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-The Project Gutenberg EBook of Insolación y Morriña, by Emilia Pardo-Bazán
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: Insolación y Morriña
- Dos historias amorosas
-
-Author: Emilia Pardo-Bazán
-
-Release Date: July 17, 2016 [EBook #52597]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK INSOLACIÓN Y MORRIÑA ***
-
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-
-
-Produced by Josep Cols Canals, Chuck Greif and the Online
-Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
-book was produced from images made available by the
-HathiTrust Digital Library.)
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-
- OBRAS COMPLETAS
-
- DE
-
- EMILIA PARDO-BAZÁN
-
- CONDESA DE PARDO-BAZÁN
-
- TOMO VII
-
- INSOLACIÓN--MORRIÑA
-
-
-
-
- EMILIA PARDO-BAZÁN
-
- CONDESA DE PARDO-BAZÁN
-
- OBRAS COMPLETAS.--TOMO VII
-
-
- INSOLACIÓN
-
- Y
-
- MORRIÑA
-
- (DOS HISTORIAS AMOROSAS)
-
- [Illustration: colofón]
-
- MADRID
- V. PRIETO Y COMPAÑÍA, EDITORES
- Pontejos, número 8.
- 1911
-
-
-
-
- Es propiedad.
-
- Queda hecho el depósito
- que marca la ley.
-
-
- Establecimiento tipográfico, Campomanes, 4.
-
-
-
-
- _A José Lázaro Galdiano_
-
- _en prenda de amistad_
-
- La Autora.
-
-
-
-
- INSOLACIÓN
-
-
-
-
-I
-
-
-La primer señal por donde Asís Taboada se hizo cargo de que había salido
-de los limbos del sueño, fué un dolor como si la barrenasen las sienes
-de parte á parte con un barreno finísimo; luego le pareció que las
-raíces del pelo se convertían en millares de puntas de aguja y se le
-clavaban en el cráneo. También notó que la boca estaba pegajosita,
-amarga y seca; la lengua, hecha un pedazo de esparto; las mejillas
-ardían; latían desaforadamente las arterias, y el cuerpo declaraba á
-gritos que, si era ya hora muy razonable de saltar de la cama, no estaba
-él para valentías tales.
-
-Suspiró la señora; dió una vuelta, convenciéndose de que tenía
-molidísimos los huesos; alcanzó el cordón de la campanilla, y tiró con
-garbo. Entró la doncella, pisando quedo, y entreabrió las maderas del
-cuarto-tocador. Una flecha de luz se coló en la alcoba, y Asís exclamó
-con voz ronca y debilitada:
-
---Menos abierto... Muy poco... Así.
-
---¿Cómo le va, señorita?--preguntó muy solícita la Angela (por mal
-nombre _Diabla_).--¿Se encuentra algo más aliviada ahora?
-
---Sí, hija..., pero se me abre la cabeza en dos.
-
---¡Ay! ¿Tenemos la maldita de la jaquecona?
-
---Clavada... A ver si me traes una taza de tila...
-
---¿Muy cargada, señorita?
-
---Regular...
-
---Voy volando.
-
-Un cuarto de hora duró el vuelo de la Diabla. Su ama, vuelta de cara á
-la pared, subía las sábanas hasta cubrirse la cara con ellas, sin más
-objeto que sentir el fresco de la batista en aquellas mejillas y frente
-que estaban echando lumbre.
-
-De tiempo en tiempo exhalaba un gemido sordo.
-
-En la mollera suya funcionaba, de seguro, toda la maquinaria de la Casa
-de la Moneda, pues no recordaba aturdimiento como el presente, sino el
-que había experimentado al visitar la fábrica de dinero y salir medio
-loca de las salas de acuñación.
-
-Entonces, lo mismo que ahora, se le figuraba que una legión de enemigos
-se divertía en pegarla tenazazos en los sesos y devanarla con argadillos
-candentes la masa encefálica.
-
-Además, notaba cierta trepidación allá dentro, igual que si la cama
-fuese una hamaca, y á cada balance se le amontonase el estómago y le
-metiesen en prensa el corazón.
-
-La tila. Calentita, muy bien hecha. Asís se incorporó, sujetando la
-cabeza y apretándose las sienes con los dedos. Al acercar la cucharilla
-á los labios, náuseas reales y efectivas.
-
---Hija... está hirviendo... Abrasa. ¡Ay! Sosténme un poco, por los
-hombros. ¡Así!
-
-Era la Diabla una chica despabilada, lista como una pimienta: una
-luguesa que no le cedía el paso á la andaluza más ladina. Miró á su ama
-guiñando un poco los ojos, y dijo compungidísima al parecer:
-
---Señorita... Vaya por Dios. ¿Se encuentra peor? Lo que tiene no es sino
-eso que le dicen allá en nuestra tierra un _soleado_... Ayer se caían
-los pájaros de calor, y V. fuera todo el santo día...
-
---Eso será...,--afirmó la dama.
-
---¿Quiere que vaya enseguidita á avisar al señor de Sánchez del Abrojo?
-
---No seas tonta... No es cosa para andar fastidiando al médico. Un meneo
-á la taza. Múdala á ese vaso...
-
-Con un par de trasegaduras de vaso á taza y viceversa, quedó potable la
-tila. Asís se la embocó, y al punto se volvió hacia la pared.
-
---Quiero dormir... No almuerzo... Almorzad vosotros... Si vienen
-visitas, que he salido... Atenderás por si llamo.
-
-Hablaba la dama sorda y opacamente, de mal talante, como aquel que no
-está para bromas y tiene igualmente desazonados el cuerpo y el espíritu.
-
-Se retiró por fin la doncella, y al verse sola, Asís suspiró más
-profundo y alzó otra vez las sábanas, quedándose acurrucada en una
-concha de tela. Se arregló los pliegues del camisón, procurando que la
-cubriese hasta los piés; echó atrás la madeja del pelo revuelto,
-empapado en sudor y áspero de polvo, y luego permaneció quietecita, con
-síntomas de alivio y aun de bienestar físico producido por la infusión
-calmante.
-
-La jaqueca, que ya se sabe cómo es de caprichosa y maniática, se había
-marchado por la posta desde que llegara al estómago la taza de tila; la
-calentura cedía, y las bascas iban aplacándose... Sí, lo que es el
-cuerpo se encontraba mejor, infinitamente mejor; pero, ¿y el alma? ¿Qué
-procesión le andaba por dentro á la señora?
-
-No cabe duda: si hay una hora del día en que la conciencia goza todos
-sus fueros, es la del despertar. Se distingue muy bien de colores
-después del descanso nocturno y el paréntesis del sueño. Ambiciones y
-deseos, afectos y rencores se han desvanecido entre una especie de
-niebla; faltan las excitaciones de la vida exterior; y así como después
-de un largo viaje parece que la ciudad de donde salimos hace tiempo no
-existe realmente, al despertar suele figurársenos que las fiebres y
-cuidados de la víspera se han ido en humo y ya no volverán á acosarnos
-nunca. Es la cama una especie de celda donde se medita y hace examen de
-conciencia, tanto mejor cuanto que se está muy á gusto, y ni la luz ni
-el ruido distraen. Grandes dolores de corazón y propósitos de la
-enmienda suelen quedarse entre las mantas.
-
-Unas miajas de todo esto sentía la señora; sólo que á sus demás
-impresiones sobrepujaba la del asombro.--«¿Pero es de veras? ¿Pero me ha
-pasado _eso_? Señor Dios de los ejércitos, ¿lo he soñado ó no? Sácame de
-esta duda.»--Y aunque Dios no se tomaba el trabajo de responder negando
-ó afirmando, _aquello_ que reside en algún rincón de nuestro ser moral y
-nos habla tan categóricamente como pudiera hacerlo una voz divina,
-contestaba:--«Grandísima hipócrita, bien sabes tú como fué: no me
-preguntes, que te diré algo que te escueza.»
-
---Tiene razón la Diabla: ayer atrapé un _soleado_ y para mí, el sol...
-matarme. ¡Este chicharrero de Madrid! ¡El veranito y su alma! Bien
-empleado, por meterme en avisperos. A estas horas debía yo andar por mi
-tierra...
-
-Doña Francisca Taboada se quedó un poquitín más tranquila desde que pudo
-echarle la culpa al sol. A buen seguro que el astro-rey dijese esta boca
-es mía protestando, pues aunque está menos acostumbrado á las
-acusaciones de galeotismo que la luna, es de presumir que las acoja con
-igual impasibilidad é indiferencia.
-
---De todos modos--arguyó la voz inflexible,--confiesa, Asís, que si no
-hubieses tomado más que sol... Vamos, á mí no me vengas tú con
-historias, que ya sabes que nos conocemos... ¡como que andamos juntos
-hace la friolera de treinta y dos abriles! Nada, aquí no valen
-subterfugios... Y tampoco sirve alegar que si fué inesperado, que si
-parece mentira, que si patatín, que si patatán... Hija de mi corazón, lo
-que no sucede en un año sucede en un día. No hay que darle vueltas. Tú
-has sido hasta la presente una señora intachable; bien; una perfecta
-viuda; conformes; te has llevado en peso tus dos añitos de luto (cosa
-tanto más meritoria cuanto que, seamos francos, últimamente ya
-necesitabas alguna virtud para querer á tu tío, esposo y señor natural,
-el insigne marqués de Andrade, con sus bigotes pintados y sus achaques,
-fístulas ó lo que fuesen); á pesar de tu genio animado y tu afición á
-las diversiones, en veinticuatro meses no se te ha visto el pelo sino en
-la iglesia ó en casa de tus amigas íntimas; convenido; has consagrado
-largas horas al cuidado de tu niña y eres madre cariñosa; nadie lo
-niega; te has propuesto siempre portarte como una señora, disfrutar de
-tu posición y tu independencia, no meterte en líos ni hacer contrabando;
-lo reconozco; pero... ¿qué quieres, mujer? te descuidaste un minuto,
-incurriste en una chiquillada (porque fué una chiquillada, pero
-chiquillada del género atroz, convéncete de ello) y por cuanto viene el
-demonio y la enreda y te encuentras de patitas en la gran trapisonda...
-No andemos con sol por aquí y calor por allá. Disculpas de mal pagador.
-Te falta hasta la excusa vulgar, la del cariñito y la pasioncilla...
-Nada, chica, nada. Un pecado gordo en frío, sin circunstancias
-atenuantes y con ribetes de desliz chabacano. ¡Te luciste!
-
-Ante estos argumentos irrefutables cedía la acción bienhechora de la
-tila, y Asís iba experimentando otra vez terrible desasosiego y sofoco.
-El barreno que antes le taladraba la sien, se había vuelto sacacorchos,
-y haciendo hincapié en el occipucio, parecía que enganchaba los sesos á
-fin de arrancarlos igual que el tapón de una botella. Ardía la cama y
-también el cuerpo de la culpable, que, como un San Lorenzo en sus
-parrillas, daba vueltas y más vueltas en busca de rincones frescos, al
-borde del colchón. Convencida de que todo abrasaba igualmente, Asís
-brincó de la cama abajo, y blanca y silenciosa como un fantasma entre la
-penumbra de la alcoba, se dirigió al lavabo, torció el grifo del
-depósito, y con las yemas de los dedos empapadas en agua, se humedeció
-frente, mejillas y nariz; luego se refrescó la boca, y por último se
-bañó los párpados largamente, con fruición; hecho lo cual, creyó sentir
-que se le despejaban las ideas y que la punta del barreno se retiraba
-poquito á poco de los sesos. ¡Ay, qué alivio tan rico! A la cama, á la
-cama otra vez, á cerrar los ojos, estarse quietecita y callada y sin
-pensar en cosa ninguna...
-
-Sí, á buena parte. ¿No pensar dijiste? Cuanto más se aquietaban los
-zumbidos y los latidos, y la jaqueca y la calentura, más nítidos y
-agudos eran los recuerdos, más activas y endiabladas las cavilaciones.
-
---Si yo pudiese rezar--discurrió Asís.--No hay para esto de conciliar el
-sueño como repetir una misma oración de carretilla.
-
-Intentólo en efecto; mas si por un lado era soporífera la operación, por
-otro agravaba las inquietudes y resquemores íntimos de la señora. Bonito
-se pondría el Padre Urdax cuando tocasen á confesarse de aquella cosa
-inaudita y estupenda. ¡Él, que tanto se atufaba por menudencias de
-escotes, infracciones de ayuno, asistencia á saraos en cuaresma, mermas
-de misa y otros pecadillos que trae consigo la vida mundana en la corte!
-¿Qué circunloquios serían más adecuados para atenuar la primer impresión
-de espanto y la primer filípica? Sí, sí ¡circunloquios al Padre Urdax!
-¡Él, que lo preguntaba todo derecho y claro, sin pararse en vergüenzas
-ni en reticencias! ¡Con aquel geniazo de pólvora y aquella manga
-estrechita que gastaba! Si al menos permitiese explicar la cosa desde un
-principio, bien explicada, con todas las aclaraciones y notas precisas
-para que se viese la fatalidad, la serie de circunstancias que... Pero,
-¿quién se atreve á hacer mérito de ciertas disculpas ante un jesuíta tan
-duro de pelar y tan largo de entendederas? Esos señores quieren que todo
-sea virtud á raja tabla, y no entienden de componendas ni de excusas.
-Antes parece que se les tachaba de tolerantísimos: no, pues lo que es
-ahora...
-
-No obstante el triste convencimiento de que con el Padre Urdax sería
-perder tiempo y derrochar saliva todo lo que no fuese decir _acúsome_,
-_acúsome_, Asís, en la penumbra del dormitorio, entre el silencio,
-componía mentalmente el relato que sigue, donde claro está que no había
-de colocarse en el peor lugar, sino paliar el caso: aunque, señores,
-ello admitía bien pocos paliativos.
-
-
-
-
-II
-
-
-Hay que tomarlo desde algo atrás y contar lo que pasó, ó por mejor
-decir, lo que se charló anteayer en la tertulia semanal de la duquesa de
-Sahagún, á la cual soy asidua concurrente. También la frecuenta mi
-paisano el comandante de artillería Don Gabriel Pardo de la Lage,
-cumplido caballero, aunque un poquillo inocentón, y sobre todo muy
-estrafalario y bastante pernicioso en sus ideas, que á veces sostiene
-con gran calor y terquedad, si bien las más noches le da por acoquinarse
-y callar ó jugar al tresillo, sin importársele de lo que pasa en nuestro
-corro. No obstante, desde que yo soy obligada todos los miércoles, notan
-que Don Gabriel se acerca más al círculo de las señoras y gusta de armar
-pendencia conmigo y con la dueña de la casa; por lo cual hay quien
-asegura que no le parezco saco de paja á mi paisano, aun cuando otros
-afirman que está enamorado de una prima ó sobrina suya, acerca de quien
-se refieren no sé que historias raras. En fin, el caso es que disputando
-y peleándonos siempre, no hacemos malas migas el comandante y yo. ¡Qué
-malas migas! A cada polémica que armamos, parece aumentar nuestra
-simpatía, como si sus mismas genialidades morales (no sé darles otro
-nombre) me fuesen cayendo en gracia y pareciéndome indicio de cierta
-bondad interior... Ello va mal expresado..., pero yo me entiendo.
-
-Pues anteayer (para venir al asunto) estuvo el comandante desde los
-primeros momentos muy decidor y muy alborotado, haciéndonos reir con sus
-manías. Le sopló la ventolera de sostener una vulgaridad: que España es
-un país tan salvaje como el Africa central, que todos tenemos sangre
-africana, beduina, árabe ó qué sé yo, y que todas esas músicas de
-ferrocarriles, telégrafos, fábricas, escuelas, ateneos, libertad
-política y periódicos, son en nosotros postizas y como pegadas con goma,
-por lo cual están siempre despegándose, mientras lo verdaderamente
-nacional y genuino, la barbarie subsiste, prometiendo durar por los
-siglos de los siglos. Sobre esto se levantó el caramillo que es de
-suponer. Lo primero que le repliqué fué compararlo á los franceses, que
-creen que sólo servimos para bailar el bolero y repicar las castañuelas;
-y añadí que la gente bien educada era igual, idéntica, en todos los
-países del mundo.
-
---Pues mire V., eso empiezo por negarlo--saltó Pardo con grandísima
-fogosidad.--De los Pirineos acá, todos, sin excepción, somos salvajes,
-lo mismo las personas finas que los tíos; lo que pasa es que nosotros lo
-disimulamos un poquillo más, por vergüenza, por convención social, por
-conveniencia propia; pero que nos pongan el plano inclinado, y ya
-resbalaremos. El primer rayito de sol de España--este sol con que tanto
-nos muelen los extranjeros y que casi nunca está en casa, porque aquí
-llueve lo propio que en París, que ese es el chiste...
-
-Le interrumpí:
-
---Hombre, sólo falta que también niegue V. el sol.
-
---No lo niego, ¡qué he de negarlo! Por lo mismo que suele embozarse bien
-en invierno, de miedo á las pulmonías, en verano lo tienen Vds.
-convirtiendo á Madrid en sartén ó caldera infernal, donde nos
-achicharramos todos... Y claro, no bien asoma, produce una fiebre y una
-excitación endiabladas... Se nos sube á la cabeza, y entonces es cuando
-se nivelan las clases ante la ordinariez y la ferocidad general.
-
---Vamos, ya pareció aquello. V. lo dice por las corridas de toros.
-
-En efecto, á Pardo le da muy fuerte eso de las corridas. Es uno de sus
-principales y frecuentes asuntos de sermón. En tomando la ampolleta
-sobre los toros, hay que oirle poner como digan dueñas á los partidarios
-de tal espectáculo, que él considera tan pecaminoso como el Padre Urdax,
-los bailes de Piñata y las representaciones del _Demi-monde_ y
-_Divorciémonos_. Sale á relucir aquello de las tres fieras, toro, torero
-y público; la primera, que se deja matar porque no tiene más remedio; la
-segunda, que cobra por matar; la tercera, que paga para que maten, de
-modo que viene á resultar la más feroz de las tres; y también aquello de
-la suerte de pica, y de las tripas colgando, y de las excomuniones del
-Papa contra los católicos que asisten á corridas, y de los perjuicios á
-la agricultura... Lo que es la cuenta de perjuicios la saca de un modo
-imponente. Hasta viene á resultar que por culpa de los toros hay déficit
-en la Hacienda y hemos tenido las dos guerras civiles... (Verdad que
-esto lo soltó en un instante de acaloramiento, y como vió la greguería y
-la chacota que armamos, medio se desdijo.) Por todo lo cual, yo pensé
-que al nombrar ferocidad y barbarie vendrían los toros detrás. No era
-eso. Pardo contestó:
-
---Dejemos á un lado los toros, aunque bien revelan el influjo
-barbarizante ó barbarizador (como Vds. gusten) del sol, ya que es
-axiomático que sin sol no hay corrida _buena_. Pero prescindamos de
-ellos; no quiero que digan Vds. que ya es manía en mí la de sacar á
-relucir la gente cornúpeta. Tomemos cualquier otra manifestación bien
-genuina de la vida nacional... algo muy español y muy característico...
-¿No estamos en tiempo de ferias? ¿No es mañana San Isidro Labrador? ¿No
-va la gente estos días á solazarse por la pradera y el cerro?
-
---Bueno; ¿y qué? ¿También criticará V. las ferias y el Santo? Este señor
-no perdona ni á la corte celestial.
-
---Bonito está el Santo, y valiente saturnal asquerosa la que sus devotos
-le ofrecen. Si San Isidro la ve, él que era un honrado y pacífico
-agricultor, convierte en piedras los garbanzos tostados y desde el cielo
-descalabra á sus admiradores. Aquello es un aquelarre, una zahurda de
-Plutón. Los instintos españoles más típicos corren allí desbocados,
-luciendo su belleza. Borracheras, pendencias, navajazos, gula,
-libertinaje grosero, blasfemias, robos, desacatos y bestialidades de
-toda calaña... Gracioso _tableau_, señoras mías... Eso es el pueblo
-español cuando le dan suelta. Lo mismito que los potros al salir á la
-dehesa, que su felicidad consiste en hartarse de relinchos y coces.
-
---Si me habla V. de la gente ordinaria...
-
---No, es que insisto: todos iguales en siendo españoles; el instinto
-vive allá en el fondo del alma; el problema es de ocasión y lugar, de
-poder ó no sacudir ciertos miramientos que la educación impone: cosa
-externa, cáscara y nada más.
-
---¡Qué teorías, Dios misericordioso! ¿Ni siquiera admite V. excepciones
-á favor de las señoras? ¿Somos salvajes también?
-
---También, y acaso más que los hombres, que al fin Vds. se educan menos
-y peor... No se dé V. por resentida, amiga Asís. Concederé que V. sea la
-menor cantidad de salvaje posible, porque al fin nuestra tierra es la
-porción más apacible y sensata de España.
-
-Aquí la Duquesa volvió la cabeza con sobresalto. Desde el principio de
-la disputa estaba entretenida dando conversación á un tertuliano nuevo,
-muchacho andaluz, de buena presencia, hijo de un antiguo amigo del
-Duque, el cual, según me dijeron, era un rico hacendado residente en
-Cádiz. La Duquesa no admite presentados, y sólo por circunstancias así
-pueden encontrarse caras desconocidas en su tertulia. En cambio, á las
-relaciones ya antiguas las agasaja muchísimo, y es tan consecuente y
-cariñosa en el trato, que todos se hacen lenguas alabando su
-perseverancia; virtud que, según he notado, abunda en la corte más de lo
-que se cree. Advertía yo que, sin dejar de atender al forastero, la
-Duquesa aplicaba el oído á nuestra disputa y rabiaba por mezclarse en
-ella; la proporción le vino rodada para hacerlo, metiendo en danza al
-gaditano.
-
---Muchas gracias, señor de Pardo, por la parte que nos toca á los
-andaluces. Estos galleguitos siempre arriman el ascua á su sardina. ¡Más
-aprovechados son! De salvajes nos ha puesto, así como quien no quiere la
-cosa.
-
---¡Oh Duquesa, Duquesa, Duquesa!--respondió Pardo con mucha
-guasa.--¡Darse por aludida V., V. que es una señora tan inteligente,
-protectora de las bellas artes! ¡Usted que entiende de pucheros
-mudéjares y barreñones asirios! ¡Usted que posee colecciones
-mineralógicas que dejan con la boca abierta al embajador de Alemania!
-¡Usted, señora, que sabe lo que significa _fósil_! ¡Pues si hasta miedo
-le han cobrado á V. ciertos pedantes que yo conozco!
-
---Haga V. el favor de no quedarse conmigo suavemente. No parece sino que
-soy alguna literata ó alguna marisabidilla... Porque le guste á uno un
-cuadro ó una porcelana... Si cree V. que así vamos á correr un velo
-sobre aquello del salvajismo... ¿Qué opina V. de eso, Pacheco? Según
-este caballero, que ha nacido en Galicia, es salvaje toda España y más
-los andaluces. Asís, el señor Don Diego Pacheco... Pacheco, la señora
-Marquesa viuda de Andrade... el señor Don Gabriel Pardo...
-
-El gaditano, sin pronunciar palabra, se levantó y vino á apretarme la
-mano haciendo una cortesía; yo murmuré entre dientes eso que se murmura
-en casos análogos. Llena la fórmula, nos miramos con la curiosidad fría
-del primer momento, sin fijarnos en detalles. Pacheco, que llevaba con
-soltura el frac, me pareció distinguido, y aunque andaluz, le encontré
-más bien trazas inglesas: se me figuró serio y no muy locuaz ni
-disputador. Haciéndose cargo de la indicación de la Duquesa, dijo con
-acento cerrado y frase perezosa:
-
---A cada país le cae bien lo suyo... Nuestra tierra no ha dado pruebas
-de ser nada ruda; tenemos allá de too; poetas, pintores, escritores...
-Cabalmente en Andalucía la gente pobre es mu fina y mu despabilaa.
-Protesto contra lo que se refiere á las señoras. Este cabayero convendrá
-en que toítas son unos ángeles del cielo.
-
---Si me llama V. al terreno de la galantería--respondió Pardo--convendré
-en lo que V. guste... Sólo que esas generalidades no prueban nada. En
-las unidades nacionales no veo hombres ni mujeres; veo una raza, que se
-determina históricamente en esta ó en aquella dirección...
-
---¡Ay, Pardo!--suplicó la Duquesa con mucha gracia.--Nada de palabras
-retorcidas, ni de filosofías intrincadas. Hable V. clarito y en
-cristiano. Mire V. que no hemos llegado á sabios, y que nos vamos á
-quedar en ayunas.
-
---Bueno; pues hablando en cristiano, digo que ellos y ellas son de la
-misma pasta, porque no hay más remedio, y que en España (allá va, Vds.
-se empeñan en que ponga los puntos sobre las _íes_) también las señoras
-pagan tributo á la barbarie--lo cual puede no advertirse á primera vista
-porque su sexo las obliga á adoptar formas menos toscas, y las condena
-al papel de ángeles, como las ha llamado este caballero.--Aquí está
-nuestra amiga Asís, que á pesar de haber nacido en el Noroeste, donde
-las mujeres son reposadas, dulces y cariñosas, sería capaz, al darle un
-rayo de sol en la mollera, de las mismas atrocidades que cualquier hija
-del barrio de Triana ó del Avapiés...
-
---¡Ay, paisano! Ya digo que está V. tocado, incurable. Con el sol tiene
-la tema. ¿Qué le hizo á V. el sol, para que así lo traiga al retortero?
-
---Serán aprensiones, pero yo creo que lo llevamos disuelto en la sangre
-y que á lo mejor nos trastorna.
-
---No lo dirá V. por nuestra tierra. Allá no le vemos la cara sino unos
-cuantos días del año.
-
---Pues no lo achaquemos al sol; será el aire ibérico; el caso es que los
-gallegos, en ese punto, sólo aparentemente nos distinguimos del resto
-de la Península. ¿Ha visto V. qué bien nos acostumbramos á las corridas
-de toros? En Marineda ya se llena la plaza y se calientan los cascos
-igual que en Sevilla ó Córdoba. Los cafés flamencos hacen furor; las
-cantaoras traen revuelto al sexo masculino; se han comprado cientos de
-navajas, y lo peor es que se hace uso de ellas; hasta los chicos de la
-calle se han aprendido de memoria el tecnicismo taurómaco; la manzanilla
-corre á mares en los tabernáculos marinedinos; hay sus cañitas y todo;
-una parodia ridícula, corriente; pero parodia que sería imposible donde
-no hubiese materia dispuesta para semejantes aficiones. Convénzanse
-Vds.: aquí en España, desde la Restauración, maldito si hacemos otra
-cosa más que jalearnos á nosotros mismos. Empezó la broma por todas
-aquellas demostraciones contra Don Amadeo; lo de las peinetas y
-mantillas, los trajecitos á medio paso y los caireles; siguió con las
-barbianerías del difunto rey, que le había dado por lo chulo, y claro,
-la gente elegante le imitó, y ahora es ya una epidemia, y entre
-patriotismo y flamenquería, guitarreo y cante jondo, panderetas con
-madroños colorados y amarillos, y abanicos con las hazañas y los
-retratos de Frascuelo y Mazzantini, hemos hecho una Españita bufa, de
-tapiz de Goya ó sainete de Don Ramón de la Cruz. Nada, es moda y á
-seguirla. Aquí tiene V. á nuestra amiga la Duquesa, con su cultura y su
-finura, y sus mil dotes de dama; ¿pues no se pone tan contenta cuando
-la dicen que es la chula más salada de Madrid?
-
---Hombre, si fuese verdad, ¡ya se ve que me pondría!--exclamó la Duquesa
-con la viveza donosa que la distingue.--¡A mucha honra! Más vale una
-chula que treinta gringas. Lo gringo me apesta. Soy yo muy españolaza,
-¿se entera V.? Se me figura que más vale ser como Dios nos hizo, que no
-que andemos imitando todo lo de extranjis... Estas manías de vivir á la
-inglesa, á la francesa... ¿Habrá ridiculez mayor? De Francia los
-perifollos; bueno; no ha de salir uno por ahí espantando á la gente,
-vestido como en el año de la nanita... De Inglaterra los asados... y se
-acabó. Y diga V., muy señor mío de mi mayor aprecio, ¿cómo es eso de que
-somos salvajes los españoles y no lo es el resto del género humano? En
-primer lugar, ¿se puede saber á qué llama V. salvajadas? En segundo,
-¿qué hace nuestro pueblo, pobre infeliz, que no hagan también los demás
-de Europa? Conteste.
-
---¡Ay!... ¡si me aplasta V.!... ¡si ya no sé por donde ando! _Pietá_,
-_Signor._ Vamos, Duquesa, insisto en el ejemplo de antes: ¿ha visto V.
-la romería de San Isidro?
-
---Vaya si la he visto. Por cierto que es de lo más entretenido y
-pintoresco. Tipos se encuentran allí, que... Tipos de oro. ¿Y los
-columpios? ¿Y los tíos vivos? ¿Y aquella animación, aquel hormigueo de
-la gente? Le digo á V. que, para mí, hay poco tan salado como esas
-fiestas populares. ¿Que abundan borracheras y broncas? Pues eso pasa
-aquí y en Flandes: ¿ó se ha creído V. que allá, por la _Ingalaterra_, la
-gente no se pone nunca á medios pelos, ni se arma quimera, ni se hace
-barbaridad ninguna?
-
---Señora...--exclamó Pardo desalentado--V. es para mi un enigma. Gustos
-tan refinados en ciertas cosas, y tal indulgencia para lo brutal y lo
-feroz en otras, no me lo explico sino considerando que con un corazón y
-un ingenio de primera, pertenece V. á una generación bizantina y
-decadente, que ha perdido los ideales... Y no digo más, porque se reirá
-V. de mí.
-
---Es muy saludable ese temor; así no me hablará V. de cosazas
-filosóficas que yo no entiendo--respondió la Duquesa soltando una de sus
-carcajadas argentinas, aunque reprimidas siempre.--No haga V. caso de
-este hombre, Marquesa--murmuró volviéndose á mí.--Si se guía V. por él,
-la convertirá en una cuákera. Vaya V. al Santo, y verá cómo tengo razón
-y aquello es muy original y muy famoso. Este señor ha descubierto que
-sólo se achispan los españoles: lo que es los ingleses, ¡angelitos de mi
-vida! ¡qué habían de ajumarse nunca!
-
---Señora--replicó el comandante riendo, pero sofocado ya--los ingleses
-se achispan; conformes: pero se achispan con _sherry_, con cerveza ó con
-esos alcoholes endiablados que ellos usan; no como nosotros, con el
-aire, el agua, el ruido, la música y la luz del cielo; ellos se volverán
-unos cepos así que trincan, pero nosotros nos volvemos fieras; nos entra
-en el cuerpo un espíritu maligno de bravata y fanfarronería, y por
-gusto nos ponemos á cometer las mayores ordinarieces, empeñándonos en
-imitar al populacho. Y esto lo mismo las damas que los caballeros, si á
-mano viene, como dicen en mi país. Transijamos con todo, excepto con la
-ordinariez, Duquesa.
-
---Hasta la presente--declaró con gentil confusión la dama--no hemos
-salido ni la marquesa de Andrade ni yo á trastear ningún novillo.
-
---Pues todo se andará, señoras mías, si les dan paño--respondió el
-comandante.
-
---A este señor le arañamos nosotras--afirmó la Duquesa fingiendo con
-chiste un enfado descomunal.
-
---¿Y el Sr. Pacheco, que no nos ayuda?--murmuré volviéndome hacia el
-silencioso gaditano. Este tenía los ojos fijos en mí, y sin apartarlos,
-disculpó su neutralidad declarando que ya nos defendíamos muy bien y
-maldita la falta que nos hacían auxilios ajenos: al poco rato miró el
-reloj, se levantó, despidióse con igual laconismo, y fuése. Su marcha
-varió por completo el giro de la conversación. Se habló de él, claro
-está: la Sahagún refirió que lo había tenido á su mesa, por ser hijo de
-persona á quien estimaba mucho, y añadió que ahí donde lo veíamos, hecho
-un moro por la indolencia y un inglés por la sosería, no era sino un
-calaverón de tomo y lomo, decente y caballero, sí, pero aventurero y
-gracioso como nadie, muy gastador y muy tronera, de quien su padre no
-podía hacer bueno, ni traerle al camino de la formalidad y del sentido
-práctico, pues lo único para que hasta la fecha servía era para
-trastornar la cabeza á las mujeres. Y entonces el comandante (he notado
-que á todos los hombres les molesta un poquillo que delante de ellos se
-diga de otros que nos trastornan la cabeza) murmuró como hablando
-consigo mismo:
-
---Buen ejemplar de raza española.
-
-
-
-
-III
-
-
-Bien sabe Dios que cuando al siguiente día, de mañana, salí á oir misa á
-San Pascual, por ser la festividad del Patrón de Madrid, iba yo con mi
-eucologio y mi mantillita hecha una santa, sin pensar en nada inesperado
-y novelesco, y á quien me profetizase lo que sucedió después, creo que
-le llevo á los tribunales por embustero é insolente. Antes de entrar en
-la iglesia, como era temprano, me deslicé á dar un borde por la calle de
-Alcalá, y recuerdo que, pasando frente al Suizo, dos ó tres de esos
-chulos de pantalón estrecho y chaquetilla corta que se están siempre
-plantados allí en la acera, me echaron una sarta de requiebros de lo más
-desatinado; verbigracia:--Ole, ¡viva la purificación de la canela!
-Uyuyuy, ¡vaya unos ojos que se trae V., hermosa! Soniche, ¡viva hasta el
-cura que bautiza á estas hembras con mansanilla é lo fino!--Trabajo me
-costó contener la risa al entreoir estos disparates; pero logré
-mantenerme seria y apreté el paso á fin de perder de vista á los
-ociosos.
-
-Cerca de la Cibeles me fijé en la hermosura del día. Nunca he visto aire
-más ligero, ni cielo más claro; la flor de las acacias del paseo de
-Recoletos olía á gloria, y los árboles parecía que estrenaban vestido
-nuevo de tafetán verde. Ganas me entraron de correr y brincar como á los
-quince, y hasta se me figuraba que en mis tiempos de chiquilla no había
-sentido nunca tal exceso de vitalidad, tales impulsos de hacer
-extravagancias, de arrancar ramas de árbol y de chapuzarme en el pilón
-presidido por aquella buena señora de los leones... Nada menos que estas
-tonterías me estaba pidiendo el cuerpo á mí.
-
-Seguí bajando hacia las Pascualas, con la devoción de la misa medio
-evaporada y distraído el espíritu. Poco distaba ya de la iglesia, cuando
-distinguí á un caballero, que parado al pié de corpulento plátano,
-arrojaba á los jardines un puro enterito, y se dirigía luego á
-saludarme. Y oí una voz simpática y ceceosa, que me decía:
-
---A los piés... ¿A dónde bueno tan de mañana y tan sola?
-
---Calle... Pacheco... ¿Y V.? V. sí que de fijo no viene á misa.
-
---¿Y V. qué sabe? ¿Por qué no he de venir á misa yo?
-
-Trocamos estas palabras con las manos cogidas y una familiaridad muy
-extraña, dado lo ceremonioso y somero de nuestro conocimiento la
-víspera. Era sin duda que influía en ambos la transparencia y alegría de
-la atmósfera, haciendo comunicativa nuestra satisfacción y dando
-carácter expansivo á nuestra voz y actitudes. Ya que estoy dialogando
-con mi alma y nada ha de ocultarse, la verdad es que en lo cordial de mi
-saludo entró por mucho la favorable impresión que me causaron las
-prendas personales del andaluz. Señor, ¿por qué no han de tener las
-mujeres derecho para encontrar guapos á los hombres que lo sean, y por
-qué ha de mirarse mal que lo manifiesten (aunque para manifestarlo
-dijesen tantas majaderías como los chulos del café Suizo)? Si no lo
-decimos lo pensamos, y no hay nada más peligroso que lo reprimido y
-oculto, lo que se queda dentro. En suma. Pacheco, que vestía un elegante
-terno gris claro, me pareció galán de veras; pero con igual sinceridad
-añadiré que esta idea no me preocupó arriba de dos segundos, pues yo no
-me pago solamente del exterior. Buena prueba di de ello casándome á los
-veinte con mi tío, que tenía lo menos cincuenta, y lo que es de
-gallardo...
-
-Adelante. El señor de Pacheco, sin reparar que ya tocaban á misa, pegó
-la hebra, y seguimos de palique, guareciéndonos á la sombra del plátano,
-porque el sol nos hacía guiñar los ojos más de lo justo.
-
---¡Pero qué madrugadora!
-
---¿Madrugadora porque oigo misa á las diez?
-
---Sí señor: todo lo que no sea levantarse para almorsá...
-
---Pues V. hoy madrugó otro tanto.
-
---Tuve corasonada. Esta tarde estarán buenos los toros: ¿No va V.?
-
---No: hoy no irá la Sahagún, y yo generalmente voy con ella.
-
---¿Y á las carreras de caballos?
-
---Menos; me cansan mucho: una revista de trapos y moños: una insulsez.
-Ni entiendo aquel tejemaneje de apuestas. Lo único divertido e el
-desfile.
-
---Y entonces, ¿porqué no va á San Isidro?
-
---¡A San Isidro! ¡Después de lo que nos predicó ayer mi paisano!
-
---Buen caso hase V. de su paisano.
-
---Y ¿creerá V. que con tantos años como llevo de vivir en Madrid, ni
-siquiera he visto la ermita?
-
---¿Que no? Pues hay que verla; se distraerá V. muchísimo; ya sabe lo que
-opina la Duquesa, que esa fiesta merece el viaje. Yo no la conozco
-tampoco; verdá que soy forastero.
-
---Y... ¿y los borrachos, y los navajazos y todo aquello de que habló D.
-Gabriel? ¿Será exageración suya?
-
---¡Yo qué sé! ¡Qué más da!
-
---Me hace gracia... ¿Dice V. que no importa? ¿Y si luego paso un susto?
-
---¡Un susto yendo conmigo!
-
---¿Con V.?--y solté la risa.
-
---¡Conmigo, ya se sabe! No tiene V. por qué reirse, que soy mu buen
-compañero.
-
-Me reí con más ganas, no sólo de la suposición de que Pacheco me
-acompañase, sino de su acento andaluz, que era cerrado y sandunguero,
-sin tocar en ordinario, como el de ciertos señoritos que parecen
-asistentes.
-
-Pacheco me dejó acabar de reir, y sin perder su seriedad, con mucha
-calma, me explicó lo fácil y divertido que sería darse una vueltecita
-por la feria á primera hora, regresando á Madrid sobre las doce ó la
-una. ¡Si me hubiese tapado con cera los oídos entonces, cuántos males me
-evitaría! La proposición, de repente, empezó á tentarme, recordando el
-dicho de la Sahagún:--«Vaya V. al Santo, que aquello es muy original y
-muy famoso.»--Y realmente, ¿qué mal había en satisfacer mi curiosidad?,
-pensaba yo. Lo mismo se oía misa en la ermita del Santo que en las
-Pascualas; nada desagradable podía ocurrirme llevando conmigo á Pacheco;
-y si alguien me veía con él, tampoco sospecharía cosa mala de mí á tales
-horas y en sitio tan público. Ni era probable que anduviese por allí la
-sombra de una persona decente ¡en día de carreras y toros!, ¡á las diez
-de la mañana! La escapatoria no ofrecía riesgo... ¡y el tiempo convidaba
-tanto! En fin, que si Pacheco porfiaba algo más, lo que es yo...
-
-Porfió sin impertinencia, y tácitamente, sonriendo, me declaré vencida.
-¡Solemne ligereza! Aún no había articulado el _sí_, y ya discutíamos los
-medios de locomoción. Pacheco propuso, como más popular y típico, el
-tranvía; pero yo, á fin de que la cosa no tuviese el menor aspecto de
-informalidad, preferí mi coche. La cochera no estaba lejos: calle del
-Caballero de Gracia. Pacheco avisaría, mandaría que enganchasen é iría á
-recogerme á mi casa, por donde yo necesitaba pasar antes de la
-excursión. Tenía que tomar el abanico, dejar el devocionario, cambiar
-mantilla por sombrero... En casa le esperaría. Al punto que concertamos
-estos detalles, Pacheco me apretó la mano y se apartó corriendo de mí. A
-la distancia de diez pasos se paró y preguntó otra vez.
-
---¿Dice V. que el coche cierra en el Caballero de Gracia?
-
---Sí, á la izquierda... un gran portalón...
-
-Y tomé aprisita el camino de mi vivienda, porque la verdad es que
-necesitaba hacer muchas más cosas de las que le había confesado á
-Pacheco; pero, ¡vaya V. á enterar á un hombre!... Arreglarme el pelo,
-darme velutina, buscar un pañolito fino, escoger unas botas nuevas que
-me calzan muy bien, ponerme guantes frescos y echarme en el bolsillo un
-_sachet_ de raso que huele á _iris_ (el único perfume que no me levanta
-dolor de cabeza). Porque al fin, aparte de todo, Pacheco era para mí
-persona de cumplido; íbamos á pasar algunas horas juntos y observándonos
-muy de cerca, y no me gustaría que algún rasgo de mi ropa ó mi persona
-le produjese efecto desagradable. A cualquier señora, en mi caso, le
-sucedería lo propio.
-
-Llegué al portal sofocada y anhelosa, subí á escape, llamé con furia y
-me arrojé en el tocador, desprendiéndome la mantilla antes de situarme
-frente al espejo.--«Angela, el sombrero negro de paja con cinta
-escocesa... Angela, el antuca á cuadritos... las botas bronceadas...»
-
-Vi que la Diabla se moría de curiosidad... «¿Sí? Pues con las ganas de
-saber te quedas, hija... La curiosidad es muy buena para la ropa
-blanca.» Pero no se le coció á la chica el pan en el cuerpo, y me soltó
-la píldora.
-
---¿La señorita almuerza en casa?
-
-Para desorientarla respondí:
-
---Hija, no sé... Por si acaso, tenerme el almuerzo listo de doce y media
-á una... Si á la una no vengo, almorzad vosotros... pero reservándome
-siempre una chuleta y una taza de caldo... y mi té con leche, y mis
-tostadas.
-
-Cuando estaba arreglando los rizos de la frente bajo el ala del
-sombrero, reparé en un precioso cacharro azul, lleno de heliotropos,
-gardenias y claveles, que estaba sobre la chimenea.
-
---¿Quién ha mandado eso?
-
---El señor comandante Pardo... el señorito Gabriel.
-
---¿Por qué no me lo enseñabas?
-
---Vino la señorita tan aprisa... Ni me dió tiempo.
-
-No era la primera vez que mi paisano me obsequiaba con flores. Escogí
-una gardenia y un clavel rojo, y prendí el grupo en el pecho. Sujeté el
-velo con un alfiler, tomé un casaquín ligero de paño, mandé á Angela que
-me estirase la enagua y volante, y me asomé á ver si por milagro había
-llegado el coche. Aún no, porque era imposible; pero á los diez minutos
-desembocaba á la entrada de la calle. Entonces salí á la antesala,
-andando despacio, para que la Diabla no acabase de escamarse; me contuve
-hasta cruzar la puerta; y ya en la escalera, me precipité, llegando al
-portal cuando se paraba la berlina y saltaba en la acera Pacheco.
-
---¡Qué listo anduvo el cochero!--le dije.
-
---El cochero y un servidor de V., señora--contestó el gaditano, teniendo
-la portezuela para que yo subiese.--Con estas manos he ayudao á echar
-las guarniciones, y hasta se me figura que á lavar las ruedas.
-
-Salté en la berlina, quedándome á la derecha, y Pacheco entró por la
-portezuela contraria, á fin de no molestarme y con ademán de profundo
-respeto... ¡Valiente hipócrita está él! Nos miramos indecisos por
-espacio de una fracción de segundo, y mi acompañante me preguntó en voz
-sumisa:
-
---¿Doy orden de ir camino de la pradera?
-
---Sí, sí... Dígaselo V. por el vidrio.
-
-Sacó fuera la cabeza y gritó:--«¡Al Santo!»--La berlina arrancó
-inmediatamente, y entre el primer retemblido de los cristales exclamó
-Pacheco:
-
-
---Veo que se ha prevenío V. contra el calor y el sol... Todo hace falta.
-
-Sonreí sin responder, porque me encontraba (y no tiene nada de
-sorprendente) algo cohibida por la novedad de la situación. No se
-desalentó el gaditano.
-
---Lleva V. ahí unas flores preciosas... ¿No sobraba para mí ninguna?
-¿Ni siquiera una rosita de á ochavo? ¿Ni un palito de albahaca?
-
---Vamos--murmuré--que no es V. poco pedigüeño... Tome V., para que se
-calle.
-
-Desprendí la gardenia y se la ofrecí. Entonces hizo mil remilgos y
-zalemas.
-
---Si yo no pretendía tanto... Con el rabillo me contentaba, ó con media
-hoja que V. le arrancase... ¡Una gardenia para mí solo! No sé cómo
-lucirla... No se me va á sujetar en el ojal... A ver si V. consigue, con
-esos deditos...
-
---Vamos, que V. no pedía tanto, pero quiere que se la prenda ¿eh?
-Vuélvase V. un poco, voy á afianzársela.
-
-Introduje el rabo postizo de la flor en el ojal de Pacheco, y tomando de
-mi corpiño un alfiler sujeté la gardenia, cuyo olor á pomada me subía al
-cerebro, mezclado con otro perfume fino, procedente, sin duda, del pelo
-de mi acompañante. Sentí un calor extraordinario en el rostro, y al
-levantarlo, mis ojos se tropezaron con los del meridional, que en vez de
-darme las gracias, me contempló de un modo expresivo é interrogador. En
-aquel momento casi me arrepentí de la humorada de ir á la feria; pero
-ya...
-
-Torcí el cuello y miré por la ventanilla. Bajábamos de la plazuela de la
-Cebada á la calle de Toledo. Una marea de gente, que también descendía
-hacia la pradera, rodeaba el coche y le impedía á veces rodar. Entre la
-multitud dominguera se destacaban los vistosos colorines de algún
-bordado pañolón de Manila, con su fleco de una tercia de ancho. Las
-chulas se volvían y registraban con franca curiosidad el interior de la
-berlina. Pacheco sacó la cabeza y le dijo á una no sé qué.
-
---Nos toman por novios--advirtió dirigiéndose á mí.--No se ponga V. más
-colorada: es lo que le faltaba para acabar de estar linda--añadió medio
-entre dientes.
-
-Hice como si no oyese el piropo y desvié la conversación, hablando del
-pintoresco aspecto de la calle de Toledo, con sus mil tabernillas, sus
-puestos ambulantes de quincalla, sus anticuadas tiendas y sus paradores
-que se conservan lo mismito que en tiempo de Carlos IV. Noté que Pacheco
-se fijaba poco en tales menudencias, y en vez de observar las
-curiosidades de la calle más típica que tiene Madrid, llevaba los ojos
-puestos en mí con disimulo, pero con pertinacia, como el que estudia una
-fisonomía desconocida para leer en ella los pensamientos de la dueña. Yo
-también, á hurtadillas, procuraba enterarme de los más mínimos ápices de
-la cara de Pacheco. No dejaba de llamarme la atención la mezcla de razas
-que creía ver en ella. Con un pelo negrísimo y una tez quemada del sol,
-casaban mal aquel bigote dorado y aquellos ojos azules.
-
---¿Es V. hijo de inglesa?--le pregunté al fin.--Me han contado que en la
-costa del Mediterráneo hay muchas bodas entre ingleses y españolas, y al
-revés.
-
---Es cierto que hay muchísimas, en Málaga sobre todo; pero yo soy
-español de pura sangre.
-
-Le volví á mirar y comprendí lo tonto de mi pregunta. Ya recordaba
-haber oído á algún sabio de los que suele convidar á comer la Sahagún
-cuando no tiene otra cosa en que entretenerse, que es una vulgaridad
-figurarse que los españoles no pueden ser rubios, y que al contrario el
-tipo rubio abunda en España, sólo que no se confunde con el rubio sajón,
-porque es mucho más fino, más enjuto, así al modo de los caballos
-árabes. En efecto, los ingleses que yo conozco son por lo regular unos
-montones de carne sanguínea, que al parecer se escapa sola á la parrilla
-del rosbif; tienen cada cogote y cada pescuezo como ruedas de remolacha;
-las bocas de ellos dan asco de puro coloradotas, y las frentes, de tan
-blancas, fastidian ya, porque eso de la _frente pura_ está bueno para
-las señoritas, no para los hombres. ¿Cuándo se verá en ningún inglés un
-corte de labios sutil, y una sien hundida, y un cuello delgado y airoso
-como el de Pacheco? Pero al grano: ¿pues no me entretengo recreándome en
-las perfecciones de ese pillo?
-
-¡Qué hermoso y alegre estaba el puente de Toledo! Lo recuerdo como se
-recuerda una decoración del teatro Real. Hervía la gente, y mirando
-hacia abajo, por la pradera y por todas las orillas de Manzanares no se
-veían más que grupos, procesiones, corrillos, escenas animadísimas de
-esas que se pintan en las panderetas. A mí ciertos monumentos, por
-ejemplo las catedrales, casi me parecen más bonitas solitarias; pero el
-puente de Toledo, con sus retablazos, ó nichos, ó lo que sean aquellos
-fantasmones barrocos que le guarnecen á ambos lados, no está bien sin
-el rebullicio y la algazara de la gentuza, los chulapos y los tíos, los
-carniceros y los carreteros, que parece que acaban de bajarse de un
-lienzo de Goya. Ahora que se han puesto tan de moda los casacones, el
-puente tiene un encanto especial. Nuestro coche dió vuelta para tomar el
-camino de la pradera, y allí, en el mismo recodo, vi una tienda rara,
-una botería, en cuya fachada se ostentaban botas de todos los tamaños,
-desde la que mide treinta azumbres de vino, hasta la que cabe en el
-bolsillo del pantalón. Pacheco me propuso que, para adoptar el tono de
-la fiesta, comprásemos una botita muy cuca que colgaba sobre el
-escaparate y la llenásemos de Valdepeñas: proposición que rechacé
-horrorizada.
-
-No sé quién fué el primero que llamó feas y áridas á las orillas del
-Manzanares, ni por qué los periódicos han de estar siempre soltándole
-pullitas al pobre río, ni cómo no prendieron á aquel farsante de
-escritor francés (Alejandro Dumas, si no me engaño) que le ofreció de
-limosna un vaso de agua. Convengo en que no es muy caudaloso, ni tan
-frescachón como nuestro Miño ó nuestro Sil; pero vamos, que no falta en
-sus orillas algún rinconcito ameno, verde y simpático. Hay árboles que
-convidan á descansar á la sombra, y unos puentes rústicos por entre los
-lavaderos, que son bonitos en cualquier parte. La verdad es que acaso
-influía en esta opinión que formé entonces, el que se me iba quitando
-el susto y me rebosaba el contento por haber realizado la escapatoria.
-Varios motivos se reunían para completar mi satisfacción. Mi traje de
-_céfiro_ gris, sembrado de anclitas rojas, era de buen gusto en una
-excursión matinal como aquella; mi sombrero negro de paja me sentaba
-bien, según comprobé en el vidrio delantero de la berlina; el calor aún
-no molestaba mucho; mi acompañante me agradaba, y la calaverada, que
-antes me ponía miedo, iba pareciéndome lo más inofensivo del mundo, pues
-no se veía por allí ni rastro de persona regular que pudiese conocerme.
-Nada me aguaría tanto la fiesta como tropezarme con algún tertuliano de
-la Sahagún, ó vecina de butacas en el Real, que fuese luego á permitirse
-comentarios absurdos. Sobran personas maldicientes y deslenguadas que
-interpretan y traducen siniestramente las cosas más sencillas, y de poco
-le sirve á una mujer pasarse la vida muy sobre aviso, si se descuida una
-hora... (Sí, y lo que es á mí, en la actualidad, me caen muy bien estas
-reflexiones. En fin, prosigamos.) El caso es que la pradera ofrecía
-aspecto tranquilizador. Pueblo aquí, pueblo allí, pueblo en todas
-direcciones; y si algún hombre vestía americana, en vez de chaquetón ó
-chaquetilla, debía de ser criado de servicio, escribiente temporero,
-hortera, estudiante pobre, lacayo sin colocación, que se tomaba un día
-de asueto y holgorio. Por eso, cuando á la subida del cerro, donde ya no
-pueden pasar los carruajes, Pacheco y yo nos bajamos de la berlina,
-parecíamos, por el contraste, pareja de archiduques que tentados de la
-curiosidad se van á recorrer una fiesta populachera, deseosos de guardar
-el incógnito, y delatados por sus elegantes trazas.
-
-En fuerza de su novedad me hacía gracia el espectáculo. Aquella romería
-no tiene nada que ver con las de mi país, que suelen celebrarse en
-sitios frescos, sombreados por castaños ó nogales, con una fuente ó
-riachuelo cerquita y el santuario en el monte próximo... El campo de San
-Isidro es una serie de cerros pelados, un desierto de polvo, invadido
-por un tropel de gente entre la cual no se ve un solo campesino, sino
-soldados, mujerzuelas, chisperos, ralea apicarada y soez; y en lugar de
-vegetación, miles de tinglados y puestos donde se venden cachivaches
-que, pasado el día del Santo, no vuelven á verse en parte alguna: pitos
-adornados con hojas de papel de plata y rosas estupendas; vírgenes
-pintorreadas de esmeralda, cobalto y bermellón; medallas y escapularios
-igualmente rabiosos; loza y cacharros; figuritas groseras de toreros y
-picadores; botijos de hechuras raras; monigotes y fantoches con la
-cabeza de Martos, Sagasta ó Castelar; ministros á _dos reales_;
-esculturas de los _ratas_ de _La Gran Vía_, y al lado de la efigie del
-bienaventurado San Isidro, unas figuras que... ¡Válgame Dios! Hagamos
-como si no las viésemos.
-
-Aparte del sol que le derrite á uno la sesera y del polvo que se masca,
-bastan para marear tantos colorines vivos y metálicos. Si sigo mirando
-van á dolerme los ojos. Las naranjas apiñadas parecen de fuego; los
-dátiles relucen como granates obscuros; como pepitas de oro los
-garbanzos tostados y los cacahuetes; en los puestos de flores no se ven
-sino claveles amarillos, sangre de toro, ó de un rosa tan encendido como
-las nubes á la puesta del sol: las emanaciones de toda esta clavelería
-no consiguen vencer el olor á aceite frito de los buñuelos, que se pega
-á la garganta y produce un cosquilleo inaguantable. Lo dicho, aquí no
-hay color que no sea desesperado: el uniforme de los militares, los
-mantones de las chulas, el azul del cielo, el amarillento de la tierra,
-los tíos vivos con listas coloradas y los columpios dados de almagre con
-rayas de añil... Y luego la música, el rasgueo de las guitarras, el
-tecleo insufrible de los pianos mecánicos que nos aporrean los oídos con
-el paso doble de _Cádiz_, repitiendo desde treinta sitios de la
-romería:--_¡Vi-va España!_
-
-Nadie imagine maliciosamente que se me había pasado lo de oir misa.
-Tratamos de romper por entre el gentío y de deslizarnos en la ermita,
-abierta de par en par á los devotos; pero éstos eran tantos, y tan
-apiñados, y tan groseros, y tan mal olientes, que si porfío en llegar á
-la nave, me sacan de allí desmayada ó difunta. Pacheco jugaba los brazos
-y los puños, según podía, para defenderme; sólo lograba que nos
-apretasen más y que oyésemos juramentos y blasfemias atroces. Le tiré de
-la manga.
-
---Vámonos, vámonos de aquí... Renuncio... No se puede.
-
-Cuando ya salimos á atmósfera respirable, suspiré muy compungida.
-
---¡Ay, Dios mío!... Sin misa hoy...
-
---No se apure--me contestó mi acompañante--que yo oiré por V. aunque sea
-todas las gregorianas... Ya ajustaremos esa cuenta.
-
---A mí sí que me la ajustará el Padre Urdax tan pronto me eche la vista
-encima--pensaba para mis adentros mientras me tentaba el hombro, donde
-había recibido un codazo feroz de uno de aquellos cafres.
-
-
-
-
-IV
-
-
-Don Diego, que en el coche se me figuraba reservado y tristón, se volvió
-muy dicharachero desde que andábamos por San Isidro, justificando su
-fama de buena sombra. Sujetando bien mi brazo para que las mareas de
-gente no nos separasen, él no perdía ripio, y cada pormenor de los
-tinglados famosos le daba pretexto para un chiste, que muchas veces no
-era tal sino en virtud del tono y acento con que lo decía, porque es
-indudable que si se escribiesen las ocurrencias de los andaluces, no
-resultarían tan graciosas, ni la mitad, de lo que parecen en sus labios;
-al sonsonete, al ceceíllo y á la prontitud en responder, se debe la
-mayor parte del salero.
-
-Lo peor fué que como allí no había más personas regulares que nosotros,
-y Pacheco se metía con todo el mundo y á todo el mundo daba cuerda, nos
-rodeó la canalla de mendigos, fenómenos, chiquillos harapientos,
-gitanas, buñoleras y vendedoras. El impulso de mi acompañante era
-comprar cuanto veía, desde los escapularios hasta los botijos, pero me
-cuadré.
-
---Si compra V. más, me enfado.
-
---¡Soniche! San acabao las compras. ¡Que san acabao digo! Al que no me
-deje en paz, le doy en igual de dinero, cañaso. ¿Tiene V. más que
-mandar?
-
---Mire V., pagaría por estar á la sombra un ratito.
-
---¿En la cárcel por comprometeora? Llamaremos á la pareja y verasté que
-pronto.
-
-Ahora que reflexiono á sangre fría, caigo en la cuenta de que era
-bastante raro y muy inconveniente que á los tres cuartos de hora de
-pasearnos juntos por San Isidro, nos hablásemos don Diego y yo con tanta
-broma y llaneza. Es posible, bien mirado, que mi paisano tenga razón;
-que aquel sol, aquel barullo y aquella atmósfera popular obren sobre el
-cuerpo y el alma como un licor ó vino de los que más se suben á la
-cabeza, y rompan desde el primer momento la valla de reserva que
-trabajosamente levantamos las señoras un día y otro contra peligrosas
-osadías. De cualquier índole que fuese, yo sentía ya un principio de
-mareo cuando exclamé:
-
---En la cárcel estaría á gusto con tal que no hiciese sol... Me
-encuentro así... no sé cómo... parece que me desvanezco.
-
---Pero ¿se siente V. mala? ¿mala?--preguntó Pacheco seriamente, con vivo
-interés.
-
---Lo que se dice mala, no: es una fatiga, una sofocación... Se me nubla
-la vista.
-
-Echóse Pacheco á reir y me dijo casi al oído:
-
---Lo que V. tiene ya lo adivino yo, sin necesidad de ser sahorí... V.
-tiene ni más ni menos que... gasusa.
-
---¿Eh?
-
---Debilidad, hablando pronto... ¡Y no es V. sola!.. yo hace rato que doy
-las boqueás de hambre. ¡Si debe de ser mediodía!
-
---Puede, puede que no se equivoque V. mucho. A estas horas suelen
-pasearse los ratoncitos por el estómago... Ya hemos visto el Santo;
-volvámonos á Madrid y podrá V. almorzar, si gusta acompañarme...
-
---No, señora... Si eso que V. discurre es un pueblo. Si lo que vamos á
-haser es almorsá en una fondita de aquí. ¡Que las hay...!
-
-Se llevó los dedos apiñados á la boca y arrojó un beso al aire, para
-expresar la excelencia de las fondas de San Isidro.
-
-Aturdida y todo como me encontraba, la idea me asustó; me pareció
-indecorosa y vi de una ojeada sus dificultades y riesgos. Pero al mismo
-tiempo, allá en lo íntimo del alma, aquellos escollos me la hacían
-deliciosa, apetecible, como es siempre lo vedado y lo desconocido. ¿Era
-Pacheco algún atrevido, capaz de faltarme si yo no le daba pié? No por
-cierto; y el no darle pié quedaba de mi cuenta. ¡Qué buen rato me perdía
-rehusando! ¿Qué diría Pardo de esta aventura si la supiese? Con no
-contársela... Mientras discurría así, en voz alta me negaba
-terminantemente... Nada, á Madrid de seguida.
-
-Pacheco no cejó, y en vez de formalizarse, echó á broma mi negativa. Con
-mil zalamerías y agudezas, ceceando más que nunca, afirmó que espicharía
-de necesidad si tardase en almorzar arriba de veinte minutos.
-
---Que me pongo de rodillas aquí mismo...--exclamaba el muy truhán.--Ea,
-un sí de esa boquita... ¡Usted verá el gran almuerso del siglo! Fuera
-escrúpulos... ¿Se ha pensao V. que mañana voy yo á contárselo á la señá
-duquesa de Sahagún? A este probetico..., ¡una limosna de armuerso!.
-
-Acabó por entrarme risa y tuve la flaqueza de decir:
-
---Pero... ¿y el coche que está aguardando allá abajo?
-
---En un minuto se le avisa... Que se procure cochera aquí... Y si no,
-que se vuelva á Madrid hasta la puesta del sol... Espere V., buscaré
-alguno que lleve el recao... No la he de dejar aquí solita pa que se la
-coma un lobo; eso sí que no.
-
-Debió de oirlo un guindilla que andaba por allí ejerciendo sus
-funciones, y en tono tan reverente y servicial como bronco lo usaba
-para intimar á la gentuza que se _desapartase_, nos dijo con afable
-sonrisa:
-
---Yo aviso, si justan... ¿Dónde está ó coche? ¿Cómo le llaman al
-cochero?
-
---Este no es de mi tierra, ni nada. ¿De qué parte de Galicia?--pregunté
-al agente.
-
---Desviado de Lujo tres légoas, á la banda de Sarria, para servir á
-vusté--explicó él, y los ojos le brillaron de alegría al encontrarse con
-una paisana.--«¿Si éste me conocerá por conducto de la Diabla?»--pensé
-yo recelosa; pero mi temor sería infundado, pues el agente no añadió
-nada más. Para despacharle pronto, le expliqué:
-
---¿Ve aquella berlina con ruedas encarnadas..., cochero mozo, con
-patillas, librea verde? Allá abajo... Es la octava en la fila.
-
---Bien veo, bien.
-
---Pues va V.--ordenó Pacheco--y le dice que se largue á Madrí con viento
-fresco, y que por la tardesita vuerva y se plantifique en el mismo
-lugar. ¿Estamos, compadre?
-
-Noté que mi acompañante extendía la mano y estrechaba con gran efusión
-la del guindilla; pero no sería esta distinción lo que tanto le alegró
-la cara á mi conterráneo, pues le vi cerrar la diestra deslizándola en
-el bolsillo del pantalón, y entreoí la fórmula gallega clásica:
-
---De hoy en cien años.
-
-Libre ya del apéndice del carruaje, por instinto me apoyé más fuerte en
-el brazo de Don Diego, y él á su vez estrechó el mío como ratificando
-un contrato.
-
---Vamos poquito á poco subiendo al cerro... Animo y cogerse bien.
-
-El sol campeaba en mitad del cielo, y vertía llamas y echaba chiribitas.
-El aire faltaba por completo; no se respiraba sino polvo arcilloso. Yo
-registraba el horizonte tratando de descubrir la prometida fonda, que
-siempre sería un techo, preservativo contra aquel calor del Senegal. Mas
-no se veía rastro de edificio grande en toda la extensión del cerro, ni
-antes ni después. Las únicas murallas blancas que distinguí á mi derecha
-eran las tapias de la Sacramental, á cuyo amparo descansaban los muertos
-sin enterarse de las locuras que del otro lado cometíamos los vivos.
-Amenacé á Pacheco con el palo de la sombrilla:
-
---¿Y esa fonda? ¿Se puede saber hasta qué hora vamos á andar buscándola?
-
---¿Fonda?--saltó Pacheco como si le sorprendiese mucho mi
-pregunta.--¿Dijo V. fonda? El caso es... Mardito si sé á qué lado cae.
-
---¡Hombre..., pues de veras que tiene gracia! ¿No aseguraba V. que había
-fondas preciosas, magníficas? ¡Y me trae V. con tanta flema á asarme por
-estos vericuetos! Al menos entérese... Pregunte á cualquiera, ¡al
-primero que pase!
-
---¡Oigasté... cristiano!
-
-Volvióse un chulo de pelo alisado en peteneras, manos en los bolsillos
-de la chaquetilla, hocico puntiagudo, gorra alta de seda, estrecho
-pantalón y viciosa y pálida faz; el tipo perfecto del rata, de esos
-mocitos que se echa uno á temblar al verlos, recelando que hasta el modo
-de andar le timen.
-
---¿Hay por aquí alguna fonda, compañero?--interrogó Pacheco alargándole
-un buen puro.
-
---Se estima... Como haber fondas, hay fondas: misté por ahí too alredor,
-que fondas son; pero tocante á fonda, vamos, según se ice, de comías
-finas, pala gente é aquel, me pienso que no hallarán ustés conveniencia;
-digo, esto me lo pienso yo; ustés verán.
-
---No hay más que merenderos, está visto--pronunció Pacheco bajo y con
-acento pesaroso.
-
-Al ver que él se mostraba disgustado, yo, por ese instinto de
-contradicción humorística que en situaciones tales se nos desarrolla á
-las mujeres, me manifesté satisfecha. Además, en el fondo, no me
-desagradaba comer en un merendero. Tenía más _carácter_. Era más nuevo é
-imprevisto, y hasta menos clandestino y peligroso. ¿Qué riesgo hay en
-comer en un barracón abierto por todos lados donde está entrando y
-saliendo la gente? Es tan inocente como tomar un vaso de cerveza en un
-café al aire libre.
-
-
-
-
-V
-
-
-Convencidos ya de que no existía fonda ni sombra de ella, ó de que
-nosotros no acertábamos á descubrirla, miramos á nuestro alrededor,
-eligiendo el merendero menos indecente y de mejor trapío. Casi en lo
-alto del cerro campeaba uno bastante grande y aseado; no ostentaba
-ningún rótulo extravagante, como los que se leían en otros merenderos
-próximos, verbigracia:--«Refrescos de los que usava el Santo.»--«La mar
-en vevidas y comidas.»--«La Brillantez: callos y caracoles.»--A la
-entrada (que puerta no la tenía) hallábase de pié una chica joven, de
-fisonomía afable, con un puñal de níquel atravesado en el moño: y no
-había otra alma viviente en el merendero, cuyas seis mesas vacías me
-parecieron muy limpias y fregoteadas. Pudiera compararse el barracón á
-una inmensa tienda de campaña: las paredes de lona: el techo de unas
-esteras tendidas sobre palos: dividíase en tres partes desiguales, la
-menor ocultando la hornilla y el fogón donde guisaban, la grande que
-formaba el comedor, la mediana que venía á ser una trastienda donde se
-lavaban platos y cubiertos; pero estos misterios convinimos en que sería
-mejor no profundizarlos mucho, si habíamos de almorzar. El piso del
-merendero era de greda amarilla, la misma greda de todo el árido cerro:
-y una vieja, sucia y horrible, que frotaba con un estropajo las mesas,
-no necesitaba sino bajarse para encontrar la materia primera de aquel
-limpión inverosímil.
-
-Tomamos posesión de la mesa del fondo, sentándonos en un banco de madera
-que tenía por respaldo la pared de lona del barracón. La muchacha, con
-su perrera pegada á la frente por grandes churretazos de goma y su puñal
-de níquel en el moño, acudió solícita á ver qué mandábamos: olfateaba
-parroquianos gordos, y acaso adivinaba ó presentía otra cosa, pues nos
-dirigió unas sonrisitas de inteligencia que me pusieron colorada. Decía
-á gritos la cara de la chica:--«Buen par están estos dos... ¿Qué manía
-les habrá dado de venir á arrullarse en el Santo? Para eso más les valía
-quedarse en su nido... que no les faltará, de seguro».--Yo, que leía
-semejantes pensamientos en los ojos de la muy entremetida, adopté una
-actitud reservada y digna, hablando á Pacheco como se habla á un amigo
-íntimo, pero _amigo_ á secas; precaución que lejos de desorientar á la
-maliciosa muchacha, creo que sólo sirvió para abrirle más los ojos. Nos
-dirigió la consabida pregunta:
-
---¿Qué van á tomar?
-
---¿Qué nos puede V. dar?--contestó Pacheco.--Diga V. lo que hay,
-resalada..., y la señora irá escogiendo.
-
---Como haber..., hay de todo. ¿Quieren almorzar formalmente?
-
---Con toa formaliá.
-
---Pues de primer plato... una tortillita... ó huevos revueltos.
-
---Vaya por los huevos revueltos. ¿Y hay magras?
-
---¿Unas magritas de jamón? Sí.
-
---¿Y chuletas?
-
---De ternera, muy ricas.
-
---¿Pescado?
-
---Pescado no... Si quieren latas... tenemos escabeche de besugo,
-sardinas...
-
---¿Ostras no?
-
---Como ostras..., no señora. Aquí pocas cosas finas se pueden despachar.
-Lo general que piden... callos y caracoles, Valdepeñas, chuletas...
-
---V. resolverá--indiqué volviéndome á Pacheco.
-
---¿He de ser yo? Pues tráiganos de too eso que hemos dicho, niña
-bonita..., huevos, magras, ternera, lata de sardinas... ¡Ay! y lo
-primero de too se va V. á traer por los aires una boteya e mansaniya y
-unas cañitas... Y aseitunas.
-
---Y después... ¿qué es lo que les he de servir? ¿Las chuletas antes de
-nada?
-
---No: misté, azucena: nos sirve V. los huevos, luego el jamón, las
-sardinas, las chuletitas... De postre, si hay algún queso...
-
---¡Ya lo creo que sí! De Flandes y de Villalón... Y pasas, y almendras,
-y rosquillas, y avellanas tostás...
-
---Pues vamos á armorsá mejor que el Nuncio.
-
-Esto mismo que exclamó Pacheco frotándose las manos, lo pensaba yo.
-Aquellas ordinarieces, como diría mi paisano el filósofo, me abrían el
-apetito de par en par. Y aumentaba mi buena disposición de ánimo el
-encontrarme á cubierto del terrible sol.
-
-Verdad que estaba á cubierto lo mismo que el que sale al campo á las
-doce del día bajo un paraguas. El sol, si no podía ensañarse con
-nuestros cráneos, se filtraba por todas partes y nos envolvía en un baño
-abrasador. Por entre las esteras mal juntas del techo, al través de la
-lona, y sobre todo, por el abierto frente de la tienda, entraban á
-oleadas, á torrentes, no sólo la luz y el calor del astro, sino el
-ruido, el oleaje del humano mar, los gritos, las disputas, las
-canciones, las risotadas, los rasgueos y punteos de guitarra y vihuela,
-el infernal paso doble, el _¡Viva España!_ de los duros pianos
-mecánicos.
-
-Casi al mismo punto en que la chica del puñal de níquel depositaba en la
-mesa una botella rotulada _Manzanilla superior_, dos cañas del vidrio
-más basto y dos conchas con rajas de salchichón y aceitunas _aliñás_, se
-coló por la abertura una mujer desgreñada, cetrina, con ojos como
-carbones, saya de percal con almidonados faralaes y pañuelo de crespón
-de lana desteñido y viejo, que al cruzarse sobre el pecho dejaba asomar
-la cabeza de una criatura. La mujer se nos plantó delante, fija la mano
-izquierda en la cadera y accionando con la derecha: de qué modo se
-sostenía el chiquillo, es lo que no entiendo.
-
---En er nombre e Dios, Pare, Jijo y Epíritu Zanto, que donde va er
-nombre e Dios no va cosa mala. Una palabrita les voy á icir que lase á
-ostés mucha farta saberla...
-
---¡Calle!--grité yo contentísima. ¡Una gitana que nos va á decir la
-buenaventura!
-
---¿La mando que se largue? ¿La incomoda á V.?
-
---¡Al contrario! Si me divierte lo que no es imaginable. Verá V. cuántos
-enredos va á echar por esa boca. Ea, la buenaventura pronto, que tengo
-una curiosidad inmensa de oirla.
-
---Pué diñe osté la mano erecha, jermosa, y una moneíta de plata pa jaser
-la crú.
-
-Pacheco le alargó una peseta, y al mismo tiempo, habiendo descorchado la
-manzanilla y pedido otra caña, se la tendió llena de vino á la egipcia.
-Con este motivo armaron los dos un tiroteo de agudezas y bromas; bien se
-conocía que eran hijos de la misma tierra, y que ni á uno ni á otro se
-les atascaban las palabras en el gaznate, ni se les agotaba la labia
-aunque la derramasen á torrentes. Al fin la gitana se embocó el
-contenido de la cañita, y yo la imité, porque, con la sed, tentaba aquel
-vinillo claro. ¡Manzanilla superior! ¡A cualquier cosa llaman _superior_
-aquí! La manzanilla dichosa sabía á esparto, á piedra alumbre y á
-demonios coronados; pero como al fin era un líquido, y yo con el calor
-estaba para beberme el Manzanares entero, no resistí cuando Pacheco me
-escanció otra caña. Sólo que en vez de refrescarme, se me figuró que un
-rayo de sol, disuelto en polvo, se me introducía en las venas y me
-salía en chispas por los ojos y en arreboles por la faz. Miré á Pacheco
-muy risueña, y luego me volví confusa, porque él me pagó la mirada con
-otra más larga de lo debido.
-
---¡Qué bonitos ojos azules tiene este perdis!--pensaba yo para mí.
-
-El gaditano estaba sin sombrero; vestía un traje ceniza, elegante, de
-paño rico y flexible; de vez en cuando se enjugaba la frente sudorosa
-con un pañuelo fino, y á cada movimiento se le descomponía el pelo,
-bastante crecido, negro y sedoso; al reir, le iluminaba la cara la
-blancura de sus dientes, que son de los mejor puestos y más sanos que he
-visto nunca, y aun parecía doblemente morena su tez, ó mejor dicho,
-doblemente tostada, porque hacia la parte que ya cubre el cuello de la
-camisa se entreveía un cutis claro.
-
---La mano, jermosa,--repitió la gitana.
-
-Se la alargué, y ella la agarró haciéndomela tener abierta. Pacheco
-contemplaba las dos manos unidas.
-
---¡Qué contraste!--murmuró en voz baja, no como el que dice una
-galantería á una señora, sino como el que hace una reflexión entre sí.
-
-En efecto, sin vanidad, tengo que reconocer que la mano de la gitana, al
-lado de la mía, parecía un pedazo de cecina feísimo: la tumbaga de
-plata, donde resplandecía una esmeralda falsa espantosa, contribuía á
-que resaltase el color cobrizo de la garra aquella, y claro está que mi
-diestra, que es algo chica, pulida y blanca, con anillos de perlas,
-zafiros y brillantes, contrastaba extrañamente. La buena de la bohemia
-empezó á hacer sus rayas y ensalmos, endilgándonos una retahila de esas
-que no comprometen, pues son de doble sentido y se aplican á cualquier
-circunstancia, como las respuestas de los oráculos. Todo muy recalcado
-con los ojos y el ademán.
-
---Una cosa diquelo yo en esta manica, que hae suseder mu pronto, y nadie
-saspera que susea... Un viaje me vasté á jaser, y no ae ser para má, que
-ae ser pa sastisfasión e toos. Una carta me vasté á resibir, y lae
-alegrá lo que viene escribío en eya... Unas presonas me tiene usté que
-la quieren má, y están toas perdías por jaserle daño; pero der revé les
-ae salir la perra intensión... Una presoniya está chalaíta por usté--(al
-llegar aquí la bruja clavó en Pacheco las ascuas encendidas de sus
-ojos)--y un convite le ae dar quien bien la quiere... Amorosica de genio
-me es usté; pero cuando se atufa, una leona brava de los montes se me
-güerve... Que no la enriten a usté y que le yeven toiticas las cosas ar
-pelo de la suavidá, que por la buena, corasón tiene usté pa tirarse en
-metá e la bahía e Cadis... Con mieles y no con hieles me la han de
-engatusar á usté... Un cariñiyo me vasté á tener mu guardadico en su
-pechito y no lo ae sabé ni la tierra, que secretica me es usté como la
-piedra e la sepultura... También una cosa le igo y es que usté mesma no
-me sabe lo que en ese corasonsiyo está guardao... Un cachito e gloria le
-va a caer der sielo y pasmáa se quedará usté; que á la presente me está
-usté como los pajariyos, que no saben el árbol onde han de ponerse...
-
-Si la dejamos, creo que aún sigue ahora ensartando tonterías. A mí su
-parla me entretenía mucho, pues ya se sabe que en esta clase de
-vaticinios tan confusos y tan latos, siempre hay algo que responde á
-nuestras ideas, esperanzas y aspiraciones ocultas. Es lo mismo que
-cuando, al tiempo de jugar á los naipes, vamos corriéndolos para
-descubrir sólo la pinta, y adivinamos ó presentimos de un modo vago la
-carta que va á salir. Pacheco me miraba atentamente, aguardando á que me
-cansase de gitanerías para despedir á la profetisa. Viendo que ya la
-chica del puñal en el moño acudía con la fuente de huevos revueltos,
-solté la mano, y mi acompañante despachó á la gitana, que antes de poner
-piés en polvorosa aún pidió no sé qué para _er churumbeliyo_.
-
-Empezábamos á servirnos del apetitoso comistrajo y á descorchar una
-botella de jerez, cuando otro cuerpo asomó en la abertura de la tienda,
-se adelantó hacia la mesa y recitó la consabida jaculatoria:
-
---En er nombre e Dió Pare, Jijo y Epíritu Zanto, que onde va er nombre é
-Dió...
-
---¡Estamos frescos!--gritó Pacheco.--¡Gitana nueva!
-
---Claro--murmuró con aristocrático desdén la chica del merendero.--Como
-á la otra le han dado cuartos y vino, se ha corrido la voz... Y tendrán
-aquí á todas las de la romería.
-
-Pacheco alargó á la recién venida unas monedas y un vaso de jerez.
-
---Bébase usté eso á mi salú..., y andar con Dios, y najensia.
-
---E que les igo yo lo buenaventura e barde... por el aqué de la sal der
-mundo que van ustés derramando.
-
---No, no...,--exclamé yo casi al oído de Pacheco.--Nos va á encajar lo
-mismo que la otra; con una vez basta. Espántela V.... sin reñirla.
-
---Bébase usté el jerés, prenda... y najarse he dicho--ordenó el gaditano
-sin enojo alguno, con campechana franqueza.
-
-La gitana, convencida de que no sacaba más raja ya, después de echarse
-al coleto el Jerez y limpiarse la boca con el dorso de la mano, se largó
-con su indispensable _churumbeliyo_, que lo traía también escondido en
-el mantón como gusano en queso.
-
---¿Tienen todas su chiquitín?--pregunté á la muchacha.
-
---Todas, pues ya se ve--explicó ella con tono de persona desengañada y
-experta.--Valientes maulas están. Los chiquillos son tan suyos como de
-una servidora de Vds. Infelices, los alquilan por ahí á otras bribonas,
-y sabe Dios el trato que les dan. Y está la romería plagada de estas
-tunantas, embusteronas. ¡Lástima de Abanico!
-
---¿Vds. duermen aquí?--la dije por tirarla de la lengua.--¿No tienen
-miedo á que de noche les roben las ganancias del día ó la comida del
-siguiente?
-
---Ya se ve que dormimos con un ojo cerrado y otro abierto... Porque no
-se crea V.: nosotros tenemos un café á la salida de la Plaza Mayor y
-venimos aquí no más á poner el ambigú.
-
-Comprendí que la chica se daba importancia, deseando probarme que era,
-socialmente, muy superior á aquella gentecilla de poco más ó menos que
-andaba por los demás figones. A todo esto íbamos despachando la ración
-de huevos revueltos y nos disponíamos á emprenderla con las magras.
-Interceptó la claridad de la abertura otra sombra. Esta era una chula de
-mantón terciado, peina de bolas, brazos desnudos, que traía en un jarro
-de loza un inmenso haz de rosas y claveles, murmurando con voz entre
-zalamera y dolorida:--«¡Señoritico! ¡Cómpreme usté flores pa osequiar á
-esa buena moza!»--Al mismo tiempo que la florera, entraron en el
-merendero cuatro soldados, cuatro húsares jóvenes y muy bulliciosos, que
-tomaron posesión de una mesa pidiendo cerveza y gaseosa, metiendo ruido
-con los sables y regocijando la vista con su uniforme amarillo y azul.
-¡Válgame Dios, y qué virtud tan rara poseen la manzanilla y el jerez,
-sobre todo cuando están encabezados y compuestos! Si en otra ocasión me
-veo yo almorzando así, entre soldados, creo que me da un soponcio; pero
-empezaba á tener subvertidas las nociones de la corrección y de la
-jerarquía social, y hasta me hizo gracia semejante compañía y la celebré
-con la risa más alegre del mundo! Pacheco, al observar mi buen humor, se
-levantó y fué á ofrecer á los húsares jerez y otros obsequios; de
-suerte que no sólo comíamos con ellos en el mismo bodegón, sino que
-fraternizábamos.
-
-Cuando está uno de buen temple, ninguna cosa le disgusta. Alabé la
-comida; de la chula de los claveles dije que parecía un boceto de Sala;
-y entonces Pacheco sacó de la jarra las flores y me las echó en el
-regazo, diciendo:--«Póngaselas V. todas.»--Así lo ejecuté, y quedó mi
-pecho convertido en búcaro. Luego me hizo reir con toda mi alma una
-desvergonzada riña que se oyó por detrás de la pared de lona, y las
-ocurrencias de Pacheco que se lió con los húsares no recuerdo con qué
-motivo. Volvió á nublarse el sol que entraba por la abertura y apareció
-un pordiosero de lo más remendado y haraposo. No contento con aflojar
-buena limosna, Pacheco le dió palique largo, y el mendigo nos contó
-aventuras de su vida: una sarta de embustes, por supuesto. Oyóle el
-gaditano muy atentamente, y luego empezó á exigirle que trajese un
-guitarrillo y se cantase por lo más jondo. El pobre juraba y perjuraba
-que no sabía sino unas coplillas, pero sin música, y al fin le soltamos,
-bajo palabra de que nos traería un buen cantaor y tocaor de bandurria
-para que nos echase polos y peteneras hasta morir. Por fortuna hizo la
-del humo.
-
-Yo, á todo esto, más divertida que en un sainete, y dispuesta á
-entenderme con las chuletas y el champagne. Comprendía, sí, que mis
-pupilas destellaban lumbre y en mis mejillas se podía encender un
-fósforo; pero lejos de percibir el atolondramiento que suponía precursor
-de la embriaguez, sólo experimentaba una animación agradabilísima, con
-la lengua suelta, los sentidos excitados, el espíritu en volandas y
-gozoso el corazón. Lo que más me probaba que _aquello_ no era cosa
-alarmante, era que comprendía la necesidad de guardar en mis dichos y
-modales cierta reserva de buen gusto; y en efecto, la guardaba, evitando
-toda palabra ó movimiento que siendo inocente pudiese parecer equívoco,
-sin dejar por eso de reir, de elogiar los guisos, de mostrarme jovial,
-en armonía con la situación... Porque allí, vamos, convengan Vds. en
-ello, también sería muy raro estar como si me hubiese tragado el
-molinillo.
-
-
-
-
-VI
-
-
-Pacheco, por su parte, me llevaba la corriente; cuidaba de que nunca
-estuviesen vacíos mi vaso ni mi plato, y ajustaba su humor al mío con
-tal esmero, cual si fuese un director de escena encargado de entretener
-y hacer pasar el mejor rato posible á un príncipe. ¡Ay! Porque eso sí:
-tengo que rendirle justicia al grandísimo socarrón, y una vez que me
-encuentro á solas con mi conciencia, reconocer que, animado, oportuno,
-bromista y (admitamos la terrible palabra) en _juerga_ redonda conmigo,
-como se encontraba al fin y al cabo Pacheco, ni un dicho libre, ni una
-acción descompuesta ó siquiera familiar llegó á permitirse. En ocasión
-tan singular y crítica, hubiera sido descortesía y atrevimiento lo que
-en otra mero galanteo ó _flirtación_ (como dicen los ingleses). Esto lo
-entendía yo muy bien, aun entonces, y á la verdad, temía cualquiera de
-esas insinuaciones impertinentes que dejan á una mujer volada y le
-estropean el mejor rato. Sin la caballerosa delicadeza de Pacheco,
-aquella situación en que impremeditadamente me había colocado pudo ser
-muy ridícula para mí. Pero la verdad por delante: su miramiento fué tal,
-que no me echó ni una flor, mientras hartaba de lindas, simpáticas y
-retrecheras á las gitanas, á la chica del puñal de níquel y hasta á la
-fregona del estropajo. Cierto que á veces sorprendí sus ojos azules que
-me devoraban á hurtadillas; sólo que apenas notaba que yo había caído en
-la cuenta, los desviaba á escape. Su acento era respetuoso, sus frases
-serias y sencillas al dirigirse sólo á mi. Ahora se me figura que tantas
-exquisiteces fueron calculadas, para inspirarme confianza é interés: ¡ah
-malvado! Y bien que me iba comprando con aquel porte fino.
-
-Surgió de repente ante nosotros, sin que supiésemos por donde había
-entrado, una figurilla color de yesca, una gitanuela de algunos trece
-años, típica, de encargo para modelo de un pintor: el pelo azulado de
-puro negro, muy aceitoso, recogido en castaña, con su peina de cuerno y
-su clavel sangre de toro; los dientes y los ojos brillantes, por
-contraste con lo atezado de la cara; la frente chata como la de una
-víbora, y los brazos desnudos, verdosos y flacos lo mismo que dos
-reptiles. Y con el propio tonillo desgarrado de las demás, empezó la
-retahila consabida:
-
---En er nombre de Dió Pare, Jijo...
-
-De esta vez, la chica del merendero montó en cólera, y dando al diablo
-sus pujos de señorita, se convirtió en chula de las más boquifrescas.
-
---¿Hase visto hato de pindongas? ¿No dejarán comer en paz á las personas
-decentes? ¿Conque las barre uno por un lado y se cuelan por otro? ¿Y
-cómo habrá entrado aquí semejante calamidá, digo yo? Pues si no te
-largas más pronto que la luz, bofetá como la que te arrimo no la has
-visto tú en tu vía. Te doy un recorrío al cuerpo, que no te queda lengua
-pa contarlo.
-
-La chiquilla huyó más lista que un cohete; pero no habrían transcurrido
-dos segundos, cuando vimos entreabrirse la lona que nos protegía las
-espaldas, y por la rendija del lienzo asomó una geta que parecía la del
-mismo enemigo, unos dientes que rechinaban, un puño cerrado, negro como
-una bola de bronce, y la gitanilla becerreó:
-
---Arrastrá, condená, tía cochina, que malos retortijones te arranquen
-las tripas, y malos mengues te jagan picaíllo e los jígados, y malas
-culebras te piquen, y remardita tiña te pegue con er moño pa que te
-quedes pelá como tu ifunta agüela...
-
-Llegaba aquí de su rosario de maldiciones, cuando la del puñal, que así
-se vió tratada, empuñó el rabo de una cacerola y se arrojó como una
-fiera á descalabrar á la egipcia: al hacerlo, dió con el codo a una
-botella de jerez, que se derramó entera por el mantel. Este incidente
-hizo que la chica, olvidando el enojo, se echase á reir
-exclamando:--¡Alegría, alegría! Vino en el mantel... ¡boda segura!--y,
-por supuesto, la gitana tuvo tiempo de afufarse más pronta que un
-pájaro.
-
-No ocurrió durante el almuerzo ninguna otra cosa que recordarse merezca,
-y lo bien que hago memoria de todo cuanto pasó en él, me prueba que
-estaba muy despejada y muy sobre mí. Apuramos el último sorbo de
-champagne y un empecatado café; saldó Pacheco la cuenta, gratificando
-como Dios manda, y nos levantamos con ánimo de recorrer la romería.
-Notaba yo cierta ligereza insólita en piernas y piés; me figuraba que se
-había suprimido el peso de mi cuerpo, y, en vez de andar, creía
-deslizarme sobre la tierra.
-
-Al salir, me deslumbró el sol: ya no estaba en el cenit ni mucho menos;
-pero era la hora en que sus rayos, aunque oblicuos, queman más: debían
-de ser las tres y media ó cuatro de la tarde, y el suelo se rajaba de
-calor. Gente, triple que por la mañana, y veinte veces más bullanguera y
-estrepitosa. Al punto que nos metimos entre aquel bureo, se me puso
-cabeza que me había caído en el mar: mar caliente, que hervía á
-borbotones, y en el cual flotaba yo dentro de un botecillo chico como
-una cáscara de nuez: golpe va y golpe viene, ola arriba y ola abajo.
-¡Sí, era el mar; no cabía duda! ¡El mar, con toda la angustia y
-desconsuelo del mareo que empieza!
-
-Lejos de disiparse esta aprensión, se aumentaba mientras iba
-internándome en la romería apoyada en el brazo del gaditano. Nada,
-señores, que estaba en mitad del golfo. Los innumerables ruidos de
-voces, disputas, coplas, pregones, juramentos, vihuelas, organillos,
-pianos, se confundían en un rumor nada más: el mugido sordo con que el
-Océano se estrella en los arrecifes: y allá á lo lejos, los columpios,
-lanzados al aire con vuelo vertiginoso, me representaban lanchas y
-falúas balanceadas por el oleaje. ¡Ay Dios mío, y qué desvanecimiento me
-entró al convencerme de que en efecto me encontraba en alta mar! Me
-agarré al brazo de Pacheco como me agarro en la temporada de baños al
-cuello del bañero robusto, para que no me lleve el agua... Sentía un
-pánico atroz y no me atrevía á confesarlo, porque tal vez mi acompañante
-se reiría de mí, por fuera ó por dentro, si le dijese que me mareaba,
-que me mareaba á toda prisa.
-
-Una peripecia nos detuvo breves instantes. Fué una pelea de mujerotas.
-Pelea muy rara: por lo regular, estas riñas van acompañadas de
-vociferaciones, de chillidos, de injurias, y aquí no hubo nada de eso.
-Eran dos mozas: una que tostaba garbanzos en una sartén puesta sobre
-una hornilla: otra que pasó y con las sayas derribó el artilugio. Jamás
-he visto en rostro humano expresión de ferocidad como adquirió el de la
-tostadora. Más pronta que el rayo, recogió del suelo la sartén, y
-echándose á manera de irritada tigre sobre la autora del desaguisado, le
-dió con el filo en mitad de la cara. La agredida se volvió sin exhalar
-un ay, corriéndole de la ceja á la mejilla un hilo de sangre; y
-trincando á su enemiga por el moño, del primer arrechucho le arrancó un
-buen mechón, mientras le clavaba en el pescuezo las uñas de la mano
-izquierda: cayeron á tierra las dos amazonas, rodando entre trébedes,
-hornillas y cazos; se formó alrededor corro de mirones, sin que nadie
-pensase en separarlas, y ellas seguían luchando, calladas y pálidas como
-muertas, una con la oreja rasgada ya, otra con la sien toda
-ensangrentada y un ojo medio saltado de un puñetazo. Los soldados se
-reían á carcajadas y les decían requiebros indecentes, en tanto que se
-despedazaban las infelices. Advertí por un instante que se me quitaba el
-mareo, á fuerza de repugnancia y lástima: me acordé de mi paisano Pardo,
-y de aquello del salvajismo y la barbarie española. Pero duró poco esta
-idea, porque en seguidita se me ocurrió otra muy singular: que las dos
-combatientes eran dos pescados grandes, así como golfines ó tiburones, y
-que á coletazos y mordiscos, sin chistar, estaban haciéndose trizas. Y
-este pensamiento me renovó la fatiga del mareo de tal modo, que arrastré
-á Pacheco.
-
---Vámonos de aquí... No me gusta ver esto... Se matan.
-
-Preguntóme Don Diego si me sentía mal, en cuyo caso no visitaríamos los
-barracones donde enseñan panoramas y fenómenos. Respondí muy picada que
-me encontraba perfectamente y capaz de examinar todas las curiosidades
-de la romería. Entramos en varias barracas y vimos un enano, un ternero
-de dos cabezas, y por último, la mujer de cuatro piernas, muy pizpireta,
-muy escotada, muy vestida de seda azul con puntillas de algodón, y que
-enseñaba sonriendo--la risa del conejo--sus dobles muñones al extremo de
-cada rodilla. En esta pícara barraca se apoderó de mí, con más fuerza
-que nunca, la convicción de que me hallaba en alta mar, entregada á los
-vaivenes del Océano. En el lado izquierdo del barracón había una serie
-de agujeritos redondos por donde se veía un cosmorama: y yo empeñada en
-que eran las portas del buque, sin que me sacase de mi error el que al
-través de las susodichas portas se divisase, en vez del mar, la plaza
-del Carrousel... el Arco de la Estrella... el Coliseo de Roma... y otros
-monumentos análogos. Las perspectivas arquitectónicas me parecían
-desdibujadas y confusas, con gran temblequeteo y vaguedad de contornos,
-lo mismo que si las cubriese el trémulo velo de las olas. Al volverme y
-fijarme en el costado opuesto de la barraca, los grandes espejos de
-_rigolada_, de lunas cóncavas ó convexas, que reflejaban mi figura con
-líneas grotescamente deformes, me parecieron también charcos de agua de
-mar... ¡Ay, ay, ay, qué malo se pone esto! Un terror espantoso cruzó por
-mi mente: ¿apostemos á que todas estas chifladuras marítimas y náuticas
-son pura y simplemente una... vamos, una _filoxerita_, como ahora dicen?
-¡Pero si he bebido poco! ¡Si en la mesa me encontraba tan bien!
-
---Hay que disimular--pensé.--Que Pacheco no se entere... ¡Virgen, y qué
-vergüenza si lo nota!... Volver á Madrid corriendo... ¡Quiá! El
-movimiento del coche me pierde, me acaba, de seguro... Aire, aire... ¡Si
-hubiese un rincón donde librarse de este gentío!
-
-O Pacheco leyó en mis pensamientos, ó coincidió conmigo en sensaciones,
-pues se inclinó y en el tono más cariñoso y deferente murmuró á mi oído:
-
---Hace aquí un calor intolerable... ¿Verdad que sí? ¿Quiere V. que
-salgamos? Daremos una vueltecita por la pradera y la alameda; estará más
-despejado y más fresco.
-
---Vamos--respondí fingiendo indiferencia, aunque veía el cielo abierto
-con la proposición.
-
-
-
-
-VII
-
-
-Salimos de la barraca y bajamos del cerro á la alameda, siempre
-empujados y azotados por la ola del gentío, cuyas aguas eran más densas
-según iba acercándose la noche. Llegó un momento en que nos encontramos
-presos en remolino tal, que Pacheco me apretó fuertemente el brazo y
-tiró de mí para sacarme á flote. Me latían las sienes, se me encogía el
-corazón y se me nublaban los ojos: no sabía lo que me pasaba: un sudor
-frío bañaba mi frente. Forcejeábamos deseando romper por entre el grupo,
-cuando nos paró en firme una cosa tremenda que se apareció allí,
-enteramente á nuestro lado: un par de navajas desnudas, de esas _lenguas
-de vaca_ con su letrero de _si esta víbora te pica no hay remedio en la
-botica_, volando por los aires en busca de las tripas de algún prójimo.
-También relucían machetes de soldados, y se enarbolaban garrotes, y se
-oían palabras soeces, blasfemias de las más horribles... Me arrimé
-despavorida al gaditano, el cual me dijo á media voz:
-
---Por aquí... No pase V. cuidado... Vengo prevenido.
-
-Le vi meter la mano en el bolsillo derecho del chaleco y asomarse á él
-la culata de un revólver: vista que redobló mi susto y mis esfuerzos
-para desviarme. No nos fué difícil, porque todo el mundo se arremolinaba
-en sentido contrario, hacia el lugar de la pendencia. Pronto
-retrocedimos hasta la alameda, sitio relativamente despejado. Allí y
-todo continuaban mis ilusiones marítimas dándome guerra. Los carruajes,
-los carros de violín, los ómnibus, las galeras, cuantos vehículos
-estaban en espera de sus dueños, me parecían á mí embarcaciones
-fondeadas en alguna bahía ó varadas en la playa, paquetes de vapor con
-sus ruedas, quechemarines con su arboladura. Hasta olor á carbón de
-piedra y á brea notaba yo. Que sí, que me había dado por la náutica.
-
---¿Vámonos á la orilla... allí, donde haya silencio?--supliqué á
-Pacheco.--¿Donde corra fresquito y no se vea un alma? Porque la gente me
-mar...
-
-Un resto de cautela me contuvo á tiempo, y rectifiqué:
-
---Me fatiga.
-
---¿Sin gente? Dificilillo va á ser hoy... Mire V.--Y Pacheco señaló,
-extendiendo la mano.
-
-Por la praderita verde, por las alturas peladas del cerro, por cuanta
-extensión de tierra registrábamos desde allí, bullía el mismo hormigueo
-de personas, igual confusión de colorines, balanceo de columpios, girar
-de tíos vivos y corros de baile.
-
---Hacia allá--murmuré--parece que hay un espacio libre...
-
-Para llegar adonde yo indicaba, era preciso saltar un vallado, bastante
-alto por más señas. Pacheco lo salvó, y desde el lado opuesto me tendió
-los brazos. ¡Cosa más particular! Pegué el brinco con agilidad
-sorprendente. Ni notaba el peso de mi cuerpo; se había derogado para mí
-la ley de gravedad: creo que podría hacer volatines. Eso sí, la firmeza
-no estaba en proporción con la agilidad, porque si me empujan con un
-dedo, me caigo y boto como una pelota.
-
-Atravesamos un barbecho, que fué una serie de saltos de surco á surco,
-y por senderos realmente solitarios fuimos á parar á la puerta de una
-casuca que se bañaba los piés en el Manzanares. ¡Ay, qué descanso! Verse
-uno allí casi solo, sin oir apenas el estrépito de la romería, con un
-fresquito delicioso venido de la superficie del agua, y con la media
-obscuridad ó al menos la luz tibia del sol que iba poniéndose...
-¡Alabado sea Dios! Allá queda el tempestuoso Océano con sus olas
-bramadoras, sus espumarajos y sus arrecifes, y héteme al borde de una
-pacífica ensenada, donde el agua sólo tiene un rizado de onditas muy
-mansas que vienen á morir en la arena sin meterse con nadie...
-
-¡Dale con el mar! ¡Mire V. que es fuerte cosa! ¿Si continuará aquello?
-¿Si...?
-
-A la puerta de la casuca asomó una mujer pobremente vestida y dos
-chiquillos harapientos, que muy obsequiosos me sacaron una silla.
-Sentóse Pacheco á mi lado sobre unos troncos. Noté bienestar
-inexplicable, y me puse á mirar cómo se acostaba el sol, todo ardoroso y
-sofocado, destellando sus últimos resplandores en el Manzanares. Es
-decir, en el Manzanares no: aquello se parecía extraordinariamente á la
-bahía viguesa. La casa también se había vuelto una lancha muy airosa que
-se mecía con movimiento insensible: Pacheco, sentado en la popa, oprimía
-contra el pecho la caña del timón, y yo, muellemente reclinada á su
-lado, apoyaba un codo en su rodilla, recostaba la cabeza en su hombro,
-cerraba los ojos para mejor gozar del soplo de la brisa marina que me
-abanicaba el semblante... ¡Ay madre mía, qué bien se va así!... De aquí
-al cielo...
-
-Abrí los párpados... ¡Jesús, qué atrocidad! Estaba en la misma postura
-que he descrito, y Pacheco me sostenía en silencio y con exquisito
-cuidado, como á una criatura enferma, mientras me hacía aire, muy
-despacio, con mi propio pericón...
-
-No tuve tiempo de reflexionar en situación tan rara. No me lo permitió
-el afán, la fatiga inexplicable que me entró de súbito. Era como si me
-tirasen del estómago y de las entrañas hacia afuera con un garfio para
-arrancármelas por la boca. Llevé las manos á la garganta y al pecho, y
-gemí:
-
---¡A tierra, á tierra! ¡Que se pare el vapor... me mareo, me mareo! ¡Que
-me muero!... ¡Por la Virgen, á tierra!
-
-Cesé de ver la bahía, el mar verde y espumoso, las crespas olitas; cesé
-de sentir el soplo del Nordeste y el olor del alquitrán... Percibí, como
-entre sueños, que me levantaban en vilo y me trasladaban... ¿Estaríamos
-desembarcando? Entreoí frases que para mí entonces carecían de
-sentido.--«Probetica, sa puesto mala.--Por aquí, señorito...--Sí que hay
-cama y lo que se nesecite...--Mandar...»--Sin duda ya me habían
-depositado en tierra firme, pues noté un consuelo grandísimo, y luego
-una sensación inexplicable de desahogo, como si alguna manaza gigantesca
-rompiese un aro de hierro que me estaba comprimiendo las costillas y
-dificultando la respiración. Di un suspiro y abrí los ojos...
-
-Fué un intervalo lúcido, de esos que se tienen aun en medio del síncope
-ó del acceso de locura, y en que comprendí claramente todo cuanto me
-sucedía. No había mar, ni barco, ni tales carneros, sino turca de padre
-y muy señor mío: la tierra firme era el camastro de la tabernera, el aro
-de hierro el corsé que acababan de aflojarme; y no me quedé muerta de
-sonrojo allí mismo, porque no vi en el cuarto á Pacheco. Sólo la mujer
-morena y alta, muy afable, se deshacía en cuidados, me ofrecía toda
-clase de socorros...
-
---No, gracias... Silencio, y estar á obscuras... Es lo único... Bien,
-sí, llamaré si ocurre. Ya, ya me siento mejor... Silencio y dormir; no
-necesito más.
-
-La mujer entornó el ventanuco por donde entraba en el chiribitil la luz
-del sol poniente, y se marchó en puntillas. Me quedé sola: me dominaba
-una modorra invencible: no podía mover brazo ni pierna; sin embargo, la
-cabeza y el corazón se me iban sosegando por efecto de la penumbra y la
-soledad. Cierto que andaba otra vez á vueltas con la manía náutica, pues
-pensaba para mis adentros:--¡Qué bien me encuentro así... en este
-camarote... en esta litera!... ¡Y qué serena debe de estar la mar!...
-¡Ni chispa de balance! ¡El barco no se mueve!
-
-Yo había oído asegurar muchas veces que si tenemos los ojos cerrados y
-alguna persona se pone á mirarnos fijamente, una fuerza inexplicable nos
-obliga á abrirlos. Digo que es verdad, y lo digo por experiencia. En
-medio de mi sopor empecé á sentir cierta comezón de alzar los párpados
-y una inquietud especial, que me indicaba la presencia de _alguien_ en
-el tugurio... Entreabrí los ojos, y con gran sorpresa vi el agua del
-mar; pero no la verde y plomiza del Cantábrico, sino la del
-Mediterráneo, azul y tranquila... Las pupilas de Pacheco, como Vds. se
-habrán imaginado. Estaba de pié, y cuando clavé en él la mirada, se
-inclinó y me arregló delicadamente la falda del vestido para que me
-cubriese los piés.
-
---¿Cómo vamos? ¿Hay ánimos para levantarse?--murmuró: es decir, sería
-algo por el estilo, pues no me atrevo á jurar que dijese esto. Lo que
-afirmo es que le tendí las dos manos con un cariñazo repentino y
-descomunal, porque se me había puesto en el moño que me encontraba allí
-abandonadita en medio de un golfo profundo, y que iba á ahogarme si no
-acierta á venir en mi auxilio Pacheco. El tomó las manos que yo ofrecía,
-las apretó muy afectuoso, me tentó los pulsos y apoyó su derecha en mis
-sienes y frente, ¡Cuánto bien me hacía aquella presioncita cuidadosa y
-firme! Como si me volviese á encajar los goznes del cerebro en su
-verdadero sitio, dándoles aceite para que girasen mejor. Le estreché la
-mano izquierda... ¡Qué pegajoso, qué majadero se vuelve uno en estas
-situaciones... anormales! Yo me estaba muriendo por mimos, igual que una
-niña pequeña... ¡Quería que me tuviesen lástima!... Es sabido que á
-mucha gente le dan las turcas por el lado tierno. Ganas me venían de
-echarme á llorar, por el gusto de que me consolasen.
-
-Había á la cabecera de la cama una mugrienta silla de Vitoria, y el
-gaditano tomó asiento en ella acercando su cara á la dura almohada donde
-reclinaba la mía. No sé qué me fué diciendo por lo bajo: sí que eran
-cositas muy dulces y zalameras, y que yo seguía estrujándole la mano
-izquierda con fuerza convulsiva, sonriendo y entornando los párpados,
-porque me parecía que de nuevo bogábamos en el esquife, y las olas
-hacían un _¡clap! ¡clap!_ armonioso contra el costado. Sentí en la
-mejilla un soplo caliente, y luego un contacto parecido al revoloteo de
-una mariposa. Sonaron pasos fuertes, abrí los ojos, y vi á la mujer alta
-y morena, figonera, tabernera ó lo que fuese.
-
---¿La traigo una tacita de té, señorita? Lo tengo mu bueno, no se
-piensen ustés que no... Se le pué echar unas gotas de ron, si les
-parece...
-
---¡No, ron no!--articulé muy quejumbrosa, como si pidiese que no me
-mataran.
-
---¡Sin ron... y calentito!--mandó Pacheco.
-
-La mujer salió. Cerré otra vez los ojos. Me zumbaban los sesos: ni que
-tuviese en ellos un enjambre de abejas. Pacheco seguía apretándome las
-sienes, lo cual me aliviaba mucho. También noté que me esponjaba la
-almohada, que me alisaba el pelo. Todo de una manera tan insensible,
-como si una brisa marina muy mansa me jugase con los rizos. Volvieron á
-oirse los pasos y el duro taconeo.
-
---El té, señorito... ¿Se lo quié usté dar ó se lo doy yo?
-
---Venga--exclamó el meridional.
-
-Le sentí revolver con la cucharilla y que me la introducía entre los
-labios. Al primer sorbo me fatigó el esfuerzo y dije _que no_ con la
-cabeza; al segundo me incorporé de golpe, tropecé con la taza, y ¡zas!
-el contenido se derramó por el chaleco y pantalón de mi enfermero. El
-cual, con la insolencia más grande que cabe en persona humana, me
-preguntó:
-
---¿No lo quieres ya? ¿O te pido otra tacita?
-
-Y yo... ¡Dios de bondad! ¡De esto sí que estoy segura! le contesté
-empleando el mismo tuteo y muy mansa y babosa:
-
---No, no pidas más... Se hace noche... Hay que salir de aquí... Veremos
-si puedo levantarme. ¡Qué mareo, Señor, qué mareo!
-
-Tendí los brazos confiadamente: el malvado me recibió en los suyos, y
-agarrada á su cuello, probé á saltar del camastro. Con el mayor recato y
-comedimiento, Pacheco me ayudó á abrocharme, estiró las guarniciones de
-mi saya de surá, me presentó el imperdible, el sombrero, el velito, el
-agujón, el abanico y los guantes. No se veía casi nada, y yo lo atribuía
-á la mezquindad del cuchitril; pero así que, sostenida por Pacheco y
-andando muy despacio, salí á la puerta del figón, pude convencerme de
-que la noche había cerrado del todo. Allá á lo lejos, detrás del muro
-que cercaba el campo, hormigueaba confusamente la romería, salpicada de
-lucecillas bailadoras, innumerables...
-
-La calma de la noche y el aire exterior me produjeron el efecto de una
-ducha de agua fría. Sentí que la cabeza se me despejaba y que así como
-se va la espuma por el cuello de la botella de champagne, se escapaban
-de mi mollera en burbujas el sol abrasador y los espíritus alcohólicos
-del endiablado vino compuesto. Eso sí: en lugar de meollo me parecía que
-me quedaba un sitio hueco, vacío, barrido con escoba... Encontrábame
-aniquilada, en el más completo idiotismo.
-
-Pacheco me guiaba sin decir oxte ni moxte. Derechos como una flecha
-fuimos adonde mi coche aguardaba ya. Sus dos faroles lucían á la entrada
-de la alameda, en el mismo sitio en que por la mañana le mandáramos
-esperar. Entré y me dejé caer en el asiento, medio exánime. Pacheco me
-siguió, dió una orden, y la berlina empezó á rodar poco á poco.
-
-¡Ay Dios de mi vida! ¿Quién soñó que se habían acabado ya los barcos, el
-oleaje, mis fantasías marítimas todas? ¡Pues si ahora es cuando
-navegábamos de veras, encerrados en el camarote de un trasatlántico, y á
-cada tres segundos cuchareaba el buque ó cabeceaba bajando á los abismos
-del mar y arrastrándome consigo! La voz de Pacheco no era tal voz, sino
-el ruido del viento en las jarcias... ¡Nada, nada, que hoy naufrago!
-
---¡Vas disgustá conmigo?--gemía á mi oído el sudoeste. No vayas. Mira,
-bien callé y bien prudente fuí... Hasta que me apretaste la mano...
-Perdón, sielo, me da una pena verte afligía... Es una rareza en mí,
-pero estoy así como aturdido de pensar si te enfadarás por lo que te
-dije... Pobrecita, no sabes lo guapa que estabas mareá... Los ojos tuyos
-echaban lumbre... ¡Vaya unos ojos que tienes tú! Anda, descansa así, en
-el hombro mío. Duerme, niñita, duerme...
-
-Tal vez equivoque yo las palabras, porque resultaban un murmullo y no
-más... Lo que sí recuerdo con absoluta exactitud es esta frase, que sin
-duda cayó en el intervalo de una ola á otra:
-
---¿Sabes qué decían en aquel figón? Pues que debíamos de ser recién
-casados..., «porque él la trata con mucho cariño y no sabe qué hacer
-para cuidarla.»
-
-Y puedo jurar que no me acuerdo de ninguna cosa más; de ninguna. Sí...,
-pero muy vagamente: que el coche se detuvo á mi puerta, y que por las
-escaleras me ayudó á subir Pacheco, y que desfallecida y atónita como me
-encontraba, le rogué que no entrase, sin duda obedeciendo á un instinto
-de precaución. No sé lo que me dijo al despedirse; sé que la despedida
-fué rápida y sosa. A la Diabla, que al abrir me incrustó en la cara su
-curioso mirar, le expliqué tartamudeando que me había hecho daño el sol,
-que deseaba acostarme. Claro que se habrá comido la partida... Sí, que
-se mama ella el dedo... ¡Buenas cosas pensará á estas horas de mí!
-
-Me precipité á mi cuarto, me eché en la cama, me puse de cara á la
-pared, y aunque al pronto volví á amodorrarme, hacia las tres de la
-madrugada empezó la función y se renovó mi padecimiento. No quise llamar
-á Angela... ¡Para que se escamase tres veces más! ¡Ay qué noche... noche
-de perros! ¡Qué bascas, qué calentura, qué pesadillas, que aturdimiento,
-qué jaqueca al despertar!
-
-Y sobre todo, ¡qué compromiso, qué lance, qué parchazo! ¡Qué lío tan
-espantoso!... ¡Qué resbalón! (ya es preciso convenir en ello).
-
-
-
-
-VIII
-
-
-Convengamos; pero también en que Pacheco, habiéndose portado tan
-correctamente al principio, no debió luego echarla á perder. Si yo, por
-culpa de las circunstancias--eso es, de las circunstancias
-inesperadísimas en que me he visto,--pude darle algún pié, á la verdad,
-ningún caballero se aprovecha de ocasiones semejantes; al contrario, en
-ellas debe manifestar su educación, si la tiene. Yo me trastorné
-completamente, por lo mismo que nunca anduve en pasos como éstos; yo no
-estaba en mi cabal juicio, no señor; yo no tenía responsabilidad, y él,
-el grandísimo pillo, tan sereno como si le acabasen de enfriar en el
-pozo... Lo dicho: ¡fué una osadía, una serranada incalificable!
-
-Cuanto más lo pienso... ¡Un hombre que hace veinticuatro horas no había
-cruzado conmigo media docena de palabras; un hombre que ni siquiera es
-visita mía! Cierta heroína de novela, de las que yo leía siendo
-muchacha, en un caso así recuerdo que empezó á devanarse los sesos
-preguntándose á sí propia: «¿Le amo?» ¡Valiente tontería la de aquella
-simple! ¡Qué amor ni qué!... Caso de preguntar, yo me preguntaría: «¿Le
-conozco á este caballero?» Porque maldito si sé hasta ni cómo se llama
-de segundo apellido... Lo que sé es que le detesto y le juzgo un
-pillastre. Motivos tengo sobrados. ¡Que se ponga en mi caso cualquiera!
-
-Y ahora... Supongamos que, naturalmente, cuando él aporte por aquí, me
-cierro á la banda y doy orden terminante á los criados: que he salido.
-Se pondrá furioso, y lo menos que hará, con el despecho, irse alabando
-en casa de Sahagún... Porque de fijo es uno de esos tipos que pegan
-carteles en las esquinas... ¡Como si lo viera! Y resistir que se me
-presente tan fresco... vamos, es de lo que no pasa. Una, que me daría un
-sofoco de primera; otra, que en estas cosas, si no se empieza cortando
-por lo sano... Me parece lo más natural. Me niego... y se acabó.
-Escribirá... Bien, no contesto. Y dentro de unos días, como ya salgo de
-Madrid... Sí, todo se arregla.
-
-Y... á sangre fría, Asís... ¿Es ese descarado quien tiene la culpa toda?
-Vamos, hija, que tú... ¿Quién te mandaba satisfacer el caprichito de ir
-al Santo y de acompañarte con una persona casi desconocida, y de
-almorzar allí en un merendero churri, como si fueses una salchichera de
-los barrios bajos? ¿Por qué probaste del vino aquel, que está encabezado
-con el _amílico_ más venenoso? ¿No sabías que, aun sin vino, á ti el sol
-te marea?
-
-Te dejaste embarcar por la Sahagún... Pero la Sahagún... Para ciertas
-personas no rigen las ordenanzas sociales. La Sahagún, no sólo es muy
-experta, y muy despabilada, y discretísima, y una de esas mujeres á
-quienes nadie se les atreve no queriendo ellas, sino que con su alta
-posición convierte en excentricidad graciosa é inofensiva lo que en las
-demás se toma por desvergüenza y liviandad. Hay gentes que tienen
-permiso para todo, y se imponen, y les caen bien hasta las barrabasadas.
-Pero yo, que soy una señora como todas, una de tantas, debo respetar el
-orden establecido y no meterme en honduras. Era visto que Pacheco se
-había de figurar desde el primer instante... No, no es justo acusarle á
-él solo.
-
-Bien dice mi paisano. Somos ordinarios y populacheros; nos pule la
-educación treinta años seguidos, y renace la corteza... Una persona
-decente, en ciertos sitios obra lo mismo que obraría un mayoral. Aquí
-estoy yo, que me he portado como una chula.
-
-Es decir... más bien obré como una tonta. Caí de inocente. No supe
-precaver, pero no hubo en mí mala intención. Ello ocurrió... porque sí.
-Me pesa, Señor. En toda mi vida me ha sucedido ni ha de volver á
-sucederme cosa semejante... De eso respondo, y ahora, á remediar el
-daño. Puerta cerrada, esquinazo, mutis. No me vuelve á ver el pelo el
-señorito ese. En tomando el tren de Galicia... Y sin tanto. Declaro la
-casa en estado de sitio... Aquí no entra una mosca. Ya verá si es tan
-fácil marear á una mujer cuando ella sabe lo que se hace.
-
-
-
-
-IX
-
-
-Así, punto más, punto menos, hubiese redactado su declaración la dama,
-si confiase al papel lo que la bullía en el magín. No afirmamos que, aun
-dialogando con su conciencia propia, fuese la marquesa viuda de Andrade
-perfectamente sincera, y no omitiese algún detalle que agravara su tanto
-de culpa en el terreno de la imprevisión, la ligereza ó la coquetería.
-Todo es posible, y no conviene salir fiador de nadie en este género de
-confesiones, que nunca se hacen sin pelos en la lengua y restricciones
-en la mente.
-
-Sin embargo, no puede negarse que la señora había referido con bastante
-franqueza el terrible episodio, tanto más terrible para ella, cuanto que
-hasta dar este mal paso caminara con pié firme y alegre espíritu por la
-senda de la honestidad. Mérito suyo, más que fruto de la educación
-paterna, no muy rígida, ni excesivamente vigilante. A Asís se le habían
-cumplido cuantos caprichos puede tener en un pueblo como Vigo una niña
-rica, huérfana de madre, y única. A los veinte años de edad, asistiendo
-á todos los bailes del Casino, á todos los paseos en la Alameda, á todas
-las verbenas y romerías de Cristos y Pastoras, visitando todos los
-buques de todas las escuadras que fondeaban en el puerto, Asís no había
-hecho cosa esencialmente mala, pues no hay severidad que baste á
-condenar de un modo riguroso el carteo con un teniente de navío, á quien
-veía be higos á brevas--cuando la _Villa de Bilbao_ andaba por aquellas
-aguas.--Entonces le entró al papá de Asís, acaudalado negociante, la
-ventolera de las contratas, acompañada, naturalmente, de la necesidad de
-meterse en política; tuvo distrito, y contrata va y legislatura viene,
-comenzó á llevarse á su hija á Madrid todos los inviernos, á dar una
-vueltecita--la frase sacramental.--Hospedábanse en casa de un primo de
-la difunta mamá de Asís, el marqués de Andrade, consejero de Estado,
-porque Asís era fruto de una de esas alianzas entre blasones y talegas,
-que en Galicia y en todas partes se ven tan á menudo, sin que tuerza el
-gesto ningún venerable retrato de familia, ni ningún abuelo se
-estremezca en su tumba. El consejero de Estado se encontraba viudo y sin
-descendencia; conservaba un cerquillo de pelo alrededor de una lucia
-calva; poseía buenos modales, carácter ameno (en la corte no existen
-viejos avinagrados) y la suficiente mundología para saber cómo ha de
-insinuarse un cincuentón con una muchacha. Asís empezó por enseñarle á
-su tío, bromeando, las cartas del marino, y acabó por escribir á éste
-una significándole que sus relaciones «quedaban cortadas para siempre».
-Y así fué, y la esbelta sombra con gorrilla blanca y levita azul y
-anclas de oro no se apareció jamás al pié del tálamo de los marqueses de
-Andrade.
-
-El Marqués tuvo el talento de no ser celoso y hacerle grata á su mujer
-la vida conyugal. Hasta se separó de otra hermana suya--con la cual
-vivía desde su primer matrimonio--porque era devota, maniática, opuesta
-á la sociedad y á las distracciones, y no podía congeniar con la joven
-esposa; y no se mostró remiso en aflojar dinero para modistas, ni en
-gastar tiempo en teatros, saraos y tertulias. También supo evitar el
-delirio de los extremos amorosos, impropios de su edad y la de Asís
-combinadas; dejó dormir lo que no era para despertado, y así logró siete
-años de tranquila ventura y una chiquilla algo enclenque, que únicamente
-revivía con los aires marinos y agrestes de la tierra galaica. Un
-derrame seroso cortó el curso de los días del buen consejero de Estado,
-y Asís quedó libre, rica, moza, bien mirada y con el alma serena.
-
-Pasaba en Madrid los inviernos, teniendo á su niña de medio interna en
-un atildado colegio francés; los veranos se iba á Vigo, al lado de su
-papá; á veces (como sucedía ahora), el viaje de la chiquilla se
-adelantaba un poco, porque el abuelo, al cerrarse las Cortes, se la
-llevaba consigo á desencanijarse en la aldea... Asís la dejaba marchar
-de buen grado. El amor maternal era en ella lo que había sido el cariño
-conyugal: sentimiento apacible, exento de esas divinas locuras que
-abrasan el alma y dan á la existencia sentido nuevo. La marquesa de
-Andrade vivía contenta, algo envanecida de haber soltado la cáscara
-provinciana, y satisfecha también de conservar su honradez como la
-conservan allá en Vigo las señoras muy visibles, que no dan un paso sin
-que el vecindario sepa si fué con el pié izquierdo ó el derecho.
-Entretenía sus ocios pensando, por ejemplo, que el último vestido que le
-había mandado su modista era tan gracioso y menos caro que el de Worth
-de la Sahagún; que estaba á bien con el Padre Urdax, merced á haber
-entrado en una asociación benéfica muy recomendada por los jesuítas; que
-ella era una dama formal, intachable, y que, sin embargo, no dejaban de
-citarla con elogio en las revistas de salones alguna que otra vez; que
-podía vivirse en el mundo sin abrir paso al demonio, y que ni el mundo
-ni Dios tenían por qué volverle la espalda.
-
-Y ahora...
-
-
-
-
-X
-
-
-Oyendo un nuevo repiqueteo de campanilla, acudió Angela despavorida, á
-ver _qué era_. Su ama estaba medio incorporada sobre un codo.
-
---Venga quien venga, ¿entiendes?, venga quien venga..., que he salido.
-
---A todo el mundo, vamos; que ha salido la señorita.
-
---A todo el mundo: sin excepción. Cuidadito como me dejas entrar á
-nadie.
-
---¡Jesús, señorita! Ni el aire entrará.
-
---Y prepárame el baño.
-
---¿El baño? ¿No le sentará mal á la señorita?
-
---No--contestó Asís secamente.--(¡Manía de meterse en todo tienen estas
-doncellas!)
-
---¿Y la orden del coche, señorita? Ya dos veces ha venido Roque á
-preguntarla.
-
-Al nombre del cochero, sintió Asís que le _subía un pavo_ atroz, como si
-el cochero representase para ella la sociedad, el deber, todas las
-conveniencias pisoteadas y atropelladas la víspera. ¡El cochero si que
-debía maliciarse!...
-
---Dile..., dile que... venga dentro de un par de horas..., á las cuatro
-y media... No, á las cinco y cuarto. Para paseo... Las cinco y media más
-bien.
-
-Saltó de la cama, se puso la bata, y se calzó las chinelas. ¡Sentía un
-abatimiento grande, agujetas, cansancio, y al mismo tiempo una
-excitación, unas ganas de echar á andar, de huir de sí misma, de no
-verse ni oirse! No se podía sufrir.
-
---¡Qué vida tan incómoda la de las señoras que anden siempre en estos
-enredos! No les arriendo la ganancia... ¡Ay! Aborrezco los tapujos y las
-ilegalidades... He nacido para vivir con orden y con decoro, está
-visto. ¿Le dará á ese tunante por venir?
-
-Mientras no estaba dispuesto el baño, practicó Asís las operaciones de
-aseo que deben precederle: limpiarse y limarse las uñas, lavar y
-cepillar esmeradamente la dentadura, desenredar el pelo y pasarse
-repetidas veces el peine menudo, registrarse cuidadosamente las orejas
-con la esponjita y la cucharita de marfil, frotarse el pescuezo con el
-guante de crín suavizado con pasta de almendra y miel. A cada higiénica
-operación y á cada parte de su cuerpo que quedaba como una patena, Asís
-creía ver desaparecer la marca de las irregularidades del día anterior,
-y confundiendo involuntariamente lo físico y lo moral, al asearse,
-juzgaba regenerarse.
-
-Avisó la Diabla que estaba listo el baño. Asís pasó á un cuartuco
-obscuro, que alumbraba un quinqué de petróleo (las habitaciones de baño
-fantásticas que se describen en las novelas no suelen existir sino en
-algún palacio, nunca en las casas de alquiler), y se metió en una
-bañadera de zinc con capa de porcelana--idéntica á las cacerolas.--¡Qué
-placer! En el agua clara iban á quedarse la vergüenza, la sofoquina y
-las inconveniencias de la aventura... ¡Allí estaban escritas con letras
-de polvo! ¡Polvo doblemente vil, el polvo de la innoble feria! ¡Y
-cuidado que era pegajoso y espeso! ¡Si había penetrado al través de las
-medias, de la ropa interior, y en toda su piel lo veía depositado la
-dama! Agua clara y tibia--pensaba Asís--lava, lava tanta grosería,
-tanto flamenquismo, tanta barbaridad: lava la osadía, lava el desacato,
-lava el aturdimiento, lava el... Jabón y más jabón. Ahora agua de
-Colonia... Así.
-
-Esta manía de que con agua de Colonia y jabón fino se le quitaban las
-manchas á la honra, se apoderó de la señora en grado tal, que á poco se
-arranca el cutis, de la rabia y el encarnizamiento con que lo frotaba.
-Cuando su doncella le dió la bata de tela turca para enjugarse, Asís
-continuó sus fricciones mitad morales, mitad higiénicas, hasta que ya
-rendida se dejó envolver en la ropa limpia, suspirando como el que echa
-de sí un enorme peso de cuidados.
-
-Llegó el coche algún tiempo después de terminada la faena, no sólo del
-baño, sino del tocado y vestido: Asís llevaba un traje serio, de señora
-que aspira á no llamar la atención. Ya tenía la Diabla la mano en el
-pestillo para abrir la puerta á su ama, cuando se la ocurrió preguntar:
-
---¿Vendrá á comer, señorita?
-
---No.--Y añadió como el que da explicaciones para que no se piense mal
-de él.--Estoy convidada á comer en casa de las tías de Cardeñosa.
-
-Al sentarse en su berlinita, respiró anchamente. Ya no había que temer
-la aparición del pillo. ¡Bah! Ni era probable que él se acordase de
-ella; estos troneras, así que pueden jactarse..., si te he visto no me
-acuerdo. Mejor que mejor. Qué ganga, si la historia se resolviese de
-una manera tan sencilla... Y la voz de Asís adquirió cierta sonoridad al
-decir al cochero:
-
---Castellana... Y luego á casa de las tías...
-
-Aquella vibración orgullosa de su acento parece que quería significar:
-
---Ya lo ves, Roque... No se va uno todos los días de picos pardos... De
-hoy más vuelvo á mi inflexible línea de conducta...
-
-Rodó el coche al trote hasta la Castellana y allí se metió en fila. Era
-tal el número y la apretura de carruajes, que á veces tenían que pararse
-todos por imposibilidad de avanzar ni retroceder. En estos momentos de
-forzosa quietud sucedían cosas chuscas: dos señoras que se conocían y se
-saludaban, pero no teniendo la intimidad suficiente para emprender
-conversación, permanecían con la sonrisa estereotipada, observándose con
-el rabillo del ojo, desmenuzándose el atavío y deseando que un leve
-sacudimiento del maremagnum de carruajes pusiese fin á una situación tan
-pesadita. Otras veces le acontecía á Asís quedarse parada tocando con
-una _manuela_, en cuyo asiento trasero, dejando la bigotera libre, se
-apiñaban tres mozos de buen humor, horteras ó empleadillos de
-ministerio, que la soltaban una andanada de dicharachos y majaderías; y
-nada: aguantarlos á quema ropa, sin saber qué era menos desairado,
-sonreirse ó ponerse muy seria ó hacerse la sorda. También era fastidioso
-encontrarse en contacto íntimo con el fogoso tronco de un _milord_, que
-sacudía la espuma del hocico dentro de la ventanilla, salpicando el haz
-de lilas blancas sujeto en el tarjetero, que perfumaba el interior del
-coche. Incidentes que distraían por un instante á la marquesa de Andrade
-de la dulce quietud y del bienhechor reposo producido por la frescura
-del aire impregnado de aroma de lilas y flor de acacia, por la animación
-distinguida y silenciosa del paseo, por el grato reclinatorio que hacía
-á su cabeza y espalda el rehenchido del coche, forrado de paño gris.
-
---¡Calle! Allí va Casilda Sahagún empingorotada en el campanario de su
-_break_. ¿De dónde vendrá, señor? ¡Toma! Ya caigo; de la novillada que
-armaron los muchachos finos, Juanito Albares, Perico Gonzalvo, Paco
-Gironellas, Fernandín Hurtado...--En un minuto recordó Asís la
-organización de la fiesta taurina: se habían repartido programas
-impresos en raso lacre, redactados con muy buena sombra; no había nada
-más salado que leer, por ejemplo:--Banderilleros: Fernando Alfonso
-Hurtado de Mendoza (a) Pajarillas.--José María Aguilar y Austria (a) el
-Chaval.--¡Pues poca broma que hubo en casa de Sahagún la noche que se
-arregló el plan de la corrida! Y Asís estaba convidada también. Se le
-había pasado: ¡qué lástima! La Duquesa, tan sandunguera como de
-costumbre, hecha un cartón de Goya con su mantilla negra y su grupo de
-claveles; los muchachos, ufanísimos, en carretela descubierta, envueltos
-en sus capotes morados y carmesíes con galón de oro. Lo que es torear
-habrían toreado de echarles patatas; pero ahora nadie les ganaba á
-darse pisto luciendo los trajes. Revolvían el paseo de la Castellana:
-eran el acontecimiento de la tarde. Asís sintió un descanso mayor aún
-después de ver pasar la comitiva taurómaca: comprendió, guiada por el
-buen sentido, que á nadie, en aquel conjunto de personas siempre
-entretenidas por algún suceso gordo del orden político, ó del orden
-divertido, ó del orden escandaloso con platillos y timbales, se le
-ocurriría sospechar su aventurilla del _Santo_. A buen seguro que por un
-par de días nadie pensaba más que en la becerrada aristocrática.
-
-Este convencimiento de que su escapatoria no estaba llamada á trascender
-al público, se robusteció en casa de las tías de Cardeñosa. Las
-Cardeñosas eran dos buenas señoritas, solteronas, de muy afable
-condición, rasas de pecho, tristes de mirar, sumamente anticuadas en el
-vestir, tímidas y dulces, no emancipadas, á pesar de sus cincuenta y
-pico, de la eterna infancia femenina: hablaban mucho de novenas, y
-comentaban detenidamente los acontecimientos culminantes, pero
-exteriores, ocurridos en la familia de Andrade y en las demás que
-componían el círculo de sus relaciones; para las bodas tenían aparejada
-una sonrisa golosa y tierna, como si paladeasen el licor que no habían
-probado nunca; para las enfermedades, calaveradas de chicos y
-fallecimientos de viejos, un melancólico arqueo de cejas, unos ademanes
-de resignación con los hombros y unas frases de compasión, que por ser
-siempre las mismas, sonaban á indiferencia. Religiosas de verdad, nunca
-murmuraban de nadie ni juzgaban duramente la ajena conducta, y para
-ellas la vida humana no tenía más que un lado, el anverso, el que cada
-cual deja ver á las gentes. Gozaban con todo esto las Cardeñosas fama de
-trato distinguidísimo, y su tarjeta _hacía bien_ en cualquier bandeja de
-porcelana de esas donde se amontona, en forma de pedazos de cartulina,
-la consideración social.
-
-Para Asís, la insulsa comida de las tías de Cardeñosa y la anodina
-velada que la siguió, fueron al principio un bálsamo. Se la disiparon
-las últimas vibraciones de la jaqueca y las postreras angustias del
-estómago, y su espíritu se aquietó, viendo que aquellas señoras
-respetadísimas y excelentes la trataban con el acostumbrado afecto y
-comprendiendo que ni por las mientes se les pasaba imaginar de ella nada
-censurable.
-
-El cuerpo y el alma se sosegaban á la par, y gracias á tan saludable
-reacción, _aquello_ se le figuraba á Asís una especie de pesadilla, un
-cuento fantástico.
-
-Pero obtenido este estado de calma tan necesario á sus nervios, empezó
-la dama á notar, hacia eso de las diez, que se aburría ferozmente, por
-todo lo alto, y que le entraban ya unas ganas de dormir, ya unos
-impulsos de tomar el aire, que se revelaban en prolongados bostezos y en
-revolverse en la butaca como si estuviese tapizada de alfileres punta
-arriba. Tanto, que las Cardeñosas lo percibieron, y con su inalterable
-bondad comenzaron á ofrecerla otro sillón de distinta forma, el rincón
-del sofá, una silla de rejilla, un taburetito para los piés, un cojín
-para la espalda.
-
---No os incomodéis... Mil gracias... Pero si estoy perfectamente.
-
-Y no atreviéndose á mirar el suyo, echaba un ojo al reloj de sobremesa,
-un Apolo de bronce dorado, de cuya clásica desnudez ni se habían
-enterado siquiera las Cardeñosas, en cuarenta años que llevaba el dios
-de estarse sobre la consola del salón en postura académica, con la lira
-muy empuñada. El reloj... por supuesto, se había parado desde el primer
-día, como todos los de su especie. Asís quería disimular, pero se le
-abría la boca y se le llenaban de lágrimas los ojos; abanicábase
-estrepitosamente, contestando por máquina á las interrogaciones de las
-tías acerca de la salud de su niña y los proyectos de veraneo,
-inminentes ya. Las horas corrían, sin embargo, derramando en el espíritu
-de Asís el opio del fastidio... Cada rodar de coches por la retirada
-calle en que habitaban las Cardeñosas, le producía una sacudida
-eléctrica. Al fin hubo uno que paró delante de la casa misma... ¡Bendito
-sea Dios! Por encanto recobró la dama su alegría y su amabilidad de
-costumbre, y cuando la criada vino á decir:--«Está el coche de la señora
-Marquesa»,--tuvo el heroismo de responder con indiferencia fingida:
-
---Gracias, que se aguarde.
-
-A los dos minutos, alegando que había madrugado un poco, arrimaba las
-mejillas al pálido pergamino de la de sus tías, daba un glacial beso al
-aire y bajaba la escalera repitiendo:
-
---Sí..., cualquier día de estos... ¡Qué! Si he pasado un rato
-buenísimo... ¿Mañana sin falta... eh? las papeletas de los Asilos. Mil
-cosas al Padre Urdax.
-
-Al tirar de la campanilla en su casa, tuvo una corazonada rarísima. Las
-hay, las hay, y el que lo niegue es un miope del corazón, que rehusa á
-los demás la acuidad del sentido porque á él le falta. Asís, mientras
-sonata el campanillazo, sintió un hormigueo y un temblor en el pulso,
-como si semejante tirón fuese algún acto muy importante y decisivo en su
-existencia. Y no experimentó ninguna sorpresa, aunque sí una violenta
-emoción que por poco la hace caerse redonda al suelo, cuando en vez de
-la Diabla ó del criado vió que le abría la puerta aquel pillo, aquel
-grandiosísimo truhán.
-
-
-
-
-XI
-
-
-Lo bueno fué que la dama, lejos de mostrar extrañeza, saludó á Pacheco
-como si el encontrarle allí á tales horas le pareciese la cosa más
-natural del mundo, y, recíprocamente, Pacheco empleó también con ella
-todas las fórmulas de cortesía acostumbradas cuando un caballero se
-dirige á una señora de cumplido, respetable, ya que no por sus años,
-por su carácter y condición. Se hizo atrás para dejarla pasar, y al
-seguirla al saloncito de confianza, donde ardía sobre la mesa de tijera
-la gran lámpara con pantalla rosa velada de encaje, se quedó próximo á
-la puerta y en pié, como el que espera una orden de despedida.
-
---Siéntese V., Pacheco...--tartamudeó la señora, bastante aturrullada
-aún.
-
-El gaditano no se sentó, pero adelantó despacio, como receloso; parecía,
-por su continente, algún hombre poco avezado á sociedad: pero este
-aspecto, que Asís atribuyó á hipocresía refinada, contrastaba de un modo
-encantador con la soltura de su cuerpo y modales, la elegancia no
-estudiada de su vestir, la finura de su chaleco blanquísimo, su tipo de
-persona principal. Viéndole tan contrito, Asís se rehizo y cobró
-ánimos.--«Gran ocasión de leerle la cartilla al señorito éste: ¿conque
-muy manso y fingiéndose arrepentido, eh? Ahora lo verás...»--Porque la
-dama, en su inexperiencia, se había figurado que su compañero de romería
-iba á entrar hecho un sargento, y á las primeras de cambio la iba á
-soltar un abrazo furibundo ó cualquier gansada semejante... Pero ya que
-gracias á Dios se manifestaba tan comedido, bien podía la señora
-acusarle las cuarenta. Y Asís abrió la boca y exclamó:
-
---Conque V. aquí... Yo quisiera... yo...
-
-El gaditano se acercó todavía más, hasta ponerse al lado de la dama, que
-seguía en pié junto á la mesa. La miró fijamente y luego pronunció como
-el que dice la cosa más patética del mundo:
-
---A mi va V. á regañarme too lo que guste... A los criados, ni chispa...
-La culpa es mía toa. Un cuarto de hora de conversación con la chica me
-ha costao el entrar. Hasta requiebros la he soltao. Y na, ni por esas.
-Al fin la dije... que vamos, que ya sabía V. que yo vendría y que para
-recibirme á mí se quería V. negar á los demás. Ríñame V., que lo meresco
-too.
-
-Estas enormidades las murmuró con tono quejumbroso y lánguido, con los
-ojos mortecinos y un aire de melancolía que daba compasión. Asís, así al
-pronto se quedó de una pieza, después se la deshizo el nudo de la
-garganta y las palabras le salieron á borbotones. Ea..., ahí va... Ahora
-sí que me desato...
-
---Sí señor, que merece V.... Pues hombre... me pone V. en berlina con
-mis criados... ¡Por eso se escondieron cuando yo entraba... y le dejan á
-V. que abra la puerta! ¡Gandules de profesión! A la Angelita yo le diré
-cuántas son cinco... Y lo que es á Perfecto... Alguno podrá ser que no
-duerma en casa esta noche... Los enemigos domésticos... Aguarde V.,
-aguarde V.... Estas jugadas no me las hacen ellos á mí... ¡Habrase
-visto! ¡Para esto los trata uno del modo que los trata! ¡Para que le
-vendan á las primeras de cambio!
-
-Comprendía la misma señora que se ponía algo ordinaria chillando y
-manoteando así, y lo peor de todo, que era predicar en desierto, pues ni
-siquiera podían oirla desde la cocina; además, Pacheco, en vez de
-asustarse con tan caliente reprimenda, pareció que recobraba los
-espíritus, se llegó más, y bajando la cabeza, acarició las sienes de la
-enojada. Esta se echó atrás, no tan pronto que ya no la sujetase
-blandamente por la cintura un brazo del gaditano y que éste no
-balbuciese á su oído:
-
---¿A qué te enfadas con los criados, chiquilla? ¿No te he dicho que no
-tienen culpa? Mira, esa chica que te sirve, vale un Perú. Te quiere
-bien. La daba dinero y no lo admitió ni hecha peazos. Dijo que con tal
-que tú no la riñeses... Ahora si gritas se armará un escándalo... Pero
-me iré cuando tú lo mandes. Que sí me iré, nena...
-
-Al anunciar que se iba, se sentó en el sofá-diván, obligando á la señora
-á sentarse también. Esta notaba una turbación que ya no se parecía á la
-pseudo-cólera de antes, y por lo bajo, murmuraba:
-
---Pues váyase V... Hágame el favor de irse. Por Dios...
-
---¿Ni un minuto hay para mí? Estoy enfermo... ¡Si vieses! En toda la
-noche no he dormido, no he pegado los ojos.
-
-Asís iba á preguntar: «¿por qué?» pero calló, pareciéndole inconveniente
-y necia la pregunta.
-
---Necesitaba saber de ti... Si estabas ya buena, si habías descansado...
-Si me querías mal, ó si me mirabas con alguna indulgencia. ¿Dura el mal
-humor? ¿Y esa cabecita? ¿A ver?
-
-Se la recostó sobre el hombro, sujetándola con la palma de la mano
-derecha. Asís, esforzándose en romper el lazo, notaba disminuidas sus
-fuerzas por dos sentimientos: el primero, que viendo tan sumiso y
-moderado al gran pillo, le habían entrado unas miajas de lástima; el
-segundo..., el sentimiento eterno, la maldita curiosidad, la que perdió
-en el Paraíso á la primera mujer, la que pierde á todas, y tal vez no
-sólo á ellas sino al género humano... ¿A ver? ¿Cómo sería? ¿Qué diría
-Pacheco ahora?
-
-Pacheco, en un rato, no dijo nada; ni chistó. Su palma fina, sus dedos
-enjutos y nerviosos oprimían suavemente la cabeza y sienes de Asís, lo
-mismo que si á ésta le durase aún el mareo de la víspera y necesitase la
-medicina de tan sencillo halago. En la sala parecía que la varita de
-algún mágico invisible derramaba silencio apacible y amoroso, y la luz
-de la lámpara, al través de su celosía de encaje, alumbraba con poética
-suavidad el recinto. La sala estaba amueblada con esas pretensiones
-artísticas que hoy ostenta todo bicho viviente, sepa ó no sepa lo que es
-arte, y con ese aspecto de prendería, que resulta de aglomerar el mayor
-número posible de cosas inconexas. Sitiales, butacas bajas y coquetonas,
-mesillas forradas de felpa imitando un corazón ó una hoja de trébol,
-columnas que sostienen quinqués, divancitos cambiados donde la gente
-puede gozar del placer de darse la espalda y coger un torticolis, alguna
-drácena en jardineras de zinc, un perro de porcelana haciendo centinela
-junto á la chimenea, y dos hermosos vargueños patrimoniales restaurados
-y dorados de nuevo... Todo revuelto, colocado de la manera que más
-dificultase el paso á la gente, haciendo un archipiélago donde no se
-podía navegar sin práctico. ¿Y las paredes? Si el suelo estaba
-intransitable, en las paredes no quedaba sitio libre para un clavo, pues
-el buen marqués de Andrade, incapaz de distinguir un Ticiano de un
-Ribera, la había dado algún tiempo de protector de jóvenes artistas,
-llenando la casa de acuarelas con chulas, matones del Renacimiento ó
-damas de Luis XV; de _manchas_, apuntes y bocetos hechos á punta de
-cuchillo, ó á yema de dedo, tan _libres_ y tan _francos_, que ni el
-mismo demonio adivinaría lo que representaban; de tablitas lamidas y
-microscópicas, encerradas en marcos cinco veces mayores; de fotografías
-con retumbantes dedicatorias, migajas de arte, en suma, que al menos
-cubren la vulgaridad del empapelado y distraen gratamente la vista. Y en
-hora semejante, en medio de la amable paz que flotaba en la atmósfera, y
-con la luz discreta transparentada por el encaje, los cachivaches se
-armonizaban, se fundían en una dulce intimidad, en una complicidad
-silenciosa; la misma horrible carátula japonesa colgada encima de un
-vargueño y de uno de cuyos ojos se descolgaba una procesión de monitos
-de felpa, tenía gesto menos infernal; el pañolón de Manila que cubría el
-piano abría alegremente todas sus flores; las begonias, próximas á la
-entreabierta ventana, se estremecían como si las acariciase el
-vientecillo nocturno... Sólo el _bull-dog_ de porcelana, sentado como
-una esfinge, miraba con alarmante persistencia al grupo del sofá,
-ostentando una actitud digna y enérgica, como si fuese celoso guardián
-puesto allí por el espíritu del respetable Marqués difunto... Casi
-parecía natural que abriese las fauces, soltase un ladrido de alarma, y
-se abalanzase dispuesto á morder...
