diff options
| author | nfenwick <nfenwick@pglaf.org> | 2025-02-05 00:55:26 -0800 |
|---|---|---|
| committer | nfenwick <nfenwick@pglaf.org> | 2025-02-05 00:55:26 -0800 |
| commit | 942c5e548c4091170aec9099e44495006213c1eb (patch) | |
| tree | b630ca45ac9dc8156cf3eca6a369f53079130f20 /old/50365-0.txt | |
| parent | 12f835c94ba9bf23ace250ae0b737c4d2d0978d6 (diff) | |
Diffstat (limited to 'old/50365-0.txt')
| -rw-r--r-- | old/50365-0.txt | 7687 |
1 files changed, 0 insertions, 7687 deletions
diff --git a/old/50365-0.txt b/old/50365-0.txt deleted file mode 100644 index 3abb22b..0000000 --- a/old/50365-0.txt +++ /dev/null @@ -1,7687 +0,0 @@ -The Project Gutenberg EBook of Los Raros, by Rubén Darío - -This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with -almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Los Raros - Obras Completas Vol. VI - -Author: Rubén Darío - -Illustrator: Enrique Ochoa - -Release Date: November 1, 2015 [EBook #50365] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS RAROS *** - - - - -Produced by Josep Cols Canals, Chuck Greif and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - - - - - LOS RAROS - - - - - LOS RAROS - - POR - - RUBÉN DARÍO - - ILUSTRACIONES - - DE - - ENRIQUE OCHOA - - [imagen] - - Volumen VI de las obras completas. - Administración: Editorial - MUNDO LATINO - MADRID - -[imagen] - -[imagen: ES PROPIEDAD] - -[imagen: RUBÉN DARÍO] - - - - -PROLOGO - - -_Fuera de las notas sobre Mauclair y Adam, todo lo contenido en este -libro fué escrito hace doce años, en Buenos Aires, cuando en Francia -estaba el simbolismo en pleno desarrollo. Me tocó dar a conocer en -América ese movimiento y por ello y por mis versos de entonces, fuí -atacado y calificado con la inevitable palabra «decadente...» Todo eso -ha pasado,--como mi fresca juventud._ - -_Hay en estas páginas mucho entusiasmo, admiración sincera, mucha -lectura y no poca buena intención. En la evolución natural de mi -pensamiento, el fondo ha quedado siempre el mismo. Confesaré, no -obstante, que me he acercado a algunos de mis ídolos de antaño y he -reconocido más de un engaño de mi manera de percibir._ - -_Restan la misma pasión de arte, el mismo reconocimiento de las -jerarquías intelectuales, el mismo desdén de lo vulgar y la misma -religión de belleza. Pero una razón autumnal ha sucedido a las -explosiones de la primavera._ - -RUBÉN DARÍO. - -_París, Enero de 1905._ - -[imagen] - - - - -EL ARTE EN SILENCIO - - -No se ha hecho mucho comentario sobre _L’Art en silence_, de Camilo -Mauclair, como era natural. ¡El «Arte en silencio», en el país del -ruido! así debía ser. Y pocos libros más llenos de bien, más hermosos y -más nobles que éste, fruto de joven, impregnado de un perfume de cordura -y de un sabor de siglos. Al leerle, he aquí el espectáculo que se ha -presentado a mi imaginación: un campo inmenso y preparado para la labor; -un día en su más bello instante, y un labrador matinal que empuja -fuertemente su arado, orgulloso de que su virtud triptolémica trae -consigo la seguridad de la hora de paz y de fecundidad de mañana. En la -confusión de tentativas, en la lucha de tendencias, entre los -juglarismos de mal convencidos apóstoles y la imitación de titubeantes -sectarios, la voz de este digno trabajador, de este sincero intelectual, -en el absoluto sentido del vocablo, es de una transcendental vibración. -No puede haber profesión de fe más transparente, más noble y más -generosa. - -«Creo en la vanidad de las prerrogativas sociales de mi profesión y del -talento por sí mismo. Creo en la misión difícil, agotadora y casi -siempre ingrata del hombre de letras, del artista, del circulador de -ideas; creo que, el hombre que en nombre del talento que Dios le ha -prestado, descuida su carácter y se juzga exonerado de los deberes -urgentes de la existencia humana, desobedece a la humanidad y es -castigado. Creo en la aceptación de todos los deberes por la ayuda de la -caridad y del orgullo; creo en el individualismo artístico y social. -Creo que el arte, ese silencioso apostolado, esa bella penitencia -escogida por algunos seres cuyos cuerpos les fatigan e impiden más que a -otros encontrar lo infinito, es una obligación de honor que es necesario -llenar, con la más seria, la más circunspecta probidad; que hay buenos o -malos artistas, pero que no tenemos que juzgar sino a los mentirosos, y -los sinceros serán premiados en el altísimo cielo de la paz, en tanto -que los brillantes, los satisfechos, los mentirosos, serán castigados. -Creo todo eso, porque ya he visto pruebas alrededor mío, y porque he -sentido la verdad en mí mismo, después de haber escrito varios libros, -no sin sinceridad ni trabajo, pero con la confianza precipitada de la -juventud.» - -En efecto, ¿quiénes habrían podido prever, en el autor de tantas páginas -de ensueños,--«corona de claridad» o «sonatitas de otoño»--este rumbo -hacia un ideal de moral absoluta, en las regiones verdaderamente -intelectuales donde no hay ninguna necesidad de hacer ruido para ser -escuchado? El ha agrupado en este sano volumen a varios artistas -aislados, cuya existencia y cuya obra pueden servir de estimulantes -ejemplos en la lucha de las ideas y de las aspiraciones mentales. -Mallarmé, Edgar Poe, Flaubert, Rodenbach, Puvis de Chavannes y Rops, -entre los muertos, y señaladas y activas energías jóvenes. Antes, -conocidos son sus ensayos magistrales, de tan sagaz ideología, sobre -Jules Laforgue y Auguste Rodin. - -Cada día se afirma con mayor brillo la gloria ya sin sombras de Edgar -Poe, desde su prestigiosa introducción por Baudelaire, coronada luego -por el espíritu transcendentalmente comprensivo y seductor de Stephane -Mallarmé. Mas entre lo mucho que se ha escrito respecto al desgraciado -poeta norteamericano, muy poco llegará a la profundidad y belleza que se -contienen en el ensayo de Mauclair. Es un bienhechor capítulo sobre la -psicología de la desventura, que producirá en ciertas almas el bien de -una medicina, la sensación de una onda cordial y vigorizante. Luego el -espíritu penetrante y buscador, hace ver con luz nueva la ideología -poeana, y muchos puntos que antes pudieran aparecer velados u obscuros, -se ven en una dulce semiluz de afección que despide la elevada y pura -estética del comentarista. - -Una de las principales bondades es la de borrar la negra aureola de -hermosura un tanto macabra, que las disculpas de la bohemia han querido -hacer aparecer alrededor de la frente del gran yanqui. En este caso, -como en otros, como en el de Musset, como en el de Verlaine, por -ejemplo, el vicio es malignamente ocasional, es el complemento de la -fatal desventura. El genio original, libre del alcohol, u otro variativo -semejante, se desenvolvería siempre, siendo, en esa virtud, sus -floraciones, libres de obscuridades y trágicas miserias. En resumen, Poe -queda para el ensayista, «sin imitadores y sin antecesores, un fenómeno -literario y mental, germinado espontáneamente en una tierra ingrata, -místico purificado por ese dolor del que ha dado la inolvidable -transposición, levantado en ultramar, entre Emerson misericordioso y -Whitman profético, como un interrogador del porvenir.» - -De Flaubert--ese vasto espectáculo--presenta una nueva perspectiva. La -suma de razonamientos nos conduce a este resultado: «Flaubert no tiene -de realista sino la apariencia, de artista impasible la apariencia, de -romántico la apariencia. Idealista, cristiano y lírico, he ahí sus -rasgos esenciales.» Y las demostraciones son llevadas por medio de la -amable e irresistible lógica de Mauclair, que nos presenta la figura -soberbia del «buen gigante», por ese aspecto que permanece ya -definitivo. Es también de un fin reconfortante, por el ejemplo de -voluntad y de sufrimientos, en la pasión invencible de las letras, la -enfermedad de la forma, soportada por otros dones de fortaleza y de -método. - -Sobre Mallarmé la lección es todavía de una virtud que concreta una -moral superior. ¿Acaso no va ya destacándose en toda su altura y -hermosura ese poeta a quien la vida no consentía el triunfo, y hoy baña -la gloria, «el sol de los muertos», con su dorada luz? - -La simbólica representación está en la gráfica idea de Felician Rops: el -harpa ascendente, a la cual tienden, en el éter, innumerables manos de -lo invisible. La honorabilidad artística, el carácter en lo ideal, la -santidad, si posible es decir, del sacerdocio, o misión de belleza, -facultad inaudita que halló su singular representación en el maravilloso -maestro, que a través del silencio, fué hacia la inmortalidad. Una frase -de Mme. Perier en su «Vida de Pascal», sirve de epígrafe al ensayo -afectuoso, admirable y admirativo, justo, consagrado al doctor de -misterio: «Nous n’avons su toutes ces choses qu’apres sa morte.» - -La estética mallarmeana por esta vez ha encontrado un expositor que se -aleje de las fáciles tentativas de un Wisewa, de las exégesis divertidas -de varios teorizantes, como de las blindadas oposiciones de la retórica -escolar, o lo que es peor, junto a la burda risa de una enemistad que no -razona, la embrolladora disertación de más de un pseudo-discípulo. - -Las páginas dedicadas a Rodenbach, con quien la juventud le une más -cercanamente, en una afección artística fraternal, mitigan su tristeza -en la afirmación de un generoso y sereno carácter, de una vida como -autumnal, iluminados crepuscularmente de poesía y de gracia interior. -«Le hemos conocido irónico, entusiasta, espiritual y nervioso; pero era, -ante todo, un melancólico, aun en la sonrisa. Le sentíamos menos extraño -por su voz y ciertos signos exteriores, que lejano por una singular -facultad de reserva. Ese cordial era aislado de alma. Había en esa faz -rubia y fina, en esa boca fina, en esos ojos atrayentes, una languidez y -un fatalismo que no dejaban de extrañar. Es feliz, pensábamos, y, sin -embargo, ¿qué tiene? Tenía el gusto atento y la comprensión de la -muerte. Se detenía en el dintel de la existencia, y no entraba, y desde -ese dintel nos miraba a todos con una tristeza profundamente delicada. -Ha vuelto a tomar el camino eterno: era un transeunte encantador que no -ha dicho todo su pensamiento en este mundo. Estaba «hanté» por su -misticismo minucioso y extraño, evocaba todo lo que está difunto, -recogido, purificado por la inmóvil palidez de los reposos seculares. -Llevaba por todas partes su claustro interior, y si ha deseado ser -enterrado en esa Bruges que amó tanto, puede decirse que su alma estaba -dormida ya en la pacífica belleza de una muerte harmoniosa.» Decid si no -es este camafeo de un encanto sutil y revelador, y si no se ve a su -través el alma melancólica del malogrado animador de «Bruges la muerta.» -Estos párrafos de Mauclair son comparables, como retrato, en la -transposición de la pintura a la prosa, al admirable pastel en que -perpetúa la triste faz del desaparecido, el talento comprensivo de Levy -Dhurmer. - -Algunos vivos, son también presentados y estudiados, y entre ellos uno -que representa bien la fuerza, la claridad, la tradición del espíritu -francés, del alma francesa, el talento más vigoroso de los actuales -escritores de este país. - -He nombrado a Paul Adam. Así sobre Elemir Bourges de obra poco -resonante, pero muy estimado por los intelectuales, consagra algunas -notas, como sobre León Daudet. - -La parte que denomina «El crepúsculo de las técnicas», debía traducirse -a todos los idiomas y ser conocida por la juventud literaria que en -todos los países busca una vía, y mira la cultura de Francia y el -pensamiento francés, como guías y modelos. Es la historia del -simbolismo, escrita con toda sinceridad y con toda verdad; y de ella se -desprenden utilísimas lecciones, enseñanzas cuyo provecho es inmediato, -así el estudio sobre el sentimentalismo literario, en que el alma de -nuestro siglo está analizada con penetración y cordura a la luz de una -filosofía amplia y generosa, poco conocida en estos tiempos de egotismos -superhombríos y otras nieztschedades. No sabría alabar suficientemente -los capítulos sobre arte, y el homenaje a altos artistas--artistas en -silencio--como Puvis y Felician Rops, Gustave Moreau y Besnard, así como -los fragmentos de otros estudios y ensayos que ayudan en el volumen a la -comprensión, al peso, y para decirlo con mi sentimiento, a la simpatía -que se experimenta por un sincero, por un laborioso, por un verdadero y -grande expositor de saludables ideas, que es al propio tiempo, él -también, un señalado, uno que ha hallado su rumbo cierto, y como él -gustará que se le llame, un artista silencioso. - -[imagen] - -[imagen: EDGAR ALLAN POE] - -[imagen] - - - - -EDGAR ALLAN POE - - -En una mañana fría y húmeda llegué por primera vez al inmenso país de -los Estados Unidos. Iba el «steamer» despacio, y la sirena aullaba -roncamente por temor de un choque. Quedaba atrás Fire Island con su -erecto faro; estábamos frente a Sandy Hook, de donde nos salió al paso -el barco de sanidad. El ladrante slang yanqui sonaba por todas partes, -bajo el pabellón de bandas y estrellas. El viento frío, los pitos -arromadizados, el humo de las chimeneas, el movimiento de las máquinas, -las mismas ondas ventrudas de aquel mar estañado, el vapor que caminaba -rumbo a la gran bahía, todo decía: «all right.» Entre las brumas se -divisaban islas y barcos. Long Island desarrollaba la inmensa cinta de -sus costas, y Staten Island, como en el marco de una viñeta, se -presentaba en su hermosura, tentando al lápiz, ya que no, por la falta -de sol, la máquina fotográfica. Sobre cubierta se agrupan los pasajeros: -el comerciante de gruesa panza, congestionado como un pavo, con -encorvadas narices israelitas; el clergyman huesoso, enfundado en su -largo levitón negro, cubierto con su ancho sombrero de fieltro, y en la -mano una pequeña Biblia; la muchacha que usa gorra de jokey y que -durante toda la travesía ha cantado con voz fonográfica, al son de un -banjo; el joven robusto, lampiño como un bebé, y que, aficionado al box, -tiene los puños de tal modo, que bien pudiera desquijar un rinoceronte -de un solo impulso... En los Narrows se alcanza a ver la tierra -pintoresca y florida, las fortalezas. Luego, levantando sobre su cabeza -la antorcha simbólica, queda a un lado la gigantesca Madona de la -Libertad, que tiene por peana un islote. De mi alma brota entonces la -salutación: «A ti, prolífica, enorme, dominadora. A ti, Nuestra Señora -de la Libertad. A ti, cuyas mamas de bronce alimentan un sinnúmero de -almas y corazones. A ti, que te alzas solitaria y magnífica sobre tu -isla, levantando la divina antorcha. Yo te saludo al paso de mi -«steamer», prosternándome delante de tu majestad. ¡Ave: Good morning! Yo -sé, divino icono, oh magna estatua, que tu solo nombre, el de la excelsa -beldad que encarnas, ha hecho brotar estrellas sobre el mundo, a la -manera del _fiat_ del Señor. Allí están entre todas, brillantes sobre -las listas de la bandera, las que iluminan el vuelo del águila de -América, de esta tu América formidable, de ojos azules. Ave, Libertad, -llena de fuerza; el Señor es contigo: bendita tú eres. Pero ¿sabes? se -te ha herido mucho por el mundo, divinidad, manchando tu esplendor. Anda -en la tierra otra que ha usurpado tu nombre, y que, en vez de la -antorcha, lleva la tea. Aquélla no es la Diana sagrada de las -incomparables flechas: es Hécate.» - -Hecha mi salutación, mi vista contempla la masa enorme que está al -frente, aquella tierra coronada de torres, aquella región de donde casi -sentís que viene un soplo subyugador y terrible: Manhattan, la isla de -hierro, New-York, la sanguínea, la ciclópea, la monstruosa, la -tormentosa, la irresistible capital del cheque. Rodeada de islas -menores, tiene cerca a Jersey; y agarrada a Brooklin con la uña enorme -del puente, Brooklin, que tiene sobre el palpitante pecho de acero un -ramillete de campanarios. Se cree oir la voz de New-York, el eco de un -vasto soliloquio de cifras. ¡Cuán distinta de la voz de París, cuando -uno cree escucharla, al acercarse, halagadora como una canción de amor, -de poesía y de juventud! Sobre el suelo de Manhattan parece que va a -verse surgir de pronto un colosal Tío Samuel, que llama a los pueblos -todos a un inaudito remate, y que el martillo del rematador cae sobre -cúpulas y techumbres produciendo un ensordecedor trueno metálico. Antes -de entrar al corazón del monstruo, recuerdo la ciudad que vió en el -poema bárbaro el vidente Thogorma: - - Thogorma dans ses yeux vit monter des murailles - De fer dont s’enroulaient des spirales des tours - Et des palais cerclés d’arain sur des blocs lourds; - Ruche énorme, gékenne aux lúgubres entrailles - Où s’engouffraint les Forts, princes des anciens jours. -............................................ - -Semejantes a los Fuertes de los días antiguos, viven en sus torres de -piedra, de hierro y de cristal, los hombres de Manhattan. - -En su fabulosa Babel, gritan, mugen, resuenan, braman, conmueven la -Bolsa, la locomotora, la fragua, el banco, la imprenta, el dock y la -urna electoral. El edificio Produce Exchange entre sus muros de hierro y -granito reune tantas almas cuantas hacen un pueblo... He allí Broadway. -Se experimenta casi una impresión dolorosa; sentís el dominio del -vértigo. Por un gran canal cuyos lados los forman casas monumentales que -ostentan sus cien ojos de vidrios y sus tatuajes de rótulos, pasa un río -caudaloso, confuso, de comerciantes, corredores, caballos, tranvías, -ómnibus, hombres-sandwichs vestidos de anuncios, y mujeres bellísimas. -Abarcando con la vista la inmensa arteria en su hervor continuo, llega -a sentirse la angustia de ciertas pesadillas. Reina la vida del -hormiguero: un hormiguero de percherones gigantescos, de carros -monstruosos, de toda clase de vehículos. El vendedor de periódicos, -rosado y risueño, salta como un gorrión, de tranvía en tranvía, y grita -al pasajero ¡intanrsooonwoood! lo que quiere decir si gustáis comprar -cualquiera de esos tres diarios el «Evening Telegram», el «Sun» o el -«World.» El ruido es mareador y se siente en el aire una trepidación -incesante; el repiqueteo de los cascos, el vuelo sonoro de las ruedas, -parece a cada instante aumentarse. Temeríase a cada momento un choque, -un fracaso, si no se conociese que este inmenso río que corre con una -fuerza de alud, lleva en sus ondas la exactitud de una máquina. En lo -más intrincado de la muchedumbre, en lo más convulsivo y crespo de la -ola de movimiento, sucede que una lady anciana, bajo su capota negra, o -una miss rubia, o una nodriza con su bebé quiere pasar de una acera a -otra. Un corpulento policeman alza la mano; detiénese el torrente; pasa -la dama; ¡all right! - -«Esos cíclopes...» dice Groussac; «esos feroces calibanes...» escribe -Peladan. ¿Tuvo razón el raro Sar al llamar así a estos hombres de la -América del Norte? Calibán reina en la isla de Manhattan, en San -Francisco, en Boston, en Washington, en todo el país. Ha conseguido -establecer el imperio de la materia desde su estado misterioso con -Edison, hasta la apoteosis del puerco, en esa abrumadora ciudad de -Chicago. Calibán se satura de wishky, como en el drama de Shakespeare de -vino; se desarrolla y crece; y sin ser esclavo de ningún Próspero, ni -martirizado por ningún genio del aire, engorda y se multiplica; su -nombre es Legión. Por voluntad de Dios suele brotar de entre esos -poderosos monstruos, algún sér de superior naturaleza, que tiende las -alas a la eterna Miranda de lo ideal. Entonces, Calibán mueve contra él -a Sicorax, y se le destierra o se le mata. Esto vió el mundo con Edgar -Allan Poe, el cisne desdichado que mejor ha conocido el ensueño y la -muerte... - -¿Por qué vino tu imagen a mi memoria, Stella, Alma, dulce reina mía, tan -presto ida para siempre, el día en que, después de recorrer el hirviente -Broadway, me puse a leer los versos de Poe, cuyo nombre de Edgar, -armonioso y legendario, encierra tan vaga y triste poesía, y he visto -desfilar la procesión de sus castas enamoradas a través del polvo de -plata de un místico ensueño? Es porque tú eres hermana de las liliales -vírgenes cantadas en brumosa lengua inglesa por el soñador infeliz, -príncipe de los poetas malditos. Tú como ellas eres llama del infinito -amor. Frente al balcón, vestido de rosas blancas, por donde en el -Paraíso asoma tu faz de generosos y profundos ojos, pasan tus hermanas y -te saludan con una sonrisa, en la maravilla de tu virtud, ¡oh mi ángel -consolador, oh mi esposa! La primera que pasa es Irene, la dama -brillante de palidez extraña, venida de allá, de los mares lejanos; la -segunda es Eulalia, la dulce Eulalia de cabellos de oro y ojos de -violeta, que dirige al cielo su mirada; la tercera es Leonora, llamada -así por los ángeles, joven y radiosa en el Edén distante; la otra es -Frances, la amada que calma las penas con su recuerdo; la otra es -Ulalume, cuya sombra yerra en la nebulosa región de Weir, cerca del -sombrío lago de Auber; la otra Helen, la que fué vista por la primera -vez a la luz de perla de la luna; la otra Annie, la de los ósculos y las -caricias y oraciones por el adorado; la otra Annabel Lee, que amó con un -amor envidia de los serafines del cielo; la otra Isabel, la de los -amantes coloquios en la claridad lunar; Ligeia, en fin, meditabunda, -envuelta en un velo de extraterrestre esplendor... Ellas son, cándido -coro de ideales oceanidas quienes consuelan y enjugan la frente al -lírico Prometeo amarrado a la montaña Yankee, cuyo cuervo, más cruel -aun que el buitre esquiliano, sentado sobre el busto de Palas, tortura -el corazón del desdichado, apuñalándole con la monótona palabra de la -desesperanza. Así tú para mí. En medio de los martirios de la vida, me -refrescas y alientas con el aire de tus alas, porque si partiste en tu -forma humana al viaje sin retorno, siento la venida de tu sér inmortal, -cuando las fuerzas me faltan o cuando el dolor tiende hacia mí el negro -arco. Entonces, Alma, Stella, oigo sonar cerca de mí el oro invisible de -tu escudo angélico. Tu nombre luminoso y simbólico surge en el cielo de -mis noches como un incomparable guía, y por tu claridad inefable llevo -el incienso y la mirra a la cuna de la eterna Esperanza. - - -I.--EL HOMBRE - -La influencia de Poe en el arte universal ha sido suficientemente honda -y transcendente para que su nombre y su obra no sean a la continua -recordados. Desde su muerte acá, no hay año casi en que, ya en el libro -o en la revista, no se ocupen del excelso poeta americano, críticos, -ensayistas y poetas. La obra de Ingram iluminó la vida del hombre; nada -puede aumentar la gloria del soñador maravilloso. Por cierto que la -publicación de aquel libro cuya traducción a nuestra lengua hay que -agradecer al señor Mayer, estaba destinada al grueso público. - -¿Es que en el número de los escogidos, de los aristócratas del espíritu, -no estaba ya pesado en su propio valor, el odioso fárrago del canino -Griswold? La infame autopsia moral que se hizo del ilustre difunto debía -tener esa bella protesta. Ha de ver ya el mundo libre de mancha al cisne -inmaculado. - -Poe, como un Ariel hecho hombre, diríase que ha pasado su vida bajo el -flotante influjo de un extraño misterio. Nacido en un país de vida -práctica y material, la influencia del medio obra en él al contrario. De -un país de cálculo brota imaginación tan estupenda. El don mitológico -parece nacer en él por lejano atavismo y vese en su poesía un claro rayo -del país de sol y azul en que nacieron sus antepasados. Renace en él el -alma caballeresca de los Le Poer alabados en las crónicas de Generaldo -Gambresio. Arnoldo Le Poer lanza en la Irlanda de 1327 este terrible -insulto al caballero Mauricio de Desmond: «Sois un rimador.» Por lo cual -se empuñan las espadas y se traba una riña que es el prólogo de guerra -sangrienta. Cinco siglos después, un descendiente del provocativo -Arnoldo glorificará a su raza, erigiendo sobre el rico pedestal de la -lengua inglesa, y en un nuevo mundo, el palacio de oro de sus rimas. - -El noble abolengo de Poe, ciertamente, no interesa sino a «aquellos que -tienen gusto de averiguar los efectos producidos por el país y el linaje -en las peculiaridades mentales y constitucionales de los hombres de -genio,» según las palabras de la noble señora Whitman. Por lo demás, es -él quien hoy da valer y honra a todos los pastores protestantes, -tenderos, rentistas o mercachifles que lleven su apellido en la tierra -del honorable padre de su patria, Jorge Washington. - -Sábese que en el linaje del poeta hubo un bravo Sir Rogerio que batalló -en compañía de Strongbow, un osado Sir Arnoldo que defendió a una lady -acusada de bruja; una mujer heroica y viril, la célebre «Condesa» del -tiempo de Cromwell; y pasando sobre enredos genealógicos antiguos, un -general de los Estados Unidos, su abuelo. Después de todo, ese sér -trágico, de historia tan extraña y romanesca, dió su primer vagido entre -las coronas marchitas de una comedianta, la cual le dió vida bajo el -imperio del más ardiente amor. La pobre artista había quedado huérfana -desde muy tierna edad. Amaba el teatro, era inteligente y bella, y de -esa dulce gracia nació el pálido y melancólico visionario que dió al -arte un mundo nuevo. - -Poe nació con el envidiable don de la belleza corporal. De todos los -retratos que he visto suyos, ninguno da idea de aquella especial -hermosura que en descripciones han dejado muchas de las personas que le -conocieron. No hay duda que en toda la iconografía poeana, el retrato -que debe representarle mejor es el que sirvió a Mr. Clarke para publicar -un grabado que copiaba al poeta en el tiempo en que éste trabajaba en la -empresa de aquel caballero. El mismo Clarke protestó contra los falsos -retratos de Poe que después de su muerte se publicaron. Si no tanto como -los que calumniaron su hermosa alma poética, los que desfiguran la -belleza de su rostro son dignos de la más justa censura. De todos los -retratos que han llegado a mis manos, los que más me han llamado la -atención son el de Chiffart, publicado en la edición ilustrada de -Quantin, de los «Cuentos extraordinarios,» y el grabado por R. Loncup -para la traducción del libro de Ingram por Mayer. En ambos Poe ha -llegado ya a la edad madura. No es por cierto aquel gallardo jovencito -sensitivo que al conocer a Elena Staneand, quedó trémulo y sin voz, como -el Dante de la «Vita Nuova...» Es el hombre que ha sufrido ya, que -conoce por sus propias desgarradas carnes cómo hieren las asperezas de -la vida. En el primero, el artista parece haber querido hacer una cabeza -simbólica. En los ojos, casi ornitomorfos, en el aire, en la expresión -trágica del rostro, Chiffart ha intentado pintar al autor del «Cuervo,» -al visionario, al «unhappy Master» más que al hombre. En el segundo hay -más realidad: esa mirada triste, de tristeza contagiosa, esa boca -apretada, ese vago gesto de dolor y esa frente ancha y magnífica en -donde se entronizó la palidez fatal del sufrimiento, pintan al -desgraciado en sus días de mayor infortunio, quizá en los que -precedieron a su muerte. Los otros retratos, como el de Halpin para la -edición de Amstrong, nos dan ya tipos de lechuguinos de la época, ya -caras que nada tienen que ver con la cabeza bella e inteligente de que -habla Clark. Nada más cierto que la observación de Gautier: - -«Es raro que un poeta, dice, que un artista sea conocido bajo su primer -encantador aspecto. La reputación no le viene sino muy tarde, cuando ya -las fatigas del estudio, la lucha por la vida y las torturas de las -pasiones han alterado su fisonomía primitiva: apenas deja sino una -máscara usada, marchita, donde cada dolor ha puesto por estigma una -magulladura o una arruga.» - -Desde niño Poe «prometía una gran belleza.»[1] - -Sus compañeros de colegio hablan de su agilidad y robustez. Su -imaginación y su temperamento nervioso estaban contrapesados por la -fuerza de sus músculos. El amable y delicado ángel de poesía, sabía dar -excelentes puñetazos. Más tarde dirá de él una buena señora: «Era un -muchacho bonito.»[2] - -Cuando entra a West Point hace notar en él un colega, Mr. Gibson, su -«mirada cansada, tediosa y hastiada.» Ya en su edad viril, recuérdale el -bibliófilo Gowans: «Poe tenía un exterior notablemente agradable y que -predisponía en su favor: lo que las damas llamarían claramente bello.» -Una persona que le oye recitar en Boston, dice: «Era la mejor -realización de un poeta, en su fisonomía, aire y manera.» Un precioso -retrato es hecho de mano femenina: «una talla algo menos que de altura -mediana quizá, pero tan perfectamente proporcionada y coronada por una -cabeza tan noble, llevada tan regiamente, que, a mi juicio de muchacha, -causaba la impresión de una estatura dominante. Esos claros y -melancólicos ojos parecían mirar desde una eminencia...»[3] Otra dama -recuerda la extraña impresión de sus ojos: «Los ojos de Poe, en verdad, -eran el rasgo que más impresionaba y era a ellos a los que su cara debía -su atractivo peculiar. Jamás he visto otros ojos que en algo se le -parecieran. Eran grandes, con pestañas largas y un negro de azabache: el -iris acerogris, poseía una cristalina claridad y transparencia, a través -de la cual la pupila negraazabache se veía expandirse y contraerse, con -toda sombra de pensamiento o de emoción. Observé que los párpados jamás -se contraían, como es tan usual en la mayor parte de las personas, -principalmente cuando hablan; pero su mirada siempre era llena, abierta -y sin encogimiento ni emoción. Su expresión habitual era soñadora y -triste: algunas veces tenía un modo de dirigir una mirada ligera, de -soslayo, sobre alguna persona que no le observaba a él, y, con una -mirada tranquila y fija, parecía que mentalmente estaba midiendo el -calibre de la persona que estaba ajena de ello.--¡Qué ojos tan tremendos -tiene el señor Poe!--me dijo una señora. Me hace helar la sangre el -verle darse vuelta lentamente y fijarlos sobre mí cuando estoy -hablando.»