DE<br /> -<img src="images/bazan.png" width="284" height="22" alt="EMILIA PARDO-BAZÁN" title="" /> - -<br /> - -<span class="sans">CONDESA DE PARDO-BAZÁN</span><br /> -————<br /> -TOMO VII<br /> -————<br /> - -<span class="sans">INSOLACIÓN—MORRIÑA</span></p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_002" id="page_002"></a>{2}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_003" id="page_003"></a>{3}</span> </p> - -<p class="cb"> -<span class="sans">EMILIA PARDO-BAZÁN</span><br /> - -CONDESA DE PARDO-BAZÁN<br /> - -OBRAS COMPLETAS.—TOMO VII<br />————<br /></p> - -<h1> -I N S O L A C I Ó N<br /> - -<small><small>Y</small></small><br /> - -M O R R I Ñ A</h1> - -<p class="cb"> -(DOS HISTORIAS AMOROSAS)<br /> -<br /> -<img src="images/colofon.jpg" -width="100" -height="98" -alt="colofón" /><br /> -<br /> -MADRID<br /> -V. PRIETO Y COMPAÑÍA, EDITORES<br /> -Pontejos, número 8.<br /> -1911<br /> -</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_004" id="page_004"></a>{4}</span> </p> - -<div class="rht"> -<p class="ht"> -Es propiedad.<br /> -Queda hecho el depósito<br /> -que marca la ley.<br /> -</p> -</div> - -<hr /> - -<p class="c"> -Establecimiento tipográfico, Campomanes, 4.<br /> -</p> - -<table border="1" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="" -style="border:3px black outset;margin:2em auto 2em auto;max-width:60%;"> -<tr class="c"><td> - -<a href="#INSOLACION"><b>INSOLACIÓN</b></a><br /> -<a href="#I-in">I</a>, -<a href="#II-in">II</a>, -<a href="#III-in">III</a>, -<a href="#IV-in">IV</a>, -<a href="#V-in">V</a>, -<a href="#VI-in">VI</a>, -<a href="#VII-in">VII</a>, -<a href="#VIII-in">VIII</a>, -<a href="#IX-in">IX</a>, -<a href="#X-in">X</a>, -<a href="#XI-in">XI</a>, -<a href="#XII-in">XII</a>, -<a href="#XIII-in">XIII</a>, -<a href="#XIV-in">XIV</a>, -<a href="#XV-in">XV</a>, -<a href="#XVI-in">XVI</a>, -<a href="#XVII-in">XVII</a>, -<a href="#XVIII-in">XVIII</a>, -<a href="#XIX-in">XIX</a>, -<a href="#XX-in">XX</a>, -<a href="#XXI-in">XXI</a>, -<a href="#XXII-in">XXII</a>, -</td><td> -<a href="#MORRINA"><b>MORRIÑA</b></a><br /> -<a href="#I-morr">I</a>, -<a href="#II-morr">II</a>, -<a href="#III-morr">III</a>, -<a href="#IV-morr">IV</a>, -<a href="#V-morr">V</a>, -<a href="#VI-morr">VI</a>, -<a href="#VII-morr">VII</a>, -<a href="#VIII-morr">VIII</a>, -<a href="#IX-morr">IX</a>, -<a href="#X-morr">X</a>, -<a href="#XI-morr">XI</a>, -<a href="#XII-morr">XII</a>, -<a href="#XIII-morr">XIII</a>, -<a href="#XIV-morr">XIV</a>, -<a href="#XV-morr">XV</a>, -<a href="#XVI-morr">XVI</a>, -<a href="#XVII-morr">XVII</a>, -<a href="#XVIII-morr">XVIII</a>, -<a href="#XIX-morr">XIX</a>, -<a href="#XX-morr">XX</a>, -<a href="#XXI-morr">XXI</a>, -<a href="#XXII-morr">XXII</a>, -<a href="#XXIII-morr">XXIII</a>, -<a href="#EPILOGO-morr">EPILOGO</a><br /> -</td></tr> -</table> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_005" id="page_005"></a>{5}</span><br /> <br /></p> - -<div class="figcenter"> -<img src="images/dedic.png" width="276" height="142" -alt="A José Lázaro Galdiano, -en prenda de amistad, -La Autora." title="" /> -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_006" id="page_006"></a>{6}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_007" id="page_007"></a>{7}</span> </p> - -<h2><a name="INSOLACION" id="INSOLACION"></a>INSOLACIÓN</h2> - -<h3><a name="I-in" id="I-in"></a>I</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">L</span><small>A</small> primer señal por donde Asís Taboada se hizo cargo de que había salido -de los limbos del sueño, fué un dolor como si la barrenasen las sienes -de parte á parte con un barreno finísimo; luego le pareció que las -raíces del pelo se convertían en millares de puntas de aguja y se le -clavaban en el cráneo. También notó que la boca estaba pegajosita, -amarga y seca; la lengua, hecha un pedazo de esparto; las mejillas -ardían; latían desaforadamente las arterias, y el cuerpo declaraba á -gritos que, si era ya hora muy razonable de saltar de la cama, no estaba -él para valentías tales.</p> - -<p>Suspiró la señora; dió una vuelta, convenciéndose de que tenía -molidísimos los huesos; alcanzó el cordón de la campanilla, y tiró con -garbo. Entró la doncella, pisando quedo, y entreabrió las maderas del -cuarto-tocador. Una flecha de luz se coló en la alcoba, y Asís exclamó -con voz ronca y debilitada:<span class="pagenum"><a name="page_008" id="page_008"></a>{8}</span></p> - -<p>—Menos abierto... Muy poco... Así.</p> - -<p>—¿Cómo le va, señorita?—preguntó muy solícita la Angela (por mal -nombre <i>Diabla</i>).—¿Se encuentra algo más aliviada ahora?</p> - -<p>—Sí, hija..., pero se me abre la cabeza en dos.</p> - -<p>—¡Ay! ¿Tenemos la maldita de la jaquecona?</p> - -<p>—Clavada... A ver si me traes una taza de tila...</p> - -<p>—¿Muy cargada, señorita?</p> - -<p>—Regular...</p> - -<p>—Voy volando.</p> - -<p>Un cuarto de hora duró el vuelo de la Diabla. Su ama, vuelta de cara á -la pared, subía las sábanas hasta cubrirse la cara con ellas, sin más -objeto que sentir el fresco de la batista en aquellas mejillas y frente -que estaban echando lumbre.</p> - -<p>De tiempo en tiempo exhalaba un gemido sordo.</p> - -<p>En la mollera suya funcionaba, de seguro, toda la maquinaria de la Casa -de la Moneda, pues no recordaba aturdimiento como el presente, sino el -que había experimentado al visitar la fábrica de dinero y salir medio -loca de las salas de acuñación.</p> - -<p>Entonces, lo mismo que ahora, se le figuraba que una legión de enemigos -se divertía en pegarla tenazazos en los sesos y devanarla con argadillos -candentes la masa encefálica.</p> - -<p>Además, notaba cierta trepidación allá dentro, igual que si la cama -fuese una hamaca, y á cada balance se le amontonase el estómago y le -metiesen en prensa el corazón.<span class="pagenum"><a name="page_009" id="page_009"></a>{9}</span></p> - -<p>La tila. Calentita, muy bien hecha. Asís se incorporó, sujetando la -cabeza y apretándose las sienes con los dedos. Al acercar la cucharilla -á los labios, náuseas reales y efectivas.</p> - -<p>—Hija... está hirviendo... Abrasa. ¡Ay! Sosténme un poco, por los -hombros. ¡Así!</p> - -<p>Era la Diabla una chica despabilada, lista como una pimienta: una -luguesa que no le cedía el paso á la andaluza más ladina. Miró á su ama -guiñando un poco los ojos, y dijo compungidísima al parecer:</p> - -<p>—Señorita... Vaya por Dios. ¿Se encuentra peor? Lo que tiene no es sino -eso que le dicen allá en nuestra tierra un <i>soleado</i>... Ayer se caían -los pájaros de calor, y V. fuera todo el santo día...</p> - -<p>—Eso será...,—afirmó la dama.</p> - -<p>—¿Quiere que vaya enseguidita á avisar al señor de Sánchez del Abrojo?</p> - -<p>—No seas tonta... No es cosa para andar fastidiando al médico. Un meneo -á la taza. Múdala á ese vaso...</p> - -<p>Con un par de trasegaduras de vaso á taza y viceversa, quedó potable la -tila. Asís se la embocó, y al punto se volvió hacia la pared.</p> - -<p>—Quiero dormir... No almuerzo... Almorzad vosotros... Si vienen -visitas, que he salido... Atenderás por si llamo.</p> - -<p>Hablaba la dama sorda y opacamente, de mal talante, como aquel que no -está para bromas y tiene igualmente desazonados el cuerpo y el espíritu.</p> - -<p>Se retiró por fin la doncella, y al verse sola,<span class="pagenum"><a name="page_010" id="page_010"></a>{10}</span> Asís suspiró más -profundo y alzó otra vez las sábanas, quedándose acurrucada en una -concha de tela. Se arregló los pliegues del camisón, procurando que la -cubriese hasta los piés; echó atrás la madeja del pelo revuelto, -empapado en sudor y áspero de polvo, y luego permaneció quietecita, con -síntomas de alivio y aun de bienestar físico producido por la infusión -calmante.</p> - -<p>La jaqueca, que ya se sabe cómo es de caprichosa y maniática, se había -marchado por la posta desde que llegara al estómago la taza de tila; la -calentura cedía, y las bascas iban aplacándose... Sí, lo que es el -cuerpo se encontraba mejor, infinitamente mejor; pero, ¿y el alma? ¿Qué -procesión le andaba por dentro á la señora?</p> - -<p>No cabe duda: si hay una hora del día en que la conciencia goza todos -sus fueros, es la del despertar. Se distingue muy bien de colores -después del descanso nocturno y el paréntesis del sueño. Ambiciones y -deseos, afectos y rencores se han desvanecido entre una especie de -niebla; faltan las excitaciones de la vida exterior; y así como después -de un largo viaje parece que la ciudad de donde salimos hace tiempo no -existe realmente, al despertar suele figurársenos que las fiebres y -cuidados de la víspera se han ido en humo y ya no volverán á acosarnos -nunca. Es la cama una especie de celda donde se medita y hace examen de -conciencia, tanto mejor cuanto que se está muy á gusto, y ni la luz ni -el ruido distraen. Grandes dolores de<span class="pagenum"><a name="page_011" id="page_011"></a>{11}</span> corazón y propósitos de la -enmienda suelen quedarse entre las mantas.</p> - -<p>Unas miajas de todo esto sentía la señora; sólo que á sus demás -impresiones sobrepujaba la del asombro.—«¿Pero es de veras? ¿Pero me ha -pasado <i>eso</i>? Señor Dios de los ejércitos, ¿lo he soñado ó no? Sácame de -esta duda.»—Y aunque Dios no se tomaba el trabajo de responder negando -ó afirmando, <i>aquello</i> que reside en algún rincón de nuestro ser moral y -nos habla tan categóricamente como pudiera hacerlo una voz divina, -contestaba:—«Grandísima hipócrita, bien sabes tú como fué: no me -preguntes, que te diré algo que te escueza.»</p> - -<p>—Tiene razón la Diabla: ayer atrapé un <i>soleado</i> y para mí, el sol... -matarme. ¡Este chicharrero de Madrid! ¡El veranito y su alma! Bien -empleado, por meterme en avisperos. A estas horas debía yo andar por mi -tierra...</p> - -<p>Doña Francisca Taboada se quedó un poquitín más tranquila desde que pudo -echarle la culpa al sol. A buen seguro que el astro-rey dijese esta boca -es mía protestando, pues aunque está menos acostumbrado á las -acusaciones de galeotismo que la luna, es de presumir que las acoja con -igual impasibilidad é indiferencia.</p> - -<p>—De todos modos—arguyó la voz inflexible,—confiesa, Asís, que si no -hubieses tomado más que sol... Vamos, á mí no me vengas tú con -historias, que ya sabes que nos conocemos... ¡como que andamos juntos -hace la friolera de treinta y dos abriles! Nada, aquí no valen -subterfugios... Y tampoco sirve alegar que<span class="pagenum"><a name="page_012" id="page_012"></a>{12}</span> si fué inesperado, que si -parece mentira, que si patatín, que si patatán... Hija de mi corazón, lo -que no sucede en un año sucede en un día. No hay que darle vueltas. Tú -has sido hasta la presente una señora intachable; bien; una perfecta -viuda; conformes; te has llevado en peso tus dos añitos de luto (cosa -tanto más meritoria cuanto que, seamos francos, últimamente ya -necesitabas alguna virtud para querer á tu tío, esposo y señor natural, -el insigne marqués de Andrade, con sus bigotes pintados y sus achaques, -fístulas ó lo que fuesen); á pesar de tu genio animado y tu afición á -las diversiones, en veinticuatro meses no se te ha visto el pelo sino en -la iglesia ó en casa de tus amigas íntimas; convenido; has consagrado -largas horas al cuidado de tu niña y eres madre cariñosa; nadie lo -niega; te has propuesto siempre portarte como una señora, disfrutar de -tu posición y tu independencia, no meterte en líos ni hacer contrabando; -lo reconozco; pero... ¿qué quieres, mujer? te descuidaste un minuto, -incurriste en una chiquillada (porque fué una chiquillada, pero -chiquillada del género atroz, convéncete de ello) y por cuanto viene el -demonio y la enreda y te encuentras de patitas en la gran trapisonda... -No andemos con sol por aquí y calor por allá. Disculpas de mal pagador. -Te falta hasta la excusa vulgar, la del cariñito y la pasioncilla... -Nada, chica, nada. Un pecado gordo en frío, sin circunstancias -atenuantes y con ribetes de desliz chabacano. ¡Te luciste!</p> - -<p>Ante estos argumentos irrefutables cedía<span class="pagenum"><a name="page_013" id="page_013"></a>{13}</span> la acción bienhechora de la -tila, y Asís iba experimentando otra vez terrible desasosiego y sofoco. -El barreno que antes le taladraba la sien, se había vuelto sacacorchos, -y haciendo hincapié en el occipucio, parecía que enganchaba los sesos á -fin de arrancarlos igual que el tapón de una botella. Ardía la cama y -también el cuerpo de la culpable, que, como un San Lorenzo en sus -parrillas, daba vueltas y más vueltas en busca de rincones frescos, al -borde del colchón. Convencida de que todo abrasaba igualmente, Asís -brincó de la cama abajo, y blanca y silenciosa como un fantasma entre la -penumbra de la alcoba, se dirigió al lavabo, torció el grifo del -depósito, y con las yemas de los dedos empapadas en agua, se humedeció -frente, mejillas y nariz; luego se refrescó la boca, y por último se -bañó los párpados largamente, con fruición; hecho lo cual, creyó sentir -que se le despejaban las ideas y que la punta del barreno se retiraba -poquito á poco de los sesos. ¡Ay, qué alivio tan rico! A la cama, á la -cama otra vez, á cerrar los ojos, estarse quietecita y callada y sin -pensar en cosa ninguna...</p> - -<p>Sí, á buena parte. ¿No pensar dijiste? Cuanto más se aquietaban los -zumbidos y los latidos, y la jaqueca y la calentura, más nítidos y -agudos eran los recuerdos, más activas y endiabladas las cavilaciones.</p> - -<p>—Si yo pudiese rezar—discurrió Asís.—No hay para esto de conciliar el -sueño como repetir una misma oración de carretilla.<span class="pagenum"><a name="page_014" id="page_014"></a>{14}</span></p> - -<p>Intentólo en efecto; mas si por un lado era soporífera la operación, por -otro agravaba las inquietudes y resquemores íntimos de la señora. Bonito -se pondría el Padre Urdax cuando tocasen á confesarse de aquella cosa -inaudita y estupenda. ¡Él, que tanto se atufaba por menudencias de -escotes, infracciones de ayuno, asistencia á saraos en cuaresma, mermas -de misa y otros pecadillos que trae consigo la vida mundana en la corte! -¿Qué circunloquios serían más adecuados para atenuar la primer impresión -de espanto y la primer filípica? Sí, sí ¡circunloquios al Padre Urdax! -¡Él, que lo preguntaba todo derecho y claro, sin pararse en vergüenzas -ni en reticencias! ¡Con aquel geniazo de pólvora y aquella manga -estrechita que gastaba! Si al menos permitiese explicar la cosa desde un -principio, bien explicada, con todas las aclaraciones y notas precisas -para que se viese la fatalidad, la serie de circunstancias que... Pero, -¿quién se atreve á hacer mérito de ciertas disculpas ante un jesuíta tan -duro de pelar y tan largo de entendederas? Esos señores quieren que todo -sea virtud á raja tabla, y no entienden de componendas ni de excusas. -Antes parece que se les tachaba de tolerantísimos: no, pues lo que es -ahora...</p> - -<p>No obstante el triste convencimiento de que con el Padre Urdax sería -perder tiempo y derrochar saliva todo lo que no fuese decir <i>acúsome</i>, -<i>acúsome</i>, Asís, en la penumbra del dormitorio, entre el silencio, -componía mentalmente el relato que sigue, donde claro está que<span class="pagenum"><a name="page_015" id="page_015"></a>{15}</span> no había -de colocarse en el peor lugar, sino paliar el caso: aunque, señores, -ello admitía bien pocos paliativos.</p> - -<h3><a name="II-in" id="II-in"></a>II</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">H</span><small>AY</small> que tomarlo desde algo atrás y contar lo que pasó, ó por mejor -decir, lo que se charló anteayer en la tertulia semanal de la duquesa de -Sahagún, á la cual soy asidua concurrente. También la frecuenta mi -paisano el comandante de artillería Don Gabriel Pardo de la Lage, -cumplido caballero, aunque un poquillo inocentón, y sobre todo muy -estrafalario y bastante pernicioso en sus ideas, que á veces sostiene -con gran calor y terquedad, si bien las más noches le da por acoquinarse -y callar ó jugar al tresillo, sin importársele de lo que pasa en nuestro -corro. No obstante, desde que yo soy obligada todos los miércoles, notan -que Don Gabriel se acerca más al círculo de las señoras y gusta de armar -pendencia conmigo y con la dueña de la casa; por lo cual hay quien -asegura que no le parezco saco de paja á mi paisano, aun cuando otros -afirman que está enamorado de una prima ó sobrina suya, acerca de quien -se refieren no sé que historias raras. En fin, el caso es que disputando -y peleándonos siempre, no hacemos malas migas el comandante y yo.<span class="pagenum"><a name="page_016" id="page_016"></a>{16}</span> ¡Qué -malas migas! A cada polémica que armamos, parece aumentar nuestra -simpatía, como si sus mismas genialidades morales (no sé darles otro -nombre) me fuesen cayendo en gracia y pareciéndome indicio de cierta -bondad interior... Ello va mal expresado..., pero yo me entiendo.</p> - -<p>Pues anteayer (para venir al asunto) estuvo el comandante desde los -primeros momentos muy decidor y muy alborotado, haciéndonos reir con sus -manías. Le sopló la ventolera de sostener una vulgaridad: que España es -un país tan salvaje como el Africa central, que todos tenemos sangre -africana, beduina, árabe ó qué sé yo, y que todas esas músicas de -ferrocarriles, telégrafos, fábricas, escuelas, ateneos, libertad -política y periódicos, son en nosotros postizas y como pegadas con goma, -por lo cual están siempre despegándose, mientras lo verdaderamente -nacional y genuino, la barbarie subsiste, prometiendo durar por los -siglos de los siglos. Sobre esto se levantó el caramillo que es de -suponer. Lo primero que le repliqué fué compararlo á los franceses, que -creen que sólo servimos para bailar el bolero y repicar las castañuelas; -y añadí que la gente bien educada era igual, idéntica, en todos los -países del mundo.</p> - -<p>—Pues mire V., eso empiezo por negarlo—saltó Pardo con grandísima -fogosidad.—De los Pirineos acá, todos, sin excepción, somos salvajes, -lo mismo las personas finas que los tíos; lo que pasa es que nosotros lo -disimulamos un<span class="pagenum"><a name="page_017" id="page_017"></a>{17}</span> poquillo más, por vergüenza, por convención social, por -conveniencia propia; pero que nos pongan el plano inclinado, y ya -resbalaremos. El primer rayito de sol de España—este sol con que tanto -nos muelen los extranjeros y que casi nunca está en casa, porque aquí -llueve lo propio que en París, que ese es el chiste...</p> - -<p>Le interrumpí:</p> - -<p>—Hombre, sólo falta que también niegue V. el sol.</p> - -<p>—No lo niego, ¡qué he de negarlo! Por lo mismo que suele embozarse bien -en invierno, de miedo á las pulmonías, en verano lo tienen Vds. -convirtiendo á Madrid en sartén ó caldera infernal, donde nos -achicharramos todos... Y claro, no bien asoma, produce una fiebre y una -excitación endiabladas... Se nos sube á la cabeza, y entonces es cuando -se nivelan las clases ante la ordinariez y la ferocidad general.</p> - -<p>—Vamos, ya pareció aquello. V. lo dice por las corridas de toros.</p> - -<p>En efecto, á Pardo le da muy fuerte eso de las corridas. Es uno de sus -principales y frecuentes asuntos de sermón. En tomando la ampolleta -sobre los toros, hay que oirle poner como digan dueñas á los partidarios -de tal espectáculo, que él considera tan pecaminoso como el Padre Urdax, -los bailes de Piñata y las representaciones del <i>Demi-monde</i> y -<i>Divorciémonos</i>. Sale á relucir aquello de las tres fieras, toro, torero -y público; la primera, que se deja matar porque no tiene más remedio; la -segunda, que cobra por matar; la tercera, que paga<span class="pagenum"><a name="page_018" id="page_018"></a>{18}</span> para que maten, de -modo que viene á resultar la más feroz de las tres; y también aquello de -la suerte de pica, y de las tripas colgando, y de las excomuniones del -Papa contra los católicos que asisten á corridas, y de los perjuicios á -la agricultura... Lo que es la cuenta de perjuicios la saca de un modo -imponente. Hasta viene á resultar que por culpa de los toros hay déficit -en la Hacienda y hemos tenido las dos guerras civiles... (Verdad que -esto lo soltó en un instante de acaloramiento, y como vió la greguería y -la chacota que armamos, medio se desdijo.) Por todo lo cual, yo pensé -que al nombrar ferocidad y barbarie vendrían los toros detrás. No era -eso. Pardo contestó:</p> - -<p>—Dejemos á un lado los toros, aunque bien revelan el influjo -barbarizante ó barbarizador (como Vds. gusten) del sol, ya que es -axiomático que sin sol no hay corrida <i>buena</i>. Pero prescindamos de -ellos; no quiero que digan Vds. que ya es manía en mí la de sacar á -relucir la gente cornúpeta. Tomemos cualquier otra manifestación bien -genuina de la vida nacional... algo muy español y muy característico... -¿No estamos en tiempo de ferias? ¿No es mañana San Isidro Labrador? ¿No -va la gente estos días á solazarse por la pradera y el cerro?</p> - -<p>—Bueno; ¿y qué? ¿También criticará V. las ferias y el Santo? Este señor -no perdona ni á la corte celestial.</p> - -<p>—Bonito está el Santo, y valiente saturnal asquerosa la que sus devotos -le ofrecen. Si San Isidro la ve, él que era un honrado y pacífico<span class="pagenum"><a name="page_019" id="page_019"></a>{19}</span> -agricultor, convierte en piedras los garbanzos tostados y desde el cielo -descalabra á sus admiradores. Aquello es un aquelarre, una zahurda de -Plutón. Los instintos españoles más típicos corren allí desbocados, -luciendo su belleza. Borracheras, pendencias, navajazos, gula, -libertinaje grosero, blasfemias, robos, desacatos y bestialidades de -toda calaña... Gracioso <i>tableau</i>, señoras mías... Eso es el pueblo -español cuando le dan suelta. Lo mismito que los potros al salir á la -dehesa, que su felicidad consiste en hartarse de relinchos y coces.</p> - -<p>—Si me habla V. de la gente ordinaria...</p> - -<p>—No, es que insisto: todos iguales en siendo españoles; el instinto -vive allá en el fondo del alma; el problema es de ocasión y lugar, de -poder ó no sacudir ciertos miramientos que la educación impone: cosa -externa, cáscara y nada más.</p> - -<p>—¡Qué teorías, Dios misericordioso! ¿Ni siquiera admite V. excepciones -á favor de las señoras? ¿Somos salvajes también?</p> - -<p>—También, y acaso más que los hombres, que al fin Vds. se educan menos -y peor... No se dé V. por resentida, amiga Asís. Concederé que V. sea la -menor cantidad de salvaje posible, porque al fin nuestra tierra es la -porción más apacible y sensata de España.</p> - -<p>Aquí la Duquesa volvió la cabeza con sobresalto. Desde el principio de -la disputa estaba entretenida dando conversación á un tertuliano nuevo, -muchacho andaluz, de buena presencia, hijo de un antiguo amigo del -Duque, el cual,<span class="pagenum"><a name="page_020" id="page_020"></a>{20}</span> según me dijeron, era un rico hacendado residente en -Cádiz. La Duquesa no admite presentados, y sólo por circunstancias así -pueden encontrarse caras desconocidas en su tertulia. En cambio, á las -relaciones ya antiguas las agasaja muchísimo, y es tan consecuente y -cariñosa en el trato, que todos se hacen lenguas alabando su -perseverancia; virtud que, según he notado, abunda en la corte más de lo -que se cree. Advertía yo que, sin dejar de atender al forastero, la -Duquesa aplicaba el oído á nuestra disputa y rabiaba por mezclarse en -ella; la proporción le vino rodada para hacerlo, metiendo en danza al -gaditano.</p> - -<p>—Muchas gracias, señor de Pardo, por la parte que nos toca á los -andaluces. Estos galleguitos siempre arriman el ascua á su sardina. ¡Más -aprovechados son! De salvajes nos ha puesto, así como quien no quiere la -cosa.</p> - -<p>—¡Oh Duquesa, Duquesa, Duquesa!—respondió Pardo con mucha -guasa.—¡Darse por aludida V., V. que es una señora tan inteligente, -protectora de las bellas artes! ¡Usted que entiende de pucheros -mudéjares y barreñones asirios! ¡Usted que posee colecciones -mineralógicas que dejan con la boca abierta al embajador de Alemania! -¡Usted, señora, que sabe lo que significa <i>fósil</i>! ¡Pues si hasta miedo -le han cobrado á V. ciertos pedantes que yo conozco!</p> - -<p>—Haga V. el favor de no quedarse conmigo suavemente. No parece sino que -soy alguna literata ó alguna marisabidilla... Porque le guste á<span class="pagenum"><a name="page_021" id="page_021"></a>{21}</span> uno un -cuadro ó una porcelana... Si cree V. que así vamos á correr un velo -sobre aquello del salvajismo... ¿Qué opina V. de eso, Pacheco? Según -este caballero, que ha nacido en Galicia, es salvaje toda España y más -los andaluces. Asís, el señor Don Diego Pacheco... Pacheco, la señora -Marquesa viuda de Andrade... el señor Don Gabriel Pardo...</p> - -<p>El gaditano, sin pronunciar palabra, se levantó y vino á apretarme la -mano haciendo una cortesía; yo murmuré entre dientes eso que se murmura -en casos análogos. Llena la fórmula, nos miramos con la curiosidad fría -del primer momento, sin fijarnos en detalles. Pacheco, que llevaba con -soltura el frac, me pareció distinguido, y aunque andaluz, le encontré -más bien trazas inglesas: se me figuró serio y no muy locuaz ni -disputador. Haciéndose cargo de la indicación de la Duquesa, dijo con -acento cerrado y frase perezosa:</p> - -<p>—A cada país le cae bien lo suyo... Nuestra tierra no ha dado pruebas -de ser nada ruda; tenemos allá de too; poetas, pintores, escritores... -Cabalmente en Andalucía la gente pobre es mu fina y mu despabilaa. -Protesto contra lo que se refiere á las señoras. Este cabayero convendrá -en que toítas son unos ángeles del cielo.</p> - -<p>—Si me llama V. al terreno de la galantería—respondió Pardo—convendré -en lo que V. guste... Sólo que esas generalidades no prueban nada. En -las unidades nacionales no veo hombres ni mujeres; veo una raza, que se -determina<span class="pagenum"><a name="page_022" id="page_022"></a>{22}</span> históricamente en esta ó en aquella dirección...</p> - -<p>—¡Ay, Pardo!—suplicó la Duquesa con mucha gracia.—Nada de palabras -retorcidas, ni de filosofías intrincadas. Hable V. clarito y en -cristiano. Mire V. que no hemos llegado á sabios, y que nos vamos á -quedar en ayunas.</p> - -<p>—Bueno; pues hablando en cristiano, digo que ellos y ellas son de la -misma pasta, porque no hay más remedio, y que en España (allá va, Vds. -se empeñan en que ponga los puntos sobre las <i>íes</i>) también las señoras -pagan tributo á la barbarie—lo cual puede no advertirse á primera vista -porque su sexo las obliga á adoptar formas menos toscas, y las condena -al papel de ángeles, como las ha llamado este caballero.—Aquí está -nuestra amiga Asís, que á pesar de haber nacido en el Noroeste, donde -las mujeres son reposadas, dulces y cariñosas, sería capaz, al darle un -rayo de sol en la mollera, de las mismas atrocidades que cualquier hija -del barrio de Triana ó del Avapiés...</p> - -<p>—¡Ay, paisano! Ya digo que está V. tocado, incurable. Con el sol tiene -la tema. ¿Qué le hizo á V. el sol, para que así lo traiga al retortero?</p> - -<p>—Serán aprensiones, pero yo creo que lo llevamos disuelto en la sangre -y que á lo mejor nos trastorna.</p> - -<p>—No lo dirá V. por nuestra tierra. Allá no le vemos la cara sino unos -cuantos días del año.</p> - -<p>—Pues no lo achaquemos al sol; será el aire ibérico; el caso es que los -gallegos, en ese<span class="pagenum"><a name="page_023" id="page_023"></a>{23}</span> punto, sólo aparentemente nos distinguimos del resto -de la Península. ¿Ha visto V. qué bien nos acostumbramos á las corridas -de toros? En Marineda ya se llena la plaza y se calientan los cascos -igual que en Sevilla ó Córdoba. Los cafés flamencos hacen furor; las -cantaoras traen revuelto al sexo masculino; se han comprado cientos de -navajas, y lo peor es que se hace uso de ellas; hasta los chicos de la -calle se han aprendido de memoria el tecnicismo taurómaco; la manzanilla -corre á mares en los tabernáculos marinedinos; hay sus cañitas y todo; -una parodia ridícula, corriente; pero parodia que sería imposible donde -no hubiese materia dispuesta para semejantes aficiones. Convénzanse -Vds.: aquí en España, desde la Restauración, maldito si hacemos otra -cosa más que jalearnos á nosotros mismos. Empezó la broma por todas -aquellas demostraciones contra Don Amadeo; lo de las peinetas y -mantillas, los trajecitos á medio paso y los caireles; siguió con las -barbianerías del difunto rey, que le había dado por lo chulo, y claro, -la gente elegante le imitó, y ahora es ya una epidemia, y entre -patriotismo y flamenquería, guitarreo y cante jondo, panderetas con -madroños colorados y amarillos, y abanicos con las hazañas y los -retratos de Frascuelo y Mazzantini, hemos hecho una Españita bufa, de -tapiz de Goya ó sainete de Don Ramón de la Cruz. Nada, es moda y á -seguirla. Aquí tiene V. á nuestra amiga la Duquesa, con su cultura y su -finura, y sus mil dotes de dama; ¿pues no se pone tan<span class="pagenum"><a name="page_024" id="page_024"></a>{24}</span> contenta cuando -la dicen que es la chula más salada de Madrid?</p> - -<p>—Hombre, si fuese verdad, ¡ya se ve que me pondría!—exclamó la Duquesa -con la viveza donosa que la distingue.—¡A mucha honra! Más vale una -chula que treinta gringas. Lo gringo me apesta. Soy yo muy españolaza, -¿se entera V.? Se me figura que más vale ser como Dios nos hizo, que no -que andemos imitando todo lo de extranjis... Estas manías de vivir á la -inglesa, á la francesa... ¿Habrá ridiculez mayor? De Francia los -perifollos; bueno; no ha de salir uno por ahí espantando á la gente, -vestido como en el año de la nanita... De Inglaterra los asados... y se -acabó. Y diga V., muy señor mío de mi mayor aprecio, ¿cómo es eso de que -somos salvajes los españoles y no lo es el resto del género humano? En -primer lugar, ¿se puede saber á qué llama V. salvajadas? En segundo, -¿qué hace nuestro pueblo, pobre infeliz, que no hagan también los demás -de Europa? Conteste.</p> - -<p>—¡Ay!... ¡si me aplasta V.!... ¡si ya no sé por donde ando! <i>Pietá</i>, -<i>Signor.</i> Vamos, Duquesa, insisto en el ejemplo de antes: ¿ha visto V. -la romería de San Isidro?</p> - -<p>—Vaya si la he visto. Por cierto que es de lo más entretenido y -pintoresco. Tipos se encuentran allí, que... Tipos de oro. ¿Y los -columpios? ¿Y los tíos vivos? ¿Y aquella animación, aquel hormigueo de -la gente? Le digo á V. que, para mí, hay poco tan salado como esas -fiestas populares. ¿Que abundan borracheras y broncas?<span class="pagenum"><a name="page_025" id="page_025"></a>{25}</span> Pues eso pasa -aquí y en Flandes: ¿ó se ha creído V. que allá, por la <i>Ingalaterra</i>, la -gente no se pone nunca á medios pelos, ni se arma quimera, ni se hace -barbaridad ninguna?</p> - -<p>—Señora...—exclamó Pardo desalentado—V. es para mi un enigma. Gustos -tan refinados en ciertas cosas, y tal indulgencia para lo brutal y lo -feroz en otras, no me lo explico sino considerando que con un corazón y -un ingenio de primera, pertenece V. á una generación bizantina y -decadente, que ha perdido los ideales... Y no digo más, porque se reirá -V. de mí.</p> - -<p>—Es muy saludable ese temor; así no me hablará V. de cosazas -filosóficas que yo no entiendo—respondió la Duquesa soltando una de sus -carcajadas argentinas, aunque reprimidas siempre.—No haga V. caso de -este hombre, Marquesa—murmuró volviéndose á mí.—Si se guía V. por él, -la convertirá en una cuákera. Vaya V. al Santo, y verá cómo tengo razón -y aquello es muy original y muy famoso. Este señor ha descubierto que -sólo se achispan los españoles: lo que es los ingleses, ¡angelitos de mi -vida! ¡qué habían de ajumarse nunca!</p> - -<p>—Señora—replicó el comandante riendo, pero sofocado ya—los ingleses -se achispan; conformes: pero se achispan con <i>sherry</i>, con cerveza ó con -esos alcoholes endiablados que ellos usan; no como nosotros, con el -aire, el agua, el ruido, la música y la luz del cielo; ellos se volverán -unos cepos así que trincan, pero nosotros nos volvemos fieras; nos entra -en el cuerpo un espíritu maligno de bravata y<span class="pagenum"><a name="page_026" id="page_026"></a>{26}</span> fanfarronería, y por -gusto nos ponemos á cometer las mayores ordinarieces, empeñándonos en -imitar al populacho. Y esto lo mismo las damas que los caballeros, si á -mano viene, como dicen en mi país. Transijamos con todo, excepto con la -ordinariez, Duquesa.</p> - -<p>—Hasta la presente—declaró con gentil confusión la dama—no hemos -salido ni la marquesa de Andrade ni yo á trastear ningún novillo.</p> - -<p>—Pues todo se andará, señoras mías, si les dan paño—respondió el -comandante.</p> - -<p>—A este señor le arañamos nosotras—afirmó la Duquesa fingiendo con -chiste un enfado descomunal.</p> - -<p>—¿Y el Sr. Pacheco, que no nos ayuda?—murmuré volviéndome hacia el -silencioso gaditano. Este tenía los ojos fijos en mí, y sin apartarlos, -disculpó su neutralidad declarando que ya nos defendíamos muy bien y -maldita la falta que nos hacían auxilios ajenos: al poco rato miró el -reloj, se levantó, despidióse con igual laconismo, y fuése. Su marcha -varió por completo el giro de la conversación. Se habló de él, claro -está: la Sahagún refirió que lo había tenido á su mesa, por ser hijo de -persona á quien estimaba mucho, y añadió que ahí donde lo veíamos, hecho -un moro por la indolencia y un inglés por la sosería, no era sino un -calaverón de tomo y lomo, decente y caballero, sí, pero aventurero y -gracioso como nadie, muy gastador y muy tronera, de quien su padre no -podía hacer bueno, ni traerle al camino de la formalidad y del sentido -práctico, pues lo único para<span class="pagenum"><a name="page_027" id="page_027"></a>{27}</span> que hasta la fecha servía era para -trastornar la cabeza á las mujeres. Y entonces el comandante (he notado -que á todos los hombres les molesta un poquillo que delante de ellos se -diga de otros que nos trastornan la cabeza) murmuró como hablando -consigo mismo:</p> - -<p>—Buen ejemplar de raza española.</p> - -<h3><a name="III-in" id="III-in"></a>III</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">B</span><small>IEN</small> sabe Dios que cuando al siguiente día, de mañana, salí á oir misa á -San Pascual, por ser la festividad del Patrón de Madrid, iba yo con mi -eucologio y mi mantillita hecha una santa, sin pensar en nada inesperado -y novelesco, y á quien me profetizase lo que sucedió después, creo que -le llevo á los tribunales por embustero é insolente. Antes de entrar en -la iglesia, como era temprano, me deslicé á dar un borde por la calle de -Alcalá, y recuerdo que, pasando frente al Suizo, dos ó tres de esos -chulos de pantalón estrecho y chaquetilla corta que se están siempre -plantados allí en la acera, me echaron una sarta de requiebros de lo más -desatinado; verbigracia:—Ole, ¡viva la purificación de la canela! -Uyuyuy, ¡vaya unos ojos que se trae V., hermosa! Soniche, ¡viva hasta el -cura que bautiza á estas hembras con mansanilla é lo fino!—Trabajo me -costó contener<span class="pagenum"><a name="page_028" id="page_028"></a>{28}</span> la risa al entreoir estos disparates; pero logré -mantenerme seria y apreté el paso á fin de perder de vista á los -ociosos.</p> - -<p>Cerca de la Cibeles me fijé en la hermosura del día. Nunca he visto aire -más ligero, ni cielo más claro; la flor de las acacias del paseo de -Recoletos olía á gloria, y los árboles parecía que estrenaban vestido -nuevo de tafetán verde. Ganas me entraron de correr y brincar como á los -quince, y hasta se me figuraba que en mis tiempos de chiquilla no había -sentido nunca tal exceso de vitalidad, tales impulsos de hacer -extravagancias, de arrancar ramas de árbol y de chapuzarme en el pilón -presidido por aquella buena señora de los leones... Nada menos que estas -tonterías me estaba pidiendo el cuerpo á mí.</p> - -<p>Seguí bajando hacia las Pascualas, con la devoción de la misa medio -evaporada y distraído el espíritu. Poco distaba ya de la iglesia, cuando -distinguí á un caballero, que parado al pié de corpulento plátano, -arrojaba á los jardines un puro enterito, y se dirigía luego á -saludarme. Y oí una voz simpática y ceceosa, que me decía:</p> - -<p>—A los piés... ¿A dónde bueno tan de mañana y tan sola?</p> - -<p>—Calle... Pacheco... ¿Y V.? V. sí que de fijo no viene á misa.</p> - -<p>—¿Y V. qué sabe? ¿Por qué no he de venir á misa yo?</p> - -<p>Trocamos estas palabras con las manos cogidas y una familiaridad muy -extraña, dado lo<span class="pagenum"><a name="page_029" id="page_029"></a>{29}</span> ceremonioso y somero de nuestro conocimiento la -víspera. Era sin duda que influía en ambos la transparencia y alegría de -la atmósfera, haciendo comunicativa nuestra satisfacción y dando -carácter expansivo á nuestra voz y actitudes. Ya que estoy dialogando -con mi alma y nada ha de ocultarse, la verdad es que en lo cordial de mi -saludo entró por mucho la favorable impresión que me causaron las -prendas personales del andaluz. Señor, ¿por qué no han de tener las -mujeres derecho para encontrar guapos á los hombres que lo sean, y por -qué ha de mirarse mal que lo manifiesten (aunque para manifestarlo -dijesen tantas majaderías como los chulos del café Suizo)? Si no lo -decimos lo pensamos, y no hay nada más peligroso que lo reprimido y -oculto, lo que se queda dentro. En suma. Pacheco, que vestía un elegante -terno gris claro, me pareció galán de veras; pero con igual sinceridad -añadiré que esta idea no me preocupó arriba de dos segundos, pues yo no -me pago solamente del exterior. Buena prueba di de ello casándome á los -veinte con mi tío, que tenía lo menos cincuenta, y lo que es de -gallardo...</p> - -<p>Adelante. El señor de Pacheco, sin reparar que ya tocaban á misa, pegó -la hebra, y seguimos de palique, guareciéndonos á la sombra del plátano, -porque el sol nos hacía guiñar los ojos más de lo justo.</p> - -<p>—¡Pero qué madrugadora!</p> - -<p>—¿Madrugadora porque oigo misa á las diez?<span class="pagenum"><a name="page_030" id="page_030"></a>{30}</span></p> - -<p>—Sí señor: todo lo que no sea levantarse para almorsá...</p> - -<p>—Pues V. hoy madrugó otro tanto.</p> - -<p>—Tuve corasonada. Esta tarde estarán buenos los toros: ¿No va V.?</p> - -<p>—No: hoy no irá la Sahagún, y yo generalmente voy con ella.</p> - -<p>—¿Y á las carreras de caballos?</p> - -<p>—Menos; me cansan mucho: una revista de trapos y moños: una insulsez. -Ni entiendo aquel tejemaneje de apuestas. Lo único divertido e el -desfile.</p> - -<p>—Y entonces, ¿porqué no va á San Isidro?</p> - -<p>—¡A San Isidro! ¡Después de lo que nos predicó ayer mi paisano!</p> - -<p>—Buen caso hase V. de su paisano.</p> - -<p>—Y ¿creerá V. que con tantos años como llevo de vivir en Madrid, ni -siquiera he visto la ermita?</p> - -<p>—¿Que no? Pues hay que verla; se distraerá V. muchísimo; ya sabe lo que -opina la Duquesa, que esa fiesta merece el viaje. Yo no la conozco -tampoco; verdá que soy forastero.</p> - -<p>—Y... ¿y los borrachos, y los navajazos y todo aquello de que habló D. -Gabriel? ¿Será exageración suya?</p> - -<p>—¡Yo qué sé! ¡Qué más da!</p> - -<p>—Me hace gracia... ¿Dice V. que no importa? ¿Y si luego paso un susto?</p> - -<p>—¡Un susto yendo conmigo!</p> - -<p>—¿Con V.?—y solté la risa.</p> - -<p>—¡Conmigo, ya se sabe! No tiene V. por qué reirse, que soy mu buen -compañero.<span class="pagenum"><a name="page_031" id="page_031"></a>{31}</span></p> - -<p>Me reí con más ganas, no sólo de la suposición de que Pacheco me -acompañase, sino de su acento andaluz, que era cerrado y sandunguero, -sin tocar en ordinario, como el de ciertos señoritos que parecen -asistentes.</p> - -<p>Pacheco me dejó acabar de reir, y sin perder su seriedad, con mucha -calma, me explicó lo fácil y divertido que sería darse una vueltecita -por la feria á primera hora, regresando á Madrid sobre las doce ó la -una. ¡Si me hubiese tapado con cera los oídos entonces, cuántos males me -evitaría! La proposición, de repente, empezó á tentarme, recordando el -dicho de la Sahagún:—«Vaya V. al Santo, que aquello es muy original y -muy famoso.»—Y realmente, ¿qué mal había en satisfacer mi curiosidad?, -pensaba yo. Lo mismo se oía misa en la ermita del Santo que en las -Pascualas; nada desagradable podía ocurrirme llevando conmigo á Pacheco; -y si alguien me veía con él, tampoco sospecharía cosa mala de mí á tales -horas y en sitio tan público. Ni era probable que anduviese por allí la -sombra de una persona decente ¡en día de carreras y toros!, ¡á las diez -de la mañana! La escapatoria no ofrecía riesgo... ¡y el tiempo convidaba -tanto! En fin, que si Pacheco porfiaba algo más, lo que es yo...</p> - -<p>Porfió sin impertinencia, y tácitamente, sonriendo, me declaré vencida. -¡Solemne ligereza! Aún no había articulado el <i>sí</i>, y ya discutíamos los -medios de locomoción. Pacheco propuso, como más popular y típico, el -tranvía; pero yo, á fin de que la cosa no tuviese el menor aspecto<span class="pagenum"><a name="page_032" id="page_032"></a>{32}</span> de -informalidad, preferí mi coche. La cochera no estaba lejos: calle del -Caballero de Gracia. Pacheco avisaría, mandaría que enganchasen é iría á -recogerme á mi casa, por donde yo necesitaba pasar antes de la -excursión. Tenía que tomar el abanico, dejar el devocionario, cambiar -mantilla por sombrero... En casa le esperaría. Al punto que concertamos -estos detalles, Pacheco me apretó la mano y se apartó corriendo de mí. A -la distancia de diez pasos se paró y preguntó otra vez.</p> - -<p>—¿Dice V. que el coche cierra en el Caballero de Gracia?</p> - -<p>—Sí, á la izquierda... un gran portalón...</p> - -<p>Y tomé aprisita el camino de mi vivienda, porque la verdad es que -necesitaba hacer muchas más cosas de las que le había confesado á -Pacheco; pero, ¡vaya V. á enterar á un hombre!... Arreglarme el pelo, -darme velutina, buscar un pañolito fino, escoger unas botas nuevas que -me calzan muy bien, ponerme guantes frescos y echarme en el bolsillo un -<i>sachet</i> de raso que huele á <i>iris</i> (el único perfume que no me levanta -dolor de cabeza). Porque al fin, aparte de todo, Pacheco era para mí -persona de cumplido; íbamos á pasar algunas horas juntos y observándonos -muy de cerca, y no me gustaría que algún rasgo de mi ropa ó mi persona -le produjese efecto desagradable. A cualquier señora, en mi caso, le -sucedería lo propio.</p> - -<p>Llegué al portal sofocada y anhelosa, subí á escape, llamé con furia y -me arrojé en el tocador, desprendiéndome la mantilla antes de situarme<span class="pagenum"><a name="page_033" id="page_033"></a>{33}</span> -frente al espejo.—«Angela, el sombrero negro de paja con cinta -escocesa... Angela, el antuca á cuadritos... las botas bronceadas...»</p> - -<p>Vi que la Diabla se moría de curiosidad... «¿Sí? Pues con las ganas de -saber te quedas, hija... La curiosidad es muy buena para la ropa -blanca.» Pero no se le coció á la chica el pan en el cuerpo, y me soltó -la píldora.</p> - -<p>—¿La señorita almuerza en casa?</p> - -<p>Para desorientarla respondí:</p> - -<p>—Hija, no sé... Por si acaso, tenerme el almuerzo listo de doce y media -á una... Si á la una no vengo, almorzad vosotros... pero reservándome -siempre una chuleta y una taza de caldo... y mi té con leche, y mis -tostadas.</p> - -<p>Cuando estaba arreglando los rizos de la frente bajo el ala del -sombrero, reparé en un precioso cacharro azul, lleno de heliotropos, -gardenias y claveles, que estaba sobre la chimenea.</p> - -<p>—¿Quién ha mandado eso?</p> - -<p>—El señor comandante Pardo... el señorito Gabriel.</p> - -<p>—¿Por qué no me lo enseñabas?</p> - -<p>—Vino la señorita tan aprisa... Ni me dió tiempo.</p> - -<p>No era la primera vez que mi paisano me obsequiaba con flores. Escogí -una gardenia y un clavel rojo, y prendí el grupo en el pecho. Sujeté el -velo con un alfiler, tomé un casaquín ligero de paño, mandé á Angela que -me estirase la enagua y volante, y me asomé á ver si por milagro había -llegado el coche. Aún no, porque<span class="pagenum"><a name="page_034" id="page_034"></a>{34}</span> era imposible; pero á los diez minutos -desembocaba á la entrada de la calle. Entonces salí á la antesala, -andando despacio, para que la Diabla no acabase de escamarse; me contuve -hasta cruzar la puerta; y ya en la escalera, me precipité, llegando al -portal cuando se paraba la berlina y saltaba en la acera Pacheco.</p> - -<p>—¡Qué listo anduvo el cochero!—le dije.</p> - -<p>—El cochero y un servidor de V., señora—contestó el gaditano, teniendo -la portezuela para que yo subiese.—Con estas manos he ayudao á echar -las guarniciones, y hasta se me figura que á lavar las ruedas.</p> - -<p>Salté en la berlina, quedándome á la derecha, y Pacheco entró por la -portezuela contraria, á fin de no molestarme y con ademán de profundo -respeto... ¡Valiente hipócrita está él! Nos miramos indecisos por -espacio de una fracción de segundo, y mi acompañante me preguntó en voz -sumisa:</p> - -<p>—¿Doy orden de ir camino de la pradera?</p> - -<p>—Sí, sí... Dígaselo V. por el vidrio.</p> - -<p>Sacó fuera la cabeza y gritó:—«¡Al Santo!»—La berlina arrancó -inmediatamente, y entre el primer retemblido de los cristales exclamó -Pacheco:</p> - -<p>—Veo que se ha prevenío V. contra el calor y el sol... Todo hace falta.</p> - -<p>Sonreí sin responder, porque me encontraba (y no tiene nada de -sorprendente) algo cohibida por la novedad de la situación. No se -desalentó el gaditano.</p> - -<p>—Lleva V. ahí unas flores preciosas... ¿No<span class="pagenum"><a name="page_035" id="page_035"></a>{35}</span> sobraba para mí ninguna? -¿Ni siquiera una rosita de á ochavo? ¿Ni un palito de albahaca?</p> - -<p>—Vamos—murmuré—que no es V. poco pedigüeño... Tome V., para que se -calle.</p> - -<p>Desprendí la gardenia y se la ofrecí. Entonces hizo mil remilgos y -zalemas.</p> - -<p>—Si yo no pretendía tanto... Con el rabillo me contentaba, ó con media -hoja que V. le arrancase... ¡Una gardenia para mí solo! No sé cómo -lucirla... No se me va á sujetar en el ojal... A ver si V. consigue, con -esos deditos...</p> - -<p>—Vamos, que V. no pedía tanto, pero quiere que se la prenda ¿eh? -Vuélvase V. un poco, voy á afianzársela.</p> - -<p>Introduje el rabo postizo de la flor en el ojal de Pacheco, y tomando de -mi corpiño un alfiler sujeté la gardenia, cuyo olor á pomada me subía al -cerebro, mezclado con otro perfume fino, procedente, sin duda, del pelo -de mi acompañante. Sentí un calor extraordinario en el rostro, y al -levantarlo, mis ojos se tropezaron con los del meridional, que en vez de -darme las gracias, me contempló de un modo expresivo é interrogador. En -aquel momento casi me arrepentí de la humorada de ir á la feria; pero -ya...</p> - -<p>Torcí el cuello y miré por la ventanilla. Bajábamos de la plazuela de la -Cebada á la calle de Toledo. Una marea de gente, que también descendía -hacia la pradera, rodeaba el coche y le impedía á veces rodar. Entre la -multitud dominguera se destacaban los vistosos colorines de algún -bordado pañolón de Manila, con su fleco de una tercia de ancho. Las -chulas se volvían<span class="pagenum"><a name="page_036" id="page_036"></a>{36}</span> y registraban con franca curiosidad el interior de la -berlina. Pacheco sacó la cabeza y le dijo á una no sé qué.</p> - -<p>—Nos toman por novios—advirtió dirigiéndose á mí.—No se ponga V. más -colorada: es lo que le faltaba para acabar de estar linda—añadió medio -entre dientes.</p> - -<p>Hice como si no oyese el piropo y desvié la conversación, hablando del -pintoresco aspecto de la calle de Toledo, con sus mil tabernillas, sus -puestos ambulantes de quincalla, sus anticuadas tiendas y sus paradores -que se conservan lo mismito que en tiempo de Carlos IV. Noté que Pacheco -se fijaba poco en tales menudencias, y en vez de observar las -curiosidades de la calle más típica que tiene Madrid, llevaba los ojos -puestos en mí con disimulo, pero con pertinacia, como el que estudia una -fisonomía desconocida para leer en ella los pensamientos de la dueña. Yo -también, á hurtadillas, procuraba enterarme de los más mínimos ápices de -la cara de Pacheco. No dejaba de llamarme la atención la mezcla de razas -que creía ver en ella. Con un pelo negrísimo y una tez quemada del sol, -casaban mal aquel bigote dorado y aquellos ojos azules.</p> - -<p>—¿Es V. hijo de inglesa?—le pregunté al fin.—Me han contado que en la -costa del Mediterráneo hay muchas bodas entre ingleses y españolas, y al -revés.</p> - -<p>—Es cierto que hay muchísimas, en Málaga sobre todo; pero yo soy -español de pura sangre.</p> - -<p>Le volví á mirar y comprendí lo tonto de mi<span class="pagenum"><a name="page_037" id="page_037"></a>{37}</span> pregunta. Ya recordaba -haber oído á algún sabio de los que suele convidar á comer la Sahagún -cuando no tiene otra cosa en que entretenerse, que es una vulgaridad -figurarse que los españoles no pueden ser rubios, y que al contrario el -tipo rubio abunda en España, sólo que no se confunde con el rubio sajón, -porque es mucho más fino, más enjuto, así al modo de los caballos -árabes. En efecto, los ingleses que yo conozco son por lo regular unos -montones de carne sanguínea, que al parecer se escapa sola á la parrilla -del rosbif; tienen cada cogote y cada pescuezo como ruedas de remolacha; -las bocas de ellos dan asco de puro coloradotas, y las frentes, de tan -blancas, fastidian ya, porque eso de la <i>frente pura</i> está bueno para -las señoritas, no para los hombres. ¿Cuándo se verá en ningún inglés un -corte de labios sutil, y una sien hundida, y un cuello delgado y airoso -como el de Pacheco? Pero al grano: ¿pues no me entretengo recreándome en -las perfecciones de ese pillo?</p> - -<p>¡Qué hermoso y alegre estaba el puente de Toledo! Lo recuerdo como se -recuerda una decoración del teatro Real. Hervía la gente, y mirando -hacia abajo, por la pradera y por todas las orillas de Manzanares no se -veían más que grupos, procesiones, corrillos, escenas animadísimas de -esas que se pintan en las panderetas. A mí ciertos monumentos, por -ejemplo las catedrales, casi me parecen más bonitas solitarias; pero el -puente de Toledo, con sus retablazos, ó nichos, ó lo que sean aquellos -fantasmones<span class="pagenum"><a name="page_038" id="page_038"></a>{38}</span> barrocos que le guarnecen á ambos lados, no está bien sin -el rebullicio y la algazara de la gentuza, los chulapos y los tíos, los -carniceros y los carreteros, que parece que acaban de bajarse de un -lienzo de Goya. Ahora que se han puesto tan de moda los casacones, el -puente tiene un encanto especial. Nuestro coche dió vuelta para tomar el -camino de la pradera, y allí, en el mismo recodo, vi una tienda rara, -una botería, en cuya fachada se ostentaban botas de todos los tamaños, -desde la que mide treinta azumbres de vino, hasta la que cabe en el -bolsillo del pantalón. Pacheco me propuso que, para adoptar el tono de -la fiesta, comprásemos una botita muy cuca que colgaba sobre el -escaparate y la llenásemos de Valdepeñas: proposición que rechacé -horrorizada.</p> - -<p>No sé quién fué el primero que llamó feas y áridas á las orillas del -Manzanares, ni por qué los periódicos han de estar siempre soltándole -pullitas al pobre río, ni cómo no prendieron á aquel farsante de -escritor francés (Alejandro Dumas, si no me engaño) que le ofreció de -limosna un vaso de agua. Convengo en que no es muy caudaloso, ni tan -frescachón como nuestro Miño ó nuestro Sil; pero vamos, que no falta en -sus orillas algún rinconcito ameno, verde y simpático. Hay árboles que -convidan á descansar á la sombra, y unos puentes rústicos por entre los -lavaderos, que son bonitos en cualquier parte. La verdad es que acaso -influía en esta opinión que formé entonces, el que se me<span class="pagenum"><a name="page_039" id="page_039"></a>{39}</span> iba quitando -el susto y me rebosaba el contento por haber realizado la escapatoria. -Varios motivos se reunían para completar mi satisfacción. Mi traje de -<i>céfiro</i> gris, sembrado de anclitas rojas, era de buen gusto en una -excursión matinal como aquella; mi sombrero negro de paja me sentaba -bien, según comprobé en el vidrio delantero de la berlina; el calor aún -no molestaba mucho; mi acompañante me agradaba, y la calaverada, que -antes me ponía miedo, iba pareciéndome lo más inofensivo del mundo, pues -no se veía por allí ni rastro de persona regular que pudiese conocerme. -Nada me aguaría tanto la fiesta como tropezarme con algún tertuliano de -la Sahagún, ó vecina de butacas en el Real, que fuese luego á permitirse -comentarios absurdos. Sobran personas maldicientes y deslenguadas que -interpretan y traducen siniestramente las cosas más sencillas, y de poco -le sirve á una mujer pasarse la vida muy sobre aviso, si se descuida una -hora... (Sí, y lo que es á mí, en la actualidad, me caen muy bien estas -reflexiones. En fin, prosigamos.) El caso es que la pradera ofrecía -aspecto tranquilizador. Pueblo aquí, pueblo allí, pueblo en todas -direcciones; y si algún hombre vestía americana, en vez de chaquetón ó -chaquetilla, debía de ser criado de servicio, escribiente temporero, -hortera, estudiante pobre, lacayo sin colocación, que se tomaba un día -de asueto y holgorio. Por eso, cuando á la subida del cerro, donde ya no -pueden pasar los carruajes, Pacheco y yo nos bajamos de la berlina, -parecíamos, por el contraste,<span class="pagenum"><a name="page_040" id="page_040"></a>{40}</span> pareja de archiduques que tentados de la -curiosidad se van á recorrer una fiesta populachera, deseosos de guardar -el incógnito, y delatados por sus elegantes trazas.</p> - -<p>En fuerza de su novedad me hacía gracia el espectáculo. Aquella romería -no tiene nada que ver con las de mi país, que suelen celebrarse en -sitios frescos, sombreados por castaños ó nogales, con una fuente ó -riachuelo cerquita y el santuario en el monte próximo... El campo de San -Isidro es una serie de cerros pelados, un desierto de polvo, invadido -por un tropel de gente entre la cual no se ve un solo campesino, sino -soldados, mujerzuelas, chisperos, ralea apicarada y soez; y en lugar de -vegetación, miles de tinglados y puestos donde se venden cachivaches -que, pasado el día del Santo, no vuelven á verse en parte alguna: pitos -adornados con hojas de papel de plata y rosas estupendas; vírgenes -pintorreadas de esmeralda, cobalto y bermellón; medallas y escapularios -igualmente rabiosos; loza y cacharros; figuritas groseras de toreros y -picadores; botijos de hechuras raras; monigotes y fantoches con la -cabeza de Martos, Sagasta ó Castelar; ministros á <i>dos reales</i>; -esculturas de los <i>ratas</i> de <i>La Gran Vía</i>, y al lado de la efigie del -bienaventurado San Isidro, unas figuras que... ¡Válgame Dios! Hagamos -como si no las viésemos.</p> - -<p>Aparte del sol que le derrite á uno la sesera y del polvo que se masca, -bastan para marear tantos colorines vivos y metálicos. Si sigo mirando<span class="pagenum"><a name="page_041" id="page_041"></a>{41}</span> -van á dolerme los ojos. Las naranjas apiñadas parecen de fuego; los -dátiles relucen como granates obscuros; como pepitas de oro los -garbanzos tostados y los cacahuetes; en los puestos de flores no se ven -sino claveles amarillos, sangre de toro, ó de un rosa tan encendido como -las nubes á la puesta del sol: las emanaciones de toda esta clavelería -no consiguen vencer el olor á aceite frito de los buñuelos, que se pega -á la garganta y produce un cosquilleo inaguantable. Lo dicho, aquí no -hay color que no sea desesperado: el uniforme de los militares, los -mantones de las chulas, el azul del cielo, el amarillento de la tierra, -los tíos vivos con listas coloradas y los columpios dados de almagre con -rayas de añil... Y luego la música, el rasgueo de las guitarras, el -tecleo insufrible de los pianos mecánicos que nos aporrean los oídos con -el paso doble de <i>Cádiz</i>, repitiendo desde treinta sitios de la -romería:—<i>¡Vi-va España!</i></p> - -<p>Nadie imagine maliciosamente que se me había pasado lo de oir misa. -Tratamos de romper por entre el gentío y de deslizarnos en la ermita, -abierta de par en par á los devotos; pero éstos eran tantos, y tan -apiñados, y tan groseros, y tan mal olientes, que si porfío en llegar á -la nave, me sacan de allí desmayada ó difunta. Pacheco jugaba los brazos -y los puños, según podía, para defenderme; sólo lograba que nos -apretasen más y que oyésemos juramentos y blasfemias atroces. Le tiré de -la manga.<span class="pagenum"><a name="page_042" id="page_042"></a>{42}</span></p> - -<p>—Vámonos, vámonos de aquí... Renuncio... No se puede.</p> - -<p>Cuando ya salimos á atmósfera respirable, suspiré muy compungida.</p> - -<p>—¡Ay, Dios mío!... Sin misa hoy...</p> - -<p>—No se apure—me contestó mi acompañante—que yo oiré por V. aunque sea -todas las gregorianas... Ya ajustaremos esa cuenta.</p> - -<p>—A mí sí que me la ajustará el Padre Urdax tan pronto me eche la vista -encima—pensaba para mis adentros mientras me tentaba el hombro, donde -había recibido un codazo feroz de uno de aquellos cafres.</p> - -<h3><a name="IV-in" id="IV-in"></a>IV</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">D</span><small>ON</small> Diego, que en el coche se me figuraba reservado y tristón, se volvió -muy dicharachero desde que andábamos por San Isidro, justificando su -fama de buena sombra. Sujetando bien mi brazo para que las mareas de -gente no nos separasen, él no perdía ripio, y cada pormenor de los -tinglados famosos le daba pretexto para un chiste, que muchas veces no -era tal sino en virtud del tono y acento con que lo decía, porque es -indudable que si se escribiesen las ocurrencias de los andaluces, no -resultarían tan graciosas, ni la mitad, de lo que parecen en sus labios; -al sonsonete, al ceceíllo y<span class="pagenum"><a name="page_043" id="page_043"></a>{43}</span> á la prontitud en responder, se debe la -mayor parte del salero.</p> - -<p>Lo peor fué que como allí no había más personas regulares que nosotros, -y Pacheco se metía con todo el mundo y á todo el mundo daba cuerda, nos -rodeó la canalla de mendigos, fenómenos, chiquillos harapientos, -gitanas, buñoleras y vendedoras. El impulso de mi acompañante era -comprar cuanto veía, desde los escapularios hasta los botijos, pero me -cuadré.</p> - -<p>—Si compra V. más, me enfado.</p> - -<p>—¡Soniche! San acabao las compras. ¡Que san acabao digo! Al que no me -deje en paz, le doy en igual de dinero, cañaso. ¿Tiene V. más que -mandar?</p> - -<p>—Mire V., pagaría por estar á la sombra un ratito.</p> - -<p>—¿En la cárcel por comprometeora? Llamaremos á la pareja y verasté que -pronto.</p> - -<p>Ahora que reflexiono á sangre fría, caigo en la cuenta de que era -bastante raro y muy inconveniente que á los tres cuartos de hora de -pasearnos juntos por San Isidro, nos hablásemos don Diego y yo con tanta -broma y llaneza. Es posible, bien mirado, que mi paisano tenga razón; -que aquel sol, aquel barullo y aquella atmósfera popular obren sobre el -cuerpo y el alma como un licor ó vino de los que más se suben á la -cabeza, y rompan desde el primer momento la valla de reserva que -trabajosamente levantamos las señoras un día y otro contra peligrosas -osadías. De cualquier índole que<span class="pagenum"><a name="page_044" id="page_044"></a>{44}</span> fuese, yo sentía ya un principio de -mareo cuando exclamé:</p> - -<p>—En la cárcel estaría á gusto con tal que no hiciese sol... Me -encuentro así... no sé cómo... parece que me desvanezco.</p> - -<p>—Pero ¿se siente V. mala? ¿mala?—preguntó Pacheco seriamente, con vivo -interés.</p> - -<p>—Lo que se dice mala, no: es una fatiga, una sofocación... Se me nubla -la vista.</p> - -<p>Echóse Pacheco á reir y me dijo casi al oído:</p> - -<p>—Lo que V. tiene ya lo adivino yo, sin necesidad de ser sahorí... V. -tiene ni más ni menos que... gasusa.</p> - -<p>—¿Eh?</p> - -<p>—Debilidad, hablando pronto... ¡Y no es V. sola!.. yo hace rato que doy -las boqueás de hambre. ¡Si debe de ser mediodía!</p> - -<p>—Puede, puede que no se equivoque V. mucho. A estas horas suelen -pasearse los ratoncitos por el estómago... Ya hemos visto el Santo; -volvámonos á Madrid y podrá V. almorzar, si gusta acompañarme...</p> - -<p>—No, señora... Si eso que V. discurre es un pueblo. Si lo que vamos á -haser es almorsá en una fondita de aquí. ¡Que las hay...!</p> - -<p>Se llevó los dedos apiñados á la boca y arrojó un beso al aire, para -expresar la excelencia de las fondas de San Isidro.</p> - -<p>Aturdida y todo como me encontraba, la idea me asustó; me pareció -indecorosa y vi de una ojeada sus dificultades y riesgos. Pero al mismo -tiempo, allá en lo íntimo del alma, aquellos<span class="pagenum"><a name="page_045" id="page_045"></a>{45}</span> escollos me la hacían -deliciosa, apetecible, como es siempre lo vedado y lo desconocido. ¿Era -Pacheco algún atrevido, capaz de faltarme si yo no le daba pié? No por -cierto; y el no darle pié quedaba de mi cuenta. ¡Qué buen rato me perdía -rehusando! ¿Qué diría Pardo de esta aventura si la supiese? Con no -contársela... Mientras discurría así, en voz alta me negaba -terminantemente... Nada, á Madrid de seguida.</p> - -<p>Pacheco no cejó, y en vez de formalizarse, echó á broma mi negativa. Con -mil zalamerías y agudezas, ceceando más que nunca, afirmó que espicharía -de necesidad si tardase en almorzar arriba de veinte minutos.</p> - -<p>—Que me pongo de rodillas aquí mismo...—exclamaba el muy truhán.—Ea, -un sí de esa boquita... ¡Usted verá el gran almuerso del siglo! Fuera -escrúpulos... ¿Se ha pensao V. que mañana voy yo á contárselo á la señá -duquesa de Sahagún? A este probetico..., ¡una limosna de armuerso!.</p> - -<p>Acabó por entrarme risa y tuve la flaqueza de decir:</p> - -<p>—Pero... ¿y el coche que está aguardando allá abajo?</p> - -<p>—En un minuto se le avisa... Que se procure cochera aquí... Y si no, -que se vuelva á Madrid hasta la puesta del sol... Espere V., buscaré -alguno que lleve el recao... No la he de dejar aquí solita pa que se la -coma un lobo; eso sí que no.</p> - -<p>Debió de oirlo un guindilla que andaba por allí ejerciendo sus -funciones, y en tono tan reverente<span class="pagenum"><a name="page_046" id="page_046"></a>{46}</span> y servicial como bronco lo usaba -para intimar á la gentuza que se <i>desapartase</i>, nos dijo con afable -sonrisa:</p> - -<p>—Yo aviso, si justan... ¿Dónde está ó coche? ¿Cómo le llaman al -cochero?</p> - -<p>—Este no es de mi tierra, ni nada. ¿De qué parte de Galicia?—pregunté -al agente.</p> - -<p>—Desviado de Lujo tres légoas, á la banda de Sarria, para servir á -vusté—explicó él, y los ojos le brillaron de alegría al encontrarse con -una paisana.—«¿Si éste me conocerá por conducto de la Diabla?»—pensé -yo recelosa; pero mi temor sería infundado, pues el agente no añadió -nada más. Para despacharle pronto, le expliqué:</p> - -<p>—¿Ve aquella berlina con ruedas encarnadas..., cochero mozo, con -patillas, librea verde? Allá abajo... Es la octava en la fila.</p> - -<p>—Bien veo, bien.</p> - -<p>—Pues va V.—ordenó Pacheco—y le dice que se largue á Madrí con viento -fresco, y que por la tardesita vuerva y se plantifique en el mismo -lugar. ¿Estamos, compadre?</p> - -<p>Noté que mi acompañante extendía la mano y estrechaba con gran efusión -la del guindilla; pero no sería esta distinción lo que tanto le alegró -la cara á mi conterráneo, pues le vi cerrar la diestra deslizándola en -el bolsillo del pantalón, y entreoí la fórmula gallega clásica:</p> - -<p>—De hoy en cien años.</p> - -<p>Libre ya del apéndice del carruaje, por instinto me apoyé más fuerte en -el brazo de<span class="pagenum"><a name="page_047" id="page_047"></a>{47}</span> Don Diego, y él á su vez estrechó el mío como ratificando -un contrato.</p> - -<p>—Vamos poquito á poco subiendo al cerro... Animo y cogerse bien.</p> - -<p>El sol campeaba en mitad del cielo, y vertía llamas y echaba chiribitas. -El aire faltaba por completo; no se respiraba sino polvo arcilloso. Yo -registraba el horizonte tratando de descubrir la prometida fonda, que -siempre sería un techo, preservativo contra aquel calor del Senegal. Mas -no se veía rastro de edificio grande en toda la extensión del cerro, ni -antes ni después. Las únicas murallas blancas que distinguí á mi derecha -eran las tapias de la Sacramental, á cuyo amparo descansaban los muertos -sin enterarse de las locuras que del otro lado cometíamos los vivos. -Amenacé á Pacheco con el palo de la sombrilla:</p> - -<p>—¿Y esa fonda? ¿Se puede saber hasta qué hora vamos á andar buscándola?</p> - -<p>—¿Fonda?—saltó Pacheco como si le sorprendiese mucho mi -pregunta.—¿Dijo V. fonda? El caso es... Mardito si sé á qué lado cae.</p> - -<p>—¡Hombre..., pues de veras que tiene gracia! ¿No aseguraba V. que había -fondas preciosas, magníficas? ¡Y me trae V. con tanta flema á asarme por -estos vericuetos! Al menos entérese... Pregunte á cualquiera, ¡al -primero que pase!</p> - -<p>—¡Oigasté... cristiano!</p> - -<p>Volvióse un chulo de pelo alisado en peteneras, manos en los bolsillos -de la chaquetilla, hocico puntiagudo, gorra alta de seda, estrecho<span class="pagenum"><a name="page_048" id="page_048"></a>{48}</span> -pantalón y viciosa y pálida faz; el tipo perfecto del rata, de esos -mocitos que se echa uno á temblar al verlos, recelando que hasta el modo -de andar le timen.</p> - -<p>—¿Hay por aquí alguna fonda, compañero?—interrogó Pacheco alargándole -un buen puro.</p> - -<p>—Se estima... Como haber fondas, hay fondas: misté por ahí too alredor, -que fondas son; pero tocante á fonda, vamos, según se ice, de comías -finas, pala gente é aquel, me pienso que no hallarán ustés conveniencia; -digo, esto me lo pienso yo; ustés verán.</p> - -<p>—No hay más que merenderos, está visto—pronunció Pacheco bajo y con -acento pesaroso.</p> - -<p>Al ver que él se mostraba disgustado, yo, por ese instinto de -contradicción humorística que en situaciones tales se nos desarrolla á -las mujeres, me manifesté satisfecha. Además, en el fondo, no me -desagradaba comer en un merendero. Tenía más <i>carácter</i>. Era más nuevo é -imprevisto, y hasta menos clandestino y peligroso. ¿Qué riesgo hay en -comer en un barracón abierto por todos lados donde está entrando y -saliendo la gente? Es tan inocente como tomar un vaso de cerveza en un -café al aire libre.<span class="pagenum"><a name="page_049" id="page_049"></a>{49}</span></p> - -<h3><a name="V-in" id="V-in"></a>V</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">C</span><small>ONVENCIDOS</small> ya de que no existía fonda ni sombra de ella, ó de que -nosotros no acertábamos á descubrirla, miramos á nuestro alrededor, -eligiendo el merendero menos indecente y de mejor trapío. Casi en lo -alto del cerro campeaba uno bastante grande y aseado; no ostentaba -ningún rótulo extravagante, como los que se leían en otros merenderos -próximos, verbigracia:—«Refrescos de los que usava el Santo.»—«La mar -en vevidas y comidas.»—«La Brillantez: callos y caracoles.»