-
-Pacheco decía bajito, con el ceceo mimoso y triste de su pronunciación:
-
---¿Te sospechabas tú lo de ayer, chiquilla? ¿A que sí? Mira, no me digas
-no, que las mujeres estáis siempre de vuelta en esas cosas... ¡A ver si
-se calla V. y no me replica! Tú veías muy bien, picarona, que yo estaba
-muerto, lo que se dise muerto... Sólo que creiste poder dejarme en
-blanco... Pero sospechar... ¡Quiá! ¡Si lo calaste desde el mismo momento
-que tiré el puro en los jardines! ¿Y tú te gosabas en verme á mí sufrir,
-no es eso? ¡Somos más malos! Toma en castigo... ¡Y qué bonita estabas,
-gitana salá! ¿Te ha dicho á ti algún hombre bonita? ¿No? ¡Pues ahora te
-lo digo yo, vamos! y valgo más que toos... Oye, en el coche te hubiese
-yo requebrado seis dosenas de veses..., te hubiese llamao mona, serrana,
-matadora de hombres... Sólo que no me atrevía, ¿sabes tú? Que si me
-atrevo, te suelto toas las flores de la primavera en un ramiyetico.
-
-Aquí Asís, sin saber por qué, recobró el uso de la palabra, y fué para
-gritar:
-
---Sí..., como á la chica del merendero..., y á mi criada..., y á todas
-cuantas se ofrece... Lo que es por palabrería no queda.
-
-La interrumpió un enérgico tapabocas.
-
---No compares, chiquiya, no compares... Tonterías que se disen por pasá
-el rato, pa que se encandilen las mujeres... Contigo... ¡Virgen Santa!
-tengo yo una ilusionasa..., ¡una ilusión de volverme loco! Has de saber
-que yo mismo estoy pasmao de lo que me sucede. Nunca me quedé triste
-después de una cosa así sino contigo. Hasta me falta resolución pa
-hablarte. Estoy así... medio orgulloso y medio pesaroso. Más quisiera
-que nos hubiésemos vuelto ayer antes de almorsá. ¿No lo crees? ¿Ah, no
-lo crees? Por estas...
-
-El meridional puso los dedos en cruz y los besó con ademán popular. Asís
-se echó á reir mal de su grado. Ya no había posibilidad de enfadarse; la
-risa desarma al más furioso. Y ahora, ¿qué hacer? pensaba la dama,
-llamando en su auxilio toda su presencia de ánimo, toda su habilidad
-femenil. Nada, muy sencillo... No negarle la cita que pedía para el día
-siguiente por la tarde, porque si se le negaba, era capaz de hacer
-cualquier desatino. No, no..., contemporizar..., otorgar la cita, y á la
-hora señalada... ¡busca! estar en cualquier sitio menos donde Pacheco
-esperase... Y ahora, procurar _por bien_ que se largase cuanto más
-pronto... ¡Que diría el servicio! ¡En esa cocina estaría la Diabla
-haciendo unos calendarios!
-
-
-
-
-XII
-
-
-Doloroso es tener que reconocer y consignar ciertas cosas; sin embargo,
-la sinceridad obliga á no eliminarlas de la narración. Queda, eso sí, el
-recurso de presentarlas en forma indirecta, procurando con maña que no
-lastimen tanto como si apareciesen de frente, insolentonas y descaradas,
-metiéndose por los ojos. Así la implícita desaprobación del novelista se
-disfraza de habilidad.
-
-Tocante á la cita que la marquesa viuda de Andrade pensaba conceder en
-falso, con resolución firmísima de hacer la del humo, la novela puede
-guardar un discreto mutismo; y no faltará á su elevada misión, con tal
-que refiera lo que ocurría á la puerta de la dama: indicación sobria y á
-la vez sumamente expresiva.
-
-La berlina de la señora, enganchada desde las cinco, esperaba allí. El
-cochero, inmóvil, bien afianzado en su cuña, había permanecido algún
-tiempo en la actitud reglamentaria, enarbolada la fusta, recogidas las
-riendas, ladeado graciosamente el sombrero y muy juntas las punteras de
-las botas; pero transcurrido un cuarto de hora, el recalmón de la
-tardecita y el aburrimiento de la espera le derramaron en los párpados
-grato beleño y fué dejando caer la cabeza sobre el pecho, aflojando las
-manos, exhalando una especie de silbido y á veces un ronquido súbito,
-que le asustaba á él mismo, despertándole... También el caballo, durante
-los primeros momentos de quietud, se mantuvo engallado, airoso,
-dispuesto á beberse la distancia; pero al convencerse de que teníamos
-plantón, desplomó el cuerpo sobre las patas, sacudió el freno regándolo
-con espuma, entornó los ojos y se dispuso á la siesta. Hasta la misma
-berlina pareció afianzarse en las ruedas con ánimo de descansar.
-
-Y fué poniéndose el sol, subiendo de piso en piso á despedirse de los
-cristales, refugiándose en la copa de las acacias de Recoletos cuando ya
-las envolvía la azul y vaporosa bruma del anochecer; y el calor
-disminuyó un tantico, y el farolero corrió encendiendo hilos de luz á lo
-largo de las calles... Berlina, caballo y cochero dormían, resignados
-con su suerte, sin que se les ocurriese que para semejante viaje no se
-necesitaban alforjas y que mejor se encontrarían la una metida en su
-funda, el otro despachando su ración de pienso, el último en su taberna
-favorita ó viendo la novillada de aquella tarde...
-
-Cerca de las siete serían cuando salió de la casa un hombre. Era apuesto
-y andaba aprisa, recatándose de la portera. Atravesó la calle y en la
-acera de enfrente se detuvo, mirando hacia las ventanas del cuarto de
-Asís. Ni rastro de persona asomada en ellas. El hombre siguió su camino
-hacia Recoletos.
-
-
-
-
-XIII
-
-
-Solía el comandante Pardo ir alguna que otra noche á casa de su paisana
-y amiga La marquesa de Andrade. Charlaban de mil cosas, disputando,
-acalorándose, y en suma, pasando la velada solos, contentos y
-entretenidos. De galanteo propiamente dicho, ni sombra, aun cuando la
-gente murmuraba (de la tertulia de la Sahagún saldría el chisme) que Don
-Gabriel hacía tiro al decente caudal y á la agradable persona de Asís;
-si bien otros opinaban, con trazas y tono de mejor informados, que ni á
-Pardo le importaba el dinero, por ser desinteresadísimo, ni las mujeres,
-por hallarse mal curada todavía la herida de un gran desengaño amoroso
-que en Galicia sufriera: una historia romántica y algo obscura con una
-sobrina, que por huir de él se había metido monja en un convento de
-Santiago.
-
-Ello es que Pardo resolvió consagrar á la dama la noche del día en que
-la berlina echó la siesta famosa. Serían las nueve cuando llamó á la
-puerta. Generalmente los criados le hacían entrar con un apresuramiento
-que delataba el gusto de la señora en recibir semejantes visitas. Pero
-aquella noche, así Perfecto (el mozo de comedor á quien Asís llamaba
-_Imperfecto_ por sus _gedeonadas_) como la Diabla, se miraron y
-respondieron á la pregunta usual del comandante, titubeando é indecisos.
-
---¿Qué pasa? ¿Ha salido la señorita? Los martes no acostumbra.
-
---Salir..., como salir...,--balbució Imperfecto.
-
---No, salir no--acudió la Diabla viéndole en apuro.--Pero está un
-poco...
-
---Un poco _dilicada_--declaró el criado con tono diplomático.
-
---¿Cómo delicada?--exclamó el comandante alzando la voz.--¿Desde cuándo
-se encuentra enferma? ¿Y qué tiene? ¿Guarda cama?
-
---No señor, guardar cama no... Unas _miagas_ de jaqueca...
-
---¡Ah! bien: díganla Vds. que volveré mañana á saber... y que la deseo
-alivio. ¿Eh? ¡No se olviden!
-
-Acabar de decir esto el comandante y aparecer en la antesala Asís en
-bata y arrastrando chinelas finas, fué todo uno.
-
---Pero que siempre han de entender al revés cuanto se les manda...
-Estoy, Pardo, estoy visible... Entre V.... Qué tienen que ver las
-órdenes que se dan así, en general, para la gente de cumplido... Haga V.
-el favor de pasar aquí...
-
-Gabriel entró. La sala estaba tan simpática, tan tentadora, tan fresca
-como la víspera; la pantalla de encaje filtraba la misma luz rosada y
-ensoñadora; en un talavera _de botica_ se marchitaba un ramo de lilas y
-rosas blancas. Tropezó el pié del comandante, al ir á sentarse en su
-butaca de costumbre, con un objeto medio oculto en las arrugas del tapiz
-turco arrojado ante el diván. Se bajó y recogió del suelo el estorbo,
-maquinalmente. Asís extendió la mano, y á pesar de lo muy distraído y
-sonámbulo que era Gabriel, no pudo menos de observar la agitación de la
-dama al recobrar la prenda, uno de esos tarjeteros sin cierre, de cuero
-inglés, con dos iniciales de plata enlazadas, prenda evidentemente
-masculina. Por un instinto de discreción y respeto, Gabriel se hizo el
-tonto y entregó su hallazgo sin intentar ver la cifra.
-
---Pues me habían dado un susto ese Imperfecto y esa Diabla...--murmuró
-tratando de disimular mejor la sorpresa.--Están en Belén... ¿Se había V.
-negado, sí ó no?
-
---Le diré á V.... Di una orden... Claro que con V. no rezaba; bien ha
-visto V. que le llamé...--alegó la señora con acento contrito, cual si
-se disculpase de alguna falta gorda, y muy inmutada, aunque esforzándose
-también en no descubrirlo.
-
---¿Y qué es ello? ¿Jaqueca?
-
---Sí..., bastante incómoda. (Asís se llevó la mano á la sien.)
-
---Entonces le voy á dar V. la noche si me quedo. La dejaré á V.
-descansar... En durmiendo se pasa.
-
---No, no, qué disparate... No se va V. Al contrario...
-
---¿Cómo que _al contrario_? Ruego que se expliquen esas
-palabras--exclamó el comandante, aprovechando la ocasión de bromear
-para que se le quitase á Asís el sobresalto.
-
---Se explicarán... Significan que va V. á acompañarme por ahí fuera un
-ratito... A dar una vuelta á pié. Me conviene esparcirme, tomar el
-aire...
-
---Iremos á un teatrillo... ¿Quiere V.? Dicen que es muy gracioso _El
-padrón municipal_, en Lara.
-
---Teatrillo..., ¿calor, luces, gente? V. pretende asesinarme. No: si lo
-que me pide el cuerpo es ejercicio. Así, conforme estoy, sin vestirme...
-Me planto un abrigo y un velo... Me calzo... y jala.
-
---A sus órdenes.
-
-Cuando salieron á la calle, Asís suspiró, aliviada, y con el impulso de
-su andar señaló la dirección del paseo.
-
-El barrio de Salamanca, á trechos, causa la ilusión gratísima de estar
-en el campo: masas de árboles, ambiente oxigenado y oloroso, espacio
-libre, y una bóveda de firmamento que parece más elevada que en el resto
-de Madrid.
-
-La noche era espléndida, y al levantar Asís la cabeza para contemplar el
-centelleo de los astros, se le ocurrió, por decir alguna cosa,
-compararlos á las joyas que solía admirar en los bailes.
-
---Aquellas cuatro estrellitas seguidas parecen el imperdible de la
-marquesa de Riachuelo... cuatro brillantazos que le dejan á uno bizco.
-Esa constelación... ¡allí, hombre, allí! hace el mismo efecto que la
-joya que le trajo de París su marido á la Torres-Nobles... Hasta tiene
-en medio una estrellita amarillenta, que será el brillante brasileño del
-centro. Aquel lucero tan bonito, que está solo...
-
---Es Venus... Tiene algo de emblemático eso de que Venus sea tan guapa.
-
---V. siempre confundiendo lo humano y lo divino...
-
---No, si la mezcolanza fué V. quien la armó comparando los astros á las
-joyas de sus amiguitas. ¡Qué hermoso es el cielo de Madrid!--añadió
-después de breve silencio.--En esto tenemos que rendir el pabellón,
-paisana. Nuestro suelo es más fresco, más bonito; pero la limpieza de
-esta atmósfera... Allá hay que mirar hacia abajo, aquí hacia arriba.
-
-Callaron un ratito.
-
-En aquel dosel azul sembrado de flores de pedrería, Asís y el comandante
-veían la misma cosa, un tarjetero de piel inglesa, y como por magnética
-virtud, sentían al través de sus brazos, que se tocaban, el mutuo
-pensamiento.
-
-Hallábanse al final del Prado, enteramente desierto á tales horas, con
-sus sillas recogidas y vueltas. Se escuchaba el murmurio monótono de la
-Cibeles, y allá en el fondo del jardincillo, tras las irregulares masas
-de las coníferas, destacaba el Museo su elegante silueta de palacio
-italiano. No pasaba un alma, y la plazuela de las Cortes, á la luz de
-sus faroles de gas, parecía tan solitaria como el Prado mismo.
-
---¿Subimos hacia la Carrera?--interrogó Pardo.
-
---No, paisano... ¡Ay Jesús! A los dos pasos nos encontrábamos algún
-conocido, y mañana..., chi, chi, chi..., cuentecito en casa de Sahagún ó
-donde se les antojase. Bajemos hacia Atocha.
-
---Y V. ¿por qué da á _eso_ tanta importancia? ¿Qué tiene de particular
-que salga V. á tomar el fresco en compañía de un amigo formal? Cuidado
-que son majaderas las fórmulas sociales. Yo puedo ir á su casa de V. y
-estarme allí las horas muertas sin que nadie se entere ni se ocupe, y
-luego, si salimos reunidos á la calle media hora... cataplum.
-
---Qué manía tiene V. de ir contra la corriente... Nosotros no vamos á
-volver el mundo patas arriba. Dejarlo que ruede. Todo tiene sus por
-qués, y en algo se fundan esas precauciones ó fórmulas, como V. les
-llama. ¡Ay! ¡Qué fresquito tan hermoso corre!
-
---¿Está V. mejor?
-
---Un poco. Me da la vida este aire.
-
---¿Quiere V. sentarse un rato? El sitio convida.
-
-Sí que convidaba el sitio, á la vez acompañado y solo: unos anchos
-asientos de piedra que hay delante del Museo, á la entrada de la calle
-de Trajineros, la cual si por su gran proximidad á la plazuela de las
-Cortes resulta céntrica y decorosa, á semejante hora compite en lo
-desierta con el despoblado más formidable de Castilla. Las acacias
-prodigaban su rica esencia, y si el comandante tuviese propósito de
-declarar á la señora algún atrevido pensamiento, nunca mejor. No sería
-así, porque después de tomar asiento se quedaron mudos ella y él; Asís,
-además de muda, estaba cabizbaja y absorta.
-
-No es posible que esta clase de pausas se establezcan en una entrevista
-á solas de hombre y mujer, en tales sitios y horas, sin producirles á
-los dos un estado de ánimo singular, á la vez atractivo y embarazoso. El
-comandante limpió sus quevedos, operación que verificaba muy á menudo,
-volvió á calárselos, y salió por la puerta ó por la ventana, juzgando
-que la señora desearía explayarse.
-
---A mí no me la pega V. con jaquecas, Paquita... V. tiene algo... alguna
-cosa que la preocupa en gordo... No se me alarme V.: ya sabe que somos
-amigos viejos.
-
---Pero si no tengo nada... ¡Qué ocurrencia!
-
---Mejor, señora, mejor, celebro que sea así,--dijo Don Gabriel
-retrocediendo discretamente.--Yo, en cambio, le podría confiar á V.
-penas muy grandes..., cosas raras.
-
---¿Lo de la sobrina?--preguntó Asís con curiosidad, pues ya dos ó tres
-veces en conversación familiar habían aludido de rechazo á ese misterio
-de la vida de Don Gabriel.
-
---Sí; al menos la parte mía..., lo que me toca..., eso puedo contárselo
-á V. Sabe Dios cómo lo glosa la gente.--(Pardo se alzó el sombrero,
-porque tenía las sienes húmedas de sudor.)--Creo que se dice que la
-pobrecilla me detestaba y que por librarse de mi entró en un convento de
-novicia... Falso. No me detestaba, y es más: me hubiese querido con toda
-su alma á la vuelta de poco tiempo... Sólo que ella misma no acertó á
-descifrarlo. Cuando me conoció, estaba comprometida con otro hombre...
-cuya clase... no... En fin, que no podía aspirar á ser su marido. Y al
-convencerse de esto, la infeliz muchacha pensó que se acababa el mundo
-para ella y que no tenía más refugio que el convento, ¡Ay, Paquita! ¡Si
-supiese V. qué ratos... qué tragedia! Es asombroso que después de
-ciertos acontecimientos pueda uno volver á vivir como antes..., y vaya á
-tertulias y se chancee, y mire otra vez á las mujeres, y le agraden,
-sí..., como me agrada V., por ejemplo..., y no lo eche V. á mala parte,
-que no soy pretendiente importuno, sino amigo de verdad. Ya sabe V. cómo
-digo yo las cosas.
-
-Oía la dama la voz del artillero y al par otra interior que zumbaba
-confusamente:
-
---Confíale algo..., al menos indícale tu situación... Ideas
-estrafalarias las tiene, y á veces es poco práctico, pero es leal... No
-corres peligro, no... Así te desahogarás... Tal vez te aconseje bien.
-Anda, boba... ¿No hace él confianza de ti? Además... no creas que
-callando le engañas... ¡Quítale ya la escama del tarjetero!
-
-A pesar de las excitaciones de la voz indiscreta, la señora, en alto,
-decía tan sólo:
-
---¿Con que la chica le quería á V. algo? ¿Sin saberlo? ¡Eso es muy
-particular! ¿Y cómo lo explica V.?
-
---¡Ay, Paquita! He renunciado á explicar cosa alguna... No hay
-explicación que valga para los fenómenos del corazón. Cuanto más se
-quieren entender, más se obscurecen. Hay en nosotros anomalías tan
-raras, contradicciones tan absurdas... Y á la vez cierta lógica fatal.
-En esto de la simpatía sexual, ó del amor, ó como V. guste llamarle, es
-en lo que se ven mayores extravagancias. Luego, á los caprichos y las
-desviaciones y los brincos de esta víscera que tenemos aquí, sume V. la
-maraña de ideas con que la sociedad complica los problemitas
-psicológicos. La sociedad...
-
---Contigo tengo la tema, morena...--interrumpió Asís festivamente.--V.
-le echa á la sociedad todas las culpas. Ahí que no duele. Ya no sé como
-tiene espaldas la infeliz.
-
---Pues, figúrese V., paisana. Como que de mi tragedia únicamente es
-responsable la sociedad. Por atribuir exagerada importancia á lo que
-tiene mucha menos ante las leyes naturales. Por hacer lo principal de lo
-accesorio. En fin, punto en boca. No quiero escandalizarla á V.
-
---Paisano... Pero si me da mucha curiosidad eso que iba Vd. diciendo...
-No me deje á media miel... Todas las cosas pueden decirse, según como se
-digan. No me escandalizaré, vamos.
-
---Bien, siendo así... Pero ya no sé en que estábamos... ¿V. se acuerda?
-
---Decía V. que lo principal y lo accesorio... Eso será alguna herejía
-tremenda, cuando no quiso V. pasar de ahí.
-
---Sí, señora... Verá V. la herejía... Yo llamo accesorio á lo que en
-estas cuestiones suele llamarse principal... ¿Se hace V. cargo?
-
-Asís no respondió, porque pasaba un mozalbete silbando un aire de
-zarzuela y mirando de reojo y con malicia al sospechoso grupo. Cuando se
-perdió de vista, pronunció la dama:
-
---¿Y si me equivoco?
-
---¿No se asusta V. si lo expreso claramente?
-
-La verdad, desde cierta distancia aquello parecía un diálogo amoroso.
-Acaso la valla que existía para que ni pudiese serlo ni llegase á serlo
-jamás, era un delgado y breve trozo de piel inglesa--la cubierta de un
-tarjetero.
-
---No, no me asusto... Vamos á hablar como dos amigos... francamente.
-
---¿Quedamos en eso? ¡Magnífico! Pues conste que ya no tiene V. derecho
-para reñirme si se me va la lengua... Procuraré, sin embargo... En fin,
-entiendo por accesorio... aquello que Vds. juzgan irreparable. ¿Lo pongo
-más claro aún?
-
---No, ¡basta!--gritó la señora.--Pero entonces, ¿qué es lo principal
-según V.?
-
---Una cosa que abunda menos..., y en cambio vale más... La realidad de
-un cariño muy grande entre dos... ¿Qué le parece á V.?
-
---¡Caramba!--exclamó la señora, meditabunda.
-
---Le voy á proponer á V. una demostración de mi teoría... Ejemplo; como
-dicen los predicadores. Imagínese que en vez de estar en el Prado,
-estamos en Tierra de Campos, á dos leguas de un poblachón; que yo soy un
-bárbaro; que me prevalgo de la ocasión, y abuso de la fuerza, y la falto
-á V. al respeto debido... ¿Hay entre nosotros, dos minutos después,
-algún vínculo que no existía dos minutos antes? No señora. Lo mismo que
-si ahora se trompica V. con una esquina..., se hace daño..., procura
-apartarse y andar con más cuidado otra vez... y acabóse.
-
---Pintado el lance así..., lo que habría, que V. me parecería atroz de
-antipático y de bruto.
-
---Eso sí... pero vamos á perfeccionar el ejemplo, y pido á V. perdón de
-antemano por una conversación tan _shocking_. Pues no señora: suponga V.
-que yo no abuso de la fuerza ni ese es el camino. Lo que hago es
-explotar con maña la situación y despertar en V. ese germen que existe
-en todo ser humano... Nada de violencia: si acaso, en el terreno
-puramente moral... Yo soy hábil y provoco en V. un momento de
-flaqueza...
-
-Fortuna que era de noche y estaba lejos el farol, que si no, el sofoco y
-el azoramiento de la dama se le meterían por los ojos al comandante.--Lo
-sabe, lo sabe--calculaba para sí, toda trémula, y en voz alterada y
-suplicante, exclamó interrumpiendo:
-
---¡Qué horror! ¡Don Gabriel!
-
---¿Qué horror? ¡Mire V. lo que va de Vds. á nosotros! Ese horror,
-Paquita del alma, no les parece horrible á los caballeros que V. trata y
-estima: al marqués de Huelva, con su severidad de principios y su
-encomienda de Calatrava, que no se quita ni para bañarse... al papá de
-V., tan amable y francote... á mí... al otro... á toditos. Es valor
-entendido, y á nadie le extraña ni le importa un bledo. Tratándose de
-Vds., es cuando por lo más insignificante se arma una batahola de mil
-diablos, que no parece sino que arde por los cuatro costados Madrid. La
-infeliz de Vds. que resbala, si olfateamos el resbalón, nos arrojamos á
-ella como sabuesos, y, ó se salva casándose con el _seductor_, ó la
-matriculamos en el gremio de las mujeres galantes hasta la hora de la
-muerte. Ya puede, después de su falta, llevar vida más ejemplar que la
-de una monja: la hemos fallado... no nos la pega más. O bodas, ó es V.
-una corrida, una perdida de profesión... ¡Bonita lógica! V., niña
-inocente, que cae víctima de la poca edad, la inexperiencia y la tiranía
-de los afectos y las inclinaciones naturales, púdrase en un convento,
-que ya no tiene V. más camino... Amiga Asís... ¡Tonterías!
-
-Mientras hablaba el comandante, su fantasía, en vez de los plátanos del
-jardincillo, le representaba otras masas sombrías de follaje, robles y
-castaños; y el olor fragante de las flores de acacia le parecía el de
-las silvestres mentas que crecen al borde de los linderos en el valle de
-Ulloa. La dama que tenía á su lado, por el mismo fenómeno de óptica
-interior, veía el rebullicio de una feria, una casita al borde del
-Manzanares, un cuartuco estrecho, un camastro, una taza de té volcada...
-
---Tonterías--prosiguió Don Gabriel, sin fijarse en la gran emoción de
-Asís--pero que se pagan caras á veces... Sucede que se nos imponen, y
-que por obedecerlas, una mujer de instintos nobles se juzga manchada,
-vilipendiada, infamada por toda su vida á consecuencia de un minuto de
-extravío, y, de no poder casarse con aquel á quien se cree ligada para
-siempre jamás, se anula, se entierra, se despide de la felicidad por los
-siglos de los siglos amén... Es monja sin vocación, ó es esposa sin
-cariño... Ahí tiene V. dónde paran ciertas cosas.
-
-Al murmurar con amargura estas palabras, el comandante, en lugar de la
-silueta gentil del Museo, veía las verdosas tapias del convento
-santiagués, las negras rejas de trágicos recuerdos, y tras de aquellas
-rejas, comidas de orín, una cara pálida, con obscuros ojos, muy
-semejante á la de cierta hermana suya, que había sido el cariño más
-profundo de su vida.
-
-
-
-
-XIV
-
-
-Vaya, Pardo... Es V. terrible. ¿Me quiere V. igualar la moral de los
-hombres con la de las mujeres?
-
---Paquita... dejémonos de _clichés_.--(Pardo usaba muy á menudo esta
-palabrilla para condenar las frases ó ideas vulgares.)--Tanto jabón
-llevan Vds. en las suelas del calzado como nosotros. Es una hipocresía
-detestable eso de acusarlas é infamarlas á Vds. con tal rigor por lo que
-en nosotros nada significa.
-
---¿Y la conciencia, señor mío? ¿Y Dios?
-
-La dama argüía con cierta afectada solemnidad y severidad, bajo la cual
-velaba una satisfacción inmensa. Iban pareciéndole muy bonitos y
-sensatos los detestables sofismas del comandante, que así pervierte la
-pasión el entendimiento.
-
---¡La conciencia! ¡Dios!--exclamó él, remedando el tono enfático de la
-señora.--Otro registro. Bueno: toquémoslo también. ¿Se trata de
-pecadores creyentes? ¿Católicos, apostólicos, romanos?
-
---Por supuesto. ¿Ha de ser todo el mundo hereje como V.?
-
---Pues si tratamos de creyentes, la cuestión de conciencia es
-independiente de la de sexo. Aunque me llama V. hereje, todavía no he
-olvidado la doctrina; puedo decirle á V. de corrido los diez
-mandamientos... y se me figura que rezan igual con nosotros que con Vds.
-Y también sé que el confesor las absuelve y perdona á Vds. igualito que
-á nosotros. Lo que pide á la penitente el ministro de Dios es
-arrepentimiento, propósito de la enmienda. El mundo, más severo que
-Dios, pide la perfección absoluta, y si no... O todo ó nada.
-
---No, no; mire V. que también el confesor nos aprieta más las clavijas.
-Para Vds. la manga se ensancha un poquito...--repuso Asís, paladeando el
-deleite de aducir malas razones para saborear el gusto de verlas
-refutadas.
-
---Hija, si eso hacen, es por prudencia, para que no desertemos del
-confesonario si nos da por frecuentarlo... En el fondo, ningún confesor
-le dirá á V, que hay un pecado más para las hembras. Es decir, que la
-cosa queda reducida á las consecuencias positivas, exteriores..., al
-criterio social. En salvando éste, en no sabiéndose nada, el asunto no
-tiene más trascendencia en Vds. que en nosotros... Y en nosotros...
-¡ayúdeme V. á sentir! (Al argüir así, el comandante castañeteaba los
-dedos.) Ahora, si V. me ataca por otro lado...
-
---Yo...--balbució la señora, sin pizca de ganas de atacar.
-
---Si me sale V. con el respeto y la estimación propia... con lo que cada
-cual se debe á sí mismo...
-
---Eso... lo que cada cual se debe á sí mismo--articuló Asís hecha una
-amapola.
-
---Convendré en que eso siempre realza á una mujer; pero, en gran parte,
-depende del criterio social. La mujer se cree infamada, después de una
-de esas caídas, ante su propia conciencia, porque le han hecho concebir
-desde niña que lo más malo, lo más infamante, lo irreparable, es eso;
-que es como el infierno, donde no sale el que entra. A nosotros nos
-enseñan lo contrario; que es vergonzoso para el hombre no tener
-aventuras, y que hasta queda humillado si las rehuye... De modo, que lo
-mismo que á nosotros nos pone muy huecos, á Vds. las envilece.
-Preocupaciones hereditarias emocionales, como diría Spencer. Y vaya unos
-terminachos que la suelto á V.
-
---No, si yo con su trato ya me voy haciendo una sabia. Todos los días me
-aporrea V. los oídos con cada palabrota...
-
---¿Y si yo le dijese á V.--prosiguió Pardo echándose á disertar--que
-_eso_ que llamé accesorio en las aventurillas, me parece á mí que en el
-cariño verdadero, cuando están unidas así, así, como si las pegasen con
-argamasa, las voluntades, llega á ser más accesorio aún? Es el
-complemento de otra cosa mucho más grande, que dura siempre, y que
-comprende eso y todo lo demás... Lo estoy embrollando, paisana. V. se
-ríe de mí: á callar.
-
-Asís oía, oía con toda su alma, pareciéndole que nunca había tenido su
-paisano momentos tan felices como aquella noche, ni hablado tan discreta
-y profundamente. Los dichos del comandante, que al pronto lastimaban sus
-convicciones adquiridas, entraban, sin embargo, como bien disparadas
-saetas hasta el fondo de su entendimiento y encendían en él una especie
-de hoguera incendiaria, á cuya destructora luz veía tambalearse
-infinitas ideas de las que había creído más sólidas y firmes hasta
-entonces. Era como si le arrancasen del espíritu una muela dañada: dolor
-y susto al sentir el frío del instrumento y el tirón; pero después, un
-alivio, una sensación tan grata viéndose libre de aquel cuerpo muerto...
-Anestesia de la conciencia, con cloroformo de malas doctrinas, podría
-llamarse aquella operación quirúrgico-moral.
-
---Es un extravagante este hombre--pensaba la operada.--Decir, me está
-diciendo cosas estupendas... Pero se me figura que le sobra la razón por
-encima de los pelos. Habla por su boca la justicia. ¿Va una á creerse
-criminal por unos instantes de error? Siempre estoy á tiempo de pararme
-y no reincidir... ¡Claro que si por sistema!... Ni él tampoco dice eso,
-no... Su teoría es que ciertas cosas que suceden así... qué sé yo cómo,
-sin iniciativa ni premeditación por parte de uno, no han de mirarse como
-manchas de esas que ya nunca se limpian... El mismo Padre Urdax de fijo
-que no es tan severo en eso como la sociedad hipocritona... ¡Ay Dios
-mío! Ya estoy como mi paisano, echándole á la sociedad la culpa de todo.
-
-Al llegar aquí de sus reflexiones la dama, la molestó un cosquilleo,
-primero entre las cejas, luego en la membrana de la nariz... ¡Aaach!
-Estornudó con ruido, estremeciéndose.
-
---¡Adiós! Ya se me ha resfriado V.--exclamó su amigo.--No está V.
-acostumbrada á estas vagancias al sereno... Levántese V. y paseemos.
-
---No, si no es el rocío lo que me acatarra á mí... He tomado sol.
-
---¿Sol? ¿Cuándo?
-
---Ayer..., digo, anteayer..., yendo..., sí, yendo á misa á las
-Pascualas. No crea V.: desde entonces ando yo regular, nada más que
-regularcita. Cuándo jaquecas, cuándo mareos...
-
---De todos modos... guíese V. por mí: caminemos, ¿eh? Si sobre la
-insolación le viene á V. un pasmo... ó coge V. unas intermitentes de
-estas de primavera en Madrid...
-
---No me asuste V.... Tengo poco de aprensiva--contestó la dama
-levantándose y envolviéndose mejor en el abrigo.
-
---¿A su casa de V.?
-
---Bien..., sí, vamos hacia allá despacio.
-
-No siguió el comandante explanando sus disolventes opiniones hasta la
-misma puerta de la señora. Al abrirla Imperfecto, Asís convidó á su
-amigo á que descansase un rato; él se negó; necesitaba darse una vuelta
-por el Círculo Militar, leer los periódicos extranjeros y hablar con un
-par de amigos, á última hora, en Fornos. Deseó respetuosamente las
-buenas noches á la señora y bajó las escaleras á paso redoblado. Con el
-mismo echó calle abajo aquel gran despreocupado, nihilista de la moral:
-y nos consta que iba haciendo éste ó parecido soliloquio, idéntico al
-que, en igualdad de circunstancias, haría otra persona que pensase según
-todos los _clichés_ admitidos:
-
---Me ha engañado la viuda... Yo que la creía una señora impecable. Un
-apabullo como otro cualquiera. No he mirado las iniciales del tarjetero:
-serían... ¡vaya V. á saber! Porque en realidad, ni nadie murmura de
-ella, ni veo á su alrededor persona que... En fin, cosas que suceden en
-la vida; chascos que uno se lleva. Cuando pienso que á veces se me
-pasaba por la cabeza decirle algo formal... No, esto no es un _caballo
-muerto_, ¡qué disparate! es sólo un tropiezo del caballo... No he
-llegado á caerme... ¡Así fuesen los desengaños todos!...
-
-Siguió caminando sin ver los árboles del Retiro, que se agrupaban en
-misteriosas masas á su derecha. Ni percibía el olor de las acacias. Pero
-él seguía oliendo, no á los cortesanos y pulidos vegetales de los
-paseos públicos, sino á otros árboles rurales, bravíos y libres: los que
-producen la morena castaña que se asa en los magostos de Noviembre, en
-el valle de los Pazos.
-
-
-
-
-XV
-
-
-La tarde del día siguiente la dedicó Asís á pagar visitas. Tarea
-maquinal y enfadosa, deber de los más irritantes que el pacto social
-impone. Raro es que nadie se someta á él sin murmurar, por fuera ó por
-dentro, del mundo y sus farsas. Menos mal cuando las visitas se hacen,
-como las hacía la dama, en piés ajenos. Entonces lo arduo de la faena
-empieza en las porterías. ¡Si todas las casas fuesen como la de Sahagún
-ó la de Torres-Nobles, por ejemplo! Allí, antes de llegar, ya llevaba
-Asís en la mano la tarjeta con el pico dobladito, y al sentir rodar el
-coche, ya estaba asomándose al ancho vano del portón el portero
-imponente, patilludo, correcto, amabilísimo, que recogía la tarjeta
-preguntando:--¿A dónde desea ir la señora?--para transmitir la orden al
-cochero. Los Torres-Nobles, los Sahagún, los Pinogrande y otras familias
-así, de muy alto copete, no recibían sino de noche alguna vez, y el
-llegarse á su casa para dejar la tarjeta representaba una fórmula de
-cortesía facilísima de cumplir al bajar al paseo ó al volver de las
-tiendas. Pero si entre las relaciones de Asís las había tan granadas,
-otras eran de muchísimo menos fuste, y algunas, procedentes de Vigo,
-rayaban en modestas. Y allí era el entrar en portales angostos, el
-parlamentar con porteras gruñonas, la desconsoladora respuesta:--Sí,
-señora, me paece que no ha salió en to el día de casa... Tercero con
-entresuelo, primero y principal... á mano izquierda.--Y la ascensión
-interminable, el sobrealiento, el tedio de subir por aquel caracol
-obscuro, con olores á cocina y á todas las oficinas caseras, y la cerril
-alcarreña que abre, y la acogida embarazosa, las empalagosas
-preguntitas, los chiquillos sucios y desgreñados, los relatos de
-enfermedades, la chismografía viguesa agigantada por la óptica de la
-distancia... Vamos, que era para renegar, y Asís renegaba en su
-interior, consultando, sin embargo, la lista de la cartera y diciendo
-con un suspiro profundo:--¡Ay! Aún falta la viuda de Pardiñas... la
-madre del médico de Celas..., y Rita, la hermana de Gabriel Pardo... Y
-esa si que es urgente... Ha tenido al chiquillo con difteria...
-
-Por lo mismo que el ajetreo de las visitas había sido tan cargante, que
-á la mayor parte se las encontrara en casa y que no le sacaron sino
-conversaciones capaces de aburrir á una estatua de yeso, la dama
-regresaba á su vivienda con el espíritu muy sosegado. A semejanza de los
-devotos que si les hurga la conciencia se imponen la obligación de
-rezar tres rosarios seguidos y una serie considerable de padre nuestros,
-Asís, sintiéndose reo de perturbación social, ó al menos de amago de
-este delito, se consagraba á cumplir minuciosamente los ritos de
-desagravio, y como le habían producido tan soberano fastidio, juzgaba
-saldada más de la mitad de su cuenta. Por otra parte, encontrábase
-decidida--más que nunca--á cortar las irregularidades de su conducta
-presente. Tenía razón el comandante: la falta, bien mirado, no era tan
-inaudita; pero si trascendía al público, ¡ah! ¡entonces! Evitar el
-escándalo y la reincidencia, precaver lo venidero..., y se acabó. Cortar
-de raíz, eso sí, (la dama veía entonces la virtud en forma de grandes y
-afiladísimas tijeras, como las que usan los sastres). Y bien podía
-hacerlo, porque la verdad ante todo, su corazón no estaba
-interesado...--Vamos á ver--argüía para sí la señora.--Supongamos que
-ahora viniesen á decirme: Diego Pacheco se ha largado esta mañana á su
-tierra, donde parece que se casa con una muchacha preciosa... Nada: yo
-tan fresca, sin echar ni una lágrima. Hasta puede que diese gracias á
-Dios, viéndome libre de este grave compromiso. Pues la cosa es bien
-sencilla: ¿se había de ir él? Soy yo quien se larga. Así como así, días
-arriba ó abajo, ya estaba cerca el de irse á veranear... Pues adelanto
-el veraneo un poquillo... y corrientes.--¡Qué descanso tomar el tren! Se
-concluían aquellos recelos incesantes, aquel volver el rostro cuando la
-Diabla le preguntaba alguna cosa, aquella tartamudez, aquella
-vergüenza, vergüenza tonta en una viuda, que al fin y al cabo era libre
-y no tenía que dar á nadie cuenta de sus actos...
-
-Pensaba en estas cosas cuando se apeó y empezó á subir la escalera de su
-casa. Aún no estaba encendida la luz, caso frecuente en las tardes
-veraniegas. Al segundo tramo... ¡Dios nos asista! Un hombre que se
-destaca del obscuro rincón... ¡Pacheco!
-
-Reprimió el chillido. El meridional la cogía ambas manos con violencia.
-
---¿Cómo está mi niña? Tres veces he venido y siempre te negaron... Lo
-que es una de ellas juro que estabas en casa... Si no quieres verme,
-dímelo á mí, que no vendré... Te miraré de lejitos en el paseo ó en el
-teatro... Pero no me despidas con una criada, que se ríe de mí al darme
-con la puerta en las narices.
-
---No... pero si yo...--contestaba aturdida la señora.
-
---¿No se había negado la nena para mí?
-
---No, para ti no...--afirmó rápidamente Asís con acento de sinceridad:
-tan espontáneo é inevitable suele ser en ciertas ocasiones el engaño.
-
---Pues, entonces, vengo esta noche. ¿Sí? Esta noche á las nueve.
-
-Hizo la dama un expresivo movimiento.
-
---¿No quieres? ¿Tienes compromiso de salir, de ir á alguna parte? La
-verdad, chiquilla. Me largaré como aquel á quien le han dado cañaso,
-pero no porfiaré. Me sabe mal porfiar. Por mí no has de tener tú media
-hora de disgusto.
-
-Asís titubeaba. Cosa rara y sin embargo explicable dentro de cierto
-misterioso ilogismo que impone á la conducta femenina la difícil
-situación de la mujer: lo que decidió su respuesta afirmativa fué
-cabalmente la resolución de poner tierra en medio que acababa de adoptar
-en el coche.
-
---Bueno, á las nueve... (Pacheco la apretó contra sí.) ¿Pero... te irás
-á las diez?
-
---¿A las diez? Es tanto como no venir... Tú tienes que hacer hoy: dímelo
-así, clarito.
-
---Que hacer no... Por los criados. No me gusta dar espectáculo á esa
-gente.
-
---El chico no importa, es un bausán... La chica es más avispada. Mándala
-con un recado fuera... Hasta pronto.
-
-Y Pacheco ocultó la cara en el pelo de la señora, descomponiéndolo y
-echándola el sombrero hacia atrás. Ella se lo arregló antes de llamar,
-lo cual hizo con pulso trémulo.
-
-Iba muy preocupada, mucho. Se desnudó distraídamente, dejando una prenda
-aquí y otra acullá; la Diabla las recogía y colgaba, no sin haberlas
-sacudido y examinado con un detenimiento que á Asís le pareció
-importuno. ¿Por qué no rehusar firmemente la dichosa cita?... Sí, sería
-mejor; pero al fin, para el tiempo que faltaba... Volvióse hacia la
-doncella.
-
---Mira, revisarás el mundo grande...: creo que tiene descompuestas las
-bisagras. Acuérdate mañana de ir á casa de Madama Armandina...; puede
-que ya estén los sombreros listos... Si no están, la das prisa. Que
-quiero marcharme pronto, pronto.
-
---¿A Vigo, señorita?--preguntó la Diabla con hipócrita suavidad.
-
---¿Pues á dónde? También te darás una vuelta por el zapatero... y á ver
-si en la plazuela del Angel tienen compuesto el abanico.
-
-Dictando estas órdenes se calmaba. No, el rehusar no era factible. Si le
-hubiese despedido esta noche, él querría volver mañana. Disimulo,
-transigir... y, como decía él..., _najencia_.
-
-Comió poco; sentía esa constricción en el diafragma, inseparable
-compañera de las ansiedades y zozobras del espíritu. Miraba
-frecuentemente para la esfera del reloj, el cual no señalaba más que las
-ocho al levantarse la señora de la mesa.
-
---Oye, Angela...
-
-Faltábale saliva en la boca; la lengua se le pegaba al velo del paladar.
-
---Oye, hija... ¿Quieres... irte á pasar esta noche con tu hermana, la
-casada con el guardia civil? ¿Eh?
-
---¡Ay señorita!... Yo, con mil amores... Pero vive tan lejos: el cuartel
-lo tienen allá en las Peñuelas... Mientras se va y se viene...
-
---Es lo de menos... Te pago el tranvía... ó un simón. Lo que te haga
-falta... Y aunque vuelvas después de... media noche, ¿eh? no dejarán de
-abrirte. Come á escape... Mira, ¿no tiene tu hermana una niña de seis
-años?
-
---De ocho, señorita, de ocho... Y un muñeco de trece meses que anda con
-la dentición.
-
---Bien: á la niña podrá servirle, arreglándola... Le llevas aquella ropa
-de Marujita que hemos apartado el otro día...
-
---Dios se lo pague... ¿También el sombrero de castor blanco, con el
-pájaro?
-
---También... Anda ya.
-
-El sombrero de castor produjo excelente efecto. Imaginaba siempre la
-señora que, de algunos días á esta parte, su doncella se atrevía á
-mirarla y hablarla ya con indefinible acento severo, ya con disimulada
-entonación irónica; pero después de tan espléndida donación, por más que
-aguzó la malicia, no pudo advertir en el gracioso semblante de la criada
-sino júbilo y gratitud. Comió la Diabla en tres minutos: ni visto ni
-oído: y á poco se presentó á su ama muy maja y pizpireta, con traje
-dominguero, el pelo rizado á tenacilla, botas que cantaban.
-
---Vete, hija, ya debe de ser tarde... Las nueve menos cuarto...
-
---No, señorita... Las ocho y veinticinco por el comedor... ¿Tiene algo
-que mandar? ¿Quiere alguna cosa?...
-
---Nada, nada... Que lo pases bien... ¡Qué elegante te has puesto!...
-¿Allí habrá gente, eh? ¿Guardias civiles? ¿Jóvenes?
-
---Algunos... Hay uno de nuestra tierra... de la provincia de Pontevedra,
-de Marín..., alto él, con bigote negro.
-
---Bien, hija... Pues lo que es por mí, ya puedes marcharte.
-
-¿Qué haría aquella maldita Diabla, que un cuarto de hora después de
-recibidas semejantes despachaderas aún no había tomado el portante? Con
-el oído pegado á la puertecilla falsa de su dormitorio, que caía al
-pasillo, Asís espiaba la salida de su doncella, mordiéndose los labios
-de impaciencia nerviosa. Al fin sintió pasitos, taconeo de calzado
-flamante, oyó una risotada, un _¡divertirse y gastar poco!_ que venía de
-la cocina... La puerta se abrió, hizo ¡puum! al cerrarse... ¡Ay, gracias
-á Dios!
-
-Así que se fué la condenada chica, parecióle á la señora que todo el
-piso se había quedado en un silencio religioso, en un recogimiento
-inexplicable. Hasta la lámpara del saloncito alumbraba, si cabe, con luz
-más velada, más dulce que otras noches. Eran las nueve menos cuarto:
-Pacheco aun tardaría cosa de veinte minutos... Se oyó un campanillazo
-sentimental, tímido, como si la campanilla recelase pecar de
-indiscreta...
-
-
-
-
-XVI
-
-
-Era Pacheco, envuelto en su capa de embozos grana, impropia de la
-estación, y de hongo. Detúvose en la puerta como irresoluto, y Asís tuvo
-que animarle:
-
---Pase V...
-
-Entonces el galán se desembozó resueltamente y se informó de cómo
-andaba la salud de Asís.
-
-En los primeros momentos de sus entrevistas, siempre se hablaban así,
-empleando fórmulas corteses y preguntando cosas insignificantes; su
-saludo era el saludo de ordenanza en sociedad: estrecharse la mano. Ni
-ellos mismos podrían explicar la razón de este procedimiento extraño,
-que acaso fuese la cortedad debida á lo reciente é impensado de su trato
-amoroso. No obstante, algo especial y distinto de otras veces notaría el
-andaluz en la señora, que al sentarse en el diván á su lado, murmuró
-después de una embarazosa pausa:
-
---¡Qué fría me recibes! ¿Qué tienes?
-
---¡Qué disparate! ¿Qué voy á tener?
-
---¡Ay prenda, prenda! A mí no se me engaña... Soy perro viejo en materia
-de mujeres. Estorbo. Tú tenías algún plan esta noche.
-
---Ninguno, ninguno--afirmó calurosamente Asís.
-
---Bien, lo creo. Eso sí que lo has dicho como se dicen las verdaes.
-Pero, en plata: que no te pinchaban á ti las ganas de verme. Hoy me
-querías tú á cien leguas.
-
-Aseveró esto metiendo sus dedos largos, de pulcras uñas, entre el pelo
-de la señora, y complaciéndose en alborotar el peinado sobrio, sin
-postizos ni rellenos, que Asís trataba de imitar del de la Pinogrande,
-maestra en los toques de la elegancia.
-
---Si no quisiese recibirte, con decírtelo...
-
---Así debiera ser... el corasonsillo en la mano... Pero á veces se le
-figura á uno que está comprometido á pintar afecto, ¿sabes tú?, por
-caridad ó qué sé yo por qué... Si yo lo he hecho á cada rato con un
-ciento de novias y de querías... Harto de ellas por cima de los pelos...
-y empeñado en aparentar otra cosa... porque es fuerte eso de estamparle
-á un hombre ó á una hembra en su propia cara:--Ya me tiene V. hasta
-aquí... no me hace V. ni tanto de ilusión.
-
---¿Quién sabe si eso te estará pasando á ti conmigo?--exclamó Asís
-festivamente, echándolas de modesta.
-
-No contestó el meridional sino con un abrazo vehemente, apretado,
-repentino, y un--_¡ojalá!_--salido del alma, tan ronco y tan dramático,
-que la dama sintió rara conmoción, semejante á la del que, poniendo la
-mano sobre un aparato eléctrico, nota la sacudida de la corriente.
-
---¿Por qué dices _ojalá_?--preguntó, imitando el tono del andaluz.
-
---Porque esto es de más; porque nunca me vi como me veo; porque tú me
-has dado á beber zumo de hierbas desde que te he conocío, chiquilla...
-Porque estoy mareado, chiflado, loco, por tus pedasos de almíbar... ¿Te
-enteras? Porque tú vas á ser causa de la perdición de un hombre, lo
-mismo que Dios está en el sielo y nos oye y nos ve... Terroncito de sal,
-¿qué tienes en esta boca, y en estos ojos, y en toda tu persona, para
-que yo me ponga así? A ver, dímelo, gloria, veneno, sirena del mar.
-
-La señora callaba, aturdida, no sabiendo qué contestar á tan apasionadas
-protestas; pero vino á sacarla del apuro un estruendo inesperado y
-desapacible, el alboroto de una de esas músicas ratoneras antes llamadas
-_murgas_, y que en la actualidad, por la manía reinante de elevarlo
-todo, adoptan el nombre de _bandas populares_.
-
---¡Oiga! ¿Nos dan cencerrada ya los vecinos del barrio?--gritó Pacheco,
-levantándose del sofá y entreabriendo las vidrieras.--¡Y cómo desafinan
-los malditos!... Ven á oir, chiquilla, ven á oir. Verás cómo te rompen
-el tímpano.
-
-En el meridional no era sorprendente este salto desde las ternezas más
-moriscas al más prosaico de los incidentes callejeros: estaba en su modo
-de ser la transición brusca, la rápida exteriorización de las
-impresiones.
-
---Mira, ven--continuó.--Te pongo aquí una butaca y nos recreamos. ¿A
-quién le dispararán la serenata?
-
---A un almacén de ultramarinos que se ha estrenado hoy--contestó Asís
-recordando casualmente chismografías de la Diabla.--En la otra acera,
-pocas casas más allá de la de enfrente. Aquella puerta... allí. ¡Ya
-tenemos música para rato!
-
-Pacheco arrastró un sillón hacia la ventana y se sentó en él.
-
---¡Desatento!--exclamó riendo la señora.--¿Pues no decías que era para
-mí?
-
---Para ti es--respondió el amante cogiéndola por la cintura y
-obligándola quieras ó no quieras á que se acomodase en sus rodillas. Se
-resistió algo la dama, y al fin tuvo que acceder. Pacheco la mecía como
-se mece á las criaturas, sin permitirse ningún agasajo distinto de los
-que pueden prodigarse á un niño inocente. Por forzosa exigencia de la
-postura, Asís le echó un brazo al cuello, y después de los primeros
-minutos, reposó la cabeza en el hombro del andaluz. Un airecillo
-delgado, en que flotaban perfumes de acacia y ese peculiar olor de humo
-y ladrillo recaliente de la atmósfera madrileña en estío, entraba por
-las vidrieras, intentaba en balde mover las cortinas, y traía fragmentos
-de la música chillona, tolerable á favor de la distancia y de la noche,
-hora que tiene virtud para suavizar y concertar los más discordantes
-sonidos. Y la proximidad de los dos cuerpos ocupando un solo sillón,
-estrechaba también, sin duda, los espíritus, pues por vez primera en el
-curso de aquella historia entablóse entre Pacheco y la dama un cuchicheo
-íntimo, cariñoso, confidencial.
-
-No hablaban de amor: versaba el coloquio sobre esas cosas que parecen
-muy insignificantes escritas y que en la vida real no se tratan casi
-nunca sino en ocasiones semejantes á aquella, en minutos de imprevista
-efusión. Asís menudeaba preguntas, exigiendo detalles biográficos: ¿Qué
-hacía Pacheco? ¿Por dónde andaba? ¿Cómo era su familia? ¿La vida
-anterior? ¿Los gustos? ¿Las amistades? ¿La edad justa, justa, por meses,
-días y no sé si horas?
-
---Pues yo soy más vieja que tú--murmuró pensativa, así que el gaditano
-hubo declarado su fe de bautismo.
-
---¡Gran cosa! Será un añito, ó medio.
-
---No, no, dos lo menos. Dos, dos.
-
---Corriente, sí, pero el hombre siempre es más viejo, cachito de gloria,
-porque nosotros vivimos; ¿te enteras? y vosotras no. Yo, en particular,
-he vivido por una docena. No imaginarás diablura que yo no haya catado.
-Soy maestro en el arte de hacer desatinos. ¡Si tú supieses algunas cosas
-mías!
-
-Asís sintió una curiosidad punzante unida á un enojo sin motivo.
-
---Por lo visto eres todo un perdis, buena alhaja.
-
---¡Quiá!... ¿Perdis yo? Di que no, nena mía. Yo galanteé á trescientas
-mil mujeres, y ahora me parece que no quise á ninguna. Yo hice cuanto
-disparate se puede hacer, y al mismo tiempo no tengo vicios. ¿Dirás que
-cómo es ese milagro? Siendo... ahí verás tú. Los vicios no prenden en
-mí. Ninguno arraiga, ni arraigará jamás. Aún te declaro otra cosa; que
-no sólo no se me puede llamar vicioso, sino que si me descuido acabo por
-santo. Es según los lados á que me arrimo. ¿Me ponen en circunstancias
-de ser perdío? No me quedo atrás. ¿Que tocan á ser bueno? Nadie me gana.
-Si doy con gente arrastrada, ¿qué quieres tú?
-
---¿Hasta en lo tocante á la honra te dejarías llevar?--preguntó algo
-asustada Asís.
-
-El gaditano se echó atrás como si le hubiese picado una sierpe.
-
---¡Hija! Vaya unas cosillas que me preguntas. ¿Me has tomado por algún
-secuestrador? Yo no secuestro más que á las hembras de tu facha. Pero
-ya sabes que en mi tierra, las pendencias no se cuentan por delitos...
-He _enfriado_ á un infeliz... que más quisiera no haberle tocado al pelo
-de la ropa. Dejémoslo, que importa un pito. Fuera de esas trifulcas, no
-ha tenío el diablo por donde cogerme: he jugado, perdiendo y ganando un
-dinerillo... regular; he bebío... vamos, que no me falta á mí saque; de
-novias y otros enredos... De esto estaría muy feo que te contase ná.
-Chitito. ¿Un cariño á tu rorro?
-
---Vamos, que eres la gran persona--protestó escandalizada Asís,
-desviándose en vez de acercarse como Pacheco pretendía.
-
---No lo sabes bien. Eso es como el Evangelio. Yo quisiera averiguar pa
-qué me ha echado Dios á este mundo. Porque soy, además de tronerilla, un
-haragán y un zángano de primera, niña del alma... No hago cosa de
-provecho, ni ganas de hacerla. ¿A qué? Mi padre, empeñao el buen señor
-en que me luzca y en que sirva al país, y dale con la chifladura de que
-me meta en política, y tumba con que salga diputao, y vaya á hacer el bu
-al Congreso... ¡En el Congreso yo! A mí, lo que es asustarme, ni el
-Congreso ni veinte Congresos me asustan. La farsa aquella no me pone
-miedo. Te aviso que en todo cuanto me propongo salir avante, salgo y sin
-grandes fatigas: ¡qué! Pero á decir verdad, no me he tomado nunca
-trabajos así enormes, como no fuese por alguna mujer guapa. No soy memo
-ni lerdo, y si quisiese ir allí á pintar la mona como Albareda, la
-pintaría, figúrate. ¿Que se me ha muerto mi abuelita? ¡Si es la pura
-verdad! Sólo que too eso porque tanto se descuaja la gente, no vale los
-sudores que cuesta. En cambio... ¡una mujer como tú!...
-
-Díjolo al oído de la dama, á quien estrechó más contra sí.
-
---Sólo esto, terrón de azúcar, sólo esto sabe bien en el mundo amargo...
-Tener así á una mujer adorándola... Así, apretadica, metida en el
-corasón... Lo demás... pamplina.
-
---Pero eso es atroz--protestó severamente Asís, cuya formalidad
-cantábrica se despertaba entonces con gran brío.--¿De modo que no te
-avergüenzas de ser un hombre inútil, un mequetrefe, un cero á la
-izquierda?
-
---¿Y á ti qué te importa, lucerito? ¿Soy inútil pa quererte? ¿Has
-resuelto no enamorarte sino de tipos que mangoneen y anden agarraos á la
-casaca de algún ministro? Mira... Si te empeñas en hacer de mí un
-personaje, una notabilidad... como soy Diego que te sales con la tuya.
-Daré días de gloria á la patria; ¿no se dice así? Aguarda, aguarda...,
-verás qué registros saco. Proponte que me vuelva un Castelar ó un
-Cánovas del Castillo, y me vuelvo... ¡Ole que sí! ¿Te creías tú que
-alguno de esos panolis vale más que este nene? (Sólo que ellos largaron
-todo el trapo y yo recogí velas.). Por no deslucirlos. Modestia pura.
-
-No había más remedio que reirse de los dislates de aquel tarambana, y
-Asís lo hizo; al reirse hubo de toser un poco.
-
---¡Ea! ya te me acatarraste--exclamó el gaditano
-consternadísimo.--Hágame V. el obsequio de ponerse algo en la cabeza...
-Así, tan desabrigada... ¡Loca!
-
---Pero si nunca me pongo nada, ni... No soy enclenque.
-
---Pues hoy te pondrás, porque yo lo mando. Si aciertas á enfermar, me
-suicido.
-
-Saltó Asís de brazos de su adorador, muerta de risa, y al saltar perdió
-una de sus bonitas chinelas, que por ser sin talón, á cada rato se le
-escurrían del pié. Recogióla Pacheco, calzándosela con mil extremos y
-zalamerías. La dama entró en su alcoba, y abriendo el armario de luna
-empezó á buscar á tientas una toquilla de encaje para ponérsela y que no
-la marease aquel pesado. Vuelta estaba de espaldas á la poca luz que
-venía del saloncito, cuando sintió que dos brazos la ceñían el cuerpo.
-En medio de la lluvia de caricias delirantes que acompañó á demostración
-tan atrevida, Asís entreoyó una voz alterada, que repetía con acento
-serio y trágico:
-
---¡Te adoro... Me muero, me muero por ti!
-
-Parecía la voz de otro hombre; hasta tenía ese _trémolo_ penoso que da
-al acento humano el rugir de las emociones extraordinarias comprimido en
-la garganta por la voluntad. Impresionada, Asís se volvió soltando la
-toquilla.
-
---Diego...--tartamudeó llamando así á Pacheco por primera vez.
-
---¿Por qué no dices _Diego mío, Diego del alma_?--exclamó con fuego el
-andaluz deshaciéndola entre sus brazos.
-
---Qué sé yo... Cuando uno habla así... me parece cosa de novela ó de
-comedia. Es una ridiculez.
-
---¡Prueba... prueba... ¡Ay! ¡Cómo lo has dicho! _¡Diego
-mío!_--prorrumpió él remedando á la señora, al mismo tiempo que la
-soltaba casi con igual violencia que la había cogido.--¡Pedazo de hielo!
-¡Vaya unas hembras que se gastan en tu país!... ¡Marusiñas! ¡Reniego de
-ellas todas! ¡Que las echen al carro de la basura!
-
---Mira--dijo la dama tomándolo otra vez á risa--eres un cómico y un
-orate... No hay modo de ponerse seria con un tipo como tú. A ver: aquí
-está un señorito que ha tenido cuatrocientas novias y dos mil líos
-gordos, y ahora se ha prendado de mí como el Petrarca de la señora
-Laura... De mí nada más: privilegio exclusivo, patente del Gobierno.
-
---Tómalo á guasa... Pues es tan verdad como que ahora te agarro la mano.
-Yo tuve un millón de devaneos, conformes; pero en ninguno me pasó lo que
-ahora. ¡Por éstas, que son cruces! Quebraeros de cabesa míos, novias y
-demás, me las encuentro en la calle y no las conozco. A ti... te
-dibujaría, si fuese pintor, á obscuras. Tan clavadita te tengo. De aquí
-á cincuenta años, cayéndote de vieja, te conocería entre mil viejas más.
-Otras historias las seguí por vanidad, por capricho, por golosina, por
-terquedad, por matar el tiempo... Me quedaba un rincón aquí, donde no ha
-puesto el pié nadie, y tenía yo guardaa la llave de oro para ti, prenda
-morena... ¿Qué, lo dudas? Mira, haz un ensayo... Por gusto.
-
-Arrastró á la dama hacia el salón y se recostó en el diván; tomó la mano
-de Asís y la colocó extendida sobre el lado izquierdo de su chaleco.
-Asís sintió un leve y acompasado vaivén, como de péndulo de reloj.
-Pacheco tenía los ojos cerrados.
-
---Estoy pensando en otras mujeres, chiquilla... Quieta..., atención,
-observa bien.
-
---No late nada fuerte--afirmó la señora.
-
---Déjate un rato así... Pienso en mi última novia, una rubia que tenía
-un talle de lo más fino que se encuentra en el mundo... ¿Ves qué
-quietecillo está el pájaro? Ahora... dime tú... ¡si puedes! alguna cosa
-tierna... Mas que no sea verdá.
-
-Asís discurría una gran terneza y buscaba la inflexión de voz para
-pronunciarla. Y al fin salió con esta eterna vulgaridad:
-
---¡Vida mía!
-
-Bajo la palma de la señora, el corazón de Pacheco, como espíritu foleto
-que obedece á un conjuro, rompió en el más agitado baile que puede
-ejecutar semejante víscera. Eran saltos de ave azorada que embiste
-contra los hierros de su cárcel... El meridional entreabrió las azules
-pupilas; su tez tostada había palidecido algún tanto; con extraña prisa
-se levantó del sofá y fué derecho al balcón, donde se apoyó como para
-beber aire y rehacerse de algún trastorno físico y moral. Asís,
-inquieta, le siguió y le tocó en el brazo.
-
---Ya ves qué majadero soy...--murmuró él volviéndose.
-
---¿Pero te pasa algo?
-
---Ná...--El gaditano se apartó del balcón, y viniendo á sentarse en un
-_puf_ bajito, y rogando á Asís con la mirada que ocupase el sillón,
-apoyó la cabeza, en el regazo de la dama.--Con sólo dos palabritas que
-tú me dijiste... Haz favor de no reirte, mona, porque donde me ves tengo
-mal genio... y puede que soltase un desatino. Desde que me he
-entontecido por ti, estoy echando peor carácter. Calladita la niní...
-Deje dormir á su rorro.
-
-Pacheco cruzó el umbral de aquella casa antes de sonar la media noche.
-La Diabla no había regresado aún. Cuando el gaditano, según costumbre
-hasta entonces infructuosa, se volvió desde la esquina de la calle
-mirando hacia los balcones de Asís, pudo distinguir en ellos un bulto
-blanco. La señora exponía sus sofocadísimas mejillas al aire fresco de
-la noche, y la embriaguez de sus sentidos y el embargo de sus potencias
-empezaban á disiparse. Como náufrago arrojado á la costa, que volviendo
-en si toca con placer el cinto de oro que tuvo la precaución de ceñirse
-al sentir que se hundía el buque, Asís se felicitaba por haber
-conservado el átomo de razón indispensable para no acceder á cierta
-súplica insensata.
-
---¡Buena la hacíamos! Mañana estaban enterados vecinos, servicio,
-portero, sereno, el diablo y su madre. ¡Ay Dios mío!... ¡Me sigue, me
-sigue el mareo aquel de la verbena... y lo que es ahora no hay álcali
-que me lo quite!... ¡Qué mareo ni qué!... Mareo, alcohol, insolación...
-¡Pretextos, tonterías!... Lo que pasa es que me gusta, que me va
-gustando cada día un poco más, que me trastorna con su palabrería..., y
-punto redondo. Dice que yo le he dado bebedizos y hierbas... El sí que
-me va dando á comer sesos de borrico... y nada, que no me desenredo.
-Cuando se va, reflexiono y caigo en la cuenta; pero en viéndole...
-acabóse, me perdí.
-
-Llegada á este capítulo, la dama se dedicó á recordar mil pormenores,
-que reunidos formaban lindo mosaico de gracias y méritos de su adorador.
-La pasión con que requebraba; el donaire con que pedía; la gentileza de
-su persona; su buen porte, tan libre del menor conato de gomosería
-impertinente como de encogimiento provinciano; su rara mezcla de
-espontaneidad popular y cortesía hidalga; sus rasgos calaverescos y
-humorísticos unidos á cierta hermosa tristeza romántica (conjunto, dicho
-sea de paso, que forma el hechizo peculiar de los _polos_, _soleares_ y
-demás canciones andaluzas), eran otros tantos motivos que la dama se
-alegaba á sí propia para excusar su debilidad y aquella afición
-avasalladora que sentía apoderarse de su alma. Pero al mismo tiempo,
-considerando otras cosas, se increpaba ásperamente.
-
---No darle vueltas: aquí no hay nada superior, ni siquiera bueno: hay un
-truhán, un vago, un perdis... Todo eso que me dice de que sólo á mí...
-Ardides, trapacerías, costumbre de engañar, mañitas de calavera. En
-volviendo la esquina... (Pacheco acababa de verificar, hacía pocos
-minutos, tan sencillo movimiento), ya ni se acuerda de lo que me
-declama. Estos andaluces nacen actores... Juicio, Asís... juicio. Para
-estas tercianas, hija mía, píldoras de camino de hierro... y extracto de
-Vigo, mañana y tarde, durante cuatro meses. ¡Bahía de Vigo, cuándo te
-veré!
-
-El airecillo de la noche, burlándose de la buena señora, compuso con sus
-susurros delicados estas palabras:
-
---Terronsito e asúcar..., gitana salá.
-
-
-
-
-XVII
-
-
-MUY atareadas estaban la marquesa viuda de Andrade y su doncella en
-revisar los mundos, sacos y maletillas, operación necesaria cuando se va
-á emprender un viaje. Y mire V. que parece cosa del mismo enemigo.
-Siempre en los últimos momentos han de faltar las llaves de los baúles.
-Por mucho que uno las coloque en sitio determinado, diciendo para
-sí:--En este cajón se queda la llavecita; no olvidar que aquí la puse;
-le ato á un estambre colorado, para acordarme mejor; no sea que el día
-de la marcha salgamos con que se ha obscurecido,--viene el instante
-crítico, la busca uno, y... ¡echarle un galgo! Nada, no parece: venga el
-cerrajero, tiznado, sucio, preguntón, insufrible; haga una nueva, y
-lléveselo todo la trampa.
-
-Nerviosa y displicente, daba Asís á la Angela estas quejas. El ajetreo
-del viaje la ponía de mal humor: ¡son tan cargantes los preparativos!
-¡Qué babel, qué trastorno! Nunca sabe uno lo que conviene llevar y lo
-que debe dejarse; cree no necesitar ropa de abrigo, porque al fin se
-viene encima la canícula, pero ¡fíese V. de aquel clima gallego, tan
-inconstante, tan húmedo, tan lluvioso, que tiene seis temperaturas
-diferentísimas en cada veinticuatro horas! Se quedan aquí las prendas en
-el ropero, muertas de risa, y allá tirita uno ó tiene que envolverse en
-mantones como las viejas... Luego, las fiestecitas, los bailes dichosos
-de la Pastora, que obligan á ir provisto de trajes de sociedad, porque
-si uno se presenta sencillo, de seda cruda, les choca y se ofenden y
-critican... Nada, que la última hora es para volverse loco. ¿A que no se
-había acordado Angela de pasarse por casa de la Armandina, á ver si
-tiene lista la pamela de la niña y el pajazón? ¿Apostemos á que el
-impermeable aún está con los mismos botones, que lastiman y en todo se
-prenden? ¿Y el alcanfor para poner en el abrigo de nutria? ¿Y la
-pimienta para que no se apolillase el tapiz de la sala?
-
-Atarugada y dando vueltas de aquí para allí, la Diabla contestaba lo
-mejor posible al chaparrón de advertencias, reconvenciones y preguntas
-de su señora. La hábil muchacha, después de los primeros pases, conocía
-una estocada certera para su ama: si los preparativos de viaje andaban
-algo retrasados, era que la señorita aquel año había dispuesto la marcha
-un mes antes que de costumbre, por lo menos; también á ella (la Diabla)
-se le quedaba sin alistar un vestido de percal, y calzado, y varias
-menudencias; ella creía que hasta mediados de Junio, hacia el día de San
-Antonio... ¿Cómo se le había de ocurrir que se largaban tan de prisa y
-corriendo? La señora contestaba con reprimido suspiro, callaba dos
-minutos, y luego, redoblando su gruñir, corría del cuarto-ropero al
-dormitorio, de la leonera ó cuarto de los baúles al saloncito, y aun se
-determinaba á entrar en la cocina y el comedor, para regañar á
-Imperfecto que no le había traído á su gusto papel de seda, bramante,
-puntas de París, algodón en rama... Imperfecto, con la boca abierta y la
-fisonomía estúpida, subía y bajaba cien veces la escalera haciendo
-recados: las puntas eran gordas, se precisaban otras más chiquitas; el
-algodón no convenía blanco, sino gris: era para rellenar huecos en
-ciertos cajones y que no se estropease lo que iba dentro... En una de
-estas idas y venidas del criado, la señora cruzaba el pasillo, cuando
-repicó la campanilla. Impremeditadamente fué á abrir--cosa que no hacía
-nunca--y se encontró cara á cara con su Diego.
-
-El primer movimiento fué de despecho y contrariedad mal encubierta.
-¿Quién contaba con Pacheco á tales horas? (las diez y media de la
-mañana). No estaba Asís lo que se llama hecha un pingo, con traje roto y
-zapatos viejos, porque ni en una isla desierta se pondría ella en
-semejante facha; pero su bata de chiné blanco tenía manchas y visos
-obscuros, y aun no sé si alguna telaraña, indicio de la lidia con los
-baúles de la leonera; su peinado, revuelto sin arte, con rabos y
-mechones, saliendo por aquí y por acullá, parecía obra de peluquería
-gatuna; y en la superficie del pelo y del rostro se había depositado un
-sutil viso polvoriento, que la señora percibía vagamente al pestañear y
-al pasarse la lengua por los labios, y que la impacientaba lo indecible.
-Y en cambio, el galán venía todo soplado, con una camisa y un chaleco
-como el ampo de la nieve, el ojal guarnecido de fresquísimo clavel,
-guantes de piel de perro flamantitos, y, en suma, todas las señales de
-haberse acicalado mucho. En la mano traía el pretexto de la visita
-madrugadora: dos libros medianamente gruesos.
-
---Las novelas francesas que le prometí...--dijo en voz alta, después del
-cambio de saludos, porque la dama le había hecho seña con el mirar de
-que había moros en la costa.--Si está V. ocupada, me retiro... Si no,
-entraré diez minutos...
-
---Con mucho gusto... A la sala: el resto de la casa está imposible... no
-quiero que se asuste V. del estado en que se encuentra.
-
-Entró Pacheco en la sala; pero por aprisa que Angela cerrase las puertas
-de las habitaciones interiores, el gaditano pudo ver baúles abiertos,
-con las bandejas fuera, ropa desparramada, cajas, sacos...
-
---¿Está V. de mudanza... ó de viaje?--preguntó, quedándose de pié en
-medio del saloncito, con voz opaca, pero sin emplear tono de
-reconvención ni de queja.
-
---No...--tartamudeó Asís--tanto como de viaje precisamente... no. Es que
-estoy guardando la ropa de invierno, poniéndole alcanfor... Si uno se
-descuida, la polilla hace destrozos...
-
-Pacheco se acercó á la dama, y bajando el diapasón, con las inflexiones
-dolientes y melancólicas que solía adoptar á veces, dijo:
-
---A mi no se me engaña, te lo repito. Antes de venir sabía que te ibas.
-Tú no me conoces; tú te has creído que me la puedes dar. Aún no pasaron
-las ideas por esa cabecita, y ya las he olfateado yo. Siento que gastes
-conmigo tapujos. Al fin no te valen, hija mía.
-
-La señora, no acertando á responder nada que valiese la pena, bajó los
-ojos, frunció la boca é hizo un mohín de disgusto.
-
---No amoscarse. Si no me enfado tampoco. La nena mía es muy dueña de
-irse adonde quiera. Pero mientras está aquí, ¿por qué me huye? Ayer me
-dijiste que no podíamos vernos, por estar tú convidada á comer...
-
-Movidos por el mismo impulso, Asís y Don Diego miraron en derredor. Las
-puertas, cerradas; al través de la que comunicaba con los cuartos
-interiores, pasaba amortiguado el ruido del ir y venir de la Diabla. Y
-sin concertarse, á un mismo tiempo se acercaron para cruzar mejor esas
-explicaciones que el corazón adivina antes de pronunciadas.
-
---Hazte cargo... Los criados... Es una atrocidad... Yo nunca tuve de
-estas... vamos... de estas historias... No sé lo que me pasa. Por favor
-te pido...
-
---¡Bendita sea tu madre, niña!... Si ya lo sé... ¿Te crees que no me
-informo yo de los pasos en que anduvo mi reina? Estoy enterao de que
-nadie consiguió de ti ni esto. Yo el primerito... ¡Ay! Te deshago...
-Rica, gitana... ¡Cielo!
-
---Chist... La chica... Si pesca... Es más curiosa...
-
---Un favor te pido no más. Vente á almorsá conmigo. Que te vienes.
-
---Estás tocado... Quita... Chist...
-
---Que te vienes. Palabra, no lo sabrá ni la tierra. Se arreglará...
-verás tú.
-
---¿Pero cómo? ¿Dónde?
-
---En el campo. Te vienes, te vienes. ¡Ya pronto te quedas libre de
-mí!... La despedía. Al reo de muerte se le da, mujer.
-
-¿Cómo cedió y balbució _que sí_, prometiendo, si no por la Estigia, por
-algún otro juramento formidable? ¡Ah! Aunque la observación ya no
-resulte nueva, cedió obedeciendo á los dos móviles que, desde la
-memorable insolación de San Isidro, guiaban, sin que ella misma lo
-notase, su voluntad: dos resortes que podemos llamar de goma el uno y de
-acero el otro: el resorte de goma era la debilidad que aplaza, que
-remite toda gran resolución hasta que la ampare el recurso de la fuga;
-el resorte de acero, todavía chiquitín, menudo como pieza de reloj, era
-el sentimiento que así, á la chita callando, aspiraba nada menos que á
-tomar plenísima posesión de sus dominios, á engranar en la máquina del
-espíritu, para ser su regulador absoluto y dirigir su marcha con
-soberano imperio.
-
-Fiado en la palabra solemne de la señora, Pacheco se marchó, pues no
-convenía, por ningún estilo, que los viesen salir juntos. Asís entró en
-su cuarto á componerse. La Diabla la miraba con su acostumbrada
-curiosidad fisgona y aun le disparó tres ó cuatro preguntas pérfidas
-referentes á la interrumpida tarea del equipaje.
-
---¿Se cierra el mundo? ¿Se clavan los cajones? ¿La señorita quiere que
-avise á la Central para mañana?
-
-¿Cómo había de responder la señora á interrogaciones tan impertinentes?
-Claro que con alguna sequedad y no poco enfado secreto. Además, otros
-incidentes concurrían á exasperarla: por culpa del revoluto del
-equipaje, ni había cosa con cosa, ni parecía lo más indispensable de
-vestir: para dar con unos guantes nuevos tuvo que desbaratar el baúl más
-chico: para sacar un sombrero, desclavó dos cajones. Más peripecias: la
-hebilla del zapato inglés, descosida: al abrochar el cuerpo del traje,
-salta un herrete; al cepillarse los dientes, se rompe el frasco del
-elíxir contra el mármol del lavabo...
-
---¿Almuerza fuera la señorita?--preguntó la incorregible Diabla.
-
---Sí... En casa de Inzula.
-
---¿Ha de venir á buscarla Roque?
-
---No... Pero le mandas que esté con la berlina allí, á las siete...
-
---¿De la tarde?
-
---¿Había de ser de la mañana? ¡Tienes cosas!...
-
-La Diabla sonrió á espaldas de su señora y se bajó para estirarla los
-volantes del vestido y ahuecarla el polisón. Asís piafaba, pegando
-taconacitos de impaciencia. ¿El pericón? ¿El gabán gris, por si
-refresca? ¿Pañuelo? ¿Dónde se habrá metido el velo de tul? Estos
-pinguitos parece que se evaporan... Nunca están en ninguna parte... ¡Ah!
-Por fin... Loado sea Dios...
-
-
-
-
-XVIII
-
-
-Salvó la escalera como pájaro á quien abren el postigo de su
-penitenciaría, y con el mismo paso vivo, echó calle abajo hasta
-Recoletos. La cita era en aquel sitio señalado donde Pacheco había
-tirado el puro: casi frente á la Cibeles. Asís avanzaba protegida por su
-antucá, pero bañada y animada por el sol, el sol instigador y cómplice
-de todo aquel enredo sin antecedentes, sin finalidad y sin excusa. La
-dama registró con los ojos las arboledas, los jardincillos, la entrada
-de la Carrera y las perspectivas del Museo, y no vió á nadie. ¿Se habría
-cansado Diego de esperar? ¡Capaz sería!... De pronto, á sus espaldas,
-una voz cuchicheó afanosa:
-
---Allí... entre aquellos árboles... El simón.
-
-Sin que ella respondiese, el gaditano la guió hacia el destartalado
-carricoche. Era uno de esos clarens inmundos, con forro de gutapercha
-resquebrajado y mal oliente, vidrios embazados y conductor medio beodo,
-que zarandean por Madrid adelante la prisa de los negocios ó la
-clandestinidad del amor. Asís se metió en él con escrúpulo, pensando que
-bien pudiera su galán traerle otro simón menos derrotado. Pacheco, á fin
-de no molestarla pasando á la izquierda, subió por la portezuela
-contraria, y al subir arrojó al regazo de la dama un objeto... ¡Qué
-placer! ¡Un ramillete de rosas, ó mejor dicho un mazo, casi desatado,
-mojado aún! El recinto se inundó de frescura.
-
---¡Huelen tan mal estos condenaos coches!--exclamó el meridional como
-excusándose de su galantería. Pero Asís le flechó una ojeada de
-gratitud. El indecente vehículo comenzaba á rodar; ya debía de tener
-órdenes.
-
---¿Se puede saber á dónde vamos, ó es un secreto?
-
---A las Ventas del Espíritu Santo.
-
---¡Las Ventas!--clamó Asís alarmada.--¡Pero si es un sitio de los más
-públicos! ¿Vuelta á las andadas? ¿Otro San Isidro tenemos?
-
---Es sitio público los domingos; los días sueltos está bastante
-solitario. Que te calles. ¿Te iba yo á llevar adonde te encontrases en
-un bochorno? Antes de convidarte, chiquilla, me he enterado yo de toas
-las maneras de almorsá en Madrid... Se puede almorsá en un buen
-_restaurant_ ó en cafés finos; pero eso es echar un pregón pa que te
-vean. Se puede ir á un colmado de los barrios ó á una pastelería decente
-y escondía, pero no hay cuartos aparte; tendrías que almorsá en pública
-subasta, á la vera de alguna chulapa ó de algún torero. Fondas, ya
-supondrás... No quedaban sino las Ventas ó el puente de Vallecas. Creo
-que las Ventas es más bonito.
-
-¡Bonito! Asís miró el camino en que entraban. Dejándose atrás las
-frondosidades del Retiro y las construcciones coquetonas de Recoletos,
-el coche se metía, lento y remolón, por una comarca la más escuálida,
-seca y triste que puede imaginarse, á no ser que la comparemos al cerro
-de San Isidro. Era tal la diferencia entre la zona del Retiro y aquel
-arrabal de Madrid, y se advertía tan de golpe, que mejor que transición
-parecía sorpresa escenográfica. Cual mastín que guarda las puertas del
-limbo, allí estaba la estatua de Espartero, tan mezquina como el mismo
-personaje, y la torre mudéjar de una escuela parecía sostener con ella
-competencia de mal gusto. Luego, en primer término, escombros y solares
-marcados con empalizadas; y allá en el horizonte, parodia de algún
-grandioso y feroz anfiteatro romano, la plaza de toros. En aquel rincón
-semidesierto--á dos pasos del corazón de la vida elegante--se habían
-refugiado edificios heterogéneos, bien como en ciertas habitaciones de
-las casas se arrinconan juntas la silla inservible, la máquina de
-limpiar cuchillos y las colgaduras para el día de Corpus; así, después
-del circo taurino y la escuela, venía una fábrica de galletas y
-bizcochos y en pos un barracón con este rótulo: _Acreditado merendero de
-la Alegría_.
-
-Las lontananzas, una desolación. El fielato parecía viva imagen del
-estorbo y la importunidad. A su puerta estaba detenido un borrico
-cargado de liebres y conejos, y un tío de gorra peluda buscaba en su
-cinto los cuartos de la alcabala. Más adelante, en un descampado
-amarillento, jugaban á la barra varios de esos salvajes que rodean á la
-corte lo mismo que los galos á Roma sitiada. Y seguían los edificios
-fantásticos: un castillo de la Edad Media hecho, al parecer, de cartón y
-cercado de tapias por donde las francesillas sacaban sus brazos
-floridos; un parador, tan desmantelado como teológico (dedicado al
-Espíritu Santo nada menos); un merendero que se honraba con la divisa
-_tanto monta_, y por último una franja rojiza, inflamada bajo la
-reverberación del sol: los hornos de ladrillo. En los términos más
-remotos que la vista podía alcanzar, erguía el Guadarrama sus picos
-coronados de eternas nieves.
-
-Lo que sorprendió gratamente á Asís fué la ausencia total de carruajes
-de lujo en la carretera. Tenía razón Pacheco, por lo visto. Sólo
-encontraron un domador que arrastraban dos preciosas tarbesas; un
-carromato tirado por innumerable serie de mulas; el tranvía, que cruzó
-muy bullanguero y jacarandoso, con sus bancos atestados de gente; otro
-simón con tapadillo, de retorno, y un asistente, caballero en el alazán
-de su amo. ¡Ah! Un entierro de angelito, una caja blanca y azul que,
-tambaleándose sobre el ridículo catafalco del carro, se dirigía hacia la
-sacramental sin acompañamiento alguno, inundado de luz solar, como deben
-de ir los querubines camino del Empíreo...
-
-Poco hablaron durante el trayecto los amantes. Llevaban las manos
-cogidas; Asís respiraba frecuentemente el manojo de rosas y miraba y
-remiraba hacia fuera, porque así creía disminuir la gravedad de aquel
-contrabando, que en su fuero interno--cosa decidida--llamaba _el
-último_, y por lo mismo le causaba tristeza, sabiéndole á confite que
-jamás, jamás había de gustar otra vez.
-
-Llegaron al puente, y detúvose el simón ante el pintoresco racimo de
-merenderos, hotelitos y jardines que constituye la parte nueva de las
-Ventas.
-
---¿Qué sitio prefieres? ¿Nos apeamos aquí?--preguntó Pacheco.
-
---Aquí... Ese merendero... Tiene trazas de alegre y limpio--indicó la
-dama, señalando á uno, cuya entrada por el puente era una escalera de
-palo pintada de verde rabioso.
-
-Sobre el frontis del establecimiento podía leerse este rótulo, en letras
-descomunales imitando las de imprenta y sin gazapos
-ortográficos:--_Fonda de la Confianza._--_Vinos y comidas._--_Aseo y
-equidad._--El aspecto era original y curioso. Si no cabía llamar á
-aquello los jardines aéreos de Babilonia, cuando menos tenían que ser
-los merenderos colgantes. ¡Ingenioso sistema para aprovechar terreno!
-Abajo una serie de jardines, mejor dicho, de plantaciones entecas y
-marchitas, víctimas de la aridez del suburbio matritense; y encima,
-sostenidas en armadijos de postes, las salas de baile, los comedores,
-las alcobas con pasillos rodeados de una especie de barandas que
-comunicaban entre sí las viviendas. Todo ello--justo es añadirlo para
-evitar el descrédito de esta Citerea suspendida--muy enjalbegado,
-alegre, clarito, flamante, como ropa blanca recién lavada y tendida á
-secar al sol, como nido de jilguero colgado en rama de arbusto.
-
-Un mozo, frisando en los cincuenta, de mandil pero en mangas de camisa,
-con cara de mico, muequera, arrugadilla y sardónica, se adelantó
-apresurado al divisar á la pareja.
-
---Almorsá--dijo Pacheco lacónicamente.
-
---¿Dónde desean los señoritos que se les ponga el almuerzo?
-
-El gaditano giró la vista alrededor y luego la convirtió hacia su
-compañera: ésta había vuelto la cara. Con la agudeza de la gente de su
-oficio el mozo comprendió y les sacó del apuro.
-
---Vengan los señoritos... Les daré un sitio bueno.
-
-Y torciendo á la izquierda, guió por una escalera angosta que sombreaba
-un grupo de acacias y castaños de Indias, llevándoles á una especie de
-antesala descubierta, que formaba parte de los consabidos corredores
-aéreos. Abriendo una puertecilla, hízose á un lado y murmuró con unción:
-
---Pasen, señoritos, pasen.
-
-La dama experimentó mucho bienestar al encontrarse en aquella salita.
-Era pequeña, recogida, misteriosa, con ventanas muy chicas que cerraban
-gruesos postigos, y enteramente blanqueada; los muebles vestían también
-blanquísimas fundas de calicó. La mesa, en el centro, lucía un mantel
-como el armiño; y lo más amable de tanta blancura era que al través de
-ella se percibía, se filtraba, por decirlo así, el sol, prestándole un
-reflejo dorado y quitándole el aspecto sepulcral de las cosas blancas
-cuando hace frío y hay nubes en el cielo. Mientras salía el mozo, el
-gaditano miró risueño á la señora.
-
---Nos han traído al palomar--dijo entre dientes.
-
-Y levantado una cortina nívea que se veía en el fondo de la reducida
-estancia, descubrió un recinto más chico aún, ocupado por un solo
-mueble, blanco también, más blanco que una azucena...
-
---Mira el nido--añadió tomando á Asís de la mano y obligándola á que se
-asomase.--Gente precavida... Bien se ve que están en todo. No me
-sorprende que vivan y se sostengan tantos establecimientos de esta
-índole. Aquí la gente no viene un día del año como á San Isidro; pero
-digo yo que habrá abonos á turno. ¿Nos abonamos, cacho de gloria?
-
-No sé cómo acentuó Pacheco esta broma, que en rigor, dada la situación,
-no afrentaba; lo cierto es que la señora sintió una sofoquina... vamos,
-una sofoquina de esas que están á dos deditos de la llorera y la
-congoja. Parecíale que le habían arañado el corazón. La mujer es un
-péndulo continuo que oscila entre el instinto natural y la aprendida
-vergüenza, y el varón más delicado no acertará á no lastimar alguna vez
-su invencible pudor.
-
-
-
-
-XIX
-
-
-Al colarse en el palomar los dos tórtolos, no lo hicieron sin ser vistos
-y atentamente examinados por una taifa de gente humilde, que á la puerta
-de la cocina del merendero fronterizo se dedicaba á aderezar un guisote
-de carnero, puesto, en monumental cazuela, sobre una hornilla. Es de
-saber que ambos enseres domésticos los alquilaba el dueño del
-_restaurant_ por módica suma en que iba comprendido también el carbón:
-en cuanto al carnero y al arroz de añadidura, lo habían traído en sus
-delantales las muchachas, que por lo que pueda importar, diremos que
-eran operarias de la Fábrica de tabacos.
-
-Capitaneaba la tribu una vieja pitillera, morena, lista, alegre, más
-sabidora que Merlín; y dos niñas de ocho y seis años traveseaban
-alrededor de la hornilla, empeñadas en que les dejasen cuidar el
-guisado, para lo cual se reconocían con superiores aptitudes. Toda esta
-gentuza, al pasar la marquesa viuda de Andrade y su cortejo, se comunicó
-impresiones con mucho parpadeo y meneo de cabeza, y susurrando á media
-voz dichos sentenciosos. Hablaban con el seco y recalcado acento de la
-plebe madrileña, que tiene alguna analogía con lo que pudo ser la parla
-de Demóstenes, si se le ocurriese escupir á cada frase una de las guijas
-que llevaba en la boca.
-
---Ay... Pus van así como asustaos... Ella es guapetona, colorá y blanca.
-
---Valiente perdía será.
-
---Se ve caa cosa... Hijas, la mar son estos señorones de rango.
-
---Puee que sea arguna del Circo. Tié pinta de franchuta.
-
---Que no, que este es un belén gordo, de gente de calidá. Mujer de algún
-menistro lo menos. ¿Qué vus pensáis? Pus una conocí yo, casaa con un
-presonaje de los más superfarolícos... de mucho coche, una casa como el
-Palacio Rial... y andaba como caa cuala, con su apaño. ¡Qué líos,
-Virgen!
-
---No, pus muy amartelaos no van.
-
---¿Te quies callar? Ya samartelarán dentro. Verás tú las ventanas y las
-puertas atrancás, como en los pantiones... Pa que el sol no los queme el
-cutis.
-
-Desmintiendo las profecías de la experta matrona, los postigos y
-vidrieras del palomar se abrieron, y asomó la cabeza de la dama, sin
-sombrero ya, mirando atentamente hacia el merendero.
-
---Miala, miala..., la gusta el baile.
-
-En efecto, el corredor aéreo de enfrente ofrecía curiosa escena
-coreográfica. Un piano mecánico soltaba, con la regularidad que hace tan
-odiosos á estos instrumentos, el duro chorro de sus martilleadoras
-tocatas: _Cádiz_ hacía el gasto: paso doble de _Cádiz_, tango de
-_Cádiz_, coro de majas de _Cádiz_... y hasta una veintena de cigarreras,
-de chiquillas, de fregonas muy repeinadas y con ropa de domingo, saltaba
-y brincaba al compás de la música, haciendo á cada zapateta temblar el
-merendero... Asís veía pasar y repasar las caras sofocadas, las
-toquillas azul y rosa; y aquel brincoteo, aquel tripudio suspendido en
-el aire, sin hombres, sin fiesta que lo justificara, parecía efecto
-teatral, coro de zarzuela bufa. Asís se imaginó que las muchachas
-cobraban de los fondistas algún sueldo por animar el cuadro.
-
---¡Calla!--secreteó minutos después el grupo dedicado á vigilar la
-cazuela del guisote.--¡Pus si también han abierto la puerta! Chicas...
-quien que se entere too el mundo.
-
---Estas tunantas ponen carteles.
-
-El mozo subía y bajaba, atareado.
-
---Mia lo que los llevan. Tortilla... Jamón... Están abriendo latas de
-perdices... ¡Aire!
-
---No se las cambio por mi rico carnero. A gloria huele.
-
---¡Chist!--mandó el mozo imponiéndose á aquellas cotorras.--Cuidadito...
-Si oyen... Son gente... ¡uf!
-
-Al expresar la calidad de los huéspedes, el mozo hizo una mueca
-indescriptible, mezcla de truhanería y respeto profundo á la propina que
-ya olfateaba. La vieja cigarrera, de repente, adoptó cierta diplomática
-gravedad.
-
---Y pué que sean gente tan honrá como Dios Padre. No sé pa qué ha de
-condenar una su arma echando malos pensamientos. Serán argunos novios
-recién casaos, ú dos hermanos, ú tío y sobrina. Vayasté á saber.
-Oigasté, mozo...
-
-Se apartó y secreteó con el mozo un ratito. De esta conferencia salió un
-proyecto habilísimo, madurado en breves minutos en el ardiente y
-optimista magín de la señá Donata, que así se llamaba la pitillera, si
-no mienten las crónicas. Arriba, dama y galán empezaban á despachar los
-apetitosos entremeses, las incitantes aceitunas y las sardinillas con su
-ajustada túnica de plata. Aunque Pacheco había pedido vinos de lo mejor,
-la dama rehusaba hasta probar el _Tío Pepe_ y el amontillado, porque con
-sólo ver las botellas, le parecía ya hallarse en la cámara de un
-trasatlántico, en los angustiosos minutos que preceden al mareo total.
-Como la señora exigía que puertas y ventanas permaneciesen abiertas, el
-almuerzo no revelaba más que la cordialidad propia de una luna de miel
-ya próxima á su cuarto menguante. Pacheco había perdido por completo su
-labia meridional, y manifestaba un abatimiento que, al quedar mediada la
-botella de _Tío Pepe_, se convirtió en la tristeza humorística tan
-frecuente en él.
-
---¿Te aburres?--preguntaba la dama á cada vuelta del mozo.
-
---Ajogo las peniyas, gitana,--respondía el meridional apurando otro vaso
-de jerez, más auténtico que la famosa manzanilla del Santo.
-
-Acababa el mozo de dejar sobre la mesa las perdices en escabeche, cuando
-en el marco de la puerta asomó una carita infantil, colorada, regordeta,
-boquiabierta, guarnecida de un matorral de rizos negrísimos. ¡Qué monada
-de chiquilla! Y estaba allí hecha un pasmarote, si entro si no entro.
-Asís la hizo seña con la mano; el pájaro se coló en el nido sin esperar
-á que se lo dijesen dos veces. Y las preguntas y los halagos de
-cajón:--Eres muy guapa... ¿Cómo te llamas? ¿Vas á la escuela?... Toma
-pasas... Cómete esta aceitunita por mí... Prueba el jerez... ¡Huy qué
-gesto más salado le pone al vino!... Arriba con él... ¡Borrachilla!
-¿Dónde está tu mamá? ¿En qué trabaja tu padre?
-
-De respuesta, ni sombra. El pajarito abría dos ojos como dos espuertas,
-bajaba la cabeza adelantando la frente como hacen los niños cuando
-tienen cortedad y al par se encuentran mimados, picaba golosinas y daba
-con el talón del pié izquierdo en el empeine del derecho. A los tres
-minutos de haberse colado el primer gorrión migajero en el palomar,
-apareció otro. El primero representaba cinco años; el segundo, más
-formal pero no menos asustadizo, tendría ya ocho lo menos.
-
---¡Hola! Ahí viene la hermanita...--dijo Asís.--Y se parecen como dos
-gotas... La pequeña es más saladilla... pero vaya con los ojos de la
-mayor... Señorita, pase V. Esta nos enterará de cómo se llama su padre,
-porque á la chiquita le comieron la lengua los ratones.
-
-Permanecía la mayor incrustada en la puerta, seria y recelosa, como
-aquel que antes de lanzarse á alguna empresa erizada de dificultades,
-vacila y teme. Sus ojazos, que eran realmente árabes por el tamaño, el
-fuego y la precoz gravedad, iban de Asís á Diego y á su hermanita: la
-chiquilla meditaba, se recogía, buscaba una fórmula, y no daba con ella,
-porque había en su corazón cierta salvaje repugnancia á pedir favores, y
-en su carácter una indómita fiereza muy en armonía con sus pupilas
-africanas. Y como se prolongase la vacilación, acudióle un refuerzo, en
-figura de la señá Donata, que con la solicitud y el enojo peor fingidos
-del mundo, se entró muy resuelta en el gabinete refunfuñando:
-
---¡Eh! niñas, corderas, largo, que estáis dando la gran jaqueca á estos
-señores... A ver si vus salís afuera, ú sino...
-
---No molestan...--declaró Asís.--Son más formalcitas... A esa no hay
-quien la haga pasar, y la chiquitilla ni abre la boca.
-
---Pa comer ya la abren las tunantas...
-
-Pacheco se levantó cortésmente y ofreció silla á la vieja. El gaditano,
-que entre gente de su misma esfera social pecaba de reservado y aun de
-altanero, se volvía sumamente campechano al acercarse al pueblo.
-
---Tome V. asiento... Se va V. á bebé una copita de jerés á la salú de
-toos.
-
-¡Oídos que tal oyeron! ¡Señá Donata, fuera temor, al ataque, ya que te
-presentan la brecha franca y expedito el rumbo! Y tan expedito, que
-Pacheco, desde que la vieja sentó allí el pié, pareció sacudir sus
-penosas cavilaciones y recobrar su cháchara, diciendo los mayores
-desatinos del mundo. Como que se puso muy formal á solicitar á la
-honrada matrona, proponiéndola un paseíto á solas por los tejares. Oía
-la muy lagarta de la vieja, y celebraba con carcajadas pueriles,
-luciendo una dentadura sana y sin mella; pero al replicar, iba encajando
-mañosamente aquella misión diplomática que bullía en su mente fecunda
-desde media hora antes. Tratábase de que ella, ¿se hacen ustés cargo?
-trabajaba en la Frábica de Madrí... y tenía cuatro nietecicas, de una
-hija que se murió de la tifusidea, y el padre de gomitar sangre, así, á
-golpás..., en dos meses se lo llevó la tierra, ¡señores! que si se
-cuenta, mentira parece. Las dos nietecicas mayores, colocaas ya en los
-talleres; pero si la suerte la deparase una presona de suposición pa
-meter un empeño..., porque en este pícaro mundo, ya es sabío, too va por
-las amistaes y las enfluencias de unos y otros...--Llegada á este
-punto, la voz de la señá Donata adquiría inflexiones patéticas.--«¡Ay
-Virgen de la Paloma! No premita el Señor que ustés sepan lo que es comer
-y vestir y calzar cinco enfelices mujeres con tristes ocho ú nueve
-riales ganaos á trompicones... Si la señorita, que tenía cara de ser tan
-complaciente y tan cabal, conociese por casualidad al Menistro... ó al
-Menistraor de la Frábica..., ó al Contaor..., ó algún presonaje de estos
-que too lo regüerven..., pa que la chiquilla mayor, Lolilla, entrase de
-aprendiza también... ¡Sería una caridá de las grandes, de las mayores!
-Dos letricas, un cacho de papel...»
-
-Pacheco respondía á la arenga con mucha guasa, sacando la cartera,
-apuntando las señas de al pitillera detenidamente, y asegurándola que
-hablaría al Presidente del Consejo, á la infanta Isabel (íntima amiga
-suya), al Obispo, al Nuncio... Enredados se hallaban en esta broma,
-cuando tras la abuela pedigüeña y las nietecillas mudas, se metieron en
-el gabinete las dos chicas mayores.
-
---Miren mis otras huerfanicas enfelices,--indicó la señá Donata.
-
-Imposible imaginarse cosa más distinta de la clásica orfandad enlutada y
-extenuada que representan pintores y dibujantes al cultivar el
-sentimentalismo artístico. Dos mozallonas frescas, sudorosas porque
-acababan de bailar, echando alegría y salud á chorros, y saliéndoles la
-juventud en rosas á los carrillos y á los labios; para más, alborotadas
-y retozonas dándose codazos y pellizcándose para hacerse reir
-mutuamente. Viendo á semejantes ninfas, Pacheco abandonó á la señá
-Donata, y con el mayor rendimiento se consagró á ellas, encandilado y
-camelador como hijo legitimo de Andalucía. Todas las penas _ajogadas_
-por el _Tío Pepe_ se fueron á paseo, y el gaditano, entornando los ojos,
-derramando sales por la boca y ceceando como nunca, aseguró á aquellas
-principesas del Virginia que desde el punto y hora en que habían
-entrado, no tenía él sosiego ni más gusto que comérselas con los ojos.
-
---¿Vienen ustés de bailar?--les preguntó risueño.
-
---Pus ya se ve,--contestaron ellas con chulesco desgarro.
-
---¿Sin hombres? ¿Sin pareja?
-
---Ni mardita la falta.
-
---Pan con pan... Eso es más soso que una calabasa, prendas. Si me
-hubiesen ustés llamao...
-
---¿Que iba usté á venir? Somos poca cosa pa usté.
-
---¿Poca cosa? Son ustés... dos peasitos del tersiopelo de que está
-forraa la bóveda seleste. ¡Ea! ¿echamos ó no ese baile? Ahora me empeñé
-yo... ¡A bailar!
-
-Salió como una exhalación; dió la vuelta al pasillo aéreo; cruzó el
-puente que á los dos merenderos unía, y en breve, al compás del horrible
-piano mecánico, Pacheco bailaba ágilmente con las cigarreras.
-
-
-
-
-XX
-
-
-Entre las condiciones de carácter de la marquesa viuda de Andrade, y de
-los gallegos en general, se cuenta cierto don de encerrar bajo llave
-toda impresión fuerte. Esto se llama _guardarse_ las cosas, y si tiene
-la ventaja de evitar choques, tiene la desventaja de que esas
-impresiones archivadas y ocultas se pudren dentro. Cuando el andaluz
-regresó después de haber pegado cuatro saltos, enjugándose la frente con
-su pañuelo y abanicándose con el hongo, halló á la señora aparentemente
-tranquila y afable, ocupada en obsequiar con queso, bizcochos y pasas á
-las dos gorrioncillas, y muy atenta á la charla de la vejezuela, que
-refería por tercera vez las _golpás_ de sangre causa de la defunción de
-su yerno. Pero el camarero, que era más fino que el oro y más largo que
-la cuaresma, se dió cuenta con rápida intuición de que _aquello_ no iba
-por el camino natural de almuerzos semejantes, y adoptando el aire
-imponente de un bedel que despeja una cátedra, intimó á toda la bandada
-la orden de expulsión.
-
---¡Ea! bastante han molestado Vds. á los señores. Me parece regular que
-se larguen.
-
---Oigasté... ¡El tío este! Si yo he entrao aquí, fué porque los señores
-me lo premitieron, ¿estamos? Yo soy así, muy franca de mi natural..., y
-me arrimo aonde veo naturalidá, y señoritos llanos y buenos mozos, sin
-despreciar á nadie.
-
---¡Ole las mujeres principales!--contestó con la mayor formalidad
-Pacheco, pagando el requiebro de la señá Donata. La cual no soltó el
-sitio hasta que Don Diego y la señora prometieron unánimes acordarse de
-su empeño y procurar que Lolilla entrase en los talleres. Las gorrionas
-se dejaron besar y se llevaron las manos atestadas de postres, pero ni
-con tenazas se les pudo sacar palabra alguna. No piaron hasta que fueron
-á posarse en el salón de baile.
-
-El camarero también salió anunciando que «dentro de un ratito» traería
-café y licores. Al marcharse encajó bien la puerta, é inmediatamente los
-ojos de Pacheco buscaron los de su amiga. La vió de pié, mirando á las
-paredes. ¿Qué quería la niña? ¿Eh?
-
---Un espejo.
-
---¿Pa qué? Aquí no hay. Los que vienen aquí no se miran á si mismos.
-¿Espejo? Mírate en mí. ¿Pero cómo? ¿Vas á ponerte el sombrero,
-chiquilla? ¿Qué te pasa?
-
---Es por ganar tiempo... Al fin, en tomando el café hemos de irnos...
-
-El meridional se acercó á Asís, y la contempló cara á cara, largo
-rato... La señora esquivaba el examen, poniendo, por decirlo así,
-sordina á sus ojos y un velo impalpable de serenidad á sus facciones. La
-tomó Pacheco la cintura, y sentándose en el sofá la atrajo hacia sí.
-Hablaba y reía y la acariciaba tiernamente.
-
---¡Ay, ay, ay!... ¿Esas tenemos? Mi niña está celosa. ¡Celosita,
-celosita! ¡Celosita de mí la reina del mundo!
-
-Asís se enderezó en el sofá, rechazando á Pacheco.
-
---Tienes la necedad de que todo lo conviertes en substancia. La vanidad
-te parte, hijo mío. Yo no estoy celosa, y si me apuras, te diré...
-
---¿Qué? ¿Que me dirás?--prorrumpió Pacheco algo inmutado y descolorido.
-
---Que... es algo imposible eso de estar celoso, cuando...
-
---¡Ah!--interrumpió el meridional, más que pálido, lívido, con voz que
-salía á _golpás_, según diría la señá Donata.--No necesitas ponerlo más
-claro... Enterado, mujer, enterado: si yo adivino antes que hables. Pa
-miserables tres horas ó cuatro que nos faltan de estar juntos, y
-probablemente serán las últimas que nos hemos de ver en este mundo
-perro, ya pudiste callarte y procurar engañarme como hasta aquí... Poco
-favor te haces, si viniste aquí no queriéndome algo. Tú te habrás creído
-que yo me tragaba... ¡Y me llamas necio! Yo seré un vago, un hombre que
-no sirve para ná, un tronera, un perdido, lo que gustes; ¡pero necio!
-Necio yo... ¡y en cuestiones de faldas! ¡Mire V. que es grande! Pero,
-¿qué importa? Llámame lo que quieras... y óyeme sólo esto, que te voy á
-decir una verdá que ni tú la sabes, niña. No me has querío hasta hoy,
-corriente... Hoy, mas que digas por tema lo que te dé la gana, me
-quieres, me requieres, estás enamoraa de mí... Poquito á poco te ha ido
-entrando... y así que yo te falte, se te va á acabar el mundo. Esta es
-la fija... Ya lo verás, ya lo verás. Y por amor propio y por soberbia
-sales con la pata e gallo... ¡Te desdeñas de tener celos de mí! Bien
-hecho... Así como así no hay de qué. Boba serías si tuvieses celos.
-Algún ratito ha de pasar antes de que yo me pierda por otras mujeres...
-¡Maldita sea hasta la hora en que te vi!... Dispensa, ¡dispensa! No
-quiero ofenderte, ¿sabes? ahora ni nunca. No sé lo que me digo... Pero
-digo verdad.
-
-Soltaba esta andanada paseando por el pequeño recinto, como las fieras
-en sus jaulas de hierro; unas veces sepultaba las manos en los bolsillos
-del pantalón, y otras las desenfundaba para accionar con violencia. Su
-rostro, descompuesto por la cólera, perdiendo su expresión indolente,
-mejoraba infinito: se acentuaban sus enjutas facciones, temblaba el
-bigote dorado, resplandecían los blancos dientes, y los azules ojos se
-obscurecían como el agua del Mediterráneo cuando amaga tempestad. El
-piso retemblaba bajo sus pasos; diríase que el aéreo nido iba á saltar
-hecho trizas. Aquella tormenta de verano, aquella cólera meridional, no
-cabía en el cuartuco.
-
-Al encajar la puerta el mozo, los amantes se habían olvidado de que el
-nido tenía otro boquete, la ventana, abierta por Asís y dejada en la
-misma situación durante todo el almuerzo. Y la ventana justamente
-miraba al salón de baile, ocupado por parte de la bandada de gorrionas,
-entretenidísimas á la sazón en atisbar la riña amorosa, mientras abajo
-Lolilla se consagraba al carnero y al arroz.
-
---Anda..., ella está de morros con él... Está amoscá.
-
---Porque bailó con nusotras... Me lo malicié, hijas.
-
---¡Jesús! Pus no se ha resquemao poco... ¡Qué gesto!
-
---¡Ay! ¡Miales! El la está haciendo cucamonas pa que se le pase...
-¡Ole!... Hombre, no nos ponga usté el gorro... Siquiera pa repichonear
-podían tener la ventana cerrá.
-
---¿Quién os manda mirar?
-
---Pa eso tiene una los ojos... ¡Calle!... Pues ella, en sus trece... Que
-nones... Las orejas le calienta ahora.
-
---¡Virgen! ¿Qué cosas le habrá icho, pa que él se enfade así? Mueve los
-brazos que paecen aspas de molino... ¿A que le pega?
-
---¿Que la e pegar, mujer, que la e pegar? Eso á las probres. A estas
-pindongas de señoronas, los hombres les rinden el pabellón. Y eso que
-cualisquiera de nosotros les pue vender honradez y dicencia. Digo, me
-paece...
-
---No, pus enfadao ya está.
-
---¿Va que acaba pidiendo perdón como los chiquillos? ¿No lo ije?
-Miale... más manso que un cordero... Ella na, espetá, secatona... vuelta
-á la manía de ponerse el abrigo... Se quie largar... ¡Madre e Dios, lo
-que saben estas tunantas! Me lo maneja como á un fantoche... ¡Qué
-compungió que está!... ¿A que se pone de rodillas, pa que le echen la
-solución? ¡Ay, qué mujer, paece la leona del Retiro! Empeñá en que me
-voy... Y se sale con la suya... Mia... ¡Se largan!
-
-La turba se precipitó por la escalera del merendero. Verdad: Asís se
-largaba, se largaba. Salía tranquilamente, sin prisa ni enojo; hasta
-sonrió á Lolilla, que armada del soplador de mimbres avivaba el fuego.
-Con voz serena explicó al mozo, atónito de semejante deserción, que se
-les hacía tarde, que no podían aguardar ni un minuto más; que avisase al
-cochero, el cual probablemente estaría con el simón por allí, en alguna
-sombra. Mientras Pacheco, demudado, con pulso trémulo, buscaba en el
-portamonedas un billete, Asís trazaba en el piso rayas con la sombrilla,
-hasta dibujar una celosía complicada y menuda. Al terminarla extendió la
-mano; cogió una ramita florida de la acacia que sombreaba el merendero y
-se la sujetó en el pecho con el imperdible. Acercóse obsequiosa la señá
-Donata, ofreciendo á sus huérfanas, sus nietecicas, «pa juntar un ramo
-de cacias y de mapolas, si á la señorita le gustan...» Dió Asís las
-gracias rehusando, porque se marchaba acto continuo, y acercándose
-disimuladamente á la vieja le deslizó algo en la mano, recia y curtida
-cual la piel del arenque. Acercóse el simón; sin duda el cochero se
-había atizado un par de tragos, porque su nariz echaba lumbre,
-reluciendo al sol como la película roja que viste á los pimientos
-riojanos. La señora tomó por la escalerilla que bajaba desde el puente;
-Pacheco la siguió...
-
---En el coche harán las paces--piaron las gorrionas mayores.--¿A que sí?
-
---La fija. En entrando...
-
-Grande fué el asombro de aquellas aves, más parleras que canoras, viendo
-que, tras un corto debate al pié de la portezuela, la señora tendió la
-mano á Pacheco, éste llevó la suya al sombrero saludando, y el simón
-arrancó á paso de tortuga, bamboleándose sobre la polvorosa carretera.
-
---Pus ella vence... Me lo deja plantadito.
-
---¿A que él se nos vuelve aquí?--indicó la gorriona primogénita,
-alisando con la palma las grandes peteneras de su peinado, untadas de
-bandolina.
-
-No volvió el muy... Ni siquiera torció la cabeza para hacerlas un saludo
-ó enviarlas una sonrisa de despedida. ¡Fantasioso! Estuvo pendiente del
-simón mientras éste no traspuso los hornos de ladrillo; luego,
-cabizbajo, echó á andar á pié.
-
-
-
-
-XXI
-
-
-La buena fe, que debe servir de norma á los historiadores, así de hechos
-memorables como de sucesos ínfimos, obliga á declarar que la marquesa
-viuda de Andrade se dedicó asiduamente--desde las dos de la tarde, hora
-en que llegó á su casa, hasta cerca de las nueve de la noche--á la faena
-del arreglo definitivo de su equipaje, resolviendo la marcha para el
-siguiente día, sin prórroga. El trajín fué gordo, y aumentó sus fatigas
-el desasosiego moral de la señora. Anduvo hecha un zarandillo; removió
-hasta el último trasto de la casa; mareó á la Diabla; aturrulló á los
-demás criados; y al agitarse así la impulsaban sus nervios, tirantes
-como cuerdas de guitarra, al par que sentía una especie de punzada
-continua en el corazón, un calor extraño en el epigastrio, un saborete
-amargo en la boca. Después de haber comido--por fórmula y sin
-ganas--pidióle Angela licencia, ya que era el último día, para decir
-adiós á su hermana. La negó en un arranque de cólera; la otorgó dos
-minutos después. Y así que la chica batió la puerta, la señora, rendida
-de cuerpo, más encapotada que nunca de espíritu, se retiró á su
-dormitorio... Tenía que poner el S. D. á un sinnúmero de tarjetas; pero
-¡estaba tan molida! ¡de humor tan perro! Además, la punzadita aquella
-del corazón se iba convirtiendo en dolor fijo, intolerable... ¿Se
-aplacaría un poco recostándose en la cama? A ver...
-
-Cerró los ojos, mascando unas hieles que tenía entre la lengua y el
-paladar. ¿A qué venían las hieles dichosas? Ella había obrado bien,
-mostrándose digna y entera. En realidad, ningún desenlace mejor para la
-historia. De un modo ó de otro ello iba á acabarse; era inevitable,
-inminente; mejor que se acabase así... Porque si aquella última
-entrevista fuese muy tierna, qué tristeza y qué... Nada; mejor así,
-mejor cien veces. Ella había tenido razón sobrada: una cosa son los
-celos, otra el amor propio y el decoro de que nunca está bien
-prescindir. Y á quién se le ocurre, allí, en su propia cara, ponerse á
-bailar con... Veía el salón de baile aéreo, el brincoteo de las
-gorrionas, los incidentes del almuerzo... y las hieles se volvían más
-amarguitas aún. Cierto que ella fué quien abrió puertas y ventanas; de
-todos modos, el proceder de Pacheco... Sí... buen tipo estaba Pacheco.
-En viendo una escoba con faldas... ¡Ay infeliz de la mujer que se fiase
-de sus exageraciones y sus locuras! ¡Requebrar á las cigarreras así,
-delante de...! ¡Y qué fatuo! ¡Pues no había querido convencerla de que
-estaba enamorada de él! ¿Enamorada? No, no señor, gracias á Dios...
-Conservaría, sí, un recuerdo... un recuerdo de esos que... Allí tenía,
-en el medallón de oro, junto al pelo de Maruja, una florecita de la
-acacia blanca... ¡Qué tontera! Lo probable es que á Pacheco no volviese
-á verle nunca más... Y esta punzada del corazón, ¿qué será? Será
-enfermedad, ó... Parece que lo aprieta un aro de hierro... ¡Jesús, qué
-cavilaciones más insensatas!
-
-Bregando con la imaginación y la memoria, se quedó traspuesta. No era
-dormir profundo, sino una especie de somnambulismo, en que las
-percepciones de la vida exterior se amalgamaban con el delirio de la
-fantasía. No era la pesadilla que causa la ocupación de estómago, en
-que tan pronto caemos de altísima torre como volamos por dilatadas zonas
-celestes, ni menos el ensueño provocado por la acción del calor del
-lecho sobre los lóbulos cerebrales, donde, sin permiso de la honrada
-voluntad, se representan imágenes repulsivas... Lo que veía Asís,
-adormecida ó mal despierta, puede explicarse en la forma siguiente,
-aunque en realidad fuese harto más vago y borroso.
-
-Encontrábase ya en el vagón, con la Diabla enfrente, la maletita y el
-lío de mantas en la rejilla, el velo de gasa inglesa bien ceñido sobre
-la toca de paja, calzados los guantes de camino, abrochado hasta el
-cuello el guardapolvo. El tren adelantaba, unas veces bufando y pitando,
-otras con perezoso cuneo, al través de las eternas estepas amarillas,
-caldeadas por un sol del trópico. ¡Oh Castilla la fea, la árida, la
-polvorosa, la de monótonos aspectos, la de escuetas lontananzas! ¡Oh
-sombría mole, región desconsolada del Escorial, qué felicidad perderte
-de vista! ¡Oh calor, calor del infierno, cuando acabarás! Asís sentía
-que el sol, al través de las cortinas corridas que teñían con viso azul
-el departamento, se le empapaba en los sesos como el agua en una
-esponja, y que en sus venas la sangre se volvía alquitrán, y la punta de
-cada filete nervioso una aguja candente, y que los ojos se le salían de
-las órbitas, igual que á los gatos cuando los escaldan... El polvillo de
-carbón, unido al de los páramos castellanos, entraba en remolinos ó en
-ráfagas violentas, cegando, desvaneciendo, asfixiando. No valía manejar
-desesperadamente el abanico: como toda la atmósfera era polvo, polvo
-levantaba al agitar el aire, y polvo absorbían los sedientos
-pulmones.--¡Agua! ¡Agua! ¡Agua por Dios! Angela, va una botella llena
-ahí en el cesto...--Revolvía la Diabla el fondo de la canastilla...,
-nada: sin duda el agua se había olvidado. ¡Ah! una botella... El vaso
-plano... Asís bebía. ¡No es agua, no es agua! Es manzanilla, jerez,
-brasa líquida, esas ponzoñas que roban el juicio á las gentes... Venga
-un río, un río de mi tierra, para agotarlo de un sorbo... Mientras la
-señora gemía, el inmenso foco del sol ardía más implacable, como si
-estuviesen echándole carbón, convertidos en fogoneros, los arcángeles y
-los serafines. Y así atravesaban la pedregosa tierra de Avila, con sus
-escuadrones de enormes cantos, y las llanuras de Palencia, y los severos
-desiertos de León, y la vieja comarca de la Maragatería. ¡Que me
-abraso!... ¡Que me abraso!... ¡Que me muero!... ¡Socorro!...
-
-¡Aah! ¿Qué ocurre? Salimos del país llano... ¡Montes queridos! Cada
-túnel es una inmersión en la noche, un baño en un pozo; al volver á la
-claridad, montañas y más montañas, revestidas de frondosos castañares, y
-por cuyas laderas... ¡oh deleite! se despeñan saltando manantiales,
-cascaditas, riachuelos, mientras allá abajo, caudaloso y profundo, corre
-el Sil... Las mismas rocas sudan humedad; de la bóveda de los túneles
-rezuman gotas gordas; el suelo se encharca. Al principio, Asís revive
-como el pez restituido á su elemento: su corazón se dilata, calmase el
-hervor de su sangre, se aplaca la horrible sed. Pero los riachuelos van
-engrosando; los túneles menudean, lóbregos, pantanosos; al término se
-divisa un cielo color de panza de burro, muy bajo, en el cual se
-acumulan nubes preñadas de agua, que al fin, abriendo su seno, dejan
-caer, primero en delgados hilos, luego en cerrada cortina, la lluvia, la
-eterna lluvia del Noroeste, plomo derretido y glacial, que solloza
-escurriendo por los vidrios. Y aquella lluvia, Asís la siente sobre el
-corazón, que se lo infiltra, que se lo reblandece, que se lo ensopa,
-hasta no poder admitir más líquido, hasta que, anegado de tristeza, el
-corazón empieza también á chorrear agua, primero gota á gota, luego á
-borbotones, con fúnebre ruido de botella que se vacía...
-
- * * * * *
-
-Pan, pan. Dos golpes en la puerta de la alcoba...--¡Jesús!... ¿Quién?
-¿Pero dormía ó soñaba ó qué es esto?--Y la señora palpaba la
-almohada.--Húmeda, sí... Los ojos... También los ojos... ¡Lágrimas!
-¿Quién está?... ¿Quién?
-
---Yo, amiga Asís... Gabriel Pardo... ¿He venido á molestar? Por Dios,
-siga V. con sus preparativos... Me he encontrado á la chica; me dijo que
-mañana sin falta salía V. para nuestra tierra... Cuánto sentiré
-incomodarla... Me retiro, me retiro.
-
---Por Dios... De ningún modo... Tome V. asiento... Salgo en seguida...
-Estaba lavándome las manos.
-
-Y en efecto, se oía ruido de chapuzón, de lavaroteo. Pero nos consta que
-lo que lavaba la señora eran los párpados. Luego se dió polvos, se
-compuso el pelo, se arregló los encajes de la gola. Apareció muy
-presentable. Pardo había tomado un periódico, creo que _La Epoca_, y
-leía distraído, sin entender: «La dispersión veraniega ha comenzado.
-Parten hoy para Biarritz en el expreso, el duque de Albares, las lindas
-señoritas de Amézaga...»
-
-Apenas habrían tenido tiempo los dos paisanos para trocar unas cuantas
-frases de excusa, cuando se oyó sonar la campanilla y en el corredor
-retumbaron pasos fuertes, varoniles. De sofocada, la señora se volvió
-pálida: una sonrisa involuntaria y una luz vivísima cruzaron por sus
-labios y sus ojos. Pacheco entró, y al verle el comandante Pardo,
-reprimió el impulso de pegarse un cachete en el hueso frontal.
-
---¡Ya pareció aquello! ¡Se despejó la incógnita! ¡Y decir que no hará
-dos semanas que se conocieron en casa de Sahagún! ¡Mujeres!!!
-
-El gaditano,--lo mismo que si se propusiese evidenciar lo que Pardo
-adivinaba,--apenas se hubo sentado, sacó del bolsillo un tarjetero de
-piel inglesa, con monograma de plata, y se lo entregó á Asís, murmurando
-cortésmente:
-
---Marquesa... las señas que V. me pidió que le trajese. Las señas de la
-pitillera... ¿no recuerda V.? Puede V. copiarlas, ó quedarse con el
-tarjetero, si gusta... Viéndolo, se acuerda V. más del empeñillo.
-
-¡Ay! Asís trasudaba. Era para volarse. ¡Vaya un pretexto que daba á su
-visita nocturna el bueno del gaditano! Si lo quería más claro Don
-Gabriel...
-
-Miró al comandante, que se hacía el sueco, tratando de no ver el
-tarjetero dichoso. No hay posición más desairada que la de tercero en
-concordia, y Don Gabriel, notando la ojeada expresiva que trocaron
-Pacheco y Asís, creía estar sentado sobre brasas, tanto le apretaban las
-ganas de quitarse de en medio. Pero convenía hacerlo con habilidad y
-educación. Un cuarto de hora tardó en preparar la retirada honrosa,
-echándole el muerto al Círculo Militar, donde aquella noche había una
-conferencia muy notable. Los círculos, ateneos y clubs, serán siempre
-instituciones benéficas, por lo que se prestan á encubrir toda
-escapatoria masculina,--así la del que va en busca de la propia
-felicidad, como la del que evita el espectáculo de la
-ajena,--verbigracia Pardo.
-
-Retrasó el paso al llegar á la esquina de la calle y se puso á
-reflexionar acerca del impensado descubrimiento. Raro es que el amigo de
-una dama, en caso semejante, no desapruebe la elección.--¡Cómo escogen
-las mujeres! En dándoles el puntapié el demonio... Indulgencia, Gabriel;
-no hay mujeres, hay humanidad, y la humanidad es _así_... Esta desazón,
-además, se parece un poquito á la envidia y al des... No, hijo, eso sí
-que no: despechado no estás: lo que pasa es que ves claro, mientras tu
-pobre amiga se ha quedado ciega... ¡Cómo se transformó su fisonomía al
-entrar el individuo! La verdad: no la creí capaz de echarse un amante...
-y menos ese. O mucho me equivoco ó le ha caído que hacer á la infeliz.
-Ese andaluz es uno de los tipos que mejor patentizan la decadencia de la
-raza española. ¡Qué provincias las del Mediodía, señor Dios de los
-ejércitos! ¡Qué hombre el tal Pachequito! Perezoso, ignorante, sensual,
-sin energía ni vigor, juguete de las pasiones, incapaz de trabajar y de
-servir á su patria, mujeriego, pendenciero, escéptico á fuerza de
-indolencia y egoismo, inútil para fundar una familia, célula ociosa en
-el organismo social... ¡Hay tantos así! Y sin embargo, á veces medran,
-con una apariencia de talento y la viveza propia del meridional; no
-tienen fondo, no tienen seriedad, no tienen palabra, no tienen fe, son
-malos padres, esposos traidores, ciudadanos zánganos, y los ve V.
-encumbrarse y hacer carrera... Así anda ello. Y á las mujeres... qué
-diablo, estos hombres les caen en gracia... ¡Eh! dejémonos de clichés...
-Asís, que es de otra raza muy distinta, necesita formalidad y
-constancia; la compadezco... Bueno es que no se casará; no, casarse no
-lo creo posible. De esa madera no se hacen maridos. Como aventura,
-tendrá sus encantos... ¡Qué casualidad! Y dirán que no hay
-coincidencias... ¡Tarjetero, tarjetero!...
-
-Así meditaba el comandante. ¿Era injusto ó sagaz? ¿Obedecía á su
-costumbre de analizarlo todo, ó á una puntita de berrinche? Se caló los
-lentes y se retorció la barba, ¿A dónde iría?
-
---Al Círculo Militar, ya que me sirvió de pretexto para escurrir el
-bulto. ¡Poco gusto que les habrá dado cuando yo tomé la puerta!...
-
-Tras esta ingrata reflexión apretó á andar. La obscuridad de la noche le
-exaltaba, y ese enlazado grupo, que ve con la fantasía todo el que sale
-huyendo de hacer mala obra á dos enamorados, se empeñaba en flotar,
-vaporoso é irónico, ante Don Gabriel. Fortuna que este género de
-visiones no suele resistir á los efectos anodinos de una conferencia
-sobre «Ventajas é inconvenientes del escalafón en los cuerpos
-facultativos.»
-
-
-
-
-XXII
-
-EPÍLOGO
-
-
-No entremos en el saloncito de Asís mientras dure el tiroteo de
-explicaciones (¡cosa más empalagosa!) sino cuando la pareja liba la
-primera miel de las paces (empalagosísima también, pero paciencia). Ni
-Pacheco pregunta ya nada acerca de Don Gabriel Pardo y su amistad, ni
-Asís se acuerda del baile en el merendero. El gaditano habla al oído de
-la señora.
-
---¿Pero tú te creíste que yo no sabía que mañana te vas? A Diego Pacheco
-no se la ha pegado ninguna hembra... ¡Niña boba! Esta mañana ya habías
-dispuesto la marcha, claro que sí, y si te viniste á almorsá conmigo,
-fué que te dí un poquillo de lástima... Decías tú allá en tus adentros:
-sólo faltan horas; vamos á complacer á éste, que tiempo habrá de que
-estalle la bomba y dejarlo plantao... ¡Y ahora también piensas en cosas
-así, muy tristes; en que ya no nos vemos, en que se acaba el cariñito y
-las fatigas y el verme y el hablarme!... ¡Ay, chiquilla! Me quieres tú
-mucho más de lo que te figuras. No te has tomado el trabajo de echar la
-sonda ahí en ese pechito... ¡Tonta! ¡Cómo te acordarás de estos ratos,
-allá en tu país, entre aquella gente sosaina! Aquí se queda un hombre
-que te quería también un poquitillo... ¡Pobrecita, la nena!
-
-No estaban los amantes abrazados, ni siquiera muy juntos, pues Pacheco
-ocupaba el sillón, y el diván Asís. Sólo sus manos, encendidas por la
-misma fiebre, se buscaban, y habiéndose encontrado, se entrelazaban y
-fundían. Callaron entonces y fué el instante más hermoso. Por el mudo
-diálogo de los ojos y por el contacto eléctrico de las palmas, se
-enviaban el espíritu en arrobo inefable. Con la nueva y victoriosa
-dulzura de semejante comunicación, Asís sentía que se mezclaba un
-asombro muy grande. Miraba á Pacheco y creía no haberle visto nunca:
-descubría en su apostura, en su cara, en sus ojos, algo sublime, que
-realmente no existía, pero era positivo entonces para la señora, pues
-así sucede en toda revelación, para que resplandezca su orígen superior
-á la materia inerte y al ciego acaso... y á Asís se le revelaba entonces
-el amor. Poco á poco, sin conciencia de sus actos, acercaba la mano de
-Diego á su pecho, ansiosa de apretarla contra el corazón y de calmar así
-el ahogo suave que le oprimía... Sus pupilas se humedecieron, su
-respiración se apresuró, y corrió por sus vértebras misterioso
-escalofrío, corriente de aire agitado por las alas del Ideal.
-
---No estés tan tristón--tartamudeó con blandura mimosa.
-
---Sí que estoy triste, prenda. Y es por ti. Estoy de remate. Estoy hasta
-enfermo. No sé por dónde ando. Parece que me han dao cañaso. Es un mal
-que se me entra por el alma arriba. Si sigo así, guardaré cama. Después
-que te vayas la guardaré... Es cosa rara, chiquilla. ¡Válgame Dios, á lo
-que llega un hombre!
-
---Te pones tan lejos... Aquí, cerquita--murmuró la señora con el tono
-con que se habla á los niños.
-
---No..., déjame aquí... Estoy bien. Mira tú que cosas más raras hace la
-guilladura cuando entra de verdad. Ni ganas tengo de acercarme; la
-manita me basta...
-
---¿No te gusto?
-
---No como me gustarían otras. ¡Ah! Ya sabes si tengo ilusión por ti... Y
-así y todo..., ahora prefiero callar y no acercarme, gloria... ¡Ay!...
-¿Pero qué es eso? ¿Llora mi niña?
-
-Puede que llorase, en efecto. No debía de ser el reflejo de la lámpara
-lo que tanto relucía en su mejilla izquierda... Pacheco exhaló un
-suspiro y se puso en pié, desenclavijando su mano de la de Asís.
-
---Me voy--pronunció con voz alteradísima ronca, resuelta.
-
-De un brinco se levantó Asís, echándole los brazos al cuello y
-sujetándole.
-
---No, Diego, que no... ¡Vaya una ocurrencia! ¡Irte ya! ¡Pues si apenas
-llegaste! ¿Cómo irte? ¿Tienes que hacer? No, irte no quiero.
-
---Niña... El mal camino andarlo pronto. No tengo ánimos para más. Estoy
-que con una seda me ahogan. ¿A qué aprovechar unos minutos? Es la
-despedida. Yéndome ahora me ahorro alguna pena. Adiós, querida... Cree
-que más vale así.
-
---No, no, no te vas... Por lo mismo que ya es la última noche... Diego,
-por Dios, mi vida... Tú quieres sacarme de quicio. No puede ser.
-
-Pacheco sujetó los brazos de la señora, y mirándola de hito en hito
-exclamó con firmeza:
-
---Piénsalo bien. Si me quedo ahora no me voy en toda la noche.
-Reflexiona. No digas después que te pongo en berlina. Te conviene
-soltarme. Tú decidirás.
-
-Asís dudó un minuto. Allá dentro percibía, á manera de inundación que
-todo lo arrolla, un torrente de pasión desatado. Principios salvadores,
-eternos, mal llamados por el comandante _clichés_; que regís las horas
-normales, ¿por qué no resistís mejor el embate de este formidable
-torrente? Asís articuló, oyendo su propia voz resonar como la de una
-persona extraña:
-
---Quédate.
-
-El plan era absurdo, y sin embargo los medios de realizarlo se
-presentaban entonces asequibles, rodados. La Diabla, fuera de casa, por
-casualidad feliz; la cocinera lo mismo; cuestión de engañar á
-Imperfecto, que era la quinta esencia de la bobería, y á la portera, que
-siempre estaba dormitando á tales horas. Para conseguir el apetecido
-resultado, combinóse un atrevido plan de entradas y salidas, de pases y
-repases, que hizo reir á los dos delincuentes... Y á las doce de la
-noche las puertas de la casa se hallaban cerradas, y dentro de ella el
-contraventor de las pragmáticas sociales y de las leyes divinas.
-
-Si la cosa no hubiese pasado de aquí, creo sinceramente, lector amigo,
-que no merecía la pena, no ya de narrarla, sino hasta de mencionarla en
-estos libros de memorias y exámenes de conciencia de la humanidad, que
-se llaman novelas. Porque aun siendo el caso tan desatinado y enorme;
-aun constituyendo una atrevida infracción de todo lo que no debe, ni
-puede infringirse, bien cabe suponer que en las fiebres pasionales tiene
-algo de necesario y fatídico, cual en las otras fiebres, la calentura.
-Pero lo que me parece verdaderamente digno de tomarse en cuenta, como
-dato singular y curioso; lo que quizás convendría analizar
-sutilmente--si no es preferible dejarlo sugerido á la imaginación del
-lector para que lo deduzca y reconstruya á su modo--es la causa, la
-génesis y el rápido desarrollo de aquella _idea_ inesperadísima, que
-desenlazó precipitada y honrosamente la historia empezada por tan
-liviano y censurable modo en la romería del Santo...
-
-¿A cuál de los dos amantes, ó mejor dicho, aunque la distinción parezca
-especiosa, de los dos enamorados, se le ocurrió primero la _idea_? ¿Fué
-á él, como único paliativo, heroico, pero infalible, de su extraña
-guilladura? ¿Fué á ella, como medio de conciliar el honor con la pasión,
-el instinto de rectitud y el respeto al deber que siempre guardara, con
-la flaqueza de su voluntad, ya rendida? ¿Fué que esa _idea_,
-profundamente lógica (y en el caso presente tal vez expiatoria), se
-presenta á la vuelta del amor, tan fatalmente como sigue á la aurora el
-mediodía, al crepúsculo la noche y á la vida la muerte?
-
-Que cada cual lo arregle á su gusto y rastree y discurra qué caminos
-siguieron aquellos espíritus para no reparar en inconvenientes, no
-recelar de lo futuro, cerrar los ojos á problemas del porvenir y mandar
-á paseo las sabias advertencias de la razón, que tiembla de espanto ante
-lo irreparable, lo indisoluble, lo que lleva escrito el letrero
-medroso:--Para siempre--y avisa que de malos principios rara vez se
-sacan buenos fines.--Y reconstruya también á su modo los diálogos en que
-la _idea_ se abrió paso, tímida primero, luego clara, imperiosa y
-terminante, después triunfadora, agasajada por el amor que, coronado de
-rosas, empuñando á guisa de cetro la más aguda y emponzoñada de sus
-flechas, velaba á la puerta del aposento, cerrando el paso á profanos
-disectores.
-
-Por eso, y porque no gusto de hacer mala obra, líbreme Dios de entrar
-hasta que el sol alumbra con dorada claridad el saloncito, colándose por
-la ventana que Asís, despeinada, alegre, más fresca que el amanecer,
-abre de par en par, sin recelo ó más bien con orgullo. ¡Ah! Ahora ya se
-puede subir. Pacheco está allí también, y los dos se asoman, juntos,
-casi enlazados, como si quisiesen quitar todo sabor clandestino á la
-entrevista, dar á su amor un baño de claridad solar, y á la vecindad
-entera parte de boda... Diríase que los futuros esposos deseaban cantar
-un himno á su numen tutelar, el sol, y ofrecerle la primer plegaria
-matutina.
-
---Está el gran día, chichi...--exclamaba Pacheco.--Vas á tener un
-viaje...
-
---¿Y para el tuyo? ¿Hará buen tiempo?
-
---Lo mismo que ahora. Verás.
-
---¿Despacharás en ocho ó diez días la ida á Cádiz?
-
---No que no. Y la aprobación del papá y too. Muerto está él porque me
-case y siente la cabeza. Le diré que después de la boda me presento
-diputao por Vigo con la ayuda del papá suegro. Verás tú. Para despabilar
-un asunto me pinto solo... cuando el asunto me importa, ¿sabes?
-
---¿Escribirás las veces que prometiste?
-
---Boba.
-
---Simplón, monigote, feo.
-
---Reina de España.
-
---En Vigo..., ya sabes... formalidad.
-
---Hasta que el cura...--(Pacheco hizo con la mano derecha un ademán
-litúrgico muy significativo.)--Entretanto... me dedicaré á tu chiquilla.
-¿Eh? A los dos días... te la he conquistao. Puede que te deje plantaíta
-á ti pa casarme con ella.
-
-Siguieron algunas bromas y ternezas más, que ni hacen al caso, ni deben
-figurar aquí en modo alguno. De repente, Diego tomó la mano derecha de
-la señora, preguntando:
-
---¿Te acuerdas tú de una buenaventura que te echaron en la feria?
-
-E imitando el acento y modales de la gitana, añadió:
-
---Una cosa diquelo yo en esta manica, que ha e suseder mu pronto y nadie
-saspera que susea... Un viaje me vasté á jaser, y no ae ser para má, que
-ae ser pa satisfasión e toos... Una presonilla está chalaíta por usté...
-
-El gaditano, siempre presumido, agregó:
-
---Y usté por ella.
-
-
- FIN
-
- * * * * *
-
-
-
- MORRIÑA
-
-
-
-
- _A Carmen Almario y Ossorio
- de Espinosa_
-
-
- _en prenda de antigua amistad_
-
-
- La Autora.
-
-
-
-
-MORRIÑA
-
-
-
-
-I
-
-
-Si el entresuelo que habitan en Madrid doña Aurora Nogueira de Pardiñas
-y su hijo único Rogelio no es ni de los menos obscuros ni de los más
-espaciosos, tiene en desquite la ventaja inestimable de encontrarse sito
-en la calle Ancha de San Bernardo, tan frontero á la Universidad
-Central, que, hablando en plata, aquello es vivir en la Universidad
-misma. Encajada la señora dentro de su butaca de gutapercha, en el
-rincón de la ventana, mientras _crece_ y _mengua_ su labor de calceta
-sin mirarla una sola vez, sigue los pasos al adorado chiquillo, y en
-cierto modo, salvando la distancia de la calle y calando el espesor de
-las paredes, le acompaña hasta el aula misma. Le ve entrar; al salir
-observa si se detiene en algún grupo, y con quién charla, y cómo se ríe;
-conoce á todos los camaradas, á los amigotes, á los antipáticos, á los
-estudiosos, á los holgazanes, á los asiduos, á los que hacen rabona casi
-siempre. También está familiarizada con las caras de los profesores, y
-estudia su continente y su modo de responder al saludo de los
-discípulos, sacando de los signos exteriores importantes consecuencias
-psicológicas, relacionadas con el problema de los exámenes.--«¡Ay! Allí
-viene ya el viejiño Contreras, el de Procedimientos. ¡Qué afable!...
-¡Qué cara de santo! Anda despacito el pobre... bien se nota que padece
-reuma articular, como yo. ¡Malpecado! Me es simpático por eso. No, y
-sobre todo, porque sé que es blando y que le ha de dar á Rogelio un
-aprobado como una casa. Ahora sale Ruiz del Monte, tan almidonado y tan
-engreído. Parece todo él hecho de una pieza. ¡Pobres de nos! Con éste no
-valen empeños, ni influencias, ni... Arre que le han de saber los chicos
-la asignatura tan bien como él. Pues para eso, que les deje á ellos la
-cátedra... y la paga. ¡Ay! Ahí tenemos al señor de Lastra. Jorobadito es
-un poco. ¡Qué gracia, las caricaturas que los muchachos le sacan en
-clase! Y se pasa de campechano. Ahí está pegándole palmadas en el hombro
-á Benito Díaz, el amigacho de Rogelio. Me parece uno de esos señores que
-dejan rodar el mundo. Bendito él sea. No sé qué se saca de disgustar á
-las familias y crucificar á los pobres rapaces.»
-
-Suspendiendo el soliloquio, la señora se hincaba en el moño entrecano la
-aguja de calceta, rascándose los cascos ligeramente. De pronto la piel
-floja y rancia de sus mejillas se teñía de rosa vivo, como si una brisa
-de juventud le orease las facciones.
-
---¡Ay! Rogelio.
-
-Salía el estudiante, envuelto en su capa de embozos de felpa carmesí,
-con el hongo un tantico ladeado y la mirada fija, desde el primer
-momento, en la ventana aquella. Por lo común sonreía; pero á veces,
-poniéndose muy formal, llevaba tres dedos al hongo, y estirando el brazo
-con movimiento de marioneta, remedaba el saludo de los gomosos en el
-Retiro. Contestaba la madre amenazándole con la mano abierta y
-descuajándose de risa, cual si fuese nueva una gracia consuetudinaria
-ya. Después, el muchacho platicaba tres ó cuatro minutos con algunos
-condiscípulos; de refilón se metía con el fosforero, la billetera, el
-naranjero de la esquina y los dependientes de la tienda más próxima,
-acabando por echar un requiebro á las criadas que charloteaban á la
-puerta; y al fin subía á su domicilio, esperándole en el recibimiento
-doña Aurora. Las primeras frases solían ser por este estilo:
-
---_Mater amabilis_... brinda el corporal sustento al fruto de tu
-vientre. Traigo un hambre que no la merezco. ¡Aaam! Si no llega pronto
-el bisteque, se producirán repugnantes escenas de canibalismo.
-
---Sí--decía risueña la señora;--ya vendrá todo á parar en que te comerás
-dos aceitunas y una hebra de carne. Anda, pistraco, señorito de la media
-almendra.
-
-La habitación predilecta de la casa no era ni la sala, siempre
-abandonada y desierta, ni el despacho de Rogelio, ni el gabinete de la
-señora: era el comedor, muy próximo á la antesalita. Allí estaba el
-reloj de pared, que consultaba para las horas de clase Rogelio, perezoso
-en dar cuerda á su remontuar; allí la mesilla, donde el cesto de la
-labor y la media empezada desaparecían bajo números del _Madrid Cómico_,
-de _Los Madriles_ y de todas las _Ilustraciones_ habidas y por haber;
-allí el sofá bajo, ancho y cómodo y las vastas poltronas; allí, sobre el
-aparador, el reparito del estómago, botella de jerez y bizcochos, ó, en
-verano, frutas que el chico gulusmeaba; allí, en una copa, el ramo de
-lilas frescas, ó los claveles que se ponía en el ojal; allí el botijón
-trasudando agua, y el azucarero, y el frasco del jarabe ferruginoso, y
-el abanico japonés, y la novela empezada, con la plegadera entre las
-hojas, y algún libro de texto, maltratado, mucho más que por el uso, por
-el mal humor y displicencia con que lo cogían y soltaban. Allí, en fin,
-la chimeneíta, la que funcionaba tan bien, la que consolaba de las
-cátedras glaciales y los desmantelados patios y pasillos del templo de
-Minerva. ¡Con qué gusto se ponía Rogelio, al llegar de clase, al canto
-de la lumbre, sin desembozarse, extendiendo las palmas hechas dos
-carámbanos! El calor desentumecía sus tejidos, activaba su empobrecida
-sangre, y le daba fuerzas para pedir, entre chistosos regaños y súplicas
-mimosas, el almuerzo, sintiendo casi la puntualidad con que se lo
-servían, porque se le acababa el tema de sus humoradas y bromas. Aún no
-había él cruzado la puerta y ya estaba doña Aurora gritando:
-
---Fausta... Pepa... Que llega el señorito... Almorzar por el aire...
-Niño, el jirope de hierro... ¿Te cuento las gotas amargas?
-
---¿Qué mayores amarguras que las de la muerte por inanición? Usted,
-fámula encargada del ramo culinario, ¿se puede saber con qué deleitosos
-manjares piensa V. calmar hoy el hambre que me roe las entrañas? ¿Me ha
-destilado V. ambrosía celestial, néctar extraído del cáliz de las
-flores... ó callos y caracoles del _Petit Fornos_? ¡Sacadme de esta
-cruel incertidumbre!
-
-Risas sofocadas en la cocina.
-
---¡Dénmele de comer á este loco, para que calle!
-
-Sentados ya madre é hijo, contadas las gotas y tragadas también, venía
-el sopicaldo humeante, el par de huevos estrellados, abuñoladitos, y el
-bisteque, el cual precisamente había de traerse del café cercano. Sólo
-así lo comía Rogelio. Por mucho que se esmerase Fausta, la vizcaína, no
-conseguía desbancar al cocinero del cafetín. Llegaba el rico pedazo de
-vianda medio cruda, encerrado entre dos platos, con sus patatas
-sopladas, tierno, jugoso, apetecible. Mientras Rogelio trinchaba
-preparándose á despachar las tajaditas, su madre le observaba con
-inquietud y avidez, lo mismo que si nunca hubiese visto aquel tipo
-delicaducho, tan diferente del ideal de las madres gallegas. Veinte
-años espigados; palidez mate; ojos negros y alegres, pero de caído
-párpado y cárdenas ojeras; boca de espiritual dibujo y arqueada con
-finura, un poco amoratada de labios, con una dedada de bozo; nariz
-enjuta; pelo lacio y suave, del que suele llamarse _de ratón_; cabeza
-estrecha de sienes, garganta delgada, nuca con canal, muñecas planas y
-talle cimbrador, componían una figura no salida aún de la adolescencia y
-como detenida en su desarrollo por la clorosis que produce la vida de
-invernáculo, donde la planta necesitada de aire bravo y libre se ahila ó
-se seca. Así doña Aurora no podía disfrutar momento de tranquilidad con
-aquel hijo, si no precisamente enteco, al menos de complexión flaca y
-nerviosa, según revelaba su carácter, en que á la alegría propiamente
-infantil sucedían sin transición ratos de inexplicable abatimiento. Por
-eso le miraba comer, tan ansiosa como si cada buen bocado le cayese á
-ella en el estómago después de dos días de ayuno. Con el pensamiento le
-decía á la substanciosa carne: «Anda, fortaléceme á ese niño. Dale
-fibra, dale sangre, dale huesos. Házmele robustote, varonil, patrón. Que
-se vuelva un torito... aunque fuese así, á modo de un bárbaro... no
-importa, mejor, ¡ojalá! Mira que no me queda á mi otro cariño en el
-mundo sino este rapaz tan poca cosa.» Y agregaba en alta voz:
-
---Come, hijiño, come, que la carne, carne cría.
