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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - - - - -Title: La Biblia en España, Tomo III (de 3) - O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península - - -Author: George Borrow - - - -Release Date: April 8, 2016 [eBook #51689] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - - -***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO III (DE -3)*** - - -E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the Online -Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images -generously made available by Internet Archive/Canadian Libraries -(https://archive.org/details/toronto) - - - -Note: Images of the original pages are available through - Internet Archive/Canadian Libraries. See - https://archive.org/details/labibliaenespa03borr - - - Project Gutenberg has the other two volumes of this work. - Tomo I: see http://www.gutenberg.org/ebooks/51019 - Tomo II: see http://www.gutenberg.org/ebooks/51020 - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ - y las versalitas como MAYÚSCULAS. - - - - - -COLECCIÓN GRANADA - -VIAJES - -BORROW: LA BIBLIA EN ESPAÑA -TRAD. DEL INGLÉS POR M. AZAÑA - - -LA BIBLIA EN ESPAÑA - -O VIAJES, AVENTURAS Y PRISIONES DE UN -INGLÉS EN SU INTENTO DE DIFUNDIR LAS -ESCRITURAS POR LA PENÍNSULA - -POR - -J. BORROW - -TRADUCCIÓN DIRECTA DEL INGLÉS -POR MANUEL AZAÑA - -TOMO III - - - - - - - -[Illustración] - -COLECCIÓN GRANADA -JIMÉNEZ-FRAUD, Editor.—MADRID - -ES PROPIEDAD -QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA -LA LEY - -Imprenta Clásica Española. Glorieta de Chamberí. Madrid. - - - - -ÍNDICE - - - _Páginas._ - - CAPÍTULO XXXVI. — Estado de los asuntos en Madrid. — Nuevo - Ministerio. — El Obispo de Roma. — El librero de Toledo. — - Las espadas. — Las casas de Toledo. — La gitana abandonada. — - Diligencias mías en Madrid. — Otro criado. 13 - - CAP. XXXVII. — Euscarra. — El vascuence no es el irlandés. - — Dialectos del sánscrito y del tártaro. — Una lengua de - vocales. — La poesía popular. — Los bascos. — Sus caracteres. - — Las mujeres bascas. 26 - - CAP. XXXVIII. — La prohibición. — El Evangelio, perseguido. — - Inculpación de brujería. — Ofalia. 38 - - CAP. XXXIX. — Los dos Evangelios. — El alguacil. — La orden - de prisión. — María la buena. — El arresto. — Me envían a la - cárcel. — Reflexiones. — El recibimiento. — La celda en la - cárcel. — Demanda de desagravios. 45 - - CAP. XL. — Ofalia. — El juez. — Cárcel de la Corte. — El - domingo en la cárcel. — Vestimenta de los ladrones. — Padre - e hijo. — Un comportamiento característico. — El francés. — - La ración carcelaria. — El valle de las sombras. — Castellano - puro. — Balseiro. — La cueva. — La gloria del ladrón. 63 - - CAP. XLI. — María Díaz. — Reproches del clero. — Visita de - Antonio. — Antonio en funciones. — Una escena. — Benedicto - Mol. — Su peregrinación por España. — Los cuatro Evangelios. 85 - - CAP. XLII. — Salida de la cárcel. — Las excusas. — El corazón - humano. — La vuelta del griego. — La Iglesia romana. — La luz - de la Escritura. — El arzobispo de Toledo. — Una entrevista. - — Piedras preciosas. — Una resolución. — El lenguaje - extranjero. — Despedida de Benedicto. — La caza del tesoro en - Compostela. — Realidad y ficción. 97 - - CAP. XLIII. — Villaseca. — Una casa morisca. — La puchera. — - Un cónclave de rústicos. — Ceremoniosa urbanidad. — La flor - de España. — El puente de Azeca. — El castillo en ruinas. - — Nos echamos al campo. — Demanda de Testamentos. — El - labrador viejo. — El cura y el herrero. — La baratura de los - Testamentos. 116 - - CAP. XLIV. — Aranjuez. — Una advertencia. — Aventura - nocturna. — Nueva expedición. — Segovia. — Abades. — Curas - facciosos. — López, en la cárcel. — Liberación de López. 136 - - CAP. XLV. — Regreso a España. — Sevilla. — Un perseguidor - encarnizado. — La profetisa manchega. — El sueño de Antonio. 150 - - CAP. XLVI. — Se reanuda la obra de propaganda. — Aventura en - Cobeña. — El poder del clero. — Autoridades rurales. — Fuente - la Higuera. — El contratiempo de Victoriano. — La cárcel del - pueblo. — La cuerda. — Un recado de Antonio. — Antonio, en - misa. 157 - - CAP. XLVII. — Término de nuestros trabajos rurales. — Alarma - del clero. — Una nueva tentativa. — Triunfo en Madrid. — - Duende o alguacil. — El bastón de mando. — El corregidor. — - Una explicación. — El Papa en Inglaterra. — La exposición del - Evangelio. — Obras de Lutero. 171 - - CAP. XLVIII. — Proyecto de viaje. — Una escena sangrienta. - — El fraile. — Sevilla. — Bellezas de Sevilla. — Naranjos y - flores. — Murillo. — El Angel de la guarda. — Dionysius. — - Mis coadyuvantes. — Demanda de Biblias. 186 - - CAP. XLIX. — La casa solitaria. — La Dehesa. — Juan - Crisóstomo. — Manuel. — La librería en Sevilla. — Dionisio - y los curas. — Atenas y Roma. — Proselitismo. — Embargo de - Testamentos. — Salida de Sevilla. 201 - - CAP. L. — Noche en el Guadalquivir. — La luz del Evangelio. - — Bonanza. — La playa de Sanlúcar. — Panorama andaluz. — - Historia de una caja. — _Cosas de los ingleses._ — Los dos - gitanos. — El cochero. — El gorro de dormir encarnado. — El - vapor. — El idioma cristiano. 216 - - CAP. LI. — Cádiz. — Las fortificaciones. — El cónsul general. - — Anécdota característica. — Un vapor catalán. — Trafalgar. - — Alonso Guzmán. — Gebel Muza. — La fragata _Orestes_. — El - león hostil. — Las obras del Creador. — Un lagarto del Peñón. - — El gentío. — La reina de los mares. — Oración por mi país. 234 - - CAP. LII. — Un hostelero jovial. — Los aspirantes a la - gloria. — Un retrato. — Los _Hamales_. — Una excursión. — - Labriego y soldado. — Las excavaciones. — Un tirón de la - ropa. — Judas y su padre. — Peregrinación de Judas. — La - barba frondosa. — Los falsos moros. — Judas y el hijo del - Rey. — Vejez prematura. 257 - - CAP. LIII. — Marineros genoveses. — La cueva de San Miguel. — - Un abismo tenebroso. — Un joven americano. — El propietario - de esclavos. — El brujo. — Un incrédulo. 281 - - CAP. LIV. — Otra vez a bordo. — Un rostro sorprendente. — El - Haji. — Nos damos a la vela. — Los dos judíos. — Un barco - americano. — Tánger. — Adun Oulem. — La riña. — Lo prohibido. 292 - - CAP. LV. — El muelle. — Los dos moros. — Djmah de Tánger. - — La casa de Dios. — El cónsul británico. — Espectáculo - curioso. — La casa mora. — Juana Correa. — Ave María. 307 - - CAP. LVI. — El Mahasni. — Sin Samani. — El Bazar. — Santos - moros. — ¡Mira la ayana! — La higuera chumba. — Sepulturas - judías. — La mansión de los esqueletos. — El mozo de cuadra. - — Los caballos de los musulmanes. — Dar-dwag. 320 - - CAP. LVII. — Un trío singular. — El mulato. — La oferta de - paz. — Moros de Granada. — _Vive la Guadeloupe!_ — Los moros. - — Pascual Fava. — La argelina ciega. — La retreta. 338 - - - - - LA BIBLIA EN ESPAÑA - - - - -CAPÍTULO XXXVI - - Estado de los asuntos en Madrid. — Nuevo Ministerio. — El obispo - de Roma. — El librero de Toledo. — Las espadas. — Las casas de - Toledo. — La gitana abandonada. — Diligencias mías en Madrid. — - Otro criado. - - -Durante mi viaje por las provincias del Norte de España, que ocupó -una parte considerable del año 1837[1], sólo pude realizar una -porción muy pequeña de lo que en un principio me había propuesto -hacer. Los resultados de los trabajos del hombre son insignificantes -comparados con los vastos designios que su presunción concibe; -sin embargo, algo se había conseguido con mi reciente viaje. El -Nuevo Testamento de Cristo se vendía ya tranquilamente en las -principales ciudades del Norte, y contaba con el amigable concurso -de los libreros de aquellas partes, especialmente con el del viejo -Rey Romero, de Compostela, el más importante de todos. Además, -había yo repartido con mis propias manos un número considerable -de Testamentos entre individuos particulares, todos de las clases -bajas, a saber: muleteros, carreteros, _contrabandistas_, etc.; de -suerte que, en conjunto, tenía motivos bastantes de reconocimiento y -gratitud. - - [1] Regresó a Madrid el 30 de octubre (Knapp). - -Encontré nuestros asuntos en Madrid en situación nada próspera: en -las librerías se habían vendido pocos ejemplares. ¿Qué otra cosa -podía esperarse racionalmente en unos tiempos como los que acababan -de pasar? Don Carlos había llegado a las puertas de la capital con -un fuerte ejército; ante la amenaza del saqueo y de la degollina -inminentes, la gente se preocupó más de poner en salvo vidas y -haciendas que de leer ninguna clase de libros. - -Pero el enemigo ya se había retirado a sus reductos de Alava y -Guipúzcoa. Tuve, pues, esperanzas de que amaneciesen días mejores y -de que la obra, bajo mi vigilancia, prosperaría, por la gracia de -Dios, en la capital de España. El lector verá a continuación cuán -lejos estuvieron los hechos de corresponder a mis deseos. - -Durante mi viaje al Norte había sobrevenido un cambio total en el -Ministerio. En lugar del partido liberal, arrojado del Gabinete, -entró el partido _moderado_; por desgracia para mis planes, los -nuevos ministros eran personas a quienes yo no conocía y sobre -quienes mis antiguos amigos Istúriz y Galiano tenían poca o ninguna -influencia. A estos señores se les dejó sistemáticamente aparte, y su -carrera política pareció terminada para siempre. - -Del nuevo Gobierno poco podía yo esperar: casi todos los hombres -que lo formaban habían sido cortesanos o funcionarios del difunto -rey Fernando, eran partidarios del absolutismo y no estaban en modo -alguno dispuestos a hacer o permitir cosas que pudieran enojar a la -Corte de Roma, a la que ansiaban tener contenta, esperando inducirla -quizás a reconocer a la niña Isabel II, no como reina constitucional, -sino como reina absoluta. - -Ese partido se mantuvo en el poder durante lo restante de mi -residencia en España, y me persiguió, menos por odio y maldad que por -política. Sólo a la terminación de la guerra perdió su preponderancia -y cayó con su protectora, la reina madre, ante la dictadura de -Espartero. - -El primer paso que di después de mi regreso, tocante a la difusión -de las Escrituras, fué muy atrevido. Consistió ni más ni menos que -en abrir una tienda para vender los Testamentos. La tienda estaba en -una calle importante y animada: la calle del Príncipe, inmediata a la -plaza de Cervantes. La amueblé muy bien con armarios de vidrieras y -cornucopias, y puse al frente de ella a un gallego listo, de nombre -Pepe Calzado, que todas las semanas me daba cuenta fiel de los -ejemplares vendidos. - -Al día siguiente de abrir el establecimiento, estaba yo en la otra -acera de la calle, apoyado de espaldas en la pared, cruzado de -brazos, contemplando la tienda, en cuyos huecos se leía en grandes -letras amarillas: _Despacho de la Sociedad Bíblica y Extranjera_, -y, sumido en mi contemplación, pensaba: «¡Qué inesperadas mudanzas -trae el tiempo! ¡Ocho meses he pasado de aquí para allá en esta vieja -España, tan papista, repartiendo Testamentos como agente de una -Sociedad que los papistas tienen por herética, y no me han lapidado -ni quemado! Ahora, en la capital hago lo que a cualquiera le hubiera -parecido causa bastante para que todos los difuntos inquisidores y -familiares enterrados dentro de sus muros se alzaran de sus tumbas -gritando: “¡Abominación!”, y nadie se mete conmigo. ¡Obispo de Roma! -¡Obispo de Roma! Ten cuidado. Pueden cerrarme la tienda; pero qué -signo de los tiempos es el hecho de que la hayan dejado existir un -solo día. Se me antoja, padre mío, que los días de tu preponderancia -en España están contados, y que ya no te consentirán saquearla mucho -tiempo, ni mofarte de ella, ni flagelarla con escorpiones, como en -épocas pasadas. Veo ya la mano que escribe en el muro un: “_¡Mene, -Mene, Tekel, Upharsin!_ Ten cuidado, _Batuschca_”.» - -Dos horas permanecí apoyado en la pared, contemplando la tienda. - -Poco tiempo después de abrir el _Despacho_ en Madrid, monté de -nuevo a caballo, y, seguido de Antonio, fuí a Toledo con propósito -de difundir las Escrituras, para lo cual envié por delante con un -arriero un cargamento de cien ejemplares. Sin tardanza busqué al -principal librero de la ciudad, no sin temor de encontrarme con un -carlista, o, al menos, con un _servil_, ya que en Toledo abundan -tanto los canónigos, curas y frailes exclaustrados. Me llevé el -chasco mayor de mi vida: al entrar en la tienda, espaciosa y cómoda, -vi a un hombre atlético, vestido con una especie de uniforme de -caballería, calado el morrión y un sable inmenso en la mano. Era el -librero en persona, oficial de la Guardia nacional de caballería. Al -saber quién era yo, me estrechó cordialmente la mano y dijo que con -el mayor placer se haría cargo de los libros y procuraría difundirlos -por todos los medios a su alcance. - -—¿No incurrirá usted en el odio del clero si hace eso? - -—_¡Ca!_—respondió—. ¿Quién los hace caso? Yo soy rico, y mi padre -también lo fué. No dependo de ellos. Ya no pueden odiarme más de -lo que me odian, porque no oculto mis opiniones. Ahora mismo acabo -de regresar de una expedición de tres días con mis compañeros los -nacionales; hemos estado persiguiendo a los facciosos y ladrones de -estos contornos; hemos matado a tres y traemos varios prisioneros. -¿Quién hace caso de los curas pusilánimes? Yo soy liberal, _don -Jorge_, y amigo de su compatriota Flinter. Le he ayudado a cazar -muchos curas guerrilleros y frailes salteadores que andaban en la -facción. He oído que le han nombrado capitán general de Toledo: me -alegro; cuando llegue se van a ver aquí cosas buenas, _don Jorge_. Le -aseguro a usted que al clero le apretaremos las clavijas. - -Toledo fué antiguamente capital de España. Su población es ahora de -unas quince mil almas, aunque en tiempo de los romanos y también -durante la Edad Media llegó, según dicen, a doscientos o trescientos -mil habitantes. Está situado a unas doce leguas al Oeste de Madrid, -y se alza sobre un cerro de granito que el Tajo rodea en todo su -perímetro, salvo por el Norte. Encierra todavía muchos edificios -notables, a pesar de que se halla en decadencia hace mucho tiempo. -Su catedral, la más espléndida de España, es Sede del Primado. -En la torre de esta catedral se encuentra la famosa campana de -Toledo, la mayor del mundo, con excepción de la monstruosa campana -de Moscou, que también he visto. Pesa 1.543 _arrobas_; su sonido -es desagradable, porque está rajada. Toledo podía jactarse en otro -tiempo de poseer los mejores cuadros de España; pero durante la -guerra de la Independencia los franceses robaron o destruyeron -muchos, y todavía más se han sacado por orden del Gobierno. El -más notable de todos, acaso, aún se encuentra allí: aludo al que -representa el entierro del conde de Orgaz, la obra maestra de -Doménico, el griego, genio extraordinario, algunas de cuyas obras -poseen méritos de altísima calidad. El cuadro a que me refiero está -en la pequeña iglesia parroquial de Santo Tomé, al fondo de la nave, -a la izquierda del altar. Si pudiera comprarse, creo que en cinco mil -libras sería barato. - -Entre las muchas cosas notables que se ofrecen en Toledo a la curiosa -mirada del observador, se halla la fábrica de armas, donde se -elaboran espadas, lanzas y otras armas destinadas al Ejército, con -excepción de las de fuego, traídas del extranjero casi todas. - -Es bien sabido que antiguamente las hojas de Toledo eran muy -estimadas y se hacía gran comercio de ellas en toda la cristiandad. -La _fábrica_ actual es un hermoso edificio moderno, situado -extramuros de la ciudad, en una planicie contigua al río, con el -que se comunica por un pequeño canal. Dicen que el buen temple de -las espadas se debe principalmente al agua y a la arena del Tajo. -Pregunté a varios maestros de la fábrica si hoy en día sabían hacer -armas tan buenas como las antiguas y si el secreto de la fabricación -se había perdido. - -—_¡Ca!_—me respondieron—. Las espadas de Toledo no han sido nunca -tan buenas como las que hacemos ahora. Es muy ridículo que los -extranjeros vengan a comprar aquí espadas viejas, pura morralla casi -todas, no fabricadas en Toledo, por las que pagan grandes sumas, y, -en cambio, les costaría trabajo dar dos duros por esta joya, hecha -ayer mismo. - -Al decir esto, pusieron en mi mano una espada del tamaño ordinario. - -—Su merced—dijeron—parece que tiene buen brazo; pruebe el temple de -esta espada contra ese muro de piedra. Tire una estocada a fondo y no -tema. - -Tengo, en efecto, un brazo vigoroso: con toda mi fuerza ataqué de -punta contra el sólido granito; la violencia del golpe fué tal, que -el brazo se me quedó insensible hasta el hombro durante una semana, -pero la espada no se embotó ni sufrió lo más mínimo. - -—Mejor espada que ésta—dijo un obrero antiguo, natural de Castilla la -Vieja—no la ha habido para matar moros en la Sagra. - -Durante mi estancia en Toledo me alojé en la Posada de los -Caballeros, nombre muy merecido en cierto modo, porque existen muchos -palacios menos suntuosos que esa posada. Al hablar así, no vaya a -suponerse que me refiero al lujo del mobiliario o a la exquisitez y -excelencia de su cocina. Las habitaciones estaban tan mal provistas -como las de todas las posadas españolas en general, y la comida, -aunque buena en su género, era vulgar y casera; pero he visto pocos -edificios tan imponentes. Era de inmenso grandor, compuesto de varios -pisos, de traza algo semejante a la de las casas moras, con un patio -cuadrangular en el centro y un _aljibe_ inmenso debajo, para recoger -el agua llovida. Todas las casas de Toledo tienen aljibes parecidos, -adonde, en la estación lluviosa, van a parar las aguas de los tejados -por unas canales. Esta es la única agua que se emplea para beber; la -del Tajo, considerada como insalubre, sólo se usa para la limpieza, y -la suben por las empinadas y angostas calles en cántaros de barro a -lomo de unos pollinos. Como la ciudad está en una montaña de granito, -no tiene fuentes. En cuanto al agua llovida, después de sedimentarse -en los aljibes, es muy gustosa y potable; los aljibes se limpian -dos veces al año. Durante el verano, muy riguroso en esta parte de -España, las familias pasan casi todo el día en los patios, cubiertos -con un toldo de lienzo; el calor de la atmósfera se templa por la -frialdad que sube de los aljibes, que responden al mismo propósito -que las fuentes en las provincias meridionales de España. - -Estuve próximamente una semana en Toledo; en ese tiempo se vendieron -algunos ejemplares del Testamento en la tienda de mi amigo el -librero. Algunos curas tomaron el libro del _mostrador_ donde se -encontraba y lo examinaron, pero sin decir nada; ninguno lo compró. -Mi amigo me enseñó su casa; casi todas las habitaciones estaban -forradas de libros desde el suelo hasta el techo; y muchos de ellos -eran de gran valor. Díjome que su colección de libros antiguos de -literatura española era la mejor del reino. Estaba, empero, menos -orgulloso de su librería que de su caballeriza; y como advirtiera que -yo entendía algo de caballos, su estimación y su respeto hacia mí -crecieron por modo considerable. - -—Todo lo que tengo—decía—está a la disposición de usted; veo que es -usted un hombre de los que a mí me gustan. Cuando quiera usted dar -un paseo a caballo por la _Sagra_, no tiene usted más que avisar a -mi criado y le ensillará el famoso cordobés _entero_ que compré en -Aranjuez al deshacerse la yeguada real. Sólo a otro hombre le dejaría -yo el caballo, y ese hombre es Flinter. - -En Toledo encontré a una gitana abandonada, con un hijo de unos -catorce años de edad; no era toledana; había ido allí desde la -Mancha en pos de su marido, preso bajo la inculpación de robo de -caballerías; el delito se le probó, y de allí a pocos días iba a -salir para Málaga con una cadena de galeotes. El preso carecía -en absoluto de dinero, y su mujer recorría las calles de Toledo -diciendo la buenaventura para ganar unos pocos _cuartos_ con que -ayudar al marido en la cárcel. Me dijo que se proponía seguirle a -Málaga, donde esperaba poder proporcionarle medios de fuga. ¡Qué -ejemplo de amor conyugal! Por añadidura, el amor estaba todo en un -lado solo de esa pareja, como ocurre con frecuencia. Su marido era un -tunante despreciable, que la había abandonado marchándose a Madrid, -donde vivió en concubinato con Aurora, criminal notoria, por cuyas -instigaciones cometió el robo que ahora tenía que expiar. - -—Y si tu marido logra escaparse en Málaga, ¿adónde va a ir? - -—Al _chim_ de los _Corahai_, hijo mío; a la tierra de los moros, a -ser soldado del rey moro. - -—¿Y qué va a ser de ti?—pregunté—. ¿Crees que te llevará consigo? - -—Me dejará en la costa, hijo mío, y en cuanto haya cruzado la -_pawnee_[2] negra, me olvidará, no pensará más en mí. - - [2] Pawnee, Pani: agua. - -—¿Por qué te tomas tantos trabajos por él, sabiendo lo ingrato que es? - -—¿No soy su _romi_, hijo mío, y no estoy obligada por la ley de los -_Calés_ a asistirle hasta lo último? Si al cabo de cien años volviera -de la tierra de los _Corahai_ y me encontrase viva, y me dijese: -«Tengo hambre, mujercita; vé a robar o a decir _bají_», iría sin -falta, porque es el _rom_ y yo la _romi_. - -Al regresar a Madrid encontré abierto todavía el _despacho_. -Se habían vendido algunos Testamentos, aunque en cantidad nada -considerable. La obra luchaba con grandes inconvenientes para su -difusión, por la ilimitada ignorancia de la gente respecto de su -tenor y contenido. No era, pues, maravilla que despertase poco -interés. Para llamar la atención del público sobre el _despacho_, -imprimí tres mil carteles en papel amarillo, azul y carmesí, y los -pegué por las esquinas, y además inserté en los periódicos una -información relativa al caso; el resultado fué que en muy poco -tiempo apenas hubo alguien en Madrid que no conociera la existencia -de la tienda y del libro. En Londres y París, estas diligencias -habrían asegurado, probablemente, la venta de la edición entera del -Nuevo Testamento en pocos días. En Madrid, el resultado no fué tan -lisonjero; al cabo de un mes de estar abierta la tienda, sólo se -había vendido un centenar de ejemplares. - -Este proceder mío no podía por menos de producir gran sensación: -los curas y sus secuaces rebosaban de enconada furia, que durante -cierto tiempo tuvieron por conveniente manifestar sólo con palabras; -estaban en la creencia de que el embajador y el Gobierno británicos -me protegían; pero su malignidad hacía temer cualquier ataque, por -atroz que fuese; y si la comparación no fuese inadecuada a mí, gusano -el más insignificante de la Tierra, diría que, como Pablo en Éfeso, -estaba luchando con fieras salvajes. - -El último día del año 1837, mi criado Antonio me dijo así: - -—_Mon maître_, no tengo más remedio que dejarle a usted por una -temporada. Desde que volvimos de nuestro viaje estoy descontento -de la casa, de los muebles y de doña Mariquita. Por tanto, me he -ajustado de cocinero en casa del conde de..., donde ganaré al mes -cuatro duros menos de lo que su merced me da. Me gusta la variedad, -aunque sea para perder. _Adieu, mon maître_; deseo que encuentre -usted un criado tan bueno como se le merece. Sin embargo, si -necesitara usted alguna vez con urgencia _de mes soins_, llámeme sin -vacilar, y en el acto me despediré de mi nuevo amo, si todavía estoy -con él, e iré a buscarle a usted. - -Así me vi privado de los servicios de Antonio por cierto tiempo. -Estuve unos cuantos días sin criado, al cabo de los cuales ajusté a -cierto cántabro o vasco, natural de Hernani, en Guipúzcoa, que me -habían recomendado mucho. - - - - -CAPÍTULO XXXVII - - Euscarra. — El vascuence no es el irlandés. — Dialectos del - sánscrito y del tártaro. — Una lengua de vocales. — La poesía - popular. — Los bascos. — Sus caracteres. — Las mujeres bascas. - - -Entramos ahora en el año 1838, acaso el más fecundo en -acontecimientos de cuantos pasé en España. El _despacho_ continuaba -todavía abierto, con ligero incremento en la venta. Como tenía -entonces pocas cosas importantes que hacer, di a la estampa dos -obras, en cuya preparación llevaba trabajando ya algún tiempo. Estas -obras eran las traducciones del Evangelio de San Lucas al vascuence y -al caló. - -Poco tengo que decir respecto de la traducción del Evangelio al -gitano, porque ya he hablado de esto en otra obra[3]: lo traduje, -así como la mayor parte del Nuevo Testamento, durante mi dilatada -convivencia con los gitanos españoles. Respecto al Lucas en -vascuence, no estará de más hablar con algún detenimiento, y -aprovechar la ocasión que se me ofrece para decir unas palabras -acerca del idioma en que está escrito y del pueblo a quien iba -destinado. - - [3] _The Zincali._ - -El Euscarra: tal es el nombre peculiar de un habla o idioma que se -supone prevaleció por toda España en otro tiempo, pero confinado -ahora a ciertas comarcas de ambas vertientes de los Pirineos, -bañadas por las aguas del golfo de Cantabria o bahía de Vizcaya. A -este idioma se le llama comúnmente el basco o el bizcaíno, palabras -que son meras modificaciones del vocablo Euscarra, al que se ha -antepuesto la consonante B por razón de eufonía. Acerca de esta -lengua se han dicho muchas cosas vagas, erróneas o hipotéticas. Los -bascos afirman que no sólo fué la lengua primitiva de España, sino -de todo el mundo, y que de ella proceden todas las demás; pero los -bascos son gente muy ignorante y no saben nada de filosofía del -lenguaje. Por tanto, muy poca importancia se puede conceder a sus -opiniones sobre el asunto. Algunos de ellos, sin embargo, que se -jactan de poseer cierta instrucción, sostienen que el basco es ni más -ni menos que un dialecto del fenicio, y que los bascos descienden -de una colonia fenicia establecida al pie de los Pirineos en edad -remota. De esta teoría, o más bien conjetura, no apoyada por la más -ligera prueba, no hay para qué ocuparse con detención, limitándonos -a observar que si, como muchos verdaderos sabios lo han supuesto -y casi demostrado, el fenicio es un dialecto del hebreo o está -emparentado estrechamente con él, sería tan poco razonable suponer -que el basco se deriva del fenicio como que la lengua del Kanschatka -o el iroqués son dialectos del griego y del latín. - -Existe, sin embargo, otra opinión con respecto al basco que merece -más detenido examen, por la circunstancia de hallarse muy extendida -entre los _literati_ de varios países de Europa, muy especialmente en -Inglaterra. Aludo al origen céltico de esta lengua, y a su estrecha -conexión con el más cultivado de todos los dialectos celtas: el -irlandés. Gente que presume de conocer bien el asunto ha llegado -a afirmar que existe tan poca diferencia entre las lenguas basca -e irlandesa, que los individuos de ambas naciones no encuentran -dificultad para entenderse entre sí, sin otro medio de comunicación -que sus idiomas respectivos; en una palabra, que apenas si hay más -diferencia entre el irlandés y el basco que entre el basco francés y -el basco español. Tal semejanza, por mucho que se haya insistido en -ella, no existe en la realidad; quizás en toda Europa sería difícil -encontrar dos lenguas con menos puntos de semejanza que el basco y el -irlandés. - -El irlandés, como la mayoría de los demás idiomas europeos, es un -dialecto del sánscrito, idioma remoto, como puede suponerse; el -apartado rincón del mundo occidental en que aquel idioma se conserva -es el más distante del lugar en que nació el idioma originario. Mas -no por eso deja de ser un dialecto de aquella venerable y primitiva -habla, aunque no se parezca a ella ciertamente tanto como el inglés, -el danés y las lenguas pertenecientes a la llamada familia gótica, y -mucho menos que las de la esclavonia, porque a medida que se avanza -hacia el Este, la asimilación de las lenguas al tronco paterno -es más clara y perceptible; pero dialecto del sánscrito, repito, -concordes en la estructura, en la disposición de las palabras, y -en muchos casos en las palabras mismas, en las que, a pesar de sus -modificaciones, se reconoce todavía los vocablos sánscritos. Pero -¿qué es el basco y a qué familia pertenece? - -Todos los dialectos hablados actualmente en Europa proceden de dos -grandes lenguas asiáticas, que si ya no se hablan, existen en libros -y son además las lenguas de dos de las principales religiones de -Oriente. Aludo al tibetano y al sánscrito, las lenguas sagradas de -los secuaces de Budha y de Bramah. Estas lenguas, aunque poseen -muchas voces comunes, lo que puede explicarse por su estrecha -proximidad, son realmente distintas, dadas las grandes diferencias -de su estructura. No tengo tiempo ni deseo de explicar aquí en qué -consisten esas diferencias; baste decir que los dialectos célticos, -góticos y esclavones de Europa pertenecen a la familia sánscrita, -así como en el Este el persa, y en menor grado el árabe, el hebreo, -etc.[4], mientras que a la familia tibetana o tártara pertenecen en -Asia el mandchú y el mongol, el calmuco y el turco del mar Caspio, y -en Europa el húngaro y el basco parcialmente. - - [4] La ciencia lingüística moderna difiere de tal modo de - estas teorías, que sería muy difícil rectificarlas en una nota - instructiva y no demasiadamente larga. Lo mejor será quizás - prescindir de este capítulo completamente. (Nota de la edición - Burke.) - -Esta última lengua es, en verdad, una singular anomalía; tanto, -que en general es menos difícil decir lo que no es que lo que es. -Abundan en ella los vocablos del sánscrito, y cubren su superficie. -Sería erróneo, sin embargo, considerar esta lengua como un dialecto -sánscrito, porque en la ordenación de las palabras prepondera -decididamente la forma tártara. También se encuentran en el basco -palabras tártaras en cantidad notable, aunque no tantas como las -derivadas del sánscrito. De estas raíces tártaras me limitaré al -presente a citar una sola, aunque si fuese necesario podría aducirlas -a centenares. Esta palabra es _Jauna_ o _Khauna_, de uso constante -entre los bascos, y que es el _Khan_ de los Mongoles y Mandchúes, con -la misma significación: Señor. - -Después de estudiar detenidamente el asunto en todos sus aspectos y -de pesar lo que en pro y en contra se alega de cada lado, me inclino -a incluir el basco entre los dialectos tártaros más bien que entre -los del sánscrito. Todo el que tenga ocasión de comparar la elocución -de los bascos y de los tártaros, llegará con sólo eso, aunque no -los entienda, a la conclusión de que sus lenguas respectivas se -han formado con arreglo a iguales principios. En ambas se suceden -períodos interminables al parecer, durante los que la voz sube -gradualmente y luego desciende del mismo modo. - -He hablado del sorprendente número de vocablos del sánscrito -contenidos en la lengua basca, de los que se encontrará un ejemplo -más abajo. Es muy de notar que en la mayor parte de los derivados del -sánscrito, el basco ha dejado caer la consonante inicial, de suerte -que la palabra comienza por una vocal. - -El basco puede, en verdad, llamarse una lengua de vocales, porque -el número de consonantes empleadas es relativamente corto; acaso de -cada diez palabras, ocho empiezan y terminan por vocal, y a esto se -debe que el basco sea una lengua extremadamente suave y melodiosa, -muy superior en este respecto a cualquier otro idioma de Europa, -sin excluir el italiano. Véanse a continuación algunos ejemplos de -palabras bascas parangonadas con las raíces sánscritas. - - Basco. Sánscrito. - - Ardoa. Sandhana. Vino. - Arratsa. Ratri. Noche. - Beguia. Akshi. Ojo. - Choria. Chiria. Pájaro. - Chacurra. Cucura. Perro. - Erreguiña. Rani. Reina. - Ycusi. Iksha. Ver. - Iru. Treya. Tres. - Jan (Khan). Khana. Comer. - Uria. Puri. Ciudad. - Urruti. Dura. Lejos. - -En esta lengua publiqué el Evangelio de San Lucas, en Madrid. Adquirí -la traducción hecha por un médico basco llamado Oteiza[5]. Antes -de enviarla a la imprenta, guardé la traducción en mi poder cerca -de dos años, y durante ese tiempo, y sobre todo en mis viajes, no -perdí ocasión de someterla a examen de las personas que pasaban por -entendidas en Euscarra. No me satisfacía por completo la traducción, -pero inútilmente busqué otra mejor. - - [5] _Evangelioa San Lucasen Guissan. El Evangelio según San - Lucas._ Traducido al vascuence. Madrid. Imprenta de la Compañía - Tipográfica, 1838. - -Había yo adquirido, siendo muchacho, algunas ligeras nociones de -Euscarra, tal como se usa en los libros. Esas nociones las aumenté -considerablemente durante mi residencia en España, y gracias a mis -relaciones con algunos bascos llegué a entender, hasta cierto punto, -su idioma hablado, y aún lo hablé yo también, pero siempre con gran -inseguridad; porque para hablar el vascuence, siquiera regularmente, -es necesario haber vivido en el país desde muy niño. Tan grandes son -las dificultades que presenta y tanto se diferencia de las demás -lenguas, que es muy raro encontrar un forastero capaz de hablarlo -un poco; los españoles consideran tan formidables esos obstáculos, -que, según un proverbio suyo, Satanás vivió siete años en Vizcaya, -y tuvo que marcharse porque ni podía entender a los vizcaínos ni le -entendían. - -Hay muy pocos alicientes para el estudio de esta lengua. En primer -lugar, su adquisición es completamente innecesaria, aun para los -que residen en el territorio donde se habla, porque la generalidad -entiende el español en las provincias bascas pertenecientes a España, -y el francés en las que pertenecen a Francia. - -En segundo lugar, ninguno de sus dialectos posee una literatura -propia que recompense el trabajo de aprenderlo. Existen algunos -libros en basco francés y en basco español, pero son exclusivamente -libros de devoción papista, y en su mayoría traducciones. - -Se preguntará quizás al llegar aquí si los bascos no poseen una -poesía popular, como casi todas las naciones, por pequeñas e -insignificantes que sean. No están faltos, en verdad, de canciones, -baladas y coplas, pero de carácter tal, que no puede llamárseles -poesía. He puesto por escrito, al oírlas recitar, una considerable -porción de lo que llaman su poesía; pero el único ejemplo de versos -tolerables que encontré es la siguiente copla, que, después de todo, -no merece excesivos elogios: - - Ichasoa urac aundi, - Estu ondoric agueri— - Pasaco ninsaqueni andic - Maitea icustea gatic. - -que significa: Las aguas del mar son vastas, e invisible su seno, -pero yo las cruzaré para ir al encuentro de mi amor. - -Los bascos son un pueblo cantor más que poeta. A pesar de la -facilidad que su idioma presenta para la composición de versos, no -han producido nunca un poeta con la más leve pretensión de nombradía; -pero tienen muy buenas voces y son excelentes en la composición -musical. En opinión de cierto autor, el _Abbé d’Iharce_[6], que ha -escrito acerca de ellos, el nombre de _Cantabri_, que los romanos les -dieron, se deriva de _Khantor-ber_, que significa suaves cantores. -Poseen mucha música original, alguna extremadamente antigua, según -dicen. De esta música se han publicado algunos trozos en Donostian -(San Sebastián), en el año 1826, editados por un tal Juan Ignacio -Iztueta[7]. Consisten en unas marchas rudas y emocionantes, a cuyos -sones créese que los bascos antiguos tenían la costumbre de bajar de -sus montañas para pelear con los romanos y después con los moros. -Al escucharlas llega uno con facilidad a creerse en presencia de un -combate encarnizado. Oye uno las resonantes cargas de la caballería, -el ludir de las espadas y el rebote de los cuerpos por los barrancos -abajo. - - [6] A nadie que haya leído la obra de este _Abbé_ se le ocurrirá - citarlo como una autoridad seria. Se titula _L’histoire des - cantabres par l’Abbé d’Iharce de Bidassouet_. París, 1825. Según - el autor, el vascuence fué la lengua de los primeros hombres; - _Noah_, que en vascuence significa _vino_, es el recuerdo - etimológico de la intemperancia del patriarca (Burke). - - [7] _Euscaldun anciña anciñaco_, etc. Donostian, 1826. Con una - introducción en español y muchas canciones bascas, con notación - musical. - -Esta música va acompañada de palabras, pero qué palabras. ¡No -puede imaginarse nada más estúpido, más trivial, más desprovisto -de interés! Lejos de ser marcial, la letra refiere incidentes -cotidianos, sin conexión alguna con la música. Las palabras son -evidentemente de fecha moderna. - -En lo físico, los bascos son de estatura regular, ágiles y atléticos. -En general, tienen bellas facciones y hermosa tez, y se parecen -no poco a ciertas tribus tártaras del Cáucaso. Su bravura es -indiscutible, y pasan por ser los mejores soldados con que cuenta la -corona de España: hecho que en gran parte corrobora la suposición de -que son de origen tártaro, la raza más belicosa de todas, y la que ha -producido los más famosos conquistadores. Son los bascos gente fiel y -honrada, capaz de adhesión desinteresada; bondadosos y hospitalarios -con los forasteros; puntos todos que están muy lejos de diferir del -carácter tártaro. Pero son un tanto lerdos, y su capacidad no es -ni con mucho de primer orden, en lo cual se parecen también a los -tártaros. - -No hay en la tierra pueblo más orgulloso que los bascos; pero -el suyo es una especie de orgullo republicano. Carecen de clase -aristocrática; ninguno reconoce a otro por superior. El carretero más -pobre tiene tanto orgullo como el gobernador de Tolosa. - -«Tiene más poder que yo, pero no mejor sangre; andando el tiempo, -acaso sea yo también gobernador». Aborrecen el servicio doméstico, -a lo menos fuera de su país natal, y aunque las circunstancias -les obligan con frecuencia a buscar amo, es muy raro que ocupen un -puesto de escaleras abajo: son mayordomos, secretarios, tenedores -de libros, etc. Cierto que, por mi buena suerte, encontré un criado -basco, pero siempre me trató más como a un igual que como a un amo: -se sentaba delante de mí, me daba su opinión sin pedírsela y entraba -en conversación conmigo en todo momento y ocasión. Me guardé muy bien -de refrenarle, porque entonces se hubiera despedido, y en mi vida he -visto una criatura más fiel. Su destino fué muy triste, como se verá -más adelante. - -Al decir que los bascos aborrecen la servidumbre, y que es muy raro -encontrarlos de criados con los españoles, me refiero sólo a los -varones; las hembras, por el contrario, no oponen reparos a entrar -de criadas. Los bascos no miran, ciertamente, a las mujeres con la -estimación debida, y las consideran aptas para poco más que para -llenar empleos bajos, lo mismo que en Oriente, donde se las considera -como siervas y esclavas. El carácter de las vascongadas difiere -mucho del de los hombres. Son muy despiertas y agudas, y tienen, en -general, más talento. Son famosas cocineras, y en casi todas las -casas importantes de Madrid una vizcaína ejerce el supremo empleo en -el departamento culinario. - - - - -CAPÍTULO XXXVIII - - La prohibición. — El Evangelio, perseguido. — Inculpación de - brujería. — Ofalia. - - -A mediados de Enero, mis enemigos me dieron una carga, prohibiéndome, -de modo terminante, en virtud de orden dictada por el gobernador de -Madrid, que siguiera vendiendo Testamentos. No me cogió de susto la -medida, porque desde algún tiempo antes esperaba yo algo parecido, -en razón de las ideas políticas profesadas por los ministros. Fuí, -sin dilación, a visitar a Sir George Villiers, informándole de lo -sucedido. Me prometió hacer cuanto pudiese para obtener la revocación -de la orden. Por desgracia, no tenía entonces gran influencia, -porque se había opuesto con todas sus fuerzas al advenimiento del -Ministerio moderado, y al nombramiento de Ofalia para la presidencia -del Gabinete. Sin embargo, no perdí ni un momento la confianza en el -Todopoderoso, en cuyo servicio estaba yo ocupado. - -Antes de ese tropiezo las cosas marchaban muy bien. La demanda de -Testamentos aumentaba por modo considerable; tanto, que el clero se -alarmó, y ese paso fué la consecuencia. Pero habían primero intentado -dar otro, muy propio suyo: pretendieron dominarme por el miedo. Uno -de los rufianes de Madrid, llamados _Manolos_, me salió al paso una -noche en una calle obscura, y me dijo que si continuaba vendiendo mis -«libros judíos», me «enhebraría un cuchillo en el corazón»; yo le -contesté que se fuese a su casa, rezase unas oraciones, y dijera a -los que le enviaban que me daban mucha lástima; con lo cual se fué, -soltando un juramento. Pocos días más tarde recibí orden de enviar -dos ejemplares del Testamento a las oficinas del gobernador, y así lo -hice; menos de veinticuatro horas después llegó un _alguacil_ a la -tienda, y me notificó la prohibición de seguir vendiendo la obra. - -Una circunstancia me regocijó. Por raro que parezca, las autoridades -no tomaron medida alguna para cerrarme el _despacho_, y la -prohibición sólo se refería a la venta del Nuevo Testamento; como -faltaba poco para que el Evangelio de San Lucas, en caló y en -vascuence, estuviese listo para la venta, esperé sostener las cosas, -aunque en menor escala, hasta que vinieran mejores tiempos. - -Me aconsejaron que borrase del escaparate de la tienda las palabras -«_Despacho_ de la Sociedad Bíblica británica y extranjera». Me -negué a ello. El letrero había llamado mucho la atención, como yo -me proponía. Si hubiera intentado llevar este asunto bajo cuerda, -apenas habría llegado a vender en Madrid, hasta la fecha de que voy -hablando, treinta ejemplares, en lugar de casi trescientos que tenía -vendidos. Quien no me conozca se inclinará a llamarme temerario; -pero estoy muy lejos de serlo, y nunca adopto un camino aventurado -mientras me quede abierto alguno que no lo sea. Sin embargo, yo no -soy hombre que se asuste del peligro, cuando veo que no hay más -remedio que arrostrarlo para conseguir un propósito. - -Los libreros se negaban a vender mi libro; me vi compelido a -establecer por mi cuenta una tienda. En Madrid cada tienda tiene -su nombre. ¿Cuál podía yo dar a la mía, sino el verdadero? No me -avergonzaba de mi causa ni de mi bandera. La enarbolé, y luché a su -sombra, no sin buen éxito. - -Entretanto, el partido clerical en Madrid no perdonaba esfuerzo para -difamarme. En una publicación suya, llamada _El amigo de la religión -cristiana_, apareció un ataque estúpido, pero furioso, contra mí, -al cual traté con el desprecio merecido. No satisfechos con eso, -intentaron concitar al pueblo en contra mía, diciendo que yo era -brujo, compañero de gitanos y hechiceras; y así me llamaban sus -agentes cuando me encontraban en la calle. No tengo por qué negar -que yo era amigo de gitanos y de adivinos. ¿Iba a avergonzarme de su -compañía, cuando mi Maestro se trataba con publicanos y ladrones? Con -frecuencia recibía visitas de gitanos: los adoctrinaba, y les leía -trozos del Evangelio en su propia lengua; cuando estaban hambrientos -y extenuados les daba de comer y de beber. Esto pudo tenerse por -brujería en España, pero abrigo la esperanza de que en Inglaterra -lo apreciarán de otro modo; y si hubiese yo perecido por entonces, -creo que no hubiera faltado alguien dispuesto a reconocer que mi -vida no había sido por completo inútil (siempre como instrumento del -Altísimo), ya que logré traducir uno de los más valiosos libros de -Dios a la lengua de sus criaturas más degradadas. - -Entré en negociaciones con el Gobierno para obtener el permiso de -vender en Madrid el Nuevo Testamento, y anular la prohibición. -Encontré oposición muy grande, que no pude vencer. Varios obispos -ultrapapistas, residentes por entonces en Madrid, habían denunciado -la Biblia, a la Sociedad Bíblica y a mí. Pero no obstante sus -concertados y poderosos esfuerzos, no pudieron conseguir su propósito -principal, o sea mi expulsión de Madrid y de España. El conde Ofalia, -aunque toleró ser instrumento, hasta cierto punto, de aquellas -gentes, no dejó que le empujaran tan lejos. No encuentro palabras -bastante enérgicas para hacer justicia al celo y al interés que en -todo este asunto desplegó Sir Jorge Villiers en pro de la causa -del Testamento. Celebró varias entrevistas con Ofalia sobre esta -cuestión, y en ellas le significó su juicio acerca de la injusticia y -tiranía con que en aquel caso había sido tratado su compatriota. - -Tales quejas hicieron impresión en Ofalia, y más de una vez prometió -hacer cuanto pudiese para complacer a Sir Jorge; pero luego los -obispos le asediaban, y, poniendo en juego sus temores políticos, -ya que no los religiosos, le impedían proceder en el asunto con -justicia y honradez. Por indicación de Sir Jorge Villiers, tracé -una breve memoria explicando lo que es la Sociedad Bíblica y sus -propósitos, en especial los tocantes a España; Sir Jorge entregó -personalmente esa memoria al conde. No cansaré al lector insertándola -aquí, contentándome con observar que no intenté adular ni halagar, y -me expresé con franqueza y honradez, como debe hacer un cristiano. -Ofalia, al leer mi escrito, exclamó: «¡Lástima que esta Sociedad sea -protestante, y que no sean católicos todos sus miembros!» - -Pocos días después me envió un recado con un amigo, pidiéndome, cosa -que me asombró, un ejemplar del Evangelio en gitano. Permítaseme -decir aquí que la fama de este libro, aunque no publicado todavía, -se había esparcido por Madrid como fuego por reguero de pólvora, y -todo el mundo ansiaba tener un ejemplar; varios grandes de España -me enviaron recado con la misma pretensión, pero no les atendí. Al -instante resolví aprovechar la coyuntura que me ofrecía el conde -de Ofalia y me dispuse a visitarle en persona. Mandé encuadernar -lujosamente un ejemplar del Evangelio, y, encaminándome a Palacio, -obtuve audiencia en el acto. Era un hombre diminuto, mustio, -entre los cincuenta y los sesenta años de edad, con dientes y -pelo postizos, pero de muy corteses maneras. Me recibió con gran -afabilidad y me dió las gracias por el regalo; pero cuando le hablé -del Nuevo Testamento, me dijo que el asunto estaba rodeado de -dificultades, y que la gran masa del clero se había puesto en mi -contra; me exhortó a que tuviera paciencia y calma, y en tal caso -dijo que trataría de buscar el modo de complacerme. Entre otras -cosas, me dijo que los obispos odiaban a un sectario más que a un -ateo. Contesté que, como los antiguos fariseos, se cuidaban más del -oro del templo que del templo mismo. Durante toda la entrevista dió -evidentes señales de un gran temor, y continuamente miraba detrás y -alrededor de sí, como si temiera que alguien le escuchase; esto me -hizo recordar el dicho de un amigo, según el cual, si hay algo de -verdad en la metempsícosis, el alma del conde de Ofalia debió de -pertenecer originariamente a un ratón. Nos separamos en muy amistosos -términos, y me fuí maravillado del extraño azar que ha hecho de un -pobre hombre como éste el primer ministro de un país como España. - - - - -CAPÍTULO XXXIX - - Los dos Evangelios. — El alguacil. — La orden de prisión. — María - la buena. — El arresto. — Me envían a la cárcel. — Reflexiones. - — El recibimiento. — La celda en la cárcel. — Demanda de - desagravios. - - -Al cabo, la traducción del Evangelio de San Lucas al gitano estuvo -lista. Deposité cierto número de ejemplares en el _despacho_ y -anuncié su venta. El Evangelio en vascuence, impreso también por -entonces, fué igualmente anunciado. Hubo poca demanda de esta obra. -No así del San Lucas en gitano, y con facilidad hubiera podido vender -toda la edición en menos de quince días. Sin embargo, mucho antes de -transcurrir este plazo el clero se puso sobre las armas. - -«¡Brujería!»—dijo un obispo. - -«Aquí hay más de lo que a primera vista parece»—exclamó el segundo. - -«Va a convertir a toda España valiéndose del lenguaje gitano»—gritó -un tercero. - -Y luego surgió el coro habitual en esos casos: - -«_¡Qué infamia! ¡Qué picardía!_» - -Al fin, después de andar en bureo entre sí, corrieron a su -instrumento el _corregidor_, o _jefe político_, como se le llama -ahora, de Madrid. He olvidado el nombre de este personaje, a quien -no conocí personalmente. Juzgando por sus acciones y por lo que -se decía de él, puedo asegurar que era una criatura estúpida, -testarudo, y además grosero, un _mélange_ de _borrico_, mula y lobo. -Como profesaba inveterada antipatía a todos los extranjeros, prestó -oídos benévolos a la queja de mis acusadores, y sin tardanza dió -orden de secuestrar todos los ejemplares del Evangelio en gitano que -hubiese en el despacho[8]. La consecuencia fué que un nutrido cuerpo -de _alguaciles_ dirigió sus pasos a la calle del Príncipe, y se -apoderaron de unos treinta ejemplares del libro perseguido y de otros -tantos del San Lucas en vascuence. Con tales despojos, los satélites -volvieron en triunfo a la _jefatura política_, donde se repartieron -entre sí los ejemplares del Evangelio en gitano, vendiéndolos después -casi todos a buen precio, porque el libro era muy buscado, y así se -convirtieron sin quererlo en agentes de una Sociedad herética. Pero -cada cual debe vivir de su trabajo—dice esa gente—y no pierde ocasión -de hacer buenas sus palabras, vendiendo lo mejor que puede cualquier -botín que cae en sus manos. - - [8] El 14 de enero de 1838 el jefe político, don Francisco de - Gamboa, ordenó el secuestro. - -Como nadie se ocupaba del Evangelio en vascuence, fué guardado sin -tropiezo, con otras capturas invendibles, en los almacenes de la -jefatura. - -Ya estaban secuestrados los Evangelios en gitano, al menos los que -tenía en el _despacho_ expuestos para la venta. Pero el _corregidor_ -y sus amigos pensaron que aún podía conseguirse mucho más mediante -una pequeña combinación. Todos los días se presentaban en la tienda -algunos ganchos de la policía, bajo disfraces diferentes, preguntando -con gran interés por los «libros gitanos» y ofreciendo pagar los -ejemplares a buen precio. Pero se fueron con las manos vacías. Mi -gallego estaba sobre aviso, y a todo el que preguntaba le decía -que por el momento no se vendían libros de ninguna clase en el -establecimiento. Y así era la verdad, pues le había dado orden de no -vender más, bajo ningún pretexto. - -A pesar de mi conducta franca, no me creyeron. El _corregidor_ y -sus aliados no podían convencerse de que, bajo cuerda, y por medios -misteriosos, no vendía yo diariamente cientos de aquellos libros -gitanos que iban a revolucionar el país y a destruir el poder del -obispo de Roma. Trazaron, pues, un plan, mediante el cual esperaban -colocarme en tal situación, que no pudiese en algún tiempo trabajar -activamente en la difusión de las Escrituras, ya estuviesen en gitano -o en otro idioma cualquiera. - -El 1.º de mayo (1838), por la mañana, si no recuerdo mal, un -individuo desconocido se presentó en mi cuarto cuando me disponía a -tomar el desayuno. Era un tipo de innoble catadura, de mediana talla, -con todos los estigmas de la picardía en el semblante. La huéspeda -le introdujo en mi aposento y se retiró. No me agradó la llegada del -visitante; pero, afectando cortesía, le rogué que se sentara y le -pregunté el objeto de su visita. - -—Vengo de parte de su excelencia el jefe político de -Madrid—respondió—y mi objeto es decirle a usted que su excelencia -conoce perfectamente sus manejos, y cuando quiera puede demostrar que -sigue usted vendiendo en secreto los malditos libros cuya venta se le -ha prohibido a usted. - -—¿De verdad? Pues que lo haga sin tardanza. ¿Qué necesidad tiene de -avisarme? - -—Puede que crea usted—continuó el hombre—que su señoría no tiene -testigos; pues los tiene, sépalo usted, y muchos, y muy respetables -además. - -—No lo dudo—repliqué—. Dada la apariencia respetable de usted, será -usted uno de ellos. Pero me está usted haciendo perder tiempo; -márchese, pues, y diga a quien le haya enviado que no tengo una idea -muy alta de su talento. - -—Me iré cuando quiera—replicó el otro.—¿Sabe usted con quién -está hablando? ¿Sabe usted que si me parece conveniente puedo -registrarle a usted el cuarto, hasta debajo de la cama? ¿Qué tenemos -aquí?—continuó; y empezó a hurgar con el bastón un rimero de papeles -que había encima de una silla—. ¿Qué tenemos aquí? ¿Son también -papeles de los gitanos? - -En el acto resolví no tolerar por más tiempo su proceder, y, -agarrando al hombre por un brazo, le saqué del cuarto, y sin soltarle -le conduje escaleras abajo desde el tercer piso, en que yo vivía, -hasta la calle, mirándole fijamente a la cara durante todo el tiempo. - -El individuo se había dejado el _sombrero_ encima de la mesa, y se lo -envié con la patrona, que se lo entregó en propia mano cuando aún se -estaba en la calle el hombre mirando con ojos pasmados a mi balcón. - -—Le han tendido a usted una _trampa_, _don Jorge_—dijo María Díaz -cuando subió de la calle—. Ese _corchete_ no traía más intención -que la de provocarle a usted. De cada palabra que usted le ha dicho -hará un mundo, como acostumbra esa gente; al darle el sombrero ha -dicho que antes de veinticuatro horas habrá usted visto por dentro la -cárcel de Madrid. - -En efecto, en el curso de la mañana supe que se había dictado contra -mí orden de arresto[9]. La perspectiva de un encarcelamiento no -me atemorizó gran cosa; las aventuras de mi vida y mis inveterados -hábitos de vagabundo me habían ya familiarizado con situaciones de -todo género, hasta el punto de encontrarme tan a gusto en una prisión -como en las doradas salas de un palacio, y aún más, porque en aquel -lugar siempre puedo aumentar mi provisión de informaciones útiles, -mientras que en el último el aburrimiento se apodera de mí con -frecuencia. Había yo, además, pensado algún tiempo atrás hacer una -visita a la cárcel, en parte con la esperanza de poder decir algunas -palabras de instrucción cristiana a los criminales, y en parte con -la mira de hacer ciertas investigaciones acerca del lenguaje de los -ladrones en España, asunto que había excitado en gran manera mi -curiosidad; y hasta hice algunas gestiones para conseguir que me -dejasen entrar en la _Cárcel de la Corte_, pero encontré el asunto -rodeado de dificultades, como hubiese dicho mi amigo Ofalia. Casi me -alegré, pues, de la oportunidad que iba a presentárseme para ingresar -en la cárcel, no en calidad de visitante, sino como mártir, como -víctima de mi celo por la santa causa de la religión. - - [9] Por el gobernador don Diego de Entena, sucesor de Gamboa. La - prisión se decretaba: 1.º, por insultos al alguacil; 2.º, por - repartir un libro impreso en Gibraltar. Era el Lucas en gitano - (sin licencia de impresión), pero que todos sabían impreso en - Madrid (Knapp). - -Resolví, sin embargo, chasquear a mis enemigos por aquel día cuando -menos, y burlar la amenaza del _alguacil_ de que me prenderían antes -de veinticuatro horas. Con este propósito me instalé para lo restante -del día en una famosa fonda francesa de la calle del Caballero de -Gracia[10] que, por ser uno de los lugares más concurridos y más -elegantes de Madrid, pensé, naturalmente, que sería el último adonde -al corregidor se le ocurriría buscarme. - - [10] En la fonda de Genieys (Knapp). - -A eso de las diez de la noche, María Díaz, a quien yo había dicho el -lugar de mi refugio, llegó acompañada de su hijo, Juan López. - -—_Oh, señor_—dijo María al verme—, ya están buscándole a usted; el -_alcalde_ del _barrio_, con una gran _comitiva_ de _alguaciles_ y -gente así, acaba de presentarse en casa con la orden de arrestarle a -usted, dictada por el _corregidor_. Han registrado toda la casa, y al -no encontrarle se han enfadado mucho. ¡Ay de mí! ¿Qué va a ocurrir si -le encuentran? - -—No tema usted nada, buena María—dije yo—. Se le olvida a usted que -soy inglés; también se le olvida al _corregidor_. Préndame cuando -quiera, esté usted segura de que se daría por muy contento dejándome -escapar. Por ahora, sin embargo, le permitiremos seguir su camino; -parece que se ha vuelto loco. - -Dormí en la fonda, y en la mañana del día siguiente acudí a la -embajada, donde tuve una entrevista con sir Jorge, a quien referí -detalladamente el suceso. Díjome que le costaba trabajo creer que -el _corregidor_ abrigase intenciones serias de prenderme: en primer -lugar, porque yo no había cometido delito alguno; y en segundo, -porque yo no estaba bajo la jurisdicción de aquel funcionario, sino -bajo la del capitán general, único que tenía atribuciones para -resolver en asuntos tocantes a los extranjeros, y ante quien debía yo -comparecer acompañado del cónsul de mi país. - -—Sin embargo—añadió—, no se sabe hasta dónde son capaces de llegar -los jaques que ocupan el poder. Por tanto, si tiene usted algún -temor, le aconsejo que permanezca unos días en la embajada como -huésped mío, y aquí estará usted completamente a salvo. - -Le aseguré que no tenía miedo alguno, porque estaba ya muy -acostumbrado a semejantes aventuras. Desde la habitación de sir Jorge -me dirigí a la del primer secretario, Mr. Southern, con quien entré -en conversación. Apenas llevaba allí un minuto, cuando Francisco, -mi criado, irrumpió en el cuarto casi sin aliento y agitadísimo, -exclamando en vascuence: - -—_Niri jauna_, los _alguaciloac_ y los _corchetoac_ y los demás -_lapurrac_ están otra vez en casa. Parecen medio locos; y como no -le pueden encontrar a usted, están registrando los papeles, en la -creencia, supongo yo, de que está usted escondido entre ellos. - -Míster Southern nos interrumpió, preguntando lo que aquello -significaba. Se lo conté, y añadí que me proponía volver en el acto a -mi casa. - -—Pero entonces esos hombres acaso le arresten a usted—dijo Mr. -Southern—antes de que podamos intervenir nosotros. - -—Tengo que afrontar ese riesgo—repliqué, y un momento después me fuí. - -Pero, antes de llegar a la mitad de la calle de Alcalá, dos -individuos vinieron a mí, y, diciéndome que era su prisionero, me -mandaron seguirlos a la oficina del _corregidor_. - -Eran dos _alguaciles_, quienes, sospechando que podría entrar en la -embajada o salir de ella, estaban en acecho por las inmediaciones. - -Rápidamente me volví a Francisco y le dije en vascuence que fuese -otra vez a la embajada y contase al secretario lo que acababa de -suceder. El pobre muchacho salió como una exhalación, no sin volver a -medias el cuerpo de vez en cuando para amenazar con el puño y cubrir -de improperios en vascuence a los dos _lapurrac_, como llamaba a los -_alguaciles_. - -Lleváronme a la _jefatura_, donde está el despacho del _corregidor_, -y me introdujeron en una vasta pieza, invitándome con el gesto a -tomar asiento en un banco de madera. Luego se me puso uno a cada -lado. Aparte de nosotros, había en la habitación unas veinte personas -lo menos; con toda seguridad, empleados de la casa, a juzgar por -su aspecto. Iban todos bien vestidos, a la moda francesa en su -mayoría; y, sin embargo, harto se notaba lo que en realidad eran: -_alguaciles_, espías y soplones. Si Gil Blas hubiera despertado de -su sueño de dos siglos, los hubiese reconocido sin dificultad, a -pesar de la diferencia de trajes. Lanzábanme ojeadas al pasar, según -recorrían la habitación de arriba a abajo; luego se reunieron en un -corro y empezaron a cuchichear. Le oí decir a uno de ellos: - -—Entiende los siete dialectos del gitano. - -Entonces, otro, andaluz sin género de duda, a juzgar por el habla, -dijo: - -—_Es muy diestro_; monta a caballo y tira el cuchillo tan bien como -si fuera de mi tierra. - -Al oírlo, se volvieron todos y me miraron con interés, mezclado, -evidentemente, de respeto, como de seguro no lo hubieran sentido -si hubiesen pensado que yo era tan sólo un hombre de bien que daba -testimonio en la causa de la justicia. - -Esperé pacientemente en el banco una hora lo menos, creyendo que me -llamarían de un momento a otro a presencia del señor _corregidor_. -Pero me figuro que no debieron de juzgarme digno de ver a tan -eminente personaje, porque al cabo de ese tiempo un hombre de edad -provecta—perteneciente, empero, al género _alguacil_—entró en el -aposento y avanzó derechamente hacia mí. - -—Levántese—dijo. - -Obedecí. - -—¿Cómo es su nombre?—preguntó. - -Se lo dije. - -—Entonces—replicó mostrando un papel que tenía en la mano—, _señor_, -su excelencia el _corregidor_ manda que le llevemos a usted a la -cárcel sin tardanza. - -Me miraba fijamente al hablar, quizás con la esperanza de verme caer -al suelo al oír el formidable nombre de cárcel; sin embargo, me -limité a sonreír. Entonces entregó el papel, que supongo sería la -orden de encarcelamiento, a uno de mis dos apresadores, y, obediente -a la seña que me hicieron, eché a andar tras ellos. - -Supe más adelante que tan pronto como sir Jorge tuvo noticia de mi -arresto envió al secretario de la legación, Mr. Southern, a visitar -al corregidor, y estuvo haciendo antesala la mayor parte del tiempo -que yo permanecí en la jefatura. Al pedir audiencia al _corregidor_ -se proponía darle sus quejas y señalarle los peligros a que se -exponía con el paso temerario que acababa de dar. El corregidor, muy -terco, se negó a recibirle, pensando quizás que avenirse a razones -redundaría en menoscabo de su dignidad; pero su conducta me favoreció -por modo eficacísimo, porque después de tal ejemplo de gratuita -insolencia nadie puso en duda la injusticia y el atropello de que me -había hecho víctima. - -Los _alguaciles_ me llevaron por la Plaza Mayor a la Cárcel de la -Corte, que así se llama. Al cruzar la plaza recordé que, en los -buenos tiempos pasados, la Inquisición de España acostumbraba a -celebrar allí sus solemnes _autos de fe_, y eché una mirada a los -balcones de la Casa de la Villa, desde donde presenció el último rey -de la dinastía austriaca el auto más solemne que se recuerda, y, -después de ver quemar por grupos de cuatro o de cinco unos treinta -herejes, hombres y mujeres, se enjugó el rostro, sudoroso por el -calor y ennegrecido por el humo, y tranquilamente preguntó: «_¿No hay -más?_»; ejemplar prueba de paciencia muy aplaudida por sus curas y -confesores, que, andando el tiempo, le envenenaron. - -—Y aquí estoy yo—iba yo pensando—, que he hecho en contra del papismo -más que todos los pobres cristianos martirizados en esta maldita -plaza, enviado simplemente a la cárcel, de la que estoy seguro de -salir dentro de pocos días con buena opinión y aplauso. ¡Papa de -Roma! Creo que sigues siendo tan maligno como siempre; pero de -tan escaso poder, que da lástima. Te estás quedando paralítico, -_Batuschca_, y tu cayado se ha convertido en una muleta. - -Llegamos a la cárcel, sita en una calle estrecha, no lejos de la -Plaza Mayor. Entramos en un pasadizo obscuro, a cuyo extremo había -una verja. Llamaron mis conductores, y un rostro feroz se dejó ver -a través de la verja; hubo un cambio de palabras, y a los pocos -momentos me encontré dentro de la cárcel de Madrid, en una especie -de corredor abierto a considerable altura sobre un patio, de donde -subía fuerte rumor de voces y, en ocasiones, gritos y clamores -salvajes. En el corredor, que servía como de oficina, había varias -personas, una de ellas sentada detrás de un pupitre; hacia ella -fueron los _alguaciles_, y, después de hablar un rato en voz baja, -pusieron en sus manos la orden de arresto. La leyó con atención, y, -levantándose después, se me acercó. ¡Qué tipo! Tendría unos cuarenta -años, y su estatura hubiera sido de unos seis pies y dos pulgadas -a no ir encorvado en forma que parecía una ese. Era más delgado -que un hilo; diríase que un soplo de aire bastaba para llevárselo. -Su rostro hubiera sido hermoso sin tan portentosa y extraordinaria -delgadez. Tenía la nariz aguileña; los dientes blancos como el -marfil; negros los ojos—¡oh, qué negrura!—, de muy extraña expresión; -atezada la piel, y el pelo de la cabeza como las plumas del cuervo. -Sus facciones dilatábanse de continuo por una sonrisa profunda y -tranquila, que con toda su tranquilidad era una sonrisa cruel, muy -propia del semblante de un Nerón. «_Mais en revanche personne n’étoit -plus honnête._» - -—_Caballero_—dijo—, permítame usted que me presente yo mismo: soy -el _alcaide_ de esta cárcel. Veo por este papel que durante cierto -tiempo, muy corto, sin duda, tendré el honor de que me haga compañía -bajo este techo; espero que desechará usted de su ánimo todo temor. -Me encargan que le trate a usted con todo el respeto debido a la -ilustre nación a que pertenece y a que tiene derecho un caballero -de tan elevada condición. La verdad es que el encargo está de más, -pues por mi propio impulso hubiera tenido yo gran placer en colmarle -de atenciones y comodidades. _Caballero_, debe usted considerarse -aquí más como huésped que como preso. Puede usted correr toda la -casa a su antojo. Aquí encontrará usted cosas no del todo indignas -de la atención de un espíritu reflexivo. Le ruego que disponga de -los llaveros y empleados como de sus criados propios. Ahora voy a -tener el honor de llevarle a su habitación, la única que hay vacía. -La reservamos siempre para caballeros distinguidos. De nuevo me -congratulo de que las órdenes recibidas coincidan con mi inclinación -personal. No se le pondrá a usted cuenta ninguna, aunque el alquiler -diario de ese cuarto llega a veces a una onza de oro. Le ruego, pues, -que me siga, caballero, y me considere en todos tiempos y ocasiones -como su afectísimo y obediente servidor. - -Al decir esto, se quitó el sombrero y me hizo una profunda reverencia. - -Tal fué el discurso del _alcaide_ de la cárcel de Madrid, discurso -pronunciado en puro y sonoro castellano, con mucho reposo, gravedad -y casi dignidad; discurso que hubiera hecho honor a un magnate de -ilustre cuna, a monsieur Bassompierre recibiendo en la Bastilla a un -príncipe italiano, o al gobernador de la Torre de Londres recibiendo -a un duque inglés acusado de alta traición. Pues bien: ¿quién era -este _alcaide_? Uno de los mayores tunantes de España. Un individuo -que más de una vez, por su rapacidad y avaricia, y por mermar las -miserables raciones de los presos, había provocado insurrecciones en -el patio, sofocadas en sangre con ayuda de la fuerza militar; un tipo -de baja extracción, que cinco años antes era tambor en una partida -de voluntarios realistas. Pero España es el país de los caracteres -extraordinarios. - -Seguí al _alcaide_ hasta el final del corredor, donde había una -verja muy espesa, y a cada lado de ella estaba sentado un llavero, -tipos de horrenda catadura. Se abrió la verja, y, volviendo a -la derecha, seguimos por otro corredor, donde había mucha gente -paseándose: presos políticos, según supe más tarde. Al final del -corredor, que abarcaba toda la longitud del _patio_, entramos en -otro; la primer habitación que encontramos era la que me habían -destinado. El aposento, espacioso y alto de techo, estaba en absoluto -desprovisto de muebles, con excepción de una cuba de madera, -destinada a contener mi ración diaria de agua. - -—_Caballero_—dijo el _alcaide_—, como usted ve, el cuarto está -desamueblado. Ya son las tres de la _tarde_; por tanto, le aconsejo -a usted que, sin descuidarse, envíe a buscar a su posada una cama y -las demás cosas que pueda necesitar; el _llavero_ le hará a usted la -cama. _Caballero_, adiós, hasta otra vista. - -Seguí su consejo, y escribí con lápiz una nota a María Díaz, -enviándosela por el _llavero_; hecho esto, me senté en la cuba, y caí -en una especie de ensueño que me duró mucho tiempo. - -Al cerrar la noche llegó María Díaz, acompañada de dos mozos de -cordel y de Francisco, todos cargados. Encendieron una lámpara, -echaron lumbre en el brasero, y la melancolía de la cárcel se disipó -hasta cierto punto. - -Cuando tuve silla donde sentarme, me levanté de la cuba y me puse a -despachar algunos manjares que mi buena patrona no se había olvidado -de traerme. De pronto, Mr. Southern entró. Se echó a reír de buena -gana al verme ocupado en la forma que he dicho. - -—Borrow—me dijo—, es usted hombre muy a propósito para correr mundo, -porque todo lo toma usted con frialdad y como la cosa más natural. -Pero lo que más me sorprende en usted es el gran número de amigos que -tiene; no le falta a usted en la cárcel gente que se afane por su -bienestar. Hasta su criado es amigo de usted, en lugar de ser, como -en general ocurre, su peor enemigo. Ese vascongado es una criatura -muy noble. No olvidaré nunca cómo habló de usted cuando llegó -corriendo a la Embajada a llevar la noticia de su arresto. Tanto a -sir Jorge como a mí, nos interesó mucho; si alguna vez desea usted -separarse de él, avíseme, para tomarlo a mi servicio. Pero hablemos -de otra cosa. - -Entonces me contó que sir Jorge había ya enviado a Ofalia una nota -oficial pidiendo reparaciones por el caprichoso ultraje cometido en -la persona de un súbdito británico. - -—Estará usted en la cárcel esta noche—dijo—; pero tenga la seguridad -de que mañana, si lo desea, puede salir de aquí en triunfo. - -—De ningún modo lo deseo—repliqué—. Me han metido en la cárcel por -hacer su capricho, y yo me propongo permanecer en ella por hacer el -mío. - -—Si el tedio de la cárcel no puede más que usted—dijo Mr. Southern—, -creo que esa resolución es la más conveniente; el Gobierno se -ha comprometido de mala manera en este asunto, y, hablando con -franqueza, no lo sentimos, ni mucho menos. Esos señores nos han -tratado más de una vez con excesiva desconsideración, y ahora se -nos presenta, si continúa usted firme, una excelente oportunidad -de humillar su insolencia. Voy al instante a decir a sir Jorge la -resolución de usted, y mañana temprano tendrá usted noticias nuestras. - -Con esto se despidió de mí; me acosté, y no tardé en dormirme en la -cárcel de Madrid. - - - - -CAPÍTULO XL - - Ofalia. — El juez. — Cárcel de la Corte. — El domingo en la - cárcel. — Vestimenta de los ladrones. — Padre e hijo. — Un - comportamiento característico. — El francés. — La ración - carcelaria. — El valle de las sombras. — Castellano puro. — - Balseiro. — La cueva. — La gloria del ladrón. - - -Ofalia comprendió en seguida que la prisión de un súbdito británico, -hecha en forma tan ilegal, traería probablemente consecuencias -graves. Si él en persona animó al _corregidor_ en su conducta -respecto de mí, es cosa imposible de decidir; probablemente, no lo -hizo; pero el corregidor era un funcionario de su elección, y de sus -actos eran hasta cierto punto responsables Ofalia y todo el Gobierno. -Sir Jorge había presentado ya una protesta muy enérgica, y había -llegado a decir en una nota oficial que desistiría de toda ulterior -comunicación con el Gobierno español mientras no se me dieran las -reparaciones amplias y completas a que tenía derecho por el atropello -sufrido. Ofalia respondió que iban a adoptarse inmediatamente las -disposiciones necesarias para mi excarcelación, y que mía sería la -culpa si después continuaba preso. Sin dilación ordenó a un _juez de -la primera instancia_ que fuese a tomarme declaración y me soltara, -amonestándome para que fuese más prudente en lo sucesivo. Pero mis -amigos de la Embajada me habían aconsejado lo que debía hacer en -aquel caso. Por consiguiente, cuando el _juez_, en la segunda noche -de mi encarcelamiento, se presentó en la prisión y me llamó a su -presencia, acudí, en efecto; pero al querer interrogarme, me negué en -redondo a contestar. - -—No tiene usted derecho para interrogarme—le dije—. No quiero faltar -al respeto debido al Gobierno y a usted, _caballero juez_ pero me -han encarcelado ilegalmente. Un jurista tan competente como usted -no puede ignorar que, conforme a las leyes españolas, yo, por ser -extranjero, no puedo ser llevado a la cárcel bajo la inculpación que -se me ha hecho, sin comparecer previamente ante el capitán general de -esta real ciudad, cuyo deber es proteger a los extranjeros y ver si -no se han infringido en sus personas las leyes de la hospitalidad. - -JUEZ.—Vaya, vaya, _Don Jorge_, ya veo adónde quiere ir a parar; -pero sea usted razonable: no le hablo como _juez_, sino como un -amigo que desea su bien y que siente profunda reverencia por la -nación británica. Todo este asunto es baladí; no niego que el jefe -político ha procedido con alguna ligereza por informes de una persona -quizás no muy digna de crédito; pero no se le han causado a usted -graves daños, y a una persona de mundo como usted una aventurilla de -este género más le sirve de diversión que de otra cosa. Sea usted -razonable, olvide lo ocurrido; ya sabe que lo propio de un cristiano, -y además su deber, es perdonar. Le aconsejo, _Don Jorge_, que salga -de la cárcel al momento; me atrevo a decir que ya está usted cansado -de ella. En este momento es usted libre de marcharse; váyase al punto -a su casa, y yo le prometo a usted que a nadie se le permitirá ir a -molestarle en lo sucesivo. Ya va siendo tarde, y las puertas de la -cárcel se cerrarán dentro de poco. _¡Vamos, Don Jorge, a la casa, a -la posada!_ - -YO.—Pero Pablo les dijo: «Nos han azotado públicamente sin oírnos en -juicio, siendo romanos, y nos han arrojado en la cárcel. ¿Y ahora -salen con soltarnos en secreto? No ha de ser así; sino que han de -venir y soltarnos ellos mismos»[11]. - - [11] Hechos de los Apóstoles, XVI, 37. - -Luego le hice una reverencia al juez, que se encogió de hombros y -tomó un polvo de tabaco. Al salir del aposento me volví al _alcaide_, -que estaba de pie en la puerta, y le dije: - -—Sepa usted que no saldré de esta cárcel hasta que haya recibido -plena satisfacción del atropello que sufro. Usted puede expulsarme, -si quiere; pero cualquier intento que usted haga lo resistiré con -todas mis fuerzas. - -—Usía tiene razón—dijo en voz baja el alcaide, inclinándose. - -Sir Jorge, al enterarse de esto, me escribió una carta alabando mi -resolución de permanecer por el pronto en la cárcel, y rogándome que -le dijese qué cosas podrían enviarme de la Embajada para aliviar un -poco mi situación. - -Voy a dejar por un momento mis asuntos personales, y contaré algunas -cosas relativas a la cárcel de Madrid y a sus huéspedes. - -La _Cárcel de la Corte_, donde yo estaba, aunque es la principal -prisión de Madrid, no dice nada, ciertamente, en favor de la capital -de España. No he tenido ocasión de averiguar si fué construída -precisamente para el destino que hoy tiene[12]; lo probable es -que no, porque la práctica de levantar edificios adecuados para -encarcelar a los delincuentes no se ha extendido hasta estos últimos -años. En todos los países ha sido costumbre convertir en prisiones -los castillos, conventos y palacios abandonados, práctica todavía -en vigor en la mayor parte del continente, sobre todo en España e -Italia, y a la cual se debe en buena parte la inseguridad de las -prisiones, y la miseria, suciedad e insalubridad que generalmente -reinan en ellas. - - [12] El edificio llamado _Cárcel de Corte_, en la Plaza de - Provincia, construído para prisión en 1644, comprendía lo que - es hoy el ministerio de Estado, más un anejo a su espalda, que - llegaba hasta la calle de la Concepción Jerónima. - -No me propongo describir detenidamente la cárcel de Madrid: verdad -que sería casi imposible describir un edificio tan irregular y -destartalado. Lo más característico son los dos patios, el uno detrás -del otro, destinados al recreo y aireación de la masa principal de -presos. Tres _calabozos_ abovedados ocupan tres lados del patio, -debajo justamente de las galerías de que antes hablé. Esos calabozos -tienen capacidad para ciento o ciento cincuenta presos cada uno, y -en ellos quedan encerrados por la noche con cerrojos y barras; pero -durante el día pueden vagar por los patios a su antojo. El segundo -patio era mucho más grande que el primero; pero sólo contenía dos -calabozos, horriblemente inmundos y repugnantes; en este segundo -patio se encierra a los ladrones de ínfima categoría. Uno de los -calabozos es, si cabe, más horrible que el otro; le llaman la -_gallinería_, y en él encerraban todas las noches la carne joven -del presidio: chicuelos infelices de siete a quince años de edad, -casi todos en la mayor desnudez. El lecho común de los huéspedes -de estos calabozos era el suelo, sin que entre él y sus cuerpos se -interpusiese nada, salvo a veces una _manta_ o un delgado jergón; -pero este último lujo era rarísimo. - -Además de los _calabozos_ que daban a los patios, había otros en -diversos sitios de la cárcel; algunos completamente en tinieblas, -destinados a recibir a quienes parecía conveniente tratar con -especial rigor. Había también un departamento para mujeres. A la -galería principal daban varios aposentos pequeños, donde residían -los presos por deudas o por delitos políticos. Por último, había una -pequeña capilla, donde los reos de muerte pasan los tres últimos días -de su existencia, en compañía de sus directores espirituales. - -No se me olvidará fácilmente el primer domingo que pasé en la cárcel. -El domingo es día de gala en la cárcel, al menos en la de Madrid, y -en ese día santo toda la ladronería de la cárcel exhibe sus galas y -primores. No hay en el mundo gente más vanidosa que los ladrones, -en general, ni más amiga de figurar y de llamar la atención de los -camaradas por su apariencia fastuosa. En tiempos pasados, el célebre -Sheppard se recreaba vistiendo un traje de terciopelo de Génova, y -cuando se presentaba en público, llevaba generalmente al costado una -espada con guarnición de plata. Vaux y Hayward, héroes más modernos, -eran los hombres mejor vestidos en el _pavé_ de Londres. Muchos -bandidos italianos se engalanan con esplendidez, y hasta los ladrones -gitanos sienten los encantos del vestir ricamente; sólo el gorro de -Haram Pasha, jefe de la partida de gitanos caníbales que infestó a -Hungría a fines del siglo pasado, llevaba adornos de oro y joyas -evaluados en cuatro mil guilders. ¡Vean los frívolos y vanidosos cuán -bien se armonizan el crimen y la vanidad! Los ladrones españoles son -tan amigos de este género de ostentación como sus hermanos de otras -tierras, y tanto en la cárcel como fuera de ella, su mayor contento -es lucir su profusión de ropa blanca, ya recostados al sol, ya -paseándose gentilmente de aquí para allá. - -Ropa blanca como la nieve: tal es el rasgo principal de la vanidad -de los ladrones de España. No llevan chaqueta encima de la camisa, -cuyas mangas son anchas y flotantes; sólo usan un chaleco de seda -verde o azul, con muchos botones de plata, que son más de adorno que -de uso, pues rara vez los abrochan. Llevan, además, calzones anchos, -un poco a la manera turca; rodeada a la cintura una _faja_ carmesí, -y anudado en torno de la cabeza un pañuelo de vivos colores, de -los telares de Barcelona; zapatos finos y medias de seda completan -el arreo del ladrón. Este vestido es bastante pintoresco, y muy -apropiado al tiempo soleado y brillante de la Península; pero hay -en él una chispa de afeminamiento, que cuadra mal con el arriesgado -oficio de ladrón. No se crea, sin embargo, que cualquier ladrón puede -permitirse semejante lujo: hay varias categorías de ladrones, algunos -bastante pobres, que apenas tienen un harapo para cubrirse. Quizás -en la cárcel de Madrid, tan poblada, no hubiera más de veinte que -aparecieran vestidos en la forma que he tratado de describir; eran -_gente de reputación_, ladrones encumbrados, casi todos jóvenes, que -si bien no tenían dinero propio, los sostenían en la posición sus -_majas_ y _amigas_, mujeres de cierta clase que traban amistad con -los ladrones y cuya mayor gloria y deleite consiste en satisfacer -la vanidad de sus amigos con los gajes de su propia vergüenza y -envilecimiento. Estas mujeres proveen a sus _cortejos_ de ropa nívea, -lavada quizás por sus propias manos en las aguas del Manzanares, para -la parada del domingo, momento en que ellas, vestidas _a la maja_, -aparecen en las galerías altas y miran con ojos de admiración a los -ladrones pavoneándose en el patio. - -Entre esta gente de la ropa nívea, dos tipos llamaron especialmente -mi atención: eran padre e hijo. El primero, de unos treinta años, -de atlética estatura, era ladrón nocturno, famoso por su habilidad -en el oficio. Hallábase preso por una muerte atroz, perpetrada, a -favor de una noche silenciosa, en una casa de Carabanchel, donde -tuvo por único cómplice a su hijo, un niño de menos de siete años de -edad. «La manzana—como dice Dauer—no ha caído lejos del árbol.» El -retoño era en un todo un traslado de su padre, aunque en miniatura. -Llevaba también las mangas de seda, el chaleco con botones de plata y -el pañuelo rodeado a la cabeza, como los ladrones, y, cosa bastante -ridícula, un enorme cuchillo manchego en la _faja_ carmesí. Con -toda evidencia, era el orgullo del rufián de su padre, que atendía -con todos los cuidados imaginables a aquella cría de la horca; le -columpiaba en sus rodillas, y a veces se quitaba el cigarro de -sus labios bigotudos para ponérselo en la boca al pequeñuelo. El -chico era el favorito del patio, porque su padre era uno de los -_valientes_ de la cárcel, y los que temían sus proezas y deseaban -serle agradables estaban siempre mimando a su hijo. ¡Qué enigma es -este mundo! ¡Qué obscuras y misteriosas las fuentes de lo que llaman -crimen y virtud! Si aquel desventurado niño es, con el tiempo, un -asesino como su padre, ¿podría culpársele por ello? Arrullado por -ladrones, ya vestido de ladrón, hijo de un ladrón cuya historia fué -quizás igual a ésta, ¿es justo...? - -¡Oh hombre! ¡Hombre! No intentes penetrar en el misterio del bien y -del mal morales; reconoce que eres un gusano, arrójate al suelo y -murmura con los labios pegados al polvo: ¡Jesús! ¡Jesús! - -Lo que más me sorprendió fué el buen comportamiento de los presos; -lo llamo bueno después de considerar bien todas las cosas y de -compararlo con el de la generalidad de los presos en otros países. -Tienen en ocasiones sus estallidos de alegría salvaje, sus riñas, -que habitualmente ventilan en el segundo patio cuchillo en mano; el -resultado suele ser con frecuencia una muerte, o algún desgarrón -espantoso en la cara o en el abdomen; pero, en general, su conducta -era infinitamente superior a lo que podía esperarse de los huéspedes -de tal lugar. Sin embargo, no era el resultado de la coacción, ni de -vigilancia alguna especial que se ejerciese sobre ellos, pues quizás -en ninguna parte del mundo están los presos tan abandonados a sí -mismos y en tan extremado descuido como en España: las autoridades -no se preocupan más que de impedir su fuga; no prestan la más mínima -atención a su conducta moral, ni consagran un solo pensamiento -a su salud, comodidad o mejoramiento mental mientras los tienen -encerrados. Con todo, en esta cárcel de Madrid, y puede decirse que -en las prisiones españolas en general, pues he sido huésped de más -de una, los oídos del visitante no se sienten nunca lastimados con -las horrendas blasfemias y obscenidades que se oyen en las cárceles -de otros países, especialmente en las de la civilizada Francia; -ni ofendidos sus ojos e insultado personalmente, como lo sería de -seguro en Bicêtre al querer mirar al patio desde las galerías, y -eso que en la cárcel de Madrid se hallaban tipos de lo más perdido -de España, rufianes que tenían a su cargo atrocidades y crueldades -espeluznantes. Pero la gravedad y la calma son los caracteres -que predominan en los españoles; y hasta el ladrón, salvo en los -instantes en que está entregado a sus faenas (y entonces no le hay -más sanguinario, más despiadado ni más rapaz y ansioso de botín), -puede ser hombre cortés y afable, que gusta de conducirse con -templanza y decoro. - -Felizmente para mí, quizás, mi conocimiento con los rufianes de -España comenzó y acabó en las ciudades por donde anduve y en las -prisiones en que fuí arrojado por la causa del Evangelio, y, a pesar -de mis frecuentes viajes, nunca me los encontré en los caminos ni en -_despoblado_. - -El preso de peor genio en toda la cárcel, y también probablemente -el más notable, era un francés como de sesenta años, de estatura -regular, pero delgado, como casi todos sus compatriotas. La hechura -del cráneo delataba, para un frenólogo, la vileza del sujeto; sus -facciones tenían muy dañada expresión. No llevaba sombrero, y sus -vestidos, aunque parecían casi nuevos, eran de lo más ordinario. -Por lo general manteníase apartado de los demás, y se pasaba horas -enteras de pie recostado en las paredes, con los brazos caídos, -mirando con ojos de mal humor a cuantos pasaban por delante. No -figuraba entre los _valientes_ de profesión de la cárcel: su edad -no le permitía ya asumir tan eminente calidad; pero todos los demás -presos parecían tratarle con cierto temor: quizás temían su lengua, -pues, en ocasiones, empleábala en verter maldiciones horrendas sobre -los que incurrían en su desagrado. Hablaba a la perfección en buen -español y, con gran sorpresa mía, en excelente vascuence, y en esta -lengua conversaba con Francisco, quien, asomándose a la ventana de -mi cuarto, bromeaba con los presos del patio, que le tenían en gran -aprecio. - -Un día, estando en el _patio_, donde por permiso del _alcaide_ podía -entrar cuando quería, me acerqué al francés, que estaba, como de -costumbre, recostado en la pared, y le ofrecí un cigarro. Yo no -fumo, pero no debe uno mezclarse con las clases bajas de España sin -llevar un cigarro que ofrecer llegado el caso. El hombre me miró con -ferocidad un instante, y, al parecer, iba a rechazar mi obsequio con -una horrible maldición quizás. Repetí el ofrecimiento, sin embargo, -llevándome la mano al corazón, y en el acto sus torvas facciones -se dilataron, y con un gesto genuinamente francés, y una profunda -cortesía, aceptó el cigarro, exclamando: - -—_Ah, monsieur, pardon, mais c’est faire trop d’honneur à un pauvre -diable comme moi._ - -—Nada de eso—repliqué—. Los dos estamos presos en tierra extranjera -y, por tanto, debemos protegernos mutuamente. Supongo que siempre que -necesite su ayuda de usted en la cárcel podré contar con ella. - -—_Ah, monsieur_—exclamó el francés transportado—, _vous avez bien -raison; il faut que les étrangers se donnent la main dans ce... pays -de barbares_. _Tenez_—añadió en voz baja—si tiene usted algún plan -para escaparse, y necesita de mí, cuente con un brazo y un cuchillo -a su servicio; puede usted fiarse de mí: no espere tanto de ninguna -de esas _sacrées gens d’ici_—. Al decir esto echó una rabiosa mirada -sobre sus compañeros de cárcel. - -—No me parece usted muy amigo de España ni de los españoles—dije yo—. -Deduzco que han cometido con usted alguna injusticia. ¿Por qué está -usted en la cárcel? - -—_Pour rien du tout, c’est à dire pour une bagatelle_; pero ¿qué -puede esperarse de estos animales? ¿No le han encarcelado a usted, -según he oído, por brujería y gitanismo? - -—¿Quizás le han traído aquí por sus opiniones? - -—_Ah mon Dieu, non; je ne suis pas homme à semblable betise._ Yo no -tengo opiniones. _Je faisois... mais ce n’importe; je me trouve ici, -où je crève de faim._ - -—Siento ver a un buen hombre en situación tan calamitosa—dije yo—. -¿No tiene usted para vivir algo más que la ración de la cárcel? ¿No -tiene usted amigos? - -—¿Amigos en este país? Se burla usted de mí. ¡Aquí no encuentra uno -amigos, a menos que los compre! ¡Reviento de hambre! Desde que entré -aquí he ido vendiendo mi ropa, hasta quedarme desnudo, para comer, -porque la ración de la cárcel no basta para el sustento, y aún nos -roba la mitad el _Batu_, como llaman al bárbaro del gobernador. Les -_haillons_ que ahora me cubren me los han dado unas señoras devotas -que algunas veces nos visitan. Los vendería si valiesen algo. No -tengo un _sou_, y por falta de unos cuantos duros me ahorcarán dentro -de un mes si no logro escaparme, aunque, como ya le dije antes, no -he hecho nada: una simple bagatela; pero en España no hay peores -crímenes que la pobreza y la miseria. - -—Le he oído a usted hablar en vascuence. ¿Es usted de la Vizcaya -francesa? - -—Soy de Bordeaux, _monsieur_; pero he vivido mucho tiempo en las -Landas y en Vizcaya, _travaillant à mon metier_. Leo en sus ojos -que desea usted conocer mi historia; no se la cuento; no contiene -nada de particular. Vea usted, ya me he fumado el cigarro; deme -usted otro, y un duro de añadidura, si me hace el favor, _nous -sommes crevés ici de faim_. A un español no le diría tanto; pero -sus compatriotas de usted me inspiran respeto; los conozco bien; he -tropezado con ellos en Maida y en el otro sitio[13]. - - [13] Quizás Waterlóo. (Nota de Borrow.) - -¡Nada de particular en su historia! Mucho me engaño, o un solo -capítulo de su vida, de haberse escrito, hubiera contenido más -peripecias maravillosas que cincuenta volúmenes de aventuras por -tierra y mar de las que más arriesgadas parezcan. Había sido soldado. -¡Qué de cosas no podría contar aquel hombre de marchas y retiradas, -de batallas perdidas y ganadas, de ciudades saqueadas, conventos -allanados! Quizás había visto las llamas de Moscou subir hasta las -nubes, y «había medido sus fuerzas con las de la Naturaleza en el -desierto invernal», asaltado por las borrascas de nieve y mordido -por el tremendo frío de Rusia. ¿Y qué podía significar con lo de -ejercer su oficio en Vizcaya y en las Landas, sino que había sido -ladrón en esas regiones agrestes, la segunda de las cuales es, por -los robos y crímenes que en ella se cometen, la peor reputada de todo -el territorio francés? ¿Nada de particular en su historia? Entonces, -¿qué historia tendrá algo que valga la pena de ser contado? - -Di al preso el cigarro y el duro. Se los guardó, y dejando caer -nuevamente los brazos, y recostándose en la pared, pareció hundirse -poco a poco en uno de sus ensimismamientos. Le miré a la cara y le -hablé; pero no pareció oírme ni verme. Su espíritu erraba quizás en -el pavoroso valle de la sombra, hasta el que se abren camino a veces, -durante su vida, los hijos de la tierra; pavoroso lugar donde no hay -agua, ni mora la esperanza, ni vive más que el gusano imperecedero -del remordimiento. Ese valle es un facsímil del infierno, y quien -penetra en él sufre aquí en la tierra temporalmente lo que las almas -de los condenados han de sufrir a través de las edades sin fin. - -El francés fué ahorcado un mes más tarde. La bagatela por que estaba -preso eran varios robos y asesinatos cometidos mediante una singular -estratagema. De concierto con otros dos, alquiló una vasta casa en -un barrio poco frecuentado, y a ella mandaba que le enviasen géneros -de valor que compraba en los comercios para pagarlos en el momento -de la entrega, y los que iban a entregar pagaban su credulidad -con la pérdida del género y de la vida. Dos o tres cayeron en el -lazo. Tuve vivos deseos de hablar privadamente con aquel hombre tan -arrojado, y, por tanto, rogué al _alcaide_ que le permitiera comer -conmigo en mi cuarto; a esto, el gobernador, a quien me tomaré la -libertad de llamar monsieur Bassompierre, por habérseme olvidado su -verdadero nombre, se quitó el sombrero, y con sus habituales sonrisa -y reverencias me replicó en el más puro castellano: - -—Caballero inglés, y creo que puedo añadir, amigo mío: perdóneme -usted, pero me es del todo imposible acceder a su petición, fundada, -no lo dudo, en los más admirables sentimientos de filosofía. A otro -cualquiera de estos caballeros que están bajo mi custodia se le -permitirá, cuando usted lo desee, acompañarle en su cuarto. Incluso -llegaré a mandar que le quiten los grillos al que haya de ir con -usted, si tuviese grillos puestos, a fin de que pueda participar en -la comida de usted con la comodidad y holgura convenientes; pero con -el caballero de que se trata no puedo consentirlo: es el peor de toda -esta familia, y seguramente en la habitación de usted o en la galería -armaría una _función_ para intentar fugarse. Caballero, _me pesa_; -pero no puedo acceder a lo que pide. Si se tratase de otro caballero -cualquiera, lo haría con mucho gusto; el mismo Balseiro, a pesar de -lo que de él se cuenta, sabe conducirse como es debido; en su modo de -proceder hay siempre algo de formalidad y cortesía; si usted quiere, -caballero, irá a disfrutar de su hospitalidad. - -Ya he hablado de Balseiro en la primera parte de esta narración. -Hallábase ahora encerrado en el piso más alto de la cárcel, en un -calabozo muy seguro, con otros malhechores. Había sido condenado, en -unión de un Pepe Candelas, ladrón de no corta fama, por un audacísimo -robo cometido, en pleno día, nada menos que en la persona de la -modista de la reina, una francesa, a quien ataron en una tienda, -robándole dinero y géneros por valor de cinco a seis mil duros. -Candelas había ya expiado su crimen en el patíbulo; pero Balseiro, -que era, en opinión común, el peor de los dos bandidos, había logrado -salvar la vida a fuerza de dinero, un aliado con que su compañero -no contaba; le conmutaron la pena de muerte, a que fué sentenciado, -por la de veinte años de cadena en el _presidio_ de Málaga. Visité -al héroe y conversé con él un rato a través de la reja del calabozo. -Me reconoció y me hizo recordar la victoria que obtuve sobre él en -la disputa acerca de nuestros respectivos conocimientos en _gitano_ -cerrado, en el que Sevilla, el torero, no tenía par. - -Al decirle que sentía verle en tal situación, me replicó que el -asunto no tenía importancia, porque dentro de seis semanas le -llevarían al _presidio_, y una vez allí, con ayuda de unas onzas bien -distribuídas entre sus guardianes, se escaparía cuando quisiera. - -—Pero ¿adónde vas a ir?—le pregunté. - -—¿No puedo irme a tierra de moros—replicó Balseiro—, o con los -ingleses al campo de Gibraltar, o, si lo prefiero, no puedo volver -a este _foro_ y vivir como hasta aquí, _choring_ a los _gachós_? -¿Qué me cuesta esconderme? Madrid es grande, y Balseiro tiene muchos -amigos, especialmente entre los _lumias_—añadió con una sonrisa. - -Le hablé de su malhadado cómplice Candelas, y su rostro tomó una -expresión horrible. - -—Supongo que estará en los infiernos—exclamó el ladrón. - -La amistad del inicuo nunca es de larga duración. Los dos héroes -regañaron, a lo que parece, en la cárcel, acusándole Candelas al otro -de haber procedido con mala fe y haberse apropiado indebidamente, -para su disfrute personal, el _corpus delicti_ en varios robos -cometidos en compañía. - -No puedo resistir al deseo de contar las aventuras ulteriores de -Balseiro. - -Poco después de mi salida de la cárcel, Balseiro, con poca paciencia -para esperar a que el _presidio_ le ofreciese la ocasión de recobrar -la libertad, agujereó el techo de la cárcel, y en compañía de -otros penados se fugó. Volvió al instante a sus primeros hábitos, -cometiendo muchos robos atrevidos dentro de Madrid y en los -alrededores. Voy a referir el último, al que puedo llamar su crimen -maestro, singular ejemplo de maldad. Los robos callejeros y el escalo -no le satisfacían, y resolvió dar un gran golpe con el que esperaba -ganar dinero suficiente para irse a vivir con lujo y esplendor a -cualquier país extranjero. - -Había cierto intendente de la Casa Real, llamado Gabiria, vasco de -nacimiento y dueño de inmensas riquezas, que tenía dos hijos, dos -guapos chicos de doce a catorce años de edad, a quienes yo había -visto a menudo y hasta hablado con ellos en mis correrías por la -orilla del Manzanares, su paseo favorito. Los dos muchachos estaban -educándose, en aquel tiempo, en cierto colegio de Madrid. Balseiro, -conocedor del cariño que su padre les tenía, determinó servirse de él -en provecho de su rapacidad. Trazó un plan, que consistía ni más ni -menos que en secuestrar a los chicos y no devolverlos sino mediante -un rescate enorme. El plan fué ejecutado en parte: dos cómplices -de Balseiro, bien vestidos, llamaron a la puerta del colegio -donde estaban los chicos, y valiéndose de una carta falsificada, -que dieron como escrita por el padre, arrancaron al director del -colegio el permiso para llevarse a los chicos a pasar un día de -campo. A unas cinco leguas de Madrid, Balseiro tenía una cueva, en -un lugar solitario y agreste, entre El Escorial y un pueblo llamado -Torrelodones; allí llevaron a los muchachos, donde quedaron bajo la -custodia de los dos cómplices; Balseiro permaneció en Madrid con -objeto de entrar en negociaciones con el padre. Pero éste, hombre de -notable resolución, en lugar de acceder a las peticiones del bandido -formuladas por carta, adoptó sin perder tiempo medidas muy enérgicas -para recobrar sus hijos. - -Envióse gente a pie y a caballo a recorrer la comarca, y antes de una -semana descubrieron a los muchachos cerca de la cueva, abandonados -por sus guardianes, que cogieron miedo al enterarse de la resolución -con que los buscaban; no tardaron en detenerlos, sin embargo, y los -muchachos reconocieron a sus secuestradores. - -Balseiro comprendió que Madrid se ponía inhabitable para él, y quiso -escaparse, no sé si a la tierra del moro o al Campo de Gibraltar; -pero reconocido en un pueblo cercano a Madrid, fué preso, y sin -tardanza llevado a la capital, donde a poco perdió la vida en el -patíbulo con sus dos cómplices; Gabiria y sus hijos presenciaron la -horrible escena a sus anchas, subidos en un carruaje. - -Tal fin tuvo Balseiro, de quien no hubiera hablado tanto a no ser por -lo del _gitano_ cerrado. ¡Pobre desventurado! Conquistó el género de -inmortalidad a que aspiran tantos ladrones españoles, mientras lucen -su nívea ropa blanca pavoneándose en el _patio_. El rapto de los -hijos de Gabiria le convirtió de golpe en ídolo de toda la cofradía. -Un ladrón famoso, con quien más adelante estuve yo encarcelado en -Sevilla, pronunció su elogio en esta forma: - -—Balseiro era un hombre muy cabal y muy buena persona. Hacía cabeza -de nuestro gremio, _Don Jorge_; ya no volveremos a verle. ¡Lástima -que no pudiera sacar el _parné_ y escaparse a tierra de moros, _Don -Jorge_! - - - - -CAPÍTULO XLI - - María Díaz. — Reproches del clero. — Visita de Antonio. — Antonio - en funciones. — Una escena. — Benedicto Mol. — Su peregrinación - por España. — Los cuatro Evangelios. - - -—Sepamos—dije a María Díaz tres mañanas después de mi -encarcelamiento—. ¿Qué dice en Madrid la gente a propósito de este -suceso? - -—No sé lo que la gente, en general, dirá; probablemente no le -importará esto gran cosa. La verdad, son ya cosa tan corriente las -prisiones, que el público parece que las mira con indiferencia; pero -los curas andan muy revueltos, y confiesan la imprudencia que han -cometido al hacer que su amigo el _corregidor_ le prenda a usted. - -—¿Cómo es eso? ¿Temen que castiguen a su amigo? - -—No tal, _señor_—replicó María—Eso les importaría poco, aunque el -corregidor se la haya buscado buena por servirlos; esa gente no tiene -afectos, y no se les daría un ardite que colgasen a todos sus amigos, -quedando ellos en salvo. Pero dicen que han procedido de ligero al -meterle a usted en la cárcel, porque al hacer eso le han dado a usted -ocasión de poner en práctica un plan antiguo. «Ese individuo es un -_bribón_—dicen—. Se ha hecho amigo de los presos, y le han enseñado -su lengua, que ya hablaba casi tan bien como si hubiera nacido en la -cárcel. En cuanto le pongan en libertad publicará un Evangelio para -que lo lean los ladrones, y será mucho más peligroso que el Evangelio -en gitano, porque los gitanos son pocos, pero los ladrones...! ¡Ay -de nosotros! ¡Todos vamos a ser luteranizados! ¡Qué infamia, qué -picardía! Todo esto ha sido una treta suya. Siempre ha tenido ganas -de ir a la cárcel _el bribonazo_; en mal hora le hemos metido en -ella. España no estará segura hasta que le ahorquen; hay que mandarle -al quinto infierno, y allí tendrá tiempo de traducir sus fatales -Evangelios al lenguaje de los demonios.» - -—No le he dicho al _alcaide_ arriba de tres palabras acerca de la -jerga de las cárceles. - -—¿Tres palabras? _Don Jorge_, ¿qué no se puede hacer con esas tres -palabras? De poco le ha servido a usted vivir entre nosotros si -cree que necesitamos más de tres palabras para armar un embrollo. -Esas tres palabras acerca del lenguaje de los ladrones bastan para -que por todo Madrid se diga que anda entremezclado con ellos, que -ha aprendido su lenguaje y ha escrito un libro que va a trastornar -a España, a abrir a los ingleses las puertas de Cádiz, entregar a -Mendizábal toda la plata y las joyas de las iglesias, y a Don Martín -Lutero, el palacio arzobispal de Toledo. - -Al caer la tarde de un día bastante melancólico, y hallándome sentado -en el aposento que el _alcaide_ me había destinado, oí un golpe en la -puerta. «¿Quién es?», pregunté. «_C’est moi, mon maître_», gritó una -voz muy conocida, y al instante entró Antonio Buchini, vestido como -la vez primera que le presenté al lector, es decir, con un excelente -sobretodo francés, ya un poco ajado, chaqueta y pantalones, y en una -mano, un sombrero pequeñito, y en la otra, un bastón largo y delgado. - -—_Bon jour, mon maître_—dijo el griego. Echando una mirada en torno, -continuó:—Me alegro de verle a usted bien instalado. Si no recuerdo -mal, _mon maître_, en sitios peores que éste hemos dormido durante -nuestros viajes por Galicia y Castilla. - -—Tiene usted mucha razón, Antonio—repliqué—. Aquí estoy muy -cómodamente. Le agradezco la bondad de haber venido a visitar a su -antiguo amo, sobre todo ahora, que está pasando trabajos. Supongo que -por venir aquí, no irá usted a enojar a su dueño actual; ya debe de -estar cerca la hora de comer. ¿Cómo ha abandonado usted la cocina? - -—¿A qué amo se refiere usted, _mon maître_?—preguntó Antonio. - -—¡De quién voy a hablar! Del Conde... por cuyo servicio me dejó -usted, tentado del ofrecimiento de cuatro duros al mes sobre los que -yo le daba. - -—Su merced me hace recordar un asunto que ya tenía olvidado por -completo. Al presente no tengo otro amo que usted, _monsieur -Georges_, porque siempre le considero a usted como tal, aunque no -goce de la felicidad de acompañarle. - -—¿Entonces se marchó usted de casa del Conde a los tres días de -entrar, según costumbre? - -—A las tres horas, _mon maître_—repuso Antonio—. Pero yo le diré a -usted en qué circunstancias. A poco de separarme de usted, fuí a -casa de _monsieur le Comte_; entré en la cocina y miré en torno. No -puedo decir que me descontentase lo que vi: la cocina era cómoda -y espaciosa, todo estaba limpio y en orden; los criados parecían -amables y corteses; sin embargo, no sé cómo fué, pero se apoderó -de mí la idea de que la casa no me convenía en modo alguno y que -no estaría en ella mucho tiempo; colgué de un clavo la mochila, y, -sentándome en la mesa de la cocina, empecé a cantar una canción -griega, como hago siempre que estoy disgustado. Rodeáronme los -criados, haciéndome preguntas; pero yo no les contesté, y continué -cantando hasta que se acercó la hora de preparar la comida; entonces -salté al suelo de pronto y los eché de la cocina a todos, diciéndoles -que nada tenían que hacer allí en tal ocasión. Al momento entré en -funciones. Hice un esfuerzo, _mon maître_, y me puse a preparar -una comida que me hubiese hecho honor; había convidados aquel día -y determiné, por tanto, demostrar a mi amo que la capacidad de su -cocinero griego era insuperable. _Eh bien, mon maître_, todo marchaba -bastante bien, y casi me encontraba ya a gusto en mi nuevo empleo, -cuando se precipitó en la cocina _le fils de la maison_, mi señorito, -un chiquillo de unos trece años, bastante feo. Llevaba en la mano una -rebanada de pan, y, después de un breve reconocimiento, la sepultó -en una cacerola donde se guisaban unas perdices. Ya sabe usted, _mon -maître_, que soy muy delicado en ciertas cuestiones, porque no soy -español, sino griego, y tengo principios de honor. Sin vacilar un -momento, cogí a mi señorito por los hombros, y empujándole hacia -la puerta, le despedí como merecía. Con gritos clamorosos subió -corriendo al piso alto. Yo continué en mi trabajo, pero no habían -pasado tres minutos cuando oí un pavoroso estrépito en lo alto de la -escalera, _on faisoit un horrible tintamarre_, y de vez en cuando -oía juramentos y maldiciones. Al instante la puerta se abrió con -violencia, y en impetuosa carrera echaron escaleras abajo el Conde, -mi señor, su mujer, mi señorito, seguidos de una regular bandada de -mujeres y de _filles de chambre_. A todos los llevaba gran delantera -el Conde, mi señor, con una espada desnuda en la mano y gritando: -«¿Dónde está el malvado que ha deshonrado a mi hijo? ¿Dónde está, -que lo mato ahora mismo?» Yo no sé cómo ocurrió, _mon maître_, pero, -cabalmente, en aquel momento volqué una gran fuente de _garbanzos_ -destinados a la _puchera_ del día siguiente. Estaban crudos, y tan -duros como piedras; los derramé por el suelo, y la mayor parte de -ellos fué a parar junto a la entrada. _Eh bien, mon maître_, un -instante después entró el Conde de un brinco, echando chispas por -los ojos, y con una espada en la mano, como ya he dicho. «_Tenez, -gueux enragé_», me gritó, tirándome una furiosa estocada; pero no -había acabado de decir esas palabras, cuando resbaló, y cayó hacia -adelante todo lo largo que era, y la espada se le escapó de la mano -_comme une flêche_. ¡Si hubiese usted oído el alboroto que se armó! -Hubo una confusión terrible: el Conde yacía en el suelo, al parecer, -aturdido por el golpe. Yo no hice caso, y continué trabajando con -afán. Al fin le levantaron, y con sus cuidados recobró el sentido; -estaba muy pálido y agitado. Pidió la espada; todas las miradas se -clavaron en mí, y adiviné que se preparaba un ataque general. De -súbito, retiré del fuego una gran _casserole_, donde se freían unos -huevos, y la mantuve a la distancia que permitía la longitud del -brazo, examinándola con afectada atención, mientras avanzaba el pie -derecho y echaba atrás el izquierdo cuanto podía. Todos se estuvieron -quietos, figurándose que iba a hacer una operación importante, y así -fué, en efecto, porque adelanté de pronto la pierna izquierda, y con -un rápido _coup de pied_, lancé la _casserole_ y su contenido por -encima de mi cabeza con tal fuerza, que fueron volando a estamparse -en una pared bastante detrás de mí. Esto lo hice para significar que -el trato quedaba roto y que sacudía el polvo de mis zapatos; arrojé -sobre el Conde la mirada peculiar de los cocineros scirotas cuando se -sienten insultados, y, dilatando mi boca por ambos lados hasta cerca -de las orejas, descolgué la mochila y me fuí, cantando al marcharme -la canción del antiguo Demos, quien, moribundo, pedía la comida y -agua para lavarse las manos: - - Ὁ ἥλιος ἐβασίλευε, κι᾽ ὁ Δῆμος διατάζει. - Σύρτε, παιδιά μου, ᾽σ τὸ νερὸν ψωμὶ νὰ φάτ᾽ ἀπόψε. - -De esta manera, _mon maître_, salí de casa del Conde. - -YO.—¡Excelente manera de portarse! Por confesión propia, veo que su -conducta no ha podido ser peor. Si no fuera por las muchas pruebas de -valor y fidelidad que me dió usted estando a mi servicio, desde este -momento no volveríamos a vernos más. - -ANTONIO.—_Mais qu’est ce que vous voudriez, mon maître?_ ¿No soy -griego, y hombre de honor y muy susceptible? ¿Quiere usted que los -cocineros de Scira y de Stambul se sometan en España a que los -insulten los hijos de los condes, precipitándose en el templo con -rebanadas de pan? _Non, non, mon maître_, usted es demasiado noble -y, sobre todo, demasiado justo para pedir eso. Pero hablemos de otra -cosa. _Mon maître_, no he venido solo: en el corredor espera una -persona que ansía verle a usted. - -YO.—¿Quién es? - -ANTONIO.—Uno a quien ya se ha encontrado usted, _mon maître_, en -sitios muy extraños y diversos. - -YO.—Pero ¿de quién se trata? - -ANTONIO.—De uno a quien le aguarda un fin desusado, «porque así está -escrito». El suizo más extraordinario que hay, el de Santiago: _der -Schatz Gräber_. - -YO.—¿Benedicto Mol? - -—_Yaw, mein lieber Herr_—dijo Benedicto, abriendo del todo la puerta, -que estaba entornada—. Soy yo. Me he encontrado en la calle a _Herr -Anton_, y al oír que estaba usted aquí, he venido a visitarle. - -YO.—Pero ¿qué rareza es ésta, y cómo es que le veo a usted otra vez -en Madrid? Yo creía que ya estaba usted en su país. - -BENEDICTO.—No tema, _lieber Herr_; allá he de volver a su debido -tiempo, pero no a pie, sino en coche de mulas. El _Schatz_ se está -todavía en su escondite, esperando que lo desentierren; ahora tengo -mejores esperanzas que nunca; muchos amigos, mucho dinero. ¿Ha -reparado usted cómo voy vestido, _lieber Herr_? - -En efecto, llevaba ropas mucho mejores que nunca. La chaqueta y -los pantalones, de crudillo, eran casi nuevos. Tocábase aún con un -sombrero andaluz, de forma cónica, pero no viejo ni raído, sino -nuevo y lustroso, y de inmensa altura. En lugar del tosco palo que -llevaba en Santiago y en Oviedo, traía ahora una recia caña de bambú, -rematada por una disforme cabeza de oso o de león, prolijamente -tallada en peltre. - -—Parece usted un buscador de tesoros al volver de una expedición -fructífera—exclamé. - -—Más bien parece—interrumpió Antonio—uno que ha dejado de trabajar -por cuenta propia y busca tesoros a costa ajena. - -Pregunté detalladamente al suizo por sus aventuras desde que le vi -por última vez en Oviedo, donde le dejé para continuar mi viaje -a Santander. De sus respuestas colegí que me había seguido hasta -este último punto, pero invirtiendo mucho tiempo en el camino, -debilitado por el hambre y las privaciones. En Santander me perdió -el rastro. Ya se le había agotado el pequeño socorro que yo le dí. -Pensó entonces irse a Francia, pero no se atrevió a aventurarse -en las provincias Vascongadas, donde ardía la guerra, para no -caer en manos de los carlistas, que hubieran podido fusilarle por -espía. Como nadie le socorría en Santander, se fué pidiendo limosna -por los caminos, hasta que se encontró en Aragón, no podía decir -exactamente dónde. «Mis calamidades eran tantas—dijo Benedicto—que -estuve a punto de perder el juicio. ¡Oh, qué horror, vagar por los -agrestes montes y las vastas planicies de España, sin dinero y sin -esperanza! Algunas veces, encontrándome entre peñas y _barrancos_, -quizás sin haber probado alimento desde la salida hasta la puesta -del sol, me enfurecía. Entonces levantaba el palo hacia el cielo, -y, blandiéndolo, gritaba: _Lieber Herr Gott, ach lieber Herr Gott_, -ahora más que nunca necesito tu ayuda; si tardas en socorrerme estoy -perdido; ¡ayúdame ahora, ahora! Y una vez, cuando deliraba de ese -modo, me pareció oír una voz—más, estoy seguro de haberla oído—que -sonaba en la cavidad de una peña, muy clara y muy fuerte, gritando: -«_Der Schatz, der Schatz_, no hay que desenterrarlo todavía; a -Madrid, a Madrid. El camino del _Schatz_ pasa por Madrid.» De -nuevo la idea del _Schatz_ se apoderó de mi ánimo; reflexioné en lo -feliz que sería si pudiese desenterrarlo. ¡No más mendigar, no más -errar por hórridas montañas y desiertos! Blandí el palo, y noté, -con sorpresa, que mi cuerpo y mis miembros se reanimaban con nuevas -energías; anduve a buen paso, y no tardé en salir al camino real; -mendigué, y proseguí como mejor pude hasta llegar a Madrid. - -—¿Y qué le ha sucedido después de llegar a Madrid?—pregunté—. ¿Ha -encontrado usted el tesoro en las calles? - -De pronto, Benedicto se volvió reservado y taciturno, cosa que me -sorprendió en extremo, porque hasta entonces se había mostrado -siempre muy comunicativo en lo tocante a sus cuentas y proyectos. Por -lo que pude sacar de sus medias palabras e insinuaciones, parecía que -al llegar a Madrid cayó en manos de ciertas personas que le trataron -con bondad, proveyéndole de dinero y ropa; no por puro desinterés, -sino con los ojos puestos en el tesoro. «Esperan mucho de mí—dijo -el suizo—. Después de todo, acaso hubiera sido más ventajoso sacar -el tesoro sin su ayuda, con tal que hubiese sido posible.» No sabía -o no quiso decirme quiénes eran sus nuevos amigos, salvo que tenían -muchísima influencia. Dijo algo acerca de la Reina Cristina, y de -un juramento que había prestado ante un obispo, sobre un crucifijo -y los cuatro _Evangelien_. Pensé que había perdido la cabeza, y -dejé de preguntarle. En el momento de marcharse, me dijo: «_Lieber -Herr_, dispénseme usted si no le he hablado con entera franqueza, -debiéndole tanto como le debo, pero no me atrevo; ahora no me -pertenezco. Además, siempre es de mal agüero hablar una palabra -acerca de un tesoro antes de tenerlo en nuestro poder. Una vez, en mi -país hubo un hombre que cavó en el suelo hasta descubrir un caldero -de cobre que contenía un _Schatz_. Al cogerlo por el asa, no hizo -más que exclamar, en su entusiasmo: “¡Ya lo tengo!”, y eso bastó: -desprendióse la caldera y se hundió, quedándose el hombre con el asa -en la mano: eso fué cuanto ganó con tantos trabajos. Adiós, _lieber -Herr_; dentro de poco me mandarán a Santiago para desenterrar el -_Schatz_, pero vendré a verle a usted antes de marcharme. ¡Adiós!» - - - - -CAPÍTULO XLII - - Salida de la cárcel. — Las excusas. — El corazón humano. — La - vuelta del griego. — La Iglesia romana. — La luz de la Escritura. - — El arzobispo de Toledo. — Una entrevista. — Piedras preciosas. - — Una resolución. — El lenguaje extranjero. — Despedida de - Benedicto. — La caza del tesoro en Compostela. — Realidad y - ficción. - - -Unas tres semanas estuve en la cárcel de Madrid, y, al cabo de ese -tiempo la dejé. Si yo hubiese sido orgulloso, o abrigado algún -rencor contra el partido que me encarceló, el modo como me devolvían -la libertad hubiera halagado grandemente esas malas pasiones. El -Gobierno, en un documento transmitido a sir Jorge, reconoció que me -habían detenido sin razón bastante, y que ninguna tacha quedaba sobre -mí de resultas de la prisión; se encargaba al propio tiempo de pagar -todos los gastos que la tramitación del asunto me originó. - -Además, se mostró dispuesto a dejar cesante al individuo por cuyos -informes me detuvieron, es decir, el _corchete_ que me visitó en mi -hospedaje de la calle de Santiago y se comportó del modo descrito -en uno de los anteriores capítulos. Rehusé, empero, aprovecharme de -la condescendencia del Gobierno, más que nada porque me dijeron que -el individuo de marras tenía mujer e hijos, y si le dejaban cesante, -se quedarían en la miseria. Consideré, además, que en cuanto hizo y -dijo se limitó probablemente a obedecer órdenes secretas; le perdoné, -pues, sin reservas, y si en el momento presente no conserva su plaza, -la culpa, ciertamente, no es mía. - -También rehusé aceptar indemnización por mis gastos, que fueron de -importancia. Es probable que muchas personas en mi caso hubiesen -procedido de muy diferente modo en este punto, y me guardo de -afirmar que en ello anduviese yo del todo discreto o acertado. -Pero me repugnaba recibir dinero de una gente como la que componía -el Gobierno de España, gente a quien, lo confieso, despreciaba yo -cordialmente, y no quería darle motivo para decir que el inglés a -quien habían apresado injustamente y sin proceso, accedía a recibir -dinero de sus manos. En una palabra, confieso mi debilidad: deseaba -yo que continuasen siendo deudores míos, y estaba seguro de que no -opondrían la más leve objeción a continuar siéndolo; se guardaron -su dinero y probablemente se rieron para su capote de mi falta de -sentido común. - -La mayor pérdida que me ocasionó el encarcelamiento, y por la que -no podía ofrecerse ni recibirse indemnización, fué la muerte de -mi afectuoso y fiel Francisco, el vascongado, que por acompañarme -durante todo el tiempo que duró mi prisión, cogió el tifus o fiebre -carcelaria, que entonces hacía estragos en la cárcel de la Corte, y -murió a los pocos días de mi liberación. Murió ya entrada la noche. -A la mañana siguiente estaba yo en la cama reflexionando sobre esta -pérdida, y me preguntaba de qué nación sería mi servidor futuro, -cuando oí un ruido al parecer causado por una persona ocupada en -limpiar vigorosamente zapatos o botas, y a intervalos una voz -extraña y discordante que cantaba trozos de una canción en una -lengua desconocida; no sabiendo lo que aquello podría ser, toqué la -campanilla. - -—¿Ha llamado usted, _mon maître_?