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-The Project Gutenberg eBook, La Biblia en España, Tomo III (de 3), by
-George Borrow, Translated by Manuel Azaña
-
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
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-
-Title: La Biblia en España, Tomo III (de 3)
- O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península
-
-
-Author: George Borrow
-
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-
-Release Date: April 8, 2016 [eBook #51689]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-
-***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO III (DE
-3)***
-
-
-E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the Online
-Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images
-generously made available by Internet Archive/Canadian Libraries
-(https://archive.org/details/toronto)
-
-
-
-Note: Images of the original pages are available through
- Internet Archive/Canadian Libraries. See
- https://archive.org/details/labibliaenespa03borr
-
-
- Project Gutenberg has the other two volumes of this work.
- Tomo I: see http://www.gutenberg.org/ebooks/51019
- Tomo II: see http://www.gutenberg.org/ebooks/51020
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_
- y las versalitas como MAYÚSCULAS.
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-
-
-COLECCIÓN GRANADA
-
-VIAJES
-
-BORROW: LA BIBLIA EN ESPAÑA
-TRAD. DEL INGLÉS POR M. AZAÑA
-
-
-LA BIBLIA EN ESPAÑA
-
-O VIAJES, AVENTURAS Y PRISIONES DE UN
-INGLÉS EN SU INTENTO DE DIFUNDIR LAS
-ESCRITURAS POR LA PENÍNSULA
-
-POR
-
-J. BORROW
-
-TRADUCCIÓN DIRECTA DEL INGLÉS
-POR MANUEL AZAÑA
-
-TOMO III
-
-
-
-
-
-
-
-[Illustración]
-
-COLECCIÓN GRANADA
-JIMÉNEZ-FRAUD, Editor.—MADRID
-
-ES PROPIEDAD
-QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA
-LA LEY
-
-Imprenta Clásica Española. Glorieta de Chamberí. Madrid.
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
-
- _Páginas._
-
- CAPÍTULO XXXVI. — Estado de los asuntos en Madrid. — Nuevo
- Ministerio. — El Obispo de Roma. — El librero de Toledo. —
- Las espadas. — Las casas de Toledo. — La gitana abandonada. —
- Diligencias mías en Madrid. — Otro criado. 13
-
- CAP. XXXVII. — Euscarra. — El vascuence no es el irlandés.
- — Dialectos del sánscrito y del tártaro. — Una lengua de
- vocales. — La poesía popular. — Los bascos. — Sus caracteres.
- — Las mujeres bascas. 26
-
- CAP. XXXVIII. — La prohibición. — El Evangelio, perseguido. —
- Inculpación de brujería. — Ofalia. 38
-
- CAP. XXXIX. — Los dos Evangelios. — El alguacil. — La orden
- de prisión. — María la buena. — El arresto. — Me envían a la
- cárcel. — Reflexiones. — El recibimiento. — La celda en la
- cárcel. — Demanda de desagravios. 45
-
- CAP. XL. — Ofalia. — El juez. — Cárcel de la Corte. — El
- domingo en la cárcel. — Vestimenta de los ladrones. — Padre
- e hijo. — Un comportamiento característico. — El francés. —
- La ración carcelaria. — El valle de las sombras. — Castellano
- puro. — Balseiro. — La cueva. — La gloria del ladrón. 63
-
- CAP. XLI. — María Díaz. — Reproches del clero. — Visita de
- Antonio. — Antonio en funciones. — Una escena. — Benedicto
- Mol. — Su peregrinación por España. — Los cuatro Evangelios. 85
-
- CAP. XLII. — Salida de la cárcel. — Las excusas. — El corazón
- humano. — La vuelta del griego. — La Iglesia romana. — La luz
- de la Escritura. — El arzobispo de Toledo. — Una entrevista.
- — Piedras preciosas. — Una resolución. — El lenguaje
- extranjero. — Despedida de Benedicto. — La caza del tesoro en
- Compostela. — Realidad y ficción. 97
-
- CAP. XLIII. — Villaseca. — Una casa morisca. — La puchera. —
- Un cónclave de rústicos. — Ceremoniosa urbanidad. — La flor
- de España. — El puente de Azeca. — El castillo en ruinas.
- — Nos echamos al campo. — Demanda de Testamentos. — El
- labrador viejo. — El cura y el herrero. — La baratura de los
- Testamentos. 116
-
- CAP. XLIV. — Aranjuez. — Una advertencia. — Aventura
- nocturna. — Nueva expedición. — Segovia. — Abades. — Curas
- facciosos. — López, en la cárcel. — Liberación de López. 136
-
- CAP. XLV. — Regreso a España. — Sevilla. — Un perseguidor
- encarnizado. — La profetisa manchega. — El sueño de Antonio. 150
-
- CAP. XLVI. — Se reanuda la obra de propaganda. — Aventura en
- Cobeña. — El poder del clero. — Autoridades rurales. — Fuente
- la Higuera. — El contratiempo de Victoriano. — La cárcel del
- pueblo. — La cuerda. — Un recado de Antonio. — Antonio, en
- misa. 157
-
- CAP. XLVII. — Término de nuestros trabajos rurales. — Alarma
- del clero. — Una nueva tentativa. — Triunfo en Madrid. —
- Duende o alguacil. — El bastón de mando. — El corregidor. —
- Una explicación. — El Papa en Inglaterra. — La exposición del
- Evangelio. — Obras de Lutero. 171
-
- CAP. XLVIII. — Proyecto de viaje. — Una escena sangrienta.
- — El fraile. — Sevilla. — Bellezas de Sevilla. — Naranjos y
- flores. — Murillo. — El Angel de la guarda. — Dionysius. —
- Mis coadyuvantes. — Demanda de Biblias. 186
-
- CAP. XLIX. — La casa solitaria. — La Dehesa. — Juan
- Crisóstomo. — Manuel. — La librería en Sevilla. — Dionisio
- y los curas. — Atenas y Roma. — Proselitismo. — Embargo de
- Testamentos. — Salida de Sevilla. 201
-
- CAP. L. — Noche en el Guadalquivir. — La luz del Evangelio.
- — Bonanza. — La playa de Sanlúcar. — Panorama andaluz. —
- Historia de una caja. — _Cosas de los ingleses._ — Los dos
- gitanos. — El cochero. — El gorro de dormir encarnado. — El
- vapor. — El idioma cristiano. 216
-
- CAP. LI. — Cádiz. — Las fortificaciones. — El cónsul general.
- — Anécdota característica. — Un vapor catalán. — Trafalgar.
- — Alonso Guzmán. — Gebel Muza. — La fragata _Orestes_. — El
- león hostil. — Las obras del Creador. — Un lagarto del Peñón.
- — El gentío. — La reina de los mares. — Oración por mi país. 234
-
- CAP. LII. — Un hostelero jovial. — Los aspirantes a la
- gloria. — Un retrato. — Los _Hamales_. — Una excursión. —
- Labriego y soldado. — Las excavaciones. — Un tirón de la
- ropa. — Judas y su padre. — Peregrinación de Judas. — La
- barba frondosa. — Los falsos moros. — Judas y el hijo del
- Rey. — Vejez prematura. 257
-
- CAP. LIII. — Marineros genoveses. — La cueva de San Miguel. —
- Un abismo tenebroso. — Un joven americano. — El propietario
- de esclavos. — El brujo. — Un incrédulo. 281
-
- CAP. LIV. — Otra vez a bordo. — Un rostro sorprendente. — El
- Haji. — Nos damos a la vela. — Los dos judíos. — Un barco
- americano. — Tánger. — Adun Oulem. — La riña. — Lo prohibido. 292
-
- CAP. LV. — El muelle. — Los dos moros. — Djmah de Tánger.
- — La casa de Dios. — El cónsul británico. — Espectáculo
- curioso. — La casa mora. — Juana Correa. — Ave María. 307
-
- CAP. LVI. — El Mahasni. — Sin Samani. — El Bazar. — Santos
- moros. — ¡Mira la ayana! — La higuera chumba. — Sepulturas
- judías. — La mansión de los esqueletos. — El mozo de cuadra.
- — Los caballos de los musulmanes. — Dar-dwag. 320
-
- CAP. LVII. — Un trío singular. — El mulato. — La oferta de
- paz. — Moros de Granada. — _Vive la Guadeloupe!_ — Los moros.
- — Pascual Fava. — La argelina ciega. — La retreta. 338
-
-
-
-
- LA BIBLIA EN ESPAÑA
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXXVI
-
- Estado de los asuntos en Madrid. — Nuevo Ministerio. — El obispo
- de Roma. — El librero de Toledo. — Las espadas. — Las casas de
- Toledo. — La gitana abandonada. — Diligencias mías en Madrid. —
- Otro criado.
-
-
-Durante mi viaje por las provincias del Norte de España, que ocupó
-una parte considerable del año 1837[1], sólo pude realizar una
-porción muy pequeña de lo que en un principio me había propuesto
-hacer. Los resultados de los trabajos del hombre son insignificantes
-comparados con los vastos designios que su presunción concibe;
-sin embargo, algo se había conseguido con mi reciente viaje. El
-Nuevo Testamento de Cristo se vendía ya tranquilamente en las
-principales ciudades del Norte, y contaba con el amigable concurso
-de los libreros de aquellas partes, especialmente con el del viejo
-Rey Romero, de Compostela, el más importante de todos. Además,
-había yo repartido con mis propias manos un número considerable
-de Testamentos entre individuos particulares, todos de las clases
-bajas, a saber: muleteros, carreteros, _contrabandistas_, etc.; de
-suerte que, en conjunto, tenía motivos bastantes de reconocimiento y
-gratitud.
-
- [1] Regresó a Madrid el 30 de octubre (Knapp).
-
-Encontré nuestros asuntos en Madrid en situación nada próspera: en
-las librerías se habían vendido pocos ejemplares. ¿Qué otra cosa
-podía esperarse racionalmente en unos tiempos como los que acababan
-de pasar? Don Carlos había llegado a las puertas de la capital con
-un fuerte ejército; ante la amenaza del saqueo y de la degollina
-inminentes, la gente se preocupó más de poner en salvo vidas y
-haciendas que de leer ninguna clase de libros.
-
-Pero el enemigo ya se había retirado a sus reductos de Alava y
-Guipúzcoa. Tuve, pues, esperanzas de que amaneciesen días mejores y
-de que la obra, bajo mi vigilancia, prosperaría, por la gracia de
-Dios, en la capital de España. El lector verá a continuación cuán
-lejos estuvieron los hechos de corresponder a mis deseos.
-
-Durante mi viaje al Norte había sobrevenido un cambio total en el
-Ministerio. En lugar del partido liberal, arrojado del Gabinete,
-entró el partido _moderado_; por desgracia para mis planes, los
-nuevos ministros eran personas a quienes yo no conocía y sobre
-quienes mis antiguos amigos Istúriz y Galiano tenían poca o ninguna
-influencia. A estos señores se les dejó sistemáticamente aparte, y su
-carrera política pareció terminada para siempre.
-
-Del nuevo Gobierno poco podía yo esperar: casi todos los hombres
-que lo formaban habían sido cortesanos o funcionarios del difunto
-rey Fernando, eran partidarios del absolutismo y no estaban en modo
-alguno dispuestos a hacer o permitir cosas que pudieran enojar a la
-Corte de Roma, a la que ansiaban tener contenta, esperando inducirla
-quizás a reconocer a la niña Isabel II, no como reina constitucional,
-sino como reina absoluta.
-
-Ese partido se mantuvo en el poder durante lo restante de mi
-residencia en España, y me persiguió, menos por odio y maldad que por
-política. Sólo a la terminación de la guerra perdió su preponderancia
-y cayó con su protectora, la reina madre, ante la dictadura de
-Espartero.
-
-El primer paso que di después de mi regreso, tocante a la difusión
-de las Escrituras, fué muy atrevido. Consistió ni más ni menos que
-en abrir una tienda para vender los Testamentos. La tienda estaba en
-una calle importante y animada: la calle del Príncipe, inmediata a la
-plaza de Cervantes. La amueblé muy bien con armarios de vidrieras y
-cornucopias, y puse al frente de ella a un gallego listo, de nombre
-Pepe Calzado, que todas las semanas me daba cuenta fiel de los
-ejemplares vendidos.
-
-Al día siguiente de abrir el establecimiento, estaba yo en la otra
-acera de la calle, apoyado de espaldas en la pared, cruzado de
-brazos, contemplando la tienda, en cuyos huecos se leía en grandes
-letras amarillas: _Despacho de la Sociedad Bíblica y Extranjera_,
-y, sumido en mi contemplación, pensaba: «¡Qué inesperadas mudanzas
-trae el tiempo! ¡Ocho meses he pasado de aquí para allá en esta vieja
-España, tan papista, repartiendo Testamentos como agente de una
-Sociedad que los papistas tienen por herética, y no me han lapidado
-ni quemado! Ahora, en la capital hago lo que a cualquiera le hubiera
-parecido causa bastante para que todos los difuntos inquisidores y
-familiares enterrados dentro de sus muros se alzaran de sus tumbas
-gritando: “¡Abominación!”, y nadie se mete conmigo. ¡Obispo de Roma!
-¡Obispo de Roma! Ten cuidado. Pueden cerrarme la tienda; pero qué
-signo de los tiempos es el hecho de que la hayan dejado existir un
-solo día. Se me antoja, padre mío, que los días de tu preponderancia
-en España están contados, y que ya no te consentirán saquearla mucho
-tiempo, ni mofarte de ella, ni flagelarla con escorpiones, como en
-épocas pasadas. Veo ya la mano que escribe en el muro un: “_¡Mene,
-Mene, Tekel, Upharsin!_ Ten cuidado, _Batuschca_”.»
-
-Dos horas permanecí apoyado en la pared, contemplando la tienda.
-
-Poco tiempo después de abrir el _Despacho_ en Madrid, monté de
-nuevo a caballo, y, seguido de Antonio, fuí a Toledo con propósito
-de difundir las Escrituras, para lo cual envié por delante con un
-arriero un cargamento de cien ejemplares. Sin tardanza busqué al
-principal librero de la ciudad, no sin temor de encontrarme con un
-carlista, o, al menos, con un _servil_, ya que en Toledo abundan
-tanto los canónigos, curas y frailes exclaustrados. Me llevé el
-chasco mayor de mi vida: al entrar en la tienda, espaciosa y cómoda,
-vi a un hombre atlético, vestido con una especie de uniforme de
-caballería, calado el morrión y un sable inmenso en la mano. Era el
-librero en persona, oficial de la Guardia nacional de caballería. Al
-saber quién era yo, me estrechó cordialmente la mano y dijo que con
-el mayor placer se haría cargo de los libros y procuraría difundirlos
-por todos los medios a su alcance.
-
-—¿No incurrirá usted en el odio del clero si hace eso?
-
-—_¡Ca!_—respondió—. ¿Quién los hace caso? Yo soy rico, y mi padre
-también lo fué. No dependo de ellos. Ya no pueden odiarme más de
-lo que me odian, porque no oculto mis opiniones. Ahora mismo acabo
-de regresar de una expedición de tres días con mis compañeros los
-nacionales; hemos estado persiguiendo a los facciosos y ladrones de
-estos contornos; hemos matado a tres y traemos varios prisioneros.
-¿Quién hace caso de los curas pusilánimes? Yo soy liberal, _don
-Jorge_, y amigo de su compatriota Flinter. Le he ayudado a cazar
-muchos curas guerrilleros y frailes salteadores que andaban en la
-facción. He oído que le han nombrado capitán general de Toledo: me
-alegro; cuando llegue se van a ver aquí cosas buenas, _don Jorge_. Le
-aseguro a usted que al clero le apretaremos las clavijas.
-
-Toledo fué antiguamente capital de España. Su población es ahora de
-unas quince mil almas, aunque en tiempo de los romanos y también
-durante la Edad Media llegó, según dicen, a doscientos o trescientos
-mil habitantes. Está situado a unas doce leguas al Oeste de Madrid,
-y se alza sobre un cerro de granito que el Tajo rodea en todo su
-perímetro, salvo por el Norte. Encierra todavía muchos edificios
-notables, a pesar de que se halla en decadencia hace mucho tiempo.
-Su catedral, la más espléndida de España, es Sede del Primado.
-En la torre de esta catedral se encuentra la famosa campana de
-Toledo, la mayor del mundo, con excepción de la monstruosa campana
-de Moscou, que también he visto. Pesa 1.543 _arrobas_; su sonido
-es desagradable, porque está rajada. Toledo podía jactarse en otro
-tiempo de poseer los mejores cuadros de España; pero durante la
-guerra de la Independencia los franceses robaron o destruyeron
-muchos, y todavía más se han sacado por orden del Gobierno. El
-más notable de todos, acaso, aún se encuentra allí: aludo al que
-representa el entierro del conde de Orgaz, la obra maestra de
-Doménico, el griego, genio extraordinario, algunas de cuyas obras
-poseen méritos de altísima calidad. El cuadro a que me refiero está
-en la pequeña iglesia parroquial de Santo Tomé, al fondo de la nave,
-a la izquierda del altar. Si pudiera comprarse, creo que en cinco mil
-libras sería barato.
-
-Entre las muchas cosas notables que se ofrecen en Toledo a la curiosa
-mirada del observador, se halla la fábrica de armas, donde se
-elaboran espadas, lanzas y otras armas destinadas al Ejército, con
-excepción de las de fuego, traídas del extranjero casi todas.
-
-Es bien sabido que antiguamente las hojas de Toledo eran muy
-estimadas y se hacía gran comercio de ellas en toda la cristiandad.
-La _fábrica_ actual es un hermoso edificio moderno, situado
-extramuros de la ciudad, en una planicie contigua al río, con el
-que se comunica por un pequeño canal. Dicen que el buen temple de
-las espadas se debe principalmente al agua y a la arena del Tajo.
-Pregunté a varios maestros de la fábrica si hoy en día sabían hacer
-armas tan buenas como las antiguas y si el secreto de la fabricación
-se había perdido.
-
-—_¡Ca!_—me respondieron—. Las espadas de Toledo no han sido nunca
-tan buenas como las que hacemos ahora. Es muy ridículo que los
-extranjeros vengan a comprar aquí espadas viejas, pura morralla casi
-todas, no fabricadas en Toledo, por las que pagan grandes sumas, y,
-en cambio, les costaría trabajo dar dos duros por esta joya, hecha
-ayer mismo.
-
-Al decir esto, pusieron en mi mano una espada del tamaño ordinario.
-
-—Su merced—dijeron—parece que tiene buen brazo; pruebe el temple de
-esta espada contra ese muro de piedra. Tire una estocada a fondo y no
-tema.
-
-Tengo, en efecto, un brazo vigoroso: con toda mi fuerza ataqué de
-punta contra el sólido granito; la violencia del golpe fué tal, que
-el brazo se me quedó insensible hasta el hombro durante una semana,
-pero la espada no se embotó ni sufrió lo más mínimo.
-
-—Mejor espada que ésta—dijo un obrero antiguo, natural de Castilla la
-Vieja—no la ha habido para matar moros en la Sagra.
-
-Durante mi estancia en Toledo me alojé en la Posada de los
-Caballeros, nombre muy merecido en cierto modo, porque existen muchos
-palacios menos suntuosos que esa posada. Al hablar así, no vaya a
-suponerse que me refiero al lujo del mobiliario o a la exquisitez y
-excelencia de su cocina. Las habitaciones estaban tan mal provistas
-como las de todas las posadas españolas en general, y la comida,
-aunque buena en su género, era vulgar y casera; pero he visto pocos
-edificios tan imponentes. Era de inmenso grandor, compuesto de varios
-pisos, de traza algo semejante a la de las casas moras, con un patio
-cuadrangular en el centro y un _aljibe_ inmenso debajo, para recoger
-el agua llovida. Todas las casas de Toledo tienen aljibes parecidos,
-adonde, en la estación lluviosa, van a parar las aguas de los tejados
-por unas canales. Esta es la única agua que se emplea para beber; la
-del Tajo, considerada como insalubre, sólo se usa para la limpieza, y
-la suben por las empinadas y angostas calles en cántaros de barro a
-lomo de unos pollinos. Como la ciudad está en una montaña de granito,
-no tiene fuentes. En cuanto al agua llovida, después de sedimentarse
-en los aljibes, es muy gustosa y potable; los aljibes se limpian
-dos veces al año. Durante el verano, muy riguroso en esta parte de
-España, las familias pasan casi todo el día en los patios, cubiertos
-con un toldo de lienzo; el calor de la atmósfera se templa por la
-frialdad que sube de los aljibes, que responden al mismo propósito
-que las fuentes en las provincias meridionales de España.
-
-Estuve próximamente una semana en Toledo; en ese tiempo se vendieron
-algunos ejemplares del Testamento en la tienda de mi amigo el
-librero. Algunos curas tomaron el libro del _mostrador_ donde se
-encontraba y lo examinaron, pero sin decir nada; ninguno lo compró.
-Mi amigo me enseñó su casa; casi todas las habitaciones estaban
-forradas de libros desde el suelo hasta el techo; y muchos de ellos
-eran de gran valor. Díjome que su colección de libros antiguos de
-literatura española era la mejor del reino. Estaba, empero, menos
-orgulloso de su librería que de su caballeriza; y como advirtiera que
-yo entendía algo de caballos, su estimación y su respeto hacia mí
-crecieron por modo considerable.
-
-—Todo lo que tengo—decía—está a la disposición de usted; veo que es
-usted un hombre de los que a mí me gustan. Cuando quiera usted dar
-un paseo a caballo por la _Sagra_, no tiene usted más que avisar a
-mi criado y le ensillará el famoso cordobés _entero_ que compré en
-Aranjuez al deshacerse la yeguada real. Sólo a otro hombre le dejaría
-yo el caballo, y ese hombre es Flinter.
-
-En Toledo encontré a una gitana abandonada, con un hijo de unos
-catorce años de edad; no era toledana; había ido allí desde la
-Mancha en pos de su marido, preso bajo la inculpación de robo de
-caballerías; el delito se le probó, y de allí a pocos días iba a
-salir para Málaga con una cadena de galeotes. El preso carecía
-en absoluto de dinero, y su mujer recorría las calles de Toledo
-diciendo la buenaventura para ganar unos pocos _cuartos_ con que
-ayudar al marido en la cárcel. Me dijo que se proponía seguirle a
-Málaga, donde esperaba poder proporcionarle medios de fuga. ¡Qué
-ejemplo de amor conyugal! Por añadidura, el amor estaba todo en un
-lado solo de esa pareja, como ocurre con frecuencia. Su marido era un
-tunante despreciable, que la había abandonado marchándose a Madrid,
-donde vivió en concubinato con Aurora, criminal notoria, por cuyas
-instigaciones cometió el robo que ahora tenía que expiar.
-
-—Y si tu marido logra escaparse en Málaga, ¿adónde va a ir?
-
-—Al _chim_ de los _Corahai_, hijo mío; a la tierra de los moros, a
-ser soldado del rey moro.
-
-—¿Y qué va a ser de ti?—pregunté—. ¿Crees que te llevará consigo?
-
-—Me dejará en la costa, hijo mío, y en cuanto haya cruzado la
-_pawnee_[2] negra, me olvidará, no pensará más en mí.
-
- [2] Pawnee, Pani: agua.
-
-—¿Por qué te tomas tantos trabajos por él, sabiendo lo ingrato que es?
-
-—¿No soy su _romi_, hijo mío, y no estoy obligada por la ley de los
-_Calés_ a asistirle hasta lo último? Si al cabo de cien años volviera
-de la tierra de los _Corahai_ y me encontrase viva, y me dijese:
-«Tengo hambre, mujercita; vé a robar o a decir _bají_», iría sin
-falta, porque es el _rom_ y yo la _romi_.
-
-Al regresar a Madrid encontré abierto todavía el _despacho_.
-Se habían vendido algunos Testamentos, aunque en cantidad nada
-considerable. La obra luchaba con grandes inconvenientes para su
-difusión, por la ilimitada ignorancia de la gente respecto de su
-tenor y contenido. No era, pues, maravilla que despertase poco
-interés. Para llamar la atención del público sobre el _despacho_,
-imprimí tres mil carteles en papel amarillo, azul y carmesí, y los
-pegué por las esquinas, y además inserté en los periódicos una
-información relativa al caso; el resultado fué que en muy poco
-tiempo apenas hubo alguien en Madrid que no conociera la existencia
-de la tienda y del libro. En Londres y París, estas diligencias
-habrían asegurado, probablemente, la venta de la edición entera del
-Nuevo Testamento en pocos días. En Madrid, el resultado no fué tan
-lisonjero; al cabo de un mes de estar abierta la tienda, sólo se
-había vendido un centenar de ejemplares.
-
-Este proceder mío no podía por menos de producir gran sensación:
-los curas y sus secuaces rebosaban de enconada furia, que durante
-cierto tiempo tuvieron por conveniente manifestar sólo con palabras;
-estaban en la creencia de que el embajador y el Gobierno británicos
-me protegían; pero su malignidad hacía temer cualquier ataque, por
-atroz que fuese; y si la comparación no fuese inadecuada a mí, gusano
-el más insignificante de la Tierra, diría que, como Pablo en Éfeso,
-estaba luchando con fieras salvajes.
-
-El último día del año 1837, mi criado Antonio me dijo así:
-
-—_Mon maître_, no tengo más remedio que dejarle a usted por una
-temporada. Desde que volvimos de nuestro viaje estoy descontento
-de la casa, de los muebles y de doña Mariquita. Por tanto, me he
-ajustado de cocinero en casa del conde de..., donde ganaré al mes
-cuatro duros menos de lo que su merced me da. Me gusta la variedad,
-aunque sea para perder. _Adieu, mon maître_; deseo que encuentre
-usted un criado tan bueno como se le merece. Sin embargo, si
-necesitara usted alguna vez con urgencia _de mes soins_, llámeme sin
-vacilar, y en el acto me despediré de mi nuevo amo, si todavía estoy
-con él, e iré a buscarle a usted.
-
-Así me vi privado de los servicios de Antonio por cierto tiempo.
-Estuve unos cuantos días sin criado, al cabo de los cuales ajusté a
-cierto cántabro o vasco, natural de Hernani, en Guipúzcoa, que me
-habían recomendado mucho.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXXVII
-
- Euscarra. — El vascuence no es el irlandés. — Dialectos del
- sánscrito y del tártaro. — Una lengua de vocales. — La poesía
- popular. — Los bascos. — Sus caracteres. — Las mujeres bascas.
-
-
-Entramos ahora en el año 1838, acaso el más fecundo en
-acontecimientos de cuantos pasé en España. El _despacho_ continuaba
-todavía abierto, con ligero incremento en la venta. Como tenía
-entonces pocas cosas importantes que hacer, di a la estampa dos
-obras, en cuya preparación llevaba trabajando ya algún tiempo. Estas
-obras eran las traducciones del Evangelio de San Lucas al vascuence y
-al caló.
-
-Poco tengo que decir respecto de la traducción del Evangelio al
-gitano, porque ya he hablado de esto en otra obra[3]: lo traduje,
-así como la mayor parte del Nuevo Testamento, durante mi dilatada
-convivencia con los gitanos españoles. Respecto al Lucas en
-vascuence, no estará de más hablar con algún detenimiento, y
-aprovechar la ocasión que se me ofrece para decir unas palabras
-acerca del idioma en que está escrito y del pueblo a quien iba
-destinado.
-
- [3] _The Zincali._
-
-El Euscarra: tal es el nombre peculiar de un habla o idioma que se
-supone prevaleció por toda España en otro tiempo, pero confinado
-ahora a ciertas comarcas de ambas vertientes de los Pirineos,
-bañadas por las aguas del golfo de Cantabria o bahía de Vizcaya. A
-este idioma se le llama comúnmente el basco o el bizcaíno, palabras
-que son meras modificaciones del vocablo Euscarra, al que se ha
-antepuesto la consonante B por razón de eufonía. Acerca de esta
-lengua se han dicho muchas cosas vagas, erróneas o hipotéticas. Los
-bascos afirman que no sólo fué la lengua primitiva de España, sino
-de todo el mundo, y que de ella proceden todas las demás; pero los
-bascos son gente muy ignorante y no saben nada de filosofía del
-lenguaje. Por tanto, muy poca importancia se puede conceder a sus
-opiniones sobre el asunto. Algunos de ellos, sin embargo, que se
-jactan de poseer cierta instrucción, sostienen que el basco es ni más
-ni menos que un dialecto del fenicio, y que los bascos descienden
-de una colonia fenicia establecida al pie de los Pirineos en edad
-remota. De esta teoría, o más bien conjetura, no apoyada por la más
-ligera prueba, no hay para qué ocuparse con detención, limitándonos
-a observar que si, como muchos verdaderos sabios lo han supuesto
-y casi demostrado, el fenicio es un dialecto del hebreo o está
-emparentado estrechamente con él, sería tan poco razonable suponer
-que el basco se deriva del fenicio como que la lengua del Kanschatka
-o el iroqués son dialectos del griego y del latín.
-
-Existe, sin embargo, otra opinión con respecto al basco que merece
-más detenido examen, por la circunstancia de hallarse muy extendida
-entre los _literati_ de varios países de Europa, muy especialmente en
-Inglaterra. Aludo al origen céltico de esta lengua, y a su estrecha
-conexión con el más cultivado de todos los dialectos celtas: el
-irlandés. Gente que presume de conocer bien el asunto ha llegado
-a afirmar que existe tan poca diferencia entre las lenguas basca
-e irlandesa, que los individuos de ambas naciones no encuentran
-dificultad para entenderse entre sí, sin otro medio de comunicación
-que sus idiomas respectivos; en una palabra, que apenas si hay más
-diferencia entre el irlandés y el basco que entre el basco francés y
-el basco español. Tal semejanza, por mucho que se haya insistido en
-ella, no existe en la realidad; quizás en toda Europa sería difícil
-encontrar dos lenguas con menos puntos de semejanza que el basco y el
-irlandés.
-
-El irlandés, como la mayoría de los demás idiomas europeos, es un
-dialecto del sánscrito, idioma remoto, como puede suponerse; el
-apartado rincón del mundo occidental en que aquel idioma se conserva
-es el más distante del lugar en que nació el idioma originario. Mas
-no por eso deja de ser un dialecto de aquella venerable y primitiva
-habla, aunque no se parezca a ella ciertamente tanto como el inglés,
-el danés y las lenguas pertenecientes a la llamada familia gótica, y
-mucho menos que las de la esclavonia, porque a medida que se avanza
-hacia el Este, la asimilación de las lenguas al tronco paterno
-es más clara y perceptible; pero dialecto del sánscrito, repito,
-concordes en la estructura, en la disposición de las palabras, y
-en muchos casos en las palabras mismas, en las que, a pesar de sus
-modificaciones, se reconoce todavía los vocablos sánscritos. Pero
-¿qué es el basco y a qué familia pertenece?
-
-Todos los dialectos hablados actualmente en Europa proceden de dos
-grandes lenguas asiáticas, que si ya no se hablan, existen en libros
-y son además las lenguas de dos de las principales religiones de
-Oriente. Aludo al tibetano y al sánscrito, las lenguas sagradas de
-los secuaces de Budha y de Bramah. Estas lenguas, aunque poseen
-muchas voces comunes, lo que puede explicarse por su estrecha
-proximidad, son realmente distintas, dadas las grandes diferencias
-de su estructura. No tengo tiempo ni deseo de explicar aquí en qué
-consisten esas diferencias; baste decir que los dialectos célticos,
-góticos y esclavones de Europa pertenecen a la familia sánscrita,
-así como en el Este el persa, y en menor grado el árabe, el hebreo,
-etc.[4], mientras que a la familia tibetana o tártara pertenecen en
-Asia el mandchú y el mongol, el calmuco y el turco del mar Caspio, y
-en Europa el húngaro y el basco parcialmente.
-
- [4] La ciencia lingüística moderna difiere de tal modo de
- estas teorías, que sería muy difícil rectificarlas en una nota
- instructiva y no demasiadamente larga. Lo mejor será quizás
- prescindir de este capítulo completamente. (Nota de la edición
- Burke.)
-
-Esta última lengua es, en verdad, una singular anomalía; tanto,
-que en general es menos difícil decir lo que no es que lo que es.
-Abundan en ella los vocablos del sánscrito, y cubren su superficie.
-Sería erróneo, sin embargo, considerar esta lengua como un dialecto
-sánscrito, porque en la ordenación de las palabras prepondera
-decididamente la forma tártara. También se encuentran en el basco
-palabras tártaras en cantidad notable, aunque no tantas como las
-derivadas del sánscrito. De estas raíces tártaras me limitaré al
-presente a citar una sola, aunque si fuese necesario podría aducirlas
-a centenares. Esta palabra es _Jauna_ o _Khauna_, de uso constante
-entre los bascos, y que es el _Khan_ de los Mongoles y Mandchúes, con
-la misma significación: Señor.
-
-Después de estudiar detenidamente el asunto en todos sus aspectos y
-de pesar lo que en pro y en contra se alega de cada lado, me inclino
-a incluir el basco entre los dialectos tártaros más bien que entre
-los del sánscrito. Todo el que tenga ocasión de comparar la elocución
-de los bascos y de los tártaros, llegará con sólo eso, aunque no
-los entienda, a la conclusión de que sus lenguas respectivas se
-han formado con arreglo a iguales principios. En ambas se suceden
-períodos interminables al parecer, durante los que la voz sube
-gradualmente y luego desciende del mismo modo.
-
-He hablado del sorprendente número de vocablos del sánscrito
-contenidos en la lengua basca, de los que se encontrará un ejemplo
-más abajo. Es muy de notar que en la mayor parte de los derivados del
-sánscrito, el basco ha dejado caer la consonante inicial, de suerte
-que la palabra comienza por una vocal.
-
-El basco puede, en verdad, llamarse una lengua de vocales, porque
-el número de consonantes empleadas es relativamente corto; acaso de
-cada diez palabras, ocho empiezan y terminan por vocal, y a esto se
-debe que el basco sea una lengua extremadamente suave y melodiosa,
-muy superior en este respecto a cualquier otro idioma de Europa,
-sin excluir el italiano. Véanse a continuación algunos ejemplos de
-palabras bascas parangonadas con las raíces sánscritas.
-
- Basco. Sánscrito.
-
- Ardoa. Sandhana. Vino.
- Arratsa. Ratri. Noche.
- Beguia. Akshi. Ojo.
- Choria. Chiria. Pájaro.
- Chacurra. Cucura. Perro.
- Erreguiña. Rani. Reina.
- Ycusi. Iksha. Ver.
- Iru. Treya. Tres.
- Jan (Khan). Khana. Comer.
- Uria. Puri. Ciudad.
- Urruti. Dura. Lejos.
-
-En esta lengua publiqué el Evangelio de San Lucas, en Madrid. Adquirí
-la traducción hecha por un médico basco llamado Oteiza[5]. Antes
-de enviarla a la imprenta, guardé la traducción en mi poder cerca
-de dos años, y durante ese tiempo, y sobre todo en mis viajes, no
-perdí ocasión de someterla a examen de las personas que pasaban por
-entendidas en Euscarra. No me satisfacía por completo la traducción,
-pero inútilmente busqué otra mejor.
-
- [5] _Evangelioa San Lucasen Guissan. El Evangelio según San
- Lucas._ Traducido al vascuence. Madrid. Imprenta de la Compañía
- Tipográfica, 1838.
-
-Había yo adquirido, siendo muchacho, algunas ligeras nociones de
-Euscarra, tal como se usa en los libros. Esas nociones las aumenté
-considerablemente durante mi residencia en España, y gracias a mis
-relaciones con algunos bascos llegué a entender, hasta cierto punto,
-su idioma hablado, y aún lo hablé yo también, pero siempre con gran
-inseguridad; porque para hablar el vascuence, siquiera regularmente,
-es necesario haber vivido en el país desde muy niño. Tan grandes son
-las dificultades que presenta y tanto se diferencia de las demás
-lenguas, que es muy raro encontrar un forastero capaz de hablarlo
-un poco; los españoles consideran tan formidables esos obstáculos,
-que, según un proverbio suyo, Satanás vivió siete años en Vizcaya,
-y tuvo que marcharse porque ni podía entender a los vizcaínos ni le
-entendían.
-
-Hay muy pocos alicientes para el estudio de esta lengua. En primer
-lugar, su adquisición es completamente innecesaria, aun para los
-que residen en el territorio donde se habla, porque la generalidad
-entiende el español en las provincias bascas pertenecientes a España,
-y el francés en las que pertenecen a Francia.
-
-En segundo lugar, ninguno de sus dialectos posee una literatura
-propia que recompense el trabajo de aprenderlo. Existen algunos
-libros en basco francés y en basco español, pero son exclusivamente
-libros de devoción papista, y en su mayoría traducciones.
-
-Se preguntará quizás al llegar aquí si los bascos no poseen una
-poesía popular, como casi todas las naciones, por pequeñas e
-insignificantes que sean. No están faltos, en verdad, de canciones,
-baladas y coplas, pero de carácter tal, que no puede llamárseles
-poesía. He puesto por escrito, al oírlas recitar, una considerable
-porción de lo que llaman su poesía; pero el único ejemplo de versos
-tolerables que encontré es la siguiente copla, que, después de todo,
-no merece excesivos elogios:
-
- Ichasoa urac aundi,
- Estu ondoric agueri—
- Pasaco ninsaqueni andic
- Maitea icustea gatic.
-
-que significa: Las aguas del mar son vastas, e invisible su seno,
-pero yo las cruzaré para ir al encuentro de mi amor.
-
-Los bascos son un pueblo cantor más que poeta. A pesar de la
-facilidad que su idioma presenta para la composición de versos, no
-han producido nunca un poeta con la más leve pretensión de nombradía;
-pero tienen muy buenas voces y son excelentes en la composición
-musical. En opinión de cierto autor, el _Abbé d’Iharce_[6], que ha
-escrito acerca de ellos, el nombre de _Cantabri_, que los romanos les
-dieron, se deriva de _Khantor-ber_, que significa suaves cantores.
-Poseen mucha música original, alguna extremadamente antigua, según
-dicen. De esta música se han publicado algunos trozos en Donostian
-(San Sebastián), en el año 1826, editados por un tal Juan Ignacio
-Iztueta[7]. Consisten en unas marchas rudas y emocionantes, a cuyos
-sones créese que los bascos antiguos tenían la costumbre de bajar de
-sus montañas para pelear con los romanos y después con los moros.
-Al escucharlas llega uno con facilidad a creerse en presencia de un
-combate encarnizado. Oye uno las resonantes cargas de la caballería,
-el ludir de las espadas y el rebote de los cuerpos por los barrancos
-abajo.
-
- [6] A nadie que haya leído la obra de este _Abbé_ se le ocurrirá
- citarlo como una autoridad seria. Se titula _L’histoire des
- cantabres par l’Abbé d’Iharce de Bidassouet_. París, 1825. Según
- el autor, el vascuence fué la lengua de los primeros hombres;
- _Noah_, que en vascuence significa _vino_, es el recuerdo
- etimológico de la intemperancia del patriarca (Burke).
-
- [7] _Euscaldun anciña anciñaco_, etc. Donostian, 1826. Con una
- introducción en español y muchas canciones bascas, con notación
- musical.
-
-Esta música va acompañada de palabras, pero qué palabras. ¡No
-puede imaginarse nada más estúpido, más trivial, más desprovisto
-de interés! Lejos de ser marcial, la letra refiere incidentes
-cotidianos, sin conexión alguna con la música. Las palabras son
-evidentemente de fecha moderna.
-
-En lo físico, los bascos son de estatura regular, ágiles y atléticos.
-En general, tienen bellas facciones y hermosa tez, y se parecen
-no poco a ciertas tribus tártaras del Cáucaso. Su bravura es
-indiscutible, y pasan por ser los mejores soldados con que cuenta la
-corona de España: hecho que en gran parte corrobora la suposición de
-que son de origen tártaro, la raza más belicosa de todas, y la que ha
-producido los más famosos conquistadores. Son los bascos gente fiel y
-honrada, capaz de adhesión desinteresada; bondadosos y hospitalarios
-con los forasteros; puntos todos que están muy lejos de diferir del
-carácter tártaro. Pero son un tanto lerdos, y su capacidad no es
-ni con mucho de primer orden, en lo cual se parecen también a los
-tártaros.
-
-No hay en la tierra pueblo más orgulloso que los bascos; pero
-el suyo es una especie de orgullo republicano. Carecen de clase
-aristocrática; ninguno reconoce a otro por superior. El carretero más
-pobre tiene tanto orgullo como el gobernador de Tolosa.
-
-«Tiene más poder que yo, pero no mejor sangre; andando el tiempo,
-acaso sea yo también gobernador». Aborrecen el servicio doméstico,
-a lo menos fuera de su país natal, y aunque las circunstancias
-les obligan con frecuencia a buscar amo, es muy raro que ocupen un
-puesto de escaleras abajo: son mayordomos, secretarios, tenedores
-de libros, etc. Cierto que, por mi buena suerte, encontré un criado
-basco, pero siempre me trató más como a un igual que como a un amo:
-se sentaba delante de mí, me daba su opinión sin pedírsela y entraba
-en conversación conmigo en todo momento y ocasión. Me guardé muy bien
-de refrenarle, porque entonces se hubiera despedido, y en mi vida he
-visto una criatura más fiel. Su destino fué muy triste, como se verá
-más adelante.
-
-Al decir que los bascos aborrecen la servidumbre, y que es muy raro
-encontrarlos de criados con los españoles, me refiero sólo a los
-varones; las hembras, por el contrario, no oponen reparos a entrar
-de criadas. Los bascos no miran, ciertamente, a las mujeres con la
-estimación debida, y las consideran aptas para poco más que para
-llenar empleos bajos, lo mismo que en Oriente, donde se las considera
-como siervas y esclavas. El carácter de las vascongadas difiere
-mucho del de los hombres. Son muy despiertas y agudas, y tienen, en
-general, más talento. Son famosas cocineras, y en casi todas las
-casas importantes de Madrid una vizcaína ejerce el supremo empleo en
-el departamento culinario.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXXVIII
-
- La prohibición. — El Evangelio, perseguido. — Inculpación de
- brujería. — Ofalia.
-
-
-A mediados de Enero, mis enemigos me dieron una carga, prohibiéndome,
-de modo terminante, en virtud de orden dictada por el gobernador de
-Madrid, que siguiera vendiendo Testamentos. No me cogió de susto la
-medida, porque desde algún tiempo antes esperaba yo algo parecido,
-en razón de las ideas políticas profesadas por los ministros. Fuí,
-sin dilación, a visitar a Sir George Villiers, informándole de lo
-sucedido. Me prometió hacer cuanto pudiese para obtener la revocación
-de la orden. Por desgracia, no tenía entonces gran influencia,
-porque se había opuesto con todas sus fuerzas al advenimiento del
-Ministerio moderado, y al nombramiento de Ofalia para la presidencia
-del Gabinete. Sin embargo, no perdí ni un momento la confianza en el
-Todopoderoso, en cuyo servicio estaba yo ocupado.
-
-Antes de ese tropiezo las cosas marchaban muy bien. La demanda de
-Testamentos aumentaba por modo considerable; tanto, que el clero se
-alarmó, y ese paso fué la consecuencia. Pero habían primero intentado
-dar otro, muy propio suyo: pretendieron dominarme por el miedo. Uno
-de los rufianes de Madrid, llamados _Manolos_, me salió al paso una
-noche en una calle obscura, y me dijo que si continuaba vendiendo mis
-«libros judíos», me «enhebraría un cuchillo en el corazón»; yo le
-contesté que se fuese a su casa, rezase unas oraciones, y dijera a
-los que le enviaban que me daban mucha lástima; con lo cual se fué,
-soltando un juramento. Pocos días más tarde recibí orden de enviar
-dos ejemplares del Testamento a las oficinas del gobernador, y así lo
-hice; menos de veinticuatro horas después llegó un _alguacil_ a la
-tienda, y me notificó la prohibición de seguir vendiendo la obra.
-
-Una circunstancia me regocijó. Por raro que parezca, las autoridades
-no tomaron medida alguna para cerrarme el _despacho_, y la
-prohibición sólo se refería a la venta del Nuevo Testamento; como
-faltaba poco para que el Evangelio de San Lucas, en caló y en
-vascuence, estuviese listo para la venta, esperé sostener las cosas,
-aunque en menor escala, hasta que vinieran mejores tiempos.
-
-Me aconsejaron que borrase del escaparate de la tienda las palabras
-«_Despacho_ de la Sociedad Bíblica británica y extranjera». Me
-negué a ello. El letrero había llamado mucho la atención, como yo
-me proponía. Si hubiera intentado llevar este asunto bajo cuerda,
-apenas habría llegado a vender en Madrid, hasta la fecha de que voy
-hablando, treinta ejemplares, en lugar de casi trescientos que tenía
-vendidos. Quien no me conozca se inclinará a llamarme temerario;
-pero estoy muy lejos de serlo, y nunca adopto un camino aventurado
-mientras me quede abierto alguno que no lo sea. Sin embargo, yo no
-soy hombre que se asuste del peligro, cuando veo que no hay más
-remedio que arrostrarlo para conseguir un propósito.
-
-Los libreros se negaban a vender mi libro; me vi compelido a
-establecer por mi cuenta una tienda. En Madrid cada tienda tiene
-su nombre. ¿Cuál podía yo dar a la mía, sino el verdadero? No me
-avergonzaba de mi causa ni de mi bandera. La enarbolé, y luché a su
-sombra, no sin buen éxito.
-
-Entretanto, el partido clerical en Madrid no perdonaba esfuerzo para
-difamarme. En una publicación suya, llamada _El amigo de la religión
-cristiana_, apareció un ataque estúpido, pero furioso, contra mí,
-al cual traté con el desprecio merecido. No satisfechos con eso,
-intentaron concitar al pueblo en contra mía, diciendo que yo era
-brujo, compañero de gitanos y hechiceras; y así me llamaban sus
-agentes cuando me encontraban en la calle. No tengo por qué negar
-que yo era amigo de gitanos y de adivinos. ¿Iba a avergonzarme de su
-compañía, cuando mi Maestro se trataba con publicanos y ladrones? Con
-frecuencia recibía visitas de gitanos: los adoctrinaba, y les leía
-trozos del Evangelio en su propia lengua; cuando estaban hambrientos
-y extenuados les daba de comer y de beber. Esto pudo tenerse por
-brujería en España, pero abrigo la esperanza de que en Inglaterra
-lo apreciarán de otro modo; y si hubiese yo perecido por entonces,
-creo que no hubiera faltado alguien dispuesto a reconocer que mi
-vida no había sido por completo inútil (siempre como instrumento del
-Altísimo), ya que logré traducir uno de los más valiosos libros de
-Dios a la lengua de sus criaturas más degradadas.
-
-Entré en negociaciones con el Gobierno para obtener el permiso de
-vender en Madrid el Nuevo Testamento, y anular la prohibición.
-Encontré oposición muy grande, que no pude vencer. Varios obispos
-ultrapapistas, residentes por entonces en Madrid, habían denunciado
-la Biblia, a la Sociedad Bíblica y a mí. Pero no obstante sus
-concertados y poderosos esfuerzos, no pudieron conseguir su propósito
-principal, o sea mi expulsión de Madrid y de España. El conde Ofalia,
-aunque toleró ser instrumento, hasta cierto punto, de aquellas
-gentes, no dejó que le empujaran tan lejos. No encuentro palabras
-bastante enérgicas para hacer justicia al celo y al interés que en
-todo este asunto desplegó Sir Jorge Villiers en pro de la causa
-del Testamento. Celebró varias entrevistas con Ofalia sobre esta
-cuestión, y en ellas le significó su juicio acerca de la injusticia y
-tiranía con que en aquel caso había sido tratado su compatriota.
-
-Tales quejas hicieron impresión en Ofalia, y más de una vez prometió
-hacer cuanto pudiese para complacer a Sir Jorge; pero luego los
-obispos le asediaban, y, poniendo en juego sus temores políticos,
-ya que no los religiosos, le impedían proceder en el asunto con
-justicia y honradez. Por indicación de Sir Jorge Villiers, tracé
-una breve memoria explicando lo que es la Sociedad Bíblica y sus
-propósitos, en especial los tocantes a España; Sir Jorge entregó
-personalmente esa memoria al conde. No cansaré al lector insertándola
-aquí, contentándome con observar que no intenté adular ni halagar, y
-me expresé con franqueza y honradez, como debe hacer un cristiano.
-Ofalia, al leer mi escrito, exclamó: «¡Lástima que esta Sociedad sea
-protestante, y que no sean católicos todos sus miembros!»
-
-Pocos días después me envió un recado con un amigo, pidiéndome, cosa
-que me asombró, un ejemplar del Evangelio en gitano. Permítaseme
-decir aquí que la fama de este libro, aunque no publicado todavía,
-se había esparcido por Madrid como fuego por reguero de pólvora, y
-todo el mundo ansiaba tener un ejemplar; varios grandes de España
-me enviaron recado con la misma pretensión, pero no les atendí. Al
-instante resolví aprovechar la coyuntura que me ofrecía el conde
-de Ofalia y me dispuse a visitarle en persona. Mandé encuadernar
-lujosamente un ejemplar del Evangelio, y, encaminándome a Palacio,
-obtuve audiencia en el acto. Era un hombre diminuto, mustio,
-entre los cincuenta y los sesenta años de edad, con dientes y
-pelo postizos, pero de muy corteses maneras. Me recibió con gran
-afabilidad y me dió las gracias por el regalo; pero cuando le hablé
-del Nuevo Testamento, me dijo que el asunto estaba rodeado de
-dificultades, y que la gran masa del clero se había puesto en mi
-contra; me exhortó a que tuviera paciencia y calma, y en tal caso
-dijo que trataría de buscar el modo de complacerme. Entre otras
-cosas, me dijo que los obispos odiaban a un sectario más que a un
-ateo. Contesté que, como los antiguos fariseos, se cuidaban más del
-oro del templo que del templo mismo. Durante toda la entrevista dió
-evidentes señales de un gran temor, y continuamente miraba detrás y
-alrededor de sí, como si temiera que alguien le escuchase; esto me
-hizo recordar el dicho de un amigo, según el cual, si hay algo de
-verdad en la metempsícosis, el alma del conde de Ofalia debió de
-pertenecer originariamente a un ratón. Nos separamos en muy amistosos
-términos, y me fuí maravillado del extraño azar que ha hecho de un
-pobre hombre como éste el primer ministro de un país como España.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXXIX
-
- Los dos Evangelios. — El alguacil. — La orden de prisión. — María
- la buena. — El arresto. — Me envían a la cárcel. — Reflexiones.
- — El recibimiento. — La celda en la cárcel. — Demanda de
- desagravios.
-
-
-Al cabo, la traducción del Evangelio de San Lucas al gitano estuvo
-lista. Deposité cierto número de ejemplares en el _despacho_ y
-anuncié su venta. El Evangelio en vascuence, impreso también por
-entonces, fué igualmente anunciado. Hubo poca demanda de esta obra.
-No así del San Lucas en gitano, y con facilidad hubiera podido vender
-toda la edición en menos de quince días. Sin embargo, mucho antes de
-transcurrir este plazo el clero se puso sobre las armas.
-
-«¡Brujería!»—dijo un obispo.
-
-«Aquí hay más de lo que a primera vista parece»—exclamó el segundo.
-
-«Va a convertir a toda España valiéndose del lenguaje gitano»—gritó
-un tercero.
-
-Y luego surgió el coro habitual en esos casos:
-
-«_¡Qué infamia! ¡Qué picardía!_»
-
-Al fin, después de andar en bureo entre sí, corrieron a su
-instrumento el _corregidor_, o _jefe político_, como se le llama
-ahora, de Madrid. He olvidado el nombre de este personaje, a quien
-no conocí personalmente. Juzgando por sus acciones y por lo que
-se decía de él, puedo asegurar que era una criatura estúpida,
-testarudo, y además grosero, un _mélange_ de _borrico_, mula y lobo.
-Como profesaba inveterada antipatía a todos los extranjeros, prestó
-oídos benévolos a la queja de mis acusadores, y sin tardanza dió
-orden de secuestrar todos los ejemplares del Evangelio en gitano que
-hubiese en el despacho[8]. La consecuencia fué que un nutrido cuerpo
-de _alguaciles_ dirigió sus pasos a la calle del Príncipe, y se
-apoderaron de unos treinta ejemplares del libro perseguido y de otros
-tantos del San Lucas en vascuence. Con tales despojos, los satélites
-volvieron en triunfo a la _jefatura política_, donde se repartieron
-entre sí los ejemplares del Evangelio en gitano, vendiéndolos después
-casi todos a buen precio, porque el libro era muy buscado, y así se
-convirtieron sin quererlo en agentes de una Sociedad herética. Pero
-cada cual debe vivir de su trabajo—dice esa gente—y no pierde ocasión
-de hacer buenas sus palabras, vendiendo lo mejor que puede cualquier
-botín que cae en sus manos.
-
- [8] El 14 de enero de 1838 el jefe político, don Francisco de
- Gamboa, ordenó el secuestro.
-
-Como nadie se ocupaba del Evangelio en vascuence, fué guardado sin
-tropiezo, con otras capturas invendibles, en los almacenes de la
-jefatura.
-
-Ya estaban secuestrados los Evangelios en gitano, al menos los que
-tenía en el _despacho_ expuestos para la venta. Pero el _corregidor_
-y sus amigos pensaron que aún podía conseguirse mucho más mediante
-una pequeña combinación. Todos los días se presentaban en la tienda
-algunos ganchos de la policía, bajo disfraces diferentes, preguntando
-con gran interés por los «libros gitanos» y ofreciendo pagar los
-ejemplares a buen precio. Pero se fueron con las manos vacías. Mi
-gallego estaba sobre aviso, y a todo el que preguntaba le decía
-que por el momento no se vendían libros de ninguna clase en el
-establecimiento. Y así era la verdad, pues le había dado orden de no
-vender más, bajo ningún pretexto.
-
-A pesar de mi conducta franca, no me creyeron. El _corregidor_ y
-sus aliados no podían convencerse de que, bajo cuerda, y por medios
-misteriosos, no vendía yo diariamente cientos de aquellos libros
-gitanos que iban a revolucionar el país y a destruir el poder del
-obispo de Roma. Trazaron, pues, un plan, mediante el cual esperaban
-colocarme en tal situación, que no pudiese en algún tiempo trabajar
-activamente en la difusión de las Escrituras, ya estuviesen en gitano
-o en otro idioma cualquiera.
-
-El 1.º de mayo (1838), por la mañana, si no recuerdo mal, un
-individuo desconocido se presentó en mi cuarto cuando me disponía a
-tomar el desayuno. Era un tipo de innoble catadura, de mediana talla,
-con todos los estigmas de la picardía en el semblante. La huéspeda
-le introdujo en mi aposento y se retiró. No me agradó la llegada del
-visitante; pero, afectando cortesía, le rogué que se sentara y le
-pregunté el objeto de su visita.
-
-—Vengo de parte de su excelencia el jefe político de
-Madrid—respondió—y mi objeto es decirle a usted que su excelencia
-conoce perfectamente sus manejos, y cuando quiera puede demostrar que
-sigue usted vendiendo en secreto los malditos libros cuya venta se le
-ha prohibido a usted.
-
-—¿De verdad? Pues que lo haga sin tardanza. ¿Qué necesidad tiene de
-avisarme?
-
-—Puede que crea usted—continuó el hombre—que su señoría no tiene
-testigos; pues los tiene, sépalo usted, y muchos, y muy respetables
-además.
-
-—No lo dudo—repliqué—. Dada la apariencia respetable de usted, será
-usted uno de ellos. Pero me está usted haciendo perder tiempo;
-márchese, pues, y diga a quien le haya enviado que no tengo una idea
-muy alta de su talento.
-
-—Me iré cuando quiera—replicó el otro.—¿Sabe usted con quién
-está hablando? ¿Sabe usted que si me parece conveniente puedo
-registrarle a usted el cuarto, hasta debajo de la cama? ¿Qué tenemos
-aquí?—continuó; y empezó a hurgar con el bastón un rimero de papeles
-que había encima de una silla—. ¿Qué tenemos aquí? ¿Son también
-papeles de los gitanos?
-
-En el acto resolví no tolerar por más tiempo su proceder, y,
-agarrando al hombre por un brazo, le saqué del cuarto, y sin soltarle
-le conduje escaleras abajo desde el tercer piso, en que yo vivía,
-hasta la calle, mirándole fijamente a la cara durante todo el tiempo.
-
-El individuo se había dejado el _sombrero_ encima de la mesa, y se lo
-envié con la patrona, que se lo entregó en propia mano cuando aún se
-estaba en la calle el hombre mirando con ojos pasmados a mi balcón.
-
-—Le han tendido a usted una _trampa_, _don Jorge_—dijo María Díaz
-cuando subió de la calle—. Ese _corchete_ no traía más intención
-que la de provocarle a usted. De cada palabra que usted le ha dicho
-hará un mundo, como acostumbra esa gente; al darle el sombrero ha
-dicho que antes de veinticuatro horas habrá usted visto por dentro la
-cárcel de Madrid.
-
-En efecto, en el curso de la mañana supe que se había dictado contra
-mí orden de arresto[9]. La perspectiva de un encarcelamiento no
-me atemorizó gran cosa; las aventuras de mi vida y mis inveterados
-hábitos de vagabundo me habían ya familiarizado con situaciones de
-todo género, hasta el punto de encontrarme tan a gusto en una prisión
-como en las doradas salas de un palacio, y aún más, porque en aquel
-lugar siempre puedo aumentar mi provisión de informaciones útiles,
-mientras que en el último el aburrimiento se apodera de mí con
-frecuencia. Había yo, además, pensado algún tiempo atrás hacer una
-visita a la cárcel, en parte con la esperanza de poder decir algunas
-palabras de instrucción cristiana a los criminales, y en parte con
-la mira de hacer ciertas investigaciones acerca del lenguaje de los
-ladrones en España, asunto que había excitado en gran manera mi
-curiosidad; y hasta hice algunas gestiones para conseguir que me
-dejasen entrar en la _Cárcel de la Corte_, pero encontré el asunto
-rodeado de dificultades, como hubiese dicho mi amigo Ofalia. Casi me
-alegré, pues, de la oportunidad que iba a presentárseme para ingresar
-en la cárcel, no en calidad de visitante, sino como mártir, como
-víctima de mi celo por la santa causa de la religión.
-
- [9] Por el gobernador don Diego de Entena, sucesor de Gamboa. La
- prisión se decretaba: 1.º, por insultos al alguacil; 2.º, por
- repartir un libro impreso en Gibraltar. Era el Lucas en gitano
- (sin licencia de impresión), pero que todos sabían impreso en
- Madrid (Knapp).
