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-The Project Gutenberg EBook of Los Raros, by Rubén Darío
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
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-Title: Los Raros
- Obras Completas Vol. VI
-
-Author: Rubén Darío
-
-Illustrator: Enrique Ochoa
-
-Release Date: November 1, 2015 [EBook #50365]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
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-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS RAROS ***
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-Produced by Josep Cols Canals, Chuck Greif and the Online
-Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
-file was produced from images generously made available
-by The Internet Archive/Canadian Libraries)
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- LOS RAROS
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- LOS RAROS
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- POR
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- RUBÉN DARÍO
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- ILUSTRACIONES
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- DE
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- ENRIQUE OCHOA
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- [imagen]
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- Volumen VI de las obras completas.
- Administración: Editorial
- MUNDO LATINO
- MADRID
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-[imagen]
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-[imagen: ES PROPIEDAD]
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-[imagen: RUBÉN DARÍO]
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-PROLOGO
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-
-_Fuera de las notas sobre Mauclair y Adam, todo lo contenido en este
-libro fué escrito hace doce años, en Buenos Aires, cuando en Francia
-estaba el simbolismo en pleno desarrollo. Me tocó dar a conocer en
-América ese movimiento y por ello y por mis versos de entonces, fuí
-atacado y calificado con la inevitable palabra «decadente...» Todo eso
-ha pasado,--como mi fresca juventud._
-
-_Hay en estas páginas mucho entusiasmo, admiración sincera, mucha
-lectura y no poca buena intención. En la evolución natural de mi
-pensamiento, el fondo ha quedado siempre el mismo. Confesaré, no
-obstante, que me he acercado a algunos de mis ídolos de antaño y he
-reconocido más de un engaño de mi manera de percibir._
-
-_Restan la misma pasión de arte, el mismo reconocimiento de las
-jerarquías intelectuales, el mismo desdén de lo vulgar y la misma
-religión de belleza. Pero una razón autumnal ha sucedido a las
-explosiones de la primavera._
-
-RUBÉN DARÍO.
-
-_París, Enero de 1905._
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-[imagen]
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-
-EL ARTE EN SILENCIO
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-No se ha hecho mucho comentario sobre _L’Art en silence_, de Camilo
-Mauclair, como era natural. ¡El «Arte en silencio», en el país del
-ruido! así debía ser. Y pocos libros más llenos de bien, más hermosos y
-más nobles que éste, fruto de joven, impregnado de un perfume de cordura
-y de un sabor de siglos. Al leerle, he aquí el espectáculo que se ha
-presentado a mi imaginación: un campo inmenso y preparado para la labor;
-un día en su más bello instante, y un labrador matinal que empuja
-fuertemente su arado, orgulloso de que su virtud triptolémica trae
-consigo la seguridad de la hora de paz y de fecundidad de mañana. En la
-confusión de tentativas, en la lucha de tendencias, entre los
-juglarismos de mal convencidos apóstoles y la imitación de titubeantes
-sectarios, la voz de este digno trabajador, de este sincero intelectual,
-en el absoluto sentido del vocablo, es de una transcendental vibración.
-No puede haber profesión de fe más transparente, más noble y más
-generosa.
-
-«Creo en la vanidad de las prerrogativas sociales de mi profesión y del
-talento por sí mismo. Creo en la misión difícil, agotadora y casi
-siempre ingrata del hombre de letras, del artista, del circulador de
-ideas; creo que, el hombre que en nombre del talento que Dios le ha
-prestado, descuida su carácter y se juzga exonerado de los deberes
-urgentes de la existencia humana, desobedece a la humanidad y es
-castigado. Creo en la aceptación de todos los deberes por la ayuda de la
-caridad y del orgullo; creo en el individualismo artístico y social.
-Creo que el arte, ese silencioso apostolado, esa bella penitencia
-escogida por algunos seres cuyos cuerpos les fatigan e impiden más que a
-otros encontrar lo infinito, es una obligación de honor que es necesario
-llenar, con la más seria, la más circunspecta probidad; que hay buenos o
-malos artistas, pero que no tenemos que juzgar sino a los mentirosos, y
-los sinceros serán premiados en el altísimo cielo de la paz, en tanto
-que los brillantes, los satisfechos, los mentirosos, serán castigados.
-Creo todo eso, porque ya he visto pruebas alrededor mío, y porque he
-sentido la verdad en mí mismo, después de haber escrito varios libros,
-no sin sinceridad ni trabajo, pero con la confianza precipitada de la
-juventud.»
-
-En efecto, ¿quiénes habrían podido prever, en el autor de tantas páginas
-de ensueños,--«corona de claridad» o «sonatitas de otoño»--este rumbo
-hacia un ideal de moral absoluta, en las regiones verdaderamente
-intelectuales donde no hay ninguna necesidad de hacer ruido para ser
-escuchado? El ha agrupado en este sano volumen a varios artistas
-aislados, cuya existencia y cuya obra pueden servir de estimulantes
-ejemplos en la lucha de las ideas y de las aspiraciones mentales.
-Mallarmé, Edgar Poe, Flaubert, Rodenbach, Puvis de Chavannes y Rops,
-entre los muertos, y señaladas y activas energías jóvenes. Antes,
-conocidos son sus ensayos magistrales, de tan sagaz ideología, sobre
-Jules Laforgue y Auguste Rodin.
-
-Cada día se afirma con mayor brillo la gloria ya sin sombras de Edgar
-Poe, desde su prestigiosa introducción por Baudelaire, coronada luego
-por el espíritu transcendentalmente comprensivo y seductor de Stephane
-Mallarmé. Mas entre lo mucho que se ha escrito respecto al desgraciado
-poeta norteamericano, muy poco llegará a la profundidad y belleza que se
-contienen en el ensayo de Mauclair. Es un bienhechor capítulo sobre la
-psicología de la desventura, que producirá en ciertas almas el bien de
-una medicina, la sensación de una onda cordial y vigorizante. Luego el
-espíritu penetrante y buscador, hace ver con luz nueva la ideología
-poeana, y muchos puntos que antes pudieran aparecer velados u obscuros,
-se ven en una dulce semiluz de afección que despide la elevada y pura
-estética del comentarista.
-
-Una de las principales bondades es la de borrar la negra aureola de
-hermosura un tanto macabra, que las disculpas de la bohemia han querido
-hacer aparecer alrededor de la frente del gran yanqui. En este caso,
-como en otros, como en el de Musset, como en el de Verlaine, por
-ejemplo, el vicio es malignamente ocasional, es el complemento de la
-fatal desventura. El genio original, libre del alcohol, u otro variativo
-semejante, se desenvolvería siempre, siendo, en esa virtud, sus
-floraciones, libres de obscuridades y trágicas miserias. En resumen, Poe
-queda para el ensayista, «sin imitadores y sin antecesores, un fenómeno
-literario y mental, germinado espontáneamente en una tierra ingrata,
-místico purificado por ese dolor del que ha dado la inolvidable
-transposición, levantado en ultramar, entre Emerson misericordioso y
-Whitman profético, como un interrogador del porvenir.»
-
-De Flaubert--ese vasto espectáculo--presenta una nueva perspectiva. La
-suma de razonamientos nos conduce a este resultado: «Flaubert no tiene
-de realista sino la apariencia, de artista impasible la apariencia, de
-romántico la apariencia. Idealista, cristiano y lírico, he ahí sus
-rasgos esenciales.» Y las demostraciones son llevadas por medio de la
-amable e irresistible lógica de Mauclair, que nos presenta la figura
-soberbia del «buen gigante», por ese aspecto que permanece ya
-definitivo. Es también de un fin reconfortante, por el ejemplo de
-voluntad y de sufrimientos, en la pasión invencible de las letras, la
-enfermedad de la forma, soportada por otros dones de fortaleza y de
-método.
-
-Sobre Mallarmé la lección es todavía de una virtud que concreta una
-moral superior. ¿Acaso no va ya destacándose en toda su altura y
-hermosura ese poeta a quien la vida no consentía el triunfo, y hoy baña
-la gloria, «el sol de los muertos», con su dorada luz?
-
-La simbólica representación está en la gráfica idea de Felician Rops: el
-harpa ascendente, a la cual tienden, en el éter, innumerables manos de
-lo invisible. La honorabilidad artística, el carácter en lo ideal, la
-santidad, si posible es decir, del sacerdocio, o misión de belleza,
-facultad inaudita que halló su singular representación en el maravilloso
-maestro, que a través del silencio, fué hacia la inmortalidad. Una frase
-de Mme. Perier en su «Vida de Pascal», sirve de epígrafe al ensayo
-afectuoso, admirable y admirativo, justo, consagrado al doctor de
-misterio: «Nous n’avons su toutes ces choses qu’apres sa morte.»
-
-La estética mallarmeana por esta vez ha encontrado un expositor que se
-aleje de las fáciles tentativas de un Wisewa, de las exégesis divertidas
-de varios teorizantes, como de las blindadas oposiciones de la retórica
-escolar, o lo que es peor, junto a la burda risa de una enemistad que no
-razona, la embrolladora disertación de más de un pseudo-discípulo.
-
-Las páginas dedicadas a Rodenbach, con quien la juventud le une más
-cercanamente, en una afección artística fraternal, mitigan su tristeza
-en la afirmación de un generoso y sereno carácter, de una vida como
-autumnal, iluminados crepuscularmente de poesía y de gracia interior.
-«Le hemos conocido irónico, entusiasta, espiritual y nervioso; pero era,
-ante todo, un melancólico, aun en la sonrisa. Le sentíamos menos extraño
-por su voz y ciertos signos exteriores, que lejano por una singular
-facultad de reserva. Ese cordial era aislado de alma. Había en esa faz
-rubia y fina, en esa boca fina, en esos ojos atrayentes, una languidez y
-un fatalismo que no dejaban de extrañar. Es feliz, pensábamos, y, sin
-embargo, ¿qué tiene? Tenía el gusto atento y la comprensión de la
-muerte. Se detenía en el dintel de la existencia, y no entraba, y desde
-ese dintel nos miraba a todos con una tristeza profundamente delicada.
-Ha vuelto a tomar el camino eterno: era un transeunte encantador que no
-ha dicho todo su pensamiento en este mundo. Estaba «hanté» por su
-misticismo minucioso y extraño, evocaba todo lo que está difunto,
-recogido, purificado por la inmóvil palidez de los reposos seculares.
-Llevaba por todas partes su claustro interior, y si ha deseado ser
-enterrado en esa Bruges que amó tanto, puede decirse que su alma estaba
-dormida ya en la pacífica belleza de una muerte harmoniosa.» Decid si no
-es este camafeo de un encanto sutil y revelador, y si no se ve a su
-través el alma melancólica del malogrado animador de «Bruges la muerta.»
-Estos párrafos de Mauclair son comparables, como retrato, en la
-transposición de la pintura a la prosa, al admirable pastel en que
-perpetúa la triste faz del desaparecido, el talento comprensivo de Levy
-Dhurmer.
-
-Algunos vivos, son también presentados y estudiados, y entre ellos uno
-que representa bien la fuerza, la claridad, la tradición del espíritu
-francés, del alma francesa, el talento más vigoroso de los actuales
-escritores de este país.
-
-He nombrado a Paul Adam. Así sobre Elemir Bourges de obra poco
-resonante, pero muy estimado por los intelectuales, consagra algunas
-notas, como sobre León Daudet.
-
-La parte que denomina «El crepúsculo de las técnicas», debía traducirse
-a todos los idiomas y ser conocida por la juventud literaria que en
-todos los países busca una vía, y mira la cultura de Francia y el
-pensamiento francés, como guías y modelos. Es la historia del
-simbolismo, escrita con toda sinceridad y con toda verdad; y de ella se
-desprenden utilísimas lecciones, enseñanzas cuyo provecho es inmediato,
-así el estudio sobre el sentimentalismo literario, en que el alma de
-nuestro siglo está analizada con penetración y cordura a la luz de una
-filosofía amplia y generosa, poco conocida en estos tiempos de egotismos
-superhombríos y otras nieztschedades. No sabría alabar suficientemente
-los capítulos sobre arte, y el homenaje a altos artistas--artistas en
-silencio--como Puvis y Felician Rops, Gustave Moreau y Besnard, así como
-los fragmentos de otros estudios y ensayos que ayudan en el volumen a la
-comprensión, al peso, y para decirlo con mi sentimiento, a la simpatía
-que se experimenta por un sincero, por un laborioso, por un verdadero y
-grande expositor de saludables ideas, que es al propio tiempo, él
-también, un señalado, uno que ha hallado su rumbo cierto, y como él
-gustará que se le llame, un artista silencioso.
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-[imagen]
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-[imagen: EDGAR ALLAN POE]
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-[imagen]
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-EDGAR ALLAN POE
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-En una mañana fría y húmeda llegué por primera vez al inmenso país de
-los Estados Unidos. Iba el «steamer» despacio, y la sirena aullaba
-roncamente por temor de un choque. Quedaba atrás Fire Island con su
-erecto faro; estábamos frente a Sandy Hook, de donde nos salió al paso
-el barco de sanidad. El ladrante slang yanqui sonaba por todas partes,
-bajo el pabellón de bandas y estrellas. El viento frío, los pitos
-arromadizados, el humo de las chimeneas, el movimiento de las máquinas,
-las mismas ondas ventrudas de aquel mar estañado, el vapor que caminaba
-rumbo a la gran bahía, todo decía: «all right.» Entre las brumas se
-divisaban islas y barcos. Long Island desarrollaba la inmensa cinta de
-sus costas, y Staten Island, como en el marco de una viñeta, se
-presentaba en su hermosura, tentando al lápiz, ya que no, por la falta
-de sol, la máquina fotográfica. Sobre cubierta se agrupan los pasajeros:
-el comerciante de gruesa panza, congestionado como un pavo, con
-encorvadas narices israelitas; el clergyman huesoso, enfundado en su
-largo levitón negro, cubierto con su ancho sombrero de fieltro, y en la
-mano una pequeña Biblia; la muchacha que usa gorra de jokey y que
-durante toda la travesía ha cantado con voz fonográfica, al son de un
-banjo; el joven robusto, lampiño como un bebé, y que, aficionado al box,
-tiene los puños de tal modo, que bien pudiera desquijar un rinoceronte
-de un solo impulso... En los Narrows se alcanza a ver la tierra
-pintoresca y florida, las fortalezas. Luego, levantando sobre su cabeza
-la antorcha simbólica, queda a un lado la gigantesca Madona de la
-Libertad, que tiene por peana un islote. De mi alma brota entonces la
-salutación: «A ti, prolífica, enorme, dominadora. A ti, Nuestra Señora
-de la Libertad. A ti, cuyas mamas de bronce alimentan un sinnúmero de
-almas y corazones. A ti, que te alzas solitaria y magnífica sobre tu
-isla, levantando la divina antorcha. Yo te saludo al paso de mi
-«steamer», prosternándome delante de tu majestad. ¡Ave: Good morning! Yo
-sé, divino icono, oh magna estatua, que tu solo nombre, el de la excelsa
-beldad que encarnas, ha hecho brotar estrellas sobre el mundo, a la
-manera del _fiat_ del Señor. Allí están entre todas, brillantes sobre
-las listas de la bandera, las que iluminan el vuelo del águila de
-América, de esta tu América formidable, de ojos azules. Ave, Libertad,
-llena de fuerza; el Señor es contigo: bendita tú eres. Pero ¿sabes? se
-te ha herido mucho por el mundo, divinidad, manchando tu esplendor. Anda
-en la tierra otra que ha usurpado tu nombre, y que, en vez de la
-antorcha, lleva la tea. Aquélla no es la Diana sagrada de las
-incomparables flechas: es Hécate.»
-
-Hecha mi salutación, mi vista contempla la masa enorme que está al
-frente, aquella tierra coronada de torres, aquella región de donde casi
-sentís que viene un soplo subyugador y terrible: Manhattan, la isla de
-hierro, New-York, la sanguínea, la ciclópea, la monstruosa, la
-tormentosa, la irresistible capital del cheque. Rodeada de islas
-menores, tiene cerca a Jersey; y agarrada a Brooklin con la uña enorme
-del puente, Brooklin, que tiene sobre el palpitante pecho de acero un
-ramillete de campanarios. Se cree oir la voz de New-York, el eco de un
-vasto soliloquio de cifras. ¡Cuán distinta de la voz de París, cuando
-uno cree escucharla, al acercarse, halagadora como una canción de amor,
-de poesía y de juventud! Sobre el suelo de Manhattan parece que va a
-verse surgir de pronto un colosal Tío Samuel, que llama a los pueblos
-todos a un inaudito remate, y que el martillo del rematador cae sobre
-cúpulas y techumbres produciendo un ensordecedor trueno metálico. Antes
-de entrar al corazón del monstruo, recuerdo la ciudad que vió en el
-poema bárbaro el vidente Thogorma:
-
- Thogorma dans ses yeux vit monter des murailles
- De fer dont s’enroulaient des spirales des tours
- Et des palais cerclés d’arain sur des blocs lourds;
- Ruche énorme, gékenne aux lúgubres entrailles
- Où s’engouffraint les Forts, princes des anciens jours.
-............................................
-
-Semejantes a los Fuertes de los días antiguos, viven en sus torres de
-piedra, de hierro y de cristal, los hombres de Manhattan.
-
-En su fabulosa Babel, gritan, mugen, resuenan, braman, conmueven la
-Bolsa, la locomotora, la fragua, el banco, la imprenta, el dock y la
-urna electoral. El edificio Produce Exchange entre sus muros de hierro y
-granito reune tantas almas cuantas hacen un pueblo... He allí Broadway.
-Se experimenta casi una impresión dolorosa; sentís el dominio del
-vértigo. Por un gran canal cuyos lados los forman casas monumentales que
-ostentan sus cien ojos de vidrios y sus tatuajes de rótulos, pasa un río
-caudaloso, confuso, de comerciantes, corredores, caballos, tranvías,
-ómnibus, hombres-sandwichs vestidos de anuncios, y mujeres bellísimas.
-Abarcando con la vista la inmensa arteria en su hervor continuo, llega
-a sentirse la angustia de ciertas pesadillas. Reina la vida del
-hormiguero: un hormiguero de percherones gigantescos, de carros
-monstruosos, de toda clase de vehículos. El vendedor de periódicos,
-rosado y risueño, salta como un gorrión, de tranvía en tranvía, y grita
-al pasajero ¡intanrsooonwoood! lo que quiere decir si gustáis comprar
-cualquiera de esos tres diarios el «Evening Telegram», el «Sun» o el
-«World.» El ruido es mareador y se siente en el aire una trepidación
-incesante; el repiqueteo de los cascos, el vuelo sonoro de las ruedas,
-parece a cada instante aumentarse. Temeríase a cada momento un choque,
-un fracaso, si no se conociese que este inmenso río que corre con una
-fuerza de alud, lleva en sus ondas la exactitud de una máquina. En lo
-más intrincado de la muchedumbre, en lo más convulsivo y crespo de la
-ola de movimiento, sucede que una lady anciana, bajo su capota negra, o
-una miss rubia, o una nodriza con su bebé quiere pasar de una acera a
-otra. Un corpulento policeman alza la mano; detiénese el torrente; pasa
-la dama; ¡all right!
-
-«Esos cíclopes...» dice Groussac; «esos feroces calibanes...» escribe
-Peladan. ¿Tuvo razón el raro Sar al llamar así a estos hombres de la
-América del Norte? Calibán reina en la isla de Manhattan, en San
-Francisco, en Boston, en Washington, en todo el país. Ha conseguido
-establecer el imperio de la materia desde su estado misterioso con
-Edison, hasta la apoteosis del puerco, en esa abrumadora ciudad de
-Chicago. Calibán se satura de wishky, como en el drama de Shakespeare de
-vino; se desarrolla y crece; y sin ser esclavo de ningún Próspero, ni
-martirizado por ningún genio del aire, engorda y se multiplica; su
-nombre es Legión. Por voluntad de Dios suele brotar de entre esos
-poderosos monstruos, algún sér de superior naturaleza, que tiende las
-alas a la eterna Miranda de lo ideal. Entonces, Calibán mueve contra él
-a Sicorax, y se le destierra o se le mata. Esto vió el mundo con Edgar
-Allan Poe, el cisne desdichado que mejor ha conocido el ensueño y la
-muerte...
-
-¿Por qué vino tu imagen a mi memoria, Stella, Alma, dulce reina mía, tan
-presto ida para siempre, el día en que, después de recorrer el hirviente
-Broadway, me puse a leer los versos de Poe, cuyo nombre de Edgar,
-armonioso y legendario, encierra tan vaga y triste poesía, y he visto
-desfilar la procesión de sus castas enamoradas a través del polvo de
-plata de un místico ensueño? Es porque tú eres hermana de las liliales
-vírgenes cantadas en brumosa lengua inglesa por el soñador infeliz,
-príncipe de los poetas malditos. Tú como ellas eres llama del infinito
-amor. Frente al balcón, vestido de rosas blancas, por donde en el
-Paraíso asoma tu faz de generosos y profundos ojos, pasan tus hermanas y
-te saludan con una sonrisa, en la maravilla de tu virtud, ¡oh mi ángel
-consolador, oh mi esposa! La primera que pasa es Irene, la dama
-brillante de palidez extraña, venida de allá, de los mares lejanos; la
-segunda es Eulalia, la dulce Eulalia de cabellos de oro y ojos de
-violeta, que dirige al cielo su mirada; la tercera es Leonora, llamada
-así por los ángeles, joven y radiosa en el Edén distante; la otra es
-Frances, la amada que calma las penas con su recuerdo; la otra es
-Ulalume, cuya sombra yerra en la nebulosa región de Weir, cerca del
-sombrío lago de Auber; la otra Helen, la que fué vista por la primera
-vez a la luz de perla de la luna; la otra Annie, la de los ósculos y las
-caricias y oraciones por el adorado; la otra Annabel Lee, que amó con un
-amor envidia de los serafines del cielo; la otra Isabel, la de los
-amantes coloquios en la claridad lunar; Ligeia, en fin, meditabunda,
-envuelta en un velo de extraterrestre esplendor... Ellas son, cándido
-coro de ideales oceanidas quienes consuelan y enjugan la frente al
-lírico Prometeo amarrado a la montaña Yankee, cuyo cuervo, más cruel
-aun que el buitre esquiliano, sentado sobre el busto de Palas, tortura
-el corazón del desdichado, apuñalándole con la monótona palabra de la
-desesperanza. Así tú para mí. En medio de los martirios de la vida, me
-refrescas y alientas con el aire de tus alas, porque si partiste en tu
-forma humana al viaje sin retorno, siento la venida de tu sér inmortal,
-cuando las fuerzas me faltan o cuando el dolor tiende hacia mí el negro
-arco. Entonces, Alma, Stella, oigo sonar cerca de mí el oro invisible de
-tu escudo angélico. Tu nombre luminoso y simbólico surge en el cielo de
-mis noches como un incomparable guía, y por tu claridad inefable llevo
-el incienso y la mirra a la cuna de la eterna Esperanza.
-
-
-I.--EL HOMBRE
-
-La influencia de Poe en el arte universal ha sido suficientemente honda
-y transcendente para que su nombre y su obra no sean a la continua
-recordados. Desde su muerte acá, no hay año casi en que, ya en el libro
-o en la revista, no se ocupen del excelso poeta americano, críticos,
-ensayistas y poetas. La obra de Ingram iluminó la vida del hombre; nada
-puede aumentar la gloria del soñador maravilloso. Por cierto que la
-publicación de aquel libro cuya traducción a nuestra lengua hay que
-agradecer al señor Mayer, estaba destinada al grueso público.
-
-¿Es que en el número de los escogidos, de los aristócratas del espíritu,
-no estaba ya pesado en su propio valor, el odioso fárrago del canino
-Griswold? La infame autopsia moral que se hizo del ilustre difunto debía
-tener esa bella protesta. Ha de ver ya el mundo libre de mancha al cisne
-inmaculado.
-
-Poe, como un Ariel hecho hombre, diríase que ha pasado su vida bajo el
-flotante influjo de un extraño misterio. Nacido en un país de vida
-práctica y material, la influencia del medio obra en él al contrario. De
-un país de cálculo brota imaginación tan estupenda. El don mitológico
-parece nacer en él por lejano atavismo y vese en su poesía un claro rayo
-del país de sol y azul en que nacieron sus antepasados. Renace en él el
-alma caballeresca de los Le Poer alabados en las crónicas de Generaldo
-Gambresio. Arnoldo Le Poer lanza en la Irlanda de 1327 este terrible
-insulto al caballero Mauricio de Desmond: «Sois un rimador.» Por lo cual
-se empuñan las espadas y se traba una riña que es el prólogo de guerra
-sangrienta. Cinco siglos después, un descendiente del provocativo
-Arnoldo glorificará a su raza, erigiendo sobre el rico pedestal de la
-lengua inglesa, y en un nuevo mundo, el palacio de oro de sus rimas.
-
-El noble abolengo de Poe, ciertamente, no interesa sino a «aquellos que
-tienen gusto de averiguar los efectos producidos por el país y el linaje
-en las peculiaridades mentales y constitucionales de los hombres de
-genio,» según las palabras de la noble señora Whitman. Por lo demás, es
-él quien hoy da valer y honra a todos los pastores protestantes,
-tenderos, rentistas o mercachifles que lleven su apellido en la tierra
-del honorable padre de su patria, Jorge Washington.
-
-Sábese que en el linaje del poeta hubo un bravo Sir Rogerio que batalló
-en compañía de Strongbow, un osado Sir Arnoldo que defendió a una lady
-acusada de bruja; una mujer heroica y viril, la célebre «Condesa» del
-tiempo de Cromwell; y pasando sobre enredos genealógicos antiguos, un
-general de los Estados Unidos, su abuelo. Después de todo, ese sér
-trágico, de historia tan extraña y romanesca, dió su primer vagido entre
-las coronas marchitas de una comedianta, la cual le dió vida bajo el
-imperio del más ardiente amor. La pobre artista había quedado huérfana
-desde muy tierna edad. Amaba el teatro, era inteligente y bella, y de
-esa dulce gracia nació el pálido y melancólico visionario que dió al
-arte un mundo nuevo.
-
-Poe nació con el envidiable don de la belleza corporal. De todos los
-retratos que he visto suyos, ninguno da idea de aquella especial
-hermosura que en descripciones han dejado muchas de las personas que le
-conocieron. No hay duda que en toda la iconografía poeana, el retrato
-que debe representarle mejor es el que sirvió a Mr. Clarke para publicar
-un grabado que copiaba al poeta en el tiempo en que éste trabajaba en la
-empresa de aquel caballero. El mismo Clarke protestó contra los falsos
-retratos de Poe que después de su muerte se publicaron. Si no tanto como
-los que calumniaron su hermosa alma poética, los que desfiguran la
-belleza de su rostro son dignos de la más justa censura. De todos los
-retratos que han llegado a mis manos, los que más me han llamado la
-atención son el de Chiffart, publicado en la edición ilustrada de
-Quantin, de los «Cuentos extraordinarios,» y el grabado por R. Loncup
-para la traducción del libro de Ingram por Mayer. En ambos Poe ha
-llegado ya a la edad madura. No es por cierto aquel gallardo jovencito
-sensitivo que al conocer a Elena Staneand, quedó trémulo y sin voz, como
-el Dante de la «Vita Nuova...» Es el hombre que ha sufrido ya, que
-conoce por sus propias desgarradas carnes cómo hieren las asperezas de
-la vida. En el primero, el artista parece haber querido hacer una cabeza
-simbólica. En los ojos, casi ornitomorfos, en el aire, en la expresión
-trágica del rostro, Chiffart ha intentado pintar al autor del «Cuervo,»
-al visionario, al «unhappy Master» más que al hombre. En el segundo hay
-más realidad: esa mirada triste, de tristeza contagiosa, esa boca
-apretada, ese vago gesto de dolor y esa frente ancha y magnífica en
-donde se entronizó la palidez fatal del sufrimiento, pintan al
-desgraciado en sus días de mayor infortunio, quizá en los que
-precedieron a su muerte. Los otros retratos, como el de Halpin para la
-edición de Amstrong, nos dan ya tipos de lechuguinos de la época, ya
-caras que nada tienen que ver con la cabeza bella e inteligente de que
-habla Clark. Nada más cierto que la observación de Gautier:
-
-«Es raro que un poeta, dice, que un artista sea conocido bajo su primer
-encantador aspecto. La reputación no le viene sino muy tarde, cuando ya
-las fatigas del estudio, la lucha por la vida y las torturas de las
-pasiones han alterado su fisonomía primitiva: apenas deja sino una
-máscara usada, marchita, donde cada dolor ha puesto por estigma una
-magulladura o una arruga.»
-
-Desde niño Poe «prometía una gran belleza.»[1]
-
-Sus compañeros de colegio hablan de su agilidad y robustez. Su
-imaginación y su temperamento nervioso estaban contrapesados por la
-fuerza de sus músculos. El amable y delicado ángel de poesía, sabía dar
-excelentes puñetazos. Más tarde dirá de él una buena señora: «Era un
-muchacho bonito.»[2]
-
-Cuando entra a West Point hace notar en él un colega, Mr. Gibson, su
-«mirada cansada, tediosa y hastiada.» Ya en su edad viril, recuérdale el
-bibliófilo Gowans: «Poe tenía un exterior notablemente agradable y que
-predisponía en su favor: lo que las damas llamarían claramente bello.»
-Una persona que le oye recitar en Boston, dice: «Era la mejor
-realización de un poeta, en su fisonomía, aire y manera.» Un precioso
-retrato es hecho de mano femenina: «una talla algo menos que de altura
-mediana quizá, pero tan perfectamente proporcionada y coronada por una
-cabeza tan noble, llevada tan regiamente, que, a mi juicio de muchacha,
-causaba la impresión de una estatura dominante. Esos claros y
-melancólicos ojos parecían mirar desde una eminencia...»[3] Otra dama
-recuerda la extraña impresión de sus ojos: «Los ojos de Poe, en verdad,
-eran el rasgo que más impresionaba y era a ellos a los que su cara debía
-su atractivo peculiar. Jamás he visto otros ojos que en algo se le
-parecieran. Eran grandes, con pestañas largas y un negro de azabache: el
-iris acerogris, poseía una cristalina claridad y transparencia, a través
-de la cual la pupila negraazabache se veía expandirse y contraerse, con
-toda sombra de pensamiento o de emoción. Observé que los párpados jamás
-se contraían, como es tan usual en la mayor parte de las personas,
-principalmente cuando hablan; pero su mirada siempre era llena, abierta
-y sin encogimiento ni emoción. Su expresión habitual era soñadora y
-triste: algunas veces tenía un modo de dirigir una mirada ligera, de
-soslayo, sobre alguna persona que no le observaba a él, y, con una
-mirada tranquila y fija, parecía que mentalmente estaba midiendo el
-calibre de la persona que estaba ajena de ello.--¡Qué ojos tan tremendos
-tiene el señor Poe!--me dijo una señora. Me hace helar la sangre el
-verle darse vuelta lentamente y fijarlos sobre mí cuando estoy
-hablando.»[4] La misma agrega: «Usaba un bigote negro esmeradamente
-cuidado, pero que no cubría completamente una expresión ligeramente
-contraída de la boca y una tensión ocasional del labio superior, que se
-asemejaba a una expresión de mofa. Esta mofa era fácilmente excitada y
-se manifestaba por un movimiento del labio, apenas perceptible y, sin
-embargo, intensamente expresivo. No había en ella nada de malevolencia;
-pero sí mucho sarcasmo.» Sábese, pues, que aquella alma potente y
-extraña estaba encerrada en hermoso vaso. Parece que la distinción y
-dotes físicas deberían ser nativas en todos los portadores de la lira.
-¿Apolo, el crinado numen lírico, no es el prototipo de la belleza viril?
-Mas no todos sus hijos nacen con dote tan espléndido. Los privilegiados
-se llaman Goethe, Byron, Lamartine, Poe.
-
-Nuestro poeta, por su organización vigorosa y cultivada, pudo resistir
-esa terrible dolencia que un médico escritor llama con gran propiedad
-«la enfermedad del ensueño.» Era un sublime apasionado, un nervioso, uno
-de esos divinos semilocos necesarios para el progreso humano,
-lamentables cristos del arte, que por amor al eterno ideal tienen su
-calle de la amargura, sus espinas y su cruz. Nació con la adorable llama
-de la poesía, y ella le alimentaba al propio tiempo que era su martirio.
-Desde niño quedó huérfano y le recogió un hombre que jamás podría
-conocer el valor intelectual de su hijo adoptivo. El señor Allan--cuyo
-nombre pasará al porvenir al brillo del nombre del poeta--jamás pudo
-imaginarse que el pobre muchacho recitador de versos que alegraba las
-veladas de su «home», fuese más tarde un egregio príncipe del arte. En
-Poe reina el «ensueño» desde la niñez. Cuando el viaje de su protector
-le lleva a Londres, la escuela del dómine Brandeby es para él como un
-lugar fantástico que despierta en su sér extrañas reminiscencias;
-después, en la fuerza de su genio, el recuerdo de aquella morada y del
-viejo profesor han de hacerle producir una de sus subyugadoras páginas.
-Por una parte, posee en su fuerte cerebro la facultad musical; por otra,
-la fuerza matemática. Su «ensueño» está poblado de quimeras y de cifras
-como la carta de un astrólogo. Vuelto a América, vémosle en la escuela
-de Clarke, en Richmond, en donde al mismo tiempo que se nutre de
-clásicos y recita odas latinas, boxea y llega a ser algo como un
-«champion» estudiantil; en la carrera hubiera dejado atrás a Atalanta, y
-aspiraba a los lauros natatorios de Byron. Pero si brilla y descuella
-intelectual y físicamente entre sus compañeros, los hijos de familia de
-la fofa aristocracia del lugar miran por encima del hombro al hijo de la
-cómica. ¿Cuánta no ha de haber sido la hiel que tuvo que devorar este
-sér exquisito, humillado por un origen del cual en días posteriores
-habría orgullosamente de gloriarse? Son esos primeros golpes los que
-empezaron a cincelar el pliegue amargo y sarcástico de sus labios.
-Desde muy temprano conoció las acechanzas del lobo racional. Por eso
-buscaba la comunicación con la naturaleza, tan sana y fortalecedora.
-«Odio sobre todo y detesto este animal que se llama Hombre», escribía
-Swift a Pope. Poe a su vez habla «de la mezquina amistad y de la
-fidelidad de polvillo de fruta (gossamer fidelity) del mero hombre.» Ya
-en el libro de Job, Eliphaz Themanita exclama: «¿Cuánto más el hombre
-abominable y vil que bebe como la iniquidad?» No buscó el lírico
-americano el apoyo de la oración; no era creyente; o al menos, su alma
-estaba alejada del misticismo. A lo cual da por razón James Russell
-Lowell lo que podría llamarse la matematicidad de su cerebración. «Hasta
-su misterio es matemático, para su propio espíritu.» La ciencia impide
-al poeta penetrar y tender las alas en la atmósfera de las verdades
-ideales. Su necesidad de análisis, la condición algebraica de su
-fantasía, hácele producir tristísimos efectos cuando nos arrastra al
-borde de lo desconocido. La especulación filosófica nubló en él la fe,
-que debiera poseer como todo poeta verdadero. En todas sus obras, si mal
-no recuerdo, sólo unas dos veces está escrito el nombre de Cristo.[5]
-Profesaba sí la moral cristiana; y en cuanto a los destinos del hombre,
-creía en una ley divina, en un fallo inexorable. En él la ecuación
-dominaba a la creencia, y aun en lo referente a Dios y sus atributos,
-pensaba con Spinoza que las cosas invisibles y todo lo que es objeto
-propio del entendimiento no puede percibirse de otro modo que por los
-ojos de la demostración[6] olvidando la profunda afirmación filosófica:
-«intelectus noster sic ¿de habet? ad prima entium quœ sunt
-manifestissima in natura, sicut oculus vespertilionis ad solem.» No
-creía en lo sobrenatural, según confesión propia; pero afirmaba que
-Dios, como creador de la naturaleza, puede, si quiere, modificarla. En
-la narración de la metempsícosis de Ligeia hay una definición de Dios,
-tomada de Granwill, que parece ser sustentada por Poe: Dios no es más
-que una gran voluntad que penetra todas las cosas por la naturaleza de
-su intensidad. Lo cual estaba ya dicho por Santo Tomás en estas
-palabras: «Si las cosas mismas no determinan el fin para sí, porque
-desconocen la razón del fin, es necesario que se les determine el fin
-por otro que sea determinador de la naturaleza. Este es el que previene
-todas las cosas, que es ser por sí mismo necesario, y a éste llamamos
-Dios...»[7] En la «Revelación Magnética», a vuelta de divagaciones
-filosóficas, Mr. Vankirk--que, como casi todos los personajes de Poe, es
-Poe mismo--afirma la existencia de un Dios material, al cual llama
-materia suprema e imparticulada. Pero agrega: «La materia imparticulada,
-o sea Dios en estado de reposo, es en lo que entra en nuestra
-comprensión, lo que los hombres llaman espíritu.» En el diálogo entre
-Oinos y Agathos pretende sondear el misterio de la divina inteligencia;
-así como en los de Monos y Una y de Eros y Charmion penetra en la
-desconocida sombra de la Muerte, produciendo, como pocos, extraños
-vislumbres en su concepción del espíritu en el espacio y en el tiempo.
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-[imagen: LECONTE DE LISLE]
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-LECONTE DE LISLE
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-Ha muerto el pontífice del Parnaso, el Vicario de Hugo; las campanas de
-la Basílica lírica están tocando vacante. Descansa ya, pálida y sin la
-sangre de la vida, aquella majestuosa cabeza de sumo sacerdote, aquella
-testa coronada,--coronada de los más verdes laureles--llena de augusta
-hermosura antigua y cuyos rasgos exigen el relieve de la medalla y la
-consagración olímpica del mármol.
-
-Homéricos funerales deberían ser los de Leconte de Lisle. En hoguera
-encendida con maderos olorosos, allá en el corazón de la isla maternal,
-en donde por primera vez vió la gloria del Sol, consumiríase su cuerpo
-al vuelo de las odas con que un coro de poetas cantaría el Triunfo de la
-Lira, recitaríanse estrofas que recordarían a Orfeo encadenando con sus
-acordes la furia de los leopardos y leones, o a Melesigenes cercado de
-las musas en la maravilla de una apoteosis. ¡Homéricos funerales para
-quien fué homérida, por el soplo épico que pasaba por el cordaje de su
-lira, por la soberana expresión y el vuelo soberbio, por la
-impasibilidad casi religiosa, por la magnificencia monumental
-estatuaria de su obra, en la cual, como en la del Padre de los poetas,
-pasan a nuestra vista portentosos desfiles de personajes, grupos
-esculturales, marmóreos bajorrelieves, figuras que encarnan los odios,
-los combates, las terribles iras; homérida por ser de alma y sangre
-latinas y por haber adorado siempre el lustre y el renombre de la Hélade
-inmortal! Griego fué, de los griegos tenía, como lo hizo notar muy bien
-Guyau, la concepción de una especie de mundo de las formas y de las
-ideas que es el mundo mismo del arte; habiéndose colocado por una
-ascensión de la voluntad, sobre el mundo del sentimiento, en la región
-serena de la idea, y revistiendo su musa inconmovible el esculpido peplo
-cuyo más ligero pliegue no pudiera agitar el estremecimiento de las
-humanas emociones, ni aun el aire que el Amor mismo agitase con sus
-alas. «Vuestros contemporáneos,--díjole Alejandro Dumas (hijo),--eran
-los griegos y los hindus.» Y es, en efecto, de aquellos dos inmensos
-focos de donde parten los rayos que iluminan la obra de Leconte de
-Lisle, conduciendo uno la idea brahamánica desde el índico Ganges cuyas
-aguas reflejaran los combates del Ramayana y el otro la idea griega
-desde el harmonioso Alfeo, en cuyas linfas se viera la desnudez celeste
-de la virgen Diana.
-
-La India y Grecia eran para su espíritu tierras de predilección:
-reconocía como las dos originales fuentes de la universal poesía, a
-Valmiki y a Homero. Navegó a pleno viento por el océano inmenso de la
-teogonía védica, y profundo conocedor de la antigüedad griega, y
-helenista insigne, condujo a Homero a orillas del Sena. Atraíale la
-aurora de la humanidad, la soberana sencillez de las edades primeras, la
-grandiosa infancia de las razas, en la cual empieza el Génesis de lo que
-él llamara con su verbo solemne «la historia sagrada del pensamiento
-humano en su florecimiento de harmonía y de luz;» la historia de la
-Poesía.
-
-El más griego de los artistas, como le llamara un joven esteta, cantó a
-los bárbaros, ciertamente. Como había en su reino poético, suprimido
-todo anhelo por un ideal de fe, la inmensa alma medioeval no tenía para
-él ningún fulgor; y calificaba la Edad Media como una edad de abominable
-barbarie. Y he aquí que ninguno entre los poetas, después de Hugo, ha
-sabido poner delante de los ojos modernos, como Leconte de Lisle, la
-vida de los caballeros de hierro, las costumbres de aquellas épocas, los
-hechos y aventuras trágicas de aquellos combatientes y de aquellos
-tiranos; los sombríos cuadros monacales, los interiores de los
-claustros, los cismas, la supremacía de Roma, las musulmanas barbaries
-fastuosas, el ascetismo católico, y el temblor extranatural que pasó por
-el mundo en la edad que otro gran poeta ha llamado con razón, en una
-estrofa célebre, «enorme y delicada.»
-
-Puso el espíritu sobre el corazón. Jamás en toda su obra se escucha un
-solo eco de sentimiento; nunca sentiréis el escalofrío pasional. Eros
-mismo, si pasa por esas inmensas florestas, es como un ave desolada. No
-se atrevería la Musa de Musset a llamar a la puerta del vate serenísimo;
-y las palomas lamartinianas alzarían el vuelo asustadas delante del
-cuervo centenario que dialoga con el abad Serapio de Arsinoe.
-
-Nacido en una isla cálida y espléndida, isla de sol, florestas y
-pájaros, que siente de cerca la respiración de la negra Africa, sintióse
-poeta el «joven salvaje»; la lengua de la naturaleza le enseñó su
-primera rima, el gran bosque primitivo le hizo sentir la influencia de
-su estremecimiento, y el mar solemne y el cielo le dejaron entrever el
-misterio de su inmensidad azul. Sentía él latir su corazón, deseoso de
-algo extraño, y sus labios estaban sedientos del vino divino. Copa de
-oro inagotable, llena del celeste licor, fué para él la poesía de Hugo.
-Al llegar «Las Orientales» a sus manos, al ver esos fulgurantes poemas,
-la luz misma de su cielo patrio le pareció brillar con un resplandor
-nuevo; la montaña, el viento africano, las olas, las aves de las
-florestas nativas, la naturaleza toda, tuvo para él voces despertadoras
-que le iniciaron en un culto arcano y supremo.
-
-Imaginaos un Pan que vagase en la montaña sonora, poseído de la fiebre
-de la harmonía, en busca de la caña con que habría de hacer su rústica
-flauta, y a quien de pronto diese Apolo una lira y le enseñase el arte
-de arrancar de sus cuerdas sones sublimes. No de otro modo aconteció al
-poeta que debiera salir de la tierra lejana en donde nació, para
-levantar en la capital del Pensamiento un templo cincelado en el más
-bello paros, en honor del Dios del arco de plata.
-
-El que fué impecable adorador de la tradición clásica pura, debía
-pronunciar en ocasión solemne, delante de la Academia francesa que le
-recibía en su seno, estas palabras: «Las formas nuevas son la expresión
-necesaria de las concepciones originales.» Digna es tal declaración de
-quien sucediera a Hugo en la asamblea de los «inmortales» y de quien
-como su sacrocesáreo antecesor, fué jefe de escuela, y de escuela que
-tenía por fundamento principal el culto de la forma. Hugo fué en verdad
-para él la encarnación de la poesía. Leconte de Lisle no reconocía de la
-Trinidad romántica, sino la omnipotencia del «Padre»; Musset, «el Hijo»,
-y Lamartine «el Espíritu», apenas si merecieron una mirada rápida de sus
-ojos sacerdotales. Y es que Hugo ejercía sobre él la atracción astral de
-los genios individuales y absolutos; el hijo de la isla oriental fué
-iniciado en el secreto del arte por el autor de «Las Orientales»; el que
-debía escribir los «Poemas antiguos» y los «Poemas bárbaros», no podía
-sino contemplar con estupor la creación de ese orbe constelado, vario,
-profuso y estupendo que se llama «La Leyenda de los siglos.» Luego, fué
-a él, barón, par, príncipe, a quien el Carlomagno de la lira dirigiera
-este corto mensaje imperial y fraternal: «Jungamus dextras.» Después, él
-fué siempre el privilegiado. Hugo le consagró. Y cuando Hugo fué
-conducido al Pantheón, fué Leconte de Lisle quien entonó el himno más
-ferviente en honor de quien entraba a la inmortalidad. Posteriormente,
-al ocupar su sillón en la Academia, colocó aún más triunfales palmas y
-coronas en la tumba del César literario. Recorrió con su pensamiento la
-historia de la poesía universal, para llegar a depositar sus trofeos en
-aras del daimon desaparecido, y presentó con la magia de su lenguaje la
-creación toda de Hugo. Hizo aparecer con sus prestigios incomparables
-«Las Orientales», cuya lengua y movimiento, según confesión propia,
-fueron para él una revelación; el prefacio de «Cromwell», oriflama de
-guerra, tendido al viento; las «Hojas de otoño», los «Cantos del
-crepúsculo», las «Voces interiores», los «Rayos» y las «Sombras», a
-propósito de los cuales lanzó una flecha de su carcaj dirigida al
-sentimentalismo; los «Castigos», llenos de rayos y relámpagos, bajo los
-cuales coloca los «Yambos» de Chenier y las «Trágicas» de Agrippa
-d’Aubigné; «La Leyenda de los siglos», «que permanecerá como la prueba
-brillante de una potencia verbal inaudita, puesta al servicio de una
-imaginación incomparable.» Y todos los poemas posteriores, «Canciones de
-calles y bosques», «Año terrible», «Arte de ser abuelo», el «Papa», la
-«Piedad suprema», «Religión y religiones», «El asno», «Torquemada» y los
-«Cuatro vientos del Espíritu.» De todas estas últimas obras nombradas,
-la que llama su atención principal es «Torquemada.» ¿Por qué? Porque
-Leconte de Lisle sentía el pasado con una fuerza de visión insuperable,
-a punto de que Guyau llama a la Trilogía «Nueva leyenda de los siglos.»
-«Bien que ningún siglo, escribe el poeta, haya igualado al nuestro en la
-ciencia universal; que la historia, las lenguas, las costumbres, las
-teogonías de los pueblos antiguos nos sean reveladas de año en año por
-tantos sabios ilustres; que los hechos y las ideas, la vida íntima y la
-vida exterior; que todo lo que constituye la razón de ser, de creer, de
-pensar de los hombres desaparecidos, llama la atención de las
-inteligencias elevadas, nuestros grandes poetas han raramente intentado
-volver intelectualmente la vida al pasado.» Tiempos primitivos, Edad
-Media, todo lo que se halla respecto a nuestra edad contemporánea como
-en una lejanía de ensueño, atrae la imaginación del vate severo. La
-exposición de la obra novelesca de Víctor Hugo, dióle motivo para lanzar
-otra flecha que fué directamente a clavarse en el pecho robusto de Zola,
-cuando habló de «la epidemia que se hace sentir directamente en una
-parte de nuestra literatura, y contamina los últimos años de un siglo
-que se abriera con tanto brillo y proclamara tan ardientemente su amor a
-lo bello» y de «el desdén de la imaginación y del ideal que se instala
-imprudentemente en muchos espíritus obstruídos por teorías groseras y
-malsanas.» «El público letrado, agrega, no tardará en arrojar con
-desprecio lo que aclama hoy con ciega admiración. Las epidemias de esta
-naturaleza pasan y el genio permanece.»
-
-Al contestar el discurso del nuevo académico, Alejandro Dumas, hijo,
-entre sonrisa y sonrisa, quemó en honor del recién llegado este puñado
-de incienso: «Cuando un gran genio (Hugo) ha tenido desde la infancia el
-hábito de frecuentar un círculo de genios anteriores, entre los cuales
-Sófocles, Platón, Virgilio, Lafontaine, Corneille y Moliére no ocupan
-sino un segundo término y en donde Montaigne, Racine, Pascal, Bossuet,
-La Bruyere no penetran, se comprende fácilmente que el día en que ese
-gran genio distingue entre la muchedumbre que se agita a sus pies un
-poeta y le marca en la frente con el signo con que ha de reconocer, en
-lo porvenir, a los de su raza y familia, ese poeta tendrá el derecho de
-estar orgulloso. Ese poeta sois vos, señor.»
-
-Fueron ciertamente los «Poemas bárbaros» la anunciación espléndida de un
-grande y nuevo poeta. ¿Qué son esos poemas? Visiones formidables de los
-pasados siglos, los horrores y las grandezas épicas de los bárbaros
-evocados por un latino que emplea para su obra versos de bronce, versos
-de hierro, rimas de acero, estrofas de granito. Caín surge en el ensueño
-del vidente Thogorma, en un poema primitivo, bíblico, que se desarrolla
-en la misteriosa, inmemorial «ciudad de la angustia», en el país de
-Hevila. Caín es el mensajero de la nada. Luego, es aún en la Biblia
-donde se halla el origen de otros poemas; la viña de Naboth, el
-Eclesiastés, que declara cómo la irrevocable Muerte es también mentira;
-después el poeta va de un punto a otro, extraño cosmopolita del pasado;
-a Tebas, donde el rey Khons descansa en su barca dorada; a Grecia donde
-surgirá la monstruosa Equidna, o un grupo de hirsutos combatientes; a la
-Polinesia, en donde aprenderá el génesis indígena; al boreal país de los
-Nornos y escaldas, donde Snorr tiene su infernal visión; a Irlanda,
-tierra de bardos. Y se advierten blancas pinturas de países frígidos,
-figuras cinceladas en nieve; Angantir que dialoga con Hervor; Hialmar
-que clama trágicamente, el oso que llora, los cantos de los cazadores y
-runoyas; el norte aun, el país de Sigurd; los elfos que coronados de
-tomillo danzan a la luz de la luna, en un aire germánico de balada;
-cantos tradicionales; Kono de Kemper; el terrible poema de Mona; cuadros
-orientales como la preciosa y musical «Verandah»; las frases ásperas de
-la naturaleza; el desierto; la India y sus pagodas y fakires; Córdoba
-morisca; fieras y aves de rapiña; fuentes cristalinas, bosques salvajes;
-la historia religiosa, la leyenda, el Romancero; América, los Andes...;
-y sobre todo esto, el «Cuervo», el cuervo desolador, y la silenciosa,
-fatal, pálida y como deseada imagen de la Muerte, acompañada de su
-obscuro paje, el dolor.
-
-En los «Poemas antiguos» resucita el esplendor de la belleza griega,
-lanzando al mismo tiempo un manifiesto a manera de prólogo. He aquí lo
-que pensaba de los tiempos modernos: «Desde Homero, Esquilo y Sófocles
-que representan la poesía en su vitalidad, en su plenitud y en su unidad
-armónica, la decadencia y la barbarie han invadido el espíritu humano.
-En lo tocante a arte original, el mundo romano está al nivel de los
-Dacios y de los Sármatas; el cielo cristiano, todo es bárbaro. Dante,
-Shakespeare y Milton, no tienen sino la altura de su genio individual;
-su lengua y sus concepciones, son bárbaras. La escultura se detiene en
-Fidias y en Lisipo; Miguel Angel no ha fecundado nada; su obra,
-admirable en sí misma, ha abierto una vía desastrosa. ¿Qué queda, pues,
-de los siglos transcurridos después de la Grecia? Algunas
-individualidades potentes, algunas grandes obras sin liga y sin unidad.
-La poesía moderna, reflejo confuso de la personalidad fogosa de Byron,
-de la religiosidad ficticia de Chateaubriand, del ensueño místico de
-Ultra-Rhin y del realismo de los lakistas, se turba y se disipa. Nada
-menos vivo y menos original, bajo el aparato más ficticio. Un arte de
-segunda mano, híbrido, incoherente. Arcaísmo de la víspera, nada más. La
-paciencia pública se ha cansado de esta comedia sonoramente representada
-a beneficio de una autolatria de préstamo. Los maestros se han callado o
-quieren callarse, fatigados de sí mismos, olvidados ya, solitarios en
-medio de sus obras infructuosas. Los poetas nuevos, criados en la vejez
-precoz de una estética infecunda, deben sentir la necesidad de remojar
-en las fuentes eternamente puras la expresión usada y debilitada de los
-sentimientos generosos. El tema personal y sus variaciones demasiado
-repetidas, han agotado la atención; con justicia ha venido la
-indiferencia, pero si es posible abandonar a la mayor brevedad esa vía
-estrecha y banal, es preciso aun no entrar en un camino más difícil y
-peligroso, sino fortificado por el estudio y la iniciación.