-
-
-
-
-II
-
-
-Doña Aurora tenía su tertulia, y vespertina--nada menos que un _five
-o’clock_, como diría algún revistero--sólo que sin _tea_, ni ganas de
-él; porque caso de ofrecer algo á los tertulianos, la señora de
-Pardiñas, muy chapada á la antigua, optaría por unas buenas magras de
-jamón, ó cosa análoga. Como los amigos de la señora sabían que no
-acostumbraba salir á la calle sino por la mañana, de manto y arrebujada
-en su rotonda de pieles, á visitas de confianza ó á compras, y que las
-tardes se las pasaba haciendo media en la ventana del comedor, acudían
-fielmente, atraídos por la chimenea, las poltronas, la intimidad y el
-hábito.
-
-El mayor núcleo de relaciones de doña Aurora lo formaban compañeros de
-su difunto marido, magistrados, ó como ella decía en lenguaje
-profesional, «señores». Algunos, jubilados ya, eran los más constantes
-en acudir. Ciertos muebles del comedor teníalos vinculados determinada
-persona; la butaca de respaldo ancho se le reservaba á Don Nicanor
-Candás, el fiscal, aficionado á arrellanarse; la de gutapercha de
-asiento blando, á Don Prudencio Rojas; la de cretona rameada, á la vera
-de la chimenea, que nadie se la disputase al patriarca Don Gaspar
-Febrero; este venerable sujeto era el alma de la tertulia, el más vivo,
-rozagante y animoso de los concurrentes, á pesar de sus ochenta y pico
-de navidades y su pata coja, quebrada al saltar de un tranvía. El primer
-cuarto de hora de conversación solía consagrarse al estado atmosférico y
-á la salud; ninguno de los respetables señores estaba sin alifafes y
-goteras; algunos eran ya una pura ruina; y el lamentar achaques y
-discutir métodos curativos resultaba siempre de actualidad. Allí se
-llevaba el alta y baja de los catarros crónicos, de los dolores
-artríticos, de los flatos y las acedías de cada quisque, y se
-deliberaba, tan solemnemente como en otro tiempo sobre una sentencia,
-sobre las ventajas del salicilato y las pastillas pectorales.
-
-Agotada la cuestión sanitaria--todo se agota--pasaban, casi siempre por
-iniciativa del señor de Febrero, á tratar otros asuntos más agradables.
-No podía sufrir el amable ochentón que se hablase tanto de botica,
-recetas y potingues.--«No parece sino que está uno con un pié en el
-sepulcro»--decía sonriendo y luciendo su brillante dentadura postiza. La
-conversación variaba de rumbo, pero casi nunca versaba sobre temas
-contemporáneos. Como gavota ejecutada por una abuela sobre viejo
-clavicordio, sonaba allí el anticuado ritornelo de las memorias y de las
-reminiscencias. Los diálogos solían empezar así.
-
---¿Se acuerda V.? Cuando me destinaron á la Gran Canaria, mandando
-Narváez...
-
-O de este otro modo:
-
---¡Que tiempos! Lo menos diez años antes que se sustanciase la célebre
-causa Fontanelas... Aún no había nacido mi hijo mayor...
-
-El señor de Febrero les iba á la mano también en esto de contar
-tristemente los lustros ya corridos, exclamando con juvenil viveza:
-
---Qué, si eso pasó ayer, como quien dice. En la vida de una nación, nada
-significan miserables veinticinco ó treinta años.
-
---Sí; pero en la de un hombre...
-
---Tampoco en la de un hombre, si Vds. me apuran. A los cuarenta, á los
-cincuenta llamo yo la flor de la edad.
-
---Hable V. por sí... Usted ha descubierto el elíxir de larga vida. Más
-fresquito que una lechuga. En cambio, los demás parecemos zapatillas, y
-estamos para que nos saquen en un carro al sol.
-
-Con su muleta entre las piernas, Don Gaspar se reía, y como sacudiese la
-cabeza, relucían al reflejo del fuego los rizos argentados de su
-peluquín. Sentimos tener que pagar tributo á la exactitud descriptiva,
-consignando que llevaba peluca y dientes postizos el señor de Febrero:
-mas importa añadir que era tanta la verdad de su mentira, que eclipsaba
-á lo real, y engañaba al más lince. Revelando exquisito gusto y
-consumado arte, el anciano había encargado su peluca del color de la
-nieve, y la diadema de ligeros rizos canos que coronaba su frente de
-marfil era como majestuosa aureola, bien distinta de la tupida
-pelambrera con que los viejos verdes se obstinan en reparar el
-irreparable ultraje de los años. Asimismo la dentadura, hábilmente
-contrahecha, algo desigual y gastada, con una mellita en el lado
-izquierdo, se la pegaba á cualquiera. Con aquel pelo tan decorativo; con
-el rostro escrupulosamente afeitado, de facciones correctas, muy
-expresivas aún; con la pulcritud y dignidad afable de su persona, Don
-Gaspar recordaba las mejores cabezas del siglo XVIII, tal como nos las
-ha conservado la miniatura. Daba pena que no vistiese chupa de raso
-bordado. El traje de paño no le caía. Hasta la muleta de ébano, con
-almohadón de terciopelo azul, realzaba y completaba la autoridad de su
-presencia. A fuer de hombre de otras épocas que ya fenecieron, Don
-Gaspar, en cuanto veía mujeres, se encandilaba, y le chorreaban azúcar y
-miel los labios: hasta con la misma señora de Pardiñas, enteramente
-fuera de combate, no prescindía de sus formas, más que corteses,
-galantes y rendidas.
-
-A aquel viejo que llevaba tan serena y elegantemente la vejez, le
-cosquilleaba en la vanidad de un modo grato oir á los contertulios,
-todos cascados, todos asmáticos y catarrosos, todos ostensiblemente
-calvos, que le decían en tono de envidia:
-
---Este Don Gaspar... es mucho cuento. Nos entierra á cuantos venimos
-aquí.
-
-Otra satisfacción de amor propio muy grande era la de probarles la
-frescura y nitidez de su memoria: y la disfrutaba á menudo, porque en la
-tertulia de la señora de Pardiñas se hilaba continuamente el copo de
-los recuerdos, del cual salía una hebra de oro, pero oro amortiguado ya,
-como el de las antiguas casullas. Era la memoria de Don Gaspar una
-especie de armario de cedro, donde se guardaban perfumados,
-empaquetados, clasificados, íntegros, los sucesos, los nombres, las
-fechas y hasta las palabras.--«Este señor de Febrero es una cartilla
-vieja»,--solía decir doña Aurora. Cuando se discutía algo, apelábase al
-arbitraje de Don Gaspar.--«¿Verdad, señor de Febrero, que la causa
-Zaldívar, de Sevilla, se elevó á plenario en el invierno del 56?»--«No,
-señor, el 57: y por cierto que ocurrió eso hacia el 15 de Diciembre...
-digo mal, el 16, cumpleaños del amigo Don Nicanor Candás.»
-
---¡Pero, hombre!--exclamaba el aludido cuando llegaba á
-enterarse.--¡Reniego hasta de quien hizo su memorión de V.! ¡Pues no va
-este maldito gallego á acordarse de la fecha de mi cumpleaños, que yo
-mismo no me acuerdo nunca! Los años nadie me los ha de robar, con que no
-veo la necesidad de llevarlos por cuenta exacta.
-
-Don Nicanor Candás, fiscal jubilado, asturiano, malicioso y presumido á
-fuer de buen ovetense; listo como una pimienta y más atravesado que una
-espina, daba mucho que reir á la tertulia metiéndose con el señor de
-Febrero, á quien llevaba la contraria por sistema, sin respetar sus
-fueros patriarcales y su decanato glorioso. Para mejor marear á su
-contrincante, adoptaba Candás un método raro, que no carecía de chiste.
-Fingíase sordo como una pared, y llevaba siempre en el bolsillo del
-gabán una trompetilla de plata que se introducía en el oído cuando le
-convenía responder acorde y rebatir al contrario, y que decía haber
-olvidado en casa cuando le daba la gana de contestar yéndose por los
-cerros sin atender á razones ajenas. Tal estratagema era de resultado
-seguro, y conseguía ponerle á salvo de todos los riesgos de la disputa.
-En su lenguaje, el señor de Candás era crudo y ordinario, tanto como Don
-Gaspar atildado, atento y melifluo, y por semejante modo de hablar
-desentonaba en la reunión. Ni era sólo por esto, sino también porque era
-el único que prefería las noticias de actualidad á los recuerdos, el
-único que vivía con un pié en lo presente, el único que traía á aquel
-enmohecido senado una corriente de aire callejero y de vida real. Don
-Gaspar, en tono agridulce, le llamaba «nuestro reporter».
-
-La portentosa memoria del ochentón se confundía y embrollaba al tratarse
-de sucesos recientes, y Candás, aprovechándose de esta deficiencia en
-las admirables facultades del patriarca, siempre estaba tomándola con
-él.--«A ver,--decía,--cómo se iba á componer nuestro Don Gasparín para
-probar una coartada. Muy fuerte en todo lo que se refiere al ministerio
-Calomarde ó á la regencia de Espartero, y no sabe por dónde anduvo esta
-mañana misma.» Y remedando la voz de Don Gaspar, añadía: «¿Qué hice yo
-ayer tarde? Espérense Vds.. ¿Fuí á casa de Rojas? Me parece que sí...
-Digo, no, no. Estuve paseando en Recoletos. Con todo, no se lo juraría
-á Vds.»
-
-Esta observación cómica relativa al patriarca, podía hasta cierto punto
-aplicarse á los demás tertulianos. Diríase que para ellos no existía lo
-actual, y sólo lo pretérito tenía vida y realce. Las noticias del
-reporter Don Nicanor las comentaban tres minutos, con esa tendencia
-pesimista que aflige á la edad senil; después volvían á subir corriente
-arriba, engolfándose muy á gusto entre las nieblas de los años
-desvanecidos. Quizá en esto influyese, además de la vejez, el carácter
-que imprime la magistratura, profesión cuya base son nociones
-científicas estratificadas ya, un derecho puramente histórico, en que el
-espíritu de innovación es una herejía, y en que se resuelven problemas
-jurídicos de hoy con el criterio de la ley romana ó del fuero visigodo.
-Así es que cabía comparar la reunión de casa de Pardiñas á una peña
-inmóvil en medio del mar de la existencia. No veían los excelentes
-«señores» que también en la polilla de los legajos palpitan gérmenes y
-late el ímpetu renovador: apegados á fórmulas vanas, creían custodiar un
-licor sagrado, cuando en sus manos no quedaba ya sino la ampolla vacía;
-y, al tratarse de novedades, en el mismo grado de heterodoxia ponían el
-uso de la barba, las audiencias de perro chico, el Jurado y la revisión
-de códigos.
-
-
-
-
-III
-
-
-Aquella asamblea de sonámbulos se despertaba y alborozaba al entrar
-Rogelio, quien, por las tardes, antes de salir á pié ó en coche,
-acostumbraba dejarse ver en la tertulia, riendo mucho de lo que ocurría
-en ella, pero sin malicia, con travesura de chico mimado. Habíale puesto
-de mote _Inútil Club_; á Candás, por su calva amarilla y enorme, le
-llamaba _Laín Calvo_; y al afeitado y galante señor de Febrero, _Nuño
-Rasura_. Las criadas repetían por lo bajo estos apodos. La misma señora
-de Pardiñas se reía en secreto, aunque aparentaba enfado diciendo al
-chico:
-
---Está muy mal que te burles... ¡Tanto como los pobres señores te
-quieren!
-
-Sí que le querían. Al aparecer Rogelio, era como si algún rayo de sol
-dorado y caliente se deslizase en una de esas habitaciones cerradas,
-donde muebles, cortinas, papel y cuadros, han adquirido el desmayado
-matiz del polvo y la humedad. Todos los viejos amaban entrañablemente al
-chico: el uno le había visto en mantillas; el otro había asistido á su
-primera comunión; éste le traía juguetes cuando pasó la escarlatina;
-aquél, compañero de Sala é íntimo amigo de su padre, chocheaba
-recordando los dulces del bautizo... Si se dejasen llevar del primer
-impulso, á pesar de la orla negra que realzaba el arqueado labio
-superior de Rogelio, serían capaces de besuquearle los carrillos y
-traerle caramelos y cacahuetes. Para ellos era siempre el pequeño, el
-_rapaz_: cierto que, por un fenómeno natural de óptica, los excelentes
-tertulianos de la señora de Pardiñas propendían á seguir considerando
-como niños á los jóvenes, y como jóvenes á los machuchos. Se les oía
-decir, verbigracia: «¿Conque se murió Valdivieso? ¡Hombre, pues si
-estaba en lo mejor de la edad, si era un chico!» Y necesitaba intervenir
-el maligno asturiano, haciendo de la diestra embudo acústico, ó
-metiéndose la trompetilla: «¡Caray, caray con los chicos que sueñan
-Vds.! Valdivieso no cumplía ya los cincuenta.» «No tanto, no tanto.»
-«¿Que no tanto? Y los que mamó y anduvo á gatas.»
-
-Al tratarse de Rogelio, extremaban la manía de no advertir que el tiempo
-pasa y hacerse los distraídos cuando suena el reloj. Cada año que ganaba
-en la carrera de Derecho, era para ellos un asombro: no le concebían
-abogado: quisiéranle deletreando todavía en la escuela. Lo cual no
-dejaba de amoscar al estudiante. Al regresar de una excursión de veraneo
-á San Sebastián, sucedió que le preguntase con la mejor fe del mundo el
-señor de Rojas:
-
---¿Cómo te habrás divertido, eh? ¡Todo el día corriendo y jugando por la
-playa!
-
-Y el chico respondió, sin descubrir el amostazamiento sino con un mohín
-de pillería truhanesca:
-
---¡Vaya! Muchísimo. Hice agujeritos y chocitas con la arena. ¡Gocé más!
-
-En el fondo, el buen corazón del chico se había apegado á la colección
-de honrados vejestorios que frecuentaba su casa. Aquel mismo señor de
-Rojas (por ejemplo), le infundía un respeto cariñoso, por su
-justificación y rectitud intachable. Si Temis descendiese á este bajo
-mundo, se hospedaría en casa del señor de Rojas, y encontraría allí
-altar y simulacro (de madera, según Candás). Estricto celador del
-sentido literal de la ley, Rojas marchaba por el angosto camino que
-veía, sin titubear, alta la frente y tranquila la conciencia. Persuadido
-de la altísima dignidad de su cargo, cubría las exigencias del decoro
-social á costa de una economía y una modestia inverosímiles de puertas
-adentro, comprendido y secundado en esta obra heroica por su mujer. No
-conocía influencias políticas, ni amistosas, ni de ninguna especie.
-Pasaron por sus manos asuntos en que se atravesaban millones, y la
-codicia, que no es sino instinto de conservación en forma de
-adquisividad, ni resolló siquiera. Por eso el severo nombre de Prudencio
-Rojas era pronunciado, ya con veneración, ya con la solapada y
-disolvente ironía que adopta el vicio para desacatar á la virtud. El
-cáustico Don Nicanor llamaba á Rojas _fantoche del Derecho_. Decía que
-todo en él era de palo, la inteligencia y el carácter; sin ver ó sin
-querer ver que esta clase de hombres, cuando las leyes fuesen perfectas
-dentro de lo humano, podrían, con su firmeza é integridad en
-aplicarlas, hacer reinar la edad de oro.
-
-Muchas tardes, especialmente si hacía frío riguroso ó llovía ó nevaba,
-Rogelio, en vez de salir, se acurrucaba en el rincón del ancho sofá, y
-atendía á las soñolientas conversaciones de los viejos. Cuando podía,
-trataba de dirigirlas hacia un punto para él muy interesante: nunca se
-cansaba de oir hablar de su tierra, Galicia, de donde había salido muy
-pequeño. Casi todos los tertulios, ó eran de allí, ó allí habían pasado
-largas temporadas desempeñando puestos en la Audiencia de Marineda; y
-hacíanse lenguas de la benignidad y salubridad del clima, lo barato y
-sabroso de los alimentos, lo tratable y afectuoso de la gente, y la
-hermosura extraordinaria del país.
-
---No sé cómo nuestra amable amiga doña Aurora no lleva allá á este pollo
-para que conozca su cuna--decía el señor de Febrero sobando el cojín de
-la muleta.
-
---Si siempre estoy proyectándolo--contestaba la señora--y es de esos
-planes que tienen desgracia. La verdad, ustedes comprenden que hasta el
-día todo se me ha vuelto dificultades y tropiezos.
-
---Di que eres muy remoloncita, _mater admirabilis_--objetaba el
-hijo.--Por tu gusto serías árbol, para echar raíces donde te plantasen.
-
---Lo mismo que te llevo á San Sebastián, á Galicia te hubiese llevado,
-niño; pero no fué posible. ¿Crees tú que no me llama á mí la tierra?
-Los que allá nacimos... es tontería; no tenemos más ganas que de volver,
-ni perdemos nunca la querencia.
-
---Y los que no nacimos lo mismo--intervino Don Nicanor Candás, armado de
-trompetilla.--Ahora daba yo el dedo meñique por pasarme un año en
-Marineda; mejor me voy allá que á Oviedo ó á Gijón.
-
---Pero á mí--prosiguió la señora--siempre se me descomponía el plan,
-como si anduviesen en ello las brujas. ¿Tienes gana de volver á tu país
-antes de cerrar el ojo? Pues fastídiate, y aguarda hasta que te caigas
-de vieja. Verán Vds.:--y contaba por los dedos.--Primero: que la
-incompatibilidad. Deje V. su familia, su casa, sus bienes, y váyase V. á
-rodar de zeca en meca, con un niño pequeñito y que siempre fué delicado,
-de Oviedo á Zaragoza, luego, con lo de la Regencia, á Barcelona, luego
-al Supremo aquí... Mi matanza toda era decirle á Pardiñas: jubílate,
-hombre, jubílate, y volvámonos á la terriña, á no dejar por ahí nuestros
-huesos. Para vivir nos sobra con lo nuestro, y los hijos no son tantos
-que nos agobien. Pero... como ya saben Vds. lo que era mi pobre marido,
-que no es que yo lo diga...
-
-Rumor de simpatía en la asamblea.
-
---Creía que en seguir la carrera hasta el fin consistía su obligación...
-¡En nombrando al deber! En fin, tenía aquella idea y era preciso
-respetarla. Y después, como se puso ya tan malito...
-
-Aquí la voz de la señora se enronquecía algo; llevaba la mano al
-bolsillo, y se sonaba, aplicando luego el pañuelo á los ojos.
-
---De manera--repetía suspirando y encogiéndose de hombros--que cuando
-llega la hora... Después, ya saben Vds. cómo me vi con mis cuñadas, y la
-de pleitos y de embrollas que me armaron. Creí que nunca me desenredaba.
-De allá me escribían los amigos antiguos: «Que vengas, que vengas, que
-en un día haces más desde aquí que desde ahí en un año.» ¿Qué quieren
-Vds.? Me daba miedo la diligencia. Con este reuma, pensar en embutirme
-en aquellos carricoches, que á lo mejor no tenían un cristal para un
-remedio... Así que se transigieron bien que mal las cuestiones y se
-devanó el ovillo de la testamentaría, cate V. que ponen el tren directo
-hasta Marineda... Pero ya se me había enfriado el alma, porque volver
-allá para encontrarse de esquina con toda la parentela...
-
---Mamá, con toda no. Muchos parientes, según tus mismas noticias, están
-de nuestra parte.
-
---Bah... Yo qué sé. En nuestra tierra, rapaz, es difícil saber quién
-está por uno y quién en contra. En ese particular he recibido desengaños
-atroces. A lo mejor te venden amistad mientras te clavan el cuchillo
-hasta el mango. La verdad se ha de decir: por allá no somos así...
-francotes y reales, como los castellanos viejos.
-
---Habla V. como un libro--asentía el señor de Candás, no desperdiciando
-la ocasión de sacar las uñas.--El gallego reunirá los méritos que V.
-guste; pero á retorcido y escurridizo y falso no le gana nadie. No
-contrate V. con él de palabra sólo, carapuche, que no tienen fe, ó si la
-tienen es púnica. Cómo será el gallego, que los gitanos no se atreven á
-colarse nunca por allí, temerosos de salir engañados.
-
---¡Cuidadito con insultar á la tierra!--decía festivamente Rogelio.
-
---Sí es cosa averiguada. A Galicia no va un gitano. Más chalanes y más
-socarrones son ellos que toda la gitanería junta. ¿Y en litigar? ¡Santo
-Cristo de mi pueblo! Nacieron pleiteantes. Le envuelven á V., home; el
-aldeano más rudo le da á V. cien vueltas.
-
---Eso prueba,--alegaba el señor de Febrero--que somos gente despabilada;
-no me lo negará V.
-
-El señor de Candás, quitándose del oído el cañuto de plata á fin de no
-hacer caso de la observación y despacharse á su gusto, proseguía:
-
---Y hay tontines que llaman á los gallegos listos; yo lo que digo es que
-son maulas: si fuesen listos no andarían siempre hechos unos pobretes,
-comidos de miseria, roídos de envidia, sin salir nunca de pobres y de
-quejumbrosos. Son la casta de gente más llorona que he conocido. Todo se
-les vuelve pucherines y lamentos.
-
-La tez de marfil del señor de Febrero se encendía un poco, porque le era
-imposible habituarse á las malignas descortesías de _Laín Calvo_.
-
---Eso es algo fuerte, señor Don Nicanor; repare V. que aquí estamos en
-mayoría los gallegos. ¿Le gustaría á V. que yo le repitiese ahora
-aquella vulgaridad de «asturiano, loco, vano, mal cristiano?»
-
---Hay--proseguía el fiscal imperturbable--una tanda de memos en polvo
-que se alborotan cuando oyen decir esto; pero ello es ya tan sabido, que
-de puro sabido se calla. El gallego tiene alguna penetración, corriente,
-sobre todo cuando se trata de discurrir maneras de jeringar al prójimo;
-y, sin embargo, ni sabe cultivar la industria, ni salir de aquella
-escasez en que vive. Le ve V. resignado con su mendrugo de pan de maíz,
-hecho un pelele, sin ropa, sin comer carne, sin beber vino una vez en el
-año... Le ve V. que con su fama de avispado, á veces parece más alma de
-cántaro que los mismos aragoneses. Es tacaño y ahorrará un _ochavitu_
-aunque se lo saque del pellejo con una raspa; pero no tenga V. miedo que
-discurra para agenciarse ese ochavo, ni que se anime á trabajar de veras
-por el aliciente de un duro. Nada: con tal que no le perturben en su
-rutina y en su haraganería... Así ve V. que ahora tienen esa red de
-ferrocarriles, ¿y para qué les sirve? No moverán el dedo para atraer á
-los veraneantes. ¡Aquel agrado, aquella limpieza de la gente
-donostiarra!
-
---A este Don Nicanor hay que matarle ó dejarle--objetaba furioso Nuño
-Rasura.--Como no atiende á razones... ¿Dónde está esa red ferrocarrilera
-de que habla? ¡Bonita red! Llena de agujeros. ¿Quiere que todo se haga
-en un día? Milagros sólo Dios. Todo se andará, con paciencia y tiempo.
-Mire ya mi Don Nicanor la importancia que va adquiriendo la bellísima
-Vigo. Aquel clima tan fresco, aquellas costas y aquellas rías son la
-admiración de la prensa. ¡Y aquellas mujeres... mejorando siempre lo que
-tenemos delante, pero mi buena amiga también es de allá! ¿Y aquel
-pescado tan especial? ¿Qué me dice V. de él?... Amiga queridísima doña
-Aurora, yo no he vuelto á comer sardina ni lenguados desde que me vine.
-Antes de la caída de O’Donnell, recuerdo que estábamos tomando baños en
-Marín, y nos trajeron á la puerta un rodaballo...
-
-Aquí volvía el ochentón á hilar el copo de los recuerdos, y Rogelio, con
-el codo en el sofá y en la palma la mejilla, escuchaba embelesado.
-Parecíale que estaban contando alguna tradición de familia. El aposento
-y la tertulia adquirían aspecto de cariñosa intimidad: la atmósfera
-moral y material era templada: el mundo era mullido y acolchado como el
-almohadón donde reclinaba su cuerpo. Cada tertuliano era para él, si no
-un padre, por lo menos un tío carnal. En derredor suyo reinaba la más
-dulce seguridad; y así como en ciertas moradas lujosas se traslucen el
-ahogo y la escasez, en aquel comedor modestísimo se transparentaba el
-bienestar casero, la más dorada mediocridad que pudo soñar ningún poeta
-ni apetecer ningún filósofo. La armonía y la moderación son siempre
-hermosas, y Rogelio, sin definir esta belleza que le rodeaba, la sentía
-y se envolvía en ella como el pájaro en el plumón de su nido. Y mientras
-en la chimenea chisporroteaba la leña ardiendo, y de la cocina venía
-amortiguado el repique del almirez, y discutían los viejos y la madre
-activaba las agujas de su media, el muchacho, sumido en vaga
-contemplación, fantaseaba cómo sería aquel país bonito, aquella Galicia
-verde, llena de agua, de flores y de muchachas mimosas.
-
-
-
-
-IV
-
-
-La calle enterita, tiendas, puestos ambulantes, criadas y vecindad,
-conocía á Rogelio: como suele decirse, todo el mundo le debía un cuarto.
-Eranle familiares los establecimientos, ó, mejor dicho, humildes
-tenduchos de loza, ultramarinos, novedades, cordelería y periódicos, que
-se incrustan entre las viejas é imponentes casas solariegas de la calle
-Ancha, animada por la concurrencia de los estudiantes y por el ascenso y
-descenso de los tranvías.
-
-Pero con quien la emprendía Rogelio más á menudo, era con los cocheros
-simones, de los cuales existe un puesto en la plazuela de Santo Domingo.
-Rara vez salía de casa doña Aurora que el reuma ó el frío ó el calor no
-la determinasen á enviar por uno de aquellos vehículos tan destartalados
-y feos, pero tan cómodos y accesibles; ella les llamaba enfáticamente
-«sus trenes», y aseguraba riendo que siempre tenía el coche enganchado
-y á la puerta, con un cochero tan puntual, que no se hacía esperar una
-vez sola. Rogelio, á fuer de hijo único y rico, se permitía otros lujos,
-y su madre le pagaba la pensión de dos caballitos moscas y el alquiler
-de un milor flamante en casa del alquilador Agustín Cuero, para que los
-días festivos bajase al Retiro ó adonde le diese la gana (no
-consintiéndole caballo de silla por temor á un lance peligroso). Pero á
-la señora primero la matarían que usar de aquel tronco juguete: que la
-dejasen con sus pacíficos simones; á no ser algún día, por decoro y para
-hacer visitas, maldito lo que le importaba la farsa de que el coche
-estuviese más barnizado y el cochero llevase guantes y unas zaleas de
-carnero por los hombros. Con el uso frecuente y las razonables propinas,
-todo el personal cocheril de la plaza estaba á devoción de doña Aurora,
-y muy prendado de la buena sombra del señorito. Este no les dejaba
-vivir, máxime á sus paisanos, los gallegos, con quienes la tenía siempre
-armada. Decíales mil disparates acerca de su tierra; les tarareaba la
-muiñeira; les hablaba con la _u_, á guisa de sirviente de comedia de
-Ayala; y si por milagro llegaban á amoscarse, les decía:
-
---Auriga veloz, yo también soy galleguiño, maruso, de pralá.
-
-A lo cual solían ellos responder:
-
---¡Qué señorito tan _pavero_!
-
-Cuando venía á comprometer á alguno porque lo necesitaba su madre, desde
-una legua que le viesen ya estaban riéndose y bajando la alquila. Y él
-solía entrar en escena dirigiéndoles retahilas semejantes:
-
---Automedonte alígero, vapulea á tu fogoso corcel para que se beba la
-distancia hasta mi encantado palacio. Ya el generoso bridón tasca
-impaciente el dorado freno. ¿No ves cual le rocía de cándida espuma?
-Buloniu, ¿en qué estabas pensando que no me veías de venir?
-
---Señorito... estaba á leer _La Correspondencia_.
-
---_¡La Correspondencia!_ ¿Qué profieren tus sacrílegos labios? _¡La
-Correspondencia!_ ¡Rabo de Satanás! ¡Una hoja revolucionaria, anárquica
-y nihilista! Arroja pronto ese veneno, antes de apropincuarte á la
-mansión honrada de los pacíficos ciudadanos. ¡Acude, corre, vuela,
-simón! ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Anda, burrachu, demagogo!
-
-Cuanto mayores extravagancias ensartase, más se reían los cocheros.
-
-Una mañana salió Rogelio, ya embozado en su capita hasta los ojos, pues
-las postrimerías de Octubre tenían la atmósfera en punto de sorbete,
-aunque el alegre sol madrileño brillase en todo su esplendor. Tratábase
-como siempre de buscar un cochecillo para doña Aurora. Al llegar á la
-esquina de la plazuela, divisó á uno de sus trenes predilectos: una
-berlina algo menos indecente, con forro de sagrén avellana no tan
-mugriento y sobado como el de la mayor parte de estos vehículos. El
-cochero, rubio, gordo, coloradote, atendía por Martín y era gallego.
-Rogelio venía llamándole con señas y gritos:
-
---¡Martín, el de la capa! ¡Ah de la imperial carroza!
-
-Hablaba el simón con una mujer cuyo rostro no podía ver el estudiante;
-pero á la voz de éste se volvió, y Rogelio hubo de notar que era moza,
-no mal parecida, de aspecto humilde y vestida de luto.
-
---¡Señorito, qué cuaselidá!--exclamó Martín al conocer á Rogelio.--Esta
-joven (el cochero pronunciaba _joven_ con _g_) viene en busca de la casa
-del señorito, y me preguntaba el camino ahora. Es paisana nuestra. Trae
-una carta...
-
---¿Quiere V. dejarme ver el sobre?--indicó el estudiante, que al
-dirigirse á la muchacha varió enteramente de modales y de tono.
-
-La muchacha alargó el billete, que lo era, y bien chico.
-
---¡Calle! Es para mamá. Véngase V. conmigo; yo le enseñaré la casa. Tú,
-simón, sigue nuestra resplandeciente estela con tu carroza imperial,
-tirada por ese lánguido cisne.
-
---Dios se lo pague, señorito--dijo la muchacha con voz bien timbrada y
-dulce, y acento cantarín, como suelen tenerlo las gallegas
-ribereñas.--No necesita molestarse. Ya veo desde aquí el portal de la
-casa, que el cochero me lo señaló.
-
---Si yo también llevo ese camino. Ningún trabajo me cuesta.
-
-Sin otra discusión, la muchacha rompió á andar, y Rogelio, por instinto,
-se colocó á su izquierda, como haría con una dama. A los diez pasos le
-pesaba ya de su galantería. En primer lugar, menuda chacota le
-arrimarían sus compañeros si acertaban á encontrarle acompañando tan
-cortés á una individua de pañuelo á la cabeza y saya lisa de merino. En
-segundo, Rogelio atravesaba esa edad en que un chico criado algo
-falderamente, en la casta atmósfera maternal, no puede evitar una
-impresión de cortedad penosa cuando trata con mujeres desconocidas aún.
-Cierto que las de condición inferior no le atarugaban tanto: las
-señoritas eran su muerte: siempre creía que se burlaban de él, que
-cuanto le decían era pura matraca, que no hacían sino tomarle el pelo,
-gozarse en su confusión y comentarla luego á solas, con maliciosa y
-despiadada ironía; pero ahora, al lado de la muchacha vestida de luto,
-experimentaba la misma turbación, porque, á pesar de su pobre traje, no
-tenía pinta de lo que se entiende por mujer ordinaria. «¿La diré algo?
-¿Se reirá de mí? Más se reirá si me quedo mudo. No, la palabra hay que
-dirigírsela». Entonces se le ocurrió preguntar con suma formalidad:
-
---¿Quién le envía á mamá esa carta? ¿Lo sabe V.?
-
---Sé; sí, señor. ¿No he de saber? Las señoritas del general Romera. ¿No
-las conoce?
-
---¡Vaya si las conozco! El general Romera fué amigo de papá. Hace tiempo
-que no las vemos.
-
---Estuvo malita doña Pascuala, la mayor. Tuvo una cosa que le dicen
-_enginas inflamadas_. ¡Ay! Muy mala estuvo.
-
---Y ahora, ¿sigue mejor?--interrogó Rogelio por seguir hablando, aunque
-las anginas de doña Pascuala no le quitaban el sueño.
-
---Ya sanó de todo. Pues si no sanase, tampoco me marchaba yo de _junta_
-ella.
-
---¿Estaba V.... allí?--(Rogelio no se atrevió á decir _sirviendo_.)
-
---Sí, señor, desde que vine de _allá_.
-
---¿Conque galleguita?
-
---No tengo por qué negarlo.
-
---Ni yo tampoco, caramba.
-
---No, señor, por cierto. Es una tierra muy buena, mejor que la de Madrí
-y la de todo el mundo.
-
-Rogelio sonrió, agradado del patriotismo de la muchacha, y comenzando á
-sentirse bien con ella, porque le parecía incapaz de burlarse de nadie.
-Estaban próximos á la casa: Martín, que se había adelantado, paraba su
-jamelgo, operación más fácil que la de obligarle á salir al trote, y,
-desde el portal, doña Aurora hacía señas á su hijo.
-
-
-
-
-V
-
-
---Mamá, aquí te traen una amorosa epístola.
-
---¿Esta chica?
-
---Sí, señora... De las señoritas de Romera.
-
---A ver, venga. Puede que sea cosa de despachar acto continuo.
-
-Pero apenas hubo roto el sobre, la señora se echó á reir.
-
---¡Qué chiflada estoy! Sin mis gafas... Rapaz, lee tú.
-
-Desplegó Rogelio la misiva, y ahuecando la voz, comenzó así:
-
---«Alta y poderosa y sobajada señora; si la vuestra fermosura...»
-
---Mira, niño, lee formal, que aquí corre un frío de los diablos y con el
-reuma mis caderas no están para músicas.
-
-En tono natural leyó Rogelio:
-
- «Nuestra más distinguida amiga: La dadora, Esclavitud Lamas,
- manifestará á V. el favor que pide. Nosotras sólo podemos
- atestiguar que todo el tiempo que estuvo en esta casa, observó
- ejemplar conducta, sin faltar nunca á su obligación; tanto, que su
- marcha nos deja muy disgustadas, por no tener queja ninguna de
- ella, al contrario.
-
- «Quedan de V. afectísimas sus antiguas amigas,
-
- «PASCUALA Y MERCEDES ROMERA.»
-
-
-
---¿No dice más, hijo?
-
---Trae una posdata tonta. No la leo, ea.
-
---¿Una posdata tonta?
-
---Sí; que por qué no me dejo ver, que ya estaré hecho un buen mozo...
-Las bobadas de cajón.
-
---Te lo estoy diciendo siempre, rapaz,--exclamó la madre con
-viveza.--Nunca subes diez minutos á casa de esas pobres señoras que te
-quieren tantísimo. Como que te han conocido así, hecho un muñeco.
-Pensarán que es culpa mía. Pues bastantes veces te hablo de ellas.
-¡Pascuala y Mercedes! Si tú no vas iré yo.
-
---¡Pero, _mater terribilis_, si en cuanto piso aquella antesala me entra
-un sueño... y no hago sino bostezar!
-
---Pues son unas santas.
-
---¡Amén; yo no les quito su santidad; sólo digo que son tan pesaditas,
-tan patosas! Hablan á dúo como los alemanes de _La Diva_, «Rogelito,
-¿qué tal la mamá? ¿Y los estudios?»--Al decir, así imitaba la voz
-cascada y el acento malagueño de las solteronas.
-
---Valiente pinturero estás tú,--murmuró la señora reprimiendo la
-risa.--No sé por qué te han de dar sueño Pascuala y Mercedes.
-
---Insondables enigmas del corazón humano. Arcanos profundos. En aquella
-_dimora casta è pura_ flota en la atmósfera un beleño letal.
-
---¡Farsante!
-
-Mientras duraba esta escaramuza entre la madre y el hijo, la muchacha
-esperaba inmóvil, sin levantar los ojos del suelo. Doña Aurora se hizo
-cargo y se encaró con ella.
-
---Hija, dispense V. Aquí dice que V. me explicará el objeto de su
-venida. ¿Quiere subir?
-
---No, señora... Por mí no se moleste. Aquí mismo...
-
---A ver, no tenga V. reparo. ¿Alguna recomendación?
-
---Recomendación, no, señora. Es que yo quiero entrar á servir en casa de
-V.... ó de otra familia gallega,--añadió después de una pausa.
-
-Doña Aurora miró fijamente á la postulante, y creyó advertir que se
-ruborizaba un poco.
-
---¿Usted... no estaba contenta con las señoritas de Romera, según eso?
-
---Sí, señora; por contenta sí... y me parece que ellas también conmigo;
-ya lo ve por la carta que me dieron. Por lo que es de las señoritas,
-estaría yo en la santa gloria, que son muy buenísimas, no despreciando:
-Dios las florezca. Sólo que á las veces... hay personas buenas y no se
-hace uno con ellas. Esas señoritas son de allá de Málaga, en tierra de
-Andalucía, y tienen unas costumbres y unas comidas que yo no las
-entiendo. Hasta el habla suya es atravesada para mí. Cuando me mandan
-hacer una cosa y no comprendo, me quedo como si me leyesen la sentencia
-de muerte. Y luego, señora, la verdad por delante: el no estar entre
-gente de su tierra, ni oir mentarla nunca, le pone á uno el corazón muy
-negro. Por la metá de soldada y con doble de trabajo, quiero servir á
-una persona del país.
-
-Lo dijo con tal persuasión, que se aumentó la benevolencia de doña
-Aurora, prendada ya del porte decente y honesto de la muchacha, tan
-distinto del desgarro que gastan las _Menegildas_ madrileñas. Sólo que
-no veía claro aún en la historia: allí debía de haber algún intríngulis.
-Delante de la puerta, el simón chupaba su papelito, mientras el jamelgo
-bajaba la cabeza y estiraba los belfos, soñando con pienso abundante y
-prados deleitosos.
-
---Hija--advirtió la señora--yo voy á sentarme en el coche. Como no tengo
-sus años, me pesa el cuerpo y las piernas me bailan. De no subir, el
-coche sea conmigo.
-
-La galleguita la ayudó á colocarse, y desde dentro, doña Aurora
-preguntó:
-
---Diga... Y estando V. tan pegada á la tierra, ¿cómo se vino de allá?
-
-¡Ah! de esta vez no cabía duda: fué rubor, y rubor encendidísimo, el que
-tiñó los pómulos de la sirviente. Y al contestar--se necesitaba ser
-sordo, y sordo verdadero, para no percibirlo--tartamudeaba, sobre todo
-en las primeras frases.
-
---A las veces... tiene uno... que hacer aquello que menos le está
-pidiendo el corazón, señora... Somos hijos de la suerte. A mí me criara
-mi tío, el cura de Vimieiro. Dispuso el Señor de llevárselo; quedé sin
-arrimo. Para comer pan hay que trabajar. Era reina en mi casa; ahora
-sirvo. Alabado sea Dios, y nunca nos falten las manos y la salud.
-
---¿Cómo no entró V. á servir allá?--insistió la señora, que sobre una
-pista era más fina que el mejor sabueso. Y que la pista existía, no pudo
-dudarlo al ver que ya no era rubor, sino llamaradas de fuego, lo que
-pasó por el rostro de Esclavitud.
-
---No... no se me proporcionó--respondió con acento ahogado.--Luego, como
-allí todos me conocían, me daba vergüenza.
-
-Doña Aurora Pardiñas recapacitó cosa de dos minutos, y endulzando el
-tono para suavizar lo áspero de la idea.
-
---Vamos á ver... Quien la recomienda á V. son las señoritas de Romera,
-que... que la conocen sólo del tiempo que estuvo en su casa. ¿No es eso?
-Pues sería conveniente... V. se hará cargo de ello... que tuviese aquí
-otras personas de allá, del país, para responder.
-
-La muchacha titubeó un instante, y resolviéndose al fin, contestó:
-
---Me conocen el señorito Gabriel Pardo de la Lage y también la hermana.
-
---¿Rita Pardo? ¿La casada con el ingeniero? Pues si la trato mucho. ¿Y
-dice V. que la conoce?
-
-No contestó la chica sino alzando la mano y el hombro como para
-expresar: «¡Bah! Desde que nací.»
-
---Bien...--murmuró la señora.--Francamente, hija, siento que deje V. á
-las de Romera. Mejor casa y mejores señoritas...
-
---No niego eso--replicó Esclavitud con mayor energía si cabe;--solamente
-que ya le he contado la verdad, señora, como si estuviese hablando con
-mi difunta madre ó con el confesor. Pegó conmigo la morriña, y si no
-salgo creo que se me revuelve la cabeza ó me voy derecha á la sepultura.
-Yo no comía. Yo me metía á cavilar por los rincones. Yo me fuí quedando
-morena, morena, y tan flaca, que la ropa se me cae. Yo de noche tenía
-unos aflictos como si me atasen una soga al pescuezo tirando mucho. Con
-esto y con todo me daba empacho descubrirme á mis señoritas. Lo
-conocieron ellas, y fueron las primeras en aconsejarme que, de no
-volverme á la tierra, que me metiese en alguna casa de gente de allá.
-«Hija, estás tan desmejorá que pareces otra». Mismo así me dijeron.
-
-Al hacer esta narración, la barbilla de Esclavitud temblaba como la de
-los niños cuando reprimen la emoción que precede al llanto. Los ojos no
-se veían, porque los bajaba, según costumbre.
-
---Serénese--ordenó afectuosamente la señora. Iba entrándole una simpatía
-irresistible por aquella muchacha, de porte tan modesto y de corazón al
-parecer tan sensible. ¡Qué poco se parecía á las descocadas de Madrid, á
-las charranas de los barrios, chulapas sin pudor que no pueden estar en
-una casa decente! Justamente no hacía hora y media que la Pepa, la
-doncella, por un quítame allá ese polvo, se había desvergonzado
-poniéndose como una verdulera. Esta galleguita podría haber tenido...
-qué sé yo... cualquier desliz... porque lo de la escapatoria de su
-tierra no resultaba claro; pero el tipo era tan... vamos, tan de mujer
-de bien... Sabe Dios lo que le habría sucedido á la pobrecilla.
-
---Mire--declaró adelantando la cabeza por la portezuela--lo que es ahora
-mismo no le puedo contestar fijamente si la tomo ó no. Dése V. una
-vuelta mañana á estas mismas horas, y llame en el entresuelo. Me
-alegraría de que... pero hay que pensarlo. Si yo no pudiese, haré por
-descubrir alguna casa gallega... Dígame V. las condiciones, por si otra
-persona quisiese saber...
-
-Esclavitud arrollaba entre las yemas del pulgar y el índice un pico del
-pañuelo de seda negra.
-
---Dios se lo pague. Por la soldada tanto me da un duro más como un duro
-menos. Al trabajo no le pongo mala cara. De cocinera no voy porque no sé
-estos guisos finos que se estilan ahora; sé las comidas de la tierra,
-así, sencillas. En lo demás me parece que daré gusto, lo mismo en
-limpiar, que en el repaso, que en la plancha. Lo que le pido es que en
-la casa que me busque, no haya... vamos... hombres que...
-
---¡Ya, ya!...--atajó doña Aurora. Y añadió bromeando:--Pero y entonces
-¿cómo pretende V. mi casa? ¿No ha visto V. que en ella hay un hombre?
-
-Señaló á Rogelio, que repuesto de su cortedad con la presencia de su
-madre, consideraba á la chica, reclinado en la portezuela del simón.
-Esclavitud siguió la dirección de la mano de la señora; por primera vez
-sus ojos, verdes, cambiantes, de mirada cándida, se fijaron en el
-estudiante: luego pronunció risueña:
-
---¿Este señorito es su hijo? Por muchos años... Dios se lo conserve.
-Este no es de los hombres que yo decía. Por ahora es un rapaz.
-
-Demudóse Rogelio como si le hubiesen dirigido el más atroz insulto. Para
-disimular quiso reir, y la risa se le atascó en la garganta. Preciso es
-consignarlo: hasta sintió como el ardor de una lágrima en los ojos. Fué
-uno de esos instantes de rabia insensata y profunda, que alguna vez ha
-de sufrir el varón cuya infancia se prolonga más de lo justo; instantes
-en los cuales se apetece, como el mayor bien, poseer el amargo tesoro de
-la experiencia: dolores, desengaños, tribulaciones, luchas,
-enfermedades, canas, arrugas en el rostro, fracasos, traiciones de la
-amistad y del amor... todo, todo á trueque de oir la palabra reveladora,
-de gustar el fruto del bien y del mal, la eterna manzana dorada por un
-lado y sangrienta por otro. Todo por llenar el destino humano; todo por
-recorrer el ciclo de la vida.
-
-
-
-
-VI
-
-
-Cuando arrancó á andar el simón, la señora gritó á su hijo, que iba en
-el pescante: «Da las señas de Rita Pardo.» Rogelio obedeció, pero así
-que llegaron á la fea calle del Pez, donde vivía la señora del
-ingeniero, saltó á abrir la portezuela y dijo:
-
---No subo. Para esos informes que vas á tomar no me necesitas.
-
---¿Y á dónde te vas ahora?
-
---Por ahí,--respondió no sin alguna sequedad el estudiante, echando á
-andar y haciendo á su madre con la mano esa señal de despedida del
-hombre que se emancipa, algo semejante al nervioso aleteo del pájaro
-cuando le abren la jaula. Sin dar otra explicación, y embozándose más
-ceñido, desapareció en la revuelta de la primer esquina. La madre le
-siguió con los ojos mientras pudo: después suspiró y sonrió á medias.
-
---Algún día ha de ser...,--pensaba.--Está en una edad en que no se puede
-tirar de la cuerda mucho. Por supuesto que á mí no me la pega el
-pobriño: esto es un puro alarde de independencia: mirará cuatro
-escaparates, comprará seis ú ocho periódicos, dará unas vueltas con
-algún amigo que encuentre... y á su farmacia en seguida. Yo, si le viese
-fuerte, robusto, hecho un brutazo... otros á su edad tienen cada espalda
-y cada barbota negra que parece un tojal... El es así, tan finito, tan
-poquita cosa... Sácamele adelante, Virgen de los Remedios.
-
-Las inquietudes maternales se apaciguaron cuando la señora, soltando el
-pasamano de la escalera, agarró el cordón de la campanilla para llamar
-en el tercer piso efectivo, con honores de principal, de Rita Pardo.
-Salió á abrir una niña como de once ó doce años, pálida, ojinegra, mal
-atusada y peor vestida, que en cuanto vió visita se escapó corriendo y
-gritando:
-
---¡Mamá! ¡mamá! La señora de Pardiñas.
-
---Que pase á la sala... voy inmediatamente...--respondió desde alguna
-oficina interior, cocina ó despensa, una voz de mujer. Doña Aurora, sin
-esperar el permiso, se dirigía ya al salón, modelo cumplido de la
-cursilería mesocrática, rebosando pretensiones y sin un solo mueble
-sólido ni artístico. Había dos ó tres sillas de felpa de colores
-variados, una _étagère_ con estatuitas de fundición, cacharros vulgares,
-y algún objeto de plata, sin ningún mérito, que sólo por ser de plata
-estaba allí; una alfombra de moqueta mal barrida; dos retratos al óleo
-del señor y de la señora, en óvalo, con traje dominguero, y otras
-ridiculeces semejantes. Conocíase que la sala se ventilaba y aseaba
-poco, y la alfombra daba evidentes indicios de haber en la casa
-criaturas menores.
-
-Al cabo de diez minutos, apareció la señora del ingeniero, Rita Pardo.
-Venía acabando de abrocharse una bata demasiado lujosa, de raso azul
-pálido con encajes crema, por encima de la ropa interior, sucia del
-trajín casero: acababa de pasarse la borla de polvos, y le sonaban los
-brazaletes. Aunque ajamonada y algo desbaratada de cuerpo, ni la
-maternidad ni la madurez habían podido eclipsar su picante hermosura;
-pero la coqueta á quien conocimos poniendo el plano inclinado á su primo
-el marqués de Ulloa, se había transformado en matrona circunspecta y
-barnizada de una espesa capa de decoro, bajo la cual sólo el ojo lince
-del observador podía descubrir á la mujer verdadera, invariable, porque
-las almas se tiñen, se disfrazan, pero no se renuevan. Saludó
-cordialmente á la señora de Pardiñas, con aquello de «Tanto bueno,
-Aurora... ¡Jesús! En esta vida de Madrid, se van los meses y ni sabe uno
-de los amigos... Me coge V. hecha una visión... Las mañanas son
-terribles: las pierde uno en atender á chinchorrerías y á recaditos...
-Cuánto va á sentir Eugenio...»
-
-Apenas dejó doña Aurora entrever el objeto de su visita, Rita Pardo
-suspendió la charla, y atendió con una curiosidad evidente, pintada en
-sus voluptuosos ojos negros y en su boca dura y fresca. Prolongada serie
-de gestos ambiguos y de risitas sospechosas fué preludio al siguiente
-comentario.
-
---¡Qué me dice V., qué me dice V.! ¡Esclavitud Lamas, Esclavitud Lamas!
-¡La del abad de Vimieiro! ¡Ta, ta, ta, ta, ta! ¿Y cómo ha ido á batir
-con V. Esclavitud Lamas? ¿No es una chica rubia?
-
---No sé si es rubia. Lleva pañuelo negro que le tapa la cabeza. Viste de
-luto riguroso, muy aseada. La traza excelente.
-
---¡Vaya, vaya! ¡Conque Esclavitud Lamas, señor! ¡Mire V., mire V.! Sí,
-es, como decimos allá, muy moinita, muy modosa: habla tan pacato y tan
-suave que á veces no se la oye. Huele desde cien leguas á sacristía y á
-incienso. ¡Una santita mocarda!
-
-Doña Aurora iba escamándose más de lo justo con este prefacio: resolvió,
-no obstante, disimular y apurar la verdad, toda la verdad, siquiera el
-descubrirla doliese á su corazón, interesado por la chica.
-
---¿Conque V. la conoce mucho?
-
---¡Jesús! Como á los dedos de las manos. ¡Si la conozco! Ese cura Lamas
-Tarrío era muy amigote de casa, ya antes de que papá le presentase para
-Vimieiro, cuando servía el otro curato en la montaña. Siempre le
-teníamos de huésped, y muy aficionado á hacer regalos: que manteca, que
-quesos, que huevos en Pascua, que en Navidad capones... Papá le
-apreciaba, porque en la montaña corrió bastante tiempo con la cobranza
-de las rentas. En fin, él era todo nuestro. A papá le debió también
-favores... favores gordos, doña Aurora.
-
---Bien: lo que yo deseo saber es lo referente á la muchacha. Si no tiene
-ningún mal antecedente, si puedo admitirla en mi casa... para mí será
-una satisfacción. No estoy contenta con la Pepa, y esta chica me ha
-entrado.
-
-Rita Pardo sonreía con malignidad, al paso que estiraba los encajes de
-su manga izquierda, un poco abarquillados por el uso. Enarcó las cejas é
-hizo un mohín de difícil interpretación.
-
---¡Pst! Buenos antecedentes, es un término muy elástico, como V.
-comprenderá. Los buenos para unos son... medianitos para otros. En eso,
-hay quien hila más ó menos delgado. Si á V. le gusta tanto la chica...
-
---¡No, poco á poco!--exclamó alarmada ya la señora.--Para mí los buenos
-antecedentes son... los antecedentes buenos, sin más acá ni más allá.
-Sea V. franca y dígame todo lo que sepa, que á eso he venido; y ya con
-la espina que V. me clava, no tomo yo la chica, ni coronada de gloria,
-sin que V. me explique...
-
-Volvió Rita á dar tormento á los encajes, y suspiró como quien se ve en
-aprieto.
-
---Aurora... hay cosas de esas que... que por muy públicas que sean, no
-puede uno tomar sobre su conciencia el descubrirlas. ¿V. no está en
-autos, eh? pues sería muy feo que yo la pusiese. ¿Que no llegó á oídos
-de V.? Mejor; ventaja para Esclavitud. Y puede V. tomarla, que á mí se
-me figura que resultará una excelente doncella.
-
---V. se guasea, Rita,--dijo la señora dando vado á su impaciencia
-creciente.--Me envuelve V. el asunto en el misterio, me hace V. de él
-una montaña, y luego me sale con que puedo recibir á Esclavitud. No,
-hija; en mi casa no se recibe á la gente así, sin más ni más. Aclare V.
-el enigma, y entonces...
-
-Al llegar la entrevista á este terreno, adoptó Rita una actitud que
-hasta rayaba en desatenta. Se hinchó de nariz y de pecho, se hizo atrás
-y empezó á negarse, con el acento de la dignidad ofendida y del pudor
-lastimado.
-
-Cuando después de agotar los razonamientos, doña Aurora obtuvo por seca
-respuesta un «Lo siento mucho, pero es imposible», la señora hubo de
-levantarse, no cuidándose de reprimir el mal humor que le producían
-aquellos impertinentes tapujos. Ya murmuraba con cólera: «V. perdonará
-que haya venido á molestar», cuando, después de un fuerte repique de
-campanilla y algunos gritos infantiles en el recibimiento, entró en la
-sala la niña mayor,--la zangolotina de doce años,--saltando de júbilo y
-exclamando:
-
---Mamá, mamá, tío Gabriel.
-
-Entonces la viuda de Pardiñas, con repentina inspiración, se afirmó en
-el suelo calculando:
-
---Esta es la mía. Ahora verás, gata hipócrita, maulona, farsanta.
-
-
-
-
-VII
-
-
-Entró el comandante, vestido de paisano, metiendo bulla con la
-sobrinita, que era su ojo derecho, y trayéndola cogida de la cintura,
-como si fuesen á bailar un vals. En cambio, en el saludo que hizo á su
-hermana pudo notar doña Aurora esa sequedad muy parecida al desvío, que
-á veces consigue disimularse respecto de los indiferentes, pero nunca en
-familia. Después de las fórmulas y cumplimientos de rigor, la señora de
-Pardiñas, que no desmentía su raza en punto á diplomacia y tenacidad,
-insinuó como aquel que no quiere la cosa:
-
---Vaya, les dejo á Vds. Al fin no consigo saber lo que deseaba, y para
-eso... Su hermana de V. es reservadísima, señor de Pardo.
-
---A fe que no lo creí,--contestó redonda y duramente el artillero.
-
---Pues mire V., cada uno habla de la feria según le va en ella. Conmigo
-ha mostrado una prudencia... atroz.--Y, sin atender al gesto y la mirada
-de Rita, continuó impávida:--Un cuarto de hora hace que le pido informes
-de una chica paisana nuestra, Esclavitud Lamas, la sobrina del abad de
-Vimieiro...
-
-Pardo prestó oído, como el que escucha algo que le despierta memorias
-confusas.
-
---Aguarde V., aguarde V... Vimieiro... Lamas... Lamas Tarrío... Ese cura
-era íntimo de papá. Rita sabrá cuanto á él se refiere; lo sabrá al
-dedillo. ¿Qué reparo has tenido en decirle á doña Aurora?...
-
-Un caricaturista que quisiese representar la dignidad burguesa en su más
-enfática expresión, debiera copiar el rostro y la flexión de cejas de
-Rita, que señalando á su hija mayor, casi sentada en las rodillas del
-comandante, exclamó con acento profundo:
-
---¡¡La niña!!
-
---¡¡Y qué, la niña!!--respondió Don Gabriel remedando el tono dramático
-de su hermana.--¿Tenemos alguna de esas cosas terribles que no puede oir
-la inocencia; que ha parido la gata, pongo por caso?
-
---Gabriel, eres tremendo, hijo,--gimió Rita, alzando al cielo sus bellos
-ojos meridionales.--Una matándose por hacer de tus sobrinas lo que deben
-ser en sociedad, y tú empeñado... Manías de las personas; con eso no se
-puede.
-
---Ea, señores,--insistió la pesada de doña Aurora,--yo estoy á mi
-pleito. Rita, no diga V.; lo que es por la niña no dejó V. de darme esos
-informes. La niña no estaba delante; y sobre todo, con enviarla á otra
-habitación...
-
---Que es lo que voy á hacer ahora mismo. Eugenia, vete, hija, á
-estudiar el método de Concone.
-
-La chiquilla salió á contrapelo, no sin obsequiar á su tío con dos ó
-tres carantoñas de despedida; pero ninguna escala ni ningún estudio
-reveló que se hubiese encerrado en el potro musical donde diariamente se
-descoyuntan las manos nuestras señoritas, dignas de mejor suerte.
-
---Verá V.,--recalcó doña Aurora,--ahora que podemos hablar libremente.
-Se trataba de que esa chica, Esclavitud Lamas, quiere entrar en mi casa
-á servir; y á mi sus tracitas me gustan mucho. Pero no sé sus
-antecedentes, ni el motivo por qué se vino de su tierra. Me huele á
-alguna historia rara todo ello. Su hermana de V. sabe la historia, y ni
-por Dios ni por los santos me la quiere contar. Ahí tiene V. nuestra
-batalla. Ya nos estábamos formalizando cuando V. llegó.
-
---La historia...,--dijo Gabriel limpiando nerviosamente sus lentes de
-oro y calándoselos con ahinco.--Aguarde V., señora, que si mi memoria de
-gallo no me juega alguna trastada... ¿Tú, Rita, ese cura Lamas Tarrío no
-es el que recogió una niña pobre? Dime la verdad, que si no, escribo hoy
-mismo á Galicia preguntando.
-
---¡Jesús, hijo, pero qué cosas tienes! Eres incapaz, y cada día que
-pasa... ¿No iba yo á decirte la verdad? Sí, ese Lamas fué, y ya que se
-te antoja abrir su sepultura y sacarle á la vergüenza pública, sácale
-tú, que yo no quiero semejante cargo de conciencia.
-
---Más cargo de conciencia es,--replicó Gabriel con vehemencia,--que la
-chica pierda su colocación por delitos ajenos. Doña Aurora, ahora le
-puedo yo contar á V. la historia enterita: por un cabo ha salido toda la
-madeja; en esto de historias sucede lo que con las tonadas antiguas, que
-si recuerda uno el primer compás, ya puede cantarlas enteras sin
-equivocarse. ¡Y le aseguro á V. que es una novela... vamos, una novela!
-
---Allá tú,--articuló Rita venenosamente emprendiéndola con los encajes
-otra vez.--Yo, ciertas cosas... Lavo mis manos.
-
-Disimuló doña Aurora el gozo del triunfo; pero hembra al fin, miró á
-Rita de soslayo y pensó:
-
---Fastídiate, pinturera...
-
---Verá V.,--empezó el comandante.--Ese cura Lamas fué un infeliz,
-ignorantón como lo era entonces todo el clero rural, que hoy se ha
-civilizado mucho, y bastante zoquete; pero cumplía sus deberes
-parroquiales, y si tenía deslices los encubría bien: no puedes ser
-casto, sé cauto, como dicen ellos. Por cuanto una noche llega á la
-rectoral una chiquilla, de diez años poco más ó menos, que había quedado
-huérfana y vagaba pidiendo limosna: en una casa le daban un mendrugo de
-pan de maíz, en otra un poco de hoja del mismo maíz para tumbarse y
-dormir; aquí un pañuelo roto, allí unos zuecos viejos... Así vivía la
-desdichada. El cura se compadeció, y le dijo: «Pues quédate aquí;
-aprenderás las labores caseras..., tendrás vestido, cama y caldo
-caliente.» Dicho y hecho; la chiquilla se quedó...
-
---¿Y era Esclavitud?
-
---No, señora; no, señora... Aguarde V. Salió la chica habilidosa y
-despabilada: echó, como dicen allá, la morriña fuera..., y hasta se puso
-lozana y guapetona. Y,--aquí la voz del comandante adquirió tonos
-irónicos,--al desabrochar la flor de la nubilidad...
-
---¡Ay, Gabriel!...--respingó Rita.--Ciertas cosas se pueden contar de
-otro modo. No se necesita entrar en detalles que...
-
---¡Bah!--dijo doña Aurora.--Todos somos casados, y yo vieja. Ya estamos
-al cabo y curados de espantos, amiga. Siga V. ¿Qué vino después?
-
---Después vino Esclavitud.
-
-Aunque la señora afirmaba _estar al cabo_, la noticia, dicha así de
-pronto, casi la hizo saltar en la silla.
-
---¡Aah!--pronunció, quedándose muy meditabunda.--Por eso la pobre...
-Bueno: ¿y después?
-
---¿Después?--recalcó fogosamente Rita, incapaz de contenerse, metiendo
-al fin cucharada.--Después mi papá se vió negro para amansar al Cardenal
-Arzobispo, el señor Cuesta, que estaba hecho un león. Como era tan
-virtuoso, aquel señor apretaba las clavijas y no permitía desmanes. Pues
-si no es lo que papá machacó en Su Eminencia, y hoy una súplica y mañana
-otra, sin licencias se queda Lamas Tarrío, y se pudre en la cárcel
-eclesiástica. Porque una cosa es que á un sacerdote se le escurra el
-pié y cometa gatuperios allá donde nadie lo sabe, y otra que esté
-escandalizando á los feligreses, y que críe la chiquilla en su casa á
-ciencia y paciencia de todo el mundo, y la traiga en brazos, y...
-
---Mi padre,--advirtió Gabriel interrumpiendo á su hermana,--con una mano
-machacaba en el Arzobispo, y con la otra martillaba en el culpable. A
-fuerza de exhortaciones pudo conseguir que la sirena saliese de la
-rectoral; pero Lamas seguía viéndola. Al fin papá se cuadró, le echó al
-cura unas pláticas que me río yo de las del capuchino más barbado, y
-pudo conseguir que enviase á la madre á Montevideo, á condición de que
-le dejasen la chiquilla.
-
---Sí,--volvió á entrometerse Rita,--bonito remedio fué: peor que la
-enfermedad. El hombre quedó más rabioso y más relajado de lo que estaba.
-Se pasaba las noches en vela llorando y gritando; le dieron unos
-arrebatos de sangre,--en casa por cierto,--que fué preciso aplicarle un
-golpe de más de cuarenta sanguijuelas; y la sangre salía negra como la
-pez. Creímos que se volvía loco: andaba por los corredores arrancándose
-los pelos, llamando á la individua, y diciéndole cosas babosas...
-
-Cuando esto soltaba Rita, su hermano observó que las cortinas del
-gabinete contiguo se agitaban como movidas por un céfiro de curiosidad
-retozona, y casi se dibujaba en ellas el relieve de un hociquito atento.
-
---Mira,--advirtió,--ahora eres tú la que te metes en honduras. Todo eso
-no viene al caso. Despachemos pronto la historia, y deja que yo la
-acabe. El pobre Lamas se puso tan mal, que le dió lástima al mismo
-Arzobispo, el cual le llamó para animarle é infundirle deseos de
-penitencia. Y, en efecto, con el curso del tiempo, fué sosegándose, y
-hasta se portó bastante bien en lo sucesivo. Unicamente se le podía
-tachar de que criaba á la niña con mimos extremados; pero como el
-sentimiento de la paternidad, aun cuando atropelle toda ley divina y
-humana, tiene mucho de sagrado, la gente transigió. El presentaba á la
-chica diciendo que era sobrina suya. Como los hijos sacrílegos no
-heredan, el cura ahorró dinero, onza tras onza, para entregárselo en
-mano propia á Esclavitud; pero la chica, que ha salido muy remirada y
-muy devota y muy desinteresada además, al morir Lamas entregó todo ese
-dinero, en oro como lo había recibido, para misas y sufragios por el
-alma del pecador. Este solo rasgo le pinta á V. el carácter de la
-muchacha: pocas harían otro tanto, aunque hubiesen nacido en mejores
-pañales y más... ortodoxamente.
-
---Mi hermano, como tiene así la imaginación, pinta muy románticas las
-cosas.
-
---Señora de Pardiñas, palabra de caballero que ni quito ni pongo. Esa
-chica, según entiendo, sería capaz de irse á cualquier parte en
-peregrinación, descalza, para sacar del purgatorio el alma del cura de
-Vimieiro.
-
---Falta le haría,--advirtió Rita,--y también para la de su madre, que
-allá en América parece que se dió á la vita bona.
-
---¡Válgame el cielo, y qué inquisidores os volvéis los que nunca habéis
-carecido de consideración ni de pan!--exclamó Pardo, ya indignado
-seriamente.--Yo no peco de filántropo; pero ciertas cosas no me las
-explico en gente que alardea de cristiana, y va á misa, y reza. Buenos
-rezos son esos, buenos. ¿Así entiendes tú la caridad? Pues hija, afirmo
-que esa Esclavitud vale más que...
-
-Se contuvo por fortuna, y añadió:
-
---Que otras personas. ¿Qué culpa tiene ella de las faltas de sus padres,
-diga V.? Y las está expiando como si las hubiese cometido. Hasta se
-expatrió, según veo, y juraría que es por vergüenza, por no estar donde
-la gente _sepa_ y _recuerde_ y _diga_...
-
---También juraría lo mismo--asintió con calor doña Aurora.--Ahora
-entiendo por qué se sofoca tanto cuando le hacen ciertas preguntas. Yo
-opino como V., Pardo, como V., que es buena; que tiene sentimientos
-nobles... y que esos rasgos la honran mucho.
-
---Sí, guíese V. por mi hermano. Admítala en su casa,--exclamó Rita con
-una carcajada impertinente, que salía de lo más dañado de sus
-hígados.--Tocante á dar consejos, Gabriel es una especialidad. Le
-tiemblo cuando pega la hebra con mi esposo. Si Eugenio se guiase por él,
-estaríamos pidiendo limosna. Cargue V. con esa chica, ya verá cómo sale
-con las manos en la cabeza. Entonces dirá V.: «Bien me lo avisó Rita
-Pardo.»
-
-La señora pensaba para su rotonda de pieles:
-
---Aunque sólo fuera para hacerte tragar quina; falsa, maulona... Ya te
-he calado, ya.
-
-Al salir Gabriel, esperábale en la antesala su sobrina mayor. La cogió
-por el talle, y subiéndola á la altura de su boca, entre risas de la
-chiquilla, le deslizó al oído:
-
---Las niñas buenas, para que tití Gabriel las quiera mucho, no atisban,
-no husmean, no se esconden detrás del portier... Obedecen á su mamá,
-porque es su mamá, y no les ha de mandar cosa mala... ¡Cuidadito con
-morder, lagartija! Las niñas buenas... son buenas. ¡Ay! ¡Mi corbataaá!
-
---¿Tití Gabriel, me llevas contigo?--arrullaba la zangolotina.--Contigo
-sí, contigo no..., contigo sí me iría yo. ¡Llévame, anda!
-
---A Leganés te llevaré... ¡Juicio! ¡Estudie V. la lección de francés!
-¡Péinese V. ese felpudo! ¡Dé V. una vueltecita por la cocina, á ver qué
-hace la pobre chica esa! ¡A papá le gusta el rosbif muy poco hecho!
-¡Cuide V. el rosbif de papá!
-
-Al cruzar la puerta, el comandante le echó á la niña un beso volado, y
-ella pagó en seguida el envío.
-
-
-
-
-VIII
-
-
-Doña Aurora acostumbraba llevarle á su hijo el chocolate á la cama,
-porque, chapada á la antigua en muchas cosas, estábalo también en
-madrugar. Era un momento delicioso para la mamá chocha aquel del
-chocolate.
-
-El rapaz, como ella le llamaba, tenía al despertarse ese regocijo sin
-causa, propio de los años primaverales, en que parece que cada día nuevo
-sale de manos del tiempo dorado y lindo, esmaltado de dichas, y en que
-el peso de recuerdos dolorosos no sujeta aún las alas vibradoras de la
-esperanza. Rogelio, que por las tardes padecía á veces un abatimiento
-nervioso, por las mañanas era un pájaro en lo vivo y juguetón. Hasta su
-charla se parecía al gorjeo de las aves cuando amanece y de los niños
-cuando abren los ojos. Sentada su madre á la cabecera, después de haber
-apartado las prendas de ropa esparcidas y los libros desparramados aquí
-y acullá, sostenía la bandeja para que no se volcase la jícara, donde el
-muchacho mojaba los rubios buñuelos, mientras esperaba turno un vaso de
-purísima leche. ¡Y qué de sudores y fatigas le costaba á doña Aurora el
-tal vasito! Ya podía ella dar quince y raya á todos los químicos del
-gabinete municipal: sin análisis, ni instrumentos, ni pamplinas, á
-simple vista, por el color y el olor, conocía los grados y cualidades de
-la leche toda que se expende en Madrid. ¡Como que sus esperanzas de ver
-engordar á Rogelio las cifraba en aquel vasito de leche bebido antes de
-clase, y en el bisteque engullido al salir de ella!
-
-A la hora del chocolate era cuando se comentaban todos los sucesos de la
-víspera, las graciosas reyertas de Nuño Rasura y Laín Calvo, los
-chistes estudiantiles, el último crimen, el fuego de anoche, junto con
-los menudísimos acontecimientos de aquel hogar realmente tranquilo (como
-lo son tantos en la corte, á despecho de la superstición provinciana que
-considera á Madrid un torbellino ó vértigo perenne). Lo primerito que
-hizo Rogelio, la mañana que siguió al día en que vino á pretender la
-gallega, fué preguntar á su madre, con mal disfrazado interés:
-
---¿Qué tal? ¿Qué te han dicho sobre la cándida doncella... de labor?
-
-Nada tenía la pregunta de importuna ni de extraña; sin embargo doña
-Aurora se quedó algo cohibida, fluctuando entre referir puntualmente lo
-averiguado ó callárselo. No; lo más prudente sería esto último. Se
-trataba de cosas graves, y si Rogelio no guardaba toda la discreción
-necesaria... Era preciso irse con tiento.
-
---Mira, ratiño, en primer lugar tengo que advertirte que he despachado á
-la Pepa.
-
---¿Hola? ¿Caen aquí los ministerios sin que me entere yo?
-
---Verás. Andaba muy engreída, muy respondona. Le planté la cuenta en la
-mano. Todo les aguanto menos que repliquen. Supongo que había novio por
-medio, que si no... La verdad: estoy harta de estas criadas de Madrid
-tan remontadas y tan insufribles con ese salero y ese desgarro. Prefiero
-una chica humilde, bien mandadita. Con una buena palabra me compran; no
-lo puedo remediar. Si vieses la tal Pepa, qué modos y qué remangos.
-Hecha un conejo de monte. ¡Ay! me parece mentira que se fué.
-
---_Mater_, basta ya de prolegónemos--exclamó el chico ensopando en la
-leche la lengüeta de un bizcocho.--Todo esto viene á parar en que tomas
-á la misteriosa enlutada. Te entró por el ojito derecho, y caá uno tiene
-sus debilidaes.
-
---No seas bobo. Lo que quiero es que el servicio ande corriente. Esa
-muchacha merece interés. Cuando yo lo digo...
-
-¡Ay! propósitos de reserva, programas de discreción, temedle como al
-fuego á estas reticencias involuntarias, que abren de par en par la
-puerta á las confidencias absolutas. La señora quería callar: pero
-¿quién calla después de soltar prenda? Ni la hubiese dejado vivir
-Rogelio. Además, doña Aurora, en el fondo, también deseaba relatar su
-triunfo, decir cómo había vencido á aquella pinturera farsantona de Rita
-Pardo. Tan dulce desahogo era el precio de la victoria. Hay un placer,
-cuyo origen no se define, pero á cuyo atractivo cede casi todo el mundo,
-en referir esos dramas hondos de la vida humana, que de rechazo nos
-tocan á todos, que tienen el don de interesarnos porque despiertan
-nuestros sentimientos de compasión y justicia, y al par nos ponen frente
-á graves problemas, sin obligarnos á resolverlos, sino sólo á
-considerarlos como consideramos en el teatro el argumento de una
-tragedia engendradora de terror y piedad. Rogelio, con el codo puesto en
-la almohada y los ojos muy abiertos, atendía afanosamente á la
-narración novelesca de su madre.
-
---Ya ves--advirtió ésta al concluir su historia--que á la pobre hay que
-tratarla con ciertos miramientos. Ella, dada su situación, no ha podido
-portarse mejor. Desinteresada como pocas, y aparte de eso religiosa y
-formal. Por lo que he sacado en limpio, ella se cree una hija de
-maldición, que anda cargada con los pecados de sus padres, y se
-abochorna de que allá la vean y recuerden lo ocurrido. Hay que proceder
-con mucho tino en como se le habla. Del padre no se puede ni indicar
-tanto así... Pues de la madre, aun menos... porque la muy picarona vive
-aún, y anda por esos mundos de Dios corriéndola...
-
---Vamos...--respondió Rogelio recobrando su buen humor--resulta que á la
-niña la miraremos como si fuese un hongo. Si alguna vez se trata de
-papás y de mamás, la diré: «Ya sé que V. no los tuvo nunca». ¿Te parece
-bien?
-
---¡Chiquillo, no me seas rematado! Cómete ese bizcochito más. Lo que
-quiero decir es que no le des bromas pesadas. Esas personas así, que
-sufrieron grandes desgracias, son más sentidas; se sobresaltan por
-cualquier cosa. ¡Yo desearía tenerla contenta!... En este Madrid y en el
-servicio que ofrece, coger una chica virtuosa y de tan buen avío, créeme
-que es una ganga. ¡Hay cada sargentona y cada lercha!
-
---¿Te parece que compre un ramito de flores para ofrecérselo
-galantemente cuando penetre en nuestra mansión?--preguntó el
-estudiante. Su madre le descargó un bofetoncito muy tierno, agregando:
-
---Lo que voy á comprar yo es un aguamanil y otras cosillas, porque
-aquella desencuadernada de Pepa me dejó el cuarto hecho una leonera, y
-esta muchacha tan aseada no va á encontrar ni donde lavarse las manos.
-Aguamanil, jabón, una mesita de noche... y un ruedo limpio para que con
-ese frío no salte de la cama sobre las baldosas, que están como la pura
-nieve. Mejor que un ruedo será un pedazo de alfombrita de moqueta: ¡la
-hay tan barata! Le voy á comprar también paño gordo para una chaquetita:
-me parece que no tiene abrigo: á cuerpo venía ayer... No sé cómo estará
-de ropa blanca. Siento haberle dado á la Pepa, no hará quince días, tres
-camisas preciosas.
-
---¡Bah! Con encargarle á París un _trusó_ como el de la señora de
-Cánovas, por ejemplo... Diez docenas de elegantes peinadores y cuatro
-mil pares de medias de seda... ¿Bastará?
-
-Doña Aurora salió temprano y volvió antes de las doce con sus
-adquisiciones hechas. Se complació en ver barridito el cuarto y
-colocados en su sitio el palanganero y la alfombra. Puso toallas limpias
-y sacó una colcha blanca de muletón, á fin de que la cama de hierro
-pareciese más cuca. Dió una vuelta, y al entrar de nuevo en el cuartucho
-no pudo menos de reirse á carcajadas. En un vaso de cristal azul lucía
-un ramillete de á dos cuartos: Rogelio, escondido detrás de la puerta,
-acechaba el efecto.
-
---¿Qué tal este timo? ¿Eh? ¡Ya tenemos _buqué_, caray, carapuche! como
-dice Laín Calvo. Es de gardenias: me cuesta diez duros. ¿Voy por alguna
-begonia? Haría muy bien un macizo al lado del aguamanil. Escribiremos la
-crónica después: «La alcoba se había transformado, al toque de la
-varilla de un hada, en frondoso jardín de invierno...»
-
-Esclavitud fué recibida tan pronto como se presentó, á eso de la una:
-pero quiso ir á despedirse de las señoritas de Romera. No se instaló en
-su nueva casa hasta por la tarde, trayendo consigo un mozo de cordel,
-portador de uno de esos baúles gallegos forrados de piel de buey, que
-tienen cantoneras de hojadelata. Pesaba tan poco, que al llegar al pié
-de la escalera la muchacha se lo cargó á hombros y lo subió ella misma.
-En aquel baúl casi vacío traía todo lo que le tocara por herencia del
-abad de Vimieiro.
-
-
-
-
-IX
-
-
-Los primeros días estuvo como gallina en corral ajeno. Realmente, fuese
-debido á sus antecedentes históricos ó á la extraña enfermedad
-nostálgica que padecía desde su llegada á Madrid, la chica aparecía
-desmejorada y en un estado de caimiento que, si no la impedía trabajar
-con asiduidad y hasta con ardor, la quitaba esa valentía que hace
-insensible el trabajo. Su demacración era evidente, y aunque por las
-esbeltas proporciones del talle y por ciertos rasgos de su cara se
-revelaba muy joven, por el carácter, el estado de ánimo, la severidad de
-su continente, cualquiera podía calcularle la edad en veintiocho ó
-treinta.
-
-Es de advertir que esta especie de murria y desaliento no le impedía
-cumplir estrictamente su obligación. Al contrario, Esclavitud realizaba
-el tipo de la criada modelo. Levantábase muy temprano, casi con
-estrellas, y antes de que la cocinera hubiese soñado en encender la
-lumbre, ya estaba ella arreglando todas las menudencias concernientes al
-desayuno de los amos. Desde el primer día se reservó la preparación de
-chocolates, y los hacía con esmero clerical. El secreto, que ya va
-perdiéndose, del tiempo, hervores y batiduras indispensables para que
-una solución de cacao salga aromática, ligada y substanciosa, lo poseía
-tan á fondo Esclavitud, que doña Aurora juraba no haber probado en su
-vida chocolate por el estilo. En barrer tampoco se quedaba atrás. Con el
-pañuelo atado á la curra y las sayas recogidas, pero sin gran alboroto
-ni mucho trasteo de muebles, barriendo manso, por decirlo así, nadie
-sería capaz de descubrir un átomo de polvo en los lugares por donde
-había pasado aquella inteligente escoba. El no sacudir con exceso, ni
-aporrear demasiado con los zorros, molestando á todo bicho viviente so
-pretexto de limpiar, era un mérito más á los ojos de doña Aurora,
-enemiga de la gente arrebatada y brusca. Pero donde la fámula nueva
-descollaba era en el repaso. Veíase que estaba menos acostumbrada á
-trabajos de fogón y á trajines caseros que á la labor sedentaria, en
-silla baja, junto á una ventanita. En dos horas despabilaba el canasto
-de ropa, y eran de admirar sus invisibles zurcidos, sus mañosas piezas,
-sus indestructibles presillas y sus firmes botones. Doña Aurora decía á
-las amigas:
-
---Hoy no recelo yo echar á diario la ropa buena. Con esta Esclavitud, ni
-una puntilla descosida, ni un bordado roto. Es una delicia verla con la
-aguja en la mano.
-
-Pero al mismo tiempo, el carácter expansivo de doña Aurora no podía
-sufrir aquella reservada melancolía de la muchacha. Mientras más
-contenta estaba de su servicio, más desearía verla andar con ese aire
-ligero que revela alegre conformidad con la suerte que nos toca y la
-ocupación que desempeñamos. ¡Tantas consideraciones con la dichosa
-chica, y ella siempre enfurruñada y cavilosa! La señora de Pardiñas
-tenía en su bondad un elemento de egoismo, retoño natural de aquella
-bondad propia: al hacer un beneficio, deseaba cobrarse en el espectáculo
-de la felicidad ajena; y este gusto la dominaba tanto, que para vivir
-tranquila y satisfecha, necesitaba persuadirse de que lo estaban todos á
-su alrededor. En su determinación de admitir á Esclavitud, habían
-influido dos móviles: primero, llevar la contraria á aquella antipática
-de Rita Pardo: segundo, contentar á una chica de tan agradable aspecto
-como Esclavitud, desempeñando en cierto modo papel de Providencia y
-reconciliándola con el destino, para ella funesto é implacable desde la
-hora de nacer. Y este segundo generoso propósito se le malograba, porque
-la chica no quería levantar cabeza ni abrir el alma á la buena suerte.
-
-Un día hasta notó doña Aurora que su doncella apenas probaba alimento,
-obstinándose al mismo tiempo en continuar el trabajo y en responder que
-«no tenía nada». La señora poseía un carácter franco, impetuoso y
-directo, de los que no abundan en el país galaico: daba salida inmediata
-á sus impresiones, y si no pudiese hacerlo, creería tener una pera de
-ahogo encajada en el gaznate. Sin detenerse más, acorraló á la muchacha
-junto á una ventana, sitio claro donde la sombra del pañuelo de seda
-negra no podía encubrir el estado de los ojos y el movimiento de la
-fisonomía.
-
---Hija, ¿qué te pasa?--la preguntó maternalmente á boca de
-jarro.--¿Tienes algún disgusto? ¿Estás enferma? ¿No te sienta la comida?
-¿Te falta alguna cosa?
-
-La muchacha se encendió, cosa que le sucedía en toda clase de emociones,
-y respondió bajito:
-
---No, señora, ¿qué me ha de faltar? Dios se lo pague.
-
---Pero vamos á ver, ¿es que tampoco aquí estás contenta? ¿Te tratamos
-mal? ¿La compañera no se porta como debe? ¿Necesitas más ropa de
-abrigo?
-
-Como la muchacha guardase silencio, diciendo que _no_ con la cabeza,
-dulce y obstinadamente, insistió la señora:
-
---Harás muy mal, te lo aviso, si te quedas con el embuchado dentro. Peor
-para ti si eres mema. Pudiendo estar á gusto no entiendo á qué vienen
-estos silencios y estas tonterías. A mí me agrada ver alrededor caras de
-Pascua. El gesto compungido, y más cuando no hay motivo ninguno, se me
-sienta en la boca del estómago.
-
-Esto lo articuló ya con enfado, viendo el tenaz mutismo de Esclavitud.
-Al mismo tiempo discurría para sí: «La muchacha tiene las buenas
-cualidades de nuestro país, pero no le faltan los defectos. Es humilde,
-modosa y callada, pero también es algo zorrita, y no hay modo de saber
-lo que piensa ni lo que le pasa. Las chulapas de por aquí son unas
-caridelanteras y unas raídas, pero al menos son toros claros: al pan,
-pan, y al vino, vino; esto sí, esto no. Para un genio como el mío...»
-
-En estos pensamientos estaba, cuando sonó la campanilla, y se oyó en el
-recibimiento la voz de Rogelio que volvía de clase. Instantáneamente las
-mejillas de Esclavitud se encendieron todavía más é hizo un movimiento
-instintivo, como intentando huir y esconderse.--«¡Ta, ta!»--discurrió la
-señora, iluminada por un rayo de sagacidad repentina.--«Ya había yo
-notado que el rapaz tenía con esta chica no sé qué. La habla tan
-secamente, cosa rara en él... ¡Vamos! la pobre está así amohinada,
-porque conoce que no le ha caído en gracia al chiquillo. Es preciso que
-yo arregle este cotarro; se ve que Esclavitud peca de susceptible, y
-cuando imagina que la miran mal...»--Insistió entonces en alta
-voz.--«Hija, pues mira que si estás á disgusto...»
-
---Yo no estoy á disgusto, no, señora--contestó Esclavitud con respeto y
-no sin firmeza.--Como los demás no estén á disgusto conmigo... Yo estoy
-perfectamente, lástima fuera. Pero otros...
-
---¿De dónde sacas eso?--replicó la señora mirándola fijamente.--¿Te he
-regañado desde que entraste?
-
---No, señora. V. es muy buena. Si yo no me quejo de nadie--repuso la
-chica.--Sólo tengo recelo, así, vamos... de no dar gusto. No dando gusto
-más quiero no estar. Para no dar gusto aún vale más meterse... en el
-infierno que sea, señora.
-
---Calla, calla, boba--gruñó su ama.--Ya se ve que das gusto. A tu
-repaso. Como me vuelvas á salir con pasmarotadas..., verás.
-
-En cuanto pudo hacerlo todo lo sigilosamente que el caso requería, doña
-Aurora llamó á capítulo á su hijo.--«Te aseguro que el intringulis de
-esas murrias de Esclavitud es la cara que tú le pones... A Fausta le
-hablas de distinto modo... no lo notas tú mismo...; pero con Fausta
-armas siempre gresca y broma, y la otra, como te ve serio, claro,
-imagina que estás torcido con ella, y que no te da gusto, como ella
-dice... Te aseguro que la infeliz anda decaidísima, y que es capaz de
-enfermarse muy de veras. Son una tecla estas muchachas nerviosas. Y
-aparte de eso, como median los antecedentes de su... del cura, ¿eh? cada
-vez está la chica más sensible... Palabra, que me da lástima. Yo que tú
-le hablaría... así... con más afecto.»
-
-El estudiante oía las palabras de su mamá, pero con el rostro vuelto
-hacia un cuadro, que parecía llamarle mucho la atención. Cuando tuvo que
-responder lo metió á barullo.--«Nada, que de esta noche no pasa...:
-compro una mandolina y le doy serenata á esa madamisela. Le voy á traer
-más flores y me pondré á ver si le hago unos versos del género de los de
-mi amigo Anastasio Cardona, con cada ripio así. La llamaré ninfa
-acuática y vago ensueño del poeta. Ya verás, ya verás... Ajustaremos
-paces la ilustre fregona y yo.»
-
-En el fondo del corazón, Rogelio se sentía extraordinariamente
-envanecido y halagado por la queja de Esclavitud. Cuando tan á lo vivo
-la llegaran su secura y despego, era que la muchacha no le tenía por
-chiquillo, ó como ella decía, por rapaz. ¿Se apura ni se formaliza nadie
-por lo que dice ó hace un niño? Indudablemente le juzgaba todo un
-hombre, y hombre de cuyas acciones dependía el estado de su espíritu:
-tan á pecho las tomaba, que se resentían de ellas su humor y hasta su
-salud. En este pensamiento se deleitó Rogelio largo rato. Con todo,
-durante el almuerzo, á pesar de dos ó tres señas de su madre, no cambió
-de actitud respecto á la doncella. Sin saber por qué, le causaba
-empacho realizar la mutación delante de doña Aurora. Lo que hizo fué
-observar á hurtadillas á Esclavitud, la cual--sin duda por efecto de la
-excitación de su fantasía--le pareció muy demacrada, muy descolorida y
-más lánguida que un sauce. Al convencerse de esto, su noble alma juvenil
-se inundó de piedad; pero su orgullo, juvenil también, se estremeció
-dulcemente. «Pues por mí está de ese modo. Casi parece que me tiene
-miedo, según la precaución respetuosa con que me sirve...»
-
-Acababa de retirarse á su aposento el estudiante para lavarse las manos,
-cuando tocaron ligeramente á la puerta, y á la voz de «pasen» entró
-Esclavitud, llevando en una batea de mimbres hasta media docena de
-camisas planchadas. Por efecto de la carga, que la obligaba á levantar
-los brazos, la muchacha lucía su fino talle y su andar compasado y
-armonioso. Iba á dejar sobre la cama las camisas y retirarse
-silenciosamente, á tiempo que Rogelio, llegándose á ella y amenazándola
-con la mano, exclamó:
-
---Vamos á ver como están de planchaditos esos puños. ¡Si les encuentro
-un solo candil!
-
-Al oir la voz del señorito, Esclavitud se había sobresaltado,
-figurándose en el primer instante que la regañaban de veras; pero al
-levantar los ojos y fijarlos en la cara de Rogelio, comprendió que se
-trataba de una broma. Radió en su mirada tan sincera alegría; se dilató
-tan visiblemente su pecho; se esponjó de tal modo, en fin, que las
-excelentes entrañas del estudiante se conmovieron otra vez gratamente,
-y para disimular aquella emoción recargó la broma.
-
---¿Es justo que ande yo hecho un cesante, y que mis camisas parezcan la
-cara del apreciable señor Don Prudencio Rojas, alias _Fantoche del
-Derecho_? A ver: alce V. ese níveo cendal y enséñeme esas íntimas
-prendas de vestir. Si mis togas pretextas descubren las rayas de la
-senectud..., huya V. adonde no la alcance mi cólera vengadora.
-
-En el rostro de Esclavitud, cada vez más regocijado, brillaba, al
-levantar el paño, cierta cariñosa malicia.
-
---A ver, señorito, á ver qué chata tiene que ponerles á estas pecheras.
-Ni el Rey las gasta más ricas.
-
---El Rey lo que gasta son baberos: no confundamos. ¡Enséñeme ese
-prodigio!
-
-En efecto, estaban primorosamente planchadas, tan bruñidas y tersas, que
-fuera gollería pedir más.
-
---Bien; por esta vez le perdono á V. la vida. ¡Pero guay si acierta V. á
-descuidarse en el cumplimiento de tan sagrado deber!
-
---No señor, no señor. Vendrán cada día más blancas. Lo mismo que
-palomas.
-
---Dígnese V. decírmelo en gallego. Voy á dedicarme al estudio de ese
-idioma, porque en el griego y en el sanscrito ya estoy tan fuerte que
-les echo la pata á los profesores. ¿Cómo se dice _paloma_ en gallego?
-
---¿Y es de allá y no lo sabe? ¡Vaya qué ser! Se dice _pomba_ y también
-se dice _suriña_.
-
---¡Ay! ¡Eso de _suriña_, qué bonito es! Desde mañana lección de idiomas
-clásicos: V. será mi maestra. «Mademoiselle Suriña, profesora á
-domicilio». Pondremos un cartelito en el balcón y un anuncio en _El
-Imparcial_. Suriña, quite V. de ahí las camisas, que estorban. Guárdelas
-V. en el armario. ¡Eso!
-
---¡Ay, señorito, qué revuelto tiene el armario!--exclamó la muchacha
-apenas lo abrió.
-
---Pues á arreglarlo, Suriña. El arreglo de armarios forma parte de la
-lección de idiomas.
-
-
-
-
-X
-
-
-Ello sería... ó no sería; pero no se puede negar que, después de
-firmadas las paces con Rogelio, el aspecto exterior de Esclavitud empezó
-á modificarse completamente. Sus ojos se reanimaron, sus mejillas
-florecieron, su voz perdió aquel tono dolorido, su conversación fué más
-expansiva; y sin alterar en nada sus ocupaciones, varió tanto su manera
-de desempeñarlas, que si antes parecía víctima resignada del deber, y su
-silueta tenía algo de aflictivo al proyectarse sobre las paredes de la
-casa, ahora su ir y venir, su resuelta actividad, la llenaban y
-regocijaban toda.
-
-Doña Aurora no cesaba de felicitarse por este cambio. «¡Alabado sea
-Dios! Así me gustan á mí las caras, así. No puedo tragar á la gente que
-anda tristota y rostrituerta sin por qué ni para qué. ¿Lo ves, rapaz?
-Pues era por causa tuya, ni más ni menos. Ahora que la tratas
-campechanamente, mira cómo es otra.»
-
-Y tanto como era otra. Hasta su físico había sufrido halagüeña
-metamorfosis. En señal de contento ó por otra causa que ignoramos,
-habíase quitado el pañuelo negro de la cabeza, dejándolo caer
-negligentemente sobre el cuello, cuya blancura extraordinaria realzaba
-el contraste con la negra seda. Su cutis era ahora el cutis de las
-gallegas jóvenes, una tez fresca que parece conservar el brillo de la
-humedad del suelo nativo, y afrenta, con las nacaradas tintas de las
-mejillas, la enfermiza palidez de las hijas de Madrid. Sus interesantes
-ojos verdes, con reflejos amarillentos, acentuaban el carácter
-primaveral y tierno de la hermosura de Esclavitud, asemejando su faz á
-un valle regado por dos cristalinos arroyos. Pero el adorno que
-verdaderamente agraciaba á la muchacha era su cabellera rubia, de un
-rubio algo tostado, con reflejos de oro que rielaban en lo más saliente
-de las simétricas ondulaciones ó conchas que fluían á uno y otro lado de
-la raya, como orla magnífica de la estrecha frente y la delicada sien.
-La rica mata colgaba partida en dos trenzas, ó se retorcía en rodete
-copioso; y si por la mañana aparecía lisa y hasta charolada por la mucha
-agua, único afeite de tocador que usaba Esclavitud, al ir corriendo el
-día y el trajín doméstico, se rebelaba, y fosca y suave á la vez,
-formaba al rostro un nimbo, parecido al de las santas de los retablos
-viejos. Y es que el tipo de Esclavitud, con aquel peinado sencillo y
-aldeano, recordaba las creaciones de la iconografía mística, ya en las
-tablas flamencas, ya en las primitivas pinturas italianas, á lo cual
-contribuía su aire modesto, sus ojos bajos, aquel olor á incienso y á
-sacristía que notaba Rita Pardo en ella. Cuando miraba de frente,
-sonriendo, se notaba la fisonomía de la campesina bajo el anguloso
-diseño de la virgen.
-
-Todas estas perfecciones y gracias, con otras más cuyo inventario
-suprimo, las avizoró al través de sus espejuelos, y las reconoció y
-comentó y puso en las nubes el discreto ochentón á quien Rogelio llamaba
-_Nuño Rasura_, y nosotros con más respeto nombramos Don Gaspar. Ni
-aguardó para entonar el panegírico á que se verificase la transformación
-de la muchacha, sino que desde el primer día que ésta le abrió la
-puerta, empezó el gallardo viejo á babarse y amartelarse, dando jaqueca
-á los contertulios con sus elogios inmoderados, sus involuntarios
-madrigales, sus niñerías, y, para decirlo en frase del Fiscal, «sus
-golpes de archimemo».
-
---Vea V., vea V.--repetía el señor de Febrero levantando la hermosa
-testa orleánica, atusándose delicadamente los rizos de la peluca ó
-sobando el cojín de terciopelo de su muleta,--qué buen tino ha
-demostrado mi excelente amiguita doña Aurora, al elegir esta sirviente
-única dentro de su clase. En primer lugar, tan útil, tan precavida, tan
-laboriosa como parece. En segundo, con ese aire de honestidad y de
-recato. ¡Ah! Para mí, mérito grandísimo, ahora que se han perdido los
-buenos modales, y en la sociedad pululan las sargentonas y los
-marimachos. Allá en otros tiempos ¿se acuerda el amigo Candás? eran
-todas así: nada de estos descaros de hoy día.
-
---Sí, sí; por fuera mucho compás...--respondía el empecatado Don
-Nicanor, requiriendo la trompetilla.--Unas santinas de alfeñique. Y por
-dentro..., vamos, que ya se desquitaban. ¡Carapuche si se desquitaban!
-Como ya se me cayeron los segundos dientes..., no me fío de carinas de
-Virgen.
-
---¡Ay, que el amigo Candás se nos va por los cerros de la malicia! Eso
-sera allá en Asturias, en su tierra de V. Por la nuestra, no: ¿verdad,
-doña Aurora? Y confesémoslo, señores: en la mujer, así como el descoco y
-la tunantería repelen, este modo tan decente de presentarse, este aire
-tan modesto, abren más el apetito.
-
-Aquí la señora de Pardiñas estuvo á punto de soltar el trapo á reir,
-porque Rogelio, desde su rincón, oyendo hablar de apetito, hizo una
-morisqueta y un guiño de pilluelo para subrayar aquellas lozanías del
-decano.
-
-A los pocos días, la benévola admiración del señor de Febrero se
-convirtió en desatada curiosidad, comezón invencible de saber todo lo
-concerniente á «nuestra paisanita».
-
---¿De dónde la ha sacado V., vamos á ver?--preguntaba á la señora de
-Pardiñas, más con el centellear de los entornados y expresivos ojos
-tras los vidrios de los espejuelos, que con la voz.
-
---Me la recomendaron las de Romera, á quien V. debe de conocer.
-
---¡Aaaaah! ¡Mucho, mucho! ¡Romera, Romera! Sí, Romera.--Y ajustó los
-vidrios sobre la correctísima nariz.--Pero las amiguitas
-Romera--prosiguió con la insistencia del juez que abre una información y
-la machaquería del viejo que quiere enterarse--¿la han traído de
-Galicia? Porque, si no me engaño, no estuvieron allá nunca. ¿La familia
-de esta chica es gallega?
-
---Gallega, sí, señor--afirmó evasivamente doña Aurora.
-
---Será una familia decentita, ¿eh?--prosiguió el impertérrito _Nuño
-Rasura_.--Porque á eso me huele..., y yo tengo de aquí--añadió señalando
-á aquella escultural facción de su cara.--Ella, hablar, habla bien: sólo
-algún modismo... El aire es fino, adamado. ¿Conque familia decente?
-
---Decente, sí tal--tuvo que responder la señora, de dientes afuera.
-
---¿Pero artesanos? ¿Propietarios? ¿Empleaditos?
-
---No señor... Sobrina... (la voz de doña Aurora se atascó unas miajas)
-de un cura de aldea.
-
---¡Toma, toma, toma!...--articuló el decano enfáticamente.--¡Ya decía
-yo! ¡Sobrinita de un sacerdote! _Boccato di cardinale_: son unas
-muchachas muy religiosas, divinamente criadas... y de un orden á toda
-prueba. ¡Toma, toma!
-
-La señora intentó echar la conversación por otro lado; pero nada es
-comparable al antojo de un niño, sino el capricho de un viejo. Don
-Gaspar acariciaba su muleta dándole vueltas, y al fin, sin poder
-reprimirse, indicó:
-
---¿Sabe V., amiguita Aurora, que, si así puede decirse, no le he visto
-bien la cara á esa muchacha? La antesala está un poco obscura. Y tengo
-curiosidad de convencerme de si en efecto se parece á una señorita de
-Vivero, preciosa por más señas, á quien le llamábamos los muchachos la
-Magdalenita..., allá el año de 34 ó 35. Si V. la mandase traer un vaso
-de agua... ó cosa así... con disimulo.
-
-El guiño malicioso que trocaban madre é hijo fué interceptado al vuelo
-por Laín Calvo, quien exclamó haciendo cómicos aspavientos y renunciando
-momentáneamente al ejercicio de la sordera:
-
---¡Caray, doña Aurorina del alma! No llame á esa ninfa, no, que será V.
-responsable de la pérdida del amigo señor Febrero. En la edad de Don
-Gaspar, las pasiones hacen estragos, Prudencia, Don Gasparín, mire que
-hay cielo. ¿Refregarles por los hocicos las niñas bonitas á los
-calaveras? Es un pecado, home.
-
-Cuando entró Esclavitud llamada con un pretexto cualquiera, nadie podía
-contener la risa, lo cual azoró un tanto á la muchacha, que no sabiendo
-de qué se trataba allí, se puso muy sofocada y por consiguiente más
-linda, con aquel encanto especial suyo, que procedía de un aire casto y
-humilde, bajo el cual se traslucía una firmeza rayando en apasionada
-obstinación. El señor de Febrero se la comía con los ojos. ¡Viejecito
-más chiflado! Tan pronto como Esclavitud pudo escurrirse, Laín Calvo
-secreteó á la señora de Pardiñas:
-
---Ay, ay...: la niñina será un tesoro..., pero á mí...--y se tocaba la
-nuez--aquí se me pone y de aquí no me pasa. Estas que todas se arrebatan
-cuando las mira uno, me escaman muchísimo. ¡Doña Aurora, ojo...,
-cuidado!
-
---No sé de dónde saca V. eso, señor de Candás--protestó la señora con
-enojo, herida en su gran simpatía por la muchacha.
-
---Estas así, que parece que no rompen un plato, son de la misma
-rabadilla de Lucifer--alegó el maligno asturiano.--Venden modestia, y
-dan terquedad; venden inocencia, y dan más truchimanería que el que la
-inventó. No se fíe, amiguina. Estas son de aquellas que dicen: «¡Ay
-Jesús! No me pidas el brazo que me escandalizo. Pero si te lo tomas...
-¿cómo ha de ser? tendremos paciencia.»
-
---Señor Candás, hay ciertas indicaciones que se pueden calificar de
-viperinas--protestó frenético Nuño Rasura, pegando con la muleta en el
-suelo.--Cuando está en juego la honra del sexo hermoso, toda cautela es
-poca, y conviene ver por dónde se anda y lo que se dice y á quién se
-toma en boca, señores.
-
---Ya, ya--replicó el Fiscal, agarrándose á la sordera.--Ya entiendo que
-á V. también le dan en qué pensar estos tipos así. No en balde hemos
-vivido añitos, y se nos ha caído la segunda dentición y los pelos de la
-cabeza. Doña Aurora: diga, y ¿por qué vino á dar aquí esta princesa
-errante? ¿Algún Eneas de allá que la plantó? Huéleme á historia.
-
---No señor--declaró la señora de Pardiñas.--No se eche V. á pensar mal,
-que no acertará. Por muerte de... de su tío, tuvo que ponerse á
-servir...
-
---¿Desde cuándo?
-
---Pues hará medio año... poco más ó menos.
-
---¿Y ya ha corrido dos casas? ¡Malorum... malorum!
-
---¡Qué malorum! Nada de eso. La yerra V., Don Nicanor. Le entró á la
-infeliz una especie de nostalgia, de esa que suele atacarnos á los
-gallegos cuando salimos por primera vez de nuestra tierra..., y, al
-menos, quiso servir con gente de allá. Como Vds. los asturianos son unos
-descastados, no comprenden esto. Pregúntele V. á las de Romera si tienen
-queja de la muchacha; que de allí se vino para esta casa muy de Vds.
-
---¡Uy, uy! ¿eh? ¡Con que nostalgia! Romanticismos y dengues, ¡carapuche!
-Ahora sí que digo yo que á esta princesina la tendrá V. que llevar tila
-para los nervios todas las mañanas. No se le ocurre ni al diaño. En
-estando bien comida y bien tratada, no sé qué caray le importaba la
-nacionalidad de los amos con quien servía, home.
-
---Está V. equivocado--contestó airadamente el señor de Febrero.--Esta
-enfermedad, que se conoce por _morriña_ ó mal del país, es terrible en
-mis paisanos, señor de Candás, y alguno conocí á quien le llevó á la
-hoya. No se ría V., que esto lo saben allá hasta los gatos; y si V. no
-lo sabe, apréndalo. A veces, con evocar un recuerdo del país, se cura.
-¿Ignora V. lo que ocurrió con el quinto, enfermo en el Hospital de la
-Habana? Pues estaba el pobre hombre á punto de liárselas, y ¿con qué
-dirá V. que sanó, pero en seguidita? Pues con tocarle la muiñeira en la
-gaita de su país. Así, así; con la muiñeira.
-
---Home..., no fastidie, por el Santísimo Cristo se lo imploro. Estaría
-ese quinto más borracho que un templo. Jumera pura. Ya le curaría yo con
-solfa de varas de avellano.
-
---Mi Don Nicanor, con V. no se puede. Niega V. lo que los demás hemos
-visto... Más vale hacerse como V., el sordo. Doña Aurora, si la
-paisanita esa no le conviene á V..., yo, por una servidora así...
-
---¡Aquí de Dios! Que este home quiere robar á la bella Elena que V. ha
-descubierto. Atentado contra la moral pública. Diga que no, doña Aurora;
-mire que es cosa grave.
-
---Ya se ve que diré que no. Por la cuenta que me tiene. Estoy muy bien
-servida con Esclavitud para deshacerme de ella.
-
-Rogelio había oído en silencio la discusión de Nuño Rasura y Laín Calvo.
-El se inclinaba hacia las indulgentes apreciaciones de su madre y del
-ex-presidente de sala: con todo, á veces le entraban impulsos de creer
-que el maldito asturiano calaba más y conocía mejor la vida. Por una
-ilusión frecuente en los que carecen de experiencia, la malignidad y el
-pesimismo le parecían la última palabra del saber humano. Aquella
-disposición suya á pensar bien, debía, en su concepto, originarse de lo
-poco que había vivido. «A mí cualquiera me mete el dedo en la
-boca»--deducía.--«Soy un chiquillo, y no me da la gana de seguir
-siéndolo.»
-
-
-
-
-XI
-
-
-Cruzaba Esclavitud el pasillo, y oyó la voz de su señorito llamándola.
-
---¡Esclavita!
-
---Voy.
-
---Acude pronto... Tu intervención habrá de resolver un pavoroso
-conflicto.
-
-La muchacha entró, y vió al estudiante de pié, en mangas de camisa, con
-el chaleco en una mano, y la otra muy apretada, lo mismo que si
-encerrase en ella algún tesoro.
-
---Ahora mismo, con la velocidad del rayo, acaba de saltarse de mi cuello
-este botón de precioso nácar... ¿Puedes adherirlo otra vez á su base sin
-atravesar mi garganta con el frío acero?
-
-Sonrió Esclavitud, y registrándose el bolsillo, sacó alfiletero,
-carrete, dedal: este último era perforado por arriba y abajo, como los
-de las aldeanas. Se lo calzó rápidamente, y con igual presteza enhebró
-la aguja, dió el nudo, y cogió entre el pulgar y el índice la rodajilla
-de nácar. Arrancó el hilo que colgaba señalando el lugar del
-desperfecto; aplicó el botón, é introdujo la aguja... Aquí dieron
-principio las dificultades de la empresa. No era posible sacar la aguja
-airosamente, sin pincharle al señorito la barba, todavía rasa y monda
-cual la de una mujer. El fingía ayudar, y torcía la geta con mil
-festivos remangos y mucho de «¡ay! ¡socorro..., que me parten la
-carótida..., que me atraviesan la yugular..., que me practican la
-arriesgada operación de la traqueotomía sin tener garrotillo!» y la
-muchacha, risueña, pero sin perder el aplomo, sólo decía:--«Aparte un
-poco..., cuidadito ahora..., vuélvase..., pronto acabo...» Por fin, con
-ademán triunfante, dió alrededor del botón un sinnúmero de vueltas con
-el hilo, formando el pié; remató...
-
---¡Hurra! Victoria. Abróchamelo.
-
-Los deditos menudos, picados de la aguja, recorrieron la garganta del
-estudiante, el cual despidió nuevos chillidos.
-
---¡Ay, ay, ay... Que me pelliiizcan!
-
-Pero apenas estuvo abrochado el botón, murmuró como el que ruega para
-obtener una cosa muy importante y ardua:
-
---Esclava... Dígnate ceñir á mi cuello este dogal.
-
-La muchacha tomó la chalina de seda, y al rodearla al cuello del
-señorito, se tropezaron las miradas de los dos. Mientras duraban las
-otras operaciones no había sucedido semejante cosa, porque Rogelio
-volvía la cabeza todo cuanto se lo permitían los accesos de risa que le
-entraban: ahora sí tenía que suceder, pues Esclavitud levantaba el
-rostro, y Rogelio, más alto, veía por fuerza, tan cerca que le mareaban,
-las dos pupilas verdes sembradas de puntitos de oro, y la raya del pelo,
-derecha, angosta y limpia, como surco que parte un campo de madura mies,
-y la cóncava frente, tersa y suave, y las venitas azules de las sienes y
-párpados. El aliento puro de la muchacha subía hasta la boca del
-estudiante, causándole un principio de embriaguez, como si hubiesen
-destapado una botella de oxígeno.
-
-Fué asunto de un instante, pero instante en que por la intensidad de la
-sensación, Rogelio creyó vivir un año. La infancia, con su ligereza de
-mariposa, sus vagos horizontes de plata y azul, se quedó atrás; y la
-golosa juventud, la de insaciables labios, surgió tendiéndolos con afán
-á la copa eterna. La sangre de Rogelio, hasta entonces lenta, enfriada
-por la clorosis, saltó en las venas con impetuoso hervor, y refluyendo
-al corazón de golpe, volvió á derramarse encendida por el organismo. Un
-velo rojo, el que nubla las pupilas del criminal en el momento decisivo,
-cubrió también los ojos del estudiante, mientras le asaltaba la
-tentación brutal y furiosa de cerrar los brazos, comerse á besos la
-linda cabeza y deshacer á achuchones el cuerpo... La misma violencia
-del deseo paralizó su acción, y como Esclavitud había terminado el
-arreglo de la corbata, cuando Rogelio iba á ceder á la sugestión
-culpable, la muchacha se desviaba ya, colocándose á distancia
-conveniente para juzgar del efecto del lazo.
-
-Fué como si se interrumpiese la comunicación del alambre con la pila.
-Rogelio volvió en sí, tan sobrecogido de terror considerando lo que
-había estado á punto de hacer, que sintió enfriársele las manos. «¡Qué
-atrocidad, Dios mío!... ¡qué disgustazo para mi madre!»
-
-La noción moral, que á otros se les inculca como necesidad racional y
-deber ineludible, ó como religioso precepto, habíala recibido Rogelio
-por el conducto del sentimiento, en su educación faldera y mimosa de
-hijo único. Todas las ideas de decoro, de bondad, de rectitud, le
-llegaban por ese camino indirecto, pero dulce. «¡Ay, qué pena tendría
-yo, rapaz, si tú hicieses tal ó cual cosa! ¡Jesús, qué bochorno para mí
-si cayeses en esta ó en aquella falta!» Así es que, sin darse cuenta de
-ello, lo primero que Rogelio veía en sus actos era el efecto que podían
-producir en el corazón de su madre; y ésta fué también su primer idea,
-al disiparse el vértigo que le obscureciera la razón mientras tuvo tan
-cerca á la muchacha. Cuando Esclavitud hubo salido del aposento, el
-mismo recelo fué base de una honradísima resolución, la de evitar nuevas
-ocasiones y peligros más inminentes todavía. Tales propósitos son
-difíciles de sostener cuando se tiene el peligro en casa. A cada
-momento Rogelio sentía renacer su antojo primerizo, y como bocanadas de
-aire caliente, subírsele al cerebro los mismos vapores. En la mesa; al
-encontrar á Esclavitud en el pasillo; cuando le traía á su cuarto luz,
-recados ó ropa, no podía menos de devorarla con los ojos, detallando la
-perfección de su talle gentil, el misterio de su cerrado y honesto
-corpiño, la gracia de su ligero andar. Cuanto mayor y más vivo era su
-anhelo, más atado se sentía en presencia de la muchacha. Delante de ella
-le parecía imposible resolverse nunca á decirle nada que tuviese color
-de requiebro formal; y en cambio, de noche, á solas, desvelado, dando
-vueltas en la estrecha camita, juzgaba fáciles todas las empresas y
-razonables todos los despropósitos, y hasta--¡extraña forma del capricho
-apasionado!--creía tener una obligación, una especie de deber estricto
-de realizar lo que por el día consideraba un atentado y un acto de
-locura. «Después sí,--pensaba,--que nadie podrá llamarme chiquillo; y yo
-mismo me convenceré plenamente de que no lo soy.» Esta disparatada idea
-se desvanecía por la mañana, al traerle su madre el chocolate según
-vieja y afectuosa costumbre. Al ver entrar á doña Aurora con su bata de
-tartán y la bandeja en las manos; al saborear el primer bizcocho, el
-chico mimado sentía todo el influjo de la ley moral imponiéndose con
-fuerza apodíctica, y los principios desconocidos ó negados minutos
-antes, se le presentaban claros, demostrativos, evidentes. «Darle una
-pesadumbre á mamá, allá por fuera de casa, ya sería terrible, ya se me
-ponen los pelos de punta con solo imaginarlo... Pero, en fin, siempre
-resultaría más disculpable y más llevadero. Aquí mismo..., vaya..., es
-cosa inaudita. Aunque ella no lo pescase, á mí se me figuraría que me lo
-estaba leyendo en los ojos y hasta en el modo de respirar. Y lo
-pescaría, lo pescaría; ¿pues quién lo duda? Es muy pilla mamá, así con
-esas tracitas de bonachona. El dedo en la boca no se lo mete nadie. Me
-conoce tan bien, que aún no he acabado yo de decir las cosas y ya las ha
-guipado ella. Como que no le importa ni se ocupa de nada sino de mí.
-Dios quiera que no tenga escama ya...»
-
-Así, aquel culpable de pensamiento estudiaba con atención el rostro de
-doña Aurora, temeroso de que alguna de sus miradas á Esclavitud le
-delatase. A veces se comprometía por dar en el extremo opuesto,
-afectando no mirar á la muchacha, evitando hasta el roce de su manga
-cuando le servía á la mesa. Verdad que este mero roce le sacaba de
-quicio, llegando á causarle una impresión dolorosa por lo intensa. Era
-el suyo deseo exaltado de la primera edad, que no sabe aún ni reprimirse
-ni abrirse camino hasta su objeto. Después de dos ó tres días de huir de
-la Esclavitud, ideaba un pretexto para ir á sorprenderla en el cuchitril
-donde planchaba y tenía las cestas del repaso; y una vez allí, no se le
-ocurría más que sentarse en una silleta, y engañar su violento capricho
-contemplando á la chica que, encendida y sudorosa, encorvado el brazo
-derecho en arco rígido, hincaba con esfuerzo la plancha en las pecheras
-ó los puños de las camisas. Cuando el ímpetu de abrazarla le acudía muy
-fuerte, Rogelio se levantaba y refugiábase en su despachito. Allí
-estaban, sobre el barnizado escritorio, los antipáticos libros de texto,
-impresos en papel de estraza, con tipos gastados y turbios, y
-despidiendo de sus mustias hojas y de su parda cubierta toda la secura
-de la aridez, todo el humo del hastío. Nunca le habían caído en gracia á
-Rogelio los tales librotes; pero ahora... Apenas intentaba abrirlos para
-repasar una conferencia, una niebla de aburrimiento pertinaz se le subía
-á la cabeza, y una especie de disolución moral se verificaba en su
-espíritu, en el cual cierta voz rebelde murmuraba vagamente herejías
-así: «Anda, hijo, déjate de pamplinas, reniega de esa ciencia oficial,
-manida, huera, sin jugo. La realidad y la vida son otra cosa. Eso con
-que pretenden alimentarte es un conjunto de vejeces, la cáscara de un
-limón exprimido ya por la mano diez y nueve veces secular de la
-Historia. Ha caducado cuanto estudias. Te quieren llenar el cerebro de
-restos momificados, de trapos polvorientos y de antiguas telarañas. Te
-quieren meter en la cabeza la vieja balumba jurídica, y que de un salto
-te encuentres en la edad de tus tertulianos, Laín Calvo, Nuño Rasura y
-el honrado _Fantoche_. Quieren que seas de palo como él. No, eres de
-carne y hueso; eres hombre; la vida te llama, y la vida á tu edad, á
-falta de un estudio que desarrolle la armonía de tus facultades, es...
-Esclavitud».
-
-A estas indeterminadas reflexiones aquí traducidas en lenguaje claro y
-vulgar, el estudiante asentía bostezando, levantándose nerviosamente de
-la silla, cogiendo del estantito una novela ó el último número del
-_Madrid Cómico_, tumbándose sobre la cama, y tratando de distraer con
-una lectura hambrienta sus febriles ansias.
-
-No tenía el recurso del cigarro, porque pertenecía á esta generación
-reciente que no fuma, y que llegará, si Dios no lo remedia, á desmayarse
-con el olor del habano, ni más ni menos que las damas británicas.
-Faltábale ese gran engañador de la impaciencia, ese gran consejero en
-las horas malas, ese poderoso sedante, esa distracción la más espiritual
-de cuantas puede ofrecer la materia. Un día pensó en ella mucho. «¿Qué
-me sucedería si fumase? Por de pronto, marearme. Quién sabe si echar los
-bofes... de fijo que sí. Luego, mamá conocería por el olor... No, peor
-es el remedio que la enfermedad.»
-
-Esta idea del cigarro, que le halagaba porque tenía algo de calaverada
-varonil, trajo como de la mano otro expediente más fecundo en resultados
-y hasta de realización gratísima y fácil. ¡No habérsele ocurrido antes,
-cuando era tan sencillo, tan sencillo, y hasta tan natural y justo, y
-sobre todo tan útil para alivio del malestar presente! «Pues si lo raro
-es que yo no tenga ya una novia, señor. La tiene cada quisque: Benito
-Díaz, una preciosa; Cardona otra por quien bebe los vientos... Siempre
-me están diciendo que á qué aguardo para echarme la mía
-correspondiente. Pues les sobra razón. Así se me quitarán estas
-chifladuras y estos alborotos. Tomaremos novia, sí señor que la
-tomaremos. El tener novia no es cosa mala, ni aunque mamá lo averigüe se
-va por eso á disgustar. Un clavo saca otro clavo. Será la gran
-distracción...»
-
-Creada ya la plaza, faltaba saber en quién recaería la provisión del
-empleo. Rogelio pasó revista con la memoria á todas las señoritas
-conocidas suyas. Unas eran feas, otras tenían ya su arreglito; ésta
-frisaba en los treinta; aquélla no salía de casa jamás; unas se
-burlarían de él; otras le pedirían cosas muy difíciles en prueba de
-cariño... Recordó que por una callejuela que desembocaba en la Ancha de
-San Bernardo, vivían frente á su casa tres ó cuatro chicas, descendencia
-de un empleado en el Ministerio de Ultramar. No eran malejas, en
-especial la menor, una rubita pálida que, cara, pelo y ojos, todo lo
-tenía de un color mismo, lo cual la favorecía, dándole cierto parecido
-con la infanta Eulalia. Rogelio la miraba á veces, recibiendo pago
-puntual de todas sus ojeadas sin que le quedasen debiendo ni una sola.
-«La rubita me conviene....», pensó el estudiante. «Ni necesito moverme
-del comedor...» En efecto: el mismo día que lo discurrió, á la hora del
-almuerzo, apostóse detrás de los cristales, con las vidrieras á
-cuchillo, y miró hacia los balcones del tercer piso de enfrente. Allí
-estaba la rubia, vistiendo una mañanita de percal de lunares, toda
-sucia y ajada; sobre la barandilla del balcón flotaban varias prendas de
-ropa íntima, en más que mediano uso, puestas á secar, y encima de una
-cómoda se veían frascos cubiertos de polvo, la jaula vacía de un
-jilguero, trapos, una bota inservible.--Al fijarse en aquel interior
-nada holandés, el plan de tomar novia que viviese allí se le frustró á
-Rogelio. Permaneció apabullado diez minutos. «Buscaremos por otra parte.
-Lo que es sin novia no me quedo yo; sólo faltaba...»
-
-
-
-
-XII
-
-
-La mañana de un domingo despertó á su hijo la señora de Pardiñas con la
-intimación siguiente: «Hoy haremos visitas. No hay más remedio: estamos
-en descubierto con todo el mundo. Es un escándalo. Ya he pedido el landó
-al taller de Agustín: dice que á las dos en punto lo tendremos á la
-puerta. ¡Ah!... ¿No sabes? Voy á ir, que si me miro al espejo, no me
-conozco. La modista me trajo ayer el vestido de terciopelo negro
-arreglado con pasamanería de azabache y puntillas; el sombrero igual
-está listo. Con que tocan á sacar el fondo del baúl. Te pasarás por la
-peluquería antes de almorzar: tienes el pelito muy largo».
-
-Rogelio gruñó bastante, alegó dos ó tres ocupaciones indispensables
-aquel día, pero todo en broma, porque bien veía á la señora de Pardiñas
-resuelta á no acostarse sin haber ofrecido un gran holocausto en el
-altar de la sociedad. A los dos menos cuarto, Rogelio estaba acabando de
-abrocharse la primer fila de botones de su levita inglesa, delante del
-armario de espejo. Por fortuna era domingo, y, en tal día, frente á la
-Universidad es donde se puede estar seguro de no encontrar un estudiante
-para un remedio; que si no, menuda sofoquina le esperaba cuando los
-compañeros le viesen con aquel empaque, vestido de _caballero_, con
-guantes y chisterómetro. Acostumbrado á la pañosa y al hongo, le parecía
-en los primeros momentos, que ir de levita era así cómo salir de
-máscara. Allí estaba la chistera, reluciente, flamante, sobre la mesa
-del despacho, y los guantes también, y el junquillo, y el tarjetero de
-piel de Rusia, y el pañuelo con rica inicial bordada. De todos estos
-objetos se hizo cargo; ladeó el sombrero al colocarlo sobre la bien
-aliñada cabeza, y empezaba á calzarse los guantes, con el mal humor
-inherente á esta operación siempre enfadosa, cuando su madre entró.
-
---¡Jesús, máter admirábilis! Vienes hecha un brazo de mar. ¡Ole por las
-buenas mozas, las mujeres principales y el trapío!
-
-Lo que venía doña Aurora era muy atarugada con las galas que sólo en
-ocasiones solemnísimas se determinaba á lucir. Que no la quitasen á ella
-de su mantito arrebujado, de su traje de merino y de su gran abrigo de
-pieles. Tanto embeleco era para condenarse. El peso del sombrero, con
-sus lazos empingorotados, la obligaba á bajar la cabeza; los aceros de
-la falda la ataban los muslos; en fin, ello no había más camino que
-someterse á semejantes impertinencias, por lo menos dos veces al año.
-Llevaba tarjetero, como su hijo, y además una lista de las casas donde
-se creía obligada á ir. También lucía, asomando por el manguito de
-marta, un hermoso pañuelo de encaje, perfumado con no sé qué extracto
-fino, y en las orejas dos buenos solitarios; el lujo modesto de una
-señora que no pretende sino guardar el decoro de su clase. Y, sin
-embargo, tal es el poder de la composición y del adorno en la mujer, que
-doña Aurora, con sus cincuenta y pico, parecía haberse dejado diez en la
-puerta del cuarto tocador, ostentando en la tez una animación agradable,
-y en el andar cierta majestad insólita.
-
-Esclavitud venía detrás, trayendo un abrigo, que por si acaso enfriaba
-la tarde iría en el coche; y mostrando esa admiración solícita de los
-criados adictos en los días de gala con uniforme para sus amos, se puso
-á arreglarla el _polisón_ y las aldetas del corpiño, y á sacudir
-imperceptibles motas de polvo en la parte inferior del volante. De
-pronto alzó los ojos, y exclamó cándidamente mirando á Rogelio:
-
---Virgen de las Ermitas... ¡El señorito qué majo!
-
---¿Verdad que está hecho un figurín? Rogeliño, vuélvete, vuélvete...,
-así. La levita te la han sacado pintada.
-
---¡Mamá!...--protestó Rogelio. Pero fué preciso dejarse mirar y remirar
-por Esclavitud, y aun consentir una mano de cepilladura en el cuello de
-la levita. Las pupilas de la muchacha le decían con inocente lenguaje
-que estaba _bien_. Le arregló los puños, y cuando bajaba la escalera
-todavía le gritó:
-
---¡Qué lástima! Lleva en la pierna derecha un poco de pelusa de la
-alfombra.
-
-La primer visita fué á casa de Don Gaspar Febrero, porque la hija del
-respetable decano, casada con un comandante de Estado Mayor, se
-marcharía pronto á Filipinas, en compañía de su marido, destinado á
-Manila. Se habló de la navegación, del clima, de los baguíos, de la
-carestía de la vida allá, y del señor mayor que se quedaba solo aquí.
-Por fortuna, nunca había estado más tieso, más animoso, ni más rufo: aun
-ahora mismo acababa de salir á pié, agarradito á su muleta, ávido de
-tomar sol. Con estas buenas nuevas se despidieron de la morada de Nuño
-Rasura y pasaron á hacer otras visitas casi todas análogas, algunas de
-tarjetazo, las más agradables para Rogelio, que al acercarse á cada
-portal repetía entre dientes la consabida jaculatoria:
-
---Animas benditas, ¡que no estén en casa las visitas!
-
-Pero ¡ay! Pegó el gran respingo al anunciarle su madre que ahora irían
-«un minuto» á casa de las señoritas de Romera, Pascuala y Mercedes.
-
---Madre mía, si es posible, pase de mí ese cáliz. Pero, ¡carapuche!
-como dice el sordo de conveniencia, ¿no ves que necesitaré pellizcarme
-así, para no dormirme?
-
---¿Tan curro como estás y no quieres lucirte con las buenas mozas? Anda,
-anda, da la orden: calle del Barquillo...
-
-Reservaba la casa de las solteronas una sorpresa al estudiante, en
-figura de la despabilada chiquilla que salió á recibir á los
-visitadores, y les convidó á pasar á la sala, anunciando que las tías
-«vendrían inmediatamente». Para decirlo hizo mil monerías con la cara y
-los ojos, que los tenía negros, chiquitos, vivarachos, muy parleros.
-Vestía la sobrinita de las de Romera un traje bastante rabicorto,
-indicio de que aún no había ascendido á la dignidad de la mantilla, y un
-mandil de peto, bordado de colorines alrededor: un lazo de cinta azul
-ataba la coleta de su trenza corta; y sus zapatitos usados, desflorados
-por la punta, indicaban la viveza de movimientos del pié menudo y
-arqueado que prendían. A poco rato salió Pascuala, la mayor de las
-solteronas, toda mocosa y acatarrada, declarando que su hermana no podía
-moverse del gabinete, por estar pasando un resfriado mayor aún, que
-requería evitar cambios de temperatura. «Mire V.: poner á mi hermana
-entre puertas, es como darle una puñalá». Luego presentó á su sobrina
-igual que hubiese presentado á un perrillo revoltoso, que alterase la
-soñolienta quietud de aquella morada. «Aquí tiene V. á mi ahijada
-Inocencia, la niña segunda de mi hermano Sebastián, el que vive en
-Loja... Nos la ha dejado el pobre aquí porque necesita arreglarse la
-boca; le ha nacío un diente montado sobre otro, y habrá que
-arrancárselo... Es muy ardilla; no puede estarse fija en un sitio; no
-hay calzado que le baste; por eso la ven Vds. tan mal de botitas...»
-Hechas estas aclaraciones, vino á cuento hablar de Esclavitud, y en
-atención á que no se podía tratar el asunto delante de «una criatura» y
-á que Mercedes deseaba disfrutar de la presencia de doña Aurora, las dos
-damas pasaron al gabinete, dejando solos á Rogelio é Inocencia.
-«Enséñale los álbumes y las vistas de Granada, niña», fué la orden que
-recibió la chiquilla al salir su tía de la sala.
-
-Inocencia obedeció,--no sin hacer varias morisquetas á pretexto de
-llegarse á la mesa,--exclamando atropelladamente y con mucho ceceo:
-
---Venga V., venga V. á ver las estampas que dice tía Pascua. ¡Son más
-preciosas!
-
-Aunque lo de ponerse á mirar estampitas le sabía mal al «caballero» de
-levita y chistera, por vergüenza de protestar se resignó, y ocupó una
-silla al lado de la chicuela, que, al abrir el álbum, le lanzó una
-ojeada inequívoca, incendiaria, con todo el descaro de los catorce años
-mal cumplidos. Ya al quedarse solo con la niña, le había ocurrido al
-estudiante que no pudiera deparársele ocasión más rodada y cómoda de
-echarse novia que la presente. Mortificábale un poco en su amor propio
-el que fuese tan chiquilla, porque una señorita de diez y ocho á veinte
-honraba más, y aquello olía á noviazgo de juego; pero al verla de
-cerca, con todos los indicios de la precocidad meridional, con su
-cuerpecito ya enteramente formado y su labio superior grueso y un poco
-remangado por el diente defectuoso, parecióle una mujer en miniatura, y
-dijo para sí:
-
---Me declaro.
-
-Declaróse en efecto, sin más preámbulos ni ceremonias, con frases muy
-retumbantes aprendidas en zarzuelas y comedias, en periódicos y bromas
-de estudiantes. La chiquilla, sin mostrar la menor sorpresa, fingía
-seriedad, enrollando un pico del lazo de su trenza, traída adelante con
-afectación de lucir el pelo, haciendo á la vez mil mohines y dengues de
-coqueta de oficio. Como el estudiante alzase un poco la voz, la niña
-murmuró:
-
---¡Chisss... Que están ahí, en el gabinete!
-
-Rogelio bajó el diapasón y apretó la súplica, aunque empezaban á
-cosquillearle unos fuertes impulsos de reir á carcajadas: y después de
-tres ó cuatro gestos negativos, la niña, sin más ni más, de golpe, dijo
-que _sí_.
-
---¿Me da V. una prueba de amor?--imploró Rogelio: y sin aguardar
-respuesta, se inclinó y la besó en el carrillo, figurándose que besaba
-el de una pintada muñeca, terso, rosado, insensible. Ninguna emoción, ni
-de placer ni de bochorno, reveló Inocencia al recibir el beso: antes
-cogiendo al estudiante por la solapa, indicó con mucha fe:
-
---Me parece que debemos tutearnos. Los novios de mis amigas se tutean
-con ellas.
-
---Bien, pues te tutearé... Ya te estoy tuteando.
-
-Ella recalcó con el mismo empeño y apresuramiento:
-
---También debemos escribirnos todos los días: todos, sin faltar uno. El
-novio de mi hermana Lucía le escribe unas cartas así..., una por la
-mañana, otra por la tarde, que aún es más.
-
---Corriente. Nos escribiremos. Me entenderé con la criada para que
-traiga y lleve la correspondencia.
-
---Y me darás un retrato tuyo. ¿No tienes fotografías? A mí no han
-querido papás dejármela sacar, hasta que me arranquen el diente; pero
-puedo darte pelo para un medallón. ¿Me lo corto ya?--añadió jugueteando
-con las puntitas rizadas de la coleta.
-
---No... Cuando yo te dé el retrato.
-
-La chiquilla se levantó rápidamente, y andando de puntillas, fué á la
-puerta del gabinete donde charlaban las señoras mayores. Regresó, con
-las mismas precauciones, gozosa.
-
---Creí que venía madrina. Pero no. Están de mucho palique.
-
-Dicho esto volvió á ocupar su sitio al lado del estudiante, y
-transcurrieron dos ó tres minutos sin que se dijesen palabra. La
-chiquilla esperaba, sorprendida de que no se le ocurriese nada á su
-novio; y al muchacho, por más que discurría, no se le venía ni esto á la
-boca. Sólo continuaba teniendo ganas de reir, unas ganas disparatadas, y
-para no estallar se cubría los labios y la nariz con el rico pañuelo de
-bordada inicial. La _novia_ reparó en el pañuelo, y observó vivamente:
-
---¿Qué letra es esa?
-
---Erre. Me llamo Rogelio.
-
---Ya te lo iba yo á preguntar. Siendo mi novio necesito saber cómo te
-llamas. ¿Qué pongo en los sobres de las cartas? Señor Don Rogelio...
-
---Pardiñas.
-
---Pardiñas, Pardiñas, Pardiñas...--Repitiólo muchas veces la muchacha,
-como si temiese olvidarlo; y después, encarándose con el estudiante, le
-interrogó con tono solemne:
-
---¿Nos hemos de casar?
-
-Aquí ya Rogelio no pudo aguantar el acceso de risa nerviosa, y la dejó
-salir por la boca, por los ojos, por el cuerpo mismo, cogiéndose la
-cintura, que le dolía con la fuerza de las carcajadas. Y sollozaba,
-echado atrás en el sillón:
-
---¡Ay... ay... me muero, me muerooó!
-
---¿De qué te ríes?--preguntó algo picada la niña.--Pareces tonto. Dime
-si nos hemos de casar, ea.
-
---Por supuesto que sí. Es que soy muy tentado de la risa. Déjame reir,
-que si no me pongo malo.
-
-Así que hubo desahogado, Inocencia le cuchicheó al oido:
-
---¿Pasarás mañana á las nueve de la mañana por esta calle? Yo estaré al
-balcón. A esas horas me asomo siempre á ver pasar la batería montada.
-Es muy bonita. ¿Tú qué carrera sigues?...
-
---Abogado.
-
---¡Lástima! No tienes uniforme.
-
-
-
-
-XIII
-
-
-A Rogelio, cuando iban terminando de bajar la escalera, le duraba aún la
-impresión burlesca del noviazgo, por lo cual no se cuidó de ofrecer el
-brazo, según acostumbraba, á doña Aurora. Un grito y un estruendo
-inesperados le helaron la sangre en las venas, al ver á la señora
-resbalar y precipitarse desde el último tramo yendo á caer sobre las
-baldosas del portal. Los grandes sentimientos tienen revelaciones
-supremas en las ocasiones supremas también; Rogelio ignoraba que hubiese
-cuerdas en su laringe y acentos en su voz para decir de un modo tan
-desgarrador y patético:
-
---¡¡Madre del alma!!
-
-Saltó á brincos lo que su madre había rodado, y en un abrir y cerrar de
-ojos la puso de pié, la reclinó en sus brazos y la apretó contra el
-corazón, palpándola con delirio, para cerciorarse de que no estaba
-muerta ni tenía ningún miembro fracturado. De repente lanzó una
-exclamación de horrible susto.
-
---¡Sangre, mamá!... Hay sangre... ¿Por dónde sangras? Aquí... ¡Jesús,
-sangre!
-
-En efecto, la cabeza había dado contra el filo de un peldaño, y asomaban
-unas gotas de sangre por la descalabradura. Aturdida como estaba la
-señora por la fuerza del porrazo, la angustiosa voz de su hijo la
-reanimó, y pudo decir con desmayado acento:
-
---No te asustes, rapaz. No fué nada... puedes creerme que no fué nada.
-Ya estoy así..., mejor.
-
---En esta portería no hay nadie... Voy á subir, á pedir vinagre, agua...
-
---No, hijo, no, por la Virgen... No llames, no alborotes. Llévame al
-coche poquito á poco. Para males y cosas así, cada uno en su casa.
-
-Temblando y trasudando frío, Rogelio condujo á su madre, casi en vilo,
-al coche, y á pulso la subió, recostándola en la esquina, mientras le
-hacía aire con el pañuelo, pensando con terror: «¿Habrá habido conmoción
-cerebral?»
-
---A casa, despacito--ordenó al cochero que se inclinaba lleno de
-curiosidad para ver qué sucedía. Y sin poder reprimirse, Rogelio abrazó
-á la señora, formulando la pregunta de todas las caídas:
-
---¿Pero mamá, cómo hiciste?
-
---No sé, hombriño... el pié se me escapó; sería culpa de los tacones de
-las botinas nuevas... ó me prendería en el volante del traje.
-
---Culpa mía, que no te di el brazo. Soy un bruto. ¿Dónde te duele? ¿Qué
-tienes ahora, mamá?
-
---No sé... Parece que me entra un síncope--respondió con voz débil la
-señora.
-
-De síncope eran las trazas, según el color mortal y el enfriamiento
-repentino. Rogelio estuvo á punto de gritar al cochero: «A una botica»;
-pero en esta incertidumbre y congoja, la señora volvió un poco en sí,
-hizo señas de encontrarse mejor, y el coche se fué acercando á la puerta
-de la casa. Al bajar Rogelio á su madre, ayudado del lacayo, la señora
-lanzó una queja.
-
---¿Qué te duele?
-
---Esta pierna... No, si no vale nada, no te apures.
-
-Enterada al vuelo de lo ocurrido, Esclavitud, sin inútiles aspavientos,
-con actividad y destreza, se dió prisa en aflojar á la señora, aplicarle
-vinagre á las sienes, desnudarla después y acostarla en su cama bien
-mullida. Doña Aurora se quejaba de arcadas, de angustia, de opresión, de
-náuseas continuas, y deseaba arrojar; por lo cual el estudiante pensó
-aterrado: «¡Adiós! conmoción cerebral tenemos». Llamó aparte á
-Esclavitud y la dijo atropelladamente: «Ten cuidado. Yo voy por Sánchez
-del Abrojo, y no me vengo sin él».
-
-Le trajo, en efecto, al cabo de dos horas; y el insigne médico, después
-de examinar detenidamente á la enferma y verificar un minucioso y hábil
-interrogatorio, tuvo que convenir en que había habido un poquito, nada
-más que un poquito, de conmoción cerebral... Unica terapéutica: quietud
-en la cama, silencio, dieta mientras no se aplacase el estómago. Las
-demás lesiones eran de escasa monta: la descalabradura de la frente no
-había pasado de la epidermis: la contusión en la pierna izquierda se
-reduciría á un cardenal más ó menos respetable. En suma, todo no valía
-nada. Quietud, y se acabó.
-
-Para cumplir el programa del facultativo, realizóse en casa de Pardiñas
-esa mutación de costumbres y ese cambio de aspecto que introduce siempre
-la enfermedad. La vida se reconcentró en el estrecho espacio de la
-alcoba y gabinete de la enferma. Rogelio y Esclavitud se declararon allí
-en sesión permanente, él recibiendo visitas de amigos, ella mudando
-paños de árnica, trayendo tazas de tila, quemando espliego y haciéndose
-cargo de órdenes dadas en voz baja y llaves confiadas con misterio sumo.
-«Que no le falte nada al niño... Su sopicaldo, su jerez... Cuidado con
-calentarle la cama...» A estas advertencias, que Esclavitud oía
-religiosamente, seguían gemidos ahogados. «Ay, la maldita pierna, como
-me escuece... Se me parte la cabeza de dolor».
-
-Ejercía Esclavitud sus funciones de enfermera con aquella asiduidad
-reconcentrada y muda que solía demostrar en todos los actos de la vida
-de relación. Salía y entraba sin que se percibiese el menor ruido de
-pisadas, ni crujido ó roce de ropa. Estaba en todo, y si faltaba de la
-alcoba, era á fin de manipular algún potingue en la cocina. Hasta se las
-arregló para tener tiempo de servir la comida á Rogelio sin desatender á
-la señora; pero de ella misma, no se averiguó jamás á qué hora había
-tomado algún sustento en aquel día memorable.
-
-Adelantada ya la noche, y recogida la casa, preparó cuidadosamente una
-lamparilla y la colocó en el suelo, de modo que su luz no ofendiese la
-vista de la enferma: después tomó una silla baja, que colocó cerca de la
-cabecera y en la cual se instaló. Como Rogelio permaneciese en la butaca
-del gabinete, acercóse á él y le suplicó en voz muy queda: «Acuéstese,
-señorito; no esté así». La enferma, que había empezado á aletargarse un
-poco, entreoyó la súplica, y la esforzó más. «Rapaz, á ver si te
-acuestas... No estás acostumbrado á velar, te va á hacer mucho daño...
-No seas loco, acuéstate... Me cuida divinamente Esclavitud». Mas no hubo
-forma de convencer á Rogelio, y el pleito se transigió resolviendo que
-se le pondría en el suelo una cama volante. La galleguita acarreó con
-extraño vigor dos colchones; batió silenciosamente las almohadas, y con
-igual silencio hizo la cama en toda regla. Rogelio no se desnudó más que
-de la americana y el chaleco; así, á medio vestir, se deslizó entre las
-sábanas, notando entonces el quebrantamiento corporal que sigue á los
-grandes sobresaltos y á las emociones profundas. Al mismo tiempo un
-recuerdo bufo cruzó por su memoria:
-
---¡Calle! ¿Y mi novia? ¿Se asomará mañana para verme?
-
-
-
-
-XIV
-
-
-Aunque rendido por las fuertes impresiones de la jornada, y casi
-tranquilo porque veía á su madre en estado bastante satisfactorio,
-Rogelio tardó mucho en conciliar un sueñecillo, y dió no pocas vueltas
-antes de quedarse traspuesto. Ni consiguió adormecimiento profundo y
-reparador, sino un dormir agitado, lleno de pesadillas, soñando siempre
-que se caía; caídas rápidas, infinitas, interminables, con la angustia
-de no llegar jamás al suelo, y de ver desde arriba el punto crítico en
-que iba á estrellarse. En uno de esos esfuerzos dolorosos é
-involuntarios que se hacen durante el sueño mismo ó para terminar la
-pesadilla ó para cambiarla, despertó atónito, y no recordando al pronto
-cómo podía ser que se encontrase allí, á aquellas horas, acostado en la
-alcoba de su madre, miró á su alrededor.
-
-Silencio absoluto. El cuarto estaba medio á obscuras, alumbrado por la
-lamparilla; la señora debía de dormir, porque se la oía respirar fuerte,
-roncar casi; y á su cabecera, el estudiante divisó á Esclavitud sentada,
-inmóvil, con los ojos abiertos y clavados en él, grandes y fijos. Un
-impulso irresistible le movió á llamarla, con voz de niño que, á causa
-de algún miedo nocturno, implora compañía.
-
---¡Esclavita! ¡Ps! ¡Esclavita!--cuchicheó.--Aquí.
-
-Se acercó la muchacha, deslizándose como una sombra, y se inclinó hacia
-Rogelio.
-
---¿Duerme mamá?
-
---Y bien que duerme.
-
---Pues yo ahora estoy despabilado. Dame conversación..., así, bajito,
-para que no la despertemos.
-
---¡Ay, señorito! ¿Y si vamos á molestarla?
-
---Que no. Habla bien despacito... y de cerca.
-
---¿No le era mejor dormir?
-
---¡Quiá! ¡Si supieras qué cosas tan tristes soñaba! No, más quiero velar
-ahora. Ponte aquí.
-
---¿Dónde?
-
---Sentada aquí, en el suelo. Si no no podemos hablar bajo... y
-despertaremos á mamá.
-
-Esclavitud aceptó la proposición incontinenti, y se tendió casi boca á
-boca con Rogelio, pero sin perder su aire púdico y reservado,
-manifestando bien en esto haber nacido en el país donde se ejecutan las
-acciones libres con más aire de decencia, y donde las mozas unen á la
-naturalidad bucólica el exterior honesto. El aliento virginal y fresco
-de la muchacha se mezcló por segunda vez con el del estudiante; pero le
-produjo una impresión muy diferente de la primera. Sea que el sustazo de
-la caída de su madre hubiese transformado todas sus sensaciones
-juveniles en sentimiento, sea que el lugar en que se encontraba no
-permitiese malas tentaciones, ello es que al tener tan próxima á
-Esclavitud y tan fácil cualquier desmán, ni se le pasó por las mientes
-intentarlo, y sólo notó una especie de efusión rara y cariñosa, un
-movimiento de ternura inexplicable, mientras sus ojos se llenaban de
-lágrimas. Alargando la mano y apretando con violencia la de la chica,
-murmuró:
-
---Esclava, ¡por poco se muere hoy mamá!
-
---¡Gracias á Dios que no fué nada, señorito!--contestó la muchacha
-correspondiendo á la presión.
-
---¿Y si muriese, qué hacía yo, di?
-
-No respondió Esclavitud, y obró sabiamente, porque el problema planteado
-era de los que no se resuelven con palabras. Estrechó aún más la mano
-nerviosa y febril, y sus ojos contestaron, en la penumbra, con larga
-mirada elocuentísima.
-
---Si muriese--prosiguió Rogelio dejándose arrastrar por aquel movimiento
-de sensibilidad involuntaria--ahí tienes; no me quedaba nadie en el
-mundo más que tú, nadie.
-
---¡Yo!...--balbució la muchacha, cuya diestra se estremeció en la del
-estudiante.
-
---Pues tú, y nada más que tú. Familia no la tengo; digo, allá en Galicia
-unas tías, con quienes estamos como el perro y el gato. Ya ves qué
-arrimo, chica. ¡Pues amigos...! ¡bah! dos ó tres... ahí en la
-Universidad... Amigotes que de poco sirven. Luego los viejos de la
-tertulia de mamá. Gran cosa. Todos van chocheando. Nada, Suriña..., tú y
-sólo tú.