—A la -entrada (que puerta no la tenía) hallábase de pié una chica joven, de -fisonomía afable, con un puñal de níquel atravesado en el moño: y no -había otra alma viviente en el merendero, cuyas seis mesas vacías me -parecieron muy limpias y fregoteadas. Pudiera compararse el barracón á -una inmensa tienda de campaña: las paredes de lona: el techo de unas -esteras tendidas sobre palos: dividíase en tres partes desiguales, la -menor ocultando la hornilla y el fogón donde guisaban, la grande que -formaba el comedor, la mediana que venía á ser una trastienda donde se -lavaban platos y cubiertos; pero estos misterios convinimos en que sería -mejor no profundizarlos mucho, si habíamos de almorzar.<span class="pagenum"><a name="page_050" id="page_050"></a>{50}</span> El piso del -merendero era de greda amarilla, la misma greda de todo el árido cerro: -y una vieja, sucia y horrible, que frotaba con un estropajo las mesas, -no necesitaba sino bajarse para encontrar la materia primera de aquel -limpión inverosímil.</p> - -<p>Tomamos posesión de la mesa del fondo, sentándonos en un banco de madera -que tenía por respaldo la pared de lona del barracón. La muchacha, con -su perrera pegada á la frente por grandes churretazos de goma y su puñal -de níquel en el moño, acudió solícita á ver qué mandábamos: olfateaba -parroquianos gordos, y acaso adivinaba ó presentía otra cosa, pues nos -dirigió unas sonrisitas de inteligencia que me pusieron colorada. Decía -á gritos la cara de la chica:—«Buen par están estos dos... ¿Qué manía -les habrá dado de venir á arrullarse en el Santo? Para eso más les valía -quedarse en su nido... que no les faltará, de seguro».—Yo, que leía -semejantes pensamientos en los ojos de la muy entremetida, adopté una -actitud reservada y digna, hablando á Pacheco como se habla á un amigo -íntimo, pero <i>amigo</i> á secas; precaución que lejos de desorientar á la -maliciosa muchacha, creo que sólo sirvió para abrirle más los ojos. Nos -dirigió la consabida pregunta:</p> - -<p>—¿Qué van á tomar?</p> - -<p>—¿Qué nos puede V. dar?—contestó Pacheco.—Diga V. lo que hay, -resalada..., y la señora irá escogiendo.</p> - -<p>—Como haber..., hay de todo. ¿Quieren almorzar formalmente?<span class="pagenum"><a name="page_051" id="page_051"></a>{51}</span></p> - -<p>—Con toa formaliá.</p> - -<p>—Pues de primer plato... una tortillita... ó huevos revueltos.</p> - -<p>—Vaya por los huevos revueltos. ¿Y hay magras?</p> - -<p>—¿Unas magritas de jamón? Sí.</p> - -<p>—¿Y chuletas?</p> - -<p>—De ternera, muy ricas.</p> - -<p>—¿Pescado?</p> - -<p>—Pescado no... Si quieren latas... tenemos escabeche de besugo, -sardinas...</p> - -<p>—¿Ostras no?</p> - -<p>—Como ostras..., no señora. Aquí pocas cosas finas se pueden despachar. -Lo general que piden... callos y caracoles, Valdepeñas, chuletas...</p> - -<p>—V. resolverá—indiqué volviéndome á Pacheco.</p> - -<p>—¿He de ser yo? Pues tráiganos de too eso que hemos dicho, niña -bonita..., huevos, magras, ternera, lata de sardinas... ¡Ay! y lo -primero de too se va V. á traer por los aires una boteya e mansaniya y -unas cañitas... Y aseitunas.</p> - -<p>—Y después... ¿qué es lo que les he de servir? ¿Las chuletas antes de -nada?</p> - -<p>—No: misté, azucena: nos sirve V. los huevos, luego el jamón, las -sardinas, las chuletitas... De postre, si hay algún queso...</p> - -<p>—¡Ya lo creo que sí! De Flandes y de Villalón... Y pasas, y almendras, -y rosquillas, y avellanas tostás...</p> - -<p>—Pues vamos á armorsá mejor que el Nuncio.<span class="pagenum"><a name="page_052" id="page_052"></a>{52}</span></p> - -<p>Esto mismo que exclamó Pacheco frotándose las manos, lo pensaba yo. -Aquellas ordinarieces, como diría mi paisano el filósofo, me abrían el -apetito de par en par. Y aumentaba mi buena disposición de ánimo el -encontrarme á cubierto del terrible sol.</p> - -<p>Verdad que estaba á cubierto lo mismo que el que sale al campo á las -doce del día bajo un paraguas. El sol, si no podía ensañarse con -nuestros cráneos, se filtraba por todas partes y nos envolvía en un baño -abrasador. Por entre las esteras mal juntas del techo, al través de la -lona, y sobre todo, por el abierto frente de la tienda, entraban á -oleadas, á torrentes, no sólo la luz y el calor del astro, sino el -ruido, el oleaje del humano mar, los gritos, las disputas, las -canciones, las risotadas, los rasgueos y punteos de guitarra y vihuela, -el infernal paso doble, el <i>¡Viva España!</i> de los duros pianos -mecánicos.</p> - -<p>Casi al mismo punto en que la chica del puñal de níquel depositaba en la -mesa una botella rotulada <i>Manzanilla superior</i>, dos cañas del vidrio -más basto y dos conchas con rajas de salchichón y aceitunas <i>aliñás</i>, se -coló por la abertura una mujer desgreñada, cetrina, con ojos como -carbones, saya de percal con almidonados faralaes y pañuelo de crespón -de lana desteñido y viejo, que al cruzarse sobre el pecho dejaba asomar -la cabeza de una criatura. La mujer se nos plantó delante, fija la mano -izquierda en la cadera y accionando con la derecha: de qué modo se -sostenía el chiquillo, es lo que no entiendo.<span class="pagenum"><a name="page_053" id="page_053"></a>{53}</span></p> - -<p>—En er nombre e Dios, Pare, Jijo y Epíritu Zanto, que donde va er -nombre e Dios no va cosa mala. Una palabrita les voy á icir que lase á -ostés mucha farta saberla...</p> - -<p>—¡Calle!—grité yo contentísima. ¡Una gitana que nos va á decir la -buenaventura!</p> - -<p>—¿La mando que se largue? ¿La incomoda á V.?</p> - -<p>—¡Al contrario! Si me divierte lo que no es imaginable. Verá V. cuántos -enredos va á echar por esa boca. Ea, la buenaventura pronto, que tengo -una curiosidad inmensa de oirla.</p> - -<p>—Pué diñe osté la mano erecha, jermosa, y una moneíta de plata pa jaser -la crú.</p> - -<p>Pacheco le alargó una peseta, y al mismo tiempo, habiendo descorchado la -manzanilla y pedido otra caña, se la tendió llena de vino á la egipcia. -Con este motivo armaron los dos un tiroteo de agudezas y bromas; bien se -conocía que eran hijos de la misma tierra, y que ni á uno ni á otro se -les atascaban las palabras en el gaznate, ni se les agotaba la labia -aunque la derramasen á torrentes. Al fin la gitana se embocó el -contenido de la cañita, y yo la imité, porque, con la sed, tentaba aquel -vinillo claro. ¡Manzanilla superior! ¡A cualquier cosa llaman <i>superior</i> -aquí! La manzanilla dichosa sabía á esparto, á piedra alumbre y á -demonios coronados; pero como al fin era un líquido, y yo con el calor -estaba para beberme el Manzanares entero, no resistí cuando Pacheco me -escanció otra caña. Sólo que en vez de refrescarme, se me figuró que un -rayo de sol, disuelto en polvo, se<span class="pagenum"><a name="page_054" id="page_054"></a>{54}</span> me introducía en las venas y me -salía en chispas por los ojos y en arreboles por la faz. Miré á Pacheco -muy risueña, y luego me volví confusa, porque él me pagó la mirada con -otra más larga de lo debido.</p> - -<p>—¡Qué bonitos ojos azules tiene este perdis!—pensaba yo para mí.</p> - -<p>El gaditano estaba sin sombrero; vestía un traje ceniza, elegante, de -paño rico y flexible; de vez en cuando se enjugaba la frente sudorosa -con un pañuelo fino, y á cada movimiento se le descomponía el pelo, -bastante crecido, negro y sedoso; al reir, le iluminaba la cara la -blancura de sus dientes, que son de los mejor puestos y más sanos que he -visto nunca, y aun parecía doblemente morena su tez, ó mejor dicho, -doblemente tostada, porque hacia la parte que ya cubre el cuello de la -camisa se entreveía un cutis claro.</p> - -<p>—La mano, jermosa,—repitió la gitana.</p> - -<p>Se la alargué, y ella la agarró haciéndomela tener abierta. Pacheco -contemplaba las dos manos unidas.</p> - -<p>—¡Qué contraste!—murmuró en voz baja, no como el que dice una -galantería á una señora, sino como el que hace una reflexión entre sí.</p> - -<p>En efecto, sin vanidad, tengo que reconocer que la mano de la gitana, al -lado de la mía, parecía un pedazo de cecina feísimo: la tumbaga de -plata, donde resplandecía una esmeralda falsa espantosa, contribuía á -que resaltase el color cobrizo de la garra aquella, y claro está que mi -diestra, que es algo chica, pulida y blanca,<span class="pagenum"><a name="page_055" id="page_055"></a>{55}</span> con anillos de perlas, -zafiros y brillantes, contrastaba extrañamente. La buena de la bohemia -empezó á hacer sus rayas y ensalmos, endilgándonos una retahila de esas -que no comprometen, pues son de doble sentido y se aplican á cualquier -circunstancia, como las respuestas de los oráculos. Todo muy recalcado -con los ojos y el ademán.</p> - -<p>—Una cosa diquelo yo en esta manica, que hae suseder mu pronto, y nadie -saspera que susea... Un viaje me vasté á jaser, y no ae ser para má, que -ae ser pa sastisfasión e toos. Una carta me vasté á resibir, y lae -alegrá lo que viene escribío en eya... Unas presonas me tiene usté que -la quieren má, y están toas perdías por jaserle daño; pero der revé les -ae salir la perra intensión... Una presoniya está chalaíta por usté—(al -llegar aquí la bruja clavó en Pacheco las ascuas encendidas de sus -ojos)—y un convite le ae dar quien bien la quiere... Amorosica de genio -me es usté; pero cuando se atufa, una leona brava de los montes se me -güerve... Que no la enriten a usté y que le yeven toiticas las cosas ar -pelo de la suavidá, que por la buena, corasón tiene usté pa tirarse en -metá e la bahía e Cadis... Con mieles y no con hieles me la han de -engatusar á usté... Un cariñiyo me vasté á tener mu guardadico en su -pechito y no lo ae sabé ni la tierra, que secretica me es usté como la -piedra e la sepultura... También una cosa le igo y es que usté mesma no -me sabe lo que en ese corasonsiyo está guardao... Un cachito e gloria le -va a caer der sielo y pasmáa se<span class="pagenum"><a name="page_056" id="page_056"></a>{56}</span> quedará usté; que á la presente me está -usté como los pajariyos, que no saben el árbol onde han de ponerse...</p> - -<p>Si la dejamos, creo que aún sigue ahora ensartando tonterías. A mí su -parla me entretenía mucho, pues ya se sabe que en esta clase de -vaticinios tan confusos y tan latos, siempre hay algo que responde á -nuestras ideas, esperanzas y aspiraciones ocultas. Es lo mismo que -cuando, al tiempo de jugar á los naipes, vamos corriéndolos para -descubrir sólo la pinta, y adivinamos ó presentimos de un modo vago la -carta que va á salir. Pacheco me miraba atentamente, aguardando á que me -cansase de gitanerías para despedir á la profetisa. Viendo que ya la -chica del puñal en el moño acudía con la fuente de huevos revueltos, -solté la mano, y mi acompañante despachó á la gitana, que antes de poner -piés en polvorosa aún pidió no sé qué para <i>er churumbeliyo</i>.</p> - -<p>Empezábamos á servirnos del apetitoso comistrajo y á descorchar una -botella de jerez, cuando otro cuerpo asomó en la abertura de la tienda, -se adelantó hacia la mesa y recitó la consabida jaculatoria:</p> - -<p>—En er nombre e Dió Pare, Jijo y Epíritu Zanto, que onde va er nombre é -Dió...</p> - -<p>—¡Estamos frescos!—gritó Pacheco.—¡Gitana nueva!</p> - -<p>—Claro—murmuró con aristocrático desdén la chica del merendero.—Como -á la otra le han dado cuartos y vino, se ha corrido la voz... Y tendrán -aquí á todas las de la romería.<span class="pagenum"><a name="page_057" id="page_057"></a>{57}</span></p> - -<p>Pacheco alargó á la recién venida unas monedas y un vaso de jerez.</p> - -<p>—Bébase usté eso á mi salú..., y andar con Dios, y najensia.</p> - -<p>—E que les igo yo lo buenaventura e barde... por el aqué de la sal der -mundo que van ustés derramando.</p> - -<p>—No, no...,—exclamé yo casi al oído de Pacheco.—Nos va á encajar lo -mismo que la otra; con una vez basta. Espántela V.... sin reñirla.</p> - -<p>—Bébase usté el jerés, prenda... y najarse he dicho—ordenó el gaditano -sin enojo alguno, con campechana franqueza.</p> - -<p>La gitana, convencida de que no sacaba más raja ya, después de echarse -al coleto el Jerez y limpiarse la boca con el dorso de la mano, se largó -con su indispensable <i>churumbeliyo</i>, que lo traía también escondido en -el mantón como gusano en queso.</p> - -<p>—¿Tienen todas su chiquitín?—pregunté á la muchacha.</p> - -<p>—Todas, pues ya se ve—explicó ella con tono de persona desengañada y -experta.—Valientes maulas están. Los chiquillos son tan suyos como de -una servidora de Vds. Infelices, los alquilan por ahí á otras bribonas, -y sabe Dios el trato que les dan. Y está la romería plagada de estas -tunantas, embusteronas. ¡Lástima de Abanico!</p> - -<p>—¿Vds. duermen aquí?—la dije por tirarla de la lengua.—¿No tienen -miedo á que de noche les roben las ganancias del día ó la comida del -siguiente?<span class="pagenum"><a name="page_058" id="page_058"></a>{58}</span></p> - -<p>—Ya se ve que dormimos con un ojo cerrado y otro abierto... Porque no -se crea V.: nosotros tenemos un café á la salida de la Plaza Mayor y -venimos aquí no más á poner el ambigú.</p> - -<p>Comprendí que la chica se daba importancia, deseando probarme que era, -socialmente, muy superior á aquella gentecilla de poco más ó menos que -andaba por los demás figones. A todo esto íbamos despachando la ración -de huevos revueltos y nos disponíamos á emprenderla con las magras. -Interceptó la claridad de la abertura otra sombra. Esta era una chula de -mantón terciado, peina de bolas, brazos desnudos, que traía en un jarro -de loza un inmenso haz de rosas y claveles, murmurando con voz entre -zalamera y dolorida:—«¡Señoritico! ¡Cómpreme usté flores pa osequiar á -esa buena moza!»—Al mismo tiempo que la florera, entraron en el -merendero cuatro soldados, cuatro húsares jóvenes y muy bulliciosos, que -tomaron posesión de una mesa pidiendo cerveza y gaseosa, metiendo ruido -con los sables y regocijando la vista con su uniforme amarillo y azul. -¡Válgame Dios, y qué virtud tan rara poseen la manzanilla y el jerez, -sobre todo cuando están encabezados y compuestos! Si en otra ocasión me -veo yo almorzando así, entre soldados, creo que me da un soponcio; pero -empezaba á tener subvertidas las nociones de la corrección y de la -jerarquía social, y hasta me hizo gracia semejante compañía y la celebré -con la risa más alegre del mundo! Pacheco, al observar mi buen humor, se -levantó<span class="pagenum"><a name="page_059" id="page_059"></a>{59}</span> y fué á ofrecer á los húsares jerez y otros obsequios; de -suerte que no sólo comíamos con ellos en el mismo bodegón, sino que -fraternizábamos.</p> - -<p>Cuando está uno de buen temple, ninguna cosa le disgusta. Alabé la -comida; de la chula de los claveles dije que parecía un boceto de Sala; -y entonces Pacheco sacó de la jarra las flores y me las echó en el -regazo, diciendo:—«Póngaselas V. todas.»—Así lo ejecuté, y quedó mi -pecho convertido en búcaro. Luego me hizo reir con toda mi alma una -desvergonzada riña que se oyó por detrás de la pared de lona, y las -ocurrencias de Pacheco que se lió con los húsares no recuerdo con qué -motivo. Volvió á nublarse el sol que entraba por la abertura y apareció -un pordiosero de lo más remendado y haraposo. No contento con aflojar -buena limosna, Pacheco le dió palique largo, y el mendigo nos contó -aventuras de su vida: una sarta de embustes, por supuesto. Oyóle el -gaditano muy atentamente, y luego empezó á exigirle que trajese un -guitarrillo y se cantase por lo más jondo. El pobre juraba y perjuraba -que no sabía sino unas coplillas, pero sin música, y al fin le soltamos, -bajo palabra de que nos traería un buen cantaor y tocaor de bandurria -para que nos echase polos y peteneras hasta morir. Por fortuna hizo la -del humo.</p> - -<p>Yo, á todo esto, más divertida que en un sainete, y dispuesta á -entenderme con las chuletas y el champagne. Comprendía, sí, que mis -pupilas destellaban lumbre y en mis mejillas se<span class="pagenum"><a name="page_060" id="page_060"></a>{60}</span> podía encender un -fósforo; pero lejos de percibir el atolondramiento que suponía precursor -de la embriaguez, sólo experimentaba una animación agradabilísima, con -la lengua suelta, los sentidos excitados, el espíritu en volandas y -gozoso el corazón. Lo que más me probaba que <i>aquello</i> no era cosa -alarmante, era que comprendía la necesidad de guardar en mis dichos y -modales cierta reserva de buen gusto; y en efecto, la guardaba, evitando -toda palabra ó movimiento que siendo inocente pudiese parecer equívoco, -sin dejar por eso de reir, de elogiar los guisos, de mostrarme jovial, -en armonía con la situación... Porque allí, vamos, convengan Vds. en -ello, también sería muy raro estar como si me hubiese tragado el -molinillo.</p> - -<h3><a name="VI-in" id="VI-in"></a>VI</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">P</span><small>ACHECO</small>, por su parte, me llevaba la corriente; cuidaba de que nunca -estuviesen vacíos mi vaso ni mi plato, y ajustaba su humor al mío con -tal esmero, cual si fuese un director de escena encargado de entretener -y hacer pasar el mejor rato posible á un príncipe. ¡Ay! Porque eso sí: -tengo que rendirle justicia al grandísimo socarrón, y una vez que me -encuentro á solas con mi conciencia, reconocer que, animado, oportuno, -bromista y (admitamos<span class="pagenum"><a name="page_061" id="page_061"></a>{61}</span> la terrible palabra) en <i>juerga</i> redonda conmigo, -como se encontraba al fin y al cabo Pacheco, ni un dicho libre, ni una -acción descompuesta ó siquiera familiar llegó á permitirse. En ocasión -tan singular y crítica, hubiera sido descortesía y atrevimiento lo que -en otra mero galanteo ó <i>flirtación</i> (como dicen los ingleses). Esto lo -entendía yo muy bien, aun entonces, y á la verdad, temía cualquiera de -esas insinuaciones impertinentes que dejan á una mujer volada y le -estropean el mejor rato. Sin la caballerosa delicadeza de Pacheco, -aquella situación en que impremeditadamente me había colocado pudo ser -muy ridícula para mí. Pero la verdad por delante: su miramiento fué tal, -que no me echó ni una flor, mientras hartaba de lindas, simpáticas y -retrecheras á las gitanas, á la chica del puñal de níquel y hasta á la -fregona del estropajo. Cierto que á veces sorprendí sus ojos azules que -me devoraban á hurtadillas; sólo que apenas notaba que yo había caído en -la cuenta, los desviaba á escape. Su acento era respetuoso, sus frases -serias y sencillas al dirigirse sólo á mi. Ahora se me figura que tantas -exquisiteces fueron calculadas, para inspirarme confianza é interés: ¡ah -malvado! Y bien que me iba comprando con aquel porte fino.</p> - -<p>Surgió de repente ante nosotros, sin que supiésemos por donde había -entrado, una figurilla color de yesca, una gitanuela de algunos trece -años, típica, de encargo para modelo de un pintor: el pelo azulado de -puro negro, muy aceitoso,<span class="pagenum"><a name="page_062" id="page_062"></a>{62}</span> recogido en castaña, con su peina de cuerno y -su clavel sangre de toro; los dientes y los ojos brillantes, por -contraste con lo atezado de la cara; la frente chata como la de una -víbora, y los brazos desnudos, verdosos y flacos lo mismo que dos -reptiles. Y con el propio tonillo desgarrado de las demás, empezó la -retahila consabida:</p> - -<p>—En er nombre de Dió Pare, Jijo...</p> - -<p>De esta vez, la chica del merendero montó en cólera, y dando al diablo -sus pujos de señorita, se convirtió en chula de las más boquifrescas.</p> - -<p>—¿Hase visto hato de pindongas? ¿No dejarán comer en paz á las personas -decentes? ¿Conque las barre uno por un lado y se cuelan por otro? ¿Y -cómo habrá entrado aquí semejante calamidá, digo yo? Pues si no te -largas más pronto que la luz, bofetá como la que te arrimo no la has -visto tú en tu vía. Te doy un recorrío al cuerpo, que no te queda lengua -pa contarlo.</p> - -<p>La chiquilla huyó más lista que un cohete; pero no habrían transcurrido -dos segundos, cuando vimos entreabrirse la lona que nos protegía las -espaldas, y por la rendija del lienzo asomó una geta que parecía la del -mismo enemigo, unos dientes que rechinaban, un puño cerrado, negro como -una bola de bronce, y la gitanilla becerreó:</p> - -<p>—Arrastrá, condená, tía cochina, que malos retortijones te arranquen -las tripas, y malos mengues te jagan picaíllo e los jígados, y malas -culebras te piquen, y remardita tiña te pegue<span class="pagenum"><a name="page_063" id="page_063"></a>{63}</span> con er moño pa que te -quedes pelá como tu ifunta agüela...</p> - -<p>Llegaba aquí de su rosario de maldiciones, cuando la del puñal, que así -se vió tratada, empuñó el rabo de una cacerola y se arrojó como una -fiera á descalabrar á la egipcia: al hacerlo, dió con el codo a una -botella de jerez, que se derramó entera por el mantel. Este incidente -hizo que la chica, olvidando el enojo, se echase á reir -exclamando:—¡Alegría, alegría! Vino en el mantel... ¡boda segura!—y, -por supuesto, la gitana tuvo tiempo de afufarse más pronta que un -pájaro.</p> - -<p>No ocurrió durante el almuerzo ninguna otra cosa que recordarse merezca, -y lo bien que hago memoria de todo cuanto pasó en él, me prueba que -estaba muy despejada y muy sobre mí. Apuramos el último sorbo de -champagne y un empecatado café; saldó Pacheco la cuenta, gratificando -como Dios manda, y nos levantamos con ánimo de recorrer la romería. -Notaba yo cierta ligereza insólita en piernas y piés; me figuraba que se -había suprimido el peso de mi cuerpo, y, en vez de andar, creía -deslizarme sobre la tierra.</p> - -<p>Al salir, me deslumbró el sol: ya no estaba en el cenit ni mucho menos; -pero era la hora en que sus rayos, aunque oblicuos, queman más: debían -de ser las tres y media ó cuatro de la tarde, y el suelo se rajaba de -calor. Gente, triple que por la mañana, y veinte veces más bullanguera y -estrepitosa. Al punto que nos metimos entre aquel bureo, se me puso<span class="pagenum"><a name="page_064" id="page_064"></a>{64}</span> -cabeza que me había caído en el mar: mar caliente, que hervía á -borbotones, y en el cual flotaba yo dentro de un botecillo chico como -una cáscara de nuez: golpe va y golpe viene, ola arriba y ola abajo. -¡Sí, era el mar; no cabía duda! ¡El mar, con toda la angustia y -desconsuelo del mareo que empieza!</p> - -<p>Lejos de disiparse esta aprensión, se aumentaba mientras iba -internándome en la romería apoyada en el brazo del gaditano. Nada, -señores, que estaba en mitad del golfo. Los innumerables ruidos de -voces, disputas, coplas, pregones, juramentos, vihuelas, organillos, -pianos, se confundían en un rumor nada más: el mugido sordo con que el -Océano se estrella en los arrecifes: y allá á lo lejos, los columpios, -lanzados al aire con vuelo vertiginoso, me representaban lanchas y -falúas balanceadas por el oleaje. ¡Ay Dios mío, y qué desvanecimiento me -entró al convencerme de que en efecto me encontraba en alta mar! Me -agarré al brazo de Pacheco como me agarro en la temporada de baños al -cuello del bañero robusto, para que no me lleve el agua... Sentía un -pánico atroz y no me atrevía á confesarlo, porque tal vez mi acompañante -se reiría de mí, por fuera ó por dentro, si le dijese que me mareaba, -que me mareaba á toda prisa.</p> - -<p>Una peripecia nos detuvo breves instantes. Fué una pelea de mujerotas. -Pelea muy rara: por lo regular, estas riñas van acompañadas de -vociferaciones, de chillidos, de injurias, y aquí no hubo nada de eso. -Eran dos mozas: una que tostaba garbanzos en una sartén puesta sobre<span class="pagenum"><a name="page_065" id="page_065"></a>{65}</span> -una hornilla: otra que pasó y con las sayas derribó el artilugio. Jamás -he visto en rostro humano expresión de ferocidad como adquirió el de la -tostadora. Más pronta que el rayo, recogió del suelo la sartén, y -echándose á manera de irritada tigre sobre la autora del desaguisado, le -dió con el filo en mitad de la cara. La agredida se volvió sin exhalar -un ay, corriéndole de la ceja á la mejilla un hilo de sangre; y -trincando á su enemiga por el moño, del primer arrechucho le arrancó un -buen mechón, mientras le clavaba en el pescuezo las uñas de la mano -izquierda: cayeron á tierra las dos amazonas, rodando entre trébedes, -hornillas y cazos; se formó alrededor corro de mirones, sin que nadie -pensase en separarlas, y ellas seguían luchando, calladas y pálidas como -muertas, una con la oreja rasgada ya, otra con la sien toda -ensangrentada y un ojo medio saltado de un puñetazo. Los soldados se -reían á carcajadas y les decían requiebros indecentes, en tanto que se -despedazaban las infelices. Advertí por un instante que se me quitaba el -mareo, á fuerza de repugnancia y lástima: me acordé de mi paisano Pardo, -y de aquello del salvajismo y la barbarie española. Pero duró poco esta -idea, porque en seguidita se me ocurrió otra muy singular: que las dos -combatientes eran dos pescados grandes, así como golfines ó tiburones, y -que á coletazos y mordiscos, sin chistar, estaban haciéndose trizas. Y -este pensamiento me renovó la fatiga del mareo de tal modo, que arrastré -á Pacheco.<span class="pagenum"><a name="page_066" id="page_066"></a>{66}</span></p> - -<p>—Vámonos de aquí... No me gusta ver esto... Se matan.</p> - -<p>Preguntóme Don Diego si me sentía mal, en cuyo caso no visitaríamos los -barracones donde enseñan panoramas y fenómenos. Respondí muy picada que -me encontraba perfectamente y capaz de examinar todas las curiosidades -de la romería. Entramos en varias barracas y vimos un enano, un ternero -de dos cabezas, y por último, la mujer de cuatro piernas, muy pizpireta, -muy escotada, muy vestida de seda azul con puntillas de algodón, y que -enseñaba sonriendo—la risa del conejo—sus dobles muñones al extremo de -cada rodilla. En esta pícara barraca se apoderó de mí, con más fuerza -que nunca, la convicción de que me hallaba en alta mar, entregada á los -vaivenes del Océano. En el lado izquierdo del barracón había una serie -de agujeritos redondos por donde se veía un cosmorama: y yo empeñada en -que eran las portas del buque, sin que me sacase de mi error el que al -través de las susodichas portas se divisase, en vez del mar, la plaza -del Carrousel... el Arco de la Estrella... el Coliseo de Roma... y otros -monumentos análogos. Las perspectivas arquitectónicas me parecían -desdibujadas y confusas, con gran temblequeteo y vaguedad de contornos, -lo mismo que si las cubriese el trémulo velo de las olas. Al volverme y -fijarme en el costado opuesto de la barraca, los grandes espejos de -<i>rigolada</i>, de lunas cóncavas ó convexas, que reflejaban mi figura con -líneas grotescamente deformes, me parecieron también<span class="pagenum"><a name="page_067" id="page_067"></a>{67}</span> charcos de agua de -mar... ¡Ay, ay, ay, qué malo se pone esto! Un terror espantoso cruzó por -mi mente: ¿apostemos á que todas estas chifladuras marítimas y náuticas -son pura y simplemente una... vamos, una <i>filoxerita</i>, como ahora dicen? -¡Pero si he bebido poco! ¡Si en la mesa me encontraba tan bien!</p> - -<p>—Hay que disimular—pensé.—Que Pacheco no se entere... ¡Virgen, y qué -vergüenza si lo nota!... Volver á Madrid corriendo... ¡Quiá! El -movimiento del coche me pierde, me acaba, de seguro... Aire, aire... ¡Si -hubiese un rincón donde librarse de este gentío!</p> - -<p>O Pacheco leyó en mis pensamientos, ó coincidió conmigo en sensaciones, -pues se inclinó y en el tono más cariñoso y deferente murmuró á mi oído:</p> - -<p>—Hace aquí un calor intolerable... ¿Verdad que sí? ¿Quiere V. que -salgamos? Daremos una vueltecita por la pradera y la alameda; estará más -despejado y más fresco.</p> - -<p>—Vamos—respondí fingiendo indiferencia, aunque veía el cielo abierto -con la proposición.</p> - -<h3><a name="VII-in" id="VII-in"></a>VII</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">S</span><small>ALIMOS</small> de la barraca y bajamos del cerro á la alameda, siempre -empujados y azotados por la ola del gentío, cuyas aguas eran más densas -según iba acercándose la noche. Llegó<span class="pagenum"><a name="page_068" id="page_068"></a>{68}</span> un momento en que nos encontramos -presos en remolino tal, que Pacheco me apretó fuertemente el brazo y -tiró de mí para sacarme á flote. Me latían las sienes, se me encogía el -corazón y se me nublaban los ojos: no sabía lo que me pasaba: un sudor -frío bañaba mi frente. Forcejeábamos deseando romper por entre el grupo, -cuando nos paró en firme una cosa tremenda que se apareció allí, -enteramente á nuestro lado: un par de navajas desnudas, de esas <i>lenguas -de vaca</i> con su letrero de <i>si esta víbora te pica no hay remedio en la -botica</i>, volando por los aires en busca de las tripas de algún prójimo. -También relucían machetes de soldados, y se enarbolaban garrotes, y se -oían palabras soeces, blasfemias de las más horribles... Me arrimé -despavorida al gaditano, el cual me dijo á media voz:</p> - -<p>—Por aquí... No pase V. cuidado... Vengo prevenido.</p> - -<p>Le vi meter la mano en el bolsillo derecho del chaleco y asomarse á él -la culata de un revólver: vista que redobló mi susto y mis esfuerzos -para desviarme. No nos fué difícil, porque todo el mundo se arremolinaba -en sentido contrario, hacia el lugar de la pendencia. Pronto -retrocedimos hasta la alameda, sitio relativamente despejado. Allí y -todo continuaban mis ilusiones marítimas dándome guerra. Los carruajes, -los carros de violín, los ómnibus, las galeras, cuantos vehículos -estaban en espera de sus dueños, me parecían á mí embarcaciones -fondeadas en alguna bahía ó varadas en la playa,<span class="pagenum"><a name="page_069" id="page_069"></a>{69}</span> paquetes de vapor con -sus ruedas, quechemarines con su arboladura. Hasta olor á carbón de -piedra y á brea notaba yo. Que sí, que me había dado por la náutica.</p> - -<p>—¿Vámonos á la orilla... allí, donde haya silencio?—supliqué á -Pacheco.—¿Donde corra fresquito y no se vea un alma? Porque la gente me -mar...</p> - -<p>Un resto de cautela me contuvo á tiempo, y rectifiqué:</p> - -<p>—Me fatiga.</p> - -<p>—¿Sin gente? Dificilillo va á ser hoy... Mire V.—Y Pacheco señaló, -extendiendo la mano.</p> - -<p>Por la praderita verde, por las alturas peladas del cerro, por cuanta -extensión de tierra registrábamos desde allí, bullía el mismo hormigueo -de personas, igual confusión de colorines, balanceo de columpios, girar -de tíos vivos y corros de baile.</p> - -<p>—Hacia allá—murmuré—parece que hay un espacio libre...</p> - -<p>Para llegar adonde yo indicaba, era preciso saltar un vallado, bastante -alto por más señas. Pacheco lo salvó, y desde el lado opuesto me tendió -los brazos. ¡Cosa más particular! Pegué el brinco con agilidad -sorprendente. Ni notaba el peso de mi cuerpo; se había derogado para mí -la ley de gravedad: creo que podría hacer volatines. Eso sí, la firmeza -no estaba en proporción con la agilidad, porque si me empujan con un -dedo, me caigo y boto como una pelota.</p> - -<p>Atravesamos un barbecho, que fué una serie<span class="pagenum"><a name="page_070" id="page_070"></a>{70}</span> de saltos de surco á surco, -y por senderos realmente solitarios fuimos á parar á la puerta de una -casuca que se bañaba los piés en el Manzanares. ¡Ay, qué descanso! Verse -uno allí casi solo, sin oir apenas el estrépito de la romería, con un -fresquito delicioso venido de la superficie del agua, y con la media -obscuridad ó al menos la luz tibia del sol que iba poniéndose... -¡Alabado sea Dios! Allá queda el tempestuoso Océano con sus olas -bramadoras, sus espumarajos y sus arrecifes, y héteme al borde de una -pacífica ensenada, donde el agua sólo tiene un rizado de onditas muy -mansas que vienen á morir en la arena sin meterse con nadie...</p> - -<p>¡Dale con el mar! ¡Mire V. que es fuerte cosa! ¿Si continuará aquello? -¿Si...?</p> - -<p>A la puerta de la casuca asomó una mujer pobremente vestida y dos -chiquillos harapientos, que muy obsequiosos me sacaron una silla. -Sentóse Pacheco á mi lado sobre unos troncos. Noté bienestar -inexplicable, y me puse á mirar cómo se acostaba el sol, todo ardoroso y -sofocado, destellando sus últimos resplandores en el Manzanares. Es -decir, en el Manzanares no: aquello se parecía extraordinariamente á la -bahía viguesa. La casa también se había vuelto una lancha muy airosa que -se mecía con movimiento insensible: Pacheco, sentado en la popa, oprimía -contra el pecho la caña del timón, y yo, muellemente reclinada á su -lado, apoyaba un codo en su rodilla, recostaba la cabeza en su hombro, -cerraba los ojos para mejor gozar del soplo de la brisa marina que me -abanicaba<span class="pagenum"><a name="page_071" id="page_071"></a>{71}</span> el semblante... ¡Ay madre mía, qué bien se va así!... De aquí -al cielo...</p> - -<p>Abrí los párpados... ¡Jesús, qué atrocidad! Estaba en la misma postura -que he descrito, y Pacheco me sostenía en silencio y con exquisito -cuidado, como á una criatura enferma, mientras me hacía aire, muy -despacio, con mi propio pericón...</p> - -<p>No tuve tiempo de reflexionar en situación tan rara. No me lo permitió -el afán, la fatiga inexplicable que me entró de súbito. Era como si me -tirasen del estómago y de las entrañas hacia afuera con un garfio para -arrancármelas por la boca. Llevé las manos á la garganta y al pecho, y -gemí:</p> - -<p>—¡A tierra, á tierra! ¡Que se pare el vapor... me mareo, me mareo! ¡Que -me muero!... ¡Por la Virgen, á tierra!</p> - -<p>Cesé de ver la bahía, el mar verde y espumoso, las crespas olitas; cesé -de sentir el soplo del Nordeste y el olor del alquitrán... Percibí, como -entre sueños, que me levantaban en vilo y me trasladaban... ¿Estaríamos -desembarcando? Entreoí frases que para mí entonces carecían de -sentido.—«Probetica, sa puesto mala.—Por aquí, señorito...—Sí que hay -cama y lo que se nesecite...—Mandar...»—Sin duda ya me habían -depositado en tierra firme, pues noté un consuelo grandísimo, y luego -una sensación inexplicable de desahogo, como si alguna manaza gigantesca -rompiese un aro de hierro que me estaba comprimiendo las costillas y -dificultando la respiración. Di un suspiro y abrí los ojos...<span class="pagenum"><a name="page_072" id="page_072"></a>{72}</span></p> - -<p>Fué un intervalo lúcido, de esos que se tienen aun en medio del síncope -ó del acceso de locura, y en que comprendí claramente todo cuanto me -sucedía. No había mar, ni barco, ni tales carneros, sino turca de padre -y muy señor mío: la tierra firme era el camastro de la tabernera, el aro -de hierro el corsé que acababan de aflojarme; y no me quedé muerta de -sonrojo allí mismo, porque no vi en el cuarto á Pacheco. Sólo la mujer -morena y alta, muy afable, se deshacía en cuidados, me ofrecía toda -clase de socorros...</p> - -<p>—No, gracias... Silencio, y estar á obscuras... Es lo único... Bien, -sí, llamaré si ocurre. Ya, ya me siento mejor... Silencio y dormir; no -necesito más.</p> - -<p>La mujer entornó el ventanuco por donde entraba en el chiribitil la luz -del sol poniente, y se marchó en puntillas. Me quedé sola: me dominaba -una modorra invencible: no podía mover brazo ni pierna; sin embargo, la -cabeza y el corazón se me iban sosegando por efecto de la penumbra y la -soledad. Cierto que andaba otra vez á vueltas con la manía náutica, pues -pensaba para mis adentros:—¡Qué bien me encuentro así... en este -camarote... en esta litera!... ¡Y qué serena debe de estar la mar!... -¡Ni chispa de balance! ¡El barco no se mueve!</p> - -<p>Yo había oído asegurar muchas veces que si tenemos los ojos cerrados y -alguna persona se pone á mirarnos fijamente, una fuerza inexplicable nos -obliga á abrirlos. Digo que es verdad, y lo digo por experiencia. En -medio de mi sopor<span class="pagenum"><a name="page_073" id="page_073"></a>{73}</span> empecé á sentir cierta comezón de alzar los párpados -y una inquietud especial, que me indicaba la presencia de <i>alguien</i> en -el tugurio... Entreabrí los ojos, y con gran sorpresa vi el agua del -mar; pero no la verde y plomiza del Cantábrico, sino la del -Mediterráneo, azul y tranquila... Las pupilas de Pacheco, como Vds. se -habrán imaginado. Estaba de pié, y cuando clavé en él la mirada, se -inclinó y me arregló delicadamente la falda del vestido para que me -cubriese los piés.</p> - -<p>—¿Cómo vamos? ¿Hay ánimos para levantarse?—murmuró: es decir, sería -algo por el estilo, pues no me atrevo á jurar que dijese esto. Lo que -afirmo es que le tendí las dos manos con un cariñazo repentino y -descomunal, porque se me había puesto en el moño que me encontraba allí -abandonadita en medio de un golfo profundo, y que iba á ahogarme si no -acierta á venir en mi auxilio Pacheco. El tomó las manos que yo ofrecía, -las apretó muy afectuoso, me tentó los pulsos y apoyó su derecha en mis -sienes y frente, ¡Cuánto bien me hacía aquella presioncita cuidadosa y -firme! Como si me volviese á encajar los goznes del cerebro en su -verdadero sitio, dándoles aceite para que girasen mejor. Le estreché la -mano izquierda... ¡Qué pegajoso, qué majadero se vuelve uno en estas -situaciones... anormales! Yo me estaba muriendo por mimos, igual que una -niña pequeña... ¡Quería que me tuviesen lástima!... Es sabido que á -mucha gente le dan las turcas por el lado tierno. Ganas me venían de<span class="pagenum"><a name="page_074" id="page_074"></a>{74}</span> -echarme á llorar, por el gusto de que me consolasen.</p> - -<p>Había á la cabecera de la cama una mugrienta silla de Vitoria, y el -gaditano tomó asiento en ella acercando su cara á la dura almohada donde -reclinaba la mía. No sé qué me fué diciendo por lo bajo: sí que eran -cositas muy dulces y zalameras, y que yo seguía estrujándole la mano -izquierda con fuerza convulsiva, sonriendo y entornando los párpados, -porque me parecía que de nuevo bogábamos en el esquife, y las olas -hacían un <i>¡clap! ¡clap!</i> armonioso contra el costado. Sentí en la -mejilla un soplo caliente, y luego un contacto parecido al revoloteo de -una mariposa. Sonaron pasos fuertes, abrí los ojos, y vi á la mujer alta -y morena, figonera, tabernera ó lo que fuese.</p> - -<p>—¿La traigo una tacita de té, señorita? Lo tengo mu bueno, no se -piensen ustés que no... Se le pué echar unas gotas de ron, si les -parece...</p> - -<p>—¡No, ron no!—articulé muy quejumbrosa, como si pidiese que no me -mataran.</p> - -<p>—¡Sin ron... y calentito!—mandó Pacheco.</p> - -<p>La mujer salió. Cerré otra vez los ojos. Me zumbaban los sesos: ni que -tuviese en ellos un enjambre de abejas. Pacheco seguía apretándome las -sienes, lo cual me aliviaba mucho. También noté que me esponjaba la -almohada, que me alisaba el pelo. Todo de una manera tan insensible, -como si una brisa marina muy mansa me jugase con los rizos. Volvieron á -oirse los pasos y el duro taconeo.<span class="pagenum"><a name="page_075" id="page_075"></a>{75}</span></p> - -<p>—El té, señorito... ¿Se lo quié usté dar ó se lo doy yo?</p> - -<p>—Venga—exclamó el meridional.</p> - -<p>Le sentí revolver con la cucharilla y que me la introducía entre los -labios. Al primer sorbo me fatigó el esfuerzo y dije <i>que no</i> con la -cabeza; al segundo me incorporé de golpe, tropecé con la taza, y ¡zas! -el contenido se derramó por el chaleco y pantalón de mi enfermero. El -cual, con la insolencia más grande que cabe en persona humana, me -preguntó:</p> - -<p>—¿No lo quieres ya? ¿O te pido otra tacita?</p> - -<p>Y yo... ¡Dios de bondad! ¡De esto sí que estoy segura! le contesté -empleando el mismo tuteo y muy mansa y babosa:</p> - -<p>—No, no pidas más... Se hace noche... Hay que salir de aquí... Veremos -si puedo levantarme. ¡Qué mareo, Señor, qué mareo!</p> - -<p>Tendí los brazos confiadamente: el malvado me recibió en los suyos, y -agarrada á su cuello, probé á saltar del camastro. Con el mayor recato y -comedimiento, Pacheco me ayudó á abrocharme, estiró las guarniciones de -mi saya de surá, me presentó el imperdible, el sombrero, el velito, el -agujón, el abanico y los guantes. No se veía casi nada, y yo lo atribuía -á la mezquindad del cuchitril; pero así que, sostenida por Pacheco y -andando muy despacio, salí á la puerta del figón, pude convencerme de -que la noche había cerrado del todo. Allá á lo lejos, detrás del muro -que cercaba el campo, hormigueaba confusamente la romería, salpicada de -lucecillas bailadoras, innumerables...<span class="pagenum"><a name="page_076" id="page_076"></a>{76}</span></p> - -<p>La calma de la noche y el aire exterior me produjeron el efecto de una -ducha de agua fría. Sentí que la cabeza se me despejaba y que así como -se va la espuma por el cuello de la botella de champagne, se escapaban -de mi mollera en burbujas el sol abrasador y los espíritus alcohólicos -del endiablado vino compuesto. Eso sí: en lugar de meollo me parecía que -me quedaba un sitio hueco, vacío, barrido con escoba... Encontrábame -aniquilada, en el más completo idiotismo.</p> - -<p>Pacheco me guiaba sin decir oxte ni moxte. Derechos como una flecha -fuimos adonde mi coche aguardaba ya. Sus dos faroles lucían á la entrada -de la alameda, en el mismo sitio en que por la mañana le mandáramos -esperar. Entré y me dejé caer en el asiento, medio exánime. Pacheco me -siguió, dió una orden, y la berlina empezó á rodar poco á poco.</p> - -<p>¡Ay Dios de mi vida! ¿Quién soñó que se habían acabado ya los barcos, el -oleaje, mis fantasías marítimas todas? ¡Pues si ahora es cuando -navegábamos de veras, encerrados en el camarote de un trasatlántico, y á -cada tres segundos cuchareaba el buque ó cabeceaba bajando á los abismos -del mar y arrastrándome consigo! La voz de Pacheco no era tal voz, sino -el ruido del viento en las jarcias... ¡Nada, nada, que hoy naufrago!</p> - -<p>—¡Vas disgustá conmigo?—gemía á mi oído el sudoeste. No vayas. Mira, -bien callé y bien prudente fuí... Hasta que me apretaste la mano... -Perdón, sielo, me da una pena verte afligía...<span class="pagenum"><a name="page_077" id="page_077"></a>{77}</span> Es una rareza en mí, -pero estoy así como aturdido de pensar si te enfadarás por lo que te -dije... Pobrecita, no sabes lo guapa que estabas mareá... Los ojos tuyos -echaban lumbre... ¡Vaya unos ojos que tienes tú! Anda, descansa así, en -el hombro mío. Duerme, niñita, duerme...</p> - -<p>Tal vez equivoque yo las palabras, porque resultaban un murmullo y no -más... Lo que sí recuerdo con absoluta exactitud es esta frase, que sin -duda cayó en el intervalo de una ola á otra:</p> - -<p>—¿Sabes qué decían en aquel figón? Pues que debíamos de ser recién -casados..., «porque él la trata con mucho cariño y no sabe qué hacer -para cuidarla.»</p> - -<p>Y puedo jurar que no me acuerdo de ninguna cosa más; de ninguna. Sí..., -pero muy vagamente: que el coche se detuvo á mi puerta, y que por las -escaleras me ayudó á subir Pacheco, y que desfallecida y atónita como me -encontraba, le rogué que no entrase, sin duda obedeciendo á un instinto -de precaución. No sé lo que me dijo al despedirse; sé que la despedida -fué rápida y sosa. A la Diabla, que al abrir me incrustó en la cara su -curioso mirar, le expliqué tartamudeando que me había hecho daño el sol, -que deseaba acostarme. Claro que se habrá comido la partida... Sí, que -se mama ella el dedo... ¡Buenas cosas pensará á estas horas de mí!</p> - -<p>Me precipité á mi cuarto, me eché en la cama, me puse de cara á la -pared, y aunque al pronto<span class="pagenum"><a name="page_078" id="page_078"></a>{78}</span> volví á amodorrarme, hacia las tres de la -madrugada empezó la función y se renovó mi padecimiento. No quise llamar -á Angela... ¡Para que se escamase tres veces más! ¡Ay qué noche... noche -de perros! ¡Qué bascas, qué calentura, qué pesadillas, que aturdimiento, -qué jaqueca al despertar!</p> - -<p>Y sobre todo, ¡qué compromiso, qué lance, qué parchazo! ¡Qué lío tan -espantoso!... ¡Qué resbalón! (ya es preciso convenir en ello).</p> - -<h3><a name="VIII-in" id="VIII-in"></a>VIII</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">C</span><small>ONVENGAMOS</small>; pero también en que Pacheco, habiéndose portado tan -correctamente al principio, no debió luego echarla á perder. Si yo, por -culpa de las circunstancias—eso es, de las circunstancias -inesperadísimas en que me he visto,—pude darle algún pié, á la verdad, -ningún caballero se aprovecha de ocasiones semejantes; al contrario, en -ellas debe manifestar su educación, si la tiene. Yo me trastorné -completamente, por lo mismo que nunca anduve en pasos como éstos; yo no -estaba en mi cabal juicio, no señor; yo no tenía responsabilidad, y él, -el grandísimo pillo, tan sereno como si le acabasen de enfriar en el -pozo... Lo dicho: ¡fué una osadía, una serranada incalificable!</p> - -<p>Cuanto más lo pienso... ¡Un hombre que hace<span class="pagenum"><a name="page_079" id="page_079"></a>{79}</span> veinticuatro horas no había -cruzado conmigo media docena de palabras; un hombre que ni siquiera es -visita mía! Cierta heroína de novela, de las que yo leía siendo -muchacha, en un caso así recuerdo que empezó á devanarse los sesos -preguntándose á sí propia: «¿Le amo?» ¡Valiente tontería la de aquella -simple! ¡Qué amor ni qué!... Caso de preguntar, yo me preguntaría: «¿Le -conozco á este caballero?» Porque maldito si sé hasta ni cómo se llama -de segundo apellido... Lo que sé es que le detesto y le juzgo un -pillastre. Motivos tengo sobrados. ¡Que se ponga en mi caso cualquiera!</p> - -<p>Y ahora... Supongamos que, naturalmente, cuando él aporte por aquí, me -cierro á la banda y doy orden terminante á los criados: que he salido. -Se pondrá furioso, y lo menos que hará, con el despecho, irse alabando -en casa de Sahagún... Porque de fijo es uno de esos tipos que pegan -carteles en las esquinas... ¡Como si lo viera! Y resistir que se me -presente tan fresco... vamos, es de lo que no pasa. Una, que me daría un -sofoco de primera; otra, que en estas cosas, si no se empieza cortando -por lo sano... Me parece lo más natural. Me niego... y se acabó. -Escribirá... Bien, no contesto. Y dentro de unos días, como ya salgo de -Madrid... Sí, todo se arregla.</p> - -<p>Y... á sangre fría, Asís... ¿Es ese descarado quien tiene la culpa toda? -Vamos, hija, que tú... ¿Quién te mandaba satisfacer el caprichito de ir -al Santo y de acompañarte con una persona casi desconocida, y de -almorzar allí en un merendero<span class="pagenum"><a name="page_080" id="page_080"></a>{80}</span> churri, como si fueses una salchichera de -los barrios bajos? ¿Por qué probaste del vino aquel, que está encabezado -con el <i>amílico</i> más venenoso? ¿No sabías que, aun sin vino, á ti el sol -te marea?</p> - -<p>Te dejaste embarcar por la Sahagún... Pero la Sahagún... Para ciertas -personas no rigen las ordenanzas sociales. La Sahagún, no sólo es muy -experta, y muy despabilada, y discretísima, y una de esas mujeres á -quienes nadie se les atreve no queriendo ellas, sino que con su alta -posición convierte en excentricidad graciosa é inofensiva lo que en las -demás se toma por desvergüenza y liviandad. Hay gentes que tienen -permiso para todo, y se imponen, y les caen bien hasta las barrabasadas. -Pero yo, que soy una señora como todas, una de tantas, debo respetar el -orden establecido y no meterme en honduras. Era visto que Pacheco se -había de figurar desde el primer instante... No, no es justo acusarle á -él solo.</p> - -<p>Bien dice mi paisano. Somos ordinarios y populacheros; nos pule la -educación treinta años seguidos, y renace la corteza... Una persona -decente, en ciertos sitios obra lo mismo que obraría un mayoral. Aquí -estoy yo, que me he portado como una chula.</p> - -<p>Es decir... más bien obré como una tonta. Caí de inocente. No supe -precaver, pero no hubo en mí mala intención. Ello ocurrió... porque sí. -Me pesa, Señor. En toda mi vida me ha sucedido ni ha de volver á -sucederme cosa semejante... De eso respondo, y ahora, á remediar el<span class="pagenum"><a name="page_081" id="page_081"></a>{81}</span> -daño. Puerta cerrada, esquinazo, mutis. No me vuelve á ver el pelo el -señorito ese. En tomando el tren de Galicia... Y sin tanto. Declaro la -casa en estado de sitio... Aquí no entra una mosca. Ya verá si es tan -fácil marear á una mujer cuando ella sabe lo que se hace.</p> - -<h3><a name="IX-in" id="IX-in"></a>IX</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">A</span><small>SÍ</small>, punto más, punto menos, hubiese redactado su declaración la dama, -si confiase al papel lo que la bullía en el magín. No afirmamos que, aun -dialogando con su conciencia propia, fuese la marquesa viuda de Andrade -perfectamente sincera, y no omitiese algún detalle que agravara su tanto -de culpa en el terreno de la imprevisión, la ligereza ó la coquetería. -Todo es posible, y no conviene salir fiador de nadie en este género de -confesiones, que nunca se hacen sin pelos en la lengua y restricciones -en la mente.</p> - -<p>Sin embargo, no puede negarse que la señora había referido con bastante -franqueza el terrible episodio, tanto más terrible para ella, cuanto que -hasta dar este mal paso caminara con pié firme y alegre espíritu por la -senda de la honestidad. Mérito suyo, más que fruto de la educación -paterna, no muy rígida, ni excesivamente vigilante. A Asís se le habían -cumplido<span class="pagenum"><a name="page_082" id="page_082"></a>{82}</span> cuantos caprichos puede tener en un pueblo como Vigo una niña -rica, huérfana de madre, y única. A los veinte años de edad, asistiendo -á todos los bailes del Casino, á todos los paseos en la Alameda, á todas -las verbenas y romerías de Cristos y Pastoras, visitando todos los -buques de todas las escuadras que fondeaban en el puerto, Asís no había -hecho cosa esencialmente mala, pues no hay severidad que baste á -condenar de un modo riguroso el carteo con un teniente de navío, á quien -veía be higos á brevas—cuando la <i>Villa de Bilbao</i> andaba por aquellas -aguas.—Entonces le entró al papá de Asís, acaudalado negociante, la -ventolera de las contratas, acompañada, naturalmente, de la necesidad de -meterse en política; tuvo distrito, y contrata va y legislatura viene, -comenzó á llevarse á su hija á Madrid todos los inviernos, á dar una -vueltecita—la frase sacramental.—Hospedábanse en casa de un primo de -la difunta mamá de Asís, el marqués de Andrade, consejero de Estado, -porque Asís era fruto de una de esas alianzas entre blasones y talegas, -que en Galicia y en todas partes se ven tan á menudo, sin que tuerza el -gesto ningún venerable retrato de familia, ni ningún abuelo se -estremezca en su tumba. El consejero de Estado se encontraba viudo y sin -descendencia; conservaba un cerquillo de pelo alrededor de una lucia -calva; poseía buenos modales, carácter ameno (en la corte no existen -viejos avinagrados) y la suficiente mundología para saber cómo ha de -insinuarse un cincuentón con una muchacha.<span class="pagenum"><a name="page_083" id="page_083"></a>{83}</span> Asís empezó por enseñarle á -su tío, bromeando, las cartas del marino, y acabó por escribir á éste -una significándole que sus relaciones «quedaban cortadas para siempre». -Y así fué, y la esbelta sombra con gorrilla blanca y levita azul y -anclas de oro no se apareció jamás al pié del tálamo de los marqueses de -Andrade.</p> - -<p>El Marqués tuvo el talento de no ser celoso y hacerle grata á su mujer -la vida conyugal. Hasta se separó de otra hermana suya—con la cual -vivía desde su primer matrimonio—porque era devota, maniática, opuesta -á la sociedad y á las distracciones, y no podía congeniar con la joven -esposa; y no se mostró remiso en aflojar dinero para modistas, ni en -gastar tiempo en teatros, saraos y tertulias. También supo evitar el -delirio de los extremos amorosos, impropios de su edad y la de Asís -combinadas; dejó dormir lo que no era para despertado, y así logró siete -años de tranquila ventura y una chiquilla algo enclenque, que únicamente -revivía con los aires marinos y agrestes de la tierra galaica. Un -derrame seroso cortó el curso de los días del buen consejero de Estado, -y Asís quedó libre, rica, moza, bien mirada y con el alma serena.</p> - -<p>Pasaba en Madrid los inviernos, teniendo á su niña de medio interna en -un atildado colegio francés; los veranos se iba á Vigo, al lado de su -papá; á veces (como sucedía ahora), el viaje de la chiquilla se -adelantaba un poco, porque el abuelo, al cerrarse las Cortes, se la -llevaba<span class="pagenum"><a name="page_084" id="page_084"></a>{84}</span> consigo á desencanijarse en la aldea... Asís la dejaba marchar -de buen grado. El amor maternal era en ella lo que había sido el cariño -conyugal: sentimiento apacible, exento de esas divinas locuras que -abrasan el alma y dan á la existencia sentido nuevo. La marquesa de -Andrade vivía contenta, algo envanecida de haber soltado la cáscara -provinciana, y satisfecha también de conservar su honradez como la -conservan allá en Vigo las señoras muy visibles, que no dan un paso sin -que el vecindario sepa si fué con el pié izquierdo ó el derecho. -Entretenía sus ocios pensando, por ejemplo, que el último vestido que le -había mandado su modista era tan gracioso y menos caro que el de Worth -de la Sahagún; que estaba á bien con el Padre Urdax, merced á haber -entrado en una asociación benéfica muy recomendada por los jesuítas; que -ella era una dama formal, intachable, y que, sin embargo, no dejaban de -citarla con elogio en las revistas de salones alguna que otra vez; que -podía vivirse en el mundo sin abrir paso al demonio, y que ni el mundo -ni Dios tenían por qué volverle la espalda.</p> - -<p>Y ahora...</p> - -<h3><a name="X-in" id="X-in"></a>X</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">O</span><small>YENDO</small> un nuevo repiqueteo de campanilla, acudió Angela despavorida, á -ver <i>qué era</i>. Su ama estaba medio incorporada sobre un codo.<span class="pagenum"><a name="page_085" id="page_085"></a>{85}</span></p> - -<p>—Venga quien venga, ¿entiendes?, venga quien venga..., que he salido.</p> - -<p>—A todo el mundo, vamos; que ha salido la señorita.</p> - -<p>—A todo el mundo: sin excepción. Cuidadito como me dejas entrar á -nadie.</p> - -<p>—¡Jesús, señorita! Ni el aire entrará.</p> - -<p>—Y prepárame el baño.</p> - -<p>—¿El baño? ¿No le sentará mal á la señorita?</p> - -<p>—No—contestó Asís secamente.—(¡Manía de meterse en todo tienen estas -doncellas!)</p> - -<p>—¿Y la orden del coche, señorita? Ya dos veces ha venido Roque á -preguntarla.</p> - -<p>Al nombre del cochero, sintió Asís que le <i>subía un pavo</i> atroz, como si -el cochero representase para ella la sociedad, el deber, todas las -conveniencias pisoteadas y atropelladas la víspera. ¡El cochero si que -debía maliciarse!...</p> - -<p>—Dile..., dile que... venga dentro de un par de horas..., á las cuatro -y media... No, á las cinco y cuarto. Para paseo... Las cinco y media más -bien.</p> - -<p>Saltó de la cama, se puso la bata, y se calzó las chinelas. ¡Sentía un -abatimiento grande, agujetas, cansancio, y al mismo tiempo una -excitación, unas ganas de echar á andar, de huir de sí misma, de no -verse ni oirse! No se podía sufrir.</p> - -<p>—¡Qué vida tan incómoda la de las señoras que anden siempre en estos -enredos! No les arriendo la ganancia... ¡Ay! Aborrezco los tapujos y las -ilegalidades... He nacido para vivir<span class="pagenum"><a name="page_086" id="page_086"></a>{86}</span> con orden y con decoro, está -visto. ¿Le dará á ese tunante por venir?</p> - -<p>Mientras no estaba dispuesto el baño, practicó Asís las operaciones de -aseo que deben precederle: limpiarse y limarse las uñas, lavar y -cepillar esmeradamente la dentadura, desenredar el pelo y pasarse -repetidas veces el peine menudo, registrarse cuidadosamente las orejas -con la esponjita y la cucharita de marfil, frotarse el pescuezo con el -guante de crín suavizado con pasta de almendra y miel. A cada higiénica -operación y á cada parte de su cuerpo que quedaba como una patena, Asís -creía ver desaparecer la marca de las irregularidades del día anterior, -y confundiendo involuntariamente lo físico y lo moral, al asearse, -juzgaba regenerarse.</p> - -<p>Avisó la Diabla que estaba listo el baño. Asís pasó á un cuartuco -obscuro, que alumbraba un quinqué de petróleo (las habitaciones de baño -fantásticas que se describen en las novelas no suelen existir sino en -algún palacio, nunca en las casas de alquiler), y se metió en una -bañadera de zinc con capa de porcelana—idéntica á las cacerolas.—¡Qué -placer! En el agua clara iban á quedarse la vergüenza, la sofoquina y -las inconveniencias de la aventura... ¡Allí estaban escritas con letras -de polvo! ¡Polvo doblemente vil, el polvo de la innoble feria! ¡Y -cuidado que era pegajoso y espeso! ¡Si había penetrado al través de las -medias, de la ropa interior, y en toda su piel lo veía depositado la -dama! Agua clara y tibia—pensaba Asís—lava,<span class="pagenum"><a name="page_087" id="page_087"></a>{87}</span> lava tanta grosería, -tanto flamenquismo, tanta barbaridad: lava la osadía, lava el desacato, -lava el aturdimiento, lava el... Jabón y más jabón. Ahora agua de -Colonia... Así.</p> - -<p>Esta manía de que con agua de Colonia y jabón fino se le quitaban las -manchas á la honra, se apoderó de la señora en grado tal, que á poco se -arranca el cutis, de la rabia y el encarnizamiento con que lo frotaba. -Cuando su doncella le dió la bata de tela turca para enjugarse, Asís -continuó sus fricciones mitad morales, mitad higiénicas, hasta que ya -rendida se dejó envolver en la ropa limpia, suspirando como el que echa -de sí un enorme peso de cuidados.</p> - -<p>Llegó el coche algún tiempo después de terminada la faena, no sólo del -baño, sino del tocado y vestido: Asís llevaba un traje serio, de señora -que aspira á no llamar la atención. Ya tenía la Diabla la mano en el -pestillo para abrir la puerta á su ama, cuando se la ocurrió preguntar:</p> - -<p>—¿Vendrá á comer, señorita?</p> - -<p>—No.—Y añadió como el que da explicaciones para que no se piense mal -de él.—Estoy convidada á comer en casa de las tías de Cardeñosa.</p> - -<p>Al sentarse en su berlinita, respiró anchamente. Ya no había que temer -la aparición del pillo. ¡Bah! Ni era probable que él se acordase de -ella; estos troneras, así que pueden jactarse..., si te he visto no me -acuerdo. Mejor que mejor. Qué ganga, si la historia se resolviese<span class="pagenum"><a name="page_088" id="page_088"></a>{88}</span> de -una manera tan sencilla... Y la voz de Asís adquirió cierta sonoridad al -decir al cochero:</p> - -<p>—Castellana... Y luego á casa de las tías...</p> - -<p>Aquella vibración orgullosa de su acento parece que quería significar:</p> - -<p>—Ya lo ves, Roque... No se va uno todos los días de picos pardos... De -hoy más vuelvo á mi inflexible línea de conducta...</p> - -<p>Rodó el coche al trote hasta la Castellana y allí se metió en fila. Era -tal el número y la apretura de carruajes, que á veces tenían que pararse -todos por imposibilidad de avanzar ni retroceder. En estos momentos de -forzosa quietud sucedían cosas chuscas: dos señoras que se conocían y se -saludaban, pero no teniendo la intimidad suficiente para emprender -conversación, permanecían con la sonrisa estereotipada, observándose con -el rabillo del ojo, desmenuzándose el atavío y deseando que un leve -sacudimiento del maremagnum de carruajes pusiese fin á una situación tan -pesadita. Otras veces le acontecía á Asís quedarse parada tocando con -una <i>manuela</i>, en cuyo asiento trasero, dejando la bigotera libre, se -apiñaban tres mozos de buen humor, horteras ó empleadillos de -ministerio, que la soltaban una andanada de dicharachos y majaderías; y -nada: aguantarlos á quema ropa, sin saber qué era menos desairado, -sonreirse ó ponerse muy seria ó hacerse la sorda. También era fastidioso -encontrarse en contacto íntimo con el fogoso tronco de un <i>milord</i>, que -sacudía la espuma del hocico dentro de la ventanilla, salpicando el<span class="pagenum"><a name="page_089" id="page_089"></a>{89}</span> haz -de lilas blancas sujeto en el tarjetero, que perfumaba el interior del -coche. Incidentes que distraían por un instante á la marquesa de Andrade -de la dulce quietud y del bienhechor reposo producido por la frescura -del aire impregnado de aroma de lilas y flor de acacia, por la animación -distinguida y silenciosa del paseo, por el grato reclinatorio que hacía -á su cabeza y espalda el rehenchido del coche, forrado de paño gris.</p> - -<p>—¡Calle! Allí va Casilda Sahagún empingorotada en el campanario de su -<i>break</i>. ¿De dónde vendrá, señor? ¡Toma! Ya caigo; de la novillada que -armaron los muchachos finos, Juanito Albares, Perico Gonzalvo, Paco -Gironellas, Fernandín Hurtado...—En un minuto recordó Asís la -organización de la fiesta taurina: se habían repartido programas -impresos en raso lacre, redactados con muy buena sombra; no había nada -más salado que leer, por ejemplo:—Banderilleros: Fernando Alfonso -Hurtado de Mendoza (a) Pajarillas.—José María Aguilar y Austria (a) el -Chaval.—¡Pues poca broma que hubo en casa de Sahagún la noche que se -arregló el plan de la corrida! Y Asís estaba convidada también. Se le -había pasado: ¡qué lástima! La Duquesa, tan sandunguera como de -costumbre, hecha un cartón de Goya con su mantilla negra y su grupo de -claveles; los muchachos, ufanísimos, en carretela descubierta, envueltos -en sus capotes morados y carmesíes con galón de oro. Lo que es torear -habrían toreado de echarles patatas; pero ahora nadie les ganaba á -darse<span class="pagenum"><a name="page_090" id="page_090"></a>{90}</span> pisto luciendo los trajes. Revolvían el paseo de la Castellana: -eran el acontecimiento de la tarde. Asís sintió un descanso mayor aún -después de ver pasar la comitiva taurómaca: comprendió, guiada por el -buen sentido, que á nadie, en aquel conjunto de personas siempre -entretenidas por algún suceso gordo del orden político, ó del orden -divertido, ó del orden escandaloso con platillos y timbales, se le -ocurriría sospechar su aventurilla del <i>Santo</i>. A buen seguro que por un -par de días nadie pensaba más que en la becerrada aristocrática.</p> - -<p>Este convencimiento de que su escapatoria no estaba llamada á trascender -al público, se robusteció en casa de las tías de Cardeñosa. Las -Cardeñosas eran dos buenas señoritas, solteronas, de muy afable -condición, rasas de pecho, tristes de mirar, sumamente anticuadas en el -vestir, tímidas y dulces, no emancipadas, á pesar de sus cincuenta y -pico, de la eterna infancia femenina: hablaban mucho de novenas, y -comentaban detenidamente los acontecimientos culminantes, pero -exteriores, ocurridos en la familia de Andrade y en las demás que -componían el círculo de sus relaciones; para las bodas tenían aparejada -una sonrisa golosa y tierna, como si paladeasen el licor que no habían -probado nunca; para las enfermedades, calaveradas de chicos y -fallecimientos de viejos, un melancólico arqueo de cejas, unos ademanes -de resignación con los hombros y unas frases de compasión, que por ser -siempre las mismas, sonaban á indiferencia. Religiosas de<span class="pagenum"><a name="page_091" id="page_091"></a>{91}</span> verdad, nunca -murmuraban de nadie ni juzgaban duramente la ajena conducta, y para -ellas la vida humana no tenía más que un lado, el anverso, el que cada -cual deja ver á las gentes. Gozaban con todo esto las Cardeñosas fama de -trato distinguidísimo, y su tarjeta <i>hacía bien</i> en cualquier bandeja de -porcelana de esas donde se amontona, en forma de pedazos de cartulina, -la consideración social.</p> - -<p>Para Asís, la insulsa comida de las tías de Cardeñosa y la anodina -velada que la siguió, fueron al principio un bálsamo. Se la disiparon -las últimas vibraciones de la jaqueca y las postreras angustias del -estómago, y su espíritu se aquietó, viendo que aquellas señoras -respetadísimas y excelentes la trataban con el acostumbrado afecto y -comprendiendo que ni por las mientes se les pasaba imaginar de ella nada -censurable.</p> - -<p>El cuerpo y el alma se sosegaban á la par, y gracias á tan saludable -reacción, <i>aquello</i> se le figuraba á Asís una especie de pesadilla, un -cuento fantástico.</p> - -<p>Pero obtenido este estado de calma tan necesario á sus nervios, empezó -la dama á notar, hacia eso de las diez, que se aburría ferozmente, por -todo lo alto, y que le entraban ya unas ganas de dormir, ya unos -impulsos de tomar el aire, que se revelaban en prolongados bostezos y en -revolverse en la butaca como si estuviese tapizada de alfileres punta -arriba. Tanto, que las Cardeñosas lo percibieron, y con su inalterable -bondad comenzaron á ofrecerla<span class="pagenum"><a name="page_092" id="page_092"></a>{92}</span> otro sillón de distinta forma, el rincón -del sofá, una silla de rejilla, un taburetito para los piés, un cojín -para la espalda.</p> - -<p>—No os incomodéis... Mil gracias... Pero si estoy perfectamente.</p> - -<p>Y no atreviéndose á mirar el suyo, echaba un ojo al reloj de sobremesa, -un Apolo de bronce dorado, de cuya clásica desnudez ni se habían -enterado siquiera las Cardeñosas, en cuarenta años que llevaba el dios -de estarse sobre la consola del salón en postura académica, con la lira -muy empuñada. El reloj... por supuesto, se había parado desde el primer -día, como todos los de su especie. Asís quería disimular, pero se le -abría la boca y se le llenaban de lágrimas los ojos; abanicábase -estrepitosamente, contestando por máquina á las interrogaciones de las -tías acerca de la salud de su niña y los proyectos de veraneo, -inminentes ya. Las horas corrían, sin embargo, derramando en el espíritu -de Asís el opio del fastidio... Cada rodar de coches por la retirada -calle en que habitaban las Cardeñosas, le producía una sacudida -eléctrica. Al fin hubo uno que paró delante de la casa misma... ¡Bendito -sea Dios! Por encanto recobró la dama su alegría y su amabilidad de -costumbre, y cuando la criada vino á decir:—«Está el coche de la señora -Marquesa»,—tuvo el heroismo de responder con indiferencia fingida:</p> - -<p>—Gracias, que se aguarde.</p> - -<p>A los dos minutos, alegando que había madrugado un poco, arrimaba las -mejillas al pálido<span class="pagenum"><a name="page_093" id="page_093"></a>{93}</span> pergamino de la de sus tías, daba un glacial beso al -aire y bajaba la escalera repitiendo:</p> - -<p>—Sí..., cualquier día de estos... ¡Qué! Si he pasado un rato -buenísimo... ¿Mañana sin falta... eh? las papeletas de los Asilos. Mil -cosas al Padre Urdax.</p> - -<p>Al tirar de la campanilla en su casa, tuvo una corazonada rarísima. Las -hay, las hay, y el que lo niegue es un miope del corazón, que rehusa á -los demás la acuidad del sentido porque á él le falta. Asís, mientras -sonata el campanillazo, sintió un hormigueo y un temblor en el pulso, -como si semejante tirón fuese algún acto muy importante y decisivo en su -existencia. Y no experimentó ninguna sorpresa, aunque sí una violenta -emoción que por poco la hace caerse redonda al suelo, cuando en vez de -la Diabla ó del criado vió que le abría la puerta aquel pillo, aquel -grandiosísimo truhán.</p> - -<h3><a name="XI-in" id="XI-in"></a>XI</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">L</span><small>O</small> bueno fué que la dama, lejos de mostrar extrañeza, saludó á Pacheco -como si el encontrarle allí á tales horas le pareciese la cosa más -natural del mundo, y, recíprocamente, Pacheco empleó también con ella -todas las fórmulas de cortesía acostumbradas cuando un caballero se -dirige á una señora de cumplido, respetable,<span class="pagenum"><a name="page_094" id="page_094"></a>{94}</span> ya que no por sus años, -por su carácter y condición. Se hizo atrás para dejarla pasar, y al -seguirla al saloncito de confianza, donde ardía sobre la mesa de tijera -la gran lámpara con pantalla rosa velada de encaje, se quedó próximo á -la puerta y en pié, como el que espera una orden de despedida.