-
-Resolví, sin embargo, chasquear a mis enemigos por aquel día cuando
-menos, y burlar la amenaza del _alguacil_ de que me prenderían antes
-de veinticuatro horas. Con este propósito me instalé para lo restante
-del día en una famosa fonda francesa de la calle del Caballero de
-Gracia[10] que, por ser uno de los lugares más concurridos y más
-elegantes de Madrid, pensé, naturalmente, que sería el último adonde
-al corregidor se le ocurriría buscarme.
-
- [10] En la fonda de Genieys (Knapp).
-
-A eso de las diez de la noche, María Díaz, a quien yo había dicho el
-lugar de mi refugio, llegó acompañada de su hijo, Juan López.
-
-—_Oh, señor_—dijo María al verme—, ya están buscándole a usted; el
-_alcalde_ del _barrio_, con una gran _comitiva_ de _alguaciles_ y
-gente así, acaba de presentarse en casa con la orden de arrestarle a
-usted, dictada por el _corregidor_. Han registrado toda la casa, y al
-no encontrarle se han enfadado mucho. ¡Ay de mí! ¿Qué va a ocurrir si
-le encuentran?
-
-—No tema usted nada, buena María—dije yo—. Se le olvida a usted que
-soy inglés; también se le olvida al _corregidor_. Préndame cuando
-quiera, esté usted segura de que se daría por muy contento dejándome
-escapar. Por ahora, sin embargo, le permitiremos seguir su camino;
-parece que se ha vuelto loco.
-
-Dormí en la fonda, y en la mañana del día siguiente acudí a la
-embajada, donde tuve una entrevista con sir Jorge, a quien referí
-detalladamente el suceso. Díjome que le costaba trabajo creer que
-el _corregidor_ abrigase intenciones serias de prenderme: en primer
-lugar, porque yo no había cometido delito alguno; y en segundo,
-porque yo no estaba bajo la jurisdicción de aquel funcionario, sino
-bajo la del capitán general, único que tenía atribuciones para
-resolver en asuntos tocantes a los extranjeros, y ante quien debía yo
-comparecer acompañado del cónsul de mi país.
-
-—Sin embargo—añadió—, no se sabe hasta dónde son capaces de llegar
-los jaques que ocupan el poder. Por tanto, si tiene usted algún
-temor, le aconsejo que permanezca unos días en la embajada como
-huésped mío, y aquí estará usted completamente a salvo.
-
-Le aseguré que no tenía miedo alguno, porque estaba ya muy
-acostumbrado a semejantes aventuras. Desde la habitación de sir Jorge
-me dirigí a la del primer secretario, Mr. Southern, con quien entré
-en conversación. Apenas llevaba allí un minuto, cuando Francisco,
-mi criado, irrumpió en el cuarto casi sin aliento y agitadísimo,
-exclamando en vascuence:
-
-—_Niri jauna_, los _alguaciloac_ y los _corchetoac_ y los demás
-_lapurrac_ están otra vez en casa. Parecen medio locos; y como no
-le pueden encontrar a usted, están registrando los papeles, en la
-creencia, supongo yo, de que está usted escondido entre ellos.
-
-Míster Southern nos interrumpió, preguntando lo que aquello
-significaba. Se lo conté, y añadí que me proponía volver en el acto a
-mi casa.
-
-—Pero entonces esos hombres acaso le arresten a usted—dijo Mr.
-Southern—antes de que podamos intervenir nosotros.
-
-—Tengo que afrontar ese riesgo—repliqué, y un momento después me fuí.
-
-Pero, antes de llegar a la mitad de la calle de Alcalá, dos
-individuos vinieron a mí, y, diciéndome que era su prisionero, me
-mandaron seguirlos a la oficina del _corregidor_.
-
-Eran dos _alguaciles_, quienes, sospechando que podría entrar en la
-embajada o salir de ella, estaban en acecho por las inmediaciones.
-
-Rápidamente me volví a Francisco y le dije en vascuence que fuese
-otra vez a la embajada y contase al secretario lo que acababa de
-suceder. El pobre muchacho salió como una exhalación, no sin volver a
-medias el cuerpo de vez en cuando para amenazar con el puño y cubrir
-de improperios en vascuence a los dos _lapurrac_, como llamaba a los
-_alguaciles_.
-
-Lleváronme a la _jefatura_, donde está el despacho del _corregidor_,
-y me introdujeron en una vasta pieza, invitándome con el gesto a
-tomar asiento en un banco de madera. Luego se me puso uno a cada
-lado. Aparte de nosotros, había en la habitación unas veinte personas
-lo menos; con toda seguridad, empleados de la casa, a juzgar por
-su aspecto. Iban todos bien vestidos, a la moda francesa en su
-mayoría; y, sin embargo, harto se notaba lo que en realidad eran:
-_alguaciles_, espías y soplones. Si Gil Blas hubiera despertado de
-su sueño de dos siglos, los hubiese reconocido sin dificultad, a
-pesar de la diferencia de trajes. Lanzábanme ojeadas al pasar, según
-recorrían la habitación de arriba a abajo; luego se reunieron en un
-corro y empezaron a cuchichear. Le oí decir a uno de ellos:
-
-—Entiende los siete dialectos del gitano.
-
-Entonces, otro, andaluz sin género de duda, a juzgar por el habla,
-dijo:
-
-—_Es muy diestro_; monta a caballo y tira el cuchillo tan bien como
-si fuera de mi tierra.
-
-Al oírlo, se volvieron todos y me miraron con interés, mezclado,
-evidentemente, de respeto, como de seguro no lo hubieran sentido
-si hubiesen pensado que yo era tan sólo un hombre de bien que daba
-testimonio en la causa de la justicia.
-
-Esperé pacientemente en el banco una hora lo menos, creyendo que me
-llamarían de un momento a otro a presencia del señor _corregidor_.
-Pero me figuro que no debieron de juzgarme digno de ver a tan
-eminente personaje, porque al cabo de ese tiempo un hombre de edad
-provecta—perteneciente, empero, al género _alguacil_—entró en el
-aposento y avanzó derechamente hacia mí.
-
-—Levántese—dijo.
-
-Obedecí.
-
-—¿Cómo es su nombre?—preguntó.
-
-Se lo dije.
-
-—Entonces—replicó mostrando un papel que tenía en la mano—, _señor_,
-su excelencia el _corregidor_ manda que le llevemos a usted a la
-cárcel sin tardanza.
-
-Me miraba fijamente al hablar, quizás con la esperanza de verme caer
-al suelo al oír el formidable nombre de cárcel; sin embargo, me
-limité a sonreír. Entonces entregó el papel, que supongo sería la
-orden de encarcelamiento, a uno de mis dos apresadores, y, obediente
-a la seña que me hicieron, eché a andar tras ellos.
-
-Supe más adelante que tan pronto como sir Jorge tuvo noticia de mi
-arresto envió al secretario de la legación, Mr. Southern, a visitar
-al corregidor, y estuvo haciendo antesala la mayor parte del tiempo
-que yo permanecí en la jefatura. Al pedir audiencia al _corregidor_
-se proponía darle sus quejas y señalarle los peligros a que se
-exponía con el paso temerario que acababa de dar. El corregidor, muy
-terco, se negó a recibirle, pensando quizás que avenirse a razones
-redundaría en menoscabo de su dignidad; pero su conducta me favoreció
-por modo eficacísimo, porque después de tal ejemplo de gratuita
-insolencia nadie puso en duda la injusticia y el atropello de que me
-había hecho víctima.
-
-Los _alguaciles_ me llevaron por la Plaza Mayor a la Cárcel de la
-Corte, que así se llama. Al cruzar la plaza recordé que, en los
-buenos tiempos pasados, la Inquisición de España acostumbraba a
-celebrar allí sus solemnes _autos de fe_, y eché una mirada a los
-balcones de la Casa de la Villa, desde donde presenció el último rey
-de la dinastía austriaca el auto más solemne que se recuerda, y,
-después de ver quemar por grupos de cuatro o de cinco unos treinta
-herejes, hombres y mujeres, se enjugó el rostro, sudoroso por el
-calor y ennegrecido por el humo, y tranquilamente preguntó: «_¿No hay
-más?_»; ejemplar prueba de paciencia muy aplaudida por sus curas y
-confesores, que, andando el tiempo, le envenenaron.
-
-—Y aquí estoy yo—iba yo pensando—, que he hecho en contra del papismo
-más que todos los pobres cristianos martirizados en esta maldita
-plaza, enviado simplemente a la cárcel, de la que estoy seguro de
-salir dentro de pocos días con buena opinión y aplauso. ¡Papa de
-Roma! Creo que sigues siendo tan maligno como siempre; pero de
-tan escaso poder, que da lástima. Te estás quedando paralítico,
-_Batuschca_, y tu cayado se ha convertido en una muleta.
-
-Llegamos a la cárcel, sita en una calle estrecha, no lejos de la
-Plaza Mayor. Entramos en un pasadizo obscuro, a cuyo extremo había
-una verja. Llamaron mis conductores, y un rostro feroz se dejó ver
-a través de la verja; hubo un cambio de palabras, y a los pocos
-momentos me encontré dentro de la cárcel de Madrid, en una especie
-de corredor abierto a considerable altura sobre un patio, de donde
-subía fuerte rumor de voces y, en ocasiones, gritos y clamores
-salvajes. En el corredor, que servía como de oficina, había varias
-personas, una de ellas sentada detrás de un pupitre; hacia ella
-fueron los _alguaciles_, y, después de hablar un rato en voz baja,
-pusieron en sus manos la orden de arresto. La leyó con atención, y,
-levantándose después, se me acercó. ¡Qué tipo! Tendría unos cuarenta
-años, y su estatura hubiera sido de unos seis pies y dos pulgadas
-a no ir encorvado en forma que parecía una ese. Era más delgado
-que un hilo; diríase que un soplo de aire bastaba para llevárselo.
-Su rostro hubiera sido hermoso sin tan portentosa y extraordinaria
-delgadez. Tenía la nariz aguileña; los dientes blancos como el
-marfil; negros los ojos—¡oh, qué negrura!—, de muy extraña expresión;
-atezada la piel, y el pelo de la cabeza como las plumas del cuervo.
-Sus facciones dilatábanse de continuo por una sonrisa profunda y
-tranquila, que con toda su tranquilidad era una sonrisa cruel, muy
-propia del semblante de un Nerón. «_Mais en revanche personne n’étoit
-plus honnête._»
-
-—_Caballero_—dijo—, permítame usted que me presente yo mismo: soy
-el _alcaide_ de esta cárcel. Veo por este papel que durante cierto
-tiempo, muy corto, sin duda, tendré el honor de que me haga compañía
-bajo este techo; espero que desechará usted de su ánimo todo temor.
-Me encargan que le trate a usted con todo el respeto debido a la
-ilustre nación a que pertenece y a que tiene derecho un caballero
-de tan elevada condición. La verdad es que el encargo está de más,
-pues por mi propio impulso hubiera tenido yo gran placer en colmarle
-de atenciones y comodidades. _Caballero_, debe usted considerarse
-aquí más como huésped que como preso. Puede usted correr toda la
-casa a su antojo. Aquí encontrará usted cosas no del todo indignas
-de la atención de un espíritu reflexivo. Le ruego que disponga de
-los llaveros y empleados como de sus criados propios. Ahora voy a
-tener el honor de llevarle a su habitación, la única que hay vacía.
-La reservamos siempre para caballeros distinguidos. De nuevo me
-congratulo de que las órdenes recibidas coincidan con mi inclinación
-personal. No se le pondrá a usted cuenta ninguna, aunque el alquiler
-diario de ese cuarto llega a veces a una onza de oro. Le ruego, pues,
-que me siga, caballero, y me considere en todos tiempos y ocasiones
-como su afectísimo y obediente servidor.
-
-Al decir esto, se quitó el sombrero y me hizo una profunda reverencia.
-
-Tal fué el discurso del _alcaide_ de la cárcel de Madrid, discurso
-pronunciado en puro y sonoro castellano, con mucho reposo, gravedad
-y casi dignidad; discurso que hubiera hecho honor a un magnate de
-ilustre cuna, a monsieur Bassompierre recibiendo en la Bastilla a un
-príncipe italiano, o al gobernador de la Torre de Londres recibiendo
-a un duque inglés acusado de alta traición. Pues bien: ¿quién era
-este _alcaide_? Uno de los mayores tunantes de España. Un individuo
-que más de una vez, por su rapacidad y avaricia, y por mermar las
-miserables raciones de los presos, había provocado insurrecciones en
-el patio, sofocadas en sangre con ayuda de la fuerza militar; un tipo
-de baja extracción, que cinco años antes era tambor en una partida
-de voluntarios realistas. Pero España es el país de los caracteres
-extraordinarios.
-
-Seguí al _alcaide_ hasta el final del corredor, donde había una
-verja muy espesa, y a cada lado de ella estaba sentado un llavero,
-tipos de horrenda catadura. Se abrió la verja, y, volviendo a
-la derecha, seguimos por otro corredor, donde había mucha gente
-paseándose: presos políticos, según supe más tarde. Al final del
-corredor, que abarcaba toda la longitud del _patio_, entramos en
-otro; la primer habitación que encontramos era la que me habían
-destinado. El aposento, espacioso y alto de techo, estaba en absoluto
-desprovisto de muebles, con excepción de una cuba de madera,
-destinada a contener mi ración diaria de agua.
-
-—_Caballero_—dijo el _alcaide_—, como usted ve, el cuarto está
-desamueblado. Ya son las tres de la _tarde_; por tanto, le aconsejo
-a usted que, sin descuidarse, envíe a buscar a su posada una cama y
-las demás cosas que pueda necesitar; el _llavero_ le hará a usted la
-cama. _Caballero_, adiós, hasta otra vista.
-
-Seguí su consejo, y escribí con lápiz una nota a María Díaz,
-enviándosela por el _llavero_; hecho esto, me senté en la cuba, y caí
-en una especie de ensueño que me duró mucho tiempo.
-
-Al cerrar la noche llegó María Díaz, acompañada de dos mozos de
-cordel y de Francisco, todos cargados. Encendieron una lámpara,
-echaron lumbre en el brasero, y la melancolía de la cárcel se disipó
-hasta cierto punto.
-
-Cuando tuve silla donde sentarme, me levanté de la cuba y me puse a
-despachar algunos manjares que mi buena patrona no se había olvidado
-de traerme. De pronto, Mr. Southern entró. Se echó a reír de buena
-gana al verme ocupado en la forma que he dicho.
-
-—Borrow—me dijo—, es usted hombre muy a propósito para correr mundo,
-porque todo lo toma usted con frialdad y como la cosa más natural.
-Pero lo que más me sorprende en usted es el gran número de amigos que
-tiene; no le falta a usted en la cárcel gente que se afane por su
-bienestar. Hasta su criado es amigo de usted, en lugar de ser, como
-en general ocurre, su peor enemigo. Ese vascongado es una criatura
-muy noble. No olvidaré nunca cómo habló de usted cuando llegó
-corriendo a la Embajada a llevar la noticia de su arresto. Tanto a
-sir Jorge como a mí, nos interesó mucho; si alguna vez desea usted
-separarse de él, avíseme, para tomarlo a mi servicio. Pero hablemos
-de otra cosa.
-
-Entonces me contó que sir Jorge había ya enviado a Ofalia una nota
-oficial pidiendo reparaciones por el caprichoso ultraje cometido en
-la persona de un súbdito británico.
-
-—Estará usted en la cárcel esta noche—dijo—; pero tenga la seguridad
-de que mañana, si lo desea, puede salir de aquí en triunfo.
-
-—De ningún modo lo deseo—repliqué—. Me han metido en la cárcel por
-hacer su capricho, y yo me propongo permanecer en ella por hacer el
-mío.
-
-—Si el tedio de la cárcel no puede más que usted—dijo Mr. Southern—,
-creo que esa resolución es la más conveniente; el Gobierno se
-ha comprometido de mala manera en este asunto, y, hablando con
-franqueza, no lo sentimos, ni mucho menos. Esos señores nos han
-tratado más de una vez con excesiva desconsideración, y ahora se
-nos presenta, si continúa usted firme, una excelente oportunidad
-de humillar su insolencia. Voy al instante a decir a sir Jorge la
-resolución de usted, y mañana temprano tendrá usted noticias nuestras.
-
-Con esto se despidió de mí; me acosté, y no tardé en dormirme en la
-cárcel de Madrid.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XL
-
- Ofalia. — El juez. — Cárcel de la Corte. — El domingo en la
- cárcel. — Vestimenta de los ladrones. — Padre e hijo. — Un
- comportamiento característico. — El francés. — La ración
- carcelaria. — El valle de las sombras. — Castellano puro. —
- Balseiro. — La cueva. — La gloria del ladrón.
-
-
-Ofalia comprendió en seguida que la prisión de un súbdito británico,
-hecha en forma tan ilegal, traería probablemente consecuencias
-graves. Si él en persona animó al _corregidor_ en su conducta
-respecto de mí, es cosa imposible de decidir; probablemente, no lo
-hizo; pero el corregidor era un funcionario de su elección, y de sus
-actos eran hasta cierto punto responsables Ofalia y todo el Gobierno.
-Sir Jorge había presentado ya una protesta muy enérgica, y había
-llegado a decir en una nota oficial que desistiría de toda ulterior
-comunicación con el Gobierno español mientras no se me dieran las
-reparaciones amplias y completas a que tenía derecho por el atropello
-sufrido. Ofalia respondió que iban a adoptarse inmediatamente las
-disposiciones necesarias para mi excarcelación, y que mía sería la
-culpa si después continuaba preso. Sin dilación ordenó a un _juez de
-la primera instancia_ que fuese a tomarme declaración y me soltara,
-amonestándome para que fuese más prudente en lo sucesivo. Pero mis
-amigos de la Embajada me habían aconsejado lo que debía hacer en
-aquel caso. Por consiguiente, cuando el _juez_, en la segunda noche
-de mi encarcelamiento, se presentó en la prisión y me llamó a su
-presencia, acudí, en efecto; pero al querer interrogarme, me negué en
-redondo a contestar.
-
-—No tiene usted derecho para interrogarme—le dije—. No quiero faltar
-al respeto debido al Gobierno y a usted, _caballero juez_ pero me
-han encarcelado ilegalmente. Un jurista tan competente como usted
-no puede ignorar que, conforme a las leyes españolas, yo, por ser
-extranjero, no puedo ser llevado a la cárcel bajo la inculpación que
-se me ha hecho, sin comparecer previamente ante el capitán general de
-esta real ciudad, cuyo deber es proteger a los extranjeros y ver si
-no se han infringido en sus personas las leyes de la hospitalidad.
-
-JUEZ.—Vaya, vaya, _Don Jorge_, ya veo adónde quiere ir a parar;
-pero sea usted razonable: no le hablo como _juez_, sino como un
-amigo que desea su bien y que siente profunda reverencia por la
-nación británica. Todo este asunto es baladí; no niego que el jefe
-político ha procedido con alguna ligereza por informes de una persona
-quizás no muy digna de crédito; pero no se le han causado a usted
-graves daños, y a una persona de mundo como usted una aventurilla de
-este género más le sirve de diversión que de otra cosa. Sea usted
-razonable, olvide lo ocurrido; ya sabe que lo propio de un cristiano,
-y además su deber, es perdonar. Le aconsejo, _Don Jorge_, que salga
-de la cárcel al momento; me atrevo a decir que ya está usted cansado
-de ella. En este momento es usted libre de marcharse; váyase al punto
-a su casa, y yo le prometo a usted que a nadie se le permitirá ir a
-molestarle en lo sucesivo. Ya va siendo tarde, y las puertas de la
-cárcel se cerrarán dentro de poco. _¡Vamos, Don Jorge, a la casa, a
-la posada!_
-
-YO.—Pero Pablo les dijo: «Nos han azotado públicamente sin oírnos en
-juicio, siendo romanos, y nos han arrojado en la cárcel. ¿Y ahora
-salen con soltarnos en secreto? No ha de ser así; sino que han de
-venir y soltarnos ellos mismos»[11].
-
- [11] Hechos de los Apóstoles, XVI, 37.
-
-Luego le hice una reverencia al juez, que se encogió de hombros y
-tomó un polvo de tabaco. Al salir del aposento me volví al _alcaide_,
-que estaba de pie en la puerta, y le dije:
-
-—Sepa usted que no saldré de esta cárcel hasta que haya recibido
-plena satisfacción del atropello que sufro. Usted puede expulsarme,
-si quiere; pero cualquier intento que usted haga lo resistiré con
-todas mis fuerzas.
-
-—Usía tiene razón—dijo en voz baja el alcaide, inclinándose.
-
-Sir Jorge, al enterarse de esto, me escribió una carta alabando mi
-resolución de permanecer por el pronto en la cárcel, y rogándome que
-le dijese qué cosas podrían enviarme de la Embajada para aliviar un
-poco mi situación.
-
-Voy a dejar por un momento mis asuntos personales, y contaré algunas
-cosas relativas a la cárcel de Madrid y a sus huéspedes.
-
-La _Cárcel de la Corte_, donde yo estaba, aunque es la principal
-prisión de Madrid, no dice nada, ciertamente, en favor de la capital
-de España. No he tenido ocasión de averiguar si fué construída
-precisamente para el destino que hoy tiene[12]; lo probable es
-que no, porque la práctica de levantar edificios adecuados para
-encarcelar a los delincuentes no se ha extendido hasta estos últimos
-años. En todos los países ha sido costumbre convertir en prisiones
-los castillos, conventos y palacios abandonados, práctica todavía
-en vigor en la mayor parte del continente, sobre todo en España e
-Italia, y a la cual se debe en buena parte la inseguridad de las
-prisiones, y la miseria, suciedad e insalubridad que generalmente
-reinan en ellas.
-
- [12] El edificio llamado _Cárcel de Corte_, en la Plaza de
- Provincia, construído para prisión en 1644, comprendía lo que
- es hoy el ministerio de Estado, más un anejo a su espalda, que
- llegaba hasta la calle de la Concepción Jerónima.
-
-No me propongo describir detenidamente la cárcel de Madrid: verdad
-que sería casi imposible describir un edificio tan irregular y
-destartalado. Lo más característico son los dos patios, el uno detrás
-del otro, destinados al recreo y aireación de la masa principal de
-presos. Tres _calabozos_ abovedados ocupan tres lados del patio,
-debajo justamente de las galerías de que antes hablé. Esos calabozos
-tienen capacidad para ciento o ciento cincuenta presos cada uno, y
-en ellos quedan encerrados por la noche con cerrojos y barras; pero
-durante el día pueden vagar por los patios a su antojo. El segundo
-patio era mucho más grande que el primero; pero sólo contenía dos
-calabozos, horriblemente inmundos y repugnantes; en este segundo
-patio se encierra a los ladrones de ínfima categoría. Uno de los
-calabozos es, si cabe, más horrible que el otro; le llaman la
-_gallinería_, y en él encerraban todas las noches la carne joven
-del presidio: chicuelos infelices de siete a quince años de edad,
-casi todos en la mayor desnudez. El lecho común de los huéspedes
-de estos calabozos era el suelo, sin que entre él y sus cuerpos se
-interpusiese nada, salvo a veces una _manta_ o un delgado jergón;
-pero este último lujo era rarísimo.
-
-Además de los _calabozos_ que daban a los patios, había otros en
-diversos sitios de la cárcel; algunos completamente en tinieblas,
-destinados a recibir a quienes parecía conveniente tratar con
-especial rigor. Había también un departamento para mujeres. A la
-galería principal daban varios aposentos pequeños, donde residían
-los presos por deudas o por delitos políticos. Por último, había una
-pequeña capilla, donde los reos de muerte pasan los tres últimos días
-de su existencia, en compañía de sus directores espirituales.
-
-No se me olvidará fácilmente el primer domingo que pasé en la cárcel.
-El domingo es día de gala en la cárcel, al menos en la de Madrid, y
-en ese día santo toda la ladronería de la cárcel exhibe sus galas y
-primores. No hay en el mundo gente más vanidosa que los ladrones,
-en general, ni más amiga de figurar y de llamar la atención de los
-camaradas por su apariencia fastuosa. En tiempos pasados, el célebre
-Sheppard se recreaba vistiendo un traje de terciopelo de Génova, y
-cuando se presentaba en público, llevaba generalmente al costado una
-espada con guarnición de plata. Vaux y Hayward, héroes más modernos,
-eran los hombres mejor vestidos en el _pavé_ de Londres. Muchos
-bandidos italianos se engalanan con esplendidez, y hasta los ladrones
-gitanos sienten los encantos del vestir ricamente; sólo el gorro de
-Haram Pasha, jefe de la partida de gitanos caníbales que infestó a
-Hungría a fines del siglo pasado, llevaba adornos de oro y joyas
-evaluados en cuatro mil guilders. ¡Vean los frívolos y vanidosos cuán
-bien se armonizan el crimen y la vanidad! Los ladrones españoles son
-tan amigos de este género de ostentación como sus hermanos de otras
-tierras, y tanto en la cárcel como fuera de ella, su mayor contento
-es lucir su profusión de ropa blanca, ya recostados al sol, ya
-paseándose gentilmente de aquí para allá.
-
-Ropa blanca como la nieve: tal es el rasgo principal de la vanidad
-de los ladrones de España. No llevan chaqueta encima de la camisa,
-cuyas mangas son anchas y flotantes; sólo usan un chaleco de seda
-verde o azul, con muchos botones de plata, que son más de adorno que
-de uso, pues rara vez los abrochan. Llevan, además, calzones anchos,
-un poco a la manera turca; rodeada a la cintura una _faja_ carmesí,
-y anudado en torno de la cabeza un pañuelo de vivos colores, de
-los telares de Barcelona; zapatos finos y medias de seda completan
-el arreo del ladrón. Este vestido es bastante pintoresco, y muy
-apropiado al tiempo soleado y brillante de la Península; pero hay
-en él una chispa de afeminamiento, que cuadra mal con el arriesgado
-oficio de ladrón. No se crea, sin embargo, que cualquier ladrón puede
-permitirse semejante lujo: hay varias categorías de ladrones, algunos
-bastante pobres, que apenas tienen un harapo para cubrirse. Quizás
-en la cárcel de Madrid, tan poblada, no hubiera más de veinte que
-aparecieran vestidos en la forma que he tratado de describir; eran
-_gente de reputación_, ladrones encumbrados, casi todos jóvenes, que
-si bien no tenían dinero propio, los sostenían en la posición sus
-_majas_ y _amigas_, mujeres de cierta clase que traban amistad con
-los ladrones y cuya mayor gloria y deleite consiste en satisfacer
-la vanidad de sus amigos con los gajes de su propia vergüenza y
-envilecimiento. Estas mujeres proveen a sus _cortejos_ de ropa nívea,
-lavada quizás por sus propias manos en las aguas del Manzanares, para
-la parada del domingo, momento en que ellas, vestidas _a la maja_,
-aparecen en las galerías altas y miran con ojos de admiración a los
-ladrones pavoneándose en el patio.
-
-Entre esta gente de la ropa nívea, dos tipos llamaron especialmente
-mi atención: eran padre e hijo. El primero, de unos treinta años,
-de atlética estatura, era ladrón nocturno, famoso por su habilidad
-en el oficio. Hallábase preso por una muerte atroz, perpetrada, a
-favor de una noche silenciosa, en una casa de Carabanchel, donde
-tuvo por único cómplice a su hijo, un niño de menos de siete años de
-edad. «La manzana—como dice Dauer—no ha caído lejos del árbol.» El
-retoño era en un todo un traslado de su padre, aunque en miniatura.
-Llevaba también las mangas de seda, el chaleco con botones de plata y
-el pañuelo rodeado a la cabeza, como los ladrones, y, cosa bastante
-ridícula, un enorme cuchillo manchego en la _faja_ carmesí. Con
-toda evidencia, era el orgullo del rufián de su padre, que atendía
-con todos los cuidados imaginables a aquella cría de la horca; le
-columpiaba en sus rodillas, y a veces se quitaba el cigarro de
-sus labios bigotudos para ponérselo en la boca al pequeñuelo. El
-chico era el favorito del patio, porque su padre era uno de los
-_valientes_ de la cárcel, y los que temían sus proezas y deseaban
-serle agradables estaban siempre mimando a su hijo. ¡Qué enigma es
-este mundo! ¡Qué obscuras y misteriosas las fuentes de lo que llaman
-crimen y virtud! Si aquel desventurado niño es, con el tiempo, un
-asesino como su padre, ¿podría culpársele por ello? Arrullado por
-ladrones, ya vestido de ladrón, hijo de un ladrón cuya historia fué
-quizás igual a ésta, ¿es justo...?
-
-¡Oh hombre! ¡Hombre! No intentes penetrar en el misterio del bien y
-del mal morales; reconoce que eres un gusano, arrójate al suelo y
-murmura con los labios pegados al polvo: ¡Jesús! ¡Jesús!
-
-Lo que más me sorprendió fué el buen comportamiento de los presos;
-lo llamo bueno después de considerar bien todas las cosas y de
-compararlo con el de la generalidad de los presos en otros países.
-Tienen en ocasiones sus estallidos de alegría salvaje, sus riñas,
-que habitualmente ventilan en el segundo patio cuchillo en mano; el
-resultado suele ser con frecuencia una muerte, o algún desgarrón
-espantoso en la cara o en el abdomen; pero, en general, su conducta
-era infinitamente superior a lo que podía esperarse de los huéspedes
-de tal lugar. Sin embargo, no era el resultado de la coacción, ni de
-vigilancia alguna especial que se ejerciese sobre ellos, pues quizás
-en ninguna parte del mundo están los presos tan abandonados a sí
-mismos y en tan extremado descuido como en España: las autoridades
-no se preocupan más que de impedir su fuga; no prestan la más mínima
-atención a su conducta moral, ni consagran un solo pensamiento
-a su salud, comodidad o mejoramiento mental mientras los tienen
-encerrados. Con todo, en esta cárcel de Madrid, y puede decirse que
-en las prisiones españolas en general, pues he sido huésped de más
-de una, los oídos del visitante no se sienten nunca lastimados con
-las horrendas blasfemias y obscenidades que se oyen en las cárceles
-de otros países, especialmente en las de la civilizada Francia;
-ni ofendidos sus ojos e insultado personalmente, como lo sería de
-seguro en Bicêtre al querer mirar al patio desde las galerías, y
-eso que en la cárcel de Madrid se hallaban tipos de lo más perdido
-de España, rufianes que tenían a su cargo atrocidades y crueldades
-espeluznantes. Pero la gravedad y la calma son los caracteres
-que predominan en los españoles; y hasta el ladrón, salvo en los
-instantes en que está entregado a sus faenas (y entonces no le hay
-más sanguinario, más despiadado ni más rapaz y ansioso de botín),
-puede ser hombre cortés y afable, que gusta de conducirse con
-templanza y decoro.
-
-Felizmente para mí, quizás, mi conocimiento con los rufianes de
-España comenzó y acabó en las ciudades por donde anduve y en las
-prisiones en que fuí arrojado por la causa del Evangelio, y, a pesar
-de mis frecuentes viajes, nunca me los encontré en los caminos ni en
-_despoblado_.
-
-El preso de peor genio en toda la cárcel, y también probablemente
-el más notable, era un francés como de sesenta años, de estatura
-regular, pero delgado, como casi todos sus compatriotas. La hechura
-del cráneo delataba, para un frenólogo, la vileza del sujeto; sus
-facciones tenían muy dañada expresión. No llevaba sombrero, y sus
-vestidos, aunque parecían casi nuevos, eran de lo más ordinario.
-Por lo general manteníase apartado de los demás, y se pasaba horas
-enteras de pie recostado en las paredes, con los brazos caídos,
-mirando con ojos de mal humor a cuantos pasaban por delante. No
-figuraba entre los _valientes_ de profesión de la cárcel: su edad
-no le permitía ya asumir tan eminente calidad; pero todos los demás
-presos parecían tratarle con cierto temor: quizás temían su lengua,
-pues, en ocasiones, empleábala en verter maldiciones horrendas sobre
-los que incurrían en su desagrado. Hablaba a la perfección en buen
-español y, con gran sorpresa mía, en excelente vascuence, y en esta
-lengua conversaba con Francisco, quien, asomándose a la ventana de
-mi cuarto, bromeaba con los presos del patio, que le tenían en gran
-aprecio.
-
-Un día, estando en el _patio_, donde por permiso del _alcaide_ podía
-entrar cuando quería, me acerqué al francés, que estaba, como de
-costumbre, recostado en la pared, y le ofrecí un cigarro. Yo no
-fumo, pero no debe uno mezclarse con las clases bajas de España sin
-llevar un cigarro que ofrecer llegado el caso. El hombre me miró con
-ferocidad un instante, y, al parecer, iba a rechazar mi obsequio con
-una horrible maldición quizás. Repetí el ofrecimiento, sin embargo,
-llevándome la mano al corazón, y en el acto sus torvas facciones
-se dilataron, y con un gesto genuinamente francés, y una profunda
-cortesía, aceptó el cigarro, exclamando:
-
-—_Ah, monsieur, pardon, mais c’est faire trop d’honneur à un pauvre
-diable comme moi._
-
-—Nada de eso—repliqué—. Los dos estamos presos en tierra extranjera
-y, por tanto, debemos protegernos mutuamente. Supongo que siempre que
-necesite su ayuda de usted en la cárcel podré contar con ella.
-
-—_Ah, monsieur_—exclamó el francés transportado—, _vous avez bien
-raison; il faut que les étrangers se donnent la main dans ce... pays
-de barbares_. _Tenez_—añadió en voz baja—si tiene usted algún plan
-para escaparse, y necesita de mí, cuente con un brazo y un cuchillo
-a su servicio; puede usted fiarse de mí: no espere tanto de ninguna
-de esas _sacrées gens d’ici_—. Al decir esto echó una rabiosa mirada
-sobre sus compañeros de cárcel.
-
-—No me parece usted muy amigo de España ni de los españoles—dije yo—.
-Deduzco que han cometido con usted alguna injusticia. ¿Por qué está
-usted en la cárcel?
-
-—_Pour rien du tout, c’est à dire pour une bagatelle_; pero ¿qué
-puede esperarse de estos animales? ¿No le han encarcelado a usted,
-según he oído, por brujería y gitanismo?
-
-—¿Quizás le han traído aquí por sus opiniones?
-
-—_Ah mon Dieu, non; je ne suis pas homme à semblable betise._ Yo no
-tengo opiniones. _Je faisois... mais ce n’importe; je me trouve ici,
-où je crève de faim._
-
-—Siento ver a un buen hombre en situación tan calamitosa—dije yo—.
-¿No tiene usted para vivir algo más que la ración de la cárcel? ¿No
-tiene usted amigos?
-
-—¿Amigos en este país? Se burla usted de mí. ¡Aquí no encuentra uno
-amigos, a menos que los compre! ¡Reviento de hambre! Desde que entré
-aquí he ido vendiendo mi ropa, hasta quedarme desnudo, para comer,
-porque la ración de la cárcel no basta para el sustento, y aún nos
-roba la mitad el _Batu_, como llaman al bárbaro del gobernador. Les
-_haillons_ que ahora me cubren me los han dado unas señoras devotas
-que algunas veces nos visitan. Los vendería si valiesen algo. No
-tengo un _sou_, y por falta de unos cuantos duros me ahorcarán dentro
-de un mes si no logro escaparme, aunque, como ya le dije antes, no
-he hecho nada: una simple bagatela; pero en España no hay peores
-crímenes que la pobreza y la miseria.
-
-—Le he oído a usted hablar en vascuence. ¿Es usted de la Vizcaya
-francesa?
-
-—Soy de Bordeaux, _monsieur_; pero he vivido mucho tiempo en las
-Landas y en Vizcaya, _travaillant à mon metier_. Leo en sus ojos
-que desea usted conocer mi historia; no se la cuento; no contiene
-nada de particular. Vea usted, ya me he fumado el cigarro; deme
-usted otro, y un duro de añadidura, si me hace el favor, _nous
-sommes crevés ici de faim_. A un español no le diría tanto; pero
-sus compatriotas de usted me inspiran respeto; los conozco bien; he
-tropezado con ellos en Maida y en el otro sitio[13].
-
- [13] Quizás Waterlóo. (Nota de Borrow.)
-
-¡Nada de particular en su historia! Mucho me engaño, o un solo
-capítulo de su vida, de haberse escrito, hubiera contenido más
-peripecias maravillosas que cincuenta volúmenes de aventuras por
-tierra y mar de las que más arriesgadas parezcan. Había sido soldado.
-¡Qué de cosas no podría contar aquel hombre de marchas y retiradas,
-de batallas perdidas y ganadas, de ciudades saqueadas, conventos
-allanados! Quizás había visto las llamas de Moscou subir hasta las
-nubes, y «había medido sus fuerzas con las de la Naturaleza en el
-desierto invernal», asaltado por las borrascas de nieve y mordido
-por el tremendo frío de Rusia. ¿Y qué podía significar con lo de
-ejercer su oficio en Vizcaya y en las Landas, sino que había sido
-ladrón en esas regiones agrestes, la segunda de las cuales es, por
-los robos y crímenes que en ella se cometen, la peor reputada de todo
-el territorio francés? ¿Nada de particular en su historia? Entonces,
-¿qué historia tendrá algo que valga la pena de ser contado?
-
-Di al preso el cigarro y el duro. Se los guardó, y dejando caer
-nuevamente los brazos, y recostándose en la pared, pareció hundirse
-poco a poco en uno de sus ensimismamientos. Le miré a la cara y le
-hablé; pero no pareció oírme ni verme. Su espíritu erraba quizás en
-el pavoroso valle de la sombra, hasta el que se abren camino a veces,
-durante su vida, los hijos de la tierra; pavoroso lugar donde no hay
-agua, ni mora la esperanza, ni vive más que el gusano imperecedero
-del remordimiento. Ese valle es un facsímil del infierno, y quien
-penetra en él sufre aquí en la tierra temporalmente lo que las almas
-de los condenados han de sufrir a través de las edades sin fin.
-
-El francés fué ahorcado un mes más tarde. La bagatela por que estaba
-preso eran varios robos y asesinatos cometidos mediante una singular
-estratagema. De concierto con otros dos, alquiló una vasta casa en
-un barrio poco frecuentado, y a ella mandaba que le enviasen géneros
-de valor que compraba en los comercios para pagarlos en el momento
-de la entrega, y los que iban a entregar pagaban su credulidad
-con la pérdida del género y de la vida. Dos o tres cayeron en el
-lazo. Tuve vivos deseos de hablar privadamente con aquel hombre tan
-arrojado, y, por tanto, rogué al _alcaide_ que le permitiera comer
-conmigo en mi cuarto; a esto, el gobernador, a quien me tomaré la
-libertad de llamar monsieur Bassompierre, por habérseme olvidado su
-verdadero nombre, se quitó el sombrero, y con sus habituales sonrisa
-y reverencias me replicó en el más puro castellano:
-
-—Caballero inglés, y creo que puedo añadir, amigo mío: perdóneme
-usted, pero me es del todo imposible acceder a su petición, fundada,
-no lo dudo, en los más admirables sentimientos de filosofía. A otro
-cualquiera de estos caballeros que están bajo mi custodia se le
-permitirá, cuando usted lo desee, acompañarle en su cuarto. Incluso
-llegaré a mandar que le quiten los grillos al que haya de ir con
-usted, si tuviese grillos puestos, a fin de que pueda participar en
-la comida de usted con la comodidad y holgura convenientes; pero con
-el caballero de que se trata no puedo consentirlo: es el peor de toda
-esta familia, y seguramente en la habitación de usted o en la galería
-armaría una _función_ para intentar fugarse. Caballero, _me pesa_;
-pero no puedo acceder a lo que pide. Si se tratase de otro caballero
-cualquiera, lo haría con mucho gusto; el mismo Balseiro, a pesar de
-lo que de él se cuenta, sabe conducirse como es debido; en su modo de
-proceder hay siempre algo de formalidad y cortesía; si usted quiere,
-caballero, irá a disfrutar de su hospitalidad.
-
-Ya he hablado de Balseiro en la primera parte de esta narración.
-Hallábase ahora encerrado en el piso más alto de la cárcel, en un
-calabozo muy seguro, con otros malhechores. Había sido condenado, en
-unión de un Pepe Candelas, ladrón de no corta fama, por un audacísimo
-robo cometido, en pleno día, nada menos que en la persona de la
-modista de la reina, una francesa, a quien ataron en una tienda,
-robándole dinero y géneros por valor de cinco a seis mil duros.
-Candelas había ya expiado su crimen en el patíbulo; pero Balseiro,
-que era, en opinión común, el peor de los dos bandidos, había logrado
-salvar la vida a fuerza de dinero, un aliado con que su compañero
-no contaba; le conmutaron la pena de muerte, a que fué sentenciado,
-por la de veinte años de cadena en el _presidio_ de Málaga. Visité
-al héroe y conversé con él un rato a través de la reja del calabozo.
-Me reconoció y me hizo recordar la victoria que obtuve sobre él en
-la disputa acerca de nuestros respectivos conocimientos en _gitano_
-cerrado, en el que Sevilla, el torero, no tenía par.
-
-Al decirle que sentía verle en tal situación, me replicó que el
-asunto no tenía importancia, porque dentro de seis semanas le
-llevarían al _presidio_, y una vez allí, con ayuda de unas onzas bien
-distribuídas entre sus guardianes, se escaparía cuando quisiera.
-
-—Pero ¿adónde vas a ir?—le pregunté.
-
-—¿No puedo irme a tierra de moros—replicó Balseiro—, o con los
-ingleses al campo de Gibraltar, o, si lo prefiero, no puedo volver
-a este _foro_ y vivir como hasta aquí, _choring_ a los _gachós_?
-¿Qué me cuesta esconderme? Madrid es grande, y Balseiro tiene muchos
-amigos, especialmente entre los _lumias_—añadió con una sonrisa.
-
-Le hablé de su malhadado cómplice Candelas, y su rostro tomó una
-expresión horrible.
-
-—Supongo que estará en los infiernos—exclamó el ladrón.
-
-La amistad del inicuo nunca es de larga duración. Los dos héroes
-regañaron, a lo que parece, en la cárcel, acusándole Candelas al otro
-de haber procedido con mala fe y haberse apropiado indebidamente,
-para su disfrute personal, el _corpus delicti_ en varios robos
-cometidos en compañía.
-
-No puedo resistir al deseo de contar las aventuras ulteriores de
-Balseiro.
-
-Poco después de mi salida de la cárcel, Balseiro, con poca paciencia
-para esperar a que el _presidio_ le ofreciese la ocasión de recobrar
-la libertad, agujereó el techo de la cárcel, y en compañía de
-otros penados se fugó. Volvió al instante a sus primeros hábitos,
-cometiendo muchos robos atrevidos dentro de Madrid y en los
-alrededores. Voy a referir el último, al que puedo llamar su crimen
-maestro, singular ejemplo de maldad. Los robos callejeros y el escalo
-no le satisfacían, y resolvió dar un gran golpe con el que esperaba
-ganar dinero suficiente para irse a vivir con lujo y esplendor a
-cualquier país extranjero.
-
-Había cierto intendente de la Casa Real, llamado Gabiria, vasco de
-nacimiento y dueño de inmensas riquezas, que tenía dos hijos, dos
-guapos chicos de doce a catorce años de edad, a quienes yo había
-visto a menudo y hasta hablado con ellos en mis correrías por la
-orilla del Manzanares, su paseo favorito. Los dos muchachos estaban
-educándose, en aquel tiempo, en cierto colegio de Madrid. Balseiro,
-conocedor del cariño que su padre les tenía, determinó servirse de él
-en provecho de su rapacidad. Trazó un plan, que consistía ni más ni
-menos que en secuestrar a los chicos y no devolverlos sino mediante
-un rescate enorme. El plan fué ejecutado en parte: dos cómplices
-de Balseiro, bien vestidos, llamaron a la puerta del colegio
-donde estaban los chicos, y valiéndose de una carta falsificada,
-que dieron como escrita por el padre, arrancaron al director del
-colegio el permiso para llevarse a los chicos a pasar un día de
-campo. A unas cinco leguas de Madrid, Balseiro tenía una cueva, en
-un lugar solitario y agreste, entre El Escorial y un pueblo llamado
-Torrelodones; allí llevaron a los muchachos, donde quedaron bajo la
-custodia de los dos cómplices; Balseiro permaneció en Madrid con
-objeto de entrar en negociaciones con el padre. Pero éste, hombre de
-notable resolución, en lugar de acceder a las peticiones del bandido
-formuladas por carta, adoptó sin perder tiempo medidas muy enérgicas
-para recobrar sus hijos.
-
-Envióse gente a pie y a caballo a recorrer la comarca, y antes de una
-semana descubrieron a los muchachos cerca de la cueva, abandonados
-por sus guardianes, que cogieron miedo al enterarse de la resolución
-con que los buscaban; no tardaron en detenerlos, sin embargo, y los
-muchachos reconocieron a sus secuestradores.
-
-Balseiro comprendió que Madrid se ponía inhabitable para él, y quiso
-escaparse, no sé si a la tierra del moro o al Campo de Gibraltar;
-pero reconocido en un pueblo cercano a Madrid, fué preso, y sin
-tardanza llevado a la capital, donde a poco perdió la vida en el
-patíbulo con sus dos cómplices; Gabiria y sus hijos presenciaron la
-horrible escena a sus anchas, subidos en un carruaje.
-
-Tal fin tuvo Balseiro, de quien no hubiera hablado tanto a no ser por
-lo del _gitano_ cerrado. ¡Pobre desventurado! Conquistó el género de
-inmortalidad a que aspiran tantos ladrones españoles, mientras lucen
-su nívea ropa blanca pavoneándose en el _patio_. El rapto de los
-hijos de Gabiria le convirtió de golpe en ídolo de toda la cofradía.
-Un ladrón famoso, con quien más adelante estuve yo encarcelado en
-Sevilla, pronunció su elogio en esta forma:
-
-—Balseiro era un hombre muy cabal y muy buena persona. Hacía cabeza
-de nuestro gremio, _Don Jorge_; ya no volveremos a verle. ¡Lástima
-que no pudiera sacar el _parné_ y escaparse a tierra de moros, _Don
-Jorge_!
-
-
-
-
-CAPÍTULO XLI
-
- María Díaz. — Reproches del clero. — Visita de Antonio. — Antonio
- en funciones. — Una escena. — Benedicto Mol. — Su peregrinación
- por España. — Los cuatro Evangelios.
-
-
-—Sepamos—dije a María Díaz tres mañanas después de mi
-encarcelamiento—. ¿Qué dice en Madrid la gente a propósito de este
-suceso?
-
-—No sé lo que la gente, en general, dirá; probablemente no le
-importará esto gran cosa. La verdad, son ya cosa tan corriente las
-prisiones, que el público parece que las mira con indiferencia; pero
-los curas andan muy revueltos, y confiesan la imprudencia que han
-cometido al hacer que su amigo el _corregidor_ le prenda a usted.
-
-—¿Cómo es eso? ¿Temen que castiguen a su amigo?
-
-—No tal, _señor_—replicó María—Eso les importaría poco, aunque el
-corregidor se la haya buscado buena por servirlos; esa gente no tiene
-afectos, y no se les daría un ardite que colgasen a todos sus amigos,
-quedando ellos en salvo. Pero dicen que han procedido de ligero al
-meterle a usted en la cárcel, porque al hacer eso le han dado a usted
-ocasión de poner en práctica un plan antiguo. «Ese individuo es un
-_bribón_—dicen—. Se ha hecho amigo de los presos, y le han enseñado
-su lengua, que ya hablaba casi tan bien como si hubiera nacido en la
-cárcel. En cuanto le pongan en libertad publicará un Evangelio para
-que lo lean los ladrones, y será mucho más peligroso que el Evangelio
-en gitano, porque los gitanos son pocos, pero los ladrones...! ¡Ay
-de nosotros! ¡Todos vamos a ser luteranizados! ¡Qué infamia, qué
-picardía! Todo esto ha sido una treta suya. Siempre ha tenido ganas
-de ir a la cárcel _el bribonazo_; en mal hora le hemos metido en
-ella. España no estará segura hasta que le ahorquen; hay que mandarle
-al quinto infierno, y allí tendrá tiempo de traducir sus fatales
-Evangelios al lenguaje de los demonios.»
-
-—No le he dicho al _alcaide_ arriba de tres palabras acerca de la
-jerga de las cárceles.
-
-—¿Tres palabras? _Don Jorge_, ¿qué no se puede hacer con esas tres
-palabras? De poco le ha servido a usted vivir entre nosotros si
-cree que necesitamos más de tres palabras para armar un embrollo.
-Esas tres palabras acerca del lenguaje de los ladrones bastan para
-que por todo Madrid se diga que anda entremezclado con ellos, que
-ha aprendido su lenguaje y ha escrito un libro que va a trastornar
-a España, a abrir a los ingleses las puertas de Cádiz, entregar a
-Mendizábal toda la plata y las joyas de las iglesias, y a Don Martín
-Lutero, el palacio arzobispal de Toledo.
-
-Al caer la tarde de un día bastante melancólico, y hallándome sentado
-en el aposento que el _alcaide_ me había destinado, oí un golpe en la
-puerta. «¿Quién es?», pregunté. «_C’est moi, mon maître_», gritó una
-voz muy conocida, y al instante entró Antonio Buchini, vestido como
-la vez primera que le presenté al lector, es decir, con un excelente
-sobretodo francés, ya un poco ajado, chaqueta y pantalones, y en una
-mano, un sombrero pequeñito, y en la otra, un bastón largo y delgado.
-
-—_Bon jour, mon maître_—dijo el griego. Echando una mirada en torno,
-continuó:—Me alegro de verle a usted bien instalado. Si no recuerdo
-mal, _mon maître_, en sitios peores que éste hemos dormido durante
-nuestros viajes por Galicia y Castilla.
-
-—Tiene usted mucha razón, Antonio—repliqué—. Aquí estoy muy
-cómodamente. Le agradezco la bondad de haber venido a visitar a su
-antiguo amo, sobre todo ahora, que está pasando trabajos. Supongo que
-por venir aquí, no irá usted a enojar a su dueño actual; ya debe de
-estar cerca la hora de comer. ¿Cómo ha abandonado usted la cocina?
-
-—¿A qué amo se refiere usted, _mon maître_?—preguntó Antonio.
-
-—¡De quién voy a hablar! Del Conde... por cuyo servicio me dejó
-usted, tentado del ofrecimiento de cuatro duros al mes sobre los que
-yo le daba.
-
-—Su merced me hace recordar un asunto que ya tenía olvidado por
-completo. Al presente no tengo otro amo que usted, _monsieur
-Georges_, porque siempre le considero a usted como tal, aunque no
-goce de la felicidad de acompañarle.
-
-—¿Entonces se marchó usted de casa del Conde a los tres días de
-entrar, según costumbre?
-
-—A las tres horas, _mon maître_—repuso Antonio—. Pero yo le diré a
-usted en qué circunstancias. A poco de separarme de usted, fuí a
-casa de _monsieur le Comte_; entré en la cocina y miré en torno. No
-puedo decir que me descontentase lo que vi: la cocina era cómoda
-y espaciosa, todo estaba limpio y en orden; los criados parecían
-amables y corteses; sin embargo, no sé cómo fué, pero se apoderó
-de mí la idea de que la casa no me convenía en modo alguno y que
-no estaría en ella mucho tiempo; colgué de un clavo la mochila, y,
-sentándome en la mesa de la cocina, empecé a cantar una canción
-griega, como hago siempre que estoy disgustado. Rodeáronme los
-criados, haciéndome preguntas; pero yo no les contesté, y continué
-cantando hasta que se acercó la hora de preparar la comida; entonces
-salté al suelo de pronto y los eché de la cocina a todos, diciéndoles
-que nada tenían que hacer allí en tal ocasión. Al momento entré en
-funciones. Hice un esfuerzo, _mon maître_, y me puse a preparar
-una comida que me hubiese hecho honor; había convidados aquel día
-y determiné, por tanto, demostrar a mi amo que la capacidad de su
-cocinero griego era insuperable. _Eh bien, mon maître_, todo marchaba
-bastante bien, y casi me encontraba ya a gusto en mi nuevo empleo,
-cuando se precipitó en la cocina _le fils de la maison_, mi señorito,
-un chiquillo de unos trece años, bastante feo. Llevaba en la mano una
-rebanada de pan, y, después de un breve reconocimiento, la sepultó
-en una cacerola donde se guisaban unas perdices. Ya sabe usted, _mon
-maître_, que soy muy delicado en ciertas cuestiones, porque no soy
-español, sino griego, y tengo principios de honor. Sin vacilar un
-momento, cogí a mi señorito por los hombros, y empujándole hacia
-la puerta, le despedí como merecía. Con gritos clamorosos subió
-corriendo al piso alto. Yo continué en mi trabajo, pero no habían
-pasado tres minutos cuando oí un pavoroso estrépito en lo alto de la
-escalera, _on faisoit un horrible tintamarre_, y de vez en cuando
-oía juramentos y maldiciones. Al instante la puerta se abrió con
-violencia, y en impetuosa carrera echaron escaleras abajo el Conde,
-mi señor, su mujer, mi señorito, seguidos de una regular bandada de
-mujeres y de _filles de chambre_. A todos los llevaba gran delantera
-el Conde, mi señor, con una espada desnuda en la mano y gritando:
-«¿Dónde está el malvado que ha deshonrado a mi hijo? ¿Dónde está,
-que lo mato ahora mismo?» Yo no sé cómo ocurrió, _mon maître_, pero,
-cabalmente, en aquel momento volqué una gran fuente de _garbanzos_
-destinados a la _puchera_ del día siguiente. Estaban crudos, y tan
-duros como piedras; los derramé por el suelo, y la mayor parte de
-ellos fué a parar junto a la entrada. _Eh bien, mon maître_, un
-instante después entró el Conde de un brinco, echando chispas por
-los ojos, y con una espada en la mano, como ya he dicho. «_Tenez,
-gueux enragé_», me gritó, tirándome una furiosa estocada; pero no
-había acabado de decir esas palabras, cuando resbaló, y cayó hacia
-adelante todo lo largo que era, y la espada se le escapó de la mano
-_comme une flêche_. ¡Si hubiese usted oído el alboroto que se armó!
-Hubo una confusión terrible: el Conde yacía en el suelo, al parecer,
-aturdido por el golpe. Yo no hice caso, y continué trabajando con
-afán. Al fin le levantaron, y con sus cuidados recobró el sentido;
-estaba muy pálido y agitado. Pidió la espada; todas las miradas se
-clavaron en mí, y adiviné que se preparaba un ataque general. De
-súbito, retiré del fuego una gran _casserole_, donde se freían unos
-huevos, y la mantuve a la distancia que permitía la longitud del
-brazo, examinándola con afectada atención, mientras avanzaba el pie
-derecho y echaba atrás el izquierdo cuanto podía. Todos se estuvieron
-quietos, figurándose que iba a hacer una operación importante, y así
-fué, en efecto, porque adelanté de pronto la pierna izquierda, y con
-un rápido _coup de pied_, lancé la _casserole_ y su contenido por
-encima de mi cabeza con tal fuerza, que fueron volando a estamparse
-en una pared bastante detrás de mí. Esto lo hice para significar que
-el trato quedaba roto y que sacudía el polvo de mis zapatos; arrojé
-sobre el Conde la mirada peculiar de los cocineros scirotas cuando se
-sienten insultados, y, dilatando mi boca por ambos lados hasta cerca
-de las orejas, descolgué la mochila y me fuí, cantando al marcharme
-la canción del antiguo Demos, quien, moribundo, pedía la comida y
-agua para lavarse las manos:
-
- Ὁ ἥλιος ἐβασίλευε, κι᾽ ὁ Δῆμος διατάζει.
- Σύρτε, παιδιά μου, ᾽σ τὸ νερὸν ψωμὶ νὰ φάτ᾽ ἀπόψε.
-
-De esta manera, _mon maître_, salí de casa del Conde.
-
-YO.—¡Excelente manera de portarse! Por confesión propia, veo que su
-conducta no ha podido ser peor. Si no fuera por las muchas pruebas de
-valor y fidelidad que me dió usted estando a mi servicio, desde este
-momento no volveríamos a vernos más.
-
-ANTONIO.—_Mais qu’est ce que vous voudriez, mon maître?_ ¿No soy
-griego, y hombre de honor y muy susceptible? ¿Quiere usted que los
-cocineros de Scira y de Stambul se sometan en España a que los
-insulten los hijos de los condes, precipitándose en el templo con
-rebanadas de pan? _Non, non, mon maître_, usted es demasiado noble
-y, sobre todo, demasiado justo para pedir eso. Pero hablemos de otra
-cosa. _Mon maître_, no he venido solo: en el corredor espera una
-persona que ansía verle a usted.
-
-YO.—¿Quién es?
-
-ANTONIO.—Uno a quien ya se ha encontrado usted, _mon maître_, en
-sitios muy extraños y diversos.
-
-YO.—Pero ¿de quién se trata?
-
-ANTONIO.—De uno a quien le aguarda un fin desusado, «porque así está
-escrito». El suizo más extraordinario que hay, el de Santiago: _der
-Schatz Gräber_.
-
-YO.—¿Benedicto Mol?
-
-—_Yaw, mein lieber Herr_—dijo Benedicto, abriendo del todo la puerta,
-que estaba entornada—. Soy yo. Me he encontrado en la calle a _Herr
-Anton_, y al oír que estaba usted aquí, he venido a visitarle.
-
-YO.—Pero ¿qué rareza es ésta, y cómo es que le veo a usted otra vez
-en Madrid? Yo creía que ya estaba usted en su país.
-
-BENEDICTO.—No tema, _lieber Herr_; allá he de volver a su debido
-tiempo, pero no a pie, sino en coche de mulas. El _Schatz_ se está
-todavía en su escondite, esperando que lo desentierren; ahora tengo
-mejores esperanzas que nunca; muchos amigos, mucho dinero. ¿Ha
-reparado usted cómo voy vestido, _lieber Herr_?
-
-En efecto, llevaba ropas mucho mejores que nunca. La chaqueta y
-los pantalones, de crudillo, eran casi nuevos. Tocábase aún con un
-sombrero andaluz, de forma cónica, pero no viejo ni raído, sino
-nuevo y lustroso, y de inmensa altura. En lugar del tosco palo que
-llevaba en Santiago y en Oviedo, traía ahora una recia caña de bambú,
-rematada por una disforme cabeza de oso o de león, prolijamente
-tallada en peltre.
-
-—Parece usted un buscador de tesoros al volver de una expedición
-fructífera—exclamé.
-
-—Más bien parece—interrumpió Antonio—uno que ha dejado de trabajar
-por cuenta propia y busca tesoros a costa ajena.