-
-Hablaba así Rogelio medio incorporado, para mejor dejarse oir de la
-muchacha; y la necesidad de bajar mucho la voz, hacía parecer más
-persuasivo su acento, dándole el tono apasionado y reprimido de una
-confesión. Persuadido él, persuadía al auditorio. No se encontraba en
-estado de medir la trascendencia y el efecto de sus palabras, ni menos
-sospechaba que la sensibilidad y la bondad pueden ser en determinadas
-ocasiones más funestas que la cólera y el odio. En su emoción había
-mucho de nervioso, y las frases salían de sus labios provocadas por una
-reacción del susto de la mañana, como sale el gemido al golpe del dolor,
-que ni sabemos medirlo, ni de qué manera lo hemos articulado. Lo mucho
-que tenía aún de niño rebosaba en aquel desahogo cariñoso, y ni él
-aspiraba á más, ni más podía prever, dado que en momentos tales quepa
-ejercitar previsión.
-
---Tú, Suriña--repetía entregándose á las manos que con vigor casi
-convulsivo oprimían la suya.--¿Verdad que tú me quieres, y que me
-quieres mucho?
-
-Incapaz de responder con la boca, la muchacha afirmó enérgicamente con
-la cabeza.
-
---Ya lo sé. Si eso lo había adivinado yo; por eso te decía que no me
-quedaba nadie más que tú, y que á ti me arrimaba, ¿sabes? Aunque me
-dijeses que no, no te lo creería. Me quieres... y á mamá también.
-
---Pues es verdad--pronunció al cabo la chica recobrando el habla y
-apartándose un poco del estudiante.--Yo no sé qué me ha pasado á mí en
-esta casa, que le cogí así á modo de un cariño... un cariño muy
-grandísimo desde que entré por la puerta. Vamos, se me figuraba que
-estaba en la tierra otra vez. Como son personas de allá... En fin...,
-estas cosas me parece á mí que cuanto más quiere uno explicarlas, peor
-las explica. Lo que sé es que si me quedo con aquellas otras señoras,
-doy cabo de mí muy pronto.
-
---¿Y por qué estabas tan triste aquí los primeros días, Esclava?
-
---Verá... Porque pensé que V. me tenía tema.
-
---¡Yo tema!
-
---Sí señor. Cavilando en eso me vinieron unas melancolías muy hondas. Se
-me metió en la cabeza el _verme_...
-
---¿El _verme_?
-
---Le decimos allí así á uno... como un bicho, vamos, un gusano, una
-cavilación, para hablar verdad. Toda la santa noche pasaba á devanar la
-madeja... «¿Qué haré para que me pierda la tema el señorito? ¿Cómo me
-valdré para darle gusto?» Y lo más chocante de todo..., puede creerme,
-es tan verdad como que Dios está en el cielo..., que así tan negra como
-tenía el alma... no era como en la otra casa, no. De ésta no me querría
-ir ni hecha cuartos, más que de ella me echasen.
-
---Porque sabías que yo te quería, Sura.
-
---No señor, no; no lo sabía: á fe que pensé que aborrecida era. De la
-rabia que tomé me daban ganas de morirme.
-
---Yo sí que me muero de gusto con oírtelo. Ahí estás muy mal, chica.
-Pon la cabecita en mi almohada. Ahí va. Te la saco fuera para que te
-alcance.
-
-Esclavitud apoyó la cabeza en la almohada sin desconfianza ni esquivez,
-y los dos permanecieron un instante silenciosos, saboreando el momento.
-La endeble luz de la lamparilla señalaba en realce las facciones de
-Esclavitud, marcando los claros con pálida blancura, los obscuros con un
-matiz uniforme, entre gris y rosa. Parecía un fino grabado, y Rogelio
-expresó su admiración así:
-
---Suriña, eres preciosa.
-
-En esto doña Aurora suspiró hondo, y ambos se estremecieron, aunque su
-coloquio no pudiese en ningún modo graduarse de ilícito. La enfermera se
-puso de pié para enterarse de lo que ocurría. A los dos segundos estaba
-de vuelta.
-
---Duerme como una santa.
-
---Colócate bien otra vez. Quiero preguntarte una cosa. La mano. ¿Por qué
-te daba tan fuerte la manía de si me tendrías contento ó descontento?
-
---¡Ay! ¡No sé! Desde el primer día dije yo entre mí: si aquí no te
-quieren, Esclava, es que estás de sobra en el mundo. Ya viniste á él
-contra la voluntad de Nuestro Señor... Ya Dios te miró siempre con malos
-ojos... ¿No lo sabe, señorito?
-
---Sí que lo sé, Suriña... Pero eso es una atrocidad. ¿Cómo va á mirarte
-Dios con malos ojos?
-
-La muchacha medio se incorporó de un salto, con los suyos muy abiertos,
-espantada de ver que ya sabían lo mismo que ella se disponía á confesar.
-
---No seas boba--murmuró generosamente Rogelio.--Tú qué culpa tienes,
-mujer. Eso me puede suceder á mí, á cualquiera. El nacimiento no lo
-escogemos. ¡Simple!
-
---¡Si viese cómo me trabaja _eso_ allá dentro!...--articuló con
-vehemencia la muchacha, abriendo el corazón como si, próxima á
-desmayarse, desabrochase el corpiño para respirar.--Siempre estoy
-imaginando: «Esclava, á ti Dios no te puede querer bien. Nunca buena
-suerte has de tener, nunca. Ya desde que naciste estás en poder del
-enemigo, y buena gana tiene el enemigo de soltar lo que agarra. Por
-mucho que te empeñes en ser un ángel, estarás eternamente en pecado
-mortal. Ya lo tienes de obligación. Para ti no hay padre, ni madre, ni
-nada más que vergüenza cuando te pregunten por ellos. Y así, todo lo que
-hagas te tiene que salir del revés, y si te encariñas con una persona,
-peor, que Dios te ha de quitar aquel cariño.»
-
---Pues conmigo no te pasará nada de eso, Suriña blanca. Yo te quiero
-como si fueses hija del rey... Mamá también te quiere mucho; le entraste
-desde el primer día, ¿no sabes?
-
-Esclavitud, al oir este aserto, levantó la cabeza, clavando la vista en
-el lecho de la señora. Su mirada y su sonrisa querían decir varias cosas
-importantes; pero Rogelio no estaba en disposición de prestarse á
-entenderlas. El estado de su ánimo no era á propósito para
-razonamientos, sino para dejarse mecer dulcemente por el afecto que
-necesitaba como sedación y medicina. Viendo que no le producía
-Esclavitud las malas tentaciones de otras veces, pensaba que su cariño
-se había depurado, y que aquel juego anómalo era lo más inocente del
-mundo. O para decir toda verdad: estaba en una crisis de sentimiento, y
-ni pesaba ni medía sus promesas y sus afirmaciones. Era para él uno de
-esos minutos de la vida en que se obedece á la naturaleza íntima, al
-egoismo secreto, y se cede al gusto de sentirse querido y de hacerse
-querer más aún: quien está triste busca el consuelo, y el hambriento la
-comida.
-
---Mamá te quiere mucho--repitió.--¿Parece que no lo crees? ¡Boba! Pues
-si ella misma fué quien me riñó porque te trataba así, un poco
-fríamente... al principio. Ella me dijo que estabas disgustada por eso.
-
-Esclavitud bajó los ojos, sin duda para que delatasen sus pensamientos é
-intuiciones adivinatorias del porvenir.
-
---Mira--murmuró Rogelio--si vieses qué bien me encuentro así contigo.
-Hasta parece que me vuelven á entrar ganas de dormir, y ahora no habrá
-malos sueños ni boberías. Se me figura que dormiré lo mismo que un
-patriarca; pero hace falta que tú tengas la cachacita de estarte ahí al
-pié mío. Si te vas, me despavilo otra vez.
-
---No me muevo--respondió con firmeza la muchacha.--Así me quisiesen
-arrancar con tenazas, aquí me estoy.
-
---Bien, pues... me quedo dormidito. ¡Ay qué bueno!
-
-Paladeando la primera y dulce cucharada de beleño que nos da el reposo
-cuando sigue á un gran sacudimiento moral ó físico, Rogelio preguntó
-todavía:
-
---¿Suriña?
-
---¿Qué?
-
---¿Me quieres mucho?
-
-La respuesta la entreoyó nada más: por eso nunca estuvo bien seguro de
-que hubiese sido ésta, tan romántica é impropia de una aldeanita:
-
---Hasta la hora de morir.
-
-
-
-
-XV
-
-
-No obstante la explícita promesa, cuando Rogelio abrió los párpados
-después de un sueño tranquilo y bienhechor, vió á Esclavitud á la
-cabecera de su madre, sirviéndola una tacita de caldo. La señora,
-aliviada de la jaqueca, se quejaba mucho de la contusión en la
-espinilla. Poco después vino Sánchez del Abrojo, y le dió la razón
-asegurando que, según las trazas, aquella magulladura iba á presentar
-una degeneración erisipelatosa, por lo cual, para evitar los
-perniciosos efectos del frío sobre los tejidos, convenía la
-cama.--«Tampoco estaba yo capaz de levantarme aunque me diesen permiso»,
-advirtió la señora. «Me encuentro como si me hubiesen manteado y pegado
-después una tunda con sacos de arena. No tengo hueso que bien me quiera.
-Ahora es cuando noto yo las resultas del batacazo.»
-
-Rogelio tomó chocolate al pié de la cama de su madre, y manifestaba
-pocas ganas de moverse de allí; pero doña Aurora cayó en la cuenta en
-seguida. «¡Ay, ay, rapaz! A clase volando. Ya sabes que esos señores, y
-en particular Ruiz del Monte, no tragan las faltas de asistencia.
-Después llega el tiempo de los exámenes, y tenemos aquello de quién lo
-diría.»
-
-Fué necesario, pues, sacudir la pereza, ir al cuarto, chapuzarse con
-agua glacial, embozarse bien y salir á la condenada _fábrica de
-chocolate_, como llamaba Rogelio á la Universidad, fundándose en que en
-ningún sitio muelen tanto. Al dejar la atmósfera templada de su casa,
-despejado por las abluciones matutinas, y sentir el frío de la mañanita
-en los ojos y en los labios, notó Rogelio como si se rasgase un velo de
-niebla, y los recuerdos del día anterior se definieron y se aclararon
-del todo. A tales horas, su novia, la chiquilla del sobrediente, estaría
-colgándose del balcón para ver pasar primero á la batería montada y
-luego á él. Una oleada de risa estremeció el pecho de Rogelio al
-acordarse de tal episodio. «¡Qué pava, como dicen los simones! ¡Vaya un
-modo que tuve de echarme novia!» Después acudieron las reminiscencias
-nocturnas. «Yo no sé cómo estaba: la caída de mamá me puso turulato. Le
-dije á Esclava unas cosas estupendas. Aquello sí que parecía verdadera
-declaración amorosa, por todo lo alto. Aquello sí. Y que me puse
-conmovido, y que si me descuido, me echo á llorar. No, pues ella también
-estaba en punto de caramelo. Pero, bien mirado..., nada de lo que nos
-dijimos compromete á ninguno de los dos. Son cosas que las suelta uno...
-así... porque hay momentos... Si me pusiesen ahora en el apuro de
-explicar cómo se las dije, no podría. Me salían de dentro. Quizá esto
-sea _querer_; lo que es lo otro... es pura guasa. Bien; al menos _esto_
-de ahora, caso que mamá lo averiguase, no le daría tanto disgusto como
-_aquello_ que se me ocurría al principio. En lo de anoche no veo ningún
-mal». Y al cruzar un saludo á la puerta de la Universidad con el
-soñoliento bedel, sus pensamientos mudaron de dirección, y se le
-ocurrió: «Me luzco si hoy me preguntan la conferencia.»
-
-Por la tarde se llenó la casa de amigos, que habían sabido el percance y
-venían «á ofrecerse». Hubo hasta dos ó tres señoras, á las cuales se
-permitió entrar en la alcoba y dar conversación á la paciente, porque en
-la cabeza no tenía nada ya, y en consecuencia no la molestaba el ruido.
-Ni faltaron los tertulianos de costumbre, que se quedaron en el
-gabinete, haciendo compañía al _hijo de la víctima_, como se llamaba á
-sí mismo Rogelio bromeando. Se habló de las consecuencias que pudo
-tener el golpe: se dedicó media hora larga á inquirir lo que sucedería
-si la señora, en vez de poner el tacón así, lo pone asado. Sólo Laín
-Calvo, representante, al par que de la malignidad, del buen sentido en
-aquella reunión senil, hacíase más que nunca el sordo, limitándose á
-atizar la lumbre y á mirar las láminas y caricaturas de los periódicos
-ilustrados. Dos ó tres veces sacó su trompetilla del bolsillo, é hizo
-ademán de limpiarla é introducirla en el conducto; y otras tantas la
-volvió á guardar, sin más consecuencias. Pero la prueba evidente de que
-oía á las mil maravillas, fué que á pretexto de enseñarle no sé qué
-dibujos de _La Ilustración Ibérica_, se inclinó hacia el estudiante y le
-dijo con una mueca más de granuja que de sesentón:
-
---Niñín, no sé cuándo acaban estos estafermos de darte la lata. Cuidado
-que están hoy más memos que de costumbre. ¿A qué vendrá andar
-discurriendo lo que pudo suceder si pasase lo que no pasó? Ahora cuadra
-bien aquello de «Si como le dió en el pié le da en la pata... la mata.»
-
-Después se suscitó otra conversación, siempre relacionada con el magno
-suceso de la caída: y fué discutir si haría falta que alguna amiga se
-quedase á asistir á la enferma, porque para Rogelio no servían ciertos
-trajines; al fin no tenía experiencia, y era hombre. Pero aquí saltó Don
-Gaspar Febrero, llegando hasta robustecer sus aseveraciones con
-golpecitos del regatón de la muleta sobre el guardafuego de la
-chimenea.
-
---¡Pues si tiene la mejor enfermera que se habrá visto! ¡Señores! ¡Que
-no estará la amiguita doña Aurora bien cuidada con la simpática
-Esclavitud! De fijo que parecerá una Hermana de la Caridad. No se
-compadezcan de Aurora: compadézcanse de los pobres que no tendremos una
-Esclavitud á la cabecera si nos llega la de cerrar el ojo...
-
-La tertulia en masa protestó, excepto Laín Calvo, el cual parecía muy
-entretenido en ajustarse la trompetilla.
-
---V., don Gaspar... ¡Pues si V. nos enterrará á todos! ¡Digo: apenas si
-está fuerte el hombre! Igual que un muchacho.
-
-Meneó la cabeza Don Gaspar, pero con aire tan sereno y olímpico, con
-tanta vida en las correctas facciones, que más parecía un semidiós de la
-Grecia afirmando su inmortalidad, que un viejo de nuestra angustiada
-época anunciando la caducidad de la vida.
-
---La verdad es--intervino Laín Calvo--que todos estamos hechos unos
-pellejos podres, y que ya, si nos tocan, nos reducimos á polvillo como
-las momias del Perú. ¿No decía eso, Don Gaspar?
-
---Decía--le gritó Rojas--que para cuidar de sus males quiere á
-Esclavitud, la doncella de doña Aurora.
-
---¡Aire!--exclamó el sordo.--No, pues con los cuidados de una rapacina
-así, pronto se va un viejo á la sepultura, aunque esté hecho un roble,
-caray. A no ser que sea como el rey David...--Y añadió encarándose con
-Rogelio.--¿Qué dice á esto el rapacín de la casa? ¿Quiere cederles la
-niña guapa á los vejetes? ¿No protesta?
-
-Ya por el modo como lo dijo, ó ya porque la conciencia de Rogelio tenía
-alguna razón para sobresaltarse, ó porque su inexperiencia y poca edad
-no le permitían aún el aplomo que se requiere en tales casos, Rogelio se
-puso como la grana (lo cual se notaba más en él por su morena palidez
-habitual), y contestó tartamudeando:
-
---No, yo... Yo... al señor de Febrero...--Y para su coleto
-decía:--«¡Sordo del diablo! Oyes tú más... Hasta oyes crecer la hierba.»
-
-Los preparativos para la noche no se diferenciaron de los de la
-precedente, sin otra variación sino que, á fin de no viciar el aire, la
-cama de Rogelio se colocó en el gabinete, pero comunicada con la alcoba
-por medio de la puerta abierta. La enferma tardaba en coger el sueño,
-quejándose de dolores, de inflamación en la pierna dichosa, y de un
-molimiento inexplicable: Rogelio, al apoyarle la mano sobre la frente,
-notó algún calorcillo, observación que tuvo desvelado al estudiante, sin
-que dejase de alterarle también la idea de si Esclavitud iría ó no á
-darle un rato de palique, lo cual temía y deseaba. En esta zozobra se
-adormeció por fin; y medio entre sueños, hacia eso del amanecer, vió
-acercarse á la muchacha, que se inclinó y le dijo rápidamente: «No
-puedo apartarme de allí. Pide mucho de beber. Se queja que le duele
-aquí y que le duele acullá: es el mismo retumbo del golpe.» Y Rogelio,
-desalentado, murmuró: «Bien, Suriña.» Pero con aquellas malas nuevas ya
-no pudo volver á prender en un sueño seguido. ¿Habría peligro? ¿Sería
-principio de una fiebre? El médico, que vino temprano, le quitó la
-aprensión. «Todo esto es la repercusión de la caída. La calentura,
-insignificante. La inflamación la vamos á combatir... Deme V. papel.
-Esta tarde ya se notará la mejoría.» Por la tarde, en vez de la mejoría
-anunciada, se advirtió algún recargo, pero al anochecer se indicó el
-alivio, y á las diez la señora cenó con mucho apetito un ala de gallina.
-«¡Ay... alabado sea Dios!--decía.--Parece que se me han sosegado mis
-huesos. Sentía allá dentro una opresión... Rapaz, me parece que ya
-tenemos mujer.» A este alegre vaticinio siguió una calma profunda, y á
-cosa de la media noche doña Aurora gozaba de un descanso de
-convaleciente, tan profundo y apacible, que casi no se le notaba la
-respiración.
-
---Hoy sí que viene volando--pensó Rogelio, decidido á no adormecerse y
-sintiendo, á pesar de sus sofismas para no dar á _aquello_ importancia
-ninguna, un rebullicio en el sistema nervioso, y en el corazón un
-desordenado latir.
-
-
-
-
-XVI
-
-
-Vino en puntillas, mostrando viveza y júbilo que contrastaban con su
-acostumbrada reserva, y se acurrucó en el piso como gata favorita al pié
-de la cama de su dueño. Este, sin embargo, no le dedicó sus primeras
-palabras, sino que instintivamente las consagró al verdadero amor de su
-vida, á la mujer que le había llevado en su seno y que reposaba allí á
-dos pasos.
-
---¡Pero ves qué gusto, Esclava! Mamá se ha puesto casi bien del todo.
-Parece mentira. Me ha dado un susto de órdago. Esta mañana, cuando me
-dijiste que estaba así... no pude dormir ya más.
-
-Esclavitud, antes de contestar, miró al estudiante de un modo raro por
-lo penetrante y profundo.
-
---Bien que le recé á mi patrona la Virgen de la Esclavitud para que la
-señora se aliviase. Le ofrecí también una misa. Ya ve cómo la Virgen me
-ha hecho caso, señorito.
-
---¡Ya se ve! Tú debes de tener vara alta en el cielo.
-
---Sí, señor...--murmuró la muchacha.--La tengo. Para conseguir todo lo
-que es contra mí.
-
---¡Contra ti!--articuló Rogelio asombrado y un tanto receloso.--¿Y es
-contra ti el que mi madre sane?
-
---Como sanar...--balbuceó Esclavitud--como sanar... no, señor, y quiera
-Dios llevarme á mí antes que á ella. Pero en acabándose el mal, se acaba
-la vela, y en acabándose la vela... se acaban estos ratos.
-
-La explicación halagó la vanidad de Rogelio, afirmándole una vez más que
-era querido, y no á la manera de los niños, sino del modo que quiere al
-hombre la mujer, punto en que consistía toda la gracia de tan singular
-comercio, que no se atrevía á llamar, ni aun en sus adentros, amoroso.
-Aquellas palabras, dulces por el mismo acento hosco y dolorido con que
-la muchacha las pronunció, impulsaron á Rogelio á alargar el brazo, y
-cogiendo la bonita cabeza de su amiga, la arrimó á su pecho y la
-estrechó con ternura. Esclavitud respiraba tan anhelosamente, que
-Rogelio la dijo en tono afectuoso:
-
---Ya te suelto... No quiero hacerte daño, ni sofocarte.
-
---Daño, no--murmuró la muchacha.--Daño, no.
-
-Rogelio no volvió á estrecharla. Ninguna violencia tenía que imponerse
-para respetar á Esclavitud, allí, al borde de la cama de su madre, y en
-aquellas efusiones de carácter más fraternal que apasionado, cuyo
-verdadero sentido y objeto ni él mismo acertaba á definir. Sólo se
-deslizó á pasar la mano repetidas veces por el pelo rubio, revuelto y
-abundante. A la vista parecía más sedoso el pelo de Esclavitud; pero de
-todos modos, era muy agradable acariciar la madeja ondeada y tibia.
-
---¿No quieres dormir un poquito?--le propuso.--Llevas dos noches en
-vela y debes de estar molida. Si mamá rebulle te despierto. Yo al fin he
-de estar despabilado...
-
-Negóse Esclavitud. ¡Velar tres noches! Gran cosa. Cuarenta días sin
-desnudarse había pasado á la cabecera del cura, en su última enfermedad,
-sin tomar otro descanso sino recostarse á ratos, en una silla vieja, á
-descabezar una siesta de cinco minutos... ¡Velar tres noches! Velaría
-ella un trimestre.
-
---Pues si no has de dormir, entretenme. Cuéntame algo.
-
---¡Ay, señorito... pues buena persona ha ido á buscar para contarle!...
-Quien no sabe nada...
-
---¡No has de saber, boba!... Háblame de allá, de la tierra nuestra.
-Tengo unas ganas atroces de que me cuenten de allí. Cuando salí era un
-tapón. Casi no me acuerdo.
-
-Al oir nombrar la tierra, los ojos verdes de Esclava fulguraron en la
-obscuridad, como los de los gatos.
-
---¿No se acuerda nada, señorito?
-
---Te diré... Apurando la memoria, me parece que veo, así..., muchos
-campos verdes, y el mar muy alborotado y muy verde también... Ello es
-que si me acuerdo, es de un modo confuso. ¿Sabes lo que tengo más
-presente? Un marinero que me cogía en brazos para bañarme; á ese parece
-que le estoy viendo ahora mismo, más negro que la brea, y apestando á
-sardina.
-
---¿Y por qué no va allá á ver otra vez todo aquello?
-
---Este año, ó poco he de poder, ó he de convencer á mamá de que vaya.
-Pasaremos por Marineda y Compostela. Veremos la provincia de Pontevedra
-y la de Orense. Nos atracaremos de ostras y de langosta fresca. ¡Allí sí
-que sabrá á gloria! Te llevaremos. Ya verás.
-
---¿A mí?--articuló la muchacha meneando la cabeza.--A mí, ya verá como
-no.
-
---¿Por qué, tonta?
-
---Cuando se me pone una cosa en el corazón, acierto siempre; y se me ha
-puesto que ver no veo más la tierra.
-
---¡Anda, pájaro de mal agüero! Déjame salir del aprieto de los
-exámenes... y después... ¿Conque la tierra es muy bonita? Cuenta,
-cuenta. ¿Cómo es? Aseguran que es la más linda de todas las de España.
-
---Y de las del mundo todo, ya se lo dije--contestó con gran persuasión
-Esclavitud.--Si viese las rías de Pontevedra... quedaba lelo. ¡Si viese
-echar el cedazo de la sardina!
-
---Será precioso. Ya me estás abriendo el apetito. ¿Y las romerías, con
-su tamboril y su gaita?
-
---Vale más una fiesta de aquellas--aseguró muy formal la chica--que
-todas las diversiones de Madrid. Yo allá era bien alegre, y todos los
-domingos bailaba: aquí parece que se me ha caído la paletilla.
-
---¿Y qué es eso de la paletilla? Sepamos.
-
---Un hueso que tenemos en semejante parte--respondió señalando al
-pecho--que cuando se cae es como si le cayese á uno el alma: se va uno
-quedando mustio, mustio... vamos, así, muy triste, y amarillo, y sin
-voluntad de comer, hasta que después de algún tiempo, si no se la
-levantan á uno, se muere.
-
---¿Tú crees en eso, chica?
-
---Si es la verdad. Algunas personas dicen que todo lo de la paletilla es
-una brujería; pero yo he visto ya dos ó tres que se fueron al otro
-mundo, por no querer que se la levantasen.
-
---Pues Suriña, á veces parece que también se me ha caído á mí la
-paletilla dichosa, porque paso esplines y se me quitan las ganas de
-probar bocado. Tengo metido en la cabeza que así que vaya á la terriña
-me pondré magnífico, hecho un animal de gordo..., así.--Al decirlo
-inflaba los carrillos, para demostrar cómo pensaba ponerse.--Aquí
-siempre seré un fideo. Esta vida no es para echar buen pelo, no. Cuenta,
-anda, cuéntame de allá.
-
-Esclavitud obedeció y empezó á contar sin orden ni genio descriptivo
-alguno, pormenores que, mejor que á la tierra, se referían á su
-biografía propia. «Siendo yo chiquilla, ocurrió esto y aquello... Una
-tarde que salí yo en Marín á la pesca de las xardas... Cuando yo
-aprendía á hacer encajes con los palillos... Un día que cocíamos la
-hornada en nuestro horno...» Esta misma personalidad de la narración le
-prestaba singular encanto para Rogelio. Al hablar la muchacha, parecióle
-que sus desvanecidos recuerdos infantiles tomaban cuerpo, se destacaban,
-y se le aparecían claros y distintos. El cuarto se llenaba de olores de
-campo, á menta, á anís, á hierba recién segada. La ilusión fué tan
-fuerte que arrimó á sí la cabeza de Esclava y la olió.--«Hueles no sé á
-qué... así como á flores, á aldea». Mientras la chica hablaba, se le
-ponía á él entre ceja y ceja, más fuerte que nunca, el capricho de ir
-_allá_. «Si no voy allá, no soy nunca hombre. Es lo primerito que he de
-pedirle á mamá cuando se levante. Es una rareza no haber ido ya á
-veranear allí, en vez de aquel San Sebastián, tan apestoso y con tanto
-gentío. En sentando los piés en la terriña, doblo y me pongo lo mismo
-que un becerro bravo.»
-
---¡Ay señorito!--murmuraba la voz de Esclavitud--¡qué fea y qué seca me
-pareció toda esa tierra que se pasa para venir aquí! ¡Jesús, María! Ni
-un triste árbol, ni un regato, ni una mata verde... ¿Cómo viven los
-labradores ahí?
-
---Mejor que allá, infeliz. Esta es la tierra que da el pan y el vino,
-mujer.
-
---¡Mi madre querida! En esa secura parece increíble que contenta esté la
-gente. Luego ¡faltarles la vista del mar! Cuando uno ve el mar,
-mismamente parece que ve la grandeza de Dios. ¿No es cierto que sólo
-Dios podía hacer aquella cosa tan grandísima? ¡Y lo que sale de él!
-¡Aquellas conchitas tan monas; tantísimas clases de pescados; la
-sardina, que es el mantenimiento de los pobres!
-
---Hablas como un libro, Esclavita. No me extraña que diga tu apasionado
-Nuño Rasura...
-
---¿Quién?
-
---El señor de Febrero, mujer...
-
---¿El ancianito de la muleta?
-
---Ese... Pues dice que tú eres un tesoro. Has de saber que está muerto
-por ti.
-
---¡Bah!... No haga burla.
-
---De veras. Como que quiere llevarte consigo á su casa. Se cree que
-acabará por ofrecerte su blanca mano y su pata coja. Ha concebido por ti
-una insensata pasión, que le arrastrará al sepulcro en la flor de sus
-años, en la risueña edad de las ilusiones, á los ochenta y seis abriles
-no cumplidos.
-
---Bueno, bueno... Malpocado de señor, ni con sus piernas puede.
-
---Calla, ingrata mujer, ó mejor dicho, hipócrita. Nada conseguirás con
-disimular la profunda impresión que han hecho en ti sus rizados
-cabellos...
-
---Sí, de difunto--observó humorísticamente la muchacha.
-
---Las perlas de su dentadura, y la esbeltez de su talle. Pero no te
-compongas, infiel, que yo no te permitiré seguir á ese Tenorio. No harás
-traición á tus deberes, ó morirás á mis manos. Te arrancaré el corazón
-si me vendes.
-
-Le deshizo cariñosamente las conchas del pelo, y murmuró bajito:
-
---Suriña no se va con el viejo. Suriña es para mí. ¿Quién se la quería
-llevar? Que se limpien, que se limpien. Suriña es mía.
-
-
-
-
-XVII
-
-
-Doña Aurora se encontró tan aliviada el día siguiente, que ya pudo
-levantarse un par de horas, y á la noche insistió y porfió en que su
-hijo no se quedase en el cuarto. «No me conviene», advirtió. «Te
-acuestas ni desnudo ni vestido; tardas en dormir; te entra el
-aburrimiento; te pones de palique con Esclavitud, que bien os oí anoche
-entre sueños, y luego amaneces desemblantado y desganado». Cuando la
-señora hablaba así, andaba la muchacha por el cuarto arreglando no sé
-qué cosas, y se volvió de espaldas precipitadamente, sin duda para
-recoger mejor la abrazadera caída de una cortina, operación en que se
-entretuvo bastante tiempo. En cuanto al estudiante, clavó en su madre
-los ojos, sobrecogido; pero aquella querida fisonomía, tan poco avezada
-á disimular sus impresiones y tan conocida para él en sus menores
-repliegues, no expresaba nada más que lo que en voz alta habían
-proferido los labios, y el estudiante, respirando mejor, accedió á
-retirarse á su cuarto aquella noche. No dejaba su madre de llevar razón
-asegurando que le faltaba sueño. En la edad del pleno desarrollo, no
-robustecido aún después de una niñez si no precisamente enfermiza, al
-menos delicada, su fina organización se resentía de cualquier cosa, y
-las tres noches de media vela le traían ya algo lacio. Sin embargo, al
-recogerse á su alcobita, experimentó una impresión de pena y de soledad.
-Acostumbrado á una atmósfera de ternura y de mimos, á andar envuelto en
-algodón en rama, era codicioso de cariño, y bastáranle dos días para
-contraer el hábito de aquellos tiernos y extraños coloquios, á deshora,
-con una mujer que le ofrecía tal cantidad de afecto y de adhesión, que
-ni su propia madre, al parecer, derramaba más profusamente el amor sobre
-su cabeza. Si Rogelio pudiese analizar al microscopio sus sentimientos,
-vería que buena parte del encanto de Esclavitud consistía en que allí él
-era quien mandaba, y que la mujer de veinticinco años que al pronto le
-tuvo por un chiquilicuatro, un _rapaz_, ahora estaba á sus órdenes,
-sumisa, como _esclava_ verdadera. Con la madre, por más amante y tierna
-que fuese, Rogelio siempre se reconocía súbdito: la costumbre de
-respetar y obedecer se le imponía, manteniéndole en perpetua infancia.
-Con la doncella, podía en cambio satisfacer su pueril vanidad y á la vez
-su oculto y mal definido anhelo de vestir la toga viril, atributo de la
-dignidad humana.
-
-Por eso le causó gran disgusto la interrupción de veladas tan sabrosas.
-A punto estuvo de escurrirse de puntillas á eso de la una, y sorprender
-á _Suriña_, para alegrarle aquella cara que se le había puesto de una
-legua. Pero ¿y si los cogía su madre? Creería todas las cosas malas;
-tendría una desazón horrible; recaería; acaso despacharía á
-Esclavitud... El instinto de cautela, que en los movimientos pasionales
-se despierta como contrapeso á la fiebre de las determinaciones
-radicales y de los insensatos extremos, le aconsejó cierto tino; y al
-otro día, como viese á Esclavitud descolorida y con las facciones
-afiladas, la acorraló en un rincón del pasillo, y la dijo entre bromas y
-veras: «Suriña, no me pongas esa cara de viernes. Esta noche me acordé
-mucho de ti, y de nuestra charla. Se me pasaban ganas de ir, pero no me
-atreví. Cuidadito, por causa de la pobre mamá. Anda, Esclava, sonríe á
-tu señor.»
-
-Bastó esta pequeña satisfacción para que la muchacha apareciese con
-mejor semblante, y aun se manifestase en apariencia contenta y segura.
-Rogelio había hecho su composición de lugar, mitad por instinto de
-prudencia, mitad por filial respeto: «Ahora, que sane mamá del todo: que
-se reponga: á eso estamos. Mientras no se consiga verla fuerte y buena,
-que Esclavitud la cuide, y se acabó. Pero mamá se encuentra muy
-aliviada, y va á entrar en convalecencia: dentro de ocho ó diez días no
-quedará rastro del percance. Entonces tenemos tiempo de echar todos los
-paliques que se nos antoje. Porque mamá sale á la calle, ó se entretiene
-con su tertulia, y... perfectamente. Se lo he de decir á Sura para que
-se ponga más alegre todavía.»
-
-Atisbó la ocasión propicia de comunicarle este agradable proyecto.
-Sujeta incesantemente en el cuarto de la enferma, Esclavitud aquellos
-días no pisaba el del estudiante: era preciso tomar por centro de
-operaciones el pasillo, y Rogelio se propuso esperar á la chica en él
-por la tarde, pues la mañana se le iba entre almuerzo y cátedras. Hacia
-eso de las cuatro, el entrar y salir de los amigos en la tertulia
-introducía en la casa cierta animación y desorden favorables al intento
-de Rogelio. Y la tertulia aquellas tardes se encontraba muy concurrida,
-porque el género de enfermedad de la señora, no incompatible con la
-charla y la bulla, imponía á sus amigos el deber de acompañarla. No sólo
-venían los «señores» sino también el personal femenino, compuesto casi
-todo de modestas amas de casa, que por carecer de la desahogada fortuna
-de doña Aurora, sólo de tarde en tarde podían permitirse el lujo de
-hacer visitas, no sin meditarlo antes á fin de darse á luz con la
-decencia conveniente en la familia de un magistrado. Aquella tarde
-vinieron dos señoras que acostumbraban dejarse ver muy poco: la del
-presidente de Sala D. Prudencio Rojas, y la del ex-Fiscal D. Nicanor
-Candás, por mal nombre Laín Calvo. Si un pintor quisiese simbolizar la
-Dignidad envuelta en los cendales de la Modestia, bastábale copiar
-fielmente el porte y rasgos de la señora de Rojas. Para quien no tuviese
-el alma dañada y torcida, ó embotada la sensibilidad, había algo en
-aquella mujer sencilla, socialmente insignificante, que obligaba con
-categórico mandato á inclinarse y descubrirse. En su abriguito de
-terciopelo negro ya raído, escrupulosamente limpio, trabajosamente
-puesto al aire de la moda después de ocho ó diez arreglos quizá; en su
-capota cuyos encajes descubrían el brillo de la plancha casera; en sus
-guantes nuevos, comprados para la circunstancia, de dos botones no más,
-de color sufrido y obscuro; en sus aretes antiguos,--una roseta de
-minúsculos diamantes;--en sus blancos cabellos, alisados y pegados á las
-sienes con el supremo decoro de una reina viuda que ha renunciado á
-agradar, se revelaba más valor, más sufrimiento, más secreto heroismo
-que en los harapos de ningún pordiosero, ni en el uniforme de ningún
-inválido, ni en el sayal de ninguna monja. El viviente comentario y tal
-vez la mejor clave de la rígida integridad del marido, era la aureola de
-paciencia doméstica y de serena aceptación del sacrificio cotidiano que
-resplandecía en la esposa. Lo que tenía Rojas de duro y leñoso en su
-modo de entender y rendir estrictamente la justicia, lo suavizaba la
-dulzura de su mujer, á quien Roma hubiese conferido el cargo de
-sacerdotisa de la piedad doméstica. Aquella matrona no había preguntado
-jamás, ni aun á sí misma, la razón de que su vida conyugal fuese un
-continuado acto de abnegación que duraba ya treinta y tantos años: sabía
-que en su casa se adoraba el inflexible simulacro del Deber poniendo en
-el mismo altar la estatua sobredorada de la Decencia, y sin una protesta
-se había consagrado al culto de ambos númenes.
-
-No cabía mayor contraste que el de la señora de Rojas y la de Candás.
-Como en la magistratura se tienen muy en cuenta los antecedentes de
-familia, no es posible dudar que una esposa tan cursi, que según malas
-lenguas había sido posadera en Gijón, influía bastante en ciertas
-sombras que un tiempo empañaron el buen nombre del Fiscal, y era motivo
-para que sus compañeros, molestados por tener que seguir trato con ella,
-mirasen á su esposo con una prevención que crecía al fijarse en la
-incorregible mordacidad, burlón escepticismo y sordera intermitente del
-asturiano. La señora de Candás, gordinflona, con una lupia al margen del
-ojo izquierdo, muy empavesada, luciendo siempre vestidos llenos de
-faralaes y capotas que parecían garitas ó peroles, hablando medio en
-bable, llamando á su marido _este_, y contando delante de cualquiera
-indisposiciones propias para sepultadas en el silencio más profundo, era
-el tipo perfecto de la ordinariez incurable, enquistada, que resiste al
-buen ejemplo, al aire de la corte, al cáustico de la burla y al roce de
-la corriente del tiempo, que desgasta y pule, como la del mar, las
-piedras más toscas. Si Don Nicanor probó alguna vez á civilizar á su
-costilla, seguramente había renunciado á ello muchos años hace; y
-además, los compañeros aseguraban que para desasnar á Pachita tenía que
-empezar Don Nicanor por darse una mano de barniz á sí propio, y suprimir
-las crudezas de su conversación, el desentono de sus modales y el mal
-gusto de sus opiniones,--porque hasta las opiniones eran de mal gusto
-en el Fiscal, ó al menos lo parecían por la forma de expresarlas.
-
-Lo evidente es que, encontrárase ó no al nivel de su Pachita,--y acaso
-sólo le llevaba de ventaja la agudeza del ingenio y la superioridad de
-la instrucción masculina,--Don Nicanor se mostraba á veces como
-avergonzado de su mitad. Quien se apostase aquel día en casa de doña
-Aurora y viese entrar primero al señor de Rojas y luego al señor de
-Candás en compañía de sus respectivas mujeres, podría, sólo con aquella
-observación, deducir la vida psíquica de ambas parejas y ambos hogares.
-Rojas había ofrecido á su mujer el brazo por la escalera, adelantándose
-á tirar de la campanilla; y, al cruzar la puerta, se hizo atrás
-cortésmente, no sin llegar después á tiempo de alzar el portier del
-comedor (donde ya había vuelto á instalarse la tertulia). En el modo de
-colocarse á su lado, en el de asociarse á sus protestas de interés por
-la salud de la madre de Rogelio, rebosaba la misma consideración, el
-mismo delicado sentimiento de reverencia familiar, si así puede decirse;
-y el magistrado, respetando á su compañera, mostraba respetarse á sí
-mismo. El señor de Candás, al contrario, entró con el sanfasón de todos
-los días, y por poco suelta á su mujer en el mismo rincón en que había
-colocado el paraguas. Parecía como si Pachita y su esposo se hubiesen
-encontrado por casualidad en la escalera, sin conocerse, ni haber sido
-presentados. Pero hubo más. Mientras el señor de Rojas, conversando en
-igual tono deferente con su mujer que con doña Aurora, no se movió del
-asiento hasta que la señora de Rojas hizo la clásica indicación, «cuando
-quieras, Prudencio, nos iremos hacia casa», el señor de Candás, de
-repente y cortando una arenga de Pacha sobre lo rancio y caro que era en
-Madrid el _tocín_, dijo con el peor estilo del mundo:
-
---Ea, Pacha, cállate y larguémonos, que es hora.
-
-Salía el señor de Candás, sin duda para enseñar el camino á su mujer,
-que aún quedaba empantanada en los cumplimientos de despedida, á tiempo
-de espantar un grupo de dos personas que hacia el fondo del recibimiento
-se secreteaban con calor. Nadie ganaba al socarrón del astur en el arte
-de hacerse el sueco; pero ver... ¡carapuche si vió! Tanto, que al salir
-de la casa aún retozaba una risilla en las arrugas de su volteriana faz.
-
-Lo que Rogelio le decía con tanto entusiasmo á la muchacha era esto:
-
---Suriña, la gran noticia. Este verano iremos allá... todos. Ya mamá me
-lo tiene ofrecido.
-
-
-
-
-XVIII
-
-
-Encontrábase la señora de Pardiñas completamente dada de alta y se
-discutía la oportunidad de una salida á pié, cuando cierta mañana, á la
-hora en que Rogelio tenía su clase de economía política, que para tales
-visitas era deshora, llegó Don Nicanor muy bien humorado y cordialísimo.
-Se hizo el sorprendido de no encontrar allí á ninguno de los
-acostumbrados tertulianos; á lo cual doña Aurora, que se consagraba á la
-fabricación de unas medias de abrigo, respondió muy cuerdamente que
-faltaban dos horas lo menos para la de la tertulia, y por consiguiente
-no tenía nada de extraño que la gente no hubiese llegado. Pero Laín
-Calvo no debió de oir esta observación, porque conservaba en el bolsillo
-la trompetilla, limitándose á formar con la mano un embudo acústico.
-
---¿Diga, Aurora, no ha notado una cosa?--preguntó después de
-repantigarse en la butaca, sobre cuyo ancho respaldo estaba ya señalada
-la forma de sus lomos.
-
-Doña Aurora levantó las pupilas como el que dice:--«No; es decir, ¿yo
-qué sé? Haga V. él favor de explicarse».
-
---¿No se ha fijado el otro día... cuando vinimos de visita Pacha y yo...
-
---Sí, sí; ya... el viernes.
-
---¿La mujer de Rojas, qué abatida estaba?
-
---¡La pobre! No es muy animada nunca; pero tampoco se la ve displicente.
-¡Mujer de más mérito! Vale un Perú.
-
---No, ella bien se esforzaba en hacer de tripas corazón: ¡pero se le
-conocía! Sobre todo, los que estábamos en autos.
-
---¿Pues qué ha pasado? ¿Tienen algún disgusto serio?--preguntó ya
-consternada la señora de Pardiñas, que estimaba y quería muy de verdad á
-la de Rojas.
-
---El Joaquín... el hijo, el juez... me le han vuelto á trasladar desde
-un extremo á otro de España, á los dos meses de la primera traslación, y
-estando su señora para dar á luz. Así se convencerán de que aquí no se
-puede hacer el quijote, ¡carapuche! ¡Mire que un rapaz que empieza la
-carrera, y para estreno se le ocurre tenérselas tiesas con un alto
-cacique de las agallas de Colmenar, á quien le guarda las espaldas el
-ministro del ramo! Ya verá, ya verá que no se pueden gastar bromitas con
-esos nenes. Y ya comprenderá lo que importan aquí legalidades. ¿Que no
-se puede trasladar á los jueces más que á instancia suya? Pues se pone
-en la Real orden: «A instancia suya», y tan guapamente. Ya hubo alguno á
-quien le encajaron la cesantía «á instancia suya». Y cuando protestó le
-salieron con «¿V. desacata al ministro?»
-
---Pero señor Don Nicanor, eso honra mucho á la familia de Rojas, y al
-muchacho, que por lo visto es de la escuela de su padre. Gente íntegra
-así, se ve ya muy poca. Yo nada entiendo; pero recuerdo que aquí se
-hizo conversación del asunto, y se dijo que querían que Joaquín Rojas se
-prestase á una picardía tremenda, á un despojo que importaba...
-
---¡Mire V.--añadió Laín Calvo prosiguiendo en su sordera--que ir un
-mequetrefe como él á cuadrarse delante del Ministro! Los Rojas tienen
-vena. _Talis pater_... Farol el padre, farol el hijo... Es decir, el
-hijo todavía más farol, aunque parezca mentira. Porque el padre al menos
-no se mete en camisa de once varas: al texto de la ley y se acabó. ¿Que
-el Código dice blanco? Pues blanco. ¿Que dice negro? Negro. Rojas es una
-máquina de aplicar la ley. Si la ley hoy trajese azotes, y cortar las
-orejas, andaría Rojas desorejando y vapuleando á la gente. ¡Pero el
-chiquillo!... Porque se ha leído unas chapucerías alemanas é italianas,
-traducidas en gringo, se las echa de sabiondo y de fi-ló-so-fo.
-¡Fi-ló-so-fo un xuez! ¡Home, qué farolería!
-
---Pues á mí,--arguyó doña Aurora sin alzar la voz, porque sabía á qué
-atenerse respecto á la sordera del Fiscal,--me parece que en todas las
-profesiones puede un hombre portarse con dignidad y con decencia. Les
-tengo á los Rojas, por eso, una simpatía grandísima.
-
---Y claro,--siguió Laín,--ahora lo de cuartos anda mal. En aquella casa
-ni se enciende estufa, ni se come principio, ni se hace café. No le
-llega el sueldo para traslaciones; se ha casado con una chica que no
-tiene un ochavo, y así que la cosa apremie, ya bajará el gallo el
-señorito. La necesidad enseña más que las Universidades. Ya le domarán.
-Como un guante estará dentro de un año.
-
-Persuadida de que no conseguía nada con protestar, doña Aurora
-continuaba menguando el talón de su media, limitándose á hacer gestos
-negativos, porque su genio vivaracho no le consentía asentir á las
-atrocidades del maligno sordo.
-
---Todos allá cuando rapaces empezamos por echárnoslas de plancheta... ¡y
-luego amainamos, vaya si amainamos! O si no, es querer pasar una vida
-miserable. Ya verá V. como el ramalazo que ha cogido á Joaquín le
-alcanzará también á su padre. Se la están armando con queso. No pasa el
-año sin que le jueguen alguna de puño: gorda. ¿No pueden trasladarle? le
-jubilarán. Yo no soy antiguallero como Don Gaspar y los otros; pero
-tengo que reconocer que en mis tiempos la magistratura dependía menos
-que ahora de la política. Las cosas vienen así, y hay que tomarlas como
-vienen. Estos señores están siempre en Belén, carapuche. ¡Memos en
-polvo! A bien que la camada nueva la entiende mejor. Aquí soy yo el
-único de la tertulia que vive en el mundo. Si no fuese la arrenegada
-sordera...
-
---A mí no me venga V. con sorderas,--protestó la señora.--Dios me libre
-de sordos así. Oye V. más que quiere. A mí déjeme V. de cuentos ¿eh? No
-nací en el año de los tontos.
-
---Y el que está más chiflado de todos,--advirtió Laín haciéndose el
-desentendido,--es el bueno de Don Gaspar. Ese ya, guillati por
-completo. Ha vuelto á la infancia. Tendremos que ponerle ama de cría, ó
-al menos niñera. Eso quiere y por eso suspira; y anda buscando robarle á
-V. la que V. escogió para su chico. Hablo formal; tan cierto como me
-llamo Nicanor, que le tenemos vuelto tarumba por su doncella de V., por
-la Esclava ó como se llame. Ningún rapaz de veinte se enamoraría tan
-fuerte de ella; estoy seguro de que á Rogelín no le entró así, home.
-
-Al nombre de Rogelio, y sobre todo al percibir el tono en que lo
-pronunciaba Candás, la madre se estremeció, dejando caer en el regazo la
-calceta.
-
---Lo de Rogelín,--continuó con la misma bonachonería el sordo,--es tan
-natural en un rapaz, que sería para hacerse cruces si no sucediese.
-Claro: una mujer agraciada de veinticinco, y mimosina; un rapaz de
-veinte... ¿qué había de pasar, señores? Que hoy te miro, que mañana te
-toco... que el cariñín en el pasillo, que el retozo en la antesala...
-Rapazadas que se caen de suyo.
-
-La señora saltaba en el asiento lo mismo que un muñeco de resorte.
-
---¿V. sabe lo que está diciendo?--exclamaba.--¿Le parece á V. bien
-lanzar esas cosas tan serias _porque sí_, sin prueba ni fundamento
-ninguno? ¿No hay más que echar la lengua á paseo y caiga el que caiga?
-Rogelio... ¡infeliz criatura! ¡que no es capaz de semejantes trastadas
-en casa de su madre!...
-
---Bueno, si yo comprendo que V. le dé poca importancia y lo meta á risa,
-porque son demoniuras que la edad las trae consigo...; y por eso, cuando
-el otro día los pillé en la antesala muy entretenidos, hechos un
-caramelo, díjeles para mi saco: «Eso, niñines, á divertirse, que es ley
-de Dios.» Pero si pienso en el otro estafermo, con sus ochenta del pico,
-todo derretido en babas...: home, le bajaría los calzones y le daría una
-mano de azotes en el tafanario, por archimemo.
-
-¡A doña Aurora sí que se le pasaban ganas vivísimas de ejecutar la misma
-operación con el empecatado sordo! ¡Contar aquellas enormidades, y
-contarlas de aquel modo traidor, que ni daba lugar á rectificaciones,
-porque con la farsa de la sordera podía decir cuanto se le antojase, sin
-atender á las razones en contra, ni aun á los mentís! Era para
-envenenarse la sangre de rabia... Era una burla supina, descarada,
-insufrible. ¿Y ella había de aguantarla? Eso sí que no. La bilis de la
-señora de Pardiñas se alborotaba: la sangre le hervía en las venas.
-«Sordo infame, sordo de mentirijillas, revoltoso y chismoso de verdad,
-raposa malvada y astuta, ahora te lo diré de misas.» Levantóse del
-sillón, y acercándose rápidamente á Laín Calvo, le metió la mano, con la
-destreza de un tomador de oficio, en el bolsillo del gabán, sacando el
-estuche que contenía la trompetilla. Y antes que el sorprendido Fiscal
-pudiese evitar el ataque, doña Aurora había sacado el cañuto de plata
-encajándolo en el conducto auditivo del asturiano, acercado la boca y
-gritado con toda su fuerza:
-
---Para mí póngase V. siempre la trompetilla, ó si no determínese á oir
-lo que le contesto. Eso de Rogelio y Esclava lo inventa V. con su
-maliciota condenada, ¿oye? Mi niño no seduce á las criadas de la casa de
-su madre, ¿oye? La gente no anda tan suelta ni tan descarada como V. la
-pinta, ¿oye, oye? Y las personas decentes se diferencian ¿oye? de los
-pillos. Y yo no soy tan borrica ¿oye bien? que si semejantes cosazas me
-pasasen por delante de las narices las fuese á consentir. Y á mí me
-gusta poco la gente maligna ¿oye? porque siempre echo la cuenta ¿oye?
-«Piensa el ladrón que todos lo son.»
-
-Acabada la filípica, la señora se dejó caer toda sofocada y nerviosa en
-el sofá: y el astur, llevándose ambas manos á su amarillenta calva,
-exclamó con acento dolorido:
-
---Carapuche, Aurorina... Me ha roto el tímpano... Con otra como ésta me
-deja sordo.
-
-
-
-
-XIX
-
-
-Pero apenas el truhán de Laín Calvo se hubo ido, y calmádose un poco la
-indignación y la cólera dando lugar á la reflexión, doña Aurora,
-ejecutando su movimiento favorito de rascarse el moño con una aguja de
-la calceta, llegó á formular categóricamente el indefectible «¿por qué
-no?» de todas las desconfianzas. Sin necesidad de gran perspicacia, sin
-poseer la aguda malicia del Fiscal, con sólo las nociones más
-elementales del sentido común, bien podía venirse á la memoria é
-imponerse al entendimiento todo aquello de «el fuego junto á la
-estopa...», con lo otro de «entre santa y santo...», etcétera. Y por una
-serie natural de razonamientos, propios de su buen sentido, llegó la
-señora á caer en el extremo contrario á su primer impulso, acusándose de
-confiada en demasía, de necia y simple, porque ni una sola vez se le
-había ocurrido la posibilidad y aun la probabilidad de cosa tan obvia,
-hasta que se la indicara una persona maliciosa y extraña, cuando ella
-tenía obligación de precaverla á tiempo. «Las mamás padecemos esta
-pícara manía, de pensar que los niños siempre han de ser niños... y los
-años vuelan, y ellos llegan á hombres, y el bigote no nos pide permiso
-para crecer... Cuando no creemos que siguen siendo chiquillos, damos en
-figurarnos que ya son viejos y formales como nosotros..., otro
-imposible, otra bobada... La edad pide lo suyo, y es una majadería no
-sospecharlo siquiera... Lo malo aquí es que tenemos al enemigo en la
-plaza. ¡Y lo he metido yo misma! Nada, le abrí la puerta y le
-dije:--Pase V. Sobre que la situación es poco decente, desairadísima
-para mí, he duplicado el peligro y la gravedad de todas las
-consecuencias que pueden sobrevenir... ¡y tanto como pueden! Ello es que
-yo no esperé nunca que Rogelio fuese toda, toda la vida un santo; pero
-esto... así, á domicilio...»
-
-Otra rascadura en el moño le sugería el contrapeso lógico de tales
-reflexiones. «Es muy creíble que el tiñoso del viejo haya calumniado,
-por el gusto de calumniar, á mi nene y á la pobre Esclava. Yo no tengo
-tan mal ojo para conocer á las pájaras de cuenta, y Esclava me gustó, me
-llenó precisamente por su tipo formal y modesto. Verdad que los
-antecedentes de familia no la abonan, y que tiene mala sangre por los
-cuatro costados; pero eso... en eso se lleva uno chascos grandísimos: la
-gente no es como los pimientos, que salen gordos ó ruines según la
-semilla. Nada, aquí no tenemos sino un caminito que seguir. Observar, no
-dormirnos y procurar que el muchacho se distraiga por ahí fuera. Según
-lo que vaya pescando, así haré. Yo no voy á cometer la barbaridad de
-echar á la chica de buenas á primeras. Si todo ello resultase paparrucha
-de Don Nicanor, sería un cargo de alma. Y si es verdad, podía
-alborotárseme el chico... y tendríamos una... Estas primeras chifladuras
-y tonterías de los rapaces les entran muy fuerte. Andarse con tiento.
-Aurora, figúrate que eres de policía y que te mandan seguir la pista de
-un crimen... Ojo alerta, calma y mala intención.»
-
-Ningún programa se cumplió más al pié de la letra. Dedicóse la señora
-desde aquel mismo instante á reparar el tiempo perdido: tan confiada y
-noblota como fué antes de concebir recelo alguno, tan suspicaz y
-escamona se volvió desde que la sospecha vino á hacerle cosquillas con
-sus dedos rápidos y fríos. Espiaba con destreza y con un sosiego
-perfecto, sin dejar salir al exterior las preocupaciones del ánimo. En
-toda mujer, en la más sencilla y franca, hay un polizonte en germen; los
-hábitos de disimulo contraídos desde la niñez les hacen fácil el oficio.
-
-Para no alarmar ni poner sobre aviso, discurrió doña Aurora no vigilar á
-los dos presuntos culpables, sino á uno solo: porque si éste comunicaba
-al otro sus temores respecto al espionaje, el otro los disiparía
-asegurando no haber notado cosa alguna que alarmar debiese. Y en efecto,
-en el presente caso no puede negarse que, vigilada Esclavitud, sobraba
-atisbar á Rogelio. Así se practicó. La señora, usando de un derecho
-indiscutible, estudió minuto por minuto las acciones, pasos y
-movimientos de su criada. Supo á qué hora se despertaba; qué hacía
-después de levantarse; cuántas veces y con qué fin entraba en el cuarto
-de Rogelio; en qué empleaba la tarde; á qué se dedicaba mientras duraba
-la tertulia; cuándo se recogía y en qué momento soplaba la luz.
-Y,--preciso es confesarlo,--al pronto el resultado de estas
-averiguaciones fué completamente negativo. Esclavitud, no bien salía de
-su cuarto, se consagraba como siempre á los chocolates, y después á su
-aseo personal, sin acicalarse ni hacerse esos moños de figura de
-sorbete, único lujo de las domésticas madrileñas. Para arreglar y asear
-las habitaciones de Rogelio, despachito y alcoba, escogía las horas que
-el estudiante pasaba en clase, ó en paseo: nunca iba estando él.
-Esclavitud no salía los domingos sino á misa; por consiguiente, tampoco
-veía á Rogelio fuera de casa. Durante la tertulia, Rogelio no se movía
-de su rincón del sofá, ni la muchacha abandonaba su cesta de repaso,
-excepto para abrir la puerta. Y las noches, en que á no venir algún
-estudiante amigote de Rogelio, éste leía periódicos ó salía á los
-teatrillos á ver una pieza, Esclavitud se las pasaba en su cuarto,
-cosiéndose su propia ropa, ó dedicándose á faenas análogas. Nada se
-descubría que pudiese dar pábulo á ciertos recelos, y la señora se
-dormiría tranquilamente, si sus condiciones de observadora fuesen más
-vulgares.
-
-Pero no era ella mujer á quien se le pasasen por alto varias cosillas
-insignificantes en apariencia, y en realidad muy significativas y aun
-escamativas para una mamá avispada; cabos sueltos tras los cuales suele
-salir toda una madeja larga y enredadísima. Estos indicios, señales ó
-guiones para las pesquisas de la celosa madre, eran del género
-siguiente. A la hora de almorzar, al traer Esclava las píldoras ó el
-jarabe ferruginoso, al presentar á Rogelio sus manjares preferidos,
-establecíase alguna vez (y que no se lo negasen á doña Aurora, que ella
-bien lo había guipado) un trueque de miradas lánguidas de _carnero á
-medio morir_, ó encendidas y chispeantes. Al llamar el estudiante á la
-campanilla y levantarse Esclavitud para abrir la puerta, la muchacha
-mostraba un apresuramiento que estaba muy lejos de manifestar cuando
-tiraban del cordón los vejestorios tertulianos; es evidente que conocía
-al señorito en el modo de llamar y hasta de subir las escaleras. Si
-Esclavitud planchaba ropa de Rogelio, hacíalo con primor y esmero muy
-especiales; y este mismo síntoma podía advertirse en el arreglo de la
-habitación y en el servicio de la mesa. Algunas noches, al salir de casa
-Rogelio, la muchacha le esperaba en el pasillo, y trocaban breves
-frases, pero en voz tan baja que no podía oirse el diálogo: esto mismo
-ocurría por la mañana al regresar de clase, y siempre que no estuviese
-en la antesala doña Aurora. Por último, y este indicio era de los más
-elocuentes, Rogelio se había resistido dos ó tres veces á acompañar á su
-madre para salir, y aunque por fin cedía, iba asaz mohino y con las
-orejas gachas.
-
-Ni más ni menos que esto percibió la señora: ello bastaba y aun sobraba
-quizá para tenerla en ascuas ó inspirarla deseos de resolver del mejor
-modo posible aquella ambigua situación y desenredar la madejita, que
-amenazaba ser con el tiempo un enredo de dos mil diablos. No se atrevía
-á moverse de casa por no facilitar ocasiones peligrosas; pero esto puede
-hacerse un día, dos, tres; no prolongarse todo un invierno, á menos de
-criar moho. Rogelio había manifestado ya repetidas veces gran extrañeza
-viendo suprimidas las correrías matinales en simón. «Máter, estamos
-abocados á presenciar graves trastornos si continúa tu retraimiento y
-sigues desdeñando á las áureas carrozas que al pié de los muros de
-nuestro palacio esperan que te recuestes muellemente en sus recamadas
-alcatifas para dedicarte á tus matutinos quehaceres. Prepárase imponente
-manifestación en que tomarán parte diez mil Faetontes de punto;
-pronunciáranse discursos en la dulce lengua del trovador Macías y en la
-jerga elocuente del duque Pelayo. Tienen pedida la palabra Martín el
-Buloniu y José el Cabaleiro. El Gobierno ha adoptado precauciones, y el
-duelo se despedirá en la taberna.»
-
-Los tertulianos, informados del retraimiento de la señora, también se
-creían obligados á soltar su discurso de higiene. «Amiga doña Aurora, no
-hay que apoltronarse. Cuidadito con criar humores, que después dan que
-sentir. Míreme V. á mí: la salud de que gozo y la buena disposición en
-que me encuentro, las debo á mi costumbre de que no pase día sin salir y
-sin andar á pié regulares distancias. Menos de una legüecita, no se
-esparce la sangre. Yo, desde que me rompí el hueso, ando más.» Estos
-consejos eran del excelente Nuño Rasura. «Muy conveniente considero el
-ejercicio», añadía el señor de Rojas, con su sentenciosa formalidad de
-costumbre, «para el cuerpo, y si Vds. me apuran, para el alma. Andando,
-se distrae... vamos, el espíritu. No hay como un paseíto, y si uno se
-aburre, lo mejor que puede hacer es contar las piedras, los árboles ó
-los números de las casas.» A doña Aurora, tales advertencias acababan
-por sacarla de tino. «Es monomanía la que tiene todo el mundo de
-aconsejar y de cuidarle á uno, sin saber ni lo que le conviene ni dónde
-le aprieta á uno el zapato. Estos señores parece que se empeñan en que
-aquí suceda... lo que no debe suceder. Vaya, con razón dice aquel
-truchimán de Don Nicanor que están en Babia todos ellos.»
-
-No obstante, doña Aurora iba persuadiéndose de que la encerrona era
-insostenible, y la irritaba pensar que tal vez se tomaba un trabajo
-excusado, porque la inclinación de los muchachos no llegaba á extremo
-que justificase tantas precauciones; y de llegar, el impedirles que se
-viesen á solas era como poner puertas al campo. Ocurriósele entonces un
-expediente para salir de dudas y medir la magnitud del riesgo. Mandó
-fabricar secretamente un llavín para la puerta de su piso; y ya provista
-de él, salió á la calle de mañana en uno de sus trenes, el de Martín por
-más señas; y despidiéndolo al poco rato, volvió á su casa á pié, abrió
-sin hacer ruido, y se dirigió, pisando blandamente, al cuarto-leonera,
-donde supuso que debía encontrarse Esclavitud. Así era. La halló
-haciendo labor, como de costumbre, tranquila, con el aire reconcentrado
-y pensativo que la caracterizaba.
-
---¿Dónde está el señorito?--preguntó doña Aurora de súbito, sin dar
-tiempo para que la Esclava adoptase precaución alguna.
-
-Y la criada, alzando el rostro sereno, ó más bien melancólico,
-respondió:
-
---Me parece que estudiando en su cuarto ¿Cómo entró, señora? No he
-sentido la campanilla.
-
---Es que salía Fausta--explicó doña Aurora atropelladamente, cogida en
-el garlito lo mismo que si fuese ella la culpable. Hasta sintió
-encendérsele los carrillos. ¡Aquello era lo que se llama un parchazo!
-¡Tantos misterios y tantos preparativos de llavín, para encontrarse con
-que en casa no sucedía nada de particular, y que cuando pensó sorprender
-un pecaminoso coloquio, sólo encontraba la calma y el orden! Y sin
-embargo, no se convencía, no señor: que se convenciese el diablo. «¿Será
-esta chica más lagarta de lo que me figuro? ¿Me estará envolviendo sin
-yo pensarlo? ¿Se reirán de mí los dos? Porque las miraditas y los
-coloquios al entrar y salir, y las pocas ganas que tiene mi niño de
-echarse á la calle... eso no me lo quita nadie de aquí; lo he visto, y
-lo que veo... nada, que lo veo, y ya pueden predicarme después frailes
-descalzos. Con salirme fallida esta emboscada, en vez de sosegarme creo
-me voy sobresaltando muchísimo más. No, pues yo no me dejo meter el dedo
-en la boca. Para defender á mi hijo, todos los medios humanos he de
-apurar; á mí no me cogen desprevenida: por si ó por no... Me da miedo
-esta muchacha. La veo yo así..., no sé cómo, pero no me gusta. Tiene un
-carácter muy de allá, que todo se lo guarda, y no hay nunca seguridad
-con ella, porque no se descubre. Pues á pillo, pillo y medio. Deja,
-deja, que yo te buscaré la salida; y ha de ser salida decorosa, sin que
-te puedas quejar; al contrario, has de tener que darte por satisfecha.
-Y ahora..., un clavo saca otro clavo, los rapaces son rapaces... Voy á
-proporcionarle entretenimiento á Rogeliño. Voy á darte una rival... y
-bien bonita. Espérate, rapaza...: contra treta, retreta; ya encontré
-quien ha de desbancarte.»
-
-
-
-
-XX
-
-
-Y en efecto, ni veinticuatro horas tardó la madre en arreglarle á su
-hijo una entrevista con la rival de Esclavitud. El punto de cita fué en
-la propia morada de la susodicha rival, morada obscura y que olía
-medianamente, como suelen oler todas las habitaciones de gente de su
-laya; por lo cual, para que Rogelio se enterase bien del talle y porte
-de su nuevo quebradero de cabeza, hubo que sacarle al patio sin ningún
-artificio de coquetería, y aun pudiéramos decir que en estado de casi
-total desnudez, pues no cubría sus esbeltas formas sino una manta vieja
-que el dueño del taller de coches, Agustín Cuero, se apresuró á levantar
-á fin de que nada velase sus encantos.
-
-Era una monada de jaca andaluza, alazana con cabes negros, de cabeza
-chica y enjuta, de nerviosos remos, de lucio y acopado casco, de pelo
-irisado á fuerza de estar brillante, de entreabiertas fosas nasales más
-suaves que la seda, de ojo lleno de fuego y dulzura; joven, leal,
-gallarda, animosa; un animal de esos que honran á la raza caballar
-española con la hermosura de su estampa y la inteligente generosidad de
-su carácter. Agustín Cuero no le escaseó elogios hiperbólicos, fingiendo
-que se enternecía al desprenderse de tan rica pieza.
-
---Le aseguro á la señora que otra más bonita no se pasea hoy por la
-Castellana. No tiene una maca siquiera. Y es una santa, es una seda, la
-maneja un niño de pecho. Con toda la sangre que le sobra, no es capaz de
-una mala partida. Así es que un hombre le toma ley, vamos, y parece que
-cuando uno la vende es como si se le llevasen á alguien, es un decir, de
-la familia.
-
---Sí--respondió la señora metiéndose á chalana--pero también no me
-negará V. que esta clase de caballos no está ahora de moda. Los
-elegantes tienen una legua de pescuezo y son de figura de mondadientes.
-
---Bueno, los ingleses...; una moda _redícula_, como muchas que hay; y
-esos son para ciertos señoritos y con ciertas circunstancias... pues.
-Para el Hipódromo y esas farsas. Una jaca como la que está viendo la
-señora siempre tendrá partido. Bien emperrado que anda el _Baraterín_ en
-comprármela; en pleito estamos porque no quiere llegar al precio que yo
-le pongo. Ahí el señorito podrá decirlo.
-
---Es verdad, mamá--afirmó Rogelio mientras halagaba el anca de raso del
-simpático animal.--Soy testigo. Agustín le pidió lo mismo que á ti, y
-el torero la dejó quedar por diferencia de dos onzas, y está chalado por
-ella. La anda rondando; ¡le hace más visitas!
-
---Pues que no la ronde, que es tuya--exclamó la mamá decisivamente,
-recreándose en ver el rostro extático de su hijo, que al oir esta
-palabra divina, con un impulso de esos que no se calculan, echó los
-brazos al cuello de la jaca, y le plantó un achuchón completo en el
-hocico negro y suave.
-
-Convenido ya el precio y la hora de cobrarlo, doña Aurora indicó algo
-sobre el cuidado de la jaca, proponiendo á Agustín dejársela en
-pupilaje; pero Rogelio, excitado, casi convulso de felicidad, no
-permitía hablar á nadie, ni tomar resolución alguna. «Tú no sabes,
-mamá... Yo me encargo de eso, déjame á mí... Sí que he de pasarme yo un
-día solo sin enterarme de cómo anda la jaquita mía... Todas las mañanas
-y todas las tardes la he de ver á la señora jaca... Te digo que lo dejes
-de mi cuenta...» Acabó doña Aurora por acceder y otorgarle plenas
-facultades. «Bien, pues allá tú...» Cuando se trató de poner nombre á la
-jaca, el muchacho, sonriendo, murmuró: «La llamaré Suriña».
-
-Los afectos cardinales del alma humana dictan á veces rasgos de
-maravillosa inspiración: la señora había comprendido, iluminada por el
-amor maternal, que tratándose de un hombre de veinte años, y menor aún
-que su misma edad, no hay rival mejor contra una hembra que un caballo
-bonito. El caballo no es solamente distracción de un par de horas al
-día, sino ocu pación y preocupación constante, desde que amanece hasta
-que anochece. Enterarse de lo que come, y de si le roban ó no la cebada;
-ver si está limpio y se han practicado con él todas las operaciones de
-tocador--y el tocador de un caballo fino lleva casi tanto tiempo como el
-de una mujer primorosa; luego, esa comunicación afectiva que se
-establece entre el jinete que por vez primera disfruta el goce de un
-caballo, y el animal; esa ternura que nace de la posesión; ese trueque
-de monerías, el azúcar robado al almuerzo para ir á dárselo, el pan
-fresco escondido en el bolsillo del chaleco, la dicha que produce el
-relincho de júbilo del animal cuando su penetrante olfato y su delicada
-percepción le dicen que el amo se acerca con la golosina... Después, las
-inquietudes por la salud--un caballo ocasiona tantas como un niño
-chico.--«Señorito, esta jaca no sé qué tiene... hoy no ha comido el
-pienso. Le noto los ojos tristes.--Señorito, hoy la jaca no ha...»
-¡Quién lleva lista de los innumerables achaquillos que puede padecer una
-jaca! Después de tan múltiples cuidados, aun queda otro orden de ellos,
-relacionados con lo que podemos llamar las galas de boda de la
-equitación: el galápago de la mejor piel de cerdo, crujiente, diminuto,
-mono; el sudadero de rico fieltro con cifras inglesas; los acerados
-estribos; la sutil cabezada, que deja lucir toda la gracia de la gentil
-cabeza; y para el jinete, el látigo de puño de plata cincelado; los
-guantes del Tirol; el ajustado calzón de punto; las botas muelles; la
-corbata con herraduras blancas sobre fondo gris... Todo distracción,
-todo embeleso en la encantadora luna de miel del muchacho con su jaca.
-¡Y qué emoción al sacarla! ¡Qué vanidad al lucirla con los amigos! ¡Qué
-inexplicable deleite al pasearla en las frondosas arboledas de la
-Moncloa, al ver acercarse un carruaje en cuyo fondo se reclina una bella
-enlutada, y bajo la fascinación del mirar de la gentil desconocida,
-ostentar la montura, hacer piernas, caracolear y lucir su gallardía
-cubriéndola de espuma y sudor! ¡Qué placer ir variando de aires, ya el
-rítmico paso, ya el animado trote, ya el ardiente galope; y al halagar
-con cariñosa palmada el cuello del obediente bruto, sentirle resoplar de
-placer, estremeciéndose todos sus sensibles nervios y su vigorosa y
-enjuta musculatura, como talle de jovencilla al rodearlo el brazo de
-ágil pareja y disponerse al vals!
-
-Indudablemente, lo de la jaca sí que había sido gran recurso é idea
-feliz, hija al fin de la experiencia, y muy superior á aquel ardid
-vulgar de echarse novia, que se ofreciera al candor de Rogelio como
-arbitrio soberano para curar su incipiente enfermedad amorosa. Ahora no
-necesitaba su madre pedirle que saliese, ni inventar pretextos con que
-echarle á la calle. Espontáneamente no hacía el chico más que ir y venir
-de su casa á la cuadra de la favorita. El invierno cejaba ya; los
-últimos días de Marzo eran, á pesar de la mala fama de este mes
-versátil, claros, templados y hermosos; y todas las tardes, desde las
-tres, salía Rogelio á gozar de los primeros soplos primaverales, ya
-solo, ya con amigos, ya con el picador, volviendo al anochecer dominado
-por una sana fatiga física, embriagado de aire puro, libre de molicies y
-malas sugestiones, penetrado de la alegría del paseo. Entre esta veta de
-actividad que su madre había descubierto, y el estudio, indispensable
-porque la época de los exámenes se acercaba amenazadora, ¿cuándo ni cómo
-había de encontrar tiempo de atender á la Esclava?
-
-No por eso se dormía la madre, ni abandonaba el bien concebido plan de
-defensa. Un día, Don Gaspar Febrero, habiendo madrugado algo más que los
-otros tertulios, vino á quedarse á solas con la señora de Pardiñas, y
-según costumbre, trajo la conversación hacia Esclavitud, elogiándola de
-tan desatinada manera, que la señora sintió cierta desazón en los
-nervios.
-
---Pecisamente--dijo doña Aurora cuando el anciano la permitió meter
-baza:--tenía que indicarle á V., á propósito de esa chica... Pero
-prométame que me responderá con franqueza absoluta, como amigos viejos
-que somos ya.
-
---¡Pues no faltaba más! Mi simpática Aurora, ¿cuándo no?... ¿En qué
-puedo servirla?
-
---Verá V.... Una cosa que se me ha ocurrido aquí por la mañanas cuando
-estoy sin gente y el rapaz en clase... Como V. se va á quedar muy mal,
-creo yo... así que Felisa emprenda su gran viajata á Filipinas...,
-yo..., en mi deseo de que no eche V. tan de menos esos cuidados á que
-está acostumbrado ya... ¿no le parece á V.?
-
---Veamos, veamos. Siendo de V. la idea... V. discurre siempre muy
-juiciosamente, amiguita...
-
---Como me ha dicho V. tantas veces que le agrada el modo de servir de
-Esclavitud...
-
-El gallardo anciano hizo un brioso movimiento de halagüeña sorpresa,
-afianzó sus espejuelos, se apoyó en la muleta, inclinándose hacia
-adelante; y desatentado, trémulo, sin acertar á formar los períodos,
-exclamó:
-
---Amiga, amiga, amiga... ¿Qué me dice V., qué me dice V....? ¿Ha
-reflexionado antes de hablar? ¡Desprenderse V. de ese tesoro! ¡de ese
-tesoro! Me llena V. de agradecimiento, sí, señor... pero en
-conciencia... no, no puedo consentir... ¡A dónde llega la amistad! Ahora
-lo veo, Aurora... No, pero yo no soy un egoista... No, V. no habrá
-meditado... ¿lo dice V. formal, formal?
-
-Sintió la señora el aguijón del remordimiento ante esta gratitud
-extemporánea, y se dió prisa á añadir:
-
---Mire V., si sería conveniente para mí también; hasta para mí. Hay su
-parte de egoismo, Don Gaspar; no es todo virtud. Como este año proyecto
-llevar á Rogelio á que conozca nuestra tierra...
-
---Razón de más, amiguita, razón de más. No puede V. prescindir de una
-servidora semejante viajando. Están muy malos los tiempos... Ahora, con
-las Higinias que corren, ¿quién suelta una Esclavitud.... ¡ah! una
-Esclavita de esa marca! ¿V., V. lo ha pensado, lo que se dice pensar?
-
-Al hablar así, Nuño Rasura pegaba saltos en su butaca, y hacía con la
-muleta el molinete. Sus ojos brillaban; su cuerpo se erguía como de un
-muchacho, y afanoso sobrealiento agitaba su esternón. «Dios nos asista»
-pensó doña Aurora: «á este señor le voy á tener que recoger del suelo
-con cucharilla.» Y como guardaba silencio aparentando hallarse conmovida
-por los argumentos del buen señor, éste añadió de pronto, con energía, á
-manera de niño que se deja convencer para tomar un juguete:
-
---Pero es decir... ya comprendo que la amiguita lo ha meditado bien, en
-el mero hecho de proponérmelo á mí. Conozco que tiene fundamento lo que
-V. alega: mucho, mucho, Aurora... viajando, se va mejor solo: el hijo
-con la mamá... claro, perfectamente. Pues por mí... basta que sea
-indicación de V.: acepto, acepto... ¿oye la amiguita? acepto.
-
-Doña Aurora discurría: «Cierto que á veces irrita un trucha como Don
-Nicanor, que tiene la malicia por arrobas y es capaz de pensar mal de su
-propia madre; pero también estos inocentones, que nunca se enteran...
-vamos, hay días en que le ponen á uno los nervios como cuerdas de
-guitarra».
-
-Vencidos ya los escrúpulos de Don Gaspar, él mismo combinó y desarrolló
-el plan de campaña: al ausentarse la hija, Esclavitud entraría á servir
-al padre en concepto de ama de llaves. El ochentón añadió, estregándose
-repetidas veces las manos:
-
---Que no se entere Candás... No quiero bromas inconvenientes.
-
-
-
-
-XXI
-
-
-Nada transpiró de esta conjuración doméstica. Guardó silencio doña
-Aurora, porque las mujeres saben callar muy bien si se lo proponen y si
-están en juego intereses de su corazón; y Don Gaspar se cosió los
-labios, porque temía más que al cólera á las cuchufletas é insinuaciones
-del Fiscal, y otro tanto--revelemos estas interioridades--á la fiereza
-de su hija Felisa. La cual, suspicaz como una esposa, alarmada por los
-instintos de elegancia, sociabilidad y galantería del anciano, se había
-dedicado á buscarle lo más feo, zafio é intratable del ramo de
-maritornes, porque siempre veía perfilarse en el horizonte la fatídica
-silueta de una madrastra. Hasta que Felisa emprendiese su viaje hacia la
-quinta parte del mundo, no se atrevía el viejo ni siquiera á indicar el
-propósito de llevarse consigo á tan dulce y linda sirviente. Costábale
-mucho trabajo reprimirse y esperar, porque su senectud era niñez
-antojadiza é impaciente, y cuando tardaba en cumplírsele un deseo, á
-dejarse llevar de sus impulsos, hubiera pateado. El desahogo que tomaba
-era cogerle las vueltas á los tertulianos para encontrar sola á doña
-Aurora, y hablarle difusamente, como hablan los viejos, de sus planes,
-de lo bien que iba á estar con él Esclavitud, de todas las atenciones
-que le prodigaría, de lo fácil que es servir un nombre _pelado_, con
-otras cosas del mismo jaez. Y cuando por haber gente delante no podía
-explayarse el buen señor, dirigía á su «amiguita respetable» miradas y
-guiños de inteligencia, le sonreía sin motivo y en fin buscaba salida á
-aquella plenitud de espíritu digna de otra más ardiente edad. «Dios nos
-conserve el juicio», reflexionaba la señora. «No sé por qué nos pasmamos
-de que se chiflen los rapaces, cuando los señores mayores se ponen así.
-Aun á los rapaces mismos no les da tan fuerte. Voy á comprar unos
-pañuelos tamaños como la Sábana Santa, para limpiarle las babas á este
-bendito señor. El diablo me lleve si no está rabiando porque la hija
-tome las de Villadiego para recoger á Esclavitud más corriendito. Si yo
-no supiese que por otra parte es una persona buenísima, y que la
-muchacha tampoco me parece capaz de una mala partida con él, tendría
-algún reconcomio. Porque nadie es capaz de saber á dónde llegan estas
-cosas, y si le da por casorio ó una barbaridad semejante...» La idea era
-tan bufa, Don Gaspar casado con una muchacha de veinticinco, que la
-señora de Pardiñas se rió sola, y el monólogo acabó por una rascadura de
-aguja de calceta en el moño, y este corolario: «Yo no tengo culpa si
-llega á suceder algún caso estupendo. Proporcionarle una buena
-colocación á una buena criada, no es delito. Lo que siento es que esa
-empalagosa de Felisa Febrero nunca acaba de tomar el tole para
-Filipinas.»
-
-Era verdad que se daba una calma en emprender el camino, hecha para
-freir la sangre á quien tuviese genio menos pronto que doña Aurora. Lo
-que la impacientaba y desesperaba era que ya iba acercándose la época de
-exámenes, después de los cuales tenía determinado salir á Galicia; y ni
-dejar á Esclavitud ni llevársela le parecía factible. Don Gaspar traía
-noticias del éxodo de su hija, con cara más alegre cuanto más se
-acercaba el plazo. «Ya está arreglando baúles... Se ha enterado de
-salidas de vapores... El jueves, ó á todo tirar el sábado, andando para
-Cádiz...» Por fin, un día llegó con el exterior más radiante, más
-olímpico que nunca, bajo la aureola de sus hermosos rizos blancos.
-«Amiguita doña Aurora, esta tarde se nos va...» Convínose en que por
-respetos humanos se dejarían transcurrir dos ó tres días sin hacerle la
-primera intimación á la sucia y tosca extremeña que asistía á Don
-Gaspar, y en significar á Esclavitud el cambio de su destino. «La amiga
-doña Aurora se encarga de eso...», indicó el ochentón. Pero aunque
-dejando su espíritu encomendado en manos de la señora de Pardiñas, como
-al día siguiente, en ocasión de dar el higiénico paseo cotidiano á la
-pata coja, cruzase la Puerta del Sol y pasase por delante de la
-confitería de _La Pajarita_, no pudo reprimirse, entró, é hizo pesar
-medio kilo de caramelos y bombones. Los guardó furtivamente en el
-bolsillo interior del gabán, y al llamar en casa de Pardiñas y abrirle
-Esclavitud la puerta, miró alrededor, echó mano á la faltriquera, y
-sacando el alcartaz, se lo pasó á la muchacha como podría pasarle un
-billete amoroso. «Fresquitos», fué lo único que en su grata turbación
-acertó á decir entregando la dádiva.
-
-Contrariedad y esfuerzo y tragadura de saliva costó á doña Aurora
-desempeñar la ingrata tarea de _soltársela_ á Esclavitud. Hubiese
-preferido tener que darle la nueva de una gran desdicha, como muerte de
-un ser querido ó revés de fortuna: porque al cabo, en semejantes males
-no le correspondería á la señora parte de responsabilidad ni tanto de
-culpa, mientras en esta mera traslación de domicilio y cambio de amos,
-la señora, con su rectitud natural que sólo podría torcer la corriente
-del sentimiento, adivinaba algo de crueldad y dureza que era obra suya,
-aunque procediese de móviles justos, de los que no desoye ninguna madre
-prudente. «Es hasta cuestión de conciencia para mí», pensaba, á fin de
-cobrar ánimos. «Fuí inadvertida trayéndole á Rogelio la tentación al
-alcance de la mano: Felisa Febrero, en esto, ha mostrado tener más
-mundo, pues ni siquiera á los ochenta y pico de su padre les arrima la
-mecha. Demasiado bueno es el niño, cuando ya no se me ha emberrenchinado
-atrozmente. No, no, mejor es ponerse una vez colorado que ciento
-amarillo. Hoy se la suelto. Así que Rogelio salga á clase...»
-
-Encierra el tono de la voz humana misteriosos avisos, que en situaciones
-dadas revelan todo lo que oculta el alma, antes que las palabras lo
-digan. La sencilla frase «Esclavitud, ven», que tantas veces al día oye
-una criada de su ama, resonó esta vez de un modo particular en el
-corazón de la gallega. Toda su sangre afluyó al centro de la vida
-orgánica, y cuando entró en la habitación donde la esperaba su señora,
-el fondo y la esencia de lo que iba á oir le eran ya conocidos
-intuitivamente.
-
-No estaba doña Aurora en el comedor, sino en el despacho de su hijo, al
-cual solía ir en ausencia de éste para escribir alguna carta ó sacar
-alguna cuenta, si ocurría, y quizá por satisfacer ese instinto de
-curiosidad inquieta propio de los afectos exclusivos que llegan al grado
-de pasión. Hizo sentar á Esclavitud en una silla próxima, y empezó á
-hablar sin mirarla á la cara, jugando con una cajita de plumas, de donde
-las iba sacando para alinearlas sobre la mesa. «Todo el mundo tiene que
-amoldarse á las circunstancias. Con el viaje á Galicia, no había
-medio... Moverse tres personas no es como moverse dos, claro está. La
-casa del señor de Febrero era la mejor colocación que una muchacha como
-ella podía desear; una ganga... No sería doncella, sino ama de llaves...
-Se le guardarían toda especie de consideraciones... El trabajo de servir
-á una persona sola no había de matarla; complaciendo un poco al señor
-aquel tan excelente, estaría como en la gloria, casi lo mismo que si
-hubiese encontrado una familia. Por último, Don Gaspar también era de la
-tierra: no tenía Esclavitud por qué pasar malos ratos, como en la otra
-casa...»
-
-Así que hubo alegado todas estas razones, sintió un alivio interior, y
-sin dejar de prestar en apariencia gran atención á las hileras de
-plumas, miró con el rabillo del ojo á la muchacha. Esclavitud permanecía
-inmóvil en su asiento, con las manos cruzadas sobre el regazo, los piés
-juntos y bajos los ojos: tampoco ella entregaba fácilmente aquel espejo
-de los movimientos del alma á disposición de la curiosidad.
-
---Bien, ¿qué dices?--articuló al fin la señora que comenzaba á
-impacientarse, como siempre que encontraba resistencia pasiva.
-
---¿Yo qué quiere que diga?--respondió Esclavitud con voz sorda, pero
-tranquila al parecer.
-
---Sí ó no; si te gusta la casa que te ofrezco, ó si quieres tú buscar
-otra á tu modo y á tu idea.
-
-Hubo una pausa, y, por último, la muchacha respondió con acento incoloro
-á fuerza de ser contenido:
-
---Si no corre mucha prisa, daré la contestación mañana ó pasado.
-
-«Te veo», pensó la señora. «Tú quieres hablar antes con el niño. Bien,
-aquí estamos todos para lo que pueda ocurrir. En guardia me tienes, y de
-centinela. Por de pronto yo procuraré que no le cojas á tergo.
-Andaremos, como quien dice, barba sobre el hombro.» Sin embargo, aquella
-tarde no tuvo más recurso que salir,--contra su costumbre,--á despedir
-en la estación del Mediodía á Felisa Febrero, de esas pejigueras de
-sociedad que no se pueden rehuir y siempre caen en el momento más
-inoportuno. Rogelio también había salido á caballo; pero quizá por la
-necesidad de repasar las lecciones, más apremiante á medida que los
-exámenes se venían encima, hizo corto el paseo; y al entrar en su casa,
-aun animado de la correría, abanicándose con el hongo gris, y girando el
-látigo, fué cuando Esclavitud le agarró de la manga y le empujó casi
-hasta su despacho, acorralándole contra la mesa misma en que doña Aurora
-había ordenado por la mañana los ejércitos de plumas.
-
---¿Qué pasa, Suriña? ¿Qué tienes?
-
---¿No le decía yo que no iba á Galicia este año, ni en jamás? Su mamá me
-despide... Me deja en casa del señor de Febrero.
-
---Pero, ¿qué estás diciendo? A ver, á ver, cuenta...
-
-La muchacha refirió lo que sabía. Sus ojos estaban secos, y sólo algo
-temblorosas su boca y barba. Su seno anhelaba precipitadamente, y en su
-modo de narrar y de explicarse, en aquella desesperada demanda de
-auxilio que hacía como náufrago que saca la cabeza por encima de las
-olas, había una vehemencia y un desorden que contrastaban con su
-habitual compostura, y que trastornarían á cualquiera aunque no tuviese
-los pocos años y la inexperiencia de Rogelio. Mientras balbucía «no, no
-puede ser, tú no te irás, qué tontería...», sus brazos ceñían
-involuntariamente el talle gentil de la muchacha, y el estremecimiento
-interior de deseo de hacía cuatro ó cinco meses renacía más brioso,
-infundiendo á su alma vigor para rebelarse, protestar y defender á la
-Esclavita como se defiende lo que nos pertenece y forma la substancia de
-nuestro vivir. «Pero vamos á ver, no entiendo cómo le ha entrado ese
-arrechucho á mamá... Por fuerza le han ido con algún chisme... ¿Y por
-qué, y de qué...? Nosotros ¿qué motivo hemos dado, Suriña? Si desde la
-enfermedad de mamá no nos hablamos casi: si tú ni pones aquí los piés...
-Es una cosa rarísima, y no ha de quedar así... Yo lo arreglaré; ¡qué
-habías de irte! No, hermosa...» Alentada y resucitada por estas
-promesas, Esclavitud se apretaba contra el corazón de su amigo,
-queriendo incrustarse en aquel refugio para que nadie la arrancase de
-allí; y Rogelio, con transporte juvenil é irresistible, la cubría de
-caricias, tratando de alzarle la cabeza para buscar sus labios. Tocaron
-á la campanilla, y la primera vez no oyó el repique ninguno de los dos.
-Al segundo, enérgico y airado, Esclavitud se estremeció, y, con
-movimiento simultáneo y brusco, se desunió la pareja. La muchacha se
-arregló el pelo, se ajustó temblando el pañuelo de seda que le rodeaba
-la garganta.
-
---Voy á abrir, que es la señora.
-
-
-
-
-XXII
-
-
-Viendo á su hijo aquella noche, á la hora de comer, distraído, pálido y
-hasta un poco seco al hablar, la señora pensó al punto: «La tenemos
-armada. Ya se lo ha encajado aquella buena alhajita». También pescó al
-vuelo miradillas furtivas, azoradas y elocuentes; pero se aguantó,
-discurriendo para sí: «Según Don Nicanor, en este mundo hay que hacerse
-el tonto un cuarto de hora todos los días; ahora á mí me han doblado la
-ración, y tendré que hacerme la tonta algunos meses.» Hízose, pues, la
-tonta, como si no advirtiese el estado de su hijo, á quien preguntó con
-muchísimo interés noticias de la jaca y de la cochera, y de los
-habituales compañeros de _sport_. Así que se alzaron los manteles, sacó
-otra conversación muy socorrida y de palpitante actualidad, á saber: los
-exámenes. «Rapaz, allá para el miércoles ó jueves, me parece que te
-tocará el turno, de manera que esta semana me espera á mí un ajetreo
-regular... Porque la verdad es que con esos señores no sabe uno á qué
-carta quedarse. ¡Si todos fuesen como Contreras! Ese sabe ponerse en la
-razón. Sólo que este año todavía no te cae por banda Contreras. Con los
-demás es un lío; si se oye á unos y á otros, hay para marearse. Lastra
-quiere que le bajen la cabeza, que le rindan el tributo de la
-recomendación, y que todo el mundo tenga que agradecerle. Ruiz del Monte
-parece que es al contrario: si le hablan por un chico, le toma tirria, y
-le aprieta hasta reventarlo. Tú sabrás si es cierto; á mí me lo contó tu
-amigachillo Díaz, el que escribe romances... De Albirán se susurra otra
-cosa: que no desatiende recomendaciones, pero con su cuenta y razón,
-según de quien procedan... Lo más seguro será que repases, niño.»
-
---Ya repaso, mamá--contestó lacónicamente el estudiante.
-
-Corrió la noche sin que se le pudiese sacar otra palabra. Revolvía las
-revistas ilustradas, los periódicos del día; los tomaba y los dejaba,
-cambiaba de asiento pasando del sillón al sofá y del sofá al sillón;
-suspiraba hondo, y, en fin, daba todas las señales de desazón posibles,
-sin cuidarse de que se viese, ó más bien pareciendo que deseaba lo
-advirtiese su mamá. Al fin, cuando ésta le dijo «¿no sales hoy á un
-actito á Lara?» exclamó con tono duro y resuelto:
-
---No; voy á acostarme. Me duele un poco la cabeza.
-
-La señora le oyó taconear en el corredor y batir la puerta de su
-despacho.
-
---Lo dicho; la tenemos. Yo he cometido una falta grave. Debí no resolver
-este cotarro hasta pasados los exámenes, un par de días antes de la
-marcha... Ha sido una borricada mía. Ya se ve; el deseo de salir del
-atolladero prontito... Pues no; hay cosas que vale más llevarlas por sus
-pasos contados. Veremos si la puedo enmendar y dar tiempo al tiempo. Si
-no, voy á tener al rapaz desquiciado cuando más necesita la cabeza
-firme. Una prórroga... A ver si consigo encajárselo en la cabeza á Don
-Gaspar. Es fácil que sea más arduo hacer entrar en razón al viejo que al
-niño. ¡Qué complicaciones! Aquella falsona de Rita Pardo decía bien...
-Conviene mirar mucho á quién mete uno en su casa.
-
-Hubo entonces en el pequeño drama doméstico, intimo, que ya tocaba á su
-desenlace, uno de esos entreactos, como treguas momentáneas, durante las
-cuales los actores, aparentando dedicarse á otros intereses ó distraídos
-efectivamente por ellos, no pierden de vista, sin embargo, el asunto
-capital, y viven, por decirlo así, en perpetua representación, guardando
-silencio acerca de lo que más ocupa su alma, sin que este silencio
-engañe á nadie. La señora atendía sólo á ganar días, calmando la
-impaciencia pueril de Don Gaspar Febrero con moratorias que justificaba
-la proximidad de los exámenes y la imposibilidad de quedarse en aquel
-momento sin doncella; Esclavitud aguardaba, ocultando en lo más profundo
-del pecho una esperanza tenaz, basada en las palabras y ofrecimientos de
-su amigo; y Rogelio, preocupado, agitado, acechaba inútilmente la
-ocasión de decir algo, ¡algo muy formal y en tono muy firme!, á su
-madre. La verdad ante todo; si la señora le facilitase esta ocasión, el
-estudiante se vería perdido para aprovecharla. A medida que pasaba
-tiempo, la dosis de valor atesorada en el primer instante iba
-disipándose como un frasco de esencia cuando queda destapado. Es
-indecible el pecho que necesita un buen hijo para ponerse frente á
-frente de una buena madre, y realizar un acto que en cierto modo le
-manumite, pero que le desgarra las fibras más íntimas del corazón. Tanto
-se unen y confunden el deber natural, la costumbre y hasta aquel
-disculpable egoísmo que nos aconseja entregarnos sin reserva en manos de
-quien más que á sí mismo nos ama, que el romper ese lazo constituye un
-acto de supremo vigor, uno de esos esfuerzos que quebrantan una voluntad
-si no es de acero bien templado. Contra un padre severo hay siempre
-energía; sus propios rigores entonan; pero una madre como la de Rogelio,
-que no había tenido más pensamiento que su hijo, que le había rodeado de
-tal solicitud, ahorrándole hasta el trabajo de discurrir y el esfuerzo
-de desear; una madre viuda, delicada de salud, y que había ejercitado el
-arte de adelantarse á los gustos de su hijo, consiguiendo así que la
-voluntad de éste no adquiriese nunca el temple recio que dan las
-privaciones y las luchas, era un adversario con quien Rogelio no tenía
-fuerzas para medirse. «Si ella misma sacase la conversación...», pensaba
-el estudiante. Pero ¡quiá! La verdad es que si ella la sacase... sería
-lo mismo. Lo único á que se atrevía era á la protesta muda, á hacerse
-unas veces el triste y otras el malhumorado y fosco. «Mamá, por no verme
-así, es capaz de cualquier cosa...», calculaba con su lógica de niño
-mimado. Sólo que mamá sabía distinguir de juguetes.
-
-El incidente de los exámenes contribuyó á enflaquecer más todavía su
-resolución. Entre el repaso, los temores del mal éxito y las idas y
-venidas de los amigos que le traían, por decirlo así, relación del
-estado barométrico de las notas, Rogelio se encontró fuera del círculo
-mágico con que nos rodea la idea fija amorosa, y á no ser por un par de
-ojos verdes que de vez en cuando se fijaban en los suyos, hasta hubiese
-olvidado _aquéllo_, que, por raro fenómeno de óptica, le parecía todos
-los días menos inminente--siendo así que lo era más, pues la salida á
-Galicia estaba irremisiblemente señalada para después de los exámenes.
-
-Y éstos llegaron, y se encontró Rogelio con dos asignaturas aprobadas;
-pero en una--la más ingrata y antipática para él--le cayó como una ducha
-fría un _suspenso_. «De estas calabazas ya sé yo quién tiene la
-culpa...», pensaba la madre, mirando al través de la puerta entornada á
-Esclavitud, que pasaba un plumero á los cuadros del saloncito. «En esto
-paran las guilladuras; pero, ¿qué le vamos á hacer? cada edad trae lo
-suyo. En Septiembre ganará lo que pierde ahora; bien joven es; con tal
-que esté sano... Y seamos justos; la jaca también me lo levantó de
-cascos en esta temporada última. Verdad que más vale así. De la
-primavera acá no me quejo. Bien se ha portado la jaquita... Merece una
-libra de azúcar.»
-
-
-
-
-XXIII
-
-
-La última noche que la familia Pardiñas pasó en Madrid antes de marchar
-á su tierra, vino mucha gente á decirles adiós, y se formó una pequeña
-tertulia animada y sin etiqueta. A fines ya de Junio, el momento más
-hermoso para salir y buscar sociedad era realmente entre diez y once de
-la noche, cuando corre un sano aire fresco hasta por las abrasadas
-callejuelas del Madrid antiguo, del que ni tiene arbolado ni casi goza
-los beneficios del riego municipal. Bajaron las vecinas del segundo,
-sobrinas de un brigadier de ingenieros, y acudió también la marquesa
-viuda de Andrade, paisana de doña Aurora, señora guapetona y maja,
-bastante conocida en los círculos aristocráticos, y acostumbrada por
-consiguiente á recogerse tarde. La señora de Pardiñas, al encontrarse
-rodeada de visitas, se dedicó á agasajarlas lo mejor que pudo y supo,
-dejando girar libremente la conversación, que versaba sobre cosas del
-país donde iba á volver después de tantos años. La Marquesa, alegre y
-rozagante, habló de irse pronto á Vigo, y enseñó un brazalete nuevo, con
-zafiros y brillantes, dando á entender que había en él cierto misterio.
-«Esta anda otra vez con intenciones de maridar--pensó doña
-Aurora.--¿Quién será el galán? Dios se la depare buena.»
-
-Rogelio había abandonado la reunión impensadamente, sin decir oxte ni
-moxte. La retirada no se le pasó por alto á su madre, pero sobre que no
-podía evitarla, descubrió otros motivos de resignarse: «Pocas son las
-malas fadas; al fin mañana nos vamos...» Esclavitud aún se le figuraba
-un peligro y un compromiso, pero ya muy remoto. «Mañana á estas horas
-estaremos cerca de Avila... ¡Cuándo oiré el silbato del tren!»
-
-Se recogía Rogelio á su cuarto, impulsado por vagas esperanzas de ver á
-la chica, explicarle su actitud de aquellos días, y la imposibilidad de
-proceder de distinto modo, de evitar la marcha y de sublevarse.
-Presentía que Esclavitud, no desperdiciando la ocasión, vendría pronto;
-y á fin de que comprendiese que estaba allí, encendió luz con mucho
-derroche de fósforos y taconeo, abrió cajones é hizo chirriar dos ó tres
-veces la puerta. A llamarla no se atrevía por temor al fino oído de su
-madre, pues, según su frase paradójica é hiperbólica, «oía mejor que el
-sordo Candás».
-
-No aguardó largo trecho. A los diez minutos tocaron á la puerta, y antes
-que dijese «adelante» entraba Esclavitud. La claridad del quinqué puesto
-sobre la mesa del despachillo que precedía á la alcoba y cuarto tocador
-del estudiante cayó sobre el rostro de la muchacha, y Rogelio observó
-mejor que nunca cómo en una quincena había empalidecido y se había
-demacrado, afinando y espiritualizando su tipo, que ahora podría servir
-de modelo para esas imágenes labradas en cera, donde se encierran los
-huesos de alguna mártir desconocida.
-
-Rogelio se llegó á Esclava y le tomó la mano: ardía de calentura.
-
-Sin decirse palabra, con unánime impulso, miraron alrededor, buscando un
-mueble en que sentarse reunidos. No lo había en el despachito, alhajado
-con un sitial y media docena de sillas; y sin reflexionar se refugiaron
-en la alcoda, donde Rogelio, cogiendo á la muchacha por el talle, la
-obligó á sentarse en la cama. Tampoco entonces hablaron hasta
-transcurrir un tiempo que no bajaría de cinco minutos. Rogelio apretaba
-y acariciaba aquella manecita algo endurecida por el trabajo y muy
-picada de la aguja, como queriendo comunicarle la frescura de sus palmas
-y quitarle el ardor de la fiebre. Pero no se le ocurría nada, sino las
-vulgaridades consoladoras de todas las despedidas; y al fin,
-pareciéndole raro callar más, se resolvió á emplear tan mala moneda.
-
---Suriña, tontiña, mujer, no me estés así... Mira, he reflexionado
-mucho; he cavilado más que tú. No se conseguiría nada con llevarle á
-mamá la contraria ahora. Le daríamos un disgusto muy grande; acaso se
-nos pondría enferma, pero no mudaría de resolución. Ten paciencia.
-Dentro de tres meses, ó menos aún, estamos de vuelta aquí, y nos
-veremos, porque en casa del señor de Febrero andarás mucho más libre que
-en ésta. Ya sabes que yo te he de querer siempre, boba. No me la pegues
-con el tierno Nuño Rasura. Anda, tontiña, paloma, no me estés así. Mira
-que me vas á poner muy triste.
-
-Esclavitud no contestaba sino moviendo la cabeza negativamente, con
-obstinada melancolía. Luego respondió, en voz bastante entera:
-
---Alegre no puedo estar. Pero tampoco estoy triste. No se apure. Sólo
-que tengo la cabeza... así... como si me anduviese por dentro de ella
-una cosa mala.
-
---Mujer, ¡Suriña!
-
---Sí, señor. Yo estoy aquí, ¿eh? ¿Le estoy oyendo? ¿Le respondo? Pues
-estoy como si oyese á una persona... de allá, del otro mundo, que me
-habla.
-
---¡Válgame Dios!--exclamó el estudiante estremeciéndose.--Más quisiera
-que llorases. Si llorases no estarías tan maniática, Sura. Llora y
-desespérate, pero no digas esas cosazas.
-
---Yo lloro por dentro. Por fuera no. Ni una lágrima puedo echar. Ya
-estuve lo mismo otra vez, cuando murió mi padre--repuso apaciblemente la
-muchacha, sin que ni ella ni Rogelio subrayasen aquel nombre de _padre_
-que acaso por primera vez articulaba Esclavitud sin rebozo ni
-perífrasis.
-
---Hija, te encuentro algo enferma. ¡Ay, ay, ay! Tienes calentura. Las
-manos tuyas abrasan. Dame palabra de que mañana vas á ver á Sánchez del
-Abrojo.
-
---No, señor, no es enfermedad. Más buena no estuve nunca. Son _avisos_.
-
---Mujer, calla por Dios. Estás diciendo unos disparates...
-
-Arrimó el rostro al de la muchacha y la besó tiernamente en las heladas
-mejillas, sin que ella hiciese movimiento de resistencia. Al contrario,
-pareció más conforme y adoptó un tono casi confidencial y franco para
-decir á su amigo las extravagancias siguientes:
-
---Rogelio, hay cosas que avisan los difuntos á los vivos; no le quepa
-duda. Tres días antes de morir mi padre, vi un pájaro grande, negro, al
-pié de mi cama. Ayer vi otra vez el pájaro: iba tan de prisa que no sé
-por dónde se escapó; pero lo vi, tan cierto como que aquí estamos. Yo no
-vuelvo nunca más á la tierra: nunca más. Ya se verá; y entonces ha de
-convencerse y dirá: «Esclavitud bien me lo avisaba». Si tuviese tan
-seguro un millón de onzas, ya estaría discurriendo dónde las iba á
-guardar para que no me las llevasen los ladrones. Esta noche...
-
-Bajó mucho más la voz, y al oído de Rogelio murmuró:
-
---Un perro, en una casa de ahí al lado, estuvo hasta que amaneció
-_ventando_ la muerte.
-
---¡Jesús, mujer!--exclamó Rogelio por segunda vez, ya fatalmente
-impresionado con aquella conversación extraña.--Tú estás loca ¿No ves,
-Suriña, que en Madrid se mueren ó agonizan cada noche infinitas
-personas? Figúrate: si los perros anunciasen todo eso, trabajo les
-mando. Se convertirían en cuarta plana de _La Correspondencia_. Lo que
-tienes, Sura, es que estás afectada porque nosotros nos vamos y tú te
-quedas. También yo ando hace muchos días disgustado con el viajecito. He
-pasado ratos feroces. Después he reflexionado... y... me parece que es
-mejor conformarse con esto de ahora, porque si alborotamos la
-enredaremos más. Suriña, tres meses. Dentro de noventa días (y aun puede
-que no tanto), me tienes aquí. Mi primer visita es para doña Sura. Anda,
-no estés así. Te quiero mucho, hermosa. Ya convenceremos á mamá. Todavía
-no me has dicho hoy que me querías. ¡Anda!...
-
-Con el movimiento de un niño que pide halagos, acercó su mejilla á la
-boca de Esclavitud, y ésta, sin protesta alguna, como el que ejecuta una
-acción hija de la costumbre, puso en ella los labios. Estaban como las
-palmas, secos y ardientes, y á Rogelio le pareció que le arrancaban la
-piel, con sensación más bien dolorosa que placentera. Sólo que las
-caricias eran un recurso para que aquella última y penosa entrevista
-fuese algo menos intolerable, y el estudiante, á falta de razones que
-consolasen á la pobre abandonada, acudió á los halagos, sin que en el
-primer momento le animase otra intención menos limpia y noble. Corrió
-bastante tiempo--y él mismo no acertaría á explicar el por qué de esta
-tardanza, anómala si se examina bien lo incitante de la hora y sitio y
-la ceguera de los pocos años--antes que se le despertase una sed
-criminal y ardiente. Cuando la embriaguez le ofuscó, saltó de la cama y
-fué á dar vuelta á la llave de la lámpara, sin conseguir por eso
-obscuridad completa, pues un rayo de luna primaveral, entrando por la
-vidriera del despacho, lo bañaba en luz fantástica, azulada y soñadora.
-Al recobrar, entre la pálida penumbra, los labios donde la fuerza de la
-ilusión juvenil le movía á creer que se dejaba presa el alma á cada
-aspiración del aliento, ya no los soltó, ni acaso los soltaría aunque
-viese allí á su madre, que representaba para él el Deber, y el Deber
-amado, el único que se impone á las almas tiernas. Pero el recuerdo y la
-conciencia de ese Deber fué lo primero que acudió á su mente al
-despertarse, y corriendo á la puerta, escuchó, volvió azorado, y exclamó
-en tono suplicante:
-
---Suriña, Suriña, se me figura que oigo despedirse en el pasillo á la
-Marquesa... Si esa se va, es que no queda nadie... Mamá se cuela aquí
-derechamente, de fijo... A ver, á ver si puedes escurrirte con maña.
-Adiós, vé despacito, que no te sientan... ¿eh?
-
-La muchacha obedeció pasiva, como en todo, sin reclamar, en la premura
-de su aquiescencia, ni el último abrazo. Rogelio volvió á encender la
-lámpara, cuya mecha igualó cuidadosamente. Corrió también la vidriera de
-la alcoba, y de pié ante el gran armario de luna, se atusó y se sacó la
-raya con un peinecillo. Después metió las manos en los bolsillos del
-pantalón y se miró un rato, atentamente, estudiando con curiosidad
-irreflexiva su propia cara; hablando con sus ojos en el espejo, como
-para convencerse de que, disipado aquel vértigo, la individualidad
-persistía, y no quedaba para siempre en su persona no sé qué de otra,
-una huella que no se podía borrar y que iba á delatarle. Luego, la
-imagen de su madre volvió á oprimirle el corazón; pero disipó
-instantáneamente sus recelos un arrebato de alegría nerviosa; y el
-neófito, corriendo á la ventana, la abrió, se dejó bañar por la pura
-atmósfera nocturna, y agarrado á los hierros de la ventana, respiró con
-avidez.
-
-
-
-
-EPILOGO
-
-
-Antes faltaría el sol en los cielos, que Don Gaspar á las cuatro de la
-tarde con un cochecillo, para llevarse á casa su futura ama de llaves.
-Se le dijo que Esclavitud había salido ya en la misma dirección, y el
-viejo, con esta noticia, se metió otra vez en la berlina destartalada,
-mandando al cochero «que arrease bien.» La impaciencia no le permitía ir
-andando con su pata coja.
-
-En los últimos momentos llamara doña Aurora á Esclavitud, poniéndole en
-las manos, amén de su salario, una buena propina, á cuyo obsequio añadió
-el de unos aretes con turquesas. «No quiero que se vaya descontenta.
-Cuidado que la noto desemblantada á la infeliz. Me parece que estaba
-encariñada de veras con el niño, por lo cual es cada vez más conveniente
-mi resolución. Me da lástima, y conozco que es una tontería que me la
-dé: ¡qué arrimo como el que encuentra! Le hago un favor grandísimo: lo
-que me tranquiliza es eso. Lleva una canonjía...»
-
-Así y todo, la señora no podía reprimir cierta desazón, cierta amargura
-íntima, una lástima inmensa, que después tradujo por doloroso
-presentimiento. «Mire V. que compadecerla cuando estoy tan segura de que
-le he proporcionado lo que más podría desear una muchacha de su
-clase...» Y así lo creía en efecto la señora de Pardiñas. Como les
-sucede á muchas personas bondadosas incapaces de odiar y hacer daño, no
-quería reconocer que miraba ante todo á la conveniencia de su hijo, por
-más justo que le pareciese y en efecto fuese este móvil, y trataba de
-atribuir su conducta al interés de la misma Esclavitud.
-
-La tranquilizó un poquillo oir en la cocina á Fausta que embromaba á
-Esclavitud cantándole _sotto voce_ aquello de «Y hoy sirvo á un
-abuelo... que está chocho y lelo... y yo soy el ama...»
-
---Tiene razón Fausta. El ama será en casa del señor de Febrero. Como no
-lo sea de más...
-
-Salía el tren de Galicia á las siete y treinta y cinco, y á esa hora tan
-bonita, precursora del anochecer, en el andén de la estación del Norte
-no cabía la multitud afanosa y regocijada de viajeros y de amigos que
-los despedían, envidiando éstos á los que se marchaban á ver tierras
-hermosas, respirar aire salino, gozar el fresco, vivir mejor, en clima
-templado y salubre, algunos meses. No había escenas tristes: no era el
-adiós del marinero, ni la partida del soldado, ni la nostálgica
-despedida del emigrante: los que se iban, excitados y gozosos; risueños
-en su dentera los que se quedaban... Sólo hacia el extremo del tren, á
-la portezuela de un coche de primera, se divisaba un grupo de cinco
-personas que trocaban abrazos prolongados; componíase de dos hombres,
-mozo el uno y el otro viejo ya, cabizbajos, pero erguidos de cuerpo, y
-tres señoras, dos jóvenes y una de pelo blanco, que aplicaban
-frecuentemente el pañuelo á los ojos enrojecidos. Dentro del vagón
-estaba un ama con niño de pecho. Laín Calvo se acercó á doña Aurora y le
-dijo señalando al grupo:
-
---¿Ve allí á los Rojas? Faroles hasta el fin, hasta la muerte. Al hijo
-me lo han vuelto á trasladar á Marineda por aquella historia consabida
-de farolerías con el ministro, y mas que sepa perecer de necesidad,
-viajará en primera por el decoro de su cargo. Tiene á la mujer otra vez
-embarazada... y bien adelantadita en meses. A otra traslación dice que
-dimitirá... Y á Rojas ya me lo pillaron, ¿no sabía? Recibió la
-jubilación hace una semana.
-
---¡Qué me dice V.!--exclamó con pena sincerísima la señora.--¡Válgame
-Dios! ¡Pobrecitos! Esa infeliz de Matilde Rojas, cuándo encontrará un
-hombre de bien que la quiera sin un cuarto de dote! Le digo á V. que
-todo el camino iré pensando en esta familia. ¡Qué mundo, Don Nicanor!
-
-Doña Aurora intentó dirigirse al grupo y estrechar la mano de las
-señoras de Rojas: pero ya no era hacedero, porque sonaba la campana de
-aviso, bufaba la máquina, y corrían de un lado á otro las carretillas
-con equipajes facturados para cargarlos. Rogelio, desde el vagón, alargó
-la mano á su madre, que subió despacio, riendo porque se le había
-enganchado un volante en el estribo; y entre la primer arrancada del
-tren se perdió la voz de Laín Calvo que gritaba:
-
---¡Cuidado con las niñas de Vigo, Rogelín que son de rechupete, home!
-
-El tren, oscilando con suavidad, activaba su marcha. Caía la tarde con
-serena magnificencia, y Rogelio, asomado á la ventanilla, creía divisar
-ya los frescos valles galaicos, los castaños frondosos, el azul festón
-de las rías orlando la tierra más bonita del mundo.
-
-En cambio no vió, del otro lado del andén, á Esclavitud, que seguía con
-los ojos el tren hasta que se alejó grandioso y raudo. Cuando ya no fué
-posible columbrar ni un copo del penachillo de humo negro, la muchacha,
-estremeciéndose como si tuviese frío, retrocedió lentamente hacia la
-ciudad, bien resuelta á que el sol, que se ponía en aquel instante, no
-volviese á levantarse para ella nunca, nunca.
-
-Dejemos á la infeliz, porque al cabo no podríamos quitárselo de la
-cabeza. Si consultamos sobre este drama á Don Gabriel Pardo, que es
-amigo de generalidades pedantescas y se paga de malas razones por el
-afán de pretender explicarlo todo, nos dirá que el extravío mental que
-conduce á la muerte voluntaria, es muy propio del sombrío humor de la
-raza céltica, esa gran vencida de la Historia: como si cada día y en
-cada provincia de España no trajese la prensa suicidios así.
-
-
-FIN
-
-
-
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's Insolación y Morriña, by Emilia Pardo-Bazán
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK INSOLACIÓN Y MORRIÑA ***
-
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-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
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-and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
-works. See paragraph 1.E below.
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-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
-
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-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
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-Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
-permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
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-The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
-Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
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-business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
-information can be found at the Foundation's web site and official
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- The Project Gutenberg eBook of Isolación-Morriña, por Emilia Pardo-Bazán.
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-<pre>
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-The Project Gutenberg EBook of Insolación y Morriña, by Emilia Pardo-Bazán
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: Insolación y Morriña
- Dos historias amorosas
-
-Author: Emilia Pardo-Bazán
-
-Release Date: July 17, 2016 [EBook #52597]
-[Last updated: May 16, 2017]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK INSOLACIÓN Y MORRIÑA ***
-
-
-
-
-Produced by Josep Cols Canals, Chuck Greif and the Online
-Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
-book was produced from images made available by the
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-
-
-
-
-
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-
-<p class="cb">OBRAS COMPLETAS<br />
-
-<span class="pagenum"><a name="page_001" id="page_001"></a>{1}</span>
-
-DE<br />
-<img src="images/bazan.png" width="284" height="22" alt="EMILIA PARDO-BAZÁN" title="" />
-
-<br />
-
-<span class="sans">CONDESA DE PARDO-BAZÁN</span><br />
-&mdash;&mdash;&mdash;&mdash;<br />
-TOMO VII<br />
-&mdash;&mdash;&mdash;&mdash;<br />
-
-<span class="sans">INSOLACIÓN&mdash;MORRIÑA</span></p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_002" id="page_002"></a>{2}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_003" id="page_003"></a>{3}</span>&nbsp; </p>
-
-<p class="cb">
-<span class="sans">EMILIA PARDO-BAZÁN</span><br />
-
-CONDESA DE PARDO-BAZÁN<br />
-
-OBRAS COMPLETAS.&mdash;TOMO VII<br />&mdash;&mdash;&mdash;&mdash;<br /></p>
-
-<h1>
-I N S O L A C I Ó N<br />
-
-<small><small>Y</small></small><br />
-
-M O R R I Ñ A</h1>
-
-<p class="cb">
-(DOS &nbsp; HISTORIAS &nbsp; AMOROSAS)<br />
-<br />
-<img src="images/colofon.jpg"
-width="100"
-height="98"
-alt="colofón" /><br />
-<br />
-MADRID<br />
-V. PRIETO Y COMPAÑÍA, EDITORES<br />
-Pontejos, número 8.<br />
-1911<br />
-</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_004" id="page_004"></a>{4}</span>&nbsp; </p>
-
-<div class="rht">
-<p class="ht">
-Es propiedad.<br />
-Queda hecho el depósito<br />
-que marca la ley.<br />
-</p>
-</div>
-
-<hr />
-
-<p class="c">
-Establecimiento tipográfico, Campomanes, 4.<br />
-</p>
-
-<table border="1" cellpadding="0" cellspacing="0" summary=""
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-<tr class="c"><td>
-
-<a href="#INSOLACION"><b>INSOLACIÓN</b></a><br />
-<a href="#I-in">I</a>,
-<a href="#II-in">II</a>,
-<a href="#III-in">III</a>,
-<a href="#IV-in">IV</a>,
-<a href="#V-in">V</a>,
-<a href="#VI-in">VI</a>,
-<a href="#VII-in">VII</a>,
-<a href="#VIII-in">VIII</a>,
-<a href="#IX-in">IX</a>,
-<a href="#X-in">X</a>,
-<a href="#XI-in">XI</a>,
-<a href="#XII-in">XII</a>,
-<a href="#XIII-in">XIII</a>,
-<a href="#XIV-in">XIV</a>,
-<a href="#XV-in">XV</a>,
-<a href="#XVI-in">XVI</a>,
-<a href="#XVII-in">XVII</a>,
-<a href="#XVIII-in">XVIII</a>,
-<a href="#XIX-in">XIX</a>,
-<a href="#XX-in">XX</a>,
-<a href="#XXI-in">XXI</a>,
-<a href="#XXII-in">XXII</a>,
-</td><td>
-<a href="#MORRINA"><b>MORRIÑA</b></a><br />
-<a href="#I-morr">I</a>,
-<a href="#II-morr">II</a>,
-<a href="#III-morr">III</a>,
-<a href="#IV-morr">IV</a>,
-<a href="#V-morr">V</a>,
-<a href="#VI-morr">VI</a>,
-<a href="#VII-morr">VII</a>,
-<a href="#VIII-morr">VIII</a>,
-<a href="#IX-morr">IX</a>,
-<a href="#X-morr">X</a>,
-<a href="#XI-morr">XI</a>,
-<a href="#XII-morr">XII</a>,
-<a href="#XIII-morr">XIII</a>,
-<a href="#XIV-morr">XIV</a>,
-<a href="#XV-morr">XV</a>,
-<a href="#XVI-morr">XVI</a>,
-<a href="#XVII-morr">XVII</a>,
-<a href="#XVIII-morr">XVIII</a>,
-<a href="#XIX-morr">XIX</a>,
-<a href="#XX-morr">XX</a>,
-<a href="#XXI-morr">XXI</a>,
-<a href="#XXII-morr">XXII</a>,
-<a href="#XXIII-morr">XXIII</a>,
-<a href="#EPILOGO-morr">EPILOGO</a><br />
-</td></tr>
-</table>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_005" id="page_005"></a>{5}</span><br />&nbsp; <br /></p>
-
-<div class="figcenter">
-<img src="images/dedic.png" width="276" height="142"
-alt="A José Lázaro Galdiano,
-en prenda de amistad,
-La Autora." title="" />
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_006" id="page_006"></a>{6}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_007" id="page_007"></a>{7}</span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="INSOLACION" id="INSOLACION"></a>INSOLACIÓN</h2>
-
-<h3><a name="I-in" id="I-in"></a>I</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">L</span><small>A</small> primer señal por donde Asís Taboada se hizo cargo de que había salido
-de los limbos del sueño, fué un dolor como si la barrenasen las sienes
-de parte á parte con un barreno finísimo; luego le pareció que las
-raíces del pelo se convertían en millares de puntas de aguja y se le
-clavaban en el cráneo. También notó que la boca estaba pegajosita,
-amarga y seca; la lengua, hecha un pedazo de esparto; las mejillas
-ardían; latían desaforadamente las arterias, y el cuerpo declaraba á
-gritos que, si era ya hora muy razonable de saltar de la cama, no estaba
-él para valentías tales.</p>
-
-<p>Suspiró la señora; dió una vuelta, convenciéndose de que tenía
-molidísimos los huesos; alcanzó el cordón de la campanilla, y tiró con
-garbo. Entró la doncella, pisando quedo, y entreabrió las maderas del
-cuarto-tocador. Una flecha de luz se coló en la alcoba, y Asís exclamó
-con voz ronca y debilitada:<span class="pagenum"><a name="page_008" id="page_008"></a>{8}</span></p>
-
-<p>&mdash;Menos abierto... Muy poco... Así.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo le va, señorita?&mdash;preguntó muy solícita la Angela (por mal
-nombre <i>Diabla</i>).&mdash;¿Se encuentra algo más aliviada ahora?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hija..., pero se me abre la cabeza en dos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay! ¿Tenemos la maldita de la jaquecona?</p>
-
-<p>&mdash;Clavada... A ver si me traes una taza de tila...</p>
-
-<p>&mdash;¿Muy cargada, señorita?</p>
-
-<p>&mdash;Regular...</p>
-
-<p>&mdash;Voy volando.</p>
-
-<p>Un cuarto de hora duró el vuelo de la Diabla. Su ama, vuelta de cara á
-la pared, subía las sábanas hasta cubrirse la cara con ellas, sin más
-objeto que sentir el fresco de la batista en aquellas mejillas y frente
-que estaban echando lumbre.</p>
-
-<p>De tiempo en tiempo exhalaba un gemido sordo.</p>
-
-<p>En la mollera suya funcionaba, de seguro, toda la maquinaria de la Casa
-de la Moneda, pues no recordaba aturdimiento como el presente, sino el
-que había experimentado al visitar la fábrica de dinero y salir medio
-loca de las salas de acuñación.</p>
-
-<p>Entonces, lo mismo que ahora, se le figuraba que una legión de enemigos
-se divertía en pegarla tenazazos en los sesos y devanarla con argadillos
-candentes la masa encefálica.</p>
-
-<p>Además, notaba cierta trepidación allá dentro, igual que si la cama
-fuese una hamaca, y á cada balance se le amontonase el estómago y le
-metiesen en prensa el corazón.<span class="pagenum"><a name="page_009" id="page_009"></a>{9}</span></p>
-
-<p>La tila. Calentita, muy bien hecha. Asís se incorporó, sujetando la
-cabeza y apretándose las sienes con los dedos. Al acercar la cucharilla
-á los labios, náuseas reales y efectivas.</p>
-
-<p>&mdash;Hija... está hirviendo... Abrasa. ¡Ay! Sosténme un poco, por los
-hombros. ¡Así!</p>
-
-<p>Era la Diabla una chica despabilada, lista como una pimienta: una
-luguesa que no le cedía el paso á la andaluza más ladina. Miró á su ama
-guiñando un poco los ojos, y dijo compungidísima al parecer:</p>
-
-<p>&mdash;Señorita... Vaya por Dios. ¿Se encuentra peor? Lo que tiene no es sino
-eso que le dicen allá en nuestra tierra un <i>soleado</i>... Ayer se caían
-los pájaros de calor, y V. fuera todo el santo día...</p>
-
-<p>&mdash;Eso será...,&mdash;afirmó la dama.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere que vaya enseguidita á avisar al señor de Sánchez del Abrojo?</p>
-
-<p>&mdash;No seas tonta... No es cosa para andar fastidiando al médico. Un meneo
-á la taza. Múdala á ese vaso...</p>
-
-<p>Con un par de trasegaduras de vaso á taza y viceversa, quedó potable la
-tila. Asís se la embocó, y al punto se volvió hacia la pared.</p>
-
-<p>&mdash;Quiero dormir... No almuerzo... Almorzad vosotros... Si vienen
-visitas, que he salido... Atenderás por si llamo.</p>
-
-<p>Hablaba la dama sorda y opacamente, de mal talante, como aquel que no
-está para bromas y tiene igualmente desazonados el cuerpo y el espíritu.</p>
-
-<p>Se retiró por fin la doncella, y al verse sola,<span class="pagenum"><a name="page_010" id="page_010"></a>{10}</span> Asís suspiró más
-profundo y alzó otra vez las sábanas, quedándose acurrucada en una
-concha de tela. Se arregló los pliegues del camisón, procurando que la
-cubriese hasta los piés; echó atrás la madeja del pelo revuelto,
-empapado en sudor y áspero de polvo, y luego permaneció quietecita, con
-síntomas de alivio y aun de bienestar físico producido por la infusión
-calmante.</p>
-
-<p>La jaqueca, que ya se sabe cómo es de caprichosa y maniática, se había
-marchado por la posta desde que llegara al estómago la taza de tila; la
-calentura cedía, y las bascas iban aplacándose... Sí, lo que es el
-cuerpo se encontraba mejor, infinitamente mejor; pero, ¿y el alma? ¿Qué
-procesión le andaba por dentro á la señora?</p>
-
-<p>No cabe duda: si hay una hora del día en que la conciencia goza todos
-sus fueros, es la del despertar. Se distingue muy bien de colores
-después del descanso nocturno y el paréntesis del sueño. Ambiciones y
-deseos, afectos y rencores se han desvanecido entre una especie de
-niebla; faltan las excitaciones de la vida exterior; y así como después
-de un largo viaje parece que la ciudad de donde salimos hace tiempo no
-existe realmente, al despertar suele figurársenos que las fiebres y
-cuidados de la víspera se han ido en humo y ya no volverán á acosarnos
-nunca. Es la cama una especie de celda donde se medita y hace examen de
-conciencia, tanto mejor cuanto que se está muy á gusto, y ni la luz ni
-el ruido distraen. Grandes dolores de<span class="pagenum"><a name="page_011" id="page_011"></a>{11}</span> corazón y propósitos de la
-enmienda suelen quedarse entre las mantas.</p>
-
-<p>Unas miajas de todo esto sentía la señora; sólo que á sus demás
-impresiones sobrepujaba la del asombro.&mdash;«¿Pero es de veras? ¿Pero me ha
-pasado <i>eso</i>? Señor Dios de los ejércitos, ¿lo he soñado ó no? Sácame de
-esta duda.»&mdash;Y aunque Dios no se tomaba el trabajo de responder negando
-ó afirmando, <i>aquello</i> que reside en algún rincón de nuestro ser moral y
-nos habla tan categóricamente como pudiera hacerlo una voz divina,
-contestaba:&mdash;«Grandísima hipócrita, bien sabes tú como fué: no me
-preguntes, que te diré algo que te escueza.»</p>
-
-<p>&mdash;Tiene razón la Diabla: ayer atrapé un <i>soleado</i> y para mí, el sol...
-matarme. ¡Este chicharrero de Madrid! ¡El veranito y su alma! Bien
-empleado, por meterme en avisperos. A estas horas debía yo andar por mi
-tierra...</p>
-
-<p>Doña Francisca Taboada se quedó un poquitín más tranquila desde que pudo
-echarle la culpa al sol. A buen seguro que el astro-rey dijese esta boca
-es mía protestando, pues aunque está menos acostumbrado á las
-acusaciones de galeotismo que la luna, es de presumir que las acoja con
-igual impasibilidad é indiferencia.</p>
-
-<p>&mdash;De todos modos&mdash;arguyó la voz inflexible,&mdash;confiesa, Asís, que si no
-hubieses tomado más que sol... Vamos, á mí no me vengas tú con
-historias, que ya sabes que nos conocemos... ¡como que andamos juntos
-hace la friolera de treinta y dos abriles! Nada, aquí no valen
-subterfugios... Y tampoco sirve alegar que<span class="pagenum"><a name="page_012" id="page_012"></a>{12}</span> si fué inesperado, que si
-parece mentira, que si patatín, que si patatán... Hija de mi corazón, lo
-que no sucede en un año sucede en un día. No hay que darle vueltas. Tú
-has sido hasta la presente una señora intachable; bien; una perfecta
-viuda; conformes; te has llevado en peso tus dos añitos de luto (cosa
-tanto más meritoria cuanto que, seamos francos, últimamente ya
-necesitabas alguna virtud para querer á tu tío, esposo y señor natural,
-el insigne marqués de Andrade, con sus bigotes pintados y sus achaques,
-fístulas ó lo que fuesen); á pesar de tu genio animado y tu afición á
-las diversiones, en veinticuatro meses no se te ha visto el pelo sino en
-la iglesia ó en casa de tus amigas íntimas; convenido; has consagrado
-largas horas al cuidado de tu niña y eres madre cariñosa; nadie lo
-niega; te has propuesto siempre portarte como una señora, disfrutar de
-tu posición y tu independencia, no meterte en líos ni hacer contrabando;
-lo reconozco; pero... ¿qué quieres, mujer? te descuidaste un minuto,
-incurriste en una chiquillada (porque fué una chiquillada, pero
-chiquillada del género atroz, convéncete de ello) y por cuanto viene el
-demonio y la enreda y te encuentras de patitas en la gran trapisonda...
-No andemos con sol por aquí y calor por allá. Disculpas de mal pagador.
-Te falta hasta la excusa vulgar, la del cariñito y la pasioncilla...
-Nada, chica, nada. Un pecado gordo en frío, sin circunstancias
-atenuantes y con ribetes de desliz chabacano. ¡Te luciste!</p>
-
-<p>Ante estos argumentos irrefutables cedía<span class="pagenum"><a name="page_013" id="page_013"></a>{13}</span> la acción bienhechora de la
-tila, y Asís iba experimentando otra vez terrible desasosiego y sofoco.
-El barreno que antes le taladraba la sien, se había vuelto sacacorchos,
-y haciendo hincapié en el occipucio, parecía que enganchaba los sesos á
-fin de arrancarlos igual que el tapón de una botella. Ardía la cama y
-también el cuerpo de la culpable, que, como un San Lorenzo en sus
-parrillas, daba vueltas y más vueltas en busca de rincones frescos, al
-borde del colchón. Convencida de que todo abrasaba igualmente, Asís
-brincó de la cama abajo, y blanca y silenciosa como un fantasma entre la
-penumbra de la alcoba, se dirigió al lavabo, torció el grifo del
-depósito, y con las yemas de los dedos empapadas en agua, se humedeció
-frente, mejillas y nariz; luego se refrescó la boca, y por último se
-bañó los párpados largamente, con fruición; hecho lo cual, creyó sentir
-que se le despejaban las ideas y que la punta del barreno se retiraba
-poquito á poco de los sesos. ¡Ay, qué alivio tan rico! A la cama, á la
-cama otra vez, á cerrar los ojos, estarse quietecita y callada y sin
-pensar en cosa ninguna...</p>
-
-<p>Sí, á buena parte. ¿No pensar dijiste? Cuanto más se aquietaban los
-zumbidos y los latidos, y la jaqueca y la calentura, más nítidos y
-agudos eran los recuerdos, más activas y endiabladas las cavilaciones.</p>
-
-<p>&mdash;Si yo pudiese rezar&mdash;discurrió Asís.&mdash;No hay para esto de conciliar el
-sueño como repetir una misma oración de carretilla.<span class="pagenum"><a name="page_014" id="page_014"></a>{14}</span></p>
-
-<p>Intentólo en efecto; mas si por un lado era soporífera la operación, por
-otro agravaba las inquietudes y resquemores íntimos de la señora. Bonito
-se pondría el Padre Urdax cuando tocasen á confesarse de aquella cosa
-inaudita y estupenda. ¡Él, que tanto se atufaba por menudencias de
-escotes, infracciones de ayuno, asistencia á saraos en cuaresma, mermas
-de misa y otros pecadillos que trae consigo la vida mundana en la corte!
-¿Qué circunloquios serían más adecuados para atenuar la primer impresión
-de espanto y la primer filípica? Sí, sí ¡circunloquios al Padre Urdax!
-¡Él, que lo preguntaba todo derecho y claro, sin pararse en vergüenzas
-ni en reticencias! ¡Con aquel geniazo de pólvora y aquella manga
-estrechita que gastaba! Si al menos permitiese explicar la cosa desde un
-principio, bien explicada, con todas las aclaraciones y notas precisas
-para que se viese la fatalidad, la serie de circunstancias que... Pero,
-¿quién se atreve á hacer mérito de ciertas disculpas ante un jesuíta tan
-duro de pelar y tan largo de entendederas? Esos señores quieren que todo
-sea virtud á raja tabla, y no entienden de componendas ni de excusas.
-Antes parece que se les tachaba de tolerantísimos: no, pues lo que es
-ahora...</p>
-
-<p>No obstante el triste convencimiento de que con el Padre Urdax sería
-perder tiempo y derrochar saliva todo lo que no fuese decir <i>acúsome</i>,
-<i>acúsome</i>, Asís, en la penumbra del dormitorio, entre el silencio,
-componía mentalmente el relato que sigue, donde claro está que<span class="pagenum"><a name="page_015" id="page_015"></a>{15}</span> no había
-de colocarse en el peor lugar, sino paliar el caso: aunque, señores,
-ello admitía bien pocos paliativos.</p>
-
-<h3><a name="II-in" id="II-in"></a>II</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">H</span><small>AY</small> que tomarlo desde algo atrás y contar lo que pasó, ó por mejor
-decir, lo que se charló anteayer en la tertulia semanal de la duquesa de
-Sahagún, á la cual soy asidua concurrente. También la frecuenta mi
-paisano el comandante de artillería Don Gabriel Pardo de la Lage,
-cumplido caballero, aunque un poquillo inocentón, y sobre todo muy
-estrafalario y bastante pernicioso en sus ideas, que á veces sostiene
-con gran calor y terquedad, si bien las más noches le da por acoquinarse
-y callar ó jugar al tresillo, sin importársele de lo que pasa en nuestro
-corro. No obstante, desde que yo soy obligada todos los miércoles, notan
-que Don Gabriel se acerca más al círculo de las señoras y gusta de armar
-pendencia conmigo y con la dueña de la casa; por lo cual hay quien
-asegura que no le parezco saco de paja á mi paisano, aun cuando otros
-afirman que está enamorado de una prima ó sobrina suya, acerca de quien
-se refieren no sé que historias raras. En fin, el caso es que disputando
-y peleándonos siempre, no hacemos malas migas el comandante y yo.<span class="pagenum"><a name="page_016" id="page_016"></a>{16}</span> ¡Qué
-malas migas! A cada polémica que armamos, parece aumentar nuestra
-simpatía, como si sus mismas genialidades morales (no sé darles otro
-nombre) me fuesen cayendo en gracia y pareciéndome indicio de cierta
-bondad interior... Ello va mal expresado..., pero yo me entiendo.</p>
-
-<p>Pues anteayer (para venir al asunto) estuvo el comandante desde los
-primeros momentos muy decidor y muy alborotado, haciéndonos reir con sus
-manías. Le sopló la ventolera de sostener una vulgaridad: que España es
-un país tan salvaje como el Africa central, que todos tenemos sangre
-africana, beduina, árabe ó qué sé yo, y que todas esas músicas de
-ferrocarriles, telégrafos, fábricas, escuelas, ateneos, libertad
-política y periódicos, son en nosotros postizas y como pegadas con goma,
-por lo cual están siempre despegándose, mientras lo verdaderamente
-nacional y genuino, la barbarie subsiste, prometiendo durar por los
-siglos de los siglos. Sobre esto se levantó el caramillo que es de
-suponer. Lo primero que le repliqué fué compararlo á los franceses, que
-creen que sólo servimos para bailar el bolero y repicar las castañuelas;
-y añadí que la gente bien educada era igual, idéntica, en todos los
-países del mundo.</p>
-
-<p>&mdash;Pues mire V., eso empiezo por negarlo&mdash;saltó Pardo con grandísima
-fogosidad.&mdash;De los Pirineos acá, todos, sin excepción, somos salvajes,
-lo mismo las personas finas que los tíos; lo que pasa es que nosotros lo
-disimulamos un<span class="pagenum"><a name="page_017" id="page_017"></a>{17}</span> poquillo más, por vergüenza, por convención social, por
-conveniencia propia; pero que nos pongan el plano inclinado, y ya
-resbalaremos. El primer rayito de sol de España&mdash;este sol con que tanto
-nos muelen los extranjeros y que casi nunca está en casa, porque aquí
-llueve lo propio que en París, que ese es el chiste...</p>
-
-<p>Le interrumpí:</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, sólo falta que también niegue V. el sol.</p>
-
-<p>&mdash;No lo niego, ¡qué he de negarlo! Por lo mismo que suele embozarse bien
-en invierno, de miedo á las pulmonías, en verano lo tienen Vds.
-convirtiendo á Madrid en sartén ó caldera infernal, donde nos
-achicharramos todos... Y claro, no bien asoma, produce una fiebre y una
-excitación endiabladas... Se nos sube á la cabeza, y entonces es cuando
-se nivelan las clases ante la ordinariez y la ferocidad general.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, ya pareció aquello. V. lo dice por las corridas de toros.</p>
-
-<p>En efecto, á Pardo le da muy fuerte eso de las corridas. Es uno de sus
-principales y frecuentes asuntos de sermón. En tomando la ampolleta
-sobre los toros, hay que oirle poner como digan dueñas á los partidarios
-de tal espectáculo, que él considera tan pecaminoso como el Padre Urdax,
-los bailes de Piñata y las representaciones del <i>Demi-monde</i> y
-<i>Divorciémonos</i>. Sale á relucir aquello de las tres fieras, toro, torero
-y público; la primera, que se deja matar porque no tiene más remedio; la
-segunda, que cobra por matar; la tercera, que paga<span class="pagenum"><a name="page_018" id="page_018"></a>{18}</span> para que maten, de
-modo que viene á resultar la más feroz de las tres; y también aquello de
-la suerte de pica, y de las tripas colgando, y de las excomuniones del
-Papa contra los católicos que asisten á corridas, y de los perjuicios á
-la agricultura... Lo que es la cuenta de perjuicios la saca de un modo
-imponente. Hasta viene á resultar que por culpa de los toros hay déficit
-en la Hacienda y hemos tenido las dos guerras civiles... (Verdad que
-esto lo soltó en un instante de acaloramiento, y como vió la greguería y
-la chacota que armamos, medio se desdijo.) Por todo lo cual, yo pensé
-que al nombrar ferocidad y barbarie vendrían los toros detrás. No era
-eso. Pardo contestó:</p>
-
-<p>&mdash;Dejemos á un lado los toros, aunque bien revelan el influjo
-barbarizante ó barbarizador (como Vds. gusten) del sol, ya que es
-axiomático que sin sol no hay corrida <i>buena</i>. Pero prescindamos de
-ellos; no quiero que digan Vds. que ya es manía en mí la de sacar á
-relucir la gente cornúpeta. Tomemos cualquier otra manifestación bien
-genuina de la vida nacional... algo muy español y muy característico...
-¿No estamos en tiempo de ferias? ¿No es mañana San Isidro Labrador? ¿No
-va la gente estos días á solazarse por la pradera y el cerro?</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; ¿y qué? ¿También criticará V. las ferias y el Santo? Este señor
-no perdona ni á la corte celestial.</p>
-
-<p>&mdash;Bonito está el Santo, y valiente saturnal asquerosa la que sus devotos
-le ofrecen. Si San Isidro la ve, él que era un honrado y pacífico<span class="pagenum"><a name="page_019" id="page_019"></a>{19}</span>
-agricultor, convierte en piedras los garbanzos tostados y desde el cielo
-descalabra á sus admiradores. Aquello es un aquelarre, una zahurda de
-Plutón. Los instintos españoles más típicos corren allí desbocados,
-luciendo su belleza. Borracheras, pendencias, navajazos, gula,
-libertinaje grosero, blasfemias, robos, desacatos y bestialidades de
-toda calaña... Gracioso <i>tableau</i>, señoras mías... Eso es el pueblo
-español cuando le dan suelta. Lo mismito que los potros al salir á la
-dehesa, que su felicidad consiste en hartarse de relinchos y coces.</p>
-
-<p>&mdash;Si me habla V. de la gente ordinaria...</p>
-
-<p>&mdash;No, es que insisto: todos iguales en siendo españoles; el instinto
-vive allá en el fondo del alma; el problema es de ocasión y lugar, de
-poder ó no sacudir ciertos miramientos que la educación impone: cosa
-externa, cáscara y nada más.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué teorías, Dios misericordioso! ¿Ni siquiera admite V. excepciones
-á favor de las señoras? ¿Somos salvajes también?</p>
-
-<p>&mdash;También, y acaso más que los hombres, que al fin Vds. se educan menos
-y peor... No se dé V. por resentida, amiga Asís. Concederé que V. sea la
-menor cantidad de salvaje posible, porque al fin nuestra tierra es la
-porción más apacible y sensata de España.</p>
-
-<p>Aquí la Duquesa volvió la cabeza con sobresalto. Desde el principio de
-la disputa estaba entretenida dando conversación á un tertuliano nuevo,
-muchacho andaluz, de buena presencia, hijo de un antiguo amigo del
-Duque, el cual,<span class="pagenum"><a name="page_020" id="page_020"></a>{20}</span> según me dijeron, era un rico hacendado residente en
-Cádiz. La Duquesa no admite presentados, y sólo por circunstancias así
-pueden encontrarse caras desconocidas en su tertulia. En cambio, á las
-relaciones ya antiguas las agasaja muchísimo, y es tan consecuente y
-cariñosa en el trato, que todos se hacen lenguas alabando su
-perseverancia; virtud que, según he notado, abunda en la corte más de lo
-que se cree. Advertía yo que, sin dejar de atender al forastero, la
-Duquesa aplicaba el oído á nuestra disputa y rabiaba por mezclarse en
-ella; la proporción le vino rodada para hacerlo, metiendo en danza al
-gaditano.</p>
-
-<p>&mdash;Muchas gracias, señor de Pardo, por la parte que nos toca á los
-andaluces. Estos galleguitos siempre arriman el ascua á su sardina. ¡Más
-aprovechados son! De salvajes nos ha puesto, así como quien no quiere la
-cosa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh Duquesa, Duquesa, Duquesa!&mdash;respondió Pardo con mucha
-guasa.&mdash;¡Darse por aludida V., V. que es una señora tan inteligente,
-protectora de las bellas artes! ¡Usted que entiende de pucheros
-mudéjares y barreñones asirios! ¡Usted que posee colecciones
-mineralógicas que dejan con la boca abierta al embajador de Alemania!
-¡Usted, señora, que sabe lo que significa <i>fósil</i>! ¡Pues si hasta miedo
-le han cobrado á V. ciertos pedantes que yo conozco!</p>
-
-<p>&mdash;Haga V. el favor de no quedarse conmigo suavemente. No parece sino que
-soy alguna literata ó alguna marisabidilla... Porque le guste á<span class="pagenum"><a name="page_021" id="page_021"></a>{21}</span> uno un
-cuadro ó una porcelana... Si cree V. que así vamos á correr un velo
-sobre aquello del salvajismo... ¿Qué opina V. de eso, Pacheco? Según
-este caballero, que ha nacido en Galicia, es salvaje toda España y más
-los andaluces. Asís, el señor Don Diego Pacheco... Pacheco, la señora
-Marquesa viuda de Andrade... el señor Don Gabriel Pardo...</p>
-
-<p>El gaditano, sin pronunciar palabra, se levantó y vino á apretarme la
-mano haciendo una cortesía; yo murmuré entre dientes eso que se murmura
-en casos análogos. Llena la fórmula, nos miramos con la curiosidad fría
-del primer momento, sin fijarnos en detalles. Pacheco, que llevaba con
-soltura el frac, me pareció distinguido, y aunque andaluz, le encontré
-más bien trazas inglesas: se me figuró serio y no muy locuaz ni
-disputador. Haciéndose cargo de la indicación de la Duquesa, dijo con
-acento cerrado y frase perezosa:</p>
-
-<p>&mdash;A cada país le cae bien lo suyo... Nuestra tierra no ha dado pruebas
-de ser nada ruda; tenemos allá de too; poetas, pintores, escritores...