-
-«Una vez sufridas esas pruebas expiatorias, una vez saneada la lengua
-poética, las especulaciones del espíritu perderán algo de su verdad y su
-energía cuando dispongan de formas más netas y más precisas. Nada será
-abandonado ni olvidado; la base pensante y el arte habrán recobrado la
-savia y el vigor, la harmonía y la unidad unidas. Y más tarde, cuando
-esas inteligencias profundamente agitadas se hayan aplacado, cuando la
-meditación de los principios descuidados y la regeneración de las formas
-hayan purificado el espíritu y la letra, dentro de un siglo o dos, si
-todavía la elaboración de los tiempos nuevos no implica una gestación
-más alta, tal vez la poesía llegaría a ser el verbo inspirado e
-inmediato del alma humana...»
-
-Esa declaración demuestra el por qué Leconte de Lisle no vibraba a
-ningún soplo moderno, a ninguna conmoción contemporánea, y se refugiaba,
-como Keats, aunque de otra suerte, en viejas edades paganas en cuyas
-fuentes su Pegaso se abrevaba a su placer.
-
-Los «Poemas trágicos» completan la trilogía. Hay como en los anteriores
-una rica variedad de temas, predominando los paisajes exóticos,
-reconstrucciones históricas, o fantásticas y brillantes pinturas de
-asuntos legendarios. El kalifa de Damasco, abre la serie, entre imanes
-de Meca y emires de Oriente.
-
-Es este un libro purpúreo. Los «Poemas bárbaros» son un libro negro. La
-palabra más usada en ellos es _noir_. Libro rojo es éste, ciertamente,
-que comienza con la apoteosis de Muza-al-Kebir, en país oriental, y
-concluye en la Grecia de Orestes, con la tragedia funesta de las
-Erinnias o Furias.
-
-Oiréis entre tanto un canto de muerte de los galos del siglo sexto,
-clamores de moros medioevales; veréis la caza del águila, en versos que
-no haría mejores un numen artífice; después del águila vuela el
-albatros, el «prince des nuages» de Baudelaire; pasan lúgubres ancianos
-como Magno; frailes como el abad Jerónimo, cual surge en poema que sin
-duda alguna, Núñez de Arce leyó antes de escribir «La visión de fray
-Martín»; monstruos simbólicos como la Bestia escarlata; tipos del
-romancero español como don Fadrique, y entre todo esto el severo bardo
-no desdeña jugar con la musa, y ensaya el pantum malayo, o rima la
-villanelle como su amigo Banville.
-
-Las «Erinnias» es obra de quien puede recorrer el campo de la poesía
-griega, y conversar con París, Agamenón o Clitemnestra. Artistas
-egregios ha habido que hayan comprendido la antigüedad profunda y
-extensamente; mas de seguro ninguno con la soberanía, con el poder de
-Leconte de Lisle. Pudo Keats escribir sus célebres versos a una urna
-griega; pudo el germánico Goethe despertar a Helena después de un sueño
-de siglos y hacer que iluminase la frente de Euforión la luz divina, y
-que Juan Pablo escribiese una famosa metáfora. Leconte de Lisle
-desciende directamente de Homero; y si fuese cierta la transmigración de
-las almas, no hay duda de que su espíritu estuvo en los tiempos heroicos
-encarnado en algún aeda famoso o en algún sacerdote de Delfos.
-
-Bien sabida es la historia del Hamlet antiguo, de Orestes, el
-desventurado parricida, armado por el destino y la venganza, castigador
-del materno crimen, y perseguido por las desmelenadas y horribles
-Furias. Sófocles en su «Electra», Eurípides, Voltaire, Alfieri, han
-llevado a la escena al trágico personaje.
-
-Leconte de Lisle, en clásicos alejandrinos que bien valen por hexámetros
-de la antigüedad, evoca en la parte primera de su poema a Clitemnestra,
-en el pórtico del palacio de Pelos; a Tallibios y Euribates, y un coro
-de ancianos, asimismo la sollozante Casandra de profética voz. En la
-segunda parte, ya cometido el crimen de su madre, Orestes, vengará,
-apoyado por el impulso sororal de Electra, la sangre de su padre. Las
-Furias le persiguen entre clamores de horror.
-
-El poeta, como traductor, fué insigne. A Homero, Sófocles, Hesiodo,
-Teócrito, Bion, Mosco, tradújolos en prosa rítmica y purísima en cuyas
-ondas parece que sonasen las músicas de los metros originales.
-Conservaba la ortografía de los idiomas antiguos; y así sus obras tienen
-a la vista una aristocracia tipográfica que no se encuentra en otras.
-
-Cuando Hugo estaba en el destierro, la poesía apenas tenía vida en
-Francia, representada por unos pocos nombres ilustres. Entonces fué
-cuando los parnasianos levantaron su estandarte, y buscaron un jefe que
-los condujese a la campaña. ¡El Parnaso! No fué más bella la lucha
-romántica, ni tuvieron los Joven-Francia más rica leyenda que la de los
-parnasianos, contada admirablemente por uno de sus más bravos y
-gloriosos capitanes. De esa leyenda encantadora y vívida, no puedo menos
-que traducir la hermosa página consagrada al cantor excelso por quien
-hoy viste luto la poesía de Francia, la Poesía universal.
-
-«...Y lo que nos faltaba también era una firme disciplina, una línea de
-conducta precisa y resuelta. Ciertamente, el sentimiento de la Belleza,
-el horror de las abobadas sensiblerías que deshonraban entonces la
-poesía francesa, ¡lo teníamos nosotros! ¡Pero qué! tan jóvenes,
-desordenadamente y un poco al azar era como nos arrojábamos a la brega,
-y marchábamos a la conquista de nuestro ideal. Era tiempo de que los
-niños de antes tomaran actitudes de hombres, que de nuestro cuerpo de
-tiradores formase un ejército regular. Nos faltaba la regla, una regla
-impuesta de lo alto, y que sobre dejarnos nuestra independencia
-intelectual, hiciera concurrir gravemente, dignamente, nuestras fuerzas
-esparcidas, a la victoria entrevista. Esta regla la recibimos de Leconte
-de Lisle. Desde el día en que François Copée, Villiers de l’Isle Adam, y
-yo, tuvimos el honor de ser conducidos a casa de Leconte de Lisle,--M.
-Luis Ménard, el poeta y filósofo, fué nuestro introductor,--desde el día
-en que tuvimos la alegría de encontrar en casa del maestro a José María
-de Heredia y a León Dierx, de ver allí a Armand Silvestre, de
-reencontrar a Sully Prudhomme, desde ese día data, hablando propiamente,
-nuestra historia, que cesa de ser una leyenda; y entonces fué cuando
-nuestra adolescencia se convirtió en virilidad. En verdad nuestra
-juventud de ayer no estaba muerta de ningún modo, y no habíamos
-renunciado a las azarosas extravagancias en el arte y en la vida. Pero
-dejamos todo eso a la puerta de Leconte de Lisle, como se quita un
-vestido de carnaval, para llegar a la casa familiar. Teníamos alguna
-semejanza con esos jóvenes pintores de Venecia que después de trasnochar
-cantando en góndola y acariciando los cabellos rojos de bellas
-muchachas, tomaban de repente un aire reflexivo, casi austero, para
-entrar al taller del Ticiano.
-
-»Ninguno de aquellos que han sido admitidos en el salón de Leconte de
-Lisle, olvidará nunca el recuerdo de esas nobles y dulces tardes, que
-durante tantos años, fueron nuestras más bellas horas. ¡Con qué
-impaciencia al pasar cada semana esperábamos el sábado, el precioso
-sábado, en que nos era dado encontrarnos, unidos en espíritu y corazón,
-alrededor de aquel que tenía nuestro corazón y toda nuestra ternura! Era
-en un saloncito, en el quinto piso de una casa nueva, boulevard de los
-Inválidos, en donde nos juntábamos para contarnos nuestros proyectos,
-llevar nuestros versos nuevos, y solicitar el juicio de nuestros
-camaradas y de nuestro grande amigo. Los que han hablado de entusiasmo
-mutuo, los que han acusado a nuestro grupo de demasiada complacencia
-consigo mismo, esos, en verdad, han sido mal informados. Creo que
-ninguno de nosotros se ha atrevido, en casa de Leconte de Lisle, a
-formular un elogio o una crítica sin llevar íntimamente la convicción
-de decir la verdad. Ni más exagerado el elogio, que acerba la
-desaprobación.
-
-»Espíritus sinceros, he ahí en efecto lo que éramos; y Leconte de Lisle
-nos daba el ejemplo de esa franqueza. Con rudeza que sabíamos que era
-amable, sucedía que a menudo censuraba resueltamente nuestras obras
-nuevas, reprochaba nuestras perezas y reprimía nuestras concesiones.
-Porque nos amaba no era indulgente. Pero también ¡qué precio daba a los
-elogios, esta acostumbrada severidad! ¡Yo no sé que exista mayor gozo
-que recibir la aprobación de un espíritu justo y firme. Sobre todo, no
-creáis, por mis palabras, que Leconte de Lisle haya nunca sido uno de
-esos genios exclusivos, deseosos de crear poetas a su imagen, y que no
-aman en sus hijos literarios sino su propia semejanza! Al contrario. El
-autor de «Kain» es quizá, de todos los inventores de este tiempo, aquel
-cuya alma se abre más ampliamente a la inteligencia de las vocaciones y
-de las obras más opuestas a su propia naturaleza. El no pretende que
-nadie sea lo que él es magníficamente. La sola disciplina que
-imponía--era la buena--consistía en la veneración del Arte, y el desdén
-de los triunfos fáciles. El era el buen consejero de las probidades
-literarias, sin impedir jamás el vuelo personal de nuestras aspiraciones
-diversas, él fué, él es aún, nuestra conciencia poética misma. A él es a
-quien pedimos, en las horas de duda, que nos prevenga del mal. El
-condena, o absuelve y estamos sometidos.
-
-»¡Ah! yo me acuerdo aún de todas las bromas que se hacían entonces,
-sobre nuestras reuniones en el salón de Leconte de Lisle. ¡Y bien! los
-burlones no tenían razón, pues, en verdad, lo creo y lo digo, en esta
-época felizmente desaparecida en que la poesía era por todas partes
-burlada; en que hacer versos tenía este sinónimo: ¡morir de hambre!; en
-que todo el triunfo, todo el renombre, pertenecía a los rimadores de
-elegías y verseros de couplets, a los lloriqueadores y a los risueños;
-en que era suficiente hacer un soneto para ser un imbécil y hacer una
-opereta para ser una especie de grande hombre; en esta época era un
-bello espectáculo el de aquellos jóvenes prendados del arte verdadero,
-perseguidores del ideal, pobres la mayor parte, y desdeñosos de la
-riqueza, que confesaban imperturbablemente, venga lo que viniere, su fe
-de poetas, y que se agrupaban, con una religión que nunca ha excluído la
-libertad de pensamiento, alrededor de un maestro venerado, pobre como
-ellos!
-
-»Otro error sería creer que nuestras reuniones familiares fuesen
-sesiones dogmáticas y morosas. Leconte de Lisle era de aquellos que
-pretenden apartar, sobre todo del elogio, su personalidad íntima y por
-tanto mi conversación no tendrá aquí anécdotas. No diré de las
-sonrientes dulzuras de una familiaridad de que estábamos tan orgullosos,
-de las cordialidades de camarada que tenía con nosotros el gran poeta,
-ni de las charlas al amor del hogar--porque se era serio, pero
-alegre--ni todo el bello humor casi infantil de nuestras apacibles
-conciencias de artistas en el querido salón, poco lujoso, pero tan neto
-y siempre en orden, como una estrofa bien compuesta; mientras la
-presencia de una joven en medio de nuestro amistoso respeto, agregaba su
-gracia a la poesía esparcida.»
-
-Tal es el recuerdo que consagra Catulle Mendés en uno de sus mejores
-libros, al hoy difunto jefe del Parnaso. El alentó a los que le
-rodeaban, como en otro tiempo Ronsard a los de la Pléyade, al cual
-cenáculo ha consagrado Leconte de Lisle muy entusiásticas frases; pues
-quien en «Las Erinnias» pudo renovar la máscara esquiliana, miraba con
-simpatía a Ronsard, que tuvo el fuego pindárico, anhelo de perfección y
-amor absoluto a la belleza.
-
-Mas Leconte brillará siempre al fulgor de Hugo. ¿Qué porta-lira de
-nuestro siglo no desciende de Hugo? ¿No ha demostrado triunfantemente
-Mendés--ese hermano menor de Leconte de Lisle--que hasta el árbol
-genealógico de los Rougon Macquart ha nacido al amor del roble enorme
-del más grande de los poetas? Los parnasianos proceden de los
-románticos, como los decadentes de los parnasianos. «La Leyenda de los
-siglos» refleja su luz cíclica sobre los «Poemas trágicos, antiguos y
-bárbaros.» La misma reforma métrica de que tanto se enorgullece con
-justicia el Parnaso, ¿quién ignora que fué comenzada por el colosal
-artífice revolucionario en 1830?
-
-La fama no ha sido propicia a Leconte de Lisle. Hay en él mucho de
-olímpico, y esto le aleja de la gloria común de los poetas humanos. En
-Francia, en Europa, en el mundo, tan solamente los artistas, los
-letrados, los poetas, conocen y leen aquellos poemas. Entre sus
-seguidores, uno hay que adquirió gran renombre: José María de Heredia,
-también como él nacido en una isla tropical. En lengua castellana apenas
-es conocido Leconte de Lisle. Yo no sé de ningún poeta que le haya
-traducido, exceptuando al argentino Leopoldo Díaz, mi amigo muy
-estimado, quien ha puesto en versos castellanos el «Cuervo»--con motivo
-de lo cual el poeta francés le envió una real esquela--, «El sueño del
-cóndor», «El desierto», «La tristeza del diablo», y «La espada de
-Angantir», todo de los «Poemas bárbaros», como también «Los Elfos», cuya
-traducción es la siguiente:
-
- De tomillo y rústicas hierbas coronados
- los Elfos alegres bailan en los prados.
-
- Del bosque por arduo y angosto sendero
- en corcel obscuro marcha un caballero.
- Sus espuelas brillan en la noche bruna,
- y, cuando en su rayo le envuelve la luna
- fulgurando luce con vivos destellos,
- un casco de plata sobre sus cabellos.
-
- De tomillo y rústicas hierbas coronados
- los Elfos alegres bailan en los prados.
- Cual ligero enjambre, todos le rodean,
- y en el aire mudo raudos voltegean.
- --Gentil Caballero, ¿dó vas tan de prisa?
- La reina pregunta, con suave sonrisa.
- Fantasmas y endriagos hallarás doquiera;
- ven, y danzaremos en la azul pradera.
-
- De tomillo y rústicas hierbas coronados
- los Elfos alegres bailan en los prados.
-
- --¡No! Mi prometida, la de ojos hermosos
- me espera y mañana seremos esposos.
- Dejadme prosiga, Elfos encantados,
- que holláis vaporosos el musgo en los prados.
- Lejos estoy, lejos de la amada mía,
- y ya los fulgores se anuncian del día.
-
- De tomillo y rústicas hierbas coronados
- los Elfos alegres bailan en los prados.
-
- --Queda, caballero, te daré a que elijas
- el ópalo mágico, las áureas sortijas
- y, lo que más vale que gloria y fortuna:
- mi saya tejida con rayos de luna.
- --¡No!--dice él.--¡Pues anda!--Y su blanco dedo
- su corazón toca e infúndele miedo.
-
- De tomillo y rústicas hierbas coronados
- los Elfos alegres bailan en los prados.
-
- Y el corcel obscuro, sintiendo la espuela,
- parte, corre, salta, sin retardo vuela,
- mas el caballero, temblando, se inclina:
- ve sobre la senda forma blanquecina
- que los brazos tiende, marchando sin ruido.
- --¡Déjame, oh, demonio, Elfo maldecido!
-
- De tomillo y rústicas hierbas coronados
- los Elfos alegres bailan en los prados.
-
- --¡Déjame, fantasma siempre aborrecida!
- Voy a desposarme con mi prometida.
- --Oh, mi amado esposo, la tumba perenne
- será nuestro lecho de bodas solemne.
- ¡He muerto!--dice ella, y él, desesperado,
- de amor y de angustia cae muerto a su lado.
-
- De tomillo y rústicas hierbas coronados
- los Elfos alegres bailan en los prados.
-
-Duerma en paz el hermoso anciano, el caballero de Apolo. Ya su espíritu
-sabrá de cierto lo que se esconde tras el velo negro de la tumba. Llegó
-por fin la por él deseada, la pálida mensajera de la verdad.
-
-Fínjome la llegada de su sombra a una de las islas gloriosas, Tempes,
-Amatuntes celestes, en donde los orfeos tienen su premio. Recibiránle
-con palmas en las manos, coros de vírgenes cubiertas de albas,
-impalpables vestiduras; a lo lejos destacaráse la harmonía del pórtico
-de un templo; bajo frescos laureles, se verán las blancas barbas de los
-antiguos amados de las musas, Homero, Sófocles, Anacreonte. En un bosque
-cercano, un grupo de centauros, Quirón a la cabeza, se acerca para mirar
-al recién llegado. Brota del mar un himno. Pan aparece. Por el aire
-suave, bajo la cúpula azul del cielo, un águila pasa, en vuelo rápido,
-camino del país de las pagodas, de los lotos y de los elefantes.
-
-[imagen]
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-[imagen: PAUL VERLAINE]
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-[imagen]
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-PAUL VERLAINE
-
-
-Y al fin vas a descansar; y al fin has dejado de arrastrar tu pierna
-lamentable y anquilótica, y tu existencia extraña llena de dolor y de
-ensueños, ¡oh, pobre viejo divino! Ya no padeces el mal de la vida,
-complicado en ti con la maligna influencia de Saturno.
-
-Mueres, seguramente en uno de los hospitales que has hecho amar a tus
-discípulos, tus «palacios de invierno», los lugares de descanso que
-tuvieron tus huesos vagabundos, en la hora de los implacables reumas y
-de las duras miserias parisienses.
-
-Seguramente, has muerto rodeado de los tuyos, de los hijos de tu
-espíritu, de los jóvenes oficiantes de tu iglesia, de los alumnos de tu
-escuela, ¡oh, lírico Sócrates de un tiempo imposible!
-
-Pero mueres en un instante glorioso: cuando tu nombre empieza a
-triunfar, y la simiente de tus ideas, a convertirse en magníficas flores
-de arte, aun en países distintos del tuyo; pues es el momento de decir
-que hoy, en el mundo entero, tu figura, entre los escogidos de
-diferentes lenguas y tierras, resplandece en su nimbo supremo, así sea
-delante del trono del enorme Wagner.
-
-El holandés Bivanck se representa a Verlaine como un leproso sentado a
-la puerta de una catedral, lastimoso, mendicante, despertando en los
-fieles que entran y salen, la compasión, la caridad. Alfred Ernst le
-compara con Benoit Labre, viviente símbolo de enfermedad y de miseria;
-antes León Bloy le había llamado también el Leproso en el portentoso
-tríptico de su «Brelan», en donde está pintado en compañía del Niño
-Terrible y del Loco: Barbey d’Aurevilly y Ernesto Hello. ¡Ay, fué su
-vida así! Pocas veces ha nacido de vientre de mujer un sér que haya
-llevado sobre sus hombros igual peso de dolor. Job le diría: «¡Hermano
-mío!»
-
-Yo confieso que después de hundirme en el agitado golfo de sus libros,
-después de penetrar en el secreto de esa existencia única; después de
-ver esa alma llena de cicatrices y de heridas incurables, todo al eco de
-celestes o profanas músicas, siempre hondamente encantadoras; después de
-haber contemplado aquella figura imponente en su pena, aquel cráneo
-soberbio, aquellos ojos obscuros, aquella faz con algo de socrático, de
-pierrotesco y de infantil; después de mirar al dios caído, quizá
-castigado por olímpicos crímenes en otra vida anterior; después de saber
-la fe sublime y el amor furioso y la inmensa poesía que tenían por
-habitáculo aquel claudicante cuerpo infeliz, sentí nacer en mi corazón
-un doloroso cariño que junté a la grande admiración por el triste
-maestro.
-
-A mi paso por París, en 1893, me había ofrecido Enrique Gómez Carrillo
-presentarme a él. Este amigo mío había publicado una apasionada
-impresión que figura en sus «Sensaciones de Arte», en la cual habla de
-una visita al cliente del hospital de Broussais. «Y allí le encontré
-siempre dispuesto a la burla terrible, en una cama estrecha de hospital.
-Su rostro enorme y simpático cuya palidez extrema me hizo pensar en las
-figuras pintadas por Ribera, tenía un aspecto hierático. Su nariz
-pequeña se dilata a cada momento para aspirar con delicia el humo del
-cigarro. Sus labios gruesos que se entreabren para recitar con amor las
-estrofas de Villón o para maldecir contra los poemas de Ronsard,
-conservan siempre su mueca original, en donde el vicio y la bondad se
-mezclan para formar la expresión de la sonrisa. Sólo su barba rubia de
-cosaco, había crecido un poco y se había encanecido mucho.»
-
-Por Carrillo penetramos en algunas interioridades de Verlaine. No era
-éste en ese tiempo el viejo gastado y débil que uno pudiera imaginarse,
-antes bien, «un viejo robusto.» Decíase que padecía de pesadillas
-espantosas y visiones en las cuales los recuerdos de la leyenda obscura
-y misteriosa de su vida, se complicaban con la tristeza y el terror
-alcohólicos. Pasaba sus horas de enfermedad, a veces en un penoso
-aislamiento, abandonado y olvidado, a pesar de las bondadosas
-iniciativas de los Mendés o de los León Deschamps.
-
-¡Dios mío! aquel hombre nacido para las espinas, para los garfios y los
-azotes del mundo, se me apareció como un viviente doble símbolo de la
-grandeza angélica y de la miseria humana. Angélico, lo era Verlaine;
-tiorba alguna, salterio alguno, desde Jacopone de Todi, desde el Stabat
-Mater, ha alabado a la Virgen con la melodía filial, ardiente y humilde
-de «Sagesse»; lengua alguna, como no sean las lenguas de los serafines
-prosternados, ha cantado mejor la carne y la sangre del Cordero; en
-ningunas manos han ardido mejor los sagrados carbones de la penitencia;
-y penitente alguno se ha flagelado los desnudos lomos con igual ardor de
-arrepentimiento que Verlaine cuando se ha desgarrado el alma misma, cuya
-sangre fresca y pura ha hecho abrirse rítmicas rosas de martirio.
-
-Quien lo haya visto en sus «Confesiones», en sus «Hospitales», en sus
-otros libros íntimos, comprenderá bien al hombre--inseparable del
-poeta--y hallará que en ese mar tempestuoso primero, muerto después, hay
-tesoros de perlas. Verlaine fué un hijo desdichado de Adán, en el que la
-herencia paterna apareció con mayor fuerza que en los demás. De los tres
-Enemigos, quien menos mal le hizo fué el Mundo. El Demonio le atacaba;
-se defendía de él, como podía, con el escudo de la plegaria. La Carne
-sí, fué invencible e implacable. Raras veces ha mordido cerebro humano
-con más furia y ponzoña la serpiente del Sexo. Su cuerpo era la lira del
-pecado. Era un eterno prisionero del deseo. Al andar, hubiera podido
-buscarse en su huella, lo hendido del pie. Se extraña uno no ver sobre
-su frente los dos cuernecillos, puesto que en sus ojos podían verse aún
-pasar las visiones de las blancas ninfas, y en sus labios, antiguos
-conocidos de la flauta, solía aparecer el rictus del egipán. Como el
-sátiro de Hugo, hubiera dicho a la desnuda Venus, en el resplandor del
-monte sagrado: «¡Viens nous en...!» Y ese carnal pagano aumentaba su
-lujuria primitiva y natural a medida que acrecía su concepción católica
-de la culpa.
-
-Mas ¿habéis leído unas bellas historias renovadas por Anatole France de
-viejas narraciones hagiográficas, en las cuales hay sátiros que adoran a
-Dios, y creen en su cielo y en sus santos, llegando en ocasiones hasta
-ser santos sátiros? Tal me parece Pauvre Lelian, mitad cornudo flautista
-de la selva, violador de hamadriadas, mitad asceta del Señor, eremita
-que, extático, canta sus salmos. El cuerpo velloso sufre la tiranía de
-la sangre, la voluntad imperiosa de los nervios, la llama de la
-primavera, la afrodisia de la libre y fecunda montaña; el espíritu se
-consagra a la alabanza del Padre, del Hijo, del Santo Espíritu, y, sobre
-todo, de la maternal y casta Virgen; de modo que al dar la tentación su
-clarinada, el espíritu ciego, no mira, queda como en sopor, al son de la
-fanfarria carnal; pero tan luego como el sátiro vuelve del boscaje y el
-alma recobra su imperio y mira a la altura de Dios, la pena es profunda,
-el salmo brota. Así, hasta que vuelve a verse pasar a través de las
-hojas del bosque, la cadera de Kalixto...
-
-Cuando el Dr. Nordau publicó la obra célebre digna del Dr. Triboulat
-Bonhoment, «Entartung», la figura de Verlaine, casi desconocida para la
-generalidad--y en la generalidad pongo a muchos de la _élite_ en otros
-sentidos--surgió por la primera vez, en el más curiosamente abominable
-de los retratos. El poeta de «Sagesse» estaba señalado como uno de los
-más patentes casos demostrativos de la afirmación pseudocientífica de
-que los modos estéticos contemporáneos son formas de descomposición
-intelectual. Muchos fueron los atacados: se defendieron algunos. Hasta
-el cabalístico Mallarmé descendió de su trípode para demostrar el escaso
-intelectualismo del profesor austro alemán, en su conferencia sobre la
-Música y la Literatura dada en Londres. Pauvre Lelian no se defendió a
-sí mismo. Comentaría cuando más el caso con algunos ¡dam! en el François
-I o en el D’Harcout. Varios amigos discípulos le defendieron; entre
-todos con vigor y maestría lo hizo Charles Tennib, y su hermoso y
-justificado ímpetu correspondió a la presentación del «caso» por Max
-Nordau:
-
-«Tenemos ante nosotros la figura bien neta del jefe más famoso de los
-simbolistas. Vemos un espantoso degenerado, de cráneo asimétrico y
-rostro mongoloide, un vagabundo impulsivo, un dipsómano... un erótico...
-un soñador emotivo, débil de espíritu, que lucha dolorosamente contra
-sus malos instintos y encuentra a veces en su angustia conmovedores
-acentos de queja, un místico cuya conciencia humosa está llena de
-representaciones de Dios y de los santos; y un viejo chocho, etc.»
-
-En verdad que los clamores de ese generoso De Amicis contra la ciencia
-que acaba de descuartizar a Leopardi después de denventrar al Tasso,
-son muy justos, e insuficientemente iracundos.
-
-En la vida de Verlaine hay una nebulosa leyenda que ha hecho crecer una
-verde pradera en que ha pastado a su placer el «pan-muflisme.» No me
-detendré en tales miserias. En estas líneas escritas al vuelo, y en el
-momento de la impresión causada por su muerte, no puedo ser tan extenso
-como quisiera.
-
-De la obra de Verlaine, ¿qué decir? El ha sido el más grande de los
-poetas de este siglo. Su obra está esparcida sobre la faz del mundo.
-Suele ya ser vergonzoso para los escritores apteros oficiales, no citar
-de cuando en cuando, siquiera sea para censurar sordamente, a Paul
-Verlaine. En Suecia y Noruega los jóvenes amigos de Jonas Lee, propagan
-la influencia artística del maestro. En Inglaterra, a donde iba a dar
-conferencias, gracias a los escritores nuevos, como Symons, y los
-colaboradores del Yellow Book, el nombre ilustre se impone; la New
-Rewiew daba sus versos en francés. En los Estados Unidos antes de
-publicarse el conocido estudio de Symons en el «Harpers’s»--«The
-decadent movement in literature»--la fama del poeta era conocida. En
-Italia, D’Annunzio reconoce en él a uno de los maestros que le ayudaran
-a subir a la gloria; Vittorio Pica y los jóvenes artistas de la Tavola
-Rotonda exponen sus doctrinas; en Holanda la nueva generación
-literaria--nótese un estudio de Werwey--le saludan en su alto puesto; en
-España es casi desconocido y serálo por mucho tiempo: solamente el
-talento de Clarín creo que lo tuvo en alta estima; en lengua española no
-se ha escrito aún nada digno de Verlaine; apenas lo publicado por Gómez
-Carrillo; pues las impresiones y notas de Bonafoux y Eduardo Pardo, son
-ligerísimas.
-
-Vayan, pues, estas líneas, como ofrenda del momento. Otra será la
-ocasión en que consagre al gran Verlaine el estudio que merece. Por hoy,
-no cabe el análisis de su obra.
-
-«Esta pata enferma me hace sufrir un poco: me proporciona, en cambio,
-más comodidad que mis versos, que me han hecho sufrir tanto! Si no fuese
-por el reumatismo yo no podría vivir de mis rentas. Estando bueno, no lo
-admiten a uno en el hospital.»
-
-Esas palabras pintan al hermano trágico de Villón.
-
-No era mala, estaba enferma su _animula_, _blandula_, _vagula_... ¡Dios
-la haya acogido en el cielo como en un hospital!
-
-[imagen]
-
-[imagen: EL CONDE MATÍAS AUGUSTO DE VILLIERS DE L’ISLE ADAM]
-
-[imagen]
-
-
-
-
-EL CONDE MATÍAS AUGUSTO DE VILLIERS DE L’ISLE ADAM
-
- ¡VA OULTRE!
- (Divisa de los Villiers de L’Isle Adam.)
-
-
-«Este era un rey...» Así, como en los cuentos azules, hubiera debido
-empezar la historia del monarca _raté_, pero prodigioso poeta, que fué
-en esta vida el conde Matías Felipe Augusto de Villiers de l’Isle Adam.
-Puédese construir este fragmento de historia ideal: «Por aquel
-tiempo--fué a mediados del indecoroso siglo XIX,--el país de Grecia vió
-renacer su esplendor. Un príncipe semejante a los príncipes antiguos, se
-coronó en Atenas, y brilló como un astro real. Era descendiente de los
-caballeros de Malta; había en él algo del príncipe Hamlet y mucho del
-rey Apolo; hacía anunciar su paso con trompetas de plata; recorría los
-campos en carrozas heroicas, tiradas por cuadrillas de caballos blancos;
-echó de su reino a todos los ciudadanos de los Estados Unidos de Norte
-América; pensionó magníficamente a pintores, escultores y rimadores, de
-modo que las abejas áticas se despertaban a un sonido de cinceles y de
-liras; pobló de estatuas los bosques; hizo volver a los ojos de los
-pastores la visión de las ninfas y de las diosas; recibió la visita de
-un soberano soñador que se llamaba Luis de Baviera, señor hermoso como
-Lohengrin, y a quien amaba Loreley y vivía junto a un lago azul nevado
-de cisnes; llevó a Wagner a la harmoniosa tierra del Olimpo, de modo que
-el bello sol griego puso su aureola de oro en la divina frente de
-Euforión; envió embajadas a los países de Oriente y cerró las puertas
-del reino a los bárbaros occidentales; volvió gracias a él la gloria de
-las musas; y cuando murió no se supo si fué un águila o un unicornio
-quien llevó su cuerpo a un lugar misterioso.»
-
-Pero la suerte, ¡oh, sire, oh excelso poeta! no quiso que se realizase
-ese adorable sueño, en este tiempo que ha podido envolver en la más alta
-apoteosis la abominable figura de un Franklin!
-
-Villiers de l’Isle Adam es un sér raro entre los raros. Todos los que le
-conocieron conservan de él la impresión de un personaje extraordinario.
-
-A los ojos del hermético y fastuoso Mallarmé es un tipo de ilusión, un
-solitario,--como las más bellas piedras y las más santas almas:--además,
-en todo y por todo, un rey; un rey absurdo si queréis, poético,
-fantástico; pero un rey. Luego un genio. «El joven más magníficamente
-dotado de su generación», escribe Henry Laujol. Mendés exclama a
-propósito de Villiers, en 1884:
-
-«¡Desgraciados los semidioses! Están demasiado lejos de nosotros para
-que les amemos como hermanos y demasiado cerca para que les adoremos
-como a maestros.» El tipo del semi-genio, descripto por el poeta de
-«Panteleia», es verdadero. Más de una vez habréis pensado en ciertos
-espíritus que hubieran podido ser, como una chispa más del fuego celeste
-con que Dios forma los genios, genios completos, genios totales; pero
-que, águilas de cortas alas, ni pueden llegar a la suprema altura, como
-los condores, ni revolar en el bosque, como los ruiseñores.
-
-Van más allá del talento los semi-genios; pero no tienen voz para decir,
-como en la página de Hugo, a las puertas de lo infinito: «Abrid; yo soy
-el Dante.» Por lo tanto flotan aislados sin poder subir a las fortalezas
-titánicas de Shakespeare, ni acogerse a los kioscos floridos de Gautier.
-Y son desgraciados.
-
-Hoy, ya publicada toda la obra de Villiers de l’Isle Adam, no hay casi
-vacilación alguna en poder saludarle entre los espíritus augustos y
-superiores. Si genio es el que crea, y el que ahonda más en lo divino y
-misterioso, Villiers fué genio.
-
-Nació para triunfar y murió sin ver su triunfo; descendiente de
-nobilísima familia, vivió pobre, casi miserable; aristócrata por sangre,
-arte y gustos, tuvo que frecuentar medios impropios de su delicadeza y
-realeza. Bien hizo Verlaine en incluirle entre sus poetas Malditos.
-Aquel orgulloso, del más justo orgullo; aquel artista que escribía:
-¿«Qué nos importa la justicia? Quien al nacer no trae en su pecho su
-propia gloria no conocerá nunca la significación real de esa
-palabra»,--hizo su peregrinación por la tierra acompañado del
-sufrimiento, y fué un maldito.
-
-Según Verlaine, y sobre todo, según su biógrafo y primo R. du Pontavice
-de Heussey, comenzó por escribir versos. Despertó a la poesía en la
-campaña bretona, donde, como Poe, tuvo un amor desgraciado, una ilusión
-dulce y pura que se llevó la muerte. Es de notarse que casi todos los
-grandes poetas han sufrido el mismo dolor: de aquí esa bella
-constelación de divinas difuntas que brillan milagrosamente en el cielo
-del arte, y que se llaman Beatrice, Lady Rowena de Tremain; y la dama
-sublime que hizo vibrar con melodiosa tristeza el laud de Dante Gabriel
-Rossetti. Villiers a los diecisiete años, cantaba ya:
-
- ¡Oh! vous souvenez vous, forêt délicieuse,
- de la jolie enfant qui passait gracieuse,
- souriant simplement au ciel, à l’avenir,
- se perdant avec moi dans ces vertes allées?
- ¡Eh bien! parmi les lis de vos sombres vallées
- vous ne la verrez plus venir.
-
-Villiers no volvió a amar con el fuego de sus primeros años; esa casi
-infantil pasión, fué la más grande de su vida.
-
-Advierte Gautier, al hablar en sus «Grotesques», de Chapelain, cómo la
-familia de éste, contrariando el natural horror que los padres tienen
-por la carrera literaria, se propuso dedicarle a la poesía. El resultado
-fué dotar a las letras francesas de un excelente mal poeta. No fué así
-por cierto el caso de Villiers. Sus padres le alentaron en sus luchas de
-artista; desde los primeros años; por ley atávica existía en toda esa
-familia el sentimiento de las grandezas y la confianza en todas las
-victorias. Jamás dejaron de tener esperanza los buenos viejos,--principalmente
-ese soberbio marqués, buscador de tesoros,--en que la cabeza de su
-Matías estaba destinada para la corona, ya fuese la de los reyes, o la
-verde y fresca de laurel. Si apenas logró entrever ésta en los últimos
-días de su existencia,--a punto de que Verlaine le llamase «tres
-glorieux»--la de crucificado del arte llevó siempre clavada, el infeliz
-soñador.
-
-Cuando Villiers llegó a París era el tiempo en que surgía el alba del
-Parnaso. Entre todos aquellos brillantes luchadores su llegada causó
-asombro. Coppée, Dierx, Heredia, Verlaine, le saludaron como a un
-triunfante capitán. Mallarmé dice: «¡Un genio!» Así lo comprendimos
-nosotros. El genio se reveló desde las primeras poesías, publicadas en
-un volumen dedicado al conde Alfred de Vigny. Luego, en la «Revue
-Fantaisiste» que dirigía Catulle Mendés, dió vida al personaje más
-sorprendente que haya animado la literatura de este siglo: el Dr.
-Tribulat Bonhomet. Solamente un soplo de Shakespeare hubiera podido
-hacer vivir, respirar, obrar de ese modo, al tipo estupendo que encarna
-nuestro incomparable tiempo.
-
-El Dr. Tribulat Bonhomet, es una especie de Don Quijote trágico y
-maligno, perseguidor de la Dulcinea del utilitarismo y cuya figura está
-pintada de tal manera, que hace temblar. La influencia misteriosa y
-honda de Poe ha prevalecido, es innegable, en la creación del personaje.
-
-Oigamos a Huyssmans: habla de Des Esseintes: «Entonces se dirigía a
-Villiers de l’Isle Adam, en cuya obra esparcida notaba observaciones aún
-sediciosas, vibraciones aún espamóticas; pero que ya no dardeaban--a
-excepción de su Claire Lenoir, al menos--un horror tan espantable...»
-
-La historia de «discréte et scientifique personne, dame veuve Claire
-Lenoir», que es la misma en que aparece el Dr. Bonhomet, tiene páginas
-en que se cree ver un punto más allá de lo desconocido.
-
-Shakespeare y Poe han producido semejantes relámpagos, que medio
-iluminan, siquiera sea por un instante, las tinieblas de la muerte, el
-obscuro reino de lo sobrenatural. Este impulso hacia lo arcano de la
-vida persiste en obras posteriores, como los «Cuentos crueles», los
-«Nuevos cuentos crueles», «Isis» y una de las novelas más originales y
-fuertes que se hayan escrito: «La Eva futura.» Espiritualista
-convencido, el autor, apoyado en Hegel y en Kant, volaba por el orbe de
-las posibilidades, teniendo a su servicio la razón práctica, mientras
-tomaba fuerza para ascender y asir de su túnica impalpable a Psiquis.
-Tullia Fabriana, primera parte de «Isis», acusa en Villiers, a los ojos
-de la crítica exigente, exageración romántica.
-
-A esto no habría que decir sino que Tullia Fabriana fué el «Han de
-Islandia» de Villiers de l’Isle Adam.
-
-Su vida es otra novela, otro cuento, otro poema. De ella veamos, por
-ejemplo, la leyenda del rey de Grecia, apoyados en las narraciones de
-Laujol, Verlaine y B. Pontavice de Heussey. Dice el último: «En el año
-de gracia de 1863, en la época en que el gobierno imperial irradiaba con
-su más fulgurante brillo, faltaba un rey al pueblo de los helenos. Las
-grandes potencias que protegían a la heroica y pequeña nación a que
-Byron sacrificó su vida, Francia, Rusia, Inglaterra, se pusieron a
-buscar un joven tirano constitucional para darlo a su protegida.
-Napoleón III tenía en esta época voz preponderante en los congresos, y
-se preguntaban con ansiedad si él presentaría un candidato y si éste
-sería francés. En fin, los diarios aparecían llenos de decires y
-comentarios sobre ese asunto palpitante: la cuestión griega estaba a la
-orden del día. Los noticieros podían sin temor dar rienda suelta a la
-imaginación, pues mientras que las otras naciones parecían haber
-definitivamente escogido al hijo del rey de Dinamarca--el emperador, tan
-justamente llamado «el príncipe taciturno» por su amigo de días
-sombríos, Carlos Dickens, el emperador, digo, continuaba callado y
-haciendo guardar su decisión. Así estaban las cosas, cuando una mañana
-de principios de Marzo, el gran marqués (habla del padre de Villiers)
-entra como huracán en el triste salón de la calle Saint-Honoré,
-blandiendo un diario sobre su cabeza y en un indescriptible estado de
-exaltación que pronto compartió toda la familia. He aquí en efecto la
-extraña noticia que publicaban esa mañana muchas hojas parisienses:
-«Sabemos de fuente autorizada que una nueva candidatura al trono de
-Grecia acaba de brotar. El candidato esta vez es un gran señor francés,
-muy conocido de todo París: el conde Matías Augusto de Villiers de
-l’Isle Adam, último descendiente de la augusta línea que ha producido al
-heroico defensor de Rodas y al primer gran maestre de Malta. En la
-última recepción íntima del emperador, habiéndole a éste preguntado uno
-de sus familiares sobre el éxito que pudiera tener esta candidatura, su
-majestad ha sonreído de una manera enigmática. Todos nuestros votos al
-nuevo aspirante a rey.» «Los que me han seguido hasta aquí se figurarán
-seguramente el efecto que debió producir en imaginaciones como las de la
-familia de Villiers semejante lectura, etc., etc.» Hasta aquí Pontevice.
-Sea, pase que haya habido en la noticia antes copiada, engaño o broma de
-algún mistificador; pero es el caso que en las Tullerías se le concedió
-una audiencia al flamante pretendiente, para tratar del asunto en
-cuestión. He allí que bien trajeado--¡no, ah, con el manto, ni la
-ropilla, o la armadura de sus abuelos!--fué recibido el conde en el
-palacio real, por el duque de Bassano. Villiers vivía en el mundo de sus
-ensueños, y cualquier monarca moderno hubiera sido un buen burgués
-delante de él, a excepción de Luis de Baviera, el loco. Matías I, el
-poeta, desconcertó con sus rarezas al chambelán imperial; creyó ser
-víctima de ocultos enemigos, pensó una tragedia shakespeariana en pocos
-minutos; no quiso hablar sino con el emperador. «Il vous faudra done
-prendre la peine de venir une autre fois, monsieur le comte, dis le duc
-en se levant; sa majesté était occupée et m’avait chargé de vous
-recevoir[8].» Así concluyó la pretensión al trono de Grecia, y los
-griegos perdieron la oportunidad de ver resucitar los tiempos de
-Píndaro, bajo el poder de un rey lírico que hubiera tenido un verdadero
-cetro, una verdadera corona, un verdadero manto; y que desterrando las
-abominaciones occidentales--paraguas, sombrero de pelo, periódicos,
-constituciones, etc.,--la Civilización y el Progreso, con mayúsculas,
-haría florecer los viejos bosques fabulosos, y celebrar el triunfo de
-Homero, en templos de mármol, bajo los vuelos de las palomas y de las
-abejas, y al mágico son de las ilustres cigarras.
-
-Hay otras páginas admirables en la vida de este magnífico desgraciado.
-Los comienzos de su vida literaria los han descripto afectuosamente y
-elogiosamente, Coppée, Mendés, Verlaine, Mallarmé, Laujol; los últimos
-momentos de su vida, nadie los ha pintado como el admirable Huyssmans.
-El asunto del progreso con motivo de «Perrinet Lecrerc», drama histórico
-de Lockroy y Anicet Bourgeois, dió cierto relieve al nombre de Villiers;
-pues únicamente una alma como la suya hubiera intentado, con todo el
-fuego de su entusiasmo, salir a la defensa de un tan antiguo antepasado
-como el mariscal Jean de l’Isle Adam, difamado en la pieza dramática
-antes nombrada. Después el duelo con el otro Villiers militar, que
-desdeñándole antes, al llegar el momento del combate, le abraza y
-reconoce su nobleza.
-
-Algunas anécdotas y algunas palabras de Coppée:
-
-Se refiere a la llegada de Villiers al cenáculo parnasiano: «Súbitamente
-en la asamblea de poetas un grito jovial fué lanzado por todos:
-¡Villiers! ¡Es Villiers! Y de repente un joven de ojos azul pálido,
-piernas vacilantes, mordiendo un cigarro, moviendo con gesto capital su
-cabellera desordenada y retorciendo su corto bigote rubio, entra con
-aire turbado, distribuye apretones de mano distraídos, ve el piano
-abierto, se sienta, y, crispados sus dedos sobre el teclado, canta con
-voz que tiembla, pero cuyo acento mágico y profundo jamás olvidará
-ninguno de nosotros, una melodía que acaba de improvisar en la calle,
-una vaga y misteriosa melopea que acompañaba duplicando la impresión
-turbadora, el bello soneto de Beaudelaire:
-
- Nous aurons des lits pleins d’odeurs légers.
- Des divans profonds comme des tombeaux, etc.
-
-Después, cuando todo el mundo está encantado, el cantor, mascullando las
-últimas notas de su melodía, se interrumpe bruscamente, se levanta, se
-aleja del piano, va como a ocultarse a un rincón del cuarto, y
-enrollando otro cigarrillo, lanza a su auditorio estupefacto un vistazo
-desconfiado y circular, una mirada de Hamlet a los pies de Ofelia, en la
-representación del asesinato de Gonzaga. Tal se nos apareció, hace diez
-y ocho años en las amistosas reuniones de la rue de Douai, en casa de
-Catulle Mendés, el conde Auguste Villiers de l’Isle Adam.»
-
-El año de 1875 se promovió un concurso en París, para premiar con una
-fuerte suma y una medalla, «al autor dramático francés que en una obra
-de cuatro o cinco actos, recordara más poderosamente el episodio de la
-proclamación de la independencia de los Estados Unidos, cuyo centésimo
-aniversario caía en 4 de julio de 1876.» El tema habría regocijado al
-Dr. Tribulat Bohomet. Villiers se decidió a optar al premio y a la
-medalla.
-
-El jurado estaba compuesto de críticos de los diarios, de Augier,
-Feuillet, Legouvé, Grenville, Murray, del «Herald» de New York, Perrin
-y, como presidente de honor, Víctor Hugo. El conde Matías creó una obra
-ideal en un terreno prosaico y difícil.
-
-No lo hubiera hecho de distinto modo el autor de los «Cuentos
-extraordinarios.» En resumen, y, naturalmente, no se ganó el premio.
-
-Furioso, fulminante, se dirigió nada menos que a casa del dios Hugo, que
-en aquellos días estaba en la época más resplandeciente y autocrática de
-su imperio. Entró y lanzó sus protestas a la faz del César literario, a
-quien llegó a acusar de deslealtad, y a cuya chochez aludió.
-
-Un señor había allí entre los príncipes de la corte, que se encaró con
-Villiers y le arrojó esta frase: «¡La probidad no tiene edad, señor!»
-
-Villiers le midió con una vaga mirada, y muy dulcemente respondió al
-viejo: «Y la tontería tampoco, señor[9].»
-
-Cuando Drumont hizo estallar su primer torpedo antisemita, con la
-publicación de la _France juive_, los poderosos israelitas de París
-buscaron un escritor que pudiese contestar victoriosamente la obra
-formidable del panfletista. Alguien indicó a Villiers, cuya pobreza era
-conocida; y se creyó comprar su limpia conciencia, y su pluma.
-Enviáronle con este objeto un comisionado, sujeto de verbo y elegancia,
-comerciante y hombre de mundo. Este penetró a la humilde habitación del
-poeta insigne, le babeó sus adulaciones mejor hiladas, le puso sobre el
-techo de la sinagoga, le expuso las injusticias persistentes e
-implacables del rabioso Drumont y, por último, suplicó al descendiente
-del defensor de Rodas, dijese cuál era el precio de sus escritos, pues
-éste sería pagado en buenos luises de oro inmediatamente. Quizá no
-habría comido Villiers ese día en que dió esta incomparable respuesta:
-«¿Mi precio, señor? No ha cambiado desde Nuestro Señor Jesucristo:
-¡treinta dineros!»
-
-A Anatole France, cuando llegó un día a pedirle datos sobre sus
-antepasados:
-
-«--¡Cómo! ¡queréis que os hable del ilustre gran maestre y del célebre
-mariscal, mis antepasados, así no más, en pleno sol y a las diez de la
-mañana!»
-
-En la mesa del pretendido delfín de Francia Naundorff, con motivo de un
-rasgo de soberbia y de desprecio que tuvo aquél para con un buen
-servidor, el conde de F... y en momentos en que este pobre anciano se
-retiraba llorando avergonzado:
-
-«--Sire, bebo por vuestra majestad. Vuestros títulos son decididamente
-indiscutibles. ¡Tenéis la ingratitud de un rey!»
-
-En sus últimos días, a un amigo:
-
-«--¡Mi carne está ya madura para la tumba!»
-
-Y como estas, innumerables frases, arranques, originalidades que
-llenarían un volumen.
-
-Su obra genial forma un hermoso zodiaco, impenetrable para la mayoría:
-resplandeciente y lleno de los prestigios de la iniciación, para los
-que pueden colocarse bajo su círculo de maravillosa luz. En los «Cuentos
-crueles», libro que con justicia Mendés califica de «libro
-extraordinario», Poe y Swift aplauden.
-
-El dolor misterioso y profundo se os muestra, ya con una indescriptible,
-falsa y penosa sonrisa, ya al húmedo brillo de las lágrimas. Pocos han
-reído tan amargamente como Villiers. «Le Nouveau Monde», ese drama
-confuso en el cual cruza como una creación fantástica la
-protagonista--obra ante la cual Maeterlink debe inclinarse, pues si hay
-hoy, drama simbolista, quien dió la nota inicial fué Villiers--, «Le
-Nouveau Monde», digo, aunque difícilmente representable, queda como una
-de las manifestaciones más poderosas de la moderna dramática. El
-esfuerzo estético principal consiste a mi modo de ver, en la
-presentación de un personaje como mistress Andrews--en el medio
-norteamericano, de suyo refractario a la verdadera poesía--, tipo
-rodeado de una bruma legendaria, hasta convertirse en una figura
-vaporosa, encantada y poética. A Edilh Evandale sonríen cariñosa y
-fraternalmente las heroínas de las baladas sajonas. La Eva Futura no
-tiene precedente ninguno; es obra cósmica y única; obra de sabio y de
-poeta; obra de la cual no puede hablarse en pocas palabras. Sea
-suficiente decir que pudieran en su frontispicio grabarse, como un
-símbolo, la Esfinge y la Quimera; que la andreida creada por Villiers no
-admite comparación alguna, a no ser que sea con la Eva del Eterno Padre;
-y que al acabar de leer la última página, os sentís conmovidos, pues
-creéis escuchar algo de lo que murmura la Boca de Sombra. Cuando Edison
-estuvo en París en 1889, alguien le hizo conocer esa novela en que el
-Brujo es el principal protagonista. El inventor del fonógrafo quedó
-sorprendido. «He aquí dijo, un hombre que me supera: ¡yo invento; él
-crea!» «Ellen» y «Morgane», dramas. La fantasía despliega sus juegos de
-colores, sus irisados abanicos. «Akedysseril», la India con sus
-prestigios y visiones; coros de guerreras y guerreros, el himno de
-Iadnour-Veda y la palabra de la felicidad; evocaciones de antiguos
-cultos y de liturgias suntuosas y bárbaras; sacrificios y plegarias; un
-poema de Oriente, en el cual la reina Akedysseril aparece, hierática y
-suprema, vencedora en su esplendorosa majestad.
-
-No cabría en los límites de este artículo una completa reseña de las
-obras de Villiers; pero es imposible dejar de recordar a «Axel», el
-drama que acaba de presentarse en París, gracias a los esfuerzos de una
-noble y valiente escritora: Madame Tola Doirán.
-
-«Axel», es la victoria del deseo sobre el hecho; del amor ideal sobre la
-posesión. Llégase hasta renegar--según la frase de Janus--de la
-naturaleza, para realizar la ascensión hacia el espíritu absoluto. Axel
-como Lohengrin, es casto; fin de esa pasión ardorosa y pura, no puede
-tener más desenlace que la muerte.
-
-Ese poema dramático, escrito en un luminoso, diamantino lenguaje,
-representado por excelentes artistas, y aplaudido por una muchedumbre de
-admiradores de poetas, de oyentes escogidos--sin que dejase de haber,
-según las crónicas, gentes «malfilatres», como diría el inmortal
-maestro,--hubiera sido para él conquista soberana en vida. ¡Mas quien
-fué tan desventurado, no tuvo ni esa realización de uno de sus más
-fervientes deseos, en tiempos en que se ponía los pantalones de su primo
-y tomaba por todo alimento diario una taza de caldo!