[4] La misma agrega: «Usaba un bigote negro esmeradamente -cuidado, pero que no cubría completamente una expresión ligeramente -contraída de la boca y una tensión ocasional del labio superior, que se -asemejaba a una expresión de mofa. Esta mofa era fácilmente excitada y -se manifestaba por un movimiento del labio, apenas perceptible y, sin -embargo, intensamente expresivo. No había en ella nada de malevolencia; -pero sí mucho sarcasmo.» Sábese, pues, que aquella alma potente y -extraña estaba encerrada en hermoso vaso. Parece que la distinción y -dotes físicas deberían ser nativas en todos los portadores de la lira. -¿Apolo, el crinado numen lírico, no es el prototipo de la belleza viril? -Mas no todos sus hijos nacen con dote tan espléndido. Los privilegiados -se llaman Goethe, Byron, Lamartine, Poe. - -Nuestro poeta, por su organización vigorosa y cultivada, pudo resistir -esa terrible dolencia que un médico escritor llama con gran propiedad -«la enfermedad del ensueño.» Era un sublime apasionado, un nervioso, uno -de esos divinos semilocos necesarios para el progreso humano, -lamentables cristos del arte, que por amor al eterno ideal tienen su -calle de la amargura, sus espinas y su cruz. Nació con la adorable llama -de la poesía, y ella le alimentaba al propio tiempo que era su martirio. -Desde niño quedó huérfano y le recogió un hombre que jamás podría -conocer el valor intelectual de su hijo adoptivo. El señor Allan--cuyo -nombre pasará al porvenir al brillo del nombre del poeta--jamás pudo -imaginarse que el pobre muchacho recitador de versos que alegraba las -veladas de su «home», fuese más tarde un egregio príncipe del arte. En -Poe reina el «ensueño» desde la niñez. Cuando el viaje de su protector -le lleva a Londres, la escuela del dómine Brandeby es para él como un -lugar fantástico que despierta en su sér extrañas reminiscencias; -después, en la fuerza de su genio, el recuerdo de aquella morada y del -viejo profesor han de hacerle producir una de sus subyugadoras páginas. -Por una parte, posee en su fuerte cerebro la facultad musical; por otra, -la fuerza matemática. Su «ensueño» está poblado de quimeras y de cifras -como la carta de un astrólogo. Vuelto a América, vémosle en la escuela -de Clarke, en Richmond, en donde al mismo tiempo que se nutre de -clásicos y recita odas latinas, boxea y llega a ser algo como un -«champion» estudiantil; en la carrera hubiera dejado atrás a Atalanta, y -aspiraba a los lauros natatorios de Byron. Pero si brilla y descuella -intelectual y físicamente entre sus compañeros, los hijos de familia de -la fofa aristocracia del lugar miran por encima del hombro al hijo de la -cómica. ¿Cuánta no ha de haber sido la hiel que tuvo que devorar este -sér exquisito, humillado por un origen del cual en días posteriores -habría orgullosamente de gloriarse? Son esos primeros golpes los que -empezaron a cincelar el pliegue amargo y sarcástico de sus labios. -Desde muy temprano conoció las acechanzas del lobo racional. Por eso -buscaba la comunicación con la naturaleza, tan sana y fortalecedora. -«Odio sobre todo y detesto este animal que se llama Hombre», escribía -Swift a Pope. Poe a su vez habla «de la mezquina amistad y de la -fidelidad de polvillo de fruta (gossamer fidelity) del mero hombre.» Ya -en el libro de Job, Eliphaz Themanita exclama: «¿Cuánto más el hombre -abominable y vil que bebe como la iniquidad?» No buscó el lírico -americano el apoyo de la oración; no era creyente; o al menos, su alma -estaba alejada del misticismo. A lo cual da por razón James Russell -Lowell lo que podría llamarse la matematicidad de su cerebración. «Hasta -su misterio es matemático, para su propio espíritu.» La ciencia impide -al poeta penetrar y tender las alas en la atmósfera de las verdades -ideales. Su necesidad de análisis, la condición algebraica de su -fantasía, hácele producir tristísimos efectos cuando nos arrastra al -borde de lo desconocido. La especulación filosófica nubló en él la fe, -que debiera poseer como todo poeta verdadero. En todas sus obras, si mal -no recuerdo, sólo unas dos veces está escrito el nombre de Cristo.[5] -Profesaba sí la moral cristiana; y en cuanto a los destinos del hombre, -creía en una ley divina, en un fallo inexorable. En él la ecuación -dominaba a la creencia, y aun en lo referente a Dios y sus atributos, -pensaba con Spinoza que las cosas invisibles y todo lo que es objeto -propio del entendimiento no puede percibirse de otro modo que por los -ojos de la demostración[6] olvidando la profunda afirmación filosófica: -«intelectus noster sic ¿de habet? ad prima entium quœ sunt -manifestissima in natura, sicut oculus vespertilionis ad solem.» No -creía en lo sobrenatural, según confesión propia; pero afirmaba que -Dios, como creador de la naturaleza, puede, si quiere, modificarla. En -la narración de la metempsícosis de Ligeia hay una definición de Dios, -tomada de Granwill, que parece ser sustentada por Poe: Dios no es más -que una gran voluntad que penetra todas las cosas por la naturaleza de -su intensidad. Lo cual estaba ya dicho por Santo Tomás en estas -palabras: «Si las cosas mismas no determinan el fin para sí, porque -desconocen la razón del fin, es necesario que se les determine el fin -por otro que sea determinador de la naturaleza. Este es el que previene -todas las cosas, que es ser por sí mismo necesario, y a éste llamamos -Dios...»[7] En la «Revelación Magnética», a vuelta de divagaciones -filosóficas, Mr. Vankirk--que, como casi todos los personajes de Poe, es -Poe mismo--afirma la existencia de un Dios material, al cual llama -materia suprema e imparticulada. Pero agrega: «La materia imparticulada, -o sea Dios en estado de reposo, es en lo que entra en nuestra -comprensión, lo que los hombres llaman espíritu.» En el diálogo entre -Oinos y Agathos pretende sondear el misterio de la divina inteligencia; -así como en los de Monos y Una y de Eros y Charmion penetra en la -desconocida sombra de la Muerte, produciendo, como pocos, extraños -vislumbres en su concepción del espíritu en el espacio y en el tiempo. - -[imagen] - -[imagen: LECONTE DE LISLE] - -[imagen] - - - - -LECONTE DE LISLE - - -Ha muerto el pontífice del Parnaso, el Vicario de Hugo; las campanas de -la Basílica lírica están tocando vacante. Descansa ya, pálida y sin la -sangre de la vida, aquella majestuosa cabeza de sumo sacerdote, aquella -testa coronada,--coronada de los más verdes laureles--llena de augusta -hermosura antigua y cuyos rasgos exigen el relieve de la medalla y la -consagración olímpica del mármol. - -Homéricos funerales deberían ser los de Leconte de Lisle. En hoguera -encendida con maderos olorosos, allá en el corazón de la isla maternal, -en donde por primera vez vió la gloria del Sol, consumiríase su cuerpo -al vuelo de las odas con que un coro de poetas cantaría el Triunfo de la -Lira, recitaríanse estrofas que recordarían a Orfeo encadenando con sus -acordes la furia de los leopardos y leones, o a Melesigenes cercado de -las musas en la maravilla de una apoteosis. ¡Homéricos funerales para -quien fué homérida, por el soplo épico que pasaba por el cordaje de su -lira, por la soberana expresión y el vuelo soberbio, por la -impasibilidad casi religiosa, por la magnificencia monumental -estatuaria de su obra, en la cual, como en la del Padre de los poetas, -pasan a nuestra vista portentosos desfiles de personajes, grupos -esculturales, marmóreos bajorrelieves, figuras que encarnan los odios, -los combates, las terribles iras; homérida por ser de alma y sangre -latinas y por haber adorado siempre el lustre y el renombre de la Hélade -inmortal! Griego fué, de los griegos tenía, como lo hizo notar muy bien -Guyau, la concepción de una especie de mundo de las formas y de las -ideas que es el mundo mismo del arte; habiéndose colocado por una -ascensión de la voluntad, sobre el mundo del sentimiento, en la región -serena de la idea, y revistiendo su musa inconmovible el esculpido peplo -cuyo más ligero pliegue no pudiera agitar el estremecimiento de las -humanas emociones, ni aun el aire que el Amor mismo agitase con sus -alas. «Vuestros contemporáneos,--díjole Alejandro Dumas (hijo),--eran -los griegos y los hindus.» Y es, en efecto, de aquellos dos inmensos -focos de donde parten los rayos que iluminan la obra de Leconte de -Lisle, conduciendo uno la idea brahamánica desde el índico Ganges cuyas -aguas reflejaran los combates del Ramayana y el otro la idea griega -desde el harmonioso Alfeo, en cuyas linfas se viera la desnudez celeste -de la virgen Diana. - -La India y Grecia eran para su espíritu tierras de predilección: -reconocía como las dos originales fuentes de la universal poesía, a -Valmiki y a Homero. Navegó a pleno viento por el océano inmenso de la -teogonía védica, y profundo conocedor de la antigüedad griega, y -helenista insigne, condujo a Homero a orillas del Sena. Atraíale la -aurora de la humanidad, la soberana sencillez de las edades primeras, la -grandiosa infancia de las razas, en la cual empieza el Génesis de lo que -él llamara con su verbo solemne «la historia sagrada del pensamiento -humano en su florecimiento de harmonía y de luz;» la historia de la -Poesía. - -El más griego de los artistas, como le llamara un joven esteta, cantó a -los bárbaros, ciertamente. Como había en su reino poético, suprimido -todo anhelo por un ideal de fe, la inmensa alma medioeval no tenía para -él ningún fulgor; y calificaba la Edad Media como una edad de abominable -barbarie. Y he aquí que ninguno entre los poetas, después de Hugo, ha -sabido poner delante de los ojos modernos, como Leconte de Lisle, la -vida de los caballeros de hierro, las costumbres de aquellas épocas, los -hechos y aventuras trágicas de aquellos combatientes y de aquellos -tiranos; los sombríos cuadros monacales, los interiores de los -claustros, los cismas, la supremacía de Roma, las musulmanas barbaries -fastuosas, el ascetismo católico, y el temblor extranatural que pasó por -el mundo en la edad que otro gran poeta ha llamado con razón, en una -estrofa célebre, «enorme y delicada.» - -Puso el espíritu sobre el corazón. Jamás en toda su obra se escucha un -solo eco de sentimiento; nunca sentiréis el escalofrío pasional. Eros -mismo, si pasa por esas inmensas florestas, es como un ave desolada. No -se atrevería la Musa de Musset a llamar a la puerta del vate serenísimo; -y las palomas lamartinianas alzarían el vuelo asustadas delante del -cuervo centenario que dialoga con el abad Serapio de Arsinoe. - -Nacido en una isla cálida y espléndida, isla de sol, florestas y -pájaros, que siente de cerca la respiración de la negra Africa, sintióse -poeta el «joven salvaje»; la lengua de la naturaleza le enseñó su -primera rima, el gran bosque primitivo le hizo sentir la influencia de -su estremecimiento, y el mar solemne y el cielo le dejaron entrever el -misterio de su inmensidad azul. Sentía él latir su corazón, deseoso de -algo extraño, y sus labios estaban sedientos del vino divino. Copa de -oro inagotable, llena del celeste licor, fué para él la poesía de Hugo. -Al llegar «Las Orientales» a sus manos, al ver esos fulgurantes poemas, -la luz misma de su cielo patrio le pareció brillar con un resplandor -nuevo; la montaña, el viento africano, las olas, las aves de las -florestas nativas, la naturaleza toda, tuvo para él voces despertadoras -que le iniciaron en un culto arcano y supremo. - -Imaginaos un Pan que vagase en la montaña sonora, poseído de la fiebre -de la harmonía, en busca de la caña con que habría de hacer su rústica -flauta, y a quien de pronto diese Apolo una lira y le enseñase el arte -de arrancar de sus cuerdas sones sublimes. No de otro modo aconteció al -poeta que debiera salir de la tierra lejana en donde nació, para -levantar en la capital del Pensamiento un templo cincelado en el más -bello paros, en honor del Dios del arco de plata. - -El que fué impecable adorador de la tradición clásica pura, debía -pronunciar en ocasión solemne, delante de la Academia francesa que le -recibía en su seno, estas palabras: «Las formas nuevas son la expresión -necesaria de las concepciones originales.» Digna es tal declaración de -quien sucediera a Hugo en la asamblea de los «inmortales» y de quien -como su sacrocesáreo antecesor, fué jefe de escuela, y de escuela que -tenía por fundamento principal el culto de la forma. Hugo fué en verdad -para él la encarnación de la poesía. Leconte de Lisle no reconocía de la -Trinidad romántica, sino la omnipotencia del «Padre»; Musset, «el Hijo», -y Lamartine «el Espíritu», apenas si merecieron una mirada rápida de sus -ojos sacerdotales. Y es que Hugo ejercía sobre él la atracción astral de -los genios individuales y absolutos; el hijo de la isla oriental fué -iniciado en el secreto del arte por el autor de «Las Orientales»; el que -debía escribir los «Poemas antiguos» y los «Poemas bárbaros», no podía -sino contemplar con estupor la creación de ese orbe constelado, vario, -profuso y estupendo que se llama «La Leyenda de los siglos.» Luego, fué -a él, barón, par, príncipe, a quien el Carlomagno de la lira dirigiera -este corto mensaje imperial y fraternal: «Jungamus dextras.» Después, él -fué siempre el privilegiado. Hugo le consagró. Y cuando Hugo fué -conducido al Pantheón, fué Leconte de Lisle quien entonó el himno más -ferviente en honor de quien entraba a la inmortalidad. Posteriormente, -al ocupar su sillón en la Academia, colocó aún más triunfales palmas y -coronas en la tumba del César literario. Recorrió con su pensamiento la -historia de la poesía universal, para llegar a depositar sus trofeos en -aras del daimon desaparecido, y presentó con la magia de su lenguaje la -creación toda de Hugo. Hizo aparecer con sus prestigios incomparables -«Las Orientales», cuya lengua y movimiento, según confesión propia, -fueron para él una revelación; el prefacio de «Cromwell», oriflama de -guerra, tendido al viento; las «Hojas de otoño», los «Cantos del -crepúsculo», las «Voces interiores», los «Rayos» y las «Sombras», a -propósito de los cuales lanzó una flecha de su carcaj dirigida al -sentimentalismo; los «Castigos», llenos de rayos y relámpagos, bajo los -cuales coloca los «Yambos» de Chenier y las «Trágicas» de Agrippa -d’Aubigné; «La Leyenda de los siglos», «que permanecerá como la prueba -brillante de una potencia verbal inaudita, puesta al servicio de una -imaginación incomparable.» Y todos los poemas posteriores, «Canciones de -calles y bosques», «Año terrible», «Arte de ser abuelo», el «Papa», la -«Piedad suprema», «Religión y religiones», «El asno», «Torquemada» y los -«Cuatro vientos del Espíritu.» De todas estas últimas obras nombradas, -la que llama su atención principal es «Torquemada.» ¿Por qué? Porque -Leconte de Lisle sentía el pasado con una fuerza de visión insuperable, -a punto de que Guyau llama a la Trilogía «Nueva leyenda de los siglos.» -«Bien que ningún siglo, escribe el poeta, haya igualado al nuestro en la -ciencia universal; que la historia, las lenguas, las costumbres, las -teogonías de los pueblos antiguos nos sean reveladas de año en año por -tantos sabios ilustres; que los hechos y las ideas, la vida íntima y la -vida exterior; que todo lo que constituye la razón de ser, de creer, de -pensar de los hombres desaparecidos, llama la atención de las -inteligencias elevadas, nuestros grandes poetas han raramente intentado -volver intelectualmente la vida al pasado.» Tiempos primitivos, Edad -Media, todo lo que se halla respecto a nuestra edad contemporánea como -en una lejanía de ensueño, atrae la imaginación del vate severo. La -exposición de la obra novelesca de Víctor Hugo, dióle motivo para lanzar -otra flecha que fué directamente a clavarse en el pecho robusto de Zola, -cuando habló de «la epidemia que se hace sentir directamente en una -parte de nuestra literatura, y contamina los últimos años de un siglo -que se abriera con tanto brillo y proclamara tan ardientemente su amor a -lo bello» y de «el desdén de la imaginación y del ideal que se instala -imprudentemente en muchos espíritus obstruídos por teorías groseras y -malsanas.» «El público letrado, agrega, no tardará en arrojar con -desprecio lo que aclama hoy con ciega admiración. Las epidemias de esta -naturaleza pasan y el genio permanece.» - -Al contestar el discurso del nuevo académico, Alejandro Dumas, hijo, -entre sonrisa y sonrisa, quemó en honor del recién llegado este puñado -de incienso: «Cuando un gran genio (Hugo) ha tenido desde la infancia el -hábito de frecuentar un círculo de genios anteriores, entre los cuales -Sófocles, Platón, Virgilio, Lafontaine, Corneille y Moliére no ocupan -sino un segundo término y en donde Montaigne, Racine, Pascal, Bossuet, -La Bruyere no penetran, se comprende fácilmente que el día en que ese -gran genio distingue entre la muchedumbre que se agita a sus pies un -poeta y le marca en la frente con el signo con que ha de reconocer, en -lo porvenir, a los de su raza y familia, ese poeta tendrá el derecho de -estar orgulloso. Ese poeta sois vos, señor.» - -Fueron ciertamente los «Poemas bárbaros» la anunciación espléndida de un -grande y nuevo poeta. ¿Qué son esos poemas? Visiones formidables de los -pasados siglos, los horrores y las grandezas épicas de los bárbaros -evocados por un latino que emplea para su obra versos de bronce, versos -de hierro, rimas de acero, estrofas de granito. Caín surge en el ensueño -del vidente Thogorma, en un poema primitivo, bíblico, que se desarrolla -en la misteriosa, inmemorial «ciudad de la angustia», en el país de -Hevila. Caín es el mensajero de la nada. Luego, es aún en la Biblia -donde se halla el origen de otros poemas; la viña de Naboth, el -Eclesiastés, que declara cómo la irrevocable Muerte es también mentira; -después el poeta va de un punto a otro, extraño cosmopolita del pasado; -a Tebas, donde el rey Khons descansa en su barca dorada; a Grecia donde -surgirá la monstruosa Equidna, o un grupo de hirsutos combatientes; a la -Polinesia, en donde aprenderá el génesis indígena; al boreal país de los -Nornos y escaldas, donde Snorr tiene su infernal visión; a Irlanda, -tierra de bardos. Y se advierten blancas pinturas de países frígidos, -figuras cinceladas en nieve; Angantir que dialoga con Hervor; Hialmar -que clama trágicamente, el oso que llora, los cantos de los cazadores y -runoyas; el norte aun, el país de Sigurd; los elfos que coronados de -tomillo danzan a la luz de la luna, en un aire germánico de balada; -cantos tradicionales; Kono de Kemper; el terrible poema de Mona; cuadros -orientales como la preciosa y musical «Verandah»; las frases ásperas de -la naturaleza; el desierto; la India y sus pagodas y fakires; Córdoba -morisca; fieras y aves de rapiña; fuentes cristalinas, bosques salvajes; -la historia religiosa, la leyenda, el Romancero; América, los Andes...; -y sobre todo esto, el «Cuervo», el cuervo desolador, y la silenciosa, -fatal, pálida y como deseada imagen de la Muerte, acompañada de su -obscuro paje, el dolor. - -En los «Poemas antiguos» resucita el esplendor de la belleza griega, -lanzando al mismo tiempo un manifiesto a manera de prólogo. He aquí lo -que pensaba de los tiempos modernos: «Desde Homero, Esquilo y Sófocles -que representan la poesía en su vitalidad, en su plenitud y en su unidad -armónica, la decadencia y la barbarie han invadido el espíritu humano. -En lo tocante a arte original, el mundo romano está al nivel de los -Dacios y de los Sármatas; el cielo cristiano, todo es bárbaro. Dante, -Shakespeare y Milton, no tienen sino la altura de su genio individual; -su lengua y sus concepciones, son bárbaras. La escultura se detiene en -Fidias y en Lisipo; Miguel Angel no ha fecundado nada; su obra, -admirable en sí misma, ha abierto una vía desastrosa. ¿Qué queda, pues, -de los siglos transcurridos después de la Grecia? Algunas -individualidades potentes, algunas grandes obras sin liga y sin unidad. -La poesía moderna, reflejo confuso de la personalidad fogosa de Byron, -de la religiosidad ficticia de Chateaubriand, del ensueño místico de -Ultra-Rhin y del realismo de los lakistas, se turba y se disipa. Nada -menos vivo y menos original, bajo el aparato más ficticio. Un arte de -segunda mano, híbrido, incoherente. Arcaísmo de la víspera, nada más. La -paciencia pública se ha cansado de esta comedia sonoramente representada -a beneficio de una autolatria de préstamo. Los maestros se han callado o -quieren callarse, fatigados de sí mismos, olvidados ya, solitarios en -medio de sus obras infructuosas. Los poetas nuevos, criados en la vejez -precoz de una estética infecunda, deben sentir la necesidad de remojar -en las fuentes eternamente puras la expresión usada y debilitada de los -sentimientos generosos. El tema personal y sus variaciones demasiado -repetidas, han agotado la atención; con justicia ha venido la -indiferencia, pero si es posible abandonar a la mayor brevedad esa vía -estrecha y banal, es preciso aun no entrar en un camino más difícil y -peligroso, sino fortificado por el estudio y la iniciación. - -«Una vez sufridas esas pruebas expiatorias, una vez saneada la lengua -poética, las especulaciones del espíritu perderán algo de su verdad y su -energía cuando dispongan de formas más netas y más precisas. Nada será -abandonado ni olvidado; la base pensante y el arte habrán recobrado la -savia y el vigor, la harmonía y la unidad unidas. Y más tarde, cuando -esas inteligencias profundamente agitadas se hayan aplacado, cuando la -meditación de los principios descuidados y la regeneración de las formas -hayan purificado el espíritu y la letra, dentro de un siglo o dos, si -todavía la elaboración de los tiempos nuevos no implica una gestación -más alta, tal vez la poesía llegaría a ser el verbo inspirado e -inmediato del alma humana...» - -Esa declaración demuestra el por qué Leconte de Lisle no vibraba a -ningún soplo moderno, a ninguna conmoción contemporánea, y se refugiaba, -como Keats, aunque de otra suerte, en viejas edades paganas en cuyas -fuentes su Pegaso se abrevaba a su placer. - -Los «Poemas trágicos» completan la trilogía. Hay como en los anteriores -una rica variedad de temas, predominando los paisajes exóticos, -reconstrucciones históricas, o fantásticas y brillantes pinturas de -asuntos legendarios. El kalifa de Damasco, abre la serie, entre imanes -de Meca y emires de Oriente. - -Es este un libro purpúreo. Los «Poemas bárbaros» son un libro negro. La -palabra más usada en ellos es _noir_. Libro rojo es éste, ciertamente, -que comienza con la apoteosis de Muza-al-Kebir, en país oriental, y -concluye en la Grecia de Orestes, con la tragedia funesta de las -Erinnias o Furias. - -Oiréis entre tanto un canto de muerte de los galos del siglo sexto, -clamores de moros medioevales; veréis la caza del águila, en versos que -no haría mejores un numen artífice; después del águila vuela el -albatros, el «prince des nuages» de Baudelaire; pasan lúgubres ancianos -como Magno; frailes como el abad Jerónimo, cual surge en poema que sin -duda alguna, Núñez de Arce leyó antes de escribir «La visión de fray -Martín»; monstruos simbólicos como la Bestia escarlata; tipos del -romancero español como don Fadrique, y entre todo esto el severo bardo -no desdeña jugar con la musa, y ensaya el pantum malayo, o rima la -villanelle como su amigo Banville. - -Las «Erinnias» es obra de quien puede recorrer el campo de la poesía -griega, y conversar con París, Agamenón o Clitemnestra. Artistas -egregios ha habido que hayan comprendido la antigüedad profunda y -extensamente; mas de seguro ninguno con la soberanía, con el poder de -Leconte de Lisle. Pudo Keats escribir sus célebres versos a una urna -griega; pudo el germánico Goethe despertar a Helena después de un sueño -de siglos y hacer que iluminase la frente de Euforión la luz divina, y -que Juan Pablo escribiese una famosa metáfora. Leconte de Lisle -desciende directamente de Homero; y si fuese cierta la transmigración de -las almas, no hay duda de que su espíritu estuvo en los tiempos heroicos -encarnado en algún aeda famoso o en algún sacerdote de Delfos. - -Bien sabida es la historia del Hamlet antiguo, de Orestes, el -desventurado parricida, armado por el destino y la venganza, castigador -del materno crimen, y perseguido por las desmelenadas y horribles -Furias. Sófocles en su «Electra», Eurípides, Voltaire, Alfieri, han -llevado a la escena al trágico personaje. - -Leconte de Lisle, en clásicos alejandrinos que bien valen por hexámetros -de la antigüedad, evoca en la parte primera de su poema a Clitemnestra, -en el pórtico del palacio de Pelos; a Tallibios y Euribates, y un coro -de ancianos, asimismo la sollozante Casandra de profética voz. En la -segunda parte, ya cometido el crimen de su madre, Orestes, vengará, -apoyado por el impulso sororal de Electra, la sangre de su padre. Las -Furias le persiguen entre clamores de horror. - -El poeta, como traductor, fué insigne. A Homero, Sófocles, Hesiodo, -Teócrito, Bion, Mosco, tradújolos en prosa rítmica y purísima en cuyas -ondas parece que sonasen las músicas de los metros originales. -Conservaba la ortografía de los idiomas antiguos; y así sus obras tienen -a la vista una aristocracia tipográfica que no se encuentra en otras. - -Cuando Hugo estaba en el destierro, la poesía apenas tenía vida en -Francia, representada por unos pocos nombres ilustres. Entonces fué -cuando los parnasianos levantaron su estandarte, y buscaron un jefe que -los condujese a la campaña. ¡El Parnaso! No fué más bella la lucha -romántica, ni tuvieron los Joven-Francia más rica leyenda que la de los -parnasianos, contada admirablemente por uno de sus más bravos y -gloriosos capitanes. De esa leyenda encantadora y vívida, no puedo menos -que traducir la hermosa página consagrada al cantor excelso por quien -hoy viste luto la poesía de Francia, la Poesía universal. - -«...Y lo que nos faltaba también era una firme disciplina, una línea de -conducta precisa y resuelta. Ciertamente, el sentimiento de la Belleza, -el horror de las abobadas sensiblerías que deshonraban entonces la -poesía francesa, ¡lo teníamos nosotros! ¡Pero qué! tan jóvenes, -desordenadamente y un poco al azar era como nos arrojábamos a la brega, -y marchábamos a la conquista de nuestro ideal. Era tiempo de que los -niños de antes tomaran actitudes de hombres, que de nuestro cuerpo de -tiradores formase un ejército regular. Nos faltaba la regla, una regla -impuesta de lo alto, y que sobre dejarnos nuestra independencia -intelectual, hiciera concurrir gravemente, dignamente, nuestras fuerzas -esparcidas, a la victoria entrevista. Esta regla la recibimos de Leconte -de Lisle. Desde el día en que François Copée, Villiers de l’Isle Adam, y -yo, tuvimos el honor de ser conducidos a casa de Leconte de Lisle,--M. -Luis Ménard, el poeta y filósofo, fué nuestro introductor,--desde el día -en que tuvimos la alegría de encontrar en casa del maestro a José María -de Heredia y a León Dierx, de ver allí a Armand Silvestre, de -reencontrar a Sully Prudhomme, desde ese día data, hablando propiamente, -nuestra historia, que cesa de ser una leyenda; y entonces fué cuando -nuestra adolescencia se convirtió en virilidad. En verdad nuestra -juventud de ayer no estaba muerta de ningún modo, y no habíamos -renunciado a las azarosas extravagancias en el arte y en la vida. Pero -dejamos todo eso a la puerta de Leconte de Lisle, como se quita un -vestido de carnaval, para llegar a la casa familiar. Teníamos alguna -semejanza con esos jóvenes pintores de Venecia que después de trasnochar -cantando en góndola y acariciando los cabellos rojos de bellas -muchachas, tomaban de repente un aire reflexivo, casi austero, para -entrar al taller del Ticiano. - -»Ninguno de aquellos que han sido admitidos en el salón de Leconte de -Lisle, olvidará nunca el recuerdo de esas nobles y dulces tardes, que -durante tantos años, fueron nuestras más bellas horas. ¡Con qué -impaciencia al pasar cada semana esperábamos el sábado, el precioso -sábado, en que nos era dado encontrarnos, unidos en espíritu y corazón, -alrededor de aquel que tenía nuestro corazón y toda nuestra ternura! Era -en un saloncito, en el quinto piso de una casa nueva, boulevard de los -Inválidos, en donde nos juntábamos para contarnos nuestros proyectos, -llevar nuestros versos nuevos, y solicitar el juicio de nuestros -camaradas y de nuestro grande amigo. Los que han hablado de entusiasmo -mutuo, los que han acusado a nuestro grupo de demasiada complacencia -consigo mismo, esos, en verdad, han sido mal informados. Creo que -ninguno de nosotros se ha atrevido, en casa de Leconte de Lisle, a -formular un elogio o una crítica sin llevar íntimamente la convicción -de decir la verdad. Ni más exagerado el elogio, que acerba la -desaprobación. - -»Espíritus sinceros, he ahí en efecto lo que éramos; y Leconte de Lisle -nos daba el ejemplo de esa franqueza. Con rudeza que sabíamos que era -amable, sucedía que a menudo censuraba resueltamente nuestras obras -nuevas, reprochaba nuestras perezas y reprimía nuestras concesiones. -Porque nos amaba no era indulgente. Pero también ¡qué precio daba a los -elogios, esta acostumbrada severidad! ¡Yo no sé que exista mayor gozo -que recibir la aprobación de un espíritu justo y firme. Sobre todo, no -creáis, por mis palabras, que Leconte de Lisle haya nunca sido uno de -esos genios exclusivos, deseosos de crear poetas a su imagen, y que no -aman en sus hijos literarios sino su propia semejanza! Al contrario. El -autor de «Kain» es quizá, de todos los inventores de este tiempo, aquel -cuya alma se abre más ampliamente a la inteligencia de las vocaciones y -de las obras más opuestas a su propia naturaleza. El no pretende que -nadie sea lo que él es magníficamente. La sola disciplina que -imponía--era la buena--consistía en la veneración del Arte, y el desdén -de los triunfos fáciles. El era el buen consejero de las probidades -literarias, sin impedir jamás el vuelo personal de nuestras aspiraciones -diversas, él fué, él es aún, nuestra conciencia poética misma. A él es a -quien pedimos, en las horas de duda, que nos prevenga del mal. El -condena, o absuelve y estamos sometidos. - -»¡Ah! yo me acuerdo aún de todas las bromas que se hacían entonces, -sobre nuestras reuniones en el salón de Leconte de Lisle. ¡Y bien! los -burlones no tenían razón, pues, en verdad, lo creo y lo digo, en esta -época felizmente desaparecida en que la poesía era por todas partes -burlada; en que hacer versos tenía este sinónimo: ¡morir de hambre!; en -que todo el triunfo, todo el renombre, pertenecía a los rimadores de -elegías y verseros de couplets, a los lloriqueadores y a los risueños; -en que era suficiente hacer un soneto para ser un imbécil y hacer una -opereta para ser una especie de grande hombre; en esta época era un -bello espectáculo el de aquellos jóvenes prendados del arte verdadero, -perseguidores del ideal, pobres la mayor parte, y desdeñosos de la -riqueza, que confesaban imperturbablemente, venga lo que viniere, su fe -de poetas, y que se agrupaban, con una religión que nunca ha excluído la -libertad de pensamiento, alrededor de un maestro venerado, pobre como -ellos! - -»Otro error sería creer que nuestras reuniones familiares fuesen -sesiones dogmáticas y morosas. Leconte de Lisle era de aquellos que -pretenden apartar, sobre todo del elogio, su personalidad íntima y por -tanto mi conversación no tendrá aquí anécdotas. No diré de las -sonrientes dulzuras de una familiaridad de que estábamos tan orgullosos, -de las cordialidades de camarada que tenía con nosotros el gran poeta, -ni de las charlas al amor del hogar--porque se era serio, pero -alegre--ni todo el bello humor casi infantil de nuestras apacibles -conciencias de artistas en el querido salón, poco lujoso, pero tan neto -y siempre en orden, como una estrofa bien compuesta; mientras la -presencia de una joven en medio de nuestro amistoso respeto, agregaba su -gracia a la poesía esparcida.» - -Tal es el recuerdo que consagra Catulle Mendés en uno de sus mejores -libros, al hoy difunto jefe del Parnaso. El alentó a los que le -rodeaban, como en otro tiempo Ronsard a los de la Pléyade, al cual -cenáculo ha consagrado Leconte de Lisle muy entusiásticas frases; pues -quien en «Las Erinnias» pudo renovar la máscara esquiliana, miraba con -simpatía a Ronsard, que tuvo el fuego pindárico, anhelo de perfección y -amor absoluto a la belleza. - -Mas Leconte brillará siempre al fulgor de Hugo. ¿Qué porta-lira de -nuestro siglo no desciende de Hugo? ¿No ha demostrado triunfantemente -Mendés--ese hermano menor de Leconte de Lisle--que hasta el árbol -genealógico de los Rougon Macquart ha nacido al amor del roble enorme -del más grande de los poetas? Los parnasianos proceden de los -románticos, como los decadentes de los parnasianos. «La Leyenda de los -siglos» refleja su luz cíclica sobre los «Poemas trágicos, antiguos y -bárbaros.» La misma reforma métrica de que tanto se enorgullece con -justicia el Parnaso, ¿quién ignora que fué comenzada por el colosal -artífice revolucionario en 1830? - -La fama no ha sido propicia a Leconte de Lisle. Hay en él mucho de -olímpico, y esto le aleja de la gloria común de los poetas humanos. En -Francia, en Europa, en el mundo, tan solamente los artistas, los -letrados, los poetas, conocen y leen aquellos poemas. Entre sus -seguidores, uno hay que adquirió gran renombre: José María de Heredia, -también como él nacido en una isla tropical. En lengua castellana apenas -es conocido Leconte de Lisle. Yo no sé de ningún poeta que le haya -traducido, exceptuando al argentino Leopoldo Díaz, mi amigo muy -estimado, quien ha puesto en versos castellanos el «Cuervo»--con motivo -de lo cual el poeta francés le envió una real esquela--, «El sueño del -cóndor», «El desierto», «La tristeza del diablo», y «La espada de -Angantir», todo de los «Poemas bárbaros», como también «Los Elfos», cuya -traducción es la siguiente: - - De tomillo y rústicas hierbas coronados - los Elfos alegres bailan en los prados. - - Del bosque por arduo y angosto sendero - en corcel obscuro marcha un caballero. - Sus espuelas brillan en la noche bruna, - y, cuando en su rayo le envuelve la luna - fulgurando luce con vivos destellos, - un casco de plata sobre sus cabellos. - - De tomillo y rústicas hierbas coronados - los Elfos alegres bailan en los prados. - Cual ligero enjambre, todos le rodean, - y en el aire mudo raudos voltegean. - --Gentil Caballero, ¿dó vas tan de prisa? - La reina pregunta, con suave sonrisa. - Fantasmas y endriagos hallarás doquiera; - ven, y danzaremos en la azul pradera. - - De tomillo y rústicas hierbas coronados - los Elfos alegres bailan en los prados. - - --¡No! Mi prometida, la de ojos hermosos - me espera y mañana seremos esposos. - Dejadme prosiga, Elfos encantados, - que holláis vaporosos el musgo en los prados. - Lejos estoy, lejos de la amada mía, - y ya los fulgores se anuncian del día. - - De tomillo y rústicas hierbas coronados - los Elfos alegres bailan en los prados. - - --Queda, caballero, te daré a que elijas - el ópalo mágico, las áureas sortijas - y, lo que más vale que gloria y fortuna: - mi saya tejida con rayos de luna. - --¡No!