-Cabalmente en Andalucía la gente pobre es mu fina y mu despabilaa.
-Protesto contra lo que se refiere á las señoras. Este cabayero convendrá
-en que toítas son unos ángeles del cielo.</p>
-
-<p>&mdash;Si me llama V. al terreno de la galantería&mdash;respondió Pardo&mdash;convendré
-en lo que V. guste... Sólo que esas generalidades no prueban nada. En
-las unidades nacionales no veo hombres ni mujeres; veo una raza, que se
-determina<span class="pagenum"><a name="page_022" id="page_022"></a>{22}</span> históricamente en esta ó en aquella dirección...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, Pardo!&mdash;suplicó la Duquesa con mucha gracia.&mdash;Nada de palabras
-retorcidas, ni de filosofías intrincadas. Hable V. clarito y en
-cristiano. Mire V. que no hemos llegado á sabios, y que nos vamos á
-quedar en ayunas.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; pues hablando en cristiano, digo que ellos y ellas son de la
-misma pasta, porque no hay más remedio, y que en España (allá va, Vds.
-se empeñan en que ponga los puntos sobre las <i>íes</i>) también las señoras
-pagan tributo á la barbarie&mdash;lo cual puede no advertirse á primera vista
-porque su sexo las obliga á adoptar formas menos toscas, y las condena
-al papel de ángeles, como las ha llamado este caballero.&mdash;Aquí está
-nuestra amiga Asís, que á pesar de haber nacido en el Noroeste, donde
-las mujeres son reposadas, dulces y cariñosas, sería capaz, al darle un
-rayo de sol en la mollera, de las mismas atrocidades que cualquier hija
-del barrio de Triana ó del Avapiés...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, paisano! Ya digo que está V. tocado, incurable. Con el sol tiene
-la tema. ¿Qué le hizo á V. el sol, para que así lo traiga al retortero?</p>
-
-<p>&mdash;Serán aprensiones, pero yo creo que lo llevamos disuelto en la sangre
-y que á lo mejor nos trastorna.</p>
-
-<p>&mdash;No lo dirá V. por nuestra tierra. Allá no le vemos la cara sino unos
-cuantos días del año.</p>
-
-<p>&mdash;Pues no lo achaquemos al sol; será el aire ibérico; el caso es que los
-gallegos, en ese<span class="pagenum"><a name="page_023" id="page_023"></a>{23}</span> punto, sólo aparentemente nos distinguimos del resto
-de la Península. ¿Ha visto V. qué bien nos acostumbramos á las corridas
-de toros? En Marineda ya se llena la plaza y se calientan los cascos
-igual que en Sevilla ó Córdoba. Los cafés flamencos hacen furor; las
-cantaoras traen revuelto al sexo masculino; se han comprado cientos de
-navajas, y lo peor es que se hace uso de ellas; hasta los chicos de la
-calle se han aprendido de memoria el tecnicismo taurómaco; la manzanilla
-corre á mares en los tabernáculos marinedinos; hay sus cañitas y todo;
-una parodia ridícula, corriente; pero parodia que sería imposible donde
-no hubiese materia dispuesta para semejantes aficiones. Convénzanse
-Vds.: aquí en España, desde la Restauración, maldito si hacemos otra
-cosa más que jalearnos á nosotros mismos. Empezó la broma por todas
-aquellas demostraciones contra Don Amadeo; lo de las peinetas y
-mantillas, los trajecitos á medio paso y los caireles; siguió con las
-barbianerías del difunto rey, que le había dado por lo chulo, y claro,
-la gente elegante le imitó, y ahora es ya una epidemia, y entre
-patriotismo y flamenquería, guitarreo y cante jondo, panderetas con
-madroños colorados y amarillos, y abanicos con las hazañas y los
-retratos de Frascuelo y Mazzantini, hemos hecho una Españita bufa, de
-tapiz de Goya ó sainete de Don Ramón de la Cruz. Nada, es moda y á
-seguirla. Aquí tiene V. á nuestra amiga la Duquesa, con su cultura y su
-finura, y sus mil dotes de dama; ¿pues no se pone tan<span class="pagenum"><a name="page_024" id="page_024"></a>{24}</span> contenta cuando
-la dicen que es la chula más salada de Madrid?</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, si fuese verdad, ¡ya se ve que me pondría!&mdash;exclamó la Duquesa
-con la viveza donosa que la distingue.&mdash;¡A mucha honra! Más vale una
-chula que treinta gringas. Lo gringo me apesta. Soy yo muy españolaza,
-¿se entera V.? Se me figura que más vale ser como Dios nos hizo, que no
-que andemos imitando todo lo de extranjis... Estas manías de vivir á la
-inglesa, á la francesa... ¿Habrá ridiculez mayor? De Francia los
-perifollos; bueno; no ha de salir uno por ahí espantando á la gente,
-vestido como en el año de la nanita... De Inglaterra los asados... y se
-acabó. Y diga V., muy señor mío de mi mayor aprecio, ¿cómo es eso de que
-somos salvajes los españoles y no lo es el resto del género humano? En
-primer lugar, ¿se puede saber á qué llama V. salvajadas? En segundo,
-¿qué hace nuestro pueblo, pobre infeliz, que no hagan también los demás
-de Europa? Conteste.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay!... ¡si me aplasta V.!... ¡si ya no sé por donde ando! <i>Pietá</i>,
-<i>Signor.</i> Vamos, Duquesa, insisto en el ejemplo de antes: ¿ha visto V.
-la romería de San Isidro?</p>
-
-<p>&mdash;Vaya si la he visto. Por cierto que es de lo más entretenido y
-pintoresco. Tipos se encuentran allí, que... Tipos de oro. ¿Y los
-columpios? ¿Y los tíos vivos? ¿Y aquella animación, aquel hormigueo de
-la gente? Le digo á V. que, para mí, hay poco tan salado como esas
-fiestas populares. ¿Que abundan borracheras y broncas?<span class="pagenum"><a name="page_025" id="page_025"></a>{25}</span> Pues eso pasa
-aquí y en Flandes: ¿ó se ha creído V. que allá, por la <i>Ingalaterra</i>, la
-gente no se pone nunca á medios pelos, ni se arma quimera, ni se hace
-barbaridad ninguna?</p>
-
-<p>&mdash;Señora...&mdash;exclamó Pardo desalentado&mdash;V. es para mi un enigma. Gustos
-tan refinados en ciertas cosas, y tal indulgencia para lo brutal y lo
-feroz en otras, no me lo explico sino considerando que con un corazón y
-un ingenio de primera, pertenece V. á una generación bizantina y
-decadente, que ha perdido los ideales... Y no digo más, porque se reirá
-V. de mí.</p>
-
-<p>&mdash;Es muy saludable ese temor; así no me hablará V. de cosazas
-filosóficas que yo no entiendo&mdash;respondió la Duquesa soltando una de sus
-carcajadas argentinas, aunque reprimidas siempre.&mdash;No haga V. caso de
-este hombre, Marquesa&mdash;murmuró volviéndose á mí.&mdash;Si se guía V. por él,
-la convertirá en una cuákera. Vaya V. al Santo, y verá cómo tengo razón
-y aquello es muy original y muy famoso. Este señor ha descubierto que
-sólo se achispan los españoles: lo que es los ingleses, ¡angelitos de mi
-vida! ¡qué habían de ajumarse nunca!</p>
-
-<p>&mdash;Señora&mdash;replicó el comandante riendo, pero sofocado ya&mdash;los ingleses
-se achispan; conformes: pero se achispan con <i>sherry</i>, con cerveza ó con
-esos alcoholes endiablados que ellos usan; no como nosotros, con el
-aire, el agua, el ruido, la música y la luz del cielo; ellos se volverán
-unos cepos así que trincan, pero nosotros nos volvemos fieras; nos entra
-en el cuerpo un espíritu maligno de bravata y<span class="pagenum"><a name="page_026" id="page_026"></a>{26}</span> fanfarronería, y por
-gusto nos ponemos á cometer las mayores ordinarieces, empeñándonos en
-imitar al populacho. Y esto lo mismo las damas que los caballeros, si á
-mano viene, como dicen en mi país. Transijamos con todo, excepto con la
-ordinariez, Duquesa.</p>
-
-<p>&mdash;Hasta la presente&mdash;declaró con gentil confusión la dama&mdash;no hemos
-salido ni la marquesa de Andrade ni yo á trastear ningún novillo.</p>
-
-<p>&mdash;Pues todo se andará, señoras mías, si les dan paño&mdash;respondió el
-comandante.</p>
-
-<p>&mdash;A este señor le arañamos nosotras&mdash;afirmó la Duquesa fingiendo con
-chiste un enfado descomunal.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el Sr. Pacheco, que no nos ayuda?&mdash;murmuré volviéndome hacia el
-silencioso gaditano. Este tenía los ojos fijos en mí, y sin apartarlos,
-disculpó su neutralidad declarando que ya nos defendíamos muy bien y
-maldita la falta que nos hacían auxilios ajenos: al poco rato miró el
-reloj, se levantó, despidióse con igual laconismo, y fuése. Su marcha
-varió por completo el giro de la conversación. Se habló de él, claro
-está: la Sahagún refirió que lo había tenido á su mesa, por ser hijo de
-persona á quien estimaba mucho, y añadió que ahí donde lo veíamos, hecho
-un moro por la indolencia y un inglés por la sosería, no era sino un
-calaverón de tomo y lomo, decente y caballero, sí, pero aventurero y
-gracioso como nadie, muy gastador y muy tronera, de quien su padre no
-podía hacer bueno, ni traerle al camino de la formalidad y del sentido
-práctico, pues lo único para<span class="pagenum"><a name="page_027" id="page_027"></a>{27}</span> que hasta la fecha servía era para
-trastornar la cabeza á las mujeres. Y entonces el comandante (he notado
-que á todos los hombres les molesta un poquillo que delante de ellos se
-diga de otros que nos trastornan la cabeza) murmuró como hablando
-consigo mismo:</p>
-
-<p>&mdash;Buen ejemplar de raza española.</p>
-
-<h3><a name="III-in" id="III-in"></a>III</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">B</span><small>IEN</small> sabe Dios que cuando al siguiente día, de mañana, salí á oir misa á
-San Pascual, por ser la festividad del Patrón de Madrid, iba yo con mi
-eucologio y mi mantillita hecha una santa, sin pensar en nada inesperado
-y novelesco, y á quien me profetizase lo que sucedió después, creo que
-le llevo á los tribunales por embustero é insolente. Antes de entrar en
-la iglesia, como era temprano, me deslicé á dar un borde por la calle de
-Alcalá, y recuerdo que, pasando frente al Suizo, dos ó tres de esos
-chulos de pantalón estrecho y chaquetilla corta que se están siempre
-plantados allí en la acera, me echaron una sarta de requiebros de lo más
-desatinado; verbigracia:&mdash;Ole, ¡viva la purificación de la canela!
-Uyuyuy, ¡vaya unos ojos que se trae V., hermosa! Soniche, ¡viva hasta el
-cura que bautiza á estas hembras con mansanilla é lo fino!&mdash;Trabajo me
-costó contener<span class="pagenum"><a name="page_028" id="page_028"></a>{28}</span> la risa al entreoir estos disparates; pero logré
-mantenerme seria y apreté el paso á fin de perder de vista á los
-ociosos.</p>
-
-<p>Cerca de la Cibeles me fijé en la hermosura del día. Nunca he visto aire
-más ligero, ni cielo más claro; la flor de las acacias del paseo de
-Recoletos olía á gloria, y los árboles parecía que estrenaban vestido
-nuevo de tafetán verde. Ganas me entraron de correr y brincar como á los
-quince, y hasta se me figuraba que en mis tiempos de chiquilla no había
-sentido nunca tal exceso de vitalidad, tales impulsos de hacer
-extravagancias, de arrancar ramas de árbol y de chapuzarme en el pilón
-presidido por aquella buena señora de los leones... Nada menos que estas
-tonterías me estaba pidiendo el cuerpo á mí.</p>
-
-<p>Seguí bajando hacia las Pascualas, con la devoción de la misa medio
-evaporada y distraído el espíritu. Poco distaba ya de la iglesia, cuando
-distinguí á un caballero, que parado al pié de corpulento plátano,
-arrojaba á los jardines un puro enterito, y se dirigía luego á
-saludarme. Y oí una voz simpática y ceceosa, que me decía:</p>
-
-<p>&mdash;A los piés... ¿A dónde bueno tan de mañana y tan sola?</p>
-
-<p>&mdash;Calle... Pacheco... ¿Y V.? V. sí que de fijo no viene á misa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y V. qué sabe? ¿Por qué no he de venir á misa yo?</p>
-
-<p>Trocamos estas palabras con las manos cogidas y una familiaridad muy
-extraña, dado lo<span class="pagenum"><a name="page_029" id="page_029"></a>{29}</span> ceremonioso y somero de nuestro conocimiento la
-víspera. Era sin duda que influía en ambos la transparencia y alegría de
-la atmósfera, haciendo comunicativa nuestra satisfacción y dando
-carácter expansivo á nuestra voz y actitudes. Ya que estoy dialogando
-con mi alma y nada ha de ocultarse, la verdad es que en lo cordial de mi
-saludo entró por mucho la favorable impresión que me causaron las
-prendas personales del andaluz. Señor, ¿por qué no han de tener las
-mujeres derecho para encontrar guapos á los hombres que lo sean, y por
-qué ha de mirarse mal que lo manifiesten (aunque para manifestarlo
-dijesen tantas majaderías como los chulos del café Suizo)? Si no lo
-decimos lo pensamos, y no hay nada más peligroso que lo reprimido y
-oculto, lo que se queda dentro. En suma. Pacheco, que vestía un elegante
-terno gris claro, me pareció galán de veras; pero con igual sinceridad
-añadiré que esta idea no me preocupó arriba de dos segundos, pues yo no
-me pago solamente del exterior. Buena prueba di de ello casándome á los
-veinte con mi tío, que tenía lo menos cincuenta, y lo que es de
-gallardo...</p>
-
-<p>Adelante. El señor de Pacheco, sin reparar que ya tocaban á misa, pegó
-la hebra, y seguimos de palique, guareciéndonos á la sombra del plátano,
-porque el sol nos hacía guiñar los ojos más de lo justo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero qué madrugadora!</p>
-
-<p>&mdash;¿Madrugadora porque oigo misa á las diez?<span class="pagenum"><a name="page_030" id="page_030"></a>{30}</span></p>
-
-<p>&mdash;Sí señor: todo lo que no sea levantarse para almorsá...</p>
-
-<p>&mdash;Pues V. hoy madrugó otro tanto.</p>
-
-<p>&mdash;Tuve corasonada. Esta tarde estarán buenos los toros: ¿No va V.?</p>
-
-<p>&mdash;No: hoy no irá la Sahagún, y yo generalmente voy con ella.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y á las carreras de caballos?</p>
-
-<p>&mdash;Menos; me cansan mucho: una revista de trapos y moños: una insulsez.
-Ni entiendo aquel tejemaneje de apuestas. Lo único divertido e el
-desfile.</p>
-
-<p>&mdash;Y entonces, ¿porqué no va á San Isidro?</p>
-
-<p>&mdash;¡A San Isidro! ¡Después de lo que nos predicó ayer mi paisano!</p>
-
-<p>&mdash;Buen caso hase V. de su paisano.</p>
-
-<p>&mdash;Y ¿creerá V. que con tantos años como llevo de vivir en Madrid, ni
-siquiera he visto la ermita?</p>
-
-<p>&mdash;¿Que no? Pues hay que verla; se distraerá V. muchísimo; ya sabe lo que
-opina la Duquesa, que esa fiesta merece el viaje. Yo no la conozco
-tampoco; verdá que soy forastero.</p>
-
-<p>&mdash;Y... ¿y los borrachos, y los navajazos y todo aquello de que habló D.
-Gabriel? ¿Será exageración suya?</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo qué sé! ¡Qué más da!</p>
-
-<p>&mdash;Me hace gracia... ¿Dice V. que no importa? ¿Y si luego paso un susto?</p>
-
-<p>&mdash;¡Un susto yendo conmigo!</p>
-
-<p>&mdash;¿Con V.?&mdash;y solté la risa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Conmigo, ya se sabe! No tiene V. por qué reirse, que soy mu buen
-compañero.<span class="pagenum"><a name="page_031" id="page_031"></a>{31}</span></p>
-
-<p>Me reí con más ganas, no sólo de la suposición de que Pacheco me
-acompañase, sino de su acento andaluz, que era cerrado y sandunguero,
-sin tocar en ordinario, como el de ciertos señoritos que parecen
-asistentes.</p>
-
-<p>Pacheco me dejó acabar de reir, y sin perder su seriedad, con mucha
-calma, me explicó lo fácil y divertido que sería darse una vueltecita
-por la feria á primera hora, regresando á Madrid sobre las doce ó la
-una. ¡Si me hubiese tapado con cera los oídos entonces, cuántos males me
-evitaría! La proposición, de repente, empezó á tentarme, recordando el
-dicho de la Sahagún:&mdash;«Vaya V. al Santo, que aquello es muy original y
-muy famoso.»&mdash;Y realmente, ¿qué mal había en satisfacer mi curiosidad?,
-pensaba yo. Lo mismo se oía misa en la ermita del Santo que en las
-Pascualas; nada desagradable podía ocurrirme llevando conmigo á Pacheco;
-y si alguien me veía con él, tampoco sospecharía cosa mala de mí á tales
-horas y en sitio tan público. Ni era probable que anduviese por allí la
-sombra de una persona decente ¡en día de carreras y toros!, ¡á las diez
-de la mañana! La escapatoria no ofrecía riesgo... ¡y el tiempo convidaba
-tanto! En fin, que si Pacheco porfiaba algo más, lo que es yo...</p>
-
-<p>Porfió sin impertinencia, y tácitamente, sonriendo, me declaré vencida.
-¡Solemne ligereza! Aún no había articulado el <i>sí</i>, y ya discutíamos los
-medios de locomoción. Pacheco propuso, como más popular y típico, el
-tranvía; pero yo, á fin de que la cosa no tuviese el menor aspecto<span class="pagenum"><a name="page_032" id="page_032"></a>{32}</span> de
-informalidad, preferí mi coche. La cochera no estaba lejos: calle del
-Caballero de Gracia. Pacheco avisaría, mandaría que enganchasen é iría á
-recogerme á mi casa, por donde yo necesitaba pasar antes de la
-excursión. Tenía que tomar el abanico, dejar el devocionario, cambiar
-mantilla por sombrero... En casa le esperaría. Al punto que concertamos
-estos detalles, Pacheco me apretó la mano y se apartó corriendo de mí. A
-la distancia de diez pasos se paró y preguntó otra vez.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dice V. que el coche cierra en el Caballero de Gracia?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, á la izquierda... un gran portalón...</p>
-
-<p>Y tomé aprisita el camino de mi vivienda, porque la verdad es que
-necesitaba hacer muchas más cosas de las que le había confesado á
-Pacheco; pero, ¡vaya V. á enterar á un hombre!... Arreglarme el pelo,
-darme velutina, buscar un pañolito fino, escoger unas botas nuevas que
-me calzan muy bien, ponerme guantes frescos y echarme en el bolsillo un
-<i>sachet</i> de raso que huele á <i>iris</i> (el único perfume que no me levanta
-dolor de cabeza). Porque al fin, aparte de todo, Pacheco era para mí
-persona de cumplido; íbamos á pasar algunas horas juntos y observándonos
-muy de cerca, y no me gustaría que algún rasgo de mi ropa ó mi persona
-le produjese efecto desagradable. A cualquier señora, en mi caso, le
-sucedería lo propio.</p>
-
-<p>Llegué al portal sofocada y anhelosa, subí á escape, llamé con furia y
-me arrojé en el tocador, desprendiéndome la mantilla antes de situarme<span class="pagenum"><a name="page_033" id="page_033"></a>{33}</span>
-frente al espejo.&mdash;«Angela, el sombrero negro de paja con cinta
-escocesa... Angela, el antuca á cuadritos... las botas bronceadas...»</p>
-
-<p>Vi que la Diabla se moría de curiosidad... «¿Sí? Pues con las ganas de
-saber te quedas, hija... La curiosidad es muy buena para la ropa
-blanca.» Pero no se le coció á la chica el pan en el cuerpo, y me soltó
-la píldora.</p>
-
-<p>&mdash;¿La señorita almuerza en casa?</p>
-
-<p>Para desorientarla respondí:</p>
-
-<p>&mdash;Hija, no sé... Por si acaso, tenerme el almuerzo listo de doce y media
-á una... Si á la una no vengo, almorzad vosotros... pero reservándome
-siempre una chuleta y una taza de caldo... y mi té con leche, y mis
-tostadas.</p>
-
-<p>Cuando estaba arreglando los rizos de la frente bajo el ala del
-sombrero, reparé en un precioso cacharro azul, lleno de heliotropos,
-gardenias y claveles, que estaba sobre la chimenea.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién ha mandado eso?</p>
-
-<p>&mdash;El señor comandante Pardo... el señorito Gabriel.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no me lo enseñabas?</p>
-
-<p>&mdash;Vino la señorita tan aprisa... Ni me dió tiempo.</p>
-
-<p>No era la primera vez que mi paisano me obsequiaba con flores. Escogí
-una gardenia y un clavel rojo, y prendí el grupo en el pecho. Sujeté el
-velo con un alfiler, tomé un casaquín ligero de paño, mandé á Angela que
-me estirase la enagua y volante, y me asomé á ver si por milagro había
-llegado el coche. Aún no, porque<span class="pagenum"><a name="page_034" id="page_034"></a>{34}</span> era imposible; pero á los diez minutos
-desembocaba á la entrada de la calle. Entonces salí á la antesala,
-andando despacio, para que la Diabla no acabase de escamarse; me contuve
-hasta cruzar la puerta; y ya en la escalera, me precipité, llegando al
-portal cuando se paraba la berlina y saltaba en la acera Pacheco.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué listo anduvo el cochero!&mdash;le dije.</p>
-
-<p>&mdash;El cochero y un servidor de V., señora&mdash;contestó el gaditano, teniendo
-la portezuela para que yo subiese.&mdash;Con estas manos he ayudao á echar
-las guarniciones, y hasta se me figura que á lavar las ruedas.</p>
-
-<p>Salté en la berlina, quedándome á la derecha, y Pacheco entró por la
-portezuela contraria, á fin de no molestarme y con ademán de profundo
-respeto... ¡Valiente hipócrita está él! Nos miramos indecisos por
-espacio de una fracción de segundo, y mi acompañante me preguntó en voz
-sumisa:</p>
-
-<p>&mdash;¿Doy orden de ir camino de la pradera?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí... Dígaselo V. por el vidrio.</p>
-
-<p>Sacó fuera la cabeza y gritó:&mdash;«¡Al Santo!»&mdash;La berlina arrancó
-inmediatamente, y entre el primer retemblido de los cristales exclamó
-Pacheco:</p>
-
-<p>&mdash;Veo que se ha prevenío V. contra el calor y el sol... Todo hace falta.</p>
-
-<p>Sonreí sin responder, porque me encontraba (y no tiene nada de
-sorprendente) algo cohibida por la novedad de la situación. No se
-desalentó el gaditano.</p>
-
-<p>&mdash;Lleva V. ahí unas flores preciosas... ¿No<span class="pagenum"><a name="page_035" id="page_035"></a>{35}</span> sobraba para mí ninguna?
-¿Ni siquiera una rosita de á ochavo? ¿Ni un palito de albahaca?</p>
-
-<p>&mdash;Vamos&mdash;murmuré&mdash;que no es V. poco pedigüeño... Tome V., para que se
-calle.</p>
-
-<p>Desprendí la gardenia y se la ofrecí. Entonces hizo mil remilgos y
-zalemas.</p>
-
-<p>&mdash;Si yo no pretendía tanto... Con el rabillo me contentaba, ó con media
-hoja que V. le arrancase... ¡Una gardenia para mí solo! No sé cómo
-lucirla... No se me va á sujetar en el ojal... A ver si V. consigue, con
-esos deditos...</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, que V. no pedía tanto, pero quiere que se la prenda ¿eh?
-Vuélvase V. un poco, voy á afianzársela.</p>
-
-<p>Introduje el rabo postizo de la flor en el ojal de Pacheco, y tomando de
-mi corpiño un alfiler sujeté la gardenia, cuyo olor á pomada me subía al
-cerebro, mezclado con otro perfume fino, procedente, sin duda, del pelo
-de mi acompañante. Sentí un calor extraordinario en el rostro, y al
-levantarlo, mis ojos se tropezaron con los del meridional, que en vez de
-darme las gracias, me contempló de un modo expresivo é interrogador. En
-aquel momento casi me arrepentí de la humorada de ir á la feria; pero
-ya...</p>
-
-<p>Torcí el cuello y miré por la ventanilla. Bajábamos de la plazuela de la
-Cebada á la calle de Toledo. Una marea de gente, que también descendía
-hacia la pradera, rodeaba el coche y le impedía á veces rodar. Entre la
-multitud dominguera se destacaban los vistosos colorines de algún
-bordado pañolón de Manila, con su fleco de una tercia de ancho. Las
-chulas se volvían<span class="pagenum"><a name="page_036" id="page_036"></a>{36}</span> y registraban con franca curiosidad el interior de la
-berlina. Pacheco sacó la cabeza y le dijo á una no sé qué.</p>
-
-<p>&mdash;Nos toman por novios&mdash;advirtió dirigiéndose á mí.&mdash;No se ponga V. más
-colorada: es lo que le faltaba para acabar de estar linda&mdash;añadió medio
-entre dientes.</p>
-
-<p>Hice como si no oyese el piropo y desvié la conversación, hablando del
-pintoresco aspecto de la calle de Toledo, con sus mil tabernillas, sus
-puestos ambulantes de quincalla, sus anticuadas tiendas y sus paradores
-que se conservan lo mismito que en tiempo de Carlos IV. Noté que Pacheco
-se fijaba poco en tales menudencias, y en vez de observar las
-curiosidades de la calle más típica que tiene Madrid, llevaba los ojos
-puestos en mí con disimulo, pero con pertinacia, como el que estudia una
-fisonomía desconocida para leer en ella los pensamientos de la dueña. Yo
-también, á hurtadillas, procuraba enterarme de los más mínimos ápices de
-la cara de Pacheco. No dejaba de llamarme la atención la mezcla de razas
-que creía ver en ella. Con un pelo negrísimo y una tez quemada del sol,
-casaban mal aquel bigote dorado y aquellos ojos azules.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es V. hijo de inglesa?&mdash;le pregunté al fin.&mdash;Me han contado que en la
-costa del Mediterráneo hay muchas bodas entre ingleses y españolas, y al
-revés.</p>
-
-<p>&mdash;Es cierto que hay muchísimas, en Málaga sobre todo; pero yo soy
-español de pura sangre.</p>
-
-<p>Le volví á mirar y comprendí lo tonto de mi<span class="pagenum"><a name="page_037" id="page_037"></a>{37}</span> pregunta. Ya recordaba
-haber oído á algún sabio de los que suele convidar á comer la Sahagún
-cuando no tiene otra cosa en que entretenerse, que es una vulgaridad
-figurarse que los españoles no pueden ser rubios, y que al contrario el
-tipo rubio abunda en España, sólo que no se confunde con el rubio sajón,
-porque es mucho más fino, más enjuto, así al modo de los caballos
-árabes. En efecto, los ingleses que yo conozco son por lo regular unos
-montones de carne sanguínea, que al parecer se escapa sola á la parrilla
-del rosbif; tienen cada cogote y cada pescuezo como ruedas de remolacha;
-las bocas de ellos dan asco de puro coloradotas, y las frentes, de tan
-blancas, fastidian ya, porque eso de la <i>frente pura</i> está bueno para
-las señoritas, no para los hombres. ¿Cuándo se verá en ningún inglés un
-corte de labios sutil, y una sien hundida, y un cuello delgado y airoso
-como el de Pacheco? Pero al grano: ¿pues no me entretengo recreándome en
-las perfecciones de ese pillo?</p>
-
-<p>¡Qué hermoso y alegre estaba el puente de Toledo! Lo recuerdo como se
-recuerda una decoración del teatro Real. Hervía la gente, y mirando
-hacia abajo, por la pradera y por todas las orillas de Manzanares no se
-veían más que grupos, procesiones, corrillos, escenas animadísimas de
-esas que se pintan en las panderetas. A mí ciertos monumentos, por
-ejemplo las catedrales, casi me parecen más bonitas solitarias; pero el
-puente de Toledo, con sus retablazos, ó nichos, ó lo que sean aquellos
-fantasmones<span class="pagenum"><a name="page_038" id="page_038"></a>{38}</span> barrocos que le guarnecen á ambos lados, no está bien sin
-el rebullicio y la algazara de la gentuza, los chulapos y los tíos, los
-carniceros y los carreteros, que parece que acaban de bajarse de un
-lienzo de Goya. Ahora que se han puesto tan de moda los casacones, el
-puente tiene un encanto especial. Nuestro coche dió vuelta para tomar el
-camino de la pradera, y allí, en el mismo recodo, vi una tienda rara,
-una botería, en cuya fachada se ostentaban botas de todos los tamaños,
-desde la que mide treinta azumbres de vino, hasta la que cabe en el
-bolsillo del pantalón. Pacheco me propuso que, para adoptar el tono de
-la fiesta, comprásemos una botita muy cuca que colgaba sobre el
-escaparate y la llenásemos de Valdepeñas: proposición que rechacé
-horrorizada.</p>
-
-<p>No sé quién fué el primero que llamó feas y áridas á las orillas del
-Manzanares, ni por qué los periódicos han de estar siempre soltándole
-pullitas al pobre río, ni cómo no prendieron á aquel farsante de
-escritor francés (Alejandro Dumas, si no me engaño) que le ofreció de
-limosna un vaso de agua. Convengo en que no es muy caudaloso, ni tan
-frescachón como nuestro Miño ó nuestro Sil; pero vamos, que no falta en
-sus orillas algún rinconcito ameno, verde y simpático. Hay árboles que
-convidan á descansar á la sombra, y unos puentes rústicos por entre los
-lavaderos, que son bonitos en cualquier parte. La verdad es que acaso
-influía en esta opinión que formé entonces, el que se me<span class="pagenum"><a name="page_039" id="page_039"></a>{39}</span> iba quitando
-el susto y me rebosaba el contento por haber realizado la escapatoria.
-Varios motivos se reunían para completar mi satisfacción. Mi traje de
-<i>céfiro</i> gris, sembrado de anclitas rojas, era de buen gusto en una
-excursión matinal como aquella; mi sombrero negro de paja me sentaba
-bien, según comprobé en el vidrio delantero de la berlina; el calor aún
-no molestaba mucho; mi acompañante me agradaba, y la calaverada, que
-antes me ponía miedo, iba pareciéndome lo más inofensivo del mundo, pues
-no se veía por allí ni rastro de persona regular que pudiese conocerme.
-Nada me aguaría tanto la fiesta como tropezarme con algún tertuliano de
-la Sahagún, ó vecina de butacas en el Real, que fuese luego á permitirse
-comentarios absurdos. Sobran personas maldicientes y deslenguadas que
-interpretan y traducen siniestramente las cosas más sencillas, y de poco
-le sirve á una mujer pasarse la vida muy sobre aviso, si se descuida una
-hora... (Sí, y lo que es á mí, en la actualidad, me caen muy bien estas
-reflexiones. En fin, prosigamos.) El caso es que la pradera ofrecía
-aspecto tranquilizador. Pueblo aquí, pueblo allí, pueblo en todas
-direcciones; y si algún hombre vestía americana, en vez de chaquetón ó
-chaquetilla, debía de ser criado de servicio, escribiente temporero,
-hortera, estudiante pobre, lacayo sin colocación, que se tomaba un día
-de asueto y holgorio. Por eso, cuando á la subida del cerro, donde ya no
-pueden pasar los carruajes, Pacheco y yo nos bajamos de la berlina,
-parecíamos, por el contraste,<span class="pagenum"><a name="page_040" id="page_040"></a>{40}</span> pareja de archiduques que tentados de la
-curiosidad se van á recorrer una fiesta populachera, deseosos de guardar
-el incógnito, y delatados por sus elegantes trazas.</p>
-
-<p>En fuerza de su novedad me hacía gracia el espectáculo. Aquella romería
-no tiene nada que ver con las de mi país, que suelen celebrarse en
-sitios frescos, sombreados por castaños ó nogales, con una fuente ó
-riachuelo cerquita y el santuario en el monte próximo... El campo de San
-Isidro es una serie de cerros pelados, un desierto de polvo, invadido
-por un tropel de gente entre la cual no se ve un solo campesino, sino
-soldados, mujerzuelas, chisperos, ralea apicarada y soez; y en lugar de
-vegetación, miles de tinglados y puestos donde se venden cachivaches
-que, pasado el día del Santo, no vuelven á verse en parte alguna: pitos
-adornados con hojas de papel de plata y rosas estupendas; vírgenes
-pintorreadas de esmeralda, cobalto y bermellón; medallas y escapularios
-igualmente rabiosos; loza y cacharros; figuritas groseras de toreros y
-picadores; botijos de hechuras raras; monigotes y fantoches con la
-cabeza de Martos, Sagasta ó Castelar; ministros á <i>dos reales</i>;
-esculturas de los <i>ratas</i> de <i>La Gran Vía</i>, y al lado de la efigie del
-bienaventurado San Isidro, unas figuras que... ¡Válgame Dios! Hagamos
-como si no las viésemos.</p>
-
-<p>Aparte del sol que le derrite á uno la sesera y del polvo que se masca,
-bastan para marear tantos colorines vivos y metálicos. Si sigo mirando<span class="pagenum"><a name="page_041" id="page_041"></a>{41}</span>
-van á dolerme los ojos. Las naranjas apiñadas parecen de fuego; los
-dátiles relucen como granates obscuros; como pepitas de oro los
-garbanzos tostados y los cacahuetes; en los puestos de flores no se ven
-sino claveles amarillos, sangre de toro, ó de un rosa tan encendido como
-las nubes á la puesta del sol: las emanaciones de toda esta clavelería
-no consiguen vencer el olor á aceite frito de los buñuelos, que se pega
-á la garganta y produce un cosquilleo inaguantable. Lo dicho, aquí no
-hay color que no sea desesperado: el uniforme de los militares, los
-mantones de las chulas, el azul del cielo, el amarillento de la tierra,
-los tíos vivos con listas coloradas y los columpios dados de almagre con
-rayas de añil... Y luego la música, el rasgueo de las guitarras, el
-tecleo insufrible de los pianos mecánicos que nos aporrean los oídos con
-el paso doble de <i>Cádiz</i>, repitiendo desde treinta sitios de la
-romería:&mdash;<i>¡Vi-va España!</i></p>
-
-<p>Nadie imagine maliciosamente que se me había pasado lo de oir misa.
-Tratamos de romper por entre el gentío y de deslizarnos en la ermita,
-abierta de par en par á los devotos; pero éstos eran tantos, y tan
-apiñados, y tan groseros, y tan mal olientes, que si porfío en llegar á
-la nave, me sacan de allí desmayada ó difunta. Pacheco jugaba los brazos
-y los puños, según podía, para defenderme; sólo lograba que nos
-apretasen más y que oyésemos juramentos y blasfemias atroces. Le tiré de
-la manga.<span class="pagenum"><a name="page_042" id="page_042"></a>{42}</span></p>
-
-<p>&mdash;Vámonos, vámonos de aquí... Renuncio... No se puede.</p>
-
-<p>Cuando ya salimos á atmósfera respirable, suspiré muy compungida.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, Dios mío!... Sin misa hoy...</p>
-
-<p>&mdash;No se apure&mdash;me contestó mi acompañante&mdash;que yo oiré por V. aunque sea
-todas las gregorianas... Ya ajustaremos esa cuenta.</p>
-
-<p>&mdash;A mí sí que me la ajustará el Padre Urdax tan pronto me eche la vista
-encima&mdash;pensaba para mis adentros mientras me tentaba el hombro, donde
-había recibido un codazo feroz de uno de aquellos cafres.</p>
-
-<h3><a name="IV-in" id="IV-in"></a>IV</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">D</span><small>ON</small> Diego, que en el coche se me figuraba reservado y tristón, se volvió
-muy dicharachero desde que andábamos por San Isidro, justificando su
-fama de buena sombra. Sujetando bien mi brazo para que las mareas de
-gente no nos separasen, él no perdía ripio, y cada pormenor de los
-tinglados famosos le daba pretexto para un chiste, que muchas veces no
-era tal sino en virtud del tono y acento con que lo decía, porque es
-indudable que si se escribiesen las ocurrencias de los andaluces, no
-resultarían tan graciosas, ni la mitad, de lo que parecen en sus labios;
-al sonsonete, al ceceíllo y<span class="pagenum"><a name="page_043" id="page_043"></a>{43}</span> á la prontitud en responder, se debe la
-mayor parte del salero.</p>
-
-<p>Lo peor fué que como allí no había más personas regulares que nosotros,
-y Pacheco se metía con todo el mundo y á todo el mundo daba cuerda, nos
-rodeó la canalla de mendigos, fenómenos, chiquillos harapientos,
-gitanas, buñoleras y vendedoras. El impulso de mi acompañante era
-comprar cuanto veía, desde los escapularios hasta los botijos, pero me
-cuadré.</p>
-
-<p>&mdash;Si compra V. más, me enfado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Soniche! San acabao las compras. ¡Que san acabao digo! Al que no me
-deje en paz, le doy en igual de dinero, cañaso. ¿Tiene V. más que
-mandar?</p>
-
-<p>&mdash;Mire V., pagaría por estar á la sombra un ratito.</p>
-
-<p>&mdash;¿En la cárcel por comprometeora? Llamaremos á la pareja y verasté que
-pronto.</p>
-
-<p>Ahora que reflexiono á sangre fría, caigo en la cuenta de que era
-bastante raro y muy inconveniente que á los tres cuartos de hora de
-pasearnos juntos por San Isidro, nos hablásemos don Diego y yo con tanta
-broma y llaneza. Es posible, bien mirado, que mi paisano tenga razón;
-que aquel sol, aquel barullo y aquella atmósfera popular obren sobre el
-cuerpo y el alma como un licor ó vino de los que más se suben á la
-cabeza, y rompan desde el primer momento la valla de reserva que
-trabajosamente levantamos las señoras un día y otro contra peligrosas
-osadías. De cualquier índole que<span class="pagenum"><a name="page_044" id="page_044"></a>{44}</span> fuese, yo sentía ya un principio de
-mareo cuando exclamé:</p>
-
-<p>&mdash;En la cárcel estaría á gusto con tal que no hiciese sol... Me
-encuentro así... no sé cómo... parece que me desvanezco.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿se siente V. mala? ¿mala?&mdash;preguntó Pacheco seriamente, con vivo
-interés.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que se dice mala, no: es una fatiga, una sofocación... Se me nubla
-la vista.</p>
-
-<p>Echóse Pacheco á reir y me dijo casi al oído:</p>
-
-<p>&mdash;Lo que V. tiene ya lo adivino yo, sin necesidad de ser sahorí... V.
-tiene ni más ni menos que... gasusa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Eh?</p>
-
-<p>&mdash;Debilidad, hablando pronto... ¡Y no es V. sola!.. yo hace rato que doy
-las boqueás de hambre. ¡Si debe de ser mediodía!</p>
-
-<p>&mdash;Puede, puede que no se equivoque V. mucho. A estas horas suelen
-pasearse los ratoncitos por el estómago... Ya hemos visto el Santo;
-volvámonos á Madrid y podrá V. almorzar, si gusta acompañarme...</p>
-
-<p>&mdash;No, señora... Si eso que V. discurre es un pueblo. Si lo que vamos á
-haser es almorsá en una fondita de aquí. ¡Que las hay...!</p>
-
-<p>Se llevó los dedos apiñados á la boca y arrojó un beso al aire, para
-expresar la excelencia de las fondas de San Isidro.</p>
-
-<p>Aturdida y todo como me encontraba, la idea me asustó; me pareció
-indecorosa y vi de una ojeada sus dificultades y riesgos. Pero al mismo
-tiempo, allá en lo íntimo del alma, aquellos<span class="pagenum"><a name="page_045" id="page_045"></a>{45}</span> escollos me la hacían
-deliciosa, apetecible, como es siempre lo vedado y lo desconocido. ¿Era
-Pacheco algún atrevido, capaz de faltarme si yo no le daba pié? No por
-cierto; y el no darle pié quedaba de mi cuenta. ¡Qué buen rato me perdía
-rehusando! ¿Qué diría Pardo de esta aventura si la supiese? Con no
-contársela... Mientras discurría así, en voz alta me negaba
-terminantemente... Nada, á Madrid de seguida.</p>
-
-<p>Pacheco no cejó, y en vez de formalizarse, echó á broma mi negativa. Con
-mil zalamerías y agudezas, ceceando más que nunca, afirmó que espicharía
-de necesidad si tardase en almorzar arriba de veinte minutos.</p>
-
-<p>&mdash;Que me pongo de rodillas aquí mismo...&mdash;exclamaba el muy truhán.&mdash;Ea,
-un sí de esa boquita... ¡Usted verá el gran almuerso del siglo! Fuera
-escrúpulos... ¿Se ha pensao V. que mañana voy yo á contárselo á la señá
-duquesa de Sahagún? A este probetico..., ¡una limosna de armuerso!.</p>
-
-<p>Acabó por entrarme risa y tuve la flaqueza de decir:</p>
-
-<p>&mdash;Pero... ¿y el coche que está aguardando allá abajo?</p>
-
-<p>&mdash;En un minuto se le avisa... Que se procure cochera aquí... Y si no,
-que se vuelva á Madrid hasta la puesta del sol... Espere V., buscaré
-alguno que lleve el recao... No la he de dejar aquí solita pa que se la
-coma un lobo; eso sí que no.</p>
-
-<p>Debió de oirlo un guindilla que andaba por allí ejerciendo sus
-funciones, y en tono tan reverente<span class="pagenum"><a name="page_046" id="page_046"></a>{46}</span> y servicial como bronco lo usaba
-para intimar á la gentuza que se <i>desapartase</i>, nos dijo con afable
-sonrisa:</p>
-
-<p>&mdash;Yo aviso, si justan... ¿Dónde está ó coche? ¿Cómo le llaman al
-cochero?</p>
-
-<p>&mdash;Este no es de mi tierra, ni nada. ¿De qué parte de Galicia?&mdash;pregunté
-al agente.</p>
-
-<p>&mdash;Desviado de Lujo tres légoas, á la banda de Sarria, para servir á
-vusté&mdash;explicó él, y los ojos le brillaron de alegría al encontrarse con
-una paisana.&mdash;«¿Si éste me conocerá por conducto de la Diabla?»&mdash;pensé
-yo recelosa; pero mi temor sería infundado, pues el agente no añadió
-nada más. Para despacharle pronto, le expliqué:</p>
-
-<p>&mdash;¿Ve aquella berlina con ruedas encarnadas..., cochero mozo, con
-patillas, librea verde? Allá abajo... Es la octava en la fila.</p>
-
-<p>&mdash;Bien veo, bien.</p>
-
-<p>&mdash;Pues va V.&mdash;ordenó Pacheco&mdash;y le dice que se largue á Madrí con viento
-fresco, y que por la tardesita vuerva y se plantifique en el mismo
-lugar. ¿Estamos, compadre?</p>
-
-<p>Noté que mi acompañante extendía la mano y estrechaba con gran efusión
-la del guindilla; pero no sería esta distinción lo que tanto le alegró
-la cara á mi conterráneo, pues le vi cerrar la diestra deslizándola en
-el bolsillo del pantalón, y entreoí la fórmula gallega clásica:</p>
-
-<p>&mdash;De hoy en cien años.</p>
-
-<p>Libre ya del apéndice del carruaje, por instinto me apoyé más fuerte en
-el brazo de<span class="pagenum"><a name="page_047" id="page_047"></a>{47}</span> Don Diego, y él á su vez estrechó el mío como ratificando
-un contrato.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos poquito á poco subiendo al cerro... Animo y cogerse bien.</p>
-
-<p>El sol campeaba en mitad del cielo, y vertía llamas y echaba chiribitas.
-El aire faltaba por completo; no se respiraba sino polvo arcilloso. Yo
-registraba el horizonte tratando de descubrir la prometida fonda, que
-siempre sería un techo, preservativo contra aquel calor del Senegal. Mas
-no se veía rastro de edificio grande en toda la extensión del cerro, ni
-antes ni después. Las únicas murallas blancas que distinguí á mi derecha
-eran las tapias de la Sacramental, á cuyo amparo descansaban los muertos
-sin enterarse de las locuras que del otro lado cometíamos los vivos.
-Amenacé á Pacheco con el palo de la sombrilla:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y esa fonda? ¿Se puede saber hasta qué hora vamos á andar buscándola?</p>
-
-<p>&mdash;¿Fonda?&mdash;saltó Pacheco como si le sorprendiese mucho mi
-pregunta.&mdash;¿Dijo V. fonda? El caso es... Mardito si sé á qué lado cae.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre..., pues de veras que tiene gracia! ¿No aseguraba V. que había
-fondas preciosas, magníficas? ¡Y me trae V. con tanta flema á asarme por
-estos vericuetos! Al menos entérese... Pregunte á cualquiera, ¡al
-primero que pase!</p>
-
-<p>&mdash;¡Oigasté... cristiano!</p>
-
-<p>Volvióse un chulo de pelo alisado en peteneras, manos en los bolsillos
-de la chaquetilla, hocico puntiagudo, gorra alta de seda, estrecho<span class="pagenum"><a name="page_048" id="page_048"></a>{48}</span>
-pantalón y viciosa y pálida faz; el tipo perfecto del rata, de esos
-mocitos que se echa uno á temblar al verlos, recelando que hasta el modo
-de andar le timen.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay por aquí alguna fonda, compañero?&mdash;interrogó Pacheco alargándole
-un buen puro.</p>
-
-<p>&mdash;Se estima... Como haber fondas, hay fondas: misté por ahí too alredor,
-que fondas son; pero tocante á fonda, vamos, según se ice, de comías
-finas, pala gente é aquel, me pienso que no hallarán ustés conveniencia;
-digo, esto me lo pienso yo; ustés verán.</p>
-
-<p>&mdash;No hay más que merenderos, está visto&mdash;pronunció Pacheco bajo y con
-acento pesaroso.</p>
-
-<p>Al ver que él se mostraba disgustado, yo, por ese instinto de
-contradicción humorística que en situaciones tales se nos desarrolla á
-las mujeres, me manifesté satisfecha. Además, en el fondo, no me
-desagradaba comer en un merendero. Tenía más <i>carácter</i>. Era más nuevo é
-imprevisto, y hasta menos clandestino y peligroso. ¿Qué riesgo hay en
-comer en un barracón abierto por todos lados donde está entrando y
-saliendo la gente? Es tan inocente como tomar un vaso de cerveza en un
-café al aire libre.<span class="pagenum"><a name="page_049" id="page_049"></a>{49}</span></p>
-
-<h3><a name="V-in" id="V-in"></a>V</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">C</span><small>ONVENCIDOS</small> ya de que no existía fonda ni sombra de ella, ó de que
-nosotros no acertábamos á descubrirla, miramos á nuestro alrededor,
-eligiendo el merendero menos indecente y de mejor trapío. Casi en lo
-alto del cerro campeaba uno bastante grande y aseado; no ostentaba
-ningún rótulo extravagante, como los que se leían en otros merenderos
-próximos, verbigracia:&mdash;«Refrescos de los que usava el Santo.»&mdash;«La mar
-en vevidas y comidas.»&mdash;«La Brillantez: callos y caracoles.»&mdash;A la
-entrada (que puerta no la tenía) hallábase de pié una chica joven, de
-fisonomía afable, con un puñal de níquel atravesado en el moño: y no
-había otra alma viviente en el merendero, cuyas seis mesas vacías me
-parecieron muy limpias y fregoteadas. Pudiera compararse el barracón á
-una inmensa tienda de campaña: las paredes de lona: el techo de unas
-esteras tendidas sobre palos: dividíase en tres partes desiguales, la
-menor ocultando la hornilla y el fogón donde guisaban, la grande que
-formaba el comedor, la mediana que venía á ser una trastienda donde se
-lavaban platos y cubiertos; pero estos misterios convinimos en que sería
-mejor no profundizarlos mucho, si habíamos de almorzar.<span class="pagenum"><a name="page_050" id="page_050"></a>{50}</span> El piso del
-merendero era de greda amarilla, la misma greda de todo el árido cerro:
-y una vieja, sucia y horrible, que frotaba con un estropajo las mesas,
-no necesitaba sino bajarse para encontrar la materia primera de aquel
-limpión inverosímil.</p>
-
-<p>Tomamos posesión de la mesa del fondo, sentándonos en un banco de madera
-que tenía por respaldo la pared de lona del barracón. La muchacha, con
-su perrera pegada á la frente por grandes churretazos de goma y su puñal
-de níquel en el moño, acudió solícita á ver qué mandábamos: olfateaba
-parroquianos gordos, y acaso adivinaba ó presentía otra cosa, pues nos
-dirigió unas sonrisitas de inteligencia que me pusieron colorada. Decía
-á gritos la cara de la chica:&mdash;«Buen par están estos dos... ¿Qué manía
-les habrá dado de venir á arrullarse en el Santo? Para eso más les valía
-quedarse en su nido... que no les faltará, de seguro».&mdash;Yo, que leía
-semejantes pensamientos en los ojos de la muy entremetida, adopté una
-actitud reservada y digna, hablando á Pacheco como se habla á un amigo
-íntimo, pero <i>amigo</i> á secas; precaución que lejos de desorientar á la
-maliciosa muchacha, creo que sólo sirvió para abrirle más los ojos. Nos
-dirigió la consabida pregunta:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué van á tomar?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué nos puede V. dar?&mdash;contestó Pacheco.&mdash;Diga V. lo que hay,
-resalada..., y la señora irá escogiendo.</p>
-
-<p>&mdash;Como haber..., hay de todo. ¿Quieren almorzar formalmente?<span class="pagenum"><a name="page_051" id="page_051"></a>{51}</span></p>
-
-<p>&mdash;Con toa formaliá.</p>
-
-<p>&mdash;Pues de primer plato... una tortillita... ó huevos revueltos.</p>
-
-<p>&mdash;Vaya por los huevos revueltos. ¿Y hay magras?</p>
-
-<p>&mdash;¿Unas magritas de jamón? Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y chuletas?</p>
-
-<p>&mdash;De ternera, muy ricas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pescado?</p>
-
-<p>&mdash;Pescado no... Si quieren latas... tenemos escabeche de besugo,
-sardinas...</p>
-
-<p>&mdash;¿Ostras no?</p>
-
-<p>&mdash;Como ostras..., no señora. Aquí pocas cosas finas se pueden despachar.
-Lo general que piden... callos y caracoles, Valdepeñas, chuletas...</p>
-
-<p>&mdash;V. resolverá&mdash;indiqué volviéndome á Pacheco.</p>
-
-<p>&mdash;¿He de ser yo? Pues tráiganos de too eso que hemos dicho, niña
-bonita..., huevos, magras, ternera, lata de sardinas... ¡Ay! y lo
-primero de too se va V. á traer por los aires una boteya e mansaniya y
-unas cañitas... Y aseitunas.</p>
-
-<p>&mdash;Y después... ¿qué es lo que les he de servir? ¿Las chuletas antes de
-nada?</p>
-
-<p>&mdash;No: misté, azucena: nos sirve V. los huevos, luego el jamón, las
-sardinas, las chuletitas... De postre, si hay algún queso...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya lo creo que sí! De Flandes y de Villalón... Y pasas, y almendras,
-y rosquillas, y avellanas tostás...</p>
-
-<p>&mdash;Pues vamos á armorsá mejor que el Nuncio.<span class="pagenum"><a name="page_052" id="page_052"></a>{52}</span></p>
-
-<p>Esto mismo que exclamó Pacheco frotándose las manos, lo pensaba yo.
-Aquellas ordinarieces, como diría mi paisano el filósofo, me abrían el
-apetito de par en par. Y aumentaba mi buena disposición de ánimo el
-encontrarme á cubierto del terrible sol.</p>
-
-<p>Verdad que estaba á cubierto lo mismo que el que sale al campo á las
-doce del día bajo un paraguas. El sol, si no podía ensañarse con
-nuestros cráneos, se filtraba por todas partes y nos envolvía en un baño
-abrasador. Por entre las esteras mal juntas del techo, al través de la
-lona, y sobre todo, por el abierto frente de la tienda, entraban á
-oleadas, á torrentes, no sólo la luz y el calor del astro, sino el
-ruido, el oleaje del humano mar, los gritos, las disputas, las
-canciones, las risotadas, los rasgueos y punteos de guitarra y vihuela,
-el infernal paso doble, el <i>¡Viva España!</i> de los duros pianos
-mecánicos.</p>
-
-<p>Casi al mismo punto en que la chica del puñal de níquel depositaba en la
-mesa una botella rotulada <i>Manzanilla superior</i>, dos cañas del vidrio
-más basto y dos conchas con rajas de salchichón y aceitunas <i>aliñás</i>, se
-coló por la abertura una mujer desgreñada, cetrina, con ojos como
-carbones, saya de percal con almidonados faralaes y pañuelo de crespón
-de lana desteñido y viejo, que al cruzarse sobre el pecho dejaba asomar
-la cabeza de una criatura. La mujer se nos plantó delante, fija la mano
-izquierda en la cadera y accionando con la derecha: de qué modo se
-sostenía el chiquillo, es lo que no entiendo.<span class="pagenum"><a name="page_053" id="page_053"></a>{53}</span></p>
-
-<p>&mdash;En er nombre e Dios, Pare, Jijo y Epíritu Zanto, que donde va er
-nombre e Dios no va cosa mala. Una palabrita les voy á icir que lase á
-ostés mucha farta saberla...</p>
-
-<p>&mdash;¡Calle!&mdash;grité yo contentísima. ¡Una gitana que nos va á decir la
-buenaventura!</p>
-
-<p>&mdash;¿La mando que se largue? ¿La incomoda á V.?</p>
-
-<p>&mdash;¡Al contrario! Si me divierte lo que no es imaginable. Verá V. cuántos
-enredos va á echar por esa boca. Ea, la buenaventura pronto, que tengo
-una curiosidad inmensa de oirla.</p>
-
-<p>&mdash;Pué diñe osté la mano erecha, jermosa, y una moneíta de plata pa jaser
-la crú.</p>
-
-<p>Pacheco le alargó una peseta, y al mismo tiempo, habiendo descorchado la
-manzanilla y pedido otra caña, se la tendió llena de vino á la egipcia.
-Con este motivo armaron los dos un tiroteo de agudezas y bromas; bien se
-conocía que eran hijos de la misma tierra, y que ni á uno ni á otro se
-les atascaban las palabras en el gaznate, ni se les agotaba la labia
-aunque la derramasen á torrentes. Al fin la gitana se embocó el
-contenido de la cañita, y yo la imité, porque, con la sed, tentaba aquel
-vinillo claro. ¡Manzanilla superior! ¡A cualquier cosa llaman <i>superior</i>
-aquí! La manzanilla dichosa sabía á esparto, á piedra alumbre y á
-demonios coronados; pero como al fin era un líquido, y yo con el calor
-estaba para beberme el Manzanares entero, no resistí cuando Pacheco me
-escanció otra caña. Sólo que en vez de refrescarme, se me figuró que un
-rayo de sol, disuelto en polvo, se<span class="pagenum"><a name="page_054" id="page_054"></a>{54}</span> me introducía en las venas y me
-salía en chispas por los ojos y en arreboles por la faz. Miré á Pacheco
-muy risueña, y luego me volví confusa, porque él me pagó la mirada con
-otra más larga de lo debido.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué bonitos ojos azules tiene este perdis!&mdash;pensaba yo para mí.</p>
-
-<p>El gaditano estaba sin sombrero; vestía un traje ceniza, elegante, de
-paño rico y flexible; de vez en cuando se enjugaba la frente sudorosa
-con un pañuelo fino, y á cada movimiento se le descomponía el pelo,
-bastante crecido, negro y sedoso; al reir, le iluminaba la cara la
-blancura de sus dientes, que son de los mejor puestos y más sanos que he
-visto nunca, y aun parecía doblemente morena su tez, ó mejor dicho,
-doblemente tostada, porque hacia la parte que ya cubre el cuello de la
-camisa se entreveía un cutis claro.</p>
-
-<p>&mdash;La mano, jermosa,&mdash;repitió la gitana.</p>
-
-<p>Se la alargué, y ella la agarró haciéndomela tener abierta. Pacheco
-contemplaba las dos manos unidas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué contraste!&mdash;murmuró en voz baja, no como el que dice una
-galantería á una señora, sino como el que hace una reflexión entre sí.</p>
-
-<p>En efecto, sin vanidad, tengo que reconocer que la mano de la gitana, al
-lado de la mía, parecía un pedazo de cecina feísimo: la tumbaga de
-plata, donde resplandecía una esmeralda falsa espantosa, contribuía á
-que resaltase el color cobrizo de la garra aquella, y claro está que mi
-diestra, que es algo chica, pulida y blanca,<span class="pagenum"><a name="page_055" id="page_055"></a>{55}</span> con anillos de perlas,
-zafiros y brillantes, contrastaba extrañamente. La buena de la bohemia
-empezó á hacer sus rayas y ensalmos, endilgándonos una retahila de esas
-que no comprometen, pues son de doble sentido y se aplican á cualquier
-circunstancia, como las respuestas de los oráculos. Todo muy recalcado
-con los ojos y el ademán.</p>
-
-<p>&mdash;Una cosa diquelo yo en esta manica, que hae suseder mu pronto, y nadie
-saspera que susea... Un viaje me vasté á jaser, y no ae ser para má, que
-ae ser pa sastisfasión e toos. Una carta me vasté á resibir, y lae
-alegrá lo que viene escribío en eya... Unas presonas me tiene usté que
-la quieren má, y están toas perdías por jaserle daño; pero der revé les
-ae salir la perra intensión... Una presoniya está chalaíta por usté&mdash;(al
-llegar aquí la bruja clavó en Pacheco las ascuas encendidas de sus
-ojos)&mdash;y un convite le ae dar quien bien la quiere... Amorosica de genio
-me es usté; pero cuando se atufa, una leona brava de los montes se me
-güerve... Que no la enriten a usté y que le yeven toiticas las cosas ar
-pelo de la suavidá, que por la buena, corasón tiene usté pa tirarse en
-metá e la bahía e Cadis... Con mieles y no con hieles me la han de
-engatusar á usté... Un cariñiyo me vasté á tener mu guardadico en su
-pechito y no lo ae sabé ni la tierra, que secretica me es usté como la
-piedra e la sepultura... También una cosa le igo y es que usté mesma no
-me sabe lo que en ese corasonsiyo está guardao... Un cachito e gloria le
-va a caer der sielo y pasmáa se<span class="pagenum"><a name="page_056" id="page_056"></a>{56}</span> quedará usté; que á la presente me está
-usté como los pajariyos, que no saben el árbol onde han de ponerse...</p>
-
-<p>Si la dejamos, creo que aún sigue ahora ensartando tonterías. A mí su
-parla me entretenía mucho, pues ya se sabe que en esta clase de
-vaticinios tan confusos y tan latos, siempre hay algo que responde á
-nuestras ideas, esperanzas y aspiraciones ocultas. Es lo mismo que
-cuando, al tiempo de jugar á los naipes, vamos corriéndolos para
-descubrir sólo la pinta, y adivinamos ó presentimos de un modo vago la
-carta que va á salir. Pacheco me miraba atentamente, aguardando á que me
-cansase de gitanerías para despedir á la profetisa. Viendo que ya la
-chica del puñal en el moño acudía con la fuente de huevos revueltos,
-solté la mano, y mi acompañante despachó á la gitana, que antes de poner
-piés en polvorosa aún pidió no sé qué para <i>er churumbeliyo</i>.</p>
-
-<p>Empezábamos á servirnos del apetitoso comistrajo y á descorchar una
-botella de jerez, cuando otro cuerpo asomó en la abertura de la tienda,
-se adelantó hacia la mesa y recitó la consabida jaculatoria:</p>
-
-<p>&mdash;En er nombre e Dió Pare, Jijo y Epíritu Zanto, que onde va er nombre é
-Dió...</p>
-
-<p>&mdash;¡Estamos frescos!&mdash;gritó Pacheco.&mdash;¡Gitana nueva!</p>
-
-<p>&mdash;Claro&mdash;murmuró con aristocrático desdén la chica del merendero.&mdash;Como
-á la otra le han dado cuartos y vino, se ha corrido la voz... Y tendrán
-aquí á todas las de la romería.<span class="pagenum"><a name="page_057" id="page_057"></a>{57}</span></p>
-
-<p>Pacheco alargó á la recién venida unas monedas y un vaso de jerez.</p>
-
-<p>&mdash;Bébase usté eso á mi salú..., y andar con Dios, y najensia.</p>
-
-<p>&mdash;E que les igo yo lo buenaventura e barde... por el aqué de la sal der
-mundo que van ustés derramando.</p>
-
-<p>&mdash;No, no...,&mdash;exclamé yo casi al oído de Pacheco.&mdash;Nos va á encajar lo
-mismo que la otra; con una vez basta. Espántela V.... sin reñirla.</p>
-
-<p>&mdash;Bébase usté el jerés, prenda... y najarse he dicho&mdash;ordenó el gaditano
-sin enojo alguno, con campechana franqueza.</p>
-
-<p>La gitana, convencida de que no sacaba más raja ya, después de echarse
-al coleto el Jerez y limpiarse la boca con el dorso de la mano, se largó
-con su indispensable <i>churumbeliyo</i>, que lo traía también escondido en
-el mantón como gusano en queso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tienen todas su chiquitín?&mdash;pregunté á la muchacha.</p>
-
-<p>&mdash;Todas, pues ya se ve&mdash;explicó ella con tono de persona desengañada y
-experta.&mdash;Valientes maulas están. Los chiquillos son tan suyos como de
-una servidora de Vds. Infelices, los alquilan por ahí á otras bribonas,
-y sabe Dios el trato que les dan. Y está la romería plagada de estas
-tunantas, embusteronas. ¡Lástima de Abanico!</p>
-
-<p>&mdash;¿Vds. duermen aquí?&mdash;la dije por tirarla de la lengua.&mdash;¿No tienen
-miedo á que de noche les roben las ganancias del día ó la comida del
-siguiente?<span class="pagenum"><a name="page_058" id="page_058"></a>{58}</span></p>
-
-<p>&mdash;Ya se ve que dormimos con un ojo cerrado y otro abierto... Porque no
-se crea V.: nosotros tenemos un café á la salida de la Plaza Mayor y
-venimos aquí no más á poner el ambigú.</p>
-
-<p>Comprendí que la chica se daba importancia, deseando probarme que era,
-socialmente, muy superior á aquella gentecilla de poco más ó menos que
-andaba por los demás figones. A todo esto íbamos despachando la ración
-de huevos revueltos y nos disponíamos á emprenderla con las magras.
-Interceptó la claridad de la abertura otra sombra. Esta era una chula de
-mantón terciado, peina de bolas, brazos desnudos, que traía en un jarro
-de loza un inmenso haz de rosas y claveles, murmurando con voz entre
-zalamera y dolorida:&mdash;«¡Señoritico! ¡Cómpreme usté flores pa osequiar á
-esa buena moza!»&mdash;Al mismo tiempo que la florera, entraron en el
-merendero cuatro soldados, cuatro húsares jóvenes y muy bulliciosos, que
-tomaron posesión de una mesa pidiendo cerveza y gaseosa, metiendo ruido
-con los sables y regocijando la vista con su uniforme amarillo y azul.
-¡Válgame Dios, y qué virtud tan rara poseen la manzanilla y el jerez,
-sobre todo cuando están encabezados y compuestos! Si en otra ocasión me
-veo yo almorzando así, entre soldados, creo que me da un soponcio; pero
-empezaba á tener subvertidas las nociones de la corrección y de la
-jerarquía social, y hasta me hizo gracia semejante compañía y la celebré
-con la risa más alegre del mundo! Pacheco, al observar mi buen humor, se
-levantó<span class="pagenum"><a name="page_059" id="page_059"></a>{59}</span> y fué á ofrecer á los húsares jerez y otros obsequios; de
-suerte que no sólo comíamos con ellos en el mismo bodegón, sino que
-fraternizábamos.</p>
-
-<p>Cuando está uno de buen temple, ninguna cosa le disgusta. Alabé la
-comida; de la chula de los claveles dije que parecía un boceto de Sala;
-y entonces Pacheco sacó de la jarra las flores y me las echó en el
-regazo, diciendo:&mdash;«Póngaselas V. todas.»&mdash;Así lo ejecuté, y quedó mi
-pecho convertido en búcaro. Luego me hizo reir con toda mi alma una
-desvergonzada riña que se oyó por detrás de la pared de lona, y las
-ocurrencias de Pacheco que se lió con los húsares no recuerdo con qué
-motivo. Volvió á nublarse el sol que entraba por la abertura y apareció
-un pordiosero de lo más remendado y haraposo. No contento con aflojar
-buena limosna, Pacheco le dió palique largo, y el mendigo nos contó
-aventuras de su vida: una sarta de embustes, por supuesto. Oyóle el
-gaditano muy atentamente, y luego empezó á exigirle que trajese un
-guitarrillo y se cantase por lo más jondo. El pobre juraba y perjuraba
-que no sabía sino unas coplillas, pero sin música, y al fin le soltamos,
-bajo palabra de que nos traería un buen cantaor y tocaor de bandurria
-para que nos echase polos y peteneras hasta morir. Por fortuna hizo la
-del humo.</p>
-
-<p>Yo, á todo esto, más divertida que en un sainete, y dispuesta á
-entenderme con las chuletas y el champagne. Comprendía, sí, que mis
-pupilas destellaban lumbre y en mis mejillas se<span class="pagenum"><a name="page_060" id="page_060"></a>{60}</span> podía encender un
-fósforo; pero lejos de percibir el atolondramiento que suponía precursor
-de la embriaguez, sólo experimentaba una animación agradabilísima, con
-la lengua suelta, los sentidos excitados, el espíritu en volandas y
-gozoso el corazón. Lo que más me probaba que <i>aquello</i> no era cosa
-alarmante, era que comprendía la necesidad de guardar en mis dichos y
-modales cierta reserva de buen gusto; y en efecto, la guardaba, evitando
-toda palabra ó movimiento que siendo inocente pudiese parecer equívoco,
-sin dejar por eso de reir, de elogiar los guisos, de mostrarme jovial,
-en armonía con la situación... Porque allí, vamos, convengan Vds. en
-ello, también sería muy raro estar como si me hubiese tragado el
-molinillo.</p>
-
-<h3><a name="VI-in" id="VI-in"></a>VI</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">P</span><small>ACHECO</small>, por su parte, me llevaba la corriente; cuidaba de que nunca
-estuviesen vacíos mi vaso ni mi plato, y ajustaba su humor al mío con
-tal esmero, cual si fuese un director de escena encargado de entretener
-y hacer pasar el mejor rato posible á un príncipe. ¡Ay! Porque eso sí:
-tengo que rendirle justicia al grandísimo socarrón, y una vez que me
-encuentro á solas con mi conciencia, reconocer que, animado, oportuno,
-bromista y (admitamos<span class="pagenum"><a name="page_061" id="page_061"></a>{61}</span> la terrible palabra) en <i>juerga</i> redonda conmigo,
-como se encontraba al fin y al cabo Pacheco, ni un dicho libre, ni una
-acción descompuesta ó siquiera familiar llegó á permitirse. En ocasión
-tan singular y crítica, hubiera sido descortesía y atrevimiento lo que
-en otra mero galanteo ó <i>flirtación</i> (como dicen los ingleses). Esto lo
-entendía yo muy bien, aun entonces, y á la verdad, temía cualquiera de
-esas insinuaciones impertinentes que dejan á una mujer volada y le
-estropean el mejor rato. Sin la caballerosa delicadeza de Pacheco,
-aquella situación en que impremeditadamente me había colocado pudo ser
-muy ridícula para mí. Pero la verdad por delante: su miramiento fué tal,
-que no me echó ni una flor, mientras hartaba de lindas, simpáticas y
-retrecheras á las gitanas, á la chica del puñal de níquel y hasta á la
-fregona del estropajo. Cierto que á veces sorprendí sus ojos azules que
-me devoraban á hurtadillas; sólo que apenas notaba que yo había caído en
-la cuenta, los desviaba á escape. Su acento era respetuoso, sus frases
-serias y sencillas al dirigirse sólo á mi. Ahora se me figura que tantas
-exquisiteces fueron calculadas, para inspirarme confianza é interés: ¡ah
-malvado! Y bien que me iba comprando con aquel porte fino.</p>
-
-<p>Surgió de repente ante nosotros, sin que supiésemos por donde había
-entrado, una figurilla color de yesca, una gitanuela de algunos trece
-años, típica, de encargo para modelo de un pintor: el pelo azulado de
-puro negro, muy aceitoso,<span class="pagenum"><a name="page_062" id="page_062"></a>{62}</span> recogido en castaña, con su peina de cuerno y
-su clavel sangre de toro; los dientes y los ojos brillantes, por
-contraste con lo atezado de la cara; la frente chata como la de una
-víbora, y los brazos desnudos, verdosos y flacos lo mismo que dos
-reptiles. Y con el propio tonillo desgarrado de las demás, empezó la
-retahila consabida:</p>
-
-<p>&mdash;En er nombre de Dió Pare, Jijo...</p>
-
-<p>De esta vez, la chica del merendero montó en cólera, y dando al diablo
-sus pujos de señorita, se convirtió en chula de las más boquifrescas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hase visto hato de pindongas? ¿No dejarán comer en paz á las personas
-decentes? ¿Conque las barre uno por un lado y se cuelan por otro? ¿Y
-cómo habrá entrado aquí semejante calamidá, digo yo? Pues si no te
-largas más pronto que la luz, bofetá como la que te arrimo no la has
-visto tú en tu vía. Te doy un recorrío al cuerpo, que no te queda lengua
-pa contarlo.</p>
-
-<p>La chiquilla huyó más lista que un cohete; pero no habrían transcurrido
-dos segundos, cuando vimos entreabrirse la lona que nos protegía las
-espaldas, y por la rendija del lienzo asomó una geta que parecía la del
-mismo enemigo, unos dientes que rechinaban, un puño cerrado, negro como
-una bola de bronce, y la gitanilla becerreó:</p>
-
-<p>&mdash;Arrastrá, condená, tía cochina, que malos retortijones te arranquen
-las tripas, y malos mengues te jagan picaíllo e los jígados, y malas
-culebras te piquen, y remardita tiña te pegue<span class="pagenum"><a name="page_063" id="page_063"></a>{63}</span> con er moño pa que te
-quedes pelá como tu ifunta agüela...</p>
-
-<p>Llegaba aquí de su rosario de maldiciones, cuando la del puñal, que así
-se vió tratada, empuñó el rabo de una cacerola y se arrojó como una
-fiera á descalabrar á la egipcia: al hacerlo, dió con el codo a una
-botella de jerez, que se derramó entera por el mantel. Este incidente
-hizo que la chica, olvidando el enojo, se echase á reir
-exclamando:&mdash;¡Alegría, alegría! Vino en el mantel... ¡boda segura!&mdash;y,
-por supuesto, la gitana tuvo tiempo de afufarse más pronta que un
-pájaro.</p>
-
-<p>No ocurrió durante el almuerzo ninguna otra cosa que recordarse merezca,
-y lo bien que hago memoria de todo cuanto pasó en él, me prueba que
-estaba muy despejada y muy sobre mí. Apuramos el último sorbo de
-champagne y un empecatado café; saldó Pacheco la cuenta, gratificando
-como Dios manda, y nos levantamos con ánimo de recorrer la romería.
-Notaba yo cierta ligereza insólita en piernas y piés; me figuraba que se
-había suprimido el peso de mi cuerpo, y, en vez de andar, creía
-deslizarme sobre la tierra.</p>
-
-<p>Al salir, me deslumbró el sol: ya no estaba en el cenit ni mucho menos;
-pero era la hora en que sus rayos, aunque oblicuos, queman más: debían
-de ser las tres y media ó cuatro de la tarde, y el suelo se rajaba de
-calor. Gente, triple que por la mañana, y veinte veces más bullanguera y
-estrepitosa. Al punto que nos metimos entre aquel bureo, se me puso<span class="pagenum"><a name="page_064" id="page_064"></a>{64}</span>
-cabeza que me había caído en el mar: mar caliente, que hervía á
-borbotones, y en el cual flotaba yo dentro de un botecillo chico como
-una cáscara de nuez: golpe va y golpe viene, ola arriba y ola abajo.
-¡Sí, era el mar; no cabía duda! ¡El mar, con toda la angustia y
-desconsuelo del mareo que empieza!</p>
-
-<p>Lejos de disiparse esta aprensión, se aumentaba mientras iba
-internándome en la romería apoyada en el brazo del gaditano. Nada,
-señores, que estaba en mitad del golfo. Los innumerables ruidos de
-voces, disputas, coplas, pregones, juramentos, vihuelas, organillos,
-pianos, se confundían en un rumor nada más: el mugido sordo con que el
-Océano se estrella en los arrecifes: y allá á lo lejos, los columpios,
-lanzados al aire con vuelo vertiginoso, me representaban lanchas y
-falúas balanceadas por el oleaje. ¡Ay Dios mío, y qué desvanecimiento me
-entró al convencerme de que en efecto me encontraba en alta mar! Me
-agarré al brazo de Pacheco como me agarro en la temporada de baños al
-cuello del bañero robusto, para que no me lleve el agua... Sentía un
-pánico atroz y no me atrevía á confesarlo, porque tal vez mi acompañante
-se reiría de mí, por fuera ó por dentro, si le dijese que me mareaba,
-que me mareaba á toda prisa.</p>
-
-<p>Una peripecia nos detuvo breves instantes. Fué una pelea de mujerotas.
-Pelea muy rara: por lo regular, estas riñas van acompañadas de
-vociferaciones, de chillidos, de injurias, y aquí no hubo nada de eso.
-Eran dos mozas: una que tostaba garbanzos en una sartén puesta sobre<span class="pagenum"><a name="page_065" id="page_065"></a>{65}</span>
-una hornilla: otra que pasó y con las sayas derribó el artilugio. Jamás
-he visto en rostro humano expresión de ferocidad como adquirió el de la
-tostadora. Más pronta que el rayo, recogió del suelo la sartén, y
-echándose á manera de irritada tigre sobre la autora del desaguisado, le
-dió con el filo en mitad de la cara. La agredida se volvió sin exhalar
-un ay, corriéndole de la ceja á la mejilla un hilo de sangre; y
-trincando á su enemiga por el moño, del primer arrechucho le arrancó un
-buen mechón, mientras le clavaba en el pescuezo las uñas de la mano
-izquierda: cayeron á tierra las dos amazonas, rodando entre trébedes,
-hornillas y cazos; se formó alrededor corro de mirones, sin que nadie
-pensase en separarlas, y ellas seguían luchando, calladas y pálidas como
-muertas, una con la oreja rasgada ya, otra con la sien toda
-ensangrentada y un ojo medio saltado de un puñetazo. Los soldados se
-reían á carcajadas y les decían requiebros indecentes, en tanto que se
-despedazaban las infelices. Advertí por un instante que se me quitaba el
-mareo, á fuerza de repugnancia y lástima: me acordé de mi paisano Pardo,
-y de aquello del salvajismo y la barbarie española. Pero duró poco esta
-idea, porque en seguidita se me ocurrió otra muy singular: que las dos
-combatientes eran dos pescados grandes, así como golfines ó tiburones, y
-que á coletazos y mordiscos, sin chistar, estaban haciéndose trizas. Y
-este pensamiento me renovó la fatiga del mareo de tal modo, que arrastré
-á Pacheco.<span class="pagenum"><a name="page_066" id="page_066"></a>{66}</span></p>
-
-<p>&mdash;Vámonos de aquí... No me gusta ver esto... Se matan.</p>
-
-<p>Preguntóme Don Diego si me sentía mal, en cuyo caso no visitaríamos los
-barracones donde enseñan panoramas y fenómenos. Respondí muy picada que
-me encontraba perfectamente y capaz de examinar todas las curiosidades
-de la romería. Entramos en varias barracas y vimos un enano, un ternero
-de dos cabezas, y por último, la mujer de cuatro piernas, muy pizpireta,
-muy escotada, muy vestida de seda azul con puntillas de algodón, y que
-enseñaba sonriendo&mdash;la risa del conejo&mdash;sus dobles muñones al extremo de
-cada rodilla. En esta pícara barraca se apoderó de mí, con más fuerza
-que nunca, la convicción de que me hallaba en alta mar, entregada á los
-vaivenes del Océano. En el lado izquierdo del barracón había una serie
-de agujeritos redondos por donde se veía un cosmorama: y yo empeñada en
-que eran las portas del buque, sin que me sacase de mi error el que al
-través de las susodichas portas se divisase, en vez del mar, la plaza
-del Carrousel... el Arco de la Estrella... el Coliseo de Roma... y otros
-monumentos análogos. Las perspectivas arquitectónicas me parecían
-desdibujadas y confusas, con gran temblequeteo y vaguedad de contornos,
-lo mismo que si las cubriese el trémulo velo de las olas. Al volverme y
-fijarme en el costado opuesto de la barraca, los grandes espejos de
-<i>rigolada</i>, de lunas cóncavas ó convexas, que reflejaban mi figura con
-líneas grotescamente deformes, me parecieron también<span class="pagenum"><a name="page_067" id="page_067"></a>{67}</span> charcos de agua de
-mar... ¡Ay, ay, ay, qué malo se pone esto! Un terror espantoso cruzó por
-mi mente: ¿apostemos á que todas estas chifladuras marítimas y náuticas
-son pura y simplemente una... vamos, una <i>filoxerita</i>, como ahora dicen?
-¡Pero si he bebido poco! ¡Si en la mesa me encontraba tan bien!</p>
-
-<p>&mdash;Hay que disimular&mdash;pensé.&mdash;Que Pacheco no se entere... ¡Virgen, y qué
-vergüenza si lo nota!... Volver á Madrid corriendo... ¡Quiá! El
-movimiento del coche me pierde, me acaba, de seguro... Aire, aire... ¡Si
-hubiese un rincón donde librarse de este gentío!</p>
-
-<p>O Pacheco leyó en mis pensamientos, ó coincidió conmigo en sensaciones,
-pues se inclinó y en el tono más cariñoso y deferente murmuró á mi oído:</p>
-
-<p>&mdash;Hace aquí un calor intolerable... ¿Verdad que sí? ¿Quiere V. que
-salgamos? Daremos una vueltecita por la pradera y la alameda; estará más
-despejado y más fresco.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos&mdash;respondí fingiendo indiferencia, aunque veía el cielo abierto
-con la proposición.</p>
-
-<h3><a name="VII-in" id="VII-in"></a>VII</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">S</span><small>ALIMOS</small> de la barraca y bajamos del cerro á la alameda, siempre
-empujados y azotados por la ola del gentío, cuyas aguas eran más densas
-según iba acercándose la noche. Llegó<span class="pagenum"><a name="page_068" id="page_068"></a>{68}</span> un momento en que nos encontramos
-presos en remolino tal, que Pacheco me apretó fuertemente el brazo y
-tiró de mí para sacarme á flote. Me latían las sienes, se me encogía el
-corazón y se me nublaban los ojos: no sabía lo que me pasaba: un sudor
-frío bañaba mi frente. Forcejeábamos deseando romper por entre el grupo,
-cuando nos paró en firme una cosa tremenda que se apareció allí,
-enteramente á nuestro lado: un par de navajas desnudas, de esas <i>lenguas
-de vaca</i> con su letrero de <i>si esta víbora te pica no hay remedio en la
-botica</i>, volando por los aires en busca de las tripas de algún prójimo.
-También relucían machetes de soldados, y se enarbolaban garrotes, y se
-oían palabras soeces, blasfemias de las más horribles... Me arrimé
-despavorida al gaditano, el cual me dijo á media voz:</p>
-
-<p>&mdash;Por aquí... No pase V. cuidado... Vengo prevenido.</p>
-
-<p>Le vi meter la mano en el bolsillo derecho del chaleco y asomarse á él
-la culata de un revólver: vista que redobló mi susto y mis esfuerzos
-para desviarme. No nos fué difícil, porque todo el mundo se arremolinaba
-en sentido contrario, hacia el lugar de la pendencia. Pronto
-retrocedimos hasta la alameda, sitio relativamente despejado. Allí y
-todo continuaban mis ilusiones marítimas dándome guerra. Los carruajes,
-los carros de violín, los ómnibus, las galeras, cuantos vehículos
-estaban en espera de sus dueños, me parecían á mí embarcaciones
-fondeadas en alguna bahía ó varadas en la playa,<span class="pagenum"><a name="page_069" id="page_069"></a>{69}</span> paquetes de vapor con
-sus ruedas, quechemarines con su arboladura. Hasta olor á carbón de
-piedra y á brea notaba yo. Que sí, que me había dado por la náutica.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vámonos á la orilla... allí, donde haya silencio?&mdash;supliqué á
-Pacheco.&mdash;¿Donde corra fresquito y no se vea un alma? Porque la gente me
-mar...</p>
-
-<p>Un resto de cautela me contuvo á tiempo, y rectifiqué:</p>
-
-<p>&mdash;Me fatiga.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sin gente? Dificilillo va á ser hoy... Mire V.&mdash;Y Pacheco señaló,
-extendiendo la mano.</p>
-
-<p>Por la praderita verde, por las alturas peladas del cerro, por cuanta
-extensión de tierra registrábamos desde allí, bullía el mismo hormigueo
-de personas, igual confusión de colorines, balanceo de columpios, girar
-de tíos vivos y corros de baile.</p>
-
-<p>&mdash;Hacia allá&mdash;murmuré&mdash;parece que hay un espacio libre...</p>
-
-<p>Para llegar adonde yo indicaba, era preciso saltar un vallado, bastante
-alto por más señas. Pacheco lo salvó, y desde el lado opuesto me tendió
-los brazos. ¡Cosa más particular! Pegué el brinco con agilidad
-sorprendente. Ni notaba el peso de mi cuerpo; se había derogado para mí
-la ley de gravedad: creo que podría hacer volatines. Eso sí, la firmeza
-no estaba en proporción con la agilidad, porque si me empujan con un
-dedo, me caigo y boto como una pelota.</p>
-
-<p>Atravesamos un barbecho, que fué una serie<span class="pagenum"><a name="page_070" id="page_070"></a>{70}</span> de saltos de surco á surco,
-y por senderos realmente solitarios fuimos á parar á la puerta de una
-casuca que se bañaba los piés en el Manzanares. ¡Ay, qué descanso! Verse
-uno allí casi solo, sin oir apenas el estrépito de la romería, con un
-fresquito delicioso venido de la superficie del agua, y con la media
-obscuridad ó al menos la luz tibia del sol que iba poniéndose...
-¡Alabado sea Dios! Allá queda el tempestuoso Océano con sus olas
-bramadoras, sus espumarajos y sus arrecifes, y héteme al borde de una
-pacífica ensenada, donde el agua sólo tiene un rizado de onditas muy
-mansas que vienen á morir en la arena sin meterse con nadie...</p>
-
-<p>¡Dale con el mar! ¡Mire V. que es fuerte cosa! ¿Si continuará aquello?
-¿Si...?</p>
-
-<p>A la puerta de la casuca asomó una mujer pobremente vestida y dos
-chiquillos harapientos, que muy obsequiosos me sacaron una silla.
-Sentóse Pacheco á mi lado sobre unos troncos. Noté bienestar
-inexplicable, y me puse á mirar cómo se acostaba el sol, todo ardoroso y
-sofocado, destellando sus últimos resplandores en el Manzanares. Es
-decir, en el Manzanares no: aquello se parecía extraordinariamente á la
-bahía viguesa. La casa también se había vuelto una lancha muy airosa que
-se mecía con movimiento insensible: Pacheco, sentado en la popa, oprimía
-contra el pecho la caña del timón, y yo, muellemente reclinada á su
-lado, apoyaba un codo en su rodilla, recostaba la cabeza en su hombro,
-cerraba los ojos para mejor gozar del soplo de la brisa marina que me
-abanicaba<span class="pagenum"><a name="page_071" id="page_071"></a>{71}</span> el semblante... ¡Ay madre mía, qué bien se va así!... De aquí
-al cielo...</p>
-
-<p>Abrí los párpados... ¡Jesús, qué atrocidad! Estaba en la misma postura
-que he descrito, y Pacheco me sostenía en silencio y con exquisito
-cuidado, como á una criatura enferma, mientras me hacía aire, muy
-despacio, con mi propio pericón...</p>
-
-<p>No tuve tiempo de reflexionar en situación tan rara. No me lo permitió
-el afán, la fatiga inexplicable que me entró de súbito. Era como si me
-tirasen del estómago y de las entrañas hacia afuera con un garfio para
-arrancármelas por la boca. Llevé las manos á la garganta y al pecho, y
-gemí:</p>
-
-<p>&mdash;¡A tierra, á tierra! ¡Que se pare el vapor... me mareo, me mareo! ¡Que
-me muero!... ¡Por la Virgen, á tierra!</p>
-
-<p>Cesé de ver la bahía, el mar verde y espumoso, las crespas olitas; cesé
-de sentir el soplo del Nordeste y el olor del alquitrán... Percibí, como
-entre sueños, que me levantaban en vilo y me trasladaban... ¿Estaríamos
-desembarcando? Entreoí frases que para mí entonces carecían de
-sentido.&mdash;«Probetica, sa puesto mala.&mdash;Por aquí, señorito...&mdash;Sí que hay
-cama y lo que se nesecite...&mdash;Mandar...»&mdash;Sin duda ya me habían
-depositado en tierra firme, pues noté un consuelo grandísimo, y luego
-una sensación inexplicable de desahogo, como si alguna manaza gigantesca
-rompiese un aro de hierro que me estaba comprimiendo las costillas y
-dificultando la respiración. Di un suspiro y abrí los ojos...<span class="pagenum"><a name="page_072" id="page_072"></a>{72}</span></p>
-
-<p>Fué un intervalo lúcido, de esos que se tienen aun en medio del síncope
-ó del acceso de locura, y en que comprendí claramente todo cuanto me
-sucedía. No había mar, ni barco, ni tales carneros, sino turca de padre
-y muy señor mío: la tierra firme era el camastro de la tabernera, el aro
-de hierro el corsé que acababan de aflojarme; y no me quedé muerta de
-sonrojo allí mismo, porque no vi en el cuarto á Pacheco. Sólo la mujer
-morena y alta, muy afable, se deshacía en cuidados, me ofrecía toda
-clase de socorros...</p>
-
-<p>&mdash;No, gracias... Silencio, y estar á obscuras... Es lo único... Bien,
-sí, llamaré si ocurre. Ya, ya me siento mejor... Silencio y dormir; no
-necesito más.</p>
-
-<p>La mujer entornó el ventanuco por donde entraba en el chiribitil la luz
-del sol poniente, y se marchó en puntillas. Me quedé sola: me dominaba
-una modorra invencible: no podía mover brazo ni pierna; sin embargo, la
-cabeza y el corazón se me iban sosegando por efecto de la penumbra y la
-soledad. Cierto que andaba otra vez á vueltas con la manía náutica, pues
-pensaba para mis adentros:&mdash;¡Qué bien me encuentro así... en este
-camarote... en esta litera!... ¡Y qué serena debe de estar la mar!...
-¡Ni chispa de balance! ¡El barco no se mueve!</p>
-
-<p>Yo había oído asegurar muchas veces que si tenemos los ojos cerrados y
-alguna persona se pone á mirarnos fijamente, una fuerza inexplicable nos
-obliga á abrirlos. Digo que es verdad, y lo digo por experiencia. En
-medio de mi sopor<span class="pagenum"><a name="page_073" id="page_073"></a>{73}</span> empecé á sentir cierta comezón de alzar los párpados
-y una inquietud especial, que me indicaba la presencia de <i>alguien</i> en
-el tugurio... Entreabrí los ojos, y con gran sorpresa vi el agua del
-mar; pero no la verde y plomiza del Cantábrico, sino la del
-Mediterráneo, azul y tranquila... Las pupilas de Pacheco, como Vds. se
-habrán imaginado. Estaba de pié, y cuando clavé en él la mirada, se
-inclinó y me arregló delicadamente la falda del vestido para que me
-cubriese los piés.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo vamos? ¿Hay ánimos para levantarse?&mdash;murmuró: es decir, sería
-algo por el estilo, pues no me atrevo á jurar que dijese esto. Lo que
-afirmo es que le tendí las dos manos con un cariñazo repentino y
-descomunal, porque se me había puesto en el moño que me encontraba allí
-abandonadita en medio de un golfo profundo, y que iba á ahogarme si no
-acierta á venir en mi auxilio Pacheco. El tomó las manos que yo ofrecía,
-las apretó muy afectuoso, me tentó los pulsos y apoyó su derecha en mis
-sienes y frente, ¡Cuánto bien me hacía aquella presioncita cuidadosa y
-firme! Como si me volviese á encajar los goznes del cerebro en su
-verdadero sitio, dándoles aceite para que girasen mejor. Le estreché la
-mano izquierda... ¡Qué pegajoso, qué majadero se vuelve uno en estas
-situaciones... anormales! Yo me estaba muriendo por mimos, igual que una
-niña pequeña... ¡Quería que me tuviesen lástima!... Es sabido que á
-mucha gente le dan las turcas por el lado tierno. Ganas me venían de<span class="pagenum"><a name="page_074" id="page_074"></a>{74}</span>
-echarme á llorar, por el gusto de que me consolasen.</p>
-
-<p>Había á la cabecera de la cama una mugrienta silla de Vitoria, y el
-gaditano tomó asiento en ella acercando su cara á la dura almohada donde
-reclinaba la mía. No sé qué me fué diciendo por lo bajo: sí que eran
-cositas muy dulces y zalameras, y que yo seguía estrujándole la mano
-izquierda con fuerza convulsiva, sonriendo y entornando los párpados,
-porque me parecía que de nuevo bogábamos en el esquife, y las olas
-hacían un <i>¡clap! ¡clap!</i> armonioso contra el costado. Sentí en la
-mejilla un soplo caliente, y luego un contacto parecido al revoloteo de
-una mariposa. Sonaron pasos fuertes, abrí los ojos, y vi á la mujer alta
-y morena, figonera, tabernera ó lo que fuese.</p>
-
-<p>&mdash;¿La traigo una tacita de té, señorita? Lo tengo mu bueno, no se
-piensen ustés que no... Se le pué echar unas gotas de ron, si les
-parece...</p>
-
-<p>&mdash;¡No, ron no!&mdash;articulé muy quejumbrosa, como si pidiese que no me
-mataran.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sin ron... y calentito!&mdash;mandó Pacheco.</p>
-
-<p>La mujer salió. Cerré otra vez los ojos. Me zumbaban los sesos: ni que
-tuviese en ellos un enjambre de abejas. Pacheco seguía apretándome las
-sienes, lo cual me aliviaba mucho. También noté que me esponjaba la
-almohada, que me alisaba el pelo. Todo de una manera tan insensible,
-como si una brisa marina muy mansa me jugase con los rizos. Volvieron á
-oirse los pasos y el duro taconeo.<span class="pagenum"><a name="page_075" id="page_075"></a>{75}</span></p>
-
-<p>&mdash;El té, señorito... ¿Se lo quié usté dar ó se lo doy yo?</p>
-
-<p>&mdash;Venga&mdash;exclamó el meridional.</p>
-
-<p>Le sentí revolver con la cucharilla y que me la introducía entre los
-labios. Al primer sorbo me fatigó el esfuerzo y dije <i>que no</i> con la
-cabeza; al segundo me incorporé de golpe, tropecé con la taza, y ¡zas!
-el contenido se derramó por el chaleco y pantalón de mi enfermero. El
-cual, con la insolencia más grande que cabe en persona humana, me
-preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿No lo quieres ya? ¿O te pido otra tacita?</p>
-
-<p>Y yo... ¡Dios de bondad! ¡De esto sí que estoy segura! le contesté
-empleando el mismo tuteo y muy mansa y babosa:</p>
-
-<p>&mdash;No, no pidas más... Se hace noche... Hay que salir de aquí... Veremos
-si puedo levantarme. ¡Qué mareo, Señor, qué mareo!</p>
-
-<p>Tendí los brazos confiadamente: el malvado me recibió en los suyos, y
-agarrada á su cuello, probé á saltar del camastro. Con el mayor recato y
-comedimiento, Pacheco me ayudó á abrocharme, estiró las guarniciones de
-mi saya de surá, me presentó el imperdible, el sombrero, el velito, el
-agujón, el abanico y los guantes. No se veía casi nada, y yo lo atribuía
-á la mezquindad del cuchitril; pero así que, sostenida por Pacheco y
-andando muy despacio, salí á la puerta del figón, pude convencerme de
-que la noche había cerrado del todo. Allá á lo lejos, detrás del muro
-que cercaba el campo, hormigueaba confusamente la romería, salpicada de
-lucecillas bailadoras, innumerables...<span class="pagenum"><a name="page_076" id="page_076"></a>{76}</span></p>
-
-<p>La calma de la noche y el aire exterior me produjeron el efecto de una
-ducha de agua fría. Sentí que la cabeza se me despejaba y que así como
-se va la espuma por el cuello de la botella de champagne, se escapaban
-de mi mollera en burbujas el sol abrasador y los espíritus alcohólicos
-del endiablado vino compuesto. Eso sí: en lugar de meollo me parecía que
-me quedaba un sitio hueco, vacío, barrido con escoba... Encontrábame
-aniquilada, en el más completo idiotismo.</p>
-
-<p>Pacheco me guiaba sin decir oxte ni moxte. Derechos como una flecha
-fuimos adonde mi coche aguardaba ya. Sus dos faroles lucían á la entrada
-de la alameda, en el mismo sitio en que por la mañana le mandáramos
-esperar. Entré y me dejé caer en el asiento, medio exánime. Pacheco me
-siguió, dió una orden, y la berlina empezó á rodar poco á poco.</p>
-
-<p>¡Ay Dios de mi vida! ¿Quién soñó que se habían acabado ya los barcos, el
-oleaje, mis fantasías marítimas todas? ¡Pues si ahora es cuando
-navegábamos de veras, encerrados en el camarote de un trasatlántico, y á
-cada tres segundos cuchareaba el buque ó cabeceaba bajando á los abismos
-del mar y arrastrándome consigo! La voz de Pacheco no era tal voz, sino
-el ruido del viento en las jarcias... ¡Nada, nada, que hoy naufrago!</p>
-
-<p>&mdash;¡Vas disgustá conmigo?&mdash;gemía á mi oído el sudoeste. No vayas. Mira,
-bien callé y bien prudente fuí... Hasta que me apretaste la mano...
-Perdón, sielo, me da una pena verte afligía...<span class="pagenum"><a name="page_077" id="page_077"></a>{77}</span> Es una rareza en mí,
-pero estoy así como aturdido de pensar si te enfadarás por lo que te
-dije... Pobrecita, no sabes lo guapa que estabas mareá... Los ojos tuyos
-echaban lumbre... ¡Vaya unos ojos que tienes tú! Anda, descansa así, en
-el hombro mío. Duerme, niñita, duerme...</p>
-
-<p>Tal vez equivoque yo las palabras, porque resultaban un murmullo y no
-más... Lo que sí recuerdo con absoluta exactitud es esta frase, que sin
-duda cayó en el intervalo de una ola á otra:</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes qué decían en aquel figón? Pues que debíamos de ser recién
-casados..., «porque él la trata con mucho cariño y no sabe qué hacer
-para cuidarla.»</p>
-
-<p>Y puedo jurar que no me acuerdo de ninguna cosa más; de ninguna. Sí...,
-pero muy vagamente: que el coche se detuvo á mi puerta, y que por las
-escaleras me ayudó á subir Pacheco, y que desfallecida y atónita como me
-encontraba, le rogué que no entrase, sin duda obedeciendo á un instinto
-de precaución. No sé lo que me dijo al despedirse; sé que la despedida
-fué rápida y sosa. A la Diabla, que al abrir me incrustó en la cara su
-curioso mirar, le expliqué tartamudeando que me había hecho daño el sol,
-que deseaba acostarme. Claro que se habrá comido la partida... Sí, que
-se mama ella el dedo... ¡Buenas cosas pensará á estas horas de mí!</p>
-
-<p>Me precipité á mi cuarto, me eché en la cama, me puse de cara á la
-pared, y aunque al pronto<span class="pagenum"><a name="page_078" id="page_078"></a>{78}</span> volví á amodorrarme, hacia las tres de la
-madrugada empezó la función y se renovó mi padecimiento. No quise llamar
-á Angela... ¡Para que se escamase tres veces más! ¡Ay qué noche... noche
-de perros! ¡Qué bascas, qué calentura, qué pesadillas, que aturdimiento,
-qué jaqueca al despertar!</p>
-
-<p>Y sobre todo, ¡qué compromiso, qué lance, qué parchazo! ¡Qué lío tan
-espantoso!... ¡Qué resbalón! (ya es preciso convenir en ello).</p>
-
-<h3><a name="VIII-in" id="VIII-in"></a>VIII</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">C</span><small>ONVENGAMOS</small>; pero también en que Pacheco, habiéndose portado tan
-correctamente al principio, no debió luego echarla á perder. Si yo, por
-culpa de las circunstancias&mdash;eso es, de las circunstancias
-inesperadísimas en que me he visto,&mdash;pude darle algún pié, á la verdad,
-ningún caballero se aprovecha de ocasiones semejantes; al contrario, en
-ellas debe manifestar su educación, si la tiene. Yo me trastorné
-completamente, por lo mismo que nunca anduve en pasos como éstos; yo no
-estaba en mi cabal juicio, no señor; yo no tenía responsabilidad, y él,
-el grandísimo pillo, tan sereno como si le acabasen de enfriar en el
-pozo... Lo dicho: ¡fué una osadía, una serranada incalificable!</p>
-
-<p>Cuanto más lo pienso... ¡Un hombre que hace<span class="pagenum"><a name="page_079" id="page_079"></a>{79}</span> veinticuatro horas no había
-cruzado conmigo media docena de palabras; un hombre que ni siquiera es
-visita mía! Cierta heroína de novela, de las que yo leía siendo
-muchacha, en un caso así recuerdo que empezó á devanarse los sesos
-preguntándose á sí propia: «¿Le amo?» ¡Valiente tontería la de aquella
-simple! ¡Qué amor ni qué!... Caso de preguntar, yo me preguntaría: «¿Le
-conozco á este caballero?» Porque maldito si sé hasta ni cómo se llama
-de segundo apellido... Lo que sé es que le detesto y le juzgo un
-pillastre. Motivos tengo sobrados. ¡Que se ponga en mi caso cualquiera!</p>
-
-<p>Y ahora... Supongamos que, naturalmente, cuando él aporte por aquí, me
-cierro á la banda y doy orden terminante á los criados: que he salido.
-Se pondrá furioso, y lo menos que hará, con el despecho, irse alabando
-en casa de Sahagún... Porque de fijo es uno de esos tipos que pegan
-carteles en las esquinas... ¡Como si lo viera! Y resistir que se me
-presente tan fresco... vamos, es de lo que no pasa. Una, que me daría un
-sofoco de primera; otra, que en estas cosas, si no se empieza cortando
-por lo sano... Me parece lo más natural. Me niego... y se acabó.
-Escribirá... Bien, no contesto. Y dentro de unos días, como ya salgo de
-Madrid... Sí, todo se arregla.</p>
-
-<p>Y... á sangre fría, Asís... ¿Es ese descarado quien tiene la culpa toda?
-Vamos, hija, que tú... ¿Quién te mandaba satisfacer el caprichito de ir
-al Santo y de acompañarte con una persona casi desconocida, y de
-almorzar allí en un merendero<span class="pagenum"><a name="page_080" id="page_080"></a>{80}</span> churri, como si fueses una salchichera de
-los barrios bajos? ¿Por qué probaste del vino aquel, que está encabezado
-con el <i>amílico</i> más venenoso? ¿No sabías que, aun sin vino, á ti el sol
-te marea?</p>
-
-<p>Te dejaste embarcar por la Sahagún... Pero la Sahagún... Para ciertas
-personas no rigen las ordenanzas sociales. La Sahagún, no sólo es muy
-experta, y muy despabilada, y discretísima, y una de esas mujeres á
-quienes nadie se les atreve no queriendo ellas, sino que con su alta
-posición convierte en excentricidad graciosa é inofensiva lo que en las
-demás se toma por desvergüenza y liviandad. Hay gentes que tienen
-permiso para todo, y se imponen, y les caen bien hasta las barrabasadas.
-Pero yo, que soy una señora como todas, una de tantas, debo respetar el
-orden establecido y no meterme en honduras. Era visto que Pacheco se
-había de figurar desde el primer instante... No, no es justo acusarle á
-él solo.</p>
-
-<p>Bien dice mi paisano. Somos ordinarios y populacheros; nos pule la
-educación treinta años seguidos, y renace la corteza... Una persona
-decente, en ciertos sitios obra lo mismo que obraría un mayoral. Aquí
-estoy yo, que me he portado como una chula.</p>
-
-<p>Es decir... más bien obré como una tonta. Caí de inocente. No supe
-precaver, pero no hubo en mí mala intención. Ello ocurrió... porque sí.
-Me pesa, Señor. En toda mi vida me ha sucedido ni ha de volver á
-sucederme cosa semejante... De eso respondo, y ahora, á remediar el<span class="pagenum"><a name="page_081" id="page_081"></a>{81}</span>
-daño. Puerta cerrada, esquinazo, mutis. No me vuelve á ver el pelo el
-señorito ese. En tomando el tren de Galicia... Y sin tanto. Declaro la
-casa en estado de sitio... Aquí no entra una mosca. Ya verá si es tan
-fácil marear á una mujer cuando ella sabe lo que se hace.</p>
-
-<h3><a name="IX-in" id="IX-in"></a>IX</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">A</span><small>SÍ</small>, punto más, punto menos, hubiese redactado su declaración la dama,
-si confiase al papel lo que la bullía en el magín. No afirmamos que, aun
-dialogando con su conciencia propia, fuese la marquesa viuda de Andrade
-perfectamente sincera, y no omitiese algún detalle que agravara su tanto
-de culpa en el terreno de la imprevisión, la ligereza ó la coquetería.
-Todo es posible, y no conviene salir fiador de nadie en este género de
-confesiones, que nunca se hacen sin pelos en la lengua y restricciones
-en la mente.</p>
-
-<p>Sin embargo, no puede negarse que la señora había referido con bastante
-franqueza el terrible episodio, tanto más terrible para ella, cuanto que
-hasta dar este mal paso caminara con pié firme y alegre espíritu por la
-senda de la honestidad. Mérito suyo, más que fruto de la educación
-paterna, no muy rígida, ni excesivamente vigilante. A Asís se le habían
-cumplido<span class="pagenum"><a name="page_082" id="page_082"></a>{82}</span> cuantos caprichos puede tener en un pueblo como Vigo una niña
-rica, huérfana de madre, y única. A los veinte años de edad, asistiendo
-á todos los bailes del Casino, á todos los paseos en la Alameda, á todas
-las verbenas y romerías de Cristos y Pastoras, visitando todos los
-buques de todas las escuadras que fondeaban en el puerto, Asís no había
-hecho cosa esencialmente mala, pues no hay severidad que baste á
-condenar de un modo riguroso el carteo con un teniente de navío, á quien
-veía be higos á brevas&mdash;cuando la <i>Villa de Bilbao</i> andaba por aquellas
-aguas.&mdash;Entonces le entró al papá de Asís, acaudalado negociante, la
-ventolera de las contratas, acompañada, naturalmente, de la necesidad de
-meterse en política; tuvo distrito, y contrata va y legislatura viene,
-comenzó á llevarse á su hija á Madrid todos los inviernos, á dar una
-vueltecita&mdash;la frase sacramental.&mdash;Hospedábanse en casa de un primo de
-la difunta mamá de Asís, el marqués de Andrade, consejero de Estado,
-porque Asís era fruto de una de esas alianzas entre blasones y talegas,
-que en Galicia y en todas partes se ven tan á menudo, sin que tuerza el
-gesto ningún venerable retrato de familia, ni ningún abuelo se
-estremezca en su tumba. El consejero de Estado se encontraba viudo y sin
-descendencia; conservaba un cerquillo de pelo alrededor de una lucia
-calva; poseía buenos modales, carácter ameno (en la corte no existen
-viejos avinagrados) y la suficiente mundología para saber cómo ha de
-insinuarse un cincuentón con una muchacha.<span class="pagenum"><a name="page_083" id="page_083"></a>{83}</span> Asís empezó por enseñarle á
-su tío, bromeando, las cartas del marino, y acabó por escribir á éste
-una significándole que sus relaciones «quedaban cortadas para siempre».
-Y así fué, y la esbelta sombra con gorrilla blanca y levita azul y
-anclas de oro no se apareció jamás al pié del tálamo de los marqueses de
-Andrade.</p>
-
-<p>El Marqués tuvo el talento de no ser celoso y hacerle grata á su mujer
-la vida conyugal. Hasta se separó de otra hermana suya&mdash;con la cual
-vivía desde su primer matrimonio&mdash;porque era devota, maniática, opuesta
-á la sociedad y á las distracciones, y no podía congeniar con la joven
-esposa; y no se mostró remiso en aflojar dinero para modistas, ni en
-gastar tiempo en teatros, saraos y tertulias. También supo evitar el
-delirio de los extremos amorosos, impropios de su edad y la de Asís
-combinadas; dejó dormir lo que no era para despertado, y así logró siete
-años de tranquila ventura y una chiquilla algo enclenque, que únicamente
-revivía con los aires marinos y agrestes de la tierra galaica. Un
-derrame seroso cortó el curso de los días del buen consejero de Estado,
-y Asís quedó libre, rica, moza, bien mirada y con el alma serena.</p>
-
-<p>Pasaba en Madrid los inviernos, teniendo á su niña de medio interna en
-un atildado colegio francés; los veranos se iba á Vigo, al lado de su
-papá; á veces (como sucedía ahora), el viaje de la chiquilla se
-adelantaba un poco, porque el abuelo, al cerrarse las Cortes, se la
-llevaba<span class="pagenum"><a name="page_084" id="page_084"></a>{84}</span> consigo á desencanijarse en la aldea... Asís la dejaba marchar
-de buen grado. El amor maternal era en ella lo que había sido el cariño
-conyugal: sentimiento apacible, exento de esas divinas locuras que
-abrasan el alma y dan á la existencia sentido nuevo. La marquesa de
-Andrade vivía contenta, algo envanecida de haber soltado la cáscara
-provinciana, y satisfecha también de conservar su honradez como la
-conservan allá en Vigo las señoras muy visibles, que no dan un paso sin
-que el vecindario sepa si fué con el pié izquierdo ó el derecho.
-Entretenía sus ocios pensando, por ejemplo, que el último vestido que le
-había mandado su modista era tan gracioso y menos caro que el de Worth
-de la Sahagún; que estaba á bien con el Padre Urdax, merced á haber
-entrado en una asociación benéfica muy recomendada por los jesuítas; que
-ella era una dama formal, intachable, y que, sin embargo, no dejaban de
-citarla con elogio en las revistas de salones alguna que otra vez; que
-podía vivirse en el mundo sin abrir paso al demonio, y que ni el mundo
-ni Dios tenían por qué volverle la espalda.</p>
-
-<p>Y ahora...</p>
-
-<h3><a name="X-in" id="X-in"></a>X</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">O</span><small>YENDO</small> un nuevo repiqueteo de campanilla, acudió Angela despavorida, á
-ver <i>qué era</i>. Su ama estaba medio incorporada sobre un codo.<span class="pagenum"><a name="page_085" id="page_085"></a>{85}</span></p>
-
-<p>&mdash;Venga quien venga, ¿entiendes?, venga quien venga..., que he salido.</p>
-
-<p>&mdash;A todo el mundo, vamos; que ha salido la señorita.</p>
-
-<p>&mdash;A todo el mundo: sin excepción. Cuidadito como me dejas entrar á
-nadie.</p>
-
-<p>&mdash;¡Jesús, señorita! Ni el aire entrará.</p>
-
-<p>&mdash;Y prepárame el baño.</p>
-
-<p>&mdash;¿El baño? ¿No le sentará mal á la señorita?</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;contestó Asís secamente.&mdash;(¡Manía de meterse en todo tienen estas
-doncellas!)</p>
-
-<p>&mdash;¿Y la orden del coche, señorita? Ya dos veces ha venido Roque á
-preguntarla.</p>
-
-<p>Al nombre del cochero, sintió Asís que le <i>subía un pavo</i> atroz, como si
-el cochero representase para ella la sociedad, el deber, todas las
-conveniencias pisoteadas y atropelladas la víspera. ¡El cochero si que
-debía maliciarse!...</p>
-
-<p>&mdash;Dile..., dile que... venga dentro de un par de horas..., á las cuatro
-y media... No, á las cinco y cuarto. Para paseo... Las cinco y media más
-bien.</p>
-
-<p>Saltó de la cama, se puso la bata, y se calzó las chinelas. ¡Sentía un
-abatimiento grande, agujetas, cansancio, y al mismo tiempo una
-excitación, unas ganas de echar á andar, de huir de sí misma, de no
-verse ni oirse! No se podía sufrir.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué vida tan incómoda la de las señoras que anden siempre en estos
-enredos! No les arriendo la ganancia... ¡Ay! Aborrezco los tapujos y las
-ilegalidades... He nacido para vivir<span class="pagenum"><a name="page_086" id="page_086"></a>{86}</span> con orden y con decoro, está
-visto. ¿Le dará á ese tunante por venir?</p>
-
-<p>Mientras no estaba dispuesto el baño, practicó Asís las operaciones de
-aseo que deben precederle: limpiarse y limarse las uñas, lavar y
-cepillar esmeradamente la dentadura, desenredar el pelo y pasarse
-repetidas veces el peine menudo, registrarse cuidadosamente las orejas
-con la esponjita y la cucharita de marfil, frotarse el pescuezo con el
-guante de crín suavizado con pasta de almendra y miel. A cada higiénica
-operación y á cada parte de su cuerpo que quedaba como una patena, Asís
-creía ver desaparecer la marca de las irregularidades del día anterior,
-y confundiendo involuntariamente lo físico y lo moral, al asearse,
-juzgaba regenerarse.</p>
-
-<p>Avisó la Diabla que estaba listo el baño. Asís pasó á un cuartuco
-obscuro, que alumbraba un quinqué de petróleo (las habitaciones de baño
-fantásticas que se describen en las novelas no suelen existir sino en
-algún palacio, nunca en las casas de alquiler), y se metió en una
-bañadera de zinc con capa de porcelana&mdash;idéntica á las cacerolas.&mdash;¡Qué
-placer! En el agua clara iban á quedarse la vergüenza, la sofoquina y
-las inconveniencias de la aventura... ¡Allí estaban escritas con letras
-de polvo! ¡Polvo doblemente vil, el polvo de la innoble feria! ¡Y
-cuidado que era pegajoso y espeso! ¡Si había penetrado al través de las
-medias, de la ropa interior, y en toda su piel lo veía depositado la
-dama! Agua clara y tibia&mdash;pensaba Asís&mdash;lava,<span class="pagenum"><a name="page_087" id="page_087"></a>{87}</span> lava tanta grosería,
-tanto flamenquismo, tanta barbaridad: lava la osadía, lava el desacato,
-lava el aturdimiento, lava el... Jabón y más jabón. Ahora agua de
-Colonia... Así.</p>
-
-<p>Esta manía de que con agua de Colonia y jabón fino se le quitaban las
-manchas á la honra, se apoderó de la señora en grado tal, que á poco se
-arranca el cutis, de la rabia y el encarnizamiento con que lo frotaba.
-Cuando su doncella le dió la bata de tela turca para enjugarse, Asís
-continuó sus fricciones mitad morales, mitad higiénicas, hasta que ya
-rendida se dejó envolver en la ropa limpia, suspirando como el que echa
-de sí un enorme peso de cuidados.</p>
-
-<p>Llegó el coche algún tiempo después de terminada la faena, no sólo del
-baño, sino del tocado y vestido: Asís llevaba un traje serio, de señora
-que aspira á no llamar la atención. Ya tenía la Diabla la mano en el
-pestillo para abrir la puerta á su ama, cuando se la ocurrió preguntar:</p>
-
-<p>&mdash;¿Vendrá á comer, señorita?</p>
-
-<p>&mdash;No.&mdash;Y añadió como el que da explicaciones para que no se piense mal
-de él.&mdash;Estoy convidada á comer en casa de las tías de Cardeñosa.</p>
-
-<p>Al sentarse en su berlinita, respiró anchamente. Ya no había que temer
-la aparición del pillo. ¡Bah! Ni era probable que él se acordase de
-ella; estos troneras, así que pueden jactarse..., si te he visto no me
-acuerdo. Mejor que mejor. Qué ganga, si la historia se resolviese<span class="pagenum"><a name="page_088" id="page_088"></a>{88}</span> de
-una manera tan sencilla... Y la voz de Asís adquirió cierta sonoridad al
-decir al cochero:</p>
-
-<p>&mdash;Castellana... Y luego á casa de las tías...</p>
-
-<p>Aquella vibración orgullosa de su acento parece que quería significar:</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo ves, Roque... No se va uno todos los días de picos pardos... De
-hoy más vuelvo á mi inflexible línea de conducta...</p>
-
-<p>Rodó el coche al trote hasta la Castellana y allí se metió en fila. Era
-tal el número y la apretura de carruajes, que á veces tenían que pararse
-todos por imposibilidad de avanzar ni retroceder. En estos momentos de
-forzosa quietud sucedían cosas chuscas: dos señoras que se conocían y se
-saludaban, pero no teniendo la intimidad suficiente para emprender
-conversación, permanecían con la sonrisa estereotipada, observándose con
-el rabillo del ojo, desmenuzándose el atavío y deseando que un leve
-sacudimiento del maremagnum de carruajes pusiese fin á una situación tan
-pesadita. Otras veces le acontecía á Asís quedarse parada tocando con
-una <i>manuela</i>, en cuyo asiento trasero, dejando la bigotera libre, se
-apiñaban tres mozos de buen humor, horteras ó empleadillos de
-ministerio, que la soltaban una andanada de dicharachos y majaderías; y
-nada: aguantarlos á quema ropa, sin saber qué era menos desairado,
-sonreirse ó ponerse muy seria ó hacerse la sorda. También era fastidioso
-encontrarse en contacto íntimo con el fogoso tronco de un <i>milord</i>, que
-sacudía la espuma del hocico dentro de la ventanilla, salpicando el<span class="pagenum"><a name="page_089" id="page_089"></a>{89}</span> haz
-de lilas blancas sujeto en el tarjetero, que perfumaba el interior del
-coche. Incidentes que distraían por un instante á la marquesa de Andrade
-de la dulce quietud y del bienhechor reposo producido por la frescura
-del aire impregnado de aroma de lilas y flor de acacia, por la animación
-distinguida y silenciosa del paseo, por el grato reclinatorio que hacía
-á su cabeza y espalda el rehenchido del coche, forrado de paño gris.</p>
-
-<p>&mdash;¡Calle! Allí va Casilda Sahagún empingorotada en el campanario de su
-<i>break</i>. ¿De dónde vendrá, señor? ¡Toma! Ya caigo; de la novillada que
-armaron los muchachos finos, Juanito Albares, Perico Gonzalvo, Paco
-Gironellas, Fernandín Hurtado...&mdash;En un minuto recordó Asís la
-organización de la fiesta taurina: se habían repartido programas
-impresos en raso lacre, redactados con muy buena sombra; no había nada
-más salado que leer, por ejemplo:&mdash;Banderilleros: Fernando Alfonso
-Hurtado de Mendoza (a) Pajarillas.&mdash;José María Aguilar y Austria (a) el
-Chaval.&mdash;¡Pues poca broma que hubo en casa de Sahagún la noche que se
-arregló el plan de la corrida! Y Asís estaba convidada también. Se le
-había pasado: ¡qué lástima! La Duquesa, tan sandunguera como de
-costumbre, hecha un cartón de Goya con su mantilla negra y su grupo de
-claveles; los muchachos, ufanísimos, en carretela descubierta, envueltos
-en sus capotes morados y carmesíes con galón de oro. Lo que es torear
-habrían toreado de echarles patatas; pero ahora nadie les ganaba á
-darse<span class="pagenum"><a name="page_090" id="page_090"></a>{90}</span> pisto luciendo los trajes. Revolvían el paseo de la Castellana:
-eran el acontecimiento de la tarde. Asís sintió un descanso mayor aún
-después de ver pasar la comitiva taurómaca: comprendió, guiada por el
-buen sentido, que á nadie, en aquel conjunto de personas siempre
-entretenidas por algún suceso gordo del orden político, ó del orden
-divertido, ó del orden escandaloso con platillos y timbales, se le
-ocurriría sospechar su aventurilla del <i>Santo</i>. A buen seguro que por un
-par de días nadie pensaba más que en la becerrada aristocrática.</p>
-
-<p>Este convencimiento de que su escapatoria no estaba llamada á trascender
-al público, se robusteció en casa de las tías de Cardeñosa. Las
-Cardeñosas eran dos buenas señoritas, solteronas, de muy afable
-condición, rasas de pecho, tristes de mirar, sumamente anticuadas en el
-vestir, tímidas y dulces, no emancipadas, á pesar de sus cincuenta y
-pico, de la eterna infancia femenina: hablaban mucho de novenas, y
-comentaban detenidamente los acontecimientos culminantes, pero
-exteriores, ocurridos en la familia de Andrade y en las demás que
-componían el círculo de sus relaciones; para las bodas tenían aparejada
-una sonrisa golosa y tierna, como si paladeasen el licor que no habían
-probado nunca; para las enfermedades, calaveradas de chicos y
-fallecimientos de viejos, un melancólico arqueo de cejas, unos ademanes
-de resignación con los hombros y unas frases de compasión, que por ser
-siempre las mismas, sonaban á indiferencia. Religiosas de<span class="pagenum"><a name="page_091" id="page_091"></a>{91}</span> verdad, nunca
-murmuraban de nadie ni juzgaban duramente la ajena conducta, y para
-ellas la vida humana no tenía más que un lado, el anverso, el que cada
-cual deja ver á las gentes. Gozaban con todo esto las Cardeñosas fama de
-trato distinguidísimo, y su tarjeta <i>hacía bien</i> en cualquier bandeja de
-porcelana de esas donde se amontona, en forma de pedazos de cartulina,
-la consideración social.</p>
-
-<p>Para Asís, la insulsa comida de las tías de Cardeñosa y la anodina
-velada que la siguió, fueron al principio un bálsamo. Se la disiparon
-las últimas vibraciones de la jaqueca y las postreras angustias del
-estómago, y su espíritu se aquietó, viendo que aquellas señoras
-respetadísimas y excelentes la trataban con el acostumbrado afecto y
-comprendiendo que ni por las mientes se les pasaba imaginar de ella nada
-censurable.</p>
-
-<p>El cuerpo y el alma se sosegaban á la par, y gracias á tan saludable
-reacción, <i>aquello</i> se le figuraba á Asís una especie de pesadilla, un
-cuento fantástico.</p>
-
-<p>Pero obtenido este estado de calma tan necesario á sus nervios, empezó
-la dama á notar, hacia eso de las diez, que se aburría ferozmente, por
-todo lo alto, y que le entraban ya unas ganas de dormir, ya unos
-impulsos de tomar el aire, que se revelaban en prolongados bostezos y en
-revolverse en la butaca como si estuviese tapizada de alfileres punta
-arriba. Tanto, que las Cardeñosas lo percibieron, y con su inalterable
-bondad comenzaron á ofrecerla<span class="pagenum"><a name="page_092" id="page_092"></a>{92}</span> otro sillón de distinta forma, el rincón
-del sofá, una silla de rejilla, un taburetito para los piés, un cojín
-para la espalda.</p>
-
-<p>&mdash;No os incomodéis... Mil gracias... Pero si estoy perfectamente.</p>
-
-<p>Y no atreviéndose á mirar el suyo, echaba un ojo al reloj de sobremesa,
-un Apolo de bronce dorado, de cuya clásica desnudez ni se habían
-enterado siquiera las Cardeñosas, en cuarenta años que llevaba el dios
-de estarse sobre la consola del salón en postura académica, con la lira
-muy empuñada. El reloj... por supuesto, se había parado desde el primer
-día, como todos los de su especie. Asís quería disimular, pero se le
-abría la boca y se le llenaban de lágrimas los ojos; abanicábase
-estrepitosamente, contestando por máquina á las interrogaciones de las
-tías acerca de la salud de su niña y los proyectos de veraneo,
-inminentes ya. Las horas corrían, sin embargo, derramando en el espíritu
-de Asís el opio del fastidio... Cada rodar de coches por la retirada
-calle en que habitaban las Cardeñosas, le producía una sacudida
-eléctrica. Al fin hubo uno que paró delante de la casa misma... ¡Bendito
-sea Dios! Por encanto recobró la dama su alegría y su amabilidad de
-costumbre, y cuando la criada vino á decir:&mdash;«Está el coche de la señora
-Marquesa»,&mdash;tuvo el heroismo de responder con indiferencia fingida:</p>
-
-<p>&mdash;Gracias, que se aguarde.</p>
-
-<p>A los dos minutos, alegando que había madrugado un poco, arrimaba las
-mejillas al pálido<span class="pagenum"><a name="page_093" id="page_093"></a>{93}</span> pergamino de la de sus tías, daba un glacial beso al
-aire y bajaba la escalera repitiendo:</p>
-
-<p>&mdash;Sí..., cualquier día de estos... ¡Qué! Si he pasado un rato
-buenísimo... ¿Mañana sin falta... eh? las papeletas de los Asilos. Mil
-cosas al Padre Urdax.</p>
-
-<p>Al tirar de la campanilla en su casa, tuvo una corazonada rarísima. Las
-hay, las hay, y el que lo niegue es un miope del corazón, que rehusa á
-los demás la acuidad del sentido porque á él le falta. Asís, mientras
-sonata el campanillazo, sintió un hormigueo y un temblor en el pulso,
-como si semejante tirón fuese algún acto muy importante y decisivo en su
-existencia. Y no experimentó ninguna sorpresa, aunque sí una violenta
-emoción que por poco la hace caerse redonda al suelo, cuando en vez de
-la Diabla ó del criado vió que le abría la puerta aquel pillo, aquel
-grandiosísimo truhán.</p>
-
-<h3><a name="XI-in" id="XI-in"></a>XI</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">L</span><small>O</small> bueno fué que la dama, lejos de mostrar extrañeza, saludó á Pacheco
-como si el encontrarle allí á tales horas le pareciese la cosa más
-natural del mundo, y, recíprocamente, Pacheco empleó también con ella
-todas las fórmulas de cortesía acostumbradas cuando un caballero se
-dirige á una señora de cumplido, respetable,<span class="pagenum"><a name="page_094" id="page_094"></a>{94}</span> ya que no por sus años,
-por su carácter y condición. Se hizo atrás para dejarla pasar, y al
-seguirla al saloncito de confianza, donde ardía sobre la mesa de tijera
-la gran lámpara con pantalla rosa velada de encaje, se quedó próximo á
-la puerta y en pié, como el que espera una orden de despedida.</p>
-
-<p>&mdash;Siéntese V., Pacheco...&mdash;tartamudeó la señora, bastante aturrullada
-aún.</p>
-
-<p>El gaditano no se sentó, pero adelantó despacio, como receloso; parecía,
-por su continente, algún hombre poco avezado á sociedad: pero este
-aspecto, que Asís atribuyó á hipocresía refinada, contrastaba de un modo
-encantador con la soltura de su cuerpo y modales, la elegancia no
-estudiada de su vestir, la finura de su chaleco blanquísimo, su tipo de
-persona principal. Viéndole tan contrito, Asís se rehizo y cobró
-ánimos.&mdash;«Gran ocasión de leerle la cartilla al señorito éste: ¿conque
-muy manso y fingiéndose arrepentido, eh? Ahora lo verás...»&mdash;Porque la
-dama, en su inexperiencia, se había figurado que su compañero de romería
-iba á entrar hecho un sargento, y á las primeras de cambio la iba á
-soltar un abrazo furibundo ó cualquier gansada semejante... Pero ya que
-gracias á Dios se manifestaba tan comedido, bien podía la señora
-acusarle las cuarenta. Y Asís abrió la boca y exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;Conque V. aquí... Yo quisiera... yo...</p>
-
-<p>El gaditano se acercó todavía más, hasta ponerse al lado de la dama, que
-seguía en pié junto á la mesa. La miró fijamente y luego pronunció<span class="pagenum"><a name="page_095" id="page_095"></a>{95}</span> como
-el que dice la cosa más patética del mundo:</p>
-
-<p>&mdash;A mi va V. á regañarme too lo que guste... A los criados, ni chispa...
-La culpa es mía toa. Un cuarto de hora de conversación con la chica me
-ha costao el entrar. Hasta requiebros la he soltao. Y na, ni por esas.
-Al fin la dije... que vamos, que ya sabía V. que yo vendría y que para
-recibirme á mí se quería V. negar á los demás. Ríñame V., que lo meresco
-too.</p>
-
-<p>Estas enormidades las murmuró con tono quejumbroso y lánguido, con los
-ojos mortecinos y un aire de melancolía que daba compasión. Asís, así al
-pronto se quedó de una pieza, después se la deshizo el nudo de la
-garganta y las palabras le salieron á borbotones. Ea..., ahí va... Ahora
-sí que me desato...</p>
-
-<p>&mdash;Sí señor, que merece V.... Pues hombre... me pone V. en berlina con
-mis criados... ¡Por eso se escondieron cuando yo entraba... y le dejan á
-V. que abra la puerta! ¡Gandules de profesión! A la Angelita yo le diré
-cuántas son cinco... Y lo que es á Perfecto... Alguno podrá ser que no
-duerma en casa esta noche... Los enemigos domésticos... Aguarde V.,
-aguarde V.... Estas jugadas no me las hacen ellos á mí... ¡Habrase
-visto! ¡Para esto los trata uno del modo que los trata! ¡Para que le
-vendan á las primeras de cambio!</p>
-
-<p>Comprendía la misma señora que se ponía algo ordinaria chillando y
-manoteando así, y lo peor de todo, que era predicar en desierto, pues ni
-siquiera podían oirla desde la cocina;<span class="pagenum"><a name="page_096" id="page_096"></a>{96}</span> además, Pacheco, en vez de
-asustarse con tan caliente reprimenda, pareció que recobraba los
-espíritus, se llegó más, y bajando la cabeza, acarició las sienes de la
-enojada. Esta se echó atrás, no tan pronto que ya no la sujetase
-blandamente por la cintura un brazo del gaditano y que éste no
-balbuciese á su oído:</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué te enfadas con los criados, chiquilla? ¿No te he dicho que no
-tienen culpa? Mira, esa chica que te sirve, vale un Perú. Te quiere
-bien. La daba dinero y no lo admitió ni hecha peazos. Dijo que con tal
-que tú no la riñeses... Ahora si gritas se armará un escándalo... Pero
-me iré cuando tú lo mandes. Que sí me iré, nena...</p>
-
-<p>Al anunciar que se iba, se sentó en el sofá-diván, obligando á la señora
-á sentarse también. Esta notaba una turbación que ya no se parecía á la
-pseudo-cólera de antes, y por lo bajo, murmuraba:</p>
-
-<p>&mdash;Pues váyase V... Hágame el favor de irse. Por Dios...</p>
-
-<p>&mdash;¿Ni un minuto hay para mí? Estoy enfermo... ¡Si vieses! En toda la
-noche no he dormido, no he pegado los ojos.</p>
-
-<p>Asís iba á preguntar: «¿por qué?» pero calló, pareciéndole inconveniente
-y necia la pregunta.</p>
-
-<p>&mdash;Necesitaba saber de ti... Si estabas ya buena, si habías descansado...
-Si me querías mal, ó si me mirabas con alguna indulgencia. ¿Dura el mal
-humor? ¿Y esa cabecita? ¿A ver?</p>
-
-<p>Se la recostó sobre el hombro, sujetándola<span class="pagenum"><a name="page_097" id="page_097"></a>{97}</span> con la palma de la mano
-derecha. Asís, esforzándose en romper el lazo, notaba disminuidas sus
-fuerzas por dos sentimientos: el primero, que viendo tan sumiso y
-moderado al gran pillo, le habían entrado unas miajas de lástima; el
-segundo..., el sentimiento eterno, la maldita curiosidad, la que perdió
-en el Paraíso á la primera mujer, la que pierde á todas, y tal vez no
-sólo á ellas sino al género humano... ¿A ver? ¿Cómo sería? ¿Qué diría
-Pacheco ahora?</p>
-
-<p>Pacheco, en un rato, no dijo nada; ni chistó. Su palma fina, sus dedos
-enjutos y nerviosos oprimían suavemente la cabeza y sienes de Asís, lo
-mismo que si á ésta le durase aún el mareo de la víspera y necesitase la
-medicina de tan sencillo halago. En la sala parecía que la varita de
-algún mágico invisible derramaba silencio apacible y amoroso, y la luz
-de la lámpara, al través de su celosía de encaje, alumbraba con poética
-suavidad el recinto. La sala estaba amueblada con esas pretensiones
-artísticas que hoy ostenta todo bicho viviente, sepa ó no sepa lo que es
-arte, y con ese aspecto de prendería, que resulta de aglomerar el mayor
-número posible de cosas inconexas. Sitiales, butacas bajas y coquetonas,
-mesillas forradas de felpa imitando un corazón ó una hoja de trébol,
-columnas que sostienen quinqués, divancitos cambiados donde la gente
-puede gozar del placer de darse la espalda y coger un torticolis, alguna
-drácena en jardineras de zinc, un perro de porcelana haciendo centinela
-junto á la chimenea, y dos hermosos vargueños patrimoniales<span class="pagenum"><a name="page_098" id="page_098"></a>{98}</span> restaurados
-y dorados de nuevo... Todo revuelto, colocado de la manera que más
-dificultase el paso á la gente, haciendo un archipiélago donde no se
-podía navegar sin práctico. ¿Y las paredes? Si el suelo estaba
-intransitable, en las paredes no quedaba sitio libre para un clavo, pues
-el buen marqués de Andrade, incapaz de distinguir un Ticiano de un
-Ribera, la había dado algún tiempo de protector de jóvenes artistas,
-llenando la casa de acuarelas con chulas, matones del Renacimiento ó
-damas de Luis XV; de <i>manchas</i>, apuntes y bocetos hechos á punta de
-cuchillo, ó á yema de dedo, tan <i>libres</i> y tan <i>francos</i>, que ni el
-mismo demonio adivinaría lo que representaban; de tablitas lamidas y
-microscópicas, encerradas en marcos cinco veces mayores; de fotografías
-con retumbantes dedicatorias, migajas de arte, en suma, que al menos
-cubren la vulgaridad del empapelado y distraen gratamente la vista. Y en
-hora semejante, en medio de la amable paz que flotaba en la atmósfera, y
-con la luz discreta transparentada por el encaje, los cachivaches se
-armonizaban, se fundían en una dulce intimidad, en una complicidad
-silenciosa; la misma horrible carátula japonesa colgada encima de un
-vargueño y de uno de cuyos ojos se descolgaba una procesión de monitos
-de felpa, tenía gesto menos infernal; el pañolón de Manila que cubría el
-piano abría alegremente todas sus flores; las begonias, próximas á la
-entreabierta ventana, se estremecían como si las acariciase el
-vientecillo nocturno... Sólo el <i>bull-dog</i> de porcelana, sentado<span class="pagenum"><a name="page_099" id="page_099"></a>{99}</span> como
-una esfinge, miraba con alarmante persistencia al grupo del sofá,
-ostentando una actitud digna y enérgica, como si fuese celoso guardián
-puesto allí por el espíritu del respetable Marqués difunto... Casi
-parecía natural que abriese las fauces, soltase un ladrido de alarma, y
-se abalanzase dispuesto á morder...</p>
-
-<p>Pacheco decía bajito, con el ceceo mimoso y triste de su pronunciación:</p>
-
-<p>&mdash;¿Te sospechabas tú lo de ayer, chiquilla? ¿A que sí? Mira, no me digas
-no, que las mujeres estáis siempre de vuelta en esas cosas... ¡A ver si
-se calla V. y no me replica! Tú veías muy bien, picarona, que yo estaba
-muerto, lo que se dise muerto... Sólo que creiste poder dejarme en
-blanco... Pero sospechar... ¡Quiá! ¡Si lo calaste desde el mismo momento
-que tiré el puro en los jardines! ¿Y tú te gosabas en verme á mí sufrir,
-no es eso? ¡Somos más malos! Toma en castigo... ¡Y qué bonita estabas,
-gitana salá! ¿Te ha dicho á ti algún hombre bonita? ¿No? ¡Pues ahora te
-lo digo yo, vamos! y valgo más que toos... Oye, en el coche te hubiese
-yo requebrado seis dosenas de veses..., te hubiese llamao mona, serrana,
-matadora de hombres... Sólo que no me atrevía, ¿sabes tú? Que si me
-atrevo, te suelto toas las flores de la primavera en un ramiyetico.</p>
-
-<p>Aquí Asís, sin saber por qué, recobró el uso de la palabra, y fué para
-gritar:</p>
-
-<p>&mdash;Sí..., como á la chica del merendero..., y á mi criada..., y á todas
-cuantas se ofrece... Lo que es por palabrería no queda.<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100"></a>{100}</span></p>
-
-<p>La interrumpió un enérgico tapabocas.</p>
-
-<p>&mdash;No compares, chiquiya, no compares... Tonterías que se disen por pasá
-el rato, pa que se encandilen las mujeres... Contigo... ¡Virgen Santa!
-tengo yo una ilusionasa..., ¡una ilusión de volverme loco! Has de saber
-que yo mismo estoy pasmao de lo que me sucede. Nunca me quedé triste
-después de una cosa así sino contigo. Hasta me falta resolución pa
-hablarte. Estoy así... medio orgulloso y medio pesaroso. Más quisiera
-que nos hubiésemos vuelto ayer antes de almorsá. ¿No lo crees? ¿Ah, no
-lo crees? Por estas...</p>
-
-<p>El meridional puso los dedos en cruz y los besó con ademán popular. Asís
-se echó á reir mal de su grado. Ya no había posibilidad de enfadarse; la
-risa desarma al más furioso. Y ahora, ¿qué hacer? pensaba la dama,
-llamando en su auxilio toda su presencia de ánimo, toda su habilidad
-femenil. Nada, muy sencillo... No negarle la cita que pedía para el día
-siguiente por la tarde, porque si se le negaba, era capaz de hacer
-cualquier desatino. No, no..., contemporizar..., otorgar la cita, y á la
-hora señalada... ¡busca! estar en cualquier sitio menos donde Pacheco
-esperase... Y ahora, procurar <i>por bien</i> que se largase cuanto más
-pronto... ¡Que diría el servicio! ¡En esa cocina estaría la Diabla
-haciendo unos calendarios!<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101"></a>{101}</span></p>
-
-<h3><a name="XII-in" id="XII-in"></a>XII</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">D</span><small>OLOROSO</small> es tener que reconocer y consignar ciertas cosas; sin embargo,
-la sinceridad obliga á no eliminarlas de la narración. Queda, eso sí, el
-recurso de presentarlas en forma indirecta, procurando con maña que no
-lastimen tanto como si apareciesen de frente, insolentonas y descaradas,
-metiéndose por los ojos. Así la implícita desaprobación del novelista se
-disfraza de habilidad.</p>
-
-<p>Tocante á la cita que la marquesa viuda de Andrade pensaba conceder en
-falso, con resolución firmísima de hacer la del humo, la novela puede
-guardar un discreto mutismo; y no faltará á su elevada misión, con tal
-que refiera lo que ocurría á la puerta de la dama: indicación sobria y á
-la vez sumamente expresiva.</p>
-
-<p>La berlina de la señora, enganchada desde las cinco, esperaba allí. El
-cochero, inmóvil, bien afianzado en su cuña, había permanecido algún
-tiempo en la actitud reglamentaria, enarbolada la fusta, recogidas las
-riendas, ladeado graciosamente el sombrero y muy juntas las punteras de
-las botas; pero transcurrido un cuarto de hora, el recalmón de la
-tardecita y el aburrimiento de la espera le derramaron en los párpados
-grato beleño y fué dejando caer la cabeza sobre el pecho, aflojando las
-manos, exhalando una especie de silbido y á veces un ronquido<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102"></a>{102}</span> súbito,
-que le asustaba á él mismo, despertándole... También el caballo, durante
-los primeros momentos de quietud, se mantuvo engallado, airoso,
-dispuesto á beberse la distancia; pero al convencerse de que teníamos
-plantón, desplomó el cuerpo sobre las patas, sacudió el freno regándolo
-con espuma, entornó los ojos y se dispuso á la siesta. Hasta la misma
-berlina pareció afianzarse en las ruedas con ánimo de descansar.</p>
-
-<p>Y fué poniéndose el sol, subiendo de piso en piso á despedirse de los
-cristales, refugiándose en la copa de las acacias de Recoletos cuando ya
-las envolvía la azul y vaporosa bruma del anochecer; y el calor
-disminuyó un tantico, y el farolero corrió encendiendo hilos de luz á lo
-largo de las calles... Berlina, caballo y cochero dormían, resignados
-con su suerte, sin que se les ocurriese que para semejante viaje no se
-necesitaban alforjas y que mejor se encontrarían la una metida en su
-funda, el otro despachando su ración de pienso, el último en su taberna
-favorita ó viendo la novillada de aquella tarde...</p>
-
-<p>Cerca de las siete serían cuando salió de la casa un hombre. Era apuesto
-y andaba aprisa, recatándose de la portera. Atravesó la calle y en la
-acera de enfrente se detuvo, mirando hacia las ventanas del cuarto de
-Asís. Ni rastro de persona asomada en ellas. El hombre siguió su camino
-hacia Recoletos.<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103"></a>{103}</span></p>
-
-<h3><a name="XIII-in" id="XIII-in"></a>XIII</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">S</span><small>OLÍA</small> el comandante Pardo ir alguna que otra noche á casa de su paisana
-y amiga La marquesa de Andrade. Charlaban de mil cosas, disputando,
-acalorándose, y en suma, pasando la velada solos, contentos y
-entretenidos. De galanteo propiamente dicho, ni sombra, aun cuando la
-gente murmuraba (de la tertulia de la Sahagún saldría el chisme) que Don
-Gabriel hacía tiro al decente caudal y á la agradable persona de Asís;
-si bien otros opinaban, con trazas y tono de mejor informados, que ni á
-Pardo le importaba el dinero, por ser desinteresadísimo, ni las mujeres,
-por hallarse mal curada todavía la herida de un gran desengaño amoroso
-que en Galicia sufriera: una historia romántica y algo obscura con una
-sobrina, que por huir de él se había metido monja en un convento de
-Santiago.</p>
-
-<p>Ello es que Pardo resolvió consagrar á la dama la noche del día en que
-la berlina echó la siesta famosa. Serían las nueve cuando llamó á la
-puerta. Generalmente los criados le hacían entrar con un apresuramiento
-que delataba el gusto de la señora en recibir semejantes visitas. Pero
-aquella noche, así Perfecto (el mozo de comedor á quien Asís llamaba
-<i>Imperfecto</i> por sus <i>gedeonadas</i>) como la Diabla, se miraron y<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104"></a>{104}</span>
-respondieron á la pregunta usual del comandante, titubeando é indecisos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasa? ¿Ha salido la señorita? Los martes no acostumbra.</p>
-
-<p>&mdash;Salir..., como salir...,&mdash;balbució Imperfecto.</p>
-
-<p>&mdash;No, salir no&mdash;acudió la Diabla viéndole en apuro.&mdash;Pero está un
-poco...</p>
-
-<p>&mdash;Un poco <i>dilicada</i>&mdash;declaró el criado con tono diplomático.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo delicada?&mdash;exclamó el comandante alzando la voz.&mdash;¿Desde cuándo
-se encuentra enferma? ¿Y qué tiene? ¿Guarda cama?</p>
-
-<p>&mdash;No señor, guardar cama no... Unas <i>miagas</i> de jaqueca...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! bien: díganla Vds. que volveré mañana á saber... y que la deseo
-alivio. ¿Eh? ¡No se olviden!</p>
-
-<p>Acabar de decir esto el comandante y aparecer en la antesala Asís en
-bata y arrastrando chinelas finas, fué todo uno.</p>
-
-<p>&mdash;Pero que siempre han de entender al revés cuanto se les manda...
-Estoy, Pardo, estoy visible... Entre V.... Qué tienen que ver las
-órdenes que se dan así, en general, para la gente de cumplido... Haga V.
-el favor de pasar aquí...</p>
-
-<p>Gabriel entró. La sala estaba tan simpática, tan tentadora, tan fresca
-como la víspera; la pantalla de encaje filtraba la misma luz rosada y
-ensoñadora; en un talavera <i>de botica</i> se marchitaba un ramo de lilas y
-rosas blancas. Tropezó el pié del comandante, al ir á sentarse en<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105"></a>{105}</span> su
-butaca de costumbre, con un objeto medio oculto en las arrugas del tapiz
-turco arrojado ante el diván. Se bajó y recogió del suelo el estorbo,
-maquinalmente. Asís extendió la mano, y á pesar de lo muy distraído y
-sonámbulo que era Gabriel, no pudo menos de observar la agitación de la
-dama al recobrar la prenda, uno de esos tarjeteros sin cierre, de cuero
-inglés, con dos iniciales de plata enlazadas, prenda evidentemente
-masculina. Por un instinto de discreción y respeto, Gabriel se hizo el
-tonto y entregó su hallazgo sin intentar ver la cifra.</p>
-
-<p>&mdash;Pues me habían dado un susto ese Imperfecto y esa Diabla...&mdash;murmuró
-tratando de disimular mejor la sorpresa.&mdash;Están en Belén... ¿Se había V.
-negado, sí ó no?</p>
-
-<p>&mdash;Le diré á V.... Di una orden... Claro que con V. no rezaba; bien ha
-visto V. que le llamé...&mdash;alegó la señora con acento contrito, cual si
-se disculpase de alguna falta gorda, y muy inmutada, aunque esforzándose
-también en no descubrirlo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué es ello? ¿Jaqueca?</p>
-
-<p>&mdash;Sí..., bastante incómoda. (Asís se llevó la mano á la sien.)</p>
-
-<p>&mdash;Entonces le voy á dar V. la noche si me quedo. La dejaré á V.