-
-Pregunté detalladamente al suizo por sus aventuras desde que le vi
-por última vez en Oviedo, donde le dejé para continuar mi viaje
-a Santander. De sus respuestas colegí que me había seguido hasta
-este último punto, pero invirtiendo mucho tiempo en el camino,
-debilitado por el hambre y las privaciones. En Santander me perdió
-el rastro. Ya se le había agotado el pequeño socorro que yo le dí.
-Pensó entonces irse a Francia, pero no se atrevió a aventurarse
-en las provincias Vascongadas, donde ardía la guerra, para no
-caer en manos de los carlistas, que hubieran podido fusilarle por
-espía. Como nadie le socorría en Santander, se fué pidiendo limosna
-por los caminos, hasta que se encontró en Aragón, no podía decir
-exactamente dónde. «Mis calamidades eran tantas—dijo Benedicto—que
-estuve a punto de perder el juicio. ¡Oh, qué horror, vagar por los
-agrestes montes y las vastas planicies de España, sin dinero y sin
-esperanza! Algunas veces, encontrándome entre peñas y _barrancos_,
-quizás sin haber probado alimento desde la salida hasta la puesta
-del sol, me enfurecía. Entonces levantaba el palo hacia el cielo,
-y, blandiéndolo, gritaba: _Lieber Herr Gott, ach lieber Herr Gott_,
-ahora más que nunca necesito tu ayuda; si tardas en socorrerme estoy
-perdido; ¡ayúdame ahora, ahora! Y una vez, cuando deliraba de ese
-modo, me pareció oír una voz—más, estoy seguro de haberla oído—que
-sonaba en la cavidad de una peña, muy clara y muy fuerte, gritando:
-«_Der Schatz, der Schatz_, no hay que desenterrarlo todavía; a
-Madrid, a Madrid. El camino del _Schatz_ pasa por Madrid.» De
-nuevo la idea del _Schatz_ se apoderó de mi ánimo; reflexioné en lo
-feliz que sería si pudiese desenterrarlo. ¡No más mendigar, no más
-errar por hórridas montañas y desiertos! Blandí el palo, y noté,
-con sorpresa, que mi cuerpo y mis miembros se reanimaban con nuevas
-energías; anduve a buen paso, y no tardé en salir al camino real;
-mendigué, y proseguí como mejor pude hasta llegar a Madrid.
-
-—¿Y qué le ha sucedido después de llegar a Madrid?—pregunté—. ¿Ha
-encontrado usted el tesoro en las calles?
-
-De pronto, Benedicto se volvió reservado y taciturno, cosa que me
-sorprendió en extremo, porque hasta entonces se había mostrado
-siempre muy comunicativo en lo tocante a sus cuentas y proyectos. Por
-lo que pude sacar de sus medias palabras e insinuaciones, parecía que
-al llegar a Madrid cayó en manos de ciertas personas que le trataron
-con bondad, proveyéndole de dinero y ropa; no por puro desinterés,
-sino con los ojos puestos en el tesoro. «Esperan mucho de mí—dijo
-el suizo—. Después de todo, acaso hubiera sido más ventajoso sacar
-el tesoro sin su ayuda, con tal que hubiese sido posible.» No sabía
-o no quiso decirme quiénes eran sus nuevos amigos, salvo que tenían
-muchísima influencia. Dijo algo acerca de la Reina Cristina, y de
-un juramento que había prestado ante un obispo, sobre un crucifijo
-y los cuatro _Evangelien_. Pensé que había perdido la cabeza, y
-dejé de preguntarle. En el momento de marcharse, me dijo: «_Lieber
-Herr_, dispénseme usted si no le he hablado con entera franqueza,
-debiéndole tanto como le debo, pero no me atrevo; ahora no me
-pertenezco. Además, siempre es de mal agüero hablar una palabra
-acerca de un tesoro antes de tenerlo en nuestro poder. Una vez, en mi
-país hubo un hombre que cavó en el suelo hasta descubrir un caldero
-de cobre que contenía un _Schatz_. Al cogerlo por el asa, no hizo
-más que exclamar, en su entusiasmo: “¡Ya lo tengo!”, y eso bastó:
-desprendióse la caldera y se hundió, quedándose el hombre con el asa
-en la mano: eso fué cuanto ganó con tantos trabajos. Adiós, _lieber
-Herr_; dentro de poco me mandarán a Santiago para desenterrar el
-_Schatz_, pero vendré a verle a usted antes de marcharme. ¡Adiós!»
-
-
-
-
-CAPÍTULO XLII
-
- Salida de la cárcel. — Las excusas. — El corazón humano. — La
- vuelta del griego. — La Iglesia romana. — La luz de la Escritura.
- — El arzobispo de Toledo. — Una entrevista. — Piedras preciosas.
- — Una resolución. — El lenguaje extranjero. — Despedida de
- Benedicto. — La caza del tesoro en Compostela. — Realidad y
- ficción.
-
-
-Unas tres semanas estuve en la cárcel de Madrid, y, al cabo de ese
-tiempo la dejé. Si yo hubiese sido orgulloso, o abrigado algún
-rencor contra el partido que me encarceló, el modo como me devolvían
-la libertad hubiera halagado grandemente esas malas pasiones. El
-Gobierno, en un documento transmitido a sir Jorge, reconoció que me
-habían detenido sin razón bastante, y que ninguna tacha quedaba sobre
-mí de resultas de la prisión; se encargaba al propio tiempo de pagar
-todos los gastos que la tramitación del asunto me originó.
-
-Además, se mostró dispuesto a dejar cesante al individuo por cuyos
-informes me detuvieron, es decir, el _corchete_ que me visitó en mi
-hospedaje de la calle de Santiago y se comportó del modo descrito
-en uno de los anteriores capítulos. Rehusé, empero, aprovecharme de
-la condescendencia del Gobierno, más que nada porque me dijeron que
-el individuo de marras tenía mujer e hijos, y si le dejaban cesante,
-se quedarían en la miseria. Consideré, además, que en cuanto hizo y
-dijo se limitó probablemente a obedecer órdenes secretas; le perdoné,
-pues, sin reservas, y si en el momento presente no conserva su plaza,
-la culpa, ciertamente, no es mía.
-
-También rehusé aceptar indemnización por mis gastos, que fueron de
-importancia. Es probable que muchas personas en mi caso hubiesen
-procedido de muy diferente modo en este punto, y me guardo de
-afirmar que en ello anduviese yo del todo discreto o acertado.
-Pero me repugnaba recibir dinero de una gente como la que componía
-el Gobierno de España, gente a quien, lo confieso, despreciaba yo
-cordialmente, y no quería darle motivo para decir que el inglés a
-quien habían apresado injustamente y sin proceso, accedía a recibir
-dinero de sus manos. En una palabra, confieso mi debilidad: deseaba
-yo que continuasen siendo deudores míos, y estaba seguro de que no
-opondrían la más leve objeción a continuar siéndolo; se guardaron
-su dinero y probablemente se rieron para su capote de mi falta de
-sentido común.
-
-La mayor pérdida que me ocasionó el encarcelamiento, y por la que
-no podía ofrecerse ni recibirse indemnización, fué la muerte de
-mi afectuoso y fiel Francisco, el vascongado, que por acompañarme
-durante todo el tiempo que duró mi prisión, cogió el tifus o fiebre
-carcelaria, que entonces hacía estragos en la cárcel de la Corte, y
-murió a los pocos días de mi liberación. Murió ya entrada la noche.
-A la mañana siguiente estaba yo en la cama reflexionando sobre esta
-pérdida, y me preguntaba de qué nación sería mi servidor futuro,
-cuando oí un ruido al parecer causado por una persona ocupada en
-limpiar vigorosamente zapatos o botas, y a intervalos una voz
-extraña y discordante que cantaba trozos de una canción en una
-lengua desconocida; no sabiendo lo que aquello podría ser, toqué la
-campanilla.
-
-—¿Ha llamado usted, _mon maître_?—dijo Antonio asomándose a la puerta
-con uno de los brazos profundamente sepultado en una bota.
-
-—Sí, por cierto—contesté—; pero no me podía imaginar que fuese usted
-quien respondiera a la llamada.
-
-—_Mais pourquoi non, mon maître?_—exclamó Antonio—. ¿Quién va a
-servirle a usted ahora sino yo? _N’est pas que le sieur François est
-mort?_ En cuanto lo supe, me dije: voy a volver a mi puesto _chez mon
-maître_, monsieur Georges.
-
-—Supongo que estará usted sin colocación, y por eso ha venido.
-
-—_Au contraire, mon maître_—replicó el griego. Acababa de ajustarme
-en casa del duque de Frías, donde me daban al mes diez duros más que
-su merced; pero al saber que se había usted quedado sin criado, fuí
-sin pérdida de tiempo a decir al duque, aunque ya estaba muy entrada
-la noche, que no me convenía servirle; y aquí estoy.
-
-—Pues de esa manera, no le admito—dije yo—. Vuelva a casa del duque,
-preséntele sus excusas por lo que ha hecho, y solicite su cese en
-debida forma; entonces, si su gracia desea prescindir de usted, caso
-bastante probable, le admitiré con mucho gusto a mi servicio.
-
-Después de sufrir una prisión cuya injusticia reconocían mis propios
-enemigos, era razonable esperar de sus manos un trato más liberal
-que el que hasta allí me habían dispensado. Mi única ambición era
-por entonces conseguir tolerancia para la venta del Evangelio en
-aquel infortunado y perturbado reino; para lograr ese fin no sólo
-hubiera consentido en sufrir, uno tras otro, veinte encarcelamientos
-como el pasado, sino que hubiera sacrificado gustoso la vida misma.
-Pronto advertí, sin embargo, que probablemente no iba a ganar nada
-con mi encarcelación; al contrario, desde que se concluyó el asunto,
-fuí objeto de la aversión personal del Gobierno, lo que tal vez no
-sucedía antes; las concesiones que se vieron obligados a hacer para
-evitar una ruptura con Inglaterra humillaron su orgullo y vanidad.
-Mostráronse dispuestos a saciar su aversión, contrariando mis planes
-todo lo posible. Tuve una entrevista con Ofalia acerca del asunto que
-embargaba mi ánimo; le encontré desabrido y áspero. «Lo que más le
-conviene a usted es permanecer tranquilo—me dijo—. ¡Cuidado! Ya ha
-puesto usted una vez toda la _corte_ en confusión; cuidado, repito.
-Otra vez puede que no se escape usted tan fácilmente.»
-
-—Quizás no—repliqué—y quizás ni lo deseo siquiera; es cosa agradable
-padecer por la causa del Evangelio. Ahora me tomaré la libertad de
-preguntar si, en el caso de ponerme a propagar la Palabra de Dios, me
-lo impedirán.
-
-—Naturalmente—exclamó Ofalia—; la Iglesia lo prohibe.
-
-—Pues, con todo, voy a intentarlo—exclamé.
-
-—¿Sabe usted lo que dice?—preguntó Ofalia, arqueando las cejas y
-abriendo la boca.
-
-—Sí, continué—; voy a hacer la prueba en todos los pueblos de España
-donde me sea posible entrar.
-
-Durante mi permanencia en España, la oposición más recia que encontré
-fué la del clero; por instigación suya el Gobierno adoptaba las
-medidas convenientes para impedir la amplia difusión del libro
-sagrado por el país. No interrumpiré el curso de mi narración con
-reflexiones acerca de la situación de una Iglesia que, si bien
-pretende fundarse en la Escritura, arrebataría la luz de la Escritura
-a toda la Humanidad, si pudiese. Pero Roma sabe perfectamente que
-no es una Iglesia cristiana, y como no tiene deseo de serlo, obra
-cuerdamente quitando a sus secuaces de delante de los ojos las
-páginas que podrían revelarles las verdades del Cristianismo. Sus
-agentes y validos en España esforzábanse cuanto podían por anular mis
-humildes trabajos y difamar la obra que yo andaba esparciendo. Todo
-el clero ignorante y fanático (la gran mayoría) era opuesto a ella,
-y cuantos ansiaban estar a bien con la corte de Roma vociferaban su
-oposición. Había, empero, una parte del clero, pequeña a la verdad,
-bien dispuesta en favor de la circulación del Evangelio, aunque en
-modo alguno inclinada a hacer el menor sacrificio individual por tal
-fin; éstos eran los que profesaban el liberalismo, que se supone
-implica una disposición a adoptar cuantas reformas, así en lo civil
-como en lo eclesiástico, parezcan conducentes al bien del país. No
-pocos clérigos españoles eran partidarios de ese principio, o al
-menos se declaraban tales; algunos, por conveniencia propia sin
-duda, con la esperanza de aprovechar el espíritu de los tiempos
-para su medro personal; otros, hay que esperarlo, por convicción,
-por puro amor a las ideas. Entre éstos se encontraban, por la época
-a que me refiero, varios obispos. Pero es digno de nota que ninguno
-de ellos debía su puesto al Papa, que los desautorizaba, sino a la
-Reina Gobernadora, cabeza visible del liberalismo en España. No es de
-extrañar, por tanto, que hombres colocados en tales circunstancias se
-sintiesen dispuestos a apoyar cualquier medida o plan favorables al
-progreso del liberalismo, más bien que a contrariarlos; y no hay duda
-que la circulación de la Escritura era una medida de ese género. Con
-todo, su buena voluntad, suponiendo que la tuvieran, fué para mí poco
-valiosa, porque nunca dieron un paso decisivo ni alzaron sus voces
-para denunciar de modo positiva y resuelto la conducta de quienes
-pretendían privar al mundo de la luz de la Escritura. En cierta
-ocasión creí que iba a conseguir, por su medio, algo importante para
-la causa del Evangelio en España; pero me desengañé pronto, y me
-convencí de que descansar en lo que quisieran hacer era tanto como
-apoyar la mano en una caña, que, sin sostenerme, me desgarraría la
-carne. Algunos de ellos me enviaron mensajes expresando la estimación
-en que me tenían y asegurándome cuán cara a su corazón era la causa
-del Evangelio. Recibí incluso un aviso insinuándome que mi visita no
-sería desagradable al arzobispo de Toledo, Primado de España.
-
-Poco puedo decir de este personaje, cuya historia desconozco por
-completo. A la muerte de Fernando era, creo yo, obispo de Mallorca,
-pequeña e insignificante sede, de muy pobres rentas, que quizás
-cambió gustoso por otra más rica. Es probable, sin embargo, que
-de mostrarse fiel servidor del Papa, y, por ende, partidario de
-los legitimistas, hubiera ocupado hasta el día de su muerte la
-silla episcopal de Mallorca; pero pasaba por liberal, y la Reina
-Gobernadora tuvo a bien concederle la dignidad de arzobispo de
-Toledo, haciéndole así cabeza de la Iglesia en España. Cierto que
-el Papa se negó a ratificar la designación, razón por la que todos
-los buenos católicos estaban obligados a seguir considerándole como
-obispo de Mallorca y no como Primado de España. Pero el obispo
-cobraba las rentas de la sede toledana, débil sombra de lo que fueron
-antaño, pero muy importantes aún, y vivía en el palacio del Primado,
-en Madrid, de suerte que si no era arzobispo _de jure_ era lo que
-para muchos valía más: arzobispo _de facto_.
-
-Sabedor de la amistad personal del arzobispo con Ofalia, quien, según
-decían, le consideraba mucho, resolví hacerle una visita, y así una
-mañana me encaminé al palacio en que vivía. Sin dificultad obtuve
-audiencia: un lacayo, asturiano a lo que creo, a quien hallé sentado
-en un banco de piedra del portal, me condujo a su presencia. Cuando
-entré, el arzobispo estaba solo, sentado detrás de una mesa, en un
-vasto aposento, especie de sala de estrados. Vestía con sencillez:
-sotana negra y birrete de seda; pero en un dedo llevaba una amatista
-soberbia, resplandeciente, de brillo deslumbrador. Se incorporó un
-momento, al acercarme, y con la mano me indicó una silla. Podía tener
-sesenta años; era muy alto, pero se encorvaba bastante, por debilidad
-sin duda; y la tez pálida de sus facciones demacradas denotaba su
-mala salud. Cuando de nuevo se sentó inclinó la cabeza, como si
-contemplase la mesa que tenía delante.
-
-—Supongo que V.E. sabrá quién soy—dije al cabo, rompiendo el
-silencio.
-
-El arzobispo inclinó la cabeza hacia el hombro izquierdo, con
-expresión algo equívoca, pero no dijo nada.
-
-—Yo soy el que los _Manolos_ de Madrid llaman _Don Jorgito el
-Inglés_. Acabo de salir de la cárcel, donde me encerraron por
-propagar el Evangelio del Señor en este reino de España.
-
-El arzobispo repitió el mismo movimiento equívoco de la cabeza, pero
-aún no dijo nada.
-
-—He sabido que V.E. deseaba verme, y por esa razón he venido a
-hacerle esta visita.
-
-—Yo no le he llamado a usted—dijo el arzobispo, alzando de súbito la
-cabeza, y con ojos de espanto.
-
-—Quizás no; pero me habían dado a entender que mi presencia sería
-grata; como al parecer no es así, me iré.
-
-—Puesto que ha venido usted, me alegro mucho de verle.
-
-—Y yo celebro mucho oírle—dije yo, volviendo a sentarme—. Ya que
-estoy aquí, podemos hablar de un asunto de la mayor importancia: la
-difusión de la Escritura. ¿Conoce V.E. algún medio para alcanzar un
-fin tan deseable?
-
-—No—dijo el arzobispo débilmente.
-
-—¿No cree V.E. que el conocimiento de la Escritura produciría
-inestimables beneficios a estos reinos?
-
-—No lo sé.
-
-—¿Hay probabilidades de convencer al Gobierno para que consienta su
-circulación?
-
-—¿Cómo voy a saberlo?—y el arzobispo se me quedó mirando a la cara.
-
-Yo también le miré a él; había en su rostro tal expresión de
-desvalimiento, que casi era chochez. «¡Válgame Dios!—pensé—. ¿A
-quién he venido yo a contar estas cosas? ¡Pobre hombre! No sirves
-para representar el papel de Martín Lutero, y en España menos que en
-otra parte. Me maravilla que tus amigos te hayan nombrado arzobispo
-de Toledo. Quizás pensaron que no harías provecho ni daño, y te
-escogieron, como escogen a veces en mi país a los primados, en razón
-de tu incapacidad. No pareces muy contento en este empleo, ni tu
-sitial debe de ser muy cómodo. Más a gusto estabas cuando eras el
-pobre obispo de Mallorca; entonces podías saborear la _puchera_ sin
-miedo de que te la sazonaran con sublimado. No temías entonces que
-te ahogaran en el lecho. La _siesta_ es cosa agradable, cuando no
-está uno expuesto a verla interrumpida por un súbito espanto. Me
-sorprenderá si no estás ya envenenado»—continué casi en voz alta,
-según estaba mirándole al semblante, que a mi parecer se cubría de
-palidez mortal.
-
-—¿Qué decía usted, _don Jorge?_—preguntó el arzobispo.
-
-—Que V.E. lleva un brillante magnífico—dije yo.
-
-—¿Le gustan a usted los brillantes, _don Jorge_?—dijo el arzobispo,
-cuyas facciones se animaron—. _¡Vaya!_ ¡También a mí! ¡Son muy
-bonitos! ¿Entiende usted de brillantes?
-
-—Sí entiendo—respondí—, y no he visto nunca otro mejor que ése, salvo
-uno, perteneciente a un conocido mío, un khan de Tartaria. Pero no
-lo llevaba en el dedo; poníaselo al caballo en el frontal, donde
-brillaba como una estrella. Llamábalo _Daoud Scharr_, que significa
-«luz de guerra».
-
-—_¡Vaya!_—dijo el arzobispo—. ¡Qué curioso! Me alegro de que le
-gusten a usted los brillantes, _don Jorge_. Al hablar de caballos
-me ha hecho usted recordar que le he visto con frecuencia a caballo.
-_¡Vaya!_ Qué modo de montar. Es peligroso encontrársele a usted en el
-camino.
-
-—¿V.E. es aficionado a la equitación?
-
-—De ninguna manera, _don Jorge_. No me gustan los caballos. En la
-Iglesia no es costumbre montar a caballo; preferimos las mulas: son
-animales más tranquilos. Los caballos me dan miedo: ¡cocean de un
-modo!
-
-—La coz del caballo mata—dije yo—si da en un sitio vital. Pero
-no opino como V.E. acerca de las mulas; un buen _jinete_ puede
-sostenerse a caballo, por resabiado que el animal esté; pero las
-mulas, _¡vaya!_, cuando una mula falsa _tira por detrás_, no creo
-que ni el propio Padre de la Iglesia se sostenga en la silla ni un
-momento, por muy buen bocado que lleve.
-
-Al marcharme, le dije:—¿Qué puedo esperar acerca del Evangelio?
-
-—_No sé_—dijo el arzobispo inclinando de nuevo la cabeza hacia el
-hombro derecho, mientras sus facciones reasumían la expresión de
-vaciedad.
-
-Así terminó mi entrevista con el arzobispo de Toledo.
-
-—Me parece—dije a María Díaz al volver a casa—, me parece, _Mariquita
-mía_, que si el Evangelio, para ser tolerado en España, ha de esperar
-a que los obispos y arzobispos liberales acudan resueltamente en su
-ayuda, va a tener que aguardar mucho tiempo.
-
-—Soy del mismo parecer, señor—respondió María—. ¡Bonito sería tener
-que esperar a que esa gente haga un esfuerzo en favor de usted!
-_¡Ca!_ Risa me da pensarlo. ¿Cómo ha tenido usted la candidez de
-figurarse que les importa algo el Evangelio? _¡Vaya!_, son verdaderos
-curas; en los ofrecimientos que le han hecho a usted sólo les movía
-su propio interés. El Santo Padre no quiere reconocerlos, y les
-gustaría asustarle un poco para obligarle a transigir; pero como los
-reconociera, ya vería usted luego si le admitían en sus palacios o
-tenían algún trato con usted. «¡Fuera ese prójimo!—dirían—. _¡Vaya!_
-¿No es luterano? ¿No es enemigo de la Iglesia? _¡A la horca, a la
-horca!_» Conozco a esa familia mejor que usted, _don Jorge_.
-
-—Es inútil aguardar más—dije yo—. Pero en Madrid nada puedo hacer.
-No se puede vender la obra en el _despacho_, y acabo de saber que
-todos los ejemplares dejados para la venta en las librerías de las
-diversas poblaciones que he visitado los ha secuestrado el Gobierno.
-Mi decisión está tomada: montaré en mis caballos, que relinchan en
-la cuadra, y me iré a recorrer en persona los pueblos y llanuras
-de la polvorienta España. _Al campo, al campo._ «Camina, avanza
-prósperamente y reina por medio de la verdad y de la mansedumbre
-y de la justicia; tu diestra te conducirá a cosas maravillosas.»
-Caminaré, pues, María.
-
-—No puede hacer su merced cosa mejor, y permítame ahora decirle
-que, por cada libro que pudiera usted vender en un _despacho_ en
-la ciudad, venderá usted ciento en los pueblos con tal de darlos
-baratos, porque en el campo hay poco dinero. _¡Vaya!_ ¿Sabré yo
-lo que digo? ¿No soy también de pueblo, _villana_ de la Sagra? A
-caballo, pues; los caballos no hacen más que relinchar en la cuadra,
-como usted dice, y casi podía haber añadido que el _señor_ Antonio
-relincha en la casa. Dice que no tiene nada que hacer, motivo por el
-que está otra vez disgustado e inquieto. Todo lo encuentra mal, a mí
-en primer término. Esta mañana le saludé, y, en lugar de contestarme,
-torció la boca de un modo nunca visto en tierras de España.
-
-—Se me ocurre una idea—dije yo—. Ha mentado usted la Sagra ¿Por qué
-no comenzar mis trabajos por los pueblos de esa comarca?
-
-—Muy bien pensado—replicó María—. La recolección termina ahora
-por allí, y encontrará usted a la gente relativamente desocupada,
-con vagar para acompañarle a usted y oírle. Si quiere seguir mi
-consejo, debe usted establecerse en Villaseca en la casa que fué de
-mis padres, donde al presente vive mi señor marido. Vaya usted a
-Villaseca lo primero, y desde allí puede usted emprender excursiones
-con el _señor_ Antonio. Quizás mi marido les acompañe; si es así, les
-servirá de mucho. La gente en Villaseca es amable y cortés; cuando se
-dirigen a un forastero le hablan a gritos y en gallego.
-
-—¡En gallego!—exclamé.
-
-—Todos saben unas cuantas palabras de gallego aprendidas de los que
-bajan todos los años a segar, y como el gallego es la única lengua
-extraña que conocen, la emplean por cortesía al dirigirse a un
-extranjero. _¡Vaya!_ No es mal pueblo Villaseca, ni es mala gente; la
-única persona de mala condición que allí hay es el reverendo señor
-cura.
-
-No fueron largos los preparativos de mi empresa. Envié por delante
-con un _arriero_ un buen repuesto de Testamentos, y yo salí al
-siguiente día. Pero antes de marcharme recibí la visita de Benedicto
-Mol.
-
-—Vengo a decirle a usted adiós, _lieber Herr_. Mañana me vuelvo a
-Compostela.
-
-—¿Con qué propósito?
-
-—Para desenterrar el _Schatz_, _lieber Herr_. ¿Cuál otro podía
-llevar? ¿Por qué he vivido hasta hoy, sino para al fin poder
-desenterrar el _Schatz_?
-
-—Pudiera usted haber vivido para algo mejor—exclamé—. Con todo, le
-deseo buen éxito. ¿En qué funda usted sus esperanzas? ¿Le han dado
-permiso para hacer excavaciones? Seguramente no se le habrán olvidado
-a usted las penalidades que sufrió en Galicia.
-
-—No se me han olvidado, _lieber Herr_, ni el viaje a Oviedo, ni las
-siete bellotas, ni la lucha con la muerte en el _barranco_. Pero
-tengo que cumplir mi destino. Ahora voy a Galicia a expensas del
-Gobierno, como si perteneciera de nuevo a la Guardia suiza: voy en
-coche de mulas, quiero decir, en _galera_. Tendré toda la ayuda
-necesaria, y puedo cavar hasta el centro de la tierra si lo creo
-conveniente. Además... pero no puedo decirle más, porque he jurado
-sobre los cuatro _Evangelien_ guardar secreto.
-
-—Bien, Benedicto, no tengo nada que decir, salvo desearle a usted que
-triunfe en sus excavaciones.
-
-—Gracias, _lieber Herr_; gracias. Ahora, adiós. ¡Triunfaré, triunfaré!
-
-Aquí se quedó cortado, se estremeció, y, mirándome, con expresión
-casi de loco en el semblante, exclamó:
-
-—_¡Heiliger Gott!_ Me olvido de una cosa. Supongamos que al fin y a
-la postre no encuentro el tesoro.
-
-—Es muy sensato lo que usted dice; ¡lástima que hasta ahora no se le
-haya ocurrido! Le aseguro a usted, amigo mío, que se ha metido en
-una empresa desesperada. Verdad que puede usted encontrar un tesoro;
-pero hay cien probabilidades contra una de que no lo encontrará.
-¿Qué será de usted en tal caso? Le tomarán por un impostor, y las
-consecuencias serán horribles. Recuerde quién es usted y entre qué
-gentes está. Los españoles son crédulos; pero cuando una vez llegan
-a sospechar que los han engañado, y sobre todo que se han reído de
-ellos, su sed de venganza no conoce límites. No crea usted que su
-inocencia le servirá de algo. Yo estoy convencido de que no es usted
-un impostor, pero ellos no lo creerán jamás. Todavía no es tarde.
-Devuelva usted esas ropas tan buenas y ese elegante bastón a quien se
-lo haya dado. Póngase un traje viejo, empuñe el tosco palo, y véngase
-conmigo a la Sagra para ayudarme a difundir el insigne Evangelio
-entre los lugareños de la ribera del Tajo.
-
-Benedicto meditó un momento, y luego, sacudiendo la cabeza, gritó:
-
-—¡No! ¡No! Tengo que cumplir mi destino. El _Schatz_ no está aún
-desenterrado. Así lo dijo la voz en el _barranco_. Mañana, a
-Compostela. Lo encontraré: el _Schatz_ está allí aún; «tiene» que
-estar.
-
-Salió y no le volví a ver más. Pero después oí contar de él cosas
-extraordinarias. Resultó que el Gobierno dió oídos a la fábula de
-Benedicto, y se dejó impresionar de tal modo por sus exageradas
-descripciones del tesoro oculto, que llegó a creer en la posibilidad
-de desenterrar en Santiago, con poco trabajo y poco gasto, oro
-y diamantes de sobra para enriquecerse y para extinguir la deuda
-nacional de España. El suizo volvió a Compostela «como un duque»,
-para usar sus mismas palabras. El asunto, mantenido al comienzo
-en profundo secreto, se divulgó con rapidez. Se acordó dar a una
-exploración que podía tener tan importantes consecuencias toda la
-publicidad y el aparato posibles. Acercábase una fiesta muy solemne,
-y pareció lo más acertado que la busca comenzase en tal día. El día
-llegó. Todas las campanas de Compostela repicaban. El pueblo en masa
-se lanzó a la calle; un millar de soldados formaba en la plaza; la
-expectación llegó al grado sumo. Una solemne comitiva se dirigió a
-la iglesia de San Roque; a su cabeza iban el capitán general y el
-suizo, que blandía un mágico bastón; pegada a ellos iba la _meiga_,
-la bruja gallega que primeramente guió al buscador del tesoro;
-numerosos albañiles cerraban la marcha, llevando las herramientas
-necesarias para la excavación. La comitiva entra en la iglesia, la
-cruza con paso solemne, y llega a una galería abovedada. El suizo
-mira en torno. «Cavad aquí»—dijo de pronto—. «Sí, cavad aquí»—dijo la
-_meiga_. Los albañiles trabajan, horadan el piso, espárcese un olor
-horrible y fétido...
-
-Para qué más; no se halló tesoro alguno, y mis advertencias al
-desgraciado suizo resultaron demasiado proféticas. Sin tardanza le
-prendieron, arrojándole en la hórrida prisión de Santiago, seguido de
-las maldiciones de millares de personas, que con gusto le hubieran
-despedazado.
-
-El asunto no terminó ahí. Los enemigos políticos del Gobierno no
-dejaron escapar una ocasión tan favorable para asestarle los dardos
-del ridículo. Los _moderados_ fueron censurados en las Cortes por su
-avaricia y su credulidad, mientras en alas de la Prensa liberal se
-esparcía por toda España la historia del tesoro escondido en Santiago.
-
-—Después de todo, eso ha sido una _trampa_ de _don Jorge_—dijo un
-enemigo mío—. Ese prójimo se encuentra siempre enredado en la mitad
-de las _picardías_ que se cometen en España.
-
-Ansioso por saber la suerte que había corrido el suizo, escribí a
-mi antiguo amigo de Compostela, Rey Romero. En su respuesta decía:
-«Vi al suizo en la cárcel, desde donde me mandó llamar, implorando
-mi socorro en nombre de la amistad que tengo con usted. Pero ¿cómo
-favorecerle? Se lo llevaron de Santiago en seguida, no se adónde.
-Dicen que ha desaparecido por el camino.»
-
-La verdad es a veces más sorprendente que la fábula. ¿En qué novela
-se encontrará nada más insensato, grotesco y triste que la historia
-fácilmente comprobable de Benedicto Mol, el buscador del tesoro de
-Santiago?
-
-
-
-
-CAPÍTULO XLIII
-
- Villaseca. — Una casa morisca. — La puchera. — Un cónclave de
- rústicos. — Ceremoniosa urbanidad. — La Flor de España. — El
- puente de Azeca. — El castillo en ruinas. — Nos echamos al campo.
- — Demanda de Testamentos. — El labrador viejo. — El cura y el
- herrero. — La baratura de los Testamentos.
-
-
-Llegué a Villaseca uno de los días de más furioso calor en que
-he desafiado los rayos del sol. La temperatura debió de llegar a
-cien grados a la sombra; la atmósfera parecía una ardiente llama.
-En un lugar que dicen Leganés, a seis leguas de Madrid, y como a
-mitad de camino entre la capital y Toledo, nos apartamos de la
-carretera, dirigiéndonos al Este. Cabalgamos por lo que en España
-llaman llanuras, que en cualquier otro país del mundo parecería
-terreno quebrado y desigual. Las mieses de trigo y cebada habían ya
-desaparecido; quedaban aquí y allá, como últimos vestigios, algunos
-haces que los labradores se ocupaban en recoger para acarrearlos a
-sus pueblos.
-
-Difícil me sería decir que fuese bello aquel paisaje, de absoluta
-desnudez, sin árboles ni verdor. No le faltaban, empero, pretensiones
-de magnificencia y grandeza, como no le faltan a ningún paraje de
-España. Los objetos más llamativos eran dos enormes cerros calcáreos,
-o más bien uno rajado en dos, que se erguía a gran altura; la cima
-del más próximo se coronaba con las ruinas del antiguo castillo de
-Villaluenga. A eso de la una de la tarde llegamos a Villaseca.
-
-Era un pueblo grande, de unos setecientos habitantes, rodeado de un
-muro de tierra. En el centro está la _plaza_, uno de cuyos lados
-lo ocupa lo que llaman un palacio, tosco edificio cuadrangular, de
-dos pisos, perteneciente a alguna familia noble, los señores de las
-tierras del contorno. Estaba vacío; ocupábalo tan sólo una especie de
-administrador, que encerraba en sus salones el grano que en pago de
-las rentas recibía de los arrendatarios y _villanos_ que labraban el
-término.
-
-El pueblo dista como un cuarto de legua de la orilla del Tajo, que
-aun allí, en el corazón de España, es un hermoso río, no navegable,
-sin embargo, a causa de los bancos de arena que en muchos sitios
-emergen a modo de isletas, cubiertas de árboles y maleza. La aldea
-saca del río toda su provisión de agua, por carecer de ella, al menos
-potable, dentro de sus muros; todos los manantiales son salobres,
-y de esto le vendrá probablemente el nombre de Villaseca. Dícese
-que sus habitantes son de origen moro; y es la verdad que aquí se
-observan ciertas costumbres que robustecen mucho ese supuesto. Entre
-otras, hay una muy curiosa: se reputa infamante para una mujer de
-Villaseca atravesar la plaza, o ser vista en ella, aunque no vacilan
-en mostrarse en las calles y callejas.
-
-Existe una hostilidad profundamente arraigada entre los habitantes de
-este lugar y los de un pueblo inmediato llamado Bargas; rara vez se
-hablan cuando se encuentran, y nunca se casan entre sí. Una tradición
-vaga pretende que los naturales de este último pueblo son cristianos
-viejos, y es harto probable que los del vecino fuesen originariamente
-de muy otra sangre; los de Villaseca tienen la tez muy morena,
-mientras los moradores de Bargas son rubios y blancos. Así, en pleno
-siglo XIX, se conserva en España la antigua enemistad de moros y
-cristianos.
-
-Empapados en sudor, que nos corría a chorros por la frente, llegamos
-a la puerta de Juan López, el marido de María Díaz. Sabedor de que
-iríamos a visitarle, ya nos esperaba, y nos acogió cordialmente en su
-vivienda que, como una casa mora auténtica, tenía un solo piso. Era
-muy espaciosa, no obstante, con patio y establo. Todos los aposentos
-eran deliciosamente frescos. El pavimento, de ladrillo o piedra; las
-angostas ventanas, enrejadas y sin cristal, apenas dejaban pasar un
-rayo de sol.
-
-Habían preparado una _puchera_ contando con nuestra llegada; el
-calor no me quitó el apetito, y no pasó mucho tiempo sin que hiciese
-cabal justicia al manjar típico de España. Mientras yo comía, López
-punteaba en la guitarra, cantando a veces trozos de canciones
-andaluzas. Era un tipo pequeño, de rostro alegre, muy activo, a
-quien había visto yo con frecuencia en Madrid; buena muestra del
-_labrador_ español. Aunque no tenía, ni con mucho, la inteligencia ni
-los recursos de María Díaz, su mujer, no por eso carecía de natural
-despejo ni entendimiento. Era, además, honrado y desinteresado, y
-prestó buenos servicios a la causa del Evangelio, como se verá ahora.
-
-Acabada la comida, López me habló así:—_Señor don Jorge_, su llegada
-a este pueblo ha causado ya sensación, sobre todo, por ser los
-tiempos de guerra y alborotos, y vivir cada cual temeroso del vecino;
-aquí estamos pegados a los confines del país faccioso, porque,
-como usted bien sabe, la mayor parte de la Mancha está en poder de
-_carlinos_ y de ladrones, y algunas partidas se asoman a menudo por
-la otra orilla del río. En razón de esto, el _alcalde_ del pueblo y
-otros vecinos pudientes y graves desean ver y hablar a su merced, y
-examinar su pasaporte.
-
-—Bien está—exclamé—. Vamos a visitar a esos dignos señores.
-
-En diciendo esto, condújome a través de la _plaza_ a casa del
-_alcalde_, donde hallamos al rústico dignatario sentado entre
-puertas, gozando de la refrigerante frescura de una corriente de
-aire. Era hombre viejo, como de sesenta años, sin nada notable en
-su continente ni en sus facciones plácidas, en las que se reflejaba
-su buen natural. Estaban con él otras personas, entre ellas el
-barbero del pueblo, alto, de enorme corpulencia, alavés por su cuna,
-nacido en Vitoria. También estaba allí un individuo cuya faz tenía
-un pronunciado tinte rojizo, con la nariz bastante torcida: era el
-herrero del lugar, y le llamaban _El Tuerto_, por la circunstancia de
-no tener más que un ojo. Hice una profunda reverencia al concurso, y
-manifestando mi pasaporte, hablé así:
-
-—Graves señores y caballeros de esta ciudad de Villaseca, como yo
-soy un extranjero de quien no es posible que sepan cosa alguna, me
-he creído obligado a presentarme ante vosotros y a deciros quién
-soy. Sabed, pues, que soy inglés de limpia sangre y buena familia,
-que viajo por estos países para diversión y provecho propios, y
-también para los de otras personas. Ahora he venido a Villaseca,
-donde me propongo estar algún tiempo, dedicado a lo que me parezca
-conveniente: unas veces pasearé a caballo por esos campos, otras
-me bañaré en las aguas del río, cosa buena, según dicen, en tiempo
-de calor. Suplico, por tanto, que durante mi estancia en esta
-capital sus gobernantes me concedan la protección y el amparo que
-habitualmente dispensan a los que llevan vida pacífica y bien
-ordenada, y están dispuestos a ser dóciles y obedientes a las
-costumbres y leyes de la república.
-
-—Habla bien—dijo el _alcalde_ mirando en torno.
-
-—Sí, habla bien—dijo el corpulento alavés—. No hay que negarlo.
-
-—Nunca he oído hablar mejor—exclamó el herrero, levantándose del
-taburete en que se hallaba sentado—. _¡Vaya!_ Es hombre recio y de
-buen color, como yo. Me agrada; tengo yo un caballo que le irá muy
-bien, un caballo que es la flor de España, con ocho dedos sobre la
-marca.
-
-Entonces, con nueva inclinación de cabeza, presenté el pasaporte al
-_alcalde_, quien con un ligero movimiento de la mano pareció que se
-negaba a recibirlo, y al mismo tiempo decía:—No es necesario.
-
-—Oh, de ningún modo—exclamó el barbero.
-
-—Los vecinos de Villaseca—observó el herrero—saben portarse como
-gente seria. Vergüenza les daría abrigar sospecha alguna contra un
-caballero tan cortés y bien hablado.
-
-Pero yo sabía que su negativa no significaba nada, por ser tan sólo
-una parte del ceremonial de su urbanidad; presenté por segunda vez el
-pasaporte y lo tomaron con avidez; en un momento, todos los presentes
-clavaron en él los ojos con intensa curiosidad. Lo examinaron de
-arriba abajo, lo volvieron y revolvieron, y aunque no es probable que
-ninguno de los presentes entendiese palabra de él, por estar escrito
-en francés, produjo, sin embargo, universal contento; cuando el
-_alcalde_, doblándolo con cuidado, me lo devolvió, todos observaron
-que no habían visto en su vida otro pasaporte mejor, o que hablase de
-su portador en términos más elogiosos.
-
-¿Quién ha escrito que «La mofa de Cervantes ahuyentó de España
-el heroísmo»? No lo sé[14]; el autor de esa línea apenas merece
-recordación. La tentación de emborronar papel es tan violenta en
-nuestros días, que muchos se ponen a escribir de pueblos y países
-de los que no saben nada, o menos que nada. _¡Vaya!_ El haber visto
-una corrida de toros en Madrid o en Sevilla, o gastado un puñado de
-onzas en una _posada_ en cualquiera de esos dos puntos, regida acaso
-por un genovés o un francés, no da competencia para escribir acerca
-de una gente como los españoles, ni para decir al mundo cómo piensan,
-cómo hablan y cómo proceden. ¡Ahuyentar con burlas el espíritu
-caballeresco de España! Cuando todas las probabilidades son de que la
-gran masa de la nación española habla, piensa y vive exactamente como
-sus antepasados hace seis siglos.
-
- [14] Alude a Byron. Borrow, citando de memoria, escribe:
- «Cervantes sneered Spain’s chivalry away.» El pasaje de Byron es:
-
- Cervantes smiled Spain’s chivalry away;
- A single laugh demolish’d the right arm
- Of his own country;—seldom since that day
- Has Spain had heroes.
- _Don Juan_; XIII, 11.
-
-Por la tarde, el herrero, o como le llamaban en el pueblo, _El
-Herrador_, se presentó a caballo ante la puerta de López.
-
-—_Vamos, don Jorge_—exclamó—. Venga conmigo si su merced está
-dispuesto a montar. Voy a bañar el caballo en el Tajo, por el puente
-de Azeca.
-
-Al instante ensillé mi _jaca cordobesa_, y juntos salimos del pueblo,
-dirigiéndonos a través de la llanura hacia el río.
-
-—¿Ha visto usted alguna vez un caballo como el mío, _don
-Jorge_?—preguntó—. ¿Verdad que es una _alhaja_?
-
-El caballo era, en efecto, un animal de gran estampa, garboso, de
-diez y seis palmas de alzada cuando menos, ancho de pechos, pero muy
-fino y limpio de remos. Engallaba soberbiamente el cuello y erguía
-la cabeza como un cisne. De pelo alazán claro, tenía las crines y
-la cola casi negros. Al expresarle mi admiración, el _herrador_
-se animó, y apretando con las rodillas los flancos del caballo y
-soltándole las riendas, se lanzó por el campo en prodigiosa carrera,
-al mismo tiempo que profería el antiguo grito español: _¡Cierra!_ En
-vano quise competir con él.
-
-—Le llamo «flor de España»—dijo el _herrador_ al reunirse conmigo—.
-Cómprelo usted, _don Jorge_, lo doy en tres mil _reales_. No lo
-vendería ni por el doble; pero los ladrones carlistas le han echado
-el ojo y temo que el día menos pensado crucen el río y se metan en
-Villaseca para apoderarse de mi caballo, la «flor de España».
-
-No estará de más hacer notar aquí que, pasado un mes, mi amigo el
-_herrador_, no pudiendo hallar un buen comprador para su corcel,
-entró en tratos con los susodichos bandoleros, y acabó vendiéndoselo
-a su cabecilla, no por los tres mil _reales_ que pedía, sino a
-cambio de una punta de ganado, robada probablemente en las llanuras
-manchegas. Por ese trato, caso de alta traición, ni más ni menos,
-le metieron en la cárcel de Toledo; pero no debió de estar allí
-mucho tiempo, porque en una breve visita que hice a Villaseca en la
-primavera del siguiente año me lo encontré de _alcalde_ de aquella
-«república».
-
-Llegamos al puente de Azeca, situado como a media legua de Villaseca;
-junto a él hay un gran molino, sobre una presa que corta el río.
-Apeándose del corcel, el _herrador_ le quitó la silla, le hizo entrar
-en la represa y lo llevó, guiándolo con una cuerda, a un sitio dado,
-donde el agua le llegaba a la mitad del cuello; una vez allí, ató la
-cuerda a un poste hincado en la orilla y dejó al caballo metido en
-el río. Me pareció lo mejor seguir su ejemplo: pedí una cuerda en el
-molino, y metí mi caballo en el agua.
-
-—Esto les refresca la sangre, _don Jorge_—dijo el _herrador_—. Que se
-estén así una hora; mientras, iremos por ahí nosotros a entretenernos.
-
-Cerca del puente, en la orilla donde estábamos nosotros, había una
-especie de cuerpo de guardia, y en él tres carabineros que cobraban
-el pontazgo. Trabamos conversación con ellos.
-
-—Este puesto, tan inmediato al campo faccioso—dije a uno de los
-carabineros, que resultó ser catalán—será muy peligroso. Con
-seguridad que a una partida de _carlinos_ o de bandoleros no le
-costaría gran trabajo atravesar el puente y hacerles prisioneros a
-todos ustedes.
-
-—Eso puede ocurrir en cualquier momento, caballero—contestó el
-catalán—. Pero todos estamos en manos de Dios, y hasta ahora nos ha
-protegido, y quizás siga protegiéndonos. Es verdad que el otro día,
-un compañero nuestro de los cuatro que estábamos aquí cayó en manos
-de la _canaille_. Se le ocurrió ir a la otra orilla con el fusil, a
-ver si mataba algo en el soto, y de pronto, tres o cuatro facciosos
-cayeron sobre él y le dieron una muerte horrible. ¡Hay que tener
-paciencia! Todos hemos de morir. Puede ser que mañana me degüellen
-esos _malvados_, pero eso no me quitará el sueño esta noche.
-Caballero, yo soy de Barcelona, y allí he visto a los marinos de su
-nación; esta tierra no es tan buena como Barcelona. _¡Paciencia!_
-Caballero, si desea un vaso de agua, entre en nuestra casa. Tenemos
-agua fresca, porque enterramos el cántaro en un hoyo abierto en el
-suelo; está fría, como le digo; pero el agua de Castilla no es como
-la de Cataluña.
-
-La luna había salido cuando tomamos los caballos para volver al
-pueblo; los rayos del bello luminar rebrillaban alegremente en las
-impetuosas aguas del Tajo, plateaban la planicie por donde íbamos,
-y bañaban en ondas de claridad las escarpadas vertientes del cerro
-calcáreo de Villaluenga y las ruinas antiguas que coronan su cumbre.
-
-—¿Por qué llaman a ese sitio el Castillo de Villaluenga?—pregunté.
-
-—Porque al otro lado del cerro hay un pueblo de ese nombre, _Don
-Jorge_—respondió el _herrador_—. Ese castillo es un lugar muy raro,
-_¡vaya!_ Algunos dicen que lo edificaron los moros en tiempos
-antiguos; otros, que los cristianos al sitiar, por vez primera, a
-Toledo. Ahora está deshabitado, salvo por los conejos, que se crían
-en abundancia entre la hierba frondosa y en las ruinas, y por las
-águilas y buitres que anidan en lo alto de las torres. A veces voy
-por allí con la escopeta a matar un conejo. En los días despejados
-se ve desde las murallas Madrid y Toledo. No diré que me agrade el
-sitio: lo encuentro demasiado triste y melancólico. El cerro es todo
-de greda y muy penoso de subir. Oí decir a mi abuela que una vez
-cuando era chica salió de ese cerro una nube de humo y se vieron
-llamas, talmente como si hubiera ahí un volcán, y quizás lo haya,
-_Don Jorge_.
-
-La magna obra de difundir la Escritura comenzó sin dilación en La
-Sagra. A pesar del sofocante calor, recorrí a caballo todos aquellos
-contornos. No fué corta fortuna que el calor me siente bien; en otro
-caso no hubiera podido hacer nada en aquella estación, pues con
-frecuencia hasta los _arrieros_ se caían de las mulas muertos de
-insolación. Antonio me prestó excelente ayuda; despreciaba como yo el
-calor, y sin temor a nada visitó varios pueblos con éxito notable.
-«_Mon maître_—decía—tengo empeño en demostrarle que sirvo para
-todo.» Pero quien nos hizo avergonzarnos de nuestros trabajos fué mi
-huésped, Juan López, a quien el Señor quiso inclinar a favor de la
-causa. «_Don Jorge_—dijo—, _yo quiero engancharme con usted_; soy
-liberal, enemigo de la superstición; voy a echarme al campo, y, si es
-preciso, le seguiré a usted al fin del mundo. _¡Viva Inglaterra, viva
-el Evangelio!_» Así diciendo, puso un buen fardo de Testamentos en
-las aguaderas, cargó con ellas a su rucia y gritó: _¡Arre, burra!_, y
-se fué a más andar. Yo me senté a escribir mi diario.
-
-Antes de concluir mi tarea oí a la _burra_ roznar en el corral;
-suspendí la escritura, fuí allá y hallé de vuelta a mi huésped.
-Había vendido toda la carga, veinte Testamentos, en el pueblo de
-Bargas, distante una legua de Villaseca. Ocho pobres agosteros,
-que se refrigeraban a la puerta de una taberna, compraron sendos
-ejemplares, y el maestro de escuela adquirió los restantes para los
-pequeñuelos que tenía a su cuidado, lamentándose al propio tiempo
-de la dificultad con que tropezaba para adquirir libros religiosos,
-a causa de su rareza y de su exorbitante precio. Muchas otras
-personas deseaban también comprar Testamentos, pero López no pudo
-suministrárselos; al marcharse le rogaron que no tardara en volver.
-
-Bien sabía yo que estaba jugando una partida muy arriesgada, y que,
-cuando menos lo pensase, podía verme preso, atado a la cola de una
-mula y arrastrado a la cárcel de Toledo o de Madrid. Tal perspectiva
-no me desanimaba lo más mínimo; antes bien, me incitaba a perseverar;
-puedo decir, sin la más leve intención de engrandecerme, que en
-aquella época ansiaba ofrecer mi vida en aras de la causa, y no me
-hubiera importado que la bala de un forajido o una fiebre carcelaria
-pusiesen fin a mi carrera. Nada me amedrentaba. Mi lema era: «camina
-con la palabra de la verdad».
-
-La noticia de la llegada del libro de vida corrió por los pueblos
-de La Sagra de Toledo como una chispa en un reguero de pólvora,
-y dondequiera que mi gente o yo encaminábamos nuestros pasos,
-hallábamos a los habitantes dispuestos a recibir nuestra mercancía,
-y donde no la mostrábamos, nos la pedían. Una noche, según estaba
-bañándome y bañando el caballo en el Tajo, se reunió un grupo de
-gente en la orilla y gritó: «Sal del agua, inglés, y danos libros;
-traemos el dinero en la mano». La pobre gente extendía hacia mí las
-manos, llenas de _cuartos_; pero, desgraciadamente, no tenía allí
-Testamentos que darles. Sin embargo, Antonio, que no andaba lejos,
-les enseñó uno, y al instante se lo arrancaron de las manos; luego
-tuvieron los rústicos un altercado, disputándose la posesión del
-libro. Era cosa frecuente que los pobres labriegos de aquellos
-contornos, con deseos de adquirir Testamentos, pero sin dinero para
-comprarlos, nos llevasen a casa, para cambiarlos por libros, varios
-artículos de valor equivalente; por ejemplo, conejos, fruta y cebada;
-y yo tenía por regla no desairarlos nunca, ya que nos llevaban cosas
-útiles para nuestro consumo personal o para el de los caballos.
-
-En Villaseca había una escuela donde aprendían las primeras letras
-cincuenta y siete niños. Una mañana, el maestro, alto de cuerpo y
-flaco, de unos sesenta años, cubierta la cabeza con un puntiagudo
-sombrero andaluz, y embozado, a pesar del tiempo tan caluroso, en
-una larga capa, se presentó en mi casa, y después de tomar asiento,
-me pidió que le enseñara uno de nuestros libros. Le entregué un
-ejemplar y estuvo examinándolo casi una hora sin proferir palabra.
-Al cabo lo dejó, dando un suspiro, y dijo que le contentaría mucho
-comprar algunos ejemplares para su escuela, pero que su aspecto,
-sobre todo la calidad del papel y la encuadernación, le hacían temer
-que estuviesen fuera del alcance de los medios de los padres de sus
-alumnos, casi desprovistos de dinero, por ser labradores pobres.
-Entonces comenzó a censurar al Gobierno, que, decía, instalaba
-escuelas sin proveerlas de los libros necesarios; añadió que en
-su escuela sólo había dos libros para uso de todos sus alumnos, y
-ésos contenían poco bueno. Le pregunté cuánto podría pedirse, en
-su opinión, por los Testamentos. «Hablando con franqueza—dijo—,
-_señor_ caballero, he pagado otras veces doce _reales_ por libros
-muy inferiores al de usted; pero le aseguro que mis pobres alumnos
-no pueden, en modo alguno, pagar ni la mitad de ese precio.» «Pues
-yo le vendo a usted—repuse—todos los que quiera a tres _reales_ cada
-uno. Ya sé que el país es pobre, y ni mis amigos ni yo, al procurar
-al pueblo medios de instrucción espiritual, queremos disminuir su
-ya escaso pan.» «_¡Bendito sea Dios!_»—replicó, y apenas podía dar
-crédito a sus oídos. Al instante compró doce ejemplares, gastando en
-eso, según me dijo, todo el dinero que poseía, excepto unos pocos
-_cuartos_. La introducción de la palabra de Dios en las escuelas
-rurales de España estaba empezada, y humildemente espero que, con el
-tiempo, será ese uno de los sucesos que la Sociedad Bíblica podrá
-con más razón recordar con júbilo y con acciones de gracias al
-Todopoderoso.
-
-Un labriego viejo está leyendo en el portal. Ochenta y cuatro años
-han pasado sobre su cabeza, y está casi enteramente sordo; no
-obstante, lee en alta voz el segundo capítulo de Mateo: tres días
-antes encargó un Testamento, pero como no disponía del dinero no lo
-ha pagado hasta este momento. Acaba de traerme treinta cuartos. Al
-contemplar los cabellos plateados que coronan su semblante quemado
-por el sol, vienen a mi memoria las palabras del cántico de Simeón:
-«Ahora, Señor, sacas en paz de este mundo a tu siervo, según tu
-promesa, porque mis ojos han visto tu salvación».
-
-Durante mi estancia en Villaseca recibí de los buenos vecinos del
-pueblo muchas pruebas de sencilla hospitalidad y honesta fineza. De
-tal modo conquisté sus corazones por la «formalidad» de mi conducta
-y de mis palabras, que tengo la firme creencia de que me hubieran
-defendido a cuchilladas contra cualquier intento de reducirme a
-prisión o de molestarme de cualquier otro modo. Quien desee conocer
-al español genuino no debe buscarlo en los puertos ni en las grandes
-ciudades, sino en los pueblos solitarios y apartados, como los de
-La Sagra. Allí encontrará la gravedad en el porte y la caballeresca
-disposición del ánimo que se dan como destruídas por la sátira
-de Cervantes; y allí oirá, en la conversación de cada día, esas
-expresiones grandiosas, que son objeto de mofa, como exageraciones
-ridículas, al encontrarlas en los libros de caballerías.
-
-Un enemigo tenía yo en el pueblo: el cura.
-
-—Ese individuo es un hereje y un pícaro—dijo un día en la tertulia—.
-Nunca va a la iglesia y está envenenando el alma del pueblo con sus
-libros luteranos. Hay que enviarlo a Toledo atado codo con codo, o a
-lo menos echarle del pueblo.
-
-—No haré nada de eso—dijo el _alcalde_, que pasaba por carlista—.
-Si tiene sus opiniones, yo también tengo las mías. Se porta como es
-debido, y no tengo para qué meterme en sus asuntos. Ha estado muy
-fino con mi hija y le ha regalado un libro. _¡Que viva!_ Y si es o
-no luterano, yo tengo oído que entre los luteranos hay hijos de tan
-buenos padres como aquí. Me parece todo un _caballero_. Habla muy
-bien.
-
-—Eso no puede negarse—dijo el barbero.
-
-—¿Hay quien hable «tan» bien como él?—exclamó el _herrador_—. ¿Ni
-quien tenga más formalidad? _¡Vaya!_ Es un hombre que aprecia el
-mérito de mi caballo, la flor de España, y me ha dicho que no lo hay
-mejor en _Inglaterra_. Un hombre, además, que si tuviera que quedarse
-en España, me asegura que compraría mi caballo, y me daría por él lo
-que le pidiese. ¡Echar a un hombre así! Un hombre de mi sangre, rubio
-como yo. ¿Quién se atrevería a echarlo de aquí, si yo, el tuerto, me
-opongo?
-
-Voy a contar una anécdota, relacionada con la circulación de las
-Escrituras, que no deja de ser rara.
-
-Ya he hablado del molino del puente de Azeca. Trabé amistad con el
-arrendatario, conocido en el país por don Antero. Un día me llevó
-aparte, y con gran asombro mío me preguntó si no querría venderle un
-millar de Testamentos, al mismo precio que los daba a los lugareños,
-mostrándose dispuesto a pagarlos al contado. Al decir esto, hundió
-una mano en un bolsillo y extrajo un puñado de onzas. Le pregunté qué
-motivo le impulsaba a una compra tan importante; dijo que tenía un
-pariente en Toledo, y, deseando establecerlo, le había parecido lo
-mejor alquilarle una tienda en la ciudad y que se dedicase a vender
-Testamentos. Le contesté que no debía pensar en cosa semejante,
-porque lo más probable era que secuestraran los libros al pretender
-introducirlos en Toledo, dado lo muy opuestos que eran los curas y
-canónigos a su difusión.
-
-El hombre no se arredró. Díjome que su pariente podía viajar, lo
-mismo que yo, y vender libros a los campesinos, con alguna ganancia.
-Confieso que al principio estuve inclinado a aceptar su ofrecimiento,
-pero al cabo rehusé, porque no quería exponer a un buen hombre al
-riesgo de perder dinero y bienes, y acaso la libertad y la vida.
-También era yo opuesto a vender los libros a precio más elevado,
-sabiendo que los campesinos no podían pagarlo, y que en tal caso
-perderían los libros mucha parte de la influencia de que gozaban; su
-baratura producía impresión en el ánimo del pueblo, y casi la tenían
-allí por milagrosa, como los judíos al maná que cayó del cielo
-cuando perecían de hambre, o a la fuente que brotó súbitamente de la
-dura roca para saciar su sed en el desierto.
-
-Durante todo este tiempo, un labriego iba y venía continuamente
-entre Villaseca y Madrid, llevando cargas de Testamentos en un
-_borrico_. Proseguimos nuestros trabajos hasta que la mayor parte de
-los pueblos de La Sagra estuvieron provistos de libros, sobre todo,
-Bargas, Cobeja, Mocejón, Villaluenga, Villaseca y Yuncler. Supimos,
-por último, que nuestras andanzas eran conocidas en Toledo, donde
-producían gran alarma, y regresamos a Madrid.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XLIV
-
- Aranjuez. — Una advertencia. — Aventura nocturna. — Nueva
- expedición. — Segovia. — Abades. — Curas facciosos. — López, en
- la cárcel. — Liberación de López.