--dice él.--¡Pues anda!--Y su blanco dedo - su corazón toca e infúndele miedo. - - De tomillo y rústicas hierbas coronados - los Elfos alegres bailan en los prados. - - Y el corcel obscuro, sintiendo la espuela, - parte, corre, salta, sin retardo vuela, - mas el caballero, temblando, se inclina: - ve sobre la senda forma blanquecina - que los brazos tiende, marchando sin ruido. - --¡Déjame, oh, demonio, Elfo maldecido! - - De tomillo y rústicas hierbas coronados - los Elfos alegres bailan en los prados. - - --¡Déjame, fantasma siempre aborrecida! - Voy a desposarme con mi prometida. - --Oh, mi amado esposo, la tumba perenne - será nuestro lecho de bodas solemne. - ¡He muerto!--dice ella, y él, desesperado, - de amor y de angustia cae muerto a su lado. - - De tomillo y rústicas hierbas coronados - los Elfos alegres bailan en los prados. - -Duerma en paz el hermoso anciano, el caballero de Apolo. Ya su espíritu -sabrá de cierto lo que se esconde tras el velo negro de la tumba. Llegó -por fin la por él deseada, la pálida mensajera de la verdad. - -Fínjome la llegada de su sombra a una de las islas gloriosas, Tempes, -Amatuntes celestes, en donde los orfeos tienen su premio. Recibiránle -con palmas en las manos, coros de vírgenes cubiertas de albas, -impalpables vestiduras; a lo lejos destacaráse la harmonía del pórtico -de un templo; bajo frescos laureles, se verán las blancas barbas de los -antiguos amados de las musas, Homero, Sófocles, Anacreonte. En un bosque -cercano, un grupo de centauros, Quirón a la cabeza, se acerca para mirar -al recién llegado. Brota del mar un himno. Pan aparece. Por el aire -suave, bajo la cúpula azul del cielo, un águila pasa, en vuelo rápido, -camino del país de las pagodas, de los lotos y de los elefantes. - -[imagen] - -[imagen: PAUL VERLAINE] - -[imagen] - - - - -PAUL VERLAINE - - -Y al fin vas a descansar; y al fin has dejado de arrastrar tu pierna -lamentable y anquilótica, y tu existencia extraña llena de dolor y de -ensueños, ¡oh, pobre viejo divino! Ya no padeces el mal de la vida, -complicado en ti con la maligna influencia de Saturno. - -Mueres, seguramente en uno de los hospitales que has hecho amar a tus -discípulos, tus «palacios de invierno», los lugares de descanso que -tuvieron tus huesos vagabundos, en la hora de los implacables reumas y -de las duras miserias parisienses. - -Seguramente, has muerto rodeado de los tuyos, de los hijos de tu -espíritu, de los jóvenes oficiantes de tu iglesia, de los alumnos de tu -escuela, ¡oh, lírico Sócrates de un tiempo imposible! - -Pero mueres en un instante glorioso: cuando tu nombre empieza a -triunfar, y la simiente de tus ideas, a convertirse en magníficas flores -de arte, aun en países distintos del tuyo; pues es el momento de decir -que hoy, en el mundo entero, tu figura, entre los escogidos de -diferentes lenguas y tierras, resplandece en su nimbo supremo, así sea -delante del trono del enorme Wagner. - -El holandés Bivanck se representa a Verlaine como un leproso sentado a -la puerta de una catedral, lastimoso, mendicante, despertando en los -fieles que entran y salen, la compasión, la caridad. Alfred Ernst le -compara con Benoit Labre, viviente símbolo de enfermedad y de miseria; -antes León Bloy le había llamado también el Leproso en el portentoso -tríptico de su «Brelan», en donde está pintado en compañía del Niño -Terrible y del Loco: Barbey d’Aurevilly y Ernesto Hello. ¡Ay, fué su -vida así! Pocas veces ha nacido de vientre de mujer un sér que haya -llevado sobre sus hombros igual peso de dolor. Job le diría: «¡Hermano -mío!» - -Yo confieso que después de hundirme en el agitado golfo de sus libros, -después de penetrar en el secreto de esa existencia única; después de -ver esa alma llena de cicatrices y de heridas incurables, todo al eco de -celestes o profanas músicas, siempre hondamente encantadoras; después de -haber contemplado aquella figura imponente en su pena, aquel cráneo -soberbio, aquellos ojos obscuros, aquella faz con algo de socrático, de -pierrotesco y de infantil; después de mirar al dios caído, quizá -castigado por olímpicos crímenes en otra vida anterior; después de saber -la fe sublime y el amor furioso y la inmensa poesía que tenían por -habitáculo aquel claudicante cuerpo infeliz, sentí nacer en mi corazón -un doloroso cariño que junté a la grande admiración por el triste -maestro. - -A mi paso por París, en 1893, me había ofrecido Enrique Gómez Carrillo -presentarme a él. Este amigo mío había publicado una apasionada -impresión que figura en sus «Sensaciones de Arte», en la cual habla de -una visita al cliente del hospital de Broussais. «Y allí le encontré -siempre dispuesto a la burla terrible, en una cama estrecha de hospital. -Su rostro enorme y simpático cuya palidez extrema me hizo pensar en las -figuras pintadas por Ribera, tenía un aspecto hierático. Su nariz -pequeña se dilata a cada momento para aspirar con delicia el humo del -cigarro. Sus labios gruesos que se entreabren para recitar con amor las -estrofas de Villón o para maldecir contra los poemas de Ronsard, -conservan siempre su mueca original, en donde el vicio y la bondad se -mezclan para formar la expresión de la sonrisa. Sólo su barba rubia de -cosaco, había crecido un poco y se había encanecido mucho.» - -Por Carrillo penetramos en algunas interioridades de Verlaine. No era -éste en ese tiempo el viejo gastado y débil que uno pudiera imaginarse, -antes bien, «un viejo robusto.» Decíase que padecía de pesadillas -espantosas y visiones en las cuales los recuerdos de la leyenda obscura -y misteriosa de su vida, se complicaban con la tristeza y el terror -alcohólicos. Pasaba sus horas de enfermedad, a veces en un penoso -aislamiento, abandonado y olvidado, a pesar de las bondadosas -iniciativas de los Mendés o de los León Deschamps. - -¡Dios mío! aquel hombre nacido para las espinas, para los garfios y los -azotes del mundo, se me apareció como un viviente doble símbolo de la -grandeza angélica y de la miseria humana. Angélico, lo era Verlaine; -tiorba alguna, salterio alguno, desde Jacopone de Todi, desde el Stabat -Mater, ha alabado a la Virgen con la melodía filial, ardiente y humilde -de «Sagesse»; lengua alguna, como no sean las lenguas de los serafines -prosternados, ha cantado mejor la carne y la sangre del Cordero; en -ningunas manos han ardido mejor los sagrados carbones de la penitencia; -y penitente alguno se ha flagelado los desnudos lomos con igual ardor de -arrepentimiento que Verlaine cuando se ha desgarrado el alma misma, cuya -sangre fresca y pura ha hecho abrirse rítmicas rosas de martirio. - -Quien lo haya visto en sus «Confesiones», en sus «Hospitales», en sus -otros libros íntimos, comprenderá bien al hombre--inseparable del -poeta--y hallará que en ese mar tempestuoso primero, muerto después, hay -tesoros de perlas. Verlaine fué un hijo desdichado de Adán, en el que la -herencia paterna apareció con mayor fuerza que en los demás. De los tres -Enemigos, quien menos mal le hizo fué el Mundo. El Demonio le atacaba; -se defendía de él, como podía, con el escudo de la plegaria. La Carne -sí, fué invencible e implacable. Raras veces ha mordido cerebro humano -con más furia y ponzoña la serpiente del Sexo. Su cuerpo era la lira del -pecado. Era un eterno prisionero del deseo. Al andar, hubiera podido -buscarse en su huella, lo hendido del pie. Se extraña uno no ver sobre -su frente los dos cuernecillos, puesto que en sus ojos podían verse aún -pasar las visiones de las blancas ninfas, y en sus labios, antiguos -conocidos de la flauta, solía aparecer el rictus del egipán. Como el -sátiro de Hugo, hubiera dicho a la desnuda Venus, en el resplandor del -monte sagrado: «¡Viens nous en...!» Y ese carnal pagano aumentaba su -lujuria primitiva y natural a medida que acrecía su concepción católica -de la culpa. - -Mas ¿habéis leído unas bellas historias renovadas por Anatole France de -viejas narraciones hagiográficas, en las cuales hay sátiros que adoran a -Dios, y creen en su cielo y en sus santos, llegando en ocasiones hasta -ser santos sátiros? Tal me parece Pauvre Lelian, mitad cornudo flautista -de la selva, violador de hamadriadas, mitad asceta del Señor, eremita -que, extático, canta sus salmos. El cuerpo velloso sufre la tiranía de -la sangre, la voluntad imperiosa de los nervios, la llama de la -primavera, la afrodisia de la libre y fecunda montaña; el espíritu se -consagra a la alabanza del Padre, del Hijo, del Santo Espíritu, y, sobre -todo, de la maternal y casta Virgen; de modo que al dar la tentación su -clarinada, el espíritu ciego, no mira, queda como en sopor, al son de la -fanfarria carnal; pero tan luego como el sátiro vuelve del boscaje y el -alma recobra su imperio y mira a la altura de Dios, la pena es profunda, -el salmo brota. Así, hasta que vuelve a verse pasar a través de las -hojas del bosque, la cadera de Kalixto... - -Cuando el Dr. Nordau publicó la obra célebre digna del Dr. Triboulat -Bonhoment, «Entartung», la figura de Verlaine, casi desconocida para la -generalidad--y en la generalidad pongo a muchos de la _élite_ en otros -sentidos--surgió por la primera vez, en el más curiosamente abominable -de los retratos. El poeta de «Sagesse» estaba señalado como uno de los -más patentes casos demostrativos de la afirmación pseudocientífica de -que los modos estéticos contemporáneos son formas de descomposición -intelectual. Muchos fueron los atacados: se defendieron algunos. Hasta -el cabalístico Mallarmé descendió de su trípode para demostrar el escaso -intelectualismo del profesor austro alemán, en su conferencia sobre la -Música y la Literatura dada en Londres. Pauvre Lelian no se defendió a -sí mismo. Comentaría cuando más el caso con algunos ¡dam! en el François -I o en el D’Harcout. Varios amigos discípulos le defendieron; entre -todos con vigor y maestría lo hizo Charles Tennib, y su hermoso y -justificado ímpetu correspondió a la presentación del «caso» por Max -Nordau: - -«Tenemos ante nosotros la figura bien neta del jefe más famoso de los -simbolistas. Vemos un espantoso degenerado, de cráneo asimétrico y -rostro mongoloide, un vagabundo impulsivo, un dipsómano... un erótico... -un soñador emotivo, débil de espíritu, que lucha dolorosamente contra -sus malos instintos y encuentra a veces en su angustia conmovedores -acentos de queja, un místico cuya conciencia humosa está llena de -representaciones de Dios y de los santos; y un viejo chocho, etc.» - -En verdad que los clamores de ese generoso De Amicis contra la ciencia -que acaba de descuartizar a Leopardi después de denventrar al Tasso, -son muy justos, e insuficientemente iracundos. - -En la vida de Verlaine hay una nebulosa leyenda que ha hecho crecer una -verde pradera en que ha pastado a su placer el «pan-muflisme.» No me -detendré en tales miserias. En estas líneas escritas al vuelo, y en el -momento de la impresión causada por su muerte, no puedo ser tan extenso -como quisiera. - -De la obra de Verlaine, ¿qué decir? El ha sido el más grande de los -poetas de este siglo. Su obra está esparcida sobre la faz del mundo. -Suele ya ser vergonzoso para los escritores apteros oficiales, no citar -de cuando en cuando, siquiera sea para censurar sordamente, a Paul -Verlaine. En Suecia y Noruega los jóvenes amigos de Jonas Lee, propagan -la influencia artística del maestro. En Inglaterra, a donde iba a dar -conferencias, gracias a los escritores nuevos, como Symons, y los -colaboradores del Yellow Book, el nombre ilustre se impone; la New -Rewiew daba sus versos en francés. En los Estados Unidos antes de -publicarse el conocido estudio de Symons en el «Harpers’s»--«The -decadent movement in literature»--la fama del poeta era conocida. En -Italia, D’Annunzio reconoce en él a uno de los maestros que le ayudaran -a subir a la gloria; Vittorio Pica y los jóvenes artistas de la Tavola -Rotonda exponen sus doctrinas; en Holanda la nueva generación -literaria--nótese un estudio de Werwey--le saludan en su alto puesto; en -España es casi desconocido y serálo por mucho tiempo: solamente el -talento de Clarín creo que lo tuvo en alta estima; en lengua española no -se ha escrito aún nada digno de Verlaine; apenas lo publicado por Gómez -Carrillo; pues las impresiones y notas de Bonafoux y Eduardo Pardo, son -ligerísimas. - -Vayan, pues, estas líneas, como ofrenda del momento. Otra será la -ocasión en que consagre al gran Verlaine el estudio que merece. Por hoy, -no cabe el análisis de su obra. - -«Esta pata enferma me hace sufrir un poco: me proporciona, en cambio, -más comodidad que mis versos, que me han hecho sufrir tanto! Si no fuese -por el reumatismo yo no podría vivir de mis rentas. Estando bueno, no lo -admiten a uno en el hospital.» - -Esas palabras pintan al hermano trágico de Villón. - -No era mala, estaba enferma su _animula_, _blandula_, _vagula_... ¡Dios -la haya acogido en el cielo como en un hospital! - -[imagen] - -[imagen: EL CONDE MATÍAS AUGUSTO DE VILLIERS DE L’ISLE ADAM] - -[imagen] - - - - -EL CONDE MATÍAS AUGUSTO DE VILLIERS DE L’ISLE ADAM - - ¡VA OULTRE! - (Divisa de los Villiers de L’Isle Adam.) - - -«Este era un rey...» Así, como en los cuentos azules, hubiera debido -empezar la historia del monarca _raté_, pero prodigioso poeta, que fué -en esta vida el conde Matías Felipe Augusto de Villiers de l’Isle Adam. -Puédese construir este fragmento de historia ideal: «Por aquel -tiempo--fué a mediados del indecoroso siglo XIX,--el país de Grecia vió -renacer su esplendor. Un príncipe semejante a los príncipes antiguos, se -coronó en Atenas, y brilló como un astro real. Era descendiente de los -caballeros de Malta; había en él algo del príncipe Hamlet y mucho del -rey Apolo; hacía anunciar su paso con trompetas de plata; recorría los -campos en carrozas heroicas, tiradas por cuadrillas de caballos blancos; -echó de su reino a todos los ciudadanos de los Estados Unidos de Norte -América; pensionó magníficamente a pintores, escultores y rimadores, de -modo que las abejas áticas se despertaban a un sonido de cinceles y de -liras; pobló de estatuas los bosques; hizo volver a los ojos de los -pastores la visión de las ninfas y de las diosas; recibió la visita de -un soberano soñador que se llamaba Luis de Baviera, señor hermoso como -Lohengrin, y a quien amaba Loreley y vivía junto a un lago azul nevado -de cisnes; llevó a Wagner a la harmoniosa tierra del Olimpo, de modo que -el bello sol griego puso su aureola de oro en la divina frente de -Euforión; envió embajadas a los países de Oriente y cerró las puertas -del reino a los bárbaros occidentales; volvió gracias a él la gloria de -las musas; y cuando murió no se supo si fué un águila o un unicornio -quien llevó su cuerpo a un lugar misterioso.» - -Pero la suerte, ¡oh, sire, oh excelso poeta! no quiso que se realizase -ese adorable sueño, en este tiempo que ha podido envolver en la más alta -apoteosis la abominable figura de un Franklin! - -Villiers de l’Isle Adam es un sér raro entre los raros. Todos los que le -conocieron conservan de él la impresión de un personaje extraordinario. - -A los ojos del hermético y fastuoso Mallarmé es un tipo de ilusión, un -solitario,--como las más bellas piedras y las más santas almas:--además, -en todo y por todo, un rey; un rey absurdo si queréis, poético, -fantástico; pero un rey. Luego un genio. «El joven más magníficamente -dotado de su generación», escribe Henry Laujol. Mendés exclama a -propósito de Villiers, en 1884: - -«¡Desgraciados los semidioses! Están demasiado lejos de nosotros para -que les amemos como hermanos y demasiado cerca para que les adoremos -como a maestros.» El tipo del semi-genio, descripto por el poeta de -«Panteleia», es verdadero. Más de una vez habréis pensado en ciertos -espíritus que hubieran podido ser, como una chispa más del fuego celeste -con que Dios forma los genios, genios completos, genios totales; pero -que, águilas de cortas alas, ni pueden llegar a la suprema altura, como -los condores, ni revolar en el bosque, como los ruiseñores. - -Van más allá del talento los semi-genios; pero no tienen voz para decir, -como en la página de Hugo, a las puertas de lo infinito: «Abrid; yo soy -el Dante.» Por lo tanto flotan aislados sin poder subir a las fortalezas -titánicas de Shakespeare, ni acogerse a los kioscos floridos de Gautier. -Y son desgraciados. - -Hoy, ya publicada toda la obra de Villiers de l’Isle Adam, no hay casi -vacilación alguna en poder saludarle entre los espíritus augustos y -superiores. Si genio es el que crea, y el que ahonda más en lo divino y -misterioso, Villiers fué genio. - -Nació para triunfar y murió sin ver su triunfo; descendiente de -nobilísima familia, vivió pobre, casi miserable; aristócrata por sangre, -arte y gustos, tuvo que frecuentar medios impropios de su delicadeza y -realeza. Bien hizo Verlaine en incluirle entre sus poetas Malditos. -Aquel orgulloso, del más justo orgullo; aquel artista que escribía: -¿«Qué nos importa la justicia? Quien al nacer no trae en su pecho su -propia gloria no conocerá nunca la significación real de esa -palabra»,--hizo su peregrinación por la tierra acompañado del -sufrimiento, y fué un maldito. - -Según Verlaine, y sobre todo, según su biógrafo y primo R. du Pontavice -de Heussey, comenzó por escribir versos. Despertó a la poesía en la -campaña bretona, donde, como Poe, tuvo un amor desgraciado, una ilusión -dulce y pura que se llevó la muerte. Es de notarse que casi todos los -grandes poetas han sufrido el mismo dolor: de aquí esa bella -constelación de divinas difuntas que brillan milagrosamente en el cielo -del arte, y que se llaman Beatrice, Lady Rowena de Tremain; y la dama -sublime que hizo vibrar con melodiosa tristeza el laud de Dante Gabriel -Rossetti. Villiers a los diecisiete años, cantaba ya: - - ¡Oh! vous souvenez vous, forêt délicieuse, - de la jolie enfant qui passait gracieuse, - souriant simplement au ciel, à l’avenir, - se perdant avec moi dans ces vertes allées? - ¡Eh bien! parmi les lis de vos sombres vallées - vous ne la verrez plus venir. - -Villiers no volvió a amar con el fuego de sus primeros años; esa casi -infantil pasión, fué la más grande de su vida. - -Advierte Gautier, al hablar en sus «Grotesques», de Chapelain, cómo la -familia de éste, contrariando el natural horror que los padres tienen -por la carrera literaria, se propuso dedicarle a la poesía. El resultado -fué dotar a las letras francesas de un excelente mal poeta. No fué así -por cierto el caso de Villiers. Sus padres le alentaron en sus luchas de -artista; desde los primeros años; por ley atávica existía en toda esa -familia el sentimiento de las grandezas y la confianza en todas las -victorias. Jamás dejaron de tener esperanza los buenos viejos,--principalmente -ese soberbio marqués, buscador de tesoros,--en que la cabeza de su -Matías estaba destinada para la corona, ya fuese la de los reyes, o la -verde y fresca de laurel. Si apenas logró entrever ésta en los últimos -días de su existencia,--a punto de que Verlaine le llamase «tres -glorieux»--la de crucificado del arte llevó siempre clavada, el infeliz -soñador. - -Cuando Villiers llegó a París era el tiempo en que surgía el alba del -Parnaso. Entre todos aquellos brillantes luchadores su llegada causó -asombro. Coppée, Dierx, Heredia, Verlaine, le saludaron como a un -triunfante capitán. Mallarmé dice: «¡Un genio!» Así lo comprendimos -nosotros. El genio se reveló desde las primeras poesías, publicadas en -un volumen dedicado al conde Alfred de Vigny. Luego, en la «Revue -Fantaisiste» que dirigía Catulle Mendés, dió vida al personaje más -sorprendente que haya animado la literatura de este siglo: el Dr. -Tribulat Bonhomet. Solamente un soplo de Shakespeare hubiera podido -hacer vivir, respirar, obrar de ese modo, al tipo estupendo que encarna -nuestro incomparable tiempo. - -El Dr. Tribulat Bonhomet, es una especie de Don Quijote trágico y -maligno, perseguidor de la Dulcinea del utilitarismo y cuya figura está -pintada de tal manera, que hace temblar. La influencia misteriosa y -honda de Poe ha prevalecido, es innegable, en la creación del personaje. - -Oigamos a Huyssmans: habla de Des Esseintes: «Entonces se dirigía a -Villiers de l’Isle Adam, en cuya obra esparcida notaba observaciones aún -sediciosas, vibraciones aún espamóticas; pero que ya no dardeaban--a -excepción de su Claire Lenoir, al menos--un horror tan espantable...» - -La historia de «discréte et scientifique personne, dame veuve Claire -Lenoir», que es la misma en que aparece el Dr. Bonhomet, tiene páginas -en que se cree ver un punto más allá de lo desconocido. - -Shakespeare y Poe han producido semejantes relámpagos, que medio -iluminan, siquiera sea por un instante, las tinieblas de la muerte, el -obscuro reino de lo sobrenatural. Este impulso hacia lo arcano de la -vida persiste en obras posteriores, como los «Cuentos crueles», los -«Nuevos cuentos crueles», «Isis» y una de las novelas más originales y -fuertes que se hayan escrito: «La Eva futura.» Espiritualista -convencido, el autor, apoyado en Hegel y en Kant, volaba por el orbe de -las posibilidades, teniendo a su servicio la razón práctica, mientras -tomaba fuerza para ascender y asir de su túnica impalpable a Psiquis. -Tullia Fabriana, primera parte de «Isis», acusa en Villiers, a los ojos -de la crítica exigente, exageración romántica. - -A esto no habría que decir sino que Tullia Fabriana fué el «Han de -Islandia» de Villiers de l’Isle Adam. - -Su vida es otra novela, otro cuento, otro poema. De ella veamos, por -ejemplo, la leyenda del rey de Grecia, apoyados en las narraciones de -Laujol, Verlaine y B. Pontavice de Heussey. Dice el último: «En el año -de gracia de 1863, en la época en que el gobierno imperial irradiaba con -su más fulgurante brillo, faltaba un rey al pueblo de los helenos. Las -grandes potencias que protegían a la heroica y pequeña nación a que -Byron sacrificó su vida, Francia, Rusia, Inglaterra, se pusieron a -buscar un joven tirano constitucional para darlo a su protegida. -Napoleón III tenía en esta época voz preponderante en los congresos, y -se preguntaban con ansiedad si él presentaría un candidato y si éste -sería francés. En fin, los diarios aparecían llenos de decires y -comentarios sobre ese asunto palpitante: la cuestión griega estaba a la -orden del día. Los noticieros podían sin temor dar rienda suelta a la -imaginación, pues mientras que las otras naciones parecían haber -definitivamente escogido al hijo del rey de Dinamarca--el emperador, tan -justamente llamado «el príncipe taciturno» por su amigo de días -sombríos, Carlos Dickens, el emperador, digo, continuaba callado y -haciendo guardar su decisión. Así estaban las cosas, cuando una mañana -de principios de Marzo, el gran marqués (habla del padre de Villiers) -entra como huracán en el triste salón de la calle Saint-Honoré, -blandiendo un diario sobre su cabeza y en un indescriptible estado de -exaltación que pronto compartió toda la familia. He aquí en efecto la -extraña noticia que publicaban esa mañana muchas hojas parisienses: -«Sabemos de fuente autorizada que una nueva candidatura al trono de -Grecia acaba de brotar. El candidato esta vez es un gran señor francés, -muy conocido de todo París: el conde Matías Augusto de Villiers de -l’Isle Adam, último descendiente de la augusta línea que ha producido al -heroico defensor de Rodas y al primer gran maestre de Malta. En la -última recepción íntima del emperador, habiéndole a éste preguntado uno -de sus familiares sobre el éxito que pudiera tener esta candidatura, su -majestad ha sonreído de una manera enigmática. Todos nuestros votos al -nuevo aspirante a rey.» «Los que me han seguido hasta aquí se figurarán -seguramente el efecto que debió producir en imaginaciones como las de la -familia de Villiers semejante lectura, etc., etc.» Hasta aquí Pontevice. -Sea, pase que haya habido en la noticia antes copiada, engaño o broma de -algún mistificador; pero es el caso que en las Tullerías se le concedió -una audiencia al flamante pretendiente, para tratar del asunto en -cuestión. He allí que bien trajeado--¡no, ah, con el manto, ni la -ropilla, o la armadura de sus abuelos!