</p> - -<p>—Siéntese V., Pacheco...—tartamudeó la señora, bastante aturrullada -aún.</p> - -<p>El gaditano no se sentó, pero adelantó despacio, como receloso; parecía, -por su continente, algún hombre poco avezado á sociedad: pero este -aspecto, que Asís atribuyó á hipocresía refinada, contrastaba de un modo -encantador con la soltura de su cuerpo y modales, la elegancia no -estudiada de su vestir, la finura de su chaleco blanquísimo, su tipo de -persona principal. Viéndole tan contrito, Asís se rehizo y cobró -ánimos.—«Gran ocasión de leerle la cartilla al señorito éste: ¿conque -muy manso y fingiéndose arrepentido, eh? Ahora lo verás...»—Porque la -dama, en su inexperiencia, se había figurado que su compañero de romería -iba á entrar hecho un sargento, y á las primeras de cambio la iba á -soltar un abrazo furibundo ó cualquier gansada semejante... Pero ya que -gracias á Dios se manifestaba tan comedido, bien podía la señora -acusarle las cuarenta. Y Asís abrió la boca y exclamó:</p> - -<p>—Conque V. aquí... Yo quisiera... yo...</p> - -<p>El gaditano se acercó todavía más, hasta ponerse al lado de la dama, que -seguía en pié junto á la mesa. La miró fijamente y luego pronunció<span class="pagenum"><a name="page_095" id="page_095"></a>{95}</span> como -el que dice la cosa más patética del mundo:</p> - -<p>—A mi va V. á regañarme too lo que guste... A los criados, ni chispa... -La culpa es mía toa. Un cuarto de hora de conversación con la chica me -ha costao el entrar. Hasta requiebros la he soltao. Y na, ni por esas. -Al fin la dije... que vamos, que ya sabía V. que yo vendría y que para -recibirme á mí se quería V. negar á los demás. Ríñame V., que lo meresco -too.</p> - -<p>Estas enormidades las murmuró con tono quejumbroso y lánguido, con los -ojos mortecinos y un aire de melancolía que daba compasión. Asís, así al -pronto se quedó de una pieza, después se la deshizo el nudo de la -garganta y las palabras le salieron á borbotones. Ea..., ahí va... Ahora -sí que me desato...</p> - -<p>—Sí señor, que merece V.... Pues hombre... me pone V. en berlina con -mis criados... ¡Por eso se escondieron cuando yo entraba... y le dejan á -V. que abra la puerta! ¡Gandules de profesión! A la Angelita yo le diré -cuántas son cinco... Y lo que es á Perfecto... Alguno podrá ser que no -duerma en casa esta noche... Los enemigos domésticos... Aguarde V., -aguarde V.... Estas jugadas no me las hacen ellos á mí... ¡Habrase -visto! ¡Para esto los trata uno del modo que los trata! ¡Para que le -vendan á las primeras de cambio!</p> - -<p>Comprendía la misma señora que se ponía algo ordinaria chillando y -manoteando así, y lo peor de todo, que era predicar en desierto, pues ni -siquiera podían oirla desde la cocina;<span class="pagenum"><a name="page_096" id="page_096"></a>{96}</span> además, Pacheco, en vez de -asustarse con tan caliente reprimenda, pareció que recobraba los -espíritus, se llegó más, y bajando la cabeza, acarició las sienes de la -enojada. Esta se echó atrás, no tan pronto que ya no la sujetase -blandamente por la cintura un brazo del gaditano y que éste no -balbuciese á su oído:</p> - -<p>—¿A qué te enfadas con los criados, chiquilla? ¿No te he dicho que no -tienen culpa? Mira, esa chica que te sirve, vale un Perú. Te quiere -bien. La daba dinero y no lo admitió ni hecha peazos. Dijo que con tal -que tú no la riñeses... Ahora si gritas se armará un escándalo... Pero -me iré cuando tú lo mandes. Que sí me iré, nena...</p> - -<p>Al anunciar que se iba, se sentó en el sofá-diván, obligando á la señora -á sentarse también. Esta notaba una turbación que ya no se parecía á la -pseudo-cólera de antes, y por lo bajo, murmuraba:</p> - -<p>—Pues váyase V... Hágame el favor de irse. Por Dios...</p> - -<p>—¿Ni un minuto hay para mí? Estoy enfermo... ¡Si vieses! En toda la -noche no he dormido, no he pegado los ojos.</p> - -<p>Asís iba á preguntar: «¿por qué?» pero calló, pareciéndole inconveniente -y necia la pregunta.</p> - -<p>—Necesitaba saber de ti... Si estabas ya buena, si habías descansado... -Si me querías mal, ó si me mirabas con alguna indulgencia. ¿Dura el mal -humor? ¿Y esa cabecita? ¿A ver?</p> - -<p>Se la recostó sobre el hombro, sujetándola<span class="pagenum"><a name="page_097" id="page_097"></a>{97}</span> con la palma de la mano -derecha. Asís, esforzándose en romper el lazo, notaba disminuidas sus -fuerzas por dos sentimientos: el primero, que viendo tan sumiso y -moderado al gran pillo, le habían entrado unas miajas de lástima; el -segundo..., el sentimiento eterno, la maldita curiosidad, la que perdió -en el Paraíso á la primera mujer, la que pierde á todas, y tal vez no -sólo á ellas sino al género humano... ¿A ver? ¿Cómo sería? ¿Qué diría -Pacheco ahora?</p> - -<p>Pacheco, en un rato, no dijo nada; ni chistó. Su palma fina, sus dedos -enjutos y nerviosos oprimían suavemente la cabeza y sienes de Asís, lo -mismo que si á ésta le durase aún el mareo de la víspera y necesitase la -medicina de tan sencillo halago. En la sala parecía que la varita de -algún mágico invisible derramaba silencio apacible y amoroso, y la luz -de la lámpara, al través de su celosía de encaje, alumbraba con poética -suavidad el recinto. La sala estaba amueblada con esas pretensiones -artísticas que hoy ostenta todo bicho viviente, sepa ó no sepa lo que es -arte, y con ese aspecto de prendería, que resulta de aglomerar el mayor -número posible de cosas inconexas. Sitiales, butacas bajas y coquetonas, -mesillas forradas de felpa imitando un corazón ó una hoja de trébol, -columnas que sostienen quinqués, divancitos cambiados donde la gente -puede gozar del placer de darse la espalda y coger un torticolis, alguna -drácena en jardineras de zinc, un perro de porcelana haciendo centinela -junto á la chimenea, y dos hermosos vargueños patrimoniales<span class="pagenum"><a name="page_098" id="page_098"></a>{98}</span> restaurados -y dorados de nuevo... Todo revuelto, colocado de la manera que más -dificultase el paso á la gente, haciendo un archipiélago donde no se -podía navegar sin práctico. ¿Y las paredes? Si el suelo estaba -intransitable, en las paredes no quedaba sitio libre para un clavo, pues -el buen marqués de Andrade, incapaz de distinguir un Ticiano de un -Ribera, la había dado algún tiempo de protector de jóvenes artistas, -llenando la casa de acuarelas con chulas, matones del Renacimiento ó -damas de Luis XV; de <i>manchas</i>, apuntes y bocetos hechos á punta de -cuchillo, ó á yema de dedo, tan <i>libres</i> y tan <i>francos</i>, que ni el -mismo demonio adivinaría lo que representaban; de tablitas lamidas y -microscópicas, encerradas en marcos cinco veces mayores; de fotografías -con retumbantes dedicatorias, migajas de arte, en suma, que al menos -cubren la vulgaridad del empapelado y distraen gratamente la vista. Y en -hora semejante, en medio de la amable paz que flotaba en la atmósfera, y -con la luz discreta transparentada por el encaje, los cachivaches se -armonizaban, se fundían en una dulce intimidad, en una complicidad -silenciosa; la misma horrible carátula japonesa colgada encima de un -vargueño y de uno de cuyos ojos se descolgaba una procesión de monitos -de felpa, tenía gesto menos infernal; el pañolón de Manila que cubría el -piano abría alegremente todas sus flores; las begonias, próximas á la -entreabierta ventana, se estremecían como si las acariciase el -vientecillo nocturno... Sólo el <i>bull-dog</i> de porcelana, sentado<span class="pagenum"><a name="page_099" id="page_099"></a>{99}</span> como -una esfinge, miraba con alarmante persistencia al grupo del sofá, -ostentando una actitud digna y enérgica, como si fuese celoso guardián -puesto allí por el espíritu del respetable Marqués difunto... Casi -parecía natural que abriese las fauces, soltase un ladrido de alarma, y -se abalanzase dispuesto á morder...</p> - -<p>Pacheco decía bajito, con el ceceo mimoso y triste de su pronunciación:</p> - -<p>—¿Te sospechabas tú lo de ayer, chiquilla? ¿A que sí? Mira, no me digas -no, que las mujeres estáis siempre de vuelta en esas cosas... ¡A ver si -se calla V. y no me replica! Tú veías muy bien, picarona, que yo estaba -muerto, lo que se dise muerto... Sólo que creiste poder dejarme en -blanco... Pero sospechar... ¡Quiá! ¡Si lo calaste desde el mismo momento -que tiré el puro en los jardines! ¿Y tú te gosabas en verme á mí sufrir, -no es eso? ¡Somos más malos! Toma en castigo... ¡Y qué bonita estabas, -gitana salá! ¿Te ha dicho á ti algún hombre bonita? ¿No? ¡Pues ahora te -lo digo yo, vamos! y valgo más que toos... Oye, en el coche te hubiese -yo requebrado seis dosenas de veses..., te hubiese llamao mona, serrana, -matadora de hombres... Sólo que no me atrevía, ¿sabes tú? Que si me -atrevo, te suelto toas las flores de la primavera en un ramiyetico.</p> - -<p>Aquí Asís, sin saber por qué, recobró el uso de la palabra, y fué para -gritar:</p> - -<p>—Sí..., como á la chica del merendero..., y á mi criada..., y á todas -cuantas se ofrece... Lo que es por palabrería no queda.<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100"></a>{100}</span></p> - -<p>La interrumpió un enérgico tapabocas.</p> - -<p>—No compares, chiquiya, no compares... Tonterías que se disen por pasá -el rato, pa que se encandilen las mujeres... Contigo... ¡Virgen Santa! -tengo yo una ilusionasa..., ¡una ilusión de volverme loco! Has de saber -que yo mismo estoy pasmao de lo que me sucede. Nunca me quedé triste -después de una cosa así sino contigo. Hasta me falta resolución pa -hablarte. Estoy así... medio orgulloso y medio pesaroso. Más quisiera -que nos hubiésemos vuelto ayer antes de almorsá. ¿No lo crees? ¿Ah, no -lo crees? Por estas...</p> - -<p>El meridional puso los dedos en cruz y los besó con ademán popular. Asís -se echó á reir mal de su grado. Ya no había posibilidad de enfadarse; la -risa desarma al más furioso. Y ahora, ¿qué hacer? pensaba la dama, -llamando en su auxilio toda su presencia de ánimo, toda su habilidad -femenil. Nada, muy sencillo... No negarle la cita que pedía para el día -siguiente por la tarde, porque si se le negaba, era capaz de hacer -cualquier desatino. No, no..., contemporizar..., otorgar la cita, y á la -hora señalada... ¡busca! estar en cualquier sitio menos donde Pacheco -esperase... Y ahora, procurar <i>por bien</i> que se largase cuanto más -pronto... ¡Que diría el servicio! ¡En esa cocina estaría la Diabla -haciendo unos calendarios!<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101"></a>{101}</span></p> - -<h3><a name="XII-in" id="XII-in"></a>XII</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">D</span><small>OLOROSO</small> es tener que reconocer y consignar ciertas cosas; sin embargo, -la sinceridad obliga á no eliminarlas de la narración. Queda, eso sí, el -recurso de presentarlas en forma indirecta, procurando con maña que no -lastimen tanto como si apareciesen de frente, insolentonas y descaradas, -metiéndose por los ojos. Así la implícita desaprobación del novelista se -disfraza de habilidad.</p> - -<p>Tocante á la cita que la marquesa viuda de Andrade pensaba conceder en -falso, con resolución firmísima de hacer la del humo, la novela puede -guardar un discreto mutismo; y no faltará á su elevada misión, con tal -que refiera lo que ocurría á la puerta de la dama: indicación sobria y á -la vez sumamente expresiva.</p> - -<p>La berlina de la señora, enganchada desde las cinco, esperaba allí. El -cochero, inmóvil, bien afianzado en su cuña, había permanecido algún -tiempo en la actitud reglamentaria, enarbolada la fusta, recogidas las -riendas, ladeado graciosamente el sombrero y muy juntas las punteras de -las botas; pero transcurrido un cuarto de hora, el recalmón de la -tardecita y el aburrimiento de la espera le derramaron en los párpados -grato beleño y fué dejando caer la cabeza sobre el pecho, aflojando las -manos, exhalando una especie de silbido y á veces un ronquido<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102"></a>{102}</span> súbito, -que le asustaba á él mismo, despertándole... También el caballo, durante -los primeros momentos de quietud, se mantuvo engallado, airoso, -dispuesto á beberse la distancia; pero al convencerse de que teníamos -plantón, desplomó el cuerpo sobre las patas, sacudió el freno regándolo -con espuma, entornó los ojos y se dispuso á la siesta. Hasta la misma -berlina pareció afianzarse en las ruedas con ánimo de descansar.</p> - -<p>Y fué poniéndose el sol, subiendo de piso en piso á despedirse de los -cristales, refugiándose en la copa de las acacias de Recoletos cuando ya -las envolvía la azul y vaporosa bruma del anochecer; y el calor -disminuyó un tantico, y el farolero corrió encendiendo hilos de luz á lo -largo de las calles... Berlina, caballo y cochero dormían, resignados -con su suerte, sin que se les ocurriese que para semejante viaje no se -necesitaban alforjas y que mejor se encontrarían la una metida en su -funda, el otro despachando su ración de pienso, el último en su taberna -favorita ó viendo la novillada de aquella tarde...</p> - -<p>Cerca de las siete serían cuando salió de la casa un hombre. Era apuesto -y andaba aprisa, recatándose de la portera. Atravesó la calle y en la -acera de enfrente se detuvo, mirando hacia las ventanas del cuarto de -Asís. Ni rastro de persona asomada en ellas. El hombre siguió su camino -hacia Recoletos.<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103"></a>{103}</span></p> - -<h3><a name="XIII-in" id="XIII-in"></a>XIII</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">S</span><small>OLÍA</small> el comandante Pardo ir alguna que otra noche á casa de su paisana -y amiga La marquesa de Andrade. Charlaban de mil cosas, disputando, -acalorándose, y en suma, pasando la velada solos, contentos y -entretenidos. De galanteo propiamente dicho, ni sombra, aun cuando la -gente murmuraba (de la tertulia de la Sahagún saldría el chisme) que Don -Gabriel hacía tiro al decente caudal y á la agradable persona de Asís; -si bien otros opinaban, con trazas y tono de mejor informados, que ni á -Pardo le importaba el dinero, por ser desinteresadísimo, ni las mujeres, -por hallarse mal curada todavía la herida de un gran desengaño amoroso -que en Galicia sufriera: una historia romántica y algo obscura con una -sobrina, que por huir de él se había metido monja en un convento de -Santiago.</p> - -<p>Ello es que Pardo resolvió consagrar á la dama la noche del día en que -la berlina echó la siesta famosa. Serían las nueve cuando llamó á la -puerta. Generalmente los criados le hacían entrar con un apresuramiento -que delataba el gusto de la señora en recibir semejantes visitas. Pero -aquella noche, así Perfecto (el mozo de comedor á quien Asís llamaba -<i>Imperfecto</i> por sus <i>gedeonadas</i>) como la Diabla, se miraron y<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104"></a>{104}</span> -respondieron á la pregunta usual del comandante, titubeando é indecisos.</p> - -<p>—¿Qué pasa? ¿Ha salido la señorita? Los martes no acostumbra.</p> - -<p>—Salir..., como salir...,—balbució Imperfecto.</p> - -<p>—No, salir no—acudió la Diabla viéndole en apuro.—Pero está un -poco...</p> - -<p>—Un poco <i>dilicada</i>—declaró el criado con tono diplomático.</p> - -<p>—¿Cómo delicada?—exclamó el comandante alzando la voz.—¿Desde cuándo -se encuentra enferma? ¿Y qué tiene? ¿Guarda cama?</p> - -<p>—No señor, guardar cama no... Unas <i>miagas</i> de jaqueca...</p> - -<p>—¡Ah! bien: díganla Vds. que volveré mañana á saber... y que la deseo -alivio. ¿Eh? ¡No se olviden!</p> - -<p>Acabar de decir esto el comandante y aparecer en la antesala Asís en -bata y arrastrando chinelas finas, fué todo uno.</p> - -<p>—Pero que siempre han de entender al revés cuanto se les manda... -Estoy, Pardo, estoy visible... Entre V.... Qué tienen que ver las -órdenes que se dan así, en general, para la gente de cumplido... Haga V. -el favor de pasar aquí...</p> - -<p>Gabriel entró. La sala estaba tan simpática, tan tentadora, tan fresca -como la víspera; la pantalla de encaje filtraba la misma luz rosada y -ensoñadora; en un talavera <i>de botica</i> se marchitaba un ramo de lilas y -rosas blancas. Tropezó el pié del comandante, al ir á sentarse en<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105"></a>{105}</span> su -butaca de costumbre, con un objeto medio oculto en las arrugas del tapiz -turco arrojado ante el diván. Se bajó y recogió del suelo el estorbo, -maquinalmente. Asís extendió la mano, y á pesar de lo muy distraído y -sonámbulo que era Gabriel, no pudo menos de observar la agitación de la -dama al recobrar la prenda, uno de esos tarjeteros sin cierre, de cuero -inglés, con dos iniciales de plata enlazadas, prenda evidentemente -masculina. Por un instinto de discreción y respeto, Gabriel se hizo el -tonto y entregó su hallazgo sin intentar ver la cifra.</p> - -<p>—Pues me habían dado un susto ese Imperfecto y esa Diabla...—murmuró -tratando de disimular mejor la sorpresa.—Están en Belén... ¿Se había V. -negado, sí ó no?</p> - -<p>—Le diré á V.... Di una orden... Claro que con V. no rezaba; bien ha -visto V. que le llamé...—alegó la señora con acento contrito, cual si -se disculpase de alguna falta gorda, y muy inmutada, aunque esforzándose -también en no descubrirlo.</p> - -<p>—¿Y qué es ello? ¿Jaqueca?</p> - -<p>—Sí..., bastante incómoda. (Asís se llevó la mano á la sien.)</p> - -<p>—Entonces le voy á dar V. la noche si me quedo. La dejaré á V. -descansar... En durmiendo se pasa.</p> - -<p>—No, no, qué disparate... No se va V. Al contrario...</p> - -<p>—¿Cómo que <i>al contrario</i>? Ruego que se expliquen esas -palabras—exclamó el comandante,<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106"></a>{106}</span> aprovechando la ocasión de bromear -para que se le quitase á Asís el sobresalto.</p> - -<p>—Se explicarán... Significan que va V. á acompañarme por ahí fuera un -ratito... A dar una vuelta á pié. Me conviene esparcirme, tomar el -aire...</p> - -<p>—Iremos á un teatrillo... ¿Quiere V.? Dicen que es muy gracioso <i>El -padrón municipal</i>, en Lara.</p> - -<p>—Teatrillo..., ¿calor, luces, gente? V. pretende asesinarme. No: si lo -que me pide el cuerpo es ejercicio. Así, conforme estoy, sin vestirme... -Me planto un abrigo y un velo... Me calzo... y jala.</p> - -<p>—A sus órdenes.</p> - -<p>Cuando salieron á la calle, Asís suspiró, aliviada, y con el impulso de -su andar señaló la dirección del paseo.</p> - -<p>El barrio de Salamanca, á trechos, causa la ilusión gratísima de estar -en el campo: masas de árboles, ambiente oxigenado y oloroso, espacio -libre, y una bóveda de firmamento que parece más elevada que en el resto -de Madrid.</p> - -<p>La noche era espléndida, y al levantar Asís la cabeza para contemplar el -centelleo de los astros, se le ocurrió, por decir alguna cosa, -compararlos á las joyas que solía admirar en los bailes.</p> - -<p>—Aquellas cuatro estrellitas seguidas parecen el imperdible de la -marquesa de Riachuelo... cuatro brillantazos que le dejan á uno bizco. -Esa constelación... ¡allí, hombre, allí! hace el mismo efecto que la -joya que le trajo de París<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107"></a>{107}</span> su marido á la Torres-Nobles... Hasta tiene -en medio una estrellita amarillenta, que será el brillante brasileño del -centro. Aquel lucero tan bonito, que está solo...</p> - -<p>—Es Venus... Tiene algo de emblemático eso de que Venus sea tan guapa.</p> - -<p>—V. siempre confundiendo lo humano y lo divino...</p> - -<p>—No, si la mezcolanza fué V. quien la armó comparando los astros á las -joyas de sus amiguitas. ¡Qué hermoso es el cielo de Madrid!—añadió -después de breve silencio.—En esto tenemos que rendir el pabellón, -paisana. Nuestro suelo es más fresco, más bonito; pero la limpieza de -esta atmósfera... Allá hay que mirar hacia abajo, aquí hacia arriba.</p> - -<p>Callaron un ratito.</p> - -<p>En aquel dosel azul sembrado de flores de pedrería, Asís y el comandante -veían la misma cosa, un tarjetero de piel inglesa, y como por magnética -virtud, sentían al través de sus brazos, que se tocaban, el mutuo -pensamiento.</p> - -<p>Hallábanse al final del Prado, enteramente desierto á tales horas, con -sus sillas recogidas y vueltas. Se escuchaba el murmurio monótono de la -Cibeles, y allá en el fondo del jardincillo, tras las irregulares masas -de las coníferas, destacaba el Museo su elegante silueta de palacio -italiano. No pasaba un alma, y la plazuela de las Cortes, á la luz de -sus faroles de gas, parecía tan solitaria como el Prado mismo.</p> - -<p>—¿Subimos hacia la Carrera?—interrogó Pardo.<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108"></a>{108}</span></p> - -<p>—No, paisano... ¡Ay Jesús! A los dos pasos nos encontrábamos algún -conocido, y mañana..., chi, chi, chi..., cuentecito en casa de Sahagún ó -donde se les antojase. Bajemos hacia Atocha.</p> - -<p>—Y V. ¿por qué da á <i>eso</i> tanta importancia? ¿Qué tiene de particular -que salga V. á tomar el fresco en compañía de un amigo formal? Cuidado -que son majaderas las fórmulas sociales. Yo puedo ir á su casa de V. y -estarme allí las horas muertas sin que nadie se entere ni se ocupe, y -luego, si salimos reunidos á la calle media hora... cataplum.</p> - -<p>—Qué manía tiene V. de ir contra la corriente... Nosotros no vamos á -volver el mundo patas arriba. Dejarlo que ruede. Todo tiene sus por -qués, y en algo se fundan esas precauciones ó fórmulas, como V. les -llama. ¡Ay! ¡Qué fresquito tan hermoso corre!</p> - -<p>—¿Está V. mejor?</p> - -<p>—Un poco. Me da la vida este aire.</p> - -<p>—¿Quiere V. sentarse un rato? El sitio convida.</p> - -<p>Sí que convidaba el sitio, á la vez acompañado y solo: unos anchos -asientos de piedra que hay delante del Museo, á la entrada de la calle -de Trajineros, la cual si por su gran proximidad á la plazuela de las -Cortes resulta céntrica y decorosa, á semejante hora compite en lo -desierta con el despoblado más formidable de Castilla. Las acacias -prodigaban su rica esencia, y si el comandante tuviese propósito de -declarar á la señora algún atrevido pensamiento, nunca mejor. No sería -así, porque después de tomar<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109"></a>{109}</span> asiento se quedaron mudos ella y él; Asís, -además de muda, estaba cabizbaja y absorta.</p> - -<p>No es posible que esta clase de pausas se establezcan en una entrevista -á solas de hombre y mujer, en tales sitios y horas, sin producirles á -los dos un estado de ánimo singular, á la vez atractivo y embarazoso. El -comandante limpió sus quevedos, operación que verificaba muy á menudo, -volvió á calárselos, y salió por la puerta ó por la ventana, juzgando -que la señora desearía explayarse.</p> - -<p>—A mí no me la pega V. con jaquecas, Paquita... V. tiene algo... alguna -cosa que la preocupa en gordo... No se me alarme V.: ya sabe que somos -amigos viejos.</p> - -<p>—Pero si no tengo nada... ¡Qué ocurrencia!</p> - -<p>—Mejor, señora, mejor, celebro que sea así,—dijo Don Gabriel -retrocediendo discretamente.—Yo, en cambio, le podría confiar á V. -penas muy grandes..., cosas raras.</p> - -<p>—¿Lo de la sobrina?—preguntó Asís con curiosidad, pues ya dos ó tres -veces en conversación familiar habían aludido de rechazo á ese misterio -de la vida de Don Gabriel.</p> - -<p>—Sí; al menos la parte mía..., lo que me toca..., eso puedo contárselo -á V. Sabe Dios cómo lo glosa la gente.—(Pardo se alzó el sombrero, -porque tenía las sienes húmedas de sudor.)—Creo que se dice que la -pobrecilla me detestaba y que por librarse de mi entró en un convento de -novicia... Falso. No me detestaba, y es más: me hubiese querido con toda -su alma á la vuelta de poco tiempo... Sólo que ella misma no<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110"></a>{110}</span> acertó á -descifrarlo. Cuando me conoció, estaba comprometida con otro hombre... -cuya clase... no... En fin, que no podía aspirar á ser su marido. Y al -convencerse de esto, la infeliz muchacha pensó que se acababa el mundo -para ella y que no tenía más refugio que el convento, ¡Ay, Paquita! ¡Si -supiese V. qué ratos... qué tragedia! Es asombroso que después de -ciertos acontecimientos pueda uno volver á vivir como antes..., y vaya á -tertulias y se chancee, y mire otra vez á las mujeres, y le agraden, -sí..., como me agrada V., por ejemplo..., y no lo eche V. á mala parte, -que no soy pretendiente importuno, sino amigo de verdad. Ya sabe V. cómo -digo yo las cosas.</p> - -<p>Oía la dama la voz del artillero y al par otra interior que zumbaba -confusamente:</p> - -<p>—Confíale algo..., al menos indícale tu situación... Ideas -estrafalarias las tiene, y á veces es poco práctico, pero es leal... No -corres peligro, no... Así te desahogarás... Tal vez te aconseje bien. -Anda, boba... ¿No hace él confianza de ti? Además... no creas que -callando le engañas... ¡Quítale ya la escama del tarjetero!</p> - -<p>A pesar de las excitaciones de la voz indiscreta, la señora, en alto, -decía tan sólo:</p> - -<p>—¿Con que la chica le quería á V. algo? ¿Sin saberlo? ¡Eso es muy -particular! ¿Y cómo lo explica V.?</p> - -<p>—¡Ay, Paquita! He renunciado á explicar cosa alguna... No hay -explicación que valga para los fenómenos del corazón. Cuanto más se -quieren entender, más se obscurecen. Hay en<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111"></a>{111}</span> nosotros anomalías tan -raras, contradicciones tan absurdas... Y á la vez cierta lógica fatal. -En esto de la simpatía sexual, ó del amor, ó como V. guste llamarle, es -en lo que se ven mayores extravagancias. Luego, á los caprichos y las -desviaciones y los brincos de esta víscera que tenemos aquí, sume V. la -maraña de ideas con que la sociedad complica los problemitas -psicológicos. La sociedad...</p> - -<p>—Contigo tengo la tema, morena...—interrumpió Asís festivamente.—V. -le echa á la sociedad todas las culpas. Ahí que no duele. Ya no sé como -tiene espaldas la infeliz.</p> - -<p>—Pues, figúrese V., paisana. Como que de mi tragedia únicamente es -responsable la sociedad. Por atribuir exagerada importancia á lo que -tiene mucha menos ante las leyes naturales. Por hacer lo principal de lo -accesorio. En fin, punto en boca. No quiero escandalizarla á V.</p> - -<p>—Paisano... Pero si me da mucha curiosidad eso que iba Vd. diciendo... -No me deje á media miel... Todas las cosas pueden decirse, según como se -digan. No me escandalizaré, vamos.</p> - -<p>—Bien, siendo así... Pero ya no sé en que estábamos... ¿V. se acuerda?</p> - -<p>—Decía V. que lo principal y lo accesorio... Eso será alguna herejía -tremenda, cuando no quiso V. pasar de ahí.</p> - -<p>—Sí, señora... Verá V. la herejía... Yo llamo accesorio á lo que en -estas cuestiones suele llamarse principal... ¿Se hace V. cargo?</p> - -<p>Asís no respondió, porque pasaba un mozalbete<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112"></a>{112}</span> silbando un aire de -zarzuela y mirando de reojo y con malicia al sospechoso grupo. Cuando se -perdió de vista, pronunció la dama:</p> - -<p>—¿Y si me equivoco?</p> - -<p>—¿No se asusta V. si lo expreso claramente?</p> - -<p>La verdad, desde cierta distancia aquello parecía un diálogo amoroso. -Acaso la valla que existía para que ni pudiese serlo ni llegase á serlo -jamás, era un delgado y breve trozo de piel inglesa—la cubierta de un -tarjetero.</p> - -<p>—No, no me asusto... Vamos á hablar como dos amigos... francamente.</p> - -<p>—¿Quedamos en eso? ¡Magnífico! Pues conste que ya no tiene V. derecho -para reñirme si se me va la lengua... Procuraré, sin embargo... En fin, -entiendo por accesorio... aquello que Vds. juzgan irreparable. ¿Lo pongo -más claro aún?</p> - -<p>—No, ¡basta!—gritó la señora.—Pero entonces, ¿qué es lo principal -según V.?</p> - -<p>—Una cosa que abunda menos..., y en cambio vale más... La realidad de -un cariño muy grande entre dos... ¿Qué le parece á V.?</p> - -<p>—¡Caramba!—exclamó la señora, meditabunda.</p> - -<p>—Le voy á proponer á V. una demostración de mi teoría... Ejemplo; como -dicen los predicadores. Imagínese que en vez de estar en el Prado, -estamos en Tierra de Campos, á dos leguas de un poblachón; que yo soy un -bárbaro; que me prevalgo de la ocasión, y abuso de la fuerza, y la falto -á V. al respeto debido... ¿Hay entre nosotros, dos minutos después, -algún<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113"></a>{113}</span> vínculo que no existía dos minutos antes? No señora. Lo mismo que -si ahora se trompica V. con una esquina..., se hace daño..., procura -apartarse y andar con más cuidado otra vez... y acabóse.</p> - -<p>—Pintado el lance así..., lo que habría, que V. me parecería atroz de -antipático y de bruto.</p> - -<p>—Eso sí... pero vamos á perfeccionar el ejemplo, y pido á V. perdón de -antemano por una conversación tan <i>shocking</i>. Pues no señora: suponga V. -que yo no abuso de la fuerza ni ese es el camino. Lo que hago es -explotar con maña la situación y despertar en V. ese germen que existe -en todo ser humano... Nada de violencia: si acaso, en el terreno -puramente moral... Yo soy hábil y provoco en V. un momento de -flaqueza...</p> - -<p>Fortuna que era de noche y estaba lejos el farol, que si no, el sofoco y -el azoramiento de la dama se le meterían por los ojos al comandante.—Lo -sabe, lo sabe—calculaba para sí, toda trémula, y en voz alterada y -suplicante, exclamó interrumpiendo:</p> - -<p>—¡Qué horror! ¡Don Gabriel!</p> - -<p>—¿Qué horror? ¡Mire V. lo que va de Vds. á nosotros! Ese horror, -Paquita del alma, no les parece horrible á los caballeros que V. trata y -estima: al marqués de Huelva, con su severidad de principios y su -encomienda de Calatrava, que no se quita ni para bañarse... al papá de -V., tan amable y francote... á mí... al otro... á toditos. Es valor -entendido, y á nadie le extraña ni le importa un bledo. Tratándose de -Vds., es cuando<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114"></a>{114}</span> por lo más insignificante se arma una batahola de mil -diablos, que no parece sino que arde por los cuatro costados Madrid. La -infeliz de Vds. que resbala, si olfateamos el resbalón, nos arrojamos á -ella como sabuesos, y, ó se salva casándose con el <i>seductor</i>, ó la -matriculamos en el gremio de las mujeres galantes hasta la hora de la -muerte. Ya puede, después de su falta, llevar vida más ejemplar que la -de una monja: la hemos fallado... no nos la pega más. O bodas, ó es V. -una corrida, una perdida de profesión... ¡Bonita lógica! V., niña -inocente, que cae víctima de la poca edad, la inexperiencia y la tiranía -de los afectos y las inclinaciones naturales, púdrase en un convento, -que ya no tiene V. más camino... Amiga Asís... ¡Tonterías!</p> - -<p>Mientras hablaba el comandante, su fantasía, en vez de los plátanos del -jardincillo, le representaba otras masas sombrías de follaje, robles y -castaños; y el olor fragante de las flores de acacia le parecía el de -las silvestres mentas que crecen al borde de los linderos en el valle de -Ulloa. La dama que tenía á su lado, por el mismo fenómeno de óptica -interior, veía el rebullicio de una feria, una casita al borde del -Manzanares, un cuartuco estrecho, un camastro, una taza de té volcada...</p> - -<p>—Tonterías—prosiguió Don Gabriel, sin fijarse en la gran emoción de -Asís—pero que se pagan caras á veces... Sucede que se nos imponen, y -que por obedecerlas, una mujer de instintos nobles se juzga manchada, -vilipendiada, infamada por toda su vida á consecuencia de un<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115"></a>{115}</span> minuto de -extravío, y, de no poder casarse con aquel á quien se cree ligada para -siempre jamás, se anula, se entierra, se despide de la felicidad por los -siglos de los siglos amén... Es monja sin vocación, ó es esposa sin -cariño... Ahí tiene V. dónde paran ciertas cosas.</p> - -<p>Al murmurar con amargura estas palabras, el comandante, en lugar de la -silueta gentil del Museo, veía las verdosas tapias del convento -santiagués, las negras rejas de trágicos recuerdos, y tras de aquellas -rejas, comidas de orín, una cara pálida, con obscuros ojos, muy -semejante á la de cierta hermana suya, que había sido el cariño más -profundo de su vida.</p> - -<h3><a name="XIV-in" id="XIV-in"></a>XIV</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">V</span><small>AYA</small>, Pardo... Es V. terrible. ¿Me quiere V. igualar la moral de los -hombres con la de las mujeres?</p> - -<p>—Paquita... dejémonos de <i>clichés</i>.—(Pardo usaba muy á menudo esta -palabrilla para condenar las frases ó ideas vulgares.)—Tanto jabón -llevan Vds. en las suelas del calzado como nosotros. Es una hipocresía -detestable eso de acusarlas é infamarlas á Vds. con tal rigor por lo que -en nosotros nada significa.</p> - -<p>—¿Y la conciencia, señor mío? ¿Y Dios?</p> - -<p>La dama argüía con cierta afectada solemnidad<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116"></a>{116}</span> y severidad, bajo la cual -velaba una satisfacción inmensa. Iban pareciéndole muy bonitos y -sensatos los detestables sofismas del comandante, que así pervierte la -pasión el entendimiento.</p> - -<p>—¡La conciencia! ¡Dios!—exclamó él, remedando el tono enfático de la -señora.—Otro registro. Bueno: toquémoslo también. ¿Se trata de -pecadores creyentes? ¿Católicos, apostólicos, romanos?</p> - -<p>—Por supuesto. ¿Ha de ser todo el mundo hereje como V.?</p> - -<p>—Pues si tratamos de creyentes, la cuestión de conciencia es -independiente de la de sexo. Aunque me llama V. hereje, todavía no he -olvidado la doctrina; puedo decirle á V. de corrido los diez -mandamientos... y se me figura que rezan igual con nosotros que con Vds. -Y también sé que el confesor las absuelve y perdona á Vds. igualito que -á nosotros. Lo que pide á la penitente el ministro de Dios es -arrepentimiento, propósito de la enmienda. El mundo, más severo que -Dios, pide la perfección absoluta, y si no... O todo ó nada.</p> - -<p>—No, no; mire V. que también el confesor nos aprieta más las clavijas. -Para Vds. la manga se ensancha un poquito...—repuso Asís, paladeando el -deleite de aducir malas razones para saborear el gusto de verlas -refutadas.</p> - -<p>—Hija, si eso hacen, es por prudencia, para que no desertemos del -confesonario si nos da por frecuentarlo... En el fondo, ningún confesor -le dirá á V, que hay un pecado más para las<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117"></a>{117}</span> hembras. Es decir, que la -cosa queda reducida á las consecuencias positivas, exteriores..., al -criterio social. En salvando éste, en no sabiéndose nada, el asunto no -tiene más trascendencia en Vds. que en nosotros... Y en nosotros... -¡ayúdeme V. á sentir! (Al argüir así, el comandante castañeteaba los -dedos.) Ahora, si V. me ataca por otro lado...</p> - -<p>—Yo...—balbució la señora, sin pizca de ganas de atacar.</p> - -<p>—Si me sale V. con el respeto y la estimación propia... con lo que cada -cual se debe á sí mismo...</p> - -<p>—Eso... lo que cada cual se debe á sí mismo—articuló Asís hecha una -amapola.</p> - -<p>—Convendré en que eso siempre realza á una mujer; pero, en gran parte, -depende del criterio social. La mujer se cree infamada, después de una -de esas caídas, ante su propia conciencia, porque le han hecho concebir -desde niña que lo más malo, lo más infamante, lo irreparable, es eso; -que es como el infierno, donde no sale el que entra. A nosotros nos -enseñan lo contrario; que es vergonzoso para el hombre no tener -aventuras, y que hasta queda humillado si las rehuye... De modo, que lo -mismo que á nosotros nos pone muy huecos, á Vds. las envilece. -Preocupaciones hereditarias emocionales, como diría Spencer. Y vaya unos -terminachos que la suelto á V.</p> - -<p>—No, si yo con su trato ya me voy haciendo una sabia. Todos los días me -aporrea V. los oídos con cada palabrota...<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118"></a>{118}</span></p> - -<p>—¿Y si yo le dijese á V.—prosiguió Pardo echándose á disertar—que -<i>eso</i> que llamé accesorio en las aventurillas, me parece á mí que en el -cariño verdadero, cuando están unidas así, así, como si las pegasen con -argamasa, las voluntades, llega á ser más accesorio aún? Es el -complemento de otra cosa mucho más grande, que dura siempre, y que -comprende eso y todo lo demás... Lo estoy embrollando, paisana. V. se -ríe de mí: á callar.</p> - -<p>Asís oía, oía con toda su alma, pareciéndole que nunca había tenido su -paisano momentos tan felices como aquella noche, ni hablado tan discreta -y profundamente. Los dichos del comandante, que al pronto lastimaban sus -convicciones adquiridas, entraban, sin embargo, como bien disparadas -saetas hasta el fondo de su entendimiento y encendían en él una especie -de hoguera incendiaria, á cuya destructora luz veía tambalearse -infinitas ideas de las que había creído más sólidas y firmes hasta -entonces. Era como si le arrancasen del espíritu una muela dañada: dolor -y susto al sentir el frío del instrumento y el tirón; pero después, un -alivio, una sensación tan grata viéndose libre de aquel cuerpo muerto... -Anestesia de la conciencia, con cloroformo de malas doctrinas, podría -llamarse aquella operación quirúrgico-moral.</p> - -<p>—Es un extravagante este hombre—pensaba la operada.—Decir, me está -diciendo cosas estupendas... Pero se me figura que le sobra la razón por -encima de los pelos. Habla por su boca la justicia. ¿Va una á creerse -criminal por<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119"></a>{119}</span> unos instantes de error? Siempre estoy á tiempo de pararme -y no reincidir... ¡Claro que si por sistema!... Ni él tampoco dice eso, -no... Su teoría es que ciertas cosas que suceden así... qué sé yo cómo, -sin iniciativa ni premeditación por parte de uno, no han de mirarse como -manchas de esas que ya nunca se limpian... El mismo Padre Urdax de fijo -que no es tan severo en eso como la sociedad hipocritona... ¡Ay Dios -mío! Ya estoy como mi paisano, echándole á la sociedad la culpa de todo.</p> - -<p>Al llegar aquí de sus reflexiones la dama, la molestó un cosquilleo, -primero entre las cejas, luego en la membrana de la nariz... ¡Aaach! -Estornudó con ruido, estremeciéndose.</p> - -<p>—¡Adiós! Ya se me ha resfriado V.—exclamó su amigo.—No está V. -acostumbrada á estas vagancias al sereno... Levántese V. y paseemos.</p> - -<p>—No, si no es el rocío lo que me acatarra á mí... He tomado sol.</p> - -<p>—¿Sol? ¿Cuándo?</p> - -<p>—Ayer..., digo, anteayer..., yendo..., sí, yendo á misa á las -Pascualas. No crea V.: desde entonces ando yo regular, nada más que -regularcita. Cuándo jaquecas, cuándo mareos...</p> - -<p>—De todos modos... guíese V. por mí: caminemos, ¿eh? Si sobre la -insolación le viene á V. un pasmo... ó coge V. unas intermitentes de -estas de primavera en Madrid...</p> - -<p>—No me asuste V.... Tengo poco de aprensiva—contestó la dama -levantándose y envolviéndose mejor en el abrigo.<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120"></a>{120}</span></p> - -<p>—¿A su casa de V.?</p> - -<p>—Bien..., sí, vamos hacia allá despacio.</p> - -<p>No siguió el comandante explanando sus disolventes opiniones hasta la -misma puerta de la señora. Al abrirla Imperfecto, Asís convidó á su -amigo á que descansase un rato; él se negó; necesitaba darse una vuelta -por el Círculo Militar, leer los periódicos extranjeros y hablar con un -par de amigos, á última hora, en Fornos. Deseó respetuosamente las -buenas noches á la señora y bajó las escaleras á paso redoblado. Con el -mismo echó calle abajo aquel gran despreocupado, nihilista de la moral: -y nos consta que iba haciendo éste ó parecido soliloquio, idéntico al -que, en igualdad de circunstancias, haría otra persona que pensase según -todos los <i>clichés</i> admitidos:</p> - -<p>—Me ha engañado la viuda... Yo que la creía una señora impecable. Un -apabullo como otro cualquiera. No he mirado las iniciales del tarjetero: -serían... ¡vaya V. á saber! Porque en realidad, ni nadie murmura de -ella, ni veo á su alrededor persona que... En fin, cosas que suceden en -la vida; chascos que uno se lleva. Cuando pienso que á veces se me -pasaba por la cabeza decirle algo formal... No, esto no es un <i>caballo -muerto</i>, ¡qué disparate! es sólo un tropiezo del caballo... No he -llegado á caerme... ¡Así fuesen los desengaños todos!...</p> - -<p>Siguió caminando sin ver los árboles del Retiro, que se agrupaban en -misteriosas masas á su derecha. Ni percibía el olor de las acacias. Pero -él seguía oliendo, no á los cortesanos y<span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121"></a>{121}</span> pulidos vegetales de los -paseos públicos, sino á otros árboles rurales, bravíos y libres: los que -producen la morena castaña que se asa en los magostos de Noviembre, en -el valle de los Pazos.</p> - -<h3><a name="XV-in" id="XV-in"></a>XV</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">L</span><small>A</small> tarde del día siguiente la dedicó Asís á pagar visitas. Tarea -maquinal y enfadosa, deber de los más irritantes que el pacto social -impone. Raro es que nadie se someta á él sin murmurar, por fuera ó por -dentro, del mundo y sus farsas. Menos mal cuando las visitas se hacen, -como las hacía la dama, en piés ajenos. Entonces lo arduo de la faena -empieza en las porterías. ¡Si todas las casas fuesen como la de Sahagún -ó la de Torres-Nobles, por ejemplo! Allí, antes de llegar, ya llevaba -Asís en la mano la tarjeta con el pico dobladito, y al sentir rodar el -coche, ya estaba asomándose al ancho vano del portón el portero -imponente, patilludo, correcto, amabilísimo, que recogía la tarjeta -preguntando:—¿A dónde desea ir la señora?—para transmitir la orden al -cochero. Los Torres-Nobles, los Sahagún, los Pinogrande y otras familias -así, de muy alto copete, no recibían sino de noche alguna vez, y el -llegarse á su casa para dejar la tarjeta representaba una<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122"></a>{122}</span> fórmula de -cortesía facilísima de cumplir al bajar al paseo ó al volver de las -tiendas. Pero si entre las relaciones de Asís las había tan granadas, -otras eran de muchísimo menos fuste, y algunas, procedentes de Vigo, -rayaban en modestas. Y allí era el entrar en portales angostos, el -parlamentar con porteras gruñonas, la desconsoladora respuesta:—Sí, -señora, me paece que no ha salió en to el día de casa... Tercero con -entresuelo, primero y principal... á mano izquierda.—Y la ascensión -interminable, el sobrealiento, el tedio de subir por aquel caracol -obscuro, con olores á cocina y á todas las oficinas caseras, y la cerril -alcarreña que abre, y la acogida embarazosa, las empalagosas -preguntitas, los chiquillos sucios y desgreñados, los relatos de -enfermedades, la chismografía viguesa agigantada por la óptica de la -distancia... Vamos, que era para renegar, y Asís renegaba en su -interior, consultando, sin embargo, la lista de la cartera y diciendo -con un suspiro profundo:—¡Ay! Aún falta la viuda de Pardiñas... la -madre del médico de Celas..., y Rita, la hermana de Gabriel Pardo... Y -esa si que es urgente... Ha tenido al chiquillo con difteria...</p> - -<p>Por lo mismo que el ajetreo de las visitas había sido tan cargante, que -á la mayor parte se las encontrara en casa y que no le sacaron sino -conversaciones capaces de aburrir á una estatua de yeso, la dama -regresaba á su vivienda con el espíritu muy sosegado. A semejanza de los -devotos que si les hurga la conciencia se<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123"></a>{123}</span> imponen la obligación de -rezar tres rosarios seguidos y una serie considerable de padre nuestros, -Asís, sintiéndose reo de perturbación social, ó al menos de amago de -este delito, se consagraba á cumplir minuciosamente los ritos de -desagravio, y como le habían producido tan soberano fastidio, juzgaba -saldada más de la mitad de su cuenta. Por otra parte, encontrábase -decidida—más que nunca—á cortar las irregularidades de su conducta -presente. Tenía razón el comandante: la falta, bien mirado, no era tan -inaudita; pero si trascendía al público, ¡ah! ¡entonces! Evitar el -escándalo y la reincidencia, precaver lo venidero..., y se acabó. Cortar -de raíz, eso sí, (la dama veía entonces la virtud en forma de grandes y -afiladísimas tijeras, como las que usan los sastres). Y bien podía -hacerlo, porque la verdad ante todo, su corazón no estaba -interesado...—Vamos á ver—argüía para sí la señora.—Supongamos que -ahora viniesen á decirme: Diego Pacheco se ha largado esta mañana á su -tierra, donde parece que se casa con una muchacha preciosa... Nada: yo -tan fresca, sin echar ni una lágrima. Hasta puede que diese gracias á -Dios, viéndome libre de este grave compromiso. Pues la cosa es bien -sencilla: ¿se había de ir él? Soy yo quien se larga. Así como así, días -arriba ó abajo, ya estaba cerca el de irse á veranear... Pues adelanto -el veraneo un poquillo... y corrientes.—¡Qué descanso tomar el tren! Se -concluían aquellos recelos incesantes, aquel volver el rostro cuando la -Diabla le preguntaba alguna cosa, aquella<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124"></a>{124}</span> tartamudez, aquella -vergüenza, vergüenza tonta en una viuda, que al fin y al cabo era libre -y no tenía que dar á nadie cuenta de sus actos...</p> - -<p>Pensaba en estas cosas cuando se apeó y empezó á subir la escalera de su -casa. Aún no estaba encendida la luz, caso frecuente en las tardes -veraniegas. Al segundo tramo... ¡Dios nos asista! Un hombre que se -destaca del obscuro rincón... ¡Pacheco!</p> - -<p>Reprimió el chillido. El meridional la cogía ambas manos con violencia.</p> - -<p>—¿Cómo está mi niña? Tres veces he venido y siempre te negaron... Lo -que es una de ellas juro que estabas en casa... Si no quieres verme, -dímelo á mí, que no vendré... Te miraré de lejitos en el paseo ó en el -teatro... Pero no me despidas con una criada, que se ríe de mí al darme -con la puerta en las narices.</p> - -<p>—No... pero si yo...—contestaba aturdida la señora.</p> - -<p>—¿No se había negado la nena para mí?</p> - -<p>—No, para ti no...—afirmó rápidamente Asís con acento de sinceridad: -tan espontáneo é inevitable suele ser en ciertas ocasiones el engaño.</p> - -<p>—Pues, entonces, vengo esta noche. ¿Sí? Esta noche á las nueve.</p> - -<p>Hizo la dama un expresivo movimiento.</p> - -<p>—¿No quieres? ¿Tienes compromiso de salir, de ir á alguna parte? La -verdad, chiquilla. Me largaré como aquel á quien le han dado cañaso, -pero no porfiaré. Me sabe mal porfiar.<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125"></a>{125}</span> Por mí no has de tener tú media -hora de disgusto.</p> - -<p>Asís titubeaba. Cosa rara y sin embargo explicable dentro de cierto -misterioso ilogismo que impone á la conducta femenina la difícil -situación de la mujer: lo que decidió su respuesta afirmativa fué -cabalmente la resolución de poner tierra en medio que acababa de adoptar -en el coche.</p> - -<p>—Bueno, á las nueve... (Pacheco la apretó contra sí.) ¿Pero... te irás -á las diez?</p> - -<p>—¿A las diez? Es tanto como no venir... Tú tienes que hacer hoy: dímelo -así, clarito.</p> - -<p>—Que hacer no... Por los criados. No me gusta dar espectáculo á esa -gente.</p> - -<p>—El chico no importa, es un bausán... La chica es más avispada. Mándala -con un recado fuera... Hasta pronto.</p> - -<p>Y Pacheco ocultó la cara en el pelo de la señora, descomponiéndolo y -echándola el sombrero hacia atrás. Ella se lo arregló antes de llamar, -lo cual hizo con pulso trémulo.</p> - -<p>Iba muy preocupada, mucho. Se desnudó distraídamente, dejando una prenda -aquí y otra acullá; la Diabla las recogía y colgaba, no sin haberlas -sacudido y examinado con un detenimiento que á Asís le pareció -importuno. ¿Por qué no rehusar firmemente la dichosa cita?... Sí, sería -mejor; pero al fin, para el tiempo que faltaba... Volvióse hacia la -doncella.</p> - -<p>—Mira, revisarás el mundo grande...: creo que tiene descompuestas las -bisagras. Acuérdate mañana de ir á casa de Madama Armandina...;<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126"></a>{126}</span> puede -que ya estén los sombreros listos... Si no están, la das prisa. Que -quiero marcharme pronto, pronto.</p> - -<p>—¿A Vigo, señorita?—preguntó la Diabla con hipócrita suavidad.</p> - -<p>—¿Pues á dónde? También te darás una vuelta por el zapatero... y á ver -si en la plazuela del Angel tienen compuesto el abanico.</p> - -<p>Dictando estas órdenes se calmaba. No, el rehusar no era factible. Si le -hubiese despedido esta noche, él querría volver mañana. Disimulo, -transigir... y, como decía él..., <i>najencia</i>.</p> - -<p>Comió poco; sentía esa constricción en el diafragma, inseparable -compañera de las ansiedades y zozobras del espíritu. Miraba -frecuentemente para la esfera del reloj, el cual no señalaba más que las -ocho al levantarse la señora de la mesa.</p> - -<p>—Oye, Angela...</p> - -<p>Faltábale saliva en la boca; la lengua se le pegaba al velo del paladar.</p> - -<p>—Oye, hija... ¿Quieres... irte á pasar esta noche con tu hermana, la -casada con el guardia civil? ¿Eh?</p> - -<p>—¡Ay señorita!... Yo, con mil amores... Pero vive tan lejos: el cuartel -lo tienen allá en las Peñuelas... Mientras se va y se viene...</p> - -<p>—Es lo de menos... Te pago el tranvía... ó un simón. Lo que te haga -falta... Y aunque vuelvas después de... media noche, ¿eh? no dejarán de -abrirte. Come á escape... Mira, ¿no tiene tu hermana una niña de seis -años?<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127"></a>{127}</span></p> - -<p>—De ocho, señorita, de ocho... Y un muñeco de trece meses que anda con -la dentición.</p> - -<p>—Bien: á la niña podrá servirle, arreglándola... Le llevas aquella ropa -de Marujita que hemos apartado el otro día...</p> - -<p>—Dios se lo pague... ¿También el sombrero de castor blanco, con el -pájaro?</p> - -<p>—También... Anda ya.</p> - -<p>El sombrero de castor produjo excelente efecto. Imaginaba siempre la -señora que, de algunos días á esta parte, su doncella se atrevía á -mirarla y hablarla ya con indefinible acento severo, ya con disimulada -entonación irónica; pero después de tan espléndida donación, por más que -aguzó la malicia, no pudo advertir en el gracioso semblante de la criada -sino júbilo y gratitud. Comió la Diabla en tres minutos: ni visto ni -oído: y á poco se presentó á su ama muy maja y pizpireta, con traje -dominguero, el pelo rizado á tenacilla, botas que cantaban.</p> - -<p>—Vete, hija, ya debe de ser tarde... Las nueve menos cuarto...</p> - -<p>—No, señorita... Las ocho y veinticinco por el comedor... ¿Tiene algo -que mandar? ¿Quiere alguna cosa?...</p> - -<p>—Nada, nada... Que lo pases bien... ¡Qué elegante te has puesto!... -¿Allí habrá gente, eh? ¿Guardias civiles? ¿Jóvenes?</p> - -<p>—Algunos... Hay uno de nuestra tierra... de la provincia de Pontevedra, -de Marín..., alto él, con bigote negro.</p> - -<p>—Bien, hija... Pues lo que es por mí, ya puedes marcharte.<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128"></a>{128}</span></p> - -<p>¿Qué haría aquella maldita Diabla, que un cuarto de hora después de -recibidas semejantes despachaderas aún no había tomado el portante? Con -el oído pegado á la puertecilla falsa de su dormitorio, que caía al -pasillo, Asís espiaba la salida de su doncella, mordiéndose los labios -de impaciencia nerviosa. Al fin sintió pasitos, taconeo de calzado -flamante, oyó una risotada, un <i>¡divertirse y gastar poco!</i> que venía de -la cocina... La puerta se abrió, hizo ¡puum! al cerrarse... ¡Ay, gracias -á Dios!</p> - -<p>Así que se fué la condenada chica, parecióle á la señora que todo el -piso se había quedado en un silencio religioso, en un recogimiento -inexplicable. Hasta la lámpara del saloncito alumbraba, si cabe, con luz -más velada, más dulce que otras noches. Eran las nueve menos cuarto: -Pacheco aun tardaría cosa de veinte minutos... Se oyó un campanillazo -sentimental, tímido, como si la campanilla recelase pecar de -indiscreta...</p> - -<h3><a name="XVI-in" id="XVI-in"></a>XVI</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">E</span><small>RA</small> Pacheco, envuelto en su capa de embozos grana, impropia de la -estación, y de hongo. Detúvose en la puerta como irresoluto, y Asís tuvo -que animarle:</p> - -<p>—Pase V...</p> - -<p>Entonces el galán se desembozó resueltamente<span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129"></a>{129}</span> y se informó de cómo -andaba la salud de Asís.</p> - -<p>En los primeros momentos de sus entrevistas, siempre se hablaban así, -empleando fórmulas corteses y preguntando cosas insignificantes; su -saludo era el saludo de ordenanza en sociedad: estrecharse la mano. Ni -ellos mismos podrían explicar la razón de este procedimiento extraño, -que acaso fuese la cortedad debida á lo reciente é impensado de su trato -amoroso. No obstante, algo especial y distinto de otras veces notaría el -andaluz en la señora, que al sentarse en el diván á su lado, murmuró -después de una embarazosa pausa:</p> - -<p>—¡Qué fría me recibes! ¿Qué tienes?</p> - -<p>—¡Qué disparate! ¿Qué voy á tener?</p> - -<p>—¡Ay prenda, prenda! A mí no se me engaña... Soy perro viejo en materia -de mujeres. Estorbo. Tú tenías algún plan esta noche.</p> - -<p>—Ninguno, ninguno—afirmó calurosamente Asís.</p> - -<p>—Bien, lo creo. Eso sí que lo has dicho como se dicen las verdaes. -Pero, en plata: que no te pinchaban á ti las ganas de verme. Hoy me -querías tú á cien leguas.</p> - -<p>Aseveró esto metiendo sus dedos largos, de pulcras uñas, entre el pelo -de la señora, y complaciéndose en alborotar el peinado sobrio, sin -postizos ni rellenos, que Asís trataba de imitar del de la Pinogrande, -maestra en los toques de la elegancia.</p> - -<p>—Si no quisiese recibirte, con decírtelo...</p> - -<p>—Así debiera ser... el corasonsillo en la mano... Pero á veces se le -figura á uno que está<span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130"></a>{130}</span> comprometido á pintar afecto, ¿sabes tú?, por -caridad ó qué sé yo por qué... Si yo lo he hecho á cada rato con un -ciento de novias y de querías... Harto de ellas por cima de los pelos... -y empeñado en aparentar otra cosa... porque es fuerte eso de estamparle -á un hombre ó á una hembra en su propia cara:—Ya me tiene V. hasta -aquí... no me hace V. ni tanto de ilusión.</p> - -<p>—¿Quién sabe si eso te estará pasando á ti conmigo?—exclamó Asís -festivamente, echándolas de modesta.</p> - -<p>No contestó el meridional sino con un abrazo vehemente, apretado, -repentino, y un—<i>¡ojalá!</i>—salido del alma, tan ronco y tan dramático, -que la dama sintió rara conmoción, semejante á la del que, poniendo la -mano sobre un aparato eléctrico, nota la sacudida de la corriente.</p> - -<p>—¿Por qué dices <i>ojalá</i>?—preguntó, imitando el tono del andaluz.</p> - -<p>—Porque esto es de más; porque nunca me vi como me veo; porque tú me -has dado á beber zumo de hierbas desde que te he conocío, chiquilla... -Porque estoy mareado, chiflado, loco, por tus pedasos de almíbar... ¿Te -enteras? Porque tú vas á ser causa de la perdición de un hombre, lo -mismo que Dios está en el sielo y nos oye y nos ve... Terroncito de sal, -¿qué tienes en esta boca, y en estos ojos, y en toda tu persona, para -que yo me ponga así? A ver, dímelo, gloria, veneno, sirena del mar.</p> - -<p>La señora callaba, aturdida, no sabiendo qué contestar á tan apasionadas -protestas; pero vino á sacarla del apuro un estruendo inesperado<span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131"></a>{131}</span> y -desapacible, el alboroto de una de esas músicas ratoneras antes llamadas -<i>murgas</i>, y que en la actualidad, por la manía reinante de elevarlo -todo, adoptan el nombre de <i>bandas populares</i>.</p> - -<p>—¡Oiga! ¿Nos dan cencerrada ya los vecinos del barrio?—gritó Pacheco, -levantándose del sofá y entreabriendo las vidrieras.—¡Y cómo desafinan -los malditos!... Ven á oir, chiquilla, ven á oir. Verás cómo te rompen -el tímpano.</p> - -<p>En el meridional no era sorprendente este salto desde las ternezas más -moriscas al más prosaico de los incidentes callejeros: estaba en su modo -de ser la transición brusca, la rápida exteriorización de las -impresiones.</p> - -<p>—Mira, ven—continuó.—Te pongo aquí una butaca y nos recreamos. ¿A -quién le dispararán la serenata?</p> - -<p>—A un almacén de ultramarinos que se ha estrenado hoy—contestó Asís -recordando casualmente chismografías de la Diabla.—En la otra acera, -pocas casas más allá de la de enfrente. Aquella puerta... allí. ¡Ya -tenemos música para rato!</p> - -<p>Pacheco arrastró un sillón hacia la ventana y se sentó en él.</p> - -<p>—¡Desatento!—exclamó riendo la señora.—¿Pues no decías que era para -mí?</p> - -<p>—Para ti es—respondió el amante cogiéndola por la cintura y -obligándola quieras ó no quieras á que se acomodase en sus rodillas. Se -resistió algo la dama, y al fin tuvo que acceder. Pacheco la mecía como -se mece á las criaturas,<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132"></a>{132}</span> sin permitirse ningún agasajo distinto de los -que pueden prodigarse á un niño inocente. Por forzosa exigencia de la -postura, Asís le echó un brazo al cuello, y después de los primeros -minutos, reposó la cabeza en el hombro del andaluz. Un airecillo -delgado, en que flotaban perfumes de acacia y ese peculiar olor de humo -y ladrillo recaliente de la atmósfera madrileña en estío, entraba por -las vidrieras, intentaba en balde mover las cortinas, y traía fragmentos -de la música chillona, tolerable á favor de la distancia y de la noche, -hora que tiene virtud para suavizar y concertar los más discordantes -sonidos. Y la proximidad de los dos cuerpos ocupando un solo sillón, -estrechaba también, sin duda, los espíritus, pues por vez primera en el -curso de aquella historia entablóse entre Pacheco y la dama un cuchicheo -íntimo, cariñoso, confidencial.</p> - -<p>No hablaban de amor: versaba el coloquio sobre esas cosas que parecen -muy insignificantes escritas y que en la vida real no se tratan casi -nunca sino en ocasiones semejantes á aquella, en minutos de imprevista -efusión. Asís menudeaba preguntas, exigiendo detalles biográficos: ¿Qué -hacía Pacheco? ¿Por dónde andaba? ¿Cómo era su familia? ¿La vida -anterior? ¿Los gustos? ¿Las amistades? ¿La edad justa, justa, por meses, -días y no sé si horas?</p> - -<p>—Pues yo soy más vieja que tú—murmuró pensativa, así que el gaditano -hubo declarado su fe de bautismo.</p> - -<p>—¡Gran cosa! Será un añito, ó medio.<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133"></a>{133}</span></p> - -<p>—No, no, dos lo menos. Dos, dos.</p> - -<p>—Corriente, sí, pero el hombre siempre es más viejo, cachito de gloria, -porque nosotros vivimos; ¿te enteras? y vosotras no. Yo, en particular, -he vivido por una docena. No imaginarás diablura que yo no haya catado. -Soy maestro en el arte de hacer desatinos. ¡Si tú supieses algunas cosas -mías!</p> - -<p>Asís sintió una curiosidad punzante unida á un enojo sin motivo.</p> - -<p>—Por lo visto eres todo un perdis, buena alhaja.</p> - -<p>—¡Quiá!... ¿Perdis yo? Di que no, nena mía. Yo galanteé á trescientas -mil mujeres, y ahora me parece que no quise á ninguna. Yo hice cuanto -disparate se puede hacer, y al mismo tiempo no tengo vicios. ¿Dirás que -cómo es ese milagro? Siendo... ahí verás tú. Los vicios no prenden en -mí. Ninguno arraiga, ni arraigará jamás. Aún te declaro otra cosa; que -no sólo no se me puede llamar vicioso, sino que si me descuido acabo por -santo. Es según los lados á que me arrimo. ¿Me ponen en circunstancias -de ser perdío? No me quedo atrás. ¿Que tocan á ser bueno? Nadie me gana. -Si doy con gente arrastrada, ¿qué quieres tú?</p> - -<p>—¿Hasta en lo tocante á la honra te dejarías llevar?—preguntó algo -asustada Asís.</p> - -<p>El gaditano se echó atrás como si le hubiese picado una sierpe.</p> - -<p>—¡Hija! Vaya unas cosillas que me preguntas. ¿Me has tomado por algún -secuestrador? Yo no secuestro más que á las hembras de tu<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134"></a>{134}</span> facha. Pero -ya sabes que en mi tierra, las pendencias no se cuentan por delitos... -He <i>enfriado</i> á un infeliz... que más quisiera no haberle tocado al pelo -de la ropa. Dejémoslo, que importa un pito. Fuera de esas trifulcas, no -ha tenío el diablo por donde cogerme: he jugado, perdiendo y ganando un -dinerillo... regular; he bebío... vamos, que no me falta á mí saque; de -novias y otros enredos... De esto estaría muy feo que te contase ná. -Chitito. ¿Un cariño á tu rorro?</p> - -<p>—Vamos, que eres la gran persona—protestó escandalizada Asís, -desviándose en vez de acercarse como Pacheco pretendía.</p> - -<p>—No lo sabes bien. Eso es como el Evangelio. Yo quisiera averiguar pa -qué me ha echado Dios á este mundo. Porque soy, además de tronerilla, un -haragán y un zángano de primera, niña del alma... No hago cosa de -provecho, ni ganas de hacerla. ¿A qué? Mi padre, empeñao el buen señor -en que me luzca y en que sirva al país, y dale con la chifladura de que -me meta en política, y tumba con que salga diputao, y vaya á hacer el bu -al Congreso... ¡En el Congreso yo! A mí, lo que es asustarme, ni el -Congreso ni veinte Congresos me asustan. La farsa aquella no me pone -miedo. Te aviso que en todo cuanto me propongo salir avante, salgo y sin -grandes fatigas: ¡qué! Pero á decir verdad, no me he tomado nunca -trabajos así enormes, como no fuese por alguna mujer guapa. No soy memo -ni lerdo, y si quisiese ir allí á pintar la mona como Albareda, la -pintaría, figúrate. ¿Que se<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135"></a>{135}</span> me ha muerto mi abuelita? ¡Si es la pura -verdad! Sólo que too eso porque tanto se descuaja la gente, no vale los -sudores que cuesta. En cambio... ¡una mujer como tú!...</p> - -<p>Díjolo al oído de la dama, á quien estrechó más contra sí.</p> - -<p>—Sólo esto, terrón de azúcar, sólo esto sabe bien en el mundo amargo... -Tener así á una mujer adorándola... Así, apretadica, metida en el -corasón... Lo demás... pamplina.</p> - -<p>—Pero eso es atroz—protestó severamente Asís, cuya formalidad -cantábrica se despertaba entonces con gran brío.—¿De modo que no te -avergüenzas de ser un hombre inútil, un mequetrefe, un cero á la -izquierda?</p> - -<p>—¿Y á ti qué te importa, lucerito? ¿Soy inútil pa quererte? ¿Has -resuelto no enamorarte sino de tipos que mangoneen y anden agarraos á la -casaca de algún ministro? Mira... Si te empeñas en hacer de mí un -personaje, una notabilidad... como soy Diego que te sales con la tuya. -Daré días de gloria á la patria; ¿no se dice así? Aguarda, aguarda..., -verás qué registros saco. Proponte que me vuelva un Castelar ó un -Cánovas del Castillo, y me vuelvo... ¡Ole que sí! ¿Te creías tú que -alguno de esos panolis vale más que este nene? (Sólo que ellos largaron -todo el trapo y yo recogí velas.). Por no deslucirlos. Modestia pura.</p> - -<p>No había más remedio que reirse de los dislates de aquel tarambana, y -Asís lo hizo; al reirse hubo de toser un poco.</p> - -<p>—¡Ea! ya te me acatarraste—exclamó el gaditano<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136"></a>{136}</span> -consternadísimo.—Hágame V. el obsequio de ponerse algo en la cabeza... -Así, tan desabrigada... ¡Loca!</p> - -<p>—Pero si nunca me pongo nada, ni... No soy enclenque.</p> - -<p>—Pues hoy te pondrás, porque yo lo mando. Si aciertas á enfermar, me -suicido.</p> - -<p>Saltó Asís de brazos de su adorador, muerta de risa, y al saltar perdió -una de sus bonitas chinelas, que por ser sin talón, á cada rato se le -escurrían del pié. Recogióla Pacheco, calzándosela con mil extremos y -zalamerías. La dama entró en su alcoba, y abriendo el armario de luna -empezó á buscar á tientas una toquilla de encaje para ponérsela y que no -la marease aquel pesado. Vuelta estaba de espaldas á la poca luz que -venía del saloncito, cuando sintió que dos brazos la ceñían el cuerpo. -En medio de la lluvia de caricias delirantes que acompañó á demostración -tan atrevida, Asís entreoyó una voz alterada, que repetía con acento -serio y trágico:</p> - -<p>—¡Te adoro... Me muero, me muero por ti!</p> - -<p>Parecía la voz de otro hombre; hasta tenía ese <i>trémolo</i> penoso que da -al acento humano el rugir de las emociones extraordinarias comprimido en -la garganta por la voluntad. Impresionada, Asís se volvió soltando la -toquilla.</p> - -<p>—Diego...—tartamudeó llamando así á Pacheco por primera vez.</p> - -<p>—¿Por qué no dices <i>Diego mío, Diego del alma</i>?—exclamó con fuego el -andaluz deshaciéndola entre sus brazos.<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137"></a>{137}</span></p> - -<p>—Qué sé yo... Cuando uno habla así... me parece cosa de novela ó de -comedia. Es una ridiculez.</p> - -<p>—¡Prueba... prueba... ¡Ay! ¡Cómo lo has dicho! <i>¡Diego -mío!</i>—prorrumpió él remedando á la señora, al mismo tiempo que la -soltaba casi con igual violencia que la había cogido.—¡Pedazo de hielo! -¡Vaya unas hembras que se gastan en tu país!... ¡Marusiñas! ¡Reniego de -ellas todas! ¡Que las echen al carro de la basura!</p> - -<p>—Mira—dijo la dama tomándolo otra vez á risa—eres un cómico y un -orate... No hay modo de ponerse seria con un tipo como tú. A ver: aquí -está un señorito que ha tenido cuatrocientas novias y dos mil líos -gordos, y ahora se ha prendado de mí como el Petrarca de la señora -Laura... De mí nada más: privilegio exclusivo, patente del Gobierno.</p> - -<p>—Tómalo á guasa... Pues es tan verdad como que ahora te agarro la mano. -Yo tuve un millón de devaneos, conformes; pero en ninguno me pasó lo que -ahora. ¡Por éstas, que son cruces! Quebraeros de cabesa míos, novias y -demás, me las encuentro en la calle y no las conozco. A ti... te -dibujaría, si fuese pintor, á obscuras. Tan clavadita te tengo. De aquí -á cincuenta años, cayéndote de vieja, te conocería entre mil viejas más. -Otras historias las seguí por vanidad, por capricho, por golosina, por -terquedad, por matar el tiempo... Me quedaba un rincón aquí, donde no ha -puesto el pié nadie, y tenía yo guardaa la llave de oro para<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138"></a>{138}</span> ti, prenda -morena... ¿Qué, lo dudas? Mira, haz un ensayo... Por gusto.</p> - -<p>Arrastró á la dama hacia el salón y se recostó en el diván; tomó la mano -de Asís y la colocó extendida sobre el lado izquierdo de su chaleco. -Asís sintió un leve y acompasado vaivén, como de péndulo de reloj. -Pacheco tenía los ojos cerrados.</p> - -<p>—Estoy pensando en otras mujeres, chiquilla... Quieta..., atención, -observa bien.</p> - -<p>—No late nada fuerte—afirmó la señora.