-
-
-El buen éxito que coronó nuestros esfuerzos en La Sagra de Toledo
-me incitó prontamente a acometer una nueva empresa. Determiné
-encaminarme a La Mancha, y distribuir la Palabra por los pueblos
-de aquella provincia. López, que ya había prestado tan importantes
-servicios en La Sagra, nos acompañó a Madrid, y ansiaba tomar parte
-en la nueva expedición. Resolví ir por de pronto a Aranjuez, donde
-esperaba obtener algunas noticias útiles para regular nuestros
-movimientos ulteriores; Aranjuez está a corta distancia de la raya
-de La Mancha, y lo cruza la carretera que lleva a esa provincia.
-Partimos, pues, de Madrid, y en cada pueblo del camino vendimos de
-treinta a cuarenta Testamentos, hasta llegar a Aranjuez, adonde
-habíamos enviado por delante un buen repuesto de libros.
-
-Ameno sitio es Aranjuez, aunque abandonado. Allí el Tajo fluye por
-un delicioso valle, quizás el más fértil de España; y allí surgió,
-en días mejores para ese país, una pequeña ciudad, con un palacio
-modesto, pero muy lindo, sombreado por árboles enormes, donde los
-reyes venían a explayarse olvidando los cuidados del trono. Allí
-pasó sus últimos días Fernando VII, rodeado de _señoras_ guapas y de
-toreros andaluces; pero, como dice Schiller en una de sus tragedias:
-«Los hermosos días de Aranjuez ya se acabaron.» Cuando el sensual
-Fernando rindió su cuenta postrera, la realeza huyó de allí, y el
-sitio decayó pronto. Ya no se agolpan en palacio los intrigantes
-cortesanos; su vasto circo, donde antaño los toros manchegos bramaban
-furiosos en la lucha, está cerrado; y ya no se oye el leve puntear de
-las guitarras en sus arboledas y jardines.
-
-Tres días estuve en Aranjuez, durante los que Antonio, López y yo no
-dejamos en la ciudad ninguna casa por visitar. Hallamos entre los
-habitantes gran miseria y mucha ignorancia; tropezamos con alguna
-oposición; sin embargo, plugo al Todopoderoso permitirnos vender unos
-ochenta Testamentos, comprados todos por la gente más pobre; las
-personas acomodadas no pusieron atención en la Palabra de Dios, y más
-bien se mofaban de ella y la ridiculizaban.
-
-Una circunstancia me agradó y contentó en gran manera, a saber:
-la prueba ocular de que los libros vendidos se leían, y con mucha
-atención, por los compradores, y que otras varias personas recibían
-su benéfico influjo. En las calles de Aranjuez, y debajo de los
-poderosos cedros y gigantescos álamos y plátanos que forman sus
-hermosos bosques, vi con frecuencia grupos de individuos oyendo leer
-en alta voz el Nuevo Testamento.
-
-Es probable que, de permanecer más tiempo en Aranjuez, hubiera
-vendido muchos más de aquellos Divinos Libros; pero ansiaba ganar La
-Mancha y sus arenosas planicies, y esconderme por una temporada en
-sus apartados pueblos, para huír de la tormenta que sentía cernerse
-sobre mí. Una vez más allá de Ocaña, ciudad fronteriza, sabía yo bien
-que nada tendría que temer de las autoridades españolas, cuyo poder
-terminaba allí; el resto de La Mancha hallábase casi por completo
-en manos de los carlistas, y recorrido por pequeñas partidas de
-bandidos, de quien esperaba librarme con la protección del Señor.
-Partí, pues, para Ocaña, distante de Aranjuez tres leguas.
-
-Antonio y yo salimos a las seis de la tarde; muy de mañana, habíamos
-enviado por delante a López con doscientos o trescientos Testamentos.
-Dejamos la carretera, y caminamos por un atajo a través de agrestes
-cerros, y por terreno quebrado y pendiente.
-
-Como íbamos bien montados, llegamos frente a Ocaña cuando acababa de
-ponerse el sol; el pueblo se alza en un cerro escarpado; un valle
-profundo se abría entre el pueblo y nosotros; bajamos, hasta llegar
-a un puentecillo por el que se cruza un riachuelo en el fondo del
-valle, a muy corta distancia de una especie de arrabal. Cruzamos el
-puente, y al pasar junto a una casa abandonada, a mano izquierda, un
-hombre se destacó del hueco de la puerta.
-
-Lo que voy a decir parecerá incomprensible; téngase presente que
-anda en ello un pueblo harto singular. El hombre se plantó delante
-del caballo, cerrando el camino, y dijo: _Schophon_, que en hebreo
-significa conejo. Sabía yo que esta palabra era una contraseña de los
-judíos, y pregunté al hombre si tenía alguna cosa que advertirme.
-Dijo así: «No debe usted entrar en esta ciudad, porque le han tendido
-un lazo. El _corregidor_ de Toledo, en quien toda maldad tiene
-cabida, por agradar a los sacerdotes de María, a quienes escupo al
-rostro, ha ordenado a los _alcaldes_, _escribanos_ y _corchetes_ de
-estas partes que le echen a usted mano dondequiera que le encuentren,
-y le manden a Toledo con sus libros y con cuanto le pertenezca. A su
-criado le prendieron esta mañana en la parte alta del pueblo, cuando
-iba vendiendo libros por la calle, y ahora le esperan a usted en la
-_posada_; pero como yo le conocía a usted por lo que me han contado
-mis hermanos, he estado esperándole aquí unas horas para darle este
-aviso, y que su caballo vuelva el rabo a sus enemigos y se burle de
-ellos con un relincho. No tema usted por su criado; el _alcalde_
-le conoce y le pondrá en libertad; pero usted huya, y que Dios le
-proteja». Dicho esto, se fué corriendo hacia el pueblo.
-
-No vacilé un momento en seguir su consejo, sabiendo bien que,
-secuestrados los libros, ya nada podía hacer en aquellos lugares.
-Retrocedimos en dirección de Aranjuez. Los caballos, a pesar de
-la naturaleza del terreno, corrían a todo galope; pero no habían
-terminado nuestras aventuras. A mitad de camino, y a una media legua
-del pueblo de Ontígola, vimos cerca de nosotros, a mano izquierda,
-tres hombres sobre un montículo. Hasta donde la obscuridad lo
-permitía, nos pareció distinguir que estaban al descubierto, pero
-llevaban sendas escopetas. Eran _rateros_, o salteadores de caminos.
-Hicimos alto y gritamos:
-
-—¿Quién va?
-
-—¡Qué les importa a ustedes!—respondieron—. Sigan adelante.
-
-Su designio era hacernos fuego desde un sitio en que fuera imposible
-errar.
-
-Gritamos de nuevo:
-
-—Si no pasáis ahora mismo a la derecha del camino, os pateamos con
-los cascos de los caballos.
-
-Vacilaron, y al fin obedecieron, porque todos los asesinos son
-cobardes y a la menor señal de energía se someten.
-
-Cuando pasábamos al galope, gritó uno, con una palabrota obscena:
-
-—¿Tiramos?
-
-Pero otro dijo:
-
-—¡No, no! ¡Hay peligro!
-
-Llegamos a Aranjuez, donde se nos reunió López a la mañana siguiente
-temprano, y nos volvimos a Madrid.
-
-Pena me da decir que en Ocaña secuestraron doscientos Testamentos
-y, sellados, los enviaron a Toledo. López me contó que los hubiera
-vendido todos en dos horas: tan grande era la demanda. Así y todo,
-vendió veintisiete en menos de diez minutos.
-
-A pesar del tropiezo de Ocaña no estábamos desanimados, ni mucho
-menos, y sin perder tiempo empezamos a preparar otra expedición. Al
-volver de Aranjuez a Madrid, mis ojos habían contemplado muy a menudo
-la potente barrera de montañas que divide las dos Castillas, y me
-dije: «¿Por qué no cruzar esas montañas y comenzar mis operaciones al
-otro lado, en la propia Castilla la Vieja? Allí no me conocen, y será
-difícil que hayan llegado noticias de mis trabajos. Quizás el enemigo
-duerme, y antes que se despierte puedo sembrar mucha buena simiente
-en los pueblos de los castellanos viejos. A Castilla, pues; a
-_Castilla la Vieja_.» Por consiguiente, el día después de mi regreso
-despaché varias cargas de libros a diferentes pueblos que me proponía
-visitar, y envié por delante a López, con su burra bien cargada,
-y orden de esperarme, en un día señalado, debajo de cierto arco
-del acueducto de Segovia. También le di orden de ajustar a cuantas
-personas quisieran cooperar en la distribución de las Escrituras y
-pareciesen útiles para el caso. Imposible hallar un colaborador más
-valioso que López para una expedición de ese género. No sólo conocía
-muy bien el país, sino que tenía amigos, y hasta parientes, al otro
-lado de la sierra, y me aseguró que en sus casas nos recibirían
-siempre muy bien. Partió con grandes bríos, exclamando:
-
-—Tenga buen ánimo, _don Jorge_; antes de que volvamos habremos
-vendido hasta el último ejemplar de su librería evangélica. ¡Abajo
-los frailes! ¡Abajo la superstición! _¡Viva Inglaterra! ¡Viva el
-Evangelio!_
-
-A los pocos días le seguí yo con Antonio. Subimos a la sierra por
-el puerto que llaman de Peña Cerrada, a unas tres leguas al Este
-del de Guadarrama. Es muy poco frecuentado, porque la carretera
-que une ambas Castillas pasa por Guadarrama. Tiene además muy mala
-reputación: todos dicen que se halla infestado de ladrones. Acababa
-de ponerse el sol cuando llegamos a la cumbre, y entramos en un
-espeso y sombrío pinar que cubre enteramente las montañas por la
-parte de Castilla la Vieja. La bajada no tardó en hacerse tan rápida
-y pendiente, que de buen grado nos apeamos de los caballos y los
-obligamos a ir delante. Cada vez nos hundíamos más en el bosque; los
-pájaros nocturnos empezaron a graznar, y millones de grillos dejaban
-oír su penetrante chirrido encima, debajo y alrededor nuestro.
-A veces percibíamos a cierta distancia, entre los árboles, unas
-llamaradas como de inmensas hogueras.
-
-—Son los carboneros, _mon maître_—dijo Antonio—. No debemos
-acercarnos porque son gente bárbara, medio bandidos. Han matado y
-robado a muchos viajeros en estas horribles soledades.
-
-Era noche obscurísima cuando llegamos al pie de las montañas; aún
-estábamos entre pinares y bosques, que se extendían muchas leguas a
-la redonda.
-
-—Difícil será que lleguemos a Segovia esta noche, _mon maître_—dijo
-Antonio.
-
-Así fué, en efecto, porque nos desorientamos, y al llegar, al fin,
-a un sitio donde se bifurcaba el camino, en lugar de tomar el de la
-izquierda, que nos hubiese llevado a Segovia, volvimos a la derecha,
-en dirección de La Granja, adonde llegamos a media noche.
-
-Encontramos en La Granja mayor desolación aún que en Aranjuez. Ambos
-sitios han padecido mucho con la ausencia de los reyes; pero el
-primero hasta un grado en extremo aterrador. Los nueve décimos de la
-población han abandonado el lugar, residencia favorita de Cristina
-hasta el último pronunciamiento. Tan grande es la soledad de La
-Granja, que los jabalíes de los bosques vecinos, y especialmente los
-de una montaña cónica, cubierta por un hermoso pinar, que se alza
-inmediatamente detrás del palacio, llegan muy a menudo hasta las
-calles y plazas, y dejan la huella de sus colmillos en los postes de
-los soportales.
-
-Estuvimos veinticuatro horas en La Granja y continuamos a Segovia.
-Llegó el día que tenía señalado para reunirme con López. Fuí al
-acueducto y me senté debajo del arco 107, donde esperé la mayor parte
-del día; pero López no se presentó. Me levanté y volví a la ciudad.
-
-Esperé dos días en Segovia en casa de un amigo; tampoco recibí
-noticias de López. Al cabo, por una de las mayores casualidades del
-mundo, oí a un lugareño que en las cercanías de Abades había unos
-hombres vendiendo libros.
-
-Abades dista de Segovia unas tres leguas, y hacia allá me puse en
-camino, así que recibí la noticia, con tres pollinos cargados de
-Testamentos. Al anochecer llegué a Abades, y encontré a López, con
-dos campesinos que había contratado, en casa del barbero del pueblo,
-donde me alojé también. Llevaba ya vendidos muchos Testamentos en
-las cercanías, y había empezado a venderlos aquel día en el mismo
-Abades; pero dos de los tres _curas_ del pueblo se lo estorbaron: con
-horrendas maldiciones condenaban la obra, y amenazaban a López con
-la muerte eterna por venderla, y lo mismo a cualquiera otra persona
-que la comprase; López, aterrado, se contuvo en espera de mi llegada.
-El tercer _cura_, sin embargo, se esforzó cuanto pudo en persuadir
-al pueblo que adquiriese Testamentos, diciendo que sus colegas eran
-unos hipócritas, unos malos pastores, que, por mantenerlos en la
-ignorancia de la palabra y de la voluntad de Cristo, los conducían
-al infierno. Oídas estas noticias, me encaminé a la plaza, y la
-misma noche logré vender más de treinta Testamentos. A la mañana
-siguiente, los dos _curas_ facciosos se me metieron en casa; pero en
-cuanto me levanté para hacerles cara se retiraron y no supe más de
-ellos, excepto que me anatematizaron más de una vez públicamente en
-la iglesia; como no me resultó daño alguno, el suceso me preocupó muy
-poco.
-
-No referiré con detalles los eventos de la siguiente semana; baste
-decir que, distribuídas mis fuerzas del modo más conveniente, logré,
-con la ayuda de Dios, vender de quinientos a seiscientos Testamentos
-en los pueblos enclavados dentro de un radio de siete leguas en
-torno de Abades. Al cabo de ese tiempo, supe que mis trabajos se
-conocían ya en Segovia, a cuya provincia pertenece Abades, y que
-se había enviado al _alcalde_ orden de secuestrar cuantos libros
-hallase en mi poder. Sabido esto, y aunque ya era entrada la noche,
-levanté el campo con mi gente, llevándonos más de trescientos
-Testamentos, porque habíamos recibido de Madrid, pocas horas antes,
-nueva provisión de ellos. Pasamos la noche al raso, y a la mañana
-siguiente llegamos a Labajos, pueblo situado en la carretera de
-Madrid a Valladolid. No vendimos libros en aquel lugar, limitándonos
-a abastecer desde él de la Palabra de Dios a los pueblos inmediatos;
-también vendimos libros por los caminos.
-
-No llevábamos en Labajos una semana, trabajando con mucho fruto,
-cuando el cabecilla carlista Balmaseda, al frente de su caballería,
-hizo su atrevida incursión por la parte Sur de Castilla la Vieja,
-arrojándose como un alud desde los pinares de Soria. Presencié los
-horrores que se siguieron: saqueo de Arévalo; toma de Martín Muñoz.
-En medio de escenas tan terribles continuábamos nuestra tarea. De
-pronto, López estuvo tres días perdido, y pasé angustias mortales por
-su causa, imaginándome que los carlistas le habían fusilado; al cabo
-supe que estaba preso en Villalos[15], pueblo distante tres leguas
-de allí. Los pasos que di para librarlo se encuentran detallados en
-una comunicación que juzgué de mi deber transmitir a lord William
-Hervey, a la sazón ministro británico en Madrid en reemplazo de sir
-Jorge Villiers, ya conde de Clarendon.
-
- [15] Velayos.
-
- «Labajos (provincia de Segovia),
- 23 de agosto de 1838.
-
- Señor: Con su venia me permito llamar su atención sobre
- los siguientes hechos: El día 21 del corriente supe que un
- dependiente mío, llamado Juan López, estaba preso en la cárcel de
- Villalos, provincia de Avila, por orden del _cura_ del pueblo. El
- crimen de que se le acusaba era la venta del Nuevo Testamento.
- Estaba yo a la sazón en Labajos, provincia de Segovia, y la
- división del cabecilla faccioso Balmaseda andaba por las
- inmediaciones. El día 22 monté a caballo y fuí a Villalos,
- distante tres leguas. A mi llegada encontré que López había sido
- trasladado desde la cárcel a una casa particular. Había llegado
- una orden del _corregidor_ de Avila mandando poner en libertad a
- López y retener tan sólo los libros que se hallaran en su poder.
- Sin embargo, en abierta oposición a esa orden (de la que le envío
- copia), el _alcalde_ de Villalos, por instigación del _cura_, no
- permitió al dicho López marcharse del pueblo, ni con dirección a
- Avila, ni a otro sitio cualquiera. A López le dieron a entender
- que, como se esperaba la llegada de los facciosos, se proponían
- denunciarle a ellos como liberal para que lo fusilaran. Teniendo
- en cuenta estas circunstancias creí de mi deber, como cristiano
- y caballero, rescatar a mi infeliz criado de tan inicuas manos,
- y, por tanto, desafiando toda oposición, le saqué de allí, aunque
- inerme, a través de una turba de cien lugareños cuando menos. Al
- salir del pueblo grité: _¡Viva Isabel segunda!_
-
- Como creo que el _cura_ de Villalos es capaz de cualquier
- infamia, ruego humildemente a V.E. que haga llegar con prontitud
- al Gobierno español una copia del anterior relato.
-
- Tengo el honor de ser, como siempre, señor, el más sumiso
- servidor de V.E.
-
- JORGE BORROW.
-
- Al muy honorable señor William Hervey.»
-
-Libertado López, proseguimos la obra de distribución. Pero de pronto
-sentí los primeros síntomas de una enfermedad, que me obligaron a
-volver con premura a Madrid. Ya de vuelta, me atacó una fiebre que
-me retuvo en el lecho unas semanas. Tuve varios ataques de delirio;
-durante uno de ellos me imaginé que estaba en la plaza de Martín
-Muñoz empeñado en una lucha a muerte con el cabecilla Balmaseda.
-
-Apenas me vi limpio de fiebre, se apoderó de mí una melancolía
-profunda que me imposibilitaba para todo trabajo. Me recomendaron un
-cambio de lugar y de aires, y me volví a Inglaterra.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XLV
-
- Regreso a España. — Sevilla. — Un perseguidor encarnizado. — La
- profetisa manchega. — El sueño de Antonio.
-
-
-El 31 de diciembre de 1838 llegué a España por tercera vez. Estuve
-en Cádiz un par de días, y fuí a Sevilla, desde donde pensaba
-trasladarme a Madrid por la posta. Detúveme allí una quincena gozando
-del clima delicioso de aquel paraíso terrenal y de las embalsamadas
-brisas del invierno andaluz, como ya hice dos años atrás. Antes de
-marcharme de Sevilla visité al librero, mi corresponsal, quien me
-dijo que de los cien ejemplares del Testamento dejados a su cargo, el
-Gobierno había embargado setenta y siete el verano anterior, que se
-hallaban en poder del gobernador eclesiástico. Resolví, pues, visitar
-también a este funcionario, con la mira de hacer averiguaciones
-respecto de mis bienes.
-
-Vivía en una vasta casa en la _Pajaría_, o mercado de la paja.
-Era muy viejo, entre los setenta y los ochenta años, y, como la
-generalidad de cuantos visten hábitos sacerdotales en Sevilla,
-furioso perseguidor papista. Me figuro que le costaría trabajo
-creer a sus oídos cuando sus dos sobrinos-nietos, guapos chicos,
-pelinegros, que estaban jugando en el patio, fueron a decirle que un
-inglés deseaba hablarle, pues probablemente era yo el primer hereje
-que se aventuraba en su vivienda. Hallábase en una sala abovedada,
-sentado en un gran sillón, con dos secretarios de siniestra catadura,
-también en hábitos clericales, ocupados en escribir en una mesa
-delante de él. Me trajo con fuerza a la memoria la imagen del torvo
-y viejo inquisidor que persuadió a Felipe II para que matase a su
-propio hijo como enemigo de la Iglesia.
-
-Se levantó al verme entrar, y me contempló con semblante ensombrecido
-por la sospecha y la contrariedad. Al cabo se dignó señalarme un
-sofá y empecé a darle cuenta de mi asunto. Mucho se agitó al oírme
-hablar de los Testamentos; pero en cuanto mencioné a la Sociedad
-Bíblica, y le dije quién era yo, no pudo contenerse más tiempo: con
-lengua balbuciente, y los ojos chispeantes como ascuas, empezó a
-ultrajarnos a la Sociedad y a mí, diciendo que eran execrables los
-fines de la primera, y que en lo tocante a mí, se sorprendía de que,
-habiéndome ya una vez alojado en la cárcel de Madrid, me hubiesen
-permitido salir de ella; añadió que era oprobioso para el Gobierno
-permitir que una persona de mi condición vagase en libertad por un
-país inocente y pacífico para corromper a las almas ignorantes y
-confiadas. Lejos de dejarme desconcertar por su proceder brutal, le
-repliqué con toda la cortesía posible, y le aseguré que en aquel caso
-no tenía razón para alarmarse, pues el solo motivo de reclamar los
-libros era el deseo de aprovechar una oportunidad que entonces se
-me presentaba para enviarlos fuera del país, como, en efecto, tenía
-orden oficial de hacerlo. Pero con nada se calmó, y me hizo saber que
-no devolvería los libros en ningún caso, salvo por orden terminante
-del Gobierno. Como el asunto no tenía importancia, juzgué lo más
-cuerdo no insistir, y prudente retirarme antes de que me invitara a
-hacerlo. Hasta la calle me siguieron su sobrina y sus nietos, que
-durante toda la conversación habían estado escuchando en la puerta de
-la sala sin perder palabra.
-
-Al pasar por la Mancha nos detuvimos cuatro horas en Manzanares,
-pueblo grande. Hallábame en la plaza de conversación con un cura,
-cuando un ser harapiento y espantable se presentó: era una muchacha
-de unos diez y ocho o diez y nueve años, completamente ciega; una
-telilla blanca le cubría los ojos, grandes, parados. Su tez era tan
-amarillenta como la de una mulata. Al pronto creí que sería gitana,
-y hablándole en _gitano_ inquirí si era de la casta. Me entendió;
-pero, moviendo la cabeza, me dijo que era algo mejor que _gitana_,
-y sabía hablar una lengua superior también a la jerga de los
-hechiceros, y empezó a hacerme preguntas en un latín extremadamente
-bueno. Mucho me sorprendí, como era natural; apelando a todo el
-latín que sabía, la llamé «profetisa manchega», le expresé mi
-admiración por su mucha sabiduría, y le rogué que me explicase cómo
-la había adquirido. Debo hacer notar aquí que al momento nos rodeó la
-multitud, y aunque no entendía ni palabra de nuestro diálogo, rompía
-en aplausos a cada frase de la muchacha, enorgulleciéndose de poseer
-una profetisa capaz de contestar al inglés.
-
-Díjome que era ciega de nacimiento, y que un padre jesuíta,
-compadecido de ella, le enseñó, de niña, la lengua sagrada, para
-que ganase con más facilidad la atención y los corazones de los
-cristianos. Pronto descubrí que el jesuíta le había enseñado algo
-más que latín, pues al saber que yo era inglés, dijo que siempre
-había profesado gran afecto a mi país, cuna en otro tiempo de santos
-y de sabios, por ejemplo: Beda y Alcuino, Columbus y Tomás de
-Cantorbery; pero, añadió, esos tiempos se acabaron con la reaparición
-de Semíramis (Isabel). Su latín era excelente de veras, y cuando
-yo, como un godo auténtico, hablé de Anglia y Terra Vandálica,
-me corrigió diciéndome que en su lengua esos lugares se llamaban
-Britannia y Terra Bética. Acabado el coloquio, la profetisa hizo una
-colecta, y hasta los más pobres dieron algo.
-
-Tras un viaje de cuatro días con sus noches, llegamos a Madrid sin
-el menor tropiezo, aunque es de estricta justicia hacer notar, y
-siempre con gratitud al Todopoderoso, que el correo siguiente fué
-robado. Momentos después de la llegada, me ocurrió un caso singular.
-Al entrar por el arco de la _posada_ llamada de La Reina, donde
-pensaba alojarme, unos brazos me rodearon, y volviéndome con asombro,
-reconocí a Antonio, mi criado griego. Estaba muy flaco, mal vestido;
-los ojos parecían saltársele de las órbitas.
-
-En cuanto estuvimos solos me contó que desde mi partida había pasado
-muchas miserias y escaseces, sin poder hallar en todo el tiempo
-amo a quien servir; tanto, que casi había llegado al borde de la
-desesperación; pero la noche antes de mi llegada tuvo un sueño, y me
-vió, montado en un caballo negro, llegar a la puerta de la _posada_:
-por esa razón había estado esperándome allí la mayor parte del día.
-No pretendo dar una opinión acerca de esta historia, que se sale de
-los límites de mi filosofía, y me contentaré con decir que en Madrid
-sólo dos personas conocían mi llegada a España. Con gusto le recibí
-de nuevo a mi servicio, pues, no obstante sus defectos, me había sido
-muy útil muchas veces en mis viajes y en mis trabajos bíblicos.
-
-Tan pronto como me instalé en mi antiguo hospedaje, uno de mis
-primeros cuidados fué visitar a Lord Clarendon. Díjome, entre otras
-cosas, que había recibido una comunicación oficial del Gobierno,
-participándole el embargo de los Testamentos en Ocaña, en las
-circunstancias ya contadas por mí, y haciéndole saber que, a menos de
-tomar disposiciones urgentes para llevárselos fuera del reino, serían
-destruídos en Toledo, donde estaban depositados. Contesté que no me
-preocupaba el asunto; y que si las autoridades de Toledo, civiles o
-eclesiásticas, resolvían quemar los libros, mi único deseo era que
-los entregasen a las llamas con toda la publicidad posible, porque
-así no harían más que manifestar su diabólico rencor y hostilidad a
-la Palabra de Dios.
-
-Ansioso de reanudar mis trabajos, apenas llegué a Madrid escribí a
-López el de Villaseca, para saber si se hallaba pronto a cooperar en
-la tarea, como en otras ocasiones. Me contestó que estaba muy ocupado
-en las faenas de la labranza; para llenar su puesto, empero, me envió
-un labriego viejo, llamado Victoriano López, lejano pariente suyo.
-
-¿Qué es un misionero en el corazón de España, sin caballo? Tal
-consideración me indujo a comprar uno árabe, de mucha raza, traído
-de Argel por un oficial de la legión francesa. El corcel, lo mejor
-que, a juicio mío, ha producido jamás el desierto, se llamaba _Sidi
-Habismilk_.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XLVI
-
- Se reanuda la obra de propaganda. — Aventura en Cobeña. — El
- poder del clero. — Autoridades rurales. — Fuente la Higuera. — El
- contratiempo de Victoriano. — La cárcel del pueblo. — La cuerda.
- — Un recado de Antonio. — Antonio, en misa.
-
-
-En el capítulo anterior he dicho que inmediatamente después de llegar
-a Madrid, comencé a disponerlo todo para inaugurar las operaciones
-en los contornos de la capital; y no tardé en acometer efectivamente
-mis trabajos. Un triunfo considerable coronó mis débiles esfuerzos en
-pro de la buena causa, por lo que ahora, transcurridos algunos años,
-todavía al volver la vista atrás doy gracias al Omnipotente.
-
-En menos de una quincena recorrimos todos los pueblos que hay dentro
-de un radio de cuatro leguas al Este de Madrid, y vendimos cerca de
-doscientos Testamentos. Esos pueblos son casi todos muy pequeños;
-algunos no tienen arriba de una docena de casas, o más bien chozas
-miserables. Dejé a Antonio, mi griego, en Madrid, encargado de
-nuestros asuntos, y yo salí con Victoriano, el lugareño de Villaseca,
-en la dirección ya mencionada. Pero nos separamos pronto, echando por
-caminos diferentes.
-
-El primer pueblo en que intenté alguna cosa fué Cobeña, a tres leguas
-de Madrid. Iba yo vestido como los campesinos de las cercanías de
-Segovia, en Castilla la Vieja, a saber, en la cabeza una especie de
-capacete de piel o _montera_, y el chaquetón y los calzones del mismo
-material. Esto me daba el aspecto de un hombre entre los sesenta y
-los setenta años; delante de mí llevaba un _borrico_, con un saco
-lleno de Testamentos atravesado en el lomo. En las afueras del pueblo
-encontré a una mujer joven, de muy gentil parecer, que llevaba un
-niño de la mano. A punto de cruzarme con ella, dirigiéndole la
-habitual salutación de _¡Vaya usted con Dios!_, la mujer se detuvo,
-y, tras de mirarme un momento, dijo:
-
-—¡Tío!, ¿qué lleva usted en el _borrico_? ¿Es jabón?
-
-—¡Sí!—repliqué—. ¡Jabón para limpiar las almas!
-
-Me preguntó qué daba a entender con eso, y le dije que llevaba, para
-vender, libros muy buenos y baratos. Pidió ver uno, y, manifestando
-un ejemplar que llevaba en el bolsillo, se lo entregué. Al instante
-comenzó a leerlo en voz alta, y así estuvo lo menos diez minutos,
-exclamando de vez en cuando: «_¡Qué lectura tan bonita, qué lectura
-tan linda!_» Por último, como le dije que iba de prisa y no podía
-aguardar más tiempo, exclamó: «¡Es verdad, es verdad!», y me preguntó
-el precio del libro. «Sólo tres reales», contesté. A esto repuso que,
-con ser tan poco lo que yo pedía, era más de lo que tenía proporción
-de dar, pues en aquellas partes había muy poco o ningún dinero. Dije
-que lo sentía, pero que me era imposible vender los libros a menos
-precio, y, tomando el que le había dado, me despedí y la dejé. Pero
-no había andado treinta varas cuando el niño echó a correr detrás de
-mí, gritando, casi sin aliento: «¡Párate, tío!, ¡el libro, el libro!»
-Me dió alcance, pagó los tres _reales_ en monedas de cobre, y,
-apoderándose del Testamento, volvió corriendo hacia la que debía de
-ser su hermana, blandiendo el libro sobre su cabeza con gran júbilo.
-
-En llegando al pueblo, dirigí mis pasos a una casa en torno de cuya
-puerta vi reunida alguna gente, mujeres en su mayoría. Desempaqueté
-los libros, y, picada al instante su curiosidad, no tardaron en tener
-cada una un ejemplar en la mano, y muchas leían en voz alta; pero
-aunque esperé casi una hora, sólo pude vender un ejemplar, quejándose
-todos amargamente de lo malos que estaban los tiempos y de la casi
-total carencia de dinero, aunque, a la vez, reconocían que los libros
-eran de maravillosa baratura y, al parecer, muy buenos y cristianos.
-Ya iba a recoger la mercancía y a marcharme, cuando de pronto se
-presentó el cura del pueblo. Examinó los libros un buen rato con
-gran atención, me preguntó el precio de cada ejemplar, y, al saber
-que era sólo tres _reales_, replicó que la encuadernación valía más,
-y mucho temía que no los hubiese robado, por lo que quizás su deber
-era enviarme a la cárcel por sospechoso; pero añadió que los libros
-eran buenos libros, comoquiera que los hubiese adquirido, y acabó
-comprando dos ejemplares. La pobre gente, en cuanto oyó al cura
-alabar los libros, entró en vivos deseos de adquirirlos, y corrió de
-aquí para allá en busca de dinero, de modo que se vendieron de veinte
-a treinta ejemplares casi en un instante. Esta aventura no sólo es un
-ejemplo del influjo que en España aún conserva el clero en el ánimo
-del pueblo; pero demuestra que ese influjo no siempre se ejerce en
-pro del mantenimiento de la ignorancia y de la superstición.
-
-En otro pueblo, al mostrar el Testamento a una mujer, dijo que
-compraría con gusto un ejemplar para un hijo que tenía en la escuela;
-pero que antes necesitaba saber si el libro le serviría. Se fué, y a
-poco volvió con el maestro, seguido de todos sus alumnos; entonces,
-enseñándole al maestro el libro, la mujer le preguntó si era a
-propósito para su hijo. El maestro la llamó necia por hacerle tal
-pregunta, y dijo que conocía el libro muy bien, y que no lo había
-igual en el mundo.
-
-Al instante compró cinco ejemplares para sus alumnos, deplorando no
-tener más dinero, «que a tenerlo—dijo—compraría toda la partida».
-Oído esto, la mujer compró cuatro ejemplares: uno para su hijo, otro
-para su «difunto marido», un tercero para sí, y el cuarto para su
-hermano, a quien, según dijo, esperaba de Madrid aquella noche.
-
-En esta forma proseguimos, aunque no siempre con el mismo éxito. En
-algunas aldeas, la gente estaba tan pobre y necesitada, que carecía
-literalmente de dinero; pero aun en tales casos nos las arreglábamos
-para vender algunos ejemplares, a cambio de cebada y otras especies.
-Al entrar en una aldehuela, Victoriano se vió detenido por el cura,
-quien, enterado de lo que vendía, le intimó a marcharse en el acto,
-ó de lo contrario le haría prender y escribiría a Madrid denunciando
-sus idas y venidas. La excursión duró unos ocho días. En cuanto
-volví, envié a Victoriano a Carabanchel, pueblo inmediato a Madrid,
-el único que por la parte Oeste dejé de visitar el año anterior. En
-una hora que estuvo allí, vendió veinte ejemplares, y se volvió a
-Madrid luego, porque era de muy pocos ánimos y tuvo miedo de tropezar
-con los ladrones que por las noches infestaban el camino.
-
-Poco después de estos sucesos, ocurrió un incidente que quizás haga
-sonreír al lector inglés; mas no deja de tener interés como muestra
-de los sentimientos dominantes en algunos de los apartados pueblos de
-España respecto de cuanto sea novedad o lo parezca, y de las acciones
-singulares que a veces cometen las autoridades rurales y los curas,
-sin el más leve temor de que les llame a cuentas; pues como viven
-completamente aparte del resto del mundo, se tienen por personas de
-insuperable importancia, y apenas sueñan que exista un poder superior
-al suyo propio.
-
-Estaba yo a punto de emprender una excursión a Guadalajara y los
-pueblos de la Alcarria, distantes de Madrid unas siete leguas; en
-realidad, sólo aguardaba para salir el regreso de Victoriano, a
-quien había enviado con unos pocos Testamentos en aquella dirección
-a manera de explorador, a fin de conocer por sus noticias la
-disposición de ánimo de la gente respecto de la compra de libros, y
-poder formar una opinión aproximada acerca del número de ejemplares
-que necesitaría llevar conmigo. Pero estuve quince días sin recibir
-noticias suyas, y al cabo, un campesino me trajo una carta, fechada
-en la cárcel de Fuente la Higuera, pueblo a ocho leguas de Madrid,
-en la _campiña_ de Alcalá: en esta carta me decía Victoriano que ya
-llevaba ocho días preso, y que si yo no tenía medio de libertarle,
-permanecería en la cárcel hasta que se muriese de hambre, lo cual
-ocurriría, sin duda alguna, tan pronto como se le acabase el dinero.
-De mis averiguaciones posteriores resultó que, pasada la ciudad de
-Alcalá, empezó a vender libros con muy buen éxito. Todo su repuesto
-consistía en sesenta y un Testamentos, y en el solo pueblo de
-Arganza[16] vendió, sin la menor dificultad y sin interrupción,
-veinticinco; los pobres labriegos le cubrían de bendiciones por
-proveerles de libros tan buenos a tan bajo precio.
-
- [16] ¿Daganzo?
-
-Ya sólo le quedaban diez y ocho libros cuando tomó el camino de
-Fuente la Higuera. Este pueblo le era bastante conocido por haberlo
-visitado en otro tiempo cuando recorría aquellos términos vendiendo
-_cacharras_. Sintió, pues, ciertas inquietudes en el camino, porque
-el pueblo tuvo siempre mala fama. A la llegada, en cuanto dejó su
-_caballejo_ en la _posada_, fué a ver al _alcalde_ y le pidió permiso
-para vender los libros, permiso que aquel dignatario otorgó en el
-acto. Entró luego en una casa y vendió un ejemplar, y lo mismo en
-otra. Animado por el éxito entró en una tercera, al parecer la del
-barbero del pueblo. Este personaje acababa de comer y estaba en el
-zaguán sentado en un sillón de brazos cuando se presentó Victoriano.
-Era hombre de unos treinta y cinco años, de aspecto truculento y
-bárbaro. Tomó un Testamento que le ofrecía Victoriano y se puso a
-examinarlo; pero en cuanto paró los ojos en la portada rompió a reír,
-exclamando:
-
-—_¡Ja, ja, don Jorge Borrow!_ ¡El hereje inglés! ¡Al fin damos con
-él! ¡Loados sean la Virgen y los Santos! Hace tiempo que aquí estamos
-esperándoles, y al fin han llegado.
-
-Preguntó el precio del libro, y al saber que era tres _reales_ le
-arrojó dos y salió corriendo de la casa con el Testamento en la mano.
-
-Alarmado Victoriano, decidió marcharse del pueblo lo antes posible.
-Volvió, pues, precipitadamente a la _posada_, pagó el pienso de su
-caballo, entró en la cuadra, y echándole el aparejo a las costillas
-se disponía a salir, cuando de pronto se presentaron el _alcalde_
-del pueblo, el barbero y hasta doce hombres más, algunos armados con
-escopetas. En el acto prendieron a Victoriano, embargáronle libros y
-caballo, y con muchos denuestos llevaron al preso a la que llamaban
-cárcel, cuarto reducido y húmedo, con una pequeña ventana enrejada,
-donde le dejaron encerrado. A los tres cuartos de hora volvieron y
-se lo llevaron a casa del cura, donde estaban reunidos en cónclave;
-el cura, completamente ciego, presidía, y el sacristán oficiaba
-de secretario. El barbero formuló su acusación contra el preso, a
-saber: que le había sorprendido en el acto de vender una versión de
-las Escrituras en lengua vulgar, y el cura interrogó a Victoriano,
-preguntándole su nombre y lugar de residencia. Respondió que se
-llamaba Victoriano López, y que era natural de Villaseca, en la Sagra
-de Toledo. El cura le preguntó entonces qué religión profesaba,
-y si era mahometano o francmasón; el preso contestó que católico
-romano. Debe advertirse que Victoriano, aunque bastante listo, era
-un pobre labrador de sesenta y cuatro años, y hasta aquel momento no
-había oído hablar de mahometanos ni francmasones. El cura se enojó,
-le llamó _tunante_, y dijo: «Ha vendido usted su alma a un hereje;
-hace mucho tiempo que conocemos su conducta de usted y la de su amo.
-Usted es el mismo López a quien rescató el año pasado de la cárcel de
-Villalos, en la provincia de Avila. Deseo de todas veras que intente
-hacer aquí la misma cosa.»
-
-«¡Sí, sí!—exclamaron los demás del cónclave—: que se atreva a venir
-y regará con su sangre esas piedras». Así estuvieron hablando cerca
-de media hora. Al cabo, levantaron la sesión, llevando de nuevo a
-Victoriano a su encierro.
-
-Mientras estuvo preso vivió con regular comodidad, porque llevaba
-algún dinero. Dos veces al día le enviaban la comida de la _posada_,
-donde su caballo permanecía en secuestro. Una o dos veces pidió
-permiso al _alcalde_, que le visitaba a diario mañana y noche
-con su escolta armada, para comprar papel y pluma con el fin de
-escribir a Madrid; pero le negaron en absoluto ese favor, y a todos
-los habitantes del pueblo se les prohibió, bajo terribles penas,
-proveerle de los medios de escribir ni llevar recado suyo más allá de
-las cercas del lugar; debajo de la ventana de su encierro pusieron
-dos chicos de plantón para estar a la mira de cuanto le llevasen.
-
-Ocurrió un día que, teniendo Victoriano necesidad de una almohada,
-envió a decir a la gente de la _posada_ que le mandasen las
-_alforjas_. En ellas había por casualidad una cuerda que en España
-llaman _soga_, con la que acostumbraba sujetarlas al lomo de la jaca.
-Los chicos, al ver colgar de las _alforjas_ la punta de la cuerda,
-corrieron a decírselo al _alcalde_.
-
-Ya entrada la noche, el _alcalde_ visitó al prisionero, a la cabeza
-de sus doce hombres, como de costumbre.
-
-—_Buenas noches_—dijo el _alcalde_.
-
-—_Buenas noches tenga usted_—contestó Victoriano.
-
-—¿Para qué ha mandado usted buscar una _soga_ esta tarde?—preguntó
-el funcionario.
-
-—Yo no he mandado por la _soga_—respondió el preso—. Mandé por las
-_alforjas_ para que me sirvan de almohada, y la cuerda estaba dentro
-por casualidad.
-
-—Es usted un bribón, embustero, mal intencionado—replicó el alcalde—.
-Usted pretende ahorcarse para perdernos a todos, porque nos echarían
-la culpa de su muerte. Deme la _soga_.—El mayor insulto que puede
-hacerse a un español es acusarle de intentar suicidarse. El pobre
-Victoriano, presa de violenta cólera, le disparó al _alcalde_ varios
-nombres poco corteses, sacó la _soga_ de las alforjas y se la tiró a
-la cabeza, diciéndole que se la llevase para emplearla en su propio
-cuello.
-
-Al fin, los dueños de la _posada_ se apiadaron del preso,
-percatándose de que le maltrataban sin motivo; resolvieron, pues,
-darle ocasión de informar a sus amigos de lo que le sucedía, y le
-mandaron plumas y tintero dentro de un pan, y un pedazo de papel
-diciendo que este último era para cigarros.
-
-Victoriano escribió la carta; pero surgió la dificultad de enviarla a
-su destino, porque nadie del pueblo quería llevarla a ningún precio.
-Aquella buena gente convenció a un soldado cumplido, de otro pueblo,
-que por ventura estaba en Fuente la Higuera en busca de trabajo,
-para que se encargase de llevar la carta, asegurándole que le
-pagarían bien. El hombre, aprovechando una ocasión, recibió la carta
-de Victoriano por la ventana, anduvo toda la noche sin parar y me la
-entregó sin contratiempo en Madrid.
-
-Así quedé libre de la ansiedad en que estaba y sin ningún temor
-acerca de la conclusión del asunto. Al instante fuí a ver a un amigo,
-con grandes posesiones en las cercanías de Guadalajara, provincia
-a que pertenece Fuente la Higuera, quien me dió cartas para el
-gobernador civil de Guadalajara y para las principales autoridades;
-estas cartas se las entregué a Antonio, que solicitó encargarse
-del cometido de libertar al preso. Se encaminó lo primero a Fuente
-la Higuera, donde, encontrándose en casa del _alcalde_, le dijo
-resueltamente a lo que iba. El _alcalde_, creyendo que yo estaría
-para llegar con un ejército inglés a fin de rescatar al preso, se
-alarmó mucho, y al instante envió a su mujer a convocar la escolta;
-pero al asegurarle Antonio que no había propósito de emplear la
-violencia, se tranquilizó algo. A poco, Antonio fué citado ante el
-cónclave y su ciego y sacerdotal presidente. Al principio quisieron
-asustarle alzando mucho la voz, y hablando de la necesidad de matar a
-todos los extranjeros, y en especial al aborrecido _don Jorge_ y sus
-dependientes. Pero Antonio, que no era hombre para dejarse intimidar
-tan fácilmente, se burló de sus amenazas, y, enseñándoles las cartas
-que llevaba para las autoridades de Guadalajara, dijo que pensaba ir
-allá a la mañana siguiente y denunciar su conducta ilegal; añadió
-que era súbdito turco, y que si se atrevían a cometer con él la más
-leve desconsideración escribiría a la Sublime Puerta, junto a la que
-los más poderosos reyes del mundo son pobres gusanos, y no dejaría
-de vengar los agravios hechos a su hijo, dondequiera que estuviese,
-en forma demasiado terrible para mencionada. Luego se volvió a la
-_posada_. El cónclave quedó deliberando a solas, y resolvió enviar
-el prisionero a Guadalajara al otro día, poniéndolo en manos del
-gobernador civil.
-
-No obstante, para conservar una apariencia de autoridad, pusieron
-dos hombres armados a la puerta de la _posada_ donde vivía Antonio,
-como si también estuviese preso. Los hombres, cada vez que el reloj
-daba la hora, exclamaban: «_¡Ave María!_ ¡Mueran los herejes!» Por la
-mañana temprano, el _alcalde_ se presentó en la _posada_; pero antes
-de entrar dirigió desde la puerta un discurso a la gente que había en
-la calle, diciendo entre otras cosas: «Hermanos, estos individuos han
-venido a robarnos nuestra religión.» Entró luego en el aposento de
-Antonio, y tras de saludarle con gran cortesía le invitó a ir con él
-a la iglesia a oír la misa mayor, que estaba para empezar. A esto,
-Antonio, aunque ciertamente no era un traga-misas, se levantó y fué
-con él, y permaneció dos horas, según me contó luego, de rodillas
-en las frías losas, muy a disgusto; los fieles no le quitaron ojo
-durante todo el tiempo.
-
-Después de la misa almorzó y se fué a Guadalajara. Victoriano
-había salido ya con escolta. En llegando, presentó las cartas a
-las personas a quien iban dirigidas. Al gobernador civil le dió un
-ataque de risa al oír de labios de Antonio el relato de lo sucedido.
-Victoriano fué puesto en libertad, y los libros, retenidos bajo
-secuestro en Guadalajara; el gobernador declaró, no obstante, que
-si bien su deber era retenerlos por el momento, me los enviarían en
-cuanto yo quisiese reclamarlos; añadió que haría lo posible para
-castigar severamente a las autoridades de Fuente la Higuera, porque
-en todo aquel caso habían procedido en forma tiránica y cruelísima,
-excediéndose de sus atribuciones. Así terminó el asunto; uno de esos
-menudos incidentes que alternan en la vida del misionero en España.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XLVII
-
- Término de nuestros trabajos rurales. — Alarma del clero. — Una
- nueva tentativa. — Triunfo en Madrid. — Duende o alguacil. — El
- bastón de mando. — El corregidor. — Una explicación. — El Papa en
- Inglaterra. — La exposición del Evangelio. — Obras de Lutero.
-
-
-Proseguimos la tarea de repartir las Escrituras, con éxito vario,
-hasta mediados de marzo, en que resolví marcharme a Talavera para ver
-si era posible hacer algo en esa ciudad y sus cercanías. Salí, por
-tanto, en aquella dirección acompañado de Antonio y de Victoriano.
-Al paso nos detuvimos en Navalcarnero, pueblo grande, a cinco leguas
-al Oeste de Madrid, donde permanecí tres días, enviando a Victoriano
-a las aldeas circunyacentes con pequeñas partidas de Testamentos. La
-Providencia, que hasta entonces nos favoreció por modo tan notable
-en nuestras expediciones rurales, nos retiró su apoyo, y nos redujo
-a terminarlas de repente, porque en todos los lugares donde poníamos
-a la venta los escritos sagrados eran en el acto embargados por
-personas que, al parecer, estaban en acecho; eventos que me obligaron
-a variar el propósito de ir a Talavera y a regresar sin dilación a
-Madrid.
-
-Supe posteriormente que, alarmado el alto clero por nuestra campaña
-al otro lado de Madrid, presentó una queja en forma ante el Gobierno,
-quien envió inmediatamente órdenes a los _alcaldes_ de los pueblos,
-grandes y chicos, de Castilla la Nueva, para que secuestrasen los
-Testamentos en cuanto salieran a la venta; pero amonestándoles, al
-mismo tiempo, para que pusieran el mayor cuidado en no detener ni
-maltratar a la persona o personas que intentasen venderlos. Una
-puntual reseña de mi persona acompañaba a las órdenes, y se exhortaba
-a las autoridades, lo mismo civiles que militares, a tener mucho
-cuidado conmigo y con mis mañas y maquinaciones, porque, como el
-documento decía, un día estaba yo en un sitio y a la mañana siguiente
-en otro distante del primero veinte leguas.
-
-Este golpe no me desalentó mucho ni realmente me cogió de sorpresa.
-Resolví, con todo, variar de campo de acción y no exponer los libros
-sagrados a un secuestro a cada paso que diera para difundirlos. En
-mis últimas tentativas consagré mi atención exclusivamente a los
-pueblos y a las ciudades pequeñas, en las que le era muy fácil al
-Gobierno frustrar mis esfuerzos mediante circulares a las autoridades
-locales, puestas así sobre aviso, y cuya vigilancia era imposible
-burlar, pues cualquier novedad ocurrida en un pueblo pequeño se
-esparce sin tardanza. El caso sería muy distinto tratándose de la
-muchedumbre de la capital, donde podía continuar mis trabajos con
-relativo secreto. Formé el plan de abandonar los distritos rurales y
-ofrecer en Madrid el sagrado libro de casa en casa al mismo reducido
-precio que en los campos. Sin dilación llevé a efecto mi plan.
-
-Como tenía muchos conocimientos en el pueblo bajo, escogí ocho
-personas inteligentes para que cooperasen en mi tarea; cinco de ellas
-eran mujeres. A todos los proveí de Testamentos y los repartí por
-todos los barrios de Madrid. El resultado de sus esfuerzos superó mis
-esperanzas. Menos de quince días después de volver de Navalcarnero
-se habían vendido en las calles y avenidas de Madrid cerca de
-seiscientos ejemplares de la vida y palabras del Nazareno; hecho que
-se me permitirá mencionar con júbilo y con el regocijo conveniente en
-el Señor.
-
-Una de las calles más ricas es la calle de la Montera, donde residen
-los principales comerciantes y tenderos de Madrid. Es, en efecto,
-la calle del comercio, y por tal motivo, como por ser un lugar
-favorito de los paseantes, corresponde a la muy famosa Nefsky de
-San Petersburgo. Cada casa de esa calle recibió un Testamento, y lo
-mismo puede decirse de la Puerta del Sol. Más: en algunas ocasiones,
-cada habitante de la casa, hombres y niños, criados y criadas,
-adquirió un ejemplar. Antonio, el griego, hizo maravillas en ese
-barrio; es de justicia decir que, a no ser por su mediación, en
-muchos casos no habría podido yo dar tan buena cuenta de la difusión
-de la Biblia en España. Hubo un tiempo en que tenía yo la costumbre
-de decir: «tenebroso Madrid», expresión que, gracias a Dios, era
-ya de abandonar, porque sería poco justo seguir llamando tenebrosa
-a una ciudad en la que estaban en circulación y en uso diario mil
-trescientos Testamentos por lo menos.
-
-Entonces utilicé una partida de Biblias que me habían mandado en
-rama desde Barcelona en los comienzos del año anterior. La demanda
-de las Escrituras completas era grande; tanto, que no podíamos dar
-abasto, y los libros se vendían más de prisa de lo que tardaban en
-encuadernarlos los hombres empleados en esta tarea. Un pedido de
-veintiocho ejemplares me lo pagaron por adelantado. Muchas de estas
-Biblias fueron a parar a las mejores casas de Madrid. El marqués
-de... tenía una familia numerosa; pero todos sus individuos, viejos
-y jóvenes, poseían una Biblia y un Testamento, por recomendación,
-cosa rara, del capellán de la casa. Uno de mis agentes más celosos
-en la propaganda de la Biblia fué un eclesiástico. Nunca salía a la
-calle sin un ejemplar debajo del manteo, y a la primera persona que
-le parecía poder comprarlo se lo ofrecía. Otro colaborador excelente
-fué un noble de Navarra, ya anciano, riquísimo, que continuamente
-adquiría ejemplares por su cuenta para mandarlos, según me dijeron, a
-su provincia natal y repartirlos entre sus amigos y los pobres.
-
-Cierta noche me retiré a descansar algo más pronto que de costumbre,
-sintiéndome ligeramente indispuesto. Dormí con profundo sueño unas
-horas, y de pronto me desperté al sentir abrirse la puerta del
-cuartito en que descansaba. Me incorporé, y vi entrar en el cuarto
-a María Díaz con una luz en la mano. Observé que sus facciones,
-notables por su calma y placidez habituales, parecían un tanto
-alteradas.
-
-—¿Qué hora es—pregunté—y qué pasa?
-
-—_Señor_—respondió cerrando la puerta y acercándose a la cama—, es
-cerca de media noche; pero acaba de llegar un policía que quiere
-verle a usted. Le he dicho que era imposible, porque estaba usted en
-la cama, y me ha contestado, después de estornudar en mi misma cara,
-que le vería a usted aunque estuviese de cuerpo presente. Tiene todo
-el aire de un duende y me ha asustado. Ya sabe usted que yo no soy
-miedosa, _don Jorge_; pero confieso que cada vez que veo a uno de
-esos malvados polizontes me faltan los ánimos; los conozco demasiado
-bien y sé de lo que son capaces.
-
-—¡Bah!—dije yo—. No tenga usted miedo; que entre; no le temo, sea
-_alguacil_ o duende. Pero quédese usted a la puerta para ser testigo
-de lo que ocurra, porque es muy probable que venga a molestarme a
-esta hora intempestiva buscando la ocasión de dar malos informes de
-mí a sus jefes, como hizo aquel otro individuo la vez pasada.
-
-La patrona salió del aposento, y oí que decía una o dos palabras
-a alguien en el pasillo; sonó luego un estruendoso estornudo, y
-un instante después apareció en la puerta una figura rara. Era un
-hombre muy viejo, de largos cabellos blancos, que se escapaban por
-debajo de las alas de un sombrero extremadamente picudo. Iba muy
-encorvado y avanzaba con lentitud. No pude verle bien la cara, que,
-por hallarse la patrona detrás de él con la luz, quedaba en profunda
-sombra. Observé, sin embargo, que sus ojos chispeaban como los de
-un hurón. Se acercó a los pies de la cama, en la que aún permanecía
-yo preguntándome lo que tan extraña visita pudiera significar; allí
-se detuvo, mirándome durante un minuto por lo menos, sin proferir
-una sílaba. De pronto adelantó una mano seca y rugosa, que hasta
-entonces tuvo oculta bajo la capa, y me apuntó al rostro con una
-especie de bastoncillo con remate de metal, como si fuese a empezar
-un exorcismo. Pareció que iba a hablar; pero las palabras, si quiso
-decir alguna, fueron ahogadas al nacer por un estornudo que de pronto
-se le escapó, tan violento, que la patrona se echó para atrás,
-exclamando: «_¡Ave María purísima!_», y a poco deja caer la luz con
-el susto.
-
-—Buen hombre—dije yo—, ¿qué significa esta ridícula aparición? Si
-tiene usted algo que decirme, despache pronto y váyase a sus asuntos.
-No me encuentro bueno y está usted privándome del descanso.
-
-—En méritos de este bastón—dijo el viejo—y por la autoridad que
-me confiere para decir y hacer lo que convenga, le mando, ordeno
-y requiero para que mañana, a las once, comparezca en el despacho
-de mi señor el _corregidor_ de esta villa de Madrid, para que con
-la humildad y reverencia debidas oiga usted lo que tenga a bien
-decirle, y, si fuese necesario, se someta a recibir los castigos que
-sus delitos, leves o enormes, merezcan. _Tenez, compère_—añadió en
-perverso francés—, _voilà mon affaire; voilà ce que je viens vous
-dire_.
-
-En diciendo esto, me miró un momento, inclinó por dos veces la
-cabeza, metió de nuevo el bastón dentro de la capa y salió del cuarto
-y de la casa, lanzando en el pasillo un estornudo de despedida.
-
-Al día siguiente, a las once en punto, me presenté en las oficinas
-del _corregidor_. Ya no ocupaba el cargo el mismo individuo en cuya
-cólera incurrí en otra ocasión y que tuvo a bien encarcelarme, sino
-otro distinto, creo que catalán, cuyo nombre también he olvidado. En
-aquella época, los cargos se daban y se quitaban de la noche a la
-mañana, y quien se sostenía en alguno de ellos siquiera un mes, podía
-considerarse funcionario antiguo. No tuve que esperar; en cuanto di
-mi nombre me llevaron a presencia del _corregidor_, personaje de unos
-cincuenta años, de buen parecer, corpulento y bien vestido. Cuando
-entré escribía en un bufete; pero casi al instante se levantó y vino
-hacia mí. Me clavó los ojos en el rostro, y yo, sin cortarme, puse
-los míos en el suyo. Quizás esperaba una actitud menos firme, y verme
-temblar y rebajarme ante él; se juzgó, pues, desacatado en su propia
-madriguera, y su levadura española antigua fermentó. Se tiró de las
-patillas con furia, y dirigiéndome una mirada colérica dijo:
-
-—_Escuchad_: tengo que hacerle a usted una pregunta.
-
-—Antes de responder a las preguntas de vuecencia—dije—voy a tomarme
-la libertad de dirigirle una: ¿Qué ley o qué razón hay para que a un
-hombre pacífico y extranjero vayan a molestarle a media noche unos
-_duendes_ con el requerimiento de presentarse en una oficina pública
-como si fuese un delincuente?
-
-—No dice usted la verdad—exclamó el _corregidor_—. La persona que fué
-a requerirle a usted no es un _duende_, sino uno de los empleados más
-antiguos y respetables de esta casa, y, lejos de enviarle a media
-noche, faltaban por mi reloj veinticinco minutos para esa hora, y
-como usted vive cerca de aquí, debió de llegar a su casa lo menos
-diez minutos antes de media noche; de modo que no es exacto lo que
-usted dice, ni guarda usted miramientos con la verdad.
-
-—Esa diferencia no importa nada—repliqué—. A mí me molesta lo mismo
-que me interrumpan el sueño a las doce de la noche que a las doce
-menos diez. Respecto al emisario, podría no ser un duende, pero lo
-parecía, y con seguridad se propuso asustar a la dueña de la casa,
-como lo consiguió, hasta el punto de que casi se desmaya, a fuerza de
-muecas horribles, de estornudos y aspavientos.
-
-EL CORREGIDOR.—Es usted un... ¡No sé lo que iba a decir! ¿Ignora
-usted que puedo mandarle a la cárcel?
-
-YO.—Tiene usted veinte _alguaciles_ que acudirán a la primera
-señal, y, por tanto, es claro que puede usted prenderme, como hizo
-su antecesor, que casi perdió el puesto por eso; pero usted sabe
-perfectamente que no tiene derecho para hacerlo, porque no estoy
-bajo su jurisdicción, sino bajo la del capitán general. Si he
-obedecido su requerimiento ha sido porque tengo mucha curiosidad de
-saber lo que usted necesita de mí, y no por otra cosa. En cuanto a
-lo de prenderme, permítame usted decirle que cuenta con mi pleno
-consentimiento para ello; en la cárcel es donde se encuentra en
-Madrid la gente más cortés; y como ahora estoy compilando el
-vocabulario de los ladrones madrileños, tendré, si me llevan a la
-cárcel, una excelente ocasión de completarlo. Hasta en la cárcel se
-puede aprender mucho; porque, como dicen los gitanos, «perro que
-mucho corretea encuentra hueso».
