summaryrefslogtreecommitdiff
diff options
context:
space:
mode:
-rw-r--r--.gitattributes4
-rw-r--r--LICENSE.txt11
-rw-r--r--README.md2
-rw-r--r--old/51689-0.txt8194
-rw-r--r--old/51689-0.zipbin185576 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/51689-h.zipbin275498 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/51689-h/51689-h.htm9331
-rw-r--r--old/51689-h/images/cover.jpgbin100155 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/51689-h/images/logo.jpgbin2135 -> 0 bytes
9 files changed, 17 insertions, 17525 deletions
diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes
new file mode 100644
index 0000000..d7b82bc
--- /dev/null
+++ b/.gitattributes
@@ -0,0 +1,4 @@
+*.txt text eol=lf
+*.htm text eol=lf
+*.html text eol=lf
+*.md text eol=lf
diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt
new file mode 100644
index 0000000..6312041
--- /dev/null
+++ b/LICENSE.txt
@@ -0,0 +1,11 @@
+This eBook, including all associated images, markup, improvements,
+metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be
+in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES.
+
+Procedures for determining public domain status are described in
+the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org.
+
+No investigation has been made concerning possible copyrights in
+jurisdictions other than the United States. Anyone seeking to utilize
+this eBook outside of the United States should confirm copyright
+status under the laws that apply to them.
diff --git a/README.md b/README.md
new file mode 100644
index 0000000..4ef9d13
--- /dev/null
+++ b/README.md
@@ -0,0 +1,2 @@
+Project Gutenberg (https://www.gutenberg.org) public repository for
+eBook #51689 (https://www.gutenberg.org/ebooks/51689)
diff --git a/old/51689-0.txt b/old/51689-0.txt
deleted file mode 100644
index 3d6a176..0000000
--- a/old/51689-0.txt
+++ /dev/null
@@ -1,8194 +0,0 @@
-The Project Gutenberg eBook, La Biblia en España, Tomo III (de 3), by
-George Borrow, Translated by Manuel Azaña
-
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
-to check the laws of the country where you are located before using this ebook.
-
-
-
-
-Title: La Biblia en España, Tomo III (de 3)
- O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península
-
-
-Author: George Borrow
-
-
-
-Release Date: April 8, 2016 [eBook #51689]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-
-***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO III (DE
-3)***
-
-
-E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the Online
-Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images
-generously made available by Internet Archive/Canadian Libraries
-(https://archive.org/details/toronto)
-
-
-
-Note: Images of the original pages are available through
- Internet Archive/Canadian Libraries. See
- https://archive.org/details/labibliaenespa03borr
-
-
- Project Gutenberg has the other two volumes of this work.
- Tomo I: see http://www.gutenberg.org/ebooks/51019
- Tomo II: see http://www.gutenberg.org/ebooks/51020
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_
- y las versalitas como MAYÚSCULAS.
-
-
-
-
-
-COLECCIÓN GRANADA
-
-VIAJES
-
-BORROW: LA BIBLIA EN ESPAÑA
-TRAD. DEL INGLÉS POR M. AZAÑA
-
-
-LA BIBLIA EN ESPAÑA
-
-O VIAJES, AVENTURAS Y PRISIONES DE UN
-INGLÉS EN SU INTENTO DE DIFUNDIR LAS
-ESCRITURAS POR LA PENÍNSULA
-
-POR
-
-J. BORROW
-
-TRADUCCIÓN DIRECTA DEL INGLÉS
-POR MANUEL AZAÑA
-
-TOMO III
-
-
-
-
-
-
-
-[Illustración]
-
-COLECCIÓN GRANADA
-JIMÉNEZ-FRAUD, Editor.—MADRID
-
-ES PROPIEDAD
-QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA
-LA LEY
-
-Imprenta Clásica Española. Glorieta de Chamberí. Madrid.
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
-
- _Páginas._
-
- CAPÍTULO XXXVI. — Estado de los asuntos en Madrid. — Nuevo
- Ministerio. — El Obispo de Roma. — El librero de Toledo. —
- Las espadas. — Las casas de Toledo. — La gitana abandonada. —
- Diligencias mías en Madrid. — Otro criado. 13
-
- CAP. XXXVII. — Euscarra. — El vascuence no es el irlandés.
- — Dialectos del sánscrito y del tártaro. — Una lengua de
- vocales. — La poesía popular. — Los bascos. — Sus caracteres.
- — Las mujeres bascas. 26
-
- CAP. XXXVIII. — La prohibición. — El Evangelio, perseguido. —
- Inculpación de brujería. — Ofalia. 38
-
- CAP. XXXIX. — Los dos Evangelios. — El alguacil. — La orden
- de prisión. — María la buena. — El arresto. — Me envían a la
- cárcel. — Reflexiones. — El recibimiento. — La celda en la
- cárcel. — Demanda de desagravios. 45
-
- CAP. XL. — Ofalia. — El juez. — Cárcel de la Corte. — El
- domingo en la cárcel. — Vestimenta de los ladrones. — Padre
- e hijo. — Un comportamiento característico. — El francés. —
- La ración carcelaria. — El valle de las sombras. — Castellano
- puro. — Balseiro. — La cueva. — La gloria del ladrón. 63
-
- CAP. XLI. — María Díaz. — Reproches del clero. — Visita de
- Antonio. — Antonio en funciones. — Una escena. — Benedicto
- Mol. — Su peregrinación por España. — Los cuatro Evangelios. 85
-
- CAP. XLII. — Salida de la cárcel. — Las excusas. — El corazón
- humano. — La vuelta del griego. — La Iglesia romana. — La luz
- de la Escritura. — El arzobispo de Toledo. — Una entrevista.
- — Piedras preciosas. — Una resolución. — El lenguaje
- extranjero. — Despedida de Benedicto. — La caza del tesoro en
- Compostela. — Realidad y ficción. 97
-
- CAP. XLIII. — Villaseca. — Una casa morisca. — La puchera. —
- Un cónclave de rústicos. — Ceremoniosa urbanidad. — La flor
- de España. — El puente de Azeca. — El castillo en ruinas.
- — Nos echamos al campo. — Demanda de Testamentos. — El
- labrador viejo. — El cura y el herrero. — La baratura de los
- Testamentos. 116
-
- CAP. XLIV. — Aranjuez. — Una advertencia. — Aventura
- nocturna. — Nueva expedición. — Segovia. — Abades. — Curas
- facciosos. — López, en la cárcel. — Liberación de López. 136
-
- CAP. XLV. — Regreso a España. — Sevilla. — Un perseguidor
- encarnizado. — La profetisa manchega. — El sueño de Antonio. 150
-
- CAP. XLVI. — Se reanuda la obra de propaganda. — Aventura en
- Cobeña. — El poder del clero. — Autoridades rurales. — Fuente
- la Higuera. — El contratiempo de Victoriano. — La cárcel del
- pueblo. — La cuerda. — Un recado de Antonio. — Antonio, en
- misa. 157
-
- CAP. XLVII. — Término de nuestros trabajos rurales. — Alarma
- del clero. — Una nueva tentativa. — Triunfo en Madrid. —
- Duende o alguacil. — El bastón de mando. — El corregidor. —
- Una explicación. — El Papa en Inglaterra. — La exposición del
- Evangelio. — Obras de Lutero. 171
-
- CAP. XLVIII. — Proyecto de viaje. — Una escena sangrienta.
- — El fraile. — Sevilla. — Bellezas de Sevilla. — Naranjos y
- flores. — Murillo. — El Angel de la guarda. — Dionysius. —
- Mis coadyuvantes. — Demanda de Biblias. 186
-
- CAP. XLIX. — La casa solitaria. — La Dehesa. — Juan
- Crisóstomo. — Manuel. — La librería en Sevilla. — Dionisio
- y los curas. — Atenas y Roma. — Proselitismo. — Embargo de
- Testamentos. — Salida de Sevilla. 201
-
- CAP. L. — Noche en el Guadalquivir. — La luz del Evangelio.
- — Bonanza. — La playa de Sanlúcar. — Panorama andaluz. —
- Historia de una caja. — _Cosas de los ingleses._ — Los dos
- gitanos. — El cochero. — El gorro de dormir encarnado. — El
- vapor. — El idioma cristiano. 216
-
- CAP. LI. — Cádiz. — Las fortificaciones. — El cónsul general.
- — Anécdota característica. — Un vapor catalán. — Trafalgar.
- — Alonso Guzmán. — Gebel Muza. — La fragata _Orestes_. — El
- león hostil. — Las obras del Creador. — Un lagarto del Peñón.
- — El gentío. — La reina de los mares. — Oración por mi país. 234
-
- CAP. LII. — Un hostelero jovial. — Los aspirantes a la
- gloria. — Un retrato. — Los _Hamales_. — Una excursión. —
- Labriego y soldado. — Las excavaciones. — Un tirón de la
- ropa. — Judas y su padre. — Peregrinación de Judas. — La
- barba frondosa. — Los falsos moros. — Judas y el hijo del
- Rey. — Vejez prematura. 257
-
- CAP. LIII. — Marineros genoveses. — La cueva de San Miguel. —
- Un abismo tenebroso. — Un joven americano. — El propietario
- de esclavos. — El brujo. — Un incrédulo. 281
-
- CAP. LIV. — Otra vez a bordo. — Un rostro sorprendente. — El
- Haji. — Nos damos a la vela. — Los dos judíos. — Un barco
- americano. — Tánger. — Adun Oulem. — La riña. — Lo prohibido. 292
-
- CAP. LV. — El muelle. — Los dos moros. — Djmah de Tánger.
- — La casa de Dios. — El cónsul británico. — Espectáculo
- curioso. — La casa mora. — Juana Correa. — Ave María. 307
-
- CAP. LVI. — El Mahasni. — Sin Samani. — El Bazar. — Santos
- moros. — ¡Mira la ayana! — La higuera chumba. — Sepulturas
- judías. — La mansión de los esqueletos. — El mozo de cuadra.
- — Los caballos de los musulmanes. — Dar-dwag. 320
-
- CAP. LVII. — Un trío singular. — El mulato. — La oferta de
- paz. — Moros de Granada. — _Vive la Guadeloupe!_ — Los moros.
- — Pascual Fava. — La argelina ciega. — La retreta. 338
-
-
-
-
- LA BIBLIA EN ESPAÑA
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXXVI
-
- Estado de los asuntos en Madrid. — Nuevo Ministerio. — El obispo
- de Roma. — El librero de Toledo. — Las espadas. — Las casas de
- Toledo. — La gitana abandonada. — Diligencias mías en Madrid. —
- Otro criado.
-
-
-Durante mi viaje por las provincias del Norte de España, que ocupó
-una parte considerable del año 1837[1], sólo pude realizar una
-porción muy pequeña de lo que en un principio me había propuesto
-hacer. Los resultados de los trabajos del hombre son insignificantes
-comparados con los vastos designios que su presunción concibe;
-sin embargo, algo se había conseguido con mi reciente viaje. El
-Nuevo Testamento de Cristo se vendía ya tranquilamente en las
-principales ciudades del Norte, y contaba con el amigable concurso
-de los libreros de aquellas partes, especialmente con el del viejo
-Rey Romero, de Compostela, el más importante de todos. Además,
-había yo repartido con mis propias manos un número considerable
-de Testamentos entre individuos particulares, todos de las clases
-bajas, a saber: muleteros, carreteros, _contrabandistas_, etc.; de
-suerte que, en conjunto, tenía motivos bastantes de reconocimiento y
-gratitud.
-
- [1] Regresó a Madrid el 30 de octubre (Knapp).
-
-Encontré nuestros asuntos en Madrid en situación nada próspera: en
-las librerías se habían vendido pocos ejemplares. ¿Qué otra cosa
-podía esperarse racionalmente en unos tiempos como los que acababan
-de pasar? Don Carlos había llegado a las puertas de la capital con
-un fuerte ejército; ante la amenaza del saqueo y de la degollina
-inminentes, la gente se preocupó más de poner en salvo vidas y
-haciendas que de leer ninguna clase de libros.
-
-Pero el enemigo ya se había retirado a sus reductos de Alava y
-Guipúzcoa. Tuve, pues, esperanzas de que amaneciesen días mejores y
-de que la obra, bajo mi vigilancia, prosperaría, por la gracia de
-Dios, en la capital de España. El lector verá a continuación cuán
-lejos estuvieron los hechos de corresponder a mis deseos.
-
-Durante mi viaje al Norte había sobrevenido un cambio total en el
-Ministerio. En lugar del partido liberal, arrojado del Gabinete,
-entró el partido _moderado_; por desgracia para mis planes, los
-nuevos ministros eran personas a quienes yo no conocía y sobre
-quienes mis antiguos amigos Istúriz y Galiano tenían poca o ninguna
-influencia. A estos señores se les dejó sistemáticamente aparte, y su
-carrera política pareció terminada para siempre.
-
-Del nuevo Gobierno poco podía yo esperar: casi todos los hombres
-que lo formaban habían sido cortesanos o funcionarios del difunto
-rey Fernando, eran partidarios del absolutismo y no estaban en modo
-alguno dispuestos a hacer o permitir cosas que pudieran enojar a la
-Corte de Roma, a la que ansiaban tener contenta, esperando inducirla
-quizás a reconocer a la niña Isabel II, no como reina constitucional,
-sino como reina absoluta.
-
-Ese partido se mantuvo en el poder durante lo restante de mi
-residencia en España, y me persiguió, menos por odio y maldad que por
-política. Sólo a la terminación de la guerra perdió su preponderancia
-y cayó con su protectora, la reina madre, ante la dictadura de
-Espartero.
-
-El primer paso que di después de mi regreso, tocante a la difusión
-de las Escrituras, fué muy atrevido. Consistió ni más ni menos que
-en abrir una tienda para vender los Testamentos. La tienda estaba en
-una calle importante y animada: la calle del Príncipe, inmediata a la
-plaza de Cervantes. La amueblé muy bien con armarios de vidrieras y
-cornucopias, y puse al frente de ella a un gallego listo, de nombre
-Pepe Calzado, que todas las semanas me daba cuenta fiel de los
-ejemplares vendidos.
-
-Al día siguiente de abrir el establecimiento, estaba yo en la otra
-acera de la calle, apoyado de espaldas en la pared, cruzado de
-brazos, contemplando la tienda, en cuyos huecos se leía en grandes
-letras amarillas: _Despacho de la Sociedad Bíblica y Extranjera_,
-y, sumido en mi contemplación, pensaba: «¡Qué inesperadas mudanzas
-trae el tiempo! ¡Ocho meses he pasado de aquí para allá en esta vieja
-España, tan papista, repartiendo Testamentos como agente de una
-Sociedad que los papistas tienen por herética, y no me han lapidado
-ni quemado! Ahora, en la capital hago lo que a cualquiera le hubiera
-parecido causa bastante para que todos los difuntos inquisidores y
-familiares enterrados dentro de sus muros se alzaran de sus tumbas
-gritando: “¡Abominación!”, y nadie se mete conmigo. ¡Obispo de Roma!
-¡Obispo de Roma! Ten cuidado. Pueden cerrarme la tienda; pero qué
-signo de los tiempos es el hecho de que la hayan dejado existir un
-solo día. Se me antoja, padre mío, que los días de tu preponderancia
-en España están contados, y que ya no te consentirán saquearla mucho
-tiempo, ni mofarte de ella, ni flagelarla con escorpiones, como en
-épocas pasadas. Veo ya la mano que escribe en el muro un: “_¡Mene,
-Mene, Tekel, Upharsin!_ Ten cuidado, _Batuschca_”.»
-
-Dos horas permanecí apoyado en la pared, contemplando la tienda.
-
-Poco tiempo después de abrir el _Despacho_ en Madrid, monté de
-nuevo a caballo, y, seguido de Antonio, fuí a Toledo con propósito
-de difundir las Escrituras, para lo cual envié por delante con un
-arriero un cargamento de cien ejemplares. Sin tardanza busqué al
-principal librero de la ciudad, no sin temor de encontrarme con un
-carlista, o, al menos, con un _servil_, ya que en Toledo abundan
-tanto los canónigos, curas y frailes exclaustrados. Me llevé el
-chasco mayor de mi vida: al entrar en la tienda, espaciosa y cómoda,
-vi a un hombre atlético, vestido con una especie de uniforme de
-caballería, calado el morrión y un sable inmenso en la mano. Era el
-librero en persona, oficial de la Guardia nacional de caballería. Al
-saber quién era yo, me estrechó cordialmente la mano y dijo que con
-el mayor placer se haría cargo de los libros y procuraría difundirlos
-por todos los medios a su alcance.
-
-—¿No incurrirá usted en el odio del clero si hace eso?
-
-—_¡Ca!_—respondió—. ¿Quién los hace caso? Yo soy rico, y mi padre
-también lo fué. No dependo de ellos. Ya no pueden odiarme más de
-lo que me odian, porque no oculto mis opiniones. Ahora mismo acabo
-de regresar de una expedición de tres días con mis compañeros los
-nacionales; hemos estado persiguiendo a los facciosos y ladrones de
-estos contornos; hemos matado a tres y traemos varios prisioneros.
-¿Quién hace caso de los curas pusilánimes? Yo soy liberal, _don
-Jorge_, y amigo de su compatriota Flinter. Le he ayudado a cazar
-muchos curas guerrilleros y frailes salteadores que andaban en la
-facción. He oído que le han nombrado capitán general de Toledo: me
-alegro; cuando llegue se van a ver aquí cosas buenas, _don Jorge_. Le
-aseguro a usted que al clero le apretaremos las clavijas.
-
-Toledo fué antiguamente capital de España. Su población es ahora de
-unas quince mil almas, aunque en tiempo de los romanos y también
-durante la Edad Media llegó, según dicen, a doscientos o trescientos
-mil habitantes. Está situado a unas doce leguas al Oeste de Madrid,
-y se alza sobre un cerro de granito que el Tajo rodea en todo su
-perímetro, salvo por el Norte. Encierra todavía muchos edificios
-notables, a pesar de que se halla en decadencia hace mucho tiempo.
-Su catedral, la más espléndida de España, es Sede del Primado.
-En la torre de esta catedral se encuentra la famosa campana de
-Toledo, la mayor del mundo, con excepción de la monstruosa campana
-de Moscou, que también he visto. Pesa 1.543 _arrobas_; su sonido
-es desagradable, porque está rajada. Toledo podía jactarse en otro
-tiempo de poseer los mejores cuadros de España; pero durante la
-guerra de la Independencia los franceses robaron o destruyeron
-muchos, y todavía más se han sacado por orden del Gobierno. El
-más notable de todos, acaso, aún se encuentra allí: aludo al que
-representa el entierro del conde de Orgaz, la obra maestra de
-Doménico, el griego, genio extraordinario, algunas de cuyas obras
-poseen méritos de altísima calidad. El cuadro a que me refiero está
-en la pequeña iglesia parroquial de Santo Tomé, al fondo de la nave,
-a la izquierda del altar. Si pudiera comprarse, creo que en cinco mil
-libras sería barato.
-
-Entre las muchas cosas notables que se ofrecen en Toledo a la curiosa
-mirada del observador, se halla la fábrica de armas, donde se
-elaboran espadas, lanzas y otras armas destinadas al Ejército, con
-excepción de las de fuego, traídas del extranjero casi todas.
-
-Es bien sabido que antiguamente las hojas de Toledo eran muy
-estimadas y se hacía gran comercio de ellas en toda la cristiandad.
-La _fábrica_ actual es un hermoso edificio moderno, situado
-extramuros de la ciudad, en una planicie contigua al río, con el
-que se comunica por un pequeño canal. Dicen que el buen temple de
-las espadas se debe principalmente al agua y a la arena del Tajo.
-Pregunté a varios maestros de la fábrica si hoy en día sabían hacer
-armas tan buenas como las antiguas y si el secreto de la fabricación
-se había perdido.
-
-—_¡Ca!_—me respondieron—. Las espadas de Toledo no han sido nunca
-tan buenas como las que hacemos ahora. Es muy ridículo que los
-extranjeros vengan a comprar aquí espadas viejas, pura morralla casi
-todas, no fabricadas en Toledo, por las que pagan grandes sumas, y,
-en cambio, les costaría trabajo dar dos duros por esta joya, hecha
-ayer mismo.
-
-Al decir esto, pusieron en mi mano una espada del tamaño ordinario.
-
-—Su merced—dijeron—parece que tiene buen brazo; pruebe el temple de
-esta espada contra ese muro de piedra. Tire una estocada a fondo y no
-tema.
-
-Tengo, en efecto, un brazo vigoroso: con toda mi fuerza ataqué de
-punta contra el sólido granito; la violencia del golpe fué tal, que
-el brazo se me quedó insensible hasta el hombro durante una semana,
-pero la espada no se embotó ni sufrió lo más mínimo.
-
-—Mejor espada que ésta—dijo un obrero antiguo, natural de Castilla la
-Vieja—no la ha habido para matar moros en la Sagra.
-
-Durante mi estancia en Toledo me alojé en la Posada de los
-Caballeros, nombre muy merecido en cierto modo, porque existen muchos
-palacios menos suntuosos que esa posada. Al hablar así, no vaya a
-suponerse que me refiero al lujo del mobiliario o a la exquisitez y
-excelencia de su cocina. Las habitaciones estaban tan mal provistas
-como las de todas las posadas españolas en general, y la comida,
-aunque buena en su género, era vulgar y casera; pero he visto pocos
-edificios tan imponentes. Era de inmenso grandor, compuesto de varios
-pisos, de traza algo semejante a la de las casas moras, con un patio
-cuadrangular en el centro y un _aljibe_ inmenso debajo, para recoger
-el agua llovida. Todas las casas de Toledo tienen aljibes parecidos,
-adonde, en la estación lluviosa, van a parar las aguas de los tejados
-por unas canales. Esta es la única agua que se emplea para beber; la
-del Tajo, considerada como insalubre, sólo se usa para la limpieza, y
-la suben por las empinadas y angostas calles en cántaros de barro a
-lomo de unos pollinos. Como la ciudad está en una montaña de granito,
-no tiene fuentes. En cuanto al agua llovida, después de sedimentarse
-en los aljibes, es muy gustosa y potable; los aljibes se limpian
-dos veces al año. Durante el verano, muy riguroso en esta parte de
-España, las familias pasan casi todo el día en los patios, cubiertos
-con un toldo de lienzo; el calor de la atmósfera se templa por la
-frialdad que sube de los aljibes, que responden al mismo propósito
-que las fuentes en las provincias meridionales de España.
-
-Estuve próximamente una semana en Toledo; en ese tiempo se vendieron
-algunos ejemplares del Testamento en la tienda de mi amigo el
-librero. Algunos curas tomaron el libro del _mostrador_ donde se
-encontraba y lo examinaron, pero sin decir nada; ninguno lo compró.
-Mi amigo me enseñó su casa; casi todas las habitaciones estaban
-forradas de libros desde el suelo hasta el techo; y muchos de ellos
-eran de gran valor. Díjome que su colección de libros antiguos de
-literatura española era la mejor del reino. Estaba, empero, menos
-orgulloso de su librería que de su caballeriza; y como advirtiera que
-yo entendía algo de caballos, su estimación y su respeto hacia mí
-crecieron por modo considerable.
-
-—Todo lo que tengo—decía—está a la disposición de usted; veo que es
-usted un hombre de los que a mí me gustan. Cuando quiera usted dar
-un paseo a caballo por la _Sagra_, no tiene usted más que avisar a
-mi criado y le ensillará el famoso cordobés _entero_ que compré en
-Aranjuez al deshacerse la yeguada real. Sólo a otro hombre le dejaría
-yo el caballo, y ese hombre es Flinter.
-
-En Toledo encontré a una gitana abandonada, con un hijo de unos
-catorce años de edad; no era toledana; había ido allí desde la
-Mancha en pos de su marido, preso bajo la inculpación de robo de
-caballerías; el delito se le probó, y de allí a pocos días iba a
-salir para Málaga con una cadena de galeotes. El preso carecía
-en absoluto de dinero, y su mujer recorría las calles de Toledo
-diciendo la buenaventura para ganar unos pocos _cuartos_ con que
-ayudar al marido en la cárcel. Me dijo que se proponía seguirle a
-Málaga, donde esperaba poder proporcionarle medios de fuga. ¡Qué
-ejemplo de amor conyugal! Por añadidura, el amor estaba todo en un
-lado solo de esa pareja, como ocurre con frecuencia. Su marido era un
-tunante despreciable, que la había abandonado marchándose a Madrid,
-donde vivió en concubinato con Aurora, criminal notoria, por cuyas
-instigaciones cometió el robo que ahora tenía que expiar.
-
-—Y si tu marido logra escaparse en Málaga, ¿adónde va a ir?
-
-—Al _chim_ de los _Corahai_, hijo mío; a la tierra de los moros, a
-ser soldado del rey moro.
-
-—¿Y qué va a ser de ti?—pregunté—. ¿Crees que te llevará consigo?
-
-—Me dejará en la costa, hijo mío, y en cuanto haya cruzado la
-_pawnee_[2] negra, me olvidará, no pensará más en mí.
-
- [2] Pawnee, Pani: agua.
-
-—¿Por qué te tomas tantos trabajos por él, sabiendo lo ingrato que es?
-
-—¿No soy su _romi_, hijo mío, y no estoy obligada por la ley de los
-_Calés_ a asistirle hasta lo último? Si al cabo de cien años volviera
-de la tierra de los _Corahai_ y me encontrase viva, y me dijese:
-«Tengo hambre, mujercita; vé a robar o a decir _bají_», iría sin
-falta, porque es el _rom_ y yo la _romi_.
-
-Al regresar a Madrid encontré abierto todavía el _despacho_.
-Se habían vendido algunos Testamentos, aunque en cantidad nada
-considerable. La obra luchaba con grandes inconvenientes para su
-difusión, por la ilimitada ignorancia de la gente respecto de su
-tenor y contenido. No era, pues, maravilla que despertase poco
-interés. Para llamar la atención del público sobre el _despacho_,
-imprimí tres mil carteles en papel amarillo, azul y carmesí, y los
-pegué por las esquinas, y además inserté en los periódicos una
-información relativa al caso; el resultado fué que en muy poco
-tiempo apenas hubo alguien en Madrid que no conociera la existencia
-de la tienda y del libro. En Londres y París, estas diligencias
-habrían asegurado, probablemente, la venta de la edición entera del
-Nuevo Testamento en pocos días. En Madrid, el resultado no fué tan
-lisonjero; al cabo de un mes de estar abierta la tienda, sólo se
-había vendido un centenar de ejemplares.
-
-Este proceder mío no podía por menos de producir gran sensación:
-los curas y sus secuaces rebosaban de enconada furia, que durante
-cierto tiempo tuvieron por conveniente manifestar sólo con palabras;
-estaban en la creencia de que el embajador y el Gobierno británicos
-me protegían; pero su malignidad hacía temer cualquier ataque, por
-atroz que fuese; y si la comparación no fuese inadecuada a mí, gusano
-el más insignificante de la Tierra, diría que, como Pablo en Éfeso,
-estaba luchando con fieras salvajes.
-
-El último día del año 1837, mi criado Antonio me dijo así:
-
-—_Mon maître_, no tengo más remedio que dejarle a usted por una
-temporada. Desde que volvimos de nuestro viaje estoy descontento
-de la casa, de los muebles y de doña Mariquita. Por tanto, me he
-ajustado de cocinero en casa del conde de..., donde ganaré al mes
-cuatro duros menos de lo que su merced me da. Me gusta la variedad,
-aunque sea para perder. _Adieu, mon maître_; deseo que encuentre
-usted un criado tan bueno como se le merece. Sin embargo, si
-necesitara usted alguna vez con urgencia _de mes soins_, llámeme sin
-vacilar, y en el acto me despediré de mi nuevo amo, si todavía estoy
-con él, e iré a buscarle a usted.
-
-Así me vi privado de los servicios de Antonio por cierto tiempo.
-Estuve unos cuantos días sin criado, al cabo de los cuales ajusté a
-cierto cántabro o vasco, natural de Hernani, en Guipúzcoa, que me
-habían recomendado mucho.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXXVII
-
- Euscarra. — El vascuence no es el irlandés. — Dialectos del
- sánscrito y del tártaro. — Una lengua de vocales. — La poesía
- popular. — Los bascos. — Sus caracteres. — Las mujeres bascas.
-
-
-Entramos ahora en el año 1838, acaso el más fecundo en
-acontecimientos de cuantos pasé en España. El _despacho_ continuaba
-todavía abierto, con ligero incremento en la venta. Como tenía
-entonces pocas cosas importantes que hacer, di a la estampa dos
-obras, en cuya preparación llevaba trabajando ya algún tiempo. Estas
-obras eran las traducciones del Evangelio de San Lucas al vascuence y
-al caló.
-
-Poco tengo que decir respecto de la traducción del Evangelio al
-gitano, porque ya he hablado de esto en otra obra[3]: lo traduje,
-así como la mayor parte del Nuevo Testamento, durante mi dilatada
-convivencia con los gitanos españoles. Respecto al Lucas en
-vascuence, no estará de más hablar con algún detenimiento, y
-aprovechar la ocasión que se me ofrece para decir unas palabras
-acerca del idioma en que está escrito y del pueblo a quien iba
-destinado.
-
- [3] _The Zincali._
-
-El Euscarra: tal es el nombre peculiar de un habla o idioma que se
-supone prevaleció por toda España en otro tiempo, pero confinado
-ahora a ciertas comarcas de ambas vertientes de los Pirineos,
-bañadas por las aguas del golfo de Cantabria o bahía de Vizcaya. A
-este idioma se le llama comúnmente el basco o el bizcaíno, palabras
-que son meras modificaciones del vocablo Euscarra, al que se ha
-antepuesto la consonante B por razón de eufonía. Acerca de esta
-lengua se han dicho muchas cosas vagas, erróneas o hipotéticas. Los
-bascos afirman que no sólo fué la lengua primitiva de España, sino
-de todo el mundo, y que de ella proceden todas las demás; pero los
-bascos son gente muy ignorante y no saben nada de filosofía del
-lenguaje. Por tanto, muy poca importancia se puede conceder a sus
-opiniones sobre el asunto. Algunos de ellos, sin embargo, que se
-jactan de poseer cierta instrucción, sostienen que el basco es ni más
-ni menos que un dialecto del fenicio, y que los bascos descienden
-de una colonia fenicia establecida al pie de los Pirineos en edad
-remota. De esta teoría, o más bien conjetura, no apoyada por la más
-ligera prueba, no hay para qué ocuparse con detención, limitándonos
-a observar que si, como muchos verdaderos sabios lo han supuesto
-y casi demostrado, el fenicio es un dialecto del hebreo o está
-emparentado estrechamente con él, sería tan poco razonable suponer
-que el basco se deriva del fenicio como que la lengua del Kanschatka
-o el iroqués son dialectos del griego y del latín.
-
-Existe, sin embargo, otra opinión con respecto al basco que merece
-más detenido examen, por la circunstancia de hallarse muy extendida
-entre los _literati_ de varios países de Europa, muy especialmente en
-Inglaterra. Aludo al origen céltico de esta lengua, y a su estrecha
-conexión con el más cultivado de todos los dialectos celtas: el
-irlandés. Gente que presume de conocer bien el asunto ha llegado
-a afirmar que existe tan poca diferencia entre las lenguas basca
-e irlandesa, que los individuos de ambas naciones no encuentran
-dificultad para entenderse entre sí, sin otro medio de comunicación
-que sus idiomas respectivos; en una palabra, que apenas si hay más
-diferencia entre el irlandés y el basco que entre el basco francés y
-el basco español. Tal semejanza, por mucho que se haya insistido en
-ella, no existe en la realidad; quizás en toda Europa sería difícil
-encontrar dos lenguas con menos puntos de semejanza que el basco y el
-irlandés.
-
-El irlandés, como la mayoría de los demás idiomas europeos, es un
-dialecto del sánscrito, idioma remoto, como puede suponerse; el
-apartado rincón del mundo occidental en que aquel idioma se conserva
-es el más distante del lugar en que nació el idioma originario. Mas
-no por eso deja de ser un dialecto de aquella venerable y primitiva
-habla, aunque no se parezca a ella ciertamente tanto como el inglés,
-el danés y las lenguas pertenecientes a la llamada familia gótica, y
-mucho menos que las de la esclavonia, porque a medida que se avanza
-hacia el Este, la asimilación de las lenguas al tronco paterno
-es más clara y perceptible; pero dialecto del sánscrito, repito,
-concordes en la estructura, en la disposición de las palabras, y
-en muchos casos en las palabras mismas, en las que, a pesar de sus
-modificaciones, se reconoce todavía los vocablos sánscritos. Pero
-¿qué es el basco y a qué familia pertenece?
-
-Todos los dialectos hablados actualmente en Europa proceden de dos
-grandes lenguas asiáticas, que si ya no se hablan, existen en libros
-y son además las lenguas de dos de las principales religiones de
-Oriente. Aludo al tibetano y al sánscrito, las lenguas sagradas de
-los secuaces de Budha y de Bramah. Estas lenguas, aunque poseen
-muchas voces comunes, lo que puede explicarse por su estrecha
-proximidad, son realmente distintas, dadas las grandes diferencias
-de su estructura. No tengo tiempo ni deseo de explicar aquí en qué
-consisten esas diferencias; baste decir que los dialectos célticos,
-góticos y esclavones de Europa pertenecen a la familia sánscrita,
-así como en el Este el persa, y en menor grado el árabe, el hebreo,
-etc.[4], mientras que a la familia tibetana o tártara pertenecen en
-Asia el mandchú y el mongol, el calmuco y el turco del mar Caspio, y
-en Europa el húngaro y el basco parcialmente.
-
- [4] La ciencia lingüística moderna difiere de tal modo de
- estas teorías, que sería muy difícil rectificarlas en una nota
- instructiva y no demasiadamente larga. Lo mejor será quizás
- prescindir de este capítulo completamente. (Nota de la edición
- Burke.)
-
-Esta última lengua es, en verdad, una singular anomalía; tanto,
-que en general es menos difícil decir lo que no es que lo que es.
-Abundan en ella los vocablos del sánscrito, y cubren su superficie.
-Sería erróneo, sin embargo, considerar esta lengua como un dialecto
-sánscrito, porque en la ordenación de las palabras prepondera
-decididamente la forma tártara. También se encuentran en el basco
-palabras tártaras en cantidad notable, aunque no tantas como las
-derivadas del sánscrito. De estas raíces tártaras me limitaré al
-presente a citar una sola, aunque si fuese necesario podría aducirlas
-a centenares. Esta palabra es _Jauna_ o _Khauna_, de uso constante
-entre los bascos, y que es el _Khan_ de los Mongoles y Mandchúes, con
-la misma significación: Señor.
-
-Después de estudiar detenidamente el asunto en todos sus aspectos y
-de pesar lo que en pro y en contra se alega de cada lado, me inclino
-a incluir el basco entre los dialectos tártaros más bien que entre
-los del sánscrito. Todo el que tenga ocasión de comparar la elocución
-de los bascos y de los tártaros, llegará con sólo eso, aunque no
-los entienda, a la conclusión de que sus lenguas respectivas se
-han formado con arreglo a iguales principios. En ambas se suceden
-períodos interminables al parecer, durante los que la voz sube
-gradualmente y luego desciende del mismo modo.
-
-He hablado del sorprendente número de vocablos del sánscrito
-contenidos en la lengua basca, de los que se encontrará un ejemplo
-más abajo. Es muy de notar que en la mayor parte de los derivados del
-sánscrito, el basco ha dejado caer la consonante inicial, de suerte
-que la palabra comienza por una vocal.
-
-El basco puede, en verdad, llamarse una lengua de vocales, porque
-el número de consonantes empleadas es relativamente corto; acaso de
-cada diez palabras, ocho empiezan y terminan por vocal, y a esto se
-debe que el basco sea una lengua extremadamente suave y melodiosa,
-muy superior en este respecto a cualquier otro idioma de Europa,
-sin excluir el italiano. Véanse a continuación algunos ejemplos de
-palabras bascas parangonadas con las raíces sánscritas.
-
- Basco. Sánscrito.
-
- Ardoa. Sandhana. Vino.
- Arratsa. Ratri. Noche.
- Beguia. Akshi. Ojo.
- Choria. Chiria. Pájaro.
- Chacurra. Cucura. Perro.
- Erreguiña. Rani. Reina.
- Ycusi. Iksha. Ver.
- Iru. Treya. Tres.
- Jan (Khan). Khana. Comer.
- Uria. Puri. Ciudad.
- Urruti. Dura. Lejos.
-
-En esta lengua publiqué el Evangelio de San Lucas, en Madrid. Adquirí
-la traducción hecha por un médico basco llamado Oteiza[5]. Antes
-de enviarla a la imprenta, guardé la traducción en mi poder cerca
-de dos años, y durante ese tiempo, y sobre todo en mis viajes, no
-perdí ocasión de someterla a examen de las personas que pasaban por
-entendidas en Euscarra. No me satisfacía por completo la traducción,
-pero inútilmente busqué otra mejor.
-
- [5] _Evangelioa San Lucasen Guissan. El Evangelio según San
- Lucas._ Traducido al vascuence. Madrid. Imprenta de la Compañía
- Tipográfica, 1838.
-
-Había yo adquirido, siendo muchacho, algunas ligeras nociones de
-Euscarra, tal como se usa en los libros. Esas nociones las aumenté
-considerablemente durante mi residencia en España, y gracias a mis
-relaciones con algunos bascos llegué a entender, hasta cierto punto,
-su idioma hablado, y aún lo hablé yo también, pero siempre con gran
-inseguridad; porque para hablar el vascuence, siquiera regularmente,
-es necesario haber vivido en el país desde muy niño. Tan grandes son
-las dificultades que presenta y tanto se diferencia de las demás
-lenguas, que es muy raro encontrar un forastero capaz de hablarlo
-un poco; los españoles consideran tan formidables esos obstáculos,
-que, según un proverbio suyo, Satanás vivió siete años en Vizcaya,
-y tuvo que marcharse porque ni podía entender a los vizcaínos ni le
-entendían.
-
-Hay muy pocos alicientes para el estudio de esta lengua. En primer
-lugar, su adquisición es completamente innecesaria, aun para los
-que residen en el territorio donde se habla, porque la generalidad
-entiende el español en las provincias bascas pertenecientes a España,
-y el francés en las que pertenecen a Francia.
-
-En segundo lugar, ninguno de sus dialectos posee una literatura
-propia que recompense el trabajo de aprenderlo. Existen algunos
-libros en basco francés y en basco español, pero son exclusivamente
-libros de devoción papista, y en su mayoría traducciones.
-
-Se preguntará quizás al llegar aquí si los bascos no poseen una
-poesía popular, como casi todas las naciones, por pequeñas e
-insignificantes que sean. No están faltos, en verdad, de canciones,
-baladas y coplas, pero de carácter tal, que no puede llamárseles
-poesía. He puesto por escrito, al oírlas recitar, una considerable
-porción de lo que llaman su poesía; pero el único ejemplo de versos
-tolerables que encontré es la siguiente copla, que, después de todo,
-no merece excesivos elogios:
-
- Ichasoa urac aundi,
- Estu ondoric agueri—
- Pasaco ninsaqueni andic
- Maitea icustea gatic.
-
-que significa: Las aguas del mar son vastas, e invisible su seno,
-pero yo las cruzaré para ir al encuentro de mi amor.
-
-Los bascos son un pueblo cantor más que poeta. A pesar de la
-facilidad que su idioma presenta para la composición de versos, no
-han producido nunca un poeta con la más leve pretensión de nombradía;
-pero tienen muy buenas voces y son excelentes en la composición
-musical. En opinión de cierto autor, el _Abbé d’Iharce_[6], que ha
-escrito acerca de ellos, el nombre de _Cantabri_, que los romanos les
-dieron, se deriva de _Khantor-ber_, que significa suaves cantores.
-Poseen mucha música original, alguna extremadamente antigua, según
-dicen. De esta música se han publicado algunos trozos en Donostian
-(San Sebastián), en el año 1826, editados por un tal Juan Ignacio
-Iztueta[7]. Consisten en unas marchas rudas y emocionantes, a cuyos
-sones créese que los bascos antiguos tenían la costumbre de bajar de
-sus montañas para pelear con los romanos y después con los moros.
-Al escucharlas llega uno con facilidad a creerse en presencia de un
-combate encarnizado. Oye uno las resonantes cargas de la caballería,
-el ludir de las espadas y el rebote de los cuerpos por los barrancos
-abajo.
-
- [6] A nadie que haya leído la obra de este _Abbé_ se le ocurrirá
- citarlo como una autoridad seria. Se titula _L’histoire des
- cantabres par l’Abbé d’Iharce de Bidassouet_. París, 1825. Según
- el autor, el vascuence fué la lengua de los primeros hombres;
- _Noah_, que en vascuence significa _vino_, es el recuerdo
- etimológico de la intemperancia del patriarca (Burke).
-
- [7] _Euscaldun anciña anciñaco_, etc. Donostian, 1826. Con una
- introducción en español y muchas canciones bascas, con notación
- musical.
-
-Esta música va acompañada de palabras, pero qué palabras. ¡No
-puede imaginarse nada más estúpido, más trivial, más desprovisto
-de interés! Lejos de ser marcial, la letra refiere incidentes
-cotidianos, sin conexión alguna con la música. Las palabras son
-evidentemente de fecha moderna.
-
-En lo físico, los bascos son de estatura regular, ágiles y atléticos.
-En general, tienen bellas facciones y hermosa tez, y se parecen
-no poco a ciertas tribus tártaras del Cáucaso. Su bravura es
-indiscutible, y pasan por ser los mejores soldados con que cuenta la
-corona de España: hecho que en gran parte corrobora la suposición de
-que son de origen tártaro, la raza más belicosa de todas, y la que ha
-producido los más famosos conquistadores. Son los bascos gente fiel y
-honrada, capaz de adhesión desinteresada; bondadosos y hospitalarios
-con los forasteros; puntos todos que están muy lejos de diferir del
-carácter tártaro. Pero son un tanto lerdos, y su capacidad no es
-ni con mucho de primer orden, en lo cual se parecen también a los
-tártaros.
-
-No hay en la tierra pueblo más orgulloso que los bascos; pero
-el suyo es una especie de orgullo republicano. Carecen de clase
-aristocrática; ninguno reconoce a otro por superior. El carretero más
-pobre tiene tanto orgullo como el gobernador de Tolosa.
-
-«Tiene más poder que yo, pero no mejor sangre; andando el tiempo,
-acaso sea yo también gobernador». Aborrecen el servicio doméstico,
-a lo menos fuera de su país natal, y aunque las circunstancias
-les obligan con frecuencia a buscar amo, es muy raro que ocupen un
-puesto de escaleras abajo: son mayordomos, secretarios, tenedores
-de libros, etc. Cierto que, por mi buena suerte, encontré un criado
-basco, pero siempre me trató más como a un igual que como a un amo:
-se sentaba delante de mí, me daba su opinión sin pedírsela y entraba
-en conversación conmigo en todo momento y ocasión. Me guardé muy bien
-de refrenarle, porque entonces se hubiera despedido, y en mi vida he
-visto una criatura más fiel. Su destino fué muy triste, como se verá
-más adelante.
-
-Al decir que los bascos aborrecen la servidumbre, y que es muy raro
-encontrarlos de criados con los españoles, me refiero sólo a los
-varones; las hembras, por el contrario, no oponen reparos a entrar
-de criadas. Los bascos no miran, ciertamente, a las mujeres con la
-estimación debida, y las consideran aptas para poco más que para
-llenar empleos bajos, lo mismo que en Oriente, donde se las considera
-como siervas y esclavas. El carácter de las vascongadas difiere
-mucho del de los hombres. Son muy despiertas y agudas, y tienen, en
-general, más talento. Son famosas cocineras, y en casi todas las
-casas importantes de Madrid una vizcaína ejerce el supremo empleo en
-el departamento culinario.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXXVIII
-
- La prohibición. — El Evangelio, perseguido. — Inculpación de
- brujería. — Ofalia.
-
-
-A mediados de Enero, mis enemigos me dieron una carga, prohibiéndome,
-de modo terminante, en virtud de orden dictada por el gobernador de
-Madrid, que siguiera vendiendo Testamentos. No me cogió de susto la
-medida, porque desde algún tiempo antes esperaba yo algo parecido,
-en razón de las ideas políticas profesadas por los ministros. Fuí,
-sin dilación, a visitar a Sir George Villiers, informándole de lo
-sucedido. Me prometió hacer cuanto pudiese para obtener la revocación
-de la orden. Por desgracia, no tenía entonces gran influencia,
-porque se había opuesto con todas sus fuerzas al advenimiento del
-Ministerio moderado, y al nombramiento de Ofalia para la presidencia
-del Gabinete. Sin embargo, no perdí ni un momento la confianza en el
-Todopoderoso, en cuyo servicio estaba yo ocupado.
-
-Antes de ese tropiezo las cosas marchaban muy bien. La demanda de
-Testamentos aumentaba por modo considerable; tanto, que el clero se
-alarmó, y ese paso fué la consecuencia. Pero habían primero intentado
-dar otro, muy propio suyo: pretendieron dominarme por el miedo. Uno
-de los rufianes de Madrid, llamados _Manolos_, me salió al paso una
-noche en una calle obscura, y me dijo que si continuaba vendiendo mis
-«libros judíos», me «enhebraría un cuchillo en el corazón»; yo le
-contesté que se fuese a su casa, rezase unas oraciones, y dijera a
-los que le enviaban que me daban mucha lástima; con lo cual se fué,
-soltando un juramento. Pocos días más tarde recibí orden de enviar
-dos ejemplares del Testamento a las oficinas del gobernador, y así lo
-hice; menos de veinticuatro horas después llegó un _alguacil_ a la
-tienda, y me notificó la prohibición de seguir vendiendo la obra.
-
-Una circunstancia me regocijó. Por raro que parezca, las autoridades
-no tomaron medida alguna para cerrarme el _despacho_, y la
-prohibición sólo se refería a la venta del Nuevo Testamento; como
-faltaba poco para que el Evangelio de San Lucas, en caló y en
-vascuence, estuviese listo para la venta, esperé sostener las cosas,
-aunque en menor escala, hasta que vinieran mejores tiempos.
-
-Me aconsejaron que borrase del escaparate de la tienda las palabras
-«_Despacho_ de la Sociedad Bíblica británica y extranjera». Me
-negué a ello. El letrero había llamado mucho la atención, como yo
-me proponía. Si hubiera intentado llevar este asunto bajo cuerda,
-apenas habría llegado a vender en Madrid, hasta la fecha de que voy
-hablando, treinta ejemplares, en lugar de casi trescientos que tenía
-vendidos. Quien no me conozca se inclinará a llamarme temerario;
-pero estoy muy lejos de serlo, y nunca adopto un camino aventurado
-mientras me quede abierto alguno que no lo sea. Sin embargo, yo no
-soy hombre que se asuste del peligro, cuando veo que no hay más
-remedio que arrostrarlo para conseguir un propósito.
-
-Los libreros se negaban a vender mi libro; me vi compelido a
-establecer por mi cuenta una tienda. En Madrid cada tienda tiene
-su nombre. ¿Cuál podía yo dar a la mía, sino el verdadero? No me
-avergonzaba de mi causa ni de mi bandera. La enarbolé, y luché a su
-sombra, no sin buen éxito.
-
-Entretanto, el partido clerical en Madrid no perdonaba esfuerzo para
-difamarme. En una publicación suya, llamada _El amigo de la religión
-cristiana_, apareció un ataque estúpido, pero furioso, contra mí,
-al cual traté con el desprecio merecido. No satisfechos con eso,
-intentaron concitar al pueblo en contra mía, diciendo que yo era
-brujo, compañero de gitanos y hechiceras; y así me llamaban sus
-agentes cuando me encontraban en la calle. No tengo por qué negar
-que yo era amigo de gitanos y de adivinos. ¿Iba a avergonzarme de su
-compañía, cuando mi Maestro se trataba con publicanos y ladrones? Con
-frecuencia recibía visitas de gitanos: los adoctrinaba, y les leía
-trozos del Evangelio en su propia lengua; cuando estaban hambrientos
-y extenuados les daba de comer y de beber. Esto pudo tenerse por
-brujería en España, pero abrigo la esperanza de que en Inglaterra
-lo apreciarán de otro modo; y si hubiese yo perecido por entonces,
-creo que no hubiera faltado alguien dispuesto a reconocer que mi
-vida no había sido por completo inútil (siempre como instrumento del
-Altísimo), ya que logré traducir uno de los más valiosos libros de
-Dios a la lengua de sus criaturas más degradadas.
-
-Entré en negociaciones con el Gobierno para obtener el permiso de
-vender en Madrid el Nuevo Testamento, y anular la prohibición.
-Encontré oposición muy grande, que no pude vencer. Varios obispos
-ultrapapistas, residentes por entonces en Madrid, habían denunciado
-la Biblia, a la Sociedad Bíblica y a mí. Pero no obstante sus
-concertados y poderosos esfuerzos, no pudieron conseguir su propósito
-principal, o sea mi expulsión de Madrid y de España. El conde Ofalia,
-aunque toleró ser instrumento, hasta cierto punto, de aquellas
-gentes, no dejó que le empujaran tan lejos. No encuentro palabras
-bastante enérgicas para hacer justicia al celo y al interés que en
-todo este asunto desplegó Sir Jorge Villiers en pro de la causa
-del Testamento. Celebró varias entrevistas con Ofalia sobre esta
-cuestión, y en ellas le significó su juicio acerca de la injusticia y
-tiranía con que en aquel caso había sido tratado su compatriota.
-
-Tales quejas hicieron impresión en Ofalia, y más de una vez prometió
-hacer cuanto pudiese para complacer a Sir Jorge; pero luego los
-obispos le asediaban, y, poniendo en juego sus temores políticos,
-ya que no los religiosos, le impedían proceder en el asunto con
-justicia y honradez. Por indicación de Sir Jorge Villiers, tracé
-una breve memoria explicando lo que es la Sociedad Bíblica y sus
-propósitos, en especial los tocantes a España; Sir Jorge entregó
-personalmente esa memoria al conde. No cansaré al lector insertándola
-aquí, contentándome con observar que no intenté adular ni halagar, y
-me expresé con franqueza y honradez, como debe hacer un cristiano.
-Ofalia, al leer mi escrito, exclamó: «¡Lástima que esta Sociedad sea
-protestante, y que no sean católicos todos sus miembros!»
-
-Pocos días después me envió un recado con un amigo, pidiéndome, cosa
-que me asombró, un ejemplar del Evangelio en gitano. Permítaseme
-decir aquí que la fama de este libro, aunque no publicado todavía,
-se había esparcido por Madrid como fuego por reguero de pólvora, y
-todo el mundo ansiaba tener un ejemplar; varios grandes de España
-me enviaron recado con la misma pretensión, pero no les atendí. Al
-instante resolví aprovechar la coyuntura que me ofrecía el conde
-de Ofalia y me dispuse a visitarle en persona. Mandé encuadernar
-lujosamente un ejemplar del Evangelio, y, encaminándome a Palacio,
-obtuve audiencia en el acto. Era un hombre diminuto, mustio,
-entre los cincuenta y los sesenta años de edad, con dientes y
-pelo postizos, pero de muy corteses maneras. Me recibió con gran
-afabilidad y me dió las gracias por el regalo; pero cuando le hablé
-del Nuevo Testamento, me dijo que el asunto estaba rodeado de
-dificultades, y que la gran masa del clero se había puesto en mi
-contra; me exhortó a que tuviera paciencia y calma, y en tal caso
-dijo que trataría de buscar el modo de complacerme. Entre otras
-cosas, me dijo que los obispos odiaban a un sectario más que a un
-ateo. Contesté que, como los antiguos fariseos, se cuidaban más del
-oro del templo que del templo mismo. Durante toda la entrevista dió
-evidentes señales de un gran temor, y continuamente miraba detrás y
-alrededor de sí, como si temiera que alguien le escuchase; esto me
-hizo recordar el dicho de un amigo, según el cual, si hay algo de
-verdad en la metempsícosis, el alma del conde de Ofalia debió de
-pertenecer originariamente a un ratón. Nos separamos en muy amistosos
-términos, y me fuí maravillado del extraño azar que ha hecho de un
-pobre hombre como éste el primer ministro de un país como España.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXXIX
-
- Los dos Evangelios. — El alguacil. — La orden de prisión. — María
- la buena. — El arresto. — Me envían a la cárcel. — Reflexiones.
- — El recibimiento. — La celda en la cárcel. — Demanda de
- desagravios.
-
-
-Al cabo, la traducción del Evangelio de San Lucas al gitano estuvo
-lista. Deposité cierto número de ejemplares en el _despacho_ y
-anuncié su venta. El Evangelio en vascuence, impreso también por
-entonces, fué igualmente anunciado. Hubo poca demanda de esta obra.
-No así del San Lucas en gitano, y con facilidad hubiera podido vender
-toda la edición en menos de quince días. Sin embargo, mucho antes de
-transcurrir este plazo el clero se puso sobre las armas.
-
-«¡Brujería!»—dijo un obispo.
-
-«Aquí hay más de lo que a primera vista parece»—exclamó el segundo.
-
-«Va a convertir a toda España valiéndose del lenguaje gitano»—gritó
-un tercero.
-
-Y luego surgió el coro habitual en esos casos:
-
-«_¡Qué infamia! ¡Qué picardía!_»
-
-Al fin, después de andar en bureo entre sí, corrieron a su
-instrumento el _corregidor_, o _jefe político_, como se le llama
-ahora, de Madrid. He olvidado el nombre de este personaje, a quien
-no conocí personalmente. Juzgando por sus acciones y por lo que
-se decía de él, puedo asegurar que era una criatura estúpida,
-testarudo, y además grosero, un _mélange_ de _borrico_, mula y lobo.
-Como profesaba inveterada antipatía a todos los extranjeros, prestó
-oídos benévolos a la queja de mis acusadores, y sin tardanza dió
-orden de secuestrar todos los ejemplares del Evangelio en gitano que
-hubiese en el despacho[8]. La consecuencia fué que un nutrido cuerpo
-de _alguaciles_ dirigió sus pasos a la calle del Príncipe, y se
-apoderaron de unos treinta ejemplares del libro perseguido y de otros
-tantos del San Lucas en vascuence. Con tales despojos, los satélites
-volvieron en triunfo a la _jefatura política_, donde se repartieron
-entre sí los ejemplares del Evangelio en gitano, vendiéndolos después
-casi todos a buen precio, porque el libro era muy buscado, y así se
-convirtieron sin quererlo en agentes de una Sociedad herética. Pero
-cada cual debe vivir de su trabajo—dice esa gente—y no pierde ocasión
-de hacer buenas sus palabras, vendiendo lo mejor que puede cualquier
-botín que cae en sus manos.
-
- [8] El 14 de enero de 1838 el jefe político, don Francisco de
- Gamboa, ordenó el secuestro.
-
-Como nadie se ocupaba del Evangelio en vascuence, fué guardado sin
-tropiezo, con otras capturas invendibles, en los almacenes de la
-jefatura.
-
-Ya estaban secuestrados los Evangelios en gitano, al menos los que
-tenía en el _despacho_ expuestos para la venta. Pero el _corregidor_
-y sus amigos pensaron que aún podía conseguirse mucho más mediante
-una pequeña combinación. Todos los días se presentaban en la tienda
-algunos ganchos de la policía, bajo disfraces diferentes, preguntando
-con gran interés por los «libros gitanos» y ofreciendo pagar los
-ejemplares a buen precio. Pero se fueron con las manos vacías. Mi
-gallego estaba sobre aviso, y a todo el que preguntaba le decía
-que por el momento no se vendían libros de ninguna clase en el
-establecimiento. Y así era la verdad, pues le había dado orden de no
-vender más, bajo ningún pretexto.
-
-A pesar de mi conducta franca, no me creyeron. El _corregidor_ y
-sus aliados no podían convencerse de que, bajo cuerda, y por medios
-misteriosos, no vendía yo diariamente cientos de aquellos libros
-gitanos que iban a revolucionar el país y a destruir el poder del
-obispo de Roma. Trazaron, pues, un plan, mediante el cual esperaban
-colocarme en tal situación, que no pudiese en algún tiempo trabajar
-activamente en la difusión de las Escrituras, ya estuviesen en gitano
-o en otro idioma cualquiera.
-
-El 1.º de mayo (1838), por la mañana, si no recuerdo mal, un
-individuo desconocido se presentó en mi cuarto cuando me disponía a
-tomar el desayuno. Era un tipo de innoble catadura, de mediana talla,
-con todos los estigmas de la picardía en el semblante. La huéspeda
-le introdujo en mi aposento y se retiró. No me agradó la llegada del
-visitante; pero, afectando cortesía, le rogué que se sentara y le
-pregunté el objeto de su visita.
-
-—Vengo de parte de su excelencia el jefe político de
-Madrid—respondió—y mi objeto es decirle a usted que su excelencia
-conoce perfectamente sus manejos, y cuando quiera puede demostrar que
-sigue usted vendiendo en secreto los malditos libros cuya venta se le
-ha prohibido a usted.
-
-—¿De verdad? Pues que lo haga sin tardanza. ¿Qué necesidad tiene de
-avisarme?
-
-—Puede que crea usted—continuó el hombre—que su señoría no tiene
-testigos; pues los tiene, sépalo usted, y muchos, y muy respetables
-además.
-
-—No lo dudo—repliqué—. Dada la apariencia respetable de usted, será
-usted uno de ellos. Pero me está usted haciendo perder tiempo;
-márchese, pues, y diga a quien le haya enviado que no tengo una idea
-muy alta de su talento.
-
-—Me iré cuando quiera—replicó el otro.—¿Sabe usted con quién
-está hablando? ¿Sabe usted que si me parece conveniente puedo
-registrarle a usted el cuarto, hasta debajo de la cama? ¿Qué tenemos
-aquí?—continuó; y empezó a hurgar con el bastón un rimero de papeles
-que había encima de una silla—. ¿Qué tenemos aquí? ¿Son también
-papeles de los gitanos?
-
-En el acto resolví no tolerar por más tiempo su proceder, y,
-agarrando al hombre por un brazo, le saqué del cuarto, y sin soltarle
-le conduje escaleras abajo desde el tercer piso, en que yo vivía,
-hasta la calle, mirándole fijamente a la cara durante todo el tiempo.
-
-El individuo se había dejado el _sombrero_ encima de la mesa, y se lo
-envié con la patrona, que se lo entregó en propia mano cuando aún se
-estaba en la calle el hombre mirando con ojos pasmados a mi balcón.
-
-—Le han tendido a usted una _trampa_, _don Jorge_—dijo María Díaz
-cuando subió de la calle—. Ese _corchete_ no traía más intención
-que la de provocarle a usted. De cada palabra que usted le ha dicho
-hará un mundo, como acostumbra esa gente; al darle el sombrero ha
-dicho que antes de veinticuatro horas habrá usted visto por dentro la
-cárcel de Madrid.
-
-En efecto, en el curso de la mañana supe que se había dictado contra
-mí orden de arresto[9]. La perspectiva de un encarcelamiento no
-me atemorizó gran cosa; las aventuras de mi vida y mis inveterados
-hábitos de vagabundo me habían ya familiarizado con situaciones de
-todo género, hasta el punto de encontrarme tan a gusto en una prisión
-como en las doradas salas de un palacio, y aún más, porque en aquel
-lugar siempre puedo aumentar mi provisión de informaciones útiles,
-mientras que en el último el aburrimiento se apodera de mí con
-frecuencia. Había yo, además, pensado algún tiempo atrás hacer una
-visita a la cárcel, en parte con la esperanza de poder decir algunas
-palabras de instrucción cristiana a los criminales, y en parte con
-la mira de hacer ciertas investigaciones acerca del lenguaje de los
-ladrones en España, asunto que había excitado en gran manera mi
-curiosidad; y hasta hice algunas gestiones para conseguir que me
-dejasen entrar en la _Cárcel de la Corte_, pero encontré el asunto
-rodeado de dificultades, como hubiese dicho mi amigo Ofalia. Casi me
-alegré, pues, de la oportunidad que iba a presentárseme para ingresar
-en la cárcel, no en calidad de visitante, sino como mártir, como
-víctima de mi celo por la santa causa de la religión.
-
- [9] Por el gobernador don Diego de Entena, sucesor de Gamboa. La
- prisión se decretaba: 1.º, por insultos al alguacil; 2.º, por
- repartir un libro impreso en Gibraltar. Era el Lucas en gitano
- (sin licencia de impresión), pero que todos sabían impreso en
- Madrid (Knapp).
-
-Resolví, sin embargo, chasquear a mis enemigos por aquel día cuando
-menos, y burlar la amenaza del _alguacil_ de que me prenderían antes
-de veinticuatro horas. Con este propósito me instalé para lo restante
-del día en una famosa fonda francesa de la calle del Caballero de
-Gracia[10] que, por ser uno de los lugares más concurridos y más
-elegantes de Madrid, pensé, naturalmente, que sería el último adonde
-al corregidor se le ocurriría buscarme.
-
- [10] En la fonda de Genieys (Knapp).
-
-A eso de las diez de la noche, María Díaz, a quien yo había dicho el
-lugar de mi refugio, llegó acompañada de su hijo, Juan López.
-
-—_Oh, señor_—dijo María al verme—, ya están buscándole a usted; el
-_alcalde_ del _barrio_, con una gran _comitiva_ de _alguaciles_ y
-gente así, acaba de presentarse en casa con la orden de arrestarle a
-usted, dictada por el _corregidor_. Han registrado toda la casa, y al
-no encontrarle se han enfadado mucho. ¡Ay de mí! ¿Qué va a ocurrir si
-le encuentran?
-
-—No tema usted nada, buena María—dije yo—. Se le olvida a usted que
-soy inglés; también se le olvida al _corregidor_. Préndame cuando
-quiera, esté usted segura de que se daría por muy contento dejándome
-escapar. Por ahora, sin embargo, le permitiremos seguir su camino;
-parece que se ha vuelto loco.
-
-Dormí en la fonda, y en la mañana del día siguiente acudí a la
-embajada, donde tuve una entrevista con sir Jorge, a quien referí
-detalladamente el suceso. Díjome que le costaba trabajo creer que
-el _corregidor_ abrigase intenciones serias de prenderme: en primer
-lugar, porque yo no había cometido delito alguno; y en segundo,
-porque yo no estaba bajo la jurisdicción de aquel funcionario, sino
-bajo la del capitán general, único que tenía atribuciones para
-resolver en asuntos tocantes a los extranjeros, y ante quien debía yo
-comparecer acompañado del cónsul de mi país.
-
-—Sin embargo—añadió—, no se sabe hasta dónde son capaces de llegar
-los jaques que ocupan el poder. Por tanto, si tiene usted algún
-temor, le aconsejo que permanezca unos días en la embajada como
-huésped mío, y aquí estará usted completamente a salvo.
-
-Le aseguré que no tenía miedo alguno, porque estaba ya muy
-acostumbrado a semejantes aventuras. Desde la habitación de sir Jorge
-me dirigí a la del primer secretario, Mr. Southern, con quien entré
-en conversación. Apenas llevaba allí un minuto, cuando Francisco,
-mi criado, irrumpió en el cuarto casi sin aliento y agitadísimo,
-exclamando en vascuence:
-
-—_Niri jauna_, los _alguaciloac_ y los _corchetoac_ y los demás
-_lapurrac_ están otra vez en casa. Parecen medio locos; y como no
-le pueden encontrar a usted, están registrando los papeles, en la
-creencia, supongo yo, de que está usted escondido entre ellos.
-
-Míster Southern nos interrumpió, preguntando lo que aquello
-significaba. Se lo conté, y añadí que me proponía volver en el acto a
-mi casa.
-
-—Pero entonces esos hombres acaso le arresten a usted—dijo Mr.
-Southern—antes de que podamos intervenir nosotros.
-
-—Tengo que afrontar ese riesgo—repliqué, y un momento después me fuí.
-
-Pero, antes de llegar a la mitad de la calle de Alcalá, dos
-individuos vinieron a mí, y, diciéndome que era su prisionero, me
-mandaron seguirlos a la oficina del _corregidor_.
-
-Eran dos _alguaciles_, quienes, sospechando que podría entrar en la
-embajada o salir de ella, estaban en acecho por las inmediaciones.
-
-Rápidamente me volví a Francisco y le dije en vascuence que fuese
-otra vez a la embajada y contase al secretario lo que acababa de
-suceder. El pobre muchacho salió como una exhalación, no sin volver a
-medias el cuerpo de vez en cuando para amenazar con el puño y cubrir
-de improperios en vascuence a los dos _lapurrac_, como llamaba a los
-_alguaciles_.
-
-Lleváronme a la _jefatura_, donde está el despacho del _corregidor_,
-y me introdujeron en una vasta pieza, invitándome con el gesto a
-tomar asiento en un banco de madera. Luego se me puso uno a cada
-lado. Aparte de nosotros, había en la habitación unas veinte personas
-lo menos; con toda seguridad, empleados de la casa, a juzgar por
-su aspecto. Iban todos bien vestidos, a la moda francesa en su
-mayoría; y, sin embargo, harto se notaba lo que en realidad eran:
-_alguaciles_, espías y soplones. Si Gil Blas hubiera despertado de
-su sueño de dos siglos, los hubiese reconocido sin dificultad, a
-pesar de la diferencia de trajes. Lanzábanme ojeadas al pasar, según
-recorrían la habitación de arriba a abajo; luego se reunieron en un
-corro y empezaron a cuchichear. Le oí decir a uno de ellos:
-
-—Entiende los siete dialectos del gitano.
-
-Entonces, otro, andaluz sin género de duda, a juzgar por el habla,
-dijo:
-
-—_Es muy diestro_; monta a caballo y tira el cuchillo tan bien como
-si fuera de mi tierra.
-
-Al oírlo, se volvieron todos y me miraron con interés, mezclado,
-evidentemente, de respeto, como de seguro no lo hubieran sentido
-si hubiesen pensado que yo era tan sólo un hombre de bien que daba
-testimonio en la causa de la justicia.
-
-Esperé pacientemente en el banco una hora lo menos, creyendo que me
-llamarían de un momento a otro a presencia del señor _corregidor_.
-Pero me figuro que no debieron de juzgarme digno de ver a tan
-eminente personaje, porque al cabo de ese tiempo un hombre de edad
-provecta—perteneciente, empero, al género _alguacil_—entró en el
-aposento y avanzó derechamente hacia mí.
-
-—Levántese—dijo.
-
-Obedecí.
-
-—¿Cómo es su nombre?—preguntó.
-
-Se lo dije.
-
-—Entonces—replicó mostrando un papel que tenía en la mano—, _señor_,
-su excelencia el _corregidor_ manda que le llevemos a usted a la
-cárcel sin tardanza.
-
-Me miraba fijamente al hablar, quizás con la esperanza de verme caer
-al suelo al oír el formidable nombre de cárcel; sin embargo, me
-limité a sonreír. Entonces entregó el papel, que supongo sería la
-orden de encarcelamiento, a uno de mis dos apresadores, y, obediente
-a la seña que me hicieron, eché a andar tras ellos.
-
-Supe más adelante que tan pronto como sir Jorge tuvo noticia de mi
-arresto envió al secretario de la legación, Mr. Southern, a visitar
-al corregidor, y estuvo haciendo antesala la mayor parte del tiempo
-que yo permanecí en la jefatura. Al pedir audiencia al _corregidor_
-se proponía darle sus quejas y señalarle los peligros a que se
-exponía con el paso temerario que acababa de dar. El corregidor, muy
-terco, se negó a recibirle, pensando quizás que avenirse a razones
-redundaría en menoscabo de su dignidad; pero su conducta me favoreció
-por modo eficacísimo, porque después de tal ejemplo de gratuita
-insolencia nadie puso en duda la injusticia y el atropello de que me
-había hecho víctima.
-
-Los _alguaciles_ me llevaron por la Plaza Mayor a la Cárcel de la
-Corte, que así se llama. Al cruzar la plaza recordé que, en los
-buenos tiempos pasados, la Inquisición de España acostumbraba a
-celebrar allí sus solemnes _autos de fe_, y eché una mirada a los
-balcones de la Casa de la Villa, desde donde presenció el último rey
-de la dinastía austriaca el auto más solemne que se recuerda, y,
-después de ver quemar por grupos de cuatro o de cinco unos treinta
-herejes, hombres y mujeres, se enjugó el rostro, sudoroso por el
-calor y ennegrecido por el humo, y tranquilamente preguntó: «_¿No hay
-más?_»; ejemplar prueba de paciencia muy aplaudida por sus curas y
-confesores, que, andando el tiempo, le envenenaron.
-
-—Y aquí estoy yo—iba yo pensando—, que he hecho en contra del papismo
-más que todos los pobres cristianos martirizados en esta maldita
-plaza, enviado simplemente a la cárcel, de la que estoy seguro de
-salir dentro de pocos días con buena opinión y aplauso. ¡Papa de
-Roma! Creo que sigues siendo tan maligno como siempre; pero de
-tan escaso poder, que da lástima. Te estás quedando paralítico,
-_Batuschca_, y tu cayado se ha convertido en una muleta.
-
-Llegamos a la cárcel, sita en una calle estrecha, no lejos de la
-Plaza Mayor. Entramos en un pasadizo obscuro, a cuyo extremo había
-una verja. Llamaron mis conductores, y un rostro feroz se dejó ver
-a través de la verja; hubo un cambio de palabras, y a los pocos
-momentos me encontré dentro de la cárcel de Madrid, en una especie
-de corredor abierto a considerable altura sobre un patio, de donde
-subía fuerte rumor de voces y, en ocasiones, gritos y clamores
-salvajes. En el corredor, que servía como de oficina, había varias
-personas, una de ellas sentada detrás de un pupitre; hacia ella
-fueron los _alguaciles_, y, después de hablar un rato en voz baja,
-pusieron en sus manos la orden de arresto. La leyó con atención, y,
-levantándose después, se me acercó. ¡Qué tipo! Tendría unos cuarenta
-años, y su estatura hubiera sido de unos seis pies y dos pulgadas
-a no ir encorvado en forma que parecía una ese. Era más delgado
-que un hilo; diríase que un soplo de aire bastaba para llevárselo.
-Su rostro hubiera sido hermoso sin tan portentosa y extraordinaria
-delgadez. Tenía la nariz aguileña; los dientes blancos como el
-marfil; negros los ojos—¡oh, qué negrura!—, de muy extraña expresión;
-atezada la piel, y el pelo de la cabeza como las plumas del cuervo.
-Sus facciones dilatábanse de continuo por una sonrisa profunda y
-tranquila, que con toda su tranquilidad era una sonrisa cruel, muy
-propia del semblante de un Nerón. «_Mais en revanche personne n’étoit
-plus honnête._»
-
-—_Caballero_—dijo—, permítame usted que me presente yo mismo: soy
-el _alcaide_ de esta cárcel. Veo por este papel que durante cierto
-tiempo, muy corto, sin duda, tendré el honor de que me haga compañía
-bajo este techo; espero que desechará usted de su ánimo todo temor.
-Me encargan que le trate a usted con todo el respeto debido a la
-ilustre nación a que pertenece y a que tiene derecho un caballero
-de tan elevada condición. La verdad es que el encargo está de más,
-pues por mi propio impulso hubiera tenido yo gran placer en colmarle
-de atenciones y comodidades. _Caballero_, debe usted considerarse
-aquí más como huésped que como preso. Puede usted correr toda la
-casa a su antojo. Aquí encontrará usted cosas no del todo indignas
-de la atención de un espíritu reflexivo. Le ruego que disponga de
-los llaveros y empleados como de sus criados propios. Ahora voy a
-tener el honor de llevarle a su habitación, la única que hay vacía.
-La reservamos siempre para caballeros distinguidos. De nuevo me
-congratulo de que las órdenes recibidas coincidan con mi inclinación
-personal. No se le pondrá a usted cuenta ninguna, aunque el alquiler
-diario de ese cuarto llega a veces a una onza de oro. Le ruego, pues,
-que me siga, caballero, y me considere en todos tiempos y ocasiones
-como su afectísimo y obediente servidor.
-
-Al decir esto, se quitó el sombrero y me hizo una profunda reverencia.
-
-Tal fué el discurso del _alcaide_ de la cárcel de Madrid, discurso
-pronunciado en puro y sonoro castellano, con mucho reposo, gravedad
-y casi dignidad; discurso que hubiera hecho honor a un magnate de
-ilustre cuna, a monsieur Bassompierre recibiendo en la Bastilla a un
-príncipe italiano, o al gobernador de la Torre de Londres recibiendo
-a un duque inglés acusado de alta traición. Pues bien: ¿quién era
-este _alcaide_? Uno de los mayores tunantes de España. Un individuo
-que más de una vez, por su rapacidad y avaricia, y por mermar las
-miserables raciones de los presos, había provocado insurrecciones en
-el patio, sofocadas en sangre con ayuda de la fuerza militar; un tipo
-de baja extracción, que cinco años antes era tambor en una partida
-de voluntarios realistas. Pero España es el país de los caracteres
-extraordinarios.
-
-Seguí al _alcaide_ hasta el final del corredor, donde había una
-verja muy espesa, y a cada lado de ella estaba sentado un llavero,
-tipos de horrenda catadura. Se abrió la verja, y, volviendo a
-la derecha, seguimos por otro corredor, donde había mucha gente
-paseándose: presos políticos, según supe más tarde. Al final del
-corredor, que abarcaba toda la longitud del _patio_, entramos en
-otro; la primer habitación que encontramos era la que me habían
-destinado. El aposento, espacioso y alto de techo, estaba en absoluto
-desprovisto de muebles, con excepción de una cuba de madera,
-destinada a contener mi ración diaria de agua.
-
-—_Caballero_—dijo el _alcaide_—, como usted ve, el cuarto está
-desamueblado. Ya son las tres de la _tarde_; por tanto, le aconsejo
-a usted que, sin descuidarse, envíe a buscar a su posada una cama y
-las demás cosas que pueda necesitar; el _llavero_ le hará a usted la
-cama. _Caballero_, adiós, hasta otra vista.
-
-Seguí su consejo, y escribí con lápiz una nota a María Díaz,
-enviándosela por el _llavero_; hecho esto, me senté en la cuba, y caí
-en una especie de ensueño que me duró mucho tiempo.
-
-Al cerrar la noche llegó María Díaz, acompañada de dos mozos de
-cordel y de Francisco, todos cargados. Encendieron una lámpara,
-echaron lumbre en el brasero, y la melancolía de la cárcel se disipó
-hasta cierto punto.
-
-Cuando tuve silla donde sentarme, me levanté de la cuba y me puse a
-despachar algunos manjares que mi buena patrona no se había olvidado
-de traerme. De pronto, Mr. Southern entró. Se echó a reír de buena
-gana al verme ocupado en la forma que he dicho.
-
-—Borrow—me dijo—, es usted hombre muy a propósito para correr mundo,
-porque todo lo toma usted con frialdad y como la cosa más natural.
-Pero lo que más me sorprende en usted es el gran número de amigos que
-tiene; no le falta a usted en la cárcel gente que se afane por su
-bienestar. Hasta su criado es amigo de usted, en lugar de ser, como
-en general ocurre, su peor enemigo. Ese vascongado es una criatura
-muy noble. No olvidaré nunca cómo habló de usted cuando llegó
-corriendo a la Embajada a llevar la noticia de su arresto. Tanto a
-sir Jorge como a mí, nos interesó mucho; si alguna vez desea usted
-separarse de él, avíseme, para tomarlo a mi servicio. Pero hablemos
-de otra cosa.
-
-Entonces me contó que sir Jorge había ya enviado a Ofalia una nota
-oficial pidiendo reparaciones por el caprichoso ultraje cometido en
-la persona de un súbdito británico.
-
-—Estará usted en la cárcel esta noche—dijo—; pero tenga la seguridad
-de que mañana, si lo desea, puede salir de aquí en triunfo.
-
-—De ningún modo lo deseo—repliqué—. Me han metido en la cárcel por
-hacer su capricho, y yo me propongo permanecer en ella por hacer el
-mío.
-
-—Si el tedio de la cárcel no puede más que usted—dijo Mr. Southern—,
-creo que esa resolución es la más conveniente; el Gobierno se
-ha comprometido de mala manera en este asunto, y, hablando con
-franqueza, no lo sentimos, ni mucho menos. Esos señores nos han
-tratado más de una vez con excesiva desconsideración, y ahora se
-nos presenta, si continúa usted firme, una excelente oportunidad
-de humillar su insolencia. Voy al instante a decir a sir Jorge la
-resolución de usted, y mañana temprano tendrá usted noticias nuestras.
-
-Con esto se despidió de mí; me acosté, y no tardé en dormirme en la
-cárcel de Madrid.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XL
-
- Ofalia. — El juez. — Cárcel de la Corte. — El domingo en la
- cárcel. — Vestimenta de los ladrones. — Padre e hijo. — Un
- comportamiento característico. — El francés. — La ración
- carcelaria. — El valle de las sombras. — Castellano puro. —
- Balseiro. — La cueva. — La gloria del ladrón.
-
-
-Ofalia comprendió en seguida que la prisión de un súbdito británico,
-hecha en forma tan ilegal, traería probablemente consecuencias
-graves. Si él en persona animó al _corregidor_ en su conducta
-respecto de mí, es cosa imposible de decidir; probablemente, no lo
-hizo; pero el corregidor era un funcionario de su elección, y de sus
-actos eran hasta cierto punto responsables Ofalia y todo el Gobierno.
-Sir Jorge había presentado ya una protesta muy enérgica, y había
-llegado a decir en una nota oficial que desistiría de toda ulterior
-comunicación con el Gobierno español mientras no se me dieran las
-reparaciones amplias y completas a que tenía derecho por el atropello
-sufrido. Ofalia respondió que iban a adoptarse inmediatamente las
-disposiciones necesarias para mi excarcelación, y que mía sería la
-culpa si después continuaba preso. Sin dilación ordenó a un _juez de
-la primera instancia_ que fuese a tomarme declaración y me soltara,
-amonestándome para que fuese más prudente en lo sucesivo. Pero mis
-amigos de la Embajada me habían aconsejado lo que debía hacer en
-aquel caso. Por consiguiente, cuando el _juez_, en la segunda noche
-de mi encarcelamiento, se presentó en la prisión y me llamó a su
-presencia, acudí, en efecto; pero al querer interrogarme, me negué en
-redondo a contestar.
-
-—No tiene usted derecho para interrogarme—le dije—. No quiero faltar
-al respeto debido al Gobierno y a usted, _caballero juez_ pero me
-han encarcelado ilegalmente. Un jurista tan competente como usted
-no puede ignorar que, conforme a las leyes españolas, yo, por ser
-extranjero, no puedo ser llevado a la cárcel bajo la inculpación que
-se me ha hecho, sin comparecer previamente ante el capitán general de
-esta real ciudad, cuyo deber es proteger a los extranjeros y ver si
-no se han infringido en sus personas las leyes de la hospitalidad.
-
-JUEZ.—Vaya, vaya, _Don Jorge_, ya veo adónde quiere ir a parar;
-pero sea usted razonable: no le hablo como _juez_, sino como un
-amigo que desea su bien y que siente profunda reverencia por la
-nación británica. Todo este asunto es baladí; no niego que el jefe
-político ha procedido con alguna ligereza por informes de una persona
-quizás no muy digna de crédito; pero no se le han causado a usted
-graves daños, y a una persona de mundo como usted una aventurilla de
-este género más le sirve de diversión que de otra cosa. Sea usted
-razonable, olvide lo ocurrido; ya sabe que lo propio de un cristiano,
-y además su deber, es perdonar. Le aconsejo, _Don Jorge_, que salga
-de la cárcel al momento; me atrevo a decir que ya está usted cansado
-de ella. En este momento es usted libre de marcharse; váyase al punto
-a su casa, y yo le prometo a usted que a nadie se le permitirá ir a
-molestarle en lo sucesivo. Ya va siendo tarde, y las puertas de la
-cárcel se cerrarán dentro de poco. _¡Vamos, Don Jorge, a la casa, a
-la posada!_
-
-YO.—Pero Pablo les dijo: «Nos han azotado públicamente sin oírnos en
-juicio, siendo romanos, y nos han arrojado en la cárcel. ¿Y ahora
-salen con soltarnos en secreto? No ha de ser así; sino que han de
-venir y soltarnos ellos mismos»[11].
-
- [11] Hechos de los Apóstoles, XVI, 37.
-
-Luego le hice una reverencia al juez, que se encogió de hombros y
-tomó un polvo de tabaco. Al salir del aposento me volví al _alcaide_,
-que estaba de pie en la puerta, y le dije:
-
-—Sepa usted que no saldré de esta cárcel hasta que haya recibido
-plena satisfacción del atropello que sufro. Usted puede expulsarme,
-si quiere; pero cualquier intento que usted haga lo resistiré con
-todas mis fuerzas.
-
-—Usía tiene razón—dijo en voz baja el alcaide, inclinándose.
-
-Sir Jorge, al enterarse de esto, me escribió una carta alabando mi
-resolución de permanecer por el pronto en la cárcel, y rogándome que
-le dijese qué cosas podrían enviarme de la Embajada para aliviar un
-poco mi situación.
-
-Voy a dejar por un momento mis asuntos personales, y contaré algunas
-cosas relativas a la cárcel de Madrid y a sus huéspedes.
-
-La _Cárcel de la Corte_, donde yo estaba, aunque es la principal
-prisión de Madrid, no dice nada, ciertamente, en favor de la capital
-de España. No he tenido ocasión de averiguar si fué construída
-precisamente para el destino que hoy tiene[12]; lo probable es
-que no, porque la práctica de levantar edificios adecuados para
-encarcelar a los delincuentes no se ha extendido hasta estos últimos
-años. En todos los países ha sido costumbre convertir en prisiones
-los castillos, conventos y palacios abandonados, práctica todavía
-en vigor en la mayor parte del continente, sobre todo en España e
-Italia, y a la cual se debe en buena parte la inseguridad de las
-prisiones, y la miseria, suciedad e insalubridad que generalmente
-reinan en ellas.
-
- [12] El edificio llamado _Cárcel de Corte_, en la Plaza de
- Provincia, construído para prisión en 1644, comprendía lo que
- es hoy el ministerio de Estado, más un anejo a su espalda, que
- llegaba hasta la calle de la Concepción Jerónima.
-
-No me propongo describir detenidamente la cárcel de Madrid: verdad
-que sería casi imposible describir un edificio tan irregular y
-destartalado. Lo más característico son los dos patios, el uno detrás
-del otro, destinados al recreo y aireación de la masa principal de
-presos. Tres _calabozos_ abovedados ocupan tres lados del patio,
-debajo justamente de las galerías de que antes hablé. Esos calabozos
-tienen capacidad para ciento o ciento cincuenta presos cada uno, y
-en ellos quedan encerrados por la noche con cerrojos y barras; pero
-durante el día pueden vagar por los patios a su antojo. El segundo
-patio era mucho más grande que el primero; pero sólo contenía dos
-calabozos, horriblemente inmundos y repugnantes; en este segundo
-patio se encierra a los ladrones de ínfima categoría. Uno de los
-calabozos es, si cabe, más horrible que el otro; le llaman la
-_gallinería_, y en él encerraban todas las noches la carne joven
-del presidio: chicuelos infelices de siete a quince años de edad,
-casi todos en la mayor desnudez. El lecho común de los huéspedes
-de estos calabozos era el suelo, sin que entre él y sus cuerpos se
-interpusiese nada, salvo a veces una _manta_ o un delgado jergón;
-pero este último lujo era rarísimo.
-
-Además de los _calabozos_ que daban a los patios, había otros en
-diversos sitios de la cárcel; algunos completamente en tinieblas,
-destinados a recibir a quienes parecía conveniente tratar con
-especial rigor. Había también un departamento para mujeres. A la
-galería principal daban varios aposentos pequeños, donde residían
-los presos por deudas o por delitos políticos. Por último, había una
-pequeña capilla, donde los reos de muerte pasan los tres últimos días
-de su existencia, en compañía de sus directores espirituales.
-
-No se me olvidará fácilmente el primer domingo que pasé en la cárcel.
-El domingo es día de gala en la cárcel, al menos en la de Madrid, y
-en ese día santo toda la ladronería de la cárcel exhibe sus galas y
-primores. No hay en el mundo gente más vanidosa que los ladrones,
-en general, ni más amiga de figurar y de llamar la atención de los
-camaradas por su apariencia fastuosa. En tiempos pasados, el célebre
-Sheppard se recreaba vistiendo un traje de terciopelo de Génova, y
-cuando se presentaba en público, llevaba generalmente al costado una
-espada con guarnición de plata. Vaux y Hayward, héroes más modernos,
-eran los hombres mejor vestidos en el _pavé_ de Londres. Muchos
-bandidos italianos se engalanan con esplendidez, y hasta los ladrones
-gitanos sienten los encantos del vestir ricamente; sólo el gorro de
-Haram Pasha, jefe de la partida de gitanos caníbales que infestó a
-Hungría a fines del siglo pasado, llevaba adornos de oro y joyas
-evaluados en cuatro mil guilders. ¡Vean los frívolos y vanidosos cuán
-bien se armonizan el crimen y la vanidad! Los ladrones españoles son
-tan amigos de este género de ostentación como sus hermanos de otras
-tierras, y tanto en la cárcel como fuera de ella, su mayor contento
-es lucir su profusión de ropa blanca, ya recostados al sol, ya
-paseándose gentilmente de aquí para allá.
-
-Ropa blanca como la nieve: tal es el rasgo principal de la vanidad
-de los ladrones de España. No llevan chaqueta encima de la camisa,
-cuyas mangas son anchas y flotantes; sólo usan un chaleco de seda
-verde o azul, con muchos botones de plata, que son más de adorno que
-de uso, pues rara vez los abrochan. Llevan, además, calzones anchos,
-un poco a la manera turca; rodeada a la cintura una _faja_ carmesí,
-y anudado en torno de la cabeza un pañuelo de vivos colores, de
-los telares de Barcelona; zapatos finos y medias de seda completan
-el arreo del ladrón. Este vestido es bastante pintoresco, y muy
-apropiado al tiempo soleado y brillante de la Península; pero hay
-en él una chispa de afeminamiento, que cuadra mal con el arriesgado
-oficio de ladrón. No se crea, sin embargo, que cualquier ladrón puede
-permitirse semejante lujo: hay varias categorías de ladrones, algunos
-bastante pobres, que apenas tienen un harapo para cubrirse. Quizás
-en la cárcel de Madrid, tan poblada, no hubiera más de veinte que
-aparecieran vestidos en la forma que he tratado de describir; eran
-_gente de reputación_, ladrones encumbrados, casi todos jóvenes, que
-si bien no tenían dinero propio, los sostenían en la posición sus
-_majas_ y _amigas_, mujeres de cierta clase que traban amistad con
-los ladrones y cuya mayor gloria y deleite consiste en satisfacer
-la vanidad de sus amigos con los gajes de su propia vergüenza y
-envilecimiento. Estas mujeres proveen a sus _cortejos_ de ropa nívea,
-lavada quizás por sus propias manos en las aguas del Manzanares, para
-la parada del domingo, momento en que ellas, vestidas _a la maja_,
-aparecen en las galerías altas y miran con ojos de admiración a los
-ladrones pavoneándose en el patio.
-
-Entre esta gente de la ropa nívea, dos tipos llamaron especialmente
-mi atención: eran padre e hijo. El primero, de unos treinta años,
-de atlética estatura, era ladrón nocturno, famoso por su habilidad
-en el oficio. Hallábase preso por una muerte atroz, perpetrada, a
-favor de una noche silenciosa, en una casa de Carabanchel, donde
-tuvo por único cómplice a su hijo, un niño de menos de siete años de
-edad. «La manzana—como dice Dauer—no ha caído lejos del árbol.» El
-retoño era en un todo un traslado de su padre, aunque en miniatura.
-Llevaba también las mangas de seda, el chaleco con botones de plata y
-el pañuelo rodeado a la cabeza, como los ladrones, y, cosa bastante
-ridícula, un enorme cuchillo manchego en la _faja_ carmesí. Con
-toda evidencia, era el orgullo del rufián de su padre, que atendía
-con todos los cuidados imaginables a aquella cría de la horca; le
-columpiaba en sus rodillas, y a veces se quitaba el cigarro de
-sus labios bigotudos para ponérselo en la boca al pequeñuelo. El
-chico era el favorito del patio, porque su padre era uno de los
-_valientes_ de la cárcel, y los que temían sus proezas y deseaban
-serle agradables estaban siempre mimando a su hijo. ¡Qué enigma es
-este mundo! ¡Qué obscuras y misteriosas las fuentes de lo que llaman
-crimen y virtud! Si aquel desventurado niño es, con el tiempo, un
-asesino como su padre, ¿podría culpársele por ello? Arrullado por
-ladrones, ya vestido de ladrón, hijo de un ladrón cuya historia fué
-quizás igual a ésta, ¿es justo...?
-
-¡Oh hombre! ¡Hombre! No intentes penetrar en el misterio del bien y
-del mal morales; reconoce que eres un gusano, arrójate al suelo y
-murmura con los labios pegados al polvo: ¡Jesús! ¡Jesús!
-
-Lo que más me sorprendió fué el buen comportamiento de los presos;
-lo llamo bueno después de considerar bien todas las cosas y de
-compararlo con el de la generalidad de los presos en otros países.
-Tienen en ocasiones sus estallidos de alegría salvaje, sus riñas,
-que habitualmente ventilan en el segundo patio cuchillo en mano; el
-resultado suele ser con frecuencia una muerte, o algún desgarrón
-espantoso en la cara o en el abdomen; pero, en general, su conducta
-era infinitamente superior a lo que podía esperarse de los huéspedes
-de tal lugar. Sin embargo, no era el resultado de la coacción, ni de
-vigilancia alguna especial que se ejerciese sobre ellos, pues quizás
-en ninguna parte del mundo están los presos tan abandonados a sí
-mismos y en tan extremado descuido como en España: las autoridades
-no se preocupan más que de impedir su fuga; no prestan la más mínima
-atención a su conducta moral, ni consagran un solo pensamiento
-a su salud, comodidad o mejoramiento mental mientras los tienen
-encerrados. Con todo, en esta cárcel de Madrid, y puede decirse que
-en las prisiones españolas en general, pues he sido huésped de más
-de una, los oídos del visitante no se sienten nunca lastimados con
-las horrendas blasfemias y obscenidades que se oyen en las cárceles
-de otros países, especialmente en las de la civilizada Francia;
-ni ofendidos sus ojos e insultado personalmente, como lo sería de
-seguro en Bicêtre al querer mirar al patio desde las galerías, y
-eso que en la cárcel de Madrid se hallaban tipos de lo más perdido
-de España, rufianes que tenían a su cargo atrocidades y crueldades
-espeluznantes. Pero la gravedad y la calma son los caracteres
-que predominan en los españoles; y hasta el ladrón, salvo en los
-instantes en que está entregado a sus faenas (y entonces no le hay
-más sanguinario, más despiadado ni más rapaz y ansioso de botín),
-puede ser hombre cortés y afable, que gusta de conducirse con
-templanza y decoro.
-
-Felizmente para mí, quizás, mi conocimiento con los rufianes de
-España comenzó y acabó en las ciudades por donde anduve y en las
-prisiones en que fuí arrojado por la causa del Evangelio, y, a pesar
-de mis frecuentes viajes, nunca me los encontré en los caminos ni en
-_despoblado_.
-
-El preso de peor genio en toda la cárcel, y también probablemente
-el más notable, era un francés como de sesenta años, de estatura
-regular, pero delgado, como casi todos sus compatriotas. La hechura
-del cráneo delataba, para un frenólogo, la vileza del sujeto; sus
-facciones tenían muy dañada expresión. No llevaba sombrero, y sus
-vestidos, aunque parecían casi nuevos, eran de lo más ordinario.
-Por lo general manteníase apartado de los demás, y se pasaba horas
-enteras de pie recostado en las paredes, con los brazos caídos,
-mirando con ojos de mal humor a cuantos pasaban por delante. No
-figuraba entre los _valientes_ de profesión de la cárcel: su edad
-no le permitía ya asumir tan eminente calidad; pero todos los demás
-presos parecían tratarle con cierto temor: quizás temían su lengua,
-pues, en ocasiones, empleábala en verter maldiciones horrendas sobre
-los que incurrían en su desagrado. Hablaba a la perfección en buen
-español y, con gran sorpresa mía, en excelente vascuence, y en esta
-lengua conversaba con Francisco, quien, asomándose a la ventana de
-mi cuarto, bromeaba con los presos del patio, que le tenían en gran
-aprecio.
-
-Un día, estando en el _patio_, donde por permiso del _alcaide_ podía
-entrar cuando quería, me acerqué al francés, que estaba, como de
-costumbre, recostado en la pared, y le ofrecí un cigarro. Yo no
-fumo, pero no debe uno mezclarse con las clases bajas de España sin
-llevar un cigarro que ofrecer llegado el caso. El hombre me miró con
-ferocidad un instante, y, al parecer, iba a rechazar mi obsequio con
-una horrible maldición quizás. Repetí el ofrecimiento, sin embargo,
-llevándome la mano al corazón, y en el acto sus torvas facciones
-se dilataron, y con un gesto genuinamente francés, y una profunda
-cortesía, aceptó el cigarro, exclamando:
-
-—_Ah, monsieur, pardon, mais c’est faire trop d’honneur à un pauvre
-diable comme moi._
-
-—Nada de eso—repliqué—. Los dos estamos presos en tierra extranjera
-y, por tanto, debemos protegernos mutuamente. Supongo que siempre que
-necesite su ayuda de usted en la cárcel podré contar con ella.
-
-—_Ah, monsieur_—exclamó el francés transportado—, _vous avez bien
-raison; il faut que les étrangers se donnent la main dans ce... pays
-de barbares_. _Tenez_—añadió en voz baja—si tiene usted algún plan
-para escaparse, y necesita de mí, cuente con un brazo y un cuchillo
-a su servicio; puede usted fiarse de mí: no espere tanto de ninguna
-de esas _sacrées gens d’ici_—. Al decir esto echó una rabiosa mirada
-sobre sus compañeros de cárcel.
-
-—No me parece usted muy amigo de España ni de los españoles—dije yo—.
-Deduzco que han cometido con usted alguna injusticia. ¿Por qué está
-usted en la cárcel?
-
-—_Pour rien du tout, c’est à dire pour une bagatelle_; pero ¿qué
-puede esperarse de estos animales? ¿No le han encarcelado a usted,
-según he oído, por brujería y gitanismo?
-
-—¿Quizás le han traído aquí por sus opiniones?
-
-—_Ah mon Dieu, non; je ne suis pas homme à semblable betise._ Yo no
-tengo opiniones. _Je faisois... mais ce n’importe; je me trouve ici,
-où je crève de faim._
-
-—Siento ver a un buen hombre en situación tan calamitosa—dije yo—.
-¿No tiene usted para vivir algo más que la ración de la cárcel? ¿No
-tiene usted amigos?
-
-—¿Amigos en este país? Se burla usted de mí. ¡Aquí no encuentra uno
-amigos, a menos que los compre! ¡Reviento de hambre! Desde que entré
-aquí he ido vendiendo mi ropa, hasta quedarme desnudo, para comer,
-porque la ración de la cárcel no basta para el sustento, y aún nos
-roba la mitad el _Batu_, como llaman al bárbaro del gobernador. Les
-_haillons_ que ahora me cubren me los han dado unas señoras devotas
-que algunas veces nos visitan. Los vendería si valiesen algo. No
-tengo un _sou_, y por falta de unos cuantos duros me ahorcarán dentro
-de un mes si no logro escaparme, aunque, como ya le dije antes, no
-he hecho nada: una simple bagatela; pero en España no hay peores
-crímenes que la pobreza y la miseria.
-
-—Le he oído a usted hablar en vascuence. ¿Es usted de la Vizcaya
-francesa?
-
-—Soy de Bordeaux, _monsieur_; pero he vivido mucho tiempo en las
-Landas y en Vizcaya, _travaillant à mon metier_. Leo en sus ojos
-que desea usted conocer mi historia; no se la cuento; no contiene
-nada de particular. Vea usted, ya me he fumado el cigarro; deme
-usted otro, y un duro de añadidura, si me hace el favor, _nous
-sommes crevés ici de faim_. A un español no le diría tanto; pero
-sus compatriotas de usted me inspiran respeto; los conozco bien; he
-tropezado con ellos en Maida y en el otro sitio[13].
-
- [13] Quizás Waterlóo. (Nota de Borrow.)
-
-¡Nada de particular en su historia! Mucho me engaño, o un solo
-capítulo de su vida, de haberse escrito, hubiera contenido más
-peripecias maravillosas que cincuenta volúmenes de aventuras por
-tierra y mar de las que más arriesgadas parezcan. Había sido soldado.
-¡Qué de cosas no podría contar aquel hombre de marchas y retiradas,
-de batallas perdidas y ganadas, de ciudades saqueadas, conventos
-allanados! Quizás había visto las llamas de Moscou subir hasta las
-nubes, y «había medido sus fuerzas con las de la Naturaleza en el
-desierto invernal», asaltado por las borrascas de nieve y mordido
-por el tremendo frío de Rusia. ¿Y qué podía significar con lo de
-ejercer su oficio en Vizcaya y en las Landas, sino que había sido
-ladrón en esas regiones agrestes, la segunda de las cuales es, por
-los robos y crímenes que en ella se cometen, la peor reputada de todo
-el territorio francés? ¿Nada de particular en su historia? Entonces,
-¿qué historia tendrá algo que valga la pena de ser contado?
-
-Di al preso el cigarro y el duro. Se los guardó, y dejando caer
-nuevamente los brazos, y recostándose en la pared, pareció hundirse
-poco a poco en uno de sus ensimismamientos. Le miré a la cara y le
-hablé; pero no pareció oírme ni verme. Su espíritu erraba quizás en
-el pavoroso valle de la sombra, hasta el que se abren camino a veces,
-durante su vida, los hijos de la tierra; pavoroso lugar donde no hay
-agua, ni mora la esperanza, ni vive más que el gusano imperecedero
-del remordimiento. Ese valle es un facsímil del infierno, y quien
-penetra en él sufre aquí en la tierra temporalmente lo que las almas
-de los condenados han de sufrir a través de las edades sin fin.
-
-El francés fué ahorcado un mes más tarde. La bagatela por que estaba
-preso eran varios robos y asesinatos cometidos mediante una singular
-estratagema. De concierto con otros dos, alquiló una vasta casa en
-un barrio poco frecuentado, y a ella mandaba que le enviasen géneros
-de valor que compraba en los comercios para pagarlos en el momento
-de la entrega, y los que iban a entregar pagaban su credulidad
-con la pérdida del género y de la vida. Dos o tres cayeron en el
-lazo. Tuve vivos deseos de hablar privadamente con aquel hombre tan
-arrojado, y, por tanto, rogué al _alcaide_ que le permitiera comer
-conmigo en mi cuarto; a esto, el gobernador, a quien me tomaré la
-libertad de llamar monsieur Bassompierre, por habérseme olvidado su
-verdadero nombre, se quitó el sombrero, y con sus habituales sonrisa
-y reverencias me replicó en el más puro castellano:
-
-—Caballero inglés, y creo que puedo añadir, amigo mío: perdóneme
-usted, pero me es del todo imposible acceder a su petición, fundada,
-no lo dudo, en los más admirables sentimientos de filosofía. A otro
-cualquiera de estos caballeros que están bajo mi custodia se le
-permitirá, cuando usted lo desee, acompañarle en su cuarto. Incluso
-llegaré a mandar que le quiten los grillos al que haya de ir con
-usted, si tuviese grillos puestos, a fin de que pueda participar en
-la comida de usted con la comodidad y holgura convenientes; pero con
-el caballero de que se trata no puedo consentirlo: es el peor de toda
-esta familia, y seguramente en la habitación de usted o en la galería
-armaría una _función_ para intentar fugarse. Caballero, _me pesa_;
-pero no puedo acceder a lo que pide. Si se tratase de otro caballero
-cualquiera, lo haría con mucho gusto; el mismo Balseiro, a pesar de
-lo que de él se cuenta, sabe conducirse como es debido; en su modo de
-proceder hay siempre algo de formalidad y cortesía; si usted quiere,
-caballero, irá a disfrutar de su hospitalidad.
-
-Ya he hablado de Balseiro en la primera parte de esta narración.
-Hallábase ahora encerrado en el piso más alto de la cárcel, en un
-calabozo muy seguro, con otros malhechores. Había sido condenado, en
-unión de un Pepe Candelas, ladrón de no corta fama, por un audacísimo
-robo cometido, en pleno día, nada menos que en la persona de la
-modista de la reina, una francesa, a quien ataron en una tienda,
-robándole dinero y géneros por valor de cinco a seis mil duros.
-Candelas había ya expiado su crimen en el patíbulo; pero Balseiro,
-que era, en opinión común, el peor de los dos bandidos, había logrado
-salvar la vida a fuerza de dinero, un aliado con que su compañero
-no contaba; le conmutaron la pena de muerte, a que fué sentenciado,
-por la de veinte años de cadena en el _presidio_ de Málaga. Visité
-al héroe y conversé con él un rato a través de la reja del calabozo.
-Me reconoció y me hizo recordar la victoria que obtuve sobre él en
-la disputa acerca de nuestros respectivos conocimientos en _gitano_
-cerrado, en el que Sevilla, el torero, no tenía par.
-
-Al decirle que sentía verle en tal situación, me replicó que el
-asunto no tenía importancia, porque dentro de seis semanas le
-llevarían al _presidio_, y una vez allí, con ayuda de unas onzas bien
-distribuídas entre sus guardianes, se escaparía cuando quisiera.
-
-—Pero ¿adónde vas a ir?—le pregunté.
-
-—¿No puedo irme a tierra de moros—replicó Balseiro—, o con los
-ingleses al campo de Gibraltar, o, si lo prefiero, no puedo volver
-a este _foro_ y vivir como hasta aquí, _choring_ a los _gachós_?
-¿Qué me cuesta esconderme? Madrid es grande, y Balseiro tiene muchos
-amigos, especialmente entre los _lumias_—añadió con una sonrisa.
-
-Le hablé de su malhadado cómplice Candelas, y su rostro tomó una
-expresión horrible.
-
-—Supongo que estará en los infiernos—exclamó el ladrón.
-
-La amistad del inicuo nunca es de larga duración. Los dos héroes
-regañaron, a lo que parece, en la cárcel, acusándole Candelas al otro
-de haber procedido con mala fe y haberse apropiado indebidamente,
-para su disfrute personal, el _corpus delicti_ en varios robos
-cometidos en compañía.
-
-No puedo resistir al deseo de contar las aventuras ulteriores de
-Balseiro.
-
-Poco después de mi salida de la cárcel, Balseiro, con poca paciencia
-para esperar a que el _presidio_ le ofreciese la ocasión de recobrar
-la libertad, agujereó el techo de la cárcel, y en compañía de
-otros penados se fugó. Volvió al instante a sus primeros hábitos,
-cometiendo muchos robos atrevidos dentro de Madrid y en los
-alrededores. Voy a referir el último, al que puedo llamar su crimen
-maestro, singular ejemplo de maldad. Los robos callejeros y el escalo
-no le satisfacían, y resolvió dar un gran golpe con el que esperaba
-ganar dinero suficiente para irse a vivir con lujo y esplendor a
-cualquier país extranjero.
-
-Había cierto intendente de la Casa Real, llamado Gabiria, vasco de
-nacimiento y dueño de inmensas riquezas, que tenía dos hijos, dos
-guapos chicos de doce a catorce años de edad, a quienes yo había
-visto a menudo y hasta hablado con ellos en mis correrías por la
-orilla del Manzanares, su paseo favorito. Los dos muchachos estaban
-educándose, en aquel tiempo, en cierto colegio de Madrid. Balseiro,
-conocedor del cariño que su padre les tenía, determinó servirse de él
-en provecho de su rapacidad. Trazó un plan, que consistía ni más ni
-menos que en secuestrar a los chicos y no devolverlos sino mediante
-un rescate enorme. El plan fué ejecutado en parte: dos cómplices
-de Balseiro, bien vestidos, llamaron a la puerta del colegio
-donde estaban los chicos, y valiéndose de una carta falsificada,
-que dieron como escrita por el padre, arrancaron al director del
-colegio el permiso para llevarse a los chicos a pasar un día de
-campo. A unas cinco leguas de Madrid, Balseiro tenía una cueva, en
-un lugar solitario y agreste, entre El Escorial y un pueblo llamado
-Torrelodones; allí llevaron a los muchachos, donde quedaron bajo la
-custodia de los dos cómplices; Balseiro permaneció en Madrid con
-objeto de entrar en negociaciones con el padre. Pero éste, hombre de
-notable resolución, en lugar de acceder a las peticiones del bandido
-formuladas por carta, adoptó sin perder tiempo medidas muy enérgicas
-para recobrar sus hijos.
-
-Envióse gente a pie y a caballo a recorrer la comarca, y antes de una
-semana descubrieron a los muchachos cerca de la cueva, abandonados
-por sus guardianes, que cogieron miedo al enterarse de la resolución
-con que los buscaban; no tardaron en detenerlos, sin embargo, y los
-muchachos reconocieron a sus secuestradores.
-
-Balseiro comprendió que Madrid se ponía inhabitable para él, y quiso
-escaparse, no sé si a la tierra del moro o al Campo de Gibraltar;
-pero reconocido en un pueblo cercano a Madrid, fué preso, y sin
-tardanza llevado a la capital, donde a poco perdió la vida en el
-patíbulo con sus dos cómplices; Gabiria y sus hijos presenciaron la
-horrible escena a sus anchas, subidos en un carruaje.
-
-Tal fin tuvo Balseiro, de quien no hubiera hablado tanto a no ser por
-lo del _gitano_ cerrado. ¡Pobre desventurado! Conquistó el género de
-inmortalidad a que aspiran tantos ladrones españoles, mientras lucen
-su nívea ropa blanca pavoneándose en el _patio_. El rapto de los
-hijos de Gabiria le convirtió de golpe en ídolo de toda la cofradía.
-Un ladrón famoso, con quien más adelante estuve yo encarcelado en
-Sevilla, pronunció su elogio en esta forma:
-
-—Balseiro era un hombre muy cabal y muy buena persona. Hacía cabeza
-de nuestro gremio, _Don Jorge_; ya no volveremos a verle. ¡Lástima
-que no pudiera sacar el _parné_ y escaparse a tierra de moros, _Don
-Jorge_!
-
-
-
-
-CAPÍTULO XLI
-
- María Díaz. — Reproches del clero. — Visita de Antonio. — Antonio
- en funciones. — Una escena. — Benedicto Mol. — Su peregrinación
- por España. — Los cuatro Evangelios.
-
-
-—Sepamos—dije a María Díaz tres mañanas después de mi
-encarcelamiento—. ¿Qué dice en Madrid la gente a propósito de este
-suceso?
-
-—No sé lo que la gente, en general, dirá; probablemente no le
-importará esto gran cosa. La verdad, son ya cosa tan corriente las
-prisiones, que el público parece que las mira con indiferencia; pero
-los curas andan muy revueltos, y confiesan la imprudencia que han
-cometido al hacer que su amigo el _corregidor_ le prenda a usted.
-
-—¿Cómo es eso? ¿Temen que castiguen a su amigo?
-
-—No tal, _señor_—replicó María—Eso les importaría poco, aunque el
-corregidor se la haya buscado buena por servirlos; esa gente no tiene
-afectos, y no se les daría un ardite que colgasen a todos sus amigos,
-quedando ellos en salvo. Pero dicen que han procedido de ligero al
-meterle a usted en la cárcel, porque al hacer eso le han dado a usted
-ocasión de poner en práctica un plan antiguo. «Ese individuo es un
-_bribón_—dicen—. Se ha hecho amigo de los presos, y le han enseñado
-su lengua, que ya hablaba casi tan bien como si hubiera nacido en la
-cárcel. En cuanto le pongan en libertad publicará un Evangelio para
-que lo lean los ladrones, y será mucho más peligroso que el Evangelio
-en gitano, porque los gitanos son pocos, pero los ladrones...! ¡Ay
-de nosotros! ¡Todos vamos a ser luteranizados! ¡Qué infamia, qué
-picardía! Todo esto ha sido una treta suya. Siempre ha tenido ganas
-de ir a la cárcel _el bribonazo_; en mal hora le hemos metido en
-ella. España no estará segura hasta que le ahorquen; hay que mandarle
-al quinto infierno, y allí tendrá tiempo de traducir sus fatales
-Evangelios al lenguaje de los demonios.»
-
-—No le he dicho al _alcaide_ arriba de tres palabras acerca de la
-jerga de las cárceles.
-
-—¿Tres palabras? _Don Jorge_, ¿qué no se puede hacer con esas tres
-palabras? De poco le ha servido a usted vivir entre nosotros si
-cree que necesitamos más de tres palabras para armar un embrollo.
-Esas tres palabras acerca del lenguaje de los ladrones bastan para
-que por todo Madrid se diga que anda entremezclado con ellos, que
-ha aprendido su lenguaje y ha escrito un libro que va a trastornar
-a España, a abrir a los ingleses las puertas de Cádiz, entregar a
-Mendizábal toda la plata y las joyas de las iglesias, y a Don Martín
-Lutero, el palacio arzobispal de Toledo.
-
-Al caer la tarde de un día bastante melancólico, y hallándome sentado
-en el aposento que el _alcaide_ me había destinado, oí un golpe en la
-puerta. «¿Quién es?», pregunté. «_C’est moi, mon maître_», gritó una
-voz muy conocida, y al instante entró Antonio Buchini, vestido como
-la vez primera que le presenté al lector, es decir, con un excelente
-sobretodo francés, ya un poco ajado, chaqueta y pantalones, y en una
-mano, un sombrero pequeñito, y en la otra, un bastón largo y delgado.
-
-—_Bon jour, mon maître_—dijo el griego. Echando una mirada en torno,
-continuó:—Me alegro de verle a usted bien instalado. Si no recuerdo
-mal, _mon maître_, en sitios peores que éste hemos dormido durante
-nuestros viajes por Galicia y Castilla.
-
-—Tiene usted mucha razón, Antonio—repliqué—. Aquí estoy muy
-cómodamente. Le agradezco la bondad de haber venido a visitar a su
-antiguo amo, sobre todo ahora, que está pasando trabajos. Supongo que
-por venir aquí, no irá usted a enojar a su dueño actual; ya debe de
-estar cerca la hora de comer. ¿Cómo ha abandonado usted la cocina?
-
-—¿A qué amo se refiere usted, _mon maître_?—preguntó Antonio.
-
-—¡De quién voy a hablar! Del Conde... por cuyo servicio me dejó
-usted, tentado del ofrecimiento de cuatro duros al mes sobre los que
-yo le daba.
-
-—Su merced me hace recordar un asunto que ya tenía olvidado por
-completo. Al presente no tengo otro amo que usted, _monsieur
-Georges_, porque siempre le considero a usted como tal, aunque no
-goce de la felicidad de acompañarle.
-
-—¿Entonces se marchó usted de casa del Conde a los tres días de
-entrar, según costumbre?
-
-—A las tres horas, _mon maître_—repuso Antonio—. Pero yo le diré a
-usted en qué circunstancias. A poco de separarme de usted, fuí a
-casa de _monsieur le Comte_; entré en la cocina y miré en torno. No
-puedo decir que me descontentase lo que vi: la cocina era cómoda
-y espaciosa, todo estaba limpio y en orden; los criados parecían
-amables y corteses; sin embargo, no sé cómo fué, pero se apoderó
-de mí la idea de que la casa no me convenía en modo alguno y que
-no estaría en ella mucho tiempo; colgué de un clavo la mochila, y,
-sentándome en la mesa de la cocina, empecé a cantar una canción
-griega, como hago siempre que estoy disgustado. Rodeáronme los
-criados, haciéndome preguntas; pero yo no les contesté, y continué
-cantando hasta que se acercó la hora de preparar la comida; entonces
-salté al suelo de pronto y los eché de la cocina a todos, diciéndoles
-que nada tenían que hacer allí en tal ocasión. Al momento entré en
-funciones. Hice un esfuerzo, _mon maître_, y me puse a preparar
-una comida que me hubiese hecho honor; había convidados aquel día
-y determiné, por tanto, demostrar a mi amo que la capacidad de su
-cocinero griego era insuperable. _Eh bien, mon maître_, todo marchaba
-bastante bien, y casi me encontraba ya a gusto en mi nuevo empleo,
-cuando se precipitó en la cocina _le fils de la maison_, mi señorito,
-un chiquillo de unos trece años, bastante feo. Llevaba en la mano una
-rebanada de pan, y, después de un breve reconocimiento, la sepultó
-en una cacerola donde se guisaban unas perdices. Ya sabe usted, _mon
-maître_, que soy muy delicado en ciertas cuestiones, porque no soy
-español, sino griego, y tengo principios de honor. Sin vacilar un
-momento, cogí a mi señorito por los hombros, y empujándole hacia
-la puerta, le despedí como merecía. Con gritos clamorosos subió
-corriendo al piso alto. Yo continué en mi trabajo, pero no habían
-pasado tres minutos cuando oí un pavoroso estrépito en lo alto de la
-escalera, _on faisoit un horrible tintamarre_, y de vez en cuando
-oía juramentos y maldiciones. Al instante la puerta se abrió con
-violencia, y en impetuosa carrera echaron escaleras abajo el Conde,
-mi señor, su mujer, mi señorito, seguidos de una regular bandada de
-mujeres y de _filles de chambre_. A todos los llevaba gran delantera
-el Conde, mi señor, con una espada desnuda en la mano y gritando:
-«¿Dónde está el malvado que ha deshonrado a mi hijo? ¿Dónde está,
-que lo mato ahora mismo?» Yo no sé cómo ocurrió, _mon maître_, pero,
-cabalmente, en aquel momento volqué una gran fuente de _garbanzos_
-destinados a la _puchera_ del día siguiente. Estaban crudos, y tan
-duros como piedras; los derramé por el suelo, y la mayor parte de
-ellos fué a parar junto a la entrada. _Eh bien, mon maître_, un
-instante después entró el Conde de un brinco, echando chispas por
-los ojos, y con una espada en la mano, como ya he dicho. «_Tenez,
-gueux enragé_», me gritó, tirándome una furiosa estocada; pero no
-había acabado de decir esas palabras, cuando resbaló, y cayó hacia
-adelante todo lo largo que era, y la espada se le escapó de la mano
-_comme une flêche_. ¡Si hubiese usted oído el alboroto que se armó!
-Hubo una confusión terrible: el Conde yacía en el suelo, al parecer,
-aturdido por el golpe. Yo no hice caso, y continué trabajando con
-afán. Al fin le levantaron, y con sus cuidados recobró el sentido;
-estaba muy pálido y agitado. Pidió la espada; todas las miradas se
-clavaron en mí, y adiviné que se preparaba un ataque general. De
-súbito, retiré del fuego una gran _casserole_, donde se freían unos
-huevos, y la mantuve a la distancia que permitía la longitud del
-brazo, examinándola con afectada atención, mientras avanzaba el pie
-derecho y echaba atrás el izquierdo cuanto podía. Todos se estuvieron
-quietos, figurándose que iba a hacer una operación importante, y así
-fué, en efecto, porque adelanté de pronto la pierna izquierda, y con
-un rápido _coup de pied_, lancé la _casserole_ y su contenido por
-encima de mi cabeza con tal fuerza, que fueron volando a estamparse
-en una pared bastante detrás de mí. Esto lo hice para significar que
-el trato quedaba roto y que sacudía el polvo de mis zapatos; arrojé
-sobre el Conde la mirada peculiar de los cocineros scirotas cuando se
-sienten insultados, y, dilatando mi boca por ambos lados hasta cerca
-de las orejas, descolgué la mochila y me fuí, cantando al marcharme
-la canción del antiguo Demos, quien, moribundo, pedía la comida y
-agua para lavarse las manos:
-
- Ὁ ἥλιος ἐβασίλευε, κι᾽ ὁ Δῆμος διατάζει.
- Σύρτε, παιδιά μου, ᾽σ τὸ νερὸν ψωμὶ νὰ φάτ᾽ ἀπόψε.
-
-De esta manera, _mon maître_, salí de casa del Conde.
-
-YO.—¡Excelente manera de portarse! Por confesión propia, veo que su
-conducta no ha podido ser peor. Si no fuera por las muchas pruebas de
-valor y fidelidad que me dió usted estando a mi servicio, desde este
-momento no volveríamos a vernos más.
-
-ANTONIO.—_Mais qu’est ce que vous voudriez, mon maître?_ ¿No soy
-griego, y hombre de honor y muy susceptible? ¿Quiere usted que los
-cocineros de Scira y de Stambul se sometan en España a que los
-insulten los hijos de los condes, precipitándose en el templo con
-rebanadas de pan? _Non, non, mon maître_, usted es demasiado noble
-y, sobre todo, demasiado justo para pedir eso. Pero hablemos de otra
-cosa. _Mon maître_, no he venido solo: en el corredor espera una
-persona que ansía verle a usted.
-
-YO.—¿Quién es?
-
-ANTONIO.—Uno a quien ya se ha encontrado usted, _mon maître_, en
-sitios muy extraños y diversos.
-
-YO.—Pero ¿de quién se trata?
-
-ANTONIO.—De uno a quien le aguarda un fin desusado, «porque así está
-escrito». El suizo más extraordinario que hay, el de Santiago: _der
-Schatz Gräber_.
-
-YO.—¿Benedicto Mol?
-
-—_Yaw, mein lieber Herr_—dijo Benedicto, abriendo del todo la puerta,
-que estaba entornada—. Soy yo. Me he encontrado en la calle a _Herr
-Anton_, y al oír que estaba usted aquí, he venido a visitarle.
-
-YO.—Pero ¿qué rareza es ésta, y cómo es que le veo a usted otra vez
-en Madrid? Yo creía que ya estaba usted en su país.
-
-BENEDICTO.—No tema, _lieber Herr_; allá he de volver a su debido
-tiempo, pero no a pie, sino en coche de mulas. El _Schatz_ se está
-todavía en su escondite, esperando que lo desentierren; ahora tengo
-mejores esperanzas que nunca; muchos amigos, mucho dinero. ¿Ha
-reparado usted cómo voy vestido, _lieber Herr_?
-
-En efecto, llevaba ropas mucho mejores que nunca. La chaqueta y
-los pantalones, de crudillo, eran casi nuevos. Tocábase aún con un
-sombrero andaluz, de forma cónica, pero no viejo ni raído, sino
-nuevo y lustroso, y de inmensa altura. En lugar del tosco palo que
-llevaba en Santiago y en Oviedo, traía ahora una recia caña de bambú,
-rematada por una disforme cabeza de oso o de león, prolijamente
-tallada en peltre.
-
-—Parece usted un buscador de tesoros al volver de una expedición
-fructífera—exclamé.
-
-—Más bien parece—interrumpió Antonio—uno que ha dejado de trabajar
-por cuenta propia y busca tesoros a costa ajena.
-
-Pregunté detalladamente al suizo por sus aventuras desde que le vi
-por última vez en Oviedo, donde le dejé para continuar mi viaje
-a Santander. De sus respuestas colegí que me había seguido hasta
-este último punto, pero invirtiendo mucho tiempo en el camino,
-debilitado por el hambre y las privaciones. En Santander me perdió
-el rastro. Ya se le había agotado el pequeño socorro que yo le dí.
-Pensó entonces irse a Francia, pero no se atrevió a aventurarse
-en las provincias Vascongadas, donde ardía la guerra, para no
-caer en manos de los carlistas, que hubieran podido fusilarle por
-espía. Como nadie le socorría en Santander, se fué pidiendo limosna
-por los caminos, hasta que se encontró en Aragón, no podía decir
-exactamente dónde. «Mis calamidades eran tantas—dijo Benedicto—que
-estuve a punto de perder el juicio. ¡Oh, qué horror, vagar por los
-agrestes montes y las vastas planicies de España, sin dinero y sin
-esperanza! Algunas veces, encontrándome entre peñas y _barrancos_,
-quizás sin haber probado alimento desde la salida hasta la puesta
-del sol, me enfurecía. Entonces levantaba el palo hacia el cielo,
-y, blandiéndolo, gritaba: _Lieber Herr Gott, ach lieber Herr Gott_,
-ahora más que nunca necesito tu ayuda; si tardas en socorrerme estoy
-perdido; ¡ayúdame ahora, ahora! Y una vez, cuando deliraba de ese
-modo, me pareció oír una voz—más, estoy seguro de haberla oído—que
-sonaba en la cavidad de una peña, muy clara y muy fuerte, gritando:
-«_Der Schatz, der Schatz_, no hay que desenterrarlo todavía; a
-Madrid, a Madrid. El camino del _Schatz_ pasa por Madrid.» De
-nuevo la idea del _Schatz_ se apoderó de mi ánimo; reflexioné en lo
-feliz que sería si pudiese desenterrarlo. ¡No más mendigar, no más
-errar por hórridas montañas y desiertos! Blandí el palo, y noté,
-con sorpresa, que mi cuerpo y mis miembros se reanimaban con nuevas
-energías; anduve a buen paso, y no tardé en salir al camino real;
-mendigué, y proseguí como mejor pude hasta llegar a Madrid.
-
-—¿Y qué le ha sucedido después de llegar a Madrid?—pregunté—. ¿Ha
-encontrado usted el tesoro en las calles?
-
-De pronto, Benedicto se volvió reservado y taciturno, cosa que me
-sorprendió en extremo, porque hasta entonces se había mostrado
-siempre muy comunicativo en lo tocante a sus cuentas y proyectos. Por
-lo que pude sacar de sus medias palabras e insinuaciones, parecía que
-al llegar a Madrid cayó en manos de ciertas personas que le trataron
-con bondad, proveyéndole de dinero y ropa; no por puro desinterés,
-sino con los ojos puestos en el tesoro. «Esperan mucho de mí—dijo
-el suizo—. Después de todo, acaso hubiera sido más ventajoso sacar
-el tesoro sin su ayuda, con tal que hubiese sido posible.» No sabía
-o no quiso decirme quiénes eran sus nuevos amigos, salvo que tenían
-muchísima influencia. Dijo algo acerca de la Reina Cristina, y de
-un juramento que había prestado ante un obispo, sobre un crucifijo
-y los cuatro _Evangelien_. Pensé que había perdido la cabeza, y
-dejé de preguntarle. En el momento de marcharse, me dijo: «_Lieber
-Herr_, dispénseme usted si no le he hablado con entera franqueza,
-debiéndole tanto como le debo, pero no me atrevo; ahora no me
-pertenezco. Además, siempre es de mal agüero hablar una palabra
-acerca de un tesoro antes de tenerlo en nuestro poder. Una vez, en mi
-país hubo un hombre que cavó en el suelo hasta descubrir un caldero
-de cobre que contenía un _Schatz_. Al cogerlo por el asa, no hizo
-más que exclamar, en su entusiasmo: “¡Ya lo tengo!”, y eso bastó:
-desprendióse la caldera y se hundió, quedándose el hombre con el asa
-en la mano: eso fué cuanto ganó con tantos trabajos. Adiós, _lieber
-Herr_; dentro de poco me mandarán a Santiago para desenterrar el
-_Schatz_, pero vendré a verle a usted antes de marcharme. ¡Adiós!»
-
-
-
-
-CAPÍTULO XLII
-
- Salida de la cárcel. — Las excusas. — El corazón humano. — La
- vuelta del griego. — La Iglesia romana. — La luz de la Escritura.
- — El arzobispo de Toledo. — Una entrevista. — Piedras preciosas.
- — Una resolución. — El lenguaje extranjero. — Despedida de
- Benedicto. — La caza del tesoro en Compostela. — Realidad y
- ficción.
-
-
-Unas tres semanas estuve en la cárcel de Madrid, y, al cabo de ese
-tiempo la dejé. Si yo hubiese sido orgulloso, o abrigado algún
-rencor contra el partido que me encarceló, el modo como me devolvían
-la libertad hubiera halagado grandemente esas malas pasiones. El
-Gobierno, en un documento transmitido a sir Jorge, reconoció que me
-habían detenido sin razón bastante, y que ninguna tacha quedaba sobre
-mí de resultas de la prisión; se encargaba al propio tiempo de pagar
-todos los gastos que la tramitación del asunto me originó.
-
-Además, se mostró dispuesto a dejar cesante al individuo por cuyos
-informes me detuvieron, es decir, el _corchete_ que me visitó en mi
-hospedaje de la calle de Santiago y se comportó del modo descrito
-en uno de los anteriores capítulos. Rehusé, empero, aprovecharme de
-la condescendencia del Gobierno, más que nada porque me dijeron que
-el individuo de marras tenía mujer e hijos, y si le dejaban cesante,
-se quedarían en la miseria. Consideré, además, que en cuanto hizo y
-dijo se limitó probablemente a obedecer órdenes secretas; le perdoné,
-pues, sin reservas, y si en el momento presente no conserva su plaza,
-la culpa, ciertamente, no es mía.
-
-También rehusé aceptar indemnización por mis gastos, que fueron de
-importancia. Es probable que muchas personas en mi caso hubiesen
-procedido de muy diferente modo en este punto, y me guardo de
-afirmar que en ello anduviese yo del todo discreto o acertado.
-Pero me repugnaba recibir dinero de una gente como la que componía
-el Gobierno de España, gente a quien, lo confieso, despreciaba yo
-cordialmente, y no quería darle motivo para decir que el inglés a
-quien habían apresado injustamente y sin proceso, accedía a recibir
-dinero de sus manos. En una palabra, confieso mi debilidad: deseaba
-yo que continuasen siendo deudores míos, y estaba seguro de que no
-opondrían la más leve objeción a continuar siéndolo; se guardaron
-su dinero y probablemente se rieron para su capote de mi falta de
-sentido común.