</p> - -<p>—Déjate un rato así... Pienso en mi última novia, una rubia que tenía -un talle de lo más fino que se encuentra en el mundo... ¿Ves qué -quietecillo está el pájaro? Ahora... dime tú... ¡si puedes! alguna cosa -tierna... Mas que no sea verdá.</p> - -<p>Asís discurría una gran terneza y buscaba la inflexión de voz para -pronunciarla. Y al fin salió con esta eterna vulgaridad:</p> - -<p>—¡Vida mía!</p> - -<p>Bajo la palma de la señora, el corazón de Pacheco, como espíritu foleto -que obedece á un conjuro, rompió en el más agitado baile que puede -ejecutar semejante víscera. Eran saltos de ave azorada que embiste -contra los hierros de su cárcel... El meridional entreabrió las azules -pupilas; su tez tostada había palidecido algún tanto; con extraña prisa -se levantó del sofá y fué derecho al balcón, donde se apoyó como para -beber aire y rehacerse de algún trastorno físico y moral. Asís, -inquieta, le siguió y le tocó en el brazo.<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139"></a>{139}</span></p> - -<p>—Ya ves qué majadero soy...—murmuró él volviéndose.</p> - -<p>—¿Pero te pasa algo?</p> - -<p>—Ná...—El gaditano se apartó del balcón, y viniendo á sentarse en un -<i>puf</i> bajito, y rogando á Asís con la mirada que ocupase el sillón, -apoyó la cabeza, en el regazo de la dama.—Con sólo dos palabritas que -tú me dijiste... Haz favor de no reirte, mona, porque donde me ves tengo -mal genio... y puede que soltase un desatino. Desde que me he -entontecido por ti, estoy echando peor carácter. Calladita la niní... -Deje dormir á su rorro.</p> - -<p>Pacheco cruzó el umbral de aquella casa antes de sonar la media noche. -La Diabla no había regresado aún. Cuando el gaditano, según costumbre -hasta entonces infructuosa, se volvió desde la esquina de la calle -mirando hacia los balcones de Asís, pudo distinguir en ellos un bulto -blanco. La señora exponía sus sofocadísimas mejillas al aire fresco de -la noche, y la embriaguez de sus sentidos y el embargo de sus potencias -empezaban á disiparse. Como náufrago arrojado á la costa, que volviendo -en si toca con placer el cinto de oro que tuvo la precaución de ceñirse -al sentir que se hundía el buque, Asís se felicitaba por haber -conservado el átomo de razón indispensable para no acceder á cierta -súplica insensata.</p> - -<p>—¡Buena la hacíamos! Mañana estaban enterados vecinos, servicio, -portero, sereno, el diablo y su madre. ¡Ay Dios mío!... ¡Me sigue, me -sigue el mareo aquel de la verbena... y lo<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140"></a>{140}</span> que es ahora no hay álcali -que me lo quite!... ¡Qué mareo ni qué!... Mareo, alcohol, insolación... -¡Pretextos, tonterías!... Lo que pasa es que me gusta, que me va -gustando cada día un poco más, que me trastorna con su palabrería..., y -punto redondo. Dice que yo le he dado bebedizos y hierbas... El sí que -me va dando á comer sesos de borrico... y nada, que no me desenredo. -Cuando se va, reflexiono y caigo en la cuenta; pero en viéndole... -acabóse, me perdí.</p> - -<p>Llegada á este capítulo, la dama se dedicó á recordar mil pormenores, -que reunidos formaban lindo mosaico de gracias y méritos de su adorador. -La pasión con que requebraba; el donaire con que pedía; la gentileza de -su persona; su buen porte, tan libre del menor conato de gomosería -impertinente como de encogimiento provinciano; su rara mezcla de -espontaneidad popular y cortesía hidalga; sus rasgos calaverescos y -humorísticos unidos á cierta hermosa tristeza romántica (conjunto, dicho -sea de paso, que forma el hechizo peculiar de los <i>polos</i>, <i>soleares</i> y -demás canciones andaluzas), eran otros tantos motivos que la dama se -alegaba á sí propia para excusar su debilidad y aquella afición -avasalladora que sentía apoderarse de su alma. Pero al mismo tiempo, -considerando otras cosas, se increpaba ásperamente.</p> - -<p>—No darle vueltas: aquí no hay nada superior, ni siquiera bueno: hay un -truhán, un vago, un perdis... Todo eso que me dice de que sólo á<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141"></a>{141}</span> mí... -Ardides, trapacerías, costumbre de engañar, mañitas de calavera. En -volviendo la esquina... (Pacheco acababa de verificar, hacía pocos -minutos, tan sencillo movimiento), ya ni se acuerda de lo que me -declama. Estos andaluces nacen actores... Juicio, Asís... juicio. Para -estas tercianas, hija mía, píldoras de camino de hierro... y extracto de -Vigo, mañana y tarde, durante cuatro meses. ¡Bahía de Vigo, cuándo te -veré!</p> - -<p>El airecillo de la noche, burlándose de la buena señora, compuso con sus -susurros delicados estas palabras:</p> - -<p>—Terronsito e asúcar..., gitana salá.</p> - -<h3><a name="XVII-in" id="XVII-in"></a>XVII</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">M</span><small>UY</small> atareadas estaban la marquesa viuda de Andrade y su doncella en -revisar los mundos, sacos y maletillas, operación necesaria cuando se va -á emprender un viaje. Y mire V. que parece cosa del mismo enemigo. -Siempre en los últimos momentos han de faltar las llaves de los baúles. -Por mucho que uno las coloque en sitio determinado, diciendo para -sí:—En este cajón se queda la llavecita; no olvidar que aquí la puse; -le ato á un estambre colorado, para acordarme mejor; no sea que el día -de la marcha salgamos con que se ha obscurecido,—viene<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142"></a>{142}</span> el instante -crítico, la busca uno, y... ¡echarle un galgo! Nada, no parece: venga el -cerrajero, tiznado, sucio, preguntón, insufrible; haga una nueva, y -lléveselo todo la trampa.</p> - -<p>Nerviosa y displicente, daba Asís á la Angela estas quejas. El ajetreo -del viaje la ponía de mal humor: ¡son tan cargantes los preparativos! -¡Qué babel, qué trastorno! Nunca sabe uno lo que conviene llevar y lo -que debe dejarse; cree no necesitar ropa de abrigo, porque al fin se -viene encima la canícula, pero ¡fíese V. de aquel clima gallego, tan -inconstante, tan húmedo, tan lluvioso, que tiene seis temperaturas -diferentísimas en cada veinticuatro horas! Se quedan aquí las prendas en -el ropero, muertas de risa, y allá tirita uno ó tiene que envolverse en -mantones como las viejas... Luego, las fiestecitas, los bailes dichosos -de la Pastora, que obligan á ir provisto de trajes de sociedad, porque -si uno se presenta sencillo, de seda cruda, les choca y se ofenden y -critican... Nada, que la última hora es para volverse loco. ¿A que no se -había acordado Angela de pasarse por casa de la Armandina, á ver si -tiene lista la pamela de la niña y el pajazón? ¿Apostemos á que el -impermeable aún está con los mismos botones, que lastiman y en todo se -prenden? ¿Y el alcanfor para poner en el abrigo de nutria? ¿Y la -pimienta para que no se apolillase el tapiz de la sala?</p> - -<p>Atarugada y dando vueltas de aquí para allí, la Diabla contestaba lo -mejor posible al chaparrón de advertencias, reconvenciones y preguntas<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143"></a>{143}</span> -de su señora. La hábil muchacha, después de los primeros pases, conocía -una estocada certera para su ama: si los preparativos de viaje andaban -algo retrasados, era que la señorita aquel año había dispuesto la marcha -un mes antes que de costumbre, por lo menos; también á ella (la Diabla) -se le quedaba sin alistar un vestido de percal, y calzado, y varias -menudencias; ella creía que hasta mediados de Junio, hacia el día de San -Antonio... ¿Cómo se le había de ocurrir que se largaban tan de prisa y -corriendo? La señora contestaba con reprimido suspiro, callaba dos -minutos, y luego, redoblando su gruñir, corría del cuarto-ropero al -dormitorio, de la leonera ó cuarto de los baúles al saloncito, y aun se -determinaba á entrar en la cocina y el comedor, para regañar á -Imperfecto que no le había traído á su gusto papel de seda, bramante, -puntas de París, algodón en rama... Imperfecto, con la boca abierta y la -fisonomía estúpida, subía y bajaba cien veces la escalera haciendo -recados: las puntas eran gordas, se precisaban otras más chiquitas; el -algodón no convenía blanco, sino gris: era para rellenar huecos en -ciertos cajones y que no se estropease lo que iba dentro... En una de -estas idas y venidas del criado, la señora cruzaba el pasillo, cuando -repicó la campanilla. Impremeditadamente fué á abrir—cosa que no hacía -nunca—y se encontró cara á cara con su Diego.</p> - -<p>El primer movimiento fué de despecho y contrariedad mal encubierta. -¿Quién contaba con Pacheco á tales horas? (las diez y media de la<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144"></a>{144}</span> -mañana). No estaba Asís lo que se llama hecha un pingo, con traje roto y -zapatos viejos, porque ni en una isla desierta se pondría ella en -semejante facha; pero su bata de chiné blanco tenía manchas y visos -obscuros, y aun no sé si alguna telaraña, indicio de la lidia con los -baúles de la leonera; su peinado, revuelto sin arte, con rabos y -mechones, saliendo por aquí y por acullá, parecía obra de peluquería -gatuna; y en la superficie del pelo y del rostro se había depositado un -sutil viso polvoriento, que la señora percibía vagamente al pestañear y -al pasarse la lengua por los labios, y que la impacientaba lo indecible. -Y en cambio, el galán venía todo soplado, con una camisa y un chaleco -como el ampo de la nieve, el ojal guarnecido de fresquísimo clavel, -guantes de piel de perro flamantitos, y, en suma, todas las señales de -haberse acicalado mucho. En la mano traía el pretexto de la visita -madrugadora: dos libros medianamente gruesos.</p> - -<p>—Las novelas francesas que le prometí...—dijo en voz alta, después del -cambio de saludos, porque la dama le había hecho seña con el mirar de -que había moros en la costa.—Si está V. ocupada, me retiro... Si no, -entraré diez minutos...</p> - -<p>—Con mucho gusto... A la sala: el resto de la casa está imposible... no -quiero que se asuste V. del estado en que se encuentra.</p> - -<p>Entró Pacheco en la sala; pero por aprisa que Angela cerrase las puertas -de las habitaciones interiores, el gaditano pudo ver baúles<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145"></a>{145}</span> abiertos, -con las bandejas fuera, ropa desparramada, cajas, sacos...</p> - -<p>—¿Está V. de mudanza... ó de viaje?—preguntó, quedándose de pié en -medio del saloncito, con voz opaca, pero sin emplear tono de -reconvención ni de queja.</p> - -<p>—No...—tartamudeó Asís—tanto como de viaje precisamente... no. Es que -estoy guardando la ropa de invierno, poniéndole alcanfor... Si uno se -descuida, la polilla hace destrozos...</p> - -<p>Pacheco se acercó á la dama, y bajando el diapasón, con las inflexiones -dolientes y melancólicas que solía adoptar á veces, dijo:</p> - -<p>—A mi no se me engaña, te lo repito. Antes de venir sabía que te ibas. -Tú no me conoces; tú te has creído que me la puedes dar. Aún no pasaron -las ideas por esa cabecita, y ya las he olfateado yo. Siento que gastes -conmigo tapujos. Al fin no te valen, hija mía.</p> - -<p>La señora, no acertando á responder nada que valiese la pena, bajó los -ojos, frunció la boca é hizo un mohín de disgusto.</p> - -<p>—No amoscarse. Si no me enfado tampoco. La nena mía es muy dueña de -irse adonde quiera. Pero mientras está aquí, ¿por qué me huye? Ayer me -dijiste que no podíamos vernos, por estar tú convidada á comer...</p> - -<p>Movidos por el mismo impulso, Asís y Don Diego miraron en derredor. Las -puertas, cerradas; al través de la que comunicaba con los cuartos -interiores, pasaba amortiguado el ruido del ir y venir de la Diabla. Y -sin concertarse,<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146"></a>{146}</span> á un mismo tiempo se acercaron para cruzar mejor esas -explicaciones que el corazón adivina antes de pronunciadas.</p> - -<p>—Hazte cargo... Los criados... Es una atrocidad... Yo nunca tuve de -estas... vamos... de estas historias... No sé lo que me pasa. Por favor -te pido...</p> - -<p>—¡Bendita sea tu madre, niña!... Si ya lo sé... ¿Te crees que no me -informo yo de los pasos en que anduvo mi reina? Estoy enterao de que -nadie consiguió de ti ni esto. Yo el primerito... ¡Ay! Te deshago... -Rica, gitana... ¡Cielo!</p> - -<p>—Chist... La chica... Si pesca... Es más curiosa...</p> - -<p>—Un favor te pido no más. Vente á almorsá conmigo. Que te vienes.</p> - -<p>—Estás tocado... Quita... Chist...</p> - -<p>—Que te vienes. Palabra, no lo sabrá ni la tierra. Se arreglará... -verás tú.</p> - -<p>—¿Pero cómo? ¿Dónde?</p> - -<p>—En el campo. Te vienes, te vienes. ¡Ya pronto te quedas libre de -mí!... La despedía. Al reo de muerte se le da, mujer.</p> - -<p>¿Cómo cedió y balbució <i>que sí</i>, prometiendo, si no por la Estigia, por -algún otro juramento formidable? ¡Ah! Aunque la observación ya no -resulte nueva, cedió obedeciendo á los dos móviles que, desde la -memorable insolación de San Isidro, guiaban, sin que ella misma lo -notase, su voluntad: dos resortes que podemos llamar de goma el uno y de -acero el otro: el resorte de goma era la debilidad que aplaza, que -remite toda gran resolución hasta<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147"></a>{147}</span> que la ampare el recurso de la fuga; -el resorte de acero, todavía chiquitín, menudo como pieza de reloj, era -el sentimiento que así, á la chita callando, aspiraba nada menos que á -tomar plenísima posesión de sus dominios, á engranar en la máquina del -espíritu, para ser su regulador absoluto y dirigir su marcha con -soberano imperio.</p> - -<p>Fiado en la palabra solemne de la señora, Pacheco se marchó, pues no -convenía, por ningún estilo, que los viesen salir juntos. Asís entró en -su cuarto á componerse. La Diabla la miraba con su acostumbrada -curiosidad fisgona y aun le disparó tres ó cuatro preguntas pérfidas -referentes á la interrumpida tarea del equipaje.</p> - -<p>—¿Se cierra el mundo? ¿Se clavan los cajones? ¿La señorita quiere que -avise á la Central para mañana?</p> - -<p>¿Cómo había de responder la señora á interrogaciones tan impertinentes? -Claro que con alguna sequedad y no poco enfado secreto. Además, otros -incidentes concurrían á exasperarla: por culpa del revoluto del -equipaje, ni había cosa con cosa, ni parecía lo más indispensable de -vestir: para dar con unos guantes nuevos tuvo que desbaratar el baúl más -chico: para sacar un sombrero, desclavó dos cajones. Más peripecias: la -hebilla del zapato inglés, descosida: al abrochar el cuerpo del traje, -salta un herrete; al cepillarse los dientes, se rompe el frasco del -elíxir contra el mármol del lavabo...<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148"></a>{148}</span></p> - -<p>—¿Almuerza fuera la señorita?—preguntó la incorregible Diabla.</p> - -<p>—Sí... En casa de Inzula.</p> - -<p>—¿Ha de venir á buscarla Roque?</p> - -<p>—No... Pero le mandas que esté con la berlina allí, á las siete...</p> - -<p>—¿De la tarde?</p> - -<p>—¿Había de ser de la mañana? ¡Tienes cosas!...</p> - -<p>La Diabla sonrió á espaldas de su señora y se bajó para estirarla los -volantes del vestido y ahuecarla el polisón. Asís piafaba, pegando -taconacitos de impaciencia. ¿El pericón? ¿El gabán gris, por si -refresca? ¿Pañuelo? ¿Dónde se habrá metido el velo de tul? Estos -pinguitos parece que se evaporan... Nunca están en ninguna parte... ¡Ah! -Por fin... Loado sea Dios...</p> - -<h3><a name="XVIII-in" id="XVIII-in"></a>XVIII</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">S</span><small>ALVÓ</small> la escalera como pájaro á quien abren el postigo de su -penitenciaría, y con el mismo paso vivo, echó calle abajo hasta -Recoletos. La cita era en aquel sitio señalado donde Pacheco había -tirado el puro: casi frente á la Cibeles. Asís avanzaba protegida por su -antucá, pero bañada y animada por el sol, el sol instigador y cómplice -de todo aquel enredo sin antecedentes, sin finalidad y sin excusa. La -dama registró<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149"></a>{149}</span> con los ojos las arboledas, los jardincillos, la entrada -de la Carrera y las perspectivas del Museo, y no vió á nadie. ¿Se habría -cansado Diego de esperar? ¡Capaz sería!... De pronto, á sus espaldas, -una voz cuchicheó afanosa:</p> - -<p>—Allí... entre aquellos árboles... El simón.</p> - -<p>Sin que ella respondiese, el gaditano la guió hacia el destartalado -carricoche. Era uno de esos clarens inmundos, con forro de gutapercha -resquebrajado y mal oliente, vidrios embazados y conductor medio beodo, -que zarandean por Madrid adelante la prisa de los negocios ó la -clandestinidad del amor. Asís se metió en él con escrúpulo, pensando que -bien pudiera su galán traerle otro simón menos derrotado. Pacheco, á fin -de no molestarla pasando á la izquierda, subió por la portezuela -contraria, y al subir arrojó al regazo de la dama un objeto... ¡Qué -placer! ¡Un ramillete de rosas, ó mejor dicho un mazo, casi desatado, -mojado aún! El recinto se inundó de frescura.</p> - -<p>—¡Huelen tan mal estos condenaos coches!—exclamó el meridional como -excusándose de su galantería. Pero Asís le flechó una ojeada de -gratitud. El indecente vehículo comenzaba á rodar; ya debía de tener -órdenes.</p> - -<p>—¿Se puede saber á dónde vamos, ó es un secreto?</p> - -<p>—A las Ventas del Espíritu Santo.</p> - -<p>—¡Las Ventas!—clamó Asís alarmada.—¡Pero si es un sitio de los más -públicos! ¿Vuelta á las andadas? ¿Otro San Isidro tenemos?<span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150"></a>{150}</span></p> - -<p>—Es sitio público los domingos; los días sueltos está bastante -solitario. Que te calles. ¿Te iba yo á llevar adonde te encontrases en -un bochorno? Antes de convidarte, chiquilla, me he enterado yo de toas -las maneras de almorsá en Madrid... Se puede almorsá en un buen -<i>restaurant</i> ó en cafés finos; pero eso es echar un pregón pa que te -vean. Se puede ir á un colmado de los barrios ó á una pastelería decente -y escondía, pero no hay cuartos aparte; tendrías que almorsá en pública -subasta, á la vera de alguna chulapa ó de algún torero. Fondas, ya -supondrás... No quedaban sino las Ventas ó el puente de Vallecas. Creo -que las Ventas es más bonito.</p> - -<p>¡Bonito! Asís miró el camino en que entraban. Dejándose atrás las -frondosidades del Retiro y las construcciones coquetonas de Recoletos, -el coche se metía, lento y remolón, por una comarca la más escuálida, -seca y triste que puede imaginarse, á no ser que la comparemos al cerro -de San Isidro. Era tal la diferencia entre la zona del Retiro y aquel -arrabal de Madrid, y se advertía tan de golpe, que mejor que transición -parecía sorpresa escenográfica. Cual mastín que guarda las puertas del -limbo, allí estaba la estatua de Espartero, tan mezquina como el mismo -personaje, y la torre mudéjar de una escuela parecía sostener con ella -competencia de mal gusto. Luego, en primer término, escombros y solares -marcados con empalizadas; y allá en el horizonte, parodia de algún -grandioso y feroz anfiteatro romano, la plaza de toros.<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151"></a>{151}</span> En aquel rincón -semidesierto—á dos pasos del corazón de la vida elegante—se habían -refugiado edificios heterogéneos, bien como en ciertas habitaciones de -las casas se arrinconan juntas la silla inservible, la máquina de -limpiar cuchillos y las colgaduras para el día de Corpus; así, después -del circo taurino y la escuela, venía una fábrica de galletas y -bizcochos y en pos un barracón con este rótulo: <i>Acreditado merendero de -la Alegría</i>.</p> - -<p>Las lontananzas, una desolación. El fielato parecía viva imagen del -estorbo y la importunidad. A su puerta estaba detenido un borrico -cargado de liebres y conejos, y un tío de gorra peluda buscaba en su -cinto los cuartos de la alcabala. Más adelante, en un descampado -amarillento, jugaban á la barra varios de esos salvajes que rodean á la -corte lo mismo que los galos á Roma sitiada. Y seguían los edificios -fantásticos: un castillo de la Edad Media hecho, al parecer, de cartón y -cercado de tapias por donde las francesillas sacaban sus brazos -floridos; un parador, tan desmantelado como teológico (dedicado al -Espíritu Santo nada menos); un merendero que se honraba con la divisa -<i>tanto monta</i>, y por último una franja rojiza, inflamada bajo la -reverberación del sol: los hornos de ladrillo. En los términos más -remotos que la vista podía alcanzar, erguía el Guadarrama sus picos -coronados de eternas nieves.</p> - -<p>Lo que sorprendió gratamente á Asís fué la ausencia total de carruajes -de lujo en la carretera. Tenía razón Pacheco, por lo visto. Sólo<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152"></a>{152}</span> -encontraron un domador que arrastraban dos preciosas tarbesas; un -carromato tirado por innumerable serie de mulas; el tranvía, que cruzó -muy bullanguero y jacarandoso, con sus bancos atestados de gente; otro -simón con tapadillo, de retorno, y un asistente, caballero en el alazán -de su amo. ¡Ah! Un entierro de angelito, una caja blanca y azul que, -tambaleándose sobre el ridículo catafalco del carro, se dirigía hacia la -sacramental sin acompañamiento alguno, inundado de luz solar, como deben -de ir los querubines camino del Empíreo...</p> - -<p>Poco hablaron durante el trayecto los amantes. Llevaban las manos -cogidas; Asís respiraba frecuentemente el manojo de rosas y miraba y -remiraba hacia fuera, porque así creía disminuir la gravedad de aquel -contrabando, que en su fuero interno—cosa decidida—llamaba <i>el -último</i>, y por lo mismo le causaba tristeza, sabiéndole á confite que -jamás, jamás había de gustar otra vez.</p> - -<p>Llegaron al puente, y detúvose el simón ante el pintoresco racimo de -merenderos, hotelitos y jardines que constituye la parte nueva de las -Ventas.</p> - -<p>—¿Qué sitio prefieres? ¿Nos apeamos aquí?—preguntó Pacheco.</p> - -<p>—Aquí... Ese merendero... Tiene trazas de alegre y limpio—indicó la -dama, señalando á uno, cuya entrada por el puente era una escalera de -palo pintada de verde rabioso.</p> - -<p>Sobre el frontis del establecimiento podía leerse este rótulo, en letras -descomunales imitando<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153"></a>{153}</span> las de imprenta y sin gazapos -ortográficos:—<i>Fonda de la Confianza.</i>—<i>Vinos y comidas.</i>—<i>Aseo y -equidad.</i>—El aspecto era original y curioso. Si no cabía llamar á -aquello los jardines aéreos de Babilonia, cuando menos tenían que ser -los merenderos colgantes. ¡Ingenioso sistema para aprovechar terreno! -Abajo una serie de jardines, mejor dicho, de plantaciones entecas y -marchitas, víctimas de la aridez del suburbio matritense; y encima, -sostenidas en armadijos de postes, las salas de baile, los comedores, -las alcobas con pasillos rodeados de una especie de barandas que -comunicaban entre sí las viviendas. Todo ello—justo es añadirlo para -evitar el descrédito de esta Citerea suspendida—muy enjalbegado, -alegre, clarito, flamante, como ropa blanca recién lavada y tendida á -secar al sol, como nido de jilguero colgado en rama de arbusto.</p> - -<p>Un mozo, frisando en los cincuenta, de mandil pero en mangas de camisa, -con cara de mico, muequera, arrugadilla y sardónica, se adelantó -apresurado al divisar á la pareja.</p> - -<p>—Almorsá—dijo Pacheco lacónicamente.</p> - -<p>—¿Dónde desean los señoritos que se les ponga el almuerzo?</p> - -<p>El gaditano giró la vista alrededor y luego la convirtió hacia su -compañera: ésta había vuelto la cara. Con la agudeza de la gente de su -oficio el mozo comprendió y les sacó del apuro.</p> - -<p>—Vengan los señoritos... Les daré un sitio bueno.</p> - -<p>Y torciendo á la izquierda, guió por una escalera<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154"></a>{154}</span> angosta que sombreaba -un grupo de acacias y castaños de Indias, llevándoles á una especie de -antesala descubierta, que formaba parte de los consabidos corredores -aéreos. Abriendo una puertecilla, hízose á un lado y murmuró con unción:</p> - -<p>—Pasen, señoritos, pasen.</p> - -<p>La dama experimentó mucho bienestar al encontrarse en aquella salita. -Era pequeña, recogida, misteriosa, con ventanas muy chicas que cerraban -gruesos postigos, y enteramente blanqueada; los muebles vestían también -blanquísimas fundas de calicó. La mesa, en el centro, lucía un mantel -como el armiño; y lo más amable de tanta blancura era que al través de -ella se percibía, se filtraba, por decirlo así, el sol, prestándole un -reflejo dorado y quitándole el aspecto sepulcral de las cosas blancas -cuando hace frío y hay nubes en el cielo. Mientras salía el mozo, el -gaditano miró risueño á la señora.</p> - -<p>—Nos han traído al palomar—dijo entre dientes.</p> - -<p>Y levantado una cortina nívea que se veía en el fondo de la reducida -estancia, descubrió un recinto más chico aún, ocupado por un solo -mueble, blanco también, más blanco que una azucena...</p> - -<p>—Mira el nido—añadió tomando á Asís de la mano y obligándola á que se -asomase.—Gente precavida... Bien se ve que están en todo. No me -sorprende que vivan y se sostengan tantos establecimientos de esta -índole. Aquí la gente<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155"></a>{155}</span> no viene un día del año como á San Isidro; pero -digo yo que habrá abonos á turno. ¿Nos abonamos, cacho de gloria?</p> - -<p>No sé cómo acentuó Pacheco esta broma, que en rigor, dada la situación, -no afrentaba; lo cierto es que la señora sintió una sofoquina... vamos, -una sofoquina de esas que están á dos deditos de la llorera y la -congoja. Parecíale que le habían arañado el corazón. La mujer es un -péndulo continuo que oscila entre el instinto natural y la aprendida -vergüenza, y el varón más delicado no acertará á no lastimar alguna vez -su invencible pudor.</p> - -<h3><a name="XIX-in" id="XIX-in"></a>XIX</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">A</span><small>L</small> colarse en el palomar los dos tórtolos, no lo hicieron sin ser vistos -y atentamente examinados por una taifa de gente humilde, que á la puerta -de la cocina del merendero fronterizo se dedicaba á aderezar un guisote -de carnero, puesto, en monumental cazuela, sobre una hornilla. Es de -saber que ambos enseres domésticos los alquilaba el dueño del -<i>restaurant</i> por módica suma en que iba comprendido también el carbón: -en cuanto al carnero y al arroz de añadidura, lo habían traído en sus -delantales las muchachas, que por lo que pueda importar,<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156"></a>{156}</span> diremos que -eran operarias de la Fábrica de tabacos.</p> - -<p>Capitaneaba la tribu una vieja pitillera, morena, lista, alegre, más -sabidora que Merlín; y dos niñas de ocho y seis años traveseaban -alrededor de la hornilla, empeñadas en que les dejasen cuidar el -guisado, para lo cual se reconocían con superiores aptitudes. Toda esta -gentuza, al pasar la marquesa viuda de Andrade y su cortejo, se comunicó -impresiones con mucho parpadeo y meneo de cabeza, y susurrando á media -voz dichos sentenciosos. Hablaban con el seco y recalcado acento de la -plebe madrileña, que tiene alguna analogía con lo que pudo ser la parla -de Demóstenes, si se le ocurriese escupir á cada frase una de las guijas -que llevaba en la boca.</p> - -<p>—Ay... Pus van así como asustaos... Ella es guapetona, colorá y blanca.</p> - -<p>—Valiente perdía será.</p> - -<p>—Se ve caa cosa... Hijas, la mar son estos señorones de rango.</p> - -<p>—Puee que sea arguna del Circo. Tié pinta de franchuta.</p> - -<p>—Que no, que este es un belén gordo, de gente de calidá. Mujer de algún -menistro lo menos. ¿Qué vus pensáis? Pus una conocí yo, casaa con un -presonaje de los más superfarolícos... de mucho coche, una casa como el -Palacio Rial... y andaba como caa cuala, con su apaño. ¡Qué líos, -Virgen!</p> - -<p>—No, pus muy amartelaos no van.</p> - -<p>—¿Te quies callar? Ya samartelarán dentro.<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157"></a>{157}</span> Verás tú las ventanas y las -puertas atrancás, como en los pantiones... Pa que el sol no los queme el -cutis.</p> - -<p>Desmintiendo las profecías de la experta matrona, los postigos y -vidrieras del palomar se abrieron, y asomó la cabeza de la dama, sin -sombrero ya, mirando atentamente hacia el merendero.</p> - -<p>—Miala, miala..., la gusta el baile.</p> - -<p>En efecto, el corredor aéreo de enfrente ofrecía curiosa escena -coreográfica. Un piano mecánico soltaba, con la regularidad que hace tan -odiosos á estos instrumentos, el duro chorro de sus martilleadoras -tocatas: <i>Cádiz</i> hacía el gasto: paso doble de <i>Cádiz</i>, tango de -<i>Cádiz</i>, coro de majas de <i>Cádiz</i>... y hasta una veintena de cigarreras, -de chiquillas, de fregonas muy repeinadas y con ropa de domingo, saltaba -y brincaba al compás de la música, haciendo á cada zapateta temblar el -merendero... Asís veía pasar y repasar las caras sofocadas, las -toquillas azul y rosa; y aquel brincoteo, aquel tripudio suspendido en -el aire, sin hombres, sin fiesta que lo justificara, parecía efecto -teatral, coro de zarzuela bufa. Asís se imaginó que las muchachas -cobraban de los fondistas algún sueldo por animar el cuadro.</p> - -<p>—¡Calla!—secreteó minutos después el grupo dedicado á vigilar la -cazuela del guisote.—¡Pus si también han abierto la puerta! Chicas... -quien que se entere too el mundo.</p> - -<p>—Estas tunantas ponen carteles.</p> - -<p>El mozo subía y bajaba, atareado.<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158"></a>{158}</span></p> - -<p>—Mia lo que los llevan. Tortilla... Jamón... Están abriendo latas de -perdices... ¡Aire!</p> - -<p>—No se las cambio por mi rico carnero. A gloria huele.</p> - -<p>—¡Chist!—mandó el mozo imponiéndose á aquellas cotorras.—Cuidadito... -Si oyen... Son gente... ¡uf!</p> - -<p>Al expresar la calidad de los huéspedes, el mozo hizo una mueca -indescriptible, mezcla de truhanería y respeto profundo á la propina que -ya olfateaba. La vieja cigarrera, de repente, adoptó cierta diplomática -gravedad.</p> - -<p>—Y pué que sean gente tan honrá como Dios Padre. No sé pa qué ha de -condenar una su arma echando malos pensamientos. Serán argunos novios -recién casaos, ú dos hermanos, ú tío y sobrina. Vayasté á saber. -Oigasté, mozo...</p> - -<p>Se apartó y secreteó con el mozo un ratito. De esta conferencia salió un -proyecto habilísimo, madurado en breves minutos en el ardiente y -optimista magín de la señá Donata, que así se llamaba la pitillera, si -no mienten las crónicas. Arriba, dama y galán empezaban á despachar los -apetitosos entremeses, las incitantes aceitunas y las sardinillas con su -ajustada túnica de plata. Aunque Pacheco había pedido vinos de lo mejor, -la dama rehusaba hasta probar el <i>Tío Pepe</i> y el amontillado, porque con -sólo ver las botellas, le parecía ya hallarse en la cámara de un -trasatlántico, en los angustiosos minutos que preceden al mareo total. -Como la señora exigía que puertas y ventanas permaneciesen abiertas, el -almuerzo<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159"></a>{159}</span> no revelaba más que la cordialidad propia de una luna de miel -ya próxima á su cuarto menguante. Pacheco había perdido por completo su -labia meridional, y manifestaba un abatimiento que, al quedar mediada la -botella de <i>Tío Pepe</i>, se convirtió en la tristeza humorística tan -frecuente en él.</p> - -<p>—¿Te aburres?—preguntaba la dama á cada vuelta del mozo.</p> - -<p>—Ajogo las peniyas, gitana,—respondía el meridional apurando otro vaso -de jerez, más auténtico que la famosa manzanilla del Santo.</p> - -<p>Acababa el mozo de dejar sobre la mesa las perdices en escabeche, cuando -en el marco de la puerta asomó una carita infantil, colorada, regordeta, -boquiabierta, guarnecida de un matorral de rizos negrísimos. ¡Qué monada -de chiquilla! Y estaba allí hecha un pasmarote, si entro si no entro. -Asís la hizo seña con la mano; el pájaro se coló en el nido sin esperar -á que se lo dijesen dos veces. Y las preguntas y los halagos de -cajón:—Eres muy guapa... ¿Cómo te llamas? ¿Vas á la escuela?... Toma -pasas... Cómete esta aceitunita por mí... Prueba el jerez... ¡Huy qué -gesto más salado le pone al vino!... Arriba con él... ¡Borrachilla! -¿Dónde está tu mamá? ¿En qué trabaja tu padre?</p> - -<p>De respuesta, ni sombra. El pajarito abría dos ojos como dos espuertas, -bajaba la cabeza adelantando la frente como hacen los niños cuando -tienen cortedad y al par se encuentran mimados, picaba golosinas y daba -con el talón del pié izquierdo en el empeine del derecho. A<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160"></a>{160}</span> los tres -minutos de haberse colado el primer gorrión migajero en el palomar, -apareció otro. El primero representaba cinco años; el segundo, más -formal pero no menos asustadizo, tendría ya ocho lo menos.</p> - -<p>—¡Hola! Ahí viene la hermanita...—dijo Asís.—Y se parecen como dos -gotas... La pequeña es más saladilla... pero vaya con los ojos de la -mayor... Señorita, pase V. Esta nos enterará de cómo se llama su padre, -porque á la chiquita le comieron la lengua los ratones.</p> - -<p>Permanecía la mayor incrustada en la puerta, seria y recelosa, como -aquel que antes de lanzarse á alguna empresa erizada de dificultades, -vacila y teme. Sus ojazos, que eran realmente árabes por el tamaño, el -fuego y la precoz gravedad, iban de Asís á Diego y á su hermanita: la -chiquilla meditaba, se recogía, buscaba una fórmula, y no daba con ella, -porque había en su corazón cierta salvaje repugnancia á pedir favores, y -en su carácter una indómita fiereza muy en armonía con sus pupilas -africanas. Y como se prolongase la vacilación, acudióle un refuerzo, en -figura de la señá Donata, que con la solicitud y el enojo peor fingidos -del mundo, se entró muy resuelta en el gabinete refunfuñando:</p> - -<p>—¡Eh! niñas, corderas, largo, que estáis dando la gran jaqueca á estos -señores... A ver si vus salís afuera, ú sino...</p> - -<p>—No molestan...—declaró Asís.—Son más formalcitas... A esa no hay -quien la haga pasar, y la chiquitilla ni abre la boca.<span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161"></a>{161}</span></p> - -<p>—Pa comer ya la abren las tunantas...</p> - -<p>Pacheco se levantó cortésmente y ofreció silla á la vieja. El gaditano, -que entre gente de su misma esfera social pecaba de reservado y aun de -altanero, se volvía sumamente campechano al acercarse al pueblo.</p> - -<p>—Tome V. asiento... Se va V. á bebé una copita de jerés á la salú de -toos.</p> - -<p>¡Oídos que tal oyeron! ¡Señá Donata, fuera temor, al ataque, ya que te -presentan la brecha franca y expedito el rumbo! Y tan expedito, que -Pacheco, desde que la vieja sentó allí el pié, pareció sacudir sus -penosas cavilaciones y recobrar su cháchara, diciendo los mayores -desatinos del mundo. Como que se puso muy formal á solicitar á la -honrada matrona, proponiéndola un paseíto á solas por los tejares. Oía -la muy lagarta de la vieja, y celebraba con carcajadas pueriles, -luciendo una dentadura sana y sin mella; pero al replicar, iba encajando -mañosamente aquella misión diplomática que bullía en su mente fecunda -desde media hora antes. Tratábase de que ella, ¿se hacen ustés cargo? -trabajaba en la Frábica de Madrí... y tenía cuatro nietecicas, de una -hija que se murió de la tifusidea, y el padre de gomitar sangre, así, á -golpás..., en dos meses se lo llevó la tierra, ¡señores! que si se -cuenta, mentira parece. Las dos nietecicas mayores, colocaas ya en los -talleres; pero si la suerte la deparase una presona de suposición pa -meter un empeño..., porque en este pícaro mundo, ya es sabío, too va por -las amistaes y las enfluencias de unos y<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162"></a>{162}</span> otros...—Llegada á este -punto, la voz de la señá Donata adquiría inflexiones patéticas.—«¡Ay -Virgen de la Paloma! No premita el Señor que ustés sepan lo que es comer -y vestir y calzar cinco enfelices mujeres con tristes ocho ú nueve -riales ganaos á trompicones... Si la señorita, que tenía cara de ser tan -complaciente y tan cabal, conociese por casualidad al Menistro... ó al -Menistraor de la Frábica..., ó al Contaor..., ó algún presonaje de estos -que too lo regüerven..., pa que la chiquilla mayor, Lolilla, entrase de -aprendiza también... ¡Sería una caridá de las grandes, de las mayores! -Dos letricas, un cacho de papel...»</p> - -<p>Pacheco respondía á la arenga con mucha guasa, sacando la cartera, -apuntando las señas de al pitillera detenidamente, y asegurándola que -hablaría al Presidente del Consejo, á la infanta Isabel (íntima amiga -suya), al Obispo, al Nuncio... Enredados se hallaban en esta broma, -cuando tras la abuela pedigüeña y las nietecillas mudas, se metieron en -el gabinete las dos chicas mayores.</p> - -<p>—Miren mis otras huerfanicas enfelices,—indicó la señá Donata.</p> - -<p>Imposible imaginarse cosa más distinta de la clásica orfandad enlutada y -extenuada que representan pintores y dibujantes al cultivar el -sentimentalismo artístico. Dos mozallonas frescas, sudorosas porque -acababan de bailar, echando alegría y salud á chorros, y saliéndoles la -juventud en rosas á los carrillos y á los labios; para más, alborotadas -y retozonas dándose<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163"></a>{163}</span> codazos y pellizcándose para hacerse reir -mutuamente. Viendo á semejantes ninfas, Pacheco abandonó á la señá -Donata, y con el mayor rendimiento se consagró á ellas, encandilado y -camelador como hijo legitimo de Andalucía. Todas las penas <i>ajogadas</i> -por el <i>Tío Pepe</i> se fueron á paseo, y el gaditano, entornando los ojos, -derramando sales por la boca y ceceando como nunca, aseguró á aquellas -principesas del Virginia que desde el punto y hora en que habían -entrado, no tenía él sosiego ni más gusto que comérselas con los ojos.</p> - -<p>—¿Vienen ustés de bailar?—les preguntó risueño.</p> - -<p>—Pus ya se ve,—contestaron ellas con chulesco desgarro.</p> - -<p>—¿Sin hombres? ¿Sin pareja?</p> - -<p>—Ni mardita la falta.</p> - -<p>—Pan con pan... Eso es más soso que una calabasa, prendas. Si me -hubiesen ustés llamao...</p> - -<p>—¿Que iba usté á venir? Somos poca cosa pa usté.</p> - -<p>—¿Poca cosa? Son ustés... dos peasitos del tersiopelo de que está -forraa la bóveda seleste. ¡Ea! ¿echamos ó no ese baile? Ahora me empeñé -yo... ¡A bailar!</p> - -<p>Salió como una exhalación; dió la vuelta al pasillo aéreo; cruzó el -puente que á los dos merenderos unía, y en breve, al compás del horrible -piano mecánico, Pacheco bailaba ágilmente con las cigarreras.<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164"></a>{164}</span></p> - -<h3><a name="XX-in" id="XX-in"></a>XX</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">E</span><small>NTRE</small> las condiciones de carácter de la marquesa viuda de Andrade, y de -los gallegos en general, se cuenta cierto don de encerrar bajo llave -toda impresión fuerte. Esto se llama <i>guardarse</i> las cosas, y si tiene -la ventaja de evitar choques, tiene la desventaja de que esas -impresiones archivadas y ocultas se pudren dentro. Cuando el andaluz -regresó después de haber pegado cuatro saltos, enjugándose la frente con -su pañuelo y abanicándose con el hongo, halló á la señora aparentemente -tranquila y afable, ocupada en obsequiar con queso, bizcochos y pasas á -las dos gorrioncillas, y muy atenta á la charla de la vejezuela, que -refería por tercera vez las <i>golpás</i> de sangre causa de la defunción de -su yerno. Pero el camarero, que era más fino que el oro y más largo que -la cuaresma, se dió cuenta con rápida intuición de que <i>aquello</i> no iba -por el camino natural de almuerzos semejantes, y adoptando el aire -imponente de un bedel que despeja una cátedra, intimó á toda la bandada -la orden de expulsión.</p> - -<p>—¡Ea! bastante han molestado Vds. á los señores. Me parece regular que -se larguen.</p> - -<p>—Oigasté... ¡El tío este! Si yo he entrao aquí, fué porque los señores -me lo premitieron, ¿estamos?<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165"></a>{165}</span> Yo soy así, muy franca de mi natural..., y -me arrimo aonde veo naturalidá, y señoritos llanos y buenos mozos, sin -despreciar á nadie.</p> - -<p>—¡Ole las mujeres principales!—contestó con la mayor formalidad -Pacheco, pagando el requiebro de la señá Donata. La cual no soltó el -sitio hasta que Don Diego y la señora prometieron unánimes acordarse de -su empeño y procurar que Lolilla entrase en los talleres. Las gorrionas -se dejaron besar y se llevaron las manos atestadas de postres, pero ni -con tenazas se les pudo sacar palabra alguna. No piaron hasta que fueron -á posarse en el salón de baile.</p> - -<p>El camarero también salió anunciando que «dentro de un ratito» traería -café y licores. Al marcharse encajó bien la puerta, é inmediatamente los -ojos de Pacheco buscaron los de su amiga. La vió de pié, mirando á las -paredes. ¿Qué quería la niña? ¿Eh?</p> - -<p>—Un espejo.</p> - -<p>—¿Pa qué? Aquí no hay. Los que vienen aquí no se miran á si mismos. -¿Espejo? Mírate en mí. ¿Pero cómo? ¿Vas á ponerte el sombrero, -chiquilla? ¿Qué te pasa?</p> - -<p>—Es por ganar tiempo... Al fin, en tomando el café hemos de irnos...</p> - -<p>El meridional se acercó á Asís, y la contempló cara á cara, largo -rato... La señora esquivaba el examen, poniendo, por decirlo así, -sordina á sus ojos y un velo impalpable de serenidad á sus facciones. La -tomó Pacheco la cintura, y sentándose en el sofá la atrajo<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166"></a>{166}</span> hacia sí. -Hablaba y reía y la acariciaba tiernamente.</p> - -<p>—¡Ay, ay, ay!... ¿Esas tenemos? Mi niña está celosa. ¡Celosita, -celosita! ¡Celosita de mí la reina del mundo!</p> - -<p>Asís se enderezó en el sofá, rechazando á Pacheco.</p> - -<p>—Tienes la necedad de que todo lo conviertes en substancia. La vanidad -te parte, hijo mío. Yo no estoy celosa, y si me apuras, te diré...</p> - -<p>—¿Qué? ¿Que me dirás?—prorrumpió Pacheco algo inmutado y descolorido.</p> - -<p>—Que... es algo imposible eso de estar celoso, cuando...</p> - -<p>—¡Ah!—interrumpió el meridional, más que pálido, lívido, con voz que -salía á <i>golpás</i>, según diría la señá Donata.—No necesitas ponerlo más -claro... Enterado, mujer, enterado: si yo adivino antes que hables. Pa -miserables tres horas ó cuatro que nos faltan de estar juntos, y -probablemente serán las últimas que nos hemos de ver en este mundo -perro, ya pudiste callarte y procurar engañarme como hasta aquí... Poco -favor te haces, si viniste aquí no queriéndome algo. Tú te habrás creído -que yo me tragaba... ¡Y me llamas necio! Yo seré un vago, un hombre que -no sirve para ná, un tronera, un perdido, lo que gustes; ¡pero necio! -Necio yo... ¡y en cuestiones de faldas! ¡Mire V. que es grande! Pero, -¿qué importa? Llámame lo que quieras... y óyeme sólo esto, que te voy á -decir una verdá que ni tú la sabes, niña. No me has querío hasta hoy, -corriente... Hoy, mas<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167"></a>{167}</span> que digas por tema lo que te dé la gana, me -quieres, me requieres, estás enamoraa de mí... Poquito á poco te ha ido -entrando... y así que yo te falte, se te va á acabar el mundo. Esta es -la fija... Ya lo verás, ya lo verás. Y por amor propio y por soberbia -sales con la pata e gallo... ¡Te desdeñas de tener celos de mí! Bien -hecho... Así como así no hay de qué. Boba serías si tuvieses celos. -Algún ratito ha de pasar antes de que yo me pierda por otras mujeres... -¡Maldita sea hasta la hora en que te vi!... Dispensa, ¡dispensa! No -quiero ofenderte, ¿sabes? ahora ni nunca. No sé lo que me digo... Pero -digo verdad.</p> - -<p>Soltaba esta andanada paseando por el pequeño recinto, como las fieras -en sus jaulas de hierro; unas veces sepultaba las manos en los bolsillos -del pantalón, y otras las desenfundaba para accionar con violencia. Su -rostro, descompuesto por la cólera, perdiendo su expresión indolente, -mejoraba infinito: se acentuaban sus enjutas facciones, temblaba el -bigote dorado, resplandecían los blancos dientes, y los azules ojos se -obscurecían como el agua del Mediterráneo cuando amaga tempestad. El -piso retemblaba bajo sus pasos; diríase que el aéreo nido iba á saltar -hecho trizas. Aquella tormenta de verano, aquella cólera meridional, no -cabía en el cuartuco.</p> - -<p>Al encajar la puerta el mozo, los amantes se habían olvidado de que el -nido tenía otro boquete, la ventana, abierta por Asís y dejada en la -misma situación durante todo el almuerzo. Y<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168"></a>{168}</span> la ventana justamente -miraba al salón de baile, ocupado por parte de la bandada de gorrionas, -entretenidísimas á la sazón en atisbar la riña amorosa, mientras abajo -Lolilla se consagraba al carnero y al arroz.</p> - -<p>—Anda..., ella está de morros con él... Está amoscá.</p> - -<p>—Porque bailó con nusotras... Me lo malicié, hijas.</p> - -<p>—¡Jesús! Pus no se ha resquemao poco... ¡Qué gesto!</p> - -<p>—¡Ay! ¡Miales! El la está haciendo cucamonas pa que se le pase... -¡Ole!... Hombre, no nos ponga usté el gorro... Siquiera pa repichonear -podían tener la ventana cerrá.</p> - -<p>—¿Quién os manda mirar?</p> - -<p>—Pa eso tiene una los ojos... ¡Calle!... Pues ella, en sus trece... Que -nones... Las orejas le calienta ahora.</p> - -<p>—¡Virgen! ¿Qué cosas le habrá icho, pa que él se enfade así? Mueve los -brazos que paecen aspas de molino... ¿A que le pega?</p> - -<p>—¿Que la e pegar, mujer, que la e pegar? Eso á las probres. A estas -pindongas de señoronas, los hombres les rinden el pabellón. Y eso que -cualisquiera de nosotros les pue vender honradez y dicencia. Digo, me -paece...</p> - -<p>—No, pus enfadao ya está.</p> - -<p>—¿Va que acaba pidiendo perdón como los chiquillos? ¿No lo ije? -Miale... más manso que un cordero... Ella na, espetá, secatona... vuelta -á la manía de ponerse el abrigo... Se quie largar... ¡Madre e Dios, lo -que saben estas tunantas!<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169"></a>{169}</span> Me lo maneja como á un fantoche... ¡Qué -compungió que está!... ¿A que se pone de rodillas, pa que le echen la -solución? ¡Ay, qué mujer, paece la leona del Retiro! Empeñá en que me -voy... Y se sale con la suya... Mia... ¡Se largan!</p> - -<p>La turba se precipitó por la escalera del merendero. Verdad: Asís se -largaba, se largaba. Salía tranquilamente, sin prisa ni enojo; hasta -sonrió á Lolilla, que armada del soplador de mimbres avivaba el fuego. -Con voz serena explicó al mozo, atónito de semejante deserción, que se -les hacía tarde, que no podían aguardar ni un minuto más; que avisase al -cochero, el cual probablemente estaría con el simón por allí, en alguna -sombra. Mientras Pacheco, demudado, con pulso trémulo, buscaba en el -portamonedas un billete, Asís trazaba en el piso rayas con la sombrilla, -hasta dibujar una celosía complicada y menuda. Al terminarla extendió la -mano; cogió una ramita florida de la acacia que sombreaba el merendero y -se la sujetó en el pecho con el imperdible. Acercóse obsequiosa la señá -Donata, ofreciendo á sus huérfanas, sus nietecicas, «pa juntar un ramo -de cacias y de mapolas, si á la señorita le gustan...» Dió Asís las -gracias rehusando, porque se marchaba acto continuo, y acercándose -disimuladamente á la vieja le deslizó algo en la mano, recia y curtida -cual la piel del arenque. Acercóse el simón; sin duda el cochero se -había atizado un par de tragos, porque su nariz echaba lumbre, -reluciendo al sol como la película roja<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170"></a>{170}</span> que viste á los pimientos -riojanos. La señora tomó por la escalerilla que bajaba desde el puente; -Pacheco la siguió...</p> - -<p>—En el coche harán las paces—piaron las gorrionas mayores.—¿A que sí?</p> - -<p>—La fija. En entrando...</p> - -<p>Grande fué el asombro de aquellas aves, más parleras que canoras, viendo -que, tras un corto debate al pié de la portezuela, la señora tendió la -mano á Pacheco, éste llevó la suya al sombrero saludando, y el simón -arrancó á paso de tortuga, bamboleándose sobre la polvorosa carretera.</p> - -<p>—Pus ella vence... Me lo deja plantadito.</p> - -<p>—¿A que él se nos vuelve aquí?—indicó la gorriona primogénita, -alisando con la palma las grandes peteneras de su peinado, untadas de -bandolina.</p> - -<p>No volvió el muy... Ni siquiera torció la cabeza para hacerlas un saludo -ó enviarlas una sonrisa de despedida. ¡Fantasioso! Estuvo pendiente del -simón mientras éste no traspuso los hornos de ladrillo; luego, -cabizbajo, echó á andar á pié.</p> - -<h3><a name="XXI-in" id="XXI-in"></a>XXI</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">L</span><small>A</small> buena fe, que debe servir de norma á los historiadores, así de hechos -memorables como de sucesos ínfimos, obliga á declarar que<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171"></a>{171}</span> la marquesa -viuda de Andrade se dedicó asiduamente—desde las dos de la tarde, hora -en que llegó á su casa, hasta cerca de las nueve de la noche—á la faena -del arreglo definitivo de su equipaje, resolviendo la marcha para el -siguiente día, sin prórroga. El trajín fué gordo, y aumentó sus fatigas -el desasosiego moral de la señora. Anduvo hecha un zarandillo; removió -hasta el último trasto de la casa; mareó á la Diabla; aturrulló á los -demás criados; y al agitarse así la impulsaban sus nervios, tirantes -como cuerdas de guitarra, al par que sentía una especie de punzada -continua en el corazón, un calor extraño en el epigastrio, un saborete -amargo en la boca. Después de haber comido—por fórmula y sin -ganas—pidióle Angela licencia, ya que era el último día, para decir -adiós á su hermana. La negó en un arranque de cólera; la otorgó dos -minutos después. Y así que la chica batió la puerta, la señora, rendida -de cuerpo, más encapotada que nunca de espíritu, se retiró á su -dormitorio... Tenía que poner el S. D. á un sinnúmero de tarjetas; pero -¡estaba tan molida! ¡de humor tan perro! Además, la punzadita aquella -del corazón se iba convirtiendo en dolor fijo, intolerable... ¿Se -aplacaría un poco recostándose en la cama? A ver...</p> - -<p>Cerró los ojos, mascando unas hieles que tenía entre la lengua y el -paladar. ¿A qué venían las hieles dichosas? Ella había obrado bien, -mostrándose digna y entera. En realidad, ningún desenlace mejor para la -historia. De un modo ó de otro ello iba á acabarse; era inevitable,<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172"></a>{172}</span> -inminente; mejor que se acabase así... Porque si aquella última -entrevista fuese muy tierna, qué tristeza y qué... Nada; mejor así, -mejor cien veces. Ella había tenido razón sobrada: una cosa son los -celos, otra el amor propio y el decoro de que nunca está bien -prescindir. Y á quién se le ocurre, allí, en su propia cara, ponerse á -bailar con... Veía el salón de baile aéreo, el brincoteo de las -gorrionas, los incidentes del almuerzo... y las hieles se volvían más -amarguitas aún. Cierto que ella fué quien abrió puertas y ventanas; de -todos modos, el proceder de Pacheco... Sí... buen tipo estaba Pacheco. -En viendo una escoba con faldas... ¡Ay infeliz de la mujer que se fiase -de sus exageraciones y sus locuras! ¡Requebrar á las cigarreras así, -delante de...! ¡Y qué fatuo! ¡Pues no había querido convencerla de que -estaba enamorada de él! ¿Enamorada? No, no señor, gracias á Dios... -Conservaría, sí, un recuerdo... un recuerdo de esos que... Allí tenía, -en el medallón de oro, junto al pelo de Maruja, una florecita de la -acacia blanca... ¡Qué tontera! Lo probable es que á Pacheco no volviese -á verle nunca más... Y esta punzada del corazón, ¿qué será? Será -enfermedad, ó... Parece que lo aprieta un aro de hierro... ¡Jesús, qué -cavilaciones más insensatas!</p> - -<p>Bregando con la imaginación y la memoria, se quedó traspuesta. No era -dormir profundo, sino una especie de somnambulismo, en que las -percepciones de la vida exterior se amalgamaban con el delirio de la -fantasía. No era la pesadilla<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173"></a>{173}</span> que causa la ocupación de estómago, en -que tan pronto caemos de altísima torre como volamos por dilatadas zonas -celestes, ni menos el ensueño provocado por la acción del calor del -lecho sobre los lóbulos cerebrales, donde, sin permiso de la honrada -voluntad, se representan imágenes repulsivas... Lo que veía Asís, -adormecida ó mal despierta, puede explicarse en la forma siguiente, -aunque en realidad fuese harto más vago y borroso.</p> - -<p>Encontrábase ya en el vagón, con la Diabla enfrente, la maletita y el -lío de mantas en la rejilla, el velo de gasa inglesa bien ceñido sobre -la toca de paja, calzados los guantes de camino, abrochado hasta el -cuello el guardapolvo. El tren adelantaba, unas veces bufando y pitando, -otras con perezoso cuneo, al través de las eternas estepas amarillas, -caldeadas por un sol del trópico. ¡Oh Castilla la fea, la árida, la -polvorosa, la de monótonos aspectos, la de escuetas lontananzas! ¡Oh -sombría mole, región desconsolada del Escorial, qué felicidad perderte -de vista! ¡Oh calor, calor del infierno, cuando acabarás! Asís sentía -que el sol, al través de las cortinas corridas que teñían con viso azul -el departamento, se le empapaba en los sesos como el agua en una -esponja, y que en sus venas la sangre se volvía alquitrán, y la punta de -cada filete nervioso una aguja candente, y que los ojos se le salían de -las órbitas, igual que á los gatos cuando los escaldan... El polvillo de -carbón, unido al de los páramos castellanos, entraba en remolinos ó en -ráfagas violentas,<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174"></a>{174}</span> cegando, desvaneciendo, asfixiando. No valía manejar -desesperadamente el abanico: como toda la atmósfera era polvo, polvo -levantaba al agitar el aire, y polvo absorbían los sedientos -pulmones.—¡Agua! ¡Agua! ¡Agua por Dios! Angela, va una botella llena -ahí en el cesto...—Revolvía la Diabla el fondo de la canastilla..., -nada: sin duda el agua se había olvidado. ¡Ah! una botella... El vaso -plano... Asís bebía. ¡No es agua, no es agua! Es manzanilla, jerez, -brasa líquida, esas ponzoñas que roban el juicio á las gentes... Venga -un río, un río de mi tierra, para agotarlo de un sorbo... Mientras la -señora gemía, el inmenso foco del sol ardía más implacable, como si -estuviesen echándole carbón, convertidos en fogoneros, los arcángeles y -los serafines. Y así atravesaban la pedregosa tierra de Avila, con sus -escuadrones de enormes cantos, y las llanuras de Palencia, y los severos -desiertos de León, y la vieja comarca de la Maragatería. ¡Que me -abraso!... ¡Que me abraso!... ¡Que me muero!... ¡Socorro!...</p> - -<p>¡Aah! ¿Qué ocurre? Salimos del país llano... ¡Montes queridos! Cada -túnel es una inmersión en la noche, un baño en un pozo; al volver á la -claridad, montañas y más montañas, revestidas de frondosos castañares, y -por cuyas laderas... ¡oh deleite! se despeñan saltando manantiales, -cascaditas, riachuelos, mientras allá abajo, caudaloso y profundo, corre -el Sil... Las mismas rocas sudan humedad; de la bóveda de los túneles -rezuman gotas gordas; el suelo se<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175"></a>{175}</span> encharca. Al principio, Asís revive -como el pez restituido á su elemento: su corazón se dilata, calmase el -hervor de su sangre, se aplaca la horrible sed. Pero los riachuelos van -engrosando; los túneles menudean, lóbregos, pantanosos; al término se -divisa un cielo color de panza de burro, muy bajo, en el cual se -acumulan nubes preñadas de agua, que al fin, abriendo su seno, dejan -caer, primero en delgados hilos, luego en cerrada cortina, la lluvia, la -eterna lluvia del Noroeste, plomo derretido y glacial, que solloza -escurriendo por los vidrios. Y aquella lluvia, Asís la siente sobre el -corazón, que se lo infiltra, que se lo reblandece, que se lo ensopa, -hasta no poder admitir más líquido, hasta que, anegado de tristeza, el -corazón empieza también á chorrear agua, primero gota á gota, luego á -borbotones, con fúnebre ruido de botella que se vacía...</p> - -<p class="cb">. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .</p> - -<p>Pan, pan. Dos golpes en la puerta de la alcoba...—¡Jesús!... ¿Quién? -¿Pero dormía ó soñaba ó qué es esto?—Y la señora palpaba la -almohada.—Húmeda, sí... Los ojos... También los ojos... ¡Lágrimas! -¿Quién está?... ¿Quién?</p> - -<p>—Yo, amiga Asís... Gabriel Pardo... ¿He venido á molestar? Por Dios, -siga V. con sus preparativos... Me he encontrado á la chica; me dijo que -mañana sin falta salía V. para nuestra tierra... Cuánto sentiré -incomodarla... Me retiro, me retiro.</p> - -<p>—Por Dios... De ningún modo... Tome V.<span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176"></a>{176}</span> asiento... Salgo en seguida... -Estaba lavándome las manos.</p> - -<p>Y en efecto, se oía ruido de chapuzón, de lavaroteo. Pero nos consta que -lo que lavaba la señora eran los párpados. Luego se dió polvos, se -compuso el pelo, se arregló los encajes de la gola. Apareció muy -presentable. Pardo había tomado un periódico, creo que <i>La Epoca</i>, y -leía distraído, sin entender: «La dispersión veraniega ha comenzado. -Parten hoy para Biarritz en el expreso, el duque de Albares, las lindas -señoritas de Amézaga...»</p> - -<p>Apenas habrían tenido tiempo los dos paisanos para trocar unas cuantas -frases de excusa, cuando se oyó sonar la campanilla y en el corredor -retumbaron pasos fuertes, varoniles. De sofocada, la señora se volvió -pálida: una sonrisa involuntaria y una luz vivísima cruzaron por sus -labios y sus ojos. Pacheco entró, y al verle el comandante Pardo, -reprimió el impulso de pegarse un cachete en el hueso frontal.</p> - -<p>—¡Ya pareció aquello! ¡Se despejó la incógnita! ¡Y decir que no hará -dos semanas que se conocieron en casa de Sahagún! ¡Mujeres!!!</p> - -<p>El gaditano,—lo mismo que si se propusiese evidenciar lo que Pardo -adivinaba,—apenas se hubo sentado, sacó del bolsillo un tarjetero de -piel inglesa, con monograma de plata, y se lo entregó á Asís, murmurando -cortésmente:</p> - -<p>—Marquesa... las señas que V. me pidió que le trajese. Las señas de la -pitillera... ¿no recuerda V.? Puede V. copiarlas, ó quedarse con<span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177"></a>{177}</span> el -tarjetero, si gusta... Viéndolo, se acuerda V. más del empeñillo.</p> - -<p>¡Ay! Asís trasudaba. Era para volarse. ¡Vaya un pretexto que daba á su -visita nocturna el bueno del gaditano! Si lo quería más claro Don -Gabriel...</p> - -<p>Miró al comandante, que se hacía el sueco, tratando de no ver el -tarjetero dichoso. No hay posición más desairada que la de tercero en -concordia, y Don Gabriel, notando la ojeada expresiva que trocaron -Pacheco y Asís, creía estar sentado sobre brasas, tanto le apretaban las -ganas de quitarse de en medio. Pero convenía hacerlo con habilidad y -educación. Un cuarto de hora tardó en preparar la retirada honrosa, -echándole el muerto al Círculo Militar, donde aquella noche había una -conferencia muy notable. Los círculos, ateneos y clubs, serán siempre -instituciones benéficas, por lo que se prestan á encubrir toda -escapatoria masculina,—así la del que va en busca de la propia -felicidad, como la del que evita el espectáculo de la -ajena,—verbigracia Pardo.</p> - -<p>Retrasó el paso al llegar á la esquina de la calle y se puso á -reflexionar acerca del impensado descubrimiento. Raro es que el amigo de -una dama, en caso semejante, no desapruebe la elección.—¡Cómo escogen -las mujeres! En dándoles el puntapié el demonio... Indulgencia, Gabriel; -no hay mujeres, hay humanidad, y la humanidad es <i>así</i>... Esta desazón, -además, se parece un poquito á la envidia y al des... No, hijo, eso sí -que no: despechado no estás: lo que<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178"></a>{178}</span> pasa es que ves claro, mientras tu -pobre amiga se ha quedado ciega... ¡Cómo se transformó su fisonomía al -entrar el individuo! La verdad: no la creí capaz de echarse un amante... -y menos ese. O mucho me equivoco ó le ha caído que hacer á la infeliz. -Ese andaluz es uno de los tipos que mejor patentizan la decadencia de la -raza española. ¡Qué provincias las del Mediodía, señor Dios de los -ejércitos! ¡Qué hombre el tal Pachequito! Perezoso, ignorante, sensual, -sin energía ni vigor, juguete de las pasiones, incapaz de trabajar y de -servir á su patria, mujeriego, pendenciero, escéptico á fuerza de -indolencia y egoismo, inútil para fundar una familia, célula ociosa en -el organismo social... ¡Hay tantos así! Y sin embargo, á veces medran, -con una apariencia de talento y la viveza propia del meridional; no -tienen fondo, no tienen seriedad, no tienen palabra, no tienen fe, son -malos padres, esposos traidores, ciudadanos zánganos, y los ve V. -encumbrarse y hacer carrera... Así anda ello. Y á las mujeres... qué -diablo, estos hombres les caen en gracia... ¡Eh! dejémonos de clichés... -Asís, que es de otra raza muy distinta, necesita formalidad y -constancia; la compadezco... Bueno es que no se casará; no, casarse no -lo creo posible. De esa madera no se hacen maridos. Como aventura, -tendrá sus encantos... ¡Qué casualidad! Y dirán que no hay -coincidencias... ¡Tarjetero, tarjetero!...</p> - -<p>Así meditaba el comandante. ¿Era injusto ó sagaz? ¿Obedecía á su -costumbre de analizarlo todo, ó á una puntita de berrinche? Se<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179"></a>{179}</span> caló los -lentes y se retorció la barba, ¿A dónde iría?</p> - -<p>—Al Círculo Militar, ya que me sirvió de pretexto para escurrir el -bulto. ¡Poco gusto que les habrá dado cuando yo tomé la puerta!...</p> - -<p>Tras esta ingrata reflexión apretó á andar. La obscuridad de la noche le -exaltaba, y ese enlazado grupo, que ve con la fantasía todo el que sale -huyendo de hacer mala obra á dos enamorados, se empeñaba en flotar, -vaporoso é irónico, ante Don Gabriel. Fortuna que este género de -visiones no suele resistir á los efectos anodinos de una conferencia -sobre «Ventajas é inconvenientes del escalafón en los cuerpos -facultativos.»</p> - -<h3><a name="XXII-in" id="XXII-in"></a>XXII<br /><br /> -<small>EPÍLOGO</small></h3> - -<p class="nind"><span class="letra">N</span><small>O</small> entremos en el saloncito de Asís mientras dure el tiroteo de -explicaciones (¡cosa más empalagosa!) sino cuando la pareja liba la -primera miel de las paces (empalagosísima también, pero paciencia). Ni -Pacheco pregunta ya nada acerca de Don Gabriel Pardo y su amistad, ni -Asís se acuerda del baile en el merendero. El gaditano habla al oído de -la señora.</p> - -<p>—¿Pero tú te creíste que yo no sabía que mañana te vas? A Diego Pacheco -no se la ha pegado ninguna hembra... ¡Niña boba! Esta mañana<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180"></a>{180}</span> ya habías -dispuesto la marcha, claro que sí, y si te viniste á almorsá conmigo, -fué que te dí un poquillo de lástima... Decías tú allá en tus adentros: -sólo faltan horas; vamos á complacer á éste, que tiempo habrá de que -estalle la bomba y dejarlo plantao... ¡Y ahora también piensas en cosas -así, muy tristes; en que ya no nos vemos, en que se acaba el cariñito y -las fatigas y el verme y el hablarme!... ¡Ay, chiquilla! Me quieres tú -mucho más de lo que te figuras. No te has tomado el trabajo de echar la -sonda ahí en ese pechito... ¡Tonta! ¡Cómo te acordarás de estos ratos, -allá en tu país, entre aquella gente sosaina! Aquí se queda un hombre -que te quería también un poquitillo... ¡Pobrecita, la nena!</p> - -<p>No estaban los amantes abrazados, ni siquiera muy juntos, pues Pacheco -ocupaba el sillón, y el diván Asís. Sólo sus manos, encendidas por la -misma fiebre, se buscaban, y habiéndose encontrado, se entrelazaban y -fundían. Callaron entonces y fué el instante más hermoso. Por el mudo -diálogo de los ojos y por el contacto eléctrico de las palmas, se -enviaban el espíritu en arrobo inefable. Con la nueva y victoriosa -dulzura de semejante comunicación, Asís sentía que se mezclaba un -asombro muy grande. Miraba á Pacheco y creía no haberle visto nunca: -descubría en su apostura, en su cara, en sus ojos, algo sublime, que -realmente no existía, pero era positivo entonces para la señora, pues -así sucede en toda revelación, para que resplandezca su orígen<span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181"></a>{181}</span> superior -á la materia inerte y al ciego acaso... y á Asís se le revelaba entonces -el amor. Poco á poco, sin conciencia de sus actos, acercaba la mano de -Diego á su pecho, ansiosa de apretarla contra el corazón y de calmar así -el ahogo suave que le oprimía... Sus pupilas se humedecieron, su -respiración se apresuró, y corrió por sus vértebras misterioso -escalofrío, corriente de aire agitado por las alas del Ideal.</p> - -<p>—No estés tan tristón—tartamudeó con blandura mimosa.</p> - -<p>—Sí que estoy triste, prenda. Y es por ti. Estoy de remate. Estoy hasta -enfermo. No sé por dónde ando. Parece que me han dao cañaso. Es un mal -que se me entra por el alma arriba. Si sigo así, guardaré cama. Después -que te vayas la guardaré... Es cosa rara, chiquilla. ¡Válgame Dios, á lo -que llega un hombre!</p> - -<p>—Te pones tan lejos... Aquí, cerquita—murmuró la señora con el tono -con que se habla á los niños.</p> - -<p>—No..., déjame aquí... Estoy bien. Mira tú que cosas más raras hace la -guilladura cuando entra de verdad. Ni ganas tengo de acercarme; la -manita me basta...</p> - -<p>—¿No te gusto?</p> - -<p>—No como me gustarían otras. ¡Ah! Ya sabes si tengo ilusión por ti... Y -así y todo..., ahora prefiero callar y no acercarme, gloria... ¡Ay!... -¿Pero qué es eso? ¿Llora mi niña?</p> - -<p>Puede que llorase, en efecto. No debía de ser el reflejo de la lámpara -lo que tanto relucía en su mejilla izquierda... Pacheco exhaló un -suspiro<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182"></a>{182}</span> y se puso en pié, desenclavijando su mano de la de Asís.</p> - -<p>—Me voy—pronunció con voz alteradísima ronca, resuelta.</p> - -<p>De un brinco se levantó Asís, echándole los brazos al cuello y -sujetándole.</p> - -<p>—No, Diego, que no... ¡Vaya una ocurrencia! ¡Irte ya! ¡Pues si apenas -llegaste! ¿Cómo irte? ¿Tienes que hacer? No, irte no quiero.</p> - -<p>—Niña... El mal camino andarlo pronto. No tengo ánimos para más. Estoy -que con una seda me ahogan. ¿A qué aprovechar unos minutos? Es la -despedida. Yéndome ahora me ahorro alguna pena. Adiós, querida... Cree -que más vale así.</p> - -<p>—No, no, no te vas... Por lo mismo que ya es la última noche... Diego, -por Dios, mi vida... Tú quieres sacarme de quicio. No puede ser.</p> - -<p>Pacheco sujetó los brazos de la señora, y mirándola de hito en hito -exclamó con firmeza:</p> - -<p>—Piénsalo bien. Si me quedo ahora no me voy en toda la noche. -Reflexiona. No digas después que te pongo en berlina. Te conviene -soltarme. Tú decidirás.