-
-EL CORREGIDOR.—Ese lenguaje no es propio de un caballero. ¿Olvida
-usted dónde está y con quién habla? ¿Es este un lugar adecuado para
-hablar de gitanos y de ladrones?
-
-YO.—No conozco, a la verdad, otro más a propósito, no siendo la
-cárcel. Pero estamos perdiendo el tiempo, y ansío saber para qué me
-han llamado, si por delitos leves o enormes, como decía el emisario.
-
-Tardé bastante tiempo en arrancar al enojado _corregidor_ las
-noticias pedidas; al fin las obtuve. Resultaba que una caja de
-Testamentos enviada por mí a Navalcarnero fué embargada por las
-autoridades locales, y después de retenerla allí unos días la
-devolvieron a Madrid consignada al _corregidor_. Estando la caja en
-las mensajerías, entró allí Antonio para otro asunto; la reconoció,
-y en el acto la reclamó como de mi pertenencia, llevándosela a mi
-almacén después de pagar el porte. Tan poca importancia dió al
-suceso, que no me habló de él. Pero el pobre _corregidor_ estaba
-convencido de que todo ello era una profunda maquinación para robarle
-y burlarnos de él. Dejábase llevar de una excitación casi frenética,
-y pateaba el suelo, exclamando:
-
-—_¡Qué picardía! ¡Qué infamia!_
-
-—Este es el antiguo sistema—pensé yo—de prejuzgar a las gentes y de
-imputarles motivos y acciones con los que nunca han soñado.
-
-Díjele con franqueza que ignoraba en absoluto el hecho por que
-se sentía agraviado; pero que si practicadas las averiguaciones
-convenientes resultaba que, en efecto, mi criado se había llevado la
-caja del lugar adonde la habían expedido, yo haría que la devolvieran
-en el acto, aunque era mía propia.
-
-—Tengo un gran repuesto de Testamentos—dije—y puedo dejar que se
-pierdan cincuenta o ciento. Soy hombre de paz y deseo no tener
-disputas con las autoridades por causa de un cajón viejo y de una
-partida de libros cuyo valor no llega por junto a cuarenta duros.
-
-Me miró un instante como si dudase de mi sinceridad, y luego,
-tirándose otra vez de las patillas, me atacó en otro terreno:
-
-—_Pero ¡qué infamia, qué picardía!_ Venir a España a cambiar la
-religión del país. ¿Qué diría usted si los españoles fuesen a
-Inglaterra con propósito de quitar el luteranismo establecido allí?
-
-—Serían muy bien recibidos—repliqué—, especialmente si intentaban
-hacerlo por la difusión de la Biblia, el libro de todos los
-cristianos, como los ingleses hacen en España. Pero vuecencia ignora
-quizás que el Papa tiene campo libre y libre acción en Inglaterra, y
-se le permite convertir todos los días a cuantos luteranos quieren
-volverse a él. No puede, sin embargo, alabarse de grandes triunfos;
-el pueblo ama demasiado la luz para abrazar las tinieblas, y se
-reiría de la idea de cambiar las gracias del Evangelio por las
-ceremonias y observancias supersticiosas de la Iglesia de Roma.
-
-Al repetirle la promesa de devolver en seguida la caja y los libros,
-el _corregidor_ se dió por satisfecho y repentinamente se mostró por
-demás condescendiente y amable: llegó hasta decirme que dejaba por
-completo a mi resolución lo de devolver los libros o no.
-
-—Antes de que se vaya usted—continuó—deseo decirle que, en mi
-opinión particular, es sumamente recomendable en todos los países
-la tolerancia religiosa plena, y dejar que cada sistema religioso
-perezca o se sostenga según sus propios méritos.
-
-Tales fueron las últimas palabras del _corregidor_ de Madrid, que no
-sé si expresarían su opinión particular; pero que, ciertamente, se
-fundaban en el buen sentido y la razón. Le saludé respetuosamente y
-me fuí; cumplí mi promesa respecto de los libros, y el asunto quedó
-terminado.
-
-Por aquel tiempo llegué casi a creer que se iniciaba una reforma
-religiosa en España; y, realmente, llegaron a mi noticia ciertos
-hechos, que, si me los hubieran pronosticado un año antes, con
-dificultad los hubiese creído.
-
-El lector quedará sorprendido cuando sepa que en dos iglesias de
-Madrid los respectivos curas explicaban regularmente el Evangelio
-los domingos por la tarde a una veintena de chicos, provistos de
-sendos ejemplares de la edición hecha por la Sociedad Bíblica en
-Madrid en 1837. Las iglesias eran las de San Ginés y Santa Cruz. Creo
-modestamente que este solo hecho pagaba con creces todas las expensas
-causadas a la Sociedad por su empeño de introducir el Evangelio en
-España; pero, sea de ello lo que fuere, es lo cierto que a mí me
-recompensaba sobradamente todos los afanes y disgustos pasados.
-Sentí entonces que, en cualquier momento en que me viese obligado
-a abandonar mis trabajos en la Península, lo haría sin murmurar,
-lleno el corazón de gratitud hacia el Señor por haberme permitido a
-mí, vaso inútil, ver, cuando menos, germinar algo de la semilla que
-durante dos años había estado arrojando sobre el pedregoso suelo del
-interior de España.
-
-Cuando pienso en las dificultades que obstruían nuestro camino, me
-cuesta a veces trabajo creer todo lo que el Omnipotente nos permitió
-llevar a cabo durante el año que acababa de pasar. Una edición
-copiosa del Nuevo Testamento se había casi agotado en el centro mismo
-de España, a despecho de la oposición y del clamor furibundo de un
-clero bárbaro y de las órdenes de un Gobierno falaz; y germinaba
-el espíritu de examen en materia religiosa, que tarde o temprano
-llevaría, así lo esperaba yo fervientemente, abundantísimos frutos de
-bendición. Hasta allí, el nombre más aborrecido y temido en aquellas
-partes de España era el de Martín Lutero, a quien en general se le
-consideraba como un demonio, primo hermano de Belial y Beelzebub,
-que, bajo la apariencia de hombre, había escrito y predicado
-blasfemias contra el Altísimo; pero ahora, cosa singular, se hablaba
-de ese personaje, execrado en otro tiempo, con no pequeñas señales de
-respeto. No pocas veces me visitaban, Biblia en mano, personas que
-con tantas veras como simplicidad me preguntaban por los escritos
-del gran doctor Martín, a quien, por cierto, algunos le creían aún
-vivo.
-
-No estará de más hacer notar aquí que de todos los nombres
-relacionados con la Reforma, el único conocido en España es el de
-Lutero; permítaseme añadir que a ningún escrito de controversia,
-con excepción de los suyos, se le concedería probablemente la menor
-fuerza ni autoridad, por grande que fuese su mérito intrínseco.
-El género de opúsculos que comúnmente se escriben para declarar
-los errores del papismo no producirá, por tanto, mucho beneficio
-en España, al paso que podría conseguirse bastante provecho con
-traducciones bien hechas de las obras de Lutero, seleccionadas con
-tino.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XLVIII
-
- Proyecto de viaje. — Una escena sangrienta. — El fraile. —
- Sevilla. — Bellezas de Sevilla. — Naranjos y flores. — Murillo. —
- El Angel de la guarda. — Dionysius. — Mis coadyuvantes. — Demanda
- de Biblias.
-
-
-A mediados de abril llevaba ya vendidos tantos Testamentos como,
-a mi parecer, podían colocarse en Madrid; retiré, pues, mi gente,
-porque temía saturar el mercado, y desacreditar el libro haciéndolo
-demasiado común. Me quedaba sólo un millar de ejemplares de la
-edición que saqué dos años antes; en cuanto a la Biblia, todos los
-ejemplares se habían vendido; la demanda era mucha todavía, pero no
-me fué posible atenderla.
-
-Resolví marcharme a Sevilla y llevar los ejemplares del Testamento
-que me quedaban, porque allí se había hecho muy poca propaganda.
-Pronto estuvieron terminados mis preparativos. Los caminos estaban
-entonces peligrosísimos, razón por la que pensé incorporarme a un
-convoy próximo a partir para Andalucía. Pero dos días antes de
-ponerse en camino, comprendí que el número de personas dispuestas
-como yo a utilizar el convoy sería probablemente muy grande; pensé en
-la lentitud de ese modo de viajar, y recordando además los insultos
-que los paisanos tenían que soportar con frecuencia de los soldados
-y subalternos, resolví aventurarme a hacer el viaje en el coche
-correo. Llevé a cabo mi determinación. Antonio, a quien conservé
-a mi servicio, y los dos caballos, se fueron con el convoy, y yo
-salí pocos días después con el correo. Hicimos todo el viaje sin
-el menor accidente: una vez más me acompañó mi prodigiosa buena
-suerte. Con razón la llamo prodigiosa, pues iba recorriendo la
-madriguera de un león; toda la Mancha, con excepción de unos pocos
-lugares fortificados, estaba una vez más en manos de Palillos y de
-sus forajidos, quienes, cuando lo tenían a bien, detenían el correo,
-quemaban el coche y las cartas, asesinaban a la mezquina escolta,
-y si por casualidad iba algún viajero, se lo llevaban al monte,
-poniéndole luego en la alternativa de rescatarse por un precio enorme
-o de pegarle cuatro tiros en la cabeza, como dicen los españoles.
-
-La parte alta de Andalucía caía rápidamente en tan mala situación
-como la Mancha. La última vez que había pasado el correo, seis
-ladrones a caballo le atacaron en el desfiladero del Rumblar; la
-escolta se componía de otros tantos soldados; pero los ladrones se
-lanzaron de súbito al galope desde detrás de una _venta_ solitaria,
-los cogieron de sorpresa, porque los cascos de los caballos no
-hacían ruido en el suelo arenoso, y los arrojaron al suelo. Los
-soldados, menos dos que se escaparon por entre las peñas, fueron
-desarmados en el acto y atados a los olivos. Allí los escarnecieron
-y atormentaron los ladrones, o más bien asesinos, porque a la media
-hora los fusilaron; al cabo le volaron la cabeza de un trabucazo.
-Entonces los ladrones quemaron el coche, pegando fuego a las cartas
-con la mecha de encender los cigarros. Al correo le salvó la vida uno
-de la cuadrilla, que había sido en otro tiempo postillón suyo; pero
-le robaron, dejándole desnudo. El infeliz, al pasar de nuevo por el
-lugar de la carnicería, lloraba, y, aunque español, maldecía a España
-y a los españoles, diciendo que pensaba irse muy pronto a Morería,
-confesar a Mahoma y seguir la ley de los moros, porque cualesquiera
-país y religión eran mejores que los suyos. Nos indicó el árbol
-donde había muerto el cabo; a pesar de lo mucho que había llovido,
-el suelo estaba todo alrededor saturado de sangre; un perro roía un
-pedazo del cráneo de aquel desventurado. Hizo con nosotros todo el
-viaje desde Madrid a Sevilla un fraile misionero que iba a las islas
-Filipinas, _para conquistar_, tales eran sus palabras, supongo que
-quería decir para predicar a los indios. Durante el viaje entero dió
-muestras de un miedo abyecto; tan impresionado iba, que se puso a la
-muerte y tuvimos que detenernos dos veces en el camino y tenderlo
-entre los verdes trigos. Decía que si los facciosos le echaban mano,
-era clérigo muerto, pues tras de hacerle decir una misa, le volarían
-con pólvora. Había sido, según me dijo, profesor de Filosofía en un
-convento de Madrid, me parece que el de Santo Tomás, antes de que
-los suprimieran; pero estaba en la mayor ignorancia respecto de las
-Escrituras, confundiéndolas con las obras de Virgilio.
-
-Paramos en Manzanares, como de costumbre; era la mañana de un
-domingo, y la plaza estaba llena de gente. Me reconocieron al
-momento, y veinte pares de piernas salieron corriendo en el acto
-en busca de la profetisa, que no tardó en presentarse en la casa
-donde habíamos entrado a almorzar. Nos saludamos con gran efusión,
-y luego, en su latín, fué dándome cuenta de todo lo sucedido en el
-pueblo desde mi última visita, y oí las atrocidades cometidas por
-los facciosos en las cercanías. La convidé a almorzar y la presenté
-al fraile, a quien se dirigió en estos términos: _Anne Domine
-Reverendissime facis adhuc sacrificium?_ El fraile no la entendió, y,
-encendido en cólera, la anatematizó por bruja y la mandó marcharse.
-La ciega no se desconcertó, y se puso a cantar en versos castellanos
-improvisados las alabanzas de los frailes y de los conventos. Al
-marcharnos le di una _peseta_, con lo que rompió en llanto y me
-suplicó que no dejase de escribir si llegaba en salvo a Sevilla.
-
-Llegamos a Sevilla sin novedad, y me despedí del fraile, diciéndole
-que esperaba encontrarle de nuevo en Filipinas. Como pensaba quedarme
-en Sevilla unos meses, decidí alquilar una casa, para vivir con más
-independencia y economía que en la _posada_. No tardé en encontrar
-una que por todos conceptos me convenía. Estaba en la plazuela de
-la Pila Seca, barrio apartado, en las inmediaciones de la catedral,
-y a corta distancia de la Puerta de Jerez. Pocos días después llegó
-Antonio con los caballos y me instalé en mi casa.
-
-Una vez más me encontraba en la hermosa Sevilla, con tiempo y
-comodidad bastantes para gozar de sus encantos y de sus deliciosos
-alrededores. Por desgracia, al tiempo que llegué y durante la
-quincena siguiente el cielo de Andalucía, tan radiante de ordinario,
-se cubrió de negras nubes que descargaron chaparrones tremendos,
-tales como muy pocos sevillanos recordaban haberlos visto nunca.
-
-El temporal causó no pocos daños en la campiña, y el Guadalquivir,
-que durante la estación lluviosa es un río muy rápido e impetuoso, se
-salió de madre y amenazó con una inundación. Es verdad que a ratos
-escampaba, y el sol, manifestándose en su tabernáculo de nubes,
-animaba todas las cosas con sus rayos de oro e incitaba a la mariposa
-a salir de su madeja, y al lagarto, de la cavidad del árbol; yo me
-aprovechaba sin falta de esas claras para dar un rápido paseo.
-
-¡Oh, cuán placentero es, sobre todo al venir la primavera, vagar por
-las márgenes del Guadalquivir! No lejos de la ciudad, río abajo,
-hay un parque llamado _Las Delicias_. Fórmanlo árboles de varias
-especies, pero los álamos y olivos predominan. Largos senderos
-umbríos lo atraviesan. Ese parque es el paseo favorito de los
-sevillanos; en él se congrega en ocasiones cuanta belleza y bizarría
-encierra la ciudad. Allí las ojinegras damas andaluzas se pasean con
-el gracioso prendido de las _mantillas_ de encaje; allí los jinetes
-andaluces galopan en sus corceles de sangre mora, de luenga cola
-y espesa crin. Cuando el sol se pone, el panorama que ofrece la
-ciudad, mirada desde ese sitio, es de inefable hermosura. A lo lejos
-se yergue la corpulenta Torre del Oro, empleada ahora como aduana,
-principal defensa de la ciudad en tiempo de los moros. Se alza al
-borde del río, como gigante centinela, y es el primer edificio que
-atrae la mirada del viajero cuando remonta el río hacia Sevilla.
-En la otra margen, frente a la Torre, se halla el hermoso convento
-de agustinos, gala del barrio de Triana, y entre ambos edificios
-fluye el Guadalquivir, en cuyas ondas se mecen las naves de Cataluña
-y Valencia. Más lejos se ve el puente de barcas que atraviesa el
-cauce. El principal objeto del panorama es, con todo, la Torre del
-Oro, donde los rayos del sol poniente parecen concentrarse como en
-un foco, de modo que semeja fabricada de oro puro, y es probable que
-a tal circunstancia deba su nombre. Yerto, yerto debe de estar el
-corazón que permanezca insensible ante ese paisaje mágico, al que
-apenas podría hacer justicia el pincel de Claudio mismo. ¡Cuántas
-veces he vertido lágrimas de arrobamiento al contemplarlo, y
-escuchado a los mirlos y ruiseñores modular en la arboleda sus cantos
-melodiosos, y respirado las brisas cargadas con el aroma de los
-naranjales de Sevilla!
-
- «Kennst du das Land wo die Citronen blühen?»
-
-El interior de Sevilla no corresponde en casi nada al exterior. Las
-calles son angostas, mal pavimentadas, llenas de suciedad y mendigos.
-Las casas, construídas casi todas conforme el patrón moro, tienen en
-el centro un _patio_ cuadrangular, donde una fuente de mármol surte
-de continuo agua cristalina. En la estación del calor, los patios se
-cubren con un toldo, bajo el cual pasa la familia la mayor parte del
-día.
-
-Muchas casas, y sobre todo las de los ricos, tienen en el patio
-arbustos, naranjos, toda clase de flores, y a veces una pajarera
-pequeña, de suerte que no es concebible mayor delicia que la de
-tenderse allí a la sombra, oyendo el canto de los pájaros y el rumor
-de la fuente.
-
-Nada tan interesante para el viajero que vaga por Sevilla como
-atisbar los patios desde la calle, a través de las verjas. Muchas
-veces me paraba a contemplarlos, y otras tantas lamentaba que mi
-destino no me permitiera vivir en tal edén el resto de mis días.
-Ya he hablado en otra ocasión de la catedral de Sevilla; pero con
-brevedad y a la ligera. Es quizás la catedral más suntuosa de España,
-y aunque de estructura no tan regular como las de Toledo y Burgos, es
-mucho más digna de admiración considerada en conjunto. No es posible
-recorrer sus largas naves y alzar la vista a la techumbre, sostenida
-por columnas colosales y decorada con suntuosidad, sin sentirse
-sobrecogido de sagrado pavor y de profundo asombro. Cierto que el
-interior, como el de la generalidad de las catedrales españolas, es
-un poco obscuro y triste; pero nada pierde con eso; al contrario,
-aumenta la grandiosidad del efecto. Nuestra Señora de París es un
-edificio hermoso; pero a quien ha visto las catedrales españolas,
-y en particular la de Sevilla, se le antoja casi mezquino y sin
-importancia, y más parecido a una casa consistorial que a un templo
-del Eterno. La catedral de París está desprovista en absoluto de la
-solemne obscuridad y sombría pompa, tan intensas en la de Sevilla,
-con lo que le falta el requisito más importante de una catedral.
-
-Los cuadros que adornan la mayoría de las capillas son de los mejores
-de la escuela española; entre ellos destacan muchas de las obras
-maestras de Murillo, hijo de Sevilla. De todos los cuadros de este
-hombre extraordinario, el que más impresión me ha hecho siempre es
-uno de los menos famosos. Aludo al _Angel de la Guarda_, cuadrito
-colocado al fondo de la iglesia, mirando a la nave principal. El
-ángel, empuñando con la diestra una espada flamígera, guía al niño,
-que es, a juicio mío, la creación más prodigiosa de Murillo. La
-figura es como de un niño de cinco años, y la expresión del rostro,
-completamente infantil; pero su andar es el de un conquistador, el
-de un Dios, el del Creador del Universo, y el globo terrenal parece
-temblar bajo tanta majestad.
-
-Al culto de la catedral asisten muchos fieles, en especial cuando
-hay sermón. Los sermones son improvisados; hay algunos muy
-edificantes, fieles a las Escrituras. He oído muchos con gusto,
-aunque me sorprendía bastante observar que cuando los predicadores
-citaban la Biblia, tomaban las citas, casi invariablemente, de los
-libros apócrifos. Ante los principales altares no faltan, por lo
-general, fieles, en su mayoría mujeres, animados muchos de ellos de
-ardentísima devoción.
-
-Antes de salir de Madrid me había forjado la ilusión de encontrar
-pocas dificultades para la difusión del Evangelio en Andalucía, al
-menos por cierto tiempo, ya que el campo de operaciones era nuevo,
-y mi persona y mis propósitos, menos conocidos y temidos que en
-Castilla la Nueva. Pero resultó que el Gobierno de Madrid había
-cumplido su amenaza y enviado por toda España la orden de secuestrar
-los libros dondequiera que se hallasen. Los Testamentos llegados
-de Madrid embargáronlos en la aduana, adonde se llevan todas las
-mercancías, aunque procedan del interior, para la exacción de un
-impuesto. Gracias a los manejos de Antonio recuperé una de las cajas,
-mientras la otra fué enviada a Sanlúcar, para expedirla fuera del
-reino tan pronto como se me presentara oportunidad de hacerlo.
-
-No me dejé desanimar por este ligero _contretemps_, aunque sentí
-de corazón la pérdida de los libros embargados, pues ya no podría
-repartirlos por aquella región, donde hacían tanta falta; pero me
-consolé pensando que aún me quedaban unos cientos de ejemplares, cuya
-distribución podía dar, placiendo a Dios, muy santos frutos.
-
-Tardé algún tiempo en empezar los trabajos, porque me hallaba en
-terreno desconocido y no sabía qué camino tomar. No contaba con
-más ayuda que la del pobre Antonio, tan ignorante del lugar como
-yo. La Providencia, empero, no tardó en enviarme un colaborador,
-en forma bastante singular. Estaba yo en el patio de la Posada de
-la Reina, adonde solía ir a comer algunas veces, cuando entró un
-hombre de talla gigantesca, vestido de un modo extraño. Excitada mi
-curiosidad, pregunté al posadero quién era el desconocido. Díjome
-que un extranjero, griego a su parecer, que había vivido mucho
-tiempo en Sevilla. Oído esto, me fuí a él y le abordé en griego,
-pues aunque lo hablo muy mal, puedo darme a entender en ese idioma.
-Me contestó en la misma lengua, y halagado por el interés que un
-extranjero como yo demostraba por su nación, no tardó en contarme
-su propia historia. Llamábase, según me dijo, Dionysius, natural de
-Cefalonia; educado para hacerse de iglesia, abandonó esa carrera, mal
-avenida con su temperamento, para seguir la profesión de navegante,
-por la que había sentido temprana inclinación. Tras muchas aventuras
-y alternativas de la fortuna, naufragó en las costas de España, y
-avergonzándose de volver pobre a su país, se quedó en la Península,
-y residió principalmente en Sevilla, donde ahora sostenía un modesto
-comercio de libros. Era de la religión griega, y muy apegado a
-ella; y en descubriendo luego que yo era protestante, manifestó su
-aborrecimiento sin límites por el sistema papista, y aun por sus
-secuaces en general, a quienes llamaba latinos, achacándoles la ruina
-de Grecia, vendida por ellos al Turco.
-
-En el acto se me ocurrió que aquel individuo podía prestarme
-excelente ayuda en la obra que me había llevado a Sevilla, o sea
-la propagación del Evangelio eterno; por tanto, tras algo más de
-conversación, en la que mostró una instrucción muy sólida, me
-franqueé con él. Adoptó mis planes con mucho calor, y en adelante no
-tuve motivo para lamentar mi confianza, pues el griego repartió gran
-copia de Nuevos Testamentos, y aún acertó a enviar cierto número de
-ejemplares a dos ciudades pequeñas a alguna distancia de Sevilla.
-
-También me ayudó en la propagación del Evangelio un profesor de
-música, ya viejo, muy etiquetero y estirado, pero con excelentes
-cualidades. Este venerable individuo me trajo, no más que a los tres
-días de conocernos, el precio de seis Testamentos y de un Evangelio
-en gitano, vendidos por él soportando el candente sol andaluz. ¿Qué
-motivo le impulsaba? Uno muy cristiano. Decía que sus infortunados
-compatriotas, entregados a la sazón a la matanza y al saqueo
-recíprocos, se corregirían probablemente leyendo el Evangelio, sin
-que en ningún caso pudiera seguírseles de su lectura daño alguno.
-Añadía que si muchos hombres han reformado su vida merced a las
-Escrituras, nadie se ha vuelto todavía ladrón o asesino por leerlas.
-
-Pero mi agente más extraordinario fué uno que en ocasiones empleé
-para repartir el Evangelio entre las clases bajas. Si llego a tener
-mayor cantidad de libros a mi disposición, hubiera podido sacar gran
-partido de los servicios de aquel individuo; pero como el repuesto
-disminuía con rapidez y no tenía esperanzas de renovarlo, me mostraba
-casi avaro de los pocos libros que me quedaban. El agente era un
-albañil griego, llamado Juan Crisóstomo, que me presentó Dionisio.
-Nacido en Morea, llevaba más de veinticinco años en España, de suerte
-que había casi olvidado su lengua natal. Con todo, tenía tal apego a
-su patria, que cuanto no fuese griego le parecía malo y en extremo
-bárbaro. Carecía de toda instrucción; pero su fuerza de carácter y
-cierta ruda elocuencia que poseía le granjearon tan gran ascendiente
-en el ánimo de las clases trabajadoras de Sevilla, que aceptaban
-casi todo lo que les decía, no obstante chocar a cada paso con sus
-prejuicios. De tal modo, que, a pesar de su condición de extranjero,
-hubiera podido ser en cualquier momento el Masaniello de Sevilla. No
-he conocido criatura más honrada, y pronto comprendí que, empleándolo
-a mi servicio, no obstante sus rarezas, podía tener plena seguridad
-de que sus actos no desdecirían del libro que vendía.
-
-Continuamente estaban pidiéndome Biblias, que no podíamos servir.
-Los Testamentos gozaban, en comparación, de poca estima. Por este
-tiempo descubrí un hecho que me hubiera sido muy útil conocer tres
-años antes; pero viviendo se aprende. Me refiero a la inconveniencia
-de imprimir Testamentos, y _sólo_ Testamentos, para los países
-católicos. La razón es clara: el católico, sin hábito de leer la
-Escritura, encuentra mil cosas ininteligibles en el Nuevo Testamento,
-cuyo fundamento es el Antiguo. «La Escritura da testimonio de mí»,
-podría decirse con razón en este punto. Se me dirá que en Inglaterra
-hay gran demanda de Nuevos Testamentos, impresos por separado, y
-prestan infinita utilidad; pero Inglaterra, gracias sean dadas al
-Señor, no es un país papista; y de que un labrador inglés pueda leer
-el Testamento con buen fruto no se sigue que los campesinos españoles
-e italianos gocen de igual ventaja, porque encontrarán muchas cosas
-obscuras, que no lo son para aquél, versado en la historia bíblica
-desde la niñez. Confieso, no obstante, que en mi campaña del verano
-anterior no hubiera podido hacer con la Biblia lo que la Providencia
-me permitió realizar con los Testamentos, porque la primera es
-demasiado voluminosa para andar con ella por el campo.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XLIX
-
- La casa solitaria. — La Dehesa. — Juan Crisóstomo. — Manuel. — La
- librería en Sevilla. — Dionisio y los curas. — Atenas y Roma. —
- Proselitismo. — Embargo de Testamentos. — Salida de Sevilla.
-
-
-Como ya he dicho, alquilé en Sevilla una casa vacía, con el propósito
-de vivir en ella algunos meses. Ocupaba todo un lado de una plazuela
-solitaria. Distribuída al modo andaluz, tan agradable, tenía un patio
-pavimentado con pequeñas losas de mármol azules y blancas. En el
-centro del patio había una fuente muy abundante en linfa cristalina,
-y al caer desde una delgada columna al estanque octogonal, el agua
-hacía un rumor que se oía desde todas las habitaciones. La casa era
-vasta y espaciosa, de dos pisos, con piezas suficientes, por lo
-menos, para diez veces el número de personas que en ella morábamos.
-De ordinario pasaba el día en las habitaciones bajas, por ser muy
-frescas. En una de ellas había una enorme pila de piedra, siempre
-rebosante de agua de la fuente, en la que me sumergía todas las
-mañanas. Tal fué la vivienda a que me retiré con Antonio y los
-caballos, luego de proveerme de unos pocos utensilios caseros
-indispensables.
-
-Suerte mía fué poseer aquellos cuadrúpedos, ya que así tuve modo de
-gozar en grandísima medida las bellezas de la campiña circundante.
-Pocas cosas hay en la vida más deliciosas que un paseo a caballo,
-en primavera o verano, por los alrededores de Sevilla. Mi excursión
-favorita era en dirección de Jerez, por la vasta _Dehesa_, como la
-llaman, que se extiende desde Sevilla hasta las puertas de aquella
-ciudad, casi a cincuenta millas de distancia, sin un pueblo apenas
-entremedias. El terreno es desigual y quebrado, en su mayor parte
-cubierto de matorrales de la especie que llaman _carrasco_, entre
-los que corre un camino de herradura, no fácil de discernir, trazado
-principalmente por los _arrieros_, con sus largas recuas de mulas
-y _borricos_. Allí, el aire embalsamado de la hermosa Andalucía se
-respira en toda su pureza. Las flores y hierbas aromáticas que crecen
-en abundancia, difunden en torno sus perfumes. Allí la tristeza y
-la pesadumbre huyen del pecho como por magia, en tanto que los ojos
-se extasían ante el panorama, iluminado por un sol esplendoroso,
-sin igual, en cuya luz flotan las mariposas, pintadas de alegres
-colores, y las _salamanquesas_, verdes y áureas, despatarradas en el
-suelo, gozan del voluptuoso calor, o se lanzan a veces de un salto
-velocísimo, con susto del viajero, a la madriguera más próxima, y
-allí se le quedan mirando con sus ojillos agudos y brillantes. Es
-imposible, repito, estar triste en tierras tales, y con razón los
-antiguos griegos y romanos colocaron aquí sus Campos Elíseos. Son
-bellísimas, aun en su desolación actual, porque la mano del hombre
-no las cultiva desde el día funesto en que la expulsión de los moros
-privó a Andalucía de los dos tercios, cuando menos, de su población.
-
-Todas las tardes salía a caballo por la Dehesa, hasta perder de vista
-las torres más altas de Sevilla. Entonces volvía, y, apretándole
-las rodillas a _Sidi Habismilk_, mi caballo árabe, tomaba el veloz
-animal, que jamás necesitó látigo ni espuela, el camino de Sevilla
-con la rapidez de un torbellino, devorando la distancia en una
-carrera loca; dejada atrás la Dehesa, se precipitaba por el paseo de
-las Delicias, sombreado de olmos, y a poco el estruendo de sus cascos
-resonaba bajo la bóveda del arco de la Puerta de Jerez; un momento
-después, quedábase inmóvil como una piedra ante la puerta de mi casa
-solitaria, en la silenciosa plazuela de la Pila Seca.
-
-Son las ocho de la noche, y, de vuelta de la Dehesa, estoy en la
-_sotea_ tomando el fresco. Juan Crisóstomo acaba de llegar del
-trabajo. No le he hablado; pero oigo cómo, abajo en el patio, cuenta
-a Antonio los progresos que ha hecho en los dos últimos días. Habla
-un griego bárbaro, mechado con abundantes vocablos españoles;
-colijo de sus palabras que ya ha vendido doce Testamentos entre sus
-compañeros de trabajo. Oigo caer al suelo unas monedas de cobre, y
-Antonio, que no tiene temple de verdadero cristiano, le reprocha que
-no haya traído en plata el producto de la venta. Juan Crisóstomo pide
-luego quince ejemplares más, porque la demanda aumenta, según dice,
-y podrá sin dificultad venderlos en todo el día siguiente, mientras
-atiende a sus ocupaciones. Antonio va en busca de los libros, y Juan
-se queda solo junto a la fuente de mármol, cantando una canción
-extraña, tal vez un himno de su amada iglesia griega. He ahí uno de
-los ayudantes que el Señor me ha dado en mis trabajos evangélicos a
-orillas del Guadalquivir.
-
-Todo el tiempo que pasé en Sevilla viví muy retirado, gastando la
-mayor parte del día en estudiar, o en ese semisoñoliento estado
-de inactividad, resultado natural de los climas calurosos. El
-carácter de la gente entre quien me hallaba no me inducía a buscar
-su sociedad. Los andaluces de la clase alta son probablemente, en
-términos generales, los seres más necios y vanos de la especie
-humana, sin otros gustos que los goces sensuales, la ostentación en
-el vestir y las conversaciones obscenas. Su insolencia sólo tiene
-igual en su bajeza, y su prodigalidad, en su avaricia. Las clases
-bajas son un poquito mejores que las de posición elevada; verdad
-es que no puede alabarse el nivel de su moralidad: son engañosos,
-camorristas y vengativos; pero son en general más corteses y, con
-toda seguridad, no más ignorantes.
-
-A los andaluces, en general, los tienen en muy baja estimación
-los demás españoles, y aun los de mejor posición tropiezan con
-dificultades para ser admitidos en las tertulias respetables de
-Madrid, donde si logran entrar, son invariablemente ridiculizados
-por los gestos y ademanes absurdos en que se complacen, por su
-inclinación a la jactancia, sus exageraciones, su curioso acento y la
-manera incorrecta de pronunciar el castellano.
-
-En una palabra: los andaluces, en todas las cualidades del carácter,
-se hallan tan por debajo de los otros españoles, como el país que
-aquéllos habitan es superior en belleza y fertilidad a las demás
-provincias de España.
-
-Pero no vaya a creerse ni por un momento que mi intención es negar
-que entre los andaluces haya individuos estimables y excelentes:
-uno descubrí yo a quien sin vacilar proclamo como el carácter más
-extraordinario que he conocido; pero no era un retoño de una familia
-noble, ni «portador de suaves vestidos», ni personaje lustroso y
-perfumado, ni uno de los _románticos_ que vagaban por las calles de
-Sevilla adoptando actitudes lánguidas, con largas melenas negras
-que, en rizos exuberantes, les llegaban hasta los hombros, sino
-uno de aquellos a quienes los orgullosos y duros de corazón llaman
-la hez del populacho; un hombre miserable, sin casa, sin dinero,
-harapiento, destrozado. Aludo a Manuel, a quien no sé por qué oficio
-nombrar: si vendedor de billetes de lotería, o auriga del carro de
-los muertos, o poeta laureado en poesía gitana. Maravilla será que
-aún estés vivo, amigo Manuel; tú, de condición natural tan noble,
-honrado, de corazón puro, humilde, pero digno, ¿vagas todavía por
-los patios de la bella _Safacoro_[17], o por la margen del _Len
-Baro_[18], con la mirada perdida en el espacio y esforzándote por
-recordar alguna copla de Luis Lobo medio olvidada? ¿O descansas ya,
-fuera de la _Puerta de Jerez_, en el _Camposanto_, adonde en tiempo
-de epidemia acostumbrabas llevar a tantos, así gitanos como gentiles,
-en tu carro de tintineante campanilla? Muchas veces en las _réunions_
-de los sabios y escritores de este país de tantas letras, harto de
-sus alardes de pedantería y egotismo, he recordado gustoso nuestros
-recitados de poesías gitanas en la casona de Pila Seca. Muchas veces,
-asqueado ante las ostentosas profesiones de fe de los que pasean la
-cruz en doradas carrozas, te he recordado a ti y tu fe tranquila,
-sin pretensiones; tu paciencia en la miseria, tu fortaleza en la
-adversidad. Y cuántas veces, al meditar en la muerte, que con rapidez
-se aproxima, he deseado poder reunirme contigo otra vez, y que tus
-manos ayuden a llevarme al campo de los muertos, allá en la soleada
-planicie, ¡oh Manuel!
-
- [17] Nombre gitano de Sevilla.
-
- [18] Idem íd. del Guadalquivir.
-
-Mi visitante más asiduo era Dionisio, que por raro caso dejaba de
-ir a verme alguna tarde: el pobre hombre iba en busca de simpatía y
-conversación. Es difícil concebir situación más desamparada y aislada
-que la de aquel griego en Sevilla, sin un amigo apenas, pendiente,
-para subsistir, de la mísera pitanza que podía producirle la venta de
-unos pocos libros, ofrecidos en su mayoría de puerta en puerta.
-
-—¿Qué pudo inducirle a usted en un principio a dedicarse a vender
-libros en Sevilla?—le pregunté cuando, cierta tarde calurosa, llegó,
-sofocado y cansado, con un paquete de libros atado con una correa.
-
-DIONISIO.—A falta de empleo mejor, _Kyrie_, adopté este oficio, que
-está muy despreciado y no da para vivir. Cuántas veces he lamentado
-que no me enseñasen a zapatero, o no haber aprendido, de mozo,
-cualquier oficio manual útil; ahora lo hubiese seguido muy contento.
-Eso me hubiera procurado, al menos, el respeto de mis semejantes,
-pues me necesitarían; mientras que ahora todos me huyen y me miran
-con desprecio. Vendo una mercancía que aquí no le importa a nadie.
-¡Libros en Sevilla, donde nadie lee, como no sean novelas nuevas,
-traducidas del francés, y obscenidades! ¡Libros! ¡Ojalá fuese gitano,
-que entonces, vendiendo burros, sería al menos independiente y más
-respetado que ahora!
-
-YO.—¿En qué género de libros comercia usted principalmente?
-
-DIONISIO.—En el menos adecuado al mercado de Sevilla, _Kyrie_: en
-libros de valor substancial, fundamentales; muchos en griego viejo,
-adquiridos por mí al disolverse los conventos, cuando los fondos
-de sus bibliotecas, arrojados a los patios, se vendían a tanto la
-_arroba_. Al principio creí hacer fortuna, y, en realidad, con esos
-libros la hubiera hecho en cualquier otra parte; pero aquí he llegado
-a ofrecer por medio duro un Elzevir, en vano. Si no fuera por los
-forasteros, que me compran algo, me moriría de hambre.
-
-YO.—Pero en Sevilla hay una gran catedral con muchos curas y
-canónigos; de seguro irán a verle a usted algunos para comprar obras
-clásicas y libros de literatura eclesiástica.
-
-DIONISIO.—Si cree usted eso, _Kyrie_, conoce usted mal a los
-eclesiásticos de Sevilla. Yo trato a muchos y puedo asegurarle
-que es difícil encontrar una caterva de gentes con más declarada
-aversión a los trabajos intelectuales de toda especie. No leen más
-que periódicos, y los toman sólo por la esperanza de saber que su
-amigo don Carlos está ya reinstalado en Madrid; pero prefieren
-el chocolate y los bizcochos y dormir la siesta antes de comer a
-toda la filosofía de Platón y a la elocuencia de Tulio. Algunas
-veces van a mi casa, pero sólo para matar una hora de aburrimiento
-charlando de cosas sin sustancia. Una vez fueron a verme tres de
-ellos con la esperanza de convertirme a la superstición latina.
-«_Signor Donatio_ (así me llamaban), ¿cómo usted, persona tan
-libre de prejuicios, y con ciertas pretensiones de saber, sigue
-aferrado a una religión tan absurda? Tras de residir tantos años
-en una tierra civilizada, como esta de España, harto tiempo es ya
-de que abandone usted su culto medio pagano e ingrese en el seno
-de la Iglesia. Siga nuestro consejo y no le irá mal.» «Gracias,
-señores—repliqué—, por el interés que mi felicidad les inspira; yo
-no me niego a razones: discutamos el asunto. ¿Cuáles son los puntos
-de mi religión que a ustedes les parecen mal? Porque claro es que
-ustedes conocerán perfectamente nuestros dogmas y ceremonias.» «Nada
-sabemos de su religión de usted, _signor Donatio_, salvo que es muy
-absurda, y, por tanto, está usted obligado, ya que es hombre bien
-instruído y sin prejuicios, a renunciar a ella.» «Pero, señores,
-si no conocen ustedes mi religión, ¿cómo la llaman absurda? No es
-propio de personas imparciales despreciar lo que se desconoce.»
-«Pero, _signor Donatio_, la religión de usted no es la Católica,
-Apostólica, Romana, ¿verdad?» «Podría serlo, señores, juzgando por
-lo que ustedes saben de ella; para que se enteren, les diré que no;
-mi religión es la Apostólica Griega. No la llamo católica por ser
-absurdo llamar católico a lo que no está admitido universalmente.»
-«Pero, _signor Donatio_, ello mismo lo dice: ¿qué va a entender de
-religión una cuadrilla de griegos bárbaros e ignorantes? Si niegan la
-autoridad de Roma, ¿dónde van a buscar ideas religiosas razonables?
-¿De dónde les va a venir el Evangelio?» «¿El Evangelio? Señores,
-permítanme que les enseñe un libro: aquí está. ¿Qué opinan ustedes?»
-«_Signor Donatio_, ¿qué significa esto? ¿Qué son esos diabólicos
-caracteres? ¿Son moriscos? ¿Quién es capaz de entenderlos?» «Supongo
-que siendo ustedes sacerdotes de la Iglesia romana sabrán algo de
-latín; pues si examinan la portada del libro leerán en la lengua
-de su Iglesia: Evangelio de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, en
-su original griego», del cual la Vulgata es una mera traducción,
-y no muy correcta por cierto. Respecto a la barbarie de Grecia,
-ignoran ustedes, al parecer, que hubo una ciudad, llamada Atenas,
-famosísima, siglos antes de que a la primera choza de Roma le
-pusieran su techo de bálago y de que los vagabundos que primero la
-poblaron se hubieran escapado de manos de la justicia.» «_Signor
-Donatio_, es usted un hereje ignorante y, además, un insolente.
-¡Qué desatinos son esos!...» Pero no quiero cansarle los oídos,
-_Kyrie_, con los absurdos que los pobres _papas_[19] latinos me
-dispararon; su estribillo era: ¡qué disparates son esos!, muy
-aplicable, por cierto, a lo que ellos decían. Viendo que no podían
-conmigo en la controversia religiosa, denigraron a mi país con
-rabia: «España es mejor país que Grecia»—dijo uno. «Antes de venir
-a España no había usted probado el pan»—exclamó otro. «Y bien poco
-desde entonces»—pensaba yo. «Nunca había usted visto una ciudad como
-Sevilla»—añadió el tercero. Pero entonces comenzó lo más divertido de
-la comedia; mis visitantes eran naturales de tres puntos diferentes:
-uno era de Sevilla, otro de Utrera, y el tercero de Miguelturra,
-pueblo miserable de la Mancha. Al oír mentar a Sevilla, empezaron
-los otros dos a cantar las alabanzas de sus cunas respectivas;
-surgieron las comparaciones, y el resultado fué una disputa
-violenta. Rociáronse de ultrajes; mientras, yo me mantuve apartado,
-encogiéndome de hombros, y decía _tipotas_[20]. Al fin, cuando se
-marchaban, dije: «¿Quién hubiese creído, señores, que la polémica de
-las iglesias latina y griega estaba tan estrechamente relacionada con
-los méritos comparativos de Sevilla, Utrera y Miguelturra?»
-
- [19] En griego, sacerdotes.
-
- [20] Nada.
-
-YO.—¿Hay aquí gran espíritu de proselitismo? ¿Qué clase de gente se
-convierte?
-
-DIONISIO.—Le diré a usted, _Kyrie_: la generalidad de los conversos
-se compone de protestantes alemanes o ingleses, aventureros, que
-vienen a establecerse aquí, y al cabo del tiempo se casan con
-españolas, para lo cual es necesario el previo ingreso en la
-Iglesia latina. Unos pocos son judíos vagabundos de Gibraltar o de
-Tánger, delincuentes huídos a España, y que renuncian a su fe para
-no morir de inanición. Pero a tan ilustre gente hay que pagarla, y
-los curas se encargan de buscarles _padrinos_, generalmente entre
-las devotas ricas sometidas a su influencia, que tienen a gloria y
-por acto meritorio cooperar en la reconquista de almas perdidas
-para la Iglesia. El neófito se deja convencer mediante la promesa
-de una _peseta_ diaria, que los padrinos pagan de ordinario durante
-el primer año; pero rara vez más tiempo. Hace unos cuarenta años,
-sin embargo, lograron una conversión más notable. En Marruecos se
-encendió una guerra civil por las opuestas pretensiones de dos
-hermanos al Trono. Vencido uno de ellos, huyó a España, implorando
-la protección de Carlos IV. Pronto le dedicaron los curas atención
-especial, que no anduvieron tardos en convertirle, y consiguieron que
-el rey le señalase una pensión de un duro diario. De allí a pocos
-años murió en Sevilla hecho un vago, despreciado de todos. Dejó un
-hijo, hoy notario, muy devoto exteriormente. Pero es el hipócrita y
-_picarón_ más grande que existe. Quisiera que le viera usted la cara,
-_Kyrie_: es la de Judas Iscariote. Tal sería también, creo yo, la
-opinión de usted, que es fisonomista. Vive en la puerta inmediata a
-la mía, y a pesar de su religiosidad ostentosa, le dejan vivir en la
-mayor pobreza.
-
-Y nada más por ahora acerca de Dionisio.
-
-A mediados de julio, nuestros trabajos en Sevilla llegaron a término
-por la muy eficaz razón de que ya no tenía más Testamentos que
-vender; desde mi llegada se habían puesto en circulación algo más de
-doscientos.
-
-Unos diez días antes de esa fecha me visitaron varios _alguaciles_
-acompañados de una especie de alcalde de barrio, y se apoderaron de
-unos pocos Testamentos y Evangelios en gitano que por casualidad
-encontraron esparcidos por el suelo. La visita no me desagradó, ni
-mucho menos, porque era prueba satisfactoria del efecto de nuestros
-trabajos en Sevilla.
-
-No puedo por menos de referir aquí un sucedido: Uno o dos días
-después del secuestro fuí a casa del alcalde de barrio con motivo de
-mi pasaporte, y le encontré echado en la cama, por ser la hora de
-_siesta_, leyendo con atención uno de los Testamentos que se llevó
-de mi casa, todos los cuales, si hubiera obedecido las órdenes que
-tenía, debió haber depositado en el Gobierno civil. Tan absorto
-estaba en la lectura, que al pronto no se dió cuenta de mi llegada;
-cuando la advirtió, saltó de la cama muy confuso y guardó el libro
-en su bufete; yo, sonriendo, le dije que se tranquilizara, pues me
-alegraba verle ocupado en cosa de tan gran provecho. Ya más sereno,
-manifestó que había leído casi todo el libro, sin hallar nada malo en
-él; por el contrario, todo le parecía digno de loa. Añadió que los
-curas debían de estar _endemoniados_ para perseguirlo con tal saña.
-
-Hicieron el embargo en domingo, y me encontraron leyendo la liturgia.
-Uno de los _alguaciles_ hizo notar al marcharse el diferente modo
-que protestantes y católicos tenían de guardar las fiestas: los
-primeros, en sus casas leyendo buenos libros; los segundos, en los
-toros, mirando cómo las fieras arrancan las entrañas ensangrentadas a
-los pobres caballos. La plaza de toros de Sevilla es la más hermosa
-de España, y todos los domingos (único día en que se abre) se llena
-invariablemente de una multitud entusiasta.
-
-Comencé ya los preparativos para ausentarme de Sevilla por unos meses
-con destino a la costa de Berbería. Antonio, que no quiso salir de
-España, donde estaban su mujer y sus hijos, se volvió a Madrid muy
-contento con una buena gratificación que le di. Como me proponía
-volver aún a Sevilla, dejé la casa y los caballos al cuidado de un
-amigo de confianza, y me marché. En los capítulos siguientes se verán
-las razones que tuve para visitar Berbería.
-
-
-
-
-CAPÍTULO L
-
- Noche en el Guadalquivir. — La luz del Evangelio. — Bonanza. — La
- playa de Sanlúcar. — Panorama andaluz. — Historia de una caja. —
- _Cosas de los ingleses._ — Los dos gitanos. — El cochero. — El
- gorro de dormir encarnado. — El vapor. — El idioma cristiano.
-
-
-En la noche del 31 de julio salí de Sevilla para mi expedición a
-bordo de uno de los vapores que navegaban por el Guadalquivir entre
-Sevilla y Cádiz. Llevaba el propósito de detenerme en Sanlúcar para
-recobrar la caja de Testamentos retenida allí en secuestro, mientras
-llegaba la ocasión oportuna de sacarlos fuera del reino de España.
-Destinaba yo esos Testamentos a ser repartidos entre los cristianos
-que esperaba encontrar en las costas de Berbería. Sanlúcar dista
-unas quince leguas de Sevilla, y se halla a la entrada de la bahía
-de Cádiz, donde el Guadalquivir junta sus aguas amarillas con las
-ondas saladas. El vapor desatracó del muelle a eso de las nueve y
-media, entre el vocerío con que los de a bordo y los que se quedaban
-en tierra se despedían de sus amigos. En ese tumulto me pareció
-oír las voces de algunos amigos míos que me habían acompañado al
-muelle, y al instante me puse a gritar con más fuerza que nadie. La
-noche era muy obscura; tanto, que apenas distinguíamos los árboles
-que pueblan el borde oriental del río hasta la primera revuelta.
-Durante todo aquel día había reinado en Sevilla un _calmazo_; es
-decir, un tiempo excesivamente bochornoso, sin el más leve soplo de
-aire que lo animase. La noche fué también pesada y sofocante. Como
-yo había hecho con frecuencia el viaje del Guadalquivir, remontando
-y descendiendo el famoso río, no sentí la inquietud y curiosidad
-que la gente experimenta al hallarse, sea con luz o a obscuras, en
-paraje extraño, y como no conocía a ninguno de los pasajeros que
-charlaban sobre cubierta, pensé que lo mejor sería retirarme a la
-cámara y descansar un poco, a ser posible. La cámara estaba desierta
-y regularmente fresca, con todas las ventanas de las dos bandas
-abiertas para que corriese el aire. Tendido en un diván me dormí
-pronto, y así estuve dos horas, hasta que las furiosas picaduras de
-mil chinches me despertaron, obligándome a salir a cubierta, donde me
-dormí otra vez arropado con mi abrigo. Me desperté al rayar el día;
-estábamos a unas dos leguas de Sanlúcar. Me puse en pie y miré al
-Oriente, observando los progresos graduales del amanecer: primero un
-débil fulgor, luego unas bandas de claridad, después un arrebol, un
-rayo brillante, y por fin el disco de oro de ese orbe que cada día
-emerge del inmenso abismo; al instante, el vasto panorama fulguró
-con claros resplandores; la tierra reía, chispeaban las aguas, los
-pájaros trinaban, y los hombres levantábanse regocijados, porque era
-un nuevo día, y el sol, en la misión que le dió su Creador, comenzaba
-a difundir la luz y el contento, ahuyentando la pesadumbre y las
-tinieblas.
-
- Ved el sol matinal
- cual inunda su claridad la tierra,
- su camino triunfal
- de vida y luz se llenan.
-
- El Evangelio alumbra
- con luz aun más divina,
- saca a los pecadores de sus tumbas
- y da a los ciegos vista.
-
-Nos detuvimos frente a Bonanza, que es, hablando propiamente, el
-puerto de Sanlúcar, aunque dista de este pueblo media legua. Llámase
-Bonanza en razón de su buen surgidero, al abrigo de las borrascas del
-Océano. Consiste en varios edificios espaciosos, blancos, casi todos
-almacenes del Gobierno, y lo habitan carabineros, aduaneros y unos
-pocos pescadores. Un bote vino a recoger los pasajeros para Sanlúcar
-y trajo a bordo media docena de personas que iban a Cádiz; yo me fuí
-con aquéllos. Un joven español, de talla diminuta, me hizo en francés
-algunas preguntas acerca de lo que me parecían el paisaje y el clima
-de Andalucía. Díjele que los admiraba mucho, lo que, evidentemente,
-le causó gran placer. El botero llegó entonces pidiendo dos _reales_
-por llevarme a la costa; no llevaba yo dinero suelto, y le ofrecí
-un duro para que cambiase. Dijo que le era imposible; le pregunté
-qué haríamos, y groseramente me contestó que no lo sabía, pero que
-no estaba para perder tiempo y quería cobrar en el acto. El joven
-español, al observar mi apuro, sacó dos _reales_ y pagó al hombre. Le
-di las gracias de todo corazón por tal rasgo de cortesía, y muy de
-veras se lo agradecí, pues hay pocas situaciones tan desagradables
-como encontrarse en un grupo de gente que no tiene cambio, y verse
-acosado al mismo tiempo para el pago. Una persona algo depravada me
-decía una vez que es preferible carecer de dinero en absoluto, pues
-en tal caso ya sabe uno lo que ha de hacer. Más tarde encontré en
-Cádiz al joven español y le pagué, dándole gracias otra vez.
-
-Cerca del desembarcadero esperaban unos cuantos cabriolés, dispuestos
-a llevarnos a Sanlúcar. Tomé uno, y echamos a andar lentamente por
-la playa. El sitio es famoso en las novelas antiguas españolas, del
-género llamado picaresco, o sea las consagradas a las aventuras
-de pícaros notorios; el modelo de todas, así como de las del mismo
-género en cualquier otro idioma, es _Lazarillo de Tormes_. El
-propio Cervantes inmortalizó esta playa en la más divertida de sus
-novelas cortas, _La ilustre fregona_. En una palabra, la playa de
-Sanlúcar era en los tiempos antiguos, si no en los modernos, punto
-de cita de rufianes, _contrabandistas_ y vagabundos de toda laya,
-que allí anidaban en míseras chozas, hoy desaparecidas. El mismo
-Sanlúcar siempre fué notado por la inclinación de sus habitantes—los
-peores de Andalucía—al robo. Aquel ventero del _Quijote_, tan
-pícaro, perfeccionó su educación en Sanlúcar. Todos estos recuerdos
-se agolpaban en mi espíritu según íbamos recorriendo la playa,
-dorada por el sol de Andalucía, que todo lo hermosea. Llegamos
-al fin a ponernos próximamente frente a Sanlúcar, que se alza a
-cierta distancia de la ribera. Allí se nos ofreció un espectáculo
-muy animado: una multitud de mujeres, vistiéndose o desnudándose,
-pululaba en la orilla, mientras (calculando con prudencia) centenares
-de ellas jugaban y retozaban en el agua. Algunas estaban tendidas
-cuan largas eran al borde mismo de la playa, en un lecho de arena
-y pedrezuelas, dejando que las minúsculas olas les pasaran sobre
-el cuerpo; otras nadaban valientemente mar adentro. Había una
-confusa batahola de gritos, chillidos y agudas risas femeninas;
-oíase también algunas canciones, cuyo asunto es fácil de adivinar,
-pues estábamos en la soleada Andalucía, ¿y en qué pueden pensar ni
-de qué hablar o cantar sus ojinegras hijas más que de _amor, amor_,
-que entonces resonaba en la tierra y en las aguas? Prosiguiendo
-a lo largo de la playa, vimos también una multitud de hombres
-bañándose; no pasamos junto a ellos, pues torcimos a la izquierda
-y remontamos un paseo o avenida que conduce a Sanlúcar, como de un
-cuarto de milla de longitud. La vista desde allí era, en verdad,
-magnífica: ante nosotros yacía la ciudad, en la falda y en la cúspide
-de una colina de regular altura, extendiéndose de Este a Oeste; la
-población me pareció bastante grande; supe después que contaba lo
-menos veinte mil habitantes. Varios inmensos edificios y murallas la
-dominaban, de tanta grandeza que difícilmente puede describirse con
-palabras; pero lo principal era un castillo antiguo, situado hacia
-la izquierda. Las casas eran blancas del todo, y hubieran brillado
-esplendorosas de haber estado más alto el sol, pero en hora tan
-temprana yacían en relativa sombra. El _tout ensemble_ era oriental
-y morisco en extremo; de hecho, Sanlúcar fué antaño una famosa
-fortaleza de los moros, y después de Almería, la plaza comercial
-más frecuentada de España. En estas partes de Andalucía todo tiene
-un carácter enteramente oriental. Ved los cielos, tan despejados
-y de azul tan brillante como el de la India; el candente sol, que
-en un momento curte las más blancas mejillas, y llena el aire de
-llameantes ráfagas; y ved el paisaje y los productos vegetales. A
-cada lado del paseo por donde íbamos había una hilera de esa mata
-o árbol, no sé cómo llamarlo, que en español se conoce por _pita_
-y en marroquí por _gursean_. Alcanza aquí desarrollo casi tan
-majestuoso como en la costa de Africa. Del cogollo de verdes hojas,
-que en todas direcciones brotan desde la raíz, se alza un tallo tan
-alto, ¿necesitaré decirlo?, como una palmera; ¿y necesitaré decir
-que las hojas, de extraordinario espesor en la base, son en el cabo
-más agudas que la punta de una lanza, y que infligirían una herida
-terrible a cualquier animal que por inadvertencia se arrojase contra
-ellas?
-
-La _posada_ donde paramos está a la entrada de Sanlúcar. Daba frente,
-con algunas casas más, al paseo por donde habíamos ido. Como aún
-era muy temprano, me fuí a descansar unas horas, y después visité
-al vicecónsul británico, Mr. Phillipi, quien ya me conocía de
-nombre, pues me había recomendado a él, por carta, un pariente suyo
-de Sevilla. Mr. Phillipi estaba en su escritorio, y me recibió con
-gran amabilidad y cortesía. Le expliqué el motivo de mi visita a
-Sanlúcar, y solicité su ayuda para rescatar los libros depositados
-en la Aduana y poder sacarlos del reino, pues bien conocía yo las
-dificultades que encuentran cuantos han de tratar algún asunto con
-las autoridades españolas. El vicecónsul me aseguró que tendría gran
-placer en serme útil, y, en consecuencia, envió conmigo a la Aduana a
-su primer oficial, persona muy conocida y respetada en Sanlúcar.
-
-Lo mejor será contar aquí de una vez lo relativo a esos libros, para
-no entorpecer más adelante la narración. Consistían en un cajón de
-Testamentos en español y una caja pequeña de Evangelios de San Lucas,
-en el lenguaje de los _gitanos_ españoles. Los retiré de la Aduana
-de Sanlúcar, con una guía para la de Cádiz. En Cádiz estuve ocupado
-dos días, y otros tantos una persona que tomé a mi servicio, en
-cumplir todos los requisitos y procurarme los papeles necesarios. El
-gasto fué grande, pues a cada paso me pedían dinero, si bien yo no
-hacía más que cumplir sencillamente la orden del Gobierno español de
-sacar de España los libros prohibidos. Esta farsa no concluyó hasta
-mi llegada a Gibraltar, donde pagué un duro al cónsul español por
-certificar al dorso de la guía, antes de devolverla a Cádiz, como
-era mi obligación, que los libros habían llegado a aquella plaza. No
-vió los libros, es cierto, ni preguntó por ellos; pero se guardó el
-dinero, objeto único, por lo visto, de sus ansias.