--fué recibido el conde en el -palacio real, por el duque de Bassano. Villiers vivía en el mundo de sus -ensueños, y cualquier monarca moderno hubiera sido un buen burgués -delante de él, a excepción de Luis de Baviera, el loco. Matías I, el -poeta, desconcertó con sus rarezas al chambelán imperial; creyó ser -víctima de ocultos enemigos, pensó una tragedia shakespeariana en pocos -minutos; no quiso hablar sino con el emperador. «Il vous faudra done -prendre la peine de venir une autre fois, monsieur le comte, dis le duc -en se levant; sa majesté était occupée et m’avait chargé de vous -recevoir[8].» Así concluyó la pretensión al trono de Grecia, y los -griegos perdieron la oportunidad de ver resucitar los tiempos de -Píndaro, bajo el poder de un rey lírico que hubiera tenido un verdadero -cetro, una verdadera corona, un verdadero manto; y que desterrando las -abominaciones occidentales--paraguas, sombrero de pelo, periódicos, -constituciones, etc.,--la Civilización y el Progreso, con mayúsculas, -haría florecer los viejos bosques fabulosos, y celebrar el triunfo de -Homero, en templos de mármol, bajo los vuelos de las palomas y de las -abejas, y al mágico son de las ilustres cigarras. - -Hay otras páginas admirables en la vida de este magnífico desgraciado. -Los comienzos de su vida literaria los han descripto afectuosamente y -elogiosamente, Coppée, Mendés, Verlaine, Mallarmé, Laujol; los últimos -momentos de su vida, nadie los ha pintado como el admirable Huyssmans. -El asunto del progreso con motivo de «Perrinet Lecrerc», drama histórico -de Lockroy y Anicet Bourgeois, dió cierto relieve al nombre de Villiers; -pues únicamente una alma como la suya hubiera intentado, con todo el -fuego de su entusiasmo, salir a la defensa de un tan antiguo antepasado -como el mariscal Jean de l’Isle Adam, difamado en la pieza dramática -antes nombrada. Después el duelo con el otro Villiers militar, que -desdeñándole antes, al llegar el momento del combate, le abraza y -reconoce su nobleza. - -Algunas anécdotas y algunas palabras de Coppée: - -Se refiere a la llegada de Villiers al cenáculo parnasiano: «Súbitamente -en la asamblea de poetas un grito jovial fué lanzado por todos: -¡Villiers! ¡Es Villiers! Y de repente un joven de ojos azul pálido, -piernas vacilantes, mordiendo un cigarro, moviendo con gesto capital su -cabellera desordenada y retorciendo su corto bigote rubio, entra con -aire turbado, distribuye apretones de mano distraídos, ve el piano -abierto, se sienta, y, crispados sus dedos sobre el teclado, canta con -voz que tiembla, pero cuyo acento mágico y profundo jamás olvidará -ninguno de nosotros, una melodía que acaba de improvisar en la calle, -una vaga y misteriosa melopea que acompañaba duplicando la impresión -turbadora, el bello soneto de Beaudelaire: - - Nous aurons des lits pleins d’odeurs légers. - Des divans profonds comme des tombeaux, etc. - -Después, cuando todo el mundo está encantado, el cantor, mascullando las -últimas notas de su melodía, se interrumpe bruscamente, se levanta, se -aleja del piano, va como a ocultarse a un rincón del cuarto, y -enrollando otro cigarrillo, lanza a su auditorio estupefacto un vistazo -desconfiado y circular, una mirada de Hamlet a los pies de Ofelia, en la -representación del asesinato de Gonzaga. Tal se nos apareció, hace diez -y ocho años en las amistosas reuniones de la rue de Douai, en casa de -Catulle Mendés, el conde Auguste Villiers de l’Isle Adam.» - -El año de 1875 se promovió un concurso en París, para premiar con una -fuerte suma y una medalla, «al autor dramático francés que en una obra -de cuatro o cinco actos, recordara más poderosamente el episodio de la -proclamación de la independencia de los Estados Unidos, cuyo centésimo -aniversario caía en 4 de julio de 1876.» El tema habría regocijado al -Dr. Tribulat Bohomet. Villiers se decidió a optar al premio y a la -medalla. - -El jurado estaba compuesto de críticos de los diarios, de Augier, -Feuillet, Legouvé, Grenville, Murray, del «Herald» de New York, Perrin -y, como presidente de honor, Víctor Hugo. El conde Matías creó una obra -ideal en un terreno prosaico y difícil. - -No lo hubiera hecho de distinto modo el autor de los «Cuentos -extraordinarios.» En resumen, y, naturalmente, no se ganó el premio. - -Furioso, fulminante, se dirigió nada menos que a casa del dios Hugo, que -en aquellos días estaba en la época más resplandeciente y autocrática de -su imperio. Entró y lanzó sus protestas a la faz del César literario, a -quien llegó a acusar de deslealtad, y a cuya chochez aludió. - -Un señor había allí entre los príncipes de la corte, que se encaró con -Villiers y le arrojó esta frase: «¡La probidad no tiene edad, señor!» - -Villiers le midió con una vaga mirada, y muy dulcemente respondió al -viejo: «Y la tontería tampoco, señor[9].» - -Cuando Drumont hizo estallar su primer torpedo antisemita, con la -publicación de la _France juive_, los poderosos israelitas de París -buscaron un escritor que pudiese contestar victoriosamente la obra -formidable del panfletista. Alguien indicó a Villiers, cuya pobreza era -conocida; y se creyó comprar su limpia conciencia, y su pluma. -Enviáronle con este objeto un comisionado, sujeto de verbo y elegancia, -comerciante y hombre de mundo. Este penetró a la humilde habitación del -poeta insigne, le babeó sus adulaciones mejor hiladas, le puso sobre el -techo de la sinagoga, le expuso las injusticias persistentes e -implacables del rabioso Drumont y, por último, suplicó al descendiente -del defensor de Rodas, dijese cuál era el precio de sus escritos, pues -éste sería pagado en buenos luises de oro inmediatamente. Quizá no -habría comido Villiers ese día en que dió esta incomparable respuesta: -«¿Mi precio, señor? No ha cambiado desde Nuestro Señor Jesucristo: -¡treinta dineros!» - -A Anatole France, cuando llegó un día a pedirle datos sobre sus -antepasados: - -«--¡Cómo! ¡queréis que os hable del ilustre gran maestre y del célebre -mariscal, mis antepasados, así no más, en pleno sol y a las diez de la -mañana!» - -En la mesa del pretendido delfín de Francia Naundorff, con motivo de un -rasgo de soberbia y de desprecio que tuvo aquél para con un buen -servidor, el conde de F... y en momentos en que este pobre anciano se -retiraba llorando avergonzado: - -«--Sire, bebo por vuestra majestad. Vuestros títulos son decididamente -indiscutibles. ¡Tenéis la ingratitud de un rey!» - -En sus últimos días, a un amigo: - -«--¡Mi carne está ya madura para la tumba!» - -Y como estas, innumerables frases, arranques, originalidades que -llenarían un volumen. - -Su obra genial forma un hermoso zodiaco, impenetrable para la mayoría: -resplandeciente y lleno de los prestigios de la iniciación, para los -que pueden colocarse bajo su círculo de maravillosa luz. En los «Cuentos -crueles», libro que con justicia Mendés califica de «libro -extraordinario», Poe y Swift aplauden. - -El dolor misterioso y profundo se os muestra, ya con una indescriptible, -falsa y penosa sonrisa, ya al húmedo brillo de las lágrimas. Pocos han -reído tan amargamente como Villiers. «Le Nouveau Monde», ese drama -confuso en el cual cruza como una creación fantástica la -protagonista--obra ante la cual Maeterlink debe inclinarse, pues si hay -hoy, drama simbolista, quien dió la nota inicial fué Villiers--, «Le -Nouveau Monde», digo, aunque difícilmente representable, queda como una -de las manifestaciones más poderosas de la moderna dramática. El -esfuerzo estético principal consiste a mi modo de ver, en la -presentación de un personaje como mistress Andrews--en el medio -norteamericano, de suyo refractario a la verdadera poesía--, tipo -rodeado de una bruma legendaria, hasta convertirse en una figura -vaporosa, encantada y poética. A Edilh Evandale sonríen cariñosa y -fraternalmente las heroínas de las baladas sajonas. La Eva Futura no -tiene precedente ninguno; es obra cósmica y única; obra de sabio y de -poeta; obra de la cual no puede hablarse en pocas palabras. Sea -suficiente decir que pudieran en su frontispicio grabarse, como un -símbolo, la Esfinge y la Quimera; que la andreida creada por Villiers no -admite comparación alguna, a no ser que sea con la Eva del Eterno Padre; -y que al acabar de leer la última página, os sentís conmovidos, pues -creéis escuchar algo de lo que murmura la Boca de Sombra. Cuando Edison -estuvo en París en 1889, alguien le hizo conocer esa novela en que el -Brujo es el principal protagonista. El inventor del fonógrafo quedó -sorprendido. «He aquí dijo, un hombre que me supera: ¡yo invento; él -crea!» «Ellen» y «Morgane», dramas. La fantasía despliega sus juegos de -colores, sus irisados abanicos. «Akedysseril», la India con sus -prestigios y visiones; coros de guerreras y guerreros, el himno de -Iadnour-Veda y la palabra de la felicidad; evocaciones de antiguos -cultos y de liturgias suntuosas y bárbaras; sacrificios y plegarias; un -poema de Oriente, en el cual la reina Akedysseril aparece, hierática y -suprema, vencedora en su esplendorosa majestad. - -No cabría en los límites de este artículo una completa reseña de las -obras de Villiers; pero es imposible dejar de recordar a «Axel», el -drama que acaba de presentarse en París, gracias a los esfuerzos de una -noble y valiente escritora: Madame Tola Doirán. - -«Axel», es la victoria del deseo sobre el hecho; del amor ideal sobre la -posesión. Llégase hasta renegar--según la frase de Janus--de la -naturaleza, para realizar la ascensión hacia el espíritu absoluto. Axel -como Lohengrin, es casto; fin de esa pasión ardorosa y pura, no puede -tener más desenlace que la muerte. - -Ese poema dramático, escrito en un luminoso, diamantino lenguaje, -representado por excelentes artistas, y aplaudido por una muchedumbre de -admiradores de poetas, de oyentes escogidos--sin que dejase de haber, -según las crónicas, gentes «malfilatres», como diría el inmortal -maestro,--hubiera sido para él conquista soberana en vida. ¡Mas quien -fué tan desventurado, no tuvo ni esa realización de uno de sus más -fervientes deseos, en tiempos en que se ponía los pantalones de su primo -y tomaba por todo alimento diario una taza de caldo! - -En 1889, en el establecimiento de los hermanos de San Juan de Dios, de -París, el conde Matías Augusto de Villiers de l’Isle Adam, descendiente -de los señores de Villiers de l’Isle Adam, de Chailly, originarios de la -Isla de Francia; quien tuvo entre sus antepasados a Pedro, gran maestre -y porta-oriflama de Francia; a Felipe gran maestre de la orden de Malta -y defensor de la isla de Rodas en el sitio impuesto por la fuerza de -Solimán; y a Francisco, marqués, «gran louvetier de France» en 1550; se -unía, en matrimonio, en el lecho de muerte, a una pobre muchacha inculta -con la cual había tenido un hijo. El reverendo padre Silvestre, que -había ayudado a bien morir a Barbey d’Aurevilly, casó al conde con su -humilde y antigua querida, la cual le había amado y servido con -adoración en sus horas amargas de enfermo y de pobre;--y el mismo fraile -preparóle para el eterno viaje. Luego, después de recibir los -sacramentos, rodeado de unos pocos amigos, entre los cuales Huyssmans, -Mallarmé y Dierx, entregó su alma a Dios el excelso poeta, el raro -artista, el rey, el soñador. Fué el 20 de Agosto de 1889. Sire, «¡Va -oultre!» - -[imagen] - -[imagen] - - - - -LEON BLOY - - Je suis escorté de quelqu’un qui me chuchote sans cesse que la vie - bien entendue doit être une continuelle persécution, tout vaillant - homme un persécuteur, et que c’est la seule manière d’être vraiment - poète. Persécuteur de soi-même, persécuteur du genre humain, - persécuteur de Dieu. Celui qui n’est pas cela, soit en acte, soit - en puissance, est indigne de respirer. - - León Bloy. (Prefacio de «Propos d’un entrepreneur de démolitions».) - - -Cuando William Ritter llama a León Bloy «el verdugo de la literatura -contemporánea», tiene razón. - -Monsieur de París vive sombrío, aislado, como en un ambiente de espanto -y de siniestra extrañeza. Hay quienes le tienen miedo; hay muchos que le -odian; todos evitan su contacto, cual si fuese un lazarino, un apestado; -la familiaridad con la muerte ha puesto en su sér algo de espectral y de -macabro; en esa vida lívida no florece una sola rosa. ¿Cuál es su -crimen? Ser el brazo de la justicia. Es el hombre que decapita por -mandato de la ley. León Bloy es el voluntario verdugo moral de esta -generación, el Monsieur de París de la literatura, el formidable e -inflexible ejecutor de los más crueles suplicios; él azota, quema, -raja, empala y decapita; tiene el knut y el cuchillo, el aceite -hirviente y el hacha: más que todo, es un monje de la Santa Inquisición, -o un profeta iracundo que castiga con el hierro y el fuego y ofrece a -Dios el chirrido de las carnes quemadas, las disciplinas sangrientas, -los huesos quebrantados, como un homenaje, como un holocausto. «¡Hijo -mío predilecto!» le diría Torquemada. - -Jamás veréis que se le cite en los diarios; la prensa parisiense, herida -por él, se ha pasado la palabra de aviso: «silencio.» - -Lo mejor es no ocuparse de ese loco furioso; no escribir su nombre, -relegar a ese vociferador al manicomio del olvido... Pero resulta que el -loco clama con una voz tan tremenda y tan sonora, que se hace oir como -un clarín de la Biblia. Sus libros se solicitan casi misteriosamente; -entre ciertas gentes su nombre es una mala palabra; los señalados -editores que publican sus obras, se lavan las manos; Tresse, al dar a -luz «Propos d’un entrepreneur de démolitions», se apresura a declarar -que León Bloy es un rebelde, y que si se hace cargo de su obra, «no -acepta de ninguna manera la solidaridad de esos juicios o de esas -apreciaciones, encerrándose en su estricto deber de editor y de -«marchand de curiosités litteraires.» - -León Bloy sigue adelante, cargado con su montaña de odios, sin inclinar -su frente una sola línea. Por su propia voluntad se ha consagrado a un -cruel sacerdocio. Clama sobre París como Isaías sobre Jerusalén: -«¡Príncipes de Sodoma, oid la palabra de Jehová; escuchad la ley de -nuestro Dios, pueblo de Gomorra!» Es ingenuo como un primitivo, áspero -como la verdad, robusto como un sano roble. Y ese hombre que desgarra -las entrañas de sus víctimas, ese salvaje, ese poseído de un deseo -llameante y colérico, tiene un inmenso fondo de dulzura, lleva en su -alma fuego de amor de la celeste hoguera de los serafines. No es de -estos tiempos. Si fuese cierto que las almas transmigran, diríase que -uno de aquellos fervorosos combatientes de las Cruzadas, o más bien, uno -de los predicadores antiguos que arengaban a los reyes y a los pueblos -corrompidos, se ha reencarnado en León Bloy, para venir a luchar por la -ley de Dios y por el ideal, en esta época en que se ha cometido el -asesinato del Entusiasmo y el envenenamiento del alma popular. El -desafía, desenmascara, injuria. Desnudo de deshonras y de vicios, en el -inmenso circo, armado de su fe, provoca, escupe, desjarreta, estrangula -las más temibles fieras: es el gladiador de Dios. Mas sus enemigos, los -«espadachines del Silencio», pueden decirle, gracias a la incomparable -vida actual: - - «los muertos que vos matáis, - gozan de buena salud.» - -¡Ah, desgraciadamente es la verdad! León Bloy ha rugido en el vacío. -Unas cuantas almas han respondido a sus clamores; pero mucho es que sus -propósitos de demoledor, de perseguidor, no le hayan conducido a un -verdadero martirio, bajo el poder de los Dioclecianos de la canalla -contemporánea. Decir la verdad es siempre peligroso, y gritarla de modo -tremendo como este inaudito campeón es condenarse al sacrificio -voluntario. El lo ha hecho; y tanto, que sus manos capaces de -desquijadar leones, se han ocupado en apretar el pescuezo de más de un -perrillo de cortesana. He dicho que la gran venganza ha sido el -silencio. Se ha querido aplastar con esa plancha de plomo al sublevado, -al raro, al que viene a turbar las alegrías carnavalescas con sus -imprecaciones y clarinadas. Por eso la crítica oficial ha dejado en la -sombra sus libros y sus folletos. De ellos quiero dar siquiera sea una -ligera idea. - -¡Este Isaías, o mejor, este Ezequiel, apareció en el «Chat Noir!» - -«Llego de tan lejos como de la luna, de un país absolutamente -impermeable a toda civilización como a toda literatura. He sido nutrido -en medio de bestias feroces, mejores que el hombre, y a ellas debo la -poca benignidad que se nota en mí. He vivido completamente desnudo hasta -estos últimos tiempos, y no he vestido decentemente sino hasta que entré -al «Chat Noir.»[10] Fué Rodolfo Salis, «le gentil homme cabaretier», -quien le ayudó a salir a flote en el revuelto mar parisiense. - -Escribió en el periódico del «cabaret» famoso, y desde sus primeros -artículos se destacaron su potente originalidad y su asombrosa bravura. -Entre las canciones de los cancioneros y los dibujos de Villete, -crepitaban los carbones encendidos de sus atroces censuras; esa crítica -no tenía precedentes; esos libelos resplandecían; ese bárbaro abofeteaba -con manopla de un hierro antiguo; jinete inaudito, en el caballo de -Saulo, dejaba un reguero de chispas sobre los guijarros de la polémica. -Sorprendió y asustó. Lo mejor, para algunos, fué tomarlo a risa. -¡Escribía en el «Chat Noir!» Pero llegó un día en que su talento se -demostró en el libro; el articulista «cabaretier» publicó «Le Revelateur -du Globe», y ese volumen tuvo un prólogo nada menos que de Barbey -d’Aurevilly. - -Sí, el condestable presentó al verdugo. El conde Roselly de Lorgues -había publicado su «Historia de Cristóbal Colón» como un homenaje; y al -mismo tiempo como una protesta por la indiferencia universal para con el -descubridor de América. Su obra no obtuvo el triunfo que merecía en el -público ébrio y sediento de libros de escándalo; en cambio, Pío IX la -tomó en cuenta y nombró a su autor postulante de la Causa de -Beatificación de Cristóbal Colón, cerca de la Sagrada Congregación de -los Ritos. La historia escrita por el conde Roselly de Lorgues y su -admiración por el «Revelador del Globo» inspiraron a León Bloy ese -libro que, como he dicho, fué apadrinado por el nobilísimo y admirable -Barbey d’Aurevilly. Barbey aplaudió al «obscuro», al olvidado de la -Crítica. Hay que advertir que León Bloy es católico, apostólico, romano -intransigente--, acerado y diamantino. Es indomable e inrayable: y en su -vida íntima no se le conoce la más ligera mancha ni sombra. Por tanto, -repito, estaba en la obscuridad, a pesar de sus polémicas. No había -nacido ni nacería el onagro con cuya piel pudiera hacer sonar su bombo -en honor del autor honrado, el periodismo prostituído. - -La fama no prefiere a los católicos. Hello y Barbey, han muerto en una -relativa obscuridad. Bloy, con hombros y puños, ha luchado por -sobresalir, ¡y apenas si lo ha logrado! En su «Revelador del Globo» -canta un himno a la Religión, celebra la virtud sobrenatural del -Navegante, ofrece a la iglesia del Cristo una palma de luz. Barbey se -entusiasmó, no le escatimó sus alabanzas, le proclamó el más osado y -verecundo de los escritores católicos, y le anunció el día de la -victoria, el premio de sus bregas. Le preconizó vencedor y famoso. No -fué profeta. Rara será la persona que, no digo entre nosotros, sino en -el mismo París, si le preguntáis: «¿Avez-vous la Baruch?» ¿ha leído -usted algo de León Bloy? responda afirmativamente. Está condenado por el -papado de lo mediocre: está puesto en el índice de la hipocresía social; -y, literariamente, tampoco cuenta con simpatías, ni logrará alcanzarlas, -sino en número bastante reducido. No pueden saborearle los asiduos -gustadores de los jarabes y vinos de la literatura a la moda, y menos -los comedores de pan sin sal, los porosos fabricantes de crítica -exegética, cloróticos de estilo, raquíticos o cacoquimios. ¡Cómo alzará -las manos, lleno de espanto, el rebaño de afeminados, al oir los truenos -de Bloy, sus fulminantes escatalogias, sus «cargas» proféticas y el -estallido de sus bombas de dinamita fecal! - -Si el «Revelador del Globo» tuvo muy pocos lectores, los «Propos», con -el atractivo de la injuria circularon aquí, allá; la prensa, -naturalmente, ni media palabra. Aquí se declara Bloy el perseguidor y el -combatiente. Vese en él una ansia de pugilato, un gozo de correr a la -campaña semejante al del caballo bíblico, que relincha al oir el son de -las trompetas. Es poeta y es héroe y pone al lado del peligro su fuerte -pecho. El escucha una voz sobrenatural que le impulsa al combate. Como -San Macario Romano, vive acompañado de leones, mas son los suyos fieros -y sanguinarios y los arroja sobre aquello que su cólera señala. - -Este artista--porque Bloy es un grande artista--se lamenta de la pérdida -del entusiasmo, de la frialdad de estos tiempos para con todo aquello -que por el cultivo del ideal o los resplandores de la fe nos pueda -salvar de la banalidad y sequedad contemporánea. Nuestros padres eran -mejores que nosotros, tenían entusiasmo por algo; buenos burgueses de -1830, valían mil veces más que nosotros. Foy, Beranger, la Libertad, -Víctor Hugo, eran motivos de lucha, dioses de la religión del -Entusiasmo. Se tenía fe, entusiasmo por alguna cosa. Hoy es el -indiferentismo como una anquilosis moral; no se piensa con ardor en -nada, no se aspira con alma y vida a ideal alguno. Eso poco más o menos -piensa el nostálgico de los tiempos pasados, que fueron mejores. - -Una de las primeras víctimas de «Propos» elegida por el Sacrificador, es -un hermano suyo en creencias, un católico que ha tenido en este siglo la -preponderancia de guerrero oficial de la Iglesia, por decir así, Luis -Veuillot. A los veintidós días de muerto el redactor de «L’Univers», -publicó Bloy en la «Nouvelle Revue» una formidable oración fúnebre, una -severísima apreciación sobre el periodista mimado de la curia. -Naturalmente, los católicos inofensivos protestaron, y el innumerable -grupo de partidarios del célebre difunto señaló aquella producción como -digna de reproches y excomuniones. Bloy no faltó a la caridad--virtud -real e imperial en la tierra y en el cielo--; lo que hizo fué descubrir -lo censurable de un hombre que había sido elevado a altura inconcebible -por el espíritu de partido, y endiosado a tal punto que apagó con sus -aureolas artificiales los rayos de astros verdaderos como los Hello y -Barbey. Bloy no quiere, no puede permanecer con los labios cerrados -delante de la injusticia; señaló al orgulloso, hizo resaltar una vez más -la carneril estupidez de la Opinión--esfinge con cabeza de asno, que -dice Pascal--, y demostró las flaquezas, hinchazones, ignorancias, -vanidades, injusticias y aun villanías del celebrado y triunfante autor -del «Perfume de Roma.» Si a los de su gremio trata implacable León Bloy, -con los declarados enemigos es dantesco en sus suplicios; a Renán ¡al -gran Renán! le empala sobre el bastón de la pedantería; a Zola le sofoca -en un ambiente sulfídrico. Grandes, medianos y pequeños son medidos con -igual rasero. Todo lo que halla al alcance de su flecha, lo ataca ese -sagitario del moderno Bajo Imperio social e intelectual. Poctevin, a -quien él con clara injusticia llama «un monsieur Francis Poctevin», -sufre un furibundo vapuleo; Alejandro Dumas padre es el «hijo mayor de -Caín»; a Nicolardet le revuelca y golpea a puntapiés; con Richepin es de -una crueldad horrible; con Jules Vallés despreciativo e insultante; -flagela a Willette, a quien había alabado, porque prostituyó su talento -en un dibujo sacrílego; no es miel la que ofrece a Coquelin Cadet; al -padre Didon le presenta grotesco y malo; a Catulle Mendés... ¡qué -pintura la que hace de Mendés!; con motivo de una estatua de Coligny, -recordando «La cólera del Bronce», de Hugo, en su prosa renueva la -protesta del bronce colérico... azota a Flor O’Squarr, novelista -anticlerical; la fracmasonería recibe un aguacero de fuego. Hay -alabanzas a Barbey, a Rollinat, a Godeau, a muy pocos. Bloy tiene el -elogio difícil. De «Propos» dice con justicia uno de los pocos -escritores que se hayan ocupado de Bloy, que son el testamento de un -desesperado, y que después de escribir ese libro, no habría otro camino, -para su autor, si no fuese católico, que el del suicidio. No hay en León -Bloy injusticia sino exceso de celo. Se ha consagrado a aplicar a la -sociedad actual los cauterios de su palabra nerviosa e indignada. Donde -quiera que encuentra la enfermedad la denuncia. Cuando fundó «Le Pal», -despedazó como nunca. En este periódico que no alcanzó sino a cuatro -números, desfilaban los nombres más conocidos de Francia bajo una -tempestad de epítetos corrosivos, de frases mordientes, de revelaciones -aplastadoras. El lenguaje era una mezcla de deslumbrantes metáforas y -bajas groserías, verbos impuros y adjetivos estercolarios. Como a todos -los grandes castos, a León Bloy le persiguen las imágenes carnales; y a -semejanza de poetas y videntes como Dante y Ezequiel, levanta las -palabras más indignas e impronunciables y las engasta en sus metálicos y -deslumbrantes períodos. - -«Le Pal» es hoy una curiosidad bibliográfica, y la muestra más flagrante -de la fuerza rabiosa del primero de los «panfletistas» de este siglo. - -Llegamos a «El Desesperado», que es a mi entender la obra maestra de -León Bloy. Más aun: juzgo que ese libro encierra una dolorosa -autobiografía. «El Desesperado» es el autor mismo, y grita denostando y -maldiciendo con toda la fuerza de su desesperación. - -En esa novela, a través de pseudónimos transparentes y de nombres -fonéticamente semejantes a los de los tipos originales, se ven pasar las -figuras de los principales favoritos de la Gloria literaria actual, -desnudos, con sus lunares, cicatrices, lacras y jorobas. Marchenoir, el -protagonista, es una creación sombría y hermosa al lado de la cual -aparecen los condenados por el inflexible demoledor, como cadena de -presidiarios. Esos galeotes tienen nombres ilustres: se llaman Paul -Bourget, Sarcey, Daudet, Catulle Mendés, Armand Silvestre, Jean -Richepin, Bergerat, Jules Vallés, Wolff, Bounetain y otros, y otros. -Nunca la furia escrita ha tenido explosión igual. - -Para Bloy no hay vocablo que no pueda emplearse. Brotan de sus prosas -emanaciones asfixiantes, gases ahogadores. Pensaríase que pide a -Ezequiel una parte de su plato, en la plaza pública... Y en medio de tan -profunda rabia y ferocidad indomable, ¡cómo tiembla en los ojos del -monstruo la humedad divina de las lágrimas; cómo ama el loco a los -pequeños y humildes; cómo dentro del cuerpo del oso arde el corazón de -Francisco de Asis! Su compasión envuelve a todo caído, desde Caín hasta -Bazaine. - -Esa pobre prostituta que se arrepiente de su vida infame y vive con -Marchenoir, como pudiera vivir María Egipciaca con el monje Zózimo, en -amor divino y plegaria, supera a todas las Magdalenas. No puede pintarse -el arrepentimiento con mayor grandeza y León Bloy, que trata con hondo -afecto la figura de la desgraciada, en vez de escribir obra de novelista -ha escrito obra de hagiografo, igualando en su empresa, por fervor y -luces espirituales, a un Evagrio del Ponto, a un San Atanasio, a un Fra -Domenico Cavalca. Su arrepentida es una santa y una mártir: jamás del -estiércol pudiera brotar flor más digna del paraíso. Y Marchenoir es la -representación de la inmortal virtud, de la honradez eterna, en medio de -las abominaciones y de los pecados; es Lot en Sodoma. «El desesperado» -como obra literaria encierra, fuera del mérito de la novela, dos partes -magistrales: una monografía sobre la Cartuja, y un estudio sobre el -Simbolismo en la historia, que Charles Morice califica de «único», muy -justamente. - -«Un brelan d’excomunniés», tríptico soberbio, las imágenes de tres -excomulgados: Barbey d’Aurevilly, Ernest Hello, Paul Verlaine: «El Niño -terrible», «El Loco» y «El Leproso.» ¿No existe en el mismo Bloy un algo -de cada uno de ellos? El nos presenta a esos tres seres prodigiosos; -Barbey, el dandy gentilhombre, a quien se llamó el duque de Guisa de la -literatura, el escritor feudal que ponía encajes y galones a su vestido -y a su estilo, y que por noble y grande hubiera podido beber en el vaso -de Carlomagno; Hello, que poseyó el verbo de los profetas y la ciencia -de los doctores; Verlaine, Pauvre Lelian, el desventurado, el caído, -pero también el harmonioso místico, el inmenso poeta del amor inmortal y -de la Virgen. Ellos son de aquellos raros a quienes Bloy quema su -incienso, porque al par que han sido grandes, han padecido naufragios y -miserias. - -Como una continuación de su primer volumen sobre el «Revelador del -Globo», publicó Bloy, cuando el duque de Veraguas llevó a la tauromaquia -a París, su libro «Christophe Colombo devant les taureaux.» El honorable -ganadero de las Españas no volverá a oir sobre su cabeza ducal una voz -tan terrible hasta que escuche el clarín del día del juicio. En ese -libro alternan sones de órgano con chasquidos de látigos, himnos -cristianos y frases de Juvenal; con un encarnizamiento despiadado se asa -al noble taurófilo en el toro de bronce de Falaris. La Real Academia de -la Historia, Fernández Duro, el historiógrafo yankee Harisses, son -también objeto de las iras del libelista. Dé gracias a Dios el que fué -mi buen amigo don Luis Vidart de que todavía no se hubiesen publicado en -aquella ocasión sus folletos anticolombinos. Bloy se proclamó caballero -de Colón en una especie de sublime quijotismo, y arremetió contra todos -los enemigos de su Santo genovés. - -Y he aquí una obra de pasión y de piedad, «La caballera de la muerte.» -Es la presentación apologética de la blanca paloma real sacrificada por -la Bestia revolucionaria, y al propio tiempo la condenación del siglo -pasado, «el único siglo indigno de los fastos de nuestro planeta, dice -William Ritter, siglo que sería preciso poder suprimir para castigarle -por haberse rebajado tanto.» En estas páginas, el lenguaje, si siempre -relampagueante, es noble y digno de todos los oídos. - -El panegirista de María Antonieta ha elevado en memoria de la reina -guillotinada un mausoleo heráldico y sagrado, al cual todo espíritu -aristocrático y superior no puede menos que saludar con doloroso -respeto. - -Los dos últimos libros de Bloy son «Le Salut par les juifs» y «Sueur de -sang.» - -El primero no es por cierto en favor de los perseguidos israelitas; más -también los rayos caen sobre ciertos malos católicos: la caridad -frenética de Bloy comienza por casa. El segundo es una colección de -cuentos militares, y que son a la guerra francoprusiana lo que el -aplaudido libro de d’Esparbés a la epopeya napoleónica; con la -diferencia de que allá os queda la impresión gloriosa del vuelo del -águila de la leyenda, y aquí la Francia suda sangre... Para dar una idea -de lo que es esta reciente producción, baste con copiar la dedicatoria: - - A LA MÉMOIRE DIFFAMÉE - - de - - =François-Achille Bazaine= - - Maréchal de l’Empire - - _Qui porta les péchés de toute la France_. - -Están los cuentos basados en la realidad, por más que en ellos se llegue -a lo fantástico. Es un libro que hace daño con sus espantos sepulcrales, -sus carnicerías locas, su olor a carne quemada, a cadaverina y a -pólvora. Bloy se batió con el alemán de soldado raso; y odio como el -suyo al enemigo, no lo encontraréis. «Sueur de sang» fué ilustrado con -tres dibujos de Henry de Groux, macabros, horribles, vampirizados. - -Robusto, como para las luchas, de aire enérgico y dominante, mirada -firme y honrada, frente espaciosa coronada por una cabellera en que ya -ha nevado, rostro de hombre que mucho ha sufrido y que tiene el orgullo -de su pureza: tal es León Bloy. - -Un amigo mío, católico, escritor de brillante talento, y por el cual he -conocido al Perseguidor, me decía: «Este hombre se perderá por la -soberbia de su virtud, y por su falta de caridad.» Se perdería si -tuviese las alucinaciones de un Lamennais, y si no latiese en él un -corazón antiguo, lleno de verdadera fe y de santo entusiasmo. - -Es el hombre destinado por Dios para clamar en medio de nuestras -humillaciones presentes. El siente que «alguien» le dice al oído que -debe cumplir con su misión de Perseguidor, y la cumple, aunque a su voz -se hagan los indiferentes los «príncipes de Sodoma» y las «Archiduquesas -de Gomorra». Tiene la vasta fuerza de ser un fanático. El fanatismo, en -cualquier terreno, es el calor, es la vida: indica que el alma está toda -entera en su obra de elección. ¡El fanatismo es soplo que viene de lo -alto, luz que irradia en los nimbos y aureolas de los santos y de los -genios! - -[imagen] - -[imagen: M. JEAN RICHEPIN] - -[imagen] - - - - -JEAN RICHEPIN - -A PROPÓSITO DE «MES PARADIS» - - -Para frontispicio de estas líneas, ¿qué pintor, qué dibujante puede -darme retrato mejor que el que ha hecho Teodoro de Banville, en este -precioso esmalte? - -«Este cantor, de toisón y negro rostro ambarino, ha resuelto parecerse a -un príncipe