</p> - -<p>Asís dudó un minuto. Allá dentro percibía, á manera de inundación que -todo lo arrolla, un torrente de pasión desatado. Principios salvadores, -eternos, mal llamados por el comandante <i>clichés</i>; que regís las horas -normales, ¿por qué no resistís mejor el embate de este formidable -torrente? Asís articuló, oyendo su propia voz resonar como la de una -persona extraña:</p> - -<p>—Quédate.<span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183"></a>{183}</span></p> - -<p>El plan era absurdo, y sin embargo los medios de realizarlo se -presentaban entonces asequibles, rodados. La Diabla, fuera de casa, por -casualidad feliz; la cocinera lo mismo; cuestión de engañar á -Imperfecto, que era la quinta esencia de la bobería, y á la portera, que -siempre estaba dormitando á tales horas. Para conseguir el apetecido -resultado, combinóse un atrevido plan de entradas y salidas, de pases y -repases, que hizo reir á los dos delincuentes... Y á las doce de la -noche las puertas de la casa se hallaban cerradas, y dentro de ella el -contraventor de las pragmáticas sociales y de las leyes divinas.</p> - -<p>Si la cosa no hubiese pasado de aquí, creo sinceramente, lector amigo, -que no merecía la pena, no ya de narrarla, sino hasta de mencionarla en -estos libros de memorias y exámenes de conciencia de la humanidad, que -se llaman novelas. Porque aun siendo el caso tan desatinado y enorme; -aun constituyendo una atrevida infracción de todo lo que no debe, ni -puede infringirse, bien cabe suponer que en las fiebres pasionales tiene -algo de necesario y fatídico, cual en las otras fiebres, la calentura. -Pero lo que me parece verdaderamente digno de tomarse en cuenta, como -dato singular y curioso; lo que quizás convendría analizar -sutilmente—si no es preferible dejarlo sugerido á la imaginación del -lector para que lo deduzca y reconstruya á su modo—es la causa, la -génesis y el rápido desarrollo de aquella <i>idea</i> inesperadísima, que -desenlazó precipitada y honrosamente<span class="pagenum"><a name="page_184" id="page_184"></a>{184}</span> la historia empezada por tan -liviano y censurable modo en la romería del Santo...</p> - -<p>¿A cuál de los dos amantes, ó mejor dicho, aunque la distinción parezca -especiosa, de los dos enamorados, se le ocurrió primero la <i>idea</i>? ¿Fué -á él, como único paliativo, heroico, pero infalible, de su extraña -guilladura? ¿Fué á ella, como medio de conciliar el honor con la pasión, -el instinto de rectitud y el respeto al deber que siempre guardara, con -la flaqueza de su voluntad, ya rendida? ¿Fué que esa <i>idea</i>, -profundamente lógica (y en el caso presente tal vez expiatoria), se -presenta á la vuelta del amor, tan fatalmente como sigue á la aurora el -mediodía, al crepúsculo la noche y á la vida la muerte?</p> - -<p>Que cada cual lo arregle á su gusto y rastree y discurra qué caminos -siguieron aquellos espíritus para no reparar en inconvenientes, no -recelar de lo futuro, cerrar los ojos á problemas del porvenir y mandar -á paseo las sabias advertencias de la razón, que tiembla de espanto ante -lo irreparable, lo indisoluble, lo que lleva escrito el letrero -medroso:—Para siempre—y avisa que de malos principios rara vez se -sacan buenos fines.—Y reconstruya también á su modo los diálogos en que -la <i>idea</i> se abrió paso, tímida primero, luego clara, imperiosa y -terminante, después triunfadora, agasajada por el amor que, coronado de -rosas, empuñando á guisa de cetro la más aguda y emponzoñada de sus -flechas, velaba á la puerta del aposento, cerrando el paso á profanos -disectores.</p> - -<p>Por eso, y porque no gusto de hacer mala<span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185"></a>{185}</span> obra, líbreme Dios de entrar -hasta que el sol alumbra con dorada claridad el saloncito, colándose por -la ventana que Asís, despeinada, alegre, más fresca que el amanecer, -abre de par en par, sin recelo ó más bien con orgullo. ¡Ah! Ahora ya se -puede subir. Pacheco está allí también, y los dos se asoman, juntos, -casi enlazados, como si quisiesen quitar todo sabor clandestino á la -entrevista, dar á su amor un baño de claridad solar, y á la vecindad -entera parte de boda... Diríase que los futuros esposos deseaban cantar -un himno á su numen tutelar, el sol, y ofrecerle la primer plegaria -matutina.</p> - -<p>—Está el gran día, chichi...—exclamaba Pacheco.—Vas á tener un -viaje...</p> - -<p>—¿Y para el tuyo? ¿Hará buen tiempo?</p> - -<p>—Lo mismo que ahora. Verás.</p> - -<p>—¿Despacharás en ocho ó diez días la ida á Cádiz?</p> - -<p>—No que no. Y la aprobación del papá y too. Muerto está él porque me -case y siente la cabeza. Le diré que después de la boda me presento -diputao por Vigo con la ayuda del papá suegro. Verás tú. Para despabilar -un asunto me pinto solo... cuando el asunto me importa, ¿sabes?</p> - -<p>—¿Escribirás las veces que prometiste?</p> - -<p>—Boba.</p> - -<p>—Simplón, monigote, feo.</p> - -<p>—Reina de España.</p> - -<p>—En Vigo..., ya sabes... formalidad.</p> - -<p>—Hasta que el cura...—(Pacheco hizo con la<span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186"></a>{186}</span> mano derecha un ademán -litúrgico muy significativo.)—Entretanto... me dedicaré á tu chiquilla. -¿Eh? A los dos días... te la he conquistao. Puede que te deje plantaíta -á ti pa casarme con ella.</p> - -<p>Siguieron algunas bromas y ternezas más, que ni hacen al caso, ni deben -figurar aquí en modo alguno. De repente, Diego tomó la mano derecha de -la señora, preguntando:</p> - -<p>—¿Te acuerdas tú de una buenaventura que te echaron en la feria?</p> - -<p>E imitando el acento y modales de la gitana, añadió:</p> - -<p>—Una cosa diquelo yo en esta manica, que ha e suseder mu pronto y nadie -saspera que susea... Un viaje me vasté á jaser, y no ae ser para má, que -ae ser pa satisfasión e toos... Una presonilla está chalaíta por usté...</p> - -<p>El gaditano, siempre presumido, agregó:</p> - -<p>—Y usté por ella.</p> - -<p class="c">FIN<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187"></a>{187}</span></p> - -<hr /> - -<p class="cb"> -MORRIÑA<br /> -</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188"></a>{188}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189"></a>{189}</span> </p> - -<p class="cb"> -<i>A Carmen Almario y Ossorio<br /> -de Espinosa</i><br /> -<br /> -<br /> -<i>en prenda de antigua amistad</i><br /> -<br /> -<br /> -<i>La Autora.</i><br /> -</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190"></a>{190}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191"></a>{191}</span> </p> - -<h2><a name="MORRINA" id="MORRINA"></a>MORRIÑA</h2> - -<h3><a name="I-morr" id="I-morr"></a>I</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">S</span><small>I</small> el entresuelo que habitan en Madrid doña Aurora Nogueira de Pardiñas -y su hijo único Rogelio no es ni de los menos obscuros ni de los más -espaciosos, tiene en desquite la ventaja inestimable de encontrarse sito -en la calle Ancha de San Bernardo, tan frontero á la Universidad -Central, que, hablando en plata, aquello es vivir en la Universidad -misma. Encajada la señora dentro de su butaca de gutapercha, en el -rincón de la ventana, mientras <i>crece</i> y <i>mengua</i> su labor de calceta -sin mirarla una sola vez, sigue los pasos al adorado chiquillo, y en -cierto modo, salvando la distancia de la calle y calando el espesor de -las paredes, le acompaña hasta el aula misma. Le ve entrar; al salir -observa si se detiene en algún grupo, y con quién charla, y cómo se ríe; -conoce á todos los camaradas, á los amigotes, á los antipáticos,<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192"></a>{192}</span> á los -estudiosos, á los holgazanes, á los asiduos, á los que hacen rabona casi -siempre. También está familiarizada con las caras de los profesores, y -estudia su continente y su modo de responder al saludo de los -discípulos, sacando de los signos exteriores importantes consecuencias -psicológicas, relacionadas con el problema de los exámenes.—«¡Ay! Allí -viene ya el viejiño Contreras, el de Procedimientos. ¡Qué afable!... -¡Qué cara de santo! Anda despacito el pobre... bien se nota que padece -reuma articular, como yo. ¡Malpecado! Me es simpático por eso. No, y -sobre todo, porque sé que es blando y que le ha de dar á Rogelio un -aprobado como una casa. Ahora sale Ruiz del Monte, tan almidonado y tan -engreído. Parece todo él hecho de una pieza. ¡Pobres de nos! Con éste no -valen empeños, ni influencias, ni... Arre que le han de saber los chicos -la asignatura tan bien como él. Pues para eso, que les deje á ellos la -cátedra... y la paga. ¡Ay! Ahí tenemos al señor de Lastra. Jorobadito es -un poco. ¡Qué gracia, las caricaturas que los muchachos le sacan en -clase! Y se pasa de campechano. Ahí está pegándole palmadas en el hombro -á Benito Díaz, el amigacho de Rogelio. Me parece uno de esos señores que -dejan rodar el mundo. Bendito él sea. No sé qué se saca de disgustar á -las familias y crucificar á los pobres rapaces.»</p> - -<p>Suspendiendo el soliloquio, la señora se hincaba en el moño entrecano la -aguja de calceta, rascándose los cascos ligeramente. De pronto la piel -floja y rancia de sus mejillas se teñía de<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193"></a>{193}</span> rosa vivo, como si una brisa -de juventud le orease las facciones.</p> - -<p>—¡Ay! Rogelio.</p> - -<p>Salía el estudiante, envuelto en su capa de embozos de felpa carmesí, -con el hongo un tantico ladeado y la mirada fija, desde el primer -momento, en la ventana aquella. Por lo común sonreía; pero á veces, -poniéndose muy formal, llevaba tres dedos al hongo, y estirando el brazo -con movimiento de marioneta, remedaba el saludo de los gomosos en el -Retiro. Contestaba la madre amenazándole con la mano abierta y -descuajándose de risa, cual si fuese nueva una gracia consuetudinaria -ya. Después, el muchacho platicaba tres ó cuatro minutos con algunos -condiscípulos; de refilón se metía con el fosforero, la billetera, el -naranjero de la esquina y los dependientes de la tienda más próxima, -acabando por echar un requiebro á las criadas que charloteaban á la -puerta; y al fin subía á su domicilio, esperándole en el recibimiento -doña Aurora. Las primeras frases solían ser por este estilo:</p> - -<p>—<i>Mater amabilis</i>... brinda el corporal sustento al fruto de tu -vientre. Traigo un hambre que no la merezco. ¡Aaam! Si no llega pronto -el bisteque, se producirán repugnantes escenas de canibalismo.</p> - -<p>—Sí—decía risueña la señora;—ya vendrá todo á parar en que te comerás -dos aceitunas y una hebra de carne. Anda, pistraco, señorito de la media -almendra.</p> - -<p>La habitación predilecta de la casa no era ni<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194"></a>{194}</span> la sala, siempre -abandonada y desierta, ni el despacho de Rogelio, ni el gabinete de la -señora: era el comedor, muy próximo á la antesalita. Allí estaba el -reloj de pared, que consultaba para las horas de clase Rogelio, perezoso -en dar cuerda á su remontuar; allí la mesilla, donde el cesto de la -labor y la media empezada desaparecían bajo números del <i>Madrid Cómico</i>, -de <i>Los Madriles</i> y de todas las <i>Ilustraciones</i> habidas y por haber; -allí el sofá bajo, ancho y cómodo y las vastas poltronas; allí, sobre el -aparador, el reparito del estómago, botella de jerez y bizcochos, ó, en -verano, frutas que el chico gulusmeaba; allí, en una copa, el ramo de -lilas frescas, ó los claveles que se ponía en el ojal; allí el botijón -trasudando agua, y el azucarero, y el frasco del jarabe ferruginoso, y -el abanico japonés, y la novela empezada, con la plegadera entre las -hojas, y algún libro de texto, maltratado, mucho más que por el uso, por -el mal humor y displicencia con que lo cogían y soltaban. Allí, en fin, -la chimeneíta, la que funcionaba tan bien, la que consolaba de las -cátedras glaciales y los desmantelados patios y pasillos del templo de -Minerva. ¡Con qué gusto se ponía Rogelio, al llegar de clase, al canto -de la lumbre, sin desembozarse, extendiendo las palmas hechas dos -carámbanos! El calor desentumecía sus tejidos, activaba su empobrecida -sangre, y le daba fuerzas para pedir, entre chistosos regaños y súplicas -mimosas, el almuerzo, sintiendo casi la puntualidad con que se lo -servían, porque se le acababa el<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195"></a>{195}</span> tema de sus humoradas y bromas. Aún no -había él cruzado la puerta y ya estaba doña Aurora gritando:</p> - -<p>—Fausta... Pepa... Que llega el señorito... Almorzar por el aire... -Niño, el jirope de hierro... ¿Te cuento las gotas amargas?</p> - -<p>—¿Qué mayores amarguras que las de la muerte por inanición? Usted, -fámula encargada del ramo culinario, ¿se puede saber con qué deleitosos -manjares piensa V. calmar hoy el hambre que me roe las entrañas? ¿Me ha -destilado V. ambrosía celestial, néctar extraído del cáliz de las -flores... ó callos y caracoles del <i>Petit Fornos</i>? ¡Sacadme de esta -cruel incertidumbre!</p> - -<p>Risas sofocadas en la cocina.</p> - -<p>—¡Dénmele de comer á este loco, para que calle!</p> - -<p>Sentados ya madre é hijo, contadas las gotas y tragadas también, venía -el sopicaldo humeante, el par de huevos estrellados, abuñoladitos, y el -bisteque, el cual precisamente había de traerse del café cercano. Sólo -así lo comía Rogelio. Por mucho que se esmerase Fausta, la vizcaína, no -conseguía desbancar al cocinero del cafetín. Llegaba el rico pedazo de -vianda medio cruda, encerrado entre dos platos, con sus patatas -sopladas, tierno, jugoso, apetecible. Mientras Rogelio trinchaba -preparándose á despachar las tajaditas, su madre le observaba con -inquietud y avidez, lo mismo que si nunca hubiese visto aquel tipo -delicaducho, tan diferente del ideal de las madres gallegas.<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196"></a>{196}</span> Veinte -años espigados; palidez mate; ojos negros y alegres, pero de caído -párpado y cárdenas ojeras; boca de espiritual dibujo y arqueada con -finura, un poco amoratada de labios, con una dedada de bozo; nariz -enjuta; pelo lacio y suave, del que suele llamarse <i>de ratón</i>; cabeza -estrecha de sienes, garganta delgada, nuca con canal, muñecas planas y -talle cimbrador, componían una figura no salida aún de la adolescencia y -como detenida en su desarrollo por la clorosis que produce la vida de -invernáculo, donde la planta necesitada de aire bravo y libre se ahila ó -se seca. Así doña Aurora no podía disfrutar momento de tranquilidad con -aquel hijo, si no precisamente enteco, al menos de complexión flaca y -nerviosa, según revelaba su carácter, en que á la alegría propiamente -infantil sucedían sin transición ratos de inexplicable abatimiento. Por -eso le miraba comer, tan ansiosa como si cada buen bocado le cayese á -ella en el estómago después de dos días de ayuno. Con el pensamiento le -decía á la substanciosa carne: «Anda, fortaléceme á ese niño. Dale -fibra, dale sangre, dale huesos. Házmele robustote, varonil, patrón. Que -se vuelva un torito... aunque fuese así, á modo de un bárbaro... no -importa, mejor, ¡ojalá! Mira que no me queda á mi otro cariño en el -mundo sino este rapaz tan poca cosa.» Y agregaba en alta voz:</p> - -<p>—Come, hijiño, come, que la carne, carne cría.<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197"></a>{197}</span></p> - -<h3><a name="II-morr" id="II-morr"></a>II</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">D</span><small>OÑA</small> Aurora tenía su tertulia, y vespertina—nada menos que un <i>five -o’clock</i>, como diría algún revistero—sólo que sin <i>tea</i>, ni ganas de -él; porque caso de ofrecer algo á los tertulianos, la señora de -Pardiñas, muy chapada á la antigua, optaría por unas buenas magras de -jamón, ó cosa análoga. Como los amigos de la señora sabían que no -acostumbraba salir á la calle sino por la mañana, de manto y arrebujada -en su rotonda de pieles, á visitas de confianza ó á compras, y que las -tardes se las pasaba haciendo media en la ventana del comedor, acudían -fielmente, atraídos por la chimenea, las poltronas, la intimidad y el -hábito.</p> - -<p>El mayor núcleo de relaciones de doña Aurora lo formaban compañeros de -su difunto marido, magistrados, ó como ella decía en lenguaje -profesional, «señores». Algunos, jubilados ya, eran los más constantes -en acudir. Ciertos muebles del comedor teníalos vinculados determinada -persona; la butaca de respaldo ancho se le reservaba á Don Nicanor -Candás, el fiscal, aficionado á arrellanarse; la de gutapercha de -asiento blando, á Don Prudencio Rojas; la de cretona rameada, á la vera -de la chimenea, que nadie se la disputase al patriarca<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198"></a>{198}</span> Don Gaspar -Febrero; este venerable sujeto era el alma de la tertulia, el más vivo, -rozagante y animoso de los concurrentes, á pesar de sus ochenta y pico -de navidades y su pata coja, quebrada al saltar de un tranvía. El primer -cuarto de hora de conversación solía consagrarse al estado atmosférico y -á la salud; ninguno de los respetables señores estaba sin alifafes y -goteras; algunos eran ya una pura ruina; y el lamentar achaques y -discutir métodos curativos resultaba siempre de actualidad. Allí se -llevaba el alta y baja de los catarros crónicos, de los dolores -artríticos, de los flatos y las acedías de cada quisque, y se -deliberaba, tan solemnemente como en otro tiempo sobre una sentencia, -sobre las ventajas del salicilato y las pastillas pectorales.</p> - -<p>Agotada la cuestión sanitaria—todo se agota—pasaban, casi siempre por -iniciativa del señor de Febrero, á tratar otros asuntos más agradables. -No podía sufrir el amable ochentón que se hablase tanto de botica, -recetas y potingues.—«No parece sino que está uno con un pié en el -sepulcro»—decía sonriendo y luciendo su brillante dentadura postiza. La -conversación variaba de rumbo, pero casi nunca versaba sobre temas -contemporáneos. Como gavota ejecutada por una abuela sobre viejo -clavicordio, sonaba allí el anticuado ritornelo de las memorias y de las -reminiscencias. Los diálogos solían empezar así.</p> - -<p>—¿Se acuerda V.? Cuando me destinaron á la Gran Canaria, mandando -Narváez...<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199"></a>{199}</span></p> - -<p>O de este otro modo:</p> - -<p>—¡Que tiempos! Lo menos diez años antes que se sustanciase la célebre -causa Fontanelas... Aún no había nacido mi hijo mayor...</p> - -<p>El señor de Febrero les iba á la mano también en esto de contar -tristemente los lustros ya corridos, exclamando con juvenil viveza:</p> - -<p>—Qué, si eso pasó ayer, como quien dice. En la vida de una nación, nada -significan miserables veinticinco ó treinta años.</p> - -<p>—Sí; pero en la de un hombre...</p> - -<p>—Tampoco en la de un hombre, si Vds. me apuran. A los cuarenta, á los -cincuenta llamo yo la flor de la edad.</p> - -<p>—Hable V. por sí... Usted ha descubierto el elíxir de larga vida. Más -fresquito que una lechuga. En cambio, los demás parecemos zapatillas, y -estamos para que nos saquen en un carro al sol.</p> - -<p>Con su muleta entre las piernas, Don Gaspar se reía, y como sacudiese la -cabeza, relucían al reflejo del fuego los rizos argentados de su -peluquín. Sentimos tener que pagar tributo á la exactitud descriptiva, -consignando que llevaba peluca y dientes postizos el señor de Febrero: -mas importa añadir que era tanta la verdad de su mentira, que eclipsaba -á lo real, y engañaba al más lince. Revelando exquisito gusto y -consumado arte, el anciano había encargado su peluca del color de la -nieve, y la diadema de ligeros rizos canos que coronaba su frente de -marfil era como majestuosa aureola, bien distinta de la tupida -pelambrera con que los viejos<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200"></a>{200}</span> verdes se obstinan en reparar el -irreparable ultraje de los años. Asimismo la dentadura, hábilmente -contrahecha, algo desigual y gastada, con una mellita en el lado -izquierdo, se la pegaba á cualquiera. Con aquel pelo tan decorativo; con -el rostro escrupulosamente afeitado, de facciones correctas, muy -expresivas aún; con la pulcritud y dignidad afable de su persona, Don -Gaspar recordaba las mejores cabezas del siglo XVIII, tal como nos las -ha conservado la miniatura. Daba pena que no vistiese chupa de raso -bordado. El traje de paño no le caía. Hasta la muleta de ébano, con -almohadón de terciopelo azul, realzaba y completaba la autoridad de su -presencia. A fuer de hombre de otras épocas que ya fenecieron, Don -Gaspar, en cuanto veía mujeres, se encandilaba, y le chorreaban azúcar y -miel los labios: hasta con la misma señora de Pardiñas, enteramente -fuera de combate, no prescindía de sus formas, más que corteses, -galantes y rendidas.</p> - -<p>A aquel viejo que llevaba tan serena y elegantemente la vejez, le -cosquilleaba en la vanidad de un modo grato oir á los contertulios, -todos cascados, todos asmáticos y catarrosos, todos ostensiblemente -calvos, que le decían en tono de envidia:</p> - -<p>—Este Don Gaspar... es mucho cuento. Nos entierra á cuantos venimos -aquí.</p> - -<p>Otra satisfacción de amor propio muy grande era la de probarles la -frescura y nitidez de su memoria: y la disfrutaba á menudo, porque en la -tertulia de la señora de Pardiñas se hilaba continuamente<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201"></a>{201}</span> el copo de -los recuerdos, del cual salía una hebra de oro, pero oro amortiguado ya, -como el de las antiguas casullas. Era la memoria de Don Gaspar una -especie de armario de cedro, donde se guardaban perfumados, -empaquetados, clasificados, íntegros, los sucesos, los nombres, las -fechas y hasta las palabras.—«Este señor de Febrero es una cartilla -vieja»,—solía decir doña Aurora. Cuando se discutía algo, apelábase al -arbitraje de Don Gaspar.—«¿Verdad, señor de Febrero, que la causa -Zaldívar, de Sevilla, se elevó á plenario en el invierno del 56?»—«No, -señor, el 57: y por cierto que ocurrió eso hacia el 15 de Diciembre... -digo mal, el 16, cumpleaños del amigo Don Nicanor Candás.»</p> - -<p>—¡Pero, hombre!—exclamaba el aludido cuando llegaba á -enterarse.—¡Reniego hasta de quien hizo su memorión de V.! ¡Pues no va -este maldito gallego á acordarse de la fecha de mi cumpleaños, que yo -mismo no me acuerdo nunca! Los años nadie me los ha de robar, con que no -veo la necesidad de llevarlos por cuenta exacta.</p> - -<p>Don Nicanor Candás, fiscal jubilado, asturiano, malicioso y presumido á -fuer de buen ovetense; listo como una pimienta y más atravesado que una -espina, daba mucho que reir á la tertulia metiéndose con el señor de -Febrero, á quien llevaba la contraria por sistema, sin respetar sus -fueros patriarcales y su decanato glorioso. Para mejor marear á su -contrincante, adoptaba Candás un método raro, que no carecía<span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202"></a>{202}</span> de chiste. -Fingíase sordo como una pared, y llevaba siempre en el bolsillo del -gabán una trompetilla de plata que se introducía en el oído cuando le -convenía responder acorde y rebatir al contrario, y que decía haber -olvidado en casa cuando le daba la gana de contestar yéndose por los -cerros sin atender á razones ajenas. Tal estratagema era de resultado -seguro, y conseguía ponerle á salvo de todos los riesgos de la disputa. -En su lenguaje, el señor de Candás era crudo y ordinario, tanto como Don -Gaspar atildado, atento y melifluo, y por semejante modo de hablar -desentonaba en la reunión. Ni era sólo por esto, sino también porque era -el único que prefería las noticias de actualidad á los recuerdos, el -único que vivía con un pié en lo presente, el único que traía á aquel -enmohecido senado una corriente de aire callejero y de vida real. Don -Gaspar, en tono agridulce, le llamaba «nuestro reporter».</p> - -<p>La portentosa memoria del ochentón se confundía y embrollaba al tratarse -de sucesos recientes, y Candás, aprovechándose de esta deficiencia en -las admirables facultades del patriarca, siempre estaba tomándola con -él.—«A ver,—decía,—cómo se iba á componer nuestro Don Gasparín para -probar una coartada. Muy fuerte en todo lo que se refiere al ministerio -Calomarde ó á la regencia de Espartero, y no sabe por dónde anduvo esta -mañana misma.» Y remedando la voz de Don Gaspar, añadía: «¿Qué hice yo -ayer tarde? Espérense Vds.. ¿Fuí á casa de Rojas? Me parece que sí... -Digo, no, no.<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203"></a>{203}</span> Estuve paseando en Recoletos. Con todo, no se lo juraría -á Vds.»</p> - -<p>Esta observación cómica relativa al patriarca, podía hasta cierto punto -aplicarse á los demás tertulianos. Diríase que para ellos no existía lo -actual, y sólo lo pretérito tenía vida y realce. Las noticias del -reporter Don Nicanor las comentaban tres minutos, con esa tendencia -pesimista que aflige á la edad senil; después volvían á subir corriente -arriba, engolfándose muy á gusto entre las nieblas de los años -desvanecidos. Quizá en esto influyese, además de la vejez, el carácter -que imprime la magistratura, profesión cuya base son nociones -científicas estratificadas ya, un derecho puramente histórico, en que el -espíritu de innovación es una herejía, y en que se resuelven problemas -jurídicos de hoy con el criterio de la ley romana ó del fuero visigodo. -Así es que cabía comparar la reunión de casa de Pardiñas á una peña -inmóvil en medio del mar de la existencia. No veían los excelentes -«señores» que también en la polilla de los legajos palpitan gérmenes y -late el ímpetu renovador: apegados á fórmulas vanas, creían custodiar un -licor sagrado, cuando en sus manos no quedaba ya sino la ampolla vacía; -y, al tratarse de novedades, en el mismo grado de heterodoxia ponían el -uso de la barba, las audiencias de perro chico, el Jurado y la revisión -de códigos.<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204"></a>{204}</span></p> - -<h3><a name="III-morr" id="III-morr"></a>III</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">A</span><small>QUELLA</small> asamblea de sonámbulos se despertaba y alborozaba al entrar -Rogelio, quien, por las tardes, antes de salir á pié ó en coche, -acostumbraba dejarse ver en la tertulia, riendo mucho de lo que ocurría -en ella, pero sin malicia, con travesura de chico mimado. Habíale puesto -de mote <i>Inútil Club</i>; á Candás, por su calva amarilla y enorme, le -llamaba <i>Laín Calvo</i>; y al afeitado y galante señor de Febrero, <i>Nuño -Rasura</i>. Las criadas repetían por lo bajo estos apodos. La misma señora -de Pardiñas se reía en secreto, aunque aparentaba enfado diciendo al -chico:</p> - -<p>—Está muy mal que te burles... ¡Tanto como los pobres señores te -quieren!</p> - -<p>Sí que le querían. Al aparecer Rogelio, era como si algún rayo de sol -dorado y caliente se deslizase en una de esas habitaciones cerradas, -donde muebles, cortinas, papel y cuadros, han adquirido el desmayado -matiz del polvo y la humedad. Todos los viejos amaban entrañablemente al -chico: el uno le había visto en mantillas; el otro había asistido á su -primera comunión; éste le traía juguetes cuando pasó la escarlatina; -aquél, compañero de Sala é íntimo amigo de su padre, chocheaba -recordando los dulces del bautizo... Si se dejasen llevar del<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205"></a>{205}</span> primer -impulso, á pesar de la orla negra que realzaba el arqueado labio -superior de Rogelio, serían capaces de besuquearle los carrillos y -traerle caramelos y cacahuetes. Para ellos era siempre el pequeño, el -<i>rapaz</i>: cierto que, por un fenómeno natural de óptica, los excelentes -tertulianos de la señora de Pardiñas propendían á seguir considerando -como niños á los jóvenes, y como jóvenes á los machuchos. Se les oía -decir, verbigracia: «¿Conque se murió Valdivieso? ¡Hombre, pues si -estaba en lo mejor de la edad, si era un chico!» Y necesitaba intervenir -el maligno asturiano, haciendo de la diestra embudo acústico, ó -metiéndose la trompetilla: «¡Caray, caray con los chicos que sueñan -Vds.! Valdivieso no cumplía ya los cincuenta.» «No tanto, no tanto.» -«¿Que no tanto? Y los que mamó y anduvo á gatas.»</p> - -<p>Al tratarse de Rogelio, extremaban la manía de no advertir que el tiempo -pasa y hacerse los distraídos cuando suena el reloj. Cada año que ganaba -en la carrera de Derecho, era para ellos un asombro: no le concebían -abogado: quisiéranle deletreando todavía en la escuela. Lo cual no -dejaba de amoscar al estudiante. Al regresar de una excursión de veraneo -á San Sebastián, sucedió que le preguntase con la mejor fe del mundo el -señor de Rojas:</p> - -<p>—¿Cómo te habrás divertido, eh? ¡Todo el día corriendo y jugando por la -playa!</p> - -<p>Y el chico respondió, sin descubrir el amostazamiento sino con un mohín -de pillería truhanesca:<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206"></a>{206}</span></p> - -<p>—¡Vaya! Muchísimo. Hice agujeritos y chocitas con la arena. ¡Gocé más!</p> - -<p>En el fondo, el buen corazón del chico se había apegado á la colección -de honrados vejestorios que frecuentaba su casa. Aquel mismo señor de -Rojas (por ejemplo), le infundía un respeto cariñoso, por su -justificación y rectitud intachable. Si Temis descendiese á este bajo -mundo, se hospedaría en casa del señor de Rojas, y encontraría allí -altar y simulacro (de madera, según Candás). Estricto celador del -sentido literal de la ley, Rojas marchaba por el angosto camino que -veía, sin titubear, alta la frente y tranquila la conciencia. Persuadido -de la altísima dignidad de su cargo, cubría las exigencias del decoro -social á costa de una economía y una modestia inverosímiles de puertas -adentro, comprendido y secundado en esta obra heroica por su mujer. No -conocía influencias políticas, ni amistosas, ni de ninguna especie. -Pasaron por sus manos asuntos en que se atravesaban millones, y la -codicia, que no es sino instinto de conservación en forma de -adquisividad, ni resolló siquiera. Por eso el severo nombre de Prudencio -Rojas era pronunciado, ya con veneración, ya con la solapada y -disolvente ironía que adopta el vicio para desacatar á la virtud. El -cáustico Don Nicanor llamaba á Rojas <i>fantoche del Derecho</i>. Decía que -todo en él era de palo, la inteligencia y el carácter; sin ver ó sin -querer ver que esta clase de hombres, cuando las leyes fuesen perfectas -dentro de lo humano, podrían, con su firmeza é integridad<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207"></a>{207}</span> en -aplicarlas, hacer reinar la edad de oro.</p> - -<p>Muchas tardes, especialmente si hacía frío riguroso ó llovía ó nevaba, -Rogelio, en vez de salir, se acurrucaba en el rincón del ancho sofá, y -atendía á las soñolientas conversaciones de los viejos. Cuando podía, -trataba de dirigirlas hacia un punto para él muy interesante: nunca se -cansaba de oir hablar de su tierra, Galicia, de donde había salido muy -pequeño. Casi todos los tertulios, ó eran de allí, ó allí habían pasado -largas temporadas desempeñando puestos en la Audiencia de Marineda; y -hacíanse lenguas de la benignidad y salubridad del clima, lo barato y -sabroso de los alimentos, lo tratable y afectuoso de la gente, y la -hermosura extraordinaria del país.</p> - -<p>—No sé cómo nuestra amable amiga doña Aurora no lleva allá á este pollo -para que conozca su cuna—decía el señor de Febrero sobando el cojín de -la muleta.</p> - -<p>—Si siempre estoy proyectándolo—contestaba la señora—y es de esos -planes que tienen desgracia. La verdad, ustedes comprenden que hasta el -día todo se me ha vuelto dificultades y tropiezos.</p> - -<p>—Di que eres muy remoloncita, <i>mater admirabilis</i>—objetaba el -hijo.—Por tu gusto serías árbol, para echar raíces donde te plantasen.</p> - -<p>—Lo mismo que te llevo á San Sebastián, á Galicia te hubiese llevado, -niño; pero no fué posible. ¿Crees tú que no me llama á mí la tierra?<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208"></a>{208}</span> -Los que allá nacimos... es tontería; no tenemos más ganas que de volver, -ni perdemos nunca la querencia.</p> - -<p>—Y los que no nacimos lo mismo—intervino Don Nicanor Candás, armado de -trompetilla.—Ahora daba yo el dedo meñique por pasarme un año en -Marineda; mejor me voy allá que á Oviedo ó á Gijón.</p> - -<p>—Pero á mí—prosiguió la señora—siempre se me descomponía el plan, -como si anduviesen en ello las brujas. ¿Tienes gana de volver á tu país -antes de cerrar el ojo? Pues fastídiate, y aguarda hasta que te caigas -de vieja. Verán Vds.:—y contaba por los dedos.—Primero: que la -incompatibilidad. Deje V. su familia, su casa, sus bienes, y váyase V. á -rodar de zeca en meca, con un niño pequeñito y que siempre fué delicado, -de Oviedo á Zaragoza, luego, con lo de la Regencia, á Barcelona, luego -al Supremo aquí... Mi matanza toda era decirle á Pardiñas: jubílate, -hombre, jubílate, y volvámonos á la terriña, á no dejar por ahí nuestros -huesos. Para vivir nos sobra con lo nuestro, y los hijos no son tantos -que nos agobien. Pero... como ya saben Vds. lo que era mi pobre marido, -que no es que yo lo diga...</p> - -<p>Rumor de simpatía en la asamblea.</p> - -<p>—Creía que en seguir la carrera hasta el fin consistía su obligación... -¡En nombrando al deber! En fin, tenía aquella idea y era preciso -respetarla. Y después, como se puso ya tan malito...</p> - -<p>Aquí la voz de la señora se enronquecía algo;<span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209"></a>{209}</span> llevaba la mano al -bolsillo, y se sonaba, aplicando luego el pañuelo á los ojos.</p> - -<p>—De manera—repetía suspirando y encogiéndose de hombros—que cuando -llega la hora... Después, ya saben Vds. cómo me vi con mis cuñadas, y la -de pleitos y de embrollas que me armaron. Creí que nunca me desenredaba. -De allá me escribían los amigos antiguos: «Que vengas, que vengas, que -en un día haces más desde aquí que desde ahí en un año.» ¿Qué quieren -Vds.? Me daba miedo la diligencia. Con este reuma, pensar en embutirme -en aquellos carricoches, que á lo mejor no tenían un cristal para un -remedio... Así que se transigieron bien que mal las cuestiones y se -devanó el ovillo de la testamentaría, cate V. que ponen el tren directo -hasta Marineda... Pero ya se me había enfriado el alma, porque volver -allá para encontrarse de esquina con toda la parentela...</p> - -<p>—Mamá, con toda no. Muchos parientes, según tus mismas noticias, están -de nuestra parte.</p> - -<p>—Bah... Yo qué sé. En nuestra tierra, rapaz, es difícil saber quién -está por uno y quién en contra. En ese particular he recibido desengaños -atroces. A lo mejor te venden amistad mientras te clavan el cuchillo -hasta el mango. La verdad se ha de decir: por allá no somos así... -francotes y reales, como los castellanos viejos.</p> - -<p>—Habla V. como un libro—asentía el señor de Candás, no desperdiciando -la ocasión de sacar las uñas.—El gallego reunirá los méritos que V. -guste; pero á retorcido y escurridizo y<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210"></a>{210}</span> falso no le gana nadie. No -contrate V. con él de palabra sólo, carapuche, que no tienen fe, ó si la -tienen es púnica. Cómo será el gallego, que los gitanos no se atreven á -colarse nunca por allí, temerosos de salir engañados.</p> - -<p>—¡Cuidadito con insultar á la tierra!—decía festivamente Rogelio.</p> - -<p>—Sí es cosa averiguada. A Galicia no va un gitano. Más chalanes y más -socarrones son ellos que toda la gitanería junta. ¿Y en litigar? ¡Santo -Cristo de mi pueblo! Nacieron pleiteantes. Le envuelven á V., home; el -aldeano más rudo le da á V. cien vueltas.</p> - -<p>—Eso prueba,—alegaba el señor de Febrero—que somos gente despabilada; -no me lo negará V.</p> - -<p>El señor de Candás, quitándose del oído el cañuto de plata á fin de no -hacer caso de la observación y despacharse á su gusto, proseguía:</p> - -<p>—Y hay tontines que llaman á los gallegos listos; yo lo que digo es que -son maulas: si fuesen listos no andarían siempre hechos unos pobretes, -comidos de miseria, roídos de envidia, sin salir nunca de pobres y de -quejumbrosos. Son la casta de gente más llorona que he conocido. Todo se -les vuelve pucherines y lamentos.</p> - -<p>La tez de marfil del señor de Febrero se encendía un poco, porque le era -imposible habituarse á las malignas descortesías de <i>Laín Calvo</i>.</p> - -<p>—Eso es algo fuerte, señor Don Nicanor; repare V. que aquí estamos en -mayoría los gallegos.<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211"></a>{211}</span> ¿Le gustaría á V. que yo le repitiese ahora -aquella vulgaridad de «asturiano, loco, vano, mal cristiano?»</p> - -<p>—Hay—proseguía el fiscal imperturbable—una tanda de memos en polvo -que se alborotan cuando oyen decir esto; pero ello es ya tan sabido, que -de puro sabido se calla. El gallego tiene alguna penetración, corriente, -sobre todo cuando se trata de discurrir maneras de jeringar al prójimo; -y, sin embargo, ni sabe cultivar la industria, ni salir de aquella -escasez en que vive. Le ve V. resignado con su mendrugo de pan de maíz, -hecho un pelele, sin ropa, sin comer carne, sin beber vino una vez en el -año... Le ve V. que con su fama de avispado, á veces parece más alma de -cántaro que los mismos aragoneses. Es tacaño y ahorrará un <i>ochavitu</i> -aunque se lo saque del pellejo con una raspa; pero no tenga V. miedo que -discurra para agenciarse ese ochavo, ni que se anime á trabajar de veras -por el aliciente de un duro. Nada: con tal que no le perturben en su -rutina y en su haraganería... Así ve V. que ahora tienen esa red de -ferrocarriles, ¿y para qué les sirve? No moverán el dedo para atraer á -los veraneantes. ¡Aquel agrado, aquella limpieza de la gente -donostiarra!</p> - -<p>—A este Don Nicanor hay que matarle ó dejarle—objetaba furioso Nuño -Rasura.—Como no atiende á razones... ¿Dónde está esa red ferrocarrilera -de que habla? ¡Bonita red! Llena de agujeros. ¿Quiere que todo se haga -en un día? Milagros sólo Dios. Todo se andará, con paciencia<span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212"></a>{212}</span> y tiempo. -Mire ya mi Don Nicanor la importancia que va adquiriendo la bellísima -Vigo. Aquel clima tan fresco, aquellas costas y aquellas rías son la -admiración de la prensa. ¡Y aquellas mujeres... mejorando siempre lo que -tenemos delante, pero mi buena amiga también es de allá! ¿Y aquel -pescado tan especial? ¿Qué me dice V. de él?... Amiga queridísima doña -Aurora, yo no he vuelto á comer sardina ni lenguados desde que me vine. -Antes de la caída de O’Donnell, recuerdo que estábamos tomando baños en -Marín, y nos trajeron á la puerta un rodaballo...</p> - -<p>Aquí volvía el ochentón á hilar el copo de los recuerdos, y Rogelio, con -el codo en el sofá y en la palma la mejilla, escuchaba embelesado. -Parecíale que estaban contando alguna tradición de familia. El aposento -y la tertulia adquirían aspecto de cariñosa intimidad: la atmósfera -moral y material era templada: el mundo era mullido y acolchado como el -almohadón donde reclinaba su cuerpo. Cada tertuliano era para él, si no -un padre, por lo menos un tío carnal. En derredor suyo reinaba la más -dulce seguridad; y así como en ciertas moradas lujosas se traslucen el -ahogo y la escasez, en aquel comedor modestísimo se transparentaba el -bienestar casero, la más dorada mediocridad que pudo soñar ningún poeta -ni apetecer ningún filósofo. La armonía y la moderación son siempre -hermosas, y Rogelio, sin definir esta belleza que le rodeaba, la sentía -y se envolvía en ella como el pájaro en el plumón de su nido. Y mientras -en<span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213"></a>{213}</span> la chimenea chisporroteaba la leña ardiendo, y de la cocina venía -amortiguado el repique del almirez, y discutían los viejos y la madre -activaba las agujas de su media, el muchacho, sumido en vaga -contemplación, fantaseaba cómo sería aquel país bonito, aquella Galicia -verde, llena de agua, de flores y de muchachas mimosas.</p> - -<h3><a name="IV-morr" id="IV-morr"></a>IV</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">L</span><small>A</small> calle enterita, tiendas, puestos ambulantes, criadas y vecindad, -conocía á Rogelio: como suele decirse, todo el mundo le debía un cuarto. -Eranle familiares los establecimientos, ó, mejor dicho, humildes -tenduchos de loza, ultramarinos, novedades, cordelería y periódicos, que -se incrustan entre las viejas é imponentes casas solariegas de la calle -Ancha, animada por la concurrencia de los estudiantes y por el ascenso y -descenso de los tranvías.</p> - -<p>Pero con quien la emprendía Rogelio más á menudo, era con los cocheros -simones, de los cuales existe un puesto en la plazuela de Santo Domingo. -Rara vez salía de casa doña Aurora que el reuma ó el frío ó el calor no -la determinasen á enviar por uno de aquellos vehículos tan destartalados -y feos, pero tan cómodos y accesibles; ella les llamaba enfáticamente -«sus<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214"></a>{214}</span> trenes», y aseguraba riendo que siempre tenía el coche enganchado -y á la puerta, con un cochero tan puntual, que no se hacía esperar una -vez sola. Rogelio, á fuer de hijo único y rico, se permitía otros lujos, -y su madre le pagaba la pensión de dos caballitos moscas y el alquiler -de un milor flamante en casa del alquilador Agustín Cuero, para que los -días festivos bajase al Retiro ó adonde le diese la gana (no -consintiéndole caballo de silla por temor á un lance peligroso). Pero á -la señora primero la matarían que usar de aquel tronco juguete: que la -dejasen con sus pacíficos simones; á no ser algún día, por decoro y para -hacer visitas, maldito lo que le importaba la farsa de que el coche -estuviese más barnizado y el cochero llevase guantes y unas zaleas de -carnero por los hombros. Con el uso frecuente y las razonables propinas, -todo el personal cocheril de la plaza estaba á devoción de doña Aurora, -y muy prendado de la buena sombra del señorito. Este no les dejaba -vivir, máxime á sus paisanos, los gallegos, con quienes la tenía siempre -armada. Decíales mil disparates acerca de su tierra; les tarareaba la -muiñeira; les hablaba con la <i>u</i>, á guisa de sirviente de comedia de -Ayala; y si por milagro llegaban á amoscarse, les decía:</p> - -<p>—Auriga veloz, yo también soy galleguiño, maruso, de pralá.</p> - -<p>A lo cual solían ellos responder:</p> - -<p>—¡Qué señorito tan <i>pavero</i>!</p> - -<p>Cuando venía á comprometer á alguno porque lo necesitaba su madre, desde -una legua<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215"></a>{215}</span> que le viesen ya estaban riéndose y bajando la alquila. Y él -solía entrar en escena dirigiéndoles retahilas semejantes:</p> - -<p>—Automedonte alígero, vapulea á tu fogoso corcel para que se beba la -distancia hasta mi encantado palacio. Ya el generoso bridón tasca -impaciente el dorado freno. ¿No ves cual le rocía de cándida espuma? -Buloniu, ¿en qué estabas pensando que no me veías de venir?</p> - -<p>—Señorito... estaba á leer <i>La Correspondencia</i>.</p> - -<p>—<i>¡La Correspondencia!</i> ¿Qué profieren tus sacrílegos labios? <i>¡La -Correspondencia!</i> ¡Rabo de Satanás! ¡Una hoja revolucionaria, anárquica -y nihilista! Arroja pronto ese veneno, antes de apropincuarte á la -mansión honrada de los pacíficos ciudadanos. ¡Acude, corre, vuela, -simón! ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Anda, burrachu, demagogo!</p> - -<p>Cuanto mayores extravagancias ensartase, más se reían los cocheros.</p> - -<p>Una mañana salió Rogelio, ya embozado en su capita hasta los ojos, pues -las postrimerías de Octubre tenían la atmósfera en punto de sorbete, -aunque el alegre sol madrileño brillase en todo su esplendor. Tratábase -como siempre de buscar un cochecillo para doña Aurora. Al llegar á la -esquina de la plazuela, divisó á uno de sus trenes predilectos: una -berlina algo menos indecente, con forro de sagrén avellana no tan -mugriento y sobado como el de la mayor parte de estos vehículos. El -cochero, rubio, gordo, coloradote, atendía por Martín y era<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216"></a>{216}</span> gallego. -Rogelio venía llamándole con señas y gritos:</p> - -<p>—¡Martín, el de la capa! ¡Ah de la imperial carroza!</p> - -<p>Hablaba el simón con una mujer cuyo rostro no podía ver el estudiante; -pero á la voz de éste se volvió, y Rogelio hubo de notar que era moza, -no mal parecida, de aspecto humilde y vestida de luto.</p> - -<p>—¡Señorito, qué cuaselidá!—exclamó Martín al conocer á Rogelio.—Esta -joven (el cochero pronunciaba <i>joven</i> con <i>g</i>) viene en busca de la casa -del señorito, y me preguntaba el camino ahora. Es paisana nuestra. Trae -una carta...</p> - -<p>—¿Quiere V. dejarme ver el sobre?—indicó el estudiante, que al -dirigirse á la muchacha varió enteramente de modales y de tono.</p> - -<p>La muchacha alargó el billete, que lo era, y bien chico.</p> - -<p>—¡Calle! Es para mamá. Véngase V. conmigo; yo le enseñaré la casa. Tú, -simón, sigue nuestra resplandeciente estela con tu carroza imperial, -tirada por ese lánguido cisne.</p> - -<p>—Dios se lo pague, señorito—dijo la muchacha con voz bien timbrada y -dulce, y acento cantarín, como suelen tenerlo las gallegas -ribereñas.—No necesita molestarse. Ya veo desde aquí el portal de la -casa, que el cochero me lo señaló.</p> - -<p>—Si yo también llevo ese camino. Ningún trabajo me cuesta.</p> - -<p>Sin otra discusión, la muchacha rompió á andar, y Rogelio, por instinto, -se colocó á su<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217"></a>{217}</span> izquierda, como haría con una dama. A los diez pasos le -pesaba ya de su galantería. En primer lugar, menuda chacota le -arrimarían sus compañeros si acertaban á encontrarle acompañando tan -cortés á una individua de pañuelo á la cabeza y saya lisa de merino. En -segundo, Rogelio atravesaba esa edad en que un chico criado algo -falderamente, en la casta atmósfera maternal, no puede evitar una -impresión de cortedad penosa cuando trata con mujeres desconocidas aún. -Cierto que las de condición inferior no le atarugaban tanto: las -señoritas eran su muerte: siempre creía que se burlaban de él, que -cuanto le decían era pura matraca, que no hacían sino tomarle el pelo, -gozarse en su confusión y comentarla luego á solas, con maliciosa y -despiadada ironía; pero ahora, al lado de la muchacha vestida de luto, -experimentaba la misma turbación, porque, á pesar de su pobre traje, no -tenía pinta de lo que se entiende por mujer ordinaria. «¿La diré algo? -¿Se reirá de mí? Más se reirá si me quedo mudo. No, la palabra hay que -dirigírsela». Entonces se le ocurrió preguntar con suma formalidad:</p> - -<p>—¿Quién le envía á mamá esa carta? ¿Lo sabe V.?</p> - -<p>—Sé; sí, señor. ¿No he de saber? Las señoritas del general Romera. ¿No -las conoce?</p> - -<p>—¡Vaya si las conozco! El general Romera fué amigo de papá. Hace tiempo -que no las vemos.</p> - -<p>—Estuvo malita doña Pascuala, la mayor.<span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218"></a>{218}</span> Tuvo una cosa que le dicen -<i>enginas inflamadas</i>. ¡Ay! Muy mala estuvo.</p> - -<p>—Y ahora, ¿sigue mejor?—interrogó Rogelio por seguir hablando, aunque -las anginas de doña Pascuala no le quitaban el sueño.</p> - -<p>—Ya sanó de todo. Pues si no sanase, tampoco me marchaba yo de <i>junta</i> -ella.</p> - -<p>—¿Estaba V.... allí?—(Rogelio no se atrevió á decir <i>sirviendo</i>.)</p> - -<p>—Sí, señor, desde que vine de <i>allá</i>.</p> - -<p>—¿Conque galleguita?</p> - -<p>—No tengo por qué negarlo.</p> - -<p>—Ni yo tampoco, caramba.</p> - -<p>—No, señor, por cierto. Es una tierra muy buena, mejor que la de Madrí -y la de todo el mundo.</p> - -<p>Rogelio sonrió, agradado del patriotismo de la muchacha, y comenzando á -sentirse bien con ella, porque le parecía incapaz de burlarse de nadie. -Estaban próximos á la casa: Martín, que se había adelantado, paraba su -jamelgo, operación más fácil que la de obligarle á salir al trote, y, -desde el portal, doña Aurora hacía señas á su hijo.</p> - -<h3><a name="V-morr" id="V-morr"></a>V</h3> - -<p>—Mamá, aquí te traen una amorosa epístola.</p> - -<p>—¿Esta chica?</p> - -<p>—Sí, señora... De las señoritas de Romera.<span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219"></a>{219}</span></p> - -<p>—A ver, venga. Puede que sea cosa de despachar acto continuo.</p> - -<p>Pero apenas hubo roto el sobre, la señora se echó á reir.</p> - -<p>—¡Qué chiflada estoy! Sin mis gafas... Rapaz, lee tú.</p> - -<p>Desplegó Rogelio la misiva, y ahuecando la voz, comenzó así:</p> - -<p>—«Alta y poderosa y sobajada señora; si la vuestra fermosura...»</p> - -<p>—Mira, niño, lee formal, que aquí corre un frío de los diablos y con el -reuma mis caderas no están para músicas.</p> - -<p>En tono natural leyó Rogelio:</p> - -<div class="blockquot"><p>«Nuestra más distinguida amiga: La dadora, Esclavitud Lamas, -manifestará á V. el favor que pide. Nosotras sólo podemos -atestiguar que todo el tiempo que estuvo en esta casa, observó -ejemplar conducta, sin faltar nunca á su obligación; tanto, que su -marcha nos deja muy disgustadas, por no tener queja ninguna de -ella, al contrario.</p> - -<p>«Quedan de V. afectísimas sus antiguas amigas,</p> - -<p class="r"> -«<span class="smcap">Pascuala y Mercedes Romera</span>.»<br /> -</p></div> - -<p>—¿No dice más, hijo?</p> - -<p>—Trae una posdata tonta. No la leo, ea.</p> - -<p>—¿Una posdata tonta?</p> - -<p>—Sí; que por qué no me dejo ver, que ya estaré hecho un buen mozo... -Las bobadas de cajón.</p> - -<p>—Te lo estoy diciendo siempre, rapaz,—exclamó<span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220"></a>{220}</span> la madre con -viveza.—Nunca subes diez minutos á casa de esas pobres señoras que te -quieren tantísimo. Como que te han conocido así, hecho un muñeco. -Pensarán que es culpa mía. Pues bastantes veces te hablo de ellas. -¡Pascuala y Mercedes! Si tú no vas iré yo.</p> - -<p>—¡Pero, <i>mater terribilis</i>, si en cuanto piso aquella antesala me entra -un sueño... y no hago sino bostezar!</p> - -<p>—Pues son unas santas.</p> - -<p>—¡Amén; yo no les quito su santidad; sólo digo que son tan pesaditas, -tan patosas! Hablan á dúo como los alemanes de <i>La Diva</i>, «Rogelito, -¿qué tal la mamá? ¿Y los estudios?»—Al decir, así imitaba la voz -cascada y el acento malagueño de las solteronas.</p> - -<p>—Valiente pinturero estás tú,—murmuró la señora reprimiendo la -risa.—No sé por qué te han de dar sueño Pascuala y Mercedes.</p> - -<p>—Insondables enigmas del corazón humano. Arcanos profundos. En aquella -<i>dimora casta è pura</i> flota en la atmósfera un beleño letal.</p> - -<p>—¡Farsante!</p> - -<p>Mientras duraba esta escaramuza entre la madre y el hijo, la muchacha -esperaba inmóvil, sin levantar los ojos del suelo. Doña Aurora se hizo -cargo y se encaró con ella.</p> - -<p>—Hija, dispense V. Aquí dice que V. me explicará el objeto de su -venida. ¿Quiere subir?</p> - -<p>—No, señora... Por mí no se moleste. Aquí mismo...</p> - -<p>—A ver, no tenga V. reparo. ¿Alguna recomendación?<span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221"></a>{221}</span></p> - -<p>—Recomendación, no, señora. Es que yo quiero entrar á servir en casa de -V.... ó de otra familia gallega,—añadió después de una pausa.</p> - -<p>Doña Aurora miró fijamente á la postulante, y creyó advertir que se -ruborizaba un poco.</p> - -<p>—¿Usted... no estaba contenta con las señoritas de Romera, según eso?</p> - -<p>—Sí, señora; por contenta sí... y me parece que ellas también conmigo; -ya lo ve por la carta que me dieron. Por lo que es de las señoritas, -estaría yo en la santa gloria, que son muy buenísimas, no despreciando: -Dios las florezca. Sólo que á las veces... hay personas buenas y no se -hace uno con ellas. Esas señoritas son de allá de Málaga, en tierra de -Andalucía, y tienen unas costumbres y unas comidas que yo no las -entiendo. Hasta el habla suya es atravesada para mí. Cuando me mandan -hacer una cosa y no comprendo, me quedo como si me leyesen la sentencia -de muerte. Y luego, señora, la verdad por delante: el no estar entre -gente de su tierra, ni oir mentarla nunca, le pone á uno el corazón muy -negro. Por la metá de soldada y con doble de trabajo, quiero servir á -una persona del país.</p> - -<p>Lo dijo con tal persuasión, que se aumentó la benevolencia de doña -Aurora, prendada ya del porte decente y honesto de la muchacha, tan -distinto del desgarro que gastan las <i>Menegildas</i> madrileñas. Sólo que -no veía claro aún en la historia: allí debía de haber algún intríngulis. -Delante de la puerta, el simón chupaba su papelito, mientras el jamelgo -bajaba la cabeza<span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222"></a>{222}</span> y estiraba los belfos, soñando con pienso abundante y -prados deleitosos.</p> - -<p>—Hija—advirtió la señora—yo voy á sentarme en el coche. Como no tengo -sus años, me pesa el cuerpo y las piernas me bailan. De no subir, el -coche sea conmigo.</p> - -<p>La galleguita la ayudó á colocarse, y desde dentro, doña Aurora -preguntó:</p> - -<p>—Diga... Y estando V. tan pegada á la tierra, ¿cómo se vino de allá?</p> - -<p>¡Ah! de esta vez no cabía duda: fué rubor, y rubor encendidísimo, el que -tiñó los pómulos de la sirviente. Y al contestar—se necesitaba ser -sordo, y sordo verdadero, para no percibirlo—tartamudeaba, sobre todo -en las primeras frases.</p> - -<p>—A las veces... tiene uno... que hacer aquello que menos le está -pidiendo el corazón, señora... Somos hijos de la suerte. A mí me criara -mi tío, el cura de Vimieiro. Dispuso el Señor de llevárselo; quedé sin -arrimo. Para comer pan hay que trabajar. Era reina en mi casa; ahora -sirvo. Alabado sea Dios, y nunca nos falten las manos y la salud.</p> - -<p>—¿Cómo no entró V. á servir allá?—insistió la señora, que sobre una -pista era más fina que el mejor sabueso. Y que la pista existía, no pudo -dudarlo al ver que ya no era rubor, sino llamaradas de fuego, lo que -pasó por el rostro de Esclavitud.</p> - -<p>—No... no se me proporcionó—respondió con acento ahogado.—Luego, como -allí todos me conocían, me daba vergüenza.<span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223"></a>{223}</span></p> - -<p>Doña Aurora Pardiñas recapacitó cosa de dos minutos, y endulzando el -tono para suavizar lo áspero de la idea.</p> - -<p>—Vamos á ver... Quien la recomienda á V. son las señoritas de Romera, -que... que la conocen sólo del tiempo que estuvo en su casa. ¿No es eso? -Pues sería conveniente... V. se hará cargo de ello... que tuviese aquí -otras personas de allá, del país, para responder.</p> - -<p>La muchacha titubeó un instante, y resolviéndose al fin, contestó:</p> - -<p>—Me conocen el señorito Gabriel Pardo de la Lage y también la hermana.</p> - -<p>—¿Rita Pardo? ¿La casada con el ingeniero? Pues si la trato mucho. ¿Y -dice V. que la conoce?</p> - -<p>No contestó la chica sino alzando la mano y el hombro como para -expresar: «¡Bah! Desde que nací.»</p> - -<p>—Bien...—murmuró la señora.—Francamente, hija, siento que deje V. á -las de Romera. Mejor casa y mejores señoritas...</p> - -<p>—No niego eso—replicó Esclavitud con mayor energía si cabe;—solamente -que ya le he contado la verdad, señora, como si estuviese hablando con -mi difunta madre ó con el confesor. Pegó conmigo la morriña, y si no -salgo creo que se me revuelve la cabeza ó me voy derecha á la sepultura. -Yo no comía. Yo me metía á cavilar por los rincones. Yo me fuí quedando -morena, morena, y tan flaca, que la ropa se me cae. Yo de noche tenía -unos aflictos como si me atasen una soga al pescuezo tirando mucho. Con -esto<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224"></a>{224}</span> y con todo me daba empacho descubrirme á mis señoritas. Lo -conocieron ellas, y fueron las primeras en aconsejarme que, de no -volverme á la tierra, que me metiese en alguna casa de gente de allá. -«Hija, estás tan desmejorá que pareces otra». Mismo así me dijeron.</p> - -<p>Al hacer esta narración, la barbilla de Esclavitud temblaba como la de -los niños cuando reprimen la emoción que precede al llanto. Los ojos no -se veían, porque los bajaba, según costumbre.</p> - -<p>—Serénese—ordenó afectuosamente la señora. Iba entrándole una simpatía -irresistible por aquella muchacha, de porte tan modesto y de corazón al -parecer tan sensible. ¡Qué poco se parecía á las descocadas de Madrid, á -las charranas de los barrios, chulapas sin pudor que no pueden estar en -una casa decente! Justamente no hacía hora y media que la Pepa, la -doncella, por un quítame allá ese polvo, se había desvergonzado -poniéndose como una verdulera. Esta galleguita podría haber tenido... -qué sé yo... cualquier desliz... porque lo de la escapatoria de su -tierra no resultaba claro; pero el tipo era tan... vamos, tan de mujer -de bien... Sabe Dios lo que le habría sucedido á la pobrecilla.</p> - -<p>—Mire—declaró adelantando la cabeza por la portezuela—lo que es ahora -mismo no le puedo contestar fijamente si la tomo ó no. Dése V. una -vuelta mañana á estas mismas horas, y llame en el entresuelo. Me -alegraría de que... pero hay que pensarlo. Si yo no pudiese, haré por<span class="pagenum"><a name="page_225" id="page_225"></a>{225}</span> -descubrir alguna casa gallega... Dígame V. las condiciones, por si otra -persona quisiese saber...</p> - -<p>Esclavitud arrollaba entre las yemas del pulgar y el índice un pico del -pañuelo de seda negra.</p> - -<p>—Dios se lo pague. Por la soldada tanto me da un duro más como un duro -menos. Al trabajo no le pongo mala cara. De cocinera no voy porque no sé -estos guisos finos que se estilan ahora; sé las comidas de la tierra, -así, sencillas. En lo demás me parece que daré gusto, lo mismo en -limpiar, que en el repaso, que en la plancha. Lo que le pido es que en -la casa que me busque, no haya... vamos... hombres que...</p> - -<p>—¡Ya, ya!...—atajó doña Aurora. Y añadió bromeando:—Pero y entonces -¿cómo pretende V. mi casa? ¿No ha visto V. que en ella hay un hombre?</p> - -<p>Señaló á Rogelio, que repuesto de su cortedad con la presencia de su -madre, consideraba á la chica, reclinado en la portezuela del simón. -Esclavitud siguió la dirección de la mano de la señora; por primera vez -sus ojos, verdes, cambiantes, de mirada cándida, se fijaron en el -estudiante: luego pronunció risueña:</p> - -<p>—¿Este señorito es su hijo? Por muchos años... Dios se lo conserve. -Este no es de los hombres que yo decía. Por ahora es un rapaz.</p> - -<p>Demudóse Rogelio como si le hubiesen dirigido el más atroz insulto. Para -disimular quiso reir, y la risa se le atascó en la garganta. Preciso es -consignarlo: hasta sintió como el ardor de una lágrima en los ojos. Fué -uno de esos instantes<span class="pagenum"><a name="page_226" id="page_226"></a>{226}</span> de rabia insensata y profunda, que alguna vez ha -de sufrir el varón cuya infancia se prolonga más de lo justo; instantes -en los cuales se apetece, como el mayor bien, poseer el amargo tesoro de -la experiencia: dolores, desengaños, tribulaciones, luchas, -enfermedades, canas, arrugas en el rostro, fracasos, traiciones de la -amistad y del amor... todo, todo á trueque de oir la palabra reveladora, -de gustar el fruto del bien y del mal, la eterna manzana dorada por un -lado y sangrienta por otro. Todo por llenar el destino humano; todo por -recorrer el ciclo de la vida.</p> - -<h3><a name="VI-morr" id="VI-morr"></a>VI</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">C</span><small>UANDO</small> arrancó á andar el simón, la señora gritó á su hijo, que iba en -el pescante: «Da las señas de Rita Pardo.» Rogelio obedeció, pero así -que llegaron á la fea calle del Pez, donde vivía la señora del -ingeniero, saltó á abrir la portezuela y dijo:</p> - -<p>—No subo. Para esos informes que vas á tomar no me necesitas.</p> - -<p>—¿Y á dónde te vas ahora?</p> - -<p>—Por ahí,—respondió no sin alguna sequedad el estudiante, echando á -andar y haciendo á su madre con la mano esa señal de despedida del -hombre que se emancipa, algo semejante al<span class="pagenum"><a name="page_227" id="page_227"></a>{227}</span> nervioso aleteo del pájaro -cuando le abren la jaula. Sin dar otra explicación, y embozándose más -ceñido, desapareció en la revuelta de la primer esquina. La madre le -siguió con los ojos mientras pudo: después suspiró y sonrió á medias.</p> - -<p>—Algún día ha de ser...,—pensaba.—Está en una edad en que no se puede -tirar de la cuerda mucho. Por supuesto que á mí no me la pega el -pobriño: esto es un puro alarde de independencia: mirará cuatro -escaparates, comprará seis ú ocho periódicos, dará unas vueltas con -algún amigo que encuentre... y á su farmacia en seguida. Yo, si le viese -fuerte, robusto, hecho un brutazo... otros á su edad tienen cada espalda -y cada barbota negra que parece un tojal... El es así, tan finito, tan -poquita cosa... Sácamele adelante, Virgen de los Remedios.</p> - -<p>Las inquietudes maternales se apaciguaron cuando la señora, soltando el -pasamano de la escalera, agarró el cordón de la campanilla para llamar -en el tercer piso efectivo, con honores de principal, de Rita Pardo. -Salió á abrir una niña como de once ó doce años, pálida, ojinegra, mal -atusada y peor vestida, que en cuanto vió visita se escapó corriendo y -gritando:</p> - -<p>—¡Mamá! ¡mamá! La señora de Pardiñas.</p> - -<p>—Que pase á la sala... voy inmediatamente...—respondió desde alguna -oficina interior, cocina ó despensa, una voz de mujer. Doña Aurora, sin -esperar el permiso, se dirigía ya al salón, modelo cumplido de la -cursilería mesocrática, rebosando pretensiones y sin un solo mueble<span class="pagenum"><a name="page_228" id="page_228"></a>{228}</span> -sólido ni artístico. Había dos ó tres sillas de felpa de colores -variados, una <i>étagère</i> con estatuitas de fundición, cacharros vulgares, -y algún objeto de plata, sin ningún mérito, que sólo por ser de plata -estaba allí; una alfombra de moqueta mal barrida; dos retratos al óleo -del señor y de la señora, en óvalo, con traje dominguero, y otras -ridiculeces semejantes. Conocíase que la sala se ventilaba y aseaba -poco, y la alfombra daba evidentes indicios de haber en la casa -criaturas menores.</p> - -<p>Al cabo de diez minutos, apareció la señora del ingeniero, Rita Pardo. -Venía acabando de abrocharse una bata demasiado lujosa, de raso azul -pálido con encajes crema, por encima de la ropa interior, sucia del -trajín casero: acababa de pasarse la borla de polvos, y le sonaban los -brazaletes. Aunque ajamonada y algo desbaratada de cuerpo, ni la -maternidad ni la madurez habían podido eclipsar su picante hermosura; -pero la coqueta á quien conocimos poniendo el plano inclinado á su primo -el marqués de Ulloa, se había transformado en matrona circunspecta y -barnizada de una espesa capa de decoro, bajo la cual sólo el ojo lince -del observador podía descubrir á la mujer verdadera, invariable, porque -las almas se tiñen, se disfrazan, pero no se renuevan. Saludó -cordialmente á la señora de Pardiñas, con aquello de «Tanto bueno, -Aurora... ¡Jesús! En esta vida de Madrid, se van los meses y ni sabe uno -de los amigos... Me coge V. hecha una visión... Las mañanas son -terribles: las pierde uno en atender á<span class="pagenum"><a name="page_229" id="page_229"></a>{229}</span> chinchorrerías y á recaditos... -Cuánto va á sentir Eugenio...»</p> - -<p>Apenas dejó doña Aurora entrever el objeto de su visita, Rita Pardo -suspendió la charla, y atendió con una curiosidad evidente, pintada en -sus voluptuosos ojos negros y en su boca dura y fresca. Prolongada serie -de gestos ambiguos y de risitas sospechosas fué preludio al siguiente -comentario.</p> - -<p>—¡Qué me dice V., qué me dice V.! ¡Esclavitud Lamas, Esclavitud Lamas! -¡La del abad de Vimieiro! ¡Ta, ta, ta, ta, ta! ¿Y cómo ha ido á batir -con V. Esclavitud Lamas? ¿No es una chica rubia?</p> - -<p>—No sé si es rubia. Lleva pañuelo negro que le tapa la cabeza. Viste de -luto riguroso, muy aseada. La traza excelente.</p> - -<p>—¡Vaya, vaya! ¡Conque Esclavitud Lamas, señor! ¡Mire V., mire V.! Sí, -es, como decimos allá, muy moinita, muy modosa: habla tan pacato y tan -suave que á veces no se la oye. Huele desde cien leguas á sacristía y á -incienso. ¡Una santita mocarda!</p> - -<p>Doña Aurora iba escamándose más de lo justo con este prefacio: resolvió, -no obstante, disimular y apurar la verdad, toda la verdad, siquiera el -descubrirla doliese á su corazón, interesado por la chica.</p> - -<p>—¿Conque V. la conoce mucho?</p> - -<p>—¡Jesús! Como á los dedos de las manos. ¡Si la conozco! Ese cura Lamas -Tarrío era muy amigote de casa, ya antes de que papá le presentase para -Vimieiro, cuando servía el otro<span class="pagenum"><a name="page_230" id="page_230"></a>{230}</span> curato en la montaña. Siempre le -teníamos de huésped, y muy aficionado á hacer regalos: que manteca, que -quesos, que huevos en Pascua, que en Navidad capones... Papá le -apreciaba, porque en la montaña corrió bastante tiempo con la cobranza -de las rentas. En fin, él era todo nuestro. A papá le debió también -favores... favores gordos, doña Aurora.</p> - -<p>—Bien: lo que yo deseo saber es lo referente á la muchacha. Si no tiene -ningún mal antecedente, si puedo admitirla en mi casa... para mí será -una satisfacción. No estoy contenta con la Pepa, y esta chica me ha -entrado.</p> - -<p>Rita Pardo sonreía con malignidad, al paso que estiraba los encajes de -su manga izquierda, un poco abarquillados por el uso. Enarcó las cejas é -hizo un mohín de difícil interpretación.</p> - -<p>—¡Pst! Buenos antecedentes, es un término muy elástico, como V. -comprenderá. Los buenos para unos son... medianitos para otros. En eso, -hay quien hila más ó menos delgado. Si á V. le gusta tanto la chica...</p> - -<p>—¡No, poco á poco!—exclamó alarmada ya la señora.—Para mí los buenos -antecedentes son... los antecedentes buenos, sin más acá ni más allá. -Sea V. franca y dígame todo lo que sepa, que á eso he venido; y ya con -la espina que V. me clava, no tomo yo la chica, ni coronada de gloria, -sin que V. me explique...</p> - -<p>Volvió Rita á dar tormento á los encajes, y suspiró como quien se ve en -aprieto.</p> - -<p>—Aurora... hay cosas de esas que... que por<span class="pagenum"><a name="page_231" id="page_231"></a>{231}</span> muy públicas que sean, no -puede uno tomar sobre su conciencia el descubrirlas. ¿V. no está en -autos, eh? pues sería muy feo que yo la pusiese. ¿Que no llegó á oídos -de V.? Mejor; ventaja para Esclavitud. Y puede V. tomarla, que á mí se -me figura que resultará una excelente doncella.</p> - -<p>—V. se guasea, Rita,—dijo la señora dando vado á su impaciencia -creciente.—Me envuelve V. el asunto en el misterio, me hace V. de él -una montaña, y luego me sale con que puedo recibir á Esclavitud. No, -hija; en mi casa no se recibe á la gente así, sin más ni más. Aclare V. -el enigma, y entonces...</p> - -<p>Al llegar la entrevista á este terreno, adoptó Rita una actitud que -hasta rayaba en desatenta. Se hinchó de nariz y de pecho, se hizo atrás -y empezó á negarse, con el acento de la dignidad ofendida y del pudor -lastimado.