-
-La mayor pérdida que me ocasionó el encarcelamiento, y por la que
-no podía ofrecerse ni recibirse indemnización, fué la muerte de
-mi afectuoso y fiel Francisco, el vascongado, que por acompañarme
-durante todo el tiempo que duró mi prisión, cogió el tifus o fiebre
-carcelaria, que entonces hacía estragos en la cárcel de la Corte, y
-murió a los pocos días de mi liberación. Murió ya entrada la noche.
-A la mañana siguiente estaba yo en la cama reflexionando sobre esta
-pérdida, y me preguntaba de qué nación sería mi servidor futuro,
-cuando oí un ruido al parecer causado por una persona ocupada en
-limpiar vigorosamente zapatos o botas, y a intervalos una voz
-extraña y discordante que cantaba trozos de una canción en una
-lengua desconocida; no sabiendo lo que aquello podría ser, toqué la
-campanilla.
-
-—¿Ha llamado usted, _mon maître_?—dijo Antonio asomándose a la puerta
-con uno de los brazos profundamente sepultado en una bota.
-
-—Sí, por cierto—contesté—; pero no me podía imaginar que fuese usted
-quien respondiera a la llamada.
-
-—_Mais pourquoi non, mon maître?_—exclamó Antonio—. ¿Quién va a
-servirle a usted ahora sino yo? _N’est pas que le sieur François est
-mort?_ En cuanto lo supe, me dije: voy a volver a mi puesto _chez mon
-maître_, monsieur Georges.
-
-—Supongo que estará usted sin colocación, y por eso ha venido.
-
-—_Au contraire, mon maître_—replicó el griego. Acababa de ajustarme
-en casa del duque de Frías, donde me daban al mes diez duros más que
-su merced; pero al saber que se había usted quedado sin criado, fuí
-sin pérdida de tiempo a decir al duque, aunque ya estaba muy entrada
-la noche, que no me convenía servirle; y aquí estoy.
-
-—Pues de esa manera, no le admito—dije yo—. Vuelva a casa del duque,
-preséntele sus excusas por lo que ha hecho, y solicite su cese en
-debida forma; entonces, si su gracia desea prescindir de usted, caso
-bastante probable, le admitiré con mucho gusto a mi servicio.
-
-Después de sufrir una prisión cuya injusticia reconocían mis propios
-enemigos, era razonable esperar de sus manos un trato más liberal
-que el que hasta allí me habían dispensado. Mi única ambición era
-por entonces conseguir tolerancia para la venta del Evangelio en
-aquel infortunado y perturbado reino; para lograr ese fin no sólo
-hubiera consentido en sufrir, uno tras otro, veinte encarcelamientos
-como el pasado, sino que hubiera sacrificado gustoso la vida misma.
-Pronto advertí, sin embargo, que probablemente no iba a ganar nada
-con mi encarcelación; al contrario, desde que se concluyó el asunto,
-fuí objeto de la aversión personal del Gobierno, lo que tal vez no
-sucedía antes; las concesiones que se vieron obligados a hacer para
-evitar una ruptura con Inglaterra humillaron su orgullo y vanidad.
-Mostráronse dispuestos a saciar su aversión, contrariando mis planes
-todo lo posible. Tuve una entrevista con Ofalia acerca del asunto que
-embargaba mi ánimo; le encontré desabrido y áspero. «Lo que más le
-conviene a usted es permanecer tranquilo—me dijo—. ¡Cuidado! Ya ha
-puesto usted una vez toda la _corte_ en confusión; cuidado, repito.
-Otra vez puede que no se escape usted tan fácilmente.»
-
-—Quizás no—repliqué—y quizás ni lo deseo siquiera; es cosa agradable
-padecer por la causa del Evangelio. Ahora me tomaré la libertad de
-preguntar si, en el caso de ponerme a propagar la Palabra de Dios, me
-lo impedirán.
-
-—Naturalmente—exclamó Ofalia—; la Iglesia lo prohibe.
-
-—Pues, con todo, voy a intentarlo—exclamé.
-
-—¿Sabe usted lo que dice?—preguntó Ofalia, arqueando las cejas y
-abriendo la boca.
-
-—Sí, continué—; voy a hacer la prueba en todos los pueblos de España
-donde me sea posible entrar.
-
-Durante mi permanencia en España, la oposición más recia que encontré
-fué la del clero; por instigación suya el Gobierno adoptaba las
-medidas convenientes para impedir la amplia difusión del libro
-sagrado por el país. No interrumpiré el curso de mi narración con
-reflexiones acerca de la situación de una Iglesia que, si bien
-pretende fundarse en la Escritura, arrebataría la luz de la Escritura
-a toda la Humanidad, si pudiese. Pero Roma sabe perfectamente que
-no es una Iglesia cristiana, y como no tiene deseo de serlo, obra
-cuerdamente quitando a sus secuaces de delante de los ojos las
-páginas que podrían revelarles las verdades del Cristianismo. Sus
-agentes y validos en España esforzábanse cuanto podían por anular mis
-humildes trabajos y difamar la obra que yo andaba esparciendo. Todo
-el clero ignorante y fanático (la gran mayoría) era opuesto a ella,
-y cuantos ansiaban estar a bien con la corte de Roma vociferaban su
-oposición. Había, empero, una parte del clero, pequeña a la verdad,
-bien dispuesta en favor de la circulación del Evangelio, aunque en
-modo alguno inclinada a hacer el menor sacrificio individual por tal
-fin; éstos eran los que profesaban el liberalismo, que se supone
-implica una disposición a adoptar cuantas reformas, así en lo civil
-como en lo eclesiástico, parezcan conducentes al bien del país. No
-pocos clérigos españoles eran partidarios de ese principio, o al
-menos se declaraban tales; algunos, por conveniencia propia sin
-duda, con la esperanza de aprovechar el espíritu de los tiempos
-para su medro personal; otros, hay que esperarlo, por convicción,
-por puro amor a las ideas. Entre éstos se encontraban, por la época
-a que me refiero, varios obispos. Pero es digno de nota que ninguno
-de ellos debía su puesto al Papa, que los desautorizaba, sino a la
-Reina Gobernadora, cabeza visible del liberalismo en España. No es de
-extrañar, por tanto, que hombres colocados en tales circunstancias se
-sintiesen dispuestos a apoyar cualquier medida o plan favorables al
-progreso del liberalismo, más bien que a contrariarlos; y no hay duda
-que la circulación de la Escritura era una medida de ese género. Con
-todo, su buena voluntad, suponiendo que la tuvieran, fué para mí poco
-valiosa, porque nunca dieron un paso decisivo ni alzaron sus voces
-para denunciar de modo positiva y resuelto la conducta de quienes
-pretendían privar al mundo de la luz de la Escritura. En cierta
-ocasión creí que iba a conseguir, por su medio, algo importante para
-la causa del Evangelio en España; pero me desengañé pronto, y me
-convencí de que descansar en lo que quisieran hacer era tanto como
-apoyar la mano en una caña, que, sin sostenerme, me desgarraría la
-carne. Algunos de ellos me enviaron mensajes expresando la estimación
-en que me tenían y asegurándome cuán cara a su corazón era la causa
-del Evangelio. Recibí incluso un aviso insinuándome que mi visita no
-sería desagradable al arzobispo de Toledo, Primado de España.
-
-Poco puedo decir de este personaje, cuya historia desconozco por
-completo. A la muerte de Fernando era, creo yo, obispo de Mallorca,
-pequeña e insignificante sede, de muy pobres rentas, que quizás
-cambió gustoso por otra más rica. Es probable, sin embargo, que
-de mostrarse fiel servidor del Papa, y, por ende, partidario de
-los legitimistas, hubiera ocupado hasta el día de su muerte la
-silla episcopal de Mallorca; pero pasaba por liberal, y la Reina
-Gobernadora tuvo a bien concederle la dignidad de arzobispo de
-Toledo, haciéndole así cabeza de la Iglesia en España. Cierto que
-el Papa se negó a ratificar la designación, razón por la que todos
-los buenos católicos estaban obligados a seguir considerándole como
-obispo de Mallorca y no como Primado de España. Pero el obispo
-cobraba las rentas de la sede toledana, débil sombra de lo que fueron
-antaño, pero muy importantes aún, y vivía en el palacio del Primado,
-en Madrid, de suerte que si no era arzobispo _de jure_ era lo que
-para muchos valía más: arzobispo _de facto_.
-
-Sabedor de la amistad personal del arzobispo con Ofalia, quien, según
-decían, le consideraba mucho, resolví hacerle una visita, y así una
-mañana me encaminé al palacio en que vivía. Sin dificultad obtuve
-audiencia: un lacayo, asturiano a lo que creo, a quien hallé sentado
-en un banco de piedra del portal, me condujo a su presencia. Cuando
-entré, el arzobispo estaba solo, sentado detrás de una mesa, en un
-vasto aposento, especie de sala de estrados. Vestía con sencillez:
-sotana negra y birrete de seda; pero en un dedo llevaba una amatista
-soberbia, resplandeciente, de brillo deslumbrador. Se incorporó un
-momento, al acercarme, y con la mano me indicó una silla. Podía tener
-sesenta años; era muy alto, pero se encorvaba bastante, por debilidad
-sin duda; y la tez pálida de sus facciones demacradas denotaba su
-mala salud. Cuando de nuevo se sentó inclinó la cabeza, como si
-contemplase la mesa que tenía delante.
-
-—Supongo que V.E. sabrá quién soy—dije al cabo, rompiendo el
-silencio.
-
-El arzobispo inclinó la cabeza hacia el hombro izquierdo, con
-expresión algo equívoca, pero no dijo nada.
-
-—Yo soy el que los _Manolos_ de Madrid llaman _Don Jorgito el
-Inglés_. Acabo de salir de la cárcel, donde me encerraron por
-propagar el Evangelio del Señor en este reino de España.
-
-El arzobispo repitió el mismo movimiento equívoco de la cabeza, pero
-aún no dijo nada.
-
-—He sabido que V.E. deseaba verme, y por esa razón he venido a
-hacerle esta visita.
-
-—Yo no le he llamado a usted—dijo el arzobispo, alzando de súbito la
-cabeza, y con ojos de espanto.
-
-—Quizás no; pero me habían dado a entender que mi presencia sería
-grata; como al parecer no es así, me iré.
-
-—Puesto que ha venido usted, me alegro mucho de verle.
-
-—Y yo celebro mucho oírle—dije yo, volviendo a sentarme—. Ya que
-estoy aquí, podemos hablar de un asunto de la mayor importancia: la
-difusión de la Escritura. ¿Conoce V.E. algún medio para alcanzar un
-fin tan deseable?
-
-—No—dijo el arzobispo débilmente.
-
-—¿No cree V.E. que el conocimiento de la Escritura produciría
-inestimables beneficios a estos reinos?
-
-—No lo sé.
-
-—¿Hay probabilidades de convencer al Gobierno para que consienta su
-circulación?
-
-—¿Cómo voy a saberlo?—y el arzobispo se me quedó mirando a la cara.
-
-Yo también le miré a él; había en su rostro tal expresión de
-desvalimiento, que casi era chochez. «¡Válgame Dios!—pensé—. ¿A
-quién he venido yo a contar estas cosas? ¡Pobre hombre! No sirves
-para representar el papel de Martín Lutero, y en España menos que en
-otra parte. Me maravilla que tus amigos te hayan nombrado arzobispo
-de Toledo. Quizás pensaron que no harías provecho ni daño, y te
-escogieron, como escogen a veces en mi país a los primados, en razón
-de tu incapacidad. No pareces muy contento en este empleo, ni tu
-sitial debe de ser muy cómodo. Más a gusto estabas cuando eras el
-pobre obispo de Mallorca; entonces podías saborear la _puchera_ sin
-miedo de que te la sazonaran con sublimado. No temías entonces que
-te ahogaran en el lecho. La _siesta_ es cosa agradable, cuando no
-está uno expuesto a verla interrumpida por un súbito espanto. Me
-sorprenderá si no estás ya envenenado»—continué casi en voz alta,
-según estaba mirándole al semblante, que a mi parecer se cubría de
-palidez mortal.
-
-—¿Qué decía usted, _don Jorge?_—preguntó el arzobispo.
-
-—Que V.E. lleva un brillante magnífico—dije yo.
-
-—¿Le gustan a usted los brillantes, _don Jorge_?—dijo el arzobispo,
-cuyas facciones se animaron—. _¡Vaya!_ ¡También a mí! ¡Son muy
-bonitos! ¿Entiende usted de brillantes?
-
-—Sí entiendo—respondí—, y no he visto nunca otro mejor que ése, salvo
-uno, perteneciente a un conocido mío, un khan de Tartaria. Pero no
-lo llevaba en el dedo; poníaselo al caballo en el frontal, donde
-brillaba como una estrella. Llamábalo _Daoud Scharr_, que significa
-«luz de guerra».
-
-—_¡Vaya!_—dijo el arzobispo—. ¡Qué curioso! Me alegro de que le
-gusten a usted los brillantes, _don Jorge_. Al hablar de caballos
-me ha hecho usted recordar que le he visto con frecuencia a caballo.
-_¡Vaya!_ Qué modo de montar. Es peligroso encontrársele a usted en el
-camino.
-
-—¿V.E. es aficionado a la equitación?
-
-—De ninguna manera, _don Jorge_. No me gustan los caballos. En la
-Iglesia no es costumbre montar a caballo; preferimos las mulas: son
-animales más tranquilos. Los caballos me dan miedo: ¡cocean de un
-modo!
-
-—La coz del caballo mata—dije yo—si da en un sitio vital. Pero
-no opino como V.E. acerca de las mulas; un buen _jinete_ puede
-sostenerse a caballo, por resabiado que el animal esté; pero las
-mulas, _¡vaya!_, cuando una mula falsa _tira por detrás_, no creo
-que ni el propio Padre de la Iglesia se sostenga en la silla ni un
-momento, por muy buen bocado que lleve.
-
-Al marcharme, le dije:—¿Qué puedo esperar acerca del Evangelio?
-
-—_No sé_—dijo el arzobispo inclinando de nuevo la cabeza hacia el
-hombro derecho, mientras sus facciones reasumían la expresión de
-vaciedad.
-
-Así terminó mi entrevista con el arzobispo de Toledo.
-
-—Me parece—dije a María Díaz al volver a casa—, me parece, _Mariquita
-mía_, que si el Evangelio, para ser tolerado en España, ha de esperar
-a que los obispos y arzobispos liberales acudan resueltamente en su
-ayuda, va a tener que aguardar mucho tiempo.
-
-—Soy del mismo parecer, señor—respondió María—. ¡Bonito sería tener
-que esperar a que esa gente haga un esfuerzo en favor de usted!
-_¡Ca!_ Risa me da pensarlo. ¿Cómo ha tenido usted la candidez de
-figurarse que les importa algo el Evangelio? _¡Vaya!_, son verdaderos
-curas; en los ofrecimientos que le han hecho a usted sólo les movía
-su propio interés. El Santo Padre no quiere reconocerlos, y les
-gustaría asustarle un poco para obligarle a transigir; pero como los
-reconociera, ya vería usted luego si le admitían en sus palacios o
-tenían algún trato con usted. «¡Fuera ese prójimo!—dirían—. _¡Vaya!_
-¿No es luterano? ¿No es enemigo de la Iglesia? _¡A la horca, a la
-horca!_» Conozco a esa familia mejor que usted, _don Jorge_.
-
-—Es inútil aguardar más—dije yo—. Pero en Madrid nada puedo hacer.
-No se puede vender la obra en el _despacho_, y acabo de saber que
-todos los ejemplares dejados para la venta en las librerías de las
-diversas poblaciones que he visitado los ha secuestrado el Gobierno.
-Mi decisión está tomada: montaré en mis caballos, que relinchan en
-la cuadra, y me iré a recorrer en persona los pueblos y llanuras
-de la polvorienta España. _Al campo, al campo._ «Camina, avanza
-prósperamente y reina por medio de la verdad y de la mansedumbre
-y de la justicia; tu diestra te conducirá a cosas maravillosas.»
-Caminaré, pues, María.
-
-—No puede hacer su merced cosa mejor, y permítame ahora decirle
-que, por cada libro que pudiera usted vender en un _despacho_ en
-la ciudad, venderá usted ciento en los pueblos con tal de darlos
-baratos, porque en el campo hay poco dinero. _¡Vaya!_ ¿Sabré yo
-lo que digo? ¿No soy también de pueblo, _villana_ de la Sagra? A
-caballo, pues; los caballos no hacen más que relinchar en la cuadra,
-como usted dice, y casi podía haber añadido que el _señor_ Antonio
-relincha en la casa. Dice que no tiene nada que hacer, motivo por el
-que está otra vez disgustado e inquieto. Todo lo encuentra mal, a mí
-en primer término. Esta mañana le saludé, y, en lugar de contestarme,
-torció la boca de un modo nunca visto en tierras de España.
-
-—Se me ocurre una idea—dije yo—. Ha mentado usted la Sagra ¿Por qué
-no comenzar mis trabajos por los pueblos de esa comarca?
-
-—Muy bien pensado—replicó María—. La recolección termina ahora
-por allí, y encontrará usted a la gente relativamente desocupada,
-con vagar para acompañarle a usted y oírle. Si quiere seguir mi
-consejo, debe usted establecerse en Villaseca en la casa que fué de
-mis padres, donde al presente vive mi señor marido. Vaya usted a
-Villaseca lo primero, y desde allí puede usted emprender excursiones
-con el _señor_ Antonio. Quizás mi marido les acompañe; si es así, les
-servirá de mucho. La gente en Villaseca es amable y cortés; cuando se
-dirigen a un forastero le hablan a gritos y en gallego.
-
-—¡En gallego!—exclamé.
-
-—Todos saben unas cuantas palabras de gallego aprendidas de los que
-bajan todos los años a segar, y como el gallego es la única lengua
-extraña que conocen, la emplean por cortesía al dirigirse a un
-extranjero. _¡Vaya!_ No es mal pueblo Villaseca, ni es mala gente; la
-única persona de mala condición que allí hay es el reverendo señor
-cura.
-
-No fueron largos los preparativos de mi empresa. Envié por delante
-con un _arriero_ un buen repuesto de Testamentos, y yo salí al
-siguiente día. Pero antes de marcharme recibí la visita de Benedicto
-Mol.
-
-—Vengo a decirle a usted adiós, _lieber Herr_. Mañana me vuelvo a
-Compostela.
-
-—¿Con qué propósito?
-
-—Para desenterrar el _Schatz_, _lieber Herr_. ¿Cuál otro podía
-llevar? ¿Por qué he vivido hasta hoy, sino para al fin poder
-desenterrar el _Schatz_?
-
-—Pudiera usted haber vivido para algo mejor—exclamé—. Con todo, le
-deseo buen éxito. ¿En qué funda usted sus esperanzas? ¿Le han dado
-permiso para hacer excavaciones? Seguramente no se le habrán olvidado
-a usted las penalidades que sufrió en Galicia.
-
-—No se me han olvidado, _lieber Herr_, ni el viaje a Oviedo, ni las
-siete bellotas, ni la lucha con la muerte en el _barranco_. Pero
-tengo que cumplir mi destino. Ahora voy a Galicia a expensas del
-Gobierno, como si perteneciera de nuevo a la Guardia suiza: voy en
-coche de mulas, quiero decir, en _galera_. Tendré toda la ayuda
-necesaria, y puedo cavar hasta el centro de la tierra si lo creo
-conveniente. Además... pero no puedo decirle más, porque he jurado
-sobre los cuatro _Evangelien_ guardar secreto.
-
-—Bien, Benedicto, no tengo nada que decir, salvo desearle a usted que
-triunfe en sus excavaciones.
-
-—Gracias, _lieber Herr_; gracias. Ahora, adiós. ¡Triunfaré, triunfaré!
-
-Aquí se quedó cortado, se estremeció, y, mirándome, con expresión
-casi de loco en el semblante, exclamó:
-
-—_¡Heiliger Gott!_ Me olvido de una cosa. Supongamos que al fin y a
-la postre no encuentro el tesoro.
-
-—Es muy sensato lo que usted dice; ¡lástima que hasta ahora no se le
-haya ocurrido! Le aseguro a usted, amigo mío, que se ha metido en
-una empresa desesperada. Verdad que puede usted encontrar un tesoro;
-pero hay cien probabilidades contra una de que no lo encontrará.
-¿Qué será de usted en tal caso? Le tomarán por un impostor, y las
-consecuencias serán horribles. Recuerde quién es usted y entre qué
-gentes está. Los españoles son crédulos; pero cuando una vez llegan
-a sospechar que los han engañado, y sobre todo que se han reído de
-ellos, su sed de venganza no conoce límites. No crea usted que su
-inocencia le servirá de algo. Yo estoy convencido de que no es usted
-un impostor, pero ellos no lo creerán jamás. Todavía no es tarde.
-Devuelva usted esas ropas tan buenas y ese elegante bastón a quien se
-lo haya dado. Póngase un traje viejo, empuñe el tosco palo, y véngase
-conmigo a la Sagra para ayudarme a difundir el insigne Evangelio
-entre los lugareños de la ribera del Tajo.
-
-Benedicto meditó un momento, y luego, sacudiendo la cabeza, gritó:
-
-—¡No! ¡No! Tengo que cumplir mi destino. El _Schatz_ no está aún
-desenterrado. Así lo dijo la voz en el _barranco_. Mañana, a
-Compostela. Lo encontraré: el _Schatz_ está allí aún; «tiene» que
-estar.
-
-Salió y no le volví a ver más. Pero después oí contar de él cosas
-extraordinarias. Resultó que el Gobierno dió oídos a la fábula de
-Benedicto, y se dejó impresionar de tal modo por sus exageradas
-descripciones del tesoro oculto, que llegó a creer en la posibilidad
-de desenterrar en Santiago, con poco trabajo y poco gasto, oro
-y diamantes de sobra para enriquecerse y para extinguir la deuda
-nacional de España. El suizo volvió a Compostela «como un duque»,
-para usar sus mismas palabras. El asunto, mantenido al comienzo
-en profundo secreto, se divulgó con rapidez. Se acordó dar a una
-exploración que podía tener tan importantes consecuencias toda la
-publicidad y el aparato posibles. Acercábase una fiesta muy solemne,
-y pareció lo más acertado que la busca comenzase en tal día. El día
-llegó. Todas las campanas de Compostela repicaban. El pueblo en masa
-se lanzó a la calle; un millar de soldados formaba en la plaza; la
-expectación llegó al grado sumo. Una solemne comitiva se dirigió a
-la iglesia de San Roque; a su cabeza iban el capitán general y el
-suizo, que blandía un mágico bastón; pegada a ellos iba la _meiga_,
-la bruja gallega que primeramente guió al buscador del tesoro;
-numerosos albañiles cerraban la marcha, llevando las herramientas
-necesarias para la excavación. La comitiva entra en la iglesia, la
-cruza con paso solemne, y llega a una galería abovedada. El suizo
-mira en torno. «Cavad aquí»—dijo de pronto—. «Sí, cavad aquí»—dijo la
-_meiga_. Los albañiles trabajan, horadan el piso, espárcese un olor
-horrible y fétido...
-
-Para qué más; no se halló tesoro alguno, y mis advertencias al
-desgraciado suizo resultaron demasiado proféticas. Sin tardanza le
-prendieron, arrojándole en la hórrida prisión de Santiago, seguido de
-las maldiciones de millares de personas, que con gusto le hubieran
-despedazado.
-
-El asunto no terminó ahí. Los enemigos políticos del Gobierno no
-dejaron escapar una ocasión tan favorable para asestarle los dardos
-del ridículo. Los _moderados_ fueron censurados en las Cortes por su
-avaricia y su credulidad, mientras en alas de la Prensa liberal se
-esparcía por toda España la historia del tesoro escondido en Santiago.
-
-—Después de todo, eso ha sido una _trampa_ de _don Jorge_—dijo un
-enemigo mío—. Ese prójimo se encuentra siempre enredado en la mitad
-de las _picardías_ que se cometen en España.
-
-Ansioso por saber la suerte que había corrido el suizo, escribí a
-mi antiguo amigo de Compostela, Rey Romero. En su respuesta decía:
-«Vi al suizo en la cárcel, desde donde me mandó llamar, implorando
-mi socorro en nombre de la amistad que tengo con usted. Pero ¿cómo
-favorecerle? Se lo llevaron de Santiago en seguida, no se adónde.
-Dicen que ha desaparecido por el camino.»
-
-La verdad es a veces más sorprendente que la fábula. ¿En qué novela
-se encontrará nada más insensato, grotesco y triste que la historia
-fácilmente comprobable de Benedicto Mol, el buscador del tesoro de
-Santiago?
-
-
-
-
-CAPÍTULO XLIII
-
- Villaseca. — Una casa morisca. — La puchera. — Un cónclave de
- rústicos. — Ceremoniosa urbanidad. — La Flor de España. — El
- puente de Azeca. — El castillo en ruinas. — Nos echamos al campo.
- — Demanda de Testamentos. — El labrador viejo. — El cura y el
- herrero. — La baratura de los Testamentos.
-
-
-Llegué a Villaseca uno de los días de más furioso calor en que
-he desafiado los rayos del sol. La temperatura debió de llegar a
-cien grados a la sombra; la atmósfera parecía una ardiente llama.
-En un lugar que dicen Leganés, a seis leguas de Madrid, y como a
-mitad de camino entre la capital y Toledo, nos apartamos de la
-carretera, dirigiéndonos al Este. Cabalgamos por lo que en España
-llaman llanuras, que en cualquier otro país del mundo parecería
-terreno quebrado y desigual. Las mieses de trigo y cebada habían ya
-desaparecido; quedaban aquí y allá, como últimos vestigios, algunos
-haces que los labradores se ocupaban en recoger para acarrearlos a
-sus pueblos.
-
-Difícil me sería decir que fuese bello aquel paisaje, de absoluta
-desnudez, sin árboles ni verdor. No le faltaban, empero, pretensiones
-de magnificencia y grandeza, como no le faltan a ningún paraje de
-España. Los objetos más llamativos eran dos enormes cerros calcáreos,
-o más bien uno rajado en dos, que se erguía a gran altura; la cima
-del más próximo se coronaba con las ruinas del antiguo castillo de
-Villaluenga. A eso de la una de la tarde llegamos a Villaseca.
-
-Era un pueblo grande, de unos setecientos habitantes, rodeado de un
-muro de tierra. En el centro está la _plaza_, uno de cuyos lados
-lo ocupa lo que llaman un palacio, tosco edificio cuadrangular, de
-dos pisos, perteneciente a alguna familia noble, los señores de las
-tierras del contorno. Estaba vacío; ocupábalo tan sólo una especie de
-administrador, que encerraba en sus salones el grano que en pago de
-las rentas recibía de los arrendatarios y _villanos_ que labraban el
-término.
-
-El pueblo dista como un cuarto de legua de la orilla del Tajo, que
-aun allí, en el corazón de España, es un hermoso río, no navegable,
-sin embargo, a causa de los bancos de arena que en muchos sitios
-emergen a modo de isletas, cubiertas de árboles y maleza. La aldea
-saca del río toda su provisión de agua, por carecer de ella, al menos
-potable, dentro de sus muros; todos los manantiales son salobres,
-y de esto le vendrá probablemente el nombre de Villaseca. Dícese
-que sus habitantes son de origen moro; y es la verdad que aquí se
-observan ciertas costumbres que robustecen mucho ese supuesto. Entre
-otras, hay una muy curiosa: se reputa infamante para una mujer de
-Villaseca atravesar la plaza, o ser vista en ella, aunque no vacilan
-en mostrarse en las calles y callejas.
-
-Existe una hostilidad profundamente arraigada entre los habitantes de
-este lugar y los de un pueblo inmediato llamado Bargas; rara vez se
-hablan cuando se encuentran, y nunca se casan entre sí. Una tradición
-vaga pretende que los naturales de este último pueblo son cristianos
-viejos, y es harto probable que los del vecino fuesen originariamente
-de muy otra sangre; los de Villaseca tienen la tez muy morena,
-mientras los moradores de Bargas son rubios y blancos. Así, en pleno
-siglo XIX, se conserva en España la antigua enemistad de moros y
-cristianos.
-
-Empapados en sudor, que nos corría a chorros por la frente, llegamos
-a la puerta de Juan López, el marido de María Díaz. Sabedor de que
-iríamos a visitarle, ya nos esperaba, y nos acogió cordialmente en su
-vivienda que, como una casa mora auténtica, tenía un solo piso. Era
-muy espaciosa, no obstante, con patio y establo. Todos los aposentos
-eran deliciosamente frescos. El pavimento, de ladrillo o piedra; las
-angostas ventanas, enrejadas y sin cristal, apenas dejaban pasar un
-rayo de sol.
-
-Habían preparado una _puchera_ contando con nuestra llegada; el
-calor no me quitó el apetito, y no pasó mucho tiempo sin que hiciese
-cabal justicia al manjar típico de España. Mientras yo comía, López
-punteaba en la guitarra, cantando a veces trozos de canciones
-andaluzas. Era un tipo pequeño, de rostro alegre, muy activo, a
-quien había visto yo con frecuencia en Madrid; buena muestra del
-_labrador_ español. Aunque no tenía, ni con mucho, la inteligencia ni
-los recursos de María Díaz, su mujer, no por eso carecía de natural
-despejo ni entendimiento. Era, además, honrado y desinteresado, y
-prestó buenos servicios a la causa del Evangelio, como se verá ahora.
-
-Acabada la comida, López me habló así:—_Señor don Jorge_, su llegada
-a este pueblo ha causado ya sensación, sobre todo, por ser los
-tiempos de guerra y alborotos, y vivir cada cual temeroso del vecino;
-aquí estamos pegados a los confines del país faccioso, porque,
-como usted bien sabe, la mayor parte de la Mancha está en poder de
-_carlinos_ y de ladrones, y algunas partidas se asoman a menudo por
-la otra orilla del río. En razón de esto, el _alcalde_ del pueblo y
-otros vecinos pudientes y graves desean ver y hablar a su merced, y
-examinar su pasaporte.
-
-—Bien está—exclamé—. Vamos a visitar a esos dignos señores.
-
-En diciendo esto, condújome a través de la _plaza_ a casa del
-_alcalde_, donde hallamos al rústico dignatario sentado entre
-puertas, gozando de la refrigerante frescura de una corriente de
-aire. Era hombre viejo, como de sesenta años, sin nada notable en
-su continente ni en sus facciones plácidas, en las que se reflejaba
-su buen natural. Estaban con él otras personas, entre ellas el
-barbero del pueblo, alto, de enorme corpulencia, alavés por su cuna,
-nacido en Vitoria. También estaba allí un individuo cuya faz tenía
-un pronunciado tinte rojizo, con la nariz bastante torcida: era el
-herrero del lugar, y le llamaban _El Tuerto_, por la circunstancia de
-no tener más que un ojo. Hice una profunda reverencia al concurso, y
-manifestando mi pasaporte, hablé así:
-
-—Graves señores y caballeros de esta ciudad de Villaseca, como yo
-soy un extranjero de quien no es posible que sepan cosa alguna, me
-he creído obligado a presentarme ante vosotros y a deciros quién
-soy. Sabed, pues, que soy inglés de limpia sangre y buena familia,
-que viajo por estos países para diversión y provecho propios, y
-también para los de otras personas. Ahora he venido a Villaseca,
-donde me propongo estar algún tiempo, dedicado a lo que me parezca
-conveniente: unas veces pasearé a caballo por esos campos, otras
-me bañaré en las aguas del río, cosa buena, según dicen, en tiempo
-de calor. Suplico, por tanto, que durante mi estancia en esta
-capital sus gobernantes me concedan la protección y el amparo que
-habitualmente dispensan a los que llevan vida pacífica y bien
-ordenada, y están dispuestos a ser dóciles y obedientes a las
-costumbres y leyes de la república.
-
-—Habla bien—dijo el _alcalde_ mirando en torno.
-
-—Sí, habla bien—dijo el corpulento alavés—. No hay que negarlo.
-
-—Nunca he oído hablar mejor—exclamó el herrero, levantándose del
-taburete en que se hallaba sentado—. _¡Vaya!_ Es hombre recio y de
-buen color, como yo. Me agrada; tengo yo un caballo que le irá muy
-bien, un caballo que es la flor de España, con ocho dedos sobre la
-marca.
-
-Entonces, con nueva inclinación de cabeza, presenté el pasaporte al
-_alcalde_, quien con un ligero movimiento de la mano pareció que se
-negaba a recibirlo, y al mismo tiempo decía:—No es necesario.
-
-—Oh, de ningún modo—exclamó el barbero.
-
-—Los vecinos de Villaseca—observó el herrero—saben portarse como
-gente seria. Vergüenza les daría abrigar sospecha alguna contra un
-caballero tan cortés y bien hablado.
-
-Pero yo sabía que su negativa no significaba nada, por ser tan sólo
-una parte del ceremonial de su urbanidad; presenté por segunda vez el
-pasaporte y lo tomaron con avidez; en un momento, todos los presentes
-clavaron en él los ojos con intensa curiosidad. Lo examinaron de
-arriba abajo, lo volvieron y revolvieron, y aunque no es probable que
-ninguno de los presentes entendiese palabra de él, por estar escrito
-en francés, produjo, sin embargo, universal contento; cuando el
-_alcalde_, doblándolo con cuidado, me lo devolvió, todos observaron
-que no habían visto en su vida otro pasaporte mejor, o que hablase de
-su portador en términos más elogiosos.
-
-¿Quién ha escrito que «La mofa de Cervantes ahuyentó de España
-el heroísmo»? No lo sé[14]; el autor de esa línea apenas merece
-recordación. La tentación de emborronar papel es tan violenta en
-nuestros días, que muchos se ponen a escribir de pueblos y países
-de los que no saben nada, o menos que nada. _¡Vaya!_ El haber visto
-una corrida de toros en Madrid o en Sevilla, o gastado un puñado de
-onzas en una _posada_ en cualquiera de esos dos puntos, regida acaso
-por un genovés o un francés, no da competencia para escribir acerca
-de una gente como los españoles, ni para decir al mundo cómo piensan,
-cómo hablan y cómo proceden. ¡Ahuyentar con burlas el espíritu
-caballeresco de España! Cuando todas las probabilidades son de que la
-gran masa de la nación española habla, piensa y vive exactamente como
-sus antepasados hace seis siglos.
-
- [14] Alude a Byron. Borrow, citando de memoria, escribe:
- «Cervantes sneered Spain’s chivalry away.» El pasaje de Byron es:
-
- Cervantes smiled Spain’s chivalry away;
- A single laugh demolish’d the right arm
- Of his own country;—seldom since that day
- Has Spain had heroes.
- _Don Juan_; XIII, 11.
-
-Por la tarde, el herrero, o como le llamaban en el pueblo, _El
-Herrador_, se presentó a caballo ante la puerta de López.
-
-—_Vamos, don Jorge_—exclamó—. Venga conmigo si su merced está
-dispuesto a montar. Voy a bañar el caballo en el Tajo, por el puente
-de Azeca.
-
-Al instante ensillé mi _jaca cordobesa_, y juntos salimos del pueblo,
-dirigiéndonos a través de la llanura hacia el río.
-
-—¿Ha visto usted alguna vez un caballo como el mío, _don
-Jorge_?—preguntó—. ¿Verdad que es una _alhaja_?
-
-El caballo era, en efecto, un animal de gran estampa, garboso, de
-diez y seis palmas de alzada cuando menos, ancho de pechos, pero muy
-fino y limpio de remos. Engallaba soberbiamente el cuello y erguía
-la cabeza como un cisne. De pelo alazán claro, tenía las crines y
-la cola casi negros. Al expresarle mi admiración, el _herrador_
-se animó, y apretando con las rodillas los flancos del caballo y
-soltándole las riendas, se lanzó por el campo en prodigiosa carrera,
-al mismo tiempo que profería el antiguo grito español: _¡Cierra!_ En
-vano quise competir con él.
-
-—Le llamo «flor de España»—dijo el _herrador_ al reunirse conmigo—.
-Cómprelo usted, _don Jorge_, lo doy en tres mil _reales_. No lo
-vendería ni por el doble; pero los ladrones carlistas le han echado
-el ojo y temo que el día menos pensado crucen el río y se metan en
-Villaseca para apoderarse de mi caballo, la «flor de España».
-
-No estará de más hacer notar aquí que, pasado un mes, mi amigo el
-_herrador_, no pudiendo hallar un buen comprador para su corcel,
-entró en tratos con los susodichos bandoleros, y acabó vendiéndoselo
-a su cabecilla, no por los tres mil _reales_ que pedía, sino a
-cambio de una punta de ganado, robada probablemente en las llanuras
-manchegas. Por ese trato, caso de alta traición, ni más ni menos,
-le metieron en la cárcel de Toledo; pero no debió de estar allí
-mucho tiempo, porque en una breve visita que hice a Villaseca en la
-primavera del siguiente año me lo encontré de _alcalde_ de aquella
-«república».
-
-Llegamos al puente de Azeca, situado como a media legua de Villaseca;
-junto a él hay un gran molino, sobre una presa que corta el río.
-Apeándose del corcel, el _herrador_ le quitó la silla, le hizo entrar
-en la represa y lo llevó, guiándolo con una cuerda, a un sitio dado,
-donde el agua le llegaba a la mitad del cuello; una vez allí, ató la
-cuerda a un poste hincado en la orilla y dejó al caballo metido en
-el río. Me pareció lo mejor seguir su ejemplo: pedí una cuerda en el
-molino, y metí mi caballo en el agua.
-
-—Esto les refresca la sangre, _don Jorge_—dijo el _herrador_—. Que se
-estén así una hora; mientras, iremos por ahí nosotros a entretenernos.
-
-Cerca del puente, en la orilla donde estábamos nosotros, había una
-especie de cuerpo de guardia, y en él tres carabineros que cobraban
-el pontazgo. Trabamos conversación con ellos.
-
-—Este puesto, tan inmediato al campo faccioso—dije a uno de los
-carabineros, que resultó ser catalán—será muy peligroso. Con
-seguridad que a una partida de _carlinos_ o de bandoleros no le
-costaría gran trabajo atravesar el puente y hacerles prisioneros a
-todos ustedes.
-
-—Eso puede ocurrir en cualquier momento, caballero—contestó el
-catalán—. Pero todos estamos en manos de Dios, y hasta ahora nos ha
-protegido, y quizás siga protegiéndonos. Es verdad que el otro día,
-un compañero nuestro de los cuatro que estábamos aquí cayó en manos
-de la _canaille_. Se le ocurrió ir a la otra orilla con el fusil, a
-ver si mataba algo en el soto, y de pronto, tres o cuatro facciosos
-cayeron sobre él y le dieron una muerte horrible. ¡Hay que tener
-paciencia! Todos hemos de morir. Puede ser que mañana me degüellen
-esos _malvados_, pero eso no me quitará el sueño esta noche.
-Caballero, yo soy de Barcelona, y allí he visto a los marinos de su
-nación; esta tierra no es tan buena como Barcelona. _¡Paciencia!_
-Caballero, si desea un vaso de agua, entre en nuestra casa. Tenemos
-agua fresca, porque enterramos el cántaro en un hoyo abierto en el
-suelo; está fría, como le digo; pero el agua de Castilla no es como
-la de Cataluña.
-
-La luna había salido cuando tomamos los caballos para volver al
-pueblo; los rayos del bello luminar rebrillaban alegremente en las
-impetuosas aguas del Tajo, plateaban la planicie por donde íbamos,
-y bañaban en ondas de claridad las escarpadas vertientes del cerro
-calcáreo de Villaluenga y las ruinas antiguas que coronan su cumbre.
-
-—¿Por qué llaman a ese sitio el Castillo de Villaluenga?—pregunté.
-
-—Porque al otro lado del cerro hay un pueblo de ese nombre, _Don
-Jorge_—respondió el _herrador_—. Ese castillo es un lugar muy raro,
-_¡vaya!_ Algunos dicen que lo edificaron los moros en tiempos
-antiguos; otros, que los cristianos al sitiar, por vez primera, a
-Toledo. Ahora está deshabitado, salvo por los conejos, que se crían
-en abundancia entre la hierba frondosa y en las ruinas, y por las
-águilas y buitres que anidan en lo alto de las torres. A veces voy
-por allí con la escopeta a matar un conejo. En los días despejados
-se ve desde las murallas Madrid y Toledo. No diré que me agrade el
-sitio: lo encuentro demasiado triste y melancólico. El cerro es todo
-de greda y muy penoso de subir. Oí decir a mi abuela que una vez
-cuando era chica salió de ese cerro una nube de humo y se vieron
-llamas, talmente como si hubiera ahí un volcán, y quizás lo haya,
-_Don Jorge_.
-
-La magna obra de difundir la Escritura comenzó sin dilación en La
-Sagra. A pesar del sofocante calor, recorrí a caballo todos aquellos
-contornos. No fué corta fortuna que el calor me siente bien; en otro
-caso no hubiera podido hacer nada en aquella estación, pues con
-frecuencia hasta los _arrieros_ se caían de las mulas muertos de
-insolación. Antonio me prestó excelente ayuda; despreciaba como yo el
-calor, y sin temor a nada visitó varios pueblos con éxito notable.
-«_Mon maître_—decía—tengo empeño en demostrarle que sirvo para
-todo.» Pero quien nos hizo avergonzarnos de nuestros trabajos fué mi
-huésped, Juan López, a quien el Señor quiso inclinar a favor de la
-causa. «_Don Jorge_—dijo—, _yo quiero engancharme con usted_; soy
-liberal, enemigo de la superstición; voy a echarme al campo, y, si es
-preciso, le seguiré a usted al fin del mundo. _¡Viva Inglaterra, viva
-el Evangelio!_» Así diciendo, puso un buen fardo de Testamentos en
-las aguaderas, cargó con ellas a su rucia y gritó: _¡Arre, burra!_, y
-se fué a más andar. Yo me senté a escribir mi diario.
-
-Antes de concluir mi tarea oí a la _burra_ roznar en el corral;
-suspendí la escritura, fuí allá y hallé de vuelta a mi huésped.
-Había vendido toda la carga, veinte Testamentos, en el pueblo de
-Bargas, distante una legua de Villaseca. Ocho pobres agosteros,
-que se refrigeraban a la puerta de una taberna, compraron sendos
-ejemplares, y el maestro de escuela adquirió los restantes para los
-pequeñuelos que tenía a su cuidado, lamentándose al propio tiempo
-de la dificultad con que tropezaba para adquirir libros religiosos,
-a causa de su rareza y de su exorbitante precio. Muchas otras
-personas deseaban también comprar Testamentos, pero López no pudo
-suministrárselos; al marcharse le rogaron que no tardara en volver.
-
-Bien sabía yo que estaba jugando una partida muy arriesgada, y que,
-cuando menos lo pensase, podía verme preso, atado a la cola de una
-mula y arrastrado a la cárcel de Toledo o de Madrid. Tal perspectiva
-no me desanimaba lo más mínimo; antes bien, me incitaba a perseverar;
-puedo decir, sin la más leve intención de engrandecerme, que en
-aquella época ansiaba ofrecer mi vida en aras de la causa, y no me
-hubiera importado que la bala de un forajido o una fiebre carcelaria
-pusiesen fin a mi carrera. Nada me amedrentaba. Mi lema era: «camina
-con la palabra de la verdad».
-
-La noticia de la llegada del libro de vida corrió por los pueblos
-de La Sagra de Toledo como una chispa en un reguero de pólvora,
-y dondequiera que mi gente o yo encaminábamos nuestros pasos,
-hallábamos a los habitantes dispuestos a recibir nuestra mercancía,
-y donde no la mostrábamos, nos la pedían. Una noche, según estaba
-bañándome y bañando el caballo en el Tajo, se reunió un grupo de
-gente en la orilla y gritó: «Sal del agua, inglés, y danos libros;
-traemos el dinero en la mano». La pobre gente extendía hacia mí las
-manos, llenas de _cuartos_; pero, desgraciadamente, no tenía allí
-Testamentos que darles. Sin embargo, Antonio, que no andaba lejos,
-les enseñó uno, y al instante se lo arrancaron de las manos; luego
-tuvieron los rústicos un altercado, disputándose la posesión del
-libro. Era cosa frecuente que los pobres labriegos de aquellos
-contornos, con deseos de adquirir Testamentos, pero sin dinero para
-comprarlos, nos llevasen a casa, para cambiarlos por libros, varios
-artículos de valor equivalente; por ejemplo, conejos, fruta y cebada;
-y yo tenía por regla no desairarlos nunca, ya que nos llevaban cosas
-útiles para nuestro consumo personal o para el de los caballos.
-
-En Villaseca había una escuela donde aprendían las primeras letras
-cincuenta y siete niños. Una mañana, el maestro, alto de cuerpo y
-flaco, de unos sesenta años, cubierta la cabeza con un puntiagudo
-sombrero andaluz, y embozado, a pesar del tiempo tan caluroso, en
-una larga capa, se presentó en mi casa, y después de tomar asiento,
-me pidió que le enseñara uno de nuestros libros. Le entregué un
-ejemplar y estuvo examinándolo casi una hora sin proferir palabra.
-Al cabo lo dejó, dando un suspiro, y dijo que le contentaría mucho
-comprar algunos ejemplares para su escuela, pero que su aspecto,
-sobre todo la calidad del papel y la encuadernación, le hacían temer
-que estuviesen fuera del alcance de los medios de los padres de sus
-alumnos, casi desprovistos de dinero, por ser labradores pobres.
-Entonces comenzó a censurar al Gobierno, que, decía, instalaba
-escuelas sin proveerlas de los libros necesarios; añadió que en
-su escuela sólo había dos libros para uso de todos sus alumnos, y
-ésos contenían poco bueno. Le pregunté cuánto podría pedirse, en
-su opinión, por los Testamentos. «Hablando con franqueza—dijo—,
-_señor_ caballero, he pagado otras veces doce _reales_ por libros
-muy inferiores al de usted; pero le aseguro que mis pobres alumnos
-no pueden, en modo alguno, pagar ni la mitad de ese precio.» «Pues
-yo le vendo a usted—repuse—todos los que quiera a tres _reales_ cada
-uno. Ya sé que el país es pobre, y ni mis amigos ni yo, al procurar
-al pueblo medios de instrucción espiritual, queremos disminuir su
-ya escaso pan.» «_¡Bendito sea Dios!_»—replicó, y apenas podía dar
-crédito a sus oídos. Al instante compró doce ejemplares, gastando en
-eso, según me dijo, todo el dinero que poseía, excepto unos pocos
-_cuartos_. La introducción de la palabra de Dios en las escuelas
-rurales de España estaba empezada, y humildemente espero que, con el
-tiempo, será ese uno de los sucesos que la Sociedad Bíblica podrá
-con más razón recordar con júbilo y con acciones de gracias al
-Todopoderoso.
-
-Un labriego viejo está leyendo en el portal. Ochenta y cuatro años
-han pasado sobre su cabeza, y está casi enteramente sordo; no
-obstante, lee en alta voz el segundo capítulo de Mateo: tres días
-antes encargó un Testamento, pero como no disponía del dinero no lo
-ha pagado hasta este momento. Acaba de traerme treinta cuartos. Al
-contemplar los cabellos plateados que coronan su semblante quemado
-por el sol, vienen a mi memoria las palabras del cántico de Simeón:
-«Ahora, Señor, sacas en paz de este mundo a tu siervo, según tu
-promesa, porque mis ojos han visto tu salvación».
-
-Durante mi estancia en Villaseca recibí de los buenos vecinos del
-pueblo muchas pruebas de sencilla hospitalidad y honesta fineza. De
-tal modo conquisté sus corazones por la «formalidad» de mi conducta
-y de mis palabras, que tengo la firme creencia de que me hubieran
-defendido a cuchilladas contra cualquier intento de reducirme a
-prisión o de molestarme de cualquier otro modo. Quien desee conocer
-al español genuino no debe buscarlo en los puertos ni en las grandes
-ciudades, sino en los pueblos solitarios y apartados, como los de
-La Sagra. Allí encontrará la gravedad en el porte y la caballeresca
-disposición del ánimo que se dan como destruídas por la sátira
-de Cervantes; y allí oirá, en la conversación de cada día, esas
-expresiones grandiosas, que son objeto de mofa, como exageraciones
-ridículas, al encontrarlas en los libros de caballerías.
-
-Un enemigo tenía yo en el pueblo: el cura.
-
-—Ese individuo es un hereje y un pícaro—dijo un día en la tertulia—.
-Nunca va a la iglesia y está envenenando el alma del pueblo con sus
-libros luteranos. Hay que enviarlo a Toledo atado codo con codo, o a
-lo menos echarle del pueblo.
-
-—No haré nada de eso—dijo el _alcalde_, que pasaba por carlista—.
-Si tiene sus opiniones, yo también tengo las mías. Se porta como es
-debido, y no tengo para qué meterme en sus asuntos. Ha estado muy
-fino con mi hija y le ha regalado un libro. _¡Que viva!_ Y si es o
-no luterano, yo tengo oído que entre los luteranos hay hijos de tan
-buenos padres como aquí. Me parece todo un _caballero_. Habla muy
-bien.
-
-—Eso no puede negarse—dijo el barbero.
-
-—¿Hay quien hable «tan» bien como él?—exclamó el _herrador_—. ¿Ni
-quien tenga más formalidad? _¡Vaya!_ Es un hombre que aprecia el
-mérito de mi caballo, la flor de España, y me ha dicho que no lo hay
-mejor en _Inglaterra_. Un hombre, además, que si tuviera que quedarse
-en España, me asegura que compraría mi caballo, y me daría por él lo
-que le pidiese. ¡Echar a un hombre así! Un hombre de mi sangre, rubio
-como yo. ¿Quién se atrevería a echarlo de aquí, si yo, el tuerto, me
-opongo?
-
-Voy a contar una anécdota, relacionada con la circulación de las
-Escrituras, que no deja de ser rara.
-
-Ya he hablado del molino del puente de Azeca. Trabé amistad con el
-arrendatario, conocido en el país por don Antero. Un día me llevó
-aparte, y con gran asombro mío me preguntó si no querría venderle un
-millar de Testamentos, al mismo precio que los daba a los lugareños,
-mostrándose dispuesto a pagarlos al contado. Al decir esto, hundió
-una mano en un bolsillo y extrajo un puñado de onzas. Le pregunté qué
-motivo le impulsaba a una compra tan importante; dijo que tenía un
-pariente en Toledo, y, deseando establecerlo, le había parecido lo
-mejor alquilarle una tienda en la ciudad y que se dedicase a vender
-Testamentos. Le contesté que no debía pensar en cosa semejante,
-porque lo más probable era que secuestraran los libros al pretender
-introducirlos en Toledo, dado lo muy opuestos que eran los curas y
-canónigos a su difusión.
-
-El hombre no se arredró. Díjome que su pariente podía viajar, lo
-mismo que yo, y vender libros a los campesinos, con alguna ganancia.
-Confieso que al principio estuve inclinado a aceptar su ofrecimiento,
-pero al cabo rehusé, porque no quería exponer a un buen hombre al
-riesgo de perder dinero y bienes, y acaso la libertad y la vida.
-También era yo opuesto a vender los libros a precio más elevado,
-sabiendo que los campesinos no podían pagarlo, y que en tal caso
-perderían los libros mucha parte de la influencia de que gozaban; su
-baratura producía impresión en el ánimo del pueblo, y casi la tenían
-allí por milagrosa, como los judíos al maná que cayó del cielo
-cuando perecían de hambre, o a la fuente que brotó súbitamente de la
-dura roca para saciar su sed en el desierto.
-
-Durante todo este tiempo, un labriego iba y venía continuamente
-entre Villaseca y Madrid, llevando cargas de Testamentos en un
-_borrico_. Proseguimos nuestros trabajos hasta que la mayor parte de
-los pueblos de La Sagra estuvieron provistos de libros, sobre todo,
-Bargas, Cobeja, Mocejón, Villaluenga, Villaseca y Yuncler. Supimos,
-por último, que nuestras andanzas eran conocidas en Toledo, donde
-producían gran alarma, y regresamos a Madrid.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XLIV
-
- Aranjuez. — Una advertencia. — Aventura nocturna. — Nueva
- expedición. — Segovia. — Abades. — Curas facciosos. — López, en
- la cárcel. — Liberación de López.
-
-
-El buen éxito que coronó nuestros esfuerzos en La Sagra de Toledo
-me incitó prontamente a acometer una nueva empresa. Determiné
-encaminarme a La Mancha, y distribuir la Palabra por los pueblos
-de aquella provincia. López, que ya había prestado tan importantes
-servicios en La Sagra, nos acompañó a Madrid, y ansiaba tomar parte
-en la nueva expedición. Resolví ir por de pronto a Aranjuez, donde
-esperaba obtener algunas noticias útiles para regular nuestros
-movimientos ulteriores; Aranjuez está a corta distancia de la raya
-de La Mancha, y lo cruza la carretera que lleva a esa provincia.
-Partimos, pues, de Madrid, y en cada pueblo del camino vendimos de
-treinta a cuarenta Testamentos, hasta llegar a Aranjuez, adonde
-habíamos enviado por delante un buen repuesto de libros.
-
-Ameno sitio es Aranjuez, aunque abandonado. Allí el Tajo fluye por
-un delicioso valle, quizás el más fértil de España; y allí surgió,
-en días mejores para ese país, una pequeña ciudad, con un palacio
-modesto, pero muy lindo, sombreado por árboles enormes, donde los
-reyes venían a explayarse olvidando los cuidados del trono. Allí
-pasó sus últimos días Fernando VII, rodeado de _señoras_ guapas y de
-toreros andaluces; pero, como dice Schiller en una de sus tragedias:
-«Los hermosos días de Aranjuez ya se acabaron.» Cuando el sensual
-Fernando rindió su cuenta postrera, la realeza huyó de allí, y el
-sitio decayó pronto. Ya no se agolpan en palacio los intrigantes
-cortesanos; su vasto circo, donde antaño los toros manchegos bramaban
-furiosos en la lucha, está cerrado; y ya no se oye el leve puntear de
-las guitarras en sus arboledas y jardines.
-
-Tres días estuve en Aranjuez, durante los que Antonio, López y yo no
-dejamos en la ciudad ninguna casa por visitar. Hallamos entre los
-habitantes gran miseria y mucha ignorancia; tropezamos con alguna
-oposición; sin embargo, plugo al Todopoderoso permitirnos vender unos
-ochenta Testamentos, comprados todos por la gente más pobre; las
-personas acomodadas no pusieron atención en la Palabra de Dios, y más
-bien se mofaban de ella y la ridiculizaban.
-
-Una circunstancia me agradó y contentó en gran manera, a saber:
-la prueba ocular de que los libros vendidos se leían, y con mucha
-atención, por los compradores, y que otras varias personas recibían
-su benéfico influjo. En las calles de Aranjuez, y debajo de los
-poderosos cedros y gigantescos álamos y plátanos que forman sus
-hermosos bosques, vi con frecuencia grupos de individuos oyendo leer
-en alta voz el Nuevo Testamento.
-
-Es probable que, de permanecer más tiempo en Aranjuez, hubiera
-vendido muchos más de aquellos Divinos Libros; pero ansiaba ganar La
-Mancha y sus arenosas planicies, y esconderme por una temporada en
-sus apartados pueblos, para huír de la tormenta que sentía cernerse
-sobre mí. Una vez más allá de Ocaña, ciudad fronteriza, sabía yo bien
-que nada tendría que temer de las autoridades españolas, cuyo poder
-terminaba allí; el resto de La Mancha hallábase casi por completo
-en manos de los carlistas, y recorrido por pequeñas partidas de
-bandidos, de quien esperaba librarme con la protección del Señor.
-Partí, pues, para Ocaña, distante de Aranjuez tres leguas.
-
-Antonio y yo salimos a las seis de la tarde; muy de mañana, habíamos
-enviado por delante a López con doscientos o trescientos Testamentos.
-Dejamos la carretera, y caminamos por un atajo a través de agrestes
-cerros, y por terreno quebrado y pendiente.
-
-Como íbamos bien montados, llegamos frente a Ocaña cuando acababa de
-ponerse el sol; el pueblo se alza en un cerro escarpado; un valle
-profundo se abría entre el pueblo y nosotros; bajamos, hasta llegar
-a un puentecillo por el que se cruza un riachuelo en el fondo del
-valle, a muy corta distancia de una especie de arrabal. Cruzamos el
-puente, y al pasar junto a una casa abandonada, a mano izquierda, un
-hombre se destacó del hueco de la puerta.
-
-Lo que voy a decir parecerá incomprensible; téngase presente que
-anda en ello un pueblo harto singular. El hombre se plantó delante
-del caballo, cerrando el camino, y dijo: _Schophon_, que en hebreo
-significa conejo. Sabía yo que esta palabra era una contraseña de los
-judíos, y pregunté al hombre si tenía alguna cosa que advertirme.
-Dijo así: «No debe usted entrar en esta ciudad, porque le han tendido
-un lazo. El _corregidor_ de Toledo, en quien toda maldad tiene
-cabida, por agradar a los sacerdotes de María, a quienes escupo al
-rostro, ha ordenado a los _alcaldes_, _escribanos_ y _corchetes_ de
-estas partes que le echen a usted mano dondequiera que le encuentren,
-y le manden a Toledo con sus libros y con cuanto le pertenezca. A su
-criado le prendieron esta mañana en la parte alta del pueblo, cuando
-iba vendiendo libros por la calle, y ahora le esperan a usted en la
-_posada_; pero como yo le conocía a usted por lo que me han contado
-mis hermanos, he estado esperándole aquí unas horas para darle este
-aviso, y que su caballo vuelva el rabo a sus enemigos y se burle de
-ellos con un relincho. No tema usted por su criado; el _alcalde_
-le conoce y le pondrá en libertad; pero usted huya, y que Dios le
-proteja». Dicho esto, se fué corriendo hacia el pueblo.
-
-No vacilé un momento en seguir su consejo, sabiendo bien que,
-secuestrados los libros, ya nada podía hacer en aquellos lugares.
-Retrocedimos en dirección de Aranjuez. Los caballos, a pesar de
-la naturaleza del terreno, corrían a todo galope; pero no habían
-terminado nuestras aventuras. A mitad de camino, y a una media legua
-del pueblo de Ontígola, vimos cerca de nosotros, a mano izquierda,
-tres hombres sobre un montículo. Hasta donde la obscuridad lo
-permitía, nos pareció distinguir que estaban al descubierto, pero
-llevaban sendas escopetas. Eran _rateros_, o salteadores de caminos.
-Hicimos alto y gritamos:
-
-—¿Quién va?
-
-—¡Qué les importa a ustedes!—respondieron—. Sigan adelante.
-
-Su designio era hacernos fuego desde un sitio en que fuera imposible
-errar.
-
-Gritamos de nuevo:
-
-—Si no pasáis ahora mismo a la derecha del camino, os pateamos con
-los cascos de los caballos.
-
-Vacilaron, y al fin obedecieron, porque todos los asesinos son
-cobardes y a la menor señal de energía se someten.
-
-Cuando pasábamos al galope, gritó uno, con una palabrota obscena:
-
-—¿Tiramos?
-
-Pero otro dijo:
-
-—¡No, no! ¡Hay peligro!
-
-Llegamos a Aranjuez, donde se nos reunió López a la mañana siguiente
-temprano, y nos volvimos a Madrid.
-
-Pena me da decir que en Ocaña secuestraron doscientos Testamentos
-y, sellados, los enviaron a Toledo. López me contó que los hubiera
-vendido todos en dos horas: tan grande era la demanda. Así y todo,
-vendió veintisiete en menos de diez minutos.
-
-A pesar del tropiezo de Ocaña no estábamos desanimados, ni mucho
-menos, y sin perder tiempo empezamos a preparar otra expedición. Al
-volver de Aranjuez a Madrid, mis ojos habían contemplado muy a menudo
-la potente barrera de montañas que divide las dos Castillas, y me
-dije: «¿Por qué no cruzar esas montañas y comenzar mis operaciones al
-otro lado, en la propia Castilla la Vieja? Allí no me conocen, y será
-difícil que hayan llegado noticias de mis trabajos. Quizás el enemigo
-duerme, y antes que se despierte puedo sembrar mucha buena simiente
-en los pueblos de los castellanos viejos. A Castilla, pues; a
-_Castilla la Vieja_.» Por consiguiente, el día después de mi regreso
-despaché varias cargas de libros a diferentes pueblos que me proponía
-visitar, y envié por delante a López, con su burra bien cargada,
-y orden de esperarme, en un día señalado, debajo de cierto arco
-del acueducto de Segovia. También le di orden de ajustar a cuantas
-personas quisieran cooperar en la distribución de las Escrituras y
-pareciesen útiles para el caso. Imposible hallar un colaborador más
-valioso que López para una expedición de ese género. No sólo conocía
-muy bien el país, sino que tenía amigos, y hasta parientes, al otro
-lado de la sierra, y me aseguró que en sus casas nos recibirían
-siempre muy bien. Partió con grandes bríos, exclamando:
-
-—Tenga buen ánimo, _don Jorge_; antes de que volvamos habremos
-vendido hasta el último ejemplar de su librería evangélica. ¡Abajo
-los frailes! ¡Abajo la superstición! _¡Viva Inglaterra! ¡Viva el
-Evangelio!_
-
-A los pocos días le seguí yo con Antonio. Subimos a la sierra por
-el puerto que llaman de Peña Cerrada, a unas tres leguas al Este
-del de Guadarrama. Es muy poco frecuentado, porque la carretera
-que une ambas Castillas pasa por Guadarrama. Tiene además muy mala
-reputación: todos dicen que se halla infestado de ladrones. Acababa
-de ponerse el sol cuando llegamos a la cumbre, y entramos en un
-espeso y sombrío pinar que cubre enteramente las montañas por la
-parte de Castilla la Vieja. La bajada no tardó en hacerse tan rápida
-y pendiente, que de buen grado nos apeamos de los caballos y los
-obligamos a ir delante. Cada vez nos hundíamos más en el bosque; los
-pájaros nocturnos empezaron a graznar, y millones de grillos dejaban
-oír su penetrante chirrido encima, debajo y alrededor nuestro.
-A veces percibíamos a cierta distancia, entre los árboles, unas
-llamaradas como de inmensas hogueras.
-
-—Son los carboneros, _mon maître_—dijo Antonio—. No debemos
-acercarnos porque son gente bárbara, medio bandidos. Han matado y
-robado a muchos viajeros en estas horribles soledades.
-
-Era noche obscurísima cuando llegamos al pie de las montañas; aún
-estábamos entre pinares y bosques, que se extendían muchas leguas a
-la redonda.
-
-—Difícil será que lleguemos a Segovia esta noche, _mon maître_—dijo
-Antonio.
-
-Así fué, en efecto, porque nos desorientamos, y al llegar, al fin,
-a un sitio donde se bifurcaba el camino, en lugar de tomar el de la
-izquierda, que nos hubiese llevado a Segovia, volvimos a la derecha,
-en dirección de La Granja, adonde llegamos a media noche.
-
-Encontramos en La Granja mayor desolación aún que en Aranjuez. Ambos
-sitios han padecido mucho con la ausencia de los reyes; pero el
-primero hasta un grado en extremo aterrador. Los nueve décimos de la
-población han abandonado el lugar, residencia favorita de Cristina
-hasta el último pronunciamiento. Tan grande es la soledad de La
-Granja, que los jabalíes de los bosques vecinos, y especialmente los
-de una montaña cónica, cubierta por un hermoso pinar, que se alza
-inmediatamente detrás del palacio, llegan muy a menudo hasta las
-calles y plazas, y dejan la huella de sus colmillos en los postes de
-los soportales.
-
-Estuvimos veinticuatro horas en La Granja y continuamos a Segovia.
-Llegó el día que tenía señalado para reunirme con López. Fuí al
-acueducto y me senté debajo del arco 107, donde esperé la mayor parte
-del día; pero López no se presentó. Me levanté y volví a la ciudad.
-
-Esperé dos días en Segovia en casa de un amigo; tampoco recibí
-noticias de López. Al cabo, por una de las mayores casualidades del
-mundo, oí a un lugareño que en las cercanías de Abades había unos
-hombres vendiendo libros.
-
-Abades dista de Segovia unas tres leguas, y hacia allá me puse en
-camino, así que recibí la noticia, con tres pollinos cargados de
-Testamentos. Al anochecer llegué a Abades, y encontré a López, con
-dos campesinos que había contratado, en casa del barbero del pueblo,
-donde me alojé también. Llevaba ya vendidos muchos Testamentos en
-las cercanías, y había empezado a venderlos aquel día en el mismo
-Abades; pero dos de los tres _curas_ del pueblo se lo estorbaron: con
-horrendas maldiciones condenaban la obra, y amenazaban a López con
-la muerte eterna por venderla, y lo mismo a cualquiera otra persona
-que la comprase; López, aterrado, se contuvo en espera de mi llegada.
-El tercer _cura_, sin embargo, se esforzó cuanto pudo en persuadir
-al pueblo que adquiriese Testamentos, diciendo que sus colegas eran
-unos hipócritas, unos malos pastores, que, por mantenerlos en la
-ignorancia de la palabra y de la voluntad de Cristo, los conducían
-al infierno. Oídas estas noticias, me encaminé a la plaza, y la
-misma noche logré vender más de treinta Testamentos. A la mañana
-siguiente, los dos _curas_ facciosos se me metieron en casa; pero en
-cuanto me levanté para hacerles cara se retiraron y no supe más de
-ellos, excepto que me anatematizaron más de una vez públicamente en
-la iglesia; como no me resultó daño alguno, el suceso me preocupó muy
-poco.
-
-No referiré con detalles los eventos de la siguiente semana; baste
-decir que, distribuídas mis fuerzas del modo más conveniente, logré,
-con la ayuda de Dios, vender de quinientos a seiscientos Testamentos
-en los pueblos enclavados dentro de un radio de siete leguas en
-torno de Abades. Al cabo de ese tiempo, supe que mis trabajos se
-conocían ya en Segovia, a cuya provincia pertenece Abades, y que
-se había enviado al _alcalde_ orden de secuestrar cuantos libros
-hallase en mi poder. Sabido esto, y aunque ya era entrada la noche,
-levanté el campo con mi gente, llevándonos más de trescientos
-Testamentos, porque habíamos recibido de Madrid, pocas horas antes,
-nueva provisión de ellos. Pasamos la noche al raso, y a la mañana
-siguiente llegamos a Labajos, pueblo situado en la carretera de
-Madrid a Valladolid. No vendimos libros en aquel lugar, limitándonos
-a abastecer desde él de la Palabra de Dios a los pueblos inmediatos;
-también vendimos libros por los caminos.
-
-No llevábamos en Labajos una semana, trabajando con mucho fruto,
-cuando el cabecilla carlista Balmaseda, al frente de su caballería,
-hizo su atrevida incursión por la parte Sur de Castilla la Vieja,
-arrojándose como un alud desde los pinares de Soria. Presencié los
-horrores que se siguieron: saqueo de Arévalo; toma de Martín Muñoz.
-En medio de escenas tan terribles continuábamos nuestra tarea. De
-pronto, López estuvo tres días perdido, y pasé angustias mortales por
-su causa, imaginándome que los carlistas le habían fusilado; al cabo
-supe que estaba preso en Villalos[15], pueblo distante tres leguas
-de allí. Los pasos que di para librarlo se encuentran detallados en
-una comunicación que juzgué de mi deber transmitir a lord William
-Hervey, a la sazón ministro británico en Madrid en reemplazo de sir
-Jorge Villiers, ya conde de Clarendon.
-
- [15] Velayos.
-
- «Labajos (provincia de Segovia),
- 23 de agosto de 1838.
-
- Señor: Con su venia me permito llamar su atención sobre
- los siguientes hechos: El día 21 del corriente supe que un
- dependiente mío, llamado Juan López, estaba preso en la cárcel de
- Villalos, provincia de Avila, por orden del _cura_ del pueblo. El
- crimen de que se le acusaba era la venta del Nuevo Testamento.
- Estaba yo a la sazón en Labajos, provincia de Segovia, y la
- división del cabecilla faccioso Balmaseda andaba por las
- inmediaciones. El día 22 monté a caballo y fuí a Villalos,
- distante tres leguas. A mi llegada encontré que López había sido
- trasladado desde la cárcel a una casa particular. Había llegado
- una orden del _corregidor_ de Avila mandando poner en libertad a
- López y retener tan sólo los libros que se hallaran en su poder.
- Sin embargo, en abierta oposición a esa orden (de la que le envío
- copia), el _alcalde_ de Villalos, por instigación del _cura_, no
- permitió al dicho López marcharse del pueblo, ni con dirección a
- Avila, ni a otro sitio cualquiera. A López le dieron a entender
- que, como se esperaba la llegada de los facciosos, se proponían
- denunciarle a ellos como liberal para que lo fusilaran. Teniendo
- en cuenta estas circunstancias creí de mi deber, como cristiano
- y caballero, rescatar a mi infeliz criado de tan inicuas manos,
- y, por tanto, desafiando toda oposición, le saqué de allí, aunque
- inerme, a través de una turba de cien lugareños cuando menos. Al
- salir del pueblo grité: _¡Viva Isabel segunda!_
-
- Como creo que el _cura_ de Villalos es capaz de cualquier
- infamia, ruego humildemente a V.E. que haga llegar con prontitud
- al Gobierno español una copia del anterior relato.
-
- Tengo el honor de ser, como siempre, señor, el más sumiso
- servidor de V.E.
-
- JORGE BORROW.
-
- Al muy honorable señor William Hervey.»
-
-Libertado López, proseguimos la obra de distribución. Pero de pronto
-sentí los primeros síntomas de una enfermedad, que me obligaron a
-volver con premura a Madrid. Ya de vuelta, me atacó una fiebre que
-me retuvo en el lecho unas semanas. Tuve varios ataques de delirio;
-durante uno de ellos me imaginé que estaba en la plaza de Martín
-Muñoz empeñado en una lucha a muerte con el cabecilla Balmaseda.
-
-Apenas me vi limpio de fiebre, se apoderó de mí una melancolía
-profunda que me imposibilitaba para todo trabajo. Me recomendaron un
-cambio de lugar y de aires, y me volví a Inglaterra.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XLV
-
- Regreso a España. — Sevilla. — Un perseguidor encarnizado. — La
- profetisa manchega. — El sueño de Antonio.
-
-
-El 31 de diciembre de 1838 llegué a España por tercera vez. Estuve
-en Cádiz un par de días, y fuí a Sevilla, desde donde pensaba
-trasladarme a Madrid por la posta. Detúveme allí una quincena gozando
-del clima delicioso de aquel paraíso terrenal y de las embalsamadas
-brisas del invierno andaluz, como ya hice dos años atrás. Antes de
-marcharme de Sevilla visité al librero, mi corresponsal, quien me
-dijo que de los cien ejemplares del Testamento dejados a su cargo, el
-Gobierno había embargado setenta y siete el verano anterior, que se
-hallaban en poder del gobernador eclesiástico. Resolví, pues, visitar
-también a este funcionario, con la mira de hacer averiguaciones
-respecto de mis bienes.
-
-Vivía en una vasta casa en la _Pajaría_, o mercado de la paja.
-Era muy viejo, entre los setenta y los ochenta años, y, como la
-generalidad de cuantos visten hábitos sacerdotales en Sevilla,
-furioso perseguidor papista. Me figuro que le costaría trabajo
-creer a sus oídos cuando sus dos sobrinos-nietos, guapos chicos,
-pelinegros, que estaban jugando en el patio, fueron a decirle que un
-inglés deseaba hablarle, pues probablemente era yo el primer hereje
-que se aventuraba en su vivienda. Hallábase en una sala abovedada,
-sentado en un gran sillón, con dos secretarios de siniestra catadura,
-también en hábitos clericales, ocupados en escribir en una mesa
-delante de él. Me trajo con fuerza a la memoria la imagen del torvo
-y viejo inquisidor que persuadió a Felipe II para que matase a su
-propio hijo como enemigo de la Iglesia.
-
-Se levantó al verme entrar, y me contempló con semblante ensombrecido
-por la sospecha y la contrariedad. Al cabo se dignó señalarme un
-sofá y empecé a darle cuenta de mi asunto. Mucho se agitó al oírme
-hablar de los Testamentos; pero en cuanto mencioné a la Sociedad
-Bíblica, y le dije quién era yo, no pudo contenerse más tiempo: con
-lengua balbuciente, y los ojos chispeantes como ascuas, empezó a
-ultrajarnos a la Sociedad y a mí, diciendo que eran execrables los
-fines de la primera, y que en lo tocante a mí, se sorprendía de que,
-habiéndome ya una vez alojado en la cárcel de Madrid, me hubiesen
-permitido salir de ella; añadió que era oprobioso para el Gobierno
-permitir que una persona de mi condición vagase en libertad por un
-país inocente y pacífico para corromper a las almas ignorantes y
-confiadas. Lejos de dejarme desconcertar por su proceder brutal, le
-repliqué con toda la cortesía posible, y le aseguré que en aquel caso
-no tenía razón para alarmarse, pues el solo motivo de reclamar los
-libros era el deseo de aprovechar una oportunidad que entonces se
-me presentaba para enviarlos fuera del país, como, en efecto, tenía
-orden oficial de hacerlo. Pero con nada se calmó, y me hizo saber que
-no devolvería los libros en ningún caso, salvo por orden terminante
-del Gobierno. Como el asunto no tenía importancia, juzgué lo más
-cuerdo no insistir, y prudente retirarme antes de que me invitara a
-hacerlo. Hasta la calle me siguieron su sobrina y sus nietos, que
-durante toda la conversación habían estado escuchando en la puerta de
-la sala sin perder palabra.
-
-Al pasar por la Mancha nos detuvimos cuatro horas en Manzanares,
-pueblo grande. Hallábame en la plaza de conversación con un cura,
-cuando un ser harapiento y espantable se presentó: era una muchacha
-de unos diez y ocho o diez y nueve años, completamente ciega; una
-telilla blanca le cubría los ojos, grandes, parados. Su tez era tan
-amarillenta como la de una mulata. Al pronto creí que sería gitana,
-y hablándole en _gitano_ inquirí si era de la casta. Me entendió;
-pero, moviendo la cabeza, me dijo que era algo mejor que _gitana_,
-y sabía hablar una lengua superior también a la jerga de los
-hechiceros, y empezó a hacerme preguntas en un latín extremadamente
-bueno. Mucho me sorprendí, como era natural; apelando a todo el
-latín que sabía, la llamé «profetisa manchega», le expresé mi
-admiración por su mucha sabiduría, y le rogué que me explicase cómo
-la había adquirido. Debo hacer notar aquí que al momento nos rodeó la
-multitud, y aunque no entendía ni palabra de nuestro diálogo, rompía
-en aplausos a cada frase de la muchacha, enorgulleciéndose de poseer
-una profetisa capaz de contestar al inglés.
-
-Díjome que era ciega de nacimiento, y que un padre jesuíta,
-compadecido de ella, le enseñó, de niña, la lengua sagrada, para
-que ganase con más facilidad la atención y los corazones de los
-cristianos. Pronto descubrí que el jesuíta le había enseñado algo
-más que latín, pues al saber que yo era inglés, dijo que siempre
-había profesado gran afecto a mi país, cuna en otro tiempo de santos
-y de sabios, por ejemplo: Beda y Alcuino, Columbus y Tomás de
-Cantorbery; pero, añadió, esos tiempos se acabaron con la reaparición
-de Semíramis (Isabel). Su latín era excelente de veras, y cuando
-yo, como un godo auténtico, hablé de Anglia y Terra Vandálica,
-me corrigió diciéndome que en su lengua esos lugares se llamaban
-Britannia y Terra Bética. Acabado el coloquio, la profetisa hizo una
-colecta, y hasta los más pobres dieron algo.
-
-Tras un viaje de cuatro días con sus noches, llegamos a Madrid sin
-el menor tropiezo, aunque es de estricta justicia hacer notar, y
-siempre con gratitud al Todopoderoso, que el correo siguiente fué
-robado. Momentos después de la llegada, me ocurrió un caso singular.
-Al entrar por el arco de la _posada_ llamada de La Reina, donde
-pensaba alojarme, unos brazos me rodearon, y volviéndome con asombro,
-reconocí a Antonio, mi criado griego. Estaba muy flaco, mal vestido;
-los ojos parecían saltársele de las órbitas.
-
-En cuanto estuvimos solos me contó que desde mi partida había pasado
-muchas miserias y escaseces, sin poder hallar en todo el tiempo
-amo a quien servir; tanto, que casi había llegado al borde de la
-desesperación; pero la noche antes de mi llegada tuvo un sueño, y me
-vió, montado en un caballo negro, llegar a la puerta de la _posada_:
-por esa razón había estado esperándome allí la mayor parte del día.
-No pretendo dar una opinión acerca de esta historia, que se sale de
-los límites de mi filosofía, y me contentaré con decir que en Madrid
-sólo dos personas conocían mi llegada a España. Con gusto le recibí
-de nuevo a mi servicio, pues, no obstante sus defectos, me había sido
-muy útil muchas veces en mis viajes y en mis trabajos bíblicos.
-
-Tan pronto como me instalé en mi antiguo hospedaje, uno de mis
-primeros cuidados fué visitar a Lord Clarendon. Díjome, entre otras
-cosas, que había recibido una comunicación oficial del Gobierno,
-participándole el embargo de los Testamentos en Ocaña, en las
-circunstancias ya contadas por mí, y haciéndole saber que, a menos de
-tomar disposiciones urgentes para llevárselos fuera del reino, serían
-destruídos en Toledo, donde estaban depositados. Contesté que no me
-preocupaba el asunto; y que si las autoridades de Toledo, civiles o
-eclesiásticas, resolvían quemar los libros, mi único deseo era que
-los entregasen a las llamas con toda la publicidad posible, porque
-así no harían más que manifestar su diabólico rencor y hostilidad a
-la Palabra de Dios.
-
-Ansioso de reanudar mis trabajos, apenas llegué a Madrid escribí a
-López el de Villaseca, para saber si se hallaba pronto a cooperar en
-la tarea, como en otras ocasiones. Me contestó que estaba muy ocupado
-en las faenas de la labranza; para llenar su puesto, empero, me envió
-un labriego viejo, llamado Victoriano López, lejano pariente suyo.
-
-¿Qué es un misionero en el corazón de España, sin caballo? Tal
-consideración me indujo a comprar uno árabe, de mucha raza, traído
-de Argel por un oficial de la legión francesa. El corcel, lo mejor
-que, a juicio mío, ha producido jamás el desierto, se llamaba _Sidi
-Habismilk_.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XLVI
-
- Se reanuda la obra de propaganda. — Aventura en Cobeña. — El
- poder del clero. — Autoridades rurales. — Fuente la Higuera. — El
- contratiempo de Victoriano. — La cárcel del pueblo. — La cuerda.
- — Un recado de Antonio. — Antonio, en misa.
-
-
-En el capítulo anterior he dicho que inmediatamente después de llegar
-a Madrid, comencé a disponerlo todo para inaugurar las operaciones
-en los contornos de la capital; y no tardé en acometer efectivamente
-mis trabajos. Un triunfo considerable coronó mis débiles esfuerzos en
-pro de la buena causa, por lo que ahora, transcurridos algunos años,
-todavía al volver la vista atrás doy gracias al Omnipotente.
-
-En menos de una quincena recorrimos todos los pueblos que hay dentro
-de un radio de cuatro leguas al Este de Madrid, y vendimos cerca de
-doscientos Testamentos. Esos pueblos son casi todos muy pequeños;
-algunos no tienen arriba de una docena de casas, o más bien chozas
-miserables. Dejé a Antonio, mi griego, en Madrid, encargado de
-nuestros asuntos, y yo salí con Victoriano, el lugareño de Villaseca,
-en la dirección ya mencionada. Pero nos separamos pronto, echando por
-caminos diferentes.
-
-El primer pueblo en que intenté alguna cosa fué Cobeña, a tres leguas
-de Madrid. Iba yo vestido como los campesinos de las cercanías de
-Segovia, en Castilla la Vieja, a saber, en la cabeza una especie de
-capacete de piel o _montera_, y el chaquetón y los calzones del mismo
-material. Esto me daba el aspecto de un hombre entre los sesenta y
-los setenta años; delante de mí llevaba un _borrico_, con un saco
-lleno de Testamentos atravesado en el lomo. En las afueras del pueblo
-encontré a una mujer joven, de muy gentil parecer, que llevaba un
-niño de la mano. A punto de cruzarme con ella, dirigiéndole la
-habitual salutación de _¡Vaya usted con Dios!_, la mujer se detuvo,
-y, tras de mirarme un momento, dijo:
-
-—¡Tío!, ¿qué lleva usted en el _borrico_? ¿Es jabón?
-
-—¡Sí!—repliqué—. ¡Jabón para limpiar las almas!
-
-Me preguntó qué daba a entender con eso, y le dije que llevaba, para
-vender, libros muy buenos y baratos. Pidió ver uno, y, manifestando
-un ejemplar que llevaba en el bolsillo, se lo entregué. Al instante
-comenzó a leerlo en voz alta, y así estuvo lo menos diez minutos,
-exclamando de vez en cuando: «_¡Qué lectura tan bonita, qué lectura
-tan linda!_» Por último, como le dije que iba de prisa y no podía
-aguardar más tiempo, exclamó: «¡Es verdad, es verdad!», y me preguntó
-el precio del libro. «Sólo tres reales», contesté. A esto repuso que,
-con ser tan poco lo que yo pedía, era más de lo que tenía proporción
-de dar, pues en aquellas partes había muy poco o ningún dinero. Dije
-que lo sentía, pero que me era imposible vender los libros a menos
-precio, y, tomando el que le había dado, me despedí y la dejé. Pero
-no había andado treinta varas cuando el niño echó a correr detrás de
-mí, gritando, casi sin aliento: «¡Párate, tío!, ¡el libro, el libro!»
-Me dió alcance, pagó los tres _reales_ en monedas de cobre, y,
-apoderándose del Testamento, volvió corriendo hacia la que debía de
-ser su hermana, blandiendo el libro sobre su cabeza con gran júbilo.
-
-En llegando al pueblo, dirigí mis pasos a una casa en torno de cuya
-puerta vi reunida alguna gente, mujeres en su mayoría. Desempaqueté
-los libros, y, picada al instante su curiosidad, no tardaron en tener
-cada una un ejemplar en la mano, y muchas leían en voz alta; pero
-aunque esperé casi una hora, sólo pude vender un ejemplar, quejándose
-todos amargamente de lo malos que estaban los tiempos y de la casi
-total carencia de dinero, aunque, a la vez, reconocían que los libros
-eran de maravillosa baratura y, al parecer, muy buenos y cristianos.
-Ya iba a recoger la mercancía y a marcharme, cuando de pronto se
-presentó el cura del pueblo. Examinó los libros un buen rato con
-gran atención, me preguntó el precio de cada ejemplar, y, al saber
-que era sólo tres _reales_, replicó que la encuadernación valía más,
-y mucho temía que no los hubiese robado, por lo que quizás su deber
-era enviarme a la cárcel por sospechoso; pero añadió que los libros
-eran buenos libros, comoquiera que los hubiese adquirido, y acabó
-comprando dos ejemplares. La pobre gente, en cuanto oyó al cura
-alabar los libros, entró en vivos deseos de adquirirlos, y corrió de
-aquí para allá en busca de dinero, de modo que se vendieron de veinte
-a treinta ejemplares casi en un instante. Esta aventura no sólo es un
-ejemplo del influjo que en España aún conserva el clero en el ánimo
-del pueblo; pero demuestra que ese influjo no siempre se ejerce en
-pro del mantenimiento de la ignorancia y de la superstición.
-
-En otro pueblo, al mostrar el Testamento a una mujer, dijo que
-compraría con gusto un ejemplar para un hijo que tenía en la escuela;
-pero que antes necesitaba saber si el libro le serviría. Se fué, y a
-poco volvió con el maestro, seguido de todos sus alumnos; entonces,
-enseñándole al maestro el libro, la mujer le preguntó si era a
-propósito para su hijo. El maestro la llamó necia por hacerle tal
-pregunta, y dijo que conocía el libro muy bien, y que no lo había
-igual en el mundo.
-
-Al instante compró cinco ejemplares para sus alumnos, deplorando no
-tener más dinero, «que a tenerlo—dijo—compraría toda la partida».
-Oído esto, la mujer compró cuatro ejemplares: uno para su hijo, otro
-para su «difunto marido», un tercero para sí, y el cuarto para su
-hermano, a quien, según dijo, esperaba de Madrid aquella noche.
-
-En esta forma proseguimos, aunque no siempre con el mismo éxito. En
-algunas aldeas, la gente estaba tan pobre y necesitada, que carecía
-literalmente de dinero; pero aun en tales casos nos las arreglábamos
-para vender algunos ejemplares, a cambio de cebada y otras especies.
-Al entrar en una aldehuela, Victoriano se vió detenido por el cura,
-quien, enterado de lo que vendía, le intimó a marcharse en el acto,
-ó de lo contrario le haría prender y escribiría a Madrid denunciando
-sus idas y venidas. La excursión duró unos ocho días. En cuanto
-volví, envié a Victoriano a Carabanchel, pueblo inmediato a Madrid,
-el único que por la parte Oeste dejé de visitar el año anterior. En
-una hora que estuvo allí, vendió veinte ejemplares, y se volvió a
-Madrid luego, porque era de muy pocos ánimos y tuvo miedo de tropezar
-con los ladrones que por las noches infestaban el camino.
-
-Poco después de estos sucesos, ocurrió un incidente que quizás haga
-sonreír al lector inglés; mas no deja de tener interés como muestra
-de los sentimientos dominantes en algunos de los apartados pueblos de
-España respecto de cuanto sea novedad o lo parezca, y de las acciones
-singulares que a veces cometen las autoridades rurales y los curas,
-sin el más leve temor de que les llame a cuentas; pues como viven
-completamente aparte del resto del mundo, se tienen por personas de
-insuperable importancia, y apenas sueñan que exista un poder superior
-al suyo propio.
-
-Estaba yo a punto de emprender una excursión a Guadalajara y los
-pueblos de la Alcarria, distantes de Madrid unas siete leguas; en
-realidad, sólo aguardaba para salir el regreso de Victoriano, a
-quien había enviado con unos pocos Testamentos en aquella dirección
-a manera de explorador, a fin de conocer por sus noticias la
-disposición de ánimo de la gente respecto de la compra de libros, y
-poder formar una opinión aproximada acerca del número de ejemplares
-que necesitaría llevar conmigo. Pero estuve quince días sin recibir
-noticias suyas, y al cabo, un campesino me trajo una carta, fechada
-en la cárcel de Fuente la Higuera, pueblo a ocho leguas de Madrid,
-en la _campiña_ de Alcalá: en esta carta me decía Victoriano que ya
-llevaba ocho días preso, y que si yo no tenía medio de libertarle,
-permanecería en la cárcel hasta que se muriese de hambre, lo cual
-ocurriría, sin duda alguna, tan pronto como se le acabase el dinero.
-De mis averiguaciones posteriores resultó que, pasada la ciudad de
-Alcalá, empezó a vender libros con muy buen éxito. Todo su repuesto
-consistía en sesenta y un Testamentos, y en el solo pueblo de
-Arganza[16] vendió, sin la menor dificultad y sin interrupción,
-veinticinco; los pobres labriegos le cubrían de bendiciones por
-proveerles de libros tan buenos a tan bajo precio.
-
- [16] ¿Daganzo?
-
-Ya sólo le quedaban diez y ocho libros cuando tomó el camino de
-Fuente la Higuera. Este pueblo le era bastante conocido por haberlo
-visitado en otro tiempo cuando recorría aquellos términos vendiendo
-_cacharras_. Sintió, pues, ciertas inquietudes en el camino, porque
-el pueblo tuvo siempre mala fama. A la llegada, en cuanto dejó su
-_caballejo_ en la _posada_, fué a ver al _alcalde_ y le pidió permiso
-para vender los libros, permiso que aquel dignatario otorgó en el
-acto. Entró luego en una casa y vendió un ejemplar, y lo mismo en
-otra. Animado por el éxito entró en una tercera, al parecer la del
-barbero del pueblo. Este personaje acababa de comer y estaba en el
-zaguán sentado en un sillón de brazos cuando se presentó Victoriano.
-Era hombre de unos treinta y cinco años, de aspecto truculento y
-bárbaro. Tomó un Testamento que le ofrecía Victoriano y se puso a
-examinarlo; pero en cuanto paró los ojos en la portada rompió a reír,
-exclamando:
-
-—_¡Ja, ja, don Jorge Borrow!_ ¡El hereje inglés! ¡Al fin damos con
-él! ¡Loados sean la Virgen y los Santos! Hace tiempo que aquí estamos
-esperándoles, y al fin han llegado.
-
-Preguntó el precio del libro, y al saber que era tres _reales_ le
-arrojó dos y salió corriendo de la casa con el Testamento en la mano.
-
-Alarmado Victoriano, decidió marcharse del pueblo lo antes posible.
-Volvió, pues, precipitadamente a la _posada_, pagó el pienso de su
-caballo, entró en la cuadra, y echándole el aparejo a las costillas
-se disponía a salir, cuando de pronto se presentaron el _alcalde_
-del pueblo, el barbero y hasta doce hombres más, algunos armados con
-escopetas. En el acto prendieron a Victoriano, embargáronle libros y
-caballo, y con muchos denuestos llevaron al preso a la que llamaban
-cárcel, cuarto reducido y húmedo, con una pequeña ventana enrejada,
-donde le dejaron encerrado. A los tres cuartos de hora volvieron y
-se lo llevaron a casa del cura, donde estaban reunidos en cónclave;
-el cura, completamente ciego, presidía, y el sacristán oficiaba
-de secretario. El barbero formuló su acusación contra el preso, a
-saber: que le había sorprendido en el acto de vender una versión de
-las Escrituras en lengua vulgar, y el cura interrogó a Victoriano,
-preguntándole su nombre y lugar de residencia. Respondió que se
-llamaba Victoriano López, y que era natural de Villaseca, en la Sagra
-de Toledo. El cura le preguntó entonces qué religión profesaba,
-y si era mahometano o francmasón; el preso contestó que católico
-romano. Debe advertirse que Victoriano, aunque bastante listo, era
-un pobre labrador de sesenta y cuatro años, y hasta aquel momento no
-había oído hablar de mahometanos ni francmasones. El cura se enojó,
-le llamó _tunante_, y dijo: «Ha vendido usted su alma a un hereje;
-hace mucho tiempo que conocemos su conducta de usted y la de su amo.
-Usted es el mismo López a quien rescató el año pasado de la cárcel de
-Villalos, en la provincia de Avila. Deseo de todas veras que intente
-hacer aquí la misma cosa.»
-
-«¡Sí, sí!—exclamaron los demás del cónclave—: que se atreva a venir
-y regará con su sangre esas piedras». Así estuvieron hablando cerca
-de media hora. Al cabo, levantaron la sesión, llevando de nuevo a
-Victoriano a su encierro.
-
-Mientras estuvo preso vivió con regular comodidad, porque llevaba
-algún dinero. Dos veces al día le enviaban la comida de la _posada_,
-donde su caballo permanecía en secuestro. Una o dos veces pidió
-permiso al _alcalde_, que le visitaba a diario mañana y noche
-con su escolta armada, para comprar papel y pluma con el fin de
-escribir a Madrid; pero le negaron en absoluto ese favor, y a todos
-los habitantes del pueblo se les prohibió, bajo terribles penas,
-proveerle de los medios de escribir ni llevar recado suyo más allá de
-las cercas del lugar; debajo de la ventana de su encierro pusieron
-dos chicos de plantón para estar a la mira de cuanto le llevasen.
-
-Ocurrió un día que, teniendo Victoriano necesidad de una almohada,
-envió a decir a la gente de la _posada_ que le mandasen las
-_alforjas_. En ellas había por casualidad una cuerda que en España
-llaman _soga_, con la que acostumbraba sujetarlas al lomo de la jaca.
-Los chicos, al ver colgar de las _alforjas_ la punta de la cuerda,
-corrieron a decírselo al _alcalde_.
-
-Ya entrada la noche, el _alcalde_ visitó al prisionero, a la cabeza
-de sus doce hombres, como de costumbre.
-
-—_Buenas noches_—dijo el _alcalde_.
-
-—_Buenas noches tenga usted_—contestó Victoriano.
-
-—¿Para qué ha mandado usted buscar una _soga_ esta tarde?—preguntó
-el funcionario.
-
-—Yo no he mandado por la _soga_—respondió el preso—. Mandé por las
-_alforjas_ para que me sirvan de almohada, y la cuerda estaba dentro
-por casualidad.
-
-—Es usted un bribón, embustero, mal intencionado—replicó el alcalde—.
-Usted pretende ahorcarse para perdernos a todos, porque nos echarían
-la culpa de su muerte. Deme la _soga_.—El mayor insulto que puede
-hacerse a un español es acusarle de intentar suicidarse. El pobre
-Victoriano, presa de violenta cólera, le disparó al _alcalde_ varios
-nombres poco corteses, sacó la _soga_ de las alforjas y se la tiró a
-la cabeza, diciéndole que se la llevase para emplearla en su propio
-cuello.
-
-Al fin, los dueños de la _posada_ se apiadaron del preso,
-percatándose de que le maltrataban sin motivo; resolvieron, pues,
-darle ocasión de informar a sus amigos de lo que le sucedía, y le
-mandaron plumas y tintero dentro de un pan, y un pedazo de papel
-diciendo que este último era para cigarros.
-
-Victoriano escribió la carta; pero surgió la dificultad de enviarla a
-su destino, porque nadie del pueblo quería llevarla a ningún precio.
-Aquella buena gente convenció a un soldado cumplido, de otro pueblo,
-que por ventura estaba en Fuente la Higuera en busca de trabajo,
-para que se encargase de llevar la carta, asegurándole que le
-pagarían bien. El hombre, aprovechando una ocasión, recibió la carta
-de Victoriano por la ventana, anduvo toda la noche sin parar y me la
-entregó sin contratiempo en Madrid.
-
-Así quedé libre de la ansiedad en que estaba y sin ningún temor
-acerca de la conclusión del asunto. Al instante fuí a ver a un amigo,
-con grandes posesiones en las cercanías de Guadalajara, provincia
-a que pertenece Fuente la Higuera, quien me dió cartas para el
-gobernador civil de Guadalajara y para las principales autoridades;
-estas cartas se las entregué a Antonio, que solicitó encargarse
-del cometido de libertar al preso. Se encaminó lo primero a Fuente
-la Higuera, donde, encontrándose en casa del _alcalde_, le dijo
-resueltamente a lo que iba. El _alcalde_, creyendo que yo estaría
-para llegar con un ejército inglés a fin de rescatar al preso, se
-alarmó mucho, y al instante envió a su mujer a convocar la escolta;
-pero al asegurarle Antonio que no había propósito de emplear la
-violencia, se tranquilizó algo. A poco, Antonio fué citado ante el
-cónclave y su ciego y sacerdotal presidente. Al principio quisieron
-asustarle alzando mucho la voz, y hablando de la necesidad de matar a
-todos los extranjeros, y en especial al aborrecido _don Jorge_ y sus
-dependientes. Pero Antonio, que no era hombre para dejarse intimidar
-tan fácilmente, se burló de sus amenazas, y, enseñándoles las cartas
-que llevaba para las autoridades de Guadalajara, dijo que pensaba ir
-allá a la mañana siguiente y denunciar su conducta ilegal; añadió
-que era súbdito turco, y que si se atrevían a cometer con él la más
-leve desconsideración escribiría a la Sublime Puerta, junto a la que
-los más poderosos reyes del mundo son pobres gusanos, y no dejaría
-de vengar los agravios hechos a su hijo, dondequiera que estuviese,
-en forma demasiado terrible para mencionada. Luego se volvió a la
-_posada_. El cónclave quedó deliberando a solas, y resolvió enviar
-el prisionero a Guadalajara al otro día, poniéndolo en manos del
-gobernador civil.
-
-No obstante, para conservar una apariencia de autoridad, pusieron
-dos hombres armados a la puerta de la _posada_ donde vivía Antonio,
-como si también estuviese preso. Los hombres, cada vez que el reloj
-daba la hora, exclamaban: «_¡Ave María!_ ¡Mueran los herejes!» Por la
-mañana temprano, el _alcalde_ se presentó en la _posada_; pero antes
-de entrar dirigió desde la puerta un discurso a la gente que había en
-la calle, diciendo entre otras cosas: «Hermanos, estos individuos han
-venido a robarnos nuestra religión.» Entró luego en el aposento de
-Antonio, y tras de saludarle con gran cortesía le invitó a ir con él
-a la iglesia a oír la misa mayor, que estaba para empezar. A esto,
-Antonio, aunque ciertamente no era un traga-misas, se levantó y fué
-con él, y permaneció dos horas, según me contó luego, de rodillas
-en las frías losas, muy a disgusto; los fieles no le quitaron ojo
-durante todo el tiempo.
-
-Después de la misa almorzó y se fué a Guadalajara. Victoriano
-había salido ya con escolta. En llegando, presentó las cartas a
-las personas a quien iban dirigidas. Al gobernador civil le dió un
-ataque de risa al oír de labios de Antonio el relato de lo sucedido.
-Victoriano fué puesto en libertad, y los libros, retenidos bajo
-secuestro en Guadalajara; el gobernador declaró, no obstante, que
-si bien su deber era retenerlos por el momento, me los enviarían en
-cuanto yo quisiese reclamarlos; añadió que haría lo posible para
-castigar severamente a las autoridades de Fuente la Higuera, porque
-en todo aquel caso habían procedido en forma tiránica y cruelísima,
-excediéndose de sus atribuciones. Así terminó el asunto; uno de esos
-menudos incidentes que alternan en la vida del misionero en España.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XLVII
-
- Término de nuestros trabajos rurales. — Alarma del clero. — Una
- nueva tentativa. — Triunfo en Madrid. — Duende o alguacil. — El
- bastón de mando. — El corregidor. — Una explicación. — El Papa en
- Inglaterra. — La exposición del Evangelio. — Obras de Lutero.
-
-
-Proseguimos la tarea de repartir las Escrituras, con éxito vario,
-hasta mediados de marzo, en que resolví marcharme a Talavera para ver
-si era posible hacer algo en esa ciudad y sus cercanías. Salí, por
-tanto, en aquella dirección acompañado de Antonio y de Victoriano.
-Al paso nos detuvimos en Navalcarnero, pueblo grande, a cinco leguas
-al Oeste de Madrid, donde permanecí tres días, enviando a Victoriano
-a las aldeas circunyacentes con pequeñas partidas de Testamentos. La
-Providencia, que hasta entonces nos favoreció por modo tan notable
-en nuestras expediciones rurales, nos retiró su apoyo, y nos redujo
-a terminarlas de repente, porque en todos los lugares donde poníamos
-a la venta los escritos sagrados eran en el acto embargados por
-personas que, al parecer, estaban en acecho; eventos que me obligaron
-a variar el propósito de ir a Talavera y a regresar sin dilación a
-Madrid.
-
-Supe posteriormente que, alarmado el alto clero por nuestra campaña
-al otro lado de Madrid, presentó una queja en forma ante el Gobierno,
-quien envió inmediatamente órdenes a los _alcaldes_ de los pueblos,
-grandes y chicos, de Castilla la Nueva, para que secuestrasen los
-Testamentos en cuanto salieran a la venta; pero amonestándoles, al
-mismo tiempo, para que pusieran el mayor cuidado en no detener ni
-maltratar a la persona o personas que intentasen venderlos. Una
-puntual reseña de mi persona acompañaba a las órdenes, y se exhortaba
-a las autoridades, lo mismo civiles que militares, a tener mucho
-cuidado conmigo y con mis mañas y maquinaciones, porque, como el
-documento decía, un día estaba yo en un sitio y a la mañana siguiente
-en otro distante del primero veinte leguas.
-
-Este golpe no me desalentó mucho ni realmente me cogió de sorpresa.
-Resolví, con todo, variar de campo de acción y no exponer los libros
-sagrados a un secuestro a cada paso que diera para difundirlos. En
-mis últimas tentativas consagré mi atención exclusivamente a los
-pueblos y a las ciudades pequeñas, en las que le era muy fácil al
-Gobierno frustrar mis esfuerzos mediante circulares a las autoridades
-locales, puestas así sobre aviso, y cuya vigilancia era imposible
-burlar, pues cualquier novedad ocurrida en un pueblo pequeño se
-esparce sin tardanza. El caso sería muy distinto tratándose de la
-muchedumbre de la capital, donde podía continuar mis trabajos con
-relativo secreto. Formé el plan de abandonar los distritos rurales y
-ofrecer en Madrid el sagrado libro de casa en casa al mismo reducido
-precio que en los campos. Sin dilación llevé a efecto mi plan.
-
-Como tenía muchos conocimientos en el pueblo bajo, escogí ocho
-personas inteligentes para que cooperasen en mi tarea; cinco de ellas
-eran mujeres. A todos los proveí de Testamentos y los repartí por
-todos los barrios de Madrid. El resultado de sus esfuerzos superó mis
-esperanzas. Menos de quince días después de volver de Navalcarnero
-se habían vendido en las calles y avenidas de Madrid cerca de
-seiscientos ejemplares de la vida y palabras del Nazareno; hecho que
-se me permitirá mencionar con júbilo y con el regocijo conveniente en
-el Señor.
-
-Una de las calles más ricas es la calle de la Montera, donde residen
-los principales comerciantes y tenderos de Madrid. Es, en efecto,
-la calle del comercio, y por tal motivo, como por ser un lugar
-favorito de los paseantes, corresponde a la muy famosa Nefsky de
-San Petersburgo. Cada casa de esa calle recibió un Testamento, y lo
-mismo puede decirse de la Puerta del Sol. Más: en algunas ocasiones,
-cada habitante de la casa, hombres y niños, criados y criadas,
-adquirió un ejemplar. Antonio, el griego, hizo maravillas en ese
-barrio; es de justicia decir que, a no ser por su mediación, en
-muchos casos no habría podido yo dar tan buena cuenta de la difusión
-de la Biblia en España. Hubo un tiempo en que tenía yo la costumbre
-de decir: «tenebroso Madrid», expresión que, gracias a Dios, era
-ya de abandonar, porque sería poco justo seguir llamando tenebrosa
-a una ciudad en la que estaban en circulación y en uso diario mil
-trescientos Testamentos por lo menos.
-
-Entonces utilicé una partida de Biblias que me habían mandado en
-rama desde Barcelona en los comienzos del año anterior. La demanda
-de las Escrituras completas era grande; tanto, que no podíamos dar
-abasto, y los libros se vendían más de prisa de lo que tardaban en
-encuadernarlos los hombres empleados en esta tarea. Un pedido de
-veintiocho ejemplares me lo pagaron por adelantado. Muchas de estas
-Biblias fueron a parar a las mejores casas de Madrid. El marqués
-de... tenía una familia numerosa; pero todos sus individuos, viejos
-y jóvenes, poseían una Biblia y un Testamento, por recomendación,
-cosa rara, del capellán de la casa. Uno de mis agentes más celosos
-en la propaganda de la Biblia fué un eclesiástico. Nunca salía a la
-calle sin un ejemplar debajo del manteo, y a la primera persona que
-le parecía poder comprarlo se lo ofrecía. Otro colaborador excelente
-fué un noble de Navarra, ya anciano, riquísimo, que continuamente
-adquiría ejemplares por su cuenta para mandarlos, según me dijeron, a
-su provincia natal y repartirlos entre sus amigos y los pobres.
-
-Cierta noche me retiré a descansar algo más pronto que de costumbre,
-sintiéndome ligeramente indispuesto. Dormí con profundo sueño unas
-horas, y de pronto me desperté al sentir abrirse la puerta del
-cuartito en que descansaba. Me incorporé, y vi entrar en el cuarto
-a María Díaz con una luz en la mano. Observé que sus facciones,
-notables por su calma y placidez habituales, parecían un tanto
-alteradas.
-
-—¿Qué hora es—pregunté—y qué pasa?
-
-—_Señor_—respondió cerrando la puerta y acercándose a la cama—, es
-cerca de media noche; pero acaba de llegar un policía que quiere
-verle a usted. Le he dicho que era imposible, porque estaba usted en
-la cama, y me ha contestado, después de estornudar en mi misma cara,
-que le vería a usted aunque estuviese de cuerpo presente. Tiene todo
-el aire de un duende y me ha asustado. Ya sabe usted que yo no soy
-miedosa, _don Jorge_; pero confieso que cada vez que veo a uno de
-esos malvados polizontes me faltan los ánimos; los conozco demasiado
-bien y sé de lo que son capaces.
-
-—¡Bah!—dije yo—. No tenga usted miedo; que entre; no le temo, sea
-_alguacil_ o duende. Pero quédese usted a la puerta para ser testigo
-de lo que ocurra, porque es muy probable que venga a molestarme a
-esta hora intempestiva buscando la ocasión de dar malos informes de
-mí a sus jefes, como hizo aquel otro individuo la vez pasada.
-
-La patrona salió del aposento, y oí que decía una o dos palabras
-a alguien en el pasillo; sonó luego un estruendoso estornudo, y
-un instante después apareció en la puerta una figura rara. Era un
-hombre muy viejo, de largos cabellos blancos, que se escapaban por
-debajo de las alas de un sombrero extremadamente picudo. Iba muy
-encorvado y avanzaba con lentitud. No pude verle bien la cara, que,
-por hallarse la patrona detrás de él con la luz, quedaba en profunda
-sombra. Observé, sin embargo, que sus ojos chispeaban como los de
-un hurón. Se acercó a los pies de la cama, en la que aún permanecía
-yo preguntándome lo que tan extraña visita pudiera significar; allí
-se detuvo, mirándome durante un minuto por lo menos, sin proferir
-una sílaba. De pronto adelantó una mano seca y rugosa, que hasta
-entonces tuvo oculta bajo la capa, y me apuntó al rostro con una
-especie de bastoncillo con remate de metal, como si fuese a empezar
-un exorcismo. Pareció que iba a hablar; pero las palabras, si quiso
-decir alguna, fueron ahogadas al nacer por un estornudo que de pronto
-se le escapó, tan violento, que la patrona se echó para atrás,
-exclamando: «_¡Ave María purísima!_», y a poco deja caer la luz con
-el susto.
-
-—Buen hombre—dije yo—, ¿qué significa esta ridícula aparición? Si
-tiene usted algo que decirme, despache pronto y váyase a sus asuntos.
-No me encuentro bueno y está usted privándome del descanso.
-
-—En méritos de este bastón—dijo el viejo—y por la autoridad que
-me confiere para decir y hacer lo que convenga, le mando, ordeno
-y requiero para que mañana, a las once, comparezca en el despacho
-de mi señor el _corregidor_ de esta villa de Madrid, para que con
-la humildad y reverencia debidas oiga usted lo que tenga a bien
-decirle, y, si fuese necesario, se someta a recibir los castigos que
-sus delitos, leves o enormes, merezcan. _Tenez, compère_—añadió en
-perverso francés—, _voilà mon affaire; voilà ce que je viens vous
-dire_.
-
-En diciendo esto, me miró un momento, inclinó por dos veces la
-cabeza, metió de nuevo el bastón dentro de la capa y salió del cuarto
-y de la casa, lanzando en el pasillo un estornudo de despedida.
-
-Al día siguiente, a las once en punto, me presenté en las oficinas
-del _corregidor_. Ya no ocupaba el cargo el mismo individuo en cuya
-cólera incurrí en otra ocasión y que tuvo a bien encarcelarme, sino
-otro distinto, creo que catalán, cuyo nombre también he olvidado. En
-aquella época, los cargos se daban y se quitaban de la noche a la
-mañana, y quien se sostenía en alguno de ellos siquiera un mes, podía
-considerarse funcionario antiguo. No tuve que esperar; en cuanto di
-mi nombre me llevaron a presencia del _corregidor_, personaje de unos
-cincuenta años, de buen parecer, corpulento y bien vestido. Cuando
-entré escribía en un bufete; pero casi al instante se levantó y vino
-hacia mí. Me clavó los ojos en el rostro, y yo, sin cortarme, puse
-los míos en el suyo. Quizás esperaba una actitud menos firme, y verme
-temblar y rebajarme ante él; se juzgó, pues, desacatado en su propia
-madriguera, y su levadura española antigua fermentó. Se tiró de las
-patillas con furia, y dirigiéndome una mirada colérica dijo:
-
-—_Escuchad_: tengo que hacerle a usted una pregunta.
-
-—Antes de responder a las preguntas de vuecencia—dije—voy a tomarme
-la libertad de dirigirle una: ¿Qué ley o qué razón hay para que a un
-hombre pacífico y extranjero vayan a molestarle a media noche unos
-_duendes_ con el requerimiento de presentarse en una oficina pública
-como si fuese un delincuente?
-
-—No dice usted la verdad—exclamó el _corregidor_—. La persona que fué
-a requerirle a usted no es un _duende_, sino uno de los empleados más
-antiguos y respetables de esta casa, y, lejos de enviarle a media
-noche, faltaban por mi reloj veinticinco minutos para esa hora, y
-como usted vive cerca de aquí, debió de llegar a su casa lo menos
-diez minutos antes de media noche; de modo que no es exacto lo que
-usted dice, ni guarda usted miramientos con la verdad.
-
-—Esa diferencia no importa nada—repliqué—. A mí me molesta lo mismo
-que me interrumpan el sueño a las doce de la noche que a las doce
-menos diez. Respecto al emisario, podría no ser un duende, pero lo
-parecía, y con seguridad se propuso asustar a la dueña de la casa,
-como lo consiguió, hasta el punto de que casi se desmaya, a fuerza de
-muecas horribles, de estornudos y aspavientos.
-
-EL CORREGIDOR.—Es usted un... ¡No sé lo que iba a decir! ¿Ignora
-usted que puedo mandarle a la cárcel?
-
-YO.—Tiene usted veinte _alguaciles_ que acudirán a la primera
-señal, y, por tanto, es claro que puede usted prenderme, como hizo
-su antecesor, que casi perdió el puesto por eso; pero usted sabe
-perfectamente que no tiene derecho para hacerlo, porque no estoy
-bajo su jurisdicción, sino bajo la del capitán general. Si he
-obedecido su requerimiento ha sido porque tengo mucha curiosidad de
-saber lo que usted necesita de mí, y no por otra cosa. En cuanto a
-lo de prenderme, permítame usted decirle que cuenta con mi pleno
-consentimiento para ello; en la cárcel es donde se encuentra en
-Madrid la gente más cortés; y como ahora estoy compilando el
-vocabulario de los ladrones madrileños, tendré, si me llevan a la
-cárcel, una excelente ocasión de completarlo. Hasta en la cárcel se
-puede aprender mucho; porque, como dicen los gitanos, «perro que
-mucho corretea encuentra hueso».
-
-EL CORREGIDOR.—Ese lenguaje no es propio de un caballero. ¿Olvida
-usted dónde está y con quién habla? ¿Es este un lugar adecuado para
-hablar de gitanos y de ladrones?
-
-YO.—No conozco, a la verdad, otro más a propósito, no siendo la
-cárcel. Pero estamos perdiendo el tiempo, y ansío saber para qué me
-han llamado, si por delitos leves o enormes, como decía el emisario.
-
-Tardé bastante tiempo en arrancar al enojado _corregidor_ las
-noticias pedidas; al fin las obtuve. Resultaba que una caja de
-Testamentos enviada por mí a Navalcarnero fué embargada por las
-autoridades locales, y después de retenerla allí unos días la
-devolvieron a Madrid consignada al _corregidor_. Estando la caja en
-las mensajerías, entró allí Antonio para otro asunto; la reconoció,
-y en el acto la reclamó como de mi pertenencia, llevándosela a mi
-almacén después de pagar el porte. Tan poca importancia dió al
-suceso, que no me habló de él. Pero el pobre _corregidor_ estaba
-convencido de que todo ello era una profunda maquinación para robarle
-y burlarnos de él. Dejábase llevar de una excitación casi frenética,
-y pateaba el suelo, exclamando:
-
-—_¡Qué picardía! ¡Qué infamia!_
-
-—Este es el antiguo sistema—pensé yo—de prejuzgar a las gentes y de
-imputarles motivos y acciones con los que nunca han soñado.
-
-Díjele con franqueza que ignoraba en absoluto el hecho por que
-se sentía agraviado; pero que si practicadas las averiguaciones
-convenientes resultaba que, en efecto, mi criado se había llevado la
-caja del lugar adonde la habían expedido, yo haría que la devolvieran
-en el acto, aunque era mía propia.
-
-—Tengo un gran repuesto de Testamentos—dije—y puedo dejar que se
-pierdan cincuenta o ciento. Soy hombre de paz y deseo no tener
-disputas con las autoridades por causa de un cajón viejo y de una
-partida de libros cuyo valor no llega por junto a cuarenta duros.
-
-Me miró un instante como si dudase de mi sinceridad, y luego,
-tirándose otra vez de las patillas, me atacó en otro terreno:
-
-—_Pero ¡qué infamia, qué picardía!_ Venir a España a cambiar la
-religión del país. ¿Qué diría usted si los españoles fuesen a
-Inglaterra con propósito de quitar el luteranismo establecido allí?
-
-—Serían muy bien recibidos—repliqué—, especialmente si intentaban
-hacerlo por la difusión de la Biblia, el libro de todos los
-cristianos, como los ingleses hacen en España. Pero vuecencia ignora
-quizás que el Papa tiene campo libre y libre acción en Inglaterra, y
-se le permite convertir todos los días a cuantos luteranos quieren
-volverse a él. No puede, sin embargo, alabarse de grandes triunfos;
-el pueblo ama demasiado la luz para abrazar las tinieblas, y se
-reiría de la idea de cambiar las gracias del Evangelio por las
-ceremonias y observancias supersticiosas de la Iglesia de Roma.
-
-Al repetirle la promesa de devolver en seguida la caja y los libros,
-el _corregidor_ se dió por satisfecho y repentinamente se mostró por
-demás condescendiente y amable: llegó hasta decirme que dejaba por
-completo a mi resolución lo de devolver los libros o no.
-
-—Antes de que se vaya usted—continuó—deseo decirle que, en mi
-opinión particular, es sumamente recomendable en todos los países
-la tolerancia religiosa plena, y dejar que cada sistema religioso
-perezca o se sostenga según sus propios méritos.
-
-Tales fueron las últimas palabras del _corregidor_ de Madrid, que no
-sé si expresarían su opinión particular; pero que, ciertamente, se
-fundaban en el buen sentido y la razón. Le saludé respetuosamente y
-me fuí; cumplí mi promesa respecto de los libros, y el asunto quedó
-terminado.
-
-Por aquel tiempo llegué casi a creer que se iniciaba una reforma
-religiosa en España; y, realmente, llegaron a mi noticia ciertos
-hechos, que, si me los hubieran pronosticado un año antes, con
-dificultad los hubiese creído.
-
-El lector quedará sorprendido cuando sepa que en dos iglesias de
-Madrid los respectivos curas explicaban regularmente el Evangelio
-los domingos por la tarde a una veintena de chicos, provistos de
-sendos ejemplares de la edición hecha por la Sociedad Bíblica en
-Madrid en 1837. Las iglesias eran las de San Ginés y Santa Cruz. Creo
-modestamente que este solo hecho pagaba con creces todas las expensas
-causadas a la Sociedad por su empeño de introducir el Evangelio en
-España; pero, sea de ello lo que fuere, es lo cierto que a mí me
-recompensaba sobradamente todos los afanes y disgustos pasados.
-Sentí entonces que, en cualquier momento en que me viese obligado
-a abandonar mis trabajos en la Península, lo haría sin murmurar,
-lleno el corazón de gratitud hacia el Señor por haberme permitido a
-mí, vaso inútil, ver, cuando menos, germinar algo de la semilla que
-durante dos años había estado arrojando sobre el pedregoso suelo del
-interior de España.
-
-Cuando pienso en las dificultades que obstruían nuestro camino, me
-cuesta a veces trabajo creer todo lo que el Omnipotente nos permitió
-llevar a cabo durante el año que acababa de pasar. Una edición
-copiosa del Nuevo Testamento se había casi agotado en el centro mismo
-de España, a despecho de la oposición y del clamor furibundo de un
-clero bárbaro y de las órdenes de un Gobierno falaz; y germinaba
-el espíritu de examen en materia religiosa, que tarde o temprano
-llevaría, así lo esperaba yo fervientemente, abundantísimos frutos de
-bendición. Hasta allí, el nombre más aborrecido y temido en aquellas
-partes de España era el de Martín Lutero, a quien en general se le
-consideraba como un demonio, primo hermano de Belial y Beelzebub,
-que, bajo la apariencia de hombre, había escrito y predicado
-blasfemias contra el Altísimo; pero ahora, cosa singular, se hablaba
-de ese personaje, execrado en otro tiempo, con no pequeñas señales de
-respeto. No pocas veces me visitaban, Biblia en mano, personas que
-con tantas veras como simplicidad me preguntaban por los escritos
-del gran doctor Martín, a quien, por cierto, algunos le creían aún
-vivo.
-
-No estará de más hacer notar aquí que de todos los nombres
-relacionados con la Reforma, el único conocido en España es el de
-Lutero; permítaseme añadir que a ningún escrito de controversia,
-con excepción de los suyos, se le concedería probablemente la menor
-fuerza ni autoridad, por grande que fuese su mérito intrínseco.
-El género de opúsculos que comúnmente se escriben para declarar
-los errores del papismo no producirá, por tanto, mucho beneficio
-en España, al paso que podría conseguirse bastante provecho con
-traducciones bien hechas de las obras de Lutero, seleccionadas con
-tino.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XLVIII
-
- Proyecto de viaje. — Una escena sangrienta. — El fraile. —
- Sevilla. — Bellezas de Sevilla. — Naranjos y flores. — Murillo. —
- El Angel de la guarda. — Dionysius. — Mis coadyuvantes. — Demanda
- de Biblias.
-
-
-A mediados de abril llevaba ya vendidos tantos Testamentos como,
-a mi parecer, podían colocarse en Madrid; retiré, pues, mi gente,
-porque temía saturar el mercado, y desacreditar el libro haciéndolo
-demasiado común. Me quedaba sólo un millar de ejemplares de la
-edición que saqué dos años antes; en cuanto a la Biblia, todos los
-ejemplares se habían vendido; la demanda era mucha todavía, pero no
-me fué posible atenderla.
-
-Resolví marcharme a Sevilla y llevar los ejemplares del Testamento
-que me quedaban, porque allí se había hecho muy poca propaganda.
-Pronto estuvieron terminados mis preparativos. Los caminos estaban
-entonces peligrosísimos, razón por la que pensé incorporarme a un
-convoy próximo a partir para Andalucía. Pero dos días antes de
-ponerse en camino, comprendí que el número de personas dispuestas
-como yo a utilizar el convoy sería probablemente muy grande; pensé en
-la lentitud de ese modo de viajar, y recordando además los insultos
-que los paisanos tenían que soportar con frecuencia de los soldados
-y subalternos, resolví aventurarme a hacer el viaje en el coche
-correo. Llevé a cabo mi determinación. Antonio, a quien conservé
-a mi servicio, y los dos caballos, se fueron con el convoy, y yo
-salí pocos días después con el correo. Hicimos todo el viaje sin
-el menor accidente: una vez más me acompañó mi prodigiosa buena
-suerte. Con razón la llamo prodigiosa, pues iba recorriendo la
-madriguera de un león; toda la Mancha, con excepción de unos pocos
-lugares fortificados, estaba una vez más en manos de Palillos y de
-sus forajidos, quienes, cuando lo tenían a bien, detenían el correo,
-quemaban el coche y las cartas, asesinaban a la mezquina escolta,
-y si por casualidad iba algún viajero, se lo llevaban al monte,
-poniéndole luego en la alternativa de rescatarse por un precio enorme
-o de pegarle cuatro tiros en la cabeza, como dicen los españoles.
-
-La parte alta de Andalucía caía rápidamente en tan mala situación
-como la Mancha. La última vez que había pasado el correo, seis
-ladrones a caballo le atacaron en el desfiladero del Rumblar; la
-escolta se componía de otros tantos soldados; pero los ladrones se
-lanzaron de súbito al galope desde detrás de una _venta_ solitaria,
-los cogieron de sorpresa, porque los cascos de los caballos no
-hacían ruido en el suelo arenoso, y los arrojaron al suelo. Los
-soldados, menos dos que se escaparon por entre las peñas, fueron
-desarmados en el acto y atados a los olivos. Allí los escarnecieron
-y atormentaron los ladrones, o más bien asesinos, porque a la media
-hora los fusilaron; al cabo le volaron la cabeza de un trabucazo.
-Entonces los ladrones quemaron el coche, pegando fuego a las cartas
-con la mecha de encender los cigarros. Al correo le salvó la vida uno
-de la cuadrilla, que había sido en otro tiempo postillón suyo; pero
-le robaron, dejándole desnudo. El infeliz, al pasar de nuevo por el
-lugar de la carnicería, lloraba, y, aunque español, maldecía a España
-y a los españoles, diciendo que pensaba irse muy pronto a Morería,
-confesar a Mahoma y seguir la ley de los moros, porque cualesquiera
-país y religión eran mejores que los suyos. Nos indicó el árbol
-donde había muerto el cabo; a pesar de lo mucho que había llovido,
-el suelo estaba todo alrededor saturado de sangre; un perro roía un
-pedazo del cráneo de aquel desventurado. Hizo con nosotros todo el
-viaje desde Madrid a Sevilla un fraile misionero que iba a las islas
-Filipinas, _para conquistar_, tales eran sus palabras, supongo que
-quería decir para predicar a los indios. Durante el viaje entero dió
-muestras de un miedo abyecto; tan impresionado iba, que se puso a la
-muerte y tuvimos que detenernos dos veces en el camino y tenderlo
-entre los verdes trigos. Decía que si los facciosos le echaban mano,
-era clérigo muerto, pues tras de hacerle decir una misa, le volarían
-con pólvora. Había sido, según me dijo, profesor de Filosofía en un
-convento de Madrid, me parece que el de Santo Tomás, antes de que
-los suprimieran; pero estaba en la mayor ignorancia respecto de las
-Escrituras, confundiéndolas con las obras de Virgilio.
-
-Paramos en Manzanares, como de costumbre; era la mañana de un
-domingo, y la plaza estaba llena de gente. Me reconocieron al
-momento, y veinte pares de piernas salieron corriendo en el acto
-en busca de la profetisa, que no tardó en presentarse en la casa
-donde habíamos entrado a almorzar. Nos saludamos con gran efusión,
-y luego, en su latín, fué dándome cuenta de todo lo sucedido en el
-pueblo desde mi última visita, y oí las atrocidades cometidas por
-los facciosos en las cercanías. La convidé a almorzar y la presenté
-al fraile, a quien se dirigió en estos términos: _Anne Domine
-Reverendissime facis adhuc sacrificium?_ El fraile no la entendió, y,
-encendido en cólera, la anatematizó por bruja y la mandó marcharse.
-La ciega no se desconcertó, y se puso a cantar en versos castellanos
-improvisados las alabanzas de los frailes y de los conventos. Al
-marcharnos le di una _peseta_, con lo que rompió en llanto y me
-suplicó que no dejase de escribir si llegaba en salvo a Sevilla.
-
-Llegamos a Sevilla sin novedad, y me despedí del fraile, diciéndole
-que esperaba encontrarle de nuevo en Filipinas. Como pensaba quedarme
-en Sevilla unos meses, decidí alquilar una casa, para vivir con más
-independencia y economía que en la _posada_. No tardé en encontrar
-una que por todos conceptos me convenía. Estaba en la plazuela de
-la Pila Seca, barrio apartado, en las inmediaciones de la catedral,
-y a corta distancia de la Puerta de Jerez. Pocos días después llegó
-Antonio con los caballos y me instalé en mi casa.
-
-Una vez más me encontraba en la hermosa Sevilla, con tiempo y
-comodidad bastantes para gozar de sus encantos y de sus deliciosos
-alrededores. Por desgracia, al tiempo que llegué y durante la
-quincena siguiente el cielo de Andalucía, tan radiante de ordinario,
-se cubrió de negras nubes que descargaron chaparrones tremendos,
-tales como muy pocos sevillanos recordaban haberlos visto nunca.
-
-El temporal causó no pocos daños en la campiña, y el Guadalquivir,
-que durante la estación lluviosa es un río muy rápido e impetuoso, se
-salió de madre y amenazó con una inundación. Es verdad que a ratos
-escampaba, y el sol, manifestándose en su tabernáculo de nubes,
-animaba todas las cosas con sus rayos de oro e incitaba a la mariposa
-a salir de su madeja, y al lagarto, de la cavidad del árbol; yo me
-aprovechaba sin falta de esas claras para dar un rápido paseo.
-
-¡Oh, cuán placentero es, sobre todo al venir la primavera, vagar por
-las márgenes del Guadalquivir! No lejos de la ciudad, río abajo,
-hay un parque llamado _Las Delicias_. Fórmanlo árboles de varias
-especies, pero los álamos y olivos predominan. Largos senderos
-umbríos lo atraviesan. Ese parque es el paseo favorito de los
-sevillanos; en él se congrega en ocasiones cuanta belleza y bizarría
-encierra la ciudad. Allí las ojinegras damas andaluzas se pasean con
-el gracioso prendido de las _mantillas_ de encaje; allí los jinetes
-andaluces galopan en sus corceles de sangre mora, de luenga cola
-y espesa crin. Cuando el sol se pone, el panorama que ofrece la
-ciudad, mirada desde ese sitio, es de inefable hermosura. A lo lejos
-se yergue la corpulenta Torre del Oro, empleada ahora como aduana,
-principal defensa de la ciudad en tiempo de los moros. Se alza al
-borde del río, como gigante centinela, y es el primer edificio que
-atrae la mirada del viajero cuando remonta el río hacia Sevilla.