indio, sin duda con el objeto de poder desparramar, sin -llamar la atención, un montón de perlas, de rubíes, de zafiros y de -crisólitos. Sus cejas rectas casi se juntan, y sus ojos hundidos, de -pupilas grises, estriados y circulados de amarillo, permanecen -comunmente como durmientes y turbados, coléricos, lanzan relámpagos de -acero. La nariz pequeña, casi recta, redondamente terminada, tiene las -ventanillas móviles y expresivas; la boca pequeña, roja, bien modelada y -dibujada, finamente voluptuosa y amorosa; los dientes cortos, estrechos, -blancos, bien ordenados, sólidos como para comer hierro; dan una -original y viril belleza al poeta de las «Caricias.» La largura -avanzada de la mandíbula inferior, desaparece bajo la linda barba rizada -y ahorquillada; y ocultando sin duda una alta y espaciosa frente, de la -cima del cráneo se precipita hasta sobre los ojos una mar de hondas -apretadas: es la espesa y brillante y negra y ondulante cabellera.» -Confrontando esta pintura con la agua-fuerte de León Bloy, la fisonomía -adquiere sus rasgos absolutos: sea al amor de aquella cariñosa efigie, o -al corrosivo efecto de los ácidos del panfletista, la figura de Richepin -es interesante y hermosa. Robusto y gallardo, tiene a orgullo el ser -turanio, bohemio, cómico y gimnasta. Hace sus versos a su imagen y -semejanza, bien vertebrados y musculosos; monta bien en Pegaso como -domaría potros en la pampa; alza los cantos metálicos de sus poemas como -un hércules sus esferas de hierro, y juega con ellos, haciendo gala de -bíceps, potente y sanguíneo. En el feudalismo artístico en que Hugo es -Burgrave, Richepin es barón bárbaro, gran cazador cuyo cuerno asorda el -bosque y a cuyo halalí pasa la tempestuosa tropa cinegética, en un -galope ronco y sonoro, tras la furia erizada y fugitiva de los jabalíes -y los vuelos violentos de los ciervos. - -Los que le colocan en el principado del «cabotinismo», ¿no creen que -tenga derecho este hombre fuerte a cortarle la cola a su león? - -No son pocos los golpes que ha recibido y recibe, desde la catapulta de -Bloy hasta las flechas rabelesianas de Laurent Tailhade. A todos -resiste, acorazando su carne de atleta con las planchas de bronce de su -confiada soberbia. Busca lo rojo, como los toros, los negros y las -mujeres andaluzas, princesas de los claveles: de sus instrumentos el -tímpano y la trompeta; de sus bebidas el vino, hermano de la sangre; de -sus flores las rosas pletóricas: de su mar las ásperas sales, los iodos -y los fósforos. Como Baudelaire, revienta petardos verbales para -espantar esas cosas que se llaman «las gentes.» No de otro modo puede -tomarse la ocurrencia que Bloy asegura haber oído de sus labios, -superior, indudablemente, a la del jardinero de las «Flores del Mal», -que alababa el sabor de los sesos de niño... - -La «chanson des gueux», fué la fanfarria que anunció la entrada de ese -vencedor que se ciñó su corona de laureles en los bancos de la policía -correccional. «Mon livre n’a point de feuille de vigne et je m’en -flatte.» Voluntariamente encanallado, canta a la canalla, se enrola en -las turbas de los perdidos, repite las canciones de los mendigos, los -estribillos de las prostitutas; engasta en un oro lírico las perlas -enfermas de los burdeles; Píndaro «atorrante» suelta las alondras de sus -odas desde el arrollo. Los jaques de Quevedo no vestían los harapos de -púrpura de esos jaques; los borrachos de Villón no cantaban más -triunfantemente que esos borrachos. Cínica y grosera, la musa -arremangada baila un «chahut» vertiginoso; vemos a un mismo tiempo el -Moulin Rouge y el Olimpo; las páginas están impregnadas de acres -perfumes; brilla la tea anárquica; los pobres cantan la canción del oro; -el coro de las nueve hermanas, ya en ritmos tristes o en rimas joviales, -se expresa en «argot»; la Miseria, gitana pálida y embriagada, danza un -prodigioso paso, y de Orión y Arturo forma sus castañuelas de oro. La -creación tiene su himno; las bestias, las plantas, las cosas, exhalan su -aliento o su voz; los jóvenes vagabundos se juntan con los ancianos -limosneros; el son del pifferaro responde a la romanza gastada del -organillo. Oid un canto a Raul Pouchon, valiente cancionero de París, -mientras rimando una frase en griego de Platón, se prepara el juglar a -disculparse de su amor por las máscaras, apoyado en el brazo de -Shakespeare. - -Se ha dicho que no es la voz de los verdaderos «gueux» la que ha sonado -en la bocina de Richepin, y que su sentimiento popular es falsificado; -el mismo Arístides Bruant, clarín de la canción, le aplaude con -reservas y señala su falta de sinceridad. No he de juzgar por esto menos -poeta a quien ha revestido con las más bellas preseas de la harmonía el -poema vasto y profundo de los miserables. - -En «Las Caricias» se ve al virtuoso, al ejecutante, al organista del -verso; acuña sonetos como medallas y esterlinas; tiene la ligereza y el -vigor; chispas y llamaradas, saltantes «pizzicati» y prestigiosas fugas. - -Como tirada por catorce cisnes, la barca del soneto recorre el lago de -la universal poesía; a su paso saluda el piloto paraísos de Grecia, -encantadas islas medioevales, soñadas Cápuas, divinos Eldorados; hasta -anclar cerca de un edén Watteau, que se percibe en el país de un abanico -de catorce varillas. La delicadeza y distinción del poeta dan a entender -que lo púgil no quita lo Buckingham. - -En este poema, como en todos los poemas, como en todos los libros de -Richepin, encontraréis la obsesión de la carne, una furia erótica -manifestada en símiles sexuales, una fraseología plástico-genital que -cantaridiza la estrofa hasta hacerla vibrar como aguijoneada por cálida -brama; un culto fálico comparable al que brilla con carbones de un -adorable y dominante infierno en los versos del raro, total, soberano -poeta del amor epidérmico y omnipotente: Algernon C. Swinburne. - -Al eco de un rondó vais al país de las hadas y de los príncipes de los -cuentos azules; huelen los campos florecidos de madrigales; tras el -reino de Floreal, Thermidor os enseñará su región, en donde a la -entrada, se balancea un macabro ahorcado alegre, que me hace recordar -cierta agua-fuerte de Felicien Rops, que apareció en el frontispicio de -las poesías del belga Théodore Hannon. Tras las brumas de Brumario, -Nivoso dirige sus bailarinas en un amargo cancán; y después de estas -caricias, de estas «Caricias», queda en el ánimo una pena tan honda, -como la que aprieta y persigue a los fornicarios en los tratados de los -fisiólogos y la anunciada en los versículos de los libros santos. - -En «Las Blasfemias» brota una demencia vertiginosa. El título no más del -poema, toca un bombo infamante. Lo han tocado antes, Baudelaire con sus -«Letanías de Satán» y el autor de la «Oda a Priapo.» Esos títulos son -comparables a los que decoran, con cromos vistosos los editores de -cuentos obscenos. «¡Atención, señores! ¡Voy a blasfemar!» ¿Se quiere -mayor atractivo para el hombre, cuyo sentido más desarrollado es el que -Poe llamaba el sentido de perversidad? Y he aquí que aunque la protesta -de hablar palabras sinceras manifestada por Richepin, sea clara y -franca, yo,--sin permitirme formar coro junto con los que le llaman -cabotín y farsante,--miro en su loco hervor de ideas negativas y de -revueltas espumas metafísicas, a un peregrino sediento, a un gran poeta -errante en un calcinado desierto, lleno de desesperación y de deseo, y -que por no encontrar el oasis y la fuente de frescas aguas, maldice, -jura y blasfema. Cuando más, me acercaría a la sombra de Guyau, y vería -en esta obra única y resonante, un concierto de ideas desbarajustadas, -una harmonía de sonidos en un desorden de pensamientos, un capricho de -portalira que quiere asombrar a su auditorio con el estruendo de sonatas -estupendas y originales. De otro modo no se explicaría ese paradojal -grupo de sonetos amargos, en el que las más fundamentales ideas de moral -se ven destrozadas y empapadas en las más abominables deyecciones. - -Ese soneto sobre Padre y Madre, forma pareja con la célebre frase -frigorífica que León Bloy asegura haber oído de boca de Richepin. El -carnaval teológico que en las «Blasfemias» constituye la diversión -principal de la fiesta del ateo, con sus cópulas inauditas y sus -sacrílegos cuadros imaginarios, sería motivo para dar razón al -iconoclasta Max Nordau, en sus diagnósticos y afirmaciones. Pocas veces -habrá caído la fantasía en una histeria, en una epilepsia igual; sus -espumas asustan, sus contorsiones la encorvan como un arco de acero, sus -huesos crujen, sus dientes rechinan, sus gritos son clamores de -ninfomaníaca; el sadismo se junta a la profanación: ese vuelo de -estrofas condenadas precisa el exorcismo, la desinfección mística, el -agua bendita, las blancas hostias, un lirio del santuario, un balido del -cordero pascual. La cuadrilla infernal de los dioses caídos no puede ser -acompañada sino por el órgano del Silencio. Habla el ateo con las -estrellas, para quedar más fuerte en su negación, y su plegaria, cuando -parodia la oración, como un pájaro sin alas, cae. El judío errante dice -bien sus alejandrinos y prosigue su marcha. Las letanías de Baudelaire -tienen su mejor paráfrasis en la apología que hace Richepin del -Bajísimo. - -Con una rodilla en tierra, y en vibrantes versos, entona, él también su -¡Pape Satán, Pape Satán alepe! Mas donde se retrata su tipo desastrado, -es en las que él llama canciones de la sangre: su árbol genealógico -florece rosas de Bohemia: sus antepasados espirituales están entre los -invasores, los parias, los bandidos cabalgantes, los soldados de Atila, -los florentinos asesinos, los atormentadores, los sucubos, los -hechiceros, y los gitanos. - -En esas canciones se encuentra una estrofa harmoniosísima que Guyau -considera como la mejor imitación fonética del galope del caballo, -olvidando el ilustre sabio el verso que todos sabemos desde el colegio: - - Cuadrupedantem puten sonitu quatit - ungula campum... - -Nada existe de divino para el comedor de ideales; y si hace tabla rasa -con los dioses de todos los cultos y con los mitos de todas las -religiones, no por eso deja de decir a la Razón desvergüenzas, de -abominar a la Naturaleza, montón de deyecciones, según él, y de reirse, -tonante y burlón, del Progreso, para señalarse como precursor de un -Cristo venidero cuya aparición saluda, el blasfemo, con los tubos de sus -trompetas alejandrinas. Eran sus intenciones, según confesión propia, -cuando echó al mundo ese poema candente y escandaloso, instaurar a su -modo una moral, una política y una cosmogonía materialista. Para esto -debía publicar después de las «Blasfemias», el «Paraíso del Ateo», el -«Evangelio del Antecristo» y las «Canciones eternas.» El poema nuevo -«Mis paraísos» corresponde a aquel plan. - -Una palabra siquiera sobre una de las obras más fuertes, quizá la más -fuerte, de Jean Richepin: «El Mar.» Desde Lucrecio hasta nuestros días, -no ha vibrado nunca con mayor ímpetu el alma de las cosas, la expresión -de la materia, como en esa abrumadora sucesión de consonantes que olea, -sala, respira, tiene flujo y reflujo, y toda la agitación y todo el -encanto vencedor de la inmensidad marina. De todos los que han rimado o -escrito sobre el mar, tan solamente Tristán Corbiére (de la academia -hermética de los escogidos), ha hecho cantar mejor la lengua de la onda -y del viento, la melodía oceánica. Hay que saber que Richepin, como -Corbière, conoce prácticamente las aventuras de los marineros y de los -pescadores, y bajo sus pies ha sentido los sacudimientos de la piel azul -de la hidra. No sé si de grumete empezó; pero sí que ha hecho la -guardia, a la media noche, delante de la mirada de oro de las estrellas; -y envuelto en la bruma de las madrugadas, ha dicho entre dientes las -canciones que saben los lobos de mar. Loti delante de él es un -«sportman», un «yachtman»; René Maizeroy, un elegante que va a tomar las -aguas a Trouville; Michelet, un admirable profesor; solamente Corbière -le presta su pipa y su cuchillo y le aplaude cuando salmodia sus -cristalizadas letanías, o enmarca maravillosas marinas que no han sabido -crear los pintores de Holanda, o retrata y esculpe los tipos de a -bordo, o con la linterna mágica de un poder imaginativo excepcional -ilumina cuadros fantasmagóricos sobre las olas, concertando la muda -melodía de los castos astros con la polémica eterna de las ebrias -espumas. - -El Richepin prosista ha cosechado laureles y silbas; pues si con sus -cuadros urbanos de París ha realizado una obra única, con sus novelas ha -llegado hasta las puertas aterradoras del folletín. Jamás creería yo en -un rebajamiento intelectual de tan alado poeta, y no seré de los que lo -aburguesan, a causa de tal o cual producción; y que son los mismos que -llaman a Zola «un monsieur a génie.» Mme. André se va con sus tristezas -humanas; y «Braves gens» junto con Miark, ceden el paso al «conteur.» -Pues si algún poder tiene Richepin después del de lírico, es el que le -dá la forma rápida y vivaz del cuento. Ya nos pinte las intimidades de -los cómicos, a los cuales le acerca una simpatía irresistible; ya vaya -al jardín de Poe a cortar adelfas o arrancar mandrágoras, al lívido -resplandor de las pesadillas; ya juegue con la muerte, o se declare -paladín de anarquistas, humillando, mal poeta en esto, la idea -indestructible de las jerarquías, su palabra tiene carne y sangre, vive -y se agita, y os hará estremecer. - -En «Mes Paradis» hay ya una ascensión. Como las «Blasfemias», el poema -está dedicado a Maurice Bouchor. Quien, espiritual y místico, deberá -aplaudir el cambio experimentado en el ateo. Ya no todo está regido por -la fatalidad, ni el Mal es el invencible emperador. La explicación podrá -quizá encontrarse en esta declaración del poeta: «Las Blasfemias» fueron -escritas de veinte a treinta años, y «Mis Paraísos», de treinta a -cuarenta.» Comienza su último poema con un tono casi prosáico, y -protesta su buena voluntad y la sinceridad de su pensamiento. Buen -gladiador, hace su saludo antes de entrar en la lucha. Luego, las -primeras bestias fieras que le salen al encuentro son dragones de -ensueño, o frías víboras bíblicas que nos vienen a repetir una vez más -que en el fondo de toda copa hay amargura, y que la rosa tiene su espina -y la mujer su engaño. Vuelve Richepin a ver al diablo, a quien canta en -sonoros versos de pie quebrado; antes le había visto igual físicamente a -un hermano de Bouchor, ahora le adula, le ruega y le habla en su idioma, -como un ferviente adorador de las misas negras. - -Pero no todo es negación, puesto que hay una voz secreta que pone en el -cerebro del soñador la simiente de la probabilidad. - -Para ser discípulo del demonio, Richepin filosofa demasiado, y, sobre -todo, el tejido de su filosofía sopla un buen aire que augura tiempo -mejor. La barca en que va, con rumbo a las Islas de Oro, pasa por muchos -escollos, es cierto; pero esto nos da motivo para oir el suave son de -muy lindas baladas. Sensual sobre todo, el predicador del culto de la -materia nos dice cosas viejas y bien sabidas. ¿Es acaso nuevo el -principio que resume la mayor parte de estas primeras poesías: «comamos, -bebamos, gocemos, que mañana todo habrá concluído?» ¿O este otro: «vale -más pájaro en mano que buitre volando?» Oh, sí; los panales, las rosas, -los senos de las mujeres, las uvas y los vinos, son cosas que nos -halagan y encantan; pero ¿esto es todo? Diré con el mismo Richepin: -«Poète, n’as tu pas des ailes?» - -El amor a los humildes se advierte en toda esta obra; no un amor que se -cierne desde la altura del numen, sino un compañerismo fraternal que -junta al poeta con los «gueux» de antaño. Las canciones transcienden a -olores tabernarios. Decididamente, ese duque vestido de oro tiene una -tendencia marcada al «atorrantismo.» Gracias a Dios, que buen aire ha -inflado las velas y tenemos a la vista las costas de las anunciadas -áureas islas. Sabemos aquí que la vida vale la pena de nacer; que -nuestro cuerpo tiene un reino extenso y rico; que nada hay como el -placer, y que la felicidad consiste en la satisfacción de nuestros -instintos. Islas de oro pálido, islas de oro negro, islas de oro rojo, -¿son estas las flores que brotan en vuestras maravillosas campiñas? - -Lo que llama al paso mi atención son dos coincidencias que no tocan en -nada la amazónica originalidad de Richepin, pero me traen a la memoria -conocidísimas obras de dos grandes maestros. En la página 229 de «Mes -Paradis» tiembla la cabellera de Gautier, y en página 368 se lee: - - Enivre-toi quand même, et non moins follement, - de tout ce qui survit au rapide moment, - des chimères, de l’art, du beau, du vin, des rêves - qu’on vendange en passant aux réalités brèves, etc. - -Lo cual se encuentra más o menos en uno de los admirables poemas en -prosa de Baudelaire. - -Todo hay, en fin, en esas islas de oro: maravillas de poesía satiriaca, -estrofas en que ha querido demostrar Richepin como él también puede -igualar las exquisiteces de la poética simbolista; paisajes de suprema -belleza, decoraciones orientales, ritmos y estrofas de una lengua -asiática en que triunfa el millonario de vocablos y de recursos -artísticos; relámpagos de pasión y ternuras súbitas; las apoteosis del -hogar y la poetización de las cosas más prosáicas; las flautas y harpas -de Verlaine se unen a las orquestas parnasianas; el treno, el terceto -monorrimo de los himnos latinos precede al verso libre; el elogio de la -palabra está hecho en alejandrinos que parecen continuación de los -célebres de Hugo, y si turba la harmonía órfica la obsesión de la -metafísica, pronto nos salva de la confusión o del aburrimiento al -galope metálico y musical de las cuádrigas de hemistiquios. En largo -discurso rimado nos explicará por qué es a veces prosáico, o trivial. Su -pensamiento pesa mucho, y no pueden arrastrarlo en ocasiones las -palabras. - -Islas de oro pálido, islas de oro rubio, islas de oro negro, todas sois -como países de ensueño. No hay arcos de plata y flores para recibir al -catecúmeno. Richepin no es aún el elegido de la Fe. Lo que hay de -consolador y de divino en este poema es que al concluir presenciamos la -apoteosis del amor. Y el Amor lleva a Dios tanto o más que la Fe. Amor -carnal, amor ideal, amor de todas las cosas, atracción, imán, beso, -simpatía, rima, ritmo, ¡el amor es la visión de Dios sobre la faz de la -tierra! - -Y pues que vamos a esos paraísos, a esas islas de oro, celebremos la -blancura de las velas de seda, el vuelo de los remos, el marfil del -timón, la proa dorada, curva como un brazo de lira, el agua azul, ¡y la -eterna corona de diamantes de la Reina Poesía! - -[imagen] - -[imagen] - - - - -JEAN MOREAS - - -El retrato que el holandés Byvanck hizo de Moreas en un libro publicado -no ha mucho tiempo, no es de una completa exactitud. Moreas no está -contento con la imagen pintada por el Teniers filólogo, como llama -Anatole France al profesor de Hilversum. Ha llegado hasta calificar a -éste, en el calor de la conversación, sencillamente de «imbécil.» -Palabra que no osé contradecir, aunque me pareció harto dura e injusta, -y de todo punto inaplicable para el excelente villonista, para el «sabio -pensativo» para quien, según el mismo France, con todo y ser filólogo, -se interesa por el movimiento intelectual... - -Cierto es que en su libro, a vuelta de justos elogios y de una -admiración que demuestra indudablemente su sinceridad, nos ha dado un -Moreas caricatural, un Moreas inadmisible para los que tenemos el gusto -de conocerle. Y no puede ser excusa salvadora, el que las anécdotas -bufas referentes al poeta estén en la narración de Byvanck puestas en -los labios de antiguos amigos del hoy jefe de la escuela romana. ¡Todo -lo contrario! Bien sabe el pensador de Holanda que del «cher confrère» y -del «cher maître» gustan mucho los dientes literarios en todas partes -del mundo... Un mordisco al «querido compañero», un arañazo al «querido -maestro», no hay nada mejor, principalmente cuando ello va acompañado -con la salsa del ridículo! Es un don especial del lobo humano. Al lobo -humano parece que el arte le pusiese en el hígado una extraña y áspera -bilis. Hasta hoy no se ha visto sino muy raras veces una amistad -profunda, verdadera, desinteresada, y dulcemente franca, entre dos -hombres de letras. ¡Y los poetas, esos amables y luminosos pájaros de -alas azules! Los triunfos de Moreas, enconaron a muchos de sus colegas. -El banquete que se dió, cuando la aparición del primer «Pelerin -Passionné» fué causa de bastantes rencores. No impunemente se logra una -victoria. - -Moreas, si es que era tal como aparece retratado en el libro de Byvanck, -ha cambiado en dos años muy mucho. Cierto es que hay algo en él del -espadachín idealizado en sus hermosos versos: - - La main de noir gantée a la hanche campée, - avec sa toque à plume, avec sa longue epée, - il passe sous les hauts balcons indolemment. - -Por lo demás, si usa siempre el «monocle», no dice «Píndaro y yo», ni se -admira de tener las manos blancas y finas. La «toque a plume» es un -flamante sombrero de copa; su traje es correcto, de intachable corte. -Alta y serena frente; cabello de klepto; porque, como en París se sabe, -Moreas, es griego de Galia. - -«No es un pachá, es un klepto de negra cabellera.» Cuerpo fuerte y bien -erguido, manos aristocráticas, el aire un si es no es altivo y -sonrientemente desdeñoso; gestos de gran señor de raza; bigotes bien -cuidados. Y entre todo esto, una nariz soberbia y orgullosa, a -propósito de la cual, un periodista risueño, ha dicho que Moreas es -semejante a una cacatúa. - -¿Qué misteriosa razón hará que ese apéndice facial llame tanto la -atención de la crítica? La nariz de Moreas es, vuelvo a repetirlo, una -soberbia y orgullosa nariz, ni atrozmente aumentada con un garbanzo, -como la de Cicerón, ni tan desarrollada como la de Cornéille, ni fea -hasta la provocación y el insulto, como la de Cyrano de Bergerac. En -resumen, nuestro poeta tiene un gallardo tipo de caballero. - -Con ropilla y sombrero emplumado, se podría afirmar: «Velázquez pinxit.» -Como Ronsard y como Chenier tiene en las venas sangre de Grecia. Su -familia es originaria del Epiro y su apellido es ilustre: Diamanto; -precedido de la palabra Papa, y seguido de la terminación «poulos», lo -primero para indicar que hay entre los miembros que ilustran la casa, un -gerarca de la iglesia, y lo segundo, que es en griego equivalente al -«off», al «vitch» o al «ski» slavos. A principios del siglo, esa familia -de nombre inmenso, «Papadiamantopoulos», emigró al Peloponeso, a la -Morea; y de aquí el nuevo nombre, el nombre adoptivo hoy en uso. El -poeta es de raza de héroes. Su abuelo fué un gran luchador por la -libertad de la Grecia. Su padre había quedado en la capital y era -dignatario de la corte del rey bávaro Othon, impuesto por las potencias. -«Y aquí,--decía Moreas a Byvanck,--y aquí comienza la historia de mi -rebelión. Mis padres habían concebido una alta idea de mi porvenir y -querían enviarme a Alemania, donde recibiría una buena educación. Hay -que recordar que la influencia alemana prevalecía en la corte. Había -aprendido a un tiempo griego y francés, y no separaba ambas lenguas. -Quería ver la Francia; niño aun, ya tenía la nostalgia de París. -Creyeron forzar mi resistencia, enviándome a Alemania, y me volví dos -veces. En fin, me fuí a Marsella y de allí a París. Era que el destino -me señalaba mi ruta; pues yo era aún muy joven para darme cuenta de mis -acciones. He sufrido horriblemente; pero no me he dejado abatir y he -mantenido alta la cabeza. Mi familia me reprochaba mi pereza,--según sus -palabras,--y hacía espejear ante mis ojos el alto empleo que hubiera -podido obtener en Atenas. Pero basta. Se siente uno herido en lo más -vivo cuando las personas que ama no le comprenden, y aun le hieren. Yo -nunca he hablado de esto con nadie...» - -Y he ahí que ha llegado en la terrible ciudad de la gloria a -conquistarse un envidiado nombre. Después de brega y sufrimiento, el -desconocido es ya «alguien.» Anatole France, a quien siempre habrá que -citar, le llama «el poeta pindárico de palabras lapidarias.» Si Moreas -no fuese tan descuidado de su renombre, si tuviese el don de intriga y -de acomodaticia humildad de muchos de los que fueron antaño sus -compañeros, su gloria habría sido sonoramente cantada por el clarín -prostituído de la Fama fácil. Mas el joven «centauricida» está acorazado -de orgullo, casqueado de desdén olímpico. Alrededor de ese orgullo y ese -desdén, se ha formado más de una leyenda, que circula por los cafés -estudiantiles y literarios del Barrio Latino. - -Ya es el Moreas hinchado de pretensiones, irrespetuoso con los genios, -con los Santos Padres de las letras, que observa con su «monocle» a -Píndaro, que blasfema de Hugo y acepta con reservas a Leconte de Lisle; -ya es el Narciso que se deleita con su belleza en un espejo de -cervecería; ya es el corifeo de las primeras armas, que entraba al café -seguido de una cohorte de acólitos papanatas; ya es el rival de -Verlaine, que ve de reojo al fauno maldito; ya el recitador de sus -propios versos, que se alaba pontifical y descaradamente, delante de un -concurso asombrado o burlón. Después de todo, la mala voluntad ha -quedado vencida. No hay sino que reconocer en el autor del «Pelerin -Passionné», a un egregio poeta. «El único,--dice el escritor -holandés,--que en todo el mundo civilizado puede hablar de su Lira y de -su Musa, sin caer en ridículo.» Moreas ha tomado muchos rumbos antes de -seguir la senda que hoy lleva. El apareció en el campo de las letras, -como revolucionario. Una nueva escuela acababa de surgir, opuesta hasta -cierto punto a la corriente poderosa de Víctor Hugo y sus hijos los -parnasianos; y en todo y por todo, a la invasión creciente del -naturalismo, cuyo pontífice aparecía como un formidable segador de -ideales. Los nuevos luchadores quisieron librar a los espíritus -enamorados de lo bello, de la peste Rougon y de la plaga Macquart. -Artistas, ante todo, eran, entusiastas y bravos, los voluntarios del -Arte. - -Tales fueron los decadentes, unidos en un principio, y después separados -por la más extraña de las anarquías, en grupos, subgrupos, variados y -curiosos cenáculos. Moreas, como queda dicho, fué uno de los primeros -combatientes; él, como un decidido y convencido adalid, tuvo que -sostener el brillo de la flamante bandera, contra los innumerables -ataques de los contrarios. Casi toda la prensa parisiense disparaba sus -baterías sobre los recién llegados. Paul Bourde se alzaba implacable en -su burla, desde las columnas del «Temps.» Llamaba a los decadentes con -tono de reproche, hijos de Baudelaire; dirigía sus más certeros -proyectiles contra Mallarmé, Moreas, Laurent Tailhade, Vignier y Charles -Morice; y pintaba a los odiados reformadores, con colores chillones y -extravagantes perfiles. Todos ellos no eran sino una muchedumbre de -histéricos, un club de chiflados. Las fantasías escritas de Moreas, eran -según el crítico, sentidas y vividas. ¿El joven poeta quería ser Khan de -Tartaria, o de no sé dónde, en un bello verso? Pues eso era muestra de -un innegable desorden intelectual. Moreas era un sujeto sospechoso, de -deseos crueles y bárbaros. Además, los decadentes eran enemigos de la -salud, de la alegría, de la vida, en fin. Moreas contestó a Bourde -tranquilo y bizarramente. Le dijo al escritor del más grave de los -diarios que no había motivo para tanta algarada; que el distinguido -señor Bourde se hacía eco de fútiles anécdotas inventadas por alegres -desocupados; que ellos, los decadentes, gustaban del buen vino, y eran -poco afectos a las caricias de la diosa Morfina; que preferían beber en -vasos, como el común de los mortales, y no en el cráneo de sus abuelos; -y que, por la noche, en vez de ir al sábado de los diablos y de las -brujas, trabajaban. Defendió a la censurada Melancolía, de la Risa gala, -su gorda y sana enemiga. «Esquilo, dijo, Dante, Shakespeare, Byron, -Goethe, Lamartine, Hugo, los grandes poetas, no parece que hayan visto -en la vida una loca kermesse de infladas alegrías.» Fué el campeón de -las lágrimas. Después se ocupó de la exterioridad de la poesía decadente -y expuso sus cánones. Al poco tiempo apareció en el «Fígaro» un -manifiesto de Moreas. Fué la declaratoria de la evolución, la -anunciación «oficial» del simbolismo. Los simbolistas eran para los -románticos rezagados y para el naturalismo, lo que el romanticismo para -los pelucas de 1830. ¿Pero no eran ellos los de la joven falanje, nietos -de Víctor Hugo? - -Ese célebre manifiesto en que aparecían declarados los principios del -simbolismo, el organismo de la naciente escuela, su ritual artístico, su -teoría, sus intentos y sus esperanzas, fué analizado y combatido por -Anatole France con la manera magistral y la superior fuerza que -distinguen a ese escritor. Moreas respondióle, en unas cuantas líneas, -con caballeresca cortesía, manteniendo, buen paladín, sus ideas. De esto -hace ya algunos años. - -Moreas desdeña hoy, mira con cierta reprochable falta de cariño, sus -primeras producciones. ¿Por qué? Ellas marcan el sendero que debía -seguir el talento del autor, son los vuelos en que se ensayaban las -alas, y para el observador o el biógrafo, constituyen valiosísimos -documentos. Nuestro poeta no habla nunca de sus trabajos en prosa. Como -todo verdadero poeta, es un excelente prosador. A pesar de las -inextrincables montañas simbólicas y de las raras brumas, amontonadas en -el «The chez Miranda», o en las «Demoiselles Gobert», ambas obras -escritas en colaboración con Paul Adam, esos dos trabajos primigenios -son ya un augurio de poder y de victoria. Hay en ellos riqueza, derroche -de intelectualidad y de pasión artística. Son revuelta y amontonada -pedrería, joyas regadas; lujo desbordado de la fantasía, locura de -ansioso príncipe adolescente. ¿Que hay distancia de esos libros al -último «Pelerín?» Claro está. - -«He crecido»,--dice Hugo en una célebre epístola. El antiguo camarada de -Moreas, el Paul Adam de estos momentos, que corona de gemas ilustres la -cabeza hierática de las princesas bizantinas, ¿no empieza a mostrar los -quilates de sus oros y diamantes allá, al principio, cuando los tanteos -de su pluma delineaban los contornos de un estilo prestigioso y potente? - -El Moreas de «Les Syrtes», no es, en verdad, el lírico capitolino y -regio de los últimos poemas; sin embargo, algunos proferirían muchos de -esos primeros versos a varias de las