</p> - -<p>Cuando después de agotar los razonamientos, doña Aurora obtuvo por seca -respuesta un «Lo siento mucho, pero es imposible», la señora hubo de -levantarse, no cuidándose de reprimir el mal humor que le producían -aquellos impertinentes tapujos. Ya murmuraba con cólera: «V. perdonará -que haya venido á molestar», cuando, después de un fuerte repique de -campanilla y algunos gritos infantiles en el recibimiento, entró en la -sala la niña mayor,—la zangolotina de doce años,—saltando de júbilo y -exclamando:</p> - -<p>—Mamá, mamá, tío Gabriel.</p> - -<p>Entonces la viuda de Pardiñas, con repentina<span class="pagenum"><a name="page_232" id="page_232"></a>{232}</span> inspiración, se afirmó en -el suelo calculando:</p> - -<p>—Esta es la mía. Ahora verás, gata hipócrita, maulona, farsanta.</p> - -<h3><a name="VII-morr" id="VII-morr"></a>VII</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">E</span><small>NTRÓ</small> el comandante, vestido de paisano, metiendo bulla con la -sobrinita, que era su ojo derecho, y trayéndola cogida de la cintura, -como si fuesen á bailar un vals. En cambio, en el saludo que hizo á su -hermana pudo notar doña Aurora esa sequedad muy parecida al desvío, que -á veces consigue disimularse respecto de los indiferentes, pero nunca en -familia. Después de las fórmulas y cumplimientos de rigor, la señora de -Pardiñas, que no desmentía su raza en punto á diplomacia y tenacidad, -insinuó como aquel que no quiere la cosa:</p> - -<p>—Vaya, les dejo á Vds. Al fin no consigo saber lo que deseaba, y para -eso... Su hermana de V. es reservadísima, señor de Pardo.</p> - -<p>—A fe que no lo creí,—contestó redonda y duramente el artillero.</p> - -<p>—Pues mire V., cada uno habla de la feria según le va en ella. Conmigo -ha mostrado una prudencia... atroz.—Y, sin atender al gesto y la mirada -de Rita, continuó impávida:—Un cuarto de hora hace que le pido informes -de una chica<span class="pagenum"><a name="page_233" id="page_233"></a>{233}</span> paisana nuestra, Esclavitud Lamas, la sobrina del abad de -Vimieiro...</p> - -<p>Pardo prestó oído, como el que escucha algo que le despierta memorias -confusas.</p> - -<p>—Aguarde V., aguarde V... Vimieiro... Lamas... Lamas Tarrío... Ese cura -era íntimo de papá. Rita sabrá cuanto á él se refiere; lo sabrá al -dedillo. ¿Qué reparo has tenido en decirle á doña Aurora?...</p> - -<p>Un caricaturista que quisiese representar la dignidad burguesa en su más -enfática expresión, debiera copiar el rostro y la flexión de cejas de -Rita, que señalando á su hija mayor, casi sentada en las rodillas del -comandante, exclamó con acento profundo:</p> - -<p>—¡¡La niña!!</p> - -<p>—¡¡Y qué, la niña!!—respondió Don Gabriel remedando el tono dramático -de su hermana.—¿Tenemos alguna de esas cosas terribles que no puede oir -la inocencia; que ha parido la gata, pongo por caso?</p> - -<p>—Gabriel, eres tremendo, hijo,—gimió Rita, alzando al cielo sus bellos -ojos meridionales.—Una matándose por hacer de tus sobrinas lo que deben -ser en sociedad, y tú empeñado... Manías de las personas; con eso no se -puede.</p> - -<p>—Ea, señores,—insistió la pesada de doña Aurora,—yo estoy á mi -pleito. Rita, no diga V.; lo que es por la niña no dejó V. de darme esos -informes. La niña no estaba delante; y sobre todo, con enviarla á otra -habitación...</p> - -<p>—Que es lo que voy á hacer ahora mismo.<span class="pagenum"><a name="page_234" id="page_234"></a>{234}</span> Eugenia, vete, hija, á -estudiar el método de Concone.</p> - -<p>La chiquilla salió á contrapelo, no sin obsequiar á su tío con dos ó -tres carantoñas de despedida; pero ninguna escala ni ningún estudio -reveló que se hubiese encerrado en el potro musical donde diariamente se -descoyuntan las manos nuestras señoritas, dignas de mejor suerte.</p> - -<p>—Verá V.,—recalcó doña Aurora,—ahora que podemos hablar libremente. -Se trataba de que esa chica, Esclavitud Lamas, quiere entrar en mi casa -á servir; y á mi sus tracitas me gustan mucho. Pero no sé sus -antecedentes, ni el motivo por qué se vino de su tierra. Me huele á -alguna historia rara todo ello. Su hermana de V. sabe la historia, y ni -por Dios ni por los santos me la quiere contar. Ahí tiene V. nuestra -batalla. Ya nos estábamos formalizando cuando V. llegó.</p> - -<p>—La historia...,—dijo Gabriel limpiando nerviosamente sus lentes de -oro y calándoselos con ahinco.—Aguarde V., señora, que si mi memoria de -gallo no me juega alguna trastada... ¿Tú, Rita, ese cura Lamas Tarrío no -es el que recogió una niña pobre? Dime la verdad, que si no, escribo hoy -mismo á Galicia preguntando.</p> - -<p>—¡Jesús, hijo, pero qué cosas tienes! Eres incapaz, y cada día que -pasa... ¿No iba yo á decirte la verdad? Sí, ese Lamas fué, y ya que se -te antoja abrir su sepultura y sacarle á la vergüenza pública, sácale -tú, que yo no quiero semejante cargo de conciencia.<span class="pagenum"><a name="page_235" id="page_235"></a>{235}</span></p> - -<p>—Más cargo de conciencia es,—replicó Gabriel con vehemencia,—que la -chica pierda su colocación por delitos ajenos. Doña Aurora, ahora le -puedo yo contar á V. la historia enterita: por un cabo ha salido toda la -madeja; en esto de historias sucede lo que con las tonadas antiguas, que -si recuerda uno el primer compás, ya puede cantarlas enteras sin -equivocarse. ¡Y le aseguro á V. que es una novela... vamos, una novela!</p> - -<p>—Allá tú,—articuló Rita venenosamente emprendiéndola con los encajes -otra vez.—Yo, ciertas cosas... Lavo mis manos.</p> - -<p>Disimuló doña Aurora el gozo del triunfo; pero hembra al fin, miró á -Rita de soslayo y pensó:</p> - -<p>—Fastídiate, pinturera...</p> - -<p>—Verá V.,—empezó el comandante.—Ese cura Lamas fué un infeliz, -ignorantón como lo era entonces todo el clero rural, que hoy se ha -civilizado mucho, y bastante zoquete; pero cumplía sus deberes -parroquiales, y si tenía deslices los encubría bien: no puedes ser -casto, sé cauto, como dicen ellos. Por cuanto una noche llega á la -rectoral una chiquilla, de diez años poco más ó menos, que había quedado -huérfana y vagaba pidiendo limosna: en una casa le daban un mendrugo de -pan de maíz, en otra un poco de hoja del mismo maíz para tumbarse y -dormir; aquí un pañuelo roto, allí unos zuecos viejos... Así vivía la -desdichada. El cura se compadeció, y le dijo: «Pues quédate aquí; -aprenderás las labores caseras..., tendrás vestido,<span class="pagenum"><a name="page_236" id="page_236"></a>{236}</span> cama y caldo -caliente.» Dicho y hecho; la chiquilla se quedó...</p> - -<p>—¿Y era Esclavitud?</p> - -<p>—No, señora; no, señora... Aguarde V. Salió la chica habilidosa y -despabilada: echó, como dicen allá, la morriña fuera..., y hasta se puso -lozana y guapetona. Y,—aquí la voz del comandante adquirió tonos -irónicos,—al desabrochar la flor de la nubilidad...</p> - -<p>—¡Ay, Gabriel!...—respingó Rita.—Ciertas cosas se pueden contar de -otro modo. No se necesita entrar en detalles que...</p> - -<p>—¡Bah!—dijo doña Aurora.—Todos somos casados, y yo vieja. Ya estamos -al cabo y curados de espantos, amiga. Siga V. ¿Qué vino después?</p> - -<p>—Después vino Esclavitud.</p> - -<p>Aunque la señora afirmaba <i>estar al cabo</i>, la noticia, dicha así de -pronto, casi la hizo saltar en la silla.</p> - -<p>—¡Aah!—pronunció, quedándose muy meditabunda.—Por eso la pobre... -Bueno: ¿y después?</p> - -<p>—¿Después?—recalcó fogosamente Rita, incapaz de contenerse, metiendo -al fin cucharada.—Después mi papá se vió negro para amansar al Cardenal -Arzobispo, el señor Cuesta, que estaba hecho un león. Como era tan -virtuoso, aquel señor apretaba las clavijas y no permitía desmanes. Pues -si no es lo que papá machacó en Su Eminencia, y hoy una súplica y mañana -otra, sin licencias se queda Lamas Tarrío, y se pudre en la cárcel -eclesiástica. Porque una cosa es que á un sacerdote se le escurra el -pié<span class="pagenum"><a name="page_237" id="page_237"></a>{237}</span> y cometa gatuperios allá donde nadie lo sabe, y otra que esté -escandalizando á los feligreses, y que críe la chiquilla en su casa á -ciencia y paciencia de todo el mundo, y la traiga en brazos, y...</p> - -<p>—Mi padre,—advirtió Gabriel interrumpiendo á su hermana,—con una mano -machacaba en el Arzobispo, y con la otra martillaba en el culpable. A -fuerza de exhortaciones pudo conseguir que la sirena saliese de la -rectoral; pero Lamas seguía viéndola. Al fin papá se cuadró, le echó al -cura unas pláticas que me río yo de las del capuchino más barbado, y -pudo conseguir que enviase á la madre á Montevideo, á condición de que -le dejasen la chiquilla.</p> - -<p>—Sí,—volvió á entrometerse Rita,—bonito remedio fué: peor que la -enfermedad. El hombre quedó más rabioso y más relajado de lo que estaba. -Se pasaba las noches en vela llorando y gritando; le dieron unos -arrebatos de sangre,—en casa por cierto,—que fué preciso aplicarle un -golpe de más de cuarenta sanguijuelas; y la sangre salía negra como la -pez. Creímos que se volvía loco: andaba por los corredores arrancándose -los pelos, llamando á la individua, y diciéndole cosas babosas...</p> - -<p>Cuando esto soltaba Rita, su hermano observó que las cortinas del -gabinete contiguo se agitaban como movidas por un céfiro de curiosidad -retozona, y casi se dibujaba en ellas el relieve de un hociquito atento.</p> - -<p>—Mira,—advirtió,—ahora eres tú la que te metes en honduras. Todo eso -no viene al caso.<span class="pagenum"><a name="page_238" id="page_238"></a>{238}</span> Despachemos pronto la historia, y deja que yo la -acabe. El pobre Lamas se puso tan mal, que le dió lástima al mismo -Arzobispo, el cual le llamó para animarle é infundirle deseos de -penitencia. Y, en efecto, con el curso del tiempo, fué sosegándose, y -hasta se portó bastante bien en lo sucesivo. Unicamente se le podía -tachar de que criaba á la niña con mimos extremados; pero como el -sentimiento de la paternidad, aun cuando atropelle toda ley divina y -humana, tiene mucho de sagrado, la gente transigió. El presentaba á la -chica diciendo que era sobrina suya. Como los hijos sacrílegos no -heredan, el cura ahorró dinero, onza tras onza, para entregárselo en -mano propia á Esclavitud; pero la chica, que ha salido muy remirada y -muy devota y muy desinteresada además, al morir Lamas entregó todo ese -dinero, en oro como lo había recibido, para misas y sufragios por el -alma del pecador. Este solo rasgo le pinta á V. el carácter de la -muchacha: pocas harían otro tanto, aunque hubiesen nacido en mejores -pañales y más... ortodoxamente.</p> - -<p>—Mi hermano, como tiene así la imaginación, pinta muy románticas las -cosas.</p> - -<p>—Señora de Pardiñas, palabra de caballero que ni quito ni pongo. Esa -chica, según entiendo, sería capaz de irse á cualquier parte en -peregrinación, descalza, para sacar del purgatorio el alma del cura de -Vimieiro.</p> - -<p>—Falta le haría,—advirtió Rita,—y también para la de su madre, que -allá en América parece que se dió á la vita bona.<span class="pagenum"><a name="page_239" id="page_239"></a>{239}</span></p> - -<p>—¡Válgame el cielo, y qué inquisidores os volvéis los que nunca habéis -carecido de consideración ni de pan!—exclamó Pardo, ya indignado -seriamente.—Yo no peco de filántropo; pero ciertas cosas no me las -explico en gente que alardea de cristiana, y va á misa, y reza. Buenos -rezos son esos, buenos. ¿Así entiendes tú la caridad? Pues hija, afirmo -que esa Esclavitud vale más que...</p> - -<p>Se contuvo por fortuna, y añadió:</p> - -<p>—Que otras personas. ¿Qué culpa tiene ella de las faltas de sus padres, -diga V.? Y las está expiando como si las hubiese cometido. Hasta se -expatrió, según veo, y juraría que es por vergüenza, por no estar donde -la gente <i>sepa</i> y <i>recuerde</i> y <i>diga</i>...</p> - -<p>—También juraría lo mismo—asintió con calor doña Aurora.—Ahora -entiendo por qué se sofoca tanto cuando le hacen ciertas preguntas. Yo -opino como V., Pardo, como V., que es buena; que tiene sentimientos -nobles... y que esos rasgos la honran mucho.</p> - -<p>—Sí, guíese V. por mi hermano. Admítala en su casa,—exclamó Rita con -una carcajada impertinente, que salía de lo más dañado de sus -hígados.—Tocante á dar consejos, Gabriel es una especialidad. Le -tiemblo cuando pega la hebra con mi esposo. Si Eugenio se guiase por él, -estaríamos pidiendo limosna. Cargue V. con esa chica, ya verá cómo sale -con las manos en la cabeza. Entonces dirá V.: «Bien me lo avisó Rita -Pardo.»</p> - -<p>La señora pensaba para su rotonda de pieles:<span class="pagenum"><a name="page_240" id="page_240"></a>{240}</span></p> - -<p>—Aunque sólo fuera para hacerte tragar quina; falsa, maulona... Ya te -he calado, ya.</p> - -<p>Al salir Gabriel, esperábale en la antesala su sobrina mayor. La cogió -por el talle, y subiéndola á la altura de su boca, entre risas de la -chiquilla, le deslizó al oído:</p> - -<p>—Las niñas buenas, para que tití Gabriel las quiera mucho, no atisban, -no husmean, no se esconden detrás del portier... Obedecen á su mamá, -porque es su mamá, y no les ha de mandar cosa mala... ¡Cuidadito con -morder, lagartija! Las niñas buenas... son buenas. ¡Ay! ¡Mi corbataaá!</p> - -<p>—¿Tití Gabriel, me llevas contigo?—arrullaba la zangolotina.—Contigo -sí, contigo no..., contigo sí me iría yo. ¡Llévame, anda!</p> - -<p>—A Leganés te llevaré... ¡Juicio! ¡Estudie V. la lección de francés! -¡Péinese V. ese felpudo! ¡Dé V. una vueltecita por la cocina, á ver qué -hace la pobre chica esa! ¡A papá le gusta el rosbif muy poco hecho! -¡Cuide V. el rosbif de papá!</p> - -<p>Al cruzar la puerta, el comandante le echó á la niña un beso volado, y -ella pagó en seguida el envío.</p> - -<h3><a name="VIII-morr" id="VIII-morr"></a>VIII</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">D</span><small>OÑA</small> Aurora acostumbraba llevarle á su hijo el chocolate á la cama, -porque, chapada á la antigua en muchas cosas, estábalo también<span class="pagenum"><a name="page_241" id="page_241"></a>{241}</span> en -madrugar. Era un momento delicioso para la mamá chocha aquel del -chocolate.</p> - -<p>El rapaz, como ella le llamaba, tenía al despertarse ese regocijo sin -causa, propio de los años primaverales, en que parece que cada día nuevo -sale de manos del tiempo dorado y lindo, esmaltado de dichas, y en que -el peso de recuerdos dolorosos no sujeta aún las alas vibradoras de la -esperanza. Rogelio, que por las tardes padecía á veces un abatimiento -nervioso, por las mañanas era un pájaro en lo vivo y juguetón. Hasta su -charla se parecía al gorjeo de las aves cuando amanece y de los niños -cuando abren los ojos. Sentada su madre á la cabecera, después de haber -apartado las prendas de ropa esparcidas y los libros desparramados aquí -y acullá, sostenía la bandeja para que no se volcase la jícara, donde el -muchacho mojaba los rubios buñuelos, mientras esperaba turno un vaso de -purísima leche. ¡Y qué de sudores y fatigas le costaba á doña Aurora el -tal vasito! Ya podía ella dar quince y raya á todos los químicos del -gabinete municipal: sin análisis, ni instrumentos, ni pamplinas, á -simple vista, por el color y el olor, conocía los grados y cualidades de -la leche toda que se expende en Madrid. ¡Como que sus esperanzas de ver -engordar á Rogelio las cifraba en aquel vasito de leche bebido antes de -clase, y en el bisteque engullido al salir de ella!</p> - -<p>A la hora del chocolate era cuando se comentaban todos los sucesos de la -víspera, las graciosas reyertas de Nuño Rasura y Laín Calvo,<span class="pagenum"><a name="page_242" id="page_242"></a>{242}</span> los -chistes estudiantiles, el último crimen, el fuego de anoche, junto con -los menudísimos acontecimientos de aquel hogar realmente tranquilo (como -lo son tantos en la corte, á despecho de la superstición provinciana que -considera á Madrid un torbellino ó vértigo perenne). Lo primerito que -hizo Rogelio, la mañana que siguió al día en que vino á pretender la -gallega, fué preguntar á su madre, con mal disfrazado interés:</p> - -<p>—¿Qué tal? ¿Qué te han dicho sobre la cándida doncella... de labor?</p> - -<p>Nada tenía la pregunta de importuna ni de extraña; sin embargo doña -Aurora se quedó algo cohibida, fluctuando entre referir puntualmente lo -averiguado ó callárselo. No; lo más prudente sería esto último. Se -trataba de cosas graves, y si Rogelio no guardaba toda la discreción -necesaria... Era preciso irse con tiento.</p> - -<p>—Mira, ratiño, en primer lugar tengo que advertirte que he despachado á -la Pepa.</p> - -<p>—¿Hola? ¿Caen aquí los ministerios sin que me entere yo?</p> - -<p>—Verás. Andaba muy engreída, muy respondona. Le planté la cuenta en la -mano. Todo les aguanto menos que repliquen. Supongo que había novio por -medio, que si no... La verdad: estoy harta de estas criadas de Madrid -tan remontadas y tan insufribles con ese salero y ese desgarro. Prefiero -una chica humilde, bien mandadita. Con una buena palabra me compran; no -lo puedo remediar. Si vieses la tal Pepa, qué modos y qué remangos. -Hecha un<span class="pagenum"><a name="page_243" id="page_243"></a>{243}</span> conejo de monte. ¡Ay! me parece mentira que se fué.</p> - -<p>—<i>Mater</i>, basta ya de prolegónemos—exclamó el chico ensopando en la -leche la lengüeta de un bizcocho.—Todo esto viene á parar en que tomas -á la misteriosa enlutada. Te entró por el ojito derecho, y caá uno tiene -sus debilidaes.</p> - -<p>—No seas bobo. Lo que quiero es que el servicio ande corriente. Esa -muchacha merece interés. Cuando yo lo digo...</p> - -<p>¡Ay! propósitos de reserva, programas de discreción, temedle como al -fuego á estas reticencias involuntarias, que abren de par en par la -puerta á las confidencias absolutas. La señora quería callar: pero -¿quién calla después de soltar prenda? Ni la hubiese dejado vivir -Rogelio. Además, doña Aurora, en el fondo, también deseaba relatar su -triunfo, decir cómo había vencido á aquella pinturera farsantona de Rita -Pardo. Tan dulce desahogo era el precio de la victoria. Hay un placer, -cuyo origen no se define, pero á cuyo atractivo cede casi todo el mundo, -en referir esos dramas hondos de la vida humana, que de rechazo nos -tocan á todos, que tienen el don de interesarnos porque despiertan -nuestros sentimientos de compasión y justicia, y al par nos ponen frente -á graves problemas, sin obligarnos á resolverlos, sino sólo á -considerarlos como consideramos en el teatro el argumento de una -tragedia engendradora de terror y piedad. Rogelio, con el codo puesto en -la almohada y los ojos muy abiertos,<span class="pagenum"><a name="page_244" id="page_244"></a>{244}</span> atendía afanosamente á la -narración novelesca de su madre.</p> - -<p>—Ya ves—advirtió ésta al concluir su historia—que á la pobre hay que -tratarla con ciertos miramientos. Ella, dada su situación, no ha podido -portarse mejor. Desinteresada como pocas, y aparte de eso religiosa y -formal. Por lo que he sacado en limpio, ella se cree una hija de -maldición, que anda cargada con los pecados de sus padres, y se -abochorna de que allá la vean y recuerden lo ocurrido. Hay que proceder -con mucho tino en como se le habla. Del padre no se puede ni indicar -tanto así... Pues de la madre, aun menos... porque la muy picarona vive -aún, y anda por esos mundos de Dios corriéndola...</p> - -<p>—Vamos...—respondió Rogelio recobrando su buen humor—resulta que á la -niña la miraremos como si fuese un hongo. Si alguna vez se trata de -papás y de mamás, la diré: «Ya sé que V. no los tuvo nunca». ¿Te parece -bien?</p> - -<p>—¡Chiquillo, no me seas rematado! Cómete ese bizcochito más. Lo que -quiero decir es que no le des bromas pesadas. Esas personas así, que -sufrieron grandes desgracias, son más sentidas; se sobresaltan por -cualquier cosa. ¡Yo desearía tenerla contenta!... En este Madrid y en el -servicio que ofrece, coger una chica virtuosa y de tan buen avío, créeme -que es una ganga. ¡Hay cada sargentona y cada lercha!</p> - -<p>—¿Te parece que compre un ramito de flores para ofrecérselo -galantemente cuando penetre en nuestra mansión?—preguntó el -estudiante.<span class="pagenum"><a name="page_245" id="page_245"></a>{245}</span> Su madre le descargó un bofetoncito muy tierno, agregando:</p> - -<p>—Lo que voy á comprar yo es un aguamanil y otras cosillas, porque -aquella desencuadernada de Pepa me dejó el cuarto hecho una leonera, y -esta muchacha tan aseada no va á encontrar ni donde lavarse las manos. -Aguamanil, jabón, una mesita de noche... y un ruedo limpio para que con -ese frío no salte de la cama sobre las baldosas, que están como la pura -nieve. Mejor que un ruedo será un pedazo de alfombrita de moqueta: ¡la -hay tan barata! Le voy á comprar también paño gordo para una chaquetita: -me parece que no tiene abrigo: á cuerpo venía ayer... No sé cómo estará -de ropa blanca. Siento haberle dado á la Pepa, no hará quince días, tres -camisas preciosas.</p> - -<p>—¡Bah! Con encargarle á París un <i>trusó</i> como el de la señora de -Cánovas, por ejemplo... Diez docenas de elegantes peinadores y cuatro -mil pares de medias de seda... ¿Bastará?</p> - -<p>Doña Aurora salió temprano y volvió antes de las doce con sus -adquisiciones hechas. Se complació en ver barridito el cuarto y -colocados en su sitio el palanganero y la alfombra. Puso toallas limpias -y sacó una colcha blanca de muletón, á fin de que la cama de hierro -pareciese más cuca. Dió una vuelta, y al entrar de nuevo en el cuartucho -no pudo menos de reirse á carcajadas. En un vaso de cristal azul lucía -un ramillete de á dos cuartos: Rogelio, escondido detrás de la puerta, -acechaba el efecto.<span class="pagenum"><a name="page_246" id="page_246"></a>{246}</span></p> - -<p>—¿Qué tal este timo? ¿Eh? ¡Ya tenemos <i>buqué</i>, caray, carapuche! como -dice Laín Calvo. Es de gardenias: me cuesta diez duros. ¿Voy por alguna -begonia? Haría muy bien un macizo al lado del aguamanil. Escribiremos la -crónica después: «La alcoba se había transformado, al toque de la -varilla de un hada, en frondoso jardín de invierno...»</p> - -<p>Esclavitud fué recibida tan pronto como se presentó, á eso de la una: -pero quiso ir á despedirse de las señoritas de Romera. No se instaló en -su nueva casa hasta por la tarde, trayendo consigo un mozo de cordel, -portador de uno de esos baúles gallegos forrados de piel de buey, que -tienen cantoneras de hojadelata. Pesaba tan poco, que al llegar al pié -de la escalera la muchacha se lo cargó á hombros y lo subió ella misma. -En aquel baúl casi vacío traía todo lo que le tocara por herencia del -abad de Vimieiro.</p> - -<h3><a name="IX-morr" id="IX-morr"></a>IX</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">L</span><small>OS</small> primeros días estuvo como gallina en corral ajeno. Realmente, fuese -debido á sus antecedentes históricos ó á la extraña enfermedad -nostálgica que padecía desde su llegada á Madrid, la chica aparecía -desmejorada y en un estado de caimiento que, si no la impedía trabajar<span class="pagenum"><a name="page_247" id="page_247"></a>{247}</span> -con asiduidad y hasta con ardor, la quitaba esa valentía que hace -insensible el trabajo. Su demacración era evidente, y aunque por las -esbeltas proporciones del talle y por ciertos rasgos de su cara se -revelaba muy joven, por el carácter, el estado de ánimo, la severidad de -su continente, cualquiera podía calcularle la edad en veintiocho ó -treinta.</p> - -<p>Es de advertir que esta especie de murria y desaliento no le impedía -cumplir estrictamente su obligación. Al contrario, Esclavitud realizaba -el tipo de la criada modelo. Levantábase muy temprano, casi con -estrellas, y antes de que la cocinera hubiese soñado en encender la -lumbre, ya estaba ella arreglando todas las menudencias concernientes al -desayuno de los amos. Desde el primer día se reservó la preparación de -chocolates, y los hacía con esmero clerical. El secreto, que ya va -perdiéndose, del tiempo, hervores y batiduras indispensables para que -una solución de cacao salga aromática, ligada y substanciosa, lo poseía -tan á fondo Esclavitud, que doña Aurora juraba no haber probado en su -vida chocolate por el estilo. En barrer tampoco se quedaba atrás. Con el -pañuelo atado á la curra y las sayas recogidas, pero sin gran alboroto -ni mucho trasteo de muebles, barriendo manso, por decirlo así, nadie -sería capaz de descubrir un átomo de polvo en los lugares por donde -había pasado aquella inteligente escoba. El no sacudir con exceso, ni -aporrear demasiado con los zorros, molestando á todo bicho viviente so -pretexto<span class="pagenum"><a name="page_248" id="page_248"></a>{248}</span> de limpiar, era un mérito más á los ojos de doña Aurora, -enemiga de la gente arrebatada y brusca. Pero donde la fámula nueva -descollaba era en el repaso. Veíase que estaba menos acostumbrada á -trabajos de fogón y á trajines caseros que á la labor sedentaria, en -silla baja, junto á una ventanita. En dos horas despabilaba el canasto -de ropa, y eran de admirar sus invisibles zurcidos, sus mañosas piezas, -sus indestructibles presillas y sus firmes botones. Doña Aurora decía á -las amigas:</p> - -<p>—Hoy no recelo yo echar á diario la ropa buena. Con esta Esclavitud, ni -una puntilla descosida, ni un bordado roto. Es una delicia verla con la -aguja en la mano.</p> - -<p>Pero al mismo tiempo, el carácter expansivo de doña Aurora no podía -sufrir aquella reservada melancolía de la muchacha. Mientras más -contenta estaba de su servicio, más desearía verla andar con ese aire -ligero que revela alegre conformidad con la suerte que nos toca y la -ocupación que desempeñamos. ¡Tantas consideraciones con la dichosa -chica, y ella siempre enfurruñada y cavilosa! La señora de Pardiñas -tenía en su bondad un elemento de egoismo, retoño natural de aquella -bondad propia: al hacer un beneficio, deseaba cobrarse en el espectáculo -de la felicidad ajena; y este gusto la dominaba tanto, que para vivir -tranquila y satisfecha, necesitaba persuadirse de que lo estaban todos á -su alrededor. En su determinación de admitir á Esclavitud, habían -influido dos móviles: primero, llevar la contraria á aquella antipática<span class="pagenum"><a name="page_249" id="page_249"></a>{249}</span> -de Rita Pardo: segundo, contentar á una chica de tan agradable aspecto -como Esclavitud, desempeñando en cierto modo papel de Providencia y -reconciliándola con el destino, para ella funesto é implacable desde la -hora de nacer. Y este segundo generoso propósito se le malograba, porque -la chica no quería levantar cabeza ni abrir el alma á la buena suerte.</p> - -<p>Un día hasta notó doña Aurora que su doncella apenas probaba alimento, -obstinándose al mismo tiempo en continuar el trabajo y en responder que -«no tenía nada». La señora poseía un carácter franco, impetuoso y -directo, de los que no abundan en el país galaico: daba salida inmediata -á sus impresiones, y si no pudiese hacerlo, creería tener una pera de -ahogo encajada en el gaznate. Sin detenerse más, acorraló á la muchacha -junto á una ventana, sitio claro donde la sombra del pañuelo de seda -negra no podía encubrir el estado de los ojos y el movimiento de la -fisonomía.</p> - -<p>—Hija, ¿qué te pasa?—la preguntó maternalmente á boca de -jarro.—¿Tienes algún disgusto? ¿Estás enferma? ¿No te sienta la comida? -¿Te falta alguna cosa?</p> - -<p>La muchacha se encendió, cosa que le sucedía en toda clase de emociones, -y respondió bajito:</p> - -<p>—No, señora, ¿qué me ha de faltar? Dios se lo pague.</p> - -<p>—Pero vamos á ver, ¿es que tampoco aquí estás contenta? ¿Te tratamos -mal? ¿La compañera no se porta como debe? ¿Necesitas más ropa de -abrigo?<span class="pagenum"><a name="page_250" id="page_250"></a>{250}</span></p> - -<p>Como la muchacha guardase silencio, diciendo que <i>no</i> con la cabeza, -dulce y obstinadamente, insistió la señora:</p> - -<p>—Harás muy mal, te lo aviso, si te quedas con el embuchado dentro. Peor -para ti si eres mema. Pudiendo estar á gusto no entiendo á qué vienen -estos silencios y estas tonterías. A mí me agrada ver alrededor caras de -Pascua. El gesto compungido, y más cuando no hay motivo ninguno, se me -sienta en la boca del estómago.</p> - -<p>Esto lo articuló ya con enfado, viendo el tenaz mutismo de Esclavitud. -Al mismo tiempo discurría para sí: «La muchacha tiene las buenas -cualidades de nuestro país, pero no le faltan los defectos. Es humilde, -modosa y callada, pero también es algo zorrita, y no hay modo de saber -lo que piensa ni lo que le pasa. Las chulapas de por aquí son unas -caridelanteras y unas raídas, pero al menos son toros claros: al pan, -pan, y al vino, vino; esto sí, esto no. Para un genio como el mío...»</p> - -<p>En estos pensamientos estaba, cuando sonó la campanilla, y se oyó en el -recibimiento la voz de Rogelio que volvía de clase. Instantáneamente las -mejillas de Esclavitud se encendieron todavía más é hizo un movimiento -instintivo, como intentando huir y esconderse.—«¡Ta, ta!»—discurrió la -señora, iluminada por un rayo de sagacidad repentina.—«Ya había yo -notado que el rapaz tenía con esta chica no sé qué. La habla tan -secamente, cosa rara en él... ¡Vamos! la pobre está así amohinada, -porque<span class="pagenum"><a name="page_251" id="page_251"></a>{251}</span> conoce que no le ha caído en gracia al chiquillo. Es preciso que -yo arregle este cotarro; se ve que Esclavitud peca de susceptible, y -cuando imagina que la miran mal...»—Insistió entonces en alta -voz.—«Hija, pues mira que si estás á disgusto...»</p> - -<p>—Yo no estoy á disgusto, no, señora—contestó Esclavitud con respeto y -no sin firmeza.—Como los demás no estén á disgusto conmigo... Yo estoy -perfectamente, lástima fuera. Pero otros...</p> - -<p>—¿De dónde sacas eso?—replicó la señora mirándola fijamente.—¿Te he -regañado desde que entraste?</p> - -<p>—No, señora. V. es muy buena. Si yo no me quejo de nadie—repuso la -chica.—Sólo tengo recelo, así, vamos... de no dar gusto. No dando gusto -más quiero no estar. Para no dar gusto aún vale más meterse... en el -infierno que sea, señora.</p> - -<p>—Calla, calla, boba—gruñó su ama.—Ya se ve que das gusto. A tu -repaso. Como me vuelvas á salir con pasmarotadas..., verás.</p> - -<p>En cuanto pudo hacerlo todo lo sigilosamente que el caso requería, doña -Aurora llamó á capítulo á su hijo.—«Te aseguro que el intringulis de -esas murrias de Esclavitud es la cara que tú le pones... A Fausta le -hablas de distinto modo... no lo notas tú mismo...; pero con Fausta -armas siempre gresca y broma, y la otra, como te ve serio, claro, -imagina que estás torcido con ella, y que no te da gusto, como ella -dice... Te aseguro que la infeliz anda decaidísima, y que<span class="pagenum"><a name="page_252" id="page_252"></a>{252}</span> es capaz de -enfermarse muy de veras. Son una tecla estas muchachas nerviosas. Y -aparte de eso, como median los antecedentes de su... del cura, ¿eh? cada -vez está la chica más sensible... Palabra, que me da lástima. Yo que tú -le hablaría... así... con más afecto.»</p> - -<p>El estudiante oía las palabras de su mamá, pero con el rostro vuelto -hacia un cuadro, que parecía llamarle mucho la atención. Cuando tuvo que -responder lo metió á barullo.—«Nada, que de esta noche no pasa...: -compro una mandolina y le doy serenata á esa madamisela. Le voy á traer -más flores y me pondré á ver si le hago unos versos del género de los de -mi amigo Anastasio Cardona, con cada ripio así. La llamaré ninfa -acuática y vago ensueño del poeta. Ya verás, ya verás... Ajustaremos -paces la ilustre fregona y yo.»</p> - -<p>En el fondo del corazón, Rogelio se sentía extraordinariamente -envanecido y halagado por la queja de Esclavitud. Cuando tan á lo vivo -la llegaran su secura y despego, era que la muchacha no le tenía por -chiquillo, ó como ella decía, por rapaz. ¿Se apura ni se formaliza nadie -por lo que dice ó hace un niño? Indudablemente le juzgaba todo un -hombre, y hombre de cuyas acciones dependía el estado de su espíritu: -tan á pecho las tomaba, que se resentían de ellas su humor y hasta su -salud. En este pensamiento se deleitó Rogelio largo rato. Con todo, -durante el almuerzo, á pesar de dos ó tres señas de su madre, no cambió -de actitud respecto á la doncella. Sin saber por qué, le causaba<span class="pagenum"><a name="page_253" id="page_253"></a>{253}</span> -empacho realizar la mutación delante de doña Aurora. Lo que hizo fué -observar á hurtadillas á Esclavitud, la cual—sin duda por efecto de la -excitación de su fantasía—le pareció muy demacrada, muy descolorida y -más lánguida que un sauce. Al convencerse de esto, su noble alma juvenil -se inundó de piedad; pero su orgullo, juvenil también, se estremeció -dulcemente. «Pues por mí está de ese modo. Casi parece que me tiene -miedo, según la precaución respetuosa con que me sirve...»</p> - -<p>Acababa de retirarse á su aposento el estudiante para lavarse las manos, -cuando tocaron ligeramente á la puerta, y á la voz de «pasen» entró -Esclavitud, llevando en una batea de mimbres hasta media docena de -camisas planchadas. Por efecto de la carga, que la obligaba á levantar -los brazos, la muchacha lucía su fino talle y su andar compasado y -armonioso. Iba á dejar sobre la cama las camisas y retirarse -silenciosamente, á tiempo que Rogelio, llegándose á ella y amenazándola -con la mano, exclamó:</p> - -<p>—Vamos á ver como están de planchaditos esos puños. ¡Si les encuentro -un solo candil!</p> - -<p>Al oir la voz del señorito, Esclavitud se había sobresaltado, -figurándose en el primer instante que la regañaban de veras; pero al -levantar los ojos y fijarlos en la cara de Rogelio, comprendió que se -trataba de una broma. Radió en su mirada tan sincera alegría; se dilató -tan visiblemente su pecho; se esponjó de tal modo, en fin, que las -excelentes entrañas del estudiante se<span class="pagenum"><a name="page_254" id="page_254"></a>{254}</span> conmovieron otra vez gratamente, -y para disimular aquella emoción recargó la broma.</p> - -<p>—¿Es justo que ande yo hecho un cesante, y que mis camisas parezcan la -cara del apreciable señor Don Prudencio Rojas, alias <i>Fantoche del -Derecho</i>? A ver: alce V. ese níveo cendal y enséñeme esas íntimas -prendas de vestir. Si mis togas pretextas descubren las rayas de la -senectud..., huya V. adonde no la alcance mi cólera vengadora.</p> - -<p>En el rostro de Esclavitud, cada vez más regocijado, brillaba, al -levantar el paño, cierta cariñosa malicia.</p> - -<p>—A ver, señorito, á ver qué chata tiene que ponerles á estas pecheras. -Ni el Rey las gasta más ricas.</p> - -<p>—El Rey lo que gasta son baberos: no confundamos. ¡Enséñeme ese -prodigio!</p> - -<p>En efecto, estaban primorosamente planchadas, tan bruñidas y tersas, que -fuera gollería pedir más.</p> - -<p>—Bien; por esta vez le perdono á V. la vida. ¡Pero guay si acierta V. á -descuidarse en el cumplimiento de tan sagrado deber!</p> - -<p>—No señor, no señor. Vendrán cada día más blancas. Lo mismo que -palomas.</p> - -<p>—Dígnese V. decírmelo en gallego. Voy á dedicarme al estudio de ese -idioma, porque en el griego y en el sanscrito ya estoy tan fuerte que -les echo la pata á los profesores. ¿Cómo se dice <i>paloma</i> en gallego?</p> - -<p>—¿Y es de allá y no lo sabe? ¡Vaya qué ser! Se dice <i>pomba</i> y también -se dice <i>suriña</i>.<span class="pagenum"><a name="page_255" id="page_255"></a>{255}</span></p> - -<p>—¡Ay! ¡Eso de <i>suriña</i>, qué bonito es! Desde mañana lección de idiomas -clásicos: V. será mi maestra. «Mademoiselle Suriña, profesora á -domicilio». Pondremos un cartelito en el balcón y un anuncio en <i>El -Imparcial</i>. Suriña, quite V. de ahí las camisas, que estorban. Guárdelas -V. en el armario. ¡Eso!</p> - -<p>—¡Ay, señorito, qué revuelto tiene el armario!—exclamó la muchacha -apenas lo abrió.</p> - -<p>—Pues á arreglarlo, Suriña. El arreglo de armarios forma parte de la -lección de idiomas.</p> - -<h3><a name="X-morr" id="X-morr"></a>X</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">E</span><small>LLO</small> sería... ó no sería; pero no se puede negar que, después de -firmadas las paces con Rogelio, el aspecto exterior de Esclavitud empezó -á modificarse completamente. Sus ojos se reanimaron, sus mejillas -florecieron, su voz perdió aquel tono dolorido, su conversación fué más -expansiva; y sin alterar en nada sus ocupaciones, varió tanto su manera -de desempeñarlas, que si antes parecía víctima resignada del deber, y su -silueta tenía algo de aflictivo al proyectarse sobre las paredes de la -casa, ahora su ir y venir, su resuelta actividad, la llenaban y -regocijaban toda.</p> - -<p>Doña Aurora no cesaba de felicitarse por este cambio. «¡Alabado sea -Dios! Así me gustan á<span class="pagenum"><a name="page_256" id="page_256"></a>{256}</span> mí las caras, así. No puedo tragar á la gente que -anda tristota y rostrituerta sin por qué ni para qué. ¿Lo ves, rapaz? -Pues era por causa tuya, ni más ni menos. Ahora que la tratas -campechanamente, mira cómo es otra.»</p> - -<p>Y tanto como era otra. Hasta su físico había sufrido halagüeña -metamorfosis. En señal de contento ó por otra causa que ignoramos, -habíase quitado el pañuelo negro de la cabeza, dejándolo caer -negligentemente sobre el cuello, cuya blancura extraordinaria realzaba -el contraste con la negra seda. Su cutis era ahora el cutis de las -gallegas jóvenes, una tez fresca que parece conservar el brillo de la -humedad del suelo nativo, y afrenta, con las nacaradas tintas de las -mejillas, la enfermiza palidez de las hijas de Madrid. Sus interesantes -ojos verdes, con reflejos amarillentos, acentuaban el carácter -primaveral y tierno de la hermosura de Esclavitud, asemejando su faz á -un valle regado por dos cristalinos arroyos. Pero el adorno que -verdaderamente agraciaba á la muchacha era su cabellera rubia, de un -rubio algo tostado, con reflejos de oro que rielaban en lo más saliente -de las simétricas ondulaciones ó conchas que fluían á uno y otro lado de -la raya, como orla magnífica de la estrecha frente y la delicada sien. -La rica mata colgaba partida en dos trenzas, ó se retorcía en rodete -copioso; y si por la mañana aparecía lisa y hasta charolada por la mucha -agua, único afeite de tocador que usaba Esclavitud, al ir corriendo el -día y el trajín doméstico, se rebelaba, y fosca y suave á la<span class="pagenum"><a name="page_257" id="page_257"></a>{257}</span> vez, -formaba al rostro un nimbo, parecido al de las santas de los retablos -viejos. Y es que el tipo de Esclavitud, con aquel peinado sencillo y -aldeano, recordaba las creaciones de la iconografía mística, ya en las -tablas flamencas, ya en las primitivas pinturas italianas, á lo cual -contribuía su aire modesto, sus ojos bajos, aquel olor á incienso y á -sacristía que notaba Rita Pardo en ella. Cuando miraba de frente, -sonriendo, se notaba la fisonomía de la campesina bajo el anguloso -diseño de la virgen.</p> - -<p>Todas estas perfecciones y gracias, con otras más cuyo inventario -suprimo, las avizoró al través de sus espejuelos, y las reconoció y -comentó y puso en las nubes el discreto ochentón á quien Rogelio llamaba -<i>Nuño Rasura</i>, y nosotros con más respeto nombramos Don Gaspar. Ni -aguardó para entonar el panegírico á que se verificase la transformación -de la muchacha, sino que desde el primer día que ésta le abrió la -puerta, empezó el gallardo viejo á babarse y amartelarse, dando jaqueca -á los contertulios con sus elogios inmoderados, sus involuntarios -madrigales, sus niñerías, y, para decirlo en frase del Fiscal, «sus -golpes de archimemo».</p> - -<p>—Vea V., vea V.—repetía el señor de Febrero levantando la hermosa -testa orleánica, atusándose delicadamente los rizos de la peluca ó -sobando el cojín de terciopelo de su muleta,—qué buen tino ha -demostrado mi excelente amiguita doña Aurora, al elegir esta sirviente -única dentro de su clase. En primer lugar, tan útil, tan precavida, tan -laboriosa como parece.<span class="pagenum"><a name="page_258" id="page_258"></a>{258}</span> En segundo, con ese aire de honestidad y de -recato. ¡Ah! Para mí, mérito grandísimo, ahora que se han perdido los -buenos modales, y en la sociedad pululan las sargentonas y los -marimachos. Allá en otros tiempos ¿se acuerda el amigo Candás? eran -todas así: nada de estos descaros de hoy día.</p> - -<p>—Sí, sí; por fuera mucho compás...—respondía el empecatado Don -Nicanor, requiriendo la trompetilla.—Unas santinas de alfeñique. Y por -dentro..., vamos, que ya se desquitaban. ¡Carapuche si se desquitaban! -Como ya se me cayeron los segundos dientes..., no me fío de carinas de -Virgen.</p> - -<p>—¡Ay, que el amigo Candás se nos va por los cerros de la malicia! Eso -sera allá en Asturias, en su tierra de V. Por la nuestra, no: ¿verdad, -doña Aurora? Y confesémoslo, señores: en la mujer, así como el descoco y -la tunantería repelen, este modo tan decente de presentarse, este aire -tan modesto, abren más el apetito.</p> - -<p>Aquí la señora de Pardiñas estuvo á punto de soltar el trapo á reir, -porque Rogelio, desde su rincón, oyendo hablar de apetito, hizo una -morisqueta y un guiño de pilluelo para subrayar aquellas lozanías del -decano.</p> - -<p>A los pocos días, la benévola admiración del señor de Febrero se -convirtió en desatada curiosidad, comezón invencible de saber todo lo -concerniente á «nuestra paisanita».</p> - -<p>—¿De dónde la ha sacado V., vamos á ver?—preguntaba á la señora de -Pardiñas, más con<span class="pagenum"><a name="page_259" id="page_259"></a>{259}</span> el centellear de los entornados y expresivos ojos -tras los vidrios de los espejuelos, que con la voz.</p> - -<p>—Me la recomendaron las de Romera, á quien V. debe de conocer.</p> - -<p>—¡Aaaaah! ¡Mucho, mucho! ¡Romera, Romera! Sí, Romera.—Y ajustó los -vidrios sobre la correctísima nariz.—Pero las amiguitas -Romera—prosiguió con la insistencia del juez que abre una información y -la machaquería del viejo que quiere enterarse—¿la han traído de -Galicia? Porque, si no me engaño, no estuvieron allá nunca. ¿La familia -de esta chica es gallega?</p> - -<p>—Gallega, sí, señor—afirmó evasivamente doña Aurora.</p> - -<p>—Será una familia decentita, ¿eh?—prosiguió el impertérrito <i>Nuño -Rasura</i>.—Porque á eso me huele..., y yo tengo de aquí—añadió señalando -á aquella escultural facción de su cara.—Ella, hablar, habla bien: sólo -algún modismo... El aire es fino, adamado. ¿Conque familia decente?</p> - -<p>—Decente, sí tal—tuvo que responder la señora, de dientes afuera.</p> - -<p>—¿Pero artesanos? ¿Propietarios? ¿Empleaditos?</p> - -<p>—No señor... Sobrina... (la voz de doña Aurora se atascó unas miajas) -de un cura de aldea.</p> - -<p>—¡Toma, toma, toma!...—articuló el decano enfáticamente.—¡Ya decía -yo! ¡Sobrinita de un sacerdote! <i>Boccato di cardinale</i>: son unas -muchachas<span class="pagenum"><a name="page_260" id="page_260"></a>{260}</span> muy religiosas, divinamente criadas... y de un orden á toda -prueba. ¡Toma, toma!</p> - -<p>La señora intentó echar la conversación por otro lado; pero nada es -comparable al antojo de un niño, sino el capricho de un viejo. Don -Gaspar acariciaba su muleta dándole vueltas, y al fin, sin poder -reprimirse, indicó:</p> - -<p>—¿Sabe V., amiguita Aurora, que, si así puede decirse, no le he visto -bien la cara á esa muchacha? La antesala está un poco obscura. Y tengo -curiosidad de convencerme de si en efecto se parece á una señorita de -Vivero, preciosa por más señas, á quien le llamábamos los muchachos la -Magdalenita..., allá el año de 34 ó 35. Si V. la mandase traer un vaso -de agua... ó cosa así... con disimulo.</p> - -<p>El guiño malicioso que trocaban madre é hijo fué interceptado al vuelo -por Laín Calvo, quien exclamó haciendo cómicos aspavientos y renunciando -momentáneamente al ejercicio de la sordera:</p> - -<p>—¡Caray, doña Aurorina del alma! No llame á esa ninfa, no, que será V. -responsable de la pérdida del amigo señor Febrero. En la edad de Don -Gaspar, las pasiones hacen estragos, Prudencia, Don Gasparín, mire que -hay cielo. ¿Refregarles por los hocicos las niñas bonitas á los -calaveras? Es un pecado, home.</p> - -<p>Cuando entró Esclavitud llamada con un pretexto cualquiera, nadie podía -contener la risa, lo cual azoró un tanto á la muchacha, que no sabiendo -de qué se trataba allí, se puso muy sofocada y por consiguiente más -linda, con<span class="pagenum"><a name="page_261" id="page_261"></a>{261}</span> aquel encanto especial suyo, que procedía de un aire casto y -humilde, bajo el cual se traslucía una firmeza rayando en apasionada -obstinación. El señor de Febrero se la comía con los ojos. ¡Viejecito -más chiflado! Tan pronto como Esclavitud pudo escurrirse, Laín Calvo -secreteó á la señora de Pardiñas:</p> - -<p>—Ay, ay...: la niñina será un tesoro..., pero á mí...—y se tocaba la -nuez—aquí se me pone y de aquí no me pasa. Estas que todas se arrebatan -cuando las mira uno, me escaman muchísimo. ¡Doña Aurora, ojo..., -cuidado!</p> - -<p>—No sé de dónde saca V. eso, señor de Candás—protestó la señora con -enojo, herida en su gran simpatía por la muchacha.</p> - -<p>—Estas así, que parece que no rompen un plato, son de la misma -rabadilla de Lucifer—alegó el maligno asturiano.—Venden modestia, y -dan terquedad; venden inocencia, y dan más truchimanería que el que la -inventó. No se fíe, amiguina. Estas son de aquellas que dicen: «¡Ay -Jesús! No me pidas el brazo que me escandalizo. Pero si te lo tomas... -¿cómo ha de ser? tendremos paciencia.»</p> - -<p>—Señor Candás, hay ciertas indicaciones que se pueden calificar de -viperinas—protestó frenético Nuño Rasura, pegando con la muleta en el -suelo.—Cuando está en juego la honra del sexo hermoso, toda cautela es -poca, y conviene ver por dónde se anda y lo que se dice y á quién se -toma en boca, señores.</p> - -<p>—Ya, ya—replicó el Fiscal, agarrándose á la sordera.—Ya entiendo que -á V. también le dan<span class="pagenum"><a name="page_262" id="page_262"></a>{262}</span> en qué pensar estos tipos así. No en balde hemos -vivido añitos, y se nos ha caído la segunda dentición y los pelos de la -cabeza. Doña Aurora: diga, y ¿por qué vino á dar aquí esta princesa -errante? ¿Algún Eneas de allá que la plantó? Huéleme á historia.</p> - -<p>—No señor—declaró la señora de Pardiñas.—No se eche V. á pensar mal, -que no acertará. Por muerte de... de su tío, tuvo que ponerse á -servir...</p> - -<p>—¿Desde cuándo?</p> - -<p>—Pues hará medio año... poco más ó menos.</p> - -<p>—¿Y ya ha corrido dos casas? ¡Malorum... malorum!</p> - -<p>—¡Qué malorum! Nada de eso. La yerra V., Don Nicanor. Le entró á la -infeliz una especie de nostalgia, de esa que suele atacarnos á los -gallegos cuando salimos por primera vez de nuestra tierra..., y, al -menos, quiso servir con gente de allá. Como Vds. los asturianos son unos -descastados, no comprenden esto. Pregúntele V. á las de Romera si tienen -queja de la muchacha; que de allí se vino para esta casa muy de Vds.</p> - -<p>—¡Uy, uy! ¿eh? ¡Con que nostalgia! Romanticismos y dengues, ¡carapuche! -Ahora sí que digo yo que á esta princesina la tendrá V. que llevar tila -para los nervios todas las mañanas. No se le ocurre ni al diaño. En -estando bien comida y bien tratada, no sé qué caray le importaba la -nacionalidad de los amos con quien servía, home.</p> - -<p>—Está V. equivocado—contestó airadamente<span class="pagenum"><a name="page_263" id="page_263"></a>{263}</span> el señor de Febrero.—Esta -enfermedad, que se conoce por <i>morriña</i> ó mal del país, es terrible en -mis paisanos, señor de Candás, y alguno conocí á quien le llevó á la -hoya. No se ría V., que esto lo saben allá hasta los gatos; y si V. no -lo sabe, apréndalo. A veces, con evocar un recuerdo del país, se cura. -¿Ignora V. lo que ocurrió con el quinto, enfermo en el Hospital de la -Habana? Pues estaba el pobre hombre á punto de liárselas, y ¿con qué -dirá V. que sanó, pero en seguidita? Pues con tocarle la muiñeira en la -gaita de su país. Así, así; con la muiñeira.</p> - -<p>—Home..., no fastidie, por el Santísimo Cristo se lo imploro. Estaría -ese quinto más borracho que un templo. Jumera pura. Ya le curaría yo con -solfa de varas de avellano.</p> - -<p>—Mi Don Nicanor, con V. no se puede. Niega V. lo que los demás hemos -visto... Más vale hacerse como V., el sordo. Doña Aurora, si la -paisanita esa no le conviene á V..., yo, por una servidora así...</p> - -<p>—¡Aquí de Dios! Que este home quiere robar á la bella Elena que V. ha -descubierto. Atentado contra la moral pública. Diga que no, doña Aurora; -mire que es cosa grave.</p> - -<p>—Ya se ve que diré que no. Por la cuenta que me tiene. Estoy muy bien -servida con Esclavitud para deshacerme de ella.</p> - -<p>Rogelio había oído en silencio la discusión de Nuño Rasura y Laín Calvo. -El se inclinaba hacia las indulgentes apreciaciones de su madre y del -ex-presidente de sala: con todo, á veces le<span class="pagenum"><a name="page_264" id="page_264"></a>{264}</span> entraban impulsos de creer -que el maldito asturiano calaba más y conocía mejor la vida. Por una -ilusión frecuente en los que carecen de experiencia, la malignidad y el -pesimismo le parecían la última palabra del saber humano. Aquella -disposición suya á pensar bien, debía, en su concepto, originarse de lo -poco que había vivido. «A mí cualquiera me mete el dedo en la -boca»—deducía.—«Soy un chiquillo, y no me da la gana de seguir -siéndolo.»</p> - -<h3><a name="XI-morr" id="XI-morr"></a>XI</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">C</span><small>RUZABA</small> Esclavitud el pasillo, y oyó la voz de su señorito llamándola.</p> - -<p>—¡Esclavita!</p> - -<p>—Voy.</p> - -<p>—Acude pronto... Tu intervención habrá de resolver un pavoroso -conflicto.</p> - -<p>La muchacha entró, y vió al estudiante de pié, en mangas de camisa, con -el chaleco en una mano, y la otra muy apretada, lo mismo que si -encerrase en ella algún tesoro.</p> - -<p>—Ahora mismo, con la velocidad del rayo, acaba de saltarse de mi cuello -este botón de precioso nácar... ¿Puedes adherirlo otra vez á su base sin -atravesar mi garganta con el frío acero?</p> - -<p>Sonrió Esclavitud, y registrándose el bolsillo,<span class="pagenum"><a name="page_265" id="page_265"></a>{265}</span> sacó alfiletero, -carrete, dedal: este último era perforado por arriba y abajo, como los -de las aldeanas. Se lo calzó rápidamente, y con igual presteza enhebró -la aguja, dió el nudo, y cogió entre el pulgar y el índice la rodajilla -de nácar. Arrancó el hilo que colgaba señalando el lugar del -desperfecto; aplicó el botón, é introdujo la aguja... Aquí dieron -principio las dificultades de la empresa. No era posible sacar la aguja -airosamente, sin pincharle al señorito la barba, todavía rasa y monda -cual la de una mujer. El fingía ayudar, y torcía la geta con mil -festivos remangos y mucho de «¡ay! ¡socorro..., que me parten la -carótida..., que me atraviesan la yugular..., que me practican la -arriesgada operación de la traqueotomía sin tener garrotillo!» y la -muchacha, risueña, pero sin perder el aplomo, sólo decía:—«Aparte un -poco..., cuidadito ahora..., vuélvase..., pronto acabo...» Por fin, con -ademán triunfante, dió alrededor del botón un sinnúmero de vueltas con -el hilo, formando el pié; remató...</p> - -<p>—¡Hurra! Victoria. Abróchamelo.</p> - -<p>Los deditos menudos, picados de la aguja, recorrieron la garganta del -estudiante, el cual despidió nuevos chillidos.</p> - -<p>—¡Ay, ay, ay... Que me pelliiizcan!</p> - -<p>Pero apenas estuvo abrochado el botón, murmuró como el que ruega para -obtener una cosa muy importante y ardua:</p> - -<p>—Esclava... Dígnate ceñir á mi cuello este dogal.</p> - -<p>La muchacha tomó la chalina de seda, y al<span class="pagenum"><a name="page_266" id="page_266"></a>{266}</span> rodearla al cuello del -señorito, se tropezaron las miradas de los dos. Mientras duraban las -otras operaciones no había sucedido semejante cosa, porque Rogelio -volvía la cabeza todo cuanto se lo permitían los accesos de risa que le -entraban: ahora sí tenía que suceder, pues Esclavitud levantaba el -rostro, y Rogelio, más alto, veía por fuerza, tan cerca que le mareaban, -las dos pupilas verdes sembradas de puntitos de oro, y la raya del pelo, -derecha, angosta y limpia, como surco que parte un campo de madura mies, -y la cóncava frente, tersa y suave, y las venitas azules de las sienes y -párpados. El aliento puro de la muchacha subía hasta la boca del -estudiante, causándole un principio de embriaguez, como si hubiesen -destapado una botella de oxígeno.</p> - -<p>Fué asunto de un instante, pero instante en que por la intensidad de la -sensación, Rogelio creyó vivir un año. La infancia, con su ligereza de -mariposa, sus vagos horizontes de plata y azul, se quedó atrás; y la -golosa juventud, la de insaciables labios, surgió tendiéndolos con afán -á la copa eterna. La sangre de Rogelio, hasta entonces lenta, enfriada -por la clorosis, saltó en las venas con impetuoso hervor, y refluyendo -al corazón de golpe, volvió á derramarse encendida por el organismo. Un -velo rojo, el que nubla las pupilas del criminal en el momento decisivo, -cubrió también los ojos del estudiante, mientras le asaltaba la -tentación brutal y furiosa de cerrar los brazos, comerse á besos la -linda cabeza y deshacer á achuchones<span class="pagenum"><a name="page_267" id="page_267"></a>{267}</span> el cuerpo... La misma violencia -del deseo paralizó su acción, y como Esclavitud había terminado el -arreglo de la corbata, cuando Rogelio iba á ceder á la sugestión -culpable, la muchacha se desviaba ya, colocándose á distancia -conveniente para juzgar del efecto del lazo.</p> - -<p>Fué como si se interrumpiese la comunicación del alambre con la pila. -Rogelio volvió en sí, tan sobrecogido de terror considerando lo que -había estado á punto de hacer, que sintió enfriársele las manos. «¡Qué -atrocidad, Dios mío!... ¡qué disgustazo para mi madre!»</p> - -<p>La noción moral, que á otros se les inculca como necesidad racional y -deber ineludible, ó como religioso precepto, habíala recibido Rogelio -por el conducto del sentimiento, en su educación faldera y mimosa de -hijo único. Todas las ideas de decoro, de bondad, de rectitud, le -llegaban por ese camino indirecto, pero dulce. «¡Ay, qué pena tendría -yo, rapaz, si tú hicieses tal ó cual cosa! ¡Jesús, qué bochorno para mí -si cayeses en esta ó en aquella falta!» Así es que, sin darse cuenta de -ello, lo primero que Rogelio veía en sus actos era el efecto que podían -producir en el corazón de su madre; y ésta fué también su primer idea, -al disiparse el vértigo que le obscureciera la razón mientras tuvo tan -cerca á la muchacha. Cuando Esclavitud hubo salido del aposento, el -mismo recelo fué base de una honradísima resolución, la de evitar nuevas -ocasiones y peligros más inminentes todavía. Tales propósitos son -difíciles de sostener cuando se tiene el peligro en casa. A cada<span class="pagenum"><a name="page_268" id="page_268"></a>{268}</span> -momento Rogelio sentía renacer su antojo primerizo, y como bocanadas de -aire caliente, subírsele al cerebro los mismos vapores. En la mesa; al -encontrar á Esclavitud en el pasillo; cuando le traía á su cuarto luz, -recados ó ropa, no podía menos de devorarla con los ojos, detallando la -perfección de su talle gentil, el misterio de su cerrado y honesto -corpiño, la gracia de su ligero andar. Cuanto mayor y más vivo era su -anhelo, más atado se sentía en presencia de la muchacha. Delante de ella -le parecía imposible resolverse nunca á decirle nada que tuviese color -de requiebro formal; y en cambio, de noche, á solas, desvelado, dando -vueltas en la estrecha camita, juzgaba fáciles todas las empresas y -razonables todos los despropósitos, y hasta—¡extraña forma del capricho -apasionado!—creía tener una obligación, una especie de deber estricto -de realizar lo que por el día consideraba un atentado y un acto de -locura. «Después sí,—pensaba,—que nadie podrá llamarme chiquillo; y yo -mismo me convenceré plenamente de que no lo soy.» Esta disparatada idea -se desvanecía por la mañana, al traerle su madre el chocolate según -vieja y afectuosa costumbre. Al ver entrar á doña Aurora con su bata de -tartán y la bandeja en las manos; al saborear el primer bizcocho, el -chico mimado sentía todo el influjo de la ley moral imponiéndose con -fuerza apodíctica, y los principios desconocidos ó negados minutos -antes, se le presentaban claros, demostrativos, evidentes. «Darle una -pesadumbre á mamá, allá por fuera<span class="pagenum"><a name="page_269" id="page_269"></a>{269}</span> de casa, ya sería terrible, ya se me -ponen los pelos de punta con solo imaginarlo... Pero, en fin, siempre -resultaría más disculpable y más llevadero. Aquí mismo..., vaya..., es -cosa inaudita. Aunque ella no lo pescase, á mí se me figuraría que me lo -estaba leyendo en los ojos y hasta en el modo de respirar. Y lo -pescaría, lo pescaría; ¿pues quién lo duda? Es muy pilla mamá, así con -esas tracitas de bonachona. El dedo en la boca no se lo mete nadie. Me -conoce tan bien, que aún no he acabado yo de decir las cosas y ya las ha -guipado ella. Como que no le importa ni se ocupa de nada sino de mí. -Dios quiera que no tenga escama ya...»</p> - -<p>Así, aquel culpable de pensamiento estudiaba con atención el rostro de -doña Aurora, temeroso de que alguna de sus miradas á Esclavitud le -delatase. A veces se comprometía por dar en el extremo opuesto, -afectando no mirar á la muchacha, evitando hasta el roce de su manga -cuando le servía á la mesa. Verdad que este mero roce le sacaba de -quicio, llegando á causarle una impresión dolorosa por lo intensa. Era -el suyo deseo exaltado de la primera edad, que no sabe aún ni reprimirse -ni abrirse camino hasta su objeto. Después de dos ó tres días de huir de -la Esclavitud, ideaba un pretexto para ir á sorprenderla en el cuchitril -donde planchaba y tenía las cestas del repaso; y una vez allí, no se le -ocurría más que sentarse en una silleta, y engañar su violento capricho -contemplando á la chica que, encendida y sudorosa, encorvado el brazo -derecho en arco rígido,<span class="pagenum"><a name="page_270" id="page_270"></a>{270}</span> hincaba con esfuerzo la plancha en las pecheras -ó los puños de las camisas. Cuando el ímpetu de abrazarla le acudía muy -fuerte, Rogelio se levantaba y refugiábase en su despachito. Allí -estaban, sobre el barnizado escritorio, los antipáticos libros de texto, -impresos en papel de estraza, con tipos gastados y turbios, y -despidiendo de sus mustias hojas y de su parda cubierta toda la secura -de la aridez, todo el humo del hastío. Nunca le habían caído en gracia á -Rogelio los tales librotes; pero ahora... Apenas intentaba abrirlos para -repasar una conferencia, una niebla de aburrimiento pertinaz se le subía -á la cabeza, y una especie de disolución moral se verificaba en su -espíritu, en el cual cierta voz rebelde murmuraba vagamente herejías -así: «Anda, hijo, déjate de pamplinas, reniega de esa ciencia oficial, -manida, huera, sin jugo. La realidad y la vida son otra cosa. Eso con -que pretenden alimentarte es un conjunto de vejeces, la cáscara de un -limón exprimido ya por la mano diez y nueve veces secular de la -Historia. Ha caducado cuanto estudias. Te quieren llenar el cerebro de -restos momificados, de trapos polvorientos y de antiguas telarañas. Te -quieren meter en la cabeza la vieja balumba jurídica, y que de un salto -te encuentres en la edad de tus tertulianos, Laín Calvo, Nuño Rasura y -el honrado <i>Fantoche</i>. Quieren que seas de palo como él. No, eres de -carne y hueso; eres hombre; la vida te llama, y la vida á tu edad, á -falta de un estudio que desarrolle la armonía de tus facultades, es... -Esclavitud».<span class="pagenum"><a name="page_271" id="page_271"></a>{271}</span></p> - -<p>A estas indeterminadas reflexiones aquí traducidas en lenguaje claro y -vulgar, el estudiante asentía bostezando, levantándose nerviosamente de -la silla, cogiendo del estantito una novela ó el último número del -<i>Madrid Cómico</i>, tumbándose sobre la cama, y tratando de distraer con -una lectura hambrienta sus febriles ansias.</p> - -<p>No tenía el recurso del cigarro, porque pertenecía á esta generación -reciente que no fuma, y que llegará, si Dios no lo remedia, á desmayarse -con el olor del habano, ni más ni menos que las damas británicas. -Faltábale ese gran engañador de la impaciencia, ese gran consejero en -las horas malas, ese poderoso sedante, esa distracción la más espiritual -de cuantas puede ofrecer la materia. Un día pensó en ella mucho. «¿Qué -me sucedería si fumase? Por de pronto, marearme. Quién sabe si echar los -bofes... de fijo que sí. Luego, mamá conocería por el olor... No, peor -es el remedio que la enfermedad.»</p> - -<p>Esta idea del cigarro, que le halagaba porque tenía algo de calaverada -varonil, trajo como de la mano otro expediente más fecundo en resultados -y hasta de realización gratísima y fácil. ¡No habérsele ocurrido antes, -cuando era tan sencillo, tan sencillo, y hasta tan natural y justo, y -sobre todo tan útil para alivio del malestar presente! «Pues si lo raro -es que yo no tenga ya una novia, señor. La tiene cada quisque: Benito -Díaz, una preciosa; Cardona otra por quien bebe los vientos... Siempre -me están diciendo<span class="pagenum"><a name="page_272" id="page_272"></a>{272}</span> que á qué aguardo para echarme la mía -correspondiente. Pues les sobra razón. Así se me quitarán estas -chifladuras y estos alborotos. Tomaremos novia, sí señor que la -tomaremos. El tener novia no es cosa mala, ni aunque mamá lo averigüe se -va por eso á disgustar. Un clavo saca otro clavo. Será la gran -distracción...»</p> - -<p>Creada ya la plaza, faltaba saber en quién recaería la provisión del -empleo. Rogelio pasó revista con la memoria á todas las señoritas -conocidas suyas. Unas eran feas, otras tenían ya su arreglito; ésta -frisaba en los treinta; aquélla no salía de casa jamás; unas se -burlarían de él; otras le pedirían cosas muy difíciles en prueba de -cariño... Recordó que por una callejuela que desembocaba en la Ancha de -San Bernardo, vivían frente á su casa tres ó cuatro chicas, descendencia -de un empleado en el Ministerio de Ultramar. No eran malejas, en -especial la menor, una rubita pálida que, cara, pelo y ojos, todo lo -tenía de un color mismo, lo cual la favorecía, dándole cierto parecido -con la infanta Eulalia. Rogelio la miraba á veces, recibiendo pago -puntual de todas sus ojeadas sin que le quedasen debiendo ni una sola. -«La rubita me conviene....», pensó el estudiante. «Ni necesito moverme -del comedor...» En efecto: el mismo día que lo discurrió, á la hora del -almuerzo, apostóse detrás de los cristales, con las vidrieras á -cuchillo, y miró hacia los balcones del tercer piso de enfrente. Allí -estaba la rubia, vistiendo una mañanita de percal de lunares,<span class="pagenum"><a name="page_273" id="page_273"></a>{273}</span> toda -sucia y ajada; sobre la barandilla del balcón flotaban varias prendas de -ropa íntima, en más que mediano uso, puestas á secar, y encima de una -cómoda se veían frascos cubiertos de polvo, la jaula vacía de un -jilguero, trapos, una bota inservible.—Al fijarse en aquel interior -nada holandés, el plan de tomar novia que viviese allí se le frustró á -Rogelio. Permaneció apabullado diez minutos. «Buscaremos por otra parte. -Lo que es sin novia no me quedo yo; sólo faltaba...»</p> - -<h3><a name="XII-morr" id="XII-morr"></a>XII</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">L</span><small>A</small> mañana de un domingo despertó á su hijo la señora de Pardiñas con la -intimación siguiente: «Hoy haremos visitas. No hay más remedio: estamos -en descubierto con todo el mundo. Es un escándalo. Ya he pedido el landó -al taller de Agustín: dice que á las dos en punto lo tendremos á la -puerta. ¡Ah!... ¿No sabes? Voy á ir, que si me miro al espejo, no me -conozco. La modista me trajo ayer el vestido de terciopelo negro -arreglado con pasamanería de azabache y puntillas; el sombrero igual -está listo. Con que tocan á sacar el fondo del baúl. Te pasarás por la -peluquería antes de almorzar: tienes el pelito muy largo».</p> - -<p>Rogelio gruñó bastante, alegó dos ó tres <span class="pagenum"><a name="page_274" id="page_274"></a>{274}</span>ocupaciones indispensables -aquel día, pero todo en broma, porque bien veía á la señora de Pardiñas -resuelta á no acostarse sin haber ofrecido un gran holocausto en el -altar de la sociedad. A los dos menos cuarto, Rogelio estaba acabando de -abrocharse la primer fila de botones de su levita inglesa, delante del -armario de espejo. Por fortuna era domingo, y, en tal día, frente á la -Universidad es donde se puede estar seguro de no encontrar un estudiante -para un remedio; que si no, menuda sofoquina le esperaba cuando los -compañeros le viesen con aquel empaque, vestido de <i>caballero</i>, con -guantes y chisterómetro. Acostumbrado á la pañosa y al hongo, le parecía -en los primeros momentos, que ir de levita era así cómo salir de -máscara. Allí estaba la chistera, reluciente, flamante, sobre la mesa -del despacho, y los guantes también, y el junquillo, y el tarjetero de -piel de Rusia, y el pañuelo con rica inicial bordada. De todos estos -objetos se hizo cargo; ladeó el sombrero al colocarlo sobre la bien -aliñada cabeza, y empezaba á calzarse los guantes, con el mal humor -inherente á esta operación siempre enfadosa, cuando su madre entró.</p> - -<p>—¡Jesús, máter admirábilis! Vienes hecha un brazo de mar. ¡Ole por las -buenas mozas, las mujeres principales y el trapío!</p> - -<p>Lo que venía doña Aurora era muy atarugada con las galas que sólo en -ocasiones solemnísimas se determinaba á lucir. Que no la quitasen á ella -de su mantito arrebujado, de su traje de merino y de su gran abrigo de -pieles.<span class="pagenum"><a name="page_275" id="page_275"></a>{275}</span> Tanto embeleco era para condenarse. El peso del sombrero, con -sus lazos empingorotados, la obligaba á bajar la cabeza; los aceros de -la falda la ataban los muslos; en fin, ello no había más camino que -someterse á semejantes impertinencias, por lo menos dos veces al año. -Llevaba tarjetero, como su hijo, y además una lista de las casas donde -se creía obligada á ir. También lucía, asomando por el manguito de -marta, un hermoso pañuelo de encaje, perfumado con no sé qué extracto -fino, y en las orejas dos buenos solitarios; el lujo modesto de una -señora que no pretende sino guardar el decoro de su clase. Y, sin -embargo, tal es el poder de la composición y del adorno en la mujer, que -doña Aurora, con sus cincuenta y pico, parecía haberse dejado diez en la -puerta del cuarto tocador, ostentando en la tez una animación agradable, -y en el andar cierta majestad insólita.</p> - -<p>Esclavitud venía detrás, trayendo un abrigo, que por si acaso enfriaba -la tarde iría en el coche; y mostrando esa admiración solícita de los -criados adictos en los días de gala con uniforme para sus amos, se puso -á arreglarla el <i>polisón</i> y las aldetas del corpiño, y á sacudir -imperceptibles motas de polvo en la parte inferior del volante. De -pronto alzó los ojos, y exclamó cándidamente mirando á Rogelio:</p> - -<p>—Virgen de las Ermitas... ¡El señorito qué majo!