-
-En 1889, en el establecimiento de los hermanos de San Juan de Dios, de
-París, el conde Matías Augusto de Villiers de l’Isle Adam, descendiente
-de los señores de Villiers de l’Isle Adam, de Chailly, originarios de la
-Isla de Francia; quien tuvo entre sus antepasados a Pedro, gran maestre
-y porta-oriflama de Francia; a Felipe gran maestre de la orden de Malta
-y defensor de la isla de Rodas en el sitio impuesto por la fuerza de
-Solimán; y a Francisco, marqués, «gran louvetier de France» en 1550; se
-unía, en matrimonio, en el lecho de muerte, a una pobre muchacha inculta
-con la cual había tenido un hijo. El reverendo padre Silvestre, que
-había ayudado a bien morir a Barbey d’Aurevilly, casó al conde con su
-humilde y antigua querida, la cual le había amado y servido con
-adoración en sus horas amargas de enfermo y de pobre;--y el mismo fraile
-preparóle para el eterno viaje. Luego, después de recibir los
-sacramentos, rodeado de unos pocos amigos, entre los cuales Huyssmans,
-Mallarmé y Dierx, entregó su alma a Dios el excelso poeta, el raro
-artista, el rey, el soñador. Fué el 20 de Agosto de 1889. Sire, «¡Va
-oultre!»
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-
-LEON BLOY
-
- Je suis escorté de quelqu’un qui me chuchote sans cesse que la vie
- bien entendue doit être une continuelle persécution, tout vaillant
- homme un persécuteur, et que c’est la seule manière d’être vraiment
- poète. Persécuteur de soi-même, persécuteur du genre humain,
- persécuteur de Dieu. Celui qui n’est pas cela, soit en acte, soit
- en puissance, est indigne de respirer.
-
- León Bloy. (Prefacio de «Propos d’un entrepreneur de démolitions».)
-
-
-Cuando William Ritter llama a León Bloy «el verdugo de la literatura
-contemporánea», tiene razón.
-
-Monsieur de París vive sombrío, aislado, como en un ambiente de espanto
-y de siniestra extrañeza. Hay quienes le tienen miedo; hay muchos que le
-odian; todos evitan su contacto, cual si fuese un lazarino, un apestado;
-la familiaridad con la muerte ha puesto en su sér algo de espectral y de
-macabro; en esa vida lívida no florece una sola rosa. ¿Cuál es su
-crimen? Ser el brazo de la justicia. Es el hombre que decapita por
-mandato de la ley. León Bloy es el voluntario verdugo moral de esta
-generación, el Monsieur de París de la literatura, el formidable e
-inflexible ejecutor de los más crueles suplicios; él azota, quema,
-raja, empala y decapita; tiene el knut y el cuchillo, el aceite
-hirviente y el hacha: más que todo, es un monje de la Santa Inquisición,
-o un profeta iracundo que castiga con el hierro y el fuego y ofrece a
-Dios el chirrido de las carnes quemadas, las disciplinas sangrientas,
-los huesos quebrantados, como un homenaje, como un holocausto. «¡Hijo
-mío predilecto!» le diría Torquemada.
-
-Jamás veréis que se le cite en los diarios; la prensa parisiense, herida
-por él, se ha pasado la palabra de aviso: «silencio.»
-
-Lo mejor es no ocuparse de ese loco furioso; no escribir su nombre,
-relegar a ese vociferador al manicomio del olvido... Pero resulta que el
-loco clama con una voz tan tremenda y tan sonora, que se hace oir como
-un clarín de la Biblia. Sus libros se solicitan casi misteriosamente;
-entre ciertas gentes su nombre es una mala palabra; los señalados
-editores que publican sus obras, se lavan las manos; Tresse, al dar a
-luz «Propos d’un entrepreneur de démolitions», se apresura a declarar
-que León Bloy es un rebelde, y que si se hace cargo de su obra, «no
-acepta de ninguna manera la solidaridad de esos juicios o de esas
-apreciaciones, encerrándose en su estricto deber de editor y de
-«marchand de curiosités litteraires.»
-
-León Bloy sigue adelante, cargado con su montaña de odios, sin inclinar
-su frente una sola línea. Por su propia voluntad se ha consagrado a un
-cruel sacerdocio. Clama sobre París como Isaías sobre Jerusalén:
-«¡Príncipes de Sodoma, oid la palabra de Jehová; escuchad la ley de
-nuestro Dios, pueblo de Gomorra!» Es ingenuo como un primitivo, áspero
-como la verdad, robusto como un sano roble. Y ese hombre que desgarra
-las entrañas de sus víctimas, ese salvaje, ese poseído de un deseo
-llameante y colérico, tiene un inmenso fondo de dulzura, lleva en su
-alma fuego de amor de la celeste hoguera de los serafines. No es de
-estos tiempos. Si fuese cierto que las almas transmigran, diríase que
-uno de aquellos fervorosos combatientes de las Cruzadas, o más bien, uno
-de los predicadores antiguos que arengaban a los reyes y a los pueblos
-corrompidos, se ha reencarnado en León Bloy, para venir a luchar por la
-ley de Dios y por el ideal, en esta época en que se ha cometido el
-asesinato del Entusiasmo y el envenenamiento del alma popular. El
-desafía, desenmascara, injuria. Desnudo de deshonras y de vicios, en el
-inmenso circo, armado de su fe, provoca, escupe, desjarreta, estrangula
-las más temibles fieras: es el gladiador de Dios. Mas sus enemigos, los
-«espadachines del Silencio», pueden decirle, gracias a la incomparable
-vida actual:
-
- «los muertos que vos matáis,
- gozan de buena salud.»
-
-¡Ah, desgraciadamente es la verdad! León Bloy ha rugido en el vacío.
-Unas cuantas almas han respondido a sus clamores; pero mucho es que sus
-propósitos de demoledor, de perseguidor, no le hayan conducido a un
-verdadero martirio, bajo el poder de los Dioclecianos de la canalla
-contemporánea. Decir la verdad es siempre peligroso, y gritarla de modo
-tremendo como este inaudito campeón es condenarse al sacrificio
-voluntario. El lo ha hecho; y tanto, que sus manos capaces de
-desquijadar leones, se han ocupado en apretar el pescuezo de más de un
-perrillo de cortesana. He dicho que la gran venganza ha sido el
-silencio. Se ha querido aplastar con esa plancha de plomo al sublevado,
-al raro, al que viene a turbar las alegrías carnavalescas con sus
-imprecaciones y clarinadas. Por eso la crítica oficial ha dejado en la
-sombra sus libros y sus folletos. De ellos quiero dar siquiera sea una
-ligera idea.
-
-¡Este Isaías, o mejor, este Ezequiel, apareció en el «Chat Noir!»
-
-«Llego de tan lejos como de la luna, de un país absolutamente
-impermeable a toda civilización como a toda literatura. He sido nutrido
-en medio de bestias feroces, mejores que el hombre, y a ellas debo la
-poca benignidad que se nota en mí. He vivido completamente desnudo hasta
-estos últimos tiempos, y no he vestido decentemente sino hasta que entré
-al «Chat Noir.»[10] Fué Rodolfo Salis, «le gentil homme cabaretier»,
-quien le ayudó a salir a flote en el revuelto mar parisiense.
-
-Escribió en el periódico del «cabaret» famoso, y desde sus primeros
-artículos se destacaron su potente originalidad y su asombrosa bravura.
-Entre las canciones de los cancioneros y los dibujos de Villete,
-crepitaban los carbones encendidos de sus atroces censuras; esa crítica
-no tenía precedentes; esos libelos resplandecían; ese bárbaro abofeteaba
-con manopla de un hierro antiguo; jinete inaudito, en el caballo de
-Saulo, dejaba un reguero de chispas sobre los guijarros de la polémica.
-Sorprendió y asustó. Lo mejor, para algunos, fué tomarlo a risa.
-¡Escribía en el «Chat Noir!» Pero llegó un día en que su talento se
-demostró en el libro; el articulista «cabaretier» publicó «Le Revelateur
-du Globe», y ese volumen tuvo un prólogo nada menos que de Barbey
-d’Aurevilly.
-
-Sí, el condestable presentó al verdugo. El conde Roselly de Lorgues
-había publicado su «Historia de Cristóbal Colón» como un homenaje; y al
-mismo tiempo como una protesta por la indiferencia universal para con el
-descubridor de América. Su obra no obtuvo el triunfo que merecía en el
-público ébrio y sediento de libros de escándalo; en cambio, Pío IX la
-tomó en cuenta y nombró a su autor postulante de la Causa de
-Beatificación de Cristóbal Colón, cerca de la Sagrada Congregación de
-los Ritos. La historia escrita por el conde Roselly de Lorgues y su
-admiración por el «Revelador del Globo» inspiraron a León Bloy ese
-libro que, como he dicho, fué apadrinado por el nobilísimo y admirable
-Barbey d’Aurevilly. Barbey aplaudió al «obscuro», al olvidado de la
-Crítica. Hay que advertir que León Bloy es católico, apostólico, romano
-intransigente--, acerado y diamantino. Es indomable e inrayable: y en su
-vida íntima no se le conoce la más ligera mancha ni sombra. Por tanto,
-repito, estaba en la obscuridad, a pesar de sus polémicas. No había
-nacido ni nacería el onagro con cuya piel pudiera hacer sonar su bombo
-en honor del autor honrado, el periodismo prostituído.
-
-La fama no prefiere a los católicos. Hello y Barbey, han muerto en una
-relativa obscuridad. Bloy, con hombros y puños, ha luchado por
-sobresalir, ¡y apenas si lo ha logrado! En su «Revelador del Globo»
-canta un himno a la Religión, celebra la virtud sobrenatural del
-Navegante, ofrece a la iglesia del Cristo una palma de luz. Barbey se
-entusiasmó, no le escatimó sus alabanzas, le proclamó el más osado y
-verecundo de los escritores católicos, y le anunció el día de la
-victoria, el premio de sus bregas. Le preconizó vencedor y famoso. No
-fué profeta. Rara será la persona que, no digo entre nosotros, sino en
-el mismo París, si le preguntáis: «¿Avez-vous la Baruch?» ¿ha leído
-usted algo de León Bloy? responda afirmativamente. Está condenado por el
-papado de lo mediocre: está puesto en el índice de la hipocresía social;
-y, literariamente, tampoco cuenta con simpatías, ni logrará alcanzarlas,
-sino en número bastante reducido. No pueden saborearle los asiduos
-gustadores de los jarabes y vinos de la literatura a la moda, y menos
-los comedores de pan sin sal, los porosos fabricantes de crítica
-exegética, cloróticos de estilo, raquíticos o cacoquimios. ¡Cómo alzará
-las manos, lleno de espanto, el rebaño de afeminados, al oir los truenos
-de Bloy, sus fulminantes escatalogias, sus «cargas» proféticas y el
-estallido de sus bombas de dinamita fecal!
-
-Si el «Revelador del Globo» tuvo muy pocos lectores, los «Propos», con
-el atractivo de la injuria circularon aquí, allá; la prensa,
-naturalmente, ni media palabra. Aquí se declara Bloy el perseguidor y el
-combatiente. Vese en él una ansia de pugilato, un gozo de correr a la
-campaña semejante al del caballo bíblico, que relincha al oir el son de
-las trompetas. Es poeta y es héroe y pone al lado del peligro su fuerte
-pecho. El escucha una voz sobrenatural que le impulsa al combate. Como
-San Macario Romano, vive acompañado de leones, mas son los suyos fieros
-y sanguinarios y los arroja sobre aquello que su cólera señala.
-
-Este artista--porque Bloy es un grande artista--se lamenta de la pérdida
-del entusiasmo, de la frialdad de estos tiempos para con todo aquello
-que por el cultivo del ideal o los resplandores de la fe nos pueda
-salvar de la banalidad y sequedad contemporánea. Nuestros padres eran
-mejores que nosotros, tenían entusiasmo por algo; buenos burgueses de
-1830, valían mil veces más que nosotros. Foy, Beranger, la Libertad,
-Víctor Hugo, eran motivos de lucha, dioses de la religión del
-Entusiasmo. Se tenía fe, entusiasmo por alguna cosa. Hoy es el
-indiferentismo como una anquilosis moral; no se piensa con ardor en
-nada, no se aspira con alma y vida a ideal alguno. Eso poco más o menos
-piensa el nostálgico de los tiempos pasados, que fueron mejores.
-
-Una de las primeras víctimas de «Propos» elegida por el Sacrificador, es
-un hermano suyo en creencias, un católico que ha tenido en este siglo la
-preponderancia de guerrero oficial de la Iglesia, por decir así, Luis
-Veuillot. A los veintidós días de muerto el redactor de «L’Univers»,
-publicó Bloy en la «Nouvelle Revue» una formidable oración fúnebre, una
-severísima apreciación sobre el periodista mimado de la curia.
-Naturalmente, los católicos inofensivos protestaron, y el innumerable
-grupo de partidarios del célebre difunto señaló aquella producción como
-digna de reproches y excomuniones. Bloy no faltó a la caridad--virtud
-real e imperial en la tierra y en el cielo--; lo que hizo fué descubrir
-lo censurable de un hombre que había sido elevado a altura inconcebible
-por el espíritu de partido, y endiosado a tal punto que apagó con sus
-aureolas artificiales los rayos de astros verdaderos como los Hello y
-Barbey. Bloy no quiere, no puede permanecer con los labios cerrados
-delante de la injusticia; señaló al orgulloso, hizo resaltar una vez más
-la carneril estupidez de la Opinión--esfinge con cabeza de asno, que
-dice Pascal--, y demostró las flaquezas, hinchazones, ignorancias,
-vanidades, injusticias y aun villanías del celebrado y triunfante autor
-del «Perfume de Roma.» Si a los de su gremio trata implacable León Bloy,
-con los declarados enemigos es dantesco en sus suplicios; a Renán ¡al
-gran Renán! le empala sobre el bastón de la pedantería; a Zola le sofoca
-en un ambiente sulfídrico. Grandes, medianos y pequeños son medidos con
-igual rasero. Todo lo que halla al alcance de su flecha, lo ataca ese
-sagitario del moderno Bajo Imperio social e intelectual. Poctevin, a
-quien él con clara injusticia llama «un monsieur Francis Poctevin»,
-sufre un furibundo vapuleo; Alejandro Dumas padre es el «hijo mayor de
-Caín»; a Nicolardet le revuelca y golpea a puntapiés; con Richepin es de
-una crueldad horrible; con Jules Vallés despreciativo e insultante;
-flagela a Willette, a quien había alabado, porque prostituyó su talento
-en un dibujo sacrílego; no es miel la que ofrece a Coquelin Cadet; al
-padre Didon le presenta grotesco y malo; a Catulle Mendés... ¡qué
-pintura la que hace de Mendés!; con motivo de una estatua de Coligny,
-recordando «La cólera del Bronce», de Hugo, en su prosa renueva la
-protesta del bronce colérico... azota a Flor O’Squarr, novelista
-anticlerical; la fracmasonería recibe un aguacero de fuego. Hay
-alabanzas a Barbey, a Rollinat, a Godeau, a muy pocos. Bloy tiene el
-elogio difícil. De «Propos» dice con justicia uno de los pocos
-escritores que se hayan ocupado de Bloy, que son el testamento de un
-desesperado, y que después de escribir ese libro, no habría otro camino,
-para su autor, si no fuese católico, que el del suicidio. No hay en León
-Bloy injusticia sino exceso de celo. Se ha consagrado a aplicar a la
-sociedad actual los cauterios de su palabra nerviosa e indignada. Donde
-quiera que encuentra la enfermedad la denuncia. Cuando fundó «Le Pal»,
-despedazó como nunca. En este periódico que no alcanzó sino a cuatro
-números, desfilaban los nombres más conocidos de Francia bajo una
-tempestad de epítetos corrosivos, de frases mordientes, de revelaciones
-aplastadoras. El lenguaje era una mezcla de deslumbrantes metáforas y
-bajas groserías, verbos impuros y adjetivos estercolarios. Como a todos
-los grandes castos, a León Bloy le persiguen las imágenes carnales; y a
-semejanza de poetas y videntes como Dante y Ezequiel, levanta las
-palabras más indignas e impronunciables y las engasta en sus metálicos y
-deslumbrantes períodos.
-
-«Le Pal» es hoy una curiosidad bibliográfica, y la muestra más flagrante
-de la fuerza rabiosa del primero de los «panfletistas» de este siglo.
-
-Llegamos a «El Desesperado», que es a mi entender la obra maestra de
-León Bloy. Más aun: juzgo que ese libro encierra una dolorosa
-autobiografía. «El Desesperado» es el autor mismo, y grita denostando y
-maldiciendo con toda la fuerza de su desesperación.
-
-En esa novela, a través de pseudónimos transparentes y de nombres
-fonéticamente semejantes a los de los tipos originales, se ven pasar las
-figuras de los principales favoritos de la Gloria literaria actual,
-desnudos, con sus lunares, cicatrices, lacras y jorobas. Marchenoir, el
-protagonista, es una creación sombría y hermosa al lado de la cual
-aparecen los condenados por el inflexible demoledor, como cadena de
-presidiarios. Esos galeotes tienen nombres ilustres: se llaman Paul
-Bourget, Sarcey, Daudet, Catulle Mendés, Armand Silvestre, Jean
-Richepin, Bergerat, Jules Vallés, Wolff, Bounetain y otros, y otros.
-Nunca la furia escrita ha tenido explosión igual.
-
-Para Bloy no hay vocablo que no pueda emplearse. Brotan de sus prosas
-emanaciones asfixiantes, gases ahogadores. Pensaríase que pide a
-Ezequiel una parte de su plato, en la plaza pública... Y en medio de tan
-profunda rabia y ferocidad indomable, ¡cómo tiembla en los ojos del
-monstruo la humedad divina de las lágrimas; cómo ama el loco a los
-pequeños y humildes; cómo dentro del cuerpo del oso arde el corazón de
-Francisco de Asis! Su compasión envuelve a todo caído, desde Caín hasta
-Bazaine.
-
-Esa pobre prostituta que se arrepiente de su vida infame y vive con
-Marchenoir, como pudiera vivir María Egipciaca con el monje Zózimo, en
-amor divino y plegaria, supera a todas las Magdalenas. No puede pintarse
-el arrepentimiento con mayor grandeza y León Bloy, que trata con hondo
-afecto la figura de la desgraciada, en vez de escribir obra de novelista
-ha escrito obra de hagiografo, igualando en su empresa, por fervor y
-luces espirituales, a un Evagrio del Ponto, a un San Atanasio, a un Fra
-Domenico Cavalca. Su arrepentida es una santa y una mártir: jamás del
-estiércol pudiera brotar flor más digna del paraíso. Y Marchenoir es la
-representación de la inmortal virtud, de la honradez eterna, en medio de
-las abominaciones y de los pecados; es Lot en Sodoma. «El desesperado»
-como obra literaria encierra, fuera del mérito de la novela, dos partes
-magistrales: una monografía sobre la Cartuja, y un estudio sobre el
-Simbolismo en la historia, que Charles Morice califica de «único», muy
-justamente.
-
-«Un brelan d’excomunniés», tríptico soberbio, las imágenes de tres
-excomulgados: Barbey d’Aurevilly, Ernest Hello, Paul Verlaine: «El Niño
-terrible», «El Loco» y «El Leproso.» ¿No existe en el mismo Bloy un algo
-de cada uno de ellos? El nos presenta a esos tres seres prodigiosos;
-Barbey, el dandy gentilhombre, a quien se llamó el duque de Guisa de la
-literatura, el escritor feudal que ponía encajes y galones a su vestido
-y a su estilo, y que por noble y grande hubiera podido beber en el vaso
-de Carlomagno; Hello, que poseyó el verbo de los profetas y la ciencia
-de los doctores; Verlaine, Pauvre Lelian, el desventurado, el caído,
-pero también el harmonioso místico, el inmenso poeta del amor inmortal y
-de la Virgen. Ellos son de aquellos raros a quienes Bloy quema su
-incienso, porque al par que han sido grandes, han padecido naufragios y
-miserias.
-
-Como una continuación de su primer volumen sobre el «Revelador del
-Globo», publicó Bloy, cuando el duque de Veraguas llevó a la tauromaquia
-a París, su libro «Christophe Colombo devant les taureaux.» El honorable
-ganadero de las Españas no volverá a oir sobre su cabeza ducal una voz
-tan terrible hasta que escuche el clarín del día del juicio. En ese
-libro alternan sones de órgano con chasquidos de látigos, himnos
-cristianos y frases de Juvenal; con un encarnizamiento despiadado se asa
-al noble taurófilo en el toro de bronce de Falaris. La Real Academia de
-la Historia, Fernández Duro, el historiógrafo yankee Harisses, son
-también objeto de las iras del libelista. Dé gracias a Dios el que fué
-mi buen amigo don Luis Vidart de que todavía no se hubiesen publicado en
-aquella ocasión sus folletos anticolombinos. Bloy se proclamó caballero
-de Colón en una especie de sublime quijotismo, y arremetió contra todos
-los enemigos de su Santo genovés.
-
-Y he aquí una obra de pasión y de piedad, «La caballera de la muerte.»
-Es la presentación apologética de la blanca paloma real sacrificada por
-la Bestia revolucionaria, y al propio tiempo la condenación del siglo
-pasado, «el único siglo indigno de los fastos de nuestro planeta, dice
-William Ritter, siglo que sería preciso poder suprimir para castigarle
-por haberse rebajado tanto.» En estas páginas, el lenguaje, si siempre
-relampagueante, es noble y digno de todos los oídos.
-
-El panegirista de María Antonieta ha elevado en memoria de la reina
-guillotinada un mausoleo heráldico y sagrado, al cual todo espíritu
-aristocrático y superior no puede menos que saludar con doloroso
-respeto.
-
-Los dos últimos libros de Bloy son «Le Salut par les juifs» y «Sueur de
-sang.»
-
-El primero no es por cierto en favor de los perseguidos israelitas; más
-también los rayos caen sobre ciertos malos católicos: la caridad
-frenética de Bloy comienza por casa. El segundo es una colección de
-cuentos militares, y que son a la guerra francoprusiana lo que el
-aplaudido libro de d’Esparbés a la epopeya napoleónica; con la
-diferencia de que allá os queda la impresión gloriosa del vuelo del
-águila de la leyenda, y aquí la Francia suda sangre... Para dar una idea
-de lo que es esta reciente producción, baste con copiar la dedicatoria:
-
- A LA MÉMOIRE DIFFAMÉE
-
- de
-
- =François-Achille Bazaine=
-
- Maréchal de l’Empire
-
- _Qui porta les péchés de toute la France_.
-
-Están los cuentos basados en la realidad, por más que en ellos se llegue
-a lo fantástico. Es un libro que hace daño con sus espantos sepulcrales,
-sus carnicerías locas, su olor a carne quemada, a cadaverina y a
-pólvora. Bloy se batió con el alemán de soldado raso; y odio como el
-suyo al enemigo, no lo encontraréis. «Sueur de sang» fué ilustrado con
-tres dibujos de Henry de Groux, macabros, horribles, vampirizados.
-
-Robusto, como para las luchas, de aire enérgico y dominante, mirada
-firme y honrada, frente espaciosa coronada por una cabellera en que ya
-ha nevado, rostro de hombre que mucho ha sufrido y que tiene el orgullo
-de su pureza: tal es León Bloy.
-
-Un amigo mío, católico, escritor de brillante talento, y por el cual he
-conocido al Perseguidor, me decía: «Este hombre se perderá por la
-soberbia de su virtud, y por su falta de caridad.» Se perdería si
-tuviese las alucinaciones de un Lamennais, y si no latiese en él un
-corazón antiguo, lleno de verdadera fe y de santo entusiasmo.
-
-Es el hombre destinado por Dios para clamar en medio de nuestras
-humillaciones presentes. El siente que «alguien» le dice al oído que
-debe cumplir con su misión de Perseguidor, y la cumple, aunque a su voz
-se hagan los indiferentes los «príncipes de Sodoma» y las «Archiduquesas
-de Gomorra». Tiene la vasta fuerza de ser un fanático. El fanatismo, en
-cualquier terreno, es el calor, es la vida: indica que el alma está toda
-entera en su obra de elección. ¡El fanatismo es soplo que viene de lo
-alto, luz que irradia en los nimbos y aureolas de los santos y de los
-genios!
-
-[imagen]
-
-[imagen: M. JEAN RICHEPIN]
-
-[imagen]
-
-
-
-
-JEAN RICHEPIN
-
-A PROPÓSITO DE «MES PARADIS»
-
-
-Para frontispicio de estas líneas, ¿qué pintor, qué dibujante puede
-darme retrato mejor que el que ha hecho Teodoro de Banville, en este
-precioso esmalte?
-
-«Este cantor, de toisón y negro rostro ambarino, ha resuelto parecerse a
-un príncipe indio, sin duda con el objeto de poder desparramar, sin
-llamar la atención, un montón de perlas, de rubíes, de zafiros y de
-crisólitos. Sus cejas rectas casi se juntan, y sus ojos hundidos, de
-pupilas grises, estriados y circulados de amarillo, permanecen
-comunmente como durmientes y turbados, coléricos, lanzan relámpagos de
-acero. La nariz pequeña, casi recta, redondamente terminada, tiene las
-ventanillas móviles y expresivas; la boca pequeña, roja, bien modelada y
-dibujada, finamente voluptuosa y amorosa; los dientes cortos, estrechos,
-blancos, bien ordenados, sólidos como para comer hierro; dan una
-original y viril belleza al poeta de las «Caricias.» La largura
-avanzada de la mandíbula inferior, desaparece bajo la linda barba rizada
-y ahorquillada; y ocultando sin duda una alta y espaciosa frente, de la
-cima del cráneo se precipita hasta sobre los ojos una mar de hondas
-apretadas: es la espesa y brillante y negra y ondulante cabellera.»
-Confrontando esta pintura con la agua-fuerte de León Bloy, la fisonomía
-adquiere sus rasgos absolutos: sea al amor de aquella cariñosa efigie, o
-al corrosivo efecto de los ácidos del panfletista, la figura de Richepin
-es interesante y hermosa. Robusto y gallardo, tiene a orgullo el ser
-turanio, bohemio, cómico y gimnasta. Hace sus versos a su imagen y
-semejanza, bien vertebrados y musculosos; monta bien en Pegaso como
-domaría potros en la pampa; alza los cantos metálicos de sus poemas como
-un hércules sus esferas de hierro, y juega con ellos, haciendo gala de
-bíceps, potente y sanguíneo. En el feudalismo artístico en que Hugo es
-Burgrave, Richepin es barón bárbaro, gran cazador cuyo cuerno asorda el
-bosque y a cuyo halalí pasa la tempestuosa tropa cinegética, en un
-galope ronco y sonoro, tras la furia erizada y fugitiva de los jabalíes
-y los vuelos violentos de los ciervos.
-
-Los que le colocan en el principado del «cabotinismo», ¿no creen que
-tenga derecho este hombre fuerte a cortarle la cola a su león?
-
-No son pocos los golpes que ha recibido y recibe, desde la catapulta de
-Bloy hasta las flechas rabelesianas de Laurent Tailhade. A todos
-resiste, acorazando su carne de atleta con las planchas de bronce de su
-confiada soberbia. Busca lo rojo, como los toros, los negros y las
-mujeres andaluzas, princesas de los claveles: de sus instrumentos el
-tímpano y la trompeta; de sus bebidas el vino, hermano de la sangre; de
-sus flores las rosas pletóricas: de su mar las ásperas sales, los iodos
-y los fósforos. Como Baudelaire, revienta petardos verbales para
-espantar esas cosas que se llaman «las gentes.» No de otro modo puede
-tomarse la ocurrencia que Bloy asegura haber oído de sus labios,
-superior, indudablemente, a la del jardinero de las «Flores del Mal»,
-que alababa el sabor de los sesos de niño...
-
-La «chanson des gueux», fué la fanfarria que anunció la entrada de ese
-vencedor que se ciñó su corona de laureles en los bancos de la policía
-correccional. «Mon livre n’a point de feuille de vigne et je m’en
-flatte.» Voluntariamente encanallado, canta a la canalla, se enrola en
-las turbas de los perdidos, repite las canciones de los mendigos, los
-estribillos de las prostitutas; engasta en un oro lírico las perlas
-enfermas de los burdeles; Píndaro «atorrante» suelta las alondras de sus
-odas desde el arrollo. Los jaques de Quevedo no vestían los harapos de
-púrpura de esos jaques; los borrachos de Villón no cantaban más
-triunfantemente que esos borrachos. Cínica y grosera, la musa
-arremangada baila un «chahut» vertiginoso; vemos a un mismo tiempo el
-Moulin Rouge y el Olimpo; las páginas están impregnadas de acres
-perfumes; brilla la tea anárquica; los pobres cantan la canción del oro;
-el coro de las nueve hermanas, ya en ritmos tristes o en rimas joviales,
-se expresa en «argot»; la Miseria, gitana pálida y embriagada, danza un
-prodigioso paso, y de Orión y Arturo forma sus castañuelas de oro. La
-creación tiene su himno; las bestias, las plantas, las cosas, exhalan su
-aliento o su voz; los jóvenes vagabundos se juntan con los ancianos
-limosneros; el son del pifferaro responde a la romanza gastada del
-organillo. Oid un canto a Raul Pouchon, valiente cancionero de París,
-mientras rimando una frase en griego de Platón, se prepara el juglar a
-disculparse de su amor por las máscaras, apoyado en el brazo de
-Shakespeare.
-
-Se ha dicho que no es la voz de los verdaderos «gueux» la que ha sonado
-en la bocina de Richepin, y que su sentimiento popular es falsificado;
-el mismo Arístides Bruant, clarín de la canción, le aplaude con
-reservas y señala su falta de sinceridad. No he de juzgar por esto menos
-poeta a quien ha revestido con las más bellas preseas de la harmonía el
-poema vasto y profundo de los miserables.
-
-En «Las Caricias» se ve al virtuoso, al ejecutante, al organista del
-verso; acuña sonetos como medallas y esterlinas; tiene la ligereza y el
-vigor; chispas y llamaradas, saltantes «pizzicati» y prestigiosas fugas.
-
-Como tirada por catorce cisnes, la barca del soneto recorre el lago de
-la universal poesía; a su paso saluda el piloto paraísos de Grecia,
-encantadas islas medioevales, soñadas Cápuas, divinos Eldorados; hasta
-anclar cerca de un edén Watteau, que se percibe en el país de un abanico
-de catorce varillas. La delicadeza y distinción del poeta dan a entender
-que lo púgil no quita lo Buckingham.
-
-En este poema, como en todos los poemas, como en todos los libros de
-Richepin, encontraréis la obsesión de la carne, una furia erótica
-manifestada en símiles sexuales, una fraseología plástico-genital que
-cantaridiza la estrofa hasta hacerla vibrar como aguijoneada por cálida
-brama; un culto fálico comparable al que brilla con carbones de un
-adorable y dominante infierno en los versos del raro, total, soberano
-poeta del amor epidérmico y omnipotente: Algernon C. Swinburne.
-
-Al eco de un rondó vais al país de las hadas y de los príncipes de los
-cuentos azules; huelen los campos florecidos de madrigales; tras el
-reino de Floreal, Thermidor os enseñará su región, en donde a la
-entrada, se balancea un macabro ahorcado alegre, que me hace recordar
-cierta agua-fuerte de Felicien Rops, que apareció en el frontispicio de
-las poesías del belga Théodore Hannon. Tras las brumas de Brumario,
-Nivoso dirige sus bailarinas en un amargo cancán; y después de estas
-caricias, de estas «Caricias», queda en el ánimo una pena tan honda,
-como la que aprieta y persigue a los fornicarios en los tratados de los
-fisiólogos y la anunciada en los versículos de los libros santos.
-
-En «Las Blasfemias» brota una demencia vertiginosa. El título no más del
-poema, toca un bombo infamante. Lo han tocado antes, Baudelaire con sus
-«Letanías de Satán» y el autor de la «Oda a Priapo.» Esos títulos son
-comparables a los que decoran, con cromos vistosos los editores de
-cuentos obscenos. «¡Atención, señores! ¡Voy a blasfemar!» ¿Se quiere
-mayor atractivo para el hombre, cuyo sentido más desarrollado es el que
-Poe llamaba el sentido de perversidad? Y he aquí que aunque la protesta
-de hablar palabras sinceras manifestada por Richepin, sea clara y
-franca, yo,--sin permitirme formar coro junto con los que le llaman
-cabotín y farsante,--miro en su loco hervor de ideas negativas y de
-revueltas espumas metafísicas, a un peregrino sediento, a un gran poeta
-errante en un calcinado desierto, lleno de desesperación y de deseo, y
-que por no encontrar el oasis y la fuente de frescas aguas, maldice,
-jura y blasfema. Cuando más, me acercaría a la sombra de Guyau, y vería
-en esta obra única y resonante, un concierto de ideas desbarajustadas,
-una harmonía de sonidos en un desorden de pensamientos, un capricho de
-portalira que quiere asombrar a su auditorio con el estruendo de sonatas
-estupendas y originales. De otro modo no se explicaría ese paradojal
-grupo de sonetos amargos, en el que las más fundamentales ideas de moral
-se ven destrozadas y empapadas en las más abominables deyecciones.
-
-Ese soneto sobre Padre y Madre, forma pareja con la célebre frase
-frigorífica que León Bloy asegura haber oído de boca de Richepin. El
-carnaval teológico que en las «Blasfemias» constituye la diversión
-principal de la fiesta del ateo, con sus cópulas inauditas y sus
-sacrílegos cuadros imaginarios, sería motivo para dar razón al
-iconoclasta Max Nordau, en sus diagnósticos y afirmaciones. Pocas veces
-habrá caído la fantasía en una histeria, en una epilepsia igual; sus
-espumas asustan, sus contorsiones la encorvan como un arco de acero, sus
-huesos crujen, sus dientes rechinan, sus gritos son clamores de
-ninfomaníaca; el sadismo se junta a la profanación: ese vuelo de
-estrofas condenadas precisa el exorcismo, la desinfección mística, el
-agua bendita, las blancas hostias, un lirio del santuario, un balido del
-cordero pascual. La cuadrilla infernal de los dioses caídos no puede ser
-acompañada sino por el órgano del Silencio. Habla el ateo con las
-estrellas, para quedar más fuerte en su negación, y su plegaria, cuando
-parodia la oración, como un pájaro sin alas, cae. El judío errante dice
-bien sus alejandrinos y prosigue su marcha. Las letanías de Baudelaire
-tienen su mejor paráfrasis en la apología que hace Richepin del
-Bajísimo.
-
-Con una rodilla en tierra, y en vibrantes versos, entona, él también su
-¡Pape Satán, Pape Satán alepe! Mas donde se retrata su tipo desastrado,
-es en las que él llama canciones de la sangre: su árbol genealógico
-florece rosas de Bohemia: sus antepasados espirituales están entre los
-invasores, los parias, los bandidos cabalgantes, los soldados de Atila,
-los florentinos asesinos, los atormentadores, los sucubos, los
-hechiceros, y los gitanos.
-
-En esas canciones se encuentra una estrofa harmoniosísima que Guyau
-considera como la mejor imitación fonética del galope del caballo,
-olvidando el ilustre sabio el verso que todos sabemos desde el colegio:
-
- Cuadrupedantem puten sonitu quatit
- ungula campum...
-
-Nada existe de divino para el comedor de ideales; y si hace tabla rasa
-con los dioses de todos los cultos y con los mitos de todas las
-religiones, no por eso deja de decir a la Razón desvergüenzas, de
-abominar a la Naturaleza, montón de deyecciones, según él, y de reirse,
-tonante y burlón, del Progreso, para señalarse como precursor de un
-Cristo venidero cuya aparición saluda, el blasfemo, con los tubos de sus
-trompetas alejandrinas. Eran sus intenciones, según confesión propia,
-cuando echó al mundo ese poema candente y escandaloso, instaurar a su
-modo una moral, una política y una cosmogonía materialista. Para esto
-debía publicar después de las «Blasfemias», el «Paraíso del Ateo», el
-«Evangelio del Antecristo» y las «Canciones eternas.» El poema nuevo
-«Mis paraísos» corresponde a aquel plan.
-
-Una palabra siquiera sobre una de las obras más fuertes, quizá la más
-fuerte, de Jean Richepin: «El Mar.» Desde Lucrecio hasta nuestros días,
-no ha vibrado nunca con mayor ímpetu el alma de las cosas, la expresión
-de la materia, como en esa abrumadora sucesión de consonantes que olea,
-sala, respira, tiene flujo y reflujo, y toda la agitación y todo el
-encanto vencedor de la inmensidad marina. De todos los que han rimado o
-escrito sobre el mar, tan solamente Tristán Corbiére (de la academia
-hermética de los escogidos), ha hecho cantar mejor la lengua de la onda
-y del viento, la melodía oceánica. Hay que saber que Richepin, como
-Corbière, conoce prácticamente las aventuras de los marineros y de los
-pescadores, y bajo sus pies ha sentido los sacudimientos de la piel azul
-de la hidra. No sé si de grumete empezó; pero sí que ha hecho la
-guardia, a la media noche, delante de la mirada de oro de las estrellas;
-y envuelto en la bruma de las madrugadas, ha dicho entre dientes las
-canciones que saben los lobos de mar. Loti delante de él es un
-«sportman», un «yachtman»; René Maizeroy, un elegante que va a tomar las
-aguas a Trouville; Michelet, un admirable profesor; solamente Corbière
-le presta su pipa y su cuchillo y le aplaude cuando salmodia sus
-cristalizadas letanías, o enmarca maravillosas marinas que no han sabido
-crear los pintores de Holanda, o retrata y esculpe los tipos de a
-bordo, o con la linterna mágica de un poder imaginativo excepcional
-ilumina cuadros fantasmagóricos sobre las olas, concertando la muda
-melodía de los castos astros con la polémica eterna de las ebrias
-espumas.
-
-El Richepin prosista ha cosechado laureles y silbas; pues si con sus
-cuadros urbanos de París ha realizado una obra única, con sus novelas ha
-llegado hasta las puertas aterradoras del folletín. Jamás creería yo en
-un rebajamiento intelectual de tan alado poeta, y no seré de los que lo
-aburguesan, a causa de tal o cual producción; y que son los mismos que
-llaman a Zola «un monsieur a génie.» Mme. André se va con sus tristezas
-humanas; y «Braves gens» junto con Miark, ceden el paso al «conteur.»
-Pues si algún poder tiene Richepin después del de lírico, es el que le
-dá la forma rápida y vivaz del cuento. Ya nos pinte las intimidades de
-los cómicos, a los cuales le acerca una simpatía irresistible; ya vaya
-al jardín de Poe a cortar adelfas o arrancar mandrágoras, al lívido
-resplandor de las pesadillas; ya juegue con la muerte, o se declare
-paladín de anarquistas, humillando, mal poeta en esto, la idea
-indestructible de las jerarquías, su palabra tiene carne y sangre, vive
-y se agita, y os hará estremecer.
-
-En «Mes Paradis» hay ya una ascensión. Como las «Blasfemias», el poema
-está dedicado a Maurice Bouchor. Quien, espiritual y místico, deberá
-aplaudir el cambio experimentado en el ateo. Ya no todo está regido por
-la fatalidad, ni el Mal es el invencible emperador. La explicación podrá
-quizá encontrarse en esta declaración del poeta: «Las Blasfemias» fueron
-escritas de veinte a treinta años, y «Mis Paraísos», de treinta a
-cuarenta.» Comienza su último poema con un tono casi prosáico, y
-protesta su buena voluntad y la sinceridad de su pensamiento. Buen
-gladiador, hace su saludo antes de entrar en la lucha. Luego, las
-primeras bestias fieras que le salen al encuentro son dragones de
-ensueño, o frías víboras bíblicas que nos vienen a repetir una vez más
-que en el fondo de toda copa hay amargura, y que la rosa tiene su espina
-y la mujer su engaño. Vuelve Richepin a ver al diablo, a quien canta en
-sonoros versos de pie quebrado; antes le había visto igual físicamente a
-un hermano de Bouchor, ahora le adula, le ruega y le habla en su idioma,
-como un ferviente adorador de las misas negras.
-
-Pero no todo es negación, puesto que hay una voz secreta que pone en el
-cerebro del soñador la simiente de la probabilidad.
-
-Para ser discípulo del demonio, Richepin filosofa demasiado, y, sobre
-todo, el tejido de su filosofía sopla un buen aire que augura tiempo
-mejor. La barca en que va, con rumbo a las Islas de Oro, pasa por muchos
-escollos, es cierto; pero esto nos da motivo para oir el suave son de
-muy lindas baladas. Sensual sobre todo, el predicador del culto de la
-materia nos dice cosas viejas y bien sabidas. ¿Es acaso nuevo el
-principio que resume la mayor parte de estas primeras poesías: «comamos,
-bebamos, gocemos, que mañana todo habrá concluído?» ¿O este otro: «vale
-más pájaro en mano que buitre volando?» Oh, sí; los panales, las rosas,
-los senos de las mujeres, las uvas y los vinos, son cosas que nos
-halagan y encantan; pero ¿esto es todo? Diré con el mismo Richepin:
-«Poète, n’as tu pas des ailes?»
-
-El amor a los humildes se advierte en toda esta obra; no un amor que se
-cierne desde la altura del numen, sino un compañerismo fraternal que
-junta al poeta con los «gueux» de antaño. Las canciones transcienden a
-olores tabernarios. Decididamente, ese duque vestido de oro tiene una
-tendencia marcada al «atorrantismo.» Gracias a Dios, que buen aire ha
-inflado las velas y tenemos a la vista las costas de las anunciadas
-áureas islas. Sabemos aquí que la vida vale la pena de nacer; que
-nuestro cuerpo tiene un reino extenso y rico; que nada hay como el
-placer, y que la felicidad consiste en la satisfacción de nuestros
-instintos. Islas de oro pálido, islas de oro negro, islas de oro rojo,
-¿son estas las flores que brotan en vuestras maravillosas campiñas?
-
-Lo que llama al paso mi atención son dos coincidencias que no tocan en
-nada la amazónica originalidad de Richepin, pero me traen a la memoria
-conocidísimas obras de dos grandes maestros. En la página 229 de «Mes
-Paradis» tiembla la cabellera de Gautier, y en página 368 se lee:
-
- Enivre-toi quand même, et non moins follement,
- de tout ce qui survit au rapide moment,
- des chimères, de l’art, du beau, du vin, des rêves
- qu’on vendange en passant aux réalités brèves, etc.
-
-Lo cual se encuentra más o menos en uno de los admirables poemas en
-prosa de Baudelaire.
-
-Todo hay, en fin, en esas islas de oro: maravillas de poesía satiriaca,
-estrofas en que ha querido demostrar Richepin como él también puede
-igualar las exquisiteces de la poética simbolista; paisajes de suprema
-belleza, decoraciones orientales, ritmos y estrofas de una lengua
-asiática en que triunfa el millonario de vocablos y de recursos
-artísticos; relámpagos de pasión y ternuras súbitas; las apoteosis del
-hogar y la poetización de las cosas más prosáicas; las flautas y harpas
-de Verlaine se unen a las orquestas parnasianas; el treno, el terceto
-monorrimo de los himnos latinos precede al verso libre; el elogio de la
-palabra está hecho en alejandrinos que parecen continuación de los
-célebres de Hugo, y si turba la harmonía órfica la obsesión de la
-metafísica, pronto nos salva de la confusión o del aburrimiento al
-galope metálico y musical de las cuádrigas de hemistiquios. En largo
-discurso rimado nos explicará por qué es a veces prosáico, o trivial. Su
-pensamiento pesa mucho, y no pueden arrastrarlo en ocasiones las
-palabras.
-
-Islas de oro pálido, islas de oro rubio, islas de oro negro, todas sois
-como países de ensueño. No hay arcos de plata y flores para recibir al
-catecúmeno. Richepin no es aún el elegido de la Fe. Lo que hay de
-consolador y de divino en este poema es que al concluir presenciamos la
-apoteosis del amor. Y el Amor lleva a Dios tanto o más que la Fe. Amor
-carnal, amor ideal, amor de todas las cosas, atracción, imán, beso,
-simpatía, rima, ritmo, ¡el amor es la visión de Dios sobre la faz de la
-tierra!
-
-Y pues que vamos a esos paraísos, a esas islas de oro, celebremos la
-blancura de las velas de seda, el vuelo de los remos, el marfil del
-timón, la proa dorada, curva como un brazo de lira, el agua azul, ¡y la
-eterna corona de diamantes de la Reina Poesía!
-
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-
-
-
-
-JEAN MOREAS
-
-
-El retrato que el holandés Byvanck hizo de Moreas en un libro publicado
-no ha mucho tiempo, no es de una completa exactitud. Moreas no está
-contento con la imagen pintada por el Teniers filólogo, como llama
-Anatole France al profesor de Hilversum. Ha llegado hasta calificar a
-éste, en el calor de la conversación, sencillamente de «imbécil.»
-Palabra que no osé contradecir, aunque me pareció harto dura e injusta,
-y de todo punto inaplicable para el excelente villonista, para el «sabio
-pensativo» para quien, según el mismo France, con todo y ser filólogo,
-se interesa por el movimiento intelectual...
-
-Cierto es que en su libro, a vuelta de justos elogios y de una
-admiración que demuestra indudablemente su sinceridad, nos ha dado un
-Moreas caricatural, un Moreas inadmisible para los que tenemos el gusto
-de conocerle. Y no puede ser excusa salvadora, el que las anécdotas
-bufas referentes al poeta estén en la narración de Byvanck puestas en
-los labios de antiguos amigos del hoy jefe de la escuela romana. ¡Todo
-lo contrario! Bien sabe el pensador de Holanda que del «cher confrère» y
-del «cher maître» gustan mucho los dientes literarios en todas partes
-del mundo... Un mordisco al «querido compañero», un arañazo al «querido
-maestro», no hay nada mejor, principalmente cuando ello va acompañado
-con la salsa del ridículo! Es un don especial del lobo humano. Al lobo
-humano parece que el arte le pusiese en el hígado una extraña y áspera
-bilis. Hasta hoy no se ha visto sino muy raras veces una amistad
-profunda, verdadera, desinteresada, y dulcemente franca, entre dos
-hombres de letras. ¡Y los poetas, esos amables y luminosos pájaros de
-alas azules! Los triunfos de Moreas, enconaron a muchos de sus colegas.
-El banquete que se dió, cuando la aparición del primer «Pelerin
-Passionné» fué causa de bastantes rencores. No impunemente se logra una
-victoria.
-
-Moreas, si es que era tal como aparece retratado en el libro de Byvanck,
-ha cambiado en dos años muy mucho. Cierto es que hay algo en él del
-espadachín idealizado en sus hermosos versos:
-
- La main de noir gantée a la hanche campée,
- avec sa toque à plume, avec sa longue epée,
- il passe sous les hauts balcons indolemment.
-
-Por lo demás, si usa siempre el «monocle», no dice «Píndaro y yo», ni se
-admira de tener las manos blancas y finas. La «toque a plume» es un
-flamante sombrero de copa; su traje es correcto, de intachable corte.
-Alta y serena frente; cabello de klepto; porque, como en París se sabe,
-Moreas, es griego de Galia.
-
-«No es un pachá, es un klepto de negra cabellera.» Cuerpo fuerte y bien
-erguido, manos aristocráticas, el aire un si es no es altivo y
-sonrientemente desdeñoso; gestos de gran señor de raza; bigotes bien
-cuidados. Y entre todo esto, una nariz soberbia y orgullosa, a
-propósito de la cual, un periodista risueño, ha dicho que Moreas es
-semejante a una cacatúa.
-
-¿Qué misteriosa razón hará que ese apéndice facial llame tanto la
-atención de la crítica? La nariz de Moreas es, vuelvo a repetirlo, una
-soberbia y orgullosa nariz, ni atrozmente aumentada con un garbanzo,
-como la de Cicerón, ni tan desarrollada como la de Cornéille, ni fea
-hasta la provocación y el insulto, como la de Cyrano de Bergerac. En
-resumen, nuestro poeta tiene un gallardo tipo de caballero.
-
-Con ropilla y sombrero emplumado, se podría afirmar: «Velázquez pinxit.»
-Como Ronsard y como Chenier tiene en las venas sangre de Grecia. Su
-familia es originaria del Epiro y su apellido es ilustre: Diamanto;
-precedido de la palabra Papa, y seguido de la terminación «poulos», lo
-primero para indicar que hay entre los miembros que ilustran la casa, un
-gerarca de la iglesia, y lo segundo, que es en griego equivalente al
-«off», al «vitch» o al «ski» slavos. A principios del siglo, esa familia
-de nombre inmenso, «Papadiamantopoulos», emigró al Peloponeso, a la
-Morea; y de aquí el nuevo nombre, el nombre adoptivo hoy en uso. El
-poeta es de raza de héroes. Su abuelo fué un gran luchador por la
-libertad de la Grecia. Su padre había quedado en la capital y era
-dignatario de la corte del rey bávaro Othon, impuesto por las potencias.
-«Y aquí,--decía Moreas a Byvanck,--y aquí comienza la historia de mi
-rebelión. Mis padres habían concebido una alta idea de mi porvenir y
-querían enviarme a Alemania, donde recibiría una buena educación. Hay
-que recordar que la influencia alemana prevalecía en la corte. Había
-aprendido a un tiempo griego y francés, y no separaba ambas lenguas.
-Quería ver la Francia; niño aun, ya tenía la nostalgia de París.
-Creyeron forzar mi resistencia, enviándome a Alemania, y me volví dos
-veces. En fin, me fuí a Marsella y de allí a París. Era que el destino
-me señalaba mi ruta; pues yo era aún muy joven para darme cuenta de mis
-acciones. He sufrido horriblemente; pero no me he dejado abatir y he
-mantenido alta la cabeza. Mi familia me reprochaba mi pereza,--según sus
-palabras,--y hacía espejear ante mis ojos el alto empleo que hubiera
-podido obtener en Atenas. Pero basta. Se siente uno herido en lo más
-vivo cuando las personas que ama no le comprenden, y aun le hieren. Yo
-nunca he hablado de esto con nadie...»
-
-Y he ahí que ha llegado en la terrible ciudad de la gloria a
-conquistarse un envidiado nombre. Después de brega y sufrimiento, el
-desconocido es ya «alguien.» Anatole France, a quien siempre habrá que
-citar, le llama «el poeta pindárico de palabras lapidarias.» Si Moreas
-no fuese tan descuidado de su renombre, si tuviese el don de intriga y
-de acomodaticia humildad de muchos de los que fueron antaño sus
-compañeros, su gloria habría sido sonoramente cantada por el clarín
-prostituído de la Fama fácil. Mas el joven «centauricida» está acorazado
-de orgullo, casqueado de desdén olímpico. Alrededor de ese orgullo y ese
-desdén, se ha formado más de una leyenda, que circula por los cafés
-estudiantiles y literarios del Barrio Latino.
-
-Ya es el Moreas hinchado de pretensiones, irrespetuoso con los genios,
-con los Santos Padres de las letras, que observa con su «monocle» a
-Píndaro, que blasfema de Hugo y acepta con reservas a Leconte de Lisle;
-ya es el Narciso que se deleita con su belleza en un espejo de
-cervecería; ya es el corifeo de las primeras armas, que entraba al café
-seguido de una cohorte de acólitos papanatas; ya es el rival de
-Verlaine, que ve de reojo al fauno maldito; ya el recitador de sus
-propios versos, que se alaba pontifical y descaradamente, delante de un
-concurso asombrado o burlón. Después de todo, la mala voluntad ha
-quedado vencida. No hay sino que reconocer en el autor del «Pelerin
-Passionné», a un egregio poeta. «El único,--dice el escritor
-holandés,--que en todo el mundo civilizado puede hablar de su Lira y de
-su Musa, sin caer en ridículo.» Moreas ha tomado muchos rumbos antes de
-seguir la senda que hoy lleva. El apareció en el campo de las letras,
-como revolucionario. Una nueva escuela acababa de surgir, opuesta hasta
-cierto punto a la corriente poderosa de Víctor Hugo y sus hijos los
-parnasianos; y en todo y por todo, a la invasión creciente del
-naturalismo, cuyo pontífice aparecía como un formidable segador de
-ideales. Los nuevos luchadores quisieron librar a los espíritus
-enamorados de lo bello, de la peste Rougon y de la plaga Macquart.
-Artistas, ante todo, eran, entusiastas y bravos, los voluntarios del
-Arte.