-En la otra margen, frente a la Torre, se halla el hermoso convento
-de agustinos, gala del barrio de Triana, y entre ambos edificios
-fluye el Guadalquivir, en cuyas ondas se mecen las naves de Cataluña
-y Valencia. Más lejos se ve el puente de barcas que atraviesa el
-cauce. El principal objeto del panorama es, con todo, la Torre del
-Oro, donde los rayos del sol poniente parecen concentrarse como en
-un foco, de modo que semeja fabricada de oro puro, y es probable que
-a tal circunstancia deba su nombre. Yerto, yerto debe de estar el
-corazón que permanezca insensible ante ese paisaje mágico, al que
-apenas podría hacer justicia el pincel de Claudio mismo. ¡Cuántas
-veces he vertido lágrimas de arrobamiento al contemplarlo, y
-escuchado a los mirlos y ruiseñores modular en la arboleda sus cantos
-melodiosos, y respirado las brisas cargadas con el aroma de los
-naranjales de Sevilla!
-
- «Kennst du das Land wo die Citronen blühen?»
-
-El interior de Sevilla no corresponde en casi nada al exterior. Las
-calles son angostas, mal pavimentadas, llenas de suciedad y mendigos.
-Las casas, construídas casi todas conforme el patrón moro, tienen en
-el centro un _patio_ cuadrangular, donde una fuente de mármol surte
-de continuo agua cristalina. En la estación del calor, los patios se
-cubren con un toldo, bajo el cual pasa la familia la mayor parte del
-día.
-
-Muchas casas, y sobre todo las de los ricos, tienen en el patio
-arbustos, naranjos, toda clase de flores, y a veces una pajarera
-pequeña, de suerte que no es concebible mayor delicia que la de
-tenderse allí a la sombra, oyendo el canto de los pájaros y el rumor
-de la fuente.
-
-Nada tan interesante para el viajero que vaga por Sevilla como
-atisbar los patios desde la calle, a través de las verjas. Muchas
-veces me paraba a contemplarlos, y otras tantas lamentaba que mi
-destino no me permitiera vivir en tal edén el resto de mis días.
-Ya he hablado en otra ocasión de la catedral de Sevilla; pero con
-brevedad y a la ligera. Es quizás la catedral más suntuosa de España,
-y aunque de estructura no tan regular como las de Toledo y Burgos, es
-mucho más digna de admiración considerada en conjunto. No es posible
-recorrer sus largas naves y alzar la vista a la techumbre, sostenida
-por columnas colosales y decorada con suntuosidad, sin sentirse
-sobrecogido de sagrado pavor y de profundo asombro. Cierto que el
-interior, como el de la generalidad de las catedrales españolas, es
-un poco obscuro y triste; pero nada pierde con eso; al contrario,
-aumenta la grandiosidad del efecto. Nuestra Señora de París es un
-edificio hermoso; pero a quien ha visto las catedrales españolas,
-y en particular la de Sevilla, se le antoja casi mezquino y sin
-importancia, y más parecido a una casa consistorial que a un templo
-del Eterno. La catedral de París está desprovista en absoluto de la
-solemne obscuridad y sombría pompa, tan intensas en la de Sevilla,
-con lo que le falta el requisito más importante de una catedral.
-
-Los cuadros que adornan la mayoría de las capillas son de los mejores
-de la escuela española; entre ellos destacan muchas de las obras
-maestras de Murillo, hijo de Sevilla. De todos los cuadros de este
-hombre extraordinario, el que más impresión me ha hecho siempre es
-uno de los menos famosos. Aludo al _Angel de la Guarda_, cuadrito
-colocado al fondo de la iglesia, mirando a la nave principal. El
-ángel, empuñando con la diestra una espada flamígera, guía al niño,
-que es, a juicio mío, la creación más prodigiosa de Murillo. La
-figura es como de un niño de cinco años, y la expresión del rostro,
-completamente infantil; pero su andar es el de un conquistador, el
-de un Dios, el del Creador del Universo, y el globo terrenal parece
-temblar bajo tanta majestad.
-
-Al culto de la catedral asisten muchos fieles, en especial cuando
-hay sermón. Los sermones son improvisados; hay algunos muy
-edificantes, fieles a las Escrituras. He oído muchos con gusto,
-aunque me sorprendía bastante observar que cuando los predicadores
-citaban la Biblia, tomaban las citas, casi invariablemente, de los
-libros apócrifos. Ante los principales altares no faltan, por lo
-general, fieles, en su mayoría mujeres, animados muchos de ellos de
-ardentísima devoción.
-
-Antes de salir de Madrid me había forjado la ilusión de encontrar
-pocas dificultades para la difusión del Evangelio en Andalucía, al
-menos por cierto tiempo, ya que el campo de operaciones era nuevo,
-y mi persona y mis propósitos, menos conocidos y temidos que en
-Castilla la Nueva. Pero resultó que el Gobierno de Madrid había
-cumplido su amenaza y enviado por toda España la orden de secuestrar
-los libros dondequiera que se hallasen. Los Testamentos llegados
-de Madrid embargáronlos en la aduana, adonde se llevan todas las
-mercancías, aunque procedan del interior, para la exacción de un
-impuesto. Gracias a los manejos de Antonio recuperé una de las cajas,
-mientras la otra fué enviada a Sanlúcar, para expedirla fuera del
-reino tan pronto como se me presentara oportunidad de hacerlo.
-
-No me dejé desanimar por este ligero _contretemps_, aunque sentí
-de corazón la pérdida de los libros embargados, pues ya no podría
-repartirlos por aquella región, donde hacían tanta falta; pero me
-consolé pensando que aún me quedaban unos cientos de ejemplares, cuya
-distribución podía dar, placiendo a Dios, muy santos frutos.
-
-Tardé algún tiempo en empezar los trabajos, porque me hallaba en
-terreno desconocido y no sabía qué camino tomar. No contaba con
-más ayuda que la del pobre Antonio, tan ignorante del lugar como
-yo. La Providencia, empero, no tardó en enviarme un colaborador,
-en forma bastante singular. Estaba yo en el patio de la Posada de
-la Reina, adonde solía ir a comer algunas veces, cuando entró un
-hombre de talla gigantesca, vestido de un modo extraño. Excitada mi
-curiosidad, pregunté al posadero quién era el desconocido. Díjome
-que un extranjero, griego a su parecer, que había vivido mucho
-tiempo en Sevilla. Oído esto, me fuí a él y le abordé en griego,
-pues aunque lo hablo muy mal, puedo darme a entender en ese idioma.
-Me contestó en la misma lengua, y halagado por el interés que un
-extranjero como yo demostraba por su nación, no tardó en contarme
-su propia historia. Llamábase, según me dijo, Dionysius, natural de
-Cefalonia; educado para hacerse de iglesia, abandonó esa carrera, mal
-avenida con su temperamento, para seguir la profesión de navegante,
-por la que había sentido temprana inclinación. Tras muchas aventuras
-y alternativas de la fortuna, naufragó en las costas de España, y
-avergonzándose de volver pobre a su país, se quedó en la Península,
-y residió principalmente en Sevilla, donde ahora sostenía un modesto
-comercio de libros. Era de la religión griega, y muy apegado a
-ella; y en descubriendo luego que yo era protestante, manifestó su
-aborrecimiento sin límites por el sistema papista, y aun por sus
-secuaces en general, a quienes llamaba latinos, achacándoles la ruina
-de Grecia, vendida por ellos al Turco.
-
-En el acto se me ocurrió que aquel individuo podía prestarme
-excelente ayuda en la obra que me había llevado a Sevilla, o sea
-la propagación del Evangelio eterno; por tanto, tras algo más de
-conversación, en la que mostró una instrucción muy sólida, me
-franqueé con él. Adoptó mis planes con mucho calor, y en adelante no
-tuve motivo para lamentar mi confianza, pues el griego repartió gran
-copia de Nuevos Testamentos, y aún acertó a enviar cierto número de
-ejemplares a dos ciudades pequeñas a alguna distancia de Sevilla.
-
-También me ayudó en la propagación del Evangelio un profesor de
-música, ya viejo, muy etiquetero y estirado, pero con excelentes
-cualidades. Este venerable individuo me trajo, no más que a los tres
-días de conocernos, el precio de seis Testamentos y de un Evangelio
-en gitano, vendidos por él soportando el candente sol andaluz. ¿Qué
-motivo le impulsaba? Uno muy cristiano. Decía que sus infortunados
-compatriotas, entregados a la sazón a la matanza y al saqueo
-recíprocos, se corregirían probablemente leyendo el Evangelio, sin
-que en ningún caso pudiera seguírseles de su lectura daño alguno.
-Añadía que si muchos hombres han reformado su vida merced a las
-Escrituras, nadie se ha vuelto todavía ladrón o asesino por leerlas.
-
-Pero mi agente más extraordinario fué uno que en ocasiones empleé
-para repartir el Evangelio entre las clases bajas. Si llego a tener
-mayor cantidad de libros a mi disposición, hubiera podido sacar gran
-partido de los servicios de aquel individuo; pero como el repuesto
-disminuía con rapidez y no tenía esperanzas de renovarlo, me mostraba
-casi avaro de los pocos libros que me quedaban. El agente era un
-albañil griego, llamado Juan Crisóstomo, que me presentó Dionisio.
-Nacido en Morea, llevaba más de veinticinco años en España, de suerte
-que había casi olvidado su lengua natal. Con todo, tenía tal apego a
-su patria, que cuanto no fuese griego le parecía malo y en extremo
-bárbaro. Carecía de toda instrucción; pero su fuerza de carácter y
-cierta ruda elocuencia que poseía le granjearon tan gran ascendiente
-en el ánimo de las clases trabajadoras de Sevilla, que aceptaban
-casi todo lo que les decía, no obstante chocar a cada paso con sus
-prejuicios. De tal modo, que, a pesar de su condición de extranjero,
-hubiera podido ser en cualquier momento el Masaniello de Sevilla. No
-he conocido criatura más honrada, y pronto comprendí que, empleándolo
-a mi servicio, no obstante sus rarezas, podía tener plena seguridad
-de que sus actos no desdecirían del libro que vendía.
-
-Continuamente estaban pidiéndome Biblias, que no podíamos servir.
-Los Testamentos gozaban, en comparación, de poca estima. Por este
-tiempo descubrí un hecho que me hubiera sido muy útil conocer tres
-años antes; pero viviendo se aprende. Me refiero a la inconveniencia
-de imprimir Testamentos, y _sólo_ Testamentos, para los países
-católicos. La razón es clara: el católico, sin hábito de leer la
-Escritura, encuentra mil cosas ininteligibles en el Nuevo Testamento,
-cuyo fundamento es el Antiguo. «La Escritura da testimonio de mí»,
-podría decirse con razón en este punto. Se me dirá que en Inglaterra
-hay gran demanda de Nuevos Testamentos, impresos por separado, y
-prestan infinita utilidad; pero Inglaterra, gracias sean dadas al
-Señor, no es un país papista; y de que un labrador inglés pueda leer
-el Testamento con buen fruto no se sigue que los campesinos españoles
-e italianos gocen de igual ventaja, porque encontrarán muchas cosas
-obscuras, que no lo son para aquél, versado en la historia bíblica
-desde la niñez. Confieso, no obstante, que en mi campaña del verano
-anterior no hubiera podido hacer con la Biblia lo que la Providencia
-me permitió realizar con los Testamentos, porque la primera es
-demasiado voluminosa para andar con ella por el campo.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XLIX
-
- La casa solitaria. — La Dehesa. — Juan Crisóstomo. — Manuel. — La
- librería en Sevilla. — Dionisio y los curas. — Atenas y Roma. —
- Proselitismo. — Embargo de Testamentos. — Salida de Sevilla.
-
-
-Como ya he dicho, alquilé en Sevilla una casa vacía, con el propósito
-de vivir en ella algunos meses. Ocupaba todo un lado de una plazuela
-solitaria. Distribuída al modo andaluz, tan agradable, tenía un patio
-pavimentado con pequeñas losas de mármol azules y blancas. En el
-centro del patio había una fuente muy abundante en linfa cristalina,
-y al caer desde una delgada columna al estanque octogonal, el agua
-hacía un rumor que se oía desde todas las habitaciones. La casa era
-vasta y espaciosa, de dos pisos, con piezas suficientes, por lo
-menos, para diez veces el número de personas que en ella morábamos.
-De ordinario pasaba el día en las habitaciones bajas, por ser muy
-frescas. En una de ellas había una enorme pila de piedra, siempre
-rebosante de agua de la fuente, en la que me sumergía todas las
-mañanas. Tal fué la vivienda a que me retiré con Antonio y los
-caballos, luego de proveerme de unos pocos utensilios caseros
-indispensables.
-
-Suerte mía fué poseer aquellos cuadrúpedos, ya que así tuve modo de
-gozar en grandísima medida las bellezas de la campiña circundante.
-Pocas cosas hay en la vida más deliciosas que un paseo a caballo,
-en primavera o verano, por los alrededores de Sevilla. Mi excursión
-favorita era en dirección de Jerez, por la vasta _Dehesa_, como la
-llaman, que se extiende desde Sevilla hasta las puertas de aquella
-ciudad, casi a cincuenta millas de distancia, sin un pueblo apenas
-entremedias. El terreno es desigual y quebrado, en su mayor parte
-cubierto de matorrales de la especie que llaman _carrasco_, entre
-los que corre un camino de herradura, no fácil de discernir, trazado
-principalmente por los _arrieros_, con sus largas recuas de mulas
-y _borricos_. Allí, el aire embalsamado de la hermosa Andalucía se
-respira en toda su pureza. Las flores y hierbas aromáticas que crecen
-en abundancia, difunden en torno sus perfumes. Allí la tristeza y
-la pesadumbre huyen del pecho como por magia, en tanto que los ojos
-se extasían ante el panorama, iluminado por un sol esplendoroso,
-sin igual, en cuya luz flotan las mariposas, pintadas de alegres
-colores, y las _salamanquesas_, verdes y áureas, despatarradas en el
-suelo, gozan del voluptuoso calor, o se lanzan a veces de un salto
-velocísimo, con susto del viajero, a la madriguera más próxima, y
-allí se le quedan mirando con sus ojillos agudos y brillantes. Es
-imposible, repito, estar triste en tierras tales, y con razón los
-antiguos griegos y romanos colocaron aquí sus Campos Elíseos. Son
-bellísimas, aun en su desolación actual, porque la mano del hombre
-no las cultiva desde el día funesto en que la expulsión de los moros
-privó a Andalucía de los dos tercios, cuando menos, de su población.
-
-Todas las tardes salía a caballo por la Dehesa, hasta perder de vista
-las torres más altas de Sevilla. Entonces volvía, y, apretándole
-las rodillas a _Sidi Habismilk_, mi caballo árabe, tomaba el veloz
-animal, que jamás necesitó látigo ni espuela, el camino de Sevilla
-con la rapidez de un torbellino, devorando la distancia en una
-carrera loca; dejada atrás la Dehesa, se precipitaba por el paseo de
-las Delicias, sombreado de olmos, y a poco el estruendo de sus cascos
-resonaba bajo la bóveda del arco de la Puerta de Jerez; un momento
-después, quedábase inmóvil como una piedra ante la puerta de mi casa
-solitaria, en la silenciosa plazuela de la Pila Seca.
-
-Son las ocho de la noche, y, de vuelta de la Dehesa, estoy en la
-_sotea_ tomando el fresco. Juan Crisóstomo acaba de llegar del
-trabajo. No le he hablado; pero oigo cómo, abajo en el patio, cuenta
-a Antonio los progresos que ha hecho en los dos últimos días. Habla
-un griego bárbaro, mechado con abundantes vocablos españoles;
-colijo de sus palabras que ya ha vendido doce Testamentos entre sus
-compañeros de trabajo. Oigo caer al suelo unas monedas de cobre, y
-Antonio, que no tiene temple de verdadero cristiano, le reprocha que
-no haya traído en plata el producto de la venta. Juan Crisóstomo pide
-luego quince ejemplares más, porque la demanda aumenta, según dice,
-y podrá sin dificultad venderlos en todo el día siguiente, mientras
-atiende a sus ocupaciones. Antonio va en busca de los libros, y Juan
-se queda solo junto a la fuente de mármol, cantando una canción
-extraña, tal vez un himno de su amada iglesia griega. He ahí uno de
-los ayudantes que el Señor me ha dado en mis trabajos evangélicos a
-orillas del Guadalquivir.
-
-Todo el tiempo que pasé en Sevilla viví muy retirado, gastando la
-mayor parte del día en estudiar, o en ese semisoñoliento estado
-de inactividad, resultado natural de los climas calurosos. El
-carácter de la gente entre quien me hallaba no me inducía a buscar
-su sociedad. Los andaluces de la clase alta son probablemente, en
-términos generales, los seres más necios y vanos de la especie
-humana, sin otros gustos que los goces sensuales, la ostentación en
-el vestir y las conversaciones obscenas. Su insolencia sólo tiene
-igual en su bajeza, y su prodigalidad, en su avaricia. Las clases
-bajas son un poquito mejores que las de posición elevada; verdad
-es que no puede alabarse el nivel de su moralidad: son engañosos,
-camorristas y vengativos; pero son en general más corteses y, con
-toda seguridad, no más ignorantes.
-
-A los andaluces, en general, los tienen en muy baja estimación
-los demás españoles, y aun los de mejor posición tropiezan con
-dificultades para ser admitidos en las tertulias respetables de
-Madrid, donde si logran entrar, son invariablemente ridiculizados
-por los gestos y ademanes absurdos en que se complacen, por su
-inclinación a la jactancia, sus exageraciones, su curioso acento y la
-manera incorrecta de pronunciar el castellano.
-
-En una palabra: los andaluces, en todas las cualidades del carácter,
-se hallan tan por debajo de los otros españoles, como el país que
-aquéllos habitan es superior en belleza y fertilidad a las demás
-provincias de España.
-
-Pero no vaya a creerse ni por un momento que mi intención es negar
-que entre los andaluces haya individuos estimables y excelentes:
-uno descubrí yo a quien sin vacilar proclamo como el carácter más
-extraordinario que he conocido; pero no era un retoño de una familia
-noble, ni «portador de suaves vestidos», ni personaje lustroso y
-perfumado, ni uno de los _románticos_ que vagaban por las calles de
-Sevilla adoptando actitudes lánguidas, con largas melenas negras
-que, en rizos exuberantes, les llegaban hasta los hombros, sino
-uno de aquellos a quienes los orgullosos y duros de corazón llaman
-la hez del populacho; un hombre miserable, sin casa, sin dinero,
-harapiento, destrozado. Aludo a Manuel, a quien no sé por qué oficio
-nombrar: si vendedor de billetes de lotería, o auriga del carro de
-los muertos, o poeta laureado en poesía gitana. Maravilla será que
-aún estés vivo, amigo Manuel; tú, de condición natural tan noble,
-honrado, de corazón puro, humilde, pero digno, ¿vagas todavía por
-los patios de la bella _Safacoro_[17], o por la margen del _Len
-Baro_[18], con la mirada perdida en el espacio y esforzándote por
-recordar alguna copla de Luis Lobo medio olvidada? ¿O descansas ya,
-fuera de la _Puerta de Jerez_, en el _Camposanto_, adonde en tiempo
-de epidemia acostumbrabas llevar a tantos, así gitanos como gentiles,
-en tu carro de tintineante campanilla? Muchas veces en las _réunions_
-de los sabios y escritores de este país de tantas letras, harto de
-sus alardes de pedantería y egotismo, he recordado gustoso nuestros
-recitados de poesías gitanas en la casona de Pila Seca. Muchas veces,
-asqueado ante las ostentosas profesiones de fe de los que pasean la
-cruz en doradas carrozas, te he recordado a ti y tu fe tranquila,
-sin pretensiones; tu paciencia en la miseria, tu fortaleza en la
-adversidad. Y cuántas veces, al meditar en la muerte, que con rapidez
-se aproxima, he deseado poder reunirme contigo otra vez, y que tus
-manos ayuden a llevarme al campo de los muertos, allá en la soleada
-planicie, ¡oh Manuel!
-
- [17] Nombre gitano de Sevilla.
-
- [18] Idem íd. del Guadalquivir.
-
-Mi visitante más asiduo era Dionisio, que por raro caso dejaba de
-ir a verme alguna tarde: el pobre hombre iba en busca de simpatía y
-conversación. Es difícil concebir situación más desamparada y aislada
-que la de aquel griego en Sevilla, sin un amigo apenas, pendiente,
-para subsistir, de la mísera pitanza que podía producirle la venta de
-unos pocos libros, ofrecidos en su mayoría de puerta en puerta.
-
-—¿Qué pudo inducirle a usted en un principio a dedicarse a vender
-libros en Sevilla?—le pregunté cuando, cierta tarde calurosa, llegó,
-sofocado y cansado, con un paquete de libros atado con una correa.
-
-DIONISIO.—A falta de empleo mejor, _Kyrie_, adopté este oficio, que
-está muy despreciado y no da para vivir. Cuántas veces he lamentado
-que no me enseñasen a zapatero, o no haber aprendido, de mozo,
-cualquier oficio manual útil; ahora lo hubiese seguido muy contento.
-Eso me hubiera procurado, al menos, el respeto de mis semejantes,
-pues me necesitarían; mientras que ahora todos me huyen y me miran
-con desprecio. Vendo una mercancía que aquí no le importa a nadie.
-¡Libros en Sevilla, donde nadie lee, como no sean novelas nuevas,
-traducidas del francés, y obscenidades! ¡Libros! ¡Ojalá fuese gitano,
-que entonces, vendiendo burros, sería al menos independiente y más
-respetado que ahora!
-
-YO.—¿En qué género de libros comercia usted principalmente?
-
-DIONISIO.—En el menos adecuado al mercado de Sevilla, _Kyrie_: en
-libros de valor substancial, fundamentales; muchos en griego viejo,
-adquiridos por mí al disolverse los conventos, cuando los fondos
-de sus bibliotecas, arrojados a los patios, se vendían a tanto la
-_arroba_. Al principio creí hacer fortuna, y, en realidad, con esos
-libros la hubiera hecho en cualquier otra parte; pero aquí he llegado
-a ofrecer por medio duro un Elzevir, en vano. Si no fuera por los
-forasteros, que me compran algo, me moriría de hambre.
-
-YO.—Pero en Sevilla hay una gran catedral con muchos curas y
-canónigos; de seguro irán a verle a usted algunos para comprar obras
-clásicas y libros de literatura eclesiástica.
-
-DIONISIO.—Si cree usted eso, _Kyrie_, conoce usted mal a los
-eclesiásticos de Sevilla. Yo trato a muchos y puedo asegurarle
-que es difícil encontrar una caterva de gentes con más declarada
-aversión a los trabajos intelectuales de toda especie. No leen más
-que periódicos, y los toman sólo por la esperanza de saber que su
-amigo don Carlos está ya reinstalado en Madrid; pero prefieren
-el chocolate y los bizcochos y dormir la siesta antes de comer a
-toda la filosofía de Platón y a la elocuencia de Tulio. Algunas
-veces van a mi casa, pero sólo para matar una hora de aburrimiento
-charlando de cosas sin sustancia. Una vez fueron a verme tres de
-ellos con la esperanza de convertirme a la superstición latina.
-«_Signor Donatio_ (así me llamaban), ¿cómo usted, persona tan
-libre de prejuicios, y con ciertas pretensiones de saber, sigue
-aferrado a una religión tan absurda? Tras de residir tantos años
-en una tierra civilizada, como esta de España, harto tiempo es ya
-de que abandone usted su culto medio pagano e ingrese en el seno
-de la Iglesia. Siga nuestro consejo y no le irá mal.» «Gracias,
-señores—repliqué—, por el interés que mi felicidad les inspira; yo
-no me niego a razones: discutamos el asunto. ¿Cuáles son los puntos
-de mi religión que a ustedes les parecen mal? Porque claro es que
-ustedes conocerán perfectamente nuestros dogmas y ceremonias.» «Nada
-sabemos de su religión de usted, _signor Donatio_, salvo que es muy
-absurda, y, por tanto, está usted obligado, ya que es hombre bien
-instruído y sin prejuicios, a renunciar a ella.» «Pero, señores,
-si no conocen ustedes mi religión, ¿cómo la llaman absurda? No es
-propio de personas imparciales despreciar lo que se desconoce.»
-«Pero, _signor Donatio_, la religión de usted no es la Católica,
-Apostólica, Romana, ¿verdad?» «Podría serlo, señores, juzgando por
-lo que ustedes saben de ella; para que se enteren, les diré que no;
-mi religión es la Apostólica Griega. No la llamo católica por ser
-absurdo llamar católico a lo que no está admitido universalmente.»
-«Pero, _signor Donatio_, ello mismo lo dice: ¿qué va a entender de
-religión una cuadrilla de griegos bárbaros e ignorantes? Si niegan la
-autoridad de Roma, ¿dónde van a buscar ideas religiosas razonables?
-¿De dónde les va a venir el Evangelio?» «¿El Evangelio? Señores,
-permítanme que les enseñe un libro: aquí está. ¿Qué opinan ustedes?»
-«_Signor Donatio_, ¿qué significa esto? ¿Qué son esos diabólicos
-caracteres? ¿Son moriscos? ¿Quién es capaz de entenderlos?» «Supongo
-que siendo ustedes sacerdotes de la Iglesia romana sabrán algo de
-latín; pues si examinan la portada del libro leerán en la lengua
-de su Iglesia: Evangelio de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, en
-su original griego», del cual la Vulgata es una mera traducción,
-y no muy correcta por cierto. Respecto a la barbarie de Grecia,
-ignoran ustedes, al parecer, que hubo una ciudad, llamada Atenas,
-famosísima, siglos antes de que a la primera choza de Roma le
-pusieran su techo de bálago y de que los vagabundos que primero la
-poblaron se hubieran escapado de manos de la justicia.» «_Signor
-Donatio_, es usted un hereje ignorante y, además, un insolente.
-¡Qué desatinos son esos!...» Pero no quiero cansarle los oídos,
-_Kyrie_, con los absurdos que los pobres _papas_[19] latinos me
-dispararon; su estribillo era: ¡qué disparates son esos!, muy
-aplicable, por cierto, a lo que ellos decían. Viendo que no podían
-conmigo en la controversia religiosa, denigraron a mi país con
-rabia: «España es mejor país que Grecia»—dijo uno. «Antes de venir
-a España no había usted probado el pan»—exclamó otro. «Y bien poco
-desde entonces»—pensaba yo. «Nunca había usted visto una ciudad como
-Sevilla»—añadió el tercero. Pero entonces comenzó lo más divertido de
-la comedia; mis visitantes eran naturales de tres puntos diferentes:
-uno era de Sevilla, otro de Utrera, y el tercero de Miguelturra,
-pueblo miserable de la Mancha. Al oír mentar a Sevilla, empezaron
-los otros dos a cantar las alabanzas de sus cunas respectivas;
-surgieron las comparaciones, y el resultado fué una disputa
-violenta. Rociáronse de ultrajes; mientras, yo me mantuve apartado,
-encogiéndome de hombros, y decía _tipotas_[20]. Al fin, cuando se
-marchaban, dije: «¿Quién hubiese creído, señores, que la polémica de
-las iglesias latina y griega estaba tan estrechamente relacionada con
-los méritos comparativos de Sevilla, Utrera y Miguelturra?»
-
- [19] En griego, sacerdotes.
-
- [20] Nada.
-
-YO.—¿Hay aquí gran espíritu de proselitismo? ¿Qué clase de gente se
-convierte?
-
-DIONISIO.—Le diré a usted, _Kyrie_: la generalidad de los conversos
-se compone de protestantes alemanes o ingleses, aventureros, que
-vienen a establecerse aquí, y al cabo del tiempo se casan con
-españolas, para lo cual es necesario el previo ingreso en la
-Iglesia latina. Unos pocos son judíos vagabundos de Gibraltar o de
-Tánger, delincuentes huídos a España, y que renuncian a su fe para
-no morir de inanición. Pero a tan ilustre gente hay que pagarla, y
-los curas se encargan de buscarles _padrinos_, generalmente entre
-las devotas ricas sometidas a su influencia, que tienen a gloria y
-por acto meritorio cooperar en la reconquista de almas perdidas
-para la Iglesia. El neófito se deja convencer mediante la promesa
-de una _peseta_ diaria, que los padrinos pagan de ordinario durante
-el primer año; pero rara vez más tiempo. Hace unos cuarenta años,
-sin embargo, lograron una conversión más notable. En Marruecos se
-encendió una guerra civil por las opuestas pretensiones de dos
-hermanos al Trono. Vencido uno de ellos, huyó a España, implorando
-la protección de Carlos IV. Pronto le dedicaron los curas atención
-especial, que no anduvieron tardos en convertirle, y consiguieron que
-el rey le señalase una pensión de un duro diario. De allí a pocos
-años murió en Sevilla hecho un vago, despreciado de todos. Dejó un
-hijo, hoy notario, muy devoto exteriormente. Pero es el hipócrita y
-_picarón_ más grande que existe. Quisiera que le viera usted la cara,
-_Kyrie_: es la de Judas Iscariote. Tal sería también, creo yo, la
-opinión de usted, que es fisonomista. Vive en la puerta inmediata a
-la mía, y a pesar de su religiosidad ostentosa, le dejan vivir en la
-mayor pobreza.
-
-Y nada más por ahora acerca de Dionisio.
-
-A mediados de julio, nuestros trabajos en Sevilla llegaron a término
-por la muy eficaz razón de que ya no tenía más Testamentos que
-vender; desde mi llegada se habían puesto en circulación algo más de
-doscientos.
-
-Unos diez días antes de esa fecha me visitaron varios _alguaciles_
-acompañados de una especie de alcalde de barrio, y se apoderaron de
-unos pocos Testamentos y Evangelios en gitano que por casualidad
-encontraron esparcidos por el suelo. La visita no me desagradó, ni
-mucho menos, porque era prueba satisfactoria del efecto de nuestros
-trabajos en Sevilla.
-
-No puedo por menos de referir aquí un sucedido: Uno o dos días
-después del secuestro fuí a casa del alcalde de barrio con motivo de
-mi pasaporte, y le encontré echado en la cama, por ser la hora de
-_siesta_, leyendo con atención uno de los Testamentos que se llevó
-de mi casa, todos los cuales, si hubiera obedecido las órdenes que
-tenía, debió haber depositado en el Gobierno civil. Tan absorto
-estaba en la lectura, que al pronto no se dió cuenta de mi llegada;
-cuando la advirtió, saltó de la cama muy confuso y guardó el libro
-en su bufete; yo, sonriendo, le dije que se tranquilizara, pues me
-alegraba verle ocupado en cosa de tan gran provecho. Ya más sereno,
-manifestó que había leído casi todo el libro, sin hallar nada malo en
-él; por el contrario, todo le parecía digno de loa. Añadió que los
-curas debían de estar _endemoniados_ para perseguirlo con tal saña.
-
-Hicieron el embargo en domingo, y me encontraron leyendo la liturgia.
-Uno de los _alguaciles_ hizo notar al marcharse el diferente modo
-que protestantes y católicos tenían de guardar las fiestas: los
-primeros, en sus casas leyendo buenos libros; los segundos, en los
-toros, mirando cómo las fieras arrancan las entrañas ensangrentadas a
-los pobres caballos. La plaza de toros de Sevilla es la más hermosa
-de España, y todos los domingos (único día en que se abre) se llena
-invariablemente de una multitud entusiasta.
-
-Comencé ya los preparativos para ausentarme de Sevilla por unos meses
-con destino a la costa de Berbería. Antonio, que no quiso salir de
-España, donde estaban su mujer y sus hijos, se volvió a Madrid muy
-contento con una buena gratificación que le di. Como me proponía
-volver aún a Sevilla, dejé la casa y los caballos al cuidado de un
-amigo de confianza, y me marché. En los capítulos siguientes se verán
-las razones que tuve para visitar Berbería.
-
-
-
-
-CAPÍTULO L
-
- Noche en el Guadalquivir. — La luz del Evangelio. — Bonanza. — La
- playa de Sanlúcar. — Panorama andaluz. — Historia de una caja. —
- _Cosas de los ingleses._ — Los dos gitanos. — El cochero. — El
- gorro de dormir encarnado. — El vapor. — El idioma cristiano.
-
-
-En la noche del 31 de julio salí de Sevilla para mi expedición a
-bordo de uno de los vapores que navegaban por el Guadalquivir entre
-Sevilla y Cádiz. Llevaba el propósito de detenerme en Sanlúcar para
-recobrar la caja de Testamentos retenida allí en secuestro, mientras
-llegaba la ocasión oportuna de sacarlos fuera del reino de España.
-Destinaba yo esos Testamentos a ser repartidos entre los cristianos
-que esperaba encontrar en las costas de Berbería. Sanlúcar dista
-unas quince leguas de Sevilla, y se halla a la entrada de la bahía
-de Cádiz, donde el Guadalquivir junta sus aguas amarillas con las
-ondas saladas. El vapor desatracó del muelle a eso de las nueve y
-media, entre el vocerío con que los de a bordo y los que se quedaban
-en tierra se despedían de sus amigos. En ese tumulto me pareció
-oír las voces de algunos amigos míos que me habían acompañado al
-muelle, y al instante me puse a gritar con más fuerza que nadie. La
-noche era muy obscura; tanto, que apenas distinguíamos los árboles
-que pueblan el borde oriental del río hasta la primera revuelta.
-Durante todo aquel día había reinado en Sevilla un _calmazo_; es
-decir, un tiempo excesivamente bochornoso, sin el más leve soplo de
-aire que lo animase. La noche fué también pesada y sofocante. Como
-yo había hecho con frecuencia el viaje del Guadalquivir, remontando
-y descendiendo el famoso río, no sentí la inquietud y curiosidad
-que la gente experimenta al hallarse, sea con luz o a obscuras, en
-paraje extraño, y como no conocía a ninguno de los pasajeros que
-charlaban sobre cubierta, pensé que lo mejor sería retirarme a la
-cámara y descansar un poco, a ser posible. La cámara estaba desierta
-y regularmente fresca, con todas las ventanas de las dos bandas
-abiertas para que corriese el aire. Tendido en un diván me dormí
-pronto, y así estuve dos horas, hasta que las furiosas picaduras de
-mil chinches me despertaron, obligándome a salir a cubierta, donde me
-dormí otra vez arropado con mi abrigo. Me desperté al rayar el día;
-estábamos a unas dos leguas de Sanlúcar. Me puse en pie y miré al
-Oriente, observando los progresos graduales del amanecer: primero un
-débil fulgor, luego unas bandas de claridad, después un arrebol, un
-rayo brillante, y por fin el disco de oro de ese orbe que cada día
-emerge del inmenso abismo; al instante, el vasto panorama fulguró
-con claros resplandores; la tierra reía, chispeaban las aguas, los
-pájaros trinaban, y los hombres levantábanse regocijados, porque era
-un nuevo día, y el sol, en la misión que le dió su Creador, comenzaba
-a difundir la luz y el contento, ahuyentando la pesadumbre y las
-tinieblas.
-
- Ved el sol matinal
- cual inunda su claridad la tierra,
- su camino triunfal
- de vida y luz se llenan.
-
- El Evangelio alumbra
- con luz aun más divina,
- saca a los pecadores de sus tumbas
- y da a los ciegos vista.
-
-Nos detuvimos frente a Bonanza, que es, hablando propiamente, el
-puerto de Sanlúcar, aunque dista de este pueblo media legua. Llámase
-Bonanza en razón de su buen surgidero, al abrigo de las borrascas del
-Océano. Consiste en varios edificios espaciosos, blancos, casi todos
-almacenes del Gobierno, y lo habitan carabineros, aduaneros y unos
-pocos pescadores. Un bote vino a recoger los pasajeros para Sanlúcar
-y trajo a bordo media docena de personas que iban a Cádiz; yo me fuí
-con aquéllos. Un joven español, de talla diminuta, me hizo en francés
-algunas preguntas acerca de lo que me parecían el paisaje y el clima
-de Andalucía. Díjele que los admiraba mucho, lo que, evidentemente,
-le causó gran placer. El botero llegó entonces pidiendo dos _reales_
-por llevarme a la costa; no llevaba yo dinero suelto, y le ofrecí
-un duro para que cambiase. Dijo que le era imposible; le pregunté
-qué haríamos, y groseramente me contestó que no lo sabía, pero que
-no estaba para perder tiempo y quería cobrar en el acto. El joven
-español, al observar mi apuro, sacó dos _reales_ y pagó al hombre. Le
-di las gracias de todo corazón por tal rasgo de cortesía, y muy de
-veras se lo agradecí, pues hay pocas situaciones tan desagradables
-como encontrarse en un grupo de gente que no tiene cambio, y verse
-acosado al mismo tiempo para el pago. Una persona algo depravada me
-decía una vez que es preferible carecer de dinero en absoluto, pues
-en tal caso ya sabe uno lo que ha de hacer. Más tarde encontré en
-Cádiz al joven español y le pagué, dándole gracias otra vez.
-
-Cerca del desembarcadero esperaban unos cuantos cabriolés, dispuestos
-a llevarnos a Sanlúcar. Tomé uno, y echamos a andar lentamente por
-la playa. El sitio es famoso en las novelas antiguas españolas, del
-género llamado picaresco, o sea las consagradas a las aventuras
-de pícaros notorios; el modelo de todas, así como de las del mismo
-género en cualquier otro idioma, es _Lazarillo de Tormes_. El
-propio Cervantes inmortalizó esta playa en la más divertida de sus
-novelas cortas, _La ilustre fregona_. En una palabra, la playa de
-Sanlúcar era en los tiempos antiguos, si no en los modernos, punto
-de cita de rufianes, _contrabandistas_ y vagabundos de toda laya,
-que allí anidaban en míseras chozas, hoy desaparecidas. El mismo
-Sanlúcar siempre fué notado por la inclinación de sus habitantes—los
-peores de Andalucía—al robo. Aquel ventero del _Quijote_, tan
-pícaro, perfeccionó su educación en Sanlúcar. Todos estos recuerdos
-se agolpaban en mi espíritu según íbamos recorriendo la playa,
-dorada por el sol de Andalucía, que todo lo hermosea. Llegamos
-al fin a ponernos próximamente frente a Sanlúcar, que se alza a
-cierta distancia de la ribera. Allí se nos ofreció un espectáculo
-muy animado: una multitud de mujeres, vistiéndose o desnudándose,
-pululaba en la orilla, mientras (calculando con prudencia) centenares
-de ellas jugaban y retozaban en el agua. Algunas estaban tendidas
-cuan largas eran al borde mismo de la playa, en un lecho de arena
-y pedrezuelas, dejando que las minúsculas olas les pasaran sobre
-el cuerpo; otras nadaban valientemente mar adentro. Había una
-confusa batahola de gritos, chillidos y agudas risas femeninas;
-oíase también algunas canciones, cuyo asunto es fácil de adivinar,
-pues estábamos en la soleada Andalucía, ¿y en qué pueden pensar ni
-de qué hablar o cantar sus ojinegras hijas más que de _amor, amor_,
-que entonces resonaba en la tierra y en las aguas? Prosiguiendo
-a lo largo de la playa, vimos también una multitud de hombres
-bañándose; no pasamos junto a ellos, pues torcimos a la izquierda
-y remontamos un paseo o avenida que conduce a Sanlúcar, como de un
-cuarto de milla de longitud. La vista desde allí era, en verdad,
-magnífica: ante nosotros yacía la ciudad, en la falda y en la cúspide
-de una colina de regular altura, extendiéndose de Este a Oeste; la
-población me pareció bastante grande; supe después que contaba lo
-menos veinte mil habitantes. Varios inmensos edificios y murallas la
-dominaban, de tanta grandeza que difícilmente puede describirse con
-palabras; pero lo principal era un castillo antiguo, situado hacia
-la izquierda. Las casas eran blancas del todo, y hubieran brillado
-esplendorosas de haber estado más alto el sol, pero en hora tan
-temprana yacían en relativa sombra. El _tout ensemble_ era oriental
-y morisco en extremo; de hecho, Sanlúcar fué antaño una famosa
-fortaleza de los moros, y después de Almería, la plaza comercial
-más frecuentada de España. En estas partes de Andalucía todo tiene
-un carácter enteramente oriental. Ved los cielos, tan despejados
-y de azul tan brillante como el de la India; el candente sol, que
-en un momento curte las más blancas mejillas, y llena el aire de
-llameantes ráfagas; y ved el paisaje y los productos vegetales. A
-cada lado del paseo por donde íbamos había una hilera de esa mata
-o árbol, no sé cómo llamarlo, que en español se conoce por _pita_
-y en marroquí por _gursean_. Alcanza aquí desarrollo casi tan
-majestuoso como en la costa de Africa. Del cogollo de verdes hojas,
-que en todas direcciones brotan desde la raíz, se alza un tallo tan
-alto, ¿necesitaré decirlo?, como una palmera; ¿y necesitaré decir
-que las hojas, de extraordinario espesor en la base, son en el cabo
-más agudas que la punta de una lanza, y que infligirían una herida
-terrible a cualquier animal que por inadvertencia se arrojase contra
-ellas?
-
-La _posada_ donde paramos está a la entrada de Sanlúcar. Daba frente,
-con algunas casas más, al paseo por donde habíamos ido. Como aún
-era muy temprano, me fuí a descansar unas horas, y después visité
-al vicecónsul británico, Mr. Phillipi, quien ya me conocía de
-nombre, pues me había recomendado a él, por carta, un pariente suyo
-de Sevilla. Mr. Phillipi estaba en su escritorio, y me recibió con
-gran amabilidad y cortesía. Le expliqué el motivo de mi visita a
-Sanlúcar, y solicité su ayuda para rescatar los libros depositados
-en la Aduana y poder sacarlos del reino, pues bien conocía yo las
-dificultades que encuentran cuantos han de tratar algún asunto con
-las autoridades españolas. El vicecónsul me aseguró que tendría gran
-placer en serme útil, y, en consecuencia, envió conmigo a la Aduana a
-su primer oficial, persona muy conocida y respetada en Sanlúcar.
-
-Lo mejor será contar aquí de una vez lo relativo a esos libros, para
-no entorpecer más adelante la narración. Consistían en un cajón de
-Testamentos en español y una caja pequeña de Evangelios de San Lucas,
-en el lenguaje de los _gitanos_ españoles. Los retiré de la Aduana
-de Sanlúcar, con una guía para la de Cádiz. En Cádiz estuve ocupado
-dos días, y otros tantos una persona que tomé a mi servicio, en
-cumplir todos los requisitos y procurarme los papeles necesarios. El
-gasto fué grande, pues a cada paso me pedían dinero, si bien yo no
-hacía más que cumplir sencillamente la orden del Gobierno español de
-sacar de España los libros prohibidos. Esta farsa no concluyó hasta
-mi llegada a Gibraltar, donde pagué un duro al cónsul español por
-certificar al dorso de la guía, antes de devolverla a Cádiz, como
-era mi obligación, que los libros habían llegado a aquella plaza. No
-vió los libros, es cierto, ni preguntó por ellos; pero se guardó el
-dinero, objeto único, por lo visto, de sus ansias.
-
-En la Aduana de Sanlúcar me hicieron dos o tres preguntas respecto de
-los libros contenidos en las cajas; y eso me dió ocasión de hablar
-del Nuevo Testamento y de la Sociedad Bíblica. Mis palabras llamaron
-la atención, y al instante todos los oficiales y dependientes de la
-casa, grandes y chicos, desde el administrador hasta el portero,
-se congregaron en torno mío. Como hubo que abrir las cajas para
-inspeccionar su contenido, salimos todos al patio, y allí, tomando
-en la mano un Testamento, reanudé mi discurso. No sé a punto fijo lo
-que dije; pues al recapacitar de qué modo se perseguía la palabra de
-Dios en tan desventurado reino, me emocioné mucho y me dejé llevar
-de mis sentimientos. Mis palabras causaron impresión, evidentemente;
-con gran asombro mío, cada uno de los presentes me pidió un ejemplar.
-Vendí unos cuantos dentro de la misma Aduana. Lo que más llamaba
-la atención era el Evangelio en gitano, y lo examinaron con mucho
-detenimiento, entre sonrisas y exclamaciones de sorpresa, diciendo
-de vez en cuando: _Cosas de los ingleses_. Uno de los presentes
-me preguntó si sabía hablar el lenguaje _gitano_. Respondí que no
-sólo hablarlo, pero escribirlo, y en el acto hice un discurso de
-unos cinco minutos en la lengua de los gitanos, y apenas concluí,
-todos aplaudieron y exclamaron: _¡Cosas de Inglaterra! ¡Cosas de
-los ingleses!_ Vendí algunos ejemplares del Evangelio en gitano,
-y terminado el asunto que me llevó a la Aduana, me despedí de mis
-nuevos amigos y me fuí con mis libros.
-
-Volví a casa de Mr. Phillipi, quien, al conocer mi intención de
-proseguir el viaje a Cádiz en el vapor de la mañana siguiente, que
-tocaría en Bonanza a las cuatro, envió a este pueblo mis cajas y
-mi ligero equipaje, aconsejándome que fuese yo también a dormir
-allí para poder embarcar en hora tan temprana. Me presentó después
-a su mujer, que era inglesa, y a su hija, muchacha de unos diez y
-ocho años, amable y linda, a quien ya había visto en Sevilla; había
-allí de visita otros tres o cuatro señores, que habían ido desde
-Sevilla a tomar baños de mar. La señora de la casa y yo cambiamos
-unas pocas palabras en inglés, y luego empezamos todos a charlar en
-español, único idioma que, al parecer, entendían o apreciaban los
-demás presentes; en verdad, sería poco razonable esperar que los
-españoles hablen un idioma distinto del suyo, pues tan armonioso
-y flexible como es (mucho más, a mi juicio, que ningún otro), se
-antoja, en ocasiones, del todo insuficiente para expresar los
-arranques impetuosos de su exuberante imaginación. Dos horas volaron
-rápidamente en coloquios, interrumpidos de vez en cuando por la
-música y el canto, hasta que me despedí de tan deleitosa compañía, y
-me fuí a curiosear por la ciudad.
-
-Era ya más de medio día, y el calor en extremo fuerte; apenas vi
-alma viviente por las calles; las piedras del pavimento me quemaban
-los pies a través de las suelas de las botas. Crucé la plaza de la
-Constitución, que nada de particular ofrece a los ojos del viajero,
-y remonté la colina para ver el castillo desde más cerca. Es un
-edificio de piedra, fuerte y pesado, con cubos, y en regular estado
-de conservación, a pesar de hallarse abandonado.
-
-Me cansé de mirar, y ya desandaba el camino, cuando me abordaron
-dos gitanos, que se habían enterado de mi llegada. Cambiamos unas
-palabras en _gitano_, pero conocían muy mal el dialecto y eran
-incapaces de sostener una conversación en él. Clamaban por un
-_gabicote_, o libro en lengua gitana. Se lo negué, diciendo que no
-sacarían de él provecho alguno; pero en vista de que sabían leer,
-les prometí sendos Testamentos en español. Con desdén rechazaron
-la oferta, diciendo que no se curaban de nada escrito en la lengua
-de los _Busné_ o gentiles. Insistieron en su demanda, a la que por
-fin me sometí, no pudiendo resistir sus importunaciones; así que me
-acompañaron a la posada y recibieron lo que con tanto ardor deseaban.
-
-Por la tarde me visitó Mr. Phillipi; me dijo que por encargo suyo
-un cabriolé iría a buscarme a la posada al ser las once para
-llevarme a Bonanza, y allí, un individuo, dueño de una tabernucha,
-a quien de antemano se habían remitido mis cajas y otros bártulos,
-me alojaría por aquella noche, si bien tendría probablemente que
-dormir en el suelo. Fuímos después de paseo a la playa, donde había
-muchos bañistas, todos varones. Algunos eran muy buenos nadadores,
-en particular dos, que se habían metido muy adentro en el abra del
-Guadalquivir, una milla cuando menos. Al decirme que eran frailes, me
-pregunté asombrado en qué época de su vida habrían podido adquirir
-tanta destreza en la natación. Supuse que no sería en los tiempos
-en que, conforme a sus votos, sólo podían vivir para la oración, el
-ayuno y las mortificaciones. La natación es un ejercicio muy bueno,
-pero en manera alguna encaminado a la mortificación de la carne
-ni del espíritu. Al anochecer volvimos a la ciudad, y mi amigo se
-despidió de mí con mucho cariño. Me retiré después a mi aposento, y
-pasé unas horas en meditación.
-
-Se hizo de noche; dieron las diez, las once; el cabriolé se detuvo
-a la puerta. Monté, y echamos paseo abajo y luego a lo largo de
-la playa, desierta. Las olas resonaban tristemente; todo parecía
-cambiado desde por la mañana. Hasta me pareció que las pisadas de
-los caballos sonaban de distinto modo al avanzar al trote corto por
-la arena compacta y húmeda. Pero el cochero no estaba triste, ni
-mucho menos, ni con ganas de permanecer callado mucho tiempo: no
-tardó en empezar a hacerme una infinidad de preguntas respecto de mi
-procedencia y de mi destino. Le respondí lo que me pareció oportuno,
-y, en cambio, le pregunté si no le daba miedo pasar con el coche a
-tales horas por un sitio de tan mala fama como aquella playa. Oído
-esto, miró en torno, y al no ver a nadie, soltó una exclamación
-burlona, y dijo que un hombre con tales patillas como las suyas
-no se asustaba de todos los ladrones de la playa juntos, y que ni
-doce hombres de Sanlúcar se atreverían a dar el alto a un viajero
-sabiendo que iba bajo su protección. Era un buen ejemplar de andaluz
-fanfarrón. A poco percibimos el débil fulgor de una o dos luces
-delante de nosotros: eran las de unas lanchas y otros barquichuelos
-embarrancados en la arena, debajo y muy cerca de Bonanza; entre los
-barcos percibí la obscura silueta de dos o tres hombres. Estábamos
-al final del viaje y nos detuvimos ante la puerta de la casa donde
-había de albergarme por aquella noche. Se apeó el cochero y llamó
-fuerte un buen rato, hasta que un hombre, como de sesenta años, de
-extraordinaria corpulencia, abrió la puerta; llevaba en la mano una
-luz mortecina, e iba vestido con una camisa de rayas, sucia, y gorro
-de dormir encarnado. Sin proferir palabra nos dejó entrar en una
-pieza muy vasta, con piso de tierra. A un lado, cerca de la puerta,
-se alzaba una especie de mostrador; detrás, un par de barriles, y en
-anaqueles, contra la pared, frascos de diversos tamaños. Había un
-olor muy fuerte a vino y licores. Arreglé la cuenta con el cochero
-y le di una propina; luego me pidió para echar un trago a mi salud.
-Díjele que pidiera lo que quisiese, y pidió una copa de aguardiente,
-que el amo de la casa, plantado detrás del mostrador, le sirvió sin
-pronunciar palabra. El cochero se la echó al coleto de un trago, pero
-hizo una porción de muecas después de beberla, y, tosiendo, dijo
-que sin duda alguna el aguardiente era bueno, porque le abrasaba el
-gaznate de un modo terrible. Luego me abrazó, salió de la casa y,
-montando en el cabriolé, fuése.
-
-El viejo del gorro colorado se acercó entonces muy despacio a la
-puerta, echó el cerrojo y la atrancó; después, empujó dos bancos
-y los juntó, señalándomelos con el gesto, como para notificarme
-que allí tenía la cama; sopló la luz y se retiró al fondo de la
-habitación, donde le oí tumbarse con muchos suspiros y resoplidos.
-No quedó más luz que la de una cazuelilla de barro puesta en el
-suelo, llena de agua y aceite, donde flotaba un pedacito de cartón
-con un pábilo encendido en el centro: esta lámpara tan sencilla se
-llama _mariposa_. Puse mi saco de noche sobre el banco, a modo de
-almohada, y me eché; me hubiese dormido en el acto, a no ser porque
-el del gorro colorado empezó a roncar de modo pavoroso; esto me hizo
-recordar que aún no me había encomendado a mi Amigo y Redentor: hice,
-pues, mis oraciones, y luego me sumí en el descanso.
-
-Más de una vez durante la noche me despertaron los gatos, y creo
-que también las ratas, al saltar sobre mi cuerpo. Al despertar la
-última vez, me levanté y, acercándome a la mariposa, consulté el
-reloj: eran las tres y media de la mañana. Abrí la puerta y salí a
-mirar; entraron unos pescadores pidiendo el aguardiente; el viejo
-se levantó en seguida a servirlos. Uno de aquellos hombres me dijo
-que si pensaba marcharme en el vapor, debía mandar cuanto antes mis
-equipajes al embarcadero, porque había sentido el ruido del barco
-que venía río abajo. Expedí los bultos y pregunté al del gorro
-colorado cuánto debía. _Un real_, respondió; tales fueron las dos
-únicas palabras que oí de su boca; en verdad, era hombre apegado al
-silencio, y acaso a la filosofía, poco cultivados en Andalucía. Me
-fuí presuroso al embarcadero. Aún no había llegado el vapor, pero el
-fragor de su marcha por el río oíase cada vez más cerca. La niebla
-cubría la faz tenebrosa de las aguas, y sentí cierto pavor al oír
-aproximarse al invisible monstruo rugiendo en el silencio de la
-noche. Al fin estuvo a la vista, se adelantó revolviendo el agua, se
-detuvo, y a poco me encontré a bordo. Era el _Península_, el mejor
-barco del Guadalquivir.
-
-¡Qué prodigiosa obra de la industria humana es el barco de vapor! Sin
-embargo, ¿cómo llamarla prodigiosa si se toma en consideración su
-historia? Han pasado más de quinientos años desde que surgió por vez
-primera la idea de construirlo, y sólo a fines del siglo pasado se
-logró por completo el intento, surcando las aguas de un río escocés
-el primer vapor digno de tal nombre. Durante ese largo período de
-tiempo, inteligencias perspicaces y hábiles manos se empleaban de
-vez en vez en el intento de corregir aquellas imperfecciones de la
-maquinaria que eran el único obstáculo que se oponía a que el barco
-fuese su propio propulsor contra las olas y el viento. Esos intentos,
-abandonados unos tras otros, perdida la esperanza, no fueron por
-completo estériles: cada inventor dejaba tras de sí alguna nueva
-mejora, fruto de sus trabajos, y sus continuadores la aprovechaban,
-hasta que sólo faltó encontrar dos o tres ideas felices, y un
-artilugio más perfecto. Llegaron los tiempos, y, por fin, ahora
-surcan el mismo Atlántico arrogantes vapores. Mucho se ha ponderado,
-en mi opinión con justicia, la utilidad del vapor para difundir
-por doquiera la civilización. Cuando los primeros barcos de vapor
-aparecieron en el Guadalquivir hará unos diez años, los sevillanos
-corrieron a las orillas del río, gritando ¡brujería! ¡brujería!, idea
-robustecida por el hecho de ser inglesa la Compañía, y de llevar los
-barcos, construídos en Inglaterra, maquinistas ingleses, como todavía
-los llevan; porque no se encontró ningún español capaz de entender
-la maquinaria. Sin embargo, no tardaron en habituarse a los vapores,
-que van generalmente abarrotados de pasajeros. Fanáticos y vanidosos
-como son todavía, y apegados con pasión a sus costumbres antiguas,
-los sevillanos saben que, en un caso al menos, puede venir algo bueno
-de tierra extranjera, y de herejes por añadidura; sus prejuicios
-inveterados han sufrido un rudo golpe, y es de esperar que éste sea
-el alborear de su civilización.
-
-Mientras surcábamos la bahía de Cádiz, iba yo reclinado en uno de
-los bancos de la cubierta, cuando acertó a pasar el capitán en
-compañía de otro hombre; se detuvieron cerca de mí, y oí al capitán
-preguntarle al otro cuántas lenguas sabía hablar. «Una tan sólo»,
-replicó. «Esa única—dijo el capitán—es, claro está, el cristiano»,
-nombre que los españoles dan a su propio idioma, para contraponerlo a
-todos los demás. «Ese individuo—continuó el capitán—que va echado en
-el banco, habla también el cristiano, cuando le conviene; pero habla
-además otros que no son el cristiano, ni mucho menos: sabe hablar
-inglés, y le he oído charlotear _gitano_ con los de Triana; ahora va
-a tierra de moros, y si fuese usted allí, le oiría hablar con ellos
-en su jerigonza con tanta facilidad como en _cristiano_, y aún mejor,
-porque él tampoco es cristiano. Le he tenido ya muchas veces a bordo,
-pero el sujeto me gusta poco, porque lleva consigo una cosa nada
-buena.» Tan digna persona me había estrechado la mano a mi llegada a
-bordo, diciéndome lo mucho que le contentaba verme de nuevo.
-
-
-
-
-CAPÍTULO LI
-
- Cádiz. — Las fortificaciones. — El cónsul general. — Anécdota
- característica. — Un vapor catalán. — Trafalgar. — Alonso Guzmán.
- — Gebel Muza. — La fragata _Orestes_. — El león hostil. — Las
- obras del Creador. — Un lagarto del Peñón. — El gentío. — La
- reina de los mares. — Oración por mi país.
-
-
-Cádiz se alza, como es bien sabido, en una larga y angosta lengua de
-tierra que se adentra en el mar, de cuyo seno parece salir la ciudad;
-las ondas salinas bañan sus muros por todos lados, menos por el Este,
-donde un istmo de arena la une con la costa de España. La ciudad,
-en su estado actual, es de construcción moderna, y, a diferencia de
-todas las demás ciudades de la Península, está edificada con gran
-regularidad y simetría. Muchas son sus calles, y se cortan, por lo
-general, en ángulo recto. Son muy estrechas, en comparación de la
-altura de las casas, y, por tanto, impenetrables a los rayos del
-sol, excepto en la hora del mediodía. Pero la calle principal es una
-excepción, y tiene cierta anchura. En esta calle está la _Bolsa_,
-las casas de los comerciantes más fuertes y de la nobleza, y es,
-durante la primera parte del día, punto de reunión de los ociosos
-y de los hombres de negocios, por lo que recuerda a la Puerta del
-Sol de Madrid. Desemboca en la plaza principal, no muy grande,
-pero con muchas pretensiones de magnificencia: circúyenla grandes
-edificios de aspecto imponente, y está plantada de hermosos árboles,
-a cuyo pie hay bancos de mármol, para comodidad del público. Pocos
-edificios públicos hay en Cádiz dignos de gran atención: cierto
-que la catedral pasaría en otros países por un monumento hermoso;
-pero en España, tierra de catedrales gigantescas, magníficas, sólo
-puede ser considerada como lugar de culto decoroso; todavía está sin
-acabar. Hay un paseo público, o _alameda_, en las murallas del Norte,
-atestado de gente, por lo general, las tardes de verano: el verdor
-de los árboles, mirados desde la bahía, presta agradable descanso a
-los ojos, deslumbrados por el resplandor del caserío, todo blanco,
-porque Cádiz es también una ciudad radiante. En otro tiempo fué la
-más rica de España, pero ha decaído malamente de su prosperidad en
-estos últimos años, y sus habitantes lamentan de continuo la ruina de
-su comercio; por tal razón, a diario emigran muchos a Sevilla, donde,
-al menos, es más barato vivir. Aún hay, sin embargo, mucha vida y
-mucho ruido en sus calles, adornadas con numerosas y espléndidas
-tiendas, bastantes de ellas en el estilo de las de París y Londres.
-Su población actual se calcula en 80.000 habitantes.
-
-No sin razón tiene Cádiz nombre de plaza fuerte; las fortificaciones
-por el lado de tierra, en parte obra de los franceses durante
-el imperio napoleónico, son muy dignas de admiración, y parecen
-inexpugnables; por el lado del mar, la naturaleza la defiende
-tanto como el arte, porque el agua y las rocas sumergidas no son
-parapetos despreciables. Con todo, las defensas de la ciudad, salvo
-las del lado de tierra, ofrecen tristes pruebas de la apatía y
-abandono españoles, aun teniendo en cuenta las circunstancias, harto
-desfavorables, en que ahora se halla el país. En las fortificaciones,
-que van arruinándose con rapidez, apenas se ve un cañón, excepto
-unos pocos desmontados; así esa fortaleza aislada se halla hoy casi
-a merced de cualquier nación extranjera que, con un pretexto, o sin
-pretexto alguno, pretendiese arrancarla del poder de sus legítimos
-dueños y convertirla en colonia.
-
-A las pocas horas de llegar, visité a Mr. B.[21], cónsul general
-británico en Cádiz. Su casa, muy vasta y suntuosa, hace esquina a
-la entrada de la _alameda_, y tiene hermosas vistas sobre la bahía.
-Por de contado, de tiempo atrás conocía yo de oídas a Mr. B. Sabía
-que llevaba bastantes años desempeñando con provecho para su país
-natal y no poca honra suya el cargo, tan señalado como lleno de
-responsabilidades, que ocupaba en España. Conocíale también por
-cristiano bueno y pío, y, además, como amigo seguro e inteligente de
-la Sociedad Bíblica. Sabía yo eso, pero no se me había presentado
-nunca ocasión de conocerle personalmente. Le vi entonces por vez
-primera, y su aspecto exterior me causó gran impresión. Es un
-hombre alto, atlético, muy bien formado, entre cuarenta y cinco y
-cincuenta años; la grave dignidad de su semblante se dulcifica por
-una expresión de buen humor muy atractiva. Sus modales son abiertos
-y afables en extremo. No entraré a referir con detalles nuestra
-entrevista, para mí asaz interesante. Conocía Mr. B. los puntos
-capitales de mi historia desde mi llegada a España, y sobre ellos
-hizo diversos comentarios que demostraban un conocimiento íntimo de
-la situación del país, tocante a los asuntos eclesiásticos, y del
-estado de la opinión respecto a innovaciones religiosas.
-
- [21] Mr. John Brackenbury.
-
-Me agradó descubrir que sus ideas coincidían en muchos puntos con
-las mías; ambos teníamos la opinión decidida de que a pesar de
-las persecuciones y el alboroto promovidos últimamente contra el
-Evangelio, la batalla no estaba, ni mucho menos, perdida, y que la
-santa causa aún podía triunfar en España si los llamados a defenderla
-desplegaban, junto con su celo, discreción, y humildad cristiana.
-
-La mayor parte de aquel día y del siguiente estuve ocupado en la
-Aduana, tratando de obtener los documentos necesarios para exportar
-los Testamentos. El sábado por la tarde comí con Mr. B. y su familia,
-grupo interesante formado por su esposa, sus hijas, muy bellas, y su
-hijo, joven apuesto e inteligente. A la siguiente mañana, temprano,
-el vapor _Balear_ zarpaba de Cádiz con rumbo a Marsella, y escalas
-en Algeciras, Gibraltar y otros puertos de España. Tomé pasaje a
-su bordo hasta Gibraltar, pues ya nada tenía que hacer en Cádiz;
-mis asuntos en la aduana estaban al cabo concluídos gracias a Mr.
-B., sin cuya bondadosa asistencia creo que nunca los hubiera dado
-fin. Ya tarde, me despedí con pesar de hombre tan excelente y de
-mis otros encantadores amigos; creo que sus votos más fervientes me
-acompañaron, y en cualquier lugar del mundo donde, pobre peregrino
-por la causa del Evangelio, pueda encontrarme, no dejaré de ofrecer a
-menudo sinceras oraciones por su ventura y bienestar.
-
-Antes de despedirme de Cádiz, referiré una anécdota del cónsul
-británico, que le caracteriza, y pinta también su feliz manera de
-cumplir los más penosos deberes del cargo. Estaba yo de conversación
-con él en una sala de su casa, cuando nos interrumpió la llegada de
-dos visitantes inesperados: eran el capitán de un barco mercante de
-Liverpool y uno de la tripulación, rudo marinero del país de Gales,
-que apenas sabía expresarse en inglés. Ambos se miraban con indecible
-desconfianza y rencor. Resultó que el marinero se había negado a
-trabajar, y se obstinaba en abandonar el barco; su jefe llevábale
-a presencia del cónsul, a fin de que, si persistía en su actitud,
-le notificasen las consecuencias, o sea la pérdida de sus sueldos y
-ropas. Así se hizo; pero el marinero mostrábase cada vez más arisco,
-negándose a volver a pisar la misma cubierta que el capitán, quien
-le había llamado «griego, griego poltrón y holgazán», y eso no podía
-tolerarlo. La palabra «griego» se le había enconado al marinero en
-el ánimo y le lastimaba el corazón. Mr. B., buen conocedor, por lo
-visto, del carácter de los galeses en general—cuya testarudez, cuando
-se les lleva la contraria, es proverbial—y que desde luego vió los
-motivos triviales y necios de donde la disputa había surgido, le dijo
-sonriendo al marinero que, para salirse con la suya frente a todos
-y conservar sus sueldos y ropas, había un medio: irse a bordo de un
-barco de guerra de su majestad, anclado a la sazón en la bahía.
-No lo ignoraba el marinero, según dijo, y así se proponía hacerlo.
-Con todo, su torvo semblante se dilató un poco, y miró con menos
-fiereza al capitán. Entonces, Mr. B., dirigiéndose al último, hizo
-algunas observaciones sobre la inconveniencia de llamar «griego» a un
-marinero británico, sin olvidarse de mencionar al propio tiempo la
-absoluta necesidad de disciplina y obediencia a bordo. Sus palabras
-produjeron tal efecto, que muy poco tiempo después el marinero tendía
-la mano al capitán, mostrándose dispuesto a volver con él a bordo y a
-cumplir sus obligaciones, añadiendo que el capitán, después de todo,
-era el hombre mejor del mundo. Así se separaron contentos unos de
-otros; habiéndoles arrancado el cónsul la promesa de asistir al día
-siguiente al oficio divino en su casa.
-
-Llegó la mañana del domingo, y a las seis me encontraba a bordo.
-Al trepar por la escala, me hirió los oídos el áspero acento del
-dialecto catalán. El barco era, en efecto, de construcción catalana,
-y el capitán y los tripulantes pertenecían a aquel pueblo; la
-mayor parte de los pasajeros ya a bordo, o llegados después, eran
-catalanes, y parecían rivalizar unos con otros en emitir sonidos
-desagradables. Pero quien con toda evidencia se llevaba la palma
-era un comerciante gordo, de rostro colorado, barba en punta, ojos
-penetrantes y nariz corva; hablaba con asombrosa vehemencia por los
-motivos al parecer más fútiles, o sin motivo alguno; el sonido de su
-voz hubiese sido exactamente igual al ruido de un molinillo de café,
-a no ser por cierta nasalidad gangosa; no cesó de eyacular su catalán
-en todo el trayecto hasta Gibraltar. Esas gentes no se marean nunca,
-aunque con frecuencia producen o aumentan el mareo de los demás.
-
-No zarpamos hasta después de las ocho, en espera del gobernador
-de Algeciras, y en cuanto llegó a bordo nos pusimos en marcha;
-era hombre de unos setenta años, alto, delgado, rígido, de rostro
-grave, alargado y rugoso; en suma, la propia imagen de un antiguo
-grande de España. Nos echamos fuera de la bahía rodeando el ingente
-faro erguido sobre el arrecife, e hicimos después rumbo al Sur, en
-dirección de los estrechos. La mañana era esplendorosa; el cielo y el
-mar, de un azul radiante, o más bien, como en ocasión análoga hizo
-notar mi amigo Oehlenschlaeger[22], parecían dos cielos y dos soles,
-uno arriba y otro abajo.
-
- [22] Poeta danés. 1779-1850.
-
-Aunque el tiempo era bueno, el barco andaba poco, tal vez por sernos
-contraria la corriente. A las dos horas pasamos frente al castillo
-de Santa Petra, y al mediodía estábamos a la vista de Trafalgar.
-El viento refrescó y nos daba de proa; nos arrimamos mucho a la
-costa para evitar en lo posible el duro y fuerte mar que desembocaba
-del estrecho. Pasamos a muy corta distancia del Cabo, escarpado
-promontorio de no muy considerable altura.
-
-No hay inglés que pase por tales lugares—teatro de la batalla naval
-más famosa que se recuerda—sin emoción. Allí las flotas de Francia y
-España, unidas, fueron aniquiladas por una fuerza muy inferior; pero
-era una fuerza británica y la dirigía uno de los hombres más notables
-de su época, quizás el héroe más grande de todos los tiempos.
-
-Enormes despojos de naufragios emergen aún con frecuencia del golfo,
-cuyas olas se estrellan contra las rocas de Trafalgar: son reliquias
-de las gigantescas naves incendiadas y hundidas en aquel día
-terrible, cuando el heroico campeón de Bretaña, concluída su obra,
-murió. A un solo individuo le he oído aventurar palabras en desdoro
-de la gloria de Nelson: era un americano insolente, quien reputaba
-por demás exagerada la fama del almirante británico.
-
-—¿Cabe exagerar el aprecio de un hombre—replicó un desconocido—cuyos
-pensamientos todos se encaminaron al honor de su país, que apenas
-combatió una vez sin dejar un pedazo de su cuerpo en la refriega, y,
-para no hablar de otros triunfos menores, vencedor en dos batallas
-tales como Abukir y Trafalgar?
-
-Poco después estábamos a la vista de la costa de Africa. El cabo
-Espartel se dibujaba borrosamente entre la niebla por nuestra
-derecha. El Levante comenzó a soplar, y el barco cabeceaba mucho; sin
-embargo, el gobernador y yo resistimos valientemente; sentados en un
-banco, entramos en conversación acerca de los moros y de su país. El
-propio Torquemada no habría hablado de ellos con más aborrecimiento.
-Me dijo que había estado bastantes veces en las principales ciudades
-moras de la costa, describiéndomelas como montones de ruinas; a los
-moros los llamaba _cafres_ y bestias feroces. Siempre, aun en Tánger,
-donde la gente está más civilizada, le habían insultado: tan grande
-es el odio de los moros a cuanto huele a cristiano. Sin embargo, a
-los ingleses los trataban con relativa cortesía, y circulaba entre
-ellos un dicho según el cual ingleses y mahometanos son unos y lo
-mismo; el semblante del gobernador tomó por un momento una expresión
-más grave; el hombre se santiguó y guardó silencio. Adiviné lo que
-pasaba por su ánimo:
-
- «De bárbaros herejes,
- turcos y moros,
- Estrella del mar
- Dulce María,
- ¡ampárame!»
-
-A eso de las tres cruzamos frente a Tarifa, tantas veces mencionada
-en la historia de moros y cristianos. ¿Quién no ha oído hablar de
-Alonso de Guzmán el Bueno[23], que dejó sacrificar a su hijo único
-delante de los muros de la ciudad por no sufrir la ignominia de
-entregar las llaves al monarca marroquí, quien, con su ejército, muy
-cercano, según cuentan, a medio millón de hombres, había desembarcado
-en las costas de Andalucía y amenazaba poner de nuevo a España bajo
-el yugo musulmán? Pues, en verdad, si hay un país y un lugar donde
-apenas se nombre a tan buen patriota, ni se canten sus proezas, ese
-país y ese lugar son España y Tarifa modernas.
-
- [23] Borrow le llama _the Faithful_, el Fiel.
-
-He oído cantar en danés el romance de Alonso Guzmán a un pastor en
-las soledades de Jutlandia; pero una vez hablé del «Fiel» a unos
-habitantes de Tarifa, y me dijeron que nunca habían oído mentar
-a Guzmán el Fiel de Tarifa, pero que conocían a Alonso Guzmán el
-_tuerto_, uno de los más miserables _arrieros_ del camino de Cádiz.
-
-El viaje por aquellos angostos mares no puede por menos de interesar
-al más apático, dado el panorama que por uno y otro lado se presenta
-ante los ojos. Las costas son muy bravas y altas en extremo, sobre
-todo la de España, que parece dominar a la de Africa; pero frente a
-Tarifa, el continente africano, girando hacia el Suroeste, toma un
-aspecto de grandeza sublime. Una montaña blanquecina horada las nubes
-con su cumbre: es monte Abyla, llamado en lengua mora Gibil Muza, o
-montaña de Muza, porque en ella está el sepulcro de un profeta de
-ese nombre. Es una de las dos excrecencias naturales llamadas en
-la antigüedad columnas de Hércules; sus vertientes y estribaciones
-ocupan muchas leguas de la costa marroquí en varias direcciones; pero
-su parte más ancha y escarpada mira de frente al punto del continente
-europeo donde yace Gibraltar como un enorme monstruo tendido en las
-aguas. De las dos montañas, o columnas, la más notable, vistas desde
-lejos, es la africana, Gibil Muza. Es la más alta, la más corpulenta
-y se ve desde mayor distancia; pero miradas desde cerca, la columna
-de Europa absorbe nuestra admiración. Gibil Muza es una inmensa
-masa informe, un amontonamiento de rocas agrestes, con algunos
-pocos árboles y arbustos aquí y allá asomados a los bordes de los
-precipicios; sus únicos moradores son los lobos, jabalíes y monos, a
-los que debe su nombre español de _Montaña de las monas_. Gibraltar,
-por el contrario—y sin hacer cuenta de la extraña ciudad que en parte
-lo cubre, habitada por hombres de todas las naciones y lenguas, ni de
-sus baterías y excavaciones, todas prodigios de arte—, es la montaña
-de más insólita apariencia del mundo, indescriptible por el pincel ni
-por la pluma, que los ojos no se hartan de mirar.
-
-Cerca ya del anochecer, cruzábamos la bahía de Gibraltar. Habíamos
-tocado en Algeciras, en la costa española, para desembarcar al viejo
-gobernador y tomar y dejar cartas.
-
-Algeciras es una antigua ciudad mora, como denota su nombre, palabra
-árabe que significa «el lugar de las islas». Hállase al borde del
-mar, con una cadena de altas montañas a la espalda. Hasta donde
-puede juzgarse a la distancia de media milla, el lugar me pareció
-triste y abandonado. Sin embargo, en la bahía estaban una fragata
-española y un bergantín francés. Al pasar junto a aquélla, algunos
-españoles a bordo de nuestro vapor empezaron a echar roncas a costa
-de los ingleses. Parece que pocas semanas antes, un barco inglés,
-sospechoso de contrabandista, fué visto por la fragata española,
-abrigada en una bahía de la costa andaluza, junto con una fragata
-inglesa, el _Orestes_. La fragata española estuvo en acecho, y una
-mañana, al observar que el _Orestes_ había desaparecido, arboló los
-colores ingleses e hizo señales al mercante para que se acercara;
-engañado por la bandera británica, el mercante se acercó y al
-instante fué cañoneado y abordado: resultó ser, en efecto, barco
-contrabandista, y fué llevado a un puerto, donde lo entregaron a las
-autoridades españolas. A los pocos días el capitán del _Orestes_
-se enteró del caso, e, irritado por el injustificable empleo del
-pabellón británico, destacó un bote con un mensaje para la fragata
-española, pidiendo la devolución inmediata del barco apresado, o,
-de lo contrario, lo rescataría por la fuerza; añadiendo que llevaba
-40 cañones a bordo. El capitán de la fragata española respondió que
-el mercante estaba ya en poder de los empleados de la Aduana y no
-disponía de él; pero que el capitán del _Orestes_ era muy dueño de
-proceder a su antojo, y que si tenía 40 cañones, él llevaba 44; el
-_Orestes_ tuvo a bien responder marchándose. Tal fué, al menos, el
-relato que apareció en los periódicos españoles. Al observar cuánto
-les regocijaba a los españoles la idea de que un compatriota suyo
-hubiese amedrentado a un inglés, exclamé: «Señores, si algunos
-de ustedes suponen que un capitán inglés ha desistido de atacar
-a un buque español, temiendo una superioridad de cuatro cañones,
-recuerden, si lo tienen a bien, la suerte del _Santísima Trinidad_,
-y no olviden tampoco, se lo ruego, que casi resuenan todavía los
-cañonazos de Trafalgar.»
-
-Era cerca del obscurecer, repito, y cruzábamos la bahía de Gibraltar.
-De pie en la proa del barco, llevaba los ojos clavados en la
-montaña-fortaleza; no obstante haberla ya visto viadas veces, me
-interesaba mucho, llenándome de admiración. Desde donde yo la
-contemplaba, si se parece a algún ser de la naturaleza animada, es a
-un león acurrucado, terrible, cuya estupenda cabeza amenaza a España.
-En alas del ensueño, quizás habría llegado a la conclusión de que el
-Genio del Africa, bajo la forma de aquel monstruo, el más poderoso
-de cuantos cría, había cruzado de un salto el mar, desde el país
-de la arena y del sol, con ánimo de destruir el continente rival;
-imagen robustecida por el color de sus flancos de roca, del espinazo
-y de la cerviz, tan curtidos como la piel del rey del desierto. Y en
-realidad ese monte ha sido casi siempre para España un león enemigo,
-al menos desde que empezó a sonar en la historia, o sea cuando Tarik
-lo tomó y fortificó. La mayor parte del tiempo ha estado en poder de
-extranjeros: primero, en poder de los hombres del turbante, de los
-atezados moros; ahora, en el de una raza pelirrubia venida de una
-isla lejana. Aunque es parte de España, parece renegar toda conexión
-con ella; colocado al final de un largo y angosto istmo de arena,
-casi a nivel con el mar, yergue verticalmente su abrasada cima para
-denunciar los crímenes que afean la historia de una tierra tan bella
-y majestuosa.
-
-Era ya cerca del obscurecer, por tercera vez lo digo, y atravesábamos
-la bahía de Gibraltar. ¡La bahía! No semejaba tal, sino un mar
-interior, rodeado por todas partes de mágicas barreras: tan
-sorprendente, tan prodigioso era el aspecto de las costas. Delante
-de nosotros, la inexpugnable montaña; a la derecha, el continente
-africano, con su Gibil Muza, gris, y el derrumbadero de Ceuta,
-hacia el que llevaba rumbo una barca solitaria; detrás de nosotros,
-el pueblo que acabábamos de dejar y su barrera montañosa; a la
-izquierda, la costa de España. Ni una ola rizaba la superficie del
-mar, y como nos deslizábamos sobre ella velozmente, el singularísimo
-objeto a que íbamos acercándonos se hacía a cada momento más visible
-y distinto. Al pie de la montaña, y en una pequeña porción de la
-falda, yace la ciudad, con las murallas guarnecidas de cañones
-negruzcos, asestados de modo significativo contra las dársenas y
-muelles; encima, en cada risco, en cada hueco útiles para la defensa
-y el estrago, asoman las baterías, aparición siniestra y sepulcral,
-como presagio ominoso de la suerte que aguarda a cualquier enemigo
-intruso; mientras, al Este y al Oeste, hacia Africa y España, en
-los puntos elevados, se alzan castillos, torres o _atalayas_, que
-dominan el conjunto, y toda la región circunyacente, por tierra y
-por mar. Las fortificaciones son fuertes, amenazadoras y, vistas en
-cualquier otro sitio, ellas solas embargarían el ánimo y absorberían
-la admiración; pero la montaña, la pasmosa montaña, reaparecía por
-todas partes y sobrepujaba su efecto como espectáculo. ¿Quién, al
-contemplar un elefante enorme que, blandiendo la trompa, se arroja
-impetuosamente en la pelea, mira el castillete levantado en su lomo,
-o teme las jabalinas de sus ocupantes, por diestros y valerosos
-que sean? Nunca se nos representa mejor el poder y la grandeza de
-Dios que al contrastar las obras de sus manos con los trabajos del
-hombre. Contemplad El Escorial: es una obra soberbia, pero no sé
-si podréis admirarla en viendo la montaña que se mofa de él a sus
-espaldas; contemplad aquel orgullo de los reyes moros, contemplad
-a Granada desde la vega; pero no sé si podréis admirarla, pues
-veréis detrás, mofándose, las Alpujarras. ¡Oh! ¿Qué son las obras
-del hombre comparadas con las del Señor? Lo que el hombre comparado
-con su Creador. El hombre construye pirámides; también Dios las
-construye: las pirámides del hombre son montones de cascote,
-mezquinos montículos en una planicie arenosa; las pirámides del
-Señor son los Andes y las montañas de la India. El hombre construye
-murallas; también su Dueño; pero las murallas de Dios son los negros
-precipicios de Gibraltar y de Horneel, eternos, indestructibles,
-inaccesibles; las del hombre se escalan o las destruyen las olas, o
-el rayo o la pólvora las pulverizan. Si el hombre quiere desplegar
-victoriosamente su poder o su grandeza, ha de ser lejos de las
-montañas; sobre sus cimas flotan las nubes, enseña del Creador;
-allí es más patente la majestad de Dios. Llámese, si se quiere,
-a Gibraltar montaña de Tarik o de Hércules; pero contempladla un
-instante, y la llamaréis montaña de Dios. Tarik y el semidiós antiguo
-pueden haber edificado sobre ella; pero ni todo aquel pueblo de
-bronceada tez de que Tarik era retoño, ni todos los gigantes en lo
-antiguo famosos, entre los que se contaba Hércules, hubieran podido
-construir sus riscos ni cincelar en su enorme masa la forma que ahora
-tiene.
-
-Echamos el ancla no lejos del muelle. Como esperábamos oír de un
-momento a otro el cañonazo vespertino, después del cual no se permite
-a nadie entrar en la ciudad, estaba yo sobresaltado, temiendo verme
-obligado a pernoctar en el sucio vapor catalán, que, pues ya no había
-de proseguir en él mi viaje, sentía mucha prisa por abandonar. Se
-nos acercó un bote, con dos individuos en la popa, y uno de ellos,
-puesto en pie, preguntó con tono autoritario el nombre del barco, su
-destino y carga. Dada respuesta, subieron a bordo. Hablaron un poco
-con el capitán, y se disponían a partir, cuando pregunté si podía
-acompañarlos a tierra. La persona a quien interrogué era un joven
-alto, con levita de fustán. Era carilargo, y larga su nariz, ancha la
-boca, los ojos grandes, vivarachos. Guiñaba el rostro con una mueca
-al parecer imborrable, y si no hubiese sido por su tez bronceada,
-le hubiera tomado por un vagabundo de las calles de Londres. Pero
-no era tal, sino lo que llaman «un lagarto del Peñón», o sea una
-persona nacida en Gibraltar de padres ingleses. Al oír mi pregunta,
-hecha en español, gesticuló aún más que de ordinario y, con extraño
-acento, me preguntó si era hijo de Gibraltar. Respondí que no tenía
-tal honor, pero que era súbdito británico; luego se mostró dispuesto
-a desembarcarme. Entramos en el bote, tomaron los remos cuatro
-marineros genoveses y nos impelieron velozmente hacia tierra. Mis
-dos compañeros charlaban en un español muy raro; el de la levita de
-fustán volvía hacia mí la cara de cuando en cuando, y cada vez su
-mueca era más desagradable. No tardamos en llegar al muelle; exhibí
-el pasaporte, anotaron mi nombre y me dejaron pasar.
-
-Era ya noche cerrada, y sin perder tiempo crucé el puente levadizo
-y entré en el largo corredor abovedado que por debajo de las
-fortificaciones comunica con la ciudad. En el pasadizo, dos
-centinelas de casaca roja iban y venían, fusil al hombro, marcando
-el paso. No se detenían un momento, no ganduleaban, no reían ni
-bromeaban con los transeuntes; su porte era el propio de soldados
-británicos, conscientes de los deberes de su situación. ¡Diferencia
-va de ellos a los abandonados haraganes que montan la guardia a la
-puerta de cualquier ciudad española con guarnición!
-
-Remonté la calle principal, que corre en suave pendiente a lo largo
-de la base de la montaña. Acostumbrado desde hacía varios meses al
-melancólico silencio de Sevilla, el ruido y la animación reinantes
-en torno mío casi me ensordecieron. Era noche de sábado, y todos los
-negocios estaban, claro es, interrumpidos; pero arriba y abajo pasaba
-un copioso gentío. Allí avanzaba un pelotón de guardias, aquí se
-paseaba un grupo de oficiales, más allá un corro de soldados hablaba
-y reía. Casi todos los paisanos eran españoles, pero había una buena
-rociada de judíos, vestidos como los de Berbería, y algún que otro
-moro con turbante. También había bandas de marineros, genoveses, a
-juzgar por su «patois», si bien percibía alguna vez el sonido _tou
-logousas_, que me reveló la proximidad de griegos, y dos o tres veces
-vislumbré el gorro encarnado y las chaquetillas de seda azul de los
-marineros de las islas romaicas. Continué presuroso hasta llegar a
-cierta hostería muy nombrada, inmediata a una plazuela donde está la
-Bolsa de Gibraltar. Me precipité en la hostería, pedí habitación, y
-el geniecillo del lugar, que estaba en pie detrás del mostrador, me
-dió alegremente la bienvenida; quizás tendré ocasión de describirlo
-más adelante. Todas las habitaciones del piso bajo estaban llenas de
-gente del Peñón, hombres corpulentos por lo general, de tez morena y
-facciones inglesas, con sombreros blancos y trajes de cutí, también
-blancos. Fumaban pipas y cigarros, bebían cerveza, vino y otros
-líquidos, y hablaban en español del Peñón o en inglés del Peñón,
-según les tomaba la fantasía. Muy denso era el humo del tabaco, y
-grande el ruido de las voces; con mucho gusto subí presuroso a un
-cuarto desocupado, donde me sirvieron un refrigerio que me estaba
-haciendo mucha falta.
-
-Al poco rato, los sones de una música militar, muy próxima a mis
-ventanas, atrajeron mi atención. Bajé, y me asomé a la puerta. Una
-banda militar, en la plazoleta delante de la Bolsa, se preparaba
-para tocar retreta. Después del preludio, admirablemente ejecutado,
-el mayor, un buen mozo, hizo unos floreos con el bastón y echó calle
-arriba, seguido de toda la banda, tan airosa y apuesta, y de una
-multitud de oyentes admiradores. Batían los platillos, lanzaban las
-trompetas su alarido, los timbales emitían su nota grave y solemne;
-despertábanse los ecos del Peñón, y las escalonadas azoteas de la
-ciudad retumbaban con aquel estrépito conmovedor.
-
- ¡Plán! ¡Rataplán! Así hacen los tambores.
- ¡Tra! ¡Tralará! ¡Ya vienen los ingleses!
-
-¡Oh Inglaterra! ¡Mucho tiempo ha de pasar aún antes de que el sol
-de tu gloria se abisme en las ondas tenebrosas! ¡Aunque sobre ti
-se amontonan nubes sombrias, pavorosas, todavía, todavía querrá el
-Omnipotente dispersarlas, y concederte un porvenir de más duración, y
-más brillante aún, que tu pasado! ¡Y si tu fin está próximo, que sea
-un fin noble, digno de la renombrada Reina de los mares! ¡Húndete,
-si has de hundirte, entre sangre y llamas, con pavoroso estruendo,
-arrastrando a más de una nación en tu caída! ¡Plegue al Señor
-preservarte, sobre todo, de una decadencia lenta y oprobiosa, en la
-que serías, antes de extinguirte, la mofa y escarnio de aquellos
-mismos enemigos que ahora te envidian y aborrecen, pero te temen;
-más aún, te admiran y respetan contra su voluntad! ¡Alzate, mientras
-es tiempo aún, y disponte para un combate a vida o muerte! ¡Arroja
-de ti la inmunda costra que llevas pegada a tus robustos miembros,
-que amortigua tu fuerza, y la entorpece y debilita! ¡Arroja de ti
-a tus falsos filósofos, que con tanto gusto desacreditan lo que,
-después del amor a Dios, se ha tenido hasta aquí por más sagrado,
-el amor a la tierra materna! ¡Arroja de ti a los falsos patriotas,
-que, so pretexto de enderezar los entuertos que sufren los pobres
-y los débiles, tratan de suscitar discordias internas, de suerte
-que tu poder sólo sea terrible para ti misma! ¡Expulsa a los falsos
-profetas, que divinizan la mentira; que han puesto en tus muros
-argamasa que no fragua, y se caerán; que ven visiones de paz, donde
-la paz no existe; que han robustecido los brazos de los malvados
-y entristecido el corazón de los justos! ¡Oh, hazlo, y no temas
-el resultado, porque o tu fin será grandioso y envidiable, o Dios
-perpetuará tu reinado sobre los mares, oh tú, su ya antigua Reina!
-
-Lo que antecede es parte de una plegaria por mi país natal, que,
-después de mi acción de gracias habitual, balbucí, ofreciéndosela al
-Todopoderoso antes de entregarme al descanso, aquel sábado por la
-noche en Gibraltar.
-
-
-
-
-CAPÍTULO LII
-
- Un hostelero jovial. — Los aspirantes a la gloria. — Un retrato.
- — Los _Hamales_. — Una excursión. — Labriego y soldado. — Las
- excavaciones. — Un tirón de la ropa. — Judas y su padre. —
- Peregrinación de Judas. — La barba frondosa. — Los falsos moros.
- — Judas y el hijo del Rey. — Vejez prematura.
-
-
-Quizás fuera imposible escoger lugar más apropiado para observar con
-toda holgura a Gibraltar y sus moradores que aquel en que me hallé
-a eso de las diez de la mañana siguiente. Sentado en un banquillo
-frente por frente del mostrador, pegado a la puerta, en el zaguán
-de la hostería donde me hallaba alojado temporalmente, abarcaba
-con la vista la plaza de la Bolsa y cuanto en ella entraba, y con
-sólo alzar los ojos, contemplaba a placer la estupenda montaña que
-se yergue sobre la ciudad hasta unos mil pies de altura. Observaba
-también a cuantas personas entraban en la casa o salían de ella, muy
-concurrida, por hallarse situada en el punto más frecuentado de la
-principal arteria de la ciudad. Harta ocupación tenían mis ojos, no
-menos que mis oídos. Junto a mí estaba en pie mi excelente amigo
-Griffiths, el jovial hostelero, de quien diré algunas palabras,
-aprovechando la oportunidad presente, si bien ha sido ya descrito
-con frecuencia y por plumas mucho mejores. Figúrense los que no le
-conozcan, un hombre de unos cincuenta años, lo menos de seis pies
-de alto, de unas diez arrobas de peso, de semblante muy fresco,
-facciones regulares y ojos vivos y sagaces, pero al mismo tiempo
-expresivos de un buen natural. Lleva pantalones blancos, levita
-blanca, sombrero blanco; todo en él es blanco, excepto sus cuidadas
-patillas y su rubicunda faz. Debajo del brazo lleva un látigo, con
-que se aumenta prodigiosamente lo que para nosotros hay de familiar
-en su aspecto, más parecido al de un caballero que tiene una posada
-en el camino de New-market, «simplemente por amor de los viajeros y
-del dinero que llevan consigo», que al de un natural del Peñón. Sin
-embargo, él mismo se confesará lagarto del Peñón, y apenas les cabrá
-a ustedes duda de ello cuando además del inglés vernáculo e impuro
-que habla, le oigan expresarse en español o, si es necesario, incluso
-en genovés, y no es juego de niños hablar este idioma, que nunca he
-podido dominar. Es muy entendido en caballos, y cuando la ocasión
-llega, le vende un «bocado de casta» a cualquier aficionado joven,
-aunque no se niega tampoco a tratar con viejos; porque entre todos
-esos judíos de Fez, flacos, catarrosos, lívidos, de ojos de lince,
-no hay ninguno capaz de engañarlo en un trato ni de estafarle una
-sola de las cincuenta mil libras esterlinas que posee; pero téngase
-presente que es hombre franco y liberal con quienes se portan con él
-honradamente, y sépase también que si es usted un caballero cumplido
-le prestará dinero, si lo necesita; bien entendido que, si se lo
-niega, es que hay algo en su conducta de usted que no es del todo
-correcto, porque Griffiths conoce «su mundo» y no se deja tomar por
-tonto.
-
-Durante la hora escasa que estuve en el banco de la hostería del
-Peñón se consumió en mi presencia una prodigiosa cantidad de cerveza.
-Delante del mostrador se agolpaban los oficiales, en demanda de
-un refresco, asaz gustoso, cuando no necesario con un tiempo de
-tan sofocante calor; algunos llegaban galopando hasta la puerta en
-jacas berberiscas, que abundan mucho en Gibraltar. Todos parecían
-muy amigos del hostelero, con quien discutían a veces los méritos
-de tal o cual caballo, y cuyas burlas acogían invariablemente con
-ilimitada aprobación. El aspecto y los modales de aquellos jóvenes,
-porque, en efecto, en su mayor parte, eran muy jovencitos, me
-parecieron interesantes y agradables en sumo grado. En verdad, creo
-que los oficiales ingleses en general, por su buena presencia y por
-la urbanidad de sus modales, se llevan la palma entre todos los de
-igual clase en el mundo. Es verdad que los oficiales de la Guardia
-real de Rusia, especialmente los de los tres hermosos regimientos
-llamados _Priberjensky_, _Simeonsky_ y _Finlansky polks_, pueden, en
-casi todos los puntos, entrar sin miedo en comparación con la flor
-del ejército británico; pero es de recordar que la oficialidad de
-esos regimientos la forman los más selectos individuos de la nobleza
-eslavona, jóvenes escogidos expresamente por sus prendas personales y
-por la superioridad de sus dotes intelectuales, mientras que, entre
-los jóvenes y rubios anglo-sajones a la sazón reunidos junto a mí, no
-había quizás uno solo de descendencia noble ni de nombre encumbrado
-y soberbio, y lejos, por cierto, de haberlos escogido para halagar
-el orgullo y aumentar la pompa de un déspota, habíanlos sacado
-indistintamente de una masa de ardientes aspirantes a la gloria
-militar, y enviádolos, en servicio de su país, a una colonia remota e
-insalubre. No obstante, eran tales, que su país podía enorgullecerse
-viéndolos tan sanos y bellos de rostro, pintados el valor en el
-semblante y la inteligencia en sus ojos azules.
-
-¿Quién se detiene ahora frente a la puerta, sin entrar, y hace una
-pregunta al hostelero, que se acerca saludándole respetuoso? No es
-hombre vulgar, o mucho engaña su aspecto. Va vestido con bastante
-sencillez: sombrero español, de copa puntiaguda y anchas alas
-sombrosas—el verdadero _sombrero_—, pantalones de cutí y chaquetilla
-azul de húsar; pero ¡qué bien le sienta ese vestido a su dueño, uno
-de los hombres de más noble apostura que he visto! Le contemplé
-con insólito respeto y admiración, mientras bondadosamente sonreía
-y bromeaba en buen español con un descarado pilluelo del Peñón,
-empeñado en venderle un enorme _bogamante_ o langosta ordinaria, ya
-en putrefacción, que llevaba en la mano.
-
-Aquel hombre era de estatura casi gigantesca, y sobresalía cerca
-de tres pulgadas por encima del corpulento hostelero; pero bien
-conformado, como un atleta, y derecho como un pino de Dovrefeld.
-Podía tener once lustros, y eso añadía cierta expresión de madura
-dignidad a su rostro, que se dijera cincelado por un escultor griego;
-sus cabellos eran aún negros como la pluma del cuervo de Noruega, y
-negro también el bigote que se rizaba sobre su bien dibujado labio.
-Con atavío griego, y en el campamento frente a Troya, le hubiera
-tomado por Agamenón.
-
-—Ese hombre ¿es un general?—dije a un individuo bajito, de extraña
-catadura, que, sentado junto a mí, se empapaba en la lectura de un
-periódico.
-
-—Ese caballero—susurró con acento ceceoso—es el gobernador de
-Gibraltar.
-
-A cada lado de la puerta, por la parte de afuera, tendidos en el
-suelo o apoyados indolentemente contra las paredes, había media
-docena de hombres de aspecto bastante raro. La prenda principal de
-su vestido era una especie de túnica azul, algo parecida a la blusa
-que llevan los campesinos del Norte de Francia, pero menos larga;
-llevábanla ceñida a la cintura por una correa y les caía hasta la
-mitad de los muslos. Tenían las piernas desnudas, lo que me permitió
-observar la anchura descomunal de sus pantorrillas. Tocábanse con
-gorritos de lana negra. Al más atlético de todos, tipo de atezado
-rostro, de unos cuarenta años, le pregunté quiénes eran.—_Hamales_—me
-respondió.—Esta palabra es árabe y significa porteador; en efecto,
-un instante después vi atravesar la plaza a un individuo semejante
-tambaleándose bajo una inmensa carga, suficiente casi para romperle
-el espinazo a un camello. Me dirigí otra vez a mi amigo el negro,
-y preguntándole de dónde procedía, me respondió que era natural de
-Mogador, en Berbería, pero había pasado la mayor parte de su vida en
-Gibraltar. Añadió que era _capataz_ de los _hamales_ que estaban a
-la puerta. Entonces le hablé en árabe de Oriente, aunque con pocas
-esperanzas de hacerme entender, sobre todo por el mucho tiempo que
-el hombre había estado fuera de su país. Me respondió, empero, muy
-atinadamente, chispeantes los ojos de alegría y temblándole los
-labios de ansia, aunque con facilidad se percibía que el árabe, o
-más bien el marroquí, no era la lengua en que acostumbraba hablar
-o pensar. Sus camaradas se agruparon en torno nuestro y escucharon
-con avidez; a veces, cuando decíamos algo que merecía su aprobación,
-exclamaban: _Wakhud rajil shereef hada, min beled del scharki_.
-Por último, les enseñé el «shekel» que invariablemente llevo en
-el bolsillo, y pregunté al _capataz_ si había visto nunca aquella
-moneda. Estuvo un buen rato examinando el incensario y el ramo de
-oliva, con señales evidentes de no saber lo que era; al fin, se le
-ocurrió examinar los caracteres que por ambos lados rodean la moneda,
-y lanzando un grito exclamó dirigiéndose a los otros _hamales_:
-«Hermanos, hermanos, éstas son las letras de Salomón. Esta plata está
-bendita. Besemos la moneda.» Púsola sobre su cabeza, la apretó contra
-sus labios y, por último, la besó con entusiasmo; lo mismo hicieron
-sucesivamente sus hermanos. Luego, recuperando la moneda, me la
-devolvió, con una profunda reverencia. Después supe por Griffiths que
-durante el resto del día el individuo aquél se negó a trabajar, y no
-hizo más que sonreír, reír y hablar solo.
-
-—Permítame usted ofrecerle un aperitivo, señor—dijo aquel tipo
-raro antes mencionado: era un hombre corpulento, muy pequeño, con
-las piernas extremadamente cortas. Vestía una grasienta casaca de
-color de tabaco, calzón blanco, bastante sucio, y medias más sucias
-todavía. Llevaba un sombrero de copa alta, cuyas alas tendían a
-levantarse por delante y por detrás de la cabeza. Había yo observado
-que durante mi conversación con los _hamales_, aquel hombre alzaba
-repetidas veces los ojos del periódico que leía, y al exhibir la
-moneda sonrió de un modo significativo y la examinó cuando estaba en
-manos del _capataz_.
-
-—Permítame usted que le ofrezca un aperitivo—dijo—. Ya sospechaba que
-era usted de los nuestros, antes de oírle hablar con los _hamales_.
-Señor, me llena de alegría ver a un caballero tan bien portado como
-usted, que no tiene a menos hablar con sus hermanos pobres. Así lo
-hago yo también no pocas veces, y que Dios borre mi nombre, que
-es Salomón, si alguna vez los desprecio. No tengo pretensiones de
-saber mucho árabe, pero le entendí a usted bastante bien y me gustó
-en extremo lo que dijo. Debe usted de estar muy fuerte en _shillam
-eidri_; pero me dejó usted parado cuando le preguntó al _hamál_ si
-había leído la _Torah_; por supuesto, querría usted decir con los
-_meforshim_; siendo tan pobre, no le creo bastante _becoresh_ para
-leer la _Torah_ sin comentarios. Usted dirá si acierto: me parece que
-usted ha de ser un judío de Salamanca; he oído que aún quedan por
-allí algunas de nuestras familias antiguas. Y en Tudela, no lejos
-de Salamanca, a lo que creo, ¿verdad? Un pariente mío vivió allí en
-otros tiempos: era gran viajero, como usted, señor; recorrió todo el
-mundo en busca de judíos, y estuvo hasta en la cima del Sinaí. ¿Puedo
-hacer algo por usted en Gibraltar? ¿Algún encargo? Lo haré tan bien
-y más de prisa que nadie. Me llamo Salomón. Soy bastante conocido en
-Gibraltar, y en Crooked Friars, y en la Neuen Stein Steg de Hamburgo.
-Pero sáqueme de una duda: creo que le he visto a usted otra vez en
-la feria de Brema. ¿Habla usted alemán? Por supuesto, sí lo habla.
-Permítame que le ofrezca unos aperitivos. Quisiera que por ser para
-usted fuesen _mayin hayim_; no lo dude, señor, quisiera que fuesen
-aguas vivas. Y ahora dígame su opinión acerca de este asunto (añadió
-bajando la voz y golpeando el periódico). ¿No le parece a usted muy
-fuerte cosa que un _Yudken_ haga traición a otro? Cuando pongo un
-secretito en _beyad peluni_[24]—¿me entiende usted?—; cuando entrego
-un pobre secreto mío a la custodia de un individuo, y ese individuo
-es judío, _Yudken_, no quiero, ni espero, verme engañado. En una
-palabra, ¿qué piensa usted de este robo de polvo de oro, y qué le
-harán a esa infortunada gente que, según veo, está convicta?
-
- [24] En manos de alguno. _Peluni_ es fulano en árabe. (Nota de
- Burke.)
-
-Aquel mismo día me puse a buscar los medios de trasladarme a Tánger,
-pues aunque Gibraltar ofrece sumo interés al viajero observador, no
-quería prolongar mi estancia en un lugar donde ningún asunto especial
-me retenía. Por la tarde fué a verme un judío, natural de Berbería,
-y me dijo que era secretario del patrón de una barca genovesa que
-hacía el viaje entre Tánger y Gibraltar. Afirmó que el barco partiría
-sin falta a la tarde siguiente para Tánger, y ajusté con él mi
-pasaje. Dijo que como el viento soplaba de Levante, la travesía sería
-muy rápida. Deseoso de aprovechar del mejor modo posible el corto
-tiempo que esperaba permanecer aún en Gibraltar, resolví visitar las
-excavaciones, que nunca había visto, al día siguiente por la mañana,
-para lo cual pedí y obtuve con facilidad el permiso necesario.
-
-A eso de las seis de la mañana del martes partí para esta expedición
-acompañado de un muchacho judío, de rostro inteligente, que con su
-hermano desempeñaba en la hostería el oficio de _valet de place_.
-
-La mañana era obscura y brumosa, pero hacía algo de calor. Subimos
-una calle en pendiente, y siguiendo en dirección al Este no tardamos
-en llegar a las proximidades de lo que generalmente se conoce con el
-nombre de Castillo Moro, vasta torre, tan maltratada por las balas
-de cañón disparadas contra ella en el famoso asedio, que al presente
-es poco más que una ruina. Centenares de boquetes redondos se ven
-en sus muros, donde aún están incrustadas, a lo que se dice, las
-balas. Allí, en una especie de choza, se unió a nosotros un sargento
-de artillería, que iba a servirnos de guía. Después de saludarnos
-nos llevó a una enorme roca, donde abrió la puerta de entrada a un
-pasadizo abovedado y obscuro, que corría por debajo del peñasco, y
-al salir del corredor nos encontramos en un escarpado sendero, o más
-bien escalera, con muros a cada lado. Subimos muy despacio, porque
-en tal lugar de nada hubiese servido apresurarse, como no fuese para
-quedarnos sin aliento en un minuto. El soldado, perfecto conocedor
-del terreno, avanzaba con paso uniforme, puestos los ojos en el suelo.
-
-Miraba yo tanto a ese hombre como el insólito lugar donde a la sazón
-nos hallábamos, y que a cada momento era más sorprendente. El guía
-era un hermoso ejemplar del labrador transformado en soldado; el
-Cuerpo a que pertenecía está compuesto, casi enteramente, de esa
-clase. Hele ahí, con su mesurado andar, alto, fuerte, colorado,
-de pelo castaño, inglés hasta la coronilla; contempladle en su
-marcha, silencioso, grave y cortés: un soldado inglés auténtico.
-Aprecio la obstinación del escocés; me gustan la osadía y el ímpetu
-del irlandés; admiro todas las diversas razas que constituyen la
-población de las Islas Británicas; pero he de decir que, en general,
-los mejor dotados para desempeñar el duro oficio de soldado son los
-hijos del campo de la vieja Inglaterra, tan fuertes, tan fríos;
-pero, al propio tiempo, animados por tanto fuego oculto. Recórrase
-la historia de Inglaterra, y se pondrá de manifiesto lo que son
-capaces de hacer tales hombres; aun en los remotos y obscuros tiempos
-de la batalla de Hastings, contra todas las desventajas posibles,
-debilitados por un conflicto reciente y terrible, sin disciplina,
-comparativamente hablando, e inferiores en armamento, estuvieron
-a punto de vencer a la caballería normanda. Trazad sus hazañas
-en Francia, dos veces subyugada; y seguidlos hasta España, donde
-vibrando las ballestas y empuñando el hacha de armas, dejaron tras
-sí un nombre glorioso en Inglés Mendi, nombre que ha de durar hasta
-que el fuego consuma los montes cántabros. Y en los tiempos modernos,
-seguid las hazañas de esos bravos por todo el mundo, especialmente
-en Francia y España, y admiradlos, como yo admiré a aquel hombre,
-tan grave, tan silencioso, tan marcial, que iba enseñándome las
-maravillas de una montaña fortaleza enclavada en tierra extranjera,
-arrancada por sus compatriotas más de un siglo antes a una nación
-poderosa y altiva, y de la que era él a la sazón eficaz y fiel
-guardián.
-
-Llegamos al borde del estupendo precipicio que se alza abrupto
-sobre el istmo llamado zona neutral y hace una vista pavorosa y
-fatídica por la parte de España, e inmediatamente entramos en las
-excavaciones. Consisten en galerías talladas en la roca viva, a unos
-doce pies de distancia del borde exterior, detrás del cual recorren
-toda la anchura de la montaña por aquel lado. En esas galerías, a
-cortas distancias, hay boquetes abiertos por la mano del hombre,
-donde está el cañón, sobre un limpio basamento de pedrezuelas de
-pedernal, ligeramente elevado, cada uno con su pirámide de balas a un
-lado, y al otro una caja donde se guardan los útiles que el artillero
-necesita para ejercer su oficio. Cada cosa estaba en su sitio, en
-hermosísimo orden inglés, todo dispuesto para desbaratar y dominar en
-pocos momentos a toda hueste, por numerosa y soberbia que sea, que
-por el lado de tierra aparezca marchando en son de guerra contra esa
-singular fortaleza.
-
-El sitio es poco variado, ya que una gruta se parece a otra, y un
-cañón a otro. Los cañones no eran de gran calibre, por cierto; aquí
-no se necesitan, pues un guijarro disparado desde tan gran altura
-bastaría para dar la muerte. Sin embargo, al descender a una profunda
-cueva, observé en una cavidad de importancia excepcional dos enormes
-carronadas, asestadas con notable malicia y picardía contra una roca
-en pendiente, que acaso, pero no sin dificultad tremenda, podía ser
-escalada. El simple rebufo de aquellos gruesos cañones bastaba para
-barrer a un millar de hombres. ¡Qué impresión de miedo y horror se ha
-de despertar en el pecho del enemigo cuando esta montaña hueca, en
-días de asedio, emite llamas, humo y truenos por un millar de bocas;
-horror igual al que siente el campesino de las inmediaciones cuando
-Mongibello[25] expele por todos sus orificios llamaradas sulfúreas!
-
- [25] Nombre popular del Etna.
-
-Al salir de las excavaciones visitamos algunas baterías. Pregunté al
-sargento si, tanto él como sus compañeros, estaban diestros en el
-uso de los cañones. Replicó que los cañones eran para ellos lo que
-la escopeta para el cazador, que los manejaban con igual facilidad,
-y, a su parecer, los apuntaban con mayor precisión, pues rara vez,
-o nunca, marraban un blanco al alcance del tiro. El hombre aquél no
-hablaba si no se le preguntaba, y sus respuestas estaban llenas de
-buen sentido, y en general bien dichas. Terminada la excursión, que
-duró lo menos dos horas, le hice un pequeño regalo y me despedí con
-un cordial apretón de manos.
-
-Por la tarde me preparaba para ir a bordo del barco destinado a
-Tánger, confiando en lo que el judío secretario me había dicho
-respecto de su salida. Pero habiéndole encontrado por casualidad
-en la calle, me dijo que hasta la mañana siguiente no saldría,
-aconsejándome al mismo tiempo que estuviese a bordo desde muy
-temprano. Entonces vagué por las calles hasta que fué haciéndose de
-noche, y al sentirme cansado me disponía a enderezar mis pasos hacia
-la posada, cuando sentí que me tiraban suavemente de la ropa. Estaba
-entre un golpe de gente reunida en torno de unos soldados irlandeses
-que disputaban, y no hice caso; pero me dieron otro tirón más fuerte
-que el anterior, y oí que me hablaban en un idioma que tenía medio
-olvidado, y que casi no esperaba volver a oír jamás. Miré en torno
-y vi junto a mí un individuo alto que me miraba a la cara, de hito
-en hito, con ojos escrutadores y ansiosos. Tocábase con el _kauk_,
-o gorro de pieles de Jerusalén; pendiente de los hombros, y casi
-arrastrando por tierra, llevaba un ancho manto azul; mientras una
-_kandrisa_, o calzones turcos, envolvían sus remos inferiores. Le
-escudriñé con tanta atención como él me miraba a mí. Al pronto sus
-facciones me parecieron totalmente desconocidas, y ya iba a exclamar:
-«No le conozco a usted», cuando uno o dos rasgos me hirieron, y
-grité, no sin cierta vacilación: «De seguro es Judas Lib.»
-
-Hallábame en un vapor en el Báltico, el año 1834, si no me equivoco.
-Lloviznaba, había mar gruesa, cuando observé que un joven, de unos
-veintidós años, estaba recostado en melancólica actitud contra la
-borda del barco. Por su rostro conocí que era de raza hebrea, no
-obstante lo cual había en su aspecto algo muy singular, algo que
-rara vez se encuentra en esa casta: un cierto aire de nobleza que
-me interesó grandemente. Me acerqué a él, y a los pocos minutos
-estábamos en animada conversación. Hablaba polaco y judeo-alemán,
-indistintamente. La historia que me contó era extraordinaria en sumo
-grado; pero rendí crédito a todas sus palabras, que salían de su boca
-con tal acento de sinceridad que prevenía toda duda, y, sobre todo,
-ningún motivo tenía para engañarme. Una idea, un objeto, le absorbía
-enteramente.
-
-—Mi padre—dijo con un modo de hablar que denotaba fuertemente su
-raza—, natural de Galatia, era un judío de elevado rango, un sabio,
-pues conocía el Zohar, y era también experto en medicina. Siendo yo
-un niño de unos ocho años dejó Galatia, y tomando consigo a su mujer,
-que era mi madre, y a mí, se puso en camino hacia Oriente, hasta
-Jerusalén; allí se estableció de mercader, porque era versado en el
-comercio y en las artes de ganar dinero. Los rabinos de Jerusalén le
-respetaban mucho porque era polaco, y conocía mejor el Zohar y más
-secretos que el más sabio de todos ellos. Hacía frecuentes viajes,
-y estaba ausente unas semanas o unos meses; pero nunca más de seis
-lunas. Mi padre me quería, y en los momentos de ocio me enseñó
-parte de lo que sabía. Yo le ayudaba en el comercio; pero no me
-llevó consigo en sus viajes. Teníamos una tienda en Jerusalén donde
-vendíamos las mercancías de los nazarenos, y mi madre y yo, y hasta
-una hermanita que había nacido poco después de nuestra llegada a
-Jerusalén, ayudábamos a mi padre en su tráfico. Sucedió que en cierta
-ocasión nos dijo que se iba de viaje, y nos abrazó y se despidió,
-continuando nosotros en Jerusalén, después de su partida, al cuidado
-de los negocios. Esperábamos su regreso; pero pasaron meses, hasta
-seis, y no vino, y nos maravillamos; y pasaron más meses, otros seis,
-y tampoco vino, ni nos llegaron noticias suyas, y nuestros corazones
-se llenaron de tristeza y abatimiento. Cuando ya habían pasado dos
-años le dije a mi madre: «Iré y buscaré a mi padre.» Y ella me dijo:
-«Vé.» Dióme la bendición; besé a mi hermanita, y poniéndome en
-camino llegué a Egipto, donde tuve nuevas de mi padre, pues alguien
-me dijo que había estado allí y en qué tiempo, y que había pasado
-después a tierra de turcos; de manera que proseguí también a tierra
-de turcos, hasta Constantinopla. Y cuando llegué allá otra vez supe
-de mi padre, pues era muy conocido entre los judíos, y me dijeron
-el tiempo de su estancia allí, añadiendo que había especulado y
-prosperado, y marchádose de Constantinopla; pero no sabían dónde.
-Consideré el caso y me dije que quizás se hubiese ido al país de sus
-padres, hasta la propia Galatia, a visitar a sus parientes; determiné
-ir yo también allá, y allí fuí, y hallé a nuestros parientes, y me di
-a conocer, y se alegraron mucho al verme; pero cuando les pregunté
-por mi padre, movieron la cabeza y no supieron darme noticia alguna;
-hubiera sido su gusto que me demorase con ellos, pero yo no quise,
-porque el recuerdo de mi padre me trabajaba con fuerza y no podía
-tener reposo. Partí, pues, para otras tierras; llegué a Rusia y me
-interné mucho en este país, no menos que hasta Kazan, y a todos
-cuantos topé, judíos, rusos o tártaros, les pregunté por mi padre;
-pero ninguno le conocía ni había oído hablar de él. Volví sobre mis
-pasos y aquí me ves; ahora me propongo recorrer Alemania y Francia,
-más aún, el mundo entero, hasta que adquiera noticias de mi padre,
-pues no puedo descansar hasta saber lo que ha sido de él; su imagen
-arde en mi cerebro como fuego, igual que fuego del _jehinnim_[26].
-
- [26] Infierno.
-
-Tal era el individuo a quien a la sazón veía de nuevo, tras un lapso
-de cinco años, en la calle de Gibraltar, entre las sombras del
-crepúsculo.
-
-—Sí—replicó—; soy Judá, apodado el _Lib_[27]. Tú no me conocías; pero
-yo te conocí al punto. Te hubiese reconocido entre un millón, y no ha
-pasado día, desde que nos conocimos, que no haya pensado en ti.
-
- [27] Corazón.
-
-Iba a responderle; pero me sacó de entre la multitud y me condujo a
-una tienda donde, sentados en el suelo, seis o siete judíos cortaban
-cuero; les dijo algo que no entendí, con lo que inclinaron la cabeza
-y prosiguieron su tarea sin ocuparse de nosotros. Un individuo
-singular nos había seguido hasta la puerta: era un hombre vestido con
-traje europeo sumamente raído, pero con señales de haberlo cortado
-un buen sastre. Podría tener cincuenta años; el rostro, muy ancho
-y bronceado; las facciones, toscas, pero varoniles en extremo, y
-aunque eran facciones de judío, no se reflejaba en ellas la astucia,
-sino, al contrario, mucho candor y un natural excelente. Su talla era
-superior a la estatura media, y tremendamente atlético; los brazos
-y el tronco eran, a la letra, los de un Hércules aprisionado en un
-sobretodo moderno; la parte inferior del rostro llevábala cubierta
-por una frondosa barba que le llegaba a la mitad del pecho. Este
-individuo permaneció en la puerta sin apartar los ojos de Judá ni de
-mí.
-
-La primera pregunta que le hice fué: ¿Ha tenido usted noticias de su
-padre?—Sí tal—respondió—. Cuando nos separamos, proseguí mis viajes
-por diversas tierras, y dondequiera que iba preguntaba por mi padre;
-pero me respondían con un movimiento de cabeza, hasta que llegué a
-tierra de Túnez; allí fuí a ver al rabino principal, y me dijo que
-conocía muy bien a mi padre, y que había estado en el propio Túnez,
-y me dijo en qué tiempo, y que desde allí se había ido a tierras de
-Fez; me habló mucho de mi padre, de su saber, y mencionó el Zohar,
-aquel obscuro libro que mi padre amaba tanto; y todavía me habló más
-de las riquezas de mi padre y de sus especulaciones, en todas las
-cuales parece que había prosperado. Partí, pues, y, metiéndome en
-un barco, abordé la tierra de Berbería y llegué hasta Fez, y, una
-vez allí, recogí muchas noticias de mi padre; pero eran noticias
-peores quizás que la ignorancia. Porque los judíos me dijeron que
-mi padre había estado allí y había especulado y prosperado, y que
-desde allí se había ido a Tafilaltz, país natal del emperador, del
-propio Muley Abderrahmán; y también allí había prosperado, y sus
-riquezas en oro y plata eran muy grandes; y deseoso de ir a otra
-ciudad no muy distante, contrató a ciertos moros, dos en número,
-para que le acompañaran y le defendiesen a él y sus tesoros; y los
-moros eran hombres muy fuertes, _makhasniah_, es decir, soldados,
-e hicieron un pacto con mi padre y se estrecharon la mano derecha,
-comprometiéndose, bajo juramento, a derramar su sangre en defensa de
-la de mi padre. Alentado con esto, mi padre intrépidamente partió
-en compañía de los moros, de aquellos dos falsos moros. Y cuando
-llegaron a un lugar inhabitado, cayeron sobre mi padre y pudieron más
-que él, y derramaron su sangre en el camino y le despojaron de cuanto
-llevaba, de sus sedas y mercaderías, del oro y la plata ganados en
-sus especulaciones, y se fueron a su aldea y allí se establecieron,
-compraron casas y tierras, muy regocijados y triunfantes, y se hacían
-un mérito de aquella muerte diciendo: «Hemos muerto a un infiel, a
-un maldito judío»; estas cosas eran notorias en Fez. Y al oír tales
-nuevas, mi corazón se entristeció, y lloré como un niño; pero el
-fuego del _jehinnim_ dejó de arder en mi cerebro, porque ya sabía lo
-que había sido de mi padre. Al cabo me alivié, y, discurriendo sobre
-el caso, decía entre mí: «¿No sería cuerdo ir en busca del rey moro y
-pedirle venganza por la muerte de mi padre, y que sus expoliadores
-sean a su vez expoliados, y el tesoro, el propio tesoro de mi padre,
-sea arrancado de sus manos y se me entregue a mí, que soy su hijo?»
-En aquel tiempo el rey de los moros no estaba en Fez, estaba ausente
-en sus guerras; y, levantándome, le seguí hasta Arbat[28], que es
-puerto de mar, y cuando allí llegué no le encontré; pero su hijo sí
-estaba, y dijéronme que hablar al hijo era como hablar al rey, al
-propio Muley Abderrahmán; fuí, pues, a ver al hijo del rey, y me eché
-a sus plantas y elevé mi voz, y le dije lo que tenía que decirle,
-y me miró benignamente y dijo: «En verdad tu historia es lastimosa
-y me entristece; y eso que pides yo lo otorgo, y la muerte de tu
-padre será vengada y sus expoliadores expoliados; te escribiré una
-carta de mi puño para el pachá, el propio pachá de Tafilaltz, y le
-ordenaré que averigüe el caso, y esa carta tú mismo la llevarás para
-entregársela.» Y al oír esas palabras, mi corazón se moría de miedo
-dentro del pecho, y contesté: «No tal, señor; bien está que escribas
-una carta al pachá, al propio pachá de Tafilaltz; pero esa carta yo
-no la tomaré, ni iré a Tafilaltz, pues apenas llegase, y conocido
-mi mandado, los moros se levantarían contra mí y me darían muerte,
-o pública o secretamente, porque ¿no eran moros los asesinos de mi
-padre? ¿Y soy yo algo más que un judío, aunque judío polaco?» Y con
-rostro benigno, dijo: «En verdad, hablas cuerdamente; escribiré esa
-carta, pero no la llevarás tú, la mandaré por otras manos; por tanto,
-tranquiliza tu corazón y no dudes que, si la historia es cierta, la
-muerte de tu padre será vengada, y el tesoro o su equivalente se
-recobrará y te será entregado; dime, pues, ahora: ¿dónde piensas
-vivir hasta entonces?» Y yo le dije: «Señor, iré al país de Suz, y
-allí esperaré.» Y replicó: «Sea, y no tardarás en saber de mí.» Me
-levanté, pues, y salí, y me fuí al país de Suz hasta Swirah, que
-los nazarenos llaman Mogador, y allí, con turbado corazón, esperé
-noticias del hijo del rey moro; pero las noticias no llegaron, y
-nunca más desde tal día he vuelto a saber de él, y ya hace tres
-años que estuve en su presencia. Y me establecí en Mogador, y me
-casé con una dueña, de nuestra raza, y escribí a mi madre al propio
-Jerusalén y me envió dinero, y con eso me dediqué al comercio, igual
-que mi padre había hecho, y trafiqué; pero no tuve suerte en mis
-especulaciones, y en poco tiempo lo perdí todo. Y ahora he venido
-a Gibraltar a negociar por cuenta de otro, un mercader de Mogador;
-pero no me gusta el empleo; me ha engañado; voy a volver, y en cuanto
-consiga otra vez verme en presencia del hijo del rey moro, pediré
-que el tesoro de mi padre sea arrancado a sus expoliadores y se me
-entregue a mí, su hijo.»
-
- [28] Rabat.
-
-Escuché con mucha atención el singular relato de aquél hombre
-singular, y cuando concluyó permanecí un rato largo sin proferir
-palabra. Al cabo me preguntó qué me había llevado a Gibraltar.
-Le dije que estaba allí simplemente de paso, camino de Tánger,
-para donde esperaba salir embarcado a la mañana siguiente. A esto
-observó que dentro de una o dos semanas contaba encontrarse allí
-también y esperaba que nos veríamos, pues aún tenía mucho más que
-decirme. «Acaso—añadió—pueda usted darme un consejo provechoso,
-porque es usted una persona de experiencia, versada en los usos de
-muchas naciones; y cuando le veo a usted el rostro, parece que el
-cielo se abre para mí, porque creo ver el rostro de un amigo, el
-de un hermano.» Entonces se despidió de mí, y se fué; aquel hombre
-raro, tan bien barbado, que durante nuestra conversación aguardó
-pacientemente en la puerta, le siguió. Noté que su expresión era
-mucho menos violenta que en nuestro anterior encuentro; pero, al
-propio tiempo, más melancólica, y tenía las facciones arrugadas como
-las de un viejo, aunque no había pasado aún de la primera juventud.
-
-
-
-
-CAPÍTULO LIII
-
- Marineros genoveses. — La cueva de San Miguel. — Un abismo
- tenebroso. — Un joven americano. — El propietario de esclavos. —
- El brujo. — Un incrédulo.
-
-
-Durante toda la noche el viento sopló con fuerza; pero como era
-Levante, no tuve temor de verme obligado a permanecer más tiempo en
-Gibraltar por ese motivo. Fuí a bordo muy temprano y encontré a la
-tripulación en la tarea de levar el ancla y en otros preparativos de
-marcha. Dijéronme que probablemente saldríamos dentro de una hora.
-Transcurrió ese tiempo, empero, y aún permanecíamos donde estábamos,
-y el capitán continuaba en tierra. Formábamos parte de una reducida
-flotilla de barcas genovesas, cuyas tripulaciones, en sus momentos de
-ocio, parecían no tener mejor modo de diversión que cambiar palabras
-injuriosas; un furioso tiroteo de ese género empezó a la sazón, en el
-cual se distinguió especialmente el piloto de nuestro barco; era un
-genovés sesentón, canoso. Aunque no hablo su «patois» entendí mucho
-de lo que decían. Era por demás desvergonzado, y como gritaban tanto,
-de la violencia de sus ademanes y lo descompuesto de sus facciones se
-hubiese deducido que se trataba de enconados enemigos. No eran tal,
-sin embargo, sino excelentes amigos a toda hora, y seguramente, en el
-fondo, sujetos de buena índole. ¡Oh miserias de la naturaleza humana!
-¿Cuándo aprenderá el hombre a ser verdaderamente cristiano?
-
-En general tengo en mucha estima a los genoveses; cierto que son
-groseros y viciosos; pero también caballerescos y valientes, y lo han
-sido siempre, y sólo he recibido de ellos pruebas de hospitalidad y
-de bondad.
-
-Transcurridas otras dos horas, el secretario judío llegó y dijo
-algo al anciano piloto, que refunfuñó mucho; después se me acercó,
-y, quitándose el sombrero, me hizo saber que ya no saldríamos aquel
-día, y al mismo tiempo dijo que era una vergüenza desperdiciar un
-viento tan hermoso, que podía llevarnos a Tánger en tres horas.
-«Paciencia»—dije, y me volví a tierra.
-
-Fuí dando un paseo hacia la cueva de San Miguel en compañía del
-muchacho judío que ya he mencionado.
-
-El camino no sigue la misma dirección que el de las excavaciones;
-éstas miran a España, mientras la cueva se abre de cara al Africa. Se
-encuentra cerca de la cúspide del monte, a muchos cientos de yardas
-sobre el mar. Pasamos por los paseos públicos, donde hay hermosos
-árboles, y también por junto a muchas casitas, agradablemente
-colocadas entre jardines y ocupadas por los oficiales de la
-guarnición. Es erróneo suponer que Gibraltar es meramente una roca
-desnuda y estéril; no carece de lugares amenos, como los ya mentados,
-frescos, vivificantes, cubiertos de brillante follaje verde.
-
-El sendero no tardó en hacerse escarpado, y dejamos a nuestra espalda
-las moradas del hombre. El viento de la noche anterior había cesado
-por completo, y no se movía ni un soplo de aire; el sol del mediodía
-brillaba en todo su esplendor, y las rocas por donde trepábamos se
-mojaban no pocas veces con las gotas del sudor que llovía de nuestras
-sienes; al cabo llegamos a la caverna.