-
-En la Aduana de Sanlúcar me hicieron dos o tres preguntas respecto de
-los libros contenidos en las cajas; y eso me dió ocasión de hablar
-del Nuevo Testamento y de la Sociedad Bíblica. Mis palabras llamaron
-la atención, y al instante todos los oficiales y dependientes de la
-casa, grandes y chicos, desde el administrador hasta el portero,
-se congregaron en torno mío. Como hubo que abrir las cajas para
-inspeccionar su contenido, salimos todos al patio, y allí, tomando
-en la mano un Testamento, reanudé mi discurso. No sé a punto fijo lo
-que dije; pues al recapacitar de qué modo se perseguía la palabra de
-Dios en tan desventurado reino, me emocioné mucho y me dejé llevar
-de mis sentimientos. Mis palabras causaron impresión, evidentemente;
-con gran asombro mío, cada uno de los presentes me pidió un ejemplar.
-Vendí unos cuantos dentro de la misma Aduana. Lo que más llamaba
-la atención era el Evangelio en gitano, y lo examinaron con mucho
-detenimiento, entre sonrisas y exclamaciones de sorpresa, diciendo
-de vez en cuando: _Cosas de los ingleses_. Uno de los presentes
-me preguntó si sabía hablar el lenguaje _gitano_. Respondí que no
-sólo hablarlo, pero escribirlo, y en el acto hice un discurso de
-unos cinco minutos en la lengua de los gitanos, y apenas concluí,
-todos aplaudieron y exclamaron: _¡Cosas de Inglaterra! ¡Cosas de
-los ingleses!_ Vendí algunos ejemplares del Evangelio en gitano,
-y terminado el asunto que me llevó a la Aduana, me despedí de mis
-nuevos amigos y me fuí con mis libros.
-
-Volví a casa de Mr. Phillipi, quien, al conocer mi intención de
-proseguir el viaje a Cádiz en el vapor de la mañana siguiente, que
-tocaría en Bonanza a las cuatro, envió a este pueblo mis cajas y
-mi ligero equipaje, aconsejándome que fuese yo también a dormir
-allí para poder embarcar en hora tan temprana. Me presentó después
-a su mujer, que era inglesa, y a su hija, muchacha de unos diez y
-ocho años, amable y linda, a quien ya había visto en Sevilla; había
-allí de visita otros tres o cuatro señores, que habían ido desde
-Sevilla a tomar baños de mar. La señora de la casa y yo cambiamos
-unas pocas palabras en inglés, y luego empezamos todos a charlar en
-español, único idioma que, al parecer, entendían o apreciaban los
-demás presentes; en verdad, sería poco razonable esperar que los
-españoles hablen un idioma distinto del suyo, pues tan armonioso
-y flexible como es (mucho más, a mi juicio, que ningún otro), se
-antoja, en ocasiones, del todo insuficiente para expresar los
-arranques impetuosos de su exuberante imaginación. Dos horas volaron
-rápidamente en coloquios, interrumpidos de vez en cuando por la
-música y el canto, hasta que me despedí de tan deleitosa compañía, y
-me fuí a curiosear por la ciudad.
-
-Era ya más de medio día, y el calor en extremo fuerte; apenas vi
-alma viviente por las calles; las piedras del pavimento me quemaban
-los pies a través de las suelas de las botas. Crucé la plaza de la
-Constitución, que nada de particular ofrece a los ojos del viajero,
-y remonté la colina para ver el castillo desde más cerca. Es un
-edificio de piedra, fuerte y pesado, con cubos, y en regular estado
-de conservación, a pesar de hallarse abandonado.
-
-Me cansé de mirar, y ya desandaba el camino, cuando me abordaron
-dos gitanos, que se habían enterado de mi llegada. Cambiamos unas
-palabras en _gitano_, pero conocían muy mal el dialecto y eran
-incapaces de sostener una conversación en él. Clamaban por un
-_gabicote_, o libro en lengua gitana. Se lo negué, diciendo que no
-sacarían de él provecho alguno; pero en vista de que sabían leer,
-les prometí sendos Testamentos en español. Con desdén rechazaron
-la oferta, diciendo que no se curaban de nada escrito en la lengua
-de los _Busné_ o gentiles. Insistieron en su demanda, a la que por
-fin me sometí, no pudiendo resistir sus importunaciones; así que me
-acompañaron a la posada y recibieron lo que con tanto ardor deseaban.
-
-Por la tarde me visitó Mr. Phillipi; me dijo que por encargo suyo
-un cabriolé iría a buscarme a la posada al ser las once para
-llevarme a Bonanza, y allí, un individuo, dueño de una tabernucha,
-a quien de antemano se habían remitido mis cajas y otros bártulos,
-me alojaría por aquella noche, si bien tendría probablemente que
-dormir en el suelo. Fuímos después de paseo a la playa, donde había
-muchos bañistas, todos varones. Algunos eran muy buenos nadadores,
-en particular dos, que se habían metido muy adentro en el abra del
-Guadalquivir, una milla cuando menos. Al decirme que eran frailes, me
-pregunté asombrado en qué época de su vida habrían podido adquirir
-tanta destreza en la natación. Supuse que no sería en los tiempos
-en que, conforme a sus votos, sólo podían vivir para la oración, el
-ayuno y las mortificaciones. La natación es un ejercicio muy bueno,
-pero en manera alguna encaminado a la mortificación de la carne
-ni del espíritu. Al anochecer volvimos a la ciudad, y mi amigo se
-despidió de mí con mucho cariño. Me retiré después a mi aposento, y
-pasé unas horas en meditación.
-
-Se hizo de noche; dieron las diez, las once; el cabriolé se detuvo
-a la puerta. Monté, y echamos paseo abajo y luego a lo largo de
-la playa, desierta. Las olas resonaban tristemente; todo parecía
-cambiado desde por la mañana. Hasta me pareció que las pisadas de
-los caballos sonaban de distinto modo al avanzar al trote corto por
-la arena compacta y húmeda. Pero el cochero no estaba triste, ni
-mucho menos, ni con ganas de permanecer callado mucho tiempo: no
-tardó en empezar a hacerme una infinidad de preguntas respecto de mi
-procedencia y de mi destino. Le respondí lo que me pareció oportuno,
-y, en cambio, le pregunté si no le daba miedo pasar con el coche a
-tales horas por un sitio de tan mala fama como aquella playa. Oído
-esto, miró en torno, y al no ver a nadie, soltó una exclamación
-burlona, y dijo que un hombre con tales patillas como las suyas
-no se asustaba de todos los ladrones de la playa juntos, y que ni
-doce hombres de Sanlúcar se atreverían a dar el alto a un viajero
-sabiendo que iba bajo su protección. Era un buen ejemplar de andaluz
-fanfarrón. A poco percibimos el débil fulgor de una o dos luces
-delante de nosotros: eran las de unas lanchas y otros barquichuelos
-embarrancados en la arena, debajo y muy cerca de Bonanza; entre los
-barcos percibí la obscura silueta de dos o tres hombres. Estábamos
-al final del viaje y nos detuvimos ante la puerta de la casa donde
-había de albergarme por aquella noche. Se apeó el cochero y llamó
-fuerte un buen rato, hasta que un hombre, como de sesenta años, de
-extraordinaria corpulencia, abrió la puerta; llevaba en la mano una
-luz mortecina, e iba vestido con una camisa de rayas, sucia, y gorro
-de dormir encarnado. Sin proferir palabra nos dejó entrar en una
-pieza muy vasta, con piso de tierra. A un lado, cerca de la puerta,
-se alzaba una especie de mostrador; detrás, un par de barriles, y en
-anaqueles, contra la pared, frascos de diversos tamaños. Había un
-olor muy fuerte a vino y licores. Arreglé la cuenta con el cochero
-y le di una propina; luego me pidió para echar un trago a mi salud.
-Díjele que pidiera lo que quisiese, y pidió una copa de aguardiente,
-que el amo de la casa, plantado detrás del mostrador, le sirvió sin
-pronunciar palabra. El cochero se la echó al coleto de un trago, pero
-hizo una porción de muecas después de beberla, y, tosiendo, dijo
-que sin duda alguna el aguardiente era bueno, porque le abrasaba el
-gaznate de un modo terrible. Luego me abrazó, salió de la casa y,
-montando en el cabriolé, fuése.
-
-El viejo del gorro colorado se acercó entonces muy despacio a la
-puerta, echó el cerrojo y la atrancó; después, empujó dos bancos
-y los juntó, señalándomelos con el gesto, como para notificarme
-que allí tenía la cama; sopló la luz y se retiró al fondo de la
-habitación, donde le oí tumbarse con muchos suspiros y resoplidos.
-No quedó más luz que la de una cazuelilla de barro puesta en el
-suelo, llena de agua y aceite, donde flotaba un pedacito de cartón
-con un pábilo encendido en el centro: esta lámpara tan sencilla se
-llama _mariposa_. Puse mi saco de noche sobre el banco, a modo de
-almohada, y me eché; me hubiese dormido en el acto, a no ser porque
-el del gorro colorado empezó a roncar de modo pavoroso; esto me hizo
-recordar que aún no me había encomendado a mi Amigo y Redentor: hice,
-pues, mis oraciones, y luego me sumí en el descanso.
-
-Más de una vez durante la noche me despertaron los gatos, y creo
-que también las ratas, al saltar sobre mi cuerpo. Al despertar la
-última vez, me levanté y, acercándome a la mariposa, consulté el
-reloj: eran las tres y media de la mañana. Abrí la puerta y salí a
-mirar; entraron unos pescadores pidiendo el aguardiente; el viejo
-se levantó en seguida a servirlos. Uno de aquellos hombres me dijo
-que si pensaba marcharme en el vapor, debía mandar cuanto antes mis
-equipajes al embarcadero, porque había sentido el ruido del barco
-que venía río abajo. Expedí los bultos y pregunté al del gorro
-colorado cuánto debía. _Un real_, respondió; tales fueron las dos
-únicas palabras que oí de su boca; en verdad, era hombre apegado al
-silencio, y acaso a la filosofía, poco cultivados en Andalucía. Me
-fuí presuroso al embarcadero. Aún no había llegado el vapor, pero el
-fragor de su marcha por el río oíase cada vez más cerca. La niebla
-cubría la faz tenebrosa de las aguas, y sentí cierto pavor al oír
-aproximarse al invisible monstruo rugiendo en el silencio de la
-noche. Al fin estuvo a la vista, se adelantó revolviendo el agua, se
-detuvo, y a poco me encontré a bordo. Era el _Península_, el mejor
-barco del Guadalquivir.
-
-¡Qué prodigiosa obra de la industria humana es el barco de vapor! Sin
-embargo, ¿cómo llamarla prodigiosa si se toma en consideración su
-historia? Han pasado más de quinientos años desde que surgió por vez
-primera la idea de construirlo, y sólo a fines del siglo pasado se
-logró por completo el intento, surcando las aguas de un río escocés
-el primer vapor digno de tal nombre. Durante ese largo período de
-tiempo, inteligencias perspicaces y hábiles manos se empleaban de
-vez en vez en el intento de corregir aquellas imperfecciones de la
-maquinaria que eran el único obstáculo que se oponía a que el barco
-fuese su propio propulsor contra las olas y el viento. Esos intentos,
-abandonados unos tras otros, perdida la esperanza, no fueron por
-completo estériles: cada inventor dejaba tras de sí alguna nueva
-mejora, fruto de sus trabajos, y sus continuadores la aprovechaban,
-hasta que sólo faltó encontrar dos o tres ideas felices, y un
-artilugio más perfecto. Llegaron los tiempos, y, por fin, ahora
-surcan el mismo Atlántico arrogantes vapores. Mucho se ha ponderado,
-en mi opinión con justicia, la utilidad del vapor para difundir
-por doquiera la civilización. Cuando los primeros barcos de vapor
-aparecieron en el Guadalquivir hará unos diez años, los sevillanos
-corrieron a las orillas del río, gritando ¡brujería! ¡brujería!, idea
-robustecida por el hecho de ser inglesa la Compañía, y de llevar los
-barcos, construídos en Inglaterra, maquinistas ingleses, como todavía
-los llevan; porque no se encontró ningún español capaz de entender
-la maquinaria. Sin embargo, no tardaron en habituarse a los vapores,
-que van generalmente abarrotados de pasajeros. Fanáticos y vanidosos
-como son todavía, y apegados con pasión a sus costumbres antiguas,
-los sevillanos saben que, en un caso al menos, puede venir algo bueno
-de tierra extranjera, y de herejes por añadidura; sus prejuicios
-inveterados han sufrido un rudo golpe, y es de esperar que éste sea
-el alborear de su civilización.
-
-Mientras surcábamos la bahía de Cádiz, iba yo reclinado en uno de
-los bancos de la cubierta, cuando acertó a pasar el capitán en
-compañía de otro hombre; se detuvieron cerca de mí, y oí al capitán
-preguntarle al otro cuántas lenguas sabía hablar. «Una tan sólo»,
-replicó. «Esa única—dijo el capitán—es, claro está, el cristiano»,
-nombre que los españoles dan a su propio idioma, para contraponerlo a
-todos los demás. «Ese individuo—continuó el capitán—que va echado en
-el banco, habla también el cristiano, cuando le conviene; pero habla
-además otros que no son el cristiano, ni mucho menos: sabe hablar
-inglés, y le he oído charlotear _gitano_ con los de Triana; ahora va
-a tierra de moros, y si fuese usted allí, le oiría hablar con ellos
-en su jerigonza con tanta facilidad como en _cristiano_, y aún mejor,
-porque él tampoco es cristiano. Le he tenido ya muchas veces a bordo,
-pero el sujeto me gusta poco, porque lleva consigo una cosa nada
-buena.» Tan digna persona me había estrechado la mano a mi llegada a
-bordo, diciéndome lo mucho que le contentaba verme de nuevo.
-
-
-
-
-CAPÍTULO LI
-
- Cádiz. — Las fortificaciones. — El cónsul general. — Anécdota
- característica. — Un vapor catalán. — Trafalgar. — Alonso Guzmán.
- — Gebel Muza. — La fragata _Orestes_. — El león hostil. — Las
- obras del Creador. — Un lagarto del Peñón. — El gentío. — La
- reina de los mares. — Oración por mi país.
-
-
-Cádiz se alza, como es bien sabido, en una larga y angosta lengua de
-tierra que se adentra en el mar, de cuyo seno parece salir la ciudad;
-las ondas salinas bañan sus muros por todos lados, menos por el Este,
-donde un istmo de arena la une con la costa de España. La ciudad,
-en su estado actual, es de construcción moderna, y, a diferencia de
-todas las demás ciudades de la Península, está edificada con gran
-regularidad y simetría. Muchas son sus calles, y se cortan, por lo
-general, en ángulo recto. Son muy estrechas, en comparación de la
-altura de las casas, y, por tanto, impenetrables a los rayos del
-sol, excepto en la hora del mediodía. Pero la calle principal es una
-excepción, y tiene cierta anchura. En esta calle está la _Bolsa_,
-las casas de los comerciantes más fuertes y de la nobleza, y es,
-durante la primera parte del día, punto de reunión de los ociosos
-y de los hombres de negocios, por lo que recuerda a la Puerta del
-Sol de Madrid. Desemboca en la plaza principal, no muy grande,
-pero con muchas pretensiones de magnificencia: circúyenla grandes
-edificios de aspecto imponente, y está plantada de hermosos árboles,
-a cuyo pie hay bancos de mármol, para comodidad del público. Pocos
-edificios públicos hay en Cádiz dignos de gran atención: cierto
-que la catedral pasaría en otros países por un monumento hermoso;
-pero en España, tierra de catedrales gigantescas, magníficas, sólo
-puede ser considerada como lugar de culto decoroso; todavía está sin
-acabar. Hay un paseo público, o _alameda_, en las murallas del Norte,
-atestado de gente, por lo general, las tardes de verano: el verdor
-de los árboles, mirados desde la bahía, presta agradable descanso a
-los ojos, deslumbrados por el resplandor del caserío, todo blanco,
-porque Cádiz es también una ciudad radiante. En otro tiempo fué la
-más rica de España, pero ha decaído malamente de su prosperidad en
-estos últimos años, y sus habitantes lamentan de continuo la ruina de
-su comercio; por tal razón, a diario emigran muchos a Sevilla, donde,
-al menos, es más barato vivir. Aún hay, sin embargo, mucha vida y
-mucho ruido en sus calles, adornadas con numerosas y espléndidas
-tiendas, bastantes de ellas en el estilo de las de París y Londres.
-Su población actual se calcula en 80.000 habitantes.
-
-No sin razón tiene Cádiz nombre de plaza fuerte; las fortificaciones
-por el lado de tierra, en parte obra de los franceses durante
-el imperio napoleónico, son muy dignas de admiración, y parecen
-inexpugnables; por el lado del mar, la naturaleza la defiende
-tanto como el arte, porque el agua y las rocas sumergidas no son
-parapetos despreciables. Con todo, las defensas de la ciudad, salvo
-las del lado de tierra, ofrecen tristes pruebas de la apatía y
-abandono españoles, aun teniendo en cuenta las circunstancias, harto
-desfavorables, en que ahora se halla el país. En las fortificaciones,
-que van arruinándose con rapidez, apenas se ve un cañón, excepto
-unos pocos desmontados; así esa fortaleza aislada se halla hoy casi
-a merced de cualquier nación extranjera que, con un pretexto, o sin
-pretexto alguno, pretendiese arrancarla del poder de sus legítimos
-dueños y convertirla en colonia.
-
-A las pocas horas de llegar, visité a Mr. B.[21], cónsul general
-británico en Cádiz. Su casa, muy vasta y suntuosa, hace esquina a
-la entrada de la _alameda_, y tiene hermosas vistas sobre la bahía.
-Por de contado, de tiempo atrás conocía yo de oídas a Mr. B. Sabía
-que llevaba bastantes años desempeñando con provecho para su país
-natal y no poca honra suya el cargo, tan señalado como lleno de
-responsabilidades, que ocupaba en España. Conocíale también por
-cristiano bueno y pío, y, además, como amigo seguro e inteligente de
-la Sociedad Bíblica. Sabía yo eso, pero no se me había presentado
-nunca ocasión de conocerle personalmente. Le vi entonces por vez
-primera, y su aspecto exterior me causó gran impresión. Es un
-hombre alto, atlético, muy bien formado, entre cuarenta y cinco y
-cincuenta años; la grave dignidad de su semblante se dulcifica por
-una expresión de buen humor muy atractiva. Sus modales son abiertos
-y afables en extremo. No entraré a referir con detalles nuestra
-entrevista, para mí asaz interesante. Conocía Mr. B. los puntos
-capitales de mi historia desde mi llegada a España, y sobre ellos
-hizo diversos comentarios que demostraban un conocimiento íntimo de
-la situación del país, tocante a los asuntos eclesiásticos, y del
-estado de la opinión respecto a innovaciones religiosas.
-
- [21] Mr. John Brackenbury.
-
-Me agradó descubrir que sus ideas coincidían en muchos puntos con
-las mías; ambos teníamos la opinión decidida de que a pesar de
-las persecuciones y el alboroto promovidos últimamente contra el
-Evangelio, la batalla no estaba, ni mucho menos, perdida, y que la
-santa causa aún podía triunfar en España si los llamados a defenderla
-desplegaban, junto con su celo, discreción, y humildad cristiana.
-
-La mayor parte de aquel día y del siguiente estuve ocupado en la
-Aduana, tratando de obtener los documentos necesarios para exportar
-los Testamentos. El sábado por la tarde comí con Mr. B. y su familia,
-grupo interesante formado por su esposa, sus hijas, muy bellas, y su
-hijo, joven apuesto e inteligente. A la siguiente mañana, temprano,
-el vapor _Balear_ zarpaba de Cádiz con rumbo a Marsella, y escalas
-en Algeciras, Gibraltar y otros puertos de España. Tomé pasaje a
-su bordo hasta Gibraltar, pues ya nada tenía que hacer en Cádiz;
-mis asuntos en la aduana estaban al cabo concluídos gracias a Mr.
-B., sin cuya bondadosa asistencia creo que nunca los hubiera dado
-fin. Ya tarde, me despedí con pesar de hombre tan excelente y de
-mis otros encantadores amigos; creo que sus votos más fervientes me
-acompañaron, y en cualquier lugar del mundo donde, pobre peregrino
-por la causa del Evangelio, pueda encontrarme, no dejaré de ofrecer a
-menudo sinceras oraciones por su ventura y bienestar.
-
-Antes de despedirme de Cádiz, referiré una anécdota del cónsul
-británico, que le caracteriza, y pinta también su feliz manera de
-cumplir los más penosos deberes del cargo. Estaba yo de conversación
-con él en una sala de su casa, cuando nos interrumpió la llegada de
-dos visitantes inesperados: eran el capitán de un barco mercante de
-Liverpool y uno de la tripulación, rudo marinero del país de Gales,
-que apenas sabía expresarse en inglés. Ambos se miraban con indecible
-desconfianza y rencor. Resultó que el marinero se había negado a
-trabajar, y se obstinaba en abandonar el barco; su jefe llevábale
-a presencia del cónsul, a fin de que, si persistía en su actitud,
-le notificasen las consecuencias, o sea la pérdida de sus sueldos y
-ropas. Así se hizo; pero el marinero mostrábase cada vez más arisco,
-negándose a volver a pisar la misma cubierta que el capitán, quien
-le había llamado «griego, griego poltrón y holgazán», y eso no podía
-tolerarlo. La palabra «griego» se le había enconado al marinero en
-el ánimo y le lastimaba el corazón. Mr. B., buen conocedor, por lo
-visto, del carácter de los galeses en general—cuya testarudez, cuando
-se les lleva la contraria, es proverbial—y que desde luego vió los
-motivos triviales y necios de donde la disputa había surgido, le dijo
-sonriendo al marinero que, para salirse con la suya frente a todos
-y conservar sus sueldos y ropas, había un medio: irse a bordo de un
-barco de guerra de su majestad, anclado a la sazón en la bahía.
-No lo ignoraba el marinero, según dijo, y así se proponía hacerlo.
-Con todo, su torvo semblante se dilató un poco, y miró con menos
-fiereza al capitán. Entonces, Mr. B., dirigiéndose al último, hizo
-algunas observaciones sobre la inconveniencia de llamar «griego» a un
-marinero británico, sin olvidarse de mencionar al propio tiempo la
-absoluta necesidad de disciplina y obediencia a bordo. Sus palabras
-produjeron tal efecto, que muy poco tiempo después el marinero tendía
-la mano al capitán, mostrándose dispuesto a volver con él a bordo y a
-cumplir sus obligaciones, añadiendo que el capitán, después de todo,
-era el hombre mejor del mundo. Así se separaron contentos unos de
-otros; habiéndoles arrancado el cónsul la promesa de asistir al día
-siguiente al oficio divino en su casa.
-
-Llegó la mañana del domingo, y a las seis me encontraba a bordo.
-Al trepar por la escala, me hirió los oídos el áspero acento del
-dialecto catalán. El barco era, en efecto, de construcción catalana,
-y el capitán y los tripulantes pertenecían a aquel pueblo; la
-mayor parte de los pasajeros ya a bordo, o llegados después, eran
-catalanes, y parecían rivalizar unos con otros en emitir sonidos
-desagradables. Pero quien con toda evidencia se llevaba la palma
-era un comerciante gordo, de rostro colorado, barba en punta, ojos
-penetrantes y nariz corva; hablaba con asombrosa vehemencia por los
-motivos al parecer más fútiles, o sin motivo alguno; el sonido de su
-voz hubiese sido exactamente igual al ruido de un molinillo de café,
-a no ser por cierta nasalidad gangosa; no cesó de eyacular su catalán
-en todo el trayecto hasta Gibraltar. Esas gentes no se marean nunca,
-aunque con frecuencia producen o aumentan el mareo de los demás.
-
-No zarpamos hasta después de las ocho, en espera del gobernador
-de Algeciras, y en cuanto llegó a bordo nos pusimos en marcha;
-era hombre de unos setenta años, alto, delgado, rígido, de rostro
-grave, alargado y rugoso; en suma, la propia imagen de un antiguo
-grande de España. Nos echamos fuera de la bahía rodeando el ingente
-faro erguido sobre el arrecife, e hicimos después rumbo al Sur, en
-dirección de los estrechos. La mañana era esplendorosa; el cielo y el
-mar, de un azul radiante, o más bien, como en ocasión análoga hizo
-notar mi amigo Oehlenschlaeger[22], parecían dos cielos y dos soles,
-uno arriba y otro abajo.
-
- [22] Poeta danés. 1779-1850.
-
-Aunque el tiempo era bueno, el barco andaba poco, tal vez por sernos
-contraria la corriente. A las dos horas pasamos frente al castillo
-de Santa Petra, y al mediodía estábamos a la vista de Trafalgar.
-El viento refrescó y nos daba de proa; nos arrimamos mucho a la
-costa para evitar en lo posible el duro y fuerte mar que desembocaba
-del estrecho. Pasamos a muy corta distancia del Cabo, escarpado
-promontorio de no muy considerable altura.
-
-No hay inglés que pase por tales lugares—teatro de la batalla naval
-más famosa que se recuerda—sin emoción. Allí las flotas de Francia y
-España, unidas, fueron aniquiladas por una fuerza muy inferior; pero
-era una fuerza británica y la dirigía uno de los hombres más notables
-de su época, quizás el héroe más grande de todos los tiempos.
-
-Enormes despojos de naufragios emergen aún con frecuencia del golfo,
-cuyas olas se estrellan contra las rocas de Trafalgar: son reliquias
-de las gigantescas naves incendiadas y hundidas en aquel día
-terrible, cuando el heroico campeón de Bretaña, concluída su obra,
-murió. A un solo individuo le he oído aventurar palabras en desdoro
-de la gloria de Nelson: era un americano insolente, quien reputaba
-por demás exagerada la fama del almirante británico.
-
-—¿Cabe exagerar el aprecio de un hombre—replicó un desconocido—cuyos
-pensamientos todos se encaminaron al honor de su país, que apenas
-combatió una vez sin dejar un pedazo de su cuerpo en la refriega, y,
-para no hablar de otros triunfos menores, vencedor en dos batallas
-tales como Abukir y Trafalgar?
-
-Poco después estábamos a la vista de la costa de Africa. El cabo
-Espartel se dibujaba borrosamente entre la niebla por nuestra
-derecha. El Levante comenzó a soplar, y el barco cabeceaba mucho; sin
-embargo, el gobernador y yo resistimos valientemente; sentados en un
-banco, entramos en conversación acerca de los moros y de su país. El
-propio Torquemada no habría hablado de ellos con más aborrecimiento.
-Me dijo que había estado bastantes veces en las principales ciudades
-moras de la costa, describiéndomelas como montones de ruinas; a los
-moros los llamaba _cafres_ y bestias feroces. Siempre, aun en Tánger,
-donde la gente está más civilizada, le habían insultado: tan grande
-es el odio de los moros a cuanto huele a cristiano. Sin embargo, a
-los ingleses los trataban con relativa cortesía, y circulaba entre
-ellos un dicho según el cual ingleses y mahometanos son unos y lo
-mismo; el semblante del gobernador tomó por un momento una expresión
-más grave; el hombre se santiguó y guardó silencio. Adiviné lo que
-pasaba por su ánimo:
-
- «De bárbaros herejes,
- turcos y moros,
- Estrella del mar
- Dulce María,
- ¡ampárame!»
-
-A eso de las tres cruzamos frente a Tarifa, tantas veces mencionada
-en la historia de moros y cristianos. ¿Quién no ha oído hablar de
-Alonso de Guzmán el Bueno[23], que dejó sacrificar a su hijo único
-delante de los muros de la ciudad por no sufrir la ignominia de
-entregar las llaves al monarca marroquí, quien, con su ejército, muy
-cercano, según cuentan, a medio millón de hombres, había desembarcado
-en las costas de Andalucía y amenazaba poner de nuevo a España bajo
-el yugo musulmán? Pues, en verdad, si hay un país y un lugar donde
-apenas se nombre a tan buen patriota, ni se canten sus proezas, ese
-país y ese lugar son España y Tarifa modernas.
-
- [23] Borrow le llama _the Faithful_, el Fiel.
-
-He oído cantar en danés el romance de Alonso Guzmán a un pastor en
-las soledades de Jutlandia; pero una vez hablé del «Fiel» a unos
-habitantes de Tarifa, y me dijeron que nunca habían oído mentar
-a Guzmán el Fiel de Tarifa, pero que conocían a Alonso Guzmán el
-_tuerto_, uno de los más miserables _arrieros_ del camino de Cádiz.
-
-El viaje por aquellos angostos mares no puede por menos de interesar
-al más apático, dado el panorama que por uno y otro lado se presenta
-ante los ojos. Las costas son muy bravas y altas en extremo, sobre
-todo la de España, que parece dominar a la de Africa; pero frente a
-Tarifa, el continente africano, girando hacia el Suroeste, toma un
-aspecto de grandeza sublime. Una montaña blanquecina horada las nubes
-con su cumbre: es monte Abyla, llamado en lengua mora Gibil Muza, o
-montaña de Muza, porque en ella está el sepulcro de un profeta de
-ese nombre. Es una de las dos excrecencias naturales llamadas en
-la antigüedad columnas de Hércules; sus vertientes y estribaciones
-ocupan muchas leguas de la costa marroquí en varias direcciones; pero
-su parte más ancha y escarpada mira de frente al punto del continente
-europeo donde yace Gibraltar como un enorme monstruo tendido en las
-aguas. De las dos montañas, o columnas, la más notable, vistas desde
-lejos, es la africana, Gibil Muza. Es la más alta, la más corpulenta
-y se ve desde mayor distancia; pero miradas desde cerca, la columna
-de Europa absorbe nuestra admiración. Gibil Muza es una inmensa
-masa informe, un amontonamiento de rocas agrestes, con algunos
-pocos árboles y arbustos aquí y allá asomados a los bordes de los
-precipicios; sus únicos moradores son los lobos, jabalíes y monos, a
-los que debe su nombre español de _Montaña de las monas_. Gibraltar,
-por el contrario—y sin hacer cuenta de la extraña ciudad que en parte
-lo cubre, habitada por hombres de todas las naciones y lenguas, ni de
-sus baterías y excavaciones, todas prodigios de arte—, es la montaña
-de más insólita apariencia del mundo, indescriptible por el pincel ni
-por la pluma, que los ojos no se hartan de mirar.
-
-Cerca ya del anochecer, cruzábamos la bahía de Gibraltar. Habíamos
-tocado en Algeciras, en la costa española, para desembarcar al viejo
-gobernador y tomar y dejar cartas.
-
-Algeciras es una antigua ciudad mora, como denota su nombre, palabra
-árabe que significa «el lugar de las islas». Hállase al borde del
-mar, con una cadena de altas montañas a la espalda. Hasta donde
-puede juzgarse a la distancia de media milla, el lugar me pareció
-triste y abandonado. Sin embargo, en la bahía estaban una fragata
-española y un bergantín francés. Al pasar junto a aquélla, algunos
-españoles a bordo de nuestro vapor empezaron a echar roncas a costa
-de los ingleses. Parece que pocas semanas antes, un barco inglés,
-sospechoso de contrabandista, fué visto por la fragata española,
-abrigada en una bahía de la costa andaluza, junto con una fragata
-inglesa, el _Orestes_. La fragata española estuvo en acecho, y una
-mañana, al observar que el _Orestes_ había desaparecido, arboló los
-colores ingleses e hizo señales al mercante para que se acercara;
-engañado por la bandera británica, el mercante se acercó y al
-instante fué cañoneado y abordado: resultó ser, en efecto, barco
-contrabandista, y fué llevado a un puerto, donde lo entregaron a las
-autoridades españolas. A los pocos días el capitán del _Orestes_
-se enteró del caso, e, irritado por el injustificable empleo del
-pabellón británico, destacó un bote con un mensaje para la fragata
-española, pidiendo la devolución inmediata del barco apresado, o,
-de lo contrario, lo rescataría por la fuerza; añadiendo que llevaba
-40 cañones a bordo. El capitán de la fragata española respondió que
-el mercante estaba ya en poder de los empleados de la Aduana y no
-disponía de él; pero que el capitán del _Orestes_ era muy dueño de
-proceder a su antojo, y que si tenía 40 cañones, él llevaba 44; el
-_Orestes_ tuvo a bien responder marchándose. Tal fué, al menos, el
-relato que apareció en los periódicos españoles. Al observar cuánto
-les regocijaba a los españoles la idea de que un compatriota suyo
-hubiese amedrentado a un inglés, exclamé: «Señores, si algunos
-de ustedes suponen que un capitán inglés ha desistido de atacar
-a un buque español, temiendo una superioridad de cuatro cañones,
-recuerden, si lo tienen a bien, la suerte del _Santísima Trinidad_,
-y no olviden tampoco, se lo ruego, que casi resuenan todavía los
-cañonazos de Trafalgar.»
-
-Era cerca del obscurecer, repito, y cruzábamos la bahía de Gibraltar.
-De pie en la proa del barco, llevaba los ojos clavados en la
-montaña-fortaleza; no obstante haberla ya visto viadas veces, me
-interesaba mucho, llenándome de admiración. Desde donde yo la
-contemplaba, si se parece a algún ser de la naturaleza animada, es a
-un león acurrucado, terrible, cuya estupenda cabeza amenaza a España.
-En alas del ensueño, quizás habría llegado a la conclusión de que el
-Genio del Africa, bajo la forma de aquel monstruo, el más poderoso
-de cuantos cría, había cruzado de un salto el mar, desde el país
-de la arena y del sol, con ánimo de destruir el continente rival;
-imagen robustecida por el color de sus flancos de roca, del espinazo
-y de la cerviz, tan curtidos como la piel del rey del desierto. Y en
-realidad ese monte ha sido casi siempre para España un león enemigo,
-al menos desde que empezó a sonar en la historia, o sea cuando Tarik
-lo tomó y fortificó. La mayor parte del tiempo ha estado en poder de
-extranjeros: primero, en poder de los hombres del turbante, de los
-atezados moros; ahora, en el de una raza pelirrubia venida de una
-isla lejana. Aunque es parte de España, parece renegar toda conexión
-con ella; colocado al final de un largo y angosto istmo de arena,
-casi a nivel con el mar, yergue verticalmente su abrasada cima para
-denunciar los crímenes que afean la historia de una tierra tan bella
-y majestuosa.
-
-Era ya cerca del obscurecer, por tercera vez lo digo, y atravesábamos
-la bahía de Gibraltar. ¡La bahía! No semejaba tal, sino un mar
-interior, rodeado por todas partes de mágicas barreras: tan
-sorprendente, tan prodigioso era el aspecto de las costas. Delante
-de nosotros, la inexpugnable montaña; a la derecha, el continente
-africano, con su Gibil Muza, gris, y el derrumbadero de Ceuta,
-hacia el que llevaba rumbo una barca solitaria; detrás de nosotros,
-el pueblo que acabábamos de dejar y su barrera montañosa; a la
-izquierda, la costa de España. Ni una ola rizaba la superficie del
-mar, y como nos deslizábamos sobre ella velozmente, el singularísimo
-objeto a que íbamos acercándonos se hacía a cada momento más visible
-y distinto. Al pie de la montaña, y en una pequeña porción de la
-falda, yace la ciudad, con las murallas guarnecidas de cañones
-negruzcos, asestados de modo significativo contra las dársenas y
-muelles; encima, en cada risco, en cada hueco útiles para la defensa
-y el estrago, asoman las baterías, aparición siniestra y sepulcral,
-como presagio ominoso de la suerte que aguarda a cualquier enemigo
-intruso; mientras, al Este y al Oeste, hacia Africa y España, en
-los puntos elevados, se alzan castillos, torres o _atalayas_, que
-dominan el conjunto, y toda la región circunyacente, por tierra y
-por mar. Las fortificaciones son fuertes, amenazadoras y, vistas en
-cualquier otro sitio, ellas solas embargarían el ánimo y absorberían
-la admiración; pero la montaña, la pasmosa montaña, reaparecía por
-todas partes y sobrepujaba su efecto como espectáculo. ¿Quién, al
-contemplar un elefante enorme que, blandiendo la trompa, se arroja
-impetuosamente en la pelea, mira el castillete levantado en su lomo,
-o teme las jabalinas de sus ocupantes, por diestros y valerosos
-que sean? Nunca se nos representa mejor el poder y la grandeza de
-Dios que al contrastar las obras de sus manos con los trabajos del
-hombre. Contemplad El Escorial: es una obra soberbia, pero no sé
-si podréis admirarla en viendo la montaña que se mofa de él a sus
-espaldas; contemplad aquel orgullo de los reyes moros, contemplad
-a Granada desde la vega; pero no sé si podréis admirarla, pues
-veréis detrás, mofándose, las Alpujarras. ¡Oh! ¿Qué son las obras
-del hombre comparadas con las del Señor? Lo que el hombre comparado
-con su Creador. El hombre construye pirámides; también Dios las
-construye: las pirámides del hombre son montones de cascote,
-mezquinos montículos en una planicie arenosa; las pirámides del
-Señor son los Andes y las montañas de la India. El hombre construye
-murallas; también su Dueño; pero las murallas de Dios son los negros
-precipicios de Gibraltar y de Horneel, eternos, indestructibles,
-inaccesibles; las del hombre se escalan o las destruyen las olas, o
-el rayo o la pólvora las pulverizan. Si el hombre quiere desplegar
-victoriosamente su poder o su grandeza, ha de ser lejos de las
-montañas; sobre sus cimas flotan las nubes, enseña del Creador;
-allí es más patente la majestad de Dios. Llámese, si se quiere,
-a Gibraltar montaña de Tarik o de Hércules; pero contempladla un
-instante, y la llamaréis montaña de Dios. Tarik y el semidiós antiguo
-pueden haber edificado sobre ella; pero ni todo aquel pueblo de
-bronceada tez de que Tarik era retoño, ni todos los gigantes en lo
-antiguo famosos, entre los que se contaba Hércules, hubieran podido
-construir sus riscos ni cincelar en su enorme masa la forma que ahora
-tiene.
-
-Echamos el ancla no lejos del muelle. Como esperábamos oír de un
-momento a otro el cañonazo vespertino, después del cual no se permite
-a nadie entrar en la ciudad, estaba yo sobresaltado, temiendo verme
-obligado a pernoctar en el sucio vapor catalán, que, pues ya no había
-de proseguir en él mi viaje, sentía mucha prisa por abandonar. Se
-nos acercó un bote, con dos individuos en la popa, y uno de ellos,
-puesto en pie, preguntó con tono autoritario el nombre del barco, su
-destino y carga. Dada respuesta, subieron a bordo. Hablaron un poco
-con el capitán, y se disponían a partir, cuando pregunté si podía
-acompañarlos a tierra. La persona a quien interrogué era un joven
-alto, con levita de fustán. Era carilargo, y larga su nariz, ancha la
-boca, los ojos grandes, vivarachos. Guiñaba el rostro con una mueca
-al parecer imborrable, y si no hubiese sido por su tez bronceada,
-le hubiera tomado por un vagabundo de las calles de Londres. Pero
-no era tal, sino lo que llaman «un lagarto del Peñón», o sea una
-persona nacida en Gibraltar de padres ingleses. Al oír mi pregunta,
-hecha en español, gesticuló aún más que de ordinario y, con extraño
-acento, me preguntó si era hijo de Gibraltar. Respondí que no tenía
-tal honor, pero que era súbdito británico; luego se mostró dispuesto
-a desembarcarme. Entramos en el bote, tomaron los remos cuatro
-marineros genoveses y nos impelieron velozmente hacia tierra. Mis
-dos compañeros charlaban en un español muy raro; el de la levita de
-fustán volvía hacia mí la cara de cuando en cuando, y cada vez su
-mueca era más desagradable. No tardamos en llegar al muelle; exhibí
-el pasaporte, anotaron mi nombre y me dejaron pasar.
-
-Era ya noche cerrada, y sin perder tiempo crucé el puente levadizo
-y entré en el largo corredor abovedado que por debajo de las
-fortificaciones comunica con la ciudad. En el pasadizo, dos
-centinelas de casaca roja iban y venían, fusil al hombro, marcando
-el paso. No se detenían un momento, no ganduleaban, no reían ni
-bromeaban con los transeuntes; su porte era el propio de soldados
-británicos, conscientes de los deberes de su situación. ¡Diferencia
-va de ellos a los abandonados haraganes que montan la guardia a la
-puerta de cualquier ciudad española con guarnición!
-
-Remonté la calle principal, que corre en suave pendiente a lo largo
-de la base de la montaña. Acostumbrado desde hacía varios meses al
-melancólico silencio de Sevilla, el ruido y la animación reinantes
-en torno mío casi me ensordecieron. Era noche de sábado, y todos los
-negocios estaban, claro es, interrumpidos; pero arriba y abajo pasaba
-un copioso gentío. Allí avanzaba un pelotón de guardias, aquí se
-paseaba un grupo de oficiales, más allá un corro de soldados hablaba
-y reía. Casi todos los paisanos eran españoles, pero había una buena
-rociada de judíos, vestidos como los de Berbería, y algún que otro
-moro con turbante. También había bandas de marineros, genoveses, a
-juzgar por su «patois», si bien percibía alguna vez el sonido _tou
-logousas_, que me reveló la proximidad de griegos, y dos o tres veces
-vislumbré el gorro encarnado y las chaquetillas de seda azul de los
-marineros de las islas romaicas. Continué presuroso hasta llegar a
-cierta hostería muy nombrada, inmediata a una plazuela donde está la
-Bolsa de Gibraltar. Me precipité en la hostería, pedí habitación, y
-el geniecillo del lugar, que estaba en pie detrás del mostrador, me
-dió alegremente la bienvenida; quizás tendré ocasión de describirlo
-más adelante. Todas las habitaciones del piso bajo estaban llenas de
-gente del Peñón, hombres corpulentos por lo general, de tez morena y
-facciones inglesas, con sombreros blancos y trajes de cutí, también
-blancos. Fumaban pipas y cigarros, bebían cerveza, vino y otros
-líquidos, y hablaban en español del Peñón o en inglés del Peñón,
-según les tomaba la fantasía. Muy denso era el humo del tabaco, y
-grande el ruido de las voces; con mucho gusto subí presuroso a un
-cuarto desocupado, donde me sirvieron un refrigerio que me estaba
-haciendo mucha falta.
-
-Al poco rato, los sones de una música militar, muy próxima a mis
-ventanas, atrajeron mi atención. Bajé, y me asomé a la puerta. Una
-banda militar, en la plazoleta delante de la Bolsa, se preparaba
-para tocar retreta. Después del preludio, admirablemente ejecutado,
-el mayor, un buen mozo, hizo unos floreos con el bastón y echó calle
-arriba, seguido de toda la banda, tan airosa y apuesta, y de una
-multitud de oyentes admiradores. Batían los platillos, lanzaban las
-trompetas su alarido, los timbales emitían su nota grave y solemne;
-despertábanse los ecos del Peñón, y las escalonadas azoteas de la
-ciudad retumbaban con aquel estrépito conmovedor.
-
- ¡Plán! ¡Rataplán! Así hacen los tambores.
- ¡Tra! ¡Tralará! ¡Ya vienen los ingleses!
-
-¡Oh Inglaterra! ¡Mucho tiempo ha de pasar aún antes de que el sol
-de tu gloria se abisme en las ondas tenebrosas! ¡Aunque sobre ti
-se amontonan nubes sombrias, pavorosas, todavía, todavía querrá el
-Omnipotente dispersarlas, y concederte un porvenir de más duración, y
-más brillante aún, que tu pasado! ¡Y si tu fin está próximo, que sea
-un fin noble, digno de la renombrada Reina de los mares! ¡Húndete,
-si has de hundirte, entre sangre y llamas, con pavoroso estruendo,
-arrastrando a más de una nación en tu caída! ¡Plegue al Señor
-preservarte, sobre todo, de una decadencia lenta y oprobiosa, en la
-que serías, antes de extinguirte, la mofa y escarnio de aquellos
-mismos enemigos que ahora te envidian y aborrecen, pero te temen;
-más aún, te admiran y respetan contra su voluntad! ¡Alzate, mientras
-es tiempo aún, y disponte para un combate a vida o muerte! ¡Arroja
-de ti la inmunda costra que llevas pegada a tus robustos miembros,
-que amortigua tu fuerza, y la entorpece y debilita! ¡Arroja de ti
-a tus falsos filósofos, que con tanto gusto desacreditan lo que,
-después del amor a Dios, se ha tenido hasta aquí por más sagrado,
-el amor a la tierra materna! ¡Arroja de ti a los falsos patriotas,
-que, so pretexto de enderezar los entuertos que sufren los pobres
-y los débiles, tratan de suscitar discordias internas, de suerte
-que tu poder sólo sea terrible para ti misma! ¡Expulsa a los falsos
-profetas, que divinizan la mentira; que han puesto en tus muros
-argamasa que no fragua, y se caerán; que ven visiones de paz, donde
-la paz no existe; que han robustecido los brazos de los malvados
-y entristecido el corazón de los justos! ¡Oh, hazlo, y no temas
-el resultado, porque o tu fin será grandioso y envidiable, o Dios
-perpetuará tu reinado sobre los mares, oh tú, su ya antigua Reina!
-
-Lo que antecede es parte de una plegaria por mi país natal, que,
-después de mi acción de gracias habitual, balbucí, ofreciéndosela al
-Todopoderoso antes de entregarme al descanso, aquel sábado por la
-noche en Gibraltar.
-
-
-
-
-CAPÍTULO LII
-
- Un hostelero jovial. — Los aspirantes a la gloria. — Un retrato.
- — Los _Hamales_. — Una excursión. — Labriego y soldado. — Las
- excavaciones. — Un tirón de la ropa. — Judas y su padre. —
- Peregrinación de Judas. — La barba frondosa. — Los falsos moros.
- — Judas y el hijo del Rey. — Vejez prematura.
-
-
-Quizás fuera imposible escoger lugar más apropiado para observar con
-toda holgura a Gibraltar y sus moradores que aquel en que me hallé
-a eso de las diez de la mañana siguiente. Sentado en un banquillo
-frente por frente del mostrador, pegado a la puerta, en el zaguán
-de la hostería donde me hallaba alojado temporalmente, abarcaba
-con la vista la plaza de la Bolsa y cuanto en ella entraba, y con
-sólo alzar los ojos, contemplaba a placer la estupenda montaña que
-se yergue sobre la ciudad hasta unos mil pies de altura. Observaba
-también a cuantas personas entraban en la casa o salían de ella, muy
-concurrida, por hallarse situada en el punto más frecuentado de la
-principal arteria de la ciudad. Harta ocupación tenían mis ojos, no
-menos que mis oídos. Junto a mí estaba en pie mi excelente amigo
-Griffiths, el jovial hostelero, de quien diré algunas palabras,
-aprovechando la oportunidad presente, si bien ha sido ya descrito
-con frecuencia y por plumas mucho mejores. Figúrense los que no le
-conozcan, un hombre de unos cincuenta años, lo menos de seis pies
-de alto, de unas diez arrobas de peso, de semblante muy fresco,
-facciones regulares y ojos vivos y sagaces, pero al mismo tiempo
-expresivos de un buen natural. Lleva pantalones blancos, levita
-blanca, sombrero blanco; todo en él es blanco, excepto sus cuidadas
-patillas y su rubicunda faz. Debajo del brazo lleva un látigo, con
-que se aumenta prodigiosamente lo que para nosotros hay de familiar
-en su aspecto, más parecido al de un caballero que tiene una posada
-en el camino de New-market, «simplemente por amor de los viajeros y
-del dinero que llevan consigo», que al de un natural del Peñón. Sin
-embargo, él mismo se confesará lagarto del Peñón, y apenas les cabrá
-a ustedes duda de ello cuando además del inglés vernáculo e impuro
-que habla, le oigan expresarse en español o, si es necesario, incluso
-en genovés, y no es juego de niños hablar este idioma, que nunca he
-podido dominar. Es muy entendido en caballos, y cuando la ocasión
-llega, le vende un «bocado de casta» a cualquier aficionado joven,
-aunque no se niega tampoco a tratar con viejos; porque entre todos
-esos judíos de Fez, flacos, catarrosos, lívidos, de ojos de lince,
-no hay ninguno capaz de engañarlo en un trato ni de estafarle una
-sola de las cincuenta mil libras esterlinas que posee; pero téngase
-presente que es hombre franco y liberal con quienes se portan con él
-honradamente, y sépase también que si es usted un caballero cumplido
-le prestará dinero, si lo necesita; bien entendido que, si se lo
-niega, es que hay algo en su conducta de usted que no es del todo
-correcto, porque Griffiths conoce «su mundo» y no se deja tomar por
-tonto.
-
-Durante la hora escasa que estuve en el banco de la hostería del
-Peñón se consumió en mi presencia una prodigiosa cantidad de cerveza.
-Delante del mostrador se agolpaban los oficiales, en demanda de
-un refresco, asaz gustoso, cuando no necesario con un tiempo de
-tan sofocante calor; algunos llegaban galopando hasta la puerta en
-jacas berberiscas, que abundan mucho en Gibraltar. Todos parecían
-muy amigos del hostelero, con quien discutían a veces los méritos
-de tal o cual caballo, y cuyas burlas acogían invariablemente con
-ilimitada aprobación. El aspecto y los modales de aquellos jóvenes,
-porque, en efecto, en su mayor parte, eran muy jovencitos, me
-parecieron interesantes y agradables en sumo grado. En verdad, creo
-que los oficiales ingleses en general, por su buena presencia y por
-la urbanidad de sus modales, se llevan la palma entre todos los de
-igual clase en el mundo. Es verdad que los oficiales de la Guardia
-real de Rusia, especialmente los de los tres hermosos regimientos
-llamados _Priberjensky_, _Simeonsky_ y _Finlansky polks_, pueden, en
-casi todos los puntos, entrar sin miedo en comparación con la flor
-del ejército británico; pero es de recordar que la oficialidad de
-esos regimientos la forman los más selectos individuos de la nobleza
-eslavona, jóvenes escogidos expresamente por sus prendas personales y
-por la superioridad de sus dotes intelectuales, mientras que, entre
-los jóvenes y rubios anglo-sajones a la sazón reunidos junto a mí, no
-había quizás uno solo de descendencia noble ni de nombre encumbrado
-y soberbio, y lejos, por cierto, de haberlos escogido para halagar
-el orgullo y aumentar la pompa de un déspota, habíanlos sacado
-indistintamente de una masa de ardientes aspirantes a la gloria
-militar, y enviádolos, en servicio de su país, a una colonia remota e
-insalubre. No obstante, eran tales, que su país podía enorgullecerse
-viéndolos tan sanos y bellos de rostro, pintados el valor en el
-semblante y la inteligencia en sus ojos azules.
-
-¿Quién se detiene ahora frente a la puerta, sin entrar, y hace una
-pregunta al hostelero, que se acerca saludándole respetuoso? No es
-hombre vulgar, o mucho engaña su aspecto. Va vestido con bastante
-sencillez: sombrero español, de copa puntiaguda y anchas alas
-sombrosas—el verdadero _sombrero_—, pantalones de cutí y chaquetilla
-azul de húsar; pero ¡qué bien le sienta ese vestido a su dueño, uno
-de los hombres de más noble apostura que he visto! Le contemplé
-con insólito respeto y admiración, mientras bondadosamente sonreía
-y bromeaba en buen español con un descarado pilluelo del Peñón,
-empeñado en venderle un enorme _bogamante_ o langosta ordinaria, ya
-en putrefacción, que llevaba en la mano.
-
-Aquel hombre era de estatura casi gigantesca, y sobresalía cerca
-de tres pulgadas por encima del corpulento hostelero; pero bien
-conformado, como un atleta, y derecho como un pino de Dovrefeld.
-Podía tener once lustros, y eso añadía cierta expresión de madura
-dignidad a su rostro, que se dijera cincelado por un escultor griego;
-sus cabellos eran aún negros como la pluma del cuervo de Noruega, y
-negro también el bigote que se rizaba sobre su bien dibujado labio.
-Con atavío griego, y en el campamento frente a Troya, le hubiera
-tomado por Agamenón.
-
-—Ese hombre ¿es un general?—dije a un individuo bajito, de extraña
-catadura, que, sentado junto a mí, se empapaba en la lectura de un
-periódico.
-
-—Ese caballero—susurró con acento ceceoso—es el gobernador de
-Gibraltar.
-
-A cada lado de la puerta, por la parte de afuera, tendidos en el
-suelo o apoyados indolentemente contra las paredes, había media
-docena de hombres de aspecto bastante raro. La prenda principal de
-su vestido era una especie de túnica azul, algo parecida a la blusa
-que llevan los campesinos del Norte de Francia, pero menos larga;
-llevábanla ceñida a la cintura por una correa y les caía hasta la
-mitad de los muslos. Tenían las piernas desnudas, lo que me permitió
-observar la anchura descomunal de sus pantorrillas. Tocábanse con
-gorritos de lana negra. Al más atlético de todos, tipo de atezado
-rostro, de unos cuarenta años, le pregunté quiénes eran.—_Hamales_—me
-respondió.—Esta palabra es árabe y significa porteador; en efecto,
-un instante después vi atravesar la plaza a un individuo semejante
-tambaleándose bajo una inmensa carga, suficiente casi para romperle
-el espinazo a un camello. Me dirigí otra vez a mi amigo el negro,
-y preguntándole de dónde procedía, me respondió que era natural de
-Mogador, en Berbería, pero había pasado la mayor parte de su vida en
-Gibraltar. Añadió que era _capataz_ de los _hamales_ que estaban a
-la puerta. Entonces le hablé en árabe de Oriente, aunque con pocas
-esperanzas de hacerme entender, sobre todo por el mucho tiempo que
-el hombre había estado fuera de su país. Me respondió, empero, muy
-atinadamente, chispeantes los ojos de alegría y temblándole los
-labios de ansia, aunque con facilidad se percibía que el árabe, o
-más bien el marroquí, no era la lengua en que acostumbraba hablar
-o pensar. Sus camaradas se agruparon en torno nuestro y escucharon
-con avidez; a veces, cuando decíamos algo que merecía su aprobación,
-exclamaban: _Wakhud rajil shereef hada, min beled del scharki_.
-Por último, les enseñé el «shekel» que invariablemente llevo en
-el bolsillo, y pregunté al _capataz_ si había visto nunca aquella
-moneda. Estuvo un buen rato examinando el incensario y el ramo de
-oliva, con señales evidentes de no saber lo que era; al fin, se le
-ocurrió examinar los caracteres que por ambos lados rodean la moneda,
-y lanzando un grito exclamó dirigiéndose a los otros _hamales_:
-«Hermanos, hermanos, éstas son las letras de Salomón. Esta plata está
-bendita. Besemos la moneda.» Púsola sobre su cabeza, la apretó contra
-sus labios y, por último, la besó con entusiasmo; lo mismo hicieron
-sucesivamente sus hermanos. Luego, recuperando la moneda, me la
-devolvió, con una profunda reverencia. Después supe por Griffiths que
-durante el resto del día el individuo aquél se negó a trabajar, y no
-hizo más que sonreír, reír y hablar solo.
-
-—Permítame usted ofrecerle un aperitivo, señor—dijo aquel tipo
-raro antes mencionado: era un hombre corpulento, muy pequeño, con
-las piernas extremadamente cortas. Vestía una grasienta casaca de
-color de tabaco, calzón blanco, bastante sucio, y medias más sucias
-todavía. Llevaba un sombrero de copa alta, cuyas alas tendían a
-levantarse por delante y por detrás de la cabeza. Había yo observado
-que durante mi conversación con los _hamales_, aquel hombre alzaba
-repetidas veces los ojos del periódico que leía, y al exhibir la
-moneda sonrió de un modo significativo y la examinó cuando estaba en
-manos del _capataz_.
-
-—Permítame usted que le ofrezca un aperitivo—dijo—. Ya sospechaba que
-era usted de los nuestros, antes de oírle hablar con los _hamales_.
-Señor, me llena de alegría ver a un caballero tan bien portado como
-usted, que no tiene a menos hablar con sus hermanos pobres. Así lo
-hago yo también no pocas veces, y que Dios borre mi nombre, que
-es Salomón, si alguna vez los desprecio. No tengo pretensiones de
-saber mucho árabe, pero le entendí a usted bastante bien y me gustó
-en extremo lo que dijo. Debe usted de estar muy fuerte en _shillam
-eidri_; pero me dejó usted parado cuando le preguntó al _hamál_ si
-había leído la _Torah_; por supuesto, querría usted decir con los
-_meforshim_; siendo tan pobre, no le creo bastante _becoresh_ para
-leer la _Torah_ sin comentarios. Usted dirá si acierto: me parece que
-usted ha de ser un judío de Salamanca; he oído que aún quedan por
-allí algunas de nuestras familias antiguas. Y en Tudela, no lejos
-de Salamanca, a lo que creo, ¿verdad? Un pariente mío vivió allí en
-otros tiempos: era gran viajero, como usted, señor; recorrió todo el
-mundo en busca de judíos, y estuvo hasta en la cima del Sinaí. ¿Puedo
-hacer algo por usted en Gibraltar? ¿Algún encargo? Lo haré tan bien
-y más de prisa que nadie. Me llamo Salomón. Soy bastante conocido en
-Gibraltar, y en Crooked Friars, y en la Neuen Stein Steg de Hamburgo.
-Pero sáqueme de una duda: creo que le he visto a usted otra vez en
-la feria de Brema. ¿Habla usted alemán? Por supuesto, sí lo habla.
-Permítame que le ofrezca unos aperitivos. Quisiera que por ser para
-usted fuesen _mayin hayim_; no lo dude, señor, quisiera que fuesen
-aguas vivas. Y ahora dígame su opinión acerca de este asunto (añadió
-bajando la voz y golpeando el periódico). ¿No le parece a usted muy
-fuerte cosa que un _Yudken_ haga traición a otro? Cuando pongo un
-secretito en _beyad peluni_[24]—¿me entiende usted?—; cuando entrego
-un pobre secreto mío a la custodia de un individuo, y ese individuo
-es judío, _Yudken_, no quiero, ni espero, verme engañado. En una
-palabra, ¿qué piensa usted de este robo de polvo de oro, y qué le
-harán a esa infortunada gente que, según veo, está convicta?
-
- [24] En manos de alguno. _Peluni_ es fulano en árabe. (Nota de
- Burke.)
-
-Aquel mismo día me puse a buscar los medios de trasladarme a Tánger,
-pues aunque Gibraltar ofrece sumo interés al viajero observador, no
-quería prolongar mi estancia en un lugar donde ningún asunto especial
-me retenía. Por la tarde fué a verme un judío, natural de Berbería,
-y me dijo que era secretario del patrón de una barca genovesa que
-hacía el viaje entre Tánger y Gibraltar. Afirmó que el barco partiría
-sin falta a la tarde siguiente para Tánger, y ajusté con él mi
-pasaje. Dijo que como el viento soplaba de Levante, la travesía sería
-muy rápida. Deseoso de aprovechar del mejor modo posible el corto
-tiempo que esperaba permanecer aún en Gibraltar, resolví visitar las
-excavaciones, que nunca había visto, al día siguiente por la mañana,
-para lo cual pedí y obtuve con facilidad el permiso necesario.