—dijo Antonio asomándose a la puerta -con uno de los brazos profundamente sepultado en una bota. - -—Sí, por cierto—contesté—; pero no me podía imaginar que fuese usted -quien respondiera a la llamada. - -—_Mais pourquoi non, mon maître?_—exclamó Antonio—. ¿Quién va a -servirle a usted ahora sino yo? _N’est pas que le sieur François est -mort?_ En cuanto lo supe, me dije: voy a volver a mi puesto _chez mon -maître_, monsieur Georges. - -—Supongo que estará usted sin colocación, y por eso ha venido. - -—_Au contraire, mon maître_—replicó el griego. Acababa de ajustarme -en casa del duque de Frías, donde me daban al mes diez duros más que -su merced; pero al saber que se había usted quedado sin criado, fuí -sin pérdida de tiempo a decir al duque, aunque ya estaba muy entrada -la noche, que no me convenía servirle; y aquí estoy. - -—Pues de esa manera, no le admito—dije yo—. Vuelva a casa del duque, -preséntele sus excusas por lo que ha hecho, y solicite su cese en -debida forma; entonces, si su gracia desea prescindir de usted, caso -bastante probable, le admitiré con mucho gusto a mi servicio. - -Después de sufrir una prisión cuya injusticia reconocían mis propios -enemigos, era razonable esperar de sus manos un trato más liberal -que el que hasta allí me habían dispensado. Mi única ambición era -por entonces conseguir tolerancia para la venta del Evangelio en -aquel infortunado y perturbado reino; para lograr ese fin no sólo -hubiera consentido en sufrir, uno tras otro, veinte encarcelamientos -como el pasado, sino que hubiera sacrificado gustoso la vida misma. -Pronto advertí, sin embargo, que probablemente no iba a ganar nada -con mi encarcelación; al contrario, desde que se concluyó el asunto, -fuí objeto de la aversión personal del Gobierno, lo que tal vez no -sucedía antes; las concesiones que se vieron obligados a hacer para -evitar una ruptura con Inglaterra humillaron su orgullo y vanidad. -Mostráronse dispuestos a saciar su aversión, contrariando mis planes -todo lo posible. Tuve una entrevista con Ofalia acerca del asunto que -embargaba mi ánimo; le encontré desabrido y áspero. «Lo que más le -conviene a usted es permanecer tranquilo—me dijo—. ¡Cuidado! Ya ha -puesto usted una vez toda la _corte_ en confusión; cuidado, repito. -Otra vez puede que no se escape usted tan fácilmente.» - -—Quizás no—repliqué—y quizás ni lo deseo siquiera; es cosa agradable -padecer por la causa del Evangelio. Ahora me tomaré la libertad de -preguntar si, en el caso de ponerme a propagar la Palabra de Dios, me -lo impedirán. - -—Naturalmente—exclamó Ofalia—; la Iglesia lo prohibe. - -—Pues, con todo, voy a intentarlo—exclamé. - -—¿Sabe usted lo que dice?—preguntó Ofalia, arqueando las cejas y -abriendo la boca. - -—Sí, continué—; voy a hacer la prueba en todos los pueblos de España -donde me sea posible entrar. - -Durante mi permanencia en España, la oposición más recia que encontré -fué la del clero; por instigación suya el Gobierno adoptaba las -medidas convenientes para impedir la amplia difusión del libro -sagrado por el país. No interrumpiré el curso de mi narración con -reflexiones acerca de la situación de una Iglesia que, si bien -pretende fundarse en la Escritura, arrebataría la luz de la Escritura -a toda la Humanidad, si pudiese. Pero Roma sabe perfectamente que -no es una Iglesia cristiana, y como no tiene deseo de serlo, obra -cuerdamente quitando a sus secuaces de delante de los ojos las -páginas que podrían revelarles las verdades del Cristianismo. Sus -agentes y validos en España esforzábanse cuanto podían por anular mis -humildes trabajos y difamar la obra que yo andaba esparciendo. Todo -el clero ignorante y fanático (la gran mayoría) era opuesto a ella, -y cuantos ansiaban estar a bien con la corte de Roma vociferaban su -oposición. Había, empero, una parte del clero, pequeña a la verdad, -bien dispuesta en favor de la circulación del Evangelio, aunque en -modo alguno inclinada a hacer el menor sacrificio individual por tal -fin; éstos eran los que profesaban el liberalismo, que se supone -implica una disposición a adoptar cuantas reformas, así en lo civil -como en lo eclesiástico, parezcan conducentes al bien del país. No -pocos clérigos españoles eran partidarios de ese principio, o al -menos se declaraban tales; algunos, por conveniencia propia sin -duda, con la esperanza de aprovechar el espíritu de los tiempos -para su medro personal; otros, hay que esperarlo, por convicción, -por puro amor a las ideas. Entre éstos se encontraban, por la época -a que me refiero, varios obispos. Pero es digno de nota que ninguno -de ellos debía su puesto al Papa, que los desautorizaba, sino a la -Reina Gobernadora, cabeza visible del liberalismo en España. No es de -extrañar, por tanto, que hombres colocados en tales circunstancias se -sintiesen dispuestos a apoyar cualquier medida o plan favorables al -progreso del liberalismo, más bien que a contrariarlos; y no hay duda -que la circulación de la Escritura era una medida de ese género. Con -todo, su buena voluntad, suponiendo que la tuvieran, fué para mí poco -valiosa, porque nunca dieron un paso decisivo ni alzaron sus voces -para denunciar de modo positiva y resuelto la conducta de quienes -pretendían privar al mundo de la luz de la Escritura. En cierta -ocasión creí que iba a conseguir, por su medio, algo importante para -la causa del Evangelio en España; pero me desengañé pronto, y me -convencí de que descansar en lo que quisieran hacer era tanto como -apoyar la mano en una caña, que, sin sostenerme, me desgarraría la -carne. Algunos de ellos me enviaron mensajes expresando la estimación -en que me tenían y asegurándome cuán cara a su corazón era la causa -del Evangelio. Recibí incluso un aviso insinuándome que mi visita no -sería desagradable al arzobispo de Toledo, Primado de España. - -Poco puedo decir de este personaje, cuya historia desconozco por -completo. A la muerte de Fernando era, creo yo, obispo de Mallorca, -pequeña e insignificante sede, de muy pobres rentas, que quizás -cambió gustoso por otra más rica. Es probable, sin embargo, que -de mostrarse fiel servidor del Papa, y, por ende, partidario de -los legitimistas, hubiera ocupado hasta el día de su muerte la -silla episcopal de Mallorca; pero pasaba por liberal, y la Reina -Gobernadora tuvo a bien concederle la dignidad de arzobispo de -Toledo, haciéndole así cabeza de la Iglesia en España. Cierto que -el Papa se negó a ratificar la designación, razón por la que todos -los buenos católicos estaban obligados a seguir considerándole como -obispo de Mallorca y no como Primado de España. Pero el obispo -cobraba las rentas de la sede toledana, débil sombra de lo que fueron -antaño, pero muy importantes aún, y vivía en el palacio del Primado, -en Madrid, de suerte que si no era arzobispo _de jure_ era lo que -para muchos valía más: arzobispo _de facto_. - -Sabedor de la amistad personal del arzobispo con Ofalia, quien, según -decían, le consideraba mucho, resolví hacerle una visita, y así una -mañana me encaminé al palacio en que vivía. Sin dificultad obtuve -audiencia: un lacayo, asturiano a lo que creo, a quien hallé sentado -en un banco de piedra del portal, me condujo a su presencia. Cuando -entré, el arzobispo estaba solo, sentado detrás de una mesa, en un -vasto aposento, especie de sala de estrados. Vestía con sencillez: -sotana negra y birrete de seda; pero en un dedo llevaba una amatista -soberbia, resplandeciente, de brillo deslumbrador. Se incorporó un -momento, al acercarme, y con la mano me indicó una silla. Podía tener -sesenta años; era muy alto, pero se encorvaba bastante, por debilidad -sin duda; y la tez pálida de sus facciones demacradas denotaba su -mala salud. Cuando de nuevo se sentó inclinó la cabeza, como si -contemplase la mesa que tenía delante. - -—Supongo que V.E. sabrá quién soy—dije al cabo, rompiendo el -silencio. - -El arzobispo inclinó la cabeza hacia el hombro izquierdo, con -expresión algo equívoca, pero no dijo nada. - -—Yo soy el que los _Manolos_ de Madrid llaman _Don Jorgito el -Inglés_. Acabo de salir de la cárcel, donde me encerraron por -propagar el Evangelio del Señor en este reino de España. - -El arzobispo repitió el mismo movimiento equívoco de la cabeza, pero -aún no dijo nada. - -—He sabido que V.E. deseaba verme, y por esa razón he venido a -hacerle esta visita. - -—Yo no le he llamado a usted—dijo el arzobispo, alzando de súbito la -cabeza, y con ojos de espanto. - -—Quizás no; pero me habían dado a entender que mi presencia sería -grata; como al parecer no es así, me iré. - -—Puesto que ha venido usted, me alegro mucho de verle. - -—Y yo celebro mucho oírle—dije yo, volviendo a sentarme—. Ya que -estoy aquí, podemos hablar de un asunto de la mayor importancia: la -difusión de la Escritura. ¿Conoce V.E. algún medio para alcanzar un -fin tan deseable? - -—No—dijo el arzobispo débilmente. - -—¿No cree V.E. que el conocimiento de la Escritura produciría -inestimables beneficios a estos reinos? - -—No lo sé. - -—¿Hay probabilidades de convencer al Gobierno para que consienta su -circulación? - -—¿Cómo voy a saberlo?—y el arzobispo se me quedó mirando a la cara. - -Yo también le miré a él; había en su rostro tal expresión de -desvalimiento, que casi era chochez. «¡Válgame Dios!—pensé—. ¿A -quién he venido yo a contar estas cosas? ¡Pobre hombre! No sirves -para representar el papel de Martín Lutero, y en España menos que en -otra parte. Me maravilla que tus amigos te hayan nombrado arzobispo -de Toledo. Quizás pensaron que no harías provecho ni daño, y te -escogieron, como escogen a veces en mi país a los primados, en razón -de tu incapacidad. No pareces muy contento en este empleo, ni tu -sitial debe de ser muy cómodo. Más a gusto estabas cuando eras el -pobre obispo de Mallorca; entonces podías saborear la _puchera_ sin -miedo de que te la sazonaran con sublimado. No temías entonces que -te ahogaran en el lecho. La _siesta_ es cosa agradable, cuando no -está uno expuesto a verla interrumpida por un súbito espanto. Me -sorprenderá si no estás ya envenenado»—continué casi en voz alta, -según estaba mirándole al semblante, que a mi parecer se cubría de -palidez mortal. - -—¿Qué decía usted, _don Jorge?_—preguntó el arzobispo. - -—Que V.E. lleva un brillante magnífico—dije yo. - -—¿Le gustan a usted los brillantes, _don Jorge_?—dijo el arzobispo, -cuyas facciones se animaron—. _¡Vaya!_ ¡También a mí! ¡Son muy -bonitos! ¿Entiende usted de brillantes? - -—Sí entiendo—respondí—, y no he visto nunca otro mejor que ése, salvo -uno, perteneciente a un conocido mío, un khan de Tartaria. Pero no -lo llevaba en el dedo; poníaselo al caballo en el frontal, donde -brillaba como una estrella. Llamábalo _Daoud Scharr_, que significa -«luz de guerra». - -—_¡Vaya!_—dijo el arzobispo—. ¡Qué curioso! Me alegro de que le -gusten a usted los brillantes, _don Jorge_. Al hablar de caballos -me ha hecho usted recordar que le he visto con frecuencia a caballo. -_¡Vaya!_ Qué modo de montar. Es peligroso encontrársele a usted en el -camino. - -—¿V.E. es aficionado a la equitación? - -—De ninguna manera, _don Jorge_. No me gustan los caballos. En la -Iglesia no es costumbre montar a caballo; preferimos las mulas: son -animales más tranquilos. Los caballos me dan miedo: ¡cocean de un -modo! - -—La coz del caballo mata—dije yo—si da en un sitio vital. Pero -no opino como V.E. acerca de las mulas; un buen _jinete_ puede -sostenerse a caballo, por resabiado que el animal esté; pero las -mulas, _¡vaya!_, cuando una mula falsa _tira por detrás_, no creo -que ni el propio Padre de la Iglesia se sostenga en la silla ni un -momento, por muy buen bocado que lleve. - -Al marcharme, le dije:—¿Qué puedo esperar acerca del Evangelio? - -—_No sé_—dijo el arzobispo inclinando de nuevo la cabeza hacia el -hombro derecho, mientras sus facciones reasumían la expresión de -vaciedad. - -Así terminó mi entrevista con el arzobispo de Toledo. - -—Me parece—dije a María Díaz al volver a casa—, me parece, _Mariquita -mía_, que si el Evangelio, para ser tolerado en España, ha de esperar -a que los obispos y arzobispos liberales acudan resueltamente en su -ayuda, va a tener que aguardar mucho tiempo. - -—Soy del mismo parecer, señor—respondió María—. ¡Bonito sería tener -que esperar a que esa gente haga un esfuerzo en favor de usted! -_¡Ca!_ Risa me da pensarlo. ¿Cómo ha tenido usted la candidez de -figurarse que les importa algo el Evangelio? _¡Vaya!_, son verdaderos -curas; en los ofrecimientos que le han hecho a usted sólo les movía -su propio interés. El Santo Padre no quiere reconocerlos, y les -gustaría asustarle un poco para obligarle a transigir; pero como los -reconociera, ya vería usted luego si le admitían en sus palacios o -tenían algún trato con usted. «¡Fuera ese prójimo!—dirían—. _¡Vaya!_ -¿No es luterano? ¿No es enemigo de la Iglesia? _¡A la horca, a la -horca!_» Conozco a esa familia mejor que usted, _don Jorge_. - -—Es inútil aguardar más—dije yo—. Pero en Madrid nada puedo hacer. -No se puede vender la obra en el _despacho_, y acabo de saber que -todos los ejemplares dejados para la venta en las librerías de las -diversas poblaciones que he visitado los ha secuestrado el Gobierno. -Mi decisión está tomada: montaré en mis caballos, que relinchan en -la cuadra, y me iré a recorrer en persona los pueblos y llanuras -de la polvorienta España. _Al campo, al campo._ «Camina, avanza -prósperamente y reina por medio de la verdad y de la mansedumbre -y de la justicia; tu diestra te conducirá a cosas maravillosas.» -Caminaré, pues, María. - -—No puede hacer su merced cosa mejor, y permítame ahora decirle -que, por cada libro que pudiera usted vender en un _despacho_ en -la ciudad, venderá usted ciento en los pueblos con tal de darlos -baratos, porque en el campo hay poco dinero. _¡Vaya!_ ¿Sabré yo -lo que digo? ¿No soy también de pueblo, _villana_ de la Sagra? A -caballo, pues; los caballos no hacen más que relinchar en la cuadra, -como usted dice, y casi podía haber añadido que el _señor_ Antonio -relincha en la casa. Dice que no tiene nada que hacer, motivo por el -que está otra vez disgustado e inquieto. Todo lo encuentra mal, a mí -en primer término. Esta mañana le saludé, y, en lugar de contestarme, -torció la boca de un modo nunca visto en tierras de España. - -—Se me ocurre una idea—dije yo—. Ha mentado usted la Sagra ¿Por qué -no comenzar mis trabajos por los pueblos de esa comarca? - -—Muy bien pensado—replicó María—. La recolección termina ahora -por allí, y encontrará usted a la gente relativamente desocupada, -con vagar para acompañarle a usted y oírle. Si quiere seguir mi -consejo, debe usted establecerse en Villaseca en la casa que fué de -mis padres, donde al presente vive mi señor marido. Vaya usted a -Villaseca lo primero, y desde allí puede usted emprender excursiones -con el _señor_ Antonio. Quizás mi marido les acompañe; si es así, les -servirá de mucho. La gente en Villaseca es amable y cortés; cuando se -dirigen a un forastero le hablan a gritos y en gallego. - -—¡En gallego!—exclamé. - -—Todos saben unas cuantas palabras de gallego aprendidas de los que -bajan todos los años a segar, y como el gallego es la única lengua -extraña que conocen, la emplean por cortesía al dirigirse a un -extranjero. _¡Vaya!_ No es mal pueblo Villaseca, ni es mala gente; la -única persona de mala condición que allí hay es el reverendo señor -cura. - -No fueron largos los preparativos de mi empresa. Envié por delante -con un _arriero_ un buen repuesto de Testamentos, y yo salí al -siguiente día. Pero antes de marcharme recibí la visita de Benedicto -Mol. - -—Vengo a decirle a usted adiós, _lieber Herr_. Mañana me vuelvo a -Compostela. - -—¿Con qué propósito? - -—Para desenterrar el _Schatz_, _lieber Herr_. ¿Cuál otro podía -llevar? ¿Por qué he vivido hasta hoy, sino para al fin poder -desenterrar el _Schatz_? - -—Pudiera usted haber vivido para algo mejor—exclamé—. Con todo, le -deseo buen éxito. ¿En qué funda usted sus esperanzas? ¿Le han dado -permiso para hacer excavaciones? Seguramente no se le habrán olvidado -a usted las penalidades que sufrió en Galicia. - -—No se me han olvidado, _lieber Herr_, ni el viaje a Oviedo, ni las -siete bellotas, ni la lucha con la muerte en el _barranco_. Pero -tengo que cumplir mi destino. Ahora voy a Galicia a expensas del -Gobierno, como si perteneciera de nuevo a la Guardia suiza: voy en -coche de mulas, quiero decir, en _galera_. Tendré toda la ayuda -necesaria, y puedo cavar hasta el centro de la tierra si lo creo -conveniente. Además... pero no puedo decirle más, porque he jurado -sobre los cuatro _Evangelien_ guardar secreto. - -—Bien, Benedicto, no tengo nada que decir, salvo desearle a usted que -triunfe en sus excavaciones. - -—Gracias, _lieber Herr_; gracias. Ahora, adiós. ¡Triunfaré, triunfaré! - -Aquí se quedó cortado, se estremeció, y, mirándome, con expresión -casi de loco en el semblante, exclamó: - -—_¡Heiliger Gott!_ Me olvido de una cosa. Supongamos que al fin y a -la postre no encuentro el tesoro. - -—Es muy sensato lo que usted dice; ¡lástima que hasta ahora no se le -haya ocurrido! Le aseguro a usted, amigo mío, que se ha metido en -una empresa desesperada. Verdad que puede usted encontrar un tesoro; -pero hay cien probabilidades contra una de que no lo encontrará. -¿Qué será de usted en tal caso? Le tomarán por un impostor, y las -consecuencias serán horribles. Recuerde quién es usted y entre qué -gentes está. Los españoles son crédulos; pero cuando una vez llegan -a sospechar que los han engañado, y sobre todo que se han reído de -ellos, su sed de venganza no conoce límites. No crea usted que su -inocencia le servirá de algo. Yo estoy convencido de que no es usted -un impostor, pero ellos no lo creerán jamás. Todavía no es tarde. -Devuelva usted esas ropas tan buenas y ese elegante bastón a quien se -lo haya dado. Póngase un traje viejo, empuñe el tosco palo, y véngase -conmigo a la Sagra para ayudarme a difundir el insigne Evangelio -entre los lugareños de la ribera del Tajo. - -Benedicto meditó un momento, y luego, sacudiendo la cabeza, gritó: - -—¡No! ¡No! Tengo que cumplir mi destino. El _Schatz_ no está aún -desenterrado. Así lo dijo la voz en el _barranco_. Mañana, a -Compostela. Lo encontraré: el _Schatz_ está allí aún; «tiene» que -estar. - -Salió y no le volví a ver más. Pero después oí contar de él cosas -extraordinarias. Resultó que el Gobierno dió oídos a la fábula de -Benedicto, y se dejó impresionar de tal modo por sus exageradas -descripciones del tesoro oculto, que llegó a creer en la posibilidad -de desenterrar en Santiago, con poco trabajo y poco gasto, oro -y diamantes de sobra para enriquecerse y para extinguir la deuda -nacional de España. El suizo volvió a Compostela «como un duque», -para usar sus mismas palabras. El asunto, mantenido al comienzo -en profundo secreto, se divulgó con rapidez. Se acordó dar a una -exploración que podía tener tan importantes consecuencias toda la -publicidad y el aparato posibles. Acercábase una fiesta muy solemne, -y pareció lo más acertado que la busca comenzase en tal día. El día -llegó. Todas las campanas de Compostela repicaban. El pueblo en masa -se lanzó a la calle; un millar de soldados formaba en la plaza; la -expectación llegó al grado sumo. Una solemne comitiva se dirigió a -la iglesia de San Roque; a su cabeza iban el capitán general y el -suizo, que blandía un mágico bastón; pegada a ellos iba la _meiga_, -la bruja gallega que primeramente guió al buscador del tesoro; -numerosos albañiles cerraban la marcha, llevando las herramientas -necesarias para la excavación. La comitiva entra en la iglesia, la -cruza con paso solemne, y llega a una galería abovedada. El suizo -mira en torno. «Cavad aquí»—dijo de pronto—. «Sí, cavad aquí»—dijo la -_meiga_. Los albañiles trabajan, horadan el piso, espárcese un olor -horrible y fétido... - -Para qué más; no se halló tesoro alguno, y mis advertencias al -desgraciado suizo resultaron demasiado proféticas. Sin tardanza le -prendieron, arrojándole en la hórrida prisión de Santiago, seguido de -las maldiciones de millares de personas, que con gusto le hubieran -despedazado. - -El asunto no terminó ahí. Los enemigos políticos del Gobierno no -dejaron escapar una ocasión tan favorable para asestarle los dardos -del ridículo. Los _moderados_ fueron censurados en las Cortes por su -avaricia y su credulidad, mientras en alas de la Prensa liberal se -esparcía por toda España la historia del tesoro escondido en Santiago. - -—Después de todo, eso ha sido una _trampa_ de _don Jorge_—dijo un -enemigo mío—. Ese prójimo se encuentra siempre enredado en la mitad -de las _picardías_ que se cometen en España. - -Ansioso por saber la suerte que había corrido el suizo, escribí a -mi antiguo amigo de Compostela, Rey Romero. En su respuesta decía: -«Vi al suizo en la cárcel, desde donde me mandó llamar, implorando -mi socorro en nombre de la amistad que tengo con usted. Pero ¿cómo -favorecerle? Se lo llevaron de Santiago en seguida, no se adónde. -Dicen que ha desaparecido por el camino.» - -La verdad es a veces más sorprendente que la fábula. ¿En qué novela -se encontrará nada más insensato, grotesco y triste que la historia -fácilmente comprobable de Benedicto Mol, el buscador del tesoro de -Santiago? - - - - -CAPÍTULO XLIII - - Villaseca. — Una casa morisca. — La puchera. — Un cónclave de - rústicos. — Ceremoniosa urbanidad. — La Flor de España. — El - puente de Azeca. — El castillo en ruinas. — Nos echamos al campo. - — Demanda de Testamentos. — El labrador viejo. — El cura y el - herrero. — La baratura de los Testamentos. - - -Llegué a Villaseca uno de los días de más furioso calor en que -he desafiado los rayos del sol. La temperatura debió de llegar a -cien grados a la sombra; la atmósfera parecía una ardiente llama. -En un lugar que dicen Leganés, a seis leguas de Madrid, y como a -mitad de camino entre la capital y Toledo, nos apartamos de la -carretera, dirigiéndonos al Este. Cabalgamos por lo que en España -llaman llanuras, que en cualquier otro país del mundo parecería -terreno quebrado y desigual. Las mieses de trigo y cebada habían ya -desaparecido; quedaban aquí y allá, como últimos vestigios, algunos -haces que los labradores se ocupaban en recoger para acarrearlos a -sus pueblos. - -Difícil me sería decir que fuese bello aquel paisaje, de absoluta -desnudez, sin árboles ni verdor. No le faltaban, empero, pretensiones -de magnificencia y grandeza, como no le faltan a ningún paraje de -España. Los objetos más llamativos eran dos enormes cerros calcáreos, -o más bien uno rajado en dos, que se erguía a gran altura; la cima -del más próximo se coronaba con las ruinas del antiguo castillo de -Villaluenga. A eso de la una de la tarde llegamos a Villaseca. - -Era un pueblo grande, de unos setecientos habitantes, rodeado de un -muro de tierra. En el centro está la _plaza_, uno de cuyos lados -lo ocupa lo que llaman un palacio, tosco edificio cuadrangular, de -dos pisos, perteneciente a alguna familia noble, los señores de las -tierras del contorno. Estaba vacío; ocupábalo tan sólo una especie de -administrador, que encerraba en sus salones el grano que en pago de -las rentas recibía de los arrendatarios y _villanos_ que labraban el -término. - -El pueblo dista como un cuarto de legua de la orilla del Tajo, que -aun allí, en el corazón de España, es un hermoso río, no navegable, -sin embargo, a causa de los bancos de arena que en muchos sitios -emergen a modo de isletas, cubiertas de árboles y maleza. La aldea -saca del río toda su provisión de agua, por carecer de ella, al menos -potable, dentro de sus muros; todos los manantiales son salobres, -y de esto le vendrá probablemente el nombre de Villaseca. Dícese -que sus habitantes son de origen moro; y es la verdad que aquí se -observan ciertas costumbres que robustecen mucho ese supuesto. Entre -otras, hay una muy curiosa: se reputa infamante para una mujer de -Villaseca atravesar la plaza, o ser vista en ella, aunque no vacilan -en mostrarse en las calles y callejas. - -Existe una hostilidad profundamente arraigada entre los habitantes de -este lugar y los de un pueblo inmediato llamado Bargas; rara vez se -hablan cuando se encuentran, y nunca se casan entre sí. Una tradición -vaga pretende que los naturales de este último pueblo son cristianos -viejos, y es harto probable que los del vecino fuesen originariamente -de muy otra sangre; los de Villaseca tienen la tez muy morena, -mientras los moradores de Bargas son rubios y blancos. Así, en pleno -siglo XIX, se conserva en España la antigua enemistad de moros y -cristianos. - -Empapados en sudor, que nos corría a chorros por la frente, llegamos -a la puerta de Juan López, el marido de María Díaz. Sabedor de que -iríamos a visitarle, ya nos esperaba, y nos acogió cordialmente en su -vivienda que, como una casa mora auténtica, tenía un solo piso. Era -muy espaciosa, no obstante, con patio y establo. Todos los aposentos -eran deliciosamente frescos. El pavimento, de ladrillo o piedra; las -angostas ventanas, enrejadas y sin cristal, apenas dejaban pasar un -rayo de sol. - -Habían preparado una _puchera_ contando con nuestra llegada; el -calor no me quitó el apetito, y no pasó mucho tiempo sin que hiciese -cabal justicia al manjar típico de España. Mientras yo comía, López -punteaba en la guitarra, cantando a veces trozos de canciones -andaluzas. Era un tipo pequeño, de rostro alegre, muy activo, a -quien había visto yo con frecuencia en Madrid; buena muestra del -_labrador_ español. Aunque no tenía, ni con mucho, la inteligencia ni -los recursos de María Díaz, su mujer, no por eso carecía de natural -despejo ni entendimiento. Era, además, honrado y desinteresado, y -prestó buenos servicios a la causa del Evangelio, como se verá ahora. - -Acabada la comida, López me habló así:—_Señor don Jorge_, su llegada -a este pueblo ha causado ya sensación, sobre todo, por ser los -tiempos de guerra y alborotos, y vivir cada cual temeroso del vecino; -aquí estamos pegados a los confines del país faccioso, porque, -como usted bien sabe, la mayor parte de la Mancha está en poder de -_carlinos_ y de ladrones, y algunas partidas se asoman a menudo por -la otra orilla del río. En razón de esto, el _alcalde_ del pueblo y -otros vecinos pudientes y graves desean ver y hablar a su merced, y -examinar su pasaporte. - -—Bien está—exclamé—. Vamos a visitar a esos dignos señores. - -En diciendo esto, condújome a través de la _plaza_ a casa del -_alcalde_, donde hallamos al rústico dignatario sentado entre -puertas, gozando de la refrigerante frescura de una corriente de -aire. Era hombre viejo, como de sesenta años, sin nada notable en -su continente ni en sus facciones plácidas, en las que se reflejaba -su buen natural. Estaban con él otras personas, entre ellas el -barbero del pueblo, alto, de enorme corpulencia, alavés por su cuna, -nacido en Vitoria. También estaba allí un individuo cuya faz tenía -un pronunciado tinte rojizo, con la nariz bastante torcida: era el -herrero del lugar, y le llamaban _El Tuerto_, por la circunstancia de -no tener más que un ojo. Hice una profunda reverencia al concurso, y -manifestando mi pasaporte, hablé así: - -—Graves señores y caballeros de esta ciudad de Villaseca, como yo -soy un extranjero de quien no es posible que sepan cosa alguna, me -he creído obligado a presentarme ante vosotros y a deciros quién -soy. Sabed, pues, que soy inglés de limpia sangre y buena familia, -que viajo por estos países para diversión y provecho propios, y -también para los de otras personas. Ahora he venido a Villaseca, -donde me propongo estar algún tiempo, dedicado a lo que me parezca -conveniente: unas veces pasearé a caballo por esos campos, otras -me bañaré en las aguas del río, cosa buena, según dicen, en tiempo -de calor. Suplico, por tanto, que durante mi estancia en esta -capital sus gobernantes me concedan la protección y el amparo que -habitualmente dispensan a los que llevan vida pacífica y bien -ordenada, y están dispuestos a ser dóciles y obedientes a las -costumbres y leyes de la república. - -—Habla bien—dijo el _alcalde_ mirando en torno. - -—Sí, habla bien—dijo el corpulento alavés—. No hay que negarlo. - -—Nunca he oído hablar mejor—exclamó el herrero, levantándose del -taburete en que se hallaba sentado—. _¡Vaya!_ Es hombre recio y de -buen color, como yo. Me agrada; tengo yo un caballo que le irá muy -bien, un caballo que es la flor de España, con ocho dedos sobre la -marca. - -Entonces, con nueva inclinación de cabeza, presenté el pasaporte al -_alcalde_, quien con un ligero movimiento de la mano pareció que se -negaba a recibirlo, y al mismo tiempo decía:—No es necesario. - -—Oh, de ningún modo—exclamó el barbero. - -—Los vecinos de Villaseca—observó el herrero—saben portarse como -gente seria. Vergüenza les daría abrigar sospecha alguna contra un -caballero tan cortés y bien hablado. - -Pero yo sabía que su negativa no significaba nada, por ser tan sólo -una parte del ceremonial de su urbanidad; presenté por segunda vez el -pasaporte y lo tomaron con avidez; en un momento, todos los presentes -clavaron en él los ojos con intensa curiosidad. Lo examinaron de -arriba abajo, lo volvieron y revolvieron, y aunque no es probable que -ninguno de los presentes entendiese palabra de él, por estar escrito -en francés, produjo, sin embargo, universal contento; cuando el -_alcalde_, doblándolo con cuidado, me lo devolvió, todos observaron -que no habían visto en su vida otro pasaporte mejor, o que hablase de -su portador en términos más elogiosos. - -¿Quién ha escrito que «La mofa de Cervantes ahuyentó de España -el heroísmo»? No lo sé[14]; el autor de esa línea apenas merece -recordación. La tentación de emborronar papel es tan violenta en -nuestros días, que muchos se ponen a escribir de pueblos y países -de los que no saben nada, o menos que nada. _¡Vaya!_ El haber visto -una corrida de toros en Madrid o en Sevilla, o gastado un puñado de -onzas en una _posada_ en cualquiera de esos dos puntos, regida acaso -por un genovés o un francés, no da competencia para escribir acerca -de una gente como los españoles, ni para decir al mundo cómo piensan, -cómo hablan y cómo proceden. ¡Ahuyentar con burlas el espíritu -caballeresco de España! Cuando todas las probabilidades son de que la -gran masa de la nación española habla, piensa y vive exactamente como -sus antepasados hace seis siglos. - - [14] Alude a Byron. Borrow, citando de memoria, escribe: - «Cervantes sneered Spain’s chivalry away.» El pasaje de Byron es: - - Cervantes smiled Spain’s chivalry away; - A single laugh demolish’d the right arm - Of his own country;—seldom since that day - Has Spain had heroes. - _Don Juan_; XIII, 11. - -Por la tarde, el herrero, o como le llamaban en el pueblo, _El -Herrador_, se presentó a caballo ante la puerta de López. - -—_Vamos, don Jorge_—exclamó—. Venga conmigo si su merced está -dispuesto a montar. Voy a bañar el caballo en el Tajo, por el puente -de Azeca. - -Al instante ensillé mi _jaca cordobesa_, y juntos salimos del pueblo, -dirigiéndonos a través de la llanura hacia el río. - -—¿Ha visto usted alguna vez un caballo como el mío, _don -Jorge_?—preguntó—. ¿Verdad que es una _alhaja_? - -El caballo era, en efecto, un animal de gran estampa, garboso, de -diez y seis palmas de alzada cuando menos, ancho de pechos, pero muy -fino y limpio de remos. Engallaba soberbiamente el cuello y erguía -la cabeza como un cisne. De pelo alazán claro, tenía las crines y -la cola casi negros. Al expresarle mi admiración, el _herrador_ -se animó, y apretando con las rodillas los flancos del caballo y -soltándole las riendas, se lanzó por el campo en prodigiosa carrera, -al mismo tiempo que profería el antiguo grito español: _¡Cierra!_ En -vano quise competir con él. - -—Le llamo «flor de España»—dijo el _herrador_ al reunirse conmigo—. -Cómprelo usted, _don Jorge_, lo doy en tres mil _reales_. No lo -vendería ni por el doble; pero los ladrones carlistas le han echado -el ojo y temo que el día menos pensado crucen el río y se metan en -Villaseca para apoderarse de mi caballo, la «flor de España». - -No estará de más hacer notar aquí que, pasado un mes, mi amigo el -_herrador_, no pudiendo hallar un buen comprador para su corcel, -entró en tratos con los susodichos bandoleros, y acabó vendiéndoselo -a su cabecilla, no por los tres mil _reales_ que pedía, sino a -cambio de una punta de ganado, robada probablemente en las llanuras -manchegas. Por ese trato, caso de alta traición, ni más ni menos, -le metieron en la cárcel de Toledo; pero no debió de estar allí -mucho tiempo, porque en una breve visita que hice a Villaseca en la -primavera del siguiente año me lo encontré de _alcalde_ de aquella -«república». - -Llegamos al puente de Azeca, situado como a media legua de Villaseca; -junto a él hay un gran molino, sobre una presa que corta el río. -Apeándose del corcel, el _herrador_ le quitó la silla, le hizo entrar -en la represa y lo llevó, guiándolo con una cuerda, a un sitio dado, -donde el agua le llegaba a la mitad del cuello; una vez allí, ató la -cuerda a un poste hincado en la orilla y dejó al caballo metido en -el río. Me pareció lo mejor seguir su ejemplo: pedí una cuerda en el -molino, y metí mi caballo en el agua. - -—Esto les refresca la sangre, _don Jorge_—dijo el _herrador_—. Que se -estén así una hora; mientras, iremos por ahí nosotros a entretenernos. - -Cerca del puente, en la orilla donde estábamos nosotros, había una -especie de cuerpo de guardia, y en él tres carabineros que cobraban -el pontazgo. Trabamos conversación con ellos. - -—Este puesto, tan inmediato al campo faccioso—dije a uno de los -carabineros, que resultó ser catalán—será muy peligroso. Con -seguridad que a una partida de _carlinos_ o de bandoleros no le -costaría gran trabajo atravesar el puente y hacerles prisioneros a -todos ustedes. - -—Eso puede ocurrir en cualquier momento, caballero—contestó el -catalán—. Pero todos estamos en manos de Dios, y hasta ahora nos ha -protegido, y quizás siga protegiéndonos. Es verdad que el otro día, -un compañero nuestro de los cuatro que estábamos aquí cayó en manos -de la _canaille_. Se le ocurrió ir a la otra orilla con el fusil, a -ver si mataba algo en el soto, y de pronto, tres o cuatro facciosos -cayeron sobre él y le dieron una muerte horrible. ¡Hay que tener -paciencia! Todos hemos de morir. Puede ser que mañana me degüellen -esos _malvados_, pero eso no me quitará el sueño esta noche. -Caballero, yo soy de Barcelona, y allí he visto a los marinos de su -nación; esta tierra no es tan buena como Barcelona. _¡Paciencia!_ -Caballero, si desea un vaso de agua, entre en nuestra casa. Tenemos -agua fresca, porque enterramos el cántaro en un hoyo abierto en el -suelo; está fría, como le digo; pero el agua de Castilla no es como -la de Cataluña. - -La luna había salido cuando tomamos los caballos para volver al -pueblo; los rayos del bello luminar rebrillaban alegremente en las -impetuosas aguas del Tajo, plateaban la planicie por donde íbamos, -y bañaban en ondas de claridad las escarpadas vertientes del cerro -calcáreo de Villaluenga y las ruinas antiguas que coronan su cumbre. - -—¿Por qué llaman a ese sitio el Castillo de Villaluenga?—pregunté. - -—Porque al otro lado del cerro hay un pueblo de ese nombre, _Don -Jorge_—respondió el _herrador_—. Ese castillo es un lugar muy raro, -_¡vaya!_ Algunos dicen que lo edificaron los moros en tiempos -antiguos; otros, que los cristianos al sitiar, por vez primera, a -Toledo. Ahora está deshabitado, salvo por los conejos, que se crían -en abundancia entre la hierba frondosa y en las ruinas, y por las -águilas y buitres que anidan en lo alto de las torres. A veces voy -por allí con la escopeta a matar un conejo. En los días despejados -se ve desde las murallas Madrid y Toledo. No diré que me agrade el -sitio: lo encuentro demasiado triste y melancólico. El cerro es todo -de greda y muy penoso de subir. Oí decir a mi abuela que una vez -cuando era chica salió de ese cerro una nube de humo y se vieron -llamas, talmente como si hubiera ahí un volcán, y quizás lo haya, -_Don Jorge_. - -La magna obra de difundir la Escritura comenzó sin dilación en La -Sagra. A pesar del sofocante calor, recorrí a caballo todos aquellos -contornos. No fué corta fortuna que el calor me siente bien; en otro -caso no hubiera podido hacer nada en aquella estación, pues con -frecuencia hasta los _arrieros_ se caían de las mulas muertos de -insolación. Antonio me prestó excelente ayuda; despreciaba como yo el -calor, y sin temor a nada visitó varios pueblos con éxito notable. -«_Mon maître_—decía—tengo empeño en demostrarle que sirvo para -todo.» Pero quien nos hizo avergonzarnos de nuestros trabajos fué mi -huésped, Juan López, a quien el Señor quiso inclinar a favor de la -causa. «_Don Jorge_—dijo—, _yo quiero engancharme con usted_; soy -liberal, enemigo de la superstición; voy a echarme al campo, y, si es -preciso, le seguiré a usted al fin del mundo. _¡Viva Inglaterra, viva -el Evangelio!_» Así diciendo, puso un buen fardo de Testamentos en -las aguaderas, cargó con ellas a su rucia y gritó: _¡Arre, burra!_, y -se fué a más andar. Yo me senté a escribir mi diario. - -Antes de concluir mi tarea oí a la _burra_ roznar en el corral; -suspendí la escritura, fuí allá y hallé de vuelta a mi huésped. -Había vendido toda la carga, veinte Testamentos, en el pueblo de -Bargas, distante una legua de Villaseca. Ocho pobres agosteros, -que se refrigeraban a la puerta de una taberna, compraron sendos -ejemplares, y el maestro de escuela adquirió los restantes para los -pequeñuelos que tenía a su cuidado, lamentándose al propio tiempo -de la dificultad con que tropezaba para adquirir libros religiosos, -a causa de su rareza y de su exorbitante precio. Muchas otras -personas deseaban también comprar Testamentos, pero López no pudo -suministrárselos; al marcharse le rogaron que no tardara en volver. - -Bien sabía yo que estaba jugando una partida muy arriesgada, y que, -cuando menos lo pensase, podía verme preso, atado a la cola de una -mula y arrastrado a la cárcel de Toledo o de Madrid. Tal perspectiva -no me desanimaba lo más mínimo; antes bien, me incitaba a perseverar; -puedo decir, sin la más leve intención de engrandecerme, que en -aquella época ansiaba ofrecer mi vida en aras de la causa, y no me -hubiera importado que la bala de un forajido o una fiebre carcelaria -pusiesen fin a mi carrera. Nada me amedrentaba. Mi lema era: «camina -con la palabra de la verdad». - -La noticia de la llegada del libro de vida corrió por los pueblos -de La Sagra de Toledo como una chispa en un reguero de pólvora, -y dondequiera que mi gente o yo encaminábamos nuestros pasos, -hallábamos a los habitantes dispuestos a recibir nuestra mercancía, -y donde no la mostrábamos, nos la pedían. Una noche, según estaba -bañándome y bañando el caballo en el Tajo, se reunió un grupo de -gente en la orilla y gritó: «Sal del agua, inglés, y danos libros; -traemos el dinero en la mano». La pobre gente extendía hacia mí las -manos, llenas de _cuartos_; pero, desgraciadamente, no tenía allí -Testamentos que darles. Sin embargo, Antonio, que no andaba lejos, -les enseñó uno, y al instante se lo arrancaron de las manos; luego -tuvieron los rústicos un altercado, disputándose la posesión del -libro. Era cosa frecuente que los pobres labriegos de aquellos -contornos, con deseos de adquirir Testamentos, pero sin dinero para -comprarlos, nos llevasen a casa, para cambiarlos por libros, varios -artículos de valor equivalente; por ejemplo, conejos, fruta y cebada; -y yo tenía por regla no desairarlos nunca, ya que nos llevaban cosas -útiles para nuestro consumo personal o para el de los caballos. - -En Villaseca había una escuela donde aprendían las primeras letras -cincuenta y siete niños. Una mañana, el maestro, alto de cuerpo y -flaco, de unos sesenta años, cubierta la cabeza con un puntiagudo -sombrero andaluz, y embozado, a pesar del tiempo tan caluroso, en -una larga capa, se presentó en mi casa, y después de tomar asiento, -me pidió que le enseñara uno de nuestros libros. Le entregué un -ejemplar y estuvo examinándolo casi una hora sin proferir palabra. -Al cabo lo dejó, dando un suspiro, y dijo que le contentaría mucho -comprar algunos ejemplares para su escuela, pero que su aspecto, -sobre todo la calidad del papel y la encuadernación, le hacían temer -que estuviesen fuera del alcance de los medios de los padres de sus -alumnos, casi desprovistos de dinero, por ser labradores pobres. -Entonces comenzó a censurar al Gobierno, que, decía, instalaba -escuelas sin proveerlas de los libros necesarios; añadió que en -su escuela sólo había dos libros para uso de todos sus alumnos, y -ésos contenían poco bueno. Le pregunté cuánto podría pedirse, en -su opinión, por los Testamentos. «Hablando con franqueza—dijo—, -_señor_ caballero, he pagado otras veces doce _reales_ por libros -muy inferiores al de usted; pero le aseguro que mis pobres alumnos -no pueden, en modo alguno, pagar ni la mitad de ese precio.» «Pues -yo le vendo a usted—repuse—todos los que quiera a tres _reales_ cada -uno. Ya sé que el país es pobre, y ni mis amigos ni yo, al procurar -al pueblo medios de instrucción espiritual, queremos disminuir su -ya escaso pan.» «_¡Bendito sea Dios!_»—replicó, y apenas podía dar -crédito a sus oídos. Al instante compró doce ejemplares, gastando en -eso, según me dijo, todo el dinero que poseía, excepto unos pocos -_cuartos_. La introducción de la palabra de Dios en las escuelas -rurales de España estaba empezada, y humildemente espero que, con el -tiempo, será ese uno de los sucesos que la Sociedad Bíblica podrá -con más razón recordar con júbilo y con acciones de gracias al -Todopoderoso. - -Un labriego viejo está leyendo en el portal. Ochenta y cuatro años -han pasado sobre su cabeza, y está casi enteramente sordo; no -obstante, lee en alta voz el segundo capítulo de Mateo: tres días -antes encargó un Testamento, pero como no disponía del dinero no lo -ha pagado hasta este momento. Acaba de traerme treinta cuartos. Al -contemplar los cabellos plateados que coronan su semblante quemado -por el sol, vienen a mi memoria las palabras del cántico de Simeón: -«Ahora, Señor, sacas en paz de este mundo a tu siervo, según tu -promesa, porque mis ojos han visto tu salvación». - -Durante mi estancia en Villaseca recibí de los buenos vecinos del -pueblo muchas pruebas de sencilla hospitalidad y honesta fineza. De -tal modo conquisté sus corazones por la «formalidad» de mi conducta -y de mis palabras, que tengo la firme creencia de que me hubieran -defendido a cuchilladas contra cualquier intento de reducirme a -prisión o de molestarme de cualquier otro modo. Quien desee conocer -al español genuino no debe buscarlo en los puertos ni en las grandes -ciudades, sino en los pueblos solitarios y apartados, como los de -La Sagra. Allí encontrará la gravedad en el porte y la caballeresca -disposición del ánimo que se dan como destruídas por la sátira -de Cervantes; y allí oirá, en la conversación de cada día, esas -expresiones grandiosas, que son objeto de mofa, como exageraciones -ridículas, al encontrarlas en los libros de caballerías. - -Un enemigo tenía yo en el pueblo: el cura. - -—Ese individuo es un hereje y un pícaro—dijo un día en la tertulia—. -Nunca va a la iglesia y está envenenando el alma del pueblo con sus -libros luteranos. Hay que enviarlo a Toledo atado codo con codo, o a -lo menos echarle del pueblo. - -—No haré nada de eso—dijo el _alcalde_, que pasaba por carlista—. -Si tiene sus opiniones, yo también tengo las mías. Se porta como es -debido, y no tengo para qué meterme en sus asuntos. Ha estado muy -fino con mi hija y le ha regalado un libro. _¡Que viva!_ Y si es o -no luterano, yo tengo oído que entre los luteranos hay hijos de tan -buenos padres como aquí. Me parece todo un _caballero_. Habla muy -bien. - -—Eso no puede negarse—dijo el barbero. - -—¿Hay quien hable «tan» bien como él?—exclamó el _herrador_—. ¿Ni -quien tenga más formalidad? _¡Vaya!_ Es un hombre que aprecia el -mérito de mi caballo, la flor de España, y me ha dicho que no lo hay -mejor en _Inglaterra_. Un hombre, además, que si tuviera que quedarse -en España, me asegura que compraría mi caballo, y me daría por él lo -que le pidiese. ¡Echar a un hombre así! Un hombre de mi sangre, rubio -como yo. ¿Quién se atrevería a echarlo de aquí, si yo, el tuerto, me -opongo? - -Voy a contar una anécdota, relacionada con la circulación de las -Escrituras, que no deja de ser rara. - -Ya he hablado del molino del puente de Azeca. Trabé amistad con el -arrendatario, conocido en el país por don Antero. Un día me llevó -aparte, y con gran asombro mío me preguntó si no querría venderle un -millar de Testamentos, al mismo precio que los daba a los lugareños, -mostrándose dispuesto a pagarlos al contado. Al decir esto, hundió -una mano en un bolsillo y extrajo un puñado de onzas. Le pregunté qué -motivo le impulsaba a una compra tan importante; dijo que tenía un -pariente en Toledo, y, deseando establecerlo, le había parecido lo -mejor alquilarle una tienda en la ciudad y que se dedicase a vender -Testamentos. Le contesté que no debía pensar en cosa semejante, -porque lo más probable era que secuestraran los libros al pretender -introducirlos en Toledo, dado lo muy opuestos que eran los curas y -canónigos a su difusión. - -El hombre no se arredró. Díjome que su pariente podía viajar, lo -mismo que yo, y vender libros a los campesinos, con alguna ganancia. -Confieso que al principio estuve inclinado a aceptar su ofrecimiento, -pero al cabo rehusé, porque no quería exponer a un buen hombre al -riesgo de perder dinero y bienes, y acaso la libertad y la vida. -También era yo opuesto a vender los libros a precio más elevado, -sabiendo que los campesinos no podían pagarlo, y que en tal caso -perderían los libros mucha parte de la influencia de que gozaban; su -baratura producía impresión en el ánimo del pueblo, y casi la tenían -allí por milagrosa, como los judíos al maná que cayó del cielo -cuando perecían de hambre, o a la fuente que brotó súbitamente de la -dura roca para saciar su sed en el desierto. - -Durante todo este tiempo, un labriego iba y venía continuamente -entre Villaseca y Madrid, llevando cargas de Testamentos en un -_borrico_. Proseguimos nuestros trabajos hasta que la mayor parte de -los pueblos de La Sagra estuvieron provistos de libros, sobre todo, -Bargas, Cobeja, Mocejón, Villaluenga, Villaseca y Yuncler. Supimos, -por último, que nuestras andanzas eran conocidas en Toledo, donde -producían gran alarma, y regresamos a Madrid. - - - - -CAPÍTULO XLIV - - Aranjuez. — Una advertencia. — Aventura nocturna. — Nueva - expedición. — Segovia. — Abades. — Curas facciosos. — López, en - la cárcel. — Liberación de López. - - -El buen éxito que coronó nuestros esfuerzos en La Sagra de Toledo -me incitó prontamente a acometer una nueva empresa. Determiné -encaminarme a La Mancha, y distribuir la Palabra por los pueblos -de aquella provincia. López, que ya había prestado tan importantes -servicios en La Sagra, nos acompañó a Madrid, y ansiaba tomar parte -en la nueva expedición. Resolví ir por de pronto a Aranjuez, donde -esperaba obtener algunas noticias útiles para regular nuestros -movimientos ulteriores; Aranjuez está a corta distancia de la raya -de La Mancha, y lo cruza la carretera que lleva a esa provincia. -Partimos, pues, de Madrid, y en cada pueblo del camino vendimos de -treinta a cuarenta Testamentos, hasta llegar a Aranjuez, adonde -habíamos enviado por delante un buen repuesto de libros. - -Ameno sitio es Aranjuez, aunque abandonado. Allí el Tajo fluye por -un delicioso valle, quizás el más fértil de España; y allí surgió, -en días mejores para ese país, una pequeña ciudad, con un palacio -modesto, pero muy lindo, sombreado por árboles enormes, donde los -reyes venían a explayarse olvidando los cuidados del trono. Allí -pasó sus últimos días Fernando VII, rodeado de _señoras_ guapas y de -toreros andaluces; pero, como dice Schiller en una de sus tragedias: -«Los hermosos días de Aranjuez ya se acabaron.» Cuando el sensual -Fernando rindió su cuenta postrera, la realeza huyó de allí, y el -sitio decayó pronto. Ya no se agolpan en palacio los intrigantes -cortesanos; su vasto circo, donde antaño los toros manchegos bramaban -furiosos en la lucha, está cerrado; y ya no se oye el leve puntear de -las guitarras en sus arboledas y jardines. - -Tres días estuve en Aranjuez, durante los que Antonio, López y yo no -dejamos en la ciudad ninguna casa por visitar. Hallamos entre los -habitantes gran miseria y mucha ignorancia; tropezamos con alguna -oposición; sin embargo, plugo al Todopoderoso permitirnos vender unos -ochenta Testamentos, comprados todos por la gente más pobre; las -personas acomodadas no pusieron atención en la Palabra de Dios, y más -bien se mofaban de ella y la ridiculizaban. - -Una circunstancia me agradó y contentó en gran manera, a saber: -la prueba ocular de que los libros vendidos se leían, y con mucha -atención, por los compradores, y que otras varias personas recibían -su benéfico influjo. En las calles de Aranjuez, y debajo de los -poderosos cedros y gigantescos álamos y plátanos que forman sus -hermosos bosques, vi con frecuencia grupos de individuos oyendo leer -en alta voz el Nuevo Testamento. - -Es probable que, de permanecer más tiempo en Aranjuez, hubiera -vendido muchos más de aquellos Divinos Libros; pero ansiaba ganar La -Mancha y sus arenosas planicies, y esconderme por una temporada en -sus apartados pueblos, para huír de la tormenta que sentía cernerse -sobre mí. Una vez más allá de Ocaña, ciudad fronteriza, sabía yo bien -que nada tendría que temer de las autoridades españolas, cuyo poder -terminaba allí; el resto de La Mancha hallábase casi por completo -en manos de los carlistas, y recorrido por pequeñas partidas de -bandidos, de quien esperaba librarme con la protección del Señor. -Partí, pues, para Ocaña, distante de Aranjuez tres leguas. - -Antonio y yo salimos a las seis de la tarde; muy de mañana, habíamos -enviado por delante a López con doscientos o trescientos Testamentos. -Dejamos la carretera, y caminamos por un atajo a través de agrestes -cerros, y por terreno quebrado y pendiente. - -Como íbamos bien montados, llegamos frente a Ocaña cuando acababa de -ponerse el sol; el pueblo se alza en un cerro escarpado; un valle -profundo se abría entre el pueblo y nosotros; bajamos, hasta llegar -a un puentecillo por el que se cruza un riachuelo en el fondo del -valle, a muy corta distancia de una especie de arrabal. Cruzamos el -puente, y al pasar junto a una casa abandonada, a mano izquierda, un -hombre se destacó del hueco de la puerta. - -Lo que voy a decir parecerá incomprensible; téngase presente que -anda en ello un pueblo harto singular. El hombre se plantó delante -del caballo, cerrando el camino, y dijo: _Schophon_, que en hebreo -significa conejo. Sabía yo que esta palabra era una contraseña de los -judíos, y pregunté al hombre si tenía alguna cosa que advertirme. -Dijo así: «No debe usted entrar en esta ciudad, porque le han tendido -un lazo. El _corregidor_ de Toledo, en quien toda maldad tiene -cabida, por agradar a los sacerdotes de María, a quienes escupo al -rostro, ha ordenado a los _alcaldes_, _escribanos_ y _corchetes_ de -estas partes que le echen a usted mano dondequiera que le encuentren, -y le manden a Toledo con sus libros y con cuanto le pertenezca. A su -criado le prendieron esta mañana en la parte alta del pueblo, cuando -iba vendiendo libros por la calle, y ahora le esperan a usted en la -_posada_; pero como yo le conocía a usted por lo que me han contado -mis hermanos, he estado esperándole aquí unas horas para darle este -aviso, y que su caballo vuelva el rabo a sus enemigos y se burle de -ellos con un relincho. No tema usted por su criado; el _alcalde_ -le conoce y le pondrá en libertad; pero usted huya, y que Dios le -proteja». Dicho esto, se fué corriendo hacia el pueblo. - -No vacilé un momento en seguir su consejo, sabiendo bien que, -secuestrados los libros, ya nada podía hacer en aquellos lugares. -Retrocedimos en dirección de Aranjuez. Los caballos, a pesar de -la naturaleza del terreno, corrían a todo galope; pero no habían -terminado nuestras aventuras. A mitad de camino, y a una media legua -del pueblo de Ontígola, vimos cerca de nosotros, a mano izquierda, -tres hombres sobre un montículo. Hasta donde la obscuridad lo -permitía, nos pareció distinguir que estaban al descubierto, pero -llevaban sendas escopetas. Eran _rateros_, o salteadores de caminos. -Hicimos alto y gritamos: - -—¿Quién va? - -—¡Qué les importa a ustedes!—respondieron—. Sigan adelante. - -Su designio era hacernos fuego desde un sitio en que fuera imposible -errar. - -Gritamos de nuevo: - -—Si no pasáis ahora mismo a la derecha del camino, os pateamos con -los cascos de los caballos. - -Vacilaron, y al fin obedecieron, porque todos los asesinos son -cobardes y a la menor señal de energía se someten. - -Cuando pasábamos al galope, gritó uno, con una palabrota obscena: - -—¿Tiramos? - -Pero otro dijo: - -—¡No, no! ¡Hay peligro! - -Llegamos a Aranjuez, donde se nos reunió López a la mañana siguiente -temprano, y nos volvimos a Madrid. - -Pena me da decir que en Ocaña secuestraron doscientos Testamentos -y, sellados, los enviaron a Toledo. López me contó que los hubiera -vendido todos en dos horas: tan grande era la demanda. Así y todo, -vendió veintisiete en menos de diez minutos. - -A pesar del tropiezo de Ocaña no estábamos desanimados, ni mucho -menos, y sin perder tiempo empezamos a preparar otra expedición. Al -volver de Aranjuez a Madrid, mis ojos habían contemplado muy a menudo -la potente barrera de montañas que divide las dos Castillas, y me -dije: «¿Por qué no cruzar esas montañas y comenzar mis operaciones al -otro lado, en la propia Castilla la Vieja? Allí no me conocen, y será -difícil que hayan llegado noticias de mis trabajos. Quizás el enemigo -duerme, y antes que se despierte puedo sembrar mucha buena simiente -en los pueblos de los castellanos viejos. A Castilla, pues; a -_Castilla la Vieja_.» Por consiguiente, el día después de mi regreso -despaché varias cargas de libros a diferentes pueblos que me proponía -visitar, y envié por delante a López, con su burra bien cargada, -y orden de esperarme, en un día señalado, debajo de cierto arco -del acueducto de Segovia. También le di orden de ajustar a cuantas -personas quisieran cooperar en la distribución de las Escrituras y -pareciesen útiles para el caso. Imposible hallar un colaborador más -valioso que López para una expedición de ese género. No sólo conocía -muy bien el país, sino que tenía amigos, y hasta parientes, al otro -lado de la sierra, y me aseguró que en sus casas nos recibirían -siempre muy bien. Partió con grandes bríos, exclamando: - -—Tenga buen ánimo, _don Jorge_; antes de que volvamos habremos -vendido hasta el último ejemplar de su librería evangélica. ¡Abajo -los frailes! ¡Abajo la superstición! _¡Viva Inglaterra! ¡Viva el -Evangelio!_ - -A los pocos días le seguí yo con Antonio. Subimos a la sierra por -el puerto que llaman de Peña Cerrada, a unas tres leguas al Este -del de Guadarrama. Es muy poco frecuentado, porque la carretera -que une ambas Castillas pasa por Guadarrama. Tiene además muy mala -reputación: todos dicen que se halla infestado de ladrones. Acababa -de ponerse el sol cuando llegamos a la cumbre, y entramos en un -espeso y sombrío pinar que cubre enteramente las montañas por la -parte de Castilla la Vieja. La bajada no tardó en hacerse tan rápida -y pendiente, que de buen grado nos apeamos de los caballos y los -obligamos a ir delante. Cada vez nos hundíamos más en el bosque; los -pájaros nocturnos empezaron a graznar, y millones de grillos dejaban -oír su penetrante chirrido encima, debajo y alrededor nuestro. -A veces percibíamos a cierta distancia, entre los árboles, unas -llamaradas como de inmensas hogueras. - -—Son los carboneros, _mon maître_—dijo Antonio—. No debemos -acercarnos porque son gente bárbara, medio bandidos. Han matado y -robado a muchos viajeros en estas horribles soledades. - -Era noche obscurísima cuando llegamos al pie de las montañas; aún -estábamos entre pinares y bosques, que se extendían muchas leguas a -la redonda. - -—Difícil será que lleguemos a Segovia esta noche, _mon maître_—dijo -Antonio. - -Así fué, en efecto, porque nos desorientamos, y al llegar, al fin, -a un sitio donde se bifurcaba el camino, en lugar de tomar el de la -izquierda, que nos hubiese llevado a Segovia, volvimos a la derecha, -en dirección de La Granja, adonde llegamos a media noche. - -Encontramos en La Granja mayor desolación aún que en Aranjuez. Ambos -sitios han padecido mucho con la ausencia de los reyes; pero el -primero hasta un grado en extremo aterrador. Los nueve décimos de la -población han abandonado el lugar, residencia favorita de Cristina -hasta el último pronunciamiento. Tan grande es la soledad de La -Granja, que los jabalíes de los bosques vecinos, y especialmente los -de una montaña cónica, cubierta por un hermoso pinar, que se alza -inmediatamente detrás del palacio, llegan muy a menudo hasta las -calles y plazas, y dejan la huella de sus colmillos en los postes de -los soportales. - -Estuvimos veinticuatro horas en La Granja y continuamos a Segovia. -Llegó el día que tenía señalado para reunirme con López. Fuí al -acueducto y me senté debajo del arco 107, donde esperé la mayor parte -del día; pero López no se presentó. Me levanté y volví a la ciudad. - -Esperé dos días en Segovia en casa de un amigo; tampoco recibí -noticias de López. Al cabo, por una de las mayores casualidades del -mundo, oí a un lugareño que en las cercanías de Abades había unos -hombres vendiendo libros. - -Abades dista de Segovia unas tres leguas, y hacia allá me puse en -camino, así que recibí la noticia, con tres pollinos cargados de -Testamentos. Al anochecer llegué a Abades, y encontré a López, con -dos campesinos que había contratado, en casa del barbero del pueblo, -donde me alojé también. Llevaba ya vendidos muchos Testamentos en -las cercanías, y había empezado a venderlos aquel día en el mismo -Abades; pero dos de los tres _curas_ del pueblo se lo estorbaron: con -horrendas maldiciones condenaban la obra, y amenazaban a López con -la muerte eterna por venderla, y lo mismo a cualquiera otra persona -que la comprase; López, aterrado, se contuvo en espera de mi llegada. -El tercer _cura_, sin embargo, se esforzó cuanto pudo en persuadir -al pueblo que adquiriese Testamentos, diciendo que sus colegas eran -unos hipócritas, unos malos pastores, que, por mantenerlos en la -ignorancia de la palabra y de la voluntad de Cristo, los conducían -al infierno. Oídas estas noticias, me encaminé a la plaza, y la -misma noche logré vender más de treinta Testamentos. A la mañana -siguiente, los dos _curas_ facciosos se me metieron en casa; pero en -cuanto me levanté para hacerles cara se retiraron y no supe más de -ellos, excepto que me anatematizaron más de una vez públicamente en -la iglesia; como no me resultó daño alguno, el suceso me preocupó muy -poco. - -No referiré con detalles los eventos de la siguiente semana; baste -decir que, distribuídas mis fuerzas del modo más conveniente, logré, -con la ayuda de Dios, vender de quinientos a seiscientos Testamentos -en los pueblos enclavados dentro de un radio de siete leguas en -torno de Abades. Al cabo de ese tiempo, supe que mis trabajos se -conocían ya en Segovia, a cuya provincia pertenece Abades, y que -se había enviado al _alcalde_ orden de secuestrar cuantos libros -hallase en mi poder. Sabido esto, y aunque ya era entrada la noche, -levanté el campo con mi gente, llevándonos más de trescientos -Testamentos, porque habíamos recibido de Madrid, pocas horas antes, -nueva provisión de ellos. Pasamos la noche al raso, y a la mañana -siguiente llegamos a Labajos, pueblo situado en la carretera de -Madrid a Valladolid. No vendimos libros en aquel lugar, limitándonos -a abastecer desde él de la Palabra de Dios a los pueblos inmediatos; -también vendimos libros por los caminos. - -No llevábamos en Labajos una semana, trabajando con mucho fruto, -cuando el cabecilla carlista Balmaseda, al frente de su caballería, -hizo su atrevida incursión por la parte Sur de Castilla la Vieja, -arrojándose como un alud desde los pinares de Soria. Presencié los -horrores que se siguieron: saqueo de Arévalo; toma de Martín Muñoz. -En medio de escenas tan terribles continuábamos nuestra tarea. De -pronto, López estuvo tres días perdido, y pasé angustias mortales por -su causa, imaginándome que los carlistas le habían fusilado; al cabo -supe que estaba preso en Villalos[15], pueblo distante tres leguas -de allí. Los pasos que di para librarlo se encuentran detallados en -una comunicación que juzgué de mi deber transmitir a lord William -Hervey, a la sazón ministro británico en Madrid en reemplazo de sir -Jorge Villiers, ya conde de Clarendon. - - [15] Velayos. - - «Labajos (provincia de Segovia), - 23 de agosto de 1838. - - Señor: Con su venia me permito llamar su atención sobre - los siguientes hechos: El día 21 del corriente supe que un - dependiente mío, llamado Juan López, estaba preso en la cárcel de - Villalos, provincia de Avila, por orden del _cura_ del pueblo. El - crimen de que se le acusaba era la venta del Nuevo Testamento. - Estaba yo a la sazón en Labajos, provincia de Segovia, y la - división del cabecilla faccioso Balmaseda andaba por las - inmediaciones. El día 22 monté a caballo y fuí a Villalos, - distante tres leguas. A mi llegada encontré que López había sido - trasladado desde la cárcel a una casa particular. Había llegado - una orden del _corregidor_ de Avila mandando poner en libertad a - López y retener tan sólo los libros que se hallaran en su poder. - Sin embargo, en abierta oposición a esa orden (de la que le envío - copia), el _alcalde_ de Villalos, por instigación del _cura_, no - permitió al dicho López marcharse del pueblo, ni con dirección a - Avila, ni a otro sitio cualquiera. A López le dieron a entender - que, como se esperaba la llegada de los facciosos, se proponían - denunciarle a ellos como liberal para que lo fusilaran. Teniendo - en cuenta estas circunstancias creí de mi deber, como cristiano - y caballero, rescatar a mi infeliz criado de tan inicuas manos, - y, por tanto, desafiando toda oposición, le saqué de allí, aunque - inerme, a través de una turba de cien lugareños cuando menos. Al - salir del pueblo grité: _¡Viva Isabel segunda!_ - - Como creo que el _cura_ de Villalos es capaz de cualquier - infamia, ruego humildemente a V.E. que haga llegar con prontitud - al Gobierno español una copia del anterior relato. - - Tengo el honor de ser, como siempre, señor, el más sumiso - servidor de V.E. - - JORGE BORROW. - - Al muy honorable señor William Hervey.» - -Libertado López, proseguimos la obra de distribución. Pero de pronto -sentí los primeros síntomas de una enfermedad, que me obligaron a -volver con premura a Madrid. Ya de vuelta, me atacó una fiebre que -me retuvo en el lecho unas semanas. Tuve varios ataques de delirio; -durante uno de ellos me imaginé que estaba en la plaza de Martín -Muñoz empeñado en una lucha a muerte con el cabecilla Balmaseda. - -Apenas me vi limpio de fiebre, se apoderó de mí una melancolía -profunda que me imposibilitaba para todo trabajo. Me recomendaron un -cambio de lugar y de aires, y me volví a Inglaterra. - - - - -CAPÍTULO XLV - - Regreso a España. — Sevilla. — Un perseguidor encarnizado. — La - profetisa manchega. — El sueño de Antonio. - - -El 31 de diciembre de 1838 llegué a España por tercera vez. Estuve -en Cádiz un par de días, y fuí a Sevilla, desde donde pensaba -trasladarme a Madrid por la posta. Detúveme allí una quincena gozando -del clima delicioso de aquel paraíso terrenal y de las embalsamadas -brisas del invierno andaluz, como ya hice dos años atrás. Antes de -marcharme de Sevilla visité al librero, mi corresponsal, quien me -dijo que de los cien ejemplares del Testamento dejados a su cargo, el -Gobierno había embargado setenta y siete el verano anterior, que se -hallaban en poder del gobernador eclesiástico. Resolví, pues, visitar -también a este funcionario, con la mira de hacer averiguaciones -respecto de mis bienes. - -Vivía en una vasta casa en la _Pajaría_, o mercado de la paja. -Era muy viejo, entre los setenta y los ochenta años, y, como la -generalidad de cuantos visten hábitos sacerdotales en Sevilla, -furioso perseguidor papista. Me figuro que le costaría trabajo -creer a sus oídos cuando sus dos sobrinos-nietos, guapos chicos, -pelinegros, que estaban jugando en el patio, fueron a decirle que un -inglés deseaba hablarle, pues probablemente era yo el primer hereje -que se aventuraba en su vivienda. Hallábase en una sala abovedada, -sentado en un gran sillón, con dos secretarios de siniestra catadura, -también en hábitos clericales, ocupados en escribir en una mesa -delante de él. Me trajo con fuerza a la memoria la imagen del torvo -y viejo inquisidor que persuadió a Felipe II para que matase a su -propio hijo como enemigo de la Iglesia. - -Se levantó al verme entrar, y me contempló con semblante ensombrecido -por la sospecha y la contrariedad. Al cabo se dignó señalarme un -sofá y empecé a darle cuenta de mi asunto. Mucho se agitó al oírme -hablar de los Testamentos; pero en cuanto mencioné a la Sociedad -Bíblica, y le dije quién era yo, no pudo contenerse más tiempo: con -lengua balbuciente, y los ojos chispeantes como ascuas, empezó a -ultrajarnos a la Sociedad y a mí, diciendo que eran execrables los -fines de la primera, y que en lo tocante a mí, se sorprendía de que, -habiéndome ya una vez alojado en la cárcel de Madrid, me hubiesen -permitido salir de ella; añadió que era oprobioso para el Gobierno -permitir que una persona de mi condición vagase en libertad por un -país inocente y pacífico para corromper a las almas ignorantes y -confiadas. Lejos de dejarme desconcertar por su proceder brutal, le -repliqué con toda la cortesía posible, y le aseguré que en aquel caso -no tenía razón para alarmarse, pues el solo motivo de reclamar los -libros era el deseo de aprovechar una oportunidad que entonces se -me presentaba para enviarlos fuera del país, como, en efecto, tenía -orden oficial de hacerlo. Pero con nada se calmó, y me hizo saber que -no devolvería los libros en ningún caso, salvo por orden terminante -del Gobierno. Como el asunto no tenía importancia, juzgué lo más -cuerdo no insistir, y prudente retirarme antes de que me invitara a -hacerlo. Hasta la calle me siguieron su sobrina y sus nietos, que -durante toda la conversación habían estado escuchando en la puerta de -la sala sin perder palabra. - -Al pasar por la Mancha nos detuvimos cuatro horas en Manzanares, -pueblo grande. Hallábame en la plaza de conversación con un cura, -cuando un ser harapiento y espantable se presentó: era una muchacha -de unos diez y ocho o diez y nueve años, completamente ciega; una -telilla blanca le cubría los ojos, grandes, parados. Su tez era tan -amarillenta como la de una mulata. Al pronto creí que sería gitana, -y hablándole en _gitano_ inquirí si era de la casta. Me entendió; -pero, moviendo la cabeza, me dijo que era algo mejor que _gitana_, -y sabía hablar una lengua superior también a la jerga de los -hechiceros, y empezó a hacerme preguntas en un latín extremadamente -bueno. Mucho me sorprendí, como era natural; apelando a todo el -latín que sabía, la llamé «profetisa manchega», le expresé mi -admiración por su mucha sabiduría, y le rogué que me explicase cómo -la había adquirido. Debo hacer notar aquí que al momento nos rodeó la -multitud, y aunque no entendía ni palabra de nuestro diálogo, rompía -en aplausos a cada frase de la muchacha, enorgulleciéndose de poseer -una profetisa capaz de contestar al inglés. - -Díjome que era ciega de nacimiento, y que un padre jesuíta, -compadecido de ella, le enseñó, de niña, la lengua sagrada, para -que ganase con más facilidad la atención y los corazones de los -cristianos. Pronto descubrí que el jesuíta le había enseñado algo -más que latín, pues al saber que yo era inglés, dijo que siempre -había profesado gran afecto a mi país, cuna en otro tiempo de santos -y de sabios, por ejemplo: Beda y Alcuino, Columbus y Tomás de -Cantorbery; pero, añadió, esos tiempos se acabaron con la reaparición -de Semíramis (Isabel). Su latín era excelente de veras, y cuando -yo, como un godo auténtico, hablé de Anglia y Terra Vandálica, -me corrigió diciéndome que en su lengua esos lugares se llamaban -Britannia y Terra Bética. Acabado el coloquio, la profetisa hizo una -colecta, y hasta los más pobres dieron algo. - -Tras un viaje de cuatro días con sus noches, llegamos a Madrid sin -el menor tropiezo, aunque es de estricta justicia hacer notar, y -siempre con gratitud al Todopoderoso, que el correo siguiente fué -robado. Momentos después de la llegada, me ocurrió un caso singular. -Al entrar por el arco de la _posada_ llamada de La Reina, donde -pensaba alojarme, unos brazos me rodearon, y volviéndome con asombro, -reconocí a Antonio, mi criado griego. Estaba muy flaco, mal vestido; -los ojos parecían saltársele de las órbitas. - -En cuanto estuvimos solos me contó que desde mi partida había pasado -muchas miserias y escaseces, sin poder hallar en todo el tiempo -amo a quien servir; tanto, que casi había llegado al borde de la -desesperación; pero la noche antes de mi llegada tuvo un sueño, y me -vió, montado en un caballo negro, llegar a la puerta de la _posada_: -por esa razón había estado esperándome allí la mayor parte del día. -No pretendo dar una opinión acerca de esta historia, que se sale de -los límites de mi filosofía, y me contentaré con decir que en Madrid -sólo dos personas conocían mi llegada a España. Con gusto le recibí -de nuevo a mi servicio, pues, no obstante sus defectos, me había sido -muy útil muchas veces en mis viajes y en mis trabajos bíblicos. - -Tan pronto como me instalé en mi antiguo hospedaje, uno de mis -primeros cuidados fué visitar a Lord Clarendon. Díjome, entre otras -cosas, que había recibido una comunicación oficial del Gobierno, -participándole el embargo de los Testamentos en Ocaña, en las -circunstancias ya contadas por mí, y haciéndole saber que, a menos de -tomar disposiciones urgentes para llevárselos fuera del reino, serían -destruídos en Toledo, donde estaban depositados. Contesté que no me -preocupaba el asunto; y que si las autoridades de Toledo, civiles o -eclesiásticas, resolvían quemar los libros, mi único deseo era que -los entregasen a las llamas con toda la publicidad posible, porque -así no harían más que manifestar su diabólico rencor y hostilidad a -la Palabra de Dios. - -Ansioso de reanudar mis trabajos, apenas llegué a Madrid escribí a -López el de Villaseca, para saber si se hallaba pronto a cooperar en -la tarea, como en otras ocasiones. Me contestó que estaba muy ocupado -en las faenas de la labranza; para llenar su puesto, empero, me envió -un labriego viejo, llamado Victoriano López, lejano pariente suyo. - -¿Qué es un misionero en el corazón de España, sin caballo? Tal -consideración me indujo a comprar uno árabe, de mucha raza, traído -de Argel por un oficial de la legión francesa. El corcel, lo mejor -que, a juicio mío, ha producido jamás el desierto, se llamaba _Sidi -Habismilk_. - - - - -CAPÍTULO XLVI - - Se reanuda la obra de propaganda. — Aventura en Cobeña. — El - poder del clero. — Autoridades rurales. — Fuente la Higuera. — El - contratiempo de Victoriano. — La cárcel del pueblo. — La cuerda. - — Un recado de Antonio. — Antonio, en misa. - - -En el capítulo anterior he dicho que inmediatamente después de llegar -a Madrid, comencé a disponerlo todo para inaugurar las operaciones -en los contornos de la capital; y no tardé en acometer efectivamente -mis trabajos. Un triunfo considerable coronó mis débiles esfuerzos en -pro de la buena causa, por lo que ahora, transcurridos algunos años, -todavía al volver la vista atrás doy gracias al Omnipotente. - -En menos de una quincena recorrimos todos los pueblos que hay dentro -de un radio de cuatro leguas al Este de Madrid, y vendimos cerca de -doscientos Testamentos. Esos pueblos son casi todos muy pequeños; -algunos no tienen arriba de una docena de casas, o más bien chozas -miserables. Dejé a Antonio, mi griego, en Madrid, encargado de -nuestros asuntos, y yo salí con Victoriano, el lugareño de Villaseca, -en la dirección ya mencionada. Pero nos separamos pronto, echando por -caminos diferentes. - -El primer pueblo en que intenté alguna cosa fué Cobeña, a tres leguas -de Madrid. Iba yo vestido como los campesinos de las cercanías de -Segovia, en Castilla la Vieja, a saber, en la cabeza una especie de -capacete de piel o _montera_, y el chaquetón y los calzones del mismo -material. Esto me daba el aspecto de un hombre entre los sesenta y -los setenta años; delante de mí llevaba un _borrico_, con un saco -lleno de Testamentos atravesado en el lomo. En las afueras del pueblo -encontré a una mujer joven, de muy gentil parecer, que llevaba un -niño de la mano. A punto de cruzarme con ella, dirigiéndole la -habitual salutación de _¡Vaya usted con Dios!_, la mujer se detuvo, -y, tras de mirarme un momento, dijo: - -—¡Tío!, ¿qué lleva usted en el _borrico_? ¿Es jabón? - -—¡Sí!—repliqué—. ¡Jabón para limpiar las almas! - -Me preguntó qué daba a entender con eso, y le dije que llevaba, para -vender, libros muy buenos y baratos. Pidió ver uno, y, manifestando -un ejemplar que llevaba en el bolsillo, se lo entregué. Al instante -comenzó a leerlo en voz alta, y así estuvo lo menos diez minutos, -exclamando de vez en cuando: «_¡Qué lectura tan bonita, qué lectura -tan linda!_» Por último, como le dije que iba de prisa y no podía -aguardar más tiempo, exclamó: «¡Es verdad, es verdad!», y me preguntó -el precio del libro. «Sólo tres reales», contesté. A esto repuso que, -con ser tan poco lo que yo pedía, era más de lo que tenía proporción -de dar, pues en aquellas partes había muy poco o ningún dinero. Dije -que lo sentía, pero que me era imposible vender los libros a menos -precio, y, tomando el que le había dado, me despedí y la dejé. Pero -no había andado treinta varas cuando el niño echó a correr detrás de -mí, gritando, casi sin aliento: «¡Párate, tío!, ¡el libro, el libro!» -Me dió alcance, pagó los tres _reales_ en monedas de cobre, y, -apoderándose del Testamento, volvió corriendo hacia la que debía de -ser su hermana, blandiendo el libro sobre su cabeza con gran júbilo. - -En llegando al pueblo, dirigí mis pasos a una casa en torno de cuya -puerta vi reunida alguna gente, mujeres en su mayoría. Desempaqueté -los libros, y, picada al instante su curiosidad, no tardaron en tener -cada una un ejemplar en la mano, y muchas leían en voz alta; pero -aunque esperé casi una hora, sólo pude vender un ejemplar, quejándose -todos amargamente de lo malos que estaban los tiempos y de la casi -total carencia de dinero, aunque, a la vez, reconocían que los libros -eran de maravillosa baratura y, al parecer, muy buenos y cristianos. -Ya iba a recoger la mercancía y a marcharme, cuando de pronto se -presentó el cura del pueblo. Examinó los libros un buen rato con -gran atención, me preguntó el precio de cada ejemplar, y, al saber -que era sólo tres _reales_, replicó que la encuadernación valía más, -y mucho temía que no los hubiese robado, por lo que quizás su deber -era enviarme a la cárcel por sospechoso; pero añadió que los libros -eran buenos libros, comoquiera que los hubiese adquirido, y acabó -comprando dos ejemplares. La pobre gente, en cuanto oyó al cura -alabar los libros, entró en vivos deseos de adquirirlos, y corrió de -aquí para allá en busca de dinero, de modo que se vendieron de veinte -a treinta ejemplares casi en un instante. Esta aventura no sólo es un -ejemplo del influjo que en España aún conserva el clero en el ánimo -del pueblo; pero demuestra que ese influjo no siempre se ejerce en -pro del mantenimiento de la ignorancia y de la superstición. - -En otro pueblo, al mostrar el Testamento a una mujer, dijo que -compraría con gusto un ejemplar para un hijo que tenía en la escuela; -pero que antes necesitaba saber si el libro le serviría. Se fué, y a -poco volvió con el maestro, seguido de todos sus alumnos; entonces, -enseñándole al maestro el libro, la mujer le preguntó si era a -propósito para su hijo. El maestro la llamó necia por hacerle tal -pregunta, y dijo que conocía el libro muy bien, y que no lo había -igual en el mundo. - -Al instante compró cinco ejemplares para sus alumnos, deplorando no -tener más dinero, «que a tenerlo—dijo—compraría toda la partida». -Oído esto, la mujer compró cuatro ejemplares: uno para su hijo, otro -para su «difunto marido», un tercero para sí, y el cuarto para su -hermano, a quien, según dijo, esperaba de Madrid aquella noche. - -En esta forma proseguimos, aunque no siempre con el mismo éxito. En -algunas aldeas, la gente estaba tan pobre y necesitada, que carecía -literalmente de dinero; pero aun en tales casos nos las arreglábamos -para vender algunos ejemplares, a cambio de cebada y otras especies. -Al entrar en una aldehuela, Victoriano se vió detenido por el cura, -quien, enterado de lo que vendía, le intimó a marcharse en el acto, -ó de lo contrario le haría prender y escribiría a Madrid denunciando -sus idas y venidas. La excursión duró unos ocho días. En cuanto -volví, envié a Victoriano a Carabanchel, pueblo inmediato a Madrid, -el único que por la parte Oeste dejé de visitar el año anterior. En -una hora que estuvo allí, vendió veinte ejemplares, y se volvió a -Madrid luego, porque era de muy pocos ánimos y tuvo miedo de tropezar -con los ladrones que por las noches infestaban el camino. - -Poco después de estos sucesos, ocurrió un incidente que quizás haga -sonreír al lector inglés; mas no deja de tener interés como muestra -de los sentimientos dominantes en algunos de los apartados pueblos de -España respecto de cuanto sea novedad o lo parezca, y de las acciones -singulares que a veces cometen las autoridades rurales y los curas, -sin el más leve temor de que les llame a cuentas; pues como viven -completamente aparte del resto del mundo, se tienen por personas de -insuperable importancia, y apenas sueñan que exista un poder superior -al suyo propio. - -Estaba yo a punto de emprender una excursión a Guadalajara y los -pueblos de la Alcarria, distantes de Madrid unas siete leguas; en -realidad, sólo aguardaba para salir el regreso de Victoriano, a -quien había enviado con unos pocos Testamentos en aquella dirección -a manera de explorador, a fin de conocer por sus noticias la -disposición de ánimo de la gente respecto de la compra de libros, y -poder formar una opinión aproximada acerca del número de ejemplares -que necesitaría llevar conmigo. Pero estuve quince días sin recibir -noticias suyas, y al cabo, un campesino me trajo una carta, fechada -en la cárcel de Fuente la Higuera, pueblo a ocho leguas de Madrid, -en la _campiña_ de Alcalá: en esta carta me decía Victoriano que ya -llevaba ocho días preso, y que si yo no tenía medio de libertarle, -permanecería en la cárcel hasta que se muriese de hambre, lo cual -ocurriría, sin duda alguna, tan pronto como se le acabase el dinero. -De mis averiguaciones posteriores resultó que, pasada la ciudad de -Alcalá, empezó a vender libros con muy buen éxito. Todo su repuesto -consistía en sesenta y un Testamentos, y en el solo pueblo de -Arganza[16] vendió, sin la menor dificultad y sin interrupción, -veinticinco; los pobres labriegos le cubrían de bendiciones por -proveerles de libros tan buenos a tan bajo precio. - - [16] ¿Daganzo? - -Ya sólo le quedaban diez y ocho libros cuando tomó el camino de -Fuente la Higuera. Este pueblo le era bastante conocido por haberlo -visitado en otro tiempo cuando recorría aquellos términos vendiendo -_cacharras_. Sintió, pues, ciertas inquietudes en el camino, porque -el pueblo tuvo siempre mala fama. A la llegada, en cuanto dejó su -_caballejo_ en la _posada_, fué a ver al _alcalde_ y le pidió permiso -para vender los libros, permiso que aquel dignatario otorgó en el -acto. Entró luego en una casa y vendió un ejemplar, y lo mismo en -otra. Animado por el éxito entró en una tercera, al parecer la del -barbero del pueblo. Este personaje acababa de comer y estaba en el -zaguán sentado en un sillón de brazos cuando se presentó Victoriano. -Era hombre de unos treinta y cinco años, de aspecto truculento y -bárbaro. Tomó un Testamento que le ofrecía Victoriano y se puso a -examinarlo; pero en cuanto paró los ojos en la portada rompió a reír, -exclamando: - -—_¡Ja, ja, don Jorge Borrow!_ ¡El hereje inglés! ¡Al fin damos con -él! ¡Loados sean la Virgen y los Santos! Hace tiempo que aquí estamos -esperándoles, y al fin han llegado. - -Preguntó el precio del libro, y al saber que era tres _reales_ le -arrojó dos y salió corriendo de la casa con el Testamento en la mano. - -Alarmado Victoriano, decidió marcharse del pueblo lo antes posible. -Volvió, pues, precipitadamente a la _posada_, pagó el pienso de su -caballo, entró en la cuadra, y echándole el aparejo a las costillas -se disponía a salir, cuando de pronto se presentaron el _alcalde_ -del pueblo, el barbero y hasta doce hombres más, algunos armados con -escopetas. En el acto prendieron a Victoriano, embargáronle libros y -caballo, y con muchos denuestos llevaron al preso a la que llamaban -cárcel, cuarto reducido y húmedo, con una pequeña ventana enrejada, -donde le dejaron encerrado. A los tres cuartos de hora volvieron y -se lo llevaron a casa del cura, donde estaban reunidos en cónclave; -el cura, completamente ciego, presidía, y el sacristán oficiaba -de secretario. El barbero formuló su acusación contra el preso, a -saber: que le había sorprendido en el acto de vender una versión de -las Escrituras en lengua vulgar, y el cura interrogó a Victoriano, -preguntándole su nombre y lugar de residencia. Respondió que se -llamaba Victoriano López, y que era natural de Villaseca, en la Sagra -de Toledo. El cura le preguntó entonces qué religión profesaba, -y si era mahometano o francmasón; el preso contestó que católico -romano. Debe advertirse que Victoriano, aunque bastante listo, era -un pobre labrador de sesenta y cuatro años, y hasta aquel momento no -había oído hablar de mahometanos ni francmasones. El cura se enojó, -le llamó _tunante_, y dijo: «Ha vendido usted su alma a un hereje; -hace mucho tiempo que conocemos su conducta de usted y la de su amo. -Usted es el mismo López a quien rescató el año pasado de la cárcel de -Villalos, en la provincia de Avila. Deseo de todas veras que intente -hacer aquí la misma cosa.» - -«¡Sí, sí!—exclamaron los demás del cónclave—: que se atreva a venir -y regará con su sangre esas piedras». Así estuvieron hablando cerca -de media hora. Al cabo, levantaron la sesión, llevando de nuevo a -Victoriano a su encierro. - -Mientras estuvo preso vivió con regular comodidad, porque llevaba -algún dinero. Dos veces al día le enviaban la comida de la _posada_, -donde su caballo permanecía en secuestro. Una o dos veces pidió -permiso al _alcalde_, que le visitaba a diario mañana y noche -con su escolta armada, para comprar papel y pluma con el fin de -escribir a Madrid; pero le negaron en absoluto ese favor, y a todos -los habitantes del pueblo se les prohibió, bajo terribles penas, -proveerle de los medios de escribir ni llevar recado suyo más allá de -las cercas del lugar; debajo de la ventana de su encierro pusieron -dos chicos de plantón para estar a la mira de cuanto le llevasen. - -Ocurrió un día que, teniendo Victoriano necesidad de una almohada, -envió a decir a la gente de la _posada_ que le mandasen las -_alforjas_. En ellas había por casualidad una cuerda que en España -llaman _soga_, con la que acostumbraba sujetarlas al lomo de la jaca. -Los chicos, al ver colgar de las _alforjas_ la punta de la cuerda, -corrieron a decírselo al _alcalde_. - -Ya entrada la noche, el _alcalde_ visitó al prisionero, a la cabeza -de sus doce hombres, como de costumbre. - -—_Buenas noches_—dijo el _alcalde_. - -—_Buenas noches tenga usted_—contestó Victoriano. - -—¿Para qué ha mandado usted buscar una _soga_ esta tarde?—preguntó -el funcionario. - -—Yo no he mandado por la _soga_—respondió el preso—. Mandé por las -_alforjas_ para que me sirvan de almohada, y la cuerda estaba dentro -por casualidad. - -—Es usted un bribón, embustero, mal intencionado—replicó el alcalde—. -Usted pretende ahorcarse para perdernos a todos, porque nos echarían -la culpa de su muerte. Deme la _soga_.—El mayor insulto que puede -hacerse a un español es acusarle de intentar suicidarse. El pobre -Victoriano, presa de violenta cólera, le disparó al _alcalde_ varios -nombres poco corteses, sacó la _soga_ de las alforjas y se la tiró a -la cabeza, diciéndole que se la llevase para emplearla en su propio -cuello. - -Al fin, los dueños de la _posada_ se apiadaron del preso, -percatándose de que le maltrataban sin motivo; resolvieron, pues, -darle ocasión de informar a sus amigos de lo que le sucedía, y le -mandaron plumas y tintero dentro de un pan, y un pedazo de papel -diciendo que este último era para cigarros. - -Victoriano escribió la carta; pero surgió la dificultad de enviarla a -su destino, porque nadie del pueblo quería llevarla a ningún precio. -Aquella buena gente convenció a un soldado cumplido, de otro pueblo, -que por ventura estaba en Fuente la Higuera en busca de trabajo, -para que se encargase de llevar la carta, asegurándole que le -pagarían bien. El hombre, aprovechando una ocasión, recibió la carta -de Victoriano por la ventana, anduvo toda la noche sin parar y me la -entregó sin contratiempo en Madrid. - -Así quedé libre de la ansiedad en que estaba y sin ningún temor -acerca de la conclusión del asunto. Al instante fuí a ver a un amigo, -con grandes posesiones en las cercanías de Guadalajara, provincia -a que pertenece Fuente la Higuera, quien me dió cartas para el -gobernador civil de Guadalajara y para las principales autoridades; -estas cartas se las entregué a Antonio, que solicitó encargarse -del cometido de libertar al preso. Se encaminó lo primero a Fuente -la Higuera, donde, encontrándose en casa del _alcalde_, le dijo -resueltamente a lo que iba. El _alcalde_, creyendo que yo estaría -para llegar con un ejército inglés a fin de rescatar al preso, se -alarmó mucho, y al instante envió a su mujer a convocar la escolta; -pero al asegurarle Antonio que no había propósito de emplear la -violencia, se tranquilizó algo. A poco, Antonio fué citado ante el -cónclave y su ciego y sacerdotal presidente. Al principio quisieron -asustarle alzando mucho la voz, y hablando de la necesidad de matar a -todos los extranjeros, y en especial al aborrecido _don Jorge_ y sus -dependientes. Pero Antonio, que no era hombre para dejarse intimidar -tan fácilmente, se burló de sus amenazas, y, enseñándoles las cartas -que llevaba para las autoridades de Guadalajara, dijo que pensaba ir -allá a la mañana siguiente y denunciar su conducta ilegal; añadió -que era súbdito turco, y que si se atrevían a cometer con él la más -leve desconsideración escribiría a la Sublime Puerta, junto a la que -los más poderosos reyes del mundo son pobres gusanos, y no dejaría -de vengar los agravios hechos a su hijo, dondequiera que estuviese, -en forma demasiado terrible para mencionada. Luego se volvió a la -_posada_. El cónclave quedó deliberando a solas, y resolvió enviar -el prisionero a Guadalajara al otro día, poniéndolo en manos del -gobernador civil. - -No obstante, para conservar una apariencia de autoridad, pusieron -dos hombres armados a la puerta de la _posada_ donde vivía Antonio, -como si también estuviese preso. Los hombres, cada vez que el reloj -daba la hora, exclamaban: «_¡Ave María!_ ¡Mueran los herejes!» Por la -mañana temprano, el _alcalde_ se presentó en la _posada_; pero antes -de entrar dirigió desde la puerta un discurso a la gente que había en -la calle, diciendo entre otras cosas: «Hermanos, estos individuos han -venido a robarnos nuestra religión.» Entró luego en el aposento de -Antonio, y tras de saludarle con gran cortesía le invitó a ir con él -a la iglesia a oír la misa mayor, que estaba para empezar. A esto, -Antonio, aunque ciertamente no era un traga-misas, se levantó y fué -con él, y permaneció dos horas, según me contó luego, de rodillas -en las frías losas, muy a disgusto; los fieles no le quitaron ojo -durante todo el tiempo. - -Después de la misa almorzó y se fué a Guadalajara. Victoriano -había salido ya con escolta. En llegando, presentó las cartas a -las personas a quien iban dirigidas. Al gobernador civil le dió un -ataque de risa al oír de labios de Antonio el relato de lo sucedido. -Victoriano fué puesto en libertad, y los libros, retenidos bajo -secuestro en Guadalajara; el gobernador declaró, no obstante, que -si bien su deber era retenerlos por el momento, me los enviarían en -cuanto yo quisiese reclamarlos; añadió que haría lo posible para -castigar severamente a las autoridades de Fuente la Higuera, porque -en todo aquel caso habían procedido en forma tiránica y cruelísima, -excediéndose de sus atribuciones. Así terminó el asunto; uno de esos -menudos incidentes que alternan en la vida del misionero en España. - - - - -CAPÍTULO XLVII - - Término de nuestros trabajos rurales. — Alarma del clero. — Una - nueva tentativa. — Triunfo en Madrid. — Duende o alguacil. — El - bastón de mando. — El corregidor. — Una explicación. — El Papa en - Inglaterra. — La exposición del Evangelio. — Obras de Lutero. - - -Proseguimos la tarea de repartir las Escrituras, con éxito vario, -hasta mediados de marzo, en que resolví marcharme a Talavera para ver -si era posible hacer algo en esa ciudad y sus cercanías. Salí, por -tanto, en aquella dirección acompañado de Antonio y de Victoriano. -Al paso nos detuvimos en Navalcarnero, pueblo grande, a cinco leguas -al Oeste de Madrid, donde permanecí tres días, enviando a Victoriano -a las aldeas circunyacentes con pequeñas partidas de Testamentos. La -Providencia, que hasta entonces nos favoreció por modo tan notable -en nuestras expediciones rurales, nos retiró su apoyo, y nos redujo -a terminarlas de repente, porque en todos los lugares donde poníamos -a la venta los escritos sagrados eran en el acto embargados por -personas que, al parecer, estaban en acecho; eventos que me obligaron -a variar el propósito de ir a Talavera y a regresar sin dilación a -Madrid. - -Supe posteriormente que, alarmado el alto clero por nuestra campaña -al otro lado de Madrid, presentó una queja en forma ante el Gobierno, -quien envió inmediatamente órdenes a los _alcaldes_ de los pueblos, -grandes y chicos, de Castilla la Nueva, para que secuestrasen los -Testamentos en cuanto salieran a la venta; pero amonestándoles, al -mismo tiempo, para que pusieran el mayor cuidado en no detener ni -maltratar a la persona o personas que intentasen venderlos. Una -puntual reseña de mi persona acompañaba a las órdenes, y se exhortaba -a las autoridades, lo mismo civiles que militares, a tener mucho -cuidado conmigo y con mis mañas y maquinaciones, porque, como el -documento decía, un día estaba yo en un sitio y a la mañana siguiente -en otro distante del primero veinte leguas. - -Este golpe no me desalentó mucho ni realmente me cogió de sorpresa. -Resolví, con todo, variar de campo de acción y no exponer los libros -sagrados a un secuestro a cada paso que diera para difundirlos. En -mis últimas tentativas consagré mi atención exclusivamente a los -pueblos y a las ciudades pequeñas, en las que le era muy fácil al -Gobierno frustrar mis esfuerzos mediante circulares a las autoridades -locales, puestas así sobre aviso, y cuya vigilancia era imposible -burlar, pues cualquier novedad ocurrida en un pueblo pequeño se -esparce sin tardanza. El caso sería muy distinto tratándose de la -muchedumbre de la capital, donde podía continuar mis trabajos con -relativo secreto. Formé el plan de abandonar los distritos rurales y -ofrecer en Madrid el sagrado libro de casa en casa al mismo reducido -precio que en los campos. Sin dilación llevé a efecto mi plan. - -Como tenía muchos conocimientos en el pueblo bajo, escogí ocho -personas inteligentes para que cooperasen en mi tarea; cinco de ellas -eran mujeres. A todos los proveí de Testamentos y los repartí por -todos los barrios de Madrid. El resultado de sus esfuerzos superó mis -esperanzas. Menos de quince días después de volver de Navalcarnero -se habían vendido en las calles y avenidas de Madrid cerca de -seiscientos ejemplares de la vida y palabras del Nazareno; hecho que -se me permitirá mencionar con júbilo y con el regocijo conveniente en -el Señor. - -Una de las calles más ricas es la calle de la Montera, donde residen -los principales comerciantes y tenderos de Madrid. Es, en efecto, -la calle del comercio, y por tal motivo, como por ser un lugar -favorito de los paseantes, corresponde a la muy famosa Nefsky de -San Petersburgo. Cada casa de esa calle recibió un Testamento, y lo -mismo puede decirse de la Puerta del Sol. Más: en algunas ocasiones, -cada habitante de la casa, hombres y niños, criados y criadas, -adquirió un ejemplar. Antonio, el griego, hizo maravillas en ese -barrio; es de justicia decir que, a no ser por su mediación, en -muchos casos no habría podido yo dar tan buena cuenta de la difusión -de la Biblia en España. Hubo un tiempo en que tenía yo la costumbre -de decir: «tenebroso Madrid», expresión que, gracias a Dios, era -ya de abandonar, porque sería poco justo seguir llamando tenebrosa -a una ciudad en la que estaban en circulación y en uso diario mil -trescientos Testamentos por lo menos. - -Entonces utilicé una partida de Biblias que me habían mandado en -rama desde Barcelona en los comienzos del año anterior. La demanda -de las Escrituras completas era grande; tanto, que no podíamos dar -abasto, y los libros se vendían más de prisa de lo que tardaban en -encuadernarlos los hombres empleados en esta tarea. Un pedido de -veintiocho ejemplares me lo pagaron por adelantado. Muchas de estas -Biblias fueron a parar a las mejores casas de Madrid. El marqués -de... tenía una familia numerosa; pero todos sus individuos, viejos -y jóvenes, poseían una Biblia y un Testamento, por recomendación, -cosa rara, del capellán de la casa. Uno de mis agentes más celosos -en la propaganda de la Biblia fué un eclesiástico. Nunca salía a la -calle sin un ejemplar debajo del manteo, y a la primera persona que -le parecía poder comprarlo se lo ofrecía. Otro colaborador excelente -fué un noble de Navarra, ya anciano, riquísimo, que continuamente -adquiría ejemplares por su cuenta para mandarlos, según me dijeron, a -su provincia natal y repartirlos entre sus amigos y los pobres. - -Cierta noche me retiré a descansar algo más pronto que de costumbre, -sintiéndome ligeramente indispuesto. Dormí con profundo sueño unas -horas, y de pronto me desperté al sentir abrirse la puerta del -cuartito en que descansaba. Me incorporé, y vi entrar en el cuarto -a María Díaz con una luz en la mano. Observé que sus facciones, -notables por su calma y placidez habituales, parecían un tanto -alteradas. - -—¿Qué hora es—pregunté—y qué pasa? - -—_Señor_—respondió cerrando la puerta y acercándose a la cama—, es -cerca de media noche; pero acaba de llegar un policía que quiere -verle a usted. Le he dicho que era imposible, porque estaba usted en -la cama, y me ha contestado, después de estornudar en mi misma cara, -que le vería a usted aunque estuviese de cuerpo presente. Tiene todo -el aire de un duende y me ha asustado. Ya sabe usted que yo no soy -miedosa, _don Jorge_; pero confieso que cada vez que veo a uno de -esos malvados polizontes me faltan los ánimos; los conozco demasiado -bien y sé de lo que son capaces. - -—¡Bah!—dije yo—. No tenga usted miedo; que entre; no le temo, sea -_alguacil_ o duende. Pero quédese usted a la puerta para ser testigo -de lo que ocurra, porque es muy probable que venga a molestarme a -esta hora intempestiva buscando la ocasión de dar malos informes de -mí a sus jefes, como hizo aquel otro individuo la vez pasada. - -La patrona salió del aposento, y oí que decía una o dos palabras -a alguien en el pasillo; sonó luego un estruendoso estornudo, y -un instante después apareció en la puerta una figura rara. Era un -hombre muy viejo, de largos cabellos blancos, que se escapaban por -debajo de las alas de un sombrero extremadamente picudo. Iba muy -encorvado y avanzaba con lentitud. No pude verle bien la cara, que, -por hallarse la patrona detrás de él con la luz, quedaba en profunda -sombra. Observé, sin embargo, que sus ojos chispeaban como los de -un hurón. Se acercó a los pies de la cama, en la que aún permanecía -yo preguntándome lo que tan extraña visita pudiera significar; allí -se detuvo, mirándome durante un minuto por lo menos, sin proferir -una sílaba. De pronto adelantó una mano seca y rugosa, que hasta -entonces tuvo oculta bajo la capa, y me apuntó al rostro con una -especie de bastoncillo con remate de metal, como si fuese a empezar -un exorcismo. Pareció que iba a hablar; pero las palabras, si quiso -decir alguna, fueron ahogadas al nacer por un estornudo que de pronto -se le escapó, tan violento, que la patrona se echó para atrás, -exclamando: «_¡Ave María purísima!_», y a poco deja caer la luz con -el susto. - -—Buen hombre—dije yo—, ¿qué significa esta ridícula aparición? Si -tiene usted algo que decirme, despache pronto y váyase a sus asuntos. -No me encuentro bueno y está usted privándome del descanso. - -—En méritos de este bastón—dijo el viejo—y por la autoridad que -me confiere para decir y hacer lo que convenga, le mando, ordeno -y requiero para que mañana, a las once, comparezca en el despacho -de mi señor el _corregidor_ de esta villa de Madrid, para que con -la humildad y reverencia debidas oiga usted lo que tenga a bien -decirle, y, si fuese necesario, se someta a recibir los castigos que -sus delitos, leves o enormes, merezcan. _Tenez, compère_—añadió en -perverso francés—, _voilà mon affaire; voilà ce que je viens vous -dire_. - -En diciendo esto, me miró un momento, inclinó por dos veces la -cabeza, metió de nuevo el bastón dentro de la capa y salió del cuarto -y de la casa, lanzando en el pasillo un estornudo de despedida. - -Al día siguiente, a las once en punto, me presenté en las oficinas -del _corregidor_. Ya no ocupaba el cargo el mismo individuo en cuya -cólera incurrí en otra ocasión y que tuvo a bien encarcelarme, sino -otro distinto, creo que catalán, cuyo nombre también he olvidado. En -aquella época, los cargos se daban y se quitaban de la noche a la -mañana, y quien se sostenía en alguno de ellos siquiera un mes, podía -considerarse funcionario antiguo. No tuve que esperar; en cuanto di -mi nombre me llevaron a presencia del _corregidor_, personaje de unos -cincuenta años, de buen parecer, corpulento y bien vestido. Cuando -entré escribía en un bufete; pero casi al instante se levantó y vino -hacia mí. Me clavó los ojos en el rostro, y yo, sin cortarme, puse -los míos en el suyo. Quizás esperaba una actitud menos firme, y verme -temblar y rebajarme ante él; se juzgó, pues, desacatado en su propia -madriguera, y su levadura española antigua fermentó. Se tiró de las -patillas con furia, y dirigiéndome una mirada colérica dijo: - -—_Escuchad_: tengo que hacerle a usted una pregunta. - -—Antes de responder a las preguntas de vuecencia—dije—voy a tomarme -la libertad de dirigirle una: ¿Qué ley o qué razón hay para que a un -hombre pacífico y extranjero vayan a molestarle a media noche unos -_duendes_ con el requerimiento de presentarse en una oficina pública -como si fuese un delincuente? - -—No dice usted la verdad—exclamó el _corregidor_—. La persona que fué -a requerirle a usted no es un _duende_, sino uno de los empleados más -antiguos y respetables de esta casa, y, lejos de enviarle a media -noche, faltaban por mi reloj veinticinco minutos para esa hora, y -como usted vive cerca de aquí, debió de llegar a su casa lo menos -diez minutos antes de media noche; de modo que no es exacto lo que -usted dice, ni guarda usted miramientos con la verdad. - -—Esa diferencia no importa nada—repliqué—. A mí me molesta lo mismo -que me interrumpan el sueño a las doce de la noche que a las doce -menos diez. Respecto al emisario, podría no ser un duende, pero lo -parecía, y con seguridad se propuso asustar a la dueña de la casa, -como lo consiguió, hasta el punto de que casi se desmaya, a fuerza de -muecas horribles, de estornudos y aspavientos. - -EL CORREGIDOR.—Es usted un... ¡No sé lo que iba a decir! ¿Ignora -usted que puedo mandarle a la cárcel? - -YO.—Tiene usted veinte _alguaciles_ que acudirán a la primera -señal, y, por tanto, es claro que puede usted prenderme, como hizo -su antecesor, que casi perdió el puesto por eso; pero usted sabe -perfectamente que no tiene derecho para hacerlo, porque no estoy -bajo su jurisdicción, sino bajo la del capitán general. Si he -obedecido su requerimiento ha sido porque tengo mucha curiosidad de -saber lo que usted necesita de mí, y no por otra cosa. En cuanto a -lo de prenderme, permítame usted decirle que cuenta con mi pleno -consentimiento para ello; en la cárcel es donde se encuentra en -Madrid la gente más cortés; y como ahora estoy compilando el -vocabulario de los ladrones madrileños, tendré, si me llevan a la -cárcel, una excelente ocasión de completarlo. Hasta en la cárcel se -puede aprender mucho; porque, como dicen los gitanos, «perro que -mucho corretea encuentra hueso». - -EL CORREGIDOR.—Ese lenguaje no es propio de un caballero. ¿Olvida -usted dónde está y con quién habla? ¿Es este un lugar adecuado para -hablar de gitanos y de ladrones? - -YO.—No conozco, a la verdad, otro más a propósito, no siendo la -cárcel. Pero estamos perdiendo el tiempo, y ansío saber para qué me -han llamado, si por delitos leves o enormes, como decía el emisario. - -Tardé bastante tiempo en arrancar al enojado _corregidor_ las -noticias pedidas; al fin las obtuve. Resultaba que una caja de -Testamentos enviada por mí a Navalcarnero fué embargada por las -autoridades locales, y después de retenerla allí unos días la -devolvieron a Madrid consignada al _corregidor_. Estando la caja en -las mensajerías, entró allí Antonio para otro asunto; la reconoció, -y en el acto la reclamó como de mi pertenencia, llevándosela a mi -almacén después de pagar el porte. Tan poca importancia dió al -suceso, que no me habló de él. Pero el pobre _corregidor_ estaba -convencido de que todo ello era una profunda maquinación para robarle -y burlarnos de él. Dejábase llevar de una excitación casi frenética, -y pateaba el suelo, exclamando: - -—_¡Qué picardía! ¡Qué infamia!_ - -—Este es el antiguo sistema—pensé yo—de prejuzgar a las gentes y de -imputarles motivos y acciones con los que nunca han soñado. - -Díjele con franqueza que ignoraba en absoluto el hecho por que -se sentía agraviado; pero que si practicadas las averiguaciones -convenientes resultaba que, en efecto, mi criado se había llevado la -caja del lugar adonde la habían expedido, yo haría que la devolvieran -en el acto, aunque era mía propia. - -—Tengo un gran repuesto de Testamentos—dije—y puedo dejar que se -pierdan cincuenta o ciento. Soy hombre de paz y deseo no tener -disputas con las autoridades por causa de un cajón viejo y de una -partida de libros cuyo valor no llega por junto a cuarenta duros. - -Me miró un instante como si dudase de mi sinceridad, y luego, -tirándose otra vez de las patillas, me atacó en otro terreno: - -—_Pero ¡qué infamia, qué picardía!_ Venir a España a cambiar la -religión del país. ¿Qué diría usted si los españoles fuesen a -Inglaterra con propósito de quitar el luteranismo establecido allí? - -—Serían muy bien recibidos—repliqué—, especialmente si intentaban -hacerlo por la difusión de la Biblia, el libro de todos los -cristianos, como los ingleses hacen en España. Pero vuecencia ignora -quizás que el Papa tiene campo libre y libre acción en Inglaterra, y -se le permite convertir todos los días a cuantos luteranos quieren -volverse a él. No puede, sin embargo, alabarse de grandes triunfos; -el pueblo ama demasiado la luz para abrazar las tinieblas, y se -reiría de la idea de cambiar las gracias del Evangelio por las -ceremonias y observancias supersticiosas de la Iglesia de Roma. - -Al repetirle la promesa de devolver en seguida la caja y los libros, -el _corregidor_ se dió por satisfecho y repentinamente se mostró por -demás condescendiente y amable: llegó hasta decirme que dejaba por -completo a mi resolución lo de devolver los libros o no. - -—Antes de que se vaya usted—continuó—deseo decirle que, en mi -opinión particular, es sumamente recomendable en todos los países -la tolerancia religiosa plena, y dejar que cada sistema religioso -perezca o se sostenga según sus propios méritos. - -Tales fueron las últimas palabras del _corregidor_ de Madrid, que no -sé si expresarían su opinión particular; pero que, ciertamente, se -fundaban en el buen sentido y la razón. Le saludé respetuosamente y -me fuí; cumplí mi promesa respecto de los libros, y el asunto quedó -terminado. - -Por aquel tiempo llegué casi a creer que se iniciaba una reforma -religiosa en España; y, realmente, llegaron a mi noticia ciertos -hechos, que, si me los hubieran pronosticado un año antes, con -dificultad los hubiese creído. - -El lector quedará sorprendido cuando sepa que en dos iglesias de -Madrid los respectivos curas explicaban regularmente el Evangelio -los domingos por la tarde a una veintena de chicos, provistos de -sendos ejemplares de la edición hecha por la Sociedad Bíblica en -Madrid en 1837. Las iglesias eran las de San Ginés y Santa Cruz. Creo -modestamente que este solo hecho pagaba con creces todas las expensas -causadas a la Sociedad por su empeño de introducir el Evangelio en -España; pero, sea de ello lo que fuere, es lo cierto que a mí me -recompensaba sobradamente todos los afanes y disgustos pasados. -Sentí entonces que, en cualquier momento en que me viese obligado -a abandonar mis trabajos en la Península, lo haría sin murmurar, -lleno el corazón de gratitud hacia el Señor por haberme permitido a -mí, vaso inútil, ver, cuando menos, germinar algo de la semilla que -durante dos años había estado arrojando sobre el pedregoso suelo del -interior de España. - -Cuando pienso en las dificultades que obstruían nuestro camino, me -cuesta a veces trabajo creer todo lo que el Omnipotente nos permitió -llevar a cabo durante el año que acababa de pasar. Una edición -copiosa del Nuevo Testamento se había casi agotado en el centro mismo -de España, a despecho de la oposición y del clamor furibundo de un -clero bárbaro y de las órdenes de un Gobierno falaz; y germinaba -el espíritu de examen en materia religiosa, que tarde o temprano -llevaría, así lo esperaba yo fervientemente, abundantísimos frutos de -bendición. Hasta allí, el nombre más aborrecido y temido en aquellas -partes de España era el de Martín Lutero, a quien en general se le -consideraba como un demonio, primo hermano de Belial y Beelzebub, -que, bajo la apariencia de hombre, había escrito y predicado -blasfemias contra el Altísimo; pero ahora, cosa singular, se hablaba -de ese personaje, execrado en otro tiempo, con no pequeñas señales de -respeto. No pocas veces me visitaban, Biblia en mano, personas que -con tantas veras como simplicidad me preguntaban por los escritos -del gran doctor Martín, a quien, por cierto, algunos le creían aún -vivo. - -No estará de más hacer notar aquí que de todos los nombres -relacionados con la Reforma, el único conocido en España es el de -Lutero; permítaseme añadir que a ningún escrito de controversia, -con excepción de los suyos, se le concedería probablemente la menor -fuerza ni autoridad, por grande que fuese su mérito intrínseco. -El género de opúsculos que comúnmente se escriben para declarar -los errores del papismo no producirá, por tanto, mucho beneficio -en España, al paso que podría conseguirse bastante provecho con -traducciones bien hechas de las obras de Lutero, seleccionadas con -tino. - - - - -CAPÍTULO XLVIII - - Proyecto de viaje. — Una escena sangrienta. — El fraile. — - Sevilla. — Bellezas de Sevilla. — Naranjos y flores. — Murillo. — - El Angel de la guarda. — Dionysius. — Mis coadyuvantes. — Demanda - de Biblias. - - -A mediados de abril llevaba ya vendidos tantos Testamentos como, -a mi parecer, podían colocarse en Madrid; retiré, pues, mi gente, -porque temía saturar el mercado, y desacreditar el libro haciéndolo -demasiado común. Me quedaba sólo un millar de ejemplares de la -edición que saqué dos años antes; en cuanto a la Biblia, todos los -ejemplares se habían vendido; la demanda era mucha todavía, pero no -me fué posible atenderla. - -Resolví marcharme a Sevilla y llevar los ejemplares del Testamento -que me quedaban, porque allí se había hecho muy poca propaganda. -Pronto estuvieron terminados mis preparativos. Los caminos estaban -entonces peligrosísimos, razón por la que pensé incorporarme a un -convoy próximo a partir para Andalucía. Pero dos días antes de -ponerse en camino, comprendí que el número de personas dispuestas -como yo a utilizar el convoy sería probablemente muy grande; pensé en -la lentitud de ese modo de viajar, y recordando además los insultos -que los paisanos tenían que soportar con frecuencia de los soldados -y subalternos, resolví aventurarme a hacer el viaje en el coche -correo. Llevé a cabo mi determinación. Antonio, a quien conservé -a mi servicio, y los dos caballos, se fueron con el convoy, y yo -salí pocos días después con el correo. Hicimos todo el viaje sin -el menor accidente: una vez más me acompañó mi prodigiosa buena -suerte. Con razón la llamo prodigiosa, pues iba recorriendo la -madriguera de un león; toda la Mancha, con excepción de unos pocos -lugares fortificados, estaba una vez más en manos de Palillos y de -sus forajidos, quienes, cuando lo tenían a bien, detenían el correo, -quemaban el coche y las cartas, asesinaban a la mezquina escolta, -y si por casualidad iba algún viajero, se lo llevaban al monte, -poniéndole luego en la alternativa de rescatarse por un precio enorme -o de pegarle cuatro tiros en la cabeza, como dicen los españoles. - -La parte alta de Andalucía caía rápidamente en tan mala situación -como la Mancha. La última vez que había pasado el correo, seis -ladrones a caballo le atacaron en el desfiladero del Rumblar; la -escolta se componía de otros tantos soldados; pero los ladrones se -lanzaron de súbito al galope desde detrás de una _venta_ solitaria, -los cogieron de sorpresa, porque los cascos de los caballos no -hacían ruido en el suelo arenoso, y los arrojaron al suelo. Los -soldados, menos dos que se escaparon por entre las peñas, fueron -desarmados en el acto y atados a los olivos. Allí los escarnecieron -y atormentaron los ladrones, o más bien asesinos, porque a la media -hora los fusilaron; al cabo le volaron la cabeza de un trabucazo. -Entonces los ladrones quemaron el coche, pegando fuego a las cartas -con la mecha de encender los cigarros. Al correo le salvó la vida uno -de la cuadrilla, que había sido en otro tiempo postillón suyo; pero -le robaron, dejándole desnudo. El infeliz, al pasar de nuevo por el -lugar de la carnicería, lloraba, y, aunque español, maldecía a España -y a los españoles, diciendo que pensaba irse muy pronto a Morería, -confesar a Mahoma y seguir la ley de los moros, porque cualesquiera -país y religión eran mejores que los suyos. Nos indicó el árbol -donde había muerto el cabo; a pesar de lo mucho que había llovido, -el suelo estaba todo alrededor saturado de sangre; un perro roía un -pedazo del cráneo de aquel desventurado. Hizo con nosotros todo el -viaje desde Madrid a Sevilla un fraile misionero que iba a las islas -Filipinas, _para conquistar_, tales eran sus palabras, supongo que -quería decir para predicar a los indios. Durante el viaje entero dió -muestras de un miedo abyecto; tan impresionado iba, que se puso a la -muerte y tuvimos que detenernos dos veces en el camino y tenderlo -entre los verdes trigos. Decía que si los facciosos le echaban mano, -era clérigo muerto, pues tras de hacerle decir una misa, le volarían -con pólvora. Había sido, según me dijo, profesor de Filosofía en un -convento de Madrid, me parece que el de Santo Tomás, antes de que -los suprimieran; pero estaba en la mayor ignorancia respecto de las -Escrituras, confundiéndolas con las obras de Virgilio. - -Paramos en Manzanares, como de costumbre; era la mañana de un -domingo, y la plaza estaba llena de gente. Me reconocieron al -momento, y veinte pares de piernas salieron corriendo en el acto -en busca de la profetisa, que no tardó en presentarse en la casa -donde habíamos entrado a almorzar. Nos saludamos con gran efusión, -y luego, en su latín, fué dándome cuenta de todo lo sucedido en el -pueblo desde mi última visita, y oí las atrocidades cometidas por -los facciosos en las cercanías. La convidé a almorzar y la presenté -al fraile, a quien se dirigió en estos términos: _Anne Domine -Reverendissime facis adhuc sacrificium?