-descansar... En durmiendo se pasa.</p>
-
-<p>&mdash;No, no, qué disparate... No se va V. Al contrario...</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo que <i>al contrario</i>? Ruego que se expliquen esas
-palabras&mdash;exclamó el comandante,<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106"></a>{106}</span> aprovechando la ocasión de bromear
-para que se le quitase á Asís el sobresalto.</p>
-
-<p>&mdash;Se explicarán... Significan que va V. á acompañarme por ahí fuera un
-ratito... A dar una vuelta á pié. Me conviene esparcirme, tomar el
-aire...</p>
-
-<p>&mdash;Iremos á un teatrillo... ¿Quiere V.? Dicen que es muy gracioso <i>El
-padrón municipal</i>, en Lara.</p>
-
-<p>&mdash;Teatrillo..., ¿calor, luces, gente? V. pretende asesinarme. No: si lo
-que me pide el cuerpo es ejercicio. Así, conforme estoy, sin vestirme...
-Me planto un abrigo y un velo... Me calzo... y jala.</p>
-
-<p>&mdash;A sus órdenes.</p>
-
-<p>Cuando salieron á la calle, Asís suspiró, aliviada, y con el impulso de
-su andar señaló la dirección del paseo.</p>
-
-<p>El barrio de Salamanca, á trechos, causa la ilusión gratísima de estar
-en el campo: masas de árboles, ambiente oxigenado y oloroso, espacio
-libre, y una bóveda de firmamento que parece más elevada que en el resto
-de Madrid.</p>
-
-<p>La noche era espléndida, y al levantar Asís la cabeza para contemplar el
-centelleo de los astros, se le ocurrió, por decir alguna cosa,
-compararlos á las joyas que solía admirar en los bailes.</p>
-
-<p>&mdash;Aquellas cuatro estrellitas seguidas parecen el imperdible de la
-marquesa de Riachuelo... cuatro brillantazos que le dejan á uno bizco.
-Esa constelación... ¡allí, hombre, allí! hace el mismo efecto que la
-joya que le trajo de París<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107"></a>{107}</span> su marido á la Torres-Nobles... Hasta tiene
-en medio una estrellita amarillenta, que será el brillante brasileño del
-centro. Aquel lucero tan bonito, que está solo...</p>
-
-<p>&mdash;Es Venus... Tiene algo de emblemático eso de que Venus sea tan guapa.</p>
-
-<p>&mdash;V. siempre confundiendo lo humano y lo divino...</p>
-
-<p>&mdash;No, si la mezcolanza fué V. quien la armó comparando los astros á las
-joyas de sus amiguitas. ¡Qué hermoso es el cielo de Madrid!&mdash;añadió
-después de breve silencio.&mdash;En esto tenemos que rendir el pabellón,
-paisana. Nuestro suelo es más fresco, más bonito; pero la limpieza de
-esta atmósfera... Allá hay que mirar hacia abajo, aquí hacia arriba.</p>
-
-<p>Callaron un ratito.</p>
-
-<p>En aquel dosel azul sembrado de flores de pedrería, Asís y el comandante
-veían la misma cosa, un tarjetero de piel inglesa, y como por magnética
-virtud, sentían al través de sus brazos, que se tocaban, el mutuo
-pensamiento.</p>
-
-<p>Hallábanse al final del Prado, enteramente desierto á tales horas, con
-sus sillas recogidas y vueltas. Se escuchaba el murmurio monótono de la
-Cibeles, y allá en el fondo del jardincillo, tras las irregulares masas
-de las coníferas, destacaba el Museo su elegante silueta de palacio
-italiano. No pasaba un alma, y la plazuela de las Cortes, á la luz de
-sus faroles de gas, parecía tan solitaria como el Prado mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Subimos hacia la Carrera?&mdash;interrogó Pardo.<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108"></a>{108}</span></p>
-
-<p>&mdash;No, paisano... ¡Ay Jesús! A los dos pasos nos encontrábamos algún
-conocido, y mañana..., chi, chi, chi..., cuentecito en casa de Sahagún ó
-donde se les antojase. Bajemos hacia Atocha.</p>
-
-<p>&mdash;Y V. ¿por qué da á <i>eso</i> tanta importancia? ¿Qué tiene de particular
-que salga V. á tomar el fresco en compañía de un amigo formal? Cuidado
-que son majaderas las fórmulas sociales. Yo puedo ir á su casa de V. y
-estarme allí las horas muertas sin que nadie se entere ni se ocupe, y
-luego, si salimos reunidos á la calle media hora... cataplum.</p>
-
-<p>&mdash;Qué manía tiene V. de ir contra la corriente... Nosotros no vamos á
-volver el mundo patas arriba. Dejarlo que ruede. Todo tiene sus por
-qués, y en algo se fundan esas precauciones ó fórmulas, como V. les
-llama. ¡Ay! ¡Qué fresquito tan hermoso corre!</p>
-
-<p>&mdash;¿Está V. mejor?</p>
-
-<p>&mdash;Un poco. Me da la vida este aire.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere V. sentarse un rato? El sitio convida.</p>
-
-<p>Sí que convidaba el sitio, á la vez acompañado y solo: unos anchos
-asientos de piedra que hay delante del Museo, á la entrada de la calle
-de Trajineros, la cual si por su gran proximidad á la plazuela de las
-Cortes resulta céntrica y decorosa, á semejante hora compite en lo
-desierta con el despoblado más formidable de Castilla. Las acacias
-prodigaban su rica esencia, y si el comandante tuviese propósito de
-declarar á la señora algún atrevido pensamiento, nunca mejor. No sería
-así, porque después de tomar<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109"></a>{109}</span> asiento se quedaron mudos ella y él; Asís,
-además de muda, estaba cabizbaja y absorta.</p>
-
-<p>No es posible que esta clase de pausas se establezcan en una entrevista
-á solas de hombre y mujer, en tales sitios y horas, sin producirles á
-los dos un estado de ánimo singular, á la vez atractivo y embarazoso. El
-comandante limpió sus quevedos, operación que verificaba muy á menudo,
-volvió á calárselos, y salió por la puerta ó por la ventana, juzgando
-que la señora desearía explayarse.</p>
-
-<p>&mdash;A mí no me la pega V. con jaquecas, Paquita... V. tiene algo... alguna
-cosa que la preocupa en gordo... No se me alarme V.: ya sabe que somos
-amigos viejos.</p>
-
-<p>&mdash;Pero si no tengo nada... ¡Qué ocurrencia!</p>
-
-<p>&mdash;Mejor, señora, mejor, celebro que sea así,&mdash;dijo Don Gabriel
-retrocediendo discretamente.&mdash;Yo, en cambio, le podría confiar á V.
-penas muy grandes..., cosas raras.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo de la sobrina?&mdash;preguntó Asís con curiosidad, pues ya dos ó tres
-veces en conversación familiar habían aludido de rechazo á ese misterio
-de la vida de Don Gabriel.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; al menos la parte mía..., lo que me toca..., eso puedo contárselo
-á V. Sabe Dios cómo lo glosa la gente.&mdash;(Pardo se alzó el sombrero,
-porque tenía las sienes húmedas de sudor.)&mdash;Creo que se dice que la
-pobrecilla me detestaba y que por librarse de mi entró en un convento de
-novicia... Falso. No me detestaba, y es más: me hubiese querido con toda
-su alma á la vuelta de poco tiempo... Sólo que ella misma no<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110"></a>{110}</span> acertó á
-descifrarlo. Cuando me conoció, estaba comprometida con otro hombre...
-cuya clase... no... En fin, que no podía aspirar á ser su marido. Y al
-convencerse de esto, la infeliz muchacha pensó que se acababa el mundo
-para ella y que no tenía más refugio que el convento, ¡Ay, Paquita! ¡Si
-supiese V. qué ratos... qué tragedia! Es asombroso que después de
-ciertos acontecimientos pueda uno volver á vivir como antes..., y vaya á
-tertulias y se chancee, y mire otra vez á las mujeres, y le agraden,
-sí..., como me agrada V., por ejemplo..., y no lo eche V. á mala parte,
-que no soy pretendiente importuno, sino amigo de verdad. Ya sabe V. cómo
-digo yo las cosas.</p>
-
-<p>Oía la dama la voz del artillero y al par otra interior que zumbaba
-confusamente:</p>
-
-<p>&mdash;Confíale algo..., al menos indícale tu situación... Ideas
-estrafalarias las tiene, y á veces es poco práctico, pero es leal... No
-corres peligro, no... Así te desahogarás... Tal vez te aconseje bien.
-Anda, boba... ¿No hace él confianza de ti? Además... no creas que
-callando le engañas... ¡Quítale ya la escama del tarjetero!</p>
-
-<p>A pesar de las excitaciones de la voz indiscreta, la señora, en alto,
-decía tan sólo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Con que la chica le quería á V. algo? ¿Sin saberlo? ¡Eso es muy
-particular! ¿Y cómo lo explica V.?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, Paquita! He renunciado á explicar cosa alguna... No hay
-explicación que valga para los fenómenos del corazón. Cuanto más se
-quieren entender, más se obscurecen. Hay en<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111"></a>{111}</span> nosotros anomalías tan
-raras, contradicciones tan absurdas... Y á la vez cierta lógica fatal.
-En esto de la simpatía sexual, ó del amor, ó como V. guste llamarle, es
-en lo que se ven mayores extravagancias. Luego, á los caprichos y las
-desviaciones y los brincos de esta víscera que tenemos aquí, sume V. la
-maraña de ideas con que la sociedad complica los problemitas
-psicológicos. La sociedad...</p>
-
-<p>&mdash;Contigo tengo la tema, morena...&mdash;interrumpió Asís festivamente.&mdash;V.
-le echa á la sociedad todas las culpas. Ahí que no duele. Ya no sé como
-tiene espaldas la infeliz.</p>
-
-<p>&mdash;Pues, figúrese V., paisana. Como que de mi tragedia únicamente es
-responsable la sociedad. Por atribuir exagerada importancia á lo que
-tiene mucha menos ante las leyes naturales. Por hacer lo principal de lo
-accesorio. En fin, punto en boca. No quiero escandalizarla á V.</p>
-
-<p>&mdash;Paisano... Pero si me da mucha curiosidad eso que iba Vd. diciendo...
-No me deje á media miel... Todas las cosas pueden decirse, según como se
-digan. No me escandalizaré, vamos.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, siendo así... Pero ya no sé en que estábamos... ¿V. se acuerda?</p>
-
-<p>&mdash;Decía V. que lo principal y lo accesorio... Eso será alguna herejía
-tremenda, cuando no quiso V. pasar de ahí.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señora... Verá V. la herejía... Yo llamo accesorio á lo que en
-estas cuestiones suele llamarse principal... ¿Se hace V. cargo?</p>
-
-<p>Asís no respondió, porque pasaba un mozalbete<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112"></a>{112}</span> silbando un aire de
-zarzuela y mirando de reojo y con malicia al sospechoso grupo. Cuando se
-perdió de vista, pronunció la dama:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y si me equivoco?</p>
-
-<p>&mdash;¿No se asusta V. si lo expreso claramente?</p>
-
-<p>La verdad, desde cierta distancia aquello parecía un diálogo amoroso.
-Acaso la valla que existía para que ni pudiese serlo ni llegase á serlo
-jamás, era un delgado y breve trozo de piel inglesa&mdash;la cubierta de un
-tarjetero.</p>
-
-<p>&mdash;No, no me asusto... Vamos á hablar como dos amigos... francamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quedamos en eso? ¡Magnífico! Pues conste que ya no tiene V. derecho
-para reñirme si se me va la lengua... Procuraré, sin embargo... En fin,
-entiendo por accesorio... aquello que Vds. juzgan irreparable. ¿Lo pongo
-más claro aún?</p>
-
-<p>&mdash;No, ¡basta!&mdash;gritó la señora.&mdash;Pero entonces, ¿qué es lo principal
-según V.?</p>
-
-<p>&mdash;Una cosa que abunda menos..., y en cambio vale más... La realidad de
-un cariño muy grande entre dos... ¿Qué le parece á V.?</p>
-
-<p>&mdash;¡Caramba!&mdash;exclamó la señora, meditabunda.</p>
-
-<p>&mdash;Le voy á proponer á V. una demostración de mi teoría... Ejemplo; como
-dicen los predicadores. Imagínese que en vez de estar en el Prado,
-estamos en Tierra de Campos, á dos leguas de un poblachón; que yo soy un
-bárbaro; que me prevalgo de la ocasión, y abuso de la fuerza, y la falto
-á V. al respeto debido... ¿Hay entre nosotros, dos minutos después,
-algún<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113"></a>{113}</span> vínculo que no existía dos minutos antes? No señora. Lo mismo que
-si ahora se trompica V. con una esquina..., se hace daño..., procura
-apartarse y andar con más cuidado otra vez... y acabóse.</p>
-
-<p>&mdash;Pintado el lance así..., lo que habría, que V. me parecería atroz de
-antipático y de bruto.</p>
-
-<p>&mdash;Eso sí... pero vamos á perfeccionar el ejemplo, y pido á V. perdón de
-antemano por una conversación tan <i>shocking</i>. Pues no señora: suponga V.
-que yo no abuso de la fuerza ni ese es el camino. Lo que hago es
-explotar con maña la situación y despertar en V. ese germen que existe
-en todo ser humano... Nada de violencia: si acaso, en el terreno
-puramente moral... Yo soy hábil y provoco en V. un momento de
-flaqueza...</p>
-
-<p>Fortuna que era de noche y estaba lejos el farol, que si no, el sofoco y
-el azoramiento de la dama se le meterían por los ojos al comandante.&mdash;Lo
-sabe, lo sabe&mdash;calculaba para sí, toda trémula, y en voz alterada y
-suplicante, exclamó interrumpiendo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué horror! ¡Don Gabriel!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué horror? ¡Mire V. lo que va de Vds. á nosotros! Ese horror,
-Paquita del alma, no les parece horrible á los caballeros que V. trata y
-estima: al marqués de Huelva, con su severidad de principios y su
-encomienda de Calatrava, que no se quita ni para bañarse... al papá de
-V., tan amable y francote... á mí... al otro... á toditos. Es valor
-entendido, y á nadie le extraña ni le importa un bledo. Tratándose de
-Vds., es cuando<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114"></a>{114}</span> por lo más insignificante se arma una batahola de mil
-diablos, que no parece sino que arde por los cuatro costados Madrid. La
-infeliz de Vds. que resbala, si olfateamos el resbalón, nos arrojamos á
-ella como sabuesos, y, ó se salva casándose con el <i>seductor</i>, ó la
-matriculamos en el gremio de las mujeres galantes hasta la hora de la
-muerte. Ya puede, después de su falta, llevar vida más ejemplar que la
-de una monja: la hemos fallado... no nos la pega más. O bodas, ó es V.
-una corrida, una perdida de profesión... ¡Bonita lógica! V., niña
-inocente, que cae víctima de la poca edad, la inexperiencia y la tiranía
-de los afectos y las inclinaciones naturales, púdrase en un convento,
-que ya no tiene V. más camino... Amiga Asís... ¡Tonterías!</p>
-
-<p>Mientras hablaba el comandante, su fantasía, en vez de los plátanos del
-jardincillo, le representaba otras masas sombrías de follaje, robles y
-castaños; y el olor fragante de las flores de acacia le parecía el de
-las silvestres mentas que crecen al borde de los linderos en el valle de
-Ulloa. La dama que tenía á su lado, por el mismo fenómeno de óptica
-interior, veía el rebullicio de una feria, una casita al borde del
-Manzanares, un cuartuco estrecho, un camastro, una taza de té volcada...</p>
-
-<p>&mdash;Tonterías&mdash;prosiguió Don Gabriel, sin fijarse en la gran emoción de
-Asís&mdash;pero que se pagan caras á veces... Sucede que se nos imponen, y
-que por obedecerlas, una mujer de instintos nobles se juzga manchada,
-vilipendiada, infamada por toda su vida á consecuencia de un<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115"></a>{115}</span> minuto de
-extravío, y, de no poder casarse con aquel á quien se cree ligada para
-siempre jamás, se anula, se entierra, se despide de la felicidad por los
-siglos de los siglos amén... Es monja sin vocación, ó es esposa sin
-cariño... Ahí tiene V. dónde paran ciertas cosas.</p>
-
-<p>Al murmurar con amargura estas palabras, el comandante, en lugar de la
-silueta gentil del Museo, veía las verdosas tapias del convento
-santiagués, las negras rejas de trágicos recuerdos, y tras de aquellas
-rejas, comidas de orín, una cara pálida, con obscuros ojos, muy
-semejante á la de cierta hermana suya, que había sido el cariño más
-profundo de su vida.</p>
-
-<h3><a name="XIV-in" id="XIV-in"></a>XIV</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">V</span><small>AYA</small>, Pardo... Es V. terrible. ¿Me quiere V. igualar la moral de los
-hombres con la de las mujeres?</p>
-
-<p>&mdash;Paquita... dejémonos de <i>clichés</i>.&mdash;(Pardo usaba muy á menudo esta
-palabrilla para condenar las frases ó ideas vulgares.)&mdash;Tanto jabón
-llevan Vds. en las suelas del calzado como nosotros. Es una hipocresía
-detestable eso de acusarlas é infamarlas á Vds. con tal rigor por lo que
-en nosotros nada significa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y la conciencia, señor mío? ¿Y Dios?</p>
-
-<p>La dama argüía con cierta afectada solemnidad<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116"></a>{116}</span> y severidad, bajo la cual
-velaba una satisfacción inmensa. Iban pareciéndole muy bonitos y
-sensatos los detestables sofismas del comandante, que así pervierte la
-pasión el entendimiento.</p>
-
-<p>&mdash;¡La conciencia! ¡Dios!&mdash;exclamó él, remedando el tono enfático de la
-señora.&mdash;Otro registro. Bueno: toquémoslo también. ¿Se trata de
-pecadores creyentes? ¿Católicos, apostólicos, romanos?</p>
-
-<p>&mdash;Por supuesto. ¿Ha de ser todo el mundo hereje como V.?</p>
-
-<p>&mdash;Pues si tratamos de creyentes, la cuestión de conciencia es
-independiente de la de sexo. Aunque me llama V. hereje, todavía no he
-olvidado la doctrina; puedo decirle á V. de corrido los diez
-mandamientos... y se me figura que rezan igual con nosotros que con Vds.
-Y también sé que el confesor las absuelve y perdona á Vds. igualito que
-á nosotros. Lo que pide á la penitente el ministro de Dios es
-arrepentimiento, propósito de la enmienda. El mundo, más severo que
-Dios, pide la perfección absoluta, y si no... O todo ó nada.</p>
-
-<p>&mdash;No, no; mire V. que también el confesor nos aprieta más las clavijas.
-Para Vds. la manga se ensancha un poquito...&mdash;repuso Asís, paladeando el
-deleite de aducir malas razones para saborear el gusto de verlas
-refutadas.</p>
-
-<p>&mdash;Hija, si eso hacen, es por prudencia, para que no desertemos del
-confesonario si nos da por frecuentarlo... En el fondo, ningún confesor
-le dirá á V, que hay un pecado más para las<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117"></a>{117}</span> hembras. Es decir, que la
-cosa queda reducida á las consecuencias positivas, exteriores..., al
-criterio social. En salvando éste, en no sabiéndose nada, el asunto no
-tiene más trascendencia en Vds. que en nosotros... Y en nosotros...
-¡ayúdeme V. á sentir! (Al argüir así, el comandante castañeteaba los
-dedos.) Ahora, si V. me ataca por otro lado...</p>
-
-<p>&mdash;Yo...&mdash;balbució la señora, sin pizca de ganas de atacar.</p>
-
-<p>&mdash;Si me sale V. con el respeto y la estimación propia... con lo que cada
-cual se debe á sí mismo...</p>
-
-<p>&mdash;Eso... lo que cada cual se debe á sí mismo&mdash;articuló Asís hecha una
-amapola.</p>
-
-<p>&mdash;Convendré en que eso siempre realza á una mujer; pero, en gran parte,
-depende del criterio social. La mujer se cree infamada, después de una
-de esas caídas, ante su propia conciencia, porque le han hecho concebir
-desde niña que lo más malo, lo más infamante, lo irreparable, es eso;
-que es como el infierno, donde no sale el que entra. A nosotros nos
-enseñan lo contrario; que es vergonzoso para el hombre no tener
-aventuras, y que hasta queda humillado si las rehuye... De modo, que lo
-mismo que á nosotros nos pone muy huecos, á Vds. las envilece.
-Preocupaciones hereditarias emocionales, como diría Spencer. Y vaya unos
-terminachos que la suelto á V.</p>
-
-<p>&mdash;No, si yo con su trato ya me voy haciendo una sabia. Todos los días me
-aporrea V. los oídos con cada palabrota...<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118"></a>{118}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Y si yo le dijese á V.&mdash;prosiguió Pardo echándose á disertar&mdash;que
-<i>eso</i> que llamé accesorio en las aventurillas, me parece á mí que en el
-cariño verdadero, cuando están unidas así, así, como si las pegasen con
-argamasa, las voluntades, llega á ser más accesorio aún? Es el
-complemento de otra cosa mucho más grande, que dura siempre, y que
-comprende eso y todo lo demás... Lo estoy embrollando, paisana. V. se
-ríe de mí: á callar.</p>
-
-<p>Asís oía, oía con toda su alma, pareciéndole que nunca había tenido su
-paisano momentos tan felices como aquella noche, ni hablado tan discreta
-y profundamente. Los dichos del comandante, que al pronto lastimaban sus
-convicciones adquiridas, entraban, sin embargo, como bien disparadas
-saetas hasta el fondo de su entendimiento y encendían en él una especie
-de hoguera incendiaria, á cuya destructora luz veía tambalearse
-infinitas ideas de las que había creído más sólidas y firmes hasta
-entonces. Era como si le arrancasen del espíritu una muela dañada: dolor
-y susto al sentir el frío del instrumento y el tirón; pero después, un
-alivio, una sensación tan grata viéndose libre de aquel cuerpo muerto...
-Anestesia de la conciencia, con cloroformo de malas doctrinas, podría
-llamarse aquella operación quirúrgico-moral.</p>
-
-<p>&mdash;Es un extravagante este hombre&mdash;pensaba la operada.&mdash;Decir, me está
-diciendo cosas estupendas... Pero se me figura que le sobra la razón por
-encima de los pelos. Habla por su boca la justicia. ¿Va una á creerse
-criminal por<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119"></a>{119}</span> unos instantes de error? Siempre estoy á tiempo de pararme
-y no reincidir... ¡Claro que si por sistema!... Ni él tampoco dice eso,
-no... Su teoría es que ciertas cosas que suceden así... qué sé yo cómo,
-sin iniciativa ni premeditación por parte de uno, no han de mirarse como
-manchas de esas que ya nunca se limpian... El mismo Padre Urdax de fijo
-que no es tan severo en eso como la sociedad hipocritona... ¡Ay Dios
-mío! Ya estoy como mi paisano, echándole á la sociedad la culpa de todo.</p>
-
-<p>Al llegar aquí de sus reflexiones la dama, la molestó un cosquilleo,
-primero entre las cejas, luego en la membrana de la nariz... ¡Aaach!
-Estornudó con ruido, estremeciéndose.</p>
-
-<p>&mdash;¡Adiós! Ya se me ha resfriado V.&mdash;exclamó su amigo.&mdash;No está V.
-acostumbrada á estas vagancias al sereno... Levántese V. y paseemos.</p>
-
-<p>&mdash;No, si no es el rocío lo que me acatarra á mí... He tomado sol.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sol? ¿Cuándo?</p>
-
-<p>&mdash;Ayer..., digo, anteayer..., yendo..., sí, yendo á misa á las
-Pascualas. No crea V.: desde entonces ando yo regular, nada más que
-regularcita. Cuándo jaquecas, cuándo mareos...</p>
-
-<p>&mdash;De todos modos... guíese V. por mí: caminemos, ¿eh? Si sobre la
-insolación le viene á V. un pasmo... ó coge V. unas intermitentes de
-estas de primavera en Madrid...</p>
-
-<p>&mdash;No me asuste V.... Tengo poco de aprensiva&mdash;contestó la dama
-levantándose y envolviéndose mejor en el abrigo.<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120"></a>{120}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿A su casa de V.?</p>
-
-<p>&mdash;Bien..., sí, vamos hacia allá despacio.</p>
-
-<p>No siguió el comandante explanando sus disolventes opiniones hasta la
-misma puerta de la señora. Al abrirla Imperfecto, Asís convidó á su
-amigo á que descansase un rato; él se negó; necesitaba darse una vuelta
-por el Círculo Militar, leer los periódicos extranjeros y hablar con un
-par de amigos, á última hora, en Fornos. Deseó respetuosamente las
-buenas noches á la señora y bajó las escaleras á paso redoblado. Con el
-mismo echó calle abajo aquel gran despreocupado, nihilista de la moral:
-y nos consta que iba haciendo éste ó parecido soliloquio, idéntico al
-que, en igualdad de circunstancias, haría otra persona que pensase según
-todos los <i>clichés</i> admitidos:</p>
-
-<p>&mdash;Me ha engañado la viuda... Yo que la creía una señora impecable. Un
-apabullo como otro cualquiera. No he mirado las iniciales del tarjetero:
-serían... ¡vaya V. á saber! Porque en realidad, ni nadie murmura de
-ella, ni veo á su alrededor persona que... En fin, cosas que suceden en
-la vida; chascos que uno se lleva. Cuando pienso que á veces se me
-pasaba por la cabeza decirle algo formal... No, esto no es un <i>caballo
-muerto</i>, ¡qué disparate! es sólo un tropiezo del caballo... No he
-llegado á caerme... ¡Así fuesen los desengaños todos!...</p>
-
-<p>Siguió caminando sin ver los árboles del Retiro, que se agrupaban en
-misteriosas masas á su derecha. Ni percibía el olor de las acacias. Pero
-él seguía oliendo, no á los cortesanos y<span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121"></a>{121}</span> pulidos vegetales de los
-paseos públicos, sino á otros árboles rurales, bravíos y libres: los que
-producen la morena castaña que se asa en los magostos de Noviembre, en
-el valle de los Pazos.</p>
-
-<h3><a name="XV-in" id="XV-in"></a>XV</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">L</span><small>A</small> tarde del día siguiente la dedicó Asís á pagar visitas. Tarea
-maquinal y enfadosa, deber de los más irritantes que el pacto social
-impone. Raro es que nadie se someta á él sin murmurar, por fuera ó por
-dentro, del mundo y sus farsas. Menos mal cuando las visitas se hacen,
-como las hacía la dama, en piés ajenos. Entonces lo arduo de la faena
-empieza en las porterías. ¡Si todas las casas fuesen como la de Sahagún
-ó la de Torres-Nobles, por ejemplo! Allí, antes de llegar, ya llevaba
-Asís en la mano la tarjeta con el pico dobladito, y al sentir rodar el
-coche, ya estaba asomándose al ancho vano del portón el portero
-imponente, patilludo, correcto, amabilísimo, que recogía la tarjeta
-preguntando:&mdash;¿A dónde desea ir la señora?&mdash;para transmitir la orden al
-cochero. Los Torres-Nobles, los Sahagún, los Pinogrande y otras familias
-así, de muy alto copete, no recibían sino de noche alguna vez, y el
-llegarse á su casa para dejar la tarjeta representaba una<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122"></a>{122}</span> fórmula de
-cortesía facilísima de cumplir al bajar al paseo ó al volver de las
-tiendas. Pero si entre las relaciones de Asís las había tan granadas,
-otras eran de muchísimo menos fuste, y algunas, procedentes de Vigo,
-rayaban en modestas. Y allí era el entrar en portales angostos, el
-parlamentar con porteras gruñonas, la desconsoladora respuesta:&mdash;Sí,
-señora, me paece que no ha salió en to el día de casa... Tercero con
-entresuelo, primero y principal... á mano izquierda.&mdash;Y la ascensión
-interminable, el sobrealiento, el tedio de subir por aquel caracol
-obscuro, con olores á cocina y á todas las oficinas caseras, y la cerril
-alcarreña que abre, y la acogida embarazosa, las empalagosas
-preguntitas, los chiquillos sucios y desgreñados, los relatos de
-enfermedades, la chismografía viguesa agigantada por la óptica de la
-distancia... Vamos, que era para renegar, y Asís renegaba en su
-interior, consultando, sin embargo, la lista de la cartera y diciendo
-con un suspiro profundo:&mdash;¡Ay! Aún falta la viuda de Pardiñas... la
-madre del médico de Celas..., y Rita, la hermana de Gabriel Pardo... Y
-esa si que es urgente... Ha tenido al chiquillo con difteria...</p>
-
-<p>Por lo mismo que el ajetreo de las visitas había sido tan cargante, que
-á la mayor parte se las encontrara en casa y que no le sacaron sino
-conversaciones capaces de aburrir á una estatua de yeso, la dama
-regresaba á su vivienda con el espíritu muy sosegado. A semejanza de los
-devotos que si les hurga la conciencia se<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123"></a>{123}</span> imponen la obligación de
-rezar tres rosarios seguidos y una serie considerable de padre nuestros,
-Asís, sintiéndose reo de perturbación social, ó al menos de amago de
-este delito, se consagraba á cumplir minuciosamente los ritos de
-desagravio, y como le habían producido tan soberano fastidio, juzgaba
-saldada más de la mitad de su cuenta. Por otra parte, encontrábase
-decidida&mdash;más que nunca&mdash;á cortar las irregularidades de su conducta
-presente. Tenía razón el comandante: la falta, bien mirado, no era tan
-inaudita; pero si trascendía al público, ¡ah! ¡entonces! Evitar el
-escándalo y la reincidencia, precaver lo venidero..., y se acabó. Cortar
-de raíz, eso sí, (la dama veía entonces la virtud en forma de grandes y
-afiladísimas tijeras, como las que usan los sastres). Y bien podía
-hacerlo, porque la verdad ante todo, su corazón no estaba
-interesado...&mdash;Vamos á ver&mdash;argüía para sí la señora.&mdash;Supongamos que
-ahora viniesen á decirme: Diego Pacheco se ha largado esta mañana á su
-tierra, donde parece que se casa con una muchacha preciosa... Nada: yo
-tan fresca, sin echar ni una lágrima. Hasta puede que diese gracias á
-Dios, viéndome libre de este grave compromiso. Pues la cosa es bien
-sencilla: ¿se había de ir él? Soy yo quien se larga. Así como así, días
-arriba ó abajo, ya estaba cerca el de irse á veranear... Pues adelanto
-el veraneo un poquillo... y corrientes.&mdash;¡Qué descanso tomar el tren! Se
-concluían aquellos recelos incesantes, aquel volver el rostro cuando la
-Diabla le preguntaba alguna cosa, aquella<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124"></a>{124}</span> tartamudez, aquella
-vergüenza, vergüenza tonta en una viuda, que al fin y al cabo era libre
-y no tenía que dar á nadie cuenta de sus actos...</p>
-
-<p>Pensaba en estas cosas cuando se apeó y empezó á subir la escalera de su
-casa. Aún no estaba encendida la luz, caso frecuente en las tardes
-veraniegas. Al segundo tramo... ¡Dios nos asista! Un hombre que se
-destaca del obscuro rincón... ¡Pacheco!</p>
-
-<p>Reprimió el chillido. El meridional la cogía ambas manos con violencia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo está mi niña? Tres veces he venido y siempre te negaron... Lo
-que es una de ellas juro que estabas en casa... Si no quieres verme,
-dímelo á mí, que no vendré... Te miraré de lejitos en el paseo ó en el
-teatro... Pero no me despidas con una criada, que se ríe de mí al darme
-con la puerta en las narices.</p>
-
-<p>&mdash;No... pero si yo...&mdash;contestaba aturdida la señora.</p>
-
-<p>&mdash;¿No se había negado la nena para mí?</p>
-
-<p>&mdash;No, para ti no...&mdash;afirmó rápidamente Asís con acento de sinceridad:
-tan espontáneo é inevitable suele ser en ciertas ocasiones el engaño.</p>
-
-<p>&mdash;Pues, entonces, vengo esta noche. ¿Sí? Esta noche á las nueve.</p>
-
-<p>Hizo la dama un expresivo movimiento.</p>
-
-<p>&mdash;¿No quieres? ¿Tienes compromiso de salir, de ir á alguna parte? La
-verdad, chiquilla. Me largaré como aquel á quien le han dado cañaso,
-pero no porfiaré. Me sabe mal porfiar.<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125"></a>{125}</span> Por mí no has de tener tú media
-hora de disgusto.</p>
-
-<p>Asís titubeaba. Cosa rara y sin embargo explicable dentro de cierto
-misterioso ilogismo que impone á la conducta femenina la difícil
-situación de la mujer: lo que decidió su respuesta afirmativa fué
-cabalmente la resolución de poner tierra en medio que acababa de adoptar
-en el coche.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, á las nueve... (Pacheco la apretó contra sí.) ¿Pero... te irás
-á las diez?</p>
-
-<p>&mdash;¿A las diez? Es tanto como no venir... Tú tienes que hacer hoy: dímelo
-así, clarito.</p>
-
-<p>&mdash;Que hacer no... Por los criados. No me gusta dar espectáculo á esa
-gente.</p>
-
-<p>&mdash;El chico no importa, es un bausán... La chica es más avispada. Mándala
-con un recado fuera... Hasta pronto.</p>
-
-<p>Y Pacheco ocultó la cara en el pelo de la señora, descomponiéndolo y
-echándola el sombrero hacia atrás. Ella se lo arregló antes de llamar,
-lo cual hizo con pulso trémulo.</p>
-
-<p>Iba muy preocupada, mucho. Se desnudó distraídamente, dejando una prenda
-aquí y otra acullá; la Diabla las recogía y colgaba, no sin haberlas
-sacudido y examinado con un detenimiento que á Asís le pareció
-importuno. ¿Por qué no rehusar firmemente la dichosa cita?... Sí, sería
-mejor; pero al fin, para el tiempo que faltaba... Volvióse hacia la
-doncella.</p>
-
-<p>&mdash;Mira, revisarás el mundo grande...: creo que tiene descompuestas las
-bisagras. Acuérdate mañana de ir á casa de Madama Armandina...;<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126"></a>{126}</span> puede
-que ya estén los sombreros listos... Si no están, la das prisa. Que
-quiero marcharme pronto, pronto.</p>
-
-<p>&mdash;¿A Vigo, señorita?&mdash;preguntó la Diabla con hipócrita suavidad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues á dónde? También te darás una vuelta por el zapatero... y á ver
-si en la plazuela del Angel tienen compuesto el abanico.</p>
-
-<p>Dictando estas órdenes se calmaba. No, el rehusar no era factible. Si le
-hubiese despedido esta noche, él querría volver mañana. Disimulo,
-transigir... y, como decía él..., <i>najencia</i>.</p>
-
-<p>Comió poco; sentía esa constricción en el diafragma, inseparable
-compañera de las ansiedades y zozobras del espíritu. Miraba
-frecuentemente para la esfera del reloj, el cual no señalaba más que las
-ocho al levantarse la señora de la mesa.</p>
-
-<p>&mdash;Oye, Angela...</p>
-
-<p>Faltábale saliva en la boca; la lengua se le pegaba al velo del paladar.</p>
-
-<p>&mdash;Oye, hija... ¿Quieres... irte á pasar esta noche con tu hermana, la
-casada con el guardia civil? ¿Eh?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay señorita!... Yo, con mil amores... Pero vive tan lejos: el cuartel
-lo tienen allá en las Peñuelas... Mientras se va y se viene...</p>
-
-<p>&mdash;Es lo de menos... Te pago el tranvía... ó un simón. Lo que te haga
-falta... Y aunque vuelvas después de... media noche, ¿eh? no dejarán de
-abrirte. Come á escape... Mira, ¿no tiene tu hermana una niña de seis
-años?<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127"></a>{127}</span></p>
-
-<p>&mdash;De ocho, señorita, de ocho... Y un muñeco de trece meses que anda con
-la dentición.</p>
-
-<p>&mdash;Bien: á la niña podrá servirle, arreglándola... Le llevas aquella ropa
-de Marujita que hemos apartado el otro día...</p>
-
-<p>&mdash;Dios se lo pague... ¿También el sombrero de castor blanco, con el
-pájaro?</p>
-
-<p>&mdash;También... Anda ya.</p>
-
-<p>El sombrero de castor produjo excelente efecto. Imaginaba siempre la
-señora que, de algunos días á esta parte, su doncella se atrevía á
-mirarla y hablarla ya con indefinible acento severo, ya con disimulada
-entonación irónica; pero después de tan espléndida donación, por más que
-aguzó la malicia, no pudo advertir en el gracioso semblante de la criada
-sino júbilo y gratitud. Comió la Diabla en tres minutos: ni visto ni
-oído: y á poco se presentó á su ama muy maja y pizpireta, con traje
-dominguero, el pelo rizado á tenacilla, botas que cantaban.</p>
-
-<p>&mdash;Vete, hija, ya debe de ser tarde... Las nueve menos cuarto...</p>
-
-<p>&mdash;No, señorita... Las ocho y veinticinco por el comedor... ¿Tiene algo
-que mandar? ¿Quiere alguna cosa?...</p>
-
-<p>&mdash;Nada, nada... Que lo pases bien... ¡Qué elegante te has puesto!...
-¿Allí habrá gente, eh? ¿Guardias civiles? ¿Jóvenes?</p>
-
-<p>&mdash;Algunos... Hay uno de nuestra tierra... de la provincia de Pontevedra,
-de Marín..., alto él, con bigote negro.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, hija... Pues lo que es por mí, ya puedes marcharte.<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128"></a>{128}</span></p>
-
-<p>¿Qué haría aquella maldita Diabla, que un cuarto de hora después de
-recibidas semejantes despachaderas aún no había tomado el portante? Con
-el oído pegado á la puertecilla falsa de su dormitorio, que caía al
-pasillo, Asís espiaba la salida de su doncella, mordiéndose los labios
-de impaciencia nerviosa. Al fin sintió pasitos, taconeo de calzado
-flamante, oyó una risotada, un <i>¡divertirse y gastar poco!</i> que venía de
-la cocina... La puerta se abrió, hizo ¡puum! al cerrarse... ¡Ay, gracias
-á Dios!</p>
-
-<p>Así que se fué la condenada chica, parecióle á la señora que todo el
-piso se había quedado en un silencio religioso, en un recogimiento
-inexplicable. Hasta la lámpara del saloncito alumbraba, si cabe, con luz
-más velada, más dulce que otras noches. Eran las nueve menos cuarto:
-Pacheco aun tardaría cosa de veinte minutos... Se oyó un campanillazo
-sentimental, tímido, como si la campanilla recelase pecar de
-indiscreta...</p>
-
-<h3><a name="XVI-in" id="XVI-in"></a>XVI</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">E</span><small>RA</small> Pacheco, envuelto en su capa de embozos grana, impropia de la
-estación, y de hongo. Detúvose en la puerta como irresoluto, y Asís tuvo
-que animarle:</p>
-
-<p>&mdash;Pase V...</p>
-
-<p>Entonces el galán se desembozó resueltamente<span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129"></a>{129}</span> y se informó de cómo
-andaba la salud de Asís.</p>
-
-<p>En los primeros momentos de sus entrevistas, siempre se hablaban así,
-empleando fórmulas corteses y preguntando cosas insignificantes; su
-saludo era el saludo de ordenanza en sociedad: estrecharse la mano. Ni
-ellos mismos podrían explicar la razón de este procedimiento extraño,
-que acaso fuese la cortedad debida á lo reciente é impensado de su trato
-amoroso. No obstante, algo especial y distinto de otras veces notaría el
-andaluz en la señora, que al sentarse en el diván á su lado, murmuró
-después de una embarazosa pausa:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué fría me recibes! ¿Qué tienes?</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué disparate! ¿Qué voy á tener?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay prenda, prenda! A mí no se me engaña... Soy perro viejo en materia
-de mujeres. Estorbo. Tú tenías algún plan esta noche.</p>
-
-<p>&mdash;Ninguno, ninguno&mdash;afirmó calurosamente Asís.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, lo creo. Eso sí que lo has dicho como se dicen las verdaes.
-Pero, en plata: que no te pinchaban á ti las ganas de verme. Hoy me
-querías tú á cien leguas.</p>
-
-<p>Aseveró esto metiendo sus dedos largos, de pulcras uñas, entre el pelo
-de la señora, y complaciéndose en alborotar el peinado sobrio, sin
-postizos ni rellenos, que Asís trataba de imitar del de la Pinogrande,
-maestra en los toques de la elegancia.</p>
-
-<p>&mdash;Si no quisiese recibirte, con decírtelo...</p>
-
-<p>&mdash;Así debiera ser... el corasonsillo en la mano... Pero á veces se le
-figura á uno que está<span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130"></a>{130}</span> comprometido á pintar afecto, ¿sabes tú?, por
-caridad ó qué sé yo por qué... Si yo lo he hecho á cada rato con un
-ciento de novias y de querías... Harto de ellas por cima de los pelos...
-y empeñado en aparentar otra cosa... porque es fuerte eso de estamparle
-á un hombre ó á una hembra en su propia cara:&mdash;Ya me tiene V. hasta
-aquí... no me hace V. ni tanto de ilusión.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién sabe si eso te estará pasando á ti conmigo?&mdash;exclamó Asís
-festivamente, echándolas de modesta.</p>
-
-<p>No contestó el meridional sino con un abrazo vehemente, apretado,
-repentino, y un&mdash;<i>¡ojalá!</i>&mdash;salido del alma, tan ronco y tan dramático,
-que la dama sintió rara conmoción, semejante á la del que, poniendo la
-mano sobre un aparato eléctrico, nota la sacudida de la corriente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué dices <i>ojalá</i>?&mdash;preguntó, imitando el tono del andaluz.</p>
-
-<p>&mdash;Porque esto es de más; porque nunca me vi como me veo; porque tú me
-has dado á beber zumo de hierbas desde que te he conocío, chiquilla...
-Porque estoy mareado, chiflado, loco, por tus pedasos de almíbar... ¿Te
-enteras? Porque tú vas á ser causa de la perdición de un hombre, lo
-mismo que Dios está en el sielo y nos oye y nos ve... Terroncito de sal,
-¿qué tienes en esta boca, y en estos ojos, y en toda tu persona, para
-que yo me ponga así? A ver, dímelo, gloria, veneno, sirena del mar.</p>
-
-<p>La señora callaba, aturdida, no sabiendo qué contestar á tan apasionadas
-protestas; pero vino á sacarla del apuro un estruendo inesperado<span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131"></a>{131}</span> y
-desapacible, el alboroto de una de esas músicas ratoneras antes llamadas
-<i>murgas</i>, y que en la actualidad, por la manía reinante de elevarlo
-todo, adoptan el nombre de <i>bandas populares</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oiga! ¿Nos dan cencerrada ya los vecinos del barrio?&mdash;gritó Pacheco,
-levantándose del sofá y entreabriendo las vidrieras.&mdash;¡Y cómo desafinan
-los malditos!... Ven á oir, chiquilla, ven á oir. Verás cómo te rompen
-el tímpano.</p>
-
-<p>En el meridional no era sorprendente este salto desde las ternezas más
-moriscas al más prosaico de los incidentes callejeros: estaba en su modo
-de ser la transición brusca, la rápida exteriorización de las
-impresiones.</p>
-
-<p>&mdash;Mira, ven&mdash;continuó.&mdash;Te pongo aquí una butaca y nos recreamos. ¿A
-quién le dispararán la serenata?</p>
-
-<p>&mdash;A un almacén de ultramarinos que se ha estrenado hoy&mdash;contestó Asís
-recordando casualmente chismografías de la Diabla.&mdash;En la otra acera,
-pocas casas más allá de la de enfrente. Aquella puerta... allí. ¡Ya
-tenemos música para rato!</p>
-
-<p>Pacheco arrastró un sillón hacia la ventana y se sentó en él.</p>
-
-<p>&mdash;¡Desatento!&mdash;exclamó riendo la señora.&mdash;¿Pues no decías que era para
-mí?</p>
-
-<p>&mdash;Para ti es&mdash;respondió el amante cogiéndola por la cintura y
-obligándola quieras ó no quieras á que se acomodase en sus rodillas. Se
-resistió algo la dama, y al fin tuvo que acceder. Pacheco la mecía como
-se mece á las criaturas,<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132"></a>{132}</span> sin permitirse ningún agasajo distinto de los
-que pueden prodigarse á un niño inocente. Por forzosa exigencia de la
-postura, Asís le echó un brazo al cuello, y después de los primeros
-minutos, reposó la cabeza en el hombro del andaluz. Un airecillo
-delgado, en que flotaban perfumes de acacia y ese peculiar olor de humo
-y ladrillo recaliente de la atmósfera madrileña en estío, entraba por
-las vidrieras, intentaba en balde mover las cortinas, y traía fragmentos
-de la música chillona, tolerable á favor de la distancia y de la noche,
-hora que tiene virtud para suavizar y concertar los más discordantes
-sonidos. Y la proximidad de los dos cuerpos ocupando un solo sillón,
-estrechaba también, sin duda, los espíritus, pues por vez primera en el
-curso de aquella historia entablóse entre Pacheco y la dama un cuchicheo
-íntimo, cariñoso, confidencial.</p>
-
-<p>No hablaban de amor: versaba el coloquio sobre esas cosas que parecen
-muy insignificantes escritas y que en la vida real no se tratan casi
-nunca sino en ocasiones semejantes á aquella, en minutos de imprevista
-efusión. Asís menudeaba preguntas, exigiendo detalles biográficos: ¿Qué
-hacía Pacheco? ¿Por dónde andaba? ¿Cómo era su familia? ¿La vida
-anterior? ¿Los gustos? ¿Las amistades? ¿La edad justa, justa, por meses,
-días y no sé si horas?</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo soy más vieja que tú&mdash;murmuró pensativa, así que el gaditano
-hubo declarado su fe de bautismo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Gran cosa! Será un añito, ó medio.<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133"></a>{133}</span></p>
-
-<p>&mdash;No, no, dos lo menos. Dos, dos.</p>
-
-<p>&mdash;Corriente, sí, pero el hombre siempre es más viejo, cachito de gloria,
-porque nosotros vivimos; ¿te enteras? y vosotras no. Yo, en particular,
-he vivido por una docena. No imaginarás diablura que yo no haya catado.
-Soy maestro en el arte de hacer desatinos. ¡Si tú supieses algunas cosas
-mías!</p>
-
-<p>Asís sintió una curiosidad punzante unida á un enojo sin motivo.</p>
-
-<p>&mdash;Por lo visto eres todo un perdis, buena alhaja.</p>
-
-<p>&mdash;¡Quiá!... ¿Perdis yo? Di que no, nena mía. Yo galanteé á trescientas
-mil mujeres, y ahora me parece que no quise á ninguna. Yo hice cuanto
-disparate se puede hacer, y al mismo tiempo no tengo vicios. ¿Dirás que
-cómo es ese milagro? Siendo... ahí verás tú. Los vicios no prenden en
-mí. Ninguno arraiga, ni arraigará jamás. Aún te declaro otra cosa; que
-no sólo no se me puede llamar vicioso, sino que si me descuido acabo por
-santo. Es según los lados á que me arrimo. ¿Me ponen en circunstancias
-de ser perdío? No me quedo atrás. ¿Que tocan á ser bueno? Nadie me gana.
-Si doy con gente arrastrada, ¿qué quieres tú?</p>
-
-<p>&mdash;¿Hasta en lo tocante á la honra te dejarías llevar?&mdash;preguntó algo
-asustada Asís.</p>
-
-<p>El gaditano se echó atrás como si le hubiese picado una sierpe.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hija! Vaya unas cosillas que me preguntas. ¿Me has tomado por algún
-secuestrador? Yo no secuestro más que á las hembras de tu<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134"></a>{134}</span> facha. Pero
-ya sabes que en mi tierra, las pendencias no se cuentan por delitos...
-He <i>enfriado</i> á un infeliz... que más quisiera no haberle tocado al pelo
-de la ropa. Dejémoslo, que importa un pito. Fuera de esas trifulcas, no
-ha tenío el diablo por donde cogerme: he jugado, perdiendo y ganando un
-dinerillo... regular; he bebío... vamos, que no me falta á mí saque; de
-novias y otros enredos... De esto estaría muy feo que te contase ná.
-Chitito. ¿Un cariño á tu rorro?</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, que eres la gran persona&mdash;protestó escandalizada Asís,
-desviándose en vez de acercarse como Pacheco pretendía.</p>
-
-<p>&mdash;No lo sabes bien. Eso es como el Evangelio. Yo quisiera averiguar pa
-qué me ha echado Dios á este mundo. Porque soy, además de tronerilla, un
-haragán y un zángano de primera, niña del alma... No hago cosa de
-provecho, ni ganas de hacerla. ¿A qué? Mi padre, empeñao el buen señor
-en que me luzca y en que sirva al país, y dale con la chifladura de que
-me meta en política, y tumba con que salga diputao, y vaya á hacer el bu
-al Congreso... ¡En el Congreso yo! A mí, lo que es asustarme, ni el
-Congreso ni veinte Congresos me asustan. La farsa aquella no me pone
-miedo. Te aviso que en todo cuanto me propongo salir avante, salgo y sin
-grandes fatigas: ¡qué! Pero á decir verdad, no me he tomado nunca
-trabajos así enormes, como no fuese por alguna mujer guapa. No soy memo
-ni lerdo, y si quisiese ir allí á pintar la mona como Albareda, la
-pintaría, figúrate. ¿Que se<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135"></a>{135}</span> me ha muerto mi abuelita? ¡Si es la pura
-verdad! Sólo que too eso porque tanto se descuaja la gente, no vale los
-sudores que cuesta. En cambio... ¡una mujer como tú!...</p>
-
-<p>Díjolo al oído de la dama, á quien estrechó más contra sí.</p>
-
-<p>&mdash;Sólo esto, terrón de azúcar, sólo esto sabe bien en el mundo amargo...
-Tener así á una mujer adorándola... Así, apretadica, metida en el
-corasón... Lo demás... pamplina.</p>
-
-<p>&mdash;Pero eso es atroz&mdash;protestó severamente Asís, cuya formalidad
-cantábrica se despertaba entonces con gran brío.&mdash;¿De modo que no te
-avergüenzas de ser un hombre inútil, un mequetrefe, un cero á la
-izquierda?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y á ti qué te importa, lucerito? ¿Soy inútil pa quererte? ¿Has
-resuelto no enamorarte sino de tipos que mangoneen y anden agarraos á la
-casaca de algún ministro? Mira... Si te empeñas en hacer de mí un
-personaje, una notabilidad... como soy Diego que te sales con la tuya.
-Daré días de gloria á la patria; ¿no se dice así? Aguarda, aguarda...,
-verás qué registros saco. Proponte que me vuelva un Castelar ó un
-Cánovas del Castillo, y me vuelvo... ¡Ole que sí! ¿Te creías tú que
-alguno de esos panolis vale más que este nene? (Sólo que ellos largaron
-todo el trapo y yo recogí velas.). Por no deslucirlos. Modestia pura.</p>
-
-<p>No había más remedio que reirse de los dislates de aquel tarambana, y
-Asís lo hizo; al reirse hubo de toser un poco.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ea! ya te me acatarraste&mdash;exclamó el gaditano<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136"></a>{136}</span>
-consternadísimo.&mdash;Hágame V. el obsequio de ponerse algo en la cabeza...
-Así, tan desabrigada... ¡Loca!</p>
-
-<p>&mdash;Pero si nunca me pongo nada, ni... No soy enclenque.</p>
-
-<p>&mdash;Pues hoy te pondrás, porque yo lo mando. Si aciertas á enfermar, me
-suicido.</p>
-
-<p>Saltó Asís de brazos de su adorador, muerta de risa, y al saltar perdió
-una de sus bonitas chinelas, que por ser sin talón, á cada rato se le
-escurrían del pié. Recogióla Pacheco, calzándosela con mil extremos y
-zalamerías. La dama entró en su alcoba, y abriendo el armario de luna
-empezó á buscar á tientas una toquilla de encaje para ponérsela y que no
-la marease aquel pesado. Vuelta estaba de espaldas á la poca luz que
-venía del saloncito, cuando sintió que dos brazos la ceñían el cuerpo.
-En medio de la lluvia de caricias delirantes que acompañó á demostración
-tan atrevida, Asís entreoyó una voz alterada, que repetía con acento
-serio y trágico:</p>
-
-<p>&mdash;¡Te adoro... Me muero, me muero por ti!</p>
-
-<p>Parecía la voz de otro hombre; hasta tenía ese <i>trémolo</i> penoso que da
-al acento humano el rugir de las emociones extraordinarias comprimido en
-la garganta por la voluntad. Impresionada, Asís se volvió soltando la
-toquilla.</p>
-
-<p>&mdash;Diego...&mdash;tartamudeó llamando así á Pacheco por primera vez.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no dices <i>Diego mío, Diego del alma</i>?&mdash;exclamó con fuego el
-andaluz deshaciéndola entre sus brazos.<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137"></a>{137}</span></p>
-
-<p>&mdash;Qué sé yo... Cuando uno habla así... me parece cosa de novela ó de
-comedia. Es una ridiculez.</p>
-
-<p>&mdash;¡Prueba... prueba... ¡Ay! ¡Cómo lo has dicho! <i>¡Diego
-mío!</i>&mdash;prorrumpió él remedando á la señora, al mismo tiempo que la
-soltaba casi con igual violencia que la había cogido.&mdash;¡Pedazo de hielo!
-¡Vaya unas hembras que se gastan en tu país!... ¡Marusiñas! ¡Reniego de
-ellas todas! ¡Que las echen al carro de la basura!</p>
-
-<p>&mdash;Mira&mdash;dijo la dama tomándolo otra vez á risa&mdash;eres un cómico y un
-orate... No hay modo de ponerse seria con un tipo como tú. A ver: aquí
-está un señorito que ha tenido cuatrocientas novias y dos mil líos
-gordos, y ahora se ha prendado de mí como el Petrarca de la señora
-Laura... De mí nada más: privilegio exclusivo, patente del Gobierno.</p>
-
-<p>&mdash;Tómalo á guasa... Pues es tan verdad como que ahora te agarro la mano.
-Yo tuve un millón de devaneos, conformes; pero en ninguno me pasó lo que
-ahora. ¡Por éstas, que son cruces! Quebraeros de cabesa míos, novias y
-demás, me las encuentro en la calle y no las conozco. A ti... te
-dibujaría, si fuese pintor, á obscuras. Tan clavadita te tengo. De aquí
-á cincuenta años, cayéndote de vieja, te conocería entre mil viejas más.
-Otras historias las seguí por vanidad, por capricho, por golosina, por
-terquedad, por matar el tiempo... Me quedaba un rincón aquí, donde no ha
-puesto el pié nadie, y tenía yo guardaa la llave de oro para<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138"></a>{138}</span> ti, prenda
-morena... ¿Qué, lo dudas? Mira, haz un ensayo... Por gusto.</p>
-
-<p>Arrastró á la dama hacia el salón y se recostó en el diván; tomó la mano
-de Asís y la colocó extendida sobre el lado izquierdo de su chaleco.
-Asís sintió un leve y acompasado vaivén, como de péndulo de reloj.
-Pacheco tenía los ojos cerrados.</p>
-
-<p>&mdash;Estoy pensando en otras mujeres, chiquilla... Quieta..., atención,
-observa bien.</p>
-
-<p>&mdash;No late nada fuerte&mdash;afirmó la señora.</p>
-
-<p>&mdash;Déjate un rato así... Pienso en mi última novia, una rubia que tenía
-un talle de lo más fino que se encuentra en el mundo... ¿Ves qué
-quietecillo está el pájaro? Ahora... dime tú... ¡si puedes! alguna cosa
-tierna... Mas que no sea verdá.</p>
-
-<p>Asís discurría una gran terneza y buscaba la inflexión de voz para
-pronunciarla. Y al fin salió con esta eterna vulgaridad:</p>
-
-<p>&mdash;¡Vida mía!</p>
-
-<p>Bajo la palma de la señora, el corazón de Pacheco, como espíritu foleto
-que obedece á un conjuro, rompió en el más agitado baile que puede
-ejecutar semejante víscera. Eran saltos de ave azorada que embiste
-contra los hierros de su cárcel... El meridional entreabrió las azules
-pupilas; su tez tostada había palidecido algún tanto; con extraña prisa
-se levantó del sofá y fué derecho al balcón, donde se apoyó como para
-beber aire y rehacerse de algún trastorno físico y moral. Asís,
-inquieta, le siguió y le tocó en el brazo.<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139"></a>{139}</span></p>
-
-<p>&mdash;Ya ves qué majadero soy...&mdash;murmuró él volviéndose.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero te pasa algo?</p>
-
-<p>&mdash;Ná...&mdash;El gaditano se apartó del balcón, y viniendo á sentarse en un
-<i>puf</i> bajito, y rogando á Asís con la mirada que ocupase el sillón,
-apoyó la cabeza, en el regazo de la dama.&mdash;Con sólo dos palabritas que
-tú me dijiste... Haz favor de no reirte, mona, porque donde me ves tengo
-mal genio... y puede que soltase un desatino. Desde que me he
-entontecido por ti, estoy echando peor carácter. Calladita la niní...
-Deje dormir á su rorro.</p>
-
-<p>Pacheco cruzó el umbral de aquella casa antes de sonar la media noche.
-La Diabla no había regresado aún. Cuando el gaditano, según costumbre
-hasta entonces infructuosa, se volvió desde la esquina de la calle
-mirando hacia los balcones de Asís, pudo distinguir en ellos un bulto
-blanco. La señora exponía sus sofocadísimas mejillas al aire fresco de
-la noche, y la embriaguez de sus sentidos y el embargo de sus potencias
-empezaban á disiparse. Como náufrago arrojado á la costa, que volviendo
-en si toca con placer el cinto de oro que tuvo la precaución de ceñirse
-al sentir que se hundía el buque, Asís se felicitaba por haber
-conservado el átomo de razón indispensable para no acceder á cierta
-súplica insensata.</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena la hacíamos! Mañana estaban enterados vecinos, servicio,
-portero, sereno, el diablo y su madre. ¡Ay Dios mío!... ¡Me sigue, me
-sigue el mareo aquel de la verbena... y lo<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140"></a>{140}</span> que es ahora no hay álcali
-que me lo quite!... ¡Qué mareo ni qué!... Mareo, alcohol, insolación...
-¡Pretextos, tonterías!... Lo que pasa es que me gusta, que me va
-gustando cada día un poco más, que me trastorna con su palabrería..., y
-punto redondo. Dice que yo le he dado bebedizos y hierbas... El sí que
-me va dando á comer sesos de borrico... y nada, que no me desenredo.
-Cuando se va, reflexiono y caigo en la cuenta; pero en viéndole...
-acabóse, me perdí.</p>
-
-<p>Llegada á este capítulo, la dama se dedicó á recordar mil pormenores,
-que reunidos formaban lindo mosaico de gracias y méritos de su adorador.
-La pasión con que requebraba; el donaire con que pedía; la gentileza de
-su persona; su buen porte, tan libre del menor conato de gomosería
-impertinente como de encogimiento provinciano; su rara mezcla de
-espontaneidad popular y cortesía hidalga; sus rasgos calaverescos y
-humorísticos unidos á cierta hermosa tristeza romántica (conjunto, dicho
-sea de paso, que forma el hechizo peculiar de los <i>polos</i>, <i>soleares</i> y
-demás canciones andaluzas), eran otros tantos motivos que la dama se
-alegaba á sí propia para excusar su debilidad y aquella afición
-avasalladora que sentía apoderarse de su alma. Pero al mismo tiempo,
-considerando otras cosas, se increpaba ásperamente.</p>
-
-<p>&mdash;No darle vueltas: aquí no hay nada superior, ni siquiera bueno: hay un
-truhán, un vago, un perdis... Todo eso que me dice de que sólo á<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141"></a>{141}</span> mí...
-Ardides, trapacerías, costumbre de engañar, mañitas de calavera. En
-volviendo la esquina... (Pacheco acababa de verificar, hacía pocos
-minutos, tan sencillo movimiento), ya ni se acuerda de lo que me
-declama. Estos andaluces nacen actores... Juicio, Asís... juicio. Para
-estas tercianas, hija mía, píldoras de camino de hierro... y extracto de
-Vigo, mañana y tarde, durante cuatro meses. ¡Bahía de Vigo, cuándo te
-veré!</p>
-
-<p>El airecillo de la noche, burlándose de la buena señora, compuso con sus
-susurros delicados estas palabras:</p>
-
-<p>&mdash;Terronsito e asúcar..., gitana salá.</p>
-
-<h3><a name="XVII-in" id="XVII-in"></a>XVII</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">M</span><small>UY</small> atareadas estaban la marquesa viuda de Andrade y su doncella en
-revisar los mundos, sacos y maletillas, operación necesaria cuando se va
-á emprender un viaje. Y mire V. que parece cosa del mismo enemigo.
-Siempre en los últimos momentos han de faltar las llaves de los baúles.
-Por mucho que uno las coloque en sitio determinado, diciendo para
-sí:&mdash;En este cajón se queda la llavecita; no olvidar que aquí la puse;
-le ato á un estambre colorado, para acordarme mejor; no sea que el día
-de la marcha salgamos con que se ha obscurecido,&mdash;viene<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142"></a>{142}</span> el instante
-crítico, la busca uno, y... ¡echarle un galgo! Nada, no parece: venga el
-cerrajero, tiznado, sucio, preguntón, insufrible; haga una nueva, y
-lléveselo todo la trampa.</p>
-
-<p>Nerviosa y displicente, daba Asís á la Angela estas quejas. El ajetreo
-del viaje la ponía de mal humor: ¡son tan cargantes los preparativos!
-¡Qué babel, qué trastorno! Nunca sabe uno lo que conviene llevar y lo
-que debe dejarse; cree no necesitar ropa de abrigo, porque al fin se
-viene encima la canícula, pero ¡fíese V. de aquel clima gallego, tan
-inconstante, tan húmedo, tan lluvioso, que tiene seis temperaturas
-diferentísimas en cada veinticuatro horas! Se quedan aquí las prendas en
-el ropero, muertas de risa, y allá tirita uno ó tiene que envolverse en
-mantones como las viejas... Luego, las fiestecitas, los bailes dichosos
-de la Pastora, que obligan á ir provisto de trajes de sociedad, porque
-si uno se presenta sencillo, de seda cruda, les choca y se ofenden y
-critican... Nada, que la última hora es para volverse loco. ¿A que no se
-había acordado Angela de pasarse por casa de la Armandina, á ver si
-tiene lista la pamela de la niña y el pajazón? ¿Apostemos á que el
-impermeable aún está con los mismos botones, que lastiman y en todo se
-prenden? ¿Y el alcanfor para poner en el abrigo de nutria? ¿Y la
-pimienta para que no se apolillase el tapiz de la sala?</p>
-
-<p>Atarugada y dando vueltas de aquí para allí, la Diabla contestaba lo
-mejor posible al chaparrón de advertencias, reconvenciones y preguntas<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143"></a>{143}</span>
-de su señora. La hábil muchacha, después de los primeros pases, conocía
-una estocada certera para su ama: si los preparativos de viaje andaban
-algo retrasados, era que la señorita aquel año había dispuesto la marcha
-un mes antes que de costumbre, por lo menos; también á ella (la Diabla)
-se le quedaba sin alistar un vestido de percal, y calzado, y varias
-menudencias; ella creía que hasta mediados de Junio, hacia el día de San
-Antonio... ¿Cómo se le había de ocurrir que se largaban tan de prisa y
-corriendo? La señora contestaba con reprimido suspiro, callaba dos
-minutos, y luego, redoblando su gruñir, corría del cuarto-ropero al
-dormitorio, de la leonera ó cuarto de los baúles al saloncito, y aun se
-determinaba á entrar en la cocina y el comedor, para regañar á
-Imperfecto que no le había traído á su gusto papel de seda, bramante,
-puntas de París, algodón en rama... Imperfecto, con la boca abierta y la
-fisonomía estúpida, subía y bajaba cien veces la escalera haciendo
-recados: las puntas eran gordas, se precisaban otras más chiquitas; el
-algodón no convenía blanco, sino gris: era para rellenar huecos en
-ciertos cajones y que no se estropease lo que iba dentro... En una de
-estas idas y venidas del criado, la señora cruzaba el pasillo, cuando
-repicó la campanilla. Impremeditadamente fué á abrir&mdash;cosa que no hacía
-nunca&mdash;y se encontró cara á cara con su Diego.</p>
-
-<p>El primer movimiento fué de despecho y contrariedad mal encubierta.
-¿Quién contaba con Pacheco á tales horas? (las diez y media de la<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144"></a>{144}</span>
-mañana). No estaba Asís lo que se llama hecha un pingo, con traje roto y
-zapatos viejos, porque ni en una isla desierta se pondría ella en
-semejante facha; pero su bata de chiné blanco tenía manchas y visos
-obscuros, y aun no sé si alguna telaraña, indicio de la lidia con los
-baúles de la leonera; su peinado, revuelto sin arte, con rabos y
-mechones, saliendo por aquí y por acullá, parecía obra de peluquería
-gatuna; y en la superficie del pelo y del rostro se había depositado un
-sutil viso polvoriento, que la señora percibía vagamente al pestañear y
-al pasarse la lengua por los labios, y que la impacientaba lo indecible.
-Y en cambio, el galán venía todo soplado, con una camisa y un chaleco
-como el ampo de la nieve, el ojal guarnecido de fresquísimo clavel,
-guantes de piel de perro flamantitos, y, en suma, todas las señales de
-haberse acicalado mucho. En la mano traía el pretexto de la visita
-madrugadora: dos libros medianamente gruesos.</p>
-
-<p>&mdash;Las novelas francesas que le prometí...&mdash;dijo en voz alta, después del
-cambio de saludos, porque la dama le había hecho seña con el mirar de
-que había moros en la costa.&mdash;Si está V. ocupada, me retiro... Si no,
-entraré diez minutos...</p>
-
-<p>&mdash;Con mucho gusto... A la sala: el resto de la casa está imposible... no
-quiero que se asuste V. del estado en que se encuentra.</p>
-
-<p>Entró Pacheco en la sala; pero por aprisa que Angela cerrase las puertas
-de las habitaciones interiores, el gaditano pudo ver baúles<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145"></a>{145}</span> abiertos,
-con las bandejas fuera, ropa desparramada, cajas, sacos...</p>
-
-<p>&mdash;¿Está V. de mudanza... ó de viaje?&mdash;preguntó, quedándose de pié en
-medio del saloncito, con voz opaca, pero sin emplear tono de
-reconvención ni de queja.</p>
-
-<p>&mdash;No...&mdash;tartamudeó Asís&mdash;tanto como de viaje precisamente... no. Es que
-estoy guardando la ropa de invierno, poniéndole alcanfor... Si uno se
-descuida, la polilla hace destrozos...</p>
-
-<p>Pacheco se acercó á la dama, y bajando el diapasón, con las inflexiones
-dolientes y melancólicas que solía adoptar á veces, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;A mi no se me engaña, te lo repito. Antes de venir sabía que te ibas.
-Tú no me conoces; tú te has creído que me la puedes dar. Aún no pasaron
-las ideas por esa cabecita, y ya las he olfateado yo. Siento que gastes
-conmigo tapujos. Al fin no te valen, hija mía.</p>
-
-<p>La señora, no acertando á responder nada que valiese la pena, bajó los
-ojos, frunció la boca é hizo un mohín de disgusto.</p>
-
-<p>&mdash;No amoscarse. Si no me enfado tampoco. La nena mía es muy dueña de
-irse adonde quiera. Pero mientras está aquí, ¿por qué me huye? Ayer me
-dijiste que no podíamos vernos, por estar tú convidada á comer...</p>
-
-<p>Movidos por el mismo impulso, Asís y Don Diego miraron en derredor. Las
-puertas, cerradas; al través de la que comunicaba con los cuartos
-interiores, pasaba amortiguado el ruido del ir y venir de la Diabla. Y
-sin concertarse,<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146"></a>{146}</span> á un mismo tiempo se acercaron para cruzar mejor esas
-explicaciones que el corazón adivina antes de pronunciadas.</p>
-
-<p>&mdash;Hazte cargo... Los criados... Es una atrocidad... Yo nunca tuve de
-estas... vamos... de estas historias... No sé lo que me pasa. Por favor
-te pido...</p>
-
-<p>&mdash;¡Bendita sea tu madre, niña!... Si ya lo sé... ¿Te crees que no me
-informo yo de los pasos en que anduvo mi reina? Estoy enterao de que
-nadie consiguió de ti ni esto. Yo el primerito... ¡Ay! Te deshago...
-Rica, gitana... ¡Cielo!</p>
-
-<p>&mdash;Chist... La chica... Si pesca... Es más curiosa...</p>
-
-<p>&mdash;Un favor te pido no más. Vente á almorsá conmigo. Que te vienes.</p>
-
-<p>&mdash;Estás tocado... Quita... Chist...</p>
-
-<p>&mdash;Que te vienes. Palabra, no lo sabrá ni la tierra. Se arreglará...
-verás tú.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero cómo? ¿Dónde?</p>
-
-<p>&mdash;En el campo. Te vienes, te vienes. ¡Ya pronto te quedas libre de
-mí!... La despedía. Al reo de muerte se le da, mujer.</p>
-
-<p>¿Cómo cedió y balbució <i>que sí</i>, prometiendo, si no por la Estigia, por
-algún otro juramento formidable? ¡Ah! Aunque la observación ya no
-resulte nueva, cedió obedeciendo á los dos móviles que, desde la
-memorable insolación de San Isidro, guiaban, sin que ella misma lo
-notase, su voluntad: dos resortes que podemos llamar de goma el uno y de
-acero el otro: el resorte de goma era la debilidad que aplaza, que
-remite toda gran resolución hasta<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147"></a>{147}</span> que la ampare el recurso de la fuga;
-el resorte de acero, todavía chiquitín, menudo como pieza de reloj, era
-el sentimiento que así, á la chita callando, aspiraba nada menos que á
-tomar plenísima posesión de sus dominios, á engranar en la máquina del
-espíritu, para ser su regulador absoluto y dirigir su marcha con
-soberano imperio.</p>
-
-<p>Fiado en la palabra solemne de la señora, Pacheco se marchó, pues no
-convenía, por ningún estilo, que los viesen salir juntos. Asís entró en
-su cuarto á componerse. La Diabla la miraba con su acostumbrada
-curiosidad fisgona y aun le disparó tres ó cuatro preguntas pérfidas
-referentes á la interrumpida tarea del equipaje.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se cierra el mundo? ¿Se clavan los cajones? ¿La señorita quiere que
-avise á la Central para mañana?</p>
-
-<p>¿Cómo había de responder la señora á interrogaciones tan impertinentes?
-Claro que con alguna sequedad y no poco enfado secreto. Además, otros
-incidentes concurrían á exasperarla: por culpa del revoluto del
-equipaje, ni había cosa con cosa, ni parecía lo más indispensable de
-vestir: para dar con unos guantes nuevos tuvo que desbaratar el baúl más
-chico: para sacar un sombrero, desclavó dos cajones. Más peripecias: la
-hebilla del zapato inglés, descosida: al abrochar el cuerpo del traje,
-salta un herrete; al cepillarse los dientes, se rompe el frasco del
-elíxir contra el mármol del lavabo...<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148"></a>{148}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Almuerza fuera la señorita?&mdash;preguntó la incorregible Diabla.</p>
-
-<p>&mdash;Sí... En casa de Inzula.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha de venir á buscarla Roque?</p>
-
-<p>&mdash;No... Pero le mandas que esté con la berlina allí, á las siete...</p>
-
-<p>&mdash;¿De la tarde?</p>
-
-<p>&mdash;¿Había de ser de la mañana? ¡Tienes cosas!...</p>
-
-<p>La Diabla sonrió á espaldas de su señora y se bajó para estirarla los
-volantes del vestido y ahuecarla el polisón. Asís piafaba, pegando
-taconacitos de impaciencia. ¿El pericón? ¿El gabán gris, por si
-refresca? ¿Pañuelo? ¿Dónde se habrá metido el velo de tul? Estos
-pinguitos parece que se evaporan... Nunca están en ninguna parte... ¡Ah!
-Por fin... Loado sea Dios...</p>
-
-<h3><a name="XVIII-in" id="XVIII-in"></a>XVIII</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">S</span><small>ALVÓ</small> la escalera como pájaro á quien abren el postigo de su
-penitenciaría, y con el mismo paso vivo, echó calle abajo hasta
-Recoletos. La cita era en aquel sitio señalado donde Pacheco había
-tirado el puro: casi frente á la Cibeles. Asís avanzaba protegida por su
-antucá, pero bañada y animada por el sol, el sol instigador y cómplice
-de todo aquel enredo sin antecedentes, sin finalidad y sin excusa. La
-dama registró<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149"></a>{149}</span> con los ojos las arboledas, los jardincillos, la entrada
-de la Carrera y las perspectivas del Museo, y no vió á nadie. ¿Se habría
-cansado Diego de esperar? ¡Capaz sería!... De pronto, á sus espaldas,
-una voz cuchicheó afanosa:</p>
-
-<p>&mdash;Allí... entre aquellos árboles... El simón.</p>
-
-<p>Sin que ella respondiese, el gaditano la guió hacia el destartalado
-carricoche. Era uno de esos clarens inmundos, con forro de gutapercha
-resquebrajado y mal oliente, vidrios embazados y conductor medio beodo,
-que zarandean por Madrid adelante la prisa de los negocios ó la
-clandestinidad del amor. Asís se metió en él con escrúpulo, pensando que
-bien pudiera su galán traerle otro simón menos derrotado. Pacheco, á fin
-de no molestarla pasando á la izquierda, subió por la portezuela
-contraria, y al subir arrojó al regazo de la dama un objeto... ¡Qué
-placer! ¡Un ramillete de rosas, ó mejor dicho un mazo, casi desatado,
-mojado aún! El recinto se inundó de frescura.</p>
-
-<p>&mdash;¡Huelen tan mal estos condenaos coches!&mdash;exclamó el meridional como
-excusándose de su galantería. Pero Asís le flechó una ojeada de
-gratitud. El indecente vehículo comenzaba á rodar; ya debía de tener
-órdenes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se puede saber á dónde vamos, ó es un secreto?</p>
-
-<p>&mdash;A las Ventas del Espíritu Santo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Las Ventas!&mdash;clamó Asís alarmada.&mdash;¡Pero si es un sitio de los más
-públicos! ¿Vuelta á las andadas? ¿Otro San Isidro tenemos?<span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150"></a>{150}</span></p>
-
-<p>&mdash;Es sitio público los domingos; los días sueltos está bastante
-solitario. Que te calles. ¿Te iba yo á llevar adonde te encontrases en
-un bochorno? Antes de convidarte, chiquilla, me he enterado yo de toas
-las maneras de almorsá en Madrid... Se puede almorsá en un buen
-<i>restaurant</i> ó en cafés finos; pero eso es echar un pregón pa que te
-vean. Se puede ir á un colmado de los barrios ó á una pastelería decente
-y escondía, pero no hay cuartos aparte; tendrías que almorsá en pública
-subasta, á la vera de alguna chulapa ó de algún torero. Fondas, ya
-supondrás... No quedaban sino las Ventas ó el puente de Vallecas. Creo
-que las Ventas es más bonito.</p>
-
-<p>¡Bonito! Asís miró el camino en que entraban. Dejándose atrás las
-frondosidades del Retiro y las construcciones coquetonas de Recoletos,
-el coche se metía, lento y remolón, por una comarca la más escuálida,
-seca y triste que puede imaginarse, á no ser que la comparemos al cerro
-de San Isidro. Era tal la diferencia entre la zona del Retiro y aquel
-arrabal de Madrid, y se advertía tan de golpe, que mejor que transición
-parecía sorpresa escenográfica. Cual mastín que guarda las puertas del
-limbo, allí estaba la estatua de Espartero, tan mezquina como el mismo
-personaje, y la torre mudéjar de una escuela parecía sostener con ella
-competencia de mal gusto. Luego, en primer término, escombros y solares
-marcados con empalizadas; y allá en el horizonte, parodia de algún
-grandioso y feroz anfiteatro romano, la plaza de toros.<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151"></a>{151}</span> En aquel rincón
-semidesierto&mdash;á dos pasos del corazón de la vida elegante&mdash;se habían
-refugiado edificios heterogéneos, bien como en ciertas habitaciones de
-las casas se arrinconan juntas la silla inservible, la máquina de
-limpiar cuchillos y las colgaduras para el día de Corpus; así, después
-del circo taurino y la escuela, venía una fábrica de galletas y
-bizcochos y en pos un barracón con este rótulo: <i>Acreditado merendero de
-la Alegría</i>.</p>
-
-<p>Las lontananzas, una desolación. El fielato parecía viva imagen del
-estorbo y la importunidad. A su puerta estaba detenido un borrico
-cargado de liebres y conejos, y un tío de gorra peluda buscaba en su
-cinto los cuartos de la alcabala. Más adelante, en un descampado
-amarillento, jugaban á la barra varios de esos salvajes que rodean á la
-corte lo mismo que los galos á Roma sitiada. Y seguían los edificios
-fantásticos: un castillo de la Edad Media hecho, al parecer, de cartón y
-cercado de tapias por donde las francesillas sacaban sus brazos
-floridos; un parador, tan desmantelado como teológico (dedicado al
-Espíritu Santo nada menos); un merendero que se honraba con la divisa
-<i>tanto monta</i>, y por último una franja rojiza, inflamada bajo la
-reverberación del sol: los hornos de ladrillo. En los términos más
-remotos que la vista podía alcanzar, erguía el Guadarrama sus picos
-coronados de eternas nieves.</p>
-
-<p>Lo que sorprendió gratamente á Asís fué la ausencia total de carruajes
-de lujo en la carretera. Tenía razón Pacheco, por lo visto. Sólo<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152"></a>{152}</span>
-encontraron un domador que arrastraban dos preciosas tarbesas; un
-carromato tirado por innumerable serie de mulas; el tranvía, que cruzó
-muy bullanguero y jacarandoso, con sus bancos atestados de gente; otro
-simón con tapadillo, de retorno, y un asistente, caballero en el alazán
-de su amo. ¡Ah! Un entierro de angelito, una caja blanca y azul que,
-tambaleándose sobre el ridículo catafalco del carro, se dirigía hacia la
-sacramental sin acompañamiento alguno, inundado de luz solar, como deben
-de ir los querubines camino del Empíreo...</p>
-
-<p>Poco hablaron durante el trayecto los amantes. Llevaban las manos
-cogidas; Asís respiraba frecuentemente el manojo de rosas y miraba y
-remiraba hacia fuera, porque así creía disminuir la gravedad de aquel
-contrabando, que en su fuero interno&mdash;cosa decidida&mdash;llamaba <i>el
-último</i>, y por lo mismo le causaba tristeza, sabiéndole á confite que
-jamás, jamás había de gustar otra vez.</p>
-
-<p>Llegaron al puente, y detúvose el simón ante el pintoresco racimo de
-merenderos, hotelitos y jardines que constituye la parte nueva de las
-Ventas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué sitio prefieres? ¿Nos apeamos aquí?&mdash;preguntó Pacheco.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí... Ese merendero... Tiene trazas de alegre y limpio&mdash;indicó la
-dama, señalando á uno, cuya entrada por el puente era una escalera de
-palo pintada de verde rabioso.</p>
-
-<p>Sobre el frontis del establecimiento podía leerse este rótulo, en letras
-descomunales imitando<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153"></a>{153}</span> las de imprenta y sin gazapos
-ortográficos:&mdash;<i>Fonda de la Confianza.</i>&mdash;<i>Vinos y comidas.</i>&mdash;<i>Aseo y
-equidad.</i>&mdash;El aspecto era original y curioso. Si no cabía llamar á
-aquello los jardines aéreos de Babilonia, cuando menos tenían que ser
-los merenderos colgantes. ¡Ingenioso sistema para aprovechar terreno!
-Abajo una serie de jardines, mejor dicho, de plantaciones entecas y
-marchitas, víctimas de la aridez del suburbio matritense; y encima,
-sostenidas en armadijos de postes, las salas de baile, los comedores,
-las alcobas con pasillos rodeados de una especie de barandas que
-comunicaban entre sí las viviendas. Todo ello&mdash;justo es añadirlo para
-evitar el descrédito de esta Citerea suspendida&mdash;muy enjalbegado,
-alegre, clarito, flamante, como ropa blanca recién lavada y tendida á
-secar al sol, como nido de jilguero colgado en rama de arbusto.</p>
-
-<p>Un mozo, frisando en los cincuenta, de mandil pero en mangas de camisa,
-con cara de mico, muequera, arrugadilla y sardónica, se adelantó
-apresurado al divisar á la pareja.</p>
-
-<p>&mdash;Almorsá&mdash;dijo Pacheco lacónicamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde desean los señoritos que se les ponga el almuerzo?</p>
-
-<p>El gaditano giró la vista alrededor y luego la convirtió hacia su
-compañera: ésta había vuelto la cara. Con la agudeza de la gente de su
-oficio el mozo comprendió y les sacó del apuro.</p>
-
-<p>&mdash;Vengan los señoritos... Les daré un sitio bueno.</p>
-
-<p>Y torciendo á la izquierda, guió por una escalera<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154"></a>{154}</span> angosta que sombreaba
-un grupo de acacias y castaños de Indias, llevándoles á una especie de
-antesala descubierta, que formaba parte de los consabidos corredores
-aéreos. Abriendo una puertecilla, hízose á un lado y murmuró con unción:</p>
-
-<p>&mdash;Pasen, señoritos, pasen.</p>
-
-<p>La dama experimentó mucho bienestar al encontrarse en aquella salita.
-Era pequeña, recogida, misteriosa, con ventanas muy chicas que cerraban
-gruesos postigos, y enteramente blanqueada; los muebles vestían también
-blanquísimas fundas de calicó. La mesa, en el centro, lucía un mantel
-como el armiño; y lo más amable de tanta blancura era que al través de
-ella se percibía, se filtraba, por decirlo así, el sol, prestándole un
-reflejo dorado y quitándole el aspecto sepulcral de las cosas blancas
-cuando hace frío y hay nubes en el cielo. Mientras salía el mozo, el
-gaditano miró risueño á la señora.</p>
-
-<p>&mdash;Nos han traído al palomar&mdash;dijo entre dientes.</p>
-
-<p>Y levantado una cortina nívea que se veía en el fondo de la reducida
-estancia, descubrió un recinto más chico aún, ocupado por un solo
-mueble, blanco también, más blanco que una azucena...</p>
-
-<p>&mdash;Mira el nido&mdash;añadió tomando á Asís de la mano y obligándola á que se
-asomase.&mdash;Gente precavida... Bien se ve que están en todo. No me
-sorprende que vivan y se sostengan tantos establecimientos de esta
-índole. Aquí la gente<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155"></a>{155}</span> no viene un día del año como á San Isidro; pero
-digo yo que habrá abonos á turno. ¿Nos abonamos, cacho de gloria?</p>
-
-<p>No sé cómo acentuó Pacheco esta broma, que en rigor, dada la situación,
-no afrentaba; lo cierto es que la señora sintió una sofoquina... vamos,
-una sofoquina de esas que están á dos deditos de la llorera y la
-congoja. Parecíale que le habían arañado el corazón. La mujer es un
-péndulo continuo que oscila entre el instinto natural y la aprendida
-vergüenza, y el varón más delicado no acertará á no lastimar alguna vez
-su invencible pudor.</p>
-
-<h3><a name="XIX-in" id="XIX-in"></a>XIX</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">A</span><small>L</small> colarse en el palomar los dos tórtolos, no lo hicieron sin ser vistos
-y atentamente examinados por una taifa de gente humilde, que á la puerta
-de la cocina del merendero fronterizo se dedicaba á aderezar un guisote
-de carnero, puesto, en monumental cazuela, sobre una hornilla. Es de
-saber que ambos enseres domésticos los alquilaba el dueño del
-<i>restaurant</i> por módica suma en que iba comprendido también el carbón:
-en cuanto al carnero y al arroz de añadidura, lo habían traído en sus
-delantales las muchachas, que por lo que pueda importar,<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156"></a>{156}</span> diremos que
-eran operarias de la Fábrica de tabacos.</p>
-
-<p>Capitaneaba la tribu una vieja pitillera, morena, lista, alegre, más
-sabidora que Merlín; y dos niñas de ocho y seis años traveseaban
-alrededor de la hornilla, empeñadas en que les dejasen cuidar el
-guisado, para lo cual se reconocían con superiores aptitudes. Toda esta
-gentuza, al pasar la marquesa viuda de Andrade y su cortejo, se comunicó
-impresiones con mucho parpadeo y meneo de cabeza, y susurrando á media
-voz dichos sentenciosos. Hablaban con el seco y recalcado acento de la
-plebe madrileña, que tiene alguna analogía con lo que pudo ser la parla
-de Demóstenes, si se le ocurriese escupir á cada frase una de las guijas
-que llevaba en la boca.</p>
-
-<p>&mdash;Ay... Pus van así como asustaos... Ella es guapetona, colorá y blanca.</p>
-
-<p>&mdash;Valiente perdía será.</p>
-
-<p>&mdash;Se ve caa cosa... Hijas, la mar son estos señorones de rango.</p>
-
-<p>&mdash;Puee que sea arguna del Circo. Tié pinta de franchuta.</p>
-
-<p>&mdash;Que no, que este es un belén gordo, de gente de calidá. Mujer de algún
-menistro lo menos. ¿Qué vus pensáis? Pus una conocí yo, casaa con un
-presonaje de los más superfarolícos... de mucho coche, una casa como el
-Palacio Rial... y andaba como caa cuala, con su apaño. ¡Qué líos,
-Virgen!</p>
-
-<p>&mdash;No, pus muy amartelaos no van.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te quies callar? Ya samartelarán dentro.<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157"></a>{157}</span> Verás tú las ventanas y las
-puertas atrancás, como en los pantiones... Pa que el sol no los queme el
-cutis.</p>
-
-<p>Desmintiendo las profecías de la experta matrona, los postigos y
-vidrieras del palomar se abrieron, y asomó la cabeza de la dama, sin
-sombrero ya, mirando atentamente hacia el merendero.</p>
-
-<p>&mdash;Miala, miala..., la gusta el baile.</p>
-
-<p>En efecto, el corredor aéreo de enfrente ofrecía curiosa escena
-coreográfica. Un piano mecánico soltaba, con la regularidad que hace tan
-odiosos á estos instrumentos, el duro chorro de sus martilleadoras
-tocatas: <i>Cádiz</i> hacía el gasto: paso doble de <i>Cádiz</i>, tango de
-<i>Cádiz</i>, coro de majas de <i>Cádiz</i>... y hasta una veintena de cigarreras,
-de chiquillas, de fregonas muy repeinadas y con ropa de domingo, saltaba
-y brincaba al compás de la música, haciendo á cada zapateta temblar el
-merendero... Asís veía pasar y repasar las caras sofocadas, las
-toquillas azul y rosa; y aquel brincoteo, aquel tripudio suspendido en
-el aire, sin hombres, sin fiesta que lo justificara, parecía efecto
-teatral, coro de zarzuela bufa. Asís se imaginó que las muchachas
-cobraban de los fondistas algún sueldo por animar el cuadro.</p>
-
-<p>&mdash;¡Calla!&mdash;secreteó minutos después el grupo dedicado á vigilar la
-cazuela del guisote.&mdash;¡Pus si también han abierto la puerta! Chicas...
-quien que se entere too el mundo.</p>
-
-<p>&mdash;Estas tunantas ponen carteles.</p>
-
-<p>El mozo subía y bajaba, atareado.<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158"></a>{158}</span></p>
-
-<p>&mdash;Mia lo que los llevan. Tortilla... Jamón... Están abriendo latas de
-perdices... ¡Aire!</p>
-
-<p>&mdash;No se las cambio por mi rico carnero. A gloria huele.</p>
-
-<p>&mdash;¡Chist!&mdash;mandó el mozo imponiéndose á aquellas cotorras.&mdash;Cuidadito...
-Si oyen... Son gente... ¡uf!</p>
-
-<p>Al expresar la calidad de los huéspedes, el mozo hizo una mueca
-indescriptible, mezcla de truhanería y respeto profundo á la propina que
-ya olfateaba. La vieja cigarrera, de repente, adoptó cierta diplomática
-gravedad.</p>
-
-<p>&mdash;Y pué que sean gente tan honrá como Dios Padre. No sé pa qué ha de
-condenar una su arma echando malos pensamientos. Serán argunos novios
-recién casaos, ú dos hermanos, ú tío y sobrina. Vayasté á saber.
-Oigasté, mozo...</p>
-
-<p>Se apartó y secreteó con el mozo un ratito. De esta conferencia salió un
-proyecto habilísimo, madurado en breves minutos en el ardiente y
-optimista magín de la señá Donata, que así se llamaba la pitillera, si
-no mienten las crónicas. Arriba, dama y galán empezaban á despachar los
-apetitosos entremeses, las incitantes aceitunas y las sardinillas con su
-ajustada túnica de plata. Aunque Pacheco había pedido vinos de lo mejor,
-la dama rehusaba hasta probar el <i>Tío Pepe</i> y el amontillado, porque con
-sólo ver las botellas, le parecía ya hallarse en la cámara de un
-trasatlántico, en los angustiosos minutos que preceden al mareo total.
-Como la señora exigía que puertas y ventanas permaneciesen abiertas, el
-almuerzo<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159"></a>{159}</span> no revelaba más que la cordialidad propia de una luna de miel
-ya próxima á su cuarto menguante. Pacheco había perdido por completo su
-labia meridional, y manifestaba un abatimiento que, al quedar mediada la
-botella de <i>Tío Pepe</i>, se convirtió en la tristeza humorística tan
-frecuente en él.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te aburres?&mdash;preguntaba la dama á cada vuelta del mozo.</p>
-
-<p>&mdash;Ajogo las peniyas, gitana,&mdash;respondía el meridional apurando otro vaso
-de jerez, más auténtico que la famosa manzanilla del Santo.</p>
-
-<p>Acababa el mozo de dejar sobre la mesa las perdices en escabeche, cuando
-en el marco de la puerta asomó una carita infantil, colorada, regordeta,
-boquiabierta, guarnecida de un matorral de rizos negrísimos. ¡Qué monada
-de chiquilla! Y estaba allí hecha un pasmarote, si entro si no entro.
-Asís la hizo seña con la mano; el pájaro se coló en el nido sin esperar
-á que se lo dijesen dos veces. Y las preguntas y los halagos de
-cajón:&mdash;Eres muy guapa... ¿Cómo te llamas? ¿Vas á la escuela?... Toma
-pasas... Cómete esta aceitunita por mí... Prueba el jerez... ¡Huy qué
-gesto más salado le pone al vino!... Arriba con él... ¡Borrachilla!
-¿Dónde está tu mamá? ¿En qué trabaja tu padre?</p>
-
-<p>De respuesta, ni sombra. El pajarito abría dos ojos como dos espuertas,
-bajaba la cabeza adelantando la frente como hacen los niños cuando
-tienen cortedad y al par se encuentran mimados, picaba golosinas y daba
-con el talón del pié izquierdo en el empeine del derecho. A<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160"></a>{160}</span> los tres
-minutos de haberse colado el primer gorrión migajero en el palomar,
-apareció otro. El primero representaba cinco años; el segundo, más
-formal pero no menos asustadizo, tendría ya ocho lo menos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola! Ahí viene la hermanita...&mdash;dijo Asís.&mdash;Y se parecen como dos
-gotas... La pequeña es más saladilla... pero vaya con los ojos de la
-mayor... Señorita, pase V. Esta nos enterará de cómo se llama su padre,
-porque á la chiquita le comieron la lengua los ratones.</p>
-
-<p>Permanecía la mayor incrustada en la puerta, seria y recelosa, como
-aquel que antes de lanzarse á alguna empresa erizada de dificultades,
-vacila y teme. Sus ojazos, que eran realmente árabes por el tamaño, el
-fuego y la precoz gravedad, iban de Asís á Diego y á su hermanita: la
-chiquilla meditaba, se recogía, buscaba una fórmula, y no daba con ella,
-porque había en su corazón cierta salvaje repugnancia á pedir favores, y
-en su carácter una indómita fiereza muy en armonía con sus pupilas
-africanas. Y como se prolongase la vacilación, acudióle un refuerzo, en
-figura de la señá Donata, que con la solicitud y el enojo peor fingidos
-del mundo, se entró muy resuelta en el gabinete refunfuñando:</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh! niñas, corderas, largo, que estáis dando la gran jaqueca á estos
-señores... A ver si vus salís afuera, ú sino...</p>
-
-<p>&mdash;No molestan...&mdash;declaró Asís.&mdash;Son más formalcitas... A esa no hay
-quien la haga pasar, y la chiquitilla ni abre la boca.<span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161"></a>{161}</span></p>
-
-<p>&mdash;Pa comer ya la abren las tunantas...</p>
-
-<p>Pacheco se levantó cortésmente y ofreció silla á la vieja. El gaditano,
-que entre gente de su misma esfera social pecaba de reservado y aun de
-altanero, se volvía sumamente campechano al acercarse al pueblo.</p>
-
-<p>&mdash;Tome V. asiento... Se va V. á bebé una copita de jerés á la salú de
-toos.</p>
-
-<p>¡Oídos que tal oyeron! ¡Señá Donata, fuera temor, al ataque, ya que te
-presentan la brecha franca y expedito el rumbo! Y tan expedito, que
-Pacheco, desde que la vieja sentó allí el pié, pareció sacudir sus
-penosas cavilaciones y recobrar su cháchara, diciendo los mayores
-desatinos del mundo. Como que se puso muy formal á solicitar á la
-honrada matrona, proponiéndola un paseíto á solas por los tejares. Oía
-la muy lagarta de la vieja, y celebraba con carcajadas pueriles,
-luciendo una dentadura sana y sin mella; pero al replicar, iba encajando
-mañosamente aquella misión diplomática que bullía en su mente fecunda
-desde media hora antes. Tratábase de que ella, ¿se hacen ustés cargo?
-trabajaba en la Frábica de Madrí... y tenía cuatro nietecicas, de una
-hija que se murió de la tifusidea, y el padre de gomitar sangre, así, á
-golpás..., en dos meses se lo llevó la tierra, ¡señores! que si se
-cuenta, mentira parece. Las dos nietecicas mayores, colocaas ya en los
-talleres; pero si la suerte la deparase una presona de suposición pa
-meter un empeño..., porque en este pícaro mundo, ya es sabío, too va por
-las amistaes y las enfluencias de unos y<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162"></a>{162}</span> otros...&mdash;Llegada á este
-punto, la voz de la señá Donata adquiría inflexiones patéticas.&mdash;«¡Ay
-Virgen de la Paloma! No premita el Señor que ustés sepan lo que es comer
-y vestir y calzar cinco enfelices mujeres con tristes ocho ú nueve
-riales ganaos á trompicones... Si la señorita, que tenía cara de ser tan
-complaciente y tan cabal, conociese por casualidad al Menistro... ó al
-Menistraor de la Frábica..., ó al Contaor..., ó algún presonaje de estos
-que too lo regüerven..., pa que la chiquilla mayor, Lolilla, entrase de
-aprendiza también... ¡Sería una caridá de las grandes, de las mayores!
-Dos letricas, un cacho de papel...»</p>
-
-<p>Pacheco respondía á la arenga con mucha guasa, sacando la cartera,
-apuntando las señas de al pitillera detenidamente, y asegurándola que
-hablaría al Presidente del Consejo, á la infanta Isabel (íntima amiga
-suya), al Obispo, al Nuncio... Enredados se hallaban en esta broma,
-cuando tras la abuela pedigüeña y las nietecillas mudas, se metieron en
-el gabinete las dos chicas mayores.</p>
-
-<p>&mdash;Miren mis otras huerfanicas enfelices,&mdash;indicó la señá Donata.</p>
-
-<p>Imposible imaginarse cosa más distinta de la clásica orfandad enlutada y
-extenuada que representan pintores y dibujantes al cultivar el
-sentimentalismo artístico. Dos mozallonas frescas, sudorosas porque
-acababan de bailar, echando alegría y salud á chorros, y saliéndoles la
-juventud en rosas á los carrillos y á los labios; para más, alborotadas
-y retozonas dándose<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163"></a>{163}</span> codazos y pellizcándose para hacerse reir
-mutuamente. Viendo á semejantes ninfas, Pacheco abandonó á la señá
-Donata, y con el mayor rendimiento se consagró á ellas, encandilado y
-camelador como hijo legitimo de Andalucía. Todas las penas <i>ajogadas</i>
-por el <i>Tío Pepe</i> se fueron á paseo, y el gaditano, entornando los ojos,
-derramando sales por la boca y ceceando como nunca, aseguró á aquellas
-principesas del Virginia que desde el punto y hora en que habían
-entrado, no tenía él sosiego ni más gusto que comérselas con los ojos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vienen ustés de bailar?&mdash;les preguntó risueño.</p>
-
-<p>&mdash;Pus ya se ve,&mdash;contestaron ellas con chulesco desgarro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sin hombres? ¿Sin pareja?</p>
-
-<p>&mdash;Ni mardita la falta.</p>
-
-<p>&mdash;Pan con pan... Eso es más soso que una calabasa, prendas. Si me
-hubiesen ustés llamao...</p>
-
-<p>&mdash;¿Que iba usté á venir? Somos poca cosa pa usté.</p>
-
-<p>&mdash;¿Poca cosa? Son ustés... dos peasitos del tersiopelo de que está
-forraa la bóveda seleste. ¡Ea! ¿echamos ó no ese baile? Ahora me empeñé
-yo... ¡A bailar!</p>
-
-<p>Salió como una exhalación; dió la vuelta al pasillo aéreo; cruzó el
-puente que á los dos merenderos unía, y en breve, al compás del horrible
-piano mecánico, Pacheco bailaba ágilmente con las cigarreras.<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164"></a>{164}</span></p>
-
-<h3><a name="XX-in" id="XX-in"></a>XX</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">E</span><small>NTRE</small> las condiciones de carácter de la marquesa viuda de Andrade, y de
-los gallegos en general, se cuenta cierto don de encerrar bajo llave
-toda impresión fuerte. Esto se llama <i>guardarse</i> las cosas, y si tiene
-la ventaja de evitar choques, tiene la desventaja de que esas
-impresiones archivadas y ocultas se pudren dentro. Cuando el andaluz
-regresó después de haber pegado cuatro saltos, enjugándose la frente con
-su pañuelo y abanicándose con el hongo, halló á la señora aparentemente
-tranquila y afable, ocupada en obsequiar con queso, bizcochos y pasas á
-las dos gorrioncillas, y muy atenta á la charla de la vejezuela, que
-refería por tercera vez las <i>golpás</i> de sangre causa de la defunción de
-su yerno. Pero el camarero, que era más fino que el oro y más largo que
-la cuaresma, se dió cuenta con rápida intuición de que <i>aquello</i> no iba
-por el camino natural de almuerzos semejantes, y adoptando el aire
-imponente de un bedel que despeja una cátedra, intimó á toda la bandada
-la orden de expulsión.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ea! bastante han molestado Vds. á los señores. Me parece regular que
-se larguen.</p>
-
-<p>&mdash;Oigasté... ¡El tío este! Si yo he entrao aquí, fué porque los señores
-me lo premitieron, ¿estamos?<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165"></a>{165}</span> Yo soy así, muy franca de mi natural..., y
-me arrimo aonde veo naturalidá, y señoritos llanos y buenos mozos, sin
-despreciar á nadie.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ole las mujeres principales!&mdash;contestó con la mayor formalidad
-Pacheco, pagando el requiebro de la señá Donata. La cual no soltó el
-sitio hasta que Don Diego y la señora prometieron unánimes acordarse de
-su empeño y procurar que Lolilla entrase en los talleres. Las gorrionas
-se dejaron besar y se llevaron las manos atestadas de postres, pero ni
-con tenazas se les pudo sacar palabra alguna. No piaron hasta que fueron
-á posarse en el salón de baile.</p>
-
-<p>El camarero también salió anunciando que «dentro de un ratito» traería
-café y licores. Al marcharse encajó bien la puerta, é inmediatamente los
-ojos de Pacheco buscaron los de su amiga. La vió de pié, mirando á las
-paredes. ¿Qué quería la niña? ¿Eh?</p>
-
-<p>&mdash;Un espejo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pa qué? Aquí no hay. Los que vienen aquí no se miran á si mismos.
-¿Espejo? Mírate en mí. ¿Pero cómo? ¿Vas á ponerte el sombrero,
-chiquilla? ¿Qué te pasa?</p>
-
-<p>&mdash;Es por ganar tiempo... Al fin, en tomando el café hemos de irnos...</p>
-
-<p>El meridional se acercó á Asís, y la contempló cara á cara, largo
-rato... La señora esquivaba el examen, poniendo, por decirlo así,
-sordina á sus ojos y un velo impalpable de serenidad á sus facciones. La
-tomó Pacheco la cintura, y sentándose en el sofá la atrajo<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166"></a>{166}</span> hacia sí.
-Hablaba y reía y la acariciaba tiernamente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, ay, ay!... ¿Esas tenemos? Mi niña está celosa. ¡Celosita,
-celosita! ¡Celosita de mí la reina del mundo!</p>
-
-<p>Asís se enderezó en el sofá, rechazando á Pacheco.</p>
-
-<p>&mdash;Tienes la necedad de que todo lo conviertes en substancia. La vanidad
-te parte, hijo mío. Yo no estoy celosa, y si me apuras, te diré...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué? ¿Que me dirás?&mdash;prorrumpió Pacheco algo inmutado y descolorido.</p>
-
-<p>&mdash;Que... es algo imposible eso de estar celoso, cuando...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!&mdash;interrumpió el meridional, más que pálido, lívido, con voz que
-salía á <i>golpás</i>, según diría la señá Donata.&mdash;No necesitas ponerlo más
-claro... Enterado, mujer, enterado: si yo adivino antes que hables. Pa
-miserables tres horas ó cuatro que nos faltan de estar juntos, y
-probablemente serán las últimas que nos hemos de ver en este mundo
-perro, ya pudiste callarte y procurar engañarme como hasta aquí... Poco
-favor te haces, si viniste aquí no queriéndome algo. Tú te habrás creído
-que yo me tragaba... ¡Y me llamas necio! Yo seré un vago, un hombre que
-no sirve para ná, un tronera, un perdido, lo que gustes; ¡pero necio!
-Necio yo... ¡y en cuestiones de faldas! ¡Mire V. que es grande! Pero,
-¿qué importa? Llámame lo que quieras... y óyeme sólo esto, que te voy á
-decir una verdá que ni tú la sabes, niña. No me has querío hasta hoy,
-corriente... Hoy, mas<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167"></a>{167}</span> que digas por tema lo que te dé la gana, me
-quieres, me requieres, estás enamoraa de mí... Poquito á poco te ha ido
-entrando... y así que yo te falte, se te va á acabar el mundo. Esta es
-la fija... Ya lo verás, ya lo verás. Y por amor propio y por soberbia
-sales con la pata e gallo... ¡Te desdeñas de tener celos de mí! Bien
-hecho... Así como así no hay de qué. Boba serías si tuvieses celos.
-Algún ratito ha de pasar antes de que yo me pierda por otras mujeres...
-¡Maldita sea hasta la hora en que te vi!... Dispensa, ¡dispensa! No
-quiero ofenderte, ¿sabes? ahora ni nunca. No sé lo que me digo... Pero
-digo verdad.</p>
-
-<p>Soltaba esta andanada paseando por el pequeño recinto, como las fieras
-en sus jaulas de hierro; unas veces sepultaba las manos en los bolsillos
-del pantalón, y otras las desenfundaba para accionar con violencia. Su
-rostro, descompuesto por la cólera, perdiendo su expresión indolente,
-mejoraba infinito: se acentuaban sus enjutas facciones, temblaba el
-bigote dorado, resplandecían los blancos dientes, y los azules ojos se
-obscurecían como el agua del Mediterráneo cuando amaga tempestad. El
-piso retemblaba bajo sus pasos; diríase que el aéreo nido iba á saltar
-hecho trizas. Aquella tormenta de verano, aquella cólera meridional, no
-cabía en el cuartuco.</p>
-
-<p>Al encajar la puerta el mozo, los amantes se habían olvidado de que el
-nido tenía otro boquete, la ventana, abierta por Asís y dejada en la
-misma situación durante todo el almuerzo. Y<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168"></a>{168}</span> la ventana justamente
-miraba al salón de baile, ocupado por parte de la bandada de gorrionas,
-entretenidísimas á la sazón en atisbar la riña amorosa, mientras abajo
-Lolilla se consagraba al carnero y al arroz.</p>
-
-<p>&mdash;Anda..., ella está de morros con él... Está amoscá.</p>
-
-<p>&mdash;Porque bailó con nusotras... Me lo malicié, hijas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Jesús! Pus no se ha resquemao poco... ¡Qué gesto!</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay! ¡Miales! El la está haciendo cucamonas pa que se le pase...
-¡Ole!... Hombre, no nos ponga usté el gorro... Siquiera pa repichonear
-podían tener la ventana cerrá.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién os manda mirar?</p>
-
-<p>&mdash;Pa eso tiene una los ojos... ¡Calle!... Pues ella, en sus trece... Que
-nones... Las orejas le calienta ahora.</p>
-
-<p>&mdash;¡Virgen! ¿Qué cosas le habrá icho, pa que él se enfade así? Mueve los
-brazos que paecen aspas de molino... ¿A que le pega?</p>
-
-<p>&mdash;¿Que la e pegar, mujer, que la e pegar? Eso á las probres. A estas
-pindongas de señoronas, los hombres les rinden el pabellón. Y eso que
-cualisquiera de nosotros les pue vender honradez y dicencia. Digo, me
-paece...</p>
-
-<p>&mdash;No, pus enfadao ya está.</p>
-
-<p>&mdash;¿Va que acaba pidiendo perdón como los chiquillos? ¿No lo ije?
-Miale... más manso que un cordero... Ella na, espetá, secatona... vuelta
-á la manía de ponerse el abrigo... Se quie largar... ¡Madre e Dios, lo
-que saben estas tunantas!<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169"></a>{169}</span> Me lo maneja como á un fantoche... ¡Qué
-compungió que está!... ¿A que se pone de rodillas, pa que le echen la
-solución? ¡Ay, qué mujer, paece la leona del Retiro! Empeñá en que me
-voy... Y se sale con la suya... Mia... ¡Se largan!</p>
-
-<p>La turba se precipitó por la escalera del merendero. Verdad: Asís se
-largaba, se largaba. Salía tranquilamente, sin prisa ni enojo; hasta
-sonrió á Lolilla, que armada del soplador de mimbres avivaba el fuego.
-Con voz serena explicó al mozo, atónito de semejante deserción, que se
-les hacía tarde, que no podían aguardar ni un minuto más; que avisase al
-cochero, el cual probablemente estaría con el simón por allí, en alguna
-sombra. Mientras Pacheco, demudado, con pulso trémulo, buscaba en el
-portamonedas un billete, Asís trazaba en el piso rayas con la sombrilla,
-hasta dibujar una celosía complicada y menuda. Al terminarla extendió la
-mano; cogió una ramita florida de la acacia que sombreaba el merendero y
-se la sujetó en el pecho con el imperdible. Acercóse obsequiosa la señá
-Donata, ofreciendo á sus huérfanas, sus nietecicas, «pa juntar un ramo
-de cacias y de mapolas, si á la señorita le gustan...» Dió Asís las
-gracias rehusando, porque se marchaba acto continuo, y acercándose
-disimuladamente á la vieja le deslizó algo en la mano, recia y curtida
-cual la piel del arenque. Acercóse el simón; sin duda el cochero se
-había atizado un par de tragos, porque su nariz echaba lumbre,
-reluciendo al sol como la película roja<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170"></a>{170}</span> que viste á los pimientos
-riojanos. La señora tomó por la escalerilla que bajaba desde el puente;
-Pacheco la siguió...</p>
-
-<p>&mdash;En el coche harán las paces&mdash;piaron las gorrionas mayores.&mdash;¿A que sí?</p>
-
-<p>&mdash;La fija. En entrando...</p>
-
-<p>Grande fué el asombro de aquellas aves, más parleras que canoras, viendo
-que, tras un corto debate al pié de la portezuela, la señora tendió la
-mano á Pacheco, éste llevó la suya al sombrero saludando, y el simón
-arrancó á paso de tortuga, bamboleándose sobre la polvorosa carretera.</p>
-
-<p>&mdash;Pus ella vence... Me lo deja plantadito.</p>
-
-<p>&mdash;¿A que él se nos vuelve aquí?&mdash;indicó la gorriona primogénita,
-alisando con la palma las grandes peteneras de su peinado, untadas de
-bandolina.</p>
-
-<p>No volvió el muy... Ni siquiera torció la cabeza para hacerlas un saludo
-ó enviarlas una sonrisa de despedida. ¡Fantasioso! Estuvo pendiente del
-simón mientras éste no traspuso los hornos de ladrillo; luego,
-cabizbajo, echó á andar á pié.</p>
-
-<h3><a name="XXI-in" id="XXI-in"></a>XXI</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">L</span><small>A</small> buena fe, que debe servir de norma á los historiadores, así de hechos
-memorables como de sucesos ínfimos, obliga á declarar que<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171"></a>{171}</span> la marquesa
-viuda de Andrade se dedicó asiduamente&mdash;desde las dos de la tarde, hora
-en que llegó á su casa, hasta cerca de las nueve de la noche&mdash;á la faena
-del arreglo definitivo de su equipaje, resolviendo la marcha para el
-siguiente día, sin prórroga. El trajín fué gordo, y aumentó sus fatigas
-el desasosiego moral de la señora. Anduvo hecha un zarandillo; removió
-hasta el último trasto de la casa; mareó á la Diabla; aturrulló á los
-demás criados; y al agitarse así la impulsaban sus nervios, tirantes
-como cuerdas de guitarra, al par que sentía una especie de punzada
-continua en el corazón, un calor extraño en el epigastrio, un saborete
-amargo en la boca. Después de haber comido&mdash;por fórmula y sin
-ganas&mdash;pidióle Angela licencia, ya que era el último día, para decir
-adiós á su hermana. La negó en un arranque de cólera; la otorgó dos
-minutos después. Y así que la chica batió la puerta, la señora, rendida
-de cuerpo, más encapotada que nunca de espíritu, se retiró á su
-dormitorio... Tenía que poner el S. D. á un sinnúmero de tarjetas; pero
-¡estaba tan molida! ¡de humor tan perro! Además, la punzadita aquella
-del corazón se iba convirtiendo en dolor fijo, intolerable... ¿Se
-aplacaría un poco recostándose en la cama? A ver...</p>
-
-<p>Cerró los ojos, mascando unas hieles que tenía entre la lengua y el
-paladar. ¿A qué venían las hieles dichosas? Ella había obrado bien,
-mostrándose digna y entera. En realidad, ningún desenlace mejor para la
-historia. De un modo ó de otro ello iba á acabarse; era inevitable,<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172"></a>{172}</span>
-inminente; mejor que se acabase así... Porque si aquella última
-entrevista fuese muy tierna, qué tristeza y qué... Nada; mejor así,
-mejor cien veces. Ella había tenido razón sobrada: una cosa son los
-celos, otra el amor propio y el decoro de que nunca está bien
-prescindir. Y á quién se le ocurre, allí, en su propia cara, ponerse á
-bailar con... Veía el salón de baile aéreo, el brincoteo de las
-gorrionas, los incidentes del almuerzo... y las hieles se volvían más
-amarguitas aún. Cierto que ella fué quien abrió puertas y ventanas; de
-todos modos, el proceder de Pacheco... Sí... buen tipo estaba Pacheco.
-En viendo una escoba con faldas... ¡Ay infeliz de la mujer que se fiase
-de sus exageraciones y sus locuras! ¡Requebrar á las cigarreras así,
-delante de...! ¡Y qué fatuo! ¡Pues no había querido convencerla de que
-estaba enamorada de él! ¿Enamorada? No, no señor, gracias á Dios...
-Conservaría, sí, un recuerdo... un recuerdo de esos que... Allí tenía,
-en el medallón de oro, junto al pelo de Maruja, una florecita de la
-acacia blanca... ¡Qué tontera! Lo probable es que á Pacheco no volviese
-á verle nunca más... Y esta punzada del corazón, ¿qué será? Será
-enfermedad, ó... Parece que lo aprieta un aro de hierro... ¡Jesús, qué
-cavilaciones más insensatas!</p>
-
-<p>Bregando con la imaginación y la memoria, se quedó traspuesta. No era
-dormir profundo, sino una especie de somnambulismo, en que las
-percepciones de la vida exterior se amalgamaban con el delirio de la
-fantasía. No era la pesadilla<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173"></a>{173}</span> que causa la ocupación de estómago, en
-que tan pronto caemos de altísima torre como volamos por dilatadas zonas
-celestes, ni menos el ensueño provocado por la acción del calor del
-lecho sobre los lóbulos cerebrales, donde, sin permiso de la honrada
-voluntad, se representan imágenes repulsivas... Lo que veía Asís,
-adormecida ó mal despierta, puede explicarse en la forma siguiente,
-aunque en realidad fuese harto más vago y borroso.</p>
-
-<p>Encontrábase ya en el vagón, con la Diabla enfrente, la maletita y el
-lío de mantas en la rejilla, el velo de gasa inglesa bien ceñido sobre
-la toca de paja, calzados los guantes de camino, abrochado hasta el
-cuello el guardapolvo. El tren adelantaba, unas veces bufando y pitando,
-otras con perezoso cuneo, al través de las eternas estepas amarillas,
-caldeadas por un sol del trópico. ¡Oh Castilla la fea, la árida, la
-polvorosa, la de monótonos aspectos, la de escuetas lontananzas! ¡Oh
-sombría mole, región desconsolada del Escorial, qué felicidad perderte
-de vista! ¡Oh calor, calor del infierno, cuando acabarás! Asís sentía
-que el sol, al través de las cortinas corridas que teñían con viso azul
-el departamento, se le empapaba en los sesos como el agua en una
-esponja, y que en sus venas la sangre se volvía alquitrán, y la punta de
-cada filete nervioso una aguja candente, y que los ojos se le salían de
-las órbitas, igual que á los gatos cuando los escaldan... El polvillo de
-carbón, unido al de los páramos castellanos, entraba en remolinos ó en
-ráfagas violentas,<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174"></a>{174}</span> cegando, desvaneciendo, asfixiando. No valía manejar
-desesperadamente el abanico: como toda la atmósfera era polvo, polvo
-levantaba al agitar el aire, y polvo absorbían los sedientos
-pulmones.&mdash;¡Agua! ¡Agua! ¡Agua por Dios! Angela, va una botella llena
-ahí en el cesto...&mdash;Revolvía la Diabla el fondo de la canastilla...,
-nada: sin duda el agua se había olvidado. ¡Ah! una botella... El vaso
-plano... Asís bebía. ¡No es agua, no es agua! Es manzanilla, jerez,
-brasa líquida, esas ponzoñas que roban el juicio á las gentes... Venga
-un río, un río de mi tierra, para agotarlo de un sorbo... Mientras la
-señora gemía, el inmenso foco del sol ardía más implacable, como si
-estuviesen echándole carbón, convertidos en fogoneros, los arcángeles y
-los serafines. Y así atravesaban la pedregosa tierra de Avila, con sus
-escuadrones de enormes cantos, y las llanuras de Palencia, y los severos
-desiertos de León, y la vieja comarca de la Maragatería. ¡Que me
-abraso!... ¡Que me abraso!... ¡Que me muero!... ¡Socorro!...</p>
-
-<p>¡Aah! ¿Qué ocurre? Salimos del país llano... ¡Montes queridos! Cada
-túnel es una inmersión en la noche, un baño en un pozo; al volver á la
-claridad, montañas y más montañas, revestidas de frondosos castañares, y
-por cuyas laderas... ¡oh deleite! se despeñan saltando manantiales,
-cascaditas, riachuelos, mientras allá abajo, caudaloso y profundo, corre
-el Sil... Las mismas rocas sudan humedad; de la bóveda de los túneles
-rezuman gotas gordas; el suelo se<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175"></a>{175}</span> encharca. Al principio, Asís revive
-como el pez restituido á su elemento: su corazón se dilata, calmase el
-hervor de su sangre, se aplaca la horrible sed. Pero los riachuelos van
-engrosando; los túneles menudean, lóbregos, pantanosos; al término se
-divisa un cielo color de panza de burro, muy bajo, en el cual se
-acumulan nubes preñadas de agua, que al fin, abriendo su seno, dejan
-caer, primero en delgados hilos, luego en cerrada cortina, la lluvia, la
-eterna lluvia del Noroeste, plomo derretido y glacial, que solloza
-escurriendo por los vidrios. Y aquella lluvia, Asís la siente sobre el
-corazón, que se lo infiltra, que se lo reblandece, que se lo ensopa,
-hasta no poder admitir más líquido, hasta que, anegado de tristeza, el
-corazón empieza también á chorrear agua, primero gota á gota, luego á
-borbotones, con fúnebre ruido de botella que se vacía...</p>
-
-<p class="cb">. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .</p>
-
-<p>Pan, pan. Dos golpes en la puerta de la alcoba...&mdash;¡Jesús!... ¿Quién?
-¿Pero dormía ó soñaba ó qué es esto?&mdash;Y la señora palpaba la
-almohada.&mdash;Húmeda, sí... Los ojos... También los ojos... ¡Lágrimas!
-¿Quién está?... ¿Quién?</p>
-
-<p>&mdash;Yo, amiga Asís... Gabriel Pardo... ¿He venido á molestar? Por Dios,
-siga V. con sus preparativos... Me he encontrado á la chica; me dijo que
-mañana sin falta salía V. para nuestra tierra... Cuánto sentiré
-incomodarla... Me retiro, me retiro.</p>
-
-<p>&mdash;Por Dios... De ningún modo... Tome V.<span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176"></a>{176}</span> asiento... Salgo en seguida...
-Estaba lavándome las manos.</p>
-
-<p>Y en efecto, se oía ruido de chapuzón, de lavaroteo. Pero nos consta que
-lo que lavaba la señora eran los párpados. Luego se dió polvos, se
-compuso el pelo, se arregló los encajes de la gola. Apareció muy
-presentable. Pardo había tomado un periódico, creo que <i>La Epoca</i>, y
-leía distraído, sin entender: «La dispersión veraniega ha comenzado.
-Parten hoy para Biarritz en el expreso, el duque de Albares, las lindas
-señoritas de Amézaga...»</p>
-
-<p>Apenas habrían tenido tiempo los dos paisanos para trocar unas cuantas
-frases de excusa, cuando se oyó sonar la campanilla y en el corredor
-retumbaron pasos fuertes, varoniles. De sofocada, la señora se volvió
-pálida: una sonrisa involuntaria y una luz vivísima cruzaron por sus
-labios y sus ojos. Pacheco entró, y al verle el comandante Pardo,
-reprimió el impulso de pegarse un cachete en el hueso frontal.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya pareció aquello! ¡Se despejó la incógnita! ¡Y decir que no hará
-dos semanas que se conocieron en casa de Sahagún! ¡Mujeres!!!</p>
-
-<p>El gaditano,&mdash;lo mismo que si se propusiese evidenciar lo que Pardo
-adivinaba,&mdash;apenas se hubo sentado, sacó del bolsillo un tarjetero de
-piel inglesa, con monograma de plata, y se lo entregó á Asís, murmurando
-cortésmente:</p>
-
-<p>&mdash;Marquesa... las señas que V. me pidió que le trajese. Las señas de la
-pitillera... ¿no recuerda V.? Puede V. copiarlas, ó quedarse con<span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177"></a>{177}</span> el
-tarjetero, si gusta... Viéndolo, se acuerda V. más del empeñillo.</p>
-
-<p>¡Ay! Asís trasudaba. Era para volarse. ¡Vaya un pretexto que daba á su
-visita nocturna el bueno del gaditano! Si lo quería más claro Don
-Gabriel...</p>
-
-<p>Miró al comandante, que se hacía el sueco, tratando de no ver el
-tarjetero dichoso. No hay posición más desairada que la de tercero en
-concordia, y Don Gabriel, notando la ojeada expresiva que trocaron
-Pacheco y Asís, creía estar sentado sobre brasas, tanto le apretaban las
-ganas de quitarse de en medio. Pero convenía hacerlo con habilidad y
-educación. Un cuarto de hora tardó en preparar la retirada honrosa,
-echándole el muerto al Círculo Militar, donde aquella noche había una
-conferencia muy notable. Los círculos, ateneos y clubs, serán siempre
-instituciones benéficas, por lo que se prestan á encubrir toda
-escapatoria masculina,&mdash;así la del que va en busca de la propia
-felicidad, como la del que evita el espectáculo de la
-ajena,&mdash;verbigracia Pardo.</p>
-
-<p>Retrasó el paso al llegar á la esquina de la calle y se puso á
-reflexionar acerca del impensado descubrimiento. Raro es que el amigo de
-una dama, en caso semejante, no desapruebe la elección.&mdash;¡Cómo escogen
-las mujeres! En dándoles el puntapié el demonio... Indulgencia, Gabriel;
-no hay mujeres, hay humanidad, y la humanidad es <i>así</i>... Esta desazón,
-además, se parece un poquito á la envidia y al des... No, hijo, eso sí
-que no: despechado no estás: lo que<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178"></a>{178}</span> pasa es que ves claro, mientras tu
-pobre amiga se ha quedado ciega... ¡Cómo se transformó su fisonomía al
-entrar el individuo! La verdad: no la creí capaz de echarse un amante...
-y menos ese. O mucho me equivoco ó le ha caído que hacer á la infeliz.
-Ese andaluz es uno de los tipos que mejor patentizan la decadencia de la
-raza española. ¡Qué provincias las del Mediodía, señor Dios de los
-ejércitos! ¡Qué hombre el tal Pachequito! Perezoso, ignorante, sensual,
-sin energía ni vigor, juguete de las pasiones, incapaz de trabajar y de
-servir á su patria, mujeriego, pendenciero, escéptico á fuerza de
-indolencia y egoismo, inútil para fundar una familia, célula ociosa en
-el organismo social... ¡Hay tantos así! Y sin embargo, á veces medran,
-con una apariencia de talento y la viveza propia del meridional; no
-tienen fondo, no tienen seriedad, no tienen palabra, no tienen fe, son
-malos padres, esposos traidores, ciudadanos zánganos, y los ve V.
-encumbrarse y hacer carrera... Así anda ello. Y á las mujeres... qué
-diablo, estos hombres les caen en gracia... ¡Eh! dejémonos de clichés...
-Asís, que es de otra raza muy distinta, necesita formalidad y
-constancia; la compadezco... Bueno es que no se casará; no, casarse no
-lo creo posible. De esa madera no se hacen maridos. Como aventura,
-tendrá sus encantos... ¡Qué casualidad! Y dirán que no hay
-coincidencias... ¡Tarjetero, tarjetero!...</p>
-
-<p>Así meditaba el comandante. ¿Era injusto ó sagaz? ¿Obedecía á su
-costumbre de analizarlo todo, ó á una puntita de berrinche? Se<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179"></a>{179}</span> caló los
-lentes y se retorció la barba, ¿A dónde iría?</p>
-
-<p>&mdash;Al Círculo Militar, ya que me sirvió de pretexto para escurrir el
-bulto. ¡Poco gusto que les habrá dado cuando yo tomé la puerta!...</p>
-
-<p>Tras esta ingrata reflexión apretó á andar. La obscuridad de la noche le
-exaltaba, y ese enlazado grupo, que ve con la fantasía todo el que sale
-huyendo de hacer mala obra á dos enamorados, se empeñaba en flotar,
-vaporoso é irónico, ante Don Gabriel. Fortuna que este género de
-visiones no suele resistir á los efectos anodinos de una conferencia
-sobre «Ventajas é inconvenientes del escalafón en los cuerpos
-facultativos.»</p>
-
-<h3><a name="XXII-in" id="XXII-in"></a>XXII<br /><br />
-<small>EPÍLOGO</small></h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">N</span><small>O</small> entremos en el saloncito de Asís mientras dure el tiroteo de
-explicaciones (¡cosa más empalagosa!) sino cuando la pareja liba la
-primera miel de las paces (empalagosísima también, pero paciencia). Ni
-Pacheco pregunta ya nada acerca de Don Gabriel Pardo y su amistad, ni
-Asís se acuerda del baile en el merendero. El gaditano habla al oído de
-la señora.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero tú te creíste que yo no sabía que mañana te vas? A Diego Pacheco
-no se la ha pegado ninguna hembra... ¡Niña boba! Esta mañana<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180"></a>{180}</span> ya habías
-dispuesto la marcha, claro que sí, y si te viniste á almorsá conmigo,
-fué que te dí un poquillo de lástima... Decías tú allá en tus adentros:
-sólo faltan horas; vamos á complacer á éste, que tiempo habrá de que
-estalle la bomba y dejarlo plantao... ¡Y ahora también piensas en cosas
-así, muy tristes; en que ya no nos vemos, en que se acaba el cariñito y
-las fatigas y el verme y el hablarme!... ¡Ay, chiquilla! Me quieres tú
-mucho más de lo que te figuras. No te has tomado el trabajo de echar la
-sonda ahí en ese pechito... ¡Tonta! ¡Cómo te acordarás de estos ratos,
-allá en tu país, entre aquella gente sosaina! Aquí se queda un hombre
-que te quería también un poquitillo... ¡Pobrecita, la nena!</p>
-
-<p>No estaban los amantes abrazados, ni siquiera muy juntos, pues Pacheco
-ocupaba el sillón, y el diván Asís. Sólo sus manos, encendidas por la
-misma fiebre, se buscaban, y habiéndose encontrado, se entrelazaban y
-fundían. Callaron entonces y fué el instante más hermoso. Por el mudo
-diálogo de los ojos y por el contacto eléctrico de las palmas, se
-enviaban el espíritu en arrobo inefable. Con la nueva y victoriosa
-dulzura de semejante comunicación, Asís sentía que se mezclaba un
-asombro muy grande. Miraba á Pacheco y creía no haberle visto nunca:
-descubría en su apostura, en su cara, en sus ojos, algo sublime, que
-realmente no existía, pero era positivo entonces para la señora, pues
-así sucede en toda revelación, para que resplandezca su orígen<span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181"></a>{181}</span> superior
-á la materia inerte y al ciego acaso... y á Asís se le revelaba entonces
-el amor. Poco á poco, sin conciencia de sus actos, acercaba la mano de
-Diego á su pecho, ansiosa de apretarla contra el corazón y de calmar así
-el ahogo suave que le oprimía... Sus pupilas se humedecieron, su
-respiración se apresuró, y corrió por sus vértebras misterioso
-escalofrío, corriente de aire agitado por las alas del Ideal.</p>
-
-<p>&mdash;No estés tan tristón&mdash;tartamudeó con blandura mimosa.</p>
-
-<p>&mdash;Sí que estoy triste, prenda. Y es por ti. Estoy de remate. Estoy hasta
-enfermo. No sé por dónde ando. Parece que me han dao cañaso. Es un mal
-que se me entra por el alma arriba. Si sigo así, guardaré cama. Después
-que te vayas la guardaré... Es cosa rara, chiquilla. ¡Válgame Dios, á lo
-que llega un hombre!</p>
-
-<p>&mdash;Te pones tan lejos... Aquí, cerquita&mdash;murmuró la señora con el tono
-con que se habla á los niños.</p>
-
-<p>&mdash;No..., déjame aquí... Estoy bien. Mira tú que cosas más raras hace la
-guilladura cuando entra de verdad. Ni ganas tengo de acercarme; la
-manita me basta...</p>
-
-<p>&mdash;¿No te gusto?</p>
-
-<p>&mdash;No como me gustarían otras. ¡Ah! Ya sabes si tengo ilusión por ti... Y
-así y todo..., ahora prefiero callar y no acercarme, gloria... ¡Ay!...
-¿Pero qué es eso? ¿Llora mi niña?</p>
-
-<p>Puede que llorase, en efecto. No debía de ser el reflejo de la lámpara
-lo que tanto relucía en su mejilla izquierda... Pacheco exhaló un
-suspiro<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182"></a>{182}</span> y se puso en pié, desenclavijando su mano de la de Asís.</p>
-
-<p>&mdash;Me voy&mdash;pronunció con voz alteradísima ronca, resuelta.</p>
-
-<p>De un brinco se levantó Asís, echándole los brazos al cuello y
-sujetándole.</p>
-
-<p>&mdash;No, Diego, que no... ¡Vaya una ocurrencia! ¡Irte ya! ¡Pues si apenas
-llegaste! ¿Cómo irte? ¿Tienes que hacer? No, irte no quiero.</p>
-
-<p>&mdash;Niña... El mal camino andarlo pronto. No tengo ánimos para más. Estoy
-que con una seda me ahogan. ¿A qué aprovechar unos minutos? Es la
-despedida. Yéndome ahora me ahorro alguna pena. Adiós, querida... Cree
-que más vale así.</p>
-
-<p>&mdash;No, no, no te vas... Por lo mismo que ya es la última noche... Diego,
-por Dios, mi vida... Tú quieres sacarme de quicio. No puede ser.</p>
-
-<p>Pacheco sujetó los brazos de la señora, y mirándola de hito en hito
-exclamó con firmeza:</p>
-
-<p>&mdash;Piénsalo bien. Si me quedo ahora no me voy en toda la noche.
-Reflexiona. No digas después que te pongo en berlina. Te conviene
-soltarme. Tú decidirás.</p>
-
-<p>Asís dudó un minuto. Allá dentro percibía, á manera de inundación que
-todo lo arrolla, un torrente de pasión desatado. Principios salvadores,
-eternos, mal llamados por el comandante <i>clichés</i>; que regís las horas
-normales, ¿por qué no resistís mejor el embate de este formidable
-torrente? Asís articuló, oyendo su propia voz resonar como la de una
-persona extraña:</p>
-
-<p>&mdash;Quédate.<span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183"></a>{183}</span></p>
-
-<p>El plan era absurdo, y sin embargo los medios de realizarlo se
-presentaban entonces asequibles, rodados. La Diabla, fuera de casa, por
-casualidad feliz; la cocinera lo mismo; cuestión de engañar á
-Imperfecto, que era la quinta esencia de la bobería, y á la portera, que
-siempre estaba dormitando á tales horas. Para conseguir el apetecido
-resultado, combinóse un atrevido plan de entradas y salidas, de pases y
-repases, que hizo reir á los dos delincuentes... Y á las doce de la
-noche las puertas de la casa se hallaban cerradas, y dentro de ella el
-contraventor de las pragmáticas sociales y de las leyes divinas.</p>
-
-<p>Si la cosa no hubiese pasado de aquí, creo sinceramente, lector amigo,
-que no merecía la pena, no ya de narrarla, sino hasta de mencionarla en
-estos libros de memorias y exámenes de conciencia de la humanidad, que
-se llaman novelas. Porque aun siendo el caso tan desatinado y enorme;
-aun constituyendo una atrevida infracción de todo lo que no debe, ni
-puede infringirse, bien cabe suponer que en las fiebres pasionales tiene
-algo de necesario y fatídico, cual en las otras fiebres, la calentura.
-Pero lo que me parece verdaderamente digno de tomarse en cuenta, como
-dato singular y curioso; lo que quizás convendría analizar
-sutilmente&mdash;si no es preferible dejarlo sugerido á la imaginación del
-lector para que lo deduzca y reconstruya á su modo&mdash;es la causa, la
-génesis y el rápido desarrollo de aquella <i>idea</i> inesperadísima, que
-desenlazó precipitada y honrosamente<span class="pagenum"><a name="page_184" id="page_184"></a>{184}</span> la historia empezada por tan
-liviano y censurable modo en la romería del Santo...</p>
-
-<p>¿A cuál de los dos amantes, ó mejor dicho, aunque la distinción parezca
-especiosa, de los dos enamorados, se le ocurrió primero la <i>idea</i>? ¿Fué
-á él, como único paliativo, heroico, pero infalible, de su extraña
-guilladura? ¿Fué á ella, como medio de conciliar el honor con la pasión,
-el instinto de rectitud y el respeto al deber que siempre guardara, con
-la flaqueza de su voluntad, ya rendida? ¿Fué que esa <i>idea</i>,
-profundamente lógica (y en el caso presente tal vez expiatoria), se
-presenta á la vuelta del amor, tan fatalmente como sigue á la aurora el
-mediodía, al crepúsculo la noche y á la vida la muerte?</p>
-
-<p>Que cada cual lo arregle á su gusto y rastree y discurra qué caminos
-siguieron aquellos espíritus para no reparar en inconvenientes, no
-recelar de lo futuro, cerrar los ojos á problemas del porvenir y mandar
-á paseo las sabias advertencias de la razón, que tiembla de espanto ante
-lo irreparable, lo indisoluble, lo que lleva escrito el letrero
-medroso:&mdash;Para siempre&mdash;y avisa que de malos principios rara vez se
-sacan buenos fines.&mdash;Y reconstruya también á su modo los diálogos en que
-la <i>idea</i> se abrió paso, tímida primero, luego clara, imperiosa y
-terminante, después triunfadora, agasajada por el amor que, coronado de
-rosas, empuñando á guisa de cetro la más aguda y emponzoñada de sus
-flechas, velaba á la puerta del aposento, cerrando el paso á profanos
-disectores.</p>
-
-<p>Por eso, y porque no gusto de hacer mala<span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185"></a>{185}</span> obra, líbreme Dios de entrar
-hasta que el sol alumbra con dorada claridad el saloncito, colándose por
-la ventana que Asís, despeinada, alegre, más fresca que el amanecer,
-abre de par en par, sin recelo ó más bien con orgullo. ¡Ah! Ahora ya se
-puede subir. Pacheco está allí también, y los dos se asoman, juntos,
-casi enlazados, como si quisiesen quitar todo sabor clandestino á la
-entrevista, dar á su amor un baño de claridad solar, y á la vecindad
-entera parte de boda... Diríase que los futuros esposos deseaban cantar
-un himno á su numen tutelar, el sol, y ofrecerle la primer plegaria
-matutina.</p>
-
-<p>&mdash;Está el gran día, chichi...&mdash;exclamaba Pacheco.&mdash;Vas á tener un
-viaje...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y para el tuyo? ¿Hará buen tiempo?</p>
-
-<p>&mdash;Lo mismo que ahora. Verás.</p>
-
-<p>&mdash;¿Despacharás en ocho ó diez días la ida á Cádiz?</p>
-
-<p>&mdash;No que no. Y la aprobación del papá y too. Muerto está él porque me
-case y siente la cabeza. Le diré que después de la boda me presento
-diputao por Vigo con la ayuda del papá suegro. Verás tú. Para despabilar
-un asunto me pinto solo... cuando el asunto me importa, ¿sabes?</p>
-
-<p>&mdash;¿Escribirás las veces que prometiste?</p>
-
-<p>&mdash;Boba.</p>
-
-<p>&mdash;Simplón, monigote, feo.</p>
-
-<p>&mdash;Reina de España.</p>
-
-<p>&mdash;En Vigo..., ya sabes... formalidad.</p>
-
-<p>&mdash;Hasta que el cura...&mdash;(Pacheco hizo con la<span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186"></a>{186}</span> mano derecha un ademán
-litúrgico muy significativo.)&mdash;Entretanto... me dedicaré á tu chiquilla.
-¿Eh? A los dos días... te la he conquistao. Puede que te deje plantaíta
-á ti pa casarme con ella.</p>
-
-<p>Siguieron algunas bromas y ternezas más, que ni hacen al caso, ni deben
-figurar aquí en modo alguno. De repente, Diego tomó la mano derecha de
-la señora, preguntando:</p>
-
-<p>&mdash;¿Te acuerdas tú de una buenaventura que te echaron en la feria?</p>
-
-<p>E imitando el acento y modales de la gitana, añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Una cosa diquelo yo en esta manica, que ha e suseder mu pronto y nadie
-saspera que susea... Un viaje me vasté á jaser, y no ae ser para má, que
-ae ser pa satisfasión e toos... Una presonilla está chalaíta por usté...</p>
-
-<p>El gaditano, siempre presumido, agregó:</p>
-
-<p>&mdash;Y usté por ella.</p>
-
-<p class="c">FIN<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187"></a>{187}</span></p>
-
-<hr />
-
-<p class="cb">
-MORRIÑA<br />
-</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188"></a>{188}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189"></a>{189}</span>&nbsp; </p>
-
-<p class="cb">
-<i>A Carmen Almario y Ossorio<br />
-de Espinosa</i><br />
-<br />
-<br />
-<i>en prenda de antigua amistad</i><br />
-<br />
-<br />
-<i>La Autora.</i><br />
-</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190"></a>{190}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191"></a>{191}</span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="MORRINA" id="MORRINA"></a>MORRIÑA</h2>
-
-<h3><a name="I-morr" id="I-morr"></a>I</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">S</span><small>I</small> el entresuelo que habitan en Madrid doña Aurora Nogueira de Pardiñas
-y su hijo único Rogelio no es ni de los menos obscuros ni de los más
-espaciosos, tiene en desquite la ventaja inestimable de encontrarse sito
-en la calle Ancha de San Bernardo, tan frontero á la Universidad
-Central, que, hablando en plata, aquello es vivir en la Universidad
-misma. Encajada la señora dentro de su butaca de gutapercha, en el
-rincón de la ventana, mientras <i>crece</i> y <i>mengua</i> su labor de calceta
-sin mirarla una sola vez, sigue los pasos al adorado chiquillo, y en
-cierto modo, salvando la distancia de la calle y calando el espesor de
-las paredes, le acompaña hasta el aula misma. Le ve entrar; al salir
-observa si se detiene en algún grupo, y con quién charla, y cómo se ríe;
-conoce á todos los camaradas, á los amigotes, á los antipáticos,<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192"></a>{192}</span> á los
-estudiosos, á los holgazanes, á los asiduos, á los que hacen rabona casi
-siempre. También está familiarizada con las caras de los profesores, y
-estudia su continente y su modo de responder al saludo de los
-discípulos, sacando de los signos exteriores importantes consecuencias
-psicológicas, relacionadas con el problema de los exámenes.&mdash;«¡Ay! Allí
-viene ya el viejiño Contreras, el de Procedimientos. ¡Qué afable!...
-¡Qué cara de santo! Anda despacito el pobre... bien se nota que padece
-reuma articular, como yo. ¡Malpecado! Me es simpático por eso. No, y
-sobre todo, porque sé que es blando y que le ha de dar á Rogelio un
-aprobado como una casa. Ahora sale Ruiz del Monte, tan almidonado y tan
-engreído. Parece todo él hecho de una pieza. ¡Pobres de nos! Con éste no
-valen empeños, ni influencias, ni... Arre que le han de saber los chicos
-la asignatura tan bien como él. Pues para eso, que les deje á ellos la
-cátedra... y la paga. ¡Ay! Ahí tenemos al señor de Lastra. Jorobadito es
-un poco. ¡Qué gracia, las caricaturas que los muchachos le sacan en
-clase! Y se pasa de campechano. Ahí está pegándole palmadas en el hombro
-á Benito Díaz, el amigacho de Rogelio. Me parece uno de esos señores que
-dejan rodar el mundo. Bendito él sea. No sé qué se saca de disgustar á
-las familias y crucificar á los pobres rapaces.»</p>
-
-<p>Suspendiendo el soliloquio, la señora se hincaba en el moño entrecano la
-aguja de calceta, rascándose los cascos ligeramente. De pronto la piel
-floja y rancia de sus mejillas se teñía de<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193"></a>{193}</span> rosa vivo, como si una brisa
-de juventud le orease las facciones.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay! Rogelio.</p>
-
-<p>Salía el estudiante, envuelto en su capa de embozos de felpa carmesí,
-con el hongo un tantico ladeado y la mirada fija, desde el primer
-momento, en la ventana aquella. Por lo común sonreía; pero á veces,
-poniéndose muy formal, llevaba tres dedos al hongo, y estirando el brazo
-con movimiento de marioneta, remedaba el saludo de los gomosos en el
-Retiro. Contestaba la madre amenazándole con la mano abierta y
-descuajándose de risa, cual si fuese nueva una gracia consuetudinaria
-ya. Después, el muchacho platicaba tres ó cuatro minutos con algunos
-condiscípulos; de refilón se metía con el fosforero, la billetera, el
-naranjero de la esquina y los dependientes de la tienda más próxima,
-acabando por echar un requiebro á las criadas que charloteaban á la
-puerta; y al fin subía á su domicilio, esperándole en el recibimiento
-doña Aurora. Las primeras frases solían ser por este estilo:</p>
-
-<p>&mdash;<i>Mater amabilis</i>... brinda el corporal sustento al fruto de tu
-vientre. Traigo un hambre que no la merezco. ¡Aaam! Si no llega pronto
-el bisteque, se producirán repugnantes escenas de canibalismo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;decía risueña la señora;&mdash;ya vendrá todo á parar en que te comerás
-dos aceitunas y una hebra de carne. Anda, pistraco, señorito de la media
-almendra.</p>
-
-<p>La habitación predilecta de la casa no era ni<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194"></a>{194}</span> la sala, siempre
-abandonada y desierta, ni el despacho de Rogelio, ni el gabinete de la
-señora: era el comedor, muy próximo á la antesalita. Allí estaba el
-reloj de pared, que consultaba para las horas de clase Rogelio, perezoso
-en dar cuerda á su remontuar; allí la mesilla, donde el cesto de la
-labor y la media empezada desaparecían bajo números del <i>Madrid Cómico</i>,
-de <i>Los Madriles</i> y de todas las <i>Ilustraciones</i> habidas y por haber;
-allí el sofá bajo, ancho y cómodo y las vastas poltronas; allí, sobre el
-aparador, el reparito del estómago, botella de jerez y bizcochos, ó, en
-verano, frutas que el chico gulusmeaba; allí, en una copa, el ramo de
-lilas frescas, ó los claveles que se ponía en el ojal; allí el botijón
-trasudando agua, y el azucarero, y el frasco del jarabe ferruginoso, y
-el abanico japonés, y la novela empezada, con la plegadera entre las
-hojas, y algún libro de texto, maltratado, mucho más que por el uso, por
-el mal humor y displicencia con que lo cogían y soltaban. Allí, en fin,
-la chimeneíta, la que funcionaba tan bien, la que consolaba de las
-cátedras glaciales y los desmantelados patios y pasillos del templo de
-Minerva. ¡Con qué gusto se ponía Rogelio, al llegar de clase, al canto
-de la lumbre, sin desembozarse, extendiendo las palmas hechas dos
-carámbanos! El calor desentumecía sus tejidos, activaba su empobrecida
-sangre, y le daba fuerzas para pedir, entre chistosos regaños y súplicas
-mimosas, el almuerzo, sintiendo casi la puntualidad con que se lo
-servían, porque se le acababa el<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195"></a>{195}</span> tema de sus humoradas y bromas. Aún no
-había él cruzado la puerta y ya estaba doña Aurora gritando:</p>
-
-<p>&mdash;Fausta... Pepa... Que llega el señorito... Almorzar por el aire...