-
-La boca es una hendidura abierta en el flanco del monte, como de
-doce pies de alto y otros tantos de ancho; dentro hay una bajada
-muy rápida y pendiente, como de cincuenta yardas, yendo a terminar
-la caverna en un abismo que lleva a profundidades desconocidas. Lo
-más notable de la caverna es una columna natural, que se alza como
-tronco de enorme roble, cual si estuviese puesto allí para sostener
-el techo; se halla a corta distancia de la entrada, y da a la parte
-visible de la cueva cierto aspecto bravío y raro, que de otro modo
-no tendría. El piso es resbaladizo en extremo, pues las continuas
-filtraciones del techo lo han saturado, y son necesarias no pocas
-precauciones para andar por él. Es muy peligroso entrar allí sin un
-guía buen conocedor del lugar, porque, además del negro abismo que
-hay al final, se abren aquí y allí otras cavidades nunca sondeadas,
-y el osado que cae en ellas se hace pedazos. Digan los hombres lo
-que se les antoje a propósito de esta cueva, una cosa hay que la
-cueva misma parece decir a cuantos a ella se aproximan; a saber: que
-la mano del hombre no ha trabajado allí nunca. Hay muchas cavernas
-de formación natural, tan viejas como la tierra en que vivimos, que
-muestran, no obstante, señales de haber sido utilizadas por el hombre
-y de haber estado más o menos sujetas a su acción transformadora. No
-así la cueva de Gibraltar; pues, si se juzga por su aspecto, no hay
-la más leve razón para suponer que haya servido de otra cosa que de
-nido de aves nocturnas, reptiles y animales de rapiña. Algunos han
-dicho que la cueva fué usada en los tiempos del paganismo como templo
-del dios Hércules, quien, según la tradición antigua, levantó la
-singular masa de rocas llamada ahora Gibraltar, y la montaña que hay
-enfrente, en las costas de Africa, como dos columnas que anunciasen a
-los tiempos venideros que había estado allí sin pasar más adelante.
-Baste observar que en la caverna no hay nada que permita adoptar
-tal opinión, ni siquiera una plataforma sobre la que pudiese haber
-estado el ara, mientras un angosto sendero pasa por delante, que
-conduce a la cúspide del monte. Como no he penetrado en sus senos,
-no tengo la pretensión de describirlos. Numerosas personas, movidas
-por la curiosidad, se han aventurado en sus inmensas profundidades
-con la esperanza de descubrir su término, y lo cierto es que apenas
-transcurre una semana sin que se hagan intentos análogos por los
-oficiales o por los soldados de la guarnición; pero todos hasta hoy
-han resultado estériles. No se ha alcanzado término alguno, ni se ha
-descubierto nada que compense el trabajo y los pavorosos peligros
-corridos; los precipicios suceden a los precipicios, y los abismos a
-los abismos en sucesión aparentemente inacabable, con unos salientes
-de vez en cuando que permiten a los intrépidos exploradores reposar
-y fijar las escalas de cuerda para descender más hondo. Pero lo que
-más confunde y desazona es observar que esos abismos no se abren
-sólo delante del observador, sino detrás y a cada lado; pegada a la
-entrada de la caverna, a la derecha, hay una sima casi tan tenebrosa
-y amenazadora como la del extremo inferior, y quizás contiene
-también otras tantas simas y hórridas cavernas, ramificándose en
-todas direcciones. De lo que he oído he sacado la opinión de que
-el interior de la montaña de Gibraltar es como un panal, y apenas
-me cabe duda de que si la tajaran aparecería llena de abismos tan
-infernales como las galerías de la cueva de San Miguel. Muchas vidas
-valiosas se pierden todos los años en tan horribles lugares; pocas
-semanas antes de mi visita dos sargentos, hermanos, perecieron en
-la sima del lado derecho de la caverna por haber resbalado a un
-precipicio cuando estaban a gran profundidad.
-
-El cuerpo de uno de aquellos hombres temerarios aún está pudriéndose
-en las entrañas del monte, devorado por los ciegos y asquerosos
-gusanos; al otro le sacaron. Inmediatamente después de tan horrible
-accidente, pusieron una puerta en la boca de la caverna para impedir
-que la gente, y sobre todo los imprudentes soldados, se abandonasen
-a tan extravagante curiosidad. Pero la cerradura no tardó en
-ser forzada, y en la época de mi visita la puerta se balanceaba
-perezosamente sobre sus goznes.
-
-Al dejar aquellos lugares pensaba yo que acaso fué semejante a
-esa la cueva de Horeb, donde vivía Elías, cuando oyó una voz, al
-principio débil, y después un viento grande y poderoso que cuarteaba
-las montañas y pulverizaba las rocas delante del Señor, cueva a cuya
-puerta salió y se paró, con el rostro envuelto en el manto, cuando
-oyó la voz que decía junto a él «¿Qué haces aquí, Elías?»
-
-—¿Y qué estoy haciendo yo aquí?—me preguntaba a mí mismo cuando,
-contrariado por la detención del viaje, bajaba hacia la ciudad.
-
-Aquella tarde comí en compañía de un americano joven, natural de
-Carolina del Sur; ya le había visto frecuentemente, porque estaba
-alojado en la fonda desde algún tiempo antes de mi llegada a
-Gibraltar. Su porte era muy notable: bajo de estatura, en extremo
-débil de conformación, facciones pálidas, pero muy correctas; poseía
-una cabeza magnífica, de negro cabello crespo, y un par de patillas
-del mismo color, las más soberbias que hasta entonces había visto.
-Llevaba sombrero blanco, de anchas alas y copa excepcionalmente baja,
-y vestía un ligero sobretodo de tela amarilla, y amplios calzones
-de indiana. En una palabra, su exterior era verdaderamente raro y
-particular. Al regresar de mi excursión a la cueva, me encontré con
-que también él acababa de bajar del monte, cuyas maravillas había
-estado explorando desde muy temprano.
-
-Uno del Peñón le preguntó si le gustaban las excavaciones. «¿Si me
-gustan?—respondió—. Lo mismo podría usted preguntar a una persona
-que acabase de ver las cataratas del Niágara, si le gustaban mucho;
-gustar no es la palabra, señor.»
-
-El calor era sofocante, como casi invariablemente ocurre en
-Gibraltar, donde rara vez sopla un poco de aire, abrigado como está
-de todos los vientos. Eso indujo a otro individuo a preguntarle si no
-encontraba excesivo el calor.
-
-—¿Calor?—replicó—; de ningún modo. El tiempo más hermoso para recoger
-algodón que se puede desear. No lo tenemos mejor en Carolina del Sur,
-señor.
-
-—¿Vive usted en Carolina del Sur? Supongo, señor, que no será usted
-propietario de esclavos—dijo aquel judío gordo y pequeño con levita
-de color de tabaco, que en otra ocasión me había invitado a tomar un
-aperitivo—; es cosa terrible esclavizar a unos pobres hombres, tan
-sólo por el hecho de ser negros; ¿no le parece a usted, señor?
-
-—¿Que si me parece? No, señor; no opino así. Me glorío de ser
-propietario de esclavos: tengo cuatrocientos negros nigerianos
-en mi hacienda, cerca de Charleston, y por las mañanas, antes
-de desayunarme, azoto a media docena, por vía de ejercicio. Los
-nigerianos están para ser azotados; a veces intentan escaparse:
-suelto los sabuesos en su rastro, y los cogen en un abrir y cerrar de
-ojos; antes tenían la costumbre de ahorcarse, porque los nigerianos
-pensaban que era el camino más seguro para volver a su país y
-librarse de mí; no tardé en poner término a eso: les dije que si se
-ahorcaba alguno más, yo me ahorcaría también, para no separarme de
-ellos, y azotarlos en su país natal diez veces más que en el mío.
-¿Qué opina usted de esto, amigo?
-
-Era fácil comprender que había más chanza que malicia en aquel
-excéntrico y exiguo sujeto, pues sus grandes ojos grises chispeaban
-de buen humor mientras profería tales atrocidades. Era dadivoso en
-extremo; y a una irlandesa sórdida, viuda de un soldado, que entró
-con una banasta llena de cajitas y baratijas hechas de pedazos de
-roca de Gibraltar, le compró la mayor parte de lo que llevaba,
-dándole por cada artículo el precio, nada desdeñable, que le pidió.
-Me había mirado diferentes veces, y al cabo le vi inclinarse y
-murmurar algo al oído del judío, quien replicó a media voz, aunque
-con mucha viveza: «¡Oh, no, señor! Está usted muy equivocado,
-señor; no es americano, señor; de Salamanca, señor; ese caballero
-es un español de Salamanca». El criado, al fin, nos dijo que había
-puesto la mesa, y que acaso nos agradaría comer juntos: al instante
-asentimos. En aquel nuevo conocido hallé, por diversos motivos, un
-agradabilísimo compañero; no tardó en contarme su historia. Era
-plantador y, por lo que daba a entender, propietario muy reciente.
-Era condueño de un gran barco que comerciaba entre Charleston y
-Gibraltar, y como la fiebre amarilla acababa de estallar en aquella
-ciudad, decidió hacer un viaje (el primero) a Europa en su barco;
-pues, según decía, todos los estados de la Unión los tenía ya
-visitados, y visto todo cuanto en ellos hay digno de verse. Me
-describió, de un modo tan original como ingenuo, sus impresiones al
-pasar frente a Tarifa, la primera ciudad murada que veía. Le conté
-la historia de esa ciudad, que oyó con gran atención. Diversos
-intentos hizo para saber de mí quién era yo, pero los eludí, por
-más que parecía plenamente convencido de mi condición de americano;
-entre otras cosas, me preguntó si mi padre no había sido cónsul en
-Sevilla. Lo que, no obstante, le confundía mucho era mi conocimiento
-del marroquí y del gaelico, que me había oído hablar respectivamente
-con los _hamales_ y la irlandesa, la cual le había dicho, según
-me declaró el americano, que yo era brujo. Por último, tocó el
-tema de la religión, y habló con gran desprecio de la revelación,
-declarándose deísta; tenía vehementes deseos de conocer mis
-opiniones; pero le esquivé de nuevo, contentándome con preguntarle
-si había leído la Biblia. Dijo que no, pero que conocía muy bien los
-escritos de Volney y Mirabeau. No respondí, y entonces añadió que no
-era su costumbre, ni mucho menos, plantear tales cuestiones, y que
-a muy pocas personas les hubiese hablado con tanta franqueza; pero
-que yo le había interesado mucho, aunque nuestro conocimiento fuese
-tan reciente. Repuse que difícilmente habría hablado en Boston de
-la misma manera que acababa de hablarme a mí, y que bien se conocía
-que no era de Nueva Inglaterra. «Le aseguro a usted—dijo—que tampoco
-se me hubiese ocurrido hablar así en Charleston, pues, con tal
-conversación, no hubiese tardado en tener que hablar para mí solo.»
-
-Si hubiese conocido yo menos deístas de los que mi fortuna me ha
-hecho conocer, quizás hubiera intentado convencer a aquel joven de lo
-erróneo de las ideas que había adoptado; pero yo conocía todo lo que
-se habría apresurado a replicar, y como el creyente no tiene en tales
-materias argumentos carnales que dirigir a la razón carnal, pensé que
-era lo mejor evitar discusiones que seguramente no podían dar fruto
-de provecho. La fe es libre don de Dios, y no creo que haya habido
-aún ningún incrédulo convertido mediante polémicas de sobremesa.
-Aquella fué la última tarde que pasé en Gibraltar.
-
-
-
-
-CAPÍTULO LIV
-
- Otra vez a bordo. — Un rostro sorprendente. — El Haji. — Nos
- damos a la vela. — Los dos judíos. — Un barco americano. —
- Tánger. — Adun Oulem. — La riña. — Lo prohibido.
-
-
-El jueves 8 de agosto me encontré de nuevo a bordo de la barca
-genovesa, a hora tan temprana como el día anterior. No obstante,
-después de aguardar dos o tres horas sin que se hiciese ningún
-preparativo de marcha, me disponía ya a volver otra vez a tierra;
-pero el viejo piloto genovés me aconsejó que me quedara, asegurándome
-que, sin duda alguna, íbamos a partir en seguida, pues toda la
-carga estaba a bordo y no teníamos ya por qué detenernos. Estaba
-descansando en la camareta, cuando oí chocar un bote contra el
-costado de nuestro barco, y alguna gente subir a bordo. Al instante
-apareció en la abertura un rostro singular, feroz. Estaba yo medio
-dormido, y al pronto creí que soñaba, pues aquella faz más parecía
-de gato montés o de ogro que de ser humano; su larga barba casi me
-rozaba la cara, hallándome tendido en una especie de hamaca. Pero
-al incorporarme sobresaltado, reconocí la insólita catadura del
-judío a quien había visto en compañía de Judah Lib. También él me
-reconoció, y, moviendo la cabeza, plegó sus desmedidas facciones en
-una sonrisa. Me levanté y subí a cubierta, y allí le hallé junto con
-otro judío, joven, vestido a lo berberisco. Acababan de llegar en el
-bote. Pregunté a mi amigo el de la barba quién era, de dónde venía
-y adónde iba. Respondió, en portugués corrompido, que regresaba de
-Lisboa, adonde había ido a sus negocios, a Mogador, su ciudad natal.
-Me miró luego al rostro y sonrió, y sacando del bolsillo un libro
-en caracteres hebraicos, se puso a leerlo; viéndolo, un marinero
-español de a bordo dijo, que con tales barba y libro tenía que ser un
-_sabio_. Su compañero era de Mequinez, y sólo hablaba arábigo.
-
-Una barcaza se aproximaba, cuya popa aparecía llena de moros;
-serían unos doce, y la mayor parte eran evidentemente personas de
-calidad, pues iban vestidos con toda la pompa y galanura del Oriente:
-turbantes de nívea blancura, _jabadores_ de seda verde o tela
-escarlata, y _bedeyas_ adornadas con galones de oro. Algunos eran
-tipos en extremo arrogantes, y dos de ellos, jóvenes, de sorprendente
-hermosura, y lejos de mostrar, como es general entre moros,
-semblante negruzco o moreno, su tez era delicada, sonrosada y blanca.
-El personaje principal, a quien los demás trataban con mucho respeto,
-era hombre de talla atlética, de unos cuarenta años. Llevaba túnica
-de algodón blanco acolchado, y _kandrisa_ blanca, y liado con gracia
-al cuerpo, envolviéndole la parte alta de la cabeza, el _haik_, o
-capa de flanela blanca, tenida siempre en mucha estima por los moros,
-desde las épocas más remotas de su historia. Iba desnudo de piernas,
-y los pies protegidos tan sólo del suelo por babuchas amarillas. No
-ostentaba más gala que un largo zarcillo de oro, del que pendía una
-perla, evidentemente de gran valor. Una hermosa barba negra, como de
-un pie de larga, se esparcía por su musculoso tórax. Sus facciones
-eran correctas, excepto los ojos, un poco pequeños; su expresión,
-empero, era torcida; su mirar, duro; la malignidad y la mala índole
-se pintaban en cada rasgo de su semblante, donde no parecía haber
-brillado jamás una sonrisa. El marinero español de quien ya he tenido
-ocasión de hablar me dijo por lo bajo que era un _santurrón_, y que
-regresaba del viaje a la Meca; añadió que era un mercader de inmensa
-riqueza. Pronto vimos que los otros moros le habían acompañado a
-bordo solamente por amistosa cortesía, pues uno tras otro fueron
-despidiéndose de él, con excepción de dos negros, sus acompañantes.
-Observé que los negros, cuando los moros les tendían la mano al
-marcharse, se esforzaban invariablemente por llevársela a los labios,
-esfuerzo que siempre se frustraba, pues los moros, en cada caso, por
-un movimiento rápido y gracioso, retiraban la mano presa en la del
-negro y la oprimían contra su corazón; que era tanto como decir:
-«aunque negro y esclavo eres musulmán, y, por serlo, eres nuestro
-hermano; Alá no hace distinciones». El botero se acercó entonces
-al _haji_, pidiendo su paga, y le dijo que había ido tres veces a
-bordo por su servicio, a llevarle el equipaje. La suma que pidió le
-pareció exorbitante al _haji_, quien, olvidándose de su condición
-de santo y de recién venido de la Meca, fumaba atrozmente, y en mal
-español le llamó ladrón al botero. El improperio que más irrita a
-un español (el botero lo era) es ése; y apenas aquel prójimo se oyó
-tratar así, cuando, chispeantes de furor sus ojos, asestó el puño a
-la nariz del _haji_, y pagó el vocablo injurioso lo menos con otros
-diez tan malos o peores. Quizás habría pasado a actos de violencia,
-si no le hubieran arrancado de allí a la fuerza los otros moros, que
-se le llevaron aparte, y supongo que le dirían o le darían algo para
-calmarle, pues no tardó en volver al bote y regresó con todos ellos
-a tierra. El capitán llegó entonces con su secretario judío, y se
-dieron las órdenes para hacerse a la vela. Poco después de las doce
-zarpábamos de la bahía de Gibraltar. El viento soplaba favorable,
-pero durante cierto tiempo no avanzamos mucho, pues casi yacíamos
-en calma a sotavento del Peñón; poco a poco, no obstante, nuestra
-marcha fué haciéndose más rápida, y pasada como una hora corríamos
-velozmente hacia Tarifa.
-
-El secretario judío permanecía en el timón, y en realidad resultó ser
-la persona que mandaba el barco, y quien daba las órdenes necesarias,
-ejecutadas bajo la superintendencia del viejo piloto genovés. Hice
-algunas preguntas al _haji_, pero me miró de soslayo con sus adustos
-ojos, hizo un mohín con los labios, y siguió en silencio; era como
-decir: «No me hables; soy más santo que tú». Sus negros fueron mucho
-más comunicativos. Uno era viejo y feísimo; el otro, de unos veinte
-años, era tan bien parecido como puede serlo un negro. De puro color
-de ébano, tenía las facciones en extremo bien formadas y delicadas,
-con excepción de los labios, demasiado gruesos. La forma de sus
-ojos era muy particular: oblongos más que redondos, como los de las
-figuras egipcias. Tenía aire pensativo, meditabundo. Era, en todo,
-distinto de su compañero, incluso en el color (aunque ambos eran
-negros) y descendía, sin duda, de alguna raza superior poco conocida.
-Sentado al pie del mástil, contemplando el mar, hallábase, a juicio
-mío, fuera de su sitio natural; mejor hubiera parecido en los
-arenales sin límites, al pie de una palmera, y habría podido pasar
-entonces por un _Jin_[29]. Le pregunté de dónde procedía; díjome que
-era natural de Fez, pero que no había conocido nunca a sus padres;
-se crió en la casa de su amo actual, a quien había seguido en la
-mayor parte de sus viajes, y acompañádole tres veces a la Meca. Le
-pregunté si le gustaba ser esclavo. A eso me respondió que ya no lo
-era, pues en razón de sus fieles servicios le habían dado libertad
-tiempo atrás, así como a su compañero. Muchas más cosas me habría
-dicho, pero el _haji_ le llamó, y le entretuvo en otras ocupaciones,
-probablemente para impedir que yo le contaminase.
-
- [29] Genio.
-
-Esquivado por los musulmanes, recurrí a los judíos, quienes en modo
-alguno se mostraron remisos en cultivar la familiaridad. El sabio
-barbudo me contó su historia, en muchos puntos semejante a la de
-Judah Lib, pues, según parece, dos o tres años antes había salido
-de Mogador en busca de su hijo, que se había fugado a Portugal.
-Pero al llegar el padre a Lisboa, averiguó que pocos días antes el
-fugitivo se había embarcado para el Brasil. Al contrario de Judah, en
-busca de su padre, se cansó de su demanda y la abandonó. El judío de
-Mequinez, más joven, se animó y alegró en extremo al darse cuenta
-de que yo entendía su lengua, y me hizo reír con su humorística
-descripción de la vida cristiana, tal como la había observado en
-Gibraltar, donde acababa de residir cerca de un mes. Me habló después
-de Mequinez, un _Jennut_, o paraíso, según decía, comparado con el
-cual, Gibraltar era una pocilga. Tan grande, tan universal es el amor
-a la tierra nativa. Pronto me dí cuenta de que ambos judíos me creían
-de su raza, y el joven, mucho más expansivo que el otro, me calificó
-de tal, y habló de la infamia de negar mi propia sangre. Poco antes
-de llegar frente a Tarifa, el hambre se apoderó de todos nosotros.
-El _haji_ y sus negros manifestaron su repuesto y se regalaron con
-pollos asados; los judíos comieron uvas y pan, y yo, pan y queso,
-en tanto que la tripulación preparaba un plato de boquerones.
-Dos marineros acudieron solícitos con una buena ración y me la
-ofrecieron con afecto fraternal; no vacilé en aceptar su obsequio,
-y los boquerones me parecieron deliciosos. Como me hallaba sentado
-entre los judíos, les ofrecí algunos, pero volvieron el rostro con
-repugnancia, exclamando: _Haloof_[30]. Pero, al propio tiempo, me
-estrecharon la mano y, sin que yo se lo brindase, tomaron un pedacito
-de mi pan. Tenía yo una botella de coñac, que había llevado como
-prevención contra el mareo, y también se la ofrecí; pero rehusaron
-otra vez, y exclamaron: _Haram_[31]. Yo no dije nada.
-
- [30] ¡Qué porquería!
-
- [31] Prohibido.
-
-Estábamos entonces junto al faro de Tarifa, y, poniendo la proa al
-Oeste, hicimos rumbo en derechura hacia la costa de Africa. El viento
-había refrescado mucho, y como soplaba casi de popa, corríamos con
-tremenda velocidad, amenazándonos las grandes velas latinas con
-sepultarnos a cada momento bajo las olas que la corriente contraria
-levantaba frente a nosotros. En esta veloz carrera, pasamos pegados
-a la popa de un barco grande con bandera americana; iba a tomar el
-Estrecho y avanzaba lentamente contra el levante impetuoso. Al pasar
-junto a él vimos la popa llena de gente que nos observaba: la verdad
-es que debíamos de ofrecer un espectáculo singular a los pasajeros
-que, como mi joven amigo el americano de Gibraltar, vinieran al Viejo
-Mundo por vez primera. En el timón iba el judío; todo él envuelto
-en una gabardina, cuya capucha, echada sobre la cabeza, le daba
-casi el aspecto de un aparecido con su mortaja; en tanto que, sobre
-cubierta, mezclados con europeos, todos, menos yo, pintorescamente
-vestidos, iban los moros con sus turbantes, flotando suelto al viento
-el _haik_ del _haji_. Fugaz tuvo que ser, empero, la visión que de
-nosotros alcanzaron, puesto que nos cruzamos con la velocidad de un
-caballo de carreras, y a eso de una hora más tarde, sólo distábamos
-una milla del promontorio en que se asienta el castillo de Alminar,
-extremo límite oriental de la bahía de Tánger. Allí el viento cayó, y
-avanzamos de nuevo con lentitud.
-
-Hacía ya mucho tiempo que Tánger estaba a la vista. Poco después de
-empezar a alejarnos de Tarifa, le habíamos columbrado en la lejanía,
-semejante a una paloma blanca empollando en su nido. El sol se
-ocultaba detrás de la ciudad cuando echamos el ancla en la bahía,
-entre media docena de barcas y faluchos, del porte de la nuestra,
-únicos barcos que vimos. Tánger se hallaba ante nosotros, pintoresca
-ciudad que ocupa las vertientes y la cima de dos colinas, una de las
-cuales, brava y escarpada, se mete en el mar allí donde la costa
-forma de pronto una abrupta revuelta. Amenazadores parecen sus
-almenados muros, encaramados en la cúspide de empinadas rocas, cuya
-base lavan las ondas del mar, o surgiendo de la angosta playa que
-separa la colina del Océano.
-
-Allí hay dos o tres órdenes de baterías, armadas con gruesos cañones,
-que dominan la bahía; encima se ven los terrados de la ciudad, que se
-alzan escalonados, como peldaños para gigantes. Todo es blanco, de
-perfecta blancura, de suerte que el conjunto parece tallado en un
-inmenso bloque de yeso; bien es verdad que aquí y allí emergen de la
-blancura altos árboles verdes: acaso pertenezcan a jardines moros, y
-tal vez ahora estarán reclinadas a su sombra muchas Leilas ojinegras,
-hermanas de las huríes. Frente por frente a nosotros se levanta una
-gran torre o alminar, no blanca, sino pintada curiosamente; pertenece
-a la mezquita principal de Tánger; sobre ella ondeaba una bandera
-negra, por ser la fiesta de Ashor. Una hermosa playa de blanca arena
-bordea la bahía desde la ciudad hasta el promontorio del Alminar. Al
-Este se alzan portentosas colinas y montañas: son el Gebel Muza y su
-cadena; y aquel su compañero que se levanta a lo lejos es el pico de
-Tetuán; las brumas grises de la tarde envuelven sus flancos. Tal era
-Tánger, tales sus cercanías, como se me aparecieron al contemplarlas
-desde la barca genovesa.
-
-Arriaron un bote del barco, y el capitán, que traía a su cargo el
-correo de Gibraltar, el secretario judío, y el _haji_, con sus
-acompañantes negros, se fueron a tierra. Yo hubiera querido ir con
-ellos, pero me dijeron que no podría desembarcar aquella noche, pues
-antes de que examinasen mi pasaporte y mi patente de sanidad se
-cerrarían las puertas de la ciudad; así es que permanecí a bordo con
-la tripulación y los dos judíos. Los marineros prepararon su cena,
-que consistía simplemente en una ensalada de _tomates_, habiéndose
-consumido las demás provisiones. El genovés viejo me trajo una
-ración, excusándose al propio tiempo por la frugalidad de la comida.
-Acepté agradecido, y le dije que un millón de hombres mejores que yo
-tenían peor cena. Nunca he comido con mejor apetito. Al entrar la
-noche, los judíos cantaron himnos hebreos, y cuando concluyeron me
-preguntaron por qué permanecía en silencio; alcé la voz y canté _Adun
-Oulem_[32].
-
- [32] Señor del mundo.
-
-Las tinieblas envolvían ya por completo tierra y mar; ningún ruido
-se oía, salvo, de vez en cuando, el lejano ladrido de un perro en la
-costa, o alguna quejumbrosa canción genovesa, que se alzaba de una
-barca próxima. La ciudad parecía sepultada en lobreguez y silencio;
-ni siquiera la luz de una bujía se columbraba. Pero volviendo la
-vista a España, percibimos un fuego magnífico, que al parecer
-envolvía la vertiente y la cima de una de las montañas más altas al
-Norte de Tarifa. El incendio arrancaba destellos rojizos a las aguas
-del Estrecho. O las leñas del monte ardían, o los _carboneros_ se
-aplicaban a sus sombrías faenas. Los judíos se quejaron de cansancio,
-y el más joven, desatando una colchoneta, la tendió sobre cubierta
-y trató de descansar. El sabio bajó a la camareta; pero apenas
-había tenido tiempo de echarse cuando el viejo piloto, lanzándose en
-pos de él, bajó también y le sacó fuera por los talones, porque la
-cámara estaba muy poco profunda, y no había más que bajar dos o tres
-peldaños. Hecho eso, le dirigió muchos improperios, y le amenazó con
-el pie, mientras permanecía tendido sobre cubierta. «¿Cree usted—le
-dijo—que un perro judío como usted, y que paga como un perro judío,
-va a dormir en la cámara? Desengáñese, bestia: en la cámara no duerme
-esta noche nadie más que este _caballero_ cristiano.» El sabio, sin
-replicar, se alzó de sobre cubierta y se acarició la barba, en tanto
-el viejo genovés proseguía su filípica. Si el judío hubiese sido dado
-a ello, habría podido estrangular a su insultador en un momento, o
-espachurrarlo entre sus membrudos brazos, pues no recuerdo haber
-visto jamás un individuo tan fuerte y musculoso; pero, evidentemente,
-era tardo en encolerizarse, y muy paciente. No se le escapó ni una
-palabra de resentimiento, y sus facciones conservaron su habitual
-expresión de benigna placidez.
-
-Entonces le aseguré al piloto que el judío podía compartir la cámara
-conmigo sin la más leve objeción por mi parte, y que, al contrario,
-más bien lo deseaba, pues había sitio de sobra para ambos.
-
-—Dispense usted, señor caballero—replicó el genovés—; pero le
-juro que no permitiré tal cosa: usted es joven y no conoce a esta
-_canaille_ como yo la conozco, que llevo veinte años yendo y viniendo
-entre estas costas. Si esa bestia tiene frío, que duerma en el
-sollado, como yo y los demás; pero en la cámara no entra.
-
-Conociendo que era testarudo, me retiré, y a los pocos minutos caí en
-profundo sueño, que duró hasta el alba. Cierto que dos o tres veces
-me pareció que se peleaban cerca de mí; pero estaba tan abrumado de
-cansancio, tan borracho de sueño, que no pude despertarme lo bastante
-para enterarme de lo que sucedía. El hecho fué que, en el transcurso
-de la noche, el sabio, hallándose incómodo al aire libre, junto a
-su compañero, intentó por tres veces meterse en la cámara, y otras
-tantas le arrojó de ella su incansable enemigo, que, sospechando sus
-intenciones, no le quitó ojo en toda la noche.
-
-A eso de las cinco me levanté; el radiante sol brillaba esplendoroso
-sobre la ciudad, la bahía y la montaña; la tripulación ya estaba
-ocupada sobre cubierta en reparar una vela desgarrada por el
-viento el día anterior. Los judíos, sentados en la popa con aire
-desconsolado, se quejaban mucho del frío que habían sufrido en aquel
-lugar abierto. Sobre el ojo izquierdo del sabio vi una cortadura
-ensangrentada, que, según me dijo, le había hecho el viejo genovés
-después de sacarle de la cámara por última vez. Entonces manifesté
-mi botella de coñac, rogando que la tripulación participase en ella,
-como leve correspondencia a su hospitalidad. Me dieron las gracias,
-y la botella fué circulando; al cabo llegó a manos del viejo piloto,
-quien, tras de mirar un instante al sabio, se la llevó a los labios,
-donde la mantuvo mucho más tiempo que ninguno de sus compañeros;
-después me la devolvió, haciéndome una profunda reverencia. El
-sabio preguntó entonces qué contenía la botella. Le dije que coñac,
-o _aguardiente_, y al oírlo, rogó, no sin cierta ansia, que le
-permitiese beber un trago.
-
-—¿Cómo es eso?—dije yo—. Ayer me dijo usted que era una cosa
-prohibida, una abominación.
-
-—Ayer—respondió—no sabía que fuese aguardiente; creí que era vino,
-que es, ciertamente, una abominación, cosa prohibida.
-
-—¿Está prohibido en la _Torah_?—pregunté—. ¿Está prohibido por la ley
-de Dios?
-
-—No lo sé—replicó—; lo que sé es que los sabios lo han prohibido.
-
-—Sabios como usted—exclamé con calor—; sabios como usted, de barba
-larga y entendimiento corto. Permitido está el uso de ambas bebidas;
-pero más peligro se esconde en esta botella que en una cuba de vino.
-Bien dijo mi Señor el Nazareno: «Vosotros apartáis un mosquito y os
-tragáis un camello»; pero, puesto que tiene usted frío y tirita, tome
-la botella y reanímese con un traguito de su contenido.
-
-Se la acercó a los labios, y no encontró ni gota. El viejo genovés
-reía con sorna.
-
-—_Bestia_—dijo—, le conocí en los ojos que deseaba beber un trago,
-y me dije: aunque me ahogue, no dejaré que un caballero cristiano
-malgaste ni gota del _aguardiente_ en ese judío, ¡mal rayo caiga
-sobre su cabeza!
-
-»Ahora, señor caballero—continuó—, puede usted bajar a tierra; esos
-dos marineros le llevarán al muelle y transportarán su equipaje
-adonde tenga por conveniente; la Virgen le bendiga por donde vaya.
-
-
-
-
-CAPÍTULO LV
-
- El muelle. — Los dos moros. — Djmah de Tánger. — La casa de Dios.
- — El cónsul británico. — Espectáculo curioso. — La casa mora. —
- Juana Correa. — Ave María.
-
-
-Bogamos, pues, hacia el muelle, y desembarcamos. El muelle no
-consiste actualmente más que en un inmenso rimero de grandes piedras
-sueltas, que corre como unas quinientas yardas bahía adentro: son
-parte de las ruinas de un magnífico espigón que los ingleses, último
-pueblo extranjero que ocupó a Tánger, destruyeron al evacuar la
-plaza. Los moros no han intentado nunca repararlo: en las mareas
-altas, el mar rompe contra él furioso. Fué tarea difícil abrirme
-camino entre las resbaladizas piedras, y dos o tres veces me hubiera
-caído a no ser por la buena voluntad de los marineros genoveses. Al
-fin alcanzamos la playa, y nos encaminábamos hacia la puerta de la
-ciudad, cuando dos moros vinieron a nosotros. Casi nos asustamos al
-ver al primero: era un bárbaro corpulento y viejo, con aborrascada
-barba blanca, turbante, _haik_ y calzones sucios, desnudas las
-piernas e inmensos y aplastados pies, cuyos talones sobresalían lo
-menos un par de pulgadas por detrás de sus viejas y negras babuchas.
-
-—Este es el capitán del puerto—dijo uno de los genoveses—. Trátele
-con respeto.
-
-Me quité, pues, el sombrero y exclamé:
-
-—_Sba alkheir a sidi._
-
-—¿Sois ingleses?—vociferó el horroroso y gigantesco vejestorio.
-
-—Ingleses, señor—— adelantándome le tendí la mano, que casi aplastó
-con su tremenda zarpa. Entonces el otro moro me habló en una jerga
-compuesta de inglés, español y árabe. También era un personaje raro;
-pero muy diferente de su compañero, que le llevaba, por lo poco, la
-cabeza, y menos completo de un ojo, pues el globo de visión izquierdo
-teníalo cerrado, y era, como los españoles dicen, _tuerto_; pero
-excedía con mucho al otro en la limpieza del turbante, _haik_ y
-calzones. De lo que farfulló colegí que era el _mahasni_ o soldado
-del cónsul inglés; que el cónsul, sabedor de mi llegada, le había
-enviado para acompañarme a su casa. Me propuso que le siguiese, y así
-lo hice, acompañándonos el viejo capitán del puerto hasta la entrada
-de la ciudad, donde dió media vuelta y se metió en un edificio que,
-a mi parecer, sería la aduana, por los fardos y cajas de toda índole
-apilados delante. Traspusimos la puerta de la ciudad y remontamos
-una pendiente tortuosa. A nuestra izquierda había una batería llena
-de cañones, apuntando al mar, y a nuestra derecha un recio muro,
-tallado en parte en la misma montaña: un poco más arriba llegamos a
-un sitio abierto, donde se alza la mezquita que ya he mencionado. Al
-contemplar la torre, me dije: «Seguramente tenemos aquí una hermana
-menor de la Giralda de Sevilla.»
-
-Ignoro si alguien ha notado ya el parecido entre ambos edificios, y
-quizás habrá algunos que nieguen tal semejanza, sobre todo si, al
-formar opinión, se dejan influir mucho por el tamaño y el color: la
-Giralda es de color rojo, o más bien bermellón, mientras que en el
-Djmah de Tánger predomina el verde por estar hecha de ladrillos de
-ese color; pero entre ellos, con ciertos intervalos, hay colocados
-otros de un leve tinte rojo, de suerte que la torre presenta una
-bella variedad de tonos. Respecto al tamaño, comparado con la
-gigantesca maga sevillana, el Djmah tangerino parecería lo que un
-arbolillo nuevo al lado de un cedro del Líbano, cuyo tronco ha
-resistido las tormentas de quinientos años. Pues con todo eso, afirmo
-que, en otros respectos, ambas torres son una y la misma, y que en
-ambas se manifiestan el mismo espíritu, igual designio; su forma es
-igual, y tienen en sus muros las mismas señales, incluso aquellos
-misteriosos arcos grabados en los ladrillos, emblema de no sé qué.
-Sin violencia puede decirse que los dos monumentos están entre sí en
-la misma relación que los antiguos moros con los modernos. La Giralda
-es una maravilla del mundo, y el antiguo moro fué casi conquistador
-del mundo. Al moderno moro apenas se le conoce, y ¿quién ha oído
-nunca hablar de la torre de Tánger? Pero examinadla atentamente, y
-hallaréis en ella mucho, muchísimo que admirar; y si se os presenta
-la oportunidad de observar con detención a los moros modernos, de
-seguro descubriréis en sus personas y en sus acciones, junto a muchos
-rasgos grotescos, incultos y bárbaros, no pocos que compensarán con
-amplitud una investigación laboriosa.
-
-Al pasar por delante de la mezquita, me detuve a la puerta un momento
-y miré al interior; no vi más que un patio cuadrangular pavimentado
-con baldosas de colores, a cielo abierto. En los lados, sendas
-galerías con arcos o _piazzas_, y en el centro una fuente, donde
-varios moros cumplían sus abluciones. Miré en torno, en busca del
-objeto abominable, y no lo hallé. El pecado habitual de la iglesia
-pseudo-cristiana no estaba allí en cada rincón para herirme en los
-ojos.
-
-—Venid acá, papistas—dije—y tomad esta lección: aquí hay una casa
-de Dios, en lo exterior al menos, tal como una casa de Dios debe
-ser: cuatro muros, una fuente, y encima el eterno firmamento, donde
-se espeja su gloria. ¿Qué casas edificáis al Dios que ha dicho: «No
-grabarás tu imagen»? Insensato, tus muros están poblados de ídolos;
-a una piedra le llamas tu Padre, y a un pedazo de madera carcomida,
-Reina de los Cielos. Insensato, no conoces siquiera al Anciano de
-días, y del mismo moro tienes algo que aprender. Al menos, el moro
-conoce al Anciano de días, que ha dicho: «No tendrás más dioses que
-yo.»
-
-Cuando decía estas palabras, oí un grito como rugido de león, y una
-temerosa voz exclamaba a lo lejos: _Kapul Udbagh_.
-
-Volvimos luego hacia la izquierda por un pasadizo que atravesaba
-por debajo de la torre, y apenas habíamos dado unos pasos, oí un
-prodigioso tumulto de voces infantiles; escuché un instante y
-distinguí versículos del Corán; era una escuela.
-
-Otra lección para ti, papista. Te llamas cristiano, pero persigues
-el libro de Cristo. Le acosas hasta la orilla del mar, obligándole a
-buscar refugio en las olas.
-
-Insensato, aprende esa lección del moro, que enseña a su hijo, apenas
-empieza a hablar, los pasajes más importantes del libro de su ley,
-y se tiene por sabio o necio según está o no versado en tal libro;
-mientras que tú, esclavo ciego, no sabes lo que el libro de tu ley
-contiene, ni deseas saberlo; pero ¿acaso no te han de juzgar por tu
-ley propia? Traficante en ídolos, aprende del moro a ser consecuente:
-dice que será juzgado según su ley, y, por tanto, estima y sabe de
-memoria todo el libro de su ley.
-
-Llegamos a casa del cónsul inglés, grande y espaciosa vivienda,
-construída según el gusto inglés. El soldado me llevó a través de
-un patio hasta un amplio vestíbulo, colgado con pieles de animales
-feroces de toda especie, desde el majestuoso león hasta el chacal
-ladrador. Allí me recibió un criado judío, y me condujo al punto a
-la biblioteca, donde estaba el cónsul. Me recibió con suma llaneza
-y sincero afecto, y me dijo que habiendo recibido una carta de su
-excelente amigo Mr. B., en la que me recomendaba vivamente, tenía
-ya tomado para mí alojamiento en casa de una mujer española, pero
-súbdito británico, donde me encontraría, a su parecer, todo lo bien
-instalado que era posible en un lugar como Tánger. Me preguntó
-después si tenía algún motivo especial para visitar esa ciudad, y
-sin vacilación le dije que llevaba el propósito de repartir cierto
-número de ejemplares del Nuevo Testamento en lengua española entre
-los cristianos residentes en la localidad. Sonrió, y me recomendó que
-procediese con extremada cautela, y así se lo prometí. Departimos
-luego acerca de otros temas, y no tardé en descubrir que me hallaba
-en compañía de un hombre de letras instruidísimo, sobre todo en
-los clásicos griegos y latinos; también conocía a fondo el imperio
-berberisco y el carácter moro.
-
-Tras de media hora de conversación, en extremo agradable e
-instructiva para mí, manifesté el deseo de marcharme a mi
-alojamiento; tocó la campanilla, entró el mismo criado judío que me
-había recibido, y el cónsul le dijo en inglés:
-
-—Acompañe a este caballero a casa de Juana Correa, la viuda mahonesa,
-y encárguele de mi parte que le cuide bien y atienda a su regalo; si
-lo hace así, me confirmará en la buena opinión que tengo de ella y
-aumentará mi inclinación a favorecerla.
-
-Así, acompañado por el judío, enderecé mis pasos al alojamiento
-preparado para mí. Tras de remontar la calle en que estaba la casa
-del cónsul, entramos en una placita que se halla como a media ladera
-de la colina. Díjome mi acompañante que aquello era el soc, o plaza
-del mercado. Ofrecíase allí un espectáculo curioso. Todo alrededor
-de la plaza había unas barracas de madera pequeñas, muy parecidas
-a cajas grandes volcadas sobre un costado, con la tapa mantenida
-en alto por una cuerda. Delante de cada caja había una especie de
-mostrador, o más bien un largo mostrador corría frente a toda la
-línea, sobre el cual yacían uvas, dátiles, pequeños barriles de
-azúcar, jabón, manteca y otros artículos varios. Dentro de cada
-caja, frente al mostrador, y a unos tres pies del suelo, se ocultaba
-un ser humano con una manta sobre los hombros, un sucio turbante en
-la cabeza, y calzones andrajosos, que les llegaban hasta la rodilla,
-aunque me parece que algunos prescindían por completo de ellos.
-Empuñaban sendos palos con un manojo de hojas de palma en la punta,
-agitándolos sin cesar como abanico, a fin de espantar de sus géneros
-el millón de moscas que, engendradas por el sol berberisco, trataban
-de posarse en ellos. Detrás, y a cada lado de las casetas, había
-pilas de mercancías de la misma clase. Los vendedores clamaban sin
-cesar: _Shrit hinai, shrit hinai_[33]. Tales son los tenderos de
-Tánger, tales sus tiendas.
-
- [33] Compre aquí, compre aquí.
-
-En medio del _soc_, sobre las piedras, había pirámides de melones
-y _sandías_, y también banastas llenas de otras clases de frutas,
-expuestas para la venta, en tanto las redondas hogazas yacían en el
-suelo acá y allá, y a su lado, sentados sobre las piernas cruzadas,
-los seres de más extraña apariencia que una imaginación descarriada
-puede concebir, cubierta la cabeza con un enorme sombrero de paja, lo
-menos de dos yardas de circunferencia, cuyas alas caídas ocultaban
-por completo el rostro, mientras el tronco aparecía envuelto en una
-manta, de la que a veces salían unos dedos y brazos descarnados. Eran
-mujeres moras, todas, a lo que creo, viejas y feas, si he de juzgar
-por las ojeadas que pude echar sobre sus semblantes cuando levantaban
-las alas de los sombreros para mirarme al pasar, o maldecirme por
-pisarles el pan. Todo el _soc_ estaba lleno de gente y abundaban los
-gritos, bullicios y vociferaciones, y como el sol, aunque era todavía
-muy temprano, brillaba con grandísimo esplendor, pensaba yo que
-escena tan animada rara vez la habría visto nunca.
-
-Cruzando el _soc_, entramos en una angosta calle con el mismo género
-de cajas-tiendas a cada lado, algunas de las cuales, empero, o
-estaban desocupadas o no habían abierto aún, pues la tapa permanecía
-echada. Casi inmediatamente volvimos hacia la izquierda, remontando
-una calle algo parecida, y al instante mi guía se entró por la puerta
-de una casa baja, situada en la esquina de una callecita arbolada,
-que era, según me dijo, la morada de Juana Correa. Pronto estuvimos
-en el centro de la vivienda. Digo en el centro porque todas las casas
-moras están construídas con un pequeño patio en medio. El de aquella
-casa no tenía más de diez pies en cuadro. Abierto por arriba, en
-torno estaban las habitaciones, por tres lados; en el cuarto lado,
-una escalerilla que comunicaba con el piso superior, la mitad del
-cual consistía en un terrado con vistas al patio; por encima de
-sus bajos muros se descubría un panorama del mar y gran parte de la
-ciudad. Lo restante del piso ocupábalo una vasta pieza, reservada
-para mí, y que comunicaba con el terrado por dos puertas. En cada
-extremo del cuarto había una cama, atravesada a lo ancho de la
-habitación, con el pabellón pegado al techo. Una mesa y dos o tres
-sillas concluían el mobiliario.
-
-Estaba tan ocupado en examinar la casa de Juana Correa, que al pronto
-puse poca atención en la señora misma. Pero vino luego al terrado
-donde mi guía y yo permanecíamos. Era una mujer como de cuarenta y
-cinco años, de facciones regulares, que en otros tiempos habrían
-sido hermosas, pero en las que los años, y más aún quizás las penas,
-habían hecho muchos estragos. Le faltaban dos dientes, pero aún era
-negro su magnífico pelo. Mirando su rostro, dije para mí: si es
-verdad la ciencia fisonómica, tú, ¡oh Juana!, eres buena y apacible.
-En efecto: las finezas que de Juana recibí durante las seis semanas
-que pasé bajo su techo, me hubieran convertido a esa ciencia, si
-antes hubiese dudado de ella.
-
-No creo que en ningún pecho humano haya latido nunca corazón más
-afectuoso y ardiente que el de Juana Correa, la viuda mahonesa, y
-así lo denotaban sus facciones, radiantes de benevolencia y buen
-natural, aunque algo nubladas por la melancolía.
-
-Díjome que había estado casada con un genovés, patrón de un falucho
-que recorría la ruta entre Gibraltar y Tánger, quien, al morir,
-hacía unos cuatro años, la dejó con cuatro de familia, el mayor de
-los cuales era un mozo de trece; que había tropezado con graves
-dificultades para proveer a su sustento y al de los suyos desde la
-muerte de su marido; pero que la Providencia le había suscitado unos
-pocos amigos excelentes, sobre todo el cónsul británico; que, además
-de alquilar habitaciones a viajeros tales como yo, amasaba pan, muy
-estimado por los moros, y tenía sociedad con un genovés viejo para
-la venta de licores. Añadió que este último vivía en una de las
-habitaciones bajas; que era hombre muy dispuesto y de gran saber,
-pero que a veces le parecía algo tocado de aquí, dijo llevándose un
-dedo a la frente, y esperaba que yo sabría disimular las rarezas
-de su lenguaje o de su conducta. Entonces me dejó, para disponer,
-según dijo, mi desayuno; y con esto, el criado judío que me había
-acompañado desde casa del cónsul, viéndome ya instalado, fuése.
-
-Pronto me senté a desayunar en una habitación a la izquierda del
-minúsculo _wustuddur_; el trato era excelente: te, pescado frito,
-huevos y uvas, sin olvidar el famoso pan de Juana Correa. Me servía
-un mozo judío, alto, de unos veinte años; díjome que se llamaba
-Hayim Ben Attar, y que era natural de Fez, de donde sus padres le
-habían llevado siendo muy niño a Tánger, y aquí había pasado la
-mayor parte de su vida principalmente al servicio de Juana Correa,
-asistiendo a los que, como yo, se alojaban en la casa. Terminada la
-comida, hallábame sentado en el patinillo, cuando oí en la habitación
-opuesta a la en que me había desayunado varios suspiros, seguidos de
-muchos lamentos; luego vino un _Ave María, gratiâ plena, ora pro me_,
-y finalmente una voz como un graznido cantó:
-
- Gentem auferte perfidam
- Credentium de finibus,
- Ut Christo laudes debitas
- Persolvamus alacriter.
-
-—Ese es el genovés viejo—susurró Hayim Ben Attar—que está rezando a
-su Dios; lo hace con mucha devoción siempre que la noche antes se
-ha ido a la cama un poco bebido. Tiene en el cuarto una imagen de
-_María Buckra_[34], delante de la que suele poner un cirio encendido,
-y por ella no me permite nunca entrar en la habitación. Una vez me
-sorprendió contemplándola, y creí que me mataba; desde entonces,
-cierra siempre el cuarto con llave, que se guarda en el bolsillo al
-marcharse. Odia a los judíos y a los moros, y dice que sus pecados le
-han traído a vivir entre nosotros.
-
- [34] La Virgen María.
-
-—No ponen cirios delante de las imágenes—dije yo, y salí a visitar
-las curiosidades del país.
-
-
-
-
-CAPÍTULO LVI
-
- El Mahasni. — Sin Samani. — El Bazar. — Santos moros. — ¡Mira la
- ayana! — La higuera chumba. — Sepulturas judías. — La mansión
- de los esqueletos. — El mozo de cuadra. — Los caballos de los
- musulmanes. — Dar-dwag.
-
-
-Hallábame en la plaza del mercado, contemplando una escena muy
-parecida a la que ya he descrito, cuando se me acercó un moro y trató
-de proferir unas pocas palabras en español. Era un viejo alto, de
-facciones enjutas, pero un poco extrañas, y habría podido llamársele
-bien parecido a no faltarle un ojo, deformidad muy común en el país.
-Llevaba envuelto el cuerpo en un inmenso _haik_. Al ver que yo
-entendía el marroquí, rompió a hablar con inmensa volubilidad, y no
-tardé en saber que era _mahasni_. Ponderó largamente las bellezas
-de Tánger, de donde era natural, según dijo, y al cabo exclamó:
-«Ven conmigo, sultán mío, y te enseñaré muchas cosas que alegren
-tus ojos y llenen tu corazón de claridad; fuera una vergüenza para
-mí, que tengo la ventaja de ser hijo de Tánger, permitir que un
-extranjero, llegado de una isla del gran mar, como dices tú que
-vienes, con propósito de ver esta bendita tierra, se estuviese aquí
-en el _soc_ sin nadie que le guíe. ¡Por Alá, no será así! Hagan sitio
-a mi sultán, hagan sitio a mi señor», prosiguió, abriéndose camino a
-empellones a través de una turba de hombres y chicos reunida en torno
-nuestro; «a su alteza le place venir conmigo; por aquí, mi señor,
-por aquí»; y emprendió el camino colina arriba, andando con tremendo
-compás, y hablando aún más de prisa.
-
-—Esta calle—dijo—es el Siarrin, y no hay en Tánger otra que se le
-parezca; observa qué ancha es, casi como la mitad del mismo _soc_;
-aquí están las tiendas de los mercaderes más importantes, donde se
-vende toda clase de artículos preciosos. Observa a esos dos hombres:
-son argelinos, y buenos musulmanes; huyeron de Zair[35] cuando lo
-conquistaron los nazarenos, no por fuerza de armas, no por su valor,
-como ya puedes suponer, sino con oro; los nazarenos sólo conquistan
-con oro. El moro es bueno, el moro es fuerte, ¿quién tan bueno ni
-tan fuerte como él?; pero no pelea con oro, y por eso perdió a
-Zair. Repara en esos dos hombres sentados en los bancos junto a
-esos porches: son _makhasniah_, cofrades míos. Mira la blancura de
-sus _haiks_, la blancura de sus turbantes. ¡Oh, si pudieras ver sus
-espadas en día de guerra, qué brillo, qué brillo el suyo! Ahora no
-llevan espadas. ¿Para qué llevarlas? ¿No está la tierra en paz? ¿Ves
-a ese de la tienda de enfrente? Es el Pachá de Tánger, el Hamed Sin
-Samani, sotapachá de Tánger; el primer pachá, mi señor, está de
-viaje; que Alá le otorgue un feliz regreso. Sí; ese es Hamed; ahí
-está en su _hanutz_[36] como si no fuera nada más que un comerciante;
-sin embargo, la vida y la muerte están en su mano. Ahí distribuye
-justicia, al mismo tiempo que vende esencia de rosa y cochinilla,
-pólvora de cañón y azufre; pero estos últimos los vende por cuenta
-de Abderrahmán, el sultán, mi señor, pues nadie puede vender en esta
-tierra pólvora y azufre en polvo más que el sultán. Si deseas comprar
-_attar del mar_, si deseas comprar esencia de rosas, debes ir al
-_hanutz_ de Sin Samani, pues sólo allí la encontrarás pura; no te la
-venderá cualquier moro, sino sólo Hamed. ¡Que Alá le bendiga! Mis
-hermanos los _makhasniah_ esperan sus órdenes, porque dondequiera
-que el Pachá se instala, hay sala de justicia. Mira, ahora estamos
-enfrente del bazar; más abajo de esa puerta que ves, está el patio
-del bazar; ¿qué no encontrarás en el bazar? Sedas de Fez, ahí las
-tienes; y si deseas _sibat_, si deseas babuchas para los pies,
-búscalas ahí, donde también se venden cosas muy curiosas que vienen
-de las ciudades de los nazarenos. En esas casas grandes a nuestra
-izquierda, viven los cónsules nazarenos; ya has visto muchas así en
-tu tierra; por tanto, ¿para qué pararse a mirarlas? ¿No te admira
-esta calle del Siarrin? Cuanto entra o sale de Tánger por el lado de
-tierra, pasa por esta calle. ¡Oh, las riquezas que por ella pasan!
-Mira qué larga hilera de camellos: veinte, treinta, una _cáfila_
-completa que baja la calle. _Wullah!_[37] Conozco estos camellos,
-conozco al conductor. Buenos días, ¡oh Sidi Hassim! ¿Cuántos días
-habéis tardado desde Fez? Ahora hemos llegado a la muralla, vamos
-a pasarla por esta puerta. Esta puerta se llama Bab del Faz; ahora
-estamos en el Soc de Barra.
-
- [35] Argel.
-
- [36] Tienda.
-
- [37] ¡Por Dios!
-
-El Soc de Barra es un espacio abierto, fuera de la muralla de Tánger,
-en su parte más elevada, sobre la falda de la colina. El terreno
-es irregular y escarpado; pero hay algunos sitios regularmente
-nivelados. En aquel sitio se celebra todos los jueves y lunes por
-la mañana una especie de feria, en razón de lo cual es llamado Soc
-de Barra o mercado de afuera. Aquí y allá, cerca del foso de la
-ciudad, hay unas cavidades subterráneas, con pequeños orificios,
-aproximadamente como el del cañón de una chimenea, cubiertos de
-ordinario con una losa, o rellenos con paja. Son los graneros, donde
-se guarda el trigo, la cebada y otros granos destinados a la venta. A
-una mano hay dos o tres toscas chozas, o más bien cobertizos, debajo
-de los cuales vigilan los guardianes del trigo. Es muy peligroso
-pasar por aquella colina de noche, una vez cerradas las puertas de
-la ciudad, pues a esa hora se da suelta a muchos perros, fieros y
-grandes, que con toda seguridad derribarían y quizá destrozarían a
-cualquier desconocido que se acercase por allí. A la mitad de la
-subida de la colina, se ven cuatro muros blancos, que cierran un
-espacio como de diez pies cuadrados, donde descansan los huesos de
-Sidi Mokhfidh, famoso santo que murió hará unos quince años. Allí
-termina el _soc_; lo restante del monte se llama El Kawar, o lugar
-de las tumbas, porque es el sitio donde comúnmente se entierra; los
-sitios donde reposan los muertos están cuidadosamente señalados por
-unas pocas piedras que forman un circuito oblongo. Cerca de Mokhfidh
-duerme Sidi Gali; pero el santo principal de Tánger yace enterrado
-en lo alto del monte, en el centro de una breve explanada. Una
-linda capilla o mezquita, con su cúpula, se alza allí en su honor,
-adornada generalmente con banderas de varios colores. El nombre de
-este santo es Mohammed _el Haji_, y en Tánger y sus cercanías se
-tiene su memoria en la mayor veneración. Su muerte acaeció en los
-comienzos de este siglo.
-
-Estos detalles los recogí en aquel momento o en subsiguientes
-ocasiones. En el lado norte del _soc_, cerrado por la ciudad, hay un
-muro con una puerta.
-
-—Ven—dijo el viejo _mahasni_ haciendo una indicación con la mano—,
-ven y te enseñaré el jardín de un cónsul nazareno.
-
-Crucé la puerta en su seguimiento, y me hallé en un espacioso
-jardín, dispuesto al modo europeo, y plantado de limoneros, perales
-y diversos géneros de arbustos olorosos. Era visible, no obstante,
-que el principal orgullo del propietario eran las flores, de que
-había muchos macizos. La casa de verano era muy buena; el arte había
-agotado sus recursos para que allí no faltara nada.
-
-Una cosa, empero, se echaba de menos, y su ausencia era singularmente
-notable en un jardín en tal época del año: apenas se veía una hoja.
-La plaga más espantosa de las que devastaron a Egipto, se cebaba
-entonces en estas partes de Africa: la langosta hacía su obra, y en
-ningún lugar con tanta furia como en el sitio donde yo me hallaba.
-Todo estaba arrasado en torno. Los árboles, pelados y negruzcos
-como en invierno. No había nada verde, salvo las frutas, sobre todo
-las uvas, que en bravos racimos colgaban de las _parras_; porque la
-langosta no toca los frutos mientras queda una hoja por devorar.
-Conforme recorríamos los paseos, los horribles insectos, volando en
-todas direcciones, tropezaban con nosotros, y perecían a centenares
-bajo nuestros pies.
-
-—Mira las _ayanas_—dijo el viejo _mahasni_—y óyelas comer. Poderosa
-es la _ayana_, más poderosa que el sultán y que el cónsul. Todos
-sus _makhasniah_ que el sultán enviase contra la _ayana_, y a mí
-con ellos, la _ayana_ diría ¡ja, ja! Poderosa es la _ayana_. No se
-asusta del cónsul. Hace pocas semanas el cónsul dijo: «Yo puedo más
-que la _ayana_, y voy a extirparla del país.» Así, fué proclamando
-por la ciudad: «Tangerinos, apresuraos a luchar contra la _ayana_,
-destruidla en el huevo; sabed que a todo el que me traiga una libra
-de huevos de _ayana_ le daré hasta cinco _reales_ de España; este año
-no habrá _ayanas_.» Así, todo Tánger se precipitó a luchar contra la
-_ayana_, y a recoger los huevos que la _ayana_ había dejado a incubar
-debajo de la arena en las vertientes de los montes, y en los caminos,
-y en el llano. Mi propio hijo, que tiene siete años, fué a combatir
-la _ayana_, y él solo recogió cinco libras de huevos, huevos que la
-_ayana_ había dejado bajo la arena, y se los llevó al cónsul, y el
-cónsul pagó el precio. Centenares de personas llevaban huevos al
-cónsul, quién más, quién menos, y el cónsul pagaba el precio, y en
-menos de tres días la caja de caudales del cónsul se quedó exhausta.
-Entonces exclamó: «Cesad, tangerinos; quizás hemos destruído la
-_ayana_, quizás hemos acabado con ellas.» ¡Ja, ja! Mira alrededor, y
-encima de ti, y debajo, y dime si el cónsul ha destruído la _ayana_.
-¡Oh! ¡Es muy fuerte la _ayana_! Más que el cónsul, más fuerte que el
-sultán y todos sus ejércitos.
-
-No estará de más hacer notar que de allí a una semana todas las
-langostas desaparecieron, nadie sabía cómo, y sólo quedaron unas
-pocas rezagadas. A no ser por esa liberación providencial, los
-campos y huertos de los alrededores de Tánger habrían quedado por
-completo devastados. Los insectos eran de inmenso tamaño y de aspecto
-repulsivo.
-
-Pasamos después al otro lado del _soc_, donde están las chozas de
-los guardianes. Allí se abre una especie de calleja que desciende
-hasta la orilla del mar; es muy pendiente y escarpada, y parece una
-rambla o barranco. Sus dos márgenes están cubiertas por el árbol que
-produce el higo espinoso, llamado en marroquí _kermous del Ynde_.
-En el aspecto de ese árbol o planta, pues no sé cómo llamarlo, hay
-algo de grotesco y agreste. Su tronco, aunque a menudo alcanza el
-grosor del cuerpo humano, no tiene copa, pues a muy corta distancia
-del suelo se divide en muchas ramas retorcidas que se esparcen en
-todas direcciones, y echan hojas verdes muy extrañas, con pulgada y
-media de espesor, que si se parecen a algo es a las aletas anteriores
-de una foca, y se componen de muchas fibras. El fruto, que se parece
-un poco a la pera, tiene un áspero tegumento cubierto de menudas
-espinas, que penetran instantáneamente en la mano que las toca y con
-dificultad se extraen. No recuerdo haber visto nunca vegetación de
-más vigorosa lozanía que la de aquellas higueras, ni, en conjunto, un
-lugar más extraño.
-
-—Sígueme—dijo el _mahasni_—y te enseñaré una cosa que te va a gustar.
-
-Volvimos hacia la izquierda caminando por un angosto sendero, cuesta
-arriba, hasta llegar a la cúspide de un cerrillo, separado por un
-profundo foso de la muralla de Tánger. El terreno estaba densamente
-cubierto por los arboles ya descritos, que esparcían sus singulares
-ramas por la superficie, y cuyas gruesas hojas aplastábamos con los
-pies al andar. Entre ellas descubrí gran número de piedras mohosas
-tendidas horizontalmente, y con tosquedad grabados en ellas unos
-caracteres extraños que me bajé a contemplar.
-
-—¿Eres bastante _talib_ para leer esos signos?—exclamó el viejo
-moro—. Son letras de los malditos judíos; este es su _mearrah_,
-como ellos lo llaman, y aquí entierran a sus muertos. Los insensatos
-confían en Muza en lugar de creer en Mohammed; sus muertos arderán
-perdurablemente en _jehinnim_. Mira, sultán mío, qué fértil es el
-suelo del _mearrah_ de los judíos; mira qué _kermous_ se crían aquí.
-Siendo yo chico venía muchas veces al _mearrah_ de los judíos a comer
-_kermous_ cuando estaban maduros. A los chicos musulmanes de Tánger
-les gustan los _kermous_ del _mearrah_ de los judíos; pero los judíos
-no los cogen. Dicen que el agua de los manantiales que alimentan las
-raíces de estos árboles pasa entre los cuerpos de sus muertos, y que
-por ese motivo es una abominación comer esa fruta. Sea verdad o no,
-lo cierto es que, aliméntense de lo que se quiera, buenos son los
-_kermous_ que se crían en el _mearrah_ de los judíos.
-
-Volvimos a la calleja por el mismo sendero que habíamos traído; según
-bajábamos dijo el moro:
-
-—Has de saber, sultán mío, que este sitio donde estamos, y que tanto
-te gusta, se llama _Dar-sinah_[38]. Me preguntarás por qué lleva tal
-nombre, pues no ves aquí ni casa ni ser humano, musulmán, nazareno
-o judío, fuera de nosotros dos; yo te lo diré, sultán mío; ¿quién
-mejor? Sabe, si no lo llevas a mal, que no siempre ha sido Tánger
-lo que es ahora, ni ha ocupado el lugar que ahora ocupa. Estuvo allá
-lejos (señalando hacia el Este), en aquellos cerros sobre la costa, y
-aún se ve allí ruinas de casas, y el sitio se llama Tánger la Vieja.
-De suerte que en tiempos antiguos, según tengo oído contar, este
-_Dar-sinah_ era una calle, no hace al caso si dentro o fuera de los
-muros, donde residía gente de todos los oficios: orífices, plateros,
-herreros, hojalateros y artesanos de todas clases. Si deseabas
-encargar una obra, no tenías más que ir al _Dar-sinah_ y al instante
-encontrabas un maestro del oficio que buscabas. Dice mi sultán que
-le gusta la vista de _Dar-sinah_ tal como hoy está; no sé por qué,
-la verdad, sobre todo no estando maduros todavía los _kermous_, que
-no se pueden comer. Si ahora le gusta _Dar-sinah_, ¿cómo le hubiera
-gustado a mi sultán en otros tiempos, cuando esto estaba lleno de
-oro y plata, de hierro y estaño, del estruendo de los martillos y de
-maestros y gentes entendidas en sus oficios? Ahora llegamos al _Chali
-del Bahar_[39]. Ten cuidado, mi sultán; andamos sobre huesos.
-
- [38] Casas de oficios.
-
- [39] La orilla del mar.
-
-Habíamos salido del _Dar-sinah_ y teníamos delante la costa; en
-un instante nos hallamos en medio de una multitud de huesos de
-toda clase de animales, y aparentemente de todas fechas; algunos
-blanqueados por el tiempo y la exposición al sol y al aire, mientras
-otros conservaban aún carne fresca adherida; había allí esqueletos
-enteros, caballos, asnos, y hasta los restos, menos conocidos, de
-un camello. Perros flacos andaban allí atareados gruñendo, royendo,
-desgarrando; en medio de ellos, sin intimidarse, avanzaba con
-majestad el buitre, cebándose, ansioso, en los despojos, y hasta
-disputándoselos a las bestias; mientras los cuervos revoloteaban
-sobre ellos y graznaban ávidamente, o se posaban a veces sobre alguna
-costilla enhiesta.
-
-—Mira—dijo el _mahasni_—el _kawar_ de los animales. Mi sultán ha
-visto el _kawar_ de los musulmanes y el _mearrah_ de los judíos, y
-aquí ve el _kawar_ de los animales. Todos los animales que mueren
-en Tánger por mano de Dios—caballo, perro o camello—se traen a este
-sitio, y aquí se pudren o los devoran las aves del cielo y los
-animales fieros que merodean en el _chali_. Ven, sultán mío; no es
-bueno detenerse en este lugar.
-
-Nos disponíamos a marcharnos cuando oímos un galope por el
-_Dar-sinah_, y al momento un caballo y un jinete se precipitaron a
-toda velocidad de la boca de la calleja y aparecieron en la playa;
-el caballero, cuando nos vió, refrenó con trabajo el corcel y
-vino a nosotros. El caballo era pequeño, pero bonito: alazán, con
-crines y cola largas; si le hubiesen tenido con los ojos vendados,
-quizás se le hubiera confundido con una _jaca_ cordobesa; era ancho
-de pechos, redondo de grupa, tan corpulento y lustroso como los
-caballos de esa raza; pero bastaba mirarle a los ojos para salir
-al instante del error; sus inquietas pupilas despedían impetuoso e
-indómito fuego, y lejos de mostrar la docilidad de aquel noble y leal
-animal, manoteaba a veces furiosamente, y apenas si el duro freno
-y un brazo recio bastaban para impedir que emprendiese de nuevo su
-precipitada carrera. El jinete era un joven de unos diez y ocho años,
-vestido a la europea, con una gorra de _montero_ en la cabeza; era
-de constitución atlética, pero con extremidades en exceso largas,
-pues tal como iba a caballo, sin estribos ni silla, los pies casi le
-llegaban al suelo; su tez era casi tan morena como la de un mulato,
-y hermosas sus facciones, sobre todo los ojos, pero llenos de una
-expresión audaz y perversa, y había en su boca una desagradable mueca
-sensual. Dirigió algunas palabras al _mahasni_, a quien parecía
-conocer mucho, preguntándole quién era yo. El viejo respondió:
-
-—Oh, judío: mi sultán entiende nuestra lengua; lo mejor será que te
-dirijas a él.
-
-Entonces el joven me habló en árabe; pero casi al momento abandonó
-esa lengua y pasó a hablar en regular francés.
-
-—Supongo que será usted francés—dijo con mucha familiaridad—. ¿Estará
-usted mucho tiempo en Tánger?
-
-Oída mi respuesta, continuó:
-
-—Siendo usted inglés, tendrá, sin duda, afición a los caballos;
-por tanto, cuando desee dar un paseo yo le acompañaré a usted y le
-procuraré caballos. Me llamo Ephraim Fragey; soy mozo de cuadra
-del cónsul napolitano, que se jacta de poseer los mejores caballos
-de Tánger; montará usted el que más le guste. ¿Le gustaría a usted
-probar este pequeño _aoud_?[40]
-
- [40] Según Borrow, un caballo padre.
-
-Le di las gracias; pero rehusé su oferta por el momento, y le
-pregunté cómo había adquirido el idioma francés, y por qué, siendo
-judío, no vestía como sus hermanos.
-
-—Estoy al servicio de un cónsul—dijo—, y mi amo obtuvo permiso para
-que pudiera vestirme de este modo; y en cuanto a hablar el francés,
-he estado en Marsella y en Nápoles en un viaje que hice a esta última
-ciudad para llevar unos caballos regalo del sultán. Además del
-francés hablo el italiano.
-
-Entonces se apeó, y teniendo el caballo firmemente por la brida con
-una mano, empezó a desnudarse, y, habiéndolo hecho, montó de nuevo y
-se metió a caballo en el agua. La piel de su cuerpo era de color muy
-semejante a la de una rana o de un sapo; pero su forma era la de un
-joven titán. El caballo entró en el agua de muy mala gana, y a corta
-distancia de la orilla empezó a luchar con el jinete, a quien tiró
-dos veces; pero el mozo, agarrado a la brida, retuvo al animal. Como
-todos sus esfuerzos resultaban inútiles para llevarlo más adentro,
-se puso a lavarlo vigorosamente con sus propias manos, y después,
-guiándolo a tierra, se vistió y fuése por el camino que había traído.
-
-—Los caballos de los musulmanes son buenos—dijo mi amigo el viejo—.
-¿Dónde los encontrarás iguales? Son capaces de bajar al galope por
-una montaña pedregosa sin caer ni tropezar; pero has de ser precavido
-con los caballos de los musulmanes y tratarlos con bondad, porque
-los caballos de los musulmanes son orgullosos, y no les gusta ser
-esclavos. De potros, al montarlos por primera vez, no los maltrates
-la boca con el freno, pues si tal haces, de seguro te matarán; tarde
-o temprano perecerás bajo sus cascos. Buenos son nuestros caballos y
-buenos nuestros jinetes; sí por cierto; excelentes son los musulmanes
-montando a caballo. ¿Quién hay que se les parezca? Una vez vi yo
-a un jinete franco competir con un musulmán en esta playa, y a lo
-primero el franco sacó mucha ventaja y pasó al musulmán; pero la
-carrera era larga, muy larga, y el caballo del franco, que era franco
-también, jadeaba; pero el caballo del musulmán no jadeaba, porque
-era también musulmán, y al cabo el jinete musulmán lanzó un grito y
-el caballo se lanzó adelante y alcanzó al caballo franco, y entonces
-el jinete musulmán se puso cabeza abajo sobre la silla, que en verdad
-estos ojos lo vieron, y cabeza abajo sobre la silla iba al pasar al
-jinete franco, y gritaba ¡ja, ja! cuando pasaba al jinete franco, y
-el caballo musulmán gritaba ¡ja, ja! al pasar al corcel franco, y el
-franco perdió por mucha distancia. Buenos son los francos, buenos sus
-caballos; pero mejores son los musulmanes y mejores los caballos de
-los musulmanes.
-
-Dirigimos después nuestros pasos hacia la ciudad; pero no por el
-sendero que habíamos traído; volviendo hacia la izquierda, por bajo
-de la colina del _mearrah_, y a lo largo de la playa, no tardamos
-en llegar a un camino toscamente empedrado, de áspera subida, que
-costeaba los muros de la ciudad hasta llegar a una puerta, delante de
-la cual, a un lado, había algunos hoyos pequeños, como tumbas, llenos
-de agua o cal.
-
-—Este es el Dar-dwag[41]—dijo el _mohasni_—; esta es la casa de la
-corteza, y a esta casa se traen las pieles; todas las que se preparan
-para usarlas en Tánger se traen a esta casa, y aquí las curten con
-cal, corteza y hierbas. En este Dar-dwag hay ciento cuarenta fosas;
-yo mismo las he contado; y había más, que ya no existen, porque esto
-es muy antiguo. Estas fosas las alquila, no una ni dos personas, sino
-mucha gente, y todo el que se pone en lista puede arrendar una de las
-fosas y curtir las pieles que necesite; pero el propietario de todo
-es un hombre solo, llamado Cado Ableque. Y ahora, sultán mío, que has
-visto la casa de la corteza, no te enseñaré nada más por hoy, porque
-hoy es _Youm al jumal_,[42] y las puertas van a cerrarse dentro de
-un momento, mientras los musulmanes cumplen sus devociones. De modo
-que acompañaré a mi sultán a su alojamiento, y allí le dejaré por el
-momento.
-
- [41] La tenería.
-
- [42] Viernes.
-
-Traspusimos, por consiguiente, una puerta, y, remontando una calle,
-nos encontramos ante la mezquita junto a la que yo había estado por
-la mañana; y uno o dos minutos más tarde estábamos a la puerta de
-Juana Correa. Entonces le ofrecí a mi guía una moneda de plata en
-pago de sus servicios; pero, irguiéndose, exclamó:
-
-—No tomaré la plata de mi sultán, porque considero que no he hecho
-nada que lo merezca. Aún no hemos visitado todas las maravillas de
-esta bendita ciudad. En un día futuro llevaré a mi sultán al palacio
-del gobernador, y a otros sitios que mi sultán se alegrará de ver;
-y cuando hayamos visto todo lo que se puede ver, y mi sultán esté
-contento de mí, si alguna vez me ve en el _soc_ una mañana con la
-canasta en la mano, y no ve nada en la canasta, entonces mi sultán
-estará en libertad, como amigo, para poner en mi canasta unas uvas,
-o pan, o pescado, o carne en mi canasta. Eso no lo rehusaré de mi
-sultán cuando haya hecho por él más de lo que hasta ahora he hecho.
-Pero la plata de mi sultán no la tomaré ahora ni nunca.
-
-Luego me hizo un gracioso saludo con la mano, y fuése.
-
-
-
-
-CAPÍTULO LVII
-
- Un trío singular. — El mulato. — La oferta de paz. — Moros de
- Granada. — _Vive la Guadeloupe!_ — Los moros. — Pascual Fava. —
- La argelina ciega. — La retreta.
-
-
-Cuando entré había tres hombres sentados en el _wustuddur_ de Juana
-Correa, todos de insólita catadura, aunque quizás nunca se habían
-juntado otros tres más diferentes entre sí en todos sentidos. El
-primero a quien le eché la vista era un hombre de unos sesenta
-años, vestido con una casaca de cachemira gris, de faldones cortos;
-chaleco amarillo, y calzones anchos de tela basta; se tocaba con
-un sombrero de paja ancho y muy sucio, y en la mano tenía un recio
-bastón con puño de marfil; eran sus ojos legañosos, bizcos; la faz
-rubicunda, y la nariz carbuncosa. Junto a él estaba un negro de buen
-parecer, que acaso resultaba más negro de lo que realmente era por
-la circunstancia de ir vestido con chaqueta, chaleco y pantalón de
-lienzo de inmaculada blancura. Tocábase con una gorra de _montero_,
-azul. Sus ojos chispeaban como brillantes, y en su rostro había una
-indescriptible expresión de buen humor y burla. El otro individuo
-era mulato, y, con mucho, el tipo más notable del grupo; podía estar
-entre los treinta y los cuarenta; largo de cuerpo, y aunque mal
-proporcionado, con todas las apariencias de ser fuerte y vigoroso.
-Envolvíase en un _ferioul_ de lana roja, especie de vestidura que
-llega hasta más abajo de las caderas. Sus brazos, largos, velludos,
-musculosos, mostrábanse desnudos desde el codo, donde las mangas
-del _ferioul_ terminan; sus extremidades inferiores eran cortas,
-en comparación con el cuerpo y los brazos; cubríase en parte las
-piernas con una _kandrisa_ azul que le llegaba a las rodillas; sus
-facciones eran muy feas, de extremada y repulsiva fealdad, y tuerto
-de un ojo, velado por una telilla blanca. A su lado yacía en el suelo
-una cuba grande, de las de llevar agua; y a veces, sosteniéndola con
-el índice y el pulgar, la hacía dar vueltas sobre su cabeza como si
-fuera un cuartillo. Tal era el trío que ocupaba el _wustuddur_ de
-Juana Correa; y apenas había tenido tiempo de observar lo que dejo
-recordado, cuando la buena mujer entró, de vuelta del corral de la
-casa, con su doncella Johar, o la perla, muchacha judía, gorda y fea,
-con un inmenso lunar en la mejilla.
-
-—_Que Dios remate tu nombre_—exclamó el mulato—, Juana, y también el
-de tu sirvienta Johar. Hace más de quince minutos que estoy sentado
-aquí, después de verter en la _tinaja_ el agua que he traído de la
-fuente, y en vano he esperado una palabra amable de parte de usted o
-de Johar. _Usted no tiene modo_, ni Johar tampoco. Esta es la única
-casa de Tánger donde no se me recibe con el cariño y respeto debidos,
-a pesar de que he hecho por ustedes lo que por ninguna otra persona.
-¿No os he llenado de agua la _tinaja_, cuando otros se han quedado
-sin una gota? ¿No tenéis agua bastante para fregar el _wustuddur_,
-mientras el cónsul y su intérprete no la tienen para apagar la sed?
-Y ¿qué pago se me da? Cuando llego aquí, a la hora de más calor, no
-tienen para mí una palabra amistosa, ni siquiera me ofrecen una copa
-de _makhiah_. ¿Necesito recordar todo lo que hago por usted? Sí, por
-cierto; ya que usted no tiene modo. ¿No vengo todas las mañanas, a
-las tres en punto, y llamo a la puerta, y usted se levanta y me abre,
-y amaso luego el pan a su presencia, mientras usted sigue acostada,
-y no tiene fama el pan de usted de ser el mejor de Tánger porque lo
-amaso yo? ¿No soy el hombre más forzudo de Tánger y también el más
-noble?
-
-Al decir esto, blandió la cuba sobre su cabeza y su rostro tomó una
-expresión casi demoníaca.
-
-—Óyeme, Juana—continuó—; ya sabes que soy el hombre más forzudo de
-Tánger, y por milésima vez te repito que soy el más noble. ¿Quiénes
-son los cónsules? ¿Quién es el pachá? Ahora son cónsules y pachá;
-pero ¿quiénes fueron sus padres? Yo no lo sé, ni ellos tampoco.
-¡Pero no ignoro quiénes fueron los míos! ¿No eran moros de Garnata,
-y no soy, merced a eso, el hombre más considerable de Tánger? Sí;
-desciendo de los antiguos moros de Granada; mi familia vivió allí
-hasta que los nazarenos ganaron la ciudad, y ahora soy el único de
-esa casta que queda en esta tierra, y más noble que el sultán, porque
-el sultán no tiene sangre de los moros de Garnata. ¿Se ríe usted,
-Juana? ¿También se ríe Johar? ¿No soy yo Hammin Widdir, _el hombre
-más valido de Tánger_? ¿No es verdad que llevo sangre de los moros de
-Garnata? ¡Niégalo, y os mato a las dos!
-
-—Has comido _hsheesh_[43] y _majoon_,[44] Hammin—dijo Juana Correa—y
-tienes el _Shaitan_[45] en el cuerpo, como te ocurre demasiadas
-veces. He tenido mucho que hacer, y Johar también; por eso no
-hemos venido a hablarte antes; pero _ma ydoorshee_,[46] ya sé cómo
-tranquilizarte; ¿quieres un poco de ginebra compuesta o un vaso de
-_makhiah_[47] corriente?
-
- [43] O _hashish_, preparación de cáñamo.
-
- [44] Al parecer, otra droga.
-
- [45] Satán.
-
- [46] Eso no importa.
-
- [47] O _ma’iyya_: aguardiente de higos.
-
-—¡Así rebose tu vida, oh Juana—dijo el mulato—, y también la de
-Johar! Digo que ojalá vivas muchos años, sin trabajos ni amarguras.
-Tomaré la ginebra, Juana, que es más fuerte que el _makhiah_, que
-siempre me parece agua; no me gusta el agua, aunque la porteo. Muchas
-gracias, Juana. A tu salud y a la de esta buena compañía.
-
-Tomó un gran vaso, lleno hasta los bordes, que le alargó Juana; se lo
-acercó a las narices, aspiró el aroma, y aplicándoselo a la boca, no
-lo despegó de ella hasta apurar la última gota. Sus facciones poco
-a poco se dilataron, perdiendo la expresión colérica, y miró con
-especial ternura a Juana. Al cabo, dijo:
-
-—Espero que dentro de poco tiempo, oh Juana, te convencerás de que
-soy el hombre de más fuerza de todo Tánger, y vástago de los moros de
-Garnata, y que ya ni tú ni Johar os negaréis a tomarme por marido y
-a haceros moras. ¡Qué gloria para ti, después de haber estado casada
-con un _genoví_[48] y dado a luz unos cuantos _genovillos_, recibir
-por marido a un moro como yo y darle hijos de la sangre de Garnata!
-¡Y qué gloria, además, para Johar! ¡Cuánto mejor que casarse con un
-vil judío, aun como Hayim Ben Attar, o como Sabio, vuestro cocinero,
-a quienes puedo estrangular con dos dedos: para algo soy Hammin
-Widdir, _moro de Garnata, el hombre más valido de Tánger_!
-
- [48] Genovés.
-
-Dicho esto, se echó la cuba al hombro y fuése.
-
-—¿Es verdad lo que dice ese mulato?—pregunté a Juana—. ¿Desciende de
-los moros de Granada?
-
-—Siempre que está tomado de _aguardiente_ o de _majoon_ habla de los
-moros de Granada—interrumpió, en francés bastante malo, el viejo
-antes descrito, y con la misma voz de rana que por la mañana oí
-cantar—. Sin embargo, puede que sea verdad; si no hubiera oído decir
-algo de eso a sus padres, a él no se le hubiera ocurrido tal cosa,
-porque es muy bestia. Como digo, no es imposible: muchas familias
-granadinas se establecieron aquí cuando los cristianos se apoderaron
-de la ciudad, pero la mayoría se fué a Túnez. Cuando estuve allí,
-me alojé en casa de un moro que se llamaba Zegrí, y no hacía más
-que hablar de Granada y de las cosas que sus antepasados habían
-hecho allí. Además se pasaba horas enteras cantando romances, de los
-que, alabada sea la Madre de Dios, yo no entendía palabra, pero, a
-creerle, se referían todos a su familia; personas de ese nombre las
-había en Túnez a centenares; ¿por qué, pues, ese Hammin, ese aguador
-borracho, no podría ser un moro granadino? ¡Es lo bastante feo para
-ser emperador de toda la morería! ¡Oh, _canaille_ maldita! Por
-mal de mis pecados, he vivido con ellos ocho años, en Orán y aquí.
-_Monsieur_, ¿no le parece a usted muy dura suerte para un viejo como
-yo, que soy cristiano, tener que vivir con una raza que no conoce a
-Dios, ni a Cristo, ni ninguna cosa santa?
-
-—¿Qué significa eso de que los moros no conocen a Dios?—exclamé—. No
-hay pueblo en el mundo que tenga nociones más sublimes acerca del
-Dios eterno e increado que el pueblo moro; ni que haya mostrado mayor
-celo por Su honor y gloria; su mismo celo por la gloria de Dios ha
-sido y es el principal obstáculo para su conversión al cristianismo.
-Temen comprometer Su dignidad admitiendo que Dios haya accedido nunca
-a hacerse hombre. Y sus ideas con respecto al mismo Cristo son mucho
-más justas que la de los papistas: dicen los moros que es un profeta
-poderoso, mientras, según los papistas, o es un pedazo de pan o un
-niño desvalido. En muchos puntos de religión, los moros yerran,
-yerran pavorosamente; pero los papistas, ¿yerran menos? Una de sus
-prácticas los coloca inmensurablemente por debajo de los moros, a
-ojos de cualquier persona sin prejuicios: adoran los ídolos, ídolos
-cristianos si usted quiere, pero ídolos al fin, objetos esculpidos en
-madera, o piedra, o metal; y a esos objetos, que no pueden oír, ni
-hablar, ni sentir, acuden esperanzados en demanda de favor.
-
-—_Vive la France, vive la Guadeloupe!_—dijo el negro, con buen acento
-francés. En Francia y en Guadalupe no hay superstición, y se hace
-tanto caso de la Biblia como del Korán; ahora estoy aprendiendo a
-leer, para poder entender los escritos de Voltaire, quien, según
-dicen, ha probado que ambos libros fueron escritos con la sola
-intención de engañar a la humanidad. _O, vive la France!_ ¿Dónde va
-usted a encontrar país más ilustrado que Francia? ¿Ni más abundante
-en todo? No hay más que otro en el mundo: la Guadalupe. ¿No es así,
-Monsieur Pascual? ¿Ha estado usted alguna vez en Marsella? _Oh, quel
-bon pays est celui-là pour les vivres, pour les petits poulets,
-pour les poulardes, pour les perdrix, pour les perdreaux, pour les
-alouettes, pour les bécasses, pour les bécassines, enfin, pour tout._
-
-—Dispense, señor, ¿es usted cocinero?—pregunté.
-
-—_Monsieur, je le suis pour vous rendre service, mon nom c’est
-Gerard, et j’ai l’honneur d’être chef de cuisine chez monsieur le
-consul Hollandais. A present je prie permission de vous saluer; il
-faut que j’aille à la maison pour faire le dîner de mon maître._
-
-A las cuatro fuí a comer con el cónsul británico. Otros dos
-caballeros ingleses estaban presentes, llegados a Tánger desde
-Gibraltar unos diez días antes para una excursión breve, y que se
-veían detenidos más de lo que deseaban por el viento Levante.
-Conocían ya las principales ciudades de España, y se proponían pasar
-el invierno en Sevilla o Cádiz. Uno de ellos, Mr. ——, me produjo la
-impresión de ser uno de los hombres más notables con quien había
-hablado en mi vida; no viajaba por divertirse, ni movido por la
-curiosidad, sino meramente con la esperanza de hacer el bien, sobre
-todo mediante la conversación. El cónsul me preguntó en seguida mi
-parecer sobre los moros y el país. Díjele que cuanto llevaba visto
-de unos y otro me agradaba en extremo. Repuso que si viviera diez
-años entre ellos, como él había vivido, ya cambiaría de opinión;
-que no había en el mundo pueblo más falso ni cruel, ni Gobierno
-más abyecto, con quien era casi imposible que ninguna Potencia
-extranjera mantuviese relaciones amistosas, por la constante mala fe
-de su proceder y su desprecio de los Tratados más solemnes; que las
-propiedades e intereses británicos sufrían a diario expoliaciones
-y destrozos, y los súbditos británicos vejaciones inauditas, sin
-la más ligera esperanza de satisfacción como no se recurriese a la
-guerra, único argumento asequible a los moros. Añadió que a fines
-del año anterior se perpetró en Tánger un asesinato horrible: una
-familia genovesa, compuesta de tres individuos, súbditos británicos,
-y con derecho a la protección de la bandera inglesa, fué exterminada.
-Fueron descubiertos los asesinos, y el principal de todos estaba
-preso; pero todos los esfuerzos hechos para que se le impusiera el
-castigo correspondiente habían sido hasta entonces inútiles, porque
-era moro, y las víctimas, cristianos. Por último, me advirtió que
-no saliera de la ciudad sin que me acompañase un soldado, y se
-ofreció a proporcionarme uno cuando lo deseara, porque de otro modo
-corría grave peligro de ser maltratado o asesinado por los moros del
-interior; me citó el ejemplo de un oficial británico asesinado en
-la playa, no mucho tiempo antes, por la sola razón de ser nazareno
-y de ir vestido a la europea. Al cabo, llevó la conversación a la
-propaganda del Evangelio, y oí con satisfacción que, durante su
-permanencia en Tánger, había distribuido considerable cantidad de
-Biblias entre los naturales que hablaban árabe, y que muchos hombres
-doctos, o _talibs_, habían leído con gran interés el volumen sagrado,
-y que esa propaganda, hecha, es cierto, con mucha precaución, no
-había suscitado ningún sentimiento de disgusto ni enojo. Me preguntó,
-finalmente, si me proponía difundir la Biblia entre los moros.
-
-Contesté que no tenía medio de hacerlo, porque no poseía ni un
-solo ejemplar de la Biblia en lengua o en caracteres árabes, y que
-los pocos Testamentos que llevaba conmigo estaban en español y los
-destinaba a los cristianos de Tánger, a quienes podían ser útiles,
-porque todos entendían ese idioma.
-
-Por la noche estuve sentado en el _wustuddur_ de Juana Correa
-en compañía de Pascual Fava, el genovés. El tema favorito de la
-conversación del viejo era la religión; profesaba amor sin límites
-al Salvador, y profunda gratitud por su milagrosa expiación de las
-culpas de la Humanidad. Le hubiera escuchado con gusto a no ser
-porque olía mucho a alcohol, y porque ciertas incoherencias de
-lenguaje y violencia en las maneras denotaban que era víctima de la
-bebida. De pronto aparecieron en la puerta dos individuos: uno era
-un muchacho moro, como de diez años de edad, desnudas las piernas y
-la cabeza, vestido con una _gelaba_. Guiaba por la mano a un viejo,
-en quien reconocí en el acto a uno de los argelinos, uno de los
-musulmanes buenos que el _mahasni_[49] había elogiado tanto aquella
-misma mañana mientras remontábamos la calle de Siarrin. Era muy
-bajito, y sucio en el vestir; hirsuta barba blanca cubríale la parte
-inferior del rostro; usaba gafas, muy anchas, que debían de serle
-poco útiles, pues no podía dar un paso sin la ayuda del guía. Ambos
-avanzaron un poco en el _wustuddur_, y se detuvieron. En cuanto los
-vió Pascual Fava se levantó con presteza y aire jovial, y apoyándose
-en el bastón, porque tenía una pierna impedida, se acercó cojeando
-a un anaquel, tomó una botella y llenó un vaso de vino, mientras
-cantaba en el español corrompido que usan los moros de la costa:
-
- Argelino,
- moro fino.
- No beber vino,
- ni comer tocino.
-
- [49] Soldado.
-
-Alargó después el vaso al moro viejo, quien se lo bebió, y luego,
-conducido por el muchacho, se fué hacia la puerta sin proferir
-palabra.
-
-—_Hade mushe halal_[50]—dije con fuerte voz.
-
- [50] Eso no es lícito.
-
-—_Cul shee halal_[51]—dijo el moro viejo volviendo sus ojos ciegos y
-con antiparras hacia donde había sonado la voz—. De todo lo que Dios
-da pueden participar sus hijos legítimamente.
-
- [51] Todo es lícito.
-
-—¿Quién es ese viejo?—pregunté a Pascual Fava cuando el ciego y su
-lazarillo se fueron.
-
-—¡Quién es!—dijo Pascual—. ¡Quién es! Ahora es comerciante y tiene
-una tienda en el Siarrin, pero en otros tiempos fué el pirata más
-sanguinario de Argel. Ese viejo, ciego y desvalido, ha cortado más
-pescuezos que pelos tiene en la cabeza. Antes de que los franceses
-se apoderasen de la ciudad, era _rais_ o capitán de una fragata, y
-muchos pobres barcos de Cerdeña cayeron en sus manos. Tomada Argel,
-huyó a Tánger, y se dice que trajo consigo una gran parte del botín
-que había reunido en tiempos anteriores. Otros muchos moros argelinos
-vinieron aquí también, o a Tetuán, pero éste es el más notable de
-todos. Anda a veces en compañías verdaderamente extraordinarias
-para un moro, y mantiene intimidad algo excesiva con los judíos.
-Bueno, a mí eso no me importa; pero que se ande con tiento. Si se
-hace sospechoso a los moros, ¡pobre de él! ¡Moros y judíos, judíos y
-moros! ¡Oh! ¡Mal de mis pecados, que me trajeron a vivir entre ellos!
-
- Ave maris stella,
- Dei mater alma,
- Atque semper virgo,
- Felix cœli porta!
-
-Proseguía en su charla, cuando el ruido de un disparo de fusil le
-estremeció.
-
-—Es la retreta—dijo Pascual Fava—. Todas las noches, a las ocho
-y media, hacen un disparo en el _soc_; es la señal de cesar los
-trabajos y de recogerse. Voy a cerrar la puerta, y, si alguien llama,
-no abriré si no le conozco por la voz. Desde la muerte del pobre
-genovés el año pasado vivimos muy prevenidos.
-
-Así transcurrió el primer viernes, día sagrado de los musulmanes, que
-pasé en Tánger. Observé que los moros proseguían sus ocupaciones como
-si el día no tuviese nada de particular. Entre doce y una, hora de
-rezo en la mezquita, se cerraban las puertas de la ciudad y a nadie
-se le permitía entrar ni salir. Es tradición entre ellos corriente
-que un viernes, a esa hora, sus eternos enemigos, los nazarenos, se
-apoderarán del país; por lo cual se mantienen apercibidos contra una
-sorpresa.
-
-
-FIN DEL TOMO TERCERO Y ÚLTIMO
-
-
-
-
- ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO
- EN LA IMPRENTA CLÁSICA ESPAÑOLA,
- DE MADRID, A DIEZ Y OCHO DÍAS
- DEL MES DE ENERO
- DE MIL NOVECIENTOS
- VEINTIUNO
-
-
-
-
- * * * * * *
-
-
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la
- grafía de mayor frecuencia.
-
- * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.
-
- * Se ha reparado el emparejamiento de los puntos de admiración e
- interrogación, y de los paréntesis y comillas.
-
-
-
-***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO III (DE
-3)***
-
-
-******* This file should be named 51689-0.txt or 51689-0.zip *******
-
-
-This and all associated files of various formats will be found in:
-http://www.gutenberg.org/dirs/5/1/6/8/51689
-
-
-Updated editions will replace the previous one--the old editions will
-be renamed.
-
-Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright
-law means that no one owns a United States copyright in these works,
-so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United
-States without permission and without paying copyright
-royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part
-of this license, apply to copying and distributing Project
-Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm
-concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark,
-and may not be used if you charge for the eBooks, unless you receive
-specific permission. If you do not charge anything for copies of this
-eBook, complying with the rules is very easy. You may use this eBook
-for nearly any purpose such as creation of derivative works, reports,
-performances and research. They may be modified and printed and given
-away--you may do practically ANYTHING in the United States with eBooks
-not protected by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the
-trademark license, especially commercial redistribution.
-
-START: FULL LICENSE
-
-THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
-PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK
-
-To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
-distribution of electronic works, by using or distributing this work
-(or any other work associated in any way with the phrase "Project
-Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full
-Project Gutenberg-tm License available with this file or online at
-www.gutenberg.org/license.
-
-Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project
-Gutenberg-tm electronic works
-
-1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
-electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
-and accept all the terms of this license and intellectual property
-(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
-the terms of this agreement, you must cease using and return or
-destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your
-possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a
-Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound
-by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the
-person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph
-1.E.8.
-
-1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
-used on or associated in any way with an electronic work by people who
-agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this
-agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm
-electronic works. See paragraph 1.E below.
-
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the
-Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
-of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
-works in the collection are in the public domain in the United
-States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
-United States and you are located in the United States, we do not
-claim a right to prevent you from copying, distributing, performing,
-displaying or creating derivative works based on the work as long as
-all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope
-that you will support the Project Gutenberg-tm mission of promoting
-free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg-tm
-works in compliance with the terms of this agreement for keeping the
-Project Gutenberg-tm name associated with the work. You can easily
-comply with the terms of this agreement by keeping this work in the
-same format with its attached full Project Gutenberg-tm License when
-you share it without charge with others.
-
-1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
-what you can do with this work. Copyright laws in most countries are
-in a constant state of change. If you are outside the United States,
-check the laws of your country in addition to the terms of this
-agreement before downloading, copying, displaying, performing,
-distributing or creating derivative works based on this work or any
-other Project Gutenberg-tm work. The Foundation makes no
-representations concerning the copyright status of any work in any
-country outside the United States.
-
-1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:
-
-1.E.1. The following sentence, with active links to, or other
-immediate access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear
-prominently whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work
-on which the phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the
-phrase "Project Gutenberg" is associated) is accessed, displayed,
-performed, viewed, copied or distributed:
-
- This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
- most other parts of the world at no cost and with almost no
- restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it
- under the terms of the Project Gutenberg License included with this
- eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the
- United States, you'll have to check the laws of the country where you
- are located before using this ebook.
-
-1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is
-derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
-contain a notice indicating that it is posted with permission of the
-copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
-the United States without paying any fees or charges. If you are
-redistributing or providing access to a work with the phrase "Project
-Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply
-either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
-obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm
-trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
-with the permission of the copyright holder, your use and distribution
-must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
-additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
-will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works
-posted with the permission of the copyright holder found at the
-beginning of this work.
-
-1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
-License terms from this work, or any files containing a part of this
-work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.
-
-1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
-electronic work, or any part of this electronic work, without
-prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
-active links or immediate access to the full terms of the Project
-Gutenberg-tm License.
-
-1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
-compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
-any word processing or hypertext form. However, if you provide access
-to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format
-other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official
-version posted on the official Project Gutenberg-tm web site
-(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
-to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
-of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain
-Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the
-full Project Gutenberg-tm License as specified in paragraph 1.E.1.
-
-1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
-performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
-unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
-access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works
-provided that
-
-* You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
- the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
- you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
- to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has
- agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
- within 60 days following each date on which you prepare (or are
- legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
- payments should be clearly marked as such and sent to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
- Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg
- Literary Archive Foundation."
-
-* You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
- you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
- does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
- License. You must require such a user to return or destroy all
- copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
- all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm
- works.
-
-* You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
- any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
- electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
- receipt of the work.
-
-* You comply with all other terms of this agreement for free
- distribution of Project Gutenberg-tm works.
-
-1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
-Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than
-are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
-from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
-Project Gutenberg Trademark LLC, the owner of the Project Gutenberg-tm
-trademark. Contact the Foundation as set forth in Section 3 below.
-
-1.F.
-
-1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
-effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
-works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
-Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm
-electronic works, and the medium on which they may be stored, may
-contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
-or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
-intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
-other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
-cannot be read by your equipment.
-
-1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
-of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
-Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
-Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
-liability to you for damages, costs and expenses, including legal
-fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
-LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
-PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
-TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
-LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
-INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
-DAMAGE.
-
-1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
-defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
-receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
-written explanation to the person you received the work from. If you
-received the work on a physical medium, you must return the medium
-with your written explanation. The person or entity that provided you
-with the defective work may elect to provide a replacement copy in
-lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
-or entity providing it to you may choose to give you a second
-opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
-the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
-without further opportunities to fix the problem.
-
-1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
-in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
-OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
-LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
-
-1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
-warranties or the exclusion or limitation of certain types of
-damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
-violates the law of the state applicable to this agreement, the
-agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
-limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
-unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
-remaining provisions.
-
-1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
-trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
-providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
-accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
-production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
-electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
-including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
-the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
-or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
-additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
-Defect you cause.
-
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
-
-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
-
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
-www.gutenberg.org
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state's laws.
-
-The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
-mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
-volunteers and employees are scattered throughout numerous
-locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
-Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
-date contact information can be found at the Foundation's web site and
-official page at www.gutenberg.org/contact
-
-For additional contact information:
-
- Dr. Gregory B. Newby
- Chief Executive and Director
- gbnewby@pglaf.org
-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
-state visit www.gutenberg.org/donate
-
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-
-Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
-
-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.
-
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
-
-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.
-
-Most people start at our Web site which has the main PG search
-facility: www.gutenberg.org
-
-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
-
diff --git a/old/51689-0.zip b/old/51689-0.zip
deleted file mode 100644
index 221d7b2..0000000
--- a/old/51689-0.zip
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/51689-h.zip b/old/51689-h.zip
deleted file mode 100644
index 0f4fb9d..0000000
--- a/old/51689-h.zip
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/51689-h/51689-h.htm b/old/51689-h/51689-h.htm
deleted file mode 100644
index 8613a65..0000000
--- a/old/51689-h/51689-h.htm
+++ /dev/null
@@ -1,9331 +0,0 @@
-<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN"
- "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd">
-<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml">
-<head>
-<meta http-equiv="Content-Type" content="text/html; charset=UTF-8" />
-<title>The Project Gutenberg eBook of La Biblia en España, Tomo III (de 3), by George Borrow</title>
- <link rel="coverpage" href="images/cover.jpg" />
- <style type="text/css">
-
- body { margin: 0 auto; max-width: 80%; }
- div.body { max-width: 36em;
- margin-left: auto;
- margin-right: auto; }
- p { margin: 0.75em 0; text-align: justify; text-indent: 1.5em; }
-
- h1, h2 { text-align: center; clear: both; font-weight: normal; }
- h1 { font-size: 200%; }
- h1.faux { margin: -3em 0 0 0; font-size: xx-small; visibility: hidden; }
- h2 { margin: 2em 0; font-size: 130%; }
- h2.nobreak { page-break-before: avoid; }
- .subhang { margin: -1em 0 3em 0; font-size: 94%; text-align: justify;
- padding-left: 1.5em; text-indent: -1.5em; }
- .subcentra { margin: -1em 0 3em 0; font-size: 94%; text-align: center;
- text-indent: 0; }
-
- .mt1 { margin-top: 1em; }
- .mt2 { margin-top: 2em; }
- .mt4 { margin-top: 4em; }
- .pt05 { padding-top: 0.5em; }
-
- .xs { font-size: x-small; }
- .small { font-size: small; }
- .large { font-size: large; }
- .xl { font-size: x-large; }
- .xxl { font-size: xx-large; }
-
- .ti0 { text-indent: 0; }
-
- .g1 { letter-spacing: 0.1em; margin-right: -0.1em; }
- .g2 { letter-spacing: 0.2em; margin-right: -0.2em; }
- .g3 { letter-spacing: 0.3em; margin-right: -0.3em; }
-
- hr { clear: both; width: 33%; text-align: center; margin: 3em auto; }
- hr.full { width: 100%; border: medium solid gray; margin: 3em 0; }
- hr.chap { width: 20%; }
- hr.imp { width: 60%; margin: 0 auto; }
-
- .front { margin: 3em 0; page-break-before: always; }
- .front p { margin: 0; text-indent: 0; text-align: left;
- font-family: sans-serif; font-size: 90%; }
- .tit { margin: 3em auto 0 auto; page-break-before: always; }
- .tit p { text-indent: 0; text-align: center; }
- .aftit { margin: 3em auto; page-break-before: always; }
- .aftit p { text-indent: 0; text-align: center; }
-
- .chapter { page-break-before: always; margin: 6em 0 2em 0; }
- .smcap { font-variant: small-caps; font-style: normal; }
- .centra { margin: 1.5em 0; text-align: center; text-indent: 0; }
- .sang_iz { margin: 1em 0 0 3em; text-indent: 0; text-align: left; }
- .firma { margin: 0.75em 3em 0 0; text-align: right; }
- .fin { margin-top: 3em; font-size: 90%; text-align: center; text-indent: 0; }
- .subrayado { border-bottom: thin solid; }
-
- table { margin: 0 auto; }
- .idi { border-collapse: separate; border-spacing: 1em 0;}
- .idi th { font-size: 90%; font-weight: normal; text-align: center; width: 6em; }
- .tdl { text-align: justify; padding-left: 4em; text-indent: -4em; padding-top: 0.5em; }
- .tdr { text-align: right; vertical-align: bottom; padding-left: 0.5em; font-size: 90%; }
-
- .pagenum { /* uncomment the next line for invisible page numbers */
- /* visibility: hidden; */
- position: absolute;
- right: 91%;
- font-size: small;
- font-variant: normal;
- font-style: normal;
- font-weight: normal;
- letter-spacing: normal;
- text-align: right;
- color: #B0B0B0;
- text-indent: 0;
- }
-
- /* Drop-caps */
- .drop-cap { float: left; margin-top: -0.35em; font-size: 250%; line-height: 0.8em; }
-
- /* Images */
- .figcenter { margin: 3em auto; text-align: center; page-break-inside: avoid; }
- .screenonly { display: block; }
-
- /* Footnotes */
- .footnotes { margin: 3em 0; border: medium solid #C0C0C0; page-break-before: always; }
- .footnote { margin: 1em 2em; font-size: 90%; }
- .footnote p { margin-top: 0; margin-bottom: 0; text-indent: 0; }
- .footnote .label { padding-right: .5em; }
- .fnanchor { vertical-align: top; text-decoration: none; font-size: 0.75em;
- font-weight: normal; font-style: normal; }
-
- /* Poetry */
- .poem { text-align: center; font-size: .9em; }
- .poem .stanza { display: inline-block; margin: 0; text-align: left; }
- .poem p { margin: 0; text-align: left; }
- .poem p.i0 { display: block; margin-left: 0em; padding-left: 3em; text-indent: -3em; }
- .poem p.i2 { display: block; margin-left: 1em; padding-left: 3em; text-indent: -3em; }
- .poem p.dr { text-align: right; margin: -0.2em 1.5em 1em 20%; }
-
-
- /* Transcriber's notes */
- .transnote { border: thin solid gray; background-color: #f8f8f8; font-family: sans-serif;
- font-size: smaller; margin: 3em 0; padding: 1em 1em 1em 0;
- page-break-before: always; }
- #tnote li { margin-top: 0.5em; padding-right: 1em; text-align: justify; }
- .tnotetit { font-weight: bold; text-align: center; text-indent: 0; margin-bottom: 1em; }
-
- @media handheld
- {
- p { margin: 0; }
-
- hr { clear: both; width: 34%; margin-left: 33%; }
- hr.chap { width: 20%; margin-left: 40%; }
- hr.imp { width: 60%; margin-left: 20%; }
-
- .chapter { margin: 0 0 1em 0; }
- .drop-cap { float: left; }
- .screenonly { display: none; }
- .pagenum { display: none; }
- .footnotes { margin: 3em 0; border: none; }
- .footnote { margin: 1em 0; }
- }
-
- h1.pg { font-size: 190%;
- font-weight: bold; }
- h2.pg { font-weight: bold; }
- h4 { text-align: center;
- clear: both; }
- hr.pg { width: 100%;
- margin-top: 3em;
- margin-bottom: 0em;
- margin-left: auto;
- margin-right: auto;
- height: 4px;
- border-width: 4px 0 0 0; /* remove all borders except the top one */
- border-style: solid;
- border-color: #000000;
- clear: both; }
- </style>
-</head>
-<body>
-<h1 class="pg">The Project Gutenberg eBook, La Biblia en España, Tomo III (de 3), by
-George Borrow, Translated by Manuel Azaña</h1>
-<p>This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States
-and most other parts of the world at no cost and with almost no
-restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it
-under the terms of the Project Gutenberg License included with this
-eBook or online at <a
-href="http://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you are not
-located in the United States, you'll have to check the laws of the
-country where you are located before using this ebook.</p>
-<p>Title: La Biblia en España, Tomo III (de 3)</p>
-<p> O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península</p>
-<p>Author: George Borrow</p>
-<p>Release Date: April 8, 2016 [eBook #51689]</p>
-<p>Language: Spanish</p>
-<p>Character set encoding: UTF-8</p>
-<p>***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO III (DE 3)***</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<h4>E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box,<br />
- and the Online Distributed Proofreading Team<br />
- (<a href="http://www.pgdp.net">http://www.pgdp.net</a>)<br />
- from page images generously made available by<br />
- Internet Archive/Canadian Libraries<br />
- (<a href="https://archive.org/details/toronto">https://archive.org/details/toronto</a>)</h4>
-<p>&nbsp;</p>
-<table border="0" style="background-color: #ccccff;margin: 0 auto;" cellpadding="10">
- <tr>
- <td valign="top">
- Note:
- </td>
- <td>
- Images of the original pages are available through
- Internet Archive/Canadian Libraries. See
- <a href="https://archive.org/details/labibliaenespa03borr">
- https://archive.org/details/labibliaenespa03borr</a><br />
- <br />
- Project Gutenberg has the other two volumes of this work.<br />
- <a href="http://www.gutenberg.org/files/51019/51019-h/51019-h.htm">Tomo I</a>: see http://www.gutenberg.org/files/51019/51019-h/51019-h.htm<br />
- <a href="http://www.gutenberg.org/files/51020/51020-h/51020-h.htm">Tomo II</a>: see http://www.gutenberg.org/files/51020/51020-h/51020-h.htm
- </td>
- </tr>
-</table>
-<p>&nbsp;</p>
-<div class="front">
- <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p>
- <p><a href="#ToC">Índice</a></p>
-</div>
-<hr class="pg" />
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-
-<div class="body">
-<div class="screenonly">
- <div class="figcenter">
- <img src="images/cover.jpg"
- alt="Cubierta del libro" />
- </div>
-</div>
-
-
-<div class="aftit">
- <h1 class="faux">LA BIBLIA EN ESPAÑA</h1>
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_1">[p. 1]</span></p>
- <p><span class="g1">COLECCIÓN GRANADA</span></p>
- <p class="large mt4"><span class="g2">VIAJES</span></p>
- <p class="mt4">BORROW: LA BIBLIA EN ESPAÑA<br />
- TRAD. DEL INGLÉS POR M. AZAÑA</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="tit">
- <p><span class="pagenum" id="Page_3">[p. 3]</span></p>
- <p class="xxl">LA &nbsp; BIBLIA &nbsp; EN &nbsp; ESPAÑA</p>
- <p class="large mt1">
- <span class="smcap">o viajes, aventuras y prisiones de un</span><br />
- <span class="smcap">inglés en su intento de difundir las</span><br />
- <span class="smcap">Escrituras por la Península</span>
- </p>
- <p class="small mt2">POR</p>
- <p class="xl g1 mt1"><span class="smcap">J. Borrow</span></p>
-
- <p class="g1 mt2"><span class="smcap">traducción directa del inglés<br />
- por Manuel Azaña</span></p>
-
- <p class="large g2 mt2">TOMO III</p>
-
- <div class="figcenter">
- <img src="images/logo.jpg"
- alt="Logotipo del editor" />
- </div>
-
- <p class="small g3">COLECCIÓN GRANADA</p>
- <hr class="imp" />
- <p class="small g3">JIMÉNEZ-FRAUD, Editor.—MADRID</p>
-</div>
-
-
-<div class="aftit">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_4">[p. 4]</span></p>
- <p class="xs">ES PROPIEDAD</p>
- <p class="xs mt1">QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA</p>
- <p class="xs mt1 g3">LA LEY</p>
- <p class="small mt4">Imprenta Clásica Española. Glorieta de Chamberí. Madrid.</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter" id="ToC">
- <p><span class="pagenum" id="Page_5">[p. 5]</span></p>
- <h2 class="nobreak g2">ÍNDICE</h2>
-</div>
-
-<table summary="índice de contenidos">
- <tr>
- <td class="tdl">&nbsp;</td>
- <td class="tdr"><span class="subrayado">Páginas.</span></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Capítulo xxxvi.</span> — Estado de los asuntos
- en Madrid. — Nuevo Ministerio. — El Obispo de Roma. — El librero de
- Toledo. — Las espadas. — Las casas de Toledo. — La gitana abandonada.
- — Diligencias mías en Madrid. — Otro criado.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_13">13</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xxxvii.</span> — Euscarra. — El vascuence no
- es el irlandés. — Dialectos del sánscrito y del tártaro. — Una lengua
- de vocales. — La poesía popular. — Los bascos. — Sus caracteres. —
- Las mujeres bascas.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_26">26</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xxxviii.</span> — La prohibición. — El
- Evangelio, perseguido. — Inculpación de brujería. — Ofalia.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_38">38</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xxxix.</span> — Los dos Evangelios. — El
- alguacil. — La orden de prisión. — María la buena. — El arresto. —
- Me envían a la cárcel. — Reflexiones. — El recibimiento. — La celda
- en la cárcel. — Demanda de desagravios.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_45">45</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="pagenum" id="Page_6">[p. 6]</span><span
- class="smcap">Cap. xl.</span> — Ofalia. — El juez. — Cárcel de la
- Corte. — El domingo en la cárcel. — Vestimenta de los ladrones. —
- Padre e hijo. — Un comportamiento característico. — El francés. — La
- ración carcelaria. — El valle de las sombras. — Castellano puro. —
- Balseiro. — La cueva. — La gloria del ladrón.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_63">63</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xli.</span> — María Díaz. — Reproches del
- clero. — Visita de Antonio. — Antonio en funciones. — Una
- escena. — Benedicto Mol. — Su peregrinación por España. — Los
- cuatro Evangelios.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_85">85</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xlii.</span> — Salida de la cárcel. — Las
- excusas. — El corazón humano. — La vuelta del griego. — La Iglesia
- romana. — La luz de la Escritura. — El arzobispo de Toledo. — Una
- entrevista. — Piedras preciosas. — Una resolución. — El lenguaje
- extranjero. — Despedida de Benedicto. — La caza del tesoro en
- Compostela. — Realidad y ficción.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_97">97</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xliii.</span> — Villaseca. — Una casa
- morisca. — La puchera. — Un cónclave de rústicos. — Ceremoniosa
- urbanidad. — La flor de España. — El puente de Azeca. — El
- castillo en ruinas. — Nos echamos al campo. — Demanda de
- Testamentos. — El labrador viejo. — El cura y el herrero. — La
- baratura de los Testamentos.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_116">116</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xliv.</span> — Aranjuez. — Una advertencia.
- — Aventura nocturna. — Nueva <span class="pagenum" id="Page_7">[p.
- 7]</span>expedición. — Segovia. — Abades. — Curas facciosos. — López,
- en la cárcel. — Liberación de López.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_136">136</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xlv.</span> — Regreso a España. — Sevilla.
- — Un perseguidor encarnizado. — La profetisa manchega. — El sueño de
- Antonio.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_150">150</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xlvi.</span> — Se reanuda la obra de
- propaganda. — Aventura en Cobeña. — El poder del clero. — Autoridades
- rurales. — Fuente la Higuera. — El contratiempo de Victoriano. — La
- cárcel del pueblo. — La cuerda. — Un recado de Antonio. — Antonio, en
- misa.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_157">157</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xlvii.</span> — Término de nuestros
- trabajos rurales. — Alarma del clero. — Una nueva tentativa. —
- Triunfo en Madrid. — Duende o alguacil. — El bastón de mando. —
- El corregidor. — Una explicación. — El Papa en Inglaterra. — La
- exposición del Evangelio. — Obras de Lutero.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_171">171</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xlviii.</span> — Proyecto de viaje. — Una
- escena sangrienta. — El fraile. — Sevilla. — Bellezas de Sevilla. —
- Naranjos y flores. — Murillo. — El Angel de la guarda. — Dionysius. —
- Mis coadyuvantes. — Demanda de Biblias.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_186">186</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xlix.</span> — La casa solitaria. — La
- Dehesa. — Juan Crisóstomo. — Manuel. — La librería en Sevilla. —
- Dionisio y los curas. — Atenas y Roma. — Proselitismo. — Embargo de
- Testamentos. — Salida de Sevilla.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_201">201</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="pagenum" id="Page_8">[p. 8]</span><span
- class="smcap">Cap. l.</span> — Noche en el Guadalquivir. — La luz del
- Evangelio. — Bonanza. — La playa de Sanlúcar. — Panorama andaluz. —
- Historia de una caja. — <i>Cosas de los ingleses.</i> — Los dos gitanos. —
- El cochero. — El gorro de dormir encarnado. — El vapor. — El idioma
- cristiano.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_216">216</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. li.</span> — Cádiz. — Las fortificaciones.
- — El cónsul general. — Anécdota característica. — Un vapor catalán. —
- Trafalgar. — Alonso Guzmán. — Gebel Muza. — La fragata <i>Orestes</i>. —
- El león hostil. — Las obras del Creador. — Un lagarto del Peñón. — El
- gentío. — La reina de los mares. — Oración por mi país.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_234">234</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. lii.</span> — Un hostelero jovial. —
- Los aspirantes a la gloria. — Un retrato. — Los <i>Hamales</i>. — Una
- excursión. — Labriego y soldado. — Las excavaciones. — Un tirón de
- la ropa. — Judas y su padre. — Peregrinación de Judas. — La barba
- frondosa. — Los falsos moros. — Judas y el hijo del Rey. — Vejez
- prematura.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_257">257</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. liii.</span> — Marineros genoveses. — La
- cueva de San Miguel. — Un abismo tenebroso. — Un joven americano. —
- El propietario de esclavos. — El brujo. — Un incrédulo.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_281">281</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. liv.</span> — Otra vez a bordo. — Un rostro
- sorprendente. — El Haji. — Nos damos a la vela. — Los dos judíos.
- — Un barco americano. — Tánger. — Adun Oulem. — La riña. — Lo
- prohibido.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_292">292</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="pagenum" id="Page_9">[p. 9]</span><span
- class="smcap">Cap. lv.</span> — El muelle. — Los dos moros. — Djmah
- de Tánger. — La casa de Dios. — El cónsul británico. — Espectáculo
- curioso. — La casa mora. — Juana Correa. — Ave María.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_307">307</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. lvi.</span> — El Mahasni. — Sin Samani.
- — El Bazar. — Santos moros. — ¡Mira la ayana! — La higuera chumba.
- — Sepulturas judías. — La mansión de los esqueletos. — El mozo de
- cuadra. — Los caballos de los musulmanes. — Dar-dwag.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_320">320</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. lvii.</span> — Un trío singular. —
- El mulato. — La oferta de paz. — Moros de Granada. — <i>Vive la
- Guadeloupe!</i> — Los moros. — Pascual Fava. — La argelina ciega. — La
- retreta.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_338">338</a></td>
- </tr>
-</table>
-
-
-<div class="aftit">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_11">[p. 11]</span></p>
- <p class="centra xxl g1">LA &nbsp;BIBLIA &nbsp;EN &nbsp;ESPAÑA</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_13">[p. 13]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXXVI</h2>
- <p class="subhang">
- Estado de los asuntos en Madrid. — Nuevo Ministerio. — El obispo de
- Roma. — El librero de Toledo. — Las espadas. — Las casas de Toledo. —
- La gitana abandonada. — Diligencias mías en Madrid. — Otro criado.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">D</span><span class="smcap">urante</span>
-mi viaje por las provincias del Norte de España, que ocupó una
-parte considerable del año 1837<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1"
-class="fnanchor">[1]</a>, sólo pude realizar una porción muy pequeña
-de lo que en un principio me había propuesto hacer. Los resultados
-de los trabajos del hombre son insignificantes comparados con los
-vastos designios que su presunción concibe; sin embargo, algo se
-había conseguido con mi reciente viaje. El Nuevo Testamento de Cristo
-se vendía ya tranquilamente en las principales ciudades del Norte, y
-contaba con el amigable concurso de los libreros de aquellas partes,
-especialmente con el del viejo Rey Romero, de Compostela, el más
-importante de todos. Además, había yo repartido<span class="pagenum"
-id="Page_14">[p. 14]</span> con mis propias manos un número
-considerable de Testamentos entre individuos particulares, todos de
-las clases bajas, a saber: muleteros, carreteros, <i>contrabandistas</i>,
-etc.; de suerte que, en conjunto, tenía motivos bastantes de
-reconocimiento y gratitud.</p>
-
-<p>Encontré nuestros asuntos en Madrid en situación nada próspera:
-en las librerías se habían vendido pocos ejemplares. ¿Qué otra cosa
-podía esperarse racionalmente en unos tiempos como los que acababan
-de pasar? Don Carlos había llegado a las puertas de la capital con
-un fuerte ejército; ante la amenaza del saqueo y de la degollina
-inminentes, la gente se preocupó más de poner en salvo vidas y
-haciendas que de leer ninguna clase de libros.</p>
-
-<p>Pero el enemigo ya se había retirado a sus reductos de Alava y
-Guipúzcoa. Tuve, pues, esperanzas de que amaneciesen días mejores y
-de que la obra, bajo mi vigilancia, prosperaría, por la gracia de
-Dios, en la capital de España. El lector verá a continuación cuán
-lejos estuvieron los hechos de corresponder a mis deseos.</p>
-
-<p>Durante mi viaje al Norte había sobrevenido un cambio total en
-el Ministerio. En lugar del partido liberal, arrojado del Gabinete,
-entró el partido <i>moderado</i>; por desgracia para mis planes, los
-nuevos ministros eran personas a quienes yo no conocía y sobre
-quienes mis antiguos amigos Istúriz y<span class="pagenum"
-id="Page_15">[p. 15]</span> Galiano tenían poca o ninguna influencia.
-A estos señores se les dejó sistemáticamente aparte, y su carrera
-política pareció terminada para siempre.</p>
-
-<p>Del nuevo Gobierno poco podía yo esperar: casi todos los hombres
-que lo formaban habían sido cortesanos o funcionarios del difunto
-rey Fernando, eran partidarios del absolutismo y no estaban en modo
-alguno dispuestos a hacer o permitir cosas que pudieran enojar a la
-Corte de Roma, a la que ansiaban tener contenta, esperando inducirla
-quizás a reconocer a la niña Isabel II, no como reina constitucional,
-sino como reina absoluta.</p>
-
-<p>Ese partido se mantuvo en el poder durante lo restante de mi
-residencia en España, y me persiguió, menos por odio y maldad que por
-política. Sólo a la terminación de la guerra perdió su preponderancia
-y cayó con su protectora, la reina madre, ante la dictadura de
-Espartero.</p>
-
-<p>El primer paso que di después de mi regreso, tocante a la difusión
-de las Escrituras, fué muy atrevido. Consistió ni más ni menos que
-en abrir una tienda para vender los Testamentos. La tienda estaba en
-una calle importante y animada: la calle del Príncipe, inmediata a la
-plaza de Cervantes. La amueblé muy bien con armarios de vidrieras y
-cornucopias, y puse al frente de ella a un gallego listo, de nombre
-Pepe Cal<span class="pagenum" id="Page_16">[p. 16]</span>zado, que
-todas las semanas me daba cuenta fiel de los ejemplares vendidos.</p>
-
-<p>Al día siguiente de abrir el establecimiento, estaba yo en la
-otra acera de la calle, apoyado de espaldas en la pared, cruzado de
-brazos, contemplando la tienda, en cuyos huecos se leía en grandes
-letras amarillas: <i>Despacho de la Sociedad Bíblica y Extranjera</i>,
-y, sumido en mi contemplación, pensaba: «¡Qué inesperadas mudanzas
-trae el tiempo! ¡Ocho meses he pasado de aquí para allá en esta vieja
-España, tan papista, repartiendo Testamentos como agente de una
-Sociedad que los papistas tienen por herética, y no me han lapidado
-ni quemado! Ahora, en la capital hago lo que a cualquiera le hubiera
-parecido causa bastante para que todos los difuntos inquisidores y
-familiares enterrados dentro de sus muros se alzaran de sus tumbas
-gritando: “¡Abominación!”, y nadie se mete conmigo. ¡Obispo de Roma!
-¡Obispo de Roma! Ten cuidado. Pueden cerrarme la tienda; pero qué
-signo de los tiempos es el hecho de que la hayan dejado existir un
-solo día. Se me antoja, padre mío, que los días de tu preponderancia
-en España están contados, y que ya no te consentirán saquearla mucho
-tiempo, ni mofarte de ella, ni flagelarla con escorpiones, como en
-épocas pasadas. Veo ya la mano que escribe en el muro un: “<i>¡Mene,
-Mene, Tekel, Upharsin!</i> Ten cuidado, <i>Batuschca</i>”.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_17">[p. 17]</span></p>
-
-<p>Dos horas permanecí apoyado en la pared, contemplando la
-tienda.</p>
-
-<p>Poco tiempo después de abrir el <i>Despacho</i> en Madrid, monté de
-nuevo a caballo, y, seguido de Antonio, fuí a Toledo con propósito
-de difundir las Escrituras, para lo cual envié por delante con un
-arriero un cargamento de cien ejemplares. Sin tardanza busqué al
-principal librero de la ciudad, no sin temor de encontrarme con un
-carlista, o, al menos, con un <i>servil</i>, ya que en Toledo abundan
-tanto los canónigos, curas y frailes exclaustrados. Me llevé el
-chasco mayor de mi vida: al entrar en la tienda, espaciosa y cómoda,
-vi a un hombre atlético, vestido con una especie de uniforme de
-caballería, calado el morrión y un sable inmenso en la mano. Era el
-librero en persona, oficial de la Guardia nacional de caballería. Al
-saber quién era yo, me estrechó cordialmente la mano y dijo que con
-el mayor placer se haría cargo de los libros y procuraría difundirlos
-por todos los medios a su alcance.</p>
-
-<p>—¿No incurrirá usted en el odio del clero si hace eso?</p>
-
-<p>—<i>¡Ca!</i>—respondió—. ¿Quién los hace caso? Yo soy rico, y mi padre
-también lo fué. No dependo de ellos. Ya no pueden odiarme más de
-lo que me odian, porque no oculto mis opiniones. Ahora mismo acabo
-de regresar de una expedición de tres días con mis compañeros los
-nacionales; hemos<span class="pagenum" id="Page_18">[p. 18]</span>
-estado persiguiendo a los facciosos y ladrones de estos contornos;
-hemos matado a tres y traemos varios prisioneros. ¿Quién hace caso
-de los curas pusilánimes? Yo soy liberal, <i>don Jorge</i>, y amigo de su
-compatriota Flinter. Le he ayudado a cazar muchos curas guerrilleros
-y frailes salteadores que andaban en la facción. He oído que le han
-nombrado capitán general de Toledo: me alegro; cuando llegue se van a
-ver aquí cosas buenas, <i>don Jorge</i>. Le aseguro a usted que al clero
-le apretaremos las clavijas.</p>
-
-<p>Toledo fué antiguamente capital de España. Su población es
-ahora de unas quince mil almas, aunque en tiempo de los romanos
-y también durante la Edad Media llegó, según dicen, a doscientos
-o trescientos mil habitantes. Está situado a unas doce leguas al
-Oeste de Madrid, y se alza sobre un cerro de granito que el Tajo
-rodea en todo su perímetro, salvo por el Norte. Encierra todavía
-muchos edificios notables, a pesar de que se halla en decadencia
-hace mucho tiempo. Su catedral, la más espléndida de España, es Sede
-del Primado. En la torre de esta catedral se encuentra la famosa
-campana de Toledo, la mayor del mundo, con excepción de la monstruosa
-campana de Moscou, que también he visto. Pesa 1.543 <i>arrobas</i>; su
-sonido es desagradable, porque está rajada. Toledo podía jactarse
-en otro tiempo de poseer los mejores cuadros de España; pero<span
-class="pagenum" id="Page_19">[p. 19]</span> durante la guerra de la
-Independencia los franceses robaron o destruyeron muchos, y todavía
-más se han sacado por orden del Gobierno. El más notable de todos,
-acaso, aún se encuentra allí: aludo al que representa el entierro
-del conde de Orgaz, la obra maestra de Doménico, el griego, genio
-extraordinario, algunas de cuyas obras poseen méritos de altísima
-calidad. El cuadro a que me refiero está en la pequeña iglesia
-parroquial de Santo Tomé, al fondo de la nave, a la izquierda del
-altar. Si pudiera comprarse, creo que en cinco mil libras sería
-barato.</p>
-
-<p>Entre las muchas cosas notables que se ofrecen en Toledo a la
-curiosa mirada del observador, se halla la fábrica de armas, donde se
-elaboran espadas, lanzas y otras armas destinadas al Ejército, con
-excepción de las de fuego, traídas del extranjero casi todas.</p>
-
-<p>Es bien sabido que antiguamente las hojas de Toledo eran muy
-estimadas y se hacía gran comercio de ellas en toda la cristiandad.