-
-Tales fueron los decadentes, unidos en un principio, y después separados
-por la más extraña de las anarquías, en grupos, subgrupos, variados y
-curiosos cenáculos. Moreas, como queda dicho, fué uno de los primeros
-combatientes; él, como un decidido y convencido adalid, tuvo que
-sostener el brillo de la flamante bandera, contra los innumerables
-ataques de los contrarios. Casi toda la prensa parisiense disparaba sus
-baterías sobre los recién llegados. Paul Bourde se alzaba implacable en
-su burla, desde las columnas del «Temps.» Llamaba a los decadentes con
-tono de reproche, hijos de Baudelaire; dirigía sus más certeros
-proyectiles contra Mallarmé, Moreas, Laurent Tailhade, Vignier y Charles
-Morice; y pintaba a los odiados reformadores, con colores chillones y
-extravagantes perfiles. Todos ellos no eran sino una muchedumbre de
-histéricos, un club de chiflados. Las fantasías escritas de Moreas, eran
-según el crítico, sentidas y vividas. ¿El joven poeta quería ser Khan de
-Tartaria, o de no sé dónde, en un bello verso? Pues eso era muestra de
-un innegable desorden intelectual. Moreas era un sujeto sospechoso, de
-deseos crueles y bárbaros. Además, los decadentes eran enemigos de la
-salud, de la alegría, de la vida, en fin. Moreas contestó a Bourde
-tranquilo y bizarramente. Le dijo al escritor del más grave de los
-diarios que no había motivo para tanta algarada; que el distinguido
-señor Bourde se hacía eco de fútiles anécdotas inventadas por alegres
-desocupados; que ellos, los decadentes, gustaban del buen vino, y eran
-poco afectos a las caricias de la diosa Morfina; que preferían beber en
-vasos, como el común de los mortales, y no en el cráneo de sus abuelos;
-y que, por la noche, en vez de ir al sábado de los diablos y de las
-brujas, trabajaban. Defendió a la censurada Melancolía, de la Risa gala,
-su gorda y sana enemiga. «Esquilo, dijo, Dante, Shakespeare, Byron,
-Goethe, Lamartine, Hugo, los grandes poetas, no parece que hayan visto
-en la vida una loca kermesse de infladas alegrías.» Fué el campeón de
-las lágrimas. Después se ocupó de la exterioridad de la poesía decadente
-y expuso sus cánones. Al poco tiempo apareció en el «Fígaro» un
-manifiesto de Moreas. Fué la declaratoria de la evolución, la
-anunciación «oficial» del simbolismo. Los simbolistas eran para los
-románticos rezagados y para el naturalismo, lo que el romanticismo para
-los pelucas de 1830. ¿Pero no eran ellos los de la joven falanje, nietos
-de Víctor Hugo?
-
-Ese célebre manifiesto en que aparecían declarados los principios del
-simbolismo, el organismo de la naciente escuela, su ritual artístico, su
-teoría, sus intentos y sus esperanzas, fué analizado y combatido por
-Anatole France con la manera magistral y la superior fuerza que
-distinguen a ese escritor. Moreas respondióle, en unas cuantas líneas,
-con caballeresca cortesía, manteniendo, buen paladín, sus ideas. De esto
-hace ya algunos años.
-
-Moreas desdeña hoy, mira con cierta reprochable falta de cariño, sus
-primeras producciones. ¿Por qué? Ellas marcan el sendero que debía
-seguir el talento del autor, son los vuelos en que se ensayaban las
-alas, y para el observador o el biógrafo, constituyen valiosísimos
-documentos. Nuestro poeta no habla nunca de sus trabajos en prosa. Como
-todo verdadero poeta, es un excelente prosador. A pesar de las
-inextrincables montañas simbólicas y de las raras brumas, amontonadas en
-el «The chez Miranda», o en las «Demoiselles Gobert», ambas obras
-escritas en colaboración con Paul Adam, esos dos trabajos primigenios
-son ya un augurio de poder y de victoria. Hay en ellos riqueza, derroche
-de intelectualidad y de pasión artística. Son revuelta y amontonada
-pedrería, joyas regadas; lujo desbordado de la fantasía, locura de
-ansioso príncipe adolescente. ¿Que hay distancia de esos libros al
-último «Pelerín?» Claro está.
-
-«He crecido»,--dice Hugo en una célebre epístola. El antiguo camarada de
-Moreas, el Paul Adam de estos momentos, que corona de gemas ilustres la
-cabeza hierática de las princesas bizantinas, ¿no empieza a mostrar los
-quilates de sus oros y diamantes allá, al principio, cuando los tanteos
-de su pluma delineaban los contornos de un estilo prestigioso y potente?
-
-El Moreas de «Les Syrtes», no es, en verdad, el lírico capitolino y
-regio de los últimos poemas; sin embargo, algunos proferirían muchos de
-esos primeros versos a varias de las sinfonías verbales recientemente
-escritas por el joven maestro. La razón de esto quizá esté en que hay en
-la primavera de su poesía más pasión y menos ciencia. Es innegable que
-la orquestación exquisita del verso libre, «la máquina del poema
-poliformo modernísimo», son esfuerzos que seducen; más es irresistible
-aquella magia, de los vuelos de palomas, de las frescas rosas, bien
-rimadas en estrofas harmónicas: la consonancia dulce de los labios,
-luciente de los ojos, ideal y celeste de las alas y el lenguaje de la
-pasión y de la juventud.
-
-Esto, volviendo a afirmar que el verso libre, tal como hoy impera en la
-poética francesa, es en manos de una legión triunfante de rimadores,
-instrumento precioso, teclado insigne y vasto de incomparable polifonía.
-Mas volvamos a los primeros versos de Moreas. «¡Syrtis inhóspita!» Clama
-Ovidio. «Incerta Syrtis», dice Séneca. Aun no ha acabado la aurora de
-esperezarse, y ya la barca del joven soñador ha padecido la rudeza de
-los escollos. ¡El poeta empieza por el recuerdo! Ya hay un tiempo ido,
-al cual el alma vuelve los nostálgicos ojos. Quizá no es la culpa del
-sonador. El viene después del enfermo René y del triste Olimpio.
-
-Es el invierno. Arde en la chimenea
-
- El fuero brillador que estalla en chispas,
-
-como dice un poeta mi amigo a quien quiero mucho. Fuera pasan los
-vientos de la fría estación. Dentro, el gato mayador se enarca y se
-estira lánguidamente. Algo flota sobre la ramazón bordada de los
-cortinajes.
-
-Es el pasado; es el pasado, que clama lamentando las ternuras acabadas y
-los amores difuntos. El recuerdo vuela primero al divino país de Grecia.
-Allá es donde «bajo los cielos áticos los crepúsculos radiosos tiñen de
-amatista los dioses esculpidos en los frisos de los pórticos; donde en
-el follaje argentado de los árboles de torsos flacos, crepitan las
-agrias cigarras, ebrias de las copas del Estío.» Es en la tierra de las
-olímpicas divinidades y, de las musas, donde la virgen helénica, de
-florecientes senos, despertó el amor del adolescente, poniendo el
-embriagador vino del primer beso sobre sus labios secos de sed. Luego
-pasará la dama enigmática, encarnación del inmortal femenino. Va en una
-barca mágica o en una góndola amorosa, y a su paso hacen vibrar el aire
-los «pizzicatti» de las mandolinas. Es la mujer ideal del ensueño largo
-tiempo acariciado, la dama que se yergue como una flor, con su falda de
-brocatel, cual pintado por el viejo Tintoreto. Eva y Helena, hermanas
-fatales, reinarán siempre, bajo apariencias distintas. Si un rostro de
-niña rubia se asoma a la ventana, será la pálida Margarita. En un
-paisaje duro y vigoroso, al canto de las cascadas, brotará la forma de
-una catalana, de pie pequeño y ojos brilladores; y en París,--seguramente
-en un decorado de cámara privada,--ríe la serpentina parisiense, bajo su
-sombrero florido.
-
-Y es en ese instante, cuando el poeta casi siempre casto, pone el oído
-atento a la lección del encendido Sátiro. Al vagar ideal, hará sus
-ramilletes galantes en los parques ducales, cerca de los viejos
-chambelanes que madrigalizan. Nos mostrará a esa misteriosa Otilia de
-labios de bacante y ojos de madona, que cruza semejante a la vaga figura
-de un mito, en tanto que las harpas dejan escapar un trémulo acorde en
-el salón de las armaduras. La oda irá, como una águila, a tocar con sus
-alas la frente del vate recordándole las futuras apoteosis de la Gloria.
-Nuestros ojos se detendrán ante un retrato de mujer, esfíngico y
-encantador, o veremos al enamorado dedicar, adorador de unas blancas
-manos, perlas a los dedos liliales. Querrá también, tentado como
-Parsifal, ofrecer sacrificios a la Venus carnal y matadora; pero
-protegido por especial virtud, cual por un Graal Santo, volverá a flotar
-en el azul de la eterna idealidad. En el claro de la luna, un beso. El
-amor que soñará será triste y sollozante, lleno de meditaciones y
-furtivas caricias. Canta su amargura delante de la triunfal beldad, y, a
-pesar de la obsesión de los deseos clandestinos, y del soplo impulsivo
-de Mefistófeles, el alma flota en un delicado y místico ambiente. El
-sueña con la bella vida del amor invencible. La canción invernal
-languidece en las cuerdas. La amada y el amado están cerca de las llamas
-de oro de la chimenea, y admiran un paisaje de desconocido pintor, donde
-en una fiesta de colores corre el agua de una fuente, bajo un toldo de
-hojas; se alza a lo lejos, la montaña, y, en primer término, bajo el sol
-del trópico, grandes bueyes blancos,--como los del robusto Pierre
-Dupont,--elevan hacia el cielo la doble curva de los firmes cuernos. La
-feliz pareja sólo soñará un instante, pues pronto llega la amarga onda a
-invadir los corazones. Los corazones sangran martirizados como en los
-versos de Heine; el invierno será tan sólo nuncio de penas y de
-desiluciones; los besos han partido como pájaros en fuga; las rosas
-están marchitas, y los brazos deseosos, los brazos viudos, en vano
-buscarán la mística figura. Es un cuento de amor, un cuento otoñal,
-escuchado cuando el viento de la tarde pasa haciendo temblar las ramas
-de los árboles deshojados. Todo muy confuso, diréis, muy wagneriano. Muy
-bello.
-
-De cuando en cuando convierte el triste los ojos a una visión que presto
-desaparece. Son las negras cabelleras, los talles, las caderas
-harmoniosas, las pupilas húmedas, de miradas profundas. ¡Y las manos!
-Esta deliciosa parte de la escultura femenil, atrae especialmente a
-Moreas. ¡Qué preciosos retratos nos haría este encantador, de Diana
-encombando un arco, o de Ana de Austria deshojando una rosa, o vertiendo
-en una copa de plata un poco de sangre moscatel!
-
-Carmencita, la española, desfila, mas no como era de esperar, en un paso
-de cachucha o en un giro de fandango; a esa hechicera meridional, canta
-el poeta un lied del norte.
-
-Amores, intenciones de amor, ya en la basílica al brillo aurisolar de la
-custodia, o en el aposento tapizado de rosa y aromado de lilas; y como
-divino pájaro de un alba inextinguible, se ve al ave azul que resucita
-las esperanzas; pero la cual buscara en vano el náufrago, pues volará
-hacia esas sirtes en que el propio piloto ha buscado el naufragio. Hasta
-el final de este primer libro se siente el influjo del desencanto. Mas
-aun, la sombra de Baudelaire sugiere a ese joven ágil y pletórico, que
-aprendió a amar y a cantar en Atenas, sugiere vagas ideas obscuras,
-relámpagos de satanismo. El se pregunta:
-
- Quel succûbe au pied bot m’a t-il donc envouté?
-
-Sin saberse en qué momentos, han empezado a vegetar en el jardín del
-soñador, las plantas que producen las flores del mal. Y sobre el suelo
-en que crecen esas plantas, bien pueden ya percibirse a la luz del claro
-sol, las huellas del pie hendido de Verlaine. Por allí ha pasado Pan, o
-el demonio. La pobre alma quiere librarse de las llamas libertinas, de
-las larvas negras, de las salamandras invasoras. Lamenta la pérdida de
-la alegría de su corazón, la sequedad de su rosal espiritual, sobre el
-que ha agitado las alas un mal vampiro. El tenderá sus brazos a la
-naturaleza y al Oriente divino. Pero todas sus quejas serán vanas; y aun
-más, incomprensibles. Ya Mallarmé se oye sonar; sus trompetas
-cabalísticas auguran una desconocida irrupción de rarezas, bellas, muy
-bellas y luminosas, pero caóticas, como una puesta de sol en nuestros
-cielos americanos, en que la confusión es el mayor de los encantos.
-
-La adolescencia es ida, y los años de las dulces cosas juveniles, cuando
-Julieta nos canta con su dulce voz vencedora de la de la alondra: «¡No
-te vayas todavía!» «Las Cantinelas» encierran el nuevo período. El traje
-del caballero es de un tono más obscuro. La espada siempre pende al
-cinto; se nota el triunfo de los terciopelos sobre los encajes. Ha
-sufrido el joven caballero griego. No son por cierto notas alegres las
-que primero escuchamos. Los sonetos, que vienen como heraldos, traen
-vestiduras de duelo. La pena del placer perdido hace demandar las voces
-arrulladoras y los aromas embriagantes; el jardín de Fletcher decorado
-por la musa sonámbula de Poe, solloza en sus fuentes; hay una atmósfera
-de duelo, de llanto, casi de histerismo, y una luz espectral sirve de
-sol, o mejor dicho de luna.
-
- Que je cueille la grappe, et la feuille de myrte
- qui tombe, et que je sois à l’abri de la syrte
- où j’ai fait si souvent naufrage près du port.
-
-Así canta el mal herido de desesperanzas.
-
-Su voz se dirige a las hadas propicias, pero ellas no llegan todavía. El
-va cerca de la mar, de la mar femenina y maternal, a dejar en sus
-riberas lo que queda de sus ensueños y hasta el último hilo de la
-púrpura de su orgullo. Su alma está triste hasta la muerte. En el
-interludio parece que quisiera entregarse a la felicidad de una alegría
-ficticia. Así el gaitero de Gijón de nuestro admirado y querido
-Campoamor, toca la gaita y rige las danzas con el alma apuñalada de
-pena. Gestos, expresiones, impresiones fugaces, paisajes nocturnos en
-una calle parisiense; y en las estrofas una mezcla de vaguedad germánica
-y de color meridional.
-
-El «never more» fatídico del cuervo de Poe, es escuchado por el cantor
-nostálgico, a la luz del gas de París.
-
-Preséntasenos también una legendaria escena nocturna que ya habíamos
-visto, lector, acompañada por blanda música, gracias al inmenso cordaje
-de la lira de Leconte de Lisle. Los Elfos del norte cantan coronados de
-hojas perfumadas y frescas, cuando el caballero de la balada viene en su
-caballo negro, haciendo espejear su casco argentino a la luz de la luna.
-Es osado, y sus armas no han conocido nunca la vergüenza de las
-derrotas. Su corcel va como si fuese alado, a las punzadas de las
-espuelas de oro. El caballero muere vencido en las «Odas bárbaras.»
-
-El personaje de Moreas, cuya figura no se alcanza a ver y cuyo caballo
-apenas se oye galopar, no es aprisionado por el encanto. En el instante
-del nacimiento de la aurora, lo que alcanza a divisarse en la selva es
-la silueta del emperador Barbarroja, que medita, apoyada la frente en
-las manos.
-
-Pero he aquí que nos ilumina el sol de Florencia. Después de tanta
-niebla, halaga por una visión de claros ríos y de puentes pintorescos.
-
-El cielo es azul y entre dos rimas y dos acordes musicales, desfilan una
-marquesa enamorada y un envuelto capuchino. Moreas es un exquisito
-grabador de viñetas. Riega los madrigales y miniaturas, decora y viste
-sus personajes sin que una falta de tocado turbe la exactitud de ese
-conocedor de todos los refinamientos.
-
-«Las Asonancias» son bosquejos de leyendas; pocas, pero admirables,
-cortas, pero conmovedoras. El klepto siente volver a su memoria las
-narraciones de la infancia: Maryó tejiendo su lana, vencedora en su
-fidelidad; y, tal como se sabe en las narraciones de la isla de Candia,
-la mala madre que oye hablar al corazón desde el plato y que después
-sufre el castigo de sus crímenes. En esta sección nos deleita el errante
-perfume de la fábula, las ingenuas repeticiones de versos y de palabras
-de los poemas primitivos, los metros apropiados a la música de las
-danzas; y nuestro asonante español, aplicado en estrofas cortas, y en
-argumentos donde aparece algún héroe de gesta o alguna princesa de
-tradición, en sangrientos sucesos de antiguos adulterios y de incestos
-inmemoriales. Poesía de leyenda y de romancero; damas del tiempo de
-Amadis; armaduras que se entrechocan en la sombra medioeval.
-
-En cuanto el poeta dirige las riendas de Pegaso a la región de los
-conceptos puros, nos sentimos envueltos en una sombra absolutamente
-alemana. Su metafísica adormece. Subimos a alturas inaccesibles,
-rodeadas de obscuridad. Felizmente pronto entramos al reino encantado de
-las ficciones portentosas. Raimondin, corre a nuestra vista, en su
-cabalgadura, y la celeste claridad le envuelve en su sutil polvo de
-plata. Los castillos del tenebroso encantamiento se deshacen y la
-Enteléquia, desnuda, resplandece al amor de la luz del día. No es sino
-en una fuga crepuscular donde se esfuma la vieja de Berkeley, el enano
-Fidogolain, «que, ni muy loco ni muy vulgar, sabía cantar baladas», y la
-Muerte, la Thanatos cabalgante, que exige para el contorno de su
-esqueleto el lápiz visionario de Alberto Durero.
-
-Refiriéndose a la concepción que de la dignidad de su arte han tenido
-dos ilustres prerafaelistas ingleses--casi huelga nombrarlos: Rossetti y
-Burne Jones--dice un escritor britanico que la desventaja única de la
-elevación aristocrática de su ideal es la de ser incomprensible excepto
-para unos pocos. Algo semejante puede afirmarse de la obra de Moreas.
-
-Tal como los ritos musicales de Beyruth, Meca de los wagneristas, o como
-las excelencias delicadas del arte pictórico de los primitivos, las
-poesías del autor del «Pelerin Passionné» necesitan para ser apreciadas
-en su verdadero valor, de cierto esfuerzo de intelecto, y de cierta
-iniciación estética. «Autant en emporte le vent» fué escrito de 1886 a
-1887. Es en ese librito donde se encuentran las que se podrían llamar
-primeras manifestaciones quatrocentistas de Moreas. Madeleine, Agnes,
-Enone, son encantadoras figuras del siglo décimoquinto; sus facciones
-exigen la humana sencillez y al propio tiempo la milagrosa expresión de
-un Botticelli. La Edad Media es para nuestro poeta como para Dante
-Gabriel Rossetti, familiar y amada, y los sujetos que ella le sugiere,
-son plausiblemente idealizados, sin una tacha anacrónica, sin una falta
-o debilidad en la idea íntima ni en la ornamentación exterior.
-
-El espíritu vuela a los tiempos de la caballería. Leyendo los poemas
-medioevales de Moreas se comprende el valor del conocido verso de
-Verlaine:
-
-... le Moyen âge énorme et délicat...
-
-El poeta vive la vida de los príncipes enamorados, de los guerreros
-galantes. Los lugares que se presentan a nuestra vista son los viejos
-castillos tradicionales y poéticos; o alguna decoración que aparece como
-por virtud de un ensalmo, o del movimiento de la mano de una hada. Las
-parejas llenas de amor, cortan flores en fantásticos parques. Tras un
-rosal se alcanza a ver de cuando en cuando, ya la joroba de un bufón, ya
-la cola irisada de un pavo real. «Agnes» es una deliciosa y extraña
-sinfonía. Las estrofas están construídas de mano maestra, y el alma
-atenta del artista se siente acariciada por la repetición de un suave
-«leit-motive.»
-
-La poética de Moreas está definida en estas cortas palabras del maestro
-Mallarmé:
-
-«Une euphonie fragmentée, selon l’assentiment du lecteur intuitif, avec
-une ingénue et precieuse justesse...»
-
-En resumen, Moreas posee un alma abierta a la Belleza como la primavera
-al sol. Su Musa se adorna con galas de todos los tiempos, divina
-cosmopolita e incomparable poliglota. La India y sus mitos le atraen,
-Grecia y su teogonía y su cielo de luz y de mármol, y sobre todo, la
-edad más poética, la edad de los santos, de los misterios, de las
-justas, de los hechos sobrenaturales, la edad terrible y teológica; la
-edad de los pontífices omnipotentes y de los reyes de corona de hierro;
-la edad de Merlin y de Viviana, de Arturo y sus caballeros; la edad de
-la lira de Dante, la Edad Media. El nombre del «Pelerin Passionné» está
-tomado de Shakespeare. La colección de versos amorosos de Moreas no
-tiene con la del poeta inglés ningún punto de contacto, como no sea el
-pertenecer al mismo género, al erótico, y el empleo de variedad de
-metros y de caprichos rítmicos. Shakespeare usa desde el verso que
-equivale en inglés a nuestro endecasílabo español:
-
- When my love swears that she is made of truth,
-
-hasta los «trenos», imitados de los himnos latinos cristianos:
-
- Beauty truth and varity
- grace in and simplicity
- here enclosed in cinders lie.
-
-Y Moreas, siguiendo las huellas de Lafontaine, ya aumentando o cortando
-a la moderna el número de sílabas, ha logrado hacer de sus poemas, con
-una técnica delicada y fina, maravillas de harmonía; que por supuesto,
-no han dejado de producir escándalo en la crítica oficial.
-
-La aparición del «Pelerin» fué saludada con un gran banquete que
-presidió Mallarmé y que fué un resonante triunfo. Fué la exaltación de
-la obra del joven luchador, que en aquellos instantes representaba el
-más bello de los sacerdocios; el del Arte. Eran ya conocidas esas
-creaciones y amables resurrecciones que atraviesan por la senda del
-Peregrino. Enone, la del claro rostro, que arrastra en el poema un rico
-manto constelado de rimas como piedras preciosas, en una gradería de
-estrofas de pórfido, y del más blanco pentélico, el caballero Joë,
-meditabundo, que en revista mental, mira el coro de beldades que guarda
-en su memoria, entre las cuales: Madame Emelos, la castellana de
-Hiverdum que se llamaba Bertranda, y Sancha que engañó al amante con
-tres capitanes. Doulce, a su vez, es una princesa de cuento azul.
-
-En el «Pelerin» es donde florece de orgullo el laurel heleno-galo. Sin
-temor a la edad contemporánea, se proclama Moreas tal como se juzga.
-Alaba el arte que inventa. Mantenedor del renombre griego, de la
-tradición latina, no vacila en llevar consigo, junto a la lira de
-Pindaro, la lanza de Aquiles; y no hay sino inclinarse ante el orgullo
-de sus carteles y el esplendor de sus trofeos. Sus alegorías pastorales
-son un escogido ramillete eclógico, con más de una perla que no sería
-indigna del joyero de la Antología. Y para concluir: si escuchamos un
-clamor de trompas, y percibimos una bandera agitada por un fuerte brazo,
-es que la campaña Romanista ha sido empezada. ¡A otros las nieblas
-hiperbóreas y los dioses de los bárbaros! El jefe que llega es nuestro
-bravo caballero; la diosa de azules ojos que le cubre con su égida es
-Minerva: la misma que protegerá al editor Vanier,--según sus
-editados,--y le hará ganar tanto dinero como Lemerre; y el abanderado,
-que viene cerca del jefe, henchido de entusiasmo, es el caballero
-Mauricio Du Plessis, lugarteniente de la falange, y cuyo «Primer libro
-pastoral» es su mejor hoja de servicios.
-
-Moreas confía en su completa victoria. Nuevo Ronsard, tiene por Casandra
-una beldad galo-greca. Y él confía en que gracias a sus ritos
-
- Sur de nouvelles fleurs, les abeilles de Grèce
- Butineront un miel français.
-
-Y con Racine exclama:
-
- Je me suis applaudi, quand je me suis connu...
-
-Así vive en París, indiferente a todo, desdeñando escribir en los
-diarios, enemigo del reportaje; en una existencia independiente, gracias
-a su familia «reconciliada ya con las rimas», como dice Mendés;
-ignorando que existen Monsieur Carnot, el sistema parlamentario y el
-socialismo. No ha parido hembra humana un poeta más poeta...
-
-[imagen: RACHILDE]
-
-[imagen]
-
-
-
-
-RACHILDE
-
- Tous ceux qui aiment le rare, l’examinent
- avec inquiétude.
- _Maurice Barrès._
-
-
-Trato de una mujer extraña y escabrosa, de un espíritu único
-esfíngicamente solitario en este tiempo finisecular; de un «caso»
-curiosísimo y turbador, de la escritora que ha publicado todas sus obras
-con este pseudónimo, Rachilde; satánica flor de decadencia picantemente
-perfumada, misteriosa y hechicera y mala como un pecado.
-
-Hace algunos años publicóse en Bélgica una novela que llamó la atención
-grandemente y que según se dijo había sido condenada por la justicia. No
-se trataba de uno de esos libros hipománicos que hicieron célebre al
-editor Kistemaekers, en los buenos tiempos del naturalismo; tampoco de
-esas cajas de bombones afrodisíacos a lo Mendés, llenas de cintas,
-aromas y flores de tocador. Se trataba de un libro de demonómana, de un
-libro impregnado de una desconocida u olvidada lujuria, libro cuyo fondo
-no había sospechado en los manuales de los confesores: una obra
-complicada y refinada, triple e insigne esencia de perversidad. Libro
-sin antecedentes, pues a su lado arden completamente aparte, los
-carbones encendidos y sangrientos del «divino marqués», y forman grupo
-separado las colecciones prisioneras y ocultas en el «inferi» de las
-bibliotecas. Este libro se titulaba «Monsieur Venus», el más conocido de
-una serie en que desfilan las creaciones más raras y equívocas de un
-cerebro malignamente femenino y peregrinamente infame.
-
-Y era una mujer el autor de aquel libro, una dulce y adorable virgen, de
-diecinueve años, que apareció a los ojos de Jean Lorrain, que fué a
-visitarla, como un sér extraño y pálido, «pero de una palidez de
-colegiala estudiosa, una verdadera «jeune fille», un poco delgada, un
-poco débil, de manos inquietantes de pequeñez, de perfil grave de efebo
-griego, o de joven francés enamorado... y ojos--¡oh los ojos!--grandes,
-grandes, cargados de pestañas inverosímiles, y de una claridad de agua,
-ojos que ignoran todo, a punto de creer que Rachilde no ve con esos
-ojos, sino que tiene otros detrás de la cabeza para buscar y descubrir
-los pimientos rabiosos con que realza sus obras.»
-
-Esa mujer, esa colegiala virginal, esa niña era la sembradora de
-mandrágoras, la cultivadora de venenosas orquídeas, la juglaresa
-decadente, amansadora de víboras y encantadora de cantáridas, la
-escritora ante cuyos libros, tiempos más tarde, se asombrarán, como en
-una increíble alucinación, los buscadores de documentos que escriban la
-historia moral de nuestro siglo. Los pintores potentes, dice Barbey
-d’Aurevilly, pueden pintarlo todo, y su pintura es siempre bastante
-moral cuando es trágica y da el horror de las cosas que manifiesta. No
-hay de inmoral sino los «Impasibles» y los «Mofadores.»
-
-Rachilde no es impasible ¡qué iba a serlo ese crujiente cordaje de
-nervios agitados por una continua y contagiosa vibración!--ni es
-mofadora,--no cabe ninguna risa en esas profundidades obscuras del
-Pecado, ni ante las lamentables deformaciones y casos de teratolología
-psíquica que nos presenta la primera inmoralista de todas las épocas.
-
-Imaginaos el dulce y puro sueño de una virgen, lleno de blandura, de
-delicadeza, de suavidad, una fiesta eucarística, una pascua de lirios y
-de cisnes. Entonces un diablo,--Behemot quizá,--el mismo de Tamar, el
-mismo de Halagabal, el mismo de las posesas de Lodun, el mismo de Sade,
-el mismo de las misas negras, aparece. Y en aquel sueño casto y blanco
-hace brotar la roja flora de las aberraciones sexuales, los extractos y
-aromas que atraen a incubos y sucubos, las visiones locas de incógnitos
-y desoladores vicios, los besos ponzoñosos y embrujados, el crepúsculo
-misterioso en que se juntan y confunden el amor, el dolor y la muerte.
-
-La virgen tentada o poseída por el Maligno, escribe las visiones de sus
-sueños. De ahí esos libros que deberían leer tan solamente los
-sacerdotes, los médicos y los psicólogos.
-
-Maurice Barrès coloca «Monsieur Venus», por ejemplo, al lado de
-«Adolphe», de «Mlle. de Maupin», de «Crime d’Amour», obras en que se han
-estudiado algunos fenómenos raros de la sensibilidad amorosa. Mas
-Rachilde no tiene, bien mirado, antecesores,--a no ser la «Justina»,--o
-ciertos libros antiguos cuyos nombres apenas osan escribir los
-bibliófilos del amor, o del Líbido, como el Inglés que anima D’Annunzio
-en su «Piacere.» Apenas podrían citarse a propósito de las obras de
-Rachilde, pero colocándolas bastante lejanamente, algunas pequeñas
-novelas de Balzac, la «Religiosa» de Diderot, y en lo contemporáneo, «Zo
-Har» de Mendés. Un compañero tiene, sin embargo, Rachilde, pero es un
-pintor, un aguafuertista, no un escritor: Felicien Rops. Los que
-conozcan la obra secreta de Rops, tan bien estudiada por Huysmans, verán
-que es justa la afirmación.
-
-El mayor de los atractivos que tienen las obras de Rachilde, está basado
-en la curiosidad patológica del lector, en que se ve la parte
-autobiográfica, en que se presenta al que observa, sin velos ni ambajes,
-el alma de una mujer, de una joven finisecular con todas las
-complicaciones que el «mal del siglo» ha puesto en ella. Barrès se
-pregunta: ¿Por qué misterio Rachilde ha alzado delante de sí a Rauole de
-Vénerande y Jacques Silvert? ¿Cómo de esta niña de sana educación han
-salido esas creaciones equívocas? Es en verdad el problema atrayente y
-curioso. No hay sino pensar en lejanas influencias, en la fuerza de
-ondas atávicas que han puesto en este delicado sér la perversidad de
-muchas generaciones; en el despertamiento, descubrimiento o invención de
-pecados antiguos, completamente olvidados y borrados del haz de la
-tierra por las aguas y los fuegos de los cielos castigadores.
-
-Exponiendo los títulos de sus obras, puede entreverse algo de las
-infernales pedrerías de la anticristesa: «Monsieur de la Nouveauté», «La
-femme du 199^o», «Monsieur Venus», «Gueue de poisson», «Histoires
-bêtes», «Nonó», «La virginité de Diane», «La voise du sang», «A mort»,
-«La Marquese de Sade», «Le tiroir de Mimi-Corail», «Madame Adonis»,
-«L’homme roux», «La sanglante ironie», «Le Mordu», «L’animale»: parece
-que se miraran nudos de brillantes y coloreados áspides, frutos bellos,
-rojos y venenosos, confituras enloquecedoras, ásperas pimientas, vedados
-genjibres. Entrar en detalles no podría, a menos que lo hiciese en
-latín, y quizás mejor en griego, pues en latín habría demasiada
-transparencia, y los misterios eleusíacos, no eran por cierto para ser
-expuestos a la luz del sol.
-
-Los tipos de sus obras son todos excepcionales.
-
-Su libro «Sangrienta ironía», por ejemplo, presenta, como todos los
-otros suyos, a un desequilibrado, un «détraqué.» Se trata de un joven
-que ha asesinado a su querida en un momento de alucinación. Prisionero,
-cuenta y explica por qué sucesión de causas ha llegado a cometer aquel
-acto. La figura de Sylvain d’Hauterac, el desequilibrado, es una de las
-mejores creaciones de Rachilde, pero la crítica le ha señalado como
-inverosímil. Ello no quita que la obra sea de una vida intensa, y de un
-análisis psicológico admirable.
-
-Ha escrito un drama simbolista titulado «Madame la Mort.» La acción se
-circunscribe a una lucha desesperada del protagonista, entre la muerte y
-la vida. A propósito; ¡qué dibujo macabro el de Paul Gauguin; dibujo que
-simboliza a Madama la Muerte!
-
-Un fantasma espectral en un fondo obscuro de tinieblas. Se advierte la
-anatomía de la figura; un gran cráneo; el espectro tiene una mano
-llevada a la frente, una mano larga, desproporcionada, delgada, de
-esqueleto; se miran claramente los huesos de las mandíbulas; los ojos
-están hundidos en las cuencas.
-
-El artista visionario ha evocado las manifestaciones de ciertas
-pesadillas, en que se contemplan cadáveres ambulantes, que se acercan a
-la víctima, la tocan, la estrechan, y en el horrible sueño, se siente
-como si se apretase una carne de cera, y se respirase el conocido y
-espantoso olor de la cadaverina...
-
-La novela «Monsieur Venus» es un producto incúbico. Jacques Silvert es
-el Sporus de la cruelmente apasionada cesarina; un Sporus vulgar de ojos
-de cordero; bestia, sonriente, pasivo. Raoule de Vénerande una especie
-de mademoiselle Des Esseints, se enamora de ese primor porcino; se
-enamora, aplicando a su manera el soneto de Shakespeare:
-
- A womans’s face, with natures own
- hand painted...
-
-Raoule de Vénerande es de la familia de Nerón, y de aquel legendario y
-terrible Gilles de Laval, sire de Rayes, que murió en la hoguera; según
-él por causa de Suetonio. En cuanto al emasculado y detestable Jacques,
-ridículo Ganimedes de su amante vampirizada, es un curioso caso de
-clínica, cliente de Krafft-Ebing, de Molle, de Gley. La androginia del
-florista la explica Aristófanes en el banquete de Platón. Krafft-Ebing
-le colocaría entre los casos que llama de «eviratio, o transmutatio
-sexus paranoia.»
-
-El Sar Peladán en su etopea ha abordado temas peligrosos, con su
-irremediable tendencia a idealizar el androginismo. Barbey también
-penetró en algunos obscuros problemas; mas ni el autor de las
-«Diabólicas», ni el Mago y caballero Rosa Cruz, han logrado como
-Rachilde poseer el secreto de la Serpiente. Ella dice a nuestros oídos:
-
-...des mots si specieux tout has
- que notre âme depuis ce temps tremble et s’tonne.
-
-Una mujer, una joven delicada, intelectual, cerebral, os descubre los
-secretos terribles: he ahí el mayor de los halagos, el más tentador de
-los llamamientos. Y advertid que penetramos en un terreno dificilísimo y
-desconocido, antinatural, prohibido, peligroso.
-
-Hay un retrato de Rachilde, a los veinticinco años. De perfil; desnudo
-el cuello, hasta el nacimiento del seno; el cabello enrollado hacia la
-nuca, como una negra culebra; sobre la frente, recortado, según la moda
-pasada, recortado y cubriendo toda la frente; la mirada, ¡qué mirada!
-mirada de ojos que dicen todo, y que saben todo; la nariz delicada y
-ligeramente judía; la boca... ¡oh boca compañera de los ojos! y en toda
-ella el enigma divino y terrible de la mujer: «Misterium.» Sobre el
-pecho blanco, prendido con descuido, hay un ramillete de botones de
-rosas blancas.
-
-Sé de quien, estando en París, no quiso ser presentado a Rachilde, por
-no perder una ilusión más. Rachilde es hoy madame Alfred Vallette; ha
-engordado un poco; no es la subyugadora enigmática del retrato de
-veinticinco años, aquella adorable y temible ahijada de Lilith.
-
-Casada con Alfred Vallette es hoy «mujer de su casa» mas no deja de
-producir hijos intelectuales. Hace novelas, cuentos, críticas.
-
-Tiene Rachilde un vivo sentido crítico, descubre en la obra que analiza;
-las faces más ocultas, con su hábil y rápida perspicacia de mujer. En la
-revista que dirige Vallette, suele escribir ella ya un «compte rendu»
-teatral, ya una vibrante exposición de un libro nuevo; critica con la
-firmeza de una ilustración maciza, y con la admirable visión de su raro
-talento. Tiene palabras especiales que os descubren siempre algo
-ignorado y «sobre entendido» de una sutileza y malicia que inquietan.
-
-Es profundamente artista. Oid este grito: «¡Oh, son necesarios, esos,
-los convencidos de nacimiento, para que se enmiende o reviente la Bestia
-Burguesa, cuya grasa rezumante concluye por untarnos a todos!
-
-«Obra de odio y obra de amor deben unirse delante del enemigo maldito:
-la humanidad indiferente.»
-
-Veamos algunas de sus ideas, al vuelo. «El verso libre--dice a propósito
-de un libro de su amiga María Krysinska--es un encantador «non sens», es
-un tartamudeo delicioso y barroco que conviene maravillosamente a las
-mujeres poetas, cuya pereza instintiva es a menudo sinónimo de genio. No
-veo ningún inconveniente en que una mujer lleve la versificación hasta
-su última licencia!»
-
-En el prólogo de su teatro, hállase esta franca declaración: «Moi, je ne
-connais pas mon école, je n’ais pas d’esthétique.»
-
-Según Charles Froment, en nuestra época no se tiene en absoluto la
-noción de lo bello. Rachilde escribe su «Vendeur de Soleil», pieza
-dramática que se ha presentado casi en toda Europa con éxito, para
-demostrar que los únicos que no han visto el sol son los románticos. ¿Y
-si buscando bien encontrásemos en la genealogía de Rachilde sangre
-romántica?... Ella, ciertamente, ha empezado conversando con «Joseph
-Delorme», y ha bebido en el mismo vaso que Baudelaire, el Baudelaire de
-las poesías condenadas: «Le Léthe», «Les metamorphoses du Vampirer»,
-«Lesbos...» y que escribió un día en sus «Fusées»: «Moi, je dis: la
-volupté unique et suprème de l’amour git dans la certitude de faire le
-mal. Et l’homme et la femme savent, de naissance, que dans le mal se
-trouve toute volupté.»
-
-En nuestros días, dice Rachilde, hay instigadores de ideas--como antes
-«moneurs de loups»--pues en nuestra época llamada moderna, mil veces más
-siniestra que la sangrienta Edad Media, son precisas apariciones mil
-veces más flagelantes; y esos «meneurs», conduciendo sus ideas
-carniceras a los asesinatos de las viejas teorías, de los viejos
-principios, abriendo locamente los ojos del espíritu, son también los
-precursores del Angel! ¡Bien locas las gentes que no comprenden que los
-tiempos están próximos, porque los azuzadores de ideas se suceden con
-una asombrosa rapidez sobre el sombrío horizonte!
-
-Así, ¿no tengo razón en llamar a Rachilde madama la Anticristesa? Ella
-comprende, ella sabe, y ella es también un Signo. ¡Qué página escribiría
-el profético Bloy sobre las anunciaciones del Juicio!
-
-¿Cómo dar una muestra de lo que escribe Rachilde, sin grave riesgo...?
-Felizmente encuentro una paginita magistral, inocente y hasta santa, que
-escribió con el título: «Imagen de Piedad.»
-
-Es la que sigue:
-
-«Era de aquellos que no conocen ni el reposo, ni las fiestas, el pobre
-buen hombre viejo. Llevaba al dueño de su pequeño cortijo, la entrega
-del mes de Agosto: el medio saco de trigo molido, tres pares de pollos,
-cuyos huesos sobresalían bajo las plumas erizadas, y un poco de manteca.
-Sus hijos, desembarazándose del servicio para ir a los oficios, le
-habían puesto la brida del asno en el puño, del viejo asno casi tan
-enfermo como él y; «Hue! Papá! Conduisez droit notre Martin...!»
-
-En momentos en que él llegaba a la orilla, recibió en plena frente como
-un deslumbramiento, una visión del paraíso, y permaneció allí
-estúpidamente plantado, en una admiración respetuosa; el asno, reculó,
-afirmándose sobre sus jarretes: era la procesión que se desenvolvía, con
-sus grandes muselinas talares, sus banderas llenas de reflejos, sus
-cordones floridos, con sus ángeles, niños y niñas, «tout en neuf»;
-inflando sus mejillas bajo sus coronas de rosas. Después el sacerdote,
-vestido de un inmenso manto de oro, levantando al buen Dios, pálido, a
-través de una custodia de fuego...
-
-Los jovencitos y las jovencitas se codearon y, querían reventar de risa;
-ciertamente, no se desarreglaría ese bello orden de cosas por un viejo
-hombre acompañado de un asno viejo. Y toda la procesión rozó a esos dos
-séres ridículos con el extremo de sus suntuosas vestiduras de reina.
-
-El viejo tuvo conciencia de su indignidad, se puso le rodillas, se quitó
-su gran sombrero. El asno bajó las orejas lamentablemente, sus orejas
-demasiado largas, roídas de úlceras y cubiertas de moscas. De la alforja
-de la izquierda, las cabezas asustadas de los volatiles, salieron
-abriendo el pico, tendiendo la lengua puntiaguda, muertos de sed, pues
-hacía un calor espantable, un pleno sol que devoraba el piadoso grupo
-con sus dientes de brasa. El campesino se apoyaba en el animal y el
-animal en el campesino, sudando uno y otro, los flancos palpitantes, no
-osando ni uno ni otro mirar esas manificencias que caían del cielo con
-llamas. La procesión, con su paso lento, ceremonioso, de gran dama, se
-acercaba al próximo altar de Corpus; eso no concluía; siempre filas
-nuevas de mujeres endomingadas, nuevas filas de los señores notables; no
-volvería el viejo de su asombro de haber visto una tan enorme
-muchedumbre de cristianos bien puestos. En fin, llegó el momento en que
-pasaron los cojos, los enfermos, las madres llevando los niños de pecho,
-los mal vestidos, la vergüenza de la parroquia: «Menoux», el de las
-muletas, que tomaba rapé cada diez pasos: Ragotte, la bociosa, que tenía
-la manía de plantar su enfermedad sobre un vestido de cachemir verde.
-
-Entonces, nuestro viejo se levantó, vacilante sobre sus piernas
-doloridas, conmovido; levantó al asno por la rienda, siguió... No sabía
-ya lo que hacía, pero se sentía a su vez tirado como su asno, por una
-cuerda invisible, un hilo de oro salido de los rayos de la custodia, que
-corría a lo largo de las guirnaldas de flores y llegaba a su frente de
-viejo encaprichado, bajo la forma lancinante de una flecha de sol. Muy
-chico, antes (¡oh! en la mañana de los tiempos), ha seguido al sacerdote
-con vestidos purpúreos, arrojando hojas de rosa entre los humos del
-incienso, y había tenido gozos de orgullo; más grande, se había colocado
-tras las mozas risueñas, intentando en veces distraerlas de su rosario;
-había tenido las mismas altiveces inexplicables, los mismos fuertes
-latidos de corazón, confundiendo el brillo de las piedras preciosas, de
-las casullas, con la dulce emulación de los ojos de «Marión», su
-prometida... y después, no se acordaba mucho, los años corrían todos
-iguales, como las tocas blancas, como las alas palpitantes de todas esas
-cabezas de mujeres piadosas, perdiéndose sobre las azules lejanías del
-cielo... No se acordaba más; seguía, sin embargo, siempre el último, el
-menos digno, tirando de su asno con mano obstinada, olvidando hasta el
-objeto de su viaje. Y «Martin» dócilmente, ritmaba su marcha con el coro
-del cántico; los pollos, fuera de la alforja inclinaban la cresta, con
-aire de resignarse, pues que se iba al paso...
-
-Había quienes se volvían a menudo entre la fila de fieles
-escandalizados. Se le enviaban muchachos para decirle que se
-volviese... o que dejase su asno. ¡Qué cola de procesión, la de Martín!
-Circulaban risas de muchachas, con susurros de abejones; y solamente, el
-señor cura, no quería darse cuenta de nada, aparentando no entender lo
-que venía a murmurarle su sacristán al presentarle el incensario.
-
-La procesión después de las paradas de uso, se entró bajo el pórtico de
-la iglesia. El viejo se encontró solo, en medio de una playa desierta.
-Entrar con «Martín» no era casi posible. Abandonar a «Martín», los
-pollos, la manteca, la montura, ni pensarlo quería. Y no tendría él su
-parte de la gran bendición, de aquella que inclinada a los fieles,
-cargados de pecados, sobre las baldosas, como las espigas maduras bajo
-el vencedor relámpago de la hoz... Lanzando un profundo suspiro, el
-pobre viejo se signó, descubierta su frente, una última vez, ante la
-ojiva sombría del pórtico. Mas he aquí que, bruscamente, brota de esa
-obscuridad temible una extraordinaria aparición: del fondo de la
-iglesia, el cura llevaba la custodia; sí, el cura asombrando a sus
-feligreses endomingados, el cura con su casulla luminosa, aureolado de
-estrellas, de cirios, nimbado de las nubes del incienso... y el
-sacerdote, con una mirada de extraña dulzura, pronuncia las palabras
-sagradas, mientras que resplandece, más fulgurante aún, la custodia de
-allá arriba, el sol, sobre el humilde viejo que lloraba de alegría,
-sobre el triste «Martín» cuyas orejas ulceradas, pendían, ¡ay, tan
-lastimosamente...!»
-
- * * * * *
-
-Esa página de Rachilde da a conocer el fondo de amor y de dulzura que
-hay en el corazón de la terrible Decadente. Rachilde, la Perversa,
-habría sido disputada entre Dios y el diablo, según Luis Dumur. ¡Qué
-casuísta, qué teólogo podría demostrarme la victoria de Satanás en este
-caso? Rachilde se salvaría, siquiera fuese por la intercesión del viejo
-campesino y por la apoteosis de «Martín», el cual también rogaría por
-ella... ¿No se salvó el Sultán del poema de Hugo, por la súplica del
-cerdo?
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-GEORGE D’ESPARBÉS
-
-
-Como el hecho no demuestra sino la oportunidad de una ocurrencia de
-poeta, que en todo caso no merece sino aplausos, y como me fué narrado
-delante de Jean Carrere, que aprobaba con su sonrisa, no creo ser
-indiscreto al comenzar estas líneas contando la historia de un telegrama
-de Atenas, leído en el reciente banquete de Víctor Hugo y firmado George
-D’Esparbés, telegrama que reprodujo toda la prensa de París.
-
-Jean Carrere, en unión de otros jóvenes brillantes y entusiastas,
-literatos, poetas, quisieron manifestar que no era cierta la fea
-calumnia levantada contra la juventud literaria de Francia, que ha sido
-tachada de irrespetuosa para con Víctor Hugo.
-
-Para ello, y con motivo de la nueva publicación de «Toute la Lyre»,
-organizaron un banquete que tuvo la correspondiente resonancia; un
-banquete que pudiérase llamar de desagravio.
-
-Fueron ágapes a que asistió gran parte del París literario--viejos
-románticos, parnasianos y escuelas nuevas, y de las que brotó, maldita
-flor de discordia--a pistola, treinta pasos, sin resultado--un duelo
-entre Catulle Mendés y Jules Bois, quienes no hace mucho tiempo eran
-excelentes amigos. Fué la fiesta una deuda pagada, una ceremonia
-cumplida con el dios, y la cual, con gran pompa, y por contribución
-internacional, debería realizarse anualmente. Esta es una idea
-poético-gastronómica que dejo a la disposición de los hugólatras.
-
-En la mesa, cuando el espíritu lírico y el champaña hacían sentir en el
-ambiente un perfume de real mirra y de glorioso incienso, en medio de
-los vibrantes y ardientes discursos en honor de aquél que ya no está,
-corporalmente, entre los poetas, después de los brindis de los maestros,
-y de los versos leídos por Carrere y Mendés, se pronunció por allí el
-nombre de George D’Esparbés. D’Esparbés no estaba en el banquete, él,
-que ama la gloria del Padre, y que como él ha cantado, en una prosa
-llena de soberbia y de harmonía, los hechos del «cabito», la epopeya de
-Napoleón. Jean Carrere, el soberbio rimador, se levanta y ausenta por
-unos segundos. Luego, vuelve triunfante, mostrando en sus manos un
-despacho telegráfico que acababa de recibir, un despacho firmado
-D’Esparbés.
-
-¿Pero dónde está ahora él? Nadie lo sabe. Está en Atenas, dice Carrere.
-Y lee el telegrama, una corona de flores griegas que desde el Acrópolis
-envía el fervoroso escritor a la mesa en que se celebra el triunfo
-eterno de Hugo. Pocas palabras, que son acogidas con una explosión de
-palmas y vivas. Nadie estaba en el secreto. Cuando aparezca D’Esparbés
-no hay duda de que «reconocerá» su telegrama.
-
-Y ahora hablemos de esa portentosa «Leyenda del Aguila» napoleónica.
-
-La «Leyenda del Aguila» es un poema, con la advertencia de que
-D’Esparbés canta en cuentos. La epopeya es toda una, mas cada cuento
-está animado por su llama propia, en que el lirismo y la más llana
-realidad se confunden.
-
-No hace falta el verso, pues en esta prosa marcial cada frase es un
-toque de música guerrera, las palabras suenan sus fanfarrias de
-clarines, hacen rodar en el ambiente sus redobles de tambores, son a
-veces un cántico, un trueno, un ¡ay!, un omnisonante clamor de victoria.
-
-También el final es triste, al doble sonoro y doloroso de las campanas
-que tocan por la caída del imperio. Napoleón no aparece aumentado, no es
-un Napoleón mítico y de fantasía; antes bien, algunas veces como que el
-poeta se complace en achicar más su tan conocida pequeña estatura.
-
-Pensaríase en ocasiones un joven Aquiles comandando un ejército de
-cíclopes, guiando a la campaña batallones de gigantes. Porque si emplea
-el lente épico D’Esparbés, es cuando pinta las luchas, el decorado, el
-campamento, los soldados imperiales. Los soldados crecen a nuestra
-vista, aparecen enormes, sobrehumanos, como si fuesen engendrados en
-mujeres por arcángeles o por demonios. Sus talantes se destacan
-orgullosa y heroicamente. Tienen formas homéricas, son verdaderos
-androleones; llega a creerse que al caer uno de ellos herido, debe
-temblar alrededor la tierra, como en los hexámetros de la Iliada.
-
-Tal húsar es inmenso; tal granadero podría llamarse Amico o Polifemo;
-tal escuadrón de caballería podría entrar en el versículo de un profeta,
-terrible y devastador como una «carga» de Isaías. Y en todo esto una
-sencillez serena y dominadora. Podría intercalarse en este libro, sin
-que se notase diferencia en tono y fuerza, el episodio de Hugo en que
-vemos a Marius asomarse a la ventana y lanzar un ¡viva al emperador! al
-viento y a la noche.
-
-D’Esparbés ha elegido para su obra el cuento, este género delicado y
-peligroso, que en los últimos tiempos ha tomado todos los rumbos y todos
-los vuelos. La prosa, animada hoy por los prestigios de un arte
-deslumbrador y exquisito, juntando los secretos, las bizarrías
-artísticas de los maestros antiguos o los virtuosísimos modernos, es
-para él un rico material con que pinta, esculpe, suena y maravilla.
-Batallista de primer orden, conciso, nervioso y sugestivo, supera en
-impresiones y sensaciones de guerra a Stendhal y a Tolstoi, y si existe
-actualmente quien puede igualarle--alguno diría superarle--en campo
-semejante, es un escritor de España, Pérez Galdós, el Pérez Galdós de
-los «Episodios Nacionales.»
-
-Desde que comienza el poema, con el cuento de los tres soldados; tres
-húsares altos como encinas, viene un potente soplo que posee, que
-arrebata la atención. Estamos enfrente de tres máquinas de carne de
-cañón, tres soldados, rudos y musculosos como búfalos, tres grandes
-animales crinados del rebaño de leones del pastor Bonaparte. Porque es
-de ver cómo esos sangrientos luchadores, esos fieros hombres del
-invencible ejército, hablan del «emperadorcito», del pequeño y real
-ídolo, como de un divino pastor, como de un David. Así cuando se
-pronuncia su nombre, las fauces bárbaras, los fulminantes ojazos, se
-suavizan con una dulce y cariñosa humedad. Son tres soldados que después
-de la jornada de Jena, tienen, lo que es muy natural en un soldado
-después de una batalla, tienen hambre.
-
-Ingenuamente y «necesariamente» feroces, esos tres hombres degüellan a
-uno del enemigo, con la mayor tranquilidad, pero sufren y se inquietan
-cuando sus caballos no comen.
-
-Por eso cuando hallan un cura que les hospeda, en Saalfeld, del lado de
-Erfurth, y les da buena vianda y buen pan, lo que está conforme con la
-lógica militar es que sus tres cabalgaduras, también hambrientas, entren
-a comer en los mismos platos de ellos, espantando a la criada, y
-haciendo que el sacerdote medite, y vea el alma de esos hombres; y no
-se extrañe. Es uno de los mejores cuentos del poema. No resisto a citar
-una frase.
-
-Los soldados comen como desesperados de apetito. El cura les contempla,
-meditabundo y sacerdotal. De cuando en cuando les hace preguntas. Ha
-tiempo que están en armas. Desde jóvenes han oído las trompetas de las
-campañas. No saben de nada más. Y sobre todo, Napoleón se alza delante
-de ellos semejante a una inmortal divinidad. El cura dice a uno:
-
-«--Y vos, hijo mío, ¿creéis en Dios padre todopoderoso?»