_ El fraile no la entendió, y, -encendido en cólera, la anatematizó por bruja y la mandó marcharse. -La ciega no se desconcertó, y se puso a cantar en versos castellanos -improvisados las alabanzas de los frailes y de los conventos. Al -marcharnos le di una _peseta_, con lo que rompió en llanto y me -suplicó que no dejase de escribir si llegaba en salvo a Sevilla. - -Llegamos a Sevilla sin novedad, y me despedí del fraile, diciéndole -que esperaba encontrarle de nuevo en Filipinas. Como pensaba quedarme -en Sevilla unos meses, decidí alquilar una casa, para vivir con más -independencia y economía que en la _posada_. No tardé en encontrar -una que por todos conceptos me convenía. Estaba en la plazuela de -la Pila Seca, barrio apartado, en las inmediaciones de la catedral, -y a corta distancia de la Puerta de Jerez. Pocos días después llegó -Antonio con los caballos y me instalé en mi casa. - -Una vez más me encontraba en la hermosa Sevilla, con tiempo y -comodidad bastantes para gozar de sus encantos y de sus deliciosos -alrededores. Por desgracia, al tiempo que llegué y durante la -quincena siguiente el cielo de Andalucía, tan radiante de ordinario, -se cubrió de negras nubes que descargaron chaparrones tremendos, -tales como muy pocos sevillanos recordaban haberlos visto nunca. - -El temporal causó no pocos daños en la campiña, y el Guadalquivir, -que durante la estación lluviosa es un río muy rápido e impetuoso, se -salió de madre y amenazó con una inundación. Es verdad que a ratos -escampaba, y el sol, manifestándose en su tabernáculo de nubes, -animaba todas las cosas con sus rayos de oro e incitaba a la mariposa -a salir de su madeja, y al lagarto, de la cavidad del árbol; yo me -aprovechaba sin falta de esas claras para dar un rápido paseo. - -¡Oh, cuán placentero es, sobre todo al venir la primavera, vagar por -las márgenes del Guadalquivir! No lejos de la ciudad, río abajo, -hay un parque llamado _Las Delicias_. Fórmanlo árboles de varias -especies, pero los álamos y olivos predominan. Largos senderos -umbríos lo atraviesan. Ese parque es el paseo favorito de los -sevillanos; en él se congrega en ocasiones cuanta belleza y bizarría -encierra la ciudad. Allí las ojinegras damas andaluzas se pasean con -el gracioso prendido de las _mantillas_ de encaje; allí los jinetes -andaluces galopan en sus corceles de sangre mora, de luenga cola -y espesa crin. Cuando el sol se pone, el panorama que ofrece la -ciudad, mirada desde ese sitio, es de inefable hermosura. A lo lejos -se yergue la corpulenta Torre del Oro, empleada ahora como aduana, -principal defensa de la ciudad en tiempo de los moros. Se alza al -borde del río, como gigante centinela, y es el primer edificio que -atrae la mirada del viajero cuando remonta el río hacia Sevilla. -En la otra margen, frente a la Torre, se halla el hermoso convento -de agustinos, gala del barrio de Triana, y entre ambos edificios -fluye el Guadalquivir, en cuyas ondas se mecen las naves de Cataluña -y Valencia. Más lejos se ve el puente de barcas que atraviesa el -cauce. El principal objeto del panorama es, con todo, la Torre del -Oro, donde los rayos del sol poniente parecen concentrarse como en -un foco, de modo que semeja fabricada de oro puro, y es probable que -a tal circunstancia deba su nombre. Yerto, yerto debe de estar el -corazón que permanezca insensible ante ese paisaje mágico, al que -apenas podría hacer justicia el pincel de Claudio mismo. ¡Cuántas -veces he vertido lágrimas de arrobamiento al contemplarlo, y -escuchado a los mirlos y ruiseñores modular en la arboleda sus cantos -melodiosos, y respirado las brisas cargadas con el aroma de los -naranjales de Sevilla! - - «Kennst du das Land wo die Citronen blühen?» - -El interior de Sevilla no corresponde en casi nada al exterior. Las -calles son angostas, mal pavimentadas, llenas de suciedad y mendigos. -Las casas, construídas casi todas conforme el patrón moro, tienen en -el centro un _patio_ cuadrangular, donde una fuente de mármol surte -de continuo agua cristalina. En la estación del calor, los patios se -cubren con un toldo, bajo el cual pasa la familia la mayor parte del -día. - -Muchas casas, y sobre todo las de los ricos, tienen en el patio -arbustos, naranjos, toda clase de flores, y a veces una pajarera -pequeña, de suerte que no es concebible mayor delicia que la de -tenderse allí a la sombra, oyendo el canto de los pájaros y el rumor -de la fuente. - -Nada tan interesante para el viajero que vaga por Sevilla como -atisbar los patios desde la calle, a través de las verjas. Muchas -veces me paraba a contemplarlos, y otras tantas lamentaba que mi -destino no me permitiera vivir en tal edén el resto de mis días. -Ya he hablado en otra ocasión de la catedral de Sevilla; pero con -brevedad y a la ligera. Es quizás la catedral más suntuosa de España, -y aunque de estructura no tan regular como las de Toledo y Burgos, es -mucho más digna de admiración considerada en conjunto. No es posible -recorrer sus largas naves y alzar la vista a la techumbre, sostenida -por columnas colosales y decorada con suntuosidad, sin sentirse -sobrecogido de sagrado pavor y de profundo asombro. Cierto que el -interior, como el de la generalidad de las catedrales españolas, es -un poco obscuro y triste; pero nada pierde con eso; al contrario, -aumenta la grandiosidad del efecto. Nuestra Señora de París es un -edificio hermoso; pero a quien ha visto las catedrales españolas, -y en particular la de Sevilla, se le antoja casi mezquino y sin -importancia, y más parecido a una casa consistorial que a un templo -del Eterno. La catedral de París está desprovista en absoluto de la -solemne obscuridad y sombría pompa, tan intensas en la de Sevilla, -con lo que le falta el requisito más importante de una catedral. - -Los cuadros que adornan la mayoría de las capillas son de los mejores -de la escuela española; entre ellos destacan muchas de las obras -maestras de Murillo, hijo de Sevilla. De todos los cuadros de este -hombre extraordinario, el que más impresión me ha hecho siempre es -uno de los menos famosos. Aludo al _Angel de la Guarda_, cuadrito -colocado al fondo de la iglesia, mirando a la nave principal. El -ángel, empuñando con la diestra una espada flamígera, guía al niño, -que es, a juicio mío, la creación más prodigiosa de Murillo. La -figura es como de un niño de cinco años, y la expresión del rostro, -completamente infantil; pero su andar es el de un conquistador, el -de un Dios, el del Creador del Universo, y el globo terrenal parece -temblar bajo tanta majestad. - -Al culto de la catedral asisten muchos fieles, en especial cuando -hay sermón. Los sermones son improvisados; hay algunos muy -edificantes, fieles a las Escrituras. He oído muchos con gusto, -aunque me sorprendía bastante observar que cuando los predicadores -citaban la Biblia, tomaban las citas, casi invariablemente, de los -libros apócrifos. Ante los principales altares no faltan, por lo -general, fieles, en su mayoría mujeres, animados muchos de ellos de -ardentísima devoción. - -Antes de salir de Madrid me había forjado la ilusión de encontrar -pocas dificultades para la difusión del Evangelio en Andalucía, al -menos por cierto tiempo, ya que el campo de operaciones era nuevo, -y mi persona y mis propósitos, menos conocidos y temidos que en -Castilla la Nueva. Pero resultó que el Gobierno de Madrid había -cumplido su amenaza y enviado por toda España la orden de secuestrar -los libros dondequiera que se hallasen. Los Testamentos llegados -de Madrid embargáronlos en la aduana, adonde se llevan todas las -mercancías, aunque procedan del interior, para la exacción de un -impuesto. Gracias a los manejos de Antonio recuperé una de las cajas, -mientras la otra fué enviada a Sanlúcar, para expedirla fuera del -reino tan pronto como se me presentara oportunidad de hacerlo. - -No me dejé desanimar por este ligero _contretemps_, aunque sentí -de corazón la pérdida de los libros embargados, pues ya no podría -repartirlos por aquella región, donde hacían tanta falta; pero me -consolé pensando que aún me quedaban unos cientos de ejemplares, cuya -distribución podía dar, placiendo a Dios, muy santos frutos. - -Tardé algún tiempo en empezar los trabajos, porque me hallaba en -terreno desconocido y no sabía qué camino tomar. No contaba con -más ayuda que la del pobre Antonio, tan ignorante del lugar como -yo. La Providencia, empero, no tardó en enviarme un colaborador, -en forma bastante singular. Estaba yo en el patio de la Posada de -la Reina, adonde solía ir a comer algunas veces, cuando entró un -hombre de talla gigantesca, vestido de un modo extraño. Excitada mi -curiosidad, pregunté al posadero quién era el desconocido. Díjome -que un extranjero, griego a su parecer, que había vivido mucho -tiempo en Sevilla. Oído esto, me fuí a él y le abordé en griego, -pues aunque lo hablo muy mal, puedo darme a entender en ese idioma. -Me contestó en la misma lengua, y halagado por el interés que un -extranjero como yo demostraba por su nación, no tardó en contarme -su propia historia. Llamábase, según me dijo, Dionysius, natural de -Cefalonia; educado para hacerse de iglesia, abandonó esa carrera, mal -avenida con su temperamento, para seguir la profesión de navegante, -por la que había sentido temprana inclinación. Tras muchas aventuras -y alternativas de la fortuna, naufragó en las costas de España, y -avergonzándose de volver pobre a su país, se quedó en la Península, -y residió principalmente en Sevilla, donde ahora sostenía un modesto -comercio de libros. Era de la religión griega, y muy apegado a -ella; y en descubriendo luego que yo era protestante, manifestó su -aborrecimiento sin límites por el sistema papista, y aun por sus -secuaces en general, a quienes llamaba latinos, achacándoles la ruina -de Grecia, vendida por ellos al Turco. - -En el acto se me ocurrió que aquel individuo podía prestarme -excelente ayuda en la obra que me había llevado a Sevilla, o sea -la propagación del Evangelio eterno; por tanto, tras algo más de -conversación, en la que mostró una instrucción muy sólida, me -franqueé con él. Adoptó mis planes con mucho calor, y en adelante no -tuve motivo para lamentar mi confianza, pues el griego repartió gran -copia de Nuevos Testamentos, y aún acertó a enviar cierto número de -ejemplares a dos ciudades pequeñas a alguna distancia de Sevilla. - -También me ayudó en la propagación del Evangelio un profesor de -música, ya viejo, muy etiquetero y estirado, pero con excelentes -cualidades. Este venerable individuo me trajo, no más que a los tres -días de conocernos, el precio de seis Testamentos y de un Evangelio -en gitano, vendidos por él soportando el candente sol andaluz. ¿Qué -motivo le impulsaba? Uno muy cristiano. Decía que sus infortunados -compatriotas, entregados a la sazón a la matanza y al saqueo -recíprocos, se corregirían probablemente leyendo el Evangelio, sin -que en ningún caso pudiera seguírseles de su lectura daño alguno. -Añadía que si muchos hombres han reformado su vida merced a las -Escrituras, nadie se ha vuelto todavía ladrón o asesino por leerlas. - -Pero mi agente más extraordinario fué uno que en ocasiones empleé -para repartir el Evangelio entre las clases bajas. Si llego a tener -mayor cantidad de libros a mi disposición, hubiera podido sacar gran -partido de los servicios de aquel individuo; pero como el repuesto -disminuía con rapidez y no tenía esperanzas de renovarlo, me mostraba -casi avaro de los pocos libros que me quedaban. El agente era un -albañil griego, llamado Juan Crisóstomo, que me presentó Dionisio. -Nacido en Morea, llevaba más de veinticinco años en España, de suerte -que había casi olvidado su lengua natal. Con todo, tenía tal apego a -su patria, que cuanto no fuese griego le parecía malo y en extremo -bárbaro. Carecía de toda instrucción; pero su fuerza de carácter y -cierta ruda elocuencia que poseía le granjearon tan gran ascendiente -en el ánimo de las clases trabajadoras de Sevilla, que aceptaban -casi todo lo que les decía, no obstante chocar a cada paso con sus -prejuicios. De tal modo, que, a pesar de su condición de extranjero, -hubiera podido ser en cualquier momento el Masaniello de Sevilla. No -he conocido criatura más honrada, y pronto comprendí que, empleándolo -a mi servicio, no obstante sus rarezas, podía tener plena seguridad -de que sus actos no desdecirían del libro que vendía. - -Continuamente estaban pidiéndome Biblias, que no podíamos servir. -Los Testamentos gozaban, en comparación, de poca estima. Por este -tiempo descubrí un hecho que me hubiera sido muy útil conocer tres -años antes; pero viviendo se aprende. Me refiero a la inconveniencia -de imprimir Testamentos, y _sólo_ Testamentos, para los países -católicos. La razón es clara: el católico, sin hábito de leer la -Escritura, encuentra mil cosas ininteligibles en el Nuevo Testamento, -cuyo fundamento es el Antiguo. «La Escritura da testimonio de mí», -podría decirse con razón en este punto. Se me dirá que en Inglaterra -hay gran demanda de Nuevos Testamentos, impresos por separado, y -prestan infinita utilidad; pero Inglaterra, gracias sean dadas al -Señor, no es un país papista; y de que un labrador inglés pueda leer -el Testamento con buen fruto no se sigue que los campesinos españoles -e italianos gocen de igual ventaja, porque encontrarán muchas cosas -obscuras, que no lo son para aquél, versado en la historia bíblica -desde la niñez. Confieso, no obstante, que en mi campaña del verano -anterior no hubiera podido hacer con la Biblia lo que la Providencia -me permitió realizar con los Testamentos, porque la primera es -demasiado voluminosa para andar con ella por el campo. - - - - -CAPÍTULO XLIX - - La casa solitaria. — La Dehesa. — Juan Crisóstomo. — Manuel. — La - librería en Sevilla. — Dionisio y los curas. — Atenas y Roma. — - Proselitismo. — Embargo de Testamentos. — Salida de Sevilla. - - -Como ya he dicho, alquilé en Sevilla una casa vacía, con el propósito -de vivir en ella algunos meses. Ocupaba todo un lado de una plazuela -solitaria. Distribuída al modo andaluz, tan agradable, tenía un patio -pavimentado con pequeñas losas de mármol azules y blancas. En el -centro del patio había una fuente muy abundante en linfa cristalina, -y al caer desde una delgada columna al estanque octogonal, el agua -hacía un rumor que se oía desde todas las habitaciones. La casa era -vasta y espaciosa, de dos pisos, con piezas suficientes, por lo -menos, para diez veces el número de personas que en ella morábamos. -De ordinario pasaba el día en las habitaciones bajas, por ser muy -frescas. En una de ellas había una enorme pila de piedra, siempre -rebosante de agua de la fuente, en la que me sumergía todas las -mañanas. Tal fué la vivienda a que me retiré con Antonio y los -caballos, luego de proveerme de unos pocos utensilios caseros -indispensables. - -Suerte mía fué poseer aquellos cuadrúpedos, ya que así tuve modo de -gozar en grandísima medida las bellezas de la campiña circundante. -Pocas cosas hay en la vida más deliciosas que un paseo a caballo, -en primavera o verano, por los alrededores de Sevilla. Mi excursión -favorita era en dirección de Jerez, por la vasta _Dehesa_, como la -llaman, que se extiende desde Sevilla hasta las puertas de aquella -ciudad, casi a cincuenta millas de distancia, sin un pueblo apenas -entremedias. El terreno es desigual y quebrado, en su mayor parte -cubierto de matorrales de la especie que llaman _carrasco_, entre -los que corre un camino de herradura, no fácil de discernir, trazado -principalmente por los _arrieros_, con sus largas recuas de mulas -y _borricos_. Allí, el aire embalsamado de la hermosa Andalucía se -respira en toda su pureza. Las flores y hierbas aromáticas que crecen -en abundancia, difunden en torno sus perfumes. Allí la tristeza y -la pesadumbre huyen del pecho como por magia, en tanto que los ojos -se extasían ante el panorama, iluminado por un sol esplendoroso, -sin igual, en cuya luz flotan las mariposas, pintadas de alegres -colores, y las _salamanquesas_, verdes y áureas, despatarradas en el -suelo, gozan del voluptuoso calor, o se lanzan a veces de un salto -velocísimo, con susto del viajero, a la madriguera más próxima, y -allí se le quedan mirando con sus ojillos agudos y brillantes. Es -imposible, repito, estar triste en tierras tales, y con razón los -antiguos griegos y romanos colocaron aquí sus Campos Elíseos. Son -bellísimas, aun en su desolación actual, porque la mano del hombre -no las cultiva desde el día funesto en que la expulsión de los moros -privó a Andalucía de los dos tercios, cuando menos, de su población. - -Todas las tardes salía a caballo por la Dehesa, hasta perder de vista -las torres más altas de Sevilla. Entonces volvía, y, apretándole -las rodillas a _Sidi Habismilk_, mi caballo árabe, tomaba el veloz -animal, que jamás necesitó látigo ni espuela, el camino de Sevilla -con la rapidez de un torbellino, devorando la distancia en una -carrera loca; dejada atrás la Dehesa, se precipitaba por el paseo de -las Delicias, sombreado de olmos, y a poco el estruendo de sus cascos -resonaba bajo la bóveda del arco de la Puerta de Jerez; un momento -después, quedábase inmóvil como una piedra ante la puerta de mi casa -solitaria, en la silenciosa plazuela de la Pila Seca. - -Son las ocho de la noche, y, de vuelta de la Dehesa, estoy en la -_sotea_ tomando el fresco. Juan Crisóstomo acaba de llegar del -trabajo. No le he hablado; pero oigo cómo, abajo en el patio, cuenta -a Antonio los progresos que ha hecho en los dos últimos días. Habla -un griego bárbaro, mechado con abundantes vocablos españoles; -colijo de sus palabras que ya ha vendido doce Testamentos entre sus -compañeros de trabajo. Oigo caer al suelo unas monedas de cobre, y -Antonio, que no tiene temple de verdadero cristiano, le reprocha que -no haya traído en plata el producto de la venta. Juan Crisóstomo pide -luego quince ejemplares más, porque la demanda aumenta, según dice, -y podrá sin dificultad venderlos en todo el día siguiente, mientras -atiende a sus ocupaciones. Antonio va en busca de los libros, y Juan -se queda solo junto a la fuente de mármol, cantando una canción -extraña, tal vez un himno de su amada iglesia griega. He ahí uno de -los ayudantes que el Señor me ha dado en mis trabajos evangélicos a -orillas del Guadalquivir. - -Todo el tiempo que pasé en Sevilla viví muy retirado, gastando la -mayor parte del día en estudiar, o en ese semisoñoliento estado -de inactividad, resultado natural de los climas calurosos. El -carácter de la gente entre quien me hallaba no me inducía a buscar -su sociedad. Los andaluces de la clase alta son probablemente, en -términos generales, los seres más necios y vanos de la especie -humana, sin otros gustos que los goces sensuales, la ostentación en -el vestir y las conversaciones obscenas. Su insolencia sólo tiene -igual en su bajeza, y su prodigalidad, en su avaricia. Las clases -bajas son un poquito mejores que las de posición elevada; verdad -es que no puede alabarse el nivel de su moralidad: son engañosos, -camorristas y vengativos; pero son en general más corteses y, con -toda seguridad, no más ignorantes. - -A los andaluces, en general, los tienen en muy baja estimación -los demás españoles, y aun los de mejor posición tropiezan con -dificultades para ser admitidos en las tertulias respetables de -Madrid, donde si logran entrar, son invariablemente ridiculizados -por los gestos y ademanes absurdos en que se complacen, por su -inclinación a la jactancia, sus exageraciones, su curioso acento y la -manera incorrecta de pronunciar el castellano. - -En una palabra: los andaluces, en todas las cualidades del carácter, -se hallan tan por debajo de los otros españoles, como el país que -aquéllos habitan es superior en belleza y fertilidad a las demás -provincias de España. - -Pero no vaya a creerse ni por un momento que mi intención es negar -que entre los andaluces haya individuos estimables y excelentes: -uno descubrí yo a quien sin vacilar proclamo como el carácter más -extraordinario que he conocido; pero no era un retoño de una familia -noble, ni «portador de suaves vestidos», ni personaje lustroso y -perfumado, ni uno de los _románticos_ que vagaban por las calles de -Sevilla adoptando actitudes lánguidas, con largas melenas negras -que, en rizos exuberantes, les llegaban hasta los hombros, sino -uno de aquellos a quienes los orgullosos y duros de corazón llaman -la hez del populacho; un hombre miserable, sin casa, sin dinero, -harapiento, destrozado. Aludo a Manuel, a quien no sé por qué oficio -nombrar: si vendedor de billetes de lotería, o auriga del carro de -los muertos, o poeta laureado en poesía gitana. Maravilla será que -aún estés vivo, amigo Manuel; tú, de condición natural tan noble, -honrado, de corazón puro, humilde, pero digno, ¿vagas todavía por -los patios de la bella _Safacoro_[17], o por la margen del _Len -Baro_[18], con la mirada perdida en el espacio y esforzándote por -recordar alguna copla de Luis Lobo medio olvidada? ¿O descansas ya, -fuera de la _Puerta de Jerez_, en el _Camposanto_, adonde en tiempo -de epidemia acostumbrabas llevar a tantos, así gitanos como gentiles, -en tu carro de tintineante campanilla? Muchas veces en las _réunions_ -de los sabios y escritores de este país de tantas letras, harto de -sus alardes de pedantería y egotismo, he recordado gustoso nuestros -recitados de poesías gitanas en la casona de Pila Seca. Muchas veces, -asqueado ante las ostentosas profesiones de fe de los que pasean la -cruz en doradas carrozas, te he recordado a ti y tu fe tranquila, -sin pretensiones; tu paciencia en la miseria, tu fortaleza en la -adversidad. Y cuántas veces, al meditar en la muerte, que con rapidez -se aproxima, he deseado poder reunirme contigo otra vez, y que tus -manos ayuden a llevarme al campo de los muertos, allá en la soleada -planicie, ¡oh Manuel! - - [17] Nombre gitano de Sevilla. - - [18] Idem íd. del Guadalquivir. - -Mi visitante más asiduo era Dionisio, que por raro caso dejaba de -ir a verme alguna tarde: el pobre hombre iba en busca de simpatía y -conversación. Es difícil concebir situación más desamparada y aislada -que la de aquel griego en Sevilla, sin un amigo apenas, pendiente, -para subsistir, de la mísera pitanza que podía producirle la venta de -unos pocos libros, ofrecidos en su mayoría de puerta en puerta. - -—¿Qué pudo inducirle a usted en un principio a dedicarse a vender -libros en Sevilla?—le pregunté cuando, cierta tarde calurosa, llegó, -sofocado y cansado, con un paquete de libros atado con una correa. - -DIONISIO.—A falta de empleo mejor, _Kyrie_, adopté este oficio, que -está muy despreciado y no da para vivir. Cuántas veces he lamentado -que no me enseñasen a zapatero, o no haber aprendido, de mozo, -cualquier oficio manual útil; ahora lo hubiese seguido muy contento. -Eso me hubiera procurado, al menos, el respeto de mis semejantes, -pues me necesitarían; mientras que ahora todos me huyen y me miran -con desprecio. Vendo una mercancía que aquí no le importa a nadie. -¡Libros en Sevilla, donde nadie lee, como no sean novelas nuevas, -traducidas del francés, y obscenidades! ¡Libros! ¡Ojalá fuese gitano, -que entonces, vendiendo burros, sería al menos independiente y más -respetado que ahora! - -YO.—¿En qué género de libros comercia usted principalmente? - -DIONISIO.—En el menos adecuado al mercado de Sevilla, _Kyrie_: en -libros de valor substancial, fundamentales; muchos en griego viejo, -adquiridos por mí al disolverse los conventos, cuando los fondos -de sus bibliotecas, arrojados a los patios, se vendían a tanto la -_arroba_. Al principio creí hacer fortuna, y, en realidad, con esos -libros la hubiera hecho en cualquier otra parte; pero aquí he llegado -a ofrecer por medio duro un Elzevir, en vano. Si no fuera por los -forasteros, que me compran algo, me moriría de hambre. - -YO.—Pero en Sevilla hay una gran catedral con muchos curas y -canónigos; de seguro irán a verle a usted algunos para comprar obras -clásicas y libros de literatura eclesiástica. - -DIONISIO.—Si cree usted eso, _Kyrie_, conoce usted mal a los -eclesiásticos de Sevilla. Yo trato a muchos y puedo asegurarle -que es difícil encontrar una caterva de gentes con más declarada -aversión a los trabajos intelectuales de toda especie. No leen más -que periódicos, y los toman sólo por la esperanza de saber que su -amigo don Carlos está ya reinstalado en Madrid; pero prefieren -el chocolate y los bizcochos y dormir la siesta antes de comer a -toda la filosofía de Platón y a la elocuencia de Tulio. Algunas -veces van a mi casa, pero sólo para matar una hora de aburrimiento -charlando de cosas sin sustancia. Una vez fueron a verme tres de -ellos con la esperanza de convertirme a la superstición latina. -«_Signor Donatio_ (así me llamaban), ¿cómo usted, persona tan -libre de prejuicios, y con ciertas pretensiones de saber, sigue -aferrado a una religión tan absurda? Tras de residir tantos años -en una tierra civilizada, como esta de España, harto tiempo es ya -de que abandone usted su culto medio pagano e ingrese en el seno -de la Iglesia. Siga nuestro consejo y no le irá mal.» «Gracias, -señores—repliqué—, por el interés que mi felicidad les inspira; yo -no me niego a razones: discutamos el asunto. ¿Cuáles son los puntos -de mi religión que a ustedes les parecen mal? Porque claro es que -ustedes conocerán perfectamente nuestros dogmas y ceremonias.» «Nada -sabemos de su religión de usted, _signor Donatio_, salvo que es muy -absurda, y, por tanto, está usted obligado, ya que es hombre bien -instruído y sin prejuicios, a renunciar a ella.» «Pero, señores, -si no conocen ustedes mi religión, ¿cómo la llaman absurda? No es -propio de personas imparciales despreciar lo que se desconoce.» -«Pero, _signor Donatio_, la religión de usted no es la Católica, -Apostólica, Romana, ¿verdad?» «Podría serlo, señores, juzgando por -lo que ustedes saben de ella; para que se enteren, les diré que no; -mi religión es la Apostólica Griega. No la llamo católica por ser -absurdo llamar católico a lo que no está admitido universalmente.» -«Pero, _signor Donatio_, ello mismo lo dice: ¿qué va a entender de -religión una cuadrilla de griegos bárbaros e ignorantes? Si niegan la -autoridad de Roma, ¿dónde van a buscar ideas religiosas razonables? -¿De dónde les va a venir el Evangelio?» «¿El Evangelio? Señores, -permítanme que les enseñe un libro: aquí está. ¿Qué opinan ustedes?» -«_Signor Donatio_, ¿qué significa esto? ¿Qué son esos diabólicos -caracteres? ¿Son moriscos? ¿Quién es capaz de entenderlos?» «Supongo -que siendo ustedes sacerdotes de la Iglesia romana sabrán algo de -latín; pues si examinan la portada del libro leerán en la lengua -de su Iglesia: Evangelio de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, en -su original griego», del cual la Vulgata es una mera traducción, -y no muy correcta por cierto. Respecto a la barbarie de Grecia, -ignoran ustedes, al parecer, que hubo una ciudad, llamada Atenas, -famosísima, siglos antes de que a la primera choza de Roma le -pusieran su techo de bálago y de que los vagabundos que primero la -poblaron se hubieran escapado de manos de la justicia.» «_Signor -Donatio_, es usted un hereje ignorante y, además, un insolente. -¡Qué desatinos son esos!...» Pero no quiero cansarle los oídos, -_Kyrie_, con los absurdos que los pobres _papas_[19] latinos me -dispararon; su estribillo era: ¡qué disparates son esos!, muy -aplicable, por cierto, a lo que ellos decían. Viendo que no podían -conmigo en la controversia religiosa, denigraron a mi país con -rabia: «España es mejor país que Grecia»—dijo uno. «Antes de venir -a España no había usted probado el pan»—exclamó otro. «Y bien poco -desde entonces»—pensaba yo. «Nunca había usted visto una ciudad como -Sevilla»—añadió el tercero. Pero entonces comenzó lo más divertido de -la comedia; mis visitantes eran naturales de tres puntos diferentes: -uno era de Sevilla, otro de Utrera, y el tercero de Miguelturra, -pueblo miserable de la Mancha. Al oír mentar a Sevilla, empezaron -los otros dos a cantar las alabanzas de sus cunas respectivas; -surgieron las comparaciones, y el resultado fué una disputa -violenta. Rociáronse de ultrajes; mientras, yo me mantuve apartado, -encogiéndome de hombros, y decía _tipotas_[20]. Al fin, cuando se -marchaban, dije: «¿Quién hubiese creído, señores, que la polémica de -las iglesias latina y griega estaba tan estrechamente relacionada con -los méritos comparativos de Sevilla, Utrera y Miguelturra?» - - [19] En griego, sacerdotes. - - [20] Nada. - -YO.—¿Hay aquí gran espíritu de proselitismo? ¿Qué clase de gente se -convierte? - -DIONISIO.—Le diré a usted, _Kyrie_: la generalidad de los conversos -se compone de protestantes alemanes o ingleses, aventureros, que -vienen a establecerse aquí, y al cabo del tiempo se casan con -españolas, para lo cual es necesario el previo ingreso en la -Iglesia latina. Unos pocos son judíos vagabundos de Gibraltar o de -Tánger, delincuentes huídos a España, y que renuncian a su fe para -no morir de inanición. Pero a tan ilustre gente hay que pagarla, y -los curas se encargan de buscarles _padrinos_, generalmente entre -las devotas ricas sometidas a su influencia, que tienen a gloria y -por acto meritorio cooperar en la reconquista de almas perdidas -para la Iglesia. El neófito se deja convencer mediante la promesa -de una _peseta_ diaria, que los padrinos pagan de ordinario durante -el primer año; pero rara vez más tiempo. Hace unos cuarenta años, -sin embargo, lograron una conversión más notable. En Marruecos se -encendió una guerra civil por las opuestas pretensiones de dos -hermanos al Trono. Vencido uno de ellos, huyó a España, implorando -la protección de Carlos IV. Pronto le dedicaron los curas atención -especial, que no anduvieron tardos en convertirle, y consiguieron que -el rey le señalase una pensión de un duro diario. De allí a pocos -años murió en Sevilla hecho un vago, despreciado de todos. Dejó un -hijo, hoy notario, muy devoto exteriormente. Pero es el hipócrita y -_picarón_ más grande que existe. Quisiera que le viera usted la cara, -_Kyrie_: es la de Judas Iscariote. Tal sería también, creo yo, la -opinión de usted, que es fisonomista. Vive en la puerta inmediata a -la mía, y a pesar de su religiosidad ostentosa, le dejan vivir en la -mayor pobreza. - -Y nada más por ahora acerca de Dionisio. - -A mediados de julio, nuestros trabajos en Sevilla llegaron a término -por la muy eficaz razón de que ya no tenía más Testamentos que -vender; desde mi llegada se habían puesto en circulación algo más de -doscientos. - -Unos diez días antes de esa fecha me visitaron varios _alguaciles_ -acompañados de una especie de alcalde de barrio, y se apoderaron de -unos pocos Testamentos y Evangelios en gitano que por casualidad -encontraron esparcidos por el suelo. La visita no me desagradó, ni -mucho menos, porque era prueba satisfactoria del efecto de nuestros -trabajos en Sevilla. - -No puedo por menos de referir aquí un sucedido: Uno o dos días -después del secuestro fuí a casa del alcalde de barrio con motivo de -mi pasaporte, y le encontré echado en la cama, por ser la hora de -_siesta_, leyendo con atención uno de los Testamentos que se llevó -de mi casa, todos los cuales, si hubiera obedecido las órdenes que -tenía, debió haber depositado en el Gobierno civil. Tan absorto -estaba en la lectura, que al pronto no se dió cuenta de mi llegada; -cuando la advirtió, saltó de la cama muy confuso y guardó el libro -en su bufete; yo, sonriendo, le dije que se tranquilizara, pues me -alegraba verle ocupado en cosa de tan gran provecho. Ya más sereno, -manifestó que había leído casi todo el libro, sin hallar nada malo en -él; por el contrario, todo le parecía digno de loa. Añadió que los -curas debían de estar _endemoniados_ para perseguirlo con tal saña. - -Hicieron el embargo en domingo, y me encontraron leyendo la liturgia. -Uno de los _alguaciles_ hizo notar al marcharse el diferente modo -que protestantes y católicos tenían de guardar las fiestas: los -primeros, en sus casas leyendo buenos libros; los segundos, en los -toros, mirando cómo las fieras arrancan las entrañas ensangrentadas a -los pobres caballos. La plaza de toros de Sevilla es la más hermosa -de España, y todos los domingos (único día en que se abre) se llena -invariablemente de una multitud entusiasta. - -Comencé ya los preparativos para ausentarme de Sevilla por unos meses -con destino a la costa de Berbería. Antonio, que no quiso salir de -España, donde estaban su mujer y sus hijos, se volvió a Madrid muy -contento con una buena gratificación que le di. Como me proponía -volver aún a Sevilla, dejé la casa y los caballos al cuidado de un -amigo de confianza, y me marché. En los capítulos siguientes se verán -las razones que tuve para visitar Berbería. - - - - -CAPÍTULO L - - Noche en el Guadalquivir. — La luz del Evangelio. — Bonanza. — La - playa de Sanlúcar. — Panorama andaluz. — Historia de una caja. — - _Cosas de los ingleses._ — Los dos gitanos. — El cochero. — El - gorro de dormir encarnado. — El vapor. — El idioma cristiano. - - -En la noche del 31 de julio salí de Sevilla para mi expedición a -bordo de uno de los vapores que navegaban por el Guadalquivir entre -Sevilla y Cádiz. Llevaba el propósito de detenerme en Sanlúcar para -recobrar la caja de Testamentos retenida allí en secuestro, mientras -llegaba la ocasión oportuna de sacarlos fuera del reino de España. -Destinaba yo esos Testamentos a ser repartidos entre los cristianos -que esperaba encontrar en las costas de Berbería. Sanlúcar dista -unas quince leguas de Sevilla, y se halla a la entrada de la bahía -de Cádiz, donde el Guadalquivir junta sus aguas amarillas con las -ondas saladas. El vapor desatracó del muelle a eso de las nueve y -media, entre el vocerío con que los de a bordo y los que se quedaban -en tierra se despedían de sus amigos. En ese tumulto me pareció -oír las voces de algunos amigos míos que me habían acompañado al -muelle, y al instante me puse a gritar con más fuerza que nadie. La -noche era muy obscura; tanto, que apenas distinguíamos los árboles -que pueblan el borde oriental del río hasta la primera revuelta. -Durante todo aquel día había reinado en Sevilla un _calmazo_; es -decir, un tiempo excesivamente bochornoso, sin el más leve soplo de -aire que lo animase. La noche fué también pesada y sofocante. Como -yo había hecho con frecuencia el viaje del Guadalquivir, remontando -y descendiendo el famoso río, no sentí la inquietud y curiosidad -que la gente experimenta al hallarse, sea con luz o a obscuras, en -paraje extraño, y como no conocía a ninguno de los pasajeros que -charlaban sobre cubierta, pensé que lo mejor sería retirarme a la -cámara y descansar un poco, a ser posible. La cámara estaba desierta -y regularmente fresca, con todas las ventanas de las dos bandas -abiertas para que corriese el aire. Tendido en un diván me dormí -pronto, y así estuve dos horas, hasta que las furiosas picaduras de -mil chinches me despertaron, obligándome a salir a cubierta, donde me -dormí otra vez arropado con mi abrigo. Me desperté al rayar el día; -estábamos a unas dos leguas de Sanlúcar. Me puse en pie y miré al -Oriente, observando los progresos graduales del amanecer: primero un -débil fulgor, luego unas bandas de claridad, después un arrebol, un -rayo brillante, y por fin el disco de oro de ese orbe que cada día -emerge del inmenso abismo; al instante, el vasto panorama fulguró -con claros resplandores; la tierra reía, chispeaban las aguas, los -pájaros trinaban, y los hombres levantábanse regocijados, porque era -un nuevo día, y el sol, en la misión que le dió su Creador, comenzaba -a difundir la luz y el contento, ahuyentando la pesadumbre y las -tinieblas. - - Ved el sol matinal - cual inunda su claridad la tierra, - su camino triunfal - de vida y luz se llenan. - - El Evangelio alumbra - con luz aun más divina, - saca a los pecadores de sus tumbas - y da a los ciegos vista. - -Nos detuvimos frente a Bonanza, que es, hablando propiamente, el -puerto de Sanlúcar, aunque dista de este pueblo media legua. Llámase -Bonanza en razón de su buen surgidero, al abrigo de las borrascas del -Océano. Consiste en varios edificios espaciosos, blancos, casi todos -almacenes del Gobierno, y lo habitan carabineros, aduaneros y unos -pocos pescadores. Un bote vino a recoger los pasajeros para Sanlúcar -y trajo a bordo media docena de personas que iban a Cádiz; yo me fuí -con aquéllos. Un joven español, de talla diminuta, me hizo en francés -algunas preguntas acerca de lo que me parecían el paisaje y el clima -de Andalucía. Díjele que los admiraba mucho, lo que, evidentemente, -le causó gran placer. El botero llegó entonces pidiendo dos _reales_ -por llevarme a la costa; no llevaba yo dinero suelto, y le ofrecí -un duro para que cambiase. Dijo que le era imposible; le pregunté -qué haríamos, y groseramente me contestó que no lo sabía, pero que -no estaba para perder tiempo y quería cobrar en el acto. El joven -español, al observar mi apuro, sacó dos _reales_ y pagó al hombre. Le -di las gracias de todo corazón por tal rasgo de cortesía, y muy de -veras se lo agradecí, pues hay pocas situaciones tan desagradables -como encontrarse en un grupo de gente que no tiene cambio, y verse -acosado al mismo tiempo para el pago. Una persona algo depravada me -decía una vez que es preferible carecer de dinero en absoluto, pues -en tal caso ya sabe uno lo que ha de hacer. Más tarde encontré en -Cádiz al joven español y le pagué, dándole gracias otra vez. - -Cerca del desembarcadero esperaban unos cuantos cabriolés, dispuestos -a llevarnos a Sanlúcar. Tomé uno, y echamos a andar lentamente por -la playa. El sitio es famoso en las novelas antiguas españolas, del -género llamado picaresco, o sea las consagradas a las aventuras -de pícaros notorios; el modelo de todas, así como de las del mismo -género en cualquier otro idioma, es _Lazarillo de Tormes_. El -propio Cervantes inmortalizó esta playa en la más divertida de sus -novelas cortas, _La ilustre fregona_. En una palabra, la playa de -Sanlúcar era en los tiempos antiguos, si no en los modernos, punto -de cita de rufianes, _contrabandistas_ y vagabundos de toda laya, -que allí anidaban en míseras chozas, hoy desaparecidas. El mismo -Sanlúcar siempre fué notado por la inclinación de sus habitantes—los -peores de Andalucía—al robo. Aquel ventero del _Quijote_, tan -pícaro, perfeccionó su educación en Sanlúcar. Todos estos recuerdos -se agolpaban en mi espíritu según íbamos recorriendo la playa, -dorada por el sol de Andalucía, que todo lo hermosea. Llegamos -al fin a ponernos próximamente frente a Sanlúcar, que se alza a -cierta distancia de la ribera. Allí se nos ofreció un espectáculo -muy animado: una multitud de mujeres, vistiéndose o desnudándose, -pululaba en la orilla, mientras (calculando con prudencia) centenares -de ellas jugaban y retozaban en el agua. Algunas estaban tendidas -cuan largas eran al borde mismo de la playa, en un lecho de arena -y pedrezuelas, dejando que las minúsculas olas les pasaran sobre -el cuerpo; otras nadaban valientemente mar adentro. Había una -confusa batahola de gritos, chillidos y agudas risas femeninas; -oíase también algunas canciones, cuyo asunto es fácil de adivinar, -pues estábamos en la soleada Andalucía, ¿y en qué pueden pensar ni -de qué hablar o cantar sus ojinegras hijas más que de _amor, amor_, -que entonces resonaba en la tierra y en las aguas? Prosiguiendo -a lo largo de la playa, vimos también una multitud de hombres -bañándose; no pasamos junto a ellos, pues torcimos a la izquierda -y remontamos un paseo o avenida que conduce a Sanlúcar, como de un -cuarto de milla de longitud. La vista desde allí era, en verdad, -magnífica: ante nosotros yacía la ciudad, en la falda y en la cúspide -de una colina de regular altura, extendiéndose de Este a Oeste; la -población me pareció bastante grande; supe después que contaba lo -menos veinte mil habitantes. Varios inmensos edificios y murallas la -dominaban, de tanta grandeza que difícilmente puede describirse con -palabras; pero lo principal era un castillo antiguo, situado hacia -la izquierda. Las casas eran blancas del todo, y hubieran brillado -esplendorosas de haber estado más alto el sol, pero en hora tan -temprana yacían en relativa sombra. El _tout ensemble_ era oriental -y morisco en extremo; de hecho, Sanlúcar fué antaño una famosa -fortaleza de los moros, y después de Almería, la plaza comercial -más frecuentada de España. En estas partes de Andalucía todo tiene -un carácter enteramente oriental. Ved los cielos, tan despejados -y de azul tan brillante como el de la India; el candente sol, que -en un momento curte las más blancas mejillas, y llena el aire de -llameantes ráfagas; y ved el paisaje y los productos vegetales. A -cada lado del paseo por donde íbamos había una hilera de esa mata -o árbol, no sé cómo llamarlo, que en español se conoce por _pita_ -y en marroquí por _gursean_. Alcanza aquí desarrollo casi tan -majestuoso como en la costa de Africa. Del cogollo de verdes hojas, -que en todas direcciones brotan desde la raíz, se alza un tallo tan -alto, ¿necesitaré decirlo?, como una palmera; ¿y necesitaré decir -que las hojas, de extraordinario espesor en la base, son en el cabo -más agudas que la punta de una lanza, y que infligirían una herida -terrible a cualquier animal que por inadvertencia se arrojase contra -ellas? - -La _posada_ donde paramos está a la entrada de Sanlúcar. Daba frente, -con algunas casas más, al paseo por donde habíamos ido. Como aún -era muy temprano, me fuí a descansar unas horas, y después visité -al vicecónsul británico, Mr. Phillipi, quien ya me conocía de -nombre, pues me había recomendado a él, por carta, un pariente suyo -de Sevilla. Mr. Phillipi estaba en su escritorio, y me recibió con -gran amabilidad y cortesía. Le expliqué el motivo de mi visita a -Sanlúcar, y solicité su ayuda para rescatar los libros depositados -en la Aduana y poder sacarlos del reino, pues bien conocía yo las -dificultades que encuentran cuantos han de tratar algún asunto con -las autoridades españolas. El vicecónsul me aseguró que tendría gran -placer en serme útil, y, en consecuencia, envió conmigo a la Aduana a -su primer oficial, persona muy conocida y respetada en Sanlúcar. - -Lo mejor será contar aquí de una vez lo relativo a esos libros, para -no entorpecer más adelante la narración. Consistían en un cajón de -Testamentos en español y una caja pequeña de Evangelios de San Lucas, -en el lenguaje de los _gitanos_ españoles. Los retiré de la Aduana -de Sanlúcar, con una guía para la de Cádiz. En Cádiz estuve ocupado -dos días, y otros tantos una persona que tomé a mi servicio, en -cumplir todos los requisitos y procurarme los papeles necesarios. El -gasto fué grande, pues a cada paso me pedían dinero, si bien yo no -hacía más que cumplir sencillamente la orden del Gobierno español de -sacar de España los libros prohibidos. Esta farsa no concluyó hasta -mi llegada a Gibraltar, donde pagué un duro al cónsul español por -certificar al dorso de la guía, antes de devolverla a Cádiz, como -era mi obligación, que los libros habían llegado a aquella plaza. No -vió los libros, es cierto, ni preguntó por ellos; pero se guardó el -dinero, objeto único, por lo visto, de sus ansias. - -En la Aduana de Sanlúcar me hicieron dos o tres preguntas respecto de -los libros contenidos en las cajas; y eso me dió ocasión de hablar -del Nuevo Testamento y de la Sociedad Bíblica. Mis palabras llamaron -la atención, y al instante todos los oficiales y dependientes de la -casa, grandes y chicos, desde el administrador hasta el portero, -se congregaron en torno mío. Como hubo que abrir las cajas para -inspeccionar su contenido, salimos todos al patio, y allí, tomando -en la mano un Testamento, reanudé mi discurso. No sé a punto fijo lo -que dije; pues al recapacitar de qué modo se perseguía la palabra de -Dios en tan desventurado reino, me emocioné mucho y me dejé llevar -de mis sentimientos. Mis palabras causaron impresión, evidentemente; -con gran asombro mío, cada uno de los presentes me pidió un ejemplar. -Vendí unos cuantos dentro de la misma Aduana. Lo que más llamaba -la atención era el Evangelio en gitano, y lo examinaron con mucho -detenimiento, entre sonrisas y exclamaciones de sorpresa, diciendo -de vez en cuando: _Cosas de los ingleses_. Uno de los presentes -me preguntó si sabía hablar el lenguaje _gitano_. Respondí que no -sólo hablarlo, pero escribirlo, y en el acto hice un discurso de -unos cinco minutos en la lengua de los gitanos, y apenas concluí, -todos aplaudieron y exclamaron: _¡Cosas de Inglaterra! ¡Cosas de -los ingleses!_ Vendí algunos ejemplares del Evangelio en gitano, -y terminado el asunto que me llevó a la Aduana, me despedí de mis -nuevos amigos y me fuí con mis libros. - -Volví a casa de Mr. Phillipi, quien, al conocer mi intención de -proseguir el viaje a Cádiz en el vapor de la mañana siguiente, que -tocaría en Bonanza a las cuatro, envió a este pueblo mis cajas y -mi ligero equipaje, aconsejándome que fuese yo también a dormir -allí para poder embarcar en hora tan temprana. Me presentó después -a su mujer, que era inglesa, y a su hija, muchacha de unos diez y -ocho años, amable y linda, a quien ya había visto en Sevilla; había -allí de visita otros tres o cuatro señores, que habían ido desde -Sevilla a tomar baños de mar. La señora de la casa y yo cambiamos -unas pocas palabras en inglés, y luego empezamos todos a charlar en -español, único idioma que, al parecer, entendían o apreciaban los -demás presentes; en verdad, sería poco razonable esperar que los -españoles hablen un idioma distinto del suyo, pues tan armonioso -y flexible como es (mucho más, a mi juicio, que ningún otro), se -antoja, en ocasiones, del todo insuficiente para expresar los -arranques impetuosos de su exuberante imaginación. Dos horas volaron -rápidamente en coloquios, interrumpidos de vez en cuando por la -música y el canto, hasta que me despedí de tan deleitosa compañía, y -me fuí a curiosear por la ciudad. - -Era ya más de medio día, y el calor en extremo fuerte; apenas vi -alma viviente por las calles; las piedras del pavimento me quemaban -los pies a través de las suelas de las botas. Crucé la plaza de la -Constitución, que nada de particular ofrece a los ojos del viajero, -y remonté la colina para ver el castillo desde más cerca. Es un -edificio de piedra, fuerte y pesado, con cubos, y en regular estado -de conservación, a pesar de hallarse abandonado. - -Me cansé de mirar, y ya desandaba el camino, cuando me abordaron -dos gitanos, que se habían enterado de mi llegada. Cambiamos unas -palabras en _gitano_, pero conocían muy mal el dialecto y eran -incapaces de sostener una conversación en él. Clamaban por un -_gabicote_, o libro en lengua gitana. Se lo negué, diciendo que no -sacarían de él provecho alguno; pero en vista de que sabían leer, -les prometí sendos Testamentos en español. Con desdén rechazaron -la oferta, diciendo que no se curaban de nada escrito en la lengua -de los _Busné_ o gentiles. Insistieron en su demanda, a la que por -fin me sometí, no pudiendo resistir sus importunaciones; así que me -acompañaron a la posada y recibieron lo que con tanto ardor deseaban. - -Por la tarde me visitó Mr. Phillipi; me dijo que por encargo suyo -un cabriolé iría a buscarme a la posada al ser las once para -llevarme a Bonanza, y allí, un individuo, dueño de una tabernucha, -a quien de antemano se habían remitido mis cajas y otros bártulos, -me alojaría por aquella noche, si bien tendría probablemente que -dormir en el suelo. Fuímos después de paseo a la playa, donde había -muchos bañistas, todos varones. Algunos eran muy buenos nadadores, -en particular dos, que se habían metido muy adentro en el abra del -Guadalquivir, una milla cuando menos. Al decirme que eran frailes, me -pregunté asombrado en qué época de su vida habrían podido adquirir -tanta destreza en la natación. Supuse que no sería en los tiempos -en que, conforme a sus votos, sólo podían vivir para la oración, el -ayuno y las mortificaciones. La natación es un ejercicio muy bueno, -pero en manera alguna encaminado a la mortificación de la carne -ni del espíritu. Al anochecer volvimos a la ciudad, y mi amigo se -despidió de mí con mucho cariño. Me retiré después a mi aposento, y -pasé unas horas en meditación. - -Se hizo de noche; dieron las diez, las once; el cabriolé se detuvo -a la puerta. Monté, y echamos paseo abajo y luego a lo largo de -la playa, desierta. Las olas resonaban tristemente; todo parecía -cambiado desde por la mañana. Hasta me pareció que las pisadas de -los caballos sonaban de distinto modo al avanzar al trote corto por -la arena compacta y húmeda. Pero el cochero no estaba triste, ni -mucho menos, ni con ganas de permanecer callado mucho tiempo: no -tardó en empezar a hacerme una infinidad de preguntas respecto de mi -procedencia y de mi destino. Le respondí lo que me pareció oportuno, -y, en cambio, le pregunté si no le daba miedo pasar con el coche a -tales horas por un sitio de tan mala fama como aquella playa. Oído -esto, miró en torno, y al no ver a nadie, soltó una exclamación -burlona, y dijo que un hombre con tales patillas como las suyas -no se asustaba de todos los ladrones de la playa juntos, y que ni -doce hombres de Sanlúcar se atreverían a dar el alto a un viajero -sabiendo que iba bajo su protección. Era un buen ejemplar de andaluz -fanfarrón. A poco percibimos el débil fulgor de una o dos luces -delante de nosotros: eran las de unas lanchas y otros barquichuelos -embarrancados en la arena, debajo y muy cerca de Bonanza; entre los -barcos percibí la obscura silueta de dos o tres hombres. Estábamos -al final del viaje y nos detuvimos ante la puerta de la casa donde -había de albergarme por aquella noche. Se apeó el cochero y llamó -fuerte un buen rato, hasta que un hombre, como de sesenta años, de -extraordinaria corpulencia, abrió la puerta; llevaba en la mano una -luz mortecina, e iba vestido con una camisa de rayas, sucia, y gorro -de dormir encarnado. Sin proferir palabra nos dejó entrar en una -pieza muy vasta, con piso de tierra. A un lado, cerca de la puerta, -se alzaba una especie de mostrador; detrás, un par de barriles, y en -anaqueles, contra la pared, frascos de diversos tamaños. Había un -olor muy fuerte a vino y licores. Arreglé la cuenta con el cochero -y le di una propina; luego me pidió para echar un trago a mi salud. -Díjele que pidiera lo que quisiese, y pidió una copa de aguardiente, -que el amo de la casa, plantado detrás del mostrador, le sirvió sin -pronunciar palabra. El cochero se la echó al coleto de un trago, pero -hizo una porción de muecas después de beberla, y, tosiendo, dijo -que sin duda alguna el aguardiente era bueno, porque le abrasaba el -gaznate de un modo terrible. Luego me abrazó, salió de la casa y, -montando en el cabriolé, fuése. - -El viejo del gorro colorado se acercó entonces muy despacio a la -puerta, echó el cerrojo y la atrancó; después, empujó dos bancos -y los juntó, señalándomelos con el gesto, como para notificarme -que allí tenía la cama; sopló la luz y se retiró al fondo de la -habitación, donde le oí tumbarse con muchos suspiros y resoplidos. -No quedó más luz que la de una cazuelilla de barro puesta en el -suelo, llena de agua y aceite, donde flotaba un pedacito de cartón -con un pábilo encendido en el centro: esta lámpara tan sencilla se -llama _mariposa_. Puse mi saco de noche sobre el banco, a modo de -almohada, y me eché; me hubiese dormido en el acto, a no ser porque -el del gorro colorado empezó a roncar de modo pavoroso; esto me hizo -recordar que aún no me había encomendado a mi Amigo y Redentor: hice, -pues, mis oraciones, y luego me sumí en el descanso. - -Más de una vez durante la noche me despertaron los gatos, y creo -que también las ratas, al saltar sobre mi cuerpo. Al despertar la -última vez, me levanté y, acercándome a la mariposa, consulté el -reloj: eran las tres y media de la mañana. Abrí la puerta y salí a -mirar; entraron unos pescadores pidiendo el aguardiente; el viejo -se levantó en seguida a servirlos. Uno de aquellos hombres me dijo -que si pensaba marcharme en el vapor, debía mandar cuanto antes mis -equipajes al embarcadero, porque había sentido el ruido del barco -que venía río abajo. Expedí los bultos y pregunté al del gorro -colorado cuánto debía. _Un real_, respondió; tales fueron las dos -únicas palabras que oí de su boca; en verdad, era hombre apegado al -silencio, y acaso a la filosofía, poco cultivados en Andalucía. Me -fuí presuroso al embarcadero. Aún no había llegado el vapor, pero el -fragor de su marcha por el río oíase cada vez más cerca. La niebla -cubría la faz tenebrosa de las aguas, y sentí cierto pavor al oír -aproximarse al invisible monstruo rugiendo en el silencio de la -noche. Al fin estuvo a la vista, se adelantó revolviendo el agua, se -detuvo, y a poco me encontré a bordo. Era el _Península_, el mejor -barco del Guadalquivir. - -¡Qué prodigiosa obra de la industria humana es el barco de vapor! Sin -embargo, ¿cómo llamarla prodigiosa si se toma en consideración su -historia? Han pasado más de quinientos años desde que surgió por vez -primera la idea de construirlo, y sólo a fines del siglo pasado se -logró por completo el intento, surcando las aguas de un río escocés -el primer vapor digno de tal nombre. Durante ese largo período de -tiempo, inteligencias perspicaces y hábiles manos se empleaban de -vez en vez en el intento de corregir aquellas imperfecciones de la -maquinaria que eran el único obstáculo que se oponía a que el barco -fuese su propio propulsor contra las olas y el viento. Esos intentos, -abandonados unos tras otros, perdida la esperanza, no fueron por -completo estériles: cada inventor dejaba tras de sí alguna nueva -mejora, fruto de sus trabajos, y sus continuadores la aprovechaban, -hasta que sólo faltó encontrar dos o tres ideas felices, y un -artilugio más perfecto. Llegaron los tiempos, y, por fin, ahora -surcan el mismo Atlántico arrogantes vapores. Mucho se ha ponderado, -en mi opinión con justicia, la utilidad del vapor para difundir -por doquiera la civilización. Cuando los primeros barcos de vapor -aparecieron en el Guadalquivir hará unos diez años, los sevillanos -corrieron a las orillas del río, gritando ¡brujería! ¡brujería!, idea -robustecida por el hecho de ser inglesa la Compañía, y de llevar los -barcos, construídos en Inglaterra, maquinistas ingleses, como todavía -los llevan; porque no se encontró ningún español capaz de entender -la maquinaria. Sin embargo, no tardaron en habituarse a los vapores, -que van generalmente abarrotados de pasajeros. Fanáticos y vanidosos -como son todavía, y apegados con pasión a sus costumbres antiguas, -los sevillanos saben que, en un caso al menos, puede venir algo bueno -de tierra extranjera, y de herejes por añadidura; sus prejuicios -inveterados han sufrido un rudo golpe, y es de esperar que éste sea -el alborear de su civilización. - -Mientras surcábamos la bahía de Cádiz, iba yo reclinado en uno de -los bancos de la cubierta, cuando acertó a pasar el capitán en -compañía de otro hombre; se detuvieron cerca de mí, y oí al capitán -preguntarle al otro cuántas lenguas sabía hablar. «Una tan sólo», -replicó. «Esa única—dijo el capitán—es, claro está, el cristiano», -nombre que los españoles dan a su propio idioma, para contraponerlo a -todos los demás. «Ese individuo—continuó el capitán—que va echado en -el banco, habla también el cristiano, cuando le conviene; pero habla -además otros que no son el cristiano, ni mucho menos: sabe hablar -inglés, y le he oído charlotear _gitano_ con los de Triana; ahora va -a tierra de moros, y si fuese usted allí, le oiría hablar con ellos -en su jerigonza con tanta facilidad como en _cristiano_, y aún mejor, -porque él tampoco es cristiano. Le he tenido ya muchas veces a bordo, -pero el sujeto me gusta poco, porque lleva consigo una cosa nada -buena.» Tan digna persona me había estrechado la mano a mi llegada a -bordo, diciéndome lo mucho que le contentaba verme de nuevo. - - - - -CAPÍTULO LI - - Cádiz. — Las fortificaciones. — El cónsul general. — Anécdota - característica. — Un vapor catalán. — Trafalgar. — Alonso Guzmán. - — Gebel Muza. — La fragata _Orestes_. — El león hostil. — Las - obras del Creador. — Un lagarto del Peñón. — El gentío. — La - reina de los mares. — Oración por mi país. - - -Cádiz se alza, como es bien sabido, en una larga y angosta lengua de -tierra que se adentra en el mar, de cuyo seno parece salir la ciudad; -las ondas salinas bañan sus muros por todos lados, menos por el Este, -donde un istmo de arena la une con la costa de España. La ciudad, -en su estado actual, es de construcción moderna, y, a diferencia de -todas las demás ciudades de la Península, está edificada con gran -regularidad y simetría. Muchas son sus calles, y se cortan, por lo -general, en ángulo recto. Son muy estrechas, en comparación de la -altura de las casas, y, por tanto, impenetrables a los rayos del -sol, excepto en la hora del mediodía. Pero la calle principal es una -excepción, y tiene cierta anchura. En esta calle está la _Bolsa_, -las casas de los comerciantes más fuertes y de la nobleza, y es, -durante la primera parte del día, punto de reunión de los ociosos -y de los hombres de negocios, por lo que recuerda a la Puerta del -Sol de Madrid. Desemboca en la plaza principal, no muy grande, -pero con muchas pretensiones de magnificencia: circúyenla grandes -edificios de aspecto imponente, y está plantada de hermosos árboles, -a cuyo pie hay bancos de mármol, para comodidad del público. Pocos -edificios públicos hay en Cádiz dignos de gran atención: cierto -que la catedral pasaría en otros países por un monumento hermoso; -pero en España, tierra de catedrales gigantescas, magníficas, sólo -puede ser considerada como lugar de culto decoroso; todavía está sin -acabar. Hay un paseo público, o _alameda_, en las murallas del Norte, -atestado de gente, por lo general, las tardes de verano: el verdor -de los árboles, mirados desde la bahía, presta agradable descanso a -los ojos, deslumbrados por el resplandor del caserío, todo blanco, -porque Cádiz es también una ciudad radiante. En otro tiempo fué la -más rica de España, pero ha decaído malamente de su prosperidad en -estos últimos años, y sus habitantes lamentan de continuo la ruina de -su comercio; por tal razón, a diario emigran muchos a Sevilla, donde, -al menos, es más barato vivir. Aún hay, sin embargo, mucha vida y -mucho ruido en sus calles, adornadas con numerosas y espléndidas -tiendas, bastantes de ellas en el estilo de las de París y Londres. -Su población actual se calcula en 80.000 habitantes. - -No sin razón tiene Cádiz nombre de plaza fuerte; las fortificaciones -por el lado de tierra, en parte obra de los franceses durante -el imperio napoleónico, son muy dignas de admiración, y parecen -inexpugnables; por el lado del mar, la naturaleza la defiende -tanto como el arte, porque el agua y las rocas sumergidas no son -parapetos despreciables. Con todo, las defensas de la ciudad, salvo -las del lado de tierra, ofrecen tristes pruebas de la apatía y -abandono españoles, aun teniendo en cuenta las circunstancias, harto -desfavorables, en que ahora se halla el país. En las fortificaciones, -que van arruinándose con rapidez, apenas se ve un cañón, excepto -unos pocos desmontados; así esa fortaleza aislada se halla hoy casi -a merced de cualquier nación extranjera que, con un pretexto, o sin -pretexto alguno, pretendiese arrancarla del poder de sus legítimos -dueños y convertirla en colonia. - -A las pocas horas de llegar, visité a Mr. B.[21], cónsul general -británico en Cádiz. Su casa, muy vasta y suntuosa, hace esquina a -la entrada de la _alameda_, y tiene hermosas vistas sobre la bahía. -Por de contado, de tiempo atrás conocía yo de oídas a Mr. B. Sabía -que llevaba bastantes años desempeñando con provecho para su país -natal y no poca honra suya el cargo, tan señalado como lleno de -responsabilidades, que ocupaba en España. Conocíale también por -cristiano bueno y pío, y, además, como amigo seguro e inteligente de -la Sociedad Bíblica. Sabía yo eso, pero no se me había presentado -nunca ocasión de conocerle personalmente. Le vi entonces por vez -primera, y su aspecto exterior me causó gran impresión. Es un -hombre alto, atlético, muy bien formado, entre cuarenta y cinco y -cincuenta años; la grave dignidad de su semblante se dulcifica por -una expresión de buen humor muy atractiva. Sus modales son abiertos -y afables en extremo. No entraré a referir con detalles nuestra -entrevista, para mí asaz interesante. Conocía Mr. B. los puntos -capitales de mi historia desde mi llegada a España, y sobre ellos -hizo diversos comentarios que demostraban un conocimiento íntimo de -la situación del país, tocante a los asuntos eclesiásticos, y del -estado de la opinión respecto a innovaciones religiosas. - - [21] Mr. John Brackenbury. - -Me agradó descubrir que sus ideas coincidían en muchos puntos con -las mías; ambos teníamos la opinión decidida de que a pesar de -las persecuciones y el alboroto promovidos últimamente contra el -Evangelio, la batalla no estaba, ni mucho menos, perdida, y que la -santa causa aún podía triunfar en España si los llamados a defenderla -desplegaban, junto con su celo, discreción, y humildad cristiana. - -La mayor parte de aquel día y del siguiente estuve ocupado en la -Aduana, tratando de obtener los documentos necesarios para exportar -los Testamentos. El sábado por la tarde comí con Mr. B. y su familia, -grupo interesante formado por su esposa, sus hijas, muy bellas, y su -hijo, joven apuesto e inteligente. A la siguiente mañana, temprano, -el vapor _Balear_ zarpaba de Cádiz con rumbo a Marsella, y escalas -en Algeciras, Gibraltar y otros puertos de España. Tomé pasaje a -su bordo hasta Gibraltar, pues ya nada tenía que hacer en Cádiz; -mis asuntos en la aduana estaban al cabo concluídos gracias a Mr. -B., sin cuya bondadosa asistencia creo que nunca los hubiera dado -fin. Ya tarde, me despedí con pesar de hombre tan excelente y de -mis otros encantadores amigos; creo que sus votos más fervientes me -acompañaron, y en cualquier lugar del mundo donde, pobre peregrino -por la causa del Evangelio, pueda encontrarme, no dejaré de ofrecer a -menudo sinceras oraciones por su ventura y bienestar. - -Antes de despedirme de Cádiz, referiré una anécdota del cónsul -británico, que le caracteriza, y pinta también su feliz manera de -cumplir los más penosos deberes del cargo. Estaba yo de conversación -con él en una sala de su casa, cuando nos interrumpió la llegada de -dos visitantes inesperados: eran el capitán de un barco mercante de -Liverpool y uno de la tripulación, rudo marinero del país de Gales, -que apenas sabía expresarse en inglés. Ambos se miraban con indecible -desconfianza y rencor. Resultó que el marinero se había negado a -trabajar, y se obstinaba en abandonar el barco; su jefe llevábale -a presencia del cónsul, a fin de que, si persistía en su actitud, -le notificasen las consecuencias, o sea la pérdida de sus sueldos y -ropas. Así se hizo; pero el marinero mostrábase cada vez más arisco, -negándose a volver a pisar la misma cubierta que el capitán, quien -le había llamado «griego, griego poltrón y holgazán», y eso no podía -tolerarlo. La palabra «griego» se le había enconado al marinero en -el ánimo y le lastimaba el corazón. Mr. B., buen conocedor, por lo -visto, del carácter de los galeses en general—cuya testarudez, cuando -se les lleva la contraria, es proverbial—y que desde luego vió los -motivos triviales y necios de donde la disputa había surgido, le dijo -sonriendo al marinero que, para salirse con la suya frente a todos -y conservar sus sueldos y ropas, había un medio: irse a bordo de un -barco de guerra de su majestad, anclado a la sazón en la bahía. -No lo ignoraba el marinero, según dijo, y así se proponía hacerlo. -Con todo, su torvo semblante se dilató un poco, y miró con menos -fiereza al capitán. Entonces, Mr. B., dirigiéndose al último, hizo -algunas observaciones sobre la inconveniencia de llamar «griego» a un -marinero británico, sin olvidarse de mencionar al propio tiempo la -absoluta necesidad de disciplina y obediencia a bordo. Sus palabras -produjeron tal efecto, que muy poco tiempo después el marinero tendía -la mano al capitán, mostrándose dispuesto a volver con él a bordo y a -cumplir sus obligaciones, añadiendo que el capitán, después de todo, -era el hombre mejor del mundo. Así se separaron contentos unos de -otros; habiéndoles arrancado el cónsul la promesa de asistir al día -siguiente al oficio divino en su casa. - -Llegó la mañana del domingo, y a las seis me encontraba a bordo. -Al trepar por la escala, me hirió los oídos el áspero acento del -dialecto catalán. El barco era, en efecto, de construcción catalana, -y el capitán y los tripulantes pertenecían a aquel pueblo; la -mayor parte de los pasajeros ya a bordo, o llegados después, eran -catalanes, y parecían rivalizar unos con otros en emitir sonidos -desagradables. Pero quien con toda evidencia se llevaba la palma -era un comerciante gordo, de rostro colorado, barba en punta, ojos -penetrantes y nariz corva; hablaba con asombrosa vehemencia por los -motivos al parecer más fútiles, o sin motivo alguno; el sonido de su -voz hubiese sido exactamente igual al ruido de un molinillo de café, -a no ser por cierta nasalidad gangosa; no cesó de eyacular su catalán -en todo el trayecto hasta Gibraltar. Esas gentes no se marean nunca, -aunque con frecuencia producen o aumentan el mareo de los demás. - -No zarpamos hasta después de las ocho, en espera del gobernador -de Algeciras, y en cuanto llegó a bordo nos pusimos en marcha; -era hombre de unos setenta años, alto, delgado, rígido, de rostro -grave, alargado y rugoso; en suma, la propia imagen de un antiguo -grande de España. Nos echamos fuera de la bahía rodeando el ingente -faro erguido sobre el arrecife, e hicimos después rumbo al Sur, en -dirección de los estrechos. La mañana era esplendorosa; el cielo y el -mar, de un azul radiante, o más bien, como en ocasión análoga hizo -notar mi amigo Oehlenschlaeger[22], parecían dos cielos y dos soles, -uno arriba y otro abajo. - - [22] Poeta danés. 1779-1850. - -Aunque el tiempo era bueno, el barco andaba poco, tal vez por sernos -contraria la corriente. A las dos horas pasamos frente al castillo -de Santa Petra, y al mediodía estábamos a la vista de Trafalgar. -El viento refrescó y nos daba de proa; nos arrimamos mucho a la -costa para evitar en lo posible el duro y fuerte mar que desembocaba -del estrecho. Pasamos a muy corta distancia del Cabo, escarpado -promontorio de no muy considerable altura. - -No hay inglés que pase por tales lugares—teatro de la batalla naval -más famosa que se recuerda—sin emoción. Allí las flotas de Francia y -España, unidas, fueron aniquiladas por una fuerza muy inferior; pero -era una fuerza británica y la dirigía uno de los hombres más notables -de su época, quizás el héroe más grande de todos los tiempos. - -Enormes despojos de naufragios emergen aún con frecuencia del golfo, -cuyas olas se estrellan contra las rocas de Trafalgar: son reliquias -de las gigantescas naves incendiadas y hundidas en aquel día -terrible, cuando el heroico campeón de Bretaña, concluída su obra, -murió. A un solo individuo le he oído aventurar palabras en desdoro -de la gloria de Nelson: era un americano insolente, quien reputaba -por demás exagerada la fama del almirante británico. - -—¿Cabe exagerar el aprecio de un hombre—replicó un desconocido—cuyos -pensamientos todos se encaminaron al honor de su país, que apenas -combatió una vez sin dejar un pedazo de su cuerpo en la refriega, y, -para no hablar de otros triunfos menores, vencedor en dos batallas -tales como Abukir y Trafalgar? - -Poco después estábamos a la vista de la costa de Africa. El cabo -Espartel se dibujaba borrosamente entre la niebla por nuestra -derecha. El Levante comenzó a soplar, y el barco cabeceaba mucho; sin -embargo, el gobernador y yo resistimos valientemente; sentados en un -banco, entramos en conversación acerca de los moros y de su país. El -propio Torquemada no habría hablado de ellos con más aborrecimiento. -Me dijo que había estado bastantes veces en las principales ciudades -moras de la costa, describiéndomelas como montones de ruinas; a los -moros los llamaba _cafres_ y bestias feroces. Siempre, aun en Tánger, -donde la gente está más civilizada, le habían insultado: tan grande -es el odio de los moros a cuanto huele a cristiano. Sin embargo, a -los ingleses los trataban con relativa cortesía, y circulaba entre -ellos un dicho según el cual ingleses y mahometanos son unos y lo -mismo; el semblante del gobernador tomó por un momento una expresión -más grave; el hombre se santiguó y guardó silencio. Adiviné lo que -pasaba por su ánimo: - - «De bárbaros herejes, - turcos y moros, - Estrella del mar - Dulce María, - ¡ampárame!» - -A eso de las tres cruzamos frente a Tarifa, tantas veces mencionada -en la historia de moros y cristianos. ¿Quién no ha oído hablar de -Alonso de Guzmán el Bueno[23], que dejó sacrificar a su hijo único -delante de los muros de la ciudad por no sufrir la ignominia de -entregar las llaves al monarca marroquí, quien, con su ejército, muy -cercano, según cuentan, a medio millón de hombres, había desembarcado -en las costas de Andalucía y amenazaba poner de nuevo a España bajo -el yugo musulmán? Pues, en verdad, si hay un país y un lugar donde -apenas se nombre a tan buen patriota, ni se canten sus proezas, ese -país y ese lugar son España y Tarifa modernas. - - [23] Borrow le llama _the Faithful_, el Fiel. - -He oído cantar en danés el romance de Alonso Guzmán a un pastor en -las soledades de Jutlandia; pero una vez hablé del «Fiel» a unos -habitantes de Tarifa, y me dijeron que nunca habían oído mentar -a Guzmán el Fiel de Tarifa, pero que conocían a Alonso Guzmán el -_tuerto_, uno de los más miserables _arrieros_ del camino de Cádiz. - -El viaje por aquellos angostos mares no puede por menos de interesar -al más apático, dado el panorama que por uno y otro lado se presenta -ante los ojos. Las costas son muy bravas y altas en extremo, sobre -todo la de España, que parece dominar a la de Africa; pero frente a -Tarifa, el continente africano, girando hacia el Suroeste, toma un -aspecto de grandeza sublime. Una montaña blanquecina horada las nubes -con su cumbre: es monte Abyla, llamado en lengua mora Gibil Muza, o -montaña de Muza, porque en ella está el sepulcro de un profeta de -ese nombre. Es una de las dos excrecencias naturales llamadas en -la antigüedad columnas de Hércules; sus vertientes y estribaciones -ocupan muchas leguas de la costa marroquí en varias direcciones; pero -su parte más ancha y escarpada mira de frente al punto del continente -europeo donde yace Gibraltar como un enorme monstruo tendido en las -aguas. De las dos montañas, o columnas, la más notable, vistas desde -lejos, es la africana, Gibil Muza. Es la más alta, la más corpulenta -y se ve desde mayor distancia; pero miradas desde cerca, la columna -de Europa absorbe nuestra admiración. Gibil Muza es una inmensa -masa informe, un amontonamiento de rocas agrestes, con algunos -pocos árboles y arbustos aquí y allá asomados a los bordes de los -precipicios; sus únicos moradores son los lobos, jabalíes y monos, a -los que debe su nombre español de _Montaña de las monas_. Gibraltar, -por el contrario—y sin hacer cuenta de la extraña ciudad que en parte -lo cubre, habitada por hombres de todas las naciones y lenguas, ni de -sus baterías y excavaciones, todas prodigios de arte—, es la montaña -de más insólita apariencia del mundo, indescriptible por el pincel ni -por la pluma, que los ojos no se hartan de mirar. - -Cerca ya del anochecer, cruzábamos la bahía de Gibraltar. Habíamos -tocado en Algeciras, en la costa española, para desembarcar al viejo -gobernador y tomar y dejar cartas. - -Algeciras es una antigua ciudad mora, como denota su nombre, palabra -árabe que significa «el lugar de las islas». Hállase al borde del -mar, con una cadena de altas montañas a la espalda. Hasta donde -puede juzgarse a la distancia de media milla, el lugar me pareció -triste y abandonado. Sin embargo, en la bahía estaban una fragata -española y un bergantín francés. Al pasar junto a aquélla, algunos -españoles a bordo de nuestro vapor empezaron a echar roncas a costa -de los ingleses. Parece que pocas semanas antes, un barco inglés, -sospechoso de contrabandista, fué visto por la fragata española, -abrigada en una bahía de la costa andaluza, junto con una fragata -inglesa, el _Orestes_. La fragata española estuvo en acecho, y una -mañana, al observar que el _Orestes_ había desaparecido, arboló los -colores ingleses e hizo señales al mercante para que se acercara; -engañado por la bandera británica, el mercante se acercó y al -instante fué cañoneado y abordado: resultó ser, en efecto, barco -contrabandista, y fué llevado a un puerto, donde lo entregaron a las -autoridades españolas. A los pocos días el capitán del _Orestes_ -se enteró del caso, e, irritado por el injustificable empleo del -pabellón británico, destacó un bote con un mensaje para la fragata -española, pidiendo la devolución inmediata del barco apresado, o, -de lo contrario, lo rescataría por la fuerza; añadiendo que llevaba -40 cañones a bordo. El capitán de la fragata española respondió que -el mercante estaba ya en poder de los empleados de la Aduana y no -disponía de él; pero que el capitán del _Orestes_ era muy dueño de -proceder a su antojo, y que si tenía 40 cañones, él llevaba 44; el -_Orestes_ tuvo a bien responder marchándose. Tal fué, al menos, el -relato que apareció en los periódicos españoles. Al observar cuánto -les regocijaba a los españoles la idea de que un compatriota suyo -hubiese amedrentado a un inglés, exclamé: «Señores, si algunos -de ustedes suponen que un capitán inglés ha desistido de atacar -a un buque español, temiendo una superioridad de cuatro cañones, -recuerden, si lo tienen a bien, la suerte del _Santísima Trinidad_, -y no olviden tampoco, se lo ruego, que casi resuenan todavía los -cañonazos de Trafalgar.» - -Era cerca del obscurecer, repito, y cruzábamos la bahía de Gibraltar. -De pie en la proa del barco, llevaba los ojos clavados en la -montaña-fortaleza; no obstante haberla ya visto viadas veces, me -interesaba mucho, llenándome de admiración. Desde donde yo la -contemplaba, si se parece a algún ser de la naturaleza animada, es a -un león acurrucado, terrible, cuya estupenda cabeza amenaza a España. -En alas del ensueño, quizás habría llegado a la conclusión de que el -Genio del Africa, bajo la forma de aquel monstruo, el más poderoso -de cuantos cría, había cruzado de un salto el mar, desde el país -de la arena y del sol, con ánimo de destruir el continente rival; -imagen robustecida por el color de sus flancos de roca, del espinazo -y de la cerviz, tan curtidos como la piel del rey del desierto. Y en -realidad ese monte ha sido casi siempre para España un león enemigo, -al menos desde que empezó a sonar en la historia, o sea cuando Tarik -lo tomó y fortificó. La mayor parte del tiempo ha estado en poder de -extranjeros: primero, en poder de los hombres del turbante, de los -atezados moros; ahora, en el de una raza pelirrubia venida de una -isla lejana. Aunque es parte de España, parece renegar toda conexión -con ella; colocado al final de un largo y angosto istmo de arena, -casi a nivel con el mar, yergue verticalmente su abrasada cima para -denunciar los crímenes que afean la historia de una tierra tan bella -y majestuosa. - -Era ya cerca del obscurecer, por tercera vez lo digo, y atravesábamos -la bahía de Gibraltar. ¡La bahía! No semejaba tal, sino un mar -interior, rodeado por todas partes de mágicas barreras: tan -sorprendente, tan prodigioso era el aspecto de las costas. Delante -de nosotros, la inexpugnable montaña; a la derecha, el continente -africano, con su Gibil Muza, gris, y el derrumbadero de Ceuta, -hacia el que llevaba rumbo una barca solitaria; detrás de nosotros, -el pueblo que acabábamos de dejar y su barrera montañosa; a la -izquierda, la costa de España. Ni una ola rizaba la superficie del -mar, y como nos deslizábamos sobre ella velozmente, el singularísimo -objeto a que íbamos acercándonos se hacía a cada momento más visible -y distinto. Al pie de la montaña, y en una pequeña porción de la -falda, yace la ciudad, con las murallas guarnecidas de cañones -negruzcos, asestados de modo significativo contra las dársenas y -muelles; encima, en cada risco, en cada hueco útiles para la defensa -y el estrago, asoman las baterías, aparición siniestra y sepulcral, -como presagio ominoso de la suerte que aguarda a cualquier enemigo -intruso; mientras, al Este y al Oeste, hacia Africa y España, en -los puntos elevados, se alzan castillos, torres o _atalayas_, que -dominan el conjunto, y toda la región circunyacente, por tierra y -por mar. Las fortificaciones son fuertes, amenazadoras y, vistas en -cualquier otro sitio, ellas solas embargarían el ánimo y absorberían -la admiración; pero la montaña, la pasmosa montaña, reaparecía por -todas partes y sobrepujaba su efecto como espectáculo. ¿Quién, al -contemplar un elefante enorme que, blandiendo la trompa, se arroja -impetuosamente en la pelea, mira el castillete levantado en su lomo, -o teme las jabalinas de sus ocupantes, por diestros y valerosos -que sean? Nunca se nos representa mejor el poder y la grandeza de -Dios que al contrastar las obras de sus manos con los trabajos del -hombre. Contemplad El Escorial: es una obra soberbia, pero no sé -si podréis admirarla en viendo la montaña que se mofa de él a sus -espaldas; contemplad aquel orgullo de los reyes moros, contemplad -a Granada desde la vega; pero no sé si podréis admirarla, pues -veréis detrás, mofándose, las Alpujarras. ¡Oh! ¿Qué son las obras -del hombre comparadas con las del Señor? Lo que el hombre comparado -con su Creador. El hombre construye pirámides; también Dios las -construye: las pirámides del hombre son montones de cascote, -mezquinos montículos en una planicie arenosa; las pirámides del -Señor son los Andes y las montañas de la India. El hombre construye -murallas; también su Dueño; pero las murallas de Dios son los negros -precipicios de Gibraltar y de Horneel, eternos, indestructibles, -inaccesibles; las del hombre se escalan o las destruyen las olas, o -el rayo o la pólvora las pulverizan. Si el hombre quiere desplegar -victoriosamente su poder o su grandeza, ha de ser lejos de las -montañas; sobre sus cimas flotan las nubes, enseña del Creador; -allí es más patente la majestad de Dios. Llámese, si se quiere, -a Gibraltar montaña de Tarik o de Hércules; pero contempladla un -instante, y la llamaréis montaña de Dios. Tarik y el semidiós antiguo -pueden haber edificado sobre ella; pero ni todo aquel pueblo de -bronceada tez de que Tarik era retoño, ni todos los gigantes en lo -antiguo famosos, entre los que se contaba Hércules, hubieran podido -construir sus riscos ni cincelar en su enorme masa la forma que ahora -tiene. - -Echamos el ancla no lejos del muelle. Como esperábamos oír de un -momento a otro el cañonazo vespertino, después del cual no se permite -a nadie entrar en la ciudad, estaba yo sobresaltado, temiendo verme -obligado a pernoctar en el sucio vapor catalán, que, pues ya no había -de proseguir en él mi viaje, sentía mucha prisa por abandonar. Se -nos acercó un bote, con dos individuos en la popa, y uno de ellos, -puesto en pie, preguntó con tono autoritario el nombre del barco, su -destino y carga. Dada respuesta, subieron a bordo. Hablaron un poco -con el capitán, y se disponían a partir, cuando pregunté si podía -acompañarlos a tierra. La persona a quien interrogué era un joven -alto, con levita de fustán. Era carilargo, y larga su nariz, ancha la -boca, los ojos grandes, vivarachos. Guiñaba el rostro con una mueca -al parecer imborrable, y si no hubiese sido por su tez bronceada, -le hubiera tomado por un vagabundo de las calles de Londres. Pero -no era tal, sino lo que llaman «un lagarto del Peñón», o sea una -persona nacida en Gibraltar de padres ingleses. Al oír mi pregunta, -hecha en español, gesticuló aún más que de ordinario y, con extraño -acento, me preguntó si era hijo de Gibraltar. Respondí que no tenía -tal honor, pero que era súbdito británico; luego se mostró dispuesto -a desembarcarme. Entramos en el bote, tomaron los remos cuatro -marineros genoveses y nos impelieron velozmente hacia tierra. Mis -dos compañeros charlaban en un español muy raro; el de la levita de -fustán volvía hacia mí la cara de cuando en cuando, y cada vez su -mueca era más desagradable. No tardamos en llegar al muelle; exhibí -el pasaporte, anotaron mi nombre y me dejaron pasar. - -Era ya noche cerrada, y sin perder tiempo crucé el puente levadizo -y entré en el largo corredor abovedado que por debajo de las -fortificaciones comunica con la ciudad. En el pasadizo, dos -centinelas de casaca roja iban y venían, fusil al hombro, marcando -el paso. No se detenían un momento, no ganduleaban, no reían ni -bromeaban con los transeuntes; su porte era el propio de soldados -británicos, conscientes de los deberes de su situación. ¡Diferencia -va de ellos a los abandonados haraganes que montan la guardia a la -puerta de cualquier ciudad española con guarnición! - -Remonté la calle principal, que corre en suave pendiente a lo largo -de la base de la montaña. Acostumbrado desde hacía varios meses al -melancólico silencio de Sevilla, el ruido y la animación reinantes -en torno mío casi me ensordecieron. Era noche de sábado, y todos los -negocios estaban, claro es, interrumpidos; pero arriba y abajo pasaba -un copioso gentío. Allí avanzaba un pelotón de guardias, aquí se -paseaba un grupo de oficiales, más allá un corro de soldados hablaba -y reía. Casi todos los paisanos eran españoles, pero había una buena -rociada de judíos, vestidos como los de Berbería, y algún que otro -moro con turbante. También había bandas de marineros, genoveses, a -juzgar por su «patois», si bien percibía alguna vez el sonido _tou -logousas_, que me reveló la proximidad de griegos, y dos o tres veces -vislumbré el gorro encarnado y las chaquetillas de seda azul de los -marineros de las islas romaicas. Continué presuroso hasta llegar a -cierta hostería muy nombrada, inmediata a una plazuela donde está la -Bolsa de Gibraltar. Me precipité en la hostería, pedí habitación, y -el geniecillo del lugar, que estaba en pie detrás del mostrador, me -dió alegremente la bienvenida; quizás tendré ocasión de describirlo -más adelante. Todas las habitaciones del piso bajo estaban llenas de -gente del Peñón, hombres corpulentos por lo general, de tez morena y -facciones inglesas, con sombreros blancos y trajes de cutí, también -blancos. Fumaban pipas y cigarros, bebían cerveza, vino y otros -líquidos, y hablaban en español del Peñón o en inglés del Peñón, -según les tomaba la fantasía. Muy denso era el humo del tabaco, y -grande el ruido de las voces; con mucho gusto subí presuroso a un -cuarto desocupado, donde me sirvieron un refrigerio que me estaba -haciendo mucha falta. - -Al poco rato, los sones de una música militar, muy próxima a mis -ventanas, atrajeron mi atención. Bajé, y me asomé a la puerta. Una -banda militar, en la plazoleta delante de la Bolsa, se preparaba -para tocar retreta. Después del preludio, admirablemente ejecutado, -el mayor, un buen mozo, hizo unos floreos con el bastón y echó calle -arriba, seguido de toda la banda, tan airosa y apuesta, y de una -multitud de oyentes admiradores. Batían los platillos, lanzaban las -trompetas su alarido, los timbales emitían su nota grave y solemne; -despertábanse los ecos del Peñón, y las escalonadas azoteas de la -ciudad retumbaban con aquel estrépito conmovedor. - - ¡Plán! ¡Rataplán! Así hacen los tambores. - ¡Tra! ¡Tralará! ¡Ya vienen los ingleses! - -¡Oh Inglaterra! ¡Mucho tiempo ha de pasar aún antes de que el sol -de tu gloria se abisme en las ondas tenebrosas! ¡Aunque sobre ti -se amontonan nubes sombrias, pavorosas, todavía, todavía querrá el -Omnipotente dispersarlas, y concederte un porvenir de más duración, y -más brillante aún, que tu pasado! ¡Y si tu fin está próximo, que sea -un fin noble, digno de la renombrada Reina de los mares! ¡Húndete, -si has de hundirte, entre sangre y llamas, con pavoroso estruendo, -arrastrando a más de una nación en tu caída! ¡Plegue al Señor -preservarte, sobre todo, de una decadencia lenta y oprobiosa, en la -que serías, antes de extinguirte, la mofa y escarnio de aquellos -mismos enemigos que ahora te envidian y aborrecen, pero te temen; -más aún, te admiran y respetan contra su voluntad! ¡Alzate, mientras -es tiempo aún, y disponte para un combate a vida o muerte! ¡Arroja -de ti la inmunda costra que llevas pegada a tus robustos miembros, -que amortigua tu fuerza, y la entorpece y debilita! ¡Arroja de ti -a tus falsos filósofos, que con tanto gusto desacreditan lo que, -después del amor a Dios, se ha tenido hasta aquí por más sagrado, -el amor a la tierra materna! ¡Arroja de ti a los falsos patriotas, -que, so pretexto de enderezar los entuertos que sufren los pobres -y los débiles, tratan de suscitar discordias internas, de suerte -que tu poder sólo sea terrible para ti misma! ¡Expulsa a los falsos -profetas, que divinizan la mentira; que han puesto en tus muros -argamasa que no fragua, y se caerán; que ven visiones de paz, donde -la paz no existe; que han robustecido los brazos de los malvados -y entristecido el corazón de los justos! ¡Oh, hazlo, y no temas -el resultado, porque o tu fin será grandioso y envidiable, o Dios -perpetuará tu reinado sobre los mares, oh tú, su ya antigua Reina! - -Lo que antecede es parte de una plegaria por mi país natal, que, -después de mi acción de gracias habitual, balbucí, ofreciéndosela al -Todopoderoso antes de entregarme al descanso, aquel sábado por la -noche en Gibraltar. - - - - -CAPÍTULO LII - - Un hostelero jovial. — Los aspirantes a la gloria. — Un retrato. - — Los _Hamales_. — Una excursión. — Labriego y soldado. — Las - excavaciones. — Un tirón de la ropa. — Judas y su padre. — - Peregrinación de Judas. — La barba frondosa. — Los falsos moros. - — Judas y el hijo del Rey. — Vejez prematura. - - -Quizás fuera imposible escoger lugar más apropiado para observar con -toda holgura a Gibraltar y sus moradores que aquel en que me hallé -a eso de las diez de la mañana siguiente. Sentado en un banquillo -frente por frente del mostrador, pegado a la puerta, en el zaguán -de la hostería donde me hallaba alojado temporalmente, abarcaba -con la vista la plaza de la Bolsa y cuanto en ella entraba, y con -sólo alzar los ojos, contemplaba a placer la estupenda montaña que -se yergue sobre la ciudad hasta unos mil pies de altura. Observaba -también a cuantas personas entraban en la casa o salían de ella, muy -concurrida, por hallarse situada en el punto más frecuentado de la -principal arteria de la ciudad. Harta ocupación tenían mis ojos, no -menos que mis oídos. Junto a mí estaba en pie mi excelente amigo -Griffiths, el jovial hostelero, de quien diré algunas palabras, -aprovechando la oportunidad presente, si bien ha sido ya descrito -con frecuencia y por plumas mucho mejores. Figúrense los que no le -conozcan, un hombre de unos cincuenta años, lo menos de seis pies -de alto, de unas diez arrobas de peso, de semblante muy fresco, -facciones regulares y ojos vivos y sagaces, pero al mismo tiempo -expresivos de un buen natural. Lleva pantalones blancos, levita -blanca, sombrero blanco; todo en él es blanco, excepto sus cuidadas -patillas y su rubicunda faz. Debajo del brazo lleva un látigo, con -que se aumenta prodigiosamente lo que para nosotros hay de familiar -en su aspecto, más parecido al de un caballero que tiene una posada -en el camino de New-market, «simplemente por amor de los viajeros y -del dinero que llevan consigo», que al de un natural del Peñón. Sin -embargo, él mismo se confesará lagarto del Peñón, y apenas les cabrá -a ustedes duda de ello cuando además del inglés vernáculo e impuro -que habla, le oigan expresarse en español o, si es necesario, incluso -en genovés, y no es juego de niños hablar este idioma, que nunca he -podido dominar. Es muy entendido en caballos, y cuando la ocasión -llega, le vende un «bocado de casta» a cualquier aficionado joven, -aunque no se niega tampoco a tratar con viejos; porque entre todos -esos judíos de Fez, flacos, catarrosos, lívidos, de ojos de lince, -no hay ninguno capaz de engañarlo en un trato ni de estafarle una -sola de las cincuenta mil libras esterlinas que posee; pero téngase -presente que es hombre franco y liberal con quienes se portan con él -honradamente, y sépase también que si es usted un caballero cumplido -le prestará dinero, si lo necesita; bien entendido que, si se lo -niega, es que hay algo en su conducta de usted que no es del todo -correcto, porque Griffiths conoce «su mundo» y no se deja tomar por -tonto. - -Durante la hora escasa que estuve en el banco de la hostería del -Peñón se consumió en mi presencia una prodigiosa cantidad de cerveza. -Delante del mostrador se agolpaban los oficiales, en demanda de -un refresco, asaz gustoso, cuando no necesario con un tiempo de -tan sofocante calor; algunos llegaban galopando hasta la puerta en -jacas berberiscas, que abundan mucho en Gibraltar. Todos parecían -muy amigos del hostelero, con quien discutían a veces los méritos -de tal o cual caballo, y cuyas burlas acogían invariablemente con -ilimitada aprobación. El aspecto y los modales de aquellos jóvenes, -porque, en efecto, en su mayor parte, eran muy jovencitos, me -parecieron interesantes y agradables en sumo grado. En verdad, creo -que los oficiales ingleses en general, por su buena presencia y por -la urbanidad de sus modales, se llevan la palma entre todos los de -igual clase en el mundo. Es verdad que los oficiales de la Guardia -real de Rusia, especialmente los de los tres hermosos regimientos -llamados _Priberjensky_, _Simeonsky_ y _Finlansky polks_, pueden, en -casi todos los puntos, entrar sin miedo en comparación con la flor -del ejército británico; pero es de recordar que la oficialidad de -esos regimientos la forman los más selectos individuos de la nobleza -eslavona, jóvenes escogidos expresamente por sus prendas personales y -por la superioridad de sus dotes intelectuales, mientras que, entre -los jóvenes y rubios anglo-sajones a la sazón reunidos junto a mí, no -había quizás uno solo de descendencia noble ni de nombre encumbrado -y soberbio, y lejos, por cierto, de haberlos escogido para halagar -el orgullo y aumentar la pompa de un déspota, habíanlos sacado -indistintamente de una masa de ardientes aspirantes a la gloria -militar, y enviádolos, en servicio de su país, a una colonia remota e -insalubre. No obstante, eran tales, que su país podía enorgullecerse -viéndolos tan sanos y bellos de rostro, pintados el valor en el -semblante y la inteligencia en sus ojos azules. - -¿Quién se detiene ahora frente a la puerta, sin entrar, y hace una -pregunta al hostelero, que se acerca saludándole respetuoso? No es -hombre vulgar, o mucho engaña su aspecto. Va vestido con bastante -sencillez: sombrero español, de copa puntiaguda y anchas alas -sombrosas—el verdadero _sombrero_—, pantalones de cutí y chaquetilla -azul de húsar; pero ¡qué bien le sienta ese vestido a su dueño, uno -de los hombres de más noble apostura que he visto! Le contemplé -con insólito respeto y admiración, mientras bondadosamente sonreía -y bromeaba en buen español con un descarado pilluelo del Peñón, -empeñado en venderle un enorme _bogamante_ o langosta ordinaria, ya -en putrefacción, que llevaba en la mano. - -Aquel hombre era de estatura casi gigantesca, y sobresalía cerca -de tres pulgadas por encima del corpulento hostelero; pero bien -conformado, como un atleta, y derecho como un pino de Dovrefeld. -Podía tener once lustros, y eso añadía cierta expresión de madura -dignidad a su rostro, que se dijera cincelado por un escultor griego; -sus cabellos eran aún negros como la pluma del cuervo de Noruega, y -negro también el bigote que se rizaba sobre su bien dibujado labio. -Con atavío griego, y en el campamento frente a Troya, le hubiera -tomado por Agamenón. - -—Ese hombre ¿es un general?—dije a un individuo bajito, de extraña -catadura, que, sentado junto a mí, se empapaba en la lectura de un -periódico. - -—Ese caballero—susurró con acento ceceoso—es el gobernador de -Gibraltar. - -A cada lado de la puerta, por la parte de afuera, tendidos en el -suelo o apoyados indolentemente contra las paredes, había media -docena de hombres de aspecto bastante raro. La prenda principal de -su vestido era una especie de túnica azul, algo parecida a la blusa -que llevan los campesinos del Norte de Francia, pero menos larga; -llevábanla ceñida a la cintura por una correa y les caía hasta la -mitad de los muslos. Tenían las piernas desnudas, lo que me permitió -observar la anchura descomunal de sus pantorrillas. Tocábanse con -gorritos de lana negra. Al más atlético de todos, tipo de atezado -rostro, de unos cuarenta años, le pregunté quiénes eran.—_Hamales_—me -respondió.—Esta palabra es árabe y significa porteador; en efecto, -un instante después vi atravesar la plaza a un individuo semejante -tambaleándose bajo una inmensa carga, suficiente casi para romperle -el espinazo a un camello. Me dirigí otra vez a mi amigo el negro, -y preguntándole de dónde procedía, me respondió que era natural de -Mogador, en Berbería, pero había pasado la mayor parte de su vida en -Gibraltar. Añadió que era _capataz_ de los _hamales_ que estaban a -la puerta. Entonces le hablé en árabe de Oriente, aunque con pocas -esperanzas de hacerme entender, sobre todo por el mucho tiempo que -el hombre había estado fuera de su país. Me respondió, empero, muy -atinadamente, chispeantes los ojos de alegría y temblándole los -labios de ansia, aunque con facilidad se percibía que el árabe, o -más bien el marroquí, no era la lengua en que acostumbraba hablar -o pensar. Sus camaradas se agruparon en torno nuestro y escucharon -con avidez; a veces, cuando decíamos algo que merecía su aprobación, -exclamaban: _Wakhud rajil shereef hada, min beled del scharki_. -Por último, les enseñé el «shekel» que invariablemente llevo en -el bolsillo, y pregunté al _capataz_ si había visto nunca aquella -moneda. Estuvo un buen rato examinando el incensario y el ramo de -oliva, con señales evidentes de no saber lo que era; al fin, se le -ocurrió examinar los caracteres que por ambos lados rodean la moneda, -y lanzando un grito exclamó dirigiéndose a los otros _hamales_: -«Hermanos, hermanos, éstas son las letras de Salomón. Esta plata está -bendita. Besemos la moneda.» Púsola sobre su cabeza, la apretó contra -sus labios y, por último, la besó con entusiasmo; lo mismo hicieron -sucesivamente sus hermanos. Luego, recuperando la moneda, me la -devolvió, con una profunda reverencia. Después supe por Griffiths que -durante el resto del día el individuo aquél se negó a trabajar, y no -hizo más que sonreír, reír y hablar solo. - -—Permítame usted ofrecerle un aperitivo, señor—dijo aquel tipo -raro antes mencionado: era un hombre corpulento, muy pequeño, con -las piernas extremadamente cortas. Vestía una grasienta casaca de -color de tabaco, calzón blanco, bastante sucio, y medias más sucias -todavía. Llevaba un sombrero de copa alta, cuyas alas tendían a -levantarse por delante y por detrás de la cabeza. Había yo observado -que durante mi conversación con los _hamales_, aquel hombre alzaba -repetidas veces los ojos del periódico que leía, y al exhibir la -moneda sonrió de un modo significativo y la examinó cuando estaba en -manos del _capataz_. - -—Permítame usted que le ofrezca un aperitivo—dijo—. Ya sospechaba que -era usted de los nuestros, antes de oírle hablar con los _hamales_. -Señor, me llena de alegría ver a un caballero tan bien portado como -usted, que no tiene a menos hablar con sus hermanos pobres. Así lo -hago yo también no pocas veces, y que Dios borre mi nombre, que -es Salomón, si alguna vez los desprecio. No tengo pretensiones de -saber mucho árabe, pero le entendí a usted bastante bien y me gustó -en extremo lo que dijo. Debe usted de estar muy fuerte en _shillam -eidri_; pero me dejó usted parado cuando le preguntó al _hamál_ si -había leído la _Torah_; por supuesto, querría usted decir con los -_meforshim_; siendo tan pobre, no le creo bastante _becoresh_ para -leer la _Torah_ sin comentarios. Usted dirá si acierto: me parece que -usted ha de ser un judío de Salamanca; he oído que aún quedan por -allí algunas de nuestras familias antiguas. Y en Tudela, no lejos -de Salamanca, a lo que creo, ¿verdad? Un pariente mío vivió allí en -otros tiempos: era gran viajero, como usted, señor; recorrió todo el -mundo en busca de judíos, y estuvo hasta en la cima del Sinaí. ¿Puedo -hacer algo por usted en Gibraltar? ¿Algún encargo? Lo haré tan bien -y más de prisa que nadie. Me llamo Salomón. Soy bastante conocido en -Gibraltar, y en Crooked Friars, y en la Neuen Stein Steg de Hamburgo. -Pero sáqueme de una duda: creo que le he visto a usted otra vez en -la feria de Brema. ¿Habla usted alemán? Por supuesto, sí lo habla. -Permítame que le ofrezca unos aperitivos. Quisiera que por ser para -usted fuesen _mayin hayim_; no lo dude, señor, quisiera que fuesen -aguas vivas. Y ahora dígame su opinión acerca de este asunto (añadió -bajando la voz y golpeando el periódico). ¿No le parece a usted muy -fuerte cosa que un _Yudken_ haga traición a otro? Cuando pongo un -secretito en _beyad peluni_[24]—¿me entiende usted?—; cuando entrego -un pobre secreto mío a la custodia de un individuo, y ese individuo -es judío, _Yudken_, no quiero, ni espero, verme engañado. En una -palabra, ¿qué piensa usted de este robo de polvo de oro, y qué le -harán a esa infortunada gente que, según veo, está convicta? - - [24] En manos de alguno. _Peluni_ es fulano en árabe. (Nota de - Burke.) - -Aquel mismo día me puse a buscar los medios de trasladarme a Tánger, -pues aunque Gibraltar ofrece sumo interés al viajero observador, no -quería prolongar mi estancia en un lugar donde ningún asunto especial -me retenía. Por la tarde fué a verme un judío, natural de Berbería, -y me dijo que era secretario del patrón de una barca genovesa que -hacía el viaje entre Tánger y Gibraltar. Afirmó que el barco partiría -sin falta a la tarde siguiente para Tánger, y ajusté con él mi -pasaje. Dijo que como el viento soplaba de Levante, la travesía sería -muy rápida. Deseoso de aprovechar del mejor modo posible el corto -tiempo que esperaba permanecer aún en Gibraltar, resolví visitar las -excavaciones, que nunca había visto, al día siguiente por la mañana, -para lo cual pedí y obtuve con facilidad el permiso necesario. - -A eso de las seis de la mañana del martes partí para esta expedición -acompañado de un muchacho judío, de rostro inteligente, que con su -hermano desempeñaba en la hostería el oficio de _valet de place_. - -La mañana era obscura y brumosa, pero hacía algo de calor. Subimos -una calle en pendiente, y siguiendo en dirección al Este no tardamos -en llegar a las proximidades de lo que generalmente se conoce con el -nombre de Castillo Moro, vasta torre, tan maltratada por las balas -de cañón disparadas contra ella en el famoso asedio, que al presente -es poco más que una ruina. Centenares de boquetes redondos se ven -en sus muros, donde aún están incrustadas, a lo que se dice, las -balas. Allí, en una especie de choza, se unió a nosotros un sargento -de artillería, que iba a servirnos de guía. Después de saludarnos -nos llevó a una enorme roca, donde abrió la puerta de entrada a un -pasadizo abovedado y obscuro, que corría por debajo del peñasco, y -al salir del corredor nos encontramos en un escarpado sendero, o más -bien escalera, con muros a cada lado. Subimos muy despacio, porque -en tal lugar de nada hubiese servido apresurarse, como no fuese para -quedarnos sin aliento en un minuto. El soldado, perfecto conocedor -del terreno, avanzaba con paso uniforme, puestos los ojos en el suelo. - -Miraba yo tanto a ese hombre como el insólito lugar donde a la sazón -nos hallábamos, y que a cada momento era más sorprendente. El guía -era un hermoso ejemplar del labrador transformado en soldado; el -Cuerpo a que pertenecía está compuesto, casi enteramente, de esa -clase. Hele ahí, con su mesurado andar, alto, fuerte, colorado, -de pelo castaño, inglés hasta la coronilla; contempladle en su -marcha, silencioso, grave y cortés: un soldado inglés auténtico. -Aprecio la obstinación del escocés; me gustan la osadía y el ímpetu -del irlandés; admiro todas las diversas razas que constituyen la -población de las Islas Británicas; pero he de decir que, en general, -los mejor dotados para desempeñar el duro oficio de soldado son los -hijos del campo de la vieja Inglaterra, tan fuertes, tan fríos; -pero, al propio tiempo, animados por tanto fuego oculto. Recórrase -la historia de Inglaterra, y se pondrá de manifiesto lo que son -capaces de hacer tales hombres; aun en los remotos y obscuros tiempos -de la batalla de Hastings, contra todas las desventajas posibles, -debilitados por un conflicto reciente y terrible, sin disciplina, -comparativamente hablando, e inferiores en armamento, estuvieron -a punto de vencer a la caballería normanda. Trazad sus hazañas -en Francia, dos veces subyugada; y seguidlos hasta España, donde -vibrando las ballestas y empuñando el hacha de armas, dejaron tras -sí un nombre glorioso en Inglés Mendi, nombre que ha de durar hasta -que el fuego consuma los montes cántabros. Y en los tiempos modernos, -seguid las hazañas de esos bravos por todo el mundo, especialmente -en Francia y España, y admiradlos, como yo admiré a aquel hombre, -tan grave, tan silencioso, tan marcial, que iba enseñándome las -maravillas de una montaña fortaleza enclavada en tierra extranjera, -arrancada por sus compatriotas más de un siglo antes a una nación -poderosa y altiva, y de la que era él a la sazón eficaz y fiel -guardián. - -Llegamos al borde del estupendo precipicio que se alza abrupto -sobre el istmo llamado zona neutral y hace una vista pavorosa y -fatídica por la parte de España, e inmediatamente entramos en las -excavaciones. Consisten en galerías talladas en la roca viva, a unos -doce pies de distancia del borde exterior, detrás del cual recorren -toda la anchura de la montaña por aquel lado. En esas galerías, a -cortas distancias, hay boquetes abiertos por la mano del hombre, -donde está el cañón, sobre un limpio basamento de pedrezuelas de -pedernal, ligeramente elevado, cada uno con su pirámide de balas a un -lado, y al otro una caja donde se guardan los útiles que el artillero -necesita para ejercer su oficio. Cada cosa estaba en su sitio, en -hermosísimo orden inglés, todo dispuesto para desbaratar y dominar en -pocos momentos a toda hueste, por numerosa y soberbia que sea, que -por el lado de tierra aparezca marchando en son de guerra contra esa -singular fortaleza. - -El sitio es poco variado, ya que una gruta se parece a otra, y un -cañón a otro. Los cañones no eran de gran calibre, por cierto; aquí -no se necesitan, pues un guijarro disparado desde tan gran altura -bastaría para dar la muerte. Sin embargo, al descender a una profunda -cueva, observé en una cavidad de importancia excepcional dos enormes -carronadas, asestadas con notable malicia y picardía contra una roca -en pendiente, que acaso, pero no sin dificultad tremenda, podía ser -escalada. El simple rebufo de aquellos gruesos cañones bastaba para -barrer a un millar de hombres. ¡Qué impresión de miedo y horror se ha -de despertar en el pecho del enemigo cuando esta montaña hueca, en -días de asedio, emite llamas, humo y truenos por un millar de bocas; -horror igual al que siente el campesino de las inmediaciones cuando -Mongibello[25] expele por todos sus orificios llamaradas sulfúreas! - - [25] Nombre popular del Etna. - -Al salir de las excavaciones visitamos algunas baterías. Pregunté al -sargento si, tanto él como sus compañeros, estaban diestros en el -uso de los cañones. Replicó que los cañones eran para ellos lo que -la escopeta para el cazador, que los manejaban con igual facilidad, -y, a su parecer, los apuntaban con mayor precisión, pues rara vez, -o nunca, marraban un blanco al alcance del tiro. El hombre aquél no -hablaba si no se le preguntaba, y sus respuestas estaban llenas de -buen sentido, y en general bien dichas. Terminada la excursión, que -duró lo menos dos horas, le hice un pequeño regalo y me despedí con -un cordial apretón de manos. - -Por la tarde me preparaba para ir a bordo del barco destinado a -Tánger, confiando en lo que el judío secretario me había dicho -respecto de su salida. Pero habiéndole encontrado por casualidad -en la calle, me dijo que hasta la mañana siguiente no saldría, -aconsejándome al mismo tiempo que estuviese a bordo desde muy -temprano. Entonces vagué por las calles hasta que fué haciéndose de -noche, y al sentirme cansado me disponía a enderezar mis pasos hacia -la posada, cuando sentí que me tiraban suavemente de la ropa. Estaba -entre un golpe de gente reunida en torno de unos soldados irlandeses -que disputaban, y no hice caso; pero me dieron otro tirón más fuerte -que el anterior, y oí que me hablaban en un idioma que tenía medio -olvidado, y que casi no esperaba volver a oír jamás. Miré en torno -y vi junto a mí un individuo alto que me miraba a la cara, de hito -en hito, con ojos escrutadores y ansiosos. Tocábase con el _kauk_, -o gorro de pieles de Jerusalén; pendiente de los hombros, y casi -arrastrando por tierra, llevaba un ancho manto azul; mientras una -_kandrisa_, o calzones turcos, envolvían sus remos inferiores. Le -escudriñé con tanta atención como él me miraba a mí. Al pronto sus -facciones me parecieron totalmente desconocidas, y ya iba a exclamar: -«No le conozco a usted», cuando uno o dos rasgos me hirieron, y -grité, no sin cierta vacilación: «De seguro es Judas Lib.» - -Hallábame en un vapor en el Báltico, el año 1834, si no me equivoco. -Lloviznaba, había mar gruesa, cuando observé que un joven, de unos -veintidós años, estaba recostado en melancólica actitud contra la -borda del barco. Por su rostro conocí que era de raza hebrea, no -obstante lo cual había en su aspecto algo muy singular, algo que -rara vez se encuentra en esa casta: un cierto aire de nobleza que -me interesó grandemente. Me acerqué a él, y a los pocos minutos -estábamos en animada conversación. Hablaba polaco y judeo-alemán, -indistintamente. La historia que me contó era extraordinaria en sumo -grado; pero rendí crédito a todas sus palabras, que salían de su boca -con tal acento de sinceridad que prevenía toda duda, y, sobre todo, -ningún motivo tenía para engañarme. Una idea, un objeto, le absorbía -enteramente. - -—Mi padre—dijo con un modo de hablar que denotaba fuertemente su -raza—, natural de Galatia, era un judío de elevado rango, un sabio, -pues conocía el Zohar, y era también experto en medicina. Siendo yo -un niño de unos ocho años dejó Galatia, y tomando consigo a su mujer, -que era mi madre, y a mí, se puso en camino hacia Oriente, hasta -Jerusalén; allí se estableció de mercader, porque era versado en el -comercio y en las artes de ganar dinero. Los rabinos de Jerusalén le -respetaban mucho porque era polaco, y conocía mejor el Zohar y más -secretos que el más sabio de todos ellos. Hacía frecuentes viajes, -y estaba ausente unas semanas o unos meses; pero nunca más de seis -lunas. Mi padre me quería, y en los momentos de ocio me enseñó -parte de lo que sabía. Yo le ayudaba en el comercio; pero no me -llevó consigo en sus viajes. Teníamos una tienda en Jerusalén donde -vendíamos las mercancías de los nazarenos, y mi madre y yo, y hasta -una hermanita que había nacido poco después de nuestra llegada a -Jerusalén, ayudábamos a mi padre en su tráfico. Sucedió que en cierta -ocasión nos dijo que se iba de viaje, y nos abrazó y se despidió, -continuando nosotros en Jerusalén, después de su partida, al cuidado -de los negocios. Esperábamos su regreso; pero pasaron meses, hasta -seis, y no vino, y nos maravillamos; y pasaron más meses, otros seis, -y tampoco vino, ni nos llegaron noticias suyas, y nuestros corazones -se llenaron de tristeza y abatimiento. Cuando ya habían pasado dos -años le dije a mi madre: «Iré y buscaré a mi padre.» Y ella me dijo: -«Vé.» Dióme la bendición; besé a mi hermanita, y poniéndome en -camino llegué a Egipto, donde tuve nuevas de mi padre, pues alguien -me dijo que había estado allí y en qué tiempo, y que había pasado -después a tierra de turcos; de manera que proseguí también a tierra -de turcos, hasta Constantinopla. Y cuando llegué allá otra vez supe -de mi padre, pues era muy conocido entre los judíos, y me dijeron -el tiempo de su estancia allí, añadiendo que había especulado y -prosperado, y marchádose de Constantinopla; pero no sabían dónde. -Consideré el caso y me dije que quizás se hubiese ido al país de sus -padres, hasta la propia Galatia, a visitar a sus parientes; determiné -ir yo también allá, y allí fuí, y hallé a nuestros parientes, y me di -a conocer, y se alegraron mucho al verme; pero cuando les pregunté -por mi padre, movieron la cabeza y no supieron darme noticia alguna; -hubiera sido su gusto que me demorase con ellos, pero yo no quise, -porque el recuerdo de mi padre me trabajaba con fuerza y no podía -tener reposo. Partí, pues, para otras tierras; llegué a Rusia y me -interné mucho en este país, no menos que hasta Kazan, y a todos -cuantos topé, judíos, rusos o tártaros, les pregunté por mi padre; -pero ninguno le conocía ni había oído hablar de él. Volví sobre mis -pasos y aquí me ves; ahora me propongo recorrer Alemania y Francia, -más aún, el mundo entero, hasta que adquiera noticias de mi padre, -pues no puedo descansar hasta saber lo que ha sido de él; su imagen -arde en mi cerebro como fuego, igual que fuego del _jehinnim_[26]. - - [26] Infierno. - -Tal era el individuo a quien a la sazón veía de nuevo, tras un lapso -de cinco años, en la calle de Gibraltar, entre las sombras del -crepúsculo. - -—Sí—replicó—; soy Judá, apodado el _Lib_[27]. Tú no me conocías; pero -yo te conocí al punto. Te hubiese reconocido entre un millón, y no ha -pasado día, desde que nos conocimos, que no haya pensado en ti. - - [27] Corazón. - -Iba a responderle; pero me sacó de entre la multitud y me condujo a -una tienda donde, sentados en el suelo, seis o siete judíos cortaban -cuero; les dijo algo que no entendí, con lo que inclinaron la cabeza -y prosiguieron su tarea sin ocuparse de nosotros. Un individuo -singular nos había seguido hasta la puerta: era un hombre vestido con -traje europeo sumamente raído, pero con señales de haberlo cortado -un buen sastre. Podría tener cincuenta años; el rostro, muy ancho -y bronceado; las facciones, toscas, pero varoniles en extremo, y -aunque eran facciones de judío, no se reflejaba en ellas la astucia, -sino, al contrario, mucho candor y un natural excelente. Su talla era -superior a la estatura media, y tremendamente atlético; los brazos -y el tronco eran, a la letra, los de un Hércules aprisionado en un -sobretodo moderno; la parte inferior del rostro llevábala cubierta -por una frondosa barba que le llegaba a la mitad del pecho. Este -individuo permaneció en la puerta sin apartar los ojos de Judá ni de -mí. - -La primera pregunta que le hice fué: ¿Ha tenido usted noticias de su -padre?