sinfonías verbales recientemente -escritas por el joven maestro. La razón de esto quizá esté en que hay en -la primavera de su poesía más pasión y menos ciencia. Es innegable que -la orquestación exquisita del verso libre, «la máquina del poema -poliformo modernísimo», son esfuerzos que seducen; más es irresistible -aquella magia, de los vuelos de palomas, de las frescas rosas, bien -rimadas en estrofas harmónicas: la consonancia dulce de los labios, -luciente de los ojos, ideal y celeste de las alas y el lenguaje de la -pasión y de la juventud. - -Esto, volviendo a afirmar que el verso libre, tal como hoy impera en la -poética francesa, es en manos de una legión triunfante de rimadores, -instrumento precioso, teclado insigne y vasto de incomparable polifonía. -Mas volvamos a los primeros versos de Moreas. «¡Syrtis inhóspita!» Clama -Ovidio. «Incerta Syrtis», dice Séneca. Aun no ha acabado la aurora de -esperezarse, y ya la barca del joven soñador ha padecido la rudeza de -los escollos. ¡El poeta empieza por el recuerdo! Ya hay un tiempo ido, -al cual el alma vuelve los nostálgicos ojos. Quizá no es la culpa del -sonador. El viene después del enfermo René y del triste Olimpio. - -Es el invierno. Arde en la chimenea - - El fuero brillador que estalla en chispas, - -como dice un poeta mi amigo a quien quiero mucho. Fuera pasan los -vientos de la fría estación. Dentro, el gato mayador se enarca y se -estira lánguidamente. Algo flota sobre la ramazón bordada de los -cortinajes. - -Es el pasado; es el pasado, que clama lamentando las ternuras acabadas y -los amores difuntos. El recuerdo vuela primero al divino país de Grecia. -Allá es donde «bajo los cielos áticos los crepúsculos radiosos tiñen de -amatista los dioses esculpidos en los frisos de los pórticos; donde en -el follaje argentado de los árboles de torsos flacos, crepitan las -agrias cigarras, ebrias de las copas del Estío.» Es en la tierra de las -olímpicas divinidades y, de las musas, donde la virgen helénica, de -florecientes senos, despertó el amor del adolescente, poniendo el -embriagador vino del primer beso sobre sus labios secos de sed. Luego -pasará la dama enigmática, encarnación del inmortal femenino. Va en una -barca mágica o en una góndola amorosa, y a su paso hacen vibrar el aire -los «pizzicatti» de las mandolinas. Es la mujer ideal del ensueño largo -tiempo acariciado, la dama que se yergue como una flor, con su falda de -brocatel, cual pintado por el viejo Tintoreto. Eva y Helena, hermanas -fatales, reinarán siempre, bajo apariencias distintas. Si un rostro de -niña rubia se asoma a la ventana, será la pálida Margarita. En un -paisaje duro y vigoroso, al canto de las cascadas, brotará la forma de -una catalana, de pie pequeño y ojos brilladores; y en París,--seguramente -en un decorado de cámara privada,--ríe la serpentina parisiense, bajo su -sombrero florido. - -Y es en ese instante, cuando el poeta casi siempre casto, pone el oído -atento a la lección del encendido Sátiro. Al vagar ideal, hará sus -ramilletes galantes en los parques ducales, cerca de los viejos -chambelanes que madrigalizan. Nos mostrará a esa misteriosa Otilia de -labios de bacante y ojos de madona, que cruza semejante a la vaga figura -de un mito, en tanto que las harpas dejan escapar un trémulo acorde en -el salón de las armaduras. La oda irá, como una águila, a tocar con sus -alas la frente del vate recordándole las futuras apoteosis de la Gloria. -Nuestros ojos se detendrán ante un retrato de mujer, esfíngico y -encantador, o veremos al enamorado dedicar, adorador de unas blancas -manos, perlas a los dedos liliales. Querrá también, tentado como -Parsifal, ofrecer sacrificios a la Venus carnal y matadora; pero -protegido por especial virtud, cual por un Graal Santo, volverá a flotar -en el azul de la eterna idealidad. En el claro de la luna, un beso. El -amor que soñará será triste y sollozante, lleno de meditaciones y -furtivas caricias. Canta su amargura delante de la triunfal beldad, y, a -pesar de la obsesión de los deseos clandestinos, y del soplo impulsivo -de Mefistófeles, el alma flota en un delicado y místico ambiente. El -sueña con la bella vida del amor invencible. La canción invernal -languidece en las cuerdas. La amada y el amado están cerca de las llamas -de oro de la chimenea, y admiran un paisaje de desconocido pintor, donde -en una fiesta de colores corre el agua de una fuente, bajo un toldo de -hojas; se alza a lo lejos, la montaña, y, en primer término, bajo el sol -del trópico, grandes bueyes blancos,--como los del robusto Pierre -Dupont,--elevan hacia el cielo la doble curva de los firmes cuernos. La -feliz pareja sólo soñará un instante, pues pronto llega la amarga onda a -invadir los corazones. Los corazones sangran martirizados como en los -versos de Heine; el invierno será tan sólo nuncio de penas y de -desiluciones; los besos han partido como pájaros en fuga; las rosas -están marchitas, y los brazos deseosos, los brazos viudos, en vano -buscarán la mística figura. Es un cuento de amor, un cuento otoñal, -escuchado cuando el viento de la tarde pasa haciendo temblar las ramas -de los árboles deshojados. Todo muy confuso, diréis, muy wagneriano. Muy -bello. - -De cuando en cuando convierte el triste los ojos a una visión que presto -desaparece. Son las negras cabelleras, los talles, las caderas -harmoniosas, las pupilas húmedas, de miradas profundas. ¡Y las manos! -Esta deliciosa parte de la escultura femenil, atrae especialmente a -Moreas. ¡Qué preciosos retratos nos haría este encantador, de Diana -encombando un arco, o de Ana de Austria deshojando una rosa, o vertiendo -en una copa de plata un poco de sangre moscatel! - -Carmencita, la española, desfila, mas no como era de esperar, en un paso -de cachucha o en un giro de fandango; a esa hechicera meridional, canta -el poeta un lied del norte. - -Amores, intenciones de amor, ya en la basílica al brillo aurisolar de la -custodia, o en el aposento tapizado de rosa y aromado de lilas; y como -divino pájaro de un alba inextinguible, se ve al ave azul que resucita -las esperanzas; pero la cual buscara en vano el náufrago, pues volará -hacia esas sirtes en que el propio piloto ha buscado el naufragio. Hasta -el final de este primer libro se siente el influjo del desencanto. Mas -aun, la sombra de Baudelaire sugiere a ese joven ágil y pletórico, que -aprendió a amar y a cantar en Atenas, sugiere vagas ideas obscuras, -relámpagos de satanismo. El se pregunta: - - Quel succûbe au pied bot m’a t-il donc envouté? - -Sin saberse en qué momentos, han empezado a vegetar en el jardín del -soñador, las plantas que producen las flores del mal. Y sobre el suelo -en que crecen esas plantas, bien pueden ya percibirse a la luz del claro -sol, las huellas del pie hendido de Verlaine. Por allí ha pasado Pan, o -el demonio. La pobre alma quiere librarse de las llamas libertinas, de -las larvas negras, de las salamandras invasoras. Lamenta la pérdida de -la alegría de su corazón, la sequedad de su rosal espiritual, sobre el -que ha agitado las alas un mal vampiro. El tenderá sus brazos a la -naturaleza y al Oriente divino. Pero todas sus quejas serán vanas; y aun -más, incomprensibles. Ya Mallarmé se oye sonar; sus trompetas -cabalísticas auguran una desconocida irrupción de rarezas, bellas, muy -bellas y luminosas, pero caóticas, como una puesta de sol en nuestros -cielos americanos, en que la confusión es el mayor de los encantos. - -La adolescencia es ida, y los años de las dulces cosas juveniles, cuando -Julieta nos canta con su dulce voz vencedora de la de la alondra: «¡No -te vayas todavía!» «Las Cantinelas» encierran el nuevo período. El traje -del caballero es de un tono más obscuro. La espada siempre pende al -cinto; se nota el triunfo de los terciopelos sobre los encajes. Ha -sufrido el joven caballero griego. No son por cierto notas alegres las -que primero escuchamos. Los sonetos, que vienen como heraldos, traen -vestiduras de duelo. La pena del placer perdido hace demandar las voces -arrulladoras y los aromas embriagantes; el jardín de Fletcher decorado -por la musa sonámbula de Poe, solloza en sus fuentes; hay una atmósfera -de duelo, de llanto, casi de histerismo, y una luz espectral sirve de -sol, o mejor dicho de luna. - - Que je cueille la grappe, et la feuille de myrte - qui tombe, et que je sois à l’abri de la syrte - où j’ai fait si souvent naufrage près du port. - -Así canta el mal herido de desesperanzas. - -Su voz se dirige a las hadas propicias, pero ellas no llegan todavía. El -va cerca de la mar, de la mar femenina y maternal, a dejar en sus -riberas lo que queda de sus ensueños y hasta el último hilo de la -púrpura de su orgullo. Su alma está triste hasta la muerte. En el -interludio parece que quisiera entregarse a la felicidad de una alegría -ficticia. Así el gaitero de Gijón de nuestro admirado y querido -Campoamor, toca la gaita y rige las danzas con el alma apuñalada de -pena. Gestos, expresiones, impresiones fugaces, paisajes nocturnos en -una calle parisiense; y en las estrofas una mezcla de vaguedad germánica -y de color meridional. - -El «never more» fatídico del cuervo de Poe, es escuchado por el cantor -nostálgico, a la luz del gas de París. - -Preséntasenos también una legendaria escena nocturna que ya habíamos -visto, lector, acompañada por blanda música, gracias al inmenso cordaje -de la lira de Leconte de Lisle. Los Elfos del norte cantan coronados de -hojas perfumadas y frescas, cuando el caballero de la balada viene en su -caballo negro, haciendo espejear su casco argentino a la luz de la luna. -Es osado, y sus armas no han conocido nunca la vergüenza de las -derrotas. Su corcel va como si fuese alado, a las punzadas de las -espuelas de oro. El caballero muere vencido en las «Odas bárbaras.» - -El personaje de Moreas, cuya figura no se alcanza a ver y cuyo caballo -apenas se oye galopar, no es aprisionado por el encanto. En el instante -del nacimiento de la aurora, lo que alcanza a divisarse en la selva es -la silueta del emperador Barbarroja, que medita, apoyada la frente en -las manos. - -Pero he aquí que nos ilumina el sol de Florencia. Después de tanta -niebla, halaga por una visión de claros ríos y de puentes pintorescos. - -El cielo es azul y entre dos rimas y dos acordes musicales, desfilan una -marquesa enamorada y un envuelto capuchino. Moreas es un exquisito -grabador de viñetas. Riega los madrigales y miniaturas, decora y viste -sus personajes sin que una falta de tocado turbe la exactitud de ese -conocedor de todos los refinamientos. - -«Las Asonancias» son bosquejos de leyendas; pocas, pero admirables, -cortas, pero conmovedoras. El klepto siente volver a su memoria las -narraciones de la infancia: Maryó tejiendo su lana, vencedora en su -fidelidad; y, tal como se sabe en las narraciones de la isla de Candia, -la mala madre que oye hablar al corazón desde el plato y que después -sufre el castigo de sus crímenes. En esta sección nos deleita el errante -perfume de la fábula, las ingenuas repeticiones de versos y de palabras -de los poemas primitivos, los metros apropiados a la música de las -danzas; y nuestro asonante español, aplicado en estrofas cortas, y en -argumentos donde aparece algún héroe de gesta o alguna princesa de -tradición, en sangrientos sucesos de antiguos adulterios y de incestos -inmemoriales. Poesía de leyenda y de romancero; damas del tiempo de -Amadis; armaduras que se entrechocan en la sombra medioeval. - -En cuanto el poeta dirige las riendas de Pegaso a la región de los -conceptos puros, nos sentimos envueltos en una sombra absolutamente -alemana. Su metafísica adormece. Subimos a alturas inaccesibles, -rodeadas de obscuridad. Felizmente pronto entramos al reino encantado de -las ficciones portentosas. Raimondin, corre a nuestra vista, en su -cabalgadura, y la celeste claridad le envuelve en su sutil polvo de -plata. Los castillos del tenebroso encantamiento se deshacen y la -Enteléquia, desnuda, resplandece al amor de la luz del día. No es sino -en una fuga crepuscular donde se esfuma la vieja de Berkeley, el enano -Fidogolain, «que, ni muy loco ni muy vulgar, sabía cantar baladas», y la -Muerte, la Thanatos cabalgante, que exige para el contorno de su -esqueleto el lápiz visionario de Alberto Durero. - -Refiriéndose a la concepción que de la dignidad de su arte han tenido -dos ilustres prerafaelistas ingleses--casi huelga nombrarlos: Rossetti y -Burne Jones--dice un escritor britanico que la desventaja única de la -elevación aristocrática de su ideal es la de ser incomprensible excepto -para unos pocos. Algo semejante puede afirmarse de la obra de Moreas. - -Tal como los ritos musicales de Beyruth, Meca de los wagneristas, o como -las excelencias delicadas del arte pictórico de los primitivos, las -poesías del autor del «Pelerin Passionné» necesitan para ser apreciadas -en su verdadero valor, de cierto esfuerzo de intelecto, y de cierta -iniciación estética. «Autant en emporte le vent» fué escrito de 1886 a -1887. Es en ese librito donde se encuentran las que se podrían llamar -primeras manifestaciones quatrocentistas de Moreas. Madeleine, Agnes, -Enone, son encantadoras figuras del siglo décimoquinto; sus facciones -exigen la humana sencillez y al propio tiempo la milagrosa expresión de -un Botticelli. La Edad Media es para nuestro poeta como para Dante -Gabriel Rossetti, familiar y amada, y los sujetos que ella le sugiere, -son plausiblemente idealizados, sin una tacha anacrónica, sin una falta -o debilidad en la idea íntima ni en la ornamentación exterior. - -El espíritu vuela a los tiempos de la caballería. Leyendo los poemas -medioevales de Moreas se comprende el valor del conocido verso de -Verlaine: - -... le Moyen âge énorme et délicat... - -El poeta vive la vida de los príncipes enamorados, de los guerreros -galantes. Los lugares que se presentan a nuestra vista son los viejos -castillos tradicionales y poéticos; o alguna decoración que aparece como -por virtud de un ensalmo, o del movimiento de la mano de una hada. Las -parejas llenas de amor, cortan flores en fantásticos parques. Tras un -rosal se alcanza a ver de cuando en cuando, ya la joroba de un bufón, ya -la cola irisada de un pavo real. «Agnes» es una deliciosa y extraña -sinfonía. Las estrofas están construídas de mano maestra, y el alma -atenta del artista se siente acariciada por la repetición de un suave -«leit-motive.» - -La poética de Moreas está definida en estas cortas palabras del maestro -Mallarmé: - -«Une euphonie fragmentée, selon l’assentiment du lecteur intuitif, avec -une ingénue et precieuse justesse...» - -En resumen, Moreas posee un alma abierta a la Belleza como la primavera -al sol. Su Musa se adorna con galas de todos los tiempos, divina -cosmopolita e incomparable poliglota. La India y sus mitos le atraen, -Grecia y su teogonía y su cielo de luz y de mármol, y sobre todo, la -edad más poética, la edad de los santos, de los misterios, de las -justas, de los hechos sobrenaturales, la edad terrible y teológica; la -edad de los pontífices omnipotentes y de los reyes de corona de hierro; -la edad de Merlin y de Viviana, de Arturo y sus caballeros; la edad de -la lira de Dante, la Edad Media. El nombre del «Pelerin Passionné» está -tomado de Shakespeare. La colección de versos amorosos de Moreas no -tiene con la del poeta inglés ningún punto de contacto, como no sea el -pertenecer al mismo género, al erótico, y el empleo de variedad de -metros y de caprichos rítmicos. Shakespeare usa desde el verso que -equivale en inglés a nuestro endecasílabo español: - - When my love swears that she is made of truth, - -hasta los «trenos», imitados de los himnos latinos cristianos: - - Beauty truth and varity - grace in and simplicity - here enclosed in cinders lie. - -Y Moreas, siguiendo las huellas de Lafontaine, ya aumentando o cortando -a la moderna el número de sílabas, ha logrado hacer de sus poemas, con -una técnica delicada y fina, maravillas de harmonía; que por supuesto, -no han dejado de producir escándalo en la crítica oficial. - -La aparición del «Pelerin» fué saludada con un gran banquete que -presidió Mallarmé y que fué un resonante triunfo. Fué la exaltación de -la obra del joven luchador, que en aquellos instantes representaba el -más bello de los sacerdocios; el del Arte. Eran ya conocidas esas -creaciones y amables resurrecciones que atraviesan por la senda del -Peregrino. Enone, la del claro rostro, que arrastra en el poema un rico -manto constelado de rimas como piedras preciosas, en una gradería de -estrofas de pórfido, y del más blanco pentélico, el caballero Joë, -meditabundo, que en revista mental, mira el coro de beldades que guarda -en su memoria, entre las cuales: Madame Emelos, la castellana de -Hiverdum que se llamaba Bertranda, y Sancha que engañó al amante con -tres capitanes. Doulce, a su vez, es una princesa de cuento azul. - -En el «Pelerin» es donde florece de orgullo el laurel heleno-galo. Sin -temor a la edad contemporánea, se proclama Moreas tal como se juzga. -Alaba el arte que inventa. Mantenedor del renombre griego, de la -tradición latina, no vacila en llevar consigo, junto a la lira de -Pindaro, la lanza de Aquiles; y no hay sino inclinarse ante el orgullo -de sus carteles y el esplendor de sus trofeos. Sus alegorías pastorales -son un escogido ramillete eclógico, con más de una perla que no sería -indigna del joyero de la Antología. Y para concluir: si escuchamos un -clamor de trompas, y percibimos una bandera agitada por un fuerte brazo, -es que la campaña Romanista ha sido empezada. ¡A otros las nieblas -hiperbóreas y los dioses de los bárbaros! El jefe que llega es nuestro -bravo caballero; la diosa de azules ojos que le cubre con su égida es -Minerva: la misma que protegerá al editor Vanier,--según sus -editados,--y le hará ganar tanto dinero como Lemerre; y el abanderado, -que viene cerca del jefe, henchido de entusiasmo, es el caballero -Mauricio Du Plessis, lugarteniente de la falange, y cuyo «Primer libro -pastoral» es su mejor hoja de servicios. - -Moreas confía en su completa victoria. Nuevo Ronsard, tiene por Casandra -una beldad galo-greca. Y él confía en que gracias a sus ritos - - Sur de nouvelles fleurs, les abeilles de Grèce - Butineront un miel français. - -Y con Racine exclama: - - Je me suis applaudi, quand je me suis connu... - -Así vive en París, indiferente a todo, desdeñando escribir en los -diarios, enemigo del reportaje; en una existencia independiente, gracias -a su familia «reconciliada ya con las rimas», como dice Mendés; -ignorando que existen Monsieur Carnot, el sistema parlamentario y el -socialismo. No ha parido hembra humana un poeta más poeta... - -[imagen: RACHILDE] - -[imagen] - - - - -RACHILDE - - Tous ceux qui aiment le rare, l’examinent - avec inquiétude. - _Maurice Barrès._ - - -Trato de una mujer extraña y escabrosa, de un espíritu único -esfíngicamente solitario en este tiempo finisecular; de un «caso» -curiosísimo y turbador, de la escritora que ha publicado todas sus obras -con este pseudónimo, Rachilde; satánica flor de decadencia picantemente -perfumada, misteriosa y hechicera y mala como un pecado. - -Hace algunos años publicóse en Bélgica una novela que llamó la atención -grandemente y que según se dijo había sido condenada por la justicia. No -se trataba de uno de esos libros hipománicos que hicieron célebre al -editor Kistemaekers, en los buenos tiempos del naturalismo; tampoco de -esas cajas de bombones afrodisíacos a lo Mendés, llenas de cintas, -aromas y flores de tocador. Se trataba de un libro de demonómana, de un -libro impregnado de una desconocida u olvidada lujuria, libro cuyo fondo -no había sospechado en los manuales de los confesores: una obra -complicada y refinada, triple e insigne esencia de perversidad. Libro -sin antecedentes, pues a su lado arden completamente aparte, los -carbones encendidos y sangrientos del «divino marqués», y forman grupo -separado las colecciones prisioneras y ocultas en el «inferi» de las -bibliotecas. Este libro se titulaba «Monsieur Venus», el más conocido de -una serie en que desfilan las creaciones más raras y equívocas de un -cerebro malignamente femenino y peregrinamente infame. - -Y era una mujer el autor de aquel libro, una dulce y adorable virgen, de -diecinueve años, que apareció a los ojos de Jean Lorrain, que fué a -visitarla, como un sér extraño y pálido, «pero de una palidez de -colegiala estudiosa, una verdadera «jeune fille», un poco delgada, un -poco débil, de manos inquietantes de pequeñez, de perfil grave de efebo -griego, o de joven francés enamorado... y ojos--¡oh los ojos!--grandes, -grandes, cargados de pestañas inverosímiles, y de una claridad de agua, -ojos que ignoran todo, a punto de creer que Rachilde no ve con esos -ojos, sino que tiene otros detrás de la cabeza para buscar y descubrir -los pimientos rabiosos con que realza sus obras.» - -Esa mujer, esa colegiala virginal, esa niña era la sembradora de -mandrágoras, la cultivadora de venenosas orquídeas, la juglaresa -decadente, amansadora de víboras y encantadora de cantáridas, la -escritora ante cuyos libros, tiempos más tarde, se asombrarán, como en -una increíble alucinación, los buscadores de documentos que escriban la -historia moral de nuestro siglo. Los pintores potentes, dice Barbey -d’Aurevilly, pueden pintarlo todo, y su pintura es siempre bastante -moral cuando es trágica y da el horror de las cosas que manifiesta. No -hay de inmoral sino los «Impasibles» y los «Mofadores.» - -Rachilde no es impasible ¡qué iba a serlo ese crujiente cordaje de -nervios agitados por una continua y contagiosa vibración!--ni es -mofadora,--no cabe ninguna risa en esas profundidades obscuras del -Pecado, ni ante las lamentables deformaciones y casos de teratolología -psíquica que nos presenta la primera inmoralista de todas las épocas. - -Imaginaos el dulce y puro sueño de una virgen, lleno de blandura, de -delicadeza, de suavidad, una fiesta eucarística, una pascua de lirios y -de cisnes. Entonces un diablo,--Behemot quizá,--el mismo de Tamar, el -mismo de Halagabal, el mismo de las posesas de Lodun, el mismo de Sade, -el mismo de las misas negras, aparece. Y en aquel sueño casto y blanco -hace brotar la roja flora de las aberraciones sexuales, los extractos y -aromas que atraen a incubos y sucubos, las visiones locas de incógnitos -y desoladores vicios, los besos ponzoñosos y embrujados, el crepúsculo -misterioso en que se juntan y confunden el amor, el dolor y la muerte. - -La virgen tentada o poseída por el Maligno, escribe las visiones de sus -sueños. De ahí esos libros que deberían leer tan solamente los -sacerdotes, los médicos y los psicólogos. - -Maurice Barrès coloca «Monsieur Venus», por ejemplo, al lado de -«Adolphe», de «Mlle. de Maupin», de «Crime d’Amour», obras en que se han -estudiado algunos fenómenos raros de la sensibilidad amorosa. Mas -Rachilde no tiene, bien mirado, antecesores,--a no ser la «Justina»,--o -ciertos libros antiguos cuyos nombres apenas osan escribir los -bibliófilos del amor, o del Líbido, como el Inglés que anima D’Annunzio -en su «Piacere.» Apenas podrían citarse a propósito de las obras de -Rachilde, pero colocándolas bastante lejanamente, algunas pequeñas -novelas de Balzac, la «Religiosa» de Diderot, y en lo contemporáneo, «Zo -Har» de Mendés. Un compañero tiene, sin embargo, Rachilde, pero es un -pintor, un aguafuertista, no un escritor: Felicien Rops. Los que -conozcan la obra secreta de Rops, tan bien estudiada por Huysmans, verán -que es justa la afirmación. - -El mayor de los atractivos que tienen las obras de Rachilde, está basado -en la curiosidad patológica del lector, en que se ve la parte -autobiográfica, en que se presenta al que observa, sin velos ni ambajes, -el alma de una mujer, de una joven finisecular con todas las -complicaciones que el «mal del siglo» ha puesto en ella. Barrès se -pregunta: ¿Por qué misterio Rachilde ha alzado delante de sí a Rauole de -Vénerande y Jacques Silvert? ¿Cómo de esta niña de sana educación han -salido esas creaciones equívocas? Es en verdad el problema atrayente y -curioso. No hay sino pensar en lejanas influencias, en la fuerza de -ondas atávicas que han puesto en este delicado sér la perversidad de -muchas generaciones; en el despertamiento, descubrimiento o invención de -pecados antiguos, completamente olvidados y borrados del haz de la -tierra por las aguas y los fuegos de los cielos castigadores. - -Exponiendo los títulos de sus obras, puede entreverse algo de las -infernales pedrerías de la anticristesa: «Monsieur de la Nouveauté», «La -femme du 199^o», «Monsieur Venus», «Gueue de poisson», «Histoires -bêtes», «Nonó», «La virginité de Diane», «La voise du sang», «A mort», -«La Marquese de Sade», «Le tiroir de Mimi-Corail», «Madame Adonis», -«L’homme roux», «La sanglante ironie», «Le Mordu», «L’animale»: parece -que se miraran nudos de brillantes y coloreados áspides, frutos bellos, -rojos y venenosos, confituras enloquecedoras, ásperas pimientas, vedados -genjibres. Entrar en detalles no podría, a menos que lo hiciese en -latín, y quizás mejor en griego, pues en latín habría demasiada -transparencia, y los misterios eleusíacos, no eran por cierto para ser -expuestos a la luz del sol. - -Los tipos de sus obras son todos excepcionales. - -Su libro «Sangrienta ironía», por ejemplo, presenta, como todos los -otros suyos, a un desequilibrado, un «détraqué.» Se trata de un joven -que ha asesinado a su querida en un momento de alucinación. Prisionero, -cuenta y explica por qué sucesión de causas ha llegado a cometer aquel -acto. La figura de Sylvain d’Hauterac, el desequilibrado, es una de las -mejores creaciones de Rachilde, pero la crítica le ha señalado como -inverosímil. Ello no quita que la obra sea de una vida intensa, y de un -análisis psicológico admirable. - -Ha escrito un drama simbolista titulado «Madame la Mort.» La acción se -circunscribe a una lucha desesperada del protagonista, entre la muerte y -la vida. A propósito; ¡qué dibujo macabro el de Paul Gauguin; dibujo que -simboliza a Madama la Muerte! - -Un fantasma espectral en un fondo obscuro de tinieblas. Se advierte la -anatomía de la figura; un gran cráneo; el espectro tiene una mano -llevada a la frente, una mano larga, desproporcionada, delgada, de -esqueleto; se miran claramente los huesos de las mandíbulas; los ojos -están hundidos en las cuencas. - -El artista visionario ha evocado las manifestaciones de ciertas -pesadillas, en que se contemplan cadáveres ambulantes, que se acercan a -la víctima, la tocan, la estrechan, y en el horrible sueño, se siente -como si se apretase una carne de cera, y se respirase el conocido y -espantoso olor de la cadaverina... - -La novela «Monsieur Venus» es un producto incúbico. Jacques Silvert es -el Sporus de la cruelmente apasionada cesarina; un Sporus vulgar de ojos -de cordero; bestia, sonriente, pasivo. Raoule de Vénerande una especie -de mademoiselle Des Esseints, se enamora de ese primor porcino; se -enamora, aplicando a su manera el soneto de Shakespeare: - - A womans’s face, with natures own - hand painted... - -Raoule de Vénerande es de la familia de Nerón, y de aquel legendario y -terrible Gilles de Laval, sire de Rayes, que murió en la hoguera; según -él por causa de Suetonio. En cuanto al emasculado y detestable Jacques, -ridículo Ganimedes de su amante vampirizada, es un curioso caso de -clínica, cliente de Krafft-Ebing, de Molle, de Gley. La androginia del -florista la explica Aristófanes en el banquete de Platón. Krafft-Ebing -le colocaría entre los casos que llama de «eviratio, o transmutatio -sexus paranoia.» - -El Sar Peladán en su etopea ha abordado temas peligrosos, con su -irremediable tendencia a idealizar el androginismo. Barbey también -penetró en algunos obscuros problemas; mas ni el autor de las -«Diabólicas», ni el Mago y caballero Rosa Cruz, han logrado como -Rachilde poseer el secreto de la Serpiente. Ella dice a nuestros oídos: - -...des mots si specieux tout has - que notre âme depuis ce temps tremble et s’tonne. - -Una mujer, una joven delicada, intelectual, cerebral, os descubre los -secretos terribles: he ahí el mayor de los halagos, el más tentador de -los llamamientos. Y advertid que penetramos en un terreno dificilísimo y -desconocido, antinatural, prohibido, peligroso. - -Hay un retrato de Rachilde, a los veinticinco años. De perfil; desnudo -el cuello, hasta el nacimiento del seno; el cabello enrollado hacia la -nuca, como una negra culebra; sobre la frente, recortado, según la moda -pasada, recortado y cubriendo toda la frente; la mirada, ¡qué mirada! -mirada de ojos que dicen todo, y que saben todo; la nariz delicada y -ligeramente judía; la boca... ¡oh boca compañera de los ojos! y en toda -ella el enigma divino y terrible de la mujer: «Misterium.» Sobre el -pecho blanco, prendido con descuido, hay un ramillete de botones de -rosas blancas. - -Sé de quien, estando en París, no quiso ser presentado a Rachilde, por -no perder una ilusión más. Rachilde es hoy madame Alfred Vallette; ha -engordado un poco; no es la subyugadora enigmática del retrato de -veinticinco años, aquella adorable y temible ahijada de Lilith. - -Casada con Alfred Vallette es hoy «mujer de su casa» mas no deja de -producir hijos intelectuales. Hace novelas, cuentos, críticas. - -Tiene Rachilde un vivo sentido crítico, descubre en la obra que analiza; -las faces más ocultas, con su hábil y rápida perspicacia de mujer. En la -revista que dirige Vallette, suele escribir ella ya un «compte rendu» -teatral, ya una vibrante exposición de un libro nuevo; critica con la -firmeza de una ilustración maciza, y con la admirable visión de su raro -talento. Tiene palabras especiales que os descubren siempre algo -ignorado y «sobre entendido» de una sutileza y malicia que inquietan. - -Es profundamente artista. Oid este grito: «¡Oh, son necesarios, esos, -los convencidos de nacimiento, para que se enmiende o reviente la Bestia -Burguesa, cuya grasa rezumante concluye por untarnos a todos! - -«Obra de odio y obra de amor deben unirse delante del enemigo maldito: -la humanidad indiferente.» - -Veamos algunas de sus ideas, al vuelo. «El verso libre--dice a propósito -de un libro de su amiga María Krysinska--es un encantador «non sens», es -un tartamudeo delicioso y barroco que conviene maravillosamente a las -mujeres poetas, cuya pereza instintiva es a menudo sinónimo de genio. No -veo ningún inconveniente en que una mujer lleve la versificación hasta -su última licencia!» - -En el prólogo de su teatro, hállase