</p> - -<p>—¿Verdad que está hecho un figurín? Rogeliño, vuélvete, vuélvete..., -así. La levita te la han sacado pintada.<span class="pagenum"><a name="page_276" id="page_276"></a>{276}</span></p> - -<p>—¡Mamá!...—protestó Rogelio. Pero fué preciso dejarse mirar y remirar -por Esclavitud, y aun consentir una mano de cepilladura en el cuello de -la levita. Las pupilas de la muchacha le decían con inocente lenguaje -que estaba <i>bien</i>. Le arregló los puños, y cuando bajaba la escalera -todavía le gritó:</p> - -<p>—¡Qué lástima! Lleva en la pierna derecha un poco de pelusa de la -alfombra.</p> - -<p>La primer visita fué á casa de Don Gaspar Febrero, porque la hija del -respetable decano, casada con un comandante de Estado Mayor, se -marcharía pronto á Filipinas, en compañía de su marido, destinado á -Manila. Se habló de la navegación, del clima, de los baguíos, de la -carestía de la vida allá, y del señor mayor que se quedaba solo aquí. -Por fortuna, nunca había estado más tieso, más animoso, ni más rufo: aun -ahora mismo acababa de salir á pié, agarradito á su muleta, ávido de -tomar sol. Con estas buenas nuevas se despidieron de la morada de Nuño -Rasura y pasaron á hacer otras visitas casi todas análogas, algunas de -tarjetazo, las más agradables para Rogelio, que al acercarse á cada -portal repetía entre dientes la consabida jaculatoria:</p> - -<p>—Animas benditas, ¡que no estén en casa las visitas!</p> - -<p>Pero ¡ay! Pegó el gran respingo al anunciarle su madre que ahora irían -«un minuto» á casa de las señoritas de Romera, Pascuala y Mercedes.</p> - -<p>—Madre mía, si es posible, pase de mí ese<span class="pagenum"><a name="page_277" id="page_277"></a>{277}</span> cáliz. Pero, ¡carapuche! -como dice el sordo de conveniencia, ¿no ves que necesitaré pellizcarme -así, para no dormirme?</p> - -<p>—¿Tan curro como estás y no quieres lucirte con las buenas mozas? Anda, -anda, da la orden: calle del Barquillo...</p> - -<p>Reservaba la casa de las solteronas una sorpresa al estudiante, en -figura de la despabilada chiquilla que salió á recibir á los -visitadores, y les convidó á pasar á la sala, anunciando que las tías -«vendrían inmediatamente». Para decirlo hizo mil monerías con la cara y -los ojos, que los tenía negros, chiquitos, vivarachos, muy parleros. -Vestía la sobrinita de las de Romera un traje bastante rabicorto, -indicio de que aún no había ascendido á la dignidad de la mantilla, y un -mandil de peto, bordado de colorines alrededor: un lazo de cinta azul -ataba la coleta de su trenza corta; y sus zapatitos usados, desflorados -por la punta, indicaban la viveza de movimientos del pié menudo y -arqueado que prendían. A poco rato salió Pascuala, la mayor de las -solteronas, toda mocosa y acatarrada, declarando que su hermana no podía -moverse del gabinete, por estar pasando un resfriado mayor aún, que -requería evitar cambios de temperatura. «Mire V.: poner á mi hermana -entre puertas, es como darle una puñalá». Luego presentó á su sobrina -igual que hubiese presentado á un perrillo revoltoso, que alterase la -soñolienta quietud de aquella morada. «Aquí tiene V. á mi ahijada -Inocencia, la niña segunda de mi hermano Sebastián, el que vive en -Loja...<span class="pagenum"><a name="page_278" id="page_278"></a>{278}</span> Nos la ha dejado el pobre aquí porque necesita arreglarse la -boca; le ha nacío un diente montado sobre otro, y habrá que -arrancárselo... Es muy ardilla; no puede estarse fija en un sitio; no -hay calzado que le baste; por eso la ven Vds. tan mal de botitas...» -Hechas estas aclaraciones, vino á cuento hablar de Esclavitud, y en -atención á que no se podía tratar el asunto delante de «una criatura» y -á que Mercedes deseaba disfrutar de la presencia de doña Aurora, las dos -damas pasaron al gabinete, dejando solos á Rogelio é Inocencia. -«Enséñale los álbumes y las vistas de Granada, niña», fué la orden que -recibió la chiquilla al salir su tía de la sala.</p> - -<p>Inocencia obedeció,—no sin hacer varias morisquetas á pretexto de -llegarse á la mesa,—exclamando atropelladamente y con mucho ceceo:</p> - -<p>—Venga V., venga V. á ver las estampas que dice tía Pascua. ¡Son más -preciosas!</p> - -<p>Aunque lo de ponerse á mirar estampitas le sabía mal al «caballero» de -levita y chistera, por vergüenza de protestar se resignó, y ocupó una -silla al lado de la chicuela, que, al abrir el álbum, le lanzó una -ojeada inequívoca, incendiaria, con todo el descaro de los catorce años -mal cumplidos. Ya al quedarse solo con la niña, le había ocurrido al -estudiante que no pudiera deparársele ocasión más rodada y cómoda de -echarse novia que la presente. Mortificábale un poco en su amor propio -el que fuese tan chiquilla, porque una señorita de diez y ocho á veinte -honraba más, y aquello olía á noviazgo de<span class="pagenum"><a name="page_279" id="page_279"></a>{279}</span> juego; pero al verla de -cerca, con todos los indicios de la precocidad meridional, con su -cuerpecito ya enteramente formado y su labio superior grueso y un poco -remangado por el diente defectuoso, parecióle una mujer en miniatura, y -dijo para sí:</p> - -<p>—Me declaro.</p> - -<p>Declaróse en efecto, sin más preámbulos ni ceremonias, con frases muy -retumbantes aprendidas en zarzuelas y comedias, en periódicos y bromas -de estudiantes. La chiquilla, sin mostrar la menor sorpresa, fingía -seriedad, enrollando un pico del lazo de su trenza, traída adelante con -afectación de lucir el pelo, haciendo á la vez mil mohines y dengues de -coqueta de oficio. Como el estudiante alzase un poco la voz, la niña -murmuró:</p> - -<p>—¡Chisss... Que están ahí, en el gabinete!</p> - -<p>Rogelio bajó el diapasón y apretó la súplica, aunque empezaban á -cosquillearle unos fuertes impulsos de reir á carcajadas: y después de -tres ó cuatro gestos negativos, la niña, sin más ni más, de golpe, dijo -que <i>sí</i>.</p> - -<p>—¿Me da V. una prueba de amor?—imploró Rogelio: y sin aguardar -respuesta, se inclinó y la besó en el carrillo, figurándose que besaba -el de una pintada muñeca, terso, rosado, insensible. Ninguna emoción, ni -de placer ni de bochorno, reveló Inocencia al recibir el beso: antes -cogiendo al estudiante por la solapa, indicó con mucha fe:</p> - -<p>—Me parece que debemos tutearnos. Los novios de mis amigas se tutean -con ellas.<span class="pagenum"><a name="page_280" id="page_280"></a>{280}</span></p> - -<p>—Bien, pues te tutearé... Ya te estoy tuteando.</p> - -<p>Ella recalcó con el mismo empeño y apresuramiento:</p> - -<p>—También debemos escribirnos todos los días: todos, sin faltar uno. El -novio de mi hermana Lucía le escribe unas cartas así..., una por la -mañana, otra por la tarde, que aún es más.</p> - -<p>—Corriente. Nos escribiremos. Me entenderé con la criada para que -traiga y lleve la correspondencia.</p> - -<p>—Y me darás un retrato tuyo. ¿No tienes fotografías? A mí no han -querido papás dejármela sacar, hasta que me arranquen el diente; pero -puedo darte pelo para un medallón. ¿Me lo corto ya?—añadió jugueteando -con las puntitas rizadas de la coleta.</p> - -<p>—No... Cuando yo te dé el retrato.</p> - -<p>La chiquilla se levantó rápidamente, y andando de puntillas, fué á la -puerta del gabinete donde charlaban las señoras mayores. Regresó, con -las mismas precauciones, gozosa.</p> - -<p>—Creí que venía madrina. Pero no. Están de mucho palique.</p> - -<p>Dicho esto volvió á ocupar su sitio al lado del estudiante, y -transcurrieron dos ó tres minutos sin que se dijesen palabra. La -chiquilla esperaba, sorprendida de que no se le ocurriese nada á su -novio; y al muchacho, por más que discurría, no se le venía ni esto á la -boca. Sólo continuaba teniendo ganas de reir, unas ganas disparatadas, y -para no estallar se cubría los labios<span class="pagenum"><a name="page_281" id="page_281"></a>{281}</span> y la nariz con el rico pañuelo de -bordada inicial. La <i>novia</i> reparó en el pañuelo, y observó vivamente:</p> - -<p>—¿Qué letra es esa?</p> - -<p>—Erre. Me llamo Rogelio.</p> - -<p>—Ya te lo iba yo á preguntar. Siendo mi novio necesito saber cómo te -llamas. ¿Qué pongo en los sobres de las cartas? Señor Don Rogelio...</p> - -<p>—Pardiñas.</p> - -<p>—Pardiñas, Pardiñas, Pardiñas...—Repitiólo muchas veces la muchacha, -como si temiese olvidarlo; y después, encarándose con el estudiante, le -interrogó con tono solemne:</p> - -<p>—¿Nos hemos de casar?</p> - -<p>Aquí ya Rogelio no pudo aguantar el acceso de risa nerviosa, y la dejó -salir por la boca, por los ojos, por el cuerpo mismo, cogiéndose la -cintura, que le dolía con la fuerza de las carcajadas. Y sollozaba, -echado atrás en el sillón:</p> - -<p>—¡Ay... ay... me muero, me muerooó!</p> - -<p>—¿De qué te ríes?—preguntó algo picada la niña.—Pareces tonto. Dime -si nos hemos de casar, ea.</p> - -<p>—Por supuesto que sí. Es que soy muy tentado de la risa. Déjame reir, -que si no me pongo malo.</p> - -<p>Así que hubo desahogado, Inocencia le cuchicheó al oido:</p> - -<p>—¿Pasarás mañana á las nueve de la mañana por esta calle? Yo estaré al -balcón. A esas horas me asomo siempre á ver pasar la batería<span class="pagenum"><a name="page_282" id="page_282"></a>{282}</span> montada. -Es muy bonita. ¿Tú qué carrera sigues?...</p> - -<p>—Abogado.</p> - -<p>—¡Lástima! No tienes uniforme.</p> - -<h3><a name="XIII-morr" id="XIII-morr"></a>XIII</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">A</span> Rogelio, cuando iban terminando de bajar la escalera, le duraba aún la -impresión burlesca del noviazgo, por lo cual no se cuidó de ofrecer el -brazo, según acostumbraba, á doña Aurora. Un grito y un estruendo -inesperados le helaron la sangre en las venas, al ver á la señora -resbalar y precipitarse desde el último tramo yendo á caer sobre las -baldosas del portal. Los grandes sentimientos tienen revelaciones -supremas en las ocasiones supremas también; Rogelio ignoraba que hubiese -cuerdas en su laringe y acentos en su voz para decir de un modo tan -desgarrador y patético:</p> - -<p>—¡¡Madre del alma!!</p> - -<p>Saltó á brincos lo que su madre había rodado, y en un abrir y cerrar de -ojos la puso de pié, la reclinó en sus brazos y la apretó contra el -corazón, palpándola con delirio, para cerciorarse de que no estaba -muerta ni tenía ningún miembro fracturado. De repente lanzó una -exclamación de horrible susto.<span class="pagenum"><a name="page_283" id="page_283"></a>{283}</span></p> - -<p>—¡Sangre, mamá!... Hay sangre... ¿Por dónde sangras? Aquí... ¡Jesús, -sangre!</p> - -<p>En efecto, la cabeza había dado contra el filo de un peldaño, y asomaban -unas gotas de sangre por la descalabradura. Aturdida como estaba la -señora por la fuerza del porrazo, la angustiosa voz de su hijo la -reanimó, y pudo decir con desmayado acento:</p> - -<p>—No te asustes, rapaz. No fué nada... puedes creerme que no fué nada. -Ya estoy así..., mejor.</p> - -<p>—En esta portería no hay nadie... Voy á subir, á pedir vinagre, agua...</p> - -<p>—No, hijo, no, por la Virgen... No llames, no alborotes. Llévame al -coche poquito á poco. Para males y cosas así, cada uno en su casa.</p> - -<p>Temblando y trasudando frío, Rogelio condujo á su madre, casi en vilo, -al coche, y á pulso la subió, recostándola en la esquina, mientras le -hacía aire con el pañuelo, pensando con terror: «¿Habrá habido conmoción -cerebral?»</p> - -<p>—A casa, despacito—ordenó al cochero que se inclinaba lleno de -curiosidad para ver qué sucedía. Y sin poder reprimirse, Rogelio abrazó -á la señora, formulando la pregunta de todas las caídas:</p> - -<p>—¿Pero mamá, cómo hiciste?</p> - -<p>—No sé, hombriño... el pié se me escapó; sería culpa de los tacones de -las botinas nuevas... ó me prendería en el volante del traje.</p> - -<p>—Culpa mía, que no te di el brazo. Soy un bruto. ¿Dónde te duele? ¿Qué -tienes ahora, mamá?<span class="pagenum"><a name="page_284" id="page_284"></a>{284}</span></p> - -<p>—No sé... Parece que me entra un síncope—respondió con voz débil la -señora.</p> - -<p>De síncope eran las trazas, según el color mortal y el enfriamiento -repentino. Rogelio estuvo á punto de gritar al cochero: «A una botica»; -pero en esta incertidumbre y congoja, la señora volvió un poco en sí, -hizo señas de encontrarse mejor, y el coche se fué acercando á la puerta -de la casa. Al bajar Rogelio á su madre, ayudado del lacayo, la señora -lanzó una queja.</p> - -<p>—¿Qué te duele?</p> - -<p>—Esta pierna... No, si no vale nada, no te apures.</p> - -<p>Enterada al vuelo de lo ocurrido, Esclavitud, sin inútiles aspavientos, -con actividad y destreza, se dió prisa en aflojar á la señora, aplicarle -vinagre á las sienes, desnudarla después y acostarla en su cama bien -mullida. Doña Aurora se quejaba de arcadas, de angustia, de opresión, de -náuseas continuas, y deseaba arrojar; por lo cual el estudiante pensó -aterrado: «¡Adiós! conmoción cerebral tenemos». Llamó aparte á -Esclavitud y la dijo atropelladamente: «Ten cuidado. Yo voy por Sánchez -del Abrojo, y no me vengo sin él».</p> - -<p>Le trajo, en efecto, al cabo de dos horas; y el insigne médico, después -de examinar detenidamente á la enferma y verificar un minucioso y hábil -interrogatorio, tuvo que convenir en que había habido un poquito, nada -más que un poquito, de conmoción cerebral... Unica terapéutica: quietud -en la cama, silencio, dieta mientras<span class="pagenum"><a name="page_285" id="page_285"></a>{285}</span> no se aplacase el estómago. Las -demás lesiones eran de escasa monta: la descalabradura de la frente no -había pasado de la epidermis: la contusión en la pierna izquierda se -reduciría á un cardenal más ó menos respetable. En suma, todo no valía -nada. Quietud, y se acabó.</p> - -<p>Para cumplir el programa del facultativo, realizóse en casa de Pardiñas -esa mutación de costumbres y ese cambio de aspecto que introduce siempre -la enfermedad. La vida se reconcentró en el estrecho espacio de la -alcoba y gabinete de la enferma. Rogelio y Esclavitud se declararon allí -en sesión permanente, él recibiendo visitas de amigos, ella mudando -paños de árnica, trayendo tazas de tila, quemando espliego y haciéndose -cargo de órdenes dadas en voz baja y llaves confiadas con misterio sumo. -«Que no le falte nada al niño... Su sopicaldo, su jerez... Cuidado con -calentarle la cama...» A estas advertencias, que Esclavitud oía -religiosamente, seguían gemidos ahogados. «Ay, la maldita pierna, como -me escuece... Se me parte la cabeza de dolor».</p> - -<p>Ejercía Esclavitud sus funciones de enfermera con aquella asiduidad -reconcentrada y muda que solía demostrar en todos los actos de la vida -de relación. Salía y entraba sin que se percibiese el menor ruido de -pisadas, ni crujido ó roce de ropa. Estaba en todo, y si faltaba de la -alcoba, era á fin de manipular algún potingue en la cocina. Hasta se las -arregló para tener tiempo de servir la comida á Rogelio sin desatender á -la señora; pero de ella misma, no<span class="pagenum"><a name="page_286" id="page_286"></a>{286}</span> se averiguó jamás á qué hora había -tomado algún sustento en aquel día memorable.</p> - -<p>Adelantada ya la noche, y recogida la casa, preparó cuidadosamente una -lamparilla y la colocó en el suelo, de modo que su luz no ofendiese la -vista de la enferma: después tomó una silla baja, que colocó cerca de la -cabecera y en la cual se instaló. Como Rogelio permaneciese en la butaca -del gabinete, acercóse á él y le suplicó en voz muy queda: «Acuéstese, -señorito; no esté así». La enferma, que había empezado á aletargarse un -poco, entreoyó la súplica, y la esforzó más. «Rapaz, á ver si te -acuestas... No estás acostumbrado á velar, te va á hacer mucho daño... -No seas loco, acuéstate... Me cuida divinamente Esclavitud». Mas no hubo -forma de convencer á Rogelio, y el pleito se transigió resolviendo que -se le pondría en el suelo una cama volante. La galleguita acarreó con -extraño vigor dos colchones; batió silenciosamente las almohadas, y con -igual silencio hizo la cama en toda regla. Rogelio no se desnudó más que -de la americana y el chaleco; así, á medio vestir, se deslizó entre las -sábanas, notando entonces el quebrantamiento corporal que sigue á los -grandes sobresaltos y á las emociones profundas. Al mismo tiempo un -recuerdo bufo cruzó por su memoria:</p> - -<p>—¡Calle! ¿Y mi novia? ¿Se asomará mañana para verme?<span class="pagenum"><a name="page_287" id="page_287"></a>{287}</span></p> - -<h3><a name="XIV-morr" id="XIV-morr"></a>XIV</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">A</span><small>UNQUE</small> rendido por las fuertes impresiones de la jornada, y casi -tranquilo porque veía á su madre en estado bastante satisfactorio, -Rogelio tardó mucho en conciliar un sueñecillo, y dió no pocas vueltas -antes de quedarse traspuesto. Ni consiguió adormecimiento profundo y -reparador, sino un dormir agitado, lleno de pesadillas, soñando siempre -que se caía; caídas rápidas, infinitas, interminables, con la angustia -de no llegar jamás al suelo, y de ver desde arriba el punto crítico en -que iba á estrellarse. En uno de esos esfuerzos dolorosos é -involuntarios que se hacen durante el sueño mismo ó para terminar la -pesadilla ó para cambiarla, despertó atónito, y no recordando al pronto -cómo podía ser que se encontrase allí, á aquellas horas, acostado en la -alcoba de su madre, miró á su alrededor.</p> - -<p>Silencio absoluto. El cuarto estaba medio á obscuras, alumbrado por la -lamparilla; la señora debía de dormir, porque se la oía respirar fuerte, -roncar casi; y á su cabecera, el estudiante divisó á Esclavitud sentada, -inmóvil, con los ojos abiertos y clavados en él, grandes y fijos. Un -impulso irresistible le movió á llamarla, con voz de niño que, á causa -de algún miedo nocturno, implora compañía.<span class="pagenum"><a name="page_288" id="page_288"></a>{288}</span></p> - -<p>—¡Esclavita! ¡Ps! ¡Esclavita!—cuchicheó.—Aquí.</p> - -<p>Se acercó la muchacha, deslizándose como una sombra, y se inclinó hacia -Rogelio.</p> - -<p>—¿Duerme mamá?</p> - -<p>—Y bien que duerme.</p> - -<p>—Pues yo ahora estoy despabilado. Dame conversación..., así, bajito, -para que no la despertemos.</p> - -<p>—¡Ay, señorito! ¿Y si vamos á molestarla?</p> - -<p>—Que no. Habla bien despacito... y de cerca.</p> - -<p>—¿No le era mejor dormir?</p> - -<p>—¡Quiá! ¡Si supieras qué cosas tan tristes soñaba! No, más quiero velar -ahora. Ponte aquí.</p> - -<p>—¿Dónde?</p> - -<p>—Sentada aquí, en el suelo. Si no no podemos hablar bajo... y -despertaremos á mamá.</p> - -<p>Esclavitud aceptó la proposición incontinenti, y se tendió casi boca á -boca con Rogelio, pero sin perder su aire púdico y reservado, -manifestando bien en esto haber nacido en el país donde se ejecutan las -acciones libres con más aire de decencia, y donde las mozas unen á la -naturalidad bucólica el exterior honesto. El aliento virginal y fresco -de la muchacha se mezcló por segunda vez con el del estudiante; pero le -produjo una impresión muy diferente de la primera. Sea que el sustazo de -la caída de su madre hubiese transformado todas sus sensaciones -juveniles en sentimiento, sea que el lugar en que se encontraba no -permitiese malas tentaciones, ello es que al tener tan próxima á<span class="pagenum"><a name="page_289" id="page_289"></a>{289}</span> -Esclavitud y tan fácil cualquier desmán, ni se le pasó por las mientes -intentarlo, y sólo notó una especie de efusión rara y cariñosa, un -movimiento de ternura inexplicable, mientras sus ojos se llenaban de -lágrimas. Alargando la mano y apretando con violencia la de la chica, -murmuró:</p> - -<p>—Esclava, ¡por poco se muere hoy mamá!</p> - -<p>—¡Gracias á Dios que no fué nada, señorito!—contestó la muchacha -correspondiendo á la presión.</p> - -<p>—¿Y si muriese, qué hacía yo, di?</p> - -<p>No respondió Esclavitud, y obró sabiamente, porque el problema planteado -era de los que no se resuelven con palabras. Estrechó aún más la mano -nerviosa y febril, y sus ojos contestaron, en la penumbra, con larga -mirada elocuentísima.</p> - -<p>—Si muriese—prosiguió Rogelio dejándose arrastrar por aquel movimiento -de sensibilidad involuntaria—ahí tienes; no me quedaba nadie en el -mundo más que tú, nadie.</p> - -<p>—¡Yo!...—balbució la muchacha, cuya diestra se estremeció en la del -estudiante.</p> - -<p>—Pues tú, y nada más que tú. Familia no la tengo; digo, allá en Galicia -unas tías, con quienes estamos como el perro y el gato. Ya ves qué -arrimo, chica. ¡Pues amigos...! ¡bah! dos ó tres... ahí en la -Universidad... Amigotes que de poco sirven. Luego los viejos de la -tertulia de mamá. Gran cosa. Todos van chocheando. Nada, Suriña..., tú y -sólo tú.</p> - -<p>Hablaba así Rogelio medio incorporado, para<span class="pagenum"><a name="page_290" id="page_290"></a>{290}</span> mejor dejarse oir de la -muchacha; y la necesidad de bajar mucho la voz, hacía parecer más -persuasivo su acento, dándole el tono apasionado y reprimido de una -confesión. Persuadido él, persuadía al auditorio. No se encontraba en -estado de medir la trascendencia y el efecto de sus palabras, ni menos -sospechaba que la sensibilidad y la bondad pueden ser en determinadas -ocasiones más funestas que la cólera y el odio. En su emoción había -mucho de nervioso, y las frases salían de sus labios provocadas por una -reacción del susto de la mañana, como sale el gemido al golpe del dolor, -que ni sabemos medirlo, ni de qué manera lo hemos articulado. Lo mucho -que tenía aún de niño rebosaba en aquel desahogo cariñoso, y ni él -aspiraba á más, ni más podía prever, dado que en momentos tales quepa -ejercitar previsión.</p> - -<p>—Tú, Suriña—repetía entregándose á las manos que con vigor casi -convulsivo oprimían la suya.—¿Verdad que tú me quieres, y que me -quieres mucho?</p> - -<p>Incapaz de responder con la boca, la muchacha afirmó enérgicamente con -la cabeza.</p> - -<p>—Ya lo sé. Si eso lo había adivinado yo; por eso te decía que no me -quedaba nadie más que tú, y que á ti me arrimaba, ¿sabes? Aunque me -dijeses que no, no te lo creería. Me quieres... y á mamá también.</p> - -<p>—Pues es verdad—pronunció al cabo la chica recobrando el habla y -apartándose un poco del estudiante.—Yo no sé qué me ha pasado á mí en -esta casa, que le cogí así á modo de un cariño...<span class="pagenum"><a name="page_291" id="page_291"></a>{291}</span> un cariño muy -grandísimo desde que entré por la puerta. Vamos, se me figuraba que -estaba en la tierra otra vez. Como son personas de allá... En fin..., -estas cosas me parece á mí que cuanto más quiere uno explicarlas, peor -las explica. Lo que sé es que si me quedo con aquellas otras señoras, -doy cabo de mí muy pronto.</p> - -<p>—¿Y por qué estabas tan triste aquí los primeros días, Esclava?</p> - -<p>—Verá... Porque pensé que V. me tenía tema.</p> - -<p>—¡Yo tema!</p> - -<p>—Sí señor. Cavilando en eso me vinieron unas melancolías muy hondas. Se -me metió en la cabeza el <i>verme</i>...</p> - -<p>—¿El <i>verme</i>?</p> - -<p>—Le decimos allí así á uno... como un bicho, vamos, un gusano, una -cavilación, para hablar verdad. Toda la santa noche pasaba á devanar la -madeja... «¿Qué haré para que me pierda la tema el señorito? ¿Cómo me -valdré para darle gusto?» Y lo más chocante de todo..., puede creerme, -es tan verdad como que Dios está en el cielo..., que así tan negra como -tenía el alma... no era como en la otra casa, no. De ésta no me querría -ir ni hecha cuartos, más que de ella me echasen.</p> - -<p>—Porque sabías que yo te quería, Sura.</p> - -<p>—No señor, no; no lo sabía: á fe que pensé que aborrecida era. De la -rabia que tomé me daban ganas de morirme.</p> - -<p>—Yo sí que me muero de gusto con oírtelo.<span class="pagenum"><a name="page_292" id="page_292"></a>{292}</span> Ahí estás muy mal, chica. -Pon la cabecita en mi almohada. Ahí va. Te la saco fuera para que te -alcance.</p> - -<p>Esclavitud apoyó la cabeza en la almohada sin desconfianza ni esquivez, -y los dos permanecieron un instante silenciosos, saboreando el momento. -La endeble luz de la lamparilla señalaba en realce las facciones de -Esclavitud, marcando los claros con pálida blancura, los obscuros con un -matiz uniforme, entre gris y rosa. Parecía un fino grabado, y Rogelio -expresó su admiración así:</p> - -<p>—Suriña, eres preciosa.</p> - -<p>En esto doña Aurora suspiró hondo, y ambos se estremecieron, aunque su -coloquio no pudiese en ningún modo graduarse de ilícito. La enfermera se -puso de pié para enterarse de lo que ocurría. A los dos segundos estaba -de vuelta.</p> - -<p>—Duerme como una santa.</p> - -<p>—Colócate bien otra vez. Quiero preguntarte una cosa. La mano. ¿Por qué -te daba tan fuerte la manía de si me tendrías contento ó descontento?</p> - -<p>—¡Ay! ¡No sé! Desde el primer día dije yo entre mí: si aquí no te -quieren, Esclava, es que estás de sobra en el mundo. Ya viniste á él -contra la voluntad de Nuestro Señor... Ya Dios te miró siempre con malos -ojos... ¿No lo sabe, señorito?</p> - -<p>—Sí que lo sé, Suriña... Pero eso es una atrocidad. ¿Cómo va á mirarte -Dios con malos ojos?<span class="pagenum"><a name="page_293" id="page_293"></a>{293}</span></p> - -<p>La muchacha medio se incorporó de un salto, con los suyos muy abiertos, -espantada de ver que ya sabían lo mismo que ella se disponía á confesar.</p> - -<p>—No seas boba—murmuró generosamente Rogelio.—Tú qué culpa tienes, -mujer. Eso me puede suceder á mí, á cualquiera. El nacimiento no lo -escogemos. ¡Simple!</p> - -<p>—¡Si viese cómo me trabaja <i>eso</i> allá dentro!...—articuló con -vehemencia la muchacha, abriendo el corazón como si, próxima á -desmayarse, desabrochase el corpiño para respirar.—Siempre estoy -imaginando: «Esclava, á ti Dios no te puede querer bien. Nunca buena -suerte has de tener, nunca. Ya desde que naciste estás en poder del -enemigo, y buena gana tiene el enemigo de soltar lo que agarra. Por -mucho que te empeñes en ser un ángel, estarás eternamente en pecado -mortal. Ya lo tienes de obligación. Para ti no hay padre, ni madre, ni -nada más que vergüenza cuando te pregunten por ellos. Y así, todo lo que -hagas te tiene que salir del revés, y si te encariñas con una persona, -peor, que Dios te ha de quitar aquel cariño.»</p> - -<p>—Pues conmigo no te pasará nada de eso, Suriña blanca. Yo te quiero -como si fueses hija del rey... Mamá también te quiere mucho; le entraste -desde el primer día, ¿no sabes?</p> - -<p>Esclavitud, al oir este aserto, levantó la cabeza, clavando la vista en -el lecho de la señora. Su mirada y su sonrisa querían decir varias cosas -importantes; pero Rogelio no estaba en disposición<span class="pagenum"><a name="page_294" id="page_294"></a>{294}</span> de prestarse á -entenderlas. El estado de su ánimo no era á propósito para -razonamientos, sino para dejarse mecer dulcemente por el afecto que -necesitaba como sedación y medicina. Viendo que no le producía -Esclavitud las malas tentaciones de otras veces, pensaba que su cariño -se había depurado, y que aquel juego anómalo era lo más inocente del -mundo. O para decir toda verdad: estaba en una crisis de sentimiento, y -ni pesaba ni medía sus promesas y sus afirmaciones. Era para él uno de -esos minutos de la vida en que se obedece á la naturaleza íntima, al -egoismo secreto, y se cede al gusto de sentirse querido y de hacerse -querer más aún: quien está triste busca el consuelo, y el hambriento la -comida.</p> - -<p>—Mamá te quiere mucho—repitió.—¿Parece que no lo crees? ¡Boba! Pues -si ella misma fué quien me riñó porque te trataba así, un poco -fríamente... al principio. Ella me dijo que estabas disgustada por eso.</p> - -<p>Esclavitud bajó los ojos, sin duda para que delatasen sus pensamientos é -intuiciones adivinatorias del porvenir.</p> - -<p>—Mira—murmuró Rogelio—si vieses qué bien me encuentro así contigo. -Hasta parece que me vuelven á entrar ganas de dormir, y ahora no habrá -malos sueños ni boberías. Se me figura que dormiré lo mismo que un -patriarca; pero hace falta que tú tengas la cachacita de estarte ahí al -pié mío. Si te vas, me despavilo otra vez.</p> - -<p>—No me muevo—respondió con firmeza la<span class="pagenum"><a name="page_295" id="page_295"></a>{295}</span> muchacha.—Así me quisiesen -arrancar con tenazas, aquí me estoy.</p> - -<p>—Bien, pues... me quedo dormidito. ¡Ay qué bueno!</p> - -<p>Paladeando la primera y dulce cucharada de beleño que nos da el reposo -cuando sigue á un gran sacudimiento moral ó físico, Rogelio preguntó -todavía:</p> - -<p>—¿Suriña?</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—¿Me quieres mucho?</p> - -<p>La respuesta la entreoyó nada más: por eso nunca estuvo bien seguro de -que hubiese sido ésta, tan romántica é impropia de una aldeanita:</p> - -<p>—Hasta la hora de morir.</p> - -<h3><a name="XV-morr" id="XV-morr"></a>XV</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">N</span><small>O</small> obstante la explícita promesa, cuando Rogelio abrió los párpados -después de un sueño tranquilo y bienhechor, vió á Esclavitud á la -cabecera de su madre, sirviéndola una tacita de caldo. La señora, -aliviada de la jaqueca, se quejaba mucho de la contusión en la -espinilla. Poco después vino Sánchez del Abrojo, y le dió la razón -asegurando que, según las trazas, aquella magulladura iba á presentar -una degeneración erisipelatosa, por lo cual, para<span class="pagenum"><a name="page_296" id="page_296"></a>{296}</span> evitar los -perniciosos efectos del frío sobre los tejidos, convenía la -cama.—«Tampoco estaba yo capaz de levantarme aunque me diesen permiso», -advirtió la señora. «Me encuentro como si me hubiesen manteado y pegado -después una tunda con sacos de arena. No tengo hueso que bien me quiera. -Ahora es cuando noto yo las resultas del batacazo.»</p> - -<p>Rogelio tomó chocolate al pié de la cama de su madre, y manifestaba -pocas ganas de moverse de allí; pero doña Aurora cayó en la cuenta en -seguida. «¡Ay, ay, rapaz! A clase volando. Ya sabes que esos señores, y -en particular Ruiz del Monte, no tragan las faltas de asistencia. -Después llega el tiempo de los exámenes, y tenemos aquello de quién lo -diría.»</p> - -<p>Fué necesario, pues, sacudir la pereza, ir al cuarto, chapuzarse con -agua glacial, embozarse bien y salir á la condenada <i>fábrica de -chocolate</i>, como llamaba Rogelio á la Universidad, fundándose en que en -ningún sitio muelen tanto. Al dejar la atmósfera templada de su casa, -despejado por las abluciones matutinas, y sentir el frío de la mañanita -en los ojos y en los labios, notó Rogelio como si se rasgase un velo de -niebla, y los recuerdos del día anterior se definieron y se aclararon -del todo. A tales horas, su novia, la chiquilla del sobrediente, estaría -colgándose del balcón para ver pasar primero á la batería montada y -luego á él. Una oleada de risa estremeció el pecho de Rogelio al -acordarse de tal episodio. «¡Qué pava, como dicen los simones! ¡Vaya un -modo que tuve de<span class="pagenum"><a name="page_297" id="page_297"></a>{297}</span> echarme novia!» Después acudieron las reminiscencias -nocturnas. «Yo no sé cómo estaba: la caída de mamá me puso turulato. Le -dije á Esclava unas cosas estupendas. Aquello sí que parecía verdadera -declaración amorosa, por todo lo alto. Aquello sí. Y que me puse -conmovido, y que si me descuido, me echo á llorar. No, pues ella también -estaba en punto de caramelo. Pero, bien mirado..., nada de lo que nos -dijimos compromete á ninguno de los dos. Son cosas que las suelta uno... -así... porque hay momentos... Si me pusiesen ahora en el apuro de -explicar cómo se las dije, no podría. Me salían de dentro. Quizá esto -sea <i>querer</i>; lo que es lo otro... es pura guasa. Bien; al menos <i>esto</i> -de ahora, caso que mamá lo averiguase, no le daría tanto disgusto como -<i>aquello</i> que se me ocurría al principio. En lo de anoche no veo ningún -mal». Y al cruzar un saludo á la puerta de la Universidad con el -soñoliento bedel, sus pensamientos mudaron de dirección, y se le -ocurrió: «Me luzco si hoy me preguntan la conferencia.»</p> - -<p>Por la tarde se llenó la casa de amigos, que habían sabido el percance y -venían «á ofrecerse». Hubo hasta dos ó tres señoras, á las cuales se -permitió entrar en la alcoba y dar conversación á la paciente, porque en -la cabeza no tenía nada ya, y en consecuencia no la molestaba el ruido. -Ni faltaron los tertulianos de costumbre, que se quedaron en el -gabinete, haciendo compañía al <i>hijo de la víctima</i>, como se llamaba á -sí mismo Rogelio bromeando. Se<span class="pagenum"><a name="page_298" id="page_298"></a>{298}</span> habló de las consecuencias que pudo -tener el golpe: se dedicó media hora larga á inquirir lo que sucedería -si la señora, en vez de poner el tacón así, lo pone asado. Sólo Laín -Calvo, representante, al par que de la malignidad, del buen sentido en -aquella reunión senil, hacíase más que nunca el sordo, limitándose á -atizar la lumbre y á mirar las láminas y caricaturas de los periódicos -ilustrados. Dos ó tres veces sacó su trompetilla del bolsillo, é hizo -ademán de limpiarla é introducirla en el conducto; y otras tantas la -volvió á guardar, sin más consecuencias. Pero la prueba evidente de que -oía á las mil maravillas, fué que á pretexto de enseñarle no sé qué -dibujos de <i>La Ilustración Ibérica</i>, se inclinó hacia el estudiante y le -dijo con una mueca más de granuja que de sesentón:</p> - -<p>—Niñín, no sé cuándo acaban estos estafermos de darte la lata. Cuidado -que están hoy más memos que de costumbre. ¿A qué vendrá andar -discurriendo lo que pudo suceder si pasase lo que no pasó? Ahora cuadra -bien aquello de «Si como le dió en el pié le da en la pata... la mata.»</p> - -<p>Después se suscitó otra conversación, siempre relacionada con el magno -suceso de la caída: y fué discutir si haría falta que alguna amiga se -quedase á asistir á la enferma, porque para Rogelio no servían ciertos -trajines; al fin no tenía experiencia, y era hombre. Pero aquí saltó Don -Gaspar Febrero, llegando hasta robustecer sus aseveraciones con -golpecitos<span class="pagenum"><a name="page_299" id="page_299"></a>{299}</span> del regatón de la muleta sobre el guardafuego de la -chimenea.</p> - -<p>—¡Pues si tiene la mejor enfermera que se habrá visto! ¡Señores! ¡Que -no estará la amiguita doña Aurora bien cuidada con la simpática -Esclavitud! De fijo que parecerá una Hermana de la Caridad. No se -compadezcan de Aurora: compadézcanse de los pobres que no tendremos una -Esclavitud á la cabecera si nos llega la de cerrar el ojo...</p> - -<p>La tertulia en masa protestó, excepto Laín Calvo, el cual parecía muy -entretenido en ajustarse la trompetilla.</p> - -<p>—V., don Gaspar... ¡Pues si V. nos enterrará á todos! ¡Digo: apenas si -está fuerte el hombre! Igual que un muchacho.</p> - -<p>Meneó la cabeza Don Gaspar, pero con aire tan sereno y olímpico, con -tanta vida en las correctas facciones, que más parecía un semidiós de la -Grecia afirmando su inmortalidad, que un viejo de nuestra angustiada -época anunciando la caducidad de la vida.</p> - -<p>—La verdad es—intervino Laín Calvo—que todos estamos hechos unos -pellejos podres, y que ya, si nos tocan, nos reducimos á polvillo como -las momias del Perú. ¿No decía eso, Don Gaspar?</p> - -<p>—Decía—le gritó Rojas—que para cuidar de sus males quiere á -Esclavitud, la doncella de doña Aurora.</p> - -<p>—¡Aire!—exclamó el sordo.—No, pues con los cuidados de una rapacina -así, pronto se va un viejo á la sepultura, aunque esté hecho un<span class="pagenum"><a name="page_300" id="page_300"></a>{300}</span> roble, -caray. A no ser que sea como el rey David...—Y añadió encarándose con -Rogelio.—¿Qué dice á esto el rapacín de la casa? ¿Quiere cederles la -niña guapa á los vejetes? ¿No protesta?</p> - -<p>Ya por el modo como lo dijo, ó ya porque la conciencia de Rogelio tenía -alguna razón para sobresaltarse, ó porque su inexperiencia y poca edad -no le permitían aún el aplomo que se requiere en tales casos, Rogelio se -puso como la grana (lo cual se notaba más en él por su morena palidez -habitual), y contestó tartamudeando:</p> - -<p>—No, yo... Yo... al señor de Febrero...—Y para su coleto -decía:—«¡Sordo del diablo! Oyes tú más... Hasta oyes crecer la hierba.»</p> - -<p>Los preparativos para la noche no se diferenciaron de los de la -precedente, sin otra variación sino que, á fin de no viciar el aire, la -cama de Rogelio se colocó en el gabinete, pero comunicada con la alcoba -por medio de la puerta abierta. La enferma tardaba en coger el sueño, -quejándose de dolores, de inflamación en la pierna dichosa, y de un -molimiento inexplicable: Rogelio, al apoyarle la mano sobre la frente, -notó algún calorcillo, observación que tuvo desvelado al estudiante, sin -que dejase de alterarle también la idea de si Esclavitud iría ó no á -darle un rato de palique, lo cual temía y deseaba. En esta zozobra se -adormeció por fin; y medio entre sueños, hacia eso del amanecer, vió -acercarse á la muchacha, que se inclinó y le dijo rápidamente: «No -puedo<span class="pagenum"><a name="page_301" id="page_301"></a>{301}</span> apartarme de allí. Pide mucho de beber. Se queja que le duele -aquí y que le duele acullá: es el mismo retumbo del golpe.» Y Rogelio, -desalentado, murmuró: «Bien, Suriña.» Pero con aquellas malas nuevas ya -no pudo volver á prender en un sueño seguido. ¿Habría peligro? ¿Sería -principio de una fiebre? El médico, que vino temprano, le quitó la -aprensión. «Todo esto es la repercusión de la caída. La calentura, -insignificante. La inflamación la vamos á combatir... Deme V. papel. -Esta tarde ya se notará la mejoría.» Por la tarde, en vez de la mejoría -anunciada, se advirtió algún recargo, pero al anochecer se indicó el -alivio, y á las diez la señora cenó con mucho apetito un ala de gallina. -«¡Ay... alabado sea Dios!—decía.—Parece que se me han sosegado mis -huesos. Sentía allá dentro una opresión... Rapaz, me parece que ya -tenemos mujer.» A este alegre vaticinio siguió una calma profunda, y á -cosa de la media noche doña Aurora gozaba de un descanso de -convaleciente, tan profundo y apacible, que casi no se le notaba la -respiración.</p> - -<p>—Hoy sí que viene volando—pensó Rogelio, decidido á no adormecerse y -sintiendo, á pesar de sus sofismas para no dar á <i>aquello</i> importancia -ninguna, un rebullicio en el sistema nervioso, y en el corazón un -desordenado latir.<span class="pagenum"><a name="page_302" id="page_302"></a>{302}</span></p> - -<h3><a name="XVI-morr" id="XVI-morr"></a>XVI</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">V</span><small>INO</small> en puntillas, mostrando viveza y júbilo que contrastaban con su -acostumbrada reserva, y se acurrucó en el piso como gata favorita al pié -de la cama de su dueño. Este, sin embargo, no le dedicó sus primeras -palabras, sino que instintivamente las consagró al verdadero amor de su -vida, á la mujer que le había llevado en su seno y que reposaba allí á -dos pasos.</p> - -<p>—¡Pero ves qué gusto, Esclava! Mamá se ha puesto casi bien del todo. -Parece mentira. Me ha dado un susto de órdago. Esta mañana, cuando me -dijiste que estaba así... no pude dormir ya más.</p> - -<p>Esclavitud, antes de contestar, miró al estudiante de un modo raro por -lo penetrante y profundo.</p> - -<p>—Bien que le recé á mi patrona la Virgen de la Esclavitud para que la -señora se aliviase. Le ofrecí también una misa. Ya ve cómo la Virgen me -ha hecho caso, señorito.</p> - -<p>—¡Ya se ve! Tú debes de tener vara alta en el cielo.</p> - -<p>—Sí, señor...—murmuró la muchacha.—La tengo. Para conseguir todo lo -que es contra mí.</p> - -<p>—¡Contra ti!—articuló Rogelio asombrado y un tanto receloso.—¿Y es -contra ti el que mi madre sane?</p> - -<p>—Como sanar...—balbuceó Esclavitud—como<span class="pagenum"><a name="page_303" id="page_303"></a>{303}</span> sanar... no, señor, y quiera -Dios llevarme á mí antes que á ella. Pero en acabándose el mal, se acaba -la vela, y en acabándose la vela... se acaban estos ratos.</p> - -<p>La explicación halagó la vanidad de Rogelio, afirmándole una vez más que -era querido, y no á la manera de los niños, sino del modo que quiere al -hombre la mujer, punto en que consistía toda la gracia de tan singular -comercio, que no se atrevía á llamar, ni aun en sus adentros, amoroso. -Aquellas palabras, dulces por el mismo acento hosco y dolorido con que -la muchacha las pronunció, impulsaron á Rogelio á alargar el brazo, y -cogiendo la bonita cabeza de su amiga, la arrimó á su pecho y la -estrechó con ternura. Esclavitud respiraba tan anhelosamente, que -Rogelio la dijo en tono afectuoso:</p> - -<p>—Ya te suelto... No quiero hacerte daño, ni sofocarte.</p> - -<p>—Daño, no—murmuró la muchacha.—Daño, no.</p> - -<p>Rogelio no volvió á estrecharla. Ninguna violencia tenía que imponerse -para respetar á Esclavitud, allí, al borde de la cama de su madre, y en -aquellas efusiones de carácter más fraternal que apasionado, cuyo -verdadero sentido y objeto ni él mismo acertaba á definir. Sólo se -deslizó á pasar la mano repetidas veces por el pelo rubio, revuelto y -abundante. A la vista parecía más sedoso el pelo de Esclavitud; pero de -todos modos, era muy agradable acariciar la madeja ondeada y tibia.</p> - -<p>—¿No quieres dormir un poquito?—le propuso.<span class="pagenum"><a name="page_304" id="page_304"></a>{304}</span>—Llevas dos noches en -vela y debes de estar molida. Si mamá rebulle te despierto. Yo al fin he -de estar despabilado...</p> - -<p>Negóse Esclavitud. ¡Velar tres noches! Gran cosa. Cuarenta días sin -desnudarse había pasado á la cabecera del cura, en su última enfermedad, -sin tomar otro descanso sino recostarse á ratos, en una silla vieja, á -descabezar una siesta de cinco minutos... ¡Velar tres noches! Velaría -ella un trimestre.</p> - -<p>—Pues si no has de dormir, entretenme. Cuéntame algo.</p> - -<p>—¡Ay, señorito... pues buena persona ha ido á buscar para contarle!... -Quien no sabe nada...</p> - -<p>—¡No has de saber, boba!... Háblame de allá, de la tierra nuestra. -Tengo unas ganas atroces de que me cuenten de allí. Cuando salí era un -tapón. Casi no me acuerdo.</p> - -<p>Al oir nombrar la tierra, los ojos verdes de Esclava fulguraron en la -obscuridad, como los de los gatos.</p> - -<p>—¿No se acuerda nada, señorito?</p> - -<p>—Te diré... Apurando la memoria, me parece que veo, así..., muchos -campos verdes, y el mar muy alborotado y muy verde también... Ello es -que si me acuerdo, es de un modo confuso. ¿Sabes lo que tengo más -presente? Un marinero que me cogía en brazos para bañarme; á ese parece -que le estoy viendo ahora mismo, más negro que la brea, y apestando á -sardina.</p> - -<p>—¿Y por qué no va allá á ver otra vez todo aquello?<span class="pagenum"><a name="page_305" id="page_305"></a>{305}</span></p> - -<p>—Este año, ó poco he de poder, ó he de convencer á mamá de que vaya. -Pasaremos por Marineda y Compostela. Veremos la provincia de Pontevedra -y la de Orense. Nos atracaremos de ostras y de langosta fresca. ¡Allí sí -que sabrá á gloria! Te llevaremos. Ya verás.</p> - -<p>—¿A mí?—articuló la muchacha meneando la cabeza.—A mí, ya verá como -no.</p> - -<p>—¿Por qué, tonta?</p> - -<p>—Cuando se me pone una cosa en el corazón, acierto siempre; y se me ha -puesto que ver no veo más la tierra.</p> - -<p>—¡Anda, pájaro de mal agüero! Déjame salir del aprieto de los -exámenes... y después... ¿Conque la tierra es muy bonita? Cuenta, -cuenta. ¿Cómo es? Aseguran que es la más linda de todas las de España.</p> - -<p>—Y de las del mundo todo, ya se lo dije—contestó con gran persuasión -Esclavitud.—Si viese las rías de Pontevedra... quedaba lelo. ¡Si viese -echar el cedazo de la sardina!</p> - -<p>—Será precioso. Ya me estás abriendo el apetito. ¿Y las romerías, con -su tamboril y su gaita?</p> - -<p>—Vale más una fiesta de aquellas—aseguró muy formal la chica—que -todas las diversiones de Madrid. Yo allá era bien alegre, y todos los -domingos bailaba: aquí parece que se me ha caído la paletilla.</p> - -<p>—¿Y qué es eso de la paletilla? Sepamos.</p> - -<p>—Un hueso que tenemos en semejante parte—respondió señalando al -pecho—que cuando se cae es como si le cayese á uno el alma: se va<span class="pagenum"><a name="page_306" id="page_306"></a>{306}</span> uno -quedando mustio, mustio... vamos, así, muy triste, y amarillo, y sin -voluntad de comer, hasta que después de algún tiempo, si no se la -levantan á uno, se muere.</p> - -<p>—¿Tú crees en eso, chica?</p> - -<p>—Si es la verdad. Algunas personas dicen que todo lo de la paletilla es -una brujería; pero yo he visto ya dos ó tres que se fueron al otro -mundo, por no querer que se la levantasen.</p> - -<p>—Pues Suriña, á veces parece que también se me ha caído á mí la -paletilla dichosa, porque paso esplines y se me quitan las ganas de -probar bocado. Tengo metido en la cabeza que así que vaya á la terriña -me pondré magnífico, hecho un animal de gordo..., así.—Al decirlo -inflaba los carrillos, para demostrar cómo pensaba ponerse.—Aquí -siempre seré un fideo. Esta vida no es para echar buen pelo, no. Cuenta, -anda, cuéntame de allá.</p> - -<p>Esclavitud obedeció y empezó á contar sin orden ni genio descriptivo -alguno, pormenores que, mejor que á la tierra, se referían á su -biografía propia. «Siendo yo chiquilla, ocurrió esto y aquello... Una -tarde que salí yo en Marín á la pesca de las xardas... Cuando yo -aprendía á hacer encajes con los palillos... Un día que cocíamos la -hornada en nuestro horno...» Esta misma personalidad de la narración le -prestaba singular encanto para Rogelio. Al hablar la muchacha, parecióle -que sus desvanecidos recuerdos infantiles tomaban cuerpo, se destacaban, -y se le aparecían claros y distintos. El cuarto se llenaba de olores de -campo, á menta, á anís, á<span class="pagenum"><a name="page_307" id="page_307"></a>{307}</span> hierba recién segada. La ilusión fué tan -fuerte que arrimó á sí la cabeza de Esclava y la olió.—«Hueles no sé á -qué... así como á flores, á aldea». Mientras la chica hablaba, se le -ponía á él entre ceja y ceja, más fuerte que nunca, el capricho de ir -<i>allá</i>. «Si no voy allá, no soy nunca hombre. Es lo primerito que he de -pedirle á mamá cuando se levante. Es una rareza no haber ido ya á -veranear allí, en vez de aquel San Sebastián, tan apestoso y con tanto -gentío. En sentando los piés en la terriña, doblo y me pongo lo mismo -que un becerro bravo.»</p> - -<p>—¡Ay señorito!—murmuraba la voz de Esclavitud—¡qué fea y qué seca me -pareció toda esa tierra que se pasa para venir aquí! ¡Jesús, María! Ni -un triste árbol, ni un regato, ni una mata verde... ¿Cómo viven los -labradores ahí?</p> - -<p>—Mejor que allá, infeliz. Esta es la tierra que da el pan y el vino, -mujer.</p> - -<p>—¡Mi madre querida! En esa secura parece increíble que contenta esté la -gente. Luego ¡faltarles la vista del mar! Cuando uno ve el mar, -mismamente parece que ve la grandeza de Dios. ¿No es cierto que sólo -Dios podía hacer aquella cosa tan grandísima? ¡Y lo que sale de él! -¡Aquellas conchitas tan monas; tantísimas clases de pescados; la -sardina, que es el mantenimiento de los pobres!</p> - -<p>—Hablas como un libro, Esclavita. No me extraña que diga tu apasionado -Nuño Rasura...</p> - -<p>—¿Quién?</p> - -<p>—El señor de Febrero, mujer...</p> - -<p>—¿El ancianito de la muleta?<span class="pagenum"><a name="page_308" id="page_308"></a>{308}</span></p> - -<p>—Ese... Pues dice que tú eres un tesoro. Has de saber que está muerto -por ti.</p> - -<p>—¡Bah!... No haga burla.</p> - -<p>—De veras. Como que quiere llevarte consigo á su casa. Se cree que -acabará por ofrecerte su blanca mano y su pata coja. Ha concebido por ti -una insensata pasión, que le arrastrará al sepulcro en la flor de sus -años, en la risueña edad de las ilusiones, á los ochenta y seis abriles -no cumplidos.</p> - -<p>—Bueno, bueno... Malpocado de señor, ni con sus piernas puede.</p> - -<p>—Calla, ingrata mujer, ó mejor dicho, hipócrita. Nada conseguirás con -disimular la profunda impresión que han hecho en ti sus rizados -cabellos...</p> - -<p>—Sí, de difunto—observó humorísticamente la muchacha.</p> - -<p>—Las perlas de su dentadura, y la esbeltez de su talle. Pero no te -compongas, infiel, que yo no te permitiré seguir á ese Tenorio. No harás -traición á tus deberes, ó morirás á mis manos. Te arrancaré el corazón -si me vendes.</p> - -<p>Le deshizo cariñosamente las conchas del pelo, y murmuró bajito:</p> - -<p>—Suriña no se va con el viejo. Suriña es para mí. ¿Quién se la quería -llevar? Que se limpien, que se limpien. Suriña es mía.<span class="pagenum"><a name="page_309" id="page_309"></a>{309}</span></p> - -<h3><a name="XVII-morr" id="XVII-morr"></a>XVII</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">D</span><small>OÑA</small> Aurora se encontró tan aliviada el día siguiente, que ya pudo -levantarse un par de horas, y á la noche insistió y porfió en que su -hijo no se quedase en el cuarto. «No me conviene», advirtió. «Te -acuestas ni desnudo ni vestido; tardas en dormir; te entra el -aburrimiento; te pones de palique con Esclavitud, que bien os oí anoche -entre sueños, y luego amaneces desemblantado y desganado». Cuando la -señora hablaba así, andaba la muchacha por el cuarto arreglando no sé -qué cosas, y se volvió de espaldas precipitadamente, sin duda para -recoger mejor la abrazadera caída de una cortina, operación en que se -entretuvo bastante tiempo. En cuanto al estudiante, clavó en su madre -los ojos, sobrecogido; pero aquella querida fisonomía, tan poco avezada -á disimular sus impresiones y tan conocida para él en sus menores -repliegues, no expresaba nada más que lo que en voz alta habían -proferido los labios, y el estudiante, respirando mejor, accedió á -retirarse á su cuarto aquella noche. No dejaba su madre de llevar razón -asegurando que le faltaba sueño. En la edad del pleno desarrollo, no -robustecido aún después de una niñez si no precisamente enfermiza, al -menos delicada, su fina organización se resentía de<span class="pagenum"><a name="page_310" id="page_310"></a>{310}</span> cualquier cosa, y -las tres noches de media vela le traían ya algo lacio. Sin embargo, al -recogerse á su alcobita, experimentó una impresión de pena y de soledad. -Acostumbrado á una atmósfera de ternura y de mimos, á andar envuelto en -algodón en rama, era codicioso de cariño, y bastáranle dos días para -contraer el hábito de aquellos tiernos y extraños coloquios, á deshora, -con una mujer que le ofrecía tal cantidad de afecto y de adhesión, que -ni su propia madre, al parecer, derramaba más profusamente el amor sobre -su cabeza. Si Rogelio pudiese analizar al microscopio sus sentimientos, -vería que buena parte del encanto de Esclavitud consistía en que allí él -era quien mandaba, y que la mujer de veinticinco años que al pronto le -tuvo por un chiquilicuatro, un <i>rapaz</i>, ahora estaba á sus órdenes, -sumisa, como <i>esclava</i> verdadera. Con la madre, por más amante y tierna -que fuese, Rogelio siempre se reconocía súbdito: la costumbre de -respetar y obedecer se le imponía, manteniéndole en perpetua infancia. -Con la doncella, podía en cambio satisfacer su pueril vanidad y á la vez -su oculto y mal definido anhelo de vestir la toga viril, atributo de la -dignidad humana.</p> - -<p>Por eso le causó gran disgusto la interrupción de veladas tan sabrosas. -A punto estuvo de escurrirse de puntillas á eso de la una, y sorprender -á <i>Suriña</i>, para alegrarle aquella cara que se le había puesto de una -legua. Pero ¿y si los cogía su madre? Creería todas las cosas malas; -tendría una desazón horrible; recaería;<span class="pagenum"><a name="page_311" id="page_311"></a>{311}</span> acaso despacharía á -Esclavitud... El instinto de cautela, que en los movimientos pasionales -se despierta como contrapeso á la fiebre de las determinaciones -radicales y de los insensatos extremos, le aconsejó cierto tino; y al -otro día, como viese á Esclavitud descolorida y con las facciones -afiladas, la acorraló en un rincón del pasillo, y la dijo entre bromas y -veras: «Suriña, no me pongas esa cara de viernes. Esta noche me acordé -mucho de ti, y de nuestra charla. Se me pasaban ganas de ir, pero no me -atreví. Cuidadito, por causa de la pobre mamá. Anda, Esclava, sonríe á -tu señor.»</p> - -<p>Bastó esta pequeña satisfacción para que la muchacha apareciese con -mejor semblante, y aun se manifestase en apariencia contenta y segura. -Rogelio había hecho su composición de lugar, mitad por instinto de -prudencia, mitad por filial respeto: «Ahora, que sane mamá del todo: que -se reponga: á eso estamos. Mientras no se consiga verla fuerte y buena, -que Esclavitud la cuide, y se acabó. Pero mamá se encuentra muy -aliviada, y va á entrar en convalecencia: dentro de ocho ó diez días no -quedará rastro del percance. Entonces tenemos tiempo de echar todos los -paliques que se nos antoje. Porque mamá sale á la calle, ó se entretiene -con su tertulia, y... perfectamente. Se lo he de decir á Sura para que -se ponga más alegre todavía.»</p> - -<p>Atisbó la ocasión propicia de comunicarle este agradable proyecto. -Sujeta incesantemente<span class="pagenum"><a name="page_312" id="page_312"></a>{312}</span> en el cuarto de la enferma, Esclavitud aquellos -días no pisaba el del estudiante: era preciso tomar por centro de -operaciones el pasillo, y Rogelio se propuso esperar á la chica en él -por la tarde, pues la mañana se le iba entre almuerzo y cátedras. Hacia -eso de las cuatro, el entrar y salir de los amigos en la tertulia -introducía en la casa cierta animación y desorden favorables al intento -de Rogelio. Y la tertulia aquellas tardes se encontraba muy concurrida, -porque el género de enfermedad de la señora, no incompatible con la -charla y la bulla, imponía á sus amigos el deber de acompañarla. No sólo -venían los «señores» sino también el personal femenino, compuesto casi -todo de modestas amas de casa, que por carecer de la desahogada fortuna -de doña Aurora, sólo de tarde en tarde podían permitirse el lujo de -hacer visitas, no sin meditarlo antes á fin de darse á luz con la -decencia conveniente en la familia de un magistrado. Aquella tarde -vinieron dos señoras que acostumbraban dejarse ver muy poco: la del -presidente de Sala D. Prudencio Rojas, y la del ex-Fiscal D. Nicanor -Candás, por mal nombre Laín Calvo. Si un pintor quisiese simbolizar la -Dignidad envuelta en los cendales de la Modestia, bastábale copiar -fielmente el porte y rasgos de la señora de Rojas. Para quien no tuviese -el alma dañada y torcida, ó embotada la sensibilidad, había algo en -aquella mujer sencilla, socialmente insignificante, que obligaba con -categórico mandato á inclinarse y descubrirse. En su abriguito<span class="pagenum"><a name="page_313" id="page_313"></a>{313}</span> de -terciopelo negro ya raído, escrupulosamente limpio, trabajosamente -puesto al aire de la moda después de ocho ó diez arreglos quizá; en su -capota cuyos encajes descubrían el brillo de la plancha casera; en sus -guantes nuevos, comprados para la circunstancia, de dos botones no más, -de color sufrido y obscuro; en sus aretes antiguos,—una roseta de -minúsculos diamantes;—en sus blancos cabellos, alisados y pegados á las -sienes con el supremo decoro de una reina viuda que ha renunciado á -agradar, se revelaba más valor, más sufrimiento, más secreto heroismo -que en los harapos de ningún pordiosero, ni en el uniforme de ningún -inválido, ni en el sayal de ninguna monja. El viviente comentario y tal -vez la mejor clave de la rígida integridad del marido, era la aureola de -paciencia doméstica y de serena aceptación del sacrificio cotidiano que -resplandecía en la esposa. Lo que tenía Rojas de duro y leñoso en su -modo de entender y rendir estrictamente la justicia, lo suavizaba la -dulzura de su mujer, á quien Roma hubiese conferido el cargo de -sacerdotisa de la piedad doméstica. Aquella matrona no había preguntado -jamás, ni aun á sí misma, la razón de que su vida conyugal fuese un -continuado acto de abnegación que duraba ya treinta y tantos años: sabía -que en su casa se adoraba el inflexible simulacro del Deber poniendo en -el mismo altar la estatua sobredorada de la Decencia, y sin una protesta -se había consagrado al culto de ambos númenes.<span class="pagenum"><a name="page_314" id="page_314"></a>{314}</span></p> - -<p>No cabía mayor contraste que el de la señora de Rojas y la de Candás. -Como en la magistratura se tienen muy en cuenta los antecedentes de -familia, no es posible dudar que una esposa tan cursi, que según malas -lenguas había sido posadera en Gijón, influía bastante en ciertas -sombras que un tiempo empañaron el buen nombre del Fiscal, y era motivo -para que sus compañeros, molestados por tener que seguir trato con ella, -mirasen á su esposo con una prevención que crecía al fijarse en la -incorregible mordacidad, burlón escepticismo y sordera intermitente del -asturiano. La señora de Candás, gordinflona, con una lupia al margen del -ojo izquierdo, muy empavesada, luciendo siempre vestidos llenos de -faralaes y capotas que parecían garitas ó peroles, hablando medio en -bable, llamando á su marido <i>este</i>, y contando delante de cualquiera -indisposiciones propias para sepultadas en el silencio más profundo, era -el tipo perfecto de la ordinariez incurable, enquistada, que resiste al -buen ejemplo, al aire de la corte, al cáustico de la burla y al roce de -la corriente del tiempo, que desgasta y pule, como la del mar, las -piedras más toscas. Si Don Nicanor probó alguna vez á civilizar á su -costilla, seguramente había renunciado á ello muchos años hace; y -además, los compañeros aseguraban que para desasnar á Pachita tenía que -empezar Don Nicanor por darse una mano de barniz á sí propio, y suprimir -las crudezas de su conversación, el desentono de sus modales y el mal -gusto de sus opiniones,<span class="pagenum"><a name="page_315" id="page_315"></a>{315}</span>—porque hasta las opiniones eran de mal gusto -en el Fiscal, ó al menos lo parecían por la forma de expresarlas.</p> - -<p>Lo evidente es que, encontrárase ó no al nivel de su Pachita,—y acaso -sólo le llevaba de ventaja la agudeza del ingenio y la superioridad de -la instrucción masculina,—Don Nicanor se mostraba á veces como -avergonzado de su mitad. Quien se apostase aquel día en casa de doña -Aurora y viese entrar primero al señor de Rojas y luego al señor de -Candás en compañía de sus respectivas mujeres, podría, sólo con aquella -observación, deducir la vida psíquica de ambas parejas y ambos hogares. -Rojas había ofrecido á su mujer el brazo por la escalera, adelantándose -á tirar de la campanilla; y, al cruzar la puerta, se hizo atrás -cortésmente, no sin llegar después á tiempo de alzar el portier del -comedor (donde ya había vuelto á instalarse la tertulia). En el modo de -colocarse á su lado, en el de asociarse á sus protestas de interés por -la salud de la madre de Rogelio, rebosaba la misma consideración, el -mismo delicado sentimiento de reverencia familiar, si así puede decirse; -y el magistrado, respetando á su compañera, mostraba respetarse á sí -mismo. El señor de Candás, al contrario, entró con el sanfasón de todos -los días, y por poco suelta á su mujer en el mismo rincón en que había -colocado el paraguas. Parecía como si Pachita y su esposo se hubiesen -encontrado por casualidad en la escalera, sin conocerse, ni haber sido -presentados. Pero hubo más.<span class="pagenum"><a name="page_316" id="page_316"></a>{316}</span> Mientras el señor de Rojas, conversando en -igual tono deferente con su mujer que con doña Aurora, no se movió del -asiento hasta que la señora de Rojas hizo la clásica indicación, «cuando -quieras, Prudencio, nos iremos hacia casa», el señor de Candás, de -repente y cortando una arenga de Pacha sobre lo rancio y caro que era en -Madrid el <i>tocín</i>, dijo con el peor estilo del mundo:</p> - -<p>—Ea, Pacha, cállate y larguémonos, que es hora.</p> - -<p>Salía el señor de Candás, sin duda para enseñar el camino á su mujer, -que aún quedaba empantanada en los cumplimientos de despedida, á tiempo -de espantar un grupo de dos personas que hacia el fondo del recibimiento -se secreteaban con calor. Nadie ganaba al socarrón del astur en el arte -de hacerse el sueco; pero ver... ¡carapuche si vió! Tanto, que al salir -de la casa aún retozaba una risilla en las arrugas de su volteriana faz.</p> - -<p>Lo que Rogelio le decía con tanto entusiasmo á la muchacha era esto:</p> - -<p>—Suriña, la gran noticia. Este verano iremos allá... todos. Ya mamá me -lo tiene ofrecido.<span class="pagenum"><a name="page_317" id="page_317"></a>{317}</span></p> - -<h3><a name="XVIII-morr" id="XVIII-morr"></a>XVIII</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">E</span><small>NCONTRÁBASE</small> la señora de Pardiñas completamente dada de alta y se -discutía la oportunidad de una salida á pié, cuando cierta mañana, á la -hora en que Rogelio tenía su clase de economía política, que para tales -visitas era deshora, llegó Don Nicanor muy bien humorado y cordialísimo. -Se hizo el sorprendido de no encontrar allí á ninguno de los -acostumbrados tertulianos; á lo cual doña Aurora, que se consagraba á la -fabricación de unas medias de abrigo, respondió muy cuerdamente que -faltaban dos horas lo menos para la de la tertulia, y por consiguiente -no tenía nada de extraño que la gente no hubiese llegado. Pero Laín -Calvo no debió de oir esta observación, porque conservaba en el bolsillo -la trompetilla, limitándose á formar con la mano un embudo acústico.</p> - -<p>—¿Diga, Aurora, no ha notado una cosa?—preguntó después de -repantigarse en la butaca, sobre cuyo ancho respaldo estaba ya señalada -la forma de sus lomos.</p> - -<p>Doña Aurora levantó las pupilas como el que dice:—«No; es decir, ¿yo -qué sé? Haga V. él favor de explicarse».</p> - -<p>—¿No se ha fijado el otro día... cuando vinimos de visita Pacha y yo...</p> - -<p>—Sí, sí; ya... el viernes.<span class="pagenum"><a name="page_318" id="page_318"></a>{318}</span></p> - -<p>—¿La mujer de Rojas, qué abatida estaba?</p> - -<p>—¡La pobre! No es muy animada nunca; pero tampoco se la ve displicente. -¡Mujer de más mérito! Vale un Perú.</p> - -<p>—No, ella bien se esforzaba en hacer de tripas corazón: ¡pero se le -conocía! Sobre todo, los que estábamos en autos.</p> - -<p>—¿Pues qué ha pasado? ¿Tienen algún disgusto serio?—preguntó ya -consternada la señora de Pardiñas, que estimaba y quería muy de verdad á -la de Rojas.</p> - -<p>—El Joaquín... el hijo, el juez... me le han vuelto á trasladar desde -un extremo á otro de España, á los dos meses de la primera traslación, y -estando su señora para dar á luz. Así se convencerán de que aquí no se -puede hacer el quijote, ¡carapuche! ¡Mire que un rapaz que empieza la -carrera, y para estreno se le ocurre tenérselas tiesas con un alto -cacique de las agallas de Colmenar, á quien le guarda las espaldas el -ministro del ramo! Ya verá, ya verá que no se pueden gastar bromitas con -esos nenes. Y ya comprenderá lo que importan aquí legalidades. ¿Que no -se puede trasladar á los jueces más que á instancia suya? Pues se pone -en la Real orden: «A instancia suya», y tan guapamente. Ya hubo alguno á -quien le encajaron la cesantía «á instancia suya». Y cuando protestó le -salieron con «¿V. desacata al ministro?»</p> - -<p>—Pero señor Don Nicanor, eso honra mucho á la familia de Rojas, y al -muchacho, que por lo visto es de la escuela de su padre. Gente íntegra -así, se ve ya muy poca. Yo nada entiendo;<span class="pagenum"><a name="page_319" id="page_319"></a>{319}</span> pero recuerdo que aquí se -hizo conversación del asunto, y se dijo que querían que Joaquín Rojas se -prestase á una picardía tremenda, á un despojo que importaba...</p> - -<p>—¡Mire V.—añadió Laín Calvo prosiguiendo en su sordera—que ir un -mequetrefe como él á cuadrarse delante del Ministro! Los Rojas tienen -vena. <i>Talis pater</i>... Farol el padre, farol el hijo... Es decir, el -hijo todavía más farol, aunque parezca mentira. Porque el padre al menos -no se mete en camisa de once varas: al texto de la ley y se acabó. ¿Que -el Código dice blanco? Pues blanco. ¿Que dice negro? Negro. Rojas es una -máquina de aplicar la ley. Si la ley hoy trajese azotes, y cortar las -orejas, andaría Rojas desorejando y vapuleando á la gente. ¡Pero el -chiquillo!... Porque se ha leído unas chapucerías alemanas é italianas, -traducidas en gringo, se las echa de sabiondo y de fi-ló-so-fo. -¡Fi-ló-so-fo un xuez! ¡Home, qué farolería!</p> - -<p>—Pues á mí,—arguyó doña Aurora sin alzar la voz, porque sabía á qué -atenerse respecto á la sordera del Fiscal,—me parece que en todas las -profesiones puede un hombre portarse con dignidad y con decencia. Les -tengo á los Rojas, por eso, una simpatía grandísima.</p> - -<p>—Y claro,—siguió Laín,—ahora lo de cuartos anda mal. En aquella casa -ni se enciende estufa, ni se come principio, ni se hace café. No le -llega el sueldo para traslaciones; se ha casado con una chica que no -tiene un ochavo, y así que la cosa apremie, ya bajará el gallo el -señorito.<span class="pagenum"><a name="page_320" id="page_320"></a>{320}</span> La necesidad enseña más que las Universidades. Ya le domarán. -Como un guante estará dentro de un año.</p> - -<p>Persuadida de que no conseguía nada con protestar, doña Aurora -continuaba menguando el talón de su media, limitándose á hacer gestos -negativos, porque su genio vivaracho no le consentía asentir á las -atrocidades del maligno sordo.</p> - -<p>—Todos allá cuando rapaces empezamos por echárnoslas de plancheta... ¡y -luego amainamos, vaya si amainamos! O si no, es querer pasar una vida -miserable. Ya verá V. como el ramalazo que ha cogido á Joaquín le -alcanzará también á su padre. Se la están armando con queso. No pasa el -año sin que le jueguen alguna de puño: gorda. ¿No pueden trasladarle? le -jubilarán. Yo no soy antiguallero como Don Gaspar y los otros; pero -tengo que reconocer que en mis tiempos la magistratura dependía menos -que ahora de la política. Las cosas vienen así, y hay que tomarlas como -vienen. Estos señores están siempre en Belén, carapuche. ¡Memos en -polvo! A bien que la camada nueva la entiende mejor. Aquí soy yo el -único de la tertulia que vive en el mundo. Si no fuese la arrenegada -sordera...</p> - -<p>—A mí no me venga V. con sorderas,—protestó la señora.—Dios me libre -de sordos así. Oye V. más que quiere. A mí déjeme V. de cuentos ¿eh? No -nací en el año de los tontos.</p> - -<p>—Y el que está más chiflado de todos,—advirtió Laín haciéndose el -desentendido,—es el bueno<span class="pagenum"><a name="page_321" id="page_321"></a>{321}</span> de Don Gaspar. Ese ya, guillati por -completo. Ha vuelto á la infancia. Tendremos que ponerle ama de cría, ó -al menos niñera. Eso quiere y por eso suspira; y anda buscando robarle á -V. la que V. escogió para su chico. Hablo formal; tan cierto como me -llamo Nicanor, que le tenemos vuelto tarumba por su doncella de V., por -la Esclava ó como se llame. Ningún rapaz de veinte se enamoraría tan -fuerte de ella; estoy seguro de que á Rogelín no le entró así, home.</p> - -<p>Al nombre de Rogelio, y sobre todo al percibir el tono en que lo -pronunciaba Candás, la madre se estremeció, dejando caer en el regazo la -calceta.