—Sí tal—respondió—. Cuando nos separamos, proseguí mis viajes -por diversas tierras, y dondequiera que iba preguntaba por mi padre; -pero me respondían con un movimiento de cabeza, hasta que llegué a -tierra de Túnez; allí fuí a ver al rabino principal, y me dijo que -conocía muy bien a mi padre, y que había estado en el propio Túnez, -y me dijo en qué tiempo, y que desde allí se había ido a tierras de -Fez; me habló mucho de mi padre, de su saber, y mencionó el Zohar, -aquel obscuro libro que mi padre amaba tanto; y todavía me habló más -de las riquezas de mi padre y de sus especulaciones, en todas las -cuales parece que había prosperado. Partí, pues, y, metiéndome en -un barco, abordé la tierra de Berbería y llegué hasta Fez, y, una -vez allí, recogí muchas noticias de mi padre; pero eran noticias -peores quizás que la ignorancia. Porque los judíos me dijeron que -mi padre había estado allí y había especulado y prosperado, y que -desde allí se había ido a Tafilaltz, país natal del emperador, del -propio Muley Abderrahmán; y también allí había prosperado, y sus -riquezas en oro y plata eran muy grandes; y deseoso de ir a otra -ciudad no muy distante, contrató a ciertos moros, dos en número, -para que le acompañaran y le defendiesen a él y sus tesoros; y los -moros eran hombres muy fuertes, _makhasniah_, es decir, soldados, -e hicieron un pacto con mi padre y se estrecharon la mano derecha, -comprometiéndose, bajo juramento, a derramar su sangre en defensa de -la de mi padre. Alentado con esto, mi padre intrépidamente partió -en compañía de los moros, de aquellos dos falsos moros. Y cuando -llegaron a un lugar inhabitado, cayeron sobre mi padre y pudieron más -que él, y derramaron su sangre en el camino y le despojaron de cuanto -llevaba, de sus sedas y mercaderías, del oro y la plata ganados en -sus especulaciones, y se fueron a su aldea y allí se establecieron, -compraron casas y tierras, muy regocijados y triunfantes, y se hacían -un mérito de aquella muerte diciendo: «Hemos muerto a un infiel, a -un maldito judío»; estas cosas eran notorias en Fez. Y al oír tales -nuevas, mi corazón se entristeció, y lloré como un niño; pero el -fuego del _jehinnim_ dejó de arder en mi cerebro, porque ya sabía lo -que había sido de mi padre. Al cabo me alivié, y, discurriendo sobre -el caso, decía entre mí: «¿No sería cuerdo ir en busca del rey moro y -pedirle venganza por la muerte de mi padre, y que sus expoliadores -sean a su vez expoliados, y el tesoro, el propio tesoro de mi padre, -sea arrancado de sus manos y se me entregue a mí, que soy su hijo?» -En aquel tiempo el rey de los moros no estaba en Fez, estaba ausente -en sus guerras; y, levantándome, le seguí hasta Arbat[28], que es -puerto de mar, y cuando allí llegué no le encontré; pero su hijo sí -estaba, y dijéronme que hablar al hijo era como hablar al rey, al -propio Muley Abderrahmán; fuí, pues, a ver al hijo del rey, y me eché -a sus plantas y elevé mi voz, y le dije lo que tenía que decirle, -y me miró benignamente y dijo: «En verdad tu historia es lastimosa -y me entristece; y eso que pides yo lo otorgo, y la muerte de tu -padre será vengada y sus expoliadores expoliados; te escribiré una -carta de mi puño para el pachá, el propio pachá de Tafilaltz, y le -ordenaré que averigüe el caso, y esa carta tú mismo la llevarás para -entregársela.» Y al oír esas palabras, mi corazón se moría de miedo -dentro del pecho, y contesté: «No tal, señor; bien está que escribas -una carta al pachá, al propio pachá de Tafilaltz; pero esa carta yo -no la tomaré, ni iré a Tafilaltz, pues apenas llegase, y conocido -mi mandado, los moros se levantarían contra mí y me darían muerte, -o pública o secretamente, porque ¿no eran moros los asesinos de mi -padre? ¿Y soy yo algo más que un judío, aunque judío polaco?» Y con -rostro benigno, dijo: «En verdad, hablas cuerdamente; escribiré esa -carta, pero no la llevarás tú, la mandaré por otras manos; por tanto, -tranquiliza tu corazón y no dudes que, si la historia es cierta, la -muerte de tu padre será vengada, y el tesoro o su equivalente se -recobrará y te será entregado; dime, pues, ahora: ¿dónde piensas -vivir hasta entonces?» Y yo le dije: «Señor, iré al país de Suz, y -allí esperaré.» Y replicó: «Sea, y no tardarás en saber de mí.» Me -levanté, pues, y salí, y me fuí al país de Suz hasta Swirah, que -los nazarenos llaman Mogador, y allí, con turbado corazón, esperé -noticias del hijo del rey moro; pero las noticias no llegaron, y -nunca más desde tal día he vuelto a saber de él, y ya hace tres -años que estuve en su presencia. Y me establecí en Mogador, y me -casé con una dueña, de nuestra raza, y escribí a mi madre al propio -Jerusalén y me envió dinero, y con eso me dediqué al comercio, igual -que mi padre había hecho, y trafiqué; pero no tuve suerte en mis -especulaciones, y en poco tiempo lo perdí todo. Y ahora he venido -a Gibraltar a negociar por cuenta de otro, un mercader de Mogador; -pero no me gusta el empleo; me ha engañado; voy a volver, y en cuanto -consiga otra vez verme en presencia del hijo del rey moro, pediré -que el tesoro de mi padre sea arrancado a sus expoliadores y se me -entregue a mí, su hijo.» - - [28] Rabat. - -Escuché con mucha atención el singular relato de aquél hombre -singular, y cuando concluyó permanecí un rato largo sin proferir -palabra. Al cabo me preguntó qué me había llevado a Gibraltar. -Le dije que estaba allí simplemente de paso, camino de Tánger, -para donde esperaba salir embarcado a la mañana siguiente. A esto -observó que dentro de una o dos semanas contaba encontrarse allí -también y esperaba que nos veríamos, pues aún tenía mucho más que -decirme. «Acaso—añadió—pueda usted darme un consejo provechoso, -porque es usted una persona de experiencia, versada en los usos de -muchas naciones; y cuando le veo a usted el rostro, parece que el -cielo se abre para mí, porque creo ver el rostro de un amigo, el -de un hermano.» Entonces se despidió de mí, y se fué; aquel hombre -raro, tan bien barbado, que durante nuestra conversación aguardó -pacientemente en la puerta, le siguió. Noté que su expresión era -mucho menos violenta que en nuestro anterior encuentro; pero, al -propio tiempo, más melancólica, y tenía las facciones arrugadas como -las de un viejo, aunque no había pasado aún de la primera juventud. - - - - -CAPÍTULO LIII - - Marineros genoveses. — La cueva de San Miguel. — Un abismo - tenebroso. — Un joven americano. — El propietario de esclavos. — - El brujo. — Un incrédulo. - - -Durante toda la noche el viento sopló con fuerza; pero como era -Levante, no tuve temor de verme obligado a permanecer más tiempo en -Gibraltar por ese motivo. Fuí a bordo muy temprano y encontré a la -tripulación en la tarea de levar el ancla y en otros preparativos de -marcha. Dijéronme que probablemente saldríamos dentro de una hora. -Transcurrió ese tiempo, empero, y aún permanecíamos donde estábamos, -y el capitán continuaba en tierra. Formábamos parte de una reducida -flotilla de barcas genovesas, cuyas tripulaciones, en sus momentos de -ocio, parecían no tener mejor modo de diversión que cambiar palabras -injuriosas; un furioso tiroteo de ese género empezó a la sazón, en el -cual se distinguió especialmente el piloto de nuestro barco; era un -genovés sesentón, canoso. Aunque no hablo su «patois» entendí mucho -de lo que decían. Era por demás desvergonzado, y como gritaban tanto, -de la violencia de sus ademanes y lo descompuesto de sus facciones se -hubiese deducido que se trataba de enconados enemigos. No eran tal, -sin embargo, sino excelentes amigos a toda hora, y seguramente, en el -fondo, sujetos de buena índole. ¡Oh miserias de la naturaleza humana! -¿Cuándo aprenderá el hombre a ser verdaderamente cristiano? - -En general tengo en mucha estima a los genoveses; cierto que son -groseros y viciosos; pero también caballerescos y valientes, y lo han -sido siempre, y sólo he recibido de ellos pruebas de hospitalidad y -de bondad. - -Transcurridas otras dos horas, el secretario judío llegó y dijo -algo al anciano piloto, que refunfuñó mucho; después se me acercó, -y, quitándose el sombrero, me hizo saber que ya no saldríamos aquel -día, y al mismo tiempo dijo que era una vergüenza desperdiciar un -viento tan hermoso, que podía llevarnos a Tánger en tres horas. -«Paciencia»—dije, y me volví a tierra. - -Fuí dando un paseo hacia la cueva de San Miguel en compañía del -muchacho judío que ya he mencionado. - -El camino no sigue la misma dirección que el de las excavaciones; -éstas miran a España, mientras la cueva se abre de cara al Africa. Se -encuentra cerca de la cúspide del monte, a muchos cientos de yardas -sobre el mar. Pasamos por los paseos públicos, donde hay hermosos -árboles, y también por junto a muchas casitas, agradablemente -colocadas entre jardines y ocupadas por los oficiales de la -guarnición. Es erróneo suponer que Gibraltar es meramente una roca -desnuda y estéril; no carece de lugares amenos, como los ya mentados, -frescos, vivificantes, cubiertos de brillante follaje verde. - -El sendero no tardó en hacerse escarpado, y dejamos a nuestra espalda -las moradas del hombre. El viento de la noche anterior había cesado -por completo, y no se movía ni un soplo de aire; el sol del mediodía -brillaba en todo su esplendor, y las rocas por donde trepábamos se -mojaban no pocas veces con las gotas del sudor que llovía de nuestras -sienes; al cabo llegamos a la caverna. - -La boca es una hendidura abierta en el flanco del monte, como de -doce pies de alto y otros tantos de ancho; dentro hay una bajada -muy rápida y pendiente, como de cincuenta yardas, yendo a terminar -la caverna en un abismo que lleva a profundidades desconocidas. Lo -más notable de la caverna es una columna natural, que se alza como -tronco de enorme roble, cual si estuviese puesto allí para sostener -el techo; se halla a corta distancia de la entrada, y da a la parte -visible de la cueva cierto aspecto bravío y raro, que de otro modo -no tendría. El piso es resbaladizo en extremo, pues las continuas -filtraciones del techo lo han saturado, y son necesarias no pocas -precauciones para andar por él. Es muy peligroso entrar allí sin un -guía buen conocedor del lugar, porque, además del negro abismo que -hay al final, se abren aquí y allí otras cavidades nunca sondeadas, -y el osado que cae en ellas se hace pedazos. Digan los hombres lo -que se les antoje a propósito de esta cueva, una cosa hay que la -cueva misma parece decir a cuantos a ella se aproximan; a saber: que -la mano del hombre no ha trabajado allí nunca. Hay muchas cavernas -de formación natural, tan viejas como la tierra en que vivimos, que -muestran, no obstante, señales de haber sido utilizadas por el hombre -y de haber estado más o menos sujetas a su acción transformadora. No -así la cueva de Gibraltar; pues, si se juzga por su aspecto, no hay -la más leve razón para suponer que haya servido de otra cosa que de -nido de aves nocturnas, reptiles y animales de rapiña. Algunos han -dicho que la cueva fué usada en los tiempos del paganismo como templo -del dios Hércules, quien, según la tradición antigua, levantó la -singular masa de rocas llamada ahora Gibraltar, y la montaña que hay -enfrente, en las costas de Africa, como dos columnas que anunciasen a -los tiempos venideros que había estado allí sin pasar más adelante. -Baste observar que en la caverna no hay nada que permita adoptar -tal opinión, ni siquiera una plataforma sobre la que pudiese haber -estado el ara, mientras un angosto sendero pasa por delante, que -conduce a la cúspide del monte. Como no he penetrado en sus senos, -no tengo la pretensión de describirlos. Numerosas personas, movidas -por la curiosidad, se han aventurado en sus inmensas profundidades -con la esperanza de descubrir su término, y lo cierto es que apenas -transcurre una semana sin que se hagan intentos análogos por los -oficiales o por los soldados de la guarnición; pero todos hasta hoy -han resultado estériles. No se ha alcanzado término alguno, ni se ha -descubierto nada que compense el trabajo y los pavorosos peligros -corridos; los precipicios suceden a los precipicios, y los abismos a -los abismos en sucesión aparentemente inacabable, con unos salientes -de vez en cuando que permiten a los intrépidos exploradores reposar -y fijar las escalas de cuerda para descender más hondo. Pero lo que -más confunde y desazona es observar que esos abismos no se abren -sólo delante del observador, sino detrás y a cada lado; pegada a la -entrada de la caverna, a la derecha, hay una sima casi tan tenebrosa -y amenazadora como la del extremo inferior, y quizás contiene -también otras tantas simas y hórridas cavernas, ramificándose en -todas direcciones. De lo que he oído he sacado la opinión de que -el interior de la montaña de Gibraltar es como un panal, y apenas -me cabe duda de que si la tajaran aparecería llena de abismos tan -infernales como las galerías de la cueva de San Miguel. Muchas vidas -valiosas se pierden todos los años en tan horribles lugares; pocas -semanas antes de mi visita dos sargentos, hermanos, perecieron en -la sima del lado derecho de la caverna por haber resbalado a un -precipicio cuando estaban a gran profundidad. - -El cuerpo de uno de aquellos hombres temerarios aún está pudriéndose -en las entrañas del monte, devorado por los ciegos y asquerosos -gusanos; al otro le sacaron. Inmediatamente después de tan horrible -accidente, pusieron una puerta en la boca de la caverna para impedir -que la gente, y sobre todo los imprudentes soldados, se abandonasen -a tan extravagante curiosidad. Pero la cerradura no tardó en -ser forzada, y en la época de mi visita la puerta se balanceaba -perezosamente sobre sus goznes. - -Al dejar aquellos lugares pensaba yo que acaso fué semejante a -esa la cueva de Horeb, donde vivía Elías, cuando oyó una voz, al -principio débil, y después un viento grande y poderoso que cuarteaba -las montañas y pulverizaba las rocas delante del Señor, cueva a cuya -puerta salió y se paró, con el rostro envuelto en el manto, cuando -oyó la voz que decía junto a él «¿Qué haces aquí, Elías?» - -—¿Y qué estoy haciendo yo aquí?—me preguntaba a mí mismo cuando, -contrariado por la detención del viaje, bajaba hacia la ciudad. - -Aquella tarde comí en compañía de un americano joven, natural de -Carolina del Sur; ya le había visto frecuentemente, porque estaba -alojado en la fonda desde algún tiempo antes de mi llegada a -Gibraltar. Su porte era muy notable: bajo de estatura, en extremo -débil de conformación, facciones pálidas, pero muy correctas; poseía -una cabeza magnífica, de negro cabello crespo, y un par de patillas -del mismo color, las más soberbias que hasta entonces había visto. -Llevaba sombrero blanco, de anchas alas y copa excepcionalmente baja, -y vestía un ligero sobretodo de tela amarilla, y amplios calzones -de indiana. En una palabra, su exterior era verdaderamente raro y -particular. Al regresar de mi excursión a la cueva, me encontré con -que también él acababa de bajar del monte, cuyas maravillas había -estado explorando desde muy temprano. - -Uno del Peñón le preguntó si le gustaban las excavaciones. «¿Si me -gustan?—respondió—. Lo mismo podría usted preguntar a una persona -que acabase de ver las cataratas del Niágara, si le gustaban mucho; -gustar no es la palabra, señor.» - -El calor era sofocante, como casi invariablemente ocurre en -Gibraltar, donde rara vez sopla un poco de aire, abrigado como está -de todos los vientos. Eso indujo a otro individuo a preguntarle si no -encontraba excesivo el calor. - -—¿Calor?—replicó—; de ningún modo. El tiempo más hermoso para recoger -algodón que se puede desear. No lo tenemos mejor en Carolina del Sur, -señor. - -—¿Vive usted en Carolina del Sur? Supongo, señor, que no será usted -propietario de esclavos—dijo aquel judío gordo y pequeño con levita -de color de tabaco, que en otra ocasión me había invitado a tomar un -aperitivo—; es cosa terrible esclavizar a unos pobres hombres, tan -sólo por el hecho de ser negros; ¿no le parece a usted, señor? - -—¿Que si me parece? No, señor; no opino así. Me glorío de ser -propietario de esclavos: tengo cuatrocientos negros nigerianos -en mi hacienda, cerca de Charleston, y por las mañanas, antes -de desayunarme, azoto a media docena, por vía de ejercicio. Los -nigerianos están para ser azotados; a veces intentan escaparse: -suelto los sabuesos en su rastro, y los cogen en un abrir y cerrar de -ojos; antes tenían la costumbre de ahorcarse, porque los nigerianos -pensaban que era el camino más seguro para volver a su país y -librarse de mí; no tardé en poner término a eso: les dije que si se -ahorcaba alguno más, yo me ahorcaría también, para no separarme de -ellos, y azotarlos en su país natal diez veces más que en el mío. -¿Qué opina usted de esto, amigo? - -Era fácil comprender que había más chanza que malicia en aquel -excéntrico y exiguo sujeto, pues sus grandes ojos grises chispeaban -de buen humor mientras profería tales atrocidades. Era dadivoso en -extremo; y a una irlandesa sórdida, viuda de un soldado, que entró -con una banasta llena de cajitas y baratijas hechas de pedazos de -roca de Gibraltar, le compró la mayor parte de lo que llevaba, -dándole por cada artículo el precio, nada desdeñable, que le pidió. -Me había mirado diferentes veces, y al cabo le vi inclinarse y -murmurar algo al oído del judío, quien replicó a media voz, aunque -con mucha viveza: «¡Oh, no, señor! Está usted muy equivocado, -señor; no es americano, señor; de Salamanca, señor; ese caballero -es un español de Salamanca». El criado, al fin, nos dijo que había -puesto la mesa, y que acaso nos agradaría comer juntos: al instante -asentimos. En aquel nuevo conocido hallé, por diversos motivos, un -agradabilísimo compañero; no tardó en contarme su historia. Era -plantador y, por lo que daba a entender, propietario muy reciente. -Era condueño de un gran barco que comerciaba entre Charleston y -Gibraltar, y como la fiebre amarilla acababa de estallar en aquella -ciudad, decidió hacer un viaje (el primero) a Europa en su barco; -pues, según decía, todos los estados de la Unión los tenía ya -visitados, y visto todo cuanto en ellos hay digno de verse. Me -describió, de un modo tan original como ingenuo, sus impresiones al -pasar frente a Tarifa, la primera ciudad murada que veía. Le conté -la historia de esa ciudad, que oyó con gran atención. Diversos -intentos hizo para saber de mí quién era yo, pero los eludí, por -más que parecía plenamente convencido de mi condición de americano; -entre otras cosas, me preguntó si mi padre no había sido cónsul en -Sevilla. Lo que, no obstante, le confundía mucho era mi conocimiento -del marroquí y del gaelico, que me había oído hablar respectivamente -con los _hamales_ y la irlandesa, la cual le había dicho, según -me declaró el americano, que yo era brujo. Por último, tocó el -tema de la religión, y habló con gran desprecio de la revelación, -declarándose deísta; tenía vehementes deseos de conocer mis -opiniones; pero le esquivé de nuevo, contentándome con preguntarle -si había leído la Biblia. Dijo que no, pero que conocía muy bien los -escritos de Volney y Mirabeau. No respondí, y entonces añadió que no -era su costumbre, ni mucho menos, plantear tales cuestiones, y que -a muy pocas personas les hubiese hablado con tanta franqueza; pero -que yo le había interesado mucho, aunque nuestro conocimiento fuese -tan reciente. Repuse que difícilmente habría hablado en Boston de -la misma manera que acababa de hablarme a mí, y que bien se conocía -que no era de Nueva Inglaterra. «Le aseguro a usted—dijo—que tampoco -se me hubiese ocurrido hablar así en Charleston, pues, con tal -conversación, no hubiese tardado en tener que hablar para mí solo.» - -Si hubiese conocido yo menos deístas de los que mi fortuna me ha -hecho conocer, quizás hubiera intentado convencer a aquel joven de lo -erróneo de las ideas que había adoptado; pero yo conocía todo lo que -se habría apresurado a replicar, y como el creyente no tiene en tales -materias argumentos carnales que dirigir a la razón carnal, pensé que -era lo mejor evitar discusiones que seguramente no podían dar fruto -de provecho. La fe es libre don de Dios, y no creo que haya habido -aún ningún incrédulo convertido mediante polémicas de sobremesa. -Aquella fué la última tarde que pasé en Gibraltar. - - - - -CAPÍTULO LIV - - Otra vez a bordo. — Un rostro sorprendente. — El Haji. — Nos - damos a la vela. — Los dos judíos. — Un barco americano. — - Tánger. — Adun Oulem. — La riña. — Lo prohibido. - - -El jueves 8 de agosto me encontré de nuevo a bordo de la barca -genovesa, a hora tan temprana como el día anterior. No obstante, -después de aguardar dos o tres horas sin que se hiciese ningún -preparativo de marcha, me disponía ya a volver otra vez a tierra; -pero el viejo piloto genovés me aconsejó que me quedara, asegurándome -que, sin duda alguna, íbamos a partir en seguida, pues toda la -carga estaba a bordo y no teníamos ya por qué detenernos. Estaba -descansando en la camareta, cuando oí chocar un bote contra el -costado de nuestro barco, y alguna gente subir a bordo. Al instante -apareció en la abertura un rostro singular, feroz. Estaba yo medio -dormido, y al pronto creí que soñaba, pues aquella faz más parecía -de gato montés o de ogro que de ser humano; su larga barba casi me -rozaba la cara, hallándome tendido en una especie de hamaca. Pero -al incorporarme sobresaltado, reconocí la insólita catadura del -judío a quien había visto en compañía de Judah Lib. También él me -reconoció, y, moviendo la cabeza, plegó sus desmedidas facciones en -una sonrisa. Me levanté y subí a cubierta, y allí le hallé junto con -otro judío, joven, vestido a lo berberisco. Acababan de llegar en el -bote. Pregunté a mi amigo el de la barba quién era, de dónde venía -y adónde iba. Respondió, en portugués corrompido, que regresaba de -Lisboa, adonde había ido a sus negocios, a Mogador, su ciudad natal. -Me miró luego al rostro y sonrió, y sacando del bolsillo un libro -en caracteres hebraicos, se puso a leerlo; viéndolo, un marinero -español de a bordo dijo, que con tales barba y libro tenía que ser un -_sabio_. Su compañero era de Mequinez, y sólo hablaba arábigo. - -Una barcaza se aproximaba, cuya popa aparecía llena de moros; -serían unos doce, y la mayor parte eran evidentemente personas de -calidad, pues iban vestidos con toda la pompa y galanura del Oriente: -turbantes de nívea blancura, _jabadores_ de seda verde o tela -escarlata, y _bedeyas_ adornadas con galones de oro. Algunos eran -tipos en extremo arrogantes, y dos de ellos, jóvenes, de sorprendente -hermosura, y lejos de mostrar, como es general entre moros, -semblante negruzco o moreno, su tez era delicada, sonrosada y blanca. -El personaje principal, a quien los demás trataban con mucho respeto, -era hombre de talla atlética, de unos cuarenta años. Llevaba túnica -de algodón blanco acolchado, y _kandrisa_ blanca, y liado con gracia -al cuerpo, envolviéndole la parte alta de la cabeza, el _haik_, o -capa de flanela blanca, tenida siempre en mucha estima por los moros, -desde las épocas más remotas de su historia. Iba desnudo de piernas, -y los pies protegidos tan sólo del suelo por babuchas amarillas. No -ostentaba más gala que un largo zarcillo de oro, del que pendía una -perla, evidentemente de gran valor. Una hermosa barba negra, como de -un pie de larga, se esparcía por su musculoso tórax. Sus facciones -eran correctas, excepto los ojos, un poco pequeños; su expresión, -empero, era torcida; su mirar, duro; la malignidad y la mala índole -se pintaban en cada rasgo de su semblante, donde no parecía haber -brillado jamás una sonrisa. El marinero español de quien ya he tenido -ocasión de hablar me dijo por lo bajo que era un _santurrón_, y que -regresaba del viaje a la Meca; añadió que era un mercader de inmensa -riqueza. Pronto vimos que los otros moros le habían acompañado a -bordo solamente por amistosa cortesía, pues uno tras otro fueron -despidiéndose de él, con excepción de dos negros, sus acompañantes. -Observé que los negros, cuando los moros les tendían la mano al -marcharse, se esforzaban invariablemente por llevársela a los labios, -esfuerzo que siempre se frustraba, pues los moros, en cada caso, por -un movimiento rápido y gracioso, retiraban la mano presa en la del -negro y la oprimían contra su corazón; que era tanto como decir: -«aunque negro y esclavo eres musulmán, y, por serlo, eres nuestro -hermano; Alá no hace distinciones». El botero se acercó entonces -al _haji_, pidiendo su paga, y le dijo que había ido tres veces a -bordo por su servicio, a llevarle el equipaje. La suma que pidió le -pareció exorbitante al _haji_, quien, olvidándose de su condición -de santo y de recién venido de la Meca, fumaba atrozmente, y en mal -español le llamó ladrón al botero. El improperio que más irrita a -un español (el botero lo era) es ése; y apenas aquel prójimo se oyó -tratar así, cuando, chispeantes de furor sus ojos, asestó el puño a -la nariz del _haji_, y pagó el vocablo injurioso lo menos con otros -diez tan malos o peores. Quizás habría pasado a actos de violencia, -si no le hubieran arrancado de allí a la fuerza los otros moros, que -se le llevaron aparte, y supongo que le dirían o le darían algo para -calmarle, pues no tardó en volver al bote y regresó con todos ellos -a tierra. El capitán llegó entonces con su secretario judío, y se -dieron las órdenes para hacerse a la vela. Poco después de las doce -zarpábamos de la bahía de Gibraltar. El viento soplaba favorable, -pero durante cierto tiempo no avanzamos mucho, pues casi yacíamos -en calma a sotavento del Peñón; poco a poco, no obstante, nuestra -marcha fué haciéndose más rápida, y pasada como una hora corríamos -velozmente hacia Tarifa. - -El secretario judío permanecía en el timón, y en realidad resultó ser -la persona que mandaba el barco, y quien daba las órdenes necesarias, -ejecutadas bajo la superintendencia del viejo piloto genovés. Hice -algunas preguntas al _haji_, pero me miró de soslayo con sus adustos -ojos, hizo un mohín con los labios, y siguió en silencio; era como -decir: «No me hables; soy más santo que tú». Sus negros fueron mucho -más comunicativos. Uno era viejo y feísimo; el otro, de unos veinte -años, era tan bien parecido como puede serlo un negro. De puro color -de ébano, tenía las facciones en extremo bien formadas y delicadas, -con excepción de los labios, demasiado gruesos. La forma de sus -ojos era muy particular: oblongos más que redondos, como los de las -figuras egipcias. Tenía aire pensativo, meditabundo. Era, en todo, -distinto de su compañero, incluso en el color (aunque ambos eran -negros) y descendía, sin duda, de alguna raza superior poco conocida. -Sentado al pie del mástil, contemplando el mar, hallábase, a juicio -mío, fuera de su sitio natural; mejor hubiera parecido en los -arenales sin límites, al pie de una palmera, y habría podido pasar -entonces por un _Jin_[29]. Le pregunté de dónde procedía; díjome que -era natural de Fez, pero que no había conocido nunca a sus padres; -se crió en la casa de su amo actual, a quien había seguido en la -mayor parte de sus viajes, y acompañádole tres veces a la Meca. Le -pregunté si le gustaba ser esclavo. A eso me respondió que ya no lo -era, pues en razón de sus fieles servicios le habían dado libertad -tiempo atrás, así como a su compañero. Muchas más cosas me habría -dicho, pero el _haji_ le llamó, y le entretuvo en otras ocupaciones, -probablemente para impedir que yo le contaminase. - - [29] Genio. - -Esquivado por los musulmanes, recurrí a los judíos, quienes en modo -alguno se mostraron remisos en cultivar la familiaridad. El sabio -barbudo me contó su historia, en muchos puntos semejante a la de -Judah Lib, pues, según parece, dos o tres años antes había salido -de Mogador en busca de su hijo, que se había fugado a Portugal. -Pero al llegar el padre a Lisboa, averiguó que pocos días antes el -fugitivo se había embarcado para el Brasil. Al contrario de Judah, en -busca de su padre, se cansó de su demanda y la abandonó. El judío de -Mequinez, más joven, se animó y alegró en extremo al darse cuenta -de que yo entendía su lengua, y me hizo reír con su humorística -descripción de la vida cristiana, tal como la había observado en -Gibraltar, donde acababa de residir cerca de un mes. Me habló después -de Mequinez, un _Jennut_, o paraíso, según decía, comparado con el -cual, Gibraltar era una pocilga. Tan grande, tan universal es el amor -a la tierra nativa. Pronto me dí cuenta de que ambos judíos me creían -de su raza, y el joven, mucho más expansivo que el otro, me calificó -de tal, y habló de la infamia de negar mi propia sangre. Poco antes -de llegar frente a Tarifa, el hambre se apoderó de todos nosotros. -El _haji_ y sus negros manifestaron su repuesto y se regalaron con -pollos asados; los judíos comieron uvas y pan, y yo, pan y queso, -en tanto que la tripulación preparaba un plato de boquerones. -Dos marineros acudieron solícitos con una buena ración y me la -ofrecieron con afecto fraternal; no vacilé en aceptar su obsequio, -y los boquerones me parecieron deliciosos. Como me hallaba sentado -entre los judíos, les ofrecí algunos, pero volvieron el rostro con -repugnancia, exclamando: _Haloof_[30]. Pero, al propio tiempo, me -estrecharon la mano y, sin que yo se lo brindase, tomaron un pedacito -de mi pan. Tenía yo una botella de coñac, que había llevado como -prevención contra el mareo, y también se la ofrecí; pero rehusaron -otra vez, y exclamaron: _Haram_[31]. Yo no dije nada. - - [30] ¡Qué porquería! - - [31] Prohibido. - -Estábamos entonces junto al faro de Tarifa, y, poniendo la proa al -Oeste, hicimos rumbo en derechura hacia la costa de Africa. El viento -había refrescado mucho, y como soplaba casi de popa, corríamos con -tremenda velocidad, amenazándonos las grandes velas latinas con -sepultarnos a cada momento bajo las olas que la corriente contraria -levantaba frente a nosotros. En esta veloz carrera, pasamos pegados -a la popa de un barco grande con bandera americana; iba a tomar el -Estrecho y avanzaba lentamente contra el levante impetuoso. Al pasar -junto a él vimos la popa llena de gente que nos observaba: la verdad -es que debíamos de ofrecer un espectáculo singular a los pasajeros -que, como mi joven amigo el americano de Gibraltar, vinieran al Viejo -Mundo por vez primera. En el timón iba el judío; todo él envuelto -en una gabardina, cuya capucha, echada sobre la cabeza, le daba -casi el aspecto de un aparecido con su mortaja; en tanto que, sobre -cubierta, mezclados con europeos, todos, menos yo, pintorescamente -vestidos, iban los moros con sus turbantes, flotando suelto al viento -el _haik_ del _haji_. Fugaz tuvo que ser, empero, la visión que de -nosotros alcanzaron, puesto que nos cruzamos con la velocidad de un -caballo de carreras, y a eso de una hora más tarde, sólo distábamos -una milla del promontorio en que se asienta el castillo de Alminar, -extremo límite oriental de la bahía de Tánger. Allí el viento cayó, y -avanzamos de nuevo con lentitud. - -Hacía ya mucho tiempo que Tánger estaba a la vista. Poco después de -empezar a alejarnos de Tarifa, le habíamos columbrado en la lejanía, -semejante a una paloma blanca empollando en su nido. El sol se -ocultaba detrás de la ciudad cuando echamos el ancla en la bahía, -entre media docena de barcas y faluchos, del porte de la nuestra, -únicos barcos que vimos. Tánger se hallaba ante nosotros, pintoresca -ciudad que ocupa las vertientes y la cima de dos colinas, una de las -cuales, brava y escarpada, se mete en el mar allí donde la costa -forma de pronto una abrupta revuelta. Amenazadores parecen sus -almenados muros, encaramados en la cúspide de empinadas rocas, cuya -base lavan las ondas del mar, o surgiendo de la angosta playa que -separa la colina del Océano. - -Allí hay dos o tres órdenes de baterías, armadas con gruesos cañones, -que dominan la bahía; encima se ven los terrados de la ciudad, que se -alzan escalonados, como peldaños para gigantes. Todo es blanco, de -perfecta blancura, de suerte que el conjunto parece tallado en un -inmenso bloque de yeso; bien es verdad que aquí y allí emergen de la -blancura altos árboles verdes: acaso pertenezcan a jardines moros, y -tal vez ahora estarán reclinadas a su sombra muchas Leilas ojinegras, -hermanas de las huríes. Frente por frente a nosotros se levanta una -gran torre o alminar, no blanca, sino pintada curiosamente; pertenece -a la mezquita principal de Tánger; sobre ella ondeaba una bandera -negra, por ser la fiesta de Ashor. Una hermosa playa de blanca arena -bordea la bahía desde la ciudad hasta el promontorio del Alminar. Al -Este se alzan portentosas colinas y montañas: son el Gebel Muza y su -cadena; y aquel su compañero que se levanta a lo lejos es el pico de -Tetuán; las brumas grises de la tarde envuelven sus flancos. Tal era -Tánger, tales sus cercanías, como se me aparecieron al contemplarlas -desde la barca genovesa. - -Arriaron un bote del barco, y el capitán, que traía a su cargo el -correo de Gibraltar, el secretario judío, y el _haji_, con sus -acompañantes negros, se fueron a tierra. Yo hubiera querido ir con -ellos, pero me dijeron que no podría desembarcar aquella noche, pues -antes de que examinasen mi pasaporte y mi patente de sanidad se -cerrarían las puertas de la ciudad; así es que permanecí a bordo con -la tripulación y los dos judíos. Los marineros prepararon su cena, -que consistía simplemente en una ensalada de _tomates_, habiéndose -consumido las demás provisiones. El genovés viejo me trajo una -ración, excusándose al propio tiempo por la frugalidad de la comida. -Acepté agradecido, y le dije que un millón de hombres mejores que yo -tenían peor cena. Nunca he comido con mejor apetito. Al entrar la -noche, los judíos cantaron himnos hebreos, y cuando concluyeron me -preguntaron por qué permanecía en silencio; alcé la voz y canté _Adun -Oulem_[32]. - - [32] Señor del mundo. - -Las tinieblas envolvían ya por completo tierra y mar; ningún ruido -se oía, salvo, de vez en cuando, el lejano ladrido de un perro en la -costa, o alguna quejumbrosa canción genovesa, que se alzaba de una -barca próxima. La ciudad parecía sepultada en lobreguez y silencio; -ni siquiera la luz de una bujía se columbraba. Pero volviendo la -vista a España, percibimos un fuego magnífico, que al parecer -envolvía la vertiente y la cima de una de las montañas más altas al -Norte de Tarifa. El incendio arrancaba destellos rojizos a las aguas -del Estrecho. O las leñas del monte ardían, o los _carboneros_ se -aplicaban a sus sombrías faenas. Los judíos se quejaron de cansancio, -y el más joven, desatando una colchoneta, la tendió sobre cubierta -y trató de descansar. El sabio bajó a la camareta; pero apenas -había tenido tiempo de echarse cuando el viejo piloto, lanzándose en -pos de él, bajó también y le sacó fuera por los talones, porque la -cámara estaba muy poco profunda, y no había más que bajar dos o tres -peldaños. Hecho eso, le dirigió muchos improperios, y le amenazó con -el pie, mientras permanecía tendido sobre cubierta. «¿Cree usted—le -dijo—que un perro judío como usted, y que paga como un perro judío, -va a dormir en la cámara? Desengáñese, bestia: en la cámara no duerme -esta noche nadie más que este _caballero_ cristiano.» El sabio, sin -replicar, se alzó de sobre cubierta y se acarició la barba, en tanto -el viejo genovés proseguía su filípica. Si el judío hubiese sido dado -a ello, habría podido estrangular a su insultador en un momento, o -espachurrarlo entre sus membrudos brazos, pues no recuerdo haber -visto jamás un individuo tan fuerte y musculoso; pero, evidentemente, -era tardo en encolerizarse, y muy paciente. No se le escapó ni una -palabra de resentimiento, y sus facciones conservaron su habitual -expresión de benigna placidez. - -Entonces le aseguré al piloto que el judío podía compartir la cámara -conmigo sin la más leve objeción por mi parte, y que, al contrario, -más bien lo deseaba, pues había sitio de sobra para ambos. - -—Dispense usted, señor caballero—replicó el genovés—; pero le -juro que no permitiré tal cosa: usted es joven y no conoce a esta -_canaille_ como yo la conozco, que llevo veinte años yendo y viniendo -entre estas costas. Si esa bestia tiene frío, que duerma en el -sollado, como yo y los demás; pero en la cámara no entra. - -Conociendo que era testarudo, me retiré, y a los pocos minutos caí en -profundo sueño, que duró hasta el alba. Cierto que dos o tres veces -me pareció que se peleaban cerca de mí; pero estaba tan abrumado de -cansancio, tan borracho de sueño, que no pude despertarme lo bastante -para enterarme de lo que sucedía. El hecho fué que, en el transcurso -de la noche, el sabio, hallándose incómodo al aire libre, junto a -su compañero, intentó por tres veces meterse en la cámara, y otras -tantas le arrojó de ella su incansable enemigo, que, sospechando sus -intenciones, no le quitó ojo en toda la noche. - -A eso de las cinco me levanté; el radiante sol brillaba esplendoroso -sobre la ciudad, la bahía y la montaña; la tripulación ya estaba -ocupada sobre cubierta en reparar una vela desgarrada por el -viento el día anterior. Los judíos, sentados en la popa con aire -desconsolado, se quejaban mucho del frío que habían sufrido en aquel -lugar abierto. Sobre el ojo izquierdo del sabio vi una cortadura -ensangrentada, que, según me dijo, le había hecho el viejo genovés -después de sacarle de la cámara por última vez. Entonces manifesté -mi botella de coñac, rogando que la tripulación participase en ella, -como leve correspondencia a su hospitalidad. Me dieron las gracias, -y la botella fué circulando; al cabo llegó a manos del viejo piloto, -quien, tras de mirar un instante al sabio, se la llevó a los labios, -donde la mantuvo mucho más tiempo que ninguno de sus compañeros; -después me la devolvió, haciéndome una profunda reverencia. El -sabio preguntó entonces qué contenía la botella. Le dije que coñac, -o _aguardiente_, y al oírlo, rogó, no sin cierta ansia, que le -permitiese beber un trago. - -—¿Cómo es eso?—dije yo—. Ayer me dijo usted que era una cosa -prohibida, una abominación. - -—Ayer—respondió—no sabía que fuese aguardiente; creí que era vino, -que es, ciertamente, una abominación, cosa prohibida. - -—¿Está prohibido en la _Torah_?—pregunté—. ¿Está prohibido por la ley -de Dios? - -—No lo sé—replicó—; lo que sé es que los sabios lo han prohibido. - -—Sabios como usted—exclamé con calor—; sabios como usted, de barba -larga y entendimiento corto. Permitido está el uso de ambas bebidas; -pero más peligro se esconde en esta botella que en una cuba de vino. -Bien dijo mi Señor el Nazareno: «Vosotros apartáis un mosquito y os -tragáis un camello»; pero, puesto que tiene usted frío y tirita, tome -la botella y reanímese con un traguito de su contenido. - -Se la acercó a los labios, y no encontró ni gota. El viejo genovés -reía con sorna. - -—_Bestia_—dijo—, le conocí en los ojos que deseaba beber un trago, -y me dije: aunque me ahogue, no dejaré que un caballero cristiano -malgaste ni gota del _aguardiente_ en ese judío, ¡mal rayo caiga -sobre su cabeza! - -»Ahora, señor caballero—continuó—, puede usted bajar a tierra; esos -dos marineros le llevarán al muelle y transportarán su equipaje -adonde tenga por conveniente; la Virgen le bendiga por donde vaya. - - - - -CAPÍTULO LV - - El muelle. — Los dos moros. — Djmah de Tánger. — La casa de Dios. - — El cónsul británico. — Espectáculo curioso. — La casa mora. — - Juana Correa. — Ave María. - - -Bogamos, pues, hacia el muelle, y desembarcamos. El muelle no -consiste actualmente más que en un inmenso rimero de grandes piedras -sueltas, que corre como unas quinientas yardas bahía adentro: son -parte de las ruinas de un magnífico espigón que los ingleses, último -pueblo extranjero que ocupó a Tánger, destruyeron al evacuar la -plaza. Los moros no han intentado nunca repararlo: en las mareas -altas, el mar rompe contra él furioso. Fué tarea difícil abrirme -camino entre las resbaladizas piedras, y dos o tres veces me hubiera -caído a no ser por la buena voluntad de los marineros genoveses. Al -fin alcanzamos la playa, y nos encaminábamos hacia la puerta de la -ciudad, cuando dos moros vinieron a nosotros. Casi nos asustamos al -ver al primero: era un bárbaro corpulento y viejo, con aborrascada -barba blanca, turbante, _haik_ y calzones sucios, desnudas las -piernas e inmensos y aplastados pies, cuyos talones sobresalían lo -menos un par de pulgadas por detrás de sus viejas y negras babuchas. - -—Este es el capitán del puerto—dijo uno de los genoveses—. Trátele -con respeto. - -Me quité, pues, el sombrero y exclamé: - -—_Sba alkheir a sidi._ - -—¿Sois ingleses?—vociferó el horroroso y gigantesco vejestorio. - -—Ingleses, señor—— adelantándome le tendí la mano, que casi aplastó -con su tremenda zarpa. Entonces el otro moro me habló en una jerga -compuesta de inglés, español y árabe. También era un personaje raro; -pero muy diferente de su compañero, que le llevaba, por lo poco, la -cabeza, y menos completo de un ojo, pues el globo de visión izquierdo -teníalo cerrado, y era, como los españoles dicen, _tuerto_; pero -excedía con mucho al otro en la limpieza del turbante, _haik_ y -calzones. De lo que farfulló colegí que era el _mahasni_ o soldado -del cónsul inglés; que el cónsul, sabedor de mi llegada, le había -enviado para acompañarme a su casa. Me propuso que le siguiese, y así -lo hice, acompañándonos el viejo capitán del puerto hasta la entrada -de la ciudad, donde dió media vuelta y se metió en un edificio que, -a mi parecer, sería la aduana, por los fardos y cajas de toda índole -apilados delante. Traspusimos la puerta de la ciudad y remontamos -una pendiente tortuosa. A nuestra izquierda había una batería llena -de cañones, apuntando al mar, y a nuestra derecha un recio muro, -tallado en parte en la misma montaña: un poco más arriba llegamos a -un sitio abierto, donde se alza la mezquita que ya he mencionado. Al -contemplar la torre, me dije: «Seguramente tenemos aquí una hermana -menor de la Giralda de Sevilla.» - -Ignoro si alguien ha notado ya el parecido entre ambos edificios, y -quizás habrá algunos que nieguen tal semejanza, sobre todo si, al -formar opinión, se dejan influir mucho por el tamaño y el color: la -Giralda es de color rojo, o más bien bermellón, mientras que en el -Djmah de Tánger predomina el verde por estar hecha de ladrillos de -ese color; pero entre ellos, con ciertos intervalos, hay colocados -otros de un leve tinte rojo, de suerte que la torre presenta una -bella variedad de tonos. Respecto al tamaño, comparado con la -gigantesca maga sevillana, el Djmah tangerino parecería lo que un -arbolillo nuevo al lado de un cedro del Líbano, cuyo tronco ha -resistido las tormentas de quinientos años. Pues con todo eso, afirmo -que, en otros respectos, ambas torres son una y la misma, y que en -ambas se manifiestan el mismo espíritu, igual designio; su forma es -igual, y tienen en sus muros las mismas señales, incluso aquellos -misteriosos arcos grabados en los ladrillos, emblema de no sé qué. -Sin violencia puede decirse que los dos monumentos están entre sí en -la misma relación que los antiguos moros con los modernos. La Giralda -es una maravilla del mundo, y el antiguo moro fué casi conquistador -del mundo. Al moderno moro apenas se le conoce, y ¿quién ha oído -nunca hablar de la torre de Tánger? Pero examinadla atentamente, y -hallaréis en ella mucho, muchísimo que admirar; y si se os presenta -la oportunidad de observar con detención a los moros modernos, de -seguro descubriréis en sus personas y en sus acciones, junto a muchos -rasgos grotescos, incultos y bárbaros, no pocos que compensarán con -amplitud una investigación laboriosa. - -Al pasar por delante de la mezquita, me detuve a la puerta un momento -y miré al interior; no vi más que un patio cuadrangular pavimentado -con baldosas de colores, a cielo abierto. En los lados, sendas -galerías con arcos o _piazzas_, y en el centro una fuente, donde -varios moros cumplían sus abluciones. Miré en torno, en busca del -objeto abominable, y no lo hallé. El pecado habitual de la iglesia -pseudo-cristiana no estaba allí en cada rincón para herirme en los -ojos. - -—Venid acá, papistas—dije—y tomad esta lección: aquí hay una casa -de Dios, en lo exterior al menos, tal como una casa de Dios debe -ser: cuatro muros, una fuente, y encima el eterno firmamento, donde -se espeja su gloria. ¿Qué casas edificáis al Dios que ha dicho: «No -grabarás tu imagen»? Insensato, tus muros están poblados de ídolos; -a una piedra le llamas tu Padre, y a un pedazo de madera carcomida, -Reina de los Cielos. Insensato, no conoces siquiera al Anciano de -días, y del mismo moro tienes algo que aprender. Al menos, el moro -conoce al Anciano de días, que ha dicho: «No tendrás más dioses que -yo.» - -Cuando decía estas palabras, oí un grito como rugido de león, y una -temerosa voz exclamaba a lo lejos: _Kapul Udbagh_. - -Volvimos luego hacia la izquierda por un pasadizo que atravesaba -por debajo de la torre, y apenas habíamos dado unos pasos, oí un -prodigioso tumulto de voces infantiles; escuché un instante y -distinguí versículos del Corán; era una escuela. - -Otra lección para ti, papista. Te llamas cristiano, pero persigues -el libro de Cristo. Le acosas hasta la orilla del mar, obligándole a -buscar refugio en las olas. - -Insensato, aprende esa lección del moro, que enseña a su hijo, apenas -empieza a hablar, los pasajes más importantes del libro de su ley, -y se tiene por sabio o necio según está o no versado en tal libro; -mientras que tú, esclavo ciego, no sabes lo que el libro de tu ley -contiene, ni deseas saberlo; pero ¿acaso no te han de juzgar por tu -ley propia? Traficante en ídolos, aprende del moro a ser consecuente: -dice que será juzgado según su ley, y, por tanto, estima y sabe de -memoria todo el libro de su ley. - -Llegamos a casa del cónsul inglés, grande y espaciosa vivienda, -construída según el gusto inglés. El soldado me llevó a través de -un patio hasta un amplio vestíbulo, colgado con pieles de animales -feroces de toda especie, desde el majestuoso león hasta el chacal -ladrador. Allí me recibió un criado judío, y me condujo al punto a -la biblioteca, donde estaba el cónsul. Me recibió con suma llaneza -y sincero afecto, y me dijo que habiendo recibido una carta de su -excelente amigo Mr. B., en la que me recomendaba vivamente, tenía -ya tomado para mí alojamiento en casa de una mujer española, pero -súbdito británico, donde me encontraría, a su parecer, todo lo bien -instalado que era posible en un lugar como Tánger. Me preguntó -después si tenía algún motivo especial para visitar esa ciudad, y -sin vacilación le dije que llevaba el propósito de repartir cierto -número de ejemplares del Nuevo Testamento en lengua española entre -los cristianos residentes en la localidad. Sonrió, y me recomendó que -procediese con extremada cautela, y así se lo prometí. Departimos -luego acerca de otros temas, y no tardé en descubrir que me hallaba -en compañía de un hombre de letras instruidísimo, sobre todo en -los clásicos griegos y latinos; también conocía a fondo el imperio -berberisco y el carácter moro. - -Tras de media hora de conversación, en extremo agradable e -instructiva para mí, manifesté el deseo de marcharme a mi -alojamiento; tocó la campanilla, entró el mismo criado judío que me -había recibido, y el cónsul le dijo en inglés: - -—Acompañe a este caballero a casa de Juana Correa, la viuda mahonesa, -y encárguele de mi parte que le cuide bien y atienda a su regalo; si -lo hace así, me confirmará en la buena opinión que tengo de ella y -aumentará mi inclinación a favorecerla. - -Así, acompañado por el judío, enderecé mis pasos al alojamiento -preparado para mí. Tras de remontar la calle en que estaba la casa -del cónsul, entramos en una placita que se halla como a media ladera -de la colina. Díjome mi acompañante que aquello era el soc, o plaza -del mercado. Ofrecíase allí un espectáculo curioso. Todo alrededor -de la plaza había unas barracas de madera pequeñas, muy parecidas -a cajas grandes volcadas sobre un costado, con la tapa mantenida -en alto por una cuerda. Delante de cada caja había una especie de -mostrador, o más bien un largo mostrador corría frente a toda la -línea, sobre el cual yacían uvas, dátiles, pequeños barriles de -azúcar, jabón, manteca y otros artículos varios. Dentro de cada -caja, frente al mostrador, y a unos tres pies del suelo, se ocultaba -un ser humano con una manta sobre los hombros, un sucio turbante en -la cabeza, y calzones andrajosos, que les llegaban hasta la rodilla, -aunque me parece que algunos prescindían por completo de ellos. -Empuñaban sendos palos con un manojo de hojas de palma en la punta, -agitándolos sin cesar como abanico, a fin de espantar de sus géneros -el millón de moscas que, engendradas por el sol berberisco, trataban -de posarse en ellos. Detrás, y a cada lado de las casetas, había -pilas de mercancías de la misma clase. Los vendedores clamaban sin -cesar: _Shrit hinai, shrit hinai_[33]. Tales son los tenderos de -Tánger, tales sus tiendas. - - [33] Compre aquí, compre aquí. - -En medio del _soc_, sobre las piedras, había pirámides de melones -y _sandías_, y también banastas llenas de otras clases de frutas, -expuestas para la venta, en tanto las redondas hogazas yacían en el -suelo acá y allá, y a su lado, sentados sobre las piernas cruzadas, -los seres de más extraña apariencia que una imaginación descarriada -puede concebir, cubierta la cabeza con un enorme sombrero de paja, lo -menos de dos yardas de circunferencia, cuyas alas caídas ocultaban -por completo el rostro, mientras el tronco aparecía envuelto en una -manta, de la que a veces salían unos dedos y brazos descarnados. Eran -mujeres moras, todas, a lo que creo, viejas y feas, si he de juzgar -por las ojeadas que pude echar sobre sus semblantes cuando levantaban -las alas de los sombreros para mirarme al pasar, o maldecirme por -pisarles el pan. Todo el _soc_ estaba lleno de gente y abundaban los -gritos, bullicios y vociferaciones, y como el sol, aunque era todavía -muy temprano, brillaba con grandísimo esplendor, pensaba yo que -escena tan animada rara vez la habría visto nunca. - -Cruzando el _soc_, entramos en una angosta calle con el mismo género -de cajas-tiendas a cada lado, algunas de las cuales, empero, o -estaban desocupadas o no habían abierto aún, pues la tapa permanecía -echada. Casi inmediatamente volvimos hacia la izquierda, remontando -una calle algo parecida, y al instante mi guía se entró por la puerta -de una casa baja, situada en la esquina de una callecita arbolada, -que era, según me dijo, la morada de Juana Correa. Pronto estuvimos -en el centro de la vivienda. Digo en el centro porque todas las casas -moras están construídas con un pequeño patio en medio. El de aquella -casa no tenía más de diez pies en cuadro. Abierto por arriba, en -torno estaban las habitaciones, por tres lados; en el cuarto lado, -una escalerilla que comunicaba con el piso superior, la mitad del -cual consistía en un terrado con vistas al patio; por encima de -sus bajos muros se descubría un panorama del mar y gran parte de la -ciudad. Lo restante del piso ocupábalo una vasta pieza, reservada -para mí, y que comunicaba con el terrado por dos puertas. En cada -extremo del cuarto había una cama, atravesada a lo ancho de la -habitación, con el pabellón pegado al techo. Una mesa y dos o tres -sillas concluían el mobiliario. - -Estaba tan ocupado en examinar la casa de Juana Correa, que al pronto -puse poca atención en la señora misma. Pero vino luego al terrado -donde mi guía y yo permanecíamos. Era una mujer como de cuarenta y -cinco años, de facciones regulares, que en otros tiempos habrían -sido hermosas, pero en las que los años, y más aún quizás las penas, -habían hecho muchos estragos. Le faltaban dos dientes, pero aún era -negro su magnífico pelo. Mirando su rostro, dije para mí: si es -verdad la ciencia fisonómica, tú, ¡oh Juana!, eres buena y apacible. -En efecto: las finezas que de Juana recibí durante las seis semanas -que pasé bajo su techo, me hubieran convertido a esa ciencia, si -antes hubiese dudado de ella. - -No creo que en ningún pecho humano haya latido nunca corazón más -afectuoso y ardiente que el de Juana Correa, la viuda mahonesa, y -así lo denotaban sus facciones, radiantes de benevolencia y buen -natural, aunque algo nubladas por la melancolía. - -Díjome que había estado casada con un genovés, patrón de un falucho -que recorría la ruta entre Gibraltar y Tánger, quien, al morir, -hacía unos cuatro años, la dejó con cuatro de familia, el mayor de -los cuales era un mozo de trece; que había tropezado con graves -dificultades para proveer a su sustento y al de los suyos desde la -muerte de su marido; pero que la Providencia le había suscitado unos -pocos amigos excelentes, sobre todo el cónsul británico; que, además -de alquilar habitaciones a viajeros tales como yo, amasaba pan, muy -estimado por los moros, y tenía sociedad con un genovés viejo para -la venta de licores. Añadió que este último vivía en una de las -habitaciones bajas; que era hombre muy dispuesto y de gran saber, -pero que a veces le parecía algo tocado de aquí, dijo llevándose un -dedo a la frente, y esperaba que yo sabría disimular las rarezas -de su lenguaje o de su conducta. Entonces me dejó, para disponer, -según dijo, mi desayuno; y con esto, el criado judío que me había -acompañado desde casa del cónsul, viéndome ya instalado, fuése. - -Pronto me senté a desayunar en una habitación a la izquierda del -minúsculo _wustuddur_; el trato era excelente: te, pescado frito, -huevos y uvas, sin olvidar el famoso pan de Juana Correa. Me servía -un mozo judío, alto, de unos veinte años; díjome que se llamaba -Hayim Ben Attar, y que era natural de Fez, de donde sus padres le -habían llevado siendo muy niño a Tánger, y aquí había pasado la -mayor parte de su vida principalmente al servicio de Juana Correa, -asistiendo a los que, como yo, se alojaban en la casa. Terminada la -comida, hallábame sentado en el patinillo, cuando oí en la habitación -opuesta a la en que me había desayunado varios suspiros, seguidos de -muchos lamentos; luego vino un _Ave María, gratiâ plena, ora pro me_, -y finalmente una voz como un graznido cantó: - - Gentem auferte perfidam - Credentium de finibus, - Ut Christo laudes debitas - Persolvamus alacriter. - -—Ese es el genovés viejo—susurró Hayim Ben Attar—que está rezando a -su Dios; lo hace con mucha devoción siempre que la noche antes se -ha ido a la cama un poco bebido. Tiene en el cuarto una imagen de -_María Buckra_[34], delante de la que suele poner un cirio encendido, -y por ella no me permite nunca entrar en la habitación. Una vez me -sorprendió contemplándola, y creí que me mataba; desde entonces, -cierra siempre el cuarto con llave, que se guarda en el bolsillo al -marcharse. Odia a los judíos y a los moros, y dice que sus pecados le -han traído a vivir entre nosotros. - - [34] La Virgen María. - -—No ponen cirios delante de las imágenes—dije yo, y salí a visitar -las curiosidades del país. - - - - -CAPÍTULO LVI - - El Mahasni. — Sin Samani. — El Bazar. — Santos moros. — ¡Mira la - ayana! — La higuera chumba. — Sepulturas judías. — La mansión - de los esqueletos. — El mozo de cuadra. — Los caballos de los - musulmanes. — Dar-dwag. - - -Hallábame en la plaza del mercado, contemplando una escena muy -parecida a la que ya he descrito, cuando se me acercó un moro y trató -de proferir unas pocas palabras en español. Era un viejo alto, de -facciones enjutas, pero un poco extrañas, y habría podido llamársele -bien parecido a no faltarle un ojo, deformidad muy común en el país. -Llevaba envuelto el cuerpo en un inmenso _haik_. Al ver que yo -entendía el marroquí, rompió a hablar con inmensa volubilidad, y no -tardé en saber que era _mahasni_. Ponderó largamente las bellezas -de Tánger, de donde era natural, según dijo, y al cabo exclamó: -«Ven conmigo, sultán mío, y te enseñaré muchas cosas que alegren -tus ojos y llenen tu corazón de claridad; fuera una vergüenza para -mí, que tengo la ventaja de ser hijo de Tánger, permitir que un -extranjero, llegado de una isla del gran mar, como dices tú que -vienes, con propósito de ver esta bendita tierra, se estuviese aquí -en el _soc_ sin nadie que le guíe. ¡Por Alá, no será así! Hagan sitio -a mi sultán, hagan sitio a mi señor», prosiguió, abriéndose camino a -empellones a través de una turba de hombres y chicos reunida en torno -nuestro; «a su alteza le place venir conmigo; por aquí, mi señor, -por aquí»; y emprendió el camino colina arriba, andando con tremendo -compás, y hablando aún más de prisa. - -—Esta calle—dijo—es el Siarrin, y no hay en Tánger otra que se le -parezca; observa qué ancha es, casi como la mitad del mismo _soc_; -aquí están las tiendas de los mercaderes más importantes, donde se -vende toda clase de artículos preciosos. Observa a esos dos hombres: -son argelinos, y buenos musulmanes; huyeron de Zair[35] cuando lo -conquistaron los nazarenos, no por fuerza de armas, no por su valor, -como ya puedes suponer, sino con oro; los nazarenos sólo conquistan -con oro. El moro es bueno, el moro es fuerte, ¿quién tan bueno ni -tan fuerte como él?; pero no pelea con oro, y por eso perdió a -Zair. Repara en esos dos hombres sentados en los bancos junto a -esos porches: son _makhasniah_, cofrades míos. Mira la blancura de -sus _haiks_, la blancura de sus turbantes. ¡Oh, si pudieras ver sus -espadas en día de guerra, qué brillo, qué brillo el suyo! Ahora no -llevan espadas. ¿Para qué llevarlas? ¿No está la tierra en paz? ¿Ves -a ese de la tienda de enfrente? Es el Pachá de Tánger, el Hamed Sin -Samani, sotapachá de Tánger; el primer pachá, mi señor, está de -viaje; que Alá le otorgue un feliz regreso. Sí; ese es Hamed; ahí -está en su _hanutz_[36] como si no fuera nada más que un comerciante; -sin embargo, la vida y la muerte están en su mano. Ahí distribuye -justicia, al mismo tiempo que vende esencia de rosa y cochinilla, -pólvora de cañón y azufre; pero estos últimos los vende por cuenta -de Abderrahmán, el sultán, mi señor, pues nadie puede vender en esta -tierra pólvora y azufre en polvo más que el sultán. Si deseas comprar -_attar del mar_, si deseas comprar esencia de rosas, debes ir al -_hanutz_ de Sin Samani, pues sólo allí la encontrarás pura; no te la -venderá cualquier moro, sino sólo Hamed. ¡Que Alá le bendiga! Mis -hermanos los _makhasniah_ esperan sus órdenes, porque dondequiera -que el Pachá se instala, hay sala de justicia. Mira, ahora estamos -enfrente del bazar; más abajo de esa puerta que ves, está el patio -del bazar; ¿qué no encontrarás en el bazar? Sedas de Fez, ahí las -tienes; y si deseas _sibat_, si deseas babuchas para los pies, -búscalas ahí, donde también se venden cosas muy curiosas que vienen -de las ciudades de los nazarenos. En esas casas grandes a nuestra -izquierda, viven los cónsules nazarenos; ya has visto muchas así en -tu tierra; por tanto, ¿para qué pararse a mirarlas? ¿No te admira -esta calle del Siarrin? Cuanto entra o sale de Tánger por el lado de -tierra, pasa por esta calle. ¡Oh, las riquezas que por ella pasan! -Mira qué larga hilera de camellos: veinte, treinta, una _cáfila_ -completa que baja la calle. _Wullah!_[37] Conozco estos camellos, -conozco al conductor. Buenos días, ¡oh Sidi Hassim! ¿Cuántos días -habéis tardado desde Fez? Ahora hemos llegado a la muralla, vamos -a pasarla por esta puerta. Esta puerta se llama Bab del Faz; ahora -estamos en el Soc de Barra. - - [35] Argel. - - [36] Tienda. - - [37] ¡Por Dios! - -El Soc de Barra es un espacio abierto, fuera de la muralla de Tánger, -en su parte más elevada, sobre la falda de la colina. El terreno -es irregular y escarpado; pero hay algunos sitios regularmente -nivelados. En aquel sitio se celebra todos los jueves y lunes por -la mañana una especie de feria, en razón de lo cual es llamado Soc -de Barra o mercado de afuera. Aquí y allá, cerca del foso de la -ciudad, hay unas cavidades subterráneas, con pequeños orificios, -aproximadamente como el del cañón de una chimenea, cubiertos de -ordinario con una losa, o rellenos con paja. Son los graneros, donde -se guarda el trigo, la cebada y otros granos destinados a la venta. A -una mano hay dos o tres toscas chozas, o más bien cobertizos, debajo -de los cuales vigilan los guardianes del trigo. Es muy peligroso -pasar por aquella colina de noche, una vez cerradas las puertas de -la ciudad, pues a esa hora se da suelta a muchos perros, fieros y -grandes, que con toda seguridad derribarían y quizá destrozarían a -cualquier desconocido que se acercase por allí. A la mitad de la -subida de la colina, se ven cuatro muros blancos, que cierran un -espacio como de diez pies cuadrados, donde descansan los huesos de -Sidi Mokhfidh, famoso santo que murió hará unos quince años. Allí -termina el _soc_; lo restante del monte se llama El Kawar, o lugar -de las tumbas, porque es el sitio donde comúnmente se entierra; los -sitios donde reposan los muertos están cuidadosamente señalados por -unas pocas piedras que forman un circuito oblongo. Cerca de Mokhfidh -duerme Sidi Gali; pero el santo principal de Tánger yace enterrado -en lo alto del monte, en el centro de una breve explanada. Una -linda capilla o mezquita, con su cúpula, se alza allí en su honor, -adornada generalmente con banderas de varios colores. El nombre de -este santo es Mohammed _el Haji_, y en Tánger y sus cercanías se -tiene su memoria en la mayor veneración. Su muerte acaeció en los -comienzos de este siglo. - -Estos detalles los recogí en aquel momento o en subsiguientes -ocasiones. En el lado norte del _soc_, cerrado por la ciudad, hay un -muro con una puerta. - -—Ven—dijo el viejo _mahasni_ haciendo una indicación con la mano—, -ven y te enseñaré el jardín de un cónsul nazareno. - -Crucé la puerta en su seguimiento, y me hallé en un espacioso -jardín, dispuesto al modo europeo, y plantado de limoneros, perales -y diversos géneros de arbustos olorosos. Era visible, no obstante, -que el principal orgullo del propietario eran las flores, de que -había muchos macizos. La casa de verano era muy buena; el arte había -agotado sus recursos para que allí no faltara nada. - -Una cosa, empero, se echaba de menos, y su ausencia era singularmente -notable en un jardín en tal época del año: apenas se veía una hoja. -La plaga más espantosa de las que devastaron a Egipto, se cebaba -entonces en estas partes de Africa: la langosta hacía su obra, y en -ningún lugar con tanta furia como en el sitio donde yo me hallaba. -Todo estaba arrasado en torno. Los árboles, pelados y negruzcos -como en invierno. No había nada verde, salvo las frutas, sobre todo -las uvas, que en bravos racimos colgaban de las _parras_; porque la -langosta no toca los frutos mientras queda una hoja por devorar. -Conforme recorríamos los paseos, los horribles insectos, volando en -todas direcciones, tropezaban con nosotros, y perecían a centenares -bajo nuestros pies. - -—Mira las _ayanas_—dijo el viejo _mahasni_—y óyelas comer. Poderosa -es la _ayana_, más poderosa que el sultán y que el cónsul. Todos -sus _makhasniah_ que el sultán enviase contra la _ayana_, y a mí -con ellos, la _ayana_ diría ¡ja, ja! Poderosa es la _ayana_. No se -asusta del cónsul. Hace pocas semanas el cónsul dijo: «Yo puedo más -que la _ayana_, y voy a extirparla del país.» Así, fué proclamando -por la ciudad: «Tangerinos, apresuraos a luchar contra la _ayana_, -destruidla en el huevo; sabed que a todo el que me traiga una libra -de huevos de _ayana_ le daré hasta cinco _reales_ de España; este año -no habrá _ayanas_.» Así, todo Tánger se precipitó a luchar contra la -_ayana_, y a recoger los huevos que la _ayana_ había dejado a incubar -debajo de la arena en las vertientes de los montes, y en los caminos, -y en el llano. Mi propio hijo, que tiene siete años, fué a combatir -la _ayana_, y él solo recogió cinco libras de huevos, huevos que la -_ayana_ había dejado bajo la arena, y se los llevó al cónsul, y el -cónsul pagó el precio. Centenares de personas llevaban huevos al -cónsul, quién más, quién menos, y el cónsul pagaba el precio, y en -menos de tres días la caja de caudales del cónsul se quedó exhausta. -Entonces exclamó: «Cesad, tangerinos; quizás hemos destruído la -_ayana_, quizás hemos acabado con ellas.» ¡Ja, ja! Mira alrededor, y -encima de ti, y debajo, y dime si el cónsul ha destruído la _ayana_. -¡Oh! ¡Es muy fuerte la _ayana_! Más que el cónsul, más fuerte que el -sultán y todos sus ejércitos. - -No estará de más hacer notar que de allí a una semana todas las -langostas desaparecieron, nadie sabía cómo, y sólo quedaron unas -pocas rezagadas. A no ser por esa liberación providencial, los -campos y huertos de los alrededores de Tánger habrían quedado por -completo devastados. Los insectos eran de inmenso tamaño y de aspecto -repulsivo. - -Pasamos después al otro lado del _soc_, donde están las chozas de -los guardianes. Allí se abre una especie de calleja que desciende -hasta la orilla del mar; es muy pendiente y escarpada, y parece una -rambla o barranco. Sus dos márgenes están cubiertas por el árbol que -produce el higo espinoso, llamado en marroquí _kermous del Ynde_. -En el aspecto de ese árbol o planta, pues no sé cómo llamarlo, hay -algo de grotesco y agreste. Su tronco, aunque a menudo alcanza el -grosor del cuerpo humano, no tiene copa, pues a muy corta distancia -del suelo se divide en muchas ramas retorcidas que se esparcen en -todas direcciones, y echan hojas verdes muy extrañas, con pulgada y -media de espesor, que si se parecen a algo es a las aletas anteriores -de una foca, y se componen de muchas fibras. El fruto, que se parece -un poco a la pera, tiene un áspero tegumento cubierto de menudas -espinas, que penetran instantáneamente en la mano que las toca y con -dificultad se extraen. No recuerdo haber visto nunca vegetación de -más vigorosa lozanía que la de aquellas higueras, ni, en conjunto, un -lugar más extraño. - -—Sígueme—dijo el _mahasni_—y te enseñaré una cosa que te va a gustar. - -Volvimos hacia la izquierda caminando por un angosto sendero, cuesta -arriba, hasta llegar a la cúspide de un cerrillo, separado por un -profundo foso de la muralla de Tánger. El terreno estaba densamente -cubierto por los arboles ya descritos, que esparcían sus singulares -ramas por la superficie, y cuyas gruesas hojas aplastábamos con los -pies al andar. Entre ellas descubrí gran número de piedras mohosas -tendidas horizontalmente, y con tosquedad grabados en ellas unos -caracteres extraños que me bajé a contemplar. - -—¿Eres bastante _talib_ para leer esos signos?—exclamó el viejo -moro—. Son letras de los malditos judíos; este es su _mearrah_, -como ellos lo llaman, y aquí entierran a sus muertos. Los insensatos -confían en Muza en lugar de creer en Mohammed; sus muertos arderán -perdurablemente en _jehinnim_. Mira, sultán mío, qué fértil es el -suelo del _mearrah_ de los judíos; mira qué _kermous_ se crían aquí. -Siendo yo chico venía muchas veces al _mearrah_ de los judíos a comer -_kermous_ cuando estaban maduros. A los chicos musulmanes de Tánger -les gustan los _kermous_ del _mearrah_ de los judíos; pero los judíos -no los cogen. Dicen que el agua de los manantiales que alimentan las -raíces de estos árboles pasa entre los cuerpos de sus muertos, y que -por ese motivo es una abominación comer esa fruta. Sea verdad o no, -lo cierto es que, aliméntense de lo que se quiera, buenos son los -_kermous_ que se crían en el _mearrah_ de los judíos. - -Volvimos a la calleja por el mismo sendero que habíamos traído; según -bajábamos dijo el moro: - -—Has de saber, sultán mío, que este sitio donde estamos, y que tanto -te gusta, se llama _Dar-sinah_[38]. Me preguntarás por qué lleva tal -nombre, pues no ves aquí ni casa ni ser humano, musulmán, nazareno -o judío, fuera de nosotros dos; yo te lo diré, sultán mío; ¿quién -mejor? Sabe, si no lo llevas a mal, que no siempre ha sido Tánger -lo que es ahora, ni ha ocupado el lugar que ahora ocupa. Estuvo allá -lejos (señalando hacia el Este), en aquellos cerros sobre la costa, y -aún se ve allí ruinas de casas, y el sitio se llama Tánger la Vieja. -De suerte que en tiempos antiguos, según tengo oído contar, este -_Dar-sinah_ era una calle, no hace al caso si dentro o fuera de los -muros, donde residía gente de todos los oficios: orífices, plateros, -herreros, hojalateros y artesanos de todas clases. Si deseabas -encargar una obra, no tenías más que ir al _Dar-sinah_ y al instante -encontrabas un maestro del oficio que buscabas. Dice mi sultán que -le gusta la vista de _Dar-sinah_ tal como hoy está; no sé por qué, -la verdad, sobre todo no estando maduros todavía los _kermous_, que -no se pueden comer. Si ahora le gusta _Dar-sinah_, ¿cómo le hubiera -gustado a mi sultán en otros tiempos, cuando esto estaba lleno de -oro y plata, de hierro y estaño, del estruendo de los martillos y de -maestros y gentes entendidas en sus oficios? Ahora llegamos al _Chali -del Bahar_[39]. Ten cuidado, mi sultán; andamos sobre huesos. - - [38] Casas de oficios. - - [39] La orilla del mar. - -Habíamos salido del _Dar-sinah_ y teníamos delante la costa; en -un instante nos hallamos en medio de una multitud de huesos de -toda clase de animales, y aparentemente de todas fechas; algunos -blanqueados por el tiempo y la exposición al sol y al aire, mientras -otros conservaban aún carne fresca adherida; había allí esqueletos -enteros, caballos, asnos, y hasta los restos, menos conocidos, de -un camello. Perros flacos andaban allí atareados gruñendo, royendo, -desgarrando; en medio de ellos, sin intimidarse, avanzaba con -majestad el buitre, cebándose, ansioso, en los despojos, y hasta -disputándoselos a las bestias; mientras los cuervos revoloteaban -sobre ellos y graznaban ávidamente, o se posaban a veces sobre alguna -costilla enhiesta. - -—Mira—dijo el _mahasni_—el _kawar_ de los animales. Mi sultán ha -visto el _kawar_ de los musulmanes y el _mearrah_ de los judíos, y -aquí ve el _kawar_ de los animales. Todos los animales que mueren -en Tánger por mano de Dios—caballo, perro o camello—se traen a este -sitio, y aquí se pudren o los devoran las aves del cielo y los -animales fieros que merodean en el _chali_. Ven, sultán mío; no es -bueno detenerse en este lugar. - -Nos disponíamos a marcharnos cuando oímos un galope por el -_Dar-sinah_, y al momento un caballo y un jinete se precipitaron a -toda velocidad de la boca de la calleja y aparecieron en la playa; -el caballero, cuando nos vió, refrenó con trabajo el corcel y -vino a nosotros. El caballo era pequeño, pero bonito: alazán, con -crines y cola largas; si le hubiesen tenido con los ojos vendados, -quizás se le hubiera confundido con una _jaca_ cordobesa; era ancho -de pechos, redondo de grupa, tan corpulento y lustroso como los -caballos de esa raza; pero bastaba mirarle a los ojos para salir -al instante del error; sus inquietas pupilas despedían impetuoso e -indómito fuego, y lejos de mostrar la docilidad de aquel noble y leal -animal, manoteaba a veces furiosamente, y apenas si el duro freno -y un brazo recio bastaban para impedir que emprendiese de nuevo su -precipitada carrera. El jinete era un joven de unos diez y ocho años, -vestido a la europea, con una gorra de _montero_ en la cabeza; era -de constitución atlética, pero con extremidades en exceso largas, -pues tal como iba a caballo, sin estribos ni silla, los pies casi le -llegaban al suelo; su tez era casi tan morena como la de un mulato, -y hermosas sus facciones, sobre todo los ojos, pero llenos de una -expresión audaz y perversa, y había en su boca una desagradable mueca -sensual. Dirigió algunas palabras al _mahasni_, a quien parecía -conocer mucho, preguntándole quién era yo. El viejo respondió: - -—Oh, judío: mi sultán entiende nuestra lengua; lo mejor será que te -dirijas a él. - -Entonces el joven me habló en árabe; pero casi al momento abandonó -esa lengua y pasó a hablar en regular francés. - -—Supongo que será usted francés—dijo con mucha familiaridad—. ¿Estará -usted mucho tiempo en Tánger? - -Oída mi respuesta, continuó: - -—Siendo usted inglés, tendrá, sin duda, afición a los caballos; -por tanto, cuando desee dar un paseo yo le acompañaré a usted y le -procuraré caballos. Me llamo Ephraim Fragey; soy mozo de cuadra -del cónsul napolitano, que se jacta de poseer los mejores caballos -de Tánger; montará usted el que más le guste. ¿Le gustaría a usted -probar este pequeño _aoud_?[40] - - [40] Según Borrow, un caballo padre. - -Le di las gracias; pero rehusé su oferta por el momento, y le -pregunté cómo había adquirido el idioma francés, y por qué, siendo -judío, no vestía como sus hermanos. - -—Estoy al servicio de un cónsul—dijo—, y mi amo obtuvo permiso para -que pudiera vestirme de este modo; y en cuanto a hablar el francés, -he estado en Marsella y en Nápoles en un viaje que hice a esta última -ciudad para llevar unos caballos regalo del sultán. Además del -francés hablo el italiano. - -Entonces se apeó, y teniendo el caballo firmemente por la brida con -una mano, empezó a desnudarse, y, habiéndolo hecho, montó de nuevo y -se metió a caballo en el agua. La piel de su cuerpo era de color muy -semejante a la de una rana o de un sapo; pero su forma era la de un -joven titán. El caballo entró en el agua de muy mala gana, y a corta -distancia de la orilla empezó a luchar con el jinete, a quien tiró -dos veces; pero el mozo, agarrado a la brida, retuvo al animal. Como -todos sus esfuerzos resultaban inútiles para llevarlo más adentro, -se puso a lavarlo vigorosamente con sus propias manos, y después, -guiándolo a tierra, se vistió y fuése por el camino que había traído. - -—Los caballos de los musulmanes son buenos—dijo mi amigo el viejo—. -¿Dónde los encontrarás iguales? Son capaces de bajar al galope por -una montaña pedregosa sin caer ni tropezar; pero has de ser precavido -con los caballos de los musulmanes y tratarlos con bondad, porque -los caballos de los musulmanes son orgullosos, y no les gusta ser -esclavos. De potros, al montarlos por primera vez, no los maltrates -la boca con el freno, pues si tal haces, de seguro te matarán; tarde -o temprano perecerás bajo sus cascos. Buenos son nuestros caballos y -buenos nuestros jinetes; sí por cierto; excelentes son los musulmanes -montando a caballo. ¿Quién hay que se les parezca? Una vez vi yo -a un jinete franco competir con un musulmán en esta playa, y a lo -primero el franco sacó mucha ventaja y pasó al musulmán; pero la -carrera era larga, muy larga, y el caballo del franco, que era franco -también, jadeaba; pero el caballo del musulmán no jadeaba, porque -era también musulmán, y al cabo el jinete musulmán lanzó un grito y -el caballo se lanzó adelante y alcanzó al caballo franco, y entonces -el jinete musulmán se puso cabeza abajo sobre la silla, que en verdad -estos ojos lo vieron, y cabeza abajo sobre la silla iba al pasar al -jinete franco, y gritaba ¡ja, ja! cuando pasaba al jinete franco, y -el caballo musulmán gritaba ¡ja, ja! al pasar al corcel franco, y el -franco perdió por mucha distancia. Buenos son los francos, buenos sus -caballos; pero mejores son los musulmanes y mejores los caballos de -los musulmanes. - -Dirigimos después nuestros pasos hacia la ciudad; pero no por el -sendero que habíamos traído; volviendo hacia la izquierda, por bajo -de la colina del _mearrah_, y a lo largo de la playa, no tardamos -en llegar a un camino toscamente empedrado, de áspera subida, que -costeaba los muros de la ciudad hasta llegar a una puerta, delante de -la cual, a un lado, había algunos hoyos pequeños, como tumbas, llenos -de agua o cal. - -—Este es el Dar-dwag[41]—dijo el _mohasni_—; esta es la casa de la -corteza, y a esta casa se traen las pieles; todas las que se preparan -para usarlas en Tánger se traen a esta casa, y aquí las curten con -cal, corteza y hierbas. En este Dar-dwag hay ciento cuarenta fosas; -yo mismo las he contado; y había más, que ya no existen, porque esto -es muy antiguo. Estas fosas las alquila, no una ni dos personas, sino -mucha gente, y todo el que se pone en lista puede arrendar una de las -fosas y curtir las pieles que necesite; pero el propietario de todo -es un hombre solo, llamado Cado Ableque. Y ahora, sultán mío, que has -visto la casa de la corteza, no te enseñaré nada más por hoy, porque -hoy es _Youm al jumal_,[42] y las puertas van a cerrarse dentro de -un momento, mientras los musulmanes cumplen sus devociones. De modo -que acompañaré a mi sultán a su alojamiento, y allí le dejaré por el -momento. - - [41] La tenería. - - [42] Viernes. - -Traspusimos, por consiguiente, una puerta, y, remontando una calle, -nos encontramos ante la mezquita junto a la que yo había estado por -la mañana; y uno o dos minutos más tarde estábamos a la puerta de -Juana Correa. Entonces le ofrecí a mi guía una moneda de plata en -pago de sus servicios; pero, irguiéndose, exclamó: - -—No tomaré la plata de mi sultán, porque considero que no he hecho -nada que lo merezca. Aún no hemos visitado todas las maravillas de -esta bendita ciudad. En un día futuro llevaré a mi sultán al palacio -del gobernador, y a otros sitios que mi sultán se alegrará de ver; -y cuando hayamos visto todo lo que se puede ver, y mi sultán esté -contento de mí, si alguna vez me ve en el _soc_ una mañana con la -canasta en la mano, y no ve nada en la canasta, entonces mi sultán -estará en libertad, como amigo, para poner en mi canasta unas uvas, -o pan, o pescado, o carne en mi canasta. Eso no lo rehusaré de mi -sultán cuando haya hecho por él más de lo que hasta ahora he hecho. -Pero la plata de mi sultán no la tomaré ahora ni nunca. - -Luego me hizo un gracioso saludo con la mano, y fuése. - - - - -CAPÍTULO LVII - - Un trío singular. — El mulato. — La oferta de paz. — Moros de - Granada. — _Vive la Guadeloupe!_ — Los moros. — Pascual Fava. — - La argelina ciega. — La retreta. - - -Cuando entré había tres hombres sentados en el _wustuddur_ de Juana -Correa, todos de insólita catadura, aunque quizás nunca se habían -juntado otros tres más diferentes entre sí en todos sentidos. El -primero a quien le eché la vista era un hombre de unos sesenta -años, vestido con una casaca de cachemira gris, de faldones cortos; -chaleco amarillo, y calzones anchos de tela basta; se tocaba con -un sombrero de paja ancho y muy sucio, y en la mano tenía un recio -bastón con puño de marfil; eran sus ojos legañosos, bizcos; la faz -rubicunda, y la nariz carbuncosa. Junto a él estaba un negro de buen -parecer, que acaso resultaba más negro de lo que realmente era por -la circunstancia de ir vestido con chaqueta, chaleco y pantalón de -lienzo de inmaculada blancura. Tocábase con una gorra de _montero_, -azul. Sus ojos chispeaban como brillantes, y en su rostro había una -indescriptible expresión de buen humor y burla. El otro individuo -era mulato, y, con mucho, el tipo más notable del grupo; podía estar -entre los treinta y los cuarenta; largo de cuerpo, y aunque mal -proporcionado, con todas las apariencias de ser fuerte y vigoroso. -Envolvíase en un _ferioul_ de lana roja, especie de vestidura que -llega hasta más abajo de las caderas. Sus brazos, largos, velludos, -musculosos, mostrábanse desnudos desde el codo, donde las mangas -del _ferioul_ terminan; sus extremidades inferiores eran cortas, -en comparación con el cuerpo y los brazos; cubríase en parte las -piernas con una _kandrisa_ azul que le llegaba a las rodillas; sus -facciones eran muy feas, de extremada y repulsiva fealdad, y tuerto -de un ojo, velado por una telilla blanca. A su lado yacía en el suelo -una cuba grande, de las de llevar agua; y a veces, sosteniéndola con -el índice y el pulgar, la hacía dar vueltas sobre su cabeza como si -fuera un cuartillo. Tal era el trío que ocupaba el _wustuddur_ de -Juana Correa; y apenas había tenido tiempo de observar lo que dejo -recordado, cuando la buena mujer entró, de vuelta del corral de la -casa, con su doncella Johar, o la perla, muchacha judía, gorda y fea, -con un inmenso lunar en la mejilla. - -—_Que Dios remate tu nombre_—exclamó el mulato—, Juana, y también el -de tu sirvienta Johar. Hace más de quince minutos que estoy sentado -aquí, después de verter en la _tinaja_ el agua que he traído de la -fuente, y en vano he esperado una palabra amable de parte de usted o -de Johar. _Usted no tiene modo_, ni Johar tampoco. Esta es la única -casa de Tánger donde no se me recibe con el cariño y respeto debidos, -a pesar de que he hecho por ustedes lo que por ninguna otra persona. -¿No os he llenado de agua la _tinaja_, cuando otros se han quedado -sin una gota? ¿No tenéis agua bastante para fregar el _wustuddur_, -mientras el cónsul y su intérprete no la tienen para apagar la sed? -Y ¿qué pago se me da? Cuando llego aquí, a la hora de más calor, no -tienen para mí una palabra amistosa, ni siquiera me ofrecen una copa -de _makhiah_. ¿Necesito recordar todo lo que hago por usted? Sí, por -cierto; ya que usted no tiene modo. ¿No vengo todas las mañanas, a -las tres en punto, y llamo a la puerta, y usted se levanta y me abre, -y amaso luego el pan a su presencia, mientras usted sigue acostada, -y no tiene fama el pan de usted de ser el mejor de Tánger porque lo -amaso yo? ¿No soy el hombre más forzudo de Tánger y también el más -noble? - -Al decir esto, blandió la cuba sobre su cabeza y su rostro tomó una -expresión casi demoníaca. - -—Óyeme, Juana—continuó—; ya sabes que soy el hombre más forzudo de -Tánger, y por milésima vez te repito que soy el más noble. ¿Quiénes -son los cónsules? ¿Quién es el pachá? Ahora son cónsules y pachá; -pero ¿quiénes fueron sus padres? Yo no lo sé, ni ellos tampoco. -¡Pero no ignoro quiénes fueron los míos! ¿No eran moros de Garnata, -y no soy, merced a eso, el hombre más considerable de Tánger? Sí; -desciendo de los antiguos moros de Granada; mi familia vivió allí -hasta que los nazarenos ganaron la ciudad, y ahora soy el único de -esa casta que queda en esta tierra, y más noble que el sultán, porque -el sultán no tiene sangre de los moros de Garnata. ¿Se ríe usted, -Juana? ¿También se ríe Johar? ¿No soy yo Hammin Widdir, _el hombre -más valido de Tánger_? ¿No es verdad que llevo sangre de los moros de -Garnata? ¡Niégalo, y os mato a las dos! - -—Has comido _hsheesh_[43] y _majoon_,[44] Hammin—dijo Juana Correa—y -tienes el _Shaitan_[45] en el cuerpo, como te ocurre demasiadas -veces. He tenido mucho que hacer, y Johar también; por eso no -hemos venido a hablarte antes; pero _ma ydoorshee_,[46] ya sé cómo -tranquilizarte; ¿quieres un poco de ginebra compuesta o un vaso de -_makhiah_[47] corriente? - - [43] O _hashish_, preparación de cáñamo. - - [44] Al parecer, otra droga. - - [45] Satán. - - [46] Eso no importa. - - [47] O _ma’iyya_: aguardiente de higos. - -—¡Así rebose tu vida, oh Juana—dijo el mulato—, y también la de -Johar! Digo que ojalá vivas muchos años, sin trabajos ni amarguras. -Tomaré la ginebra, Juana, que es más fuerte que el _makhiah_, que -siempre me parece agua; no me gusta el agua, aunque la porteo. Muchas -gracias, Juana. A tu salud y a la de esta buena compañía. - -Tomó un gran vaso, lleno hasta los bordes, que le alargó Juana; se lo -acercó a las narices, aspiró el aroma, y aplicándoselo a la boca, no -lo despegó de ella hasta apurar la última gota. Sus facciones poco -a poco se dilataron, perdiendo la expresión colérica, y miró con -especial ternura a Juana. Al cabo, dijo: - -—Espero que dentro de poco tiempo, oh Juana, te convencerás de que -soy el hombre de más fuerza de todo Tánger, y vástago de los moros de -Garnata, y que ya ni tú ni Johar os negaréis a tomarme por marido y -a haceros moras. ¡Qué gloria para ti, después de haber estado casada -con un _genoví_[48] y dado a luz unos cuantos _genovillos_, recibir -por marido a un moro como yo y darle hijos de la sangre de Garnata! -¡Y qué gloria, además, para Johar! ¡Cuánto mejor que casarse con un -vil judío, aun como Hayim Ben Attar, o como Sabio, vuestro cocinero, -a quienes puedo estrangular con dos dedos: para algo soy Hammin -Widdir, _moro de Garnata, el hombre más valido de Tánger_! - - [48] Genovés. - -Dicho esto, se echó la cuba al hombro y fuése. - -—¿Es verdad lo que dice ese mulato?—pregunté a Juana—. ¿Desciende de -los moros de Granada? - -—Siempre que está tomado de _aguardiente_ o de _majoon_ habla de los -moros de Granada—interrumpió, en francés bastante malo, el viejo -antes descrito, y con la misma voz de rana que por la mañana oí -cantar—. Sin embargo, puede que sea verdad; si no hubiera oído decir -algo de eso a sus padres, a él no se le hubiera ocurrido tal cosa, -porque es muy bestia. Como digo, no es imposible: muchas familias -granadinas se establecieron aquí cuando los cristianos se apoderaron -de la ciudad, pero la mayoría se fué a Túnez. Cuando estuve allí, -me alojé en casa de un moro que se llamaba Zegrí, y no hacía más -que hablar de Granada y de las cosas que sus antepasados habían -hecho allí. Además se pasaba horas enteras cantando romances, de los -que, alabada sea la Madre de Dios, yo no entendía palabra, pero, a -creerle, se referían todos a su familia; personas de ese nombre las -había en Túnez a centenares; ¿por qué, pues, ese Hammin, ese aguador -borracho, no podría ser un moro granadino? ¡Es lo bastante feo para -ser emperador de toda la morería! ¡Oh, _canaille_ maldita! Por -mal de mis pecados, he vivido con ellos ocho años, en Orán y aquí. -_Monsieur_, ¿no le parece a usted muy dura suerte para un viejo como -yo, que soy cristiano, tener que vivir con una raza que no conoce a -Dios, ni a Cristo, ni ninguna cosa santa? - -—¿Qué significa eso de que los moros no conocen a Dios?—exclamé—. No -hay pueblo en el mundo que tenga nociones más sublimes acerca del -Dios eterno e increado que el pueblo moro; ni que haya mostrado mayor -celo por Su honor y gloria; su mismo celo por la gloria de Dios ha -sido y es el principal obstáculo para su conversión al cristianismo. -Temen comprometer Su dignidad admitiendo que Dios haya accedido nunca -a hacerse hombre. Y sus ideas con respecto al mismo Cristo son mucho -más justas que la de los papistas: dicen los moros que es un profeta -poderoso, mientras, según los papistas, o es un pedazo de pan o un -niño desvalido. En muchos puntos de religión, los moros yerran, -yerran pavorosamente; pero los papistas, ¿yerran menos? Una de sus -prácticas los coloca inmensurablemente por debajo de los moros, a -ojos de cualquier persona sin prejuicios: adoran los ídolos, ídolos -cristianos si usted quiere, pero ídolos al fin, objetos esculpidos en -madera, o piedra, o metal; y a esos objetos, que no pueden oír, ni -hablar, ni sentir, acuden esperanzados en demanda de favor. - -—_Vive la France, vive la Guadeloupe!_—dijo el negro, con buen acento -francés. En Francia y en Guadalupe no hay superstición, y se hace -tanto caso de la Biblia como del Korán; ahora estoy aprendiendo a -leer, para poder entender los escritos de Voltaire, quien, según -dicen, ha probado que ambos libros fueron escritos con la sola -intención de engañar a la humanidad. _O, vive la France!_ ¿Dónde va -usted a encontrar país más ilustrado que Francia? ¿Ni más abundante -en todo? No hay más que otro en el mundo: la Guadalupe. ¿No es así, -Monsieur Pascual? ¿Ha estado usted alguna vez en Marsella? _Oh, quel -bon pays est celui-là pour les vivres, pour les petits poulets, -pour les poulardes, pour les perdrix, pour les perdreaux, pour les -alouettes, pour les bécasses, pour les bécassines, enfin, pour tout._ - -—Dispense, señor, ¿es usted cocinero?—pregunté. - -—_Monsieur, je le suis pour vous rendre service, mon nom c’est -Gerard, et j’ai l’honneur d’être chef de cuisine chez monsieur le -consul Hollandais. A present je prie permission de vous saluer; il -faut que j’aille à la maison pour faire le dîner de mon maître._ - -A las cuatro fuí a comer con el cónsul británico. Otros dos -caballeros ingleses estaban presentes, llegados a Tánger desde -Gibraltar unos diez días antes para una excursión breve, y que se -veían detenidos más de lo que deseaban por el viento Levante. -Conocían ya las principales ciudades de España, y se proponían pasar -el invierno en Sevilla o Cádiz. Uno de ellos, Mr. ——, me produjo la -impresión de ser uno de los hombres más notables con quien había -hablado en mi vida; no viajaba por divertirse, ni movido por la -curiosidad, sino meramente con la esperanza de hacer el bien, sobre -todo mediante la conversación. El cónsul me preguntó en seguida mi -parecer sobre los moros y el país. Díjele que cuanto llevaba visto -de unos y otro me agradaba en extremo. Repuso que si viviera diez -años entre ellos, como él había vivido, ya cambiaría de opinión; -que no había en el mundo pueblo más falso ni cruel, ni Gobierno -más abyecto, con quien era casi imposible que ninguna Potencia -extranjera mantuviese relaciones amistosas, por la constante mala fe -de su proceder y su desprecio de los Tratados más solemnes; que las -propiedades e intereses británicos sufrían a diario expoliaciones -y destrozos, y los súbditos británicos vejaciones inauditas, sin -la más ligera esperanza de satisfacción como no se recurriese a la -guerra, único argumento asequible a los moros. Añadió que a fines -del año anterior se perpetró en Tánger un asesinato horrible: una -familia genovesa, compuesta de tres individuos, súbditos británicos, -y con derecho a la protección de la bandera inglesa, fué exterminada. -Fueron descubiertos los asesinos, y el principal de todos estaba -preso; pero todos los esfuerzos hechos para que se le impusiera el -castigo correspondiente habían sido hasta entonces inútiles, porque -era moro, y las víctimas, cristianos. Por último, me advirtió que -no saliera de la ciudad sin que me acompañase un soldado, y se -ofreció a proporcionarme uno cuando lo deseara, porque de otro modo -corría grave peligro de ser maltratado o asesinado por los moros del -interior; me citó el ejemplo de un oficial británico asesinado en -la playa, no mucho tiempo antes, por la sola razón de ser nazareno -y de ir vestido a la europea. Al cabo, llevó la conversación a la -propaganda del Evangelio, y oí con satisfacción que, durante su -permanencia en Tánger, había distribuido considerable cantidad de -Biblias entre los naturales que hablaban árabe, y que muchos hombres -doctos, o _talibs_, habían leído con gran interés el volumen sagrado, -y que esa propaganda, hecha, es cierto, con mucha precaución, no -había suscitado ningún sentimiento de disgusto ni enojo. Me preguntó, -finalmente, si me proponía difundir la Biblia entre los moros. - -Contesté que no tenía medio de hacerlo, porque no poseía ni un -solo ejemplar de la Biblia en lengua o en caracteres árabes, y que -los pocos Testamentos que llevaba conmigo estaban en español y los -destinaba a los cristianos de Tánger, a quienes podían ser útiles, -porque todos entendían ese idioma. - -Por la noche estuve sentado en el _wustuddur_ de Juana Correa -en compañía de Pascual Fava, el genovés. El tema favorito de la -conversación del viejo era la religión; profesaba amor sin límites -al Salvador, y profunda gratitud por su milagrosa expiación de las -culpas de la Humanidad. Le hubiera escuchado con gusto a no ser -porque olía mucho a alcohol, y porque ciertas incoherencias de -lenguaje y violencia en las maneras denotaban que era víctima de la -bebida. De pronto aparecieron en la puerta dos individuos: uno era -un muchacho moro, como de diez años de edad, desnudas las piernas y -la cabeza, vestido con una _gelaba_. Guiaba por la mano a un viejo, -en quien reconocí en el acto a uno de los argelinos, uno de los -musulmanes buenos que el _mahasni_[49] había elogiado tanto aquella -misma mañana mientras remontábamos la calle de Siarrin. Era muy -bajito, y sucio en el vestir; hirsuta barba blanca cubríale la parte -inferior del rostro; usaba gafas, muy anchas, que debían de serle -poco útiles, pues no podía dar un paso sin la ayuda del guía. Ambos -avanzaron un poco en el _wustuddur_, y se detuvieron. En cuanto los -vió Pascual Fava se levantó con presteza y aire jovial, y apoyándose -en el bastón, porque tenía una pierna impedida, se acercó cojeando -a un anaquel, tomó una botella y llenó un vaso de vino, mientras -cantaba en el español corrompido que usan los moros de la costa: - - Argelino, - moro fino. - No beber vino, - ni comer tocino. - - [49] Soldado. - -Alargó después el vaso al moro viejo, quien se lo bebió, y luego, -conducido por el muchacho, se fué hacia la puerta sin proferir -palabra. - -—_Hade mushe halal_[50]—dije con fuerte voz. - - [50] Eso no es lícito. - -—_Cul shee halal_[51]—dijo el moro viejo volviendo sus ojos ciegos y -con antiparras hacia donde había sonado la voz—. De todo lo que Dios -da pueden participar sus hijos legítimamente. - - [51] Todo es lícito. - -—¿Quién es ese viejo?—pregunté a Pascual Fava cuando el ciego y su -lazarillo se fueron. - -—¡Quién es!—dijo Pascual—. ¡Quién es! Ahora es comerciante y tiene -una tienda en el Siarrin, pero en otros tiempos fué el pirata más -sanguinario de Argel. Ese viejo, ciego y desvalido, ha cortado más -pescuezos que pelos tiene en la cabeza. Antes de que los franceses -se apoderasen de la ciudad, era _rais_ o capitán de una fragata, y -muchos pobres barcos de Cerdeña cayeron en sus manos. Tomada Argel, -huyó a Tánger, y se dice que trajo consigo una gran parte del botín -que había reunido en tiempos anteriores. Otros muchos moros argelinos -vinieron aquí también, o a Tetuán, pero éste es el más notable de -todos. Anda a veces en compañías verdaderamente extraordinarias -para un moro, y mantiene intimidad algo excesiva con los judíos. -Bueno, a mí eso no me importa; pero que se ande con tiento. Si se -hace sospechoso a los moros, ¡pobre de él! ¡Moros y judíos, judíos y -moros! ¡Oh! ¡Mal de mis pecados, que me trajeron a vivir entre ellos! - - Ave maris stella, - Dei mater alma, - Atque semper virgo, - Felix cœli porta! - -Proseguía en su charla, cuando el ruido de un disparo de fusil le -estremeció. - -—Es la retreta—dijo Pascual Fava—. Todas las noches, a las ocho -y media, hacen un disparo en el _soc_; es la señal de cesar los -trabajos y de recogerse. Voy a cerrar la puerta, y, si alguien llama, -no abriré si no le conozco por la voz. Desde la muerte del pobre -genovés el año pasado vivimos muy prevenidos. - -Así transcurrió el primer viernes, día sagrado de los musulmanes, que -pasé en Tánger. Observé que los moros proseguían sus ocupaciones como -si el día no tuviese nada de particular. Entre doce y una, hora de -rezo en la mezquita, se cerraban las puertas de la ciudad y a nadie -se le permitía entrar ni salir. Es tradición entre ellos corriente -que un viernes, a esa hora, sus eternos enemigos, los nazarenos, se -apoderarán del país; por lo cual se mantienen apercibidos contra una -sorpresa. - - -FIN DEL TOMO TERCERO Y ÚLTIMO - - - - - ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO - EN LA IMPRENTA CLÁSICA ESPAÑOLA, - DE MADRID, A DIEZ Y OCHO DÍAS - DEL MES DE ENERO - DE MIL NOVECIENTOS - VEINTIUNO - - - - - * * * * * * - - - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la - grafía de mayor frecuencia. - - * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar. - - * Se ha reparado el emparejamiento de los puntos de admiración e - interrogación, y de los paréntesis y comillas. - - - -***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO III (DE -3)*** - - -******* This file should be named 51689-0.txt or 51689-0.zip ******* - - -This and all associated files of various formats will be found in: -http://www.gutenberg.org/dirs/5/1/6/8/51689 - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the -trademark license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact - -For additional contact information: - - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. - -Most people start at our Web site which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - diff --git a/old/51689-0.zip b/old/51689-0.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 221d7b2..0000000 --- a/old/51689-0.zip +++ /dev/null diff --git a/old/51689-h.zip b/old/51689-h.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 0f4fb9d..0000000 --- a/old/51689-h.zip +++ /dev/null diff --git a/old/51689-h/51689-h.htm b/old/51689-h/51689-h.htm deleted file mode 100644 index 8613a65..0000000 --- a/old/51689-h/51689-h.htm +++ /dev/null @@ -1,9331 +0,0 @@ -<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" - "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> -<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml"> -<head> -<meta http-equiv="Content-Type" content="text/html; 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You may copy it, give it away or re-use it -under the terms of the Project Gutenberg License included with this -eBook or online at <a -href="http://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you are not -located in the United States, you'll have to check the laws of the -country where you are located before using this ebook.</p> -<p>Title: La Biblia en España, Tomo III (de 3)</p> -<p> O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península</p> -<p>Author: George Borrow</p> -<p>Release Date: April 8, 2016 [eBook #51689]</p> -<p>Language: Spanish</p> -<p>Character set encoding: UTF-8</p> -<p>***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO III (DE 3)***</p> -<p> </p> -<h4>E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box,<br /> - and the Online Distributed Proofreading Team<br /> - (<a href="http://www.pgdp.net">http://www.pgdp.net</a>)<br /> - from page images generously made available by<br /> - Internet Archive/Canadian Libraries<br /> - (<a href="https://archive.org/details/toronto">https://archive.org/details/toronto</a>)</h4> -<p> </p> -<table border="0" style="background-color: #ccccff;margin: 0 auto;" cellpadding="10"> - <tr> - <td valign="top"> - Note: - </td> - <td> - Images of the original pages are available through - Internet Archive/Canadian Libraries. See - <a href="https://archive.org/details/labibliaenespa03borr"> - https://archive.org/details/labibliaenespa03borr</a><br /> - <br /> - Project Gutenberg has the other two volumes of this work.<br /> - <a href="http://www.gutenberg.org/files/51019/51019-h/51019-h.htm">Tomo I</a>: see http://www.gutenberg.org/files/51019/51019-h/51019-h.htm<br /> - <a href="http://www.gutenberg.org/files/51020/51020-h/51020-h.htm">Tomo II</a>: see http://www.gutenberg.org/files/51020/51020-h/51020-h.htm - </td> - </tr> -</table> -<p> </p> -<div class="front"> - <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p> - <p><a href="#ToC">Índice</a></p> -</div> -<hr class="pg" /> -<p> </p> -<p> </p> -<p> </p> - -<div class="body"> -<div class="screenonly"> - <div class="figcenter"> - <img src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro" /> - </div> -</div> - - -<div class="aftit"> - <h1 class="faux">LA BIBLIA EN ESPAÑA</h1> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_1">[p. 1]</span></p> - <p><span class="g1">COLECCIÓN GRANADA</span></p> - <p class="large mt4"><span class="g2">VIAJES</span></p> - <p class="mt4">BORROW: LA BIBLIA EN ESPAÑA<br /> - TRAD. DEL INGLÉS POR M. AZAÑA</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="tit"> - <p><span class="pagenum" id="Page_3">[p. 3]</span></p> - <p class="xxl">LA BIBLIA EN ESPAÑA</p> - <p class="large mt1"> - <span class="smcap">o viajes, aventuras y prisiones de un</span><br /> - <span class="smcap">inglés en su intento de difundir las</span><br /> - <span class="smcap">Escrituras por la Península</span> - </p> - <p class="small mt2">POR</p> - <p class="xl g1 mt1"><span class="smcap">J. Borrow</span></p> - - <p class="g1 mt2"><span class="smcap">traducción directa del inglés<br /> - por Manuel Azaña</span></p> - - <p class="large g2 mt2">TOMO III</p> - - <div class="figcenter"> - <img src="images/logo.jpg" - alt="Logotipo del editor" /> - </div> - - <p class="small g3">COLECCIÓN GRANADA</p> - <hr class="imp" /> - <p class="small g3">JIMÉNEZ-FRAUD, Editor.—MADRID</p> -</div> - - -<div class="aftit"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_4">[p. 4]</span></p> - <p class="xs">ES PROPIEDAD</p> - <p class="xs mt1">QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA</p> - <p class="xs mt1 g3">LA LEY</p> - <p class="small mt4">Imprenta Clásica Española. Glorieta de Chamberí. Madrid.</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter" id="ToC"> - <p><span class="pagenum" id="Page_5">[p. 5]</span></p> - <h2 class="nobreak g2">ÍNDICE</h2> -</div> - -<table summary="índice de contenidos"> - <tr> - <td class="tdl"> </td> - <td class="tdr"><span class="subrayado">Páginas.</span></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Capítulo xxxvi.</span> — Estado de los asuntos - en Madrid. — Nuevo Ministerio. — El Obispo de Roma. — El librero de - Toledo. — Las espadas. — Las casas de Toledo. — La gitana abandonada. - — Diligencias mías en Madrid. — Otro criado. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_13">13</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xxxvii.</span> — Euscarra. — El vascuence no - es el irlandés. — Dialectos del sánscrito y del tártaro. — Una lengua - de vocales. — La poesía popular. — Los bascos. — Sus caracteres. — - Las mujeres bascas. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_26">26</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xxxviii.</span> — La prohibición. — El - Evangelio, perseguido. — Inculpación de brujería. — Ofalia. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_38">38</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xxxix.</span> — Los dos Evangelios. — El - alguacil. — La orden de prisión. — María la buena. — El arresto. — - Me envían a la cárcel. — Reflexiones. — El recibimiento. — La celda - en la cárcel. — Demanda de desagravios. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_45">45</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="pagenum" id="Page_6">[p. 6]</span><span - class="smcap">Cap. xl.</span> — Ofalia. — El juez. — Cárcel de la - Corte. — El domingo en la cárcel. — Vestimenta de los ladrones. — - Padre e hijo. — Un comportamiento característico. — El francés. — La - ración carcelaria. — El valle de las sombras. — Castellano puro. — - Balseiro. — La cueva. — La gloria del ladrón. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_63">63</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xli.</span> — María Díaz. — Reproches del - clero. — Visita de Antonio. — Antonio en funciones. — Una - escena. — Benedicto Mol. — Su peregrinación por España. — Los - cuatro Evangelios. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_85">85</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xlii.</span> — Salida de la cárcel. — Las - excusas. — El corazón humano. — La vuelta del griego. — La Iglesia - romana. — La luz de la Escritura. — El arzobispo de Toledo. — Una - entrevista. — Piedras preciosas. — Una resolución. — El lenguaje - extranjero. — Despedida de Benedicto. — La caza del tesoro en - Compostela. — Realidad y ficción. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_97">97</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xliii.</span> — Villaseca. — Una casa - morisca. — La puchera. — Un cónclave de rústicos. — Ceremoniosa - urbanidad. — La flor de España. — El puente de Azeca. — El - castillo en ruinas. — Nos echamos al campo. — Demanda de - Testamentos. — El labrador viejo. — El cura y el herrero. — La - baratura de los Testamentos. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_116">116</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xliv.</span> — Aranjuez. — Una advertencia. - — Aventura nocturna. — Nueva <span class="pagenum" id="Page_7">[p. - 7]</span>expedición. — Segovia. — Abades. — Curas facciosos. — López, - en la cárcel. — Liberación de López. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_136">136</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xlv.</span> — Regreso a España. — Sevilla. - — Un perseguidor encarnizado. — La profetisa manchega. — El sueño de - Antonio. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_150">150</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xlvi.</span> — Se reanuda la obra de - propaganda. — Aventura en Cobeña. — El poder del clero. — Autoridades - rurales. — Fuente la Higuera. — El contratiempo de Victoriano. — La - cárcel del pueblo. — La cuerda. — Un recado de Antonio. — Antonio, en - misa. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_157">157</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xlvii.</span> — Término de nuestros - trabajos rurales. — Alarma del clero. — Una nueva tentativa. — - Triunfo en Madrid. — Duende o alguacil. — El bastón de mando. — - El corregidor. — Una explicación. — El Papa en Inglaterra. — La - exposición del Evangelio. — Obras de Lutero. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_171">171</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xlviii.</span> — Proyecto de viaje. — Una - escena sangrienta. — El fraile. — Sevilla. — Bellezas de Sevilla. — - Naranjos y flores. — Murillo. — El Angel de la guarda. — Dionysius. — - Mis coadyuvantes. — Demanda de Biblias. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_186">186</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xlix.</span> — La casa solitaria. — La - Dehesa. — Juan Crisóstomo. — Manuel. — La librería en Sevilla. — - Dionisio y los curas. — Atenas y Roma. — Proselitismo. — Embargo de - Testamentos. — Salida de Sevilla. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_201">201</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="pagenum" id="Page_8">[p. 8]</span><span - class="smcap">Cap. l.</span> — Noche en el Guadalquivir. — La luz del - Evangelio. — Bonanza. — La playa de Sanlúcar. — Panorama andaluz. — - Historia de una caja. — <i>Cosas de los ingleses.</i> — Los dos gitanos. — - El cochero. — El gorro de dormir encarnado. — El vapor. — El idioma - cristiano. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_216">216</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. li.</span> — Cádiz. — Las fortificaciones. - — El cónsul general. — Anécdota característica. — Un vapor catalán. — - Trafalgar. — Alonso Guzmán. — Gebel Muza. — La fragata <i>Orestes</i>. — - El león hostil. — Las obras del Creador. — Un lagarto del Peñón. — El - gentío. — La reina de los mares. — Oración por mi país. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_234">234</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. lii.</span> — Un hostelero jovial. — - Los aspirantes a la gloria. — Un retrato. — Los <i>Hamales</i>. — Una - excursión. — Labriego y soldado. — Las excavaciones. — Un tirón de - la ropa. — Judas y su padre. — Peregrinación de Judas. — La barba - frondosa. — Los falsos moros. — Judas y el hijo del Rey. — Vejez - prematura. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_257">257</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. liii.</span> — Marineros genoveses. — La - cueva de San Miguel. — Un abismo tenebroso. — Un joven americano. — - El propietario de esclavos. — El brujo. — Un incrédulo. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_281">281</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. liv.</span> — Otra vez a bordo. — Un rostro - sorprendente. — El Haji. — Nos damos a la vela. — Los dos judíos. - — Un barco americano. — Tánger. — Adun Oulem. — La riña. — Lo - prohibido. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_292">292</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="pagenum" id="Page_9">[p. 9]</span><span - class="smcap">Cap. lv.</span> — El muelle. — Los dos moros. — Djmah - de Tánger. — La casa de Dios. — El cónsul británico. — Espectáculo - curioso. — La casa mora. — Juana Correa. — Ave María. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_307">307</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. lvi.</span> — El Mahasni. — Sin Samani. - — El Bazar. — Santos moros. — ¡Mira la ayana! — La higuera chumba. - — Sepulturas judías. — La mansión de los esqueletos. — El mozo de - cuadra. — Los caballos de los musulmanes. — Dar-dwag. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_320">320</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. lvii.</span> — Un trío singular. — - El mulato. — La oferta de paz. — Moros de Granada. — <i>Vive la - Guadeloupe!</i> — Los moros. — Pascual Fava. — La argelina ciega. — La - retreta. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_338">338</a></td> - </tr> -</table> - - -<div class="aftit"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_11">[p. 11]</span></p> - <p class="centra xxl g1">LA BIBLIA EN ESPAÑA</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_13">[p. 13]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXXVI</h2> - <p class="subhang"> - Estado de los asuntos en Madrid. — Nuevo Ministerio. — El obispo de - Roma. — El librero de Toledo. — Las espadas. — Las casas de Toledo. — - La gitana abandonada. — Diligencias mías en Madrid. — Otro criado. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">D</span><span class="smcap">urante</span> -mi viaje por las provincias del Norte de España, que ocupó una -parte considerable del año 1837<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" -class="fnanchor">[1]</a>, sólo pude realizar una porción muy pequeña -de lo que en un principio me había propuesto hacer. Los resultados -de los trabajos del hombre son insignificantes comparados con los -vastos designios que su presunción concibe; sin embargo, algo se -había conseguido con mi reciente viaje. El Nuevo Testamento de Cristo -se vendía ya tranquilamente en las principales ciudades del Norte, y -contaba con el amigable concurso de los libreros de aquellas partes, -especialmente con el del viejo Rey Romero, de Compostela, el más -importante de todos. Además, había yo repartido<span class="pagenum" -id="Page_14">[p. 14]</span> con mis propias manos un número -considerable de Testamentos entre individuos particulares, todos de -las clases bajas, a saber: muleteros, carreteros, <i>contrabandistas</i>, -etc.; de suerte que, en conjunto, tenía motivos bastantes de -reconocimiento y gratitud.</p> - -<p>Encontré nuestros asuntos en Madrid en situación nada próspera: -en las librerías se habían vendido pocos ejemplares. ¿Qué otra cosa -podía esperarse racionalmente en unos tiempos como los que acababan -de pasar? Don Carlos había llegado a las puertas de la capital con -un fuerte ejército; ante la amenaza del saqueo y de la degollina -inminentes, la gente se preocupó más de poner en salvo vidas y -haciendas que de leer ninguna clase de libros.</p> - -<p>Pero el enemigo ya se había retirado a sus reductos de Alava y -Guipúzcoa. Tuve, pues, esperanzas de que amaneciesen días mejores y -de que la obra, bajo mi vigilancia, prosperaría, por la gracia de -Dios, en la capital de España. El lector verá a continuación cuán -lejos estuvieron los hechos de corresponder a mis deseos.</p> - -<p>Durante mi viaje al Norte había sobrevenido un cambio total en -el Ministerio. En lugar del partido liberal, arrojado del Gabinete, -entró el partido <i>moderado</i>; por desgracia para mis planes, los -nuevos ministros eran personas a quienes yo no conocía y sobre -quienes mis antiguos amigos Istúriz y<span class="pagenum" -id="Page_15">[p. 15]</span> Galiano tenían poca o ninguna influencia. -A estos señores se les dejó sistemáticamente aparte, y su carrera -política pareció terminada para siempre.</p> - -<p>Del nuevo Gobierno poco podía yo esperar: casi todos los hombres -que lo formaban habían sido cortesanos o funcionarios del difunto -rey Fernando, eran partidarios del absolutismo y no estaban en modo -alguno dispuestos a hacer o permitir cosas que pudieran enojar a la -Corte de Roma, a la que ansiaban tener contenta, esperando inducirla -quizás a reconocer a la niña Isabel II, no como reina constitucional, -sino como reina absoluta.</p> - -<p>Ese partido se mantuvo en el poder durante lo restante de mi -residencia en España, y me persiguió, menos por odio y maldad que por -política. Sólo a la terminación de la guerra perdió su preponderancia -y cayó con su protectora, la reina madre, ante la dictadura de -Espartero.</p> - -<p>El primer paso que di después de mi regreso, tocante a la difusión -de las Escrituras, fué muy atrevido. Consistió ni más ni menos que -en abrir una tienda para vender los Testamentos. La tienda estaba en -una calle importante y animada: la calle del Príncipe, inmediata a la -plaza de Cervantes. La amueblé muy bien con armarios de vidrieras y -cornucopias, y puse al frente de ella a un gallego listo, de nombre -Pepe Cal<span class="pagenum" id="Page_16">[p. 16]</span>zado, que -todas las semanas me daba cuenta fiel de los ejemplares vendidos.</p> - -<p>Al día siguiente de abrir el establecimiento, estaba yo en la -otra acera de la calle, apoyado de espaldas en la pared, cruzado de -brazos, contemplando la tienda, en cuyos huecos se leía en grandes -letras amarillas: <i>Despacho de la Sociedad Bíblica y Extranjera</i>, -y, sumido en mi contemplación, pensaba: «¡Qué inesperadas mudanzas -trae el tiempo! ¡Ocho meses he pasado de aquí para allá en esta vieja -España, tan papista, repartiendo Testamentos como agente de una -Sociedad que los papistas tienen por herética, y no me han lapidado -ni quemado! Ahora, en la capital hago lo que a cualquiera le hubiera -parecido causa bastante para que todos los difuntos inquisidores y -familiares enterrados dentro de sus muros se alzaran de sus tumbas -gritando: “¡Abominación!”, y nadie se mete conmigo. ¡Obispo de Roma! -¡Obispo de Roma! Ten cuidado. Pueden cerrarme la tienda; pero qué -signo de los tiempos es el hecho de que la hayan dejado existir un -solo día. Se me antoja, padre mío, que los días de tu preponderancia -en España están contados, y que ya no te consentirán saquearla mucho -tiempo, ni mofarte de ella, ni flagelarla con escorpiones, como en -épocas pasadas. Veo ya la mano que escribe en el muro un: “<i>¡Mene, -Mene, Tekel, Upharsin!</i> Ten cuidado, <i>Batuschca</i>”.»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_17">[p. 17]</span></p> - -<p>Dos horas permanecí apoyado en la pared, contemplando la -tienda.</p> - -<p>Poco tiempo después de abrir el <i>Despacho</i> en Madrid, monté de -nuevo a caballo, y, seguido de Antonio, fuí a Toledo con propósito -de difundir las Escrituras, para lo cual envié por delante con un -arriero un cargamento de cien ejemplares. Sin tardanza busqué al -principal librero de la ciudad, no sin temor de encontrarme con un -carlista, o, al menos, con un <i>servil</i>, ya que en Toledo abundan -tanto los canónigos, curas y frailes exclaustrados. Me llevé el -chasco mayor de mi vida: al entrar en la tienda, espaciosa y cómoda, -vi a un hombre atlético, vestido con una especie de uniforme de -caballería, calado el morrión y un sable inmenso en la mano. Era el -librero en persona, oficial de la Guardia nacional de caballería. Al -saber quién era yo, me estrechó cordialmente la mano y dijo que con -el mayor placer se haría cargo de los libros y procuraría difundirlos -por todos los medios a su alcance.</p> - -<p>—¿No incurrirá usted en el odio del clero si hace eso?</p> - -<p>—<i>¡Ca!</i>—respondió—. ¿Quién los hace caso? Yo soy rico, y mi padre -también lo fué. No dependo de ellos. Ya no pueden odiarme más de -lo que me odian, porque no oculto mis opiniones. Ahora mismo acabo -de regresar de una expedición de tres días con mis compañeros los -nacionales; hemos<span class="pagenum" id="Page_18">[p. 18]</span> -estado persiguiendo a los facciosos y ladrones de estos contornos; -hemos matado a tres y traemos varios prisioneros. ¿Quién hace caso -de los curas pusilánimes? Yo soy liberal, <i>don Jorge</i>, y amigo de su -compatriota Flinter. Le he ayudado a cazar muchos curas guerrilleros -y frailes salteadores que andaban en la facción. He oído que le han -nombrado capitán general de Toledo: me alegro; cuando llegue se van a -ver aquí cosas buenas, <i>don Jorge</i>. Le aseguro a usted que al clero -le apretaremos las clavijas.</p> - -<p>Toledo fué antiguamente capital de España. Su población es -ahora de unas quince mil almas, aunque en tiempo de los romanos -y también durante la Edad Media llegó, según dicen, a doscientos -o trescientos mil habitantes. Está situado a unas doce leguas al -Oeste de Madrid, y se alza sobre un cerro de granito que el Tajo -rodea en todo su perímetro, salvo por el Norte. Encierra todavía -muchos edificios notables, a pesar de que se halla en decadencia -hace mucho tiempo. Su catedral, la más espléndida de España, es Sede -del Primado. En la torre de esta catedral se encuentra la famosa -campana de Toledo, la mayor del mundo, con excepción de la monstruosa -campana de Moscou, que también he visto. Pesa 1.543 <i>arrobas</i>; su -sonido es desagradable, porque está rajada. Toledo podía jactarse -en otro tiempo de poseer los mejores cuadros de España; pero<span -class="pagenum" id="Page_19">[p. 19]</span> durante la guerra de la -Independencia los franceses robaron o destruyeron muchos, y todavía -más se han sacado por orden del Gobierno. El más notable de todos, -acaso, aún se encuentra allí: aludo al que representa el entierro -del conde de Orgaz, la obra maestra de Doménico, el griego, genio -extraordinario, algunas de cuyas obras poseen méritos de altísima -calidad. El cuadro a que me refiero está en la pequeña iglesia -parroquial de Santo Tomé, al fondo de la nave, a la izquierda del -altar. Si pudiera comprarse, creo que en cinco mil libras sería -barato.</p> - -<p>Entre las muchas cosas notables que se ofrecen en Toledo a la -curiosa mirada del observador, se halla la fábrica de armas, donde se -elaboran espadas, lanzas y otras armas destinadas al Ejército, con -excepción de las de fuego, traídas del extranjero casi todas.</p> - -<p>Es bien sabido que antiguamente las hojas de Toledo eran muy -estimadas y se hacía gran comercio de ellas en toda la cristiandad. -La <i>fábrica</i> actual es un hermoso edificio moderno, situado -extramuros de la ciudad, en una planicie contigua al río, con el -que se comunica por un pequeño canal. Dicen que el buen temple de -las espadas se debe principalmente al agua y a la arena del Tajo. -Pregunté a varios maestros de la fábrica si hoy en día sabían hacer -armas tan buenas como las antiguas y si el secreto de la fabricación -se había perdido.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_20">[p. 20]</span></p> - -<p>—<i>¡Ca!</i>—me respondieron—. Las espadas de Toledo no han sido nunca -tan buenas como las que hacemos ahora. Es muy ridículo que los -extranjeros vengan a comprar aquí espadas viejas, pura morralla casi -todas, no fabricadas en Toledo, por las que pagan grandes sumas, y, -en cambio, les costaría trabajo dar dos duros por esta joya, hecha -ayer mismo.</p> - -<p>Al decir esto, pusieron en mi mano una espada del tamaño -ordinario.</p> - -<p>—Su merced—dijeron—parece que tiene buen brazo; pruebe el temple -de esta espada contra ese muro de piedra. Tire una estocada a fondo y -no tema.</p> - -<p>Tengo, en efecto, un brazo vigoroso: con toda mi fuerza ataqué de -punta contra el sólido granito; la violencia del golpe fué tal, que -el brazo se me quedó insensible hasta el hombro durante una semana, -pero la espada no se embotó ni sufrió lo más mínimo.</p> - -<p>—Mejor espada que ésta—dijo un obrero antiguo, natural de Castilla -la Vieja—no la ha habido para matar moros en la Sagra.</p> - -<p>Durante mi estancia en Toledo me alojé en la Posada de los -Caballeros, nombre muy merecido en cierto modo, porque existen -muchos palacios menos suntuosos que esa posada. Al hablar así, -no vaya a suponerse que me refiero al lujo del mobiliario o a la -exquisitez y excelencia de su cocina. Las<span class="pagenum" -id="Page_21">[p. 21]</span> habitaciones estaban tan mal provistas -como las de todas las posadas españolas en general, y la comida, -aunque buena en su género, era vulgar y casera; pero he visto pocos -edificios tan imponentes. Era de inmenso grandor, compuesto de varios -pisos, de traza algo semejante a la de las casas moras, con un patio -cuadrangular en el centro y un <i>aljibe</i> inmenso debajo, para recoger -el agua llovida. Todas las casas de Toledo tienen aljibes parecidos, -adonde, en la estación lluviosa, van a parar las aguas de los tejados -por unas canales. Esta es la única agua que se emplea para beber; la -del Tajo, considerada como insalubre, sólo se usa para la limpieza, y -la suben por las empinadas y angostas calles en cántaros de barro a -lomo de unos pollinos. Como la ciudad está en una montaña de granito, -no tiene fuentes. En cuanto al agua llovida, después de sedimentarse -en los aljibes, es muy gustosa y potable; los aljibes se limpian -dos veces al año. Durante el verano, muy riguroso en esta parte de -España, las familias pasan casi todo el día en los patios, cubiertos -con un toldo de lienzo; el calor de la atmósfera se templa por la -frialdad que sube de los aljibes, que responden al mismo propósito -que las fuentes en las provincias meridionales de España.