-
-El soldado no comprende bien. Piensa: «Dios padre... Dios hijo...
-Dios...»
-
-«--¡Y bien!--grita de repente:
-
-«--¡Todo eso...! ¡eso es la familia del Emperador!»
-
-Después surge a nuestra vista un colosal tambor mayor del ejército de
-Italia, «alto como una torre y tierno como un saco de pan.» Su nombre es
-un verdadero nombre de gigante, más hermoso y tremendo que el de
-Cristóbal o el de Fierabrás, o el de Goliat; se llama Rougeot de
-Salandrouse. Un gallardo bruto, que cuando reía, «il montrait comme les
-bêtes une épaisse gueule de chair rouge qui semblait saigner.»
-
-Este bello monstruo que gustaba de las viejas historias de guerra y de
-las sublimes mitologías, amaba sobre todo la harmonía musical, las
-cornetas, los parches del combate. Bonaparte le nombró subteniente,
-teniente y capitán; después de lo de Arcola, después de lo de Mantua,
-después de lo de Trebia. Pero el hijo de Apolo cifraba su ambición en
-las pompas radiantes, en los compases, en el bastón que guiaba a los
-tambores: quería ser tambor mayor. Lo fué después de mucho pedirlo al
-emperador; y el titánico testarudo saludó con su admirable uniforme y
-sus vanidosos gestos, el triunfal sol de Austerlitz. Le vió Lannes desde
-su caballo, le vió Soult, le vió Bernadotte, le vió el insigne
-caballero Murat: y junto con Berthier y Janot, le vió, sonriendo, el
-«petit caporal», príncipe y dueño del Aguila. Y cuando llega la áspera
-brega, en medio de los choques, de la confusión sangrienta y de la
-muerte, la figura de Salandrouse, guiando sus tambores, adquiere
-proporciones legendarias.
-
-Herido, soberbio, incomparable, hace que los parches no cesen de tocar
-un son de victoria; y hay que ir a arrancarle de su puesto, donde se
-yergue, maravilloso como un dios, al canto ronco y sordo de los pellejos
-cribados.
-
-El desdén de la muerte, el respeto de la consigna, el amor a la vida
-militar, y sobre todo, la adoración por el que ellos miran como
-favorecido de la omnipotencia divina;--conquistador victorioso, señor
-del mundo, Napoleón,--forman el alma de estos épicos relatos.
-
-Ya es el conde subteniente que sufre sin gemir, y muere oyendo leer,
-cual si fuese un santo breviario, un libro de oro de la nobleza heroica;
-ya es el grupo de bravos rústicos que no sabían cargar los fusiles en
-medio de la más horrible carnicería, y que luego fueron condecorados; ya
-son los rudos gascones que luchan como tigres y gritan como diablos; ya
-es la marcha que bate un tamborcito casi femenil, para que desfilen ante
-los ojos aquilinos de Bonaparte ciento veinticinco hombres, resto de los
-treinta y ocho mil de Elkingen, o la visión de los cascos coronados por
-penachos de cabellos de mujeres españolas; o «Le Kenneck», valiente y
-fiel, delante del rey de Prusia; o el águila del Imperio que sale,
-apretando el rayo con las garras, del vientre del caballo muerto; o esta
-orden trágica, casi macabra, dada en lo más duro de la batalla: «En
-avant, les cadavres...!» o el capellán que parafrasea la Biblia al ruido
-de las descargas; o ese cuadro cuya sencilla magnificencia impone,
-asombra y encanta, cuando el Cabito tiene frío, y va a la tienda de la
-guardia inmortal, y duerme y se le hace lumbre con millones de oro, con
-Murillos, con Goyas, con portentos de Velázquez, con encajes de
-marquesas y abanicos de manolas; o el león de vida de gato que creía ser
-inmortal si no se le mataba con su sable; o el abandono de los caballos,
-alas de los caballeros; o el oficial que condecora y el emperador que
-aprueba; o el fantasma del «shakó», que se alza para responder con
-bizarría y cae en la muerte; o Duclós con sus charreteras, que condecora
-llorando a un viejo luchador, y cuando el emperador le pregunta:
-«Duclós, ¿conoces a ese hombre?» le contesta: «¡Señor, es mi padre!» o
-el águila, el águila viva, que vuela y grita sobre el pabellón que
-marcha al Austria; o el fúnebre clamor del abismo; o, en fin, los
-cañones que doblan cuando ya el Grande ha caído, ¡lúgubres y fatales
-campanas del Imperio!
-
-¡Libro magistral; poema ardiente y magnífico!
-
-La mujer no aparece sino raras veces, y en los recuerdos de los héroes:
-las madres, las abuelas llenas de canas, alguna esposa que está allá
-lejos! Donde brota un grupo de ellas, como un coro de Esquilo,
-terribles, suplicantes, gemidoras como mártires, coléricas como
-gorgonas, es en el capítulo, en el cuento de las crines. A un gran
-número de las hijas de España, en su pueblo invadido, un coronel
-fantasista, jovial y plúmbeo, hace cortar las cabelleras para adornar
-los cascos de sus dragones. Y como una mujer, aullante de dolor como
-Hécuba, se presenta con sus espesos cabellos ya canosos, el coronel se
-los hace también cortar y los pone sobre su cabeza marcial, donde los
-hará agitarse el huracán de la guerra. Y otra mujer brilla como una
-estrella de virtud y de grandeza, divina suicida, augusta delante de la
-muerte. Sucumbe con su niño en el más sublime de los sacrificios; pero
-también quedan emponzoñados, rígidos y sin vida, en la casita pobre,
-ocho cosacos como ocho bestias fieras.
-
-¿Qué otra figura femenil? Hay una, envuelta en el misterio. Ella, la
-vaga, la anunciadora de las desgracias, la que se pasea silenciosa por
-los vivacs, haciendo malos signos; ella, solitaria como la Tristeza, y
-triste como la Muerte. ¿Qué otra más? La Victoria, de real y soberano
-perfil, de cuello robusto y erectas mamas; creatriz de los lauros y de
-los himnos.
-
- * * * * *
-
-Este libro es una obra de bien. El es fruto de un espíritu sano, de un
-poeta sanguíneo y fuerte; y Francia, la adorada Francia, que ve brotar
-de su suelo--por causa de una decadencia tan lamentable como cierta,
-falta de fe y de entusiasmo, falta de ideales;--que ve brotar tantas
-plantas enfermas, tanta adelfa, tanto cáñamo indiano, tanta adormidera,
-necesita de estos laureles verdes, de estas erguidas palmas. Libros como
-el de D’Esparbés recuerdan a los olvidadizos, a los flojos y a los
-epicúreos el camino de las altas empresas, la calle enguirnaldada de los
-triunfos.
-
-Y puesto que de Vogüe ha visto el feliz anuncio de un vuelo de cigüeñas,
-alce los ojos Francia y mire si ya también vuelve, sonora, lírica,
-inmensa, el Aguila antigua de las garras de bronce.
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-AUGUSTO DE ARMAS
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-Hace algunos años un joven delicado, soñador, nervioso, que llevaba en
-su alma la irremediable y divina enfermedad de la poesía, llegó a París,
-como quien llega a un Oriente encantado. Dejaba su tierra de Cuba en
-donde había nacido de familia hidalga. Tenía por París esa pasión
-nostálgica que tantos hemos sentido, en todos los cuatro puntos del
-mundo; esa pasión que hizo dejar a Heine su Alemania, a Moreas su
-Grecia, a Parodi su Italia, a Stuart Merril su Nueva York. Hijo
-espiritual de Francia y desde sus primeros años dedicado al estudio de
-la lengua francesa, si llegó a escribir preciosos versos españoles,
-donde debía encontrar la expresión de su exquisito talento de artista,
-de su lirismo aristocrático y noble, fué en el teclado polífono y
-prestigioso de Banville.
-
-¡Banville! Pocos días antes de morir aquel maestro maravilloso y
-encantador, recibió un libro de versos en cuya portada se leía: «Augusto
-de Armas--Rimes Byzantines.» Leyó las rimas cinceladas de Armas y
-entonces le escribió una carta llena de aliento y entusiasmo.
-
-Theodore de Banville había escrito, a propósito de Wagner, estas
-palabras: «Le vrai, le seul, l’irrémisible défaut de son armure c’est
-qu’il a fait des vers français. L’homme de génie, qui doit tout savoir,
-doit savoir entre autres choses, que nul étranger ne fera jamais un vers
-français qui ait le sens commun. On t’en fricasse des filles commes
-nous! voilà ce que dit la Muse française á quiconque n’est pas de ce
-pays ci, et lorsqu’elle disait cela en se mettant les poings sur les
-hanches, Henri Heine, qui était un malin, l’a bien entendu.»
-Ciertamente, le escribió el gran poeta a Augusto de Armas,--he dicho
-eso; pero huélgome de confesar que vos sois la excepción de lo que
-afirmé.
-
-Basta leer una sola de las poesías del refinado bizantino de Cuba, para
-reconocer que fué con justicia armado caballero de la musa francesa al
-golpe de la espada de oro de Banville. ¿Quién ha cantado en más ricos
-hemistiquios el oleaje sonoro de los alejandrinos? Como Carducci que
-lleno del fuego de su estro entona su cántico «¡Ave o Rima...!» como
-Sainte Beuve que a manera de Ronsard celebra ese mismo encanto musical
-de la consonancia, Augusto de Armas, con el más elevado deleite, alaba
-la forma del verso francés en que se han escrito tantas obras maestras y
-tantos tesoros literarios; alaba el instrumento que ha hecho resonar
-desde el «Poema de Alejandro» hasta las colosales harmonías de «La
-Leyenda de los siglos».
-
-Su libro es labrado cofrecillo bizantino, lleno de joyas. Su verso es
-flor de Francia; su espíritu era completamente galo. Ha sido uno de los
-pocos extranjeros que hayan podido sembrar sus rosas en suelo francés,
-bajo el inmenso roble de Víctor Hugo. El abate Marchena no sé que haya
-hecho en francés nada como su curiosidad latina del falso Petronio;
-Menéndez Pelayo, pasmo de sabiduría, según se dice en España, dudo que
-se acomodase a las exigencias de las musas de Galia; Longfellow dejó muy
-medianejos ensayos, como su juguete «Chez Agassiz», Swinburne, que como
-Menéndez Pelayo versifica admirablemente en lenguas sabias, en sus
-versos franceses va como estrechado y sin la libertad y potencia de sus
-poesías en su lengua nativa. Lo mismo Dante Gabriel Rossetti.
-
-Heine lo que escribió en francés fué prosa; lo propio Tourgueneff. Los
-casos que pueden citarse, semejantes al de Augusto de Armas, son el de
-su paisano José María de Heredia, que se ha colocado orgullosamente
-entre el esplendor de sus trofeos; el de Alejandro Parodi, que ha
-logrado hasta el laurel de las victorias teatrales: el de Jean Moreas,
-gran maestro de poesía; el de Stuart Merril, que sólo puede ser yankee
-porque como Poe nació en ese país que Peladan tiene razón en llamar de
-Calibanes; el de Eduardo Cornelio Price, distinguido antillano, el de
-García Mansilla, poeta y diplomático argentino que escribe envuelto en
-el perfume del jardín de Coppée. Pero José María de Heredia llegó a
-París muy joven, y apenas si tiene de americano el color y la vida que
-en sus sonetos surgen, de nuestros ponientes sangrientos, nuestras
-fuertes savias y nuestros calores tórridos. Heredia se ha educado en
-Francia; su lengua es la francesa más que la castellana. Parodi, por una
-prodigiosa asimilación, pertenece al Parnaso francés; Moreas llegó de
-Atenas, histórica hermana de París; Stuart Merrill, como Poe, brota de
-una tierra férrea, en un medio de materialidad y de cifra, y es un
-verdadero mirlo blanco; formando Poe, el pintor misterioso y él, la
-trinidad azul de la nación del honorable presidente Washington; Price,
-no pasa de lo mediano; y García Mansilla, me figuro, que a pesar de sus
-preciosas producciones, y con todo y creerle dominador de la rima
-francesa y poeta y refinado artista, me figuro, digo, que debe de ser un
-cultivador elegante de la poesía, un trovero gran señor que ritma y rima
-para solaz de los salones, versos que deben ser impresos en ediciones
-ricas y celebrados por lindas bocas en las bellas veladas de la
-diplomacia.
-
-Augusto de Armas representaba una de las grandes manifestaciones de la
-unidad y de la fuerza del alma latina, cuyo centro y foco es hoy la
-luminosa Francia. El, que había nacido animado por la fiebre santa del
-arte, llevó al suelo francés la representación de nuestras energías
-espirituales, y Bánville pudo reconocer que el laurel francés, honra y
-gloria de nuestra gran raza, podía tener quien regase su tronco con agua
-de fuente americana, y que un americano de sangre latina podía ceñirse
-una corona hecha de ramas cortadas en el divino bosque de Ronsard.
-
-¿Pero el soñador no sabía acaso que París, que es la cumbre, y el canto,
-y el lauro, y el triunfo de la aurora, es también el maelstrom y la
-gehenna? ¿No sabía que, semejante a la reina ardiente y cruel de la
-historia, da a gozar de su belleza a sus amantes y en seguida los hace
-arrojar en la sombra y en la muerte? ¡Pobre Augusto de Armas! Delicado
-como una mujer, sensitivo, iluso, vivía la vida parisiense de la lucha
-diaria, viendo a cada paso el miraje de la victoria y no abandonado
-nunca de la bondadosa esperanza. Entre los grandes maestros, encontró
-consejos, cariño, amistad. Dios pague a Sully Prudhomme, al venerable
-Leconte de Lisle, a Mendés y a José María de Heredia, los momentos
-dichosos que podían dar al joven americano, alimentando su sueño, su
-noble ilusión de poeta. Y también a los que fueron generosos y llevaron
-a la cama del hospital en que sufría el pálido bizantino de larga
-cabellera, el consuelo material y la eficaz ayuda. Entre estos diré dos
-nombres para que ellos sean estimados por la juventud de América: es el
-uno Domingo Estrada, el brillante traductor de Poe, y el otro M. Aurelio
-Soto, expresidente de la república de Honduras.
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-LAURENT TAILHADE
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-
-Rarísimo. Es, ni más ni menos, un poeta. Estas palabras que se han dicho
-respecto a él no pueden ser más exactas: «Es un supremo refinado que se
-entretiene con la vida como con un espectáculo eternamente imprevisto,
-sin más amor que el de la belleza, sin más odio que a lo vulgar y lo
-mediocre.»
-
-Como poeta, como escritor, no ha tenido la notoriedad que sólo dan los
-éxitos de librería, los cuales desprecia el olímpico Jean Moreas,
-supongo que, fuera de la razón lírica, porque recibe una buena pensión
-de su familia de Atenas. Como hombre, raro es el que no conozca a
-Tailhade en el «quartier.»
-
-Y a propósito, ¿recuerdan los lectores lo que aconteció a este otro
-poeta cuando el alboroto de los estudiantes, años há? No le dieron sus
-versos, por cierto, la fama que los garrotazos y heridas que recibió.
-Poco más o menos sucede ahora con Laurent Tailhade. Sus libros, que
-antes solamente circulaban entre un público escogido y en ediciones de
-subscripción, es probable que tengan hoy siquiera sea una pasajera
-boga; aunque su refinamiento y su aristocracia artística no serán ni
-podrían ser para el gran público de los indudablemente ilustres Tales y
-Cuales. El cómo ve la vida Laurent Tailhade, lo explica un caricaturista
-de esta manera: «El poeta, vestido a la griega, toca la lira admirando
-un hermoso caballo salvaje. Poseído del «deus», no advierte el peligro.
-Resultado: Orfeo recibe un par de coces que le echan fuera de la boca
-toda la dentadura.»
-
-Y Castelar a su vez, hablando de la explosión que tan maltrecho dejó al
-lírico: «Hallábase allí entre tantos adoradores de la belleza divorciada
-del bien, un escritor anarquista, el amado Tailhade, quien dijo que
-importaba poco el crimen cometido por Vaillant, ante la hermosura de su
-actitud y de su gesto al despedir la bomba, sólo comparables, añado yo,
-al gesto y actitud de Nerón, cuando, vestido de Apolo y llevando en las
-manos áurea cítara tañida por sus delicados dedos, celebraba el incendio
-de la sacra Ilión entre las llamas que consumían la Ciudad Eterna. Pues
-bien, el apologista de Vaillant y su crimen estaba en el comedor cuando
-estalló la nueva bomba; y efecto del estallido, cayó casi deshecho en
-tierra, perdiendo un ojo arrancado a su rostro por los vidrios
-ardientes. Al sentirse así, no dijo nada el cuitadísimo de gestos y
-actitudes, llevóse la mano a la herida y gritó: «¡Al asesino!» Hay
-providencia.»
-
-¡El «amado Tailhade», anarquista!
-
-El gusta de los buenos olores y de las cosas bellas y poéticas. No quiso
-ir al último banquete de la Pluma, porque «olía a remedios.» ¿Será
-anarquista el que sabe como todos que, no digamos el anarquismo sino la
-misma democracia, huele mal?
-
-Tengo a la vista sus «Vitraux.» Mi número es el 226 del tiraje único de
-quinientos ejemplares que sobre rico papel de Holanda hizo el editor
-Vanier. «Vitraux» es la primera parte de «Sur Champ D’Or.» La carátula
-está impresa a tres tintas, rojo, violeta y negro, sobre un papel
-apergaminado. Y la dedicatoria que escribió ese admirador de Vaillant es
-la siguiente:
-
- A Madame
- La Comtesse Diane de Beausaq
- L. T.
-
-Laurent Tailhade dedica a esa dama aristocrática sus versos, porque debe
-de ser bella, tiene un lindo nombre y el blasón es siempre bello. Y
-pronunció la «boutade» sobre Vaillant porque, como Castelar, se imaginó
-que el dinamitero había lanzado la bomba con un bello gesto. En cuanto a
-Nerón, era sencillamente otro poeta, muy inferior por cierto al raro de
-quien hoy escribo. Porque, no, no haría ni con todas las lecciones de
-cien Sénecas, el imperial rimador, versos a sus dioses, como estos
-burilados, miniados adorables versos que Tailhade ha escrito «Sur Champ
-D’Or» en homenaje a la religión católica... y a la mujer amada. Es un
-homenaje sacrílegamente artístico, si queréis; son joyas profanas
-adornadas con los diamantes de las custodias, labradas en el oro de los
-altares y de los cálices. Cierto que en los tercetos a nuestra Señora,
-no se muestra el resplandor sagrado de la fe que vemos en la liturgia de
-Verlaine; son obras inspiradas en la belleza del culto cristiano, del
-ritual católico.
-
-Pero después de «Pauvre Lelian», que con fe pura y profunda y arte de
-insigne maestro, ha escrito prodigios de rimado amor místico, nadie ha
-igualado siquiera al Laurent Tailhade de los «Vitraux» en ninguna
-lengua, por la gracia primitiva, el sagrado vocabulario y el sentimiento
-de las hermosuras y magnificencias del catolicismo. Es aquí demasiado
-profano, es cierto, y vierte en el agua bendita un frasco de opoponax...
-¿Le perdonaremos en gracia al «bello gesto?» Para escribir estos poemas
-ha debido recorrer los viejos himnarios, las prosas, los antiguos cantos
-de la iglesia; las sequencias de Notker, las de Hildegarda, las de
-Godeschalk y las poesías de aquel divino Hermanus Contractus que nos
-dejó la perla de la Salve Regina.
-
-Laurent Tailhade es buen latinista, y ha versificado imitando a Adam de
-Saint-Víctor.
-
-Ejemplo:
-
- ¡Saivi vincia! ¡fulge lemur!
- Amor nunc foveamur:
- Per te, virgo, virginemur.
-
-Sus «Vitraux» son comparables a los de las antiguas catedrales. En ellos
-la Virgen conversa ingénuamente con el encantador serafín:
-
- Les calcédoines, les rubis
- Passementent ses longs habits
- De moire antique et de tabis.
-
- Ses cheveux souplets d’ambre vert
- Glissent comme un rayón d’hiver
- Sur sa cotte de menu-vair.
-
- ¡Oh! ses doigts frêles et le pur
- Mystère de ses yeux d’azur
- Eblouis du pardon futur!
-
- Tremblante elle reçoit l’Ave.
- Par qui le front sera lavé
- De l’antique Adam réprouvé.
-
- «Emperière au bleu pennon,
- Sur le sistre et le tympanon,
- Les cieux exaltent ton renom.
-
- ¡Toi de Jessé royal provin,
- Pain mistique, pain sans levain,
- Font scellé de l’Amour divin!
-
- ¡Toison de Gédéon! ¡Cristal
- Dont le soleil oriental
- N’adombre pas le feu natal...!
-
-La letanía continúa magnífica y preciosamente encadenada. Delicado,
-perfumado con mirra celeste, su «Hortus Conclusus» resuena con el eco de
-un himno en la fiesta de la purificación:
-
- Quia obsequentes oferunt
- Ligustra et alba lilia.
- Candor sed horum vincitur
- Candore casti pectoris.
-
-Siempre la Reina Virgen, la «Mère Marie» de Verlaine--¡y de todos los
-que sufren!--aparece radiante, vestida de sol, la Hija del Príncipe que
-cantó el Profeta. Todos los bálsamos de consolación brotan de ella:
-todos los perfumes: el del olibán, el del cinamomo, el del nardo de la
-Esposa del Cantar de los Cantares.
-
-Un soneto litúrgico hay que no puedo menos que reproducir. Para él no
-habría traducción posible en verso castellano.
-
-Es este:
-
- Dans le nimbe ajouré des vierges byzantines,
- Sous l’auréole et la chasuble de drap d’or
- Où s’irisent les clairs saphirs du Labrador,
- Je veux emprisonner vos grâces enfantines.
-
- ¡Vases myrrhins! ¡trépieds de Cumes ou d’Endor!
- ¡Maître-autel qu’ont fleuri les roses de matines!
- Coupe lustrale des ivresses libertines,
- Vos yeux sont un ciel calme ou le désir s’endort.
-
- ¡Des lis! ¡des lis! ¡des lis! ¡Oh pâleurs inhumaines!
- ¡Lin des etoles, chœur des froids catéchuménes!
- ¡Inviolable hostie oferte à nos espoirs!
-
- Mon amour devant toi se prosterne et t’admire,
- Et s’exhale, avec la vapeur der encensoirs,
- Dans un parfum de nard, de cinname et de myrrhe.
-
-Imaginaos un enamorado que fuese a las santas basílicas a arrancar los
-mejores adornos para decorar con ellos la casa de su querida. Podría
-citar exquisitas muestras de este volumen admirable; pero sería alargar
-mucho estas apuntaciones. He de observar, sí, algo de su poética. Hay en
-ella mezcla de Decadencia y de Parnaso. Algunas veces se pregunta uno:
-¿es esto Banville? Prueba:
-
- C’est un jardin orné pour les métamorphoses
- Où Benserade apprend ses rondeaux aux Follets,
- Où Puck avec Trilby, près des lacs violets,
- Débitent des fadeurs, en adorables poses.
-
-Y el «Menuet d’automne», es un espécime de la poética modernísima. Pero
-en todo se reconoce la distinción, la aristocracia espiritual y la
-magnífica realeza de ese «anarquista.»
-
-Cierto es que es éste el anverso de la medalla: la faz del inmortal
-Apolo.
-
-En el reverso nos encontramos con una cara conocida, ancha y risueña,
-con la cabeza de un bonachón y pícaro fraile que nos saluda con estas
-palabras: ¡Buveurs très illustres, et vous, verolés très précieux!...»
-Laurent Tailhade ha renovado a Rabelais en sus escasamente conocidas
-«Lettres de mon Ermitage.» Después, su risa hiriente y sonora se ha
-derramado en una profusión de baladas que le han acarreado un sinnúmero
-de enemigos. En este terreno es una especie de León Bloy rimador y
-jovial. Quisiera citar algún fragmento de las cartas o de las baladas;
-¿pero cómo serán ellas cuando en las revistas que se han publicado se
-ven llenas de lagunas y de puntos suspensivos? Con un tono antiguo y
-bufonesco, burla a sus contemporáneos, empleando en sus estrofas las
-palabras más brutales, obscenas o escatológicas. Sus baladas son el polo
-opuesto de sus «Vitraux.» Esas baladas se conocieron en las noches
-literarias de la «Plume» u otras semejantes, y hoy pueden verse en un
-elegante volumen ilustrado por H. Paul. Nombres de escritores, asuntos
-políticos y sociales, son el tema. Ya despelleja a Peladan,
-
-...C’est Peladan-Tueur-de Mouches...
- Quand Peladan coiffé de vermicelle...,
-
-ya pone en berlina a Loti, o a Bonnetain, o a Barres, o a Jean Moreas;
-ya la emprende con el senador Bérenger, de pudorosísima memoria; ya toma
-como blanco al burgués y alaba la terrible locura de Ravachol o de
-Vaillant.
-
-Allá en el fondo de su corazón de buen poeta, hallaréis honrada nobleza,
-valor, bravura y un tesoro de compasión para el caído. Exactamente lo
-mismo que en el fulminante Bloy.
-
-Como conferencista ha traído un escogido público a la Bodiniére. Su
-figura es apropiada a la elocuencia, y sus gestos son bellos, en verdad.
-
-Hay un retrato de «Dom Juniperien»--pseudónimo suyo, en el
-«Mercure»--que le representa sentado en una vieja silla monástica,
-vestido con su hábito de religioso, la capucha caída. La frente asciende
-en una ebúrnea calva imponente; sobre el cuello robusto se alza la
-cabeza firme y enérgica; los ojos escrutadores brillan bajo el arco de
-las cejas; la nariz recta y noble se asienta sobre un bigote de
-sportman, cuyas guías aguzadas denuncian la pomada húngara. De las
-obscuras mangas del hábito salen las manos blancas, cuidadísimas,
-finas, regordetas, abaciales.
-
-Fué de los primeros iniciadores del simbolismo. Vive en su sueño. Es
-raro, rarísimo. ¡Un poeta!
-
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-
-
-
-FRA DOMENICO CAVALCA
-
-
-No tengo conocimiento de que se haya traducido a nuestra lengua ningún
-libro del «primitivo» Fra Domenico Cavalca, en cuyas obras en prosa y en
-verso brilla la luz sencilla y adorable, la expresión milagrosa de las
-pinturas de un Botticelli. Al menos, Estelrich, que es, en lo moderno,
-quien mejor se ha ocupado en su magnífica Antología, de las traducciones
-de obras italianas en idioma español, no cita en las noticias
-bibliográficas de su obra el nombre del fraile Cavalca, de cuyas
-producciones dice Manni, citado por Francisco Costero, hablando de las
-«Vite scelte dei santi padri», que son merecedoras de todo encomio, «non
-solamente pel fatto di nostra favella, ma exiandio per la materia stessa
-di erudizione, di buon costume, di ottimi esempli, di antichi riti e di
-profonda, sovrana dottrina fornita e ripiena»: Costero le coloca en el
-rango de primer prosista de su tiempo, apoyado en Barretti, y en la
-mayor parte de los críticos modernos.
-
-Si la pintura «primitiva» ha dado vuelo a la inspiración de los
-prerrafaelitas, la poesía, la literatura trecentista y quatrocentista,
-resuena también en el laud de Dante Gabriel Rosseti, en la lira de
-Swinburne. En Francia ha inspirado a más de un poeta de las escuelas
-nuevas. Verlaine, Moreas, Vielli Griffin,--quien con su Oso y su Abadesa
-ha escrito una obra maestra,--son muestra de lo que afirmo. Ese mismo
-Laurent Tailhade, ese mismo poeta de las baladas anárquicas, ha escrito
-antes sus «Vitraux», en los cuales hallaréis oro y azul de misal viejo,
-sencillas pinceladas de Fra Angélico. Hay un tesoro inmenso de poesía en
-la gloriosa y pura falange de los místicos antiguos.
-
-Cuando en nuestra Bolsa el oro se cotiza duramente, cuando no hay día en
-que no tengamos noticia de una explosión de dinamita de un escándalo
-financiero o de un baldón político, bueno será volar en espíritu a los
-tiempos pasados, a la Edad Media.
-
- Le Moyen Age énorme et délicat...
-
-He aquí a Cavalca, dulce y santo poeta que respiraba el aroma
-paradisíaco del milagro, que vivía en la atmósfera del prodigio, que
-estaba poseído del amor y de la fe en su Señor y rey Cristo. Antes que
-él, Fra Guittone d’Arezzo pedía en un célebre soneto a la Virgen, que
-le defendiese del amor terreno y le infundiese el divino; y el inmenso
-Dante, en medio de sus agitaciones de combatiente, ascendía por las
-graderías de oro de sus tercetos, al amor divino, conducido por el amor
-humano.
-
-Eran los antiguos místicos prodigiosos de virtud; sus grandes almas
-parece que hubiesen tenido comunicación directa con lo sobrenatural; de
-modo que el milagro es para ellos simple y verdadero como la eclosión de
-una rosa o el amanecer del sol. ¡Y qué artistas, qué iluminadores! En la
-tela de la vida de un anacoreta, de un solitario, os bordan los
-paisajes más ideales, las flores más poéticamente sencillas que podáis
-imaginar. La caridad, la fe, la esperanza iluminan, perfuman, animan las
-obras. Es el tiempo del imperio de Cristo. Para aquellos corazones
-únicos, para aquellas mentes de excepción, la cruz se agiganta de tal
-manera que casi llena todo el cielo. El Padre mismo y la Paloma blanca
-del Espíritu están en el resplandor del Hijo. Y la Madre, la emperatriz
-María, pone con su sonrisa una aurora eterna en la maravilla del
-Empíreo.
-
-La hagiografía fué en aquellos siglos ocupación de las mejores almas.
-Fra Domenico, si dejó escritos religiosos y teológicos, y vulgarizó más
-de una obra desconocida, si fué poeta en sus serventesios y laudes, lo
-que le ha señalado un puesto único en la literatura mística universal,
-son las «Vidas»; aunque ellas no sean originales sino arreglos y
-versiones. «Le Vite de Santi Padri» furono scritte parte de San
-Gerolamo, parte da Evagrio del Ponto e da Sant’ Atanasio, e Fra Domenico
-Cavalca le tradusse del latino», dice Costero. Pero hay tal encanto, tal
-ingenua gracia y tal animación en ese italiano antiguo; es tan nítido y
-suave el estilo de Fra Domenico, que la obra pasa a ser suya propia. No
-conozco las otras traducciones suyas de obras diversas, como el
-«Pangilingua» o «Suma de Vicios», de Guillermo de Francia, u otras de
-que habla Costero: Un diálogo y una epístola de San Gregorio, las
-«Ammonizione» de San Jerónimo a Santa Paula, un libro de Fra Simone de
-Cascia, el «Libro de Ruth», y «Tratado de Virtudes y Vicios.»
-
-La musa de Cavalca, dice De Sanctis, es el amor. Respira, en efecto,
-amor todo aquello que brota de su pluma: el absoluto amor de Dios. La
-ternura rebosa en la vida de Santa Eugenia, que tanto entusiasmó a
-escritora como la Franceschi Ferrucci. En la de San Pablo, primer
-ermitaño, flota un ambiente de deliciosa fantasía. No creo equivocarme
-si digo que Anatole France ha leído a nuestro autor para escribir
-imitaciones tan preciosas como la «Leyenda» y «Celestín» de su «Etui de
-nacre.» Las creaciones del paganismo alternan con las figuras ascéticas.
-Pinturas hay de Fra Domenico que tienen toda la libertad de la
-inocencia, y que en boca de un autor moderno serían demasiado
-naturalistas. En la vida de San Pablo es donde se cuenta el caso de
-aquel mancebo que, tentado para pecar, por una «bellísima meretriz»,
-sintiéndose ya próximo a faltar a la pureza, se cortó la lengua con los
-dientes y la arrojó sangrienta a la cara de la tentadora.
-
-El viaje de San Antonio en busca de su hermano en Cristo, Pablo, que
-habitaba en el Yermo, es página curiosísima.
-
-Allí es donde vemos afirmada la existencia real de los hipocentauros y
-de los faunos. El Santo peregrino encuentra a su paso un «mezzo uomo e
-mezzo cavallo», que conversa con él y le da la dirección que debe seguir
-para encontrar al eremita. Luego un sátiro, un «uomo piccolo, col naso
-ritorto e lungo, e con corna in fronte, e piedi quasi come di capra», le
-ofrece dátiles y le ruega que interceda por él y sus compañeros con el
-nuevo Dios, con el triunfante Cristo.
-
-Para Fra Domenico, que era un digno poeta, la existencia de esos seres
-fabulosos es cosa indiscutible e indudable. Más aun, da en su apoyo
-citas históricas. «De estas cosas, dice, no hay que dudar, por creerlas
-increíbles o vanas; porque en tiempo del emperador Constantino, un
-semejante hombre vivo fué llevado a Alejandría, y después, cuando murió,
-su cuerpo fué conservado «(insalato)» para que el calor no le
-descompusiese, y llevado a Antioquía, al emperador, de lo cual casi todo
-el mundo puede dar testimonio.»
-
-Pero nada como la odisea de los monjes Teófilo, Sergio y Elquino, cuando
-se propusieron, para edificación de la gente, narrar y escribir las
-admirables cosas que Dios les había hecho ver, en su viaje en busca del
-Paraíso terrenal. Esto se ve en la vida de San Macario. Habiendo
-renunciado al siglo, entraron a un monasterio de Mesopotamia de Siria,
-del cual era abad y rector Asclepione. El monasterio estaba situado
-entre el Eufrates y el Tigris. Teófilo un día en medio de una mística
-conversación, propuso a sus dos nombrados hermanos en Cristo ir en
-peregrinación por el mundo, «hasta llegar al lugar en que se junta el
-cielo con la tierra.» Partieron todos juntos, y la primera ciudad que
-encontraron después de muchos días de caminar fué Jerusalém, en donde
-adoraron la santa cruz y visitaron los lugares santos. Estuvieron en
-Belén, y en el monte de los Olivos. Después se dirigieron a Persia, el
-cual imperio recorrieron. Luego van a la India, y empiezan para ellos
-los encuentros raros, los peligros y las cosas extranaturales. Les
-rodean tres mil etiopes, en una casa deshabitada en la cual habían
-entrado a orar; les cercan de fuego, para quemarles vivos; oran ellos a
-Cristo; Cristo les salva; les encierran para darles muerte de hambre;
-Dios les saca libres y sanos. Pasan por montes obscuros, llenos de
-víboras y fieras. Caminan días enteros y pierden el rumbo. Un bellísimo
-ciervo llega de pronto y les sirve de guía. Vuelven a encontrarse solos,
-en un lugar lleno de tinieblas y de espantos: una paloma se les aparece
-y les conduce. Encuentran una tabla de mármol con una inscripción
-referente a Alejandro y a Darío. En la cual tabla miran escrita la
-dirección nueva que deben tomar. Cuarenta días más de peregrinación y
-caen rendidos de cansancio. Llaman a Dios, y adquieren nuevas fuerzas.
-Se levantan y ven un grandísimo lago lleno de serpientes que parecían
-arrojar fuego, «y oímos voces, dice la narración, salir estridentes de
-aquel lago, como de innumerables pueblos que gimiesen y aullasen.» Una
-voz del cielo les dijo que allí estaban los que negaron a Cristo.
-
-Hallaron después a un hombre inmenso--una especie de
-Prometeo--encadenado a dos montes, y martirizado por el fuego. Su clamor
-doloroso «s’udiva bene quaranta miglia alla lunga...» Después en un
-lugar profundísimo, y horrible, y rocalloso y áspero--los adjetivos son
-del original--vieron una fea mujer desnuda a la cual apretaba un enorme
-dragón, y le mordía la lengua. Más adelante encuentran árboles
-semejantes a las higueras, llenos de pájaros que tenían voz humana y
-pedían perdón a Dios por sus pecados. Quisieron nuestros monjes saber
-qué era aquello, mas una voz celeste les reprendió: «Non ci conviene a
-voi conoscere li segreti giudici di Dio; andate alla vïa vostra.» Con
-esta franca indicación los buenos religiosos prosiguieron su camino.
-Hallan en seguida cuatro ancianos, hermosos y venerables, con coronas de
-oro y gemas, palmas de oro en las manos; ante ellos, fuego y espadas
-agudas. Temblaron los peregrinos; pero fueron confortados: «Seguid
-vuestro camino seguramente que nosotros estaremos en este lugar, por
-Dios, hasta el día del juicio.»
-
-Anduvieron cuarenta días más, sin comer. Después viene la pintura de una
-visión semejante a las visiones, de los fuertes profetas--Ezequiel,
-Isaías--, pero en un lenguaje dulce y claro, de una transparencia
-cristalina. No es posible dar traducidas las excelencias originales.
-Dicen que, en su camino, escucharon como cantar la voz de un pueblo
-innumerable; y sintieron al mismo tiempo perfumes suavísimos, y una
-dulzura en el paladar como de miel.
-
-Gozaban todos los sentidos santamente. Como en la bruma de un ensueño,
-vieron un templo de cristal, y un altar en medio, del cual brotaba una
-agua blanca como la leche, y alrededor hombres de aspecto santísimo que
-cantaban un canto celestial con admirable melodía. El templo, en su
-parte del mediodía, parecía de piedras preciosas; en su parte austral
-era color de sangre; en la del occidente, blanco como la nieve. Arriba
-estrellas, más radiantes que las que vemos en el cielo:--sol, árboles,
-frutas y flores y pájaros mejores que los nuestros; y este precioso
-detalle: «la terra medesima e dall’ uno lato bianca come neve e dall’
-altro rosa.» No concluyen aquí las maravillas encontradas por estos
-divinos Marco Polos. Después de verse frente a frente con una tribu
-extrañísima--a la cual ponen en fuga de muy curiosa manera,
-gritando,--Dios calma sus hambres y sedes con hierbas que brotan de la
-tierra como cayó el maná bíblico del cielo.
-
-Todo cubierto de cabellos blancos, «come l’uccello delle penne», aparece
-ante ellos el ermitaño San Macario. Si la blancura de sus cabellos ha
-sido comparada con la de la nieve, no obsta para compararla con la de la
-leche. El retrato del solitario: «Su faz parecía faz de ángel; y por la
-mucha vejez casi no se veían los ojos. Las uñas de los pies y de las
-manos cubrían todo el cuerpo; su voz era tan sutil y poca que apenas se
-oía, la piel del rostro casi como una piel seca.»
-
-Así León Bloy dibujaría una de sus viñetas arcaicas, a imitación de los
-viejos maestros alemanes. Macario conversa con los peregrinos, después
-de reconocer en ellos a hijos y ministros de Dios, y les aconseja no
-proseguir en su intento de llegar al Paraíso.
-
-El mismo ha querido hacer el viaje: lo ha hecho: ¡está tan cerca aquel
-lugar de delicias donde vivieron Adán y Eva! veinte millas, no más. Pero
-allá está el querubín con una espada de fuego en la mano, para guardar
-el árbol de la vida: sus pies parecen de hombre, su pecho de león, sus
-manos de cristal. Macario recomienda sus huéspedes a sus dos leones:
-«Hijitos míos, esos hermanos vienen del siglo a nosotros: cuidado con
-hacerles ningún mal.» Cenaron raíces y agua; durmieron. Al siguiente día
-ruegan a Macario que les narre su vida. Nuevos y mayores prodigios.
-
-Macario, nacido en Roma, cuenta cómo dejó el lecho de sus nupcias, la
-propia noche de bodas, para consagrarse al servicio de Cristo.
-
-Guías sobrenaturales, milagrosos senderos, hallazgos portentosos; todo
-eso hay en la vida del anciano. También él, perdido en el monte, tuvo
-por compañero a un onagro maravilloso, después de ser conducido por el
-arcángel Rafael; muéstrale el sendero que debe seguir luego un ciervo
-desmesurado; frente a frente con un dragón, el dragón le llama por su
-nombre y le conduce a su vez, mas ya transformado en un bellísimo joven.
-Halló una gruta y en ella dos leones, que desde entonces fueron sus
-compañeros. Esos dos leones escoltaron como pajes, un buen trecho, a los
-peregrinos, cuando se despidieron del santo eremita.
-
-Al tratar de los demonios y sus costumbres, en las «Vidas», Fra Domenico
-es copioso en detalles. Deben haber consultado sus obras los Bodin,
-Gorres, Sinistrari, Lannes, Sprenger, Remigius, del Río, para escribir
-sus tratados demonológicos. En la vida de San Antonio Abad toma el
-Bajísimo formas diversas: ya es una mujer bellísima y provocativa; o un
-mozo horrible; o surge el diablo en forma de serpiente; y fieras, leones
-fantásticos, toros, lobos, basiliscos, escorpiones, leopardos y osos,
-que amenazan al solitario en una algarabía infernal. Después en otro
-capítulo, explícase cómo los demonios pueden venir en forma de ángeles
-luminosos, y parecer espíritus buenos. San Antonio cuenta de cuantas
-maneras se le aparecieron: en forma de caballeros armados, o de fieras o
-monstruos; de un gigante y de un santo monje. San Hilarión les oye
-llorar como niños, mugir como bueyes, gemir como mujeres, rugir como
-leones. San Abraham mira a Lucifer en su celda en medio de una
-maravillosa luz, o en forma de hombre furioso, de niño, de una agresiva
-multitud. A San Macario le tienta en figura de preciosa doncella,
-ricamente vestida. A San Patricio le arroja a un fuego demoníaco, del
-cual se libra por la oración. Pero casi siempre es en forma de mujer, o
-por medio de la mujer que Satán incita, pues según dice con justicia
-Bodin: «Satán par le moyen des femmes, attire les hommes a sa cordelle.»
-Y es probado.
-
-Lo que se presenta con especial y primitiva gracia en las «Vite» son las
-adorables figuras de las santas. Semejan imágenes de altar bizantino, de
-vidrieras medioevales; la virgen Eufrasia; Eugenia, mártir; Eufrosina
-que vivió en un monasterio con hábito masculino, como murió Palagia;
-María Egipciaca, dulce pecadora que va a Dios y resplandece como una
-estrella en el cielo de la santidad; Reparada, que cambia en agua fría
-el plomo derretido y entra al horno ardiente y sale intacta.
-
-Al acabar de leer la obra de Fra Domenico Cavalca siéntese la impresión
-de una blanda brisa llena de aromas paradisíacos y refrescantes. Hay
-algo de infantil que deleita y pone en los labios a veces una suave
-sonrisa.
-
-Todas las literaturas europeas tienen esta clase de
-escritores--hagiógrafos o poetas,--por desgracia hoy demasiado olvidados
-e ignorados.--Raro es un Rémy de Gourmont que resucite y ponga en
-maravilloso marco las bellezas del latín místico de la Edad Media, por
-ejemplo. No son muchos--no digo entre nosotros; eso es claro--los que
-conocen joyeles como las «Secuencias» de santa Hildegarda, y otros
-tesoros de poesía mística antigua. Alemania posee el «Barlaam» y
-«Josaphat», el cántico de San Hannon, etcétera. Tieck intentó que la
-poesía alemana de su tiempo se abrevase en las límpidas aguas de
-Wackenroder y otros autores de su tiempo. Fué un precursor de Dante
-Gabriel Rossetti, del prerrafaelismo; y sufrió por sus intentos más de
-una picadura de las abejas de Heine.
-
-[imagen]
-
-
-
-
-EDUARDO DUBUS
-
-
-Los violines también se callan, los violines que tocaban tan
-vigorosamente para la danza, para la danza de las pasiones; los violines
-se callan también. Estas palabras de la «Angélica» de Heine, escucháis
-al entrar al parque solitario en donde la fiesta tuvo sus luces y sus
-cantos.
-
-Eduardo Dubus es un raro poeta, poeta que enguirnalda con rosas
-marchitas el simulacro de la Melancolía.
-
-Vamos allá al recinto abandonado... ya pasó la hora de la partida; ya
-las barcas van lejos; ya las marquesas, los caballeros galantes, los
-abates rosados van lejos. Callaron los violines y partieron, con su
-dulce alma harmoniosa... Los violines, silenciosos, van ya lejos...
-
- En mes rêves, ou regne une Magicienne,
- Cent violons mignons, d’une grâce ancienne,
- Vêtus de bleu, de rose, et de noir plus souvent
- Viennent jouer parfois, on dirait pour le vent,
- Des musiques de la couleur de leur coutume,
- Mais on pleurent de folles notes d’amertume,
- Que la Fée, une fleur au lèvres, sans émoi,
- Ecoute longuement se prolonger en moi,
- El dont je garde souvenir, pour lui complaire,
- Et maint joyau voilé d’ombre crépusculaire,
- Qu’orfèvre symbolique et pieuse sortis
- A sa gloire,
- Quand les violons sont partis.
-
-Si vuestra alma pone el oído atento, en las fiestas de ensueños del
-poeta, oiréis los maravillosos sones de los violines: los azules cantan
-la melodía de las dichas soñadas, los alcázares de ilusión, las
-babilonias de pálido oro que vemos a través de las brumas de los vagos
-anhelos; los rosados dicen las albas de las adolescencias, la luz
-adorable del orto del amor, la primera sutil y encantada iniciación del
-beso, las palomas, las liras; los negros, ¡oh los negros! son los
-reveladores de las tristezas, los que plañen los desengaños, los que
-sollozan líricos de profundis, los que riman la historia de los adioses,
-en una enternecedora lengua crepuscular. Todos ellos mezclan a sus sones
-divinos la nota melancólica; todos a su «gracia antigua», agregan como
-una visión de desesperanza: así escucha el Hada, una flor en los
-labios...
-
-La aparición de Ella, es semejante a una de las deliciosas visiones de
-Gachons, ese discípulo prestigioso de Grasset, rosa suave, violeta
-suave, un poniente melancólico; la Mujer surge intangible; no es la
-Mujer, es la Apariencia; sus ojos son adoradores de los sueños, enemigos
-de las fuertes y furiosas luces; aman las neblinas fantásticas; buscan
-las lejanías en donde crece el sublime lirio de lo Imposible. Luego la
-contemplamos en un jardín hesperidino:
-
- Parmi les fleurs pâles, aux senteurs ingénues,
- Qui n’ont jamais vibré sous les soleils torrides,
- Elle va le regard éperdu vers les nues.
-
- Son âme, une eau limpide et calme de fontaine:
- Sous le grand nonchaloir des ramures funèbres,
- Reflète indolement la rêverie hautaine
- Des lis épanouis dans les demi ténébres.
-
- Une angélique Main, qui lui montre la Voie,
- Seule dans sa pensée eut la gloire d’écrire,
- Et le ciel, d’une paix divine lui renvoie
- L’écho perpétuel de son chaste sourire...
-
-Es una misteriosa y pura figura de primitivo: su paso es casi un
-imperceptible vuelo; su delicadeza virginal tiene el resplandor albísimo
-de una celeste nieve... Etcétera...
-
-Y así podría seguir, violineando poema en prosa, para encanto de los
-snobs de nuestra América ¡que también los tenemos! si no debiese
-presentar como se lo merece, en la serie de los Raros, a este poeta
-Dubus, que es ciertamente admirable, y en el mismo París, como no sea en
-ciertos cenáculos literarios, muy escasamente conocido.
-
-León Deschamps compara la cara de Dubus a «la máscara de Baudelaire
-joven», lo cual quiere decir que era de un hermoso tipo, si recordáis la
-impresión de Gautier; era joven y vigoroso, «un grand enfant rêveur,
-pervers pas mal et fantasque joliment.» Del retratito pintado con humor
-y cariño por su amigo el jefe de «La Plume», se ve que había en el
-lírico envainado un fantasista, y en el soñador un terrible, que quería
-a toda costa espantar a los burgueses. No hay que olvidar que los peores
-enemigos de las «gentes», se han hallado siempre entre los hombres
-jóvenes y cabelludos que besan mejor que nadie las mejillas, muerden las
-uvas a plenos dientes y acarician a las musas, como a celestiales amadas
-y ardientes queridas. Era así Dubus.
-
-No se adivinaría tras su faz, al melancólico que deslíe los pálidos
-colores de sus ensueños, en los versos exquisitos que rimaba, cuando los
-violines habían ya partido...
-
-Quería tener fama en «Francisco I», en el «Vachette», en todo el barrio
-de ser morfinómano y no había visto nunca, dicen sus íntimos, una
-Pravaz; de ser pornógrafo y era casto, tan casto en sus versos, como un
-lirio de poesía; de mal «sujeto», y era un excelente muchacho. Su Maga
-le protegía; su Maga le enseñaba la más dulce magia; su Maga le enseñaba
-los melodiosos versos, las músicas de sus enigmáticos violines...
-
-Henri Degrou--otro perfecto desconocido--nos ha contado de él cómo
-apenas tenía diez años de vida artística; que comenzó en el «Scapin» de
-Vallette con Denise, Samain, Dumur, Stuart Merril, que luego juntando
-dos cosas horriblemente antagónicas, poesía y política, fué
-conferencista revolucionario en la sala Jussieu; y se batió en duelo;
-periodista clamoroso y aullante en el «Cri du Peuple», en la «Jeune
-Republique» y en la escandalosa «Cocarde» de boulangística memoria;
-poeta en el «Chat Noir», con Tinchant y Cross, y compañero constante de
-la parvada mantenedora de las «revistas jóvenes», entre las cuales
-brotaron dos que hoy son lujo intelectual del alma nueva de Francia, y a
-las que no nombro por ser muy conocidas de los «nuevos.»
-
-Hízose luego Dubus pontífice o cosa así de una de esas religiones de
-moda más o menos indias o egipcias; budhista, kabalista, o lo que fuese,
-lo que buscaba su espíritu era huir de la banalidad ambiente, hallar
-algo en que refugiarse, sediento de ensueños y de fábulas, enemigo del
-bulevar, de Coquelin y de la «Revue de Deux Mondes», uno de tantos «des
-Esseintes», en fin.
-
-Cuando la publicación de su libro-bijou, «Quand les violons sont
-partis»,--libro especial, defendido de los hipopótamos callejeros porque
-era de subscripción y no se vendía en las librerías,--los pocos, los que
-le comprendieron, le saludaron como a uno de los más ricos y brillantes
-poetas de la nueva generación.
-
-Ni desconyuntó el verso francés; ¡y era revolucionario y simbolista! ni
-mimó a Mallarmé; ¡y era decadente...! ni ostentó la escuadra de plata y
-la cuchara de oro de los impecables albañiles del Parnaso; ¡y era
-parnasiano! Lo único que le denunciaba su filiación era un cierto
-perfume de Baudelaire; pero un Baudelaire tan sereno y melancólico...
-
-Al comenzar vimos cómo era el alma del poeta, es decir, la mujer, la
-inspiración. Simboliza Dubus en ella a la reina de un soñado país que se
-desvanece, de un reino hechizado que se borra, que se esfuma:
-
- Elle pairait ainsi bien Reine pour ces temps
- Enveloppés de leur linceul de décadence,
- Où tante joie est travestie de Mort qui danse,
- Et l’Amour en vieillard, dont les doigts mécontents,
- Brodent, sans foi, sur une trame de mensonge
- Des griffons prisonniers dans des palais de songe.
-
-En ella, como en un altar, se verifican todos los sacrificios, se queman
-todos los inciensos. Se miran, como a través de una gasa diamantina, o
-más bien, de clara luz lunar, los jardines de su vida, su primavera, en
-un estrecimiento de oro; o es ya su perfil, el perfil de una emperatriz
-bizantina--algo como la Ana Commeno que pinta Paul Adam--sus deseos y
-sus ensueños, bajeles-cisnes que parten a desconocidos países de amor,
-en busca de nuevos ardores, de nuevos fuegos: y mirad la transformación:
-cómo la mujer intangible marchita ahora con sólo su aliento las corolas
-frescas; cómo estremece de asombrado espanto los blancores liliales con
-sólo la visión de sus crueles e imperiales labios de púrpura, la roja
-violadora de lises.
-
-La segunda parte del libro está precedida de un son de siringa de
-Verlaine;
-
- Cœurs tendres, mais affranchis du serment.
-
-En toda obra de poeta joven actual se ve necesariamente pasar la sombra
-del Capripede.
-
-Es el que ha enseñado el secreto de las vagas melodías sugestivas, de
-aquellas palabras
-
- si specieux, tout bas,
-
-que hacen que nuestro corazón «tiemble y se extrañe...» primero con la
-proclamación del imperio musical--de la «musique avant toute chose»--y
-las maravillas del matiz, en una poética encantadora y sabia; después
-con la sapientísima gracia de una sencillez más difícil que todas las
-manifestaciones que parecieron al principio tan abstrusas.