-Niño, el jirope de hierro... ¿Te cuento las gotas amargas?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué mayores amarguras que las de la muerte por inanición? Usted,
-fámula encargada del ramo culinario, ¿se puede saber con qué deleitosos
-manjares piensa V. calmar hoy el hambre que me roe las entrañas? ¿Me ha
-destilado V. ambrosía celestial, néctar extraído del cáliz de las
-flores... ó callos y caracoles del <i>Petit Fornos</i>? ¡Sacadme de esta
-cruel incertidumbre!</p>
-
-<p>Risas sofocadas en la cocina.</p>
-
-<p>&mdash;¡Dénmele de comer á este loco, para que calle!</p>
-
-<p>Sentados ya madre é hijo, contadas las gotas y tragadas también, venía
-el sopicaldo humeante, el par de huevos estrellados, abuñoladitos, y el
-bisteque, el cual precisamente había de traerse del café cercano. Sólo
-así lo comía Rogelio. Por mucho que se esmerase Fausta, la vizcaína, no
-conseguía desbancar al cocinero del cafetín. Llegaba el rico pedazo de
-vianda medio cruda, encerrado entre dos platos, con sus patatas
-sopladas, tierno, jugoso, apetecible. Mientras Rogelio trinchaba
-preparándose á despachar las tajaditas, su madre le observaba con
-inquietud y avidez, lo mismo que si nunca hubiese visto aquel tipo
-delicaducho, tan diferente del ideal de las madres gallegas.<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196"></a>{196}</span> Veinte
-años espigados; palidez mate; ojos negros y alegres, pero de caído
-párpado y cárdenas ojeras; boca de espiritual dibujo y arqueada con
-finura, un poco amoratada de labios, con una dedada de bozo; nariz
-enjuta; pelo lacio y suave, del que suele llamarse <i>de ratón</i>; cabeza
-estrecha de sienes, garganta delgada, nuca con canal, muñecas planas y
-talle cimbrador, componían una figura no salida aún de la adolescencia y
-como detenida en su desarrollo por la clorosis que produce la vida de
-invernáculo, donde la planta necesitada de aire bravo y libre se ahila ó
-se seca. Así doña Aurora no podía disfrutar momento de tranquilidad con
-aquel hijo, si no precisamente enteco, al menos de complexión flaca y
-nerviosa, según revelaba su carácter, en que á la alegría propiamente
-infantil sucedían sin transición ratos de inexplicable abatimiento. Por
-eso le miraba comer, tan ansiosa como si cada buen bocado le cayese á
-ella en el estómago después de dos días de ayuno. Con el pensamiento le
-decía á la substanciosa carne: «Anda, fortaléceme á ese niño. Dale
-fibra, dale sangre, dale huesos. Házmele robustote, varonil, patrón. Que
-se vuelva un torito... aunque fuese así, á modo de un bárbaro... no
-importa, mejor, ¡ojalá! Mira que no me queda á mi otro cariño en el
-mundo sino este rapaz tan poca cosa.» Y agregaba en alta voz:</p>
-
-<p>&mdash;Come, hijiño, come, que la carne, carne cría.<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197"></a>{197}</span></p>
-
-<h3><a name="II-morr" id="II-morr"></a>II</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">D</span><small>OÑA</small> Aurora tenía su tertulia, y vespertina&mdash;nada menos que un <i>five
-o’clock</i>, como diría algún revistero&mdash;sólo que sin <i>tea</i>, ni ganas de
-él; porque caso de ofrecer algo á los tertulianos, la señora de
-Pardiñas, muy chapada á la antigua, optaría por unas buenas magras de
-jamón, ó cosa análoga. Como los amigos de la señora sabían que no
-acostumbraba salir á la calle sino por la mañana, de manto y arrebujada
-en su rotonda de pieles, á visitas de confianza ó á compras, y que las
-tardes se las pasaba haciendo media en la ventana del comedor, acudían
-fielmente, atraídos por la chimenea, las poltronas, la intimidad y el
-hábito.</p>
-
-<p>El mayor núcleo de relaciones de doña Aurora lo formaban compañeros de
-su difunto marido, magistrados, ó como ella decía en lenguaje
-profesional, «señores». Algunos, jubilados ya, eran los más constantes
-en acudir. Ciertos muebles del comedor teníalos vinculados determinada
-persona; la butaca de respaldo ancho se le reservaba á Don Nicanor
-Candás, el fiscal, aficionado á arrellanarse; la de gutapercha de
-asiento blando, á Don Prudencio Rojas; la de cretona rameada, á la vera
-de la chimenea, que nadie se la disputase al patriarca<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198"></a>{198}</span> Don Gaspar
-Febrero; este venerable sujeto era el alma de la tertulia, el más vivo,
-rozagante y animoso de los concurrentes, á pesar de sus ochenta y pico
-de navidades y su pata coja, quebrada al saltar de un tranvía. El primer
-cuarto de hora de conversación solía consagrarse al estado atmosférico y
-á la salud; ninguno de los respetables señores estaba sin alifafes y
-goteras; algunos eran ya una pura ruina; y el lamentar achaques y
-discutir métodos curativos resultaba siempre de actualidad. Allí se
-llevaba el alta y baja de los catarros crónicos, de los dolores
-artríticos, de los flatos y las acedías de cada quisque, y se
-deliberaba, tan solemnemente como en otro tiempo sobre una sentencia,
-sobre las ventajas del salicilato y las pastillas pectorales.</p>
-
-<p>Agotada la cuestión sanitaria&mdash;todo se agota&mdash;pasaban, casi siempre por
-iniciativa del señor de Febrero, á tratar otros asuntos más agradables.
-No podía sufrir el amable ochentón que se hablase tanto de botica,
-recetas y potingues.&mdash;«No parece sino que está uno con un pié en el
-sepulcro»&mdash;decía sonriendo y luciendo su brillante dentadura postiza. La
-conversación variaba de rumbo, pero casi nunca versaba sobre temas
-contemporáneos. Como gavota ejecutada por una abuela sobre viejo
-clavicordio, sonaba allí el anticuado ritornelo de las memorias y de las
-reminiscencias. Los diálogos solían empezar así.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se acuerda V.? Cuando me destinaron á la Gran Canaria, mandando
-Narváez...<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199"></a>{199}</span></p>
-
-<p>O de este otro modo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Que tiempos! Lo menos diez años antes que se sustanciase la célebre
-causa Fontanelas... Aún no había nacido mi hijo mayor...</p>
-
-<p>El señor de Febrero les iba á la mano también en esto de contar
-tristemente los lustros ya corridos, exclamando con juvenil viveza:</p>
-
-<p>&mdash;Qué, si eso pasó ayer, como quien dice. En la vida de una nación, nada
-significan miserables veinticinco ó treinta años.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero en la de un hombre...</p>
-
-<p>&mdash;Tampoco en la de un hombre, si Vds. me apuran. A los cuarenta, á los
-cincuenta llamo yo la flor de la edad.</p>
-
-<p>&mdash;Hable V. por sí... Usted ha descubierto el elíxir de larga vida. Más
-fresquito que una lechuga. En cambio, los demás parecemos zapatillas, y
-estamos para que nos saquen en un carro al sol.</p>
-
-<p>Con su muleta entre las piernas, Don Gaspar se reía, y como sacudiese la
-cabeza, relucían al reflejo del fuego los rizos argentados de su
-peluquín. Sentimos tener que pagar tributo á la exactitud descriptiva,
-consignando que llevaba peluca y dientes postizos el señor de Febrero:
-mas importa añadir que era tanta la verdad de su mentira, que eclipsaba
-á lo real, y engañaba al más lince. Revelando exquisito gusto y
-consumado arte, el anciano había encargado su peluca del color de la
-nieve, y la diadema de ligeros rizos canos que coronaba su frente de
-marfil era como majestuosa aureola, bien distinta de la tupida
-pelambrera con que los viejos<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200"></a>{200}</span> verdes se obstinan en reparar el
-irreparable ultraje de los años. Asimismo la dentadura, hábilmente
-contrahecha, algo desigual y gastada, con una mellita en el lado
-izquierdo, se la pegaba á cualquiera. Con aquel pelo tan decorativo; con
-el rostro escrupulosamente afeitado, de facciones correctas, muy
-expresivas aún; con la pulcritud y dignidad afable de su persona, Don
-Gaspar recordaba las mejores cabezas del siglo XVIII, tal como nos las
-ha conservado la miniatura. Daba pena que no vistiese chupa de raso
-bordado. El traje de paño no le caía. Hasta la muleta de ébano, con
-almohadón de terciopelo azul, realzaba y completaba la autoridad de su
-presencia. A fuer de hombre de otras épocas que ya fenecieron, Don
-Gaspar, en cuanto veía mujeres, se encandilaba, y le chorreaban azúcar y
-miel los labios: hasta con la misma señora de Pardiñas, enteramente
-fuera de combate, no prescindía de sus formas, más que corteses,
-galantes y rendidas.</p>
-
-<p>A aquel viejo que llevaba tan serena y elegantemente la vejez, le
-cosquilleaba en la vanidad de un modo grato oir á los contertulios,
-todos cascados, todos asmáticos y catarrosos, todos ostensiblemente
-calvos, que le decían en tono de envidia:</p>
-
-<p>&mdash;Este Don Gaspar... es mucho cuento. Nos entierra á cuantos venimos
-aquí.</p>
-
-<p>Otra satisfacción de amor propio muy grande era la de probarles la
-frescura y nitidez de su memoria: y la disfrutaba á menudo, porque en la
-tertulia de la señora de Pardiñas se hilaba continuamente<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201"></a>{201}</span> el copo de
-los recuerdos, del cual salía una hebra de oro, pero oro amortiguado ya,
-como el de las antiguas casullas. Era la memoria de Don Gaspar una
-especie de armario de cedro, donde se guardaban perfumados,
-empaquetados, clasificados, íntegros, los sucesos, los nombres, las
-fechas y hasta las palabras.&mdash;«Este señor de Febrero es una cartilla
-vieja»,&mdash;solía decir doña Aurora. Cuando se discutía algo, apelábase al
-arbitraje de Don Gaspar.&mdash;«¿Verdad, señor de Febrero, que la causa
-Zaldívar, de Sevilla, se elevó á plenario en el invierno del 56?»&mdash;«No,
-señor, el 57: y por cierto que ocurrió eso hacia el 15 de Diciembre...
-digo mal, el 16, cumpleaños del amigo Don Nicanor Candás.»</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero, hombre!&mdash;exclamaba el aludido cuando llegaba á
-enterarse.&mdash;¡Reniego hasta de quien hizo su memorión de V.! ¡Pues no va
-este maldito gallego á acordarse de la fecha de mi cumpleaños, que yo
-mismo no me acuerdo nunca! Los años nadie me los ha de robar, con que no
-veo la necesidad de llevarlos por cuenta exacta.</p>
-
-<p>Don Nicanor Candás, fiscal jubilado, asturiano, malicioso y presumido á
-fuer de buen ovetense; listo como una pimienta y más atravesado que una
-espina, daba mucho que reir á la tertulia metiéndose con el señor de
-Febrero, á quien llevaba la contraria por sistema, sin respetar sus
-fueros patriarcales y su decanato glorioso. Para mejor marear á su
-contrincante, adoptaba Candás un método raro, que no carecía<span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202"></a>{202}</span> de chiste.
-Fingíase sordo como una pared, y llevaba siempre en el bolsillo del
-gabán una trompetilla de plata que se introducía en el oído cuando le
-convenía responder acorde y rebatir al contrario, y que decía haber
-olvidado en casa cuando le daba la gana de contestar yéndose por los
-cerros sin atender á razones ajenas. Tal estratagema era de resultado
-seguro, y conseguía ponerle á salvo de todos los riesgos de la disputa.
-En su lenguaje, el señor de Candás era crudo y ordinario, tanto como Don
-Gaspar atildado, atento y melifluo, y por semejante modo de hablar
-desentonaba en la reunión. Ni era sólo por esto, sino también porque era
-el único que prefería las noticias de actualidad á los recuerdos, el
-único que vivía con un pié en lo presente, el único que traía á aquel
-enmohecido senado una corriente de aire callejero y de vida real. Don
-Gaspar, en tono agridulce, le llamaba «nuestro reporter».</p>
-
-<p>La portentosa memoria del ochentón se confundía y embrollaba al tratarse
-de sucesos recientes, y Candás, aprovechándose de esta deficiencia en
-las admirables facultades del patriarca, siempre estaba tomándola con
-él.&mdash;«A ver,&mdash;decía,&mdash;cómo se iba á componer nuestro Don Gasparín para
-probar una coartada. Muy fuerte en todo lo que se refiere al ministerio
-Calomarde ó á la regencia de Espartero, y no sabe por dónde anduvo esta
-mañana misma.» Y remedando la voz de Don Gaspar, añadía: «¿Qué hice yo
-ayer tarde? Espérense Vds.. ¿Fuí á casa de Rojas? Me parece que sí...
-Digo, no, no.<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203"></a>{203}</span> Estuve paseando en Recoletos. Con todo, no se lo juraría
-á Vds.»</p>
-
-<p>Esta observación cómica relativa al patriarca, podía hasta cierto punto
-aplicarse á los demás tertulianos. Diríase que para ellos no existía lo
-actual, y sólo lo pretérito tenía vida y realce. Las noticias del
-reporter Don Nicanor las comentaban tres minutos, con esa tendencia
-pesimista que aflige á la edad senil; después volvían á subir corriente
-arriba, engolfándose muy á gusto entre las nieblas de los años
-desvanecidos. Quizá en esto influyese, además de la vejez, el carácter
-que imprime la magistratura, profesión cuya base son nociones
-científicas estratificadas ya, un derecho puramente histórico, en que el
-espíritu de innovación es una herejía, y en que se resuelven problemas
-jurídicos de hoy con el criterio de la ley romana ó del fuero visigodo.
-Así es que cabía comparar la reunión de casa de Pardiñas á una peña
-inmóvil en medio del mar de la existencia. No veían los excelentes
-«señores» que también en la polilla de los legajos palpitan gérmenes y
-late el ímpetu renovador: apegados á fórmulas vanas, creían custodiar un
-licor sagrado, cuando en sus manos no quedaba ya sino la ampolla vacía;
-y, al tratarse de novedades, en el mismo grado de heterodoxia ponían el
-uso de la barba, las audiencias de perro chico, el Jurado y la revisión
-de códigos.<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204"></a>{204}</span></p>
-
-<h3><a name="III-morr" id="III-morr"></a>III</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">A</span><small>QUELLA</small> asamblea de sonámbulos se despertaba y alborozaba al entrar
-Rogelio, quien, por las tardes, antes de salir á pié ó en coche,
-acostumbraba dejarse ver en la tertulia, riendo mucho de lo que ocurría
-en ella, pero sin malicia, con travesura de chico mimado. Habíale puesto
-de mote <i>Inútil Club</i>; á Candás, por su calva amarilla y enorme, le
-llamaba <i>Laín Calvo</i>; y al afeitado y galante señor de Febrero, <i>Nuño
-Rasura</i>. Las criadas repetían por lo bajo estos apodos. La misma señora
-de Pardiñas se reía en secreto, aunque aparentaba enfado diciendo al
-chico:</p>
-
-<p>&mdash;Está muy mal que te burles... ¡Tanto como los pobres señores te
-quieren!</p>
-
-<p>Sí que le querían. Al aparecer Rogelio, era como si algún rayo de sol
-dorado y caliente se deslizase en una de esas habitaciones cerradas,
-donde muebles, cortinas, papel y cuadros, han adquirido el desmayado
-matiz del polvo y la humedad. Todos los viejos amaban entrañablemente al
-chico: el uno le había visto en mantillas; el otro había asistido á su
-primera comunión; éste le traía juguetes cuando pasó la escarlatina;
-aquél, compañero de Sala é íntimo amigo de su padre, chocheaba
-recordando los dulces del bautizo... Si se dejasen llevar del<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205"></a>{205}</span> primer
-impulso, á pesar de la orla negra que realzaba el arqueado labio
-superior de Rogelio, serían capaces de besuquearle los carrillos y
-traerle caramelos y cacahuetes. Para ellos era siempre el pequeño, el
-<i>rapaz</i>: cierto que, por un fenómeno natural de óptica, los excelentes
-tertulianos de la señora de Pardiñas propendían á seguir considerando
-como niños á los jóvenes, y como jóvenes á los machuchos. Se les oía
-decir, verbigracia: «¿Conque se murió Valdivieso? ¡Hombre, pues si
-estaba en lo mejor de la edad, si era un chico!» Y necesitaba intervenir
-el maligno asturiano, haciendo de la diestra embudo acústico, ó
-metiéndose la trompetilla: «¡Caray, caray con los chicos que sueñan
-Vds.! Valdivieso no cumplía ya los cincuenta.» «No tanto, no tanto.»
-«¿Que no tanto? Y los que mamó y anduvo á gatas.»</p>
-
-<p>Al tratarse de Rogelio, extremaban la manía de no advertir que el tiempo
-pasa y hacerse los distraídos cuando suena el reloj. Cada año que ganaba
-en la carrera de Derecho, era para ellos un asombro: no le concebían
-abogado: quisiéranle deletreando todavía en la escuela. Lo cual no
-dejaba de amoscar al estudiante. Al regresar de una excursión de veraneo
-á San Sebastián, sucedió que le preguntase con la mejor fe del mundo el
-señor de Rojas:</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo te habrás divertido, eh? ¡Todo el día corriendo y jugando por la
-playa!</p>
-
-<p>Y el chico respondió, sin descubrir el amostazamiento sino con un mohín
-de pillería truhanesca:<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206"></a>{206}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya! Muchísimo. Hice agujeritos y chocitas con la arena. ¡Gocé más!</p>
-
-<p>En el fondo, el buen corazón del chico se había apegado á la colección
-de honrados vejestorios que frecuentaba su casa. Aquel mismo señor de
-Rojas (por ejemplo), le infundía un respeto cariñoso, por su
-justificación y rectitud intachable. Si Temis descendiese á este bajo
-mundo, se hospedaría en casa del señor de Rojas, y encontraría allí
-altar y simulacro (de madera, según Candás). Estricto celador del
-sentido literal de la ley, Rojas marchaba por el angosto camino que
-veía, sin titubear, alta la frente y tranquila la conciencia. Persuadido
-de la altísima dignidad de su cargo, cubría las exigencias del decoro
-social á costa de una economía y una modestia inverosímiles de puertas
-adentro, comprendido y secundado en esta obra heroica por su mujer. No
-conocía influencias políticas, ni amistosas, ni de ninguna especie.
-Pasaron por sus manos asuntos en que se atravesaban millones, y la
-codicia, que no es sino instinto de conservación en forma de
-adquisividad, ni resolló siquiera. Por eso el severo nombre de Prudencio
-Rojas era pronunciado, ya con veneración, ya con la solapada y
-disolvente ironía que adopta el vicio para desacatar á la virtud. El
-cáustico Don Nicanor llamaba á Rojas <i>fantoche del Derecho</i>. Decía que
-todo en él era de palo, la inteligencia y el carácter; sin ver ó sin
-querer ver que esta clase de hombres, cuando las leyes fuesen perfectas
-dentro de lo humano, podrían, con su firmeza é integridad<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207"></a>{207}</span> en
-aplicarlas, hacer reinar la edad de oro.</p>
-
-<p>Muchas tardes, especialmente si hacía frío riguroso ó llovía ó nevaba,
-Rogelio, en vez de salir, se acurrucaba en el rincón del ancho sofá, y
-atendía á las soñolientas conversaciones de los viejos. Cuando podía,
-trataba de dirigirlas hacia un punto para él muy interesante: nunca se
-cansaba de oir hablar de su tierra, Galicia, de donde había salido muy
-pequeño. Casi todos los tertulios, ó eran de allí, ó allí habían pasado
-largas temporadas desempeñando puestos en la Audiencia de Marineda; y
-hacíanse lenguas de la benignidad y salubridad del clima, lo barato y
-sabroso de los alimentos, lo tratable y afectuoso de la gente, y la
-hermosura extraordinaria del país.</p>
-
-<p>&mdash;No sé cómo nuestra amable amiga doña Aurora no lleva allá á este pollo
-para que conozca su cuna&mdash;decía el señor de Febrero sobando el cojín de
-la muleta.</p>
-
-<p>&mdash;Si siempre estoy proyectándolo&mdash;contestaba la señora&mdash;y es de esos
-planes que tienen desgracia. La verdad, ustedes comprenden que hasta el
-día todo se me ha vuelto dificultades y tropiezos.</p>
-
-<p>&mdash;Di que eres muy remoloncita, <i>mater admirabilis</i>&mdash;objetaba el
-hijo.&mdash;Por tu gusto serías árbol, para echar raíces donde te plantasen.</p>
-
-<p>&mdash;Lo mismo que te llevo á San Sebastián, á Galicia te hubiese llevado,
-niño; pero no fué posible. ¿Crees tú que no me llama á mí la tierra?<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208"></a>{208}</span>
-Los que allá nacimos... es tontería; no tenemos más ganas que de volver,
-ni perdemos nunca la querencia.</p>
-
-<p>&mdash;Y los que no nacimos lo mismo&mdash;intervino Don Nicanor Candás, armado de
-trompetilla.&mdash;Ahora daba yo el dedo meñique por pasarme un año en
-Marineda; mejor me voy allá que á Oviedo ó á Gijón.</p>
-
-<p>&mdash;Pero á mí&mdash;prosiguió la señora&mdash;siempre se me descomponía el plan,
-como si anduviesen en ello las brujas. ¿Tienes gana de volver á tu país
-antes de cerrar el ojo? Pues fastídiate, y aguarda hasta que te caigas
-de vieja. Verán Vds.:&mdash;y contaba por los dedos.&mdash;Primero: que la
-incompatibilidad. Deje V. su familia, su casa, sus bienes, y váyase V. á
-rodar de zeca en meca, con un niño pequeñito y que siempre fué delicado,
-de Oviedo á Zaragoza, luego, con lo de la Regencia, á Barcelona, luego
-al Supremo aquí... Mi matanza toda era decirle á Pardiñas: jubílate,
-hombre, jubílate, y volvámonos á la terriña, á no dejar por ahí nuestros
-huesos. Para vivir nos sobra con lo nuestro, y los hijos no son tantos
-que nos agobien. Pero... como ya saben Vds. lo que era mi pobre marido,
-que no es que yo lo diga...</p>
-
-<p>Rumor de simpatía en la asamblea.</p>
-
-<p>&mdash;Creía que en seguir la carrera hasta el fin consistía su obligación...
-¡En nombrando al deber! En fin, tenía aquella idea y era preciso
-respetarla. Y después, como se puso ya tan malito...</p>
-
-<p>Aquí la voz de la señora se enronquecía algo;<span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209"></a>{209}</span> llevaba la mano al
-bolsillo, y se sonaba, aplicando luego el pañuelo á los ojos.</p>
-
-<p>&mdash;De manera&mdash;repetía suspirando y encogiéndose de hombros&mdash;que cuando
-llega la hora... Después, ya saben Vds. cómo me vi con mis cuñadas, y la
-de pleitos y de embrollas que me armaron. Creí que nunca me desenredaba.
-De allá me escribían los amigos antiguos: «Que vengas, que vengas, que
-en un día haces más desde aquí que desde ahí en un año.» ¿Qué quieren
-Vds.? Me daba miedo la diligencia. Con este reuma, pensar en embutirme
-en aquellos carricoches, que á lo mejor no tenían un cristal para un
-remedio... Así que se transigieron bien que mal las cuestiones y se
-devanó el ovillo de la testamentaría, cate V. que ponen el tren directo
-hasta Marineda... Pero ya se me había enfriado el alma, porque volver
-allá para encontrarse de esquina con toda la parentela...</p>
-
-<p>&mdash;Mamá, con toda no. Muchos parientes, según tus mismas noticias, están
-de nuestra parte.</p>
-
-<p>&mdash;Bah... Yo qué sé. En nuestra tierra, rapaz, es difícil saber quién
-está por uno y quién en contra. En ese particular he recibido desengaños
-atroces. A lo mejor te venden amistad mientras te clavan el cuchillo
-hasta el mango. La verdad se ha de decir: por allá no somos así...
-francotes y reales, como los castellanos viejos.</p>
-
-<p>&mdash;Habla V. como un libro&mdash;asentía el señor de Candás, no desperdiciando
-la ocasión de sacar las uñas.&mdash;El gallego reunirá los méritos que V.
-guste; pero á retorcido y escurridizo y<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210"></a>{210}</span> falso no le gana nadie. No
-contrate V. con él de palabra sólo, carapuche, que no tienen fe, ó si la
-tienen es púnica. Cómo será el gallego, que los gitanos no se atreven á
-colarse nunca por allí, temerosos de salir engañados.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cuidadito con insultar á la tierra!&mdash;decía festivamente Rogelio.</p>
-
-<p>&mdash;Sí es cosa averiguada. A Galicia no va un gitano. Más chalanes y más
-socarrones son ellos que toda la gitanería junta. ¿Y en litigar? ¡Santo
-Cristo de mi pueblo! Nacieron pleiteantes. Le envuelven á V., home; el
-aldeano más rudo le da á V. cien vueltas.</p>
-
-<p>&mdash;Eso prueba,&mdash;alegaba el señor de Febrero&mdash;que somos gente despabilada;
-no me lo negará V.</p>
-
-<p>El señor de Candás, quitándose del oído el cañuto de plata á fin de no
-hacer caso de la observación y despacharse á su gusto, proseguía:</p>
-
-<p>&mdash;Y hay tontines que llaman á los gallegos listos; yo lo que digo es que
-son maulas: si fuesen listos no andarían siempre hechos unos pobretes,
-comidos de miseria, roídos de envidia, sin salir nunca de pobres y de
-quejumbrosos. Son la casta de gente más llorona que he conocido. Todo se
-les vuelve pucherines y lamentos.</p>
-
-<p>La tez de marfil del señor de Febrero se encendía un poco, porque le era
-imposible habituarse á las malignas descortesías de <i>Laín Calvo</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Eso es algo fuerte, señor Don Nicanor; repare V. que aquí estamos en
-mayoría los gallegos.<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211"></a>{211}</span> ¿Le gustaría á V. que yo le repitiese ahora
-aquella vulgaridad de «asturiano, loco, vano, mal cristiano?»</p>
-
-<p>&mdash;Hay&mdash;proseguía el fiscal imperturbable&mdash;una tanda de memos en polvo
-que se alborotan cuando oyen decir esto; pero ello es ya tan sabido, que
-de puro sabido se calla. El gallego tiene alguna penetración, corriente,
-sobre todo cuando se trata de discurrir maneras de jeringar al prójimo;
-y, sin embargo, ni sabe cultivar la industria, ni salir de aquella
-escasez en que vive. Le ve V. resignado con su mendrugo de pan de maíz,
-hecho un pelele, sin ropa, sin comer carne, sin beber vino una vez en el
-año... Le ve V. que con su fama de avispado, á veces parece más alma de
-cántaro que los mismos aragoneses. Es tacaño y ahorrará un <i>ochavitu</i>
-aunque se lo saque del pellejo con una raspa; pero no tenga V. miedo que
-discurra para agenciarse ese ochavo, ni que se anime á trabajar de veras
-por el aliciente de un duro. Nada: con tal que no le perturben en su
-rutina y en su haraganería... Así ve V. que ahora tienen esa red de
-ferrocarriles, ¿y para qué les sirve? No moverán el dedo para atraer á
-los veraneantes. ¡Aquel agrado, aquella limpieza de la gente
-donostiarra!</p>
-
-<p>&mdash;A este Don Nicanor hay que matarle ó dejarle&mdash;objetaba furioso Nuño
-Rasura.&mdash;Como no atiende á razones... ¿Dónde está esa red ferrocarrilera
-de que habla? ¡Bonita red! Llena de agujeros. ¿Quiere que todo se haga
-en un día? Milagros sólo Dios. Todo se andará, con paciencia<span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212"></a>{212}</span> y tiempo.
-Mire ya mi Don Nicanor la importancia que va adquiriendo la bellísima
-Vigo. Aquel clima tan fresco, aquellas costas y aquellas rías son la
-admiración de la prensa. ¡Y aquellas mujeres... mejorando siempre lo que
-tenemos delante, pero mi buena amiga también es de allá! ¿Y aquel
-pescado tan especial? ¿Qué me dice V. de él?... Amiga queridísima doña
-Aurora, yo no he vuelto á comer sardina ni lenguados desde que me vine.
-Antes de la caída de O’Donnell, recuerdo que estábamos tomando baños en
-Marín, y nos trajeron á la puerta un rodaballo...</p>
-
-<p>Aquí volvía el ochentón á hilar el copo de los recuerdos, y Rogelio, con
-el codo en el sofá y en la palma la mejilla, escuchaba embelesado.
-Parecíale que estaban contando alguna tradición de familia. El aposento
-y la tertulia adquirían aspecto de cariñosa intimidad: la atmósfera
-moral y material era templada: el mundo era mullido y acolchado como el
-almohadón donde reclinaba su cuerpo. Cada tertuliano era para él, si no
-un padre, por lo menos un tío carnal. En derredor suyo reinaba la más
-dulce seguridad; y así como en ciertas moradas lujosas se traslucen el
-ahogo y la escasez, en aquel comedor modestísimo se transparentaba el
-bienestar casero, la más dorada mediocridad que pudo soñar ningún poeta
-ni apetecer ningún filósofo. La armonía y la moderación son siempre
-hermosas, y Rogelio, sin definir esta belleza que le rodeaba, la sentía
-y se envolvía en ella como el pájaro en el plumón de su nido. Y mientras
-en<span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213"></a>{213}</span> la chimenea chisporroteaba la leña ardiendo, y de la cocina venía
-amortiguado el repique del almirez, y discutían los viejos y la madre
-activaba las agujas de su media, el muchacho, sumido en vaga
-contemplación, fantaseaba cómo sería aquel país bonito, aquella Galicia
-verde, llena de agua, de flores y de muchachas mimosas.</p>
-
-<h3><a name="IV-morr" id="IV-morr"></a>IV</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">L</span><small>A</small> calle enterita, tiendas, puestos ambulantes, criadas y vecindad,
-conocía á Rogelio: como suele decirse, todo el mundo le debía un cuarto.
-Eranle familiares los establecimientos, ó, mejor dicho, humildes
-tenduchos de loza, ultramarinos, novedades, cordelería y periódicos, que
-se incrustan entre las viejas é imponentes casas solariegas de la calle
-Ancha, animada por la concurrencia de los estudiantes y por el ascenso y
-descenso de los tranvías.</p>
-
-<p>Pero con quien la emprendía Rogelio más á menudo, era con los cocheros
-simones, de los cuales existe un puesto en la plazuela de Santo Domingo.
-Rara vez salía de casa doña Aurora que el reuma ó el frío ó el calor no
-la determinasen á enviar por uno de aquellos vehículos tan destartalados
-y feos, pero tan cómodos y accesibles; ella les llamaba enfáticamente
-«sus<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214"></a>{214}</span> trenes», y aseguraba riendo que siempre tenía el coche enganchado
-y á la puerta, con un cochero tan puntual, que no se hacía esperar una
-vez sola. Rogelio, á fuer de hijo único y rico, se permitía otros lujos,
-y su madre le pagaba la pensión de dos caballitos moscas y el alquiler
-de un milor flamante en casa del alquilador Agustín Cuero, para que los
-días festivos bajase al Retiro ó adonde le diese la gana (no
-consintiéndole caballo de silla por temor á un lance peligroso). Pero á
-la señora primero la matarían que usar de aquel tronco juguete: que la
-dejasen con sus pacíficos simones; á no ser algún día, por decoro y para
-hacer visitas, maldito lo que le importaba la farsa de que el coche
-estuviese más barnizado y el cochero llevase guantes y unas zaleas de
-carnero por los hombros. Con el uso frecuente y las razonables propinas,
-todo el personal cocheril de la plaza estaba á devoción de doña Aurora,
-y muy prendado de la buena sombra del señorito. Este no les dejaba
-vivir, máxime á sus paisanos, los gallegos, con quienes la tenía siempre
-armada. Decíales mil disparates acerca de su tierra; les tarareaba la
-muiñeira; les hablaba con la <i>u</i>, á guisa de sirviente de comedia de
-Ayala; y si por milagro llegaban á amoscarse, les decía:</p>
-
-<p>&mdash;Auriga veloz, yo también soy galleguiño, maruso, de pralá.</p>
-
-<p>A lo cual solían ellos responder:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué señorito tan <i>pavero</i>!</p>
-
-<p>Cuando venía á comprometer á alguno porque lo necesitaba su madre, desde
-una legua<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215"></a>{215}</span> que le viesen ya estaban riéndose y bajando la alquila. Y él
-solía entrar en escena dirigiéndoles retahilas semejantes:</p>
-
-<p>&mdash;Automedonte alígero, vapulea á tu fogoso corcel para que se beba la
-distancia hasta mi encantado palacio. Ya el generoso bridón tasca
-impaciente el dorado freno. ¿No ves cual le rocía de cándida espuma?
-Buloniu, ¿en qué estabas pensando que no me veías de venir?</p>
-
-<p>&mdash;Señorito... estaba á leer <i>La Correspondencia</i>.</p>
-
-<p>&mdash;<i>¡La Correspondencia!</i> ¿Qué profieren tus sacrílegos labios? <i>¡La
-Correspondencia!</i> ¡Rabo de Satanás! ¡Una hoja revolucionaria, anárquica
-y nihilista! Arroja pronto ese veneno, antes de apropincuarte á la
-mansión honrada de los pacíficos ciudadanos. ¡Acude, corre, vuela,
-simón! ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Anda, burrachu, demagogo!</p>
-
-<p>Cuanto mayores extravagancias ensartase, más se reían los cocheros.</p>
-
-<p>Una mañana salió Rogelio, ya embozado en su capita hasta los ojos, pues
-las postrimerías de Octubre tenían la atmósfera en punto de sorbete,
-aunque el alegre sol madrileño brillase en todo su esplendor. Tratábase
-como siempre de buscar un cochecillo para doña Aurora. Al llegar á la
-esquina de la plazuela, divisó á uno de sus trenes predilectos: una
-berlina algo menos indecente, con forro de sagrén avellana no tan
-mugriento y sobado como el de la mayor parte de estos vehículos. El
-cochero, rubio, gordo, coloradote, atendía por Martín y era<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216"></a>{216}</span> gallego.
-Rogelio venía llamándole con señas y gritos:</p>
-
-<p>&mdash;¡Martín, el de la capa! ¡Ah de la imperial carroza!</p>
-
-<p>Hablaba el simón con una mujer cuyo rostro no podía ver el estudiante;
-pero á la voz de éste se volvió, y Rogelio hubo de notar que era moza,
-no mal parecida, de aspecto humilde y vestida de luto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Señorito, qué cuaselidá!&mdash;exclamó Martín al conocer á Rogelio.&mdash;Esta
-joven (el cochero pronunciaba <i>joven</i> con <i>g</i>) viene en busca de la casa
-del señorito, y me preguntaba el camino ahora. Es paisana nuestra. Trae
-una carta...</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere V. dejarme ver el sobre?&mdash;indicó el estudiante, que al
-dirigirse á la muchacha varió enteramente de modales y de tono.</p>
-
-<p>La muchacha alargó el billete, que lo era, y bien chico.</p>
-
-<p>&mdash;¡Calle! Es para mamá. Véngase V. conmigo; yo le enseñaré la casa. Tú,
-simón, sigue nuestra resplandeciente estela con tu carroza imperial,
-tirada por ese lánguido cisne.</p>
-
-<p>&mdash;Dios se lo pague, señorito&mdash;dijo la muchacha con voz bien timbrada y
-dulce, y acento cantarín, como suelen tenerlo las gallegas
-ribereñas.&mdash;No necesita molestarse. Ya veo desde aquí el portal de la
-casa, que el cochero me lo señaló.</p>
-
-<p>&mdash;Si yo también llevo ese camino. Ningún trabajo me cuesta.</p>
-
-<p>Sin otra discusión, la muchacha rompió á andar, y Rogelio, por instinto,
-se colocó á su<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217"></a>{217}</span> izquierda, como haría con una dama. A los diez pasos le
-pesaba ya de su galantería. En primer lugar, menuda chacota le
-arrimarían sus compañeros si acertaban á encontrarle acompañando tan
-cortés á una individua de pañuelo á la cabeza y saya lisa de merino. En
-segundo, Rogelio atravesaba esa edad en que un chico criado algo
-falderamente, en la casta atmósfera maternal, no puede evitar una
-impresión de cortedad penosa cuando trata con mujeres desconocidas aún.
-Cierto que las de condición inferior no le atarugaban tanto: las
-señoritas eran su muerte: siempre creía que se burlaban de él, que
-cuanto le decían era pura matraca, que no hacían sino tomarle el pelo,
-gozarse en su confusión y comentarla luego á solas, con maliciosa y
-despiadada ironía; pero ahora, al lado de la muchacha vestida de luto,
-experimentaba la misma turbación, porque, á pesar de su pobre traje, no
-tenía pinta de lo que se entiende por mujer ordinaria. «¿La diré algo?
-¿Se reirá de mí? Más se reirá si me quedo mudo. No, la palabra hay que
-dirigírsela». Entonces se le ocurrió preguntar con suma formalidad:</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién le envía á mamá esa carta? ¿Lo sabe V.?</p>
-
-<p>&mdash;Sé; sí, señor. ¿No he de saber? Las señoritas del general Romera. ¿No
-las conoce?</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya si las conozco! El general Romera fué amigo de papá. Hace tiempo
-que no las vemos.</p>
-
-<p>&mdash;Estuvo malita doña Pascuala, la mayor.<span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218"></a>{218}</span> Tuvo una cosa que le dicen
-<i>enginas inflamadas</i>. ¡Ay! Muy mala estuvo.</p>
-
-<p>&mdash;Y ahora, ¿sigue mejor?&mdash;interrogó Rogelio por seguir hablando, aunque
-las anginas de doña Pascuala no le quitaban el sueño.</p>
-
-<p>&mdash;Ya sanó de todo. Pues si no sanase, tampoco me marchaba yo de <i>junta</i>
-ella.</p>
-
-<p>&mdash;¿Estaba V.... allí?&mdash;(Rogelio no se atrevió á decir <i>sirviendo</i>.)</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor, desde que vine de <i>allá</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¿Conque galleguita?</p>
-
-<p>&mdash;No tengo por qué negarlo.</p>
-
-<p>&mdash;Ni yo tampoco, caramba.</p>
-
-<p>&mdash;No, señor, por cierto. Es una tierra muy buena, mejor que la de Madrí
-y la de todo el mundo.</p>
-
-<p>Rogelio sonrió, agradado del patriotismo de la muchacha, y comenzando á
-sentirse bien con ella, porque le parecía incapaz de burlarse de nadie.
-Estaban próximos á la casa: Martín, que se había adelantado, paraba su
-jamelgo, operación más fácil que la de obligarle á salir al trote, y,
-desde el portal, doña Aurora hacía señas á su hijo.</p>
-
-<h3><a name="V-morr" id="V-morr"></a>V</h3>
-
-<p>&mdash;Mamá, aquí te traen una amorosa epístola.</p>
-
-<p>&mdash;¿Esta chica?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señora... De las señoritas de Romera.<span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219"></a>{219}</span></p>
-
-<p>&mdash;A ver, venga. Puede que sea cosa de despachar acto continuo.</p>
-
-<p>Pero apenas hubo roto el sobre, la señora se echó á reir.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué chiflada estoy! Sin mis gafas... Rapaz, lee tú.</p>
-
-<p>Desplegó Rogelio la misiva, y ahuecando la voz, comenzó así:</p>
-
-<p>&mdash;«Alta y poderosa y sobajada señora; si la vuestra fermosura...»</p>
-
-<p>&mdash;Mira, niño, lee formal, que aquí corre un frío de los diablos y con el
-reuma mis caderas no están para músicas.</p>
-
-<p>En tono natural leyó Rogelio:</p>
-
-<div class="blockquot"><p>«Nuestra más distinguida amiga: La dadora, Esclavitud Lamas,
-manifestará á V. el favor que pide. Nosotras sólo podemos
-atestiguar que todo el tiempo que estuvo en esta casa, observó
-ejemplar conducta, sin faltar nunca á su obligación; tanto, que su
-marcha nos deja muy disgustadas, por no tener queja ninguna de
-ella, al contrario.</p>
-
-<p>«Quedan de V. afectísimas sus antiguas amigas,</p>
-
-<p class="r">
-«<span class="smcap">Pascuala y Mercedes Romera</span>.»<br />
-</p></div>
-
-<p>&mdash;¿No dice más, hijo?</p>
-
-<p>&mdash;Trae una posdata tonta. No la leo, ea.</p>
-
-<p>&mdash;¿Una posdata tonta?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; que por qué no me dejo ver, que ya estaré hecho un buen mozo...
-Las bobadas de cajón.</p>
-
-<p>&mdash;Te lo estoy diciendo siempre, rapaz,&mdash;exclamó<span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220"></a>{220}</span> la madre con
-viveza.&mdash;Nunca subes diez minutos á casa de esas pobres señoras que te
-quieren tantísimo. Como que te han conocido así, hecho un muñeco.
-Pensarán que es culpa mía. Pues bastantes veces te hablo de ellas.
-¡Pascuala y Mercedes! Si tú no vas iré yo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero, <i>mater terribilis</i>, si en cuanto piso aquella antesala me entra
-un sueño... y no hago sino bostezar!</p>
-
-<p>&mdash;Pues son unas santas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Amén; yo no les quito su santidad; sólo digo que son tan pesaditas,
-tan patosas! Hablan á dúo como los alemanes de <i>La Diva</i>, «Rogelito,
-¿qué tal la mamá? ¿Y los estudios?»&mdash;Al decir, así imitaba la voz
-cascada y el acento malagueño de las solteronas.</p>
-
-<p>&mdash;Valiente pinturero estás tú,&mdash;murmuró la señora reprimiendo la
-risa.&mdash;No sé por qué te han de dar sueño Pascuala y Mercedes.</p>
-
-<p>&mdash;Insondables enigmas del corazón humano. Arcanos profundos. En aquella
-<i>dimora casta è pura</i> flota en la atmósfera un beleño letal.</p>
-
-<p>&mdash;¡Farsante!</p>
-
-<p>Mientras duraba esta escaramuza entre la madre y el hijo, la muchacha
-esperaba inmóvil, sin levantar los ojos del suelo. Doña Aurora se hizo
-cargo y se encaró con ella.</p>
-
-<p>&mdash;Hija, dispense V. Aquí dice que V. me explicará el objeto de su
-venida. ¿Quiere subir?</p>
-
-<p>&mdash;No, señora... Por mí no se moleste. Aquí mismo...</p>
-
-<p>&mdash;A ver, no tenga V. reparo. ¿Alguna recomendación?<span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221"></a>{221}</span></p>
-
-<p>&mdash;Recomendación, no, señora. Es que yo quiero entrar á servir en casa de
-V.... ó de otra familia gallega,&mdash;añadió después de una pausa.</p>
-
-<p>Doña Aurora miró fijamente á la postulante, y creyó advertir que se
-ruborizaba un poco.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted... no estaba contenta con las señoritas de Romera, según eso?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señora; por contenta sí... y me parece que ellas también conmigo;
-ya lo ve por la carta que me dieron. Por lo que es de las señoritas,
-estaría yo en la santa gloria, que son muy buenísimas, no despreciando:
-Dios las florezca. Sólo que á las veces... hay personas buenas y no se
-hace uno con ellas. Esas señoritas son de allá de Málaga, en tierra de
-Andalucía, y tienen unas costumbres y unas comidas que yo no las
-entiendo. Hasta el habla suya es atravesada para mí. Cuando me mandan
-hacer una cosa y no comprendo, me quedo como si me leyesen la sentencia
-de muerte. Y luego, señora, la verdad por delante: el no estar entre
-gente de su tierra, ni oir mentarla nunca, le pone á uno el corazón muy
-negro. Por la metá de soldada y con doble de trabajo, quiero servir á
-una persona del país.</p>
-
-<p>Lo dijo con tal persuasión, que se aumentó la benevolencia de doña
-Aurora, prendada ya del porte decente y honesto de la muchacha, tan
-distinto del desgarro que gastan las <i>Menegildas</i> madrileñas. Sólo que
-no veía claro aún en la historia: allí debía de haber algún intríngulis.
-Delante de la puerta, el simón chupaba su papelito, mientras el jamelgo
-bajaba la cabeza<span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222"></a>{222}</span> y estiraba los belfos, soñando con pienso abundante y
-prados deleitosos.</p>
-
-<p>&mdash;Hija&mdash;advirtió la señora&mdash;yo voy á sentarme en el coche. Como no tengo
-sus años, me pesa el cuerpo y las piernas me bailan. De no subir, el
-coche sea conmigo.</p>
-
-<p>La galleguita la ayudó á colocarse, y desde dentro, doña Aurora
-preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;Diga... Y estando V. tan pegada á la tierra, ¿cómo se vino de allá?</p>
-
-<p>¡Ah! de esta vez no cabía duda: fué rubor, y rubor encendidísimo, el que
-tiñó los pómulos de la sirviente. Y al contestar&mdash;se necesitaba ser
-sordo, y sordo verdadero, para no percibirlo&mdash;tartamudeaba, sobre todo
-en las primeras frases.</p>
-
-<p>&mdash;A las veces... tiene uno... que hacer aquello que menos le está
-pidiendo el corazón, señora... Somos hijos de la suerte. A mí me criara
-mi tío, el cura de Vimieiro. Dispuso el Señor de llevárselo; quedé sin
-arrimo. Para comer pan hay que trabajar. Era reina en mi casa; ahora
-sirvo. Alabado sea Dios, y nunca nos falten las manos y la salud.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo no entró V. á servir allá?&mdash;insistió la señora, que sobre una
-pista era más fina que el mejor sabueso. Y que la pista existía, no pudo
-dudarlo al ver que ya no era rubor, sino llamaradas de fuego, lo que
-pasó por el rostro de Esclavitud.</p>
-
-<p>&mdash;No... no se me proporcionó&mdash;respondió con acento ahogado.&mdash;Luego, como
-allí todos me conocían, me daba vergüenza.<span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223"></a>{223}</span></p>
-
-<p>Doña Aurora Pardiñas recapacitó cosa de dos minutos, y endulzando el
-tono para suavizar lo áspero de la idea.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á ver... Quien la recomienda á V. son las señoritas de Romera,
-que... que la conocen sólo del tiempo que estuvo en su casa. ¿No es eso?
-Pues sería conveniente... V. se hará cargo de ello... que tuviese aquí
-otras personas de allá, del país, para responder.</p>
-
-<p>La muchacha titubeó un instante, y resolviéndose al fin, contestó:</p>
-
-<p>&mdash;Me conocen el señorito Gabriel Pardo de la Lage y también la hermana.</p>
-
-<p>&mdash;¿Rita Pardo? ¿La casada con el ingeniero? Pues si la trato mucho. ¿Y
-dice V. que la conoce?</p>
-
-<p>No contestó la chica sino alzando la mano y el hombro como para
-expresar: «¡Bah! Desde que nací.»</p>
-
-<p>&mdash;Bien...&mdash;murmuró la señora.&mdash;Francamente, hija, siento que deje V. á
-las de Romera. Mejor casa y mejores señoritas...</p>
-
-<p>&mdash;No niego eso&mdash;replicó Esclavitud con mayor energía si cabe;&mdash;solamente
-que ya le he contado la verdad, señora, como si estuviese hablando con
-mi difunta madre ó con el confesor. Pegó conmigo la morriña, y si no
-salgo creo que se me revuelve la cabeza ó me voy derecha á la sepultura.
-Yo no comía. Yo me metía á cavilar por los rincones. Yo me fuí quedando
-morena, morena, y tan flaca, que la ropa se me cae. Yo de noche tenía
-unos aflictos como si me atasen una soga al pescuezo tirando mucho. Con
-esto<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224"></a>{224}</span> y con todo me daba empacho descubrirme á mis señoritas. Lo
-conocieron ellas, y fueron las primeras en aconsejarme que, de no
-volverme á la tierra, que me metiese en alguna casa de gente de allá.
-«Hija, estás tan desmejorá que pareces otra». Mismo así me dijeron.</p>
-
-<p>Al hacer esta narración, la barbilla de Esclavitud temblaba como la de
-los niños cuando reprimen la emoción que precede al llanto. Los ojos no
-se veían, porque los bajaba, según costumbre.</p>
-
-<p>&mdash;Serénese&mdash;ordenó afectuosamente la señora. Iba entrándole una simpatía
-irresistible por aquella muchacha, de porte tan modesto y de corazón al
-parecer tan sensible. ¡Qué poco se parecía á las descocadas de Madrid, á
-las charranas de los barrios, chulapas sin pudor que no pueden estar en
-una casa decente! Justamente no hacía hora y media que la Pepa, la
-doncella, por un quítame allá ese polvo, se había desvergonzado
-poniéndose como una verdulera. Esta galleguita podría haber tenido...
-qué sé yo... cualquier desliz... porque lo de la escapatoria de su
-tierra no resultaba claro; pero el tipo era tan... vamos, tan de mujer
-de bien... Sabe Dios lo que le habría sucedido á la pobrecilla.</p>
-
-<p>&mdash;Mire&mdash;declaró adelantando la cabeza por la portezuela&mdash;lo que es ahora
-mismo no le puedo contestar fijamente si la tomo ó no. Dése V. una
-vuelta mañana á estas mismas horas, y llame en el entresuelo. Me
-alegraría de que... pero hay que pensarlo. Si yo no pudiese, haré por<span class="pagenum"><a name="page_225" id="page_225"></a>{225}</span>
-descubrir alguna casa gallega... Dígame V. las condiciones, por si otra
-persona quisiese saber...</p>
-
-<p>Esclavitud arrollaba entre las yemas del pulgar y el índice un pico del
-pañuelo de seda negra.</p>
-
-<p>&mdash;Dios se lo pague. Por la soldada tanto me da un duro más como un duro
-menos. Al trabajo no le pongo mala cara. De cocinera no voy porque no sé
-estos guisos finos que se estilan ahora; sé las comidas de la tierra,
-así, sencillas. En lo demás me parece que daré gusto, lo mismo en
-limpiar, que en el repaso, que en la plancha. Lo que le pido es que en
-la casa que me busque, no haya... vamos... hombres que...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya, ya!...&mdash;atajó doña Aurora. Y añadió bromeando:&mdash;Pero y entonces
-¿cómo pretende V. mi casa? ¿No ha visto V. que en ella hay un hombre?</p>
-
-<p>Señaló á Rogelio, que repuesto de su cortedad con la presencia de su
-madre, consideraba á la chica, reclinado en la portezuela del simón.
-Esclavitud siguió la dirección de la mano de la señora; por primera vez
-sus ojos, verdes, cambiantes, de mirada cándida, se fijaron en el
-estudiante: luego pronunció risueña:</p>
-
-<p>&mdash;¿Este señorito es su hijo? Por muchos años... Dios se lo conserve.
-Este no es de los hombres que yo decía. Por ahora es un rapaz.</p>
-
-<p>Demudóse Rogelio como si le hubiesen dirigido el más atroz insulto. Para
-disimular quiso reir, y la risa se le atascó en la garganta. Preciso es
-consignarlo: hasta sintió como el ardor de una lágrima en los ojos. Fué
-uno de esos instantes<span class="pagenum"><a name="page_226" id="page_226"></a>{226}</span> de rabia insensata y profunda, que alguna vez ha
-de sufrir el varón cuya infancia se prolonga más de lo justo; instantes
-en los cuales se apetece, como el mayor bien, poseer el amargo tesoro de
-la experiencia: dolores, desengaños, tribulaciones, luchas,
-enfermedades, canas, arrugas en el rostro, fracasos, traiciones de la
-amistad y del amor... todo, todo á trueque de oir la palabra reveladora,
-de gustar el fruto del bien y del mal, la eterna manzana dorada por un
-lado y sangrienta por otro. Todo por llenar el destino humano; todo por
-recorrer el ciclo de la vida.</p>
-
-<h3><a name="VI-morr" id="VI-morr"></a>VI</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">C</span><small>UANDO</small> arrancó á andar el simón, la señora gritó á su hijo, que iba en
-el pescante: «Da las señas de Rita Pardo.» Rogelio obedeció, pero así
-que llegaron á la fea calle del Pez, donde vivía la señora del
-ingeniero, saltó á abrir la portezuela y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;No subo. Para esos informes que vas á tomar no me necesitas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y á dónde te vas ahora?</p>
-
-<p>&mdash;Por ahí,&mdash;respondió no sin alguna sequedad el estudiante, echando á
-andar y haciendo á su madre con la mano esa señal de despedida del
-hombre que se emancipa, algo semejante al<span class="pagenum"><a name="page_227" id="page_227"></a>{227}</span> nervioso aleteo del pájaro
-cuando le abren la jaula. Sin dar otra explicación, y embozándose más
-ceñido, desapareció en la revuelta de la primer esquina. La madre le
-siguió con los ojos mientras pudo: después suspiró y sonrió á medias.</p>
-
-<p>&mdash;Algún día ha de ser...,&mdash;pensaba.&mdash;Está en una edad en que no se puede
-tirar de la cuerda mucho. Por supuesto que á mí no me la pega el
-pobriño: esto es un puro alarde de independencia: mirará cuatro
-escaparates, comprará seis ú ocho periódicos, dará unas vueltas con
-algún amigo que encuentre... y á su farmacia en seguida. Yo, si le viese
-fuerte, robusto, hecho un brutazo... otros á su edad tienen cada espalda
-y cada barbota negra que parece un tojal... El es así, tan finito, tan
-poquita cosa... Sácamele adelante, Virgen de los Remedios.</p>
-
-<p>Las inquietudes maternales se apaciguaron cuando la señora, soltando el
-pasamano de la escalera, agarró el cordón de la campanilla para llamar
-en el tercer piso efectivo, con honores de principal, de Rita Pardo.
-Salió á abrir una niña como de once ó doce años, pálida, ojinegra, mal
-atusada y peor vestida, que en cuanto vió visita se escapó corriendo y
-gritando:</p>
-
-<p>&mdash;¡Mamá! ¡mamá! La señora de Pardiñas.</p>
-
-<p>&mdash;Que pase á la sala... voy inmediatamente...&mdash;respondió desde alguna
-oficina interior, cocina ó despensa, una voz de mujer. Doña Aurora, sin
-esperar el permiso, se dirigía ya al salón, modelo cumplido de la
-cursilería mesocrática, rebosando pretensiones y sin un solo mueble<span class="pagenum"><a name="page_228" id="page_228"></a>{228}</span>
-sólido ni artístico. Había dos ó tres sillas de felpa de colores
-variados, una <i>étagère</i> con estatuitas de fundición, cacharros vulgares,
-y algún objeto de plata, sin ningún mérito, que sólo por ser de plata
-estaba allí; una alfombra de moqueta mal barrida; dos retratos al óleo
-del señor y de la señora, en óvalo, con traje dominguero, y otras
-ridiculeces semejantes. Conocíase que la sala se ventilaba y aseaba
-poco, y la alfombra daba evidentes indicios de haber en la casa
-criaturas menores.</p>
-
-<p>Al cabo de diez minutos, apareció la señora del ingeniero, Rita Pardo.
-Venía acabando de abrocharse una bata demasiado lujosa, de raso azul
-pálido con encajes crema, por encima de la ropa interior, sucia del
-trajín casero: acababa de pasarse la borla de polvos, y le sonaban los
-brazaletes. Aunque ajamonada y algo desbaratada de cuerpo, ni la
-maternidad ni la madurez habían podido eclipsar su picante hermosura;
-pero la coqueta á quien conocimos poniendo el plano inclinado á su primo
-el marqués de Ulloa, se había transformado en matrona circunspecta y
-barnizada de una espesa capa de decoro, bajo la cual sólo el ojo lince
-del observador podía descubrir á la mujer verdadera, invariable, porque
-las almas se tiñen, se disfrazan, pero no se renuevan. Saludó
-cordialmente á la señora de Pardiñas, con aquello de «Tanto bueno,
-Aurora... ¡Jesús! En esta vida de Madrid, se van los meses y ni sabe uno
-de los amigos... Me coge V. hecha una visión... Las mañanas son
-terribles: las pierde uno en atender á<span class="pagenum"><a name="page_229" id="page_229"></a>{229}</span> chinchorrerías y á recaditos...
-Cuánto va á sentir Eugenio...»</p>
-
-<p>Apenas dejó doña Aurora entrever el objeto de su visita, Rita Pardo
-suspendió la charla, y atendió con una curiosidad evidente, pintada en
-sus voluptuosos ojos negros y en su boca dura y fresca. Prolongada serie
-de gestos ambiguos y de risitas sospechosas fué preludio al siguiente
-comentario.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué me dice V., qué me dice V.! ¡Esclavitud Lamas, Esclavitud Lamas!
-¡La del abad de Vimieiro! ¡Ta, ta, ta, ta, ta! ¿Y cómo ha ido á batir
-con V. Esclavitud Lamas? ¿No es una chica rubia?</p>
-
-<p>&mdash;No sé si es rubia. Lleva pañuelo negro que le tapa la cabeza. Viste de
-luto riguroso, muy aseada. La traza excelente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya, vaya! ¡Conque Esclavitud Lamas, señor! ¡Mire V., mire V.! Sí,
-es, como decimos allá, muy moinita, muy modosa: habla tan pacato y tan
-suave que á veces no se la oye. Huele desde cien leguas á sacristía y á
-incienso. ¡Una santita mocarda!</p>
-
-<p>Doña Aurora iba escamándose más de lo justo con este prefacio: resolvió,
-no obstante, disimular y apurar la verdad, toda la verdad, siquiera el
-descubrirla doliese á su corazón, interesado por la chica.</p>
-
-<p>&mdash;¿Conque V. la conoce mucho?</p>
-
-<p>&mdash;¡Jesús! Como á los dedos de las manos. ¡Si la conozco! Ese cura Lamas
-Tarrío era muy amigote de casa, ya antes de que papá le presentase para
-Vimieiro, cuando servía el otro<span class="pagenum"><a name="page_230" id="page_230"></a>{230}</span> curato en la montaña. Siempre le
-teníamos de huésped, y muy aficionado á hacer regalos: que manteca, que
-quesos, que huevos en Pascua, que en Navidad capones... Papá le
-apreciaba, porque en la montaña corrió bastante tiempo con la cobranza
-de las rentas. En fin, él era todo nuestro. A papá le debió también
-favores... favores gordos, doña Aurora.</p>
-
-<p>&mdash;Bien: lo que yo deseo saber es lo referente á la muchacha. Si no tiene
-ningún mal antecedente, si puedo admitirla en mi casa... para mí será
-una satisfacción. No estoy contenta con la Pepa, y esta chica me ha
-entrado.</p>
-
-<p>Rita Pardo sonreía con malignidad, al paso que estiraba los encajes de
-su manga izquierda, un poco abarquillados por el uso. Enarcó las cejas é
-hizo un mohín de difícil interpretación.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pst! Buenos antecedentes, es un término muy elástico, como V.
-comprenderá. Los buenos para unos son... medianitos para otros. En eso,
-hay quien hila más ó menos delgado. Si á V. le gusta tanto la chica...</p>
-
-<p>&mdash;¡No, poco á poco!&mdash;exclamó alarmada ya la señora.&mdash;Para mí los buenos
-antecedentes son... los antecedentes buenos, sin más acá ni más allá.
-Sea V. franca y dígame todo lo que sepa, que á eso he venido; y ya con
-la espina que V. me clava, no tomo yo la chica, ni coronada de gloria,
-sin que V. me explique...</p>
-
-<p>Volvió Rita á dar tormento á los encajes, y suspiró como quien se ve en
-aprieto.</p>
-
-<p>&mdash;Aurora... hay cosas de esas que... que por<span class="pagenum"><a name="page_231" id="page_231"></a>{231}</span> muy públicas que sean, no
-puede uno tomar sobre su conciencia el descubrirlas. ¿V. no está en
-autos, eh? pues sería muy feo que yo la pusiese. ¿Que no llegó á oídos
-de V.? Mejor; ventaja para Esclavitud. Y puede V. tomarla, que á mí se
-me figura que resultará una excelente doncella.</p>
-
-<p>&mdash;V. se guasea, Rita,&mdash;dijo la señora dando vado á su impaciencia
-creciente.&mdash;Me envuelve V. el asunto en el misterio, me hace V. de él
-una montaña, y luego me sale con que puedo recibir á Esclavitud. No,
-hija; en mi casa no se recibe á la gente así, sin más ni más. Aclare V.
-el enigma, y entonces...</p>
-
-<p>Al llegar la entrevista á este terreno, adoptó Rita una actitud que
-hasta rayaba en desatenta. Se hinchó de nariz y de pecho, se hizo atrás
-y empezó á negarse, con el acento de la dignidad ofendida y del pudor
-lastimado.</p>
-
-<p>Cuando después de agotar los razonamientos, doña Aurora obtuvo por seca
-respuesta un «Lo siento mucho, pero es imposible», la señora hubo de
-levantarse, no cuidándose de reprimir el mal humor que le producían
-aquellos impertinentes tapujos. Ya murmuraba con cólera: «V. perdonará
-que haya venido á molestar», cuando, después de un fuerte repique de
-campanilla y algunos gritos infantiles en el recibimiento, entró en la
-sala la niña mayor,&mdash;la zangolotina de doce años,&mdash;saltando de júbilo y
-exclamando:</p>
-
-<p>&mdash;Mamá, mamá, tío Gabriel.</p>
-
-<p>Entonces la viuda de Pardiñas, con repentina<span class="pagenum"><a name="page_232" id="page_232"></a>{232}</span> inspiración, se afirmó en
-el suelo calculando:</p>
-
-<p>&mdash;Esta es la mía. Ahora verás, gata hipócrita, maulona, farsanta.</p>
-
-<h3><a name="VII-morr" id="VII-morr"></a>VII</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">E</span><small>NTRÓ</small> el comandante, vestido de paisano, metiendo bulla con la
-sobrinita, que era su ojo derecho, y trayéndola cogida de la cintura,
-como si fuesen á bailar un vals. En cambio, en el saludo que hizo á su
-hermana pudo notar doña Aurora esa sequedad muy parecida al desvío, que
-á veces consigue disimularse respecto de los indiferentes, pero nunca en
-familia. Después de las fórmulas y cumplimientos de rigor, la señora de
-Pardiñas, que no desmentía su raza en punto á diplomacia y tenacidad,
-insinuó como aquel que no quiere la cosa:</p>
-
-<p>&mdash;Vaya, les dejo á Vds. Al fin no consigo saber lo que deseaba, y para
-eso... Su hermana de V. es reservadísima, señor de Pardo.</p>
-
-<p>&mdash;A fe que no lo creí,&mdash;contestó redonda y duramente el artillero.</p>
-
-<p>&mdash;Pues mire V., cada uno habla de la feria según le va en ella. Conmigo
-ha mostrado una prudencia... atroz.&mdash;Y, sin atender al gesto y la mirada
-de Rita, continuó impávida:&mdash;Un cuarto de hora hace que le pido informes
-de una chica<span class="pagenum"><a name="page_233" id="page_233"></a>{233}</span> paisana nuestra, Esclavitud Lamas, la sobrina del abad de
-Vimieiro...</p>
-
-<p>Pardo prestó oído, como el que escucha algo que le despierta memorias
-confusas.</p>
-
-<p>&mdash;Aguarde V., aguarde V... Vimieiro... Lamas... Lamas Tarrío... Ese cura
-era íntimo de papá. Rita sabrá cuanto á él se refiere; lo sabrá al
-dedillo. ¿Qué reparo has tenido en decirle á doña Aurora?...</p>
-
-<p>Un caricaturista que quisiese representar la dignidad burguesa en su más
-enfática expresión, debiera copiar el rostro y la flexión de cejas de
-Rita, que señalando á su hija mayor, casi sentada en las rodillas del
-comandante, exclamó con acento profundo:</p>
-
-<p>&mdash;¡¡La niña!!</p>
-
-<p>&mdash;¡¡Y qué, la niña!!&mdash;respondió Don Gabriel remedando el tono dramático
-de su hermana.&mdash;¿Tenemos alguna de esas cosas terribles que no puede oir
-la inocencia; que ha parido la gata, pongo por caso?</p>
-
-<p>&mdash;Gabriel, eres tremendo, hijo,&mdash;gimió Rita, alzando al cielo sus bellos
-ojos meridionales.&mdash;Una matándose por hacer de tus sobrinas lo que deben
-ser en sociedad, y tú empeñado... Manías de las personas; con eso no se
-puede.</p>
-
-<p>&mdash;Ea, señores,&mdash;insistió la pesada de doña Aurora,&mdash;yo estoy á mi
-pleito. Rita, no diga V.; lo que es por la niña no dejó V. de darme esos
-informes. La niña no estaba delante; y sobre todo, con enviarla á otra
-habitación...</p>
-
-<p>&mdash;Que es lo que voy á hacer ahora mismo.<span class="pagenum"><a name="page_234" id="page_234"></a>{234}</span> Eugenia, vete, hija, á
-estudiar el método de Concone.</p>
-
-<p>La chiquilla salió á contrapelo, no sin obsequiar á su tío con dos ó
-tres carantoñas de despedida; pero ninguna escala ni ningún estudio
-reveló que se hubiese encerrado en el potro musical donde diariamente se
-descoyuntan las manos nuestras señoritas, dignas de mejor suerte.</p>
-
-<p>&mdash;Verá V.,&mdash;recalcó doña Aurora,&mdash;ahora que podemos hablar libremente.
-Se trataba de que esa chica, Esclavitud Lamas, quiere entrar en mi casa
-á servir; y á mi sus tracitas me gustan mucho. Pero no sé sus
-antecedentes, ni el motivo por qué se vino de su tierra. Me huele á
-alguna historia rara todo ello. Su hermana de V. sabe la historia, y ni
-por Dios ni por los santos me la quiere contar. Ahí tiene V. nuestra
-batalla. Ya nos estábamos formalizando cuando V. llegó.</p>
-
-<p>&mdash;La historia...,&mdash;dijo Gabriel limpiando nerviosamente sus lentes de
-oro y calándoselos con ahinco.&mdash;Aguarde V., señora, que si mi memoria de
-gallo no me juega alguna trastada... ¿Tú, Rita, ese cura Lamas Tarrío no
-es el que recogió una niña pobre? Dime la verdad, que si no, escribo hoy
-mismo á Galicia preguntando.</p>
-
-<p>&mdash;¡Jesús, hijo, pero qué cosas tienes! Eres incapaz, y cada día que
-pasa... ¿No iba yo á decirte la verdad? Sí, ese Lamas fué, y ya que se
-te antoja abrir su sepultura y sacarle á la vergüenza pública, sácale
-tú, que yo no quiero semejante cargo de conciencia.<span class="pagenum"><a name="page_235" id="page_235"></a>{235}</span></p>
-
-<p>&mdash;Más cargo de conciencia es,&mdash;replicó Gabriel con vehemencia,&mdash;que la
-chica pierda su colocación por delitos ajenos. Doña Aurora, ahora le
-puedo yo contar á V. la historia enterita: por un cabo ha salido toda la
-madeja; en esto de historias sucede lo que con las tonadas antiguas, que
-si recuerda uno el primer compás, ya puede cantarlas enteras sin
-equivocarse. ¡Y le aseguro á V. que es una novela... vamos, una novela!</p>
-
-<p>&mdash;Allá tú,&mdash;articuló Rita venenosamente emprendiéndola con los encajes
-otra vez.&mdash;Yo, ciertas cosas... Lavo mis manos.</p>
-
-<p>Disimuló doña Aurora el gozo del triunfo; pero hembra al fin, miró á
-Rita de soslayo y pensó:</p>
-
-<p>&mdash;Fastídiate, pinturera...</p>
-
-<p>&mdash;Verá V.,&mdash;empezó el comandante.&mdash;Ese cura Lamas fué un infeliz,
-ignorantón como lo era entonces todo el clero rural, que hoy se ha
-civilizado mucho, y bastante zoquete; pero cumplía sus deberes
-parroquiales, y si tenía deslices los encubría bien: no puedes ser
-casto, sé cauto, como dicen ellos. Por cuanto una noche llega á la
-rectoral una chiquilla, de diez años poco más ó menos, que había quedado
-huérfana y vagaba pidiendo limosna: en una casa le daban un mendrugo de
-pan de maíz, en otra un poco de hoja del mismo maíz para tumbarse y
-dormir; aquí un pañuelo roto, allí unos zuecos viejos... Así vivía la
-desdichada. El cura se compadeció, y le dijo: «Pues quédate aquí;
-aprenderás las labores caseras..., tendrás vestido,<span class="pagenum"><a name="page_236" id="page_236"></a>{236}</span> cama y caldo
-caliente.» Dicho y hecho; la chiquilla se quedó...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y era Esclavitud?</p>
-
-<p>&mdash;No, señora; no, señora... Aguarde V. Salió la chica habilidosa y
-despabilada: echó, como dicen allá, la morriña fuera..., y hasta se puso
-lozana y guapetona. Y,&mdash;aquí la voz del comandante adquirió tonos
-irónicos,&mdash;al desabrochar la flor de la nubilidad...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, Gabriel!...&mdash;respingó Rita.&mdash;Ciertas cosas se pueden contar de
-otro modo. No se necesita entrar en detalles que...</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah!&mdash;dijo doña Aurora.&mdash;Todos somos casados, y yo vieja. Ya estamos
-al cabo y curados de espantos, amiga. Siga V. ¿Qué vino después?</p>
-
-<p>&mdash;Después vino Esclavitud.</p>
-
-<p>Aunque la señora afirmaba <i>estar al cabo</i>, la noticia, dicha así de
-pronto, casi la hizo saltar en la silla.</p>
-
-<p>&mdash;¡Aah!&mdash;pronunció, quedándose muy meditabunda.&mdash;Por eso la pobre...
-Bueno: ¿y después?</p>
-
-<p>&mdash;¿Después?&mdash;recalcó fogosamente Rita, incapaz de contenerse, metiendo
-al fin cucharada.&mdash;Después mi papá se vió negro para amansar al Cardenal
-Arzobispo, el señor Cuesta, que estaba hecho un león. Como era tan
-virtuoso, aquel señor apretaba las clavijas y no permitía desmanes. Pues
-si no es lo que papá machacó en Su Eminencia, y hoy una súplica y mañana
-otra, sin licencias se queda Lamas Tarrío, y se pudre en la cárcel
-eclesiástica. Porque una cosa es que á un sacerdote se le escurra el
-pié<span class="pagenum"><a name="page_237" id="page_237"></a>{237}</span> y cometa gatuperios allá donde nadie lo sabe, y otra que esté
-escandalizando á los feligreses, y que críe la chiquilla en su casa á
-ciencia y paciencia de todo el mundo, y la traiga en brazos, y...</p>
-
-<p>&mdash;Mi padre,&mdash;advirtió Gabriel interrumpiendo á su hermana,&mdash;con una mano
-machacaba en el Arzobispo, y con la otra martillaba en el culpable. A
-fuerza de exhortaciones pudo conseguir que la sirena saliese de la
-rectoral; pero Lamas seguía viéndola. Al fin papá se cuadró, le echó al
-cura unas pláticas que me río yo de las del capuchino más barbado, y
-pudo conseguir que enviase á la madre á Montevideo, á condición de que
-le dejasen la chiquilla.</p>
-
-<p>&mdash;Sí,&mdash;volvió á entrometerse Rita,&mdash;bonito remedio fué: peor que la
-enfermedad. El hombre quedó más rabioso y más relajado de lo que estaba.
-Se pasaba las noches en vela llorando y gritando; le dieron unos
-arrebatos de sangre,&mdash;en casa por cierto,&mdash;que fué preciso aplicarle un
-golpe de más de cuarenta sanguijuelas; y la sangre salía negra como la
-pez. Creímos que se volvía loco: andaba por los corredores arrancándose
-los pelos, llamando á la individua, y diciéndole cosas babosas...</p>
-
-<p>Cuando esto soltaba Rita, su hermano observó que las cortinas del
-gabinete contiguo se agitaban como movidas por un céfiro de curiosidad
-retozona, y casi se dibujaba en ellas el relieve de un hociquito atento.</p>
-
-<p>&mdash;Mira,&mdash;advirtió,&mdash;ahora eres tú la que te metes en honduras. Todo eso
-no viene al caso.<span class="pagenum"><a name="page_238" id="page_238"></a>{238}</span> Despachemos pronto la historia, y deja que yo la
-acabe. El pobre Lamas se puso tan mal, que le dió lástima al mismo
-Arzobispo, el cual le llamó para animarle é infundirle deseos de
-penitencia. Y, en efecto, con el curso del tiempo, fué sosegándose, y
-hasta se portó bastante bien en lo sucesivo. Unicamente se le podía
-tachar de que criaba á la niña con mimos extremados; pero como el
-sentimiento de la paternidad, aun cuando atropelle toda ley divina y
-humana, tiene mucho de sagrado, la gente transigió. El presentaba á la
-chica diciendo que era sobrina suya. Como los hijos sacrílegos no
-heredan, el cura ahorró dinero, onza tras onza, para entregárselo en
-mano propia á Esclavitud; pero la chica, que ha salido muy remirada y
-muy devota y muy desinteresada además, al morir Lamas entregó todo ese
-dinero, en oro como lo había recibido, para misas y sufragios por el
-alma del pecador. Este solo rasgo le pinta á V. el carácter de la
-muchacha: pocas harían otro tanto, aunque hubiesen nacido en mejores
-pañales y más... ortodoxamente.</p>
-
-<p>&mdash;Mi hermano, como tiene así la imaginación, pinta muy románticas las
-cosas.</p>
-
-<p>&mdash;Señora de Pardiñas, palabra de caballero que ni quito ni pongo. Esa
-chica, según entiendo, sería capaz de irse á cualquier parte en
-peregrinación, descalza, para sacar del purgatorio el alma del cura de
-Vimieiro.</p>
-
-<p>&mdash;Falta le haría,&mdash;advirtió Rita,&mdash;y también para la de su madre, que
-allá en América parece que se dió á la vita bona.<span class="pagenum"><a name="page_239" id="page_239"></a>{239}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Válgame el cielo, y qué inquisidores os volvéis los que nunca habéis
-carecido de consideración ni de pan!&mdash;exclamó Pardo, ya indignado
-seriamente.&mdash;Yo no peco de filántropo; pero ciertas cosas no me las
-explico en gente que alardea de cristiana, y va á misa, y reza. Buenos
-rezos son esos, buenos. ¿Así entiendes tú la caridad? Pues hija, afirmo
-que esa Esclavitud vale más que...</p>
-
-<p>Se contuvo por fortuna, y añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Que otras personas. ¿Qué culpa tiene ella de las faltas de sus padres,
-diga V.? Y las está expiando como si las hubiese cometido. Hasta se
-expatrió, según veo, y juraría que es por vergüenza, por no estar donde
-la gente <i>sepa</i> y <i>recuerde</i> y <i>diga</i>...</p>
-
-<p>&mdash;También juraría lo mismo&mdash;asintió con calor doña Aurora.&mdash;Ahora
-entiendo por qué se sofoca tanto cuando le hacen ciertas preguntas. Yo
-opino como V., Pardo, como V., que es buena; que tiene sentimientos
-nobles... y que esos rasgos la honran mucho.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, guíese V. por mi hermano. Admítala en su casa,&mdash;exclamó Rita con
-una carcajada impertinente, que salía de lo más dañado de sus
-hígados.&mdash;Tocante á dar consejos, Gabriel es una especialidad. Le
-tiemblo cuando pega la hebra con mi esposo. Si Eugenio se guiase por él,
-estaríamos pidiendo limosna. Cargue V. con esa chica, ya verá cómo sale
-con las manos en la cabeza. Entonces dirá V.: «Bien me lo avisó Rita
-Pardo.»</p>
-
-<p>La señora pensaba para su rotonda de pieles:<span class="pagenum"><a name="page_240" id="page_240"></a>{240}</span></p>
-
-<p>&mdash;Aunque sólo fuera para hacerte tragar quina; falsa, maulona... Ya te
-he calado, ya.</p>
-
-<p>Al salir Gabriel, esperábale en la antesala su sobrina mayor. La cogió
-por el talle, y subiéndola á la altura de su boca, entre risas de la
-chiquilla, le deslizó al oído:</p>
-
-<p>&mdash;Las niñas buenas, para que tití Gabriel las quiera mucho, no atisban,
-no husmean, no se esconden detrás del portier... Obedecen á su mamá,
-porque es su mamá, y no les ha de mandar cosa mala... ¡Cuidadito con
-morder, lagartija! Las niñas buenas... son buenas. ¡Ay! ¡Mi corbataaá!</p>
-
-<p>&mdash;¿Tití Gabriel, me llevas contigo?&mdash;arrullaba la zangolotina.&mdash;Contigo
-sí, contigo no..., contigo sí me iría yo. ¡Llévame, anda!</p>
-
-<p>&mdash;A Leganés te llevaré... ¡Juicio! ¡Estudie V. la lección de francés!
-¡Péinese V. ese felpudo! ¡Dé V. una vueltecita por la cocina, á ver qué
-hace la pobre chica esa! ¡A papá le gusta el rosbif muy poco hecho!
-¡Cuide V. el rosbif de papá!</p>
-
-<p>Al cruzar la puerta, el comandante le echó á la niña un beso volado, y
-ella pagó en seguida el envío.</p>
-
-<h3><a name="VIII-morr" id="VIII-morr"></a>VIII</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">D</span><small>OÑA</small> Aurora acostumbraba llevarle á su hijo el chocolate á la cama,
-porque, chapada á la antigua en muchas cosas, estábalo también<span class="pagenum"><a name="page_241" id="page_241"></a>{241}</span> en
-madrugar. Era un momento delicioso para la mamá chocha aquel del
-chocolate.</p>
-
-<p>El rapaz, como ella le llamaba, tenía al despertarse ese regocijo sin
-causa, propio de los años primaverales, en que parece que cada día nuevo
-sale de manos del tiempo dorado y lindo, esmaltado de dichas, y en que
-el peso de recuerdos dolorosos no sujeta aún las alas vibradoras de la
-esperanza. Rogelio, que por las tardes padecía á veces un abatimiento
-nervioso, por las mañanas era un pájaro en lo vivo y juguetón. Hasta su
-charla se parecía al gorjeo de las aves cuando amanece y de los niños
-cuando abren los ojos. Sentada su madre á la cabecera, después de haber
-apartado las prendas de ropa esparcidas y los libros desparramados aquí
-y acullá, sostenía la bandeja para que no se volcase la jícara, donde el
-muchacho mojaba los rubios buñuelos, mientras esperaba turno un vaso de
-purísima leche. ¡Y qué de sudores y fatigas le costaba á doña Aurora el
-tal vasito! Ya podía ella dar quince y raya á todos los químicos del
-gabinete municipal: sin análisis, ni instrumentos, ni pamplinas, á
-simple vista, por el color y el olor, conocía los grados y cualidades de
-la leche toda que se expende en Madrid. ¡Como que sus esperanzas de ver
-engordar á Rogelio las cifraba en aquel vasito de leche bebido antes de
-clase, y en el bisteque engullido al salir de ella!</p>
-
-<p>A la hora del chocolate era cuando se comentaban todos los sucesos de la
-víspera, las graciosas reyertas de Nuño Rasura y Laín Calvo,<span class="pagenum"><a name="page_242" id="page_242"></a>{242}</span> los
-chistes estudiantiles, el último crimen, el fuego de anoche, junto con
-los menudísimos acontecimientos de aquel hogar realmente tranquilo (como
-lo son tantos en la corte, á despecho de la superstición provinciana que
-considera á Madrid un torbellino ó vértigo perenne). Lo primerito que
-hizo Rogelio, la mañana que siguió al día en que vino á pretender la
-gallega, fué preguntar á su madre, con mal disfrazado interés:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tal? ¿Qué te han dicho sobre la cándida doncella... de labor?</p>
-
-<p>Nada tenía la pregunta de importuna ni de extraña; sin embargo doña
-Aurora se quedó algo cohibida, fluctuando entre referir puntualmente lo
-averiguado ó callárselo. No; lo más prudente sería esto último. Se
-trataba de cosas graves, y si Rogelio no guardaba toda la discreción
-necesaria... Era preciso irse con tiento.</p>
-
-<p>&mdash;Mira, ratiño, en primer lugar tengo que advertirte que he despachado á
-la Pepa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hola? ¿Caen aquí los ministerios sin que me entere yo?</p>
-
-<p>&mdash;Verás. Andaba muy engreída, muy respondona. Le planté la cuenta en la
-mano. Todo les aguanto menos que repliquen. Supongo que había novio por
-medio, que si no... La verdad: estoy harta de estas criadas de Madrid
-tan remontadas y tan insufribles con ese salero y ese desgarro. Prefiero
-una chica humilde, bien mandadita. Con una buena palabra me compran; no
-lo puedo remediar. Si vieses la tal Pepa, qué modos y qué remangos.
-Hecha un<span class="pagenum"><a name="page_243" id="page_243"></a>{243}</span> conejo de monte. ¡Ay! me parece mentira que se fué.</p>
-
-<p>&mdash;<i>Mater</i>, basta ya de prolegónemos&mdash;exclamó el chico ensopando en la
-leche la lengüeta de un bizcocho.&mdash;Todo esto viene á parar en que tomas
-á la misteriosa enlutada. Te entró por el ojito derecho, y caá uno tiene
-sus debilidaes.</p>
-
-<p>&mdash;No seas bobo. Lo que quiero es que el servicio ande corriente. Esa
-muchacha merece interés. Cuando yo lo digo...</p>
-
-<p>¡Ay! propósitos de reserva, programas de discreción, temedle como al
-fuego á estas reticencias involuntarias, que abren de par en par la
-puerta á las confidencias absolutas. La señora quería callar: pero
-¿quién calla después de soltar prenda? Ni la hubiese dejado vivir
-Rogelio. Además, doña Aurora, en el fondo, también deseaba relatar su
-triunfo, decir cómo había vencido á aquella pinturera farsantona de Rita
-Pardo. Tan dulce desahogo era el precio de la victoria. Hay un placer,
-cuyo origen no se define, pero á cuyo atractivo cede casi todo el mundo,
-en referir esos dramas hondos de la vida humana, que de rechazo nos
-tocan á todos, que tienen el don de interesarnos porque despiertan
-nuestros sentimientos de compasión y justicia, y al par nos ponen frente
-á graves problemas, sin obligarnos á resolverlos, sino sólo á
-considerarlos como consideramos en el teatro el argumento de una
-tragedia engendradora de terror y piedad. Rogelio, con el codo puesto en
-la almohada y los ojos muy abiertos,<span class="pagenum"><a name="page_244" id="page_244"></a>{244}</span> atendía afanosamente á la
-narración novelesca de su madre.</p>
-
-<p>&mdash;Ya ves&mdash;advirtió ésta al concluir su historia&mdash;que á la pobre hay que
-tratarla con ciertos miramientos. Ella, dada su situación, no ha podido
-portarse mejor. Desinteresada como pocas, y aparte de eso religiosa y
-formal. Por lo que he sacado en limpio, ella se cree una hija de
-maldición, que anda cargada con los pecados de sus padres, y se
-abochorna de que allá la vean y recuerden lo ocurrido. Hay que proceder
-con mucho tino en como se le habla. Del padre no se puede ni indicar
-tanto así... Pues de la madre, aun menos... porque la muy picarona vive
-aún, y anda por esos mundos de Dios corriéndola...</p>
-
-<p>&mdash;Vamos...&mdash;respondió Rogelio recobrando su buen humor&mdash;resulta que á la
-niña la miraremos como si fuese un hongo. Si alguna vez se trata de
-papás y de mamás, la diré: «Ya sé que V. no los tuvo nunca». ¿Te parece
-bien?</p>
-
-<p>&mdash;¡Chiquillo, no me seas rematado! Cómete ese bizcochito más. Lo que
-quiero decir es que no le des bromas pesadas. Esas personas así, que
-sufrieron grandes desgracias, son más sentidas; se sobresaltan por
-cualquier cosa. ¡Yo desearía tenerla contenta!... En este Madrid y en el
-servicio que ofrece, coger una chica virtuosa y de tan buen avío, créeme
-que es una ganga. ¡Hay cada sargentona y cada lercha!</p>
-
-<p>&mdash;¿Te parece que compre un ramito de flores para ofrecérselo
-galantemente cuando penetre en nuestra mansión?&mdash;preguntó el
-estudiante.<span class="pagenum"><a name="page_245" id="page_245"></a>{245}</span> Su madre le descargó un bofetoncito muy tierno, agregando:</p>
-
-<p>&mdash;Lo que voy á comprar yo es un aguamanil y otras cosillas, porque
-aquella desencuadernada de Pepa me dejó el cuarto hecho una leonera, y
-esta muchacha tan aseada no va á encontrar ni donde lavarse las manos.
-Aguamanil, jabón, una mesita de noche... y un ruedo limpio para que con
-ese frío no salte de la cama sobre las baldosas, que están como la pura
-nieve. Mejor que un ruedo será un pedazo de alfombrita de moqueta: ¡la
-hay tan barata! Le voy á comprar también paño gordo para una chaquetita:
-me parece que no tiene abrigo: á cuerpo venía ayer... No sé cómo estará
-de ropa blanca. Siento haberle dado á la Pepa, no hará quince días, tres
-camisas preciosas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! Con encargarle á París un <i>trusó</i> como el de la señora de
-Cánovas, por ejemplo... Diez docenas de elegantes peinadores y cuatro
-mil pares de medias de seda... ¿Bastará?</p>
-
-<p>Doña Aurora salió temprano y volvió antes de las doce con sus
-adquisiciones hechas. Se complació en ver barridito el cuarto y
-colocados en su sitio el palanganero y la alfombra. Puso toallas limpias
-y sacó una colcha blanca de muletón, á fin de que la cama de hierro
-pareciese más cuca. Dió una vuelta, y al entrar de nuevo en el cuartucho
-no pudo menos de reirse á carcajadas. En un vaso de cristal azul lucía
-un ramillete de á dos cuartos: Rogelio, escondido detrás de la puerta,
-acechaba el efecto.<span class="pagenum"><a name="page_246" id="page_246"></a>{246}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tal este timo? ¿Eh? ¡Ya tenemos <i>buqué</i>, caray, carapuche! como
-dice Laín Calvo. Es de gardenias: me cuesta diez duros. ¿Voy por alguna
-begonia? Haría muy bien un macizo al lado del aguamanil. Escribiremos la
-crónica después: «La alcoba se había transformado, al toque de la
-varilla de un hada, en frondoso jardín de invierno...»</p>
-
-<p>Esclavitud fué recibida tan pronto como se presentó, á eso de la una:
-pero quiso ir á despedirse de las señoritas de Romera. No se instaló en
-su nueva casa hasta por la tarde, trayendo consigo un mozo de cordel,
-portador de uno de esos baúles gallegos forrados de piel de buey, que
-tienen cantoneras de hojadelata. Pesaba tan poco, que al llegar al pié
-de la escalera la muchacha se lo cargó á hombros y lo subió ella misma.
-En aquel baúl casi vacío traía todo lo que le tocara por herencia del
-abad de Vimieiro.</p>
-
-<h3><a name="IX-morr" id="IX-morr"></a>IX</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">L</span><small>OS</small> primeros días estuvo como gallina en corral ajeno. Realmente, fuese
-debido á sus antecedentes históricos ó á la extraña enfermedad
-nostálgica que padecía desde su llegada á Madrid, la chica aparecía
-desmejorada y en un estado de caimiento que, si no la impedía trabajar<span class="pagenum"><a name="page_247" id="page_247"></a>{247}</span>
-con asiduidad y hasta con ardor, la quitaba esa valentía que hace
-insensible el trabajo. Su demacración era evidente, y aunque por las
-esbeltas proporciones del talle y por ciertos rasgos de su cara se
-revelaba muy joven, por el carácter, el estado de ánimo, la severidad de
-su continente, cualquiera podía calcularle la edad en veintiocho ó
-treinta.</p>
-
-<p>Es de advertir que esta especie de murria y desaliento no le impedía
-cumplir estrictamente su obligación. Al contrario, Esclavitud realizaba
-el tipo de la criada modelo. Levantábase muy temprano, casi con
-estrellas, y antes de que la cocinera hubiese soñado en encender la
-lumbre, ya estaba ella arreglando todas las menudencias concernientes al
-desayuno de los amos. Desde el primer día se reservó la preparación de
-chocolates, y los hacía con esmero clerical. El secreto, que ya va
-perdiéndose, del tiempo, hervores y batiduras indispensables para que
-una solución de cacao salga aromática, ligada y substanciosa, lo poseía
-tan á fondo Esclavitud, que doña Aurora juraba no haber probado en su
-vida chocolate por el estilo. En barrer tampoco se quedaba atrás. Con el
-pañuelo atado á la curra y las sayas recogidas, pero sin gran alboroto
-ni mucho trasteo de muebles, barriendo manso, por decirlo así, nadie
-sería capaz de descubrir un átomo de polvo en los lugares por donde
-había pasado aquella inteligente escoba. El no sacudir con exceso, ni
-aporrear demasiado con los zorros, molestando á todo bicho viviente so
-pretexto<span class="pagenum"><a name="page_248" id="page_248"></a>{248}</span> de limpiar, era un mérito más á los ojos de doña Aurora,
-enemiga de la gente arrebatada y brusca. Pero donde la fámula nueva
-descollaba era en el repaso. Veíase que estaba menos acostumbrada á
-trabajos de fogón y á trajines caseros que á la labor sedentaria, en
-silla baja, junto á una ventanita. En dos horas despabilaba el canasto
-de ropa, y eran de admirar sus invisibles zurcidos, sus mañosas piezas,
-sus indestructibles presillas y sus firmes botones. Doña Aurora decía á
-las amigas:</p>
-
-<p>&mdash;Hoy no recelo yo echar á diario la ropa buena. Con esta Esclavitud, ni
-una puntilla descosida, ni un bordado roto. Es una delicia verla con la
-aguja en la mano.</p>
-
-<p>Pero al mismo tiempo, el carácter expansivo de doña Aurora no podía
-sufrir aquella reservada melancolía de la muchacha. Mientras más
-contenta estaba de su servicio, más desearía verla andar con ese aire
-ligero que revela alegre conformidad con la suerte que nos toca y la
-ocupación que desempeñamos. ¡Tantas consideraciones con la dichosa
-chica, y ella siempre enfurruñada y cavilosa! La señora de Pardiñas
-tenía en su bondad un elemento de egoismo, retoño natural de aquella
-bondad propia: al hacer un beneficio, deseaba cobrarse en el espectáculo
-de la felicidad ajena; y este gusto la dominaba tanto, que para vivir
-tranquila y satisfecha, necesitaba persuadirse de que lo estaban todos á
-su alrededor. En su determinación de admitir á Esclavitud, habían
-influido dos móviles: primero, llevar la contraria á aquella antipática<span class="pagenum"><a name="page_249" id="page_249"></a>{249}</span>
-de Rita Pardo: segundo, contentar á una chica de tan agradable aspecto
-como Esclavitud, desempeñando en cierto modo papel de Providencia y
-reconciliándola con el destino, para ella funesto é implacable desde la
-hora de nacer. Y este segundo generoso propósito se le malograba, porque
-la chica no quería levantar cabeza ni abrir el alma á la buena suerte.</p>
-
-<p>Un día hasta notó doña Aurora que su doncella apenas probaba alimento,
-obstinándose al mismo tiempo en continuar el trabajo y en responder que
-«no tenía nada». La señora poseía un carácter franco, impetuoso y
-directo, de los que no abundan en el país galaico: daba salida inmediata
-á sus impresiones, y si no pudiese hacerlo, creería tener una pera de
-ahogo encajada en el gaznate. Sin detenerse más, acorraló á la muchacha
-junto á una ventana, sitio claro donde la sombra del pañuelo de seda
-negra no podía encubrir el estado de los ojos y el movimiento de la
-fisonomía.</p>
-
-<p>&mdash;Hija, ¿qué te pasa?&mdash;la preguntó maternalmente á boca de
-jarro.&mdash;¿Tienes algún disgusto? ¿Estás enferma? ¿No te sienta la comida?
-¿Te falta alguna cosa?</p>
-
-<p>La muchacha se encendió, cosa que le sucedía en toda clase de emociones,
-y respondió bajito:</p>
-
-<p>&mdash;No, señora, ¿qué me ha de faltar? Dios se lo pague.</p>
-
-<p>&mdash;Pero vamos á ver, ¿es que tampoco aquí estás contenta? ¿Te tratamos
-mal? ¿La compañera no se porta como debe? ¿Necesitas más ropa de
-abrigo?<span class="pagenum"><a name="page_250" id="page_250"></a>{250}</span></p>
-
-<p>Como la muchacha guardase silencio, diciendo que <i>no</i> con la cabeza,
-dulce y obstinadamente, insistió la señora:</p>
-
-<p>&mdash;Harás muy mal, te lo aviso, si te quedas con el embuchado dentro. Peor
-para ti si eres mema. Pudiendo estar á gusto no entiendo á qué vienen
-estos silencios y estas tonterías. A mí me agrada ver alrededor caras de
-Pascua. El gesto compungido, y más cuando no hay motivo ninguno, se me
-sienta en la boca del estómago.</p>
-
-<p>Esto lo articuló ya con enfado, viendo el tenaz mutismo de Esclavitud.
-Al mismo tiempo discurría para sí: «La muchacha tiene las buenas
-cualidades de nuestro país, pero no le faltan los defectos. Es humilde,
-modosa y callada, pero también es algo zorrita, y no hay modo de saber
-lo que piensa ni lo que le pasa. Las chulapas de por aquí son unas
-caridelanteras y unas raídas, pero al menos son toros claros: al pan,
-pan, y al vino, vino; esto sí, esto no. Para un genio como el mío...»</p>
-
-<p>En estos pensamientos estaba, cuando sonó la campanilla, y se oyó en el
-recibimiento la voz de Rogelio que volvía de clase. Instantáneamente las
-mejillas de Esclavitud se encendieron todavía más é hizo un movimiento
-instintivo, como intentando huir y esconderse.&mdash;«¡Ta, ta!»&mdash;discurrió la
-señora, iluminada por un rayo de sagacidad repentina.&mdash;«Ya había yo
-notado que el rapaz tenía con esta chica no sé qué. La habla tan
-secamente, cosa rara en él... ¡Vamos! la pobre está así amohinada,
-porque<span class="pagenum"><a name="page_251" id="page_251"></a>{251}</span> conoce que no le ha caído en gracia al chiquillo. Es preciso que
-yo arregle este cotarro; se ve que Esclavitud peca de susceptible, y
-cuando imagina que la miran mal...»&mdash;Insistió entonces en alta
-voz.&mdash;«Hija, pues mira que si estás á disgusto...»</p>
-
-<p>&mdash;Yo no estoy á disgusto, no, señora&mdash;contestó Esclavitud con respeto y
-no sin firmeza.&mdash;Como los demás no estén á disgusto conmigo... Yo estoy
-perfectamente, lástima fuera. Pero otros...</p>
-
-<p>&mdash;¿De dónde sacas eso?&mdash;replicó la señora mirándola fijamente.&mdash;¿Te he
-regañado desde que entraste?</p>
-
-<p>&mdash;No, señora. V. es muy buena. Si yo no me quejo de nadie&mdash;repuso la
-chica.&mdash;Sólo tengo recelo, así, vamos... de no dar gusto. No dando gusto
-más quiero no estar. Para no dar gusto aún vale más meterse... en el
-infierno que sea, señora.</p>
-
-<p>&mdash;Calla, calla, boba&mdash;gruñó su ama.&mdash;Ya se ve que das gusto. A tu
-repaso. Como me vuelvas á salir con pasmarotadas..., verás.</p>
-
-<p>En cuanto pudo hacerlo todo lo sigilosamente que el caso requería, doña
-Aurora llamó á capítulo á su hijo.&mdash;«Te aseguro que el intringulis de
-esas murrias de Esclavitud es la cara que tú le pones... A Fausta le
-hablas de distinto modo... no lo notas tú mismo...; pero con Fausta
-armas siempre gresca y broma, y la otra, como te ve serio, claro,
-imagina que estás torcido con ella, y que no te da gusto, como ella
-dice... Te aseguro que la infeliz anda decaidísima, y que<span class="pagenum"><a name="page_252" id="page_252"></a>{252}</span> es capaz de
-enfermarse muy de veras. Son una tecla estas muchachas nerviosas. Y
-aparte de eso, como median los antecedentes de su... del cura, ¿eh? cada
-vez está la chica más sensible... Palabra, que me da lástima. Yo que tú
-le hablaría... así... con más afecto.»</p>
-
-<p>El estudiante oía las palabras de su mamá, pero con el rostro vuelto
-hacia un cuadro, que parecía llamarle mucho la atención. Cuando tuvo que
-responder lo metió á barullo.&mdash;«Nada, que de esta noche no pasa...:
-compro una mandolina y le doy serenata á esa madamisela. Le voy á traer
-más flores y me pondré á ver si le hago unos versos del género de los de
-mi amigo Anastasio Cardona, con cada ripio así. La llamaré ninfa
-acuática y vago ensueño del poeta. Ya verás, ya verás... Ajustaremos
-paces la ilustre fregona y yo.»</p>
-
-<p>En el fondo del corazón, Rogelio se sentía extraordinariamente
-envanecido y halagado por la queja de Esclavitud. Cuando tan á lo vivo
-la llegaran su secura y despego, era que la muchacha no le tenía por
-chiquillo, ó como ella decía, por rapaz. ¿Se apura ni se formaliza nadie
-por lo que dice ó hace un niño? Indudablemente le juzgaba todo un
-hombre, y hombre de cuyas acciones dependía el estado de su espíritu:
-tan á pecho las tomaba, que se resentían de ellas su humor y hasta su
-salud. En este pensamiento se deleitó Rogelio largo rato. Con todo,
-durante el almuerzo, á pesar de dos ó tres señas de su madre, no cambió
-de actitud respecto á la doncella. Sin saber por qué, le causaba<span class="pagenum"><a name="page_253" id="page_253"></a>{253}</span>
-empacho realizar la mutación delante de doña Aurora. Lo que hizo fué
-observar á hurtadillas á Esclavitud, la cual&mdash;sin duda por efecto de la
-excitación de su fantasía&mdash;le pareció muy demacrada, muy descolorida y
-más lánguida que un sauce. Al convencerse de esto, su noble alma juvenil
-se inundó de piedad; pero su orgullo, juvenil también, se estremeció
-dulcemente. «Pues por mí está de ese modo. Casi parece que me tiene
-miedo, según la precaución respetuosa con que me sirve...»</p>
-
-<p>Acababa de retirarse á su aposento el estudiante para lavarse las manos,
-cuando tocaron ligeramente á la puerta, y á la voz de «pasen» entró
-Esclavitud, llevando en una batea de mimbres hasta media docena de
-camisas planchadas. Por efecto de la carga, que la obligaba á levantar
-los brazos, la muchacha lucía su fino talle y su andar compasado y
-armonioso. Iba á dejar sobre la cama las camisas y retirarse
-silenciosamente, á tiempo que Rogelio, llegándose á ella y amenazándola
-con la mano, exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á ver como están de planchaditos esos puños. ¡Si les encuentro
-un solo candil!</p>
-
-<p>Al oir la voz del señorito, Esclavitud se había sobresaltado,
-figurándose en el primer instante que la regañaban de veras; pero al
-levantar los ojos y fijarlos en la cara de Rogelio, comprendió que se
-trataba de una broma. Radió en su mirada tan sincera alegría; se dilató
-tan visiblemente su pecho; se esponjó de tal modo, en fin, que las
-excelentes entrañas del estudiante se<span class="pagenum"><a name="page_254" id="page_254"></a>{254}</span> conmovieron otra vez gratamente,
-y para disimular aquella emoción recargó la broma.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es justo que ande yo hecho un cesante, y que mis camisas parezcan la
-cara del apreciable señor Don Prudencio Rojas, alias <i>Fantoche del
-Derecho</i>? A ver: alce V. ese níveo cendal y enséñeme esas íntimas
-prendas de vestir. Si mis togas pretextas descubren las rayas de la
-senectud..., huya V. adonde no la alcance mi cólera vengadora.</p>
-
-<p>En el rostro de Esclavitud, cada vez más regocijado, brillaba, al
-levantar el paño, cierta cariñosa malicia.</p>
-
-<p>&mdash;A ver, señorito, á ver qué chata tiene que ponerles á estas pecheras.
-Ni el Rey las gasta más ricas.</p>
-
-<p>&mdash;El Rey lo que gasta son baberos: no confundamos. ¡Enséñeme ese
-prodigio!</p>
-
-<p>En efecto, estaban primorosamente planchadas, tan bruñidas y tersas, que
-fuera gollería pedir más.</p>
-
-<p>&mdash;Bien; por esta vez le perdono á V. la vida. ¡Pero guay si acierta V. á
-descuidarse en el cumplimiento de tan sagrado deber!</p>
-
-<p>&mdash;No señor, no señor. Vendrán cada día más blancas. Lo mismo que
-palomas.</p>
-
-<p>&mdash;Dígnese V. decírmelo en gallego. Voy á dedicarme al estudio de ese
-idioma, porque en el griego y en el sanscrito ya estoy tan fuerte que
-les echo la pata á los profesores. ¿Cómo se dice <i>paloma</i> en gallego?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y es de allá y no lo sabe? ¡Vaya qué ser! Se dice <i>pomba</i> y también
-se dice <i>suriña</i>.<span class="pagenum"><a name="page_255" id="page_255"></a>{255}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Ay! ¡Eso de <i>suriña</i>, qué bonito es! Desde mañana lección de idiomas
-clásicos: V. será mi maestra. «Mademoiselle Suriña, profesora á
-domicilio». Pondremos un cartelito en el balcón y un anuncio en <i>El
-Imparcial</i>. Suriña, quite V. de ahí las camisas, que estorban. Guárdelas
-V. en el armario. ¡Eso!</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, señorito, qué revuelto tiene el armario!&mdash;exclamó la muchacha
-apenas lo abrió.</p>
-
-<p>&mdash;Pues á arreglarlo, Suriña. El arreglo de armarios forma parte de la
-lección de idiomas.</p>
-
-<h3><a name="X-morr" id="X-morr"></a>X</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">E</span><small>LLO</small> sería... ó no sería; pero no se puede negar que, después de
-firmadas las paces con Rogelio, el aspecto exterior de Esclavitud empezó
-á modificarse completamente. Sus ojos se reanimaron, sus mejillas
-florecieron, su voz perdió aquel tono dolorido, su conversación fué más
-expansiva; y sin alterar en nada sus ocupaciones, varió tanto su manera
-de desempeñarlas, que si antes parecía víctima resignada del deber, y su
-silueta tenía algo de aflictivo al proyectarse sobre las paredes de la
-casa, ahora su ir y venir, su resuelta actividad, la llenaban y
-regocijaban toda.</p>
-
-<p>Doña Aurora no cesaba de felicitarse por este cambio. «¡Alabado sea
-Dios! Así me gustan á<span class="pagenum"><a name="page_256" id="page_256"></a>{256}</span> mí las caras, así. No puedo tragar á la gente que
-anda tristota y rostrituerta sin por qué ni para qué. ¿Lo ves, rapaz?
-Pues era por causa tuya, ni más ni menos. Ahora que la tratas
-campechanamente, mira cómo es otra.»</p>
-
-<p>Y tanto como era otra. Hasta su físico había sufrido halagüeña
-metamorfosis. En señal de contento ó por otra causa que ignoramos,
-habíase quitado el pañuelo negro de la cabeza, dejándolo caer
-negligentemente sobre el cuello, cuya blancura extraordinaria realzaba
-el contraste con la negra seda. Su cutis era ahora el cutis de las
-gallegas jóvenes, una tez fresca que parece conservar el brillo de la
-humedad del suelo nativo, y afrenta, con las nacaradas tintas de las
-mejillas, la enfermiza palidez de las hijas de Madrid. Sus interesantes
-ojos verdes, con reflejos amarillentos, acentuaban el carácter
-primaveral y tierno de la hermosura de Esclavitud, asemejando su faz á
-un valle regado por dos cristalinos arroyos. Pero el adorno que
-verdaderamente agraciaba á la muchacha era su cabellera rubia, de un
-rubio algo tostado, con reflejos de oro que rielaban en lo más saliente
-de las simétricas ondulaciones ó conchas que fluían á uno y otro lado de
-la raya, como orla magnífica de la estrecha frente y la delicada sien.
-La rica mata colgaba partida en dos trenzas, ó se retorcía en rodete
-copioso; y si por la mañana aparecía lisa y hasta charolada por la mucha
-agua, único afeite de tocador que usaba Esclavitud, al ir corriendo el
-día y el trajín doméstico, se rebelaba, y fosca y suave á la<span class="pagenum"><a name="page_257" id="page_257"></a>{257}</span> vez,
-formaba al rostro un nimbo, parecido al de las santas de los retablos
-viejos. Y es que el tipo de Esclavitud, con aquel peinado sencillo y
-aldeano, recordaba las creaciones de la iconografía mística, ya en las
-tablas flamencas, ya en las primitivas pinturas italianas, á lo cual
-contribuía su aire modesto, sus ojos bajos, aquel olor á incienso y á
-sacristía que notaba Rita Pardo en ella. Cuando miraba de frente,
-sonriendo, se notaba la fisonomía de la campesina bajo el anguloso
-diseño de la virgen.</p>
-
-<p>Todas estas perfecciones y gracias, con otras más cuyo inventario
-suprimo, las avizoró al través de sus espejuelos, y las reconoció y
-comentó y puso en las nubes el discreto ochentón á quien Rogelio llamaba
-<i>Nuño Rasura</i>, y nosotros con más respeto nombramos Don Gaspar. Ni
-aguardó para entonar el panegírico á que se verificase la transformación
-de la muchacha, sino que desde el primer día que ésta le abrió la
-puerta, empezó el gallardo viejo á babarse y amartelarse, dando jaqueca
-á los contertulios con sus elogios inmoderados, sus involuntarios
-madrigales, sus niñerías, y, para decirlo en frase del Fiscal, «sus
-golpes de archimemo».</p>
-
-<p>&mdash;Vea V., vea V.&mdash;repetía el señor de Febrero levantando la hermosa
-testa orleánica, atusándose delicadamente los rizos de la peluca ó
-sobando el cojín de terciopelo de su muleta,&mdash;qué buen tino ha
-demostrado mi excelente amiguita doña Aurora, al elegir esta sirviente
-única dentro de su clase. En primer lugar, tan útil, tan precavida, tan
-laboriosa como parece.<span class="pagenum"><a name="page_258" id="page_258"></a>{258}</span> En segundo, con ese aire de honestidad y de
-recato. ¡Ah! Para mí, mérito grandísimo, ahora que se han perdido los
-buenos modales, y en la sociedad pululan las sargentonas y los
-marimachos. Allá en otros tiempos ¿se acuerda el amigo Candás? eran
-todas así: nada de estos descaros de hoy día.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí; por fuera mucho compás...&mdash;respondía el empecatado Don
-Nicanor, requiriendo la trompetilla.&mdash;Unas santinas de alfeñique. Y por
-dentro..., vamos, que ya se desquitaban. ¡Carapuche si se desquitaban!
-Como ya se me cayeron los segundos dientes..., no me fío de carinas de
-Virgen.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, que el amigo Candás se nos va por los cerros de la malicia! Eso
-sera allá en Asturias, en su tierra de V. Por la nuestra, no: ¿verdad,
-doña Aurora? Y confesémoslo, señores: en la mujer, así como el descoco y
-la tunantería repelen, este modo tan decente de presentarse, este aire
-tan modesto, abren más el apetito.</p>
-
-<p>Aquí la señora de Pardiñas estuvo á punto de soltar el trapo á reir,
-porque Rogelio, desde su rincón, oyendo hablar de apetito, hizo una
-morisqueta y un guiño de pilluelo para subrayar aquellas lozanías del
-decano.</p>
-
-<p>A los pocos días, la benévola admiración del señor de Febrero se
-convirtió en desatada curiosidad, comezón invencible de saber todo lo
-concerniente á «nuestra paisanita».</p>
-
-<p>&mdash;¿De dónde la ha sacado V., vamos á ver?&mdash;preguntaba á la señora de
-Pardiñas, más con<span class="pagenum"><a name="page_259" id="page_259"></a>{259}</span> el centellear de los entornados y expresivos ojos
-tras los vidrios de los espejuelos, que con la voz.</p>
-
-<p>&mdash;Me la recomendaron las de Romera, á quien V. debe de conocer.</p>
-
-<p>&mdash;¡Aaaaah! ¡Mucho, mucho! ¡Romera, Romera! Sí, Romera.&mdash;Y ajustó los
-vidrios sobre la correctísima nariz.&mdash;Pero las amiguitas
-Romera&mdash;prosiguió con la insistencia del juez que abre una información y
-la machaquería del viejo que quiere enterarse&mdash;¿la han traído de
-Galicia? Porque, si no me engaño, no estuvieron allá nunca. ¿La familia
-de esta chica es gallega?</p>
-
-<p>&mdash;Gallega, sí, señor&mdash;afirmó evasivamente doña Aurora.</p>
-
-<p>&mdash;Será una familia decentita, ¿eh?&mdash;prosiguió el impertérrito <i>Nuño
-Rasura</i>.&mdash;Porque á eso me huele..., y yo tengo de aquí&mdash;añadió señalando
-á aquella escultural facción de su cara.&mdash;Ella, hablar, habla bien: sólo
-algún modismo... El aire es fino, adamado. ¿Conque familia decente?</p>
-
-<p>&mdash;Decente, sí tal&mdash;tuvo que responder la señora, de dientes afuera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero artesanos? ¿Propietarios? ¿Empleaditos?</p>
-
-<p>&mdash;No señor... Sobrina... (la voz de doña Aurora se atascó unas miajas)
-de un cura de aldea.</p>
-
-<p>&mdash;¡Toma, toma, toma!...&mdash;articuló el decano enfáticamente.&mdash;¡Ya decía
-yo! ¡Sobrinita de un sacerdote! <i>Boccato di cardinale</i>: son unas
-muchachas<span class="pagenum"><a name="page_260" id="page_260"></a>{260}</span> muy religiosas, divinamente criadas... y de un orden á toda
-prueba. ¡Toma, toma!</p>
-
-<p>La señora intentó echar la conversación por otro lado; pero nada es
-comparable al antojo de un niño, sino el capricho de un viejo. Don
-Gaspar acariciaba su muleta dándole vueltas, y al fin, sin poder
-reprimirse, indicó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe V., amiguita Aurora, que, si así puede decirse, no le he visto
-bien la cara á esa muchacha? La antesala está un poco obscura. Y tengo
-curiosidad de convencerme de si en efecto se parece á una señorita de
-Vivero, preciosa por más señas, á quien le llamábamos los muchachos la
-Magdalenita..., allá el año de 34 ó 35. Si V. la mandase traer un vaso
-de agua... ó cosa así... con disimulo.</p>
-
-<p>El guiño malicioso que trocaban madre é hijo fué interceptado al vuelo
-por Laín Calvo, quien exclamó haciendo cómicos aspavientos y renunciando
-momentáneamente al ejercicio de la sordera:</p>
-
-<p>&mdash;¡Caray, doña Aurorina del alma! No llame á esa ninfa, no, que será V.
-responsable de la pérdida del amigo señor Febrero. En la edad de Don
-Gaspar, las pasiones hacen estragos, Prudencia, Don Gasparín, mire que
-hay cielo. ¿Refregarles por los hocicos las niñas bonitas á los
-calaveras? Es un pecado, home.</p>
-
-<p>Cuando entró Esclavitud llamada con un pretexto cualquiera, nadie podía
-contener la risa, lo cual azoró un tanto á la muchacha, que no sabiendo
-de qué se trataba allí, se puso muy sofocada y por consiguiente más
-linda, con<span class="pagenum"><a name="page_261" id="page_261"></a>{261}</span> aquel encanto especial suyo, que procedía de un aire casto y
-humilde, bajo el cual se traslucía una firmeza rayando en apasionada
-obstinación. El señor de Febrero se la comía con los ojos. ¡Viejecito
-más chiflado! Tan pronto como Esclavitud pudo escurrirse, Laín Calvo
-secreteó á la señora de Pardiñas:</p>
-
-<p>&mdash;Ay, ay...: la niñina será un tesoro..., pero á mí...&mdash;y se tocaba la
-nuez&mdash;aquí se me pone y de aquí no me pasa. Estas que todas se arrebatan
-cuando las mira uno, me escaman muchísimo. ¡Doña Aurora, ojo...,
-cuidado!</p>
-
-<p>&mdash;No sé de dónde saca V. eso, señor de Candás&mdash;protestó la señora con
-enojo, herida en su gran simpatía por la muchacha.</p>
-
-<p>&mdash;Estas así, que parece que no rompen un plato, son de la misma
-rabadilla de Lucifer&mdash;alegó el maligno asturiano.&mdash;Venden modestia, y
-dan terquedad; venden inocencia, y dan más truchimanería que el que la
-inventó. No se fíe, amiguina. Estas son de aquellas que dicen: «¡Ay
-Jesús! No me pidas el brazo que me escandalizo. Pero si te lo tomas...
-¿cómo ha de ser? tendremos paciencia.»</p>
-
-<p>&mdash;Señor Candás, hay ciertas indicaciones que se pueden calificar de
-viperinas&mdash;protestó frenético Nuño Rasura, pegando con la muleta en el
-suelo.&mdash;Cuando está en juego la honra del sexo hermoso, toda cautela es
-poca, y conviene ver por dónde se anda y lo que se dice y á quién se
-toma en boca, señores.</p>
-
-<p>&mdash;Ya, ya&mdash;replicó el Fiscal, agarrándose á la sordera.&mdash;Ya entiendo que
-á V. también le dan<span class="pagenum"><a name="page_262" id="page_262"></a>{262}</span> en qué pensar estos tipos así. No en balde hemos
-vivido añitos, y se nos ha caído la segunda dentición y los pelos de la
-cabeza. Doña Aurora: diga, y ¿por qué vino á dar aquí esta princesa
-errante? ¿Algún Eneas de allá que la plantó? Huéleme á historia.</p>
-
-<p>&mdash;No señor&mdash;declaró la señora de Pardiñas.&mdash;No se eche V. á pensar mal,
-que no acertará. Por muerte de... de su tío, tuvo que ponerse á
-servir...</p>
-
-<p>&mdash;¿Desde cuándo?</p>
-
-<p>&mdash;Pues hará medio año... poco más ó menos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y ya ha corrido dos casas? ¡Malorum... malorum!</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué malorum! Nada de eso. La yerra V., Don Nicanor. Le entró á la
-infeliz una especie de nostalgia, de esa que suele atacarnos á los
-gallegos cuando salimos por primera vez de nuestra tierra..., y, al
-menos, quiso servir con gente de allá. Como Vds. los asturianos son unos
-descastados, no comprenden esto. Pregúntele V. á las de Romera si tienen
-queja de la muchacha; que de allí se vino para esta casa muy de Vds.</p>
-
-<p>&mdash;¡Uy, uy! ¿eh? ¡Con que nostalgia! Romanticismos y dengues, ¡carapuche!
-Ahora sí que digo yo que á esta princesina la tendrá V. que llevar tila
-para los nervios todas las mañanas. No se le ocurre ni al diaño. En
-estando bien comida y bien tratada, no sé qué caray le importaba la
-nacionalidad de los amos con quien servía, home.</p>
-
-<p>&mdash;Está V. equivocado&mdash;contestó airadamente<span class="pagenum"><a name="page_263" id="page_263"></a>{263}</span> el señor de Febrero.&mdash;Esta
-enfermedad, que se conoce por <i>morriña</i> ó mal del país, es terrible en
-mis paisanos, señor de Candás, y alguno conocí á quien le llevó á la
-hoya. No se ría V., que esto lo saben allá hasta los gatos; y si V. no
-lo sabe, apréndalo. A veces, con evocar un recuerdo del país, se cura.
-¿Ignora V. lo que ocurrió con el quinto, enfermo en el Hospital de la
-Habana? Pues estaba el pobre hombre á punto de liárselas, y ¿con qué
-dirá V. que sanó, pero en seguidita? Pues con tocarle la muiñeira en la
-gaita de su país. Así, así; con la muiñeira.</p>
-
-<p>&mdash;Home..., no fastidie, por el Santísimo Cristo se lo imploro. Estaría
-ese quinto más borracho que un templo. Jumera pura. Ya le curaría yo con
-solfa de varas de avellano.</p>
-
-<p>&mdash;Mi Don Nicanor, con V. no se puede. Niega V. lo que los demás hemos
-visto... Más vale hacerse como V., el sordo. Doña Aurora, si la
-paisanita esa no le conviene á V..., yo, por una servidora así...</p>
-
-<p>&mdash;¡Aquí de Dios! Que este home quiere robar á la bella Elena que V. ha
-descubierto. Atentado contra la moral pública. Diga que no, doña Aurora;
-mire que es cosa grave.</p>
-
-<p>&mdash;Ya se ve que diré que no. Por la cuenta que me tiene. Estoy muy bien
-servida con Esclavitud para deshacerme de ella.</p>
-
-<p>Rogelio había oído en silencio la discusión de Nuño Rasura y Laín Calvo.
-El se inclinaba hacia las indulgentes apreciaciones de su madre y del
-ex-presidente de sala: con todo, á veces le<span class="pagenum"><a name="page_264" id="page_264"></a>{264}</span> entraban impulsos de creer
-que el maldito asturiano calaba más y conocía mejor la vida. Por una
-ilusión frecuente en los que carecen de experiencia, la malignidad y el
-pesimismo le parecían la última palabra del saber humano. Aquella
-disposición suya á pensar bien, debía, en su concepto, originarse de lo
-poco que había vivido. «A mí cualquiera me mete el dedo en la
-boca»&mdash;deducía.&mdash;«Soy un chiquillo, y no me da la gana de seguir
-siéndolo.»</p>
-
-<h3><a name="XI-morr" id="XI-morr"></a>XI</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">C</span><small>RUZABA</small> Esclavitud el pasillo, y oyó la voz de su señorito llamándola.</p>
-
-<p>&mdash;¡Esclavita!</p>
-
-<p>&mdash;Voy.</p>
-
-<p>&mdash;Acude pronto... Tu intervención habrá de resolver un pavoroso
-conflicto.</p>
-
-<p>La muchacha entró, y vió al estudiante de pié, en mangas de camisa, con
-el chaleco en una mano, y la otra muy apretada, lo mismo que si
-encerrase en ella algún tesoro.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora mismo, con la velocidad del rayo, acaba de saltarse de mi cuello
-este botón de precioso nácar... ¿Puedes adherirlo otra vez á su base sin
-atravesar mi garganta con el frío acero?</p>
-
-<p>Sonrió Esclavitud, y registrándose el bolsillo,<span class="pagenum"><a name="page_265" id="page_265"></a>{265}</span> sacó alfiletero,
-carrete, dedal: este último era perforado por arriba y abajo, como los
-de las aldeanas. Se lo calzó rápidamente, y con igual presteza enhebró
-la aguja, dió el nudo, y cogió entre el pulgar y el índice la rodajilla
-de nácar. Arrancó el hilo que colgaba señalando el lugar del
-desperfecto; aplicó el botón, é introdujo la aguja... Aquí dieron
-principio las dificultades de la empresa. No era posible sacar la aguja
-airosamente, sin pincharle al señorito la barba, todavía rasa y monda
-cual la de una mujer. El fingía ayudar, y torcía la geta con mil
-festivos remangos y mucho de «¡ay! ¡socorro..., que me parten la
-carótida..., que me atraviesan la yugular..., que me practican la
-arriesgada operación de la traqueotomía sin tener garrotillo!» y la
-muchacha, risueña, pero sin perder el aplomo, sólo decía:&mdash;«Aparte un
-poco..., cuidadito ahora..., vuélvase..., pronto acabo...» Por fin, con
-ademán triunfante, dió alrededor del botón un sinnúmero de vueltas con
-el hilo, formando el pié; remató...</p>
-
-<p>&mdash;¡Hurra! Victoria. Abróchamelo.</p>
-
-<p>Los deditos menudos, picados de la aguja, recorrieron la garganta del
-estudiante, el cual despidió nuevos chillidos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, ay, ay... Que me pelliiizcan!</p>
-
-<p>Pero apenas estuvo abrochado el botón, murmuró como el que ruega para
-obtener una cosa muy importante y ardua:</p>
-
-<p>&mdash;Esclava... Dígnate ceñir á mi cuello este dogal.</p>
-
-<p>La muchacha tomó la chalina de seda, y al<span class="pagenum"><a name="page_266" id="page_266"></a>{266}</span> rodearla al cuello del
-señorito, se tropezaron las miradas de los dos. Mientras duraban las
-otras operaciones no había sucedido semejante cosa, porque Rogelio
-volvía la cabeza todo cuanto se lo permitían los accesos de risa que le
-entraban: ahora sí tenía que suceder, pues Esclavitud levantaba el
-rostro, y Rogelio, más alto, veía por fuerza, tan cerca que le mareaban,
-las dos pupilas verdes sembradas de puntitos de oro, y la raya del pelo,
-derecha, angosta y limpia, como surco que parte un campo de madura mies,
-y la cóncava frente, tersa y suave, y las venitas azules de las sienes y
-párpados. El aliento puro de la muchacha subía hasta la boca del
-estudiante, causándole un principio de embriaguez, como si hubiesen
-destapado una botella de oxígeno.</p>
-
-<p>Fué asunto de un instante, pero instante en que por la intensidad de la
-sensación, Rogelio creyó vivir un año. La infancia, con su ligereza de
-mariposa, sus vagos horizontes de plata y azul, se quedó atrás; y la
-golosa juventud, la de insaciables labios, surgió tendiéndolos con afán
-á la copa eterna. La sangre de Rogelio, hasta entonces lenta, enfriada
-por la clorosis, saltó en las venas con impetuoso hervor, y refluyendo
-al corazón de golpe, volvió á derramarse encendida por el organismo. Un
-velo rojo, el que nubla las pupilas del criminal en el momento decisivo,
-cubrió también los ojos del estudiante, mientras le asaltaba la
-tentación brutal y furiosa de cerrar los brazos, comerse á besos la
-linda cabeza y deshacer á achuchones<span class="pagenum"><a name="page_267" id="page_267"></a>{267}</span> el cuerpo... La misma violencia
-del deseo paralizó su acción, y como Esclavitud había terminado el
-arreglo de la corbata, cuando Rogelio iba á ceder á la sugestión
-culpable, la muchacha se desviaba ya, colocándose á distancia
-conveniente para juzgar del efecto del lazo.</p>
-
-<p>Fué como si se interrumpiese la comunicación del alambre con la pila.
-Rogelio volvió en sí, tan sobrecogido de terror considerando lo que
-había estado á punto de hacer, que sintió enfriársele las manos. «¡Qué
-atrocidad, Dios mío!... ¡qué disgustazo para mi madre!»</p>
-
-<p>La noción moral, que á otros se les inculca como necesidad racional y
-deber ineludible, ó como religioso precepto, habíala recibido Rogelio
-por el conducto del sentimiento, en su educación faldera y mimosa de
-hijo único. Todas las ideas de decoro, de bondad, de rectitud, le
-llegaban por ese camino indirecto, pero dulce. «¡Ay, qué pena tendría
-yo, rapaz, si tú hicieses tal ó cual cosa! ¡Jesús, qué bochorno para mí
-si cayeses en esta ó en aquella falta!» Así es que, sin darse cuenta de
-ello, lo primero que Rogelio veía en sus actos era el efecto que podían
-producir en el corazón de su madre; y ésta fué también su primer idea,
-al disiparse el vértigo que le obscureciera la razón mientras tuvo tan
-cerca á la muchacha. Cuando Esclavitud hubo salido del aposento, el
-mismo recelo fué base de una honradísima resolución, la de evitar nuevas
-ocasiones y peligros más inminentes todavía. Tales propósitos son
-difíciles de sostener cuando se tiene el peligro en casa. A cada<span class="pagenum"><a name="page_268" id="page_268"></a>{268}</span>
-momento Rogelio sentía renacer su antojo primerizo, y como bocanadas de
-aire caliente, subírsele al cerebro los mismos vapores. En la mesa; al
-encontrar á Esclavitud en el pasillo; cuando le traía á su cuarto luz,
-recados ó ropa, no podía menos de devorarla con los ojos, detallando la
-perfección de su talle gentil, el misterio de su cerrado y honesto
-corpiño, la gracia de su ligero andar. Cuanto mayor y más vivo era su
-anhelo, más atado se sentía en presencia de la muchacha. Delante de ella
-le parecía imposible resolverse nunca á decirle nada que tuviese color
-de requiebro formal; y en cambio, de noche, á solas, desvelado, dando
-vueltas en la estrecha camita, juzgaba fáciles todas las empresas y
-razonables todos los despropósitos, y hasta&mdash;¡extraña forma del capricho
-apasionado!&mdash;creía tener una obligación, una especie de deber estricto
-de realizar lo que por el día consideraba un atentado y un acto de
-locura. «Después sí,&mdash;pensaba,&mdash;que nadie podrá llamarme chiquillo; y yo
-mismo me convenceré plenamente de que no lo soy.» Esta disparatada idea
-se desvanecía por la mañana, al traerle su madre el chocolate según
-vieja y afectuosa costumbre. Al ver entrar á doña Aurora con su bata de
-tartán y la bandeja en las manos; al saborear el primer bizcocho, el
-chico mimado sentía todo el influjo de la ley moral imponiéndose con
-fuerza apodíctica, y los principios desconocidos ó negados minutos
-antes, se le presentaban claros, demostrativos, evidentes. «Darle una
-pesadumbre á mamá, allá por fuera<span class="pagenum"><a name="page_269" id="page_269"></a>{269}</span> de casa, ya sería terrible, ya se me
-ponen los pelos de punta con solo imaginarlo... Pero, en fin, siempre
-resultaría más disculpable y más llevadero. Aquí mismo..., vaya..., es
-cosa inaudita. Aunque ella no lo pescase, á mí se me figuraría que me lo
-estaba leyendo en los ojos y hasta en el modo de respirar. Y lo
-pescaría, lo pescaría; ¿pues quién lo duda? Es muy pilla mamá, así con
-esas tracitas de bonachona. El dedo en la boca no se lo mete nadie. Me
-conoce tan bien, que aún no he acabado yo de decir las cosas y ya las ha
-guipado ella. Como que no le importa ni se ocupa de nada sino de mí.
-Dios quiera que no tenga escama ya...»</p>
-
-<p>Así, aquel culpable de pensamiento estudiaba con atención el rostro de
-doña Aurora, temeroso de que alguna de sus miradas á Esclavitud le
-delatase. A veces se comprometía por dar en el extremo opuesto,
-afectando no mirar á la muchacha, evitando hasta el roce de su manga
-cuando le servía á la mesa. Verdad que este mero roce le sacaba de
-quicio, llegando á causarle una impresión dolorosa por lo intensa. Era
-el suyo deseo exaltado de la primera edad, que no sabe aún ni reprimirse
-ni abrirse camino hasta su objeto. Después de dos ó tres días de huir de
-la Esclavitud, ideaba un pretexto para ir á sorprenderla en el cuchitril
-donde planchaba y tenía las cestas del repaso; y una vez allí, no se le
-ocurría más que sentarse en una silleta, y engañar su violento capricho
-contemplando á la chica que, encendida y sudorosa, encorvado el brazo
-derecho en arco rígido,<span class="pagenum"><a name="page_270" id="page_270"></a>{270}</span> hincaba con esfuerzo la plancha en las pecheras
-ó los puños de las camisas. Cuando el ímpetu de abrazarla le acudía muy
-fuerte, Rogelio se levantaba y refugiábase en su despachito. Allí
-estaban, sobre el barnizado escritorio, los antipáticos libros de texto,
-impresos en papel de estraza, con tipos gastados y turbios, y
-despidiendo de sus mustias hojas y de su parda cubierta toda la secura
-de la aridez, todo el humo del hastío. Nunca le habían caído en gracia á
-Rogelio los tales librotes; pero ahora... Apenas intentaba abrirlos para
-repasar una conferencia, una niebla de aburrimiento pertinaz se le subía
-á la cabeza, y una especie de disolución moral se verificaba en su
-espíritu, en el cual cierta voz rebelde murmuraba vagamente herejías
-así: «Anda, hijo, déjate de pamplinas, reniega de esa ciencia oficial,
-manida, huera, sin jugo. La realidad y la vida son otra cosa. Eso con
-que pretenden alimentarte es un conjunto de vejeces, la cáscara de un
-limón exprimido ya por la mano diez y nueve veces secular de la
-Historia. Ha caducado cuanto estudias. Te quieren llenar el cerebro de
-restos momificados, de trapos polvorientos y de antiguas telarañas. Te
-quieren meter en la cabeza la vieja balumba jurídica, y que de un salto
-te encuentres en la edad de tus tertulianos, Laín Calvo, Nuño Rasura y
-el honrado <i>Fantoche</i>. Quieren que seas de palo como él. No, eres de
-carne y hueso; eres hombre; la vida te llama, y la vida á tu edad, á
-falta de un estudio que desarrolle la armonía de tus facultades, es...
-Esclavitud».<span class="pagenum"><a name="page_271" id="page_271"></a>{271}</span></p>
-
-<p>A estas indeterminadas reflexiones aquí traducidas en lenguaje claro y
-vulgar, el estudiante asentía bostezando, levantándose nerviosamente de
-la silla, cogiendo del estantito una novela ó el último número del
-<i>Madrid Cómico</i>, tumbándose sobre la cama, y tratando de distraer con
-una lectura hambrienta sus febriles ansias.</p>
-
-<p>No tenía el recurso del cigarro, porque pertenecía á esta generación
-reciente que no fuma, y que llegará, si Dios no lo remedia, á desmayarse
-con el olor del habano, ni más ni menos que las damas británicas.
-Faltábale ese gran engañador de la impaciencia, ese gran consejero en
-las horas malas, ese poderoso sedante, esa distracción la más espiritual
-de cuantas puede ofrecer la materia. Un día pensó en ella mucho. «¿Qué
-me sucedería si fumase? Por de pronto, marearme. Quién sabe si echar los
-bofes... de fijo que sí. Luego, mamá conocería por el olor... No, peor
-es el remedio que la enfermedad.»</p>
-
-<p>Esta idea del cigarro, que le halagaba porque tenía algo de calaverada
-varonil, trajo como de la mano otro expediente más fecundo en resultados
-y hasta de realización gratísima y fácil. ¡No habérsele ocurrido antes,
-cuando era tan sencillo, tan sencillo, y hasta tan natural y justo, y
-sobre todo tan útil para alivio del malestar presente! «Pues si lo raro
-es que yo no tenga ya una novia, señor. La tiene cada quisque: Benito
-Díaz, una preciosa; Cardona otra por quien bebe los vientos... Siempre
-me están diciendo<span class="pagenum"><a name="page_272" id="page_272"></a>{272}</span> que á qué aguardo para echarme la mía
-correspondiente. Pues les sobra razón. Así se me quitarán estas
-chifladuras y estos alborotos. Tomaremos novia, sí señor que la
-tomaremos. El tener novia no es cosa mala, ni aunque mamá lo averigüe se
-va por eso á disgustar. Un clavo saca otro clavo. Será la gran
-distracción...»</p>
-
-<p>Creada ya la plaza, faltaba saber en quién recaería la provisión del
-empleo. Rogelio pasó revista con la memoria á todas las señoritas
-conocidas suyas. Unas eran feas, otras tenían ya su arreglito; ésta
-frisaba en los treinta; aquélla no salía de casa jamás; unas se
-burlarían de él; otras le pedirían cosas muy difíciles en prueba de
-cariño... Recordó que por una callejuela que desembocaba en la Ancha de
-San Bernardo, vivían frente á su casa tres ó cuatro chicas, descendencia
-de un empleado en el Ministerio de Ultramar. No eran malejas, en
-especial la menor, una rubita pálida que, cara, pelo y ojos, todo lo
-tenía de un color mismo, lo cual la favorecía, dándole cierto parecido
-con la infanta Eulalia. Rogelio la miraba á veces, recibiendo pago
-puntual de todas sus ojeadas sin que le quedasen debiendo ni una sola.
-«La rubita me conviene....», pensó el estudiante. «Ni necesito moverme
-del comedor...» En efecto: el mismo día que lo discurrió, á la hora del
-almuerzo, apostóse detrás de los cristales, con las vidrieras á
-cuchillo, y miró hacia los balcones del tercer piso de enfrente. Allí
-estaba la rubia, vistiendo una mañanita de percal de lunares,<span class="pagenum"><a name="page_273" id="page_273"></a>{273}</span> toda
-sucia y ajada; sobre la barandilla del balcón flotaban varias prendas de
-ropa íntima, en más que mediano uso, puestas á secar, y encima de una
-cómoda se veían frascos cubiertos de polvo, la jaula vacía de un
-jilguero, trapos, una bota inservible.&mdash;Al fijarse en aquel interior
-nada holandés, el plan de tomar novia que viviese allí se le frustró á
-Rogelio. Permaneció apabullado diez minutos. «Buscaremos por otra parte.
-Lo que es sin novia no me quedo yo; sólo faltaba...»</p>
-
-<h3><a name="XII-morr" id="XII-morr"></a>XII</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">L</span><small>A</small> mañana de un domingo despertó á su hijo la señora de Pardiñas con la
-intimación siguiente: «Hoy haremos visitas. No hay más remedio: estamos
-en descubierto con todo el mundo. Es un escándalo. Ya he pedido el landó
-al taller de Agustín: dice que á las dos en punto lo tendremos á la
-puerta. ¡Ah!... ¿No sabes? Voy á ir, que si me miro al espejo, no me
-conozco. La modista me trajo ayer el vestido de terciopelo negro
-arreglado con pasamanería de azabache y puntillas; el sombrero igual
-está listo. Con que tocan á sacar el fondo del baúl. Te pasarás por la
-peluquería antes de almorzar: tienes el pelito muy largo».</p>
-
-<p>Rogelio gruñó bastante, alegó dos ó tres <span class="pagenum"><a name="page_274" id="page_274"></a>{274}</span>ocupaciones indispensables
-aquel día, pero todo en broma, porque bien veía á la señora de Pardiñas
-resuelta á no acostarse sin haber ofrecido un gran holocausto en el
-altar de la sociedad. A los dos menos cuarto, Rogelio estaba acabando de
-abrocharse la primer fila de botones de su levita inglesa, delante del
-armario de espejo. Por fortuna era domingo, y, en tal día, frente á la
-Universidad es donde se puede estar seguro de no encontrar un estudiante
-para un remedio; que si no, menuda sofoquina le esperaba cuando los
-compañeros le viesen con aquel empaque, vestido de <i>caballero</i>, con
-guantes y chisterómetro. Acostumbrado á la pañosa y al hongo, le parecía
-en los primeros momentos, que ir de levita era así cómo salir de
-máscara. Allí estaba la chistera, reluciente, flamante, sobre la mesa
-del despacho, y los guantes también, y el junquillo, y el tarjetero de
-piel de Rusia, y el pañuelo con rica inicial bordada. De todos estos
-objetos se hizo cargo; ladeó el sombrero al colocarlo sobre la bien
-aliñada cabeza, y empezaba á calzarse los guantes, con el mal humor
-inherente á esta operación siempre enfadosa, cuando su madre entró.</p>
-
-<p>&mdash;¡Jesús, máter admirábilis! Vienes hecha un brazo de mar. ¡Ole por las
-buenas mozas, las mujeres principales y el trapío!</p>
-
-<p>Lo que venía doña Aurora era muy atarugada con las galas que sólo en
-ocasiones solemnísimas se determinaba á lucir. Que no la quitasen á ella
-de su mantito arrebujado, de su traje de merino y de su gran abrigo de
-pieles.<span class="pagenum"><a name="page_275" id="page_275"></a>{275}</span> Tanto embeleco era para condenarse. El peso del sombrero, con
-sus lazos empingorotados, la obligaba á bajar la cabeza; los aceros de
-la falda la ataban los muslos; en fin, ello no había más camino que
-someterse á semejantes impertinencias, por lo menos dos veces al año.
-Llevaba tarjetero, como su hijo, y además una lista de las casas donde
-se creía obligada á ir. También lucía, asomando por el manguito de
-marta, un hermoso pañuelo de encaje, perfumado con no sé qué extracto
-fino, y en las orejas dos buenos solitarios; el lujo modesto de una
-señora que no pretende sino guardar el decoro de su clase. Y, sin
-embargo, tal es el poder de la composición y del adorno en la mujer, que
-doña Aurora, con sus cincuenta y pico, parecía haberse dejado diez en la
-puerta del cuarto tocador, ostentando en la tez una animación agradable,
-y en el andar cierta majestad insólita.</p>
-
-<p>Esclavitud venía detrás, trayendo un abrigo, que por si acaso enfriaba
-la tarde iría en el coche; y mostrando esa admiración solícita de los
-criados adictos en los días de gala con uniforme para sus amos, se puso
-á arreglarla el <i>polisón</i> y las aldetas del corpiño, y á sacudir
-imperceptibles motas de polvo en la parte inferior del volante. De
-pronto alzó los ojos, y exclamó cándidamente mirando á Rogelio:</p>
-
-<p>&mdash;Virgen de las Ermitas... ¡El señorito qué majo!</p>
-
-<p>&mdash;¿Verdad que está hecho un figurín? Rogeliño, vuélvete, vuélvete...,
-así. La levita te la han sacado pintada.<span class="pagenum"><a name="page_276" id="page_276"></a>{276}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Mamá!...&mdash;protestó Rogelio. Pero fué preciso dejarse mirar y remirar
-por Esclavitud, y aun consentir una mano de cepilladura en el cuello de
-la levita. Las pupilas de la muchacha le decían con inocente lenguaje
-que estaba <i>bien</i>. Le arregló los puños, y cuando bajaba la escalera
-todavía le gritó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué lástima! Lleva en la pierna derecha un poco de pelusa de la
-alfombra.</p>
-
-<p>La primer visita fué á casa de Don Gaspar Febrero, porque la hija del
-respetable decano, casada con un comandante de Estado Mayor, se
-marcharía pronto á Filipinas, en compañía de su marido, destinado á
-Manila. Se habló de la navegación, del clima, de los baguíos, de la
-carestía de la vida allá, y del señor mayor que se quedaba solo aquí.
-Por fortuna, nunca había estado más tieso, más animoso, ni más rufo: aun
-ahora mismo acababa de salir á pié, agarradito á su muleta, ávido de
-tomar sol. Con estas buenas nuevas se despidieron de la morada de Nuño
-Rasura y pasaron á hacer otras visitas casi todas análogas, algunas de
-tarjetazo, las más agradables para Rogelio, que al acercarse á cada
-portal repetía entre dientes la consabida jaculatoria:</p>
-
-<p>&mdash;Animas benditas, ¡que no estén en casa las visitas!</p>
-
-<p>Pero ¡ay! Pegó el gran respingo al anunciarle su madre que ahora irían
-«un minuto» á casa de las señoritas de Romera, Pascuala y Mercedes.</p>
-
-<p>&mdash;Madre mía, si es posible, pase de mí ese<span class="pagenum"><a name="page_277" id="page_277"></a>{277}</span> cáliz. Pero, ¡carapuche!
-como dice el sordo de conveniencia, ¿no ves que necesitaré pellizcarme
-así, para no dormirme?</p>
-
-<p>&mdash;¿Tan curro como estás y no quieres lucirte con las buenas mozas? Anda,
-anda, da la orden: calle del Barquillo...</p>
-
-<p>Reservaba la casa de las solteronas una sorpresa al estudiante, en
-figura de la despabilada chiquilla que salió á recibir á los
-visitadores, y les convidó á pasar á la sala, anunciando que las tías
-«vendrían inmediatamente». Para decirlo hizo mil monerías con la cara y
-los ojos, que los tenía negros, chiquitos, vivarachos, muy parleros.
-Vestía la sobrinita de las de Romera un traje bastante rabicorto,
-indicio de que aún no había ascendido á la dignidad de la mantilla, y un
-mandil de peto, bordado de colorines alrededor: un lazo de cinta azul
-ataba la coleta de su trenza corta; y sus zapatitos usados, desflorados
-por la punta, indicaban la viveza de movimientos del pié menudo y
-arqueado que prendían. A poco rato salió Pascuala, la mayor de las
-solteronas, toda mocosa y acatarrada, declarando que su hermana no podía
-moverse del gabinete, por estar pasando un resfriado mayor aún, que
-requería evitar cambios de temperatura. «Mire V.: poner á mi hermana
-entre puertas, es como darle una puñalá». Luego presentó á su sobrina
-igual que hubiese presentado á un perrillo revoltoso, que alterase la
-soñolienta quietud de aquella morada. «Aquí tiene V. á mi ahijada
-Inocencia, la niña segunda de mi hermano Sebastián, el que vive en
-Loja...<span class="pagenum"><a name="page_278" id="page_278"></a>{278}</span> Nos la ha dejado el pobre aquí porque necesita arreglarse la
-boca; le ha nacío un diente montado sobre otro, y habrá que
-arrancárselo... Es muy ardilla; no puede estarse fija en un sitio; no
-hay calzado que le baste; por eso la ven Vds. tan mal de botitas...»
-Hechas estas aclaraciones, vino á cuento hablar de Esclavitud, y en
-atención á que no se podía tratar el asunto delante de «una criatura» y
-á que Mercedes deseaba disfrutar de la presencia de doña Aurora, las dos
-damas pasaron al gabinete, dejando solos á Rogelio é Inocencia.