</p> - -<p>Estuve próximamente una semana en Toledo; en ese tiempo se -vendieron algunos<span class="pagenum" id="Page_22">[p. 22]</span> -ejemplares del Testamento en la tienda de mi amigo el librero. -Algunos curas tomaron el libro del <i>mostrador</i> donde se encontraba -y lo examinaron, pero sin decir nada; ninguno lo compró. Mi amigo -me enseñó su casa; casi todas las habitaciones estaban forradas de -libros desde el suelo hasta el techo; y muchos de ellos eran de gran -valor. Díjome que su colección de libros antiguos de literatura -española era la mejor del reino. Estaba, empero, menos orgulloso de -su librería que de su caballeriza; y como advirtiera que yo entendía -algo de caballos, su estimación y su respeto hacia mí crecieron por -modo considerable.</p> - -<p>—Todo lo que tengo—decía—está a la disposición de usted; veo que -es usted un hombre de los que a mí me gustan. Cuando quiera usted dar -un paseo a caballo por la <i>Sagra</i>, no tiene usted más que avisar a -mi criado y le ensillará el famoso cordobés <i>entero</i> que compré en -Aranjuez al deshacerse la yeguada real. Sólo a otro hombre le dejaría -yo el caballo, y ese hombre es Flinter.</p> - -<p>En Toledo encontré a una gitana abandonada, con un hijo de unos -catorce años de edad; no era toledana; había ido allí desde la -Mancha en pos de su marido, preso bajo la inculpación de robo de -caballerías; el delito se le probó, y de allí a pocos días iba a -salir para Málaga con una cadena de galeotes. El preso carecía en -absoluto de dinero,<span class="pagenum" id="Page_23">[p. 23]</span> -y su mujer recorría las calles de Toledo diciendo la buenaventura -para ganar unos pocos <i>cuartos</i> con que ayudar al marido en la -cárcel. Me dijo que se proponía seguirle a Málaga, donde esperaba -poder proporcionarle medios de fuga. ¡Qué ejemplo de amor conyugal! -Por añadidura, el amor estaba todo en un lado solo de esa pareja, -como ocurre con frecuencia. Su marido era un tunante despreciable, -que la había abandonado marchándose a Madrid, donde vivió en -concubinato con Aurora, criminal notoria, por cuyas instigaciones -cometió el robo que ahora tenía que expiar.</p> - -<p>—Y si tu marido logra escaparse en Málaga, ¿adónde va a ir?</p> - -<p>—Al <i>chim</i> de los <i>Corahai</i>, hijo mío; a la tierra de los moros, a -ser soldado del rey moro.</p> - -<p>—¿Y qué va a ser de ti?—pregunté—. ¿Crees que te llevará -consigo?</p> - -<p>—Me dejará en la costa, hijo mío, y en cuanto haya -cruzado la <i>pawnee</i><a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2" -class="fnanchor">[2]</a> negra, me olvidará, no pensará más en mí.</p> - -<p>—¿Por qué te tomas tantos trabajos por él, sabiendo lo ingrato que -es?</p> - -<p>—¿No soy su <i>romi</i>, hijo mío, y no estoy obligada por la ley de -los <i>Calés</i> a asistirle hasta lo último? Si al cabo de cien años -volviera de la tierra de los <i>Corahai</i> y me en<span class="pagenum" -id="Page_24">[p. 24]</span>contrase viva, y me dijese: «Tengo hambre, -mujercita; vé a robar o a decir <i>bají</i>», iría sin falta, porque es el -<i>rom</i> y yo la <i>romi</i>.</p> - -<p>Al regresar a Madrid encontré abierto todavía el <i>despacho</i>. -Se habían vendido algunos Testamentos, aunque en cantidad nada -considerable. La obra luchaba con grandes inconvenientes para su -difusión, por la ilimitada ignorancia de la gente respecto de su -tenor y contenido. No era, pues, maravilla que despertase poco -interés. Para llamar la atención del público sobre el <i>despacho</i>, -imprimí tres mil carteles en papel amarillo, azul y carmesí, y los -pegué por las esquinas, y además inserté en los periódicos una -información relativa al caso; el resultado fué que en muy poco -tiempo apenas hubo alguien en Madrid que no conociera la existencia -de la tienda y del libro. En Londres y París, estas diligencias -habrían asegurado, probablemente, la venta de la edición entera del -Nuevo Testamento en pocos días. En Madrid, el resultado no fué tan -lisonjero; al cabo de un mes de estar abierta la tienda, sólo se -había vendido un centenar de ejemplares.</p> - -<p>Este proceder mío no podía por menos de producir gran sensación: -los curas y sus secuaces rebosaban de enconada furia, que durante -cierto tiempo tuvieron por conveniente manifestar sólo con -palabras; estaban en la creencia de que el embajador y el Go<span -class="pagenum" id="Page_25">[p. 25]</span>bierno británicos me -protegían; pero su malignidad hacía temer cualquier ataque, por atroz -que fuese; y si la comparación no fuese inadecuada a mí, gusano el -más insignificante de la Tierra, diría que, como Pablo en Éfeso, -estaba luchando con fieras salvajes.</p> - -<p>El último día del año 1837, mi criado Antonio me dijo así:</p> - -<p>—<i>Mon maître</i>, no tengo más remedio que dejarle a usted por una -temporada. Desde que volvimos de nuestro viaje estoy descontento -de la casa, de los muebles y de doña Mariquita. Por tanto, me he -ajustado de cocinero en casa del conde de..., donde ganaré al mes -cuatro duros menos de lo que su merced me da. Me gusta la variedad, -aunque sea para perder. <i>Adieu, mon maître</i>; deseo que encuentre -usted un criado tan bueno como se le merece. Sin embargo, si -necesitara usted alguna vez con urgencia <i>de mes soins</i>, llámeme sin -vacilar, y en el acto me despediré de mi nuevo amo, si todavía estoy -con él, e iré a buscarle a usted.</p> - -<p>Así me vi privado de los servicios de Antonio por cierto tiempo. -Estuve unos cuantos días sin criado, al cabo de los cuales ajusté a -cierto cántabro o vasco, natural de Hernani, en Guipúzcoa, que me -habían recomendado mucho.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_26">[p. 26]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXXVII</h2> - <p class="subhang"> - Euscarra. — El vascuence no es el irlandés. — Dialectos del sánscrito - y del tártaro. — Una lengua de vocales. — La poesía popular. — Los - bascos. — Sus caracteres. — Las mujeres bascas. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">ntramos</span> -ahora en el año 1838, acaso el más fecundo en acontecimientos de -cuantos pasé en España. El <i>despacho</i> continuaba todavía abierto, -con ligero incremento en la venta. Como tenía entonces pocas cosas -importantes que hacer, di a la estampa dos obras, en cuya preparación -llevaba trabajando ya algún tiempo. Estas obras eran las traducciones -del Evangelio de San Lucas al vascuence y al caló.</p> - -<p>Poco tengo que decir respecto de la traducción del Evangelio al -gitano, porque ya he hablado de esto en otra obra<a id="FNanchor_3" -href="#Footnote_3" class="fnanchor">[3]</a>: lo traduje, así como la -mayor parte del Nuevo Testamento, durante mi dilatada convivencia -con los gitanos españoles. Respecto al Lucas en vascuence, no estará -de más ha<span class="pagenum" id="Page_27">[p. 27]</span>blar con -algún detenimiento, y aprovechar la ocasión que se me ofrece para -decir unas palabras acerca del idioma en que está escrito y del -pueblo a quien iba destinado.</p> - -<p>El Euscarra: tal es el nombre peculiar de un habla o idioma que -se supone prevaleció por toda España en otro tiempo, pero confinado -ahora a ciertas comarcas de ambas vertientes de los Pirineos, -bañadas por las aguas del golfo de Cantabria o bahía de Vizcaya. A -este idioma se le llama comúnmente el basco o el bizcaíno, palabras -que son meras modificaciones del vocablo Euscarra, al que se ha -antepuesto la consonante B por razón de eufonía. Acerca de esta -lengua se han dicho muchas cosas vagas, erróneas o hipotéticas. Los -bascos afirman que no sólo fué la lengua primitiva de España, sino -de todo el mundo, y que de ella proceden todas las demás; pero los -bascos son gente muy ignorante y no saben nada de filosofía del -lenguaje. Por tanto, muy poca importancia se puede conceder a sus -opiniones sobre el asunto. Algunos de ellos, sin embargo, que se -jactan de poseer cierta instrucción, sostienen que el basco es ni más -ni menos que un dialecto del fenicio, y que los bascos descienden -de una colonia fenicia establecida al pie de los Pirineos en edad -remota. De esta teoría, o más bien conjetura, no apoyada por la más -ligera prueba, no hay para qué ocuparse con de<span class="pagenum" -id="Page_28">[p. 28]</span>tención, limitándonos a observar que si, -como muchos verdaderos sabios lo han supuesto y casi demostrado, el -fenicio es un dialecto del hebreo o está emparentado estrechamente -con él, sería tan poco razonable suponer que el basco se deriva del -fenicio como que la lengua del Kanschatka o el iroqués son dialectos -del griego y del latín.</p> - -<p>Existe, sin embargo, otra opinión con respecto al basco que merece -más detenido examen, por la circunstancia de hallarse muy extendida -entre los <i>literati</i> de varios países de Europa, muy especialmente en -Inglaterra. Aludo al origen céltico de esta lengua, y a su estrecha -conexión con el más cultivado de todos los dialectos celtas: el -irlandés. Gente que presume de conocer bien el asunto ha llegado -a afirmar que existe tan poca diferencia entre las lenguas basca -e irlandesa, que los individuos de ambas naciones no encuentran -dificultad para entenderse entre sí, sin otro medio de comunicación -que sus idiomas respectivos; en una palabra, que apenas si hay más -diferencia entre el irlandés y el basco que entre el basco francés y -el basco español. Tal semejanza, por mucho que se haya insistido en -ella, no existe en la realidad; quizás en toda Europa sería difícil -encontrar dos lenguas con menos puntos de semejanza que el basco y el -irlandés.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_29">[p. 29]</span></p> - -<p>El irlandés, como la mayoría de los demás idiomas europeos, es -un dialecto del sánscrito, idioma remoto, como puede suponerse; el -apartado rincón del mundo occidental en que aquel idioma se conserva -es el más distante del lugar en que nació el idioma originario. Mas -no por eso deja de ser un dialecto de aquella venerable y primitiva -habla, aunque no se parezca a ella ciertamente tanto como el inglés, -el danés y las lenguas pertenecientes a la llamada familia gótica, y -mucho menos que las de la esclavonia, porque a medida que se avanza -hacia el Este, la asimilación de las lenguas al tronco paterno -es más clara y perceptible; pero dialecto del sánscrito, repito, -concordes en la estructura, en la disposición de las palabras, y -en muchos casos en las palabras mismas, en las que, a pesar de sus -modificaciones, se reconoce todavía los vocablos sánscritos. Pero -¿qué es el basco y a qué familia pertenece?</p> - -<p>Todos los dialectos hablados actualmente en Europa proceden de -dos grandes lenguas asiáticas, que si ya no se hablan, existen en -libros y son además las lenguas de dos de las principales religiones -de Oriente. Aludo al tibetano y al sánscrito, las lenguas sagradas -de los secuaces de Budha y de Bramah. Estas lenguas, aunque poseen -muchas voces comunes, lo que puede explicarse por su estrecha -proximidad, son real<span class="pagenum" id="Page_30">[p. -30]</span>mente distintas, dadas las grandes diferencias de su -estructura. No tengo tiempo ni deseo de explicar aquí en qué -consisten esas diferencias; baste decir que los dialectos célticos, -góticos y esclavones de Europa pertenecen a la familia sánscrita, -así como en el Este el persa, y en menor grado el árabe, el hebreo, -etc.<a id="FNanchor_4" href="#Footnote_4" class="fnanchor">[4]</a>, -mientras que a la familia tibetana o tártara pertenecen en Asia el -mandchú y el mongol, el calmuco y el turco del mar Caspio, y en -Europa el húngaro y el basco parcialmente.</p> - -<p>Esta última lengua es, en verdad, una singular anomalía; tanto, -que en general es menos difícil decir lo que no es que lo que es. -Abundan en ella los vocablos del sánscrito, y cubren su superficie. -Sería erróneo, sin embargo, considerar esta lengua como un dialecto -sánscrito, porque en la ordenación de las palabras prepondera -decididamente la forma tártara. También se encuentran en el basco -palabras tártaras en cantidad notable, aunque no tantas como las -derivadas del sánscrito. De estas raíces tártaras me limitaré al -presente a citar una sola, aunque si fuese necesario podría aducirlas -a cente<span class="pagenum" id="Page_31">[p. 31]</span>nares. -Esta palabra es <i>Jauna</i> o <i>Khauna</i>, de uso constante entre los -bascos, y que es el <i>Khan</i> de los Mongoles y Mandchúes, con la misma -significación: Señor.</p> - -<p>Después de estudiar detenidamente el asunto en todos sus aspectos -y de pesar lo que en pro y en contra se alega de cada lado, me -inclino a incluir el basco entre los dialectos tártaros más bien -que entre los del sánscrito. Todo el que tenga ocasión de comparar -la elocución de los bascos y de los tártaros, llegará con sólo -eso, aunque no los entienda, a la conclusión de que sus lenguas -respectivas se han formado con arreglo a iguales principios. En ambas -se suceden períodos interminables al parecer, durante los que la voz -sube gradualmente y luego desciende del mismo modo.</p> - -<p>He hablado del sorprendente número de vocablos del sánscrito -contenidos en la lengua basca, de los que se encontrará un ejemplo -más abajo. Es muy de notar que en la mayor parte de los derivados del -sánscrito, el basco ha dejado caer la consonante inicial, de suerte -que la palabra comienza por una vocal.</p> - -<p>El basco puede, en verdad, llamarse una lengua de vocales, porque -el número de consonantes empleadas es relativamente corto; acaso de -cada diez palabras, ocho empiezan y terminan por vocal, y a esto -se debe que el basco sea una lengua extrema<span class="pagenum" -id="Page_32">[p. 32]</span>damente suave y melodiosa, muy superior -en este respecto a cualquier otro idioma de Europa, sin excluir el -italiano. Véanse a continuación algunos ejemplos de palabras bascas -parangonadas con las raíces sánscritas.</p> - -<table class="idi mt1" summary="Correspondencia entre idiomas"> - <tr> - <th class="subrayado">Basco.</th> - <th class="subrayado">Sánscrito.</th> - <th> </th> - </tr> - <tr> - <td class="pt05">Ardoa.</td> - <td class="pt05">Sandhana.</td> - <td class="pt05">Vino.</td> - </tr> - <tr> - <td>Arratsa.</td> - <td>Ratri.</td> - <td>Noche.</td> - </tr> - <tr> - <td>Beguia.</td> - <td>Akshi.</td> - <td>Ojo.</td> - </tr> - <tr> - <td>Choria.</td> - <td>Chiria.</td> - <td>Pájaro.</td> - </tr> - <tr> - <td>Chacurra.</td> - <td>Cucura.</td> - <td>Perro.</td> - </tr> - <tr> - <td>Erreguiña.</td> - <td>Rani.</td> - <td>Reina.</td> - </tr> - <tr> - <td>Ycusi.</td> - <td>Iksha.</td> - <td>Ver.</td> - </tr> - <tr> - <td>Iru.</td> - <td>Treya.</td> - <td>Tres.</td> - </tr> - <tr> - <td>Jan (Khan).</td> - <td>Khana.</td> - <td>Comer.</td> - </tr> - <tr> - <td>Uria.</td> - <td>Puri.</td> - <td>Ciudad.</td> - </tr> - <tr> - <td>Urruti.</td> - <td>Dura.</td> - <td>Lejos.</td> - </tr> -</table> - -<p class="mt1">En esta lengua publiqué el Evangelio de San Lucas, -en Madrid. Adquirí la traducción hecha por un médico basco llamado -Oteiza<a id="FNanchor_5" href="#Footnote_5" class="fnanchor">[5]</a>. -Antes de enviarla a la imprenta, guardé la traducción en mi poder -cerca de dos años, y durante ese tiempo, y sobre todo en mis -viajes, no perdí ocasión de someterla a examen de las personas que -pasaban por entendidas en Euscarra. No me<span class="pagenum" -id="Page_33">[p. 33]</span> satisfacía por completo la traducción, -pero inútilmente busqué otra mejor.</p> - -<p>Había yo adquirido, siendo muchacho, algunas ligeras nociones de -Euscarra, tal como se usa en los libros. Esas nociones las aumenté -considerablemente durante mi residencia en España, y gracias a mis -relaciones con algunos bascos llegué a entender, hasta cierto punto, -su idioma hablado, y aún lo hablé yo también, pero siempre con gran -inseguridad; porque para hablar el vascuence, siquiera regularmente, -es necesario haber vivido en el país desde muy niño. Tan grandes son -las dificultades que presenta y tanto se diferencia de las demás -lenguas, que es muy raro encontrar un forastero capaz de hablarlo -un poco; los españoles consideran tan formidables esos obstáculos, -que, según un proverbio suyo, Satanás vivió siete años en Vizcaya, -y tuvo que marcharse porque ni podía entender a los vizcaínos ni le -entendían.</p> - -<p>Hay muy pocos alicientes para el estudio de esta lengua. En primer -lugar, su adquisición es completamente innecesaria, aun para los -que residen en el territorio donde se habla, porque la generalidad -entiende el español en las provincias bascas pertenecientes a España, -y el francés en las que pertenecen a Francia.</p> - -<p>En segundo lugar, ninguno de sus dialectos posee una -literatura propia que re<span class="pagenum" id="Page_34">[p. -34]</span>compense el trabajo de aprenderlo. Existen algunos libros -en basco francés y en basco español, pero son exclusivamente libros -de devoción papista, y en su mayoría traducciones.</p> - -<p>Se preguntará quizás al llegar aquí si los bascos no poseen -una poesía popular, como casi todas las naciones, por pequeñas e -insignificantes que sean. No están faltos, en verdad, de canciones, -baladas y coplas, pero de carácter tal, que no puede llamárseles -poesía. He puesto por escrito, al oírlas recitar, una considerable -porción de lo que llaman su poesía; pero el único ejemplo de versos -tolerables que encontré es la siguiente copla, que, después de todo, -no merece excesivos elogios:</p> - -<div class="poem mt1"><div class="stanza"> -<p class="i2">Ichasoa urac aundi,</p> -<p class="i0">Estu ondoric agueri—</p> -<p class="i0">Pasaco ninsaqueni andic</p> -<p class="i0">Maitea icustea gatic.</p> -</div></div> - -<p class="ti0 mt1">que significa: Las aguas del mar son vastas, e -invisible su seno, pero yo las cruzaré para ir al encuentro de mi -amor.</p> - -<p>Los bascos son un pueblo cantor más que poeta. A pesar de la -facilidad que su idioma presenta para la composición de versos, no -han producido nunca un poeta con la más leve pretensión de nombradía; -pero tienen muy buenas voces y son excelentes en la composición -musical. En opinión de cierto<span class="pagenum" id="Page_35">[p. -35]</span> autor, el <i>Abbé d’Iharce</i><a id="FNanchor_6" -href="#Footnote_6" class="fnanchor">[6]</a>, que ha escrito acerca de -ellos, el nombre de <i>Cantabri</i>, que los romanos les dieron, se deriva -de <i>Khantor-ber</i>, que significa suaves cantores. Poseen mucha música -original, alguna extremadamente antigua, según dicen. De esta música -se han publicado algunos trozos en Donostian (San Sebastián), en el -año 1826, editados por un tal Juan Ignacio Iztueta<a id="FNanchor_7" -href="#Footnote_7" class="fnanchor">[7]</a>. Consisten en unas -marchas rudas y emocionantes, a cuyos sones créese que los bascos -antiguos tenían la costumbre de bajar de sus montañas para pelear con -los romanos y después con los moros. Al escucharlas llega uno con -facilidad a creerse en presencia de un combate encarnizado. Oye uno -las resonantes cargas de la caballería, el ludir de las espadas y el -rebote de los cuerpos por los barrancos abajo.</p> - -<p>Esta música va acompañada de palabras, pero qué palabras. ¡No -puede imaginarse nada más estúpido, más trivial, más despro<span -class="pagenum" id="Page_36">[p. 36]</span>visto de interés! Lejos -de ser marcial, la letra refiere incidentes cotidianos, sin conexión -alguna con la música. Las palabras son evidentemente de fecha -moderna.</p> - -<p>En lo físico, los bascos son de estatura regular, ágiles y -atléticos. En general, tienen bellas facciones y hermosa tez, y se -parecen no poco a ciertas tribus tártaras del Cáucaso. Su bravura es -indiscutible, y pasan por ser los mejores soldados con que cuenta la -corona de España: hecho que en gran parte corrobora la suposición de -que son de origen tártaro, la raza más belicosa de todas, y la que ha -producido los más famosos conquistadores. Son los bascos gente fiel y -honrada, capaz de adhesión desinteresada; bondadosos y hospitalarios -con los forasteros; puntos todos que están muy lejos de diferir del -carácter tártaro. Pero son un tanto lerdos, y su capacidad no es -ni con mucho de primer orden, en lo cual se parecen también a los -tártaros.</p> - -<p>No hay en la tierra pueblo más orgulloso que los bascos; pero -el suyo es una especie de orgullo republicano. Carecen de clase -aristocrática; ninguno reconoce a otro por superior. El carretero más -pobre tiene tanto orgullo como el gobernador de Tolosa.</p> - -<p>«Tiene más poder que yo, pero no mejor sangre; andando el tiempo, -acaso sea yo también gobernador». Aborrecen el servicio doméstico, a -lo menos fuera de su país na<span class="pagenum" id="Page_37">[p. -37]</span>tal, y aunque las circunstancias les obligan con frecuencia -a buscar amo, es muy raro que ocupen un puesto de escaleras abajo: -son mayordomos, secretarios, tenedores de libros, etc. Cierto que, -por mi buena suerte, encontré un criado basco, pero siempre me trató -más como a un igual que como a un amo: se sentaba delante de mí, me -daba su opinión sin pedírsela y entraba en conversación conmigo en -todo momento y ocasión. Me guardé muy bien de refrenarle, porque -entonces se hubiera despedido, y en mi vida he visto una criatura más -fiel. Su destino fué muy triste, como se verá más adelante.</p> - -<p>Al decir que los bascos aborrecen la servidumbre, y que es muy -raro encontrarlos de criados con los españoles, me refiero sólo a los -varones; las hembras, por el contrario, no oponen reparos a entrar -de criadas. Los bascos no miran, ciertamente, a las mujeres con la -estimación debida, y las consideran aptas para poco más que para -llenar empleos bajos, lo mismo que en Oriente, donde se las considera -como siervas y esclavas. El carácter de las vascongadas difiere -mucho del de los hombres. Son muy despiertas y agudas, y tienen, en -general, más talento. Son famosas cocineras, y en casi todas las -casas importantes de Madrid una vizcaína ejerce el supremo empleo en -el departamento culinario.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_38">[p. 38]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXXVIII</h2> - <p class="subcentra"> - La prohibición. — El Evangelio, perseguido. — Inculpación de - brujería. — Ofalia. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">A</span><span class="smcap"> - mediados</span> de Enero, mis enemigos me dieron una carga, -prohibiéndome, de modo terminante, en virtud de orden dictada por -el gobernador de Madrid, que siguiera vendiendo Testamentos. No me -cogió de susto la medida, porque desde algún tiempo antes esperaba -yo algo parecido, en razón de las ideas políticas profesadas por -los ministros. Fuí, sin dilación, a visitar a Sir George Villiers, -informándole de lo sucedido. Me prometió hacer cuanto pudiese para -obtener la revocación de la orden. Por desgracia, no tenía entonces -gran influencia, porque se había opuesto con todas sus fuerzas al -advenimiento del Ministerio moderado, y al nombramiento de Ofalia -para la presidencia del Gabinete. Sin embargo, no perdí ni un -momento la confianza en el Todopoderoso, en cuyo servicio estaba yo -ocupado.</p> - -<p>Antes de ese tropiezo las cosas marchaban muy bien. La demanda -de Testamentos<span class="pagenum" id="Page_39">[p. 39]</span> -aumentaba por modo considerable; tanto, que el clero se alarmó, y ese -paso fué la consecuencia. Pero habían primero intentado dar otro, -muy propio suyo: pretendieron dominarme por el miedo. Uno de los -rufianes de Madrid, llamados <i>Manolos</i>, me salió al paso una noche en -una calle obscura, y me dijo que si continuaba vendiendo mis «libros -judíos», me «enhebraría un cuchillo en el corazón»; yo le contesté -que se fuese a su casa, rezase unas oraciones, y dijera a los que le -enviaban que me daban mucha lástima; con lo cual se fué, soltando un -juramento. Pocos días más tarde recibí orden de enviar dos ejemplares -del Testamento a las oficinas del gobernador, y así lo hice; menos -de veinticuatro horas después llegó un <i>alguacil</i> a la tienda, y me -notificó la prohibición de seguir vendiendo la obra.</p> - -<p>Una circunstancia me regocijó. Por raro que parezca, las -autoridades no tomaron medida alguna para cerrarme el <i>despacho</i>, -y la prohibición sólo se refería a la venta del Nuevo Testamento; -como faltaba poco para que el Evangelio de San Lucas, en caló y en -vascuence, estuviese listo para la venta, esperé sostener las cosas, -aunque en menor escala, hasta que vinieran mejores tiempos.</p> - -<p>Me aconsejaron que borrase del escaparate de la tienda las -palabras «<i>Despacho</i> de la Sociedad Bíblica británica y extranjera». -Me negué a ello. El letrero había llamado mu<span class="pagenum" -id="Page_40">[p. 40]</span>cho la atención, como yo me proponía. -Si hubiera intentado llevar este asunto bajo cuerda, apenas habría -llegado a vender en Madrid, hasta la fecha de que voy hablando, -treinta ejemplares, en lugar de casi trescientos que tenía vendidos. -Quien no me conozca se inclinará a llamarme temerario; pero estoy muy -lejos de serlo, y nunca adopto un camino aventurado mientras me quede -abierto alguno que no lo sea. Sin embargo, yo no soy hombre que se -asuste del peligro, cuando veo que no hay más remedio que arrostrarlo -para conseguir un propósito.</p> - -<p>Los libreros se negaban a vender mi libro; me vi compelido a -establecer por mi cuenta una tienda. En Madrid cada tienda tiene -su nombre. ¿Cuál podía yo dar a la mía, sino el verdadero? No me -avergonzaba de mi causa ni de mi bandera. La enarbolé, y luché a su -sombra, no sin buen éxito.</p> - -<p>Entretanto, el partido clerical en Madrid no perdonaba esfuerzo -para difamarme. En una publicación suya, llamada <i>El amigo de la -religión cristiana</i>, apareció un ataque estúpido, pero furioso, -contra mí, al cual traté con el desprecio merecido. No satisfechos -con eso, intentaron concitar al pueblo en contra mía, diciendo que -yo era brujo, compañero de gitanos y hechiceras; y así me llamaban -sus agentes cuando me encontraban en la calle. No tengo por qué negar -que<span class="pagenum" id="Page_41">[p. 41]</span> yo era amigo de -gitanos y de adivinos. ¿Iba a avergonzarme de su compañía, cuando mi -Maestro se trataba con publicanos y ladrones? Con frecuencia recibía -visitas de gitanos: los adoctrinaba, y les leía trozos del Evangelio -en su propia lengua; cuando estaban hambrientos y extenuados les daba -de comer y de beber. Esto pudo tenerse por brujería en España, pero -abrigo la esperanza de que en Inglaterra lo apreciarán de otro modo; -y si hubiese yo perecido por entonces, creo que no hubiera faltado -alguien dispuesto a reconocer que mi vida no había sido por completo -inútil (siempre como instrumento del Altísimo), ya que logré traducir -uno de los más valiosos libros de Dios a la lengua de sus criaturas -más degradadas.</p> - -<p>Entré en negociaciones con el Gobierno para obtener el permiso -de vender en Madrid el Nuevo Testamento, y anular la prohibición. -Encontré oposición muy grande, que no pude vencer. Varios obispos -ultrapapistas, residentes por entonces en Madrid, habían denunciado -la Biblia, a la Sociedad Bíblica y a mí. Pero no obstante sus -concertados y poderosos esfuerzos, no pudieron conseguir su propósito -principal, o sea mi expulsión de Madrid y de España. El conde Ofalia, -aunque toleró ser instrumento, hasta cierto punto, de aquellas -gentes, no dejó que le empujaran tan lejos. No encuentro<span -class="pagenum" id="Page_42">[p. 42]</span> palabras bastante -enérgicas para hacer justicia al celo y al interés que en todo este -asunto desplegó Sir Jorge Villiers en pro de la causa del Testamento. -Celebró varias entrevistas con Ofalia sobre esta cuestión, y en ellas -le significó su juicio acerca de la injusticia y tiranía con que en -aquel caso había sido tratado su compatriota.</p> - -<p>Tales quejas hicieron impresión en Ofalia, y más de una vez -prometió hacer cuanto pudiese para complacer a Sir Jorge; pero luego -los obispos le asediaban, y, poniendo en juego sus temores políticos, -ya que no los religiosos, le impedían proceder en el asunto con -justicia y honradez. Por indicación de Sir Jorge Villiers, tracé -una breve memoria explicando lo que es la Sociedad Bíblica y sus -propósitos, en especial los tocantes a España; Sir Jorge entregó -personalmente esa memoria al conde. No cansaré al lector insertándola -aquí, contentándome con observar que no intenté adular ni halagar, y -me expresé con franqueza y honradez, como debe hacer un cristiano. -Ofalia, al leer mi escrito, exclamó: «¡Lástima que esta Sociedad sea -protestante, y que no sean católicos todos sus miembros!»</p> - -<p>Pocos días después me envió un recado con un amigo, pidiéndome, -cosa que me asombró, un ejemplar del Evangelio en gitano. Permítaseme -decir aquí que la fama de este libro, aunque no publicado todavía, -se<span class="pagenum" id="Page_43">[p. 43]</span> había esparcido -por Madrid como fuego por reguero de pólvora, y todo el mundo -ansiaba tener un ejemplar; varios grandes de España me enviaron -recado con la misma pretensión, pero no les atendí. Al instante -resolví aprovechar la coyuntura que me ofrecía el conde de Ofalia y -me dispuse a visitarle en persona. Mandé encuadernar lujosamente un -ejemplar del Evangelio, y, encaminándome a Palacio, obtuve audiencia -en el acto. Era un hombre diminuto, mustio, entre los cincuenta y -los sesenta años de edad, con dientes y pelo postizos, pero de muy -corteses maneras. Me recibió con gran afabilidad y me dió las gracias -por el regalo; pero cuando le hablé del Nuevo Testamento, me dijo -que el asunto estaba rodeado de dificultades, y que la gran masa -del clero se había puesto en mi contra; me exhortó a que tuviera -paciencia y calma, y en tal caso dijo que trataría de buscar el modo -de complacerme. Entre otras cosas, me dijo que los obispos odiaban -a un sectario más que a un ateo. Contesté que, como los antiguos -fariseos, se cuidaban más del oro del templo que del templo mismo. -Durante toda la entrevista dió evidentes señales de un gran temor, -y continuamente miraba detrás y alrededor de sí, como si temiera -que alguien le escuchase; esto me hizo recordar el dicho de un -amigo, según el cual, si hay algo de verdad en la metempsícosis, el -alma<span class="pagenum" id="Page_44">[p. 44]</span> del conde de -Ofalia debió de pertenecer originariamente a un ratón. Nos separamos -en muy amistosos términos, y me fuí maravillado del extraño azar que -ha hecho de un pobre hombre como éste el primer ministro de un país -como España.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_45">[p. 45]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXXIX</h2> - <p class="subhang"> - Los dos Evangelios. — El alguacil. — La orden de prisión. — María la - buena. — El arresto. — Me envían a la cárcel. — Reflexiones. — El - recibimiento. — La celda en la cárcel. — Demanda de desagravios. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">A</span><span class="smcap">l cabo</span>, -la traducción del Evangelio de San Lucas al gitano estuvo lista. -Deposité cierto número de ejemplares en el <i>despacho</i> y anuncié su -venta. El Evangelio en vascuence, impreso también por entonces, fué -igualmente anunciado. Hubo poca demanda de esta obra. No así del -San Lucas en gitano, y con facilidad hubiera podido vender toda -la edición en menos de quince días. Sin embargo, mucho antes de -transcurrir este plazo el clero se puso sobre las armas.</p> - -<p>«¡Brujería!»—dijo un obispo.</p> - -<p>«Aquí hay más de lo que a primera vista parece»—exclamó el -segundo.</p> - -<p>«Va a convertir a toda España valiéndose del lenguaje -gitano»—gritó un tercero.</p> - -<p>Y luego surgió el coro habitual en esos casos:</p> - -<p>«<i>¡Qué infamia! ¡Qué picardía!</i>»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_46">[p. 46]</span></p> - -<p>Al fin, después de andar en bureo entre sí, corrieron a su -instrumento el <i>corregidor</i>, o <i>jefe político</i>, como se le llama -ahora, de Madrid. He olvidado el nombre de este personaje, a quien -no conocí personalmente. Juzgando por sus acciones y por lo que -se decía de él, puedo asegurar que era una criatura estúpida, -testarudo, y además grosero, un <i>mélange</i> de <i>borrico</i>, mula y lobo. -Como profesaba inveterada antipatía a todos los extranjeros, prestó -oídos benévolos a la queja de mis acusadores, y sin tardanza dió -orden de secuestrar todos los ejemplares del Evangelio en gitano -que hubiese en el despacho<a id="FNanchor_8" href="#Footnote_8" -class="fnanchor">[8]</a>. La consecuencia fué que un nutrido cuerpo -de <i>alguaciles</i> dirigió sus pasos a la calle del Príncipe, y se -apoderaron de unos treinta ejemplares del libro perseguido y de otros -tantos del San Lucas en vascuence. Con tales despojos, los satélites -volvieron en triunfo a la <i>jefatura política</i>, donde se repartieron -entre sí los ejemplares del Evangelio en gitano, vendiéndolos después -casi todos a buen precio, porque el libro era muy buscado, y así se -convirtieron sin quererlo en agentes de una Sociedad herética. Pero -cada cual debe vivir de su trabajo—dice esa gente—y no pierde ocasión -de hacer buenas sus palabras, vendiendo lo<span class="pagenum" -id="Page_47">[p. 47]</span> mejor que puede cualquier botín que cae -en sus manos.</p> - -<p>Como nadie se ocupaba del Evangelio en vascuence, fué guardado -sin tropiezo, con otras capturas invendibles, en los almacenes de la -jefatura.</p> - -<p>Ya estaban secuestrados los Evangelios en gitano, al menos los que -tenía en el <i>despacho</i> expuestos para la venta. Pero el <i>corregidor</i> -y sus amigos pensaron que aún podía conseguirse mucho más mediante -una pequeña combinación. Todos los días se presentaban en la tienda -algunos ganchos de la policía, bajo disfraces diferentes, preguntando -con gran interés por los «libros gitanos» y ofreciendo pagar los -ejemplares a buen precio. Pero se fueron con las manos vacías. Mi -gallego estaba sobre aviso, y a todo el que preguntaba le decía -que por el momento no se vendían libros de ninguna clase en el -establecimiento. Y así era la verdad, pues le había dado orden de no -vender más, bajo ningún pretexto.</p> - -<p>A pesar de mi conducta franca, no me creyeron. El <i>corregidor</i> -y sus aliados no podían convencerse de que, bajo cuerda, y por -medios misteriosos, no vendía yo diariamente cientos de aquellos -libros gitanos que iban a revolucionar el país y a destruir el -poder del obispo de Roma. Trazaron, pues, un plan, mediante el cual -esperaban colocarme en tal situación, que no pudiese en algún<span -class="pagenum" id="Page_48">[p. 48]</span> tiempo trabajar -activamente en la difusión de las Escrituras, ya estuviesen en gitano -o en otro idioma cualquiera.</p> - -<p>El 1.º de mayo (1838), por la mañana, si no recuerdo mal, un -individuo desconocido se presentó en mi cuarto cuando me disponía a -tomar el desayuno. Era un tipo de innoble catadura, de mediana talla, -con todos los estigmas de la picardía en el semblante. La huéspeda -le introdujo en mi aposento y se retiró. No me agradó la llegada del -visitante; pero, afectando cortesía, le rogué que se sentara y le -pregunté el objeto de su visita.</p> - -<p>—Vengo de parte de su excelencia el jefe político de -Madrid—respondió—y mi objeto es decirle a usted que su excelencia -conoce perfectamente sus manejos, y cuando quiera puede demostrar que -sigue usted vendiendo en secreto los malditos libros cuya venta se le -ha prohibido a usted.</p> - -<p>—¿De verdad? Pues que lo haga sin tardanza. ¿Qué necesidad tiene -de avisarme?</p> - -<p>—Puede que crea usted—continuó el hombre—que su señoría no tiene -testigos; pues los tiene, sépalo usted, y muchos, y muy respetables -además.</p> - -<p>—No lo dudo—repliqué—. Dada la apariencia respetable de usted, -será usted uno de ellos. Pero me está usted haciendo perder tiempo; -márchese, pues, y diga a quien le haya enviado que no tengo una idea -muy alta de su talento.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_49">[p. 49]</span></p> - -<p>—Me iré cuando quiera—replicó el otro.—¿Sabe usted con quién -está hablando? ¿Sabe usted que si me parece conveniente puedo -registrarle a usted el cuarto, hasta debajo de la cama? ¿Qué tenemos -aquí?—continuó; y empezó a hurgar con el bastón un rimero de papeles -que había encima de una silla—. ¿Qué tenemos aquí? ¿Son también -papeles de los gitanos?</p> - -<p>En el acto resolví no tolerar por más tiempo su proceder, y, -agarrando al hombre por un brazo, le saqué del cuarto, y sin soltarle -le conduje escaleras abajo desde el tercer piso, en que yo vivía, -hasta la calle, mirándole fijamente a la cara durante todo el -tiempo.</p> - -<p>El individuo se había dejado el <i>sombrero</i> encima de la mesa, y -se lo envié con la patrona, que se lo entregó en propia mano cuando -aún se estaba en la calle el hombre mirando con ojos pasmados a mi -balcón.</p> - -<p>—Le han tendido a usted una <i>trampa</i>, <i>don Jorge</i>—dijo María Díaz -cuando subió de la calle—. Ese <i>corchete</i> no traía más intención -que la de provocarle a usted. De cada palabra que usted le ha dicho -hará un mundo, como acostumbra esa gente; al darle el sombrero ha -dicho que antes de veinticuatro horas habrá usted visto por dentro la -cárcel de Madrid.</p> - -<p>En efecto, en el curso de la mañana supe que se había dictado -contra mí orden de<span class="pagenum" id="Page_50">[p. -50]</span> arresto<a id="FNanchor_9" href="#Footnote_9" -class="fnanchor">[9]</a>. La perspectiva de un encarcelamiento no -me atemorizó gran cosa; las aventuras de mi vida y mis inveterados -hábitos de vagabundo me habían ya familiarizado con situaciones -de todo género, hasta el punto de encontrarme tan a gusto en una -prisión como en las doradas salas de un palacio, y aún más, porque -en aquel lugar siempre puedo aumentar mi provisión de informaciones -útiles, mientras que en el último el aburrimiento se apodera de -mí con frecuencia. Había yo, además, pensado algún tiempo atrás -hacer una visita a la cárcel, en parte con la esperanza de poder -decir algunas palabras de instrucción cristiana a los criminales, -y en parte con la mira de hacer ciertas investigaciones acerca del -lenguaje de los ladrones en España, asunto que había excitado en gran -manera mi curiosidad; y hasta hice algunas gestiones para conseguir -que me dejasen entrar en la <i>Cárcel de la Corte</i>, pero encontré el -asunto rodeado de dificultades, como hubiese dicho mi amigo Ofalia. -Casi me alegré, pues, de la oportunidad que iba a presentárseme para -ingresar en la cárcel, no en calidad de visi<span class="pagenum" -id="Page_51">[p. 51]</span>tante, sino como mártir, como víctima de -mi celo por la santa causa de la religión.</p> - -<p>Resolví, sin embargo, chasquear a mis enemigos por aquel día -cuando menos, y burlar la amenaza del <i>alguacil</i> de que me prenderían -antes de veinticuatro horas. Con este propósito me instalé para -lo restante del día en una famosa fonda francesa de la calle -del Caballero de Gracia<a id="FNanchor_10" href="#Footnote_10" -class="fnanchor">[10]</a> que, por ser uno de los lugares más -concurridos y más elegantes de Madrid, pensé, naturalmente, que sería -el último adonde al corregidor se le ocurriría buscarme.</p> - -<p>A eso de las diez de la noche, María Díaz, a quien yo había dicho -el lugar de mi refugio, llegó acompañada de su hijo, Juan López.</p> - -<p>—<i>Oh, señor</i>—dijo María al verme—, ya están buscándole a usted; -el <i>alcalde</i> del <i>barrio</i>, con una gran <i>comitiva</i> de <i>alguaciles</i> y -gente así, acaba de presentarse en casa con la orden de arrestarle a -usted, dictada por el <i>corregidor</i>. Han registrado toda la casa, y al -no encontrarle se han enfadado mucho. ¡Ay de mí! ¿Qué va a ocurrir si -le encuentran?</p> - -<p>—No tema usted nada, buena María—dije yo—. Se le olvida a usted -que soy inglés; también se le olvida al <i>corregidor</i>. Préndame -cuando quiera, esté usted segura de que se<span class="pagenum" -id="Page_52">[p. 52]</span> daría por muy contento dejándome escapar. -Por ahora, sin embargo, le permitiremos seguir su camino; parece que -se ha vuelto loco.</p> - -<p>Dormí en la fonda, y en la mañana del día siguiente acudí a la -embajada, donde tuve una entrevista con sir Jorge, a quien referí -detalladamente el suceso. Díjome que le costaba trabajo creer que -el <i>corregidor</i> abrigase intenciones serias de prenderme: en primer -lugar, porque yo no había cometido delito alguno; y en segundo, -porque yo no estaba bajo la jurisdicción de aquel funcionario, sino -bajo la del capitán general, único que tenía atribuciones para -resolver en asuntos tocantes a los extranjeros, y ante quien debía yo -comparecer acompañado del cónsul de mi país.</p> - -<p>—Sin embargo—añadió—, no se sabe hasta dónde son capaces de llegar -los jaques que ocupan el poder. Por tanto, si tiene usted algún -temor, le aconsejo que permanezca unos días en la embajada como -huésped mío, y aquí estará usted completamente a salvo.</p> - -<p>Le aseguré que no tenía miedo alguno, porque estaba ya muy -acostumbrado a semejantes aventuras. Desde la habitación de sir Jorge -me dirigí a la del primer secretario, Mr. Southern, con quien entré -en conversación. Apenas llevaba allí un minuto, cuando Francisco, -mi criado, irrumpió en el<span class="pagenum" id="Page_53">[p. -53]</span> cuarto casi sin aliento y agitadísimo, exclamando en -vascuence:</p> - -<p>—<i>Niri jauna</i>, los <i>alguaciloac</i> y los <i>corchetoac</i> y los demás -<i>lapurrac</i> están otra vez en casa. Parecen medio locos; y como no -le pueden encontrar a usted, están registrando los papeles, en la -creencia, supongo yo, de que está usted escondido entre ellos.</p> - -<p>Míster Southern nos interrumpió, preguntando lo que aquello -significaba. Se lo conté, y añadí que me proponía volver en el acto a -mi casa.</p> - -<p>—Pero entonces esos hombres acaso le arresten a usted—dijo Mr. -Southern—antes de que podamos intervenir nosotros.</p> - -<p>—Tengo que afrontar ese riesgo—repliqué, y un momento después me -fuí.</p> - -<p>Pero, antes de llegar a la mitad de la calle de Alcalá, dos -individuos vinieron a mí, y, diciéndome que era su prisionero, me -mandaron seguirlos a la oficina del <i>corregidor</i>.</p> - -<p>Eran dos <i>alguaciles</i>, quienes, sospechando que podría entrar -en la embajada o salir de ella, estaban en acecho por las -inmediaciones.</p> - -<p>Rápidamente me volví a Francisco y le dije en vascuence que fuese -otra vez a la embajada y contase al secretario lo que acababa de -suceder. El pobre muchacho salió como una exhalación, no sin volver -a medias el cuerpo de vez en cuando para amenazar con el puño y -cubrir de improperios en vas<span class="pagenum" id="Page_54">[p. -54]</span>cuence a los dos <i>lapurrac</i>, como llamaba a los -<i>alguaciles</i>.</p> - -<p>Lleváronme a la <i>jefatura</i>, donde está el despacho del -<i>corregidor</i>, y me introdujeron en una vasta pieza, invitándome con -el gesto a tomar asiento en un banco de madera. Luego se me puso uno -a cada lado. Aparte de nosotros, había en la habitación unas veinte -personas lo menos; con toda seguridad, empleados de la casa, a juzgar -por su aspecto. Iban todos bien vestidos, a la moda francesa en su -mayoría; y, sin embargo, harto se notaba lo que en realidad eran: -<i>alguaciles</i>, espías y soplones. Si Gil Blas hubiera despertado de -su sueño de dos siglos, los hubiese reconocido sin dificultad, a -pesar de la diferencia de trajes. Lanzábanme ojeadas al pasar, según -recorrían la habitación de arriba a abajo; luego se reunieron en un -corro y empezaron a cuchichear. Le oí decir a uno de ellos:</p> - -<p>—Entiende los siete dialectos del gitano.</p> - -<p>Entonces, otro, andaluz sin género de duda, a juzgar por el habla, -dijo:</p> - -<p>—<i>Es muy diestro</i>; monta a caballo y tira el cuchillo tan bien -como si fuera de mi tierra.</p> - -<p>Al oírlo, se volvieron todos y me miraron con interés, mezclado, -evidentemente, de respeto, como de seguro no lo hubieran sentido -si hubiesen pensado que yo era tan sólo un hombre de bien que daba -testimonio en la causa de la justicia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_55">[p. 55]</span></p> - -<p>Esperé pacientemente en el banco una hora lo menos, creyendo que -me llamarían de un momento a otro a presencia del señor <i>corregidor</i>. -Pero me figuro que no debieron de juzgarme digno de ver a tan -eminente personaje, porque al cabo de ese tiempo un hombre de edad -provecta—perteneciente, empero, al género <i>alguacil</i>—entró en el -aposento y avanzó derechamente hacia mí.</p> - -<p>—Levántese—dijo.</p> - -<p>Obedecí.</p> - -<p>—¿Cómo es su nombre?—preguntó.</p> - -<p>Se lo dije.</p> - -<p>—Entonces—replicó mostrando un papel que tenía en la mano—, -<i>señor</i>, su excelencia el <i>corregidor</i> manda que le llevemos a usted -a la cárcel sin tardanza.</p> - -<p>Me miraba fijamente al hablar, quizás con la esperanza de verme -caer al suelo al oír el formidable nombre de cárcel; sin embargo, me -limité a sonreír. Entonces entregó el papel, que supongo sería la -orden de encarcelamiento, a uno de mis dos apresadores, y, obediente -a la seña que me hicieron, eché a andar tras ellos.</p> - -<p>Supe más adelante que tan pronto como sir Jorge tuvo noticia -de mi arresto envió al secretario de la legación, Mr. Southern, a -visitar al corregidor, y estuvo haciendo antesala la mayor parte -del tiempo que yo permanecí en la jefatura. Al pedir audiencia al -<i>corregidor</i> se proponía darle sus quejas y se<span class="pagenum" -id="Page_56">[p. 56]</span>ñalarle los peligros a que se exponía con -el paso temerario que acababa de dar. El corregidor, muy terco, se -negó a recibirle, pensando quizás que avenirse a razones redundaría -en menoscabo de su dignidad; pero su conducta me favoreció por modo -eficacísimo, porque después de tal ejemplo de gratuita insolencia -nadie puso en duda la injusticia y el atropello de que me había hecho -víctima.</p> - -<p>Los <i>alguaciles</i> me llevaron por la Plaza Mayor a la Cárcel de -la Corte, que así se llama. Al cruzar la plaza recordé que, en los -buenos tiempos pasados, la Inquisición de España acostumbraba a -celebrar allí sus solemnes <i>autos de fe</i>, y eché una mirada a los -balcones de la Casa de la Villa, desde donde presenció el último rey -de la dinastía austriaca el auto más solemne que se recuerda, y, -después de ver quemar por grupos de cuatro o de cinco unos treinta -herejes, hombres y mujeres, se enjugó el rostro, sudoroso por el -calor y ennegrecido por el humo, y tranquilamente preguntó: «<i>¿No hay -más?</i>»; ejemplar prueba de paciencia muy aplaudida por sus curas y -confesores, que, andando el tiempo, le envenenaron.</p> - -<p>—Y aquí estoy yo—iba yo pensando—, que he hecho en contra -del papismo más que todos los pobres cristianos martirizados en -esta maldita plaza, enviado simplemente a la cárcel, de la que -estoy seguro de salir den<span class="pagenum" id="Page_57">[p. -57]</span>tro de pocos días con buena opinión y aplauso. ¡Papa de -Roma! Creo que sigues siendo tan maligno como siempre; pero de -tan escaso poder, que da lástima. Te estás quedando paralítico, -<i>Batuschca</i>, y tu cayado se ha convertido en una muleta.</p> - -<p>Llegamos a la cárcel, sita en una calle estrecha, no lejos de la -Plaza Mayor. Entramos en un pasadizo obscuro, a cuyo extremo había -una verja. Llamaron mis conductores, y un rostro feroz se dejó ver -a través de la verja; hubo un cambio de palabras, y a los pocos -momentos me encontré dentro de la cárcel de Madrid, en una especie -de corredor abierto a considerable altura sobre un patio, de donde -subía fuerte rumor de voces y, en ocasiones, gritos y clamores -salvajes. En el corredor, que servía como de oficina, había varias -personas, una de ellas sentada detrás de un pupitre; hacia ella -fueron los <i>alguaciles</i>, y, después de hablar un rato en voz baja, -pusieron en sus manos la orden de arresto. La leyó con atención, y, -levantándose después, se me acercó. ¡Qué tipo! Tendría unos cuarenta -años, y su estatura hubiera sido de unos seis pies y dos pulgadas -a no ir encorvado en forma que parecía una ese. Era más delgado -que un hilo; diríase que un soplo de aire bastaba para llevárselo. -Su rostro hubiera sido hermoso sin tan portentosa y extraordinaria -delgadez. Tenía la nariz aguileña; los dientes blancos como<span -class="pagenum" id="Page_58">[p. 58]</span> el marfil; negros los -ojos—¡oh, qué negrura!—, de muy extraña expresión; atezada la piel, -y el pelo de la cabeza como las plumas del cuervo. Sus facciones -dilatábanse de continuo por una sonrisa profunda y tranquila, que con -toda su tranquilidad era una sonrisa cruel, muy propia del semblante -de un Nerón. «<i>Mais en revanche personne n’étoit plus honnête.</i>»</p> - -<p>—<i>Caballero</i>—dijo—, permítame usted que me presente yo mismo: soy -el <i>alcaide</i> de esta cárcel. Veo por este papel que durante cierto -tiempo, muy corto, sin duda, tendré el honor de que me haga compañía -bajo este techo; espero que desechará usted de su ánimo todo temor. -Me encargan que le trate a usted con todo el respeto debido a la -ilustre nación a que pertenece y a que tiene derecho un caballero -de tan elevada condición. La verdad es que el encargo está de más, -pues por mi propio impulso hubiera tenido yo gran placer en colmarle -de atenciones y comodidades. <i>Caballero</i>, debe usted considerarse -aquí más como huésped que como preso. Puede usted correr toda la -casa a su antojo. Aquí encontrará usted cosas no del todo indignas -de la atención de un espíritu reflexivo. Le ruego que disponga de -los llaveros y empleados como de sus criados propios. Ahora voy -a tener el honor de llevarle a su habitación, la única que hay -vacía. La reservamos siempre<span class="pagenum" id="Page_59">[p. -59]</span> para caballeros distinguidos. De nuevo me congratulo de -que las órdenes recibidas coincidan con mi inclinación personal. No -se le pondrá a usted cuenta ninguna, aunque el alquiler diario de -ese cuarto llega a veces a una onza de oro. Le ruego, pues, que me -siga, caballero, y me considere en todos tiempos y ocasiones como su -afectísimo y obediente servidor.</p> - -<p>Al decir esto, se quitó el sombrero y me hizo una profunda -reverencia.</p> - -<p>Tal fué el discurso del <i>alcaide</i> de la cárcel de Madrid, discurso -pronunciado en puro y sonoro castellano, con mucho reposo, gravedad -y casi dignidad; discurso que hubiera hecho honor a un magnate de -ilustre cuna, a monsieur Bassompierre recibiendo en la Bastilla a un -príncipe italiano, o al gobernador de la Torre de Londres recibiendo -a un duque inglés acusado de alta traición. Pues bien: ¿quién era -este <i>alcaide</i>? Uno de los mayores tunantes de España. Un individuo -que más de una vez, por su rapacidad y avaricia, y por mermar las -miserables raciones de los presos, había provocado insurrecciones en -el patio, sofocadas en sangre con ayuda de la fuerza militar; un tipo -de baja extracción, que cinco años antes era tambor en una partida -de voluntarios realistas. Pero España es el país de los caracteres -extraordinarios.</p> - -<p>Seguí al <i>alcaide</i> hasta el final del corre<span class="pagenum" -id="Page_60">[p. 60]</span>dor, donde había una verja muy espesa, -y a cada lado de ella estaba sentado un llavero, tipos de horrenda -catadura. Se abrió la verja, y, volviendo a la derecha, seguimos por -otro corredor, donde había mucha gente paseándose: presos políticos, -según supe más tarde. Al final del corredor, que abarcaba toda la -longitud del <i>patio</i>, entramos en otro; la primer habitación que -encontramos era la que me habían destinado. El aposento, espacioso -y alto de techo, estaba en absoluto desprovisto de muebles, con -excepción de una cuba de madera, destinada a contener mi ración -diaria de agua.</p> - -<p>—<i>Caballero</i>—dijo el <i>alcaide</i>—, como usted ve, el cuarto está -desamueblado. Ya son las tres de la <i>tarde</i>; por tanto, le aconsejo -a usted que, sin descuidarse, envíe a buscar a su posada una cama y -las demás cosas que pueda necesitar; el <i>llavero</i> le hará a usted la -cama. <i>Caballero</i>, adiós, hasta otra vista.</p> - -<p>Seguí su consejo, y escribí con lápiz una nota a María Díaz, -enviándosela por el <i>llavero</i>; hecho esto, me senté en la cuba, y caí -en una especie de ensueño que me duró mucho tiempo.</p> - -<p>Al cerrar la noche llegó María Díaz, acompañada de dos mozos de -cordel y de Francisco, todos cargados. Encendieron una lámpara, -echaron lumbre en el brasero, y la melancolía de la cárcel se disipó -hasta cierto punto.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_61">[p. 61]</span></p> - -<p>Cuando tuve silla donde sentarme, me levanté de la cuba y me -puse a despachar algunos manjares que mi buena patrona no se había -olvidado de traerme. De pronto, Mr. Southern entró. Se echó a reír de -buena gana al verme ocupado en la forma que he dicho.</p> - -<p>—Borrow—me dijo—, es usted hombre muy a propósito para correr -mundo, porque todo lo toma usted con frialdad y como la cosa más -natural. Pero lo que más me sorprende en usted es el gran número -de amigos que tiene; no le falta a usted en la cárcel gente que se -afane por su bienestar. Hasta su criado es amigo de usted, en lugar -de ser, como en general ocurre, su peor enemigo. Ese vascongado es -una criatura muy noble. No olvidaré nunca cómo habló de usted cuando -llegó corriendo a la Embajada a llevar la noticia de su arresto. -Tanto a sir Jorge como a mí, nos interesó mucho; si alguna vez desea -usted separarse de él, avíseme, para tomarlo a mi servicio. Pero -hablemos de otra cosa.</p> - -<p>Entonces me contó que sir Jorge había ya enviado a Ofalia una nota -oficial pidiendo reparaciones por el caprichoso ultraje cometido en -la persona de un súbdito británico.</p> - -<p>—Estará usted en la cárcel esta noche—dijo—; pero tenga la -seguridad de que mañana, si lo desea, puede salir de aquí en -triunfo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_62">[p. 62]</span></p> - -<p>—De ningún modo lo deseo—repliqué—. Me han metido en la cárcel por -hacer su capricho, y yo me propongo permanecer en ella por hacer el -mío.</p> - -<p>—Si el tedio de la cárcel no puede más que usted—dijo Mr. -Southern—, creo que esa resolución es la más conveniente; el Gobierno -se ha comprometido de mala manera en este asunto, y, hablando con -franqueza, no lo sentimos, ni mucho menos. Esos señores nos han -tratado más de una vez con excesiva desconsideración, y ahora se -nos presenta, si continúa usted firme, una excelente oportunidad -de humillar su insolencia. Voy al instante a decir a sir Jorge -la resolución de usted, y mañana temprano tendrá usted noticias -nuestras.</p> - -<p>Con esto se despidió de mí; me acosté, y no tardé en dormirme en -la cárcel de Madrid.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_63">[p. 63]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XL</h2> - <p class="subhang"> - Ofalia. — El juez. — Cárcel de la Corte. — El domingo en la cárcel. - — Vestimenta de los ladrones. — Padre e hijo. — Un comportamiento - característico. — El francés. — La ración carcelaria. — El valle de - las sombras. — Castellano puro. — Balseiro. — La cueva. — La gloria - del ladrón. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">O</span><span class="smcap">falia</span> -comprendió en seguida que la prisión de un súbdito británico, -hecha en forma tan ilegal, traería probablemente consecuencias -graves. Si él en persona animó al <i>corregidor</i> en su conducta -respecto de mí, es cosa imposible de decidir; probablemente, no lo -hizo; pero el corregidor era un funcionario de su elección, y de -sus actos eran hasta cierto punto responsables Ofalia y todo el -Gobierno. Sir Jorge había presentado ya una protesta muy enérgica, -y había llegado a decir en una nota oficial que desistiría de toda -ulterior comunicación con el Gobierno español mientras no se me -dieran las reparaciones amplias y completas a que tenía derecho -por el atropello sufrido. Ofalia respondió que iban a adoptarse -inmedia<span class="pagenum" id="Page_64">[p. 64]</span>tamente las -disposiciones necesarias para mi excarcelación, y que mía sería la -culpa si después continuaba preso. Sin dilación ordenó a un <i>juez de -la primera instancia</i> que fuese a tomarme declaración y me soltara, -amonestándome para que fuese más prudente en lo sucesivo. Pero mis -amigos de la Embajada me habían aconsejado lo que debía hacer en -aquel caso. Por consiguiente, cuando el <i>juez</i>, en la segunda noche -de mi encarcelamiento, se presentó en la prisión y me llamó a su -presencia, acudí, en efecto; pero al querer interrogarme, me negué en -redondo a contestar.</p> - -<p>—No tiene usted derecho para interrogarme—le dije—. No quiero -faltar al respeto debido al Gobierno y a usted, <i>caballero juez</i> pero -me han encarcelado ilegalmente. Un jurista tan competente como usted -no puede ignorar que, conforme a las leyes españolas, yo, por ser -extranjero, no puedo ser llevado a la cárcel bajo la inculpación que -se me ha hecho, sin comparecer previamente ante el capitán general de -esta real ciudad, cuyo deber es proteger a los extranjeros y ver si -no se han infringido en sus personas las leyes de la hospitalidad.</p> - -<p><span class="smcap">Juez.</span>—Vaya, vaya, <i>Don Jorge</i>, ya veo -adónde quiere ir a parar; pero sea usted razonable: no le hablo -como <i>juez</i>, sino como un amigo que desea su bien y que siente -profunda reverencia por la nación británica.<span class="pagenum" -id="Page_65">[p. 65]</span> Todo este asunto es baladí; no niego -que el jefe político ha procedido con alguna ligereza por informes -de una persona quizás no muy digna de crédito; pero no se le han -causado a usted graves daños, y a una persona de mundo como usted -una aventurilla de este género más le sirve de diversión que de -otra cosa. Sea usted razonable, olvide lo ocurrido; ya sabe que lo -propio de un cristiano, y además su deber, es perdonar. Le aconsejo, -<i>Don Jorge</i>, que salga de la cárcel al momento; me atrevo a decir -que ya está usted cansado de ella. En este momento es usted libre -de marcharse; váyase al punto a su casa, y yo le prometo a usted -que a nadie se le permitirá ir a molestarle en lo sucesivo. Ya va -siendo tarde, y las puertas de la cárcel se cerrarán dentro de poco. -<i>¡Vamos, Don Jorge, a la casa, a la posada!</i></p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Pero Pablo les dijo: «Nos han -azotado públicamente sin oírnos en juicio, siendo romanos, y nos -han arrojado en la cárcel. ¿Y ahora salen con soltarnos en secreto? -No ha de ser así; sino que han de venir y soltarnos ellos mismos»<a -id="FNanchor_11" href="#Footnote_11" class="fnanchor">[11]</a>.</p> - -<p>Luego le hice una reverencia al juez, que se encogió de hombros y -tomó un polvo de tabaco. Al salir del aposento me volví al <i>alcaide</i>, -que estaba de pie en la puerta, y le dije:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_66">[p. 66]</span></p> - -<p>—Sepa usted que no saldré de esta cárcel hasta que haya recibido -plena satisfacción del atropello que sufro. Usted puede expulsarme, -si quiere; pero cualquier intento que usted haga lo resistiré con -todas mis fuerzas.</p> - -<p>—Usía tiene razón—dijo en voz baja el alcaide, inclinándose.</p> - -<p>Sir Jorge, al enterarse de esto, me escribió una carta alabando mi -resolución de permanecer por el pronto en la cárcel, y rogándome que -le dijese qué cosas podrían enviarme de la Embajada para aliviar un -poco mi situación.</p> - -<p>Voy a dejar por un momento mis asuntos personales, y contaré -algunas cosas relativas a la cárcel de Madrid y a sus huéspedes.</p> - -<p>La <i>Cárcel de la Corte</i>, donde yo estaba, aunque es la principal -prisión de Madrid, no dice nada, ciertamente, en favor de la capital -de España. No he tenido ocasión de averiguar si fué construída -precisamente para el destino que hoy tiene<a id="FNanchor_12" -href="#Footnote_12" class="fnanchor">[12]</a>; lo probable es que no, -porque la práctica de levantar edificios adecuados para encarcelar -a los delincuentes no se ha extendido hasta estos últi<span -class="pagenum" id="Page_67">[p. 67]</span>mos años. En todos los -países ha sido costumbre convertir en prisiones los castillos, -conventos y palacios abandonados, práctica todavía en vigor en la -mayor parte del continente, sobre todo en España e Italia, y a la -cual se debe en buena parte la inseguridad de las prisiones, y la -miseria, suciedad e insalubridad que generalmente reinan en ellas.</p> - -<p>No me propongo describir detenidamente la cárcel de Madrid: verdad -que sería casi imposible describir un edificio tan irregular y -destartalado. Lo más característico son los dos patios, el uno detrás -del otro, destinados al recreo y aireación de la masa principal de -presos. Tres <i>calabozos</i> abovedados ocupan tres lados del patio, -debajo justamente de las galerías de que antes hablé. Esos calabozos -tienen capacidad para ciento o ciento cincuenta presos cada uno, y -en ellos quedan encerrados por la noche con cerrojos y barras; pero -durante el día pueden vagar por los patios a su antojo. El segundo -patio era mucho más grande que el primero; pero sólo contenía dos -calabozos, horriblemente inmundos y repugnantes; en este segundo -patio se encierra a los ladrones de ínfima categoría. Uno de los -calabozos es, si cabe, más horrible que el otro; le llaman la -<i>gallinería</i>, y en él encerraban todas las noches la carne joven -del presidio: chicuelos infelices de siete a quince años de<span -class="pagenum" id="Page_68">[p. 68]</span> edad, casi todos en la -mayor desnudez. El lecho común de los huéspedes de estos calabozos -era el suelo, sin que entre él y sus cuerpos se interpusiese nada, -salvo a veces una <i>manta</i> o un delgado jergón; pero este último lujo -era rarísimo.</p> - -<p>Además de los <i>calabozos</i> que daban a los patios, había otros en -diversos sitios de la cárcel; algunos completamente en tinieblas, -destinados a recibir a quienes parecía conveniente tratar con -especial rigor. Había también un departamento para mujeres. A la -galería principal daban varios aposentos pequeños, donde residían -los presos por deudas o por delitos políticos. Por último, había una -pequeña capilla, donde los reos de muerte pasan los tres últimos días -de su existencia, en compañía de sus directores espirituales.</p> - -<p>No se me olvidará fácilmente el primer domingo que pasé en la -cárcel. El domingo es día de gala en la cárcel, al menos en la de -Madrid, y en ese día santo toda la ladronería de la cárcel exhibe -sus galas y primores. No hay en el mundo gente más vanidosa que los -ladrones, en general, ni más amiga de figurar y de llamar la atención -de los camaradas por su apariencia fastuosa. En tiempos pasados, el -célebre Sheppard se recreaba vistiendo un traje de terciopelo de -Génova, y cuando se presentaba en público, llevaba generalmente al -costado una espada<span class="pagenum" id="Page_69">[p. 69]</span> -con guarnición de plata. Vaux y Hayward, héroes más modernos, eran -los hombres mejor vestidos en el <i>pavé</i> de Londres. Muchos bandidos -italianos se engalanan con esplendidez, y hasta los ladrones gitanos -sienten los encantos del vestir ricamente; sólo el gorro de Haram -Pasha, jefe de la partida de gitanos caníbales que infestó a Hungría -a fines del siglo pasado, llevaba adornos de oro y joyas evaluados -en cuatro mil guilders. ¡Vean los frívolos y vanidosos cuán bien se -armonizan el crimen y la vanidad! Los ladrones españoles son tan -amigos de este género de ostentación como sus hermanos de otras -tierras, y tanto en la cárcel como fuera de ella, su mayor contento -es lucir su profusión de ropa blanca, ya recostados al sol, ya -paseándose gentilmente de aquí para allá.</p> - -<p>Ropa blanca como la nieve: tal es el rasgo principal de la vanidad -de los ladrones de España. No llevan chaqueta encima de la camisa, -cuyas mangas son anchas y flotantes; sólo usan un chaleco de seda -verde o azul, con muchos botones de plata, que son más de adorno que -de uso, pues rara vez los abrochan. Llevan, además, calzones anchos, -un poco a la manera turca; rodeada a la cintura una <i>faja</i> carmesí, -y anudado en torno de la cabeza un pañuelo de vivos colores, de los -telares de Barcelona; zapatos finos y medias de seda completan el -arreo<span class="pagenum" id="Page_70">[p. 70]</span> del ladrón. -Este vestido es bastante pintoresco, y muy apropiado al tiempo -soleado y brillante de la Península; pero hay en él una chispa de -afeminamiento, que cuadra mal con el arriesgado oficio de ladrón. No -se crea, sin embargo, que cualquier ladrón puede permitirse semejante -lujo: hay varias categorías de ladrones, algunos bastante pobres, -que apenas tienen un harapo para cubrirse. Quizás en la cárcel -de Madrid, tan poblada, no hubiera más de veinte que aparecieran -vestidos en la forma que he tratado de describir; eran <i>gente de -reputación</i>, ladrones encumbrados, casi todos jóvenes, que si bien -no tenían dinero propio, los sostenían en la posición sus <i>majas</i> y -<i>amigas</i>, mujeres de cierta clase que traban amistad con los ladrones -y cuya mayor gloria y deleite consiste en satisfacer la vanidad de -sus amigos con los gajes de su propia vergüenza y envilecimiento. -Estas mujeres proveen a sus <i>cortejos</i> de ropa nívea, lavada quizás -por sus propias manos en las aguas del Manzanares, para la parada -del domingo, momento en que ellas, vestidas <i>a la maja</i>, aparecen -en las galerías altas y miran con ojos de admiración a los ladrones -pavoneándose en el patio.</p> - -<p>Entre esta gente de la ropa nívea, dos tipos llamaron -especialmente mi atención: eran padre e hijo. El primero, de -unos treinta años, de atlética estatura, era ladrón noc<span -class="pagenum" id="Page_71">[p. 71]</span>turno, famoso por su -habilidad en el oficio. Hallábase preso por una muerte atroz, -perpetrada, a favor de una noche silenciosa, en una casa de -Carabanchel, donde tuvo por único cómplice a su hijo, un niño de -menos de siete años de edad. «La manzana—como dice Dauer—no ha caído -lejos del árbol.» El retoño era en un todo un traslado de su padre, -aunque en miniatura. Llevaba también las mangas de seda, el chaleco -con botones de plata y el pañuelo rodeado a la cabeza, como los -ladrones, y, cosa bastante ridícula, un enorme cuchillo manchego en -la <i>faja</i> carmesí. Con toda evidencia, era el orgullo del rufián de -su padre, que atendía con todos los cuidados imaginables a aquella -cría de la horca; le columpiaba en sus rodillas, y a veces se quitaba -el cigarro de sus labios bigotudos para ponérselo en la boca al -pequeñuelo. El chico era el favorito del patio, porque su padre era -uno de los <i>valientes</i> de la cárcel, y los que temían sus proezas y -deseaban serle agradables estaban siempre mimando a su hijo. ¡Qué -enigma es este mundo! ¡Qué obscuras y misteriosas las fuentes de -lo que llaman crimen y virtud! Si aquel desventurado niño es, con -el tiempo, un asesino como su padre, ¿podría culpársele por ello? -Arrullado por ladrones, ya vestido de ladrón, hijo de un ladrón cuya -historia fué quizás igual a ésta, ¿es justo...?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_72">[p. 72]</span></p> - -<p>¡Oh hombre! ¡Hombre! No intentes penetrar en el misterio del bien -y del mal morales; reconoce que eres un gusano, arrójate al suelo y -murmura con los labios pegados al polvo: ¡Jesús! ¡Jesús!</p> - -<p>Lo que más me sorprendió fué el buen comportamiento de los -presos; lo llamo bueno después de considerar bien todas las cosas -y de compararlo con el de la generalidad de los presos en otros -países. Tienen en ocasiones sus estallidos de alegría salvaje, sus -riñas, que habitualmente ventilan en el segundo patio cuchillo en -mano; el resultado suele ser con frecuencia una muerte, o algún -desgarrón espantoso en la cara o en el abdomen; pero, en general, -su conducta era infinitamente superior a lo que podía esperarse de -los huéspedes de tal lugar. Sin embargo, no era el resultado de la -coacción, ni de vigilancia alguna especial que se ejerciese sobre -ellos, pues quizás en ninguna parte del mundo están los presos tan -abandonados a sí mismos y en tan extremado descuido como en España: -las autoridades no se preocupan más que de impedir su fuga; no -prestan la más mínima atención a su conducta moral, ni consagran un -solo pensamiento a su salud, comodidad o mejoramiento mental mientras -los tienen encerrados. Con todo, en esta cárcel de Madrid, y puede -decirse que en las prisiones españolas en general, pues he sido -huésped de más<span class="pagenum" id="Page_73">[p. 73]</span> -de una, los oídos del visitante no se sienten nunca lastimados con -las horrendas blasfemias y obscenidades que se oyen en las cárceles -de otros países, especialmente en las de la civilizada Francia; -ni ofendidos sus ojos e insultado personalmente, como lo sería de -seguro en Bicêtre al querer mirar al patio desde las galerías, y -eso que en la cárcel de Madrid se hallaban tipos de lo más perdido -de España, rufianes que tenían a su cargo atrocidades y crueldades -espeluznantes. Pero la gravedad y la calma son los caracteres -que predominan en los españoles; y hasta el ladrón, salvo en los -instantes en que está entregado a sus faenas (y entonces no le hay -más sanguinario, más despiadado ni más rapaz y ansioso de botín), -puede ser hombre cortés y afable, que gusta de conducirse con -templanza y decoro.</p> - -<p>Felizmente para mí, quizás, mi conocimiento con los rufianes de -España comenzó y acabó en las ciudades por donde anduve y en las -prisiones en que fuí arrojado por la causa del Evangelio, y, a pesar -de mis frecuentes viajes, nunca me los encontré en los caminos ni en -<i>despoblado</i>.</p> - -<p>El preso de peor genio en toda la cárcel, y también probablemente -el más notable, era un francés como de sesenta años, de estatura -regular, pero delgado, como casi todos sus compatriotas. La hechura -del cráneo delataba, para un frenólogo, la vileza del<span -class="pagenum" id="Page_74">[p. 74]</span> sujeto; sus facciones -tenían muy dañada expresión. No llevaba sombrero, y sus vestidos, -aunque parecían casi nuevos, eran de lo más ordinario. Por lo general -manteníase apartado de los demás, y se pasaba horas enteras de pie -recostado en las paredes, con los brazos caídos, mirando con ojos -de mal humor a cuantos pasaban por delante. No figuraba entre los -<i>valientes</i> de profesión de la cárcel: su edad no le permitía ya -asumir tan eminente calidad; pero todos los demás presos parecían -tratarle con cierto temor: quizás temían su lengua, pues, en -ocasiones, empleábala en verter maldiciones horrendas sobre los que -incurrían en su desagrado. Hablaba a la perfección en buen español -y, con gran sorpresa mía, en excelente vascuence, y en esta lengua -conversaba con Francisco, quien, asomándose a la ventana de mi -cuarto, bromeaba con los presos del patio, que le tenían en gran -aprecio.</p> - -<p>Un día, estando en el <i>patio</i>, donde por permiso del <i>alcaide</i> -podía entrar cuando quería, me acerqué al francés, que estaba, como -de costumbre, recostado en la pared, y le ofrecí un cigarro. Yo no -fumo, pero no debe uno mezclarse con las clases bajas de España sin -llevar un cigarro que ofrecer llegado el caso. El hombre me miró con -ferocidad un instante, y, al parecer, iba a rechazar mi obsequio con -una horrible maldición quizás. Repetí el ofrecimiento, sin embargo, -lleván<span class="pagenum" id="Page_75">[p. 75]</span>dome la mano -al corazón, y en el acto sus torvas facciones se dilataron, y con -un gesto genuinamente francés, y una profunda cortesía, aceptó el -cigarro, exclamando:</p> - -<p>—<i>Ah, monsieur, pardon, mais c’est faire trop d’honneur à un -pauvre diable comme moi.</i></p> - -<p>—Nada de eso—repliqué—. Los dos estamos presos en tierra -extranjera y, por tanto, debemos protegernos mutuamente. Supongo que -siempre que necesite su ayuda de usted en la cárcel podré contar con -ella.</p> - -<p>—<i>Ah, monsieur</i>—exclamó el francés transportado—, <i>vous avez bien -raison; il faut que les étrangers se donnent la main dans ce... pays -de barbares</i>. <i>Tenez</i>—añadió en voz baja—si tiene usted algún plan -para escaparse, y necesita de mí, cuente con un brazo y un cuchillo -a su servicio; puede usted fiarse de mí: no espere tanto de ninguna -de esas <i>sacrées gens d’ici</i>—. Al decir esto echó una rabiosa mirada -sobre sus compañeros de cárcel.</p> - -<p>—No me parece usted muy amigo de España ni de los españoles—dije -yo—. Deduzco que han cometido con usted alguna injusticia. ¿Por qué -está usted en la cárcel?</p> - -<p>—<i>Pour rien du tout, c’est à dire pour une bagatelle</i>; pero ¿qué -puede esperarse de estos animales? ¿No le han encarcelado a usted, -según he oído, por brujería y gitanismo?</p> - -<p>—¿Quizás le han traído aquí por sus opiniones?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_76">[p. 76]</span></p> - -<p>—<i>Ah mon Dieu, non; je ne suis pas homme à semblable betise.</i> Yo -no tengo opiniones. <i>Je faisois... mais ce n’importe; je me trouve -ici, où je crève de faim.</i></p> - -<p>—Siento ver a un buen hombre en situación tan calamitosa—dije yo—. -¿No tiene usted para vivir algo más que la ración de la cárcel? ¿No -tiene usted amigos?</p> - -<p>—¿Amigos en este país? Se burla usted de mí. ¡Aquí no encuentra -uno amigos, a menos que los compre! ¡Reviento de hambre! Desde que -entré aquí he ido vendiendo mi ropa, hasta quedarme desnudo, para -comer, porque la ración de la cárcel no basta para el sustento, y aún -nos roba la mitad el <i>Batu</i>, como llaman al bárbaro del gobernador. -Les <i>haillons</i> que ahora me cubren me los han dado unas señoras -devotas que algunas veces nos visitan. Los vendería si valiesen algo. -No tengo un <i>sou</i>, y por falta de unos cuantos duros me ahorcarán -dentro de un mes si no logro escaparme, aunque, como ya le dije -antes, no he hecho nada: una simple bagatela; pero en España no hay -peores crímenes que la pobreza y la miseria.</p> - -<p>—Le he oído a usted hablar en vascuence. ¿Es usted de la Vizcaya -francesa?</p> - -<p>—Soy de Bordeaux, <i>monsieur</i>; pero he vivido mucho tiempo en las -Landas y en Vizcaya, <i>travaillant à mon metier</i>. Leo en sus ojos que -desea usted conocer mi historia; no se la cuento; no contiene nada -de<span class="pagenum" id="Page_77">[p. 77]</span> particular. Vea -usted, ya me he fumado el cigarro; deme usted otro, y un duro de -añadidura, si me hace el favor, <i>nous sommes crevés ici de faim</i>. -A un español no le diría tanto; pero sus compatriotas de usted -me inspiran respeto; los conozco bien; he tropezado con ellos en -Maida y en el otro sitio<a id="FNanchor_13" href="#Footnote_13" -class="fnanchor">[13]</a>.</p> - -<p>¡Nada de particular en su historia! Mucho me engaño, o un solo -capítulo de su vida, de haberse escrito, hubiera contenido más -peripecias maravillosas que cincuenta volúmenes de aventuras por -tierra y mar de las que más arriesgadas parezcan. Había sido soldado. -¡Qué de cosas no podría contar aquel hombre de marchas y retiradas, -de batallas perdidas y ganadas, de ciudades saqueadas, conventos -allanados! Quizás había visto las llamas de Moscou subir hasta las -nubes, y «había medido sus fuerzas con las de la Naturaleza en el -desierto invernal», asaltado por las borrascas de nieve y mordido -por el tremendo frío de Rusia. ¿Y qué podía significar con lo de -ejercer su oficio en Vizcaya y en las Landas, sino que había sido -ladrón en esas regiones agrestes, la segunda de las cuales es, por -los robos y crímenes que en ella se cometen, la peor reputada de todo -el territorio francés? ¿Nada de particular en su historia? Entonces, -¿qué historia tendrá algo que valga la pena de ser contado?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_78">[p. 78]</span></p> - -<p>Di al preso el cigarro y el duro. Se los guardó, y dejando caer -nuevamente los brazos, y recostándose en la pared, pareció hundirse -poco a poco en uno de sus ensimismamientos. Le miré a la cara y le -hablé; pero no pareció oírme ni verme. Su espíritu erraba quizás en -el pavoroso valle de la sombra, hasta el que se abren camino a veces, -durante su vida, los hijos de la tierra; pavoroso lugar donde no hay -agua, ni mora la esperanza, ni vive más que el gusano imperecedero -del remordimiento. Ese valle es un facsímil del infierno, y quien -penetra en él sufre aquí en la tierra temporalmente lo que las almas -de los condenados han de sufrir a través de las edades sin fin.</p> - -<p>El francés fué ahorcado un mes más tarde. La bagatela por que -estaba preso eran varios robos y asesinatos cometidos mediante -una singular estratagema. De concierto con otros dos, alquiló una -vasta casa en un barrio poco frecuentado, y a ella mandaba que -le enviasen géneros de valor que compraba en los comercios para -pagarlos en el momento de la entrega, y los que iban a entregar -pagaban su credulidad con la pérdida del género y de la vida. Dos o -tres cayeron en el lazo. Tuve vivos deseos de hablar privadamente -con aquel hombre tan arrojado, y, por tanto, rogué al <i>alcaide</i> que -le permitiera comer conmigo en mi cuarto; a esto, el gobernador, a -quien me tomaré la<span class="pagenum" id="Page_79">[p. 79]</span> -libertad de llamar monsieur Bassompierre, por habérseme olvidado su -verdadero nombre, se quitó el sombrero, y con sus habituales sonrisa -y reverencias me replicó en el más puro castellano:</p> - -<p>—Caballero inglés, y creo que puedo añadir, amigo mío: perdóneme -usted, pero me es del todo imposible acceder a su petición, fundada, -no lo dudo, en los más admirables sentimientos de filosofía. A otro -cualquiera de estos caballeros que están bajo mi custodia se le -permitirá, cuando usted lo desee, acompañarle en su cuarto. Incluso -llegaré a mandar que le quiten los grillos al que haya de ir con -usted, si tuviese grillos puestos, a fin de que pueda participar en -la comida de usted con la comodidad y holgura convenientes; pero con -el caballero de que se trata no puedo consentirlo: es el peor de toda -esta familia, y seguramente en la habitación de usted o en la galería -armaría una <i>función</i> para intentar fugarse. Caballero, <i>me pesa</i>; -pero no puedo acceder a lo que pide. Si se tratase de otro caballero -cualquiera, lo haría con mucho gusto; el mismo Balseiro, a pesar de -lo que de él se cuenta, sabe conducirse como es debido; en su modo de -proceder hay siempre algo de formalidad y cortesía; si usted quiere, -caballero, irá a disfrutar de su hospitalidad.</p> - -<p>Ya he hablado de Balseiro en la primera<span class="pagenum" -id="Page_80">[p. 80]</span> parte de esta narración. Hallábase ahora -encerrado en el piso más alto de la cárcel, en un calabozo muy -seguro, con otros malhechores. Había sido condenado, en unión de -un Pepe Candelas, ladrón de no corta fama, por un audacísimo robo -cometido, en pleno día, nada menos que en la persona de la modista -de la reina, una francesa, a quien ataron en una tienda, robándole -dinero y géneros por valor de cinco a seis mil duros. Candelas había -ya expiado su crimen en el patíbulo; pero Balseiro, que era, en -opinión común, el peor de los dos bandidos, había logrado salvar la -vida a fuerza de dinero, un aliado con que su compañero no contaba; -le conmutaron la pena de muerte, a que fué sentenciado, por la de -veinte años de cadena en el <i>presidio</i> de Málaga. Visité al héroe -y conversé con él un rato a través de la reja del calabozo. Me -reconoció y me hizo recordar la victoria que obtuve sobre él en la -disputa acerca de nuestros respectivos conocimientos en <i>gitano</i> -cerrado, en el que Sevilla, el torero, no tenía par.</p> - -<p>Al decirle que sentía verle en tal situación, me replicó que -el asunto no tenía importancia, porque dentro de seis semanas le -llevarían al <i>presidio</i>, y una vez allí, con ayuda de unas onzas bien -distribuídas entre sus guardianes, se escaparía cuando quisiera.</p> - -<p>—Pero ¿adónde vas a ir?—le pregunté.</p> - -<p>—¿No puedo irme a tierra de moros—re<span class="pagenum" -id="Page_81">[p. 81]</span>plicó Balseiro—, o con los ingleses -al campo de Gibraltar, o, si lo prefiero, no puedo volver a este -<i>foro</i> y vivir como hasta aquí, <i>choring</i> a los <i>gachós</i>? ¿Qué me -cuesta esconderme? Madrid es grande, y Balseiro tiene muchos amigos, -especialmente entre los <i>lumias</i>—añadió con una sonrisa.</p> - -<p>Le hablé de su malhadado cómplice Candelas, y su rostro tomó una -expresión horrible.</p> - -<p>—Supongo que estará en los infiernos—exclamó el ladrón.</p> - -<p>La amistad del inicuo nunca es de larga duración. Los dos héroes -regañaron, a lo que parece, en la cárcel, acusándole Candelas al otro -de haber procedido con mala fe y haberse apropiado indebidamente, -para su disfrute personal, el <i>corpus delicti</i> en varios robos -cometidos en compañía.</p> - -<p>No puedo resistir al deseo de contar las aventuras ulteriores de -Balseiro.</p> - -<p>Poco después de mi salida de la cárcel, Balseiro, con poca -paciencia para esperar a que el <i>presidio</i> le ofreciese la ocasión -de recobrar la libertad, agujereó el techo de la cárcel, y en -compañía de otros penados se fugó. Volvió al instante a sus primeros -hábitos, cometiendo muchos robos atrevidos dentro de Madrid y en los -alrededores. Voy a referir el último, al que puedo llamar su crimen -maestro, singular ejemplo de maldad. Los robos callejeros y el escalo -no le<span class="pagenum" id="Page_82">[p. 82]</span> satisfacían, -y resolvió dar un gran golpe con el que esperaba ganar dinero -suficiente para irse a vivir con lujo y esplendor a cualquier país -extranjero.</p> - -<p>Había cierto intendente de la Casa Real, llamado Gabiria, vasco -de nacimiento y dueño de inmensas riquezas, que tenía dos hijos, dos -guapos chicos de doce a catorce años de edad, a quienes yo había -visto a menudo y hasta hablado con ellos en mis correrías por la -orilla del Manzanares, su paseo favorito. Los dos muchachos estaban -educándose, en aquel tiempo, en cierto colegio de Madrid. Balseiro, -conocedor del cariño que su padre les tenía, determinó servirse -de él en provecho de su rapacidad. Trazó un plan, que consistía -ni más ni menos que en secuestrar a los chicos y no devolverlos -sino mediante un rescate enorme. El plan fué ejecutado en parte: -dos cómplices de Balseiro, bien vestidos, llamaron a la puerta -del colegio donde estaban los chicos, y valiéndose de una carta -falsificada, que dieron como escrita por el padre, arrancaron al -director del colegio el permiso para llevarse a los chicos a pasar -un día de campo. A unas cinco leguas de Madrid, Balseiro tenía una -cueva, en un lugar solitario y agreste, entre El Escorial y un pueblo -llamado Torrelodones; allí llevaron a los muchachos, donde quedaron -bajo la custodia de los dos cómplices; Balseiro permaneció<span -class="pagenum" id="Page_83">[p. 83]</span> en Madrid con objeto -de entrar en negociaciones con el padre. Pero éste, hombre de -notable resolución, en lugar de acceder a las peticiones del bandido -formuladas por carta, adoptó sin perder tiempo medidas muy enérgicas -para recobrar sus hijos.</p> - -<p>Envióse gente a pie y a caballo a recorrer la comarca, y antes -de una semana descubrieron a los muchachos cerca de la cueva, -abandonados por sus guardianes, que cogieron miedo al enterarse de -la resolución con que los buscaban; no tardaron en detenerlos, sin -embargo, y los muchachos reconocieron a sus secuestradores.</p> - -<p>Balseiro comprendió que Madrid se ponía inhabitable para él, -y quiso escaparse, no sé si a la tierra del moro o al Campo de -Gibraltar; pero reconocido en un pueblo cercano a Madrid, fué preso, -y sin tardanza llevado a la capital, donde a poco perdió la vida en -el patíbulo con sus dos cómplices; Gabiria y sus hijos presenciaron -la horrible escena a sus anchas, subidos en un carruaje.</p> - -<p>Tal fin tuvo Balseiro, de quien no hubiera hablado tanto a no -ser por lo del <i>gitano</i> cerrado. ¡Pobre desventurado! Conquistó el -género de inmortalidad a que aspiran tantos ladrones españoles, -mientras lucen su nívea ropa blanca pavoneándose en el <i>patio</i>. El -rapto de los hijos de Gabiria le convirtió de golpe en ídolo de -toda la cofradía. Un ladrón famoso, con quien más adelante es<span -class="pagenum" id="Page_84">[p. 84]</span>tuve yo encarcelado en -Sevilla, pronunció su elogio en esta forma:</p> - -<p>—Balseiro era un hombre muy cabal y muy buena persona. Hacía -cabeza de nuestro gremio, <i>Don Jorge</i>; ya no volveremos a verle. -¡Lástima que no pudiera sacar el <i>parné</i> y escaparse a tierra de -moros, <i>Don Jorge</i>!</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_85">[p. 85]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XLI</h2> - <p class="subhang"> - María Díaz. — Reproches del clero. — Visita de Antonio. — Antonio - en funciones. — Una escena. — Benedicto Mol. — Su peregrinación por - España. — Los cuatro Evangelios. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">—S</span><span class="smcap">epamos</span>—dije -a María Díaz tres mañanas después de mi encarcelamiento—. ¿Qué dice -en Madrid la gente a propósito de este suceso?</p> - -<p>—No sé lo que la gente, en general, dirá; probablemente no le -importará esto gran cosa. La verdad, son ya cosa tan corriente las -prisiones, que el público parece que las mira con indiferencia; pero -los curas andan muy revueltos, y confiesan la imprudencia que han -cometido al hacer que su amigo el <i>corregidor</i> le prenda a usted.</p> - -<p>—¿Cómo es eso? ¿Temen que castiguen a su amigo?</p> - -<p>—No tal, <i>señor</i>—replicó María—Eso les importaría poco, aunque el -corregidor se la haya buscado buena por servirlos; esa gente no tiene -afectos, y no se les daría un ardite que colgasen a todos sus amigos, -quedando<span class="pagenum" id="Page_86">[p. 86]</span> ellos en -salvo. Pero dicen que han procedido de ligero al meterle a usted en -la cárcel, porque al hacer eso le han dado a usted ocasión de poner -en práctica un plan antiguo. «Ese individuo es un <i>bribón</i>—dicen—. -Se ha hecho amigo de los presos, y le han enseñado su lengua, que ya -hablaba casi tan bien como si hubiera nacido en la cárcel. En cuanto -le pongan en libertad publicará un Evangelio para que lo lean los -ladrones, y será mucho más peligroso que el Evangelio en gitano, -porque los gitanos son pocos, pero los ladrones...! ¡Ay de nosotros! -¡Todos vamos a ser luteranizados! ¡Qué infamia, qué picardía! Todo -esto ha sido una treta suya. Siempre ha tenido ganas de ir a la -cárcel <i>el bribonazo</i>; en mal hora le hemos metido en ella. España -no estará segura hasta que le ahorquen; hay que mandarle al quinto -infierno, y allí tendrá tiempo de traducir sus fatales Evangelios al -lenguaje de los demonios.»</p> - -<p>—No le he dicho al <i>alcaide</i> arriba de tres palabras acerca de la -jerga de las cárceles.</p> - -<p>—¿Tres palabras? <i>Don Jorge</i>, ¿qué no se puede hacer con esas -tres palabras? De poco le ha servido a usted vivir entre nosotros si -cree que necesitamos más de tres palabras para armar un embrollo. -Esas tres palabras acerca del lenguaje de los ladrones bastan para -que por todo Madrid se diga que anda entremezclado con ellos, que -ha aprendido<span class="pagenum" id="Page_87">[p. 87]</span> su -lenguaje y ha escrito un libro que va a trastornar a España, a abrir -a los ingleses las puertas de Cádiz, entregar a Mendizábal toda la -plata y las joyas de las iglesias, y a Don Martín Lutero, el palacio -arzobispal de Toledo.</p> - -<p>Al caer la tarde de un día bastante melancólico, y hallándome -sentado en el aposento que el <i>alcaide</i> me había destinado, oí -un golpe en la puerta. «¿Quién es?», pregunté. «<i>C’est moi, mon -maître</i>», gritó una voz muy conocida, y al instante entró Antonio -Buchini, vestido como la vez primera que le presenté al lector, es -decir, con un excelente sobretodo francés, ya un poco ajado, chaqueta -y pantalones, y en una mano, un sombrero pequeñito, y en la otra, un -bastón largo y delgado.</p> - -<p>—<i>Bon jour, mon maître</i>—dijo el griego. Echando una mirada en -torno, continuó:—Me alegro de verle a usted bien instalado. Si no -recuerdo mal, <i>mon maître</i>, en sitios peores que éste hemos dormido -durante nuestros viajes por Galicia y Castilla.</p> - -<p>—Tiene usted mucha razón, Antonio—repliqué—. Aquí estoy muy -cómodamente. Le agradezco la bondad de haber venido a visitar a su -antiguo amo, sobre todo ahora, que está pasando trabajos. Supongo -que por venir aquí, no irá usted a enojar a su dueño actual; ya -debe de estar cerca la hora de comer. ¿Cómo ha abandonado usted la -cocina?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_88">[p. 88]</span></p> - -<p>—¿A qué amo se refiere usted, <i>mon maître</i>?—preguntó Antonio.</p> - -<p>—¡De quién voy a hablar! Del Conde... por cuyo servicio me dejó -usted, tentado del ofrecimiento de cuatro duros al mes sobre los que -yo le daba.</p> - -<p>—Su merced me hace recordar un asunto que ya tenía olvidado -por completo. Al presente no tengo otro amo que usted, <i>monsieur -Georges</i>, porque siempre le considero a usted como tal, aunque no -goce de la felicidad de acompañarle.</p> - -<p>—¿Entonces se marchó usted de casa del Conde a los tres días de -entrar, según costumbre?</p> - -<p>—A las tres horas, <i>mon maître</i>—repuso Antonio—. Pero yo le diré -a usted en qué circunstancias. A poco de separarme de usted, fuí a -casa de <i>monsieur le Comte</i>; entré en la cocina y miré en torno. No -puedo decir que me descontentase lo que vi: la cocina era cómoda -y espaciosa, todo estaba limpio y en orden; los criados parecían -amables y corteses; sin embargo, no sé cómo fué, pero se apoderó -de mí la idea de que la casa no me convenía en modo alguno y que -no estaría en ella mucho tiempo; colgué de un clavo la mochila, y, -sentándome en la mesa de la cocina, empecé a cantar una canción -griega, como hago siempre que estoy disgustado. Rodeáronme los -criados, haciéndome preguntas; pero yo no les<span class="pagenum" -id="Page_89">[p. 89]</span> contesté, y continué cantando hasta que -se acercó la hora de preparar la comida; entonces salté al suelo de -pronto y los eché de la cocina a todos, diciéndoles que nada tenían -que hacer allí en tal ocasión. Al momento entré en funciones. Hice -un esfuerzo, <i>mon maître</i>, y me puse a preparar una comida que me -hubiese hecho honor; había convidados aquel día y determiné, por -tanto, demostrar a mi amo que la capacidad de su cocinero griego -era insuperable. <i>Eh bien, mon maître</i>, todo marchaba bastante -bien, y casi me encontraba ya a gusto en mi nuevo empleo, cuando -se precipitó en la cocina <i>le fils de la maison</i>, mi señorito, un -chiquillo de unos trece años, bastante feo. Llevaba en la mano una -rebanada de pan, y, después de un breve reconocimiento, la sepultó -en una cacerola donde se guisaban unas perdices. Ya sabe usted, <i>mon -maître</i>, que soy muy delicado en ciertas cuestiones, porque no soy -español, sino griego, y tengo principios de honor. Sin vacilar un -momento, cogí a mi señorito por los hombros, y empujándole hacia -la puerta, le despedí como merecía. Con gritos clamorosos subió -corriendo al piso alto. Yo continué en mi trabajo, pero no habían -pasado tres minutos cuando oí un pavoroso estrépito en lo alto -de la escalera, <i>on faisoit un horrible tintamarre</i>, y de vez en -cuando oía juramentos y maldiciones. Al instante la puerta se<span -class="pagenum" id="Page_90">[p. 90]</span> abrió con violencia, y -en impetuosa carrera echaron escaleras abajo el Conde, mi señor, su -mujer, mi señorito, seguidos de una regular bandada de mujeres y de -<i>filles de chambre</i>. A todos los llevaba gran delantera el Conde, mi -señor, con una espada desnuda en la mano y gritando: «¿Dónde está -el malvado que ha deshonrado a mi hijo? ¿Dónde está, que lo mato -ahora mismo?» Yo no sé cómo ocurrió, <i>mon maître</i>, pero, cabalmente, -en aquel momento volqué una gran fuente de <i>garbanzos</i> destinados -a la <i>puchera</i> del día siguiente. Estaban crudos, y tan duros como -piedras; los derramé por el suelo, y la mayor parte de ellos fué a -parar junto a la entrada. <i>Eh bien, mon maître</i>, un instante después -entró el Conde de un brinco, echando chispas por los ojos, y con -una espada en la mano, como ya he dicho. «<i>Tenez, gueux enragé</i>», -me gritó, tirándome una furiosa estocada; pero no había acabado de -decir esas palabras, cuando resbaló, y cayó hacia adelante todo -lo largo que era, y la espada se le escapó de la mano <i>comme une -flêche</i>. ¡Si hubiese usted oído el alboroto que se armó! Hubo una -confusión terrible: el Conde yacía en el suelo, al parecer, aturdido -por el golpe. Yo no hice caso, y continué trabajando con afán. Al -fin le levantaron, y con sus cuidados recobró el sentido; estaba muy -pálido y agitado. Pidió la espada; todas las miradas se clavaron -en<span class="pagenum" id="Page_91">[p. 91]</span> mí, y adiviné -que se preparaba un ataque general. De súbito, retiré del fuego -una gran <i>casserole</i>, donde se freían unos huevos, y la mantuve a -la distancia que permitía la longitud del brazo, examinándola con -afectada atención, mientras avanzaba el pie derecho y echaba atrás -el izquierdo cuanto podía. Todos se estuvieron quietos, figurándose -que iba a hacer una operación importante, y así fué, en efecto, -porque adelanté de pronto la pierna izquierda, y con un rápido <i>coup -de pied</i>, lancé la <i>casserole</i> y su contenido por encima de mi -cabeza con tal fuerza, que fueron volando a estamparse en una pared -bastante detrás de mí. Esto lo hice para significar que el trato -quedaba roto y que sacudía el polvo de mis zapatos; arrojé sobre el -Conde la mirada peculiar de los cocineros scirotas cuando se sienten -insultados, y, dilatando mi boca por ambos lados hasta cerca de las -orejas, descolgué la mochila y me fuí, cantando al marcharme la -canción del antiguo Demos, quien, moribundo, pedía la comida y agua -para lavarse las manos:</p> - -<div class="poem mt1"><div class="stanza"> -<p class="i2">Ὁ ἥλιος ἐβασίλευε, κι᾽ ὁ Δῆμος διατάζει.</p> -<p class="i0">Σύρτε, παιδιά μου, ᾽σ τὸ νερὸν ψωμὶ νὰ φάτ᾽ ἀπόψε.</p> -</div></div> - -<p class="mt1">De esta manera, <i>mon maître</i>, salí de casa del -Conde.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¡Excelente manera de portarse! -Por<span class="pagenum" id="Page_92">[p. 92]</span> confesión -propia, veo que su conducta no ha podido ser peor. Si no fuera por -las muchas pruebas de valor y fidelidad que me dió usted estando a mi -servicio, desde este momento no volveríamos a vernos más.</p> - -<p><span class="smcap">Antonio.</span>—<i>Mais qu’est ce que vous -voudriez, mon maître?</i> ¿No soy griego, y hombre de honor y muy -susceptible? ¿Quiere usted que los cocineros de Scira y de Stambul -se sometan en España a que los insulten los hijos de los condes, -precipitándose en el templo con rebanadas de pan? <i>Non, non, mon -maître</i>, usted es demasiado noble y, sobre todo, demasiado justo para -pedir eso. Pero hablemos de otra cosa. <i>Mon maître</i>, no he venido -solo: en el corredor espera una persona que ansía verle a usted.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Quién es?</p> - -<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Uno a quien ya se ha -encontrado usted, <i>mon maître</i>, en sitios muy extraños y diversos.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Pero ¿de quién se trata?</p> - -<p><span class="smcap">Antonio.</span>—De uno a quien le aguarda un -fin desusado, «porque así está escrito». El suizo más extraordinario -que hay, el de Santiago: <i>der Schatz Gräber</i>.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Benedicto Mol?</p> - -<p>—<i>Yaw, mein lieber Herr</i>—dijo Benedicto, abriendo del todo la -puerta, que estaba entornada—. Soy yo. Me he encontrado en la -calle a <i>Herr Anton</i>, y al oír que estaba usted aquí, he venido a -visitarle.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_93">[p. 93]</span></p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Pero ¿qué rareza es ésta, y cómo es -que le veo a usted otra vez en Madrid? Yo creía que ya estaba usted -en su país.</p> - -<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—No tema, <i>lieber Herr</i>; -allá he de volver a su debido tiempo, pero no a pie, sino en coche -de mulas. El <i>Schatz</i> se está todavía en su escondite, esperando que -lo desentierren; ahora tengo mejores esperanzas que nunca; muchos -amigos, mucho dinero. ¿Ha reparado usted cómo voy vestido, <i>lieber -Herr</i>?</p> - -<p>En efecto, llevaba ropas mucho mejores que nunca. La chaqueta -y los pantalones, de crudillo, eran casi nuevos. Tocábase aún con -un sombrero andaluz, de forma cónica, pero no viejo ni raído, sino -nuevo y lustroso, y de inmensa altura. En lugar del tosco palo que -llevaba en Santiago y en Oviedo, traía ahora una recia caña de bambú, -rematada por una disforme cabeza de oso o de león, prolijamente -tallada en peltre.</p> - -<p>—Parece usted un buscador de tesoros al volver de una expedición -fructífera—exclamé.</p> - -<p>—Más bien parece—interrumpió Antonio—uno que ha dejado de trabajar -por cuenta propia y busca tesoros a costa ajena.</p> - -<p>Pregunté detalladamente al suizo por sus aventuras desde que le -vi por última vez en Oviedo, donde le dejé para continuar mi viaje a -Santander. De sus respuestas colegí que me había seguido hasta este -último<span class="pagenum" id="Page_94">[p. 94]</span> punto, pero -invirtiendo mucho tiempo en el camino, debilitado por el hambre y las -privaciones. En Santander me perdió el rastro. Ya se le había agotado -el pequeño socorro que yo le dí. Pensó entonces irse a Francia, pero -no se atrevió a aventurarse en las provincias Vascongadas, donde -ardía la guerra, para no caer en manos de los carlistas, que hubieran -podido fusilarle por espía. Como nadie le socorría en Santander, -se fué pidiendo limosna por los caminos, hasta que se encontró en -Aragón, no podía decir exactamente dónde. «Mis calamidades eran -tantas—dijo Benedicto—que estuve a punto de perder el juicio. ¡Oh, -qué horror, vagar por los agrestes montes y las vastas planicies de -España, sin dinero y sin esperanza! Algunas veces, encontrándome -entre peñas y <i>barrancos</i>, quizás sin haber probado alimento desde la -salida hasta la puesta del sol, me enfurecía. Entonces levantaba el -palo hacia el cielo, y, blandiéndolo, gritaba: <i>Lieber Herr Gott, ach -lieber Herr Gott</i>, ahora más que nunca necesito tu ayuda; si tardas -en socorrerme estoy perdido; ¡ayúdame ahora, ahora! Y una vez, cuando -deliraba de ese modo, me pareció oír una voz—más, estoy seguro de -haberla oído—que sonaba en la cavidad de una peña, muy clara y muy -fuerte, gritando: «<i>Der Schatz, der Schatz</i>, no hay que desenterrarlo -todavía; a Madrid, a Madrid. El camino del <i>Schatz</i> pasa por Madrid.» -De<span class="pagenum" id="Page_95">[p. 95]</span> nuevo la idea -del <i>Schatz</i> se apoderó de mi ánimo; reflexioné en lo feliz que sería -si pudiese desenterrarlo. ¡No más mendigar, no más errar por hórridas -montañas y desiertos! Blandí el palo, y noté, con sorpresa, que mi -cuerpo y mis miembros se reanimaban con nuevas energías; anduve a -buen paso, y no tardé en salir al camino real; mendigué, y proseguí -como mejor pude hasta llegar a Madrid.</p> - -<p>—¿Y qué le ha sucedido después de llegar a Madrid?—pregunté—. ¿Ha -encontrado usted el tesoro en las calles?</p> - -<p>De pronto, Benedicto se volvió reservado y taciturno, cosa que -me sorprendió en extremo, porque hasta entonces se había mostrado -siempre muy comunicativo en lo tocante a sus cuentas y proyectos. -Por lo que pude sacar de sus medias palabras e insinuaciones, -parecía que al llegar a Madrid cayó en manos de ciertas personas -que le trataron con bondad, proveyéndole de dinero y ropa; no por -puro desinterés, sino con los ojos puestos en el tesoro. «Esperan -mucho de mí—dijo el suizo—. Después de todo, acaso hubiera sido -más ventajoso sacar el tesoro sin su ayuda, con tal que hubiese -sido posible.» No sabía o no quiso decirme quiénes eran sus nuevos -amigos, salvo que tenían muchísima influencia. Dijo algo acerca de -la Reina Cristina, y de un juramento que había prestado ante un -obispo,<span class="pagenum" id="Page_96">[p. 96]</span> sobre un -crucifijo y los cuatro <i>Evangelien</i>. Pensé que había perdido la -cabeza, y dejé de preguntarle. En el momento de marcharse, me dijo: -«<i>Lieber Herr</i>, dispénseme usted si no le he hablado con entera -franqueza, debiéndole tanto como le debo, pero no me atrevo; ahora no -me pertenezco. Además, siempre es de mal agüero hablar una palabra -acerca de un tesoro antes de tenerlo en nuestro poder. Una vez, -en mi país hubo un hombre que cavó en el suelo hasta descubrir un -caldero de cobre que contenía un <i>Schatz</i>. Al cogerlo por el asa, -no hizo más que exclamar, en su entusiasmo: “¡Ya lo tengo!”, y eso -bastó: desprendióse la caldera y se hundió, quedándose el hombre con -el asa en la mano: eso fué cuanto ganó con tantos trabajos. Adiós, -<i>lieber Herr</i>; dentro de poco me mandarán a Santiago para desenterrar -el <i>Schatz</i>, pero vendré a verle a usted antes de marcharme. -¡Adiós!»</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_97">[p. 97]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XLII</h2> - <p class="subhang"> - Salida de la cárcel. — Las excusas. — El corazón humano. — La vuelta - del griego. — La Iglesia romana. — La luz de la Escritura. — El - arzobispo de Toledo. — Una entrevista. — Piedras preciosas. — Una - resolución. — El lenguaje extranjero. — Despedida de Benedicto. — La - caza del tesoro en Compostela. — Realidad y ficción. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">U</span><span class="smcap">nas tres</span> -semanas estuve en la cárcel de Madrid, y, al cabo de ese tiempo la -dejé. Si yo hubiese sido orgulloso, o abrigado algún rencor contra -el partido que me encarceló, el modo como me devolvían la libertad -hubiera halagado grandemente esas malas pasiones. El Gobierno, en un -documento transmitido a sir Jorge, reconoció que me habían detenido -sin razón bastante, y que ninguna tacha quedaba sobre mí de resultas -de la prisión; se encargaba al propio tiempo de pagar todos los -gastos que la tramitación del asunto me originó.</p> - -<p>Además, se mostró dispuesto a dejar cesante al individuo por -cuyos informes me detuvieron, es decir, el <i>corchete</i> que me visitó -en mi hospedaje de la calle de Santiago<span class="pagenum" -id="Page_98">[p. 98]</span> y se comportó del modo descrito en uno -de los anteriores capítulos. Rehusé, empero, aprovecharme de la -condescendencia del Gobierno, más que nada porque me dijeron que el -individuo de marras tenía mujer e hijos, y si le dejaban cesante, -se quedarían en la miseria. Consideré, además, que en cuanto hizo y -dijo se limitó probablemente a obedecer órdenes secretas; le perdoné, -pues, sin reservas, y si en el momento presente no conserva su plaza, -la culpa, ciertamente, no es mía.</p> - -<p>También rehusé aceptar indemnización por mis gastos, que fueron -de importancia. Es probable que muchas personas en mi caso hubiesen -procedido de muy diferente modo en este punto, y me guardo de -afirmar que en ello anduviese yo del todo discreto o acertado. -Pero me repugnaba recibir dinero de una gente como la que componía -el Gobierno de España, gente a quien, lo confieso, despreciaba yo -cordialmente, y no quería darle motivo para decir que el inglés a -quien habían apresado injustamente y sin proceso, accedía a recibir -dinero de sus manos. En una palabra, confieso mi debilidad: deseaba -yo que continuasen siendo deudores míos, y estaba seguro de que no -opondrían la más leve objeción a continuar siéndolo; se guardaron -su dinero y probablemente se rieron para su capote de mi falta de -sentido común.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_99">[p. 99]</span></p> - -<p>La mayor pérdida que me ocasionó el encarcelamiento, y por la -que no podía ofrecerse ni recibirse indemnización, fué la muerte de -mi afectuoso y fiel Francisco, el vascongado, que por acompañarme -durante todo el tiempo que duró mi prisión, cogió el tifus o fiebre -carcelaria, que entonces hacía estragos en la cárcel de la Corte, y -murió a los pocos días de mi liberación. Murió ya entrada la noche. -A la mañana siguiente estaba yo en la cama reflexionando sobre esta -pérdida, y me preguntaba de qué nación sería mi servidor futuro, -cuando oí un ruido al parecer causado por una persona ocupada en -limpiar vigorosamente zapatos o botas, y a intervalos una voz -extraña y discordante que cantaba trozos de una canción en una -lengua desconocida; no sabiendo lo que aquello podría ser, toqué la -campanilla.</p> - -<p>—¿Ha llamado usted, <i>mon maître</i>?—dijo Antonio asomándose a la -puerta con uno de los brazos profundamente sepultado en una bota.</p> - -<p>—Sí, por cierto—contesté—; pero no me podía imaginar que fuese -usted quien respondiera a la llamada.</p> - -<p>—<i>Mais pourquoi non, mon maître?</i>—exclamó Antonio—. ¿Quién va a -servirle a usted ahora sino yo? <i>N’est pas que le sieur François est -mort?</i> En cuanto lo supe, me dije: voy a volver a mi puesto <i>chez mon -maître</i>, monsieur Georges.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_100">[p. 100]</span></p> - -<p>—Supongo que estará usted sin colocación, y por eso ha venido.</p> - -<p>—<i>Au contraire, mon maître</i>—replicó el griego. Acababa de -ajustarme en casa del duque de Frías, donde me daban al mes diez -duros más que su merced; pero al saber que se había usted quedado sin -criado, fuí sin pérdida de tiempo a decir al duque, aunque ya estaba -muy entrada la noche, que no me convenía servirle; y aquí estoy.</p> - -<p>—Pues de esa manera, no le admito—dije yo—. Vuelva a casa del -duque, preséntele sus excusas por lo que ha hecho, y solicite su cese -en debida forma; entonces, si su gracia desea prescindir de usted, -caso bastante probable, le admitiré con mucho gusto a mi servicio.</p> - -<p>Después de sufrir una prisión cuya injusticia reconocían mis -propios enemigos, era razonable esperar de sus manos un trato más -liberal que el que hasta allí me habían dispensado. Mi única ambición -era por entonces conseguir tolerancia para la venta del Evangelio en -aquel infortunado y perturbado reino; para lograr ese fin no sólo -hubiera consentido en sufrir, uno tras otro, veinte encarcelamientos -como el pasado, sino que hubiera sacrificado gustoso la vida misma. -Pronto advertí, sin embargo, que probablemente no iba a ganar -nada con mi encarcelación; al contrario, desde que se concluyó el -asunto, fuí objeto de la aversión personal<span class="pagenum" -id="Page_101">[p. 101]</span> del Gobierno, lo que tal vez no -sucedía antes; las concesiones que se vieron obligados a hacer para -evitar una ruptura con Inglaterra humillaron su orgullo y vanidad. -Mostráronse dispuestos a saciar su aversión, contrariando mis planes -todo lo posible. Tuve una entrevista con Ofalia acerca del asunto que -embargaba mi ánimo; le encontré desabrido y áspero. «Lo que más le -conviene a usted es permanecer tranquilo—me dijo—. ¡Cuidado! Ya ha -puesto usted una vez toda la <i>corte</i> en confusión; cuidado, repito. -Otra vez puede que no se escape usted tan fácilmente.»</p> - -<p>—Quizás no—repliqué—y quizás ni lo deseo siquiera; es cosa -agradable padecer por la causa del Evangelio. Ahora me tomaré la -libertad de preguntar si, en el caso de ponerme a propagar la Palabra -de Dios, me lo impedirán.</p> - -<p>—Naturalmente—exclamó Ofalia—; la Iglesia lo prohibe.</p> - -<p>—Pues, con todo, voy a intentarlo—exclamé.</p> - -<p>—¿Sabe usted lo que dice?—preguntó Ofalia, arqueando las cejas y -abriendo la boca.</p> - -<p>—Sí, continué—; voy a hacer la prueba en todos los pueblos de -España donde me sea posible entrar.</p> - -<p>Durante mi permanencia en España, la oposición más recia que -encontré fué la del clero; por instigación suya el Gobierno -adop<span class="pagenum" id="Page_102">[p. 102]</span>taba las -medidas convenientes para impedir la amplia difusión del libro -sagrado por el país. No interrumpiré el curso de mi narración con -reflexiones acerca de la situación de una Iglesia que, si bien -pretende fundarse en la Escritura, arrebataría la luz de la Escritura -a toda la Humanidad, si pudiese. Pero Roma sabe perfectamente que -no es una Iglesia cristiana, y como no tiene deseo de serlo, obra -cuerdamente quitando a sus secuaces de delante de los ojos las -páginas que podrían revelarles las verdades del Cristianismo. Sus -agentes y validos en España esforzábanse cuanto podían por anular mis -humildes trabajos y difamar la obra que yo andaba esparciendo. Todo -el clero ignorante y fanático (la gran mayoría) era opuesto a ella, -y cuantos ansiaban estar a bien con la corte de Roma vociferaban su -oposición. Había, empero, una parte del clero, pequeña a la verdad, -bien dispuesta en favor de la circulación del Evangelio, aunque en -modo alguno inclinada a hacer el menor sacrificio individual por tal -fin; éstos eran los que profesaban el liberalismo, que se supone -implica una disposición a adoptar cuantas reformas, así en lo civil -como en lo eclesiástico, parezcan conducentes al bien del país. No -pocos clérigos españoles eran partidarios de ese principio, o al -menos se declaraban tales; algunos, por conveniencia propia sin -duda, con la esperanza de aprovechar el es<span class="pagenum" -id="Page_103">[p. 103]</span>píritu de los tiempos para su medro -personal; otros, hay que esperarlo, por convicción, por puro amor a -las ideas. Entre éstos se encontraban, por la época a que me refiero, -varios obispos. Pero es digno de nota que ninguno de ellos debía su -puesto al Papa, que los desautorizaba, sino a la Reina Gobernadora, -cabeza visible del liberalismo en España. No es de extrañar, por -tanto, que hombres colocados en tales circunstancias se sintiesen -dispuestos a apoyar cualquier medida o plan favorables al progreso -del liberalismo, más bien que a contrariarlos; y no hay duda que la -circulación de la Escritura era una medida de ese género. Con todo, -su buena voluntad, suponiendo que la tuvieran, fué para mí poco -valiosa, porque nunca dieron un paso decisivo ni alzaron sus voces -para denunciar de modo positiva y resuelto la conducta de quienes -pretendían privar al mundo de la luz de la Escritura. En cierta -ocasión creí que iba a conseguir, por su medio, algo importante para -la causa del Evangelio en España; pero me desengañé pronto, y me -convencí de que descansar en lo que quisieran hacer era tanto como -apoyar la mano en una caña, que, sin sostenerme, me desgarraría la -carne. Algunos de ellos me enviaron mensajes expresando la estimación -en que me tenían y asegurándome cuán cara a su corazón era la -causa del Evangelio. Recibí incluso un aviso<span class="pagenum" -id="Page_104">[p. 104]</span> insinuándome que mi visita no sería -desagradable al arzobispo de Toledo, Primado de España.</p> - -<p>Poco puedo decir de este personaje, cuya historia desconozco -por completo. A la muerte de Fernando era, creo yo, obispo de -Mallorca, pequeña e insignificante sede, de muy pobres rentas, que -quizás cambió gustoso por otra más rica. Es probable, sin embargo, -que de mostrarse fiel servidor del Papa, y, por ende, partidario -de los legitimistas, hubiera ocupado hasta el día de su muerte la -silla episcopal de Mallorca; pero pasaba por liberal, y la Reina -Gobernadora tuvo a bien concederle la dignidad de arzobispo de -Toledo, haciéndole así cabeza de la Iglesia en España. Cierto que -el Papa se negó a ratificar la designación, razón por la que todos -los buenos católicos estaban obligados a seguir considerándole como -obispo de Mallorca y no como Primado de España. Pero el obispo -cobraba las rentas de la sede toledana, débil sombra de lo que fueron -antaño, pero muy importantes aún, y vivía en el palacio del Primado, -en Madrid, de suerte que si no era arzobispo <i>de jure</i> era lo que -para muchos valía más: arzobispo <i>de facto</i>.</p> - -<p>Sabedor de la amistad personal del arzobispo con Ofalia, quien, -según decían, le consideraba mucho, resolví hacerle una visita, y -así una mañana me encaminé al palacio en que vivía. Sin dificultad -obtuve au<span class="pagenum" id="Page_105">[p. 105]</span>diencia: -un lacayo, asturiano a lo que creo, a quien hallé sentado en un -banco de piedra del portal, me condujo a su presencia. Cuando -entré, el arzobispo estaba solo, sentado detrás de una mesa, en un -vasto aposento, especie de sala de estrados. Vestía con sencillez: -sotana negra y birrete de seda; pero en un dedo llevaba una amatista -soberbia, resplandeciente, de brillo deslumbrador. Se incorporó un -momento, al acercarme, y con la mano me indicó una silla. Podía tener -sesenta años; era muy alto, pero se encorvaba bastante, por debilidad -sin duda; y la tez pálida de sus facciones demacradas denotaba su -mala salud. Cuando de nuevo se sentó inclinó la cabeza, como si -contemplase la mesa que tenía delante.</p> - -<p>—Supongo que V.E. sabrá quién soy—dije al cabo, rompiendo el -silencio.</p> - -<p>El arzobispo inclinó la cabeza hacia el hombro izquierdo, con -expresión algo equívoca, pero no dijo nada.</p> - -<p>—Yo soy el que los <i>Manolos</i> de Madrid llaman <i>Don Jorgito el -Inglés</i>. Acabo de salir de la cárcel, donde me encerraron por -propagar el Evangelio del Señor en este reino de España.</p> - -<p>El arzobispo repitió el mismo movimiento equívoco de la cabeza, -pero aún no dijo nada.</p> - -<p>—He sabido que V.E. deseaba verme, y por esa razón he venido a -hacerle esta visita.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_106">[p. 106]</span></p> - -<p>—Yo no le he llamado a usted—dijo el arzobispo, alzando de súbito -la cabeza, y con ojos de espanto.</p> - -<p>—Quizás no; pero me habían dado a entender que mi presencia sería -grata; como al parecer no es así, me iré.</p> - -<p>—Puesto que ha venido usted, me alegro mucho de verle.</p> - -<p>—Y yo celebro mucho oírle—dije yo, volviendo a sentarme—. Ya que -estoy aquí, podemos hablar de un asunto de la mayor importancia: la -difusión de la Escritura. ¿Conoce V.E. algún medio para alcanzar un -fin tan deseable?</p> - -<p>—No—dijo el arzobispo débilmente.</p> - -<p>—¿No cree V.E. que el conocimiento de la Escritura produciría -inestimables beneficios a estos reinos?