-La <i>fábrica</i> actual es un hermoso edificio moderno, situado
-extramuros de la ciudad, en una planicie contigua al río, con el
-que se comunica por un pequeño canal. Dicen que el buen temple de
-las espadas se debe principalmente al agua y a la arena del Tajo.
-Pregunté a varios maestros de la fábrica si hoy en día sabían hacer
-armas tan buenas como las antiguas y si el secreto de la fabricación
-se había perdido.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_20">[p. 20]</span></p>
-
-<p>—<i>¡Ca!</i>—me respondieron—. Las espadas de Toledo no han sido nunca
-tan buenas como las que hacemos ahora. Es muy ridículo que los
-extranjeros vengan a comprar aquí espadas viejas, pura morralla casi
-todas, no fabricadas en Toledo, por las que pagan grandes sumas, y,
-en cambio, les costaría trabajo dar dos duros por esta joya, hecha
-ayer mismo.</p>
-
-<p>Al decir esto, pusieron en mi mano una espada del tamaño
-ordinario.</p>
-
-<p>—Su merced—dijeron—parece que tiene buen brazo; pruebe el temple
-de esta espada contra ese muro de piedra. Tire una estocada a fondo y
-no tema.</p>
-
-<p>Tengo, en efecto, un brazo vigoroso: con toda mi fuerza ataqué de
-punta contra el sólido granito; la violencia del golpe fué tal, que
-el brazo se me quedó insensible hasta el hombro durante una semana,
-pero la espada no se embotó ni sufrió lo más mínimo.</p>
-
-<p>—Mejor espada que ésta—dijo un obrero antiguo, natural de Castilla
-la Vieja—no la ha habido para matar moros en la Sagra.</p>
-
-<p>Durante mi estancia en Toledo me alojé en la Posada de los
-Caballeros, nombre muy merecido en cierto modo, porque existen
-muchos palacios menos suntuosos que esa posada. Al hablar así,
-no vaya a suponerse que me refiero al lujo del mobiliario o a la
-exquisitez y excelencia de su cocina. Las<span class="pagenum"
-id="Page_21">[p. 21]</span> habitaciones estaban tan mal provistas
-como las de todas las posadas españolas en general, y la comida,
-aunque buena en su género, era vulgar y casera; pero he visto pocos
-edificios tan imponentes. Era de inmenso grandor, compuesto de varios
-pisos, de traza algo semejante a la de las casas moras, con un patio
-cuadrangular en el centro y un <i>aljibe</i> inmenso debajo, para recoger
-el agua llovida. Todas las casas de Toledo tienen aljibes parecidos,
-adonde, en la estación lluviosa, van a parar las aguas de los tejados
-por unas canales. Esta es la única agua que se emplea para beber; la
-del Tajo, considerada como insalubre, sólo se usa para la limpieza, y
-la suben por las empinadas y angostas calles en cántaros de barro a
-lomo de unos pollinos. Como la ciudad está en una montaña de granito,
-no tiene fuentes. En cuanto al agua llovida, después de sedimentarse
-en los aljibes, es muy gustosa y potable; los aljibes se limpian
-dos veces al año. Durante el verano, muy riguroso en esta parte de
-España, las familias pasan casi todo el día en los patios, cubiertos
-con un toldo de lienzo; el calor de la atmósfera se templa por la
-frialdad que sube de los aljibes, que responden al mismo propósito
-que las fuentes en las provincias meridionales de España.</p>
-
-<p>Estuve próximamente una semana en Toledo; en ese tiempo se
-vendieron algunos<span class="pagenum" id="Page_22">[p. 22]</span>
-ejemplares del Testamento en la tienda de mi amigo el librero.
-Algunos curas tomaron el libro del <i>mostrador</i> donde se encontraba
-y lo examinaron, pero sin decir nada; ninguno lo compró. Mi amigo
-me enseñó su casa; casi todas las habitaciones estaban forradas de
-libros desde el suelo hasta el techo; y muchos de ellos eran de gran
-valor. Díjome que su colección de libros antiguos de literatura
-española era la mejor del reino. Estaba, empero, menos orgulloso de
-su librería que de su caballeriza; y como advirtiera que yo entendía
-algo de caballos, su estimación y su respeto hacia mí crecieron por
-modo considerable.</p>
-
-<p>—Todo lo que tengo—decía—está a la disposición de usted; veo que
-es usted un hombre de los que a mí me gustan. Cuando quiera usted dar
-un paseo a caballo por la <i>Sagra</i>, no tiene usted más que avisar a
-mi criado y le ensillará el famoso cordobés <i>entero</i> que compré en
-Aranjuez al deshacerse la yeguada real. Sólo a otro hombre le dejaría
-yo el caballo, y ese hombre es Flinter.</p>
-
-<p>En Toledo encontré a una gitana abandonada, con un hijo de unos
-catorce años de edad; no era toledana; había ido allí desde la
-Mancha en pos de su marido, preso bajo la inculpación de robo de
-caballerías; el delito se le probó, y de allí a pocos días iba a
-salir para Málaga con una cadena de galeotes. El preso carecía en
-absoluto de dinero,<span class="pagenum" id="Page_23">[p. 23]</span>
-y su mujer recorría las calles de Toledo diciendo la buenaventura
-para ganar unos pocos <i>cuartos</i> con que ayudar al marido en la
-cárcel. Me dijo que se proponía seguirle a Málaga, donde esperaba
-poder proporcionarle medios de fuga. ¡Qué ejemplo de amor conyugal!
-Por añadidura, el amor estaba todo en un lado solo de esa pareja,
-como ocurre con frecuencia. Su marido era un tunante despreciable,
-que la había abandonado marchándose a Madrid, donde vivió en
-concubinato con Aurora, criminal notoria, por cuyas instigaciones
-cometió el robo que ahora tenía que expiar.</p>
-
-<p>—Y si tu marido logra escaparse en Málaga, ¿adónde va a ir?</p>
-
-<p>—Al <i>chim</i> de los <i>Corahai</i>, hijo mío; a la tierra de los moros, a
-ser soldado del rey moro.</p>
-
-<p>—¿Y qué va a ser de ti?—pregunté—. ¿Crees que te llevará
-consigo?</p>
-
-<p>—Me dejará en la costa, hijo mío, y en cuanto haya
-cruzado la <i>pawnee</i><a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2"
-class="fnanchor">[2]</a> negra, me olvidará, no pensará más en mí.</p>
-
-<p>—¿Por qué te tomas tantos trabajos por él, sabiendo lo ingrato que
-es?</p>
-
-<p>—¿No soy su <i>romi</i>, hijo mío, y no estoy obligada por la ley de
-los <i>Calés</i> a asistirle hasta lo último? Si al cabo de cien años
-volviera de la tierra de los <i>Corahai</i> y me en<span class="pagenum"
-id="Page_24">[p. 24]</span>contrase viva, y me dijese: «Tengo hambre,
-mujercita; vé a robar o a decir <i>bají</i>», iría sin falta, porque es el
-<i>rom</i> y yo la <i>romi</i>.</p>
-
-<p>Al regresar a Madrid encontré abierto todavía el <i>despacho</i>.
-Se habían vendido algunos Testamentos, aunque en cantidad nada
-considerable. La obra luchaba con grandes inconvenientes para su
-difusión, por la ilimitada ignorancia de la gente respecto de su
-tenor y contenido. No era, pues, maravilla que despertase poco
-interés. Para llamar la atención del público sobre el <i>despacho</i>,
-imprimí tres mil carteles en papel amarillo, azul y carmesí, y los
-pegué por las esquinas, y además inserté en los periódicos una
-información relativa al caso; el resultado fué que en muy poco
-tiempo apenas hubo alguien en Madrid que no conociera la existencia
-de la tienda y del libro. En Londres y París, estas diligencias
-habrían asegurado, probablemente, la venta de la edición entera del
-Nuevo Testamento en pocos días. En Madrid, el resultado no fué tan
-lisonjero; al cabo de un mes de estar abierta la tienda, sólo se
-había vendido un centenar de ejemplares.</p>
-
-<p>Este proceder mío no podía por menos de producir gran sensación:
-los curas y sus secuaces rebosaban de enconada furia, que durante
-cierto tiempo tuvieron por conveniente manifestar sólo con
-palabras; estaban en la creencia de que el embajador y el Go<span
-class="pagenum" id="Page_25">[p. 25]</span>bierno británicos me
-protegían; pero su malignidad hacía temer cualquier ataque, por atroz
-que fuese; y si la comparación no fuese inadecuada a mí, gusano el
-más insignificante de la Tierra, diría que, como Pablo en Éfeso,
-estaba luchando con fieras salvajes.</p>
-
-<p>El último día del año 1837, mi criado Antonio me dijo así:</p>
-
-<p>—<i>Mon maître</i>, no tengo más remedio que dejarle a usted por una
-temporada. Desde que volvimos de nuestro viaje estoy descontento
-de la casa, de los muebles y de doña Mariquita. Por tanto, me he
-ajustado de cocinero en casa del conde de..., donde ganaré al mes
-cuatro duros menos de lo que su merced me da. Me gusta la variedad,
-aunque sea para perder. <i>Adieu, mon maître</i>; deseo que encuentre
-usted un criado tan bueno como se le merece. Sin embargo, si
-necesitara usted alguna vez con urgencia <i>de mes soins</i>, llámeme sin
-vacilar, y en el acto me despediré de mi nuevo amo, si todavía estoy
-con él, e iré a buscarle a usted.</p>
-
-<p>Así me vi privado de los servicios de Antonio por cierto tiempo.
-Estuve unos cuantos días sin criado, al cabo de los cuales ajusté a
-cierto cántabro o vasco, natural de Hernani, en Guipúzcoa, que me
-habían recomendado mucho.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_26">[p. 26]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXXVII</h2>
- <p class="subhang">
- Euscarra. — El vascuence no es el irlandés. — Dialectos del sánscrito
- y del tártaro. — Una lengua de vocales. — La poesía popular. — Los
- bascos. — Sus caracteres. — Las mujeres bascas.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">ntramos</span>
-ahora en el año 1838, acaso el más fecundo en acontecimientos de
-cuantos pasé en España. El <i>despacho</i> continuaba todavía abierto,
-con ligero incremento en la venta. Como tenía entonces pocas cosas
-importantes que hacer, di a la estampa dos obras, en cuya preparación
-llevaba trabajando ya algún tiempo. Estas obras eran las traducciones
-del Evangelio de San Lucas al vascuence y al caló.</p>
-
-<p>Poco tengo que decir respecto de la traducción del Evangelio al
-gitano, porque ya he hablado de esto en otra obra<a id="FNanchor_3"
-href="#Footnote_3" class="fnanchor">[3]</a>: lo traduje, así como la
-mayor parte del Nuevo Testamento, durante mi dilatada convivencia
-con los gitanos españoles. Respecto al Lucas en vascuence, no estará
-de más ha<span class="pagenum" id="Page_27">[p. 27]</span>blar con
-algún detenimiento, y aprovechar la ocasión que se me ofrece para
-decir unas palabras acerca del idioma en que está escrito y del
-pueblo a quien iba destinado.</p>
-
-<p>El Euscarra: tal es el nombre peculiar de un habla o idioma que
-se supone prevaleció por toda España en otro tiempo, pero confinado
-ahora a ciertas comarcas de ambas vertientes de los Pirineos,
-bañadas por las aguas del golfo de Cantabria o bahía de Vizcaya. A
-este idioma se le llama comúnmente el basco o el bizcaíno, palabras
-que son meras modificaciones del vocablo Euscarra, al que se ha
-antepuesto la consonante B por razón de eufonía. Acerca de esta
-lengua se han dicho muchas cosas vagas, erróneas o hipotéticas. Los
-bascos afirman que no sólo fué la lengua primitiva de España, sino
-de todo el mundo, y que de ella proceden todas las demás; pero los
-bascos son gente muy ignorante y no saben nada de filosofía del
-lenguaje. Por tanto, muy poca importancia se puede conceder a sus
-opiniones sobre el asunto. Algunos de ellos, sin embargo, que se
-jactan de poseer cierta instrucción, sostienen que el basco es ni más
-ni menos que un dialecto del fenicio, y que los bascos descienden
-de una colonia fenicia establecida al pie de los Pirineos en edad
-remota. De esta teoría, o más bien conjetura, no apoyada por la más
-ligera prueba, no hay para qué ocuparse con de<span class="pagenum"
-id="Page_28">[p. 28]</span>tención, limitándonos a observar que si,
-como muchos verdaderos sabios lo han supuesto y casi demostrado, el
-fenicio es un dialecto del hebreo o está emparentado estrechamente
-con él, sería tan poco razonable suponer que el basco se deriva del
-fenicio como que la lengua del Kanschatka o el iroqués son dialectos
-del griego y del latín.</p>
-
-<p>Existe, sin embargo, otra opinión con respecto al basco que merece
-más detenido examen, por la circunstancia de hallarse muy extendida
-entre los <i>literati</i> de varios países de Europa, muy especialmente en
-Inglaterra. Aludo al origen céltico de esta lengua, y a su estrecha
-conexión con el más cultivado de todos los dialectos celtas: el
-irlandés. Gente que presume de conocer bien el asunto ha llegado
-a afirmar que existe tan poca diferencia entre las lenguas basca
-e irlandesa, que los individuos de ambas naciones no encuentran
-dificultad para entenderse entre sí, sin otro medio de comunicación
-que sus idiomas respectivos; en una palabra, que apenas si hay más
-diferencia entre el irlandés y el basco que entre el basco francés y
-el basco español. Tal semejanza, por mucho que se haya insistido en
-ella, no existe en la realidad; quizás en toda Europa sería difícil
-encontrar dos lenguas con menos puntos de semejanza que el basco y el
-irlandés.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_29">[p. 29]</span></p>
-
-<p>El irlandés, como la mayoría de los demás idiomas europeos, es
-un dialecto del sánscrito, idioma remoto, como puede suponerse; el
-apartado rincón del mundo occidental en que aquel idioma se conserva
-es el más distante del lugar en que nació el idioma originario. Mas
-no por eso deja de ser un dialecto de aquella venerable y primitiva
-habla, aunque no se parezca a ella ciertamente tanto como el inglés,
-el danés y las lenguas pertenecientes a la llamada familia gótica, y
-mucho menos que las de la esclavonia, porque a medida que se avanza
-hacia el Este, la asimilación de las lenguas al tronco paterno
-es más clara y perceptible; pero dialecto del sánscrito, repito,
-concordes en la estructura, en la disposición de las palabras, y
-en muchos casos en las palabras mismas, en las que, a pesar de sus
-modificaciones, se reconoce todavía los vocablos sánscritos. Pero
-¿qué es el basco y a qué familia pertenece?</p>
-
-<p>Todos los dialectos hablados actualmente en Europa proceden de
-dos grandes lenguas asiáticas, que si ya no se hablan, existen en
-libros y son además las lenguas de dos de las principales religiones
-de Oriente. Aludo al tibetano y al sánscrito, las lenguas sagradas
-de los secuaces de Budha y de Bramah. Estas lenguas, aunque poseen
-muchas voces comunes, lo que puede explicarse por su estrecha
-proximidad, son real<span class="pagenum" id="Page_30">[p.
-30]</span>mente distintas, dadas las grandes diferencias de su
-estructura. No tengo tiempo ni deseo de explicar aquí en qué
-consisten esas diferencias; baste decir que los dialectos célticos,
-góticos y esclavones de Europa pertenecen a la familia sánscrita,
-así como en el Este el persa, y en menor grado el árabe, el hebreo,
-etc.<a id="FNanchor_4" href="#Footnote_4" class="fnanchor">[4]</a>,
-mientras que a la familia tibetana o tártara pertenecen en Asia el
-mandchú y el mongol, el calmuco y el turco del mar Caspio, y en
-Europa el húngaro y el basco parcialmente.</p>
-
-<p>Esta última lengua es, en verdad, una singular anomalía; tanto,
-que en general es menos difícil decir lo que no es que lo que es.
-Abundan en ella los vocablos del sánscrito, y cubren su superficie.
-Sería erróneo, sin embargo, considerar esta lengua como un dialecto
-sánscrito, porque en la ordenación de las palabras prepondera
-decididamente la forma tártara. También se encuentran en el basco
-palabras tártaras en cantidad notable, aunque no tantas como las
-derivadas del sánscrito. De estas raíces tártaras me limitaré al
-presente a citar una sola, aunque si fuese necesario podría aducirlas
-a cente<span class="pagenum" id="Page_31">[p. 31]</span>nares.
-Esta palabra es <i>Jauna</i> o <i>Khauna</i>, de uso constante entre los
-bascos, y que es el <i>Khan</i> de los Mongoles y Mandchúes, con la misma
-significación: Señor.</p>
-
-<p>Después de estudiar detenidamente el asunto en todos sus aspectos
-y de pesar lo que en pro y en contra se alega de cada lado, me
-inclino a incluir el basco entre los dialectos tártaros más bien
-que entre los del sánscrito. Todo el que tenga ocasión de comparar
-la elocución de los bascos y de los tártaros, llegará con sólo
-eso, aunque no los entienda, a la conclusión de que sus lenguas
-respectivas se han formado con arreglo a iguales principios. En ambas
-se suceden períodos interminables al parecer, durante los que la voz
-sube gradualmente y luego desciende del mismo modo.</p>
-
-<p>He hablado del sorprendente número de vocablos del sánscrito
-contenidos en la lengua basca, de los que se encontrará un ejemplo
-más abajo. Es muy de notar que en la mayor parte de los derivados del
-sánscrito, el basco ha dejado caer la consonante inicial, de suerte
-que la palabra comienza por una vocal.</p>
-
-<p>El basco puede, en verdad, llamarse una lengua de vocales, porque
-el número de consonantes empleadas es relativamente corto; acaso de
-cada diez palabras, ocho empiezan y terminan por vocal, y a esto
-se debe que el basco sea una lengua extrema<span class="pagenum"
-id="Page_32">[p. 32]</span>damente suave y melodiosa, muy superior
-en este respecto a cualquier otro idioma de Europa, sin excluir el
-italiano. Véanse a continuación algunos ejemplos de palabras bascas
-parangonadas con las raíces sánscritas.</p>
-
-<table class="idi mt1" summary="Correspondencia entre idiomas">
- <tr>
- <th class="subrayado">Basco.</th>
- <th class="subrayado">Sánscrito.</th>
- <th>&nbsp;</th>
- </tr>
- <tr>
- <td class="pt05">Ardoa.</td>
- <td class="pt05">Sandhana.</td>
- <td class="pt05">Vino.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td>Arratsa.</td>
- <td>Ratri.</td>
- <td>Noche.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td>Beguia.</td>
- <td>Akshi.</td>
- <td>Ojo.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td>Choria.</td>
- <td>Chiria.</td>
- <td>Pájaro.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td>Chacurra.</td>
- <td>Cucura.</td>
- <td>Perro.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td>Erreguiña.</td>
- <td>Rani.</td>
- <td>Reina.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td>Ycusi.</td>
- <td>Iksha.</td>
- <td>Ver.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td>Iru.</td>
- <td>Treya.</td>
- <td>Tres.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td>Jan (Khan).</td>
- <td>Khana.</td>
- <td>Comer.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td>Uria.</td>
- <td>Puri.</td>
- <td>Ciudad.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td>Urruti.</td>
- <td>Dura.</td>
- <td>Lejos.</td>
- </tr>
-</table>
-
-<p class="mt1">En esta lengua publiqué el Evangelio de San Lucas,
-en Madrid. Adquirí la traducción hecha por un médico basco llamado
-Oteiza<a id="FNanchor_5" href="#Footnote_5" class="fnanchor">[5]</a>.
-Antes de enviarla a la imprenta, guardé la traducción en mi poder
-cerca de dos años, y durante ese tiempo, y sobre todo en mis
-viajes, no perdí ocasión de someterla a examen de las personas que
-pasaban por entendidas en Euscarra. No me<span class="pagenum"
-id="Page_33">[p. 33]</span> satisfacía por completo la traducción,
-pero inútilmente busqué otra mejor.</p>
-
-<p>Había yo adquirido, siendo muchacho, algunas ligeras nociones de
-Euscarra, tal como se usa en los libros. Esas nociones las aumenté
-considerablemente durante mi residencia en España, y gracias a mis
-relaciones con algunos bascos llegué a entender, hasta cierto punto,
-su idioma hablado, y aún lo hablé yo también, pero siempre con gran
-inseguridad; porque para hablar el vascuence, siquiera regularmente,
-es necesario haber vivido en el país desde muy niño. Tan grandes son
-las dificultades que presenta y tanto se diferencia de las demás
-lenguas, que es muy raro encontrar un forastero capaz de hablarlo
-un poco; los españoles consideran tan formidables esos obstáculos,
-que, según un proverbio suyo, Satanás vivió siete años en Vizcaya,
-y tuvo que marcharse porque ni podía entender a los vizcaínos ni le
-entendían.</p>
-
-<p>Hay muy pocos alicientes para el estudio de esta lengua. En primer
-lugar, su adquisición es completamente innecesaria, aun para los
-que residen en el territorio donde se habla, porque la generalidad
-entiende el español en las provincias bascas pertenecientes a España,
-y el francés en las que pertenecen a Francia.</p>
-
-<p>En segundo lugar, ninguno de sus dialectos posee una
-literatura propia que re<span class="pagenum" id="Page_34">[p.
-34]</span>compense el trabajo de aprenderlo. Existen algunos libros
-en basco francés y en basco español, pero son exclusivamente libros
-de devoción papista, y en su mayoría traducciones.</p>
-
-<p>Se preguntará quizás al llegar aquí si los bascos no poseen
-una poesía popular, como casi todas las naciones, por pequeñas e
-insignificantes que sean. No están faltos, en verdad, de canciones,
-baladas y coplas, pero de carácter tal, que no puede llamárseles
-poesía. He puesto por escrito, al oírlas recitar, una considerable
-porción de lo que llaman su poesía; pero el único ejemplo de versos
-tolerables que encontré es la siguiente copla, que, después de todo,
-no merece excesivos elogios:</p>
-
-<div class="poem mt1"><div class="stanza">
-<p class="i2">Ichasoa urac aundi,</p>
-<p class="i0">Estu ondoric agueri—</p>
-<p class="i0">Pasaco ninsaqueni andic</p>
-<p class="i0">Maitea icustea gatic.</p>
-</div></div>
-
-<p class="ti0 mt1">que significa: Las aguas del mar son vastas, e
-invisible su seno, pero yo las cruzaré para ir al encuentro de mi
-amor.</p>
-
-<p>Los bascos son un pueblo cantor más que poeta. A pesar de la
-facilidad que su idioma presenta para la composición de versos, no
-han producido nunca un poeta con la más leve pretensión de nombradía;
-pero tienen muy buenas voces y son excelentes en la composición
-musical. En opinión de cierto<span class="pagenum" id="Page_35">[p.
-35]</span> autor, el <i>Abbé d’Iharce</i><a id="FNanchor_6"
-href="#Footnote_6" class="fnanchor">[6]</a>, que ha escrito acerca de
-ellos, el nombre de <i>Cantabri</i>, que los romanos les dieron, se deriva
-de <i>Khantor-ber</i>, que significa suaves cantores. Poseen mucha música
-original, alguna extremadamente antigua, según dicen. De esta música
-se han publicado algunos trozos en Donostian (San Sebastián), en el
-año 1826, editados por un tal Juan Ignacio Iztueta<a id="FNanchor_7"
-href="#Footnote_7" class="fnanchor">[7]</a>. Consisten en unas
-marchas rudas y emocionantes, a cuyos sones créese que los bascos
-antiguos tenían la costumbre de bajar de sus montañas para pelear con
-los romanos y después con los moros. Al escucharlas llega uno con
-facilidad a creerse en presencia de un combate encarnizado. Oye uno
-las resonantes cargas de la caballería, el ludir de las espadas y el
-rebote de los cuerpos por los barrancos abajo.</p>
-
-<p>Esta música va acompañada de palabras, pero qué palabras. ¡No
-puede imaginarse nada más estúpido, más trivial, más despro<span
-class="pagenum" id="Page_36">[p. 36]</span>visto de interés! Lejos
-de ser marcial, la letra refiere incidentes cotidianos, sin conexión
-alguna con la música. Las palabras son evidentemente de fecha
-moderna.</p>
-
-<p>En lo físico, los bascos son de estatura regular, ágiles y
-atléticos. En general, tienen bellas facciones y hermosa tez, y se
-parecen no poco a ciertas tribus tártaras del Cáucaso. Su bravura es
-indiscutible, y pasan por ser los mejores soldados con que cuenta la
-corona de España: hecho que en gran parte corrobora la suposición de
-que son de origen tártaro, la raza más belicosa de todas, y la que ha
-producido los más famosos conquistadores. Son los bascos gente fiel y
-honrada, capaz de adhesión desinteresada; bondadosos y hospitalarios
-con los forasteros; puntos todos que están muy lejos de diferir del
-carácter tártaro. Pero son un tanto lerdos, y su capacidad no es
-ni con mucho de primer orden, en lo cual se parecen también a los
-tártaros.</p>
-
-<p>No hay en la tierra pueblo más orgulloso que los bascos; pero
-el suyo es una especie de orgullo republicano. Carecen de clase
-aristocrática; ninguno reconoce a otro por superior. El carretero más
-pobre tiene tanto orgullo como el gobernador de Tolosa.</p>
-
-<p>«Tiene más poder que yo, pero no mejor sangre; andando el tiempo,
-acaso sea yo también gobernador». Aborrecen el servicio doméstico, a
-lo menos fuera de su país na<span class="pagenum" id="Page_37">[p.
-37]</span>tal, y aunque las circunstancias les obligan con frecuencia
-a buscar amo, es muy raro que ocupen un puesto de escaleras abajo:
-son mayordomos, secretarios, tenedores de libros, etc. Cierto que,
-por mi buena suerte, encontré un criado basco, pero siempre me trató
-más como a un igual que como a un amo: se sentaba delante de mí, me
-daba su opinión sin pedírsela y entraba en conversación conmigo en
-todo momento y ocasión. Me guardé muy bien de refrenarle, porque
-entonces se hubiera despedido, y en mi vida he visto una criatura más
-fiel. Su destino fué muy triste, como se verá más adelante.</p>
-
-<p>Al decir que los bascos aborrecen la servidumbre, y que es muy
-raro encontrarlos de criados con los españoles, me refiero sólo a los
-varones; las hembras, por el contrario, no oponen reparos a entrar
-de criadas. Los bascos no miran, ciertamente, a las mujeres con la
-estimación debida, y las consideran aptas para poco más que para
-llenar empleos bajos, lo mismo que en Oriente, donde se las considera
-como siervas y esclavas. El carácter de las vascongadas difiere
-mucho del de los hombres. Son muy despiertas y agudas, y tienen, en
-general, más talento. Son famosas cocineras, y en casi todas las
-casas importantes de Madrid una vizcaína ejerce el supremo empleo en
-el departamento culinario.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_38">[p. 38]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXXVIII</h2>
- <p class="subcentra">
- La prohibición. — El Evangelio, perseguido. — Inculpación de
- brujería. — Ofalia.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">A</span><span class="smcap">
-&nbsp;mediados</span> de Enero, mis enemigos me dieron una carga,
-prohibiéndome, de modo terminante, en virtud de orden dictada por
-el gobernador de Madrid, que siguiera vendiendo Testamentos. No me
-cogió de susto la medida, porque desde algún tiempo antes esperaba
-yo algo parecido, en razón de las ideas políticas profesadas por
-los ministros. Fuí, sin dilación, a visitar a Sir George Villiers,
-informándole de lo sucedido. Me prometió hacer cuanto pudiese para
-obtener la revocación de la orden. Por desgracia, no tenía entonces
-gran influencia, porque se había opuesto con todas sus fuerzas al
-advenimiento del Ministerio moderado, y al nombramiento de Ofalia
-para la presidencia del Gabinete. Sin embargo, no perdí ni un
-momento la confianza en el Todopoderoso, en cuyo servicio estaba yo
-ocupado.</p>
-
-<p>Antes de ese tropiezo las cosas marchaban muy bien. La demanda
-de Testamentos<span class="pagenum" id="Page_39">[p. 39]</span>
-aumentaba por modo considerable; tanto, que el clero se alarmó, y ese
-paso fué la consecuencia. Pero habían primero intentado dar otro,
-muy propio suyo: pretendieron dominarme por el miedo. Uno de los
-rufianes de Madrid, llamados <i>Manolos</i>, me salió al paso una noche en
-una calle obscura, y me dijo que si continuaba vendiendo mis «libros
-judíos», me «enhebraría un cuchillo en el corazón»; yo le contesté
-que se fuese a su casa, rezase unas oraciones, y dijera a los que le
-enviaban que me daban mucha lástima; con lo cual se fué, soltando un
-juramento. Pocos días más tarde recibí orden de enviar dos ejemplares
-del Testamento a las oficinas del gobernador, y así lo hice; menos
-de veinticuatro horas después llegó un <i>alguacil</i> a la tienda, y me
-notificó la prohibición de seguir vendiendo la obra.</p>
-
-<p>Una circunstancia me regocijó. Por raro que parezca, las
-autoridades no tomaron medida alguna para cerrarme el <i>despacho</i>,
-y la prohibición sólo se refería a la venta del Nuevo Testamento;
-como faltaba poco para que el Evangelio de San Lucas, en caló y en
-vascuence, estuviese listo para la venta, esperé sostener las cosas,
-aunque en menor escala, hasta que vinieran mejores tiempos.</p>
-
-<p>Me aconsejaron que borrase del escaparate de la tienda las
-palabras «<i>Despacho</i> de la Sociedad Bíblica británica y extranjera».
-Me negué a ello. El letrero había llamado mu<span class="pagenum"
-id="Page_40">[p. 40]</span>cho la atención, como yo me proponía.
-Si hubiera intentado llevar este asunto bajo cuerda, apenas habría
-llegado a vender en Madrid, hasta la fecha de que voy hablando,
-treinta ejemplares, en lugar de casi trescientos que tenía vendidos.
-Quien no me conozca se inclinará a llamarme temerario; pero estoy muy
-lejos de serlo, y nunca adopto un camino aventurado mientras me quede
-abierto alguno que no lo sea. Sin embargo, yo no soy hombre que se
-asuste del peligro, cuando veo que no hay más remedio que arrostrarlo
-para conseguir un propósito.</p>
-
-<p>Los libreros se negaban a vender mi libro; me vi compelido a
-establecer por mi cuenta una tienda. En Madrid cada tienda tiene
-su nombre. ¿Cuál podía yo dar a la mía, sino el verdadero? No me
-avergonzaba de mi causa ni de mi bandera. La enarbolé, y luché a su
-sombra, no sin buen éxito.</p>
-
-<p>Entretanto, el partido clerical en Madrid no perdonaba esfuerzo
-para difamarme. En una publicación suya, llamada <i>El amigo de la
-religión cristiana</i>, apareció un ataque estúpido, pero furioso,
-contra mí, al cual traté con el desprecio merecido. No satisfechos
-con eso, intentaron concitar al pueblo en contra mía, diciendo que
-yo era brujo, compañero de gitanos y hechiceras; y así me llamaban
-sus agentes cuando me encontraban en la calle. No tengo por qué negar
-que<span class="pagenum" id="Page_41">[p. 41]</span> yo era amigo de
-gitanos y de adivinos. ¿Iba a avergonzarme de su compañía, cuando mi
-Maestro se trataba con publicanos y ladrones? Con frecuencia recibía
-visitas de gitanos: los adoctrinaba, y les leía trozos del Evangelio
-en su propia lengua; cuando estaban hambrientos y extenuados les daba
-de comer y de beber. Esto pudo tenerse por brujería en España, pero
-abrigo la esperanza de que en Inglaterra lo apreciarán de otro modo;
-y si hubiese yo perecido por entonces, creo que no hubiera faltado
-alguien dispuesto a reconocer que mi vida no había sido por completo
-inútil (siempre como instrumento del Altísimo), ya que logré traducir
-uno de los más valiosos libros de Dios a la lengua de sus criaturas
-más degradadas.</p>
-
-<p>Entré en negociaciones con el Gobierno para obtener el permiso
-de vender en Madrid el Nuevo Testamento, y anular la prohibición.
-Encontré oposición muy grande, que no pude vencer. Varios obispos
-ultrapapistas, residentes por entonces en Madrid, habían denunciado
-la Biblia, a la Sociedad Bíblica y a mí. Pero no obstante sus
-concertados y poderosos esfuerzos, no pudieron conseguir su propósito
-principal, o sea mi expulsión de Madrid y de España. El conde Ofalia,
-aunque toleró ser instrumento, hasta cierto punto, de aquellas
-gentes, no dejó que le empujaran tan lejos. No encuentro<span
-class="pagenum" id="Page_42">[p. 42]</span> palabras bastante
-enérgicas para hacer justicia al celo y al interés que en todo este
-asunto desplegó Sir Jorge Villiers en pro de la causa del Testamento.
-Celebró varias entrevistas con Ofalia sobre esta cuestión, y en ellas
-le significó su juicio acerca de la injusticia y tiranía con que en
-aquel caso había sido tratado su compatriota.</p>
-
-<p>Tales quejas hicieron impresión en Ofalia, y más de una vez
-prometió hacer cuanto pudiese para complacer a Sir Jorge; pero luego
-los obispos le asediaban, y, poniendo en juego sus temores políticos,
-ya que no los religiosos, le impedían proceder en el asunto con
-justicia y honradez. Por indicación de Sir Jorge Villiers, tracé
-una breve memoria explicando lo que es la Sociedad Bíblica y sus
-propósitos, en especial los tocantes a España; Sir Jorge entregó
-personalmente esa memoria al conde. No cansaré al lector insertándola
-aquí, contentándome con observar que no intenté adular ni halagar, y
-me expresé con franqueza y honradez, como debe hacer un cristiano.
-Ofalia, al leer mi escrito, exclamó: «¡Lástima que esta Sociedad sea
-protestante, y que no sean católicos todos sus miembros!»</p>
-
-<p>Pocos días después me envió un recado con un amigo, pidiéndome,
-cosa que me asombró, un ejemplar del Evangelio en gitano. Permítaseme
-decir aquí que la fama de este libro, aunque no publicado todavía,
-se<span class="pagenum" id="Page_43">[p. 43]</span> había esparcido
-por Madrid como fuego por reguero de pólvora, y todo el mundo
-ansiaba tener un ejemplar; varios grandes de España me enviaron
-recado con la misma pretensión, pero no les atendí. Al instante
-resolví aprovechar la coyuntura que me ofrecía el conde de Ofalia y
-me dispuse a visitarle en persona. Mandé encuadernar lujosamente un
-ejemplar del Evangelio, y, encaminándome a Palacio, obtuve audiencia
-en el acto. Era un hombre diminuto, mustio, entre los cincuenta y
-los sesenta años de edad, con dientes y pelo postizos, pero de muy
-corteses maneras. Me recibió con gran afabilidad y me dió las gracias
-por el regalo; pero cuando le hablé del Nuevo Testamento, me dijo
-que el asunto estaba rodeado de dificultades, y que la gran masa
-del clero se había puesto en mi contra; me exhortó a que tuviera
-paciencia y calma, y en tal caso dijo que trataría de buscar el modo
-de complacerme. Entre otras cosas, me dijo que los obispos odiaban
-a un sectario más que a un ateo. Contesté que, como los antiguos
-fariseos, se cuidaban más del oro del templo que del templo mismo.
-Durante toda la entrevista dió evidentes señales de un gran temor,
-y continuamente miraba detrás y alrededor de sí, como si temiera
-que alguien le escuchase; esto me hizo recordar el dicho de un
-amigo, según el cual, si hay algo de verdad en la metempsícosis, el
-alma<span class="pagenum" id="Page_44">[p. 44]</span> del conde de
-Ofalia debió de pertenecer originariamente a un ratón. Nos separamos
-en muy amistosos términos, y me fuí maravillado del extraño azar que
-ha hecho de un pobre hombre como éste el primer ministro de un país
-como España.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_45">[p. 45]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXXIX</h2>
- <p class="subhang">
- Los dos Evangelios. — El alguacil. — La orden de prisión. — María la
- buena. — El arresto. — Me envían a la cárcel. — Reflexiones. — El
- recibimiento. — La celda en la cárcel. — Demanda de desagravios.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">A</span><span class="smcap">l cabo</span>,
-la traducción del Evangelio de San Lucas al gitano estuvo lista.
-Deposité cierto número de ejemplares en el <i>despacho</i> y anuncié su
-venta. El Evangelio en vascuence, impreso también por entonces, fué
-igualmente anunciado. Hubo poca demanda de esta obra. No así del
-San Lucas en gitano, y con facilidad hubiera podido vender toda
-la edición en menos de quince días. Sin embargo, mucho antes de
-transcurrir este plazo el clero se puso sobre las armas.</p>
-
-<p>«¡Brujería!»—dijo un obispo.</p>
-
-<p>«Aquí hay más de lo que a primera vista parece»—exclamó el
-segundo.</p>
-
-<p>«Va a convertir a toda España valiéndose del lenguaje
-gitano»—gritó un tercero.</p>
-
-<p>Y luego surgió el coro habitual en esos casos:</p>
-
-<p>«<i>¡Qué infamia! ¡Qué picardía!</i>»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_46">[p. 46]</span></p>
-
-<p>Al fin, después de andar en bureo entre sí, corrieron a su
-instrumento el <i>corregidor</i>, o <i>jefe político</i>, como se le llama
-ahora, de Madrid. He olvidado el nombre de este personaje, a quien
-no conocí personalmente. Juzgando por sus acciones y por lo que
-se decía de él, puedo asegurar que era una criatura estúpida,
-testarudo, y además grosero, un <i>mélange</i> de <i>borrico</i>, mula y lobo.
-Como profesaba inveterada antipatía a todos los extranjeros, prestó
-oídos benévolos a la queja de mis acusadores, y sin tardanza dió
-orden de secuestrar todos los ejemplares del Evangelio en gitano
-que hubiese en el despacho<a id="FNanchor_8" href="#Footnote_8"
-class="fnanchor">[8]</a>. La consecuencia fué que un nutrido cuerpo
-de <i>alguaciles</i> dirigió sus pasos a la calle del Príncipe, y se
-apoderaron de unos treinta ejemplares del libro perseguido y de otros
-tantos del San Lucas en vascuence. Con tales despojos, los satélites
-volvieron en triunfo a la <i>jefatura política</i>, donde se repartieron
-entre sí los ejemplares del Evangelio en gitano, vendiéndolos después
-casi todos a buen precio, porque el libro era muy buscado, y así se
-convirtieron sin quererlo en agentes de una Sociedad herética. Pero
-cada cual debe vivir de su trabajo—dice esa gente—y no pierde ocasión
-de hacer buenas sus palabras, vendiendo lo<span class="pagenum"
-id="Page_47">[p. 47]</span> mejor que puede cualquier botín que cae
-en sus manos.</p>
-
-<p>Como nadie se ocupaba del Evangelio en vascuence, fué guardado
-sin tropiezo, con otras capturas invendibles, en los almacenes de la
-jefatura.</p>
-
-<p>Ya estaban secuestrados los Evangelios en gitano, al menos los que
-tenía en el <i>despacho</i> expuestos para la venta. Pero el <i>corregidor</i>
-y sus amigos pensaron que aún podía conseguirse mucho más mediante
-una pequeña combinación. Todos los días se presentaban en la tienda
-algunos ganchos de la policía, bajo disfraces diferentes, preguntando
-con gran interés por los «libros gitanos» y ofreciendo pagar los
-ejemplares a buen precio. Pero se fueron con las manos vacías. Mi
-gallego estaba sobre aviso, y a todo el que preguntaba le decía
-que por el momento no se vendían libros de ninguna clase en el
-establecimiento. Y así era la verdad, pues le había dado orden de no
-vender más, bajo ningún pretexto.</p>
-
-<p>A pesar de mi conducta franca, no me creyeron. El <i>corregidor</i>
-y sus aliados no podían convencerse de que, bajo cuerda, y por
-medios misteriosos, no vendía yo diariamente cientos de aquellos
-libros gitanos que iban a revolucionar el país y a destruir el
-poder del obispo de Roma. Trazaron, pues, un plan, mediante el cual
-esperaban colocarme en tal situación, que no pudiese en algún<span
-class="pagenum" id="Page_48">[p. 48]</span> tiempo trabajar
-activamente en la difusión de las Escrituras, ya estuviesen en gitano
-o en otro idioma cualquiera.</p>
-
-<p>El 1.º de mayo (1838), por la mañana, si no recuerdo mal, un
-individuo desconocido se presentó en mi cuarto cuando me disponía a
-tomar el desayuno. Era un tipo de innoble catadura, de mediana talla,
-con todos los estigmas de la picardía en el semblante. La huéspeda
-le introdujo en mi aposento y se retiró. No me agradó la llegada del
-visitante; pero, afectando cortesía, le rogué que se sentara y le
-pregunté el objeto de su visita.</p>
-
-<p>—Vengo de parte de su excelencia el jefe político de
-Madrid—respondió—y mi objeto es decirle a usted que su excelencia
-conoce perfectamente sus manejos, y cuando quiera puede demostrar que
-sigue usted vendiendo en secreto los malditos libros cuya venta se le
-ha prohibido a usted.</p>
-
-<p>—¿De verdad? Pues que lo haga sin tardanza. ¿Qué necesidad tiene
-de avisarme?</p>
-
-<p>—Puede que crea usted—continuó el hombre—que su señoría no tiene
-testigos; pues los tiene, sépalo usted, y muchos, y muy respetables
-además.</p>
-
-<p>—No lo dudo—repliqué—. Dada la apariencia respetable de usted,
-será usted uno de ellos. Pero me está usted haciendo perder tiempo;
-márchese, pues, y diga a quien le haya enviado que no tengo una idea
-muy alta de su talento.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_49">[p. 49]</span></p>
-
-<p>—Me iré cuando quiera—replicó el otro.—¿Sabe usted con quién
-está hablando? ¿Sabe usted que si me parece conveniente puedo
-registrarle a usted el cuarto, hasta debajo de la cama? ¿Qué tenemos
-aquí?—continuó; y empezó a hurgar con el bastón un rimero de papeles
-que había encima de una silla—. ¿Qué tenemos aquí? ¿Son también
-papeles de los gitanos?</p>
-
-<p>En el acto resolví no tolerar por más tiempo su proceder, y,
-agarrando al hombre por un brazo, le saqué del cuarto, y sin soltarle
-le conduje escaleras abajo desde el tercer piso, en que yo vivía,
-hasta la calle, mirándole fijamente a la cara durante todo el
-tiempo.</p>
-
-<p>El individuo se había dejado el <i>sombrero</i> encima de la mesa, y
-se lo envié con la patrona, que se lo entregó en propia mano cuando
-aún se estaba en la calle el hombre mirando con ojos pasmados a mi
-balcón.</p>
-
-<p>—Le han tendido a usted una <i>trampa</i>, <i>don Jorge</i>—dijo María Díaz
-cuando subió de la calle—. Ese <i>corchete</i> no traía más intención
-que la de provocarle a usted. De cada palabra que usted le ha dicho
-hará un mundo, como acostumbra esa gente; al darle el sombrero ha
-dicho que antes de veinticuatro horas habrá usted visto por dentro la
-cárcel de Madrid.</p>
-
-<p>En efecto, en el curso de la mañana supe que se había dictado
-contra mí orden de<span class="pagenum" id="Page_50">[p.
-50]</span> arresto<a id="FNanchor_9" href="#Footnote_9"
-class="fnanchor">[9]</a>. La perspectiva de un encarcelamiento no
-me atemorizó gran cosa; las aventuras de mi vida y mis inveterados
-hábitos de vagabundo me habían ya familiarizado con situaciones
-de todo género, hasta el punto de encontrarme tan a gusto en una
-prisión como en las doradas salas de un palacio, y aún más, porque
-en aquel lugar siempre puedo aumentar mi provisión de informaciones
-útiles, mientras que en el último el aburrimiento se apodera de
-mí con frecuencia. Había yo, además, pensado algún tiempo atrás
-hacer una visita a la cárcel, en parte con la esperanza de poder
-decir algunas palabras de instrucción cristiana a los criminales,
-y en parte con la mira de hacer ciertas investigaciones acerca del
-lenguaje de los ladrones en España, asunto que había excitado en gran
-manera mi curiosidad; y hasta hice algunas gestiones para conseguir
-que me dejasen entrar en la <i>Cárcel de la Corte</i>, pero encontré el
-asunto rodeado de dificultades, como hubiese dicho mi amigo Ofalia.
-Casi me alegré, pues, de la oportunidad que iba a presentárseme para
-ingresar en la cárcel, no en calidad de visi<span class="pagenum"
-id="Page_51">[p. 51]</span>tante, sino como mártir, como víctima de
-mi celo por la santa causa de la religión.</p>
-
-<p>Resolví, sin embargo, chasquear a mis enemigos por aquel día
-cuando menos, y burlar la amenaza del <i>alguacil</i> de que me prenderían
-antes de veinticuatro horas. Con este propósito me instalé para
-lo restante del día en una famosa fonda francesa de la calle
-del Caballero de Gracia<a id="FNanchor_10" href="#Footnote_10"
-class="fnanchor">[10]</a> que, por ser uno de los lugares más
-concurridos y más elegantes de Madrid, pensé, naturalmente, que sería
-el último adonde al corregidor se le ocurriría buscarme.</p>
-
-<p>A eso de las diez de la noche, María Díaz, a quien yo había dicho
-el lugar de mi refugio, llegó acompañada de su hijo, Juan López.</p>
-
-<p>—<i>Oh, señor</i>—dijo María al verme—, ya están buscándole a usted;
-el <i>alcalde</i> del <i>barrio</i>, con una gran <i>comitiva</i> de <i>alguaciles</i> y
-gente así, acaba de presentarse en casa con la orden de arrestarle a
-usted, dictada por el <i>corregidor</i>. Han registrado toda la casa, y al
-no encontrarle se han enfadado mucho. ¡Ay de mí! ¿Qué va a ocurrir si
-le encuentran?</p>
-
-<p>—No tema usted nada, buena María—dije yo—. Se le olvida a usted
-que soy inglés; también se le olvida al <i>corregidor</i>. Préndame
-cuando quiera, esté usted segura de que se<span class="pagenum"
-id="Page_52">[p. 52]</span> daría por muy contento dejándome escapar.
-Por ahora, sin embargo, le permitiremos seguir su camino; parece que
-se ha vuelto loco.</p>
-
-<p>Dormí en la fonda, y en la mañana del día siguiente acudí a la
-embajada, donde tuve una entrevista con sir Jorge, a quien referí
-detalladamente el suceso. Díjome que le costaba trabajo creer que
-el <i>corregidor</i> abrigase intenciones serias de prenderme: en primer
-lugar, porque yo no había cometido delito alguno; y en segundo,
-porque yo no estaba bajo la jurisdicción de aquel funcionario, sino
-bajo la del capitán general, único que tenía atribuciones para
-resolver en asuntos tocantes a los extranjeros, y ante quien debía yo
-comparecer acompañado del cónsul de mi país.</p>
-
-<p>—Sin embargo—añadió—, no se sabe hasta dónde son capaces de llegar
-los jaques que ocupan el poder. Por tanto, si tiene usted algún
-temor, le aconsejo que permanezca unos días en la embajada como
-huésped mío, y aquí estará usted completamente a salvo.</p>
-
-<p>Le aseguré que no tenía miedo alguno, porque estaba ya muy
-acostumbrado a semejantes aventuras. Desde la habitación de sir Jorge
-me dirigí a la del primer secretario, Mr. Southern, con quien entré
-en conversación. Apenas llevaba allí un minuto, cuando Francisco,
-mi criado, irrumpió en el<span class="pagenum" id="Page_53">[p.
-53]</span> cuarto casi sin aliento y agitadísimo, exclamando en
-vascuence:</p>
-
-<p>—<i>Niri jauna</i>, los <i>alguaciloac</i> y los <i>corchetoac</i> y los demás
-<i>lapurrac</i> están otra vez en casa. Parecen medio locos; y como no
-le pueden encontrar a usted, están registrando los papeles, en la
-creencia, supongo yo, de que está usted escondido entre ellos.</p>
-
-<p>Míster Southern nos interrumpió, preguntando lo que aquello
-significaba. Se lo conté, y añadí que me proponía volver en el acto a
-mi casa.</p>
-
-<p>—Pero entonces esos hombres acaso le arresten a usted—dijo Mr.
-Southern—antes de que podamos intervenir nosotros.</p>
-
-<p>—Tengo que afrontar ese riesgo—repliqué, y un momento después me
-fuí.</p>
-
-<p>Pero, antes de llegar a la mitad de la calle de Alcalá, dos
-individuos vinieron a mí, y, diciéndome que era su prisionero, me
-mandaron seguirlos a la oficina del <i>corregidor</i>.</p>
-
-<p>Eran dos <i>alguaciles</i>, quienes, sospechando que podría entrar
-en la embajada o salir de ella, estaban en acecho por las
-inmediaciones.</p>
-
-<p>Rápidamente me volví a Francisco y le dije en vascuence que fuese
-otra vez a la embajada y contase al secretario lo que acababa de
-suceder. El pobre muchacho salió como una exhalación, no sin volver
-a medias el cuerpo de vez en cuando para amenazar con el puño y
-cubrir de improperios en vas<span class="pagenum" id="Page_54">[p.
-54]</span>cuence a los dos <i>lapurrac</i>, como llamaba a los
-<i>alguaciles</i>.</p>
-
-<p>Lleváronme a la <i>jefatura</i>, donde está el despacho del
-<i>corregidor</i>, y me introdujeron en una vasta pieza, invitándome con
-el gesto a tomar asiento en un banco de madera. Luego se me puso uno
-a cada lado. Aparte de nosotros, había en la habitación unas veinte
-personas lo menos; con toda seguridad, empleados de la casa, a juzgar
-por su aspecto. Iban todos bien vestidos, a la moda francesa en su
-mayoría; y, sin embargo, harto se notaba lo que en realidad eran:
-<i>alguaciles</i>, espías y soplones. Si Gil Blas hubiera despertado de
-su sueño de dos siglos, los hubiese reconocido sin dificultad, a
-pesar de la diferencia de trajes. Lanzábanme ojeadas al pasar, según
-recorrían la habitación de arriba a abajo; luego se reunieron en un
-corro y empezaron a cuchichear. Le oí decir a uno de ellos:</p>
-
-<p>—Entiende los siete dialectos del gitano.</p>
-
-<p>Entonces, otro, andaluz sin género de duda, a juzgar por el habla,
-dijo:</p>
-
-<p>—<i>Es muy diestro</i>; monta a caballo y tira el cuchillo tan bien
-como si fuera de mi tierra.</p>
-
-<p>Al oírlo, se volvieron todos y me miraron con interés, mezclado,
-evidentemente, de respeto, como de seguro no lo hubieran sentido
-si hubiesen pensado que yo era tan sólo un hombre de bien que daba
-testimonio en la causa de la justicia.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_55">[p. 55]</span></p>
-
-<p>Esperé pacientemente en el banco una hora lo menos, creyendo que
-me llamarían de un momento a otro a presencia del señor <i>corregidor</i>.
-Pero me figuro que no debieron de juzgarme digno de ver a tan
-eminente personaje, porque al cabo de ese tiempo un hombre de edad
-provecta—perteneciente, empero, al género <i>alguacil</i>—entró en el
-aposento y avanzó derechamente hacia mí.</p>
-
-<p>—Levántese—dijo.</p>
-
-<p>Obedecí.</p>
-
-<p>—¿Cómo es su nombre?—preguntó.</p>
-
-<p>Se lo dije.</p>
-
-<p>—Entonces—replicó mostrando un papel que tenía en la mano—,
-<i>señor</i>, su excelencia el <i>corregidor</i> manda que le llevemos a usted
-a la cárcel sin tardanza.</p>
-
-<p>Me miraba fijamente al hablar, quizás con la esperanza de verme
-caer al suelo al oír el formidable nombre de cárcel; sin embargo, me
-limité a sonreír. Entonces entregó el papel, que supongo sería la
-orden de encarcelamiento, a uno de mis dos apresadores, y, obediente
-a la seña que me hicieron, eché a andar tras ellos.</p>
-
-<p>Supe más adelante que tan pronto como sir Jorge tuvo noticia
-de mi arresto envió al secretario de la legación, Mr. Southern, a
-visitar al corregidor, y estuvo haciendo antesala la mayor parte
-del tiempo que yo permanecí en la jefatura. Al pedir audiencia al
-<i>corregidor</i> se proponía darle sus quejas y se<span class="pagenum"
-id="Page_56">[p. 56]</span>ñalarle los peligros a que se exponía con
-el paso temerario que acababa de dar. El corregidor, muy terco, se
-negó a recibirle, pensando quizás que avenirse a razones redundaría
-en menoscabo de su dignidad; pero su conducta me favoreció por modo
-eficacísimo, porque después de tal ejemplo de gratuita insolencia
-nadie puso en duda la injusticia y el atropello de que me había hecho
-víctima.</p>
-
-<p>Los <i>alguaciles</i> me llevaron por la Plaza Mayor a la Cárcel de
-la Corte, que así se llama. Al cruzar la plaza recordé que, en los
-buenos tiempos pasados, la Inquisición de España acostumbraba a
-celebrar allí sus solemnes <i>autos de fe</i>, y eché una mirada a los
-balcones de la Casa de la Villa, desde donde presenció el último rey
-de la dinastía austriaca el auto más solemne que se recuerda, y,
-después de ver quemar por grupos de cuatro o de cinco unos treinta
-herejes, hombres y mujeres, se enjugó el rostro, sudoroso por el
-calor y ennegrecido por el humo, y tranquilamente preguntó: «<i>¿No hay
-más?</i>»; ejemplar prueba de paciencia muy aplaudida por sus curas y
-confesores, que, andando el tiempo, le envenenaron.</p>
-
-<p>—Y aquí estoy yo—iba yo pensando—, que he hecho en contra
-del papismo más que todos los pobres cristianos martirizados en
-esta maldita plaza, enviado simplemente a la cárcel, de la que
-estoy seguro de salir den<span class="pagenum" id="Page_57">[p.
-57]</span>tro de pocos días con buena opinión y aplauso. ¡Papa de
-Roma! Creo que sigues siendo tan maligno como siempre; pero de
-tan escaso poder, que da lástima. Te estás quedando paralítico,
-<i>Batuschca</i>, y tu cayado se ha convertido en una muleta.</p>
-
-<p>Llegamos a la cárcel, sita en una calle estrecha, no lejos de la
-Plaza Mayor. Entramos en un pasadizo obscuro, a cuyo extremo había
-una verja. Llamaron mis conductores, y un rostro feroz se dejó ver
-a través de la verja; hubo un cambio de palabras, y a los pocos
-momentos me encontré dentro de la cárcel de Madrid, en una especie
-de corredor abierto a considerable altura sobre un patio, de donde
-subía fuerte rumor de voces y, en ocasiones, gritos y clamores
-salvajes. En el corredor, que servía como de oficina, había varias
-personas, una de ellas sentada detrás de un pupitre; hacia ella
-fueron los <i>alguaciles</i>, y, después de hablar un rato en voz baja,
-pusieron en sus manos la orden de arresto. La leyó con atención, y,
-levantándose después, se me acercó. ¡Qué tipo! Tendría unos cuarenta
-años, y su estatura hubiera sido de unos seis pies y dos pulgadas
-a no ir encorvado en forma que parecía una ese. Era más delgado
-que un hilo; diríase que un soplo de aire bastaba para llevárselo.
-Su rostro hubiera sido hermoso sin tan portentosa y extraordinaria
-delgadez. Tenía la nariz aguileña; los dientes blancos como<span
-class="pagenum" id="Page_58">[p. 58]</span> el marfil; negros los
-ojos—¡oh, qué negrura!—, de muy extraña expresión; atezada la piel,
-y el pelo de la cabeza como las plumas del cuervo. Sus facciones
-dilatábanse de continuo por una sonrisa profunda y tranquila, que con
-toda su tranquilidad era una sonrisa cruel, muy propia del semblante
-de un Nerón. «<i>Mais en revanche personne n’étoit plus honnête.</i>»</p>
-
-<p>—<i>Caballero</i>—dijo—, permítame usted que me presente yo mismo: soy
-el <i>alcaide</i> de esta cárcel. Veo por este papel que durante cierto
-tiempo, muy corto, sin duda, tendré el honor de que me haga compañía
-bajo este techo; espero que desechará usted de su ánimo todo temor.
-Me encargan que le trate a usted con todo el respeto debido a la
-ilustre nación a que pertenece y a que tiene derecho un caballero
-de tan elevada condición. La verdad es que el encargo está de más,
-pues por mi propio impulso hubiera tenido yo gran placer en colmarle
-de atenciones y comodidades. <i>Caballero</i>, debe usted considerarse
-aquí más como huésped que como preso. Puede usted correr toda la
-casa a su antojo. Aquí encontrará usted cosas no del todo indignas
-de la atención de un espíritu reflexivo. Le ruego que disponga de
-los llaveros y empleados como de sus criados propios. Ahora voy
-a tener el honor de llevarle a su habitación, la única que hay
-vacía. La reservamos siempre<span class="pagenum" id="Page_59">[p.
-59]</span> para caballeros distinguidos. De nuevo me congratulo de
-que las órdenes recibidas coincidan con mi inclinación personal. No
-se le pondrá a usted cuenta ninguna, aunque el alquiler diario de
-ese cuarto llega a veces a una onza de oro. Le ruego, pues, que me
-siga, caballero, y me considere en todos tiempos y ocasiones como su
-afectísimo y obediente servidor.</p>
-
-<p>Al decir esto, se quitó el sombrero y me hizo una profunda
-reverencia.</p>
-
-<p>Tal fué el discurso del <i>alcaide</i> de la cárcel de Madrid, discurso
-pronunciado en puro y sonoro castellano, con mucho reposo, gravedad
-y casi dignidad; discurso que hubiera hecho honor a un magnate de
-ilustre cuna, a monsieur Bassompierre recibiendo en la Bastilla a un
-príncipe italiano, o al gobernador de la Torre de Londres recibiendo
-a un duque inglés acusado de alta traición. Pues bien: ¿quién era
-este <i>alcaide</i>? Uno de los mayores tunantes de España. Un individuo
-que más de una vez, por su rapacidad y avaricia, y por mermar las
-miserables raciones de los presos, había provocado insurrecciones en
-el patio, sofocadas en sangre con ayuda de la fuerza militar; un tipo
-de baja extracción, que cinco años antes era tambor en una partida
-de voluntarios realistas. Pero España es el país de los caracteres
-extraordinarios.</p>
-
-<p>Seguí al <i>alcaide</i> hasta el final del corre<span class="pagenum"
-id="Page_60">[p. 60]</span>dor, donde había una verja muy espesa,
-y a cada lado de ella estaba sentado un llavero, tipos de horrenda
-catadura. Se abrió la verja, y, volviendo a la derecha, seguimos por
-otro corredor, donde había mucha gente paseándose: presos políticos,
-según supe más tarde. Al final del corredor, que abarcaba toda la
-longitud del <i>patio</i>, entramos en otro; la primer habitación que
-encontramos era la que me habían destinado. El aposento, espacioso
-y alto de techo, estaba en absoluto desprovisto de muebles, con
-excepción de una cuba de madera, destinada a contener mi ración
-diaria de agua.</p>
-
-<p>—<i>Caballero</i>—dijo el <i>alcaide</i>—, como usted ve, el cuarto está
-desamueblado. Ya son las tres de la <i>tarde</i>; por tanto, le aconsejo
-a usted que, sin descuidarse, envíe a buscar a su posada una cama y
-las demás cosas que pueda necesitar; el <i>llavero</i> le hará a usted la
-cama. <i>Caballero</i>, adiós, hasta otra vista.</p>
-
-<p>Seguí su consejo, y escribí con lápiz una nota a María Díaz,
-enviándosela por el <i>llavero</i>; hecho esto, me senté en la cuba, y caí
-en una especie de ensueño que me duró mucho tiempo.</p>
-
-<p>Al cerrar la noche llegó María Díaz, acompañada de dos mozos de
-cordel y de Francisco, todos cargados. Encendieron una lámpara,
-echaron lumbre en el brasero, y la melancolía de la cárcel se disipó
-hasta cierto punto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_61">[p. 61]</span></p>
-
-<p>Cuando tuve silla donde sentarme, me levanté de la cuba y me
-puse a despachar algunos manjares que mi buena patrona no se había
-olvidado de traerme. De pronto, Mr. Southern entró. Se echó a reír de
-buena gana al verme ocupado en la forma que he dicho.</p>
-
-<p>—Borrow—me dijo—, es usted hombre muy a propósito para correr
-mundo, porque todo lo toma usted con frialdad y como la cosa más
-natural. Pero lo que más me sorprende en usted es el gran número
-de amigos que tiene; no le falta a usted en la cárcel gente que se
-afane por su bienestar. Hasta su criado es amigo de usted, en lugar
-de ser, como en general ocurre, su peor enemigo. Ese vascongado es
-una criatura muy noble. No olvidaré nunca cómo habló de usted cuando
-llegó corriendo a la Embajada a llevar la noticia de su arresto.
-Tanto a sir Jorge como a mí, nos interesó mucho; si alguna vez desea
-usted separarse de él, avíseme, para tomarlo a mi servicio. Pero
-hablemos de otra cosa.</p>
-
-<p>Entonces me contó que sir Jorge había ya enviado a Ofalia una nota
-oficial pidiendo reparaciones por el caprichoso ultraje cometido en
-la persona de un súbdito británico.</p>
-
-<p>—Estará usted en la cárcel esta noche—dijo—; pero tenga la
-seguridad de que mañana, si lo desea, puede salir de aquí en
-triunfo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_62">[p. 62]</span></p>
-
-<p>—De ningún modo lo deseo—repliqué—. Me han metido en la cárcel por
-hacer su capricho, y yo me propongo permanecer en ella por hacer el
-mío.</p>
-
-<p>—Si el tedio de la cárcel no puede más que usted—dijo Mr.
-Southern—, creo que esa resolución es la más conveniente; el Gobierno
-se ha comprometido de mala manera en este asunto, y, hablando con
-franqueza, no lo sentimos, ni mucho menos. Esos señores nos han
-tratado más de una vez con excesiva desconsideración, y ahora se
-nos presenta, si continúa usted firme, una excelente oportunidad
-de humillar su insolencia. Voy al instante a decir a sir Jorge
-la resolución de usted, y mañana temprano tendrá usted noticias
-nuestras.</p>
-
-<p>Con esto se despidió de mí; me acosté, y no tardé en dormirme en
-la cárcel de Madrid.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_63">[p. 63]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XL</h2>
- <p class="subhang">
- Ofalia. — El juez. — Cárcel de la Corte. — El domingo en la cárcel.
- — Vestimenta de los ladrones. — Padre e hijo. — Un comportamiento
- característico. — El francés. — La ración carcelaria. — El valle de
- las sombras. — Castellano puro. — Balseiro. — La cueva. — La gloria
- del ladrón.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">O</span><span class="smcap">falia</span>
-comprendió en seguida que la prisión de un súbdito británico,
-hecha en forma tan ilegal, traería probablemente consecuencias
-graves. Si él en persona animó al <i>corregidor</i> en su conducta
-respecto de mí, es cosa imposible de decidir; probablemente, no lo
-hizo; pero el corregidor era un funcionario de su elección, y de
-sus actos eran hasta cierto punto responsables Ofalia y todo el
-Gobierno. Sir Jorge había presentado ya una protesta muy enérgica,
-y había llegado a decir en una nota oficial que desistiría de toda
-ulterior comunicación con el Gobierno español mientras no se me
-dieran las reparaciones amplias y completas a que tenía derecho
-por el atropello sufrido. Ofalia respondió que iban a adoptarse
-inmedia<span class="pagenum" id="Page_64">[p. 64]</span>tamente las
-disposiciones necesarias para mi excarcelación, y que mía sería la
-culpa si después continuaba preso. Sin dilación ordenó a un <i>juez de
-la primera instancia</i> que fuese a tomarme declaración y me soltara,
-amonestándome para que fuese más prudente en lo sucesivo. Pero mis
-amigos de la Embajada me habían aconsejado lo que debía hacer en
-aquel caso. Por consiguiente, cuando el <i>juez</i>, en la segunda noche
-de mi encarcelamiento, se presentó en la prisión y me llamó a su
-presencia, acudí, en efecto; pero al querer interrogarme, me negué en
-redondo a contestar.</p>
-
-<p>—No tiene usted derecho para interrogarme—le dije—. No quiero
-faltar al respeto debido al Gobierno y a usted, <i>caballero juez</i> pero
-me han encarcelado ilegalmente. Un jurista tan competente como usted
-no puede ignorar que, conforme a las leyes españolas, yo, por ser
-extranjero, no puedo ser llevado a la cárcel bajo la inculpación que
-se me ha hecho, sin comparecer previamente ante el capitán general de
-esta real ciudad, cuyo deber es proteger a los extranjeros y ver si
-no se han infringido en sus personas las leyes de la hospitalidad.</p>
-
-<p><span class="smcap">Juez.</span>—Vaya, vaya, <i>Don Jorge</i>, ya veo
-adónde quiere ir a parar; pero sea usted razonable: no le hablo
-como <i>juez</i>, sino como un amigo que desea su bien y que siente
-profunda reverencia por la nación británica.<span class="pagenum"
-id="Page_65">[p. 65]</span> Todo este asunto es baladí; no niego
-que el jefe político ha procedido con alguna ligereza por informes
-de una persona quizás no muy digna de crédito; pero no se le han
-causado a usted graves daños, y a una persona de mundo como usted
-una aventurilla de este género más le sirve de diversión que de
-otra cosa. Sea usted razonable, olvide lo ocurrido; ya sabe que lo
-propio de un cristiano, y además su deber, es perdonar. Le aconsejo,
-<i>Don Jorge</i>, que salga de la cárcel al momento; me atrevo a decir
-que ya está usted cansado de ella. En este momento es usted libre
-de marcharse; váyase al punto a su casa, y yo le prometo a usted
-que a nadie se le permitirá ir a molestarle en lo sucesivo. Ya va
-siendo tarde, y las puertas de la cárcel se cerrarán dentro de poco.
-<i>¡Vamos, Don Jorge, a la casa, a la posada!</i></p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Pero Pablo les dijo: «Nos han
-azotado públicamente sin oírnos en juicio, siendo romanos, y nos
-han arrojado en la cárcel. ¿Y ahora salen con soltarnos en secreto?
-No ha de ser así; sino que han de venir y soltarnos ellos mismos»<a
-id="FNanchor_11" href="#Footnote_11" class="fnanchor">[11]</a>.</p>
-
-<p>Luego le hice una reverencia al juez, que se encogió de hombros y
-tomó un polvo de tabaco. Al salir del aposento me volví al <i>alcaide</i>,
-que estaba de pie en la puerta, y le dije:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_66">[p. 66]</span></p>
-
-<p>—Sepa usted que no saldré de esta cárcel hasta que haya recibido
-plena satisfacción del atropello que sufro. Usted puede expulsarme,
-si quiere; pero cualquier intento que usted haga lo resistiré con
-todas mis fuerzas.</p>
-
-<p>—Usía tiene razón—dijo en voz baja el alcaide, inclinándose.</p>
-
-<p>Sir Jorge, al enterarse de esto, me escribió una carta alabando mi
-resolución de permanecer por el pronto en la cárcel, y rogándome que
-le dijese qué cosas podrían enviarme de la Embajada para aliviar un
-poco mi situación.</p>
-
-<p>Voy a dejar por un momento mis asuntos personales, y contaré
-algunas cosas relativas a la cárcel de Madrid y a sus huéspedes.</p>
-
-<p>La <i>Cárcel de la Corte</i>, donde yo estaba, aunque es la principal
-prisión de Madrid, no dice nada, ciertamente, en favor de la capital
-de España. No he tenido ocasión de averiguar si fué construída
-precisamente para el destino que hoy tiene<a id="FNanchor_12"
-href="#Footnote_12" class="fnanchor">[12]</a>; lo probable es que no,
-porque la práctica de levantar edificios adecuados para encarcelar
-a los delincuentes no se ha extendido hasta estos últi<span
-class="pagenum" id="Page_67">[p. 67]</span>mos años. En todos los
-países ha sido costumbre convertir en prisiones los castillos,
-conventos y palacios abandonados, práctica todavía en vigor en la
-mayor parte del continente, sobre todo en España e Italia, y a la
-cual se debe en buena parte la inseguridad de las prisiones, y la
-miseria, suciedad e insalubridad que generalmente reinan en ellas.</p>
-
-<p>No me propongo describir detenidamente la cárcel de Madrid: verdad
-que sería casi imposible describir un edificio tan irregular y
-destartalado. Lo más característico son los dos patios, el uno detrás
-del otro, destinados al recreo y aireación de la masa principal de
-presos. Tres <i>calabozos</i> abovedados ocupan tres lados del patio,
-debajo justamente de las galerías de que antes hablé. Esos calabozos
-tienen capacidad para ciento o ciento cincuenta presos cada uno, y
-en ellos quedan encerrados por la noche con cerrojos y barras; pero
-durante el día pueden vagar por los patios a su antojo. El segundo
-patio era mucho más grande que el primero; pero sólo contenía dos
-calabozos, horriblemente inmundos y repugnantes; en este segundo
-patio se encierra a los ladrones de ínfima categoría. Uno de los
-calabozos es, si cabe, más horrible que el otro; le llaman la
-<i>gallinería</i>, y en él encerraban todas las noches la carne joven
-del presidio: chicuelos infelices de siete a quince años de<span
-class="pagenum" id="Page_68">[p. 68]</span> edad, casi todos en la
-mayor desnudez. El lecho común de los huéspedes de estos calabozos
-era el suelo, sin que entre él y sus cuerpos se interpusiese nada,
-salvo a veces una <i>manta</i> o un delgado jergón; pero este último lujo
-era rarísimo.</p>
-
-<p>Además de los <i>calabozos</i> que daban a los patios, había otros en
-diversos sitios de la cárcel; algunos completamente en tinieblas,
-destinados a recibir a quienes parecía conveniente tratar con
-especial rigor. Había también un departamento para mujeres. A la
-galería principal daban varios aposentos pequeños, donde residían
-los presos por deudas o por delitos políticos. Por último, había una
-pequeña capilla, donde los reos de muerte pasan los tres últimos días
-de su existencia, en compañía de sus directores espirituales.</p>
-
-<p>No se me olvidará fácilmente el primer domingo que pasé en la
-cárcel. El domingo es día de gala en la cárcel, al menos en la de
-Madrid, y en ese día santo toda la ladronería de la cárcel exhibe
-sus galas y primores. No hay en el mundo gente más vanidosa que los
-ladrones, en general, ni más amiga de figurar y de llamar la atención
-de los camaradas por su apariencia fastuosa. En tiempos pasados, el
-célebre Sheppard se recreaba vistiendo un traje de terciopelo de
-Génova, y cuando se presentaba en público, llevaba generalmente al
-costado una espada<span class="pagenum" id="Page_69">[p. 69]</span>
-con guarnición de plata. Vaux y Hayward, héroes más modernos, eran
-los hombres mejor vestidos en el <i>pavé</i> de Londres. Muchos bandidos
-italianos se engalanan con esplendidez, y hasta los ladrones gitanos
-sienten los encantos del vestir ricamente; sólo el gorro de Haram
-Pasha, jefe de la partida de gitanos caníbales que infestó a Hungría
-a fines del siglo pasado, llevaba adornos de oro y joyas evaluados
-en cuatro mil guilders. ¡Vean los frívolos y vanidosos cuán bien se
-armonizan el crimen y la vanidad! Los ladrones españoles son tan
-amigos de este género de ostentación como sus hermanos de otras
-tierras, y tanto en la cárcel como fuera de ella, su mayor contento
-es lucir su profusión de ropa blanca, ya recostados al sol, ya
-paseándose gentilmente de aquí para allá.</p>
-
-<p>Ropa blanca como la nieve: tal es el rasgo principal de la vanidad
-de los ladrones de España. No llevan chaqueta encima de la camisa,
-cuyas mangas son anchas y flotantes; sólo usan un chaleco de seda
-verde o azul, con muchos botones de plata, que son más de adorno que
-de uso, pues rara vez los abrochan. Llevan, además, calzones anchos,
-un poco a la manera turca; rodeada a la cintura una <i>faja</i> carmesí,
-y anudado en torno de la cabeza un pañuelo de vivos colores, de los
-telares de Barcelona; zapatos finos y medias de seda completan el
-arreo<span class="pagenum" id="Page_70">[p. 70]</span> del ladrón.
-Este vestido es bastante pintoresco, y muy apropiado al tiempo
-soleado y brillante de la Península; pero hay en él una chispa de
-afeminamiento, que cuadra mal con el arriesgado oficio de ladrón. No
-se crea, sin embargo, que cualquier ladrón puede permitirse semejante
-lujo: hay varias categorías de ladrones, algunos bastante pobres,
-que apenas tienen un harapo para cubrirse. Quizás en la cárcel
-de Madrid, tan poblada, no hubiera más de veinte que aparecieran
-vestidos en la forma que he tratado de describir; eran <i>gente de
-reputación</i>, ladrones encumbrados, casi todos jóvenes, que si bien
-no tenían dinero propio, los sostenían en la posición sus <i>majas</i> y
-<i>amigas</i>, mujeres de cierta clase que traban amistad con los ladrones
-y cuya mayor gloria y deleite consiste en satisfacer la vanidad de
-sus amigos con los gajes de su propia vergüenza y envilecimiento.
-Estas mujeres proveen a sus <i>cortejos</i> de ropa nívea, lavada quizás
-por sus propias manos en las aguas del Manzanares, para la parada
-del domingo, momento en que ellas, vestidas <i>a la maja</i>, aparecen
-en las galerías altas y miran con ojos de admiración a los ladrones
-pavoneándose en el patio.</p>
-
-<p>Entre esta gente de la ropa nívea, dos tipos llamaron
-especialmente mi atención: eran padre e hijo. El primero, de
-unos treinta años, de atlética estatura, era ladrón noc<span
-class="pagenum" id="Page_71">[p. 71]</span>turno, famoso por su
-habilidad en el oficio. Hallábase preso por una muerte atroz,
-perpetrada, a favor de una noche silenciosa, en una casa de
-Carabanchel, donde tuvo por único cómplice a su hijo, un niño de
-menos de siete años de edad. «La manzana—como dice Dauer—no ha caído
-lejos del árbol.» El retoño era en un todo un traslado de su padre,
-aunque en miniatura. Llevaba también las mangas de seda, el chaleco
-con botones de plata y el pañuelo rodeado a la cabeza, como los
-ladrones, y, cosa bastante ridícula, un enorme cuchillo manchego en
-la <i>faja</i> carmesí. Con toda evidencia, era el orgullo del rufián de
-su padre, que atendía con todos los cuidados imaginables a aquella
-cría de la horca; le columpiaba en sus rodillas, y a veces se quitaba
-el cigarro de sus labios bigotudos para ponérselo en la boca al
-pequeñuelo. El chico era el favorito del patio, porque su padre era
-uno de los <i>valientes</i> de la cárcel, y los que temían sus proezas y
-deseaban serle agradables estaban siempre mimando a su hijo. ¡Qué
-enigma es este mundo! ¡Qué obscuras y misteriosas las fuentes de
-lo que llaman crimen y virtud! Si aquel desventurado niño es, con
-el tiempo, un asesino como su padre, ¿podría culpársele por ello?
-Arrullado por ladrones, ya vestido de ladrón, hijo de un ladrón cuya
-historia fué quizás igual a ésta, ¿es justo...?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_72">[p. 72]</span></p>
-
-<p>¡Oh hombre! ¡Hombre! No intentes penetrar en el misterio del bien
-y del mal morales; reconoce que eres un gusano, arrójate al suelo y
-murmura con los labios pegados al polvo: ¡Jesús! ¡Jesús!</p>
-
-<p>Lo que más me sorprendió fué el buen comportamiento de los
-presos; lo llamo bueno después de considerar bien todas las cosas
-y de compararlo con el de la generalidad de los presos en otros
-países. Tienen en ocasiones sus estallidos de alegría salvaje, sus
-riñas, que habitualmente ventilan en el segundo patio cuchillo en
-mano; el resultado suele ser con frecuencia una muerte, o algún
-desgarrón espantoso en la cara o en el abdomen; pero, en general,
-su conducta era infinitamente superior a lo que podía esperarse de
-los huéspedes de tal lugar. Sin embargo, no era el resultado de la
-coacción, ni de vigilancia alguna especial que se ejerciese sobre
-ellos, pues quizás en ninguna parte del mundo están los presos tan
-abandonados a sí mismos y en tan extremado descuido como en España:
-las autoridades no se preocupan más que de impedir su fuga; no
-prestan la más mínima atención a su conducta moral, ni consagran un
-solo pensamiento a su salud, comodidad o mejoramiento mental mientras
-los tienen encerrados. Con todo, en esta cárcel de Madrid, y puede
-decirse que en las prisiones españolas en general, pues he sido
-huésped de más<span class="pagenum" id="Page_73">[p. 73]</span>
-de una, los oídos del visitante no se sienten nunca lastimados con
-las horrendas blasfemias y obscenidades que se oyen en las cárceles
-de otros países, especialmente en las de la civilizada Francia;
-ni ofendidos sus ojos e insultado personalmente, como lo sería de
-seguro en Bicêtre al querer mirar al patio desde las galerías, y
-eso que en la cárcel de Madrid se hallaban tipos de lo más perdido
-de España, rufianes que tenían a su cargo atrocidades y crueldades
-espeluznantes. Pero la gravedad y la calma son los caracteres
-que predominan en los españoles; y hasta el ladrón, salvo en los
-instantes en que está entregado a sus faenas (y entonces no le hay
-más sanguinario, más despiadado ni más rapaz y ansioso de botín),
-puede ser hombre cortés y afable, que gusta de conducirse con
-templanza y decoro.</p>
-
-<p>Felizmente para mí, quizás, mi conocimiento con los rufianes de
-España comenzó y acabó en las ciudades por donde anduve y en las
-prisiones en que fuí arrojado por la causa del Evangelio, y, a pesar
-de mis frecuentes viajes, nunca me los encontré en los caminos ni en
-<i>despoblado</i>.</p>
-
-<p>El preso de peor genio en toda la cárcel, y también probablemente
-el más notable, era un francés como de sesenta años, de estatura
-regular, pero delgado, como casi todos sus compatriotas. La hechura
-del cráneo delataba, para un frenólogo, la vileza del<span
-class="pagenum" id="Page_74">[p. 74]</span> sujeto; sus facciones
-tenían muy dañada expresión. No llevaba sombrero, y sus vestidos,
-aunque parecían casi nuevos, eran de lo más ordinario. Por lo general
-manteníase apartado de los demás, y se pasaba horas enteras de pie
-recostado en las paredes, con los brazos caídos, mirando con ojos
-de mal humor a cuantos pasaban por delante. No figuraba entre los
-<i>valientes</i> de profesión de la cárcel: su edad no le permitía ya
-asumir tan eminente calidad; pero todos los demás presos parecían
-tratarle con cierto temor: quizás temían su lengua, pues, en
-ocasiones, empleábala en verter maldiciones horrendas sobre los que
-incurrían en su desagrado. Hablaba a la perfección en buen español
-y, con gran sorpresa mía, en excelente vascuence, y en esta lengua
-conversaba con Francisco, quien, asomándose a la ventana de mi
-cuarto, bromeaba con los presos del patio, que le tenían en gran
-aprecio.</p>
-
-<p>Un día, estando en el <i>patio</i>, donde por permiso del <i>alcaide</i>
-podía entrar cuando quería, me acerqué al francés, que estaba, como
-de costumbre, recostado en la pared, y le ofrecí un cigarro. Yo no
-fumo, pero no debe uno mezclarse con las clases bajas de España sin
-llevar un cigarro que ofrecer llegado el caso. El hombre me miró con
-ferocidad un instante, y, al parecer, iba a rechazar mi obsequio con
-una horrible maldición quizás. Repetí el ofrecimiento, sin embargo,
-lleván<span class="pagenum" id="Page_75">[p. 75]</span>dome la mano
-al corazón, y en el acto sus torvas facciones se dilataron, y con
-un gesto genuinamente francés, y una profunda cortesía, aceptó el
-cigarro, exclamando:</p>
-
-<p>—<i>Ah, monsieur, pardon, mais c’est faire trop d’honneur à un
-pauvre diable comme moi.</i></p>
-
-<p>—Nada de eso—repliqué—. Los dos estamos presos en tierra
-extranjera y, por tanto, debemos protegernos mutuamente. Supongo que
-siempre que necesite su ayuda de usted en la cárcel podré contar con
-ella.</p>
-
-<p>—<i>Ah, monsieur</i>—exclamó el francés transportado—, <i>vous avez bien
-raison; il faut que les étrangers se donnent la main dans ce... pays
-de barbares</i>. <i>Tenez</i>—añadió en voz baja—si tiene usted algún plan
-para escaparse, y necesita de mí, cuente con un brazo y un cuchillo
-a su servicio; puede usted fiarse de mí: no espere tanto de ninguna
-de esas <i>sacrées gens d’ici</i>—. Al decir esto echó una rabiosa mirada
-sobre sus compañeros de cárcel.</p>
-
-<p>—No me parece usted muy amigo de España ni de los españoles—dije
-yo—. Deduzco que han cometido con usted alguna injusticia. ¿Por qué
-está usted en la cárcel?</p>
-
-<p>—<i>Pour rien du tout, c’est à dire pour une bagatelle</i>; pero ¿qué
-puede esperarse de estos animales? ¿No le han encarcelado a usted,
-según he oído, por brujería y gitanismo?</p>
-
-<p>—¿Quizás le han traído aquí por sus opiniones?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_76">[p. 76]</span></p>
-
-<p>—<i>Ah mon Dieu, non; je ne suis pas homme à semblable betise.</i> Yo
-no tengo opiniones. <i>Je faisois... mais ce n’importe; je me trouve
-ici, où je crève de faim.</i></p>
-
-<p>—Siento ver a un buen hombre en situación tan calamitosa—dije yo—.
-¿No tiene usted para vivir algo más que la ración de la cárcel? ¿No
-tiene usted amigos?</p>
-
-<p>—¿Amigos en este país? Se burla usted de mí. ¡Aquí no encuentra
-uno amigos, a menos que los compre! ¡Reviento de hambre! Desde que
-entré aquí he ido vendiendo mi ropa, hasta quedarme desnudo, para
-comer, porque la ración de la cárcel no basta para el sustento, y aún
-nos roba la mitad el <i>Batu</i>, como llaman al bárbaro del gobernador.
-Les <i>haillons</i> que ahora me cubren me los han dado unas señoras
-devotas que algunas veces nos visitan. Los vendería si valiesen algo.
-No tengo un <i>sou</i>, y por falta de unos cuantos duros me ahorcarán
-dentro de un mes si no logro escaparme, aunque, como ya le dije
-antes, no he hecho nada: una simple bagatela; pero en España no hay
-peores crímenes que la pobreza y la miseria.</p>
-
-<p>—Le he oído a usted hablar en vascuence. ¿Es usted de la Vizcaya
-francesa?</p>
-
-<p>—Soy de Bordeaux, <i>monsieur</i>; pero he vivido mucho tiempo en las
-Landas y en Vizcaya, <i>travaillant à mon metier</i>. Leo en sus ojos que
-desea usted conocer mi historia; no se la cuento; no contiene nada
-de<span class="pagenum" id="Page_77">[p. 77]</span> particular. Vea
-usted, ya me he fumado el cigarro; deme usted otro, y un duro de
-añadidura, si me hace el favor, <i>nous sommes crevés ici de faim</i>.
-A un español no le diría tanto; pero sus compatriotas de usted
-me inspiran respeto; los conozco bien; he tropezado con ellos en
-Maida y en el otro sitio<a id="FNanchor_13" href="#Footnote_13"
-class="fnanchor">[13]</a>.</p>
-
-<p>¡Nada de particular en su historia! Mucho me engaño, o un solo
-capítulo de su vida, de haberse escrito, hubiera contenido más
-peripecias maravillosas que cincuenta volúmenes de aventuras por
-tierra y mar de las que más arriesgadas parezcan. Había sido soldado.
-¡Qué de cosas no podría contar aquel hombre de marchas y retiradas,
-de batallas perdidas y ganadas, de ciudades saqueadas, conventos
-allanados! Quizás había visto las llamas de Moscou subir hasta las
-nubes, y «había medido sus fuerzas con las de la Naturaleza en el
-desierto invernal», asaltado por las borrascas de nieve y mordido
-por el tremendo frío de Rusia. ¿Y qué podía significar con lo de
-ejercer su oficio en Vizcaya y en las Landas, sino que había sido
-ladrón en esas regiones agrestes, la segunda de las cuales es, por
-los robos y crímenes que en ella se cometen, la peor reputada de todo
-el territorio francés? ¿Nada de particular en su historia? Entonces,
-¿qué historia tendrá algo que valga la pena de ser contado?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_78">[p. 78]</span></p>
-
-<p>Di al preso el cigarro y el duro. Se los guardó, y dejando caer
-nuevamente los brazos, y recostándose en la pared, pareció hundirse
-poco a poco en uno de sus ensimismamientos. Le miré a la cara y le
-hablé; pero no pareció oírme ni verme. Su espíritu erraba quizás en
-el pavoroso valle de la sombra, hasta el que se abren camino a veces,
-durante su vida, los hijos de la tierra; pavoroso lugar donde no hay
-agua, ni mora la esperanza, ni vive más que el gusano imperecedero
-del remordimiento. Ese valle es un facsímil del infierno, y quien
-penetra en él sufre aquí en la tierra temporalmente lo que las almas
-de los condenados han de sufrir a través de las edades sin fin.</p>
-
-<p>El francés fué ahorcado un mes más tarde. La bagatela por que
-estaba preso eran varios robos y asesinatos cometidos mediante
-una singular estratagema. De concierto con otros dos, alquiló una
-vasta casa en un barrio poco frecuentado, y a ella mandaba que
-le enviasen géneros de valor que compraba en los comercios para
-pagarlos en el momento de la entrega, y los que iban a entregar
-pagaban su credulidad con la pérdida del género y de la vida. Dos o
-tres cayeron en el lazo. Tuve vivos deseos de hablar privadamente
-con aquel hombre tan arrojado, y, por tanto, rogué al <i>alcaide</i> que
-le permitiera comer conmigo en mi cuarto; a esto, el gobernador, a
-quien me tomaré la<span class="pagenum" id="Page_79">[p. 79]</span>
-libertad de llamar monsieur Bassompierre, por habérseme olvidado su
-verdadero nombre, se quitó el sombrero, y con sus habituales sonrisa
-y reverencias me replicó en el más puro castellano:</p>
-
-<p>—Caballero inglés, y creo que puedo añadir, amigo mío: perdóneme
-usted, pero me es del todo imposible acceder a su petición, fundada,
-no lo dudo, en los más admirables sentimientos de filosofía. A otro
-cualquiera de estos caballeros que están bajo mi custodia se le
-permitirá, cuando usted lo desee, acompañarle en su cuarto. Incluso
-llegaré a mandar que le quiten los grillos al que haya de ir con
-usted, si tuviese grillos puestos, a fin de que pueda participar en
-la comida de usted con la comodidad y holgura convenientes; pero con
-el caballero de que se trata no puedo consentirlo: es el peor de toda
-esta familia, y seguramente en la habitación de usted o en la galería
-armaría una <i>función</i> para intentar fugarse. Caballero, <i>me pesa</i>;
-pero no puedo acceder a lo que pide. Si se tratase de otro caballero
-cualquiera, lo haría con mucho gusto; el mismo Balseiro, a pesar de
-lo que de él se cuenta, sabe conducirse como es debido; en su modo de
-proceder hay siempre algo de formalidad y cortesía; si usted quiere,
-caballero, irá a disfrutar de su hospitalidad.</p>
-
-<p>Ya he hablado de Balseiro en la primera<span class="pagenum"
-id="Page_80">[p. 80]</span> parte de esta narración. Hallábase ahora
-encerrado en el piso más alto de la cárcel, en un calabozo muy
-seguro, con otros malhechores. Había sido condenado, en unión de
-un Pepe Candelas, ladrón de no corta fama, por un audacísimo robo
-cometido, en pleno día, nada menos que en la persona de la modista
-de la reina, una francesa, a quien ataron en una tienda, robándole
-dinero y géneros por valor de cinco a seis mil duros. Candelas había
-ya expiado su crimen en el patíbulo; pero Balseiro, que era, en
-opinión común, el peor de los dos bandidos, había logrado salvar la
-vida a fuerza de dinero, un aliado con que su compañero no contaba;
-le conmutaron la pena de muerte, a que fué sentenciado, por la de
-veinte años de cadena en el <i>presidio</i> de Málaga. Visité al héroe
-y conversé con él un rato a través de la reja del calabozo. Me
-reconoció y me hizo recordar la victoria que obtuve sobre él en la
-disputa acerca de nuestros respectivos conocimientos en <i>gitano</i>
-cerrado, en el que Sevilla, el torero, no tenía par.</p>
-
-<p>Al decirle que sentía verle en tal situación, me replicó que
-el asunto no tenía importancia, porque dentro de seis semanas le
-llevarían al <i>presidio</i>, y una vez allí, con ayuda de unas onzas bien
-distribuídas entre sus guardianes, se escaparía cuando quisiera.</p>
-
-<p>—Pero ¿adónde vas a ir?—le pregunté.</p>
-
-<p>—¿No puedo irme a tierra de moros—re<span class="pagenum"
-id="Page_81">[p. 81]</span>plicó Balseiro—, o con los ingleses
-al campo de Gibraltar, o, si lo prefiero, no puedo volver a este
-<i>foro</i> y vivir como hasta aquí, <i>choring</i> a los <i>gachós</i>? ¿Qué me
-cuesta esconderme? Madrid es grande, y Balseiro tiene muchos amigos,
-especialmente entre los <i>lumias</i>—añadió con una sonrisa.</p>
-
-<p>Le hablé de su malhadado cómplice Candelas, y su rostro tomó una
-expresión horrible.</p>
-
-<p>—Supongo que estará en los infiernos—exclamó el ladrón.</p>
-
-<p>La amistad del inicuo nunca es de larga duración. Los dos héroes
-regañaron, a lo que parece, en la cárcel, acusándole Candelas al otro
-de haber procedido con mala fe y haberse apropiado indebidamente,
-para su disfrute personal, el <i>corpus delicti</i> en varios robos
-cometidos en compañía.</p>
-
-<p>No puedo resistir al deseo de contar las aventuras ulteriores de
-Balseiro.</p>
-
-<p>Poco después de mi salida de la cárcel, Balseiro, con poca
-paciencia para esperar a que el <i>presidio</i> le ofreciese la ocasión
-de recobrar la libertad, agujereó el techo de la cárcel, y en
-compañía de otros penados se fugó. Volvió al instante a sus primeros
-hábitos, cometiendo muchos robos atrevidos dentro de Madrid y en los
-alrededores. Voy a referir el último, al que puedo llamar su crimen
-maestro, singular ejemplo de maldad. Los robos callejeros y el escalo
-no le<span class="pagenum" id="Page_82">[p. 82]</span> satisfacían,
-y resolvió dar un gran golpe con el que esperaba ganar dinero
-suficiente para irse a vivir con lujo y esplendor a cualquier país
-extranjero.</p>
-
-<p>Había cierto intendente de la Casa Real, llamado Gabiria, vasco
-de nacimiento y dueño de inmensas riquezas, que tenía dos hijos, dos
-guapos chicos de doce a catorce años de edad, a quienes yo había
-visto a menudo y hasta hablado con ellos en mis correrías por la
-orilla del Manzanares, su paseo favorito. Los dos muchachos estaban
-educándose, en aquel tiempo, en cierto colegio de Madrid. Balseiro,
-conocedor del cariño que su padre les tenía, determinó servirse
-de él en provecho de su rapacidad. Trazó un plan, que consistía
-ni más ni menos que en secuestrar a los chicos y no devolverlos
-sino mediante un rescate enorme. El plan fué ejecutado en parte:
-dos cómplices de Balseiro, bien vestidos, llamaron a la puerta
-del colegio donde estaban los chicos, y valiéndose de una carta
-falsificada, que dieron como escrita por el padre, arrancaron al
-director del colegio el permiso para llevarse a los chicos a pasar
-un día de campo. A unas cinco leguas de Madrid, Balseiro tenía una
-cueva, en un lugar solitario y agreste, entre El Escorial y un pueblo
-llamado Torrelodones; allí llevaron a los muchachos, donde quedaron
-bajo la custodia de los dos cómplices; Balseiro permaneció<span
-class="pagenum" id="Page_83">[p. 83]</span> en Madrid con objeto
-de entrar en negociaciones con el padre. Pero éste, hombre de
-notable resolución, en lugar de acceder a las peticiones del bandido
-formuladas por carta, adoptó sin perder tiempo medidas muy enérgicas
-para recobrar sus hijos.</p>
-
-<p>Envióse gente a pie y a caballo a recorrer la comarca, y antes
-de una semana descubrieron a los muchachos cerca de la cueva,
-abandonados por sus guardianes, que cogieron miedo al enterarse de
-la resolución con que los buscaban; no tardaron en detenerlos, sin
-embargo, y los muchachos reconocieron a sus secuestradores.</p>
-
-<p>Balseiro comprendió que Madrid se ponía inhabitable para él,
-y quiso escaparse, no sé si a la tierra del moro o al Campo de
-Gibraltar; pero reconocido en un pueblo cercano a Madrid, fué preso,
-y sin tardanza llevado a la capital, donde a poco perdió la vida en
-el patíbulo con sus dos cómplices; Gabiria y sus hijos presenciaron
-la horrible escena a sus anchas, subidos en un carruaje.</p>
-
-<p>Tal fin tuvo Balseiro, de quien no hubiera hablado tanto a no
-ser por lo del <i>gitano</i> cerrado. ¡Pobre desventurado! Conquistó el
-género de inmortalidad a que aspiran tantos ladrones españoles,
-mientras lucen su nívea ropa blanca pavoneándose en el <i>patio</i>. El
-rapto de los hijos de Gabiria le convirtió de golpe en ídolo de
-toda la cofradía. Un ladrón famoso, con quien más adelante es<span
-class="pagenum" id="Page_84">[p. 84]</span>tuve yo encarcelado en
-Sevilla, pronunció su elogio en esta forma:</p>
-
-<p>—Balseiro era un hombre muy cabal y muy buena persona. Hacía
-cabeza de nuestro gremio, <i>Don Jorge</i>; ya no volveremos a verle.
-¡Lástima que no pudiera sacar el <i>parné</i> y escaparse a tierra de
-moros, <i>Don Jorge</i>!</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_85">[p. 85]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XLI</h2>
- <p class="subhang">
- María Díaz. — Reproches del clero. — Visita de Antonio. — Antonio
- en funciones. — Una escena. — Benedicto Mol. — Su peregrinación por
- España. — Los cuatro Evangelios.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">—S</span><span class="smcap">epamos</span>—dije
-a María Díaz tres mañanas después de mi encarcelamiento—. ¿Qué dice
-en Madrid la gente a propósito de este suceso?</p>
-
-<p>—No sé lo que la gente, en general, dirá; probablemente no le
-importará esto gran cosa. La verdad, son ya cosa tan corriente las
-prisiones, que el público parece que las mira con indiferencia; pero
-los curas andan muy revueltos, y confiesan la imprudencia que han
-cometido al hacer que su amigo el <i>corregidor</i> le prenda a usted.</p>
-
-<p>—¿Cómo es eso? ¿Temen que castiguen a su amigo?</p>
-
-<p>—No tal, <i>señor</i>—replicó María—Eso les importaría poco, aunque el
-corregidor se la haya buscado buena por servirlos; esa gente no tiene
-afectos, y no se les daría un ardite que colgasen a todos sus amigos,
-quedando<span class="pagenum" id="Page_86">[p. 86]</span> ellos en
-salvo. Pero dicen que han procedido de ligero al meterle a usted en
-la cárcel, porque al hacer eso le han dado a usted ocasión de poner
-en práctica un plan antiguo. «Ese individuo es un <i>bribón</i>—dicen—.
-Se ha hecho amigo de los presos, y le han enseñado su lengua, que ya
-hablaba casi tan bien como si hubiera nacido en la cárcel. En cuanto
-le pongan en libertad publicará un Evangelio para que lo lean los
-ladrones, y será mucho más peligroso que el Evangelio en gitano,
-porque los gitanos son pocos, pero los ladrones...! ¡Ay de nosotros!
-¡Todos vamos a ser luteranizados! ¡Qué infamia, qué picardía! Todo
-esto ha sido una treta suya. Siempre ha tenido ganas de ir a la
-cárcel <i>el bribonazo</i>; en mal hora le hemos metido en ella. España
-no estará segura hasta que le ahorquen; hay que mandarle al quinto
-infierno, y allí tendrá tiempo de traducir sus fatales Evangelios al
-lenguaje de los demonios.»</p>
-
-<p>—No le he dicho al <i>alcaide</i> arriba de tres palabras acerca de la
-jerga de las cárceles.</p>
-
-<p>—¿Tres palabras? <i>Don Jorge</i>, ¿qué no se puede hacer con esas
-tres palabras? De poco le ha servido a usted vivir entre nosotros si
-cree que necesitamos más de tres palabras para armar un embrollo.
-Esas tres palabras acerca del lenguaje de los ladrones bastan para
-que por todo Madrid se diga que anda entremezclado con ellos, que
-ha aprendido<span class="pagenum" id="Page_87">[p. 87]</span> su
-lenguaje y ha escrito un libro que va a trastornar a España, a abrir
-a los ingleses las puertas de Cádiz, entregar a Mendizábal toda la
-plata y las joyas de las iglesias, y a Don Martín Lutero, el palacio
-arzobispal de Toledo.</p>
-
-<p>Al caer la tarde de un día bastante melancólico, y hallándome
-sentado en el aposento que el <i>alcaide</i> me había destinado, oí
-un golpe en la puerta. «¿Quién es?», pregunté. «<i>C’est moi, mon
-maître</i>», gritó una voz muy conocida, y al instante entró Antonio
-Buchini, vestido como la vez primera que le presenté al lector, es
-decir, con un excelente sobretodo francés, ya un poco ajado, chaqueta
-y pantalones, y en una mano, un sombrero pequeñito, y en la otra, un
-bastón largo y delgado.</p>
-
-<p>—<i>Bon jour, mon maître</i>—dijo el griego. Echando una mirada en
-torno, continuó:—Me alegro de verle a usted bien instalado. Si no
-recuerdo mal, <i>mon maître</i>, en sitios peores que éste hemos dormido
-durante nuestros viajes por Galicia y Castilla.</p>
-
-<p>—Tiene usted mucha razón, Antonio—repliqué—. Aquí estoy muy
-cómodamente. Le agradezco la bondad de haber venido a visitar a su
-antiguo amo, sobre todo ahora, que está pasando trabajos. Supongo
-que por venir aquí, no irá usted a enojar a su dueño actual; ya
-debe de estar cerca la hora de comer. ¿Cómo ha abandonado usted la
-cocina?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_88">[p. 88]</span></p>
-
-<p>—¿A qué amo se refiere usted, <i>mon maître</i>?—preguntó Antonio.</p>
-
-<p>—¡De quién voy a hablar! Del Conde... por cuyo servicio me dejó
-usted, tentado del ofrecimiento de cuatro duros al mes sobre los que
-yo le daba.</p>
-
-<p>—Su merced me hace recordar un asunto que ya tenía olvidado
-por completo. Al presente no tengo otro amo que usted, <i>monsieur
-Georges</i>, porque siempre le considero a usted como tal, aunque no
-goce de la felicidad de acompañarle.</p>
-
-<p>—¿Entonces se marchó usted de casa del Conde a los tres días de
-entrar, según costumbre?</p>
-
-<p>—A las tres horas, <i>mon maître</i>—repuso Antonio—. Pero yo le diré
-a usted en qué circunstancias. A poco de separarme de usted, fuí a
-casa de <i>monsieur le Comte</i>; entré en la cocina y miré en torno. No
-puedo decir que me descontentase lo que vi: la cocina era cómoda
-y espaciosa, todo estaba limpio y en orden; los criados parecían
-amables y corteses; sin embargo, no sé cómo fué, pero se apoderó
-de mí la idea de que la casa no me convenía en modo alguno y que
-no estaría en ella mucho tiempo; colgué de un clavo la mochila, y,
-sentándome en la mesa de la cocina, empecé a cantar una canción
-griega, como hago siempre que estoy disgustado. Rodeáronme los
-criados, haciéndome preguntas; pero yo no les<span class="pagenum"
-id="Page_89">[p. 89]</span> contesté, y continué cantando hasta que
-se acercó la hora de preparar la comida; entonces salté al suelo de
-pronto y los eché de la cocina a todos, diciéndoles que nada tenían
-que hacer allí en tal ocasión. Al momento entré en funciones. Hice
-un esfuerzo, <i>mon maître</i>, y me puse a preparar una comida que me
-hubiese hecho honor; había convidados aquel día y determiné, por
-tanto, demostrar a mi amo que la capacidad de su cocinero griego
-era insuperable. <i>Eh bien, mon maître</i>, todo marchaba bastante
-bien, y casi me encontraba ya a gusto en mi nuevo empleo, cuando
-se precipitó en la cocina <i>le fils de la maison</i>, mi señorito, un
-chiquillo de unos trece años, bastante feo. Llevaba en la mano una
-rebanada de pan, y, después de un breve reconocimiento, la sepultó
-en una cacerola donde se guisaban unas perdices. Ya sabe usted, <i>mon
-maître</i>, que soy muy delicado en ciertas cuestiones, porque no soy
-español, sino griego, y tengo principios de honor. Sin vacilar un
-momento, cogí a mi señorito por los hombros, y empujándole hacia
-la puerta, le despedí como merecía. Con gritos clamorosos subió
-corriendo al piso alto. Yo continué en mi trabajo, pero no habían
-pasado tres minutos cuando oí un pavoroso estrépito en lo alto
-de la escalera, <i>on faisoit un horrible tintamarre</i>, y de vez en
-cuando oía juramentos y maldiciones. Al instante la puerta se<span
-class="pagenum" id="Page_90">[p. 90]</span> abrió con violencia, y
-en impetuosa carrera echaron escaleras abajo el Conde, mi señor, su
-mujer, mi señorito, seguidos de una regular bandada de mujeres y de
-<i>filles de chambre</i>. A todos los llevaba gran delantera el Conde, mi
-señor, con una espada desnuda en la mano y gritando: «¿Dónde está
-el malvado que ha deshonrado a mi hijo? ¿Dónde está, que lo mato
-ahora mismo?» Yo no sé cómo ocurrió, <i>mon maître</i>, pero, cabalmente,
-en aquel momento volqué una gran fuente de <i>garbanzos</i> destinados
-a la <i>puchera</i> del día siguiente. Estaban crudos, y tan duros como
-piedras; los derramé por el suelo, y la mayor parte de ellos fué a
-parar junto a la entrada. <i>Eh bien, mon maître</i>, un instante después
-entró el Conde de un brinco, echando chispas por los ojos, y con
-una espada en la mano, como ya he dicho. «<i>Tenez, gueux enragé</i>»,
-me gritó, tirándome una furiosa estocada; pero no había acabado de
-decir esas palabras, cuando resbaló, y cayó hacia adelante todo
-lo largo que era, y la espada se le escapó de la mano <i>comme une
-flêche</i>. ¡Si hubiese usted oído el alboroto que se armó! Hubo una
-confusión terrible: el Conde yacía en el suelo, al parecer, aturdido
-por el golpe. Yo no hice caso, y continué trabajando con afán. Al
-fin le levantaron, y con sus cuidados recobró el sentido; estaba muy
-pálido y agitado. Pidió la espada; todas las miradas se clavaron
-en<span class="pagenum" id="Page_91">[p. 91]</span> mí, y adiviné
-que se preparaba un ataque general. De súbito, retiré del fuego
-una gran <i>casserole</i>, donde se freían unos huevos, y la mantuve a
-la distancia que permitía la longitud del brazo, examinándola con
-afectada atención, mientras avanzaba el pie derecho y echaba atrás
-el izquierdo cuanto podía. Todos se estuvieron quietos, figurándose
-que iba a hacer una operación importante, y así fué, en efecto,
-porque adelanté de pronto la pierna izquierda, y con un rápido <i>coup
-de pied</i>, lancé la <i>casserole</i> y su contenido por encima de mi
-cabeza con tal fuerza, que fueron volando a estamparse en una pared
-bastante detrás de mí. Esto lo hice para significar que el trato
-quedaba roto y que sacudía el polvo de mis zapatos; arrojé sobre el
-Conde la mirada peculiar de los cocineros scirotas cuando se sienten
-insultados, y, dilatando mi boca por ambos lados hasta cerca de las
-orejas, descolgué la mochila y me fuí, cantando al marcharme la
-canción del antiguo Demos, quien, moribundo, pedía la comida y agua
-para lavarse las manos:</p>
-
-<div class="poem mt1"><div class="stanza">
-<p class="i2">Ὁ ἥλιος ἐβασίλευε, κι᾽ ὁ Δῆμος διατάζει.</p>
-<p class="i0">Σύρτε, παιδιά μου, ᾽σ τὸ νερὸν ψωμὶ νὰ φάτ᾽ ἀπόψε.</p>
-</div></div>
-
-<p class="mt1">De esta manera, <i>mon maître</i>, salí de casa del
-Conde.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¡Excelente manera de portarse!
-Por<span class="pagenum" id="Page_92">[p. 92]</span> confesión
-propia, veo que su conducta no ha podido ser peor. Si no fuera por
-las muchas pruebas de valor y fidelidad que me dió usted estando a mi
-servicio, desde este momento no volveríamos a vernos más.</p>
-
-<p><span class="smcap">Antonio.</span>—<i>Mais qu’est ce que vous
-voudriez, mon maître?</i> ¿No soy griego, y hombre de honor y muy
-susceptible? ¿Quiere usted que los cocineros de Scira y de Stambul
-se sometan en España a que los insulten los hijos de los condes,
-precipitándose en el templo con rebanadas de pan? <i>Non, non, mon
-maître</i>, usted es demasiado noble y, sobre todo, demasiado justo para
-pedir eso. Pero hablemos de otra cosa. <i>Mon maître</i>, no he venido
-solo: en el corredor espera una persona que ansía verle a usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Quién es?</p>
-
-<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Uno a quien ya se ha
-encontrado usted, <i>mon maître</i>, en sitios muy extraños y diversos.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Pero ¿de quién se trata?</p>
-
-<p><span class="smcap">Antonio.</span>—De uno a quien le aguarda un
-fin desusado, «porque así está escrito». El suizo más extraordinario
-que hay, el de Santiago: <i>der Schatz Gräber</i>.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Benedicto Mol?</p>
-
-<p>—<i>Yaw, mein lieber Herr</i>—dijo Benedicto, abriendo del todo la
-puerta, que estaba entornada—. Soy yo. Me he encontrado en la
-calle a <i>Herr Anton</i>, y al oír que estaba usted aquí, he venido a
-visitarle.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_93">[p. 93]</span></p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Pero ¿qué rareza es ésta, y cómo es
-que le veo a usted otra vez en Madrid? Yo creía que ya estaba usted
-en su país.</p>
-
-<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—No tema, <i>lieber Herr</i>;
-allá he de volver a su debido tiempo, pero no a pie, sino en coche
-de mulas. El <i>Schatz</i> se está todavía en su escondite, esperando que
-lo desentierren; ahora tengo mejores esperanzas que nunca; muchos
-amigos, mucho dinero. ¿Ha reparado usted cómo voy vestido, <i>lieber
-Herr</i>?</p>
-
-<p>En efecto, llevaba ropas mucho mejores que nunca. La chaqueta
-y los pantalones, de crudillo, eran casi nuevos. Tocábase aún con
-un sombrero andaluz, de forma cónica, pero no viejo ni raído, sino
-nuevo y lustroso, y de inmensa altura. En lugar del tosco palo que
-llevaba en Santiago y en Oviedo, traía ahora una recia caña de bambú,
-rematada por una disforme cabeza de oso o de león, prolijamente
-tallada en peltre.</p>
-
-<p>—Parece usted un buscador de tesoros al volver de una expedición
-fructífera—exclamé.</p>
-
-<p>—Más bien parece—interrumpió Antonio—uno que ha dejado de trabajar
-por cuenta propia y busca tesoros a costa ajena.</p>
-
-<p>Pregunté detalladamente al suizo por sus aventuras desde que le
-vi por última vez en Oviedo, donde le dejé para continuar mi viaje a
-Santander. De sus respuestas colegí que me había seguido hasta este
-último<span class="pagenum" id="Page_94">[p. 94]</span> punto, pero
-invirtiendo mucho tiempo en el camino, debilitado por el hambre y las
-privaciones. En Santander me perdió el rastro. Ya se le había agotado
-el pequeño socorro que yo le dí. Pensó entonces irse a Francia, pero
-no se atrevió a aventurarse en las provincias Vascongadas, donde
-ardía la guerra, para no caer en manos de los carlistas, que hubieran
-podido fusilarle por espía. Como nadie le socorría en Santander,
-se fué pidiendo limosna por los caminos, hasta que se encontró en
-Aragón, no podía decir exactamente dónde. «Mis calamidades eran
-tantas—dijo Benedicto—que estuve a punto de perder el juicio. ¡Oh,
-qué horror, vagar por los agrestes montes y las vastas planicies de
-España, sin dinero y sin esperanza! Algunas veces, encontrándome
-entre peñas y <i>barrancos</i>, quizás sin haber probado alimento desde la
-salida hasta la puesta del sol, me enfurecía. Entonces levantaba el
-palo hacia el cielo, y, blandiéndolo, gritaba: <i>Lieber Herr Gott, ach
-lieber Herr Gott</i>, ahora más que nunca necesito tu ayuda; si tardas
-en socorrerme estoy perdido; ¡ayúdame ahora, ahora! Y una vez, cuando
-deliraba de ese modo, me pareció oír una voz—más, estoy seguro de
-haberla oído—que sonaba en la cavidad de una peña, muy clara y muy
-fuerte, gritando: «<i>Der Schatz, der Schatz</i>, no hay que desenterrarlo
-todavía; a Madrid, a Madrid. El camino del <i>Schatz</i> pasa por Madrid.»
-De<span class="pagenum" id="Page_95">[p. 95]</span> nuevo la idea
-del <i>Schatz</i> se apoderó de mi ánimo; reflexioné en lo feliz que sería
-si pudiese desenterrarlo. ¡No más mendigar, no más errar por hórridas
-montañas y desiertos! Blandí el palo, y noté, con sorpresa, que mi
-cuerpo y mis miembros se reanimaban con nuevas energías; anduve a
-buen paso, y no tardé en salir al camino real; mendigué, y proseguí
-como mejor pude hasta llegar a Madrid.</p>
-
-<p>—¿Y qué le ha sucedido después de llegar a Madrid?—pregunté—. ¿Ha
-encontrado usted el tesoro en las calles?</p>
-
-<p>De pronto, Benedicto se volvió reservado y taciturno, cosa que
-me sorprendió en extremo, porque hasta entonces se había mostrado
-siempre muy comunicativo en lo tocante a sus cuentas y proyectos.
-Por lo que pude sacar de sus medias palabras e insinuaciones,
-parecía que al llegar a Madrid cayó en manos de ciertas personas
-que le trataron con bondad, proveyéndole de dinero y ropa; no por
-puro desinterés, sino con los ojos puestos en el tesoro. «Esperan
-mucho de mí—dijo el suizo—. Después de todo, acaso hubiera sido
-más ventajoso sacar el tesoro sin su ayuda, con tal que hubiese
-sido posible.» No sabía o no quiso decirme quiénes eran sus nuevos
-amigos, salvo que tenían muchísima influencia. Dijo algo acerca de
-la Reina Cristina, y de un juramento que había prestado ante un
-obispo,<span class="pagenum" id="Page_96">[p. 96]</span> sobre un
-crucifijo y los cuatro <i>Evangelien</i>. Pensé que había perdido la
-cabeza, y dejé de preguntarle. En el momento de marcharse, me dijo:
-«<i>Lieber Herr</i>, dispénseme usted si no le he hablado con entera
-franqueza, debiéndole tanto como le debo, pero no me atrevo; ahora no
-me pertenezco. Además, siempre es de mal agüero hablar una palabra
-acerca de un tesoro antes de tenerlo en nuestro poder. Una vez,
-en mi país hubo un hombre que cavó en el suelo hasta descubrir un
-caldero de cobre que contenía un <i>Schatz</i>. Al cogerlo por el asa,
-no hizo más que exclamar, en su entusiasmo: “¡Ya lo tengo!”, y eso
-bastó: desprendióse la caldera y se hundió, quedándose el hombre con
-el asa en la mano: eso fué cuanto ganó con tantos trabajos. Adiós,
-<i>lieber Herr</i>; dentro de poco me mandarán a Santiago para desenterrar
-el <i>Schatz</i>, pero vendré a verle a usted antes de marcharme.
-¡Adiós!»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_97">[p. 97]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XLII</h2>
- <p class="subhang">
- Salida de la cárcel. — Las excusas. — El corazón humano. — La vuelta
- del griego. — La Iglesia romana. — La luz de la Escritura. — El
- arzobispo de Toledo. — Una entrevista. — Piedras preciosas. — Una
- resolución. — El lenguaje extranjero. — Despedida de Benedicto. — La
- caza del tesoro en Compostela. — Realidad y ficción.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">U</span><span class="smcap">nas tres</span>
-semanas estuve en la cárcel de Madrid, y, al cabo de ese tiempo la
-dejé. Si yo hubiese sido orgulloso, o abrigado algún rencor contra
-el partido que me encarceló, el modo como me devolvían la libertad
-hubiera halagado grandemente esas malas pasiones. El Gobierno, en un
-documento transmitido a sir Jorge, reconoció que me habían detenido
-sin razón bastante, y que ninguna tacha quedaba sobre mí de resultas
-de la prisión; se encargaba al propio tiempo de pagar todos los
-gastos que la tramitación del asunto me originó.</p>
-
-<p>Además, se mostró dispuesto a dejar cesante al individuo por
-cuyos informes me detuvieron, es decir, el <i>corchete</i> que me visitó
-en mi hospedaje de la calle de Santiago<span class="pagenum"
-id="Page_98">[p. 98]</span> y se comportó del modo descrito en uno
-de los anteriores capítulos. Rehusé, empero, aprovecharme de la
-condescendencia del Gobierno, más que nada porque me dijeron que el
-individuo de marras tenía mujer e hijos, y si le dejaban cesante,
-se quedarían en la miseria. Consideré, además, que en cuanto hizo y
-dijo se limitó probablemente a obedecer órdenes secretas; le perdoné,
-pues, sin reservas, y si en el momento presente no conserva su plaza,
-la culpa, ciertamente, no es mía.</p>
-
-<p>También rehusé aceptar indemnización por mis gastos, que fueron
-de importancia. Es probable que muchas personas en mi caso hubiesen
-procedido de muy diferente modo en este punto, y me guardo de
-afirmar que en ello anduviese yo del todo discreto o acertado.
-Pero me repugnaba recibir dinero de una gente como la que componía
-el Gobierno de España, gente a quien, lo confieso, despreciaba yo
-cordialmente, y no quería darle motivo para decir que el inglés a
-quien habían apresado injustamente y sin proceso, accedía a recibir
-dinero de sus manos. En una palabra, confieso mi debilidad: deseaba
-yo que continuasen siendo deudores míos, y estaba seguro de que no
-opondrían la más leve objeción a continuar siéndolo; se guardaron
-su dinero y probablemente se rieron para su capote de mi falta de
-sentido común.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_99">[p. 99]</span></p>
-
-<p>La mayor pérdida que me ocasionó el encarcelamiento, y por la
-que no podía ofrecerse ni recibirse indemnización, fué la muerte de
-mi afectuoso y fiel Francisco, el vascongado, que por acompañarme
-durante todo el tiempo que duró mi prisión, cogió el tifus o fiebre
-carcelaria, que entonces hacía estragos en la cárcel de la Corte, y
-murió a los pocos días de mi liberación. Murió ya entrada la noche.
-A la mañana siguiente estaba yo en la cama reflexionando sobre esta
-pérdida, y me preguntaba de qué nación sería mi servidor futuro,
-cuando oí un ruido al parecer causado por una persona ocupada en
-limpiar vigorosamente zapatos o botas, y a intervalos una voz
-extraña y discordante que cantaba trozos de una canción en una
-lengua desconocida; no sabiendo lo que aquello podría ser, toqué la
-campanilla.</p>
-
-<p>—¿Ha llamado usted, <i>mon maître</i>?—dijo Antonio asomándose a la
-puerta con uno de los brazos profundamente sepultado en una bota.</p>
-
-<p>—Sí, por cierto—contesté—; pero no me podía imaginar que fuese
-usted quien respondiera a la llamada.</p>
-
-<p>—<i>Mais pourquoi non, mon maître?</i>—exclamó Antonio—. ¿Quién va a
-servirle a usted ahora sino yo? <i>N’est pas que le sieur François est
-mort?</i> En cuanto lo supe, me dije: voy a volver a mi puesto <i>chez mon
-maître</i>, monsieur Georges.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_100">[p. 100]</span></p>
-
-<p>—Supongo que estará usted sin colocación, y por eso ha venido.</p>
-
-<p>—<i>Au contraire, mon maître</i>—replicó el griego. Acababa de
-ajustarme en casa del duque de Frías, donde me daban al mes diez
-duros más que su merced; pero al saber que se había usted quedado sin
-criado, fuí sin pérdida de tiempo a decir al duque, aunque ya estaba
-muy entrada la noche, que no me convenía servirle; y aquí estoy.</p>
-
-<p>—Pues de esa manera, no le admito—dije yo—. Vuelva a casa del
-duque, preséntele sus excusas por lo que ha hecho, y solicite su cese
-en debida forma; entonces, si su gracia desea prescindir de usted,
-caso bastante probable, le admitiré con mucho gusto a mi servicio.</p>
-
-<p>Después de sufrir una prisión cuya injusticia reconocían mis
-propios enemigos, era razonable esperar de sus manos un trato más
-liberal que el que hasta allí me habían dispensado. Mi única ambición
-era por entonces conseguir tolerancia para la venta del Evangelio en
-aquel infortunado y perturbado reino; para lograr ese fin no sólo
-hubiera consentido en sufrir, uno tras otro, veinte encarcelamientos
-como el pasado, sino que hubiera sacrificado gustoso la vida misma.
-Pronto advertí, sin embargo, que probablemente no iba a ganar
-nada con mi encarcelación; al contrario, desde que se concluyó el
-asunto, fuí objeto de la aversión personal<span class="pagenum"
-id="Page_101">[p. 101]</span> del Gobierno, lo que tal vez no
-sucedía antes; las concesiones que se vieron obligados a hacer para
-evitar una ruptura con Inglaterra humillaron su orgullo y vanidad.
-Mostráronse dispuestos a saciar su aversión, contrariando mis planes
-todo lo posible. Tuve una entrevista con Ofalia acerca del asunto que
-embargaba mi ánimo; le encontré desabrido y áspero. «Lo que más le
-conviene a usted es permanecer tranquilo—me dijo—. ¡Cuidado! Ya ha
-puesto usted una vez toda la <i>corte</i> en confusión; cuidado, repito.
-Otra vez puede que no se escape usted tan fácilmente.»</p>
-
-<p>—Quizás no—repliqué—y quizás ni lo deseo siquiera; es cosa
-agradable padecer por la causa del Evangelio. Ahora me tomaré la
-libertad de preguntar si, en el caso de ponerme a propagar la Palabra
-de Dios, me lo impedirán.</p>
-
-<p>—Naturalmente—exclamó Ofalia—; la Iglesia lo prohibe.</p>
-
-<p>—Pues, con todo, voy a intentarlo—exclamé.</p>
-
-<p>—¿Sabe usted lo que dice?—preguntó Ofalia, arqueando las cejas y
-abriendo la boca.</p>
-
-<p>—Sí, continué—; voy a hacer la prueba en todos los pueblos de
-España donde me sea posible entrar.</p>
-
-<p>Durante mi permanencia en España, la oposición más recia que
-encontré fué la del clero; por instigación suya el Gobierno
-adop<span class="pagenum" id="Page_102">[p. 102]</span>taba las
-medidas convenientes para impedir la amplia difusión del libro
-sagrado por el país. No interrumpiré el curso de mi narración con
-reflexiones acerca de la situación de una Iglesia que, si bien
-pretende fundarse en la Escritura, arrebataría la luz de la Escritura
-a toda la Humanidad, si pudiese. Pero Roma sabe perfectamente que
-no es una Iglesia cristiana, y como no tiene deseo de serlo, obra
-cuerdamente quitando a sus secuaces de delante de los ojos las
-páginas que podrían revelarles las verdades del Cristianismo. Sus
-agentes y validos en España esforzábanse cuanto podían por anular mis
-humildes trabajos y difamar la obra que yo andaba esparciendo. Todo
-el clero ignorante y fanático (la gran mayoría) era opuesto a ella,
-y cuantos ansiaban estar a bien con la corte de Roma vociferaban su
-oposición. Había, empero, una parte del clero, pequeña a la verdad,
-bien dispuesta en favor de la circulación del Evangelio, aunque en
-modo alguno inclinada a hacer el menor sacrificio individual por tal
-fin; éstos eran los que profesaban el liberalismo, que se supone
-implica una disposición a adoptar cuantas reformas, así en lo civil
-como en lo eclesiástico, parezcan conducentes al bien del país. No
-pocos clérigos españoles eran partidarios de ese principio, o al
-menos se declaraban tales; algunos, por conveniencia propia sin
-duda, con la esperanza de aprovechar el es<span class="pagenum"
-id="Page_103">[p. 103]</span>píritu de los tiempos para su medro
-personal; otros, hay que esperarlo, por convicción, por puro amor a
-las ideas. Entre éstos se encontraban, por la época a que me refiero,
-varios obispos. Pero es digno de nota que ninguno de ellos debía su
-puesto al Papa, que los desautorizaba, sino a la Reina Gobernadora,
-cabeza visible del liberalismo en España. No es de extrañar, por
-tanto, que hombres colocados en tales circunstancias se sintiesen
-dispuestos a apoyar cualquier medida o plan favorables al progreso
-del liberalismo, más bien que a contrariarlos; y no hay duda que la
-circulación de la Escritura era una medida de ese género. Con todo,
-su buena voluntad, suponiendo que la tuvieran, fué para mí poco
-valiosa, porque nunca dieron un paso decisivo ni alzaron sus voces
-para denunciar de modo positiva y resuelto la conducta de quienes
-pretendían privar al mundo de la luz de la Escritura. En cierta
-ocasión creí que iba a conseguir, por su medio, algo importante para
-la causa del Evangelio en España; pero me desengañé pronto, y me
-convencí de que descansar en lo que quisieran hacer era tanto como
-apoyar la mano en una caña, que, sin sostenerme, me desgarraría la
-carne. Algunos de ellos me enviaron mensajes expresando la estimación
-en que me tenían y asegurándome cuán cara a su corazón era la
-causa del Evangelio. Recibí incluso un aviso<span class="pagenum"
-id="Page_104">[p. 104]</span> insinuándome que mi visita no sería
-desagradable al arzobispo de Toledo, Primado de España.</p>
-
-<p>Poco puedo decir de este personaje, cuya historia desconozco
-por completo. A la muerte de Fernando era, creo yo, obispo de
-Mallorca, pequeña e insignificante sede, de muy pobres rentas, que
-quizás cambió gustoso por otra más rica. Es probable, sin embargo,
-que de mostrarse fiel servidor del Papa, y, por ende, partidario
-de los legitimistas, hubiera ocupado hasta el día de su muerte la
-silla episcopal de Mallorca; pero pasaba por liberal, y la Reina
-Gobernadora tuvo a bien concederle la dignidad de arzobispo de
-Toledo, haciéndole así cabeza de la Iglesia en España. Cierto que
-el Papa se negó a ratificar la designación, razón por la que todos
-los buenos católicos estaban obligados a seguir considerándole como
-obispo de Mallorca y no como Primado de España. Pero el obispo
-cobraba las rentas de la sede toledana, débil sombra de lo que fueron
-antaño, pero muy importantes aún, y vivía en el palacio del Primado,
-en Madrid, de suerte que si no era arzobispo <i>de jure</i> era lo que
-para muchos valía más: arzobispo <i>de facto</i>.</p>
-
-<p>Sabedor de la amistad personal del arzobispo con Ofalia, quien,
-según decían, le consideraba mucho, resolví hacerle una visita, y
-así una mañana me encaminé al palacio en que vivía. Sin dificultad
-obtuve au<span class="pagenum" id="Page_105">[p. 105]</span>diencia:
-un lacayo, asturiano a lo que creo, a quien hallé sentado en un
-banco de piedra del portal, me condujo a su presencia. Cuando
-entré, el arzobispo estaba solo, sentado detrás de una mesa, en un
-vasto aposento, especie de sala de estrados. Vestía con sencillez:
-sotana negra y birrete de seda; pero en un dedo llevaba una amatista
-soberbia, resplandeciente, de brillo deslumbrador. Se incorporó un
-momento, al acercarme, y con la mano me indicó una silla. Podía tener
-sesenta años; era muy alto, pero se encorvaba bastante, por debilidad
-sin duda; y la tez pálida de sus facciones demacradas denotaba su
-mala salud. Cuando de nuevo se sentó inclinó la cabeza, como si
-contemplase la mesa que tenía delante.</p>
-
-<p>—Supongo que V.E. sabrá quién soy—dije al cabo, rompiendo el
-silencio.</p>
-
-<p>El arzobispo inclinó la cabeza hacia el hombro izquierdo, con
-expresión algo equívoca, pero no dijo nada.</p>
-
-<p>—Yo soy el que los <i>Manolos</i> de Madrid llaman <i>Don Jorgito el
-Inglés</i>. Acabo de salir de la cárcel, donde me encerraron por
-propagar el Evangelio del Señor en este reino de España.</p>
-
-<p>El arzobispo repitió el mismo movimiento equívoco de la cabeza,
-pero aún no dijo nada.</p>
-
-<p>—He sabido que V.E. deseaba verme, y por esa razón he venido a
-hacerle esta visita.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_106">[p. 106]</span></p>
-
-<p>—Yo no le he llamado a usted—dijo el arzobispo, alzando de súbito
-la cabeza, y con ojos de espanto.</p>
-
-<p>—Quizás no; pero me habían dado a entender que mi presencia sería
-grata; como al parecer no es así, me iré.</p>
-
-<p>—Puesto que ha venido usted, me alegro mucho de verle.</p>
-
-<p>—Y yo celebro mucho oírle—dije yo, volviendo a sentarme—. Ya que
-estoy aquí, podemos hablar de un asunto de la mayor importancia: la
-difusión de la Escritura. ¿Conoce V.E. algún medio para alcanzar un
-fin tan deseable?</p>
-
-<p>—No—dijo el arzobispo débilmente.</p>
-
-<p>—¿No cree V.E. que el conocimiento de la Escritura produciría
-inestimables beneficios a estos reinos?</p>
-
-<p>—No lo sé.</p>
-
-<p>—¿Hay probabilidades de convencer al Gobierno para que consienta
-su circulación?</p>
-
-<p>—¿Cómo voy a saberlo?—y el arzobispo se me quedó mirando a la
-cara.</p>
-
-<p>Yo también le miré a él; había en su rostro tal expresión de
-desvalimiento, que casi era chochez. «¡Válgame Dios!—pensé—. ¿A
-quién he venido yo a contar estas cosas? ¡Pobre hombre! No sirves
-para representar el papel de Martín Lutero, y en España menos
-que en otra parte. Me maravilla que tus amigos te hayan nombrado
-arzobispo de Toledo. Quizás pensaron que no harías pro<span
-class="pagenum" id="Page_107">[p. 107]</span>vecho ni daño, y te
-escogieron, como escogen a veces en mi país a los primados, en razón
-de tu incapacidad. No pareces muy contento en este empleo, ni tu
-sitial debe de ser muy cómodo. Más a gusto estabas cuando eras el
-pobre obispo de Mallorca; entonces podías saborear la <i>puchera</i> sin
-miedo de que te la sazonaran con sublimado. No temías entonces que
-te ahogaran en el lecho. La <i>siesta</i> es cosa agradable, cuando no
-está uno expuesto a verla interrumpida por un súbito espanto. Me
-sorprenderá si no estás ya envenenado»—continué casi en voz alta,
-según estaba mirándole al semblante, que a mi parecer se cubría de
-palidez mortal.</p>
-
-<p>—¿Qué decía usted, <i>don Jorge?</i>—preguntó el arzobispo.</p>
-
-<p>—Que V.E. lleva un brillante magnífico—dije yo.</p>
-
-<p>—¿Le gustan a usted los brillantes, <i>don Jorge</i>?—dijo el
-arzobispo, cuyas facciones se animaron—. <i>¡Vaya!</i> ¡También a mí! ¡Son
-muy bonitos! ¿Entiende usted de brillantes?</p>
-
-<p>—Sí entiendo—respondí—, y no he visto nunca otro mejor que ése,
-salvo uno, perteneciente a un conocido mío, un khan de Tartaria. Pero
-no lo llevaba en el dedo; poníaselo al caballo en el frontal, donde
-brillaba como una estrella. Llamábalo <i>Daoud Scharr</i>, que significa
-«luz de guerra».</p>
-
-<p>—<i>¡Vaya!</i>—dijo el arzobispo—. ¡Qué curioso! Me alegro de que le
-gusten a usted<span class="pagenum" id="Page_108">[p. 108]</span>
-los brillantes, <i>don Jorge</i>. Al hablar de caballos me ha hecho usted
-recordar que le he visto con frecuencia a caballo. <i>¡Vaya!</i> Qué modo
-de montar. Es peligroso encontrársele a usted en el camino.</p>
-
-<p>—¿V.E. es aficionado a la equitación?</p>
-
-<p>—De ninguna manera, <i>don Jorge</i>. No me gustan los caballos. En la
-Iglesia no es costumbre montar a caballo; preferimos las mulas: son
-animales más tranquilos. Los caballos me dan miedo: ¡cocean de un
-modo!</p>
-
-<p>—La coz del caballo mata—dije yo—si da en un sitio vital. Pero
-no opino como V.E. acerca de las mulas; un buen <i>jinete</i> puede
-sostenerse a caballo, por resabiado que el animal esté; pero las
-mulas, <i>¡vaya!</i>, cuando una mula falsa <i>tira por detrás</i>, no creo
-que ni el propio Padre de la Iglesia se sostenga en la silla ni un
-momento, por muy buen bocado que lleve.</p>
-
-<p>Al marcharme, le dije:—¿Qué puedo esperar acerca del Evangelio?</p>
-
-<p>—<i>No sé</i>—dijo el arzobispo inclinando de nuevo la cabeza hacia
-el hombro derecho, mientras sus facciones reasumían la expresión de
-vaciedad.</p>
-
-<p>Así terminó mi entrevista con el arzobispo de Toledo.</p>
-
-<p>—Me parece—dije a María Díaz al volver a casa—, me parece,
-<i>Mariquita mía</i>, que si el Evangelio, para ser tolerado en España,
-ha de esperar a que los obispos y arzobis<span class="pagenum"
-id="Page_109">[p. 109]</span>pos liberales acudan resueltamente en su
-ayuda, va a tener que aguardar mucho tiempo.</p>
-
-<p>—Soy del mismo parecer, señor—respondió María—. ¡Bonito sería
-tener que esperar a que esa gente haga un esfuerzo en favor de usted!