-
-A eso de las seis de la mañana del martes partí para esta expedición
-acompañado de un muchacho judío, de rostro inteligente, que con su
-hermano desempeñaba en la hostería el oficio de _valet de place_.
-
-La mañana era obscura y brumosa, pero hacía algo de calor. Subimos
-una calle en pendiente, y siguiendo en dirección al Este no tardamos
-en llegar a las proximidades de lo que generalmente se conoce con el
-nombre de Castillo Moro, vasta torre, tan maltratada por las balas
-de cañón disparadas contra ella en el famoso asedio, que al presente
-es poco más que una ruina. Centenares de boquetes redondos se ven
-en sus muros, donde aún están incrustadas, a lo que se dice, las
-balas. Allí, en una especie de choza, se unió a nosotros un sargento
-de artillería, que iba a servirnos de guía. Después de saludarnos
-nos llevó a una enorme roca, donde abrió la puerta de entrada a un
-pasadizo abovedado y obscuro, que corría por debajo del peñasco, y
-al salir del corredor nos encontramos en un escarpado sendero, o más
-bien escalera, con muros a cada lado. Subimos muy despacio, porque
-en tal lugar de nada hubiese servido apresurarse, como no fuese para
-quedarnos sin aliento en un minuto. El soldado, perfecto conocedor
-del terreno, avanzaba con paso uniforme, puestos los ojos en el suelo.
-
-Miraba yo tanto a ese hombre como el insólito lugar donde a la sazón
-nos hallábamos, y que a cada momento era más sorprendente. El guía
-era un hermoso ejemplar del labrador transformado en soldado; el
-Cuerpo a que pertenecía está compuesto, casi enteramente, de esa
-clase. Hele ahí, con su mesurado andar, alto, fuerte, colorado,
-de pelo castaño, inglés hasta la coronilla; contempladle en su
-marcha, silencioso, grave y cortés: un soldado inglés auténtico.
-Aprecio la obstinación del escocés; me gustan la osadía y el ímpetu
-del irlandés; admiro todas las diversas razas que constituyen la
-población de las Islas Británicas; pero he de decir que, en general,
-los mejor dotados para desempeñar el duro oficio de soldado son los
-hijos del campo de la vieja Inglaterra, tan fuertes, tan fríos;
-pero, al propio tiempo, animados por tanto fuego oculto. Recórrase
-la historia de Inglaterra, y se pondrá de manifiesto lo que son
-capaces de hacer tales hombres; aun en los remotos y obscuros tiempos
-de la batalla de Hastings, contra todas las desventajas posibles,
-debilitados por un conflicto reciente y terrible, sin disciplina,
-comparativamente hablando, e inferiores en armamento, estuvieron
-a punto de vencer a la caballería normanda. Trazad sus hazañas
-en Francia, dos veces subyugada; y seguidlos hasta España, donde
-vibrando las ballestas y empuñando el hacha de armas, dejaron tras
-sí un nombre glorioso en Inglés Mendi, nombre que ha de durar hasta
-que el fuego consuma los montes cántabros. Y en los tiempos modernos,
-seguid las hazañas de esos bravos por todo el mundo, especialmente
-en Francia y España, y admiradlos, como yo admiré a aquel hombre,
-tan grave, tan silencioso, tan marcial, que iba enseñándome las
-maravillas de una montaña fortaleza enclavada en tierra extranjera,
-arrancada por sus compatriotas más de un siglo antes a una nación
-poderosa y altiva, y de la que era él a la sazón eficaz y fiel
-guardián.
-
-Llegamos al borde del estupendo precipicio que se alza abrupto
-sobre el istmo llamado zona neutral y hace una vista pavorosa y
-fatídica por la parte de España, e inmediatamente entramos en las
-excavaciones. Consisten en galerías talladas en la roca viva, a unos
-doce pies de distancia del borde exterior, detrás del cual recorren
-toda la anchura de la montaña por aquel lado. En esas galerías, a
-cortas distancias, hay boquetes abiertos por la mano del hombre,
-donde está el cañón, sobre un limpio basamento de pedrezuelas de
-pedernal, ligeramente elevado, cada uno con su pirámide de balas a un
-lado, y al otro una caja donde se guardan los útiles que el artillero
-necesita para ejercer su oficio. Cada cosa estaba en su sitio, en
-hermosísimo orden inglés, todo dispuesto para desbaratar y dominar en
-pocos momentos a toda hueste, por numerosa y soberbia que sea, que
-por el lado de tierra aparezca marchando en son de guerra contra esa
-singular fortaleza.
-
-El sitio es poco variado, ya que una gruta se parece a otra, y un
-cañón a otro. Los cañones no eran de gran calibre, por cierto; aquí
-no se necesitan, pues un guijarro disparado desde tan gran altura
-bastaría para dar la muerte. Sin embargo, al descender a una profunda
-cueva, observé en una cavidad de importancia excepcional dos enormes
-carronadas, asestadas con notable malicia y picardía contra una roca
-en pendiente, que acaso, pero no sin dificultad tremenda, podía ser
-escalada. El simple rebufo de aquellos gruesos cañones bastaba para
-barrer a un millar de hombres. ¡Qué impresión de miedo y horror se ha
-de despertar en el pecho del enemigo cuando esta montaña hueca, en
-días de asedio, emite llamas, humo y truenos por un millar de bocas;
-horror igual al que siente el campesino de las inmediaciones cuando
-Mongibello[25] expele por todos sus orificios llamaradas sulfúreas!
-
- [25] Nombre popular del Etna.
-
-Al salir de las excavaciones visitamos algunas baterías. Pregunté al
-sargento si, tanto él como sus compañeros, estaban diestros en el
-uso de los cañones. Replicó que los cañones eran para ellos lo que
-la escopeta para el cazador, que los manejaban con igual facilidad,
-y, a su parecer, los apuntaban con mayor precisión, pues rara vez,
-o nunca, marraban un blanco al alcance del tiro. El hombre aquél no
-hablaba si no se le preguntaba, y sus respuestas estaban llenas de
-buen sentido, y en general bien dichas. Terminada la excursión, que
-duró lo menos dos horas, le hice un pequeño regalo y me despedí con
-un cordial apretón de manos.
-
-Por la tarde me preparaba para ir a bordo del barco destinado a
-Tánger, confiando en lo que el judío secretario me había dicho
-respecto de su salida. Pero habiéndole encontrado por casualidad
-en la calle, me dijo que hasta la mañana siguiente no saldría,
-aconsejándome al mismo tiempo que estuviese a bordo desde muy
-temprano. Entonces vagué por las calles hasta que fué haciéndose de
-noche, y al sentirme cansado me disponía a enderezar mis pasos hacia
-la posada, cuando sentí que me tiraban suavemente de la ropa. Estaba
-entre un golpe de gente reunida en torno de unos soldados irlandeses
-que disputaban, y no hice caso; pero me dieron otro tirón más fuerte
-que el anterior, y oí que me hablaban en un idioma que tenía medio
-olvidado, y que casi no esperaba volver a oír jamás. Miré en torno
-y vi junto a mí un individuo alto que me miraba a la cara, de hito
-en hito, con ojos escrutadores y ansiosos. Tocábase con el _kauk_,
-o gorro de pieles de Jerusalén; pendiente de los hombros, y casi
-arrastrando por tierra, llevaba un ancho manto azul; mientras una
-_kandrisa_, o calzones turcos, envolvían sus remos inferiores. Le
-escudriñé con tanta atención como él me miraba a mí. Al pronto sus
-facciones me parecieron totalmente desconocidas, y ya iba a exclamar:
-«No le conozco a usted», cuando uno o dos rasgos me hirieron, y
-grité, no sin cierta vacilación: «De seguro es Judas Lib.»
-
-Hallábame en un vapor en el Báltico, el año 1834, si no me equivoco.
-Lloviznaba, había mar gruesa, cuando observé que un joven, de unos
-veintidós años, estaba recostado en melancólica actitud contra la
-borda del barco. Por su rostro conocí que era de raza hebrea, no
-obstante lo cual había en su aspecto algo muy singular, algo que
-rara vez se encuentra en esa casta: un cierto aire de nobleza que
-me interesó grandemente. Me acerqué a él, y a los pocos minutos
-estábamos en animada conversación. Hablaba polaco y judeo-alemán,
-indistintamente. La historia que me contó era extraordinaria en sumo
-grado; pero rendí crédito a todas sus palabras, que salían de su boca
-con tal acento de sinceridad que prevenía toda duda, y, sobre todo,
-ningún motivo tenía para engañarme. Una idea, un objeto, le absorbía
-enteramente.
-
-—Mi padre—dijo con un modo de hablar que denotaba fuertemente su
-raza—, natural de Galatia, era un judío de elevado rango, un sabio,
-pues conocía el Zohar, y era también experto en medicina. Siendo yo
-un niño de unos ocho años dejó Galatia, y tomando consigo a su mujer,
-que era mi madre, y a mí, se puso en camino hacia Oriente, hasta
-Jerusalén; allí se estableció de mercader, porque era versado en el
-comercio y en las artes de ganar dinero. Los rabinos de Jerusalén le
-respetaban mucho porque era polaco, y conocía mejor el Zohar y más
-secretos que el más sabio de todos ellos. Hacía frecuentes viajes,
-y estaba ausente unas semanas o unos meses; pero nunca más de seis
-lunas. Mi padre me quería, y en los momentos de ocio me enseñó
-parte de lo que sabía. Yo le ayudaba en el comercio; pero no me
-llevó consigo en sus viajes. Teníamos una tienda en Jerusalén donde
-vendíamos las mercancías de los nazarenos, y mi madre y yo, y hasta
-una hermanita que había nacido poco después de nuestra llegada a
-Jerusalén, ayudábamos a mi padre en su tráfico. Sucedió que en cierta
-ocasión nos dijo que se iba de viaje, y nos abrazó y se despidió,
-continuando nosotros en Jerusalén, después de su partida, al cuidado
-de los negocios. Esperábamos su regreso; pero pasaron meses, hasta
-seis, y no vino, y nos maravillamos; y pasaron más meses, otros seis,
-y tampoco vino, ni nos llegaron noticias suyas, y nuestros corazones
-se llenaron de tristeza y abatimiento. Cuando ya habían pasado dos
-años le dije a mi madre: «Iré y buscaré a mi padre.» Y ella me dijo:
-«Vé.» Dióme la bendición; besé a mi hermanita, y poniéndome en
-camino llegué a Egipto, donde tuve nuevas de mi padre, pues alguien
-me dijo que había estado allí y en qué tiempo, y que había pasado
-después a tierra de turcos; de manera que proseguí también a tierra
-de turcos, hasta Constantinopla. Y cuando llegué allá otra vez supe
-de mi padre, pues era muy conocido entre los judíos, y me dijeron
-el tiempo de su estancia allí, añadiendo que había especulado y
-prosperado, y marchádose de Constantinopla; pero no sabían dónde.
-Consideré el caso y me dije que quizás se hubiese ido al país de sus
-padres, hasta la propia Galatia, a visitar a sus parientes; determiné
-ir yo también allá, y allí fuí, y hallé a nuestros parientes, y me di
-a conocer, y se alegraron mucho al verme; pero cuando les pregunté
-por mi padre, movieron la cabeza y no supieron darme noticia alguna;
-hubiera sido su gusto que me demorase con ellos, pero yo no quise,
-porque el recuerdo de mi padre me trabajaba con fuerza y no podía
-tener reposo. Partí, pues, para otras tierras; llegué a Rusia y me
-interné mucho en este país, no menos que hasta Kazan, y a todos
-cuantos topé, judíos, rusos o tártaros, les pregunté por mi padre;
-pero ninguno le conocía ni había oído hablar de él. Volví sobre mis
-pasos y aquí me ves; ahora me propongo recorrer Alemania y Francia,
-más aún, el mundo entero, hasta que adquiera noticias de mi padre,
-pues no puedo descansar hasta saber lo que ha sido de él; su imagen
-arde en mi cerebro como fuego, igual que fuego del _jehinnim_[26].
-
- [26] Infierno.
-
-Tal era el individuo a quien a la sazón veía de nuevo, tras un lapso
-de cinco años, en la calle de Gibraltar, entre las sombras del
-crepúsculo.
-
-—Sí—replicó—; soy Judá, apodado el _Lib_[27]. Tú no me conocías; pero
-yo te conocí al punto. Te hubiese reconocido entre un millón, y no ha
-pasado día, desde que nos conocimos, que no haya pensado en ti.
-
- [27] Corazón.
-
-Iba a responderle; pero me sacó de entre la multitud y me condujo a
-una tienda donde, sentados en el suelo, seis o siete judíos cortaban
-cuero; les dijo algo que no entendí, con lo que inclinaron la cabeza
-y prosiguieron su tarea sin ocuparse de nosotros. Un individuo
-singular nos había seguido hasta la puerta: era un hombre vestido con
-traje europeo sumamente raído, pero con señales de haberlo cortado
-un buen sastre. Podría tener cincuenta años; el rostro, muy ancho
-y bronceado; las facciones, toscas, pero varoniles en extremo, y
-aunque eran facciones de judío, no se reflejaba en ellas la astucia,
-sino, al contrario, mucho candor y un natural excelente. Su talla era
-superior a la estatura media, y tremendamente atlético; los brazos
-y el tronco eran, a la letra, los de un Hércules aprisionado en un
-sobretodo moderno; la parte inferior del rostro llevábala cubierta
-por una frondosa barba que le llegaba a la mitad del pecho. Este
-individuo permaneció en la puerta sin apartar los ojos de Judá ni de
-mí.
-
-La primera pregunta que le hice fué: ¿Ha tenido usted noticias de su
-padre?—Sí tal—respondió—. Cuando nos separamos, proseguí mis viajes
-por diversas tierras, y dondequiera que iba preguntaba por mi padre;
-pero me respondían con un movimiento de cabeza, hasta que llegué a
-tierra de Túnez; allí fuí a ver al rabino principal, y me dijo que
-conocía muy bien a mi padre, y que había estado en el propio Túnez,
-y me dijo en qué tiempo, y que desde allí se había ido a tierras de
-Fez; me habló mucho de mi padre, de su saber, y mencionó el Zohar,
-aquel obscuro libro que mi padre amaba tanto; y todavía me habló más
-de las riquezas de mi padre y de sus especulaciones, en todas las
-cuales parece que había prosperado. Partí, pues, y, metiéndome en
-un barco, abordé la tierra de Berbería y llegué hasta Fez, y, una
-vez allí, recogí muchas noticias de mi padre; pero eran noticias
-peores quizás que la ignorancia. Porque los judíos me dijeron que
-mi padre había estado allí y había especulado y prosperado, y que
-desde allí se había ido a Tafilaltz, país natal del emperador, del
-propio Muley Abderrahmán; y también allí había prosperado, y sus
-riquezas en oro y plata eran muy grandes; y deseoso de ir a otra
-ciudad no muy distante, contrató a ciertos moros, dos en número,
-para que le acompañaran y le defendiesen a él y sus tesoros; y los
-moros eran hombres muy fuertes, _makhasniah_, es decir, soldados,
-e hicieron un pacto con mi padre y se estrecharon la mano derecha,
-comprometiéndose, bajo juramento, a derramar su sangre en defensa de
-la de mi padre. Alentado con esto, mi padre intrépidamente partió
-en compañía de los moros, de aquellos dos falsos moros. Y cuando
-llegaron a un lugar inhabitado, cayeron sobre mi padre y pudieron más
-que él, y derramaron su sangre en el camino y le despojaron de cuanto
-llevaba, de sus sedas y mercaderías, del oro y la plata ganados en
-sus especulaciones, y se fueron a su aldea y allí se establecieron,
-compraron casas y tierras, muy regocijados y triunfantes, y se hacían
-un mérito de aquella muerte diciendo: «Hemos muerto a un infiel, a
-un maldito judío»; estas cosas eran notorias en Fez. Y al oír tales
-nuevas, mi corazón se entristeció, y lloré como un niño; pero el
-fuego del _jehinnim_ dejó de arder en mi cerebro, porque ya sabía lo
-que había sido de mi padre. Al cabo me alivié, y, discurriendo sobre
-el caso, decía entre mí: «¿No sería cuerdo ir en busca del rey moro y
-pedirle venganza por la muerte de mi padre, y que sus expoliadores
-sean a su vez expoliados, y el tesoro, el propio tesoro de mi padre,
-sea arrancado de sus manos y se me entregue a mí, que soy su hijo?»
-En aquel tiempo el rey de los moros no estaba en Fez, estaba ausente
-en sus guerras; y, levantándome, le seguí hasta Arbat[28], que es
-puerto de mar, y cuando allí llegué no le encontré; pero su hijo sí
-estaba, y dijéronme que hablar al hijo era como hablar al rey, al
-propio Muley Abderrahmán; fuí, pues, a ver al hijo del rey, y me eché
-a sus plantas y elevé mi voz, y le dije lo que tenía que decirle,
-y me miró benignamente y dijo: «En verdad tu historia es lastimosa
-y me entristece; y eso que pides yo lo otorgo, y la muerte de tu
-padre será vengada y sus expoliadores expoliados; te escribiré una
-carta de mi puño para el pachá, el propio pachá de Tafilaltz, y le
-ordenaré que averigüe el caso, y esa carta tú mismo la llevarás para
-entregársela.» Y al oír esas palabras, mi corazón se moría de miedo
-dentro del pecho, y contesté: «No tal, señor; bien está que escribas
-una carta al pachá, al propio pachá de Tafilaltz; pero esa carta yo
-no la tomaré, ni iré a Tafilaltz, pues apenas llegase, y conocido
-mi mandado, los moros se levantarían contra mí y me darían muerte,
-o pública o secretamente, porque ¿no eran moros los asesinos de mi
-padre? ¿Y soy yo algo más que un judío, aunque judío polaco?» Y con
-rostro benigno, dijo: «En verdad, hablas cuerdamente; escribiré esa
-carta, pero no la llevarás tú, la mandaré por otras manos; por tanto,
-tranquiliza tu corazón y no dudes que, si la historia es cierta, la
-muerte de tu padre será vengada, y el tesoro o su equivalente se
-recobrará y te será entregado; dime, pues, ahora: ¿dónde piensas
-vivir hasta entonces?» Y yo le dije: «Señor, iré al país de Suz, y
-allí esperaré.» Y replicó: «Sea, y no tardarás en saber de mí.» Me
-levanté, pues, y salí, y me fuí al país de Suz hasta Swirah, que
-los nazarenos llaman Mogador, y allí, con turbado corazón, esperé
-noticias del hijo del rey moro; pero las noticias no llegaron, y
-nunca más desde tal día he vuelto a saber de él, y ya hace tres
-años que estuve en su presencia. Y me establecí en Mogador, y me
-casé con una dueña, de nuestra raza, y escribí a mi madre al propio
-Jerusalén y me envió dinero, y con eso me dediqué al comercio, igual
-que mi padre había hecho, y trafiqué; pero no tuve suerte en mis
-especulaciones, y en poco tiempo lo perdí todo. Y ahora he venido
-a Gibraltar a negociar por cuenta de otro, un mercader de Mogador;
-pero no me gusta el empleo; me ha engañado; voy a volver, y en cuanto
-consiga otra vez verme en presencia del hijo del rey moro, pediré
-que el tesoro de mi padre sea arrancado a sus expoliadores y se me
-entregue a mí, su hijo.»
-
- [28] Rabat.
-
-Escuché con mucha atención el singular relato de aquél hombre
-singular, y cuando concluyó permanecí un rato largo sin proferir
-palabra. Al cabo me preguntó qué me había llevado a Gibraltar.
-Le dije que estaba allí simplemente de paso, camino de Tánger,
-para donde esperaba salir embarcado a la mañana siguiente. A esto
-observó que dentro de una o dos semanas contaba encontrarse allí
-también y esperaba que nos veríamos, pues aún tenía mucho más que
-decirme. «Acaso—añadió—pueda usted darme un consejo provechoso,
-porque es usted una persona de experiencia, versada en los usos de
-muchas naciones; y cuando le veo a usted el rostro, parece que el
-cielo se abre para mí, porque creo ver el rostro de un amigo, el
-de un hermano.» Entonces se despidió de mí, y se fué; aquel hombre
-raro, tan bien barbado, que durante nuestra conversación aguardó
-pacientemente en la puerta, le siguió. Noté que su expresión era
-mucho menos violenta que en nuestro anterior encuentro; pero, al
-propio tiempo, más melancólica, y tenía las facciones arrugadas como
-las de un viejo, aunque no había pasado aún de la primera juventud.
-
-
-
-
-CAPÍTULO LIII
-
- Marineros genoveses. — La cueva de San Miguel. — Un abismo
- tenebroso. — Un joven americano. — El propietario de esclavos. —
- El brujo. — Un incrédulo.
-
-
-Durante toda la noche el viento sopló con fuerza; pero como era
-Levante, no tuve temor de verme obligado a permanecer más tiempo en
-Gibraltar por ese motivo. Fuí a bordo muy temprano y encontré a la
-tripulación en la tarea de levar el ancla y en otros preparativos de
-marcha. Dijéronme que probablemente saldríamos dentro de una hora.
-Transcurrió ese tiempo, empero, y aún permanecíamos donde estábamos,
-y el capitán continuaba en tierra. Formábamos parte de una reducida
-flotilla de barcas genovesas, cuyas tripulaciones, en sus momentos de
-ocio, parecían no tener mejor modo de diversión que cambiar palabras
-injuriosas; un furioso tiroteo de ese género empezó a la sazón, en el
-cual se distinguió especialmente el piloto de nuestro barco; era un
-genovés sesentón, canoso. Aunque no hablo su «patois» entendí mucho
-de lo que decían. Era por demás desvergonzado, y como gritaban tanto,
-de la violencia de sus ademanes y lo descompuesto de sus facciones se
-hubiese deducido que se trataba de enconados enemigos. No eran tal,
-sin embargo, sino excelentes amigos a toda hora, y seguramente, en el
-fondo, sujetos de buena índole. ¡Oh miserias de la naturaleza humana!
-¿Cuándo aprenderá el hombre a ser verdaderamente cristiano?
-
-En general tengo en mucha estima a los genoveses; cierto que son
-groseros y viciosos; pero también caballerescos y valientes, y lo han
-sido siempre, y sólo he recibido de ellos pruebas de hospitalidad y
-de bondad.
-
-Transcurridas otras dos horas, el secretario judío llegó y dijo
-algo al anciano piloto, que refunfuñó mucho; después se me acercó,
-y, quitándose el sombrero, me hizo saber que ya no saldríamos aquel
-día, y al mismo tiempo dijo que era una vergüenza desperdiciar un
-viento tan hermoso, que podía llevarnos a Tánger en tres horas.
-«Paciencia»—dije, y me volví a tierra.
-
-Fuí dando un paseo hacia la cueva de San Miguel en compañía del
-muchacho judío que ya he mencionado.
-
-El camino no sigue la misma dirección que el de las excavaciones;
-éstas miran a España, mientras la cueva se abre de cara al Africa. Se
-encuentra cerca de la cúspide del monte, a muchos cientos de yardas
-sobre el mar. Pasamos por los paseos públicos, donde hay hermosos
-árboles, y también por junto a muchas casitas, agradablemente
-colocadas entre jardines y ocupadas por los oficiales de la
-guarnición. Es erróneo suponer que Gibraltar es meramente una roca
-desnuda y estéril; no carece de lugares amenos, como los ya mentados,
-frescos, vivificantes, cubiertos de brillante follaje verde.
-
-El sendero no tardó en hacerse escarpado, y dejamos a nuestra espalda
-las moradas del hombre. El viento de la noche anterior había cesado
-por completo, y no se movía ni un soplo de aire; el sol del mediodía
-brillaba en todo su esplendor, y las rocas por donde trepábamos se
-mojaban no pocas veces con las gotas del sudor que llovía de nuestras
-sienes; al cabo llegamos a la caverna.
-
-La boca es una hendidura abierta en el flanco del monte, como de
-doce pies de alto y otros tantos de ancho; dentro hay una bajada
-muy rápida y pendiente, como de cincuenta yardas, yendo a terminar
-la caverna en un abismo que lleva a profundidades desconocidas. Lo
-más notable de la caverna es una columna natural, que se alza como
-tronco de enorme roble, cual si estuviese puesto allí para sostener
-el techo; se halla a corta distancia de la entrada, y da a la parte
-visible de la cueva cierto aspecto bravío y raro, que de otro modo
-no tendría. El piso es resbaladizo en extremo, pues las continuas
-filtraciones del techo lo han saturado, y son necesarias no pocas
-precauciones para andar por él. Es muy peligroso entrar allí sin un
-guía buen conocedor del lugar, porque, además del negro abismo que
-hay al final, se abren aquí y allí otras cavidades nunca sondeadas,
-y el osado que cae en ellas se hace pedazos. Digan los hombres lo
-que se les antoje a propósito de esta cueva, una cosa hay que la
-cueva misma parece decir a cuantos a ella se aproximan; a saber: que
-la mano del hombre no ha trabajado allí nunca. Hay muchas cavernas
-de formación natural, tan viejas como la tierra en que vivimos, que
-muestran, no obstante, señales de haber sido utilizadas por el hombre
-y de haber estado más o menos sujetas a su acción transformadora. No
-así la cueva de Gibraltar; pues, si se juzga por su aspecto, no hay
-la más leve razón para suponer que haya servido de otra cosa que de
-nido de aves nocturnas, reptiles y animales de rapiña. Algunos han
-dicho que la cueva fué usada en los tiempos del paganismo como templo
-del dios Hércules, quien, según la tradición antigua, levantó la
-singular masa de rocas llamada ahora Gibraltar, y la montaña que hay
-enfrente, en las costas de Africa, como dos columnas que anunciasen a
-los tiempos venideros que había estado allí sin pasar más adelante.
-Baste observar que en la caverna no hay nada que permita adoptar
-tal opinión, ni siquiera una plataforma sobre la que pudiese haber
-estado el ara, mientras un angosto sendero pasa por delante, que
-conduce a la cúspide del monte. Como no he penetrado en sus senos,
-no tengo la pretensión de describirlos. Numerosas personas, movidas
-por la curiosidad, se han aventurado en sus inmensas profundidades
-con la esperanza de descubrir su término, y lo cierto es que apenas
-transcurre una semana sin que se hagan intentos análogos por los
-oficiales o por los soldados de la guarnición; pero todos hasta hoy
-han resultado estériles. No se ha alcanzado término alguno, ni se ha
-descubierto nada que compense el trabajo y los pavorosos peligros
-corridos; los precipicios suceden a los precipicios, y los abismos a
-los abismos en sucesión aparentemente inacabable, con unos salientes
-de vez en cuando que permiten a los intrépidos exploradores reposar
-y fijar las escalas de cuerda para descender más hondo. Pero lo que
-más confunde y desazona es observar que esos abismos no se abren
-sólo delante del observador, sino detrás y a cada lado; pegada a la
-entrada de la caverna, a la derecha, hay una sima casi tan tenebrosa
-y amenazadora como la del extremo inferior, y quizás contiene
-también otras tantas simas y hórridas cavernas, ramificándose en
-todas direcciones. De lo que he oído he sacado la opinión de que
-el interior de la montaña de Gibraltar es como un panal, y apenas
-me cabe duda de que si la tajaran aparecería llena de abismos tan
-infernales como las galerías de la cueva de San Miguel. Muchas vidas
-valiosas se pierden todos los años en tan horribles lugares; pocas
-semanas antes de mi visita dos sargentos, hermanos, perecieron en
-la sima del lado derecho de la caverna por haber resbalado a un
-precipicio cuando estaban a gran profundidad.
-
-El cuerpo de uno de aquellos hombres temerarios aún está pudriéndose
-en las entrañas del monte, devorado por los ciegos y asquerosos
-gusanos; al otro le sacaron. Inmediatamente después de tan horrible
-accidente, pusieron una puerta en la boca de la caverna para impedir
-que la gente, y sobre todo los imprudentes soldados, se abandonasen
-a tan extravagante curiosidad. Pero la cerradura no tardó en
-ser forzada, y en la época de mi visita la puerta se balanceaba
-perezosamente sobre sus goznes.
-
-Al dejar aquellos lugares pensaba yo que acaso fué semejante a
-esa la cueva de Horeb, donde vivía Elías, cuando oyó una voz, al
-principio débil, y después un viento grande y poderoso que cuarteaba
-las montañas y pulverizaba las rocas delante del Señor, cueva a cuya
-puerta salió y se paró, con el rostro envuelto en el manto, cuando
-oyó la voz que decía junto a él «¿Qué haces aquí, Elías?»
-
-—¿Y qué estoy haciendo yo aquí?—me preguntaba a mí mismo cuando,
-contrariado por la detención del viaje, bajaba hacia la ciudad.
-
-Aquella tarde comí en compañía de un americano joven, natural de
-Carolina del Sur; ya le había visto frecuentemente, porque estaba
-alojado en la fonda desde algún tiempo antes de mi llegada a
-Gibraltar. Su porte era muy notable: bajo de estatura, en extremo
-débil de conformación, facciones pálidas, pero muy correctas; poseía
-una cabeza magnífica, de negro cabello crespo, y un par de patillas
-del mismo color, las más soberbias que hasta entonces había visto.
-Llevaba sombrero blanco, de anchas alas y copa excepcionalmente baja,
-y vestía un ligero sobretodo de tela amarilla, y amplios calzones
-de indiana. En una palabra, su exterior era verdaderamente raro y
-particular. Al regresar de mi excursión a la cueva, me encontré con
-que también él acababa de bajar del monte, cuyas maravillas había
-estado explorando desde muy temprano.
-
-Uno del Peñón le preguntó si le gustaban las excavaciones. «¿Si me
-gustan?—respondió—. Lo mismo podría usted preguntar a una persona
-que acabase de ver las cataratas del Niágara, si le gustaban mucho;
-gustar no es la palabra, señor.»
-
-El calor era sofocante, como casi invariablemente ocurre en
-Gibraltar, donde rara vez sopla un poco de aire, abrigado como está
-de todos los vientos. Eso indujo a otro individuo a preguntarle si no
-encontraba excesivo el calor.
-
-—¿Calor?—replicó—; de ningún modo. El tiempo más hermoso para recoger
-algodón que se puede desear. No lo tenemos mejor en Carolina del Sur,
-señor.
-
-—¿Vive usted en Carolina del Sur? Supongo, señor, que no será usted
-propietario de esclavos—dijo aquel judío gordo y pequeño con levita
-de color de tabaco, que en otra ocasión me había invitado a tomar un
-aperitivo—; es cosa terrible esclavizar a unos pobres hombres, tan
-sólo por el hecho de ser negros; ¿no le parece a usted, señor?
-
-—¿Que si me parece? No, señor; no opino así. Me glorío de ser
-propietario de esclavos: tengo cuatrocientos negros nigerianos
-en mi hacienda, cerca de Charleston, y por las mañanas, antes
-de desayunarme, azoto a media docena, por vía de ejercicio. Los
-nigerianos están para ser azotados; a veces intentan escaparse:
-suelto los sabuesos en su rastro, y los cogen en un abrir y cerrar de
-ojos; antes tenían la costumbre de ahorcarse, porque los nigerianos
-pensaban que era el camino más seguro para volver a su país y
-librarse de mí; no tardé en poner término a eso: les dije que si se
-ahorcaba alguno más, yo me ahorcaría también, para no separarme de
-ellos, y azotarlos en su país natal diez veces más que en el mío.
-¿Qué opina usted de esto, amigo?
-
-Era fácil comprender que había más chanza que malicia en aquel
-excéntrico y exiguo sujeto, pues sus grandes ojos grises chispeaban
-de buen humor mientras profería tales atrocidades. Era dadivoso en
-extremo; y a una irlandesa sórdida, viuda de un soldado, que entró
-con una banasta llena de cajitas y baratijas hechas de pedazos de
-roca de Gibraltar, le compró la mayor parte de lo que llevaba,
-dándole por cada artículo el precio, nada desdeñable, que le pidió.
-Me había mirado diferentes veces, y al cabo le vi inclinarse y
-murmurar algo al oído del judío, quien replicó a media voz, aunque
-con mucha viveza: «¡Oh, no, señor! Está usted muy equivocado,
-señor; no es americano, señor; de Salamanca, señor; ese caballero
-es un español de Salamanca». El criado, al fin, nos dijo que había
-puesto la mesa, y que acaso nos agradaría comer juntos: al instante
-asentimos. En aquel nuevo conocido hallé, por diversos motivos, un
-agradabilísimo compañero; no tardó en contarme su historia. Era
-plantador y, por lo que daba a entender, propietario muy reciente.
-Era condueño de un gran barco que comerciaba entre Charleston y
-Gibraltar, y como la fiebre amarilla acababa de estallar en aquella
-ciudad, decidió hacer un viaje (el primero) a Europa en su barco;
-pues, según decía, todos los estados de la Unión los tenía ya
-visitados, y visto todo cuanto en ellos hay digno de verse. Me
-describió, de un modo tan original como ingenuo, sus impresiones al
-pasar frente a Tarifa, la primera ciudad murada que veía. Le conté
-la historia de esa ciudad, que oyó con gran atención. Diversos
-intentos hizo para saber de mí quién era yo, pero los eludí, por
-más que parecía plenamente convencido de mi condición de americano;
-entre otras cosas, me preguntó si mi padre no había sido cónsul en
-Sevilla. Lo que, no obstante, le confundía mucho era mi conocimiento
-del marroquí y del gaelico, que me había oído hablar respectivamente
-con los _hamales_ y la irlandesa, la cual le había dicho, según
-me declaró el americano, que yo era brujo. Por último, tocó el
-tema de la religión, y habló con gran desprecio de la revelación,
-declarándose deísta; tenía vehementes deseos de conocer mis
-opiniones; pero le esquivé de nuevo, contentándome con preguntarle
-si había leído la Biblia. Dijo que no, pero que conocía muy bien los
-escritos de Volney y Mirabeau. No respondí, y entonces añadió que no
-era su costumbre, ni mucho menos, plantear tales cuestiones, y que
-a muy pocas personas les hubiese hablado con tanta franqueza; pero
-que yo le había interesado mucho, aunque nuestro conocimiento fuese
-tan reciente. Repuse que difícilmente habría hablado en Boston de
-la misma manera que acababa de hablarme a mí, y que bien se conocía
-que no era de Nueva Inglaterra. «Le aseguro a usted—dijo—que tampoco
-se me hubiese ocurrido hablar así en Charleston, pues, con tal
-conversación, no hubiese tardado en tener que hablar para mí solo.»
-
-Si hubiese conocido yo menos deístas de los que mi fortuna me ha
-hecho conocer, quizás hubiera intentado convencer a aquel joven de lo
-erróneo de las ideas que había adoptado; pero yo conocía todo lo que
-se habría apresurado a replicar, y como el creyente no tiene en tales
-materias argumentos carnales que dirigir a la razón carnal, pensé que
-era lo mejor evitar discusiones que seguramente no podían dar fruto
-de provecho. La fe es libre don de Dios, y no creo que haya habido
-aún ningún incrédulo convertido mediante polémicas de sobremesa.
-Aquella fué la última tarde que pasé en Gibraltar.
-
-
-
-
-CAPÍTULO LIV
-
- Otra vez a bordo. — Un rostro sorprendente. — El Haji. — Nos
- damos a la vela. — Los dos judíos. — Un barco americano. —
- Tánger. — Adun Oulem. — La riña. — Lo prohibido.
-
-
-El jueves 8 de agosto me encontré de nuevo a bordo de la barca
-genovesa, a hora tan temprana como el día anterior. No obstante,
-después de aguardar dos o tres horas sin que se hiciese ningún
-preparativo de marcha, me disponía ya a volver otra vez a tierra;
-pero el viejo piloto genovés me aconsejó que me quedara, asegurándome
-que, sin duda alguna, íbamos a partir en seguida, pues toda la
-carga estaba a bordo y no teníamos ya por qué detenernos. Estaba
-descansando en la camareta, cuando oí chocar un bote contra el
-costado de nuestro barco, y alguna gente subir a bordo. Al instante
-apareció en la abertura un rostro singular, feroz. Estaba yo medio
-dormido, y al pronto creí que soñaba, pues aquella faz más parecía
-de gato montés o de ogro que de ser humano; su larga barba casi me
-rozaba la cara, hallándome tendido en una especie de hamaca. Pero
-al incorporarme sobresaltado, reconocí la insólita catadura del
-judío a quien había visto en compañía de Judah Lib. También él me
-reconoció, y, moviendo la cabeza, plegó sus desmedidas facciones en
-una sonrisa. Me levanté y subí a cubierta, y allí le hallé junto con
-otro judío, joven, vestido a lo berberisco. Acababan de llegar en el
-bote. Pregunté a mi amigo el de la barba quién era, de dónde venía
-y adónde iba. Respondió, en portugués corrompido, que regresaba de
-Lisboa, adonde había ido a sus negocios, a Mogador, su ciudad natal.
-Me miró luego al rostro y sonrió, y sacando del bolsillo un libro
-en caracteres hebraicos, se puso a leerlo; viéndolo, un marinero
-español de a bordo dijo, que con tales barba y libro tenía que ser un
-_sabio_. Su compañero era de Mequinez, y sólo hablaba arábigo.
-
-Una barcaza se aproximaba, cuya popa aparecía llena de moros;
-serían unos doce, y la mayor parte eran evidentemente personas de
-calidad, pues iban vestidos con toda la pompa y galanura del Oriente:
-turbantes de nívea blancura, _jabadores_ de seda verde o tela
-escarlata, y _bedeyas_ adornadas con galones de oro. Algunos eran
-tipos en extremo arrogantes, y dos de ellos, jóvenes, de sorprendente
-hermosura, y lejos de mostrar, como es general entre moros,
-semblante negruzco o moreno, su tez era delicada, sonrosada y blanca.
-El personaje principal, a quien los demás trataban con mucho respeto,
-era hombre de talla atlética, de unos cuarenta años. Llevaba túnica
-de algodón blanco acolchado, y _kandrisa_ blanca, y liado con gracia
-al cuerpo, envolviéndole la parte alta de la cabeza, el _haik_, o
-capa de flanela blanca, tenida siempre en mucha estima por los moros,
-desde las épocas más remotas de su historia. Iba desnudo de piernas,
-y los pies protegidos tan sólo del suelo por babuchas amarillas. No
-ostentaba más gala que un largo zarcillo de oro, del que pendía una
-perla, evidentemente de gran valor. Una hermosa barba negra, como de
-un pie de larga, se esparcía por su musculoso tórax. Sus facciones
-eran correctas, excepto los ojos, un poco pequeños; su expresión,
-empero, era torcida; su mirar, duro; la malignidad y la mala índole
-se pintaban en cada rasgo de su semblante, donde no parecía haber
-brillado jamás una sonrisa. El marinero español de quien ya he tenido
-ocasión de hablar me dijo por lo bajo que era un _santurrón_, y que
-regresaba del viaje a la Meca; añadió que era un mercader de inmensa
-riqueza. Pronto vimos que los otros moros le habían acompañado a
-bordo solamente por amistosa cortesía, pues uno tras otro fueron
-despidiéndose de él, con excepción de dos negros, sus acompañantes.
-Observé que los negros, cuando los moros les tendían la mano al
-marcharse, se esforzaban invariablemente por llevársela a los labios,
-esfuerzo que siempre se frustraba, pues los moros, en cada caso, por
-un movimiento rápido y gracioso, retiraban la mano presa en la del
-negro y la oprimían contra su corazón; que era tanto como decir:
-«aunque negro y esclavo eres musulmán, y, por serlo, eres nuestro
-hermano; Alá no hace distinciones». El botero se acercó entonces
-al _haji_, pidiendo su paga, y le dijo que había ido tres veces a
-bordo por su servicio, a llevarle el equipaje. La suma que pidió le
-pareció exorbitante al _haji_, quien, olvidándose de su condición
-de santo y de recién venido de la Meca, fumaba atrozmente, y en mal
-español le llamó ladrón al botero. El improperio que más irrita a
-un español (el botero lo era) es ése; y apenas aquel prójimo se oyó
-tratar así, cuando, chispeantes de furor sus ojos, asestó el puño a
-la nariz del _haji_, y pagó el vocablo injurioso lo menos con otros
-diez tan malos o peores. Quizás habría pasado a actos de violencia,
-si no le hubieran arrancado de allí a la fuerza los otros moros, que
-se le llevaron aparte, y supongo que le dirían o le darían algo para
-calmarle, pues no tardó en volver al bote y regresó con todos ellos
-a tierra. El capitán llegó entonces con su secretario judío, y se
-dieron las órdenes para hacerse a la vela. Poco después de las doce
-zarpábamos de la bahía de Gibraltar. El viento soplaba favorable,
-pero durante cierto tiempo no avanzamos mucho, pues casi yacíamos
-en calma a sotavento del Peñón; poco a poco, no obstante, nuestra
-marcha fué haciéndose más rápida, y pasada como una hora corríamos
-velozmente hacia Tarifa.
-
-El secretario judío permanecía en el timón, y en realidad resultó ser
-la persona que mandaba el barco, y quien daba las órdenes necesarias,
-ejecutadas bajo la superintendencia del viejo piloto genovés. Hice
-algunas preguntas al _haji_, pero me miró de soslayo con sus adustos
-ojos, hizo un mohín con los labios, y siguió en silencio; era como
-decir: «No me hables; soy más santo que tú». Sus negros fueron mucho
-más comunicativos. Uno era viejo y feísimo; el otro, de unos veinte
-años, era tan bien parecido como puede serlo un negro. De puro color
-de ébano, tenía las facciones en extremo bien formadas y delicadas,
-con excepción de los labios, demasiado gruesos. La forma de sus
-ojos era muy particular: oblongos más que redondos, como los de las
-figuras egipcias. Tenía aire pensativo, meditabundo. Era, en todo,
-distinto de su compañero, incluso en el color (aunque ambos eran
-negros) y descendía, sin duda, de alguna raza superior poco conocida.
-Sentado al pie del mástil, contemplando el mar, hallábase, a juicio
-mío, fuera de su sitio natural; mejor hubiera parecido en los
-arenales sin límites, al pie de una palmera, y habría podido pasar
-entonces por un _Jin_[29]. Le pregunté de dónde procedía; díjome que
-era natural de Fez, pero que no había conocido nunca a sus padres;
-se crió en la casa de su amo actual, a quien había seguido en la
-mayor parte de sus viajes, y acompañádole tres veces a la Meca. Le
-pregunté si le gustaba ser esclavo. A eso me respondió que ya no lo
-era, pues en razón de sus fieles servicios le habían dado libertad
-tiempo atrás, así como a su compañero. Muchas más cosas me habría
-dicho, pero el _haji_ le llamó, y le entretuvo en otras ocupaciones,
-probablemente para impedir que yo le contaminase.
-
- [29] Genio.
-
-Esquivado por los musulmanes, recurrí a los judíos, quienes en modo
-alguno se mostraron remisos en cultivar la familiaridad. El sabio
-barbudo me contó su historia, en muchos puntos semejante a la de
-Judah Lib, pues, según parece, dos o tres años antes había salido
-de Mogador en busca de su hijo, que se había fugado a Portugal.
-Pero al llegar el padre a Lisboa, averiguó que pocos días antes el
-fugitivo se había embarcado para el Brasil. Al contrario de Judah, en
-busca de su padre, se cansó de su demanda y la abandonó. El judío de
-Mequinez, más joven, se animó y alegró en extremo al darse cuenta
-de que yo entendía su lengua, y me hizo reír con su humorística
-descripción de la vida cristiana, tal como la había observado en
-Gibraltar, donde acababa de residir cerca de un mes. Me habló después
-de Mequinez, un _Jennut_, o paraíso, según decía, comparado con el
-cual, Gibraltar era una pocilga. Tan grande, tan universal es el amor
-a la tierra nativa. Pronto me dí cuenta de que ambos judíos me creían
-de su raza, y el joven, mucho más expansivo que el otro, me calificó
-de tal, y habló de la infamia de negar mi propia sangre. Poco antes
-de llegar frente a Tarifa, el hambre se apoderó de todos nosotros.
-El _haji_ y sus negros manifestaron su repuesto y se regalaron con
-pollos asados; los judíos comieron uvas y pan, y yo, pan y queso,
-en tanto que la tripulación preparaba un plato de boquerones.
-Dos marineros acudieron solícitos con una buena ración y me la
-ofrecieron con afecto fraternal; no vacilé en aceptar su obsequio,
-y los boquerones me parecieron deliciosos. Como me hallaba sentado
-entre los judíos, les ofrecí algunos, pero volvieron el rostro con
-repugnancia, exclamando: _Haloof_[30]. Pero, al propio tiempo, me
-estrecharon la mano y, sin que yo se lo brindase, tomaron un pedacito
-de mi pan. Tenía yo una botella de coñac, que había llevado como
-prevención contra el mareo, y también se la ofrecí; pero rehusaron
-otra vez, y exclamaron: _Haram_[31]. Yo no dije nada.
-
- [30] ¡Qué porquería!
-
- [31] Prohibido.
-
-Estábamos entonces junto al faro de Tarifa, y, poniendo la proa al
-Oeste, hicimos rumbo en derechura hacia la costa de Africa. El viento
-había refrescado mucho, y como soplaba casi de popa, corríamos con
-tremenda velocidad, amenazándonos las grandes velas latinas con
-sepultarnos a cada momento bajo las olas que la corriente contraria
-levantaba frente a nosotros. En esta veloz carrera, pasamos pegados
-a la popa de un barco grande con bandera americana; iba a tomar el
-Estrecho y avanzaba lentamente contra el levante impetuoso. Al pasar
-junto a él vimos la popa llena de gente que nos observaba: la verdad
-es que debíamos de ofrecer un espectáculo singular a los pasajeros
-que, como mi joven amigo el americano de Gibraltar, vinieran al Viejo
-Mundo por vez primera. En el timón iba el judío; todo él envuelto
-en una gabardina, cuya capucha, echada sobre la cabeza, le daba
-casi el aspecto de un aparecido con su mortaja; en tanto que, sobre
-cubierta, mezclados con europeos, todos, menos yo, pintorescamente
-vestidos, iban los moros con sus turbantes, flotando suelto al viento
-el _haik_ del _haji_. Fugaz tuvo que ser, empero, la visión que de
-nosotros alcanzaron, puesto que nos cruzamos con la velocidad de un
-caballo de carreras, y a eso de una hora más tarde, sólo distábamos
-una milla del promontorio en que se asienta el castillo de Alminar,
-extremo límite oriental de la bahía de Tánger. Allí el viento cayó, y
-avanzamos de nuevo con lentitud.
-
-Hacía ya mucho tiempo que Tánger estaba a la vista. Poco después de
-empezar a alejarnos de Tarifa, le habíamos columbrado en la lejanía,
-semejante a una paloma blanca empollando en su nido. El sol se
-ocultaba detrás de la ciudad cuando echamos el ancla en la bahía,
-entre media docena de barcas y faluchos, del porte de la nuestra,
-únicos barcos que vimos. Tánger se hallaba ante nosotros, pintoresca
-ciudad que ocupa las vertientes y la cima de dos colinas, una de las
-cuales, brava y escarpada, se mete en el mar allí donde la costa
-forma de pronto una abrupta revuelta. Amenazadores parecen sus
-almenados muros, encaramados en la cúspide de empinadas rocas, cuya
-base lavan las ondas del mar, o surgiendo de la angosta playa que
-separa la colina del Océano.
-
-Allí hay dos o tres órdenes de baterías, armadas con gruesos cañones,
-que dominan la bahía; encima se ven los terrados de la ciudad, que se
-alzan escalonados, como peldaños para gigantes. Todo es blanco, de
-perfecta blancura, de suerte que el conjunto parece tallado en un
-inmenso bloque de yeso; bien es verdad que aquí y allí emergen de la
-blancura altos árboles verdes: acaso pertenezcan a jardines moros, y
-tal vez ahora estarán reclinadas a su sombra muchas Leilas ojinegras,
-hermanas de las huríes. Frente por frente a nosotros se levanta una
-gran torre o alminar, no blanca, sino pintada curiosamente; pertenece
-a la mezquita principal de Tánger; sobre ella ondeaba una bandera
-negra, por ser la fiesta de Ashor. Una hermosa playa de blanca arena
-bordea la bahía desde la ciudad hasta el promontorio del Alminar. Al
-Este se alzan portentosas colinas y montañas: son el Gebel Muza y su
-cadena; y aquel su compañero que se levanta a lo lejos es el pico de
-Tetuán; las brumas grises de la tarde envuelven sus flancos. Tal era
-Tánger, tales sus cercanías, como se me aparecieron al contemplarlas
-desde la barca genovesa.
-
-Arriaron un bote del barco, y el capitán, que traía a su cargo el
-correo de Gibraltar, el secretario judío, y el _haji_, con sus
-acompañantes negros, se fueron a tierra. Yo hubiera querido ir con
-ellos, pero me dijeron que no podría desembarcar aquella noche, pues
-antes de que examinasen mi pasaporte y mi patente de sanidad se
-cerrarían las puertas de la ciudad; así es que permanecí a bordo con
-la tripulación y los dos judíos. Los marineros prepararon su cena,
-que consistía simplemente en una ensalada de _tomates_, habiéndose
-consumido las demás provisiones. El genovés viejo me trajo una
-ración, excusándose al propio tiempo por la frugalidad de la comida.
-Acepté agradecido, y le dije que un millón de hombres mejores que yo
-tenían peor cena. Nunca he comido con mejor apetito. Al entrar la
-noche, los judíos cantaron himnos hebreos, y cuando concluyeron me
-preguntaron por qué permanecía en silencio; alcé la voz y canté _Adun
-Oulem_[32].
-
- [32] Señor del mundo.
-
-Las tinieblas envolvían ya por completo tierra y mar; ningún ruido
-se oía, salvo, de vez en cuando, el lejano ladrido de un perro en la
-costa, o alguna quejumbrosa canción genovesa, que se alzaba de una
-barca próxima. La ciudad parecía sepultada en lobreguez y silencio;
-ni siquiera la luz de una bujía se columbraba. Pero volviendo la
-vista a España, percibimos un fuego magnífico, que al parecer
-envolvía la vertiente y la cima de una de las montañas más altas al
-Norte de Tarifa. El incendio arrancaba destellos rojizos a las aguas
-del Estrecho. O las leñas del monte ardían, o los _carboneros_ se
-aplicaban a sus sombrías faenas. Los judíos se quejaron de cansancio,
-y el más joven, desatando una colchoneta, la tendió sobre cubierta
-y trató de descansar. El sabio bajó a la camareta; pero apenas
-había tenido tiempo de echarse cuando el viejo piloto, lanzándose en
-pos de él, bajó también y le sacó fuera por los talones, porque la
-cámara estaba muy poco profunda, y no había más que bajar dos o tres
-peldaños. Hecho eso, le dirigió muchos improperios, y le amenazó con
-el pie, mientras permanecía tendido sobre cubierta. «¿Cree usted—le
-dijo—que un perro judío como usted, y que paga como un perro judío,
-va a dormir en la cámara? Desengáñese, bestia: en la cámara no duerme
-esta noche nadie más que este _caballero_ cristiano.» El sabio, sin
-replicar, se alzó de sobre cubierta y se acarició la barba, en tanto
-el viejo genovés proseguía su filípica. Si el judío hubiese sido dado
-a ello, habría podido estrangular a su insultador en un momento, o
-espachurrarlo entre sus membrudos brazos, pues no recuerdo haber
-visto jamás un individuo tan fuerte y musculoso; pero, evidentemente,
-era tardo en encolerizarse, y muy paciente. No se le escapó ni una
-palabra de resentimiento, y sus facciones conservaron su habitual
-expresión de benigna placidez.
-
-Entonces le aseguré al piloto que el judío podía compartir la cámara
-conmigo sin la más leve objeción por mi parte, y que, al contrario,
-más bien lo deseaba, pues había sitio de sobra para ambos.
-
-—Dispense usted, señor caballero—replicó el genovés—; pero le
-juro que no permitiré tal cosa: usted es joven y no conoce a esta
-_canaille_ como yo la conozco, que llevo veinte años yendo y viniendo
-entre estas costas. Si esa bestia tiene frío, que duerma en el
-sollado, como yo y los demás; pero en la cámara no entra.
-
-Conociendo que era testarudo, me retiré, y a los pocos minutos caí en
-profundo sueño, que duró hasta el alba. Cierto que dos o tres veces
-me pareció que se peleaban cerca de mí; pero estaba tan abrumado de
-cansancio, tan borracho de sueño, que no pude despertarme lo bastante
-para enterarme de lo que sucedía. El hecho fué que, en el transcurso
-de la noche, el sabio, hallándose incómodo al aire libre, junto a
-su compañero, intentó por tres veces meterse en la cámara, y otras
-tantas le arrojó de ella su incansable enemigo, que, sospechando sus
-intenciones, no le quitó ojo en toda la noche.
-
-A eso de las cinco me levanté; el radiante sol brillaba esplendoroso
-sobre la ciudad, la bahía y la montaña; la tripulación ya estaba
-ocupada sobre cubierta en reparar una vela desgarrada por el
-viento el día anterior. Los judíos, sentados en la popa con aire
-desconsolado, se quejaban mucho del frío que habían sufrido en aquel
-lugar abierto. Sobre el ojo izquierdo del sabio vi una cortadura
-ensangrentada, que, según me dijo, le había hecho el viejo genovés
-después de sacarle de la cámara por última vez. Entonces manifesté
-mi botella de coñac, rogando que la tripulación participase en ella,
-como leve correspondencia a su hospitalidad. Me dieron las gracias,
-y la botella fué circulando; al cabo llegó a manos del viejo piloto,
-quien, tras de mirar un instante al sabio, se la llevó a los labios,
-donde la mantuvo mucho más tiempo que ninguno de sus compañeros;
-después me la devolvió, haciéndome una profunda reverencia. El
-sabio preguntó entonces qué contenía la botella. Le dije que coñac,
-o _aguardiente_, y al oírlo, rogó, no sin cierta ansia, que le
-permitiese beber un trago.
-
-—¿Cómo es eso?—dije yo—. Ayer me dijo usted que era una cosa
-prohibida, una abominación.
-
-—Ayer—respondió—no sabía que fuese aguardiente; creí que era vino,
-que es, ciertamente, una abominación, cosa prohibida.
-
-—¿Está prohibido en la _Torah_?—pregunté—. ¿Está prohibido por la ley
-de Dios?
-
-—No lo sé—replicó—; lo que sé es que los sabios lo han prohibido.
-
-—Sabios como usted—exclamé con calor—; sabios como usted, de barba
-larga y entendimiento corto. Permitido está el uso de ambas bebidas;
-pero más peligro se esconde en esta botella que en una cuba de vino.
-Bien dijo mi Señor el Nazareno: «Vosotros apartáis un mosquito y os
-tragáis un camello»; pero, puesto que tiene usted frío y tirita, tome
-la botella y reanímese con un traguito de su contenido.
-
-Se la acercó a los labios, y no encontró ni gota. El viejo genovés
-reía con sorna.
-
-—_Bestia_—dijo—, le conocí en los ojos que deseaba beber un trago,
-y me dije: aunque me ahogue, no dejaré que un caballero cristiano
-malgaste ni gota del _aguardiente_ en ese judío, ¡mal rayo caiga
-sobre su cabeza!
-
-»Ahora, señor caballero—continuó—, puede usted bajar a tierra; esos
-dos marineros le llevarán al muelle y transportarán su equipaje
-adonde tenga por conveniente; la Virgen le bendiga por donde vaya.
-
-
-
-
-CAPÍTULO LV
-
- El muelle. — Los dos moros. — Djmah de Tánger. — La casa de Dios.
- — El cónsul británico. — Espectáculo curioso. — La casa mora. —
- Juana Correa. — Ave María.
-
-
-Bogamos, pues, hacia el muelle, y desembarcamos. El muelle no
-consiste actualmente más que en un inmenso rimero de grandes piedras
-sueltas, que corre como unas quinientas yardas bahía adentro: son
-parte de las ruinas de un magnífico espigón que los ingleses, último
-pueblo extranjero que ocupó a Tánger, destruyeron al evacuar la
-plaza. Los moros no han intentado nunca repararlo: en las mareas
-altas, el mar rompe contra él furioso. Fué tarea difícil abrirme
-camino entre las resbaladizas piedras, y dos o tres veces me hubiera
-caído a no ser por la buena voluntad de los marineros genoveses. Al
-fin alcanzamos la playa, y nos encaminábamos hacia la puerta de la
-ciudad, cuando dos moros vinieron a nosotros. Casi nos asustamos al
-ver al primero: era un bárbaro corpulento y viejo, con aborrascada
-barba blanca, turbante, _haik_ y calzones sucios, desnudas las
-piernas e inmensos y aplastados pies, cuyos talones sobresalían lo
-menos un par de pulgadas por detrás de sus viejas y negras babuchas.
-
-—Este es el capitán del puerto—dijo uno de los genoveses—. Trátele
-con respeto.
-
-Me quité, pues, el sombrero y exclamé:
-
-—_Sba alkheir a sidi._
-
-—¿Sois ingleses?—vociferó el horroroso y gigantesco vejestorio.
-
-—Ingleses, señor—— adelantándome le tendí la mano, que casi aplastó
-con su tremenda zarpa. Entonces el otro moro me habló en una jerga
-compuesta de inglés, español y árabe. También era un personaje raro;
-pero muy diferente de su compañero, que le llevaba, por lo poco, la
-cabeza, y menos completo de un ojo, pues el globo de visión izquierdo
-teníalo cerrado, y era, como los españoles dicen, _tuerto_; pero
-excedía con mucho al otro en la limpieza del turbante, _haik_ y
-calzones. De lo que farfulló colegí que era el _mahasni_ o soldado
-del cónsul inglés; que el cónsul, sabedor de mi llegada, le había
-enviado para acompañarme a su casa. Me propuso que le siguiese, y así
-lo hice, acompañándonos el viejo capitán del puerto hasta la entrada
-de la ciudad, donde dió media vuelta y se metió en un edificio que,
-a mi parecer, sería la aduana, por los fardos y cajas de toda índole
-apilados delante. Traspusimos la puerta de la ciudad y remontamos
-una pendiente tortuosa. A nuestra izquierda había una batería llena
-de cañones, apuntando al mar, y a nuestra derecha un recio muro,
-tallado en parte en la misma montaña: un poco más arriba llegamos a
-un sitio abierto, donde se alza la mezquita que ya he mencionado. Al
-contemplar la torre, me dije: «Seguramente tenemos aquí una hermana
-menor de la Giralda de Sevilla.»