</p> - -<p>—No lo sé.</p> - -<p>—¿Hay probabilidades de convencer al Gobierno para que consienta -su circulación?</p> - -<p>—¿Cómo voy a saberlo?—y el arzobispo se me quedó mirando a la -cara.</p> - -<p>Yo también le miré a él; había en su rostro tal expresión de -desvalimiento, que casi era chochez. «¡Válgame Dios!—pensé—. ¿A -quién he venido yo a contar estas cosas? ¡Pobre hombre! No sirves -para representar el papel de Martín Lutero, y en España menos -que en otra parte. Me maravilla que tus amigos te hayan nombrado -arzobispo de Toledo. Quizás pensaron que no harías pro<span -class="pagenum" id="Page_107">[p. 107]</span>vecho ni daño, y te -escogieron, como escogen a veces en mi país a los primados, en razón -de tu incapacidad. No pareces muy contento en este empleo, ni tu -sitial debe de ser muy cómodo. Más a gusto estabas cuando eras el -pobre obispo de Mallorca; entonces podías saborear la <i>puchera</i> sin -miedo de que te la sazonaran con sublimado. No temías entonces que -te ahogaran en el lecho. La <i>siesta</i> es cosa agradable, cuando no -está uno expuesto a verla interrumpida por un súbito espanto. Me -sorprenderá si no estás ya envenenado»—continué casi en voz alta, -según estaba mirándole al semblante, que a mi parecer se cubría de -palidez mortal.</p> - -<p>—¿Qué decía usted, <i>don Jorge?</i>—preguntó el arzobispo.</p> - -<p>—Que V.E. lleva un brillante magnífico—dije yo.</p> - -<p>—¿Le gustan a usted los brillantes, <i>don Jorge</i>?—dijo el -arzobispo, cuyas facciones se animaron—. <i>¡Vaya!</i> ¡También a mí! ¡Son -muy bonitos! ¿Entiende usted de brillantes?</p> - -<p>—Sí entiendo—respondí—, y no he visto nunca otro mejor que ése, -salvo uno, perteneciente a un conocido mío, un khan de Tartaria. Pero -no lo llevaba en el dedo; poníaselo al caballo en el frontal, donde -brillaba como una estrella. Llamábalo <i>Daoud Scharr</i>, que significa -«luz de guerra».</p> - -<p>—<i>¡Vaya!</i>—dijo el arzobispo—. ¡Qué curioso! Me alegro de que le -gusten a usted<span class="pagenum" id="Page_108">[p. 108]</span> -los brillantes, <i>don Jorge</i>. Al hablar de caballos me ha hecho usted -recordar que le he visto con frecuencia a caballo. <i>¡Vaya!</i> Qué modo -de montar. Es peligroso encontrársele a usted en el camino.</p> - -<p>—¿V.E. es aficionado a la equitación?</p> - -<p>—De ninguna manera, <i>don Jorge</i>. No me gustan los caballos. En la -Iglesia no es costumbre montar a caballo; preferimos las mulas: son -animales más tranquilos. Los caballos me dan miedo: ¡cocean de un -modo!</p> - -<p>—La coz del caballo mata—dije yo—si da en un sitio vital. Pero -no opino como V.E. acerca de las mulas; un buen <i>jinete</i> puede -sostenerse a caballo, por resabiado que el animal esté; pero las -mulas, <i>¡vaya!</i>, cuando una mula falsa <i>tira por detrás</i>, no creo -que ni el propio Padre de la Iglesia se sostenga en la silla ni un -momento, por muy buen bocado que lleve.</p> - -<p>Al marcharme, le dije:—¿Qué puedo esperar acerca del Evangelio?</p> - -<p>—<i>No sé</i>—dijo el arzobispo inclinando de nuevo la cabeza hacia -el hombro derecho, mientras sus facciones reasumían la expresión de -vaciedad.</p> - -<p>Así terminó mi entrevista con el arzobispo de Toledo.</p> - -<p>—Me parece—dije a María Díaz al volver a casa—, me parece, -<i>Mariquita mía</i>, que si el Evangelio, para ser tolerado en España, -ha de esperar a que los obispos y arzobis<span class="pagenum" -id="Page_109">[p. 109]</span>pos liberales acudan resueltamente en su -ayuda, va a tener que aguardar mucho tiempo.</p> - -<p>—Soy del mismo parecer, señor—respondió María—. ¡Bonito sería -tener que esperar a que esa gente haga un esfuerzo en favor de usted! -<i>¡Ca!</i> Risa me da pensarlo. ¿Cómo ha tenido usted la candidez de -figurarse que les importa algo el Evangelio? <i>¡Vaya!</i>, son verdaderos -curas; en los ofrecimientos que le han hecho a usted sólo les movía -su propio interés. El Santo Padre no quiere reconocerlos, y les -gustaría asustarle un poco para obligarle a transigir; pero como los -reconociera, ya vería usted luego si le admitían en sus palacios o -tenían algún trato con usted. «¡Fuera ese prójimo!—dirían—. <i>¡Vaya!</i> -¿No es luterano? ¿No es enemigo de la Iglesia? <i>¡A la horca, a la -horca!</i>» Conozco a esa familia mejor que usted, <i>don Jorge</i>.</p> - -<p>—Es inútil aguardar más—dije yo—. Pero en Madrid nada puedo -hacer. No se puede vender la obra en el <i>despacho</i>, y acabo de saber -que todos los ejemplares dejados para la venta en las librerías -de las diversas poblaciones que he visitado los ha secuestrado el -Gobierno. Mi decisión está tomada: montaré en mis caballos, que -relinchan en la cuadra, y me iré a recorrer en persona los pueblos -y llanuras de la polvorienta España. <i>Al campo, al campo.</i> «Camina, -avanza prósperamente y reina por medio de la verdad y de<span -class="pagenum" id="Page_110">[p. 110]</span> la mansedumbre y de la -justicia; tu diestra te conducirá a cosas maravillosas.» Caminaré, -pues, María.</p> - -<p>—No puede hacer su merced cosa mejor, y permítame ahora decirle -que, por cada libro que pudiera usted vender en un <i>despacho</i> en -la ciudad, venderá usted ciento en los pueblos con tal de darlos -baratos, porque en el campo hay poco dinero. <i>¡Vaya!</i> ¿Sabré yo -lo que digo? ¿No soy también de pueblo, <i>villana</i> de la Sagra? A -caballo, pues; los caballos no hacen más que relinchar en la cuadra, -como usted dice, y casi podía haber añadido que el <i>señor</i> Antonio -relincha en la casa. Dice que no tiene nada que hacer, motivo por el -que está otra vez disgustado e inquieto. Todo lo encuentra mal, a mí -en primer término. Esta mañana le saludé, y, en lugar de contestarme, -torció la boca de un modo nunca visto en tierras de España.</p> - -<p>—Se me ocurre una idea—dije yo—. Ha mentado usted la Sagra ¿Por -qué no comenzar mis trabajos por los pueblos de esa comarca?</p> - -<p>—Muy bien pensado—replicó María—. La recolección termina ahora por -allí, y encontrará usted a la gente relativamente desocupada, con -vagar para acompañarle a usted y oírle. Si quiere seguir mi consejo, -debe usted establecerse en Villaseca en la casa que fué de mis -padres, donde al presente vive mi señor marido. Vaya usted a<span -class="pagenum" id="Page_111">[p. 111]</span> Villaseca lo primero, y -desde allí puede usted emprender excursiones con el <i>señor</i> Antonio. -Quizás mi marido les acompañe; si es así, les servirá de mucho. -La gente en Villaseca es amable y cortés; cuando se dirigen a un -forastero le hablan a gritos y en gallego.</p> - -<p>—¡En gallego!—exclamé.</p> - -<p>—Todos saben unas cuantas palabras de gallego aprendidas de los -que bajan todos los años a segar, y como el gallego es la única -lengua extraña que conocen, la emplean por cortesía al dirigirse a un -extranjero. <i>¡Vaya!</i> No es mal pueblo Villaseca, ni es mala gente; la -única persona de mala condición que allí hay es el reverendo señor -cura.</p> - -<p>No fueron largos los preparativos de mi empresa. Envié por delante -con un <i>arriero</i> un buen repuesto de Testamentos, y yo salí al -siguiente día. Pero antes de marcharme recibí la visita de Benedicto -Mol.</p> - -<p>—Vengo a decirle a usted adiós, <i>lieber Herr</i>. Mañana me vuelvo a -Compostela.</p> - -<p>—¿Con qué propósito?</p> - -<p>—Para desenterrar el <i>Schatz</i>, <i>lieber Herr</i>. ¿Cuál otro podía -llevar? ¿Por qué he vivido hasta hoy, sino para al fin poder -desenterrar el <i>Schatz</i>?</p> - -<p>—Pudiera usted haber vivido para algo mejor—exclamé—. Con todo, -le deseo buen éxito. ¿En qué funda usted sus esperanzas?<span -class="pagenum" id="Page_112">[p. 112]</span> ¿Le han dado permiso -para hacer excavaciones? Seguramente no se le habrán olvidado a usted -las penalidades que sufrió en Galicia.</p> - -<p>—No se me han olvidado, <i>lieber Herr</i>, ni el viaje a Oviedo, ni -las siete bellotas, ni la lucha con la muerte en el <i>barranco</i>. -Pero tengo que cumplir mi destino. Ahora voy a Galicia a expensas -del Gobierno, como si perteneciera de nuevo a la Guardia suiza: voy -en coche de mulas, quiero decir, en <i>galera</i>. Tendré toda la ayuda -necesaria, y puedo cavar hasta el centro de la tierra si lo creo -conveniente. Además... pero no puedo decirle más, porque he jurado -sobre los cuatro <i>Evangelien</i> guardar secreto.</p> - -<p>—Bien, Benedicto, no tengo nada que decir, salvo desearle a usted -que triunfe en sus excavaciones.</p> - -<p>—Gracias, <i>lieber Herr</i>; gracias. Ahora, adiós. ¡Triunfaré, -triunfaré!</p> - -<p>Aquí se quedó cortado, se estremeció, y, mirándome, con expresión -casi de loco en el semblante, exclamó:</p> - -<p>—<i>¡Heiliger Gott!</i> Me olvido de una cosa. Supongamos que al fin y -a la postre no encuentro el tesoro.</p> - -<p>—Es muy sensato lo que usted dice; ¡lástima que hasta ahora no se -le haya ocurrido! Le aseguro a usted, amigo mío, que se ha metido -en una empresa desesperada. Verdad que puede usted encontrar un -tesoro; pero hay cien probabilidades contra una<span class="pagenum" -id="Page_113">[p. 113]</span> de que no lo encontrará. ¿Qué será de -usted en tal caso? Le tomarán por un impostor, y las consecuencias -serán horribles. Recuerde quién es usted y entre qué gentes está. -Los españoles son crédulos; pero cuando una vez llegan a sospechar -que los han engañado, y sobre todo que se han reído de ellos, su sed -de venganza no conoce límites. No crea usted que su inocencia le -servirá de algo. Yo estoy convencido de que no es usted un impostor, -pero ellos no lo creerán jamás. Todavía no es tarde. Devuelva usted -esas ropas tan buenas y ese elegante bastón a quien se lo haya dado. -Póngase un traje viejo, empuñe el tosco palo, y véngase conmigo a -la Sagra para ayudarme a difundir el insigne Evangelio entre los -lugareños de la ribera del Tajo.</p> - -<p>Benedicto meditó un momento, y luego, sacudiendo la cabeza, -gritó:</p> - -<p>—¡No! ¡No! Tengo que cumplir mi destino. El <i>Schatz</i> no está -aún desenterrado. Así lo dijo la voz en el <i>barranco</i>. Mañana, a -Compostela. Lo encontraré: el <i>Schatz</i> está allí aún; «tiene» que -estar.</p> - -<p>Salió y no le volví a ver más. Pero después oí contar de él -cosas extraordinarias. Resultó que el Gobierno dió oídos a la -fábula de Benedicto, y se dejó impresionar de tal modo por sus -exageradas descripciones del tesoro oculto, que llegó a creer en la -posibilidad de desenterrar en Santiago, con<span class="pagenum" -id="Page_114">[p. 114]</span> poco trabajo y poco gasto, oro y -diamantes de sobra para enriquecerse y para extinguir la deuda -nacional de España. El suizo volvió a Compostela «como un duque», -para usar sus mismas palabras. El asunto, mantenido al comienzo -en profundo secreto, se divulgó con rapidez. Se acordó dar a una -exploración que podía tener tan importantes consecuencias toda la -publicidad y el aparato posibles. Acercábase una fiesta muy solemne, -y pareció lo más acertado que la busca comenzase en tal día. El día -llegó. Todas las campanas de Compostela repicaban. El pueblo en masa -se lanzó a la calle; un millar de soldados formaba en la plaza; la -expectación llegó al grado sumo. Una solemne comitiva se dirigió a -la iglesia de San Roque; a su cabeza iban el capitán general y el -suizo, que blandía un mágico bastón; pegada a ellos iba la <i>meiga</i>, -la bruja gallega que primeramente guió al buscador del tesoro; -numerosos albañiles cerraban la marcha, llevando las herramientas -necesarias para la excavación. La comitiva entra en la iglesia, la -cruza con paso solemne, y llega a una galería abovedada. El suizo -mira en torno. «Cavad aquí»—dijo de pronto—. «Sí, cavad aquí»—dijo la -<i>meiga</i>. Los albañiles trabajan, horadan el piso, espárcese un olor -horrible y fétido...</p> - -<p>Para qué más; no se halló tesoro alguno, y mis advertencias -al desgraciado suizo re<span class="pagenum" id="Page_115">[p. -115]</span>sultaron demasiado proféticas. Sin tardanza le prendieron, -arrojándole en la hórrida prisión de Santiago, seguido de las -maldiciones de millares de personas, que con gusto le hubieran -despedazado.</p> - -<p>El asunto no terminó ahí. Los enemigos políticos del Gobierno no -dejaron escapar una ocasión tan favorable para asestarle los dardos -del ridículo. Los <i>moderados</i> fueron censurados en las Cortes por -su avaricia y su credulidad, mientras en alas de la Prensa liberal -se esparcía por toda España la historia del tesoro escondido en -Santiago.</p> - -<p>—Después de todo, eso ha sido una <i>trampa</i> de <i>don Jorge</i>—dijo un -enemigo mío—. Ese prójimo se encuentra siempre enredado en la mitad -de las <i>picardías</i> que se cometen en España.</p> - -<p>Ansioso por saber la suerte que había corrido el suizo, escribí a -mi antiguo amigo de Compostela, Rey Romero. En su respuesta decía: -«Vi al suizo en la cárcel, desde donde me mandó llamar, implorando -mi socorro en nombre de la amistad que tengo con usted. Pero ¿cómo -favorecerle? Se lo llevaron de Santiago en seguida, no se adónde. -Dicen que ha desaparecido por el camino.»</p> - -<p>La verdad es a veces más sorprendente que la fábula. ¿En qué -novela se encontrará nada más insensato, grotesco y triste que la -historia fácilmente comprobable de Benedicto Mol, el buscador del -tesoro de Santiago?</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_116">[p. 116]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XLIII</h2> - <p class="subhang"> - Villaseca. — Una casa morisca. — La puchera. — Un cónclave de - rústicos. — Ceremoniosa urbanidad. — La Flor de España. — El puente - de Azeca. — El castillo en ruinas. — Nos echamos al campo. — Demanda - de Testamentos. — El labrador viejo. — El cura y el herrero. — La - baratura de los Testamentos. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">L</span><span class="smcap">legué</span> -a Villaseca uno de los días de más furioso calor en que he desafiado -los rayos del sol. La temperatura debió de llegar a cien grados a -la sombra; la atmósfera parecía una ardiente llama. En un lugar -que dicen Leganés, a seis leguas de Madrid, y como a mitad de -camino entre la capital y Toledo, nos apartamos de la carretera, -dirigiéndonos al Este. Cabalgamos por lo que en España llaman -llanuras, que en cualquier otro país del mundo parecería terreno -quebrado y desigual. Las mieses de trigo y cebada habían ya -desaparecido; quedaban aquí y allá, como últimos vestigios, algunos -haces que los labradores se ocupaban en recoger para acarrearlos a -sus pueblos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_117">[p. 117]</span></p> - -<p>Difícil me sería decir que fuese bello aquel paisaje, de absoluta -desnudez, sin árboles ni verdor. No le faltaban, empero, pretensiones -de magnificencia y grandeza, como no le faltan a ningún paraje de -España. Los objetos más llamativos eran dos enormes cerros calcáreos, -o más bien uno rajado en dos, que se erguía a gran altura; la cima -del más próximo se coronaba con las ruinas del antiguo castillo de -Villaluenga. A eso de la una de la tarde llegamos a Villaseca.</p> - -<p>Era un pueblo grande, de unos setecientos habitantes, rodeado de -un muro de tierra. En el centro está la <i>plaza</i>, uno de cuyos lados -lo ocupa lo que llaman un palacio, tosco edificio cuadrangular, de -dos pisos, perteneciente a alguna familia noble, los señores de las -tierras del contorno. Estaba vacío; ocupábalo tan sólo una especie de -administrador, que encerraba en sus salones el grano que en pago de -las rentas recibía de los arrendatarios y <i>villanos</i> que labraban el -término.</p> - -<p>El pueblo dista como un cuarto de legua de la orilla del Tajo, que -aun allí, en el corazón de España, es un hermoso río, no navegable, -sin embargo, a causa de los bancos de arena que en muchos sitios -emergen a modo de isletas, cubiertas de árboles y maleza. La aldea -saca del río toda su provisión de agua, por carecer de ella, al -menos pota<span class="pagenum" id="Page_118">[p. 118]</span>ble, -dentro de sus muros; todos los manantiales son salobres, y de esto -le vendrá probablemente el nombre de Villaseca. Dícese que sus -habitantes son de origen moro; y es la verdad que aquí se observan -ciertas costumbres que robustecen mucho ese supuesto. Entre otras, -hay una muy curiosa: se reputa infamante para una mujer de Villaseca -atravesar la plaza, o ser vista en ella, aunque no vacilan en -mostrarse en las calles y callejas.</p> - -<p>Existe una hostilidad profundamente arraigada entre los habitantes -de este lugar y los de un pueblo inmediato llamado Bargas; rara -vez se hablan cuando se encuentran, y nunca se casan entre sí. Una -tradición vaga pretende que los naturales de este último pueblo son -cristianos viejos, y es harto probable que los del vecino fuesen -originariamente de muy otra sangre; los de Villaseca tienen la tez -muy morena, mientras los moradores de Bargas son rubios y blancos. -Así, en pleno siglo <span class="smcap">XIX</span>, se conserva en -España la antigua enemistad de moros y cristianos.</p> - -<p>Empapados en sudor, que nos corría a chorros por la frente, -llegamos a la puerta de Juan López, el marido de María Díaz. -Sabedor de que iríamos a visitarle, ya nos esperaba, y nos acogió -cordialmente en su vivienda que, como una casa mora auténtica, -tenía un solo piso. Era muy espaciosa, no<span class="pagenum" -id="Page_119">[p. 119]</span> obstante, con patio y establo. Todos -los aposentos eran deliciosamente frescos. El pavimento, de ladrillo -o piedra; las angostas ventanas, enrejadas y sin cristal, apenas -dejaban pasar un rayo de sol.</p> - -<p>Habían preparado una <i>puchera</i> contando con nuestra llegada; -el calor no me quitó el apetito, y no pasó mucho tiempo sin que -hiciese cabal justicia al manjar típico de España. Mientras yo comía, -López punteaba en la guitarra, cantando a veces trozos de canciones -andaluzas. Era un tipo pequeño, de rostro alegre, muy activo, a -quien había visto yo con frecuencia en Madrid; buena muestra del -<i>labrador</i> español. Aunque no tenía, ni con mucho, la inteligencia ni -los recursos de María Díaz, su mujer, no por eso carecía de natural -despejo ni entendimiento. Era, además, honrado y desinteresado, -y prestó buenos servicios a la causa del Evangelio, como se verá -ahora.</p> - -<p>Acabada la comida, López me habló así:—<i>Señor don Jorge</i>, su -llegada a este pueblo ha causado ya sensación, sobre todo, por ser -los tiempos de guerra y alborotos, y vivir cada cual temeroso del -vecino; aquí estamos pegados a los confines del país faccioso, -porque, como usted bien sabe, la mayor parte de la Mancha está en -poder de <i>carlinos</i> y de ladrones, y algunas partidas se asoman a -menudo por la otra orilla del río. En razón de esto, el <i>alcalde</i> -del pueblo<span class="pagenum" id="Page_120">[p. 120]</span> y -otros vecinos pudientes y graves desean ver y hablar a su merced, y -examinar su pasaporte.</p> - -<p>—Bien está—exclamé—. Vamos a visitar a esos dignos señores.</p> - -<p>En diciendo esto, condújome a través de la <i>plaza</i> a casa del -<i>alcalde</i>, donde hallamos al rústico dignatario sentado entre -puertas, gozando de la refrigerante frescura de una corriente de -aire. Era hombre viejo, como de sesenta años, sin nada notable en -su continente ni en sus facciones plácidas, en las que se reflejaba -su buen natural. Estaban con él otras personas, entre ellas el -barbero del pueblo, alto, de enorme corpulencia, alavés por su cuna, -nacido en Vitoria. También estaba allí un individuo cuya faz tenía -un pronunciado tinte rojizo, con la nariz bastante torcida: era el -herrero del lugar, y le llamaban <i>El Tuerto</i>, por la circunstancia de -no tener más que un ojo. Hice una profunda reverencia al concurso, y -manifestando mi pasaporte, hablé así:</p> - -<p>—Graves señores y caballeros de esta ciudad de Villaseca, como -yo soy un extranjero de quien no es posible que sepan cosa alguna, -me he creído obligado a presentarme ante vosotros y a deciros quién -soy. Sabed, pues, que soy inglés de limpia sangre y buena familia, -que viajo por estos países para diversión y provecho propios, y -también para los de otras personas. Ahora<span class="pagenum" -id="Page_121">[p. 121]</span> he venido a Villaseca, donde -me propongo estar algún tiempo, dedicado a lo que me parezca -conveniente: unas veces pasearé a caballo por esos campos, otras -me bañaré en las aguas del río, cosa buena, según dicen, en tiempo -de calor. Suplico, por tanto, que durante mi estancia en esta -capital sus gobernantes me concedan la protección y el amparo que -habitualmente dispensan a los que llevan vida pacífica y bien -ordenada, y están dispuestos a ser dóciles y obedientes a las -costumbres y leyes de la república.</p> - -<p>—Habla bien—dijo el <i>alcalde</i> mirando en torno.</p> - -<p>—Sí, habla bien—dijo el corpulento alavés—. No hay que negarlo.</p> - -<p>—Nunca he oído hablar mejor—exclamó el herrero, levantándose del -taburete en que se hallaba sentado—. <i>¡Vaya!</i> Es hombre recio y de -buen color, como yo. Me agrada; tengo yo un caballo que le irá muy -bien, un caballo que es la flor de España, con ocho dedos sobre la -marca.</p> - -<p>Entonces, con nueva inclinación de cabeza, presenté el pasaporte -al <i>alcalde</i>, quien con un ligero movimiento de la mano pareció que -se negaba a recibirlo, y al mismo tiempo decía:—No es necesario.</p> - -<p>—Oh, de ningún modo—exclamó el barbero.</p> - -<p>—Los vecinos de Villaseca—observó el<span class="pagenum" -id="Page_122">[p. 122]</span> herrero—saben portarse como gente -seria. Vergüenza les daría abrigar sospecha alguna contra un -caballero tan cortés y bien hablado.</p> - -<p>Pero yo sabía que su negativa no significaba nada, por ser tan -sólo una parte del ceremonial de su urbanidad; presenté por segunda -vez el pasaporte y lo tomaron con avidez; en un momento, todos -los presentes clavaron en él los ojos con intensa curiosidad. Lo -examinaron de arriba abajo, lo volvieron y revolvieron, y aunque -no es probable que ninguno de los presentes entendiese palabra de -él, por estar escrito en francés, produjo, sin embargo, universal -contento; cuando el <i>alcalde</i>, doblándolo con cuidado, me lo -devolvió, todos observaron que no habían visto en su vida otro -pasaporte mejor, o que hablase de su portador en términos más -elogiosos.</p> - -<p>¿Quién ha escrito que «La mofa de Cervantes ahuyentó de España -el heroísmo»? No lo sé<a id="FNanchor_14" href="#Footnote_14" -class="fnanchor">[14]</a>; el autor de esa línea apenas merece -recordación. La tentación de emborronar papel es tan violenta en -nues<span class="pagenum" id="Page_123">[p. 123]</span>tros días, -que muchos se ponen a escribir de pueblos y países de los que no -saben nada, o menos que nada. <i>¡Vaya!</i> El haber visto una corrida -de toros en Madrid o en Sevilla, o gastado un puñado de onzas en -una <i>posada</i> en cualquiera de esos dos puntos, regida acaso por un -genovés o un francés, no da competencia para escribir acerca de -una gente como los españoles, ni para decir al mundo cómo piensan, -cómo hablan y cómo proceden. ¡Ahuyentar con burlas el espíritu -caballeresco de España! Cuando todas las probabilidades son de que la -gran masa de la nación española habla, piensa y vive exactamente como -sus antepasados hace seis siglos.</p> - -<p>Por la tarde, el herrero, o como le llamaban en el pueblo, <i>El -Herrador</i>, se presentó a caballo ante la puerta de López.</p> - -<p>—<i>Vamos, don Jorge</i>—exclamó—. Venga conmigo si su merced está -dispuesto a montar. Voy a bañar el caballo en el Tajo, por el puente -de Azeca.</p> - -<p>Al instante ensillé mi <i>jaca cordobesa</i>, y juntos salimos del -pueblo, dirigiéndonos a través de la llanura hacia el río.</p> - -<p>—¿Ha visto usted alguna vez un caballo como el mío, <i>don -Jorge</i>?—preguntó—. ¿Verdad que es una <i>alhaja</i>?</p> - -<p>El caballo era, en efecto, un animal de gran estampa, garboso, -de diez y seis palmas de alzada cuando menos, ancho de pe<span -class="pagenum" id="Page_124">[p. 124]</span>chos, pero muy fino y -limpio de remos. Engallaba soberbiamente el cuello y erguía la cabeza -como un cisne. De pelo alazán claro, tenía las crines y la cola -casi negros. Al expresarle mi admiración, el <i>herrador</i> se animó, y -apretando con las rodillas los flancos del caballo y soltándole las -riendas, se lanzó por el campo en prodigiosa carrera, al mismo tiempo -que profería el antiguo grito español: <i>¡Cierra!</i> En vano quise -competir con él.</p> - -<p>—Le llamo «flor de España»—dijo el <i>herrador</i> al reunirse -conmigo—. Cómprelo usted, <i>don Jorge</i>, lo doy en tres mil <i>reales</i>. -No lo vendería ni por el doble; pero los ladrones carlistas le -han echado el ojo y temo que el día menos pensado crucen el río y -se metan en Villaseca para apoderarse de mi caballo, la «flor de -España».</p> - -<p>No estará de más hacer notar aquí que, pasado un mes, mi amigo -el <i>herrador</i>, no pudiendo hallar un buen comprador para su corcel, -entró en tratos con los susodichos bandoleros, y acabó vendiéndoselo -a su cabecilla, no por los tres mil <i>reales</i> que pedía, sino a -cambio de una punta de ganado, robada probablemente en las llanuras -manchegas. Por ese trato, caso de alta traición, ni más ni menos, -le metieron en la cárcel de Toledo; pero no debió de estar allí -mucho tiempo, porque en una breve visita que hice a Villaseca -en la primavera del si<span class="pagenum" id="Page_125">[p. -125]</span>guiente año me lo encontré de <i>alcalde</i> de aquella -«república».</p> - -<p>Llegamos al puente de Azeca, situado como a media legua de -Villaseca; junto a él hay un gran molino, sobre una presa que corta -el río. Apeándose del corcel, el <i>herrador</i> le quitó la silla, le -hizo entrar en la represa y lo llevó, guiándolo con una cuerda, a un -sitio dado, donde el agua le llegaba a la mitad del cuello; una vez -allí, ató la cuerda a un poste hincado en la orilla y dejó al caballo -metido en el río. Me pareció lo mejor seguir su ejemplo: pedí una -cuerda en el molino, y metí mi caballo en el agua.</p> - -<p>—Esto les refresca la sangre, <i>don Jorge</i>—dijo el <i>herrador</i>—. -Que se estén así una hora; mientras, iremos por ahí nosotros a -entretenernos.</p> - -<p>Cerca del puente, en la orilla donde estábamos nosotros, había una -especie de cuerpo de guardia, y en él tres carabineros que cobraban -el pontazgo. Trabamos conversación con ellos.</p> - -<p>—Este puesto, tan inmediato al campo faccioso—dije a uno de -los carabineros, que resultó ser catalán—será muy peligroso. Con -seguridad que a una partida de <i>carlinos</i> o de bandoleros no le -costaría gran trabajo atravesar el puente y hacerles prisioneros a -todos ustedes.</p> - -<p>—Eso puede ocurrir en cualquier momento, caballero—contestó el -catalán—. Pero<span class="pagenum" id="Page_126">[p. 126]</span> -todos estamos en manos de Dios, y hasta ahora nos ha protegido, y -quizás siga protegiéndonos. Es verdad que el otro día, un compañero -nuestro de los cuatro que estábamos aquí cayó en manos de la -<i>canaille</i>. Se le ocurrió ir a la otra orilla con el fusil, a ver si -mataba algo en el soto, y de pronto, tres o cuatro facciosos cayeron -sobre él y le dieron una muerte horrible. ¡Hay que tener paciencia! -Todos hemos de morir. Puede ser que mañana me degüellen esos -<i>malvados</i>, pero eso no me quitará el sueño esta noche. Caballero, yo -soy de Barcelona, y allí he visto a los marinos de su nación; esta -tierra no es tan buena como Barcelona. <i>¡Paciencia!</i> Caballero, si -desea un vaso de agua, entre en nuestra casa. Tenemos agua fresca, -porque enterramos el cántaro en un hoyo abierto en el suelo; está -fría, como le digo; pero el agua de Castilla no es como la de -Cataluña.</p> - -<p>La luna había salido cuando tomamos los caballos para volver -al pueblo; los rayos del bello luminar rebrillaban alegremente en -las impetuosas aguas del Tajo, plateaban la planicie por donde -íbamos, y bañaban en ondas de claridad las escarpadas vertientes del -cerro calcáreo de Villaluenga y las ruinas antiguas que coronan su -cumbre.</p> - -<p>—¿Por qué llaman a ese sitio el Castillo de -Villaluenga?—pregunté.</p> - -<p>—Porque al otro lado del cerro hay un<span class="pagenum" -id="Page_127">[p. 127]</span> pueblo de ese nombre, <i>Don -Jorge</i>—respondió el <i>herrador</i>—. Ese castillo es un lugar muy raro, -<i>¡vaya!</i> Algunos dicen que lo edificaron los moros en tiempos -antiguos; otros, que los cristianos al sitiar, por vez primera, a -Toledo. Ahora está deshabitado, salvo por los conejos, que se crían -en abundancia entre la hierba frondosa y en las ruinas, y por las -águilas y buitres que anidan en lo alto de las torres. A veces voy -por allí con la escopeta a matar un conejo. En los días despejados -se ve desde las murallas Madrid y Toledo. No diré que me agrade el -sitio: lo encuentro demasiado triste y melancólico. El cerro es todo -de greda y muy penoso de subir. Oí decir a mi abuela que una vez -cuando era chica salió de ese cerro una nube de humo y se vieron -llamas, talmente como si hubiera ahí un volcán, y quizás lo haya, -<i>Don Jorge</i>.</p> - -<p>La magna obra de difundir la Escritura comenzó sin dilación en La -Sagra. A pesar del sofocante calor, recorrí a caballo todos aquellos -contornos. No fué corta fortuna que el calor me siente bien; en -otro caso no hubiera podido hacer nada en aquella estación, pues -con frecuencia hasta los <i>arrieros</i> se caían de las mulas muertos -de insolación. Antonio me prestó excelente ayuda; despreciaba como -yo el calor, y sin temor a nada visitó varios pueblos con éxito -notable. «<i>Mon maître</i>—decía—tengo empeño en<span class="pagenum" -id="Page_128">[p. 128]</span> demostrarle que sirvo para todo.» Pero -quien nos hizo avergonzarnos de nuestros trabajos fué mi huésped, -Juan López, a quien el Señor quiso inclinar a favor de la causa. -«<i>Don Jorge</i>—dijo—, <i>yo quiero engancharme con usted</i>; soy liberal, -enemigo de la superstición; voy a echarme al campo, y, si es preciso, -le seguiré a usted al fin del mundo. <i>¡Viva Inglaterra, viva el -Evangelio!</i>» Así diciendo, puso un buen fardo de Testamentos en las -aguaderas, cargó con ellas a su rucia y gritó: <i>¡Arre, burra!</i>, y se -fué a más andar. Yo me senté a escribir mi diario.</p> - -<p>Antes de concluir mi tarea oí a la <i>burra</i> roznar en el corral; -suspendí la escritura, fuí allá y hallé de vuelta a mi huésped. -Había vendido toda la carga, veinte Testamentos, en el pueblo de -Bargas, distante una legua de Villaseca. Ocho pobres agosteros, -que se refrigeraban a la puerta de una taberna, compraron sendos -ejemplares, y el maestro de escuela adquirió los restantes para -los pequeñuelos que tenía a su cuidado, lamentándose al propio -tiempo de la dificultad con que tropezaba para adquirir libros -religiosos, a causa de su rareza y de su exorbitante precio. Muchas -otras personas deseaban también comprar Testamentos, pero López no -pudo suministrárselos; al marcharse le rogaron que no tardara en -volver.</p> - -<p>Bien sabía yo que estaba jugando una partida muy arriesgada, y -que, cuando me<span class="pagenum" id="Page_129">[p. 129]</span>nos -lo pensase, podía verme preso, atado a la cola de una mula y -arrastrado a la cárcel de Toledo o de Madrid. Tal perspectiva no me -desanimaba lo más mínimo; antes bien, me incitaba a perseverar; puedo -decir, sin la más leve intención de engrandecerme, que en aquella -época ansiaba ofrecer mi vida en aras de la causa, y no me hubiera -importado que la bala de un forajido o una fiebre carcelaria pusiesen -fin a mi carrera. Nada me amedrentaba. Mi lema era: «camina con la -palabra de la verdad».</p> - -<p>La noticia de la llegada del libro de vida corrió por los pueblos -de La Sagra de Toledo como una chispa en un reguero de pólvora, -y dondequiera que mi gente o yo encaminábamos nuestros pasos, -hallábamos a los habitantes dispuestos a recibir nuestra mercancía, -y donde no la mostrábamos, nos la pedían. Una noche, según estaba -bañándome y bañando el caballo en el Tajo, se reunió un grupo de -gente en la orilla y gritó: «Sal del agua, inglés, y danos libros; -traemos el dinero en la mano». La pobre gente extendía hacia mí las -manos, llenas de <i>cuartos</i>; pero, desgraciadamente, no tenía allí -Testamentos que darles. Sin embargo, Antonio, que no andaba lejos, -les enseñó uno, y al instante se lo arrancaron de las manos; luego -tuvieron los rústicos un altercado, disputándose la posesión del -libro. Era cosa frecuente que los pobres labriegos de aque<span -class="pagenum" id="Page_130">[p. 130]</span>llos contornos, con -deseos de adquirir Testamentos, pero sin dinero para comprarlos, nos -llevasen a casa, para cambiarlos por libros, varios artículos de -valor equivalente; por ejemplo, conejos, fruta y cebada; y yo tenía -por regla no desairarlos nunca, ya que nos llevaban cosas útiles para -nuestro consumo personal o para el de los caballos.</p> - -<p>En Villaseca había una escuela donde aprendían las primeras letras -cincuenta y siete niños. Una mañana, el maestro, alto de cuerpo y -flaco, de unos sesenta años, cubierta la cabeza con un puntiagudo -sombrero andaluz, y embozado, a pesar del tiempo tan caluroso, en -una larga capa, se presentó en mi casa, y después de tomar asiento, -me pidió que le enseñara uno de nuestros libros. Le entregué un -ejemplar y estuvo examinándolo casi una hora sin proferir palabra. -Al cabo lo dejó, dando un suspiro, y dijo que le contentaría mucho -comprar algunos ejemplares para su escuela, pero que su aspecto, -sobre todo la calidad del papel y la encuadernación, le hacían temer -que estuviesen fuera del alcance de los medios de los padres de sus -alumnos, casi desprovistos de dinero, por ser labradores pobres. -Entonces comenzó a censurar al Gobierno, que, decía, instalaba -escuelas sin proveerlas de los libros necesarios; añadió que en su -escuela sólo había dos libros para uso de todos sus alumnos, y ésos -contenían poco<span class="pagenum" id="Page_131">[p. 131]</span> -bueno. Le pregunté cuánto podría pedirse, en su opinión, por los -Testamentos. «Hablando con franqueza—dijo—, <i>señor</i> caballero, he -pagado otras veces doce <i>reales</i> por libros muy inferiores al de -usted; pero le aseguro que mis pobres alumnos no pueden, en modo -alguno, pagar ni la mitad de ese precio.» «Pues yo le vendo a -usted—repuse—todos los que quiera a tres <i>reales</i> cada uno. Ya sé -que el país es pobre, y ni mis amigos ni yo, al procurar al pueblo -medios de instrucción espiritual, queremos disminuir su ya escaso -pan.» «<i>¡Bendito sea Dios!</i>»—replicó, y apenas podía dar crédito a -sus oídos. Al instante compró doce ejemplares, gastando en eso, según -me dijo, todo el dinero que poseía, excepto unos pocos <i>cuartos</i>. La -introducción de la palabra de Dios en las escuelas rurales de España -estaba empezada, y humildemente espero que, con el tiempo, será -ese uno de los sucesos que la Sociedad Bíblica podrá con más razón -recordar con júbilo y con acciones de gracias al Todopoderoso.</p> - -<p>Un labriego viejo está leyendo en el portal. Ochenta y cuatro -años han pasado sobre su cabeza, y está casi enteramente sordo; no -obstante, lee en alta voz el segundo capítulo de Mateo: tres días -antes encargó un Testamento, pero como no disponía del dinero no -lo ha pagado hasta este momento. Acaba de traerme treinta cuartos. -Al<span class="pagenum" id="Page_132">[p. 132]</span> contemplar -los cabellos plateados que coronan su semblante quemado por el sol, -vienen a mi memoria las palabras del cántico de Simeón: «Ahora, -Señor, sacas en paz de este mundo a tu siervo, según tu promesa, -porque mis ojos han visto tu salvación».</p> - -<p>Durante mi estancia en Villaseca recibí de los buenos vecinos del -pueblo muchas pruebas de sencilla hospitalidad y honesta fineza. De -tal modo conquisté sus corazones por la «formalidad» de mi conducta -y de mis palabras, que tengo la firme creencia de que me hubieran -defendido a cuchilladas contra cualquier intento de reducirme a -prisión o de molestarme de cualquier otro modo. Quien desee conocer -al español genuino no debe buscarlo en los puertos ni en las grandes -ciudades, sino en los pueblos solitarios y apartados, como los de -La Sagra. Allí encontrará la gravedad en el porte y la caballeresca -disposición del ánimo que se dan como destruídas por la sátira -de Cervantes; y allí oirá, en la conversación de cada día, esas -expresiones grandiosas, que son objeto de mofa, como exageraciones -ridículas, al encontrarlas en los libros de caballerías.</p> - -<p>Un enemigo tenía yo en el pueblo: el cura.</p> - -<p>—Ese individuo es un hereje y un pícaro—dijo un día en la -tertulia—. Nunca va a la iglesia y está envenenando el alma del<span -class="pagenum" id="Page_133">[p. 133]</span> pueblo con sus libros -luteranos. Hay que enviarlo a Toledo atado codo con codo, o a lo -menos echarle del pueblo.</p> - -<p>—No haré nada de eso—dijo el <i>alcalde</i>, que pasaba por carlista—. -Si tiene sus opiniones, yo también tengo las mías. Se porta como es -debido, y no tengo para qué meterme en sus asuntos. Ha estado muy -fino con mi hija y le ha regalado un libro. <i>¡Que viva!</i> Y si es o -no luterano, yo tengo oído que entre los luteranos hay hijos de tan -buenos padres como aquí. Me parece todo un <i>caballero</i>. Habla muy -bien.</p> - -<p>—Eso no puede negarse—dijo el barbero.</p> - -<p>—¿Hay quien hable «tan» bien como él?—exclamó el <i>herrador</i>—. ¿Ni -quien tenga más formalidad? <i>¡Vaya!</i> Es un hombre que aprecia el -mérito de mi caballo, la flor de España, y me ha dicho que no lo hay -mejor en <i>Inglaterra</i>. Un hombre, además, que si tuviera que quedarse -en España, me asegura que compraría mi caballo, y me daría por él lo -que le pidiese. ¡Echar a un hombre así! Un hombre de mi sangre, rubio -como yo. ¿Quién se atrevería a echarlo de aquí, si yo, el tuerto, me -opongo?</p> - -<p>Voy a contar una anécdota, relacionada con la circulación de las -Escrituras, que no deja de ser rara.</p> - -<p>Ya he hablado del molino del puente de Azeca. Trabé amistad -con el arrendatario, conocido en el país por don Antero. Un<span -class="pagenum" id="Page_134">[p. 134]</span> día me llevó aparte, -y con gran asombro mío me preguntó si no querría venderle un millar -de Testamentos, al mismo precio que los daba a los lugareños, -mostrándose dispuesto a pagarlos al contado. Al decir esto, hundió -una mano en un bolsillo y extrajo un puñado de onzas. Le pregunté qué -motivo le impulsaba a una compra tan importante; dijo que tenía un -pariente en Toledo, y, deseando establecerlo, le había parecido lo -mejor alquilarle una tienda en la ciudad y que se dedicase a vender -Testamentos. Le contesté que no debía pensar en cosa semejante, -porque lo más probable era que secuestraran los libros al pretender -introducirlos en Toledo, dado lo muy opuestos que eran los curas y -canónigos a su difusión.</p> - -<p>El hombre no se arredró. Díjome que su pariente podía viajar, lo -mismo que yo, y vender libros a los campesinos, con alguna ganancia. -Confieso que al principio estuve inclinado a aceptar su ofrecimiento, -pero al cabo rehusé, porque no quería exponer a un buen hombre al -riesgo de perder dinero y bienes, y acaso la libertad y la vida. -También era yo opuesto a vender los libros a precio más elevado, -sabiendo que los campesinos no podían pagarlo, y que en tal caso -perderían los libros mucha parte de la influencia de que gozaban; -su baratura producía impresión en el ánimo del pueblo, y casi la -tenían allí por milagrosa, como los judíos<span class="pagenum" -id="Page_135">[p. 135]</span> al maná que cayó del cielo cuando -perecían de hambre, o a la fuente que brotó súbitamente de la dura -roca para saciar su sed en el desierto.</p> - -<p>Durante todo este tiempo, un labriego iba y venía continuamente -entre Villaseca y Madrid, llevando cargas de Testamentos en un -<i>borrico</i>. Proseguimos nuestros trabajos hasta que la mayor parte de -los pueblos de La Sagra estuvieron provistos de libros, sobre todo, -Bargas, Cobeja, Mocejón, Villaluenga, Villaseca y Yuncler. Supimos, -por último, que nuestras andanzas eran conocidas en Toledo, donde -producían gran alarma, y regresamos a Madrid.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_136">[p. 136]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XLIV</h2> - <p class="subhang"> - Aranjuez. — Una advertencia. — Aventura nocturna. — Nueva expedición. - — Segovia. — Abades. — Curas facciosos. — López, en la cárcel. — - Liberación de López. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">l buen</span> -éxito que coronó nuestros esfuerzos en La Sagra de Toledo me incitó -prontamente a acometer una nueva empresa. Determiné encaminarme a La -Mancha, y distribuir la Palabra por los pueblos de aquella provincia. -López, que ya había prestado tan importantes servicios en La Sagra, -nos acompañó a Madrid, y ansiaba tomar parte en la nueva expedición. -Resolví ir por de pronto a Aranjuez, donde esperaba obtener algunas -noticias útiles para regular nuestros movimientos ulteriores; -Aranjuez está a corta distancia de la raya de La Mancha, y lo cruza -la carretera que lleva a esa provincia. Partimos, pues, de Madrid, y -en cada pueblo del camino vendimos de treinta a cuarenta Testamentos, -hasta llegar a Aranjuez, adonde habíamos enviado por delante un buen -repuesto de libros.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_137">[p. 137]</span></p> - -<p>Ameno sitio es Aranjuez, aunque abandonado. Allí el Tajo fluye por -un delicioso valle, quizás el más fértil de España; y allí surgió, -en días mejores para ese país, una pequeña ciudad, con un palacio -modesto, pero muy lindo, sombreado por árboles enormes, donde los -reyes venían a explayarse olvidando los cuidados del trono. Allí -pasó sus últimos días Fernando VII, rodeado de <i>señoras</i> guapas y de -toreros andaluces; pero, como dice Schiller en una de sus tragedias: -«Los hermosos días de Aranjuez ya se acabaron.» Cuando el sensual -Fernando rindió su cuenta postrera, la realeza huyó de allí, y el -sitio decayó pronto. Ya no se agolpan en palacio los intrigantes -cortesanos; su vasto circo, donde antaño los toros manchegos bramaban -furiosos en la lucha, está cerrado; y ya no se oye el leve puntear de -las guitarras en sus arboledas y jardines.</p> - -<p>Tres días estuve en Aranjuez, durante los que Antonio, López y yo -no dejamos en la ciudad ninguna casa por visitar. Hallamos entre los -habitantes gran miseria y mucha ignorancia; tropezamos con alguna -oposición; sin embargo, plugo al Todopoderoso permitirnos vender unos -ochenta Testamentos, comprados todos por la gente más pobre; las -personas acomodadas no pusieron atención en la Palabra de Dios, y más -bien se mofaban de ella y la ridiculizaban.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_138">[p. 138]</span></p> - -<p>Una circunstancia me agradó y contentó en gran manera, a saber: -la prueba ocular de que los libros vendidos se leían, y con mucha -atención, por los compradores, y que otras varias personas recibían -su benéfico influjo. En las calles de Aranjuez, y debajo de los -poderosos cedros y gigantescos álamos y plátanos que forman sus -hermosos bosques, vi con frecuencia grupos de individuos oyendo leer -en alta voz el Nuevo Testamento.</p> - -<p>Es probable que, de permanecer más tiempo en Aranjuez, hubiera -vendido muchos más de aquellos Divinos Libros; pero ansiaba ganar La -Mancha y sus arenosas planicies, y esconderme por una temporada en -sus apartados pueblos, para huír de la tormenta que sentía cernerse -sobre mí. Una vez más allá de Ocaña, ciudad fronteriza, sabía yo bien -que nada tendría que temer de las autoridades españolas, cuyo poder -terminaba allí; el resto de La Mancha hallábase casi por completo -en manos de los carlistas, y recorrido por pequeñas partidas de -bandidos, de quien esperaba librarme con la protección del Señor. -Partí, pues, para Ocaña, distante de Aranjuez tres leguas.</p> - -<p>Antonio y yo salimos a las seis de la tarde; muy de mañana, -habíamos enviado por delante a López con doscientos o trescientos -Testamentos. Dejamos la carretera, y caminamos por un atajo a -través de agrestes ce<span class="pagenum" id="Page_139">[p. -139]</span>rros, y por terreno quebrado y pendiente.</p> - -<p>Como íbamos bien montados, llegamos frente a Ocaña cuando acababa -de ponerse el sol; el pueblo se alza en un cerro escarpado; un valle -profundo se abría entre el pueblo y nosotros; bajamos, hasta llegar -a un puentecillo por el que se cruza un riachuelo en el fondo del -valle, a muy corta distancia de una especie de arrabal. Cruzamos el -puente, y al pasar junto a una casa abandonada, a mano izquierda, un -hombre se destacó del hueco de la puerta.</p> - -<p>Lo que voy a decir parecerá incomprensible; téngase presente que -anda en ello un pueblo harto singular. El hombre se plantó delante -del caballo, cerrando el camino, y dijo: <i>Schophon</i>, que en hebreo -significa conejo. Sabía yo que esta palabra era una contraseña de los -judíos, y pregunté al hombre si tenía alguna cosa que advertirme. -Dijo así: «No debe usted entrar en esta ciudad, porque le han tendido -un lazo. El <i>corregidor</i> de Toledo, en quien toda maldad tiene -cabida, por agradar a los sacerdotes de María, a quienes escupo al -rostro, ha ordenado a los <i>alcaldes</i>, <i>escribanos</i> y <i>corchetes</i> de -estas partes que le echen a usted mano dondequiera que le encuentren, -y le manden a Toledo con sus libros y con cuanto le pertenezca. A -su criado le prendieron esta mañana en la parte alta del pueblo, -cuando iba vendiendo libros por la calle, y ahora le espe<span -class="pagenum" id="Page_140">[p. 140]</span>ran a usted en la -<i>posada</i>; pero como yo le conocía a usted por lo que me han contado -mis hermanos, he estado esperándole aquí unas horas para darle este -aviso, y que su caballo vuelva el rabo a sus enemigos y se burle de -ellos con un relincho. No tema usted por su criado; el <i>alcalde</i> -le conoce y le pondrá en libertad; pero usted huya, y que Dios le -proteja». Dicho esto, se fué corriendo hacia el pueblo.</p> - -<p>No vacilé un momento en seguir su consejo, sabiendo bien que, -secuestrados los libros, ya nada podía hacer en aquellos lugares. -Retrocedimos en dirección de Aranjuez. Los caballos, a pesar de -la naturaleza del terreno, corrían a todo galope; pero no habían -terminado nuestras aventuras. A mitad de camino, y a una media legua -del pueblo de Ontígola, vimos cerca de nosotros, a mano izquierda, -tres hombres sobre un montículo. Hasta donde la obscuridad lo -permitía, nos pareció distinguir que estaban al descubierto, pero -llevaban sendas escopetas. Eran <i>rateros</i>, o salteadores de caminos. -Hicimos alto y gritamos:</p> - -<p>—¿Quién va?</p> - -<p>—¡Qué les importa a ustedes!—respondieron—. Sigan adelante.</p> - -<p>Su designio era hacernos fuego desde un sitio en que fuera -imposible errar.</p> - -<p>Gritamos de nuevo:</p> - -<p>—Si no pasáis ahora mismo a la derecha<span class="pagenum" -id="Page_141">[p. 141]</span> del camino, os pateamos con los cascos -de los caballos.</p> - -<p>Vacilaron, y al fin obedecieron, porque todos los asesinos son -cobardes y a la menor señal de energía se someten.</p> - -<p>Cuando pasábamos al galope, gritó uno, con una palabrota -obscena:</p> - -<p>—¿Tiramos?</p> - -<p>Pero otro dijo:</p> - -<p>—¡No, no! ¡Hay peligro!</p> - -<p>Llegamos a Aranjuez, donde se nos reunió López a la mañana -siguiente temprano, y nos volvimos a Madrid.</p> - -<p>Pena me da decir que en Ocaña secuestraron doscientos Testamentos -y, sellados, los enviaron a Toledo. López me contó que los hubiera -vendido todos en dos horas: tan grande era la demanda. Así y todo, -vendió veintisiete en menos de diez minutos.</p> - -<p>A pesar del tropiezo de Ocaña no estábamos desanimados, ni mucho -menos, y sin perder tiempo empezamos a preparar otra expedición. Al -volver de Aranjuez a Madrid, mis ojos habían contemplado muy a menudo -la potente barrera de montañas que divide las dos Castillas, y me -dije: «¿Por qué no cruzar esas montañas y comenzar mis operaciones -al otro lado, en la propia Castilla la Vieja? Allí no me conocen, -y será difícil que hayan llegado noticias de mis trabajos. Quizás -el enemigo duerme, y antes que se despierte puedo sembrar mu<span -class="pagenum" id="Page_142">[p. 142]</span>cha buena simiente en -los pueblos de los castellanos viejos. A Castilla, pues; a <i>Castilla -la Vieja</i>.» Por consiguiente, el día después de mi regreso despaché -varias cargas de libros a diferentes pueblos que me proponía visitar, -y envié por delante a López, con su burra bien cargada, y orden de -esperarme, en un día señalado, debajo de cierto arco del acueducto de -Segovia. También le di orden de ajustar a cuantas personas quisieran -cooperar en la distribución de las Escrituras y pareciesen útiles -para el caso. Imposible hallar un colaborador más valioso que López -para una expedición de ese género. No sólo conocía muy bien el país, -sino que tenía amigos, y hasta parientes, al otro lado de la sierra, -y me aseguró que en sus casas nos recibirían siempre muy bien. Partió -con grandes bríos, exclamando:</p> - -<p>—Tenga buen ánimo, <i>don Jorge</i>; antes de que volvamos habremos -vendido hasta el último ejemplar de su librería evangélica. ¡Abajo -los frailes! ¡Abajo la superstición! <i>¡Viva Inglaterra! ¡Viva el -Evangelio!</i></p> - -<p>A los pocos días le seguí yo con Antonio. Subimos a la sierra por -el puerto que llaman de Peña Cerrada, a unas tres leguas al Este -del de Guadarrama. Es muy poco frecuentado, porque la carretera -que une ambas Castillas pasa por Guadarrama. Tiene además muy mala -reputación: todos dicen que se halla infestado de ladrones. Aca<span -class="pagenum" id="Page_143">[p. 143]</span>baba de ponerse el sol -cuando llegamos a la cumbre, y entramos en un espeso y sombrío pinar -que cubre enteramente las montañas por la parte de Castilla la Vieja. -La bajada no tardó en hacerse tan rápida y pendiente, que de buen -grado nos apeamos de los caballos y los obligamos a ir delante. Cada -vez nos hundíamos más en el bosque; los pájaros nocturnos empezaron -a graznar, y millones de grillos dejaban oír su penetrante chirrido -encima, debajo y alrededor nuestro. A veces percibíamos a cierta -distancia, entre los árboles, unas llamaradas como de inmensas -hogueras.</p> - -<p>—Son los carboneros, <i>mon maître</i>—dijo Antonio—. No debemos -acercarnos porque son gente bárbara, medio bandidos. Han matado y -robado a muchos viajeros en estas horribles soledades.</p> - -<p>Era noche obscurísima cuando llegamos al pie de las montañas; aún -estábamos entre pinares y bosques, que se extendían muchas leguas a -la redonda.</p> - -<p>—Difícil será que lleguemos a Segovia esta noche, <i>mon -maître</i>—dijo Antonio.</p> - -<p>Así fué, en efecto, porque nos desorientamos, y al llegar, al fin, -a un sitio donde se bifurcaba el camino, en lugar de tomar el de la -izquierda, que nos hubiese llevado a Segovia, volvimos a la derecha, -en dirección de La Granja, adonde llegamos a media noche.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_144">[p. 144]</span></p> - -<p>Encontramos en La Granja mayor desolación aún que en Aranjuez. -Ambos sitios han padecido mucho con la ausencia de los reyes; pero el -primero hasta un grado en extremo aterrador. Los nueve décimos de la -población han abandonado el lugar, residencia favorita de Cristina -hasta el último pronunciamiento. Tan grande es la soledad de La -Granja, que los jabalíes de los bosques vecinos, y especialmente los -de una montaña cónica, cubierta por un hermoso pinar, que se alza -inmediatamente detrás del palacio, llegan muy a menudo hasta las -calles y plazas, y dejan la huella de sus colmillos en los postes de -los soportales.</p> - -<p>Estuvimos veinticuatro horas en La Granja y continuamos a Segovia. -Llegó el día que tenía señalado para reunirme con López. Fuí al -acueducto y me senté debajo del arco 107, donde esperé la mayor -parte del día; pero López no se presentó. Me levanté y volví a la -ciudad.</p> - -<p>Esperé dos días en Segovia en casa de un amigo; tampoco recibí -noticias de López. Al cabo, por una de las mayores casualidades del -mundo, oí a un lugareño que en las cercanías de Abades había unos -hombres vendiendo libros.</p> - -<p>Abades dista de Segovia unas tres leguas, y hacia allá me puse -en camino, así que recibí la noticia, con tres pollinos cargados -de Testamentos. Al anochecer llegué a Aba<span class="pagenum" -id="Page_145">[p. 145]</span>des, y encontré a López, con dos -campesinos que había contratado, en casa del barbero del pueblo, -donde me alojé también. Llevaba ya vendidos muchos Testamentos en -las cercanías, y había empezado a venderlos aquel día en el mismo -Abades; pero dos de los tres <i>curas</i> del pueblo se lo estorbaron: con -horrendas maldiciones condenaban la obra, y amenazaban a López con -la muerte eterna por venderla, y lo mismo a cualquiera otra persona -que la comprase; López, aterrado, se contuvo en espera de mi llegada. -El tercer <i>cura</i>, sin embargo, se esforzó cuanto pudo en persuadir -al pueblo que adquiriese Testamentos, diciendo que sus colegas eran -unos hipócritas, unos malos pastores, que, por mantenerlos en la -ignorancia de la palabra y de la voluntad de Cristo, los conducían -al infierno. Oídas estas noticias, me encaminé a la plaza, y la -misma noche logré vender más de treinta Testamentos. A la mañana -siguiente, los dos <i>curas</i> facciosos se me metieron en casa; pero en -cuanto me levanté para hacerles cara se retiraron y no supe más de -ellos, excepto que me anatematizaron más de una vez públicamente en -la iglesia; como no me resultó daño alguno, el suceso me preocupó muy -poco.</p> - -<p>No referiré con detalles los eventos de la siguiente semana; -baste decir que, distribuídas mis fuerzas del modo más conveniente, -logré, con la ayuda de Dios, vender de qui<span class="pagenum" -id="Page_146">[p. 146]</span>nientos a seiscientos Testamentos en los -pueblos enclavados dentro de un radio de siete leguas en torno de -Abades. Al cabo de ese tiempo, supe que mis trabajos se conocían ya -en Segovia, a cuya provincia pertenece Abades, y que se había enviado -al <i>alcalde</i> orden de secuestrar cuantos libros hallase en mi poder. -Sabido esto, y aunque ya era entrada la noche, levanté el campo -con mi gente, llevándonos más de trescientos Testamentos, porque -habíamos recibido de Madrid, pocas horas antes, nueva provisión de -ellos. Pasamos la noche al raso, y a la mañana siguiente llegamos a -Labajos, pueblo situado en la carretera de Madrid a Valladolid. No -vendimos libros en aquel lugar, limitándonos a abastecer desde él de -la Palabra de Dios a los pueblos inmediatos; también vendimos libros -por los caminos.</p> - -<p>No llevábamos en Labajos una semana, trabajando con mucho fruto, -cuando el cabecilla carlista Balmaseda, al frente de su caballería, -hizo su atrevida incursión por la parte Sur de Castilla la Vieja, -arrojándose como un alud desde los pinares de Soria. Presencié los -horrores que se siguieron: saqueo de Arévalo; toma de Martín Muñoz. -En medio de escenas tan terribles continuábamos nuestra tarea. De -pronto, López estuvo tres días perdido, y pasé angustias mortales -por su causa, imaginándome que los carlistas le habían fusilado; -al cabo supe<span class="pagenum" id="Page_147">[p. 147]</span> -que estaba preso en Villalos<a id="FNanchor_15" href="#Footnote_15" -class="fnanchor">[15]</a>, pueblo distante tres leguas de allí. -Los pasos que di para librarlo se encuentran detallados en una -comunicación que juzgué de mi deber transmitir a lord William Hervey, -a la sazón ministro británico en Madrid en reemplazo de sir Jorge -Villiers, ya conde de Clarendon.</p> - -<p class="sang_iz">«Labajos (provincia de Segovia),</p> - -<p class="firma">23 de agosto de 1838.</p> - -<p class="mt1">Señor: Con su venia me permito llamar su atención -sobre los siguientes hechos: El día 21 del corriente supe que un -dependiente mío, llamado Juan López, estaba preso en la cárcel de -Villalos, provincia de Avila, por orden del <i>cura</i> del pueblo. El -crimen de que se le acusaba era la venta del Nuevo Testamento. Estaba -yo a la sazón en Labajos, provincia de Segovia, y la división del -cabecilla faccioso Balmaseda andaba por las inmediaciones. El día 22 -monté a caballo y fuí a Villalos, distante tres leguas. A mi llegada -encontré que López había sido trasladado desde la cárcel a una -casa particular. Había llegado una orden del <i>corregidor</i> de Avila -mandando poner en libertad a López y retener tan sólo los libros -que se hallaran en su poder. Sin embargo, en abierta oposición a -esa orden (de la que le envío copia), el <i>alcalde</i> de Villalos, por -instigación del<span class="pagenum" id="Page_148">[p. 148]</span> -<i>cura</i>, no permitió al dicho López marcharse del pueblo, ni con -dirección a Avila, ni a otro sitio cualquiera. A López le dieron -a entender que, como se esperaba la llegada de los facciosos, se -proponían denunciarle a ellos como liberal para que lo fusilaran. -Teniendo en cuenta estas circunstancias creí de mi deber, como -cristiano y caballero, rescatar a mi infeliz criado de tan inicuas -manos, y, por tanto, desafiando toda oposición, le saqué de allí, -aunque inerme, a través de una turba de cien lugareños cuando menos. -Al salir del pueblo grité: <i>¡Viva Isabel segunda!</i></p> - -<p>Como creo que el <i>cura</i> de Villalos es capaz de cualquier infamia, -ruego humildemente a V.E. que haga llegar con prontitud al Gobierno -español una copia del anterior relato.</p> - -<p>Tengo el honor de ser, como siempre, señor, el más sumiso servidor -de V.E.</p> - -<p class="firma"><span class="smcap">Jorge Borrow</span>.</p> - -<p class="ti0 mt1">Al muy honorable señor William Hervey.»</p> - -<p class="mt1">Libertado López, proseguimos la obra de distribución. -Pero de pronto sentí los primeros síntomas de una enfermedad, que me -obligaron a volver con premura a Madrid. Ya de vuelta, me atacó una -fiebre que me retuvo en el lecho unas semanas. Tuve varios ataques -de delirio; durante uno de ellos me imaginé que estaba en la plaza -de Mar<span class="pagenum" id="Page_149">[p. 149]</span>tín Muñoz -empeñado en una lucha a muerte con el cabecilla Balmaseda.</p> - -<p>Apenas me vi limpio de fiebre, se apoderó de mí una melancolía -profunda que me imposibilitaba para todo trabajo. Me recomendaron un -cambio de lugar y de aires, y me volví a Inglaterra.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_150">[p. 150]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XLV</h2> - <p class="subhang"> - Regreso a España. — Sevilla. — Un perseguidor encarnizado. — La - profetisa manchega. — El sueño de Antonio. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">l</span> -31 de diciembre de 1838 llegué a España por tercera vez. Estuve -en Cádiz un par de días, y fuí a Sevilla, desde donde pensaba -trasladarme a Madrid por la posta. Detúveme allí una quincena gozando -del clima delicioso de aquel paraíso terrenal y de las embalsamadas -brisas del invierno andaluz, como ya hice dos años atrás. Antes de -marcharme de Sevilla visité al librero, mi corresponsal, quien me -dijo que de los cien ejemplares del Testamento dejados a su cargo, el -Gobierno había embargado setenta y siete el verano anterior, que se -hallaban en poder del gobernador eclesiástico. Resolví, pues, visitar -también a este funcionario, con la mira de hacer averiguaciones -respecto de mis bienes.</p> - -<p>Vivía en una vasta casa en la <i>Pajaría</i>, o mercado de la paja. -Era muy viejo, entre los setenta y los ochenta años, y, como la -gene<span class="pagenum" id="Page_151">[p. 151]</span>ralidad de -cuantos visten hábitos sacerdotales en Sevilla, furioso perseguidor -papista. Me figuro que le costaría trabajo creer a sus oídos cuando -sus dos sobrinos-nietos, guapos chicos, pelinegros, que estaban -jugando en el patio, fueron a decirle que un inglés deseaba hablarle, -pues probablemente era yo el primer hereje que se aventuraba en -su vivienda. Hallábase en una sala abovedada, sentado en un gran -sillón, con dos secretarios de siniestra catadura, también en hábitos -clericales, ocupados en escribir en una mesa delante de él. Me trajo -con fuerza a la memoria la imagen del torvo y viejo inquisidor que -persuadió a Felipe II para que matase a su propio hijo como enemigo -de la Iglesia.</p> - -<p>Se levantó al verme entrar, y me contempló con semblante -ensombrecido por la sospecha y la contrariedad. Al cabo se dignó -señalarme un sofá y empecé a darle cuenta de mi asunto. Mucho se -agitó al oírme hablar de los Testamentos; pero en cuanto mencioné -a la Sociedad Bíblica, y le dije quién era yo, no pudo contenerse -más tiempo: con lengua balbuciente, y los ojos chispeantes como -ascuas, empezó a ultrajarnos a la Sociedad y a mí, diciendo que -eran execrables los fines de la primera, y que en lo tocante a mí, -se sorprendía de que, habiéndome ya una vez alojado en la cárcel de -Madrid, me hubiesen permitido salir de ella;<span class="pagenum" -id="Page_152">[p. 152]</span> añadió que era oprobioso para el -Gobierno permitir que una persona de mi condición vagase en libertad -por un país inocente y pacífico para corromper a las almas ignorantes -y confiadas. Lejos de dejarme desconcertar por su proceder brutal, -le repliqué con toda la cortesía posible, y le aseguré que en aquel -caso no tenía razón para alarmarse, pues el solo motivo de reclamar -los libros era el deseo de aprovechar una oportunidad que entonces se -me presentaba para enviarlos fuera del país, como, en efecto, tenía -orden oficial de hacerlo. Pero con nada se calmó, y me hizo saber que -no devolvería los libros en ningún caso, salvo por orden terminante -del Gobierno. Como el asunto no tenía importancia, juzgué lo más -cuerdo no insistir, y prudente retirarme antes de que me invitara a -hacerlo. Hasta la calle me siguieron su sobrina y sus nietos, que -durante toda la conversación habían estado escuchando en la puerta de -la sala sin perder palabra.</p> - -<p>Al pasar por la Mancha nos detuvimos cuatro horas en Manzanares, -pueblo grande. Hallábame en la plaza de conversación con un cura, -cuando un ser harapiento y espantable se presentó: era una muchacha -de unos diez y ocho o diez y nueve años, completamente ciega; una -telilla blanca le cubría los ojos, grandes, parados. Su tez era tan -amarillenta como la de una mulata. Al pronto<span class="pagenum" -id="Page_153">[p. 153]</span> creí que sería gitana, y hablándole -en <i>gitano</i> inquirí si era de la casta. Me entendió; pero, moviendo -la cabeza, me dijo que era algo mejor que <i>gitana</i>, y sabía hablar -una lengua superior también a la jerga de los hechiceros, y empezó -a hacerme preguntas en un latín extremadamente bueno. Mucho me -sorprendí, como era natural; apelando a todo el latín que sabía, la -llamé «profetisa manchega», le expresé mi admiración por su mucha -sabiduría, y le rogué que me explicase cómo la había adquirido. Debo -hacer notar aquí que al momento nos rodeó la multitud, y aunque no -entendía ni palabra de nuestro diálogo, rompía en aplausos a cada -frase de la muchacha, enorgulleciéndose de poseer una profetisa capaz -de contestar al inglés.</p> - -<p>Díjome que era ciega de nacimiento, y que un padre jesuíta, -compadecido de ella, le enseñó, de niña, la lengua sagrada, para -que ganase con más facilidad la atención y los corazones de los -cristianos. Pronto descubrí que el jesuíta le había enseñado algo -más que latín, pues al saber que yo era inglés, dijo que siempre -había profesado gran afecto a mi país, cuna en otro tiempo de santos -y de sabios, por ejemplo: Beda y Alcuino, Columbus y Tomás de -Cantorbery; pero, añadió, esos tiempos se acabaron con la reaparición -de Semíramis (Isabel). Su latín era excelente de veras, y cuando -yo,<span class="pagenum" id="Page_154">[p. 154]</span> como un godo -auténtico, hablé de Anglia y Terra Vandálica, me corrigió diciéndome -que en su lengua esos lugares se llamaban Britannia y Terra Bética. -Acabado el coloquio, la profetisa hizo una colecta, y hasta los más -pobres dieron algo.</p> - -<p>Tras un viaje de cuatro días con sus noches, llegamos a Madrid -sin el menor tropiezo, aunque es de estricta justicia hacer notar, -y siempre con gratitud al Todopoderoso, que el correo siguiente fué -robado. Momentos después de la llegada, me ocurrió un caso singular. -Al entrar por el arco de la <i>posada</i> llamada de La Reina, donde -pensaba alojarme, unos brazos me rodearon, y volviéndome con asombro, -reconocí a Antonio, mi criado griego. Estaba muy flaco, mal vestido; -los ojos parecían saltársele de las órbitas.</p> - -<p>En cuanto estuvimos solos me contó que desde mi partida había -pasado muchas miserias y escaseces, sin poder hallar en todo el -tiempo amo a quien servir; tanto, que casi había llegado al borde de -la desesperación; pero la noche antes de mi llegada tuvo un sueño, -y me vió, montado en un caballo negro, llegar a la puerta de la -<i>posada</i>: por esa razón había estado esperándome allí la mayor parte -del día. No pretendo dar una opinión acerca de esta historia, que se -sale de los límites de mi filosofía, y me contentaré con decir que -en Madrid sólo dos personas<span class="pagenum" id="Page_155">[p. -155]</span> conocían mi llegada a España. Con gusto le recibí de -nuevo a mi servicio, pues, no obstante sus defectos, me había sido -muy útil muchas veces en mis viajes y en mis trabajos bíblicos.</p> - -<p>Tan pronto como me instalé en mi antiguo hospedaje, uno de mis -primeros cuidados fué visitar a Lord Clarendon. Díjome, entre otras -cosas, que había recibido una comunicación oficial del Gobierno, -participándole el embargo de los Testamentos en Ocaña, en las -circunstancias ya contadas por mí, y haciéndole saber que, a menos de -tomar disposiciones urgentes para llevárselos fuera del reino, serían -destruídos en Toledo, donde estaban depositados. Contesté que no me -preocupaba el asunto; y que si las autoridades de Toledo, civiles o -eclesiásticas, resolvían quemar los libros, mi único deseo era que -los entregasen a las llamas con toda la publicidad posible, porque -así no harían más que manifestar su diabólico rencor y hostilidad a -la Palabra de Dios.</p> - -<p>Ansioso de reanudar mis trabajos, apenas llegué a Madrid escribí a -López el de Villaseca, para saber si se hallaba pronto a cooperar en -la tarea, como en otras ocasiones. Me contestó que estaba muy ocupado -en las faenas de la labranza; para llenar su puesto, empero, me envió -un labriego viejo, llamado Victoriano López, lejano pariente suyo.</p> - -<p>¿Qué es un misionero en el corazón de<span class="pagenum" -id="Page_156">[p. 156]</span> España, sin caballo? Tal consideración -me indujo a comprar uno árabe, de mucha raza, traído de Argel por un -oficial de la legión francesa. El corcel, lo mejor que, a juicio mío, -ha producido jamás el desierto, se llamaba <i>Sidi Habismilk</i>.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_157">[p. 157]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XLVI</h2> - <p class="subhang"> - Se reanuda la obra de propaganda. — Aventura en Cobeña. — El - poder del clero. — Autoridades rurales. — Fuente la Higuera. — El - contratiempo de Victoriano. — La cárcel del pueblo. — La cuerda. — Un - recado de Antonio. — Antonio, en misa. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">n el</span> -capítulo anterior he dicho que inmediatamente después de llegar a -Madrid, comencé a disponerlo todo para inaugurar las operaciones en -los contornos de la capital; y no tardé en acometer efectivamente mis -trabajos. Un triunfo considerable coronó mis débiles esfuerzos en -pro de la buena causa, por lo que ahora, transcurridos algunos años, -todavía al volver la vista atrás doy gracias al Omnipotente.</p> - -<p>En menos de una quincena recorrimos todos los pueblos que hay -dentro de un radio de cuatro leguas al Este de Madrid, y vendimos -cerca de doscientos Testamentos. Esos pueblos son casi todos muy -pequeños; algunos no tienen arriba de una docena de casas, o más -bien chozas miserables.<span class="pagenum" id="Page_158">[p. -158]</span> Dejé a Antonio, mi griego, en Madrid, encargado de -nuestros asuntos, y yo salí con Victoriano, el lugareño de Villaseca, -en la dirección ya mencionada. Pero nos separamos pronto, echando por -caminos diferentes.</p> - -<p>El primer pueblo en que intenté alguna cosa fué Cobeña, a tres -leguas de Madrid. Iba yo vestido como los campesinos de las cercanías -de Segovia, en Castilla la Vieja, a saber, en la cabeza una especie -de capacete de piel o <i>montera</i>, y el chaquetón y los calzones del -mismo material. Esto me daba el aspecto de un hombre entre los -sesenta y los setenta años; delante de mí llevaba un <i>borrico</i>, con -un saco lleno de Testamentos atravesado en el lomo. En las afueras -del pueblo encontré a una mujer joven, de muy gentil parecer, -que llevaba un niño de la mano. A punto de cruzarme con ella, -dirigiéndole la habitual salutación de <i>¡Vaya usted con Dios!</i>, la -mujer se detuvo, y, tras de mirarme un momento, dijo:</p> - -<p>—¡Tío!, ¿qué lleva usted en el <i>borrico</i>? ¿Es jabón?</p> - -<p>—¡Sí!—repliqué—. ¡Jabón para limpiar las almas!</p> - -<p>Me preguntó qué daba a entender con eso, y le dije que llevaba, -para vender, libros muy buenos y baratos. Pidió ver uno, y, -manifestando un ejemplar que llevaba en el bolsillo, se lo entregué. -Al instante comenzó<span class="pagenum" id="Page_159">[p. -159]</span> a leerlo en voz alta, y así estuvo lo menos diez minutos, -exclamando de vez en cuando: «<i>¡Qué lectura tan bonita, qué lectura -tan linda!</i>» Por último, como le dije que iba de prisa y no podía -aguardar más tiempo, exclamó: «¡Es verdad, es verdad!», y me preguntó -el precio del libro. «Sólo tres reales», contesté. A esto repuso que, -con ser tan poco lo que yo pedía, era más de lo que tenía proporción -de dar, pues en aquellas partes había muy poco o ningún dinero. Dije -que lo sentía, pero que me era imposible vender los libros a menos -precio, y, tomando el que le había dado, me despedí y la dejé. Pero -no había andado treinta varas cuando el niño echó a correr detrás -de mí, gritando, casi sin aliento: «¡Párate, tío!, ¡el libro, el -libro!» Me dió alcance, pagó los tres <i>reales</i> en monedas de cobre, -y, apoderándose del Testamento, volvió corriendo hacia la que debía -de ser su hermana, blandiendo el libro sobre su cabeza con gran -júbilo.</p> - -<p>En llegando al pueblo, dirigí mis pasos a una casa en torno -de cuya puerta vi reunida alguna gente, mujeres en su mayoría. -Desempaqueté los libros, y, picada al instante su curiosidad, no -tardaron en tener cada una un ejemplar en la mano, y muchas leían -en voz alta; pero aunque esperé casi una hora, sólo pude vender -un ejemplar, quejándose todos amargamente de lo malos que<span -class="pagenum" id="Page_160">[p. 160]</span> estaban los tiempos y -de la casi total carencia de dinero, aunque, a la vez, reconocían que -los libros eran de maravillosa baratura y, al parecer, muy buenos y -cristianos. Ya iba a recoger la mercancía y a marcharme, cuando de -pronto se presentó el cura del pueblo. Examinó los libros un buen -rato con gran atención, me preguntó el precio de cada ejemplar, y, al -saber que era sólo tres <i>reales</i>, replicó que la encuadernación valía -más, y mucho temía que no los hubiese robado, por lo que quizás su -deber era enviarme a la cárcel por sospechoso; pero añadió que los -libros eran buenos libros, comoquiera que los hubiese adquirido, y -acabó comprando dos ejemplares. La pobre gente, en cuanto oyó al cura -alabar los libros, entró en vivos deseos de adquirirlos, y corrió de -aquí para allá en busca de dinero, de modo que se vendieron de veinte -a treinta ejemplares casi en un instante. Esta aventura no sólo es un -ejemplo del influjo que en España aún conserva el clero en el ánimo -del pueblo; pero demuestra que ese influjo no siempre se ejerce en -pro del mantenimiento de la ignorancia y de la superstición.</p> - -<p>En otro pueblo, al mostrar el Testamento a una mujer, dijo que -compraría con gusto un ejemplar para un hijo que tenía en la escuela; -pero que antes necesitaba saber si el libro le serviría. Se fué, y -a poco volvió con el maestro, seguido de todos sus alumnos;<span -class="pagenum" id="Page_161">[p. 161]</span> entonces, enseñándole -al maestro el libro, la mujer le preguntó si era a propósito para su -hijo. El maestro la llamó necia por hacerle tal pregunta, y dijo que -conocía el libro muy bien, y que no lo había igual en el mundo.</p> - -<p>Al instante compró cinco ejemplares para sus alumnos, deplorando -no tener más dinero, «que a tenerlo—dijo—compraría toda la partida». -Oído esto, la mujer compró cuatro ejemplares: uno para su hijo, otro -para su «difunto marido», un tercero para sí, y el cuarto para su -hermano, a quien, según dijo, esperaba de Madrid aquella noche.</p> - -<p>En esta forma proseguimos, aunque no siempre con el mismo éxito. -En algunas aldeas, la gente estaba tan pobre y necesitada, que -carecía literalmente de dinero; pero aun en tales casos nos las -arreglábamos para vender algunos ejemplares, a cambio de cebada -y otras especies. Al entrar en una aldehuela, Victoriano se vió -detenido por el cura, quien, enterado de lo que vendía, le intimó a -marcharse en el acto, ó de lo contrario le haría prender y escribiría -a Madrid denunciando sus idas y venidas. La excursión duró unos -ocho días. En cuanto volví, envié a Victoriano a Carabanchel, -pueblo inmediato a Madrid, el único que por la parte Oeste dejé de -visitar el año anterior. En una hora que estuvo allí, vendió<span -class="pagenum" id="Page_162">[p. 162]</span> veinte ejemplares, y se -volvió a Madrid luego, porque era de muy pocos ánimos y tuvo miedo de -tropezar con los ladrones que por las noches infestaban el camino.</p> - -<p>Poco después de estos sucesos, ocurrió un incidente que quizás -haga sonreír al lector inglés; mas no deja de tener interés como -muestra de los sentimientos dominantes en algunos de los apartados -pueblos de España respecto de cuanto sea novedad o lo parezca, y de -las acciones singulares que a veces cometen las autoridades rurales -y los curas, sin el más leve temor de que les llame a cuentas; pues -como viven completamente aparte del resto del mundo, se tienen por -personas de insuperable importancia, y apenas sueñan que exista un -poder superior al suyo propio.</p> - -<p>Estaba yo a punto de emprender una excursión a Guadalajara y -los pueblos de la Alcarria, distantes de Madrid unas siete leguas; -en realidad, sólo aguardaba para salir el regreso de Victoriano, a -quien había enviado con unos pocos Testamentos en aquella dirección -a manera de explorador, a fin de conocer por sus noticias la -disposición de ánimo de la gente respecto de la compra de libros, y -poder formar una opinión aproximada acerca del número de ejemplares -que necesitaría llevar conmigo. Pero estuve quince días sin recibir -noticias suyas, y al cabo, un campesino me trajo una carta, fe<span -class="pagenum" id="Page_163">[p. 163]</span>chada en la cárcel de -Fuente la Higuera, pueblo a ocho leguas de Madrid, en la <i>campiña</i> -de Alcalá: en esta carta me decía Victoriano que ya llevaba ocho -días preso, y que si yo no tenía medio de libertarle, permanecería -en la cárcel hasta que se muriese de hambre, lo cual ocurriría, -sin duda alguna, tan pronto como se le acabase el dinero. De mis -averiguaciones posteriores resultó que, pasada la ciudad de Alcalá, -empezó a vender libros con muy buen éxito. Todo su repuesto consistía -en sesenta y un Testamentos, y en el solo pueblo de Arganza<a -id="FNanchor_16" href="#Footnote_16" class="fnanchor">[16]</a> -vendió, sin la menor dificultad y sin interrupción, veinticinco; los -pobres labriegos le cubrían de bendiciones por proveerles de libros -tan buenos a tan bajo precio.</p> - -<p>Ya sólo le quedaban diez y ocho libros cuando tomó el camino de -Fuente la Higuera. Este pueblo le era bastante conocido por haberlo -visitado en otro tiempo cuando recorría aquellos términos vendiendo -<i>cacharras</i>. Sintió, pues, ciertas inquietudes en el camino, porque -el pueblo tuvo siempre mala fama. A la llegada, en cuanto dejó -su <i>caballejo</i> en la <i>posada</i>, fué a ver al <i>alcalde</i> y le pidió -permiso para vender los libros, permiso que aquel dignatario otorgó -en el acto. Entró luego en una casa y vendió un ejemplar, y lo mismo -en otra. Animado por el<span class="pagenum" id="Page_164">[p. -164]</span> éxito entró en una tercera, al parecer la del barbero del -pueblo. Este personaje acababa de comer y estaba en el zaguán sentado -en un sillón de brazos cuando se presentó Victoriano. Era hombre de -unos treinta y cinco años, de aspecto truculento y bárbaro. Tomó un -Testamento que le ofrecía Victoriano y se puso a examinarlo; pero en -cuanto paró los ojos en la portada rompió a reír, exclamando:</p> - -<p>—<i>¡Ja, ja, don Jorge Borrow!</i> ¡El hereje inglés! ¡Al fin damos con -él! ¡Loados sean la Virgen y los Santos! Hace tiempo que aquí estamos -esperándoles, y al fin han llegado.</p> - -<p>Preguntó el precio del libro, y al saber que era tres <i>reales</i> -le arrojó dos y salió corriendo de la casa con el Testamento en la -mano.</p> - -<p>Alarmado Victoriano, decidió marcharse del pueblo lo antes -posible. Volvió, pues, precipitadamente a la <i>posada</i>, pagó el -pienso de su caballo, entró en la cuadra, y echándole el aparejo a -las costillas se disponía a salir, cuando de pronto se presentaron -el <i>alcalde</i> del pueblo, el barbero y hasta doce hombres más, -algunos armados con escopetas. En el acto prendieron a Victoriano, -embargáronle libros y caballo, y con muchos denuestos llevaron al -preso a la que llamaban cárcel, cuarto reducido y húmedo, con una -pequeña ventana enrejada, donde le dejaron encerrado. A los tres -cuartos de hora volvieron y se lo llevaron a casa del cura,<span -class="pagenum" id="Page_165">[p. 165]</span> donde estaban reunidos -en cónclave; el cura, completamente ciego, presidía, y el sacristán -oficiaba de secretario. El barbero formuló su acusación contra el -preso, a saber: que le había sorprendido en el acto de vender una -versión de las Escrituras en lengua vulgar, y el cura interrogó a -Victoriano, preguntándole su nombre y lugar de residencia. Respondió -que se llamaba Victoriano López, y que era natural de Villaseca, -en la Sagra de Toledo. El cura le preguntó entonces qué religión -profesaba, y si era mahometano o francmasón; el preso contestó que -católico romano. Debe advertirse que Victoriano, aunque bastante -listo, era un pobre labrador de sesenta y cuatro años, y hasta aquel -momento no había oído hablar de mahometanos ni francmasones. El cura -se enojó, le llamó <i>tunante</i>, y dijo: «Ha vendido usted su alma a un -hereje; hace mucho tiempo que conocemos su conducta de usted y la de -su amo. Usted es el mismo López a quien rescató el año pasado de la -cárcel de Villalos, en la provincia de Avila. Deseo de todas veras -que intente hacer aquí la misma cosa.»</p> - -<p>«¡Sí, sí!—exclamaron los demás del cónclave—: que se atreva a -venir y regará con su sangre esas piedras». Así estuvieron hablando -cerca de media hora. Al cabo, levantaron la sesión, llevando de nuevo -a Victoriano a su encierro.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_166">[p. 166]</span></p> - -<p>Mientras estuvo preso vivió con regular comodidad, porque -llevaba algún dinero. Dos veces al día le enviaban la comida de la -<i>posada</i>, donde su caballo permanecía en secuestro. Una o dos veces -pidió permiso al <i>alcalde</i>, que le visitaba a diario mañana y noche -con su escolta armada, para comprar papel y pluma con el fin de -escribir a Madrid; pero le negaron en absoluto ese favor, y a todos -los habitantes del pueblo se les prohibió, bajo terribles penas, -proveerle de los medios de escribir ni llevar recado suyo más allá de -las cercas del lugar; debajo de la ventana de su encierro pusieron -dos chicos de plantón para estar a la mira de cuanto le llevasen.</p> - -<p>Ocurrió un día que, teniendo Victoriano necesidad de una almohada, -envió a decir a la gente de la <i>posada</i> que le mandasen las -<i>alforjas</i>. En ellas había por casualidad una cuerda que en España -llaman <i>soga</i>, con la que acostumbraba sujetarlas al lomo de la jaca. -Los chicos, al ver colgar de las <i>alforjas</i> la punta de la cuerda, -corrieron a decírselo al <i>alcalde</i>.</p> - -<p>Ya entrada la noche, el <i>alcalde</i> visitó al prisionero, a la -cabeza de sus doce hombres, como de costumbre.</p> - -<p>—<i>Buenas noches</i>—dijo el <i>alcalde</i>.</p> - -<p>—<i>Buenas noches tenga usted</i>—contestó Victoriano.</p> - -<p>—¿Para qué ha mandado usted buscar<span class="pagenum" -id="Page_167">[p. 167]</span> una <i>soga</i> esta tarde?—preguntó el -funcionario.</p> - -<p>—Yo no he mandado por la <i>soga</i>—respondió el preso—. Mandé por las -<i>alforjas</i> para que me sirvan de almohada, y la cuerda estaba dentro -por casualidad.</p> - -<p>—Es usted un bribón, embustero, mal intencionado—replicó el -alcalde—. Usted pretende ahorcarse para perdernos a todos, porque nos -echarían la culpa de su muerte. Deme la <i>soga</i>.—El mayor insulto que -puede hacerse a un español es acusarle de intentar suicidarse. El -pobre Victoriano, presa de violenta cólera, le disparó al <i>alcalde</i> -varios nombres poco corteses, sacó la <i>soga</i> de las alforjas y se la -tiró a la cabeza, diciéndole que se la llevase para emplearla en su -propio cuello.</p> - -<p>Al fin, los dueños de la <i>posada</i> se apiadaron del preso, -percatándose de que le maltrataban sin motivo; resolvieron, pues, -darle ocasión de informar a sus amigos de lo que le sucedía, y le -mandaron plumas y tintero dentro de un pan, y un pedazo de papel -diciendo que este último era para cigarros.</p> - -<p>Victoriano escribió la carta; pero surgió la dificultad de -enviarla a su destino, porque nadie del pueblo quería llevarla a -ningún precio. Aquella buena gente convenció a un soldado cumplido, -de otro pueblo, que por ventura estaba en Fuente la Higuera en<span -class="pagenum" id="Page_168">[p. 168]</span> busca de trabajo, para -que se encargase de llevar la carta, asegurándole que le pagarían -bien. El hombre, aprovechando una ocasión, recibió la carta de -Victoriano por la ventana, anduvo toda la noche sin parar y me la -entregó sin contratiempo en Madrid.</p> - -<p>Así quedé libre de la ansiedad en que estaba y sin ningún temor -acerca de la conclusión del asunto. Al instante fuí a ver a un -amigo, con grandes posesiones en las cercanías de Guadalajara, -provincia a que pertenece Fuente la Higuera, quien me dió cartas -para el gobernador civil de Guadalajara y para las principales -autoridades; estas cartas se las entregué a Antonio, que solicitó -encargarse del cometido de libertar al preso. Se encaminó lo primero -a Fuente la Higuera, donde, encontrándose en casa del <i>alcalde</i>, -le dijo resueltamente a lo que iba. El <i>alcalde</i>, creyendo que yo -estaría para llegar con un ejército inglés a fin de rescatar al -preso, se alarmó mucho, y al instante envió a su mujer a convocar -la escolta; pero al asegurarle Antonio que no había propósito de -emplear la violencia, se tranquilizó algo. A poco, Antonio fué citado -ante el cónclave y su ciego y sacerdotal presidente. Al principio -quisieron asustarle alzando mucho la voz, y hablando de la necesidad -de matar a todos los extranjeros, y en especial al aborrecido <i>don -Jorge</i> y sus dependientes. Pero Antonio, que no era hombre para -dejarse<span class="pagenum" id="Page_169">[p. 169]</span> intimidar -tan fácilmente, se burló de sus amenazas, y, enseñándoles las cartas -que llevaba para las autoridades de Guadalajara, dijo que pensaba ir -allá a la mañana siguiente y denunciar su conducta ilegal; añadió -que era súbdito turco, y que si se atrevían a cometer con él la más -leve desconsideración escribiría a la Sublime Puerta, junto a la que -los más poderosos reyes del mundo son pobres gusanos, y no dejaría -de vengar los agravios hechos a su hijo, dondequiera que estuviese, -en forma demasiado terrible para mencionada. Luego se volvió a la -<i>posada</i>. El cónclave quedó deliberando a solas, y resolvió enviar -el prisionero a Guadalajara al otro día, poniéndolo en manos del -gobernador civil.</p> - -<p>No obstante, para conservar una apariencia de autoridad, pusieron -dos hombres armados a la puerta de la <i>posada</i> donde vivía Antonio, -como si también estuviese preso. Los hombres, cada vez que el reloj -daba la hora, exclamaban: «<i>¡Ave María!</i> ¡Mueran los herejes!» Por -la mañana temprano, el <i>alcalde</i> se presentó en la <i>posada</i>; pero -antes de entrar dirigió desde la puerta un discurso a la gente que -había en la calle, diciendo entre otras cosas: «Hermanos, estos -individuos han venido a robarnos nuestra religión.» Entró luego en el -aposento de Antonio, y tras de saludarle con gran cortesía le invitó -a ir con él a la iglesia a oír la misa mayor,<span class="pagenum" -id="Page_170">[p. 170]</span> que estaba para empezar. A esto, -Antonio, aunque ciertamente no era un traga-misas, se levantó y fué -con él, y permaneció dos horas, según me contó luego, de rodillas -en las frías losas, muy a disgusto; los fieles no le quitaron ojo -durante todo el tiempo.</p> - -<p>Después de la misa almorzó y se fué a Guadalajara. Victoriano -había salido ya con escolta. En llegando, presentó las cartas a -las personas a quien iban dirigidas. Al gobernador civil le dió un -ataque de risa al oír de labios de Antonio el relato de lo sucedido. -Victoriano fué puesto en libertad, y los libros, retenidos bajo -secuestro en Guadalajara; el gobernador declaró, no obstante, que -si bien su deber era retenerlos por el momento, me los enviarían en -cuanto yo quisiese reclamarlos; añadió que haría lo posible para -castigar severamente a las autoridades de Fuente la Higuera, porque -en todo aquel caso habían procedido en forma tiránica y cruelísima, -excediéndose de sus atribuciones. Así terminó el asunto; uno de -esos menudos incidentes que alternan en la vida del misionero en -España.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_171">[p. 171]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XLVII</h2> - <p class="subhang"> - Término de nuestros trabajos rurales. — Alarma del clero. — Una nueva - tentativa. — Triunfo en Madrid. — Duende o alguacil. — El bastón de - mando. — El corregidor. — Una explicación. — El Papa en Inglaterra. — - La exposición del Evangelio. — Obras de Lutero. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">P</span><span class="smcap">roseguimos</span> -la tarea de repartir las Escrituras, con éxito vario, hasta mediados -de marzo, en que resolví marcharme a Talavera para ver si era posible -hacer algo en esa ciudad y sus cercanías. Salí, por tanto, en -aquella dirección acompañado de Antonio y de Victoriano. Al paso nos -detuvimos en Navalcarnero, pueblo grande, a cinco leguas al Oeste de -Madrid, donde permanecí tres días, enviando a Victoriano a las aldeas -circunyacentes con pequeñas partidas de Testamentos. La Providencia, -que hasta entonces nos favoreció por modo tan notable en nuestras -expediciones rurales, nos retiró su apoyo, y nos redujo a terminarlas -de repente, porque en todos los lugares donde poníamos a la venta los -escritos sagrados<span class="pagenum" id="Page_172">[p. 172]</span> -eran en el acto embargados por personas que, al parecer, estaban -en acecho; eventos que me obligaron a variar el propósito de ir a -Talavera y a regresar sin dilación a Madrid.</p> - -<p>Supe posteriormente que, alarmado el alto clero por nuestra -campaña al otro lado de Madrid, presentó una queja en forma ante -el Gobierno, quien envió inmediatamente órdenes a los <i>alcaldes</i> -de los pueblos, grandes y chicos, de Castilla la Nueva, para que -secuestrasen los Testamentos en cuanto salieran a la venta; pero -amonestándoles, al mismo tiempo, para que pusieran el mayor cuidado -en no detener ni maltratar a la persona o personas que intentasen -venderlos. Una puntual reseña de mi persona acompañaba a las órdenes, -y se exhortaba a las autoridades, lo mismo civiles que militares, a -tener mucho cuidado conmigo y con mis mañas y maquinaciones, porque, -como el documento decía, un día estaba yo en un sitio y a la mañana -siguiente en otro distante del primero veinte leguas.</p> - -<p>Este golpe no me desalentó mucho ni realmente me cogió de -sorpresa. Resolví, con todo, variar de campo de acción y no -exponer los libros sagrados a un secuestro a cada paso que diera -para difundirlos. En mis últimas tentativas consagré mi atención -exclusivamente a los pueblos y a las ciudades pequeñas, en las que le -era muy fácil al<span class="pagenum" id="Page_173">[p. 173]</span> -Gobierno frustrar mis esfuerzos mediante circulares a las autoridades -locales, puestas así sobre aviso, y cuya vigilancia era imposible -burlar, pues cualquier novedad ocurrida en un pueblo pequeño se -esparce sin tardanza. El caso sería muy distinto tratándose de la -muchedumbre de la capital, donde podía continuar mis trabajos con -relativo secreto. Formé el plan de abandonar los distritos rurales y -ofrecer en Madrid el sagrado libro de casa en casa al mismo reducido -precio que en los campos. Sin dilación llevé a efecto mi plan.</p> - -<p>Como tenía muchos conocimientos en el pueblo bajo, escogí ocho -personas inteligentes para que cooperasen en mi tarea; cinco de ellas -eran mujeres. A todos los proveí de Testamentos y los repartí por -todos los barrios de Madrid. El resultado de sus esfuerzos superó mis -esperanzas. Menos de quince días después de volver de Navalcarnero -se habían vendido en las calles y avenidas de Madrid cerca de -seiscientos ejemplares de la vida y palabras del Nazareno; hecho que -se me permitirá mencionar con júbilo y con el regocijo conveniente en -el Señor.</p> - -<p>Una de las calles más ricas es la calle de la Montera, donde -residen los principales comerciantes y tenderos de Madrid. Es, -en efecto, la calle del comercio, y por tal motivo, como por ser -un lugar favorito de los<span class="pagenum" id="Page_174">[p. -174]</span> paseantes, corresponde a la muy famosa Nefsky de San -Petersburgo. Cada casa de esa calle recibió un Testamento, y lo mismo -puede decirse de la Puerta del Sol. Más: en algunas ocasiones, cada -habitante de la casa, hombres y niños, criados y criadas, adquirió -un ejemplar. Antonio, el griego, hizo maravillas en ese barrio; -es de justicia decir que, a no ser por su mediación, en muchos -casos no habría podido yo dar tan buena cuenta de la difusión de -la Biblia en España. Hubo un tiempo en que tenía yo la costumbre -de decir: «tenebroso Madrid», expresión que, gracias a Dios, era -ya de abandonar, porque sería poco justo seguir llamando tenebrosa -a una ciudad en la que estaban en circulación y en uso diario mil -trescientos Testamentos por lo menos.</p> - -<p>Entonces utilicé una partida de Biblias que me habían mandado en -rama desde Barcelona en los comienzos del año anterior. La demanda -de las Escrituras completas era grande; tanto, que no podíamos dar -abasto, y los libros se vendían más de prisa de lo que tardaban en -encuadernarlos los hombres empleados en esta tarea. Un pedido de -veintiocho ejemplares me lo pagaron por adelantado. Muchas de estas -Biblias fueron a parar a las mejores casas de Madrid. El marqués -de... tenía una familia numerosa; pero todos sus individuos, viejos -y jóvenes, poseían una Biblia y un Testamento, por reco<span -class="pagenum" id="Page_175">[p. 175]</span>mendación, cosa rara, -del capellán de la casa. Uno de mis agentes más celosos en la -propaganda de la Biblia fué un eclesiástico. Nunca salía a la calle -sin un ejemplar debajo del manteo, y a la primera persona que le -parecía poder comprarlo se lo ofrecía. Otro colaborador excelente -fué un noble de Navarra, ya anciano, riquísimo, que continuamente -adquiría ejemplares por su cuenta para mandarlos, según me dijeron, a -su provincia natal y repartirlos entre sus amigos y los pobres.</p> - -<p>Cierta noche me retiré a descansar algo más pronto que de -costumbre, sintiéndome ligeramente indispuesto. Dormí con profundo -sueño unas horas, y de pronto me desperté al sentir abrirse la -puerta del cuartito en que descansaba. Me incorporé, y vi entrar -en el cuarto a María Díaz con una luz en la mano. Observé que sus -facciones, notables por su calma y placidez habituales, parecían un -tanto alteradas.</p> - -<p>—¿Qué hora es—pregunté—y qué pasa?</p> - -<p>—<i>Señor</i>—respondió cerrando la puerta y acercándose a la cama—, -es cerca de media noche; pero acaba de llegar un policía que quiere -verle a usted. Le he dicho que era imposible, porque estaba usted en -la cama, y me ha contestado, después de estornudar en mi misma cara, -que le vería a usted aunque estuviese de cuerpo presente. Tiene todo -el aire de un duende y me ha<span class="pagenum" id="Page_176">[p. -176]</span> asustado. Ya sabe usted que yo no soy miedosa, <i>don -Jorge</i>; pero confieso que cada vez que veo a uno de esos malvados -polizontes me faltan los ánimos; los conozco demasiado bien y sé de -lo que son capaces.</p> - -<p>—¡Bah!—dije yo—. No tenga usted miedo; que entre; no le temo, sea -<i>alguacil</i> o duende. Pero quédese usted a la puerta para ser testigo -de lo que ocurra, porque es muy probable que venga a molestarme a -esta hora intempestiva buscando la ocasión de dar malos informes de -mí a sus jefes, como hizo aquel otro individuo la vez pasada.</p> - -<p>La patrona salió del aposento, y oí que decía una o dos palabras -a alguien en el pasillo; sonó luego un estruendoso estornudo, y -un instante después apareció en la puerta una figura rara. Era un -hombre muy viejo, de largos cabellos blancos, que se escapaban por -debajo de las alas de un sombrero extremadamente picudo. Iba muy -encorvado y avanzaba con lentitud. No pude verle bien la cara, que, -por hallarse la patrona detrás de él con la luz, quedaba en profunda -sombra. Observé, sin embargo, que sus ojos chispeaban como los de un -hurón. Se acercó a los pies de la cama, en la que aún permanecía yo -preguntándome lo que tan extraña visita pudiera significar; allí se -detuvo, mirándome durante un minuto por lo menos, sin proferir una -sílaba. De pronto adelantó una mano seca y rugosa, que hasta entonces -tuvo ocul<span class="pagenum" id="Page_177">[p. 177]</span>ta -bajo la capa, y me apuntó al rostro con una especie de bastoncillo -con remate de metal, como si fuese a empezar un exorcismo. Pareció -que iba a hablar; pero las palabras, si quiso decir alguna, fueron -ahogadas al nacer por un estornudo que de pronto se le escapó, tan -violento, que la patrona se echó para atrás, exclamando: «<i>¡Ave María -purísima!</i>», y a poco deja caer la luz con el susto.</p> - -<p>—Buen hombre—dije yo—, ¿qué significa esta ridícula aparición? Si -tiene usted algo que decirme, despache pronto y váyase a sus asuntos. -No me encuentro bueno y está usted privándome del descanso.</p> - -<p>—En méritos de este bastón—dijo el viejo—y por la autoridad que -me confiere para decir y hacer lo que convenga, le mando, ordeno -y requiero para que mañana, a las once, comparezca en el despacho -de mi señor el <i>corregidor</i> de esta villa de Madrid, para que con -la humildad y reverencia debidas oiga usted lo que tenga a bien -decirle, y, si fuese necesario, se someta a recibir los castigos que -sus delitos, leves o enormes, merezcan. <i>Tenez, compère</i>—añadió en -perverso francés—, <i>voilà mon affaire; voilà ce que je viens vous -dire</i>.</p> - -<p>En diciendo esto, me miró un momento, inclinó por dos veces la -cabeza, metió de nuevo el bastón dentro de la capa y salió del cuarto -y de la casa, lanzando en el pasillo un estornudo de despedida.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_178">[p. 178]</span></p> - -<p>Al día siguiente, a las once en punto, me presenté en las oficinas -del <i>corregidor</i>. Ya no ocupaba el cargo el mismo individuo en cuya -cólera incurrí en otra ocasión y que tuvo a bien encarcelarme, sino -otro distinto, creo que catalán, cuyo nombre también he olvidado. En -aquella época, los cargos se daban y se quitaban de la noche a la -mañana, y quien se sostenía en alguno de ellos siquiera un mes, podía -considerarse funcionario antiguo. No tuve que esperar; en cuanto di -mi nombre me llevaron a presencia del <i>corregidor</i>, personaje de unos -cincuenta años, de buen parecer, corpulento y bien vestido. Cuando -entré escribía en un bufete; pero casi al instante se levantó y vino -hacia mí. Me clavó los ojos en el rostro, y yo, sin cortarme, puse -los míos en el suyo. Quizás esperaba una actitud menos firme, y verme -temblar y rebajarme ante él; se juzgó, pues, desacatado en su propia -madriguera, y su levadura española antigua fermentó. Se tiró de las -patillas con furia, y dirigiéndome una mirada colérica dijo:</p> - -<p>—<i>Escuchad</i>: tengo que hacerle a usted una pregunta.</p> - -<p>—Antes de responder a las preguntas de vuecencia—dije—voy a -tomarme la libertad de dirigirle una: ¿Qué ley o qué razón hay para -que a un hombre pacífico y extranjero vayan a molestarle a media -noche unos <i>duendes</i> con el requerimiento de presentarse<span -class="pagenum" id="Page_179">[p. 179]</span> en una oficina pública -como si fuese un delincuente?</p> - -<p>—No dice usted la verdad—exclamó el <i>corregidor</i>—. La persona que -fué a requerirle a usted no es un <i>duende</i>, sino uno de los empleados -más antiguos y respetables de esta casa, y, lejos de enviarle a media -noche, faltaban por mi reloj veinticinco minutos para esa hora, y -como usted vive cerca de aquí, debió de llegar a su casa lo menos -diez minutos antes de media noche; de modo que no es exacto lo que -usted dice, ni guarda usted miramientos con la verdad.</p> - -<p>—Esa diferencia no importa nada—repliqué—. A mí me molesta lo -mismo que me interrumpan el sueño a las doce de la noche que a las -doce menos diez. Respecto al emisario, podría no ser un duende, pero -lo parecía, y con seguridad se propuso asustar a la dueña de la casa, -como lo consiguió, hasta el punto de que casi se desmaya, a fuerza de -muecas horribles, de estornudos y aspavientos.</p> - -<p><span class="smcap">El corregidor.</span>—Es usted un... ¡No sé lo -que iba a decir! ¿Ignora usted que puedo mandarle a la cárcel?</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Tiene usted veinte <i>alguaciles</i> -que acudirán a la primera señal, y, por tanto, es claro que puede -usted prenderme, como hizo su antecesor, que casi perdió el puesto -por eso; pero usted sabe perfectamente que no tiene derecho -para hacerlo, porque no<span class="pagenum" id="Page_180">[p. -180]</span> estoy bajo su jurisdicción, sino bajo la del capitán -general. Si he obedecido su requerimiento ha sido porque tengo mucha -curiosidad de saber lo que usted necesita de mí, y no por otra cosa. -En cuanto a lo de prenderme, permítame usted decirle que cuenta con -mi pleno consentimiento para ello; en la cárcel es donde se encuentra -en Madrid la gente más cortés; y como ahora estoy compilando el -vocabulario de los ladrones madrileños, tendré, si me llevan a la -cárcel, una excelente ocasión de completarlo. Hasta en la cárcel se -puede aprender mucho; porque, como dicen los gitanos, «perro que -mucho corretea encuentra hueso».</p> - -<p><span class="smcap">El corregidor.</span>—Ese lenguaje no es -propio de un caballero. ¿Olvida usted dónde está y con quién habla? -¿Es este un lugar adecuado para hablar de gitanos y de ladrones?</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—No conozco, a la verdad, otro más a -propósito, no siendo la cárcel. Pero estamos perdiendo el tiempo, y -ansío saber para qué me han llamado, si por delitos leves o enormes, -como decía el emisario.</p> - -<p>Tardé bastante tiempo en arrancar al enojado <i>corregidor</i> -las noticias pedidas; al fin las obtuve. Resultaba que una caja -de Testamentos enviada por mí a Navalcarnero fué embargada -por las autoridades locales, y después de retenerla allí unos -días la devolvieron a Madrid consignada al <i>corregidor</i>.<span -class="pagenum" id="Page_181">[p. 181]</span> Estando la caja en las -mensajerías, entró allí Antonio para otro asunto; la reconoció, y en -el acto la reclamó como de mi pertenencia, llevándosela a mi almacén -después de pagar el porte. Tan poca importancia dió al suceso, que no -me habló de él. Pero el pobre <i>corregidor</i> estaba convencido de que -todo ello era una profunda maquinación para robarle y burlarnos de -él. Dejábase llevar de una excitación casi frenética, y pateaba el -suelo, exclamando:</p> - -<p>—<i>¡Qué picardía! ¡Qué infamia!</i></p> - -<p>—Este es el antiguo sistema—pensé yo—de prejuzgar a las gentes y -de imputarles motivos y acciones con los que nunca han soñado.</p> - -<p>Díjele con franqueza que ignoraba en absoluto el hecho por que -se sentía agraviado; pero que si practicadas las averiguaciones -convenientes resultaba que, en efecto, mi criado se había llevado la -caja del lugar adonde la habían expedido, yo haría que la devolvieran -en el acto, aunque era mía propia.</p> - -<p>—Tengo un gran repuesto de Testamentos—dije—y puedo dejar que -se pierdan cincuenta o ciento. Soy hombre de paz y deseo no tener -disputas con las autoridades por causa de un cajón viejo y de una -partida de libros cuyo valor no llega por junto a cuarenta duros.</p> - -<p>Me miró un instante como si dudase de<span class="pagenum" -id="Page_182">[p. 182]</span> mi sinceridad, y luego, tirándose otra -vez de las patillas, me atacó en otro terreno:</p> - -<p>—<i>Pero ¡qué infamia, qué picardía!</i> Venir a España a cambiar -la religión del país. ¿Qué diría usted si los españoles fuesen -a Inglaterra con propósito de quitar el luteranismo establecido -allí?</p> - -<p>—Serían muy bien recibidos—repliqué—, especialmente si intentaban -hacerlo por la difusión de la Biblia, el libro de todos los -cristianos, como los ingleses hacen en España. Pero vuecencia ignora -quizás que el Papa tiene campo libre y libre acción en Inglaterra, y -se le permite convertir todos los días a cuantos luteranos quieren -volverse a él. No puede, sin embargo, alabarse de grandes triunfos; -el pueblo ama demasiado la luz para abrazar las tinieblas, y se -reiría de la idea de cambiar las gracias del Evangelio por las -ceremonias y observancias supersticiosas de la Iglesia de Roma.</p> - -<p>Al repetirle la promesa de devolver en seguida la caja y los -libros, el <i>corregidor</i> se dió por satisfecho y repentinamente se -mostró por demás condescendiente y amable: llegó hasta decirme que -dejaba por completo a mi resolución lo de devolver los libros o -no.</p> - -<p>—Antes de que se vaya usted—continuó—deseo decirle que, en mi -opinión particular, es sumamente recomendable en todos los países la -tolerancia religiosa plena, y<span class="pagenum" id="Page_183">[p. -183]</span> dejar que cada sistema religioso perezca o se sostenga -según sus propios méritos.</p> - -<p>Tales fueron las últimas palabras del <i>corregidor</i> de Madrid, que -no sé si expresarían su opinión particular; pero que, ciertamente, se -fundaban en el buen sentido y la razón. Le saludé respetuosamente y -me fuí; cumplí mi promesa respecto de los libros, y el asunto quedó -terminado.</p> - -<p>Por aquel tiempo llegué casi a creer que se iniciaba una reforma -religiosa en España; y, realmente, llegaron a mi noticia ciertos -hechos, que, si me los hubieran pronosticado un año antes, con -dificultad los hubiese creído.</p> - -<p>El lector quedará sorprendido cuando sepa que en dos iglesias de -Madrid los respectivos curas explicaban regularmente el Evangelio -los domingos por la tarde a una veintena de chicos, provistos de -sendos ejemplares de la edición hecha por la Sociedad Bíblica en -Madrid en 1837. Las iglesias eran las de San Ginés y Santa Cruz. -Creo modestamente que este solo hecho pagaba con creces todas las -expensas causadas a la Sociedad por su empeño de introducir el -Evangelio en España; pero, sea de ello lo que fuere, es lo cierto -que a mí me recompensaba sobradamente todos los afanes y disgustos -pasados. Sentí entonces que, en cualquier momento en que me viese -obligado a abandonar mis trabajos en la Península, lo haría<span -class="pagenum" id="Page_184">[p. 184]</span> sin murmurar, lleno el -corazón de gratitud hacia el Señor por haberme permitido a mí, vaso -inútil, ver, cuando menos, germinar algo de la semilla que durante -dos años había estado arrojando sobre el pedregoso suelo del interior -de España.</p> - -<p>Cuando pienso en las dificultades que obstruían nuestro camino, -me cuesta a veces trabajo creer todo lo que el Omnipotente nos -permitió llevar a cabo durante el año que acababa de pasar. Una -edición copiosa del Nuevo Testamento se había casi agotado en el -centro mismo de España, a despecho de la oposición y del clamor -furibundo de un clero bárbaro y de las órdenes de un Gobierno falaz; -y germinaba el espíritu de examen en materia religiosa, que tarde o -temprano llevaría, así lo esperaba yo fervientemente, abundantísimos -frutos de bendición. Hasta allí, el nombre más aborrecido y temido -en aquellas partes de España era el de Martín Lutero, a quien en -general se le consideraba como un demonio, primo hermano de Belial -y Beelzebub, que, bajo la apariencia de hombre, había escrito y -predicado blasfemias contra el Altísimo; pero ahora, cosa singular, -se hablaba de ese personaje, execrado en otro tiempo, con no pequeñas -señales de respeto. No pocas veces me visitaban, Biblia en mano, -personas que con tantas veras como simplicidad me preguntaban por los -escritos<span class="pagenum" id="Page_185">[p. 185]</span> del gran -doctor Martín, a quien, por cierto, algunos le creían aún vivo.</p> - -<p>No estará de más hacer notar aquí que de todos los nombres -relacionados con la Reforma, el único conocido en España es el de -Lutero; permítaseme añadir que a ningún escrito de controversia, -con excepción de los suyos, se le concedería probablemente la menor -fuerza ni autoridad, por grande que fuese su mérito intrínseco. -El género de opúsculos que comúnmente se escriben para declarar -los errores del papismo no producirá, por tanto, mucho beneficio -en España, al paso que podría conseguirse bastante provecho con -traducciones bien hechas de las obras de Lutero, seleccionadas con -tino.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_186">[p. 186]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XLVIII</h2> - <p class="subhang"> - Proyecto de viaje. — Una escena sangrienta. — El fraile. — Sevilla. — - Bellezas de Sevilla. — Naranjos y flores. — Murillo. — El Angel de la - guarda. — Dionysius. — Mis coadyuvantes. — Demanda de Biblias. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">A</span> <span -class="smcap">mediados</span> de abril llevaba ya vendidos tantos -Testamentos como, a mi parecer, podían colocarse en Madrid; retiré, -pues, mi gente, porque temía saturar el mercado, y desacreditar -el libro haciéndolo demasiado común. Me quedaba sólo un millar de -ejemplares de la edición que saqué dos años antes; en cuanto a la -Biblia, todos los ejemplares se habían vendido; la demanda era mucha -todavía, pero no me fué posible atenderla.</p> - -<p>Resolví marcharme a Sevilla y llevar los ejemplares del Testamento -que me quedaban, porque allí se había hecho muy poca propaganda. -Pronto estuvieron terminados mis preparativos. Los caminos estaban -entonces peligrosísimos, razón por la que pensé incorporarme a un -convoy próximo a<span class="pagenum" id="Page_187">[p. 187]</span> -partir para Andalucía. Pero dos días antes de ponerse en camino, -comprendí que el número de personas dispuestas como yo a utilizar el -convoy sería probablemente muy grande; pensé en la lentitud de ese -modo de viajar, y recordando además los insultos que los paisanos -tenían que soportar con frecuencia de los soldados y subalternos, -resolví aventurarme a hacer el viaje en el coche correo. Llevé a cabo -mi determinación. Antonio, a quien conservé a mi servicio, y los -dos caballos, se fueron con el convoy, y yo salí pocos días después -con el correo. Hicimos todo el viaje sin el menor accidente: una -vez más me acompañó mi prodigiosa buena suerte. Con razón la llamo -prodigiosa, pues iba recorriendo la madriguera de un león; toda la -Mancha, con excepción de unos pocos lugares fortificados, estaba una -vez más en manos de Palillos y de sus forajidos, quienes, cuando lo -tenían a bien, detenían el correo, quemaban el coche y las cartas, -asesinaban a la mezquina escolta, y si por casualidad iba algún -viajero, se lo llevaban al monte, poniéndole luego en la alternativa -de rescatarse por un precio enorme o de pegarle cuatro tiros en la -cabeza, como dicen los españoles.</p> - -<p>La parte alta de Andalucía caía rápidamente en tan mala -situación como la Mancha. La última vez que había pasado el correo, -seis ladrones a caballo le atacaron en<span class="pagenum" -id="Page_188">[p. 188]</span> el desfiladero del Rumblar; la escolta -se componía de otros tantos soldados; pero los ladrones se lanzaron -de súbito al galope desde detrás de una <i>venta</i> solitaria, los -cogieron de sorpresa, porque los cascos de los caballos no hacían -ruido en el suelo arenoso, y los arrojaron al suelo. Los soldados, -menos dos que se escaparon por entre las peñas, fueron desarmados en -el acto y atados a los olivos. Allí los escarnecieron y atormentaron -los ladrones, o más bien asesinos, porque a la media hora los -fusilaron; al cabo le volaron la cabeza de un trabucazo. Entonces -los ladrones quemaron el coche, pegando fuego a las cartas con la -mecha de encender los cigarros. Al correo le salvó la vida uno de -la cuadrilla, que había sido en otro tiempo postillón suyo; pero le -robaron, dejándole desnudo. El infeliz, al pasar de nuevo por el -lugar de la carnicería, lloraba, y, aunque español, maldecía a España -y a los españoles, diciendo que pensaba irse muy pronto a Morería, -confesar a Mahoma y seguir la ley de los moros, porque cualesquiera -país y religión eran mejores que los suyos. Nos indicó el árbol donde -había muerto el cabo; a pesar de lo mucho que había llovido, el suelo -estaba todo alrededor saturado de sangre; un perro roía un pedazo del -cráneo de aquel desventurado. Hizo con nosotros todo el viaje desde -Madrid a Sevilla un fraile misionero que iba a<span class="pagenum" -id="Page_189">[p. 189]</span> las islas Filipinas, <i>para conquistar</i>, -tales eran sus palabras, supongo que quería decir para predicar a los -indios. Durante el viaje entero dió muestras de un miedo abyecto; tan -impresionado iba, que se puso a la muerte y tuvimos que detenernos -dos veces en el camino y tenderlo entre los verdes trigos. Decía que -si los facciosos le echaban mano, era clérigo muerto, pues tras de -hacerle decir una misa, le volarían con pólvora. Había sido, según me -dijo, profesor de Filosofía en un convento de Madrid, me parece que -el de Santo Tomás, antes de que los suprimieran; pero estaba en la -mayor ignorancia respecto de las Escrituras, confundiéndolas con las -obras de Virgilio.</p> - -<p>Paramos en Manzanares, como de costumbre; era la mañana de un -domingo, y la plaza estaba llena de gente. Me reconocieron al -momento, y veinte pares de piernas salieron corriendo en el acto -en busca de la profetisa, que no tardó en presentarse en la casa -donde habíamos entrado a almorzar. Nos saludamos con gran efusión, -y luego, en su latín, fué dándome cuenta de todo lo sucedido en el -pueblo desde mi última visita, y oí las atrocidades cometidas por -los facciosos en las cercanías. La convidé a almorzar y la presenté -al fraile, a quien se dirigió en estos términos: <i>Anne Domine -Reverendissime facis adhuc sacrificium?</i> El fraile no la entendió, -y, encendido en cólera,<span class="pagenum" id="Page_190">[p. -190]</span> la anatematizó por bruja y la mandó marcharse. La -ciega no se desconcertó, y se puso a cantar en versos castellanos -improvisados las alabanzas de los frailes y de los conventos. Al -marcharnos le di una <i>peseta</i>, con lo que rompió en llanto y me -suplicó que no dejase de escribir si llegaba en salvo a Sevilla.</p> - -<p>Llegamos a Sevilla sin novedad, y me despedí del fraile, -diciéndole que esperaba encontrarle de nuevo en Filipinas. Como -pensaba quedarme en Sevilla unos meses, decidí alquilar una casa, -para vivir con más independencia y economía que en la <i>posada</i>. No -tardé en encontrar una que por todos conceptos me convenía. Estaba en -la plazuela de la Pila Seca, barrio apartado, en las inmediaciones de -la catedral, y a corta distancia de la Puerta de Jerez. Pocos días -después llegó Antonio con los caballos y me instalé en mi casa.</p> - -<p>Una vez más me encontraba en la hermosa Sevilla, con tiempo y -comodidad bastantes para gozar de sus encantos y de sus deliciosos -alrededores. Por desgracia, al tiempo que llegué y durante la -quincena siguiente el cielo de Andalucía, tan radiante de ordinario, -se cubrió de negras nubes que descargaron chaparrones tremendos, -tales como muy pocos sevillanos recordaban haberlos visto nunca.</p> - -<p>El temporal causó no pocos daños en la<span class="pagenum" -id="Page_191">[p. 191]</span> campiña, y el Guadalquivir, que durante -la estación lluviosa es un río muy rápido e impetuoso, se salió de -madre y amenazó con una inundación. Es verdad que a ratos escampaba, -y el sol, manifestándose en su tabernáculo de nubes, animaba todas -las cosas con sus rayos de oro e incitaba a la mariposa a salir de su -madeja, y al lagarto, de la cavidad del árbol; yo me aprovechaba sin -falta de esas claras para dar un rápido paseo.</p> - -<p>¡Oh, cuán placentero es, sobre todo al venir la primavera, -vagar por las márgenes del Guadalquivir! No lejos de la ciudad, -río abajo, hay un parque llamado <i>Las Delicias</i>. Fórmanlo árboles -de varias especies, pero los álamos y olivos predominan. Largos -senderos umbríos lo atraviesan. Ese parque es el paseo favorito de -los sevillanos; en él se congrega en ocasiones cuanta belleza y -bizarría encierra la ciudad. Allí las ojinegras damas andaluzas se -pasean con el gracioso prendido de las <i>mantillas</i> de encaje; allí -los jinetes andaluces galopan en sus corceles de sangre mora, de -luenga cola y espesa crin. Cuando el sol se pone, el panorama que -ofrece la ciudad, mirada desde ese sitio, es de inefable hermosura. -A lo lejos se yergue la corpulenta Torre del Oro, empleada ahora -como aduana, principal defensa de la ciudad en tiempo de los moros. -Se alza al borde del río, como gigante centine<span class="pagenum" -id="Page_192">[p. 192]</span>la, y es el primer edificio que atrae -la mirada del viajero cuando remonta el río hacia Sevilla. En la -otra margen, frente a la Torre, se halla el hermoso convento de -agustinos, gala del barrio de Triana, y entre ambos edificios fluye -el Guadalquivir, en cuyas ondas se mecen las naves de Cataluña y -Valencia. Más lejos se ve el puente de barcas que atraviesa el cauce. -El principal objeto del panorama es, con todo, la Torre del Oro, -donde los rayos del sol poniente parecen concentrarse como en un -foco, de modo que semeja fabricada de oro puro, y es probable que -a tal circunstancia deba su nombre. Yerto, yerto debe de estar el -corazón que permanezca insensible ante ese paisaje mágico, al que -apenas podría hacer justicia el pincel de Claudio mismo. ¡Cuántas -veces he vertido lágrimas de arrobamiento al contemplarlo, y -escuchado a los mirlos y ruiseñores modular en la arboleda sus cantos -melodiosos, y respirado las brisas cargadas con el aroma de los -naranjales de Sevilla!