esta franca declaración: «Moi, je ne -connais pas mon école, je n’ais pas d’esthétique.» - -Según Charles Froment, en nuestra época no se tiene en absoluto la -noción de lo bello. Rachilde escribe su «Vendeur de Soleil», pieza -dramática que se ha presentado casi en toda Europa con éxito, para -demostrar que los únicos que no han visto el sol son los románticos. ¿Y -si buscando bien encontrásemos en la genealogía de Rachilde sangre -romántica?... Ella, ciertamente, ha empezado conversando con «Joseph -Delorme», y ha bebido en el mismo vaso que Baudelaire, el Baudelaire de -las poesías condenadas: «Le Léthe», «Les metamorphoses du Vampirer», -«Lesbos...» y que escribió un día en sus «Fusées»: «Moi, je dis: la -volupté unique et suprème de l’amour git dans la certitude de faire le -mal. Et l’homme et la femme savent, de naissance, que dans le mal se -trouve toute volupté.» - -En nuestros días, dice Rachilde, hay instigadores de ideas--como antes -«moneurs de loups»--pues en nuestra época llamada moderna, mil veces más -siniestra que la sangrienta Edad Media, son precisas apariciones mil -veces más flagelantes; y esos «meneurs», conduciendo sus ideas -carniceras a los asesinatos de las viejas teorías, de los viejos -principios, abriendo locamente los ojos del espíritu, son también los -precursores del Angel! ¡Bien locas las gentes que no comprenden que los -tiempos están próximos, porque los azuzadores de ideas se suceden con -una asombrosa rapidez sobre el sombrío horizonte! - -Así, ¿no tengo razón en llamar a Rachilde madama la Anticristesa? Ella -comprende, ella sabe, y ella es también un Signo. ¡Qué página escribiría -el profético Bloy sobre las anunciaciones del Juicio! - -¿Cómo dar una muestra de lo que escribe Rachilde, sin grave riesgo...? -Felizmente encuentro una paginita magistral, inocente y hasta santa, que -escribió con el título: «Imagen de Piedad.» - -Es la que sigue: - -«Era de aquellos que no conocen ni el reposo, ni las fiestas, el pobre -buen hombre viejo. Llevaba al dueño de su pequeño cortijo, la entrega -del mes de Agosto: el medio saco de trigo molido, tres pares de pollos, -cuyos huesos sobresalían bajo las plumas erizadas, y un poco de manteca. -Sus hijos, desembarazándose del servicio para ir a los oficios, le -habían puesto la brida del asno en el puño, del viejo asno casi tan -enfermo como él y; «Hue! Papá! Conduisez droit notre Martin...!» - -En momentos en que él llegaba a la orilla, recibió en plena frente como -un deslumbramiento, una visión del paraíso, y permaneció allí -estúpidamente plantado, en una admiración respetuosa; el asno, reculó, -afirmándose sobre sus jarretes: era la procesión que se desenvolvía, con -sus grandes muselinas talares, sus banderas llenas de reflejos, sus -cordones floridos, con sus ángeles, niños y niñas, «tout en neuf»; -inflando sus mejillas bajo sus coronas de rosas. Después el sacerdote, -vestido de un inmenso manto de oro, levantando al buen Dios, pálido, a -través de una custodia de fuego... - -Los jovencitos y las jovencitas se codearon y, querían reventar de risa; -ciertamente, no se desarreglaría ese bello orden de cosas por un viejo -hombre acompañado de un asno viejo. Y toda la procesión rozó a esos dos -séres ridículos con el extremo de sus suntuosas vestiduras de reina. - -El viejo tuvo conciencia de su indignidad, se puso le rodillas, se quitó -su gran sombrero. El asno bajó las orejas lamentablemente, sus orejas -demasiado largas, roídas de úlceras y cubiertas de moscas. De la alforja -de la izquierda, las cabezas asustadas de los volatiles, salieron -abriendo el pico, tendiendo la lengua puntiaguda, muertos de sed, pues -hacía un calor espantable, un pleno sol que devoraba el piadoso grupo -con sus dientes de brasa. El campesino se apoyaba en el animal y el -animal en el campesino, sudando uno y otro, los flancos palpitantes, no -osando ni uno ni otro mirar esas manificencias que caían del cielo con -llamas. La procesión, con su paso lento, ceremonioso, de gran dama, se -acercaba al próximo altar de Corpus; eso no concluía; siempre filas -nuevas de mujeres endomingadas, nuevas filas de los señores notables; no -volvería el viejo de su asombro de haber visto una tan enorme -muchedumbre de cristianos bien puestos. En fin, llegó el momento en que -pasaron los cojos, los enfermos, las madres llevando los niños de pecho, -los mal vestidos, la vergüenza de la parroquia: «Menoux», el de las -muletas, que tomaba rapé cada diez pasos: Ragotte, la bociosa, que tenía -la manía de plantar su enfermedad sobre un vestido de cachemir verde. - -Entonces, nuestro viejo se levantó, vacilante sobre sus piernas -doloridas, conmovido; levantó al asno por la rienda, siguió... No sabía -ya lo que hacía, pero se sentía a su vez tirado como su asno, por una -cuerda invisible, un hilo de oro salido de los rayos de la custodia, que -corría a lo largo de las guirnaldas de flores y llegaba a su frente de -viejo encaprichado, bajo la forma lancinante de una flecha de sol. Muy -chico, antes (¡oh! en la mañana de los tiempos), ha seguido al sacerdote -con vestidos purpúreos, arrojando hojas de rosa entre los humos del -incienso, y había tenido gozos de orgullo; más grande, se había colocado -tras las mozas risueñas, intentando en veces distraerlas de su rosario; -había tenido las mismas altiveces inexplicables, los mismos fuertes -latidos de corazón, confundiendo el brillo de las piedras preciosas, de -las casullas, con la dulce emulación de los ojos de «Marión», su -prometida... y después, no se acordaba mucho, los años corrían todos -iguales, como las tocas blancas, como las alas palpitantes de todas esas -cabezas de mujeres piadosas, perdiéndose sobre las azules lejanías del -cielo... No se acordaba más; seguía, sin embargo, siempre el último, el -menos digno, tirando de su asno con mano obstinada, olvidando hasta el -objeto de su viaje. Y «Martin» dócilmente, ritmaba su marcha con el coro -del cántico; los pollos, fuera de la alforja inclinaban la cresta, con -aire de resignarse, pues que se iba al paso... - -Había quienes se volvían a menudo entre la fila de fieles -escandalizados. Se le enviaban muchachos para decirle que se -volviese... o que dejase su asno. ¡Qué cola de procesión, la de Martín! -Circulaban risas de muchachas, con susurros de abejones; y solamente, el -señor cura, no quería darse cuenta de nada, aparentando no entender lo -que venía a murmurarle su sacristán al presentarle el incensario. - -La procesión después de las paradas de uso, se entró bajo el pórtico de -la iglesia. El viejo se encontró solo, en medio de una playa desierta. -Entrar con «Martín» no era casi posible. Abandonar a «Martín», los -pollos, la manteca, la montura, ni pensarlo quería. Y no tendría él su -parte de la gran bendición, de aquella que inclinada a los fieles, -cargados de pecados, sobre las baldosas, como las espigas maduras bajo -el vencedor relámpago de la hoz... Lanzando un profundo suspiro, el -pobre viejo se signó, descubierta su frente, una última vez, ante la -ojiva sombría del pórtico. Mas he aquí que, bruscamente, brota de esa -obscuridad temible una extraordinaria aparición: del fondo de la -iglesia, el cura llevaba la custodia; sí, el cura asombrando a sus -feligreses endomingados, el cura con su casulla luminosa, aureolado de -estrellas, de cirios, nimbado de las nubes del incienso... y el -sacerdote, con una mirada de extraña dulzura, pronuncia las palabras -sagradas, mientras que resplandece, más fulgurante aún, la custodia de -allá arriba, el sol, sobre el humilde viejo que lloraba de alegría, -sobre el triste «Martín» cuyas orejas ulceradas, pendían, ¡ay, tan -lastimosamente...!» - - * * * * * - -Esa página de Rachilde da a conocer el fondo de amor y de dulzura que -hay en el corazón de la terrible Decadente. Rachilde, la Perversa, -habría sido disputada entre Dios y el diablo, según Luis Dumur. ¡Qué -casuísta, qué teólogo podría demostrarme la victoria de Satanás en este -caso? Rachilde se salvaría, siquiera fuese por la intercesión del viejo -campesino y por la apoteosis de «Martín», el cual también rogaría por -ella... ¿No se salvó el Sultán del poema de Hugo, por la súplica del -cerdo? - -[imagen] - -[imagen] - - - - -GEORGE D’ESPARBÉS - - -Como el hecho no demuestra sino la oportunidad de una ocurrencia de -poeta, que en todo caso no merece sino aplausos, y como me fué narrado -delante de Jean Carrere, que aprobaba con su sonrisa, no creo ser -indiscreto al comenzar estas líneas contando la historia de un telegrama -de Atenas, leído en el reciente banquete de Víctor Hugo y firmado George -D’Esparbés, telegrama que reprodujo toda la prensa de París. - -Jean Carrere, en unión de otros jóvenes brillantes y entusiastas, -literatos, poetas, quisieron manifestar que no era cierta la fea -calumnia levantada contra la juventud literaria de Francia, que ha sido -tachada de irrespetuosa para con Víctor Hugo. - -Para ello, y con motivo de la nueva publicación de «Toute la Lyre», -organizaron un banquete que tuvo la correspondiente resonancia; un -banquete que pudiérase llamar de desagravio. - -Fueron ágapes a que asistió gran parte del París literario--viejos -románticos, parnasianos y escuelas nuevas, y de las que brotó, maldita -flor de discordia--a pistola, treinta pasos, sin resultado--un duelo -entre Catulle Mendés y Jules Bois, quienes no hace mucho tiempo eran -excelentes amigos. Fué la fiesta una deuda pagada, una ceremonia -cumplida con el dios, y la cual, con gran pompa, y por contribución -internacional, debería realizarse anualmente. Esta es una idea -poético-gastronómica que dejo a la disposición de los hugólatras. - -En la mesa, cuando el espíritu lírico y el champaña hacían sentir en el -ambiente un perfume de real mirra y de glorioso incienso, en medio de -los vibrantes y ardientes discursos en honor de aquél que ya no está, -corporalmente, entre los poetas, después de los brindis de los maestros, -y de los versos leídos por Carrere y Mendés, se pronunció por allí el -nombre de George D’Esparbés. D’Esparbés no estaba en el banquete, él, -que ama la gloria del Padre, y que como él ha cantado, en una prosa -llena de soberbia y de harmonía, los hechos del «cabito», la epopeya de -Napoleón. Jean Carrere, el soberbio rimador, se levanta y ausenta por -unos segundos. Luego, vuelve triunfante, mostrando en sus manos un -despacho telegráfico que acababa de recibir, un despacho firmado -D’Esparbés. - -¿Pero dónde está ahora él? Nadie lo sabe. Está en Atenas, dice Carrere. -Y lee el telegrama, una corona de flores griegas que desde el Acrópolis -envía el fervoroso escritor a la mesa en que se celebra el triunfo -eterno de Hugo. Pocas palabras, que son acogidas con una explosión de -palmas y vivas. Nadie estaba en el secreto. Cuando aparezca D’Esparbés -no hay duda de que «reconocerá» su telegrama. - -Y ahora hablemos de esa portentosa «Leyenda del Aguila» napoleónica. - -La «Leyenda del Aguila» es un poema, con la advertencia de que -D’Esparbés canta en cuentos. La epopeya es toda una, mas cada cuento -está animado por su llama propia, en que el lirismo y la más llana -realidad se confunden. - -No hace falta el verso, pues en esta prosa marcial cada frase es un -toque de música guerrera, las palabras suenan sus fanfarrias de -clarines, hacen rodar en el ambiente sus redobles de tambores, son a -veces un cántico, un trueno, un ¡ay!, un omnisonante clamor de victoria. - -También el final es triste, al doble sonoro y doloroso de las campanas -que tocan por la caída del imperio. Napoleón no aparece aumentado, no es -un Napoleón mítico y de fantasía; antes bien, algunas veces como que el -poeta se complace en achicar más su tan conocida pequeña estatura. - -Pensaríase en ocasiones un joven Aquiles comandando un ejército de -cíclopes, guiando a la campaña batallones de gigantes. Porque si emplea -el lente épico D’Esparbés, es cuando pinta las luchas, el decorado, el -campamento, los soldados imperiales. Los soldados crecen a nuestra -vista, aparecen enormes, sobrehumanos, como si fuesen engendrados en -mujeres por arcángeles o por demonios. Sus talantes se destacan -orgullosa y heroicamente. Tienen formas homéricas, son verdaderos -androleones; llega a creerse que al caer uno de ellos herido, debe -temblar alrededor la tierra, como en los hexámetros de la Iliada. - -Tal húsar es inmenso; tal granadero podría llamarse Amico o Polifemo; -tal escuadrón de caballería podría entrar en el versículo de un profeta, -terrible y devastador como una «carga» de Isaías. Y en todo esto una -sencillez serena y dominadora. Podría intercalarse en este libro, sin -que se notase diferencia en tono y fuerza, el episodio de Hugo en que -vemos a Marius asomarse a la ventana y lanzar un ¡viva al emperador! al -viento y a la noche. - -D’Esparbés ha elegido para su obra el cuento, este género delicado y -peligroso, que en los últimos tiempos ha tomado todos los rumbos y todos -los vuelos. La prosa, animada hoy por los prestigios de un arte -deslumbrador y exquisito, juntando los secretos, las bizarrías -artísticas de los maestros antiguos o los virtuosísimos modernos, es -para él un rico material con que pinta, esculpe, suena y maravilla. -Batallista de primer orden, conciso, nervioso y sugestivo, supera en -impresiones y sensaciones de guerra a Stendhal y a Tolstoi, y si existe -actualmente quien puede igualarle--alguno diría superarle--en campo -semejante, es un escritor de España, Pérez Galdós, el Pérez Galdós de -los «Episodios Nacionales.» - -Desde que comienza el poema, con el cuento de los tres soldados; tres -húsares altos como encinas, viene un potente soplo que posee, que -arrebata la atención. Estamos enfrente de tres máquinas de carne de -cañón, tres soldados, rudos y musculosos como búfalos, tres grandes -animales crinados del rebaño de leones del pastor Bonaparte. Porque es -de ver cómo esos sangrientos luchadores, esos fieros hombres del -invencible ejército, hablan del «emperadorcito», del pequeño y real -ídolo, como de un divino pastor, como de un David. Así cuando se -pronuncia su nombre, las fauces bárbaras, los fulminantes ojazos, se -suavizan con una dulce y cariñosa humedad. Son tres soldados que después -de la jornada de Jena, tienen, lo que es muy natural en un soldado -después de una batalla, tienen hambre. - -Ingenuamente y «necesariamente» feroces, esos tres hombres degüellan a -uno del enemigo, con la mayor tranquilidad, pero sufren y se inquietan -cuando sus caballos no comen. - -Por eso cuando hallan un cura que les hospeda, en Saalfeld, del lado de -Erfurth, y les da buena vianda y buen pan, lo que está conforme con la -lógica militar es que sus tres cabalgaduras, también hambrientas, entren -a comer en los mismos platos de ellos, espantando a la criada, y -haciendo que el sacerdote medite, y vea el alma de esos hombres; y no -se extrañe. Es uno de los mejores cuentos del poema. No resisto a citar -una frase. - -Los soldados comen como desesperados de apetito. El cura les contempla, -meditabundo y sacerdotal. De cuando en cuando les hace preguntas. Ha -tiempo que están en armas. Desde jóvenes han oído las trompetas de las -campañas. No saben de nada más. Y sobre todo, Napoleón se alza delante -de ellos semejante a una inmortal divinidad. El cura dice a uno: - -«--Y vos, hijo mío, ¿creéis en Dios padre todopoderoso?» - -El soldado no comprende bien. Piensa: «Dios padre... Dios hijo... -Dios...» - -«--¡Y bien!--grita de repente: - -«--¡Todo eso...! ¡eso es la familia del Emperador!» - -Después surge a nuestra vista un colosal tambor mayor del ejército de -Italia, «alto como una torre y tierno como un saco de pan.» Su nombre es -un verdadero nombre de gigante, más hermoso y tremendo que el de -Cristóbal o el de Fierabrás, o el de Goliat; se llama Rougeot de -Salandrouse. Un gallardo bruto, que cuando reía, «il montrait comme les -bêtes une épaisse gueule de chair rouge qui semblait saigner.» - -Este bello monstruo que gustaba de las viejas historias de guerra y de -las sublimes mitologías, amaba sobre todo la harmonía musical, las -cornetas, los parches del combate. Bonaparte le nombró subteniente, -teniente y capitán; después de lo de Arcola, después de lo de Mantua, -después de lo de Trebia. Pero el hijo de Apolo cifraba su ambición en -las pompas radiantes, en los compases, en el bastón que guiaba a los -tambores: quería ser tambor mayor. Lo fué después de mucho pedirlo al -emperador; y el titánico testarudo saludó con su admirable uniforme y -sus vanidosos gestos, el triunfal sol de Austerlitz. Le vió Lannes desde -su caballo, le vió Soult, le vió Bernadotte, le vió el insigne -caballero Murat: y junto con Berthier y Janot, le vió, sonriendo, el -«petit caporal», príncipe y dueño del Aguila. Y cuando llega la áspera -brega, en medio de los choques, de la confusión sangrienta y de la -muerte, la figura de Salandrouse, guiando sus tambores, adquiere -proporciones legendarias. - -Herido, soberbio, incomparable, hace que los parches no cesen de tocar -un son de victoria; y hay que ir a arrancarle de su puesto, donde se -yergue, maravilloso como un dios, al canto ronco y sordo de los pellejos -cribados. - -El desdén de la muerte, el respeto de la consigna, el amor a la vida -militar, y sobre todo, la adoración por el que ellos miran como -favorecido de la omnipotencia divina;--conquistador victorioso, señor -del mundo, Napoleón,--forman el alma de estos épicos relatos. - -Ya es el conde subteniente que sufre sin gemir, y muere oyendo leer, -cual si fuese un santo breviario, un libro de oro de la nobleza heroica; -ya es el grupo de bravos rústicos que no sabían cargar los fusiles en -medio de la más horrible carnicería, y que luego fueron condecorados; ya -son los rudos gascones que luchan como tigres y gritan como diablos; ya -es la marcha que bate un tamborcito casi femenil, para que desfilen ante -los ojos aquilinos de Bonaparte ciento veinticinco hombres, resto de los -treinta y ocho mil de Elkingen, o la visión de los cascos coronados por -penachos de cabellos de mujeres españolas; o «Le Kenneck», valiente y -fiel, delante del rey de Prusia; o el águila del Imperio que sale, -apretando el rayo con las garras, del vientre del caballo muerto; o esta -orden trágica, casi macabra, dada en lo más duro de la batalla: «En -avant, les cadavres...!» o el capellán que parafrasea la Biblia al ruido -de las descargas; o ese cuadro cuya sencilla magnificencia impone, -asombra y encanta, cuando el Cabito tiene frío, y va a la tienda de la -guardia inmortal, y duerme y se le hace lumbre con millones de oro, con -Murillos, con Goyas, con portentos de Velázquez, con encajes de -marquesas y abanicos de manolas; o el león de vida de gato que creía ser -inmortal si no se le mataba con su sable; o el abandono de los caballos, -alas de los caballeros; o el oficial que condecora y el emperador que -aprueba; o el fantasma del «shakó», que se alza para responder con -bizarría y cae en la muerte; o Duclós con sus charreteras, que condecora -llorando a un viejo luchador, y cuando el emperador le pregunta: -«Duclós, ¿conoces a ese hombre?» le contesta: «¡Señor, es mi padre!» o -el águila, el águila viva, que vuela y grita sobre el pabellón que -marcha al Austria; o el fúnebre clamor del abismo; o, en fin, los -cañones que doblan cuando ya el Grande ha caído, ¡lúgubres y fatales -campanas del Imperio! - -¡Libro magistral; poema ardiente y magnífico! - -La mujer no aparece sino raras veces, y en los recuerdos de los héroes: -las madres, las abuelas llenas de canas, alguna esposa que está allá -lejos! Donde brota un grupo de ellas, como un coro de Esquilo, -terribles, suplicantes, gemidoras como mártires, coléricas como -gorgonas, es en el capítulo, en el cuento de las crines. A un gran -número de las hijas de España, en su pueblo invadido, un coronel -fantasista, jovial y plúmbeo, hace cortar las cabelleras para adornar -los cascos de sus dragones. Y como una mujer, aullante de dolor como -Hécuba, se presenta con sus espesos cabellos ya canosos, el coronel se -los hace también cortar y los pone sobre su cabeza marcial, donde los -hará agitarse el huracán de la guerra. Y otra mujer brilla como una -estrella de virtud y de grandeza, divina suicida, augusta delante de la -muerte. Sucumbe con su niño en el más sublime de los sacrificios; pero -también quedan emponzoñados, rígidos y sin vida, en la casita pobre, -ocho cosacos como ocho bestias fieras. - -¿Qué otra figura femenil? Hay una, envuelta en el misterio. Ella, la -vaga, la anunciadora de las desgracias, la que se pasea silenciosa por -los vivacs, haciendo malos signos; ella, solitaria como la Tristeza, y -triste como la Muerte. ¿Qué otra más? La Victoria, de real y soberano -perfil, de cuello robusto y erectas mamas; creatriz de los lauros y de -los himnos. - - * * * * * - -Este libro es una obra de bien. El es fruto de un espíritu sano, de un -poeta sanguíneo y fuerte; y Francia, la adorada Francia, que ve brotar -de su suelo--por causa de una decadencia tan lamentable como cierta, -falta de fe y de entusiasmo, falta de ideales;--que ve brotar tantas -plantas enfermas, tanta adelfa, tanto cáñamo indiano, tanta adormidera, -necesita de estos laureles verdes, de estas erguidas palmas. Libros como -el de D’Esparbés recuerdan a los olvidadizos, a los flojos y a los -epicúreos el camino de las altas empresas, la calle enguirnaldada de los -triunfos. - -Y puesto que de Vogüe ha visto el feliz anuncio de un vuelo de cigüeñas, -alce los ojos Francia y mire si ya también vuelve, sonora, lírica, -inmensa, el Aguila antigua de las garras de bronce. - -[imagen] - -[imagen] - - - - -AUGUSTO DE ARMAS - - -Hace algunos años un joven delicado, soñador, nervioso, que llevaba en -su alma la irremediable y divina enfermedad de la poesía, llegó a París, -como quien llega a un Oriente encantado. Dejaba su tierra de Cuba en -donde había nacido de familia hidalga. Tenía por París esa pasión -nostálgica que tantos hemos sentido, en todos los cuatro puntos del -mundo; esa pasión que hizo dejar a Heine su Alemania, a Moreas su -Grecia, a Parodi su Italia, a Stuart Merril su Nueva York. Hijo -espiritual de Francia y desde sus primeros años dedicado al estudio de -la lengua francesa, si llegó a escribir preciosos versos españoles, -donde debía encontrar la expresión de su exquisito talento de artista, -de su lirismo aristocrático y noble, fué en el teclado polífono y -prestigioso de Banville. - -¡Banville! Pocos días antes de morir aquel maestro maravilloso y -encantador, recibió un libro de versos en cuya portada se leía: «Augusto -de Armas--Rimes Byzantines.» Leyó las rimas cinceladas de Armas y -entonces le escribió una carta llena de aliento y entusiasmo. - -Theodore de Banville había escrito, a propósito de Wagner, estas -palabras: «Le vrai, le seul, l’irrémisible défaut de son armure c’est -qu’il a fait des vers français. L’homme de génie, qui doit tout savoir, -doit savoir entre autres choses, que nul étranger ne fera jamais un vers -français qui ait le sens commun. On t’en fricasse des filles commes -nous! voilà ce que dit la Muse française á quiconque n’est pas de ce -pays ci, et lorsqu’elle disait cela en se mettant les poings sur les -hanches, Henri Heine, qui était un malin, l’a bien entendu.» -Ciertamente, le escribió el gran poeta a Augusto de Armas,--he dicho -eso; pero huélgome de confesar que vos sois la excepción de lo que -afirmé. - -Basta leer una sola de las poesías del refinado bizantino de Cuba, para -reconocer que fué con justicia armado caballero de la musa francesa al -golpe de la espada de oro de Banville. ¿Quién ha cantado en más ricos -hemistiquios el oleaje sonoro de los alejandrinos? Como Carducci que -lleno del fuego de su estro entona su cántico «¡Ave o Rima...!» como -Sainte Beuve que a manera de Ronsard celebra ese mismo encanto musical -de la consonancia, Augusto de Armas, con el más elevado deleite, alaba -la forma del verso francés en que se han escrito tantas obras maestras y -tantos tesoros literarios; alaba el instrumento que ha hecho resonar -desde el «Poema de Alejandro» hasta las colosales harmonías de «La -Leyenda de los siglos». - -Su libro es labrado cofrecillo bizantino, lleno de joyas. Su verso es -flor de Francia; su espíritu era completamente galo. Ha sido uno de los -pocos extranjeros que hayan podido sembrar sus rosas en suelo francés, -bajo el inmenso roble de Víctor Hugo. El abate Marchena no sé que haya -hecho en francés nada como su curiosidad latina del falso Petronio; -Menéndez Pelayo, pasmo de sabiduría, según se dice en España, dudo que -se acomodase a las exigencias de las musas de Galia; Longfellow dejó muy -medianejos ensayos, como su juguete «Chez Agassiz», Swinburne, que como -Menéndez Pelayo versifica admirablemente en lenguas sabias, en sus -versos franceses va como estrechado y sin la libertad y potencia de sus -poesías en su lengua nativa. Lo mismo Dante Gabriel Rossetti. - -Heine lo que escribió en francés fué prosa; lo propio Tourgueneff. Los -casos que pueden citarse, semejantes al de Augusto de Armas, son el de -su paisano José María de Heredia, que se ha colocado orgullosamente -entre el esplendor de sus trofeos; el de Alejandro Parodi, que ha -logrado hasta el laurel de las victorias teatrales: el de Jean Moreas, -gran maestro de poesía; el de Stuart Merril, que sólo puede ser yankee -porque como Poe nació en ese país que Peladan tiene razón en llamar de -Calibanes; el de Eduardo Cornelio Price, distinguido antillano, el de -García Mansilla, poeta y diplomático argentino que escribe envuelto en -el perfume del jardín de Coppée. Pero José María de Heredia llegó a -París muy joven, y apenas si tiene de americano el color y la vida que -en sus sonetos surgen, de nuestros ponientes sangrientos, nuestras -fuertes savias y nuestros calores tórridos. Heredia se ha educado en -Francia; su lengua es la francesa más que la castellana. Parodi, por una -prodigiosa asimilación, pertenece al Parnaso francés; Moreas llegó de -Atenas, histórica hermana de París; Stuart Merrill, como Poe, brota de -una tierra férrea, en un medio de materialidad y de cifra, y es un -verdadero mirlo blanco; formando Poe, el pintor misterioso y él, la -trinidad azul de la nación del honorable presidente Washington; Price, -no pasa de lo mediano; y García Mansilla, me figuro, que a pesar de sus -preciosas producciones, y con todo y creerle dominador de la rima -francesa y poeta y refinado artista, me figuro, digo, que debe de ser un -cultivador elegante de la poesía, un trovero gran señor que ritma y rima -para solaz de los salones, versos que deben ser impresos en ediciones -ricas y celebrados por lindas bocas en las bellas veladas de la -diplomacia. - -Augusto de Armas representaba una de las grandes manifestaciones de la -unidad y de la fuerza del alma latina, cuyo centro y foco es hoy la -luminosa Francia. El, que había nacido animado por la fiebre santa del -arte, llevó al suelo francés la representación de nuestras energías -espirituales, y Bánville pudo reconocer que el laurel francés, honra y -gloria de nuestra gran raza, podía tener quien regase su tronco con agua -de fuente americana, y que un americano de sangre latina podía ceñirse -una corona hecha de ramas cortadas en el divino bosque de Ronsard. - -¿Pero el soñador no sabía acaso que París, que es la cumbre, y el canto, -y el lauro, y el triunfo de la aurora, es también el maelstrom y la -gehenna? ¿No sabía que, semejante a la reina ardiente y cruel de la -historia, da a gozar de su belleza a sus amantes y en seguida los hace -arrojar en la sombra y en la muerte? ¡Pobre Augusto de Armas! Delicado -como una mujer, sensitivo, iluso, vivía la vida parisiense de la lucha -diaria, viendo a cada paso el miraje de la victoria y no abandonado -nunca de la bondadosa esperanza. Entre los grandes maestros, encontró -consejos, cariño, amistad. Dios pague a Sully Prudhomme, al venerable -Leconte de Lisle, a Mendés y a José María de Heredia, los momentos -dichosos que podían dar al joven americano, alimentando su sueño, su -noble ilusión de poeta. Y también a los que fueron generosos y llevaron -a la cama del hospital en que sufría el pálido bizantino de larga -cabellera, el consuelo material y la eficaz ayuda. Entre estos diré dos -nombres para que ellos sean estimados por la juventud de América: es el -uno Domingo Estrada, el brillante traductor de Poe, y el otro M. Aurelio -Soto, expresidente de la república de Honduras. - -[imagen] - -[imagen] - - - - -LAURENT TAILHADE - - -Rarísimo. Es, ni más ni menos, un poeta. Estas palabras que se han dicho -respecto a él no pueden ser más exactas: «Es un supremo refinado que se -entretiene con la vida como con un espectáculo eternamente imprevisto, -sin más amor que el de la belleza, sin más odio que a lo vulgar y lo -mediocre.» - -Como poeta, como escritor, no ha tenido la notoriedad que sólo dan los -éxitos de librería, los cuales desprecia el olímpico Jean Moreas, -supongo que, fuera de la razón lírica, porque recibe una buena pensión -de su familia de Atenas. Como hombre, raro es el que no conozca a -Tailhade en el «quartier.» - -Y a propósito, ¿recuerdan los lectores lo que aconteció a este otro -poeta cuando el alboroto de los estudiantes, años há? No le dieron sus -versos, por cierto, la fama que los garrotazos y heridas que recibió. -Poco más o menos sucede ahora con Laurent Tailhade. Sus libros, que -antes solamente circulaban entre un público escogido y en ediciones de -subscripción, es probable que tengan hoy siquiera sea una pasajera -boga; aunque su refinamiento y su aristocracia artística no serán ni -podrían ser para el gran público de los indudablemente ilustres Tales y -Cuales. El cómo ve la vida Laurent Tailhade, lo explica un caricaturista -de esta manera: «El poeta, vestido a la griega, toca la lira admirando -un hermoso caballo salvaje. Poseído del «deus», no advierte el peligro. -Resultado: Orfeo recibe un par de coces que le echan fuera de la boca -toda la dentadura.» - -Y Castelar a su vez, hablando de la explosión que tan maltrecho dejó al -lírico: «Hallábase allí entre tantos adoradores de la belleza divorciada -del bien, un escritor anarquista, el amado Tailhade, quien dijo que -importaba poco el crimen cometido por Vaillant, ante la hermosura de su -actitud y de su gesto al despedir la bomba, sólo comparables, añado yo, -al gesto y actitud de Nerón, cuando, vestido de Apolo y llevando en las -manos áurea cítara tañida por sus delicados dedos, celebraba el incendio -de la sacra Ilión entre las llamas que consumían la Ciudad Eterna. Pues -bien, el apologista de Vaillant y su crimen estaba en el comedor cuando -estalló la nueva bomba; y efecto del estallido, cayó casi deshecho en -tierra, perdiendo un ojo arrancado a su rostro por los vidrios -ardientes. Al sentirse así, no dijo nada el cuitadísimo de gestos y -actitudes, llevóse la mano a la herida y gritó: «¡Al asesino!» Hay -providencia.» - -¡El «amado Tailhade», anarquista! - -El gusta de los buenos olores y de las cosas bellas y poéticas. No quiso -ir al último banquete de la Pluma, porque «olía a remedios.» ¿Será -anarquista el que sabe como todos que, no digamos el anarquismo sino la -misma democracia, huele mal? - -Tengo a la vista sus «Vitraux.» Mi número es el 226 del tiraje único de -quinientos ejemplares que sobre rico papel de Holanda hizo el editor -Vanier. «Vitraux» es la primera parte de «Sur Champ D’Or.» La carátula -está impresa a tres tintas, rojo, violeta y negro, sobre un papel -apergaminado. Y la dedicatoria que escribió ese admirador de Vaillant es -la siguiente: - - A Madame - La Comtesse Diane de Beausaq - L. T. - -Laurent Tailhade dedica a esa dama aristocrática sus versos, porque debe -de ser bella, tiene un lindo nombre y el blasón es siempre bello. Y -pronunció la «boutade» sobre Vaillant porque, como Castelar, se imaginó -que el dinamitero había lanzado la bomba con un bello gesto. En cuanto a -Nerón, era sencillamente otro poeta, muy inferior por cierto al raro de -quien hoy escribo. Porque, no, no haría ni con todas las lecciones de -cien Sénecas, el imperial rimador, versos a sus dioses, como estos -burilados, miniados adorables versos que Tailhade ha escrito «Sur Champ -D’Or» en homenaje a la religión católica... y a la mujer amada. Es un -homenaje sacrílegamente artístico, si queréis; son joyas profanas -adornadas con los diamantes de las custodias, labradas en el oro de los -altares y de los cálices. Cierto que en los tercetos a nuestra Señora, -no se muestra el resplandor sagrado de la fe que vemos en la liturgia de -Verlaine; son obras inspiradas en la belleza del culto cristiano, del -ritual católico. - -Pero después de «Pauvre Lelian», que con fe pura y profunda y arte de -insigne maestro, ha escrito prodigios de rimado amor místico, nadie ha -igualado siquiera al Laurent Tailhade de los «Vitraux» en ninguna -lengua, por la gracia primitiva, el sagrado vocabulario y el sentimiento -de las hermosuras y magnificencias del catolicismo. Es aquí demasiado -profano, es cierto, y vierte en el agua bendita un frasco de opoponax... -¿Le perdonaremos en gracia al «bello gesto?» Para escribir estos poemas -ha debido recorrer los viejos himnarios, las prosas, los antiguos cantos -de la iglesia; las sequencias de Notker, las de Hildegarda, las de -Godeschalk y las poesías de aquel divino Hermanus Contractus que nos -dejó la perla de la Salve Regina. - -Laurent Tailhade es buen latinista, y ha versificado imitando a Adam de -Saint-Víctor. - -Ejemplo: - - ¡Saivi vincia! ¡fulge lemur! - Amor nunc foveamur: - Per te, virgo, virginemur. - -Sus «Vitraux» son comparables a los de las antiguas catedrales. En ellos -la Virgen conversa ingénuamente con el encantador serafín: - - Les calcédoines, les rubis - Passementent ses longs habits - De moire antique et de tabis. - - Ses cheveux souplets d’ambre vert - Glissent comme un rayón d’hiver - Sur sa cotte de menu-vair. - - ¡Oh! ses doigts frêles et le pur - Mystère de ses yeux d’azur - Eblouis du pardon futur! - - Tremblante elle reçoit l’Ave. - Par qui le front sera lavé - De l’antique Adam réprouvé. - - «Emperière au bleu pennon, - Sur le sistre et le tympanon, - Les cieux exaltent ton renom. - - ¡Toi de Jessé royal provin, - Pain mistique, pain sans levain, - Font scellé de l’Amour divin! - - ¡Toison de Gédéon! ¡Cristal - Dont le soleil oriental - N’adombre pas le feu natal...! - -La letanía continúa magnífica y preciosamente encadenada. Delicado, -perfumado con mirra celeste, su «Hortus Conclusus» resuena con el eco de -un himno en la fiesta de la purificación: - - Quia obsequentes oferunt - Ligustra et alba lilia. - Candor sed horum vincitur - Candore casti pectoris. - -Siempre la Reina Virgen, la «Mère Marie» de Verlaine--¡y de todos los -que sufren!