-
-Ignoro si alguien ha notado ya el parecido entre ambos edificios, y
-quizás habrá algunos que nieguen tal semejanza, sobre todo si, al
-formar opinión, se dejan influir mucho por el tamaño y el color: la
-Giralda es de color rojo, o más bien bermellón, mientras que en el
-Djmah de Tánger predomina el verde por estar hecha de ladrillos de
-ese color; pero entre ellos, con ciertos intervalos, hay colocados
-otros de un leve tinte rojo, de suerte que la torre presenta una
-bella variedad de tonos. Respecto al tamaño, comparado con la
-gigantesca maga sevillana, el Djmah tangerino parecería lo que un
-arbolillo nuevo al lado de un cedro del Líbano, cuyo tronco ha
-resistido las tormentas de quinientos años. Pues con todo eso, afirmo
-que, en otros respectos, ambas torres son una y la misma, y que en
-ambas se manifiestan el mismo espíritu, igual designio; su forma es
-igual, y tienen en sus muros las mismas señales, incluso aquellos
-misteriosos arcos grabados en los ladrillos, emblema de no sé qué.
-Sin violencia puede decirse que los dos monumentos están entre sí en
-la misma relación que los antiguos moros con los modernos. La Giralda
-es una maravilla del mundo, y el antiguo moro fué casi conquistador
-del mundo. Al moderno moro apenas se le conoce, y ¿quién ha oído
-nunca hablar de la torre de Tánger? Pero examinadla atentamente, y
-hallaréis en ella mucho, muchísimo que admirar; y si se os presenta
-la oportunidad de observar con detención a los moros modernos, de
-seguro descubriréis en sus personas y en sus acciones, junto a muchos
-rasgos grotescos, incultos y bárbaros, no pocos que compensarán con
-amplitud una investigación laboriosa.
-
-Al pasar por delante de la mezquita, me detuve a la puerta un momento
-y miré al interior; no vi más que un patio cuadrangular pavimentado
-con baldosas de colores, a cielo abierto. En los lados, sendas
-galerías con arcos o _piazzas_, y en el centro una fuente, donde
-varios moros cumplían sus abluciones. Miré en torno, en busca del
-objeto abominable, y no lo hallé. El pecado habitual de la iglesia
-pseudo-cristiana no estaba allí en cada rincón para herirme en los
-ojos.
-
-—Venid acá, papistas—dije—y tomad esta lección: aquí hay una casa
-de Dios, en lo exterior al menos, tal como una casa de Dios debe
-ser: cuatro muros, una fuente, y encima el eterno firmamento, donde
-se espeja su gloria. ¿Qué casas edificáis al Dios que ha dicho: «No
-grabarás tu imagen»? Insensato, tus muros están poblados de ídolos;
-a una piedra le llamas tu Padre, y a un pedazo de madera carcomida,
-Reina de los Cielos. Insensato, no conoces siquiera al Anciano de
-días, y del mismo moro tienes algo que aprender. Al menos, el moro
-conoce al Anciano de días, que ha dicho: «No tendrás más dioses que
-yo.»
-
-Cuando decía estas palabras, oí un grito como rugido de león, y una
-temerosa voz exclamaba a lo lejos: _Kapul Udbagh_.
-
-Volvimos luego hacia la izquierda por un pasadizo que atravesaba
-por debajo de la torre, y apenas habíamos dado unos pasos, oí un
-prodigioso tumulto de voces infantiles; escuché un instante y
-distinguí versículos del Corán; era una escuela.
-
-Otra lección para ti, papista. Te llamas cristiano, pero persigues
-el libro de Cristo. Le acosas hasta la orilla del mar, obligándole a
-buscar refugio en las olas.
-
-Insensato, aprende esa lección del moro, que enseña a su hijo, apenas
-empieza a hablar, los pasajes más importantes del libro de su ley,
-y se tiene por sabio o necio según está o no versado en tal libro;
-mientras que tú, esclavo ciego, no sabes lo que el libro de tu ley
-contiene, ni deseas saberlo; pero ¿acaso no te han de juzgar por tu
-ley propia? Traficante en ídolos, aprende del moro a ser consecuente:
-dice que será juzgado según su ley, y, por tanto, estima y sabe de
-memoria todo el libro de su ley.
-
-Llegamos a casa del cónsul inglés, grande y espaciosa vivienda,
-construída según el gusto inglés. El soldado me llevó a través de
-un patio hasta un amplio vestíbulo, colgado con pieles de animales
-feroces de toda especie, desde el majestuoso león hasta el chacal
-ladrador. Allí me recibió un criado judío, y me condujo al punto a
-la biblioteca, donde estaba el cónsul. Me recibió con suma llaneza
-y sincero afecto, y me dijo que habiendo recibido una carta de su
-excelente amigo Mr. B., en la que me recomendaba vivamente, tenía
-ya tomado para mí alojamiento en casa de una mujer española, pero
-súbdito británico, donde me encontraría, a su parecer, todo lo bien
-instalado que era posible en un lugar como Tánger. Me preguntó
-después si tenía algún motivo especial para visitar esa ciudad, y
-sin vacilación le dije que llevaba el propósito de repartir cierto
-número de ejemplares del Nuevo Testamento en lengua española entre
-los cristianos residentes en la localidad. Sonrió, y me recomendó que
-procediese con extremada cautela, y así se lo prometí. Departimos
-luego acerca de otros temas, y no tardé en descubrir que me hallaba
-en compañía de un hombre de letras instruidísimo, sobre todo en
-los clásicos griegos y latinos; también conocía a fondo el imperio
-berberisco y el carácter moro.
-
-Tras de media hora de conversación, en extremo agradable e
-instructiva para mí, manifesté el deseo de marcharme a mi
-alojamiento; tocó la campanilla, entró el mismo criado judío que me
-había recibido, y el cónsul le dijo en inglés:
-
-—Acompañe a este caballero a casa de Juana Correa, la viuda mahonesa,
-y encárguele de mi parte que le cuide bien y atienda a su regalo; si
-lo hace así, me confirmará en la buena opinión que tengo de ella y
-aumentará mi inclinación a favorecerla.
-
-Así, acompañado por el judío, enderecé mis pasos al alojamiento
-preparado para mí. Tras de remontar la calle en que estaba la casa
-del cónsul, entramos en una placita que se halla como a media ladera
-de la colina. Díjome mi acompañante que aquello era el soc, o plaza
-del mercado. Ofrecíase allí un espectáculo curioso. Todo alrededor
-de la plaza había unas barracas de madera pequeñas, muy parecidas
-a cajas grandes volcadas sobre un costado, con la tapa mantenida
-en alto por una cuerda. Delante de cada caja había una especie de
-mostrador, o más bien un largo mostrador corría frente a toda la
-línea, sobre el cual yacían uvas, dátiles, pequeños barriles de
-azúcar, jabón, manteca y otros artículos varios. Dentro de cada
-caja, frente al mostrador, y a unos tres pies del suelo, se ocultaba
-un ser humano con una manta sobre los hombros, un sucio turbante en
-la cabeza, y calzones andrajosos, que les llegaban hasta la rodilla,
-aunque me parece que algunos prescindían por completo de ellos.
-Empuñaban sendos palos con un manojo de hojas de palma en la punta,
-agitándolos sin cesar como abanico, a fin de espantar de sus géneros
-el millón de moscas que, engendradas por el sol berberisco, trataban
-de posarse en ellos. Detrás, y a cada lado de las casetas, había
-pilas de mercancías de la misma clase. Los vendedores clamaban sin
-cesar: _Shrit hinai, shrit hinai_[33]. Tales son los tenderos de
-Tánger, tales sus tiendas.
-
- [33] Compre aquí, compre aquí.
-
-En medio del _soc_, sobre las piedras, había pirámides de melones
-y _sandías_, y también banastas llenas de otras clases de frutas,
-expuestas para la venta, en tanto las redondas hogazas yacían en el
-suelo acá y allá, y a su lado, sentados sobre las piernas cruzadas,
-los seres de más extraña apariencia que una imaginación descarriada
-puede concebir, cubierta la cabeza con un enorme sombrero de paja, lo
-menos de dos yardas de circunferencia, cuyas alas caídas ocultaban
-por completo el rostro, mientras el tronco aparecía envuelto en una
-manta, de la que a veces salían unos dedos y brazos descarnados. Eran
-mujeres moras, todas, a lo que creo, viejas y feas, si he de juzgar
-por las ojeadas que pude echar sobre sus semblantes cuando levantaban
-las alas de los sombreros para mirarme al pasar, o maldecirme por
-pisarles el pan. Todo el _soc_ estaba lleno de gente y abundaban los
-gritos, bullicios y vociferaciones, y como el sol, aunque era todavía
-muy temprano, brillaba con grandísimo esplendor, pensaba yo que
-escena tan animada rara vez la habría visto nunca.
-
-Cruzando el _soc_, entramos en una angosta calle con el mismo género
-de cajas-tiendas a cada lado, algunas de las cuales, empero, o
-estaban desocupadas o no habían abierto aún, pues la tapa permanecía
-echada. Casi inmediatamente volvimos hacia la izquierda, remontando
-una calle algo parecida, y al instante mi guía se entró por la puerta
-de una casa baja, situada en la esquina de una callecita arbolada,
-que era, según me dijo, la morada de Juana Correa. Pronto estuvimos
-en el centro de la vivienda. Digo en el centro porque todas las casas
-moras están construídas con un pequeño patio en medio. El de aquella
-casa no tenía más de diez pies en cuadro. Abierto por arriba, en
-torno estaban las habitaciones, por tres lados; en el cuarto lado,
-una escalerilla que comunicaba con el piso superior, la mitad del
-cual consistía en un terrado con vistas al patio; por encima de
-sus bajos muros se descubría un panorama del mar y gran parte de la
-ciudad. Lo restante del piso ocupábalo una vasta pieza, reservada
-para mí, y que comunicaba con el terrado por dos puertas. En cada
-extremo del cuarto había una cama, atravesada a lo ancho de la
-habitación, con el pabellón pegado al techo. Una mesa y dos o tres
-sillas concluían el mobiliario.
-
-Estaba tan ocupado en examinar la casa de Juana Correa, que al pronto
-puse poca atención en la señora misma. Pero vino luego al terrado
-donde mi guía y yo permanecíamos. Era una mujer como de cuarenta y
-cinco años, de facciones regulares, que en otros tiempos habrían
-sido hermosas, pero en las que los años, y más aún quizás las penas,
-habían hecho muchos estragos. Le faltaban dos dientes, pero aún era
-negro su magnífico pelo. Mirando su rostro, dije para mí: si es
-verdad la ciencia fisonómica, tú, ¡oh Juana!, eres buena y apacible.
-En efecto: las finezas que de Juana recibí durante las seis semanas
-que pasé bajo su techo, me hubieran convertido a esa ciencia, si
-antes hubiese dudado de ella.
-
-No creo que en ningún pecho humano haya latido nunca corazón más
-afectuoso y ardiente que el de Juana Correa, la viuda mahonesa, y
-así lo denotaban sus facciones, radiantes de benevolencia y buen
-natural, aunque algo nubladas por la melancolía.
-
-Díjome que había estado casada con un genovés, patrón de un falucho
-que recorría la ruta entre Gibraltar y Tánger, quien, al morir,
-hacía unos cuatro años, la dejó con cuatro de familia, el mayor de
-los cuales era un mozo de trece; que había tropezado con graves
-dificultades para proveer a su sustento y al de los suyos desde la
-muerte de su marido; pero que la Providencia le había suscitado unos
-pocos amigos excelentes, sobre todo el cónsul británico; que, además
-de alquilar habitaciones a viajeros tales como yo, amasaba pan, muy
-estimado por los moros, y tenía sociedad con un genovés viejo para
-la venta de licores. Añadió que este último vivía en una de las
-habitaciones bajas; que era hombre muy dispuesto y de gran saber,
-pero que a veces le parecía algo tocado de aquí, dijo llevándose un
-dedo a la frente, y esperaba que yo sabría disimular las rarezas
-de su lenguaje o de su conducta. Entonces me dejó, para disponer,
-según dijo, mi desayuno; y con esto, el criado judío que me había
-acompañado desde casa del cónsul, viéndome ya instalado, fuése.
-
-Pronto me senté a desayunar en una habitación a la izquierda del
-minúsculo _wustuddur_; el trato era excelente: te, pescado frito,
-huevos y uvas, sin olvidar el famoso pan de Juana Correa. Me servía
-un mozo judío, alto, de unos veinte años; díjome que se llamaba
-Hayim Ben Attar, y que era natural de Fez, de donde sus padres le
-habían llevado siendo muy niño a Tánger, y aquí había pasado la
-mayor parte de su vida principalmente al servicio de Juana Correa,
-asistiendo a los que, como yo, se alojaban en la casa. Terminada la
-comida, hallábame sentado en el patinillo, cuando oí en la habitación
-opuesta a la en que me había desayunado varios suspiros, seguidos de
-muchos lamentos; luego vino un _Ave María, gratiâ plena, ora pro me_,
-y finalmente una voz como un graznido cantó:
-
- Gentem auferte perfidam
- Credentium de finibus,
- Ut Christo laudes debitas
- Persolvamus alacriter.
-
-—Ese es el genovés viejo—susurró Hayim Ben Attar—que está rezando a
-su Dios; lo hace con mucha devoción siempre que la noche antes se
-ha ido a la cama un poco bebido. Tiene en el cuarto una imagen de
-_María Buckra_[34], delante de la que suele poner un cirio encendido,
-y por ella no me permite nunca entrar en la habitación. Una vez me
-sorprendió contemplándola, y creí que me mataba; desde entonces,
-cierra siempre el cuarto con llave, que se guarda en el bolsillo al
-marcharse. Odia a los judíos y a los moros, y dice que sus pecados le
-han traído a vivir entre nosotros.
-
- [34] La Virgen María.
-
-—No ponen cirios delante de las imágenes—dije yo, y salí a visitar
-las curiosidades del país.
-
-
-
-
-CAPÍTULO LVI
-
- El Mahasni. — Sin Samani. — El Bazar. — Santos moros. — ¡Mira la
- ayana! — La higuera chumba. — Sepulturas judías. — La mansión
- de los esqueletos. — El mozo de cuadra. — Los caballos de los
- musulmanes. — Dar-dwag.
-
-
-Hallábame en la plaza del mercado, contemplando una escena muy
-parecida a la que ya he descrito, cuando se me acercó un moro y trató
-de proferir unas pocas palabras en español. Era un viejo alto, de
-facciones enjutas, pero un poco extrañas, y habría podido llamársele
-bien parecido a no faltarle un ojo, deformidad muy común en el país.
-Llevaba envuelto el cuerpo en un inmenso _haik_. Al ver que yo
-entendía el marroquí, rompió a hablar con inmensa volubilidad, y no
-tardé en saber que era _mahasni_. Ponderó largamente las bellezas
-de Tánger, de donde era natural, según dijo, y al cabo exclamó:
-«Ven conmigo, sultán mío, y te enseñaré muchas cosas que alegren
-tus ojos y llenen tu corazón de claridad; fuera una vergüenza para
-mí, que tengo la ventaja de ser hijo de Tánger, permitir que un
-extranjero, llegado de una isla del gran mar, como dices tú que
-vienes, con propósito de ver esta bendita tierra, se estuviese aquí
-en el _soc_ sin nadie que le guíe. ¡Por Alá, no será así! Hagan sitio
-a mi sultán, hagan sitio a mi señor», prosiguió, abriéndose camino a
-empellones a través de una turba de hombres y chicos reunida en torno
-nuestro; «a su alteza le place venir conmigo; por aquí, mi señor,
-por aquí»; y emprendió el camino colina arriba, andando con tremendo
-compás, y hablando aún más de prisa.
-
-—Esta calle—dijo—es el Siarrin, y no hay en Tánger otra que se le
-parezca; observa qué ancha es, casi como la mitad del mismo _soc_;
-aquí están las tiendas de los mercaderes más importantes, donde se
-vende toda clase de artículos preciosos. Observa a esos dos hombres:
-son argelinos, y buenos musulmanes; huyeron de Zair[35] cuando lo
-conquistaron los nazarenos, no por fuerza de armas, no por su valor,
-como ya puedes suponer, sino con oro; los nazarenos sólo conquistan
-con oro. El moro es bueno, el moro es fuerte, ¿quién tan bueno ni
-tan fuerte como él?; pero no pelea con oro, y por eso perdió a
-Zair. Repara en esos dos hombres sentados en los bancos junto a
-esos porches: son _makhasniah_, cofrades míos. Mira la blancura de
-sus _haiks_, la blancura de sus turbantes. ¡Oh, si pudieras ver sus
-espadas en día de guerra, qué brillo, qué brillo el suyo! Ahora no
-llevan espadas. ¿Para qué llevarlas? ¿No está la tierra en paz? ¿Ves
-a ese de la tienda de enfrente? Es el Pachá de Tánger, el Hamed Sin
-Samani, sotapachá de Tánger; el primer pachá, mi señor, está de
-viaje; que Alá le otorgue un feliz regreso. Sí; ese es Hamed; ahí
-está en su _hanutz_[36] como si no fuera nada más que un comerciante;
-sin embargo, la vida y la muerte están en su mano. Ahí distribuye
-justicia, al mismo tiempo que vende esencia de rosa y cochinilla,
-pólvora de cañón y azufre; pero estos últimos los vende por cuenta
-de Abderrahmán, el sultán, mi señor, pues nadie puede vender en esta
-tierra pólvora y azufre en polvo más que el sultán. Si deseas comprar
-_attar del mar_, si deseas comprar esencia de rosas, debes ir al
-_hanutz_ de Sin Samani, pues sólo allí la encontrarás pura; no te la
-venderá cualquier moro, sino sólo Hamed. ¡Que Alá le bendiga! Mis
-hermanos los _makhasniah_ esperan sus órdenes, porque dondequiera
-que el Pachá se instala, hay sala de justicia. Mira, ahora estamos
-enfrente del bazar; más abajo de esa puerta que ves, está el patio
-del bazar; ¿qué no encontrarás en el bazar? Sedas de Fez, ahí las
-tienes; y si deseas _sibat_, si deseas babuchas para los pies,
-búscalas ahí, donde también se venden cosas muy curiosas que vienen
-de las ciudades de los nazarenos. En esas casas grandes a nuestra
-izquierda, viven los cónsules nazarenos; ya has visto muchas así en
-tu tierra; por tanto, ¿para qué pararse a mirarlas? ¿No te admira
-esta calle del Siarrin? Cuanto entra o sale de Tánger por el lado de
-tierra, pasa por esta calle. ¡Oh, las riquezas que por ella pasan!
-Mira qué larga hilera de camellos: veinte, treinta, una _cáfila_
-completa que baja la calle. _Wullah!_[37] Conozco estos camellos,
-conozco al conductor. Buenos días, ¡oh Sidi Hassim! ¿Cuántos días
-habéis tardado desde Fez? Ahora hemos llegado a la muralla, vamos
-a pasarla por esta puerta. Esta puerta se llama Bab del Faz; ahora
-estamos en el Soc de Barra.
-
- [35] Argel.
-
- [36] Tienda.
-
- [37] ¡Por Dios!
-
-El Soc de Barra es un espacio abierto, fuera de la muralla de Tánger,
-en su parte más elevada, sobre la falda de la colina. El terreno
-es irregular y escarpado; pero hay algunos sitios regularmente
-nivelados. En aquel sitio se celebra todos los jueves y lunes por
-la mañana una especie de feria, en razón de lo cual es llamado Soc
-de Barra o mercado de afuera. Aquí y allá, cerca del foso de la
-ciudad, hay unas cavidades subterráneas, con pequeños orificios,
-aproximadamente como el del cañón de una chimenea, cubiertos de
-ordinario con una losa, o rellenos con paja. Son los graneros, donde
-se guarda el trigo, la cebada y otros granos destinados a la venta. A
-una mano hay dos o tres toscas chozas, o más bien cobertizos, debajo
-de los cuales vigilan los guardianes del trigo. Es muy peligroso
-pasar por aquella colina de noche, una vez cerradas las puertas de
-la ciudad, pues a esa hora se da suelta a muchos perros, fieros y
-grandes, que con toda seguridad derribarían y quizá destrozarían a
-cualquier desconocido que se acercase por allí. A la mitad de la
-subida de la colina, se ven cuatro muros blancos, que cierran un
-espacio como de diez pies cuadrados, donde descansan los huesos de
-Sidi Mokhfidh, famoso santo que murió hará unos quince años. Allí
-termina el _soc_; lo restante del monte se llama El Kawar, o lugar
-de las tumbas, porque es el sitio donde comúnmente se entierra; los
-sitios donde reposan los muertos están cuidadosamente señalados por
-unas pocas piedras que forman un circuito oblongo. Cerca de Mokhfidh
-duerme Sidi Gali; pero el santo principal de Tánger yace enterrado
-en lo alto del monte, en el centro de una breve explanada. Una
-linda capilla o mezquita, con su cúpula, se alza allí en su honor,
-adornada generalmente con banderas de varios colores. El nombre de
-este santo es Mohammed _el Haji_, y en Tánger y sus cercanías se
-tiene su memoria en la mayor veneración. Su muerte acaeció en los
-comienzos de este siglo.
-
-Estos detalles los recogí en aquel momento o en subsiguientes
-ocasiones. En el lado norte del _soc_, cerrado por la ciudad, hay un
-muro con una puerta.
-
-—Ven—dijo el viejo _mahasni_ haciendo una indicación con la mano—,
-ven y te enseñaré el jardín de un cónsul nazareno.
-
-Crucé la puerta en su seguimiento, y me hallé en un espacioso
-jardín, dispuesto al modo europeo, y plantado de limoneros, perales
-y diversos géneros de arbustos olorosos. Era visible, no obstante,
-que el principal orgullo del propietario eran las flores, de que
-había muchos macizos. La casa de verano era muy buena; el arte había
-agotado sus recursos para que allí no faltara nada.
-
-Una cosa, empero, se echaba de menos, y su ausencia era singularmente
-notable en un jardín en tal época del año: apenas se veía una hoja.
-La plaga más espantosa de las que devastaron a Egipto, se cebaba
-entonces en estas partes de Africa: la langosta hacía su obra, y en
-ningún lugar con tanta furia como en el sitio donde yo me hallaba.
-Todo estaba arrasado en torno. Los árboles, pelados y negruzcos
-como en invierno. No había nada verde, salvo las frutas, sobre todo
-las uvas, que en bravos racimos colgaban de las _parras_; porque la
-langosta no toca los frutos mientras queda una hoja por devorar.
-Conforme recorríamos los paseos, los horribles insectos, volando en
-todas direcciones, tropezaban con nosotros, y perecían a centenares
-bajo nuestros pies.
-
-—Mira las _ayanas_—dijo el viejo _mahasni_—y óyelas comer. Poderosa
-es la _ayana_, más poderosa que el sultán y que el cónsul. Todos
-sus _makhasniah_ que el sultán enviase contra la _ayana_, y a mí
-con ellos, la _ayana_ diría ¡ja, ja! Poderosa es la _ayana_. No se
-asusta del cónsul. Hace pocas semanas el cónsul dijo: «Yo puedo más
-que la _ayana_, y voy a extirparla del país.» Así, fué proclamando
-por la ciudad: «Tangerinos, apresuraos a luchar contra la _ayana_,
-destruidla en el huevo; sabed que a todo el que me traiga una libra
-de huevos de _ayana_ le daré hasta cinco _reales_ de España; este año
-no habrá _ayanas_.» Así, todo Tánger se precipitó a luchar contra la
-_ayana_, y a recoger los huevos que la _ayana_ había dejado a incubar
-debajo de la arena en las vertientes de los montes, y en los caminos,
-y en el llano. Mi propio hijo, que tiene siete años, fué a combatir
-la _ayana_, y él solo recogió cinco libras de huevos, huevos que la
-_ayana_ había dejado bajo la arena, y se los llevó al cónsul, y el
-cónsul pagó el precio. Centenares de personas llevaban huevos al
-cónsul, quién más, quién menos, y el cónsul pagaba el precio, y en
-menos de tres días la caja de caudales del cónsul se quedó exhausta.
-Entonces exclamó: «Cesad, tangerinos; quizás hemos destruído la
-_ayana_, quizás hemos acabado con ellas.» ¡Ja, ja! Mira alrededor, y
-encima de ti, y debajo, y dime si el cónsul ha destruído la _ayana_.
-¡Oh! ¡Es muy fuerte la _ayana_! Más que el cónsul, más fuerte que el
-sultán y todos sus ejércitos.
-
-No estará de más hacer notar que de allí a una semana todas las
-langostas desaparecieron, nadie sabía cómo, y sólo quedaron unas
-pocas rezagadas. A no ser por esa liberación providencial, los
-campos y huertos de los alrededores de Tánger habrían quedado por
-completo devastados. Los insectos eran de inmenso tamaño y de aspecto
-repulsivo.
-
-Pasamos después al otro lado del _soc_, donde están las chozas de
-los guardianes. Allí se abre una especie de calleja que desciende
-hasta la orilla del mar; es muy pendiente y escarpada, y parece una
-rambla o barranco. Sus dos márgenes están cubiertas por el árbol que
-produce el higo espinoso, llamado en marroquí _kermous del Ynde_.
-En el aspecto de ese árbol o planta, pues no sé cómo llamarlo, hay
-algo de grotesco y agreste. Su tronco, aunque a menudo alcanza el
-grosor del cuerpo humano, no tiene copa, pues a muy corta distancia
-del suelo se divide en muchas ramas retorcidas que se esparcen en
-todas direcciones, y echan hojas verdes muy extrañas, con pulgada y
-media de espesor, que si se parecen a algo es a las aletas anteriores
-de una foca, y se componen de muchas fibras. El fruto, que se parece
-un poco a la pera, tiene un áspero tegumento cubierto de menudas
-espinas, que penetran instantáneamente en la mano que las toca y con
-dificultad se extraen. No recuerdo haber visto nunca vegetación de
-más vigorosa lozanía que la de aquellas higueras, ni, en conjunto, un
-lugar más extraño.
-
-—Sígueme—dijo el _mahasni_—y te enseñaré una cosa que te va a gustar.
-
-Volvimos hacia la izquierda caminando por un angosto sendero, cuesta
-arriba, hasta llegar a la cúspide de un cerrillo, separado por un
-profundo foso de la muralla de Tánger. El terreno estaba densamente
-cubierto por los arboles ya descritos, que esparcían sus singulares
-ramas por la superficie, y cuyas gruesas hojas aplastábamos con los
-pies al andar. Entre ellas descubrí gran número de piedras mohosas
-tendidas horizontalmente, y con tosquedad grabados en ellas unos
-caracteres extraños que me bajé a contemplar.
-
-—¿Eres bastante _talib_ para leer esos signos?—exclamó el viejo
-moro—. Son letras de los malditos judíos; este es su _mearrah_,
-como ellos lo llaman, y aquí entierran a sus muertos. Los insensatos
-confían en Muza en lugar de creer en Mohammed; sus muertos arderán
-perdurablemente en _jehinnim_. Mira, sultán mío, qué fértil es el
-suelo del _mearrah_ de los judíos; mira qué _kermous_ se crían aquí.
-Siendo yo chico venía muchas veces al _mearrah_ de los judíos a comer
-_kermous_ cuando estaban maduros. A los chicos musulmanes de Tánger
-les gustan los _kermous_ del _mearrah_ de los judíos; pero los judíos
-no los cogen. Dicen que el agua de los manantiales que alimentan las
-raíces de estos árboles pasa entre los cuerpos de sus muertos, y que
-por ese motivo es una abominación comer esa fruta. Sea verdad o no,
-lo cierto es que, aliméntense de lo que se quiera, buenos son los
-_kermous_ que se crían en el _mearrah_ de los judíos.
-
-Volvimos a la calleja por el mismo sendero que habíamos traído; según
-bajábamos dijo el moro:
-
-—Has de saber, sultán mío, que este sitio donde estamos, y que tanto
-te gusta, se llama _Dar-sinah_[38]. Me preguntarás por qué lleva tal
-nombre, pues no ves aquí ni casa ni ser humano, musulmán, nazareno
-o judío, fuera de nosotros dos; yo te lo diré, sultán mío; ¿quién
-mejor? Sabe, si no lo llevas a mal, que no siempre ha sido Tánger
-lo que es ahora, ni ha ocupado el lugar que ahora ocupa. Estuvo allá
-lejos (señalando hacia el Este), en aquellos cerros sobre la costa, y
-aún se ve allí ruinas de casas, y el sitio se llama Tánger la Vieja.
-De suerte que en tiempos antiguos, según tengo oído contar, este
-_Dar-sinah_ era una calle, no hace al caso si dentro o fuera de los
-muros, donde residía gente de todos los oficios: orífices, plateros,
-herreros, hojalateros y artesanos de todas clases. Si deseabas
-encargar una obra, no tenías más que ir al _Dar-sinah_ y al instante
-encontrabas un maestro del oficio que buscabas. Dice mi sultán que
-le gusta la vista de _Dar-sinah_ tal como hoy está; no sé por qué,
-la verdad, sobre todo no estando maduros todavía los _kermous_, que
-no se pueden comer. Si ahora le gusta _Dar-sinah_, ¿cómo le hubiera
-gustado a mi sultán en otros tiempos, cuando esto estaba lleno de
-oro y plata, de hierro y estaño, del estruendo de los martillos y de
-maestros y gentes entendidas en sus oficios? Ahora llegamos al _Chali
-del Bahar_[39]. Ten cuidado, mi sultán; andamos sobre huesos.
-
- [38] Casas de oficios.
-
- [39] La orilla del mar.
-
-Habíamos salido del _Dar-sinah_ y teníamos delante la costa; en
-un instante nos hallamos en medio de una multitud de huesos de
-toda clase de animales, y aparentemente de todas fechas; algunos
-blanqueados por el tiempo y la exposición al sol y al aire, mientras
-otros conservaban aún carne fresca adherida; había allí esqueletos
-enteros, caballos, asnos, y hasta los restos, menos conocidos, de
-un camello. Perros flacos andaban allí atareados gruñendo, royendo,
-desgarrando; en medio de ellos, sin intimidarse, avanzaba con
-majestad el buitre, cebándose, ansioso, en los despojos, y hasta
-disputándoselos a las bestias; mientras los cuervos revoloteaban
-sobre ellos y graznaban ávidamente, o se posaban a veces sobre alguna
-costilla enhiesta.
-
-—Mira—dijo el _mahasni_—el _kawar_ de los animales. Mi sultán ha
-visto el _kawar_ de los musulmanes y el _mearrah_ de los judíos, y
-aquí ve el _kawar_ de los animales. Todos los animales que mueren
-en Tánger por mano de Dios—caballo, perro o camello—se traen a este
-sitio, y aquí se pudren o los devoran las aves del cielo y los
-animales fieros que merodean en el _chali_. Ven, sultán mío; no es
-bueno detenerse en este lugar.
-
-Nos disponíamos a marcharnos cuando oímos un galope por el
-_Dar-sinah_, y al momento un caballo y un jinete se precipitaron a
-toda velocidad de la boca de la calleja y aparecieron en la playa;
-el caballero, cuando nos vió, refrenó con trabajo el corcel y
-vino a nosotros. El caballo era pequeño, pero bonito: alazán, con
-crines y cola largas; si le hubiesen tenido con los ojos vendados,
-quizás se le hubiera confundido con una _jaca_ cordobesa; era ancho
-de pechos, redondo de grupa, tan corpulento y lustroso como los
-caballos de esa raza; pero bastaba mirarle a los ojos para salir
-al instante del error; sus inquietas pupilas despedían impetuoso e
-indómito fuego, y lejos de mostrar la docilidad de aquel noble y leal
-animal, manoteaba a veces furiosamente, y apenas si el duro freno
-y un brazo recio bastaban para impedir que emprendiese de nuevo su
-precipitada carrera. El jinete era un joven de unos diez y ocho años,
-vestido a la europea, con una gorra de _montero_ en la cabeza; era
-de constitución atlética, pero con extremidades en exceso largas,
-pues tal como iba a caballo, sin estribos ni silla, los pies casi le
-llegaban al suelo; su tez era casi tan morena como la de un mulato,
-y hermosas sus facciones, sobre todo los ojos, pero llenos de una
-expresión audaz y perversa, y había en su boca una desagradable mueca
-sensual. Dirigió algunas palabras al _mahasni_, a quien parecía
-conocer mucho, preguntándole quién era yo. El viejo respondió:
-
-—Oh, judío: mi sultán entiende nuestra lengua; lo mejor será que te
-dirijas a él.
-
-Entonces el joven me habló en árabe; pero casi al momento abandonó
-esa lengua y pasó a hablar en regular francés.
-
-—Supongo que será usted francés—dijo con mucha familiaridad—. ¿Estará
-usted mucho tiempo en Tánger?
-
-Oída mi respuesta, continuó:
-
-—Siendo usted inglés, tendrá, sin duda, afición a los caballos;
-por tanto, cuando desee dar un paseo yo le acompañaré a usted y le
-procuraré caballos. Me llamo Ephraim Fragey; soy mozo de cuadra
-del cónsul napolitano, que se jacta de poseer los mejores caballos
-de Tánger; montará usted el que más le guste. ¿Le gustaría a usted
-probar este pequeño _aoud_?[40]
-
- [40] Según Borrow, un caballo padre.
-
-Le di las gracias; pero rehusé su oferta por el momento, y le
-pregunté cómo había adquirido el idioma francés, y por qué, siendo
-judío, no vestía como sus hermanos.
-
-—Estoy al servicio de un cónsul—dijo—, y mi amo obtuvo permiso para
-que pudiera vestirme de este modo; y en cuanto a hablar el francés,
-he estado en Marsella y en Nápoles en un viaje que hice a esta última
-ciudad para llevar unos caballos regalo del sultán. Además del
-francés hablo el italiano.
-
-Entonces se apeó, y teniendo el caballo firmemente por la brida con
-una mano, empezó a desnudarse, y, habiéndolo hecho, montó de nuevo y
-se metió a caballo en el agua. La piel de su cuerpo era de color muy
-semejante a la de una rana o de un sapo; pero su forma era la de un
-joven titán. El caballo entró en el agua de muy mala gana, y a corta
-distancia de la orilla empezó a luchar con el jinete, a quien tiró
-dos veces; pero el mozo, agarrado a la brida, retuvo al animal. Como
-todos sus esfuerzos resultaban inútiles para llevarlo más adentro,
-se puso a lavarlo vigorosamente con sus propias manos, y después,
-guiándolo a tierra, se vistió y fuése por el camino que había traído.
-
-—Los caballos de los musulmanes son buenos—dijo mi amigo el viejo—.
-¿Dónde los encontrarás iguales? Son capaces de bajar al galope por
-una montaña pedregosa sin caer ni tropezar; pero has de ser precavido
-con los caballos de los musulmanes y tratarlos con bondad, porque
-los caballos de los musulmanes son orgullosos, y no les gusta ser
-esclavos. De potros, al montarlos por primera vez, no los maltrates
-la boca con el freno, pues si tal haces, de seguro te matarán; tarde
-o temprano perecerás bajo sus cascos. Buenos son nuestros caballos y
-buenos nuestros jinetes; sí por cierto; excelentes son los musulmanes
-montando a caballo. ¿Quién hay que se les parezca? Una vez vi yo
-a un jinete franco competir con un musulmán en esta playa, y a lo
-primero el franco sacó mucha ventaja y pasó al musulmán; pero la
-carrera era larga, muy larga, y el caballo del franco, que era franco
-también, jadeaba; pero el caballo del musulmán no jadeaba, porque
-era también musulmán, y al cabo el jinete musulmán lanzó un grito y
-el caballo se lanzó adelante y alcanzó al caballo franco, y entonces
-el jinete musulmán se puso cabeza abajo sobre la silla, que en verdad
-estos ojos lo vieron, y cabeza abajo sobre la silla iba al pasar al
-jinete franco, y gritaba ¡ja, ja! cuando pasaba al jinete franco, y
-el caballo musulmán gritaba ¡ja, ja! al pasar al corcel franco, y el
-franco perdió por mucha distancia. Buenos son los francos, buenos sus
-caballos; pero mejores son los musulmanes y mejores los caballos de
-los musulmanes.
-
-Dirigimos después nuestros pasos hacia la ciudad; pero no por el
-sendero que habíamos traído; volviendo hacia la izquierda, por bajo
-de la colina del _mearrah_, y a lo largo de la playa, no tardamos
-en llegar a un camino toscamente empedrado, de áspera subida, que
-costeaba los muros de la ciudad hasta llegar a una puerta, delante de
-la cual, a un lado, había algunos hoyos pequeños, como tumbas, llenos
-de agua o cal.
-
-—Este es el Dar-dwag[41]—dijo el _mohasni_—; esta es la casa de la
-corteza, y a esta casa se traen las pieles; todas las que se preparan
-para usarlas en Tánger se traen a esta casa, y aquí las curten con
-cal, corteza y hierbas. En este Dar-dwag hay ciento cuarenta fosas;
-yo mismo las he contado; y había más, que ya no existen, porque esto
-es muy antiguo. Estas fosas las alquila, no una ni dos personas, sino
-mucha gente, y todo el que se pone en lista puede arrendar una de las
-fosas y curtir las pieles que necesite; pero el propietario de todo
-es un hombre solo, llamado Cado Ableque. Y ahora, sultán mío, que has
-visto la casa de la corteza, no te enseñaré nada más por hoy, porque
-hoy es _Youm al jumal_,[42] y las puertas van a cerrarse dentro de
-un momento, mientras los musulmanes cumplen sus devociones. De modo
-que acompañaré a mi sultán a su alojamiento, y allí le dejaré por el
-momento.
-
- [41] La tenería.
-
- [42] Viernes.
-
-Traspusimos, por consiguiente, una puerta, y, remontando una calle,
-nos encontramos ante la mezquita junto a la que yo había estado por
-la mañana; y uno o dos minutos más tarde estábamos a la puerta de
-Juana Correa. Entonces le ofrecí a mi guía una moneda de plata en
-pago de sus servicios; pero, irguiéndose, exclamó:
-
-—No tomaré la plata de mi sultán, porque considero que no he hecho
-nada que lo merezca. Aún no hemos visitado todas las maravillas de
-esta bendita ciudad. En un día futuro llevaré a mi sultán al palacio
-del gobernador, y a otros sitios que mi sultán se alegrará de ver;
-y cuando hayamos visto todo lo que se puede ver, y mi sultán esté
-contento de mí, si alguna vez me ve en el _soc_ una mañana con la
-canasta en la mano, y no ve nada en la canasta, entonces mi sultán
-estará en libertad, como amigo, para poner en mi canasta unas uvas,
-o pan, o pescado, o carne en mi canasta. Eso no lo rehusaré de mi
-sultán cuando haya hecho por él más de lo que hasta ahora he hecho.
-Pero la plata de mi sultán no la tomaré ahora ni nunca.
-
-Luego me hizo un gracioso saludo con la mano, y fuése.
-
-
-
-
-CAPÍTULO LVII
-
- Un trío singular. — El mulato. — La oferta de paz. — Moros de
- Granada. — _Vive la Guadeloupe!_ — Los moros. — Pascual Fava. —
- La argelina ciega. — La retreta.
-
-
-Cuando entré había tres hombres sentados en el _wustuddur_ de Juana
-Correa, todos de insólita catadura, aunque quizás nunca se habían
-juntado otros tres más diferentes entre sí en todos sentidos. El
-primero a quien le eché la vista era un hombre de unos sesenta
-años, vestido con una casaca de cachemira gris, de faldones cortos;
-chaleco amarillo, y calzones anchos de tela basta; se tocaba con
-un sombrero de paja ancho y muy sucio, y en la mano tenía un recio
-bastón con puño de marfil; eran sus ojos legañosos, bizcos; la faz
-rubicunda, y la nariz carbuncosa. Junto a él estaba un negro de buen
-parecer, que acaso resultaba más negro de lo que realmente era por
-la circunstancia de ir vestido con chaqueta, chaleco y pantalón de
-lienzo de inmaculada blancura. Tocábase con una gorra de _montero_,
-azul. Sus ojos chispeaban como brillantes, y en su rostro había una
-indescriptible expresión de buen humor y burla. El otro individuo
-era mulato, y, con mucho, el tipo más notable del grupo; podía estar
-entre los treinta y los cuarenta; largo de cuerpo, y aunque mal
-proporcionado, con todas las apariencias de ser fuerte y vigoroso.
-Envolvíase en un _ferioul_ de lana roja, especie de vestidura que
-llega hasta más abajo de las caderas. Sus brazos, largos, velludos,
-musculosos, mostrábanse desnudos desde el codo, donde las mangas
-del _ferioul_ terminan; sus extremidades inferiores eran cortas,
-en comparación con el cuerpo y los brazos; cubríase en parte las
-piernas con una _kandrisa_ azul que le llegaba a las rodillas; sus
-facciones eran muy feas, de extremada y repulsiva fealdad, y tuerto
-de un ojo, velado por una telilla blanca. A su lado yacía en el suelo
-una cuba grande, de las de llevar agua; y a veces, sosteniéndola con
-el índice y el pulgar, la hacía dar vueltas sobre su cabeza como si
-fuera un cuartillo. Tal era el trío que ocupaba el _wustuddur_ de
-Juana Correa; y apenas había tenido tiempo de observar lo que dejo
-recordado, cuando la buena mujer entró, de vuelta del corral de la
-casa, con su doncella Johar, o la perla, muchacha judía, gorda y fea,
-con un inmenso lunar en la mejilla.
-
-—_Que Dios remate tu nombre_—exclamó el mulato—, Juana, y también el
-de tu sirvienta Johar. Hace más de quince minutos que estoy sentado
-aquí, después de verter en la _tinaja_ el agua que he traído de la
-fuente, y en vano he esperado una palabra amable de parte de usted o
-de Johar. _Usted no tiene modo_, ni Johar tampoco. Esta es la única
-casa de Tánger donde no se me recibe con el cariño y respeto debidos,
-a pesar de que he hecho por ustedes lo que por ninguna otra persona.
-¿No os he llenado de agua la _tinaja_, cuando otros se han quedado
-sin una gota? ¿No tenéis agua bastante para fregar el _wustuddur_,
-mientras el cónsul y su intérprete no la tienen para apagar la sed?
-Y ¿qué pago se me da? Cuando llego aquí, a la hora de más calor, no
-tienen para mí una palabra amistosa, ni siquiera me ofrecen una copa
-de _makhiah_. ¿Necesito recordar todo lo que hago por usted? Sí, por
-cierto; ya que usted no tiene modo. ¿No vengo todas las mañanas, a
-las tres en punto, y llamo a la puerta, y usted se levanta y me abre,
-y amaso luego el pan a su presencia, mientras usted sigue acostada,
-y no tiene fama el pan de usted de ser el mejor de Tánger porque lo
-amaso yo? ¿No soy el hombre más forzudo de Tánger y también el más
-noble?
-
-Al decir esto, blandió la cuba sobre su cabeza y su rostro tomó una
-expresión casi demoníaca.
-
-—Óyeme, Juana—continuó—; ya sabes que soy el hombre más forzudo de
-Tánger, y por milésima vez te repito que soy el más noble. ¿Quiénes
-son los cónsules? ¿Quién es el pachá? Ahora son cónsules y pachá;
-pero ¿quiénes fueron sus padres? Yo no lo sé, ni ellos tampoco.
-¡Pero no ignoro quiénes fueron los míos! ¿No eran moros de Garnata,
-y no soy, merced a eso, el hombre más considerable de Tánger? Sí;
-desciendo de los antiguos moros de Granada; mi familia vivió allí
-hasta que los nazarenos ganaron la ciudad, y ahora soy el único de
-esa casta que queda en esta tierra, y más noble que el sultán, porque
-el sultán no tiene sangre de los moros de Garnata. ¿Se ríe usted,
-Juana? ¿También se ríe Johar? ¿No soy yo Hammin Widdir, _el hombre
-más valido de Tánger_? ¿No es verdad que llevo sangre de los moros de
-Garnata? ¡Niégalo, y os mato a las dos!
-
-—Has comido _hsheesh_[43] y _majoon_,[44] Hammin—dijo Juana Correa—y
-tienes el _Shaitan_[45] en el cuerpo, como te ocurre demasiadas
-veces. He tenido mucho que hacer, y Johar también; por eso no
-hemos venido a hablarte antes; pero _ma ydoorshee_,[46] ya sé cómo
-tranquilizarte; ¿quieres un poco de ginebra compuesta o un vaso de
-_makhiah_[47] corriente?
-
- [43] O _hashish_, preparación de cáñamo.
-
- [44] Al parecer, otra droga.
-
- [45] Satán.
-
- [46] Eso no importa.
-
- [47] O _ma’iyya_: aguardiente de higos.
-
-—¡Así rebose tu vida, oh Juana—dijo el mulato—, y también la de
-Johar! Digo que ojalá vivas muchos años, sin trabajos ni amarguras.
-Tomaré la ginebra, Juana, que es más fuerte que el _makhiah_, que
-siempre me parece agua; no me gusta el agua, aunque la porteo. Muchas
-gracias, Juana. A tu salud y a la de esta buena compañía.
-
-Tomó un gran vaso, lleno hasta los bordes, que le alargó Juana; se lo
-acercó a las narices, aspiró el aroma, y aplicándoselo a la boca, no
-lo despegó de ella hasta apurar la última gota. Sus facciones poco
-a poco se dilataron, perdiendo la expresión colérica, y miró con
-especial ternura a Juana. Al cabo, dijo:
-
-—Espero que dentro de poco tiempo, oh Juana, te convencerás de que
-soy el hombre de más fuerza de todo Tánger, y vástago de los moros de
-Garnata, y que ya ni tú ni Johar os negaréis a tomarme por marido y
-a haceros moras. ¡Qué gloria para ti, después de haber estado casada
-con un _genoví_[48] y dado a luz unos cuantos _genovillos_, recibir
-por marido a un moro como yo y darle hijos de la sangre de Garnata!
-¡Y qué gloria, además, para Johar! ¡Cuánto mejor que casarse con un
-vil judío, aun como Hayim Ben Attar, o como Sabio, vuestro cocinero,
-a quienes puedo estrangular con dos dedos: para algo soy Hammin
-Widdir, _moro de Garnata, el hombre más valido de Tánger_!
-
- [48] Genovés.
-
-Dicho esto, se echó la cuba al hombro y fuése.
-
-—¿Es verdad lo que dice ese mulato?—pregunté a Juana—. ¿Desciende de
-los moros de Granada?
-
-—Siempre que está tomado de _aguardiente_ o de _majoon_ habla de los
-moros de Granada—interrumpió, en francés bastante malo, el viejo
-antes descrito, y con la misma voz de rana que por la mañana oí
-cantar—. Sin embargo, puede que sea verdad; si no hubiera oído decir
-algo de eso a sus padres, a él no se le hubiera ocurrido tal cosa,
-porque es muy bestia. Como digo, no es imposible: muchas familias
-granadinas se establecieron aquí cuando los cristianos se apoderaron
-de la ciudad, pero la mayoría se fué a Túnez. Cuando estuve allí,
-me alojé en casa de un moro que se llamaba Zegrí, y no hacía más
-que hablar de Granada y de las cosas que sus antepasados habían
-hecho allí. Además se pasaba horas enteras cantando romances, de los
-que, alabada sea la Madre de Dios, yo no entendía palabra, pero, a
-creerle, se referían todos a su familia; personas de ese nombre las
-había en Túnez a centenares; ¿por qué, pues, ese Hammin, ese aguador
-borracho, no podría ser un moro granadino? ¡Es lo bastante feo para
-ser emperador de toda la morería! ¡Oh, _canaille_ maldita! Por
-mal de mis pecados, he vivido con ellos ocho años, en Orán y aquí.
-_Monsieur_, ¿no le parece a usted muy dura suerte para un viejo como
-yo, que soy cristiano, tener que vivir con una raza que no conoce a
-Dios, ni a Cristo, ni ninguna cosa santa?
-
-—¿Qué significa eso de que los moros no conocen a Dios?—exclamé—. No
-hay pueblo en el mundo que tenga nociones más sublimes acerca del
-Dios eterno e increado que el pueblo moro; ni que haya mostrado mayor
-celo por Su honor y gloria; su mismo celo por la gloria de Dios ha
-sido y es el principal obstáculo para su conversión al cristianismo.
-Temen comprometer Su dignidad admitiendo que Dios haya accedido nunca
-a hacerse hombre. Y sus ideas con respecto al mismo Cristo son mucho
-más justas que la de los papistas: dicen los moros que es un profeta
-poderoso, mientras, según los papistas, o es un pedazo de pan o un
-niño desvalido. En muchos puntos de religión, los moros yerran,
-yerran pavorosamente; pero los papistas, ¿yerran menos? Una de sus
-prácticas los coloca inmensurablemente por debajo de los moros, a
-ojos de cualquier persona sin prejuicios: adoran los ídolos, ídolos
-cristianos si usted quiere, pero ídolos al fin, objetos esculpidos en
-madera, o piedra, o metal; y a esos objetos, que no pueden oír, ni
-hablar, ni sentir, acuden esperanzados en demanda de favor.
-
-—_Vive la France, vive la Guadeloupe!_—dijo el negro, con buen acento
-francés. En Francia y en Guadalupe no hay superstición, y se hace
-tanto caso de la Biblia como del Korán; ahora estoy aprendiendo a
-leer, para poder entender los escritos de Voltaire, quien, según
-dicen, ha probado que ambos libros fueron escritos con la sola
-intención de engañar a la humanidad. _O, vive la France!_ ¿Dónde va
-usted a encontrar país más ilustrado que Francia? ¿Ni más abundante
-en todo? No hay más que otro en el mundo: la Guadalupe. ¿No es así,
-Monsieur Pascual? ¿Ha estado usted alguna vez en Marsella? _Oh, quel
-bon pays est celui-là pour les vivres, pour les petits poulets,
-pour les poulardes, pour les perdrix, pour les perdreaux, pour les
-alouettes, pour les bécasses, pour les bécassines, enfin, pour tout._
-
-—Dispense, señor, ¿es usted cocinero?—pregunté.
-
-—_Monsieur, je le suis pour vous rendre service, mon nom c’est
-Gerard, et j’ai l’honneur d’être chef de cuisine chez monsieur le
-consul Hollandais. A present je prie permission de vous saluer; il
-faut que j’aille à la maison pour faire le dîner de mon maître._
-
-A las cuatro fuí a comer con el cónsul británico. Otros dos
-caballeros ingleses estaban presentes, llegados a Tánger desde
-Gibraltar unos diez días antes para una excursión breve, y que se
-veían detenidos más de lo que deseaban por el viento Levante.
-Conocían ya las principales ciudades de España, y se proponían pasar
-el invierno en Sevilla o Cádiz. Uno de ellos, Mr. ——, me produjo la
-impresión de ser uno de los hombres más notables con quien había
-hablado en mi vida; no viajaba por divertirse, ni movido por la
-curiosidad, sino meramente con la esperanza de hacer el bien, sobre
-todo mediante la conversación. El cónsul me preguntó en seguida mi
-parecer sobre los moros y el país. Díjele que cuanto llevaba visto
-de unos y otro me agradaba en extremo. Repuso que si viviera diez
-años entre ellos, como él había vivido, ya cambiaría de opinión;
-que no había en el mundo pueblo más falso ni cruel, ni Gobierno
-más abyecto, con quien era casi imposible que ninguna Potencia
-extranjera mantuviese relaciones amistosas, por la constante mala fe
-de su proceder y su desprecio de los Tratados más solemnes; que las
-propiedades e intereses británicos sufrían a diario expoliaciones
-y destrozos, y los súbditos británicos vejaciones inauditas, sin
-la más ligera esperanza de satisfacción como no se recurriese a la
-guerra, único argumento asequible a los moros. Añadió que a fines
-del año anterior se perpetró en Tánger un asesinato horrible: una
-familia genovesa, compuesta de tres individuos, súbditos británicos,
-y con derecho a la protección de la bandera inglesa, fué exterminada.
-Fueron descubiertos los asesinos, y el principal de todos estaba
-preso; pero todos los esfuerzos hechos para que se le impusiera el
-castigo correspondiente habían sido hasta entonces inútiles, porque
-era moro, y las víctimas, cristianos. Por último, me advirtió que
-no saliera de la ciudad sin que me acompañase un soldado, y se
-ofreció a proporcionarme uno cuando lo deseara, porque de otro modo
-corría grave peligro de ser maltratado o asesinado por los moros del
-interior; me citó el ejemplo de un oficial británico asesinado en
-la playa, no mucho tiempo antes, por la sola razón de ser nazareno
-y de ir vestido a la europea. Al cabo, llevó la conversación a la
-propaganda del Evangelio, y oí con satisfacción que, durante su
-permanencia en Tánger, había distribuido considerable cantidad de
-Biblias entre los naturales que hablaban árabe, y que muchos hombres
-doctos, o _talibs_, habían leído con gran interés el volumen sagrado,
-y que esa propaganda, hecha, es cierto, con mucha precaución, no
-había suscitado ningún sentimiento de disgusto ni enojo. Me preguntó,
-finalmente, si me proponía difundir la Biblia entre los moros.
-
-Contesté que no tenía medio de hacerlo, porque no poseía ni un
-solo ejemplar de la Biblia en lengua o en caracteres árabes, y que
-los pocos Testamentos que llevaba conmigo estaban en español y los
-destinaba a los cristianos de Tánger, a quienes podían ser útiles,
-porque todos entendían ese idioma.
-
-Por la noche estuve sentado en el _wustuddur_ de Juana Correa
-en compañía de Pascual Fava, el genovés. El tema favorito de la
-conversación del viejo era la religión; profesaba amor sin límites
-al Salvador, y profunda gratitud por su milagrosa expiación de las
-culpas de la Humanidad. Le hubiera escuchado con gusto a no ser
-porque olía mucho a alcohol, y porque ciertas incoherencias de
-lenguaje y violencia en las maneras denotaban que era víctima de la
-bebida. De pronto aparecieron en la puerta dos individuos: uno era
-un muchacho moro, como de diez años de edad, desnudas las piernas y
-la cabeza, vestido con una _gelaba_. Guiaba por la mano a un viejo,
-en quien reconocí en el acto a uno de los argelinos, uno de los
-musulmanes buenos que el _mahasni_[49] había elogiado tanto aquella
-misma mañana mientras remontábamos la calle de Siarrin. Era muy
-bajito, y sucio en el vestir; hirsuta barba blanca cubríale la parte
-inferior del rostro; usaba gafas, muy anchas, que debían de serle
-poco útiles, pues no podía dar un paso sin la ayuda del guía. Ambos
-avanzaron un poco en el _wustuddur_, y se detuvieron. En cuanto los
-vió Pascual Fava se levantó con presteza y aire jovial, y apoyándose
-en el bastón, porque tenía una pierna impedida, se acercó cojeando
-a un anaquel, tomó una botella y llenó un vaso de vino, mientras
-cantaba en el español corrompido que usan los moros de la costa:
-
- Argelino,
- moro fino.
- No beber vino,
- ni comer tocino.
-
- [49] Soldado.
-
-Alargó después el vaso al moro viejo, quien se lo bebió, y luego,
-conducido por el muchacho, se fué hacia la puerta sin proferir
-palabra.
-
-—_Hade mushe halal_[50]—dije con fuerte voz.
-
- [50] Eso no es lícito.
-
-—_Cul shee halal_[51]—dijo el moro viejo volviendo sus ojos ciegos y
-con antiparras hacia donde había sonado la voz—. De todo lo que Dios
-da pueden participar sus hijos legítimamente.
-
- [51] Todo es lícito.
-
-—¿Quién es ese viejo?—pregunté a Pascual Fava cuando el ciego y su
-lazarillo se fueron.
-
-—¡Quién es!—dijo Pascual—. ¡Quién es! Ahora es comerciante y tiene
-una tienda en el Siarrin, pero en otros tiempos fué el pirata más
-sanguinario de Argel. Ese viejo, ciego y desvalido, ha cortado más
-pescuezos que pelos tiene en la cabeza. Antes de que los franceses
-se apoderasen de la ciudad, era _rais_ o capitán de una fragata, y
-muchos pobres barcos de Cerdeña cayeron en sus manos. Tomada Argel,
-huyó a Tánger, y se dice que trajo consigo una gran parte del botín
-que había reunido en tiempos anteriores. Otros muchos moros argelinos
-vinieron aquí también, o a Tetuán, pero éste es el más notable de
-todos. Anda a veces en compañías verdaderamente extraordinarias
-para un moro, y mantiene intimidad algo excesiva con los judíos.
-Bueno, a mí eso no me importa; pero que se ande con tiento. Si se
-hace sospechoso a los moros, ¡pobre de él! ¡Moros y judíos, judíos y
-moros! ¡Oh! ¡Mal de mis pecados, que me trajeron a vivir entre ellos!
-
- Ave maris stella,
- Dei mater alma,
- Atque semper virgo,
- Felix cœli porta!
-
-Proseguía en su charla, cuando el ruido de un disparo de fusil le
-estremeció.
-
-—Es la retreta—dijo Pascual Fava—. Todas las noches, a las ocho
-y media, hacen un disparo en el _soc_; es la señal de cesar los
-trabajos y de recogerse. Voy a cerrar la puerta, y, si alguien llama,
-no abriré si no le conozco por la voz. Desde la muerte del pobre
-genovés el año pasado vivimos muy prevenidos.
-
-Así transcurrió el primer viernes, día sagrado de los musulmanes, que
-pasé en Tánger. Observé que los moros proseguían sus ocupaciones como
-si el día no tuviese nada de particular. Entre doce y una, hora de
-rezo en la mezquita, se cerraban las puertas de la ciudad y a nadie
-se le permitía entrar ni salir. Es tradición entre ellos corriente
-que un viernes, a esa hora, sus eternos enemigos, los nazarenos, se
-apoderarán del país; por lo cual se mantienen apercibidos contra una
-sorpresa.
-
-
-FIN DEL TOMO TERCERO Y ÚLTIMO
-
-
-
-
- ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO
- EN LA IMPRENTA CLÁSICA ESPAÑOLA,
- DE MADRID, A DIEZ Y OCHO DÍAS
- DEL MES DE ENERO
- DE MIL NOVECIENTOS
- VEINTIUNO
-
-
-
-
- * * * * * *
-
-
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la
- grafía de mayor frecuencia.
-
- * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.
-
- * Se ha reparado el emparejamiento de los puntos de admiración e
- interrogación, y de los paréntesis y comillas.
-
-
-
-***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO III (DE
-3)***
-
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