-«Enséñale los álbumes y las vistas de Granada, niña», fué la orden que
-recibió la chiquilla al salir su tía de la sala.</p>
-
-<p>Inocencia obedeció,&mdash;no sin hacer varias morisquetas á pretexto de
-llegarse á la mesa,&mdash;exclamando atropelladamente y con mucho ceceo:</p>
-
-<p>&mdash;Venga V., venga V. á ver las estampas que dice tía Pascua. ¡Son más
-preciosas!</p>
-
-<p>Aunque lo de ponerse á mirar estampitas le sabía mal al «caballero» de
-levita y chistera, por vergüenza de protestar se resignó, y ocupó una
-silla al lado de la chicuela, que, al abrir el álbum, le lanzó una
-ojeada inequívoca, incendiaria, con todo el descaro de los catorce años
-mal cumplidos. Ya al quedarse solo con la niña, le había ocurrido al
-estudiante que no pudiera deparársele ocasión más rodada y cómoda de
-echarse novia que la presente. Mortificábale un poco en su amor propio
-el que fuese tan chiquilla, porque una señorita de diez y ocho á veinte
-honraba más, y aquello olía á noviazgo de<span class="pagenum"><a name="page_279" id="page_279"></a>{279}</span> juego; pero al verla de
-cerca, con todos los indicios de la precocidad meridional, con su
-cuerpecito ya enteramente formado y su labio superior grueso y un poco
-remangado por el diente defectuoso, parecióle una mujer en miniatura, y
-dijo para sí:</p>
-
-<p>&mdash;Me declaro.</p>
-
-<p>Declaróse en efecto, sin más preámbulos ni ceremonias, con frases muy
-retumbantes aprendidas en zarzuelas y comedias, en periódicos y bromas
-de estudiantes. La chiquilla, sin mostrar la menor sorpresa, fingía
-seriedad, enrollando un pico del lazo de su trenza, traída adelante con
-afectación de lucir el pelo, haciendo á la vez mil mohines y dengues de
-coqueta de oficio. Como el estudiante alzase un poco la voz, la niña
-murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;¡Chisss... Que están ahí, en el gabinete!</p>
-
-<p>Rogelio bajó el diapasón y apretó la súplica, aunque empezaban á
-cosquillearle unos fuertes impulsos de reir á carcajadas: y después de
-tres ó cuatro gestos negativos, la niña, sin más ni más, de golpe, dijo
-que <i>sí</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¿Me da V. una prueba de amor?&mdash;imploró Rogelio: y sin aguardar
-respuesta, se inclinó y la besó en el carrillo, figurándose que besaba
-el de una pintada muñeca, terso, rosado, insensible. Ninguna emoción, ni
-de placer ni de bochorno, reveló Inocencia al recibir el beso: antes
-cogiendo al estudiante por la solapa, indicó con mucha fe:</p>
-
-<p>&mdash;Me parece que debemos tutearnos. Los novios de mis amigas se tutean
-con ellas.<span class="pagenum"><a name="page_280" id="page_280"></a>{280}</span></p>
-
-<p>&mdash;Bien, pues te tutearé... Ya te estoy tuteando.</p>
-
-<p>Ella recalcó con el mismo empeño y apresuramiento:</p>
-
-<p>&mdash;También debemos escribirnos todos los días: todos, sin faltar uno. El
-novio de mi hermana Lucía le escribe unas cartas así..., una por la
-mañana, otra por la tarde, que aún es más.</p>
-
-<p>&mdash;Corriente. Nos escribiremos. Me entenderé con la criada para que
-traiga y lleve la correspondencia.</p>
-
-<p>&mdash;Y me darás un retrato tuyo. ¿No tienes fotografías? A mí no han
-querido papás dejármela sacar, hasta que me arranquen el diente; pero
-puedo darte pelo para un medallón. ¿Me lo corto ya?&mdash;añadió jugueteando
-con las puntitas rizadas de la coleta.</p>
-
-<p>&mdash;No... Cuando yo te dé el retrato.</p>
-
-<p>La chiquilla se levantó rápidamente, y andando de puntillas, fué á la
-puerta del gabinete donde charlaban las señoras mayores. Regresó, con
-las mismas precauciones, gozosa.</p>
-
-<p>&mdash;Creí que venía madrina. Pero no. Están de mucho palique.</p>
-
-<p>Dicho esto volvió á ocupar su sitio al lado del estudiante, y
-transcurrieron dos ó tres minutos sin que se dijesen palabra. La
-chiquilla esperaba, sorprendida de que no se le ocurriese nada á su
-novio; y al muchacho, por más que discurría, no se le venía ni esto á la
-boca. Sólo continuaba teniendo ganas de reir, unas ganas disparatadas, y
-para no estallar se cubría los labios<span class="pagenum"><a name="page_281" id="page_281"></a>{281}</span> y la nariz con el rico pañuelo de
-bordada inicial. La <i>novia</i> reparó en el pañuelo, y observó vivamente:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué letra es esa?</p>
-
-<p>&mdash;Erre. Me llamo Rogelio.</p>
-
-<p>&mdash;Ya te lo iba yo á preguntar. Siendo mi novio necesito saber cómo te
-llamas. ¿Qué pongo en los sobres de las cartas? Señor Don Rogelio...</p>
-
-<p>&mdash;Pardiñas.</p>
-
-<p>&mdash;Pardiñas, Pardiñas, Pardiñas...&mdash;Repitiólo muchas veces la muchacha,
-como si temiese olvidarlo; y después, encarándose con el estudiante, le
-interrogó con tono solemne:</p>
-
-<p>&mdash;¿Nos hemos de casar?</p>
-
-<p>Aquí ya Rogelio no pudo aguantar el acceso de risa nerviosa, y la dejó
-salir por la boca, por los ojos, por el cuerpo mismo, cogiéndose la
-cintura, que le dolía con la fuerza de las carcajadas. Y sollozaba,
-echado atrás en el sillón:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay... ay... me muero, me muerooó!</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué te ríes?&mdash;preguntó algo picada la niña.&mdash;Pareces tonto. Dime
-si nos hemos de casar, ea.</p>
-
-<p>&mdash;Por supuesto que sí. Es que soy muy tentado de la risa. Déjame reir,
-que si no me pongo malo.</p>
-
-<p>Así que hubo desahogado, Inocencia le cuchicheó al oido:</p>
-
-<p>&mdash;¿Pasarás mañana á las nueve de la mañana por esta calle? Yo estaré al
-balcón. A esas horas me asomo siempre á ver pasar la batería<span class="pagenum"><a name="page_282" id="page_282"></a>{282}</span> montada.
-Es muy bonita. ¿Tú qué carrera sigues?...</p>
-
-<p>&mdash;Abogado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Lástima! No tienes uniforme.</p>
-
-<h3><a name="XIII-morr" id="XIII-morr"></a>XIII</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">A</span> Rogelio, cuando iban terminando de bajar la escalera, le duraba aún la
-impresión burlesca del noviazgo, por lo cual no se cuidó de ofrecer el
-brazo, según acostumbraba, á doña Aurora. Un grito y un estruendo
-inesperados le helaron la sangre en las venas, al ver á la señora
-resbalar y precipitarse desde el último tramo yendo á caer sobre las
-baldosas del portal. Los grandes sentimientos tienen revelaciones
-supremas en las ocasiones supremas también; Rogelio ignoraba que hubiese
-cuerdas en su laringe y acentos en su voz para decir de un modo tan
-desgarrador y patético:</p>
-
-<p>&mdash;¡¡Madre del alma!!</p>
-
-<p>Saltó á brincos lo que su madre había rodado, y en un abrir y cerrar de
-ojos la puso de pié, la reclinó en sus brazos y la apretó contra el
-corazón, palpándola con delirio, para cerciorarse de que no estaba
-muerta ni tenía ningún miembro fracturado. De repente lanzó una
-exclamación de horrible susto.<span class="pagenum"><a name="page_283" id="page_283"></a>{283}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Sangre, mamá!... Hay sangre... ¿Por dónde sangras? Aquí... ¡Jesús,
-sangre!</p>
-
-<p>En efecto, la cabeza había dado contra el filo de un peldaño, y asomaban
-unas gotas de sangre por la descalabradura. Aturdida como estaba la
-señora por la fuerza del porrazo, la angustiosa voz de su hijo la
-reanimó, y pudo decir con desmayado acento:</p>
-
-<p>&mdash;No te asustes, rapaz. No fué nada... puedes creerme que no fué nada.
-Ya estoy así..., mejor.</p>
-
-<p>&mdash;En esta portería no hay nadie... Voy á subir, á pedir vinagre, agua...</p>
-
-<p>&mdash;No, hijo, no, por la Virgen... No llames, no alborotes. Llévame al
-coche poquito á poco. Para males y cosas así, cada uno en su casa.</p>
-
-<p>Temblando y trasudando frío, Rogelio condujo á su madre, casi en vilo,
-al coche, y á pulso la subió, recostándola en la esquina, mientras le
-hacía aire con el pañuelo, pensando con terror: «¿Habrá habido conmoción
-cerebral?»</p>
-
-<p>&mdash;A casa, despacito&mdash;ordenó al cochero que se inclinaba lleno de
-curiosidad para ver qué sucedía. Y sin poder reprimirse, Rogelio abrazó
-á la señora, formulando la pregunta de todas las caídas:</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero mamá, cómo hiciste?</p>
-
-<p>&mdash;No sé, hombriño... el pié se me escapó; sería culpa de los tacones de
-las botinas nuevas... ó me prendería en el volante del traje.</p>
-
-<p>&mdash;Culpa mía, que no te di el brazo. Soy un bruto. ¿Dónde te duele? ¿Qué
-tienes ahora, mamá?<span class="pagenum"><a name="page_284" id="page_284"></a>{284}</span></p>
-
-<p>&mdash;No sé... Parece que me entra un síncope&mdash;respondió con voz débil la
-señora.</p>
-
-<p>De síncope eran las trazas, según el color mortal y el enfriamiento
-repentino. Rogelio estuvo á punto de gritar al cochero: «A una botica»;
-pero en esta incertidumbre y congoja, la señora volvió un poco en sí,
-hizo señas de encontrarse mejor, y el coche se fué acercando á la puerta
-de la casa. Al bajar Rogelio á su madre, ayudado del lacayo, la señora
-lanzó una queja.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué te duele?</p>
-
-<p>&mdash;Esta pierna... No, si no vale nada, no te apures.</p>
-
-<p>Enterada al vuelo de lo ocurrido, Esclavitud, sin inútiles aspavientos,
-con actividad y destreza, se dió prisa en aflojar á la señora, aplicarle
-vinagre á las sienes, desnudarla después y acostarla en su cama bien
-mullida. Doña Aurora se quejaba de arcadas, de angustia, de opresión, de
-náuseas continuas, y deseaba arrojar; por lo cual el estudiante pensó
-aterrado: «¡Adiós! conmoción cerebral tenemos». Llamó aparte á
-Esclavitud y la dijo atropelladamente: «Ten cuidado. Yo voy por Sánchez
-del Abrojo, y no me vengo sin él».</p>
-
-<p>Le trajo, en efecto, al cabo de dos horas; y el insigne médico, después
-de examinar detenidamente á la enferma y verificar un minucioso y hábil
-interrogatorio, tuvo que convenir en que había habido un poquito, nada
-más que un poquito, de conmoción cerebral... Unica terapéutica: quietud
-en la cama, silencio, dieta mientras<span class="pagenum"><a name="page_285" id="page_285"></a>{285}</span> no se aplacase el estómago. Las
-demás lesiones eran de escasa monta: la descalabradura de la frente no
-había pasado de la epidermis: la contusión en la pierna izquierda se
-reduciría á un cardenal más ó menos respetable. En suma, todo no valía
-nada. Quietud, y se acabó.</p>
-
-<p>Para cumplir el programa del facultativo, realizóse en casa de Pardiñas
-esa mutación de costumbres y ese cambio de aspecto que introduce siempre
-la enfermedad. La vida se reconcentró en el estrecho espacio de la
-alcoba y gabinete de la enferma. Rogelio y Esclavitud se declararon allí
-en sesión permanente, él recibiendo visitas de amigos, ella mudando
-paños de árnica, trayendo tazas de tila, quemando espliego y haciéndose
-cargo de órdenes dadas en voz baja y llaves confiadas con misterio sumo.
-«Que no le falte nada al niño... Su sopicaldo, su jerez... Cuidado con
-calentarle la cama...» A estas advertencias, que Esclavitud oía
-religiosamente, seguían gemidos ahogados. «Ay, la maldita pierna, como
-me escuece... Se me parte la cabeza de dolor».</p>
-
-<p>Ejercía Esclavitud sus funciones de enfermera con aquella asiduidad
-reconcentrada y muda que solía demostrar en todos los actos de la vida
-de relación. Salía y entraba sin que se percibiese el menor ruido de
-pisadas, ni crujido ó roce de ropa. Estaba en todo, y si faltaba de la
-alcoba, era á fin de manipular algún potingue en la cocina. Hasta se las
-arregló para tener tiempo de servir la comida á Rogelio sin desatender á
-la señora; pero de ella misma, no<span class="pagenum"><a name="page_286" id="page_286"></a>{286}</span> se averiguó jamás á qué hora había
-tomado algún sustento en aquel día memorable.</p>
-
-<p>Adelantada ya la noche, y recogida la casa, preparó cuidadosamente una
-lamparilla y la colocó en el suelo, de modo que su luz no ofendiese la
-vista de la enferma: después tomó una silla baja, que colocó cerca de la
-cabecera y en la cual se instaló. Como Rogelio permaneciese en la butaca
-del gabinete, acercóse á él y le suplicó en voz muy queda: «Acuéstese,
-señorito; no esté así». La enferma, que había empezado á aletargarse un
-poco, entreoyó la súplica, y la esforzó más. «Rapaz, á ver si te
-acuestas... No estás acostumbrado á velar, te va á hacer mucho daño...
-No seas loco, acuéstate... Me cuida divinamente Esclavitud». Mas no hubo
-forma de convencer á Rogelio, y el pleito se transigió resolviendo que
-se le pondría en el suelo una cama volante. La galleguita acarreó con
-extraño vigor dos colchones; batió silenciosamente las almohadas, y con
-igual silencio hizo la cama en toda regla. Rogelio no se desnudó más que
-de la americana y el chaleco; así, á medio vestir, se deslizó entre las
-sábanas, notando entonces el quebrantamiento corporal que sigue á los
-grandes sobresaltos y á las emociones profundas. Al mismo tiempo un
-recuerdo bufo cruzó por su memoria:</p>
-
-<p>&mdash;¡Calle! ¿Y mi novia? ¿Se asomará mañana para verme?<span class="pagenum"><a name="page_287" id="page_287"></a>{287}</span></p>
-
-<h3><a name="XIV-morr" id="XIV-morr"></a>XIV</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">A</span><small>UNQUE</small> rendido por las fuertes impresiones de la jornada, y casi
-tranquilo porque veía á su madre en estado bastante satisfactorio,
-Rogelio tardó mucho en conciliar un sueñecillo, y dió no pocas vueltas
-antes de quedarse traspuesto. Ni consiguió adormecimiento profundo y
-reparador, sino un dormir agitado, lleno de pesadillas, soñando siempre
-que se caía; caídas rápidas, infinitas, interminables, con la angustia
-de no llegar jamás al suelo, y de ver desde arriba el punto crítico en
-que iba á estrellarse. En uno de esos esfuerzos dolorosos é
-involuntarios que se hacen durante el sueño mismo ó para terminar la
-pesadilla ó para cambiarla, despertó atónito, y no recordando al pronto
-cómo podía ser que se encontrase allí, á aquellas horas, acostado en la
-alcoba de su madre, miró á su alrededor.</p>
-
-<p>Silencio absoluto. El cuarto estaba medio á obscuras, alumbrado por la
-lamparilla; la señora debía de dormir, porque se la oía respirar fuerte,
-roncar casi; y á su cabecera, el estudiante divisó á Esclavitud sentada,
-inmóvil, con los ojos abiertos y clavados en él, grandes y fijos. Un
-impulso irresistible le movió á llamarla, con voz de niño que, á causa
-de algún miedo nocturno, implora compañía.<span class="pagenum"><a name="page_288" id="page_288"></a>{288}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Esclavita! ¡Ps! ¡Esclavita!&mdash;cuchicheó.&mdash;Aquí.</p>
-
-<p>Se acercó la muchacha, deslizándose como una sombra, y se inclinó hacia
-Rogelio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Duerme mamá?</p>
-
-<p>&mdash;Y bien que duerme.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo ahora estoy despabilado. Dame conversación..., así, bajito,
-para que no la despertemos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, señorito! ¿Y si vamos á molestarla?</p>
-
-<p>&mdash;Que no. Habla bien despacito... y de cerca.</p>
-
-<p>&mdash;¿No le era mejor dormir?</p>
-
-<p>&mdash;¡Quiá! ¡Si supieras qué cosas tan tristes soñaba! No, más quiero velar
-ahora. Ponte aquí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde?</p>
-
-<p>&mdash;Sentada aquí, en el suelo. Si no no podemos hablar bajo... y
-despertaremos á mamá.</p>
-
-<p>Esclavitud aceptó la proposición incontinenti, y se tendió casi boca á
-boca con Rogelio, pero sin perder su aire púdico y reservado,
-manifestando bien en esto haber nacido en el país donde se ejecutan las
-acciones libres con más aire de decencia, y donde las mozas unen á la
-naturalidad bucólica el exterior honesto. El aliento virginal y fresco
-de la muchacha se mezcló por segunda vez con el del estudiante; pero le
-produjo una impresión muy diferente de la primera. Sea que el sustazo de
-la caída de su madre hubiese transformado todas sus sensaciones
-juveniles en sentimiento, sea que el lugar en que se encontraba no
-permitiese malas tentaciones, ello es que al tener tan próxima á<span class="pagenum"><a name="page_289" id="page_289"></a>{289}</span>
-Esclavitud y tan fácil cualquier desmán, ni se le pasó por las mientes
-intentarlo, y sólo notó una especie de efusión rara y cariñosa, un
-movimiento de ternura inexplicable, mientras sus ojos se llenaban de
-lágrimas. Alargando la mano y apretando con violencia la de la chica,
-murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;Esclava, ¡por poco se muere hoy mamá!</p>
-
-<p>&mdash;¡Gracias á Dios que no fué nada, señorito!&mdash;contestó la muchacha
-correspondiendo á la presión.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y si muriese, qué hacía yo, di?</p>
-
-<p>No respondió Esclavitud, y obró sabiamente, porque el problema planteado
-era de los que no se resuelven con palabras. Estrechó aún más la mano
-nerviosa y febril, y sus ojos contestaron, en la penumbra, con larga
-mirada elocuentísima.</p>
-
-<p>&mdash;Si muriese&mdash;prosiguió Rogelio dejándose arrastrar por aquel movimiento
-de sensibilidad involuntaria&mdash;ahí tienes; no me quedaba nadie en el
-mundo más que tú, nadie.</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo!...&mdash;balbució la muchacha, cuya diestra se estremeció en la del
-estudiante.</p>
-
-<p>&mdash;Pues tú, y nada más que tú. Familia no la tengo; digo, allá en Galicia
-unas tías, con quienes estamos como el perro y el gato. Ya ves qué
-arrimo, chica. ¡Pues amigos...! ¡bah! dos ó tres... ahí en la
-Universidad... Amigotes que de poco sirven. Luego los viejos de la
-tertulia de mamá. Gran cosa. Todos van chocheando. Nada, Suriña..., tú y
-sólo tú.</p>
-
-<p>Hablaba así Rogelio medio incorporado, para<span class="pagenum"><a name="page_290" id="page_290"></a>{290}</span> mejor dejarse oir de la
-muchacha; y la necesidad de bajar mucho la voz, hacía parecer más
-persuasivo su acento, dándole el tono apasionado y reprimido de una
-confesión. Persuadido él, persuadía al auditorio. No se encontraba en
-estado de medir la trascendencia y el efecto de sus palabras, ni menos
-sospechaba que la sensibilidad y la bondad pueden ser en determinadas
-ocasiones más funestas que la cólera y el odio. En su emoción había
-mucho de nervioso, y las frases salían de sus labios provocadas por una
-reacción del susto de la mañana, como sale el gemido al golpe del dolor,
-que ni sabemos medirlo, ni de qué manera lo hemos articulado. Lo mucho
-que tenía aún de niño rebosaba en aquel desahogo cariñoso, y ni él
-aspiraba á más, ni más podía prever, dado que en momentos tales quepa
-ejercitar previsión.</p>
-
-<p>&mdash;Tú, Suriña&mdash;repetía entregándose á las manos que con vigor casi
-convulsivo oprimían la suya.&mdash;¿Verdad que tú me quieres, y que me
-quieres mucho?</p>
-
-<p>Incapaz de responder con la boca, la muchacha afirmó enérgicamente con
-la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo sé. Si eso lo había adivinado yo; por eso te decía que no me
-quedaba nadie más que tú, y que á ti me arrimaba, ¿sabes? Aunque me
-dijeses que no, no te lo creería. Me quieres... y á mamá también.</p>
-
-<p>&mdash;Pues es verdad&mdash;pronunció al cabo la chica recobrando el habla y
-apartándose un poco del estudiante.&mdash;Yo no sé qué me ha pasado á mí en
-esta casa, que le cogí así á modo de un cariño...<span class="pagenum"><a name="page_291" id="page_291"></a>{291}</span> un cariño muy
-grandísimo desde que entré por la puerta. Vamos, se me figuraba que
-estaba en la tierra otra vez. Como son personas de allá... En fin...,
-estas cosas me parece á mí que cuanto más quiere uno explicarlas, peor
-las explica. Lo que sé es que si me quedo con aquellas otras señoras,
-doy cabo de mí muy pronto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué estabas tan triste aquí los primeros días, Esclava?</p>
-
-<p>&mdash;Verá... Porque pensé que V. me tenía tema.</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo tema!</p>
-
-<p>&mdash;Sí señor. Cavilando en eso me vinieron unas melancolías muy hondas. Se
-me metió en la cabeza el <i>verme</i>...</p>
-
-<p>&mdash;¿El <i>verme</i>?</p>
-
-<p>&mdash;Le decimos allí así á uno... como un bicho, vamos, un gusano, una
-cavilación, para hablar verdad. Toda la santa noche pasaba á devanar la
-madeja... «¿Qué haré para que me pierda la tema el señorito? ¿Cómo me
-valdré para darle gusto?» Y lo más chocante de todo..., puede creerme,
-es tan verdad como que Dios está en el cielo..., que así tan negra como
-tenía el alma... no era como en la otra casa, no. De ésta no me querría
-ir ni hecha cuartos, más que de ella me echasen.</p>
-
-<p>&mdash;Porque sabías que yo te quería, Sura.</p>
-
-<p>&mdash;No señor, no; no lo sabía: á fe que pensé que aborrecida era. De la
-rabia que tomé me daban ganas de morirme.</p>
-
-<p>&mdash;Yo sí que me muero de gusto con oírtelo.<span class="pagenum"><a name="page_292" id="page_292"></a>{292}</span> Ahí estás muy mal, chica.
-Pon la cabecita en mi almohada. Ahí va. Te la saco fuera para que te
-alcance.</p>
-
-<p>Esclavitud apoyó la cabeza en la almohada sin desconfianza ni esquivez,
-y los dos permanecieron un instante silenciosos, saboreando el momento.
-La endeble luz de la lamparilla señalaba en realce las facciones de
-Esclavitud, marcando los claros con pálida blancura, los obscuros con un
-matiz uniforme, entre gris y rosa. Parecía un fino grabado, y Rogelio
-expresó su admiración así:</p>
-
-<p>&mdash;Suriña, eres preciosa.</p>
-
-<p>En esto doña Aurora suspiró hondo, y ambos se estremecieron, aunque su
-coloquio no pudiese en ningún modo graduarse de ilícito. La enfermera se
-puso de pié para enterarse de lo que ocurría. A los dos segundos estaba
-de vuelta.</p>
-
-<p>&mdash;Duerme como una santa.</p>
-
-<p>&mdash;Colócate bien otra vez. Quiero preguntarte una cosa. La mano. ¿Por qué
-te daba tan fuerte la manía de si me tendrías contento ó descontento?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay! ¡No sé! Desde el primer día dije yo entre mí: si aquí no te
-quieren, Esclava, es que estás de sobra en el mundo. Ya viniste á él
-contra la voluntad de Nuestro Señor... Ya Dios te miró siempre con malos
-ojos... ¿No lo sabe, señorito?</p>
-
-<p>&mdash;Sí que lo sé, Suriña... Pero eso es una atrocidad. ¿Cómo va á mirarte
-Dios con malos ojos?<span class="pagenum"><a name="page_293" id="page_293"></a>{293}</span></p>
-
-<p>La muchacha medio se incorporó de un salto, con los suyos muy abiertos,
-espantada de ver que ya sabían lo mismo que ella se disponía á confesar.</p>
-
-<p>&mdash;No seas boba&mdash;murmuró generosamente Rogelio.&mdash;Tú qué culpa tienes,
-mujer. Eso me puede suceder á mí, á cualquiera. El nacimiento no lo
-escogemos. ¡Simple!</p>
-
-<p>&mdash;¡Si viese cómo me trabaja <i>eso</i> allá dentro!...&mdash;articuló con
-vehemencia la muchacha, abriendo el corazón como si, próxima á
-desmayarse, desabrochase el corpiño para respirar.&mdash;Siempre estoy
-imaginando: «Esclava, á ti Dios no te puede querer bien. Nunca buena
-suerte has de tener, nunca. Ya desde que naciste estás en poder del
-enemigo, y buena gana tiene el enemigo de soltar lo que agarra. Por
-mucho que te empeñes en ser un ángel, estarás eternamente en pecado
-mortal. Ya lo tienes de obligación. Para ti no hay padre, ni madre, ni
-nada más que vergüenza cuando te pregunten por ellos. Y así, todo lo que
-hagas te tiene que salir del revés, y si te encariñas con una persona,
-peor, que Dios te ha de quitar aquel cariño.»</p>
-
-<p>&mdash;Pues conmigo no te pasará nada de eso, Suriña blanca. Yo te quiero
-como si fueses hija del rey... Mamá también te quiere mucho; le entraste
-desde el primer día, ¿no sabes?</p>
-
-<p>Esclavitud, al oir este aserto, levantó la cabeza, clavando la vista en
-el lecho de la señora. Su mirada y su sonrisa querían decir varias cosas
-importantes; pero Rogelio no estaba en disposición<span class="pagenum"><a name="page_294" id="page_294"></a>{294}</span> de prestarse á
-entenderlas. El estado de su ánimo no era á propósito para
-razonamientos, sino para dejarse mecer dulcemente por el afecto que
-necesitaba como sedación y medicina. Viendo que no le producía
-Esclavitud las malas tentaciones de otras veces, pensaba que su cariño
-se había depurado, y que aquel juego anómalo era lo más inocente del
-mundo. O para decir toda verdad: estaba en una crisis de sentimiento, y
-ni pesaba ni medía sus promesas y sus afirmaciones. Era para él uno de
-esos minutos de la vida en que se obedece á la naturaleza íntima, al
-egoismo secreto, y se cede al gusto de sentirse querido y de hacerse
-querer más aún: quien está triste busca el consuelo, y el hambriento la
-comida.</p>
-
-<p>&mdash;Mamá te quiere mucho&mdash;repitió.&mdash;¿Parece que no lo crees? ¡Boba! Pues
-si ella misma fué quien me riñó porque te trataba así, un poco
-fríamente... al principio. Ella me dijo que estabas disgustada por eso.</p>
-
-<p>Esclavitud bajó los ojos, sin duda para que delatasen sus pensamientos é
-intuiciones adivinatorias del porvenir.</p>
-
-<p>&mdash;Mira&mdash;murmuró Rogelio&mdash;si vieses qué bien me encuentro así contigo.
-Hasta parece que me vuelven á entrar ganas de dormir, y ahora no habrá
-malos sueños ni boberías. Se me figura que dormiré lo mismo que un
-patriarca; pero hace falta que tú tengas la cachacita de estarte ahí al
-pié mío. Si te vas, me despavilo otra vez.</p>
-
-<p>&mdash;No me muevo&mdash;respondió con firmeza la<span class="pagenum"><a name="page_295" id="page_295"></a>{295}</span> muchacha.&mdash;Así me quisiesen
-arrancar con tenazas, aquí me estoy.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, pues... me quedo dormidito. ¡Ay qué bueno!</p>
-
-<p>Paladeando la primera y dulce cucharada de beleño que nos da el reposo
-cuando sigue á un gran sacudimiento moral ó físico, Rogelio preguntó
-todavía:</p>
-
-<p>&mdash;¿Suriña?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;¿Me quieres mucho?</p>
-
-<p>La respuesta la entreoyó nada más: por eso nunca estuvo bien seguro de
-que hubiese sido ésta, tan romántica é impropia de una aldeanita:</p>
-
-<p>&mdash;Hasta la hora de morir.</p>
-
-<h3><a name="XV-morr" id="XV-morr"></a>XV</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">N</span><small>O</small> obstante la explícita promesa, cuando Rogelio abrió los párpados
-después de un sueño tranquilo y bienhechor, vió á Esclavitud á la
-cabecera de su madre, sirviéndola una tacita de caldo. La señora,
-aliviada de la jaqueca, se quejaba mucho de la contusión en la
-espinilla. Poco después vino Sánchez del Abrojo, y le dió la razón
-asegurando que, según las trazas, aquella magulladura iba á presentar
-una degeneración erisipelatosa, por lo cual, para<span class="pagenum"><a name="page_296" id="page_296"></a>{296}</span> evitar los
-perniciosos efectos del frío sobre los tejidos, convenía la
-cama.&mdash;«Tampoco estaba yo capaz de levantarme aunque me diesen permiso»,
-advirtió la señora. «Me encuentro como si me hubiesen manteado y pegado
-después una tunda con sacos de arena. No tengo hueso que bien me quiera.
-Ahora es cuando noto yo las resultas del batacazo.»</p>
-
-<p>Rogelio tomó chocolate al pié de la cama de su madre, y manifestaba
-pocas ganas de moverse de allí; pero doña Aurora cayó en la cuenta en
-seguida. «¡Ay, ay, rapaz! A clase volando. Ya sabes que esos señores, y
-en particular Ruiz del Monte, no tragan las faltas de asistencia.
-Después llega el tiempo de los exámenes, y tenemos aquello de quién lo
-diría.»</p>
-
-<p>Fué necesario, pues, sacudir la pereza, ir al cuarto, chapuzarse con
-agua glacial, embozarse bien y salir á la condenada <i>fábrica de
-chocolate</i>, como llamaba Rogelio á la Universidad, fundándose en que en
-ningún sitio muelen tanto. Al dejar la atmósfera templada de su casa,
-despejado por las abluciones matutinas, y sentir el frío de la mañanita
-en los ojos y en los labios, notó Rogelio como si se rasgase un velo de
-niebla, y los recuerdos del día anterior se definieron y se aclararon
-del todo. A tales horas, su novia, la chiquilla del sobrediente, estaría
-colgándose del balcón para ver pasar primero á la batería montada y
-luego á él. Una oleada de risa estremeció el pecho de Rogelio al
-acordarse de tal episodio. «¡Qué pava, como dicen los simones! ¡Vaya un
-modo que tuve de<span class="pagenum"><a name="page_297" id="page_297"></a>{297}</span> echarme novia!» Después acudieron las reminiscencias
-nocturnas. «Yo no sé cómo estaba: la caída de mamá me puso turulato. Le
-dije á Esclava unas cosas estupendas. Aquello sí que parecía verdadera
-declaración amorosa, por todo lo alto. Aquello sí. Y que me puse
-conmovido, y que si me descuido, me echo á llorar. No, pues ella también
-estaba en punto de caramelo. Pero, bien mirado..., nada de lo que nos
-dijimos compromete á ninguno de los dos. Son cosas que las suelta uno...
-así... porque hay momentos... Si me pusiesen ahora en el apuro de
-explicar cómo se las dije, no podría. Me salían de dentro. Quizá esto
-sea <i>querer</i>; lo que es lo otro... es pura guasa. Bien; al menos <i>esto</i>
-de ahora, caso que mamá lo averiguase, no le daría tanto disgusto como
-<i>aquello</i> que se me ocurría al principio. En lo de anoche no veo ningún
-mal». Y al cruzar un saludo á la puerta de la Universidad con el
-soñoliento bedel, sus pensamientos mudaron de dirección, y se le
-ocurrió: «Me luzco si hoy me preguntan la conferencia.»</p>
-
-<p>Por la tarde se llenó la casa de amigos, que habían sabido el percance y
-venían «á ofrecerse». Hubo hasta dos ó tres señoras, á las cuales se
-permitió entrar en la alcoba y dar conversación á la paciente, porque en
-la cabeza no tenía nada ya, y en consecuencia no la molestaba el ruido.
-Ni faltaron los tertulianos de costumbre, que se quedaron en el
-gabinete, haciendo compañía al <i>hijo de la víctima</i>, como se llamaba á
-sí mismo Rogelio bromeando. Se<span class="pagenum"><a name="page_298" id="page_298"></a>{298}</span> habló de las consecuencias que pudo
-tener el golpe: se dedicó media hora larga á inquirir lo que sucedería
-si la señora, en vez de poner el tacón así, lo pone asado. Sólo Laín
-Calvo, representante, al par que de la malignidad, del buen sentido en
-aquella reunión senil, hacíase más que nunca el sordo, limitándose á
-atizar la lumbre y á mirar las láminas y caricaturas de los periódicos
-ilustrados. Dos ó tres veces sacó su trompetilla del bolsillo, é hizo
-ademán de limpiarla é introducirla en el conducto; y otras tantas la
-volvió á guardar, sin más consecuencias. Pero la prueba evidente de que
-oía á las mil maravillas, fué que á pretexto de enseñarle no sé qué
-dibujos de <i>La Ilustración Ibérica</i>, se inclinó hacia el estudiante y le
-dijo con una mueca más de granuja que de sesentón:</p>
-
-<p>&mdash;Niñín, no sé cuándo acaban estos estafermos de darte la lata. Cuidado
-que están hoy más memos que de costumbre. ¿A qué vendrá andar
-discurriendo lo que pudo suceder si pasase lo que no pasó? Ahora cuadra
-bien aquello de «Si como le dió en el pié le da en la pata... la mata.»</p>
-
-<p>Después se suscitó otra conversación, siempre relacionada con el magno
-suceso de la caída: y fué discutir si haría falta que alguna amiga se
-quedase á asistir á la enferma, porque para Rogelio no servían ciertos
-trajines; al fin no tenía experiencia, y era hombre. Pero aquí saltó Don
-Gaspar Febrero, llegando hasta robustecer sus aseveraciones con
-golpecitos<span class="pagenum"><a name="page_299" id="page_299"></a>{299}</span> del regatón de la muleta sobre el guardafuego de la
-chimenea.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues si tiene la mejor enfermera que se habrá visto! ¡Señores! ¡Que
-no estará la amiguita doña Aurora bien cuidada con la simpática
-Esclavitud! De fijo que parecerá una Hermana de la Caridad. No se
-compadezcan de Aurora: compadézcanse de los pobres que no tendremos una
-Esclavitud á la cabecera si nos llega la de cerrar el ojo...</p>
-
-<p>La tertulia en masa protestó, excepto Laín Calvo, el cual parecía muy
-entretenido en ajustarse la trompetilla.</p>
-
-<p>&mdash;V., don Gaspar... ¡Pues si V. nos enterrará á todos! ¡Digo: apenas si
-está fuerte el hombre! Igual que un muchacho.</p>
-
-<p>Meneó la cabeza Don Gaspar, pero con aire tan sereno y olímpico, con
-tanta vida en las correctas facciones, que más parecía un semidiós de la
-Grecia afirmando su inmortalidad, que un viejo de nuestra angustiada
-época anunciando la caducidad de la vida.</p>
-
-<p>&mdash;La verdad es&mdash;intervino Laín Calvo&mdash;que todos estamos hechos unos
-pellejos podres, y que ya, si nos tocan, nos reducimos á polvillo como
-las momias del Perú. ¿No decía eso, Don Gaspar?</p>
-
-<p>&mdash;Decía&mdash;le gritó Rojas&mdash;que para cuidar de sus males quiere á
-Esclavitud, la doncella de doña Aurora.</p>
-
-<p>&mdash;¡Aire!&mdash;exclamó el sordo.&mdash;No, pues con los cuidados de una rapacina
-así, pronto se va un viejo á la sepultura, aunque esté hecho un<span class="pagenum"><a name="page_300" id="page_300"></a>{300}</span> roble,
-caray. A no ser que sea como el rey David...&mdash;Y añadió encarándose con
-Rogelio.&mdash;¿Qué dice á esto el rapacín de la casa? ¿Quiere cederles la
-niña guapa á los vejetes? ¿No protesta?</p>
-
-<p>Ya por el modo como lo dijo, ó ya porque la conciencia de Rogelio tenía
-alguna razón para sobresaltarse, ó porque su inexperiencia y poca edad
-no le permitían aún el aplomo que se requiere en tales casos, Rogelio se
-puso como la grana (lo cual se notaba más en él por su morena palidez
-habitual), y contestó tartamudeando:</p>
-
-<p>&mdash;No, yo... Yo... al señor de Febrero...&mdash;Y para su coleto
-decía:&mdash;«¡Sordo del diablo! Oyes tú más... Hasta oyes crecer la hierba.»</p>
-
-<p>Los preparativos para la noche no se diferenciaron de los de la
-precedente, sin otra variación sino que, á fin de no viciar el aire, la
-cama de Rogelio se colocó en el gabinete, pero comunicada con la alcoba
-por medio de la puerta abierta. La enferma tardaba en coger el sueño,
-quejándose de dolores, de inflamación en la pierna dichosa, y de un
-molimiento inexplicable: Rogelio, al apoyarle la mano sobre la frente,
-notó algún calorcillo, observación que tuvo desvelado al estudiante, sin
-que dejase de alterarle también la idea de si Esclavitud iría ó no á
-darle un rato de palique, lo cual temía y deseaba. En esta zozobra se
-adormeció por fin; y medio entre sueños, hacia eso del amanecer, vió
-acercarse á la muchacha, que se inclinó y le dijo rápidamente: «No
-puedo<span class="pagenum"><a name="page_301" id="page_301"></a>{301}</span> apartarme de allí. Pide mucho de beber. Se queja que le duele
-aquí y que le duele acullá: es el mismo retumbo del golpe.» Y Rogelio,
-desalentado, murmuró: «Bien, Suriña.» Pero con aquellas malas nuevas ya
-no pudo volver á prender en un sueño seguido. ¿Habría peligro? ¿Sería
-principio de una fiebre? El médico, que vino temprano, le quitó la
-aprensión. «Todo esto es la repercusión de la caída. La calentura,
-insignificante. La inflamación la vamos á combatir... Deme V. papel.
-Esta tarde ya se notará la mejoría.» Por la tarde, en vez de la mejoría
-anunciada, se advirtió algún recargo, pero al anochecer se indicó el
-alivio, y á las diez la señora cenó con mucho apetito un ala de gallina.
-«¡Ay... alabado sea Dios!&mdash;decía.&mdash;Parece que se me han sosegado mis
-huesos. Sentía allá dentro una opresión... Rapaz, me parece que ya
-tenemos mujer.» A este alegre vaticinio siguió una calma profunda, y á
-cosa de la media noche doña Aurora gozaba de un descanso de
-convaleciente, tan profundo y apacible, que casi no se le notaba la
-respiración.</p>
-
-<p>&mdash;Hoy sí que viene volando&mdash;pensó Rogelio, decidido á no adormecerse y
-sintiendo, á pesar de sus sofismas para no dar á <i>aquello</i> importancia
-ninguna, un rebullicio en el sistema nervioso, y en el corazón un
-desordenado latir.<span class="pagenum"><a name="page_302" id="page_302"></a>{302}</span></p>
-
-<h3><a name="XVI-morr" id="XVI-morr"></a>XVI</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">V</span><small>INO</small> en puntillas, mostrando viveza y júbilo que contrastaban con su
-acostumbrada reserva, y se acurrucó en el piso como gata favorita al pié
-de la cama de su dueño. Este, sin embargo, no le dedicó sus primeras
-palabras, sino que instintivamente las consagró al verdadero amor de su
-vida, á la mujer que le había llevado en su seno y que reposaba allí á
-dos pasos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero ves qué gusto, Esclava! Mamá se ha puesto casi bien del todo.
-Parece mentira. Me ha dado un susto de órdago. Esta mañana, cuando me
-dijiste que estaba así... no pude dormir ya más.</p>
-
-<p>Esclavitud, antes de contestar, miró al estudiante de un modo raro por
-lo penetrante y profundo.</p>
-
-<p>&mdash;Bien que le recé á mi patrona la Virgen de la Esclavitud para que la
-señora se aliviase. Le ofrecí también una misa. Ya ve cómo la Virgen me
-ha hecho caso, señorito.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya se ve! Tú debes de tener vara alta en el cielo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor...&mdash;murmuró la muchacha.&mdash;La tengo. Para conseguir todo lo
-que es contra mí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Contra ti!&mdash;articuló Rogelio asombrado y un tanto receloso.&mdash;¿Y es
-contra ti el que mi madre sane?</p>
-
-<p>&mdash;Como sanar...&mdash;balbuceó Esclavitud&mdash;como<span class="pagenum"><a name="page_303" id="page_303"></a>{303}</span> sanar... no, señor, y quiera
-Dios llevarme á mí antes que á ella. Pero en acabándose el mal, se acaba
-la vela, y en acabándose la vela... se acaban estos ratos.</p>
-
-<p>La explicación halagó la vanidad de Rogelio, afirmándole una vez más que
-era querido, y no á la manera de los niños, sino del modo que quiere al
-hombre la mujer, punto en que consistía toda la gracia de tan singular
-comercio, que no se atrevía á llamar, ni aun en sus adentros, amoroso.
-Aquellas palabras, dulces por el mismo acento hosco y dolorido con que
-la muchacha las pronunció, impulsaron á Rogelio á alargar el brazo, y
-cogiendo la bonita cabeza de su amiga, la arrimó á su pecho y la
-estrechó con ternura. Esclavitud respiraba tan anhelosamente, que
-Rogelio la dijo en tono afectuoso:</p>
-
-<p>&mdash;Ya te suelto... No quiero hacerte daño, ni sofocarte.</p>
-
-<p>&mdash;Daño, no&mdash;murmuró la muchacha.&mdash;Daño, no.</p>
-
-<p>Rogelio no volvió á estrecharla. Ninguna violencia tenía que imponerse
-para respetar á Esclavitud, allí, al borde de la cama de su madre, y en
-aquellas efusiones de carácter más fraternal que apasionado, cuyo
-verdadero sentido y objeto ni él mismo acertaba á definir. Sólo se
-deslizó á pasar la mano repetidas veces por el pelo rubio, revuelto y
-abundante. A la vista parecía más sedoso el pelo de Esclavitud; pero de
-todos modos, era muy agradable acariciar la madeja ondeada y tibia.</p>
-
-<p>&mdash;¿No quieres dormir un poquito?&mdash;le propuso.<span class="pagenum"><a name="page_304" id="page_304"></a>{304}</span>&mdash;Llevas dos noches en
-vela y debes de estar molida. Si mamá rebulle te despierto. Yo al fin he
-de estar despabilado...</p>
-
-<p>Negóse Esclavitud. ¡Velar tres noches! Gran cosa. Cuarenta días sin
-desnudarse había pasado á la cabecera del cura, en su última enfermedad,
-sin tomar otro descanso sino recostarse á ratos, en una silla vieja, á
-descabezar una siesta de cinco minutos... ¡Velar tres noches! Velaría
-ella un trimestre.</p>
-
-<p>&mdash;Pues si no has de dormir, entretenme. Cuéntame algo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, señorito... pues buena persona ha ido á buscar para contarle!...
-Quien no sabe nada...</p>
-
-<p>&mdash;¡No has de saber, boba!... Háblame de allá, de la tierra nuestra.
-Tengo unas ganas atroces de que me cuenten de allí. Cuando salí era un
-tapón. Casi no me acuerdo.</p>
-
-<p>Al oir nombrar la tierra, los ojos verdes de Esclava fulguraron en la
-obscuridad, como los de los gatos.</p>
-
-<p>&mdash;¿No se acuerda nada, señorito?</p>
-
-<p>&mdash;Te diré... Apurando la memoria, me parece que veo, así..., muchos
-campos verdes, y el mar muy alborotado y muy verde también... Ello es
-que si me acuerdo, es de un modo confuso. ¿Sabes lo que tengo más
-presente? Un marinero que me cogía en brazos para bañarme; á ese parece
-que le estoy viendo ahora mismo, más negro que la brea, y apestando á
-sardina.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué no va allá á ver otra vez todo aquello?<span class="pagenum"><a name="page_305" id="page_305"></a>{305}</span></p>
-
-<p>&mdash;Este año, ó poco he de poder, ó he de convencer á mamá de que vaya.
-Pasaremos por Marineda y Compostela. Veremos la provincia de Pontevedra
-y la de Orense. Nos atracaremos de ostras y de langosta fresca. ¡Allí sí
-que sabrá á gloria! Te llevaremos. Ya verás.</p>
-
-<p>&mdash;¿A mí?&mdash;articuló la muchacha meneando la cabeza.&mdash;A mí, ya verá como
-no.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué, tonta?</p>
-
-<p>&mdash;Cuando se me pone una cosa en el corazón, acierto siempre; y se me ha
-puesto que ver no veo más la tierra.</p>
-
-<p>&mdash;¡Anda, pájaro de mal agüero! Déjame salir del aprieto de los
-exámenes... y después... ¿Conque la tierra es muy bonita? Cuenta,
-cuenta. ¿Cómo es? Aseguran que es la más linda de todas las de España.</p>
-
-<p>&mdash;Y de las del mundo todo, ya se lo dije&mdash;contestó con gran persuasión
-Esclavitud.&mdash;Si viese las rías de Pontevedra... quedaba lelo. ¡Si viese
-echar el cedazo de la sardina!</p>
-
-<p>&mdash;Será precioso. Ya me estás abriendo el apetito. ¿Y las romerías, con
-su tamboril y su gaita?</p>
-
-<p>&mdash;Vale más una fiesta de aquellas&mdash;aseguró muy formal la chica&mdash;que
-todas las diversiones de Madrid. Yo allá era bien alegre, y todos los
-domingos bailaba: aquí parece que se me ha caído la paletilla.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué es eso de la paletilla? Sepamos.</p>
-
-<p>&mdash;Un hueso que tenemos en semejante parte&mdash;respondió señalando al
-pecho&mdash;que cuando se cae es como si le cayese á uno el alma: se va<span class="pagenum"><a name="page_306" id="page_306"></a>{306}</span> uno
-quedando mustio, mustio... vamos, así, muy triste, y amarillo, y sin
-voluntad de comer, hasta que después de algún tiempo, si no se la
-levantan á uno, se muere.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú crees en eso, chica?</p>
-
-<p>&mdash;Si es la verdad. Algunas personas dicen que todo lo de la paletilla es
-una brujería; pero yo he visto ya dos ó tres que se fueron al otro
-mundo, por no querer que se la levantasen.</p>
-
-<p>&mdash;Pues Suriña, á veces parece que también se me ha caído á mí la
-paletilla dichosa, porque paso esplines y se me quitan las ganas de
-probar bocado. Tengo metido en la cabeza que así que vaya á la terriña
-me pondré magnífico, hecho un animal de gordo..., así.&mdash;Al decirlo
-inflaba los carrillos, para demostrar cómo pensaba ponerse.&mdash;Aquí
-siempre seré un fideo. Esta vida no es para echar buen pelo, no. Cuenta,
-anda, cuéntame de allá.</p>
-
-<p>Esclavitud obedeció y empezó á contar sin orden ni genio descriptivo
-alguno, pormenores que, mejor que á la tierra, se referían á su
-biografía propia. «Siendo yo chiquilla, ocurrió esto y aquello... Una
-tarde que salí yo en Marín á la pesca de las xardas... Cuando yo
-aprendía á hacer encajes con los palillos... Un día que cocíamos la
-hornada en nuestro horno...» Esta misma personalidad de la narración le
-prestaba singular encanto para Rogelio. Al hablar la muchacha, parecióle
-que sus desvanecidos recuerdos infantiles tomaban cuerpo, se destacaban,
-y se le aparecían claros y distintos. El cuarto se llenaba de olores de
-campo, á menta, á anís, á<span class="pagenum"><a name="page_307" id="page_307"></a>{307}</span> hierba recién segada. La ilusión fué tan
-fuerte que arrimó á sí la cabeza de Esclava y la olió.&mdash;«Hueles no sé á
-qué... así como á flores, á aldea». Mientras la chica hablaba, se le
-ponía á él entre ceja y ceja, más fuerte que nunca, el capricho de ir
-<i>allá</i>. «Si no voy allá, no soy nunca hombre. Es lo primerito que he de
-pedirle á mamá cuando se levante. Es una rareza no haber ido ya á
-veranear allí, en vez de aquel San Sebastián, tan apestoso y con tanto
-gentío. En sentando los piés en la terriña, doblo y me pongo lo mismo
-que un becerro bravo.»</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay señorito!&mdash;murmuraba la voz de Esclavitud&mdash;¡qué fea y qué seca me
-pareció toda esa tierra que se pasa para venir aquí! ¡Jesús, María! Ni
-un triste árbol, ni un regato, ni una mata verde... ¿Cómo viven los
-labradores ahí?</p>
-
-<p>&mdash;Mejor que allá, infeliz. Esta es la tierra que da el pan y el vino,
-mujer.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mi madre querida! En esa secura parece increíble que contenta esté la
-gente. Luego ¡faltarles la vista del mar! Cuando uno ve el mar,
-mismamente parece que ve la grandeza de Dios. ¿No es cierto que sólo
-Dios podía hacer aquella cosa tan grandísima? ¡Y lo que sale de él!
-¡Aquellas conchitas tan monas; tantísimas clases de pescados; la
-sardina, que es el mantenimiento de los pobres!</p>
-
-<p>&mdash;Hablas como un libro, Esclavita. No me extraña que diga tu apasionado
-Nuño Rasura...</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién?</p>
-
-<p>&mdash;El señor de Febrero, mujer...</p>
-
-<p>&mdash;¿El ancianito de la muleta?<span class="pagenum"><a name="page_308" id="page_308"></a>{308}</span></p>
-
-<p>&mdash;Ese... Pues dice que tú eres un tesoro. Has de saber que está muerto
-por ti.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah!... No haga burla.</p>
-
-<p>&mdash;De veras. Como que quiere llevarte consigo á su casa. Se cree que
-acabará por ofrecerte su blanca mano y su pata coja. Ha concebido por ti
-una insensata pasión, que le arrastrará al sepulcro en la flor de sus
-años, en la risueña edad de las ilusiones, á los ochenta y seis abriles
-no cumplidos.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, bueno... Malpocado de señor, ni con sus piernas puede.</p>
-
-<p>&mdash;Calla, ingrata mujer, ó mejor dicho, hipócrita. Nada conseguirás con
-disimular la profunda impresión que han hecho en ti sus rizados
-cabellos...</p>
-
-<p>&mdash;Sí, de difunto&mdash;observó humorísticamente la muchacha.</p>
-
-<p>&mdash;Las perlas de su dentadura, y la esbeltez de su talle. Pero no te
-compongas, infiel, que yo no te permitiré seguir á ese Tenorio. No harás
-traición á tus deberes, ó morirás á mis manos. Te arrancaré el corazón
-si me vendes.</p>
-
-<p>Le deshizo cariñosamente las conchas del pelo, y murmuró bajito:</p>
-
-<p>&mdash;Suriña no se va con el viejo. Suriña es para mí. ¿Quién se la quería
-llevar? Que se limpien, que se limpien. Suriña es mía.<span class="pagenum"><a name="page_309" id="page_309"></a>{309}</span></p>
-
-<h3><a name="XVII-morr" id="XVII-morr"></a>XVII</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">D</span><small>OÑA</small> Aurora se encontró tan aliviada el día siguiente, que ya pudo
-levantarse un par de horas, y á la noche insistió y porfió en que su
-hijo no se quedase en el cuarto. «No me conviene», advirtió. «Te
-acuestas ni desnudo ni vestido; tardas en dormir; te entra el
-aburrimiento; te pones de palique con Esclavitud, que bien os oí anoche
-entre sueños, y luego amaneces desemblantado y desganado». Cuando la
-señora hablaba así, andaba la muchacha por el cuarto arreglando no sé
-qué cosas, y se volvió de espaldas precipitadamente, sin duda para
-recoger mejor la abrazadera caída de una cortina, operación en que se
-entretuvo bastante tiempo. En cuanto al estudiante, clavó en su madre
-los ojos, sobrecogido; pero aquella querida fisonomía, tan poco avezada
-á disimular sus impresiones y tan conocida para él en sus menores
-repliegues, no expresaba nada más que lo que en voz alta habían
-proferido los labios, y el estudiante, respirando mejor, accedió á
-retirarse á su cuarto aquella noche. No dejaba su madre de llevar razón
-asegurando que le faltaba sueño. En la edad del pleno desarrollo, no
-robustecido aún después de una niñez si no precisamente enfermiza, al
-menos delicada, su fina organización se resentía de<span class="pagenum"><a name="page_310" id="page_310"></a>{310}</span> cualquier cosa, y
-las tres noches de media vela le traían ya algo lacio. Sin embargo, al
-recogerse á su alcobita, experimentó una impresión de pena y de soledad.
-Acostumbrado á una atmósfera de ternura y de mimos, á andar envuelto en
-algodón en rama, era codicioso de cariño, y bastáranle dos días para
-contraer el hábito de aquellos tiernos y extraños coloquios, á deshora,
-con una mujer que le ofrecía tal cantidad de afecto y de adhesión, que
-ni su propia madre, al parecer, derramaba más profusamente el amor sobre
-su cabeza. Si Rogelio pudiese analizar al microscopio sus sentimientos,
-vería que buena parte del encanto de Esclavitud consistía en que allí él
-era quien mandaba, y que la mujer de veinticinco años que al pronto le
-tuvo por un chiquilicuatro, un <i>rapaz</i>, ahora estaba á sus órdenes,
-sumisa, como <i>esclava</i> verdadera. Con la madre, por más amante y tierna
-que fuese, Rogelio siempre se reconocía súbdito: la costumbre de
-respetar y obedecer se le imponía, manteniéndole en perpetua infancia.
-Con la doncella, podía en cambio satisfacer su pueril vanidad y á la vez
-su oculto y mal definido anhelo de vestir la toga viril, atributo de la
-dignidad humana.</p>
-
-<p>Por eso le causó gran disgusto la interrupción de veladas tan sabrosas.
-A punto estuvo de escurrirse de puntillas á eso de la una, y sorprender
-á <i>Suriña</i>, para alegrarle aquella cara que se le había puesto de una
-legua. Pero ¿y si los cogía su madre? Creería todas las cosas malas;
-tendría una desazón horrible; recaería;<span class="pagenum"><a name="page_311" id="page_311"></a>{311}</span> acaso despacharía á
-Esclavitud... El instinto de cautela, que en los movimientos pasionales
-se despierta como contrapeso á la fiebre de las determinaciones
-radicales y de los insensatos extremos, le aconsejó cierto tino; y al
-otro día, como viese á Esclavitud descolorida y con las facciones
-afiladas, la acorraló en un rincón del pasillo, y la dijo entre bromas y
-veras: «Suriña, no me pongas esa cara de viernes. Esta noche me acordé
-mucho de ti, y de nuestra charla. Se me pasaban ganas de ir, pero no me
-atreví. Cuidadito, por causa de la pobre mamá. Anda, Esclava, sonríe á
-tu señor.»</p>
-
-<p>Bastó esta pequeña satisfacción para que la muchacha apareciese con
-mejor semblante, y aun se manifestase en apariencia contenta y segura.
-Rogelio había hecho su composición de lugar, mitad por instinto de
-prudencia, mitad por filial respeto: «Ahora, que sane mamá del todo: que
-se reponga: á eso estamos. Mientras no se consiga verla fuerte y buena,
-que Esclavitud la cuide, y se acabó. Pero mamá se encuentra muy
-aliviada, y va á entrar en convalecencia: dentro de ocho ó diez días no
-quedará rastro del percance. Entonces tenemos tiempo de echar todos los
-paliques que se nos antoje. Porque mamá sale á la calle, ó se entretiene
-con su tertulia, y... perfectamente. Se lo he de decir á Sura para que
-se ponga más alegre todavía.»</p>
-
-<p>Atisbó la ocasión propicia de comunicarle este agradable proyecto.
-Sujeta incesantemente<span class="pagenum"><a name="page_312" id="page_312"></a>{312}</span> en el cuarto de la enferma, Esclavitud aquellos
-días no pisaba el del estudiante: era preciso tomar por centro de
-operaciones el pasillo, y Rogelio se propuso esperar á la chica en él
-por la tarde, pues la mañana se le iba entre almuerzo y cátedras. Hacia
-eso de las cuatro, el entrar y salir de los amigos en la tertulia
-introducía en la casa cierta animación y desorden favorables al intento
-de Rogelio. Y la tertulia aquellas tardes se encontraba muy concurrida,
-porque el género de enfermedad de la señora, no incompatible con la
-charla y la bulla, imponía á sus amigos el deber de acompañarla. No sólo
-venían los «señores» sino también el personal femenino, compuesto casi
-todo de modestas amas de casa, que por carecer de la desahogada fortuna
-de doña Aurora, sólo de tarde en tarde podían permitirse el lujo de
-hacer visitas, no sin meditarlo antes á fin de darse á luz con la
-decencia conveniente en la familia de un magistrado. Aquella tarde
-vinieron dos señoras que acostumbraban dejarse ver muy poco: la del
-presidente de Sala D. Prudencio Rojas, y la del ex-Fiscal D. Nicanor
-Candás, por mal nombre Laín Calvo. Si un pintor quisiese simbolizar la
-Dignidad envuelta en los cendales de la Modestia, bastábale copiar
-fielmente el porte y rasgos de la señora de Rojas. Para quien no tuviese
-el alma dañada y torcida, ó embotada la sensibilidad, había algo en
-aquella mujer sencilla, socialmente insignificante, que obligaba con
-categórico mandato á inclinarse y descubrirse. En su abriguito<span class="pagenum"><a name="page_313" id="page_313"></a>{313}</span> de
-terciopelo negro ya raído, escrupulosamente limpio, trabajosamente
-puesto al aire de la moda después de ocho ó diez arreglos quizá; en su
-capota cuyos encajes descubrían el brillo de la plancha casera; en sus
-guantes nuevos, comprados para la circunstancia, de dos botones no más,
-de color sufrido y obscuro; en sus aretes antiguos,&mdash;una roseta de
-minúsculos diamantes;&mdash;en sus blancos cabellos, alisados y pegados á las
-sienes con el supremo decoro de una reina viuda que ha renunciado á
-agradar, se revelaba más valor, más sufrimiento, más secreto heroismo
-que en los harapos de ningún pordiosero, ni en el uniforme de ningún
-inválido, ni en el sayal de ninguna monja. El viviente comentario y tal
-vez la mejor clave de la rígida integridad del marido, era la aureola de
-paciencia doméstica y de serena aceptación del sacrificio cotidiano que
-resplandecía en la esposa. Lo que tenía Rojas de duro y leñoso en su
-modo de entender y rendir estrictamente la justicia, lo suavizaba la
-dulzura de su mujer, á quien Roma hubiese conferido el cargo de
-sacerdotisa de la piedad doméstica. Aquella matrona no había preguntado
-jamás, ni aun á sí misma, la razón de que su vida conyugal fuese un
-continuado acto de abnegación que duraba ya treinta y tantos años: sabía
-que en su casa se adoraba el inflexible simulacro del Deber poniendo en
-el mismo altar la estatua sobredorada de la Decencia, y sin una protesta
-se había consagrado al culto de ambos númenes.<span class="pagenum"><a name="page_314" id="page_314"></a>{314}</span></p>
-
-<p>No cabía mayor contraste que el de la señora de Rojas y la de Candás.
-Como en la magistratura se tienen muy en cuenta los antecedentes de
-familia, no es posible dudar que una esposa tan cursi, que según malas
-lenguas había sido posadera en Gijón, influía bastante en ciertas
-sombras que un tiempo empañaron el buen nombre del Fiscal, y era motivo
-para que sus compañeros, molestados por tener que seguir trato con ella,
-mirasen á su esposo con una prevención que crecía al fijarse en la
-incorregible mordacidad, burlón escepticismo y sordera intermitente del
-asturiano. La señora de Candás, gordinflona, con una lupia al margen del
-ojo izquierdo, muy empavesada, luciendo siempre vestidos llenos de
-faralaes y capotas que parecían garitas ó peroles, hablando medio en
-bable, llamando á su marido <i>este</i>, y contando delante de cualquiera
-indisposiciones propias para sepultadas en el silencio más profundo, era
-el tipo perfecto de la ordinariez incurable, enquistada, que resiste al
-buen ejemplo, al aire de la corte, al cáustico de la burla y al roce de
-la corriente del tiempo, que desgasta y pule, como la del mar, las
-piedras más toscas. Si Don Nicanor probó alguna vez á civilizar á su
-costilla, seguramente había renunciado á ello muchos años hace; y
-además, los compañeros aseguraban que para desasnar á Pachita tenía que
-empezar Don Nicanor por darse una mano de barniz á sí propio, y suprimir
-las crudezas de su conversación, el desentono de sus modales y el mal
-gusto de sus opiniones,<span class="pagenum"><a name="page_315" id="page_315"></a>{315}</span>&mdash;porque hasta las opiniones eran de mal gusto
-en el Fiscal, ó al menos lo parecían por la forma de expresarlas.</p>
-
-<p>Lo evidente es que, encontrárase ó no al nivel de su Pachita,&mdash;y acaso
-sólo le llevaba de ventaja la agudeza del ingenio y la superioridad de
-la instrucción masculina,&mdash;Don Nicanor se mostraba á veces como
-avergonzado de su mitad. Quien se apostase aquel día en casa de doña
-Aurora y viese entrar primero al señor de Rojas y luego al señor de
-Candás en compañía de sus respectivas mujeres, podría, sólo con aquella
-observación, deducir la vida psíquica de ambas parejas y ambos hogares.
-Rojas había ofrecido á su mujer el brazo por la escalera, adelantándose
-á tirar de la campanilla; y, al cruzar la puerta, se hizo atrás
-cortésmente, no sin llegar después á tiempo de alzar el portier del
-comedor (donde ya había vuelto á instalarse la tertulia). En el modo de
-colocarse á su lado, en el de asociarse á sus protestas de interés por
-la salud de la madre de Rogelio, rebosaba la misma consideración, el
-mismo delicado sentimiento de reverencia familiar, si así puede decirse;
-y el magistrado, respetando á su compañera, mostraba respetarse á sí
-mismo. El señor de Candás, al contrario, entró con el sanfasón de todos
-los días, y por poco suelta á su mujer en el mismo rincón en que había
-colocado el paraguas. Parecía como si Pachita y su esposo se hubiesen
-encontrado por casualidad en la escalera, sin conocerse, ni haber sido
-presentados. Pero hubo más.<span class="pagenum"><a name="page_316" id="page_316"></a>{316}</span> Mientras el señor de Rojas, conversando en
-igual tono deferente con su mujer que con doña Aurora, no se movió del
-asiento hasta que la señora de Rojas hizo la clásica indicación, «cuando
-quieras, Prudencio, nos iremos hacia casa», el señor de Candás, de
-repente y cortando una arenga de Pacha sobre lo rancio y caro que era en
-Madrid el <i>tocín</i>, dijo con el peor estilo del mundo:</p>
-
-<p>&mdash;Ea, Pacha, cállate y larguémonos, que es hora.</p>
-
-<p>Salía el señor de Candás, sin duda para enseñar el camino á su mujer,
-que aún quedaba empantanada en los cumplimientos de despedida, á tiempo
-de espantar un grupo de dos personas que hacia el fondo del recibimiento
-se secreteaban con calor. Nadie ganaba al socarrón del astur en el arte
-de hacerse el sueco; pero ver... ¡carapuche si vió! Tanto, que al salir
-de la casa aún retozaba una risilla en las arrugas de su volteriana faz.</p>
-
-<p>Lo que Rogelio le decía con tanto entusiasmo á la muchacha era esto:</p>
-
-<p>&mdash;Suriña, la gran noticia. Este verano iremos allá... todos. Ya mamá me
-lo tiene ofrecido.<span class="pagenum"><a name="page_317" id="page_317"></a>{317}</span></p>
-
-<h3><a name="XVIII-morr" id="XVIII-morr"></a>XVIII</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">E</span><small>NCONTRÁBASE</small> la señora de Pardiñas completamente dada de alta y se
-discutía la oportunidad de una salida á pié, cuando cierta mañana, á la
-hora en que Rogelio tenía su clase de economía política, que para tales
-visitas era deshora, llegó Don Nicanor muy bien humorado y cordialísimo.
-Se hizo el sorprendido de no encontrar allí á ninguno de los
-acostumbrados tertulianos; á lo cual doña Aurora, que se consagraba á la
-fabricación de unas medias de abrigo, respondió muy cuerdamente que
-faltaban dos horas lo menos para la de la tertulia, y por consiguiente
-no tenía nada de extraño que la gente no hubiese llegado. Pero Laín
-Calvo no debió de oir esta observación, porque conservaba en el bolsillo
-la trompetilla, limitándose á formar con la mano un embudo acústico.</p>
-
-<p>&mdash;¿Diga, Aurora, no ha notado una cosa?&mdash;preguntó después de
-repantigarse en la butaca, sobre cuyo ancho respaldo estaba ya señalada
-la forma de sus lomos.</p>
-
-<p>Doña Aurora levantó las pupilas como el que dice:&mdash;«No; es decir, ¿yo
-qué sé? Haga V. él favor de explicarse».</p>
-
-<p>&mdash;¿No se ha fijado el otro día... cuando vinimos de visita Pacha y yo...</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí; ya... el viernes.<span class="pagenum"><a name="page_318" id="page_318"></a>{318}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿La mujer de Rojas, qué abatida estaba?</p>
-
-<p>&mdash;¡La pobre! No es muy animada nunca; pero tampoco se la ve displicente.
-¡Mujer de más mérito! Vale un Perú.</p>
-
-<p>&mdash;No, ella bien se esforzaba en hacer de tripas corazón: ¡pero se le
-conocía! Sobre todo, los que estábamos en autos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues qué ha pasado? ¿Tienen algún disgusto serio?&mdash;preguntó ya
-consternada la señora de Pardiñas, que estimaba y quería muy de verdad á
-la de Rojas.</p>
-
-<p>&mdash;El Joaquín... el hijo, el juez... me le han vuelto á trasladar desde
-un extremo á otro de España, á los dos meses de la primera traslación, y
-estando su señora para dar á luz. Así se convencerán de que aquí no se
-puede hacer el quijote, ¡carapuche! ¡Mire que un rapaz que empieza la
-carrera, y para estreno se le ocurre tenérselas tiesas con un alto
-cacique de las agallas de Colmenar, á quien le guarda las espaldas el
-ministro del ramo! Ya verá, ya verá que no se pueden gastar bromitas con
-esos nenes. Y ya comprenderá lo que importan aquí legalidades. ¿Que no
-se puede trasladar á los jueces más que á instancia suya? Pues se pone
-en la Real orden: «A instancia suya», y tan guapamente. Ya hubo alguno á
-quien le encajaron la cesantía «á instancia suya». Y cuando protestó le
-salieron con «¿V. desacata al ministro?»</p>
-
-<p>&mdash;Pero señor Don Nicanor, eso honra mucho á la familia de Rojas, y al
-muchacho, que por lo visto es de la escuela de su padre. Gente íntegra
-así, se ve ya muy poca. Yo nada entiendo;<span class="pagenum"><a name="page_319" id="page_319"></a>{319}</span> pero recuerdo que aquí se
-hizo conversación del asunto, y se dijo que querían que Joaquín Rojas se
-prestase á una picardía tremenda, á un despojo que importaba...</p>
-
-<p>&mdash;¡Mire V.&mdash;añadió Laín Calvo prosiguiendo en su sordera&mdash;que ir un
-mequetrefe como él á cuadrarse delante del Ministro! Los Rojas tienen
-vena. <i>Talis pater</i>... Farol el padre, farol el hijo... Es decir, el
-hijo todavía más farol, aunque parezca mentira. Porque el padre al menos
-no se mete en camisa de once varas: al texto de la ley y se acabó. ¿Que
-el Código dice blanco? Pues blanco. ¿Que dice negro? Negro. Rojas es una
-máquina de aplicar la ley. Si la ley hoy trajese azotes, y cortar las
-orejas, andaría Rojas desorejando y vapuleando á la gente. ¡Pero el
-chiquillo!... Porque se ha leído unas chapucerías alemanas é italianas,
-traducidas en gringo, se las echa de sabiondo y de fi-ló-so-fo.
-¡Fi-ló-so-fo un xuez! ¡Home, qué farolería!</p>
-
-<p>&mdash;Pues á mí,&mdash;arguyó doña Aurora sin alzar la voz, porque sabía á qué
-atenerse respecto á la sordera del Fiscal,&mdash;me parece que en todas las
-profesiones puede un hombre portarse con dignidad y con decencia. Les
-tengo á los Rojas, por eso, una simpatía grandísima.</p>
-
-<p>&mdash;Y claro,&mdash;siguió Laín,&mdash;ahora lo de cuartos anda mal. En aquella casa
-ni se enciende estufa, ni se come principio, ni se hace café. No le
-llega el sueldo para traslaciones; se ha casado con una chica que no
-tiene un ochavo, y así que la cosa apremie, ya bajará el gallo el
-señorito.<span class="pagenum"><a name="page_320" id="page_320"></a>{320}</span> La necesidad enseña más que las Universidades. Ya le domarán.
-Como un guante estará dentro de un año.</p>
-
-<p>Persuadida de que no conseguía nada con protestar, doña Aurora
-continuaba menguando el talón de su media, limitándose á hacer gestos
-negativos, porque su genio vivaracho no le consentía asentir á las
-atrocidades del maligno sordo.</p>
-
-<p>&mdash;Todos allá cuando rapaces empezamos por echárnoslas de plancheta... ¡y
-luego amainamos, vaya si amainamos! O si no, es querer pasar una vida
-miserable. Ya verá V. como el ramalazo que ha cogido á Joaquín le
-alcanzará también á su padre. Se la están armando con queso. No pasa el
-año sin que le jueguen alguna de puño: gorda. ¿No pueden trasladarle? le
-jubilarán. Yo no soy antiguallero como Don Gaspar y los otros; pero
-tengo que reconocer que en mis tiempos la magistratura dependía menos
-que ahora de la política. Las cosas vienen así, y hay que tomarlas como
-vienen. Estos señores están siempre en Belén, carapuche. ¡Memos en
-polvo! A bien que la camada nueva la entiende mejor. Aquí soy yo el
-único de la tertulia que vive en el mundo. Si no fuese la arrenegada
-sordera...</p>
-
-<p>&mdash;A mí no me venga V. con sorderas,&mdash;protestó la señora.&mdash;Dios me libre
-de sordos así. Oye V. más que quiere. A mí déjeme V. de cuentos ¿eh? No
-nací en el año de los tontos.</p>
-
-<p>&mdash;Y el que está más chiflado de todos,&mdash;advirtió Laín haciéndose el
-desentendido,&mdash;es el bueno<span class="pagenum"><a name="page_321" id="page_321"></a>{321}</span> de Don Gaspar. Ese ya, guillati por
-completo. Ha vuelto á la infancia. Tendremos que ponerle ama de cría, ó
-al menos niñera. Eso quiere y por eso suspira; y anda buscando robarle á
-V. la que V. escogió para su chico. Hablo formal; tan cierto como me
-llamo Nicanor, que le tenemos vuelto tarumba por su doncella de V., por
-la Esclava ó como se llame. Ningún rapaz de veinte se enamoraría tan
-fuerte de ella; estoy seguro de que á Rogelín no le entró así, home.</p>
-
-<p>Al nombre de Rogelio, y sobre todo al percibir el tono en que lo
-pronunciaba Candás, la madre se estremeció, dejando caer en el regazo la
-calceta.</p>
-
-<p>&mdash;Lo de Rogelín,&mdash;continuó con la misma bonachonería el sordo,&mdash;es tan
-natural en un rapaz, que sería para hacerse cruces si no sucediese.
-Claro: una mujer agraciada de veinticinco, y mimosina; un rapaz de
-veinte... ¿qué había de pasar, señores? Que hoy te miro, que mañana te
-toco... que el cariñín en el pasillo, que el retozo en la antesala...
-Rapazadas que se caen de suyo.</p>
-
-<p>La señora saltaba en el asiento lo mismo que un muñeco de resorte.</p>
-
-<p>&mdash;¿V. sabe lo que está diciendo?&mdash;exclamaba.&mdash;¿Le parece á V. bien
-lanzar esas cosas tan serias <i>porque sí</i>, sin prueba ni fundamento
-ninguno? ¿No hay más que echar la lengua á paseo y caiga el que caiga?
-Rogelio... ¡infeliz criatura! ¡que no es capaz de semejantes trastadas
-en casa de su madre!...<span class="pagenum"><a name="page_322" id="page_322"></a>{322}</span></p>
-
-<p>&mdash;Bueno, si yo comprendo que V. le dé poca importancia y lo meta á risa,
-porque son demoniuras que la edad las trae consigo...; y por eso, cuando
-el otro día los pillé en la antesala muy entretenidos, hechos un
-caramelo, díjeles para mi saco: «Eso, niñines, á divertirse, que es ley
-de Dios.» Pero si pienso en el otro estafermo, con sus ochenta del pico,
-todo derretido en babas...: home, le bajaría los calzones y le daría una
-mano de azotes en el tafanario, por archimemo.</p>
-
-<p>¡A doña Aurora sí que se le pasaban ganas vivísimas de ejecutar la misma
-operación con el empecatado sordo! ¡Contar aquellas enormidades, y
-contarlas de aquel modo traidor, que ni daba lugar á rectificaciones,
-porque con la farsa de la sordera podía decir cuanto se le antojase, sin
-atender á las razones en contra, ni aun á los mentís! Era para
-envenenarse la sangre de rabia... Era una burla supina, descarada,
-insufrible. ¿Y ella había de aguantarla? Eso sí que no. La bilis de la
-señora de Pardiñas se alborotaba: la sangre le hervía en las venas.
-«Sordo infame, sordo de mentirijillas, revoltoso y chismoso de verdad,
-raposa malvada y astuta, ahora te lo diré de misas.» Levantóse del
-sillón, y acercándose rápidamente á Laín Calvo, le metió la mano, con la
-destreza de un tomador de oficio, en el bolsillo del gabán, sacando el
-estuche que contenía la trompetilla. Y antes que el sorprendido Fiscal
-pudiese evitar el ataque, doña Aurora había sacado el cañuto de plata
-encajándolo en el conducto auditivo del asturiano,<span class="pagenum"><a name="page_323" id="page_323"></a>{323}</span> acercado la boca y
-gritado con toda su fuerza:</p>
-
-<p>&mdash;Para mí póngase V. siempre la trompetilla, ó si no determínese á oir
-lo que le contesto. Eso de Rogelio y Esclava lo inventa V. con su
-maliciota condenada, ¿oye? Mi niño no seduce á las criadas de la casa de
-su madre, ¿oye? La gente no anda tan suelta ni tan descarada como V. la
-pinta, ¿oye, oye? Y las personas decentes se diferencian ¿oye? de los
-pillos. Y yo no soy tan borrica ¿oye bien? que si semejantes cosazas me
-pasasen por delante de las narices las fuese á consentir. Y á mí me
-gusta poco la gente maligna ¿oye? porque siempre echo la cuenta ¿oye?
-«Piensa el ladrón que todos lo son.»</p>
-
-<p>Acabada la filípica, la señora se dejó caer toda sofocada y nerviosa en
-el sofá: y el astur, llevándose ambas manos á su amarillenta calva,
-exclamó con acento dolorido:</p>
-
-<p>&mdash;Carapuche, Aurorina... Me ha roto el tímpano... Con otra como ésta me
-deja sordo.</p>
-
-<h3><a name="XIX-morr" id="XIX-morr"></a>XIX</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">P</span><small>ERO</small> apenas el truhán de Laín Calvo se hubo ido, y calmádose un poco la
-indignación y la cólera dando lugar á la reflexión, doña Aurora,
-ejecutando su movimiento favorito de rascarse el moño con una aguja de
-la calceta, llegó á<span class="pagenum"><a name="page_324" id="page_324"></a>{324}</span> formular categóricamente el indefectible «¿por qué
-no?» de todas las desconfianzas. Sin necesidad de gran perspicacia, sin
-poseer la aguda malicia del Fiscal, con sólo las nociones más
-elementales del sentido común, bien podía venirse á la memoria é
-imponerse al entendimiento todo aquello de «el fuego junto á la
-estopa...», con lo otro de «entre santa y santo...», etcétera. Y por una
-serie natural de razonamientos, propios de su buen sentido, llegó la
-señora á caer en el extremo contrario á su primer impulso, acusándose de
-confiada en demasía, de necia y simple, porque ni una sola vez se le
-había ocurrido la posibilidad y aun la probabilidad de cosa tan obvia,
-hasta que se la indicara una persona maliciosa y extraña, cuando ella
-tenía obligación de precaverla á tiempo. «Las mamás padecemos esta
-pícara manía, de pensar que los niños siempre han de ser niños... y los
-años vuelan, y ellos llegan á hombres, y el bigote no nos pide permiso
-para crecer... Cuando no creemos que siguen siendo chiquillos, damos en
-figurarnos que ya son viejos y formales como nosotros..., otro
-imposible, otra bobada... La edad pide lo suyo, y es una majadería no
-sospecharlo siquiera... Lo malo aquí es que tenemos al enemigo en la
-plaza. ¡Y lo he metido yo misma! Nada, le abrí la puerta y le
-dije:&mdash;Pase V. Sobre que la situación es poco decente, desairadísima
-para mí, he duplicado el peligro y la gravedad de todas las
-consecuencias que pueden sobrevenir... ¡y tanto como pueden! Ello es que
-yo no esperé nunca que Rogelio fuese<span class="pagenum"><a name="page_325" id="page_325"></a>{325}</span> toda, toda la vida un santo; pero
-esto... así, á domicilio...»</p>
-
-<p>Otra rascadura en el moño le sugería el contrapeso lógico de tales
-reflexiones. «Es muy creíble que el tiñoso del viejo haya calumniado,
-por el gusto de calumniar, á mi nene y á la pobre Esclava. Yo no tengo
-tan mal ojo para conocer á las pájaras de cuenta, y Esclava me gustó, me
-llenó precisamente por su tipo formal y modesto. Verdad que los
-antecedentes de familia no la abonan, y que tiene mala sangre por los
-cuatro costados; pero eso... en eso se lleva uno chascos grandísimos: la
-gente no es como los pimientos, que salen gordos ó ruines según la
-semilla. Nada, aquí no tenemos sino un caminito que seguir. Observar, no
-dormirnos y procurar que el muchacho se distraiga por ahí fuera. Según
-lo que vaya pescando, así haré. Yo no voy á cometer la barbaridad de
-echar á la chica de buenas á primeras. Si todo ello resultase paparrucha
-de Don Nicanor, sería un cargo de alma. Y si es verdad, podía
-alborotárseme el chico... y tendríamos una... Estas primeras chifladuras
-y tonterías de los rapaces les entran muy fuerte. Andarse con tiento.
-Aurora, figúrate que eres de policía y que te mandan seguir la pista de
-un crimen... Ojo alerta, calma y mala intención.»</p>
-
-<p>Ningún programa se cumplió más al pié de la letra. Dedicóse la señora
-desde aquel mismo instante á reparar el tiempo perdido: tan confiada y
-noblota como fué antes de concebir recelo alguno, tan suspicaz y
-escamona se volvió<span class="pagenum"><a name="page_326" id="page_326"></a>{326}</span> desde que la sospecha vino á hacerle cosquillas con
-sus dedos rápidos y fríos. Espiaba con destreza y con un sosiego
-perfecto, sin dejar salir al exterior las preocupaciones del ánimo. En
-toda mujer, en la más sencilla y franca, hay un polizonte en germen; los
-hábitos de disimulo contraídos desde la niñez les hacen fácil el oficio.</p>
-
-<p>Para no alarmar ni poner sobre aviso, discurrió doña Aurora no vigilar á
-los dos presuntos culpables, sino á uno solo: porque si éste comunicaba
-al otro sus temores respecto al espionaje, el otro los disiparía
-asegurando no haber notado cosa alguna que alarmar debiese. Y en efecto,
-en el presente caso no puede negarse que, vigilada Esclavitud, sobraba
-atisbar á Rogelio. Así se practicó. La señora, usando de un derecho
-indiscutible, estudió minuto por minuto las acciones, pasos y
-movimientos de su criada. Supo á qué hora se despertaba; qué hacía
-después de levantarse; cuántas veces y con qué fin entraba en el cuarto
-de Rogelio; en qué empleaba la tarde; á qué se dedicaba mientras duraba
-la tertulia; cuándo se recogía y en qué momento soplaba la luz.
-Y,&mdash;preciso es confesarlo,&mdash;al pronto el resultado de estas
-averiguaciones fué completamente negativo. Esclavitud, no bien salía de
-su cuarto, se consagraba como siempre á los chocolates, y después á su
-aseo personal, sin acicalarse ni hacerse esos moños de figura de
-sorbete, único lujo de las domésticas madrileñas. Para arreglar y asear
-las habitaciones de Rogelio, despachito y alcoba, escogía<span class="pagenum"><a name="page_327" id="page_327"></a>{327}</span> las horas que
-el estudiante pasaba en clase, ó en paseo: nunca iba estando él.
-Esclavitud no salía los domingos sino á misa; por consiguiente, tampoco
-veía á Rogelio fuera de casa. Durante la tertulia, Rogelio no se movía
-de su rincón del sofá, ni la muchacha abandonaba su cesta de repaso,
-excepto para abrir la puerta. Y las noches, en que á no venir algún
-estudiante amigote de Rogelio, éste leía periódicos ó salía á los
-teatrillos á ver una pieza, Esclavitud se las pasaba en su cuarto,
-cosiéndose su propia ropa, ó dedicándose á faenas análogas. Nada se
-descubría que pudiese dar pábulo á ciertos recelos, y la señora se
-dormiría tranquilamente, si sus condiciones de observadora fuesen más
-vulgares.</p>
-
-<p>Pero no era ella mujer á quien se le pasasen por alto varias cosillas
-insignificantes en apariencia, y en realidad muy significativas y aun
-escamativas para una mamá avispada; cabos sueltos tras los cuales suele
-salir toda una madeja larga y enredadísima. Estos indicios, señales ó
-guiones para las pesquisas de la celosa madre, eran del género
-siguiente. A la hora de almorzar, al traer Esclava las píldoras ó el
-jarabe ferruginoso, al presentar á Rogelio sus manjares preferidos,
-establecíase alguna vez (y que no se lo negasen á doña Aurora, que ella
-bien lo había guipado) un trueque de miradas lánguidas de <i>carnero á
-medio morir</i>, ó encendidas y chispeantes. Al llamar el estudiante á la
-campanilla y levantarse Esclavitud para abrir la puerta, la muchacha
-mostraba un apresuramiento<span class="pagenum"><a name="page_328" id="page_328"></a>{328}</span> que estaba muy lejos de manifestar cuando
-tiraban del cordón los vejestorios tertulianos; es evidente que conocía
-al señorito en el modo de llamar y hasta de subir las escaleras. Si
-Esclavitud planchaba ropa de Rogelio, hacíalo con primor y esmero muy
-especiales; y este mismo síntoma podía advertirse en el arreglo de la
-habitación y en el servicio de la mesa. Algunas noches, al salir de casa
-Rogelio, la muchacha le esperaba en el pasillo, y trocaban breves
-frases, pero en voz tan baja que no podía oirse el diálogo: esto mismo
-ocurría por la mañana al regresar de clase, y siempre que no estuviese
-en la antesala doña Aurora. Por último, y este indicio era de los más
-elocuentes, Rogelio se había resistido dos ó tres veces á acompañar á su
-madre para salir, y aunque por fin cedía, iba asaz mohino y con las
-orejas gachas.</p>
-
-<p>Ni más ni menos que esto percibió la señora: ello bastaba y aun sobraba
-quizá para tenerla en ascuas ó inspirarla deseos de resolver del mejor
-modo posible aquella ambigua situación y desenredar la madejita, que
-amenazaba ser con el tiempo un enredo de dos mil diablos. No se atrevía
-á moverse de casa por no facilitar ocasiones peligrosas; pero esto puede
-hacerse un día, dos, tres; no prolongarse todo un invierno, á menos de
-criar moho. Rogelio había manifestado ya repetidas veces gran extrañeza
-viendo suprimidas las correrías matinales en simón. «Máter, estamos
-abocados á presenciar graves trastornos si continúa tu retraimiento y<span class="pagenum"><a name="page_329" id="page_329"></a>{329}</span>
-sigues desdeñando á las áureas carrozas que al pié de los muros de
-nuestro palacio esperan que te recuestes muellemente en sus recamadas
-alcatifas para dedicarte á tus matutinos quehaceres. Prepárase imponente
-manifestación en que tomarán parte diez mil Faetontes de punto;
-pronunciáranse discursos en la dulce lengua del trovador Macías y en la
-jerga elocuente del duque Pelayo. Tienen pedida la palabra Martín el
-Buloniu y José el Cabaleiro. El Gobierno ha adoptado precauciones, y el
-duelo se despedirá en la taberna.»</p>
-
-<p>Los tertulianos, informados del retraimiento de la señora, también se
-creían obligados á soltar su discurso de higiene. «Amiga doña Aurora, no
-hay que apoltronarse. Cuidadito con criar humores, que después dan que
-sentir. Míreme V. á mí: la salud de que gozo y la buena disposición en
-que me encuentro, las debo á mi costumbre de que no pase día sin salir y
-sin andar á pié regulares distancias. Menos de una legüecita, no se
-esparce la sangre. Yo, desde que me rompí el hueso, ando más.» Estos
-consejos eran del excelente Nuño Rasura. «Muy conveniente considero el
-ejercicio», añadía el señor de Rojas, con su sentenciosa formalidad de
-costumbre, «para el cuerpo, y si Vds. me apuran, para el alma. Andando,
-se distrae... vamos, el espíritu. No hay como un paseíto, y si uno se
-aburre, lo mejor que puede hacer es contar las piedras, los árboles ó
-los números de las casas.» A doña Aurora, tales advertencias acababan
-por sacarla de tino. «Es monomanía<span class="pagenum"><a name="page_330" id="page_330"></a>{330}</span> la que tiene todo el mundo de
-aconsejar y de cuidarle á uno, sin saber ni lo que le conviene ni dónde
-le aprieta á uno el zapato. Estos señores parece que se empeñan en que
-aquí suceda... lo que no debe suceder. Vaya, con razón dice aquel
-truchimán de Don Nicanor que están en Babia todos ellos.»</p>
-
-<p>No obstante, doña Aurora iba persuadiéndose de que la encerrona era
-insostenible, y la irritaba pensar que tal vez se tomaba un trabajo
-excusado, porque la inclinación de los muchachos no llegaba á extremo
-que justificase tantas precauciones; y de llegar, el impedirles que se
-viesen á solas era como poner puertas al campo. Ocurriósele entonces un
-expediente para salir de dudas y medir la magnitud del riesgo. Mandó
-fabricar secretamente un llavín para la puerta de su piso; y ya provista
-de él, salió á la calle de mañana en uno de sus trenes, el de Martín por
-más señas; y despidiéndolo al poco rato, volvió á su casa á pié, abrió
-sin hacer ruido, y se dirigió, pisando blandamente, al cuarto-leonera,
-donde supuso que debía encontrarse Esclavitud. Así era. La halló
-haciendo labor, como de costumbre, tranquila, con el aire reconcentrado
-y pensativo que la caracterizaba.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde está el señorito?&mdash;preguntó doña Aurora de súbito, sin dar
-tiempo para que la Esclava adoptase precaución alguna.</p>
-
-<p>Y la criada, alzando el rostro sereno, ó más bien melancólico,
-respondió:</p>
-
-<p>&mdash;Me parece que estudiando en su cuarto<span class="pagenum"><a name="page_331" id="page_331"></a>{331}</span> ¿Cómo entró, señora? No he
-sentido la campanilla.</p>
-
-<p>&mdash;Es que salía Fausta&mdash;explicó doña Aurora atropelladamente, cogida en
-el garlito lo mismo que si fuese ella la culpable. Hasta sintió
-encendérsele los carrillos. ¡Aquello era lo que se llama un parchazo!
-¡Tantos misterios y tantos preparativos de llavín, para encontrarse con
-que en casa no sucedía nada de particular, y que cuando pensó sorprender
-un pecaminoso coloquio, sólo encontraba la calma y el orden! Y sin
-embargo, no se convencía, no señor: que se convenciese el diablo. «¿Será
-esta chica más lagarta de lo que me figuro? ¿Me estará envolviendo sin
-yo pensarlo? ¿Se reirán de mí los dos? Porque las miraditas y los
-coloquios al entrar y salir, y las pocas ganas que tiene mi niño de
-echarse á la calle... eso no me lo quita nadie de aquí; lo he visto, y
-lo que veo... nada, que lo veo, y ya pueden predicarme después frailes
-descalzos. Con salirme fallida esta emboscada, en vez de sosegarme creo
-me voy sobresaltando muchísimo más. No, pues yo no me dejo meter el dedo
-en la boca. Para defender á mi hijo, todos los medios humanos he de
-apurar; á mí no me cogen desprevenida: por si ó por no... Me da miedo
-esta muchacha. La veo yo así..., no sé cómo, pero no me gusta. Tiene un
-carácter muy de allá, que todo se lo guarda, y no hay nunca seguridad
-con ella, porque no se descubre. Pues á pillo, pillo y medio. Deja,
-deja, que yo te buscaré la salida; y ha de ser salida decorosa, sin que
-te puedas quejar; al contrario,<span class="pagenum"><a name="page_332" id="page_332"></a>{332}</span> has de tener que darte por satisfecha.
-Y ahora..., un clavo saca otro clavo, los rapaces son rapaces... Voy á
-proporcionarle entretenimiento á Rogeliño. Voy á darte una rival... y
-bien bonita. Espérate, rapaza...: contra treta, retreta; ya encontré
-quien ha de desbancarte.»</p>
-
-<h3><a name="XX-morr" id="XX-morr"></a>XX</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">Y</span> EN efecto, ni veinticuatro horas tardó la madre en arreglarle á su
-hijo una entrevista con la rival de Esclavitud. El punto de cita fué en
-la propia morada de la susodicha rival, morada obscura y que olía
-medianamente, como suelen oler todas las habitaciones de gente de su
-laya; por lo cual, para que Rogelio se enterase bien del talle y porte
-de su nuevo quebradero de cabeza, hubo que sacarle al patio sin ningún
-artificio de coquetería, y aun pudiéramos decir que en estado de casi
-total desnudez, pues no cubría sus esbeltas formas sino una manta vieja
-que el dueño del taller de coches, Agustín Cuero, se apresuró á levantar
-á fin de que nada velase sus encantos.</p>
-
-<p>Era una monada de jaca andaluza, alazana con cabes negros, de cabeza
-chica y enjuta, de nerviosos remos, de lucio y acopado casco, de pelo
-irisado á fuerza de estar brillante, de entreabiertas<span class="pagenum"><a name="page_333" id="page_333"></a>{333}</span> fosas nasales más
-suaves que la seda, de ojo lleno de fuego y dulzura; joven, leal,
-gallarda, animosa; un animal de esos que honran á la raza caballar
-española con la hermosura de su estampa y la inteligente generosidad de
-su carácter. Agustín Cuero no le escaseó elogios hiperbólicos, fingiendo
-que se enternecía al desprenderse de tan rica pieza.</p>
-
-<p>&mdash;Le aseguro á la señora que otra más bonita no se pasea hoy por la
-Castellana. No tiene una maca siquiera. Y es una santa, es una seda, la
-maneja un niño de pecho. Con toda la sangre que le sobra, no es capaz de
-una mala partida. Así es que un hombre le toma ley, vamos, y parece que
-cuando uno la vende es como si se le llevasen á alguien, es un decir, de
-la familia.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;respondió la señora metiéndose á chalana&mdash;pero también no me
-negará V. que esta clase de caballos no está ahora de moda. Los
-elegantes tienen una legua de pescuezo y son de figura de mondadientes.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, los ingleses...; una moda <i>redícula</i>, como muchas que hay; y
-esos son para ciertos señoritos y con ciertas circunstancias... pues.
-Para el Hipódromo y esas farsas. Una jaca como la que está viendo la
-señora siempre tendrá partido. Bien emperrado que anda el <i>Baraterín</i> en
-comprármela; en pleito estamos porque no quiere llegar al precio que yo
-le pongo. Ahí el señorito podrá decirlo.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad, mamá&mdash;afirmó Rogelio mientras halagaba el anca de raso del
-simpático animal.&mdash;Soy testigo. Agustín le pidió lo mismo<span class="pagenum"><a name="page_334" id="page_334"></a>{334}</span> que á ti, y
-el torero la dejó quedar por diferencia de dos onzas, y está chalado por
-ella. La anda rondando; ¡le hace más visitas!</p>
-
-<p>&mdash;Pues que no la ronde, que es tuya&mdash;exclamó la mamá decisivamente,
-recreándose en ver el rostro extático de su hijo, que al oir esta
-palabra divina, con un impulso de esos que no se calculan, echó los
-brazos al cuello de la jaca, y le plantó un achuchón completo en el
-hocico negro y suave.</p>
-
-<p>Convenido ya el precio y la hora de cobrarlo, doña Aurora indicó algo
-sobre el cuidado de la jaca, proponiendo á Agustín dejársela en
-pupilaje; pero Rogelio, excitado, casi convulso de felicidad, no
-permitía hablar á nadie, ni tomar resolución alguna. «Tú no sabes,
-mamá... Yo me encargo de eso, déjame á mí... Sí que he de pasarme yo un
-día solo sin enterarme de cómo anda la jaquita mía... Todas las mañanas
-y todas las tardes la he de ver á la señora jaca... Te digo que lo dejes
-de mi cuenta...» Acabó doña Aurora por acceder y otorgarle plenas
-facultades. «Bien, pues allá tú...» Cuando se trató de poner nombre á la
-jaca, el muchacho, sonriendo, murmuró: «La llamaré Suriña».</p>
-
-<p>Los afectos cardinales del alma humana dictan á veces rasgos de
-maravillosa inspiración: la señora había comprendido, iluminada por el
-amor maternal, que tratándose de un hombre de veinte años, y menor aún
-que su misma edad, no hay rival mejor contra una hembra que un caballo
-bonito. El caballo no es solamente distracción de un par de horas al
-día, sino ocu<span class="pagenum"><a name="page_335" id="page_335"></a>{335}</span> pación y preocupación constante, desde que amanece hasta
-que anochece. Enterarse de lo que come, y de si le roban ó no la cebada;
-ver si está limpio y se han practicado con él todas las operaciones de
-tocador&mdash;y el tocador de un caballo fino lleva casi tanto tiempo como el
-de una mujer primorosa; luego, esa comunicación afectiva que se
-establece entre el jinete que por vez primera disfruta el goce de un
-caballo, y el animal; esa ternura que nace de la posesión; ese trueque
-de monerías, el azúcar robado al almuerzo para ir á dárselo, el pan
-fresco escondido en el bolsillo del chaleco, la dicha que produce el
-relincho de júbilo del animal cuando su penetrante olfato y su delicada
-percepción le dicen que el amo se acerca con la golosina... Después, las
-inquietudes por la salud&mdash;un caballo ocasiona tantas como un niño
-chico.&mdash;«Señorito, esta jaca no sé qué tiene... hoy no ha comido el
-pienso. Le noto los ojos tristes.&mdash;Señorito, hoy la jaca no ha...»
-¡Quién lleva lista de los innumerables achaquillos que puede padecer una
-jaca! Después de tan múltiples cuidados, aun queda otro orden de ellos,
-relacionados con lo que podemos llamar las galas de boda de la
-equitación: el galápago de la mejor piel de cerdo, crujiente, diminuto,
-mono; el sudadero de rico fieltro con cifras inglesas; los acerados
-estribos; la sutil cabezada, que deja lucir toda la gracia de la gentil
-cabeza; y para el jinete, el látigo de puño de plata cincelado; los
-guantes del Tirol; el ajustado calzón de punto; las botas muelles; la
-corbata con herraduras<span class="pagenum"><a name="page_336" id="page_336"></a>{336}</span> blancas sobre fondo gris... Todo distracción,
-todo embeleso en la encantadora luna de miel del muchacho con su jaca.
-¡Y qué emoción al sacarla! ¡Qué vanidad al lucirla con los amigos! ¡Qué
-inexplicable deleite al pasearla en las frondosas arboledas de la
-Moncloa, al ver acercarse un carruaje en cuyo fondo se reclina una bella
-enlutada, y bajo la fascinación del mirar de la gentil desconocida,
-ostentar la montura, hacer piernas, caracolear y lucir su gallardía
-cubriéndola de espuma y sudor! ¡Qué placer ir variando de aires, ya el
-rítmico paso, ya el animado trote, ya el ardiente galope; y al halagar
-con cariñosa palmada el cuello del obediente bruto, sentirle resoplar de
-placer, estremeciéndose todos sus sensibles nervios y su vigorosa y
-enjuta musculatura, como talle de jovencilla al rodearlo el brazo de
-ágil pareja y disponerse al vals!</p>
-
-<p>Indudablemente, lo de la jaca sí que había sido gran recurso é idea
-feliz, hija al fin de la experiencia, y muy superior á aquel ardid
-vulgar de echarse novia, que se ofreciera al candor de Rogelio como
-arbitrio soberano para curar su incipiente enfermedad amorosa. Ahora no
-necesitaba su madre pedirle que saliese, ni inventar pretextos con que
-echarle á la calle. Espontáneamente no hacía el chico más que ir y venir
-de su casa á la cuadra de la favorita. El invierno cejaba ya; los
-últimos días de Marzo eran, á pesar de la mala fama de este mes
-versátil, claros, templados y hermosos; y todas las tardes, desde las
-tres, salía Rogelio á<span class="pagenum"><a name="page_337" id="page_337"></a>{337}</span> gozar de los primeros soplos primaverales, ya
-solo, ya con amigos, ya con el picador, volviendo al anochecer dominado
-por una sana fatiga física, embriagado de aire puro, libre de molicies y
-malas sugestiones, penetrado de la alegría del paseo. Entre esta veta de
-actividad que su madre había descubierto, y el estudio, indispensable
-porque la época de los exámenes se acercaba amenazadora, ¿cuándo ni cómo
-había de encontrar tiempo de atender á la Esclava?</p>
-
-<p>No por eso se dormía la madre, ni abandonaba el bien concebido plan de
-defensa. Un día, Don Gaspar Febrero, habiendo madrugado algo más que los
-otros tertulios, vino á quedarse á solas con la señora de Pardiñas, y
-según costumbre, trajo la conversación hacia Esclavitud, elogiándola de
-tan desatinada manera, que la señora sintió cierta desazón en los
-nervios.</p>
-
-<p>&mdash;Pecisamente&mdash;dijo doña Aurora cuando el anciano la permitió meter
-baza:&mdash;tenía que indicarle á V., á propósito de esa chica... Pero
-prométame que me responderá con franqueza absoluta, como amigos viejos
-que somos ya.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues no faltaba más! Mi simpática Aurora, ¿cuándo no?... ¿En qué
-puedo servirla?</p>
-
-<p>&mdash;Verá V.... Una cosa que se me ha ocurrido aquí por la mañanas cuando
-estoy sin gente y el rapaz en clase... Como V. se va á quedar muy mal,
-creo yo... así que Felisa emprenda su gran viajata á Filipinas...,
-yo..., en mi deseo de que no eche V. tan de menos esos cuidados<span class="pagenum"><a name="page_338" id="page_338"></a>{338}</span> á que
-está acostumbrado ya... ¿no le parece á V.?</p>
-
-<p>&mdash;Veamos, veamos. Siendo de V. la idea... V. discurre siempre muy
-juiciosamente, amiguita...</p>
-
-<p>&mdash;Como me ha dicho V. tantas veces que le agrada el modo de servir de
-Esclavitud...</p>
-
-<p>El gallardo anciano hizo un brioso movimiento de halagüeña sorpresa,
-afianzó sus espejuelos, se apoyó en la muleta, inclinándose hacia
-adelante; y desatentado, trémulo, sin acertar á formar los períodos,
-exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;Amiga, amiga, amiga... ¿Qué me dice V., qué me dice V....? ¿Ha
-reflexionado antes de hablar? ¡Desprenderse V. de ese tesoro! ¡de ese
-tesoro! Me llena V. de agradecimiento, sí, señor... pero en
-conciencia... no, no puedo consentir... ¡A dónde llega la amistad! Ahora
-lo veo, Aurora... No, pero yo no soy un egoista... No, V. no habrá
-meditado... ¿lo dice V. formal, formal?</p>
-
-<p>Sintió la señora el aguijón del remordimiento ante esta gratitud
-extemporánea, y se dió prisa á añadir:</p>
-
-<p>&mdash;Mire V., si sería conveniente para mí también; hasta para mí. Hay su
-parte de egoismo, Don Gaspar; no es todo virtud. Como este año proyecto
-llevar á Rogelio á que conozca nuestra tierra...</p>
-
-<p>&mdash;Razón de más, amiguita, razón de más. No puede V. prescindir de una
-servidora semejante viajando. Están muy malos los tiempos... Ahora, con
-las Higinias que corren, ¿quién<span class="pagenum"><a name="page_339" id="page_339"></a>{339}</span> suelta una Esclavitud.... ¡ah! una
-Esclavita de esa marca! ¿V., V. lo ha pensado, lo que se dice pensar?</p>
-
-<p>Al hablar así, Nuño Rasura pegaba saltos en su butaca, y hacía con la
-muleta el molinete. Sus ojos brillaban; su cuerpo se erguía como de un
-muchacho, y afanoso sobrealiento agitaba su esternón. «Dios nos asista»
-pensó doña Aurora: «á este señor le voy á tener que recoger del suelo
-con cucharilla.» Y como guardaba silencio aparentando hallarse conmovida
-por los argumentos del buen señor, éste añadió de pronto, con energía, á
-manera de niño que se deja convencer para tomar un juguete:</p>
-
-<p>&mdash;Pero es decir... ya comprendo que la amiguita lo ha meditado bien, en
-el mero hecho de proponérmelo á mí. Conozco que tiene fundamento lo que
-V. alega: mucho, mucho, Aurora... viajando, se va mejor solo: el hijo
-con la mamá... claro, perfectamente. Pues por mí... basta que sea
-indicación de V.: acepto, acepto... ¿oye la amiguita? acepto.</p>
-
-<p>Doña Aurora discurría: «Cierto que á veces irrita un trucha como Don
-Nicanor, que tiene la malicia por arrobas y es capaz de pensar mal de su
-propia madre; pero también estos inocentones, que nunca se enteran...
-vamos, hay días en que le ponen á uno los nervios como cuerdas de
-guitarra».</p>
-
-<p>Vencidos ya los escrúpulos de Don Gaspar, él mismo combinó y desarrolló
-el plan de campaña: al ausentarse la hija, Esclavitud entraría á servir
-al padre en concepto de ama de llaves.<span class="pagenum"><a name="page_340" id="page_340"></a>{340}</span> El ochentón añadió, estregándose
-repetidas veces las manos:</p>
-
-<p>&mdash;Que no se entere Candás... No quiero bromas inconvenientes.</p>
-
-<h3><a name="XXI-morr" id="XXI-morr"></a>XXI</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">N</span><small>ADA</small> transpiró de esta conjuración doméstica. Guardó silencio doña
-Aurora, porque las mujeres saben callar muy bien si se lo proponen y si
-están en juego intereses de su corazón; y Don Gaspar se cosió los
-labios, porque temía más que al cólera á las cuchufletas é insinuaciones
-del Fiscal, y otro tanto&mdash;revelemos estas interioridades&mdash;á la fiereza
-de su hija Felisa. La cual, suspicaz como una esposa, alarmada por los
-instintos de elegancia, sociabilidad y galantería del anciano, se había
-dedicado á buscarle lo más feo, zafio é intratable del ramo de
-maritornes, porque siempre veía perfilarse en el horizonte la fatídica
-silueta de una madrastra. Hasta que Felisa emprendiese su viaje hacia la
-quinta parte del mundo, no se atrevía el viejo ni siquiera á indicar el
-propósito de llevarse consigo á tan dulce y linda sirviente. Costábale
-mucho trabajo reprimirse y esperar, porque su senectud era niñez
-antojadiza é impaciente, y cuando tardaba en cumplírsele un deseo, á
-dejarse llevar de sus impulsos,<span class="pagenum"><a name="page_341" id="page_341"></a>{341}</span> hubiera pateado. El desahogo que tomaba
-era cogerle las vueltas á los tertulianos para encontrar sola á doña
-Aurora, y hablarle difusamente, como hablan los viejos, de sus planes,
-de lo bien que iba á estar con él Esclavitud, de todas las atenciones
-que le prodigaría, de lo fácil que es servir un nombre <i>pelado</i>, con
-otras cosas del mismo jaez. Y cuando por haber gente delante no podía
-explayarse el buen señor, dirigía á su «amiguita respetable» miradas y
-guiños de inteligencia, le sonreía sin motivo y en fin buscaba salida á
-aquella plenitud de espíritu digna de otra más ardiente edad. «Dios nos
-conserve el juicio», reflexionaba la señora. «No sé por qué nos pasmamos
-de que se chiflen los rapaces, cuando los señores mayores se ponen así.
-Aun á los rapaces mismos no les da tan fuerte. Voy á comprar unos
-pañuelos tamaños como la Sábana Santa, para limpiarle las babas á este
-bendito señor. El diablo me lleve si no está rabiando porque la hija
-tome las de Villadiego para recoger á Esclavitud más corriendito. Si yo
-no supiese que por otra parte es una persona buenísima, y que la
-muchacha tampoco me parece capaz de una mala partida con él, tendría
-algún reconcomio. Porque nadie es capaz de saber á dónde llegan estas
-cosas, y si le da por casorio ó una barbaridad semejante...» La idea era
-tan bufa, Don Gaspar casado con una muchacha de veinticinco, que la
-señora de Pardiñas se rió sola, y el monólogo acabó por una rascadura de
-aguja de calceta en el moño, y este corolario: «Yo no tengo culpa si
-llega á<span class="pagenum"><a name="page_342" id="page_342"></a>{342}</span> suceder algún caso estupendo. Proporcionarle una buena
-colocación á una buena criada, no es delito. Lo que siento es que esa
-empalagosa de Felisa Febrero nunca acaba de tomar el tole para
-Filipinas.»</p>
-
-<p>Era verdad que se daba una calma en emprender el camino, hecha para
-freir la sangre á quien tuviese genio menos pronto que doña Aurora. Lo
-que la impacientaba y desesperaba era que ya iba acercándose la época de
-exámenes, después de los cuales tenía determinado salir á Galicia; y ni
-dejar á Esclavitud ni llevársela le parecía factible. Don Gaspar traía
-noticias del éxodo de su hija, con cara más alegre cuanto más se
-acercaba el plazo. «Ya está arreglando baúles... Se ha enterado de
-salidas de vapores... El jueves, ó á todo tirar el sábado, andando para
-Cádiz...» Por fin, un día llegó con el exterior más radiante, más
-olímpico que nunca, bajo la aureola de sus hermosos rizos blancos.
-«Amiguita doña Aurora, esta tarde se nos va...» Convínose en que por
-respetos humanos se dejarían transcurrir dos ó tres días sin hacerle la
-primera intimación á la sucia y tosca extremeña que asistía á Don
-Gaspar, y en significar á Esclavitud el cambio de su destino. «La amiga
-doña Aurora se encarga de eso...», indicó el ochentón. Pero aunque
-dejando su espíritu encomendado en manos de la señora de Pardiñas, como
-al día siguiente, en ocasión de dar el higiénico paseo cotidiano á la
-pata coja, cruzase la Puerta del Sol y pasase por delante de la
-confitería de <i>La Pajarita</i>,<span class="pagenum"><a name="page_343" id="page_343"></a>{343}</span> no pudo reprimirse, entró, é hizo pesar
-medio kilo de caramelos y bombones. Los guardó furtivamente en el
-bolsillo interior del gabán, y al llamar en casa de Pardiñas y abrirle
-Esclavitud la puerta, miró alrededor, echó mano á la faltriquera, y
-sacando el alcartaz, se lo pasó á la muchacha como podría pasarle un
-billete amoroso. «Fresquitos», fué lo único que en su grata turbación
-acertó á decir entregando la dádiva.</p>
-
-<p>Contrariedad y esfuerzo y tragadura de saliva costó á doña Aurora
-desempeñar la ingrata tarea de <i>soltársela</i> á Esclavitud. Hubiese
-preferido tener que darle la nueva de una gran desdicha, como muerte de
-un ser querido ó revés de fortuna: porque al cabo, en semejantes males
-no le correspondería á la señora parte de responsabilidad ni tanto de
-culpa, mientras en esta mera traslación de domicilio y cambio de amos,
-la señora, con su rectitud natural que sólo podría torcer la corriente
-del sentimiento, adivinaba algo de crueldad y dureza que era obra suya,
-aunque procediese de móviles justos, de los que no desoye ninguna madre
-prudente. «Es hasta cuestión de conciencia para mí», pensaba, á fin de
-cobrar ánimos. «Fuí inadvertida trayéndole á Rogelio la tentación al
-alcance de la mano: Felisa Febrero, en esto, ha mostrado tener más
-mundo, pues ni siquiera á los ochenta y pico de su padre les arrima la
-mecha. Demasiado bueno es el niño, cuando ya no se me ha emberrenchinado
-atrozmente. No, no, mejor es ponerse una vez colorado<span class="pagenum"><a name="page_344" id="page_344"></a>{344}</span> que ciento
-amarillo. Hoy se la suelto. Así que Rogelio salga á clase...»</p>
-
-<p>Encierra el tono de la voz humana misteriosos avisos, que en situaciones
-dadas revelan todo lo que oculta el alma, antes que las palabras lo
-digan. La sencilla frase «Esclavitud, ven», que tantas veces al día oye
-una criada de su ama, resonó esta vez de un modo particular en el
-corazón de la gallega. Toda su sangre afluyó al centro de la vida
-orgánica, y cuando entró en la habitación donde la esperaba su señora,
-el fondo y la esencia de lo que iba á oir le eran ya conocidos
-intuitivamente.</p>
-
-<p>No estaba doña Aurora en el comedor, sino en el despacho de su hijo, al
-cual solía ir en ausencia de éste para escribir alguna carta ó sacar
-alguna cuenta, si ocurría, y quizá por satisfacer ese instinto de
-curiosidad inquieta propio de los afectos exclusivos que llegan al grado
-de pasión. Hizo sentar á Esclavitud en una silla próxima, y empezó á
-hablar sin mirarla á la cara, jugando con una cajita de plumas, de donde
-las iba sacando para alinearlas sobre la mesa. «Todo el mundo tiene que
-amoldarse á las circunstancias. Con el viaje á Galicia, no había
-medio... Moverse tres personas no es como moverse dos, claro está. La
-casa del señor de Febrero era la mejor colocación que una muchacha como
-ella podía desear; una ganga... No sería doncella, sino ama de llaves...
-Se le guardarían toda especie de consideraciones... El trabajo de servir
-á una persona sola no había de matarla; complaciendo un poco al señor<span class="pagenum"><a name="page_345" id="page_345"></a>{345}</span>
-aquel tan excelente, estaría como en la gloria, casi lo mismo que si
-hubiese encontrado una familia. Por último, Don Gaspar también era de la
-tierra: no tenía Esclavitud por qué pasar malos ratos, como en la otra
-casa...»</p>
-
-<p>Así que hubo alegado todas estas razones, sintió un alivio interior, y
-sin dejar de prestar en apariencia gran atención á las hileras de
-plumas, miró con el rabillo del ojo á la muchacha. Esclavitud permanecía
-inmóvil en su asiento, con las manos cruzadas sobre el regazo, los piés
-juntos y bajos los ojos: tampoco ella entregaba fácilmente aquel espejo
-de los movimientos del alma á disposición de la curiosidad.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, ¿qué dices?&mdash;articuló al fin la señora que comenzaba á
-impacientarse, como siempre que encontraba resistencia pasiva.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo qué quiere que diga?&mdash;respondió Esclavitud con voz sorda, pero
-tranquila al parecer.</p>
-
-<p>&mdash;Sí ó no; si te gusta la casa que te ofrezco, ó si quieres tú buscar
-otra á tu modo y á tu idea.</p>
-
-<p>Hubo una pausa, y, por último, la muchacha respondió con acento incoloro
-á fuerza de ser contenido:</p>
-
-<p>&mdash;Si no corre mucha prisa, daré la contestación mañana ó pasado.</p>
-
-<p>«Te veo», pensó la señora. «Tú quieres hablar antes con el niño. Bien,
-aquí estamos todos para lo que pueda ocurrir. En guardia me tienes, y de
-centinela. Por de pronto yo procuraré que no le cojas á tergo.
-Andaremos, como quien dice, barba sobre el hombro.» Sin embargo, aquella
-tarde no tuvo más recurso que salir,&mdash;<span class="pagenum"><a name="page_346" id="page_346"></a>{346}</span>contra su costumbre,&mdash;á despedir
-en la estación del Mediodía á Felisa Febrero, de esas pejigueras de
-sociedad que no se pueden rehuir y siempre caen en el momento más
-inoportuno. Rogelio también había salido á caballo; pero quizá por la
-necesidad de repasar las lecciones, más apremiante á medida que los
-exámenes se venían encima, hizo corto el paseo; y al entrar en su casa,
-aun animado de la correría, abanicándose con el hongo gris, y girando el
-látigo, fué cuando Esclavitud le agarró de la manga y le empujó casi
-hasta su despacho, acorralándole contra la mesa misma en que doña Aurora
-había ordenado por la mañana los ejércitos de plumas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasa, Suriña? ¿Qué tienes?</p>
-
-<p>&mdash;¿No le decía yo que no iba á Galicia este año, ni en jamás? Su mamá me
-despide... Me deja en casa del señor de Febrero.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿qué estás diciendo? A ver, á ver, cuenta...</p>
-
-<p>La muchacha refirió lo que sabía. Sus ojos estaban secos, y sólo algo
-temblorosas su boca y barba. Su seno anhelaba precipitadamente, y en su
-modo de narrar y de explicarse, en aquella desesperada demanda de
-auxilio que hacía como náufrago que saca la cabeza por encima de las
-olas, había una vehemencia y un desorden que contrastaban con su
-habitual compostura, y que trastornarían á cualquiera aunque no tuviese
-los pocos años y la inexperiencia de Rogelio. Mientras balbucía «no, no
-puede ser, tú no te irás, qué tontería...», sus brazos ceñían<span class="pagenum"><a name="page_347" id="page_347"></a>{347}</span>
-involuntariamente el talle gentil de la muchacha, y el estremecimiento
-interior de deseo de hacía cuatro ó cinco meses renacía más brioso,
-infundiendo á su alma vigor para rebelarse, protestar y defender á la
-Esclavita como se defiende lo que nos pertenece y forma la substancia de
-nuestro vivir. «Pero vamos á ver, no entiendo cómo le ha entrado ese
-arrechucho á mamá... Por fuerza le han ido con algún chisme... ¿Y por
-qué, y de qué...? Nosotros ¿qué motivo hemos dado, Suriña? Si desde la
-enfermedad de mamá no nos hablamos casi: si tú ni pones aquí los piés...
-Es una cosa rarísima, y no ha de quedar así... Yo lo arreglaré; ¡qué
-habías de irte! No, hermosa...» Alentada y resucitada por estas
-promesas, Esclavitud se apretaba contra el corazón de su amigo,
-queriendo incrustarse en aquel refugio para que nadie la arrancase de
-allí; y Rogelio, con transporte juvenil é irresistible, la cubría de
-caricias, tratando de alzarle la cabeza para buscar sus labios. Tocaron
-á la campanilla, y la primera vez no oyó el repique ninguno de los dos.
-Al segundo, enérgico y airado, Esclavitud se estremeció, y, con
-movimiento simultáneo y brusco, se desunió la pareja. La muchacha se
-arregló el pelo, se ajustó temblando el pañuelo de seda que le rodeaba
-la garganta.</p>
-
-<p>&mdash;Voy á abrir, que es la señora.<span class="pagenum"><a name="page_348" id="page_348"></a>{348}</span></p>
-
-<h3><a name="XXII-morr" id="XXII-morr"></a>XXII</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">V</span><small>IENDO</small> á su hijo aquella noche, á la hora de comer, distraído, pálido y
-hasta un poco seco al hablar, la señora pensó al punto: «La tenemos
-armada. Ya se lo ha encajado aquella buena alhajita». También pescó al
-vuelo miradillas furtivas, azoradas y elocuentes; pero se aguantó,
-discurriendo para sí: «Según Don Nicanor, en este mundo hay que hacerse
-el tonto un cuarto de hora todos los días; ahora á mí me han doblado la
-ración, y tendré que hacerme la tonta algunos meses.» Hízose, pues, la
-tonta, como si no advirtiese el estado de su hijo, á quien preguntó con
-muchísimo interés noticias de la jaca y de la cochera, y de los
-habituales compañeros de <i>sport</i>. Así que se alzaron los manteles, sacó
-otra conversación muy socorrida y de palpitante actualidad, á saber: los
-exámenes. «Rapaz, allá para el miércoles ó jueves, me parece que te
-tocará el turno, de manera que esta semana me espera á mí un ajetreo
-regular... Porque la verdad es que con esos señores no sabe uno á qué
-carta quedarse. ¡Si todos fuesen como Contreras! Ese sabe ponerse en la
-razón. Sólo que este año todavía no te cae por banda Contreras. Con los
-demás es un lío; si se oye á unos y á otros, hay para marearse. Lastra
-quiere que le bajen la cabeza,<span class="pagenum"><a name="page_349" id="page_349"></a>{349}</span> que le rindan el tributo de la
-recomendación, y que todo el mundo tenga que agradecerle. Ruiz del Monte
-parece que es al contrario: si le hablan por un chico, le toma tirria, y
-le aprieta hasta reventarlo. Tú sabrás si es cierto; á mí me lo contó tu
-amigachillo Díaz, el que escribe romances... De Albirán se susurra otra
-cosa: que no desatiende recomendaciones, pero con su cuenta y razón,
-según de quien procedan... Lo más seguro será que repases, niño.»</p>
-
-<p>&mdash;Ya repaso, mamá&mdash;contestó lacónicamente el estudiante.</p>
-
-<p>Corrió la noche sin que se le pudiese sacar otra palabra. Revolvía las
-revistas ilustradas, los periódicos del día; los tomaba y los dejaba,
-cambiaba de asiento pasando del sillón al sofá y del sofá al sillón;
-suspiraba hondo, y, en fin, daba todas las señales de desazón posibles,
-sin cuidarse de que se viese, ó más bien pareciendo que deseaba lo
-advirtiese su mamá. Al fin, cuando ésta le dijo «¿no sales hoy á un
-actito á Lara?» exclamó con tono duro y resuelto:</p>
-
-<p>&mdash;No; voy á acostarme. Me duele un poco la cabeza.</p>
-
-<p>La señora le oyó taconear en el corredor y batir la puerta de su
-despacho.</p>
-
-<p>&mdash;Lo dicho; la tenemos. Yo he cometido una falta grave. Debí no resolver
-este cotarro hasta pasados los exámenes, un par de días antes de la
-marcha... Ha sido una borricada mía. Ya se ve; el deseo de salir del
-atolladero prontito... Pues no; hay cosas que vale más llevarlas por sus
-pasos contados. Veremos si la puedo enmendar<span class="pagenum"><a name="page_350" id="page_350"></a>{350}</span> y dar tiempo al tiempo. Si
-no, voy á tener al rapaz desquiciado cuando más necesita la cabeza
-firme. Una prórroga... A ver si consigo encajárselo en la cabeza á Don
-Gaspar. Es fácil que sea más arduo hacer entrar en razón al viejo que al
-niño. ¡Qué complicaciones! Aquella falsona de Rita Pardo decía bien...
-Conviene mirar mucho á quién mete uno en su casa.</p>
-
-<p>Hubo entonces en el pequeño drama doméstico, intimo, que ya tocaba á su
-desenlace, uno de esos entreactos, como treguas momentáneas, durante las
-cuales los actores, aparentando dedicarse á otros intereses ó distraídos
-efectivamente por ellos, no pierden de vista, sin embargo, el asunto
-capital, y viven, por decirlo así, en perpetua representación, guardando
-silencio acerca de lo que más ocupa su alma, sin que este silencio
-engañe á nadie. La señora atendía sólo á ganar días, calmando la
-impaciencia pueril de Don Gaspar Febrero con moratorias que justificaba
-la proximidad de los exámenes y la imposibilidad de quedarse en aquel
-momento sin doncella; Esclavitud aguardaba, ocultando en lo más profundo
-del pecho una esperanza tenaz, basada en las palabras y ofrecimientos de
-su amigo; y Rogelio, preocupado, agitado, acechaba inútilmente la
-ocasión de decir algo, ¡algo muy formal y en tono muy firme!, á su
-madre. La verdad ante todo; si la señora le facilitase esta ocasión, el
-estudiante se vería perdido para aprovecharla. A medida que pasaba
-tiempo, la dosis de valor atesorada en el primer instante iba
-disipándose como un<span class="pagenum"><a name="page_351" id="page_351"></a>{351}</span> frasco de esencia cuando queda destapado. Es
-indecible el pecho que necesita un buen hijo para ponerse frente á
-frente de una buena madre, y realizar un acto que en cierto modo le
-manumite, pero que le desgarra las fibras más íntimas del corazón. Tanto
-se unen y confunden el deber natural, la costumbre y hasta aquel
-disculpable egoísmo que nos aconseja entregarnos sin reserva en manos de
-quien más que á sí mismo nos ama, que el romper ese lazo constituye un
-acto de supremo vigor, uno de esos esfuerzos que quebrantan una voluntad
-si no es de acero bien templado. Contra un padre severo hay siempre
-energía; sus propios rigores entonan; pero una madre como la de Rogelio,
-que no había tenido más pensamiento que su hijo, que le había rodeado de
-tal solicitud, ahorrándole hasta el trabajo de discurrir y el esfuerzo
-de desear; una madre viuda, delicada de salud, y que había ejercitado el
-arte de adelantarse á los gustos de su hijo, consiguiendo así que la
-voluntad de éste no adquiriese nunca el temple recio que dan las
-privaciones y las luchas, era un adversario con quien Rogelio no tenía
-fuerzas para medirse. «Si ella misma sacase la conversación...», pensaba
-el estudiante. Pero ¡quiá! La verdad es que si ella la sacase... sería
-lo mismo. Lo único á que se atrevía era á la protesta muda, á hacerse
-unas veces el triste y otras el malhumorado y fosco. «Mamá, por no verme
-así, es capaz de cualquier cosa...», calculaba con su lógica de niño
-mimado. Sólo que mamá sabía distinguir de juguetes.<span class="pagenum"><a name="page_352" id="page_352"></a>{352}</span></p>
-
-<p>El incidente de los exámenes contribuyó á enflaquecer más todavía su
-resolución. Entre el repaso, los temores del mal éxito y las idas y
-venidas de los amigos que le traían, por decirlo así, relación del
-estado barométrico de las notas, Rogelio se encontró fuera del círculo
-mágico con que nos rodea la idea fija amorosa, y á no ser por un par de
-ojos verdes que de vez en cuando se fijaban en los suyos, hasta hubiese
-olvidado <i>aquéllo</i>, que, por raro fenómeno de óptica, le parecía todos
-los días menos inminente&mdash;siendo así que lo era más, pues la salida á
-Galicia estaba irremisiblemente señalada para después de los exámenes.</p>
-
-<p>Y éstos llegaron, y se encontró Rogelio con dos asignaturas aprobadas;
-pero en una&mdash;la más ingrata y antipática para él&mdash;le cayó como una ducha
-fría un <i>suspenso</i>. «De estas calabazas ya sé yo quién tiene la
-culpa...», pensaba la madre, mirando al través de la puerta entornada á
-Esclavitud, que pasaba un plumero á los cuadros del saloncito. «En esto
-paran las guilladuras; pero, ¿qué le vamos á hacer? cada edad trae lo
-suyo. En Septiembre ganará lo que pierde ahora; bien joven es; con tal
-que esté sano... Y seamos justos; la jaca también me lo levantó de
-cascos en esta temporada última. Verdad que más vale así. De la
-primavera acá no me quejo. Bien se ha portado la jaquita... Merece una
-libra de azúcar.<span class="pagenum"><a name="page_353" id="page_353"></a>{353}</span>»</p>
-
-<h3><a name="XXIII-morr" id="XXIII-morr"></a>XXIII</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">L</span><small>A</small> última noche que la familia Pardiñas pasó en Madrid antes de marchar
-á su tierra, vino mucha gente á decirles adiós, y se formó una pequeña
-tertulia animada y sin etiqueta. A fines ya de Junio, el momento más
-hermoso para salir y buscar sociedad era realmente entre diez y once de
-la noche, cuando corre un sano aire fresco hasta por las abrasadas
-callejuelas del Madrid antiguo, del que ni tiene arbolado ni casi goza
-los beneficios del riego municipal. Bajaron las vecinas del segundo,
-sobrinas de un brigadier de ingenieros, y acudió también la marquesa
-viuda de Andrade, paisana de doña Aurora, señora guapetona y maja,
-bastante conocida en los círculos aristocráticos, y acostumbrada por
-consiguiente á recogerse tarde. La señora de Pardiñas, al encontrarse
-rodeada de visitas, se dedicó á agasajarlas lo mejor que pudo y supo,
-dejando girar libremente la conversación, que versaba sobre cosas del
-país donde iba á volver después de tantos años. La Marquesa, alegre y
-rozagante, habló de irse pronto á Vigo, y enseñó un brazalete nuevo, con
-zafiros y brillantes, dando á entender que había en él cierto misterio.
-«Esta anda otra vez con intenciones de maridar&mdash;pensó doña
-Aurora.<span class="pagenum"><a name="page_354" id="page_354"></a>{354}</span>&mdash;¿Quién será el galán? Dios se la depare buena.»</p>
-
-<p>Rogelio había abandonado la reunión impensadamente, sin decir oxte ni
-moxte. La retirada no se le pasó por alto á su madre, pero sobre que no
-podía evitarla, descubrió otros motivos de resignarse: «Pocas son las
-malas fadas; al fin mañana nos vamos...» Esclavitud aún se le figuraba
-un peligro y un compromiso, pero ya muy remoto. «Mañana á estas horas
-estaremos cerca de Avila... ¡Cuándo oiré el silbato del tren!»</p>
-
-<p>Se recogía Rogelio á su cuarto, impulsado por vagas esperanzas de ver á
-la chica, explicarle su actitud de aquellos días, y la imposibilidad de
-proceder de distinto modo, de evitar la marcha y de sublevarse.
-Presentía que Esclavitud, no desperdiciando la ocasión, vendría pronto;
-y á fin de que comprendiese que estaba allí, encendió luz con mucho
-derroche de fósforos y taconeo, abrió cajones é hizo chirriar dos ó tres
-veces la puerta. A llamarla no se atrevía por temor al fino oído de su
-madre, pues, según su frase paradójica é hiperbólica, «oía mejor que el
-sordo Candás».</p>
-
-<p>No aguardó largo trecho. A los diez minutos tocaron á la puerta, y antes
-que dijese «adelante» entraba Esclavitud. La claridad del quinqué puesto
-sobre la mesa del despachillo que precedía á la alcoba y cuarto tocador
-del estudiante cayó sobre el rostro de la muchacha, y Rogelio observó
-mejor que nunca cómo en una quincena había empalidecido y se había
-demacrado,<span class="pagenum"><a name="page_355" id="page_355"></a>{355}</span> afinando y espiritualizando su tipo, que ahora podría servir
-de modelo para esas imágenes labradas en cera, donde se encierran los
-huesos de alguna mártir desconocida.</p>
-
-<p>Rogelio se llegó á Esclava y le tomó la mano: ardía de calentura.</p>
-
-<p>Sin decirse palabra, con unánime impulso, miraron alrededor, buscando un
-mueble en que sentarse reunidos. No lo había en el despachito, alhajado
-con un sitial y media docena de sillas; y sin reflexionar se refugiaron
-en la alcoda, donde Rogelio, cogiendo á la muchacha por el talle, la
-obligó á sentarse en la cama. Tampoco entonces hablaron hasta
-transcurrir un tiempo que no bajaría de cinco minutos. Rogelio apretaba
-y acariciaba aquella manecita algo endurecida por el trabajo y muy
-picada de la aguja, como queriendo comunicarle la frescura de sus palmas
-y quitarle el ardor de la fiebre. Pero no se le ocurría nada, sino las
-vulgaridades consoladoras de todas las despedidas; y al fin,
-pareciéndole raro callar más, se resolvió á emplear tan mala moneda.</p>
-
-<p>&mdash;Suriña, tontiña, mujer, no me estés así... Mira, he reflexionado
-mucho; he cavilado más que tú. No se conseguiría nada con llevarle á
-mamá la contraria ahora. Le daríamos un disgusto muy grande; acaso se
-nos pondría enferma, pero no mudaría de resolución. Ten paciencia.
-Dentro de tres meses, ó menos aún, estamos de vuelta aquí, y nos
-veremos, porque en casa del señor de Febrero andarás mucho más libre que
-en ésta. Ya sabes que yo te he<span class="pagenum"><a name="page_356" id="page_356"></a>{356}</span> de querer siempre, boba. No me la pegues
-con el tierno Nuño Rasura. Anda, tontiña, paloma, no me estés así. Mira
-que me vas á poner muy triste.</p>
-
-<p>Esclavitud no contestaba sino moviendo la cabeza negativamente, con
-obstinada melancolía. Luego respondió, en voz bastante entera:</p>
-
-<p>&mdash;Alegre no puedo estar. Pero tampoco estoy triste. No se apure. Sólo
-que tengo la cabeza... así... como si me anduviese por dentro de ella
-una cosa mala.</p>
-
-<p>&mdash;Mujer, ¡Suriña!</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor. Yo estoy aquí, ¿eh? ¿Le estoy oyendo? ¿Le respondo? Pues
-estoy como si oyese á una persona... de allá, del otro mundo, que me
-habla.</p>
-
-<p>&mdash;¡Válgame Dios!&mdash;exclamó el estudiante estremeciéndose.&mdash;Más quisiera
-que llorases. Si llorases no estarías tan maniática, Sura. Llora y
-desespérate, pero no digas esas cosazas.</p>
-
-<p>&mdash;Yo lloro por dentro. Por fuera no. Ni una lágrima puedo echar. Ya
-estuve lo mismo otra vez, cuando murió mi padre&mdash;repuso apaciblemente la
-muchacha, sin que ni ella ni Rogelio subrayasen aquel nombre de <i>padre</i>
-que acaso por primera vez articulaba Esclavitud sin rebozo ni
-perífrasis.</p>
-
-<p>&mdash;Hija, te encuentro algo enferma. ¡Ay, ay, ay! Tienes calentura. Las
-manos tuyas abrasan. Dame palabra de que mañana vas á ver á Sánchez del
-Abrojo.</p>
-
-<p>&mdash;No, señor, no es enfermedad. Más buena no estuve nunca. Son <i>avisos</i>.<span class="pagenum"><a name="page_357" id="page_357"></a>{357}</span></p>
-
-<p>&mdash;Mujer, calla por Dios. Estás diciendo unos disparates...</p>
-
-<p>Arrimó el rostro al de la muchacha y la besó tiernamente en las heladas
-mejillas, sin que ella hiciese movimiento de resistencia. Al contrario,
-pareció más conforme y adoptó un tono casi confidencial y franco para
-decir á su amigo las extravagancias siguientes:</p>
-
-<p>&mdash;Rogelio, hay cosas que avisan los difuntos á los vivos; no le quepa
-duda. Tres días antes de morir mi padre, vi un pájaro grande, negro, al
-pié de mi cama. Ayer vi otra vez el pájaro: iba tan de prisa que no sé
-por dónde se escapó; pero lo vi, tan cierto como que aquí estamos. Yo no
-vuelvo nunca más á la tierra: nunca más. Ya se verá; y entonces ha de
-convencerse y dirá: «Esclavitud bien me lo avisaba». Si tuviese tan
-seguro un millón de onzas, ya estaría discurriendo dónde las iba á
-guardar para que no me las llevasen los ladrones. Esta noche...</p>
-
-<p>Bajó mucho más la voz, y al oído de Rogelio murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;Un perro, en una casa de ahí al lado, estuvo hasta que amaneció
-<i>ventando</i> la muerte.</p>
-
-<p>&mdash;¡Jesús, mujer!&mdash;exclamó Rogelio por segunda vez, ya fatalmente
-impresionado con aquella conversación extraña.&mdash;Tú estás loca ¿No ves,
-Suriña, que en Madrid se mueren ó agonizan cada noche infinitas
-personas? Figúrate: si los perros anunciasen todo eso, trabajo les
-mando. Se convertirían en cuarta plana de <i>La Correspondencia</i>. Lo que
-tienes, Sura, es que estás afectada porque nosotros nos vamos<span class="pagenum"><a name="page_358" id="page_358"></a>{358}</span> y tú te
-quedas. También yo ando hace muchos días disgustado con el viajecito. He
-pasado ratos feroces. Después he reflexionado... y... me parece que es
-mejor conformarse con esto de ahora, porque si alborotamos la
-enredaremos más. Suriña, tres meses. Dentro de noventa días (y aun puede
-que no tanto), me tienes aquí. Mi primer visita es para doña Sura. Anda,
-no estés así. Te quiero mucho, hermosa. Ya convenceremos á mamá. Todavía
-no me has dicho hoy que me querías. ¡Anda!...</p>
-
-<p>Con el movimiento de un niño que pide halagos, acercó su mejilla á la
-boca de Esclavitud, y ésta, sin protesta alguna, como el que ejecuta una
-acción hija de la costumbre, puso en ella los labios. Estaban como las
-palmas, secos y ardientes, y á Rogelio le pareció que le arrancaban la
-piel, con sensación más bien dolorosa que placentera. Sólo que las
-caricias eran un recurso para que aquella última y penosa entrevista
-fuese algo menos intolerable, y el estudiante, á falta de razones que
-consolasen á la pobre abandonada, acudió á los halagos, sin que en el
-primer momento le animase otra intención menos limpia y noble. Corrió
-bastante tiempo&mdash;y él mismo no acertaría á explicar el por qué de esta
-tardanza, anómala si se examina bien lo incitante de la hora y sitio y
-la ceguera de los pocos años&mdash;antes que se le despertase una sed
-criminal y ardiente. Cuando la embriaguez le ofuscó, saltó de la cama y
-fué á dar vuelta á la llave de la lámpara, sin conseguir por eso
-obscuridad completa, pues un rayo<span class="pagenum"><a name="page_359" id="page_359"></a>{359}</span> de luna primaveral, entrando por la
-vidriera del despacho, lo bañaba en luz fantástica, azulada y soñadora.
-Al recobrar, entre la pálida penumbra, los labios donde la fuerza de la
-ilusión juvenil le movía á creer que se dejaba presa el alma á cada
-aspiración del aliento, ya no los soltó, ni acaso los soltaría aunque
-viese allí á su madre, que representaba para él el Deber, y el Deber
-amado, el único que se impone á las almas tiernas. Pero el recuerdo y la
-conciencia de ese Deber fué lo primero que acudió á su mente al
-despertarse, y corriendo á la puerta, escuchó, volvió azorado, y exclamó
-en tono suplicante:</p>
-
-<p>&mdash;Suriña, Suriña, se me figura que oigo despedirse en el pasillo á la
-Marquesa... Si esa se va, es que no queda nadie... Mamá se cuela aquí
-derechamente, de fijo... A ver, á ver si puedes escurrirte con maña.
-Adiós, vé despacito, que no te sientan... ¿eh?</p>
-
-<p>La muchacha obedeció pasiva, como en todo, sin reclamar, en la premura
-de su aquiescencia, ni el último abrazo. Rogelio volvió á encender la
-lámpara, cuya mecha igualó cuidadosamente. Corrió también la vidriera de
-la alcoba, y de pié ante el gran armario de luna, se atusó y se sacó la
-raya con un peinecillo. Después metió las manos en los bolsillos del
-pantalón y se miró un rato, atentamente, estudiando con curiosidad
-irreflexiva su propia cara; hablando con sus ojos en el espejo, como
-para convencerse de que, disipado aquel vértigo, la individualidad
-persistía, y no quedaba para siempre en su<span class="pagenum"><a name="page_360" id="page_360"></a>{360}</span> persona no sé qué de otra,
-una huella que no se podía borrar y que iba á delatarle. Luego, la
-imagen de su madre volvió á oprimirle el corazón; pero disipó
-instantáneamente sus recelos un arrebato de alegría nerviosa; y el
-neófito, corriendo á la ventana, la abrió, se dejó bañar por la pura
-atmósfera nocturna, y agarrado á los hierros de la ventana, respiró con
-avidez.<span class="pagenum"><a name="page_361" id="page_361"></a>{361}</span></p>
-
-<h3><a name="EPILOGO-morr" id="EPILOGO-morr"></a>EPILOGO</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">A</span><small>NTES</small> faltaría el sol en los cielos, que Don Gaspar á las cuatro de la
-tarde con un cochecillo, para llevarse á casa su futura ama de llaves.
-Se le dijo que Esclavitud había salido ya en la misma dirección, y el
-viejo, con esta noticia, se metió otra vez en la berlina destartalada,
-mandando al cochero «que arrease bien.» La impaciencia no le permitía ir
-andando con su pata coja.</p>
-
-<p>En los últimos momentos llamara doña Aurora á Esclavitud, poniéndole en
-las manos, amén de su salario, una buena propina, á cuyo obsequio añadió
-el de unos aretes con turquesas. «No quiero que se vaya descontenta.
-Cuidado que la noto desemblantada á la infeliz. Me parece que estaba
-encariñada de veras con el niño, por lo cual es cada vez más conveniente
-mi resolución. Me da lástima, y conozco que es una tontería que me la
-dé: ¡qué arrimo como el que encuentra! Le hago un favor grandísimo: lo
-que me tranquiliza es eso. Lleva una canonjía...»</p>
-
-<p>Así y todo, la señora no podía reprimir cierta desazón, cierta amargura
-íntima, una lástima inmensa, que después tradujo por doloroso
-presentimiento. «Mire V. que compadecerla cuando estoy tan segura de que
-le he proporcionado lo que más podría desear una muchacha de su<span class="pagenum"><a name="page_362" id="page_362"></a>{362}</span>
-clase...» Y así lo creía en efecto la señora de Pardiñas. Como les
-sucede á muchas personas bondadosas incapaces de odiar y hacer daño, no
-quería reconocer que miraba ante todo á la conveniencia de su hijo, por
-más justo que le pareciese y en efecto fuese este móvil, y trataba de
-atribuir su conducta al interés de la misma Esclavitud.</p>
-
-<p>La tranquilizó un poquillo oir en la cocina á Fausta que embromaba á
-Esclavitud cantándole <i>sotto voce</i> aquello de «Y hoy sirvo á un
-abuelo... que está chocho y lelo... y yo soy el ama...»</p>
-
-<p>&mdash;Tiene razón Fausta. El ama será en casa del señor de Febrero. Como no
-lo sea de más...</p>
-
-<p>Salía el tren de Galicia á las siete y treinta y cinco, y á esa hora tan
-bonita, precursora del anochecer, en el andén de la estación del Norte
-no cabía la multitud afanosa y regocijada de viajeros y de amigos que
-los despedían, envidiando éstos á los que se marchaban á ver tierras
-hermosas, respirar aire salino, gozar el fresco, vivir mejor, en clima
-templado y salubre, algunos meses. No había escenas tristes: no era el
-adiós del marinero, ni la partida del soldado, ni la nostálgica
-despedida del emigrante: los que se iban, excitados y gozosos; risueños
-en su dentera los que se quedaban... Sólo hacia el extremo del tren, á
-la portezuela de un coche de primera, se divisaba un grupo de cinco
-personas que trocaban abrazos prolongados; componíase de dos hombres,
-mozo el uno y el otro viejo ya, cabizbajos, pero erguidos de cuerpo, y
-tres señoras, dos jóvenes y<span class="pagenum"><a name="page_363" id="page_363"></a>{363}</span> una de pelo blanco, que aplicaban
-frecuentemente el pañuelo á los ojos enrojecidos. Dentro del vagón
-estaba un ama con niño de pecho. Laín Calvo se acercó á doña Aurora y le
-dijo señalando al grupo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Ve allí á los Rojas? Faroles hasta el fin, hasta la muerte. Al hijo
-me lo han vuelto á trasladar á Marineda por aquella historia consabida
-de farolerías con el ministro, y mas que sepa perecer de necesidad,
-viajará en primera por el decoro de su cargo. Tiene á la mujer otra vez
-embarazada... y bien adelantadita en meses. A otra traslación dice que
-dimitirá... Y á Rojas ya me lo pillaron, ¿no sabía? Recibió la
-jubilación hace una semana.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué me dice V.!&mdash;exclamó con pena sincerísima la señora.&mdash;¡Válgame
-Dios! ¡Pobrecitos! Esa infeliz de Matilde Rojas, cuándo encontrará un
-hombre de bien que la quiera sin un cuarto de dote! Le digo á V. que
-todo el camino iré pensando en esta familia. ¡Qué mundo, Don Nicanor!</p>
-
-<p>Doña Aurora intentó dirigirse al grupo y estrechar la mano de las
-señoras de Rojas: pero ya no era hacedero, porque sonaba la campana de
-aviso, bufaba la máquina, y corrían de un lado á otro las carretillas
-con equipajes facturados para cargarlos. Rogelio, desde el vagón, alargó
-la mano á su madre, que subió despacio, riendo porque se le había
-enganchado un volante en el estribo; y entre la primer arrancada del
-tren se perdió la voz de Laín Calvo que gritaba:<span class="pagenum"><a name="page_364" id="page_364"></a>{364}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Cuidado con las niñas de Vigo, Rogelín que son de rechupete, home!</p>
-
-<p>El tren, oscilando con suavidad, activaba su marcha. Caía la tarde con
-serena magnificencia, y Rogelio, asomado á la ventanilla, creía divisar
-ya los frescos valles galaicos, los castaños frondosos, el azul festón
-de las rías orlando la tierra más bonita del mundo.</p>
-
-<p>En cambio no vió, del otro lado del andén, á Esclavitud, que seguía con
-los ojos el tren hasta que se alejó grandioso y raudo. Cuando ya no fué
-posible columbrar ni un copo del penachillo de humo negro, la muchacha,
-estremeciéndose como si tuviese frío, retrocedió lentamente hacia la
-ciudad, bien resuelta á que el sol, que se ponía en aquel instante, no
-volviese á levantarse para ella nunca, nunca.</p>
-
-<p>Dejemos á la infeliz, porque al cabo no podríamos quitárselo de la
-cabeza. Si consultamos sobre este drama á Don Gabriel Pardo, que es
-amigo de generalidades pedantescas y se paga de malas razones por el
-afán de pretender explicarlo todo, nos dirá que el extravío mental que
-conduce á la muerte voluntaria, es muy propio del sombrío humor de la
-raza céltica, esa gran vencida de la Historia: como si cada día y en
-cada provincia de España no trajese la prensa suicidios así.</p>
-
-<p>FIN</p>
-
-<hr class="full" />
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
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-
-
-End of Project Gutenberg's Insolación y Morriña, by Emilia Pardo-Bazán
-
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-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
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-including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
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-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
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-To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
-
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
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-Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
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-
-The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
-Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
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-information can be found at the Foundation's web site and official
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-
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-
-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
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-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
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-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
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-
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-
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
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-
-Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations.
-To donate, please visit: http://pglaf.org/donate
-
-
-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
-works.
-
-Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
-concept of a library of electronic works that could be freely shared
-with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
-Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
-
-
-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
-unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
-keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
-
-
-Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
-
- http://www.gutenberg.org
-
-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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-
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