</p> - -<div class="poem mt1"><div class="stanza"> -<p class="i0">«Kennst du das Land wo die Citronen blühen?»</p> -</div></div> - -<p class="mt1">El interior de Sevilla no corresponde en casi nada -al exterior. Las calles son angostas, mal pavimentadas, llenas de -suciedad y mendigos. Las casas, construídas casi todas conforme el -patrón moro, tienen en el centro un <i>patio</i> cuadrangular, donde una -fuen<span class="pagenum" id="Page_193">[p. 193]</span>te de mármol -surte de continuo agua cristalina. En la estación del calor, los -patios se cubren con un toldo, bajo el cual pasa la familia la mayor -parte del día.</p> - -<p>Muchas casas, y sobre todo las de los ricos, tienen en el patio -arbustos, naranjos, toda clase de flores, y a veces una pajarera -pequeña, de suerte que no es concebible mayor delicia que la de -tenderse allí a la sombra, oyendo el canto de los pájaros y el rumor -de la fuente.</p> - -<p>Nada tan interesante para el viajero que vaga por Sevilla como -atisbar los patios desde la calle, a través de las verjas. Muchas -veces me paraba a contemplarlos, y otras tantas lamentaba que mi -destino no me permitiera vivir en tal edén el resto de mis días. -Ya he hablado en otra ocasión de la catedral de Sevilla; pero con -brevedad y a la ligera. Es quizás la catedral más suntuosa de España, -y aunque de estructura no tan regular como las de Toledo y Burgos, -es mucho más digna de admiración considerada en conjunto. No es -posible recorrer sus largas naves y alzar la vista a la techumbre, -sostenida por columnas colosales y decorada con suntuosidad, sin -sentirse sobrecogido de sagrado pavor y de profundo asombro. Cierto -que el interior, como el de la generalidad de las catedrales -españolas, es un poco obscuro y triste; pero nada pierde con eso; al -contrario, aumenta la grandio<span class="pagenum" id="Page_194">[p. -194]</span>sidad del efecto. Nuestra Señora de París es un -edificio hermoso; pero a quien ha visto las catedrales españolas, -y en particular la de Sevilla, se le antoja casi mezquino y sin -importancia, y más parecido a una casa consistorial que a un templo -del Eterno. La catedral de París está desprovista en absoluto de la -solemne obscuridad y sombría pompa, tan intensas en la de Sevilla, -con lo que le falta el requisito más importante de una catedral.</p> - -<p>Los cuadros que adornan la mayoría de las capillas son de los -mejores de la escuela española; entre ellos destacan muchas de las -obras maestras de Murillo, hijo de Sevilla. De todos los cuadros de -este hombre extraordinario, el que más impresión me ha hecho siempre -es uno de los menos famosos. Aludo al <i>Angel de la Guarda</i>, cuadrito -colocado al fondo de la iglesia, mirando a la nave principal. El -ángel, empuñando con la diestra una espada flamígera, guía al niño, -que es, a juicio mío, la creación más prodigiosa de Murillo. La -figura es como de un niño de cinco años, y la expresión del rostro, -completamente infantil; pero su andar es el de un conquistador, el -de un Dios, el del Creador del Universo, y el globo terrenal parece -temblar bajo tanta majestad.</p> - -<p>Al culto de la catedral asisten muchos fieles, en especial -cuando hay sermón. Los sermones son improvisados; hay algunos<span -class="pagenum" id="Page_195">[p. 195]</span> muy edificantes, fieles -a las Escrituras. He oído muchos con gusto, aunque me sorprendía -bastante observar que cuando los predicadores citaban la Biblia, -tomaban las citas, casi invariablemente, de los libros apócrifos. -Ante los principales altares no faltan, por lo general, fieles, en su -mayoría mujeres, animados muchos de ellos de ardentísima devoción.</p> - -<p>Antes de salir de Madrid me había forjado la ilusión de encontrar -pocas dificultades para la difusión del Evangelio en Andalucía, al -menos por cierto tiempo, ya que el campo de operaciones era nuevo, -y mi persona y mis propósitos, menos conocidos y temidos que en -Castilla la Nueva. Pero resultó que el Gobierno de Madrid había -cumplido su amenaza y enviado por toda España la orden de secuestrar -los libros dondequiera que se hallasen. Los Testamentos llegados -de Madrid embargáronlos en la aduana, adonde se llevan todas las -mercancías, aunque procedan del interior, para la exacción de un -impuesto. Gracias a los manejos de Antonio recuperé una de las cajas, -mientras la otra fué enviada a Sanlúcar, para expedirla fuera del -reino tan pronto como se me presentara oportunidad de hacerlo.</p> - -<p>No me dejé desanimar por este ligero <i>contretemps</i>, aunque -sentí de corazón la pérdida de los libros embargados, pues ya no -podría repartirlos por aquella región, donde<span class="pagenum" -id="Page_196">[p. 196]</span> hacían tanta falta; pero me consolé -pensando que aún me quedaban unos cientos de ejemplares, cuya -distribución podía dar, placiendo a Dios, muy santos frutos.</p> - -<p>Tardé algún tiempo en empezar los trabajos, porque me hallaba -en terreno desconocido y no sabía qué camino tomar. No contaba con -más ayuda que la del pobre Antonio, tan ignorante del lugar como -yo. La Providencia, empero, no tardó en enviarme un colaborador, -en forma bastante singular. Estaba yo en el patio de la Posada de -la Reina, adonde solía ir a comer algunas veces, cuando entró un -hombre de talla gigantesca, vestido de un modo extraño. Excitada mi -curiosidad, pregunté al posadero quién era el desconocido. Díjome que -un extranjero, griego a su parecer, que había vivido mucho tiempo en -Sevilla. Oído esto, me fuí a él y le abordé en griego, pues aunque lo -hablo muy mal, puedo darme a entender en ese idioma. Me contestó en -la misma lengua, y halagado por el interés que un extranjero como yo -demostraba por su nación, no tardó en contarme su propia historia. -Llamábase, según me dijo, Dionysius, natural de Cefalonia; educado -para hacerse de iglesia, abandonó esa carrera, mal avenida con su -temperamento, para seguir la profesión de navegante, por la que había -sentido temprana inclinación. Tras muchas aventuras y alternativas -de la fortuna, naufragó<span class="pagenum" id="Page_197">[p. -197]</span> en las costas de España, y avergonzándose de volver pobre -a su país, se quedó en la Península, y residió principalmente en -Sevilla, donde ahora sostenía un modesto comercio de libros. Era de -la religión griega, y muy apegado a ella; y en descubriendo luego -que yo era protestante, manifestó su aborrecimiento sin límites por -el sistema papista, y aun por sus secuaces en general, a quienes -llamaba latinos, achacándoles la ruina de Grecia, vendida por ellos -al Turco.</p> - -<p>En el acto se me ocurrió que aquel individuo podía prestarme -excelente ayuda en la obra que me había llevado a Sevilla, o sea -la propagación del Evangelio eterno; por tanto, tras algo más de -conversación, en la que mostró una instrucción muy sólida, me -franqueé con él. Adoptó mis planes con mucho calor, y en adelante no -tuve motivo para lamentar mi confianza, pues el griego repartió gran -copia de Nuevos Testamentos, y aún acertó a enviar cierto número de -ejemplares a dos ciudades pequeñas a alguna distancia de Sevilla.</p> - -<p>También me ayudó en la propagación del Evangelio un profesor de -música, ya viejo, muy etiquetero y estirado, pero con excelentes -cualidades. Este venerable individuo me trajo, no más que a los -tres días de conocernos, el precio de seis Testamentos y de un -Evangelio en gitano, vendidos por él soportando el candente sol -andaluz. ¿Qué<span class="pagenum" id="Page_198">[p. 198]</span> -motivo le impulsaba? Uno muy cristiano. Decía que sus infortunados -compatriotas, entregados a la sazón a la matanza y al saqueo -recíprocos, se corregirían probablemente leyendo el Evangelio, -sin que en ningún caso pudiera seguírseles de su lectura daño -alguno. Añadía que si muchos hombres han reformado su vida merced -a las Escrituras, nadie se ha vuelto todavía ladrón o asesino por -leerlas.</p> - -<p>Pero mi agente más extraordinario fué uno que en ocasiones empleé -para repartir el Evangelio entre las clases bajas. Si llego a tener -mayor cantidad de libros a mi disposición, hubiera podido sacar gran -partido de los servicios de aquel individuo; pero como el repuesto -disminuía con rapidez y no tenía esperanzas de renovarlo, me mostraba -casi avaro de los pocos libros que me quedaban. El agente era un -albañil griego, llamado Juan Crisóstomo, que me presentó Dionisio. -Nacido en Morea, llevaba más de veinticinco años en España, de -suerte que había casi olvidado su lengua natal. Con todo, tenía -tal apego a su patria, que cuanto no fuese griego le parecía malo -y en extremo bárbaro. Carecía de toda instrucción; pero su fuerza -de carácter y cierta ruda elocuencia que poseía le granjearon tan -gran ascendiente en el ánimo de las clases trabajadoras de Sevilla, -que aceptaban casi todo lo que les decía, no obstante chocar a -cada<span class="pagenum" id="Page_199">[p. 199]</span> paso con sus -prejuicios. De tal modo, que, a pesar de su condición de extranjero, -hubiera podido ser en cualquier momento el Masaniello de Sevilla. No -he conocido criatura más honrada, y pronto comprendí que, empleándolo -a mi servicio, no obstante sus rarezas, podía tener plena seguridad -de que sus actos no desdecirían del libro que vendía.</p> - -<p>Continuamente estaban pidiéndome Biblias, que no podíamos servir. -Los Testamentos gozaban, en comparación, de poca estima. Por este -tiempo descubrí un hecho que me hubiera sido muy útil conocer tres -años antes; pero viviendo se aprende. Me refiero a la inconveniencia -de imprimir Testamentos, y <i>sólo</i> Testamentos, para los países -católicos. La razón es clara: el católico, sin hábito de leer la -Escritura, encuentra mil cosas ininteligibles en el Nuevo Testamento, -cuyo fundamento es el Antiguo. «La Escritura da testimonio de mí», -podría decirse con razón en este punto. Se me dirá que en Inglaterra -hay gran demanda de Nuevos Testamentos, impresos por separado, y -prestan infinita utilidad; pero Inglaterra, gracias sean dadas al -Señor, no es un país papista; y de que un labrador inglés pueda leer -el Testamento con buen fruto no se sigue que los campesinos españoles -e italianos gocen de igual ventaja, porque encontrarán muchas cosas -obscuras, que no<span class="pagenum" id="Page_200">[p. 200]</span> -lo son para aquél, versado en la historia bíblica desde la niñez. -Confieso, no obstante, que en mi campaña del verano anterior no -hubiera podido hacer con la Biblia lo que la Providencia me permitió -realizar con los Testamentos, porque la primera es demasiado -voluminosa para andar con ella por el campo.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_201">[p. 201]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XLIX</h2> - <p class="subhang"> - La casa solitaria. — La Dehesa. — Juan Crisóstomo. — Manuel. — La - librería en Sevilla. — Dionisio y los curas. — Atenas y Roma. — - Proselitismo. — Embargo de Testamentos. — Salida de Sevilla. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">C</span><span class="smcap">omo ya</span> -he dicho, alquilé en Sevilla una casa vacía, con el propósito de -vivir en ella algunos meses. Ocupaba todo un lado de una plazuela -solitaria. Distribuída al modo andaluz, tan agradable, tenía un patio -pavimentado con pequeñas losas de mármol azules y blancas. En el -centro del patio había una fuente muy abundante en linfa cristalina, -y al caer desde una delgada columna al estanque octogonal, el agua -hacía un rumor que se oía desde todas las habitaciones. La casa era -vasta y espaciosa, de dos pisos, con piezas suficientes, por lo -menos, para diez veces el número de personas que en ella morábamos. -De ordinario pasaba el día en las habitaciones bajas, por ser muy -frescas. En una de ellas había una enorme pila de piedra, siempre -rebosante de agua de la<span class="pagenum" id="Page_202">[p. -202]</span> fuente, en la que me sumergía todas las mañanas. Tal fué -la vivienda a que me retiré con Antonio y los caballos, luego de -proveerme de unos pocos utensilios caseros indispensables.</p> - -<p>Suerte mía fué poseer aquellos cuadrúpedos, ya que así tuve modo -de gozar en grandísima medida las bellezas de la campiña circundante. -Pocas cosas hay en la vida más deliciosas que un paseo a caballo, -en primavera o verano, por los alrededores de Sevilla. Mi excursión -favorita era en dirección de Jerez, por la vasta <i>Dehesa</i>, como la -llaman, que se extiende desde Sevilla hasta las puertas de aquella -ciudad, casi a cincuenta millas de distancia, sin un pueblo apenas -entremedias. El terreno es desigual y quebrado, en su mayor parte -cubierto de matorrales de la especie que llaman <i>carrasco</i>, entre -los que corre un camino de herradura, no fácil de discernir, trazado -principalmente por los <i>arrieros</i>, con sus largas recuas de mulas -y <i>borricos</i>. Allí, el aire embalsamado de la hermosa Andalucía se -respira en toda su pureza. Las flores y hierbas aromáticas que crecen -en abundancia, difunden en torno sus perfumes. Allí la tristeza y -la pesadumbre huyen del pecho como por magia, en tanto que los ojos -se extasían ante el panorama, iluminado por un sol esplendoroso, -sin igual, en cuya luz flotan las mariposas, pintadas de alegres -colores, y las <i>salaman<span class="pagenum" id="Page_203">[p. -203]</span>quesas</i>, verdes y áureas, despatarradas en el suelo, gozan -del voluptuoso calor, o se lanzan a veces de un salto velocísimo, con -susto del viajero, a la madriguera más próxima, y allí se le quedan -mirando con sus ojillos agudos y brillantes. Es imposible, repito, -estar triste en tierras tales, y con razón los antiguos griegos y -romanos colocaron aquí sus Campos Elíseos. Son bellísimas, aun en su -desolación actual, porque la mano del hombre no las cultiva desde el -día funesto en que la expulsión de los moros privó a Andalucía de los -dos tercios, cuando menos, de su población.</p> - -<p>Todas las tardes salía a caballo por la Dehesa, hasta perder -de vista las torres más altas de Sevilla. Entonces volvía, y, -apretándole las rodillas a <i>Sidi Habismilk</i>, mi caballo árabe, tomaba -el veloz animal, que jamás necesitó látigo ni espuela, el camino de -Sevilla con la rapidez de un torbellino, devorando la distancia en -una carrera loca; dejada atrás la Dehesa, se precipitaba por el paseo -de las Delicias, sombreado de olmos, y a poco el estruendo de sus -cascos resonaba bajo la bóveda del arco de la Puerta de Jerez; un -momento después, quedábase inmóvil como una piedra ante la puerta de -mi casa solitaria, en la silenciosa plazuela de la Pila Seca.</p> - -<p>Son las ocho de la noche, y, de vuelta de la Dehesa, estoy en -la <i>sotea</i> tomando el fres<span class="pagenum" id="Page_204">[p. -204]</span>co. Juan Crisóstomo acaba de llegar del trabajo. No le -he hablado; pero oigo cómo, abajo en el patio, cuenta a Antonio los -progresos que ha hecho en los dos últimos días. Habla un griego -bárbaro, mechado con abundantes vocablos españoles; colijo de sus -palabras que ya ha vendido doce Testamentos entre sus compañeros de -trabajo. Oigo caer al suelo unas monedas de cobre, y Antonio, que no -tiene temple de verdadero cristiano, le reprocha que no haya traído -en plata el producto de la venta. Juan Crisóstomo pide luego quince -ejemplares más, porque la demanda aumenta, según dice, y podrá sin -dificultad venderlos en todo el día siguiente, mientras atiende a -sus ocupaciones. Antonio va en busca de los libros, y Juan se queda -solo junto a la fuente de mármol, cantando una canción extraña, tal -vez un himno de su amada iglesia griega. He ahí uno de los ayudantes -que el Señor me ha dado en mis trabajos evangélicos a orillas del -Guadalquivir.</p> - -<p>Todo el tiempo que pasé en Sevilla viví muy retirado, gastando -la mayor parte del día en estudiar, o en ese semisoñoliento estado -de inactividad, resultado natural de los climas calurosos. El -carácter de la gente entre quien me hallaba no me inducía a buscar -su sociedad. Los andaluces de la clase alta son probablemente, en -términos generales, los seres más necios y vanos de la espe<span -class="pagenum" id="Page_205">[p. 205]</span>cie humana, sin otros -gustos que los goces sensuales, la ostentación en el vestir y las -conversaciones obscenas. Su insolencia sólo tiene igual en su bajeza, -y su prodigalidad, en su avaricia. Las clases bajas son un poquito -mejores que las de posición elevada; verdad es que no puede alabarse -el nivel de su moralidad: son engañosos, camorristas y vengativos; -pero son en general más corteses y, con toda seguridad, no más -ignorantes.</p> - -<p>A los andaluces, en general, los tienen en muy baja estimación -los demás españoles, y aun los de mejor posición tropiezan con -dificultades para ser admitidos en las tertulias respetables de -Madrid, donde si logran entrar, son invariablemente ridiculizados -por los gestos y ademanes absurdos en que se complacen, por su -inclinación a la jactancia, sus exageraciones, su curioso acento y la -manera incorrecta de pronunciar el castellano.</p> - -<p>En una palabra: los andaluces, en todas las cualidades del -carácter, se hallan tan por debajo de los otros españoles, como el -país que aquéllos habitan es superior en belleza y fertilidad a las -demás provincias de España.</p> - -<p>Pero no vaya a creerse ni por un momento que mi intención es negar -que entre los andaluces haya individuos estimables y excelentes: -uno descubrí yo a quien sin vacilar proclamo como el carácter más -extraor<span class="pagenum" id="Page_206">[p. 206]</span>dinario -que he conocido; pero no era un retoño de una familia noble, ni -«portador de suaves vestidos», ni personaje lustroso y perfumado, -ni uno de los <i>románticos</i> que vagaban por las calles de Sevilla -adoptando actitudes lánguidas, con largas melenas negras que, en -rizos exuberantes, les llegaban hasta los hombros, sino uno de -aquellos a quienes los orgullosos y duros de corazón llaman la hez -del populacho; un hombre miserable, sin casa, sin dinero, harapiento, -destrozado. Aludo a Manuel, a quien no sé por qué oficio nombrar: si -vendedor de billetes de lotería, o auriga del carro de los muertos, -o poeta laureado en poesía gitana. Maravilla será que aún estés -vivo, amigo Manuel; tú, de condición natural tan noble, honrado, de -corazón puro, humilde, pero digno, ¿vagas todavía por los patios -de la bella <i>Safacoro</i><a id="FNanchor_17" href="#Footnote_17" -class="fnanchor">[17]</a>, o por la margen del <i>Len Baro</i><a -id="FNanchor_18" href="#Footnote_18" class="fnanchor">[18]</a>, con -la mirada perdida en el espacio y esforzándote por recordar alguna -copla de Luis Lobo medio olvidada? ¿O descansas ya, fuera de la -<i>Puerta de Jerez</i>, en el <i>Camposanto</i>, adonde en tiempo de epidemia -acostumbrabas llevar a tantos, así gitanos como gentiles, en tu carro -de tintineante campanilla? Muchas veces en las <i>réunions</i> de los -sabios y escritores de este<span class="pagenum" id="Page_207">[p. -207]</span> país de tantas letras, harto de sus alardes de pedantería -y egotismo, he recordado gustoso nuestros recitados de poesías -gitanas en la casona de Pila Seca. Muchas veces, asqueado ante las -ostentosas profesiones de fe de los que pasean la cruz en doradas -carrozas, te he recordado a ti y tu fe tranquila, sin pretensiones; -tu paciencia en la miseria, tu fortaleza en la adversidad. Y cuántas -veces, al meditar en la muerte, que con rapidez se aproxima, he -deseado poder reunirme contigo otra vez, y que tus manos ayuden a -llevarme al campo de los muertos, allá en la soleada planicie, ¡oh -Manuel!</p> - -<p>Mi visitante más asiduo era Dionisio, que por raro caso dejaba de -ir a verme alguna tarde: el pobre hombre iba en busca de simpatía y -conversación. Es difícil concebir situación más desamparada y aislada -que la de aquel griego en Sevilla, sin un amigo apenas, pendiente, -para subsistir, de la mísera pitanza que podía producirle la venta de -unos pocos libros, ofrecidos en su mayoría de puerta en puerta.</p> - -<p>—¿Qué pudo inducirle a usted en un principio a dedicarse a vender -libros en Sevilla?—le pregunté cuando, cierta tarde calurosa, llegó, -sofocado y cansado, con un paquete de libros atado con una correa.</p> - -<p><span class="smcap">Dionisio.</span>—A falta de empleo mejor, -<i>Kyrie</i>, adopté este oficio, que está muy despreciado y no da para -vivir. Cuántas veces he<span class="pagenum" id="Page_208">[p. -208]</span> lamentado que no me enseñasen a zapatero, o no haber -aprendido, de mozo, cualquier oficio manual útil; ahora lo hubiese -seguido muy contento. Eso me hubiera procurado, al menos, el respeto -de mis semejantes, pues me necesitarían; mientras que ahora todos me -huyen y me miran con desprecio. Vendo una mercancía que aquí no le -importa a nadie. ¡Libros en Sevilla, donde nadie lee, como no sean -novelas nuevas, traducidas del francés, y obscenidades! ¡Libros! -¡Ojalá fuese gitano, que entonces, vendiendo burros, sería al menos -independiente y más respetado que ahora!</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿En qué género de libros comercia -usted principalmente?</p> - -<p><span class="smcap">Dionisio.</span>—En el menos adecuado al -mercado de Sevilla, <i>Kyrie</i>: en libros de valor substancial, -fundamentales; muchos en griego viejo, adquiridos por mí al -disolverse los conventos, cuando los fondos de sus bibliotecas, -arrojados a los patios, se vendían a tanto la <i>arroba</i>. Al principio -creí hacer fortuna, y, en realidad, con esos libros la hubiera hecho -en cualquier otra parte; pero aquí he llegado a ofrecer por medio -duro un Elzevir, en vano. Si no fuera por los forasteros, que me -compran algo, me moriría de hambre.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_209">[p. 209]</span></p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Pero en Sevilla hay una gran -catedral con muchos curas y canónigos; de seguro irán a verle a -usted algunos para comprar obras clásicas y libros de literatura -eclesiástica.</p> - -<p><span class="smcap">Dionisio.</span>—Si cree usted eso, <i>Kyrie</i>, -conoce usted mal a los eclesiásticos de Sevilla. Yo trato a muchos y -puedo asegurarle que es difícil encontrar una caterva de gentes con -más declarada aversión a los trabajos intelectuales de toda especie. -No leen más que periódicos, y los toman sólo por la esperanza de -saber que su amigo don Carlos está ya reinstalado en Madrid; pero -prefieren el chocolate y los bizcochos y dormir la siesta antes de -comer a toda la filosofía de Platón y a la elocuencia de Tulio. -Algunas veces van a mi casa, pero sólo para matar una hora de -aburrimiento charlando de cosas sin sustancia. Una vez fueron a verme -tres de ellos con la esperanza de convertirme a la superstición -latina. «<i>Signor Donatio</i> (así me llamaban), ¿cómo usted, persona -tan libre de prejuicios, y con ciertas pretensiones de saber, sigue -aferrado a una religión tan absurda? Tras de residir tantos años -en una tierra civilizada, como esta de España, harto tiempo es ya -de que abandone usted su culto medio pagano e ingrese en el seno -de la Iglesia. Siga nuestro consejo y no le irá mal.» «Gracias, -señores—repliqué—, por el interés que mi felicidad les inspira; yo -no me niego a<span class="pagenum" id="Page_210">[p. 210]</span> -razones: discutamos el asunto. ¿Cuáles son los puntos de mi religión -que a ustedes les parecen mal? Porque claro es que ustedes conocerán -perfectamente nuestros dogmas y ceremonias.» «Nada sabemos de su -religión de usted, <i>signor Donatio</i>, salvo que es muy absurda, y, -por tanto, está usted obligado, ya que es hombre bien instruído y -sin prejuicios, a renunciar a ella.» «Pero, señores, si no conocen -ustedes mi religión, ¿cómo la llaman absurda? No es propio de -personas imparciales despreciar lo que se desconoce.» «Pero, <i>signor -Donatio</i>, la religión de usted no es la Católica, Apostólica, Romana, -¿verdad?» «Podría serlo, señores, juzgando por lo que ustedes saben -de ella; para que se enteren, les diré que no; mi religión es la -Apostólica Griega. No la llamo católica por ser absurdo llamar -católico a lo que no está admitido universalmente.» «Pero, <i>signor -Donatio</i>, ello mismo lo dice: ¿qué va a entender de religión una -cuadrilla de griegos bárbaros e ignorantes? Si niegan la autoridad -de Roma, ¿dónde van a buscar ideas religiosas razonables? ¿De dónde -les va a venir el Evangelio?» «¿El Evangelio? Señores, permítanme -que les enseñe un libro: aquí está. ¿Qué opinan ustedes?» «<i>Signor -Donatio</i>, ¿qué significa esto? ¿Qué son esos diabólicos caracteres? -¿Son moriscos? ¿Quién es capaz de entenderlos?» «Supongo que siendo -ustedes sacerdotes de la Iglesia romana sabrán algo de latín; -pues<span class="pagenum" id="Page_211">[p. 211]</span> si examinan -la portada del libro leerán en la lengua de su Iglesia: Evangelio -de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, en su original griego», del -cual la Vulgata es una mera traducción, y no muy correcta por cierto. -Respecto a la barbarie de Grecia, ignoran ustedes, al parecer, que -hubo una ciudad, llamada Atenas, famosísima, siglos antes de que -a la primera choza de Roma le pusieran su techo de bálago y de -que los vagabundos que primero la poblaron se hubieran escapado -de manos de la justicia.» «<i>Signor Donatio</i>, es usted un hereje -ignorante y, además, un insolente. ¡Qué desatinos son esos!...» -Pero no quiero cansarle los oídos, <i>Kyrie</i>, con los absurdos -que los pobres <i>papas</i><a id="FNanchor_19" href="#Footnote_19" -class="fnanchor">[19]</a> latinos me dispararon; su estribillo -era: ¡qué disparates son esos!, muy aplicable, por cierto, a lo -que ellos decían. Viendo que no podían conmigo en la controversia -religiosa, denigraron a mi país con rabia: «España es mejor país que -Grecia»—dijo uno. «Antes de venir a España no había usted probado el -pan»—exclamó otro. «Y bien poco desde entonces»—pensaba yo. «Nunca -había usted visto una ciudad como Sevilla»—añadió el tercero. Pero -entonces comenzó lo más divertido de la comedia; mis visitantes -eran naturales de tres puntos diferentes: uno era de Sevilla, otro -de Utrera, y el tercero de<span class="pagenum" id="Page_212">[p. -212]</span> Miguelturra, pueblo miserable de la Mancha. Al oír -mentar a Sevilla, empezaron los otros dos a cantar las alabanzas de -sus cunas respectivas; surgieron las comparaciones, y el resultado -fué una disputa violenta. Rociáronse de ultrajes; mientras, yo me -mantuve apartado, encogiéndome de hombros, y decía <i>tipotas</i><a -id="FNanchor_20" href="#Footnote_20" class="fnanchor">[20]</a>. Al -fin, cuando se marchaban, dije: «¿Quién hubiese creído, señores, que -la polémica de las iglesias latina y griega estaba tan estrechamente -relacionada con los méritos comparativos de Sevilla, Utrera y -Miguelturra?»</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Hay aquí gran espíritu de -proselitismo? ¿Qué clase de gente se convierte?</p> - -<p><span class="smcap">Dionisio.</span>—Le diré a usted, <i>Kyrie</i>: la -generalidad de los conversos se compone de protestantes alemanes o -ingleses, aventureros, que vienen a establecerse aquí, y al cabo del -tiempo se casan con españolas, para lo cual es necesario el previo -ingreso en la Iglesia latina. Unos pocos son judíos vagabundos de -Gibraltar o de Tánger, delincuentes huídos a España, y que renuncian -a su fe para no morir de inanición. Pero a tan ilustre gente hay -que pagarla, y los curas se encargan de buscarles <i>padrinos</i>, -generalmente entre las devotas ricas sometidas a su influencia, que -tienen a gloria y por acto meritorio cooperar en la reconquista de -almas<span class="pagenum" id="Page_213">[p. 213]</span> perdidas -para la Iglesia. El neófito se deja convencer mediante la promesa -de una <i>peseta</i> diaria, que los padrinos pagan de ordinario durante -el primer año; pero rara vez más tiempo. Hace unos cuarenta años, -sin embargo, lograron una conversión más notable. En Marruecos se -encendió una guerra civil por las opuestas pretensiones de dos -hermanos al Trono. Vencido uno de ellos, huyó a España, implorando -la protección de Carlos IV. Pronto le dedicaron los curas atención -especial, que no anduvieron tardos en convertirle, y consiguieron que -el rey le señalase una pensión de un duro diario. De allí a pocos -años murió en Sevilla hecho un vago, despreciado de todos. Dejó un -hijo, hoy notario, muy devoto exteriormente. Pero es el hipócrita y -<i>picarón</i> más grande que existe. Quisiera que le viera usted la cara, -<i>Kyrie</i>: es la de Judas Iscariote. Tal sería también, creo yo, la -opinión de usted, que es fisonomista. Vive en la puerta inmediata a -la mía, y a pesar de su religiosidad ostentosa, le dejan vivir en la -mayor pobreza.</p> - -<p>Y nada más por ahora acerca de Dionisio.</p> - -<p>A mediados de julio, nuestros trabajos en Sevilla llegaron a -término por la muy eficaz razón de que ya no tenía más Testamentos -que vender; desde mi llegada se habían puesto en circulación algo más -de doscientos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_214">[p. 214]</span></p> - -<p>Unos diez días antes de esa fecha me visitaron varios <i>alguaciles</i> -acompañados de una especie de alcalde de barrio, y se apoderaron de -unos pocos Testamentos y Evangelios en gitano que por casualidad -encontraron esparcidos por el suelo. La visita no me desagradó, ni -mucho menos, porque era prueba satisfactoria del efecto de nuestros -trabajos en Sevilla.</p> - -<p>No puedo por menos de referir aquí un sucedido: Uno o dos días -después del secuestro fuí a casa del alcalde de barrio con motivo de -mi pasaporte, y le encontré echado en la cama, por ser la hora de -<i>siesta</i>, leyendo con atención uno de los Testamentos que se llevó -de mi casa, todos los cuales, si hubiera obedecido las órdenes que -tenía, debió haber depositado en el Gobierno civil. Tan absorto -estaba en la lectura, que al pronto no se dió cuenta de mi llegada; -cuando la advirtió, saltó de la cama muy confuso y guardó el libro -en su bufete; yo, sonriendo, le dije que se tranquilizara, pues me -alegraba verle ocupado en cosa de tan gran provecho. Ya más sereno, -manifestó que había leído casi todo el libro, sin hallar nada malo -en él; por el contrario, todo le parecía digno de loa. Añadió que -los curas debían de estar <i>endemoniados</i> para perseguirlo con tal -saña.</p> - -<p>Hicieron el embargo en domingo, y me encontraron leyendo la -liturgia. Uno de los<span class="pagenum" id="Page_215">[p. -215]</span> <i>alguaciles</i> hizo notar al marcharse el diferente modo -que protestantes y católicos tenían de guardar las fiestas: los -primeros, en sus casas leyendo buenos libros; los segundos, en los -toros, mirando cómo las fieras arrancan las entrañas ensangrentadas a -los pobres caballos. La plaza de toros de Sevilla es la más hermosa -de España, y todos los domingos (único día en que se abre) se llena -invariablemente de una multitud entusiasta.</p> - -<p>Comencé ya los preparativos para ausentarme de Sevilla por unos -meses con destino a la costa de Berbería. Antonio, que no quiso salir -de España, donde estaban su mujer y sus hijos, se volvió a Madrid -muy contento con una buena gratificación que le di. Como me proponía -volver aún a Sevilla, dejé la casa y los caballos al cuidado de un -amigo de confianza, y me marché. En los capítulos siguientes se verán -las razones que tuve para visitar Berbería.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_216">[p. 216]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO L</h2> - <p class="subhang"> - Noche en el Guadalquivir. — La luz del Evangelio. — Bonanza. — La - playa de Sanlúcar. — Panorama andaluz. — Historia de una caja. — - <i>Cosas de los ingleses.</i> — Los dos gitanos. — El cochero. — El gorro - de dormir encarnado. — El vapor. — El idioma cristiano. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">n la</span> -noche del 31 de julio salí de Sevilla para mi expedición a bordo -de uno de los vapores que navegaban por el Guadalquivir entre -Sevilla y Cádiz. Llevaba el propósito de detenerme en Sanlúcar para -recobrar la caja de Testamentos retenida allí en secuestro, mientras -llegaba la ocasión oportuna de sacarlos fuera del reino de España. -Destinaba yo esos Testamentos a ser repartidos entre los cristianos -que esperaba encontrar en las costas de Berbería. Sanlúcar dista -unas quince leguas de Sevilla, y se halla a la entrada de la bahía -de Cádiz, donde el Guadalquivir junta sus aguas amarillas con las -ondas saladas. El vapor desatracó del muelle a eso de las nueve -y media, entre el vocerío con que los de a bordo y los que<span -class="pagenum" id="Page_217">[p. 217]</span> se quedaban en tierra -se despedían de sus amigos. En ese tumulto me pareció oír las voces -de algunos amigos míos que me habían acompañado al muelle, y al -instante me puse a gritar con más fuerza que nadie. La noche era muy -obscura; tanto, que apenas distinguíamos los árboles que pueblan -el borde oriental del río hasta la primera revuelta. Durante todo -aquel día había reinado en Sevilla un <i>calmazo</i>; es decir, un tiempo -excesivamente bochornoso, sin el más leve soplo de aire que lo -animase. La noche fué también pesada y sofocante. Como yo había hecho -con frecuencia el viaje del Guadalquivir, remontando y descendiendo -el famoso río, no sentí la inquietud y curiosidad que la gente -experimenta al hallarse, sea con luz o a obscuras, en paraje extraño, -y como no conocía a ninguno de los pasajeros que charlaban sobre -cubierta, pensé que lo mejor sería retirarme a la cámara y descansar -un poco, a ser posible. La cámara estaba desierta y regularmente -fresca, con todas las ventanas de las dos bandas abiertas para que -corriese el aire. Tendido en un diván me dormí pronto, y así estuve -dos horas, hasta que las furiosas picaduras de mil chinches me -despertaron, obligándome a salir a cubierta, donde me dormí otra -vez arropado con mi abrigo. Me desperté al rayar el día; estábamos -a unas dos leguas de Sanlúcar. Me puse en pie y miré al Oriente, -observan<span class="pagenum" id="Page_218">[p. 218]</span>do los -progresos graduales del amanecer: primero un débil fulgor, luego unas -bandas de claridad, después un arrebol, un rayo brillante, y por fin -el disco de oro de ese orbe que cada día emerge del inmenso abismo; -al instante, el vasto panorama fulguró con claros resplandores; -la tierra reía, chispeaban las aguas, los pájaros trinaban, y los -hombres levantábanse regocijados, porque era un nuevo día, y el sol, -en la misión que le dió su Creador, comenzaba a difundir la luz y el -contento, ahuyentando la pesadumbre y las tinieblas.</p> - -<div class="poem mt1"><div class="stanza"> -<p class="i2">Ved el sol matinal</p> -<p class="i0">cual inunda su claridad la tierra,</p> -<p class="i0">su camino triunfal</p> -<p class="i0">de vida y luz se llenan.</p> -<p class="i0"> </p> -<p class="i2">El Evangelio alumbra</p> -<p class="i0">con luz aun más divina,</p> -<p class="i0">saca a los pecadores de sus tumbas</p> -<p class="i0">y da a los ciegos vista.</p> -</div></div> - -<p class="mt1">Nos detuvimos frente a Bonanza, que es, hablando -propiamente, el puerto de Sanlúcar, aunque dista de este pueblo -media legua. Llámase Bonanza en razón de su buen surgidero, al -abrigo de las borrascas del Océano. Consiste en varios edificios -espaciosos, blancos, casi todos almacenes del Gobierno, y lo habitan -carabineros, aduaneros y unos pocos pescadores. Un bote vino a -recoger los pasajeros para Sanlúcar y trajo a<span class="pagenum" -id="Page_219">[p. 219]</span> bordo media docena de personas que -iban a Cádiz; yo me fuí con aquéllos. Un joven español, de talla -diminuta, me hizo en francés algunas preguntas acerca de lo que me -parecían el paisaje y el clima de Andalucía. Díjele que los admiraba -mucho, lo que, evidentemente, le causó gran placer. El botero llegó -entonces pidiendo dos <i>reales</i> por llevarme a la costa; no llevaba yo -dinero suelto, y le ofrecí un duro para que cambiase. Dijo que le era -imposible; le pregunté qué haríamos, y groseramente me contestó que -no lo sabía, pero que no estaba para perder tiempo y quería cobrar en -el acto. El joven español, al observar mi apuro, sacó dos <i>reales</i> y -pagó al hombre. Le di las gracias de todo corazón por tal rasgo de -cortesía, y muy de veras se lo agradecí, pues hay pocas situaciones -tan desagradables como encontrarse en un grupo de gente que no tiene -cambio, y verse acosado al mismo tiempo para el pago. Una persona -algo depravada me decía una vez que es preferible carecer de dinero -en absoluto, pues en tal caso ya sabe uno lo que ha de hacer. Más -tarde encontré en Cádiz al joven español y le pagué, dándole gracias -otra vez.</p> - -<p>Cerca del desembarcadero esperaban unos cuantos cabriolés, -dispuestos a llevarnos a Sanlúcar. Tomé uno, y echamos a andar -lentamente por la playa. El sitio es famoso en las novelas antiguas -españolas, del géne<span class="pagenum" id="Page_220">[p. -220]</span>ro llamado picaresco, o sea las consagradas a las -aventuras de pícaros notorios; el modelo de todas, así como de las -del mismo género en cualquier otro idioma, es <i>Lazarillo de Tormes</i>. -El propio Cervantes inmortalizó esta playa en la más divertida de sus -novelas cortas, <i>La ilustre fregona</i>. En una palabra, la playa de -Sanlúcar era en los tiempos antiguos, si no en los modernos, punto -de cita de rufianes, <i>contrabandistas</i> y vagabundos de toda laya, -que allí anidaban en míseras chozas, hoy desaparecidas. El mismo -Sanlúcar siempre fué notado por la inclinación de sus habitantes—los -peores de Andalucía—al robo. Aquel ventero del <i>Quijote</i>, tan -pícaro, perfeccionó su educación en Sanlúcar. Todos estos recuerdos -se agolpaban en mi espíritu según íbamos recorriendo la playa, -dorada por el sol de Andalucía, que todo lo hermosea. Llegamos -al fin a ponernos próximamente frente a Sanlúcar, que se alza a -cierta distancia de la ribera. Allí se nos ofreció un espectáculo -muy animado: una multitud de mujeres, vistiéndose o desnudándose, -pululaba en la orilla, mientras (calculando con prudencia) centenares -de ellas jugaban y retozaban en el agua. Algunas estaban tendidas -cuan largas eran al borde mismo de la playa, en un lecho de arena y -pedrezuelas, dejando que las minúsculas olas les pasaran sobre el -cuerpo; otras nadaban valientemente mar aden<span class="pagenum" -id="Page_221">[p. 221]</span>tro. Había una confusa batahola de -gritos, chillidos y agudas risas femeninas; oíase también algunas -canciones, cuyo asunto es fácil de adivinar, pues estábamos en la -soleada Andalucía, ¿y en qué pueden pensar ni de qué hablar o cantar -sus ojinegras hijas más que de <i>amor, amor</i>, que entonces resonaba -en la tierra y en las aguas? Prosiguiendo a lo largo de la playa, -vimos también una multitud de hombres bañándose; no pasamos junto a -ellos, pues torcimos a la izquierda y remontamos un paseo o avenida -que conduce a Sanlúcar, como de un cuarto de milla de longitud. La -vista desde allí era, en verdad, magnífica: ante nosotros yacía la -ciudad, en la falda y en la cúspide de una colina de regular altura, -extendiéndose de Este a Oeste; la población me pareció bastante -grande; supe después que contaba lo menos veinte mil habitantes. -Varios inmensos edificios y murallas la dominaban, de tanta grandeza -que difícilmente puede describirse con palabras; pero lo principal -era un castillo antiguo, situado hacia la izquierda. Las casas eran -blancas del todo, y hubieran brillado esplendorosas de haber estado -más alto el sol, pero en hora tan temprana yacían en relativa sombra. -El <i>tout ensemble</i> era oriental y morisco en extremo; de hecho, -Sanlúcar fué antaño una famosa fortaleza de los moros, y después de -Almería, la plaza comercial más frecuentada de<span class="pagenum" -id="Page_222">[p. 222]</span> España. En estas partes de Andalucía -todo tiene un carácter enteramente oriental. Ved los cielos, tan -despejados y de azul tan brillante como el de la India; el candente -sol, que en un momento curte las más blancas mejillas, y llena -el aire de llameantes ráfagas; y ved el paisaje y los productos -vegetales. A cada lado del paseo por donde íbamos había una hilera de -esa mata o árbol, no sé cómo llamarlo, que en español se conoce por -<i>pita</i> y en marroquí por <i>gursean</i>. Alcanza aquí desarrollo casi tan -majestuoso como en la costa de Africa. Del cogollo de verdes hojas, -que en todas direcciones brotan desde la raíz, se alza un tallo tan -alto, ¿necesitaré decirlo?, como una palmera; ¿y necesitaré decir -que las hojas, de extraordinario espesor en la base, son en el cabo -más agudas que la punta de una lanza, y que infligirían una herida -terrible a cualquier animal que por inadvertencia se arrojase contra -ellas?</p> - -<p>La <i>posada</i> donde paramos está a la entrada de Sanlúcar. Daba -frente, con algunas casas más, al paseo por donde habíamos ido. -Como aún era muy temprano, me fuí a descansar unas horas, y después -visité al vicecónsul británico, Mr. Phillipi, quien ya me conocía de -nombre, pues me había recomendado a él, por carta, un pariente suyo -de Sevilla. Mr. Phillipi estaba en su escritorio, y me recibió con -gran amabilidad y<span class="pagenum" id="Page_223">[p. 223]</span> -cortesía. Le expliqué el motivo de mi visita a Sanlúcar, y solicité -su ayuda para rescatar los libros depositados en la Aduana y poder -sacarlos del reino, pues bien conocía yo las dificultades que -encuentran cuantos han de tratar algún asunto con las autoridades -españolas. El vicecónsul me aseguró que tendría gran placer en serme -útil, y, en consecuencia, envió conmigo a la Aduana a su primer -oficial, persona muy conocida y respetada en Sanlúcar.</p> - -<p>Lo mejor será contar aquí de una vez lo relativo a esos libros, -para no entorpecer más adelante la narración. Consistían en un cajón -de Testamentos en español y una caja pequeña de Evangelios de San -Lucas, en el lenguaje de los <i>gitanos</i> españoles. Los retiré de la -Aduana de Sanlúcar, con una guía para la de Cádiz. En Cádiz estuve -ocupado dos días, y otros tantos una persona que tomé a mi servicio, -en cumplir todos los requisitos y procurarme los papeles necesarios. -El gasto fué grande, pues a cada paso me pedían dinero, si bien yo no -hacía más que cumplir sencillamente la orden del Gobierno español de -sacar de España los libros prohibidos. Esta farsa no concluyó hasta -mi llegada a Gibraltar, donde pagué un duro al cónsul español por -certificar al dorso de la guía, antes de devolverla a Cádiz, como -era mi obligación, que los libros habían llegado a aquella plaza. No -vió los libros, es cierto,<span class="pagenum" id="Page_224">[p. -224]</span> ni preguntó por ellos; pero se guardó el dinero, objeto -único, por lo visto, de sus ansias.</p> - -<p>En la Aduana de Sanlúcar me hicieron dos o tres preguntas respecto -de los libros contenidos en las cajas; y eso me dió ocasión de hablar -del Nuevo Testamento y de la Sociedad Bíblica. Mis palabras llamaron -la atención, y al instante todos los oficiales y dependientes de la -casa, grandes y chicos, desde el administrador hasta el portero, -se congregaron en torno mío. Como hubo que abrir las cajas para -inspeccionar su contenido, salimos todos al patio, y allí, tomando -en la mano un Testamento, reanudé mi discurso. No sé a punto fijo lo -que dije; pues al recapacitar de qué modo se perseguía la palabra de -Dios en tan desventurado reino, me emocioné mucho y me dejé llevar -de mis sentimientos. Mis palabras causaron impresión, evidentemente; -con gran asombro mío, cada uno de los presentes me pidió un ejemplar. -Vendí unos cuantos dentro de la misma Aduana. Lo que más llamaba -la atención era el Evangelio en gitano, y lo examinaron con mucho -detenimiento, entre sonrisas y exclamaciones de sorpresa, diciendo -de vez en cuando: <i>Cosas de los ingleses</i>. Uno de los presentes me -preguntó si sabía hablar el lenguaje <i>gitano</i>. Respondí que no sólo -hablarlo, pero escribirlo, y en el acto hice un discurso de unos -cinco mi<span class="pagenum" id="Page_225">[p. 225]</span>nutos -en la lengua de los gitanos, y apenas concluí, todos aplaudieron y -exclamaron: <i>¡Cosas de Inglaterra! ¡Cosas de los ingleses!</i> Vendí -algunos ejemplares del Evangelio en gitano, y terminado el asunto que -me llevó a la Aduana, me despedí de mis nuevos amigos y me fuí con -mis libros.</p> - -<p>Volví a casa de Mr. Phillipi, quien, al conocer mi intención de -proseguir el viaje a Cádiz en el vapor de la mañana siguiente, que -tocaría en Bonanza a las cuatro, envió a este pueblo mis cajas y mi -ligero equipaje, aconsejándome que fuese yo también a dormir allí -para poder embarcar en hora tan temprana. Me presentó después a su -mujer, que era inglesa, y a su hija, muchacha de unos diez y ocho -años, amable y linda, a quien ya había visto en Sevilla; había allí -de visita otros tres o cuatro señores, que habían ido desde Sevilla -a tomar baños de mar. La señora de la casa y yo cambiamos unas pocas -palabras en inglés, y luego empezamos todos a charlar en español, -único idioma que, al parecer, entendían o apreciaban los demás -presentes; en verdad, sería poco razonable esperar que los españoles -hablen un idioma distinto del suyo, pues tan armonioso y flexible -como es (mucho más, a mi juicio, que ningún otro), se antoja, -en ocasiones, del todo insuficiente para expresar los arranques -impetuosos de su exuberante imaginación. Dos horas volaron rápi<span -class="pagenum" id="Page_226">[p. 226]</span>damente en coloquios, -interrumpidos de vez en cuando por la música y el canto, hasta que -me despedí de tan deleitosa compañía, y me fuí a curiosear por la -ciudad.</p> - -<p>Era ya más de medio día, y el calor en extremo fuerte; apenas vi -alma viviente por las calles; las piedras del pavimento me quemaban -los pies a través de las suelas de las botas. Crucé la plaza de la -Constitución, que nada de particular ofrece a los ojos del viajero, -y remonté la colina para ver el castillo desde más cerca. Es un -edificio de piedra, fuerte y pesado, con cubos, y en regular estado -de conservación, a pesar de hallarse abandonado.</p> - -<p>Me cansé de mirar, y ya desandaba el camino, cuando me abordaron -dos gitanos, que se habían enterado de mi llegada. Cambiamos unas -palabras en <i>gitano</i>, pero conocían muy mal el dialecto y eran -incapaces de sostener una conversación en él. Clamaban por un -<i>gabicote</i>, o libro en lengua gitana. Se lo negué, diciendo que no -sacarían de él provecho alguno; pero en vista de que sabían leer, -les prometí sendos Testamentos en español. Con desdén rechazaron -la oferta, diciendo que no se curaban de nada escrito en la lengua -de los <i>Busné</i> o gentiles. Insistieron en su demanda, a la que por -fin me sometí, no pudiendo resistir sus importunaciones; así que -me acompañaron a la posada y recibieron lo que con tanto ardor -deseaban.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_227">[p. 227]</span></p> - -<p>Por la tarde me visitó Mr. Phillipi; me dijo que por encargo -suyo un cabriolé iría a buscarme a la posada al ser las once para -llevarme a Bonanza, y allí, un individuo, dueño de una tabernucha, -a quien de antemano se habían remitido mis cajas y otros bártulos, -me alojaría por aquella noche, si bien tendría probablemente que -dormir en el suelo. Fuímos después de paseo a la playa, donde había -muchos bañistas, todos varones. Algunos eran muy buenos nadadores, -en particular dos, que se habían metido muy adentro en el abra del -Guadalquivir, una milla cuando menos. Al decirme que eran frailes, me -pregunté asombrado en qué época de su vida habrían podido adquirir -tanta destreza en la natación. Supuse que no sería en los tiempos -en que, conforme a sus votos, sólo podían vivir para la oración, el -ayuno y las mortificaciones. La natación es un ejercicio muy bueno, -pero en manera alguna encaminado a la mortificación de la carne -ni del espíritu. Al anochecer volvimos a la ciudad, y mi amigo se -despidió de mí con mucho cariño. Me retiré después a mi aposento, y -pasé unas horas en meditación.</p> - -<p>Se hizo de noche; dieron las diez, las once; el cabriolé se -detuvo a la puerta. Monté, y echamos paseo abajo y luego a lo largo -de la playa, desierta. Las olas resonaban tristemente; todo parecía -cambiado desde por la mañana. Hasta me pareció que las pi<span -class="pagenum" id="Page_228">[p. 228]</span>sadas de los caballos -sonaban de distinto modo al avanzar al trote corto por la arena -compacta y húmeda. Pero el cochero no estaba triste, ni mucho menos, -ni con ganas de permanecer callado mucho tiempo: no tardó en empezar -a hacerme una infinidad de preguntas respecto de mi procedencia y de -mi destino. Le respondí lo que me pareció oportuno, y, en cambio, -le pregunté si no le daba miedo pasar con el coche a tales horas -por un sitio de tan mala fama como aquella playa. Oído esto, miró -en torno, y al no ver a nadie, soltó una exclamación burlona, y -dijo que un hombre con tales patillas como las suyas no se asustaba -de todos los ladrones de la playa juntos, y que ni doce hombres de -Sanlúcar se atreverían a dar el alto a un viajero sabiendo que iba -bajo su protección. Era un buen ejemplar de andaluz fanfarrón. A poco -percibimos el débil fulgor de una o dos luces delante de nosotros: -eran las de unas lanchas y otros barquichuelos embarrancados en la -arena, debajo y muy cerca de Bonanza; entre los barcos percibí la -obscura silueta de dos o tres hombres. Estábamos al final del viaje y -nos detuvimos ante la puerta de la casa donde había de albergarme por -aquella noche. Se apeó el cochero y llamó fuerte un buen rato, hasta -que un hombre, como de sesenta años, de extraordinaria corpulencia, -abrió la puerta; llevaba en la mano una luz<span class="pagenum" -id="Page_229">[p. 229]</span> mortecina, e iba vestido con una camisa -de rayas, sucia, y gorro de dormir encarnado. Sin proferir palabra -nos dejó entrar en una pieza muy vasta, con piso de tierra. A un -lado, cerca de la puerta, se alzaba una especie de mostrador; detrás, -un par de barriles, y en anaqueles, contra la pared, frascos de -diversos tamaños. Había un olor muy fuerte a vino y licores. Arreglé -la cuenta con el cochero y le di una propina; luego me pidió para -echar un trago a mi salud. Díjele que pidiera lo que quisiese, y -pidió una copa de aguardiente, que el amo de la casa, plantado detrás -del mostrador, le sirvió sin pronunciar palabra. El cochero se la -echó al coleto de un trago, pero hizo una porción de muecas después -de beberla, y, tosiendo, dijo que sin duda alguna el aguardiente era -bueno, porque le abrasaba el gaznate de un modo terrible. Luego me -abrazó, salió de la casa y, montando en el cabriolé, fuése.</p> - -<p>El viejo del gorro colorado se acercó entonces muy despacio a la -puerta, echó el cerrojo y la atrancó; después, empujó dos bancos -y los juntó, señalándomelos con el gesto, como para notificarme -que allí tenía la cama; sopló la luz y se retiró al fondo de la -habitación, donde le oí tumbarse con muchos suspiros y resoplidos. No -quedó más luz que la de una cazuelilla de barro puesta en el suelo, -llena de agua y aceite, donde flotaba un pedacito de cartón con un -pábilo<span class="pagenum" id="Page_230">[p. 230]</span> encendido -en el centro: esta lámpara tan sencilla se llama <i>mariposa</i>. Puse -mi saco de noche sobre el banco, a modo de almohada, y me eché; me -hubiese dormido en el acto, a no ser porque el del gorro colorado -empezó a roncar de modo pavoroso; esto me hizo recordar que aún no me -había encomendado a mi Amigo y Redentor: hice, pues, mis oraciones, y -luego me sumí en el descanso.</p> - -<p>Más de una vez durante la noche me despertaron los gatos, y creo -que también las ratas, al saltar sobre mi cuerpo. Al despertar la -última vez, me levanté y, acercándome a la mariposa, consulté el -reloj: eran las tres y media de la mañana. Abrí la puerta y salí a -mirar; entraron unos pescadores pidiendo el aguardiente; el viejo -se levantó en seguida a servirlos. Uno de aquellos hombres me dijo -que si pensaba marcharme en el vapor, debía mandar cuanto antes mis -equipajes al embarcadero, porque había sentido el ruido del barco -que venía río abajo. Expedí los bultos y pregunté al del gorro -colorado cuánto debía. <i>Un real</i>, respondió; tales fueron las dos -únicas palabras que oí de su boca; en verdad, era hombre apegado al -silencio, y acaso a la filosofía, poco cultivados en Andalucía. Me -fuí presuroso al embarcadero. Aún no había llegado el vapor, pero el -fragor de su marcha por el río oíase cada vez más cerca. La niebla -cubría la faz<span class="pagenum" id="Page_231">[p. 231]</span> -tenebrosa de las aguas, y sentí cierto pavor al oír aproximarse -al invisible monstruo rugiendo en el silencio de la noche. Al fin -estuvo a la vista, se adelantó revolviendo el agua, se detuvo, y a -poco me encontré a bordo. Era el <i>Península</i>, el mejor barco del -Guadalquivir.</p> - -<p>¡Qué prodigiosa obra de la industria humana es el barco de vapor! -Sin embargo, ¿cómo llamarla prodigiosa si se toma en consideración su -historia? Han pasado más de quinientos años desde que surgió por vez -primera la idea de construirlo, y sólo a fines del siglo pasado se -logró por completo el intento, surcando las aguas de un río escocés -el primer vapor digno de tal nombre. Durante ese largo período de -tiempo, inteligencias perspicaces y hábiles manos se empleaban de -vez en vez en el intento de corregir aquellas imperfecciones de la -maquinaria que eran el único obstáculo que se oponía a que el barco -fuese su propio propulsor contra las olas y el viento. Esos intentos, -abandonados unos tras otros, perdida la esperanza, no fueron por -completo estériles: cada inventor dejaba tras de sí alguna nueva -mejora, fruto de sus trabajos, y sus continuadores la aprovechaban, -hasta que sólo faltó encontrar dos o tres ideas felices, y un -artilugio más perfecto. Llegaron los tiempos, y, por fin, ahora -surcan el mismo Atlántico arrogantes vapores. Mucho se ha pon<span -class="pagenum" id="Page_232">[p. 232]</span>derado, en mi opinión -con justicia, la utilidad del vapor para difundir por doquiera la -civilización. Cuando los primeros barcos de vapor aparecieron en el -Guadalquivir hará unos diez años, los sevillanos corrieron a las -orillas del río, gritando ¡brujería! ¡brujería!, idea robustecida -por el hecho de ser inglesa la Compañía, y de llevar los barcos, -construídos en Inglaterra, maquinistas ingleses, como todavía los -llevan; porque no se encontró ningún español capaz de entender la -maquinaria. Sin embargo, no tardaron en habituarse a los vapores, -que van generalmente abarrotados de pasajeros. Fanáticos y vanidosos -como son todavía, y apegados con pasión a sus costumbres antiguas, -los sevillanos saben que, en un caso al menos, puede venir algo bueno -de tierra extranjera, y de herejes por añadidura; sus prejuicios -inveterados han sufrido un rudo golpe, y es de esperar que éste sea -el alborear de su civilización.</p> - -<p>Mientras surcábamos la bahía de Cádiz, iba yo reclinado en uno -de los bancos de la cubierta, cuando acertó a pasar el capitán en -compañía de otro hombre; se detuvieron cerca de mí, y oí al capitán -preguntarle al otro cuántas lenguas sabía hablar. «Una tan sólo», -replicó. «Esa única—dijo el capitán—es, claro está, el cristiano», -nombre que los españoles dan a su propio idioma, para contraponerlo a -todos los demás.<span class="pagenum" id="Page_233">[p. 233]</span> -«Ese individuo—continuó el capitán—que va echado en el banco, habla -también el cristiano, cuando le conviene; pero habla además otros que -no son el cristiano, ni mucho menos: sabe hablar inglés, y le he oído -charlotear <i>gitano</i> con los de Triana; ahora va a tierra de moros, y -si fuese usted allí, le oiría hablar con ellos en su jerigonza con -tanta facilidad como en <i>cristiano</i>, y aún mejor, porque él tampoco -es cristiano. Le he tenido ya muchas veces a bordo, pero el sujeto -me gusta poco, porque lleva consigo una cosa nada buena.» Tan digna -persona me había estrechado la mano a mi llegada a bordo, diciéndome -lo mucho que le contentaba verme de nuevo.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_234">[p. 234]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO LI</h2> - <p class="subhang"> - Cádiz. — Las fortificaciones. — El cónsul general. — Anécdota - característica. — Un vapor catalán. — Trafalgar. — Alonso Guzmán. — - Gebel Muza. — La fragata <i>Orestes</i>. — El león hostil. — Las obras - del Creador. — Un lagarto del Peñón. — El gentío. — La reina de los - mares. — Oración por mi país. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">C</span><span class="smcap">ádiz</span> -se alza, como es bien sabido, en una larga y angosta lengua de tierra -que se adentra en el mar, de cuyo seno parece salir la ciudad; las -ondas salinas bañan sus muros por todos lados, menos por el Este, -donde un istmo de arena la une con la costa de España. La ciudad, -en su estado actual, es de construcción moderna, y, a diferencia -de todas las demás ciudades de la Península, está edificada con -gran regularidad y simetría. Muchas son sus calles, y se cortan, -por lo general, en ángulo recto. Son muy estrechas, en comparación -de la altura de las casas, y, por tanto, impenetrables a los rayos -del sol, excepto en la hora del mediodía. Pero la calle principal -es una excepción, y tiene cierta anchura. En esta calle está la -<i>Bolsa</i>,<span class="pagenum" id="Page_235">[p. 235]</span> las -casas de los comerciantes más fuertes y de la nobleza, y es, durante -la primera parte del día, punto de reunión de los ociosos y de los -hombres de negocios, por lo que recuerda a la Puerta del Sol de -Madrid. Desemboca en la plaza principal, no muy grande, pero con -muchas pretensiones de magnificencia: circúyenla grandes edificios -de aspecto imponente, y está plantada de hermosos árboles, a -cuyo pie hay bancos de mármol, para comodidad del público. Pocos -edificios públicos hay en Cádiz dignos de gran atención: cierto -que la catedral pasaría en otros países por un monumento hermoso; -pero en España, tierra de catedrales gigantescas, magníficas, sólo -puede ser considerada como lugar de culto decoroso; todavía está sin -acabar. Hay un paseo público, o <i>alameda</i>, en las murallas del Norte, -atestado de gente, por lo general, las tardes de verano: el verdor -de los árboles, mirados desde la bahía, presta agradable descanso a -los ojos, deslumbrados por el resplandor del caserío, todo blanco, -porque Cádiz es también una ciudad radiante. En otro tiempo fué la -más rica de España, pero ha decaído malamente de su prosperidad en -estos últimos años, y sus habitantes lamentan de continuo la ruina de -su comercio; por tal razón, a diario emigran muchos a Sevilla, donde, -al menos, es más barato vivir. Aún hay, sin embargo, mucha vida y -mucho ruido en sus calles,<span class="pagenum" id="Page_236">[p. -236]</span> adornadas con numerosas y espléndidas tiendas, bastantes -de ellas en el estilo de las de París y Londres. Su población actual -se calcula en 80.000 habitantes.</p> - -<p>No sin razón tiene Cádiz nombre de plaza fuerte; las -fortificaciones por el lado de tierra, en parte obra de los franceses -durante el imperio napoleónico, son muy dignas de admiración, y -parecen inexpugnables; por el lado del mar, la naturaleza la defiende -tanto como el arte, porque el agua y las rocas sumergidas no son -parapetos despreciables. Con todo, las defensas de la ciudad, salvo -las del lado de tierra, ofrecen tristes pruebas de la apatía y -abandono españoles, aun teniendo en cuenta las circunstancias, harto -desfavorables, en que ahora se halla el país. En las fortificaciones, -que van arruinándose con rapidez, apenas se ve un cañón, excepto -unos pocos desmontados; así esa fortaleza aislada se halla hoy casi -a merced de cualquier nación extranjera que, con un pretexto, o sin -pretexto alguno, pretendiese arrancarla del poder de sus legítimos -dueños y convertirla en colonia.</p> - -<p>A las pocas horas de llegar, visité a Mr. B.<a id="FNanchor_21" -href="#Footnote_21" class="fnanchor">[21]</a>, cónsul general -británico en Cádiz. Su casa, muy vasta y suntuosa, hace esquina a la -entrada de la <i>alameda</i>, y tiene hermosas vistas sobre la bahía. Por -de conta<span class="pagenum" id="Page_237">[p. 237]</span>do, de -tiempo atrás conocía yo de oídas a Mr. B. Sabía que llevaba bastantes -años desempeñando con provecho para su país natal y no poca honra -suya el cargo, tan señalado como lleno de responsabilidades, que -ocupaba en España. Conocíale también por cristiano bueno y pío, y, -además, como amigo seguro e inteligente de la Sociedad Bíblica. Sabía -yo eso, pero no se me había presentado nunca ocasión de conocerle -personalmente. Le vi entonces por vez primera, y su aspecto exterior -me causó gran impresión. Es un hombre alto, atlético, muy bien -formado, entre cuarenta y cinco y cincuenta años; la grave dignidad -de su semblante se dulcifica por una expresión de buen humor muy -atractiva. Sus modales son abiertos y afables en extremo. No entraré -a referir con detalles nuestra entrevista, para mí asaz interesante. -Conocía Mr. B. los puntos capitales de mi historia desde mi llegada -a España, y sobre ellos hizo diversos comentarios que demostraban un -conocimiento íntimo de la situación del país, tocante a los asuntos -eclesiásticos, y del estado de la opinión respecto a innovaciones -religiosas.</p> - -<p>Me agradó descubrir que sus ideas coincidían en muchos puntos -con las mías; ambos teníamos la opinión decidida de que a pesar de -las persecuciones y el alboroto promovidos últimamente contra el -Evange<span class="pagenum" id="Page_238">[p. 238]</span>lio, la -batalla no estaba, ni mucho menos, perdida, y que la santa causa aún -podía triunfar en España si los llamados a defenderla desplegaban, -junto con su celo, discreción, y humildad cristiana.</p> - -<p>La mayor parte de aquel día y del siguiente estuve ocupado en la -Aduana, tratando de obtener los documentos necesarios para exportar -los Testamentos. El sábado por la tarde comí con Mr. B. y su familia, -grupo interesante formado por su esposa, sus hijas, muy bellas, y su -hijo, joven apuesto e inteligente. A la siguiente mañana, temprano, -el vapor <i>Balear</i> zarpaba de Cádiz con rumbo a Marsella, y escalas -en Algeciras, Gibraltar y otros puertos de España. Tomé pasaje a -su bordo hasta Gibraltar, pues ya nada tenía que hacer en Cádiz; -mis asuntos en la aduana estaban al cabo concluídos gracias a Mr. -B., sin cuya bondadosa asistencia creo que nunca los hubiera dado -fin. Ya tarde, me despedí con pesar de hombre tan excelente y de -mis otros encantadores amigos; creo que sus votos más fervientes me -acompañaron, y en cualquier lugar del mundo donde, pobre peregrino -por la causa del Evangelio, pueda encontrarme, no dejaré de ofrecer a -menudo sinceras oraciones por su ventura y bienestar.</p> - -<p>Antes de despedirme de Cádiz, referiré una anécdota del cónsul -británico, que le<span class="pagenum" id="Page_239">[p. 239]</span> -caracteriza, y pinta también su feliz manera de cumplir los más -penosos deberes del cargo. Estaba yo de conversación con él en una -sala de su casa, cuando nos interrumpió la llegada de dos visitantes -inesperados: eran el capitán de un barco mercante de Liverpool y uno -de la tripulación, rudo marinero del país de Gales, que apenas sabía -expresarse en inglés. Ambos se miraban con indecible desconfianza -y rencor. Resultó que el marinero se había negado a trabajar, y se -obstinaba en abandonar el barco; su jefe llevábale a presencia del -cónsul, a fin de que, si persistía en su actitud, le notificasen las -consecuencias, o sea la pérdida de sus sueldos y ropas. Así se hizo; -pero el marinero mostrábase cada vez más arisco, negándose a volver -a pisar la misma cubierta que el capitán, quien le había llamado -«griego, griego poltrón y holgazán», y eso no podía tolerarlo. La -palabra «griego» se le había enconado al marinero en el ánimo y le -lastimaba el corazón. Mr. B., buen conocedor, por lo visto, del -carácter de los galeses en general—cuya testarudez, cuando se les -lleva la contraria, es proverbial—y que desde luego vió los motivos -triviales y necios de donde la disputa había surgido, le dijo -sonriendo al marinero que, para salirse con la suya frente a todos -y conservar sus sueldos y ropas, había un medio: irse a bordo de un -barco de guerra de su majes<span class="pagenum" id="Page_240">[p. -240]</span>tad, anclado a la sazón en la bahía. No lo ignoraba el -marinero, según dijo, y así se proponía hacerlo. Con todo, su torvo -semblante se dilató un poco, y miró con menos fiereza al capitán. -Entonces, Mr. B., dirigiéndose al último, hizo algunas observaciones -sobre la inconveniencia de llamar «griego» a un marinero británico, -sin olvidarse de mencionar al propio tiempo la absoluta necesidad -de disciplina y obediencia a bordo. Sus palabras produjeron tal -efecto, que muy poco tiempo después el marinero tendía la mano al -capitán, mostrándose dispuesto a volver con él a bordo y a cumplir -sus obligaciones, añadiendo que el capitán, después de todo, era -el hombre mejor del mundo. Así se separaron contentos unos de -otros; habiéndoles arrancado el cónsul la promesa de asistir al día -siguiente al oficio divino en su casa.</p> - -<p>Llegó la mañana del domingo, y a las seis me encontraba a bordo. -Al trepar por la escala, me hirió los oídos el áspero acento del -dialecto catalán. El barco era, en efecto, de construcción catalana, -y el capitán y los tripulantes pertenecían a aquel pueblo; la -mayor parte de los pasajeros ya a bordo, o llegados después, eran -catalanes, y parecían rivalizar unos con otros en emitir sonidos -desagradables. Pero quien con toda evidencia se llevaba la palma -era un comerciante gordo, de rostro colorado, barba en punta,<span -class="pagenum" id="Page_241">[p. 241]</span> ojos penetrantes y -nariz corva; hablaba con asombrosa vehemencia por los motivos al -parecer más fútiles, o sin motivo alguno; el sonido de su voz hubiese -sido exactamente igual al ruido de un molinillo de café, a no ser por -cierta nasalidad gangosa; no cesó de eyacular su catalán en todo el -trayecto hasta Gibraltar. Esas gentes no se marean nunca, aunque con -frecuencia producen o aumentan el mareo de los demás.</p> - -<p>No zarpamos hasta después de las ocho, en espera del gobernador -de Algeciras, y en cuanto llegó a bordo nos pusimos en marcha; -era hombre de unos setenta años, alto, delgado, rígido, de rostro -grave, alargado y rugoso; en suma, la propia imagen de un antiguo -grande de España. Nos echamos fuera de la bahía rodeando el ingente -faro erguido sobre el arrecife, e hicimos después rumbo al Sur, en -dirección de los estrechos. La mañana era esplendorosa; el cielo y el -mar, de un azul radiante, o más bien, como en ocasión análoga hizo -notar mi amigo Oehlenschlaeger<a id="FNanchor_22" href="#Footnote_22" -class="fnanchor">[22]</a>, parecían dos cielos y dos soles, uno -arriba y otro abajo.</p> - -<p>Aunque el tiempo era bueno, el barco andaba poco, tal vez por -sernos contraria la corriente. A las dos horas pasamos frente -al castillo de Santa Petra, y al mediodía estábamos a la vista -de Trafalgar. El viento<span class="pagenum" id="Page_242">[p. -242]</span> refrescó y nos daba de proa; nos arrimamos mucho a la -costa para evitar en lo posible el duro y fuerte mar que desembocaba -del estrecho. Pasamos a muy corta distancia del Cabo, escarpado -promontorio de no muy considerable altura.</p> - -<p>No hay inglés que pase por tales lugares—teatro de la batalla -naval más famosa que se recuerda—sin emoción. Allí las flotas de -Francia y España, unidas, fueron aniquiladas por una fuerza muy -inferior; pero era una fuerza británica y la dirigía uno de los -hombres más notables de su época, quizás el héroe más grande de todos -los tiempos.</p> - -<p>Enormes despojos de naufragios emergen aún con frecuencia del -golfo, cuyas olas se estrellan contra las rocas de Trafalgar: son -reliquias de las gigantescas naves incendiadas y hundidas en aquel -día terrible, cuando el heroico campeón de Bretaña, concluída su -obra, murió. A un solo individuo le he oído aventurar palabras en -desdoro de la gloria de Nelson: era un americano insolente, quien -reputaba por demás exagerada la fama del almirante británico.</p> - -<p>—¿Cabe exagerar el aprecio de un hombre—replicó un -desconocido—cuyos pensamientos todos se encaminaron al honor de -su país, que apenas combatió una vez sin dejar un pedazo de su -cuerpo en la refriega, y, para no hablar de otros triunfos<span -class="pagenum" id="Page_243">[p. 243]</span> menores, vencedor en -dos batallas tales como Abukir y Trafalgar?</p> - -<p>Poco después estábamos a la vista de la costa de Africa. El -cabo Espartel se dibujaba borrosamente entre la niebla por nuestra -derecha. El Levante comenzó a soplar, y el barco cabeceaba mucho; sin -embargo, el gobernador y yo resistimos valientemente; sentados en un -banco, entramos en conversación acerca de los moros y de su país. El -propio Torquemada no habría hablado de ellos con más aborrecimiento. -Me dijo que había estado bastantes veces en las principales ciudades -moras de la costa, describiéndomelas como montones de ruinas; a los -moros los llamaba <i>cafres</i> y bestias feroces. Siempre, aun en Tánger, -donde la gente está más civilizada, le habían insultado: tan grande -es el odio de los moros a cuanto huele a cristiano. Sin embargo, a -los ingleses los trataban con relativa cortesía, y circulaba entre -ellos un dicho según el cual ingleses y mahometanos son unos y lo -mismo; el semblante del gobernador tomó por un momento una expresión -más grave; el hombre se santiguó y guardó silencio. Adiviné lo que -pasaba por su ánimo:</p> - -<div class="poem mt1"><div class="stanza"> -<p class="i2">«De bárbaros herejes,</p> -<p class="i0">turcos y moros,</p> -<p class="i0">Estrella del mar</p> -<p class="i0">Dulce María,</p> -<p class="i0">¡ampárame!»</p> -</div></div> - -<p class="mt1"><span class="pagenum" id="Page_244">[p. 244]</span>A -eso de las tres cruzamos frente a Tarifa, tantas veces mencionada -en la historia de moros y cristianos. ¿Quién no ha oído hablar de -Alonso de Guzmán el Bueno<a id="FNanchor_23" href="#Footnote_23" -class="fnanchor">[23]</a>, que dejó sacrificar a su hijo único -delante de los muros de la ciudad por no sufrir la ignominia de -entregar las llaves al monarca marroquí, quien, con su ejército, muy -cercano, según cuentan, a medio millón de hombres, había desembarcado -en las costas de Andalucía y amenazaba poner de nuevo a España bajo -el yugo musulmán? Pues, en verdad, si hay un país y un lugar donde -apenas se nombre a tan buen patriota, ni se canten sus proezas, ese -país y ese lugar son España y Tarifa modernas.</p> - -<p>He oído cantar en danés el romance de Alonso Guzmán a un pastor -en las soledades de Jutlandia; pero una vez hablé del «Fiel» a unos -habitantes de Tarifa, y me dijeron que nunca habían oído mentar -a Guzmán el Fiel de Tarifa, pero que conocían a Alonso Guzmán -el <i>tuerto</i>, uno de los más miserables <i>arrieros</i> del camino de -Cádiz.</p> - -<p>El viaje por aquellos angostos mares no puede por menos de -interesar al más apático, dado el panorama que por uno y otro lado se -presenta ante los ojos. Las costas son muy bravas y altas en extremo, -sobre todo la de España, que parece dominar a<span class="pagenum" -id="Page_245">[p. 245]</span> la de Africa; pero frente a Tarifa, el -continente africano, girando hacia el Suroeste, toma un aspecto de -grandeza sublime. Una montaña blanquecina horada las nubes con su -cumbre: es monte Abyla, llamado en lengua mora Gibil Muza, o montaña -de Muza, porque en ella está el sepulcro de un profeta de ese nombre. -Es una de las dos excrecencias naturales llamadas en la antigüedad -columnas de Hércules; sus vertientes y estribaciones ocupan muchas -leguas de la costa marroquí en varias direcciones; pero su parte más -ancha y escarpada mira de frente al punto del continente europeo -donde yace Gibraltar como un enorme monstruo tendido en las aguas. De -las dos montañas, o columnas, la más notable, vistas desde lejos, es -la africana, Gibil Muza. Es la más alta, la más corpulenta y se ve -desde mayor distancia; pero miradas desde cerca, la columna de Europa -absorbe nuestra admiración. Gibil Muza es una inmensa masa informe, -un amontonamiento de rocas agrestes, con algunos pocos árboles y -arbustos aquí y allá asomados a los bordes de los precipicios; -sus únicos moradores son los lobos, jabalíes y monos, a los que -debe su nombre español de <i>Montaña de las monas</i>. Gibraltar, por -el contrario—y sin hacer cuenta de la extraña ciudad que en parte -lo cubre, habitada por hombres de todas las naciones y lenguas, -ni de sus baterías y ex<span class="pagenum" id="Page_246">[p. -246]</span>cavaciones, todas prodigios de arte—, es la montaña de más -insólita apariencia del mundo, indescriptible por el pincel ni por la -pluma, que los ojos no se hartan de mirar.</p> - -<p>Cerca ya del anochecer, cruzábamos la bahía de Gibraltar. Habíamos -tocado en Algeciras, en la costa española, para desembarcar al viejo -gobernador y tomar y dejar cartas.</p> - -<p>Algeciras es una antigua ciudad mora, como denota su nombre, -palabra árabe que significa «el lugar de las islas». Hállase al borde -del mar, con una cadena de altas montañas a la espalda. Hasta donde -puede juzgarse a la distancia de media milla, el lugar me pareció -triste y abandonado. Sin embargo, en la bahía estaban una fragata -española y un bergantín francés. Al pasar junto a aquélla, algunos -españoles a bordo de nuestro vapor empezaron a echar roncas a costa -de los ingleses. Parece que pocas semanas antes, un barco inglés, -sospechoso de contrabandista, fué visto por la fragata española, -abrigada en una bahía de la costa andaluza, junto con una fragata -inglesa, el <i>Orestes</i>. La fragata española estuvo en acecho, y una -mañana, al observar que el <i>Orestes</i> había desaparecido, arboló los -colores ingleses e hizo señales al mercante para que se acercara; -engañado por la bandera británica, el mercante se acercó y al -instan<span class="pagenum" id="Page_247">[p. 247]</span>te fué -cañoneado y abordado: resultó ser, en efecto, barco contrabandista, -y fué llevado a un puerto, donde lo entregaron a las autoridades -españolas. A los pocos días el capitán del <i>Orestes</i> se enteró -del caso, e, irritado por el injustificable empleo del pabellón -británico, destacó un bote con un mensaje para la fragata española, -pidiendo la devolución inmediata del barco apresado, o, de lo -contrario, lo rescataría por la fuerza; añadiendo que llevaba 40 -cañones a bordo. El capitán de la fragata española respondió que -el mercante estaba ya en poder de los empleados de la Aduana y no -disponía de él; pero que el capitán del <i>Orestes</i> era muy dueño de -proceder a su antojo, y que si tenía 40 cañones, él llevaba 44; el -<i>Orestes</i> tuvo a bien responder marchándose. Tal fué, al menos, el -relato que apareció en los periódicos españoles. Al observar cuánto -les regocijaba a los españoles la idea de que un compatriota suyo -hubiese amedrentado a un inglés, exclamé: «Señores, si algunos -de ustedes suponen que un capitán inglés ha desistido de atacar -a un buque español, temiendo una superioridad de cuatro cañones, -recuerden, si lo tienen a bien, la suerte del <i>Santísima Trinidad</i>, -y no olviden tampoco, se lo ruego, que casi resuenan todavía los -cañonazos de Trafalgar.»</p> - -<p>Era cerca del obscurecer, repito, y cruzábamos la bahía de -Gibraltar. De pie en la<span class="pagenum" id="Page_248">[p. -248]</span> proa del barco, llevaba los ojos clavados en la -montaña-fortaleza; no obstante haberla ya visto viadas veces, me -interesaba mucho, llenándome de admiración. Desde donde yo la -contemplaba, si se parece a algún ser de la naturaleza animada, es a -un león acurrucado, terrible, cuya estupenda cabeza amenaza a España. -En alas del ensueño, quizás habría llegado a la conclusión de que el -Genio del Africa, bajo la forma de aquel monstruo, el más poderoso -de cuantos cría, había cruzado de un salto el mar, desde el país -de la arena y del sol, con ánimo de destruir el continente rival; -imagen robustecida por el color de sus flancos de roca, del espinazo -y de la cerviz, tan curtidos como la piel del rey del desierto. Y en -realidad ese monte ha sido casi siempre para España un león enemigo, -al menos desde que empezó a sonar en la historia, o sea cuando Tarik -lo tomó y fortificó. La mayor parte del tiempo ha estado en poder de -extranjeros: primero, en poder de los hombres del turbante, de los -atezados moros; ahora, en el de una raza pelirrubia venida de una -isla lejana. Aunque es parte de España, parece renegar toda conexión -con ella; colocado al final de un largo y angosto istmo de arena, -casi a nivel con el mar, yergue verticalmente su abrasada cima para -denunciar los crímenes que afean la historia de una tierra tan bella -y majestuosa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_249">[p. 249]</span></p> - -<p>Era ya cerca del obscurecer, por tercera vez lo digo, y -atravesábamos la bahía de Gibraltar. ¡La bahía! No semejaba tal, sino -un mar interior, rodeado por todas partes de mágicas barreras: tan -sorprendente, tan prodigioso era el aspecto de las costas. Delante -de nosotros, la inexpugnable montaña; a la derecha, el continente -africano, con su Gibil Muza, gris, y el derrumbadero de Ceuta, -hacia el que llevaba rumbo una barca solitaria; detrás de nosotros, -el pueblo que acabábamos de dejar y su barrera montañosa; a la -izquierda, la costa de España. Ni una ola rizaba la superficie del -mar, y como nos deslizábamos sobre ella velozmente, el singularísimo -objeto a que íbamos acercándonos se hacía a cada momento más visible -y distinto. Al pie de la montaña, y en una pequeña porción de la -falda, yace la ciudad, con las murallas guarnecidas de cañones -negruzcos, asestados de modo significativo contra las dársenas y -muelles; encima, en cada risco, en cada hueco útiles para la defensa -y el estrago, asoman las baterías, aparición siniestra y sepulcral, -como presagio ominoso de la suerte que aguarda a cualquier enemigo -intruso; mientras, al Este y al Oeste, hacia Africa y España, en -los puntos elevados, se alzan castillos, torres o <i>atalayas</i>, que -dominan el conjunto, y toda la región circunyacente, por tierra -y por mar. Las fortificaciones son fuertes, amenazado<span -class="pagenum" id="Page_250">[p. 250]</span>ras y, vistas en -cualquier otro sitio, ellas solas embargarían el ánimo y absorberían -la admiración; pero la montaña, la pasmosa montaña, reaparecía por -todas partes y sobrepujaba su efecto como espectáculo. ¿Quién, al -contemplar un elefante enorme que, blandiendo la trompa, se arroja -impetuosamente en la pelea, mira el castillete levantado en su lomo, -o teme las jabalinas de sus ocupantes, por diestros y valerosos -que sean? Nunca se nos representa mejor el poder y la grandeza de -Dios que al contrastar las obras de sus manos con los trabajos del -hombre. Contemplad El Escorial: es una obra soberbia, pero no sé -si podréis admirarla en viendo la montaña que se mofa de él a sus -espaldas; contemplad aquel orgullo de los reyes moros, contemplad -a Granada desde la vega; pero no sé si podréis admirarla, pues -veréis detrás, mofándose, las Alpujarras. ¡Oh! ¿Qué son las obras -del hombre comparadas con las del Señor? Lo que el hombre comparado -con su Creador. El hombre construye pirámides; también Dios las -construye: las pirámides del hombre son montones de cascote, -mezquinos montículos en una planicie arenosa; las pirámides del -Señor son los Andes y las montañas de la India. El hombre construye -murallas; también su Dueño; pero las murallas de Dios son los negros -precipicios de Gibraltar y de Horneel, eternos, indestructi<span -class="pagenum" id="Page_251">[p. 251]</span>bles, inaccesibles; -las del hombre se escalan o las destruyen las olas, o el rayo o la -pólvora las pulverizan. Si el hombre quiere desplegar victoriosamente -su poder o su grandeza, ha de ser lejos de las montañas; sobre sus -cimas flotan las nubes, enseña del Creador; allí es más patente la -majestad de Dios. Llámese, si se quiere, a Gibraltar montaña de Tarik -o de Hércules; pero contempladla un instante, y la llamaréis montaña -de Dios. Tarik y el semidiós antiguo pueden haber edificado sobre -ella; pero ni todo aquel pueblo de bronceada tez de que Tarik era -retoño, ni todos los gigantes en lo antiguo famosos, entre los que se -contaba Hércules, hubieran podido construir sus riscos ni cincelar en -su enorme masa la forma que ahora tiene.</p> - -<p>Echamos el ancla no lejos del muelle. Como esperábamos oír de -un momento a otro el cañonazo vespertino, después del cual no se -permite a nadie entrar en la ciudad, estaba yo sobresaltado, temiendo -verme obligado a pernoctar en el sucio vapor catalán, que, pues -ya no había de proseguir en él mi viaje, sentía mucha prisa por -abandonar. Se nos acercó un bote, con dos individuos en la popa, y -uno de ellos, puesto en pie, preguntó con tono autoritario el nombre -del barco, su destino y carga. Dada respuesta, subieron a bordo. -Hablaron un poco con el capitán, y se disponían a partir, cuan<span -class="pagenum" id="Page_252">[p. 252]</span>do pregunté si podía -acompañarlos a tierra. La persona a quien interrogué era un joven -alto, con levita de fustán. Era carilargo, y larga su nariz, ancha la -boca, los ojos grandes, vivarachos. Guiñaba el rostro con una mueca -al parecer imborrable, y si no hubiese sido por su tez bronceada, -le hubiera tomado por un vagabundo de las calles de Londres. Pero -no era tal, sino lo que llaman «un lagarto del Peñón», o sea una -persona nacida en Gibraltar de padres ingleses. Al oír mi pregunta, -hecha en español, gesticuló aún más que de ordinario y, con extraño -acento, me preguntó si era hijo de Gibraltar. Respondí que no tenía -tal honor, pero que era súbdito británico; luego se mostró dispuesto -a desembarcarme. Entramos en el bote, tomaron los remos cuatro -marineros genoveses y nos impelieron velozmente hacia tierra. Mis -dos compañeros charlaban en un español muy raro; el de la levita de -fustán volvía hacia mí la cara de cuando en cuando, y cada vez su -mueca era más desagradable. No tardamos en llegar al muelle; exhibí -el pasaporte, anotaron mi nombre y me dejaron pasar.</p> - -<p>Era ya noche cerrada, y sin perder tiempo crucé el puente -levadizo y entré en el largo corredor abovedado que por debajo de -las fortificaciones comunica con la ciudad. En el pasadizo, dos -centinelas de casaca roja iban y venían, fusil al hombro, mar<span -class="pagenum" id="Page_253">[p. 253]</span>cando el paso. No se -detenían un momento, no ganduleaban, no reían ni bromeaban con -los transeuntes; su porte era el propio de soldados británicos, -conscientes de los deberes de su situación. ¡Diferencia va de ellos -a los abandonados haraganes que montan la guardia a la puerta de -cualquier ciudad española con guarnición!</p> - -<p>Remonté la calle principal, que corre en suave pendiente a lo -largo de la base de la montaña. Acostumbrado desde hacía varios meses -al melancólico silencio de Sevilla, el ruido y la animación reinantes -en torno mío casi me ensordecieron. Era noche de sábado, y todos los -negocios estaban, claro es, interrumpidos; pero arriba y abajo pasaba -un copioso gentío. Allí avanzaba un pelotón de guardias, aquí se -paseaba un grupo de oficiales, más allá un corro de soldados hablaba -y reía. Casi todos los paisanos eran españoles, pero había una buena -rociada de judíos, vestidos como los de Berbería, y algún que otro -moro con turbante. También había bandas de marineros, genoveses, a -juzgar por su «patois», si bien percibía alguna vez el sonido <i>tou -logousas</i>, que me reveló la proximidad de griegos, y dos o tres veces -vislumbré el gorro encarnado y las chaquetillas de seda azul de los -marineros de las islas romaicas. Continué presuroso hasta llegar a -cierta hostería muy nombrada, inmediata a una plazuela donde está -la Bolsa de<span class="pagenum" id="Page_254">[p. 254]</span> -Gibraltar. Me precipité en la hostería, pedí habitación, y el -geniecillo del lugar, que estaba en pie detrás del mostrador, me dió -alegremente la bienvenida; quizás tendré ocasión de describirlo más -adelante. Todas las habitaciones del piso bajo estaban llenas de -gente del Peñón, hombres corpulentos por lo general, de tez morena y -facciones inglesas, con sombreros blancos y trajes de cutí, también -blancos. Fumaban pipas y cigarros, bebían cerveza, vino y otros -líquidos, y hablaban en español del Peñón o en inglés del Peñón, -según les tomaba la fantasía. Muy denso era el humo del tabaco, y -grande el ruido de las voces; con mucho gusto subí presuroso a un -cuarto desocupado, donde me sirvieron un refrigerio que me estaba -haciendo mucha falta.</p> - -<p>Al poco rato, los sones de una música militar, muy próxima a mis -ventanas, atrajeron mi atención. Bajé, y me asomé a la puerta. Una -banda militar, en la plazoleta delante de la Bolsa, se preparaba -para tocar retreta. Después del preludio, admirablemente ejecutado, -el mayor, un buen mozo, hizo unos floreos con el bastón y echó calle -arriba, seguido de toda la banda, tan airosa y apuesta, y de una -multitud de oyentes admiradores. Batían los platillos, lanzaban las -trompetas su alarido, los timbales emitían su nota grave y solemne; -despertábanse los ecos del Peñón, y las escalonadas azoteas de<span -class="pagenum" id="Page_255">[p. 255]</span> la ciudad retumbaban -con aquel estrépito conmovedor.</p> - -<div class="poem mt1"><div class="stanza"> -<p class="i0">¡Plán! ¡Rataplán! Así hacen los tambores.</p> -<p class="i0">¡Tra! ¡Tralará! ¡Ya vienen los ingleses!</p> -</div></div> - -<p class="mt1">¡Oh Inglaterra! ¡Mucho tiempo ha de pasar aún antes de -que el sol de tu gloria se abisme en las ondas tenebrosas! ¡Aunque -sobre ti se amontonan nubes sombrias, pavorosas, todavía, todavía -querrá el Omnipotente dispersarlas, y concederte un porvenir de más -duración, y más brillante aún, que tu pasado! ¡Y si tu fin está -próximo, que sea un fin noble, digno de la renombrada Reina de los -mares! ¡Húndete, si has de hundirte, entre sangre y llamas, con -pavoroso estruendo, arrastrando a más de una nación en tu caída! -¡Plegue al Señor preservarte, sobre todo, de una decadencia lenta y -oprobiosa, en la que serías, antes de extinguirte, la mofa y escarnio -de aquellos mismos enemigos que ahora te envidian y aborrecen, pero -te temen; más aún, te admiran y respetan contra su voluntad! ¡Alzate, -mientras es tiempo aún, y disponte para un combate a vida o muerte! -¡Arroja de ti la inmunda costra que llevas pegada a tus robustos -miembros, que amortigua tu fuerza, y la entorpece y debilita! ¡Arroja -de ti a tus falsos filósofos, que con tanto gusto desacreditan -lo que, después del amor a Dios, se ha tenido hasta aquí por más -sagrado, el amor a la tierra<span class="pagenum" id="Page_256">[p. -256]</span> materna! ¡Arroja de ti a los falsos patriotas, que, so -pretexto de enderezar los entuertos que sufren los pobres y los -débiles, tratan de suscitar discordias internas, de suerte que -tu poder sólo sea terrible para ti misma! ¡Expulsa a los falsos -profetas, que divinizan la mentira; que han puesto en tus muros -argamasa que no fragua, y se caerán; que ven visiones de paz, donde -la paz no existe; que han robustecido los brazos de los malvados -y entristecido el corazón de los justos! ¡Oh, hazlo, y no temas -el resultado, porque o tu fin será grandioso y envidiable, o Dios -perpetuará tu reinado sobre los mares, oh tú, su ya antigua Reina!</p> - -<p>Lo que antecede es parte de una plegaria por mi país natal, que, -después de mi acción de gracias habitual, balbucí, ofreciéndosela al -Todopoderoso antes de entregarme al descanso, aquel sábado por la -noche en Gibraltar.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_257">[p. 257]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO LII</h2> - <p class="subhang"> - Un hostelero jovial. — Los aspirantes a la gloria. — Un retrato. - — Los <i>Hamales</i>. — Una excursión. — Labriego y soldado. — Las - excavaciones. — Un tirón de la ropa. — Judas y su padre. — - Peregrinación de Judas. — La barba frondosa. — Los falsos moros. — - Judas y el hijo del Rey. — Vejez prematura. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">Q</span><span class="smcap">uizás</span> -fuera imposible escoger lugar más apropiado para observar con toda -holgura a Gibraltar y sus moradores que aquel en que me hallé a -eso de las diez de la mañana siguiente. Sentado en un banquillo -frente por frente del mostrador, pegado a la puerta, en el zaguán -de la hostería donde me hallaba alojado temporalmente, abarcaba -con la vista la plaza de la Bolsa y cuanto en ella entraba, y con -sólo alzar los ojos, contemplaba a placer la estupenda montaña que -se yergue sobre la ciudad hasta unos mil pies de altura. Observaba -también a cuantas personas entraban en la casa o salían de ella, -muy concurrida, por hallarse situada en el punto más frecuentado de -la<span class="pagenum" id="Page_258">[p. 258]</span> principal -arteria de la ciudad. Harta ocupación tenían mis ojos, no menos que -mis oídos. Junto a mí estaba en pie mi excelente amigo Griffiths, el -jovial hostelero, de quien diré algunas palabras, aprovechando la -oportunidad presente, si bien ha sido ya descrito con frecuencia y -por plumas mucho mejores. Figúrense los que no le conozcan, un hombre -de unos cincuenta años, lo menos de seis pies de alto, de unas diez -arrobas de peso, de semblante muy fresco, facciones regulares y ojos -vivos y sagaces, pero al mismo tiempo expresivos de un buen natural. -Lleva pantalones blancos, levita blanca, sombrero blanco; todo en él -es blanco, excepto sus cuidadas patillas y su rubicunda faz. Debajo -del brazo lleva un látigo, con que se aumenta prodigiosamente lo -que para nosotros hay de familiar en su aspecto, más parecido al -de un caballero que tiene una posada en el camino de New-market, -«simplemente por amor de los viajeros y del dinero que llevan -consigo», que al de un natural del Peñón. Sin embargo, él mismo se -confesará lagarto del Peñón, y apenas les cabrá a ustedes duda de -ello cuando además del inglés vernáculo e impuro que habla, le oigan -expresarse en español o, si es necesario, incluso en genovés, y no es -juego de niños hablar este idioma, que nunca he podido dominar. Es -muy entendido en caballos, y cuando la ocasión<span class="pagenum" -id="Page_259">[p. 259]</span> llega, le vende un «bocado de casta» a -cualquier aficionado joven, aunque no se niega tampoco a tratar con -viejos; porque entre todos esos judíos de Fez, flacos, catarrosos, -lívidos, de ojos de lince, no hay ninguno capaz de engañarlo en un -trato ni de estafarle una sola de las cincuenta mil libras esterlinas -que posee; pero téngase presente que es hombre franco y liberal con -quienes se portan con él honradamente, y sépase también que si es -usted un caballero cumplido le prestará dinero, si lo necesita; bien -entendido que, si se lo niega, es que hay algo en su conducta de -usted que no es del todo correcto, porque Griffiths conoce «su mundo» -y no se deja tomar por tonto.</p> - -<p>Durante la hora escasa que estuve en el banco de la hostería del -Peñón se consumió en mi presencia una prodigiosa cantidad de cerveza. -Delante del mostrador se agolpaban los oficiales, en demanda de un -refresco, asaz gustoso, cuando no necesario con un tiempo de tan -sofocante calor; algunos llegaban galopando hasta la puerta en jacas -berberiscas, que abundan mucho en Gibraltar. Todos parecían muy -amigos del hostelero, con quien discutían a veces los méritos de tal -o cual caballo, y cuyas burlas acogían invariablemente con ilimitada -aprobación. El aspecto y los modales de aquellos jóvenes, porque, en -efecto, en su mayor parte, eran muy jovencitos, me parecieron<span -class="pagenum" id="Page_260">[p. 260]</span> interesantes y -agradables en sumo grado. En verdad, creo que los oficiales ingleses -en general, por su buena presencia y por la urbanidad de sus modales, -se llevan la palma entre todos los de igual clase en el mundo. Es -verdad que los oficiales de la Guardia real de Rusia, especialmente -los de los tres hermosos regimientos llamados <i>Priberjensky</i>, -<i>Simeonsky</i> y <i>Finlansky polks</i>, pueden, en casi todos los puntos, -entrar sin miedo en comparación con la flor del ejército británico; -pero es de recordar que la oficialidad de esos regimientos la forman -los más selectos individuos de la nobleza eslavona, jóvenes escogidos -expresamente por sus prendas personales y por la superioridad de -sus dotes intelectuales, mientras que, entre los jóvenes y rubios -anglo-sajones a la sazón reunidos junto a mí, no había quizás uno -solo de descendencia noble ni de nombre encumbrado y soberbio, y -lejos, por cierto, de haberlos escogido para halagar el orgullo y -aumentar la pompa de un déspota, habíanlos sacado indistintamente de -una masa de ardientes aspirantes a la gloria militar, y enviádolos, -en servicio de su país, a una colonia remota e insalubre. No -obstante, eran tales, que su país podía enorgullecerse viéndolos tan -sanos y bellos de rostro, pintados el valor en el semblante y la -inteligencia en sus ojos azules.</p> - -<p>¿Quién se detiene ahora frente a la puer<span class="pagenum" -id="Page_261">[p. 261]</span>ta, sin entrar, y hace una pregunta -al hostelero, que se acerca saludándole respetuoso? No es hombre -vulgar, o mucho engaña su aspecto. Va vestido con bastante sencillez: -sombrero español, de copa puntiaguda y anchas alas sombrosas—el -verdadero <i>sombrero</i>—, pantalones de cutí y chaquetilla azul de -húsar; pero ¡qué bien le sienta ese vestido a su dueño, uno de los -hombres de más noble apostura que he visto! Le contemplé con insólito -respeto y admiración, mientras bondadosamente sonreía y bromeaba -en buen español con un descarado pilluelo del Peñón, empeñado -en venderle un enorme <i>bogamante</i> o langosta ordinaria, ya en -putrefacción, que llevaba en la mano.</p> - -<p>Aquel hombre era de estatura casi gigantesca, y sobresalía cerca -de tres pulgadas por encima del corpulento hostelero; pero bien -conformado, como un atleta, y derecho como un pino de Dovrefeld. -Podía tener once lustros, y eso añadía cierta expresión de madura -dignidad a su rostro, que se dijera cincelado por un escultor griego; -sus cabellos eran aún negros como la pluma del cuervo de Noruega, y -negro también el bigote que se rizaba sobre su bien dibujado labio. -Con atavío griego, y en el campamento frente a Troya, le hubiera -tomado por Agamenón.</p> - -<p>—Ese hombre ¿es un general?—dije a un individuo bajito, de extraña -catadura, que,<span class="pagenum" id="Page_262">[p. 262]</span> -sentado junto a mí, se empapaba en la lectura de un periódico.</p> - -<p>—Ese caballero—susurró con acento ceceoso—es el gobernador de -Gibraltar.</p> - -<p>A cada lado de la puerta, por la parte de afuera, tendidos en -el suelo o apoyados indolentemente contra las paredes, había media -docena de hombres de aspecto bastante raro. La prenda principal de -su vestido era una especie de túnica azul, algo parecida a la blusa -que llevan los campesinos del Norte de Francia, pero menos larga; -llevábanla ceñida a la cintura por una correa y les caía hasta la -mitad de los muslos. Tenían las piernas desnudas, lo que me permitió -observar la anchura descomunal de sus pantorrillas. Tocábanse con -gorritos de lana negra. Al más atlético de todos, tipo de atezado -rostro, de unos cuarenta años, le pregunté quiénes eran.—<i>Hamales</i>—me -respondió.—Esta palabra es árabe y significa porteador; en efecto, -un instante después vi atravesar la plaza a un individuo semejante -tambaleándose bajo una inmensa carga, suficiente casi para romperle -el espinazo a un camello. Me dirigí otra vez a mi amigo el negro, -y preguntándole de dónde procedía, me respondió que era natural de -Mogador, en Berbería, pero había pasado la mayor parte de su vida -en Gibraltar. Añadió que era <i>capataz</i> de los <i>hamales</i> que estaban -a la puerta. Entonces le hablé en árabe de<span class="pagenum" -id="Page_263">[p. 263]</span> Oriente, aunque con pocas esperanzas de -hacerme entender, sobre todo por el mucho tiempo que el hombre había -estado fuera de su país. Me respondió, empero, muy atinadamente, -chispeantes los ojos de alegría y temblándole los labios de ansia, -aunque con facilidad se percibía que el árabe, o más bien el -marroquí, no era la lengua en que acostumbraba hablar o pensar. Sus -camaradas se agruparon en torno nuestro y escucharon con avidez; a -veces, cuando decíamos algo que merecía su aprobación, exclamaban: -<i>Wakhud rajil shereef hada, min beled del scharki</i>. Por último, -les enseñé el «shekel» que invariablemente llevo en el bolsillo, y -pregunté al <i>capataz</i> si había visto nunca aquella moneda. Estuvo un -buen rato examinando el incensario y el ramo de oliva, con señales -evidentes de no saber lo que era; al fin, se le ocurrió examinar los -caracteres que por ambos lados rodean la moneda, y lanzando un grito -exclamó dirigiéndose a los otros <i>hamales</i>: «Hermanos, hermanos, -éstas son las letras de Salomón. Esta plata está bendita. Besemos -la moneda.» Púsola sobre su cabeza, la apretó contra sus labios y, -por último, la besó con entusiasmo; lo mismo hicieron sucesivamente -sus hermanos. Luego, recuperando la moneda, me la devolvió, con -una profunda reverencia. Después supe por Griffiths que durante el -resto del día el individuo aquél se negó a<span class="pagenum" -id="Page_264">[p. 264]</span> trabajar, y no hizo más que sonreír, -reír y hablar solo.</p> - -<p>—Permítame usted ofrecerle un aperitivo, señor—dijo aquel tipo -raro antes mencionado: era un hombre corpulento, muy pequeño, con -las piernas extremadamente cortas. Vestía una grasienta casaca de -color de tabaco, calzón blanco, bastante sucio, y medias más sucias -todavía. Llevaba un sombrero de copa alta, cuyas alas tendían a -levantarse por delante y por detrás de la cabeza. Había yo observado -que durante mi conversación con los <i>hamales</i>, aquel hombre alzaba -repetidas veces los ojos del periódico que leía, y al exhibir la -moneda sonrió de un modo significativo y la examinó cuando estaba en -manos del <i>capataz</i>.</p> - -<p>—Permítame usted que le ofrezca un aperitivo—dijo—. Ya -sospechaba que era usted de los nuestros, antes de oírle hablar -con los <i>hamales</i>. Señor, me llena de alegría ver a un caballero -tan bien portado como usted, que no tiene a menos hablar con sus -hermanos pobres. Así lo hago yo también no pocas veces, y que Dios -borre mi nombre, que es Salomón, si alguna vez los desprecio. No -tengo pretensiones de saber mucho árabe, pero le entendí a usted -bastante bien y me gustó en extremo lo que dijo. Debe usted de -estar muy fuerte en <i>shillam eidri</i>; pero me dejó usted parado -cuando le preguntó al <i>hamál</i> si había leído la <i>Torah</i>; por<span -class="pagenum" id="Page_265">[p. 265]</span> supuesto, querría usted -decir con los <i>meforshim</i>; siendo tan pobre, no le creo bastante -<i>becoresh</i> para leer la <i>Torah</i> sin comentarios. Usted dirá si -acierto: me parece que usted ha de ser un judío de Salamanca; he -oído que aún quedan por allí algunas de nuestras familias antiguas. -Y en Tudela, no lejos de Salamanca, a lo que creo, ¿verdad? Un -pariente mío vivió allí en otros tiempos: era gran viajero, como -usted, señor; recorrió todo el mundo en busca de judíos, y estuvo -hasta en la cima del Sinaí. ¿Puedo hacer algo por usted en Gibraltar? -¿Algún encargo? Lo haré tan bien y más de prisa que nadie. Me llamo -Salomón. Soy bastante conocido en Gibraltar, y en Crooked Friars, y -en la Neuen Stein Steg de Hamburgo. Pero sáqueme de una duda: creo -que le he visto a usted otra vez en la feria de Brema. ¿Habla usted -alemán? Por supuesto, sí lo habla. Permítame que le ofrezca unos -aperitivos. Quisiera que por ser para usted fuesen <i>mayin hayim</i>; no -lo dude, señor, quisiera que fuesen aguas vivas. Y ahora dígame su -opinión acerca de este asunto (añadió bajando la voz y golpeando el -periódico). ¿No le parece a usted muy fuerte cosa que un <i>Yudken</i> -haga traición a otro? Cuando pongo un secretito en <i>beyad peluni</i><a -id="FNanchor_24" href="#Footnote_24" class="fnanchor">[24]</a>—¿me -entiende usted?—;<span class="pagenum" id="Page_266">[p. 266]</span> -cuando entrego un pobre secreto mío a la custodia de un individuo, -y ese individuo es judío, <i>Yudken</i>, no quiero, ni espero, verme -engañado. En una palabra, ¿qué piensa usted de este robo de polvo -de oro, y qué le harán a esa infortunada gente que, según veo, está -convicta?</p> - -<p>Aquel mismo día me puse a buscar los medios de trasladarme -a Tánger, pues aunque Gibraltar ofrece sumo interés al viajero -observador, no quería prolongar mi estancia en un lugar donde ningún -asunto especial me retenía. Por la tarde fué a verme un judío, -natural de Berbería, y me dijo que era secretario del patrón de una -barca genovesa que hacía el viaje entre Tánger y Gibraltar. Afirmó -que el barco partiría sin falta a la tarde siguiente para Tánger, y -ajusté con él mi pasaje. Dijo que como el viento soplaba de Levante, -la travesía sería muy rápida. Deseoso de aprovechar del mejor modo -posible el corto tiempo que esperaba permanecer aún en Gibraltar, -resolví visitar las excavaciones, que nunca había visto, al día -siguiente por la mañana, para lo cual pedí y obtuve con facilidad el -permiso necesario.</p> - -<p>A eso de las seis de la mañana del martes partí para esta -expedición acompañado de un muchacho judío, de rostro inteligente, -que con su hermano desempeñaba en la hostería el oficio de <i>valet de -place</i>.</p> - -<p>La mañana era obscura y brumosa, pero<span class="pagenum" -id="Page_267">[p. 267]</span> hacía algo de calor. Subimos una -calle en pendiente, y siguiendo en dirección al Este no tardamos en -llegar a las proximidades de lo que generalmente se conoce con el -nombre de Castillo Moro, vasta torre, tan maltratada por las balas -de cañón disparadas contra ella en el famoso asedio, que al presente -es poco más que una ruina. Centenares de boquetes redondos se ven -en sus muros, donde aún están incrustadas, a lo que se dice, las -balas. Allí, en una especie de choza, se unió a nosotros un sargento -de artillería, que iba a servirnos de guía. Después de saludarnos -nos llevó a una enorme roca, donde abrió la puerta de entrada a un -pasadizo abovedado y obscuro, que corría por debajo del peñasco, y -al salir del corredor nos encontramos en un escarpado sendero, o más -bien escalera, con muros a cada lado. Subimos muy despacio, porque -en tal lugar de nada hubiese servido apresurarse, como no fuese para -quedarnos sin aliento en un minuto. El soldado, perfecto conocedor -del terreno, avanzaba con paso uniforme, puestos los ojos en el -suelo.</p> - -<p>Miraba yo tanto a ese hombre como el insólito lugar donde a la -sazón nos hallábamos, y que a cada momento era más sorprendente. El -guía era un hermoso ejemplar del labrador transformado en soldado; -el Cuerpo a que pertenecía está compuesto, casi enteramente, de -esa clase. Hele ahí, con<span class="pagenum" id="Page_268">[p. -268]</span> su mesurado andar, alto, fuerte, colorado, de pelo -castaño, inglés hasta la coronilla; contempladle en su marcha, -silencioso, grave y cortés: un soldado inglés auténtico. Aprecio -la obstinación del escocés; me gustan la osadía y el ímpetu del -irlandés; admiro todas las diversas razas que constituyen la -población de las Islas Británicas; pero he de decir que, en general, -los mejor dotados para desempeñar el duro oficio de soldado son los -hijos del campo de la vieja Inglaterra, tan fuertes, tan fríos; -pero, al propio tiempo, animados por tanto fuego oculto. Recórrase -la historia de Inglaterra, y se pondrá de manifiesto lo que son -capaces de hacer tales hombres; aun en los remotos y obscuros tiempos -de la batalla de Hastings, contra todas las desventajas posibles, -debilitados por un conflicto reciente y terrible, sin disciplina, -comparativamente hablando, e inferiores en armamento, estuvieron -a punto de vencer a la caballería normanda. Trazad sus hazañas -en Francia, dos veces subyugada; y seguidlos hasta España, donde -vibrando las ballestas y empuñando el hacha de armas, dejaron tras -sí un nombre glorioso en Inglés Mendi, nombre que ha de durar hasta -que el fuego consuma los montes cántabros. Y en los tiempos modernos, -seguid las hazañas de esos bravos por todo el mundo, especialmente -en Francia y España, y admiradlos, como yo admiré a aquel hom<span -class="pagenum" id="Page_269">[p. 269]</span>bre, tan grave, tan -silencioso, tan marcial, que iba enseñándome las maravillas de una -montaña fortaleza enclavada en tierra extranjera, arrancada por sus -compatriotas más de un siglo antes a una nación poderosa y altiva, y -de la que era él a la sazón eficaz y fiel guardián.</p> - -<p>Llegamos al borde del estupendo precipicio que se alza abrupto -sobre el istmo llamado zona neutral y hace una vista pavorosa y -fatídica por la parte de España, e inmediatamente entramos en las -excavaciones. Consisten en galerías talladas en la roca viva, a unos -doce pies de distancia del borde exterior, detrás del cual recorren -toda la anchura de la montaña por aquel lado. En esas galerías, a -cortas distancias, hay boquetes abiertos por la mano del hombre, -donde está el cañón, sobre un limpio basamento de pedrezuelas de -pedernal, ligeramente elevado, cada uno con su pirámide de balas a un -lado, y al otro una caja donde se guardan los útiles que el artillero -necesita para ejercer su oficio. Cada cosa estaba en su sitio, en -hermosísimo orden inglés, todo dispuesto para desbaratar y dominar en -pocos momentos a toda hueste, por numerosa y soberbia que sea, que -por el lado de tierra aparezca marchando en son de guerra contra esa -singular fortaleza.</p> - -<p>El sitio es poco variado, ya que una gruta se parece a otra, -y un cañón a otro. Los<span class="pagenum" id="Page_270">[p. -270]</span> cañones no eran de gran calibre, por cierto; aquí no se -necesitan, pues un guijarro disparado desde tan gran altura bastaría -para dar la muerte. Sin embargo, al descender a una profunda cueva, -observé en una cavidad de importancia excepcional dos enormes -carronadas, asestadas con notable malicia y picardía contra una roca -en pendiente, que acaso, pero no sin dificultad tremenda, podía ser -escalada. El simple rebufo de aquellos gruesos cañones bastaba para -barrer a un millar de hombres. ¡Qué impresión de miedo y horror se -ha de despertar en el pecho del enemigo cuando esta montaña hueca, -en días de asedio, emite llamas, humo y truenos por un millar de -bocas; horror igual al que siente el campesino de las inmediaciones -cuando Mongibello<a id="FNanchor_25" href="#Footnote_25" -class="fnanchor">[25]</a> expele por todos sus orificios llamaradas -sulfúreas!</p> - -<p>Al salir de las excavaciones visitamos algunas baterías. Pregunté -al sargento si, tanto él como sus compañeros, estaban diestros en el -uso de los cañones. Replicó que los cañones eran para ellos lo que -la escopeta para el cazador, que los manejaban con igual facilidad, -y, a su parecer, los apuntaban con mayor precisión, pues rara vez, -o nunca, marraban un blanco al alcance del tiro. El hombre aquél no -hablaba si no se le preguntaba, y sus respuestas estaban llenas<span -class="pagenum" id="Page_271">[p. 271]</span> de buen sentido, y en -general bien dichas. Terminada la excursión, que duró lo menos dos -horas, le hice un pequeño regalo y me despedí con un cordial apretón -de manos.</p> - -<p>Por la tarde me preparaba para ir a bordo del barco destinado -a Tánger, confiando en lo que el judío secretario me había dicho -respecto de su salida. Pero habiéndole encontrado por casualidad -en la calle, me dijo que hasta la mañana siguiente no saldría, -aconsejándome al mismo tiempo que estuviese a bordo desde muy -temprano. Entonces vagué por las calles hasta que fué haciéndose -de noche, y al sentirme cansado me disponía a enderezar mis pasos -hacia la posada, cuando sentí que me tiraban suavemente de la ropa. -Estaba entre un golpe de gente reunida en torno de unos soldados -irlandeses que disputaban, y no hice caso; pero me dieron otro tirón -más fuerte que el anterior, y oí que me hablaban en un idioma que -tenía medio olvidado, y que casi no esperaba volver a oír jamás. -Miré en torno y vi junto a mí un individuo alto que me miraba a la -cara, de hito en hito, con ojos escrutadores y ansiosos. Tocábase -con el <i>kauk</i>, o gorro de pieles de Jerusalén; pendiente de los -hombros, y casi arrastrando por tierra, llevaba un ancho manto azul; -mientras una <i>kandrisa</i>, o calzones turcos, envolvían sus remos -inferiores. Le escudriñé con tanta atención como él me miraba a<span -class="pagenum" id="Page_272">[p. 272]</span> mí. Al pronto sus -facciones me parecieron totalmente desconocidas, y ya iba a exclamar: -«No le conozco a usted», cuando uno o dos rasgos me hirieron, y -grité, no sin cierta vacilación: «De seguro es Judas Lib.»</p> - -<p>Hallábame en un vapor en el Báltico, el año 1834, si no me -equivoco. Lloviznaba, había mar gruesa, cuando observé que un -joven, de unos veintidós años, estaba recostado en melancólica -actitud contra la borda del barco. Por su rostro conocí que era -de raza hebrea, no obstante lo cual había en su aspecto algo muy -singular, algo que rara vez se encuentra en esa casta: un cierto -aire de nobleza que me interesó grandemente. Me acerqué a él, y -a los pocos minutos estábamos en animada conversación. Hablaba -polaco y judeo-alemán, indistintamente. La historia que me contó -era extraordinaria en sumo grado; pero rendí crédito a todas sus -palabras, que salían de su boca con tal acento de sinceridad -que prevenía toda duda, y, sobre todo, ningún motivo tenía para -engañarme. Una idea, un objeto, le absorbía enteramente.</p> - -<p>—Mi padre—dijo con un modo de hablar que denotaba fuertemente su -raza—, natural de Galatia, era un judío de elevado rango, un sabio, -pues conocía el Zohar, y era también experto en medicina. Siendo yo -un niño de unos ocho años dejó Galatia, y tomando consigo a su mujer, -que era mi<span class="pagenum" id="Page_273">[p. 273]</span> madre, -y a mí, se puso en camino hacia Oriente, hasta Jerusalén; allí se -estableció de mercader, porque era versado en el comercio y en las -artes de ganar dinero. Los rabinos de Jerusalén le respetaban mucho -porque era polaco, y conocía mejor el Zohar y más secretos que el -más sabio de todos ellos. Hacía frecuentes viajes, y estaba ausente -unas semanas o unos meses; pero nunca más de seis lunas. Mi padre me -quería, y en los momentos de ocio me enseñó parte de lo que sabía. Yo -le ayudaba en el comercio; pero no me llevó consigo en sus viajes. -Teníamos una tienda en Jerusalén donde vendíamos las mercancías de -los nazarenos, y mi madre y yo, y hasta una hermanita que había -nacido poco después de nuestra llegada a Jerusalén, ayudábamos a -mi padre en su tráfico. Sucedió que en cierta ocasión nos dijo que -se iba de viaje, y nos abrazó y se despidió, continuando nosotros -en Jerusalén, después de su partida, al cuidado de los negocios. -Esperábamos su regreso; pero pasaron meses, hasta seis, y no vino, y -nos maravillamos; y pasaron más meses, otros seis, y tampoco vino, -ni nos llegaron noticias suyas, y nuestros corazones se llenaron -de tristeza y abatimiento. Cuando ya habían pasado dos años le -dije a mi madre: «Iré y buscaré a mi padre.» Y ella me dijo: «Vé.» -Dióme la bendición; besé a mi hermanita, y poniéndome en ca<span -class="pagenum" id="Page_274">[p. 274]</span>mino llegué a Egipto, -donde tuve nuevas de mi padre, pues alguien me dijo que había -estado allí y en qué tiempo, y que había pasado después a tierra de -turcos; de manera que proseguí también a tierra de turcos, hasta -Constantinopla. Y cuando llegué allá otra vez supe de mi padre, -pues era muy conocido entre los judíos, y me dijeron el tiempo de -su estancia allí, añadiendo que había especulado y prosperado, y -marchádose de Constantinopla; pero no sabían dónde. Consideré el caso -y me dije que quizás se hubiese ido al país de sus padres, hasta la -propia Galatia, a visitar a sus parientes; determiné ir yo también -allá, y allí fuí, y hallé a nuestros parientes, y me di a conocer, y -se alegraron mucho al verme; pero cuando les pregunté por mi padre, -movieron la cabeza y no supieron darme noticia alguna; hubiera sido -su gusto que me demorase con ellos, pero yo no quise, porque el -recuerdo de mi padre me trabajaba con fuerza y no podía tener reposo. -Partí, pues, para otras tierras; llegué a Rusia y me interné mucho -en este país, no menos que hasta Kazan, y a todos cuantos topé, -judíos, rusos o tártaros, les pregunté por mi padre; pero ninguno -le conocía ni había oído hablar de él. Volví sobre mis pasos y aquí -me ves; ahora me propongo recorrer Alemania y Francia, más aún, el -mundo entero, hasta que adquiera noticias de mi padre, pues no<span -class="pagenum" id="Page_275">[p. 275]</span> puedo descansar hasta -saber lo que ha sido de él; su imagen arde en mi cerebro como fuego, -igual que fuego del <i>jehinnim</i><a id="FNanchor_26" href="#Footnote_26" -class="fnanchor">[26]</a>.</p> - -<p>Tal era el individuo a quien a la sazón veía de nuevo, tras un -lapso de cinco años, en la calle de Gibraltar, entre las sombras del -crepúsculo.</p> - -<p>—Sí—replicó—; soy Judá, apodado el <i>Lib</i><a id="FNanchor_27" -href="#Footnote_27" class="fnanchor">[27]</a>. Tú no me conocías; -pero yo te conocí al punto. Te hubiese reconocido entre un millón, -y no ha pasado día, desde que nos conocimos, que no haya pensado en -ti.