-
-Dubus canta su romanza teniendo la visión de aquel parque verleniano en
-que iban las bellas, prendidas del brazo de los jóvenes amantes,
-soñadoras; y en donde los tacones luchaban con las faldas...
-
- J’aimerais bien vous égarer un soir
- Au fond du pare desert, dans une allée
- Impénétrable à la nuit etoilée:
- J’aimerais bien vous égarer un soir.
-
- Je ne verrais que vos longs yeux féeriques
- Et nous vivons lèvres closes, rêvant
- A la chanson languisante du vent;
- Je ne verrais que vos longs yeux féeriques.
-
-Luego las pequeñas cosas divinas del amor, en medio de los perfumes del
-gran bosque misterioso, las dos almas olvidadas de la tierra; vuelos de
-mariposa, sombras propicias...
-
- Quelle serait la fin de l’aventure?
- Un madrigal accueilli d’airs moqueurs?
- Nous fûmes tant les dupes de nos cœurs?
- Quelle serai la fin de l’aventure?
-
-Abates de corte, marquesas, ecos de las Fiestas galantes. Como en éstas,
-la expresión de un indecible «régret», y el refugio de la desolación en
-el ensueño.
-
-En ritmos de Malasia continúan las lentas y vagorosas prosas de las
-ilusiones fugitivas, de las «reveries» crepusculares, de las laxitudes
-que dejan los apasionados besos idos; se oyen en el «pantum» como las
-quejas de un viejo clavicordio, que hubiese sido testigo de las horas de
-pasión, en la primavera en que florecieron las ilusiones, y que hoy
-rememora ¡tan tristemente! las albas amorosas que pasaron. ¿Hay algo más
-melancólico que el rostro de viuda de esa musa entristecida que tiene
-por nombre Antes?
-
-En «Les Jeux fermés» las reminiscencias de Verlaine aparecen más claras
-que en ninguna. Si me favoreciese la memoria, recordaría el pasaje
-original del maestro. Pero los pocos lectores para quienes escribo estas
-líneas, podrán hacer la confrontación:
-
- * * * * *
-
- Toute blanche, comme une aubépine fleurie,
- Voici la Belle-au-bois-dormant: on la marie,
- Ce soir, au bien-aimé qu’elle atendit cent ans.
-
- Cendrillon passe au bras de l’Adroite-Princesse...
- Et les songes épars des contes, vont sans cesse
- Souriant aux petits enfants jusqu’au reveil.
-
- * * * * *
-
-La parte siguiente la preside Mallarmé; un Mallarmé que viene desde las
-lejanías del Eclesiastés:
-
- ¡La chair est triste hélas! et j’ai lu touts les livres!
-
-¿Los violines, los dos violines de la cuadrilla, lloran, o ríen? Es el
-fin del baile. La respuesta quizá la encontraríamos en «La Nuit perdue»,
-bajo los tilos radiosos de girándulas, en donde la orquesta da al aire
-alegres y frívolos motivos.
-
-Aquel mismo parque lleno de adorables visiones, y de ruidos de músicas
-suaves y de besos, es el lugar de la nueva escena. Al claro de la luna
-se inicia un amorío deleitoso y loco. Pero el éxtasis es rápido. No
-quedará muy en breve sino la lánguida atonía del recuerdo.
-
-«La Mensonge d’Autunne» está escrita con la manera suntuosa y hermética
-de Mallarmé: apenas entrevistas apariencias, enigmáticas evocaciones,
-músicas sutiles y penetrantes, despertadoras de sensaciones que un
-momento antes ignoraba uno dentro de sí mismo.
-
-Aurora. Ha pasado la noche de la fiesta. «El oro rosado de la aurora
-incendia los «vitraux» del palacio en donde se danza una lenta pavana
-desfalleciente, a los perfumes enervantes del aire puro.»
-
-Un detalle:
-
- L’éclat falot de la bougie agonise
- A l’infini, dans les glaces de Venise.
-
-¿Habéis visto un final de fiesta, cuando el alba empieza y la luz del
-sol va inundado el salón iluminado por las arañas y los candelabros? Los
-rostros cansados, las ojeras, las fatigas del cuerpo y una vaga fatiga
-del alma.
-
-
- * * * * *
-
- La musique a des sons bien étranges;
- On dirait un remords qui pérore.
-
- Mourants ou morts dejà les sourires mièvres,
- Les madrigaux sont morts sur tous les lèvres.
-
- * * * * *
-
- Dans la salle de bal nue et vide
- Reste seul un bouquet qui se fane,
- Pour mourir du même jour livide
- Que l’espoir des danseurs de pavane.
-
- L’éclat falot de la bougie agonise
- A l’infini, dans les glaces de Venise...
-
-Después una canción jovial cuyo final nos llevará al ineludible páramo
-de los desengaños; una «feerie»--para Rachilde--que sería
-maravillosamente a propósito para ser interpretada por Odilon Redon.
-
-Y en los «bailes», son las alegres danzantes, las amadas, las
-adoradas--¡ah, crueles gatas nietzschianas!--las alegres danzantes que
-danzan al son de los violines y de las flautas.
-
-Entre aromas y sonrisas y músicas, helas allí del brazo de los
-caballeros, de los pobres enamorados caballeros.
-
---Bellas nuestras, ¿queréis colocar en el lugar de las rosas, sobre
-vuestro corazón los corazones nuestros?
-
-¡Ah! ellas dicen que sí, toman los corazones, se los prenden al corpiño,
-y ríen. Los pobres caballeros partirán y han de ver cómo las bellas
-danzan en la sala del baile, y cómo se desprenden los corazones de los
-corpiños, y cómo ellas siguen danzando,
-
-... et leurs petits souliers
- Glissent éclaboussés de gouttes purpurines.
-
-Otra noche de fiesta. Los pájaros azules han volado desde el amanecer
-del día, pero vuelven como heridos, con un incierto vuelo. Las rosas del
-camino están más pálidas y son más raras que nunca. Las flores están
-desoladas bajo un cielo ahogador. Casi concluye esta parte con una
-sensación de pesadilla.
-
-Ciertamente, el poeta sabía ya cómo la carne es triste; y había leído
-todos los libros...
-
-En la otra parte, cuyo epígrafe es este verso de Gerard de Nerval:
-
- Crains dans le mur un regard qui t’epie,
-
-es una sucesión de cuadros fastuosos, en donde predomina siempre la
-bruma de una tristeza irremediable. Es el reino del desencanto.
-
-Así en un soneto invernal, como en el «pantun» del Fuego, dedicado a
-Saint Pol Roux El Magnífico; como en el palacio monumental que alza en
-una Babilonia de ensueño; como en la canción «para la que llegó
-demasiado tarde»; como en Epaves, donde los galeones cargados de
-esperanzas se hunden en un océano de olvido, antes de llegar a la España
-soñada; como en el jardín muerto, un jardín a lo Poe, en donde reina la
-Desolación.
-
-La parte siguiente presídenla dos corifeos de la Decadencia (¡habrá que
-llamarla así!): Villiers de l’Isle Adam y Charles Morice.
-
-El Eterno Femenino alza al cielo un cáliz enguirnaldado de locas flores
-de voluptuosidad:
-
- La haute coupe, d’un metal diamanté
- Où se profilent de lascives silhouettes,
- A l’attirance d’un miroir aux alouettes,
- Et nos divins désirs, qu’elle eblouit un jour,
- Viennent, l’aile ivre, éperdument voler autour
- Criant la grande soif qui nous brûle la bouche,
- Jusqu’à l’heure de la communion farouche
- Où chacun boit dans le metal diamanté
- La Science: qu’il n’est au monde volupté
- Hormis les fleurs dont s’enguirnalde le calice,
- Pour que s’immortalice un merveilleux supplice.
-
-Las letanías que siguen tienen su clarísimo origen en Baudelaire; pero
-tanto Dubus, como Hannon, como todos los que han querido renovar las
-admirables de Satán, no han alcanzado la señalada altura. No se puede
-decir lo mismo respecto a la «Sangre de las rosas», en donde el autor se
-revela exquisito artista del verso y poeta encantador.
-
-Después oímos el canto que rememora el naufragio de los que, atraídos
-por las fascinantes sirenas, hallaron la muerte bajo la tempestad,
-«cerca de los archipiélagos cuyos bosques exhalan vagas sinfonías y
-perfumes cargados de languideces infinitas.»
-
- C’était le chant suave et mortel des sirenes,
- Qui avançaient, avec d’ineffables lenteurs,
- Les bras en lyre et les regards fascinateurs,
- Dans les râles du vent diviniment sereines.
-
-Algo soberbio es «El Idolo», poema fabricado lapidariamente, cuyo
-símbolo supremo irradia una majestad solemne y grandiosa.
-
-Seguidamente viene la última parte, en la cual vuelve a oirse el paso
-del Pie de chivo, y su flauta de carrizos:
-
- ¿Te souvient-il de notre extase ancienne?
-
-Llama a la Resignación, con una cordura completamente verleniana; Don
-Juan se queja en dísticos. Es ya un piano viejo y roto, demasiado usado.
-Ha cantado muchos amores y muchas delicias. Las mujeres han aporreado
-sus teclas con aires infames, y «traderiderá y laitou»,
-
- ¡Tant et tout! que les tremolos
- Eussent la gaîté des sanglots.
-
-En el parque antiguo yace la estatua de Eros, caída; las canciones ha
-tiempo que se han callado: el solitario desterrado halla apenas un
-refugio: el orgullo de los recuerdos: «Superbia.» Al finalizar hay un
-clamor de resurrección.
-
- Pour devenir enfin celui que tu recèles,
- Et qui pourrait périr avant d’avoir été
- Sous le poids d’une trop charnelle humanité,
- ¡O mon âme! il est temps enfin d’avoir des ailes.
-
-Concluye el libro con un inmemoriam a la adorada que un tiempo sacrificó
-el corazón del pobre poeta; a la adorada reina, amante de la sangre del
-sacrificio, cruel como todas las adoradas,--Herodias.
-
-Los violines se han callado, los violines han partido. Y el poeta ha
-partido también, camino del cielo de los pobres poetas, camino de su
-hospital.
-
-Los violines negros deben haber iniciado un misterioso «De profundis»,
-los violines negros que le acompañaron en sus desesperanzas y en sus
-dolores, cuando la vida le fué dura, la gloria huraña y la mujer
-engañosa y felina.
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-
-TEODORO HANNON
-
-...M. Théodre Hannon, un poéte
- de talent, sombré, sans excuse de
- misère, a Bruxelles, dans la cloaque
- des revues de fin d’année et les
- nauséeuses ratatouilles de la basse
- presse.
- _J. K. Huysmans._
-
-
-¿Arthur Symons?... no estoy seguro; pero es en libro de escritor inglés
-donde he visto primeramente la observación de que la mayor parte de los
-poetas y escritores «fin de siglo» de París, decadentes, simbolistas,
-etc., han sido extranjeros y, sobre todo, belgas.
-
-Escribo hoy sobre Theodore Hannon, quien si no tiene el renombre de
-otros como Maeterlink, es porque se ha quedado en Bruselas, de revistero
-de fin de año y periodista, cosa que a Des Esseintes provoca náuseas.
-
-¡Raro poeta, este Theodore Hannon! Apareció entre la pacotilla
-pornográfica que hizo ganar al editor Kistemackers, propagador de todas
-las cantáridas e hipomanes de la literatura. Fueron los tiempos de las
-nuevas ediciones de antiguos libros obscenos; de la reimpresión del «En
-18...» de los Goncourt, con las partes que la censura francesa había
-cercenado. Paul Bonnetain daba a luz su «Charlot s’amuse», Flor
-O’squarr su «Cristiana», que le valdría unos cuantos golpes del knut de
-León Bloy, Poetevin, Nizet, Caze... la falange escandalosa se llamaba en
-verdad legión. Entonces surgió Hannon con su «Manneken-pis», anunciado
-como «curiosísimo y originalísimo volumen.» Amédée Lynen le había
-ilustrado con dibujos «ingenuos.» No siendo suficiente esa campanada,
-dió a luz el «Mirliton.» El diablo de las ediciones, Kistemacker, no
-podía estar más satisfecho rabudo y en cuclillas, sobre las carátulas.
-«Las Rimas de Gozo» nos muestran ya un Theodore Hannon, si no menos
-tentado por el demonio de todas las concupiscencias, suavizado por los
-ungüentos y perfumes de una poesía exquisita. Depravada, enferma,
-sabática si queréis, pero exquisita.
-
-He ahí primero ese condenado suicidio del herrero, que dió tema a
-Felicien Rops para abracadabrante aguafuerte, que no aconsejo ver a
-ninguna persona nerviosa propensa a las pesadillas macabras. Esos versos
-del ahorcado, parécenme la más amarga y corrosiva sátira que se ha
-podido escribir contra la literatura afrodisíaca. No tendría Theodore
-Hannon esas intenciones; pero es el caso que le resultaron así.
-
-Discípulo de Baudelaire «su alma flota sobre los perfumes», como la del
-maestro. Busca las sensaciones extrañas, los países raros, las mujeres
-raras, los nombres exóticos y expresivos. Me imagino el enfermizo gozo
-de Des Esseintes al leer las estrofas al Opoponax: «¡Opoponax! nom très
-bizarre--et parfum plus bizarre encore!» Tráele el perfume de apelación
-exótica, visiones galantes, tentadores cuadros, maravillosos conciertos
-orgiásticos; la nota de ese aroma poderoso sobrepasa a las de los demás,
-en un efluvio victorioso.
-
-Gusta del opoponax porque viene de lejanas regiones, donde la naturaleza
-parece artificial a nuestras miradas; cielos de laca, flores de
-porcelana, pájaros desconocidos, mariposas como pintadas por un pintor
-caprichoso: el reinado de lo postizo. El poeta de lo artificial se
-deleita con los vuelos de las cigüeñas de los paisajes chinos, los
-arrozales, los boscajes ocultos y misteriosos impregnados de vagos
-almizcles. Estrofas inauditas como esta:
-
- La chinoise aux lueurs des bronzes
- En allume ses ongles d’or
- Et sa gorge citrine où dort
- Le désir insensé des bonzes.
- La japonaise en ses rançons
- Se sert de tes âcres salives.
-
- * * * * *
-
-Luego se dirigirá a Marión, la adorada que adora el opoponax. (El amor
-en la obra de Hannon no existe sino a condición de ser epidérmico). Para
-adular a la mujer de su elección le canta, le arrulla, lo diré con la
-palabra que mejor lo expresa, le maulla letanías de sensualidad,
-collares de epítetos acariciadores, comparaciones pimentadas, frases
-mordientes y melifluas... Es el gato de Baudelaire, en una noche de
-celo, sobre el tejado de la Decadencia. El opoponax es su tintura de
-valeriana.
-
-Como paisajista es sorprendente. Nada de Corot; para hallar su
-procedimiento es preciso buscarlo entre los últimos impresionistas. Tal
-pinta una tarde obscura de tempestad y nubarrones; mar brava, negros
-oleajes, vuelo de pájaros marinos; o un florecimiento de nieve, los
-acuosos vidrios del hielo, la blancura de las nevadas; sinfonías en
-blanco, inmensos y húmedos armiños. Pero de todo brota siempre el
-relente de la tentación, el soplo del tercer enemigo del hombre, más
-formidable que todos juntos: la carne.
-
-Solamente en Swinburne puede hallarse, entre los poderosos, esta poética
-y terrible obsesión. Mas en el inglés reina la antigua y clásica furia
-amorosa, el Líbido formidable que azotaba con tirsos de rosas y ortigas
-a la melodiosa y candente Safo. Theodore Hannon es un perverso, elegante
-y refinado; en sus poemas tiembla la «histeria mental» de la ciencia, y
-la «delectación morosa» de los teólogos. Es un satánico, un poseído. Mas
-el Satán que le tienta, no creáis que es el chivo impuro y sucio, de
-horrible recuerdo, o el dragón encendido y aterrorizador, ni siquiera el
-Arcángel maldito, o la Serpentina de la Biblia, o el diablo que llegó a
-la gruta del santo Antonio, o el de Hugo, de grandes alas de murciélago,
-o el labrado por Antokolsky, sobre un picacho, en la sombra. El diablo
-que ha poseído a Hannon es el que ha pintado Rops, diablo de frac y
-«monocle», moderno, civilizado, refinado, morfinómano, sadista, maldito,
-más diablo que nunca.
-
-Si Gorres escribiese hoy su «Mística diabólica», no pintaría al Enemigo,
-«alto, negro, con voz inarticulada, cascada, pero sonora y terrible...
-cabellos erizados, barba de chivo...» antes bien: buen mozo, elegante,
-perfumado con aromas exóticos, piel de seda y rosa, bebedor de ajenjo,
-sportman, y, si literato, poeta decadente. Este es el de Theodore
-Hannon, el que le hace rimar preciosidades infernales y cultivar sus
-flores de fiebre, esas flores luciferinas que tienen el atractivo de un
-aroma divino que diera la eterna muerte.
-
-Hannon pagó tributo a la chinofilia y tejió sedosos encajes rimados en
-alabanza del Imperio Celeste y del Japón... Allá le llevó el amor acre y
-nuevo de la mujer amarilla y el opio sublime y poderoso, según la
-expresión de Quincey. También, como al autor de las «Flores del Mal», le
-persigue el spleen. Luego, lanza en esas horas cansadas y plúmbeas, su
-desdén al amor ideal. Rompe los moldes en que su poesía pudiese formar
-este o aquel verso de oro en honor de la pasión espiritual y pura; fleta
-un barco para Cíteres, y arroja al paso ramos de rosas a las mujeres de
-Lesbos. La vendedora de amor será glorificada por él y corre hacia el
-abismo de las delicias en una especie de fatal e ineludible demencia. Va
-como si le hubiese aguijoneado los riñones una abeja del jardín de
-Petronio.
-
-Héle allí bajando a la bodega de los abuelos, a buscar el buen vino
-viejo que le pondrá sol y sangre en las venas; o en el tren expreso que
-va a llevarle a saborear los labios deseados; o admirando en una íntima
-noche de Diciembre, la estatua viviente de las voluptuosidades felinas.
-De pronto un efecto de luna en un mar de duelo, en un fondo negro de
-tinieblas. El «odor di femmina» se encuentra en una serie de versos,
-como esos perfumes concentrados en los «sachets» de las damas. A veces
-creyérase en una vuelta a la naturaleza, a las frescas primaveras, pues
-brilla sobre la harmonía de una estrofa, la sonrisa de Mayo. Es una
-nueva forma de la tentación, y si oís el canto de un mirlo será una
-invitación picaresca. Como su maestro de una malabaresa, Hannon se
-prenda de una funámbula, para la cual decora un interior a su capricho,
-y a la que ofrece la sonata más amorosamente extravagante del harpa loca
-de sus nervios. Todo, para este sensual, es color, sonido, perfume;
-línea, materia. Baudelaire hubiera sonreído al leer este terceto:
-
- Le sandrigham, l’Ylang-Ylang, la violette
- de ma pâle Beauté font une cassolette
- vivante sur laquelle errent mes sens rôdeurs.
-
-Si hay celos son celos del mar, que envuelve en un beso inmenso el
-cuerpo amado. He visto cuadros, muchos, que representan sugerentes
-escenas de baños de mar; pero ningún pintor ha llegado, a mi juicio, a
-donde este maldito belga que hasta en el agua inmensa y azul vierte
-filtros amatorios, como un brujo. En ocasiones es banal, emplea símiles
-prosaicos, como ferroviarios y geográficos. Pero cuando canta las
-medias, esas cosas prosaicas, os juro que no hay nada más original que
-esa poesía audaz y fugitiva; sobre una alfombra de seda e hilos de
-Escocia, danza la musa Serpentina uno de sus pasos más prodigiosos.
-Cuando llega Mayo, madrigaliza el poeta tristemente. No es raro: «Omnia
-animal post...» etc.
-
-A Louise Abbema dedica una linda copia rítmica de su cuadro «Lilas
-blancas»; ¡suave descanso! Pero es para, en seguida, abortar una
-estúpida y vulgar blasfemia. ¿Hannon ha querido imitar ciertos versos de
-Baudelaire? Baudelaire era profunda y dolorosamente católico, y si
-escribió algunas de sus poesías «pour épater les bourgeois», no osó
-nunca a Dios. Pasa Theodore Hannon con sus bebedoras de fósforo: esas
-son las musas y las mujeres que le llevan la alegría de sus rimas;
-dedica ciertos limones a Cheret, y el pintor de los joviales «affiches»
-gustará de esas limonadas; quema lo que él llama «incienso femenino», en
-una copa de Venus con carbones del Infierno; pinta mares de espumosas
-ondas lesbianas y celebra a su amada de figura andrógina; es bohemio y
-errabundo, soñador y noctámbulo; prefiere las flores artificiales a las
-flores de la primavera; labra joyas, verdaderas joyas poéticas, para
-modistas y perdularias; dice sus desengaños prematuros; nos describe a
-Jane, una diablesa; nos lleva a un taller de pintor en donde un pobre
-viejo modelo sufre su martirio; los «Sonetos sinceros» son tres
-canciones del amor moderno, llenas de rosas y de besos, y sus iconos
-bizantinos son obras maestras de «degeneración.» Tomando por modelo las
-letanías infernales de Baudelaire, escribe las del Ajenjo, que a decir
-verdad, le resultaron más que medianas. Su histerismo estalla al cantar
-la Histeria; su «Mer enrhumée» es una extravagancia. Canta a unos ojos
-negros y diabólicos que le queman el alma; canta el pecado. Nos presenta
-un cuadro de «toilette» que es adorable de arte y abominable de vicio;
-en sus versos se sienten todos los perfumes, y se miran todos los
-afeites y menjurjes de un tocador femenino, desde el coldcream diáfano,
-la leche de Iris, la Crema Ninon, el blanco Emperatriz, el polvo divino,
-el polvo vegetal, hasta la azurina, el carmín, Ixor, new-mownhay,
-frangipane, steplanotis... ¡qué sé yo! todo en los más cristalinos,
-diamantinos, tallados, cincelados, admirables frascos. ¡Raro poeta este
-Theodore Hannon!
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-[imagen: EL CONDE DE LAUTRÉAMONT]
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-EL CONDE DE LAUTRÉAMONT
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-
-Su nombre verdadero se ignora. El conde de Lautréamont es pseudónimo. El
-se dice montevideano; pero ¿quién sabe nada de la verdad de esa vida
-sombría, pesadilla tal vez de algún triste ángel a quien martiriza en el
-empíreo en recuerdo del celeste Lucifer? Vivió desventurado y murió
-loco. Escribió un libro que sería único si no existiesen las prosas de
-Rimbaud; un libro diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y
-penoso; un libro en que se oyen a un tiempo mismo los gemidos del Dolor
-y los siniestros cascabeles de la Locura.
-
-León Bloy fué el verdadero descubridor del conde de Lautréamont. El
-furioso San Juan de Dios hizo ver como llenas de luz las llagas del alma
-del Job blasfemo. Mas hoy mismo, en Francia y Bélgica, fuera de un
-reducidísimo grupo de iniciados, nadie conoce ese poema que se llama
-«Cantos de Maldoror», en el cual está vaciada la pavorosa angustia del
-infeliz y sublime montevideano, cuya obra me tocó hacer conocer a
-América en Montevideo. No aconsejaré yo a la juventud que se abreve en
-esas negras aguas, por más que en ellas se refleje la maravilla de las
-constelaciones. No sería prudente a los espíritus jóvenes conversar
-mucho con ese hombre espectral, siquiera fuese por bizarría literaria, o
-gusto de un manjar nuevo. Hay un juicioso consejo de la Kabala: «No hay
-que jugar al espectro, porque se llega a serlo»: y si existe autor
-peligroso a este respecto, es el conde de Lautréamont. ¿Qué infernal
-cancerbero rabioso mordió a esa alma, allá en la región del misterio,
-antes de que viniese a encarnarse en este mundo? Los clamores del
-teófobo ponen espanto en quien los escucha. Si yo llevase a mi musa
-cerca del lugar en donde el loco está enjaulado vociferando al viento,
-le taparía los oídos.
-
-Como a Job le quebrantan los sueños y le turban las visiones; como Job
-puede exclamar: «Mi alma es cortada en mi vida; yo soltaré mi queja
-sobre mí y hablaré con amargura de mi alma.» Pero Job significa «el que
-llora»; Job lloraba y el pobre Lautréamont no llora. Su libro es un
-breviario satánico, impregnado de melancolía y de tristeza. «El espíritu
-maligno, dice Quevedo, en su «Introducción a la vida devota», se deleita
-en la tristeza y melancolía por cuanto es triste y melancólico, y lo
-será eternamente.» Más aun: quien ha escrito los «Cantos de Maldoror»
-puede muy bien haber sido un poseso. Recordaremos que ciertos casos de
-locura que hoy la ciencia clasifica con nombres técnicos en el catálogo
-de las enfermedades nerviosas, eran y son vistos por la Santa Madre
-Iglesia como casos de posesión para los cuales se hace preciso el
-exorcismo. «¡Alma en ruinas!» exclamaría Bloy con palabras húmedas de
-compasión.
-
-Job:--«El hombre nacido de mujer, corto de días y harto de
-desabrimiento...»
-
-Lautréamont:--«Soy hijo del hombre y de la mujer, según lo que se me ha
-dicho. Eso me extraña. ¡Creía ser más!»
-
-Con quien tiene puntos de contacto es con Edgar Poe.
-
-Ambos tuvieron la visión de lo extranatural, ambos fueron perseguidos
-por los terribles espíritus enemigos, «horlas» funestas que arrastran al
-alcohol, a la locura, o a la muerte; ambos experimentaron la atracción
-de las matemáticas, que son, con la teología y la poesía, los tres lados
-por donde puede ascenderse a lo infinito. Mas Poe fué celeste, y
-Lautréamont infernal.
-
-Escuchad estos amargos fragmentos:
-
-«Soñé que había entrado en el cuerpo de un puerco, que no me era fácil
-salir, y que enlodaba mis cerdas en los pantanos más fangosos. ¿Era ello
-como una recompensa? Objeto de mis deseos: ¡no pertenecía más a la
-humanidad! Así interpretaba yo, experimentando una más que profunda
-alegría. Sin embargo, rebuscaba activamente qué acto de virtud había
-realizado, para merecer de parte de la Providencia este insigne favor...
-
-»¿Más quién conoce sus necesidades íntimas, o la causa de sus goces
-pestilenciales? La metamorfosis no pareció jamás a mis ojos sino como la
-alta y magnífica repercusión de una felicidad perfecta que esperaba
-desde hacía largo tiempo. ¡Por fin había llegado el día en que yo me
-convirtiese en un puerco! Ensayaba mis dientes sobre la corteza de los
-árboles; mi hocico, lo contemplaba con delicia. «No quedaba en mí la
-menor partícula de divinidad»: supe elevar mi alma hasta la excesiva
-altura de esta voluptuosidad inefable.»
-
-León Bloy, que en asuntos teológicos tiene la ciencia de un doctor,
-explica y excusa en parte la tendencia blasfematoria del lúgubre
-alienado, suponiendo que no fué sino un blasfemo por amor. «Después de
-todo, este odio rabioso para el Creador, para el Eterno, para el
-Todopoderoso, tal como se expresa, es demasiado vago en su objeto,
-puesto que no toca nunca los Símbolos», dice.
-
-Oid la voz macabra del raro visionario. Se refiere a los perros
-nocturnos, en este pequeño poema en prosa, que hace daño a los nervios.
-Los perros aullan «sea como un niño que grita de hambre, sea como un
-gato herido en el vientre, bajo un techo; sea como una mujer que pare;
-sea como un moribundo atacado de la peste, en el hospital; sea como una
-joven que canta un aire sublime--; contra las estrellas al norte, contra
-las estrellas al este, contra las estrellas al sur, contra las estrellas
-al oeste; contra la luna; contra las montañas; semejantes, a lo lejos, a
-rocas gigantes, yacentes en la obscuridad--; contra el aire frío que
-ellos aspiran a plenos pulmones, que vuelve lo interior de sus narices
-rojo y quemante; contra el silencio de la noche; contra las lechuzas,
-cuyo vuelo oblicuo les roza los labios y las narices, y que llevan un
-ratón o una rana en el pico, alimento vivo, dulce para la cría; contra
-las liebres que desaparecen en un parpadear; contra el ladrón que huye,
-al galope de su caballo, después de haber cometido un crimen; contra las
-serpientes agitadoras de hierbas, que les ponen temblor en sus pellejos
-y les hacen chocar los dientes--; contra sus propios ladridos, que a
-ellos mismos dan miedo; contra los sapos, a los que revientan de un solo
-apretón de mandíbulas (¿para qué se alejaron del charco?); contra los
-árboles, cuyas hojas, muellemente mecidas, son otros tantos misterios
-que no comprenden, y quieren descubrir con sus ojos fijos
-inteligentes--; contra las arañas suspendidas entre las largas patas,
-que suben a los árboles para salvarse; contra los cuervos que no han
-encontrado que comer durante el día y que vuelven al nido, el ala
-fatigada; contra las rocas de la ribera; contra los fuegos que fingen
-mástiles de navíos invisibles; contra el ruido sordo de las olas; contra
-los grandes peces que nadan mostrando su negro lomo y se hunden en el
-abismo--, y contra el hombre que les esclaviza...
-
-«Un día, con ojos vidriosos, me dijo mi madre:--Cuando estés en tu
-lecho, y oigas los aullidos de los perros en la campaña, ocúltate en tus
-sábanas, no rías de lo que ellos hacen, ellos tienen una sed insaciable
-de lo infinito, como yo, como el resto de los humanos, a la «figure pale
-et longue...» «Yo,--sigue él,--como los perros sufro la necesidad de lo
-infinito. ¡No puedo, no puedo llenar esa necesidad!» Es ello insensato,
-delirante; «mas hay algo en el fondo que a los reflexivos hace temblar.»
-
-Se trata de un loco, ciertamente. Pero recordad que el «deus» enloquecía
-a las pitonisas, y que la fiebre divina de los profetas producía cosas
-semejantes: y que el autor «vivió» eso, y que no se trata de una «obra
-literaria», sino del grito, del aullido de un sér sublime martirizado
-por Satanás.
-
-El cómo se burla de la belleza,--como de Psiquis, por odio a Dios,--lo
-veréis en las siguientes comparaciones, tomadas de otros pequeños
-poemas:
-
-«...El gran duque de Virginia, era bello, bello como una memoria sobre
-la curva que describe un perro que corre tras de su amo...» «El vautour
-des agneaux, bello como la ley de la detención del desarrollo del pecho
-en los adultos cuya propensión al crecimiento no está en relación con la
-cantidad de moléculas que su organismo se asimila... El escarabajo,
-«bello como el temblor de las manos en el alcoholismo...»
-
-El adolescente, «bello como la retractibilidad de las garras de las aves
-de rapiña», o aun «como la poca seguridad de los movimientos musculares
-en las llagas de las partes blandas de la región cervical posterior», o,
-todavía, «como esa trampa perpetua para ratones, «toujours retendu par
-l’animal pris, qui peut prendre seul des rongeurs indéfiniment, et
-fonctionner même caché sous la paille», y sobre todo, bello «como el
-encuentro fortuito sobre una mesa de disección, de una máquina de coser
-y un paraguas...»
-
-En verdad, oh espíritus serenos y felices, que eso es de un «humor»
-hiriente y abominable.
-
-¡Y el final del primer canto! Es un agradable cumplimiento para el
-lector el que Baudelaire le dedica en las «Flores del Mal», al lado de
-esta despedida: «Adieu vieillard, et pense a moi, si tu m’as lu. Toi,
-jeune homme, ne te désespere point; car tu as un ami dans le vampire,
-malgré ton opinion contraire. En comptant l’acarus sarcopte qui produit
-la gale, tu auras deux amis.»
-
-El no pensó jamás en la gloria literaria. No escribió sino para sí
-mismo. Nació con la suprema llama genial, y esa misma le consumió.
-
-El Bajísimo le poseyó, penetrando en su sér por la tristeza. Se dejó
-caer. Aborreció al hombre y detestó a Dios. En las seis partes de su
-obra sembró una Flora enferma, leprosa, envenenada. Sus animales son
-aquellos que hacen pensar en las creaciones del Diablo; el sapo, el
-buho, la víbora, la araña. La desesperación es el vino que le embriaga.
-La Prostitución, es para él, el misterioso símbolo apocalíptico,
-entrevisto por excepcionales espíritus en su verdadera trascendencia:
-«Yo he hecho un pacto con la Prostitución, a fin de sembrar el desorden
-en las familias... ¡ay! ¡ay...! grita la bella mujer desnuda: los
-hombres algún día serán justos. No digo más. Déjame partir, para ir a
-ocultar en el fondo del mar mi tristeza infinita. No hay sino tú y los
-monstruos odiosos que bullen en esos negros abismos, que no me
-desprecien.»
-
-Y Bloy: «El signo incontestable del gran poeta es la «inconsciencia»
-profética, la turbadora facultad de proferir sobre los hombres y el
-tiempo, palabras inauditas cuyo contenido ignora él mismo. Esa es la
-misteriosa estampilla del Espíritu Santo sobre las frentes sagradas o
-profanas. Por ridículo que pueda ser, hoy, descubrir un gran poeta y
-descubrirle en una casa de locos, debo declarar en conciencia, que estoy
-cierto de haber realizado el hallazgo.»
-
-El poema de Lautréamont se publicó hace diez y siete años en Bélgica. De
-la vida de su autor nada se sabe. Los «modernos» grandes artistas de la
-lengua francesa, se hablan del libro como de un devocionario simbólico,
-raro, inencontrable.
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-[imagen: PAUL ADAM]
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-PAUL ADAM
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-De cuando en cuando, la primera página del «Journal» viene como pesada.
-Dos, tres, cuatro columnas nutridas, negras, casi de una sola pieza,
-hacen ya adivinar la firma. Y el lector avisado se prepara, alista bien
-su cabeza, limpia los cristales del entendimiento, y recibe el regalo
-con placer y confianza. Es el artículo de Paul Adam. Y es como salir al
-campo, o a la orilla del mar. Hay, pues, algo más que el aposento
-perfumado, los senos lujuriosos, los chismes de la condesa, los cancanes
-de la política, las piernas de las bailarinas y las evoluciones del
-protocolo. La sensación es de extrañeza al propio tiempo que de
-satisfacción. Salir de la perpetua casa de cita, del perpetuo bar, de
-los perpetuos bastidores, del perpetuo salón «coú l’on flirte»; dejar la
-compañía de lechuguinos canijos y de vírgenes locas de su cuerpo, por la
-de un hombre fuerte, sano, honesto, franco y noble que os señala con un
-hermoso gesto un gran espectáculo histórico, un vasto campo moral, un
-alba estética, es ciertamente consolador y vigorizante. Los
-politiqueros de la patriotería dan vueltas cada mañana al mismo cantar.
-Rochefort redobla cotidianamente en su viejo tambor, furioso; Drumont
-destaza su semita de costumbre; Coppée, inválido lírico metido a
-sacristán, se pone a la par del ridículo Dérouléde; los escritores de la
-literatura, explotan sus distintos lenocinios; M. Jean Lorrain cuenta
-sus historias viciosas de siempre; Mendés, cuya pornografía de color de
-rosa no está ya de moda, hace la crítica teatral, generalmente plástica;
-Fouquier, el maestro periodista, da lecciones útiles y generosas;--entre
-todos, más alto, más joven, más enérgico, más vigoroso, Paul Adam
-aparece,--al lado de Mirbeau;--llega con su misión, obligatoria y
-dignificadora, y ara en la prensa, en el campo malsano de esta prensa,
-con su deber, firme arado.
-
-Yo admiro profundamente a M. Paul Adam. Noble por familia y origen, se
-ha consagrado a una tarea de solidaridad humana cuyos frutos se vierten
-para los de abajo. Dueño de una voluntad, propietario de un carácter,
-fecundo de ideas, pletórico de conocimientos, archimillonario de
-palabras, ha desdeñado la parada de un Barrés, que le hubiera conducido
-a una diputación, ha rechazado los flonflones de la literatura fácil, la
-«gloriole» de los éxitos azucarados; ha podado su antiguo estilo de
-ramas superfluas; ha puesto su cuño de pensamientos circulantes en pleno
-sol, en plena claridad; se ha ido a vivir fuera de París, para trabajar
-mejor; y diciendo la verdad, clamando al porvenir, recorriendo lo
-pasado, estudiando lo presente, sacudiendo la historia, escarbando
-naciones, da, periódicamente, su ración de bien para quien sepa
-aprovecharla.
-
-No haya vacilación en creer que éstos son pocos. Para los de abajo la
-elevación mental, la frase simplificada y amacizada de M. Paul Adam no
-es fácilmente accesible; para los puros ideólogos, este organizador,
-este lógico, este filósofo de combate, no inspira completa confianza.
-Por otra parte, la media intelectualidad halla la selva demasiado
-tupida, y la pereza es enemiga del hacha, encuentra el mar muy
-peligroso, y cree más agradable fumar, sentada en una piedra de la
-orilla, por donde los ensueños pasan y se cogen con la mano.
-
-Hablando recientemente con el poeta Moreas, cuyos olímpicos juicios son
-conocidos y sonreídos, preguntéle, su opinión sobre su antiguo
-colaborador y amigo. Con las condiciones que él suele establecer, el
-amable descontentadizo me concedió: «Mais il est tres fort, tout de
-même!» Sabido es que M. Paul Adam comenzó en el grupo de los que en un
-tiempo ya lejano se llamaron simbolistas y decadentes, y que escribió en
-unión de Moreas «Les demoiselles Goubert» y «Le thé chez Miranda», con
-un estilo ultra exquisito, jeroglífico casi y quintaesenciado, obras en
-que se llevaba al extremo un propósito intelectual, para dejar mejor
-asentadas las doctrinas entonces flamantes que producirían en lo futuro
-muchos fracasados, pero algunos nombres que ilustran la prosa y la
-poesía francesas contemporáneas, y que, recorriendo el mundo, causarían
-en todos los países y lenguas civilizados, movimientos provechosos.
-¿Quién reconocería al pintor extraño de aquellas decoraciones y al
-tejedor de aquellas sutiles telas de araña, en el musculoso manejador de
-mazas dialécticas, fundidor de ideas regeneradoras y trabajador
-triptolémico de ahora?
-
-Amontona en la balanza del pensamiento francés, libro sobre libro, y ya
-su obra pesa como la carga de cien graneros. Esta transformación la ha
-operado la voluntad guiadora de la labor; la labor ordenada que lleva su
-propósito, y la conciencia que hace cumplir con la tarea que se creó una
-obligación, una obligación para con su propia personalidad, que se
-difunde en el bien de su patria, la Francia, y por lo tanto en favor de
-toda la estirpe humana.
-
-Desde «Soi», hasta sus novelas de alta psicología histórica, una obra
-enorme atestigua la potencia de ese singular entendimiento. Sus
-reconstrucciones bizantinas son de un encanto dominador, y junto a lo
-concreto de la época, brilla el lujo de un tesoro verbal único, de un
-decir que no admite complementos, total. Batallista, arregla, táctico
-del estilo, sus escenas y su decoración, con una magistralidad soberbia
-y matemática. Y, conciso en lo abundoso, rico de perspectivas, de líneas
-y colores, con dos o tres pincelazos planta su cuadro a la vista, neto,
-definitivo. En sus estudios del alma de las muchedumbres, como en sus
-análisis de tipos psíquicos, su fino espíritu ahonda y aclara, en
-súbitos golpes de luz, los más hondos recodos. Y jamás el soplo nórdico,
-la cosa germana, o la cosa escandinava, o la cosa rusa, le han
-perturbado o fascinado en su camino. M. Paul Adam permanece francés,
-nada más que francés, y lleno del soplo de su época, cumple con su deber
-actual, pone su contingente en la labor de ahora, y hace lo que puede
-por ver si no es imposible la regeneración, la consecución de un ideal
-de grandeza futura, humano, seguro y positivo.
-
-No creáis que porque su amor a la justicia y su pasión de belleza y de
-verdad le conduzcan a la exaltación de las ocultas fuerzas populares,
-haya en él ni un solo momento, un adulador de muchedumbres, ni un
-político de oportunidades, ni un cantor de marsellesas y carmañolas.
-Moralmente, es un aristócrata, y no confundirá jamás su alma superior,
-en el mismo rango o en la misma oleada que la de los rebaños
-pseudosocialistas. El obra en pro de los trabajadores; lleva su utopia
-por el sendero en que se suele encontrar el casi imposible sueño de la
-supresión de la miseria y del desaparecimiento de los ejércitos
-guerreros. Un crítico sutil y penetrante, M. Camille Mauclair, concentra
-en estas palabras la sociología de M. Paul Adam:
-
-«Para él no hay más que un asunto en los libros y en la vida: la lucha
-de la fuerza y del espíritu. El opone la fuerza creadora a la
-destrucción, la fecundidad activa al nihilismo de la guerra, el
-internacionalismo al «chauvinismo», los conflictos de clases a los
-conflictos de naciones, el intelectualismo al militarismo, Lucifer y
-Prometeo a Júpiter y a Jehová, dioses de la fuerza brutal.»
-
-M. Paul Adam es un intelectual, en el único sentido que debía tener esta
-palabra. El pone en el intelecto la fuente del perfeccionamiento, y da a
-la idea su valor de multiplicación vital, y de repartidora de bienes en
-la muchedumbre humana.
-
-Si M. Paul Adam, guiado por su voluntad de siempre, quisiese un día ir a
-la acción política, a la lucha directa, sería un gran conductor de
-pueblos; pero me temo mucho que tuviese la suerte de un héroe ibseniano.
-En las muchedumbres no tienen éxito los cerebrales; el sentimentalismo
-priva en seres casi instintivos. El pueblo oye y entiende con mayor
-placer y facilidad las tiradas tricolores de un Coppée, que las altas
-palabras de quien se desinteresa de las bajas aventuras presentes, y
-desea formar caracteres, hacer vibrar noblemente las conciencias y
-asentar y rehacer y solidificar la patria.
-
-Una de las fases más simpáticas y sobresalientes de M. Paul Adam, es su
-faz de periodista. El «Triomphe des mediocres» es una obra maestra en su
-género. Sin la escandalosa escatología pátmica de León Bloy, sin las
-farsas, o compadrerías de un Drumont, o de un Rochefort, ha blandido las
-más bien templadas ideas, ha herido mucho y bien en esas carnes
-sociales, ha flagelado costumbres, se ha burlado duramente de los
-carnavales políticos, de las paradas monarquistas, de la caridad falsa,
-de la ciencia abotonada y de palmarés; ha denunciado a inicuos, a
-sinvergüenzas y mercaderes de patriotismo, falsos socialistas,
-aristocráticas fantochesas, cepilladores de moral y remendones de la
-virginidad literaria.
-
-¡Y qué hermosa prosa, de un lirismo sofrenado, que va latigueando a un
-lado y otro, sin desbocarse, sin sobresaltos, sin caídas, que dice lo
-que hay que decir, y nada más; que tiene el adverbio justo, el verbo
-propio, y que clava el adjetivo como un rejón, de manera que queda
-vibrante, arraigado y seguro! No hay duda de que M. Paul Adam es uno de
-los maestros de la prosa contemporánea, en ese maridaje estupendo de la
-claridad con la energía, la vivacidad con la fiereza y el ímpetu con la
-ponderación.
-
-Y este vigoroso que tiene la medula de un sabio y las alas de un
-artista, llena su misión con la mayor serenidad y tranquilidad, no lejos
-del sonoro y ronco maelstrom de París. Uno de los mayores bienes que su
-personalidad esparce, es ese continuo ejemplo de actividad, esa
-incesante campaña, esa inextinguible ansia de trabajar, y de trabajar
-bien. «La lucha por el pan, por el oficio de escritor y de periodista,
-salva a los fuertes de la abstracción estéril», dice M. Mauclair. Y dice
-bien. A pesar de su alejamiento de centros y camarillas, o por esto
-mismo, creo que se le respeta y se le reconoce como el más potente y el
-más noble. Al verle así, en su aislada residencia, sin mezclarse en las
-locuras y chismes y revueltas parisienses, cultivando su vasto talento
-con tanta voluntad y tanto tino, me suelo imaginar a uno de esos
-gentiles hombres de la campaña, que mientras la ciudad danza y se
-prostituye, siembran sus campos, tranquilos y laboriosos, y llenan,
-llenan sus trojes; y cuando la peste llega y llega el hambre a la
-ciudad, dan la limosna de sus graneros, abren sus depósitos, brindan sus
-almacenes.
-
-Y quizá muy pronto tenga hambre Francia.
-
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-
-MAX NORDAU
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-
-Mi distinguido colega en «La Nación», Dr. Schimper, se ocupó el año
-pasado del primer volumen de «Entartung» de Max Nordau. Ha poco ha
-aparecido el segundo: la obra está ya completa. Una endiablada y extraña
-Lucrecia Borgia, doctora en medicina, dice en alemán, para mayor
-autoridad, con clara y tranquila voz, a todos los convidados al banquete
-del arte moderno: «Tengo que anunciaros una noticia, señores míos, y es
-que todos estáis locos.» En verdad Max Nordau no deja un solo nombre,
-entre todos los escritores y artistas contemporáneos, de la aristocracia
-intelectual, al lado del cual nos estriba la correspondiente
-clasificación diagnóstica: «imbécil», «idiota», «degenerado», «loco
-peligroso». Recuerdo que una vez al acabar de leer uno de los libros de
-Lombroso, quedé con la obsesión de la idea de una locura poco menos que
-universal. A cada persona de mi conocimiento le aplicaba la observación
-del doctor italiano y resultábame que, unos por fas, otros por nefas,
-todos mis prójimos eran candidatos al manicomio. Recientemente una obra
-nacional digna de elogio, «Pasiones», de Ayarragaray, llamó mi atención
-hacia la psicología de nuestro siglo, y presentó a mi vista el tipo del
-médico moderno que penetra en lo más íntimo del sér humano. Cuando la
-literatura ha hecho suyo el campo de la fisiología, la medicina ha
-tendido sus brazos a la región obscura del misterio.
-
-Allá a lo lejos vense a Moliére y Lesage atacar a jeringazos a los
-esculapios. Había cierta inquina de los hombres de pluma contra los
-médicos, y el epigrama y la sátira teatral no desperdiciaban momento
-oportuno para caer sobre los hijos de Galeno. Sangredo había nacido, y
-no todo él del cerebro de su creador, pues sabemos por Max Simón que
-Sangredo vivió en carne y hueso en la personalidad del médico Hecquet.
-El mismo Max Simón hace notar la acrimonia especial con que el más
-ilustre de los poetas cómicos y el más grande de los novelistas de su
-época atacaron a los médicos. En uno y otro, dice, se nota un verdadero
-desprecio por el arte que profesan aquellos a quienes atacan. Moliére,
-irónico y fuerte, Lesage, injurioso y despreciativo, están siempre
-listos con sus aljabas. Monsieur Purgón, formalista, aparatoso y ciego
-de intelecto, y los dos Tomases Diafoirus aparecieron como encarnaciones
-de una ciencia tan aparatosa como falsa. Sangredo fué, según Walter
-Scott, el mismo Helvecio. En resumen, los ataques literarios se dirigían
-contra los doctores de sangría y agua tibia. Son los tiempos en que
-Hecquet publica «Le Brigandage de la Médecine», en el cual están en su
-base los principios de Gil Blas, y en el que eran más que comunes
-diálogos a la manera del que en una obra del gran cómico sostienen
-Desfonandrés y Tomes.
-
-Si los médicos del siglo XVII se enconaron con las bromas de Moliére,
-los del siglo XVIII no fueron tan quisquillosos con las sátiras de
-Lesage[11]. En nuestro siglo, la última gran campaña literaria, el
-movimiento naturalista dirigido por Zola, tiene por padre a un médico,
-Claudio Bernard. En tanto que la literatura investiga y se deja
-arrastrar por el impulso científico, la medicina penetra al reino de las
-letras; se escriben libros de clínica tan amenos como una novela. La
-psiquiatría pone su lente práctico en regiones donde solamente antes
-había visto claro la pupila ideal de la poesía. Ante el profesor de la
-Salpetriére, junto con los estudiantes han ido los literatos. Y en el
-terreno crítico cierta crítica tiene por base estudios recientes sobre
-el genio y la locura: Lombroso y sus seguidores.
-
-Guyau, el admirable y joven sabio, sacrificó en las aras de los nuevos
-ídolos científicos. El comprobó, como un profesor que toma el pulso, el
-estado patológico de su edad, el progreso de fiebre moral siempre en
-crecimiento. El juntó en un capítulo de un célebre libro a los
-neurópatas y delincuentes, como invasores, como conquistadores
-victoriosos en el reino de la literatura. «Et s’y font une place tous
-les jours plus grande»--, decía de ellos. Como principal síntoma del mal
-del siglo, señala la manifestación de un hondo sufrimiento, el impulso
-al dolor, que en ciertos espíritus puede llegar hasta el pesimismo. El
-tipo que el filósofo presenta es aquel infeliz Imbert Galloix, cuya
-pálida figura pasará al porvenir iluminada en su dolorosa expresión por
-un rayo piadoso de la gloria de Víctor Hugo. ¡Y bien! si la desgracia es
-desequilibrio, bien está señalado Imbert Galloix. Ese gran talento gemía
-bajo la más amarga de las desventuras. Sentirse poseedor del sagrado
-fuego y no poder acercarse al ara; luchar con la pobreza, estar lleno de
-bellas ambiciones y encontrarse solo, abandonado a sus propias fuerzas
-en un campo donde la fortuna es la que decide, es cosa áspera y dura. A
-propósito de un joven cubano poeta muerto recientemente en
-París--¡Augusto de Armas, uno de tantos Imbertos Galloix!--dice con gran
-razón el brillante Aniceto Valdivia: «Sólo un temperamento de toro,
-como el de Balzac, puede soportar sin rajarse, el peso de ese mundo de
-desdenes, de olvidos, de negaciones, de injustos silencios bajo el cual
-ha caído el adorable poeta de «Rimes Byzantines.» La autopsia espiritual
-que del desgraciado joven ginebrino hace el sereno analizador sociólogo,
-me parece de una impasible crueldad.
-
-Aquí de las comparaciones que ofrece la nueva ciencia penal, entre los
-desequilibrados, locos y criminales. Porque un cierto Cimmino, bandido
-napolitano, se ha hecho tatuar en el pecho una frase de desconsuelo,
-quedan condenados a la comparación más curiosamente atroz todos los
-admirables melancólicos que representan la tristeza en la literatura. El
-nombre de Leopardi, por ejemplo, aparecerá en la más infame promiscuidad
-con el de cualquier número de penitenciaria o de presidio, por obra de
-tal razonamiento de Lacassagne o de tal opinión de Lombroso. En las
-especializaciones de Max Nordau la falta de justicia se hace notar,
-agravándose con una de las más extrañas inquinas que pueden caber en
-crítico nacido. Bien trae a cuento Jean Thorel un caso gracioso que aquí
-citaré con las mismas palabras del escritor: «Recuerdo haber leído una
-vez en una revista inglesa un largo estudio, muy concienzudo, de
-argumentación apretada e irrefutable, que probaba--que no se contentaba
-con afirmar, sino que probaba con numerosos ejemplos--que Víctor Hugo
-era un escritor sin talento y un execrable poeta. Para mejor convencer a
-sus lectores, el crítico que se había señalado la tarea de «demoler» a
-Víctor Hugo, había tenido cuidado de acompañar cada una de sus citas de
-una notita que hacía conocer el título de la obra de que se había
-extraído la cita, con todas sus indicaciones accesorias, lugar y año de
-publicación, número de la edición, cifra de la página cuyo era el verso
-citado, etcétera. Y se tenía inmediatamente el sentimiento de que si en
-verdad se hallaba en tal página de tal libro, el mal verso que se acaba
-de leer en la revista, Víctor Hugo era, realmente, un poeta lastimoso.
-Me decidí temblando a llevar a cabo esta verificación, y encontré que
-cada vez que el pícaro verso estaba en realidad en el libro indicado,
-descubría también al mismo tiempo que al lado de ése había diez, cien o
-mil versos que eran de una completa belleza.» Tiene razón Jean Thorel.
-Max Nordau condena el poema entero por un verso cojo o luxado; y al arte
-entero, por uno que otro caso de morbosismo mental. Para estimar la obra
-de los escritores a quienes ataca, pues principalmente por los frutos
-declara él la enfermedad del árbol, parte de las observaciones de los
-alienistas en sus casos de los manicomios. Al tratar Guyau de los
-desequilibrados, hablaba de «esas literaturas de decadencia que parecen
-haber tomado por modelos y por maestros a los locos y los delincuentes.»