</p> - -<p>—Lo de Rogelín,—continuó con la misma bonachonería el sordo,—es tan -natural en un rapaz, que sería para hacerse cruces si no sucediese. -Claro: una mujer agraciada de veinticinco, y mimosina; un rapaz de -veinte... ¿qué había de pasar, señores? Que hoy te miro, que mañana te -toco... que el cariñín en el pasillo, que el retozo en la antesala... -Rapazadas que se caen de suyo.</p> - -<p>La señora saltaba en el asiento lo mismo que un muñeco de resorte.</p> - -<p>—¿V. sabe lo que está diciendo?—exclamaba.—¿Le parece á V. bien -lanzar esas cosas tan serias <i>porque sí</i>, sin prueba ni fundamento -ninguno? ¿No hay más que echar la lengua á paseo y caiga el que caiga? -Rogelio... ¡infeliz criatura! ¡que no es capaz de semejantes trastadas -en casa de su madre!...<span class="pagenum"><a name="page_322" id="page_322"></a>{322}</span></p> - -<p>—Bueno, si yo comprendo que V. le dé poca importancia y lo meta á risa, -porque son demoniuras que la edad las trae consigo...; y por eso, cuando -el otro día los pillé en la antesala muy entretenidos, hechos un -caramelo, díjeles para mi saco: «Eso, niñines, á divertirse, que es ley -de Dios.» Pero si pienso en el otro estafermo, con sus ochenta del pico, -todo derretido en babas...: home, le bajaría los calzones y le daría una -mano de azotes en el tafanario, por archimemo.</p> - -<p>¡A doña Aurora sí que se le pasaban ganas vivísimas de ejecutar la misma -operación con el empecatado sordo! ¡Contar aquellas enormidades, y -contarlas de aquel modo traidor, que ni daba lugar á rectificaciones, -porque con la farsa de la sordera podía decir cuanto se le antojase, sin -atender á las razones en contra, ni aun á los mentís! Era para -envenenarse la sangre de rabia... Era una burla supina, descarada, -insufrible. ¿Y ella había de aguantarla? Eso sí que no. La bilis de la -señora de Pardiñas se alborotaba: la sangre le hervía en las venas. -«Sordo infame, sordo de mentirijillas, revoltoso y chismoso de verdad, -raposa malvada y astuta, ahora te lo diré de misas.» Levantóse del -sillón, y acercándose rápidamente á Laín Calvo, le metió la mano, con la -destreza de un tomador de oficio, en el bolsillo del gabán, sacando el -estuche que contenía la trompetilla. Y antes que el sorprendido Fiscal -pudiese evitar el ataque, doña Aurora había sacado el cañuto de plata -encajándolo en el conducto auditivo del asturiano,<span class="pagenum"><a name="page_323" id="page_323"></a>{323}</span> acercado la boca y -gritado con toda su fuerza:</p> - -<p>—Para mí póngase V. siempre la trompetilla, ó si no determínese á oir -lo que le contesto. Eso de Rogelio y Esclava lo inventa V. con su -maliciota condenada, ¿oye? Mi niño no seduce á las criadas de la casa de -su madre, ¿oye? La gente no anda tan suelta ni tan descarada como V. la -pinta, ¿oye, oye? Y las personas decentes se diferencian ¿oye? de los -pillos. Y yo no soy tan borrica ¿oye bien? que si semejantes cosazas me -pasasen por delante de las narices las fuese á consentir. Y á mí me -gusta poco la gente maligna ¿oye? porque siempre echo la cuenta ¿oye? -«Piensa el ladrón que todos lo son.»</p> - -<p>Acabada la filípica, la señora se dejó caer toda sofocada y nerviosa en -el sofá: y el astur, llevándose ambas manos á su amarillenta calva, -exclamó con acento dolorido:</p> - -<p>—Carapuche, Aurorina... Me ha roto el tímpano... Con otra como ésta me -deja sordo.</p> - -<h3><a name="XIX-morr" id="XIX-morr"></a>XIX</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">P</span><small>ERO</small> apenas el truhán de Laín Calvo se hubo ido, y calmádose un poco la -indignación y la cólera dando lugar á la reflexión, doña Aurora, -ejecutando su movimiento favorito de rascarse el moño con una aguja de -la calceta, llegó á<span class="pagenum"><a name="page_324" id="page_324"></a>{324}</span> formular categóricamente el indefectible «¿por qué -no?» de todas las desconfianzas. Sin necesidad de gran perspicacia, sin -poseer la aguda malicia del Fiscal, con sólo las nociones más -elementales del sentido común, bien podía venirse á la memoria é -imponerse al entendimiento todo aquello de «el fuego junto á la -estopa...», con lo otro de «entre santa y santo...», etcétera. Y por una -serie natural de razonamientos, propios de su buen sentido, llegó la -señora á caer en el extremo contrario á su primer impulso, acusándose de -confiada en demasía, de necia y simple, porque ni una sola vez se le -había ocurrido la posibilidad y aun la probabilidad de cosa tan obvia, -hasta que se la indicara una persona maliciosa y extraña, cuando ella -tenía obligación de precaverla á tiempo. «Las mamás padecemos esta -pícara manía, de pensar que los niños siempre han de ser niños... y los -años vuelan, y ellos llegan á hombres, y el bigote no nos pide permiso -para crecer... Cuando no creemos que siguen siendo chiquillos, damos en -figurarnos que ya son viejos y formales como nosotros..., otro -imposible, otra bobada... La edad pide lo suyo, y es una majadería no -sospecharlo siquiera... Lo malo aquí es que tenemos al enemigo en la -plaza. ¡Y lo he metido yo misma! Nada, le abrí la puerta y le -dije:—Pase V. Sobre que la situación es poco decente, desairadísima -para mí, he duplicado el peligro y la gravedad de todas las -consecuencias que pueden sobrevenir... ¡y tanto como pueden! Ello es que -yo no esperé nunca que Rogelio fuese<span class="pagenum"><a name="page_325" id="page_325"></a>{325}</span> toda, toda la vida un santo; pero -esto... así, á domicilio...»</p> - -<p>Otra rascadura en el moño le sugería el contrapeso lógico de tales -reflexiones. «Es muy creíble que el tiñoso del viejo haya calumniado, -por el gusto de calumniar, á mi nene y á la pobre Esclava. Yo no tengo -tan mal ojo para conocer á las pájaras de cuenta, y Esclava me gustó, me -llenó precisamente por su tipo formal y modesto. Verdad que los -antecedentes de familia no la abonan, y que tiene mala sangre por los -cuatro costados; pero eso... en eso se lleva uno chascos grandísimos: la -gente no es como los pimientos, que salen gordos ó ruines según la -semilla. Nada, aquí no tenemos sino un caminito que seguir. Observar, no -dormirnos y procurar que el muchacho se distraiga por ahí fuera. Según -lo que vaya pescando, así haré. Yo no voy á cometer la barbaridad de -echar á la chica de buenas á primeras. Si todo ello resultase paparrucha -de Don Nicanor, sería un cargo de alma. Y si es verdad, podía -alborotárseme el chico... y tendríamos una... Estas primeras chifladuras -y tonterías de los rapaces les entran muy fuerte. Andarse con tiento. -Aurora, figúrate que eres de policía y que te mandan seguir la pista de -un crimen... Ojo alerta, calma y mala intención.»</p> - -<p>Ningún programa se cumplió más al pié de la letra. Dedicóse la señora -desde aquel mismo instante á reparar el tiempo perdido: tan confiada y -noblota como fué antes de concebir recelo alguno, tan suspicaz y -escamona se volvió<span class="pagenum"><a name="page_326" id="page_326"></a>{326}</span> desde que la sospecha vino á hacerle cosquillas con -sus dedos rápidos y fríos. Espiaba con destreza y con un sosiego -perfecto, sin dejar salir al exterior las preocupaciones del ánimo. En -toda mujer, en la más sencilla y franca, hay un polizonte en germen; los -hábitos de disimulo contraídos desde la niñez les hacen fácil el oficio.</p> - -<p>Para no alarmar ni poner sobre aviso, discurrió doña Aurora no vigilar á -los dos presuntos culpables, sino á uno solo: porque si éste comunicaba -al otro sus temores respecto al espionaje, el otro los disiparía -asegurando no haber notado cosa alguna que alarmar debiese. Y en efecto, -en el presente caso no puede negarse que, vigilada Esclavitud, sobraba -atisbar á Rogelio. Así se practicó. La señora, usando de un derecho -indiscutible, estudió minuto por minuto las acciones, pasos y -movimientos de su criada. Supo á qué hora se despertaba; qué hacía -después de levantarse; cuántas veces y con qué fin entraba en el cuarto -de Rogelio; en qué empleaba la tarde; á qué se dedicaba mientras duraba -la tertulia; cuándo se recogía y en qué momento soplaba la luz. -Y,—preciso es confesarlo,—al pronto el resultado de estas -averiguaciones fué completamente negativo. Esclavitud, no bien salía de -su cuarto, se consagraba como siempre á los chocolates, y después á su -aseo personal, sin acicalarse ni hacerse esos moños de figura de -sorbete, único lujo de las domésticas madrileñas. Para arreglar y asear -las habitaciones de Rogelio, despachito y alcoba, escogía<span class="pagenum"><a name="page_327" id="page_327"></a>{327}</span> las horas que -el estudiante pasaba en clase, ó en paseo: nunca iba estando él. -Esclavitud no salía los domingos sino á misa; por consiguiente, tampoco -veía á Rogelio fuera de casa. Durante la tertulia, Rogelio no se movía -de su rincón del sofá, ni la muchacha abandonaba su cesta de repaso, -excepto para abrir la puerta. Y las noches, en que á no venir algún -estudiante amigote de Rogelio, éste leía periódicos ó salía á los -teatrillos á ver una pieza, Esclavitud se las pasaba en su cuarto, -cosiéndose su propia ropa, ó dedicándose á faenas análogas. Nada se -descubría que pudiese dar pábulo á ciertos recelos, y la señora se -dormiría tranquilamente, si sus condiciones de observadora fuesen más -vulgares.</p> - -<p>Pero no era ella mujer á quien se le pasasen por alto varias cosillas -insignificantes en apariencia, y en realidad muy significativas y aun -escamativas para una mamá avispada; cabos sueltos tras los cuales suele -salir toda una madeja larga y enredadísima. Estos indicios, señales ó -guiones para las pesquisas de la celosa madre, eran del género -siguiente. A la hora de almorzar, al traer Esclava las píldoras ó el -jarabe ferruginoso, al presentar á Rogelio sus manjares preferidos, -establecíase alguna vez (y que no se lo negasen á doña Aurora, que ella -bien lo había guipado) un trueque de miradas lánguidas de <i>carnero á -medio morir</i>, ó encendidas y chispeantes. Al llamar el estudiante á la -campanilla y levantarse Esclavitud para abrir la puerta, la muchacha -mostraba un apresuramiento<span class="pagenum"><a name="page_328" id="page_328"></a>{328}</span> que estaba muy lejos de manifestar cuando -tiraban del cordón los vejestorios tertulianos; es evidente que conocía -al señorito en el modo de llamar y hasta de subir las escaleras. Si -Esclavitud planchaba ropa de Rogelio, hacíalo con primor y esmero muy -especiales; y este mismo síntoma podía advertirse en el arreglo de la -habitación y en el servicio de la mesa. Algunas noches, al salir de casa -Rogelio, la muchacha le esperaba en el pasillo, y trocaban breves -frases, pero en voz tan baja que no podía oirse el diálogo: esto mismo -ocurría por la mañana al regresar de clase, y siempre que no estuviese -en la antesala doña Aurora. Por último, y este indicio era de los más -elocuentes, Rogelio se había resistido dos ó tres veces á acompañar á su -madre para salir, y aunque por fin cedía, iba asaz mohino y con las -orejas gachas.</p> - -<p>Ni más ni menos que esto percibió la señora: ello bastaba y aun sobraba -quizá para tenerla en ascuas ó inspirarla deseos de resolver del mejor -modo posible aquella ambigua situación y desenredar la madejita, que -amenazaba ser con el tiempo un enredo de dos mil diablos. No se atrevía -á moverse de casa por no facilitar ocasiones peligrosas; pero esto puede -hacerse un día, dos, tres; no prolongarse todo un invierno, á menos de -criar moho. Rogelio había manifestado ya repetidas veces gran extrañeza -viendo suprimidas las correrías matinales en simón. «Máter, estamos -abocados á presenciar graves trastornos si continúa tu retraimiento y<span class="pagenum"><a name="page_329" id="page_329"></a>{329}</span> -sigues desdeñando á las áureas carrozas que al pié de los muros de -nuestro palacio esperan que te recuestes muellemente en sus recamadas -alcatifas para dedicarte á tus matutinos quehaceres. Prepárase imponente -manifestación en que tomarán parte diez mil Faetontes de punto; -pronunciáranse discursos en la dulce lengua del trovador Macías y en la -jerga elocuente del duque Pelayo. Tienen pedida la palabra Martín el -Buloniu y José el Cabaleiro. El Gobierno ha adoptado precauciones, y el -duelo se despedirá en la taberna.»</p> - -<p>Los tertulianos, informados del retraimiento de la señora, también se -creían obligados á soltar su discurso de higiene. «Amiga doña Aurora, no -hay que apoltronarse. Cuidadito con criar humores, que después dan que -sentir. Míreme V. á mí: la salud de que gozo y la buena disposición en -que me encuentro, las debo á mi costumbre de que no pase día sin salir y -sin andar á pié regulares distancias. Menos de una legüecita, no se -esparce la sangre. Yo, desde que me rompí el hueso, ando más.» Estos -consejos eran del excelente Nuño Rasura. «Muy conveniente considero el -ejercicio», añadía el señor de Rojas, con su sentenciosa formalidad de -costumbre, «para el cuerpo, y si Vds. me apuran, para el alma. Andando, -se distrae... vamos, el espíritu. No hay como un paseíto, y si uno se -aburre, lo mejor que puede hacer es contar las piedras, los árboles ó -los números de las casas.» A doña Aurora, tales advertencias acababan -por sacarla de tino. «Es monomanía<span class="pagenum"><a name="page_330" id="page_330"></a>{330}</span> la que tiene todo el mundo de -aconsejar y de cuidarle á uno, sin saber ni lo que le conviene ni dónde -le aprieta á uno el zapato. Estos señores parece que se empeñan en que -aquí suceda... lo que no debe suceder. Vaya, con razón dice aquel -truchimán de Don Nicanor que están en Babia todos ellos.»</p> - -<p>No obstante, doña Aurora iba persuadiéndose de que la encerrona era -insostenible, y la irritaba pensar que tal vez se tomaba un trabajo -excusado, porque la inclinación de los muchachos no llegaba á extremo -que justificase tantas precauciones; y de llegar, el impedirles que se -viesen á solas era como poner puertas al campo. Ocurriósele entonces un -expediente para salir de dudas y medir la magnitud del riesgo. Mandó -fabricar secretamente un llavín para la puerta de su piso; y ya provista -de él, salió á la calle de mañana en uno de sus trenes, el de Martín por -más señas; y despidiéndolo al poco rato, volvió á su casa á pié, abrió -sin hacer ruido, y se dirigió, pisando blandamente, al cuarto-leonera, -donde supuso que debía encontrarse Esclavitud. Así era. La halló -haciendo labor, como de costumbre, tranquila, con el aire reconcentrado -y pensativo que la caracterizaba.</p> - -<p>—¿Dónde está el señorito?—preguntó doña Aurora de súbito, sin dar -tiempo para que la Esclava adoptase precaución alguna.</p> - -<p>Y la criada, alzando el rostro sereno, ó más bien melancólico, -respondió:</p> - -<p>—Me parece que estudiando en su cuarto<span class="pagenum"><a name="page_331" id="page_331"></a>{331}</span> ¿Cómo entró, señora? No he -sentido la campanilla.</p> - -<p>—Es que salía Fausta—explicó doña Aurora atropelladamente, cogida en -el garlito lo mismo que si fuese ella la culpable. Hasta sintió -encendérsele los carrillos. ¡Aquello era lo que se llama un parchazo! -¡Tantos misterios y tantos preparativos de llavín, para encontrarse con -que en casa no sucedía nada de particular, y que cuando pensó sorprender -un pecaminoso coloquio, sólo encontraba la calma y el orden! Y sin -embargo, no se convencía, no señor: que se convenciese el diablo. «¿Será -esta chica más lagarta de lo que me figuro? ¿Me estará envolviendo sin -yo pensarlo? ¿Se reirán de mí los dos? Porque las miraditas y los -coloquios al entrar y salir, y las pocas ganas que tiene mi niño de -echarse á la calle... eso no me lo quita nadie de aquí; lo he visto, y -lo que veo... nada, que lo veo, y ya pueden predicarme después frailes -descalzos. Con salirme fallida esta emboscada, en vez de sosegarme creo -me voy sobresaltando muchísimo más. No, pues yo no me dejo meter el dedo -en la boca. Para defender á mi hijo, todos los medios humanos he de -apurar; á mí no me cogen desprevenida: por si ó por no... Me da miedo -esta muchacha. La veo yo así..., no sé cómo, pero no me gusta. Tiene un -carácter muy de allá, que todo se lo guarda, y no hay nunca seguridad -con ella, porque no se descubre. Pues á pillo, pillo y medio. Deja, -deja, que yo te buscaré la salida; y ha de ser salida decorosa, sin que -te puedas quejar; al contrario,<span class="pagenum"><a name="page_332" id="page_332"></a>{332}</span> has de tener que darte por satisfecha. -Y ahora..., un clavo saca otro clavo, los rapaces son rapaces... Voy á -proporcionarle entretenimiento á Rogeliño. Voy á darte una rival... y -bien bonita. Espérate, rapaza...: contra treta, retreta; ya encontré -quien ha de desbancarte.»</p> - -<h3><a name="XX-morr" id="XX-morr"></a>XX</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">Y</span> EN efecto, ni veinticuatro horas tardó la madre en arreglarle á su -hijo una entrevista con la rival de Esclavitud. El punto de cita fué en -la propia morada de la susodicha rival, morada obscura y que olía -medianamente, como suelen oler todas las habitaciones de gente de su -laya; por lo cual, para que Rogelio se enterase bien del talle y porte -de su nuevo quebradero de cabeza, hubo que sacarle al patio sin ningún -artificio de coquetería, y aun pudiéramos decir que en estado de casi -total desnudez, pues no cubría sus esbeltas formas sino una manta vieja -que el dueño del taller de coches, Agustín Cuero, se apresuró á levantar -á fin de que nada velase sus encantos.</p> - -<p>Era una monada de jaca andaluza, alazana con cabes negros, de cabeza -chica y enjuta, de nerviosos remos, de lucio y acopado casco, de pelo -irisado á fuerza de estar brillante, de entreabiertas<span class="pagenum"><a name="page_333" id="page_333"></a>{333}</span> fosas nasales más -suaves que la seda, de ojo lleno de fuego y dulzura; joven, leal, -gallarda, animosa; un animal de esos que honran á la raza caballar -española con la hermosura de su estampa y la inteligente generosidad de -su carácter. Agustín Cuero no le escaseó elogios hiperbólicos, fingiendo -que se enternecía al desprenderse de tan rica pieza.</p> - -<p>—Le aseguro á la señora que otra más bonita no se pasea hoy por la -Castellana. No tiene una maca siquiera. Y es una santa, es una seda, la -maneja un niño de pecho. Con toda la sangre que le sobra, no es capaz de -una mala partida. Así es que un hombre le toma ley, vamos, y parece que -cuando uno la vende es como si se le llevasen á alguien, es un decir, de -la familia.</p> - -<p>—Sí—respondió la señora metiéndose á chalana—pero también no me -negará V. que esta clase de caballos no está ahora de moda. Los -elegantes tienen una legua de pescuezo y son de figura de mondadientes.</p> - -<p>—Bueno, los ingleses...; una moda <i>redícula</i>, como muchas que hay; y -esos son para ciertos señoritos y con ciertas circunstancias... pues. -Para el Hipódromo y esas farsas. Una jaca como la que está viendo la -señora siempre tendrá partido. Bien emperrado que anda el <i>Baraterín</i> en -comprármela; en pleito estamos porque no quiere llegar al precio que yo -le pongo. Ahí el señorito podrá decirlo.</p> - -<p>—Es verdad, mamá—afirmó Rogelio mientras halagaba el anca de raso del -simpático animal.—Soy testigo. Agustín le pidió lo mismo<span class="pagenum"><a name="page_334" id="page_334"></a>{334}</span> que á ti, y -el torero la dejó quedar por diferencia de dos onzas, y está chalado por -ella. La anda rondando; ¡le hace más visitas!</p> - -<p>—Pues que no la ronde, que es tuya—exclamó la mamá decisivamente, -recreándose en ver el rostro extático de su hijo, que al oir esta -palabra divina, con un impulso de esos que no se calculan, echó los -brazos al cuello de la jaca, y le plantó un achuchón completo en el -hocico negro y suave.</p> - -<p>Convenido ya el precio y la hora de cobrarlo, doña Aurora indicó algo -sobre el cuidado de la jaca, proponiendo á Agustín dejársela en -pupilaje; pero Rogelio, excitado, casi convulso de felicidad, no -permitía hablar á nadie, ni tomar resolución alguna. «Tú no sabes, -mamá... Yo me encargo de eso, déjame á mí... Sí que he de pasarme yo un -día solo sin enterarme de cómo anda la jaquita mía... Todas las mañanas -y todas las tardes la he de ver á la señora jaca... Te digo que lo dejes -de mi cuenta...» Acabó doña Aurora por acceder y otorgarle plenas -facultades. «Bien, pues allá tú...» Cuando se trató de poner nombre á la -jaca, el muchacho, sonriendo, murmuró: «La llamaré Suriña».</p> - -<p>Los afectos cardinales del alma humana dictan á veces rasgos de -maravillosa inspiración: la señora había comprendido, iluminada por el -amor maternal, que tratándose de un hombre de veinte años, y menor aún -que su misma edad, no hay rival mejor contra una hembra que un caballo -bonito. El caballo no es solamente distracción de un par de horas al -día, sino ocu<span class="pagenum"><a name="page_335" id="page_335"></a>{335}</span> pación y preocupación constante, desde que amanece hasta -que anochece. Enterarse de lo que come, y de si le roban ó no la cebada; -ver si está limpio y se han practicado con él todas las operaciones de -tocador—y el tocador de un caballo fino lleva casi tanto tiempo como el -de una mujer primorosa; luego, esa comunicación afectiva que se -establece entre el jinete que por vez primera disfruta el goce de un -caballo, y el animal; esa ternura que nace de la posesión; ese trueque -de monerías, el azúcar robado al almuerzo para ir á dárselo, el pan -fresco escondido en el bolsillo del chaleco, la dicha que produce el -relincho de júbilo del animal cuando su penetrante olfato y su delicada -percepción le dicen que el amo se acerca con la golosina... Después, las -inquietudes por la salud—un caballo ocasiona tantas como un niño -chico.—«Señorito, esta jaca no sé qué tiene... hoy no ha comido el -pienso. Le noto los ojos tristes.—Señorito, hoy la jaca no ha...» -¡Quién lleva lista de los innumerables achaquillos que puede padecer una -jaca! Después de tan múltiples cuidados, aun queda otro orden de ellos, -relacionados con lo que podemos llamar las galas de boda de la -equitación: el galápago de la mejor piel de cerdo, crujiente, diminuto, -mono; el sudadero de rico fieltro con cifras inglesas; los acerados -estribos; la sutil cabezada, que deja lucir toda la gracia de la gentil -cabeza; y para el jinete, el látigo de puño de plata cincelado; los -guantes del Tirol; el ajustado calzón de punto; las botas muelles; la -corbata con herraduras<span class="pagenum"><a name="page_336" id="page_336"></a>{336}</span> blancas sobre fondo gris... Todo distracción, -todo embeleso en la encantadora luna de miel del muchacho con su jaca. -¡Y qué emoción al sacarla! ¡Qué vanidad al lucirla con los amigos! ¡Qué -inexplicable deleite al pasearla en las frondosas arboledas de la -Moncloa, al ver acercarse un carruaje en cuyo fondo se reclina una bella -enlutada, y bajo la fascinación del mirar de la gentil desconocida, -ostentar la montura, hacer piernas, caracolear y lucir su gallardía -cubriéndola de espuma y sudor! ¡Qué placer ir variando de aires, ya el -rítmico paso, ya el animado trote, ya el ardiente galope; y al halagar -con cariñosa palmada el cuello del obediente bruto, sentirle resoplar de -placer, estremeciéndose todos sus sensibles nervios y su vigorosa y -enjuta musculatura, como talle de jovencilla al rodearlo el brazo de -ágil pareja y disponerse al vals!</p> - -<p>Indudablemente, lo de la jaca sí que había sido gran recurso é idea -feliz, hija al fin de la experiencia, y muy superior á aquel ardid -vulgar de echarse novia, que se ofreciera al candor de Rogelio como -arbitrio soberano para curar su incipiente enfermedad amorosa. Ahora no -necesitaba su madre pedirle que saliese, ni inventar pretextos con que -echarle á la calle. Espontáneamente no hacía el chico más que ir y venir -de su casa á la cuadra de la favorita. El invierno cejaba ya; los -últimos días de Marzo eran, á pesar de la mala fama de este mes -versátil, claros, templados y hermosos; y todas las tardes, desde las -tres, salía Rogelio á<span class="pagenum"><a name="page_337" id="page_337"></a>{337}</span> gozar de los primeros soplos primaverales, ya -solo, ya con amigos, ya con el picador, volviendo al anochecer dominado -por una sana fatiga física, embriagado de aire puro, libre de molicies y -malas sugestiones, penetrado de la alegría del paseo. Entre esta veta de -actividad que su madre había descubierto, y el estudio, indispensable -porque la época de los exámenes se acercaba amenazadora, ¿cuándo ni cómo -había de encontrar tiempo de atender á la Esclava?</p> - -<p>No por eso se dormía la madre, ni abandonaba el bien concebido plan de -defensa. Un día, Don Gaspar Febrero, habiendo madrugado algo más que los -otros tertulios, vino á quedarse á solas con la señora de Pardiñas, y -según costumbre, trajo la conversación hacia Esclavitud, elogiándola de -tan desatinada manera, que la señora sintió cierta desazón en los -nervios.</p> - -<p>—Pecisamente—dijo doña Aurora cuando el anciano la permitió meter -baza:—tenía que indicarle á V., á propósito de esa chica... Pero -prométame que me responderá con franqueza absoluta, como amigos viejos -que somos ya.</p> - -<p>—¡Pues no faltaba más! Mi simpática Aurora, ¿cuándo no?... ¿En qué -puedo servirla?</p> - -<p>—Verá V.... Una cosa que se me ha ocurrido aquí por la mañanas cuando -estoy sin gente y el rapaz en clase... Como V. se va á quedar muy mal, -creo yo... así que Felisa emprenda su gran viajata á Filipinas..., -yo..., en mi deseo de que no eche V. tan de menos esos cuidados<span class="pagenum"><a name="page_338" id="page_338"></a>{338}</span> á que -está acostumbrado ya... ¿no le parece á V.?</p> - -<p>—Veamos, veamos. Siendo de V. la idea... V. discurre siempre muy -juiciosamente, amiguita...</p> - -<p>—Como me ha dicho V. tantas veces que le agrada el modo de servir de -Esclavitud...</p> - -<p>El gallardo anciano hizo un brioso movimiento de halagüeña sorpresa, -afianzó sus espejuelos, se apoyó en la muleta, inclinándose hacia -adelante; y desatentado, trémulo, sin acertar á formar los períodos, -exclamó:</p> - -<p>—Amiga, amiga, amiga... ¿Qué me dice V., qué me dice V....? ¿Ha -reflexionado antes de hablar? ¡Desprenderse V. de ese tesoro! ¡de ese -tesoro! Me llena V. de agradecimiento, sí, señor... pero en -conciencia... no, no puedo consentir... ¡A dónde llega la amistad! Ahora -lo veo, Aurora... No, pero yo no soy un egoista... No, V. no habrá -meditado... ¿lo dice V. formal, formal?</p> - -<p>Sintió la señora el aguijón del remordimiento ante esta gratitud -extemporánea, y se dió prisa á añadir:</p> - -<p>—Mire V., si sería conveniente para mí también; hasta para mí. Hay su -parte de egoismo, Don Gaspar; no es todo virtud. Como este año proyecto -llevar á Rogelio á que conozca nuestra tierra...</p> - -<p>—Razón de más, amiguita, razón de más. No puede V. prescindir de una -servidora semejante viajando. Están muy malos los tiempos... Ahora, con -las Higinias que corren, ¿quién<span class="pagenum"><a name="page_339" id="page_339"></a>{339}</span> suelta una Esclavitud.... ¡ah! una -Esclavita de esa marca! ¿V., V. lo ha pensado, lo que se dice pensar?</p> - -<p>Al hablar así, Nuño Rasura pegaba saltos en su butaca, y hacía con la -muleta el molinete. Sus ojos brillaban; su cuerpo se erguía como de un -muchacho, y afanoso sobrealiento agitaba su esternón. «Dios nos asista» -pensó doña Aurora: «á este señor le voy á tener que recoger del suelo -con cucharilla.» Y como guardaba silencio aparentando hallarse conmovida -por los argumentos del buen señor, éste añadió de pronto, con energía, á -manera de niño que se deja convencer para tomar un juguete:</p> - -<p>—Pero es decir... ya comprendo que la amiguita lo ha meditado bien, en -el mero hecho de proponérmelo á mí. Conozco que tiene fundamento lo que -V. alega: mucho, mucho, Aurora... viajando, se va mejor solo: el hijo -con la mamá... claro, perfectamente. Pues por mí... basta que sea -indicación de V.: acepto, acepto... ¿oye la amiguita? acepto.</p> - -<p>Doña Aurora discurría: «Cierto que á veces irrita un trucha como Don -Nicanor, que tiene la malicia por arrobas y es capaz de pensar mal de su -propia madre; pero también estos inocentones, que nunca se enteran... -vamos, hay días en que le ponen á uno los nervios como cuerdas de -guitarra».</p> - -<p>Vencidos ya los escrúpulos de Don Gaspar, él mismo combinó y desarrolló -el plan de campaña: al ausentarse la hija, Esclavitud entraría á servir -al padre en concepto de ama de llaves.<span class="pagenum"><a name="page_340" id="page_340"></a>{340}</span> El ochentón añadió, estregándose -repetidas veces las manos:</p> - -<p>—Que no se entere Candás... No quiero bromas inconvenientes.</p> - -<h3><a name="XXI-morr" id="XXI-morr"></a>XXI</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">N</span><small>ADA</small> transpiró de esta conjuración doméstica. Guardó silencio doña -Aurora, porque las mujeres saben callar muy bien si se lo proponen y si -están en juego intereses de su corazón; y Don Gaspar se cosió los -labios, porque temía más que al cólera á las cuchufletas é insinuaciones -del Fiscal, y otro tanto—revelemos estas interioridades—á la fiereza -de su hija Felisa. La cual, suspicaz como una esposa, alarmada por los -instintos de elegancia, sociabilidad y galantería del anciano, se había -dedicado á buscarle lo más feo, zafio é intratable del ramo de -maritornes, porque siempre veía perfilarse en el horizonte la fatídica -silueta de una madrastra. Hasta que Felisa emprendiese su viaje hacia la -quinta parte del mundo, no se atrevía el viejo ni siquiera á indicar el -propósito de llevarse consigo á tan dulce y linda sirviente. Costábale -mucho trabajo reprimirse y esperar, porque su senectud era niñez -antojadiza é impaciente, y cuando tardaba en cumplírsele un deseo, á -dejarse llevar de sus impulsos,<span class="pagenum"><a name="page_341" id="page_341"></a>{341}</span> hubiera pateado. El desahogo que tomaba -era cogerle las vueltas á los tertulianos para encontrar sola á doña -Aurora, y hablarle difusamente, como hablan los viejos, de sus planes, -de lo bien que iba á estar con él Esclavitud, de todas las atenciones -que le prodigaría, de lo fácil que es servir un nombre <i>pelado</i>, con -otras cosas del mismo jaez. Y cuando por haber gente delante no podía -explayarse el buen señor, dirigía á su «amiguita respetable» miradas y -guiños de inteligencia, le sonreía sin motivo y en fin buscaba salida á -aquella plenitud de espíritu digna de otra más ardiente edad. «Dios nos -conserve el juicio», reflexionaba la señora. «No sé por qué nos pasmamos -de que se chiflen los rapaces, cuando los señores mayores se ponen así. -Aun á los rapaces mismos no les da tan fuerte. Voy á comprar unos -pañuelos tamaños como la Sábana Santa, para limpiarle las babas á este -bendito señor. El diablo me lleve si no está rabiando porque la hija -tome las de Villadiego para recoger á Esclavitud más corriendito. Si yo -no supiese que por otra parte es una persona buenísima, y que la -muchacha tampoco me parece capaz de una mala partida con él, tendría -algún reconcomio. Porque nadie es capaz de saber á dónde llegan estas -cosas, y si le da por casorio ó una barbaridad semejante...» La idea era -tan bufa, Don Gaspar casado con una muchacha de veinticinco, que la -señora de Pardiñas se rió sola, y el monólogo acabó por una rascadura de -aguja de calceta en el moño, y este corolario: «Yo no tengo culpa si -llega á<span class="pagenum"><a name="page_342" id="page_342"></a>{342}</span> suceder algún caso estupendo. Proporcionarle una buena -colocación á una buena criada, no es delito. Lo que siento es que esa -empalagosa de Felisa Febrero nunca acaba de tomar el tole para -Filipinas.»</p> - -<p>Era verdad que se daba una calma en emprender el camino, hecha para -freir la sangre á quien tuviese genio menos pronto que doña Aurora. Lo -que la impacientaba y desesperaba era que ya iba acercándose la época de -exámenes, después de los cuales tenía determinado salir á Galicia; y ni -dejar á Esclavitud ni llevársela le parecía factible. Don Gaspar traía -noticias del éxodo de su hija, con cara más alegre cuanto más se -acercaba el plazo. «Ya está arreglando baúles... Se ha enterado de -salidas de vapores... El jueves, ó á todo tirar el sábado, andando para -Cádiz...» Por fin, un día llegó con el exterior más radiante, más -olímpico que nunca, bajo la aureola de sus hermosos rizos blancos. -«Amiguita doña Aurora, esta tarde se nos va...» Convínose en que por -respetos humanos se dejarían transcurrir dos ó tres días sin hacerle la -primera intimación á la sucia y tosca extremeña que asistía á Don -Gaspar, y en significar á Esclavitud el cambio de su destino. «La amiga -doña Aurora se encarga de eso...», indicó el ochentón. Pero aunque -dejando su espíritu encomendado en manos de la señora de Pardiñas, como -al día siguiente, en ocasión de dar el higiénico paseo cotidiano á la -pata coja, cruzase la Puerta del Sol y pasase por delante de la -confitería de <i>La Pajarita</i>,<span class="pagenum"><a name="page_343" id="page_343"></a>{343}</span> no pudo reprimirse, entró, é hizo pesar -medio kilo de caramelos y bombones. Los guardó furtivamente en el -bolsillo interior del gabán, y al llamar en casa de Pardiñas y abrirle -Esclavitud la puerta, miró alrededor, echó mano á la faltriquera, y -sacando el alcartaz, se lo pasó á la muchacha como podría pasarle un -billete amoroso. «Fresquitos», fué lo único que en su grata turbación -acertó á decir entregando la dádiva.</p> - -<p>Contrariedad y esfuerzo y tragadura de saliva costó á doña Aurora -desempeñar la ingrata tarea de <i>soltársela</i> á Esclavitud. Hubiese -preferido tener que darle la nueva de una gran desdicha, como muerte de -un ser querido ó revés de fortuna: porque al cabo, en semejantes males -no le correspondería á la señora parte de responsabilidad ni tanto de -culpa, mientras en esta mera traslación de domicilio y cambio de amos, -la señora, con su rectitud natural que sólo podría torcer la corriente -del sentimiento, adivinaba algo de crueldad y dureza que era obra suya, -aunque procediese de móviles justos, de los que no desoye ninguna madre -prudente. «Es hasta cuestión de conciencia para mí», pensaba, á fin de -cobrar ánimos. «Fuí inadvertida trayéndole á Rogelio la tentación al -alcance de la mano: Felisa Febrero, en esto, ha mostrado tener más -mundo, pues ni siquiera á los ochenta y pico de su padre les arrima la -mecha. Demasiado bueno es el niño, cuando ya no se me ha emberrenchinado -atrozmente. No, no, mejor es ponerse una vez colorado<span class="pagenum"><a name="page_344" id="page_344"></a>{344}</span> que ciento -amarillo. Hoy se la suelto. Así que Rogelio salga á clase...»</p> - -<p>Encierra el tono de la voz humana misteriosos avisos, que en situaciones -dadas revelan todo lo que oculta el alma, antes que las palabras lo -digan. La sencilla frase «Esclavitud, ven», que tantas veces al día oye -una criada de su ama, resonó esta vez de un modo particular en el -corazón de la gallega. Toda su sangre afluyó al centro de la vida -orgánica, y cuando entró en la habitación donde la esperaba su señora, -el fondo y la esencia de lo que iba á oir le eran ya conocidos -intuitivamente.</p> - -<p>No estaba doña Aurora en el comedor, sino en el despacho de su hijo, al -cual solía ir en ausencia de éste para escribir alguna carta ó sacar -alguna cuenta, si ocurría, y quizá por satisfacer ese instinto de -curiosidad inquieta propio de los afectos exclusivos que llegan al grado -de pasión. Hizo sentar á Esclavitud en una silla próxima, y empezó á -hablar sin mirarla á la cara, jugando con una cajita de plumas, de donde -las iba sacando para alinearlas sobre la mesa. «Todo el mundo tiene que -amoldarse á las circunstancias. Con el viaje á Galicia, no había -medio... Moverse tres personas no es como moverse dos, claro está. La -casa del señor de Febrero era la mejor colocación que una muchacha como -ella podía desear; una ganga... No sería doncella, sino ama de llaves... -Se le guardarían toda especie de consideraciones... El trabajo de servir -á una persona sola no había de matarla; complaciendo un poco al señor<span class="pagenum"><a name="page_345" id="page_345"></a>{345}</span> -aquel tan excelente, estaría como en la gloria, casi lo mismo que si -hubiese encontrado una familia. Por último, Don Gaspar también era de la -tierra: no tenía Esclavitud por qué pasar malos ratos, como en la otra -casa...»</p> - -<p>Así que hubo alegado todas estas razones, sintió un alivio interior, y -sin dejar de prestar en apariencia gran atención á las hileras de -plumas, miró con el rabillo del ojo á la muchacha. Esclavitud permanecía -inmóvil en su asiento, con las manos cruzadas sobre el regazo, los piés -juntos y bajos los ojos: tampoco ella entregaba fácilmente aquel espejo -de los movimientos del alma á disposición de la curiosidad.</p> - -<p>—Bien, ¿qué dices?—articuló al fin la señora que comenzaba á -impacientarse, como siempre que encontraba resistencia pasiva.</p> - -<p>—¿Yo qué quiere que diga?—respondió Esclavitud con voz sorda, pero -tranquila al parecer.</p> - -<p>—Sí ó no; si te gusta la casa que te ofrezco, ó si quieres tú buscar -otra á tu modo y á tu idea.</p> - -<p>Hubo una pausa, y, por último, la muchacha respondió con acento incoloro -á fuerza de ser contenido:</p> - -<p>—Si no corre mucha prisa, daré la contestación mañana ó pasado.</p> - -<p>«Te veo», pensó la señora. «Tú quieres hablar antes con el niño. Bien, -aquí estamos todos para lo que pueda ocurrir. En guardia me tienes, y de -centinela. Por de pronto yo procuraré que no le cojas á tergo. -Andaremos, como quien dice, barba sobre el hombro.» Sin embargo, aquella -tarde no tuvo más recurso que salir,—<span class="pagenum"><a name="page_346" id="page_346"></a>{346}</span>contra su costumbre,—á despedir -en la estación del Mediodía á Felisa Febrero, de esas pejigueras de -sociedad que no se pueden rehuir y siempre caen en el momento más -inoportuno. Rogelio también había salido á caballo; pero quizá por la -necesidad de repasar las lecciones, más apremiante á medida que los -exámenes se venían encima, hizo corto el paseo; y al entrar en su casa, -aun animado de la correría, abanicándose con el hongo gris, y girando el -látigo, fué cuando Esclavitud le agarró de la manga y le empujó casi -hasta su despacho, acorralándole contra la mesa misma en que doña Aurora -había ordenado por la mañana los ejércitos de plumas.</p> - -<p>—¿Qué pasa, Suriña? ¿Qué tienes?</p> - -<p>—¿No le decía yo que no iba á Galicia este año, ni en jamás? Su mamá me -despide... Me deja en casa del señor de Febrero.</p> - -<p>—Pero, ¿qué estás diciendo? A ver, á ver, cuenta...</p> - -<p>La muchacha refirió lo que sabía. Sus ojos estaban secos, y sólo algo -temblorosas su boca y barba. Su seno anhelaba precipitadamente, y en su -modo de narrar y de explicarse, en aquella desesperada demanda de -auxilio que hacía como náufrago que saca la cabeza por encima de las -olas, había una vehemencia y un desorden que contrastaban con su -habitual compostura, y que trastornarían á cualquiera aunque no tuviese -los pocos años y la inexperiencia de Rogelio. Mientras balbucía «no, no -puede ser, tú no te irás, qué tontería...», sus brazos ceñían<span class="pagenum"><a name="page_347" id="page_347"></a>{347}</span> -involuntariamente el talle gentil de la muchacha, y el estremecimiento -interior de deseo de hacía cuatro ó cinco meses renacía más brioso, -infundiendo á su alma vigor para rebelarse, protestar y defender á la -Esclavita como se defiende lo que nos pertenece y forma la substancia de -nuestro vivir. «Pero vamos á ver, no entiendo cómo le ha entrado ese -arrechucho á mamá... Por fuerza le han ido con algún chisme... ¿Y por -qué, y de qué...? Nosotros ¿qué motivo hemos dado, Suriña? Si desde la -enfermedad de mamá no nos hablamos casi: si tú ni pones aquí los piés... -Es una cosa rarísima, y no ha de quedar así... Yo lo arreglaré; ¡qué -habías de irte! No, hermosa...» Alentada y resucitada por estas -promesas, Esclavitud se apretaba contra el corazón de su amigo, -queriendo incrustarse en aquel refugio para que nadie la arrancase de -allí; y Rogelio, con transporte juvenil é irresistible, la cubría de -caricias, tratando de alzarle la cabeza para buscar sus labios. Tocaron -á la campanilla, y la primera vez no oyó el repique ninguno de los dos. -Al segundo, enérgico y airado, Esclavitud se estremeció, y, con -movimiento simultáneo y brusco, se desunió la pareja. La muchacha se -arregló el pelo, se ajustó temblando el pañuelo de seda que le rodeaba -la garganta.</p> - -<p>—Voy á abrir, que es la señora.<span class="pagenum"><a name="page_348" id="page_348"></a>{348}</span></p> - -<h3><a name="XXII-morr" id="XXII-morr"></a>XXII</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">V</span><small>IENDO</small> á su hijo aquella noche, á la hora de comer, distraído, pálido y -hasta un poco seco al hablar, la señora pensó al punto: «La tenemos -armada. Ya se lo ha encajado aquella buena alhajita». También pescó al -vuelo miradillas furtivas, azoradas y elocuentes; pero se aguantó, -discurriendo para sí: «Según Don Nicanor, en este mundo hay que hacerse -el tonto un cuarto de hora todos los días; ahora á mí me han doblado la -ración, y tendré que hacerme la tonta algunos meses.» Hízose, pues, la -tonta, como si no advirtiese el estado de su hijo, á quien preguntó con -muchísimo interés noticias de la jaca y de la cochera, y de los -habituales compañeros de <i>sport</i>. Así que se alzaron los manteles, sacó -otra conversación muy socorrida y de palpitante actualidad, á saber: los -exámenes. «Rapaz, allá para el miércoles ó jueves, me parece que te -tocará el turno, de manera que esta semana me espera á mí un ajetreo -regular... Porque la verdad es que con esos señores no sabe uno á qué -carta quedarse. ¡Si todos fuesen como Contreras! Ese sabe ponerse en la -razón. Sólo que este año todavía no te cae por banda Contreras. Con los -demás es un lío; si se oye á unos y á otros, hay para marearse. Lastra -quiere que le bajen la cabeza,<span class="pagenum"><a name="page_349" id="page_349"></a>{349}</span> que le rindan el tributo de la -recomendación, y que todo el mundo tenga que agradecerle. Ruiz del Monte -parece que es al contrario: si le hablan por un chico, le toma tirria, y -le aprieta hasta reventarlo. Tú sabrás si es cierto; á mí me lo contó tu -amigachillo Díaz, el que escribe romances... De Albirán se susurra otra -cosa: que no desatiende recomendaciones, pero con su cuenta y razón, -según de quien procedan... Lo más seguro será que repases, niño.»</p> - -<p>—Ya repaso, mamá—contestó lacónicamente el estudiante.</p> - -<p>Corrió la noche sin que se le pudiese sacar otra palabra. Revolvía las -revistas ilustradas, los periódicos del día; los tomaba y los dejaba, -cambiaba de asiento pasando del sillón al sofá y del sofá al sillón; -suspiraba hondo, y, en fin, daba todas las señales de desazón posibles, -sin cuidarse de que se viese, ó más bien pareciendo que deseaba lo -advirtiese su mamá. Al fin, cuando ésta le dijo «¿no sales hoy á un -actito á Lara?» exclamó con tono duro y resuelto:</p> - -<p>—No; voy á acostarme. Me duele un poco la cabeza.</p> - -<p>La señora le oyó taconear en el corredor y batir la puerta de su -despacho.</p> - -<p>—Lo dicho; la tenemos. Yo he cometido una falta grave. Debí no resolver -este cotarro hasta pasados los exámenes, un par de días antes de la -marcha... Ha sido una borricada mía. Ya se ve; el deseo de salir del -atolladero prontito... Pues no; hay cosas que vale más llevarlas por sus -pasos contados. Veremos si la puedo enmendar<span class="pagenum"><a name="page_350" id="page_350"></a>{350}</span> y dar tiempo al tiempo. Si -no, voy á tener al rapaz desquiciado cuando más necesita la cabeza -firme. Una prórroga... A ver si consigo encajárselo en la cabeza á Don -Gaspar. Es fácil que sea más arduo hacer entrar en razón al viejo que al -niño. ¡Qué complicaciones! Aquella falsona de Rita Pardo decía bien... -Conviene mirar mucho á quién mete uno en su casa.</p> - -<p>Hubo entonces en el pequeño drama doméstico, intimo, que ya tocaba á su -desenlace, uno de esos entreactos, como treguas momentáneas, durante las -cuales los actores, aparentando dedicarse á otros intereses ó distraídos -efectivamente por ellos, no pierden de vista, sin embargo, el asunto -capital, y viven, por decirlo así, en perpetua representación, guardando -silencio acerca de lo que más ocupa su alma, sin que este silencio -engañe á nadie. La señora atendía sólo á ganar días, calmando la -impaciencia pueril de Don Gaspar Febrero con moratorias que justificaba -la proximidad de los exámenes y la imposibilidad de quedarse en aquel -momento sin doncella; Esclavitud aguardaba, ocultando en lo más profundo -del pecho una esperanza tenaz, basada en las palabras y ofrecimientos de -su amigo; y Rogelio, preocupado, agitado, acechaba inútilmente la -ocasión de decir algo, ¡algo muy formal y en tono muy firme!, á su -madre. La verdad ante todo; si la señora le facilitase esta ocasión, el -estudiante se vería perdido para aprovecharla. A medida que pasaba -tiempo, la dosis de valor atesorada en el primer instante iba -disipándose como un<span class="pagenum"><a name="page_351" id="page_351"></a>{351}</span> frasco de esencia cuando queda destapado. Es -indecible el pecho que necesita un buen hijo para ponerse frente á -frente de una buena madre, y realizar un acto que en cierto modo le -manumite, pero que le desgarra las fibras más íntimas del corazón. Tanto -se unen y confunden el deber natural, la costumbre y hasta aquel -disculpable egoísmo que nos aconseja entregarnos sin reserva en manos de -quien más que á sí mismo nos ama, que el romper ese lazo constituye un -acto de supremo vigor, uno de esos esfuerzos que quebrantan una voluntad -si no es de acero bien templado. Contra un padre severo hay siempre -energía; sus propios rigores entonan; pero una madre como la de Rogelio, -que no había tenido más pensamiento que su hijo, que le había rodeado de -tal solicitud, ahorrándole hasta el trabajo de discurrir y el esfuerzo -de desear; una madre viuda, delicada de salud, y que había ejercitado el -arte de adelantarse á los gustos de su hijo, consiguiendo así que la -voluntad de éste no adquiriese nunca el temple recio que dan las -privaciones y las luchas, era un adversario con quien Rogelio no tenía -fuerzas para medirse. «Si ella misma sacase la conversación...», pensaba -el estudiante. Pero ¡quiá! La verdad es que si ella la sacase... sería -lo mismo. Lo único á que se atrevía era á la protesta muda, á hacerse -unas veces el triste y otras el malhumorado y fosco. «Mamá, por no verme -así, es capaz de cualquier cosa...», calculaba con su lógica de niño -mimado. Sólo que mamá sabía distinguir de juguetes.<span class="pagenum"><a name="page_352" id="page_352"></a>{352}</span></p> - -<p>El incidente de los exámenes contribuyó á enflaquecer más todavía su -resolución. Entre el repaso, los temores del mal éxito y las idas y -venidas de los amigos que le traían, por decirlo así, relación del -estado barométrico de las notas, Rogelio se encontró fuera del círculo -mágico con que nos rodea la idea fija amorosa, y á no ser por un par de -ojos verdes que de vez en cuando se fijaban en los suyos, hasta hubiese -olvidado <i>aquéllo</i>, que, por raro fenómeno de óptica, le parecía todos -los días menos inminente—siendo así que lo era más, pues la salida á -Galicia estaba irremisiblemente señalada para después de los exámenes.</p> - -<p>Y éstos llegaron, y se encontró Rogelio con dos asignaturas aprobadas; -pero en una—la más ingrata y antipática para él—le cayó como una ducha -fría un <i>suspenso</i>. «De estas calabazas ya sé yo quién tiene la -culpa...», pensaba la madre, mirando al través de la puerta entornada á -Esclavitud, que pasaba un plumero á los cuadros del saloncito. «En esto -paran las guilladuras; pero, ¿qué le vamos á hacer? cada edad trae lo -suyo. En Septiembre ganará lo que pierde ahora; bien joven es; con tal -que esté sano... Y seamos justos; la jaca también me lo levantó de -cascos en esta temporada última. Verdad que más vale así. De la -primavera acá no me quejo. Bien se ha portado la jaquita... Merece una -libra de azúcar.<span class="pagenum"><a name="page_353" id="page_353"></a>{353}</span>»</p> - -<h3><a name="XXIII-morr" id="XXIII-morr"></a>XXIII</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">L</span><small>A</small> última noche que la familia Pardiñas pasó en Madrid antes de marchar -á su tierra, vino mucha gente á decirles adiós, y se formó una pequeña -tertulia animada y sin etiqueta. A fines ya de Junio, el momento más -hermoso para salir y buscar sociedad era realmente entre diez y once de -la noche, cuando corre un sano aire fresco hasta por las abrasadas -callejuelas del Madrid antiguo, del que ni tiene arbolado ni casi goza -los beneficios del riego municipal. Bajaron las vecinas del segundo, -sobrinas de un brigadier de ingenieros, y acudió también la marquesa -viuda de Andrade, paisana de doña Aurora, señora guapetona y maja, -bastante conocida en los círculos aristocráticos, y acostumbrada por -consiguiente á recogerse tarde. La señora de Pardiñas, al encontrarse -rodeada de visitas, se dedicó á agasajarlas lo mejor que pudo y supo, -dejando girar libremente la conversación, que versaba sobre cosas del -país donde iba á volver después de tantos años. La Marquesa, alegre y -rozagante, habló de irse pronto á Vigo, y enseñó un brazalete nuevo, con -zafiros y brillantes, dando á entender que había en él cierto misterio. -«Esta anda otra vez con intenciones de maridar—pensó doña -Aurora.<span class="pagenum"><a name="page_354" id="page_354"></a>{354}</span>—¿Quién será el galán? Dios se la depare buena.»</p> - -<p>Rogelio había abandonado la reunión impensadamente, sin decir oxte ni -moxte. La retirada no se le pasó por alto á su madre, pero sobre que no -podía evitarla, descubrió otros motivos de resignarse: «Pocas son las -malas fadas; al fin mañana nos vamos...» Esclavitud aún se le figuraba -un peligro y un compromiso, pero ya muy remoto. «Mañana á estas horas -estaremos cerca de Avila... ¡Cuándo oiré el silbato del tren!»</p> - -<p>Se recogía Rogelio á su cuarto, impulsado por vagas esperanzas de ver á -la chica, explicarle su actitud de aquellos días, y la imposibilidad de -proceder de distinto modo, de evitar la marcha y de sublevarse. -Presentía que Esclavitud, no desperdiciando la ocasión, vendría pronto; -y á fin de que comprendiese que estaba allí, encendió luz con mucho -derroche de fósforos y taconeo, abrió cajones é hizo chirriar dos ó tres -veces la puerta. A llamarla no se atrevía por temor al fino oído de su -madre, pues, según su frase paradójica é hiperbólica, «oía mejor que el -sordo Candás».</p> - -<p>No aguardó largo trecho. A los diez minutos tocaron á la puerta, y antes -que dijese «adelante» entraba Esclavitud. La claridad del quinqué puesto -sobre la mesa del despachillo que precedía á la alcoba y cuarto tocador -del estudiante cayó sobre el rostro de la muchacha, y Rogelio observó -mejor que nunca cómo en una quincena había empalidecido y se había -demacrado,<span class="pagenum"><a name="page_355" id="page_355"></a>{355}</span> afinando y espiritualizando su tipo, que ahora podría servir -de modelo para esas imágenes labradas en cera, donde se encierran los -huesos de alguna mártir desconocida.</p> - -<p>Rogelio se llegó á Esclava y le tomó la mano: ardía de calentura.</p> - -<p>Sin decirse palabra, con unánime impulso, miraron alrededor, buscando un -mueble en que sentarse reunidos. No lo había en el despachito, alhajado -con un sitial y media docena de sillas; y sin reflexionar se refugiaron -en la alcoda, donde Rogelio, cogiendo á la muchacha por el talle, la -obligó á sentarse en la cama. Tampoco entonces hablaron hasta -transcurrir un tiempo que no bajaría de cinco minutos. Rogelio apretaba -y acariciaba aquella manecita algo endurecida por el trabajo y muy -picada de la aguja, como queriendo comunicarle la frescura de sus palmas -y quitarle el ardor de la fiebre. Pero no se le ocurría nada, sino las -vulgaridades consoladoras de todas las despedidas; y al fin, -pareciéndole raro callar más, se resolvió á emplear tan mala moneda.</p> - -<p>—Suriña, tontiña, mujer, no me estés así... Mira, he reflexionado -mucho; he cavilado más que tú. No se conseguiría nada con llevarle á -mamá la contraria ahora. Le daríamos un disgusto muy grande; acaso se -nos pondría enferma, pero no mudaría de resolución. Ten paciencia. -Dentro de tres meses, ó menos aún, estamos de vuelta aquí, y nos -veremos, porque en casa del señor de Febrero andarás mucho más libre que -en ésta. Ya sabes que yo te he<span class="pagenum"><a name="page_356" id="page_356"></a>{356}</span> de querer siempre, boba. No me la pegues -con el tierno Nuño Rasura. Anda, tontiña, paloma, no me estés así. Mira -que me vas á poner muy triste.</p> - -<p>Esclavitud no contestaba sino moviendo la cabeza negativamente, con -obstinada melancolía. Luego respondió, en voz bastante entera:</p> - -<p>—Alegre no puedo estar. Pero tampoco estoy triste. No se apure. Sólo -que tengo la cabeza... así... como si me anduviese por dentro de ella -una cosa mala.</p> - -<p>—Mujer, ¡Suriña!</p> - -<p>—Sí, señor. Yo estoy aquí, ¿eh? ¿Le estoy oyendo? ¿Le respondo? Pues -estoy como si oyese á una persona... de allá, del otro mundo, que me -habla.</p> - -<p>—¡Válgame Dios!—exclamó el estudiante estremeciéndose.—Más quisiera -que llorases. Si llorases no estarías tan maniática, Sura. Llora y -desespérate, pero no digas esas cosazas.</p> - -<p>—Yo lloro por dentro. Por fuera no. Ni una lágrima puedo echar. Ya -estuve lo mismo otra vez, cuando murió mi padre—repuso apaciblemente la -muchacha, sin que ni ella ni Rogelio subrayasen aquel nombre de <i>padre</i> -que acaso por primera vez articulaba Esclavitud sin rebozo ni -perífrasis.</p> - -<p>—Hija, te encuentro algo enferma. ¡Ay, ay, ay! Tienes calentura. Las -manos tuyas abrasan. Dame palabra de que mañana vas á ver á Sánchez del -Abrojo.</p> - -<p>—No, señor, no es enfermedad. Más buena no estuve nunca. Son <i>avisos</i>.<span class="pagenum"><a name="page_357" id="page_357"></a>{357}</span></p> - -<p>—Mujer, calla por Dios. Estás diciendo unos disparates...</p> - -<p>Arrimó el rostro al de la muchacha y la besó tiernamente en las heladas -mejillas, sin que ella hiciese movimiento de resistencia. Al contrario, -pareció más conforme y adoptó un tono casi confidencial y franco para -decir á su amigo las extravagancias siguientes:</p> - -<p>—Rogelio, hay cosas que avisan los difuntos á los vivos; no le quepa -duda. Tres días antes de morir mi padre, vi un pájaro grande, negro, al -pié de mi cama. Ayer vi otra vez el pájaro: iba tan de prisa que no sé -por dónde se escapó; pero lo vi, tan cierto como que aquí estamos. Yo no -vuelvo nunca más á la tierra: nunca más. Ya se verá; y entonces ha de -convencerse y dirá: «Esclavitud bien me lo avisaba». Si tuviese tan -seguro un millón de onzas, ya estaría discurriendo dónde las iba á -guardar para que no me las llevasen los ladrones. Esta noche...</p> - -<p>Bajó mucho más la voz, y al oído de Rogelio murmuró:</p> - -<p>—Un perro, en una casa de ahí al lado, estuvo hasta que amaneció -<i>ventando</i> la muerte.</p> - -<p>—¡Jesús, mujer!—exclamó Rogelio por segunda vez, ya fatalmente -impresionado con aquella conversación extraña.—Tú estás loca ¿No ves, -Suriña, que en Madrid se mueren ó agonizan cada noche infinitas -personas? Figúrate: si los perros anunciasen todo eso, trabajo les -mando. Se convertirían en cuarta plana de <i>La Correspondencia</i>. Lo que -tienes, Sura, es que estás afectada porque nosotros nos vamos<span class="pagenum"><a name="page_358" id="page_358"></a>{358}</span> y tú te -quedas. También yo ando hace muchos días disgustado con el viajecito. He -pasado ratos feroces. Después he reflexionado... y... me parece que es -mejor conformarse con esto de ahora, porque si alborotamos la -enredaremos más. Suriña, tres meses. Dentro de noventa días (y aun puede -que no tanto), me tienes aquí. Mi primer visita es para doña Sura. Anda, -no estés así. Te quiero mucho, hermosa. Ya convenceremos á mamá. Todavía -no me has dicho hoy que me querías. ¡Anda!...</p> - -<p>Con el movimiento de un niño que pide halagos, acercó su mejilla á la -boca de Esclavitud, y ésta, sin protesta alguna, como el que ejecuta una -acción hija de la costumbre, puso en ella los labios. Estaban como las -palmas, secos y ardientes, y á Rogelio le pareció que le arrancaban la -piel, con sensación más bien dolorosa que placentera. Sólo que las -caricias eran un recurso para que aquella última y penosa entrevista -fuese algo menos intolerable, y el estudiante, á falta de razones que -consolasen á la pobre abandonada, acudió á los halagos, sin que en el -primer momento le animase otra intención menos limpia y noble. Corrió -bastante tiempo—y él mismo no acertaría á explicar el por qué de esta -tardanza, anómala si se examina bien lo incitante de la hora y sitio y -la ceguera de los pocos años—antes que se le despertase una sed -criminal y ardiente. Cuando la embriaguez le ofuscó, saltó de la cama y -fué á dar vuelta á la llave de la lámpara, sin conseguir por eso -obscuridad completa, pues un rayo<span class="pagenum"><a name="page_359" id="page_359"></a>{359}</span> de luna primaveral, entrando por la -vidriera del despacho, lo bañaba en luz fantástica, azulada y soñadora. -Al recobrar, entre la pálida penumbra, los labios donde la fuerza de la -ilusión juvenil le movía á creer que se dejaba presa el alma á cada -aspiración del aliento, ya no los soltó, ni acaso los soltaría aunque -viese allí á su madre, que representaba para él el Deber, y el Deber -amado, el único que se impone á las almas tiernas. Pero el recuerdo y la -conciencia de ese Deber fué lo primero que acudió á su mente al -despertarse, y corriendo á la puerta, escuchó, volvió azorado, y exclamó -en tono suplicante:</p> - -<p>—Suriña, Suriña, se me figura que oigo despedirse en el pasillo á la -Marquesa... Si esa se va, es que no queda nadie... Mamá se cuela aquí -derechamente, de fijo... A ver, á ver si puedes escurrirte con maña. -Adiós, vé despacito, que no te sientan... ¿eh?</p> - -<p>La muchacha obedeció pasiva, como en todo, sin reclamar, en la premura -de su aquiescencia, ni el último abrazo. Rogelio volvió á encender la -lámpara, cuya mecha igualó cuidadosamente. Corrió también la vidriera de -la alcoba, y de pié ante el gran armario de luna, se atusó y se sacó la -raya con un peinecillo. Después metió las manos en los bolsillos del -pantalón y se miró un rato, atentamente, estudiando con curiosidad -irreflexiva su propia cara; hablando con sus ojos en el espejo, como -para convencerse de que, disipado aquel vértigo, la individualidad -persistía, y no quedaba para siempre en su<span class="pagenum"><a name="page_360" id="page_360"></a>{360}</span> persona no sé qué de otra, -una huella que no se podía borrar y que iba á delatarle. Luego, la -imagen de su madre volvió á oprimirle el corazón; pero disipó -instantáneamente sus recelos un arrebato de alegría nerviosa; y el -neófito, corriendo á la ventana, la abrió, se dejó bañar por la pura -atmósfera nocturna, y agarrado á los hierros de la ventana, respiró con -avidez.<span class="pagenum"><a name="page_361" id="page_361"></a>{361}</span></p> - -<h3><a name="EPILOGO-morr" id="EPILOGO-morr"></a>EPILOGO</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">A</span><small>NTES</small> faltaría el sol en los cielos, que Don Gaspar á las cuatro de la -tarde con un cochecillo, para llevarse á casa su futura ama de llaves. -Se le dijo que Esclavitud había salido ya en la misma dirección, y el -viejo, con esta noticia, se metió otra vez en la berlina destartalada, -mandando al cochero «que arrease bien.» La impaciencia no le permitía ir -andando con su pata coja.</p> - -<p>En los últimos momentos llamara doña Aurora á Esclavitud, poniéndole en -las manos, amén de su salario, una buena propina, á cuyo obsequio añadió -el de unos aretes con turquesas. «No quiero que se vaya descontenta. -Cuidado que la noto desemblantada á la infeliz. Me parece que estaba -encariñada de veras con el niño, por lo cual es cada vez más conveniente -mi resolución. Me da lástima, y conozco que es una tontería que me la -dé: ¡qué arrimo como el que encuentra! Le hago un favor grandísimo: lo -que me tranquiliza es eso. Lleva una canonjía...»</p> - -<p>Así y todo, la señora no podía reprimir cierta desazón, cierta amargura -íntima, una lástima inmensa, que después tradujo por doloroso -presentimiento. «Mire V. que compadecerla cuando estoy tan segura de que -le he proporcionado lo que más podría desear una muchacha de su<span class="pagenum"><a name="page_362" id="page_362"></a>{362}</span> -clase...» Y así lo creía en efecto la señora de Pardiñas. Como les -sucede á muchas personas bondadosas incapaces de odiar y hacer daño, no -quería reconocer que miraba ante todo á la conveniencia de su hijo, por -más justo que le pareciese y en efecto fuese este móvil, y trataba de -atribuir su conducta al interés de la misma Esclavitud.</p> - -<p>La tranquilizó un poquillo oir en la cocina á Fausta que embromaba á -Esclavitud cantándole <i>sotto voce</i> aquello de «Y hoy sirvo á un -abuelo... que está chocho y lelo... y yo soy el ama...»</p> - -<p>—Tiene razón Fausta. El ama será en casa del señor de Febrero. Como no -lo sea de más...</p> - -<p>Salía el tren de Galicia á las siete y treinta y cinco, y á esa hora tan -bonita, precursora del anochecer, en el andén de la estación del Norte -no cabía la multitud afanosa y regocijada de viajeros y de amigos que -los despedían, envidiando éstos á los que se marchaban á ver tierras -hermosas, respirar aire salino, gozar el fresco, vivir mejor, en clima -templado y salubre, algunos meses. No había escenas tristes: no era el -adiós del marinero, ni la partida del soldado, ni la nostálgica -despedida del emigrante: los que se iban, excitados y gozosos; risueños -en su dentera los que se quedaban... Sólo hacia el extremo del tren, á -la portezuela de un coche de primera, se divisaba un grupo de cinco -personas que trocaban abrazos prolongados; componíase de dos hombres, -mozo el uno y el otro viejo ya, cabizbajos, pero erguidos de cuerpo, y -tres señoras, dos jóvenes y<span class="pagenum"><a name="page_363" id="page_363"></a>{363}</span> una de pelo blanco, que aplicaban -frecuentemente el pañuelo á los ojos enrojecidos. Dentro del vagón -estaba un ama con niño de pecho. Laín Calvo se acercó á doña Aurora y le -dijo señalando al grupo:</p> - -<p>—¿Ve allí á los Rojas? Faroles hasta el fin, hasta la muerte. Al hijo -me lo han vuelto á trasladar á Marineda por aquella historia consabida -de farolerías con el ministro, y mas que sepa perecer de necesidad, -viajará en primera por el decoro de su cargo. Tiene á la mujer otra vez -embarazada... y bien adelantadita en meses. A otra traslación dice que -dimitirá... Y á Rojas ya me lo pillaron, ¿no sabía? Recibió la -jubilación hace una semana.</p> - -<p>—¡Qué me dice V.!—exclamó con pena sincerísima la señora.—¡Válgame -Dios! ¡Pobrecitos! Esa infeliz de Matilde Rojas, cuándo encontrará un -hombre de bien que la quiera sin un cuarto de dote! Le digo á V. que -todo el camino iré pensando en esta familia. ¡Qué mundo, Don Nicanor!</p> - -<p>Doña Aurora intentó dirigirse al grupo y estrechar la mano de las -señoras de Rojas: pero ya no era hacedero, porque sonaba la campana de -aviso, bufaba la máquina, y corrían de un lado á otro las carretillas -con equipajes facturados para cargarlos. Rogelio, desde el vagón, alargó -la mano á su madre, que subió despacio, riendo porque se le había -enganchado un volante en el estribo; y entre la primer arrancada del -tren se perdió la voz de Laín Calvo que gritaba:<span class="pagenum"><a name="page_364" id="page_364"></a>{364}</span></p> - -<p>—¡Cuidado con las niñas de Vigo, Rogelín que son de rechupete, home!</p> - -<p>El tren, oscilando con suavidad, activaba su marcha. Caía la tarde con -serena magnificencia, y Rogelio, asomado á la ventanilla, creía divisar -ya los frescos valles galaicos, los castaños frondosos, el azul festón -de las rías orlando la tierra más bonita del mundo.</p> - -<p>En cambio no vió, del otro lado del andén, á Esclavitud, que seguía con -los ojos el tren hasta que se alejó grandioso y raudo. Cuando ya no fué -posible columbrar ni un copo del penachillo de humo negro, la muchacha, -estremeciéndose como si tuviese frío, retrocedió lentamente hacia la -ciudad, bien resuelta á que el sol, que se ponía en aquel instante, no -volviese á levantarse para ella nunca, nunca.</p> - -<p>Dejemos á la infeliz, porque al cabo no podríamos quitárselo de la -cabeza. Si consultamos sobre este drama á Don Gabriel Pardo, que es -amigo de generalidades pedantescas y se paga de malas razones por el -afán de pretender explicarlo todo, nos dirá que el extravío mental que -conduce á la muerte voluntaria, es muy propio del sombrío humor de la -raza céltica, esa gran vencida de la Historia: como si cada día y en -cada provincia de España no trajese la prensa suicidios así.</p> - -<p>FIN</p> - -<hr class="full" /> - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of Project Gutenberg's Insolación y Morriña, by Emilia Pardo-Bazán - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK INSOLACIÓN Y MORRIÑA *** - -***** This file should be named 52597-h.htm or 52597-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/2/5/9/52597/ - -Produced by Josep Cols Canals, Chuck Greif and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -book was produced from images made available by the -HathiTrust Digital Library.) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. - - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To -SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any -particular state visit http://pglaf.org - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. 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Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - http://www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - - -</pre> - -</body> -</html> diff --git a/old/52597-h/images/bazan.png b/old/52597-h/images/bazan.png Binary files differdeleted file mode 100644 index b65079e..0000000 --- a/old/52597-h/images/bazan.png +++ /dev/null diff --git a/old/52597-h/images/colofon.jpg b/old/52597-h/images/colofon.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 14c0b96..0000000 --- a/old/52597-h/images/colofon.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/52597-h/images/cover.jpg b/old/52597-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 19e0b62..0000000 --- a/old/52597-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/52597-h/images/dedic.png b/old/52597-h/images/dedic.png Binary files differdeleted file mode 100644 index 712f055..0000000 --- a/old/52597-h/images/dedic.png +++ /dev/null |