</p> - -<p>Iba a responderle; pero me sacó de entre la multitud y me condujo -a una tienda donde, sentados en el suelo, seis o siete judíos -cortaban cuero; les dijo algo que no entendí, con lo que inclinaron -la cabeza y prosiguieron su tarea sin ocuparse de nosotros. Un -individuo singular nos había seguido hasta la puerta: era un hombre -vestido con traje europeo sumamente raído, pero con señales de -haberlo cortado un buen sastre. Podría tener cincuenta años; el -rostro, muy ancho y bronceado; las facciones, toscas, pero varoniles -en extremo, y aunque eran facciones de judío, no se reflejaba en -ellas la astucia, sino, al contrario, mucho candor y un natural -excelente. Su talla era superior a la estatura media, y tremendamente -atléti<span class="pagenum" id="Page_276">[p. 276]</span>co; los -brazos y el tronco eran, a la letra, los de un Hércules aprisionado -en un sobretodo moderno; la parte inferior del rostro llevábala -cubierta por una frondosa barba que le llegaba a la mitad del pecho. -Este individuo permaneció en la puerta sin apartar los ojos de Judá -ni de mí.</p> - -<p>La primera pregunta que le hice fué: ¿Ha tenido usted noticias -de su padre?—Sí tal—respondió—. Cuando nos separamos, proseguí mis -viajes por diversas tierras, y dondequiera que iba preguntaba por -mi padre; pero me respondían con un movimiento de cabeza, hasta que -llegué a tierra de Túnez; allí fuí a ver al rabino principal, y me -dijo que conocía muy bien a mi padre, y que había estado en el propio -Túnez, y me dijo en qué tiempo, y que desde allí se había ido a -tierras de Fez; me habló mucho de mi padre, de su saber, y mencionó -el Zohar, aquel obscuro libro que mi padre amaba tanto; y todavía -me habló más de las riquezas de mi padre y de sus especulaciones, -en todas las cuales parece que había prosperado. Partí, pues, y, -metiéndome en un barco, abordé la tierra de Berbería y llegué hasta -Fez, y, una vez allí, recogí muchas noticias de mi padre; pero -eran noticias peores quizás que la ignorancia. Porque los judíos -me dijeron que mi padre había estado allí y había especulado y -prosperado, y que desde allí se había ido a Tafilaltz, país natal -del<span class="pagenum" id="Page_277">[p. 277]</span> emperador, -del propio Muley Abderrahmán; y también allí había prosperado, y sus -riquezas en oro y plata eran muy grandes; y deseoso de ir a otra -ciudad no muy distante, contrató a ciertos moros, dos en número, -para que le acompañaran y le defendiesen a él y sus tesoros; y los -moros eran hombres muy fuertes, <i>makhasniah</i>, es decir, soldados, -e hicieron un pacto con mi padre y se estrecharon la mano derecha, -comprometiéndose, bajo juramento, a derramar su sangre en defensa de -la de mi padre. Alentado con esto, mi padre intrépidamente partió -en compañía de los moros, de aquellos dos falsos moros. Y cuando -llegaron a un lugar inhabitado, cayeron sobre mi padre y pudieron más -que él, y derramaron su sangre en el camino y le despojaron de cuanto -llevaba, de sus sedas y mercaderías, del oro y la plata ganados en -sus especulaciones, y se fueron a su aldea y allí se establecieron, -compraron casas y tierras, muy regocijados y triunfantes, y se hacían -un mérito de aquella muerte diciendo: «Hemos muerto a un infiel, a -un maldito judío»; estas cosas eran notorias en Fez. Y al oír tales -nuevas, mi corazón se entristeció, y lloré como un niño; pero el -fuego del <i>jehinnim</i> dejó de arder en mi cerebro, porque ya sabía -lo que había sido de mi padre. Al cabo me alivié, y, discurriendo -sobre el caso, decía entre mí: «¿No sería cuerdo ir en busca del rey -moro y pe<span class="pagenum" id="Page_278">[p. 278]</span>dirle -venganza por la muerte de mi padre, y que sus expoliadores sean a -su vez expoliados, y el tesoro, el propio tesoro de mi padre, sea -arrancado de sus manos y se me entregue a mí, que soy su hijo?» En -aquel tiempo el rey de los moros no estaba en Fez, estaba ausente en -sus guerras; y, levantándome, le seguí hasta Arbat<a id="FNanchor_28" -href="#Footnote_28" class="fnanchor">[28]</a>, que es puerto de -mar, y cuando allí llegué no le encontré; pero su hijo sí estaba, -y dijéronme que hablar al hijo era como hablar al rey, al propio -Muley Abderrahmán; fuí, pues, a ver al hijo del rey, y me eché a -sus plantas y elevé mi voz, y le dije lo que tenía que decirle, y -me miró benignamente y dijo: «En verdad tu historia es lastimosa -y me entristece; y eso que pides yo lo otorgo, y la muerte de tu -padre será vengada y sus expoliadores expoliados; te escribiré una -carta de mi puño para el pachá, el propio pachá de Tafilaltz, y le -ordenaré que averigüe el caso, y esa carta tú mismo la llevarás -para entregársela.» Y al oír esas palabras, mi corazón se moría de -miedo dentro del pecho, y contesté: «No tal, señor; bien está que -escribas una carta al pachá, al propio pachá de Tafilaltz; pero esa -carta yo no la tomaré, ni iré a Tafilaltz, pues apenas llegase, y -conocido mi mandado, los moros se levantarían contra mí y me darían -muerte, o<span class="pagenum" id="Page_279">[p. 279]</span> pública -o secretamente, porque ¿no eran moros los asesinos de mi padre? ¿Y -soy yo algo más que un judío, aunque judío polaco?» Y con rostro -benigno, dijo: «En verdad, hablas cuerdamente; escribiré esa carta, -pero no la llevarás tú, la mandaré por otras manos; por tanto, -tranquiliza tu corazón y no dudes que, si la historia es cierta, la -muerte de tu padre será vengada, y el tesoro o su equivalente se -recobrará y te será entregado; dime, pues, ahora: ¿dónde piensas -vivir hasta entonces?» Y yo le dije: «Señor, iré al país de Suz, y -allí esperaré.» Y replicó: «Sea, y no tardarás en saber de mí.» Me -levanté, pues, y salí, y me fuí al país de Suz hasta Swirah, que -los nazarenos llaman Mogador, y allí, con turbado corazón, esperé -noticias del hijo del rey moro; pero las noticias no llegaron, y -nunca más desde tal día he vuelto a saber de él, y ya hace tres -años que estuve en su presencia. Y me establecí en Mogador, y me -casé con una dueña, de nuestra raza, y escribí a mi madre al propio -Jerusalén y me envió dinero, y con eso me dediqué al comercio, igual -que mi padre había hecho, y trafiqué; pero no tuve suerte en mis -especulaciones, y en poco tiempo lo perdí todo. Y ahora he venido -a Gibraltar a negociar por cuenta de otro, un mercader de Mogador; -pero no me gusta el empleo; me ha engañado; voy a volver, y en cuanto -consiga otra vez verme en presencia del hijo<span class="pagenum" -id="Page_280">[p. 280]</span> del rey moro, pediré que el tesoro de -mi padre sea arrancado a sus expoliadores y se me entregue a mí, su -hijo.»</p> - -<p>Escuché con mucha atención el singular relato de aquél hombre -singular, y cuando concluyó permanecí un rato largo sin proferir -palabra. Al cabo me preguntó qué me había llevado a Gibraltar. -Le dije que estaba allí simplemente de paso, camino de Tánger, -para donde esperaba salir embarcado a la mañana siguiente. A esto -observó que dentro de una o dos semanas contaba encontrarse allí -también y esperaba que nos veríamos, pues aún tenía mucho más que -decirme. «Acaso—añadió—pueda usted darme un consejo provechoso, -porque es usted una persona de experiencia, versada en los usos de -muchas naciones; y cuando le veo a usted el rostro, parece que el -cielo se abre para mí, porque creo ver el rostro de un amigo, el -de un hermano.» Entonces se despidió de mí, y se fué; aquel hombre -raro, tan bien barbado, que durante nuestra conversación aguardó -pacientemente en la puerta, le siguió. Noté que su expresión era -mucho menos violenta que en nuestro anterior encuentro; pero, al -propio tiempo, más melancólica, y tenía las facciones arrugadas -como las de un viejo, aunque no había pasado aún de la primera -juventud.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_281">[p. 281]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO LIII</h2> - <p class="subhang"> - Marineros genoveses. — La cueva de San Miguel. — Un abismo tenebroso. - — Un joven americano. — El propietario de esclavos. — El brujo. — Un - incrédulo. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">D</span><span -class="smcap">urante</span> toda la noche el viento sopló con fuerza; -pero como era Levante, no tuve temor de verme obligado a permanecer -más tiempo en Gibraltar por ese motivo. Fuí a bordo muy temprano y -encontré a la tripulación en la tarea de levar el ancla y en otros -preparativos de marcha. Dijéronme que probablemente saldríamos dentro -de una hora. Transcurrió ese tiempo, empero, y aún permanecíamos -donde estábamos, y el capitán continuaba en tierra. Formábamos parte -de una reducida flotilla de barcas genovesas, cuyas tripulaciones, -en sus momentos de ocio, parecían no tener mejor modo de diversión -que cambiar palabras injuriosas; un furioso tiroteo de ese género -empezó a la sazón, en el cual se distinguió especialmente el piloto -de nuestro barco; era un genovés sesentón, canoso. Aunque<span -class="pagenum" id="Page_282">[p. 282]</span> no hablo su «patois» -entendí mucho de lo que decían. Era por demás desvergonzado, y como -gritaban tanto, de la violencia de sus ademanes y lo descompuesto -de sus facciones se hubiese deducido que se trataba de enconados -enemigos. No eran tal, sin embargo, sino excelentes amigos a toda -hora, y seguramente, en el fondo, sujetos de buena índole. ¡Oh -miserias de la naturaleza humana! ¿Cuándo aprenderá el hombre a ser -verdaderamente cristiano?</p> - -<p>En general tengo en mucha estima a los genoveses; cierto que son -groseros y viciosos; pero también caballerescos y valientes, y lo han -sido siempre, y sólo he recibido de ellos pruebas de hospitalidad y -de bondad.</p> - -<p>Transcurridas otras dos horas, el secretario judío llegó y dijo -algo al anciano piloto, que refunfuñó mucho; después se me acercó, -y, quitándose el sombrero, me hizo saber que ya no saldríamos aquel -día, y al mismo tiempo dijo que era una vergüenza desperdiciar un -viento tan hermoso, que podía llevarnos a Tánger en tres horas. -«Paciencia»—dije, y me volví a tierra.</p> - -<p>Fuí dando un paseo hacia la cueva de San Miguel en compañía del -muchacho judío que ya he mencionado.</p> - -<p>El camino no sigue la misma dirección que el de las excavaciones; -éstas miran a España, mientras la cueva se abre de cara al Africa. -Se encuentra cerca de la cúspide del<span class="pagenum" -id="Page_283">[p. 283]</span> monte, a muchos cientos de yardas sobre -el mar. Pasamos por los paseos públicos, donde hay hermosos árboles, -y también por junto a muchas casitas, agradablemente colocadas -entre jardines y ocupadas por los oficiales de la guarnición. Es -erróneo suponer que Gibraltar es meramente una roca desnuda y -estéril; no carece de lugares amenos, como los ya mentados, frescos, -vivificantes, cubiertos de brillante follaje verde.</p> - -<p>El sendero no tardó en hacerse escarpado, y dejamos a nuestra -espalda las moradas del hombre. El viento de la noche anterior había -cesado por completo, y no se movía ni un soplo de aire; el sol -del mediodía brillaba en todo su esplendor, y las rocas por donde -trepábamos se mojaban no pocas veces con las gotas del sudor que -llovía de nuestras sienes; al cabo llegamos a la caverna.</p> - -<p>La boca es una hendidura abierta en el flanco del monte, como de -doce pies de alto y otros tantos de ancho; dentro hay una bajada -muy rápida y pendiente, como de cincuenta yardas, yendo a terminar -la caverna en un abismo que lleva a profundidades desconocidas. -Lo más notable de la caverna es una columna natural, que se alza -como tronco de enorme roble, cual si estuviese puesto allí para -sostener el techo; se halla a corta distancia de la entrada, y da a -la parte visible de la cueva cierto aspecto<span class="pagenum" -id="Page_284">[p. 284]</span> bravío y raro, que de otro modo no -tendría. El piso es resbaladizo en extremo, pues las continuas -filtraciones del techo lo han saturado, y son necesarias no pocas -precauciones para andar por él. Es muy peligroso entrar allí sin un -guía buen conocedor del lugar, porque, además del negro abismo que -hay al final, se abren aquí y allí otras cavidades nunca sondeadas, -y el osado que cae en ellas se hace pedazos. Digan los hombres lo -que se les antoje a propósito de esta cueva, una cosa hay que la -cueva misma parece decir a cuantos a ella se aproximan; a saber: que -la mano del hombre no ha trabajado allí nunca. Hay muchas cavernas -de formación natural, tan viejas como la tierra en que vivimos, que -muestran, no obstante, señales de haber sido utilizadas por el hombre -y de haber estado más o menos sujetas a su acción transformadora. -No así la cueva de Gibraltar; pues, si se juzga por su aspecto, no -hay la más leve razón para suponer que haya servido de otra cosa que -de nido de aves nocturnas, reptiles y animales de rapiña. Algunos -han dicho que la cueva fué usada en los tiempos del paganismo como -templo del dios Hércules, quien, según la tradición antigua, levantó -la singular masa de rocas llamada ahora Gibraltar, y la montaña -que hay enfrente, en las costas de Africa, como dos columnas que -anunciasen a los tiempos venideros que había estado allí sin<span -class="pagenum" id="Page_285">[p. 285]</span> pasar más adelante. -Baste observar que en la caverna no hay nada que permita adoptar -tal opinión, ni siquiera una plataforma sobre la que pudiese haber -estado el ara, mientras un angosto sendero pasa por delante, que -conduce a la cúspide del monte. Como no he penetrado en sus senos, -no tengo la pretensión de describirlos. Numerosas personas, movidas -por la curiosidad, se han aventurado en sus inmensas profundidades -con la esperanza de descubrir su término, y lo cierto es que apenas -transcurre una semana sin que se hagan intentos análogos por los -oficiales o por los soldados de la guarnición; pero todos hasta hoy -han resultado estériles. No se ha alcanzado término alguno, ni se ha -descubierto nada que compense el trabajo y los pavorosos peligros -corridos; los precipicios suceden a los precipicios, y los abismos a -los abismos en sucesión aparentemente inacabable, con unos salientes -de vez en cuando que permiten a los intrépidos exploradores reposar -y fijar las escalas de cuerda para descender más hondo. Pero lo que -más confunde y desazona es observar que esos abismos no se abren -sólo delante del observador, sino detrás y a cada lado; pegada a la -entrada de la caverna, a la derecha, hay una sima casi tan tenebrosa -y amenazadora como la del extremo inferior, y quizás contiene también -otras tantas simas y hórridas cavernas, ramificándose en todas<span -class="pagenum" id="Page_286">[p. 286]</span> direcciones. De lo -que he oído he sacado la opinión de que el interior de la montaña -de Gibraltar es como un panal, y apenas me cabe duda de que si la -tajaran aparecería llena de abismos tan infernales como las galerías -de la cueva de San Miguel. Muchas vidas valiosas se pierden todos -los años en tan horribles lugares; pocas semanas antes de mi visita -dos sargentos, hermanos, perecieron en la sima del lado derecho de -la caverna por haber resbalado a un precipicio cuando estaban a gran -profundidad.</p> - -<p>El cuerpo de uno de aquellos hombres temerarios aún está -pudriéndose en las entrañas del monte, devorado por los ciegos y -asquerosos gusanos; al otro le sacaron. Inmediatamente después de -tan horrible accidente, pusieron una puerta en la boca de la caverna -para impedir que la gente, y sobre todo los imprudentes soldados, se -abandonasen a tan extravagante curiosidad. Pero la cerradura no tardó -en ser forzada, y en la época de mi visita la puerta se balanceaba -perezosamente sobre sus goznes.</p> - -<p>Al dejar aquellos lugares pensaba yo que acaso fué semejante a -esa la cueva de Horeb, donde vivía Elías, cuando oyó una voz, al -principio débil, y después un viento grande y poderoso que cuarteaba -las montañas y pulverizaba las rocas delante del Señor, cueva a cuya -puerta salió y se paró, con el rostro envuelto en el manto, cuando -oyó la voz<span class="pagenum" id="Page_287">[p. 287]</span> que -decía junto a él «¿Qué haces aquí, Elías?»</p> - -<p>—¿Y qué estoy haciendo yo aquí?—me preguntaba a mí mismo cuando, -contrariado por la detención del viaje, bajaba hacia la ciudad.</p> - -<p>Aquella tarde comí en compañía de un americano joven, natural -de Carolina del Sur; ya le había visto frecuentemente, porque -estaba alojado en la fonda desde algún tiempo antes de mi llegada a -Gibraltar. Su porte era muy notable: bajo de estatura, en extremo -débil de conformación, facciones pálidas, pero muy correctas; poseía -una cabeza magnífica, de negro cabello crespo, y un par de patillas -del mismo color, las más soberbias que hasta entonces había visto. -Llevaba sombrero blanco, de anchas alas y copa excepcionalmente baja, -y vestía un ligero sobretodo de tela amarilla, y amplios calzones -de indiana. En una palabra, su exterior era verdaderamente raro y -particular. Al regresar de mi excursión a la cueva, me encontré con -que también él acababa de bajar del monte, cuyas maravillas había -estado explorando desde muy temprano.</p> - -<p>Uno del Peñón le preguntó si le gustaban las excavaciones. «¿Si -me gustan?—respondió—. Lo mismo podría usted preguntar a una persona -que acabase de ver las cataratas del Niágara, si le gustaban mucho; -gustar no es la palabra, señor.»</p> - -<p>El calor era sofocante, como casi invaria<span class="pagenum" -id="Page_288">[p. 288]</span>blemente ocurre en Gibraltar, donde rara -vez sopla un poco de aire, abrigado como está de todos los vientos. -Eso indujo a otro individuo a preguntarle si no encontraba excesivo -el calor.</p> - -<p>—¿Calor?—replicó—; de ningún modo. El tiempo más hermoso para -recoger algodón que se puede desear. No lo tenemos mejor en Carolina -del Sur, señor.</p> - -<p>—¿Vive usted en Carolina del Sur? Supongo, señor, que no será -usted propietario de esclavos—dijo aquel judío gordo y pequeño con -levita de color de tabaco, que en otra ocasión me había invitado -a tomar un aperitivo—; es cosa terrible esclavizar a unos pobres -hombres, tan sólo por el hecho de ser negros; ¿no le parece a usted, -señor?</p> - -<p>—¿Que si me parece? No, señor; no opino así. Me glorío de ser -propietario de esclavos: tengo cuatrocientos negros nigerianos -en mi hacienda, cerca de Charleston, y por las mañanas, antes -de desayunarme, azoto a media docena, por vía de ejercicio. Los -nigerianos están para ser azotados; a veces intentan escaparse: -suelto los sabuesos en su rastro, y los cogen en un abrir y cerrar -de ojos; antes tenían la costumbre de ahorcarse, porque los -nigerianos pensaban que era el camino más seguro para volver a su -país y librarse de mí; no tardé en poner término a eso: les dije -que si se ahorcaba alguno más, yo me ahorcaría también, para<span -class="pagenum" id="Page_289">[p. 289]</span> no separarme de ellos, -y azotarlos en su país natal diez veces más que en el mío. ¿Qué opina -usted de esto, amigo?</p> - -<p>Era fácil comprender que había más chanza que malicia en aquel -excéntrico y exiguo sujeto, pues sus grandes ojos grises chispeaban -de buen humor mientras profería tales atrocidades. Era dadivoso en -extremo; y a una irlandesa sórdida, viuda de un soldado, que entró -con una banasta llena de cajitas y baratijas hechas de pedazos de -roca de Gibraltar, le compró la mayor parte de lo que llevaba, -dándole por cada artículo el precio, nada desdeñable, que le pidió. -Me había mirado diferentes veces, y al cabo le vi inclinarse y -murmurar algo al oído del judío, quien replicó a media voz, aunque -con mucha viveza: «¡Oh, no, señor! Está usted muy equivocado, -señor; no es americano, señor; de Salamanca, señor; ese caballero -es un español de Salamanca». El criado, al fin, nos dijo que había -puesto la mesa, y que acaso nos agradaría comer juntos: al instante -asentimos. En aquel nuevo conocido hallé, por diversos motivos, un -agradabilísimo compañero; no tardó en contarme su historia. Era -plantador y, por lo que daba a entender, propietario muy reciente. -Era condueño de un gran barco que comerciaba entre Charleston y -Gibraltar, y como la fiebre amarilla acababa de estallar en aquella -ciudad, decidió hacer un viaje (el primero)<span class="pagenum" -id="Page_290">[p. 290]</span> a Europa en su barco; pues, según -decía, todos los estados de la Unión los tenía ya visitados, y -visto todo cuanto en ellos hay digno de verse. Me describió, de un -modo tan original como ingenuo, sus impresiones al pasar frente a -Tarifa, la primera ciudad murada que veía. Le conté la historia -de esa ciudad, que oyó con gran atención. Diversos intentos hizo -para saber de mí quién era yo, pero los eludí, por más que parecía -plenamente convencido de mi condición de americano; entre otras -cosas, me preguntó si mi padre no había sido cónsul en Sevilla. Lo -que, no obstante, le confundía mucho era mi conocimiento del marroquí -y del gaelico, que me había oído hablar respectivamente con los -<i>hamales</i> y la irlandesa, la cual le había dicho, según me declaró el -americano, que yo era brujo. Por último, tocó el tema de la religión, -y habló con gran desprecio de la revelación, declarándose deísta; -tenía vehementes deseos de conocer mis opiniones; pero le esquivé de -nuevo, contentándome con preguntarle si había leído la Biblia. Dijo -que no, pero que conocía muy bien los escritos de Volney y Mirabeau. -No respondí, y entonces añadió que no era su costumbre, ni mucho -menos, plantear tales cuestiones, y que a muy pocas personas les -hubiese hablado con tanta franqueza; pero que yo le había interesado -mucho, aunque nuestro conocimiento fuese<span class="pagenum" -id="Page_291">[p. 291]</span> tan reciente. Repuse que difícilmente -habría hablado en Boston de la misma manera que acababa de hablarme -a mí, y que bien se conocía que no era de Nueva Inglaterra. «Le -aseguro a usted—dijo—que tampoco se me hubiese ocurrido hablar así en -Charleston, pues, con tal conversación, no hubiese tardado en tener -que hablar para mí solo.»</p> - -<p>Si hubiese conocido yo menos deístas de los que mi fortuna me ha -hecho conocer, quizás hubiera intentado convencer a aquel joven de lo -erróneo de las ideas que había adoptado; pero yo conocía todo lo que -se habría apresurado a replicar, y como el creyente no tiene en tales -materias argumentos carnales que dirigir a la razón carnal, pensé que -era lo mejor evitar discusiones que seguramente no podían dar fruto -de provecho. La fe es libre don de Dios, y no creo que haya habido -aún ningún incrédulo convertido mediante polémicas de sobremesa. -Aquella fué la última tarde que pasé en Gibraltar.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_292">[p. 292]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO LIV</h2> - <p class="subhang"> - Otra vez a bordo. — Un rostro sorprendente. — El Haji. — Nos damos - a la vela. — Los dos judíos. — Un barco americano. — Tánger. — Adun - Oulem. — La riña. — Lo prohibido. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">l jueves</span> -8 de agosto me encontré de nuevo a bordo de la barca genovesa, a -hora tan temprana como el día anterior. No obstante, después de -aguardar dos o tres horas sin que se hiciese ningún preparativo de -marcha, me disponía ya a volver otra vez a tierra; pero el viejo -piloto genovés me aconsejó que me quedara, asegurándome que, sin -duda alguna, íbamos a partir en seguida, pues toda la carga estaba -a bordo y no teníamos ya por qué detenernos. Estaba descansando en -la camareta, cuando oí chocar un bote contra el costado de nuestro -barco, y alguna gente subir a bordo. Al instante apareció en la -abertura un rostro singular, feroz. Estaba yo medio dormido, y al -pronto creí que soñaba, pues aquella faz más parecía de gato montés -o de ogro que<span class="pagenum" id="Page_293">[p. 293]</span> de -ser humano; su larga barba casi me rozaba la cara, hallándome tendido -en una especie de hamaca. Pero al incorporarme sobresaltado, reconocí -la insólita catadura del judío a quien había visto en compañía de -Judah Lib. También él me reconoció, y, moviendo la cabeza, plegó sus -desmedidas facciones en una sonrisa. Me levanté y subí a cubierta, y -allí le hallé junto con otro judío, joven, vestido a lo berberisco. -Acababan de llegar en el bote. Pregunté a mi amigo el de la barba -quién era, de dónde venía y adónde iba. Respondió, en portugués -corrompido, que regresaba de Lisboa, adonde había ido a sus negocios, -a Mogador, su ciudad natal. Me miró luego al rostro y sonrió, y -sacando del bolsillo un libro en caracteres hebraicos, se puso a -leerlo; viéndolo, un marinero español de a bordo dijo, que con tales -barba y libro tenía que ser un <i>sabio</i>. Su compañero era de Mequinez, -y sólo hablaba arábigo.</p> - -<p>Una barcaza se aproximaba, cuya popa aparecía llena de moros; -serían unos doce, y la mayor parte eran evidentemente personas de -calidad, pues iban vestidos con toda la pompa y galanura del Oriente: -turbantes de nívea blancura, <i>jabadores</i> de seda verde o tela -escarlata, y <i>bedeyas</i> adornadas con galones de oro. Algunos eran -tipos en extremo arrogantes, y dos de ellos, jóvenes, de sorprendente -hermosura, y lejos de mos<span class="pagenum" id="Page_294">[p. -294]</span>trar, como es general entre moros, semblante negruzco -o moreno, su tez era delicada, sonrosada y blanca. El personaje -principal, a quien los demás trataban con mucho respeto, era hombre -de talla atlética, de unos cuarenta años. Llevaba túnica de algodón -blanco acolchado, y <i>kandrisa</i> blanca, y liado con gracia al cuerpo, -envolviéndole la parte alta de la cabeza, el <i>haik</i>, o capa de -flanela blanca, tenida siempre en mucha estima por los moros, desde -las épocas más remotas de su historia. Iba desnudo de piernas, y -los pies protegidos tan sólo del suelo por babuchas amarillas. No -ostentaba más gala que un largo zarcillo de oro, del que pendía una -perla, evidentemente de gran valor. Una hermosa barba negra, como de -un pie de larga, se esparcía por su musculoso tórax. Sus facciones -eran correctas, excepto los ojos, un poco pequeños; su expresión, -empero, era torcida; su mirar, duro; la malignidad y la mala índole -se pintaban en cada rasgo de su semblante, donde no parecía haber -brillado jamás una sonrisa. El marinero español de quien ya he -tenido ocasión de hablar me dijo por lo bajo que era un <i>santurrón</i>, -y que regresaba del viaje a la Meca; añadió que era un mercader -de inmensa riqueza. Pronto vimos que los otros moros le habían -acompañado a bordo solamente por amistosa cortesía, pues uno tras -otro fueron despidiéndose de él, con excepción de dos negros,<span -class="pagenum" id="Page_295">[p. 295]</span> sus acompañantes. -Observé que los negros, cuando los moros les tendían la mano al -marcharse, se esforzaban invariablemente por llevársela a los labios, -esfuerzo que siempre se frustraba, pues los moros, en cada caso, por -un movimiento rápido y gracioso, retiraban la mano presa en la del -negro y la oprimían contra su corazón; que era tanto como decir: -«aunque negro y esclavo eres musulmán, y, por serlo, eres nuestro -hermano; Alá no hace distinciones». El botero se acercó entonces -al <i>haji</i>, pidiendo su paga, y le dijo que había ido tres veces a -bordo por su servicio, a llevarle el equipaje. La suma que pidió le -pareció exorbitante al <i>haji</i>, quien, olvidándose de su condición -de santo y de recién venido de la Meca, fumaba atrozmente, y en mal -español le llamó ladrón al botero. El improperio que más irrita a -un español (el botero lo era) es ése; y apenas aquel prójimo se oyó -tratar así, cuando, chispeantes de furor sus ojos, asestó el puño a -la nariz del <i>haji</i>, y pagó el vocablo injurioso lo menos con otros -diez tan malos o peores. Quizás habría pasado a actos de violencia, -si no le hubieran arrancado de allí a la fuerza los otros moros, -que se le llevaron aparte, y supongo que le dirían o le darían algo -para calmarle, pues no tardó en volver al bote y regresó con todos -ellos a tierra. El capitán llegó entonces con su secretario judío, y -se dieron las órdenes para<span class="pagenum" id="Page_296">[p. -296]</span> hacerse a la vela. Poco después de las doce zarpábamos -de la bahía de Gibraltar. El viento soplaba favorable, pero durante -cierto tiempo no avanzamos mucho, pues casi yacíamos en calma a -sotavento del Peñón; poco a poco, no obstante, nuestra marcha fué -haciéndose más rápida, y pasada como una hora corríamos velozmente -hacia Tarifa.</p> - -<p>El secretario judío permanecía en el timón, y en realidad resultó -ser la persona que mandaba el barco, y quien daba las órdenes -necesarias, ejecutadas bajo la superintendencia del viejo piloto -genovés. Hice algunas preguntas al <i>haji</i>, pero me miró de soslayo -con sus adustos ojos, hizo un mohín con los labios, y siguió en -silencio; era como decir: «No me hables; soy más santo que tú». Sus -negros fueron mucho más comunicativos. Uno era viejo y feísimo; el -otro, de unos veinte años, era tan bien parecido como puede serlo -un negro. De puro color de ébano, tenía las facciones en extremo -bien formadas y delicadas, con excepción de los labios, demasiado -gruesos. La forma de sus ojos era muy particular: oblongos más que -redondos, como los de las figuras egipcias. Tenía aire pensativo, -meditabundo. Era, en todo, distinto de su compañero, incluso en el -color (aunque ambos eran negros) y descendía, sin duda, de alguna -raza superior poco conocida. Sentado al pie del mástil, contemplando -el mar, hallábase, a juicio<span class="pagenum" id="Page_297">[p. -297]</span> mío, fuera de su sitio natural; mejor hubiera parecido -en los arenales sin límites, al pie de una palmera, y habría podido -pasar entonces por un <i>Jin</i><a id="FNanchor_29" href="#Footnote_29" -class="fnanchor">[29]</a>. Le pregunté de dónde procedía; díjome que -era natural de Fez, pero que no había conocido nunca a sus padres; -se crió en la casa de su amo actual, a quien había seguido en la -mayor parte de sus viajes, y acompañádole tres veces a la Meca. Le -pregunté si le gustaba ser esclavo. A eso me respondió que ya no lo -era, pues en razón de sus fieles servicios le habían dado libertad -tiempo atrás, así como a su compañero. Muchas más cosas me habría -dicho, pero el <i>haji</i> le llamó, y le entretuvo en otras ocupaciones, -probablemente para impedir que yo le contaminase.</p> - -<p>Esquivado por los musulmanes, recurrí a los judíos, quienes en -modo alguno se mostraron remisos en cultivar la familiaridad. El -sabio barbudo me contó su historia, en muchos puntos semejante a la -de Judah Lib, pues, según parece, dos o tres años antes había salido -de Mogador en busca de su hijo, que se había fugado a Portugal. -Pero al llegar el padre a Lisboa, averiguó que pocos días antes el -fugitivo se había embarcado para el Brasil. Al contrario de Judah, -en busca de su padre, se cansó de su demanda y la abandonó. El judío -de Mequi<span class="pagenum" id="Page_298">[p. 298]</span>nez, -más joven, se animó y alegró en extremo al darse cuenta de que yo -entendía su lengua, y me hizo reír con su humorística descripción de -la vida cristiana, tal como la había observado en Gibraltar, donde -acababa de residir cerca de un mes. Me habló después de Mequinez, un -<i>Jennut</i>, o paraíso, según decía, comparado con el cual, Gibraltar -era una pocilga. Tan grande, tan universal es el amor a la tierra -nativa. Pronto me dí cuenta de que ambos judíos me creían de su raza, -y el joven, mucho más expansivo que el otro, me calificó de tal, y -habló de la infamia de negar mi propia sangre. Poco antes de llegar -frente a Tarifa, el hambre se apoderó de todos nosotros. El <i>haji</i> -y sus negros manifestaron su repuesto y se regalaron con pollos -asados; los judíos comieron uvas y pan, y yo, pan y queso, en tanto -que la tripulación preparaba un plato de boquerones. Dos marineros -acudieron solícitos con una buena ración y me la ofrecieron con -afecto fraternal; no vacilé en aceptar su obsequio, y los boquerones -me parecieron deliciosos. Como me hallaba sentado entre los judíos, -les ofrecí algunos, pero volvieron el rostro con repugnancia, -exclamando: <i>Haloof</i><a id="FNanchor_30" href="#Footnote_30" -class="fnanchor">[30]</a>. Pero, al propio tiempo, me estrecharon -la mano y, sin que yo se lo brindase, tomaron un pedacito de mi -pan. Tenía<span class="pagenum" id="Page_299">[p. 299]</span> yo -una botella de coñac, que había llevado como prevención contra -el mareo, y también se la ofrecí; pero rehusaron otra vez, y -exclamaron: <i>Haram</i><a id="FNanchor_31" href="#Footnote_31" -class="fnanchor">[31]</a>. Yo no dije nada.</p> - -<p>Estábamos entonces junto al faro de Tarifa, y, poniendo la proa -al Oeste, hicimos rumbo en derechura hacia la costa de Africa. El -viento había refrescado mucho, y como soplaba casi de popa, corríamos -con tremenda velocidad, amenazándonos las grandes velas latinas con -sepultarnos a cada momento bajo las olas que la corriente contraria -levantaba frente a nosotros. En esta veloz carrera, pasamos pegados -a la popa de un barco grande con bandera americana; iba a tomar el -Estrecho y avanzaba lentamente contra el levante impetuoso. Al pasar -junto a él vimos la popa llena de gente que nos observaba: la verdad -es que debíamos de ofrecer un espectáculo singular a los pasajeros -que, como mi joven amigo el americano de Gibraltar, vinieran al Viejo -Mundo por vez primera. En el timón iba el judío; todo él envuelto en -una gabardina, cuya capucha, echada sobre la cabeza, le daba casi el -aspecto de un aparecido con su mortaja; en tanto que, sobre cubierta, -mezclados con europeos, todos, menos yo, pintorescamente vestidos, -iban los moros con sus turbantes, flotando suelto al viento el <i>haik</i> -del <i>haji</i>. Fu<span class="pagenum" id="Page_300">[p. 300]</span>gaz -tuvo que ser, empero, la visión que de nosotros alcanzaron, puesto -que nos cruzamos con la velocidad de un caballo de carreras, y a eso -de una hora más tarde, sólo distábamos una milla del promontorio en -que se asienta el castillo de Alminar, extremo límite oriental de -la bahía de Tánger. Allí el viento cayó, y avanzamos de nuevo con -lentitud.</p> - -<p>Hacía ya mucho tiempo que Tánger estaba a la vista. Poco después -de empezar a alejarnos de Tarifa, le habíamos columbrado en la -lejanía, semejante a una paloma blanca empollando en su nido. El -sol se ocultaba detrás de la ciudad cuando echamos el ancla en la -bahía, entre media docena de barcas y faluchos, del porte de la -nuestra, únicos barcos que vimos. Tánger se hallaba ante nosotros, -pintoresca ciudad que ocupa las vertientes y la cima de dos colinas, -una de las cuales, brava y escarpada, se mete en el mar allí donde la -costa forma de pronto una abrupta revuelta. Amenazadores parecen sus -almenados muros, encaramados en la cúspide de empinadas rocas, cuya -base lavan las ondas del mar, o surgiendo de la angosta playa que -separa la colina del Océano.</p> - -<p>Allí hay dos o tres órdenes de baterías, armadas con gruesos -cañones, que dominan la bahía; encima se ven los terrados de la -ciudad, que se alzan escalonados, como peldaños para gigantes. -Todo es blanco, de per<span class="pagenum" id="Page_301">[p. -301]</span>fecta blancura, de suerte que el conjunto parece tallado -en un inmenso bloque de yeso; bien es verdad que aquí y allí emergen -de la blancura altos árboles verdes: acaso pertenezcan a jardines -moros, y tal vez ahora estarán reclinadas a su sombra muchas Leilas -ojinegras, hermanas de las huríes. Frente por frente a nosotros -se levanta una gran torre o alminar, no blanca, sino pintada -curiosamente; pertenece a la mezquita principal de Tánger; sobre -ella ondeaba una bandera negra, por ser la fiesta de Ashor. Una -hermosa playa de blanca arena bordea la bahía desde la ciudad hasta -el promontorio del Alminar. Al Este se alzan portentosas colinas y -montañas: son el Gebel Muza y su cadena; y aquel su compañero que -se levanta a lo lejos es el pico de Tetuán; las brumas grises de la -tarde envuelven sus flancos. Tal era Tánger, tales sus cercanías, -como se me aparecieron al contemplarlas desde la barca genovesa.</p> - -<p>Arriaron un bote del barco, y el capitán, que traía a su cargo -el correo de Gibraltar, el secretario judío, y el <i>haji</i>, con sus -acompañantes negros, se fueron a tierra. Yo hubiera querido ir con -ellos, pero me dijeron que no podría desembarcar aquella noche, -pues antes de que examinasen mi pasaporte y mi patente de sanidad -se cerrarían las puertas de la ciudad; así es que permanecí a -bordo con la tripulación y los dos judíos.<span class="pagenum" -id="Page_302">[p. 302]</span> Los marineros prepararon su cena, -que consistía simplemente en una ensalada de <i>tomates</i>, habiéndose -consumido las demás provisiones. El genovés viejo me trajo una -ración, excusándose al propio tiempo por la frugalidad de la -comida. Acepté agradecido, y le dije que un millón de hombres -mejores que yo tenían peor cena. Nunca he comido con mejor apetito. -Al entrar la noche, los judíos cantaron himnos hebreos, y cuando -concluyeron me preguntaron por qué permanecía en silencio; alcé la -voz y canté <i>Adun Oulem</i><a id="FNanchor_32" href="#Footnote_32" -class="fnanchor">[32]</a>.</p> - -<p>Las tinieblas envolvían ya por completo tierra y mar; ningún ruido -se oía, salvo, de vez en cuando, el lejano ladrido de un perro en la -costa, o alguna quejumbrosa canción genovesa, que se alzaba de una -barca próxima. La ciudad parecía sepultada en lobreguez y silencio; -ni siquiera la luz de una bujía se columbraba. Pero volviendo la -vista a España, percibimos un fuego magnífico, que al parecer -envolvía la vertiente y la cima de una de las montañas más altas al -Norte de Tarifa. El incendio arrancaba destellos rojizos a las aguas -del Estrecho. O las leñas del monte ardían, o los <i>carboneros</i> se -aplicaban a sus sombrías faenas. Los judíos se quejaron de cansancio, -y el más joven, desatando una colchoneta, la tendió sobre cubierta -y<span class="pagenum" id="Page_303">[p. 303]</span> trató de -descansar. El sabio bajó a la camareta; pero apenas había tenido -tiempo de echarse cuando el viejo piloto, lanzándose en pos de él, -bajó también y le sacó fuera por los talones, porque la cámara estaba -muy poco profunda, y no había más que bajar dos o tres peldaños. -Hecho eso, le dirigió muchos improperios, y le amenazó con el pie, -mientras permanecía tendido sobre cubierta. «¿Cree usted—le dijo—que -un perro judío como usted, y que paga como un perro judío, va a -dormir en la cámara? Desengáñese, bestia: en la cámara no duerme -esta noche nadie más que este <i>caballero</i> cristiano.» El sabio, sin -replicar, se alzó de sobre cubierta y se acarició la barba, en tanto -el viejo genovés proseguía su filípica. Si el judío hubiese sido dado -a ello, habría podido estrangular a su insultador en un momento, o -espachurrarlo entre sus membrudos brazos, pues no recuerdo haber -visto jamás un individuo tan fuerte y musculoso; pero, evidentemente, -era tardo en encolerizarse, y muy paciente. No se le escapó ni una -palabra de resentimiento, y sus facciones conservaron su habitual -expresión de benigna placidez.</p> - -<p>Entonces le aseguré al piloto que el judío podía compartir la -cámara conmigo sin la más leve objeción por mi parte, y que, al -contrario, más bien lo deseaba, pues había sitio de sobra para -ambos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_304">[p. 304]</span></p> - -<p>—Dispense usted, señor caballero—replicó el genovés—; pero le -juro que no permitiré tal cosa: usted es joven y no conoce a esta -<i>canaille</i> como yo la conozco, que llevo veinte años yendo y viniendo -entre estas costas. Si esa bestia tiene frío, que duerma en el -sollado, como yo y los demás; pero en la cámara no entra.</p> - -<p>Conociendo que era testarudo, me retiré, y a los pocos minutos -caí en profundo sueño, que duró hasta el alba. Cierto que dos o -tres veces me pareció que se peleaban cerca de mí; pero estaba tan -abrumado de cansancio, tan borracho de sueño, que no pude despertarme -lo bastante para enterarme de lo que sucedía. El hecho fué que, en -el transcurso de la noche, el sabio, hallándose incómodo al aire -libre, junto a su compañero, intentó por tres veces meterse en la -cámara, y otras tantas le arrojó de ella su incansable enemigo, que, -sospechando sus intenciones, no le quitó ojo en toda la noche.</p> - -<p>A eso de las cinco me levanté; el radiante sol brillaba -esplendoroso sobre la ciudad, la bahía y la montaña; la tripulación -ya estaba ocupada sobre cubierta en reparar una vela desgarrada por -el viento el día anterior. Los judíos, sentados en la popa con aire -desconsolado, se quejaban mucho del frío que habían sufrido en aquel -lugar abierto. Sobre el ojo izquierdo del sabio vi una cortadura -ensangrentada, que, según me dijo, le había<span class="pagenum" -id="Page_305">[p. 305]</span> hecho el viejo genovés después de -sacarle de la cámara por última vez. Entonces manifesté mi botella -de coñac, rogando que la tripulación participase en ella, como -leve correspondencia a su hospitalidad. Me dieron las gracias, y -la botella fué circulando; al cabo llegó a manos del viejo piloto, -quien, tras de mirar un instante al sabio, se la llevó a los labios, -donde la mantuvo mucho más tiempo que ninguno de sus compañeros; -después me la devolvió, haciéndome una profunda reverencia. El -sabio preguntó entonces qué contenía la botella. Le dije que coñac, -o <i>aguardiente</i>, y al oírlo, rogó, no sin cierta ansia, que le -permitiese beber un trago.</p> - -<p>—¿Cómo es eso?—dije yo—. Ayer me dijo usted que era una cosa -prohibida, una abominación.</p> - -<p>—Ayer—respondió—no sabía que fuese aguardiente; creí que era vino, -que es, ciertamente, una abominación, cosa prohibida.</p> - -<p>—¿Está prohibido en la <i>Torah</i>?—pregunté—. ¿Está prohibido por la -ley de Dios?</p> - -<p>—No lo sé—replicó—; lo que sé es que los sabios lo han -prohibido.</p> - -<p>—Sabios como usted—exclamé con calor—; sabios como usted, de barba -larga y entendimiento corto. Permitido está el uso de ambas bebidas; -pero más peligro se esconde en esta botella que en una cuba de<span -class="pagenum" id="Page_306">[p. 306]</span> vino. Bien dijo mi -Señor el Nazareno: «Vosotros apartáis un mosquito y os tragáis un -camello»; pero, puesto que tiene usted frío y tirita, tome la botella -y reanímese con un traguito de su contenido.</p> - -<p>Se la acercó a los labios, y no encontró ni gota. El viejo genovés -reía con sorna.</p> - -<p>—<i>Bestia</i>—dijo—, le conocí en los ojos que deseaba beber un trago, -y me dije: aunque me ahogue, no dejaré que un caballero cristiano -malgaste ni gota del <i>aguardiente</i> en ese judío, ¡mal rayo caiga -sobre su cabeza!</p> - -<p>»Ahora, señor caballero—continuó—, puede usted bajar a tierra; -esos dos marineros le llevarán al muelle y transportarán su equipaje -adonde tenga por conveniente; la Virgen le bendiga por donde -vaya.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_307">[p. 307]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO LV</h2> - <p class="subhang"> - El muelle. — Los dos moros. — Djmah de Tánger. — La casa de Dios. — - El cónsul británico. — Espectáculo curioso. — La casa mora. — Juana - Correa. — Ave María. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">B</span><span class="smcap">ogamos</span>, -pues, hacia el muelle, y desembarcamos. El muelle no consiste -actualmente más que en un inmenso rimero de grandes piedras sueltas, -que corre como unas quinientas yardas bahía adentro: son parte de -las ruinas de un magnífico espigón que los ingleses, último pueblo -extranjero que ocupó a Tánger, destruyeron al evacuar la plaza. Los -moros no han intentado nunca repararlo: en las mareas altas, el mar -rompe contra él furioso. Fué tarea difícil abrirme camino entre las -resbaladizas piedras, y dos o tres veces me hubiera caído a no ser -por la buena voluntad de los marineros genoveses. Al fin alcanzamos -la playa, y nos encaminábamos hacia la puerta de la ciudad, cuando -dos moros vinieron a nosotros. Casi nos asustamos al ver al -primero: era un bárbaro corpulento y viejo, con aborrascada<span -class="pagenum" id="Page_308">[p. 308]</span> barba blanca, -turbante, <i>haik</i> y calzones sucios, desnudas las piernas e inmensos -y aplastados pies, cuyos talones sobresalían lo menos un par de -pulgadas por detrás de sus viejas y negras babuchas.</p> - -<p>—Este es el capitán del puerto—dijo uno de los genoveses—. Trátele -con respeto.</p> - -<p>Me quité, pues, el sombrero y exclamé:</p> - -<p>—<i>Sba alkheir a sidi.</i></p> - -<p>—¿Sois ingleses?—vociferó el horroroso y gigantesco vejestorio.</p> - -<p>—Ingleses, señor—— adelantándome le tendí la mano, que casi -aplastó con su tremenda zarpa. Entonces el otro moro me habló en una -jerga compuesta de inglés, español y árabe. También era un personaje -raro; pero muy diferente de su compañero, que le llevaba, por lo -poco, la cabeza, y menos completo de un ojo, pues el globo de visión -izquierdo teníalo cerrado, y era, como los españoles dicen, <i>tuerto</i>; -pero excedía con mucho al otro en la limpieza del turbante, <i>haik</i> y -calzones. De lo que farfulló colegí que era el <i>mahasni</i> o soldado -del cónsul inglés; que el cónsul, sabedor de mi llegada, le había -enviado para acompañarme a su casa. Me propuso que le siguiese, y así -lo hice, acompañándonos el viejo capitán del puerto hasta la entrada -de la ciudad, donde dió media vuelta y se metió en un edificio que, -a mi parecer, sería la aduana, por los fardos y cajas de toda índole -apilados delan<span class="pagenum" id="Page_309">[p. 309]</span>te. -Traspusimos la puerta de la ciudad y remontamos una pendiente -tortuosa. A nuestra izquierda había una batería llena de cañones, -apuntando al mar, y a nuestra derecha un recio muro, tallado en parte -en la misma montaña: un poco más arriba llegamos a un sitio abierto, -donde se alza la mezquita que ya he mencionado. Al contemplar la -torre, me dije: «Seguramente tenemos aquí una hermana menor de la -Giralda de Sevilla.»</p> - -<p>Ignoro si alguien ha notado ya el parecido entre ambos edificios, -y quizás habrá algunos que nieguen tal semejanza, sobre todo si, al -formar opinión, se dejan influir mucho por el tamaño y el color: la -Giralda es de color rojo, o más bien bermellón, mientras que en el -Djmah de Tánger predomina el verde por estar hecha de ladrillos de -ese color; pero entre ellos, con ciertos intervalos, hay colocados -otros de un leve tinte rojo, de suerte que la torre presenta una -bella variedad de tonos. Respecto al tamaño, comparado con la -gigantesca maga sevillana, el Djmah tangerino parecería lo que un -arbolillo nuevo al lado de un cedro del Líbano, cuyo tronco ha -resistido las tormentas de quinientos años. Pues con todo eso, afirmo -que, en otros respectos, ambas torres son una y la misma, y que en -ambas se manifiestan el mismo espíritu, igual designio; su forma -es igual, y tienen en sus muros las mismas señales, incluso<span -class="pagenum" id="Page_310">[p. 310]</span> aquellos misteriosos -arcos grabados en los ladrillos, emblema de no sé qué. Sin violencia -puede decirse que los dos monumentos están entre sí en la misma -relación que los antiguos moros con los modernos. La Giralda es -una maravilla del mundo, y el antiguo moro fué casi conquistador -del mundo. Al moderno moro apenas se le conoce, y ¿quién ha oído -nunca hablar de la torre de Tánger? Pero examinadla atentamente, y -hallaréis en ella mucho, muchísimo que admirar; y si se os presenta -la oportunidad de observar con detención a los moros modernos, de -seguro descubriréis en sus personas y en sus acciones, junto a muchos -rasgos grotescos, incultos y bárbaros, no pocos que compensarán con -amplitud una investigación laboriosa.</p> - -<p>Al pasar por delante de la mezquita, me detuve a la puerta un -momento y miré al interior; no vi más que un patio cuadrangular -pavimentado con baldosas de colores, a cielo abierto. En los lados, -sendas galerías con arcos o <i>piazzas</i>, y en el centro una fuente, -donde varios moros cumplían sus abluciones. Miré en torno, en busca -del objeto abominable, y no lo hallé. El pecado habitual de la -iglesia pseudo-cristiana no estaba allí en cada rincón para herirme -en los ojos.</p> - -<p>—Venid acá, papistas—dije—y tomad esta lección: aquí hay una -casa de Dios, en lo exterior al menos, tal como una casa de<span -class="pagenum" id="Page_311">[p. 311]</span> Dios debe ser: cuatro -muros, una fuente, y encima el eterno firmamento, donde se espeja -su gloria. ¿Qué casas edificáis al Dios que ha dicho: «No grabarás -tu imagen»? Insensato, tus muros están poblados de ídolos; a una -piedra le llamas tu Padre, y a un pedazo de madera carcomida, Reina -de los Cielos. Insensato, no conoces siquiera al Anciano de días, y -del mismo moro tienes algo que aprender. Al menos, el moro conoce al -Anciano de días, que ha dicho: «No tendrás más dioses que yo.»</p> - -<p>Cuando decía estas palabras, oí un grito como rugido de león, y -una temerosa voz exclamaba a lo lejos: <i>Kapul Udbagh</i>.</p> - -<p>Volvimos luego hacia la izquierda por un pasadizo que atravesaba -por debajo de la torre, y apenas habíamos dado unos pasos, oí un -prodigioso tumulto de voces infantiles; escuché un instante y -distinguí versículos del Corán; era una escuela.</p> - -<p>Otra lección para ti, papista. Te llamas cristiano, pero persigues -el libro de Cristo. Le acosas hasta la orilla del mar, obligándole a -buscar refugio en las olas.</p> - -<p>Insensato, aprende esa lección del moro, que enseña a su hijo, -apenas empieza a hablar, los pasajes más importantes del libro de -su ley, y se tiene por sabio o necio según está o no versado en tal -libro; mientras que tú, esclavo ciego, no sabes lo que el libro de tu -ley contiene, ni deseas sa<span class="pagenum" id="Page_312">[p. -312]</span>berlo; pero ¿acaso no te han de juzgar por tu ley propia? -Traficante en ídolos, aprende del moro a ser consecuente: dice que -será juzgado según su ley, y, por tanto, estima y sabe de memoria -todo el libro de su ley.</p> - -<p>Llegamos a casa del cónsul inglés, grande y espaciosa vivienda, -construída según el gusto inglés. El soldado me llevó a través de -un patio hasta un amplio vestíbulo, colgado con pieles de animales -feroces de toda especie, desde el majestuoso león hasta el chacal -ladrador. Allí me recibió un criado judío, y me condujo al punto a -la biblioteca, donde estaba el cónsul. Me recibió con suma llaneza -y sincero afecto, y me dijo que habiendo recibido una carta de su -excelente amigo Mr. B., en la que me recomendaba vivamente, tenía -ya tomado para mí alojamiento en casa de una mujer española, pero -súbdito británico, donde me encontraría, a su parecer, todo lo bien -instalado que era posible en un lugar como Tánger. Me preguntó -después si tenía algún motivo especial para visitar esa ciudad, y -sin vacilación le dije que llevaba el propósito de repartir cierto -número de ejemplares del Nuevo Testamento en lengua española entre -los cristianos residentes en la localidad. Sonrió, y me recomendó que -procediese con extremada cautela, y así se lo prometí. Departimos -luego acerca de otros temas, y no tardé en descubrir que me hallaba -en compañía<span class="pagenum" id="Page_313">[p. 313]</span> de un -hombre de letras instruidísimo, sobre todo en los clásicos griegos y -latinos; también conocía a fondo el imperio berberisco y el carácter -moro.</p> - -<p>Tras de media hora de conversación, en extremo agradable -e instructiva para mí, manifesté el deseo de marcharme a mi -alojamiento; tocó la campanilla, entró el mismo criado judío que me -había recibido, y el cónsul le dijo en inglés:</p> - -<p>—Acompañe a este caballero a casa de Juana Correa, la viuda -mahonesa, y encárguele de mi parte que le cuide bien y atienda a su -regalo; si lo hace así, me confirmará en la buena opinión que tengo -de ella y aumentará mi inclinación a favorecerla.</p> - -<p>Así, acompañado por el judío, enderecé mis pasos al alojamiento -preparado para mí. Tras de remontar la calle en que estaba la casa -del cónsul, entramos en una placita que se halla como a media ladera -de la colina. Díjome mi acompañante que aquello era el soc, o plaza -del mercado. Ofrecíase allí un espectáculo curioso. Todo alrededor -de la plaza había unas barracas de madera pequeñas, muy parecidas -a cajas grandes volcadas sobre un costado, con la tapa mantenida -en alto por una cuerda. Delante de cada caja había una especie de -mostrador, o más bien un largo mostrador corría frente a toda la -línea, sobre el cual yacían uvas, dátiles, pequeños barriles de -azúcar, jabón,<span class="pagenum" id="Page_314">[p. 314]</span> -manteca y otros artículos varios. Dentro de cada caja, frente al -mostrador, y a unos tres pies del suelo, se ocultaba un ser humano -con una manta sobre los hombros, un sucio turbante en la cabeza, -y calzones andrajosos, que les llegaban hasta la rodilla, aunque -me parece que algunos prescindían por completo de ellos. Empuñaban -sendos palos con un manojo de hojas de palma en la punta, agitándolos -sin cesar como abanico, a fin de espantar de sus géneros el millón -de moscas que, engendradas por el sol berberisco, trataban de -posarse en ellos. Detrás, y a cada lado de las casetas, había pilas -de mercancías de la misma clase. Los vendedores clamaban sin cesar: -<i>Shrit hinai, shrit hinai</i><a id="FNanchor_33" href="#Footnote_33" -class="fnanchor">[33]</a>. Tales son los tenderos de Tánger, tales -sus tiendas.</p> - -<p>En medio del <i>soc</i>, sobre las piedras, había pirámides de melones -y <i>sandías</i>, y también banastas llenas de otras clases de frutas, -expuestas para la venta, en tanto las redondas hogazas yacían en el -suelo acá y allá, y a su lado, sentados sobre las piernas cruzadas, -los seres de más extraña apariencia que una imaginación descarriada -puede concebir, cubierta la cabeza con un enorme sombrero de paja, lo -menos de dos yardas de circunferencia, cuyas alas caídas ocultaban -por completo el rostro, mientras el tronco apa<span class="pagenum" -id="Page_315">[p. 315]</span>recía envuelto en una manta, de la que -a veces salían unos dedos y brazos descarnados. Eran mujeres moras, -todas, a lo que creo, viejas y feas, si he de juzgar por las ojeadas -que pude echar sobre sus semblantes cuando levantaban las alas de los -sombreros para mirarme al pasar, o maldecirme por pisarles el pan. -Todo el <i>soc</i> estaba lleno de gente y abundaban los gritos, bullicios -y vociferaciones, y como el sol, aunque era todavía muy temprano, -brillaba con grandísimo esplendor, pensaba yo que escena tan animada -rara vez la habría visto nunca.</p> - -<p>Cruzando el <i>soc</i>, entramos en una angosta calle con el mismo -género de cajas-tiendas a cada lado, algunas de las cuales, empero, o -estaban desocupadas o no habían abierto aún, pues la tapa permanecía -echada. Casi inmediatamente volvimos hacia la izquierda, remontando -una calle algo parecida, y al instante mi guía se entró por la puerta -de una casa baja, situada en la esquina de una callecita arbolada, -que era, según me dijo, la morada de Juana Correa. Pronto estuvimos -en el centro de la vivienda. Digo en el centro porque todas las casas -moras están construídas con un pequeño patio en medio. El de aquella -casa no tenía más de diez pies en cuadro. Abierto por arriba, en -torno estaban las habitaciones, por tres lados; en el cuarto lado, -una escalerilla que comunicaba con el piso superior, la mitad del -cual<span class="pagenum" id="Page_316">[p. 316]</span> consistía -en un terrado con vistas al patio; por encima de sus bajos muros -se descubría un panorama del mar y gran parte de la ciudad. Lo -restante del piso ocupábalo una vasta pieza, reservada para mí, y -que comunicaba con el terrado por dos puertas. En cada extremo del -cuarto había una cama, atravesada a lo ancho de la habitación, con el -pabellón pegado al techo. Una mesa y dos o tres sillas concluían el -mobiliario.</p> - -<p>Estaba tan ocupado en examinar la casa de Juana Correa, que al -pronto puse poca atención en la señora misma. Pero vino luego al -terrado donde mi guía y yo permanecíamos. Era una mujer como de -cuarenta y cinco años, de facciones regulares, que en otros tiempos -habrían sido hermosas, pero en las que los años, y más aún quizás -las penas, habían hecho muchos estragos. Le faltaban dos dientes, -pero aún era negro su magnífico pelo. Mirando su rostro, dije para -mí: si es verdad la ciencia fisonómica, tú, ¡oh Juana!, eres buena y -apacible. En efecto: las finezas que de Juana recibí durante las seis -semanas que pasé bajo su techo, me hubieran convertido a esa ciencia, -si antes hubiese dudado de ella.</p> - -<p>No creo que en ningún pecho humano haya latido nunca corazón más -afectuoso y ardiente que el de Juana Correa, la viuda mahonesa, y -así lo denotaban sus facciones, radiantes de benevolencia y buen -natural,<span class="pagenum" id="Page_317">[p. 317]</span> aunque -algo nubladas por la melancolía.</p> - -<p>Díjome que había estado casada con un genovés, patrón de un -falucho que recorría la ruta entre Gibraltar y Tánger, quien, al -morir, hacía unos cuatro años, la dejó con cuatro de familia, el -mayor de los cuales era un mozo de trece; que había tropezado con -graves dificultades para proveer a su sustento y al de los suyos -desde la muerte de su marido; pero que la Providencia le había -suscitado unos pocos amigos excelentes, sobre todo el cónsul -británico; que, además de alquilar habitaciones a viajeros tales como -yo, amasaba pan, muy estimado por los moros, y tenía sociedad con un -genovés viejo para la venta de licores. Añadió que este último vivía -en una de las habitaciones bajas; que era hombre muy dispuesto y de -gran saber, pero que a veces le parecía algo tocado de aquí, dijo -llevándose un dedo a la frente, y esperaba que yo sabría disimular -las rarezas de su lenguaje o de su conducta. Entonces me dejó, para -disponer, según dijo, mi desayuno; y con esto, el criado judío que -me había acompañado desde casa del cónsul, viéndome ya instalado, -fuése.</p> - -<p>Pronto me senté a desayunar en una habitación a la izquierda del -minúsculo <i>wustuddur</i>; el trato era excelente: te, pescado frito, -huevos y uvas, sin olvidar el famoso pan de Juana Correa. Me servía -un mozo<span class="pagenum" id="Page_318">[p. 318]</span> judío, -alto, de unos veinte años; díjome que se llamaba Hayim Ben Attar, -y que era natural de Fez, de donde sus padres le habían llevado -siendo muy niño a Tánger, y aquí había pasado la mayor parte de su -vida principalmente al servicio de Juana Correa, asistiendo a los -que, como yo, se alojaban en la casa. Terminada la comida, hallábame -sentado en el patinillo, cuando oí en la habitación opuesta a la en -que me había desayunado varios suspiros, seguidos de muchos lamentos; -luego vino un <i>Ave María, gratiâ plena, ora pro me</i>, y finalmente una -voz como un graznido cantó:</p> - -<div class="poem mt1"><div class="stanza"> -<p class="i2">Gentem auferte perfidam</p> -<p class="i0">Credentium de finibus,</p> -<p class="i0">Ut Christo laudes debitas</p> -<p class="i0">Persolvamus alacriter.</p> -</div></div> - -<p class="mt1">—Ese es el genovés viejo—susurró Hayim Ben Attar—que -está rezando a su Dios; lo hace con mucha devoción siempre que la -noche antes se ha ido a la cama un poco bebido. Tiene en el cuarto -una imagen de <i>María Buckra</i><a id="FNanchor_34" href="#Footnote_34" -class="fnanchor">[34]</a>, delante de la que suele poner un cirio -encendido, y por ella no me permite nunca entrar en la habitación. -Una vez me sorprendió contemplándola, y creí que me mataba; desde -entonces, cierra siempre el cuarto con llave, que se guarda en el -bolsillo<span class="pagenum" id="Page_319">[p. 319]</span> al -marcharse. Odia a los judíos y a los moros, y dice que sus pecados le -han traído a vivir entre nosotros.</p> - -<p>—No ponen cirios delante de las imágenes—dije yo, y salí a visitar -las curiosidades del país.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_320">[p. 320]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO LVI</h2> - <p class="subhang"> - El Mahasni. — Sin Samani. — El Bazar. — Santos moros. — ¡Mira la - ayana! — La higuera chumba. — Sepulturas judías. — La mansión de los - esqueletos. — El mozo de cuadra. — Los caballos de los musulmanes. — - Dar-dwag. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">H</span><span class="smcap">allábame</span> -en la plaza del mercado, contemplando una escena muy parecida a la -que ya he descrito, cuando se me acercó un moro y trató de proferir -unas pocas palabras en español. Era un viejo alto, de facciones -enjutas, pero un poco extrañas, y habría podido llamársele bien -parecido a no faltarle un ojo, deformidad muy común en el país. -Llevaba envuelto el cuerpo en un inmenso <i>haik</i>. Al ver que yo -entendía el marroquí, rompió a hablar con inmensa volubilidad, y no -tardé en saber que era <i>mahasni</i>. Ponderó largamente las bellezas de -Tánger, de donde era natural, según dijo, y al cabo exclamó: «Ven -conmigo, sultán mío, y te enseñaré muchas cosas que alegren tus -ojos y llenen tu corazón de claridad; fuera una vergüenza para mí, -que<span class="pagenum" id="Page_321">[p. 321]</span> tengo la -ventaja de ser hijo de Tánger, permitir que un extranjero, llegado de -una isla del gran mar, como dices tú que vienes, con propósito de ver -esta bendita tierra, se estuviese aquí en el <i>soc</i> sin nadie que le -guíe. ¡Por Alá, no será así! Hagan sitio a mi sultán, hagan sitio a -mi señor», prosiguió, abriéndose camino a empellones a través de una -turba de hombres y chicos reunida en torno nuestro; «a su alteza le -place venir conmigo; por aquí, mi señor, por aquí»; y emprendió el -camino colina arriba, andando con tremendo compás, y hablando aún más -de prisa.</p> - -<p>—Esta calle—dijo—es el Siarrin, y no hay en Tánger otra que se -le parezca; observa qué ancha es, casi como la mitad del mismo -<i>soc</i>; aquí están las tiendas de los mercaderes más importantes, -donde se vende toda clase de artículos preciosos. Observa a esos -dos hombres: son argelinos, y buenos musulmanes; huyeron de Zair<a -id="FNanchor_35" href="#Footnote_35" class="fnanchor">[35]</a> -cuando lo conquistaron los nazarenos, no por fuerza de armas, no -por su valor, como ya puedes suponer, sino con oro; los nazarenos -sólo conquistan con oro. El moro es bueno, el moro es fuerte, ¿quién -tan bueno ni tan fuerte como él?; pero no pelea con oro, y por eso -perdió a Zair. Repara en esos dos hombres sentados en los bancos -junto a<span class="pagenum" id="Page_322">[p. 322]</span> esos -porches: son <i>makhasniah</i>, cofrades míos. Mira la blancura de sus -<i>haiks</i>, la blancura de sus turbantes. ¡Oh, si pudieras ver sus -espadas en día de guerra, qué brillo, qué brillo el suyo! Ahora no -llevan espadas. ¿Para qué llevarlas? ¿No está la tierra en paz? ¿Ves -a ese de la tienda de enfrente? Es el Pachá de Tánger, el Hamed -Sin Samani, sotapachá de Tánger; el primer pachá, mi señor, está -de viaje; que Alá le otorgue un feliz regreso. Sí; ese es Hamed; -ahí está en su <i>hanutz</i><a id="FNanchor_36" href="#Footnote_36" -class="fnanchor">[36]</a> como si no fuera nada más que un -comerciante; sin embargo, la vida y la muerte están en su mano. Ahí -distribuye justicia, al mismo tiempo que vende esencia de rosa y -cochinilla, pólvora de cañón y azufre; pero estos últimos los vende -por cuenta de Abderrahmán, el sultán, mi señor, pues nadie puede -vender en esta tierra pólvora y azufre en polvo más que el sultán. Si -deseas comprar <i>attar del mar</i>, si deseas comprar esencia de rosas, -debes ir al <i>hanutz</i> de Sin Samani, pues sólo allí la encontrarás -pura; no te la venderá cualquier moro, sino sólo Hamed. ¡Que Alá le -bendiga! Mis hermanos los <i>makhasniah</i> esperan sus órdenes, porque -dondequiera que el Pachá se instala, hay sala de justicia. Mira, -ahora estamos enfrente del bazar; más abajo de esa puerta que ves, -está el patio del bazar; ¿qué<span class="pagenum" id="Page_323">[p. -323]</span> no encontrarás en el bazar? Sedas de Fez, ahí las tienes; -y si deseas <i>sibat</i>, si deseas babuchas para los pies, búscalas -ahí, donde también se venden cosas muy curiosas que vienen de las -ciudades de los nazarenos. En esas casas grandes a nuestra izquierda, -viven los cónsules nazarenos; ya has visto muchas así en tu tierra; -por tanto, ¿para qué pararse a mirarlas? ¿No te admira esta calle -del Siarrin? Cuanto entra o sale de Tánger por el lado de tierra, -pasa por esta calle. ¡Oh, las riquezas que por ella pasan! Mira qué -larga hilera de camellos: veinte, treinta, una <i>cáfila</i> completa -que baja la calle. <i>Wullah!</i><a id="FNanchor_37" href="#Footnote_37" -class="fnanchor">[37]</a> Conozco estos camellos, conozco al -conductor. Buenos días, ¡oh Sidi Hassim! ¿Cuántos días habéis tardado -desde Fez? Ahora hemos llegado a la muralla, vamos a pasarla por esta -puerta. Esta puerta se llama Bab del Faz; ahora estamos en el Soc de -Barra.</p> - -<p>El Soc de Barra es un espacio abierto, fuera de la muralla de -Tánger, en su parte más elevada, sobre la falda de la colina. -El terreno es irregular y escarpado; pero hay algunos sitios -regularmente nivelados. En aquel sitio se celebra todos los jueves -y lunes por la mañana una especie de feria, en razón de lo cual -es llamado Soc de Barra o mercado de afuera. Aquí y allá, cerca -del<span class="pagenum" id="Page_324">[p. 324]</span> foso de la -ciudad, hay unas cavidades subterráneas, con pequeños orificios, -aproximadamente como el del cañón de una chimenea, cubiertos de -ordinario con una losa, o rellenos con paja. Son los graneros, donde -se guarda el trigo, la cebada y otros granos destinados a la venta. A -una mano hay dos o tres toscas chozas, o más bien cobertizos, debajo -de los cuales vigilan los guardianes del trigo. Es muy peligroso -pasar por aquella colina de noche, una vez cerradas las puertas de -la ciudad, pues a esa hora se da suelta a muchos perros, fieros y -grandes, que con toda seguridad derribarían y quizá destrozarían a -cualquier desconocido que se acercase por allí. A la mitad de la -subida de la colina, se ven cuatro muros blancos, que cierran un -espacio como de diez pies cuadrados, donde descansan los huesos de -Sidi Mokhfidh, famoso santo que murió hará unos quince años. Allí -termina el <i>soc</i>; lo restante del monte se llama El Kawar, o lugar -de las tumbas, porque es el sitio donde comúnmente se entierra; los -sitios donde reposan los muertos están cuidadosamente señalados -por unas pocas piedras que forman un circuito oblongo. Cerca de -Mokhfidh duerme Sidi Gali; pero el santo principal de Tánger yace -enterrado en lo alto del monte, en el centro de una breve explanada. -Una linda capilla o mezquita, con su cúpula, se alza allí en su -honor, ador<span class="pagenum" id="Page_325">[p. 325]</span>nada -generalmente con banderas de varios colores. El nombre de este santo -es Mohammed <i>el Haji</i>, y en Tánger y sus cercanías se tiene su -memoria en la mayor veneración. Su muerte acaeció en los comienzos de -este siglo.</p> - -<p>Estos detalles los recogí en aquel momento o en subsiguientes -ocasiones. En el lado norte del <i>soc</i>, cerrado por la ciudad, hay un -muro con una puerta.</p> - -<p>—Ven—dijo el viejo <i>mahasni</i> haciendo una indicación con la mano—, -ven y te enseñaré el jardín de un cónsul nazareno.</p> - -<p>Crucé la puerta en su seguimiento, y me hallé en un espacioso -jardín, dispuesto al modo europeo, y plantado de limoneros, perales -y diversos géneros de arbustos olorosos. Era visible, no obstante, -que el principal orgullo del propietario eran las flores, de que -había muchos macizos. La casa de verano era muy buena; el arte había -agotado sus recursos para que allí no faltara nada.</p> - -<p>Una cosa, empero, se echaba de menos, y su ausencia era -singularmente notable en un jardín en tal época del año: apenas -se veía una hoja. La plaga más espantosa de las que devastaron a -Egipto, se cebaba entonces en estas partes de Africa: la langosta -hacía su obra, y en ningún lugar con tanta furia como en el sitio -donde yo me hallaba. Todo estaba arrasado en torno. Los árbo<span -class="pagenum" id="Page_326">[p. 326]</span>les, pelados y negruzcos -como en invierno. No había nada verde, salvo las frutas, sobre todo -las uvas, que en bravos racimos colgaban de las <i>parras</i>; porque la -langosta no toca los frutos mientras queda una hoja por devorar. -Conforme recorríamos los paseos, los horribles insectos, volando en -todas direcciones, tropezaban con nosotros, y perecían a centenares -bajo nuestros pies.</p> - -<p>—Mira las <i>ayanas</i>—dijo el viejo <i>mahasni</i>—y óyelas comer. -Poderosa es la <i>ayana</i>, más poderosa que el sultán y que el cónsul. -Todos sus <i>makhasniah</i> que el sultán enviase contra la <i>ayana</i>, y a -mí con ellos, la <i>ayana</i> diría ¡ja, ja! Poderosa es la <i>ayana</i>. No se -asusta del cónsul. Hace pocas semanas el cónsul dijo: «Yo puedo más -que la <i>ayana</i>, y voy a extirparla del país.» Así, fué proclamando -por la ciudad: «Tangerinos, apresuraos a luchar contra la <i>ayana</i>, -destruidla en el huevo; sabed que a todo el que me traiga una libra -de huevos de <i>ayana</i> le daré hasta cinco <i>reales</i> de España; este año -no habrá <i>ayanas</i>.» Así, todo Tánger se precipitó a luchar contra -la <i>ayana</i>, y a recoger los huevos que la <i>ayana</i> había dejado a -incubar debajo de la arena en las vertientes de los montes, y en los -caminos, y en el llano. Mi propio hijo, que tiene siete años, fué a -combatir la <i>ayana</i>, y él solo recogió cinco libras de huevos, huevos -que la <i>ayana</i> había dejado bajo la arena, y se los llevó al cónsul, -y<span class="pagenum" id="Page_327">[p. 327]</span> el cónsul pagó -el precio. Centenares de personas llevaban huevos al cónsul, quién -más, quién menos, y el cónsul pagaba el precio, y en menos de tres -días la caja de caudales del cónsul se quedó exhausta. Entonces -exclamó: «Cesad, tangerinos; quizás hemos destruído la <i>ayana</i>, -quizás hemos acabado con ellas.» ¡Ja, ja! Mira alrededor, y encima de -ti, y debajo, y dime si el cónsul ha destruído la <i>ayana</i>. ¡Oh! ¡Es -muy fuerte la <i>ayana</i>! Más que el cónsul, más fuerte que el sultán y -todos sus ejércitos.</p> - -<p>No estará de más hacer notar que de allí a una semana todas las -langostas desaparecieron, nadie sabía cómo, y sólo quedaron unas -pocas rezagadas. A no ser por esa liberación providencial, los -campos y huertos de los alrededores de Tánger habrían quedado por -completo devastados. Los insectos eran de inmenso tamaño y de aspecto -repulsivo.</p> - -<p>Pasamos después al otro lado del <i>soc</i>, donde están las chozas de -los guardianes. Allí se abre una especie de calleja que desciende -hasta la orilla del mar; es muy pendiente y escarpada, y parece una -rambla o barranco. Sus dos márgenes están cubiertas por el árbol que -produce el higo espinoso, llamado en marroquí <i>kermous del Ynde</i>. En -el aspecto de ese árbol o planta, pues no sé cómo llamarlo, hay algo -de grotesco y agreste. Su tronco, aunque a menudo alcanza el<span -class="pagenum" id="Page_328">[p. 328]</span> grosor del cuerpo -humano, no tiene copa, pues a muy corta distancia del suelo se divide -en muchas ramas retorcidas que se esparcen en todas direcciones, y -echan hojas verdes muy extrañas, con pulgada y media de espesor, que -si se parecen a algo es a las aletas anteriores de una foca, y se -componen de muchas fibras. El fruto, que se parece un poco a la pera, -tiene un áspero tegumento cubierto de menudas espinas, que penetran -instantáneamente en la mano que las toca y con dificultad se extraen. -No recuerdo haber visto nunca vegetación de más vigorosa lozanía que -la de aquellas higueras, ni, en conjunto, un lugar más extraño.</p> - -<p>—Sígueme—dijo el <i>mahasni</i>—y te enseñaré una cosa que te va a -gustar.</p> - -<p>Volvimos hacia la izquierda caminando por un angosto sendero, -cuesta arriba, hasta llegar a la cúspide de un cerrillo, separado -por un profundo foso de la muralla de Tánger. El terreno estaba -densamente cubierto por los arboles ya descritos, que esparcían -sus singulares ramas por la superficie, y cuyas gruesas hojas -aplastábamos con los pies al andar. Entre ellas descubrí gran número -de piedras mohosas tendidas horizontalmente, y con tosquedad grabados -en ellas unos caracteres extraños que me bajé a contemplar.</p> - -<p>—¿Eres bastante <i>talib</i> para leer esos signos?—exclamó el viejo -moro—. Son letras<span class="pagenum" id="Page_329">[p. 329]</span> -de los malditos judíos; este es su <i>mearrah</i>, como ellos lo llaman, -y aquí entierran a sus muertos. Los insensatos confían en Muza en -lugar de creer en Mohammed; sus muertos arderán perdurablemente en -<i>jehinnim</i>. Mira, sultán mío, qué fértil es el suelo del <i>mearrah</i> de -los judíos; mira qué <i>kermous</i> se crían aquí. Siendo yo chico venía -muchas veces al <i>mearrah</i> de los judíos a comer <i>kermous</i> cuando -estaban maduros. A los chicos musulmanes de Tánger les gustan los -<i>kermous</i> del <i>mearrah</i> de los judíos; pero los judíos no los cogen. -Dicen que el agua de los manantiales que alimentan las raíces de -estos árboles pasa entre los cuerpos de sus muertos, y que por ese -motivo es una abominación comer esa fruta. Sea verdad o no, lo cierto -es que, aliméntense de lo que se quiera, buenos son los <i>kermous</i> que -se crían en el <i>mearrah</i> de los judíos.</p> - -<p>Volvimos a la calleja por el mismo sendero que habíamos traído; -según bajábamos dijo el moro:</p> - -<p>—Has de saber, sultán mío, que este sitio donde estamos, y -que tanto te gusta, se llama <i>Dar-sinah</i><a id="FNanchor_38" -href="#Footnote_38" class="fnanchor">[38]</a>. Me preguntarás por qué -lleva tal nombre, pues no ves aquí ni casa ni ser humano, musulmán, -nazareno o judío, fuera de nosotros dos; yo te lo diré, sultán mío; -¿quién mejor? Sabe, si no lo<span class="pagenum" id="Page_330">[p. -330]</span> llevas a mal, que no siempre ha sido Tánger lo que es -ahora, ni ha ocupado el lugar que ahora ocupa. Estuvo allá lejos -(señalando hacia el Este), en aquellos cerros sobre la costa, y aún -se ve allí ruinas de casas, y el sitio se llama Tánger la Vieja. -De suerte que en tiempos antiguos, según tengo oído contar, este -<i>Dar-sinah</i> era una calle, no hace al caso si dentro o fuera de -los muros, donde residía gente de todos los oficios: orífices, -plateros, herreros, hojalateros y artesanos de todas clases. Si -deseabas encargar una obra, no tenías más que ir al <i>Dar-sinah</i> y -al instante encontrabas un maestro del oficio que buscabas. Dice mi -sultán que le gusta la vista de <i>Dar-sinah</i> tal como hoy está; no -sé por qué, la verdad, sobre todo no estando maduros todavía los -<i>kermous</i>, que no se pueden comer. Si ahora le gusta <i>Dar-sinah</i>, -¿cómo le hubiera gustado a mi sultán en otros tiempos, cuando esto -estaba lleno de oro y plata, de hierro y estaño, del estruendo de los -martillos y de maestros y gentes entendidas en sus oficios? Ahora -llegamos al <i>Chali del Bahar</i><a id="FNanchor_39" href="#Footnote_39" -class="fnanchor">[39]</a>. Ten cuidado, mi sultán; andamos sobre -huesos.</p> - -<p>Habíamos salido del <i>Dar-sinah</i> y teníamos delante la costa; -en un instante nos hallamos en medio de una multitud de huesos -de toda clase de animales, y aparentemente<span class="pagenum" -id="Page_331">[p. 331]</span> de todas fechas; algunos blanqueados -por el tiempo y la exposición al sol y al aire, mientras otros -conservaban aún carne fresca adherida; había allí esqueletos enteros, -caballos, asnos, y hasta los restos, menos conocidos, de un camello. -Perros flacos andaban allí atareados gruñendo, royendo, desgarrando; -en medio de ellos, sin intimidarse, avanzaba con majestad el buitre, -cebándose, ansioso, en los despojos, y hasta disputándoselos a las -bestias; mientras los cuervos revoloteaban sobre ellos y graznaban -ávidamente, o se posaban a veces sobre alguna costilla enhiesta.</p> - -<p>—Mira—dijo el <i>mahasni</i>—el <i>kawar</i> de los animales. Mi sultán ha -visto el <i>kawar</i> de los musulmanes y el <i>mearrah</i> de los judíos, y -aquí ve el <i>kawar</i> de los animales. Todos los animales que mueren -en Tánger por mano de Dios—caballo, perro o camello—se traen a este -sitio, y aquí se pudren o los devoran las aves del cielo y los -animales fieros que merodean en el <i>chali</i>. Ven, sultán mío; no es -bueno detenerse en este lugar.</p> - -<p>Nos disponíamos a marcharnos cuando oímos un galope por el -<i>Dar-sinah</i>, y al momento un caballo y un jinete se precipitaron a -toda velocidad de la boca de la calleja y aparecieron en la playa; -el caballero, cuando nos vió, refrenó con trabajo el corcel y vino -a nosotros. El caballo era pequeño, pero bonito: alazán, con crines -y cola lar<span class="pagenum" id="Page_332">[p. 332]</span>gas; -si le hubiesen tenido con los ojos vendados, quizás se le hubiera -confundido con una <i>jaca</i> cordobesa; era ancho de pechos, redondo -de grupa, tan corpulento y lustroso como los caballos de esa raza; -pero bastaba mirarle a los ojos para salir al instante del error; sus -inquietas pupilas despedían impetuoso e indómito fuego, y lejos de -mostrar la docilidad de aquel noble y leal animal, manoteaba a veces -furiosamente, y apenas si el duro freno y un brazo recio bastaban -para impedir que emprendiese de nuevo su precipitada carrera. El -jinete era un joven de unos diez y ocho años, vestido a la europea, -con una gorra de <i>montero</i> en la cabeza; era de constitución -atlética, pero con extremidades en exceso largas, pues tal como -iba a caballo, sin estribos ni silla, los pies casi le llegaban al -suelo; su tez era casi tan morena como la de un mulato, y hermosas -sus facciones, sobre todo los ojos, pero llenos de una expresión -audaz y perversa, y había en su boca una desagradable mueca sensual. -Dirigió algunas palabras al <i>mahasni</i>, a quien parecía conocer mucho, -preguntándole quién era yo. El viejo respondió:</p> - -<p>—Oh, judío: mi sultán entiende nuestra lengua; lo mejor será que -te dirijas a él.</p> - -<p>Entonces el joven me habló en árabe; pero casi al momento abandonó -esa lengua y pasó a hablar en regular francés.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_333">[p. 333]</span></p> - -<p>—Supongo que será usted francés—dijo con mucha familiaridad—. -¿Estará usted mucho tiempo en Tánger?</p> - -<p>Oída mi respuesta, continuó:</p> - -<p>—Siendo usted inglés, tendrá, sin duda, afición a los caballos; -por tanto, cuando desee dar un paseo yo le acompañaré a usted y le -procuraré caballos. Me llamo Ephraim Fragey; soy mozo de cuadra -del cónsul napolitano, que se jacta de poseer los mejores caballos -de Tánger; montará usted el que más le guste. ¿Le gustaría a usted -probar este pequeño <i>aoud</i>?<a id="FNanchor_40" href="#Footnote_40" -class="fnanchor">[40]</a></p> - -<p>Le di las gracias; pero rehusé su oferta por el momento, y le -pregunté cómo había adquirido el idioma francés, y por qué, siendo -judío, no vestía como sus hermanos.</p> - -<p>—Estoy al servicio de un cónsul—dijo—, y mi amo obtuvo permiso -para que pudiera vestirme de este modo; y en cuanto a hablar el -francés, he estado en Marsella y en Nápoles en un viaje que hice -a esta última ciudad para llevar unos caballos regalo del sultán. -Además del francés hablo el italiano.</p> - -<p>Entonces se apeó, y teniendo el caballo firmemente por la brida -con una mano, empezó a desnudarse, y, habiéndolo hecho, montó -de nuevo y se metió a caballo en el agua. La piel de su cuerpo -era de color muy semejante a la de una rana o de un sapo;<span -class="pagenum" id="Page_334">[p. 334]</span> pero su forma era la -de un joven titán. El caballo entró en el agua de muy mala gana, -y a corta distancia de la orilla empezó a luchar con el jinete, a -quien tiró dos veces; pero el mozo, agarrado a la brida, retuvo al -animal. Como todos sus esfuerzos resultaban inútiles para llevarlo -más adentro, se puso a lavarlo vigorosamente con sus propias manos, -y después, guiándolo a tierra, se vistió y fuése por el camino que -había traído.</p> - -<p>—Los caballos de los musulmanes son buenos—dijo mi amigo el -viejo—. ¿Dónde los encontrarás iguales? Son capaces de bajar al -galope por una montaña pedregosa sin caer ni tropezar; pero has de -ser precavido con los caballos de los musulmanes y tratarlos con -bondad, porque los caballos de los musulmanes son orgullosos, y no -les gusta ser esclavos. De potros, al montarlos por primera vez, no -los maltrates la boca con el freno, pues si tal haces, de seguro -te matarán; tarde o temprano perecerás bajo sus cascos. Buenos -son nuestros caballos y buenos nuestros jinetes; sí por cierto; -excelentes son los musulmanes montando a caballo. ¿Quién hay que -se les parezca? Una vez vi yo a un jinete franco competir con un -musulmán en esta playa, y a lo primero el franco sacó mucha ventaja -y pasó al musulmán; pero la carrera era larga, muy larga, y el -caballo del franco, que era franco también, jadeaba; pero el caballo -del musulmán no jadeaba,<span class="pagenum" id="Page_335">[p. -335]</span> porque era también musulmán, y al cabo el jinete musulmán -lanzó un grito y el caballo se lanzó adelante y alcanzó al caballo -franco, y entonces el jinete musulmán se puso cabeza abajo sobre la -silla, que en verdad estos ojos lo vieron, y cabeza abajo sobre la -silla iba al pasar al jinete franco, y gritaba ¡ja, ja! cuando pasaba -al jinete franco, y el caballo musulmán gritaba ¡ja, ja! al pasar al -corcel franco, y el franco perdió por mucha distancia. Buenos son -los francos, buenos sus caballos; pero mejores son los musulmanes y -mejores los caballos de los musulmanes.</p> - -<p>Dirigimos después nuestros pasos hacia la ciudad; pero no por el -sendero que habíamos traído; volviendo hacia la izquierda, por bajo -de la colina del <i>mearrah</i>, y a lo largo de la playa, no tardamos -en llegar a un camino toscamente empedrado, de áspera subida, que -costeaba los muros de la ciudad hasta llegar a una puerta, delante de -la cual, a un lado, había algunos hoyos pequeños, como tumbas, llenos -de agua o cal.</p> - -<p>—Este es el Dar-dwag<a id="FNanchor_41" href="#Footnote_41" -class="fnanchor">[41]</a>—dijo el <i>mohasni</i>—; esta es la casa de la -corteza, y a esta casa se traen las pieles; todas las que se preparan -para usarlas en Tánger se traen a esta casa, y aquí las curten con -cal, corteza y hierbas. En este Dar-dwag hay ciento cuarenta fosas; -yo mismo las he contado; y ha<span class="pagenum" id="Page_336">[p. -336]</span>bía más, que ya no existen, porque esto es muy antiguo. -Estas fosas las alquila, no una ni dos personas, sino mucha gente, -y todo el que se pone en lista puede arrendar una de las fosas y -curtir las pieles que necesite; pero el propietario de todo es un -hombre solo, llamado Cado Ableque. Y ahora, sultán mío, que has -visto la casa de la corteza, no te enseñaré nada más por hoy, porque -hoy es <i>Youm al jumal</i>,<a id="FNanchor_42" href="#Footnote_42" -class="fnanchor">[42]</a> y las puertas van a cerrarse dentro de un -momento, mientras los musulmanes cumplen sus devociones. De modo que -acompañaré a mi sultán a su alojamiento, y allí le dejaré por el -momento.</p> - -<p>Traspusimos, por consiguiente, una puerta, y, remontando una -calle, nos encontramos ante la mezquita junto a la que yo había -estado por la mañana; y uno o dos minutos más tarde estábamos a la -puerta de Juana Correa. Entonces le ofrecí a mi guía una moneda de -plata en pago de sus servicios; pero, irguiéndose, exclamó:</p> - -<p>—No tomaré la plata de mi sultán, porque considero que no he hecho -nada que lo merezca. Aún no hemos visitado todas las maravillas de -esta bendita ciudad. En un día futuro llevaré a mi sultán al palacio -del gobernador, y a otros sitios que mi sultán se alegrará de ver; -y cuando hayamos visto<span class="pagenum" id="Page_337">[p. -337]</span> todo lo que se puede ver, y mi sultán esté contento de -mí, si alguna vez me ve en el <i>soc</i> una mañana con la canasta en -la mano, y no ve nada en la canasta, entonces mi sultán estará en -libertad, como amigo, para poner en mi canasta unas uvas, o pan, -o pescado, o carne en mi canasta. Eso no lo rehusaré de mi sultán -cuando haya hecho por él más de lo que hasta ahora he hecho. Pero la -plata de mi sultán no la tomaré ahora ni nunca.</p> - -<p>Luego me hizo un gracioso saludo con la mano, y fuése.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_338">[p. 338]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO LVII</h2> - <p class="subhang"> - Un trío singular. — El mulato. — La oferta de paz. — Moros de - Granada. — <i>Vive la Guadeloupe!</i> — Los moros. — Pascual Fava. — La - argelina ciega. — La retreta. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">C</span><span class="smcap">uando</span> -entré había tres hombres sentados en el <i>wustuddur</i> de Juana -Correa, todos de insólita catadura, aunque quizás nunca se habían -juntado otros tres más diferentes entre sí en todos sentidos. El -primero a quien le eché la vista era un hombre de unos sesenta -años, vestido con una casaca de cachemira gris, de faldones cortos; -chaleco amarillo, y calzones anchos de tela basta; se tocaba con -un sombrero de paja ancho y muy sucio, y en la mano tenía un recio -bastón con puño de marfil; eran sus ojos legañosos, bizcos; la faz -rubicunda, y la nariz carbuncosa. Junto a él estaba un negro de buen -parecer, que acaso resultaba más negro de lo que realmente era por -la circunstancia de ir vestido con chaqueta, chaleco y pantalón de -lienzo de inmaculada blancura. Tocábase con una gorra de <i>montero</i>, -azul.<span class="pagenum" id="Page_339">[p. 339]</span> Sus ojos -chispeaban como brillantes, y en su rostro había una indescriptible -expresión de buen humor y burla. El otro individuo era mulato, y, con -mucho, el tipo más notable del grupo; podía estar entre los treinta y -los cuarenta; largo de cuerpo, y aunque mal proporcionado, con todas -las apariencias de ser fuerte y vigoroso. Envolvíase en un <i>ferioul</i> -de lana roja, especie de vestidura que llega hasta más abajo de -las caderas. Sus brazos, largos, velludos, musculosos, mostrábanse -desnudos desde el codo, donde las mangas del <i>ferioul</i> terminan; sus -extremidades inferiores eran cortas, en comparación con el cuerpo y -los brazos; cubríase en parte las piernas con una <i>kandrisa</i> azul que -le llegaba a las rodillas; sus facciones eran muy feas, de extremada -y repulsiva fealdad, y tuerto de un ojo, velado por una telilla -blanca. A su lado yacía en el suelo una cuba grande, de las de llevar -agua; y a veces, sosteniéndola con el índice y el pulgar, la hacía -dar vueltas sobre su cabeza como si fuera un cuartillo. Tal era el -trío que ocupaba el <i>wustuddur</i> de Juana Correa; y apenas había -tenido tiempo de observar lo que dejo recordado, cuando la buena -mujer entró, de vuelta del corral de la casa, con su doncella Johar, -o la perla, muchacha judía, gorda y fea, con un inmenso lunar en la -mejilla.</p> - -<p>—<i>Que Dios remate tu nombre</i>—exclamó el mulato—, Juana, y -también el de tu sir<span class="pagenum" id="Page_340">[p. -340]</span>vienta Johar. Hace más de quince minutos que estoy sentado -aquí, después de verter en la <i>tinaja</i> el agua que he traído de la -fuente, y en vano he esperado una palabra amable de parte de usted o -de Johar. <i>Usted no tiene modo</i>, ni Johar tampoco. Esta es la única -casa de Tánger donde no se me recibe con el cariño y respeto debidos, -a pesar de que he hecho por ustedes lo que por ninguna otra persona. -¿No os he llenado de agua la <i>tinaja</i>, cuando otros se han quedado -sin una gota? ¿No tenéis agua bastante para fregar el <i>wustuddur</i>, -mientras el cónsul y su intérprete no la tienen para apagar la sed? -Y ¿qué pago se me da? Cuando llego aquí, a la hora de más calor, no -tienen para mí una palabra amistosa, ni siquiera me ofrecen una copa -de <i>makhiah</i>. ¿Necesito recordar todo lo que hago por usted? Sí, por -cierto; ya que usted no tiene modo. ¿No vengo todas las mañanas, a -las tres en punto, y llamo a la puerta, y usted se levanta y me abre, -y amaso luego el pan a su presencia, mientras usted sigue acostada, -y no tiene fama el pan de usted de ser el mejor de Tánger porque lo -amaso yo? ¿No soy el hombre más forzudo de Tánger y también el más -noble?</p> - -<p>Al decir esto, blandió la cuba sobre su cabeza y su rostro tomó -una expresión casi demoníaca.</p> - -<p>—Óyeme, Juana—continuó—; ya sabes que soy el hombre más forzudo -de Tánger,<span class="pagenum" id="Page_341">[p. 341]</span> y -por milésima vez te repito que soy el más noble. ¿Quiénes son los -cónsules? ¿Quién es el pachá? Ahora son cónsules y pachá; pero -¿quiénes fueron sus padres? Yo no lo sé, ni ellos tampoco. ¡Pero no -ignoro quiénes fueron los míos! ¿No eran moros de Garnata, y no soy, -merced a eso, el hombre más considerable de Tánger? Sí; desciendo de -los antiguos moros de Granada; mi familia vivió allí hasta que los -nazarenos ganaron la ciudad, y ahora soy el único de esa casta que -queda en esta tierra, y más noble que el sultán, porque el sultán no -tiene sangre de los moros de Garnata. ¿Se ríe usted, Juana? ¿También -se ríe Johar? ¿No soy yo Hammin Widdir, <i>el hombre más valido de -Tánger</i>? ¿No es verdad que llevo sangre de los moros de Garnata? -¡Niégalo, y os mato a las dos!</p> - -<p>—Has comido <i>hsheesh</i><a id="FNanchor_43" href="#Footnote_43" -class="fnanchor">[43]</a> y <i>majoon</i>,<a id="FNanchor_44" -href="#Footnote_44" class="fnanchor">[44]</a> Hammin—dijo Juana -Correa—y tienes el <i>Shaitan</i><a id="FNanchor_45" href="#Footnote_45" -class="fnanchor">[45]</a> en el cuerpo, como te ocurre demasiadas -veces. He tenido mucho que hacer, y Johar también; por eso -no hemos venido a hablarte antes; pero <i>ma ydoorshee</i>,<a -id="FNanchor_46" href="#Footnote_46" class="fnanchor">[46]</a> -ya sé cómo tranquilizarte; ¿quieres un poco de ginebra compuesta -o un vaso de <i>makhiah</i><a id="FNanchor_47" href="#Footnote_47" -class="fnanchor">[47]</a> corriente?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_342">[p. 342]</span></p> - -<p>—¡Así rebose tu vida, oh Juana—dijo el mulato—, y también la de -Johar! Digo que ojalá vivas muchos años, sin trabajos ni amarguras. -Tomaré la ginebra, Juana, que es más fuerte que el <i>makhiah</i>, que -siempre me parece agua; no me gusta el agua, aunque la porteo. Muchas -gracias, Juana. A tu salud y a la de esta buena compañía.</p> - -<p>Tomó un gran vaso, lleno hasta los bordes, que le alargó Juana; se -lo acercó a las narices, aspiró el aroma, y aplicándoselo a la boca, -no lo despegó de ella hasta apurar la última gota. Sus facciones poco -a poco se dilataron, perdiendo la expresión colérica, y miró con -especial ternura a Juana. Al cabo, dijo:</p> - -<p>—Espero que dentro de poco tiempo, oh Juana, te convencerás de -que soy el hombre de más fuerza de todo Tánger, y vástago de los -moros de Garnata, y que ya ni tú ni Johar os negaréis a tomarme por -marido y a haceros moras. ¡Qué gloria para ti, después de haber -estado casada con un <i>genoví</i><a id="FNanchor_48" href="#Footnote_48" -class="fnanchor">[48]</a> y dado a luz unos cuantos <i>genovillos</i>, -recibir por marido a un moro como yo y darle hijos de la sangre de -Garnata! ¡Y qué gloria, además, para Johar! ¡Cuánto mejor que casarse -con un vil judío, aun como Hayim Ben Attar, o como Sabio, vuestro -cocinero, a quienes puedo estrangular con dos<span class="pagenum" -id="Page_343">[p. 343]</span> dedos: para algo soy Hammin Widdir, -<i>moro de Garnata, el hombre más valido de Tánger</i>!</p> - -<p>Dicho esto, se echó la cuba al hombro y fuése.</p> - -<p>—¿Es verdad lo que dice ese mulato?—pregunté a Juana—. ¿Desciende -de los moros de Granada?</p> - -<p>—Siempre que está tomado de <i>aguardiente</i> o de <i>majoon</i> habla de -los moros de Granada—interrumpió, en francés bastante malo, el viejo -antes descrito, y con la misma voz de rana que por la mañana oí -cantar—. Sin embargo, puede que sea verdad; si no hubiera oído decir -algo de eso a sus padres, a él no se le hubiera ocurrido tal cosa, -porque es muy bestia. Como digo, no es imposible: muchas familias -granadinas se establecieron aquí cuando los cristianos se apoderaron -de la ciudad, pero la mayoría se fué a Túnez. Cuando estuve allí, -me alojé en casa de un moro que se llamaba Zegrí, y no hacía más -que hablar de Granada y de las cosas que sus antepasados habían -hecho allí. Además se pasaba horas enteras cantando romances, de los -que, alabada sea la Madre de Dios, yo no entendía palabra, pero, -a creerle, se referían todos a su familia; personas de ese nombre -las había en Túnez a centenares; ¿por qué, pues, ese Hammin, ese -aguador borracho, no podría ser un moro granadino? ¡Es lo bastante -feo para ser emperador de toda la morería! ¡Oh, <i>canaille</i><span -class="pagenum" id="Page_344">[p. 344]</span> maldita! Por mal de mis -pecados, he vivido con ellos ocho años, en Orán y aquí. <i>Monsieur</i>, -¿no le parece a usted muy dura suerte para un viejo como yo, que soy -cristiano, tener que vivir con una raza que no conoce a Dios, ni a -Cristo, ni ninguna cosa santa?</p> - -<p>—¿Qué significa eso de que los moros no conocen a Dios?—exclamé—. -No hay pueblo en el mundo que tenga nociones más sublimes acerca del -Dios eterno e increado que el pueblo moro; ni que haya mostrado mayor -celo por Su honor y gloria; su mismo celo por la gloria de Dios ha -sido y es el principal obstáculo para su conversión al cristianismo. -Temen comprometer Su dignidad admitiendo que Dios haya accedido nunca -a hacerse hombre. Y sus ideas con respecto al mismo Cristo son mucho -más justas que la de los papistas: dicen los moros que es un profeta -poderoso, mientras, según los papistas, o es un pedazo de pan o un -niño desvalido. En muchos puntos de religión, los moros yerran, -yerran pavorosamente; pero los papistas, ¿yerran menos? Una de sus -prácticas los coloca inmensurablemente por debajo de los moros, a -ojos de cualquier persona sin prejuicios: adoran los ídolos, ídolos -cristianos si usted quiere, pero ídolos al fin, objetos esculpidos en -madera, o piedra, o metal; y a esos objetos, que no pueden oír, ni -hablar, ni sentir, acuden esperanzados en demanda de favor.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_345">[p. 345]</span></p> - -<p>—<i>Vive la France, vive la Guadeloupe!</i>—dijo el negro, con buen -acento francés. En Francia y en Guadalupe no hay superstición, y se -hace tanto caso de la Biblia como del Korán; ahora estoy aprendiendo -a leer, para poder entender los escritos de Voltaire, quien, según -dicen, ha probado que ambos libros fueron escritos con la sola -intención de engañar a la humanidad. <i>O, vive la France!</i> ¿Dónde va -usted a encontrar país más ilustrado que Francia? ¿Ni más abundante -en todo? No hay más que otro en el mundo: la Guadalupe. ¿No es así, -Monsieur Pascual? ¿Ha estado usted alguna vez en Marsella? <i>Oh, quel -bon pays est celui-là pour les vivres, pour les petits poulets, -pour les poulardes, pour les perdrix, pour les perdreaux, pour les -alouettes, pour les bécasses, pour les bécassines, enfin, pour -tout.</i></p> - -<p>—Dispense, señor, ¿es usted cocinero?—pregunté.</p> - -<p>—<i>Monsieur, je le suis pour vous rendre service, mon nom c’est -Gerard, et j’ai l’honneur d’être chef de cuisine chez monsieur le -consul Hollandais. A present je prie permission de vous saluer; il -faut que j’aille à la maison pour faire le dîner de mon maître.</i></p> - -<p>A las cuatro fuí a comer con el cónsul británico. Otros dos -caballeros ingleses estaban presentes, llegados a Tánger desde -Gibraltar unos diez días antes para una excursión breve, y que -se veían detenidos más<span class="pagenum" id="Page_346">[p. -346]</span> de lo que deseaban por el viento Levante. Conocían ya -las principales ciudades de España, y se proponían pasar el invierno -en Sevilla o Cádiz. Uno de ellos, Mr. ——, me produjo la impresión de -ser uno de los hombres más notables con quien había hablado en mi -vida; no viajaba por divertirse, ni movido por la curiosidad, sino -meramente con la esperanza de hacer el bien, sobre todo mediante -la conversación. El cónsul me preguntó en seguida mi parecer sobre -los moros y el país. Díjele que cuanto llevaba visto de unos y -otro me agradaba en extremo. Repuso que si viviera diez años entre -ellos, como él había vivido, ya cambiaría de opinión; que no había -en el mundo pueblo más falso ni cruel, ni Gobierno más abyecto, con -quien era casi imposible que ninguna Potencia extranjera mantuviese -relaciones amistosas, por la constante mala fe de su proceder y -su desprecio de los Tratados más solemnes; que las propiedades e -intereses británicos sufrían a diario expoliaciones y destrozos, -y los súbditos británicos vejaciones inauditas, sin la más ligera -esperanza de satisfacción como no se recurriese a la guerra, único -argumento asequible a los moros. Añadió que a fines del año anterior -se perpetró en Tánger un asesinato horrible: una familia genovesa, -compuesta de tres individuos, súbditos británicos, y con derecho a -la protección de la bandera inglesa, fué exterminada. Fueron<span -class="pagenum" id="Page_347">[p. 347]</span> descubiertos los -asesinos, y el principal de todos estaba preso; pero todos los -esfuerzos hechos para que se le impusiera el castigo correspondiente -habían sido hasta entonces inútiles, porque era moro, y las víctimas, -cristianos. Por último, me advirtió que no saliera de la ciudad sin -que me acompañase un soldado, y se ofreció a proporcionarme uno -cuando lo deseara, porque de otro modo corría grave peligro de ser -maltratado o asesinado por los moros del interior; me citó el ejemplo -de un oficial británico asesinado en la playa, no mucho tiempo antes, -por la sola razón de ser nazareno y de ir vestido a la europea. Al -cabo, llevó la conversación a la propaganda del Evangelio, y oí con -satisfacción que, durante su permanencia en Tánger, había distribuido -considerable cantidad de Biblias entre los naturales que hablaban -árabe, y que muchos hombres doctos, o <i>talibs</i>, habían leído con gran -interés el volumen sagrado, y que esa propaganda, hecha, es cierto, -con mucha precaución, no había suscitado ningún sentimiento de -disgusto ni enojo. Me preguntó, finalmente, si me proponía difundir -la Biblia entre los moros.</p> - -<p>Contesté que no tenía medio de hacerlo, porque no poseía ni un -solo ejemplar de la Biblia en lengua o en caracteres árabes, y que -los pocos Testamentos que llevaba conmigo estaban en español y los -destinaba a<span class="pagenum" id="Page_348">[p. 348]</span> los -cristianos de Tánger, a quienes podían ser útiles, porque todos -entendían ese idioma.</p> - -<p>Por la noche estuve sentado en el <i>wustuddur</i> de Juana Correa -en compañía de Pascual Fava, el genovés. El tema favorito de la -conversación del viejo era la religión; profesaba amor sin límites -al Salvador, y profunda gratitud por su milagrosa expiación de -las culpas de la Humanidad. Le hubiera escuchado con gusto a no -ser porque olía mucho a alcohol, y porque ciertas incoherencias -de lenguaje y violencia en las maneras denotaban que era víctima -de la bebida. De pronto aparecieron en la puerta dos individuos: -uno era un muchacho moro, como de diez años de edad, desnudas las -piernas y la cabeza, vestido con una <i>gelaba</i>. Guiaba por la mano -a un viejo, en quien reconocí en el acto a uno de los argelinos, -uno de los musulmanes buenos que el <i>mahasni</i><a id="FNanchor_49" -href="#Footnote_49" class="fnanchor">[49]</a> había elogiado tanto -aquella misma mañana mientras remontábamos la calle de Siarrin. Era -muy bajito, y sucio en el vestir; hirsuta barba blanca cubríale la -parte inferior del rostro; usaba gafas, muy anchas, que debían de -serle poco útiles, pues no podía dar un paso sin la ayuda del guía. -Ambos avanzaron un poco en el <i>wustuddur</i>, y se detuvieron. En cuanto -los vió Pascual Fava se le<span class="pagenum" id="Page_349">[p. -349]</span>vantó con presteza y aire jovial, y apoyándose en el -bastón, porque tenía una pierna impedida, se acercó cojeando a un -anaquel, tomó una botella y llenó un vaso de vino, mientras cantaba -en el español corrompido que usan los moros de la costa:</p> - -<div class="poem mt1"><div class="stanza"> -<p class="i2">Argelino,</p> -<p class="i0">moro fino.</p> -<p class="i0">No beber vino,</p> -<p class="i0">ni comer tocino.</p> -</div></div> - -<p class="mt1">Alargó después el vaso al moro viejo, quien se lo -bebió, y luego, conducido por el muchacho, se fué hacia la puerta sin -proferir palabra.</p> - -<p>—<i>Hade mushe halal</i><a id="FNanchor_50" href="#Footnote_50" -class="fnanchor">[50]</a>—dije con fuerte voz.</p> - -<p>—<i>Cul shee halal</i><a id="FNanchor_51" href="#Footnote_51" -class="fnanchor">[51]</a>—dijo el moro viejo volviendo sus ojos -ciegos y con antiparras hacia donde había sonado la voz—. De todo lo -que Dios da pueden participar sus hijos legítimamente.</p> - -<p>—¿Quién es ese viejo?—pregunté a Pascual Fava cuando el ciego y su -lazarillo se fueron.</p> - -<p>—¡Quién es!—dijo Pascual—. ¡Quién es! Ahora es comerciante -y tiene una tienda en el Siarrin, pero en otros tiempos fué el -pirata más sanguinario de Argel. Ese viejo,<span class="pagenum" -id="Page_350">[p. 350]</span> ciego y desvalido, ha cortado más -pescuezos que pelos tiene en la cabeza. Antes de que los franceses -se apoderasen de la ciudad, era <i>rais</i> o capitán de una fragata, y -muchos pobres barcos de Cerdeña cayeron en sus manos. Tomada Argel, -huyó a Tánger, y se dice que trajo consigo una gran parte del botín -que había reunido en tiempos anteriores. Otros muchos moros argelinos -vinieron aquí también, o a Tetuán, pero éste es el más notable de -todos. Anda a veces en compañías verdaderamente extraordinarias -para un moro, y mantiene intimidad algo excesiva con los judíos. -Bueno, a mí eso no me importa; pero que se ande con tiento. Si se -hace sospechoso a los moros, ¡pobre de él! ¡Moros y judíos, judíos -y moros! ¡Oh! ¡Mal de mis pecados, que me trajeron a vivir entre -ellos!</p> - -<div class="poem mt1"><div class="stanza"> -<p class="i2">Ave maris stella,</p> -<p class="i0">Dei mater alma,</p> -<p class="i0">Atque semper virgo,</p> -<p class="i0">Felix cœli porta!</p> -</div></div> - -<p class="mt1">Proseguía en su charla, cuando el ruido de un disparo -de fusil le estremeció.</p> - -<p>—Es la retreta—dijo Pascual Fava—. Todas las noches, a las ocho -y media, hacen un disparo en el <i>soc</i>; es la señal de cesar los -trabajos y de recogerse. Voy a cerrar la puerta, y, si alguien llama, -no abriré si no le conozco por la voz. Desde la muerte del <span -class="pagenum" id="Page_351">[p. 351]</span>pobre genovés el año -pasado vivimos muy prevenidos.</p> - -<p>Así transcurrió el primer viernes, día sagrado de los musulmanes, -que pasé en Tánger. Observé que los moros proseguían sus ocupaciones -como si el día no tuviese nada de particular. Entre doce y una, -hora de rezo en la mezquita, se cerraban las puertas de la ciudad -y a nadie se le permitía entrar ni salir. Es tradición entre -ellos corriente que un viernes, a esa hora, sus eternos enemigos, -los nazarenos, se apoderarán del país; por lo cual se mantienen -apercibidos contra una sorpresa.</p> - - -<p class="fin">FIN DEL TOMO TERCERO Y ÚLTIMO</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<p class="centra"><span class="pagenum" id="Page_352">[p. 352]</span><small>ACABÓSE - DE IMPRIMIR ESTE LIBRO<br /> -EN LA IMPRENTA CLÁSICA ESPAÑOLA,<br /> -DE MADRID, A DIEZ Y OCHO DÍAS<br /> -<span class="g2">DEL MES DE ENERO</span><br /> -DE MIL NOVECIENTOS<br /> -VEINTIUNO</small></p> -</div> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="footnotes"> -<p class="xl centra">NOTAS</p> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_1"><span class="label"><a -href="#FNanchor_1">[1]</a></span> Regresó a Madrid el 30 de octubre -(Knapp).</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_2"><span class="label"><a -href="#FNanchor_2">[2]</a></span> Pawnee, Pani: agua.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_3"><span class="label"><a -href="#FNanchor_3">[3]</a></span> <i>The Zincali.</i></p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_4"><span class="label"><a -href="#FNanchor_4">[4]</a></span> La ciencia lingüística moderna -difiere de tal modo de estas teorías, que sería muy difícil -rectificarlas en una nota instructiva y no demasiadamente larga. Lo -mejor será quizás prescindir de este capítulo completamente. (Nota de -la edición Burke.)</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_5"><span class="label"><a -href="#FNanchor_5">[5]</a></span> <i>Evangelioa San Lucasen Guissan. El -Evangelio según San Lucas.</i> Traducido al vascuence. Madrid. Imprenta -de la Compañía Tipográfica, 1838.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_6"><span class="label"><a -href="#FNanchor_6">[6]</a></span> A nadie que haya leído la obra -de este <i>Abbé</i> se le ocurrirá citarlo como una autoridad seria. Se -titula <i>L’histoire des cantabres par l’Abbé d’Iharce de Bidassouet</i>. -París, 1825. Según el autor, el vascuence fué la lengua de los -primeros hombres; <i>Noah</i>, que en vascuence significa <i>vino</i>, es el -recuerdo etimológico de la intemperancia del patriarca (Burke).</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_7"><span class="label"><a -href="#FNanchor_7">[7]</a></span> <i>Euscaldun anciña anciñaco</i>, etc. -Donostian, 1826. Con una introducción en español y muchas canciones -bascas, con notación musical.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_8"><span class="label"><a -href="#FNanchor_8">[8]</a></span> El 14 de enero de 1838 el jefe -político, don Francisco de Gamboa, ordenó el secuestro.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_9"><span class="label"><a -href="#FNanchor_9">[9]</a></span> Por el gobernador don Diego de -Entena, sucesor de Gamboa. La prisión se decretaba: 1.º, por insultos -al alguacil; 2.º, por repartir un libro impreso en Gibraltar. Era el -Lucas en gitano (sin licencia de impresión), pero que todos sabían -impreso en Madrid (Knapp).</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_10"><span class="label"><a -href="#FNanchor_10">[10]</a></span> En la fonda de Genieys -(Knapp).</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_11"><span class="label"><a -href="#FNanchor_11">[11]</a></span> Hechos de los Apóstoles, XVI, -37.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_12"><span class="label"><a -href="#FNanchor_12">[12]</a></span> El edificio llamado <i>Cárcel de -Corte</i>, en la Plaza de Provincia, construído para prisión en 1644, -comprendía lo que es hoy el ministerio de Estado, más un anejo a su -espalda, que llegaba hasta la calle de la Concepción Jerónima.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_13"><span class="label"><a -href="#FNanchor_13">[13]</a></span> Quizás Waterlóo. (Nota de -Borrow.)</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_14"><span class="label"><a -href="#FNanchor_14">[14]</a></span> Alude a Byron. Borrow, citando -de memoria, escribe: «Cervantes sneered Spain’s chivalry away.» El -pasaje de Byron es:</p> - -<div class="poem mt1"><div class="stanza"> -<p class="i2">Cervantes smiled Spain’s chivalry away;</p> -<p class="i0">A single laugh demolish’d the right arm</p> -<p class="i0">Of his own country;—seldom since that day</p> -<p class="i0">Has Spain had heroes.</p> -</div> -<p class="dr"><i>Don Juan</i>; XIII, 11.</p> -</div> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_15"><span class="label"><a -href="#FNanchor_15">[15]</a></span> Velayos.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_16"><span class="label"><a -href="#FNanchor_16">[16]</a></span> ¿Daganzo?</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_17"><span class="label"><a -href="#FNanchor_17">[17]</a></span> Nombre gitano de Sevilla.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_18"><span class="label"><a -href="#FNanchor_18">[18]</a></span> Idem íd. del Guadalquivir.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_19"><span class="label"><a -href="#FNanchor_19">[19]</a></span> En griego, sacerdotes.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_20"><span class="label"><a -href="#FNanchor_20">[20]</a></span> Nada.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_21"><span class="label"><a -href="#FNanchor_21">[21]</a></span> Mr. John Brackenbury.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_22"><span class="label"><a -href="#FNanchor_22">[22]</a></span> Poeta danés. 1779-1850.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_23"><span class="label"><a -href="#FNanchor_23">[23]</a></span> Borrow le llama <i>the Faithful</i>, -el Fiel.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_24"><span class="label"><a -href="#FNanchor_24">[24]</a></span> En manos de alguno. <i>Peluni</i> es -fulano en árabe. (Nota de Burke.)</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_25"><span class="label"><a -href="#FNanchor_25">[25]</a></span> Nombre popular del Etna.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_26"><span class="label"><a -href="#FNanchor_26">[26]</a></span> Infierno.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_27"><span class="label"><a -href="#FNanchor_27">[27]</a></span> Corazón.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_28"><span class="label"><a -href="#FNanchor_28">[28]</a></span> Rabat.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_29"><span class="label"><a -href="#FNanchor_29">[29]</a></span> Genio.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_30"><span class="label"><a -href="#FNanchor_30">[30]</a></span> ¡Qué porquería!</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_31"><span class="label"><a -href="#FNanchor_31">[31]</a></span> Prohibido.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_32"><span class="label"><a -href="#FNanchor_32">[32]</a></span> Señor del mundo.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_33"><span class="label"><a -href="#FNanchor_33">[33]</a></span> Compre aquí, compre aquí.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_34"><span class="label"><a -href="#FNanchor_34">[34]</a></span> La Virgen María.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_35"><span class="label"><a -href="#FNanchor_35">[35]</a></span> Argel.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_36"><span class="label"><a -href="#FNanchor_36">[36]</a></span> Tienda.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_37"><span class="label"><a -href="#FNanchor_37">[37]</a></span> ¡Por Dios!</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_38"><span class="label"><a -href="#FNanchor_38">[38]</a></span> Casas de oficios.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_39"><span class="label"><a -href="#FNanchor_39">[39]</a></span> La orilla del mar.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_40"><span class="label"><a -href="#FNanchor_40">[40]</a></span> Según Borrow, un caballo -padre.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_41"><span class="label"><a -href="#FNanchor_41">[41]</a></span> La tenería.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_42"><span class="label"><a -href="#FNanchor_42">[42]</a></span> Viernes.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_43"><span class="label"><a -href="#FNanchor_43">[43]</a></span> O <i>hashish</i>, preparación de -cáñamo.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_44"><span class="label"><a -href="#FNanchor_44">[44]</a></span> Al parecer, otra droga.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_45"><span class="label"><a -href="#FNanchor_45">[45]</a></span> Satán.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_46"><span class="label"><a -href="#FNanchor_46">[46]</a></span> Eso no importa.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_47"><span class="label"><a -href="#FNanchor_47">[47]</a></span> O <i>ma’iyya</i>: aguardiente de -higos.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_48"><span class="label"><a -href="#FNanchor_48">[48]</a></span> Genovés.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_49"><span class="label"><a -href="#FNanchor_49">[49]</a></span> Soldado.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_50"><span class="label"><a -href="#FNanchor_50">[50]</a></span> Eso no es lícito.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_51"><span class="label"><a -href="#FNanchor_51">[51]</a></span> Todo es lícito.</p> - -</div> - -</div> - -<hr class="chap" /> -<p> </p> - -<div class="transnote" id="tnote"> - <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> - - <ul> - <li>Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la - grafía de mayor frecuencia.</li> - - <li>Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.</li> - - <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li> - - <li>Se ha reparado el emparejamiento de los puntos de admiración e - interrogación, y de los paréntesis y comillas.</li> - - <li>Se han puesto letras capitulares al comienzo de todos los capítulos, - pese a no aparecer en todos los casos en el original impreso.</li> - - <li>El transcriptor ha creado la imagen de la cubierta y la sitúa - en el dominio público.</li> - </ul> -</div> - -</div> -<p> </p> -<hr class="pg" /> -<p>***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO III (DE 3)***</p> -<p>******* This file should be named 51689-h.htm or 51689-h.zip *******</p> -<p>This and all associated files of various formats will be found in:<br /> -<a href="http://www.gutenberg.org/dirs/5/1/6/8/51689">http://www.gutenberg.org/5/1/6/8/51689</a></p> -<p> -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed.</p> - -<p>Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life.</p> - -<p>Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at -www.gutenberg.org.</p> - -<h3>Section 3. Information about the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation</h3> - -<p>The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws.</p> - -<p>The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the -mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its -volunteers and employees are scattered throughout numerous -locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt -Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact</p> - -<p>For additional contact information:</p> - -<p> Dr. Gregory B. Newby<br /> - Chief Executive and Director<br /> - gbnewby@pglaf.org</p> - -<h3>Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation</h3> - -<p>Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS.</p> - -<p>The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition.</p> - -<p>Most people start at our Web site which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org</p> - -<p>This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.</p> - -</body> -</html> - diff --git a/old/51689-h/images/cover.jpg b/old/51689-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index a5c3875..0000000 --- a/old/51689-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/51689-h/images/logo.jpg b/old/51689-h/images/logo.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index cd41a79..0000000 --- a/old/51689-h/images/logo.jpg +++ /dev/null |