-Nordau no se contenta con dirigir su escalpelo hacia Verlaine, el gran
-poeta desventurado o a uno que otro extravagante de los últimos
-cenáculos de las letras parisienses. El sentencia a decadentes y
-estetas, a parnasianos y diabólicos, a ibsenistas y neomísticos, a
-prerrafaelistas y tolstoistas, wagnerianos y cultivadores del yo; y si
-no lleva su análisis implacable con mayor fuerza hacia Zola y los suyos,
-no es por falta de bríos y deseos, sino porque el naturalismo yace
-enterrado bajo el árbol genealógico de los Rougon-Macquart.
-
-Una de las cosas que señala en los modernos artistas como signo
-inequívoco de neuropatía, es la tendencia a formar escuelas y
-agrupaciones. Sería deliciosamente peregrino que por ese solo hecho
-todas las escuelas antiguas, todos los cenáculos, desde el de Sócrates
-hasta el de N. S. Jesucristo y desde el de Ronsard hasta el de Víctor
-Hugo, mereciesen la calificación inapelable de la nueva crítica
-científica.
-
-Otras causas de condenación: amor apasionado del color: fecundidad:
-fraternidad artística entre dos; esta afirmación que nos dejará
-estupefactos, gracias a la autoridad del sabio Sollier: es una
-particularidad de los idiotas y de los imbéciles tener gusto por la
-música. Thorel señala una contradicción del crítico alemán que aparece
-harto clara. La música, dice éste, no tiene otro objeto que despertar
-emociones; por tanto, los que se entregan a ella son o están próximos a
-ser degenerados, por razón de que la parte del sistema nervioso que está
-dotada de la facultad de emotividad, es anterior atávicamente a la
-substancia gris del cerebro, que es la encargada de la representación y
-juicio de las cosas; y el progreso de la raza consiste en la
-superioridad que adquiere esta parte sobre la primera. Entretanto Nordau
-coloca entre los grandes artistas de su devoción a un gran músico:
-Beethoven. De más está decir que las ideas que Max Nordau profesa sobre
-el arte son de una estética en extremo singular y utilitaria. El carro
-de hierro, la ciencia, ha destruído según él los ideales religiosos. No
-va ese carro tirado, ciertamente, por una cuádriga de caballos de Atila.
-Y hoy mismo, en el campo de humanidad, después del paso del monstruo
-científico, renacen arboles, llenos de flores de fe. Tampoco el arte
-podrá ser destruído. Los divinos semi-locos «necesarios para el
-progreso,» vivirán siempre en su celeste manicomio consolando a la
-tierra de sus sequedades y durezas con una armoniosa lluvia de
-esplendores y una maravillosa riqueza de ensueños y de esperanzas.
-
-Por de pronto, en «Degeneración,» los números de hospital, entre otros,
-son los siguientes: Tolstoï,--puesto que lleno de una santa pasión por
-el mujick, por el pobre campesino de su Rusia, se enciende en religiosa
-caridad y alivia el sufrimiento humano, queda señalado. Queda señalado
-también Zola, ese búfalo, Dante Gabriel Rossetti tiene su pareja en tal
-casa de orates, en tal lesionado que padece de alalia. Esto a causa de
-los motivos musicales de algunos de sus poemas que se repiten con
-frecuencia. Deben acompañar lógicamente en su desahucio, al exquisito
-prerrafaelista, los bucólicos griegos, los autores de himnos
-medioevales, los romancistas españoles y los innumerables cancioneros
-que han repetido por gala rítmica una frase dada en el medio o en el fin
-de sus estrofas. El admirado universalmente por su alta crítica
-artística, Ruskin, queda condenado: es la causa de su condenación el
-defender a Burne Jones y a la escuela prerrafaelista. En el proceso del
-libro, desfilan los simbolistas y decadentes. El ilustre jefe, el
-extraño y cabalístico Mallarmé con el pasaporte de su música encantadora
-y de sus brumas herméticas, no necesita más para el diagnóstico. Charles
-Morice, de larga cabellera y de grandes ideas, al manicomio. Lo mismo
-Regnier, el orgulloso ejecutante en el teclado del verso; Julio
-Laforgue, que con la introducción del verso falso ha hecho tantas
-exquisiteces; Paul Adam, que ya curado de ciertas exageraciones de
-juventud, escribe sus «Princesas Bizantinas;» Stuard Merril, prestigioso
-rimador yankee-francés; Laurent Tailhade, que resucita a Rabelais
-después de cincelar sus joyas místicas. No hay que negarle mucha razón a
-Nordau cuando trata de Verlaine, con quien--en cuanto al poeta,--es
-justo. Mas el que conozca la vida de Verlaine y lea sus obras, tendrá
-que confesar que hay en ese potente cerebro, no el grano de locura
-necesario, sino la lesión terrible que ha causado la desgracia de ese
-«poeta maldito.» En cuanto a Rimbaud--a quien un talento tan claro como
-el de Jorge Vanor coloca entre los genios,--tan orate como él, aunque
-menos confuso, y a Tristan Corbiere, a quien sus versos marinos
-salvan... Después René Ghil y su tentativa de instrumentación, Gustavo
-Khan y su apreciación del valor tonal de las palabras son más bien--a mi
-ver--excéntricos literarios llevados por una concepción del arte, en
-verdad abstrusa y difícil. Y por lo que toca a Moreas, cuyo talento es
-sólido é innegable, y a quien por buena amistad personal conozco
-íntimamente, puedo afirmar que lo que menos tiene dañado es el seso.
-Risueño, poeta, conocedor de _su_ París, ha sabido cortarle la cola a su
-perro, y, nada más.
-
-Los wagnerianos van en montón, con el olímpico maestro a la cabeza. No
-oye el médico de piedra el eco soberbio de la floresta de armonías.
-Mientras Max Nordau escribe su diagnóstico, van en fuga visionaria
-Sigfrido y Brunhilda, Venus desnuda, guerreros y sirenas, Wotan
-formidable, el marino del barco-fantasma; y, llevado por el blanco
-cisne, alada góndola de viva nieve, rubio como un Dios de la Walhalla,
-el bello caballero Lohengrin.
-
-Pláceme la dureza del clínico para con el grupo de falsos místicos que
-trastruecan con extravagantes parodias los vuelos de la fe y las obras
-de religión pura.
-
-Así también a los que, sin ver el gran peligro de las posesiones
-satánicas que en el vocabulario de la ciencia atea tienen también su
-nombre--penetran en las obscuridades escabrosas del ocultismo y de la
-magia, cuando no en las abominables farsas de la misa negra. No hay duda
-de que muchos de los magos, teósofos y hermetistas están predestinados
-para una verdadera alienación.
-
-Todos los médicos pueden testificar que el espiritismo ha dado muchos
-habitantes a las celdas de los manicomios.
-
-Por la puerta del egoísmo entran los parnasianos y diabólicos, los
-decadentes y estetas, los ibsenistas, y un hombre ilustre que,
-desgraciadamente, se volvió loco: Federico Nietzsche. ¿El egoísmo es un
-producto de este siglo? Un estudio de la historia del espíritu humano,
-demostrará que no.
-
-No ha habido mejor defensor del egoísmo bien entendido, en este fin de
-siglo, que Mauricio Barrés. Ya Saint-Simón, en la aurora de estos cien
-años, combatía el patriotismo en nombre del egoísmo. Y en el estado
-actual de la sociedad humana, ¿quién podrá extrañar el aislamiento de
-ciertas almas estilitas, de pie sobre su columna moral, que tienen sobre
-sí la mirada del ojo de los bárbaros?
-
-Entre los parnasianos, si no cita a todos los clientes de Lemerre, que
-con el oro de la rima le repletaran su caja de editor millonario, señala
-al soberbio Theo, que va a su celda, agitando la cabellera absalónica y
-junto con él Banville, el mejor tocador de lira de los anfiones de
-Francia. ¿Y Mendés?
-
- On y rencontre aussi Mendés
- A qui nul rythme ne resiste,
- Qu’il chante l’Olimpe ou l’Ades.
-
-También se encuentra allí Mendés, entre los degenerados, a causa de sus
-versos diamantinos y de sus floridas priapeas. Y al paso de los estetas
-y decadentes, lleva la insignia de capitán de los primeros Oscar Wilde.
-Sí, Dorian Gray es loco rematado, y allá va Dorian Gray a su celda. No
-puede escribirse con la masa cerebral completamente sana el libro
-«Intentions...» Y lo que son los decadentes,--¡Nordau como todos los que
-de ello tratan, desbarra en la clasificación!--van representados por
-Villiers de L’Isle-Adam, el hermano menor de Poe, por el católico Barbey
-d’Aurevilly... por el turanio Richepin; por Huyssmans, en fin, lleno de
-músculos y de fuerzas de estilo, que personificara en Des Esseintes el
-tipo finisecular del cerebral y del quintesenciado, del manojo de vivos
-nervios que vive enfermo por obra de la prosa de su tiempo. Si sois
-partidarios de Ibsen, sabed que el autor de «Hedda Gabler» está
-declarado imbécil. No citaré más nombres de la larga lista.
-
-Después de la diagnosis, la prognosis; después de la prognosis, la
-terapia. Dada la enfermedad, el proceso de ella; luego la manera de
-curarla. La primera indicación terapéutica es el alejamiento de
-aquellas ideas que son causa de la enfermedad. Para los que piensan
-hondamente en el misterio de la vida, para los que se entregan a toda
-especulación que tenga por objeto lo desconocido, «no pensar en ello.»
-Cuando Ayarragaray entre nosotros señala el campo, la quietud, el
-retiro, «Cantaclaro» protesta. Nordau pasando sobre el hegelianismo y el
-idealismo trascendental de Ficht en persecución del «egoísmo morboso»,
-explica etiológicamente la degeneración como un resultado de la
-debilidad de los centros de percepción o de los nervios sensitivos;
-cuando trata de la curación debe permitir que sus lectores abran la boca
-en forma de O. Receta: prohibición de la lectura de ciertos libros, y,
-respecto a los escritores «peligrosos», que se les aleje de los centros
-sociales, ni más ni menos como a los lazarinos y coléricos. Y «¡horresco
-referens!» que de no tomar tal medida, se les trate exactamente como a
-los perros hidrófobos. Este seráfico sabio trae a la memoria al autor de
-la «Modesta proposición para impedir que los niños pobres sean una carga
-para sus padres y su país, y medio de hacerles útiles para el público.»
-Ya se sabe cuál era ese medio que Swift proponía «with the tread and
-gaiety of an ogre», que dice Thackeray: comerse a los chicos. Mas cuando
-Max Nordau habla del arte con el mismo tono con que hablaría de la
-fiebre amarilla o del tifus; cuando habla de los artistas y de los
-poetas como de «casos», y aplica la thanathoterapia, quien le sonríe
-fraternalmente es el perilustre Dr. Tribulat Bonhomet, «profesor de
-diagnosis», que gozaba voluptuosamente apretándoles el pescuezo a los
-cisnes de los estanques. El, antes de la indicación del autor de
-«Entartung» había hecho la célebre «Moción respecto a la utilización de
-los terremotos.» El odiaba científicamente a «ciertas gentes toleradas
-en nuestros grandes centros, a título de artistas», «esos viles
-alineadores de palabras, que son una peste para el cuerpo social.» «Es
-preciso matarlos horriblemente», decía. Y para ello proponía que se
-construyese en lugares donde fuesen frecuentes los temblores de tierra,
-grandes edificios de techos de granito; y «allí invitaremos para que se
-establezca a toda la inspirada «ribambelle de ces pretendus Reveurs»,
-que Platón quería, indulgentemente, coronar de rosas y arrojarlos de su
-República.» Ya instalados los poetas, los «soñadores», un terremoto
-vendría y el efecto sería el que caracterizaba Bonhomet con esta
-inquietante onomatopeya:
-
- ¡¡¡Krrraaaak!!!
-
-Pero el viejo Tribulat no era tan cruel, pues ofrecía dar a sus
-condenados a aplastamiento, horizontes bellos, aires suaves, músicas
-armoniosas. Por tanto, yo, que adoro al amable coro de las musas, y el
-azul de los sueños, preferiría, antes que ponerme en manos de Max
-Nordau, ir a casa del médico de Clara Lenoir, quien me enviaría al
-edificio de granito, en donde esperaría la hora de morir saludando a la
-primavera y al amor, cantando las rosas y las liras y besando en sus
-rojos labios a Cloe, Galatea o Cidalisa!
-
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-
-IBSEN
-
-
-No hace mucho tiempo han comenzado las exploraciones intelectuales al
-Polo. Ya Leconte de Lisle había ido a contemplar la naturaleza y
-aprender el canto de las runoyas; Mendés a ver el sol de media noche y a
-hacer dialogar a Snorr y Snorra, en un poema de sangre y de hielo.
-Después, los Nordenskjöld del pensamiento descubrieron en las lejanas
-regiones boreales, seres extraños e inauditos: poetas inmensos,
-pensadores cósmicos. Entre todos, hallaron uno, en la Noruega; era un
-hombre fuerte y raro, de cabellos blancos, de sonrisa penosa, de miradas
-profundas, de obras profundas. ¿Estaba acaso en él el genio ártico?
-Acaso estaba en él el genio ártico. Parecería que fuese alto como un
-pino. Es chico de cuerpo. Nació en su país misterioso; el alma de la
-tierra en sus más enigmáticas manifestaciones, se le reveló en su
-infancia. Hoy, es ya anciano; ha nevado mucho sobre él; la gloria le ha
-aureolado, como una magnificente aurora boreal. Vive allá, lejos, en su
-tierra de fjords y lluvias y brumas, bajo un cielo de luz caprichosa y
-esquiva. El mundo le mira como a un legendario habitante del reino
-polar. Quienes, le creen un extravagante generoso, que grita a los
-hombres la palabra de su sueño, desde su frío retiro; quienes, un
-apostol huraño, quienes, un loco. ¡Enorme visionario de la nieve! Sus
-ojos han contemplado las largas noches y el sol rojo que ensangrienta la
-obscuridad invernal: luego miró la noche de la vida, lo obscuro de la
-humanidad. Su alma estará amargada hasta la muerte.
-
-Maurice Bigeon, que le ha conocido íntimamente, nos le pinta: «La nariz
-es fuerte, los pómulos rojos y salientes, la barbilla vigorosamente
-marcada, sus grandes anteojos de oro, su barba espesa y blanca donde se
-hunde lo bajo del rostro, le dan «l’air brave homme», la apariencia de
-un magistrado de provincia, envejecido en el cargo. Toda la poesía del
-alma, todo el esplendor de la inteligencia, se han refugiado, aparecen
-en los labios finos y largos, un tanto sensuales, que forman en las
-comisuras una mueca de altiva ironía; en la mirada, velada y como
-abierta hacia adentro, ya dulce y melancólica, ya ágil y agresiva,
-mirada de místico y luchador, mirada turbadora, inquietante,
-atormentada, bajo la cual se tiembla, y que parece escrutar las
-conciencias. Y la frente, sobre todo, es magnífica, cuadrada, sólida, de
-potentes contornos, frente heroica y genial, vasta como el mundo de
-pensamientos que abriga. Y, dominando el conjunto, acentuando todavía
-más esta impresión de animalidad ideal que se desprende de su fisonomía
-toda, una crinada cabellera blanca, fogosa, indomable...
-
-...Un hombre, en resumen, de esencia especial, de tipo extraño, que
-inquieta y subyuga, cuyo igual es inencontrable--un hombre, que no se
-podría olvidar aunque se viviese cien años.»
-
- * * * * *
-
-Pues todo hombre tiene un mundo interior y los varones superiores
-tiénenlo en grado supremo, el gran escandinavo halló su tesoro en su
-propio mundo. «Todo lo he buscado en mí mismo, todo ha salido de mi
-corazón.»
-
-Es en sí propio donde encontró el mejor venero para estudiar el
-principio humano. Hizo la propia vivisección. Puso el oído a su propia
-voz y los dedos al propio pulso. Y todo salió de su corazón. ¡Su
-corazón!
-
-El corazón de un sensitivo y de un nervioso. Palpitaba por el mundo.
-Estaba enfermo de humanidad.
-
-Su organización vibradora y predispuesta a los choques de lo
-desconocido, se templó más en el medio de la naturaleza fantasmal, de la
-atmósfera extraña de la patria nativa. Una mano invisible le asió, en
-las tinieblas.
-
-Ecos misteriosos le llamaron en la bruma. Su niñez fué una flor de
-tristeza. Estaba ansioso de ensueños, había nacido con la enfermedad. Yo
-me lo imagino, niño silencioso y pálido, de larga cabellera en su pueblo
-de Skien, de calles solitarias, de días nebulosos. Me lo imagino en los
-primeros estremecimientos producidos por el espíritu que debía poseerle,
-en un tiempo perpetuamente crepuscular, o en el silencio frío de la
-noche noruega. Su pequeña alma infantil, apretada en un hogar ingrato,
-los primeros golpes morales en esa pequeña alma frágil y cristalina, las
-primeras impresiones que le hacen comprender la maldad de la tierra y lo
-áspero del camino por recorrer. Después, en los años de la juventud,
-nuevas asperezas. El comienzo de la lucha por la vida, y la visión
-reveladora de la miseria social. ¡Ah, él comprendió el duro mecanismo; y
-el peligro de tanta rueda dentada; y el error de la dirección de la
-máquina; y la perfidia de los capataces y la universal degradación de la
-especie. Y su alma se hizo su torre de nieve. Apareció en él el
-luchador, el combatiente. Acorazado, casqueado, armado, apareció el
-poeta. Oyó la voz de los pueblos. Su espíritu salió de su restringido
-círculo nacional; cantó las luchas extranjeras; llamó a la unión de las
-naciones del norte; su palabra, que apenas se oía en su pueblo, fué
-callada por el desencanto; sus compatriotas no le conocieron; hubo para
-él, eso sí, piedras, sátira, envidia, egoísmo, estupidez: su patria,
-como todas las patrias, fué una espesa comadre que dió de escobazos a su
-profeta. De Skien a Grimstad, a Cristianía. De la mano de Welhaven su
-espíritu penetra en el mundo de una nueva filosofía. Después del
-desencanto, halla otra vez su joven musa cantos de entusiasmo, de vida,
-de amor. En los tiempos de las primeras luchas por la vida había sido
-farmacéutico. Fué periodista después. Luego, director de una errante
-compañía dramática. Viaja, vive. De Dinamarca vuelve a la capital de su
-país, y se ocupa también en cosas de teatro. En su trato con los
-cómicos--tal Guillermo Shakespeare--comienza a entrever el mundo de su
-obra teatral. Está pobre, no le importa; ama. Se enloquece de amor:
-tanto se enloquece que se casa. Una dulce hija de pastor protestante,
-fué su mujer. Imagínome que la buena Daë Thoresen debe de haber tenido
-los cabellos del más lindo oro, y los ojos divinamente azules.
-
- * * * * *
-
-Después de su «Catilina», simple ensayo juvenil, el autor dramático
-surge. La antigua patria renace en «La Castellana de Ostroett»; los que
-conocéis la obra ibseniana, oiréis siempre el grito final de Dame
-Ingegerd, agonizante: «¿Lo que yo quiero? Un ataúd, un ataúd cerca del
-de mi hijo.» Después «Los Guerreros de Helgeland» esa rara obra de
-visionario. Recordad:
-
-«Hjordis.--El lobo, allí está, ¿lo ves? allí. No me deja nunca; me tiene
-clavados sus ojos rojos, incandescentes. ¡Ah, Sigurd, es un presagio!
-Tres veces se me ha aparecido, y seguramente eso quiere decir que moriré
-esta noche.
-
-Sigurd.--¡Hjordis! ¡Hjordis!
-
-Hjordis.--Acaba de desaparecer allá, en el suelo. Ahora, ya lo sé.
-
-Sigurd.--¡Oh, Hjordis, ven, estás enfermo! Volvamos a casa.
-
-Hjordis.--No: esperaré aquí. Tengo muy poco tiempo de vida.
-
-Sigurd.--¿Pero qué tienes?
-
-Hjordis.--¿Qué tengo? No sé. Pero ya lo ves, tú has dicho la verdad hoy.
-Gunuar y Daquy están allí, entre nosotros. Dejémosles. Dejemos esta
-vida; así podemos vivir juntos.
-
-Sigurd.--¿Podemos? ¿Tú lo crees?
-
-Hjordis.--Desde el día en que has tomado otra mujer, yo estoy sin patria
-en este mundo», etc.
-
-«Los pretendientes a la corona», donde hay el admirable diálogo, entre
-el Poeta y el Rey, y el cual tiene que haber influído muy directamente
-en la forma dialogal característica de Maeterlink, en sus dramas
-simbólicos, seguida en parte por Eugenio de Castro en su suntuoso
-«Belkiss.» Véase:
-
-El rey Skule.--Me hablarás de eso dentro de poco. Pero dime, Skalda, que
-has errado tanto por países extranjeros, ¿has visto una mujer que ame al
-hijo de otra? Y cuando digo amar, entiendo amar no con un sentimiento
-pasajero, sino amar con todas las ternuras del alma.
-
-El poeta Jatgeir.--Eso no acontece sino a las mujeres que no tienen
-hijos.
-
-El rey.--¿A ellas solamente?
-
-El poeta.--Sobre todo a las que son estériles.
-
-El rey.--¿Sobre todo a las que son estériles? ¿Aman entonces a los hijos
-de otra, con todas las ternuras de su alma?
-
-El poeta.--Sí, a menudo.
-
-El rey.--Y, ¿no es cierto? Sucede que esas mujeres estériles matan a los
-hijos de otra, despechadas de no haber tenido ellas.
-
-El poeta.--Sí. Pero eso no es obrar prudentemente.
-
-El rey.--¿Prudentemente?
-
-El poeta.--No, no es obrar prudentemente, porque dan a aquellos cuyos
-hijos matan, el don del sufrimiento.
-
-El rey.--Pero ¿crees tú que el don del sufrimiento sea una buena cosa?
-
-El poeta.--Sí, señor.
-
-El rey.--Islandés, hay como dos hombres en ti. Estás entre la
-muchedumbre, en algún alegre festín, y pones un manto sobre tus
-pensamientos. Se está a solas contigo, y te asemejas a los raros a
-quienes voluntariamente se escogería por amigos. ¿Por qué es así?
-
-El poeta.--Señor, cuando os queréis bañar en el río, no os desvestís
-cerca de donde pasan los que van a la iglesia, sino que buscáis un lugar
-solitario...
-
-El rey.--Naturalmente.
-
-El poeta.--¡Y bien! yo también tengo el pudor del alma y por eso es que
-no me desvisto cuando hay tanta gente en la sala.
-
-El rey.--¿Eh? Cuéntame, Jatgeir, cómo has llegado a ser poeta y quién te
-ha enseñado la poesía.
-
-El poeta.--Señor, la poesía no se aprende.
-
-El rey.--¡La poesía no se aprende! Entonces, ¿cómo has hecho?
-
-El poeta.--He recibido el don del sufrimiento y así he llegado a ser
-poeta.
-
-El rey.--Así, pues, ¿el don del sufrimiento es necesario al poeta?
-
-El poeta.--Para mí fué necesario; pero hay otros a quienes ha sido
-concedida la alegría, la fe o la duda.
-
-El rey.--¿Aun la duda?
-
-El poeta.--Sí; pero es preciso que sea la duda de la fuerza y de la
-salud.
-
-El rey.--¿Y cuál es la duda que no sea la de la fuerza y de la salud?
-
-El poeta.--Es la duda que duda aún de su duda.
-
-El rey.--Paréceme que eso debe ser la muerte.
-
-El poeta.--Es más horrible que la muerte misma: son las tinieblas
-profundas», etc.
-
-La «Comedia del Amor» marca el humor fino que hay también en Ibsen,
-siempre a propósito de errores sociales; y es una puerta de libertad,
-abierta al santo instinto humano de amor.
-
-Con la hostilidad de los cómicos cuya dirección tenía, y el clamor de
-odio y de villanía que contra él alzaron unos cuantos periodistas, tuvo
-que mostrar hombros de hierro, cabeza resistente, puños firmes. Su
-tierra le desconocía, le desdeñaba, le odiaba, le calumniaba. Entonces,
-sacudió el polvo de sus zapatos. Se va, mordiendo versos contra el
-rebaño de tontos; se va, desterrado por la fosilizada familia de
-retardatarios y de puritanos. Así, más se ahonda en su corazón el
-sentimiento de la redención social.
-
-El revolucionario fué a ver el sol de oro de las naciones latinas.
-
-Después de este baño solar nacieron las otras obras que debían darle el
-imperio del drama moderno, y colocarle al lado de Wagner, en la altura
-del arte y del pensamiento contemporáneo. El había sido el escultor en
-carne viva, en su propia carne. Animó después sus extraños personajes
-simbólicos por cuyos labios saldría la denuncia del mal inveterado, en
-la nueva doctrina. Los pobres tendrán en él un gran defensor. Es un
-propósito de redención el que le impulsa. Es un gigantesco arquitecto
-que desea erigir su construcción monumental, para salvar las almas por
-la plegaria en la altura, de cara a Dios.
-
-El hombre de las visiones, el hombre del país de los kobolds, encuentra
-que hay mayores misterios en lo común de la vida que en el reino de la
-fantasía: el mayor enigma está en el propio hombre. Y su sueño es ver la
-vida mejor, el hombre rejuvenecido, la actual máquina social
-despedazada. Nace en él el socialista; es una especie de nuevo
-redentor.
-
-Así surgen «El pato salvaje», «Nora», «Los aparecidos», «El enemigo del
-pueblo», «Rosmersholm», «Hedda Gabler.» Escribía para la muchedumbre,
-para la salvación de la muchedumbre. La máquina recibía rudos golpes de
-su enorme martillo de dios escandinavo. Su martilleo se oye por todo el
-orbe. La aristocracia intelectual está con él. Se le saluda como a uno
-de los grandes héroes. Pero su obra no produce lo que él desea. Y su
-esfuerzo se vela de una sombra de pesimismo.
-
-Fué a ver el sol de las naciones latinas.
-
- * * * * *
-
-Y en las naciones latinas encuentra luchas y horrores, desastres y
-tristezas: su alma padece por la amargura de Francia. Llega un momento
-en que juzga muerta el alma de la raza. Mas no se va del todo la
-esperanza de su corazón. Cree en la resurrección futura: «¿Quién sabe
-cuándo la paloma traerá en su pico el ramo precursor? Lo veremos. Por lo
-que a mí toca, hasta ese día, permaneceré en mi habitáculo enguatado de
-Suecia, celoso de la soledad, ordenando ritmos distinguidos. La multitud
-vagabunda se enojará sin duda alguna, y me tratará de renegado; pero esa
-muchedumbre me espanta, no quiero que el lodo me salpique; y deseo, en
-traje de himeneo, sin mancha, aguardar la aurora que ha de venir.» ¡Ah,
-la pobre humanidad perdida! ese extraño redentor quiere salvarla,
-encontrar para ella el remedio del mal y la senda que conduce al
-verdadero bien. Pero cada instante que pasa le da muerte a una ilusión.
-Los hombres están originalmente viciados. Su mismo organismo es un foco
-infectivo; su alma está sujeta al error y al pecado. Se va sobre
-lodazales o sobre cambroneras. La existencia es el campo de la mentira y
-el dolor. Los malos son los que logran conocer el rostro de la
-felicidad, en tanto que el inmenso montón de los desgraciados se agita
-bajo la tabla de plomo de una fatal miseria. Y el redentor padece con
-la pena de la muchedumbre. Su grito no se escucha, su torre no tiene el
-deseado coronamiento. Por eso su agitado corazón está de luto, por eso
-brotan de los labios de sus nuevos personajes palabras terribles,
-condenaciones fulminantes, ásperas y flagelantes verdades. Es pesimista
-por obra de la fuerza contraria. El ha entrevisto el ideal, como un
-miraje. Ha caminado tras él, ha despedazado sus pies en las piedras del
-camino, no ha logrado sino cosechas de decepciones, su fata-morgana se
-ha convertido en nada.
-
-Y su progenie simbólica está animada de una vida maravillosa y
-elocuente. Sus personajes son seres que viven y se mueven y obran sobre
-la tierra, en medio de la sociedad actual. Tienen la realidad de la
-existencia nuestra. Son nuestros vecinos, nuestros hermanos. A veces nos
-sorprende oir salir de sus bocas nuestros propios íntimos pensamientos.
-Y es que Ibsen es el hermano de Shakespeare. El proceso shakespeareano
-de León Daudet tendría mejor aplicación si se tratase del gran
-escandinavo. Los tipos son observados, tomados de la vida común. La
-misma particularidad nacional, el escenario de la Noruega, le sirve para
-acentuar mejor los rasgos universales. Después, él, el creador, ha
-exprimido su corazón: ha sondeado su océano mental; ha penetrado en su
-obscura selva interior; es el buzo de la conciencia general, en lo
-profundo de su propia conciencia. Y había habido un día en que desde el
-vientre materno su alma se llenara de la virtud del arte. Su dolencia
-debía de ser la sublime dolencia del genio; de un genio peregrino, en
-que se juntarían las ocultas energías psíquicas de países remotos en los
-cuales parece que se encontrase, en ciertas manifestaciones, la realidad
-del Ensueño. Y ese «aristo», ese excelente, ese héroe, ese casi
-super-hombre, había de hacer de su vida un holocausto; había de ser el
-apóstol y el mártir de la verdad inconquistable, un inmenso trueno en el
-desierto, un prodigioso relámpago en un mundo de ciegas pupilas. Y
-buscó los ejemplos del mal por ser el ambiente del mal el que satura el
-mundo. Desde Job a nuestros días, jamás el diálogo ha sentido en su
-carne verbal los sacudimientos del espíritu que en las obras de Ibsen.
-Habla todo, los cuerpos y las almas. La enfermedad, el ensueño, la
-locura, la muerte toman la palabra; sus discursos vienen impregnados de
-más-allá. Hay seres ibsenianos en que corre la esencia de los siglos.
-Nos hallamos a muchos miles de leguas distantes de la literatura, esa
-agradable y alta rama de las Bellas Artes. Es un mundo distinto y
-misterioso, en que el pensador tiene la estatura de los arcángeles. Se
-siente, en lo obscuro vecino, una brisa que sopla de lo infinito, cuyo
-sordo oleaje oímos de tanto en tanto.
-
-Su lenguaje está construído de lógica y animado de misterio. Es Ibsen,
-uno de los que más hondamente han escrutado el enigma de la psique
-humana. Se remonta a Dios. Parte la fuente de su pensar de la montaña de
-las ideas primordiales. Es el héroe moral. ¡Potente solitario! Sale de
-su torre de hielo para hacer su oficio de domador de razas, de
-regenerador de naciones, de salvador humano, su oficio, ay, ímprobo,
-porque cree que no será él quien verá el día de la transfiguración
-ansiada.
-
-No os extrañéis de que sobre su obra titánica floten brumas misteriosas.
-Como en todos los espíritus soberanos, como en todos los jerarcas del
-pensamiento, su verbo se vela de humareda cual las fisuras de las
-solfataras y los cráteres de los volcanes.
-
-Consagrado a su obra como a un sacerdocio, es el ejemplo más admirable
-que puede darse en la historia de la idea humana, de la unidad de la
-acción y del pensamiento.
-
-Es el misionero formidable de una ideal religión, que predica con
-inaudito valor las verdades de su evangelio delante de las civilizadas
-flechas de los bárbaros blancos.
-
-Si Ibsen no fuera un sublevado titán, sería un santo, puesto que la
-santidad es el genio en el carácter, el genio moral. Y ha sentido sobre
-su faz el soplo de lo desconocido, de lo arcano; a ese soplo ha
-obedecido su autoinvestigación en las tinieblas del propio abismo. Y va
-por la tierra en medio de los dolores de los hombres siendo el eco de
-todas las quejas. Los versos al cisne, recordados por Bigeon, cantan
-así: «Cisne cándido, siempre mudo, en calma siempre! Ni el dolor ni la
-alegría pueden turbar la serenidad de tu indiferencia; protector
-majestuoso del Elfo que se aduerme, tú te has deslizado sobre las aguas
-sin jamás producir un murmullo, sin jamás lanzar un cántico.
-
-Todo lo que juntamos en nuestros pasos, juramentos de amor, miradas
-angustiosas, hipocresías, mentiras ¡qué te importaban! ¿Qué te
-importaban?
-
-Y sin embargo, la mañana de tu muerte suspiraste tu agonía, murmuraste
-tu dolor...
-
-¡Y eras un cisne!»
-
-El olímpico pájaro de nieve cantado tan melancólicamente por el Poeta
-ártico--y que en su ciclo surgiera de manera tan mágica y armoniosa por
-obra del dios Wagner--es para Ibsen nuncio del ultraterrestre Enigma.
-
-He ahí que la inviolada Desconocida aparecerá siempre envuelta en su
-impenetrable nube, fuerte y silenciosa; su fuerza, el fin de todas las
-fuerzas, y su silencio, la aleación de todas las armonías.
-
-¿Cuál sería el poeta que apoyado en el muro kantiano ordenase con mayor
-soberanía el himno de la Voluntad? ¿Quién diría la voluntad del Mundo y
-el mundo de la Voluntad? Necesitaríase un Pitágoras moral. El Noruego ha
-comprendido esa armonía y sus cantos han sido seres vivos. Ha sido un
-intérprete de esa representación de Dios. Ha sido un incansable minador
-de prejuicios y ha ido a perseguir el mal en sus dos principales
-baluartes, la carne y el espíritu. La carne, que en su infierno contiene
-los indomables apetitos y las tormentosas consecuciones del placer, y
-el espíritu, que presa de vacilaciones o esclavo de la mentira o
-arrebatado del pecado luciferino, cae también en su infierno.
-
-Autoridad, constitución social, convenciones de los hombres engañados o
-perversos, religiones amoldadas a usos viciados, injusticias de la ley y
-leyes de la injusticia; todo el viejo conjunto del organismo ciudadano;
-todo el aparato de cultura y de progreso de la colectividad moderna;
-toda la grande y monstruosa Jericó, oye sonar el desusado clarín del
-luminoso enemigo, pero sus muros no se conmueven, sus fábricas no caen.
-Por las ventanas y almenas adviértese cómo las caras rosadas de las
-mujeres que habitan la ciudad ríen y los hombres se encogen de hombros.
-Y el clarín enemigo suena contra los engaños sociales; contra los
-contrarios del ideal; contra los fariseos de la cosa pública; contra la
-burguesía, cuyo principal representante será siempre Pilatos; contra los
-jueces de la falsa justicia, los sacerdotes de los falsos sacerdocios;
-contra el capital cuyas monedas, si se rompiesen, como la hostia del
-cuento, derramarían sangre humana; contra la explotación de la miseria;
-contra los errores del estado; contra las ligas arraigadas desde siglos
-de ignominia para mal del hombre y aun en daño de la misma naturaleza;
-contra la imbécil canalla apedreadora de profetas y adoradora de
-abominables becerros; contra lo que ha deformado y empequeñecido el
-cerebro de la mujer, logrando convertirla, en el transcurso de un
-inmemorial tiempo de oprobio, en ser inferior y pasivo; contra las
-mordazas y grillos de los sexos; contra el comercio infame, la política
-fangosa y el pensamiento prostituído: así en «Los aparecidos», así en
-«Hedda Gabler», así en «El enemigo del pueblo», así en «Solness», así en
-«Las columnas de la sociedad», así en «Los pretendientes a la corona»,
-así en «La Unión de los jóvenes», así en «El pequeño Eyolf».
-
-El arcángel de la guarda del enorme Escandinavo tiene por nombre
-Sinceridad. Otros hay que le escoltan y se llaman Verdad, Nobleza,
-Bondad, Virtud. Suele también acompañarle el querubin Eironeia. Al final
-de las «Columnas de la sociedad», Lona proclama la grandeza de la
-Libertad y de la Sinceridad. Camille Mauclair decía al finalizar su
-conferencia sobre «Solness», cuando Lugne-Poe hacía a París el servicio
-que acaba de hacer a Buenos Aires Alfredo de Sanctis: «Seamos sinceros
-delante de nosotros mismos, cuidémonos del demonio tonto.» ¡Cuán elevado
-y provechoso consejo intelectual! Y Laurent Tailhade al predicar a su
-vez las excelencias de «El enemigo del pueblo», decía: «Si algo puede
-hacer perdonar al público de las primeras representaciones, mundanos y
-bolsistas, pilares de club y folicularios, bobos y snobs de todo pelaje,
-la asombrosa impericia que le distingue, el apetito monstruoso que
-muestra comunmente para toda especie de chaturas, es la acogida que ha
-hecho desde hace tres años a los dos genios, cuya amargura parece caber
-menos en lo que se llama tan justamente «el gusto francés»; me refiero a
-Ricardo Wagner y a Henrik Ibsen.» Si esto ha sido aplicado a París,
-pongan oído atento los centros pensantes de otras naciones. Surjan las
-excelencias del gusto nacional y asciéndase a las altas cimas de la Idea
-y del Arte; escúchese la doctrina de los señalados maestros conductores,
-exorcícese con ideal agua bendita al tonto demonio.
-
-Ibsen no cree en el triunfo de su causa. Por eso la ironía le ha
-cincelado su especial sonrisa. ¿Pero quién podría afirmar que no pueden
-llegar todavía a ser dorados por el fulgor de la esperada aurora, los
-cabellos blancos e indomables de ese soberbio y hecatonquero Precursor
-del Porvenir?
-
-[imagen: JOSÉ MARTÍ]
-
-[imagen]
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-JOSÉ MARTÍ
-
-
-El fúnebre cortejo de Wagner exigiría los truenos solemnes del
-«Tannhauser»; para acompañar a su sepulcro a un dulce poeta bucólico,
-irían, como en los bajos relieves, flautistas que hiciesen lamentarse a
-sus melodiosas dobles flautas; para los instantes en que se quemase el
-cuerpo de Melesígenes, vibrantes coros de liras; para acompañar--¡oh!
-permitid que diga su nombre delante de la gran Sombra épica; de todos
-modos, malignas sonrisas que podáis aparecer, ya está muerto...!--para
-acompañar, americanos todos que habláis idioma español, el entierro de
-José Martí, necesitaríase su propia lengua, su órgano prodigioso lleno
-de innumerables registros, sus potentes coros verbales, sus trompas de
-oro, sus cuerdas quejosas, sus oboes sollozantes, sus flautas, sus
-tímpanos, sus liras, sus sistros. Sí, americanos, hay que decir quien
-fué aquel grande que ha caído! Quien escribe estas líneas que salen
-atropelladas de corazón y cerebro, no es de los que creen en las
-riquezas existentes de América... Somos muy pobres... Tan pobres, que
-nuestros espíritus, si no viniese el alimento extranjero, se morirían de
-hambre. Debemos llorar mucho por esto al que ha caído! Quien murió allá
-en Cuba, era de lo mejor, de lo poco que tenemos nosotros los pobres;
-era millonario y dadivoso: vaciaba su riqueza a cada instante, y como
-por la magia del cuento, siempre quedaba rico: hay entre los enormes
-volúmenes de la colección de «La Nación», tanto de su metal fino y
-piedras preciosas, que podría sacarse de allí la mejor y más rica
-estatua. Antes que nadie, Martí hizo admirar el secreto de las fuentes
-luminosas. Nunca la lengua nuestra tuvo mejores tintas, caprichos y
-bizarrías. Sobre el Niágara castelariano, milagrosos iris de América. ¡Y
-qué gracia tan ágil, y qué fuerza natural tan sostenida y magnífica!
-
-Otra verdad aun, aunque pese más al asombro sonriente: eso que se llama
-el genio, fruto tan solamente de árboles centenarios--ese majestuoso
-fenómeno del intelecto elevado a su mayor potencia, alta maravilla
-creadora, el Genio, en fin, que no ha tenido aún nacimiento en nuestras
-repúblicas, ha intentado aparecer dos veces en América; la primera en un
-hombre ilustre de esta tierra, la segunda en José Martí. Y no era Martí,
-como pudiera creerse, de los semi-genios de que habla Mendés, incapaces
-de comunicar con los hombres, porque sus alas les levantan sobre la
-cabeza de éstos, e incapaces de subir hasta los dioses, porque el vigor
-no les alcanza y aun tiene fuerza la tierra para atraerles. El cubano
-era «un hombre.» Más aun; era como debería ser el verdadero
-super-hombre, grande y viril; poseído del secreto de su excelencia, en
-comunión con Dios y con la naturaleza.
-
-En comunión con Dios vivía el hombre de corazón suave e inmenso; aquel
-hombre que aborreció el mal y el dolor; aquel amable león de pecho
-columbino, que pudiendo desjarretar, aplastar, herir, morder, desgarrar,
-fué siempre seda y miel hasta con sus enemigos. Y estaba en comunión
-con Dios, habiendo ascendido hasta él por la más firme y segura de las
-escalas: la escala del Dolor. La piedad tenía en su sér un templo; por
-ella diríase que siguió su alma los cuatro ríos de que habla Rusbrock el
-Admirable; el río que asciende, que conduce a la divina altura; el que
-lleva a la compasión por las almas cautivas, los otros dos que envuelven
-todas las miserias y pesadumbres del herido y perdido rebaño humano.
-Subió a Dios, por la compasión y por el dolor. ¡Padeció mucho
-Martí!--desde las túnicas consumidoras, del temperamento y de la
-enfermedad, hasta la inmensa pena del señalado que se siente desconocido
-entre la general estolidez ambiente; y por último, desbordante de amor y
-de patriótica locura, consagróse a seguir una triste estrella, la
-estrella solitaria de la Isla, estrella engañosa que llevó a ese
-desventurado rey mago a caer de pronto en la más negra muerte!
-
-Los tambores de la mediocridad, los clarines del patrioterismo tocarán
-dianas celebrando la gloria política del Apolo armado de espada y
-pistolas que ha caído, dando su vida, preciosa para la humanidad y para
-el Arte y para el verdadero triunfo futuro de América, combatiendo entre
-el negro Guillermón y el general Martínez Campos!
-
-¡Oh, Cuba! eres muy bella, ciertamente, y hacen gloriosa obra los hijos
-tuyos que luchan porque te quieren libre; y bien hace el español de no
-dar paz a la mano por temor de perderte, Cuba admirable y rica y cien
-veces bendecida por mi lengua; mas la sangre de Martí no te pertenecía;
-pertenecía a toda una raza, a todo un continente; pertenecía a una
-briosa juventud que pierde en él quizá al primero de sus maestros;
-pertenecía al porvenir!
-
- * * * * *
-
-Cuando Cuba se desangró en la primera guerra, la guerra de Céspedes;
-cuando el esfuerzo de los deseosos de libertad no tuvo más fruto que
-muertes e incendios y carnicerías, gran parte de la intelectualidad
-cubana partió al destierro. Muchos de los mejores se expatriaron,
-discípulos de don José de la Luz, poetas, pensadores, educacionistas.
-Aquel destierro todavía dura para algunos que no han dejado sus huesos
-en patria ajena o no han vuelto ahora a la manigua. José Joaquín Palma,
-que salió a la edad de Lohengrín con una barba rubia como la de él, y
-gallardo como sobre el cisne de su poesía, después de arrullar sus
-décimas «a la estrella solitaria» de república en república, vió nevar
-en su barba de oro, siempre con ansias de volver a su Bayamo, de donde
-salió al campo a pelear después de quemar su casa. Tomás Estrada Palma,
-pariente del poeta, varón probo, discreto y lleno de luces, y hoy
-elegido presidente por los revolucionarios, vivió de maestro de escuela
-en la lejana Honduras; Antonio Zambrana, orador de fama justa en las
-repúblicas del norte que a punto estuvo de ir a las Cortes, en donde
-habría honrado a los americanos, se refugió en Costa Rica, y allí abrió
-su estudio de abogado; Eizaguirre fué a Guatemala; el poeta Sellén, el
-celebrado traductor de Heine, y su hermano, otro poeta, fueron a Nueva
-York, a hacer almanaques para las píldoras de Lamman y Kemp, si no
-mienten los decires; Martí, el gran Martí andaba de tierra en tierra,
-aquí en tristezas, allá en los abominables cuidados de las pequeñas
-miserias de la falta de oro en suelo extranjero; ya triunfando, porque a
-la postre la garra es garra y se impone, ya padeciendo las consecuencias
-de su antagonismo con la imbecilidad humana; periodista, profesor,
-orador; gastando el cuerpo y sangrando el alma; derrochando las
-esplendideces de su interior en lugares en donde jamás se podría saber
-el valor del altísimo ingenio y se le infligiría además el baldón del
-elogio de los ignorantes;--tuvo en cambio grandes gozos: la compresión
-de su vuelo por los raros que le conocían hondamente; el satisfactorio
-aborrecimiento de los tontos, la acogida que «l’élite» de la prensa
-americana--en Buenos Aires y Méjico,--tuvo para sus correspondencias y
-artículos de colaboración.
-
-Anduvo, pues, de país en país, y por fin, después de una permanencia en
-Centro América, partió a radicarse a Nueva York.
-
-Allá, a aquella ciclópea ciudad, fué aquel caballero del pensamiento a
-trabajar y a bregar más que nunca. Desalentado, él tan grande y tan
-fuerte, ¡Dios mío! desalentado en sus ensueños de Arte, remachó con
-triples clavos dentro de su cráneo la imagen de su estrella solitaria, y
-dando tiempo al tiempo, se puso a forjar armas para la guerra, a golpe
-de palabra y a fuego de idea. Paciencia, la tenía; esperaba y veía como
-una vaga fatamorgana, su soñada Cuba libre. Trabajaba de casa en casa,
-en los muchos hogares de gentes de Cuba que en Nueva York existen; no
-desdeñaba al humilde: al humilde le hablaba como un buen hermano mayor,
-aquel sereno e indomable carácter, aquel luchador que hubiera hablado
-como Elciis, los cuatro días seguidos, delante del poderoso Otón rodeado
-de reyes.
-
-Su labor aumentaba de instante en instante, como si activase más la
-savia de su energía aquel inmenso hervor metropolitano. Y visitando al
-doctor de la Quinta Avenida, al corredor de la Bolsa y al periodista y
-al alto empleado de La Equitativa, y al cigarrero y al negro marinero, a
-todos los cubanos neoyorkinos, para no dejar apagar el fuego, para
-mantener el deseo de guerra, luchando aún con más o menos claras
-rivalidades, pero, es lo cierto, querido y admirado de todos los suyos,
-tenía que vivir, tenía que trabajar, entonces eran aquellas cascadas
-literarias que a estas columnas venían y otras que iban a diarios de
-Méjico y Venezuela. No hay duda de que ese tiempo fué el más hermoso
-tiempo de José Martí. Entonces fué cuando se mostró su personalidad
-intelectual más bellamente. En aquellas kilométricas epístolas, si
-apartáis una que otra rara ramazón sin flor o fruto, hallaréis en el
-fondo, en lo macizo del terreno, regentes y ko-hinoores.
-
-Allí aparecía Martí pensador, Martí filósofo, Martí pintor, Martí
-músico, Martí poeta siempre. Con una magia incomparable hacía ver unos
-Estados Unidos vivos y palpitantes, con su sol y sus almas. Aquella
-«Nación» colosal, la «sábana» de antaño, presentaba en sus columnas, a
-cada correo de Nueva York, espesas inundaciones de tinta. Los Estados
-Unidos de Bourget deleitan y divierten; los Estados Unidos de Groussac
-hacen pensar; los Estados Unidos de Martí son estupendo y encantador
-diorama que casi se diría aumenta el color de la visión real. Mi memoria
-se pierde en aquella montaña de imágenes, pero bien recuerdo un Grant
-marcial y un Sherman heroico que no he visto más bellos en otra parte;
-una llegada de héroes del Polo; un puente de Brooklin literario igual al
-de hierro; una hercúlea descripción de una exposición agrícola, vasta
-como los establos de Augías; unas primaveras floridas y unos veranos
-¡oh, sí! mejores que los naturales; unos indios sioux que hablaban en
-lengua de Martí como si Manitu mismo les inspirase; unas nevadas que
-daban frío verdadero, y un Walt Whitman patriarcal, prestigioso,
-líricamente augusto, antes, mucho antes de que Francia conociera por
-Sarrazin al bíblico autor de las «Hojas de hierba.»
-
-Y cuando el famoso congreso pan-americano, sus cartas fueron
-sencillamente un libro. En aquellas correspondencias hablaba de los
-peligros del yankee, de los ojos cuidadosos que debía tener la América
-latina respecto a la Hermana mayor; y del fondo de aquella frase que una
-boca argentina opuso a la frase de Monroe.
-
- * * * * *
-
-Era Martí de temperamento nervioso, delgado, de ojos vivaces y
-bondadosos. Su palabra suave y delicada en el trato familiar, cambiaba
-su raso y blandura en la tribuna, por los violentos cobres oratorios.
-Era orador, y orador de grande influencia. Arrastraba muchedumbres. Su
-vida fué un combate. Era blandílocuo y cortesísimo con las damas; las
-cubanas de Nueva York teníanle en justo aprecio y cariño, y una sociedad
-femenina había que llevaba su nombre.
-
-Su cultura era proverbial, su honra intacta y cristalina; quien se
-acercó a él se retiró queriéndole.
-
-Y era poeta; y hacía versos.
-
-Sí, aquel prosista que, siempre fiel a la Castalia clásica, se abrevó en
-ella todos los días, al propio tiempo que por su constante comunión con
-todo lo moderno y su saber universal y políglota, formaba su manera
-especial y peculiarísima, mezclando en su estilo a Saavedra Fajardo con
-Gautier, con Goncourt,--con el que gustéis, pues de todo tiene; usando a
-la continua de hipérbaton inglés, lanzando a escape sus cuádrigas de
-metáforas, retorciendo sus espirales de figuras; pintando ya con minucia
-de pre-rafaelista las más pequeñas hojas del paisaje, ya a manchas, a
-pinceladas súbitas, a golpes de espátula, dando vida a las figuras;
-aquel fuerte cazador, hacía versos, y casi siempre versos pequeñitos,
-versos sencillos--¿no se llamaba así un librito de ellos?--versos de
-tristezas patrióticas, de duelos de amor, ricos de rima o armonizados
-siempre con tacto; una primera y rara colección está dedicada a un hijo
-a quien adoró y a quien perdió por siempre: «Ismaelillo.»
-
-Los «Versos sencillos», publicados en Nueva York, en linda edición, en
-forma de eucologio, tienen verdaderas joyas. Otros versos hay, y entre
-los más bellos «Los zapaticos de Rosa.» Creo que como Banville la
-palabra «lira» y Leconte de Lisle la palabra «negro», Martí la que más
-ha empleado es «rosa.»
-
-Recordemos algunas rimas del infortunado:
-
- I
-
- ¡Oh, mi vida que en la cumbre
- Del Ajusco hogar buscó,
- Y tan fría se moría
- Que en la cumbre halló calor!
- ¡Oh, los ojos de la virgen
- Que me vieron una vez,
- Y mi vida estremecida
- En la cumbre volvió a arder!
-
- II
-
- Entró la niña en el bosque
- Del brazo de su galán,
- Y se oyó un beso, otro beso,
- Y no se oyó nada más.
-
- Una hora en el bosque estuvo,
- Salió al fin sin su galán:
- Se oyó un sollozo; un sollozo,
- Y después no se oyó más.
-
- III
-
- En la falda del Turquino
- La esmeralda del camino
- Los incita a descansar:
- El amante campesino
- En la falda del Turquino
- Canta bien y sabe amar.
-
- Guajirilla ruborosa,
- La mejilla tinta en rosa
- Bien pudiera denunciar,
- Que en la plática sabrosa
- Guajirilla ruborosa,
- Callar fué mejor que hablar.
-
- IV
-
- Allá en la sombría,
- Solemne Alameda,
- Un ruido que pasa,
- Una hoja que rueda,
- Parece al malvado
- Gigante que alzado
- El brazo le estruja,
- La mano le oprime,
- Y el cuello le estrecha
- Y el alma le pide--,
- Y es ruido que pasa
- Y es hoja que rueda;
- Allá en la sombría,
- Callada, vacía,
- Solemne Alameda...
-
- V
-
- --¡Un beso!
- --¡Espera!
- Aquel día
- Al despedirse se amaron.
-
- --¡Un beso!
- --Toma.
- Aquel día
- Al despedirse lloraron.
-
- VI
-
- La del pañuelo de rosa,
- La de los ojos muy negros,
- No hay negro como tus ojos
- Ni rosa cual tu pañuelo.
-
- La de promesa vendida,
- La de los ojos tan negros,
- Más negras son que tus ojos
- Las promesas de tu pecho.
-
-Y este primoroso juguete:
-
- De tela blanca y rosada
- Tiene Rosa un delantal,
- Y a la margen de la puerta
- Casi, casi en el umbral,
- Un rosal de rosas blancas
- Y de rojas un rosal.
-
- Una hermana tiene Rosa
- Que tres años besó abril,
- Y le piden rojas flores
- Y la niña va al pensil,
- Y al rosal de rosas blancas
- Blancas rosas va a pedir.