-<i>¡Ca!</i> Risa me da pensarlo. ¿Cómo ha tenido usted la candidez de
-figurarse que les importa algo el Evangelio? <i>¡Vaya!</i>, son verdaderos
-curas; en los ofrecimientos que le han hecho a usted sólo les movía
-su propio interés. El Santo Padre no quiere reconocerlos, y les
-gustaría asustarle un poco para obligarle a transigir; pero como los
-reconociera, ya vería usted luego si le admitían en sus palacios o
-tenían algún trato con usted. «¡Fuera ese prójimo!—dirían—. <i>¡Vaya!</i>
-¿No es luterano? ¿No es enemigo de la Iglesia? <i>¡A la horca, a la
-horca!</i>» Conozco a esa familia mejor que usted, <i>don Jorge</i>.</p>
-
-<p>—Es inútil aguardar más—dije yo—. Pero en Madrid nada puedo
-hacer. No se puede vender la obra en el <i>despacho</i>, y acabo de saber
-que todos los ejemplares dejados para la venta en las librerías
-de las diversas poblaciones que he visitado los ha secuestrado el
-Gobierno. Mi decisión está tomada: montaré en mis caballos, que
-relinchan en la cuadra, y me iré a recorrer en persona los pueblos
-y llanuras de la polvorienta España. <i>Al campo, al campo.</i> «Camina,
-avanza prósperamente y reina por medio de la verdad y de<span
-class="pagenum" id="Page_110">[p. 110]</span> la mansedumbre y de la
-justicia; tu diestra te conducirá a cosas maravillosas.» Caminaré,
-pues, María.</p>
-
-<p>—No puede hacer su merced cosa mejor, y permítame ahora decirle
-que, por cada libro que pudiera usted vender en un <i>despacho</i> en
-la ciudad, venderá usted ciento en los pueblos con tal de darlos
-baratos, porque en el campo hay poco dinero. <i>¡Vaya!</i> ¿Sabré yo
-lo que digo? ¿No soy también de pueblo, <i>villana</i> de la Sagra? A
-caballo, pues; los caballos no hacen más que relinchar en la cuadra,
-como usted dice, y casi podía haber añadido que el <i>señor</i> Antonio
-relincha en la casa. Dice que no tiene nada que hacer, motivo por el
-que está otra vez disgustado e inquieto. Todo lo encuentra mal, a mí
-en primer término. Esta mañana le saludé, y, en lugar de contestarme,
-torció la boca de un modo nunca visto en tierras de España.</p>
-
-<p>—Se me ocurre una idea—dije yo—. Ha mentado usted la Sagra ¿Por
-qué no comenzar mis trabajos por los pueblos de esa comarca?</p>
-
-<p>—Muy bien pensado—replicó María—. La recolección termina ahora por
-allí, y encontrará usted a la gente relativamente desocupada, con
-vagar para acompañarle a usted y oírle. Si quiere seguir mi consejo,
-debe usted establecerse en Villaseca en la casa que fué de mis
-padres, donde al presente vive mi señor marido. Vaya usted a<span
-class="pagenum" id="Page_111">[p. 111]</span> Villaseca lo primero, y
-desde allí puede usted emprender excursiones con el <i>señor</i> Antonio.
-Quizás mi marido les acompañe; si es así, les servirá de mucho.
-La gente en Villaseca es amable y cortés; cuando se dirigen a un
-forastero le hablan a gritos y en gallego.</p>
-
-<p>—¡En gallego!—exclamé.</p>
-
-<p>—Todos saben unas cuantas palabras de gallego aprendidas de los
-que bajan todos los años a segar, y como el gallego es la única
-lengua extraña que conocen, la emplean por cortesía al dirigirse a un
-extranjero. <i>¡Vaya!</i> No es mal pueblo Villaseca, ni es mala gente; la
-única persona de mala condición que allí hay es el reverendo señor
-cura.</p>
-
-<p>No fueron largos los preparativos de mi empresa. Envié por delante
-con un <i>arriero</i> un buen repuesto de Testamentos, y yo salí al
-siguiente día. Pero antes de marcharme recibí la visita de Benedicto
-Mol.</p>
-
-<p>—Vengo a decirle a usted adiós, <i>lieber Herr</i>. Mañana me vuelvo a
-Compostela.</p>
-
-<p>—¿Con qué propósito?</p>
-
-<p>—Para desenterrar el <i>Schatz</i>, <i>lieber Herr</i>. ¿Cuál otro podía
-llevar? ¿Por qué he vivido hasta hoy, sino para al fin poder
-desenterrar el <i>Schatz</i>?</p>
-
-<p>—Pudiera usted haber vivido para algo mejor—exclamé—. Con todo,
-le deseo buen éxito. ¿En qué funda usted sus esperanzas?<span
-class="pagenum" id="Page_112">[p. 112]</span> ¿Le han dado permiso
-para hacer excavaciones? Seguramente no se le habrán olvidado a usted
-las penalidades que sufrió en Galicia.</p>
-
-<p>—No se me han olvidado, <i>lieber Herr</i>, ni el viaje a Oviedo, ni
-las siete bellotas, ni la lucha con la muerte en el <i>barranco</i>.
-Pero tengo que cumplir mi destino. Ahora voy a Galicia a expensas
-del Gobierno, como si perteneciera de nuevo a la Guardia suiza: voy
-en coche de mulas, quiero decir, en <i>galera</i>. Tendré toda la ayuda
-necesaria, y puedo cavar hasta el centro de la tierra si lo creo
-conveniente. Además... pero no puedo decirle más, porque he jurado
-sobre los cuatro <i>Evangelien</i> guardar secreto.</p>
-
-<p>—Bien, Benedicto, no tengo nada que decir, salvo desearle a usted
-que triunfe en sus excavaciones.</p>
-
-<p>—Gracias, <i>lieber Herr</i>; gracias. Ahora, adiós. ¡Triunfaré,
-triunfaré!</p>
-
-<p>Aquí se quedó cortado, se estremeció, y, mirándome, con expresión
-casi de loco en el semblante, exclamó:</p>
-
-<p>—<i>¡Heiliger Gott!</i> Me olvido de una cosa. Supongamos que al fin y
-a la postre no encuentro el tesoro.</p>
-
-<p>—Es muy sensato lo que usted dice; ¡lástima que hasta ahora no se
-le haya ocurrido! Le aseguro a usted, amigo mío, que se ha metido
-en una empresa desesperada. Verdad que puede usted encontrar un
-tesoro; pero hay cien probabilidades contra una<span class="pagenum"
-id="Page_113">[p. 113]</span> de que no lo encontrará. ¿Qué será de
-usted en tal caso? Le tomarán por un impostor, y las consecuencias
-serán horribles. Recuerde quién es usted y entre qué gentes está.
-Los españoles son crédulos; pero cuando una vez llegan a sospechar
-que los han engañado, y sobre todo que se han reído de ellos, su sed
-de venganza no conoce límites. No crea usted que su inocencia le
-servirá de algo. Yo estoy convencido de que no es usted un impostor,
-pero ellos no lo creerán jamás. Todavía no es tarde. Devuelva usted
-esas ropas tan buenas y ese elegante bastón a quien se lo haya dado.
-Póngase un traje viejo, empuñe el tosco palo, y véngase conmigo a
-la Sagra para ayudarme a difundir el insigne Evangelio entre los
-lugareños de la ribera del Tajo.</p>
-
-<p>Benedicto meditó un momento, y luego, sacudiendo la cabeza,
-gritó:</p>
-
-<p>—¡No! ¡No! Tengo que cumplir mi destino. El <i>Schatz</i> no está
-aún desenterrado. Así lo dijo la voz en el <i>barranco</i>. Mañana, a
-Compostela. Lo encontraré: el <i>Schatz</i> está allí aún; «tiene» que
-estar.</p>
-
-<p>Salió y no le volví a ver más. Pero después oí contar de él
-cosas extraordinarias. Resultó que el Gobierno dió oídos a la
-fábula de Benedicto, y se dejó impresionar de tal modo por sus
-exageradas descripciones del tesoro oculto, que llegó a creer en la
-posibilidad de desenterrar en Santiago, con<span class="pagenum"
-id="Page_114">[p. 114]</span> poco trabajo y poco gasto, oro y
-diamantes de sobra para enriquecerse y para extinguir la deuda
-nacional de España. El suizo volvió a Compostela «como un duque»,
-para usar sus mismas palabras. El asunto, mantenido al comienzo
-en profundo secreto, se divulgó con rapidez. Se acordó dar a una
-exploración que podía tener tan importantes consecuencias toda la
-publicidad y el aparato posibles. Acercábase una fiesta muy solemne,
-y pareció lo más acertado que la busca comenzase en tal día. El día
-llegó. Todas las campanas de Compostela repicaban. El pueblo en masa
-se lanzó a la calle; un millar de soldados formaba en la plaza; la
-expectación llegó al grado sumo. Una solemne comitiva se dirigió a
-la iglesia de San Roque; a su cabeza iban el capitán general y el
-suizo, que blandía un mágico bastón; pegada a ellos iba la <i>meiga</i>,
-la bruja gallega que primeramente guió al buscador del tesoro;
-numerosos albañiles cerraban la marcha, llevando las herramientas
-necesarias para la excavación. La comitiva entra en la iglesia, la
-cruza con paso solemne, y llega a una galería abovedada. El suizo
-mira en torno. «Cavad aquí»—dijo de pronto—. «Sí, cavad aquí»—dijo la
-<i>meiga</i>. Los albañiles trabajan, horadan el piso, espárcese un olor
-horrible y fétido...</p>
-
-<p>Para qué más; no se halló tesoro alguno, y mis advertencias
-al desgraciado suizo re<span class="pagenum" id="Page_115">[p.
-115]</span>sultaron demasiado proféticas. Sin tardanza le prendieron,
-arrojándole en la hórrida prisión de Santiago, seguido de las
-maldiciones de millares de personas, que con gusto le hubieran
-despedazado.</p>
-
-<p>El asunto no terminó ahí. Los enemigos políticos del Gobierno no
-dejaron escapar una ocasión tan favorable para asestarle los dardos
-del ridículo. Los <i>moderados</i> fueron censurados en las Cortes por
-su avaricia y su credulidad, mientras en alas de la Prensa liberal
-se esparcía por toda España la historia del tesoro escondido en
-Santiago.</p>
-
-<p>—Después de todo, eso ha sido una <i>trampa</i> de <i>don Jorge</i>—dijo un
-enemigo mío—. Ese prójimo se encuentra siempre enredado en la mitad
-de las <i>picardías</i> que se cometen en España.</p>
-
-<p>Ansioso por saber la suerte que había corrido el suizo, escribí a
-mi antiguo amigo de Compostela, Rey Romero. En su respuesta decía:
-«Vi al suizo en la cárcel, desde donde me mandó llamar, implorando
-mi socorro en nombre de la amistad que tengo con usted. Pero ¿cómo
-favorecerle? Se lo llevaron de Santiago en seguida, no se adónde.
-Dicen que ha desaparecido por el camino.»</p>
-
-<p>La verdad es a veces más sorprendente que la fábula. ¿En qué
-novela se encontrará nada más insensato, grotesco y triste que la
-historia fácilmente comprobable de Benedicto Mol, el buscador del
-tesoro de Santiago?</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_116">[p. 116]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XLIII</h2>
- <p class="subhang">
- Villaseca. — Una casa morisca. — La puchera. — Un cónclave de
- rústicos. — Ceremoniosa urbanidad. — La Flor de España. — El puente
- de Azeca. — El castillo en ruinas. — Nos echamos al campo. — Demanda
- de Testamentos. — El labrador viejo. — El cura y el herrero. — La
- baratura de los Testamentos.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">L</span><span class="smcap">legué</span>
-a Villaseca uno de los días de más furioso calor en que he desafiado
-los rayos del sol. La temperatura debió de llegar a cien grados a
-la sombra; la atmósfera parecía una ardiente llama. En un lugar
-que dicen Leganés, a seis leguas de Madrid, y como a mitad de
-camino entre la capital y Toledo, nos apartamos de la carretera,
-dirigiéndonos al Este. Cabalgamos por lo que en España llaman
-llanuras, que en cualquier otro país del mundo parecería terreno
-quebrado y desigual. Las mieses de trigo y cebada habían ya
-desaparecido; quedaban aquí y allá, como últimos vestigios, algunos
-haces que los labradores se ocupaban en recoger para acarrearlos a
-sus pueblos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_117">[p. 117]</span></p>
-
-<p>Difícil me sería decir que fuese bello aquel paisaje, de absoluta
-desnudez, sin árboles ni verdor. No le faltaban, empero, pretensiones
-de magnificencia y grandeza, como no le faltan a ningún paraje de
-España. Los objetos más llamativos eran dos enormes cerros calcáreos,
-o más bien uno rajado en dos, que se erguía a gran altura; la cima
-del más próximo se coronaba con las ruinas del antiguo castillo de
-Villaluenga. A eso de la una de la tarde llegamos a Villaseca.</p>
-
-<p>Era un pueblo grande, de unos setecientos habitantes, rodeado de
-un muro de tierra. En el centro está la <i>plaza</i>, uno de cuyos lados
-lo ocupa lo que llaman un palacio, tosco edificio cuadrangular, de
-dos pisos, perteneciente a alguna familia noble, los señores de las
-tierras del contorno. Estaba vacío; ocupábalo tan sólo una especie de
-administrador, que encerraba en sus salones el grano que en pago de
-las rentas recibía de los arrendatarios y <i>villanos</i> que labraban el
-término.</p>
-
-<p>El pueblo dista como un cuarto de legua de la orilla del Tajo, que
-aun allí, en el corazón de España, es un hermoso río, no navegable,
-sin embargo, a causa de los bancos de arena que en muchos sitios
-emergen a modo de isletas, cubiertas de árboles y maleza. La aldea
-saca del río toda su provisión de agua, por carecer de ella, al
-menos pota<span class="pagenum" id="Page_118">[p. 118]</span>ble,
-dentro de sus muros; todos los manantiales son salobres, y de esto
-le vendrá probablemente el nombre de Villaseca. Dícese que sus
-habitantes son de origen moro; y es la verdad que aquí se observan
-ciertas costumbres que robustecen mucho ese supuesto. Entre otras,
-hay una muy curiosa: se reputa infamante para una mujer de Villaseca
-atravesar la plaza, o ser vista en ella, aunque no vacilan en
-mostrarse en las calles y callejas.</p>
-
-<p>Existe una hostilidad profundamente arraigada entre los habitantes
-de este lugar y los de un pueblo inmediato llamado Bargas; rara
-vez se hablan cuando se encuentran, y nunca se casan entre sí. Una
-tradición vaga pretende que los naturales de este último pueblo son
-cristianos viejos, y es harto probable que los del vecino fuesen
-originariamente de muy otra sangre; los de Villaseca tienen la tez
-muy morena, mientras los moradores de Bargas son rubios y blancos.
-Así, en pleno siglo <span class="smcap">XIX</span>, se conserva en
-España la antigua enemistad de moros y cristianos.</p>
-
-<p>Empapados en sudor, que nos corría a chorros por la frente,
-llegamos a la puerta de Juan López, el marido de María Díaz.
-Sabedor de que iríamos a visitarle, ya nos esperaba, y nos acogió
-cordialmente en su vivienda que, como una casa mora auténtica,
-tenía un solo piso. Era muy espaciosa, no<span class="pagenum"
-id="Page_119">[p. 119]</span> obstante, con patio y establo. Todos
-los aposentos eran deliciosamente frescos. El pavimento, de ladrillo
-o piedra; las angostas ventanas, enrejadas y sin cristal, apenas
-dejaban pasar un rayo de sol.</p>
-
-<p>Habían preparado una <i>puchera</i> contando con nuestra llegada;
-el calor no me quitó el apetito, y no pasó mucho tiempo sin que
-hiciese cabal justicia al manjar típico de España. Mientras yo comía,
-López punteaba en la guitarra, cantando a veces trozos de canciones
-andaluzas. Era un tipo pequeño, de rostro alegre, muy activo, a
-quien había visto yo con frecuencia en Madrid; buena muestra del
-<i>labrador</i> español. Aunque no tenía, ni con mucho, la inteligencia ni
-los recursos de María Díaz, su mujer, no por eso carecía de natural
-despejo ni entendimiento. Era, además, honrado y desinteresado,
-y prestó buenos servicios a la causa del Evangelio, como se verá
-ahora.</p>
-
-<p>Acabada la comida, López me habló así:—<i>Señor don Jorge</i>, su
-llegada a este pueblo ha causado ya sensación, sobre todo, por ser
-los tiempos de guerra y alborotos, y vivir cada cual temeroso del
-vecino; aquí estamos pegados a los confines del país faccioso,
-porque, como usted bien sabe, la mayor parte de la Mancha está en
-poder de <i>carlinos</i> y de ladrones, y algunas partidas se asoman a
-menudo por la otra orilla del río. En razón de esto, el <i>alcalde</i>
-del pueblo<span class="pagenum" id="Page_120">[p. 120]</span> y
-otros vecinos pudientes y graves desean ver y hablar a su merced, y
-examinar su pasaporte.</p>
-
-<p>—Bien está—exclamé—. Vamos a visitar a esos dignos señores.</p>
-
-<p>En diciendo esto, condújome a través de la <i>plaza</i> a casa del
-<i>alcalde</i>, donde hallamos al rústico dignatario sentado entre
-puertas, gozando de la refrigerante frescura de una corriente de
-aire. Era hombre viejo, como de sesenta años, sin nada notable en
-su continente ni en sus facciones plácidas, en las que se reflejaba
-su buen natural. Estaban con él otras personas, entre ellas el
-barbero del pueblo, alto, de enorme corpulencia, alavés por su cuna,
-nacido en Vitoria. También estaba allí un individuo cuya faz tenía
-un pronunciado tinte rojizo, con la nariz bastante torcida: era el
-herrero del lugar, y le llamaban <i>El Tuerto</i>, por la circunstancia de
-no tener más que un ojo. Hice una profunda reverencia al concurso, y
-manifestando mi pasaporte, hablé así:</p>
-
-<p>—Graves señores y caballeros de esta ciudad de Villaseca, como
-yo soy un extranjero de quien no es posible que sepan cosa alguna,
-me he creído obligado a presentarme ante vosotros y a deciros quién
-soy. Sabed, pues, que soy inglés de limpia sangre y buena familia,
-que viajo por estos países para diversión y provecho propios, y
-también para los de otras personas. Ahora<span class="pagenum"
-id="Page_121">[p. 121]</span> he venido a Villaseca, donde
-me propongo estar algún tiempo, dedicado a lo que me parezca
-conveniente: unas veces pasearé a caballo por esos campos, otras
-me bañaré en las aguas del río, cosa buena, según dicen, en tiempo
-de calor. Suplico, por tanto, que durante mi estancia en esta
-capital sus gobernantes me concedan la protección y el amparo que
-habitualmente dispensan a los que llevan vida pacífica y bien
-ordenada, y están dispuestos a ser dóciles y obedientes a las
-costumbres y leyes de la república.</p>
-
-<p>—Habla bien—dijo el <i>alcalde</i> mirando en torno.</p>
-
-<p>—Sí, habla bien—dijo el corpulento alavés—. No hay que negarlo.</p>
-
-<p>—Nunca he oído hablar mejor—exclamó el herrero, levantándose del
-taburete en que se hallaba sentado—. <i>¡Vaya!</i> Es hombre recio y de
-buen color, como yo. Me agrada; tengo yo un caballo que le irá muy
-bien, un caballo que es la flor de España, con ocho dedos sobre la
-marca.</p>
-
-<p>Entonces, con nueva inclinación de cabeza, presenté el pasaporte
-al <i>alcalde</i>, quien con un ligero movimiento de la mano pareció que
-se negaba a recibirlo, y al mismo tiempo decía:—No es necesario.</p>
-
-<p>—Oh, de ningún modo—exclamó el barbero.</p>
-
-<p>—Los vecinos de Villaseca—observó el<span class="pagenum"
-id="Page_122">[p. 122]</span> herrero—saben portarse como gente
-seria. Vergüenza les daría abrigar sospecha alguna contra un
-caballero tan cortés y bien hablado.</p>
-
-<p>Pero yo sabía que su negativa no significaba nada, por ser tan
-sólo una parte del ceremonial de su urbanidad; presenté por segunda
-vez el pasaporte y lo tomaron con avidez; en un momento, todos
-los presentes clavaron en él los ojos con intensa curiosidad. Lo
-examinaron de arriba abajo, lo volvieron y revolvieron, y aunque
-no es probable que ninguno de los presentes entendiese palabra de
-él, por estar escrito en francés, produjo, sin embargo, universal
-contento; cuando el <i>alcalde</i>, doblándolo con cuidado, me lo
-devolvió, todos observaron que no habían visto en su vida otro
-pasaporte mejor, o que hablase de su portador en términos más
-elogiosos.</p>
-
-<p>¿Quién ha escrito que «La mofa de Cervantes ahuyentó de España
-el heroísmo»? No lo sé<a id="FNanchor_14" href="#Footnote_14"
-class="fnanchor">[14]</a>; el autor de esa línea apenas merece
-recordación. La tentación de emborronar papel es tan violenta en
-nues<span class="pagenum" id="Page_123">[p. 123]</span>tros días,
-que muchos se ponen a escribir de pueblos y países de los que no
-saben nada, o menos que nada. <i>¡Vaya!</i> El haber visto una corrida
-de toros en Madrid o en Sevilla, o gastado un puñado de onzas en
-una <i>posada</i> en cualquiera de esos dos puntos, regida acaso por un
-genovés o un francés, no da competencia para escribir acerca de
-una gente como los españoles, ni para decir al mundo cómo piensan,
-cómo hablan y cómo proceden. ¡Ahuyentar con burlas el espíritu
-caballeresco de España! Cuando todas las probabilidades son de que la
-gran masa de la nación española habla, piensa y vive exactamente como
-sus antepasados hace seis siglos.</p>
-
-<p>Por la tarde, el herrero, o como le llamaban en el pueblo, <i>El
-Herrador</i>, se presentó a caballo ante la puerta de López.</p>
-
-<p>—<i>Vamos, don Jorge</i>—exclamó—. Venga conmigo si su merced está
-dispuesto a montar. Voy a bañar el caballo en el Tajo, por el puente
-de Azeca.</p>
-
-<p>Al instante ensillé mi <i>jaca cordobesa</i>, y juntos salimos del
-pueblo, dirigiéndonos a través de la llanura hacia el río.</p>
-
-<p>—¿Ha visto usted alguna vez un caballo como el mío, <i>don
-Jorge</i>?—preguntó—. ¿Verdad que es una <i>alhaja</i>?</p>
-
-<p>El caballo era, en efecto, un animal de gran estampa, garboso,
-de diez y seis palmas de alzada cuando menos, ancho de pe<span
-class="pagenum" id="Page_124">[p. 124]</span>chos, pero muy fino y
-limpio de remos. Engallaba soberbiamente el cuello y erguía la cabeza
-como un cisne. De pelo alazán claro, tenía las crines y la cola
-casi negros. Al expresarle mi admiración, el <i>herrador</i> se animó, y
-apretando con las rodillas los flancos del caballo y soltándole las
-riendas, se lanzó por el campo en prodigiosa carrera, al mismo tiempo
-que profería el antiguo grito español: <i>¡Cierra!</i> En vano quise
-competir con él.</p>
-
-<p>—Le llamo «flor de España»—dijo el <i>herrador</i> al reunirse
-conmigo—. Cómprelo usted, <i>don Jorge</i>, lo doy en tres mil <i>reales</i>.
-No lo vendería ni por el doble; pero los ladrones carlistas le
-han echado el ojo y temo que el día menos pensado crucen el río y
-se metan en Villaseca para apoderarse de mi caballo, la «flor de
-España».</p>
-
-<p>No estará de más hacer notar aquí que, pasado un mes, mi amigo
-el <i>herrador</i>, no pudiendo hallar un buen comprador para su corcel,
-entró en tratos con los susodichos bandoleros, y acabó vendiéndoselo
-a su cabecilla, no por los tres mil <i>reales</i> que pedía, sino a
-cambio de una punta de ganado, robada probablemente en las llanuras
-manchegas. Por ese trato, caso de alta traición, ni más ni menos,
-le metieron en la cárcel de Toledo; pero no debió de estar allí
-mucho tiempo, porque en una breve visita que hice a Villaseca
-en la primavera del si<span class="pagenum" id="Page_125">[p.
-125]</span>guiente año me lo encontré de <i>alcalde</i> de aquella
-«república».</p>
-
-<p>Llegamos al puente de Azeca, situado como a media legua de
-Villaseca; junto a él hay un gran molino, sobre una presa que corta
-el río. Apeándose del corcel, el <i>herrador</i> le quitó la silla, le
-hizo entrar en la represa y lo llevó, guiándolo con una cuerda, a un
-sitio dado, donde el agua le llegaba a la mitad del cuello; una vez
-allí, ató la cuerda a un poste hincado en la orilla y dejó al caballo
-metido en el río. Me pareció lo mejor seguir su ejemplo: pedí una
-cuerda en el molino, y metí mi caballo en el agua.</p>
-
-<p>—Esto les refresca la sangre, <i>don Jorge</i>—dijo el <i>herrador</i>—.
-Que se estén así una hora; mientras, iremos por ahí nosotros a
-entretenernos.</p>
-
-<p>Cerca del puente, en la orilla donde estábamos nosotros, había una
-especie de cuerpo de guardia, y en él tres carabineros que cobraban
-el pontazgo. Trabamos conversación con ellos.</p>
-
-<p>—Este puesto, tan inmediato al campo faccioso—dije a uno de
-los carabineros, que resultó ser catalán—será muy peligroso. Con
-seguridad que a una partida de <i>carlinos</i> o de bandoleros no le
-costaría gran trabajo atravesar el puente y hacerles prisioneros a
-todos ustedes.</p>
-
-<p>—Eso puede ocurrir en cualquier momento, caballero—contestó el
-catalán—. Pero<span class="pagenum" id="Page_126">[p. 126]</span>
-todos estamos en manos de Dios, y hasta ahora nos ha protegido, y
-quizás siga protegiéndonos. Es verdad que el otro día, un compañero
-nuestro de los cuatro que estábamos aquí cayó en manos de la
-<i>canaille</i>. Se le ocurrió ir a la otra orilla con el fusil, a ver si
-mataba algo en el soto, y de pronto, tres o cuatro facciosos cayeron
-sobre él y le dieron una muerte horrible. ¡Hay que tener paciencia!
-Todos hemos de morir. Puede ser que mañana me degüellen esos
-<i>malvados</i>, pero eso no me quitará el sueño esta noche. Caballero, yo
-soy de Barcelona, y allí he visto a los marinos de su nación; esta
-tierra no es tan buena como Barcelona. <i>¡Paciencia!</i> Caballero, si
-desea un vaso de agua, entre en nuestra casa. Tenemos agua fresca,
-porque enterramos el cántaro en un hoyo abierto en el suelo; está
-fría, como le digo; pero el agua de Castilla no es como la de
-Cataluña.</p>
-
-<p>La luna había salido cuando tomamos los caballos para volver
-al pueblo; los rayos del bello luminar rebrillaban alegremente en
-las impetuosas aguas del Tajo, plateaban la planicie por donde
-íbamos, y bañaban en ondas de claridad las escarpadas vertientes del
-cerro calcáreo de Villaluenga y las ruinas antiguas que coronan su
-cumbre.</p>
-
-<p>—¿Por qué llaman a ese sitio el Castillo de
-Villaluenga?—pregunté.</p>
-
-<p>—Porque al otro lado del cerro hay un<span class="pagenum"
-id="Page_127">[p. 127]</span> pueblo de ese nombre, <i>Don
-Jorge</i>—respondió el <i>herrador</i>—. Ese castillo es un lugar muy raro,
-<i>¡vaya!</i> Algunos dicen que lo edificaron los moros en tiempos
-antiguos; otros, que los cristianos al sitiar, por vez primera, a
-Toledo. Ahora está deshabitado, salvo por los conejos, que se crían
-en abundancia entre la hierba frondosa y en las ruinas, y por las
-águilas y buitres que anidan en lo alto de las torres. A veces voy
-por allí con la escopeta a matar un conejo. En los días despejados
-se ve desde las murallas Madrid y Toledo. No diré que me agrade el
-sitio: lo encuentro demasiado triste y melancólico. El cerro es todo
-de greda y muy penoso de subir. Oí decir a mi abuela que una vez
-cuando era chica salió de ese cerro una nube de humo y se vieron
-llamas, talmente como si hubiera ahí un volcán, y quizás lo haya,
-<i>Don Jorge</i>.</p>
-
-<p>La magna obra de difundir la Escritura comenzó sin dilación en La
-Sagra. A pesar del sofocante calor, recorrí a caballo todos aquellos
-contornos. No fué corta fortuna que el calor me siente bien; en
-otro caso no hubiera podido hacer nada en aquella estación, pues
-con frecuencia hasta los <i>arrieros</i> se caían de las mulas muertos
-de insolación. Antonio me prestó excelente ayuda; despreciaba como
-yo el calor, y sin temor a nada visitó varios pueblos con éxito
-notable. «<i>Mon maître</i>—decía—tengo empeño en<span class="pagenum"
-id="Page_128">[p. 128]</span> demostrarle que sirvo para todo.» Pero
-quien nos hizo avergonzarnos de nuestros trabajos fué mi huésped,
-Juan López, a quien el Señor quiso inclinar a favor de la causa.
-«<i>Don Jorge</i>—dijo—, <i>yo quiero engancharme con usted</i>; soy liberal,
-enemigo de la superstición; voy a echarme al campo, y, si es preciso,
-le seguiré a usted al fin del mundo. <i>¡Viva Inglaterra, viva el
-Evangelio!</i>» Así diciendo, puso un buen fardo de Testamentos en las
-aguaderas, cargó con ellas a su rucia y gritó: <i>¡Arre, burra!</i>, y se
-fué a más andar. Yo me senté a escribir mi diario.</p>
-
-<p>Antes de concluir mi tarea oí a la <i>burra</i> roznar en el corral;
-suspendí la escritura, fuí allá y hallé de vuelta a mi huésped.
-Había vendido toda la carga, veinte Testamentos, en el pueblo de
-Bargas, distante una legua de Villaseca. Ocho pobres agosteros,
-que se refrigeraban a la puerta de una taberna, compraron sendos
-ejemplares, y el maestro de escuela adquirió los restantes para
-los pequeñuelos que tenía a su cuidado, lamentándose al propio
-tiempo de la dificultad con que tropezaba para adquirir libros
-religiosos, a causa de su rareza y de su exorbitante precio. Muchas
-otras personas deseaban también comprar Testamentos, pero López no
-pudo suministrárselos; al marcharse le rogaron que no tardara en
-volver.</p>
-
-<p>Bien sabía yo que estaba jugando una partida muy arriesgada, y
-que, cuando me<span class="pagenum" id="Page_129">[p. 129]</span>nos
-lo pensase, podía verme preso, atado a la cola de una mula y
-arrastrado a la cárcel de Toledo o de Madrid. Tal perspectiva no me
-desanimaba lo más mínimo; antes bien, me incitaba a perseverar; puedo
-decir, sin la más leve intención de engrandecerme, que en aquella
-época ansiaba ofrecer mi vida en aras de la causa, y no me hubiera
-importado que la bala de un forajido o una fiebre carcelaria pusiesen
-fin a mi carrera. Nada me amedrentaba. Mi lema era: «camina con la
-palabra de la verdad».</p>
-
-<p>La noticia de la llegada del libro de vida corrió por los pueblos
-de La Sagra de Toledo como una chispa en un reguero de pólvora,
-y dondequiera que mi gente o yo encaminábamos nuestros pasos,
-hallábamos a los habitantes dispuestos a recibir nuestra mercancía,
-y donde no la mostrábamos, nos la pedían. Una noche, según estaba
-bañándome y bañando el caballo en el Tajo, se reunió un grupo de
-gente en la orilla y gritó: «Sal del agua, inglés, y danos libros;
-traemos el dinero en la mano». La pobre gente extendía hacia mí las
-manos, llenas de <i>cuartos</i>; pero, desgraciadamente, no tenía allí
-Testamentos que darles. Sin embargo, Antonio, que no andaba lejos,
-les enseñó uno, y al instante se lo arrancaron de las manos; luego
-tuvieron los rústicos un altercado, disputándose la posesión del
-libro. Era cosa frecuente que los pobres labriegos de aque<span
-class="pagenum" id="Page_130">[p. 130]</span>llos contornos, con
-deseos de adquirir Testamentos, pero sin dinero para comprarlos, nos
-llevasen a casa, para cambiarlos por libros, varios artículos de
-valor equivalente; por ejemplo, conejos, fruta y cebada; y yo tenía
-por regla no desairarlos nunca, ya que nos llevaban cosas útiles para
-nuestro consumo personal o para el de los caballos.</p>
-
-<p>En Villaseca había una escuela donde aprendían las primeras letras
-cincuenta y siete niños. Una mañana, el maestro, alto de cuerpo y
-flaco, de unos sesenta años, cubierta la cabeza con un puntiagudo
-sombrero andaluz, y embozado, a pesar del tiempo tan caluroso, en
-una larga capa, se presentó en mi casa, y después de tomar asiento,
-me pidió que le enseñara uno de nuestros libros. Le entregué un
-ejemplar y estuvo examinándolo casi una hora sin proferir palabra.
-Al cabo lo dejó, dando un suspiro, y dijo que le contentaría mucho
-comprar algunos ejemplares para su escuela, pero que su aspecto,
-sobre todo la calidad del papel y la encuadernación, le hacían temer
-que estuviesen fuera del alcance de los medios de los padres de sus
-alumnos, casi desprovistos de dinero, por ser labradores pobres.
-Entonces comenzó a censurar al Gobierno, que, decía, instalaba
-escuelas sin proveerlas de los libros necesarios; añadió que en su
-escuela sólo había dos libros para uso de todos sus alumnos, y ésos
-contenían poco<span class="pagenum" id="Page_131">[p. 131]</span>
-bueno. Le pregunté cuánto podría pedirse, en su opinión, por los
-Testamentos. «Hablando con franqueza—dijo—, <i>señor</i> caballero, he
-pagado otras veces doce <i>reales</i> por libros muy inferiores al de
-usted; pero le aseguro que mis pobres alumnos no pueden, en modo
-alguno, pagar ni la mitad de ese precio.» «Pues yo le vendo a
-usted—repuse—todos los que quiera a tres <i>reales</i> cada uno. Ya sé
-que el país es pobre, y ni mis amigos ni yo, al procurar al pueblo
-medios de instrucción espiritual, queremos disminuir su ya escaso
-pan.» «<i>¡Bendito sea Dios!</i>»—replicó, y apenas podía dar crédito a
-sus oídos. Al instante compró doce ejemplares, gastando en eso, según
-me dijo, todo el dinero que poseía, excepto unos pocos <i>cuartos</i>. La
-introducción de la palabra de Dios en las escuelas rurales de España
-estaba empezada, y humildemente espero que, con el tiempo, será
-ese uno de los sucesos que la Sociedad Bíblica podrá con más razón
-recordar con júbilo y con acciones de gracias al Todopoderoso.</p>
-
-<p>Un labriego viejo está leyendo en el portal. Ochenta y cuatro
-años han pasado sobre su cabeza, y está casi enteramente sordo; no
-obstante, lee en alta voz el segundo capítulo de Mateo: tres días
-antes encargó un Testamento, pero como no disponía del dinero no
-lo ha pagado hasta este momento. Acaba de traerme treinta cuartos.
-Al<span class="pagenum" id="Page_132">[p. 132]</span> contemplar
-los cabellos plateados que coronan su semblante quemado por el sol,
-vienen a mi memoria las palabras del cántico de Simeón: «Ahora,
-Señor, sacas en paz de este mundo a tu siervo, según tu promesa,
-porque mis ojos han visto tu salvación».</p>
-
-<p>Durante mi estancia en Villaseca recibí de los buenos vecinos del
-pueblo muchas pruebas de sencilla hospitalidad y honesta fineza. De
-tal modo conquisté sus corazones por la «formalidad» de mi conducta
-y de mis palabras, que tengo la firme creencia de que me hubieran
-defendido a cuchilladas contra cualquier intento de reducirme a
-prisión o de molestarme de cualquier otro modo. Quien desee conocer
-al español genuino no debe buscarlo en los puertos ni en las grandes
-ciudades, sino en los pueblos solitarios y apartados, como los de
-La Sagra. Allí encontrará la gravedad en el porte y la caballeresca
-disposición del ánimo que se dan como destruídas por la sátira
-de Cervantes; y allí oirá, en la conversación de cada día, esas
-expresiones grandiosas, que son objeto de mofa, como exageraciones
-ridículas, al encontrarlas en los libros de caballerías.</p>
-
-<p>Un enemigo tenía yo en el pueblo: el cura.</p>
-
-<p>—Ese individuo es un hereje y un pícaro—dijo un día en la
-tertulia—. Nunca va a la iglesia y está envenenando el alma del<span
-class="pagenum" id="Page_133">[p. 133]</span> pueblo con sus libros
-luteranos. Hay que enviarlo a Toledo atado codo con codo, o a lo
-menos echarle del pueblo.</p>
-
-<p>—No haré nada de eso—dijo el <i>alcalde</i>, que pasaba por carlista—.
-Si tiene sus opiniones, yo también tengo las mías. Se porta como es
-debido, y no tengo para qué meterme en sus asuntos. Ha estado muy
-fino con mi hija y le ha regalado un libro. <i>¡Que viva!</i> Y si es o
-no luterano, yo tengo oído que entre los luteranos hay hijos de tan
-buenos padres como aquí. Me parece todo un <i>caballero</i>. Habla muy
-bien.</p>
-
-<p>—Eso no puede negarse—dijo el barbero.</p>
-
-<p>—¿Hay quien hable «tan» bien como él?—exclamó el <i>herrador</i>—. ¿Ni
-quien tenga más formalidad? <i>¡Vaya!</i> Es un hombre que aprecia el
-mérito de mi caballo, la flor de España, y me ha dicho que no lo hay
-mejor en <i>Inglaterra</i>. Un hombre, además, que si tuviera que quedarse
-en España, me asegura que compraría mi caballo, y me daría por él lo
-que le pidiese. ¡Echar a un hombre así! Un hombre de mi sangre, rubio
-como yo. ¿Quién se atrevería a echarlo de aquí, si yo, el tuerto, me
-opongo?</p>
-
-<p>Voy a contar una anécdota, relacionada con la circulación de las
-Escrituras, que no deja de ser rara.</p>
-
-<p>Ya he hablado del molino del puente de Azeca. Trabé amistad
-con el arrendatario, conocido en el país por don Antero. Un<span
-class="pagenum" id="Page_134">[p. 134]</span> día me llevó aparte,
-y con gran asombro mío me preguntó si no querría venderle un millar
-de Testamentos, al mismo precio que los daba a los lugareños,
-mostrándose dispuesto a pagarlos al contado. Al decir esto, hundió
-una mano en un bolsillo y extrajo un puñado de onzas. Le pregunté qué
-motivo le impulsaba a una compra tan importante; dijo que tenía un
-pariente en Toledo, y, deseando establecerlo, le había parecido lo
-mejor alquilarle una tienda en la ciudad y que se dedicase a vender
-Testamentos. Le contesté que no debía pensar en cosa semejante,
-porque lo más probable era que secuestraran los libros al pretender
-introducirlos en Toledo, dado lo muy opuestos que eran los curas y
-canónigos a su difusión.</p>
-
-<p>El hombre no se arredró. Díjome que su pariente podía viajar, lo
-mismo que yo, y vender libros a los campesinos, con alguna ganancia.
-Confieso que al principio estuve inclinado a aceptar su ofrecimiento,
-pero al cabo rehusé, porque no quería exponer a un buen hombre al
-riesgo de perder dinero y bienes, y acaso la libertad y la vida.
-También era yo opuesto a vender los libros a precio más elevado,
-sabiendo que los campesinos no podían pagarlo, y que en tal caso
-perderían los libros mucha parte de la influencia de que gozaban;
-su baratura producía impresión en el ánimo del pueblo, y casi la
-tenían allí por milagrosa, como los judíos<span class="pagenum"
-id="Page_135">[p. 135]</span> al maná que cayó del cielo cuando
-perecían de hambre, o a la fuente que brotó súbitamente de la dura
-roca para saciar su sed en el desierto.</p>
-
-<p>Durante todo este tiempo, un labriego iba y venía continuamente
-entre Villaseca y Madrid, llevando cargas de Testamentos en un
-<i>borrico</i>. Proseguimos nuestros trabajos hasta que la mayor parte de
-los pueblos de La Sagra estuvieron provistos de libros, sobre todo,
-Bargas, Cobeja, Mocejón, Villaluenga, Villaseca y Yuncler. Supimos,
-por último, que nuestras andanzas eran conocidas en Toledo, donde
-producían gran alarma, y regresamos a Madrid.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_136">[p. 136]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XLIV</h2>
- <p class="subhang">
- Aranjuez. — Una advertencia. — Aventura nocturna. — Nueva expedición.
- — Segovia. — Abades. — Curas facciosos. — López, en la cárcel. —
- Liberación de López.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">l buen</span>
-éxito que coronó nuestros esfuerzos en La Sagra de Toledo me incitó
-prontamente a acometer una nueva empresa. Determiné encaminarme a La
-Mancha, y distribuir la Palabra por los pueblos de aquella provincia.
-López, que ya había prestado tan importantes servicios en La Sagra,
-nos acompañó a Madrid, y ansiaba tomar parte en la nueva expedición.
-Resolví ir por de pronto a Aranjuez, donde esperaba obtener algunas
-noticias útiles para regular nuestros movimientos ulteriores;
-Aranjuez está a corta distancia de la raya de La Mancha, y lo cruza
-la carretera que lleva a esa provincia. Partimos, pues, de Madrid, y
-en cada pueblo del camino vendimos de treinta a cuarenta Testamentos,
-hasta llegar a Aranjuez, adonde habíamos enviado por delante un buen
-repuesto de libros.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_137">[p. 137]</span></p>
-
-<p>Ameno sitio es Aranjuez, aunque abandonado. Allí el Tajo fluye por
-un delicioso valle, quizás el más fértil de España; y allí surgió,
-en días mejores para ese país, una pequeña ciudad, con un palacio
-modesto, pero muy lindo, sombreado por árboles enormes, donde los
-reyes venían a explayarse olvidando los cuidados del trono. Allí
-pasó sus últimos días Fernando VII, rodeado de <i>señoras</i> guapas y de
-toreros andaluces; pero, como dice Schiller en una de sus tragedias:
-«Los hermosos días de Aranjuez ya se acabaron.» Cuando el sensual
-Fernando rindió su cuenta postrera, la realeza huyó de allí, y el
-sitio decayó pronto. Ya no se agolpan en palacio los intrigantes
-cortesanos; su vasto circo, donde antaño los toros manchegos bramaban
-furiosos en la lucha, está cerrado; y ya no se oye el leve puntear de
-las guitarras en sus arboledas y jardines.</p>
-
-<p>Tres días estuve en Aranjuez, durante los que Antonio, López y yo
-no dejamos en la ciudad ninguna casa por visitar. Hallamos entre los
-habitantes gran miseria y mucha ignorancia; tropezamos con alguna
-oposición; sin embargo, plugo al Todopoderoso permitirnos vender unos
-ochenta Testamentos, comprados todos por la gente más pobre; las
-personas acomodadas no pusieron atención en la Palabra de Dios, y más
-bien se mofaban de ella y la ridiculizaban.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_138">[p. 138]</span></p>
-
-<p>Una circunstancia me agradó y contentó en gran manera, a saber:
-la prueba ocular de que los libros vendidos se leían, y con mucha
-atención, por los compradores, y que otras varias personas recibían
-su benéfico influjo. En las calles de Aranjuez, y debajo de los
-poderosos cedros y gigantescos álamos y plátanos que forman sus
-hermosos bosques, vi con frecuencia grupos de individuos oyendo leer
-en alta voz el Nuevo Testamento.</p>
-
-<p>Es probable que, de permanecer más tiempo en Aranjuez, hubiera
-vendido muchos más de aquellos Divinos Libros; pero ansiaba ganar La
-Mancha y sus arenosas planicies, y esconderme por una temporada en
-sus apartados pueblos, para huír de la tormenta que sentía cernerse
-sobre mí. Una vez más allá de Ocaña, ciudad fronteriza, sabía yo bien
-que nada tendría que temer de las autoridades españolas, cuyo poder
-terminaba allí; el resto de La Mancha hallábase casi por completo
-en manos de los carlistas, y recorrido por pequeñas partidas de
-bandidos, de quien esperaba librarme con la protección del Señor.
-Partí, pues, para Ocaña, distante de Aranjuez tres leguas.</p>
-
-<p>Antonio y yo salimos a las seis de la tarde; muy de mañana,
-habíamos enviado por delante a López con doscientos o trescientos
-Testamentos. Dejamos la carretera, y caminamos por un atajo a
-través de agrestes ce<span class="pagenum" id="Page_139">[p.
-139]</span>rros, y por terreno quebrado y pendiente.</p>
-
-<p>Como íbamos bien montados, llegamos frente a Ocaña cuando acababa
-de ponerse el sol; el pueblo se alza en un cerro escarpado; un valle
-profundo se abría entre el pueblo y nosotros; bajamos, hasta llegar
-a un puentecillo por el que se cruza un riachuelo en el fondo del
-valle, a muy corta distancia de una especie de arrabal. Cruzamos el
-puente, y al pasar junto a una casa abandonada, a mano izquierda, un
-hombre se destacó del hueco de la puerta.</p>
-
-<p>Lo que voy a decir parecerá incomprensible; téngase presente que
-anda en ello un pueblo harto singular. El hombre se plantó delante
-del caballo, cerrando el camino, y dijo: <i>Schophon</i>, que en hebreo
-significa conejo. Sabía yo que esta palabra era una contraseña de los
-judíos, y pregunté al hombre si tenía alguna cosa que advertirme.
-Dijo así: «No debe usted entrar en esta ciudad, porque le han tendido
-un lazo. El <i>corregidor</i> de Toledo, en quien toda maldad tiene
-cabida, por agradar a los sacerdotes de María, a quienes escupo al
-rostro, ha ordenado a los <i>alcaldes</i>, <i>escribanos</i> y <i>corchetes</i> de
-estas partes que le echen a usted mano dondequiera que le encuentren,
-y le manden a Toledo con sus libros y con cuanto le pertenezca. A
-su criado le prendieron esta mañana en la parte alta del pueblo,
-cuando iba vendiendo libros por la calle, y ahora le espe<span
-class="pagenum" id="Page_140">[p. 140]</span>ran a usted en la
-<i>posada</i>; pero como yo le conocía a usted por lo que me han contado
-mis hermanos, he estado esperándole aquí unas horas para darle este
-aviso, y que su caballo vuelva el rabo a sus enemigos y se burle de
-ellos con un relincho. No tema usted por su criado; el <i>alcalde</i>
-le conoce y le pondrá en libertad; pero usted huya, y que Dios le
-proteja». Dicho esto, se fué corriendo hacia el pueblo.</p>
-
-<p>No vacilé un momento en seguir su consejo, sabiendo bien que,
-secuestrados los libros, ya nada podía hacer en aquellos lugares.
-Retrocedimos en dirección de Aranjuez. Los caballos, a pesar de
-la naturaleza del terreno, corrían a todo galope; pero no habían
-terminado nuestras aventuras. A mitad de camino, y a una media legua
-del pueblo de Ontígola, vimos cerca de nosotros, a mano izquierda,
-tres hombres sobre un montículo. Hasta donde la obscuridad lo
-permitía, nos pareció distinguir que estaban al descubierto, pero
-llevaban sendas escopetas. Eran <i>rateros</i>, o salteadores de caminos.
-Hicimos alto y gritamos:</p>
-
-<p>—¿Quién va?</p>
-
-<p>—¡Qué les importa a ustedes!—respondieron—. Sigan adelante.</p>
-
-<p>Su designio era hacernos fuego desde un sitio en que fuera
-imposible errar.</p>
-
-<p>Gritamos de nuevo:</p>
-
-<p>—Si no pasáis ahora mismo a la derecha<span class="pagenum"
-id="Page_141">[p. 141]</span> del camino, os pateamos con los cascos
-de los caballos.</p>
-
-<p>Vacilaron, y al fin obedecieron, porque todos los asesinos son
-cobardes y a la menor señal de energía se someten.</p>
-
-<p>Cuando pasábamos al galope, gritó uno, con una palabrota
-obscena:</p>
-
-<p>—¿Tiramos?</p>
-
-<p>Pero otro dijo:</p>
-
-<p>—¡No, no! ¡Hay peligro!</p>
-
-<p>Llegamos a Aranjuez, donde se nos reunió López a la mañana
-siguiente temprano, y nos volvimos a Madrid.</p>
-
-<p>Pena me da decir que en Ocaña secuestraron doscientos Testamentos
-y, sellados, los enviaron a Toledo. López me contó que los hubiera
-vendido todos en dos horas: tan grande era la demanda. Así y todo,
-vendió veintisiete en menos de diez minutos.</p>
-
-<p>A pesar del tropiezo de Ocaña no estábamos desanimados, ni mucho
-menos, y sin perder tiempo empezamos a preparar otra expedición. Al
-volver de Aranjuez a Madrid, mis ojos habían contemplado muy a menudo
-la potente barrera de montañas que divide las dos Castillas, y me
-dije: «¿Por qué no cruzar esas montañas y comenzar mis operaciones
-al otro lado, en la propia Castilla la Vieja? Allí no me conocen,
-y será difícil que hayan llegado noticias de mis trabajos. Quizás
-el enemigo duerme, y antes que se despierte puedo sembrar mu<span
-class="pagenum" id="Page_142">[p. 142]</span>cha buena simiente en
-los pueblos de los castellanos viejos. A Castilla, pues; a <i>Castilla
-la Vieja</i>.» Por consiguiente, el día después de mi regreso despaché
-varias cargas de libros a diferentes pueblos que me proponía visitar,
-y envié por delante a López, con su burra bien cargada, y orden de
-esperarme, en un día señalado, debajo de cierto arco del acueducto de
-Segovia. También le di orden de ajustar a cuantas personas quisieran
-cooperar en la distribución de las Escrituras y pareciesen útiles
-para el caso. Imposible hallar un colaborador más valioso que López
-para una expedición de ese género. No sólo conocía muy bien el país,
-sino que tenía amigos, y hasta parientes, al otro lado de la sierra,
-y me aseguró que en sus casas nos recibirían siempre muy bien. Partió
-con grandes bríos, exclamando:</p>
-
-<p>—Tenga buen ánimo, <i>don Jorge</i>; antes de que volvamos habremos
-vendido hasta el último ejemplar de su librería evangélica. ¡Abajo
-los frailes! ¡Abajo la superstición! <i>¡Viva Inglaterra! ¡Viva el
-Evangelio!</i></p>
-
-<p>A los pocos días le seguí yo con Antonio. Subimos a la sierra por
-el puerto que llaman de Peña Cerrada, a unas tres leguas al Este
-del de Guadarrama. Es muy poco frecuentado, porque la carretera
-que une ambas Castillas pasa por Guadarrama. Tiene además muy mala
-reputación: todos dicen que se halla infestado de ladrones. Aca<span
-class="pagenum" id="Page_143">[p. 143]</span>baba de ponerse el sol
-cuando llegamos a la cumbre, y entramos en un espeso y sombrío pinar
-que cubre enteramente las montañas por la parte de Castilla la Vieja.
-La bajada no tardó en hacerse tan rápida y pendiente, que de buen
-grado nos apeamos de los caballos y los obligamos a ir delante. Cada
-vez nos hundíamos más en el bosque; los pájaros nocturnos empezaron
-a graznar, y millones de grillos dejaban oír su penetrante chirrido
-encima, debajo y alrededor nuestro. A veces percibíamos a cierta
-distancia, entre los árboles, unas llamaradas como de inmensas
-hogueras.</p>
-
-<p>—Son los carboneros, <i>mon maître</i>—dijo Antonio—. No debemos
-acercarnos porque son gente bárbara, medio bandidos. Han matado y
-robado a muchos viajeros en estas horribles soledades.</p>
-
-<p>Era noche obscurísima cuando llegamos al pie de las montañas; aún
-estábamos entre pinares y bosques, que se extendían muchas leguas a
-la redonda.</p>
-
-<p>—Difícil será que lleguemos a Segovia esta noche, <i>mon
-maître</i>—dijo Antonio.</p>
-
-<p>Así fué, en efecto, porque nos desorientamos, y al llegar, al fin,
-a un sitio donde se bifurcaba el camino, en lugar de tomar el de la
-izquierda, que nos hubiese llevado a Segovia, volvimos a la derecha,
-en dirección de La Granja, adonde llegamos a media noche.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_144">[p. 144]</span></p>
-
-<p>Encontramos en La Granja mayor desolación aún que en Aranjuez.
-Ambos sitios han padecido mucho con la ausencia de los reyes; pero el
-primero hasta un grado en extremo aterrador. Los nueve décimos de la
-población han abandonado el lugar, residencia favorita de Cristina
-hasta el último pronunciamiento. Tan grande es la soledad de La
-Granja, que los jabalíes de los bosques vecinos, y especialmente los
-de una montaña cónica, cubierta por un hermoso pinar, que se alza
-inmediatamente detrás del palacio, llegan muy a menudo hasta las
-calles y plazas, y dejan la huella de sus colmillos en los postes de
-los soportales.</p>
-
-<p>Estuvimos veinticuatro horas en La Granja y continuamos a Segovia.
-Llegó el día que tenía señalado para reunirme con López. Fuí al
-acueducto y me senté debajo del arco 107, donde esperé la mayor
-parte del día; pero López no se presentó. Me levanté y volví a la
-ciudad.</p>
-
-<p>Esperé dos días en Segovia en casa de un amigo; tampoco recibí
-noticias de López. Al cabo, por una de las mayores casualidades del
-mundo, oí a un lugareño que en las cercanías de Abades había unos
-hombres vendiendo libros.</p>
-
-<p>Abades dista de Segovia unas tres leguas, y hacia allá me puse
-en camino, así que recibí la noticia, con tres pollinos cargados
-de Testamentos. Al anochecer llegué a Aba<span class="pagenum"
-id="Page_145">[p. 145]</span>des, y encontré a López, con dos
-campesinos que había contratado, en casa del barbero del pueblo,
-donde me alojé también. Llevaba ya vendidos muchos Testamentos en
-las cercanías, y había empezado a venderlos aquel día en el mismo
-Abades; pero dos de los tres <i>curas</i> del pueblo se lo estorbaron: con
-horrendas maldiciones condenaban la obra, y amenazaban a López con
-la muerte eterna por venderla, y lo mismo a cualquiera otra persona
-que la comprase; López, aterrado, se contuvo en espera de mi llegada.
-El tercer <i>cura</i>, sin embargo, se esforzó cuanto pudo en persuadir
-al pueblo que adquiriese Testamentos, diciendo que sus colegas eran
-unos hipócritas, unos malos pastores, que, por mantenerlos en la
-ignorancia de la palabra y de la voluntad de Cristo, los conducían
-al infierno. Oídas estas noticias, me encaminé a la plaza, y la
-misma noche logré vender más de treinta Testamentos. A la mañana
-siguiente, los dos <i>curas</i> facciosos se me metieron en casa; pero en
-cuanto me levanté para hacerles cara se retiraron y no supe más de
-ellos, excepto que me anatematizaron más de una vez públicamente en
-la iglesia; como no me resultó daño alguno, el suceso me preocupó muy
-poco.</p>
-
-<p>No referiré con detalles los eventos de la siguiente semana;
-baste decir que, distribuídas mis fuerzas del modo más conveniente,
-logré, con la ayuda de Dios, vender de qui<span class="pagenum"
-id="Page_146">[p. 146]</span>nientos a seiscientos Testamentos en los
-pueblos enclavados dentro de un radio de siete leguas en torno de
-Abades. Al cabo de ese tiempo, supe que mis trabajos se conocían ya
-en Segovia, a cuya provincia pertenece Abades, y que se había enviado
-al <i>alcalde</i> orden de secuestrar cuantos libros hallase en mi poder.
-Sabido esto, y aunque ya era entrada la noche, levanté el campo
-con mi gente, llevándonos más de trescientos Testamentos, porque
-habíamos recibido de Madrid, pocas horas antes, nueva provisión de
-ellos. Pasamos la noche al raso, y a la mañana siguiente llegamos a
-Labajos, pueblo situado en la carretera de Madrid a Valladolid. No
-vendimos libros en aquel lugar, limitándonos a abastecer desde él de
-la Palabra de Dios a los pueblos inmediatos; también vendimos libros
-por los caminos.</p>
-
-<p>No llevábamos en Labajos una semana, trabajando con mucho fruto,
-cuando el cabecilla carlista Balmaseda, al frente de su caballería,
-hizo su atrevida incursión por la parte Sur de Castilla la Vieja,
-arrojándose como un alud desde los pinares de Soria. Presencié los
-horrores que se siguieron: saqueo de Arévalo; toma de Martín Muñoz.
-En medio de escenas tan terribles continuábamos nuestra tarea. De
-pronto, López estuvo tres días perdido, y pasé angustias mortales
-por su causa, imaginándome que los carlistas le habían fusilado;
-al cabo supe<span class="pagenum" id="Page_147">[p. 147]</span>
-que estaba preso en Villalos<a id="FNanchor_15" href="#Footnote_15"
-class="fnanchor">[15]</a>, pueblo distante tres leguas de allí.
-Los pasos que di para librarlo se encuentran detallados en una
-comunicación que juzgué de mi deber transmitir a lord William Hervey,
-a la sazón ministro británico en Madrid en reemplazo de sir Jorge
-Villiers, ya conde de Clarendon.</p>
-
-<p class="sang_iz">«Labajos (provincia de Segovia),</p>
-
-<p class="firma">23 de agosto de 1838.</p>
-
-<p class="mt1">Señor: Con su venia me permito llamar su atención
-sobre los siguientes hechos: El día 21 del corriente supe que un
-dependiente mío, llamado Juan López, estaba preso en la cárcel de
-Villalos, provincia de Avila, por orden del <i>cura</i> del pueblo. El
-crimen de que se le acusaba era la venta del Nuevo Testamento. Estaba
-yo a la sazón en Labajos, provincia de Segovia, y la división del
-cabecilla faccioso Balmaseda andaba por las inmediaciones. El día 22
-monté a caballo y fuí a Villalos, distante tres leguas. A mi llegada
-encontré que López había sido trasladado desde la cárcel a una
-casa particular. Había llegado una orden del <i>corregidor</i> de Avila
-mandando poner en libertad a López y retener tan sólo los libros
-que se hallaran en su poder. Sin embargo, en abierta oposición a
-esa orden (de la que le envío copia), el <i>alcalde</i> de Villalos, por
-instigación del<span class="pagenum" id="Page_148">[p. 148]</span>
-<i>cura</i>, no permitió al dicho López marcharse del pueblo, ni con
-dirección a Avila, ni a otro sitio cualquiera. A López le dieron
-a entender que, como se esperaba la llegada de los facciosos, se
-proponían denunciarle a ellos como liberal para que lo fusilaran.
-Teniendo en cuenta estas circunstancias creí de mi deber, como
-cristiano y caballero, rescatar a mi infeliz criado de tan inicuas
-manos, y, por tanto, desafiando toda oposición, le saqué de allí,
-aunque inerme, a través de una turba de cien lugareños cuando menos.
-Al salir del pueblo grité: <i>¡Viva Isabel segunda!</i></p>
-
-<p>Como creo que el <i>cura</i> de Villalos es capaz de cualquier infamia,
-ruego humildemente a V.E. que haga llegar con prontitud al Gobierno
-español una copia del anterior relato.</p>
-
-<p>Tengo el honor de ser, como siempre, señor, el más sumiso servidor
-de V.E.</p>
-
-<p class="firma"><span class="smcap">Jorge Borrow</span>.</p>
-
-<p class="ti0 mt1">Al muy honorable señor William Hervey.»</p>
-
-<p class="mt1">Libertado López, proseguimos la obra de distribución.
-Pero de pronto sentí los primeros síntomas de una enfermedad, que me
-obligaron a volver con premura a Madrid. Ya de vuelta, me atacó una
-fiebre que me retuvo en el lecho unas semanas. Tuve varios ataques
-de delirio; durante uno de ellos me imaginé que estaba en la plaza
-de Mar<span class="pagenum" id="Page_149">[p. 149]</span>tín Muñoz
-empeñado en una lucha a muerte con el cabecilla Balmaseda.</p>
-
-<p>Apenas me vi limpio de fiebre, se apoderó de mí una melancolía
-profunda que me imposibilitaba para todo trabajo. Me recomendaron un
-cambio de lugar y de aires, y me volví a Inglaterra.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_150">[p. 150]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XLV</h2>
- <p class="subhang">
- Regreso a España. — Sevilla. — Un perseguidor encarnizado. — La
- profetisa manchega. — El sueño de Antonio.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">l</span>
-31 de diciembre de 1838 llegué a España por tercera vez. Estuve
-en Cádiz un par de días, y fuí a Sevilla, desde donde pensaba
-trasladarme a Madrid por la posta. Detúveme allí una quincena gozando
-del clima delicioso de aquel paraíso terrenal y de las embalsamadas
-brisas del invierno andaluz, como ya hice dos años atrás. Antes de
-marcharme de Sevilla visité al librero, mi corresponsal, quien me
-dijo que de los cien ejemplares del Testamento dejados a su cargo, el
-Gobierno había embargado setenta y siete el verano anterior, que se
-hallaban en poder del gobernador eclesiástico. Resolví, pues, visitar
-también a este funcionario, con la mira de hacer averiguaciones
-respecto de mis bienes.</p>
-
-<p>Vivía en una vasta casa en la <i>Pajaría</i>, o mercado de la paja.
-Era muy viejo, entre los setenta y los ochenta años, y, como la
-gene<span class="pagenum" id="Page_151">[p. 151]</span>ralidad de
-cuantos visten hábitos sacerdotales en Sevilla, furioso perseguidor
-papista. Me figuro que le costaría trabajo creer a sus oídos cuando
-sus dos sobrinos-nietos, guapos chicos, pelinegros, que estaban
-jugando en el patio, fueron a decirle que un inglés deseaba hablarle,
-pues probablemente era yo el primer hereje que se aventuraba en
-su vivienda. Hallábase en una sala abovedada, sentado en un gran
-sillón, con dos secretarios de siniestra catadura, también en hábitos
-clericales, ocupados en escribir en una mesa delante de él. Me trajo
-con fuerza a la memoria la imagen del torvo y viejo inquisidor que
-persuadió a Felipe II para que matase a su propio hijo como enemigo
-de la Iglesia.</p>
-
-<p>Se levantó al verme entrar, y me contempló con semblante
-ensombrecido por la sospecha y la contrariedad. Al cabo se dignó
-señalarme un sofá y empecé a darle cuenta de mi asunto. Mucho se
-agitó al oírme hablar de los Testamentos; pero en cuanto mencioné
-a la Sociedad Bíblica, y le dije quién era yo, no pudo contenerse
-más tiempo: con lengua balbuciente, y los ojos chispeantes como
-ascuas, empezó a ultrajarnos a la Sociedad y a mí, diciendo que
-eran execrables los fines de la primera, y que en lo tocante a mí,
-se sorprendía de que, habiéndome ya una vez alojado en la cárcel de
-Madrid, me hubiesen permitido salir de ella;<span class="pagenum"
-id="Page_152">[p. 152]</span> añadió que era oprobioso para el
-Gobierno permitir que una persona de mi condición vagase en libertad
-por un país inocente y pacífico para corromper a las almas ignorantes
-y confiadas. Lejos de dejarme desconcertar por su proceder brutal,
-le repliqué con toda la cortesía posible, y le aseguré que en aquel
-caso no tenía razón para alarmarse, pues el solo motivo de reclamar
-los libros era el deseo de aprovechar una oportunidad que entonces se
-me presentaba para enviarlos fuera del país, como, en efecto, tenía
-orden oficial de hacerlo. Pero con nada se calmó, y me hizo saber que
-no devolvería los libros en ningún caso, salvo por orden terminante
-del Gobierno. Como el asunto no tenía importancia, juzgué lo más
-cuerdo no insistir, y prudente retirarme antes de que me invitara a
-hacerlo. Hasta la calle me siguieron su sobrina y sus nietos, que
-durante toda la conversación habían estado escuchando en la puerta de
-la sala sin perder palabra.</p>
-
-<p>Al pasar por la Mancha nos detuvimos cuatro horas en Manzanares,
-pueblo grande. Hallábame en la plaza de conversación con un cura,
-cuando un ser harapiento y espantable se presentó: era una muchacha
-de unos diez y ocho o diez y nueve años, completamente ciega; una
-telilla blanca le cubría los ojos, grandes, parados. Su tez era tan
-amarillenta como la de una mulata. Al pronto<span class="pagenum"
-id="Page_153">[p. 153]</span> creí que sería gitana, y hablándole
-en <i>gitano</i> inquirí si era de la casta. Me entendió; pero, moviendo
-la cabeza, me dijo que era algo mejor que <i>gitana</i>, y sabía hablar
-una lengua superior también a la jerga de los hechiceros, y empezó
-a hacerme preguntas en un latín extremadamente bueno. Mucho me
-sorprendí, como era natural; apelando a todo el latín que sabía, la
-llamé «profetisa manchega», le expresé mi admiración por su mucha
-sabiduría, y le rogué que me explicase cómo la había adquirido. Debo
-hacer notar aquí que al momento nos rodeó la multitud, y aunque no
-entendía ni palabra de nuestro diálogo, rompía en aplausos a cada
-frase de la muchacha, enorgulleciéndose de poseer una profetisa capaz
-de contestar al inglés.</p>
-
-<p>Díjome que era ciega de nacimiento, y que un padre jesuíta,
-compadecido de ella, le enseñó, de niña, la lengua sagrada, para
-que ganase con más facilidad la atención y los corazones de los
-cristianos. Pronto descubrí que el jesuíta le había enseñado algo
-más que latín, pues al saber que yo era inglés, dijo que siempre
-había profesado gran afecto a mi país, cuna en otro tiempo de santos
-y de sabios, por ejemplo: Beda y Alcuino, Columbus y Tomás de
-Cantorbery; pero, añadió, esos tiempos se acabaron con la reaparición
-de Semíramis (Isabel). Su latín era excelente de veras, y cuando
-yo,<span class="pagenum" id="Page_154">[p. 154]</span> como un godo
-auténtico, hablé de Anglia y Terra Vandálica, me corrigió diciéndome
-que en su lengua esos lugares se llamaban Britannia y Terra Bética.
-Acabado el coloquio, la profetisa hizo una colecta, y hasta los más
-pobres dieron algo.</p>
-
-<p>Tras un viaje de cuatro días con sus noches, llegamos a Madrid
-sin el menor tropiezo, aunque es de estricta justicia hacer notar,
-y siempre con gratitud al Todopoderoso, que el correo siguiente fué
-robado. Momentos después de la llegada, me ocurrió un caso singular.
-Al entrar por el arco de la <i>posada</i> llamada de La Reina, donde
-pensaba alojarme, unos brazos me rodearon, y volviéndome con asombro,
-reconocí a Antonio, mi criado griego. Estaba muy flaco, mal vestido;
-los ojos parecían saltársele de las órbitas.</p>
-
-<p>En cuanto estuvimos solos me contó que desde mi partida había
-pasado muchas miserias y escaseces, sin poder hallar en todo el
-tiempo amo a quien servir; tanto, que casi había llegado al borde de
-la desesperación; pero la noche antes de mi llegada tuvo un sueño,
-y me vió, montado en un caballo negro, llegar a la puerta de la
-<i>posada</i>: por esa razón había estado esperándome allí la mayor parte
-del día. No pretendo dar una opinión acerca de esta historia, que se
-sale de los límites de mi filosofía, y me contentaré con decir que
-en Madrid sólo dos personas<span class="pagenum" id="Page_155">[p.
-155]</span> conocían mi llegada a España. Con gusto le recibí de
-nuevo a mi servicio, pues, no obstante sus defectos, me había sido
-muy útil muchas veces en mis viajes y en mis trabajos bíblicos.</p>
-
-<p>Tan pronto como me instalé en mi antiguo hospedaje, uno de mis
-primeros cuidados fué visitar a Lord Clarendon. Díjome, entre otras
-cosas, que había recibido una comunicación oficial del Gobierno,
-participándole el embargo de los Testamentos en Ocaña, en las
-circunstancias ya contadas por mí, y haciéndole saber que, a menos de
-tomar disposiciones urgentes para llevárselos fuera del reino, serían
-destruídos en Toledo, donde estaban depositados. Contesté que no me
-preocupaba el asunto; y que si las autoridades de Toledo, civiles o
-eclesiásticas, resolvían quemar los libros, mi único deseo era que
-los entregasen a las llamas con toda la publicidad posible, porque
-así no harían más que manifestar su diabólico rencor y hostilidad a
-la Palabra de Dios.</p>
-
-<p>Ansioso de reanudar mis trabajos, apenas llegué a Madrid escribí a
-López el de Villaseca, para saber si se hallaba pronto a cooperar en
-la tarea, como en otras ocasiones. Me contestó que estaba muy ocupado
-en las faenas de la labranza; para llenar su puesto, empero, me envió
-un labriego viejo, llamado Victoriano López, lejano pariente suyo.</p>
-
-<p>¿Qué es un misionero en el corazón de<span class="pagenum"
-id="Page_156">[p. 156]</span> España, sin caballo? Tal consideración
-me indujo a comprar uno árabe, de mucha raza, traído de Argel por un
-oficial de la legión francesa. El corcel, lo mejor que, a juicio mío,
-ha producido jamás el desierto, se llamaba <i>Sidi Habismilk</i>.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_157">[p. 157]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XLVI</h2>
- <p class="subhang">
- Se reanuda la obra de propaganda. — Aventura en Cobeña. — El
- poder del clero. — Autoridades rurales. — Fuente la Higuera. — El
- contratiempo de Victoriano. — La cárcel del pueblo. — La cuerda. — Un
- recado de Antonio. — Antonio, en misa.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">n el</span>
-capítulo anterior he dicho que inmediatamente después de llegar a
-Madrid, comencé a disponerlo todo para inaugurar las operaciones en
-los contornos de la capital; y no tardé en acometer efectivamente mis
-trabajos. Un triunfo considerable coronó mis débiles esfuerzos en
-pro de la buena causa, por lo que ahora, transcurridos algunos años,
-todavía al volver la vista atrás doy gracias al Omnipotente.</p>
-
-<p>En menos de una quincena recorrimos todos los pueblos que hay
-dentro de un radio de cuatro leguas al Este de Madrid, y vendimos
-cerca de doscientos Testamentos. Esos pueblos son casi todos muy
-pequeños; algunos no tienen arriba de una docena de casas, o más
-bien chozas miserables.<span class="pagenum" id="Page_158">[p.
-158]</span> Dejé a Antonio, mi griego, en Madrid, encargado de
-nuestros asuntos, y yo salí con Victoriano, el lugareño de Villaseca,
-en la dirección ya mencionada. Pero nos separamos pronto, echando por
-caminos diferentes.</p>
-
-<p>El primer pueblo en que intenté alguna cosa fué Cobeña, a tres
-leguas de Madrid. Iba yo vestido como los campesinos de las cercanías
-de Segovia, en Castilla la Vieja, a saber, en la cabeza una especie
-de capacete de piel o <i>montera</i>, y el chaquetón y los calzones del
-mismo material. Esto me daba el aspecto de un hombre entre los
-sesenta y los setenta años; delante de mí llevaba un <i>borrico</i>, con
-un saco lleno de Testamentos atravesado en el lomo. En las afueras
-del pueblo encontré a una mujer joven, de muy gentil parecer,
-que llevaba un niño de la mano. A punto de cruzarme con ella,
-dirigiéndole la habitual salutación de <i>¡Vaya usted con Dios!</i>, la
-mujer se detuvo, y, tras de mirarme un momento, dijo:</p>
-
-<p>—¡Tío!, ¿qué lleva usted en el <i>borrico</i>? ¿Es jabón?</p>
-
-<p>—¡Sí!—repliqué—. ¡Jabón para limpiar las almas!</p>
-
-<p>Me preguntó qué daba a entender con eso, y le dije que llevaba,
-para vender, libros muy buenos y baratos. Pidió ver uno, y,
-manifestando un ejemplar que llevaba en el bolsillo, se lo entregué.
-Al instante comenzó<span class="pagenum" id="Page_159">[p.
-159]</span> a leerlo en voz alta, y así estuvo lo menos diez minutos,
-exclamando de vez en cuando: «<i>¡Qué lectura tan bonita, qué lectura
-tan linda!</i>» Por último, como le dije que iba de prisa y no podía
-aguardar más tiempo, exclamó: «¡Es verdad, es verdad!», y me preguntó
-el precio del libro. «Sólo tres reales», contesté. A esto repuso que,
-con ser tan poco lo que yo pedía, era más de lo que tenía proporción
-de dar, pues en aquellas partes había muy poco o ningún dinero. Dije
-que lo sentía, pero que me era imposible vender los libros a menos
-precio, y, tomando el que le había dado, me despedí y la dejé. Pero
-no había andado treinta varas cuando el niño echó a correr detrás
-de mí, gritando, casi sin aliento: «¡Párate, tío!, ¡el libro, el
-libro!» Me dió alcance, pagó los tres <i>reales</i> en monedas de cobre,
-y, apoderándose del Testamento, volvió corriendo hacia la que debía
-de ser su hermana, blandiendo el libro sobre su cabeza con gran
-júbilo.</p>
-
-<p>En llegando al pueblo, dirigí mis pasos a una casa en torno
-de cuya puerta vi reunida alguna gente, mujeres en su mayoría.
-Desempaqueté los libros, y, picada al instante su curiosidad, no
-tardaron en tener cada una un ejemplar en la mano, y muchas leían
-en voz alta; pero aunque esperé casi una hora, sólo pude vender
-un ejemplar, quejándose todos amargamente de lo malos que<span
-class="pagenum" id="Page_160">[p. 160]</span> estaban los tiempos y
-de la casi total carencia de dinero, aunque, a la vez, reconocían que
-los libros eran de maravillosa baratura y, al parecer, muy buenos y
-cristianos. Ya iba a recoger la mercancía y a marcharme, cuando de
-pronto se presentó el cura del pueblo. Examinó los libros un buen
-rato con gran atención, me preguntó el precio de cada ejemplar, y, al
-saber que era sólo tres <i>reales</i>, replicó que la encuadernación valía
-más, y mucho temía que no los hubiese robado, por lo que quizás su
-deber era enviarme a la cárcel por sospechoso; pero añadió que los
-libros eran buenos libros, comoquiera que los hubiese adquirido, y
-acabó comprando dos ejemplares. La pobre gente, en cuanto oyó al cura
-alabar los libros, entró en vivos deseos de adquirirlos, y corrió de
-aquí para allá en busca de dinero, de modo que se vendieron de veinte
-a treinta ejemplares casi en un instante. Esta aventura no sólo es un
-ejemplo del influjo que en España aún conserva el clero en el ánimo
-del pueblo; pero demuestra que ese influjo no siempre se ejerce en
-pro del mantenimiento de la ignorancia y de la superstición.</p>
-
-<p>En otro pueblo, al mostrar el Testamento a una mujer, dijo que
-compraría con gusto un ejemplar para un hijo que tenía en la escuela;
-pero que antes necesitaba saber si el libro le serviría. Se fué, y
-a poco volvió con el maestro, seguido de todos sus alumnos;<span
-class="pagenum" id="Page_161">[p. 161]</span> entonces, enseñándole
-al maestro el libro, la mujer le preguntó si era a propósito para su
-hijo. El maestro la llamó necia por hacerle tal pregunta, y dijo que
-conocía el libro muy bien, y que no lo había igual en el mundo.</p>
-
-<p>Al instante compró cinco ejemplares para sus alumnos, deplorando
-no tener más dinero, «que a tenerlo—dijo—compraría toda la partida».
-Oído esto, la mujer compró cuatro ejemplares: uno para su hijo, otro
-para su «difunto marido», un tercero para sí, y el cuarto para su
-hermano, a quien, según dijo, esperaba de Madrid aquella noche.</p>
-
-<p>En esta forma proseguimos, aunque no siempre con el mismo éxito.
-En algunas aldeas, la gente estaba tan pobre y necesitada, que
-carecía literalmente de dinero; pero aun en tales casos nos las
-arreglábamos para vender algunos ejemplares, a cambio de cebada
-y otras especies. Al entrar en una aldehuela, Victoriano se vió
-detenido por el cura, quien, enterado de lo que vendía, le intimó a
-marcharse en el acto, ó de lo contrario le haría prender y escribiría
-a Madrid denunciando sus idas y venidas. La excursión duró unos
-ocho días. En cuanto volví, envié a Victoriano a Carabanchel,
-pueblo inmediato a Madrid, el único que por la parte Oeste dejé de
-visitar el año anterior. En una hora que estuvo allí, vendió<span
-class="pagenum" id="Page_162">[p. 162]</span> veinte ejemplares, y se
-volvió a Madrid luego, porque era de muy pocos ánimos y tuvo miedo de
-tropezar con los ladrones que por las noches infestaban el camino.</p>
-
-<p>Poco después de estos sucesos, ocurrió un incidente que quizás
-haga sonreír al lector inglés; mas no deja de tener interés como
-muestra de los sentimientos dominantes en algunos de los apartados
-pueblos de España respecto de cuanto sea novedad o lo parezca, y de
-las acciones singulares que a veces cometen las autoridades rurales
-y los curas, sin el más leve temor de que les llame a cuentas; pues
-como viven completamente aparte del resto del mundo, se tienen por
-personas de insuperable importancia, y apenas sueñan que exista un
-poder superior al suyo propio.</p>
-
-<p>Estaba yo a punto de emprender una excursión a Guadalajara y
-los pueblos de la Alcarria, distantes de Madrid unas siete leguas;
-en realidad, sólo aguardaba para salir el regreso de Victoriano, a
-quien había enviado con unos pocos Testamentos en aquella dirección
-a manera de explorador, a fin de conocer por sus noticias la
-disposición de ánimo de la gente respecto de la compra de libros, y
-poder formar una opinión aproximada acerca del número de ejemplares
-que necesitaría llevar conmigo. Pero estuve quince días sin recibir
-noticias suyas, y al cabo, un campesino me trajo una carta, fe<span
-class="pagenum" id="Page_163">[p. 163]</span>chada en la cárcel de
-Fuente la Higuera, pueblo a ocho leguas de Madrid, en la <i>campiña</i>
-de Alcalá: en esta carta me decía Victoriano que ya llevaba ocho
-días preso, y que si yo no tenía medio de libertarle, permanecería
-en la cárcel hasta que se muriese de hambre, lo cual ocurriría,
-sin duda alguna, tan pronto como se le acabase el dinero. De mis
-averiguaciones posteriores resultó que, pasada la ciudad de Alcalá,
-empezó a vender libros con muy buen éxito. Todo su repuesto consistía
-en sesenta y un Testamentos, y en el solo pueblo de Arganza<a
-id="FNanchor_16" href="#Footnote_16" class="fnanchor">[16]</a>
-vendió, sin la menor dificultad y sin interrupción, veinticinco; los
-pobres labriegos le cubrían de bendiciones por proveerles de libros
-tan buenos a tan bajo precio.</p>
-
-<p>Ya sólo le quedaban diez y ocho libros cuando tomó el camino de
-Fuente la Higuera. Este pueblo le era bastante conocido por haberlo
-visitado en otro tiempo cuando recorría aquellos términos vendiendo
-<i>cacharras</i>. Sintió, pues, ciertas inquietudes en el camino, porque
-el pueblo tuvo siempre mala fama. A la llegada, en cuanto dejó
-su <i>caballejo</i> en la <i>posada</i>, fué a ver al <i>alcalde</i> y le pidió
-permiso para vender los libros, permiso que aquel dignatario otorgó
-en el acto. Entró luego en una casa y vendió un ejemplar, y lo mismo
-en otra. Animado por el<span class="pagenum" id="Page_164">[p.
-164]</span> éxito entró en una tercera, al parecer la del barbero del
-pueblo. Este personaje acababa de comer y estaba en el zaguán sentado
-en un sillón de brazos cuando se presentó Victoriano. Era hombre de
-unos treinta y cinco años, de aspecto truculento y bárbaro. Tomó un
-Testamento que le ofrecía Victoriano y se puso a examinarlo; pero en
-cuanto paró los ojos en la portada rompió a reír, exclamando:</p>
-
-<p>—<i>¡Ja, ja, don Jorge Borrow!</i> ¡El hereje inglés! ¡Al fin damos con
-él! ¡Loados sean la Virgen y los Santos! Hace tiempo que aquí estamos
-esperándoles, y al fin han llegado.</p>
-
-<p>Preguntó el precio del libro, y al saber que era tres <i>reales</i>
-le arrojó dos y salió corriendo de la casa con el Testamento en la
-mano.</p>
-
-<p>Alarmado Victoriano, decidió marcharse del pueblo lo antes
-posible. Volvió, pues, precipitadamente a la <i>posada</i>, pagó el
-pienso de su caballo, entró en la cuadra, y echándole el aparejo a
-las costillas se disponía a salir, cuando de pronto se presentaron
-el <i>alcalde</i> del pueblo, el barbero y hasta doce hombres más,
-algunos armados con escopetas. En el acto prendieron a Victoriano,
-embargáronle libros y caballo, y con muchos denuestos llevaron al
-preso a la que llamaban cárcel, cuarto reducido y húmedo, con una
-pequeña ventana enrejada, donde le dejaron encerrado. A los tres
-cuartos de hora volvieron y se lo llevaron a casa del cura,<span
-class="pagenum" id="Page_165">[p. 165]</span> donde estaban reunidos
-en cónclave; el cura, completamente ciego, presidía, y el sacristán
-oficiaba de secretario. El barbero formuló su acusación contra el
-preso, a saber: que le había sorprendido en el acto de vender una
-versión de las Escrituras en lengua vulgar, y el cura interrogó a
-Victoriano, preguntándole su nombre y lugar de residencia. Respondió
-que se llamaba Victoriano López, y que era natural de Villaseca,
-en la Sagra de Toledo. El cura le preguntó entonces qué religión
-profesaba, y si era mahometano o francmasón; el preso contestó que
-católico romano. Debe advertirse que Victoriano, aunque bastante
-listo, era un pobre labrador de sesenta y cuatro años, y hasta aquel
-momento no había oído hablar de mahometanos ni francmasones. El cura
-se enojó, le llamó <i>tunante</i>, y dijo: «Ha vendido usted su alma a un
-hereje; hace mucho tiempo que conocemos su conducta de usted y la de
-su amo. Usted es el mismo López a quien rescató el año pasado de la
-cárcel de Villalos, en la provincia de Avila. Deseo de todas veras
-que intente hacer aquí la misma cosa.»</p>
-
-<p>«¡Sí, sí!—exclamaron los demás del cónclave—: que se atreva a
-venir y regará con su sangre esas piedras». Así estuvieron hablando
-cerca de media hora. Al cabo, levantaron la sesión, llevando de nuevo
-a Victoriano a su encierro.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_166">[p. 166]</span></p>
-
-<p>Mientras estuvo preso vivió con regular comodidad, porque
-llevaba algún dinero. Dos veces al día le enviaban la comida de la
-<i>posada</i>, donde su caballo permanecía en secuestro. Una o dos veces
-pidió permiso al <i>alcalde</i>, que le visitaba a diario mañana y noche
-con su escolta armada, para comprar papel y pluma con el fin de
-escribir a Madrid; pero le negaron en absoluto ese favor, y a todos
-los habitantes del pueblo se les prohibió, bajo terribles penas,
-proveerle de los medios de escribir ni llevar recado suyo más allá de
-las cercas del lugar; debajo de la ventana de su encierro pusieron
-dos chicos de plantón para estar a la mira de cuanto le llevasen.</p>
-
-<p>Ocurrió un día que, teniendo Victoriano necesidad de una almohada,
-envió a decir a la gente de la <i>posada</i> que le mandasen las
-<i>alforjas</i>. En ellas había por casualidad una cuerda que en España
-llaman <i>soga</i>, con la que acostumbraba sujetarlas al lomo de la jaca.
-Los chicos, al ver colgar de las <i>alforjas</i> la punta de la cuerda,
-corrieron a decírselo al <i>alcalde</i>.</p>
-
-<p>Ya entrada la noche, el <i>alcalde</i> visitó al prisionero, a la
-cabeza de sus doce hombres, como de costumbre.</p>
-
-<p>—<i>Buenas noches</i>—dijo el <i>alcalde</i>.</p>
-
-<p>—<i>Buenas noches tenga usted</i>—contestó Victoriano.</p>
-
-<p>—¿Para qué ha mandado usted buscar<span class="pagenum"
-id="Page_167">[p. 167]</span> una <i>soga</i> esta tarde?—preguntó el
-funcionario.</p>
-
-<p>—Yo no he mandado por la <i>soga</i>—respondió el preso—. Mandé por las
-<i>alforjas</i> para que me sirvan de almohada, y la cuerda estaba dentro
-por casualidad.</p>
-
-<p>—Es usted un bribón, embustero, mal intencionado—replicó el
-alcalde—. Usted pretende ahorcarse para perdernos a todos, porque nos
-echarían la culpa de su muerte. Deme la <i>soga</i>.—El mayor insulto que
-puede hacerse a un español es acusarle de intentar suicidarse. El
-pobre Victoriano, presa de violenta cólera, le disparó al <i>alcalde</i>
-varios nombres poco corteses, sacó la <i>soga</i> de las alforjas y se la
-tiró a la cabeza, diciéndole que se la llevase para emplearla en su
-propio cuello.</p>
-
-<p>Al fin, los dueños de la <i>posada</i> se apiadaron del preso,
-percatándose de que le maltrataban sin motivo; resolvieron, pues,
-darle ocasión de informar a sus amigos de lo que le sucedía, y le
-mandaron plumas y tintero dentro de un pan, y un pedazo de papel
-diciendo que este último era para cigarros.</p>
-
-<p>Victoriano escribió la carta; pero surgió la dificultad de
-enviarla a su destino, porque nadie del pueblo quería llevarla a
-ningún precio. Aquella buena gente convenció a un soldado cumplido,
-de otro pueblo, que por ventura estaba en Fuente la Higuera en<span
-class="pagenum" id="Page_168">[p. 168]</span> busca de trabajo, para
-que se encargase de llevar la carta, asegurándole que le pagarían
-bien. El hombre, aprovechando una ocasión, recibió la carta de
-Victoriano por la ventana, anduvo toda la noche sin parar y me la
-entregó sin contratiempo en Madrid.</p>
-
-<p>Así quedé libre de la ansiedad en que estaba y sin ningún temor
-acerca de la conclusión del asunto. Al instante fuí a ver a un
-amigo, con grandes posesiones en las cercanías de Guadalajara,
-provincia a que pertenece Fuente la Higuera, quien me dió cartas
-para el gobernador civil de Guadalajara y para las principales
-autoridades; estas cartas se las entregué a Antonio, que solicitó
-encargarse del cometido de libertar al preso. Se encaminó lo primero
-a Fuente la Higuera, donde, encontrándose en casa del <i>alcalde</i>,
-le dijo resueltamente a lo que iba. El <i>alcalde</i>, creyendo que yo
-estaría para llegar con un ejército inglés a fin de rescatar al
-preso, se alarmó mucho, y al instante envió a su mujer a convocar
-la escolta; pero al asegurarle Antonio que no había propósito de
-emplear la violencia, se tranquilizó algo. A poco, Antonio fué citado
-ante el cónclave y su ciego y sacerdotal presidente. Al principio
-quisieron asustarle alzando mucho la voz, y hablando de la necesidad
-de matar a todos los extranjeros, y en especial al aborrecido <i>don
-Jorge</i> y sus dependientes. Pero Antonio, que no era hombre para
-dejarse<span class="pagenum" id="Page_169">[p. 169]</span> intimidar
-tan fácilmente, se burló de sus amenazas, y, enseñándoles las cartas
-que llevaba para las autoridades de Guadalajara, dijo que pensaba ir
-allá a la mañana siguiente y denunciar su conducta ilegal; añadió
-que era súbdito turco, y que si se atrevían a cometer con él la más
-leve desconsideración escribiría a la Sublime Puerta, junto a la que
-los más poderosos reyes del mundo son pobres gusanos, y no dejaría
-de vengar los agravios hechos a su hijo, dondequiera que estuviese,
-en forma demasiado terrible para mencionada. Luego se volvió a la
-<i>posada</i>. El cónclave quedó deliberando a solas, y resolvió enviar
-el prisionero a Guadalajara al otro día, poniéndolo en manos del
-gobernador civil.</p>
-
-<p>No obstante, para conservar una apariencia de autoridad, pusieron
-dos hombres armados a la puerta de la <i>posada</i> donde vivía Antonio,
-como si también estuviese preso. Los hombres, cada vez que el reloj
-daba la hora, exclamaban: «<i>¡Ave María!</i> ¡Mueran los herejes!» Por
-la mañana temprano, el <i>alcalde</i> se presentó en la <i>posada</i>; pero
-antes de entrar dirigió desde la puerta un discurso a la gente que
-había en la calle, diciendo entre otras cosas: «Hermanos, estos
-individuos han venido a robarnos nuestra religión.» Entró luego en el
-aposento de Antonio, y tras de saludarle con gran cortesía le invitó
-a ir con él a la iglesia a oír la misa mayor,<span class="pagenum"
-id="Page_170">[p. 170]</span> que estaba para empezar. A esto,
-Antonio, aunque ciertamente no era un traga-misas, se levantó y fué
-con él, y permaneció dos horas, según me contó luego, de rodillas
-en las frías losas, muy a disgusto; los fieles no le quitaron ojo
-durante todo el tiempo.</p>
-
-<p>Después de la misa almorzó y se fué a Guadalajara. Victoriano
-había salido ya con escolta. En llegando, presentó las cartas a
-las personas a quien iban dirigidas. Al gobernador civil le dió un
-ataque de risa al oír de labios de Antonio el relato de lo sucedido.
-Victoriano fué puesto en libertad, y los libros, retenidos bajo
-secuestro en Guadalajara; el gobernador declaró, no obstante, que
-si bien su deber era retenerlos por el momento, me los enviarían en
-cuanto yo quisiese reclamarlos; añadió que haría lo posible para
-castigar severamente a las autoridades de Fuente la Higuera, porque
-en todo aquel caso habían procedido en forma tiránica y cruelísima,
-excediéndose de sus atribuciones. Así terminó el asunto; uno de
-esos menudos incidentes que alternan en la vida del misionero en
-España.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_171">[p. 171]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XLVII</h2>
- <p class="subhang">
- Término de nuestros trabajos rurales. — Alarma del clero. — Una nueva
- tentativa. — Triunfo en Madrid. — Duende o alguacil. — El bastón de
- mando. — El corregidor. — Una explicación. — El Papa en Inglaterra. —
- La exposición del Evangelio. — Obras de Lutero.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">P</span><span class="smcap">roseguimos</span>
-la tarea de repartir las Escrituras, con éxito vario, hasta mediados
-de marzo, en que resolví marcharme a Talavera para ver si era posible
-hacer algo en esa ciudad y sus cercanías. Salí, por tanto, en
-aquella dirección acompañado de Antonio y de Victoriano. Al paso nos
-detuvimos en Navalcarnero, pueblo grande, a cinco leguas al Oeste de
-Madrid, donde permanecí tres días, enviando a Victoriano a las aldeas
-circunyacentes con pequeñas partidas de Testamentos. La Providencia,
-que hasta entonces nos favoreció por modo tan notable en nuestras
-expediciones rurales, nos retiró su apoyo, y nos redujo a terminarlas
-de repente, porque en todos los lugares donde poníamos a la venta los
-escritos sagrados<span class="pagenum" id="Page_172">[p. 172]</span>
-eran en el acto embargados por personas que, al parecer, estaban
-en acecho; eventos que me obligaron a variar el propósito de ir a
-Talavera y a regresar sin dilación a Madrid.</p>
-
-<p>Supe posteriormente que, alarmado el alto clero por nuestra
-campaña al otro lado de Madrid, presentó una queja en forma ante
-el Gobierno, quien envió inmediatamente órdenes a los <i>alcaldes</i>
-de los pueblos, grandes y chicos, de Castilla la Nueva, para que
-secuestrasen los Testamentos en cuanto salieran a la venta; pero
-amonestándoles, al mismo tiempo, para que pusieran el mayor cuidado
-en no detener ni maltratar a la persona o personas que intentasen
-venderlos. Una puntual reseña de mi persona acompañaba a las órdenes,
-y se exhortaba a las autoridades, lo mismo civiles que militares, a
-tener mucho cuidado conmigo y con mis mañas y maquinaciones, porque,
-como el documento decía, un día estaba yo en un sitio y a la mañana
-siguiente en otro distante del primero veinte leguas.</p>
-
-<p>Este golpe no me desalentó mucho ni realmente me cogió de
-sorpresa. Resolví, con todo, variar de campo de acción y no
-exponer los libros sagrados a un secuestro a cada paso que diera
-para difundirlos. En mis últimas tentativas consagré mi atención
-exclusivamente a los pueblos y a las ciudades pequeñas, en las que le
-era muy fácil al<span class="pagenum" id="Page_173">[p. 173]</span>
-Gobierno frustrar mis esfuerzos mediante circulares a las autoridades
-locales, puestas así sobre aviso, y cuya vigilancia era imposible
-burlar, pues cualquier novedad ocurrida en un pueblo pequeño se
-esparce sin tardanza. El caso sería muy distinto tratándose de la
-muchedumbre de la capital, donde podía continuar mis trabajos con
-relativo secreto. Formé el plan de abandonar los distritos rurales y
-ofrecer en Madrid el sagrado libro de casa en casa al mismo reducido
-precio que en los campos. Sin dilación llevé a efecto mi plan.</p>
-
-<p>Como tenía muchos conocimientos en el pueblo bajo, escogí ocho
-personas inteligentes para que cooperasen en mi tarea; cinco de ellas
-eran mujeres. A todos los proveí de Testamentos y los repartí por
-todos los barrios de Madrid. El resultado de sus esfuerzos superó mis
-esperanzas. Menos de quince días después de volver de Navalcarnero
-se habían vendido en las calles y avenidas de Madrid cerca de
-seiscientos ejemplares de la vida y palabras del Nazareno; hecho que
-se me permitirá mencionar con júbilo y con el regocijo conveniente en
-el Señor.</p>
-
-<p>Una de las calles más ricas es la calle de la Montera, donde
-residen los principales comerciantes y tenderos de Madrid. Es,
-en efecto, la calle del comercio, y por tal motivo, como por ser
-un lugar favorito de los<span class="pagenum" id="Page_174">[p.
-174]</span> paseantes, corresponde a la muy famosa Nefsky de San
-Petersburgo. Cada casa de esa calle recibió un Testamento, y lo mismo
-puede decirse de la Puerta del Sol. Más: en algunas ocasiones, cada
-habitante de la casa, hombres y niños, criados y criadas, adquirió
-un ejemplar. Antonio, el griego, hizo maravillas en ese barrio;
-es de justicia decir que, a no ser por su mediación, en muchos
-casos no habría podido yo dar tan buena cuenta de la difusión de
-la Biblia en España. Hubo un tiempo en que tenía yo la costumbre
-de decir: «tenebroso Madrid», expresión que, gracias a Dios, era
-ya de abandonar, porque sería poco justo seguir llamando tenebrosa
-a una ciudad en la que estaban en circulación y en uso diario mil
-trescientos Testamentos por lo menos.</p>
-
-<p>Entonces utilicé una partida de Biblias que me habían mandado en
-rama desde Barcelona en los comienzos del año anterior. La demanda
-de las Escrituras completas era grande; tanto, que no podíamos dar
-abasto, y los libros se vendían más de prisa de lo que tardaban en
-encuadernarlos los hombres empleados en esta tarea. Un pedido de
-veintiocho ejemplares me lo pagaron por adelantado. Muchas de estas
-Biblias fueron a parar a las mejores casas de Madrid. El marqués
-de... tenía una familia numerosa; pero todos sus individuos, viejos
-y jóvenes, poseían una Biblia y un Testamento, por reco<span
-class="pagenum" id="Page_175">[p. 175]</span>mendación, cosa rara,
-del capellán de la casa. Uno de mis agentes más celosos en la
-propaganda de la Biblia fué un eclesiástico. Nunca salía a la calle
-sin un ejemplar debajo del manteo, y a la primera persona que le
-parecía poder comprarlo se lo ofrecía. Otro colaborador excelente
-fué un noble de Navarra, ya anciano, riquísimo, que continuamente
-adquiría ejemplares por su cuenta para mandarlos, según me dijeron, a
-su provincia natal y repartirlos entre sus amigos y los pobres.</p>
-
-<p>Cierta noche me retiré a descansar algo más pronto que de
-costumbre, sintiéndome ligeramente indispuesto. Dormí con profundo
-sueño unas horas, y de pronto me desperté al sentir abrirse la
-puerta del cuartito en que descansaba. Me incorporé, y vi entrar
-en el cuarto a María Díaz con una luz en la mano. Observé que sus
-facciones, notables por su calma y placidez habituales, parecían un
-tanto alteradas.</p>
-
-<p>—¿Qué hora es—pregunté—y qué pasa?</p>
-
-<p>—<i>Señor</i>—respondió cerrando la puerta y acercándose a la cama—,
-es cerca de media noche; pero acaba de llegar un policía que quiere
-verle a usted. Le he dicho que era imposible, porque estaba usted en
-la cama, y me ha contestado, después de estornudar en mi misma cara,
-que le vería a usted aunque estuviese de cuerpo presente. Tiene todo
-el aire de un duende y me ha<span class="pagenum" id="Page_176">[p.
-176]</span> asustado. Ya sabe usted que yo no soy miedosa, <i>don
-Jorge</i>; pero confieso que cada vez que veo a uno de esos malvados
-polizontes me faltan los ánimos; los conozco demasiado bien y sé de
-lo que son capaces.</p>
-
-<p>—¡Bah!—dije yo—. No tenga usted miedo; que entre; no le temo, sea
-<i>alguacil</i> o duende. Pero quédese usted a la puerta para ser testigo
-de lo que ocurra, porque es muy probable que venga a molestarme a
-esta hora intempestiva buscando la ocasión de dar malos informes de
-mí a sus jefes, como hizo aquel otro individuo la vez pasada.</p>
-
-<p>La patrona salió del aposento, y oí que decía una o dos palabras
-a alguien en el pasillo; sonó luego un estruendoso estornudo, y
-un instante después apareció en la puerta una figura rara. Era un
-hombre muy viejo, de largos cabellos blancos, que se escapaban por
-debajo de las alas de un sombrero extremadamente picudo. Iba muy
-encorvado y avanzaba con lentitud. No pude verle bien la cara, que,
-por hallarse la patrona detrás de él con la luz, quedaba en profunda
-sombra. Observé, sin embargo, que sus ojos chispeaban como los de un
-hurón. Se acercó a los pies de la cama, en la que aún permanecía yo
-preguntándome lo que tan extraña visita pudiera significar; allí se
-detuvo, mirándome durante un minuto por lo menos, sin proferir una
-sílaba. De pronto adelantó una mano seca y rugosa, que hasta entonces
-tuvo ocul<span class="pagenum" id="Page_177">[p. 177]</span>ta
-bajo la capa, y me apuntó al rostro con una especie de bastoncillo
-con remate de metal, como si fuese a empezar un exorcismo. Pareció
-que iba a hablar; pero las palabras, si quiso decir alguna, fueron
-ahogadas al nacer por un estornudo que de pronto se le escapó, tan
-violento, que la patrona se echó para atrás, exclamando: «<i>¡Ave María
-purísima!</i>», y a poco deja caer la luz con el susto.</p>
-
-<p>—Buen hombre—dije yo—, ¿qué significa esta ridícula aparición? Si
-tiene usted algo que decirme, despache pronto y váyase a sus asuntos.
-No me encuentro bueno y está usted privándome del descanso.</p>
-
-<p>—En méritos de este bastón—dijo el viejo—y por la autoridad que
-me confiere para decir y hacer lo que convenga, le mando, ordeno
-y requiero para que mañana, a las once, comparezca en el despacho
-de mi señor el <i>corregidor</i> de esta villa de Madrid, para que con
-la humildad y reverencia debidas oiga usted lo que tenga a bien
-decirle, y, si fuese necesario, se someta a recibir los castigos que
-sus delitos, leves o enormes, merezcan. <i>Tenez, compère</i>—añadió en
-perverso francés—, <i>voilà mon affaire; voilà ce que je viens vous
-dire</i>.</p>
-
-<p>En diciendo esto, me miró un momento, inclinó por dos veces la
-cabeza, metió de nuevo el bastón dentro de la capa y salió del cuarto
-y de la casa, lanzando en el pasillo un estornudo de despedida.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_178">[p. 178]</span></p>
-
-<p>Al día siguiente, a las once en punto, me presenté en las oficinas
-del <i>corregidor</i>. Ya no ocupaba el cargo el mismo individuo en cuya
-cólera incurrí en otra ocasión y que tuvo a bien encarcelarme, sino
-otro distinto, creo que catalán, cuyo nombre también he olvidado. En
-aquella época, los cargos se daban y se quitaban de la noche a la
-mañana, y quien se sostenía en alguno de ellos siquiera un mes, podía
-considerarse funcionario antiguo. No tuve que esperar; en cuanto di
-mi nombre me llevaron a presencia del <i>corregidor</i>, personaje de unos
-cincuenta años, de buen parecer, corpulento y bien vestido. Cuando
-entré escribía en un bufete; pero casi al instante se levantó y vino
-hacia mí. Me clavó los ojos en el rostro, y yo, sin cortarme, puse
-los míos en el suyo. Quizás esperaba una actitud menos firme, y verme
-temblar y rebajarme ante él; se juzgó, pues, desacatado en su propia
-madriguera, y su levadura española antigua fermentó. Se tiró de las
-patillas con furia, y dirigiéndome una mirada colérica dijo:</p>
-
-<p>—<i>Escuchad</i>: tengo que hacerle a usted una pregunta.</p>
-
-<p>—Antes de responder a las preguntas de vuecencia—dije—voy a
-tomarme la libertad de dirigirle una: ¿Qué ley o qué razón hay para
-que a un hombre pacífico y extranjero vayan a molestarle a media
-noche unos <i>duendes</i> con el requerimiento de presentarse<span
-class="pagenum" id="Page_179">[p. 179]</span> en una oficina pública
-como si fuese un delincuente?</p>
-
-<p>—No dice usted la verdad—exclamó el <i>corregidor</i>—. La persona que
-fué a requerirle a usted no es un <i>duende</i>, sino uno de los empleados
-más antiguos y respetables de esta casa, y, lejos de enviarle a media
-noche, faltaban por mi reloj veinticinco minutos para esa hora, y
-como usted vive cerca de aquí, debió de llegar a su casa lo menos
-diez minutos antes de media noche; de modo que no es exacto lo que
-usted dice, ni guarda usted miramientos con la verdad.</p>
-
-<p>—Esa diferencia no importa nada—repliqué—. A mí me molesta lo
-mismo que me interrumpan el sueño a las doce de la noche que a las
-doce menos diez. Respecto al emisario, podría no ser un duende, pero
-lo parecía, y con seguridad se propuso asustar a la dueña de la casa,
-como lo consiguió, hasta el punto de que casi se desmaya, a fuerza de
-muecas horribles, de estornudos y aspavientos.</p>
-
-<p><span class="smcap">El corregidor.</span>—Es usted un... ¡No sé lo
-que iba a decir! ¿Ignora usted que puedo mandarle a la cárcel?</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Tiene usted veinte <i>alguaciles</i>
-que acudirán a la primera señal, y, por tanto, es claro que puede
-usted prenderme, como hizo su antecesor, que casi perdió el puesto
-por eso; pero usted sabe perfectamente que no tiene derecho
-para hacerlo, porque no<span class="pagenum" id="Page_180">[p.
-180]</span> estoy bajo su jurisdicción, sino bajo la del capitán
-general. Si he obedecido su requerimiento ha sido porque tengo mucha
-curiosidad de saber lo que usted necesita de mí, y no por otra cosa.
-En cuanto a lo de prenderme, permítame usted decirle que cuenta con
-mi pleno consentimiento para ello; en la cárcel es donde se encuentra
-en Madrid la gente más cortés; y como ahora estoy compilando el
-vocabulario de los ladrones madrileños, tendré, si me llevan a la
-cárcel, una excelente ocasión de completarlo. Hasta en la cárcel se
-puede aprender mucho; porque, como dicen los gitanos, «perro que
-mucho corretea encuentra hueso».</p>
-
-<p><span class="smcap">El corregidor.</span>—Ese lenguaje no es
-propio de un caballero. ¿Olvida usted dónde está y con quién habla?
-¿Es este un lugar adecuado para hablar de gitanos y de ladrones?</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—No conozco, a la verdad, otro más a
-propósito, no siendo la cárcel. Pero estamos perdiendo el tiempo, y
-ansío saber para qué me han llamado, si por delitos leves o enormes,
-como decía el emisario.</p>
-
-<p>Tardé bastante tiempo en arrancar al enojado <i>corregidor</i>
-las noticias pedidas; al fin las obtuve. Resultaba que una caja
-de Testamentos enviada por mí a Navalcarnero fué embargada
-por las autoridades locales, y después de retenerla allí unos
-días la devolvieron a Madrid consignada al <i>corregidor</i>.<span
-class="pagenum" id="Page_181">[p. 181]</span> Estando la caja en las
-mensajerías, entró allí Antonio para otro asunto; la reconoció, y en
-el acto la reclamó como de mi pertenencia, llevándosela a mi almacén
-después de pagar el porte. Tan poca importancia dió al suceso, que no
-me habló de él. Pero el pobre <i>corregidor</i> estaba convencido de que
-todo ello era una profunda maquinación para robarle y burlarnos de
-él. Dejábase llevar de una excitación casi frenética, y pateaba el
-suelo, exclamando:</p>
-
-<p>—<i>¡Qué picardía! ¡Qué infamia!</i></p>
-
-<p>—Este es el antiguo sistema—pensé yo—de prejuzgar a las gentes y
-de imputarles motivos y acciones con los que nunca han soñado.</p>
-
-<p>Díjele con franqueza que ignoraba en absoluto el hecho por que
-se sentía agraviado; pero que si practicadas las averiguaciones
-convenientes resultaba que, en efecto, mi criado se había llevado la
-caja del lugar adonde la habían expedido, yo haría que la devolvieran
-en el acto, aunque era mía propia.</p>
-
-<p>—Tengo un gran repuesto de Testamentos—dije—y puedo dejar que
-se pierdan cincuenta o ciento. Soy hombre de paz y deseo no tener
-disputas con las autoridades por causa de un cajón viejo y de una
-partida de libros cuyo valor no llega por junto a cuarenta duros.</p>
-
-<p>Me miró un instante como si dudase de<span class="pagenum"
-id="Page_182">[p. 182]</span> mi sinceridad, y luego, tirándose otra
-vez de las patillas, me atacó en otro terreno:</p>
-
-<p>—<i>Pero ¡qué infamia, qué picardía!</i> Venir a España a cambiar
-la religión del país. ¿Qué diría usted si los españoles fuesen
-a Inglaterra con propósito de quitar el luteranismo establecido
-allí?</p>
-
-<p>—Serían muy bien recibidos—repliqué—, especialmente si intentaban
-hacerlo por la difusión de la Biblia, el libro de todos los
-cristianos, como los ingleses hacen en España. Pero vuecencia ignora
-quizás que el Papa tiene campo libre y libre acción en Inglaterra, y
-se le permite convertir todos los días a cuantos luteranos quieren
-volverse a él. No puede, sin embargo, alabarse de grandes triunfos;
-el pueblo ama demasiado la luz para abrazar las tinieblas, y se
-reiría de la idea de cambiar las gracias del Evangelio por las
-ceremonias y observancias supersticiosas de la Iglesia de Roma.</p>
-
-<p>Al repetirle la promesa de devolver en seguida la caja y los
-libros, el <i>corregidor</i> se dió por satisfecho y repentinamente se
-mostró por demás condescendiente y amable: llegó hasta decirme que
-dejaba por completo a mi resolución lo de devolver los libros o
-no.</p>
-
-<p>—Antes de que se vaya usted—continuó—deseo decirle que, en mi
-opinión particular, es sumamente recomendable en todos los países la
-tolerancia religiosa plena, y<span class="pagenum" id="Page_183">[p.
-183]</span> dejar que cada sistema religioso perezca o se sostenga
-según sus propios méritos.</p>
-
-<p>Tales fueron las últimas palabras del <i>corregidor</i> de Madrid, que
-no sé si expresarían su opinión particular; pero que, ciertamente, se
-fundaban en el buen sentido y la razón. Le saludé respetuosamente y
-me fuí; cumplí mi promesa respecto de los libros, y el asunto quedó
-terminado.</p>
-
-<p>Por aquel tiempo llegué casi a creer que se iniciaba una reforma
-religiosa en España; y, realmente, llegaron a mi noticia ciertos
-hechos, que, si me los hubieran pronosticado un año antes, con
-dificultad los hubiese creído.</p>
-
-<p>El lector quedará sorprendido cuando sepa que en dos iglesias de
-Madrid los respectivos curas explicaban regularmente el Evangelio
-los domingos por la tarde a una veintena de chicos, provistos de
-sendos ejemplares de la edición hecha por la Sociedad Bíblica en
-Madrid en 1837. Las iglesias eran las de San Ginés y Santa Cruz.
-Creo modestamente que este solo hecho pagaba con creces todas las
-expensas causadas a la Sociedad por su empeño de introducir el
-Evangelio en España; pero, sea de ello lo que fuere, es lo cierto
-que a mí me recompensaba sobradamente todos los afanes y disgustos
-pasados. Sentí entonces que, en cualquier momento en que me viese
-obligado a abandonar mis trabajos en la Península, lo haría<span
-class="pagenum" id="Page_184">[p. 184]</span> sin murmurar, lleno el
-corazón de gratitud hacia el Señor por haberme permitido a mí, vaso
-inútil, ver, cuando menos, germinar algo de la semilla que durante
-dos años había estado arrojando sobre el pedregoso suelo del interior
-de España.</p>
-
-<p>Cuando pienso en las dificultades que obstruían nuestro camino,
-me cuesta a veces trabajo creer todo lo que el Omnipotente nos
-permitió llevar a cabo durante el año que acababa de pasar. Una
-edición copiosa del Nuevo Testamento se había casi agotado en el
-centro mismo de España, a despecho de la oposición y del clamor
-furibundo de un clero bárbaro y de las órdenes de un Gobierno falaz;
-y germinaba el espíritu de examen en materia religiosa, que tarde o
-temprano llevaría, así lo esperaba yo fervientemente, abundantísimos
-frutos de bendición. Hasta allí, el nombre más aborrecido y temido
-en aquellas partes de España era el de Martín Lutero, a quien en
-general se le consideraba como un demonio, primo hermano de Belial
-y Beelzebub, que, bajo la apariencia de hombre, había escrito y
-predicado blasfemias contra el Altísimo; pero ahora, cosa singular,
-se hablaba de ese personaje, execrado en otro tiempo, con no pequeñas
-señales de respeto. No pocas veces me visitaban, Biblia en mano,
-personas que con tantas veras como simplicidad me preguntaban por los
-escritos<span class="pagenum" id="Page_185">[p. 185]</span> del gran
-doctor Martín, a quien, por cierto, algunos le creían aún vivo.</p>
-
-<p>No estará de más hacer notar aquí que de todos los nombres
-relacionados con la Reforma, el único conocido en España es el de
-Lutero; permítaseme añadir que a ningún escrito de controversia,
-con excepción de los suyos, se le concedería probablemente la menor
-fuerza ni autoridad, por grande que fuese su mérito intrínseco.
-El género de opúsculos que comúnmente se escriben para declarar
-los errores del papismo no producirá, por tanto, mucho beneficio
-en España, al paso que podría conseguirse bastante provecho con
-traducciones bien hechas de las obras de Lutero, seleccionadas con
-tino.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_186">[p. 186]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XLVIII</h2>
- <p class="subhang">
- Proyecto de viaje. — Una escena sangrienta. — El fraile. — Sevilla. —
- Bellezas de Sevilla. — Naranjos y flores. — Murillo. — El Angel de la
- guarda. — Dionysius. — Mis coadyuvantes. — Demanda de Biblias.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">A</span>&nbsp;<span
-class="smcap">mediados</span> de abril llevaba ya vendidos tantos
-Testamentos como, a mi parecer, podían colocarse en Madrid; retiré,
-pues, mi gente, porque temía saturar el mercado, y desacreditar
-el libro haciéndolo demasiado común. Me quedaba sólo un millar de
-ejemplares de la edición que saqué dos años antes; en cuanto a la
-Biblia, todos los ejemplares se habían vendido; la demanda era mucha
-todavía, pero no me fué posible atenderla.</p>
-
-<p>Resolví marcharme a Sevilla y llevar los ejemplares del Testamento
-que me quedaban, porque allí se había hecho muy poca propaganda.
-Pronto estuvieron terminados mis preparativos. Los caminos estaban
-entonces peligrosísimos, razón por la que pensé incorporarme a un
-convoy próximo a<span class="pagenum" id="Page_187">[p. 187]</span>
-partir para Andalucía. Pero dos días antes de ponerse en camino,
-comprendí que el número de personas dispuestas como yo a utilizar el
-convoy sería probablemente muy grande; pensé en la lentitud de ese
-modo de viajar, y recordando además los insultos que los paisanos
-tenían que soportar con frecuencia de los soldados y subalternos,
-resolví aventurarme a hacer el viaje en el coche correo. Llevé a cabo
-mi determinación. Antonio, a quien conservé a mi servicio, y los
-dos caballos, se fueron con el convoy, y yo salí pocos días después
-con el correo. Hicimos todo el viaje sin el menor accidente: una
-vez más me acompañó mi prodigiosa buena suerte. Con razón la llamo
-prodigiosa, pues iba recorriendo la madriguera de un león; toda la
-Mancha, con excepción de unos pocos lugares fortificados, estaba una
-vez más en manos de Palillos y de sus forajidos, quienes, cuando lo
-tenían a bien, detenían el correo, quemaban el coche y las cartas,
-asesinaban a la mezquina escolta, y si por casualidad iba algún
-viajero, se lo llevaban al monte, poniéndole luego en la alternativa
-de rescatarse por un precio enorme o de pegarle cuatro tiros en la
-cabeza, como dicen los españoles.</p>
-
-<p>La parte alta de Andalucía caía rápidamente en tan mala
-situación como la Mancha. La última vez que había pasado el correo,
-seis ladrones a caballo le atacaron en<span class="pagenum"
-id="Page_188">[p. 188]</span> el desfiladero del Rumblar; la escolta
-se componía de otros tantos soldados; pero los ladrones se lanzaron
-de súbito al galope desde detrás de una <i>venta</i> solitaria, los
-cogieron de sorpresa, porque los cascos de los caballos no hacían
-ruido en el suelo arenoso, y los arrojaron al suelo. Los soldados,
-menos dos que se escaparon por entre las peñas, fueron desarmados en
-el acto y atados a los olivos. Allí los escarnecieron y atormentaron
-los ladrones, o más bien asesinos, porque a la media hora los
-fusilaron; al cabo le volaron la cabeza de un trabucazo. Entonces
-los ladrones quemaron el coche, pegando fuego a las cartas con la
-mecha de encender los cigarros. Al correo le salvó la vida uno de
-la cuadrilla, que había sido en otro tiempo postillón suyo; pero le
-robaron, dejándole desnudo. El infeliz, al pasar de nuevo por el
-lugar de la carnicería, lloraba, y, aunque español, maldecía a España
-y a los españoles, diciendo que pensaba irse muy pronto a Morería,
-confesar a Mahoma y seguir la ley de los moros, porque cualesquiera
-país y religión eran mejores que los suyos. Nos indicó el árbol donde
-había muerto el cabo; a pesar de lo mucho que había llovido, el suelo
-estaba todo alrededor saturado de sangre; un perro roía un pedazo del
-cráneo de aquel desventurado. Hizo con nosotros todo el viaje desde
-Madrid a Sevilla un fraile misionero que iba a<span class="pagenum"
-id="Page_189">[p. 189]</span> las islas Filipinas, <i>para conquistar</i>,
-tales eran sus palabras, supongo que quería decir para predicar a los
-indios. Durante el viaje entero dió muestras de un miedo abyecto; tan
-impresionado iba, que se puso a la muerte y tuvimos que detenernos
-dos veces en el camino y tenderlo entre los verdes trigos. Decía que
-si los facciosos le echaban mano, era clérigo muerto, pues tras de
-hacerle decir una misa, le volarían con pólvora. Había sido, según me
-dijo, profesor de Filosofía en un convento de Madrid, me parece que
-el de Santo Tomás, antes de que los suprimieran; pero estaba en la
-mayor ignorancia respecto de las Escrituras, confundiéndolas con las
-obras de Virgilio.</p>
-
-<p>Paramos en Manzanares, como de costumbre; era la mañana de un
-domingo, y la plaza estaba llena de gente. Me reconocieron al
-momento, y veinte pares de piernas salieron corriendo en el acto
-en busca de la profetisa, que no tardó en presentarse en la casa
-donde habíamos entrado a almorzar. Nos saludamos con gran efusión,
-y luego, en su latín, fué dándome cuenta de todo lo sucedido en el
-pueblo desde mi última visita, y oí las atrocidades cometidas por
-los facciosos en las cercanías. La convidé a almorzar y la presenté
-al fraile, a quien se dirigió en estos términos: <i>Anne Domine
-Reverendissime facis adhuc sacrificium?</i> El fraile no la entendió,
-y, encendido en cólera,<span class="pagenum" id="Page_190">[p.
-190]</span> la anatematizó por bruja y la mandó marcharse. La
-ciega no se desconcertó, y se puso a cantar en versos castellanos
-improvisados las alabanzas de los frailes y de los conventos. Al
-marcharnos le di una <i>peseta</i>, con lo que rompió en llanto y me
-suplicó que no dejase de escribir si llegaba en salvo a Sevilla.</p>
-
-<p>Llegamos a Sevilla sin novedad, y me despedí del fraile,
-diciéndole que esperaba encontrarle de nuevo en Filipinas. Como
-pensaba quedarme en Sevilla unos meses, decidí alquilar una casa,
-para vivir con más independencia y economía que en la <i>posada</i>. No
-tardé en encontrar una que por todos conceptos me convenía. Estaba en
-la plazuela de la Pila Seca, barrio apartado, en las inmediaciones de
-la catedral, y a corta distancia de la Puerta de Jerez. Pocos días
-después llegó Antonio con los caballos y me instalé en mi casa.</p>
-
-<p>Una vez más me encontraba en la hermosa Sevilla, con tiempo y
-comodidad bastantes para gozar de sus encantos y de sus deliciosos
-alrededores. Por desgracia, al tiempo que llegué y durante la
-quincena siguiente el cielo de Andalucía, tan radiante de ordinario,
-se cubrió de negras nubes que descargaron chaparrones tremendos,
-tales como muy pocos sevillanos recordaban haberlos visto nunca.</p>
-
-<p>El temporal causó no pocos daños en la<span class="pagenum"
-id="Page_191">[p. 191]</span> campiña, y el Guadalquivir, que durante
-la estación lluviosa es un río muy rápido e impetuoso, se salió de
-madre y amenazó con una inundación. Es verdad que a ratos escampaba,
-y el sol, manifestándose en su tabernáculo de nubes, animaba todas
-las cosas con sus rayos de oro e incitaba a la mariposa a salir de su
-madeja, y al lagarto, de la cavidad del árbol; yo me aprovechaba sin
-falta de esas claras para dar un rápido paseo.</p>
-
-<p>¡Oh, cuán placentero es, sobre todo al venir la primavera,
-vagar por las márgenes del Guadalquivir! No lejos de la ciudad,
-río abajo, hay un parque llamado <i>Las Delicias</i>. Fórmanlo árboles
-de varias especies, pero los álamos y olivos predominan. Largos
-senderos umbríos lo atraviesan. Ese parque es el paseo favorito de
-los sevillanos; en él se congrega en ocasiones cuanta belleza y
-bizarría encierra la ciudad. Allí las ojinegras damas andaluzas se
-pasean con el gracioso prendido de las <i>mantillas</i> de encaje; allí
-los jinetes andaluces galopan en sus corceles de sangre mora, de
-luenga cola y espesa crin. Cuando el sol se pone, el panorama que
-ofrece la ciudad, mirada desde ese sitio, es de inefable hermosura.