-
- Y esta hermana caprichosa
- Que a las rosas nunca va,
- Cuando Rosa juega y vuelve
- En el juego el delantal,
- Si ve el blanco abraza a Rosa
- Si ve el rojo da en llorar.
-
- Y si pasa caprichosa
- Por delante del rosal,
- Flores blancas pone a Rosa
- En el blanco delantal.
-
-Un libro, la Obra escogida del ilustre escritor, debe ser idea de sus
-amigos y discípulos.
-
-Nadie podría iniciar la práctica de tal pensamiento, como el que fué, no
-solemne discípulo querido, sino amigo del alma, el paje, o más bien «el
-hijo» de Martí: Gonzalo de Quesada, el que le acompañó siempre leal y
-cariñoso, en trabajos y propagandas, allá en Nueva York y Cayo Hueso y
-Tampa. ¡Pero quién sabe si el pobre Gonzalo de Quesada, alma viril y
-ardorosa, no ha acompañado al jefe también en la muerte!
-
-Los niños de América tuvieron en el corazón de Martí predilección y
-amor.
-
-Queda un periódico único en su género--, los pocos números de un
-periódico que redactó especialmente para los niños. Hay en uno de ellos
-un retrato de San Martín, que es obra maestra. Quedan también la
-colección de «Patria» y varias obras vertidas del inglés, pero eso todo
-es lo menor de la obra literaria que servirá en lo futuro.
-
-Y ahora, maestro y autor y amigo, perdona que te guardemos rencor los
-que te amábamos y admirábamos, por haber ido a exponer y a perder el
-tesoro de tu talento. Ya sabrá el mundo lo que tú eras, pues la justicia
-de Dios es infinita y señala a cada cual su legítima gloria. Martínez
-Campos, que ha ordenado exponer tu cadáver, sigue leyendo sus dos
-autores preferidos: «Cervantes...» y «Ohnet.» Cuba quizá tarde en
-cumplir contigo como debe. La juventud americana te saluda y te llora;
-pero ¡oh, Maestro! ¿qué has hecho...?
-
-Y paréceme que con aquella voz suya, amable y bondadosa, me reprende,
-adorador como fué hasta la muerte del ídolo luminoso y terrible de la
-Patria; y me habla del sueño en que viera a los héroes: las manos de
-piedra, los ojos de piedra, los labios de piedra, las barbas de piedra,
-la espada de piedra...
-
-Y que repite luego el voto del verso:
-
- ¡Yo quiero, cuando me muera,
- Sin patria, pero sin amo,
- Tener en mi losa un ramo
- De flores y una bandera!
-
-[imagen]
-
-
-
-
-EUGENIO DE CASTRO
-
-(_Conferencia leída en el Ateneo de Buenos Aires_).
-
-
-Señor presidente, señoras, señores: Os saludo al comenzar esta
-conferencia sobre el poeta Eugenio de Castro y la literatura portuguesa.
-Es el asunto para mí gratísimo. Mi deseo es que al acabar de escuchar
-mis palabras llevéis con vosotros el encanto de un nuevo y peregrino
-conocimiento: el del joven ilustre que hoy representa una de las más
-brillantes fases del renacimiento latino, y que, como su hermano de
-Italia--el Ermete maravilloso--se mantiene en la consagración de su
-ideal «en la sede del arte severo y del silencio», allá en la noble y
-docta ciudad de Coimbra. Este nombre os despierta, desde luego, el
-recuerdo de una antigua vida escolar, los estudiantes tradicionales, la
-Fuente de los Amores, el Mondego, celebrado en los versos, y la figura
-dulce y trágica de aquella adorable señora que tuvo el mismo apellido
-que nuestro poeta: Inés de Castro, tan bella cuanto sin ventura. Es en
-aquella ciudad universitaria en donde ha surgido el admirable lírico que
-había de representar, el primero, a la raza ibérica, en el movimiento
-intelectual contemporáneo, que ha dado al arte espacios nuevos, fuerzas
-nuevas y nuevas glorias. Vogüe, que antes mirara el vuelo simbólico de
-las cigüeñas, anunciaba, no hace mucho tiempo, a propósito de la obra de
-Gabriele D’Annunzio, una resurrección del espíritu latino. Las harpas y
-las flautas sonaban del lado de Italia. Hoy la armonía se oye del lado
-de Iberia. Ya es un conjunto de músicas orientales; ya un son melodioso
-de siringa, semejante a los que la muerte ha venido a suspender en los
-labios del divino Panida de Francia, Paúl Verlaine; ya un heráldico
-trueno de trompetas de plata, que avisa el paso de una caravana
-salomónica. ¿Conocéis al prestigioso Gama que corona Camöens de
-esplendorosas gemas poéticas en los triunfos de sus «Lusiadas»? Es el
-viajero casi mitológico que vuelve de los países recónditos a donde su
-valor y su sed de cosas desconocidas le han llevado. A semejanza de
-aquellos antiguos atrevidos navegantes portugueses que iban a las playas
-distantes de las tierras asiáticas y africanas en busca de tesoros
-prodigiosos y volvían con las perlas arábigas, los diamantes de
-Golconda, las resinas y aromas y ámbares recogidos en los misteriosos
-continentes y en los hechiceros archipiélagos, trayendo al propio tiempo
-la impresión de sus visiones en la realidad de las leyendas, en las
-visitas a islas raras y penínsulas de encantamiento, Eugenio de Castro,
-bizarro y mágico Vasco de Gama de la lira, vuelve de sus incursiones a
-un Oriente de ensueño, de sus expediciones a los fantásticos imperios, a
-países del pasado, lleno de riquezas, dueño de raras piedras preciosas,
-conquistador y argonauta, vestido de suntuosos paramentos e impregnado
-de exóticos perfumes.
-
-Señores: Mientras nuestra amada y desgraciada madre patria, España,
-parece sufrir la hostilidad de una suerte enemiga, encerrada en la
-muralla de su tradición, aislada por su propio carácter, sin que penetre
-hasta ella la oleada de la evolución mental de estos últimos tiempos,
-el vecino reino fraternal manifiesta una súbita energía; el alma
-portuguesa llama la atención del mundo, la patria portuguesa encuentra
-en el extranjero lenguas que la celebran y la levantan, la sangre de
-Lusitania florece en harmoniosas flores de arte y de vida: nosotros,
-latinos, hispano-americanos, debemos mirar con orgullo las
-manifestaciones vitales de ese pueblo y sentir como propias las
-victorias que consigue en honor de nuestra raza.
-
-Es digno de todas nuestras simpatías ese bello y glorioso país de
-guerreros, de descubridores y de poetas. Una de las más gratas
-impresiones de mi vida ha sido la que produjo esa tierra en que
-florerecen los naranjos. Lisboa, hermosa y real, frente a su soberbia
-bahía, un cielo generoso de luz, una tierra perfumada de jardines, una
-delicia natural esparcida en el ambiente, una fascinación amorosa que
-invita a la vida, altivez nativa, nobleza ingénita en sus caballeros, y
-en sus damas una distinción gentilicia como corona de la belleza. Y
-consideraba al hollar aquella tierra, las proezas de tantos hijos suyos
-famosos, Magallanes cuyo nombre quedó para los siglos en el extremo sur
-argentino, Alburquerque, el que fué a la lejana Goa, Bartolomé Díaz y la
-figura dominante, aureolada de fuegos épicos, del gran Vasco.
-
-Y evocaba la obra de la lira, los ingenuos balbuceos en la corte de
-Alfonso Henriquez, en donde la linda Doña Violante, antojábaseme harto
-cruel, con el pobre Egas Moniz, agonizante de amor, por aquel «corpo
-d’oiro»; los trovadores, formando sus ramilletes de serranillas; Don
-Diniz, el rey poeta y sapiente, semejante a Alfonso de España, y a quien
-Camoëns compara con el grande Alejandro:
-
- Eis depois vem Dinis, que bem parece
- Do bravo Afonso estirpe nobre e dina,
- Com quem a fama grande se escurece
- Da liberalidade Alexandrina.
- Com este o Reino próspero florece
- (Alcançada já a paz áurea divina)
- Em constituições, leis e costumes,
- Na terra já tranquila claros lumes.
-
- Fez primeiro em Coimbra exercitar-se
- O valeroso officio de Minerva;
- E de Helicona as Musas fez passar-se
- A pizar do Mondego a fertil herva.
- Quanto pode de Athenas desejar-se,
- Tudo o soberbo Apollo aqui reserva:
- Aqui as capellas dá tecidas de ouro,
- Do bacharo e do sempre verde louro.
-
-«Y después viene Dionisio, que bien parece del bravo Alfonso estirpe
-noble y digna; por quien la fama grande se obscurece de la liberalidad
-Alejandrina: Con éste el reino próspero florece (ya alcanzada la áurea
-paz divina) en constituciones, leyes y costumbres, e iluminan claras
-luces la ya tranquila tierra. Hizo primero en Coimbra que se ejercitase
-el valeroso oficio de Minerva; y las musas del Helicón por él fueron a
-pisar la fértil hierba del Mondego. Cuanto puede de Atenas desearse,
-todo el soberbio Apolo aquí reserva: Aquí da las coronas tejidas de oro
-y de siempre verde laurel». Y luego los romanceros, el «Amadís» que
-despierta el «Quijote»; Mascías que muere por el amor, y tanto
-porta-lira que en tiempos propicios a las Musas las glorificaron en el
-suelo lusitano.
-
-No había llegado aún a mis oídos el nombre de Eugenio de Castro, ni a mi
-mente el resplandor de su arte aristocrático. La literatura portuguesa
-ha sido hasta hace poco tiempo escasamente conocida. Existe cerca de
-nosotros un gran país, hijo de Portugal, cuyas manifestaciones
-espirituales son en el resto del continente completamente ignoradas; y
-hay, señores, en Portugal, y hay en el Brasil una literatura digna de la
-universal atención y del estudio de los hombres de pensamiento y de
-arte. En nuestra América española, el conocimiento de la literatura de
-lengua portuguesa se reduce al escaso número de los que han leído a
-Camoëns, la mayor parte en malas traducciones y vaya por lo antiguo. En
-cuanto a lo moderno, se sabe que ha existido un Herculano gracias a los
-versos de Núñez de Arce, y un Eça de Queiroz, por un «Primo-Basilio»,
-que ha esparcido a los cuatro vientos, en castellano, una feroz casa
-editora peninsular.
-
-No era poco el triste asombro del eminente Pinheiro Chagas, cuando en
-Madrid en la hospitalaria casa del conde de Peralta oía de mis labios la
-lamentación de semejante indiferencia. ¡Pero qué mucho, si en España
-misma, a pesar del esfuerzo de propagandistas como la Pardo Bazán y
-Sánchez Moguel, el alma lusitana es tanto o más desconocida que entre
-nosotros! Y de Gil Vicente a nuestros días, hay un teatro vario y rico.
-De Sa de Miranda y Camoëns, a João de Deus, el camino lírico está lleno
-de arcos triunfales. De Duharte Galvao a Alejandro Herculano la historia
-levanta monumentales y fuertes construcciones; la filosofía y la
-filología y la erudición están representadas por más de un nombre
-ilustre en los anales de la civilización humana; su lengua, que ha
-pasado por evoluciones distintas, ha llegado a ser en manos de Eugenio
-de Castro y de sus seguidores, el armonioso instrumento que nos da esas
-puras joyas del arte moderno, como «Sagramor» y «Belkiss».
-
-Este siglo tuvo mal comienzo para el pensamiento portugués. Sus alas no
-se abrieron en el aire angustioso que esparciera la tempestad
-napoleónica. ¿Qué figuras vemos aparecer en esa agitada época? Una
-especie de Quintana, José Agustín de Macedo, que sopla su hueca trompa;
-una especie de Ponsard, Aguiar Leitao, que se pavonea entre la pobreza y
-sequedad de sus tragedias; y el curioso y desjuicido José Daniel, que a
-falta de Terencio y Plauto, se iba solo, por una senda poco envidiable.
-Manuel de Nascimiento, arrojado por una tormenta política, estaba en
-París. El obispo Lobo, a quien se ha comparado con de Maistre, señala el
-principio de una nueva era. Almeida Garret, que como Nascimiento había
-ido a París y había sido ungido por Hugo, llevó a su país la iniciación
-romántica. Eugenio de Castro reconoce en uno de sus escritos, cómo el
-fondo del alma portuguesa está impregnado de melancolía. Ciertamente,
-ese pueblo viril siente de modo hondo y particular el soplo de la
-tristeza. Los portugueses tienen esa palabra que indica una enfermiza y
-especial nostalgia, un sentimiento único, lleno de la más melancólica
-dulzura: «saudade.» Tal sentimiento forma gran parte del espíritu de la
-poesía de Almeida Garret, que había llevado su barca sobre las mansas y
-sonoras olas del lago lamartiniano. El es uno de los precursores del
-nuevo movimiento. El marca un nuevo rumbo a la generación literaria,
-afianzando en un sólido fundamento clásico, pero con largas vistas hacia
-el futuro. El prefacio de «Doña Branca», que Loiseau parangona con el de
-«Cronwell», fué un manifiesto que señaló definitivamente la renovación.
-El sentimentalismo de los románticos y las caballerescas aventuras están
-de triunfo. Doña Branca está en el castillo morisco con una hada, y
-Adozinda, pura como un lirio de nieve, es perseguida, cual la memorable
-italiana, por el incestuoso fuego paternal. Almeida Garret--sin que
-intente defender la perfección de su obra--ha quedado como uno de los
-grandes románticos, que a comienzos de esta centuria han iniciado una
-revolución en formas e ideas en el arte de escribir. Antonio Feliciano
-de Castilho se presenta, «enfant sublime», con su áulico «Epicedion» a
-los quince años; su obra posterior, si es de un romántico declarado,
-como que procede inmediatamente de Nascimiento, arranca en su fondo de
-antiguas fuentes clásicas, a punto de que se haya nombrado a propósito
-de su «Primavera», a Safo, Anacreonte y Ovidio. Y se yergue luego,
-altiva y majestuosa, la talla de quien, cuando cayó en la tumba, hizo
-brotar de la más bien templada lira castellana un célebre canto fúnebre:
-comprenderéis que me refiero a Alejandro Herculano. El gran historiador
-fué asimismo aficionado a las musas. Cuando vayáis por su jardín lírico,
-no dejéis de observar que por ahí ha pasado el Lamartine de las
-«Meditaciones.» Pero era un vigoroso, era un fuerte, y en la piedra fina
-y duradera de su prosa, supo construir más de un soberbio monumento. Si
-sus novelas y los que podíamos llamar con Galdós, episodios nacionales,
-son de notable valer, su fama se sienta sobre el pedestal de su obra
-histórica, al cual su violento liberalismo no alcanzó a producir raja
-alguna. Castello Branco dejó una producción copiosísima en donde se
-pueden encontrar algunos granos de oro. Nos hallamos en pleno período
-contemporáneo. La voz de Pinheiro Chagas resuena. Magalhaes Lima va
-agitar a París la bandera portuguesa; brillan los nombres de Casal
-Ribeiro, Machado, Oliveira Martins y tantos otros, entre los cuales
-despide excepcional luz el del noble y egregio Teófilo Braga. Conocemos
-algunas poesías de Antero de Quental. Doña Emilia nos informa desde
-Madrid, de cuando en cuando, que existen tales o cuales liras lusitanas.
-
-Leopoldo Díaz, hábil husmeador de elegantes novedades, nos traduce una
-que otra poesía portuguesa; nos comienzan a llegar los ecos de un
-renacimiento en las letras brasileras y en notables revistas jóvenes; y
-de pronto un clamor doloroso nos anuncia al mismo tiempo que la muerte
-de Verlaine, la del gran poeta João de Deus.
-
-El viejo João de Deus, «el poeta del amor», a quien Louis Pitate de
-Brinn Gaubast no ha vacilado en llamar «un Verlaine--con la pureza de un
-Lamartine», fué también un precursor de los artistas exquisitos que hoy
-han colocado a tan gran altura las letras portuguesas. Como en España,
-como entre nosotros, la exageración romántica, el lacrimoso, falso y
-grotesco lirismo personal que tuvo la fecundidad de una epidemia, halló
-en Portugal su falange en los seguidores de Palmeirim y João de Lemos.
-
-Contra esos se opuso João de Deus, ayudado por el triste y malogrado
-Soares de Passos, que iniciaron algo semejante a la labor parnasiana de
-Francia, pero poniendo en el fondo del vaso buen vino de emoción. La
-obra de João de Deus, condénsala en pocas palabras Teófilo Braga:
-«volvió a la elocución más ideal por la naturalidad; dió al verso la
-armonía indefectible por la concordancia de los acentos métricos con la
-acentuación de las palabras; hizo de la rima una sorpresa y al mismo
-tiempo un colorido vivo; combinó nuevas formas estróficas, renovando
-también el soneto y el terceto camonianos, con un tinte de gracia de los
-modismos populares. En la fábula de la «Cabra» o «Carneiro e o Cebado,»
-resolvió magistralmente el problema presentido por los llamados
-nephelibatas, de la remodelación de la estructura del verso; encontró
-que el verso puede quebrarse en los hemistiquios más caprichosos, y aun
-sin sílabas definidas, pero siempre cayendo dentro de la armonía
-fundamental y orgánica del verso tal como el oído romántico lo
-estableció. La perfección de la forma no bastaba para que João de Deus
-ejerciese un influjo inmediato; sería admirado como artista, pero no
-tendría el invencible poder de sugestión en los espíritus. Además de esa
-perfección parnasista, sus versos expresan estados de alma, la pasión
-íntima, vaga y casi timorata de los antiguos trovadores; aspiraciones
-indefinidas, como las de los neoplatónicos o petrarquistas del
-Renacimiento; la unción mística, como la de los versos de los poetas
-extáticos españoles; y, finalmente, la sátira mordiente, como la de los
-«goliardos» y estudiantes de la tuna de las universidades medioevales,
-cuyo espíritu se advierte en las estrofas de «Dinheiro,» la «Lata» y la
-«Marmelada». La impresión que produjo cuando la poesía caía
-desacreditada por las exageraciones ultra románticas, fué grande, se
-hizo sentir en una rápida transformación de gusto y esmero en los nuevos
-poetas. Con verdad y justicia, João de Deus fué proclamado el maestro de
-todos nosotros.»
-
-Muerto ese maestro ilustre, a quien con tanto amor celebra Teófilo
-Braga, y cuyos despojos se habían cubierto de blancas rosas frescas y de
-laureles, un joven le despide con un saludo glorioso, como se saluda a
-un pabellón, en el instituto de Coimbra. Ese joven era el mismo que
-enviara al féretro del consagrado cantor de amores, una corona de
-violetas y crisantemos, con esta leyenda: «A João de Deus, Eugenio de
-Castro.» Le despide con nobleza y orgullo principales, salvando la
-esencia lírica del maestro. Su ofrenda fué la presentación verdadera de
-la obra de João de Deus, libre de las tachas y aglomeraciones
-perturbadoras que impone la crítica indocta y fácil en la incompetencia
-de sus admiraciones. Lamentó con una honda voz de artista puro, la
-belleza poluta por la brutalidad de la moderna vida, por las bajas
-conquistas de interés y de la utilidad. «El americanismo reina
-absolutamente: destruye las catedrales para levantar almacenes: derrumba
-palacios para alzar chimeneas, no siendo de extrañar que transforme
-brevemente el monasterio de Batalha en fábrica de conservas o tejidos, y
-los Jerónimos en depósito de carbón de piedra o en club democrático,
-como ya transformó en cuartel el monumental convento de Mafra. Las
-multitudes triunfantes aclaman al progreso; Edison es el nuevo Mesías;
-las Bolsas son los nuevos templos. El humo de las fábricas ya obscurece
-el aire; en breve dejaremos de ver el cielo!» Tal es la queja; es la
-misma de Huysman en Francia, la queja de todos los artistas, amigos del
-alma; y considerad si se podría lanzar con justicia ese Clamor de
-Coimbra, en este gran Buenos Aires que con los ojos fijos en los Estados
-Unidos, al llegar a igualar a Nueva York, podrá levantar un gigantesco
-Sarmiento de bronce, como la libertad de Bartholdi, la frente vuelta
-hacia el país de los ferrocarriles.
-
-Ese artista que de tal manera exclama «¡en breve dejaremos de ver el
-cielo!», es uno de los más exquisitos con que hoy cuenta la moderna
-literatura europea, o mejor dicho, la moderna literatura cosmopolita.
-Pues existe hoy ese grupo de pensadores y de hombres de arte que en
-distintos climas y bajo distintos cielos van guiados por una misma
-estrella a la morada de su ideal; que trabajan mudos y alentados por una
-misma misteriosa y potente voz, en lenguas distintas, con un impulso
-único. ¿Simbolistas? ¿Decadentes? Oh, ya ha pasado el tiempo,
-felizmente, de la lucha por sutiles clasificaciones. Artistas, nada más,
-artistas a quienes distingue principalmente la consagración exclusiva a
-su religión mental, y el padecer la persecución de los Domicianos del
-utilitarismo; la aristocracia de su obra, que aleja a los espíritus
-superficiales, o esclavos de límites y reglamentos fijos. Entre las
-acusaciones que han padecido, ha sido la de la obscuridad. Se les
-adjudicó el imperio de las tinieblas. Las gentes que se nutren en los
-periódicos les declararon incomprensibles. En los países del sol, se
-dijo: «son cosas de los países del Norte. Esos hombres trabajan en las
-nieblas; sigamos nuestras tradiciones de claridad.» Y resulta por fin,
-que la luz también pertenece a esos hombres, y que los palacios
-sospechosos de encantamiento que se divisaban entre las brumas de
-Escandinavia y en tierras donde sueñan seres de cabellos dorados y ojos
-azules, alzan también sus cúpulas entre las fragancias y esplendores del
-mediodía, y en tierras en que los divinos sueños y las prodigiosas
-visiones penetran también por las pupilas negras.
-
-En los tiempos que corren, dice de Castro, el diletantismo literario,
-ese joyero de piedras falsas, dejó de ser un monopolio de los burgueses,
-ha pasado hasta las más bajas clases populares. Cuando las otras
-ocupaciones intelectuales, la filosofía y el derecho, las matemáticas y
-la química, por ejemplo, son respetadas por el vulgo, no hay por ahí
-«boni frate» que no se juzgue con derecho de invadir el campo literario,
-exponiendo opiniones, distribuyendo diplomas de valer o de mediocridad.
-
-Lo cierto es, sin embargo, que la literatura es sólo para los literatos,
-como las matemáticas son sólo para los matemáticos y la química para los
-químicos. Así como en religión sólo valen las fes puras, en arte sólo
-valen las opiniones de conciencia, y para tener una concienzuda opinión
-artística, es necesario ser un artista.
-
-¿Ha tenido que luchar Eugenio de Castro? Indudablemente, sí. No conozco
-los detalles de su campaña intelectual; pero no impunemente se llega a
-tan justa gloria a su edad, ni se producen tan admirables poemas. La
-gloria suya, la que debe satisfacer su alma de excepción, no es por
-cierto la ciega y panúrgica fama popular, tan lisonjera con las
-medianías; es la gloria de ser comprendido por aquellos que pueden
-comprenderle; es la gloria en la comunidad de los «aristos.» Su nombre
-no resuena sino desde hace poco tiempo en el mundo de los nuevos. Su
-«Oaristos» apareció hace apenas seis años. Después se sucedieron
-«Horas,» «Sylva,» «Interlunios.» No he leído sus obras sino después que
-conocí al poeta por la crítica de Italia y Francia. Abonado por Remy de
-Gourmont y Vittorio Pica, encontró abiertas de par en par las puertas de
-mi espíritu. Leí sus versos. Desde el primer momento reconocí su
-iniciación en el nuevo sacerdocio estético y la influencia de maestros
-como Verlaine. Y en veces su voz era tan semejante a la voz verleniana,
-que junté en mi imaginación el recuerdo de de Castro, al del amado y
-malogrado Julián del Casal, un cubano que era por cierto el hijo
-espiritual de «Pauvre Lelian». Eran versos de la carne y versos del
-alma, versos caldeados de pasión, o de fe; ya reflejos de la roja
-hoguera swinborniana o de los incensarios y cirios de «Sagesse.»
-
- Oid:
-
- «Tu frialdad acrece mi deseo: cierro los ojos para olvidarte, y
- cuanto más procuro no verte, cuanto más cierro los ojos, más te
- veo.
-
- Humildemente tras de ti sigo, humildemente, sin convencerte, cuanto
- siento por mí crecer el gélido cortejo de tus desdenes.
-
- Sé que jamás te poseeré, sé que «otro» feliz venturoso como un rey
- abrazará tu virginal cuerpo en flor.
-
- Mi corazón entretanto no se detiene: aman a medias los que aman con
- esperanza--: amar sin esperanza es el verdadero amor.»
-
-Ya en «Horas» el tono cambia.
-
- «No perpetuemos el dolor, seamos castos de una castidad elevada. Tú
- como Inés, la santa de los tupidos cabellos, yo como el purísimo
- San Luis Gonzaga.
-
- ¡La Pureza conviene a almas como las nuestras, las mucosas tientan
- solamente a las almas vulgares, la sonrisa con que me encantas sea
- rosa mística! y sean las miradas tuyas el argentino «pax tecum».
-
- No son ya tus gráciles gracias de doncella las que me cautivan. Del
- Arcángel la espada reluciente decapitó a la Lujuria que hiere y que
- hiela: lo que adoro es tu corazón.»
-
- * * * * *
-
-Después llegó a mis manos, en el «Mercure de France», un poema simbólico
-y extraño, de un sentimiento profundamente pagano, hondo y audaz.
-«Sagramor» y «Belkiss» me hechizaron luego.
-
-«Sagramor» comienza en prosa, en la prosa musical y artística de de
-Castro. Sagramor es un pastor al principio. Luego, caballero, recorrerá
-todas las cimas de la vida, en busca de la felicidad. Goza del amor, de
-las grandezas mundanas, de la variedad de paisajes y cielos, de las
-victorias de la fama: Como un eco del Eclesiastés debía repetirle a cada
-instante la vanidad de las cosas humanas. ¿Qué le consolará de la
-desesperanza, cuando ha hallado polvo y ceniza? Ni la ciencia, ni la luz
-del creyente, ni la voz de la triste Naturaleza. Hay una virgen fiel que
-podría salvarle y acogerle: la Muerte; pero la Muerte no le abre sus
-brazos. A través de soberbios episodios, en mágicos versos, desfila una
-sucesión de visiones y de símbolos que va a parar al obscuro reino de la
-invencible Desilusión, a la fatal miseria del Tedio. En lo más amargo
-del desencanto, Sagramor quiere consolarse con el recuerdo de su primera
-y dulce pasión, Cecilia, que apenas surge un instante, «creatura bella
-bianco vestita», y desaparece. Oid las voces que llegan de tanto en
-tanto, a invitarle al goce de la existencia:
-
-PRIMERA VOZ
-
-O viandante que estáis llorando, ¿por qué lloras? Ven conmigo; reiremos
-cantando las horas. ¡Ven, no tardes; yo soy el Amor; quiero dar alas a
-tus deseos! ¡De lindas bocas, copas en flor, beberás dulces, suaves
-besos!
-
-SAGRAMOR
-
-¿Besos...? Los besos, hojas vertiginosas, son venenos. Deshojan rosas
-sobre las bocas, pero abren llagas en el corazón...
-
-SEGUNDA VOZ
-
-He aquí oro, llénate de oro, toma, no llores... Con los ducados de este
-tesoro, tendrás palacios, gemas y flores... Mira, ve cuán rubio es el
-oro y cómo resplandece...
-
-SAGRAMOR
-
-¿Oro...? ¿y para qué? La Felicidad no la vende nadie.
-
-TERCERA VOZ
-
-¿Por qué lanzas tan lamentables quejas, con tan tétrico y angustioso
-tono? ¡Viajemos! gozaremos bellos días...
-
-SAGRAMOR
-
-El mundo es pequeño. Lo he recorrido ya todo.
-
-CUARTA VOZ
-
-Soy la Gloria, alegre genio de un radioso país solar... ¡Tú serás el
-mayor poeta del mundo!
-
-SAGRAMOR
-
-Dicen que el mundo está para concluir...
-
-QUINTA VOZ
-
-Serás un sabio: desde mi albergue verás pronto aclarado todo.
-
-SAGRAMOR
-
-Si hubiera conservado mi ignorancia, no me habría sentido tan
-desventurado...
-
-SEXTA VOZ
-
-Yo soy la muerte victoriosa, madre del misterio, madre del secreto...
-
-SAGRAMOR
-
-¡Oh, no me toques! ¡Vete! ¡Tengo miedo de ti!
-
-SÉPTIMA VOZ
-
-¡Yo soy la vida! Ya que el morir te da miedo, te daré mil años.
-
-SAGRAMOR
-
-¡No, Dios mío! ¡No he sufrido ya tantos atroces desengaños!
-
-MUCHAS VOCES
-
-¿Quieres los más raros, los más dulces placeres? ¿Quieres ser estrella,
-quieres ser rey? Responde. ¿Qué quieres?
-
-SAGRAMOR
-
-No sé... No sé...
-
- * * * * *
-
-Un delicado poema suyo:--«La Monja y el Ruiseñor», que dedicó a su amigo
-el conde Robert de Montesquiou-Fezensac,--otro exquisito de Francia. Os
-traduciré fielmente esos preciosos versos.
-
- De los argentinos plátanos a la sombra
- La linda monja, que antes fuera princesa,
- Deja vagar sus ojos por el paisaje...
- Vese el monasterio, a lo lejos, entre las hojas...
-
- Allá, en un balcón que domina las aguas,
- Las otras monjas ríen, contemplando
- El polífono mar, tan agitado,
- Que de las olas los límpidos aljófares
- Sobre la tela de los hábitos cintilan,
- Dando a aquellas pobrecillas el aspecto
- De reinas que se divierten en una boda.
-
- La princesa real, que se hizo monja,
- Que una corona trocó por cilicios,
- Y las fiestas por la dulce paz del claustro,
- Lejos de las compañeras sonrientes
- Jamás a las diversiones de ellas se junta.
- Cuando no duerme o reza, su vida
- Es vagar por el encierro,
- Tan ajena a sí misma, tan suspensa
- Cual si las nieblas de un sueño atravesase...
-
- La monja piensa...
-
- Un día, siendo novicia,
- Al despertar, sus claros ojos vieron
- Cerca de sí un ruiseñor dulcísimo
- Que le dijo:
-
- «Soy yo, el alma tuya,
- Que esta forma tomé, para, volando,
- Recorrer distantes, luminosos países,
- Cuyos prodigios mil y mil encantos
- Vendré a contarte en las serenas noches...»
-
- Entonces, el ruiseñor batió las alas;
- Pero nunca más volvió a su dueña
- Que por volverle a ver se desespera,
- Sufriendo tanto que llorosa juzga
- Haber tenido quizá dos almas,
- Porque, huyendo la una, no sentiría
- Tales penas, si no le quedase otra.
-
- Apágase el día...
-
- He aquí que al nacer la luna
- Entre las aves que vuelven a sus nidos
- A la esbelta monja se acerca un ruiseñor
- Mirándola y remirándola, hasta que rompe
- En un argentino cantar:
-
- «¿No me conoces?
- Soy yo, tu alma... ten paciencia
- Si de ti me he apartado por tanto tiempo.
- ¡Ah! Pero tú no calculas, amiga mía,
- Cuán lindas cosas he visto, qué lindas cosas
- Traigo que contarte...»
-
- La paz de la noche
- Se aterciopela por los tranquilos prados;
- Y entonces la monja que en transporte lánguido
- Parece oir allí celestes coros,
- A la linda monja cuyos ojos mansos
- Se van cerrando en mística voluptuosidad,
- El airoso ruiseñor cuenta los viajes
- Que hizo por las estrellas diamantinas...
-
- ¡Oh! ¡qué dulce cantar! Cantar tan lindo
- Que el sol nació, subió, y en fin hundióse,
- Sin que la monja en su curso reparase
- Toda abstraída al oir el divino canto...
- ¡Y el canto no termina! Y la luna blanca
- De nuevo surge en el aire, de nuevo expira,
- Nuevamente el sol brilla y palidece,
- Y siempre el canto encanta a la monja.
-
- El canto celestial la va llevando
- Por divinos jardines maravillosos
- Donde los pálidos ángeles sonrientes,
- Con aéreos vestidos de perfumes,
- Andan curando heridas mariposas.
-
- Llévala el canto por la vía láctea,
- Donde hay floresta, blancas, todas blancas,
- Y donde en lagos de leche pasan cisnes
- Arrastrando de los serafines extáticos
- Las barcas de cristal llenas de lirios...
-
- ¡Y el ruiseñor no cesa! Cuenta, cuenta
- Maravillas, prodigios, esplendores...
- Y la linda monja, al oirlo, sueña, sueña...
- Sin comer ni dormir, días y días...
- Muere por fin el otoño, llega el invierno,
- Cae nieve, el frío corta, mas la monja
- Sólo oye al ruiseñor... y nada siente...
-
- Muere el invierno, llega la primavera,
- Retorna el verano y pasan meses,
- Pasan años, ciclones, tempestades,
- ¡Y el ruiseñor no cesa! cuenta... canta...
- Y la linda monja al oirlo, sueña, sueña...
- ¡Oh, qué delicia aquella! ¡Qué delicia!
-
- De sus compañeras queda apenas
- El frío polvo en las frías sepulturas,
- Y el fuego destruyó todo el convento
- --¡Y sin embargo, la monja no sabe nada!
- Oyendo al ruiseñor no vió el incendio
- Ni los dobles oyó que anunciaran
- De las otras monjas la distante muerte...
-
- Nuevos años se extinguen...
-
- Una guerra
- Tuvo lugar allí, muy cerca de ella,
- Que nada oyó ni vió, escuchando el canto:
- Ni el funesto estridor de las granadas,
- Ni los suspiros vanos de los moribundos,
- Ni la sangre que a sus pies iba corriendo...
-
- ¡Un día, al fin, el ruiseñor se calló!
- De los argentinos plátanos a la sombra
- La monja despertó, suavemente
- Y murió, como un niño que se duerme,
- Mientras el ruiseñor volaba, ledo,
- Para el país que tanto le deslumbrara...
-
-El ruiseñor había cantado trescientos años...
-
-Si no habéis podido juzgar de la melodía original del verso, de seguro
-os habrá complacido esa deliciosa fábula. Si os fijáis bien, podréis
-encontrar que ese ruiseñor es hermano de aquel que oyó el monje de la
-leyenda; pero confesaréis que ambos pájaros paradisíacos cantan unánimes
-con igual divina gracia.
-
-Y he aquí que llegamos a la obra principal de Eugenio de Castro,
-«Belkiss», traducida ya a varios idiomas y celebrada como una verdadera
-obra maestra.
-
-Léese en el «Libro de los Reyes», en la parte del reinado de Salomón:
-«Et ingressa Jerusalem multo cum comitatu, et divitiis, camelis
-portantibus aromata, et aurum infinitum nimis, et gemmas pretiosas,
-venit ad regem Salomonen, et locuta est ei universa quæ habebat in corde
-suo.» Y más adelante: «Rex autem Salomon, dedit reginæ Saba omnia quæ
-voluit et petivit ab eo; exceptis his, quæ ultro obtulerat ei numere
-regio. Quæ reserva est, et abiit in terram suam cum servis suis.» Es esa
-reina de Saba, la Makheda de la Etiopía de cuya descendencia se gloria
-el negus Menelik, la Belkiss arábiga. Al solo nombrar a la reina de Saba
-sentiréis como un soplo perfumado de ungüentos bíblicos, miraréis en
-vuestra imaginación un espectáculo suntuoso de poderío oriental; tiendas
-regias, camellos enjaezados de oro, desnudas negras adolescentes con
-flabeles de plumas de pavos-reales; piedras preciosas y telas de
-incomparable riqueza. ¡Y bien! Eugenio de Castro ha evocado mágicamente
-la misteriosa y bella persona. La reina de Saba de Axum y del Hymiar se
-anima, llena de una vida ardiente, en fabulosas decoraciones, imperiosa
-de amor, simbólica víctima de una fatalidad irreductible.
-
-Es un poema dialogado, en prosa martillada por un Flaubert nervioso y
-soñador, y en donde la reminiscencia de Mæterlink queda inundada en un
-torbellino de luz milagrosa, y en una harmonía musical, cálida y
-vibrante. Lo pintoresco, las acotaciones, en su elegancia arqueológica
-nos llevan a recodar ciertas páginas, de «Herodias» o de la «Tentación
-de San Antonio.» Belkiss en sus suntuosos triunfos, habrá de padecer
-después el ineludible dolor. Para que David nazca ella pasará sobre la
-experiencia y sabiduría de Jophesamin, su mentor o ayo; y sentirá
-primero la tempestad de amor en su sexo y en su corazón; y hará el viaje
-a Jerusalem, entre prodigios y misterios, y sentirá por fin el beso del
-adorado rey, y temblará cuando contemple bajo sus pies las azucenas
-sangrientas.
-
-Una sucesión de escenas fastuosas se desarrolla al eco de una wagneriana
-orquestación verbal. Puede asegurarse sin temor a equivocación, que los
-primeros «músicos,» en el sentido pitagórico y en el sentido wagneriano,
-del arte de la palabra, son hoy Gabriel D’Annunzio y Eugenio de Castro.
-
-Quisiera daros una idea de ese poema--que ha rendido la indiferencia
-oficial en Portugal,--donde a los veintisiete años ha sido su autor
-elegido miembro de la Real academia de Lisboa, y que ha arrancado
-aplausos fraternales en todos los puntos del globo en que existen
-cultivadores del arte puro. Mas tendría que ser demasiado profuso, y
-prefiero aconsejaros, como quien recomienda una especie rara de flor, o
-un delicioso licor exótico, que leáis Belkiss, en la versión de Picca,
-en italiano, que es de todo punto admirable, o, en el bello librito
-arcaico impreso en Coimbra por Francisco Franca Amado. Y tened presente
-que hay que acercarse a nuestro autor con deseo, sinceridad y nobleza
-estéticas. Os repetiré las palabras del crítico italiano: «Ciertamente,
-la poesía de Eugenio de Castro es poesía aristocrática, es poesía
-decadente, y por lo tanto, no puede gustar sino a un público restricto
-y selecto, que, en los refinamientos de las ideas y de las sensaciones,
-en la variedad sabia y musical de los ritmos, halla una singular
-voluptuosidad del espíritu. El común de los lectores, acostumbrados a
-los azucarados jarabes de los poetitas sentimentales, o solamente de
-gusto austero y que no aprecian sino la leche y el vino vigoroso de los
-autores clásicos, vale más que no acerquen los labios a las ánforas
-curiosamente arabescadas y pomposamente gemadas de los cantos ya
-amorosos, ya místicos, ya desesperados del poeta de Coimbra; ya que en
-ellos está contenido un violento licor que quema y disgusta a quien no
-está hecho a las fuertes drogas de cierta refinada y excepcional
-literatura modernísima.»
-
-Se trata, pues, de un «raro.» Y será asombro curioso el de aquellos que
-lean a Eugenio de Castro con la preocupación de moda de los que creen
-que toda obra simbolista es un pozo de sombra. «Belkiss» está lleno de
-luz.
-
-Señores: He concluído esta conferencia sobre el poeta Eugenio de Castro
-y la literatura portuguesa.
-
-[imagen]
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
-
- _Páginas._
-
-Prólogo 7
-
-El arte en silencio 9
-
-Edgar Allan Poe 17
-
-Leconte de Lisle 33
-
-Paul Verlaine 53
-
-El conde Matías Augusto de Villiers de
-L’Isle Adam 63
-
-León Bloy 77
-
-Jean Richepin 91
-
-Jean Moreas 103
-
-Rachilde 123
-
-George d’Esparbés 135
-
-Augusto de Armas 143
-
-Laurent Tailhade 149
-
-Fra Domenico Cavalca 157
-
-Eduardo Dubus 167
-
-Teodoro Hannon 179
-
-El conde de Lautréamont 189
-
-Paul Adam 199
-
-Max Nordau 205
-
-Ibsen 217
-
-José Martí 233
-
-Eugenio de Castro 245
-
-[imagen:
-
- ACABÓSE
- DE IMPRIMIR
- ESTE LIBRO EN
- MADRID, EN LA
- TIPOGRAFÍA YAGÜES
- EL DÍA XVI
- DE ENERO
- DEL AÑO
- MCMXVIII
-]
-
-
-
-
-
-PRIMERA Y UNICA EDICION
-
-DE LAS
-
-OBRAS COMPLETAS
-
-DEL GLORIOSO POETA HISPANO-AMERICANO
-
-RUBÉN DARÍO
-
-(EDITADAS POR SU HIJO RUBÉN)
-
-cuidadosamente seleccionadas, corregidas e impresas en tomos de 300 a
-400 páginas, con magníficas decoraciones del insigne artista
-
-ENRIQUE OCHOA
-
-Se publicará un volumen mensual.
-
-Para la adquisición de estas colecciones se admiten suscripciones a los
-precios siguientes:
-
-_Suscripción anual, o sea de doce volúmenes:_
-
- En España En el Extranjero
- --------- ----------------
- En rústica 40 ptas. 45 pesetas
- En tela con planchas doradas 52 » 55 »
- En pasta española 58 » 62 »
-
-
-_Volumen suelto:_
-
- En rústica 3,50 ptas.
- En tela con planchas doradas 4,50 »
- En pasta española 5,00 »
-
-Las suscripciones, tanto a España como al Extranjero, se servirán =FRANCO
-DE PORTE= y se cobrarán por
-
-SEMESTRES ADELANTADOS
-
-EDICION ESPECIAL PARA BIBLIOFILOS
-
-Además se hará una tirada extraordinaria de cien colecciones numeradas,
-impresas en papel fabricado especialmente y encuadernadas en pergamino,
-que se servirán únicamente por suscripción, en las mismas condiciones
-que las anteriores, al precio de
-
-DIEZ PESETAS CADA TOMO
-
-En cada tomo se harán constar los nombres de los suscriptores a todas
-las colecciones, tanto de la edición corriente como de ésta,
-especialmente dedicada a bibliófilos, la cual llevará además, si así lo
-desea el interesado, su nombre o iniciales en la tapa de encuadernación,
-sin ningún otro adorno; pero si el suscriptor desea que la tapa vaya
-decorada a mano por el Sr. Ochoa, habrá de aumentar otras 10 pesetas por
-este trabajo. Cada tomo llevará distinta decoración.
-
-Para suscripciones y pedidos de ejemplares, dirigirse a la casa
-administradora de esta edición.
-
-
- EDITORIAL MUNDO LATINO
-
- Barbieri, 1 duplicado.--Apartado 502
-
- MADRID
-
-
- Las librerías de España y América deberán dirigir sus pedidos a la
-
- SOCIEDAD GENERAL ESPAÑOLA DE LIBRERÍA,
-
- DIARIOS, REVISTAS Y PUBLICACIONES (S. A.)
-
- ------FERRAZ, 21------ MADRID------
-
-NOTAS:
-
- [1] Ingram.
-
- [2] Miss. Royster--citada por Ingram.
-
- [3] Miss. Heywod.--Ibid.
-
- [4] Mrs. Weiss.--Ibid.
-
- [5] Tiene, no obstante, un himno a María en Poems and Essays.
-
- [6] Spinoza. Tratado teológico-político.
-
- [7] Santo Tomás. Teodicia, XLI.
-
- [8] V. Pontavice.
-
- [9] Pontavice. Vida de Villiers.
-
- [10] Le «Dixième cercle de l’Enfer.»
-
- [11] Max Simón.
-
- * * * * *
-
-Los errores corregidos por el transcriptor:
-
-de las perrogativas sociales=> de las prerrogativas sociales {pg 9}
-
-por por ese aspecto=> por ese aspecto {pg 12}
-
-disertación de mas de un=> disertación de más de un {pg 12}
-
-Ya en libro de Job=> Ya en el libro de Job {pg 28}
-
-marmóreos bajorelieves=> marmóreos bajorrelieves {pg 34}
-
-la india y sus pagodas=> la India y sus pagodas {pg 39}
-
-crismen=> crimen {pg 42}
-
-encantadora y vivida=> encantadora y vívida {pg 43}
-
-El sueño del cóndor=> El sueño del condor {pg 47}
-
-Ya no padeceses=> Ya no padeces {pg 53}
-
-Barbey de’Aurevilly=> Barbey d’Aurevilly {pg 54}
-
-trágico de Villon=> trágico de Villón {pg 59}
-
-los principes antiguos=> los príncipes antiguos {pg 63}
-
-de nolilísima familia=> de nobilísima familia {pg 65}
-
-su llegada causo asombro=> su llegada causó asombro {pg 66}
-
-se posieron a buscar un joven=> se pusieron a buscar un joven {pg 68}
-
-respladeciente y lleno=> resplandeciente y lleno {pg 72}
-
-mejores que el homdre=> mejores que el hombre {pg 80}
-
-fulminantes escatalogias=> fulminantes escatologías {pg 81}
-
-Leód Bloy=> León Bloy {pg 84}
-
-gala de biceps=> gala de bíceps {pg 91}
-
-del amor epidermico=> del amor epidérmico {pg 94}
-
-sacrilegos cuadros imaginarios=> sacrílegos cuadros imaginarios {pg 95}
-
-cosas viejas y bien sabidos=> cosas viejas y bien sabidas {pg 99}
-
-espejear antes mis ojos=> espejear ante mis ojos {pg 106}
-
-Qué hay distancia=> Que hay distancia {pg 109}
-
-Syrtis inhospita=> Syrtis inhóspita {pg 110}
-
-sheis made of truth=> she is made of truth {pg 117}
-
-grace in an simplicty=> grace in and simplicity {pg 118}
-
-guerra a Stendahl y a Tolstoi=> guerra a Stendhal y a Tolstoi {pg 138}
-
-regase su troncó=> regase su tronco {pg 146}
-
-nagnificencias del catolicismo=> magnificencias del catolicismo {pg 151}
-
-ds cinname et de myrrhe=> de cinname et de myrrhe {pg 154}
-
-con los dientes y y la arrojó=> con los dientes y la arrojó {pg 160}
-
-salir estrindentes=> salir estridentes {pg 161}
-
-Cuando la publicacién=> Cuando la publicación {pg 170}
-
-del Eclesiastes=> del Eclesiastés {pg 173}
-
-avant davoir été=> avant d’avoir été {pg 177}
-
-M. Théodre Hannon, un poéte=> M. Théodore Hannon, un poète {pg 179}
-
-los poetas y estritores=> los poetas y escritores {pg 179}
-
-curiosísmo y originalísimo=> curiosísimo y originalísimo {pg 180}
-
-La chinoise aux fueurs des bronzes En allume ses ongles d’or Et sa gorge
-çitrine où dort Le désir insensè des bonzes. La japonaise en ses rançons
-Se sert de tes acres salives.=> La chinoise aux lueurs des bronzes En
-allume ses ongles d’or Et sa gorge citrine où dort Le désir insensé des
-bonzes. La japonaise en ses rançons Se sert de tes âcres salives. {pg
-181}
-
-Le sandrigham, l’Ylang-Ylang, la violette De ma pále Beuté font une
-cassolette Vivante sur laquelle errent mes sens rodeurs=> Le sandrigham,
-l’Ylang-Ylang, la violette de ma pâle Beauté font une cassolette vivante
-sur laquelle errent mes sens rôdeurs. {pg 183}
-
-palabras humedas=> palabras húmedas {pg 190}
-
-es demasido vago=> es demasiado vago {pg 191}
-
-Adieu viellard=> Adieu vieillard {pg 194}
-
-antigo colaborador=> antiguo colaborador {pg 201}
-
-a la destruccción=> a la destrucción {pg 203}
-
-socialistas, aristocráticas fantochesas=> socialistas, aristocrácticas
-fantochesas {pg 203}
-
-según Waltter Scott=> según Walter Scott {pg 206}
-
-Le Brigandage de la Médicine=> Le Brigandage de la Médecine {pg 206}
-
-Aqui de las comparaciones=> Aquí de las comparaciones {pg 208}
-
-al lado de ese había=> al lado de ése había {pg 209}
-
-dirigir su escalpedo hacia Verlaine=> dirigir su escalpelo hacia
-Verlaine {pg 209}
-
-Jesucrito=> Jesucristo {pg 209}
-
-lógicamente en su deshaucio=> lógicamente en su desahucio {pg 211}
-
-escribe su diagóstic=> escribe su diagóstic {pg 212}
-
-On y recontre aussi Mendés A qui nul rythme ne resiste, Qu’il chante
-l,Olimpe ou l’Ades.=> On y rencontre aussi Mendés A qui nul rythme ne
-resiste, Qu’il chante l’Olimpe ou l’Ades. {pg 213}
-
-Si, Dorian Gray es loco rematado=> Sí, Dorian Gray es loco rematado {pg
-213}
-
-Heda Gabler=> Hedda Gabler {pg 213}
-
-el católico Barbey d’Aureville=> el católico Barbey d’Aurevilly {pg 213}
-
-ser el apostol=> ser el apóstol {pg 225}
-
-¿Cual sería el poeta=> ¿Cuál sería el poeta {pg 227}
-
-el gusto fracés=> el gusto francés {pg 229}
-
-oborrecimiento de los tontos=> aborrecimiento de los tontos {pg 237}
-
-cuadrigas de metáforas=> cuádrigas de metáforas {pg 239}
-
-Ei despois vem Diniz, que bem parece Do bravo Affonso, estirpe nolbe e
-dina; Con quen a fama grande se escurece Da liberalidade Alexandrina:
-Com este o reino próspero florece (Alcançada já a paz aurea divina) En
-constituiçoes, leis e costumes, Na terra já tranquilla claros lumes.=>
-
-Eis depois vem Dinis, que bem parece Do bravo Afonso estirpe nobre e
-dina, Com quem a fama grande se escurece Da liberalidade Alexandrina.
-Com este o Reino próspero florece (Alcançada já a paz áurea divina) Em
-constituições, leis e costumes, Na terra já tranquila claros lumes. {pg
-247-8}
-
-una produccción=> una producción {pg 251}
-
-el gélico cortejo=> el gélido cortejo {pg 256}
-
-tus graciles gracias=> tus gráciles gracias {pg 256}
-
-reluciente dedecapitó=> reluciente decapitó {pg 256}
-
-un eco del Eclesiastes=> un eco del Eclesiastés {pg 257}
-
-Gabriel D’Anunnzio=> Gabriel D’Annunzio {pg 264}
-
-
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Los Raros, by Rubén Darío
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS RAROS ***
-
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-rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose
-such as creation of derivative works, reports, performances and
-research. They may be modified and printed and given away--you may do
-practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is
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-redistribution.
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-1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
-electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
-and accept all the terms of this license and intellectual property
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-the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
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-If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
-Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
-terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
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-used on or associated in any way with an electronic work by people who
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-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
-and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
-works. See paragraph 1.E below.
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-or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
-Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
-collection are in the public domain in the United States. If an
-individual work is in the public domain in the United States and you are
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-are removed. Of course, we hope that you will support the Project
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-from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
-posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
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-with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
-work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
-through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
-Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
-1.E.9.
-
-1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
-with the permission of the copyright holder, your use and distribution
-must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
-terms imposed by the copyright holder. Additional terms will be linked
-to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
-permission of the copyright holder found at the beginning of this work.
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-License terms from this work, or any files containing a part of this
-work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.
-
-1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
-electronic work, or any part of this electronic work, without
-prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
-active links or immediate access to the full terms of the Project
-Gutenberg-tm License.
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-compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
-word processing or hypertext form. However, if you provide access to or
-distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
-"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
-posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
-you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
-copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
-request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
-form. Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
-License as specified in paragraph 1.E.1.
-
-1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
-performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
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- you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
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- destroy all copies of the works possessed in a physical medium
- and discontinue all use of and all access to other copies of
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- money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
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- of receipt of the work.
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-- You comply with all other terms of this agreement for free
- distribution of Project Gutenberg-tm works.
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-1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
-electronic work or group of works on different terms than are set
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-
-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
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-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
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-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
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-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
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-Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
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-
-The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
-Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
-throughout numerous locations. Its business office is located at
-809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
-business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
-information can be found at the Foundation's web site and official
-page at http://pglaf.org
-
-For additional contact information:
- Dr. Gregory B. Newby
- Chief Executive and Director
- gbnewby@pglaf.org
-
-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To
-SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
-particular state visit http://pglaf.org
-
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-
-Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations.
-To donate, please visit: http://pglaf.org/donate
-
-
-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
-works.
-
-Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
-concept of a library of electronic works that could be freely shared
-with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
-Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
-
-
-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
-unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
-keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
-
-
-Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
-
- http://www.gutenberg.org
-
-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.