-A lo lejos se yergue la corpulenta Torre del Oro, empleada ahora
-como aduana, principal defensa de la ciudad en tiempo de los moros.
-Se alza al borde del río, como gigante centine<span class="pagenum"
-id="Page_192">[p. 192]</span>la, y es el primer edificio que atrae
-la mirada del viajero cuando remonta el río hacia Sevilla. En la
-otra margen, frente a la Torre, se halla el hermoso convento de
-agustinos, gala del barrio de Triana, y entre ambos edificios fluye
-el Guadalquivir, en cuyas ondas se mecen las naves de Cataluña y
-Valencia. Más lejos se ve el puente de barcas que atraviesa el cauce.
-El principal objeto del panorama es, con todo, la Torre del Oro,
-donde los rayos del sol poniente parecen concentrarse como en un
-foco, de modo que semeja fabricada de oro puro, y es probable que
-a tal circunstancia deba su nombre. Yerto, yerto debe de estar el
-corazón que permanezca insensible ante ese paisaje mágico, al que
-apenas podría hacer justicia el pincel de Claudio mismo. ¡Cuántas
-veces he vertido lágrimas de arrobamiento al contemplarlo, y
-escuchado a los mirlos y ruiseñores modular en la arboleda sus cantos
-melodiosos, y respirado las brisas cargadas con el aroma de los
-naranjales de Sevilla!</p>
-
-<div class="poem mt1"><div class="stanza">
-<p class="i0">«Kennst du das Land wo die Citronen blühen?»</p>
-</div></div>
-
-<p class="mt1">El interior de Sevilla no corresponde en casi nada
-al exterior. Las calles son angostas, mal pavimentadas, llenas de
-suciedad y mendigos. Las casas, construídas casi todas conforme el
-patrón moro, tienen en el centro un <i>patio</i> cuadrangular, donde una
-fuen<span class="pagenum" id="Page_193">[p. 193]</span>te de mármol
-surte de continuo agua cristalina. En la estación del calor, los
-patios se cubren con un toldo, bajo el cual pasa la familia la mayor
-parte del día.</p>
-
-<p>Muchas casas, y sobre todo las de los ricos, tienen en el patio
-arbustos, naranjos, toda clase de flores, y a veces una pajarera
-pequeña, de suerte que no es concebible mayor delicia que la de
-tenderse allí a la sombra, oyendo el canto de los pájaros y el rumor
-de la fuente.</p>
-
-<p>Nada tan interesante para el viajero que vaga por Sevilla como
-atisbar los patios desde la calle, a través de las verjas. Muchas
-veces me paraba a contemplarlos, y otras tantas lamentaba que mi
-destino no me permitiera vivir en tal edén el resto de mis días.
-Ya he hablado en otra ocasión de la catedral de Sevilla; pero con
-brevedad y a la ligera. Es quizás la catedral más suntuosa de España,
-y aunque de estructura no tan regular como las de Toledo y Burgos,
-es mucho más digna de admiración considerada en conjunto. No es
-posible recorrer sus largas naves y alzar la vista a la techumbre,
-sostenida por columnas colosales y decorada con suntuosidad, sin
-sentirse sobrecogido de sagrado pavor y de profundo asombro. Cierto
-que el interior, como el de la generalidad de las catedrales
-españolas, es un poco obscuro y triste; pero nada pierde con eso; al
-contrario, aumenta la grandio<span class="pagenum" id="Page_194">[p.
-194]</span>sidad del efecto. Nuestra Señora de París es un
-edificio hermoso; pero a quien ha visto las catedrales españolas,
-y en particular la de Sevilla, se le antoja casi mezquino y sin
-importancia, y más parecido a una casa consistorial que a un templo
-del Eterno. La catedral de París está desprovista en absoluto de la
-solemne obscuridad y sombría pompa, tan intensas en la de Sevilla,
-con lo que le falta el requisito más importante de una catedral.</p>
-
-<p>Los cuadros que adornan la mayoría de las capillas son de los
-mejores de la escuela española; entre ellos destacan muchas de las
-obras maestras de Murillo, hijo de Sevilla. De todos los cuadros de
-este hombre extraordinario, el que más impresión me ha hecho siempre
-es uno de los menos famosos. Aludo al <i>Angel de la Guarda</i>, cuadrito
-colocado al fondo de la iglesia, mirando a la nave principal. El
-ángel, empuñando con la diestra una espada flamígera, guía al niño,
-que es, a juicio mío, la creación más prodigiosa de Murillo. La
-figura es como de un niño de cinco años, y la expresión del rostro,
-completamente infantil; pero su andar es el de un conquistador, el
-de un Dios, el del Creador del Universo, y el globo terrenal parece
-temblar bajo tanta majestad.</p>
-
-<p>Al culto de la catedral asisten muchos fieles, en especial
-cuando hay sermón. Los sermones son improvisados; hay algunos<span
-class="pagenum" id="Page_195">[p. 195]</span> muy edificantes, fieles
-a las Escrituras. He oído muchos con gusto, aunque me sorprendía
-bastante observar que cuando los predicadores citaban la Biblia,
-tomaban las citas, casi invariablemente, de los libros apócrifos.
-Ante los principales altares no faltan, por lo general, fieles, en su
-mayoría mujeres, animados muchos de ellos de ardentísima devoción.</p>
-
-<p>Antes de salir de Madrid me había forjado la ilusión de encontrar
-pocas dificultades para la difusión del Evangelio en Andalucía, al
-menos por cierto tiempo, ya que el campo de operaciones era nuevo,
-y mi persona y mis propósitos, menos conocidos y temidos que en
-Castilla la Nueva. Pero resultó que el Gobierno de Madrid había
-cumplido su amenaza y enviado por toda España la orden de secuestrar
-los libros dondequiera que se hallasen. Los Testamentos llegados
-de Madrid embargáronlos en la aduana, adonde se llevan todas las
-mercancías, aunque procedan del interior, para la exacción de un
-impuesto. Gracias a los manejos de Antonio recuperé una de las cajas,
-mientras la otra fué enviada a Sanlúcar, para expedirla fuera del
-reino tan pronto como se me presentara oportunidad de hacerlo.</p>
-
-<p>No me dejé desanimar por este ligero <i>contretemps</i>, aunque
-sentí de corazón la pérdida de los libros embargados, pues ya no
-podría repartirlos por aquella región, donde<span class="pagenum"
-id="Page_196">[p. 196]</span> hacían tanta falta; pero me consolé
-pensando que aún me quedaban unos cientos de ejemplares, cuya
-distribución podía dar, placiendo a Dios, muy santos frutos.</p>
-
-<p>Tardé algún tiempo en empezar los trabajos, porque me hallaba
-en terreno desconocido y no sabía qué camino tomar. No contaba con
-más ayuda que la del pobre Antonio, tan ignorante del lugar como
-yo. La Providencia, empero, no tardó en enviarme un colaborador,
-en forma bastante singular. Estaba yo en el patio de la Posada de
-la Reina, adonde solía ir a comer algunas veces, cuando entró un
-hombre de talla gigantesca, vestido de un modo extraño. Excitada mi
-curiosidad, pregunté al posadero quién era el desconocido. Díjome que
-un extranjero, griego a su parecer, que había vivido mucho tiempo en
-Sevilla. Oído esto, me fuí a él y le abordé en griego, pues aunque lo
-hablo muy mal, puedo darme a entender en ese idioma. Me contestó en
-la misma lengua, y halagado por el interés que un extranjero como yo
-demostraba por su nación, no tardó en contarme su propia historia.
-Llamábase, según me dijo, Dionysius, natural de Cefalonia; educado
-para hacerse de iglesia, abandonó esa carrera, mal avenida con su
-temperamento, para seguir la profesión de navegante, por la que había
-sentido temprana inclinación. Tras muchas aventuras y alternativas
-de la fortuna, naufragó<span class="pagenum" id="Page_197">[p.
-197]</span> en las costas de España, y avergonzándose de volver pobre
-a su país, se quedó en la Península, y residió principalmente en
-Sevilla, donde ahora sostenía un modesto comercio de libros. Era de
-la religión griega, y muy apegado a ella; y en descubriendo luego
-que yo era protestante, manifestó su aborrecimiento sin límites por
-el sistema papista, y aun por sus secuaces en general, a quienes
-llamaba latinos, achacándoles la ruina de Grecia, vendida por ellos
-al Turco.</p>
-
-<p>En el acto se me ocurrió que aquel individuo podía prestarme
-excelente ayuda en la obra que me había llevado a Sevilla, o sea
-la propagación del Evangelio eterno; por tanto, tras algo más de
-conversación, en la que mostró una instrucción muy sólida, me
-franqueé con él. Adoptó mis planes con mucho calor, y en adelante no
-tuve motivo para lamentar mi confianza, pues el griego repartió gran
-copia de Nuevos Testamentos, y aún acertó a enviar cierto número de
-ejemplares a dos ciudades pequeñas a alguna distancia de Sevilla.</p>
-
-<p>También me ayudó en la propagación del Evangelio un profesor de
-música, ya viejo, muy etiquetero y estirado, pero con excelentes
-cualidades. Este venerable individuo me trajo, no más que a los
-tres días de conocernos, el precio de seis Testamentos y de un
-Evangelio en gitano, vendidos por él soportando el candente sol
-andaluz. ¿Qué<span class="pagenum" id="Page_198">[p. 198]</span>
-motivo le impulsaba? Uno muy cristiano. Decía que sus infortunados
-compatriotas, entregados a la sazón a la matanza y al saqueo
-recíprocos, se corregirían probablemente leyendo el Evangelio,
-sin que en ningún caso pudiera seguírseles de su lectura daño
-alguno. Añadía que si muchos hombres han reformado su vida merced
-a las Escrituras, nadie se ha vuelto todavía ladrón o asesino por
-leerlas.</p>
-
-<p>Pero mi agente más extraordinario fué uno que en ocasiones empleé
-para repartir el Evangelio entre las clases bajas. Si llego a tener
-mayor cantidad de libros a mi disposición, hubiera podido sacar gran
-partido de los servicios de aquel individuo; pero como el repuesto
-disminuía con rapidez y no tenía esperanzas de renovarlo, me mostraba
-casi avaro de los pocos libros que me quedaban. El agente era un
-albañil griego, llamado Juan Crisóstomo, que me presentó Dionisio.
-Nacido en Morea, llevaba más de veinticinco años en España, de
-suerte que había casi olvidado su lengua natal. Con todo, tenía
-tal apego a su patria, que cuanto no fuese griego le parecía malo
-y en extremo bárbaro. Carecía de toda instrucción; pero su fuerza
-de carácter y cierta ruda elocuencia que poseía le granjearon tan
-gran ascendiente en el ánimo de las clases trabajadoras de Sevilla,
-que aceptaban casi todo lo que les decía, no obstante chocar a
-cada<span class="pagenum" id="Page_199">[p. 199]</span> paso con sus
-prejuicios. De tal modo, que, a pesar de su condición de extranjero,
-hubiera podido ser en cualquier momento el Masaniello de Sevilla. No
-he conocido criatura más honrada, y pronto comprendí que, empleándolo
-a mi servicio, no obstante sus rarezas, podía tener plena seguridad
-de que sus actos no desdecirían del libro que vendía.</p>
-
-<p>Continuamente estaban pidiéndome Biblias, que no podíamos servir.
-Los Testamentos gozaban, en comparación, de poca estima. Por este
-tiempo descubrí un hecho que me hubiera sido muy útil conocer tres
-años antes; pero viviendo se aprende. Me refiero a la inconveniencia
-de imprimir Testamentos, y <i>sólo</i> Testamentos, para los países
-católicos. La razón es clara: el católico, sin hábito de leer la
-Escritura, encuentra mil cosas ininteligibles en el Nuevo Testamento,
-cuyo fundamento es el Antiguo. «La Escritura da testimonio de mí»,
-podría decirse con razón en este punto. Se me dirá que en Inglaterra
-hay gran demanda de Nuevos Testamentos, impresos por separado, y
-prestan infinita utilidad; pero Inglaterra, gracias sean dadas al
-Señor, no es un país papista; y de que un labrador inglés pueda leer
-el Testamento con buen fruto no se sigue que los campesinos españoles
-e italianos gocen de igual ventaja, porque encontrarán muchas cosas
-obscuras, que no<span class="pagenum" id="Page_200">[p. 200]</span>
-lo son para aquél, versado en la historia bíblica desde la niñez.
-Confieso, no obstante, que en mi campaña del verano anterior no
-hubiera podido hacer con la Biblia lo que la Providencia me permitió
-realizar con los Testamentos, porque la primera es demasiado
-voluminosa para andar con ella por el campo.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_201">[p. 201]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XLIX</h2>
- <p class="subhang">
- La casa solitaria. — La Dehesa. — Juan Crisóstomo. — Manuel. — La
- librería en Sevilla. — Dionisio y los curas. — Atenas y Roma. —
- Proselitismo. — Embargo de Testamentos. — Salida de Sevilla.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">C</span><span class="smcap">omo ya</span>
-he dicho, alquilé en Sevilla una casa vacía, con el propósito de
-vivir en ella algunos meses. Ocupaba todo un lado de una plazuela
-solitaria. Distribuída al modo andaluz, tan agradable, tenía un patio
-pavimentado con pequeñas losas de mármol azules y blancas. En el
-centro del patio había una fuente muy abundante en linfa cristalina,
-y al caer desde una delgada columna al estanque octogonal, el agua
-hacía un rumor que se oía desde todas las habitaciones. La casa era
-vasta y espaciosa, de dos pisos, con piezas suficientes, por lo
-menos, para diez veces el número de personas que en ella morábamos.
-De ordinario pasaba el día en las habitaciones bajas, por ser muy
-frescas. En una de ellas había una enorme pila de piedra, siempre
-rebosante de agua de la<span class="pagenum" id="Page_202">[p.
-202]</span> fuente, en la que me sumergía todas las mañanas. Tal fué
-la vivienda a que me retiré con Antonio y los caballos, luego de
-proveerme de unos pocos utensilios caseros indispensables.</p>
-
-<p>Suerte mía fué poseer aquellos cuadrúpedos, ya que así tuve modo
-de gozar en grandísima medida las bellezas de la campiña circundante.
-Pocas cosas hay en la vida más deliciosas que un paseo a caballo,
-en primavera o verano, por los alrededores de Sevilla. Mi excursión
-favorita era en dirección de Jerez, por la vasta <i>Dehesa</i>, como la
-llaman, que se extiende desde Sevilla hasta las puertas de aquella
-ciudad, casi a cincuenta millas de distancia, sin un pueblo apenas
-entremedias. El terreno es desigual y quebrado, en su mayor parte
-cubierto de matorrales de la especie que llaman <i>carrasco</i>, entre
-los que corre un camino de herradura, no fácil de discernir, trazado
-principalmente por los <i>arrieros</i>, con sus largas recuas de mulas
-y <i>borricos</i>. Allí, el aire embalsamado de la hermosa Andalucía se
-respira en toda su pureza. Las flores y hierbas aromáticas que crecen
-en abundancia, difunden en torno sus perfumes. Allí la tristeza y
-la pesadumbre huyen del pecho como por magia, en tanto que los ojos
-se extasían ante el panorama, iluminado por un sol esplendoroso,
-sin igual, en cuya luz flotan las mariposas, pintadas de alegres
-colores, y las <i>salaman<span class="pagenum" id="Page_203">[p.
-203]</span>quesas</i>, verdes y áureas, despatarradas en el suelo, gozan
-del voluptuoso calor, o se lanzan a veces de un salto velocísimo, con
-susto del viajero, a la madriguera más próxima, y allí se le quedan
-mirando con sus ojillos agudos y brillantes. Es imposible, repito,
-estar triste en tierras tales, y con razón los antiguos griegos y
-romanos colocaron aquí sus Campos Elíseos. Son bellísimas, aun en su
-desolación actual, porque la mano del hombre no las cultiva desde el
-día funesto en que la expulsión de los moros privó a Andalucía de los
-dos tercios, cuando menos, de su población.</p>
-
-<p>Todas las tardes salía a caballo por la Dehesa, hasta perder
-de vista las torres más altas de Sevilla. Entonces volvía, y,
-apretándole las rodillas a <i>Sidi Habismilk</i>, mi caballo árabe, tomaba
-el veloz animal, que jamás necesitó látigo ni espuela, el camino de
-Sevilla con la rapidez de un torbellino, devorando la distancia en
-una carrera loca; dejada atrás la Dehesa, se precipitaba por el paseo
-de las Delicias, sombreado de olmos, y a poco el estruendo de sus
-cascos resonaba bajo la bóveda del arco de la Puerta de Jerez; un
-momento después, quedábase inmóvil como una piedra ante la puerta de
-mi casa solitaria, en la silenciosa plazuela de la Pila Seca.</p>
-
-<p>Son las ocho de la noche, y, de vuelta de la Dehesa, estoy en
-la <i>sotea</i> tomando el fres<span class="pagenum" id="Page_204">[p.
-204]</span>co. Juan Crisóstomo acaba de llegar del trabajo. No le
-he hablado; pero oigo cómo, abajo en el patio, cuenta a Antonio los
-progresos que ha hecho en los dos últimos días. Habla un griego
-bárbaro, mechado con abundantes vocablos españoles; colijo de sus
-palabras que ya ha vendido doce Testamentos entre sus compañeros de
-trabajo. Oigo caer al suelo unas monedas de cobre, y Antonio, que no
-tiene temple de verdadero cristiano, le reprocha que no haya traído
-en plata el producto de la venta. Juan Crisóstomo pide luego quince
-ejemplares más, porque la demanda aumenta, según dice, y podrá sin
-dificultad venderlos en todo el día siguiente, mientras atiende a
-sus ocupaciones. Antonio va en busca de los libros, y Juan se queda
-solo junto a la fuente de mármol, cantando una canción extraña, tal
-vez un himno de su amada iglesia griega. He ahí uno de los ayudantes
-que el Señor me ha dado en mis trabajos evangélicos a orillas del
-Guadalquivir.</p>
-
-<p>Todo el tiempo que pasé en Sevilla viví muy retirado, gastando
-la mayor parte del día en estudiar, o en ese semisoñoliento estado
-de inactividad, resultado natural de los climas calurosos. El
-carácter de la gente entre quien me hallaba no me inducía a buscar
-su sociedad. Los andaluces de la clase alta son probablemente, en
-términos generales, los seres más necios y vanos de la espe<span
-class="pagenum" id="Page_205">[p. 205]</span>cie humana, sin otros
-gustos que los goces sensuales, la ostentación en el vestir y las
-conversaciones obscenas. Su insolencia sólo tiene igual en su bajeza,
-y su prodigalidad, en su avaricia. Las clases bajas son un poquito
-mejores que las de posición elevada; verdad es que no puede alabarse
-el nivel de su moralidad: son engañosos, camorristas y vengativos;
-pero son en general más corteses y, con toda seguridad, no más
-ignorantes.</p>
-
-<p>A los andaluces, en general, los tienen en muy baja estimación
-los demás españoles, y aun los de mejor posición tropiezan con
-dificultades para ser admitidos en las tertulias respetables de
-Madrid, donde si logran entrar, son invariablemente ridiculizados
-por los gestos y ademanes absurdos en que se complacen, por su
-inclinación a la jactancia, sus exageraciones, su curioso acento y la
-manera incorrecta de pronunciar el castellano.</p>
-
-<p>En una palabra: los andaluces, en todas las cualidades del
-carácter, se hallan tan por debajo de los otros españoles, como el
-país que aquéllos habitan es superior en belleza y fertilidad a las
-demás provincias de España.</p>
-
-<p>Pero no vaya a creerse ni por un momento que mi intención es negar
-que entre los andaluces haya individuos estimables y excelentes:
-uno descubrí yo a quien sin vacilar proclamo como el carácter más
-extraor<span class="pagenum" id="Page_206">[p. 206]</span>dinario
-que he conocido; pero no era un retoño de una familia noble, ni
-«portador de suaves vestidos», ni personaje lustroso y perfumado,
-ni uno de los <i>románticos</i> que vagaban por las calles de Sevilla
-adoptando actitudes lánguidas, con largas melenas negras que, en
-rizos exuberantes, les llegaban hasta los hombros, sino uno de
-aquellos a quienes los orgullosos y duros de corazón llaman la hez
-del populacho; un hombre miserable, sin casa, sin dinero, harapiento,
-destrozado. Aludo a Manuel, a quien no sé por qué oficio nombrar: si
-vendedor de billetes de lotería, o auriga del carro de los muertos,
-o poeta laureado en poesía gitana. Maravilla será que aún estés
-vivo, amigo Manuel; tú, de condición natural tan noble, honrado, de
-corazón puro, humilde, pero digno, ¿vagas todavía por los patios
-de la bella <i>Safacoro</i><a id="FNanchor_17" href="#Footnote_17"
-class="fnanchor">[17]</a>, o por la margen del <i>Len Baro</i><a
-id="FNanchor_18" href="#Footnote_18" class="fnanchor">[18]</a>, con
-la mirada perdida en el espacio y esforzándote por recordar alguna
-copla de Luis Lobo medio olvidada? ¿O descansas ya, fuera de la
-<i>Puerta de Jerez</i>, en el <i>Camposanto</i>, adonde en tiempo de epidemia
-acostumbrabas llevar a tantos, así gitanos como gentiles, en tu carro
-de tintineante campanilla? Muchas veces en las <i>réunions</i> de los
-sabios y escritores de este<span class="pagenum" id="Page_207">[p.
-207]</span> país de tantas letras, harto de sus alardes de pedantería
-y egotismo, he recordado gustoso nuestros recitados de poesías
-gitanas en la casona de Pila Seca. Muchas veces, asqueado ante las
-ostentosas profesiones de fe de los que pasean la cruz en doradas
-carrozas, te he recordado a ti y tu fe tranquila, sin pretensiones;
-tu paciencia en la miseria, tu fortaleza en la adversidad. Y cuántas
-veces, al meditar en la muerte, que con rapidez se aproxima, he
-deseado poder reunirme contigo otra vez, y que tus manos ayuden a
-llevarme al campo de los muertos, allá en la soleada planicie, ¡oh
-Manuel!</p>
-
-<p>Mi visitante más asiduo era Dionisio, que por raro caso dejaba de
-ir a verme alguna tarde: el pobre hombre iba en busca de simpatía y
-conversación. Es difícil concebir situación más desamparada y aislada
-que la de aquel griego en Sevilla, sin un amigo apenas, pendiente,
-para subsistir, de la mísera pitanza que podía producirle la venta de
-unos pocos libros, ofrecidos en su mayoría de puerta en puerta.</p>
-
-<p>—¿Qué pudo inducirle a usted en un principio a dedicarse a vender
-libros en Sevilla?—le pregunté cuando, cierta tarde calurosa, llegó,
-sofocado y cansado, con un paquete de libros atado con una correa.</p>
-
-<p><span class="smcap">Dionisio.</span>—A falta de empleo mejor,
-<i>Kyrie</i>, adopté este oficio, que está muy despreciado y no da para
-vivir. Cuántas veces he<span class="pagenum" id="Page_208">[p.
-208]</span> lamentado que no me enseñasen a zapatero, o no haber
-aprendido, de mozo, cualquier oficio manual útil; ahora lo hubiese
-seguido muy contento. Eso me hubiera procurado, al menos, el respeto
-de mis semejantes, pues me necesitarían; mientras que ahora todos me
-huyen y me miran con desprecio. Vendo una mercancía que aquí no le
-importa a nadie. ¡Libros en Sevilla, donde nadie lee, como no sean
-novelas nuevas, traducidas del francés, y obscenidades! ¡Libros!
-¡Ojalá fuese gitano, que entonces, vendiendo burros, sería al menos
-independiente y más respetado que ahora!</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿En qué género de libros comercia
-usted principalmente?</p>
-
-<p><span class="smcap">Dionisio.</span>—En el menos adecuado al
-mercado de Sevilla, <i>Kyrie</i>: en libros de valor substancial,
-fundamentales; muchos en griego viejo, adquiridos por mí al
-disolverse los conventos, cuando los fondos de sus bibliotecas,
-arrojados a los patios, se vendían a tanto la <i>arroba</i>. Al principio
-creí hacer fortuna, y, en realidad, con esos libros la hubiera hecho
-en cualquier otra parte; pero aquí he llegado a ofrecer por medio
-duro un Elzevir, en vano. Si no fuera por los forasteros, que me
-compran algo, me moriría de hambre.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_209">[p. 209]</span></p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Pero en Sevilla hay una gran
-catedral con muchos curas y canónigos; de seguro irán a verle a
-usted algunos para comprar obras clásicas y libros de literatura
-eclesiástica.</p>
-
-<p><span class="smcap">Dionisio.</span>—Si cree usted eso, <i>Kyrie</i>,
-conoce usted mal a los eclesiásticos de Sevilla. Yo trato a muchos y
-puedo asegurarle que es difícil encontrar una caterva de gentes con
-más declarada aversión a los trabajos intelectuales de toda especie.
-No leen más que periódicos, y los toman sólo por la esperanza de
-saber que su amigo don Carlos está ya reinstalado en Madrid; pero
-prefieren el chocolate y los bizcochos y dormir la siesta antes de
-comer a toda la filosofía de Platón y a la elocuencia de Tulio.
-Algunas veces van a mi casa, pero sólo para matar una hora de
-aburrimiento charlando de cosas sin sustancia. Una vez fueron a verme
-tres de ellos con la esperanza de convertirme a la superstición
-latina. «<i>Signor Donatio</i> (así me llamaban), ¿cómo usted, persona
-tan libre de prejuicios, y con ciertas pretensiones de saber, sigue
-aferrado a una religión tan absurda? Tras de residir tantos años
-en una tierra civilizada, como esta de España, harto tiempo es ya
-de que abandone usted su culto medio pagano e ingrese en el seno
-de la Iglesia. Siga nuestro consejo y no le irá mal.» «Gracias,
-señores—repliqué—, por el interés que mi felicidad les inspira; yo
-no me niego a<span class="pagenum" id="Page_210">[p. 210]</span>
-razones: discutamos el asunto. ¿Cuáles son los puntos de mi religión
-que a ustedes les parecen mal? Porque claro es que ustedes conocerán
-perfectamente nuestros dogmas y ceremonias.» «Nada sabemos de su
-religión de usted, <i>signor Donatio</i>, salvo que es muy absurda, y,
-por tanto, está usted obligado, ya que es hombre bien instruído y
-sin prejuicios, a renunciar a ella.» «Pero, señores, si no conocen
-ustedes mi religión, ¿cómo la llaman absurda? No es propio de
-personas imparciales despreciar lo que se desconoce.» «Pero, <i>signor
-Donatio</i>, la religión de usted no es la Católica, Apostólica, Romana,
-¿verdad?» «Podría serlo, señores, juzgando por lo que ustedes saben
-de ella; para que se enteren, les diré que no; mi religión es la
-Apostólica Griega. No la llamo católica por ser absurdo llamar
-católico a lo que no está admitido universalmente.» «Pero, <i>signor
-Donatio</i>, ello mismo lo dice: ¿qué va a entender de religión una
-cuadrilla de griegos bárbaros e ignorantes? Si niegan la autoridad
-de Roma, ¿dónde van a buscar ideas religiosas razonables? ¿De dónde
-les va a venir el Evangelio?» «¿El Evangelio? Señores, permítanme
-que les enseñe un libro: aquí está. ¿Qué opinan ustedes?» «<i>Signor
-Donatio</i>, ¿qué significa esto? ¿Qué son esos diabólicos caracteres?
-¿Son moriscos? ¿Quién es capaz de entenderlos?» «Supongo que siendo
-ustedes sacerdotes de la Iglesia romana sabrán algo de latín;
-pues<span class="pagenum" id="Page_211">[p. 211]</span> si examinan
-la portada del libro leerán en la lengua de su Iglesia: Evangelio
-de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, en su original griego», del
-cual la Vulgata es una mera traducción, y no muy correcta por cierto.
-Respecto a la barbarie de Grecia, ignoran ustedes, al parecer, que
-hubo una ciudad, llamada Atenas, famosísima, siglos antes de que
-a la primera choza de Roma le pusieran su techo de bálago y de
-que los vagabundos que primero la poblaron se hubieran escapado
-de manos de la justicia.» «<i>Signor Donatio</i>, es usted un hereje
-ignorante y, además, un insolente. ¡Qué desatinos son esos!...»
-Pero no quiero cansarle los oídos, <i>Kyrie</i>, con los absurdos
-que los pobres <i>papas</i><a id="FNanchor_19" href="#Footnote_19"
-class="fnanchor">[19]</a> latinos me dispararon; su estribillo
-era: ¡qué disparates son esos!, muy aplicable, por cierto, a lo
-que ellos decían. Viendo que no podían conmigo en la controversia
-religiosa, denigraron a mi país con rabia: «España es mejor país que
-Grecia»—dijo uno. «Antes de venir a España no había usted probado el
-pan»—exclamó otro. «Y bien poco desde entonces»—pensaba yo. «Nunca
-había usted visto una ciudad como Sevilla»—añadió el tercero. Pero
-entonces comenzó lo más divertido de la comedia; mis visitantes
-eran naturales de tres puntos diferentes: uno era de Sevilla, otro
-de Utrera, y el tercero de<span class="pagenum" id="Page_212">[p.
-212]</span> Miguelturra, pueblo miserable de la Mancha. Al oír
-mentar a Sevilla, empezaron los otros dos a cantar las alabanzas de
-sus cunas respectivas; surgieron las comparaciones, y el resultado
-fué una disputa violenta. Rociáronse de ultrajes; mientras, yo me
-mantuve apartado, encogiéndome de hombros, y decía <i>tipotas</i><a
-id="FNanchor_20" href="#Footnote_20" class="fnanchor">[20]</a>. Al
-fin, cuando se marchaban, dije: «¿Quién hubiese creído, señores, que
-la polémica de las iglesias latina y griega estaba tan estrechamente
-relacionada con los méritos comparativos de Sevilla, Utrera y
-Miguelturra?»</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Hay aquí gran espíritu de
-proselitismo? ¿Qué clase de gente se convierte?</p>
-
-<p><span class="smcap">Dionisio.</span>—Le diré a usted, <i>Kyrie</i>: la
-generalidad de los conversos se compone de protestantes alemanes o
-ingleses, aventureros, que vienen a establecerse aquí, y al cabo del
-tiempo se casan con españolas, para lo cual es necesario el previo
-ingreso en la Iglesia latina. Unos pocos son judíos vagabundos de
-Gibraltar o de Tánger, delincuentes huídos a España, y que renuncian
-a su fe para no morir de inanición. Pero a tan ilustre gente hay
-que pagarla, y los curas se encargan de buscarles <i>padrinos</i>,
-generalmente entre las devotas ricas sometidas a su influencia, que
-tienen a gloria y por acto meritorio cooperar en la reconquista de
-almas<span class="pagenum" id="Page_213">[p. 213]</span> perdidas
-para la Iglesia. El neófito se deja convencer mediante la promesa
-de una <i>peseta</i> diaria, que los padrinos pagan de ordinario durante
-el primer año; pero rara vez más tiempo. Hace unos cuarenta años,
-sin embargo, lograron una conversión más notable. En Marruecos se
-encendió una guerra civil por las opuestas pretensiones de dos
-hermanos al Trono. Vencido uno de ellos, huyó a España, implorando
-la protección de Carlos IV. Pronto le dedicaron los curas atención
-especial, que no anduvieron tardos en convertirle, y consiguieron que
-el rey le señalase una pensión de un duro diario. De allí a pocos
-años murió en Sevilla hecho un vago, despreciado de todos. Dejó un
-hijo, hoy notario, muy devoto exteriormente. Pero es el hipócrita y
-<i>picarón</i> más grande que existe. Quisiera que le viera usted la cara,
-<i>Kyrie</i>: es la de Judas Iscariote. Tal sería también, creo yo, la
-opinión de usted, que es fisonomista. Vive en la puerta inmediata a
-la mía, y a pesar de su religiosidad ostentosa, le dejan vivir en la
-mayor pobreza.</p>
-
-<p>Y nada más por ahora acerca de Dionisio.</p>
-
-<p>A mediados de julio, nuestros trabajos en Sevilla llegaron a
-término por la muy eficaz razón de que ya no tenía más Testamentos
-que vender; desde mi llegada se habían puesto en circulación algo más
-de doscientos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_214">[p. 214]</span></p>
-
-<p>Unos diez días antes de esa fecha me visitaron varios <i>alguaciles</i>
-acompañados de una especie de alcalde de barrio, y se apoderaron de
-unos pocos Testamentos y Evangelios en gitano que por casualidad
-encontraron esparcidos por el suelo. La visita no me desagradó, ni
-mucho menos, porque era prueba satisfactoria del efecto de nuestros
-trabajos en Sevilla.</p>
-
-<p>No puedo por menos de referir aquí un sucedido: Uno o dos días
-después del secuestro fuí a casa del alcalde de barrio con motivo de
-mi pasaporte, y le encontré echado en la cama, por ser la hora de
-<i>siesta</i>, leyendo con atención uno de los Testamentos que se llevó
-de mi casa, todos los cuales, si hubiera obedecido las órdenes que
-tenía, debió haber depositado en el Gobierno civil. Tan absorto
-estaba en la lectura, que al pronto no se dió cuenta de mi llegada;
-cuando la advirtió, saltó de la cama muy confuso y guardó el libro
-en su bufete; yo, sonriendo, le dije que se tranquilizara, pues me
-alegraba verle ocupado en cosa de tan gran provecho. Ya más sereno,
-manifestó que había leído casi todo el libro, sin hallar nada malo
-en él; por el contrario, todo le parecía digno de loa. Añadió que
-los curas debían de estar <i>endemoniados</i> para perseguirlo con tal
-saña.</p>
-
-<p>Hicieron el embargo en domingo, y me encontraron leyendo la
-liturgia. Uno de los<span class="pagenum" id="Page_215">[p.
-215]</span> <i>alguaciles</i> hizo notar al marcharse el diferente modo
-que protestantes y católicos tenían de guardar las fiestas: los
-primeros, en sus casas leyendo buenos libros; los segundos, en los
-toros, mirando cómo las fieras arrancan las entrañas ensangrentadas a
-los pobres caballos. La plaza de toros de Sevilla es la más hermosa
-de España, y todos los domingos (único día en que se abre) se llena
-invariablemente de una multitud entusiasta.</p>
-
-<p>Comencé ya los preparativos para ausentarme de Sevilla por unos
-meses con destino a la costa de Berbería. Antonio, que no quiso salir
-de España, donde estaban su mujer y sus hijos, se volvió a Madrid
-muy contento con una buena gratificación que le di. Como me proponía
-volver aún a Sevilla, dejé la casa y los caballos al cuidado de un
-amigo de confianza, y me marché. En los capítulos siguientes se verán
-las razones que tuve para visitar Berbería.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_216">[p. 216]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO L</h2>
- <p class="subhang">
- Noche en el Guadalquivir. — La luz del Evangelio. — Bonanza. — La
- playa de Sanlúcar. — Panorama andaluz. — Historia de una caja. —
- <i>Cosas de los ingleses.</i> — Los dos gitanos. — El cochero. — El gorro
- de dormir encarnado. — El vapor. — El idioma cristiano.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">n la</span>
-noche del 31 de julio salí de Sevilla para mi expedición a bordo
-de uno de los vapores que navegaban por el Guadalquivir entre
-Sevilla y Cádiz. Llevaba el propósito de detenerme en Sanlúcar para
-recobrar la caja de Testamentos retenida allí en secuestro, mientras
-llegaba la ocasión oportuna de sacarlos fuera del reino de España.
-Destinaba yo esos Testamentos a ser repartidos entre los cristianos
-que esperaba encontrar en las costas de Berbería. Sanlúcar dista
-unas quince leguas de Sevilla, y se halla a la entrada de la bahía
-de Cádiz, donde el Guadalquivir junta sus aguas amarillas con las
-ondas saladas. El vapor desatracó del muelle a eso de las nueve
-y media, entre el vocerío con que los de a bordo y los que<span
-class="pagenum" id="Page_217">[p. 217]</span> se quedaban en tierra
-se despedían de sus amigos. En ese tumulto me pareció oír las voces
-de algunos amigos míos que me habían acompañado al muelle, y al
-instante me puse a gritar con más fuerza que nadie. La noche era muy
-obscura; tanto, que apenas distinguíamos los árboles que pueblan
-el borde oriental del río hasta la primera revuelta. Durante todo
-aquel día había reinado en Sevilla un <i>calmazo</i>; es decir, un tiempo
-excesivamente bochornoso, sin el más leve soplo de aire que lo
-animase. La noche fué también pesada y sofocante. Como yo había hecho
-con frecuencia el viaje del Guadalquivir, remontando y descendiendo
-el famoso río, no sentí la inquietud y curiosidad que la gente
-experimenta al hallarse, sea con luz o a obscuras, en paraje extraño,
-y como no conocía a ninguno de los pasajeros que charlaban sobre
-cubierta, pensé que lo mejor sería retirarme a la cámara y descansar
-un poco, a ser posible. La cámara estaba desierta y regularmente
-fresca, con todas las ventanas de las dos bandas abiertas para que
-corriese el aire. Tendido en un diván me dormí pronto, y así estuve
-dos horas, hasta que las furiosas picaduras de mil chinches me
-despertaron, obligándome a salir a cubierta, donde me dormí otra
-vez arropado con mi abrigo. Me desperté al rayar el día; estábamos
-a unas dos leguas de Sanlúcar. Me puse en pie y miré al Oriente,
-observan<span class="pagenum" id="Page_218">[p. 218]</span>do los
-progresos graduales del amanecer: primero un débil fulgor, luego unas
-bandas de claridad, después un arrebol, un rayo brillante, y por fin
-el disco de oro de ese orbe que cada día emerge del inmenso abismo;
-al instante, el vasto panorama fulguró con claros resplandores;
-la tierra reía, chispeaban las aguas, los pájaros trinaban, y los
-hombres levantábanse regocijados, porque era un nuevo día, y el sol,
-en la misión que le dió su Creador, comenzaba a difundir la luz y el
-contento, ahuyentando la pesadumbre y las tinieblas.</p>
-
-<div class="poem mt1"><div class="stanza">
-<p class="i2">Ved el sol matinal</p>
-<p class="i0">cual inunda su claridad la tierra,</p>
-<p class="i0">su camino triunfal</p>
-<p class="i0">de vida y luz se llenan.</p>
-<p class="i0">&nbsp;</p>
-<p class="i2">El Evangelio alumbra</p>
-<p class="i0">con luz aun más divina,</p>
-<p class="i0">saca a los pecadores de sus tumbas</p>
-<p class="i0">y da a los ciegos vista.</p>
-</div></div>
-
-<p class="mt1">Nos detuvimos frente a Bonanza, que es, hablando
-propiamente, el puerto de Sanlúcar, aunque dista de este pueblo
-media legua. Llámase Bonanza en razón de su buen surgidero, al
-abrigo de las borrascas del Océano. Consiste en varios edificios
-espaciosos, blancos, casi todos almacenes del Gobierno, y lo habitan
-carabineros, aduaneros y unos pocos pescadores. Un bote vino a
-recoger los pasajeros para Sanlúcar y trajo a<span class="pagenum"
-id="Page_219">[p. 219]</span> bordo media docena de personas que
-iban a Cádiz; yo me fuí con aquéllos. Un joven español, de talla
-diminuta, me hizo en francés algunas preguntas acerca de lo que me
-parecían el paisaje y el clima de Andalucía. Díjele que los admiraba
-mucho, lo que, evidentemente, le causó gran placer. El botero llegó
-entonces pidiendo dos <i>reales</i> por llevarme a la costa; no llevaba yo
-dinero suelto, y le ofrecí un duro para que cambiase. Dijo que le era
-imposible; le pregunté qué haríamos, y groseramente me contestó que
-no lo sabía, pero que no estaba para perder tiempo y quería cobrar en
-el acto. El joven español, al observar mi apuro, sacó dos <i>reales</i> y
-pagó al hombre. Le di las gracias de todo corazón por tal rasgo de
-cortesía, y muy de veras se lo agradecí, pues hay pocas situaciones
-tan desagradables como encontrarse en un grupo de gente que no tiene
-cambio, y verse acosado al mismo tiempo para el pago. Una persona
-algo depravada me decía una vez que es preferible carecer de dinero
-en absoluto, pues en tal caso ya sabe uno lo que ha de hacer. Más
-tarde encontré en Cádiz al joven español y le pagué, dándole gracias
-otra vez.</p>
-
-<p>Cerca del desembarcadero esperaban unos cuantos cabriolés,
-dispuestos a llevarnos a Sanlúcar. Tomé uno, y echamos a andar
-lentamente por la playa. El sitio es famoso en las novelas antiguas
-españolas, del géne<span class="pagenum" id="Page_220">[p.
-220]</span>ro llamado picaresco, o sea las consagradas a las
-aventuras de pícaros notorios; el modelo de todas, así como de las
-del mismo género en cualquier otro idioma, es <i>Lazarillo de Tormes</i>.
-El propio Cervantes inmortalizó esta playa en la más divertida de sus
-novelas cortas, <i>La ilustre fregona</i>. En una palabra, la playa de
-Sanlúcar era en los tiempos antiguos, si no en los modernos, punto
-de cita de rufianes, <i>contrabandistas</i> y vagabundos de toda laya,
-que allí anidaban en míseras chozas, hoy desaparecidas. El mismo
-Sanlúcar siempre fué notado por la inclinación de sus habitantes—los
-peores de Andalucía—al robo. Aquel ventero del <i>Quijote</i>, tan
-pícaro, perfeccionó su educación en Sanlúcar. Todos estos recuerdos
-se agolpaban en mi espíritu según íbamos recorriendo la playa,
-dorada por el sol de Andalucía, que todo lo hermosea. Llegamos
-al fin a ponernos próximamente frente a Sanlúcar, que se alza a
-cierta distancia de la ribera. Allí se nos ofreció un espectáculo
-muy animado: una multitud de mujeres, vistiéndose o desnudándose,
-pululaba en la orilla, mientras (calculando con prudencia) centenares
-de ellas jugaban y retozaban en el agua. Algunas estaban tendidas
-cuan largas eran al borde mismo de la playa, en un lecho de arena y
-pedrezuelas, dejando que las minúsculas olas les pasaran sobre el
-cuerpo; otras nadaban valientemente mar aden<span class="pagenum"
-id="Page_221">[p. 221]</span>tro. Había una confusa batahola de
-gritos, chillidos y agudas risas femeninas; oíase también algunas
-canciones, cuyo asunto es fácil de adivinar, pues estábamos en la
-soleada Andalucía, ¿y en qué pueden pensar ni de qué hablar o cantar
-sus ojinegras hijas más que de <i>amor, amor</i>, que entonces resonaba
-en la tierra y en las aguas? Prosiguiendo a lo largo de la playa,
-vimos también una multitud de hombres bañándose; no pasamos junto a
-ellos, pues torcimos a la izquierda y remontamos un paseo o avenida
-que conduce a Sanlúcar, como de un cuarto de milla de longitud. La
-vista desde allí era, en verdad, magnífica: ante nosotros yacía la
-ciudad, en la falda y en la cúspide de una colina de regular altura,
-extendiéndose de Este a Oeste; la población me pareció bastante
-grande; supe después que contaba lo menos veinte mil habitantes.
-Varios inmensos edificios y murallas la dominaban, de tanta grandeza
-que difícilmente puede describirse con palabras; pero lo principal
-era un castillo antiguo, situado hacia la izquierda. Las casas eran
-blancas del todo, y hubieran brillado esplendorosas de haber estado
-más alto el sol, pero en hora tan temprana yacían en relativa sombra.
-El <i>tout ensemble</i> era oriental y morisco en extremo; de hecho,
-Sanlúcar fué antaño una famosa fortaleza de los moros, y después de
-Almería, la plaza comercial más frecuentada de<span class="pagenum"
-id="Page_222">[p. 222]</span> España. En estas partes de Andalucía
-todo tiene un carácter enteramente oriental. Ved los cielos, tan
-despejados y de azul tan brillante como el de la India; el candente
-sol, que en un momento curte las más blancas mejillas, y llena
-el aire de llameantes ráfagas; y ved el paisaje y los productos
-vegetales. A cada lado del paseo por donde íbamos había una hilera de
-esa mata o árbol, no sé cómo llamarlo, que en español se conoce por
-<i>pita</i> y en marroquí por <i>gursean</i>. Alcanza aquí desarrollo casi tan
-majestuoso como en la costa de Africa. Del cogollo de verdes hojas,
-que en todas direcciones brotan desde la raíz, se alza un tallo tan
-alto, ¿necesitaré decirlo?, como una palmera; ¿y necesitaré decir
-que las hojas, de extraordinario espesor en la base, son en el cabo
-más agudas que la punta de una lanza, y que infligirían una herida
-terrible a cualquier animal que por inadvertencia se arrojase contra
-ellas?</p>
-
-<p>La <i>posada</i> donde paramos está a la entrada de Sanlúcar. Daba
-frente, con algunas casas más, al paseo por donde habíamos ido.
-Como aún era muy temprano, me fuí a descansar unas horas, y después
-visité al vicecónsul británico, Mr. Phillipi, quien ya me conocía de
-nombre, pues me había recomendado a él, por carta, un pariente suyo
-de Sevilla. Mr. Phillipi estaba en su escritorio, y me recibió con
-gran amabilidad y<span class="pagenum" id="Page_223">[p. 223]</span>
-cortesía. Le expliqué el motivo de mi visita a Sanlúcar, y solicité
-su ayuda para rescatar los libros depositados en la Aduana y poder
-sacarlos del reino, pues bien conocía yo las dificultades que
-encuentran cuantos han de tratar algún asunto con las autoridades
-españolas. El vicecónsul me aseguró que tendría gran placer en serme
-útil, y, en consecuencia, envió conmigo a la Aduana a su primer
-oficial, persona muy conocida y respetada en Sanlúcar.</p>
-
-<p>Lo mejor será contar aquí de una vez lo relativo a esos libros,
-para no entorpecer más adelante la narración. Consistían en un cajón
-de Testamentos en español y una caja pequeña de Evangelios de San
-Lucas, en el lenguaje de los <i>gitanos</i> españoles. Los retiré de la
-Aduana de Sanlúcar, con una guía para la de Cádiz. En Cádiz estuve
-ocupado dos días, y otros tantos una persona que tomé a mi servicio,
-en cumplir todos los requisitos y procurarme los papeles necesarios.
-El gasto fué grande, pues a cada paso me pedían dinero, si bien yo no
-hacía más que cumplir sencillamente la orden del Gobierno español de
-sacar de España los libros prohibidos. Esta farsa no concluyó hasta
-mi llegada a Gibraltar, donde pagué un duro al cónsul español por
-certificar al dorso de la guía, antes de devolverla a Cádiz, como
-era mi obligación, que los libros habían llegado a aquella plaza. No
-vió los libros, es cierto,<span class="pagenum" id="Page_224">[p.
-224]</span> ni preguntó por ellos; pero se guardó el dinero, objeto
-único, por lo visto, de sus ansias.</p>
-
-<p>En la Aduana de Sanlúcar me hicieron dos o tres preguntas respecto
-de los libros contenidos en las cajas; y eso me dió ocasión de hablar
-del Nuevo Testamento y de la Sociedad Bíblica. Mis palabras llamaron
-la atención, y al instante todos los oficiales y dependientes de la
-casa, grandes y chicos, desde el administrador hasta el portero,
-se congregaron en torno mío. Como hubo que abrir las cajas para
-inspeccionar su contenido, salimos todos al patio, y allí, tomando
-en la mano un Testamento, reanudé mi discurso. No sé a punto fijo lo
-que dije; pues al recapacitar de qué modo se perseguía la palabra de
-Dios en tan desventurado reino, me emocioné mucho y me dejé llevar
-de mis sentimientos. Mis palabras causaron impresión, evidentemente;
-con gran asombro mío, cada uno de los presentes me pidió un ejemplar.
-Vendí unos cuantos dentro de la misma Aduana. Lo que más llamaba
-la atención era el Evangelio en gitano, y lo examinaron con mucho
-detenimiento, entre sonrisas y exclamaciones de sorpresa, diciendo
-de vez en cuando: <i>Cosas de los ingleses</i>. Uno de los presentes me
-preguntó si sabía hablar el lenguaje <i>gitano</i>. Respondí que no sólo
-hablarlo, pero escribirlo, y en el acto hice un discurso de unos
-cinco mi<span class="pagenum" id="Page_225">[p. 225]</span>nutos
-en la lengua de los gitanos, y apenas concluí, todos aplaudieron y
-exclamaron: <i>¡Cosas de Inglaterra! ¡Cosas de los ingleses!</i> Vendí
-algunos ejemplares del Evangelio en gitano, y terminado el asunto que
-me llevó a la Aduana, me despedí de mis nuevos amigos y me fuí con
-mis libros.</p>
-
-<p>Volví a casa de Mr. Phillipi, quien, al conocer mi intención de
-proseguir el viaje a Cádiz en el vapor de la mañana siguiente, que
-tocaría en Bonanza a las cuatro, envió a este pueblo mis cajas y mi
-ligero equipaje, aconsejándome que fuese yo también a dormir allí
-para poder embarcar en hora tan temprana. Me presentó después a su
-mujer, que era inglesa, y a su hija, muchacha de unos diez y ocho
-años, amable y linda, a quien ya había visto en Sevilla; había allí
-de visita otros tres o cuatro señores, que habían ido desde Sevilla
-a tomar baños de mar. La señora de la casa y yo cambiamos unas pocas
-palabras en inglés, y luego empezamos todos a charlar en español,
-único idioma que, al parecer, entendían o apreciaban los demás
-presentes; en verdad, sería poco razonable esperar que los españoles
-hablen un idioma distinto del suyo, pues tan armonioso y flexible
-como es (mucho más, a mi juicio, que ningún otro), se antoja,
-en ocasiones, del todo insuficiente para expresar los arranques
-impetuosos de su exuberante imaginación. Dos horas volaron rápi<span
-class="pagenum" id="Page_226">[p. 226]</span>damente en coloquios,
-interrumpidos de vez en cuando por la música y el canto, hasta que
-me despedí de tan deleitosa compañía, y me fuí a curiosear por la
-ciudad.</p>
-
-<p>Era ya más de medio día, y el calor en extremo fuerte; apenas vi
-alma viviente por las calles; las piedras del pavimento me quemaban
-los pies a través de las suelas de las botas. Crucé la plaza de la
-Constitución, que nada de particular ofrece a los ojos del viajero,
-y remonté la colina para ver el castillo desde más cerca. Es un
-edificio de piedra, fuerte y pesado, con cubos, y en regular estado
-de conservación, a pesar de hallarse abandonado.</p>
-
-<p>Me cansé de mirar, y ya desandaba el camino, cuando me abordaron
-dos gitanos, que se habían enterado de mi llegada. Cambiamos unas
-palabras en <i>gitano</i>, pero conocían muy mal el dialecto y eran
-incapaces de sostener una conversación en él. Clamaban por un
-<i>gabicote</i>, o libro en lengua gitana. Se lo negué, diciendo que no
-sacarían de él provecho alguno; pero en vista de que sabían leer,
-les prometí sendos Testamentos en español. Con desdén rechazaron
-la oferta, diciendo que no se curaban de nada escrito en la lengua
-de los <i>Busné</i> o gentiles. Insistieron en su demanda, a la que por
-fin me sometí, no pudiendo resistir sus importunaciones; así que
-me acompañaron a la posada y recibieron lo que con tanto ardor
-deseaban.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_227">[p. 227]</span></p>
-
-<p>Por la tarde me visitó Mr. Phillipi; me dijo que por encargo
-suyo un cabriolé iría a buscarme a la posada al ser las once para
-llevarme a Bonanza, y allí, un individuo, dueño de una tabernucha,
-a quien de antemano se habían remitido mis cajas y otros bártulos,
-me alojaría por aquella noche, si bien tendría probablemente que
-dormir en el suelo. Fuímos después de paseo a la playa, donde había
-muchos bañistas, todos varones. Algunos eran muy buenos nadadores,
-en particular dos, que se habían metido muy adentro en el abra del
-Guadalquivir, una milla cuando menos. Al decirme que eran frailes, me
-pregunté asombrado en qué época de su vida habrían podido adquirir
-tanta destreza en la natación. Supuse que no sería en los tiempos
-en que, conforme a sus votos, sólo podían vivir para la oración, el
-ayuno y las mortificaciones. La natación es un ejercicio muy bueno,
-pero en manera alguna encaminado a la mortificación de la carne
-ni del espíritu. Al anochecer volvimos a la ciudad, y mi amigo se
-despidió de mí con mucho cariño. Me retiré después a mi aposento, y
-pasé unas horas en meditación.</p>
-
-<p>Se hizo de noche; dieron las diez, las once; el cabriolé se
-detuvo a la puerta. Monté, y echamos paseo abajo y luego a lo largo
-de la playa, desierta. Las olas resonaban tristemente; todo parecía
-cambiado desde por la mañana. Hasta me pareció que las pi<span
-class="pagenum" id="Page_228">[p. 228]</span>sadas de los caballos
-sonaban de distinto modo al avanzar al trote corto por la arena
-compacta y húmeda. Pero el cochero no estaba triste, ni mucho menos,
-ni con ganas de permanecer callado mucho tiempo: no tardó en empezar
-a hacerme una infinidad de preguntas respecto de mi procedencia y de
-mi destino. Le respondí lo que me pareció oportuno, y, en cambio,
-le pregunté si no le daba miedo pasar con el coche a tales horas
-por un sitio de tan mala fama como aquella playa. Oído esto, miró
-en torno, y al no ver a nadie, soltó una exclamación burlona, y
-dijo que un hombre con tales patillas como las suyas no se asustaba
-de todos los ladrones de la playa juntos, y que ni doce hombres de
-Sanlúcar se atreverían a dar el alto a un viajero sabiendo que iba
-bajo su protección. Era un buen ejemplar de andaluz fanfarrón. A poco
-percibimos el débil fulgor de una o dos luces delante de nosotros:
-eran las de unas lanchas y otros barquichuelos embarrancados en la
-arena, debajo y muy cerca de Bonanza; entre los barcos percibí la
-obscura silueta de dos o tres hombres. Estábamos al final del viaje y
-nos detuvimos ante la puerta de la casa donde había de albergarme por
-aquella noche. Se apeó el cochero y llamó fuerte un buen rato, hasta
-que un hombre, como de sesenta años, de extraordinaria corpulencia,
-abrió la puerta; llevaba en la mano una luz<span class="pagenum"
-id="Page_229">[p. 229]</span> mortecina, e iba vestido con una camisa
-de rayas, sucia, y gorro de dormir encarnado. Sin proferir palabra
-nos dejó entrar en una pieza muy vasta, con piso de tierra. A un
-lado, cerca de la puerta, se alzaba una especie de mostrador; detrás,
-un par de barriles, y en anaqueles, contra la pared, frascos de
-diversos tamaños. Había un olor muy fuerte a vino y licores. Arreglé
-la cuenta con el cochero y le di una propina; luego me pidió para
-echar un trago a mi salud. Díjele que pidiera lo que quisiese, y
-pidió una copa de aguardiente, que el amo de la casa, plantado detrás
-del mostrador, le sirvió sin pronunciar palabra. El cochero se la
-echó al coleto de un trago, pero hizo una porción de muecas después
-de beberla, y, tosiendo, dijo que sin duda alguna el aguardiente era
-bueno, porque le abrasaba el gaznate de un modo terrible. Luego me
-abrazó, salió de la casa y, montando en el cabriolé, fuése.</p>
-
-<p>El viejo del gorro colorado se acercó entonces muy despacio a la
-puerta, echó el cerrojo y la atrancó; después, empujó dos bancos
-y los juntó, señalándomelos con el gesto, como para notificarme
-que allí tenía la cama; sopló la luz y se retiró al fondo de la
-habitación, donde le oí tumbarse con muchos suspiros y resoplidos. No
-quedó más luz que la de una cazuelilla de barro puesta en el suelo,
-llena de agua y aceite, donde flotaba un pedacito de cartón con un
-pábilo<span class="pagenum" id="Page_230">[p. 230]</span> encendido
-en el centro: esta lámpara tan sencilla se llama <i>mariposa</i>. Puse
-mi saco de noche sobre el banco, a modo de almohada, y me eché; me
-hubiese dormido en el acto, a no ser porque el del gorro colorado
-empezó a roncar de modo pavoroso; esto me hizo recordar que aún no me
-había encomendado a mi Amigo y Redentor: hice, pues, mis oraciones, y
-luego me sumí en el descanso.</p>
-
-<p>Más de una vez durante la noche me despertaron los gatos, y creo
-que también las ratas, al saltar sobre mi cuerpo. Al despertar la
-última vez, me levanté y, acercándome a la mariposa, consulté el
-reloj: eran las tres y media de la mañana. Abrí la puerta y salí a
-mirar; entraron unos pescadores pidiendo el aguardiente; el viejo
-se levantó en seguida a servirlos. Uno de aquellos hombres me dijo
-que si pensaba marcharme en el vapor, debía mandar cuanto antes mis
-equipajes al embarcadero, porque había sentido el ruido del barco
-que venía río abajo. Expedí los bultos y pregunté al del gorro
-colorado cuánto debía. <i>Un real</i>, respondió; tales fueron las dos
-únicas palabras que oí de su boca; en verdad, era hombre apegado al
-silencio, y acaso a la filosofía, poco cultivados en Andalucía. Me
-fuí presuroso al embarcadero. Aún no había llegado el vapor, pero el
-fragor de su marcha por el río oíase cada vez más cerca. La niebla
-cubría la faz<span class="pagenum" id="Page_231">[p. 231]</span>
-tenebrosa de las aguas, y sentí cierto pavor al oír aproximarse
-al invisible monstruo rugiendo en el silencio de la noche. Al fin
-estuvo a la vista, se adelantó revolviendo el agua, se detuvo, y a
-poco me encontré a bordo. Era el <i>Península</i>, el mejor barco del
-Guadalquivir.</p>
-
-<p>¡Qué prodigiosa obra de la industria humana es el barco de vapor!
-Sin embargo, ¿cómo llamarla prodigiosa si se toma en consideración su
-historia? Han pasado más de quinientos años desde que surgió por vez
-primera la idea de construirlo, y sólo a fines del siglo pasado se
-logró por completo el intento, surcando las aguas de un río escocés
-el primer vapor digno de tal nombre. Durante ese largo período de
-tiempo, inteligencias perspicaces y hábiles manos se empleaban de
-vez en vez en el intento de corregir aquellas imperfecciones de la
-maquinaria que eran el único obstáculo que se oponía a que el barco
-fuese su propio propulsor contra las olas y el viento. Esos intentos,
-abandonados unos tras otros, perdida la esperanza, no fueron por
-completo estériles: cada inventor dejaba tras de sí alguna nueva
-mejora, fruto de sus trabajos, y sus continuadores la aprovechaban,
-hasta que sólo faltó encontrar dos o tres ideas felices, y un
-artilugio más perfecto. Llegaron los tiempos, y, por fin, ahora
-surcan el mismo Atlántico arrogantes vapores. Mucho se ha pon<span
-class="pagenum" id="Page_232">[p. 232]</span>derado, en mi opinión
-con justicia, la utilidad del vapor para difundir por doquiera la
-civilización. Cuando los primeros barcos de vapor aparecieron en el
-Guadalquivir hará unos diez años, los sevillanos corrieron a las
-orillas del río, gritando ¡brujería! ¡brujería!, idea robustecida
-por el hecho de ser inglesa la Compañía, y de llevar los barcos,
-construídos en Inglaterra, maquinistas ingleses, como todavía los
-llevan; porque no se encontró ningún español capaz de entender la
-maquinaria. Sin embargo, no tardaron en habituarse a los vapores,
-que van generalmente abarrotados de pasajeros. Fanáticos y vanidosos
-como son todavía, y apegados con pasión a sus costumbres antiguas,
-los sevillanos saben que, en un caso al menos, puede venir algo bueno
-de tierra extranjera, y de herejes por añadidura; sus prejuicios
-inveterados han sufrido un rudo golpe, y es de esperar que éste sea
-el alborear de su civilización.</p>
-
-<p>Mientras surcábamos la bahía de Cádiz, iba yo reclinado en uno
-de los bancos de la cubierta, cuando acertó a pasar el capitán en
-compañía de otro hombre; se detuvieron cerca de mí, y oí al capitán
-preguntarle al otro cuántas lenguas sabía hablar. «Una tan sólo»,
-replicó. «Esa única—dijo el capitán—es, claro está, el cristiano»,
-nombre que los españoles dan a su propio idioma, para contraponerlo a
-todos los demás.<span class="pagenum" id="Page_233">[p. 233]</span>
-«Ese individuo—continuó el capitán—que va echado en el banco, habla
-también el cristiano, cuando le conviene; pero habla además otros que
-no son el cristiano, ni mucho menos: sabe hablar inglés, y le he oído
-charlotear <i>gitano</i> con los de Triana; ahora va a tierra de moros, y
-si fuese usted allí, le oiría hablar con ellos en su jerigonza con
-tanta facilidad como en <i>cristiano</i>, y aún mejor, porque él tampoco
-es cristiano. Le he tenido ya muchas veces a bordo, pero el sujeto
-me gusta poco, porque lleva consigo una cosa nada buena.» Tan digna
-persona me había estrechado la mano a mi llegada a bordo, diciéndome
-lo mucho que le contentaba verme de nuevo.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_234">[p. 234]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO LI</h2>
- <p class="subhang">
- Cádiz. — Las fortificaciones. — El cónsul general. — Anécdota
- característica. — Un vapor catalán. — Trafalgar. — Alonso Guzmán. —
- Gebel Muza. — La fragata <i>Orestes</i>. — El león hostil. — Las obras
- del Creador. — Un lagarto del Peñón. — El gentío. — La reina de los
- mares. — Oración por mi país.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">C</span><span class="smcap">ádiz</span>
-se alza, como es bien sabido, en una larga y angosta lengua de tierra
-que se adentra en el mar, de cuyo seno parece salir la ciudad; las
-ondas salinas bañan sus muros por todos lados, menos por el Este,
-donde un istmo de arena la une con la costa de España. La ciudad,
-en su estado actual, es de construcción moderna, y, a diferencia
-de todas las demás ciudades de la Península, está edificada con
-gran regularidad y simetría. Muchas son sus calles, y se cortan,
-por lo general, en ángulo recto. Son muy estrechas, en comparación
-de la altura de las casas, y, por tanto, impenetrables a los rayos
-del sol, excepto en la hora del mediodía. Pero la calle principal
-es una excepción, y tiene cierta anchura. En esta calle está la
-<i>Bolsa</i>,<span class="pagenum" id="Page_235">[p. 235]</span> las
-casas de los comerciantes más fuertes y de la nobleza, y es, durante
-la primera parte del día, punto de reunión de los ociosos y de los
-hombres de negocios, por lo que recuerda a la Puerta del Sol de
-Madrid. Desemboca en la plaza principal, no muy grande, pero con
-muchas pretensiones de magnificencia: circúyenla grandes edificios
-de aspecto imponente, y está plantada de hermosos árboles, a
-cuyo pie hay bancos de mármol, para comodidad del público. Pocos
-edificios públicos hay en Cádiz dignos de gran atención: cierto
-que la catedral pasaría en otros países por un monumento hermoso;
-pero en España, tierra de catedrales gigantescas, magníficas, sólo
-puede ser considerada como lugar de culto decoroso; todavía está sin
-acabar. Hay un paseo público, o <i>alameda</i>, en las murallas del Norte,
-atestado de gente, por lo general, las tardes de verano: el verdor
-de los árboles, mirados desde la bahía, presta agradable descanso a
-los ojos, deslumbrados por el resplandor del caserío, todo blanco,
-porque Cádiz es también una ciudad radiante. En otro tiempo fué la
-más rica de España, pero ha decaído malamente de su prosperidad en
-estos últimos años, y sus habitantes lamentan de continuo la ruina de
-su comercio; por tal razón, a diario emigran muchos a Sevilla, donde,
-al menos, es más barato vivir. Aún hay, sin embargo, mucha vida y
-mucho ruido en sus calles,<span class="pagenum" id="Page_236">[p.
-236]</span> adornadas con numerosas y espléndidas tiendas, bastantes
-de ellas en el estilo de las de París y Londres. Su población actual
-se calcula en 80.000 habitantes.</p>
-
-<p>No sin razón tiene Cádiz nombre de plaza fuerte; las
-fortificaciones por el lado de tierra, en parte obra de los franceses
-durante el imperio napoleónico, son muy dignas de admiración, y
-parecen inexpugnables; por el lado del mar, la naturaleza la defiende
-tanto como el arte, porque el agua y las rocas sumergidas no son
-parapetos despreciables. Con todo, las defensas de la ciudad, salvo
-las del lado de tierra, ofrecen tristes pruebas de la apatía y
-abandono españoles, aun teniendo en cuenta las circunstancias, harto
-desfavorables, en que ahora se halla el país. En las fortificaciones,
-que van arruinándose con rapidez, apenas se ve un cañón, excepto
-unos pocos desmontados; así esa fortaleza aislada se halla hoy casi
-a merced de cualquier nación extranjera que, con un pretexto, o sin
-pretexto alguno, pretendiese arrancarla del poder de sus legítimos
-dueños y convertirla en colonia.</p>
-
-<p>A las pocas horas de llegar, visité a Mr. B.<a id="FNanchor_21"
-href="#Footnote_21" class="fnanchor">[21]</a>, cónsul general
-británico en Cádiz. Su casa, muy vasta y suntuosa, hace esquina a la
-entrada de la <i>alameda</i>, y tiene hermosas vistas sobre la bahía. Por
-de conta<span class="pagenum" id="Page_237">[p. 237]</span>do, de
-tiempo atrás conocía yo de oídas a Mr. B. Sabía que llevaba bastantes
-años desempeñando con provecho para su país natal y no poca honra
-suya el cargo, tan señalado como lleno de responsabilidades, que
-ocupaba en España. Conocíale también por cristiano bueno y pío, y,
-además, como amigo seguro e inteligente de la Sociedad Bíblica. Sabía
-yo eso, pero no se me había presentado nunca ocasión de conocerle
-personalmente. Le vi entonces por vez primera, y su aspecto exterior
-me causó gran impresión. Es un hombre alto, atlético, muy bien
-formado, entre cuarenta y cinco y cincuenta años; la grave dignidad
-de su semblante se dulcifica por una expresión de buen humor muy
-atractiva. Sus modales son abiertos y afables en extremo. No entraré
-a referir con detalles nuestra entrevista, para mí asaz interesante.
-Conocía Mr. B. los puntos capitales de mi historia desde mi llegada
-a España, y sobre ellos hizo diversos comentarios que demostraban un
-conocimiento íntimo de la situación del país, tocante a los asuntos
-eclesiásticos, y del estado de la opinión respecto a innovaciones
-religiosas.</p>
-
-<p>Me agradó descubrir que sus ideas coincidían en muchos puntos
-con las mías; ambos teníamos la opinión decidida de que a pesar de
-las persecuciones y el alboroto promovidos últimamente contra el
-Evange<span class="pagenum" id="Page_238">[p. 238]</span>lio, la
-batalla no estaba, ni mucho menos, perdida, y que la santa causa aún
-podía triunfar en España si los llamados a defenderla desplegaban,
-junto con su celo, discreción, y humildad cristiana.</p>
-
-<p>La mayor parte de aquel día y del siguiente estuve ocupado en la
-Aduana, tratando de obtener los documentos necesarios para exportar
-los Testamentos. El sábado por la tarde comí con Mr. B. y su familia,
-grupo interesante formado por su esposa, sus hijas, muy bellas, y su
-hijo, joven apuesto e inteligente. A la siguiente mañana, temprano,
-el vapor <i>Balear</i> zarpaba de Cádiz con rumbo a Marsella, y escalas
-en Algeciras, Gibraltar y otros puertos de España. Tomé pasaje a
-su bordo hasta Gibraltar, pues ya nada tenía que hacer en Cádiz;
-mis asuntos en la aduana estaban al cabo concluídos gracias a Mr.
-B., sin cuya bondadosa asistencia creo que nunca los hubiera dado
-fin. Ya tarde, me despedí con pesar de hombre tan excelente y de
-mis otros encantadores amigos; creo que sus votos más fervientes me
-acompañaron, y en cualquier lugar del mundo donde, pobre peregrino
-por la causa del Evangelio, pueda encontrarme, no dejaré de ofrecer a
-menudo sinceras oraciones por su ventura y bienestar.</p>
-
-<p>Antes de despedirme de Cádiz, referiré una anécdota del cónsul
-británico, que le<span class="pagenum" id="Page_239">[p. 239]</span>
-caracteriza, y pinta también su feliz manera de cumplir los más
-penosos deberes del cargo. Estaba yo de conversación con él en una
-sala de su casa, cuando nos interrumpió la llegada de dos visitantes
-inesperados: eran el capitán de un barco mercante de Liverpool y uno
-de la tripulación, rudo marinero del país de Gales, que apenas sabía
-expresarse en inglés. Ambos se miraban con indecible desconfianza
-y rencor. Resultó que el marinero se había negado a trabajar, y se
-obstinaba en abandonar el barco; su jefe llevábale a presencia del
-cónsul, a fin de que, si persistía en su actitud, le notificasen las
-consecuencias, o sea la pérdida de sus sueldos y ropas. Así se hizo;
-pero el marinero mostrábase cada vez más arisco, negándose a volver
-a pisar la misma cubierta que el capitán, quien le había llamado
-«griego, griego poltrón y holgazán», y eso no podía tolerarlo. La
-palabra «griego» se le había enconado al marinero en el ánimo y le
-lastimaba el corazón. Mr. B., buen conocedor, por lo visto, del
-carácter de los galeses en general—cuya testarudez, cuando se les
-lleva la contraria, es proverbial—y que desde luego vió los motivos
-triviales y necios de donde la disputa había surgido, le dijo
-sonriendo al marinero que, para salirse con la suya frente a todos
-y conservar sus sueldos y ropas, había un medio: irse a bordo de un
-barco de guerra de su majes<span class="pagenum" id="Page_240">[p.
-240]</span>tad, anclado a la sazón en la bahía. No lo ignoraba el
-marinero, según dijo, y así se proponía hacerlo. Con todo, su torvo
-semblante se dilató un poco, y miró con menos fiereza al capitán.
-Entonces, Mr. B., dirigiéndose al último, hizo algunas observaciones
-sobre la inconveniencia de llamar «griego» a un marinero británico,
-sin olvidarse de mencionar al propio tiempo la absoluta necesidad
-de disciplina y obediencia a bordo. Sus palabras produjeron tal
-efecto, que muy poco tiempo después el marinero tendía la mano al
-capitán, mostrándose dispuesto a volver con él a bordo y a cumplir
-sus obligaciones, añadiendo que el capitán, después de todo, era
-el hombre mejor del mundo. Así se separaron contentos unos de
-otros; habiéndoles arrancado el cónsul la promesa de asistir al día
-siguiente al oficio divino en su casa.</p>
-
-<p>Llegó la mañana del domingo, y a las seis me encontraba a bordo.
-Al trepar por la escala, me hirió los oídos el áspero acento del
-dialecto catalán. El barco era, en efecto, de construcción catalana,
-y el capitán y los tripulantes pertenecían a aquel pueblo; la
-mayor parte de los pasajeros ya a bordo, o llegados después, eran
-catalanes, y parecían rivalizar unos con otros en emitir sonidos
-desagradables. Pero quien con toda evidencia se llevaba la palma
-era un comerciante gordo, de rostro colorado, barba en punta,<span
-class="pagenum" id="Page_241">[p. 241]</span> ojos penetrantes y
-nariz corva; hablaba con asombrosa vehemencia por los motivos al
-parecer más fútiles, o sin motivo alguno; el sonido de su voz hubiese
-sido exactamente igual al ruido de un molinillo de café, a no ser por
-cierta nasalidad gangosa; no cesó de eyacular su catalán en todo el
-trayecto hasta Gibraltar. Esas gentes no se marean nunca, aunque con
-frecuencia producen o aumentan el mareo de los demás.</p>
-
-<p>No zarpamos hasta después de las ocho, en espera del gobernador
-de Algeciras, y en cuanto llegó a bordo nos pusimos en marcha;
-era hombre de unos setenta años, alto, delgado, rígido, de rostro
-grave, alargado y rugoso; en suma, la propia imagen de un antiguo
-grande de España. Nos echamos fuera de la bahía rodeando el ingente
-faro erguido sobre el arrecife, e hicimos después rumbo al Sur, en
-dirección de los estrechos. La mañana era esplendorosa; el cielo y el
-mar, de un azul radiante, o más bien, como en ocasión análoga hizo
-notar mi amigo Oehlenschlaeger<a id="FNanchor_22" href="#Footnote_22"
-class="fnanchor">[22]</a>, parecían dos cielos y dos soles, uno
-arriba y otro abajo.</p>
-
-<p>Aunque el tiempo era bueno, el barco andaba poco, tal vez por
-sernos contraria la corriente. A las dos horas pasamos frente
-al castillo de Santa Petra, y al mediodía estábamos a la vista
-de Trafalgar. El viento<span class="pagenum" id="Page_242">[p.
-242]</span> refrescó y nos daba de proa; nos arrimamos mucho a la
-costa para evitar en lo posible el duro y fuerte mar que desembocaba
-del estrecho. Pasamos a muy corta distancia del Cabo, escarpado
-promontorio de no muy considerable altura.</p>
-
-<p>No hay inglés que pase por tales lugares—teatro de la batalla
-naval más famosa que se recuerda—sin emoción. Allí las flotas de
-Francia y España, unidas, fueron aniquiladas por una fuerza muy
-inferior; pero era una fuerza británica y la dirigía uno de los
-hombres más notables de su época, quizás el héroe más grande de todos
-los tiempos.</p>
-
-<p>Enormes despojos de naufragios emergen aún con frecuencia del
-golfo, cuyas olas se estrellan contra las rocas de Trafalgar: son
-reliquias de las gigantescas naves incendiadas y hundidas en aquel
-día terrible, cuando el heroico campeón de Bretaña, concluída su
-obra, murió. A un solo individuo le he oído aventurar palabras en
-desdoro de la gloria de Nelson: era un americano insolente, quien
-reputaba por demás exagerada la fama del almirante británico.</p>
-
-<p>—¿Cabe exagerar el aprecio de un hombre—replicó un
-desconocido—cuyos pensamientos todos se encaminaron al honor de
-su país, que apenas combatió una vez sin dejar un pedazo de su
-cuerpo en la refriega, y, para no hablar de otros triunfos<span
-class="pagenum" id="Page_243">[p. 243]</span> menores, vencedor en
-dos batallas tales como Abukir y Trafalgar?</p>
-
-<p>Poco después estábamos a la vista de la costa de Africa. El
-cabo Espartel se dibujaba borrosamente entre la niebla por nuestra
-derecha. El Levante comenzó a soplar, y el barco cabeceaba mucho; sin
-embargo, el gobernador y yo resistimos valientemente; sentados en un
-banco, entramos en conversación acerca de los moros y de su país. El
-propio Torquemada no habría hablado de ellos con más aborrecimiento.
-Me dijo que había estado bastantes veces en las principales ciudades
-moras de la costa, describiéndomelas como montones de ruinas; a los
-moros los llamaba <i>cafres</i> y bestias feroces. Siempre, aun en Tánger,
-donde la gente está más civilizada, le habían insultado: tan grande
-es el odio de los moros a cuanto huele a cristiano. Sin embargo, a
-los ingleses los trataban con relativa cortesía, y circulaba entre
-ellos un dicho según el cual ingleses y mahometanos son unos y lo
-mismo; el semblante del gobernador tomó por un momento una expresión
-más grave; el hombre se santiguó y guardó silencio. Adiviné lo que
-pasaba por su ánimo:</p>
-
-<div class="poem mt1"><div class="stanza">
-<p class="i2">«De bárbaros herejes,</p>
-<p class="i0">turcos y moros,</p>
-<p class="i0">Estrella del mar</p>
-<p class="i0">Dulce María,</p>
-<p class="i0">¡ampárame!»</p>
-</div></div>
-
-<p class="mt1"><span class="pagenum" id="Page_244">[p. 244]</span>A
-eso de las tres cruzamos frente a Tarifa, tantas veces mencionada
-en la historia de moros y cristianos. ¿Quién no ha oído hablar de
-Alonso de Guzmán el Bueno<a id="FNanchor_23" href="#Footnote_23"
-class="fnanchor">[23]</a>, que dejó sacrificar a su hijo único
-delante de los muros de la ciudad por no sufrir la ignominia de
-entregar las llaves al monarca marroquí, quien, con su ejército, muy
-cercano, según cuentan, a medio millón de hombres, había desembarcado
-en las costas de Andalucía y amenazaba poner de nuevo a España bajo
-el yugo musulmán? Pues, en verdad, si hay un país y un lugar donde
-apenas se nombre a tan buen patriota, ni se canten sus proezas, ese
-país y ese lugar son España y Tarifa modernas.</p>
-
-<p>He oído cantar en danés el romance de Alonso Guzmán a un pastor
-en las soledades de Jutlandia; pero una vez hablé del «Fiel» a unos
-habitantes de Tarifa, y me dijeron que nunca habían oído mentar
-a Guzmán el Fiel de Tarifa, pero que conocían a Alonso Guzmán
-el <i>tuerto</i>, uno de los más miserables <i>arrieros</i> del camino de
-Cádiz.</p>
-
-<p>El viaje por aquellos angostos mares no puede por menos de
-interesar al más apático, dado el panorama que por uno y otro lado se
-presenta ante los ojos. Las costas son muy bravas y altas en extremo,
-sobre todo la de España, que parece dominar a<span class="pagenum"
-id="Page_245">[p. 245]</span> la de Africa; pero frente a Tarifa, el
-continente africano, girando hacia el Suroeste, toma un aspecto de
-grandeza sublime. Una montaña blanquecina horada las nubes con su
-cumbre: es monte Abyla, llamado en lengua mora Gibil Muza, o montaña
-de Muza, porque en ella está el sepulcro de un profeta de ese nombre.
-Es una de las dos excrecencias naturales llamadas en la antigüedad
-columnas de Hércules; sus vertientes y estribaciones ocupan muchas
-leguas de la costa marroquí en varias direcciones; pero su parte más
-ancha y escarpada mira de frente al punto del continente europeo
-donde yace Gibraltar como un enorme monstruo tendido en las aguas. De
-las dos montañas, o columnas, la más notable, vistas desde lejos, es
-la africana, Gibil Muza. Es la más alta, la más corpulenta y se ve
-desde mayor distancia; pero miradas desde cerca, la columna de Europa
-absorbe nuestra admiración. Gibil Muza es una inmensa masa informe,
-un amontonamiento de rocas agrestes, con algunos pocos árboles y
-arbustos aquí y allá asomados a los bordes de los precipicios;
-sus únicos moradores son los lobos, jabalíes y monos, a los que
-debe su nombre español de <i>Montaña de las monas</i>. Gibraltar, por
-el contrario—y sin hacer cuenta de la extraña ciudad que en parte
-lo cubre, habitada por hombres de todas las naciones y lenguas,
-ni de sus baterías y ex<span class="pagenum" id="Page_246">[p.
-246]</span>cavaciones, todas prodigios de arte—, es la montaña de más
-insólita apariencia del mundo, indescriptible por el pincel ni por la
-pluma, que los ojos no se hartan de mirar.</p>
-
-<p>Cerca ya del anochecer, cruzábamos la bahía de Gibraltar. Habíamos
-tocado en Algeciras, en la costa española, para desembarcar al viejo
-gobernador y tomar y dejar cartas.</p>
-
-<p>Algeciras es una antigua ciudad mora, como denota su nombre,
-palabra árabe que significa «el lugar de las islas». Hállase al borde
-del mar, con una cadena de altas montañas a la espalda. Hasta donde
-puede juzgarse a la distancia de media milla, el lugar me pareció
-triste y abandonado. Sin embargo, en la bahía estaban una fragata
-española y un bergantín francés. Al pasar junto a aquélla, algunos
-españoles a bordo de nuestro vapor empezaron a echar roncas a costa
-de los ingleses. Parece que pocas semanas antes, un barco inglés,
-sospechoso de contrabandista, fué visto por la fragata española,
-abrigada en una bahía de la costa andaluza, junto con una fragata
-inglesa, el <i>Orestes</i>. La fragata española estuvo en acecho, y una
-mañana, al observar que el <i>Orestes</i> había desaparecido, arboló los
-colores ingleses e hizo señales al mercante para que se acercara;
-engañado por la bandera británica, el mercante se acercó y al
-instan<span class="pagenum" id="Page_247">[p. 247]</span>te fué
-cañoneado y abordado: resultó ser, en efecto, barco contrabandista,
-y fué llevado a un puerto, donde lo entregaron a las autoridades
-españolas. A los pocos días el capitán del <i>Orestes</i> se enteró
-del caso, e, irritado por el injustificable empleo del pabellón
-británico, destacó un bote con un mensaje para la fragata española,
-pidiendo la devolución inmediata del barco apresado, o, de lo
-contrario, lo rescataría por la fuerza; añadiendo que llevaba 40
-cañones a bordo. El capitán de la fragata española respondió que
-el mercante estaba ya en poder de los empleados de la Aduana y no
-disponía de él; pero que el capitán del <i>Orestes</i> era muy dueño de
-proceder a su antojo, y que si tenía 40 cañones, él llevaba 44; el
-<i>Orestes</i> tuvo a bien responder marchándose. Tal fué, al menos, el
-relato que apareció en los periódicos españoles. Al observar cuánto
-les regocijaba a los españoles la idea de que un compatriota suyo
-hubiese amedrentado a un inglés, exclamé: «Señores, si algunos
-de ustedes suponen que un capitán inglés ha desistido de atacar
-a un buque español, temiendo una superioridad de cuatro cañones,
-recuerden, si lo tienen a bien, la suerte del <i>Santísima Trinidad</i>,
-y no olviden tampoco, se lo ruego, que casi resuenan todavía los
-cañonazos de Trafalgar.»</p>
-
-<p>Era cerca del obscurecer, repito, y cruzábamos la bahía de
-Gibraltar. De pie en la<span class="pagenum" id="Page_248">[p.
-248]</span> proa del barco, llevaba los ojos clavados en la
-montaña-fortaleza; no obstante haberla ya visto viadas veces, me
-interesaba mucho, llenándome de admiración. Desde donde yo la
-contemplaba, si se parece a algún ser de la naturaleza animada, es a
-un león acurrucado, terrible, cuya estupenda cabeza amenaza a España.
-En alas del ensueño, quizás habría llegado a la conclusión de que el
-Genio del Africa, bajo la forma de aquel monstruo, el más poderoso
-de cuantos cría, había cruzado de un salto el mar, desde el país
-de la arena y del sol, con ánimo de destruir el continente rival;
-imagen robustecida por el color de sus flancos de roca, del espinazo
-y de la cerviz, tan curtidos como la piel del rey del desierto. Y en
-realidad ese monte ha sido casi siempre para España un león enemigo,
-al menos desde que empezó a sonar en la historia, o sea cuando Tarik
-lo tomó y fortificó. La mayor parte del tiempo ha estado en poder de
-extranjeros: primero, en poder de los hombres del turbante, de los
-atezados moros; ahora, en el de una raza pelirrubia venida de una
-isla lejana. Aunque es parte de España, parece renegar toda conexión
-con ella; colocado al final de un largo y angosto istmo de arena,
-casi a nivel con el mar, yergue verticalmente su abrasada cima para
-denunciar los crímenes que afean la historia de una tierra tan bella
-y majestuosa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_249">[p. 249]</span></p>
-
-<p>Era ya cerca del obscurecer, por tercera vez lo digo, y
-atravesábamos la bahía de Gibraltar. ¡La bahía! No semejaba tal, sino
-un mar interior, rodeado por todas partes de mágicas barreras: tan
-sorprendente, tan prodigioso era el aspecto de las costas. Delante
-de nosotros, la inexpugnable montaña; a la derecha, el continente
-africano, con su Gibil Muza, gris, y el derrumbadero de Ceuta,
-hacia el que llevaba rumbo una barca solitaria; detrás de nosotros,
-el pueblo que acabábamos de dejar y su barrera montañosa; a la
-izquierda, la costa de España. Ni una ola rizaba la superficie del
-mar, y como nos deslizábamos sobre ella velozmente, el singularísimo
-objeto a que íbamos acercándonos se hacía a cada momento más visible
-y distinto. Al pie de la montaña, y en una pequeña porción de la
-falda, yace la ciudad, con las murallas guarnecidas de cañones
-negruzcos, asestados de modo significativo contra las dársenas y
-muelles; encima, en cada risco, en cada hueco útiles para la defensa
-y el estrago, asoman las baterías, aparición siniestra y sepulcral,
-como presagio ominoso de la suerte que aguarda a cualquier enemigo
-intruso; mientras, al Este y al Oeste, hacia Africa y España, en
-los puntos elevados, se alzan castillos, torres o <i>atalayas</i>, que
-dominan el conjunto, y toda la región circunyacente, por tierra
-y por mar. Las fortificaciones son fuertes, amenazado<span
-class="pagenum" id="Page_250">[p. 250]</span>ras y, vistas en
-cualquier otro sitio, ellas solas embargarían el ánimo y absorberían
-la admiración; pero la montaña, la pasmosa montaña, reaparecía por
-todas partes y sobrepujaba su efecto como espectáculo. ¿Quién, al
-contemplar un elefante enorme que, blandiendo la trompa, se arroja
-impetuosamente en la pelea, mira el castillete levantado en su lomo,
-o teme las jabalinas de sus ocupantes, por diestros y valerosos
-que sean? Nunca se nos representa mejor el poder y la grandeza de
-Dios que al contrastar las obras de sus manos con los trabajos del
-hombre. Contemplad El Escorial: es una obra soberbia, pero no sé
-si podréis admirarla en viendo la montaña que se mofa de él a sus
-espaldas; contemplad aquel orgullo de los reyes moros, contemplad
-a Granada desde la vega; pero no sé si podréis admirarla, pues
-veréis detrás, mofándose, las Alpujarras. ¡Oh! ¿Qué son las obras
-del hombre comparadas con las del Señor? Lo que el hombre comparado
-con su Creador. El hombre construye pirámides; también Dios las
-construye: las pirámides del hombre son montones de cascote,
-mezquinos montículos en una planicie arenosa; las pirámides del
-Señor son los Andes y las montañas de la India. El hombre construye
-murallas; también su Dueño; pero las murallas de Dios son los negros
-precipicios de Gibraltar y de Horneel, eternos, indestructi<span
-class="pagenum" id="Page_251">[p. 251]</span>bles, inaccesibles;
-las del hombre se escalan o las destruyen las olas, o el rayo o la
-pólvora las pulverizan. Si el hombre quiere desplegar victoriosamente
-su poder o su grandeza, ha de ser lejos de las montañas; sobre sus
-cimas flotan las nubes, enseña del Creador; allí es más patente la
-majestad de Dios. Llámese, si se quiere, a Gibraltar montaña de Tarik
-o de Hércules; pero contempladla un instante, y la llamaréis montaña
-de Dios. Tarik y el semidiós antiguo pueden haber edificado sobre
-ella; pero ni todo aquel pueblo de bronceada tez de que Tarik era
-retoño, ni todos los gigantes en lo antiguo famosos, entre los que se
-contaba Hércules, hubieran podido construir sus riscos ni cincelar en
-su enorme masa la forma que ahora tiene.</p>
-
-<p>Echamos el ancla no lejos del muelle. Como esperábamos oír de
-un momento a otro el cañonazo vespertino, después del cual no se
-permite a nadie entrar en la ciudad, estaba yo sobresaltado, temiendo
-verme obligado a pernoctar en el sucio vapor catalán, que, pues
-ya no había de proseguir en él mi viaje, sentía mucha prisa por
-abandonar. Se nos acercó un bote, con dos individuos en la popa, y
-uno de ellos, puesto en pie, preguntó con tono autoritario el nombre
-del barco, su destino y carga. Dada respuesta, subieron a bordo.
-Hablaron un poco con el capitán, y se disponían a partir, cuan<span
-class="pagenum" id="Page_252">[p. 252]</span>do pregunté si podía
-acompañarlos a tierra. La persona a quien interrogué era un joven
-alto, con levita de fustán. Era carilargo, y larga su nariz, ancha la
-boca, los ojos grandes, vivarachos. Guiñaba el rostro con una mueca
-al parecer imborrable, y si no hubiese sido por su tez bronceada,
-le hubiera tomado por un vagabundo de las calles de Londres. Pero
-no era tal, sino lo que llaman «un lagarto del Peñón», o sea una
-persona nacida en Gibraltar de padres ingleses. Al oír mi pregunta,
-hecha en español, gesticuló aún más que de ordinario y, con extraño
-acento, me preguntó si era hijo de Gibraltar. Respondí que no tenía
-tal honor, pero que era súbdito británico; luego se mostró dispuesto
-a desembarcarme. Entramos en el bote, tomaron los remos cuatro
-marineros genoveses y nos impelieron velozmente hacia tierra. Mis
-dos compañeros charlaban en un español muy raro; el de la levita de
-fustán volvía hacia mí la cara de cuando en cuando, y cada vez su
-mueca era más desagradable. No tardamos en llegar al muelle; exhibí
-el pasaporte, anotaron mi nombre y me dejaron pasar.</p>
-
-<p>Era ya noche cerrada, y sin perder tiempo crucé el puente
-levadizo y entré en el largo corredor abovedado que por debajo de
-las fortificaciones comunica con la ciudad. En el pasadizo, dos
-centinelas de casaca roja iban y venían, fusil al hombro, mar<span
-class="pagenum" id="Page_253">[p. 253]</span>cando el paso. No se
-detenían un momento, no ganduleaban, no reían ni bromeaban con
-los transeuntes; su porte era el propio de soldados británicos,
-conscientes de los deberes de su situación. ¡Diferencia va de ellos
-a los abandonados haraganes que montan la guardia a la puerta de
-cualquier ciudad española con guarnición!</p>
-
-<p>Remonté la calle principal, que corre en suave pendiente a lo
-largo de la base de la montaña. Acostumbrado desde hacía varios meses
-al melancólico silencio de Sevilla, el ruido y la animación reinantes
-en torno mío casi me ensordecieron. Era noche de sábado, y todos los
-negocios estaban, claro es, interrumpidos; pero arriba y abajo pasaba
-un copioso gentío. Allí avanzaba un pelotón de guardias, aquí se
-paseaba un grupo de oficiales, más allá un corro de soldados hablaba
-y reía. Casi todos los paisanos eran españoles, pero había una buena
-rociada de judíos, vestidos como los de Berbería, y algún que otro
-moro con turbante. También había bandas de marineros, genoveses, a
-juzgar por su «patois», si bien percibía alguna vez el sonido <i>tou
-logousas</i>, que me reveló la proximidad de griegos, y dos o tres veces
-vislumbré el gorro encarnado y las chaquetillas de seda azul de los
-marineros de las islas romaicas. Continué presuroso hasta llegar a
-cierta hostería muy nombrada, inmediata a una plazuela donde está
-la Bolsa de<span class="pagenum" id="Page_254">[p. 254]</span>
-Gibraltar. Me precipité en la hostería, pedí habitación, y el
-geniecillo del lugar, que estaba en pie detrás del mostrador, me dió
-alegremente la bienvenida; quizás tendré ocasión de describirlo más
-adelante. Todas las habitaciones del piso bajo estaban llenas de
-gente del Peñón, hombres corpulentos por lo general, de tez morena y
-facciones inglesas, con sombreros blancos y trajes de cutí, también
-blancos. Fumaban pipas y cigarros, bebían cerveza, vino y otros
-líquidos, y hablaban en español del Peñón o en inglés del Peñón,
-según les tomaba la fantasía. Muy denso era el humo del tabaco, y
-grande el ruido de las voces; con mucho gusto subí presuroso a un
-cuarto desocupado, donde me sirvieron un refrigerio que me estaba
-haciendo mucha falta.</p>
-
-<p>Al poco rato, los sones de una música militar, muy próxima a mis
-ventanas, atrajeron mi atención. Bajé, y me asomé a la puerta. Una
-banda militar, en la plazoleta delante de la Bolsa, se preparaba
-para tocar retreta. Después del preludio, admirablemente ejecutado,
-el mayor, un buen mozo, hizo unos floreos con el bastón y echó calle
-arriba, seguido de toda la banda, tan airosa y apuesta, y de una
-multitud de oyentes admiradores. Batían los platillos, lanzaban las
-trompetas su alarido, los timbales emitían su nota grave y solemne;
-despertábanse los ecos del Peñón, y las escalonadas azoteas de<span
-class="pagenum" id="Page_255">[p. 255]</span> la ciudad retumbaban
-con aquel estrépito conmovedor.</p>
-
-<div class="poem mt1"><div class="stanza">
-<p class="i0">¡Plán! ¡Rataplán! Así hacen los tambores.</p>
-<p class="i0">¡Tra! ¡Tralará! ¡Ya vienen los ingleses!</p>
-</div></div>
-
-<p class="mt1">¡Oh Inglaterra! ¡Mucho tiempo ha de pasar aún antes de
-que el sol de tu gloria se abisme en las ondas tenebrosas! ¡Aunque
-sobre ti se amontonan nubes sombrias, pavorosas, todavía, todavía
-querrá el Omnipotente dispersarlas, y concederte un porvenir de más
-duración, y más brillante aún, que tu pasado! ¡Y si tu fin está
-próximo, que sea un fin noble, digno de la renombrada Reina de los
-mares! ¡Húndete, si has de hundirte, entre sangre y llamas, con
-pavoroso estruendo, arrastrando a más de una nación en tu caída!
-¡Plegue al Señor preservarte, sobre todo, de una decadencia lenta y
-oprobiosa, en la que serías, antes de extinguirte, la mofa y escarnio
-de aquellos mismos enemigos que ahora te envidian y aborrecen, pero
-te temen; más aún, te admiran y respetan contra su voluntad! ¡Alzate,
-mientras es tiempo aún, y disponte para un combate a vida o muerte!
-¡Arroja de ti la inmunda costra que llevas pegada a tus robustos
-miembros, que amortigua tu fuerza, y la entorpece y debilita! ¡Arroja
-de ti a tus falsos filósofos, que con tanto gusto desacreditan
-lo que, después del amor a Dios, se ha tenido hasta aquí por más
-sagrado, el amor a la tierra<span class="pagenum" id="Page_256">[p.
-256]</span> materna! ¡Arroja de ti a los falsos patriotas, que, so
-pretexto de enderezar los entuertos que sufren los pobres y los
-débiles, tratan de suscitar discordias internas, de suerte que
-tu poder sólo sea terrible para ti misma! ¡Expulsa a los falsos
-profetas, que divinizan la mentira; que han puesto en tus muros
-argamasa que no fragua, y se caerán; que ven visiones de paz, donde
-la paz no existe; que han robustecido los brazos de los malvados
-y entristecido el corazón de los justos! ¡Oh, hazlo, y no temas
-el resultado, porque o tu fin será grandioso y envidiable, o Dios
-perpetuará tu reinado sobre los mares, oh tú, su ya antigua Reina!</p>
-
-<p>Lo que antecede es parte de una plegaria por mi país natal, que,
-después de mi acción de gracias habitual, balbucí, ofreciéndosela al
-Todopoderoso antes de entregarme al descanso, aquel sábado por la
-noche en Gibraltar.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_257">[p. 257]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO LII</h2>
- <p class="subhang">
- Un hostelero jovial. — Los aspirantes a la gloria. — Un retrato.
- — Los <i>Hamales</i>. — Una excursión. — Labriego y soldado. — Las
- excavaciones. — Un tirón de la ropa. — Judas y su padre. —
- Peregrinación de Judas. — La barba frondosa. — Los falsos moros. —
- Judas y el hijo del Rey. — Vejez prematura.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">Q</span><span class="smcap">uizás</span>
-fuera imposible escoger lugar más apropiado para observar con toda
-holgura a Gibraltar y sus moradores que aquel en que me hallé a
-eso de las diez de la mañana siguiente. Sentado en un banquillo
-frente por frente del mostrador, pegado a la puerta, en el zaguán
-de la hostería donde me hallaba alojado temporalmente, abarcaba
-con la vista la plaza de la Bolsa y cuanto en ella entraba, y con
-sólo alzar los ojos, contemplaba a placer la estupenda montaña que
-se yergue sobre la ciudad hasta unos mil pies de altura. Observaba
-también a cuantas personas entraban en la casa o salían de ella,
-muy concurrida, por hallarse situada en el punto más frecuentado de
-la<span class="pagenum" id="Page_258">[p. 258]</span> principal
-arteria de la ciudad. Harta ocupación tenían mis ojos, no menos que
-mis oídos. Junto a mí estaba en pie mi excelente amigo Griffiths, el
-jovial hostelero, de quien diré algunas palabras, aprovechando la
-oportunidad presente, si bien ha sido ya descrito con frecuencia y
-por plumas mucho mejores. Figúrense los que no le conozcan, un hombre
-de unos cincuenta años, lo menos de seis pies de alto, de unas diez
-arrobas de peso, de semblante muy fresco, facciones regulares y ojos
-vivos y sagaces, pero al mismo tiempo expresivos de un buen natural.
-Lleva pantalones blancos, levita blanca, sombrero blanco; todo en él
-es blanco, excepto sus cuidadas patillas y su rubicunda faz. Debajo
-del brazo lleva un látigo, con que se aumenta prodigiosamente lo
-que para nosotros hay de familiar en su aspecto, más parecido al
-de un caballero que tiene una posada en el camino de New-market,
-«simplemente por amor de los viajeros y del dinero que llevan
-consigo», que al de un natural del Peñón. Sin embargo, él mismo se
-confesará lagarto del Peñón, y apenas les cabrá a ustedes duda de
-ello cuando además del inglés vernáculo e impuro que habla, le oigan
-expresarse en español o, si es necesario, incluso en genovés, y no es
-juego de niños hablar este idioma, que nunca he podido dominar. Es
-muy entendido en caballos, y cuando la ocasión<span class="pagenum"
-id="Page_259">[p. 259]</span> llega, le vende un «bocado de casta» a
-cualquier aficionado joven, aunque no se niega tampoco a tratar con
-viejos; porque entre todos esos judíos de Fez, flacos, catarrosos,
-lívidos, de ojos de lince, no hay ninguno capaz de engañarlo en un
-trato ni de estafarle una sola de las cincuenta mil libras esterlinas
-que posee; pero téngase presente que es hombre franco y liberal con
-quienes se portan con él honradamente, y sépase también que si es
-usted un caballero cumplido le prestará dinero, si lo necesita; bien
-entendido que, si se lo niega, es que hay algo en su conducta de
-usted que no es del todo correcto, porque Griffiths conoce «su mundo»
-y no se deja tomar por tonto.</p>
-
-<p>Durante la hora escasa que estuve en el banco de la hostería del
-Peñón se consumió en mi presencia una prodigiosa cantidad de cerveza.
-Delante del mostrador se agolpaban los oficiales, en demanda de un
-refresco, asaz gustoso, cuando no necesario con un tiempo de tan
-sofocante calor; algunos llegaban galopando hasta la puerta en jacas
-berberiscas, que abundan mucho en Gibraltar. Todos parecían muy
-amigos del hostelero, con quien discutían a veces los méritos de tal
-o cual caballo, y cuyas burlas acogían invariablemente con ilimitada
-aprobación. El aspecto y los modales de aquellos jóvenes, porque, en
-efecto, en su mayor parte, eran muy jovencitos, me parecieron<span
-class="pagenum" id="Page_260">[p. 260]</span> interesantes y
-agradables en sumo grado. En verdad, creo que los oficiales ingleses
-en general, por su buena presencia y por la urbanidad de sus modales,
-se llevan la palma entre todos los de igual clase en el mundo. Es
-verdad que los oficiales de la Guardia real de Rusia, especialmente
-los de los tres hermosos regimientos llamados <i>Priberjensky</i>,
-<i>Simeonsky</i> y <i>Finlansky polks</i>, pueden, en casi todos los puntos,
-entrar sin miedo en comparación con la flor del ejército británico;
-pero es de recordar que la oficialidad de esos regimientos la forman
-los más selectos individuos de la nobleza eslavona, jóvenes escogidos
-expresamente por sus prendas personales y por la superioridad de
-sus dotes intelectuales, mientras que, entre los jóvenes y rubios
-anglo-sajones a la sazón reunidos junto a mí, no había quizás uno
-solo de descendencia noble ni de nombre encumbrado y soberbio, y
-lejos, por cierto, de haberlos escogido para halagar el orgullo y
-aumentar la pompa de un déspota, habíanlos sacado indistintamente de
-una masa de ardientes aspirantes a la gloria militar, y enviádolos,
-en servicio de su país, a una colonia remota e insalubre. No
-obstante, eran tales, que su país podía enorgullecerse viéndolos tan
-sanos y bellos de rostro, pintados el valor en el semblante y la
-inteligencia en sus ojos azules.</p>
-
-<p>¿Quién se detiene ahora frente a la puer<span class="pagenum"
-id="Page_261">[p. 261]</span>ta, sin entrar, y hace una pregunta
-al hostelero, que se acerca saludándole respetuoso? No es hombre
-vulgar, o mucho engaña su aspecto. Va vestido con bastante sencillez:
-sombrero español, de copa puntiaguda y anchas alas sombrosas—el
-verdadero <i>sombrero</i>—, pantalones de cutí y chaquetilla azul de
-húsar; pero ¡qué bien le sienta ese vestido a su dueño, uno de los
-hombres de más noble apostura que he visto! Le contemplé con insólito
-respeto y admiración, mientras bondadosamente sonreía y bromeaba
-en buen español con un descarado pilluelo del Peñón, empeñado
-en venderle un enorme <i>bogamante</i> o langosta ordinaria, ya en
-putrefacción, que llevaba en la mano.</p>
-
-<p>Aquel hombre era de estatura casi gigantesca, y sobresalía cerca
-de tres pulgadas por encima del corpulento hostelero; pero bien
-conformado, como un atleta, y derecho como un pino de Dovrefeld.
-Podía tener once lustros, y eso añadía cierta expresión de madura
-dignidad a su rostro, que se dijera cincelado por un escultor griego;
-sus cabellos eran aún negros como la pluma del cuervo de Noruega, y
-negro también el bigote que se rizaba sobre su bien dibujado labio.
-Con atavío griego, y en el campamento frente a Troya, le hubiera
-tomado por Agamenón.</p>
-
-<p>—Ese hombre ¿es un general?—dije a un individuo bajito, de extraña
-catadura, que,<span class="pagenum" id="Page_262">[p. 262]</span>
-sentado junto a mí, se empapaba en la lectura de un periódico.</p>
-
-<p>—Ese caballero—susurró con acento ceceoso—es el gobernador de
-Gibraltar.</p>
-
-<p>A cada lado de la puerta, por la parte de afuera, tendidos en
-el suelo o apoyados indolentemente contra las paredes, había media
-docena de hombres de aspecto bastante raro. La prenda principal de
-su vestido era una especie de túnica azul, algo parecida a la blusa
-que llevan los campesinos del Norte de Francia, pero menos larga;
-llevábanla ceñida a la cintura por una correa y les caía hasta la
-mitad de los muslos. Tenían las piernas desnudas, lo que me permitió
-observar la anchura descomunal de sus pantorrillas. Tocábanse con
-gorritos de lana negra. Al más atlético de todos, tipo de atezado
-rostro, de unos cuarenta años, le pregunté quiénes eran.—<i>Hamales</i>—me
-respondió.—Esta palabra es árabe y significa porteador; en efecto,
-un instante después vi atravesar la plaza a un individuo semejante
-tambaleándose bajo una inmensa carga, suficiente casi para romperle
-el espinazo a un camello. Me dirigí otra vez a mi amigo el negro,
-y preguntándole de dónde procedía, me respondió que era natural de
-Mogador, en Berbería, pero había pasado la mayor parte de su vida
-en Gibraltar. Añadió que era <i>capataz</i> de los <i>hamales</i> que estaban
-a la puerta. Entonces le hablé en árabe de<span class="pagenum"
-id="Page_263">[p. 263]</span> Oriente, aunque con pocas esperanzas de
-hacerme entender, sobre todo por el mucho tiempo que el hombre había
-estado fuera de su país. Me respondió, empero, muy atinadamente,
-chispeantes los ojos de alegría y temblándole los labios de ansia,
-aunque con facilidad se percibía que el árabe, o más bien el
-marroquí, no era la lengua en que acostumbraba hablar o pensar. Sus
-camaradas se agruparon en torno nuestro y escucharon con avidez; a
-veces, cuando decíamos algo que merecía su aprobación, exclamaban:
-<i>Wakhud rajil shereef hada, min beled del scharki</i>. Por último,
-les enseñé el «shekel» que invariablemente llevo en el bolsillo, y
-pregunté al <i>capataz</i> si había visto nunca aquella moneda. Estuvo un
-buen rato examinando el incensario y el ramo de oliva, con señales
-evidentes de no saber lo que era; al fin, se le ocurrió examinar los
-caracteres que por ambos lados rodean la moneda, y lanzando un grito
-exclamó dirigiéndose a los otros <i>hamales</i>: «Hermanos, hermanos,
-éstas son las letras de Salomón. Esta plata está bendita. Besemos
-la moneda.» Púsola sobre su cabeza, la apretó contra sus labios y,
-por último, la besó con entusiasmo; lo mismo hicieron sucesivamente
-sus hermanos. Luego, recuperando la moneda, me la devolvió, con
-una profunda reverencia. Después supe por Griffiths que durante el
-resto del día el individuo aquél se negó a<span class="pagenum"
-id="Page_264">[p. 264]</span> trabajar, y no hizo más que sonreír,
-reír y hablar solo.</p>
-
-<p>—Permítame usted ofrecerle un aperitivo, señor—dijo aquel tipo
-raro antes mencionado: era un hombre corpulento, muy pequeño, con
-las piernas extremadamente cortas. Vestía una grasienta casaca de
-color de tabaco, calzón blanco, bastante sucio, y medias más sucias
-todavía. Llevaba un sombrero de copa alta, cuyas alas tendían a
-levantarse por delante y por detrás de la cabeza. Había yo observado
-que durante mi conversación con los <i>hamales</i>, aquel hombre alzaba
-repetidas veces los ojos del periódico que leía, y al exhibir la
-moneda sonrió de un modo significativo y la examinó cuando estaba en
-manos del <i>capataz</i>.</p>
-
-<p>—Permítame usted que le ofrezca un aperitivo—dijo—. Ya
-sospechaba que era usted de los nuestros, antes de oírle hablar
-con los <i>hamales</i>. Señor, me llena de alegría ver a un caballero
-tan bien portado como usted, que no tiene a menos hablar con sus
-hermanos pobres. Así lo hago yo también no pocas veces, y que Dios
-borre mi nombre, que es Salomón, si alguna vez los desprecio. No
-tengo pretensiones de saber mucho árabe, pero le entendí a usted
-bastante bien y me gustó en extremo lo que dijo. Debe usted de
-estar muy fuerte en <i>shillam eidri</i>; pero me dejó usted parado
-cuando le preguntó al <i>hamál</i> si había leído la <i>Torah</i>; por<span
-class="pagenum" id="Page_265">[p. 265]</span> supuesto, querría usted
-decir con los <i>meforshim</i>; siendo tan pobre, no le creo bastante
-<i>becoresh</i> para leer la <i>Torah</i> sin comentarios. Usted dirá si
-acierto: me parece que usted ha de ser un judío de Salamanca; he
-oído que aún quedan por allí algunas de nuestras familias antiguas.
-Y en Tudela, no lejos de Salamanca, a lo que creo, ¿verdad? Un
-pariente mío vivió allí en otros tiempos: era gran viajero, como
-usted, señor; recorrió todo el mundo en busca de judíos, y estuvo
-hasta en la cima del Sinaí. ¿Puedo hacer algo por usted en Gibraltar?
-¿Algún encargo? Lo haré tan bien y más de prisa que nadie. Me llamo
-Salomón. Soy bastante conocido en Gibraltar, y en Crooked Friars, y
-en la Neuen Stein Steg de Hamburgo. Pero sáqueme de una duda: creo
-que le he visto a usted otra vez en la feria de Brema. ¿Habla usted
-alemán? Por supuesto, sí lo habla. Permítame que le ofrezca unos
-aperitivos. Quisiera que por ser para usted fuesen <i>mayin hayim</i>; no
-lo dude, señor, quisiera que fuesen aguas vivas. Y ahora dígame su
-opinión acerca de este asunto (añadió bajando la voz y golpeando el
-periódico). ¿No le parece a usted muy fuerte cosa que un <i>Yudken</i>
-haga traición a otro? Cuando pongo un secretito en <i>beyad peluni</i><a
-id="FNanchor_24" href="#Footnote_24" class="fnanchor">[24]</a>—¿me
-entiende usted?—;<span class="pagenum" id="Page_266">[p. 266]</span>
-cuando entrego un pobre secreto mío a la custodia de un individuo,
-y ese individuo es judío, <i>Yudken</i>, no quiero, ni espero, verme
-engañado. En una palabra, ¿qué piensa usted de este robo de polvo
-de oro, y qué le harán a esa infortunada gente que, según veo, está
-convicta?</p>
-
-<p>Aquel mismo día me puse a buscar los medios de trasladarme
-a Tánger, pues aunque Gibraltar ofrece sumo interés al viajero
-observador, no quería prolongar mi estancia en un lugar donde ningún
-asunto especial me retenía. Por la tarde fué a verme un judío,
-natural de Berbería, y me dijo que era secretario del patrón de una
-barca genovesa que hacía el viaje entre Tánger y Gibraltar. Afirmó
-que el barco partiría sin falta a la tarde siguiente para Tánger, y
-ajusté con él mi pasaje. Dijo que como el viento soplaba de Levante,
-la travesía sería muy rápida. Deseoso de aprovechar del mejor modo
-posible el corto tiempo que esperaba permanecer aún en Gibraltar,
-resolví visitar las excavaciones, que nunca había visto, al día
-siguiente por la mañana, para lo cual pedí y obtuve con facilidad el
-permiso necesario.</p>
-
-<p>A eso de las seis de la mañana del martes partí para esta
-expedición acompañado de un muchacho judío, de rostro inteligente,
-que con su hermano desempeñaba en la hostería el oficio de <i>valet de
-place</i>.</p>
-
-<p>La mañana era obscura y brumosa, pero<span class="pagenum"
-id="Page_267">[p. 267]</span> hacía algo de calor. Subimos una
-calle en pendiente, y siguiendo en dirección al Este no tardamos en
-llegar a las proximidades de lo que generalmente se conoce con el
-nombre de Castillo Moro, vasta torre, tan maltratada por las balas
-de cañón disparadas contra ella en el famoso asedio, que al presente
-es poco más que una ruina. Centenares de boquetes redondos se ven
-en sus muros, donde aún están incrustadas, a lo que se dice, las
-balas. Allí, en una especie de choza, se unió a nosotros un sargento
-de artillería, que iba a servirnos de guía. Después de saludarnos
-nos llevó a una enorme roca, donde abrió la puerta de entrada a un
-pasadizo abovedado y obscuro, que corría por debajo del peñasco, y
-al salir del corredor nos encontramos en un escarpado sendero, o más
-bien escalera, con muros a cada lado. Subimos muy despacio, porque
-en tal lugar de nada hubiese servido apresurarse, como no fuese para
-quedarnos sin aliento en un minuto. El soldado, perfecto conocedor
-del terreno, avanzaba con paso uniforme, puestos los ojos en el
-suelo.</p>
-
-<p>Miraba yo tanto a ese hombre como el insólito lugar donde a la
-sazón nos hallábamos, y que a cada momento era más sorprendente. El
-guía era un hermoso ejemplar del labrador transformado en soldado;
-el Cuerpo a que pertenecía está compuesto, casi enteramente, de
-esa clase. Hele ahí, con<span class="pagenum" id="Page_268">[p.
-268]</span> su mesurado andar, alto, fuerte, colorado, de pelo
-castaño, inglés hasta la coronilla; contempladle en su marcha,
-silencioso, grave y cortés: un soldado inglés auténtico. Aprecio
-la obstinación del escocés; me gustan la osadía y el ímpetu del
-irlandés; admiro todas las diversas razas que constituyen la
-población de las Islas Británicas; pero he de decir que, en general,
-los mejor dotados para desempeñar el duro oficio de soldado son los
-hijos del campo de la vieja Inglaterra, tan fuertes, tan fríos;
-pero, al propio tiempo, animados por tanto fuego oculto. Recórrase
-la historia de Inglaterra, y se pondrá de manifiesto lo que son
-capaces de hacer tales hombres; aun en los remotos y obscuros tiempos
-de la batalla de Hastings, contra todas las desventajas posibles,
-debilitados por un conflicto reciente y terrible, sin disciplina,
-comparativamente hablando, e inferiores en armamento, estuvieron
-a punto de vencer a la caballería normanda. Trazad sus hazañas
-en Francia, dos veces subyugada; y seguidlos hasta España, donde
-vibrando las ballestas y empuñando el hacha de armas, dejaron tras
-sí un nombre glorioso en Inglés Mendi, nombre que ha de durar hasta
-que el fuego consuma los montes cántabros. Y en los tiempos modernos,
-seguid las hazañas de esos bravos por todo el mundo, especialmente
-en Francia y España, y admiradlos, como yo admiré a aquel hom<span
-class="pagenum" id="Page_269">[p. 269]</span>bre, tan grave, tan
-silencioso, tan marcial, que iba enseñándome las maravillas de una
-montaña fortaleza enclavada en tierra extranjera, arrancada por sus
-compatriotas más de un siglo antes a una nación poderosa y altiva, y
-de la que era él a la sazón eficaz y fiel guardián.</p>
-
-<p>Llegamos al borde del estupendo precipicio que se alza abrupto
-sobre el istmo llamado zona neutral y hace una vista pavorosa y
-fatídica por la parte de España, e inmediatamente entramos en las
-excavaciones. Consisten en galerías talladas en la roca viva, a unos
-doce pies de distancia del borde exterior, detrás del cual recorren
-toda la anchura de la montaña por aquel lado. En esas galerías, a
-cortas distancias, hay boquetes abiertos por la mano del hombre,
-donde está el cañón, sobre un limpio basamento de pedrezuelas de
-pedernal, ligeramente elevado, cada uno con su pirámide de balas a un
-lado, y al otro una caja donde se guardan los útiles que el artillero
-necesita para ejercer su oficio. Cada cosa estaba en su sitio, en
-hermosísimo orden inglés, todo dispuesto para desbaratar y dominar en
-pocos momentos a toda hueste, por numerosa y soberbia que sea, que
-por el lado de tierra aparezca marchando en son de guerra contra esa
-singular fortaleza.</p>
-
-<p>El sitio es poco variado, ya que una gruta se parece a otra,
-y un cañón a otro. Los<span class="pagenum" id="Page_270">[p.
-270]</span> cañones no eran de gran calibre, por cierto; aquí no se
-necesitan, pues un guijarro disparado desde tan gran altura bastaría
-para dar la muerte. Sin embargo, al descender a una profunda cueva,
-observé en una cavidad de importancia excepcional dos enormes
-carronadas, asestadas con notable malicia y picardía contra una roca
-en pendiente, que acaso, pero no sin dificultad tremenda, podía ser
-escalada. El simple rebufo de aquellos gruesos cañones bastaba para
-barrer a un millar de hombres. ¡Qué impresión de miedo y horror se
-ha de despertar en el pecho del enemigo cuando esta montaña hueca,
-en días de asedio, emite llamas, humo y truenos por un millar de
-bocas; horror igual al que siente el campesino de las inmediaciones
-cuando Mongibello<a id="FNanchor_25" href="#Footnote_25"
-class="fnanchor">[25]</a> expele por todos sus orificios llamaradas
-sulfúreas!</p>
-
-<p>Al salir de las excavaciones visitamos algunas baterías. Pregunté
-al sargento si, tanto él como sus compañeros, estaban diestros en el
-uso de los cañones. Replicó que los cañones eran para ellos lo que
-la escopeta para el cazador, que los manejaban con igual facilidad,
-y, a su parecer, los apuntaban con mayor precisión, pues rara vez,
-o nunca, marraban un blanco al alcance del tiro. El hombre aquél no
-hablaba si no se le preguntaba, y sus respuestas estaban llenas<span
-class="pagenum" id="Page_271">[p. 271]</span> de buen sentido, y en
-general bien dichas. Terminada la excursión, que duró lo menos dos
-horas, le hice un pequeño regalo y me despedí con un cordial apretón
-de manos.</p>
-
-<p>Por la tarde me preparaba para ir a bordo del barco destinado
-a Tánger, confiando en lo que el judío secretario me había dicho
-respecto de su salida. Pero habiéndole encontrado por casualidad
-en la calle, me dijo que hasta la mañana siguiente no saldría,
-aconsejándome al mismo tiempo que estuviese a bordo desde muy
-temprano. Entonces vagué por las calles hasta que fué haciéndose
-de noche, y al sentirme cansado me disponía a enderezar mis pasos
-hacia la posada, cuando sentí que me tiraban suavemente de la ropa.
-Estaba entre un golpe de gente reunida en torno de unos soldados
-irlandeses que disputaban, y no hice caso; pero me dieron otro tirón
-más fuerte que el anterior, y oí que me hablaban en un idioma que
-tenía medio olvidado, y que casi no esperaba volver a oír jamás.
-Miré en torno y vi junto a mí un individuo alto que me miraba a la
-cara, de hito en hito, con ojos escrutadores y ansiosos. Tocábase
-con el <i>kauk</i>, o gorro de pieles de Jerusalén; pendiente de los
-hombros, y casi arrastrando por tierra, llevaba un ancho manto azul;
-mientras una <i>kandrisa</i>, o calzones turcos, envolvían sus remos
-inferiores. Le escudriñé con tanta atención como él me miraba a<span
-class="pagenum" id="Page_272">[p. 272]</span> mí. Al pronto sus
-facciones me parecieron totalmente desconocidas, y ya iba a exclamar:
-«No le conozco a usted», cuando uno o dos rasgos me hirieron, y
-grité, no sin cierta vacilación: «De seguro es Judas Lib.»</p>
-
-<p>Hallábame en un vapor en el Báltico, el año 1834, si no me
-equivoco. Lloviznaba, había mar gruesa, cuando observé que un
-joven, de unos veintidós años, estaba recostado en melancólica
-actitud contra la borda del barco. Por su rostro conocí que era
-de raza hebrea, no obstante lo cual había en su aspecto algo muy
-singular, algo que rara vez se encuentra en esa casta: un cierto
-aire de nobleza que me interesó grandemente. Me acerqué a él, y
-a los pocos minutos estábamos en animada conversación. Hablaba
-polaco y judeo-alemán, indistintamente. La historia que me contó
-era extraordinaria en sumo grado; pero rendí crédito a todas sus
-palabras, que salían de su boca con tal acento de sinceridad
-que prevenía toda duda, y, sobre todo, ningún motivo tenía para
-engañarme. Una idea, un objeto, le absorbía enteramente.</p>
-
-<p>—Mi padre—dijo con un modo de hablar que denotaba fuertemente su
-raza—, natural de Galatia, era un judío de elevado rango, un sabio,
-pues conocía el Zohar, y era también experto en medicina. Siendo yo
-un niño de unos ocho años dejó Galatia, y tomando consigo a su mujer,
-que era mi<span class="pagenum" id="Page_273">[p. 273]</span> madre,
-y a mí, se puso en camino hacia Oriente, hasta Jerusalén; allí se
-estableció de mercader, porque era versado en el comercio y en las
-artes de ganar dinero. Los rabinos de Jerusalén le respetaban mucho
-porque era polaco, y conocía mejor el Zohar y más secretos que el
-más sabio de todos ellos. Hacía frecuentes viajes, y estaba ausente
-unas semanas o unos meses; pero nunca más de seis lunas. Mi padre me
-quería, y en los momentos de ocio me enseñó parte de lo que sabía. Yo
-le ayudaba en el comercio; pero no me llevó consigo en sus viajes.
-Teníamos una tienda en Jerusalén donde vendíamos las mercancías de
-los nazarenos, y mi madre y yo, y hasta una hermanita que había
-nacido poco después de nuestra llegada a Jerusalén, ayudábamos a
-mi padre en su tráfico. Sucedió que en cierta ocasión nos dijo que
-se iba de viaje, y nos abrazó y se despidió, continuando nosotros
-en Jerusalén, después de su partida, al cuidado de los negocios.
-Esperábamos su regreso; pero pasaron meses, hasta seis, y no vino, y
-nos maravillamos; y pasaron más meses, otros seis, y tampoco vino,
-ni nos llegaron noticias suyas, y nuestros corazones se llenaron
-de tristeza y abatimiento. Cuando ya habían pasado dos años le
-dije a mi madre: «Iré y buscaré a mi padre.» Y ella me dijo: «Vé.»
-Dióme la bendición; besé a mi hermanita, y poniéndome en ca<span
-class="pagenum" id="Page_274">[p. 274]</span>mino llegué a Egipto,
-donde tuve nuevas de mi padre, pues alguien me dijo que había
-estado allí y en qué tiempo, y que había pasado después a tierra de
-turcos; de manera que proseguí también a tierra de turcos, hasta
-Constantinopla. Y cuando llegué allá otra vez supe de mi padre,
-pues era muy conocido entre los judíos, y me dijeron el tiempo de
-su estancia allí, añadiendo que había especulado y prosperado, y
-marchádose de Constantinopla; pero no sabían dónde. Consideré el caso
-y me dije que quizás se hubiese ido al país de sus padres, hasta la
-propia Galatia, a visitar a sus parientes; determiné ir yo también
-allá, y allí fuí, y hallé a nuestros parientes, y me di a conocer, y
-se alegraron mucho al verme; pero cuando les pregunté por mi padre,
-movieron la cabeza y no supieron darme noticia alguna; hubiera sido
-su gusto que me demorase con ellos, pero yo no quise, porque el
-recuerdo de mi padre me trabajaba con fuerza y no podía tener reposo.
-Partí, pues, para otras tierras; llegué a Rusia y me interné mucho
-en este país, no menos que hasta Kazan, y a todos cuantos topé,
-judíos, rusos o tártaros, les pregunté por mi padre; pero ninguno
-le conocía ni había oído hablar de él. Volví sobre mis pasos y aquí
-me ves; ahora me propongo recorrer Alemania y Francia, más aún, el
-mundo entero, hasta que adquiera noticias de mi padre, pues no<span
-class="pagenum" id="Page_275">[p. 275]</span> puedo descansar hasta
-saber lo que ha sido de él; su imagen arde en mi cerebro como fuego,
-igual que fuego del <i>jehinnim</i><a id="FNanchor_26" href="#Footnote_26"
-class="fnanchor">[26]</a>.</p>
-
-<p>Tal era el individuo a quien a la sazón veía de nuevo, tras un
-lapso de cinco años, en la calle de Gibraltar, entre las sombras del
-crepúsculo.</p>
-
-<p>—Sí—replicó—; soy Judá, apodado el <i>Lib</i><a id="FNanchor_27"
-href="#Footnote_27" class="fnanchor">[27]</a>. Tú no me conocías;
-pero yo te conocí al punto. Te hubiese reconocido entre un millón,
-y no ha pasado día, desde que nos conocimos, que no haya pensado en
-ti.</p>
-
-<p>Iba a responderle; pero me sacó de entre la multitud y me condujo
-a una tienda donde, sentados en el suelo, seis o siete judíos
-cortaban cuero; les dijo algo que no entendí, con lo que inclinaron
-la cabeza y prosiguieron su tarea sin ocuparse de nosotros. Un
-individuo singular nos había seguido hasta la puerta: era un hombre
-vestido con traje europeo sumamente raído, pero con señales de
-haberlo cortado un buen sastre. Podría tener cincuenta años; el
-rostro, muy ancho y bronceado; las facciones, toscas, pero varoniles
-en extremo, y aunque eran facciones de judío, no se reflejaba en
-ellas la astucia, sino, al contrario, mucho candor y un natural
-excelente. Su talla era superior a la estatura media, y tremendamente
-atléti<span class="pagenum" id="Page_276">[p. 276]</span>co; los
-brazos y el tronco eran, a la letra, los de un Hércules aprisionado
-en un sobretodo moderno; la parte inferior del rostro llevábala
-cubierta por una frondosa barba que le llegaba a la mitad del pecho.
-Este individuo permaneció en la puerta sin apartar los ojos de Judá
-ni de mí.</p>
-
-<p>La primera pregunta que le hice fué: ¿Ha tenido usted noticias
-de su padre?—Sí tal—respondió—. Cuando nos separamos, proseguí mis
-viajes por diversas tierras, y dondequiera que iba preguntaba por
-mi padre; pero me respondían con un movimiento de cabeza, hasta que
-llegué a tierra de Túnez; allí fuí a ver al rabino principal, y me
-dijo que conocía muy bien a mi padre, y que había estado en el propio
-Túnez, y me dijo en qué tiempo, y que desde allí se había ido a
-tierras de Fez; me habló mucho de mi padre, de su saber, y mencionó
-el Zohar, aquel obscuro libro que mi padre amaba tanto; y todavía
-me habló más de las riquezas de mi padre y de sus especulaciones,
-en todas las cuales parece que había prosperado. Partí, pues, y,
-metiéndome en un barco, abordé la tierra de Berbería y llegué hasta
-Fez, y, una vez allí, recogí muchas noticias de mi padre; pero
-eran noticias peores quizás que la ignorancia. Porque los judíos
-me dijeron que mi padre había estado allí y había especulado y
-prosperado, y que desde allí se había ido a Tafilaltz, país natal
-del<span class="pagenum" id="Page_277">[p. 277]</span> emperador,
-del propio Muley Abderrahmán; y también allí había prosperado, y sus
-riquezas en oro y plata eran muy grandes; y deseoso de ir a otra
-ciudad no muy distante, contrató a ciertos moros, dos en número,
-para que le acompañaran y le defendiesen a él y sus tesoros; y los
-moros eran hombres muy fuertes, <i>makhasniah</i>, es decir, soldados,
-e hicieron un pacto con mi padre y se estrecharon la mano derecha,
-comprometiéndose, bajo juramento, a derramar su sangre en defensa de
-la de mi padre. Alentado con esto, mi padre intrépidamente partió
-en compañía de los moros, de aquellos dos falsos moros. Y cuando
-llegaron a un lugar inhabitado, cayeron sobre mi padre y pudieron más
-que él, y derramaron su sangre en el camino y le despojaron de cuanto
-llevaba, de sus sedas y mercaderías, del oro y la plata ganados en
-sus especulaciones, y se fueron a su aldea y allí se establecieron,
-compraron casas y tierras, muy regocijados y triunfantes, y se hacían
-un mérito de aquella muerte diciendo: «Hemos muerto a un infiel, a
-un maldito judío»; estas cosas eran notorias en Fez. Y al oír tales
-nuevas, mi corazón se entristeció, y lloré como un niño; pero el
-fuego del <i>jehinnim</i> dejó de arder en mi cerebro, porque ya sabía
-lo que había sido de mi padre. Al cabo me alivié, y, discurriendo
-sobre el caso, decía entre mí: «¿No sería cuerdo ir en busca del rey
-moro y pe<span class="pagenum" id="Page_278">[p. 278]</span>dirle
-venganza por la muerte de mi padre, y que sus expoliadores sean a
-su vez expoliados, y el tesoro, el propio tesoro de mi padre, sea
-arrancado de sus manos y se me entregue a mí, que soy su hijo?» En
-aquel tiempo el rey de los moros no estaba en Fez, estaba ausente en
-sus guerras; y, levantándome, le seguí hasta Arbat<a id="FNanchor_28"
-href="#Footnote_28" class="fnanchor">[28]</a>, que es puerto de
-mar, y cuando allí llegué no le encontré; pero su hijo sí estaba,
-y dijéronme que hablar al hijo era como hablar al rey, al propio
-Muley Abderrahmán; fuí, pues, a ver al hijo del rey, y me eché a
-sus plantas y elevé mi voz, y le dije lo que tenía que decirle, y
-me miró benignamente y dijo: «En verdad tu historia es lastimosa
-y me entristece; y eso que pides yo lo otorgo, y la muerte de tu
-padre será vengada y sus expoliadores expoliados; te escribiré una
-carta de mi puño para el pachá, el propio pachá de Tafilaltz, y le
-ordenaré que averigüe el caso, y esa carta tú mismo la llevarás
-para entregársela.» Y al oír esas palabras, mi corazón se moría de
-miedo dentro del pecho, y contesté: «No tal, señor; bien está que
-escribas una carta al pachá, al propio pachá de Tafilaltz; pero esa
-carta yo no la tomaré, ni iré a Tafilaltz, pues apenas llegase, y
-conocido mi mandado, los moros se levantarían contra mí y me darían
-muerte, o<span class="pagenum" id="Page_279">[p. 279]</span> pública
-o secretamente, porque ¿no eran moros los asesinos de mi padre? ¿Y
-soy yo algo más que un judío, aunque judío polaco?» Y con rostro
-benigno, dijo: «En verdad, hablas cuerdamente; escribiré esa carta,
-pero no la llevarás tú, la mandaré por otras manos; por tanto,
-tranquiliza tu corazón y no dudes que, si la historia es cierta, la
-muerte de tu padre será vengada, y el tesoro o su equivalente se
-recobrará y te será entregado; dime, pues, ahora: ¿dónde piensas
-vivir hasta entonces?» Y yo le dije: «Señor, iré al país de Suz, y
-allí esperaré.» Y replicó: «Sea, y no tardarás en saber de mí.» Me
-levanté, pues, y salí, y me fuí al país de Suz hasta Swirah, que
-los nazarenos llaman Mogador, y allí, con turbado corazón, esperé
-noticias del hijo del rey moro; pero las noticias no llegaron, y
-nunca más desde tal día he vuelto a saber de él, y ya hace tres
-años que estuve en su presencia. Y me establecí en Mogador, y me
-casé con una dueña, de nuestra raza, y escribí a mi madre al propio
-Jerusalén y me envió dinero, y con eso me dediqué al comercio, igual
-que mi padre había hecho, y trafiqué; pero no tuve suerte en mis
-especulaciones, y en poco tiempo lo perdí todo. Y ahora he venido
-a Gibraltar a negociar por cuenta de otro, un mercader de Mogador;
-pero no me gusta el empleo; me ha engañado; voy a volver, y en cuanto
-consiga otra vez verme en presencia del hijo<span class="pagenum"
-id="Page_280">[p. 280]</span> del rey moro, pediré que el tesoro de
-mi padre sea arrancado a sus expoliadores y se me entregue a mí, su
-hijo.»</p>
-
-<p>Escuché con mucha atención el singular relato de aquél hombre
-singular, y cuando concluyó permanecí un rato largo sin proferir
-palabra. Al cabo me preguntó qué me había llevado a Gibraltar.
-Le dije que estaba allí simplemente de paso, camino de Tánger,
-para donde esperaba salir embarcado a la mañana siguiente. A esto
-observó que dentro de una o dos semanas contaba encontrarse allí
-también y esperaba que nos veríamos, pues aún tenía mucho más que
-decirme. «Acaso—añadió—pueda usted darme un consejo provechoso,
-porque es usted una persona de experiencia, versada en los usos de
-muchas naciones; y cuando le veo a usted el rostro, parece que el
-cielo se abre para mí, porque creo ver el rostro de un amigo, el
-de un hermano.» Entonces se despidió de mí, y se fué; aquel hombre
-raro, tan bien barbado, que durante nuestra conversación aguardó
-pacientemente en la puerta, le siguió. Noté que su expresión era
-mucho menos violenta que en nuestro anterior encuentro; pero, al
-propio tiempo, más melancólica, y tenía las facciones arrugadas
-como las de un viejo, aunque no había pasado aún de la primera
-juventud.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_281">[p. 281]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO LIII</h2>
- <p class="subhang">
- Marineros genoveses. — La cueva de San Miguel. — Un abismo tenebroso.
- — Un joven americano. — El propietario de esclavos. — El brujo. — Un
- incrédulo.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">D</span><span
-class="smcap">urante</span> toda la noche el viento sopló con fuerza;
-pero como era Levante, no tuve temor de verme obligado a permanecer
-más tiempo en Gibraltar por ese motivo. Fuí a bordo muy temprano y
-encontré a la tripulación en la tarea de levar el ancla y en otros
-preparativos de marcha. Dijéronme que probablemente saldríamos dentro
-de una hora. Transcurrió ese tiempo, empero, y aún permanecíamos
-donde estábamos, y el capitán continuaba en tierra. Formábamos parte
-de una reducida flotilla de barcas genovesas, cuyas tripulaciones,
-en sus momentos de ocio, parecían no tener mejor modo de diversión
-que cambiar palabras injuriosas; un furioso tiroteo de ese género
-empezó a la sazón, en el cual se distinguió especialmente el piloto
-de nuestro barco; era un genovés sesentón, canoso. Aunque<span
-class="pagenum" id="Page_282">[p. 282]</span> no hablo su «patois»
-entendí mucho de lo que decían. Era por demás desvergonzado, y como
-gritaban tanto, de la violencia de sus ademanes y lo descompuesto
-de sus facciones se hubiese deducido que se trataba de enconados
-enemigos. No eran tal, sin embargo, sino excelentes amigos a toda
-hora, y seguramente, en el fondo, sujetos de buena índole. ¡Oh
-miserias de la naturaleza humana! ¿Cuándo aprenderá el hombre a ser
-verdaderamente cristiano?</p>
-
-<p>En general tengo en mucha estima a los genoveses; cierto que son
-groseros y viciosos; pero también caballerescos y valientes, y lo han
-sido siempre, y sólo he recibido de ellos pruebas de hospitalidad y
-de bondad.</p>
-
-<p>Transcurridas otras dos horas, el secretario judío llegó y dijo
-algo al anciano piloto, que refunfuñó mucho; después se me acercó,
-y, quitándose el sombrero, me hizo saber que ya no saldríamos aquel
-día, y al mismo tiempo dijo que era una vergüenza desperdiciar un
-viento tan hermoso, que podía llevarnos a Tánger en tres horas.
-«Paciencia»—dije, y me volví a tierra.</p>
-
-<p>Fuí dando un paseo hacia la cueva de San Miguel en compañía del
-muchacho judío que ya he mencionado.</p>
-
-<p>El camino no sigue la misma dirección que el de las excavaciones;
-éstas miran a España, mientras la cueva se abre de cara al Africa.
-Se encuentra cerca de la cúspide del<span class="pagenum"
-id="Page_283">[p. 283]</span> monte, a muchos cientos de yardas sobre
-el mar. Pasamos por los paseos públicos, donde hay hermosos árboles,
-y también por junto a muchas casitas, agradablemente colocadas
-entre jardines y ocupadas por los oficiales de la guarnición. Es
-erróneo suponer que Gibraltar es meramente una roca desnuda y
-estéril; no carece de lugares amenos, como los ya mentados, frescos,
-vivificantes, cubiertos de brillante follaje verde.</p>
-
-<p>El sendero no tardó en hacerse escarpado, y dejamos a nuestra
-espalda las moradas del hombre. El viento de la noche anterior había
-cesado por completo, y no se movía ni un soplo de aire; el sol
-del mediodía brillaba en todo su esplendor, y las rocas por donde
-trepábamos se mojaban no pocas veces con las gotas del sudor que
-llovía de nuestras sienes; al cabo llegamos a la caverna.</p>
-
-<p>La boca es una hendidura abierta en el flanco del monte, como de
-doce pies de alto y otros tantos de ancho; dentro hay una bajada
-muy rápida y pendiente, como de cincuenta yardas, yendo a terminar
-la caverna en un abismo que lleva a profundidades desconocidas.
-Lo más notable de la caverna es una columna natural, que se alza
-como tronco de enorme roble, cual si estuviese puesto allí para
-sostener el techo; se halla a corta distancia de la entrada, y da a
-la parte visible de la cueva cierto aspecto<span class="pagenum"
-id="Page_284">[p. 284]</span> bravío y raro, que de otro modo no
-tendría. El piso es resbaladizo en extremo, pues las continuas
-filtraciones del techo lo han saturado, y son necesarias no pocas
-precauciones para andar por él. Es muy peligroso entrar allí sin un
-guía buen conocedor del lugar, porque, además del negro abismo que
-hay al final, se abren aquí y allí otras cavidades nunca sondeadas,
-y el osado que cae en ellas se hace pedazos. Digan los hombres lo
-que se les antoje a propósito de esta cueva, una cosa hay que la
-cueva misma parece decir a cuantos a ella se aproximan; a saber: que
-la mano del hombre no ha trabajado allí nunca. Hay muchas cavernas
-de formación natural, tan viejas como la tierra en que vivimos, que
-muestran, no obstante, señales de haber sido utilizadas por el hombre
-y de haber estado más o menos sujetas a su acción transformadora.
-No así la cueva de Gibraltar; pues, si se juzga por su aspecto, no
-hay la más leve razón para suponer que haya servido de otra cosa que
-de nido de aves nocturnas, reptiles y animales de rapiña. Algunos
-han dicho que la cueva fué usada en los tiempos del paganismo como
-templo del dios Hércules, quien, según la tradición antigua, levantó
-la singular masa de rocas llamada ahora Gibraltar, y la montaña
-que hay enfrente, en las costas de Africa, como dos columnas que
-anunciasen a los tiempos venideros que había estado allí sin<span
-class="pagenum" id="Page_285">[p. 285]</span> pasar más adelante.
-Baste observar que en la caverna no hay nada que permita adoptar
-tal opinión, ni siquiera una plataforma sobre la que pudiese haber
-estado el ara, mientras un angosto sendero pasa por delante, que
-conduce a la cúspide del monte. Como no he penetrado en sus senos,
-no tengo la pretensión de describirlos. Numerosas personas, movidas
-por la curiosidad, se han aventurado en sus inmensas profundidades
-con la esperanza de descubrir su término, y lo cierto es que apenas
-transcurre una semana sin que se hagan intentos análogos por los
-oficiales o por los soldados de la guarnición; pero todos hasta hoy
-han resultado estériles. No se ha alcanzado término alguno, ni se ha
-descubierto nada que compense el trabajo y los pavorosos peligros
-corridos; los precipicios suceden a los precipicios, y los abismos a
-los abismos en sucesión aparentemente inacabable, con unos salientes
-de vez en cuando que permiten a los intrépidos exploradores reposar
-y fijar las escalas de cuerda para descender más hondo. Pero lo que
-más confunde y desazona es observar que esos abismos no se abren
-sólo delante del observador, sino detrás y a cada lado; pegada a la
-entrada de la caverna, a la derecha, hay una sima casi tan tenebrosa
-y amenazadora como la del extremo inferior, y quizás contiene también
-otras tantas simas y hórridas cavernas, ramificándose en todas<span
-class="pagenum" id="Page_286">[p. 286]</span> direcciones. De lo
-que he oído he sacado la opinión de que el interior de la montaña
-de Gibraltar es como un panal, y apenas me cabe duda de que si la
-tajaran aparecería llena de abismos tan infernales como las galerías
-de la cueva de San Miguel. Muchas vidas valiosas se pierden todos
-los años en tan horribles lugares; pocas semanas antes de mi visita
-dos sargentos, hermanos, perecieron en la sima del lado derecho de
-la caverna por haber resbalado a un precipicio cuando estaban a gran
-profundidad.</p>
-
-<p>El cuerpo de uno de aquellos hombres temerarios aún está
-pudriéndose en las entrañas del monte, devorado por los ciegos y
-asquerosos gusanos; al otro le sacaron. Inmediatamente después de
-tan horrible accidente, pusieron una puerta en la boca de la caverna
-para impedir que la gente, y sobre todo los imprudentes soldados, se
-abandonasen a tan extravagante curiosidad. Pero la cerradura no tardó
-en ser forzada, y en la época de mi visita la puerta se balanceaba
-perezosamente sobre sus goznes.</p>
-
-<p>Al dejar aquellos lugares pensaba yo que acaso fué semejante a
-esa la cueva de Horeb, donde vivía Elías, cuando oyó una voz, al
-principio débil, y después un viento grande y poderoso que cuarteaba
-las montañas y pulverizaba las rocas delante del Señor, cueva a cuya
-puerta salió y se paró, con el rostro envuelto en el manto, cuando
-oyó la voz<span class="pagenum" id="Page_287">[p. 287]</span> que
-decía junto a él «¿Qué haces aquí, Elías?»</p>
-
-<p>—¿Y qué estoy haciendo yo aquí?—me preguntaba a mí mismo cuando,
-contrariado por la detención del viaje, bajaba hacia la ciudad.</p>
-
-<p>Aquella tarde comí en compañía de un americano joven, natural
-de Carolina del Sur; ya le había visto frecuentemente, porque
-estaba alojado en la fonda desde algún tiempo antes de mi llegada a
-Gibraltar. Su porte era muy notable: bajo de estatura, en extremo
-débil de conformación, facciones pálidas, pero muy correctas; poseía
-una cabeza magnífica, de negro cabello crespo, y un par de patillas
-del mismo color, las más soberbias que hasta entonces había visto.
-Llevaba sombrero blanco, de anchas alas y copa excepcionalmente baja,
-y vestía un ligero sobretodo de tela amarilla, y amplios calzones
-de indiana. En una palabra, su exterior era verdaderamente raro y
-particular. Al regresar de mi excursión a la cueva, me encontré con
-que también él acababa de bajar del monte, cuyas maravillas había
-estado explorando desde muy temprano.</p>
-
-<p>Uno del Peñón le preguntó si le gustaban las excavaciones. «¿Si
-me gustan?—respondió—. Lo mismo podría usted preguntar a una persona
-que acabase de ver las cataratas del Niágara, si le gustaban mucho;
-gustar no es la palabra, señor.»</p>
-
-<p>El calor era sofocante, como casi invaria<span class="pagenum"
-id="Page_288">[p. 288]</span>blemente ocurre en Gibraltar, donde rara
-vez sopla un poco de aire, abrigado como está de todos los vientos.
-Eso indujo a otro individuo a preguntarle si no encontraba excesivo
-el calor.</p>
-
-<p>—¿Calor?—replicó—; de ningún modo. El tiempo más hermoso para
-recoger algodón que se puede desear. No lo tenemos mejor en Carolina
-del Sur, señor.</p>
-
-<p>—¿Vive usted en Carolina del Sur? Supongo, señor, que no será
-usted propietario de esclavos—dijo aquel judío gordo y pequeño con
-levita de color de tabaco, que en otra ocasión me había invitado
-a tomar un aperitivo—; es cosa terrible esclavizar a unos pobres
-hombres, tan sólo por el hecho de ser negros; ¿no le parece a usted,
-señor?</p>
-
-<p>—¿Que si me parece? No, señor; no opino así. Me glorío de ser
-propietario de esclavos: tengo cuatrocientos negros nigerianos
-en mi hacienda, cerca de Charleston, y por las mañanas, antes
-de desayunarme, azoto a media docena, por vía de ejercicio. Los
-nigerianos están para ser azotados; a veces intentan escaparse:
-suelto los sabuesos en su rastro, y los cogen en un abrir y cerrar
-de ojos; antes tenían la costumbre de ahorcarse, porque los
-nigerianos pensaban que era el camino más seguro para volver a su
-país y librarse de mí; no tardé en poner término a eso: les dije
-que si se ahorcaba alguno más, yo me ahorcaría también, para<span
-class="pagenum" id="Page_289">[p. 289]</span> no separarme de ellos,
-y azotarlos en su país natal diez veces más que en el mío. ¿Qué opina
-usted de esto, amigo?</p>
-
-<p>Era fácil comprender que había más chanza que malicia en aquel
-excéntrico y exiguo sujeto, pues sus grandes ojos grises chispeaban
-de buen humor mientras profería tales atrocidades. Era dadivoso en
-extremo; y a una irlandesa sórdida, viuda de un soldado, que entró
-con una banasta llena de cajitas y baratijas hechas de pedazos de
-roca de Gibraltar, le compró la mayor parte de lo que llevaba,
-dándole por cada artículo el precio, nada desdeñable, que le pidió.
-Me había mirado diferentes veces, y al cabo le vi inclinarse y
-murmurar algo al oído del judío, quien replicó a media voz, aunque
-con mucha viveza: «¡Oh, no, señor! Está usted muy equivocado,
-señor; no es americano, señor; de Salamanca, señor; ese caballero
-es un español de Salamanca». El criado, al fin, nos dijo que había
-puesto la mesa, y que acaso nos agradaría comer juntos: al instante
-asentimos. En aquel nuevo conocido hallé, por diversos motivos, un
-agradabilísimo compañero; no tardó en contarme su historia. Era
-plantador y, por lo que daba a entender, propietario muy reciente.
-Era condueño de un gran barco que comerciaba entre Charleston y
-Gibraltar, y como la fiebre amarilla acababa de estallar en aquella
-ciudad, decidió hacer un viaje (el primero)<span class="pagenum"
-id="Page_290">[p. 290]</span> a Europa en su barco; pues, según
-decía, todos los estados de la Unión los tenía ya visitados, y
-visto todo cuanto en ellos hay digno de verse. Me describió, de un
-modo tan original como ingenuo, sus impresiones al pasar frente a
-Tarifa, la primera ciudad murada que veía. Le conté la historia
-de esa ciudad, que oyó con gran atención. Diversos intentos hizo
-para saber de mí quién era yo, pero los eludí, por más que parecía
-plenamente convencido de mi condición de americano; entre otras
-cosas, me preguntó si mi padre no había sido cónsul en Sevilla. Lo
-que, no obstante, le confundía mucho era mi conocimiento del marroquí
-y del gaelico, que me había oído hablar respectivamente con los
-<i>hamales</i> y la irlandesa, la cual le había dicho, según me declaró el
-americano, que yo era brujo. Por último, tocó el tema de la religión,
-y habló con gran desprecio de la revelación, declarándose deísta;
-tenía vehementes deseos de conocer mis opiniones; pero le esquivé de
-nuevo, contentándome con preguntarle si había leído la Biblia. Dijo
-que no, pero que conocía muy bien los escritos de Volney y Mirabeau.
-No respondí, y entonces añadió que no era su costumbre, ni mucho
-menos, plantear tales cuestiones, y que a muy pocas personas les
-hubiese hablado con tanta franqueza; pero que yo le había interesado
-mucho, aunque nuestro conocimiento fuese<span class="pagenum"
-id="Page_291">[p. 291]</span> tan reciente. Repuse que difícilmente
-habría hablado en Boston de la misma manera que acababa de hablarme
-a mí, y que bien se conocía que no era de Nueva Inglaterra. «Le
-aseguro a usted—dijo—que tampoco se me hubiese ocurrido hablar así en
-Charleston, pues, con tal conversación, no hubiese tardado en tener
-que hablar para mí solo.»</p>
-
-<p>Si hubiese conocido yo menos deístas de los que mi fortuna me ha
-hecho conocer, quizás hubiera intentado convencer a aquel joven de lo
-erróneo de las ideas que había adoptado; pero yo conocía todo lo que
-se habría apresurado a replicar, y como el creyente no tiene en tales
-materias argumentos carnales que dirigir a la razón carnal, pensé que
-era lo mejor evitar discusiones que seguramente no podían dar fruto
-de provecho. La fe es libre don de Dios, y no creo que haya habido
-aún ningún incrédulo convertido mediante polémicas de sobremesa.
-Aquella fué la última tarde que pasé en Gibraltar.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_292">[p. 292]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO LIV</h2>
- <p class="subhang">
- Otra vez a bordo. — Un rostro sorprendente. — El Haji. — Nos damos
- a la vela. — Los dos judíos. — Un barco americano. — Tánger. — Adun
- Oulem. — La riña. — Lo prohibido.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">l jueves</span>
-8 de agosto me encontré de nuevo a bordo de la barca genovesa, a
-hora tan temprana como el día anterior. No obstante, después de
-aguardar dos o tres horas sin que se hiciese ningún preparativo de
-marcha, me disponía ya a volver otra vez a tierra; pero el viejo
-piloto genovés me aconsejó que me quedara, asegurándome que, sin
-duda alguna, íbamos a partir en seguida, pues toda la carga estaba
-a bordo y no teníamos ya por qué detenernos. Estaba descansando en
-la camareta, cuando oí chocar un bote contra el costado de nuestro
-barco, y alguna gente subir a bordo. Al instante apareció en la
-abertura un rostro singular, feroz. Estaba yo medio dormido, y al
-pronto creí que soñaba, pues aquella faz más parecía de gato montés
-o de ogro que<span class="pagenum" id="Page_293">[p. 293]</span> de
-ser humano; su larga barba casi me rozaba la cara, hallándome tendido
-en una especie de hamaca. Pero al incorporarme sobresaltado, reconocí
-la insólita catadura del judío a quien había visto en compañía de
-Judah Lib. También él me reconoció, y, moviendo la cabeza, plegó sus
-desmedidas facciones en una sonrisa. Me levanté y subí a cubierta, y
-allí le hallé junto con otro judío, joven, vestido a lo berberisco.
-Acababan de llegar en el bote. Pregunté a mi amigo el de la barba
-quién era, de dónde venía y adónde iba. Respondió, en portugués
-corrompido, que regresaba de Lisboa, adonde había ido a sus negocios,
-a Mogador, su ciudad natal. Me miró luego al rostro y sonrió, y
-sacando del bolsillo un libro en caracteres hebraicos, se puso a
-leerlo; viéndolo, un marinero español de a bordo dijo, que con tales
-barba y libro tenía que ser un <i>sabio</i>. Su compañero era de Mequinez,
-y sólo hablaba arábigo.</p>
-
-<p>Una barcaza se aproximaba, cuya popa aparecía llena de moros;
-serían unos doce, y la mayor parte eran evidentemente personas de
-calidad, pues iban vestidos con toda la pompa y galanura del Oriente:
-turbantes de nívea blancura, <i>jabadores</i> de seda verde o tela
-escarlata, y <i>bedeyas</i> adornadas con galones de oro. Algunos eran
-tipos en extremo arrogantes, y dos de ellos, jóvenes, de sorprendente
-hermosura, y lejos de mos<span class="pagenum" id="Page_294">[p.
-294]</span>trar, como es general entre moros, semblante negruzco
-o moreno, su tez era delicada, sonrosada y blanca. El personaje
-principal, a quien los demás trataban con mucho respeto, era hombre
-de talla atlética, de unos cuarenta años. Llevaba túnica de algodón
-blanco acolchado, y <i>kandrisa</i> blanca, y liado con gracia al cuerpo,
-envolviéndole la parte alta de la cabeza, el <i>haik</i>, o capa de
-flanela blanca, tenida siempre en mucha estima por los moros, desde
-las épocas más remotas de su historia. Iba desnudo de piernas, y
-los pies protegidos tan sólo del suelo por babuchas amarillas. No
-ostentaba más gala que un largo zarcillo de oro, del que pendía una
-perla, evidentemente de gran valor. Una hermosa barba negra, como de
-un pie de larga, se esparcía por su musculoso tórax. Sus facciones
-eran correctas, excepto los ojos, un poco pequeños; su expresión,
-empero, era torcida; su mirar, duro; la malignidad y la mala índole
-se pintaban en cada rasgo de su semblante, donde no parecía haber
-brillado jamás una sonrisa. El marinero español de quien ya he
-tenido ocasión de hablar me dijo por lo bajo que era un <i>santurrón</i>,
-y que regresaba del viaje a la Meca; añadió que era un mercader
-de inmensa riqueza. Pronto vimos que los otros moros le habían
-acompañado a bordo solamente por amistosa cortesía, pues uno tras
-otro fueron despidiéndose de él, con excepción de dos negros,<span
-class="pagenum" id="Page_295">[p. 295]</span> sus acompañantes.
-Observé que los negros, cuando los moros les tendían la mano al
-marcharse, se esforzaban invariablemente por llevársela a los labios,
-esfuerzo que siempre se frustraba, pues los moros, en cada caso, por
-un movimiento rápido y gracioso, retiraban la mano presa en la del
-negro y la oprimían contra su corazón; que era tanto como decir:
-«aunque negro y esclavo eres musulmán, y, por serlo, eres nuestro
-hermano; Alá no hace distinciones». El botero se acercó entonces
-al <i>haji</i>, pidiendo su paga, y le dijo que había ido tres veces a
-bordo por su servicio, a llevarle el equipaje. La suma que pidió le
-pareció exorbitante al <i>haji</i>, quien, olvidándose de su condición
-de santo y de recién venido de la Meca, fumaba atrozmente, y en mal
-español le llamó ladrón al botero. El improperio que más irrita a
-un español (el botero lo era) es ése; y apenas aquel prójimo se oyó
-tratar así, cuando, chispeantes de furor sus ojos, asestó el puño a
-la nariz del <i>haji</i>, y pagó el vocablo injurioso lo menos con otros
-diez tan malos o peores. Quizás habría pasado a actos de violencia,
-si no le hubieran arrancado de allí a la fuerza los otros moros,
-que se le llevaron aparte, y supongo que le dirían o le darían algo
-para calmarle, pues no tardó en volver al bote y regresó con todos
-ellos a tierra. El capitán llegó entonces con su secretario judío, y
-se dieron las órdenes para<span class="pagenum" id="Page_296">[p.
-296]</span> hacerse a la vela. Poco después de las doce zarpábamos
-de la bahía de Gibraltar. El viento soplaba favorable, pero durante
-cierto tiempo no avanzamos mucho, pues casi yacíamos en calma a
-sotavento del Peñón; poco a poco, no obstante, nuestra marcha fué
-haciéndose más rápida, y pasada como una hora corríamos velozmente
-hacia Tarifa.</p>
-
-<p>El secretario judío permanecía en el timón, y en realidad resultó
-ser la persona que mandaba el barco, y quien daba las órdenes
-necesarias, ejecutadas bajo la superintendencia del viejo piloto
-genovés. Hice algunas preguntas al <i>haji</i>, pero me miró de soslayo
-con sus adustos ojos, hizo un mohín con los labios, y siguió en
-silencio; era como decir: «No me hables; soy más santo que tú». Sus
-negros fueron mucho más comunicativos. Uno era viejo y feísimo; el
-otro, de unos veinte años, era tan bien parecido como puede serlo
-un negro. De puro color de ébano, tenía las facciones en extremo
-bien formadas y delicadas, con excepción de los labios, demasiado
-gruesos. La forma de sus ojos era muy particular: oblongos más que
-redondos, como los de las figuras egipcias. Tenía aire pensativo,
-meditabundo. Era, en todo, distinto de su compañero, incluso en el
-color (aunque ambos eran negros) y descendía, sin duda, de alguna
-raza superior poco conocida. Sentado al pie del mástil, contemplando
-el mar, hallábase, a juicio<span class="pagenum" id="Page_297">[p.
-297]</span> mío, fuera de su sitio natural; mejor hubiera parecido
-en los arenales sin límites, al pie de una palmera, y habría podido
-pasar entonces por un <i>Jin</i><a id="FNanchor_29" href="#Footnote_29"
-class="fnanchor">[29]</a>. Le pregunté de dónde procedía; díjome que
-era natural de Fez, pero que no había conocido nunca a sus padres;
-se crió en la casa de su amo actual, a quien había seguido en la
-mayor parte de sus viajes, y acompañádole tres veces a la Meca. Le
-pregunté si le gustaba ser esclavo. A eso me respondió que ya no lo
-era, pues en razón de sus fieles servicios le habían dado libertad
-tiempo atrás, así como a su compañero. Muchas más cosas me habría
-dicho, pero el <i>haji</i> le llamó, y le entretuvo en otras ocupaciones,
-probablemente para impedir que yo le contaminase.</p>
-
-<p>Esquivado por los musulmanes, recurrí a los judíos, quienes en
-modo alguno se mostraron remisos en cultivar la familiaridad. El
-sabio barbudo me contó su historia, en muchos puntos semejante a la
-de Judah Lib, pues, según parece, dos o tres años antes había salido
-de Mogador en busca de su hijo, que se había fugado a Portugal.
-Pero al llegar el padre a Lisboa, averiguó que pocos días antes el
-fugitivo se había embarcado para el Brasil. Al contrario de Judah,
-en busca de su padre, se cansó de su demanda y la abandonó. El judío
-de Mequi<span class="pagenum" id="Page_298">[p. 298]</span>nez,
-más joven, se animó y alegró en extremo al darse cuenta de que yo
-entendía su lengua, y me hizo reír con su humorística descripción de
-la vida cristiana, tal como la había observado en Gibraltar, donde
-acababa de residir cerca de un mes. Me habló después de Mequinez, un
-<i>Jennut</i>, o paraíso, según decía, comparado con el cual, Gibraltar
-era una pocilga. Tan grande, tan universal es el amor a la tierra
-nativa. Pronto me dí cuenta de que ambos judíos me creían de su raza,
-y el joven, mucho más expansivo que el otro, me calificó de tal, y
-habló de la infamia de negar mi propia sangre. Poco antes de llegar
-frente a Tarifa, el hambre se apoderó de todos nosotros. El <i>haji</i>
-y sus negros manifestaron su repuesto y se regalaron con pollos
-asados; los judíos comieron uvas y pan, y yo, pan y queso, en tanto
-que la tripulación preparaba un plato de boquerones. Dos marineros
-acudieron solícitos con una buena ración y me la ofrecieron con
-afecto fraternal; no vacilé en aceptar su obsequio, y los boquerones
-me parecieron deliciosos. Como me hallaba sentado entre los judíos,
-les ofrecí algunos, pero volvieron el rostro con repugnancia,
-exclamando: <i>Haloof</i><a id="FNanchor_30" href="#Footnote_30"
-class="fnanchor">[30]</a>. Pero, al propio tiempo, me estrecharon
-la mano y, sin que yo se lo brindase, tomaron un pedacito de mi
-pan. Tenía<span class="pagenum" id="Page_299">[p. 299]</span> yo
-una botella de coñac, que había llevado como prevención contra
-el mareo, y también se la ofrecí; pero rehusaron otra vez, y
-exclamaron: <i>Haram</i><a id="FNanchor_31" href="#Footnote_31"
-class="fnanchor">[31]</a>. Yo no dije nada.</p>
-
-<p>Estábamos entonces junto al faro de Tarifa, y, poniendo la proa
-al Oeste, hicimos rumbo en derechura hacia la costa de Africa. El
-viento había refrescado mucho, y como soplaba casi de popa, corríamos
-con tremenda velocidad, amenazándonos las grandes velas latinas con
-sepultarnos a cada momento bajo las olas que la corriente contraria
-levantaba frente a nosotros. En esta veloz carrera, pasamos pegados
-a la popa de un barco grande con bandera americana; iba a tomar el
-Estrecho y avanzaba lentamente contra el levante impetuoso. Al pasar
-junto a él vimos la popa llena de gente que nos observaba: la verdad
-es que debíamos de ofrecer un espectáculo singular a los pasajeros
-que, como mi joven amigo el americano de Gibraltar, vinieran al Viejo
-Mundo por vez primera. En el timón iba el judío; todo él envuelto en
-una gabardina, cuya capucha, echada sobre la cabeza, le daba casi el
-aspecto de un aparecido con su mortaja; en tanto que, sobre cubierta,
-mezclados con europeos, todos, menos yo, pintorescamente vestidos,
-iban los moros con sus turbantes, flotando suelto al viento el <i>haik</i>
-del <i>haji</i>. Fu<span class="pagenum" id="Page_300">[p. 300]</span>gaz
-tuvo que ser, empero, la visión que de nosotros alcanzaron, puesto
-que nos cruzamos con la velocidad de un caballo de carreras, y a eso
-de una hora más tarde, sólo distábamos una milla del promontorio en
-que se asienta el castillo de Alminar, extremo límite oriental de
-la bahía de Tánger. Allí el viento cayó, y avanzamos de nuevo con
-lentitud.</p>
-
-<p>Hacía ya mucho tiempo que Tánger estaba a la vista. Poco después
-de empezar a alejarnos de Tarifa, le habíamos columbrado en la
-lejanía, semejante a una paloma blanca empollando en su nido. El
-sol se ocultaba detrás de la ciudad cuando echamos el ancla en la
-bahía, entre media docena de barcas y faluchos, del porte de la
-nuestra, únicos barcos que vimos. Tánger se hallaba ante nosotros,
-pintoresca ciudad que ocupa las vertientes y la cima de dos colinas,
-una de las cuales, brava y escarpada, se mete en el mar allí donde la
-costa forma de pronto una abrupta revuelta. Amenazadores parecen sus
-almenados muros, encaramados en la cúspide de empinadas rocas, cuya
-base lavan las ondas del mar, o surgiendo de la angosta playa que
-separa la colina del Océano.</p>
-
-<p>Allí hay dos o tres órdenes de baterías, armadas con gruesos
-cañones, que dominan la bahía; encima se ven los terrados de la
-ciudad, que se alzan escalonados, como peldaños para gigantes.
-Todo es blanco, de per<span class="pagenum" id="Page_301">[p.
-301]</span>fecta blancura, de suerte que el conjunto parece tallado
-en un inmenso bloque de yeso; bien es verdad que aquí y allí emergen
-de la blancura altos árboles verdes: acaso pertenezcan a jardines
-moros, y tal vez ahora estarán reclinadas a su sombra muchas Leilas
-ojinegras, hermanas de las huríes. Frente por frente a nosotros
-se levanta una gran torre o alminar, no blanca, sino pintada
-curiosamente; pertenece a la mezquita principal de Tánger; sobre
-ella ondeaba una bandera negra, por ser la fiesta de Ashor. Una
-hermosa playa de blanca arena bordea la bahía desde la ciudad hasta
-el promontorio del Alminar. Al Este se alzan portentosas colinas y
-montañas: son el Gebel Muza y su cadena; y aquel su compañero que
-se levanta a lo lejos es el pico de Tetuán; las brumas grises de la
-tarde envuelven sus flancos. Tal era Tánger, tales sus cercanías,
-como se me aparecieron al contemplarlas desde la barca genovesa.</p>
-
-<p>Arriaron un bote del barco, y el capitán, que traía a su cargo
-el correo de Gibraltar, el secretario judío, y el <i>haji</i>, con sus
-acompañantes negros, se fueron a tierra. Yo hubiera querido ir con
-ellos, pero me dijeron que no podría desembarcar aquella noche,
-pues antes de que examinasen mi pasaporte y mi patente de sanidad
-se cerrarían las puertas de la ciudad; así es que permanecí a
-bordo con la tripulación y los dos judíos.<span class="pagenum"
-id="Page_302">[p. 302]</span> Los marineros prepararon su cena,
-que consistía simplemente en una ensalada de <i>tomates</i>, habiéndose
-consumido las demás provisiones. El genovés viejo me trajo una
-ración, excusándose al propio tiempo por la frugalidad de la
-comida. Acepté agradecido, y le dije que un millón de hombres
-mejores que yo tenían peor cena. Nunca he comido con mejor apetito.
-Al entrar la noche, los judíos cantaron himnos hebreos, y cuando
-concluyeron me preguntaron por qué permanecía en silencio; alcé la
-voz y canté <i>Adun Oulem</i><a id="FNanchor_32" href="#Footnote_32"
-class="fnanchor">[32]</a>.</p>
-
-<p>Las tinieblas envolvían ya por completo tierra y mar; ningún ruido
-se oía, salvo, de vez en cuando, el lejano ladrido de un perro en la
-costa, o alguna quejumbrosa canción genovesa, que se alzaba de una
-barca próxima. La ciudad parecía sepultada en lobreguez y silencio;
-ni siquiera la luz de una bujía se columbraba. Pero volviendo la
-vista a España, percibimos un fuego magnífico, que al parecer
-envolvía la vertiente y la cima de una de las montañas más altas al
-Norte de Tarifa. El incendio arrancaba destellos rojizos a las aguas
-del Estrecho. O las leñas del monte ardían, o los <i>carboneros</i> se
-aplicaban a sus sombrías faenas. Los judíos se quejaron de cansancio,
-y el más joven, desatando una colchoneta, la tendió sobre cubierta
-y<span class="pagenum" id="Page_303">[p. 303]</span> trató de
-descansar. El sabio bajó a la camareta; pero apenas había tenido
-tiempo de echarse cuando el viejo piloto, lanzándose en pos de él,
-bajó también y le sacó fuera por los talones, porque la cámara estaba
-muy poco profunda, y no había más que bajar dos o tres peldaños.
-Hecho eso, le dirigió muchos improperios, y le amenazó con el pie,
-mientras permanecía tendido sobre cubierta. «¿Cree usted—le dijo—que
-un perro judío como usted, y que paga como un perro judío, va a
-dormir en la cámara? Desengáñese, bestia: en la cámara no duerme
-esta noche nadie más que este <i>caballero</i> cristiano.» El sabio, sin
-replicar, se alzó de sobre cubierta y se acarició la barba, en tanto
-el viejo genovés proseguía su filípica. Si el judío hubiese sido dado
-a ello, habría podido estrangular a su insultador en un momento, o
-espachurrarlo entre sus membrudos brazos, pues no recuerdo haber
-visto jamás un individuo tan fuerte y musculoso; pero, evidentemente,
-era tardo en encolerizarse, y muy paciente. No se le escapó ni una
-palabra de resentimiento, y sus facciones conservaron su habitual
-expresión de benigna placidez.</p>
-
-<p>Entonces le aseguré al piloto que el judío podía compartir la
-cámara conmigo sin la más leve objeción por mi parte, y que, al
-contrario, más bien lo deseaba, pues había sitio de sobra para
-ambos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_304">[p. 304]</span></p>
-
-<p>—Dispense usted, señor caballero—replicó el genovés—; pero le
-juro que no permitiré tal cosa: usted es joven y no conoce a esta
-<i>canaille</i> como yo la conozco, que llevo veinte años yendo y viniendo
-entre estas costas. Si esa bestia tiene frío, que duerma en el
-sollado, como yo y los demás; pero en la cámara no entra.</p>
-
-<p>Conociendo que era testarudo, me retiré, y a los pocos minutos
-caí en profundo sueño, que duró hasta el alba. Cierto que dos o
-tres veces me pareció que se peleaban cerca de mí; pero estaba tan
-abrumado de cansancio, tan borracho de sueño, que no pude despertarme
-lo bastante para enterarme de lo que sucedía. El hecho fué que, en
-el transcurso de la noche, el sabio, hallándose incómodo al aire
-libre, junto a su compañero, intentó por tres veces meterse en la
-cámara, y otras tantas le arrojó de ella su incansable enemigo, que,
-sospechando sus intenciones, no le quitó ojo en toda la noche.</p>
-
-<p>A eso de las cinco me levanté; el radiante sol brillaba
-esplendoroso sobre la ciudad, la bahía y la montaña; la tripulación
-ya estaba ocupada sobre cubierta en reparar una vela desgarrada por
-el viento el día anterior. Los judíos, sentados en la popa con aire
-desconsolado, se quejaban mucho del frío que habían sufrido en aquel
-lugar abierto. Sobre el ojo izquierdo del sabio vi una cortadura
-ensangrentada, que, según me dijo, le había<span class="pagenum"
-id="Page_305">[p. 305]</span> hecho el viejo genovés después de
-sacarle de la cámara por última vez. Entonces manifesté mi botella
-de coñac, rogando que la tripulación participase en ella, como
-leve correspondencia a su hospitalidad. Me dieron las gracias, y
-la botella fué circulando; al cabo llegó a manos del viejo piloto,
-quien, tras de mirar un instante al sabio, se la llevó a los labios,
-donde la mantuvo mucho más tiempo que ninguno de sus compañeros;
-después me la devolvió, haciéndome una profunda reverencia. El
-sabio preguntó entonces qué contenía la botella. Le dije que coñac,
-o <i>aguardiente</i>, y al oírlo, rogó, no sin cierta ansia, que le
-permitiese beber un trago.</p>
-
-<p>—¿Cómo es eso?—dije yo—. Ayer me dijo usted que era una cosa
-prohibida, una abominación.</p>
-
-<p>—Ayer—respondió—no sabía que fuese aguardiente; creí que era vino,
-que es, ciertamente, una abominación, cosa prohibida.</p>
-
-<p>—¿Está prohibido en la <i>Torah</i>?—pregunté—. ¿Está prohibido por la
-ley de Dios?</p>
-
-<p>—No lo sé—replicó—; lo que sé es que los sabios lo han
-prohibido.</p>
-
-<p>—Sabios como usted—exclamé con calor—; sabios como usted, de barba
-larga y entendimiento corto. Permitido está el uso de ambas bebidas;
-pero más peligro se esconde en esta botella que en una cuba de<span
-class="pagenum" id="Page_306">[p. 306]</span> vino. Bien dijo mi
-Señor el Nazareno: «Vosotros apartáis un mosquito y os tragáis un
-camello»; pero, puesto que tiene usted frío y tirita, tome la botella
-y reanímese con un traguito de su contenido.</p>
-
-<p>Se la acercó a los labios, y no encontró ni gota. El viejo genovés
-reía con sorna.</p>
-
-<p>—<i>Bestia</i>—dijo—, le conocí en los ojos que deseaba beber un trago,
-y me dije: aunque me ahogue, no dejaré que un caballero cristiano
-malgaste ni gota del <i>aguardiente</i> en ese judío, ¡mal rayo caiga
-sobre su cabeza!</p>
-
-<p>»Ahora, señor caballero—continuó—, puede usted bajar a tierra;
-esos dos marineros le llevarán al muelle y transportarán su equipaje
-adonde tenga por conveniente; la Virgen le bendiga por donde
-vaya.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_307">[p. 307]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO LV</h2>
- <p class="subhang">
- El muelle. — Los dos moros. — Djmah de Tánger. — La casa de Dios. —
- El cónsul británico. — Espectáculo curioso. — La casa mora. — Juana
- Correa. — Ave María.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">B</span><span class="smcap">ogamos</span>,
-pues, hacia el muelle, y desembarcamos. El muelle no consiste
-actualmente más que en un inmenso rimero de grandes piedras sueltas,
-que corre como unas quinientas yardas bahía adentro: son parte de
-las ruinas de un magnífico espigón que los ingleses, último pueblo
-extranjero que ocupó a Tánger, destruyeron al evacuar la plaza. Los
-moros no han intentado nunca repararlo: en las mareas altas, el mar
-rompe contra él furioso. Fué tarea difícil abrirme camino entre las
-resbaladizas piedras, y dos o tres veces me hubiera caído a no ser
-por la buena voluntad de los marineros genoveses. Al fin alcanzamos
-la playa, y nos encaminábamos hacia la puerta de la ciudad, cuando
-dos moros vinieron a nosotros. Casi nos asustamos al ver al
-primero: era un bárbaro corpulento y viejo, con aborrascada<span
-class="pagenum" id="Page_308">[p. 308]</span> barba blanca,
-turbante, <i>haik</i> y calzones sucios, desnudas las piernas e inmensos
-y aplastados pies, cuyos talones sobresalían lo menos un par de
-pulgadas por detrás de sus viejas y negras babuchas.</p>
-
-<p>—Este es el capitán del puerto—dijo uno de los genoveses—. Trátele
-con respeto.</p>
-
-<p>Me quité, pues, el sombrero y exclamé:</p>
-
-<p>—<i>Sba alkheir a sidi.</i></p>
-
-<p>—¿Sois ingleses?—vociferó el horroroso y gigantesco vejestorio.</p>
-
-<p>—Ingleses, señor—— adelantándome le tendí la mano, que casi
-aplastó con su tremenda zarpa. Entonces el otro moro me habló en una
-jerga compuesta de inglés, español y árabe. También era un personaje
-raro; pero muy diferente de su compañero, que le llevaba, por lo
-poco, la cabeza, y menos completo de un ojo, pues el globo de visión
-izquierdo teníalo cerrado, y era, como los españoles dicen, <i>tuerto</i>;
-pero excedía con mucho al otro en la limpieza del turbante, <i>haik</i> y
-calzones. De lo que farfulló colegí que era el <i>mahasni</i> o soldado
-del cónsul inglés; que el cónsul, sabedor de mi llegada, le había
-enviado para acompañarme a su casa. Me propuso que le siguiese, y así
-lo hice, acompañándonos el viejo capitán del puerto hasta la entrada
-de la ciudad, donde dió media vuelta y se metió en un edificio que,
-a mi parecer, sería la aduana, por los fardos y cajas de toda índole
-apilados delan<span class="pagenum" id="Page_309">[p. 309]</span>te.
-Traspusimos la puerta de la ciudad y remontamos una pendiente
-tortuosa. A nuestra izquierda había una batería llena de cañones,
-apuntando al mar, y a nuestra derecha un recio muro, tallado en parte
-en la misma montaña: un poco más arriba llegamos a un sitio abierto,
-donde se alza la mezquita que ya he mencionado. Al contemplar la
-torre, me dije: «Seguramente tenemos aquí una hermana menor de la
-Giralda de Sevilla.»</p>
-
-<p>Ignoro si alguien ha notado ya el parecido entre ambos edificios,
-y quizás habrá algunos que nieguen tal semejanza, sobre todo si, al
-formar opinión, se dejan influir mucho por el tamaño y el color: la
-Giralda es de color rojo, o más bien bermellón, mientras que en el
-Djmah de Tánger predomina el verde por estar hecha de ladrillos de
-ese color; pero entre ellos, con ciertos intervalos, hay colocados
-otros de un leve tinte rojo, de suerte que la torre presenta una
-bella variedad de tonos. Respecto al tamaño, comparado con la
-gigantesca maga sevillana, el Djmah tangerino parecería lo que un
-arbolillo nuevo al lado de un cedro del Líbano, cuyo tronco ha
-resistido las tormentas de quinientos años. Pues con todo eso, afirmo
-que, en otros respectos, ambas torres son una y la misma, y que en
-ambas se manifiestan el mismo espíritu, igual designio; su forma
-es igual, y tienen en sus muros las mismas señales, incluso<span
-class="pagenum" id="Page_310">[p. 310]</span> aquellos misteriosos
-arcos grabados en los ladrillos, emblema de no sé qué. Sin violencia
-puede decirse que los dos monumentos están entre sí en la misma
-relación que los antiguos moros con los modernos. La Giralda es
-una maravilla del mundo, y el antiguo moro fué casi conquistador
-del mundo. Al moderno moro apenas se le conoce, y ¿quién ha oído
-nunca hablar de la torre de Tánger? Pero examinadla atentamente, y
-hallaréis en ella mucho, muchísimo que admirar; y si se os presenta
-la oportunidad de observar con detención a los moros modernos, de
-seguro descubriréis en sus personas y en sus acciones, junto a muchos
-rasgos grotescos, incultos y bárbaros, no pocos que compensarán con
-amplitud una investigación laboriosa.</p>
-
-<p>Al pasar por delante de la mezquita, me detuve a la puerta un
-momento y miré al interior; no vi más que un patio cuadrangular
-pavimentado con baldosas de colores, a cielo abierto. En los lados,
-sendas galerías con arcos o <i>piazzas</i>, y en el centro una fuente,
-donde varios moros cumplían sus abluciones. Miré en torno, en busca
-del objeto abominable, y no lo hallé. El pecado habitual de la
-iglesia pseudo-cristiana no estaba allí en cada rincón para herirme
-en los ojos.</p>
-
-<p>—Venid acá, papistas—dije—y tomad esta lección: aquí hay una
-casa de Dios, en lo exterior al menos, tal como una casa de<span
-class="pagenum" id="Page_311">[p. 311]</span> Dios debe ser: cuatro
-muros, una fuente, y encima el eterno firmamento, donde se espeja
-su gloria. ¿Qué casas edificáis al Dios que ha dicho: «No grabarás
-tu imagen»? Insensato, tus muros están poblados de ídolos; a una
-piedra le llamas tu Padre, y a un pedazo de madera carcomida, Reina
-de los Cielos. Insensato, no conoces siquiera al Anciano de días, y
-del mismo moro tienes algo que aprender. Al menos, el moro conoce al
-Anciano de días, que ha dicho: «No tendrás más dioses que yo.»</p>
-
-<p>Cuando decía estas palabras, oí un grito como rugido de león, y
-una temerosa voz exclamaba a lo lejos: <i>Kapul Udbagh</i>.</p>
-
-<p>Volvimos luego hacia la izquierda por un pasadizo que atravesaba
-por debajo de la torre, y apenas habíamos dado unos pasos, oí un
-prodigioso tumulto de voces infantiles; escuché un instante y
-distinguí versículos del Corán; era una escuela.</p>
-
-<p>Otra lección para ti, papista. Te llamas cristiano, pero persigues
-el libro de Cristo. Le acosas hasta la orilla del mar, obligándole a
-buscar refugio en las olas.</p>
-
-<p>Insensato, aprende esa lección del moro, que enseña a su hijo,
-apenas empieza a hablar, los pasajes más importantes del libro de
-su ley, y se tiene por sabio o necio según está o no versado en tal
-libro; mientras que tú, esclavo ciego, no sabes lo que el libro de tu
-ley contiene, ni deseas sa<span class="pagenum" id="Page_312">[p.
-312]</span>berlo; pero ¿acaso no te han de juzgar por tu ley propia?
-Traficante en ídolos, aprende del moro a ser consecuente: dice que
-será juzgado según su ley, y, por tanto, estima y sabe de memoria
-todo el libro de su ley.</p>
-
-<p>Llegamos a casa del cónsul inglés, grande y espaciosa vivienda,
-construída según el gusto inglés. El soldado me llevó a través de
-un patio hasta un amplio vestíbulo, colgado con pieles de animales
-feroces de toda especie, desde el majestuoso león hasta el chacal
-ladrador. Allí me recibió un criado judío, y me condujo al punto a
-la biblioteca, donde estaba el cónsul. Me recibió con suma llaneza
-y sincero afecto, y me dijo que habiendo recibido una carta de su
-excelente amigo Mr. B., en la que me recomendaba vivamente, tenía
-ya tomado para mí alojamiento en casa de una mujer española, pero
-súbdito británico, donde me encontraría, a su parecer, todo lo bien
-instalado que era posible en un lugar como Tánger. Me preguntó
-después si tenía algún motivo especial para visitar esa ciudad, y
-sin vacilación le dije que llevaba el propósito de repartir cierto
-número de ejemplares del Nuevo Testamento en lengua española entre
-los cristianos residentes en la localidad. Sonrió, y me recomendó que
-procediese con extremada cautela, y así se lo prometí. Departimos
-luego acerca de otros temas, y no tardé en descubrir que me hallaba
-en compañía<span class="pagenum" id="Page_313">[p. 313]</span> de un
-hombre de letras instruidísimo, sobre todo en los clásicos griegos y
-latinos; también conocía a fondo el imperio berberisco y el carácter
-moro.</p>
-
-<p>Tras de media hora de conversación, en extremo agradable
-e instructiva para mí, manifesté el deseo de marcharme a mi
-alojamiento; tocó la campanilla, entró el mismo criado judío que me
-había recibido, y el cónsul le dijo en inglés:</p>
-
-<p>—Acompañe a este caballero a casa de Juana Correa, la viuda
-mahonesa, y encárguele de mi parte que le cuide bien y atienda a su
-regalo; si lo hace así, me confirmará en la buena opinión que tengo
-de ella y aumentará mi inclinación a favorecerla.</p>
-
-<p>Así, acompañado por el judío, enderecé mis pasos al alojamiento
-preparado para mí. Tras de remontar la calle en que estaba la casa
-del cónsul, entramos en una placita que se halla como a media ladera
-de la colina. Díjome mi acompañante que aquello era el soc, o plaza
-del mercado. Ofrecíase allí un espectáculo curioso. Todo alrededor
-de la plaza había unas barracas de madera pequeñas, muy parecidas
-a cajas grandes volcadas sobre un costado, con la tapa mantenida
-en alto por una cuerda. Delante de cada caja había una especie de
-mostrador, o más bien un largo mostrador corría frente a toda la
-línea, sobre el cual yacían uvas, dátiles, pequeños barriles de
-azúcar, jabón,<span class="pagenum" id="Page_314">[p. 314]</span>
-manteca y otros artículos varios. Dentro de cada caja, frente al
-mostrador, y a unos tres pies del suelo, se ocultaba un ser humano
-con una manta sobre los hombros, un sucio turbante en la cabeza,
-y calzones andrajosos, que les llegaban hasta la rodilla, aunque
-me parece que algunos prescindían por completo de ellos. Empuñaban
-sendos palos con un manojo de hojas de palma en la punta, agitándolos
-sin cesar como abanico, a fin de espantar de sus géneros el millón
-de moscas que, engendradas por el sol berberisco, trataban de
-posarse en ellos. Detrás, y a cada lado de las casetas, había pilas
-de mercancías de la misma clase. Los vendedores clamaban sin cesar:
-<i>Shrit hinai, shrit hinai</i><a id="FNanchor_33" href="#Footnote_33"
-class="fnanchor">[33]</a>. Tales son los tenderos de Tánger, tales
-sus tiendas.</p>
-
-<p>En medio del <i>soc</i>, sobre las piedras, había pirámides de melones
-y <i>sandías</i>, y también banastas llenas de otras clases de frutas,
-expuestas para la venta, en tanto las redondas hogazas yacían en el
-suelo acá y allá, y a su lado, sentados sobre las piernas cruzadas,
-los seres de más extraña apariencia que una imaginación descarriada
-puede concebir, cubierta la cabeza con un enorme sombrero de paja, lo
-menos de dos yardas de circunferencia, cuyas alas caídas ocultaban
-por completo el rostro, mientras el tronco apa<span class="pagenum"
-id="Page_315">[p. 315]</span>recía envuelto en una manta, de la que
-a veces salían unos dedos y brazos descarnados. Eran mujeres moras,
-todas, a lo que creo, viejas y feas, si he de juzgar por las ojeadas
-que pude echar sobre sus semblantes cuando levantaban las alas de los
-sombreros para mirarme al pasar, o maldecirme por pisarles el pan.
-Todo el <i>soc</i> estaba lleno de gente y abundaban los gritos, bullicios
-y vociferaciones, y como el sol, aunque era todavía muy temprano,
-brillaba con grandísimo esplendor, pensaba yo que escena tan animada
-rara vez la habría visto nunca.</p>
-
-<p>Cruzando el <i>soc</i>, entramos en una angosta calle con el mismo
-género de cajas-tiendas a cada lado, algunas de las cuales, empero, o
-estaban desocupadas o no habían abierto aún, pues la tapa permanecía
-echada. Casi inmediatamente volvimos hacia la izquierda, remontando
-una calle algo parecida, y al instante mi guía se entró por la puerta
-de una casa baja, situada en la esquina de una callecita arbolada,
-que era, según me dijo, la morada de Juana Correa. Pronto estuvimos
-en el centro de la vivienda. Digo en el centro porque todas las casas
-moras están construídas con un pequeño patio en medio. El de aquella
-casa no tenía más de diez pies en cuadro. Abierto por arriba, en
-torno estaban las habitaciones, por tres lados; en el cuarto lado,
-una escalerilla que comunicaba con el piso superior, la mitad del
-cual<span class="pagenum" id="Page_316">[p. 316]</span> consistía
-en un terrado con vistas al patio; por encima de sus bajos muros
-se descubría un panorama del mar y gran parte de la ciudad. Lo
-restante del piso ocupábalo una vasta pieza, reservada para mí, y
-que comunicaba con el terrado por dos puertas. En cada extremo del
-cuarto había una cama, atravesada a lo ancho de la habitación, con el
-pabellón pegado al techo. Una mesa y dos o tres sillas concluían el
-mobiliario.</p>
-
-<p>Estaba tan ocupado en examinar la casa de Juana Correa, que al
-pronto puse poca atención en la señora misma. Pero vino luego al
-terrado donde mi guía y yo permanecíamos. Era una mujer como de
-cuarenta y cinco años, de facciones regulares, que en otros tiempos
-habrían sido hermosas, pero en las que los años, y más aún quizás
-las penas, habían hecho muchos estragos. Le faltaban dos dientes,
-pero aún era negro su magnífico pelo. Mirando su rostro, dije para
-mí: si es verdad la ciencia fisonómica, tú, ¡oh Juana!, eres buena y
-apacible. En efecto: las finezas que de Juana recibí durante las seis
-semanas que pasé bajo su techo, me hubieran convertido a esa ciencia,
-si antes hubiese dudado de ella.</p>
-
-<p>No creo que en ningún pecho humano haya latido nunca corazón más
-afectuoso y ardiente que el de Juana Correa, la viuda mahonesa, y
-así lo denotaban sus facciones, radiantes de benevolencia y buen
-natural,<span class="pagenum" id="Page_317">[p. 317]</span> aunque
-algo nubladas por la melancolía.</p>
-
-<p>Díjome que había estado casada con un genovés, patrón de un
-falucho que recorría la ruta entre Gibraltar y Tánger, quien, al
-morir, hacía unos cuatro años, la dejó con cuatro de familia, el
-mayor de los cuales era un mozo de trece; que había tropezado con
-graves dificultades para proveer a su sustento y al de los suyos
-desde la muerte de su marido; pero que la Providencia le había
-suscitado unos pocos amigos excelentes, sobre todo el cónsul
-británico; que, además de alquilar habitaciones a viajeros tales como
-yo, amasaba pan, muy estimado por los moros, y tenía sociedad con un
-genovés viejo para la venta de licores. Añadió que este último vivía
-en una de las habitaciones bajas; que era hombre muy dispuesto y de
-gran saber, pero que a veces le parecía algo tocado de aquí, dijo
-llevándose un dedo a la frente, y esperaba que yo sabría disimular
-las rarezas de su lenguaje o de su conducta. Entonces me dejó, para
-disponer, según dijo, mi desayuno; y con esto, el criado judío que
-me había acompañado desde casa del cónsul, viéndome ya instalado,
-fuése.</p>
-
-<p>Pronto me senté a desayunar en una habitación a la izquierda del
-minúsculo <i>wustuddur</i>; el trato era excelente: te, pescado frito,
-huevos y uvas, sin olvidar el famoso pan de Juana Correa. Me servía
-un mozo<span class="pagenum" id="Page_318">[p. 318]</span> judío,
-alto, de unos veinte años; díjome que se llamaba Hayim Ben Attar,
-y que era natural de Fez, de donde sus padres le habían llevado
-siendo muy niño a Tánger, y aquí había pasado la mayor parte de su
-vida principalmente al servicio de Juana Correa, asistiendo a los
-que, como yo, se alojaban en la casa. Terminada la comida, hallábame
-sentado en el patinillo, cuando oí en la habitación opuesta a la en
-que me había desayunado varios suspiros, seguidos de muchos lamentos;
-luego vino un <i>Ave María, gratiâ plena, ora pro me</i>, y finalmente una
-voz como un graznido cantó:</p>
-
-<div class="poem mt1"><div class="stanza">
-<p class="i2">Gentem auferte perfidam</p>
-<p class="i0">Credentium de finibus,</p>
-<p class="i0">Ut Christo laudes debitas</p>
-<p class="i0">Persolvamus alacriter.</p>
-</div></div>
-
-<p class="mt1">—Ese es el genovés viejo—susurró Hayim Ben Attar—que
-está rezando a su Dios; lo hace con mucha devoción siempre que la
-noche antes se ha ido a la cama un poco bebido. Tiene en el cuarto
-una imagen de <i>María Buckra</i><a id="FNanchor_34" href="#Footnote_34"
-class="fnanchor">[34]</a>, delante de la que suele poner un cirio
-encendido, y por ella no me permite nunca entrar en la habitación.
-Una vez me sorprendió contemplándola, y creí que me mataba; desde
-entonces, cierra siempre el cuarto con llave, que se guarda en el
-bolsillo<span class="pagenum" id="Page_319">[p. 319]</span> al
-marcharse. Odia a los judíos y a los moros, y dice que sus pecados le
-han traído a vivir entre nosotros.</p>
-
-<p>—No ponen cirios delante de las imágenes—dije yo, y salí a visitar
-las curiosidades del país.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_320">[p. 320]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO LVI</h2>
- <p class="subhang">
- El Mahasni. — Sin Samani. — El Bazar. — Santos moros. — ¡Mira la
- ayana! — La higuera chumba. — Sepulturas judías. — La mansión de los
- esqueletos. — El mozo de cuadra. — Los caballos de los musulmanes. —
- Dar-dwag.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">H</span><span class="smcap">allábame</span>
-en la plaza del mercado, contemplando una escena muy parecida a la
-que ya he descrito, cuando se me acercó un moro y trató de proferir
-unas pocas palabras en español. Era un viejo alto, de facciones
-enjutas, pero un poco extrañas, y habría podido llamársele bien
-parecido a no faltarle un ojo, deformidad muy común en el país.
-Llevaba envuelto el cuerpo en un inmenso <i>haik</i>. Al ver que yo
-entendía el marroquí, rompió a hablar con inmensa volubilidad, y no
-tardé en saber que era <i>mahasni</i>. Ponderó largamente las bellezas de
-Tánger, de donde era natural, según dijo, y al cabo exclamó: «Ven
-conmigo, sultán mío, y te enseñaré muchas cosas que alegren tus
-ojos y llenen tu corazón de claridad; fuera una vergüenza para mí,
-que<span class="pagenum" id="Page_321">[p. 321]</span> tengo la
-ventaja de ser hijo de Tánger, permitir que un extranjero, llegado de
-una isla del gran mar, como dices tú que vienes, con propósito de ver
-esta bendita tierra, se estuviese aquí en el <i>soc</i> sin nadie que le
-guíe. ¡Por Alá, no será así! Hagan sitio a mi sultán, hagan sitio a
-mi señor», prosiguió, abriéndose camino a empellones a través de una
-turba de hombres y chicos reunida en torno nuestro; «a su alteza le
-place venir conmigo; por aquí, mi señor, por aquí»; y emprendió el
-camino colina arriba, andando con tremendo compás, y hablando aún más
-de prisa.</p>
-
-<p>—Esta calle—dijo—es el Siarrin, y no hay en Tánger otra que se
-le parezca; observa qué ancha es, casi como la mitad del mismo
-<i>soc</i>; aquí están las tiendas de los mercaderes más importantes,
-donde se vende toda clase de artículos preciosos. Observa a esos
-dos hombres: son argelinos, y buenos musulmanes; huyeron de Zair<a
-id="FNanchor_35" href="#Footnote_35" class="fnanchor">[35]</a>
-cuando lo conquistaron los nazarenos, no por fuerza de armas, no
-por su valor, como ya puedes suponer, sino con oro; los nazarenos
-sólo conquistan con oro. El moro es bueno, el moro es fuerte, ¿quién
-tan bueno ni tan fuerte como él?; pero no pelea con oro, y por eso
-perdió a Zair. Repara en esos dos hombres sentados en los bancos
-junto a<span class="pagenum" id="Page_322">[p. 322]</span> esos
-porches: son <i>makhasniah</i>, cofrades míos. Mira la blancura de sus
-<i>haiks</i>, la blancura de sus turbantes. ¡Oh, si pudieras ver sus
-espadas en día de guerra, qué brillo, qué brillo el suyo! Ahora no
-llevan espadas. ¿Para qué llevarlas? ¿No está la tierra en paz? ¿Ves
-a ese de la tienda de enfrente? Es el Pachá de Tánger, el Hamed
-Sin Samani, sotapachá de Tánger; el primer pachá, mi señor, está
-de viaje; que Alá le otorgue un feliz regreso. Sí; ese es Hamed;
-ahí está en su <i>hanutz</i><a id="FNanchor_36" href="#Footnote_36"
-class="fnanchor">[36]</a> como si no fuera nada más que un
-comerciante; sin embargo, la vida y la muerte están en su mano. Ahí
-distribuye justicia, al mismo tiempo que vende esencia de rosa y
-cochinilla, pólvora de cañón y azufre; pero estos últimos los vende
-por cuenta de Abderrahmán, el sultán, mi señor, pues nadie puede
-vender en esta tierra pólvora y azufre en polvo más que el sultán. Si
-deseas comprar <i>attar del mar</i>, si deseas comprar esencia de rosas,
-debes ir al <i>hanutz</i> de Sin Samani, pues sólo allí la encontrarás
-pura; no te la venderá cualquier moro, sino sólo Hamed. ¡Que Alá le
-bendiga! Mis hermanos los <i>makhasniah</i> esperan sus órdenes, porque
-dondequiera que el Pachá se instala, hay sala de justicia. Mira,
-ahora estamos enfrente del bazar; más abajo de esa puerta que ves,
-está el patio del bazar; ¿qué<span class="pagenum" id="Page_323">[p.
-323]</span> no encontrarás en el bazar? Sedas de Fez, ahí las tienes;
-y si deseas <i>sibat</i>, si deseas babuchas para los pies, búscalas
-ahí, donde también se venden cosas muy curiosas que vienen de las
-ciudades de los nazarenos. En esas casas grandes a nuestra izquierda,
-viven los cónsules nazarenos; ya has visto muchas así en tu tierra;
-por tanto, ¿para qué pararse a mirarlas? ¿No te admira esta calle
-del Siarrin? Cuanto entra o sale de Tánger por el lado de tierra,
-pasa por esta calle. ¡Oh, las riquezas que por ella pasan! Mira qué
-larga hilera de camellos: veinte, treinta, una <i>cáfila</i> completa
-que baja la calle. <i>Wullah!</i><a id="FNanchor_37" href="#Footnote_37"
-class="fnanchor">[37]</a> Conozco estos camellos, conozco al
-conductor. Buenos días, ¡oh Sidi Hassim! ¿Cuántos días habéis tardado
-desde Fez? Ahora hemos llegado a la muralla, vamos a pasarla por esta
-puerta. Esta puerta se llama Bab del Faz; ahora estamos en el Soc de
-Barra.</p>
-
-<p>El Soc de Barra es un espacio abierto, fuera de la muralla de
-Tánger, en su parte más elevada, sobre la falda de la colina.
-El terreno es irregular y escarpado; pero hay algunos sitios
-regularmente nivelados. En aquel sitio se celebra todos los jueves
-y lunes por la mañana una especie de feria, en razón de lo cual
-es llamado Soc de Barra o mercado de afuera. Aquí y allá, cerca
-del<span class="pagenum" id="Page_324">[p. 324]</span> foso de la
-ciudad, hay unas cavidades subterráneas, con pequeños orificios,
-aproximadamente como el del cañón de una chimenea, cubiertos de
-ordinario con una losa, o rellenos con paja. Son los graneros, donde
-se guarda el trigo, la cebada y otros granos destinados a la venta. A
-una mano hay dos o tres toscas chozas, o más bien cobertizos, debajo
-de los cuales vigilan los guardianes del trigo. Es muy peligroso
-pasar por aquella colina de noche, una vez cerradas las puertas de
-la ciudad, pues a esa hora se da suelta a muchos perros, fieros y
-grandes, que con toda seguridad derribarían y quizá destrozarían a
-cualquier desconocido que se acercase por allí. A la mitad de la
-subida de la colina, se ven cuatro muros blancos, que cierran un
-espacio como de diez pies cuadrados, donde descansan los huesos de
-Sidi Mokhfidh, famoso santo que murió hará unos quince años. Allí
-termina el <i>soc</i>; lo restante del monte se llama El Kawar, o lugar
-de las tumbas, porque es el sitio donde comúnmente se entierra; los
-sitios donde reposan los muertos están cuidadosamente señalados
-por unas pocas piedras que forman un circuito oblongo. Cerca de
-Mokhfidh duerme Sidi Gali; pero el santo principal de Tánger yace
-enterrado en lo alto del monte, en el centro de una breve explanada.
-Una linda capilla o mezquita, con su cúpula, se alza allí en su
-honor, ador<span class="pagenum" id="Page_325">[p. 325]</span>nada
-generalmente con banderas de varios colores. El nombre de este santo
-es Mohammed <i>el Haji</i>, y en Tánger y sus cercanías se tiene su
-memoria en la mayor veneración. Su muerte acaeció en los comienzos de
-este siglo.</p>
-
-<p>Estos detalles los recogí en aquel momento o en subsiguientes
-ocasiones. En el lado norte del <i>soc</i>, cerrado por la ciudad, hay un
-muro con una puerta.</p>
-
-<p>—Ven—dijo el viejo <i>mahasni</i> haciendo una indicación con la mano—,
-ven y te enseñaré el jardín de un cónsul nazareno.</p>
-
-<p>Crucé la puerta en su seguimiento, y me hallé en un espacioso
-jardín, dispuesto al modo europeo, y plantado de limoneros, perales
-y diversos géneros de arbustos olorosos. Era visible, no obstante,
-que el principal orgullo del propietario eran las flores, de que
-había muchos macizos. La casa de verano era muy buena; el arte había
-agotado sus recursos para que allí no faltara nada.</p>
-
-<p>Una cosa, empero, se echaba de menos, y su ausencia era
-singularmente notable en un jardín en tal época del año: apenas
-se veía una hoja. La plaga más espantosa de las que devastaron a
-Egipto, se cebaba entonces en estas partes de Africa: la langosta
-hacía su obra, y en ningún lugar con tanta furia como en el sitio
-donde yo me hallaba. Todo estaba arrasado en torno. Los árbo<span
-class="pagenum" id="Page_326">[p. 326]</span>les, pelados y negruzcos
-como en invierno. No había nada verde, salvo las frutas, sobre todo
-las uvas, que en bravos racimos colgaban de las <i>parras</i>; porque la
-langosta no toca los frutos mientras queda una hoja por devorar.
-Conforme recorríamos los paseos, los horribles insectos, volando en
-todas direcciones, tropezaban con nosotros, y perecían a centenares
-bajo nuestros pies.</p>
-
-<p>—Mira las <i>ayanas</i>—dijo el viejo <i>mahasni</i>—y óyelas comer.
-Poderosa es la <i>ayana</i>, más poderosa que el sultán y que el cónsul.
-Todos sus <i>makhasniah</i> que el sultán enviase contra la <i>ayana</i>, y a
-mí con ellos, la <i>ayana</i> diría ¡ja, ja! Poderosa es la <i>ayana</i>. No se
-asusta del cónsul. Hace pocas semanas el cónsul dijo: «Yo puedo más
-que la <i>ayana</i>, y voy a extirparla del país.» Así, fué proclamando
-por la ciudad: «Tangerinos, apresuraos a luchar contra la <i>ayana</i>,
-destruidla en el huevo; sabed que a todo el que me traiga una libra
-de huevos de <i>ayana</i> le daré hasta cinco <i>reales</i> de España; este año
-no habrá <i>ayanas</i>.» Así, todo Tánger se precipitó a luchar contra
-la <i>ayana</i>, y a recoger los huevos que la <i>ayana</i> había dejado a
-incubar debajo de la arena en las vertientes de los montes, y en los
-caminos, y en el llano. Mi propio hijo, que tiene siete años, fué a
-combatir la <i>ayana</i>, y él solo recogió cinco libras de huevos, huevos
-que la <i>ayana</i> había dejado bajo la arena, y se los llevó al cónsul,
-y<span class="pagenum" id="Page_327">[p. 327]</span> el cónsul pagó
-el precio. Centenares de personas llevaban huevos al cónsul, quién
-más, quién menos, y el cónsul pagaba el precio, y en menos de tres
-días la caja de caudales del cónsul se quedó exhausta. Entonces
-exclamó: «Cesad, tangerinos; quizás hemos destruído la <i>ayana</i>,
-quizás hemos acabado con ellas.» ¡Ja, ja! Mira alrededor, y encima de
-ti, y debajo, y dime si el cónsul ha destruído la <i>ayana</i>. ¡Oh! ¡Es
-muy fuerte la <i>ayana</i>! Más que el cónsul, más fuerte que el sultán y
-todos sus ejércitos.</p>
-
-<p>No estará de más hacer notar que de allí a una semana todas las
-langostas desaparecieron, nadie sabía cómo, y sólo quedaron unas
-pocas rezagadas. A no ser por esa liberación providencial, los
-campos y huertos de los alrededores de Tánger habrían quedado por
-completo devastados. Los insectos eran de inmenso tamaño y de aspecto
-repulsivo.</p>
-
-<p>Pasamos después al otro lado del <i>soc</i>, donde están las chozas de
-los guardianes. Allí se abre una especie de calleja que desciende
-hasta la orilla del mar; es muy pendiente y escarpada, y parece una
-rambla o barranco. Sus dos márgenes están cubiertas por el árbol que
-produce el higo espinoso, llamado en marroquí <i>kermous del Ynde</i>. En
-el aspecto de ese árbol o planta, pues no sé cómo llamarlo, hay algo
-de grotesco y agreste. Su tronco, aunque a menudo alcanza el<span
-class="pagenum" id="Page_328">[p. 328]</span> grosor del cuerpo
-humano, no tiene copa, pues a muy corta distancia del suelo se divide
-en muchas ramas retorcidas que se esparcen en todas direcciones, y
-echan hojas verdes muy extrañas, con pulgada y media de espesor, que
-si se parecen a algo es a las aletas anteriores de una foca, y se
-componen de muchas fibras. El fruto, que se parece un poco a la pera,
-tiene un áspero tegumento cubierto de menudas espinas, que penetran
-instantáneamente en la mano que las toca y con dificultad se extraen.
-No recuerdo haber visto nunca vegetación de más vigorosa lozanía que
-la de aquellas higueras, ni, en conjunto, un lugar más extraño.</p>
-
-<p>—Sígueme—dijo el <i>mahasni</i>—y te enseñaré una cosa que te va a
-gustar.</p>
-
-<p>Volvimos hacia la izquierda caminando por un angosto sendero,
-cuesta arriba, hasta llegar a la cúspide de un cerrillo, separado
-por un profundo foso de la muralla de Tánger. El terreno estaba
-densamente cubierto por los arboles ya descritos, que esparcían
-sus singulares ramas por la superficie, y cuyas gruesas hojas
-aplastábamos con los pies al andar. Entre ellas descubrí gran número
-de piedras mohosas tendidas horizontalmente, y con tosquedad grabados
-en ellas unos caracteres extraños que me bajé a contemplar.</p>
-
-<p>—¿Eres bastante <i>talib</i> para leer esos signos?—exclamó el viejo
-moro—. Son letras<span class="pagenum" id="Page_329">[p. 329]</span>
-de los malditos judíos; este es su <i>mearrah</i>, como ellos lo llaman,
-y aquí entierran a sus muertos. Los insensatos confían en Muza en
-lugar de creer en Mohammed; sus muertos arderán perdurablemente en
-<i>jehinnim</i>. Mira, sultán mío, qué fértil es el suelo del <i>mearrah</i> de
-los judíos; mira qué <i>kermous</i> se crían aquí. Siendo yo chico venía
-muchas veces al <i>mearrah</i> de los judíos a comer <i>kermous</i> cuando
-estaban maduros. A los chicos musulmanes de Tánger les gustan los
-<i>kermous</i> del <i>mearrah</i> de los judíos; pero los judíos no los cogen.
-Dicen que el agua de los manantiales que alimentan las raíces de
-estos árboles pasa entre los cuerpos de sus muertos, y que por ese
-motivo es una abominación comer esa fruta. Sea verdad o no, lo cierto
-es que, aliméntense de lo que se quiera, buenos son los <i>kermous</i> que
-se crían en el <i>mearrah</i> de los judíos.</p>
-
-<p>Volvimos a la calleja por el mismo sendero que habíamos traído;
-según bajábamos dijo el moro:</p>
-
-<p>—Has de saber, sultán mío, que este sitio donde estamos, y
-que tanto te gusta, se llama <i>Dar-sinah</i><a id="FNanchor_38"
-href="#Footnote_38" class="fnanchor">[38]</a>. Me preguntarás por qué
-lleva tal nombre, pues no ves aquí ni casa ni ser humano, musulmán,
-nazareno o judío, fuera de nosotros dos; yo te lo diré, sultán mío;
-¿quién mejor? Sabe, si no lo<span class="pagenum" id="Page_330">[p.
-330]</span> llevas a mal, que no siempre ha sido Tánger lo que es
-ahora, ni ha ocupado el lugar que ahora ocupa. Estuvo allá lejos
-(señalando hacia el Este), en aquellos cerros sobre la costa, y aún
-se ve allí ruinas de casas, y el sitio se llama Tánger la Vieja.
-De suerte que en tiempos antiguos, según tengo oído contar, este
-<i>Dar-sinah</i> era una calle, no hace al caso si dentro o fuera de
-los muros, donde residía gente de todos los oficios: orífices,
-plateros, herreros, hojalateros y artesanos de todas clases. Si
-deseabas encargar una obra, no tenías más que ir al <i>Dar-sinah</i> y
-al instante encontrabas un maestro del oficio que buscabas. Dice mi
-sultán que le gusta la vista de <i>Dar-sinah</i> tal como hoy está; no
-sé por qué, la verdad, sobre todo no estando maduros todavía los
-<i>kermous</i>, que no se pueden comer. Si ahora le gusta <i>Dar-sinah</i>,
-¿cómo le hubiera gustado a mi sultán en otros tiempos, cuando esto
-estaba lleno de oro y plata, de hierro y estaño, del estruendo de los
-martillos y de maestros y gentes entendidas en sus oficios? Ahora
-llegamos al <i>Chali del Bahar</i><a id="FNanchor_39" href="#Footnote_39"
-class="fnanchor">[39]</a>. Ten cuidado, mi sultán; andamos sobre
-huesos.</p>
-
-<p>Habíamos salido del <i>Dar-sinah</i> y teníamos delante la costa;
-en un instante nos hallamos en medio de una multitud de huesos
-de toda clase de animales, y aparentemente<span class="pagenum"
-id="Page_331">[p. 331]</span> de todas fechas; algunos blanqueados
-por el tiempo y la exposición al sol y al aire, mientras otros
-conservaban aún carne fresca adherida; había allí esqueletos enteros,
-caballos, asnos, y hasta los restos, menos conocidos, de un camello.
-Perros flacos andaban allí atareados gruñendo, royendo, desgarrando;
-en medio de ellos, sin intimidarse, avanzaba con majestad el buitre,
-cebándose, ansioso, en los despojos, y hasta disputándoselos a las
-bestias; mientras los cuervos revoloteaban sobre ellos y graznaban
-ávidamente, o se posaban a veces sobre alguna costilla enhiesta.</p>
-
-<p>—Mira—dijo el <i>mahasni</i>—el <i>kawar</i> de los animales. Mi sultán ha
-visto el <i>kawar</i> de los musulmanes y el <i>mearrah</i> de los judíos, y
-aquí ve el <i>kawar</i> de los animales. Todos los animales que mueren
-en Tánger por mano de Dios—caballo, perro o camello—se traen a este
-sitio, y aquí se pudren o los devoran las aves del cielo y los
-animales fieros que merodean en el <i>chali</i>. Ven, sultán mío; no es
-bueno detenerse en este lugar.</p>
-
-<p>Nos disponíamos a marcharnos cuando oímos un galope por el
-<i>Dar-sinah</i>, y al momento un caballo y un jinete se precipitaron a
-toda velocidad de la boca de la calleja y aparecieron en la playa;
-el caballero, cuando nos vió, refrenó con trabajo el corcel y vino
-a nosotros. El caballo era pequeño, pero bonito: alazán, con crines
-y cola lar<span class="pagenum" id="Page_332">[p. 332]</span>gas;
-si le hubiesen tenido con los ojos vendados, quizás se le hubiera
-confundido con una <i>jaca</i> cordobesa; era ancho de pechos, redondo
-de grupa, tan corpulento y lustroso como los caballos de esa raza;
-pero bastaba mirarle a los ojos para salir al instante del error; sus
-inquietas pupilas despedían impetuoso e indómito fuego, y lejos de
-mostrar la docilidad de aquel noble y leal animal, manoteaba a veces
-furiosamente, y apenas si el duro freno y un brazo recio bastaban
-para impedir que emprendiese de nuevo su precipitada carrera. El
-jinete era un joven de unos diez y ocho años, vestido a la europea,
-con una gorra de <i>montero</i> en la cabeza; era de constitución
-atlética, pero con extremidades en exceso largas, pues tal como
-iba a caballo, sin estribos ni silla, los pies casi le llegaban al
-suelo; su tez era casi tan morena como la de un mulato, y hermosas
-sus facciones, sobre todo los ojos, pero llenos de una expresión
-audaz y perversa, y había en su boca una desagradable mueca sensual.
-Dirigió algunas palabras al <i>mahasni</i>, a quien parecía conocer mucho,
-preguntándole quién era yo. El viejo respondió:</p>
-
-<p>—Oh, judío: mi sultán entiende nuestra lengua; lo mejor será que
-te dirijas a él.</p>
-
-<p>Entonces el joven me habló en árabe; pero casi al momento abandonó
-esa lengua y pasó a hablar en regular francés.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_333">[p. 333]</span></p>
-
-<p>—Supongo que será usted francés—dijo con mucha familiaridad—.
-¿Estará usted mucho tiempo en Tánger?</p>
-
-<p>Oída mi respuesta, continuó:</p>
-
-<p>—Siendo usted inglés, tendrá, sin duda, afición a los caballos;
-por tanto, cuando desee dar un paseo yo le acompañaré a usted y le
-procuraré caballos. Me llamo Ephraim Fragey; soy mozo de cuadra
-del cónsul napolitano, que se jacta de poseer los mejores caballos
-de Tánger; montará usted el que más le guste. ¿Le gustaría a usted
-probar este pequeño <i>aoud</i>?<a id="FNanchor_40" href="#Footnote_40"
-class="fnanchor">[40]</a></p>
-
-<p>Le di las gracias; pero rehusé su oferta por el momento, y le
-pregunté cómo había adquirido el idioma francés, y por qué, siendo
-judío, no vestía como sus hermanos.</p>
-
-<p>—Estoy al servicio de un cónsul—dijo—, y mi amo obtuvo permiso
-para que pudiera vestirme de este modo; y en cuanto a hablar el
-francés, he estado en Marsella y en Nápoles en un viaje que hice
-a esta última ciudad para llevar unos caballos regalo del sultán.
-Además del francés hablo el italiano.</p>
-
-<p>Entonces se apeó, y teniendo el caballo firmemente por la brida
-con una mano, empezó a desnudarse, y, habiéndolo hecho, montó
-de nuevo y se metió a caballo en el agua. La piel de su cuerpo
-era de color muy semejante a la de una rana o de un sapo;<span
-class="pagenum" id="Page_334">[p. 334]</span> pero su forma era la
-de un joven titán. El caballo entró en el agua de muy mala gana,
-y a corta distancia de la orilla empezó a luchar con el jinete, a
-quien tiró dos veces; pero el mozo, agarrado a la brida, retuvo al
-animal. Como todos sus esfuerzos resultaban inútiles para llevarlo
-más adentro, se puso a lavarlo vigorosamente con sus propias manos,
-y después, guiándolo a tierra, se vistió y fuése por el camino que
-había traído.</p>
-
-<p>—Los caballos de los musulmanes son buenos—dijo mi amigo el
-viejo—. ¿Dónde los encontrarás iguales? Son capaces de bajar al
-galope por una montaña pedregosa sin caer ni tropezar; pero has de
-ser precavido con los caballos de los musulmanes y tratarlos con
-bondad, porque los caballos de los musulmanes son orgullosos, y no
-les gusta ser esclavos. De potros, al montarlos por primera vez, no
-los maltrates la boca con el freno, pues si tal haces, de seguro
-te matarán; tarde o temprano perecerás bajo sus cascos. Buenos
-son nuestros caballos y buenos nuestros jinetes; sí por cierto;
-excelentes son los musulmanes montando a caballo. ¿Quién hay que
-se les parezca? Una vez vi yo a un jinete franco competir con un
-musulmán en esta playa, y a lo primero el franco sacó mucha ventaja
-y pasó al musulmán; pero la carrera era larga, muy larga, y el
-caballo del franco, que era franco también, jadeaba; pero el caballo
-del musulmán no jadeaba,<span class="pagenum" id="Page_335">[p.
-335]</span> porque era también musulmán, y al cabo el jinete musulmán
-lanzó un grito y el caballo se lanzó adelante y alcanzó al caballo
-franco, y entonces el jinete musulmán se puso cabeza abajo sobre la
-silla, que en verdad estos ojos lo vieron, y cabeza abajo sobre la
-silla iba al pasar al jinete franco, y gritaba ¡ja, ja! cuando pasaba
-al jinete franco, y el caballo musulmán gritaba ¡ja, ja! al pasar al
-corcel franco, y el franco perdió por mucha distancia. Buenos son
-los francos, buenos sus caballos; pero mejores son los musulmanes y
-mejores los caballos de los musulmanes.</p>
-
-<p>Dirigimos después nuestros pasos hacia la ciudad; pero no por el
-sendero que habíamos traído; volviendo hacia la izquierda, por bajo
-de la colina del <i>mearrah</i>, y a lo largo de la playa, no tardamos
-en llegar a un camino toscamente empedrado, de áspera subida, que
-costeaba los muros de la ciudad hasta llegar a una puerta, delante de
-la cual, a un lado, había algunos hoyos pequeños, como tumbas, llenos
-de agua o cal.</p>
-
-<p>—Este es el Dar-dwag<a id="FNanchor_41" href="#Footnote_41"
-class="fnanchor">[41]</a>—dijo el <i>mohasni</i>—; esta es la casa de la
-corteza, y a esta casa se traen las pieles; todas las que se preparan
-para usarlas en Tánger se traen a esta casa, y aquí las curten con
-cal, corteza y hierbas. En este Dar-dwag hay ciento cuarenta fosas;
-yo mismo las he contado; y ha<span class="pagenum" id="Page_336">[p.
-336]</span>bía más, que ya no existen, porque esto es muy antiguo.
-Estas fosas las alquila, no una ni dos personas, sino mucha gente,
-y todo el que se pone en lista puede arrendar una de las fosas y
-curtir las pieles que necesite; pero el propietario de todo es un
-hombre solo, llamado Cado Ableque. Y ahora, sultán mío, que has
-visto la casa de la corteza, no te enseñaré nada más por hoy, porque
-hoy es <i>Youm al jumal</i>,<a id="FNanchor_42" href="#Footnote_42"
-class="fnanchor">[42]</a> y las puertas van a cerrarse dentro de un
-momento, mientras los musulmanes cumplen sus devociones. De modo que
-acompañaré a mi sultán a su alojamiento, y allí le dejaré por el
-momento.</p>
-
-<p>Traspusimos, por consiguiente, una puerta, y, remontando una
-calle, nos encontramos ante la mezquita junto a la que yo había
-estado por la mañana; y uno o dos minutos más tarde estábamos a la
-puerta de Juana Correa. Entonces le ofrecí a mi guía una moneda de
-plata en pago de sus servicios; pero, irguiéndose, exclamó:</p>
-
-<p>—No tomaré la plata de mi sultán, porque considero que no he hecho
-nada que lo merezca. Aún no hemos visitado todas las maravillas de
-esta bendita ciudad. En un día futuro llevaré a mi sultán al palacio
-del gobernador, y a otros sitios que mi sultán se alegrará de ver;
-y cuando hayamos visto<span class="pagenum" id="Page_337">[p.
-337]</span> todo lo que se puede ver, y mi sultán esté contento de
-mí, si alguna vez me ve en el <i>soc</i> una mañana con la canasta en
-la mano, y no ve nada en la canasta, entonces mi sultán estará en
-libertad, como amigo, para poner en mi canasta unas uvas, o pan,
-o pescado, o carne en mi canasta. Eso no lo rehusaré de mi sultán
-cuando haya hecho por él más de lo que hasta ahora he hecho. Pero la
-plata de mi sultán no la tomaré ahora ni nunca.</p>
-
-<p>Luego me hizo un gracioso saludo con la mano, y fuése.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_338">[p. 338]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO LVII</h2>
- <p class="subhang">
- Un trío singular. — El mulato. — La oferta de paz. — Moros de
- Granada. — <i>Vive la Guadeloupe!</i> — Los moros. — Pascual Fava. — La
- argelina ciega. — La retreta.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">C</span><span class="smcap">uando</span>
-entré había tres hombres sentados en el <i>wustuddur</i> de Juana
-Correa, todos de insólita catadura, aunque quizás nunca se habían
-juntado otros tres más diferentes entre sí en todos sentidos. El
-primero a quien le eché la vista era un hombre de unos sesenta
-años, vestido con una casaca de cachemira gris, de faldones cortos;
-chaleco amarillo, y calzones anchos de tela basta; se tocaba con
-un sombrero de paja ancho y muy sucio, y en la mano tenía un recio
-bastón con puño de marfil; eran sus ojos legañosos, bizcos; la faz
-rubicunda, y la nariz carbuncosa. Junto a él estaba un negro de buen
-parecer, que acaso resultaba más negro de lo que realmente era por
-la circunstancia de ir vestido con chaqueta, chaleco y pantalón de
-lienzo de inmaculada blancura. Tocábase con una gorra de <i>montero</i>,
-azul.<span class="pagenum" id="Page_339">[p. 339]</span> Sus ojos
-chispeaban como brillantes, y en su rostro había una indescriptible
-expresión de buen humor y burla. El otro individuo era mulato, y, con
-mucho, el tipo más notable del grupo; podía estar entre los treinta y
-los cuarenta; largo de cuerpo, y aunque mal proporcionado, con todas
-las apariencias de ser fuerte y vigoroso. Envolvíase en un <i>ferioul</i>
-de lana roja, especie de vestidura que llega hasta más abajo de
-las caderas. Sus brazos, largos, velludos, musculosos, mostrábanse
-desnudos desde el codo, donde las mangas del <i>ferioul</i> terminan; sus
-extremidades inferiores eran cortas, en comparación con el cuerpo y
-los brazos; cubríase en parte las piernas con una <i>kandrisa</i> azul que
-le llegaba a las rodillas; sus facciones eran muy feas, de extremada
-y repulsiva fealdad, y tuerto de un ojo, velado por una telilla
-blanca. A su lado yacía en el suelo una cuba grande, de las de llevar
-agua; y a veces, sosteniéndola con el índice y el pulgar, la hacía
-dar vueltas sobre su cabeza como si fuera un cuartillo. Tal era el
-trío que ocupaba el <i>wustuddur</i> de Juana Correa; y apenas había
-tenido tiempo de observar lo que dejo recordado, cuando la buena
-mujer entró, de vuelta del corral de la casa, con su doncella Johar,
-o la perla, muchacha judía, gorda y fea, con un inmenso lunar en la
-mejilla.</p>
-
-<p>—<i>Que Dios remate tu nombre</i>—exclamó el mulato—, Juana, y
-también el de tu sir<span class="pagenum" id="Page_340">[p.
-340]</span>vienta Johar. Hace más de quince minutos que estoy sentado
-aquí, después de verter en la <i>tinaja</i> el agua que he traído de la
-fuente, y en vano he esperado una palabra amable de parte de usted o
-de Johar. <i>Usted no tiene modo</i>, ni Johar tampoco. Esta es la única
-casa de Tánger donde no se me recibe con el cariño y respeto debidos,
-a pesar de que he hecho por ustedes lo que por ninguna otra persona.
-¿No os he llenado de agua la <i>tinaja</i>, cuando otros se han quedado
-sin una gota? ¿No tenéis agua bastante para fregar el <i>wustuddur</i>,
-mientras el cónsul y su intérprete no la tienen para apagar la sed?
-Y ¿qué pago se me da? Cuando llego aquí, a la hora de más calor, no
-tienen para mí una palabra amistosa, ni siquiera me ofrecen una copa
-de <i>makhiah</i>. ¿Necesito recordar todo lo que hago por usted? Sí, por
-cierto; ya que usted no tiene modo. ¿No vengo todas las mañanas, a
-las tres en punto, y llamo a la puerta, y usted se levanta y me abre,
-y amaso luego el pan a su presencia, mientras usted sigue acostada,
-y no tiene fama el pan de usted de ser el mejor de Tánger porque lo
-amaso yo? ¿No soy el hombre más forzudo de Tánger y también el más
-noble?</p>
-
-<p>Al decir esto, blandió la cuba sobre su cabeza y su rostro tomó
-una expresión casi demoníaca.</p>
-
-<p>—Óyeme, Juana—continuó—; ya sabes que soy el hombre más forzudo
-de Tánger,<span class="pagenum" id="Page_341">[p. 341]</span> y
-por milésima vez te repito que soy el más noble. ¿Quiénes son los
-cónsules? ¿Quién es el pachá? Ahora son cónsules y pachá; pero
-¿quiénes fueron sus padres? Yo no lo sé, ni ellos tampoco. ¡Pero no
-ignoro quiénes fueron los míos! ¿No eran moros de Garnata, y no soy,
-merced a eso, el hombre más considerable de Tánger? Sí; desciendo de
-los antiguos moros de Granada; mi familia vivió allí hasta que los
-nazarenos ganaron la ciudad, y ahora soy el único de esa casta que
-queda en esta tierra, y más noble que el sultán, porque el sultán no
-tiene sangre de los moros de Garnata. ¿Se ríe usted, Juana? ¿También
-se ríe Johar? ¿No soy yo Hammin Widdir, <i>el hombre más valido de
-Tánger</i>? ¿No es verdad que llevo sangre de los moros de Garnata?
-¡Niégalo, y os mato a las dos!</p>
-
-<p>—Has comido <i>hsheesh</i><a id="FNanchor_43" href="#Footnote_43"
-class="fnanchor">[43]</a> y <i>majoon</i>,<a id="FNanchor_44"
-href="#Footnote_44" class="fnanchor">[44]</a> Hammin—dijo Juana
-Correa—y tienes el <i>Shaitan</i><a id="FNanchor_45" href="#Footnote_45"
-class="fnanchor">[45]</a> en el cuerpo, como te ocurre demasiadas
-veces. He tenido mucho que hacer, y Johar también; por eso
-no hemos venido a hablarte antes; pero <i>ma ydoorshee</i>,<a
-id="FNanchor_46" href="#Footnote_46" class="fnanchor">[46]</a>
-ya sé cómo tranquilizarte; ¿quieres un poco de ginebra compuesta
-o un vaso de <i>makhiah</i><a id="FNanchor_47" href="#Footnote_47"
-class="fnanchor">[47]</a> corriente?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_342">[p. 342]</span></p>
-
-<p>—¡Así rebose tu vida, oh Juana—dijo el mulato—, y también la de
-Johar! Digo que ojalá vivas muchos años, sin trabajos ni amarguras.
-Tomaré la ginebra, Juana, que es más fuerte que el <i>makhiah</i>, que
-siempre me parece agua; no me gusta el agua, aunque la porteo. Muchas
-gracias, Juana. A tu salud y a la de esta buena compañía.</p>
-
-<p>Tomó un gran vaso, lleno hasta los bordes, que le alargó Juana; se
-lo acercó a las narices, aspiró el aroma, y aplicándoselo a la boca,
-no lo despegó de ella hasta apurar la última gota. Sus facciones poco
-a poco se dilataron, perdiendo la expresión colérica, y miró con
-especial ternura a Juana. Al cabo, dijo:</p>
-
-<p>—Espero que dentro de poco tiempo, oh Juana, te convencerás de
-que soy el hombre de más fuerza de todo Tánger, y vástago de los
-moros de Garnata, y que ya ni tú ni Johar os negaréis a tomarme por
-marido y a haceros moras. ¡Qué gloria para ti, después de haber
-estado casada con un <i>genoví</i><a id="FNanchor_48" href="#Footnote_48"
-class="fnanchor">[48]</a> y dado a luz unos cuantos <i>genovillos</i>,
-recibir por marido a un moro como yo y darle hijos de la sangre de
-Garnata! ¡Y qué gloria, además, para Johar! ¡Cuánto mejor que casarse
-con un vil judío, aun como Hayim Ben Attar, o como Sabio, vuestro
-cocinero, a quienes puedo estrangular con dos<span class="pagenum"
-id="Page_343">[p. 343]</span> dedos: para algo soy Hammin Widdir,
-<i>moro de Garnata, el hombre más valido de Tánger</i>!</p>
-
-<p>Dicho esto, se echó la cuba al hombro y fuése.</p>
-
-<p>—¿Es verdad lo que dice ese mulato?—pregunté a Juana—. ¿Desciende
-de los moros de Granada?</p>
-
-<p>—Siempre que está tomado de <i>aguardiente</i> o de <i>majoon</i> habla de
-los moros de Granada—interrumpió, en francés bastante malo, el viejo
-antes descrito, y con la misma voz de rana que por la mañana oí
-cantar—. Sin embargo, puede que sea verdad; si no hubiera oído decir
-algo de eso a sus padres, a él no se le hubiera ocurrido tal cosa,
-porque es muy bestia. Como digo, no es imposible: muchas familias
-granadinas se establecieron aquí cuando los cristianos se apoderaron
-de la ciudad, pero la mayoría se fué a Túnez. Cuando estuve allí,
-me alojé en casa de un moro que se llamaba Zegrí, y no hacía más
-que hablar de Granada y de las cosas que sus antepasados habían
-hecho allí. Además se pasaba horas enteras cantando romances, de los
-que, alabada sea la Madre de Dios, yo no entendía palabra, pero,
-a creerle, se referían todos a su familia; personas de ese nombre
-las había en Túnez a centenares; ¿por qué, pues, ese Hammin, ese
-aguador borracho, no podría ser un moro granadino? ¡Es lo bastante
-feo para ser emperador de toda la morería! ¡Oh, <i>canaille</i><span
-class="pagenum" id="Page_344">[p. 344]</span> maldita! Por mal de mis
-pecados, he vivido con ellos ocho años, en Orán y aquí. <i>Monsieur</i>,
-¿no le parece a usted muy dura suerte para un viejo como yo, que soy
-cristiano, tener que vivir con una raza que no conoce a Dios, ni a
-Cristo, ni ninguna cosa santa?</p>
-
-<p>—¿Qué significa eso de que los moros no conocen a Dios?—exclamé—.
-No hay pueblo en el mundo que tenga nociones más sublimes acerca del
-Dios eterno e increado que el pueblo moro; ni que haya mostrado mayor
-celo por Su honor y gloria; su mismo celo por la gloria de Dios ha
-sido y es el principal obstáculo para su conversión al cristianismo.
-Temen comprometer Su dignidad admitiendo que Dios haya accedido nunca
-a hacerse hombre. Y sus ideas con respecto al mismo Cristo son mucho
-más justas que la de los papistas: dicen los moros que es un profeta
-poderoso, mientras, según los papistas, o es un pedazo de pan o un
-niño desvalido. En muchos puntos de religión, los moros yerran,
-yerran pavorosamente; pero los papistas, ¿yerran menos? Una de sus
-prácticas los coloca inmensurablemente por debajo de los moros, a
-ojos de cualquier persona sin prejuicios: adoran los ídolos, ídolos
-cristianos si usted quiere, pero ídolos al fin, objetos esculpidos en
-madera, o piedra, o metal; y a esos objetos, que no pueden oír, ni
-hablar, ni sentir, acuden esperanzados en demanda de favor.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_345">[p. 345]</span></p>
-
-<p>—<i>Vive la France, vive la Guadeloupe!</i>—dijo el negro, con buen
-acento francés. En Francia y en Guadalupe no hay superstición, y se
-hace tanto caso de la Biblia como del Korán; ahora estoy aprendiendo
-a leer, para poder entender los escritos de Voltaire, quien, según
-dicen, ha probado que ambos libros fueron escritos con la sola
-intención de engañar a la humanidad. <i>O, vive la France!</i> ¿Dónde va
-usted a encontrar país más ilustrado que Francia? ¿Ni más abundante
-en todo? No hay más que otro en el mundo: la Guadalupe. ¿No es así,
-Monsieur Pascual? ¿Ha estado usted alguna vez en Marsella? <i>Oh, quel
-bon pays est celui-là pour les vivres, pour les petits poulets,
-pour les poulardes, pour les perdrix, pour les perdreaux, pour les
-alouettes, pour les bécasses, pour les bécassines, enfin, pour
-tout.</i></p>
-
-<p>—Dispense, señor, ¿es usted cocinero?—pregunté.</p>
-
-<p>—<i>Monsieur, je le suis pour vous rendre service, mon nom c’est
-Gerard, et j’ai l’honneur d’être chef de cuisine chez monsieur le
-consul Hollandais. A present je prie permission de vous saluer; il
-faut que j’aille à la maison pour faire le dîner de mon maître.</i></p>
-
-<p>A las cuatro fuí a comer con el cónsul británico. Otros dos
-caballeros ingleses estaban presentes, llegados a Tánger desde
-Gibraltar unos diez días antes para una excursión breve, y que
-se veían detenidos más<span class="pagenum" id="Page_346">[p.
-346]</span> de lo que deseaban por el viento Levante. Conocían ya
-las principales ciudades de España, y se proponían pasar el invierno
-en Sevilla o Cádiz. Uno de ellos, Mr. ——, me produjo la impresión de
-ser uno de los hombres más notables con quien había hablado en mi
-vida; no viajaba por divertirse, ni movido por la curiosidad, sino
-meramente con la esperanza de hacer el bien, sobre todo mediante
-la conversación. El cónsul me preguntó en seguida mi parecer sobre
-los moros y el país. Díjele que cuanto llevaba visto de unos y
-otro me agradaba en extremo. Repuso que si viviera diez años entre
-ellos, como él había vivido, ya cambiaría de opinión; que no había
-en el mundo pueblo más falso ni cruel, ni Gobierno más abyecto, con
-quien era casi imposible que ninguna Potencia extranjera mantuviese
-relaciones amistosas, por la constante mala fe de su proceder y
-su desprecio de los Tratados más solemnes; que las propiedades e
-intereses británicos sufrían a diario expoliaciones y destrozos,
-y los súbditos británicos vejaciones inauditas, sin la más ligera
-esperanza de satisfacción como no se recurriese a la guerra, único
-argumento asequible a los moros. Añadió que a fines del año anterior
-se perpetró en Tánger un asesinato horrible: una familia genovesa,
-compuesta de tres individuos, súbditos británicos, y con derecho a
-la protección de la bandera inglesa, fué exterminada. Fueron<span
-class="pagenum" id="Page_347">[p. 347]</span> descubiertos los
-asesinos, y el principal de todos estaba preso; pero todos los
-esfuerzos hechos para que se le impusiera el castigo correspondiente
-habían sido hasta entonces inútiles, porque era moro, y las víctimas,
-cristianos. Por último, me advirtió que no saliera de la ciudad sin
-que me acompañase un soldado, y se ofreció a proporcionarme uno
-cuando lo deseara, porque de otro modo corría grave peligro de ser
-maltratado o asesinado por los moros del interior; me citó el ejemplo
-de un oficial británico asesinado en la playa, no mucho tiempo antes,
-por la sola razón de ser nazareno y de ir vestido a la europea. Al
-cabo, llevó la conversación a la propaganda del Evangelio, y oí con
-satisfacción que, durante su permanencia en Tánger, había distribuido
-considerable cantidad de Biblias entre los naturales que hablaban
-árabe, y que muchos hombres doctos, o <i>talibs</i>, habían leído con gran
-interés el volumen sagrado, y que esa propaganda, hecha, es cierto,
-con mucha precaución, no había suscitado ningún sentimiento de
-disgusto ni enojo. Me preguntó, finalmente, si me proponía difundir
-la Biblia entre los moros.</p>
-
-<p>Contesté que no tenía medio de hacerlo, porque no poseía ni un
-solo ejemplar de la Biblia en lengua o en caracteres árabes, y que
-los pocos Testamentos que llevaba conmigo estaban en español y los
-destinaba a<span class="pagenum" id="Page_348">[p. 348]</span> los
-cristianos de Tánger, a quienes podían ser útiles, porque todos
-entendían ese idioma.</p>
-
-<p>Por la noche estuve sentado en el <i>wustuddur</i> de Juana Correa
-en compañía de Pascual Fava, el genovés. El tema favorito de la
-conversación del viejo era la religión; profesaba amor sin límites
-al Salvador, y profunda gratitud por su milagrosa expiación de
-las culpas de la Humanidad. Le hubiera escuchado con gusto a no
-ser porque olía mucho a alcohol, y porque ciertas incoherencias
-de lenguaje y violencia en las maneras denotaban que era víctima
-de la bebida. De pronto aparecieron en la puerta dos individuos:
-uno era un muchacho moro, como de diez años de edad, desnudas las
-piernas y la cabeza, vestido con una <i>gelaba</i>. Guiaba por la mano
-a un viejo, en quien reconocí en el acto a uno de los argelinos,
-uno de los musulmanes buenos que el <i>mahasni</i><a id="FNanchor_49"
-href="#Footnote_49" class="fnanchor">[49]</a> había elogiado tanto
-aquella misma mañana mientras remontábamos la calle de Siarrin. Era
-muy bajito, y sucio en el vestir; hirsuta barba blanca cubríale la
-parte inferior del rostro; usaba gafas, muy anchas, que debían de
-serle poco útiles, pues no podía dar un paso sin la ayuda del guía.
-Ambos avanzaron un poco en el <i>wustuddur</i>, y se detuvieron. En cuanto
-los vió Pascual Fava se le<span class="pagenum" id="Page_349">[p.
-349]</span>vantó con presteza y aire jovial, y apoyándose en el
-bastón, porque tenía una pierna impedida, se acercó cojeando a un
-anaquel, tomó una botella y llenó un vaso de vino, mientras cantaba
-en el español corrompido que usan los moros de la costa:</p>
-
-<div class="poem mt1"><div class="stanza">
-<p class="i2">Argelino,</p>
-<p class="i0">moro fino.</p>
-<p class="i0">No beber vino,</p>
-<p class="i0">ni comer tocino.</p>
-</div></div>
-
-<p class="mt1">Alargó después el vaso al moro viejo, quien se lo
-bebió, y luego, conducido por el muchacho, se fué hacia la puerta sin
-proferir palabra.</p>
-
-<p>—<i>Hade mushe halal</i><a id="FNanchor_50" href="#Footnote_50"
-class="fnanchor">[50]</a>—dije con fuerte voz.</p>
-
-<p>—<i>Cul shee halal</i><a id="FNanchor_51" href="#Footnote_51"
-class="fnanchor">[51]</a>—dijo el moro viejo volviendo sus ojos
-ciegos y con antiparras hacia donde había sonado la voz—. De todo lo
-que Dios da pueden participar sus hijos legítimamente.</p>
-
-<p>—¿Quién es ese viejo?—pregunté a Pascual Fava cuando el ciego y su
-lazarillo se fueron.</p>
-
-<p>—¡Quién es!—dijo Pascual—. ¡Quién es! Ahora es comerciante
-y tiene una tienda en el Siarrin, pero en otros tiempos fué el
-pirata más sanguinario de Argel. Ese viejo,<span class="pagenum"
-id="Page_350">[p. 350]</span> ciego y desvalido, ha cortado más
-pescuezos que pelos tiene en la cabeza. Antes de que los franceses
-se apoderasen de la ciudad, era <i>rais</i> o capitán de una fragata, y
-muchos pobres barcos de Cerdeña cayeron en sus manos. Tomada Argel,
-huyó a Tánger, y se dice que trajo consigo una gran parte del botín
-que había reunido en tiempos anteriores. Otros muchos moros argelinos
-vinieron aquí también, o a Tetuán, pero éste es el más notable de
-todos. Anda a veces en compañías verdaderamente extraordinarias
-para un moro, y mantiene intimidad algo excesiva con los judíos.
-Bueno, a mí eso no me importa; pero que se ande con tiento. Si se
-hace sospechoso a los moros, ¡pobre de él! ¡Moros y judíos, judíos
-y moros! ¡Oh! ¡Mal de mis pecados, que me trajeron a vivir entre
-ellos!</p>
-
-<div class="poem mt1"><div class="stanza">
-<p class="i2">Ave maris stella,</p>
-<p class="i0">Dei mater alma,</p>
-<p class="i0">Atque semper virgo,</p>
-<p class="i0">Felix cœli porta!</p>
-</div></div>
-
-<p class="mt1">Proseguía en su charla, cuando el ruido de un disparo
-de fusil le estremeció.</p>
-
-<p>—Es la retreta—dijo Pascual Fava—. Todas las noches, a las ocho
-y media, hacen un disparo en el <i>soc</i>; es la señal de cesar los
-trabajos y de recogerse. Voy a cerrar la puerta, y, si alguien llama,
-no abriré si no le conozco por la voz. Desde la muerte del <span
-class="pagenum" id="Page_351">[p. 351]</span>pobre genovés el año
-pasado vivimos muy prevenidos.</p>
-
-<p>Así transcurrió el primer viernes, día sagrado de los musulmanes,
-que pasé en Tánger. Observé que los moros proseguían sus ocupaciones
-como si el día no tuviese nada de particular. Entre doce y una,
-hora de rezo en la mezquita, se cerraban las puertas de la ciudad
-y a nadie se le permitía entrar ni salir. Es tradición entre
-ellos corriente que un viernes, a esa hora, sus eternos enemigos,
-los nazarenos, se apoderarán del país; por lo cual se mantienen
-apercibidos contra una sorpresa.</p>
-
-
-<p class="fin">FIN DEL TOMO TERCERO Y ÚLTIMO</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<p class="centra"><span class="pagenum" id="Page_352">[p. 352]</span><small>ACABÓSE
-&nbsp; DE &nbsp; IMPRIMIR &nbsp; ESTE &nbsp; LIBRO<br />
-EN LA IMPRENTA CLÁSICA ESPAÑOLA,<br />
-DE MADRID, A DIEZ Y OCHO DÍAS<br />
-<span class="g2">DEL MES DE ENERO</span><br />
-DE MIL NOVECIENTOS<br />
-VEINTIUNO</small></p>
-</div>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="footnotes">
-<p class="xl centra">NOTAS</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_1"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_1">[1]</a></span> Regresó a Madrid el 30 de octubre
-(Knapp).</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_2"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_2">[2]</a></span> Pawnee, Pani: agua.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_3"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_3">[3]</a></span> <i>The Zincali.</i></p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_4"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_4">[4]</a></span> La ciencia lingüística moderna
-difiere de tal modo de estas teorías, que sería muy difícil
-rectificarlas en una nota instructiva y no demasiadamente larga. Lo
-mejor será quizás prescindir de este capítulo completamente. (Nota de
-la edición Burke.)</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_5"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_5">[5]</a></span> <i>Evangelioa San Lucasen Guissan. El
-Evangelio según San Lucas.</i> Traducido al vascuence. Madrid. Imprenta
-de la Compañía Tipográfica, 1838.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_6"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_6">[6]</a></span> A nadie que haya leído la obra
-de este <i>Abbé</i> se le ocurrirá citarlo como una autoridad seria. Se
-titula <i>L’histoire des cantabres par l’Abbé d’Iharce de Bidassouet</i>.
-París, 1825. Según el autor, el vascuence fué la lengua de los
-primeros hombres; <i>Noah</i>, que en vascuence significa <i>vino</i>, es el
-recuerdo etimológico de la intemperancia del patriarca (Burke).</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_7"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_7">[7]</a></span> <i>Euscaldun anciña anciñaco</i>, etc.
-Donostian, 1826. Con una introducción en español y muchas canciones
-bascas, con notación musical.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_8"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_8">[8]</a></span> El 14 de enero de 1838 el jefe
-político, don Francisco de Gamboa, ordenó el secuestro.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_9"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_9">[9]</a></span> Por el gobernador don Diego de
-Entena, sucesor de Gamboa. La prisión se decretaba: 1.º, por insultos
-al alguacil; 2.º, por repartir un libro impreso en Gibraltar. Era el
-Lucas en gitano (sin licencia de impresión), pero que todos sabían
-impreso en Madrid (Knapp).</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_10"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_10">[10]</a></span> En la fonda de Genieys
-(Knapp).</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_11"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_11">[11]</a></span> Hechos de los Apóstoles, XVI,
-37.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_12"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_12">[12]</a></span> El edificio llamado <i>Cárcel de
-Corte</i>, en la Plaza de Provincia, construído para prisión en 1644,
-comprendía lo que es hoy el ministerio de Estado, más un anejo a su
-espalda, que llegaba hasta la calle de la Concepción Jerónima.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_13"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_13">[13]</a></span> Quizás Waterlóo. (Nota de
-Borrow.)</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_14"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_14">[14]</a></span> Alude a Byron. Borrow, citando
-de memoria, escribe: «Cervantes sneered Spain’s chivalry away.» El
-pasaje de Byron es:</p>
-
-<div class="poem mt1"><div class="stanza">
-<p class="i2">Cervantes smiled Spain’s chivalry away;</p>
-<p class="i0">A single laugh demolish’d the right arm</p>
-<p class="i0">Of his own country;—seldom since that day</p>
-<p class="i0">Has Spain had heroes.</p>
-</div>
-<p class="dr"><i>Don Juan</i>; XIII, 11.</p>
-</div>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_15"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_15">[15]</a></span> Velayos.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_16"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_16">[16]</a></span> ¿Daganzo?</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_17"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_17">[17]</a></span> Nombre gitano de Sevilla.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_18"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_18">[18]</a></span> Idem íd. del Guadalquivir.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_19"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_19">[19]</a></span> En griego, sacerdotes.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_20"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_20">[20]</a></span> Nada.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_21"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_21">[21]</a></span> Mr. John Brackenbury.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_22"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_22">[22]</a></span> Poeta danés. 1779-1850.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_23"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_23">[23]</a></span> Borrow le llama <i>the Faithful</i>,
-el Fiel.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_24"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_24">[24]</a></span> En manos de alguno. <i>Peluni</i> es
-fulano en árabe. (Nota de Burke.)</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_25"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_25">[25]</a></span> Nombre popular del Etna.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_26"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_26">[26]</a></span> Infierno.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_27"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_27">[27]</a></span> Corazón.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_28"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_28">[28]</a></span> Rabat.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_29"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_29">[29]</a></span> Genio.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_30"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_30">[30]</a></span> ¡Qué porquería!</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_31"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_31">[31]</a></span> Prohibido.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_32"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_32">[32]</a></span> Señor del mundo.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_33"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_33">[33]</a></span> Compre aquí, compre aquí.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_34"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_34">[34]</a></span> La Virgen María.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_35"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_35">[35]</a></span> Argel.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_36"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_36">[36]</a></span> Tienda.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_37"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_37">[37]</a></span> ¡Por Dios!</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_38"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_38">[38]</a></span> Casas de oficios.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_39"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_39">[39]</a></span> La orilla del mar.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_40"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_40">[40]</a></span> Según Borrow, un caballo
-padre.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_41"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_41">[41]</a></span> La tenería.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_42"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_42">[42]</a></span> Viernes.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_43"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_43">[43]</a></span> O <i>hashish</i>, preparación de
-cáñamo.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_44"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_44">[44]</a></span> Al parecer, otra droga.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_45"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_45">[45]</a></span> Satán.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_46"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_46">[46]</a></span> Eso no importa.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_47"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_47">[47]</a></span> O <i>ma’iyya</i>: aguardiente de
-higos.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_48"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_48">[48]</a></span> Genovés.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_49"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_49">[49]</a></span> Soldado.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_50"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_50">[50]</a></span> Eso no es lícito.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_51"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_51">[51]</a></span> Todo es lícito.</p>
-
-</div>
-
-</div>
-
-<hr class="chap" />
-<p>&nbsp;</p>
-
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
-
- <ul>
- <li>Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la
- grafía de mayor frecuencia.</li>
-
- <li>Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.</li>
-
- <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li>
-
- <li>Se ha reparado el emparejamiento de los puntos de admiración e
- interrogación, y de los paréntesis y comillas.</li>
-
- <li>Se han puesto letras capitulares al comienzo de todos los capítulos,
- pese a no aparecer en todos los casos en el original impreso.</li>
-
- <li>El transcriptor ha creado la imagen de la cubierta y la sitúa
- en el dominio público.</li>
- </ul>
-</div>
-
-</div>
-<p>&nbsp;</p>
-<hr class="pg" />
-<p>***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO III (DE 3)***</p>
-<p>******* This file should be named 51689-h.htm or 51689-h.zip *******</p>
-<p>This and all associated files of various formats will be found in:<br />
-<a href="http://www.gutenberg.org/dirs/5/1/6/8/51689">http://www.gutenberg.org/5/1/6/8/51689</a></p>
-<p>
-Updated editions will replace the previous one--the old editions will
-be renamed.</p>
-
-<p>Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright
-law means that no one owns a United States copyright in these works,
-so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United
-States without permission and without paying copyright
-royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part
-of this license, apply to copying and distributing Project
-Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm
-concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark,
-and may not be used if you charge for the eBooks, unless you receive
-specific permission. If you do not charge anything for copies of this
-eBook, complying with the rules is very easy. You may use this eBook
-for nearly any purpose such as creation of derivative works, reports,
-performances and research. They may be modified and printed and given
-away--you may do practically ANYTHING in the United States with eBooks
-not protected by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the
-trademark license, especially commercial redistribution.
-</p>
-
-<h2 class="pg">START: FULL LICENSE<br />
-<br />
-THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE<br />
-PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK</h2>
-
-<p>To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
-distribution of electronic works, by using or distributing this work
-(or any other work associated in any way with the phrase "Project
-Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full
-Project Gutenberg-tm License available with this file or online at
-www.gutenberg.org/license.</p>
-
-<h3>Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project
-Gutenberg-tm electronic works</h3>
-
-<p>1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
-electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
-and accept all the terms of this license and intellectual property
-(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
-the terms of this agreement, you must cease using and return or
-destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your
-possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a
-Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound
-by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the
-person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph
-1.E.8.</p>
-
-<p>1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
-used on or associated in any way with an electronic work by people who
-agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this
-agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm
-electronic works. See paragraph 1.E below.</p>
-
-<p>1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the
-Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
-of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
-works in the collection are in the public domain in the United
-States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
-United States and you are located in the United States, we do not
-claim a right to prevent you from copying, distributing, performing,
-displaying or creating derivative works based on the work as long as
-all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope
-that you will support the Project Gutenberg-tm mission of promoting
-free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg-tm
-works in compliance with the terms of this agreement for keeping the
-Project Gutenberg-tm name associated with the work. You can easily
-comply with the terms of this agreement by keeping this work in the
-same format with its attached full Project Gutenberg-tm License when
-you share it without charge with others.</p>
-
-<p>1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
-what you can do with this work. Copyright laws in most countries are
-in a constant state of change. If you are outside the United States,
-check the laws of your country in addition to the terms of this
-agreement before downloading, copying, displaying, performing,
-distributing or creating derivative works based on this work or any
-other Project Gutenberg-tm work. The Foundation makes no
-representations concerning the copyright status of any work in any
-country outside the United States.</p>
-
-<p>1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:</p>
-
-<p>1.E.1. The following sentence, with active links to, or other
-immediate access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear
-prominently whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work
-on which the phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the
-phrase "Project Gutenberg" is associated) is accessed, displayed,
-performed, viewed, copied or distributed:</p>
-
-<blockquote><p>This eBook is for the use of anyone anywhere in the United
- States and most other parts of the world at no cost and with almost
- no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use
- it under the terms of the Project Gutenberg License included with
- this eBook or online
- at <a href="http://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you
- are not located in the United States, you'll have to check the laws
- of the country where you are located before using this
- ebook.</p></blockquote>
-
-<p>1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is
-derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
-contain a notice indicating that it is posted with permission of the
-copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
-the United States without paying any fees or charges. If you are
-redistributing or providing access to a work with the phrase "Project
-Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply
-either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
-obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm
-trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.</p>
-
-<p>1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
-with the permission of the copyright holder, your use and distribution
-must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
-additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
-will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works
-posted with the permission of the copyright holder found at the
-beginning of this work.</p>
-
-<p>1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
-License terms from this work, or any files containing a part of this
-work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.</p>
-
-<p>1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
-electronic work, or any part of this electronic work, without
-prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
-active links or immediate access to the full terms of the Project
-Gutenberg-tm License.</p>
-
-<p>1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
-compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
-any word processing or hypertext form. However, if you provide access
-to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format
-other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official
-version posted on the official Project Gutenberg-tm web site
-(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
-to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
-of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain
-Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the
-full Project Gutenberg-tm License as specified in paragraph 1.E.1.</p>
-
-<p>1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
-performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
-unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.</p>
-
-<p>1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
-access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works
-provided that</p>
-
-<ul>
-<li>You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
- the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
- you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
- to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has
- agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
- within 60 days following each date on which you prepare (or are
- legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
- payments should be clearly marked as such and sent to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
- Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg
- Literary Archive Foundation."</li>
-
-<li>You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
- you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
- does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
- License. You must require such a user to return or destroy all
- copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
- all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm
- works.</li>
-
-<li>You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
- any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
- electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
- receipt of the work.</li>
-
-<li>You comply with all other terms of this agreement for free
- distribution of Project Gutenberg-tm works.</li>
-</ul>
-
-<p>1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
-Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than
-are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
-from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
-Project Gutenberg Trademark LLC, the owner of the Project Gutenberg-tm
-trademark. Contact the Foundation as set forth in Section 3 below.</p>
-
-<p>1.F.</p>
-
-<p>1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
-effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
-works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
-Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm
-electronic works, and the medium on which they may be stored, may
-contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
-or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
-intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
-other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
-cannot be read by your equipment.</p>
-
-<p>1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
-of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
-Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
-Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
-liability to you for damages, costs and expenses, including legal
-fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
-LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
-PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
-TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
-LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
-INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
-DAMAGE.</p>
-
-<p>1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
-defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
-receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
-written explanation to the person you received the work from. If you
-received the work on a physical medium, you must return the medium
-with your written explanation. The person or entity that provided you
-with the defective work may elect to provide a replacement copy in
-lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
-or entity providing it to you may choose to give you a second
-opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
-the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
-without further opportunities to fix the problem.</p>
-
-<p>1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
-in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
-OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
-LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.</p>
-
-<p>1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
-warranties or the exclusion or limitation of certain types of
-damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
-violates the law of the state applicable to this agreement, the
-agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
-limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
-unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
-remaining provisions.</p>
-
-<p>1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
-trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
-providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
-accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
-production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
-electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
-including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
-the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
-or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
-additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
-Defect you cause. </p>
-
-<h3>Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm</h3>
-
-<p>Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.</p>
-
-<p>Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
-www.gutenberg.org.</p>
-
-<h3>Section 3. Information about the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation</h3>
-
-<p>The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state's laws.</p>
-
-<p>The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
-mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
-volunteers and employees are scattered throughout numerous
-locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
-Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
-date contact information can be found at the Foundation's web site and
-official page at www.gutenberg.org/contact</p>
-
-<p>For additional contact information:</p>
-
-<p> Dr. Gregory B. Newby<br />
- Chief Executive and Director<br />
- gbnewby@pglaf.org</p>
-
-<h3>Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation</h3>
-
-<p>Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.</p>
-
-<p>The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
-state visit <a href="http://www.gutenberg.org/donate">www.gutenberg.org/donate</a>.</p>
-
-<p>While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.</p>
-
-<p>International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.</p>
-
-<p>Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate</p>
-
-<h3>Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.</h3>
-
-<p>Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
-volunteer support.</p>
-
-<p>Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.</p>
-
-<p>Most people start at our Web site which has the main PG search
-facility: www.gutenberg.org</p>
-
-<p>This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.</p>
-
-</body>
-</html>
-
diff --git a/old/51689-h/images/cover.jpg b/old/51689-h/images/cover.jpg
deleted file mode 100644
index a5c3875..0000000
--- a/old/51689-h/images/cover.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/51689-h/images/logo.jpg b/old/51689-h/images/logo.jpg
deleted file mode 100644
index cd41a79..0000000
--- a/old/51689-h/images/logo.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