--aparece radiante, vestida de sol, la Hija del Príncipe que -cantó el Profeta. Todos los bálsamos de consolación brotan de ella: -todos los perfumes: el del olibán, el del cinamomo, el del nardo de la -Esposa del Cantar de los Cantares. - -Un soneto litúrgico hay que no puedo menos que reproducir. Para él no -habría traducción posible en verso castellano. - -Es este: - - Dans le nimbe ajouré des vierges byzantines, - Sous l’auréole et la chasuble de drap d’or - Où s’irisent les clairs saphirs du Labrador, - Je veux emprisonner vos grâces enfantines. - - ¡Vases myrrhins! ¡trépieds de Cumes ou d’Endor! - ¡Maître-autel qu’ont fleuri les roses de matines! - Coupe lustrale des ivresses libertines, - Vos yeux sont un ciel calme ou le désir s’endort. - - ¡Des lis! ¡des lis! ¡des lis! ¡Oh pâleurs inhumaines! - ¡Lin des etoles, chœur des froids catéchuménes! - ¡Inviolable hostie oferte à nos espoirs! - - Mon amour devant toi se prosterne et t’admire, - Et s’exhale, avec la vapeur der encensoirs, - Dans un parfum de nard, de cinname et de myrrhe. - -Imaginaos un enamorado que fuese a las santas basílicas a arrancar los -mejores adornos para decorar con ellos la casa de su querida. Podría -citar exquisitas muestras de este volumen admirable; pero sería alargar -mucho estas apuntaciones. He de observar, sí, algo de su poética. Hay en -ella mezcla de Decadencia y de Parnaso. Algunas veces se pregunta uno: -¿es esto Banville? Prueba: - - C’est un jardin orné pour les métamorphoses - Où Benserade apprend ses rondeaux aux Follets, - Où Puck avec Trilby, près des lacs violets, - Débitent des fadeurs, en adorables poses. - -Y el «Menuet d’automne», es un espécime de la poética modernísima. Pero -en todo se reconoce la distinción, la aristocracia espiritual y la -magnífica realeza de ese «anarquista.» - -Cierto es que es éste el anverso de la medalla: la faz del inmortal -Apolo. - -En el reverso nos encontramos con una cara conocida, ancha y risueña, -con la cabeza de un bonachón y pícaro fraile que nos saluda con estas -palabras: ¡Buveurs très illustres, et vous, verolés très précieux!...» -Laurent Tailhade ha renovado a Rabelais en sus escasamente conocidas -«Lettres de mon Ermitage.» Después, su risa hiriente y sonora se ha -derramado en una profusión de baladas que le han acarreado un sinnúmero -de enemigos. En este terreno es una especie de León Bloy rimador y -jovial. Quisiera citar algún fragmento de las cartas o de las baladas; -¿pero cómo serán ellas cuando en las revistas que se han publicado se -ven llenas de lagunas y de puntos suspensivos? Con un tono antiguo y -bufonesco, burla a sus contemporáneos, empleando en sus estrofas las -palabras más brutales, obscenas o escatológicas. Sus baladas son el polo -opuesto de sus «Vitraux.» Esas baladas se conocieron en las noches -literarias de la «Plume» u otras semejantes, y hoy pueden verse en un -elegante volumen ilustrado por H. Paul. Nombres de escritores, asuntos -políticos y sociales, son el tema. Ya despelleja a Peladan, - -...C’est Peladan-Tueur-de Mouches... - Quand Peladan coiffé de vermicelle..., - -ya pone en berlina a Loti, o a Bonnetain, o a Barres, o a Jean Moreas; -ya la emprende con el senador Bérenger, de pudorosísima memoria; ya toma -como blanco al burgués y alaba la terrible locura de Ravachol o de -Vaillant. - -Allá en el fondo de su corazón de buen poeta, hallaréis honrada nobleza, -valor, bravura y un tesoro de compasión para el caído. Exactamente lo -mismo que en el fulminante Bloy. - -Como conferencista ha traído un escogido público a la Bodiniére. Su -figura es apropiada a la elocuencia, y sus gestos son bellos, en verdad. - -Hay un retrato de «Dom Juniperien»--pseudónimo suyo, en el -«Mercure»--que le representa sentado en una vieja silla monástica, -vestido con su hábito de religioso, la capucha caída. La frente asciende -en una ebúrnea calva imponente; sobre el cuello robusto se alza la -cabeza firme y enérgica; los ojos escrutadores brillan bajo el arco de -las cejas; la nariz recta y noble se asienta sobre un bigote de -sportman, cuyas guías aguzadas denuncian la pomada húngara. De las -obscuras mangas del hábito salen las manos blancas, cuidadísimas, -finas, regordetas, abaciales. - -Fué de los primeros iniciadores del simbolismo. Vive en su sueño. Es -raro, rarísimo. ¡Un poeta! - -[imagen] - -[imagen] - - - - -FRA DOMENICO CAVALCA - - -No tengo conocimiento de que se haya traducido a nuestra lengua ningún -libro del «primitivo» Fra Domenico Cavalca, en cuyas obras en prosa y en -verso brilla la luz sencilla y adorable, la expresión milagrosa de las -pinturas de un Botticelli. Al menos, Estelrich, que es, en lo moderno, -quien mejor se ha ocupado en su magnífica Antología, de las traducciones -de obras italianas en idioma español, no cita en las noticias -bibliográficas de su obra el nombre del fraile Cavalca, de cuyas -producciones dice Manni, citado por Francisco Costero, hablando de las -«Vite scelte dei santi padri», que son merecedoras de todo encomio, «non -solamente pel fatto di nostra favella, ma exiandio per la materia stessa -di erudizione, di buon costume, di ottimi esempli, di antichi riti e di -profonda, sovrana dottrina fornita e ripiena»: Costero le coloca en el -rango de primer prosista de su tiempo, apoyado en Barretti, y en la -mayor parte de los críticos modernos. - -Si la pintura «primitiva» ha dado vuelo a la inspiración de los -prerrafaelitas, la poesía, la literatura trecentista y quatrocentista, -resuena también en el laud de Dante Gabriel Rosseti, en la lira de -Swinburne. En Francia ha inspirado a más de un poeta de las escuelas -nuevas. Verlaine, Moreas, Vielli Griffin,--quien con su Oso y su Abadesa -ha escrito una obra maestra,--son muestra de lo que afirmo. Ese mismo -Laurent Tailhade, ese mismo poeta de las baladas anárquicas, ha escrito -antes sus «Vitraux», en los cuales hallaréis oro y azul de misal viejo, -sencillas pinceladas de Fra Angélico. Hay un tesoro inmenso de poesía en -la gloriosa y pura falange de los místicos antiguos. - -Cuando en nuestra Bolsa el oro se cotiza duramente, cuando no hay día en -que no tengamos noticia de una explosión de dinamita de un escándalo -financiero o de un baldón político, bueno será volar en espíritu a los -tiempos pasados, a la Edad Media. - - Le Moyen Age énorme et délicat... - -He aquí a Cavalca, dulce y santo poeta que respiraba el aroma -paradisíaco del milagro, que vivía en la atmósfera del prodigio, que -estaba poseído del amor y de la fe en su Señor y rey Cristo. Antes que -él, Fra Guittone d’Arezzo pedía en un célebre soneto a la Virgen, que -le defendiese del amor terreno y le infundiese el divino; y el inmenso -Dante, en medio de sus agitaciones de combatiente, ascendía por las -graderías de oro de sus tercetos, al amor divino, conducido por el amor -humano. - -Eran los antiguos místicos prodigiosos de virtud; sus grandes almas -parece que hubiesen tenido comunicación directa con lo sobrenatural; de -modo que el milagro es para ellos simple y verdadero como la eclosión de -una rosa o el amanecer del sol. ¡Y qué artistas, qué iluminadores! En la -tela de la vida de un anacoreta, de un solitario, os bordan los -paisajes más ideales, las flores más poéticamente sencillas que podáis -imaginar. La caridad, la fe, la esperanza iluminan, perfuman, animan las -obras. Es el tiempo del imperio de Cristo. Para aquellos corazones -únicos, para aquellas mentes de excepción, la cruz se agiganta de tal -manera que casi llena todo el cielo. El Padre mismo y la Paloma blanca -del Espíritu están en el resplandor del Hijo. Y la Madre, la emperatriz -María, pone con su sonrisa una aurora eterna en la maravilla del -Empíreo. - -La hagiografía fué en aquellos siglos ocupación de las mejores almas. -Fra Domenico, si dejó escritos religiosos y teológicos, y vulgarizó más -de una obra desconocida, si fué poeta en sus serventesios y laudes, lo -que le ha señalado un puesto único en la literatura mística universal, -son las «Vidas»; aunque ellas no sean originales sino arreglos y -versiones. «Le Vite de Santi Padri» furono scritte parte de San -Gerolamo, parte da Evagrio del Ponto e da Sant’ Atanasio, e Fra Domenico -Cavalca le tradusse del latino», dice Costero. Pero hay tal encanto, tal -ingenua gracia y tal animación en ese italiano antiguo; es tan nítido y -suave el estilo de Fra Domenico, que la obra pasa a ser suya propia. No -conozco las otras traducciones suyas de obras diversas, como el -«Pangilingua» o «Suma de Vicios», de Guillermo de Francia, u otras de -que habla Costero: Un diálogo y una epístola de San Gregorio, las -«Ammonizione» de San Jerónimo a Santa Paula, un libro de Fra Simone de -Cascia, el «Libro de Ruth», y «Tratado de Virtudes y Vicios.» - -La musa de Cavalca, dice De Sanctis, es el amor. Respira, en efecto, -amor todo aquello que brota de su pluma: el absoluto amor de Dios. La -ternura rebosa en la vida de Santa Eugenia, que tanto entusiasmó a -escritora como la Franceschi Ferrucci. En la de San Pablo, primer -ermitaño, flota un ambiente de deliciosa fantasía. No creo equivocarme -si digo que Anatole France ha leído a nuestro autor para escribir -imitaciones tan preciosas como la «Leyenda» y «Celestín» de su «Etui de -nacre.» Las creaciones del paganismo alternan con las figuras ascéticas. -Pinturas hay de Fra Domenico que tienen toda la libertad de la -inocencia, y que en boca de un autor moderno serían demasiado -naturalistas. En la vida de San Pablo es donde se cuenta el caso de -aquel mancebo que, tentado para pecar, por una «bellísima meretriz», -sintiéndose ya próximo a faltar a la pureza, se cortó la lengua con los -dientes y la arrojó sangrienta a la cara de la tentadora. - -El viaje de San Antonio en busca de su hermano en Cristo, Pablo, que -habitaba en el Yermo, es página curiosísima. - -Allí es donde vemos afirmada la existencia real de los hipocentauros y -de los faunos. El Santo peregrino encuentra a su paso un «mezzo uomo e -mezzo cavallo», que conversa con él y le da la dirección que debe seguir -para encontrar al eremita. Luego un sátiro, un «uomo piccolo, col naso -ritorto e lungo, e con corna in fronte, e piedi quasi come di capra», le -ofrece dátiles y le ruega que interceda por él y sus compañeros con el -nuevo Dios, con el triunfante Cristo. - -Para Fra Domenico, que era un digno poeta, la existencia de esos seres -fabulosos es cosa indiscutible e indudable. Más aun, da en su apoyo -citas históricas. «De estas cosas, dice, no hay que dudar, por creerlas -increíbles o vanas; porque en tiempo del emperador Constantino, un -semejante hombre vivo fué llevado a Alejandría, y después, cuando murió, -su cuerpo fué conservado «(insalato)» para que el calor no le -descompusiese, y llevado a Antioquía, al emperador, de lo cual casi todo -el mundo puede dar testimonio.» - -Pero nada como la odisea de los monjes Teófilo, Sergio y Elquino, cuando -se propusieron, para edificación de la gente, narrar y escribir las -admirables cosas que Dios les había hecho ver, en su viaje en busca del -Paraíso terrenal. Esto se ve en la vida de San Macario. Habiendo -renunciado al siglo, entraron a un monasterio de Mesopotamia de Siria, -del cual era abad y rector Asclepione. El monasterio estaba situado -entre el Eufrates y el Tigris. Teófilo un día en medio de una mística -conversación, propuso a sus dos nombrados hermanos en Cristo ir en -peregrinación por el mundo, «hasta llegar al lugar en que se junta el -cielo con la tierra.» Partieron todos juntos, y la primera ciudad que -encontraron después de muchos días de caminar fué Jerusalém, en donde -adoraron la santa cruz y visitaron los lugares santos. Estuvieron en -Belén, y en el monte de los Olivos. Después se dirigieron a Persia, el -cual imperio recorrieron. Luego van a la India, y empiezan para ellos -los encuentros raros, los peligros y las cosas extranaturales. Les -rodean tres mil etiopes, en una casa deshabitada en la cual habían -entrado a orar; les cercan de fuego, para quemarles vivos; oran ellos a -Cristo; Cristo les salva; les encierran para darles muerte de hambre; -Dios les saca libres y sanos. Pasan por montes obscuros, llenos de -víboras y fieras. Caminan días enteros y pierden el rumbo. Un bellísimo -ciervo llega de pronto y les sirve de guía. Vuelven a encontrarse solos, -en un lugar lleno de tinieblas y de espantos: una paloma se les aparece -y les conduce. Encuentran una tabla de mármol con una inscripción -referente a Alejandro y a Darío. En la cual tabla miran escrita la -dirección nueva que deben tomar. Cuarenta días más de peregrinación y -caen rendidos de cansancio. Llaman a Dios, y adquieren nuevas fuerzas. -Se levantan y ven un grandísimo lago lleno de serpientes que parecían -arrojar fuego, «y oímos voces, dice la narración, salir estridentes de -aquel lago, como de innumerables pueblos que gimiesen y aullasen.» Una -voz del cielo les dijo que allí estaban los que negaron a Cristo. - -Hallaron después a un hombre inmenso--una especie de -Prometeo--encadenado a dos montes, y martirizado por el fuego. Su clamor -doloroso «s’udiva bene quaranta miglia alla lunga...» Después en un -lugar profundísimo, y horrible, y rocalloso y áspero--los adjetivos son -del original--vieron una fea mujer desnuda a la cual apretaba un enorme -dragón, y le mordía la lengua. Más adelante encuentran árboles -semejantes a las higueras, llenos de pájaros que tenían voz humana y -pedían perdón a Dios por sus pecados. Quisieron nuestros monjes saber -qué era aquello, mas una voz celeste les reprendió: «Non ci conviene a -voi conoscere li segreti giudici di Dio; andate alla vïa vostra.» Con -esta franca indicación los buenos religiosos prosiguieron su camino. -Hallan en seguida cuatro ancianos, hermosos y venerables, con coronas de -oro y gemas, palmas de oro en las manos; ante ellos, fuego y espadas -agudas. Temblaron los peregrinos; pero fueron confortados: «Seguid -vuestro camino seguramente que nosotros estaremos en este lugar, por -Dios, hasta el día del juicio.» - -Anduvieron cuarenta días más, sin comer. Después viene la pintura de una -visión semejante a las visiones, de los fuertes profetas--Ezequiel, -Isaías--, pero en un lenguaje dulce y claro, de una transparencia -cristalina. No es posible dar traducidas las excelencias originales. -Dicen que, en su camino, escucharon como cantar la voz de un pueblo -innumerable; y sintieron al mismo tiempo perfumes suavísimos, y una -dulzura en el paladar como de miel. - -Gozaban todos los sentidos santamente. Como en la bruma de un ensueño, -vieron un templo de cristal, y un altar en medio, del cual brotaba una -agua blanca como la leche, y alrededor hombres de aspecto santísimo que -cantaban un canto celestial con admirable melodía. El templo, en su -parte del mediodía, parecía de piedras preciosas; en su parte austral -era color de sangre; en la del occidente, blanco como la nieve. Arriba -estrellas, más radiantes que las que vemos en el cielo:--sol, árboles, -frutas y flores y pájaros mejores que los nuestros; y este precioso -detalle: «la terra medesima e dall’ uno lato bianca come neve e dall’ -altro rosa.» No concluyen aquí las maravillas encontradas por estos -divinos Marco Polos. Después de verse frente a frente con una tribu -extrañísima--a la cual ponen en fuga de muy curiosa manera, -gritando,--Dios calma sus hambres y sedes con hierbas que brotan de la -tierra como cayó el maná bíblico del cielo. - -Todo cubierto de cabellos blancos, «come l’uccello delle penne», aparece -ante ellos el ermitaño San Macario. Si la blancura de sus cabellos ha -sido comparada con la de la nieve, no obsta para compararla con la de la -leche. El retrato del solitario: «Su faz parecía faz de ángel; y por la -mucha vejez casi no se veían los ojos. Las uñas de los pies y de las -manos cubrían todo el cuerpo; su voz era tan sutil y poca que apenas se -oía, la piel del rostro casi como una piel seca.» - -Así León Bloy dibujaría una de sus viñetas arcaicas, a imitación de los -viejos maestros alemanes. Macario conversa con los peregrinos, después -de reconocer en ellos a hijos y ministros de Dios, y les aconseja no -proseguir en su intento de llegar al Paraíso. - -El mismo ha querido hacer el viaje: lo ha hecho: ¡está tan cerca aquel -lugar de delicias donde vivieron Adán y Eva! veinte millas, no más. Pero -allá está el querubín con una espada de fuego en la mano, para guardar -el árbol de la vida: sus pies parecen de hombre, su pecho de león, sus -manos de cristal. Macario recomienda sus huéspedes a sus dos leones: -«Hijitos míos, esos hermanos vienen del siglo a nosotros: cuidado con -hacerles ningún mal.» Cenaron raíces y agua; durmieron. Al siguiente día -ruegan a Macario que les narre su vida. Nuevos y mayores prodigios. - -Macario, nacido en Roma, cuenta cómo dejó el lecho de sus nupcias, la -propia noche de bodas, para consagrarse al servicio de Cristo. - -Guías sobrenaturales, milagrosos senderos, hallazgos portentosos; todo -eso hay en la vida del anciano. También él, perdido en el monte, tuvo -por compañero a un onagro maravilloso, después de ser conducido por el -arcángel Rafael; muéstrale el sendero que debe seguir luego un ciervo -desmesurado; frente a frente con un dragón, el dragón le llama por su -nombre y le conduce a su vez, mas ya transformado en un bellísimo joven. -Halló una gruta y en ella dos leones, que desde entonces fueron sus -compañeros. Esos dos leones escoltaron como pajes, un buen trecho, a los -peregrinos, cuando se despidieron del santo eremita. - -Al tratar de los demonios y sus costumbres, en las «Vidas», Fra Domenico -es copioso en detalles. Deben haber consultado sus obras los Bodin, -Gorres, Sinistrari, Lannes, Sprenger, Remigius, del Río, para escribir -sus tratados demonológicos. En la vida de San Antonio Abad toma el -Bajísimo formas diversas: ya es una mujer bellísima y provocativa; o un -mozo horrible; o surge el diablo en forma de serpiente; y fieras, leones -fantásticos, toros, lobos, basiliscos, escorpiones, leopardos y osos, -que amenazan al solitario en una algarabía infernal. Después en otro -capítulo, explícase cómo los demonios pueden venir en forma de ángeles -luminosos, y parecer espíritus buenos. San Antonio cuenta de cuantas -maneras se le aparecieron: en forma de caballeros armados, o de fieras o -monstruos; de un gigante y de un santo monje. San Hilarión les oye -llorar como niños, mugir como bueyes, gemir como mujeres, rugir como -leones. San Abraham mira a Lucifer en su celda en medio de una -maravillosa luz, o en forma de hombre furioso, de niño, de una agresiva -multitud. A San Macario le tienta en figura de preciosa doncella, -ricamente vestida. A San Patricio le arroja a un fuego demoníaco, del -cual se libra por la oración. Pero casi siempre es en forma de mujer, o -por medio de la mujer que Satán incita, pues según dice con justicia -Bodin: «Satán par le moyen des femmes, attire les hommes a sa cordelle.» -Y es probado. - -Lo que se presenta con especial y primitiva gracia en las «Vite» son las -adorables figuras de las santas. Semejan imágenes de altar bizantino, de -vidrieras medioevales; la virgen Eufrasia; Eugenia, mártir; Eufrosina -que vivió en un monasterio con hábito masculino, como murió Palagia; -María Egipciaca, dulce pecadora que va a Dios y resplandece como una -estrella en el cielo de la santidad; Reparada, que cambia en agua fría -el plomo derretido y entra al horno ardiente y sale intacta. - -Al acabar de leer la obra de Fra Domenico Cavalca siéntese la impresión -de una blanda brisa llena de aromas paradisíacos y refrescantes. Hay -algo de infantil que deleita y pone en los labios a veces una suave -sonrisa. - -Todas las literaturas europeas tienen esta clase de -escritores--hagiógrafos o poetas,--por desgracia hoy demasiado olvidados -e ignorados.--Raro es un Rémy de Gourmont que resucite y ponga en -maravilloso marco las bellezas del latín místico de la Edad Media, por -ejemplo. No son muchos--no digo entre nosotros; eso es claro--los que -conocen joyeles como las «Secuencias» de santa Hildegarda, y otros -tesoros de poesía mística antigua. Alemania posee el «Barlaam» y -«Josaphat», el cántico de San Hannon, etcétera. Tieck intentó que la -poesía alemana de su tiempo se abrevase en las límpidas aguas de -Wackenroder y otros autores de su tiempo. Fué un precursor de Dante -Gabriel Rossetti, del prerrafaelismo; y sufrió por sus intentos más de -una picadura de las abejas de Heine. - -[imagen] - - - - -EDUARDO DUBUS - - -Los violines también se callan, los violines que tocaban tan -vigorosamente para la danza, para la danza de las pasiones; los violines -se callan también. Estas palabras de la «Angélica» de Heine, escucháis -al entrar al parque solitario en donde la fiesta tuvo sus luces y sus -cantos. - -Eduardo Dubus es un raro poeta, poeta que enguirnalda con rosas -marchitas el simulacro de la Melancolía. - -Vamos allá al recinto abandonado... ya pasó la hora de la partida; ya -las barcas van lejos; ya las marquesas, los caballeros galantes, los -abates rosados van lejos. Callaron los violines y partieron, con su -dulce alma harmoniosa... Los violines, silenciosos, van ya lejos... - - En mes rêves, ou regne une Magicienne, - Cent violons mignons, d’une grâce ancienne, - Vêtus de bleu, de rose, et de noir plus souvent - Viennent jouer parfois, on dirait pour le vent, - Des musiques de la couleur de leur coutume, - Mais on pleurent de folles notes d’amertume, - Que la Fée, une fleur au lèvres, sans émoi, - Ecoute longuement se prolonger en moi, - El dont je garde souvenir, pour lui complaire, - Et maint joyau voilé d’ombre crépusculaire, - Qu’orfèvre symbolique et pieuse sortis - A sa gloire, - Quand les violons sont partis. - -Si vuestra alma pone el oído atento, en las fiestas de ensueños del -poeta, oiréis los maravillosos sones de los violines: los azules cantan -la melodía de las dichas soñadas, los alcázares de ilusión, las -babilonias de pálido oro que vemos a través de las brumas de los vagos -anhelos; los rosados dicen las albas de las adolescencias, la luz -adorable del orto del amor, la primera sutil y encantada iniciación del -beso, las palomas, las liras; los negros, ¡oh los negros! son los -reveladores de las tristezas, los que plañen los desengaños, los que -sollozan líricos de profundis, los que riman la historia de los adioses, -en una enternecedora lengua crepuscular. Todos ellos mezclan a sus sones -divinos la nota melancólica; todos a su «gracia antigua», agregan como -una visión de desesperanza: así escucha el Hada, una flor en los -labios... - -La aparición de Ella, es semejante a una de las deliciosas visiones de -Gachons, ese discípulo prestigioso de Grasset, rosa suave, violeta -suave, un poniente melancólico; la Mujer surge intangible; no es la -Mujer, es la Apariencia; sus ojos son adoradores de los sueños, enemigos -de las fuertes y furiosas luces; aman las neblinas fantásticas; buscan -las lejanías en donde crece el sublime lirio de lo Imposible. Luego la -contemplamos en un jardín hesperidino: - - Parmi les fleurs pâles, aux senteurs ingénues, - Qui n’ont jamais vibré sous les soleils torrides, - Elle va le regard éperdu vers les nues. - - Son âme, une eau limpide et calme de fontaine: - Sous le grand nonchaloir des ramures funèbres, - Reflète indolement la rêverie hautaine - Des lis épanouis dans les demi ténébres. - - Une angélique Main, qui lui montre la Voie, - Seule dans sa pensée eut la gloire d’écrire, - Et le ciel, d’une paix divine lui renvoie - L’écho perpétuel de son chaste sourire... - -Es una misteriosa y pura figura de primitivo: su paso es casi un -imperceptible vuelo; su delicadeza virginal tiene el resplandor albísimo -de una celeste nieve... Etcétera... - -Y así podría seguir, violineando poema en prosa, para encanto de los -snobs de nuestra América ¡que también los tenemos! si no debiese -presentar como se lo merece, en la serie de los Raros, a este poeta -Dubus, que es ciertamente admirable, y en el mismo París, como no sea en -ciertos cenáculos literarios, muy escasamente conocido. - -León Deschamps compara la cara de Dubus a «la máscara de Baudelaire -joven», lo cual quiere decir que era de un hermoso tipo, si recordáis la -impresión de Gautier; era joven y vigoroso, «un grand enfant rêveur, -pervers pas mal et fantasque joliment.» Del retratito pintado con humor -y cariño por su amigo el jefe de «La Plume», se ve que había en el -lírico envainado un fantasista, y en el soñador un terrible, que quería -a toda costa espantar a los burgueses. No hay que olvidar que los peores -enemigos de las «gentes», se han hallado siempre entre los hombres -jóvenes y cabelludos que besan mejor que nadie las mejillas, muerden las -uvas a plenos dientes y acarician a las musas, como a celestiales amadas -y ardientes queridas. Era así Dubus. - -No se adivinaría tras su faz, al melancólico que deslíe los pálidos -colores de sus ensueños, en los versos exquisitos que rimaba, cuando los -violines habían ya partido... - -Quería tener fama en «Francisco I», en el «Vachette», en todo el barrio -de ser morfinómano y no había visto nunca, dicen sus íntimos, una -Pravaz; de ser pornógrafo y era casto, tan casto en sus versos, como un -lirio de poesía; de mal «sujeto», y era un excelente muchacho. Su Maga -le protegía; su Maga le enseñaba la más dulce magia; su Maga le enseñaba -los melodiosos versos, las músicas de sus enigmáticos violines... - -Henri Degrou--otro perfecto desconocido--nos ha contado de él cómo -apenas tenía diez años de vida artística; que comenzó en el «Scapin» de -Vallette con Denise, Samain, Dumur, Stuart Merril, que luego juntando -dos cosas horriblemente antagónicas, poesía y política, fué -conferencista revolucionario en la sala Jussieu; y se batió en duelo; -periodista clamoroso y aullante en el «Cri du Peuple», en la «Jeune -Republique» y en la escandalosa «Cocarde» de boulangística memoria; -poeta en el «Chat Noir», con Tinchant y Cross, y compañero constante de -la parvada mantenedora de las «revistas jóvenes», entre las cuales -brotaron dos que hoy son lujo intelectual del alma nueva de Francia, y a -las que no nombro por ser muy conocidas de los «nuevos.» - -Hízose luego Dubus pontífice o cosa así de una de esas religiones de -moda más o menos indias o egipcias; budhista, kabalista, o lo que fuese, -lo que buscaba su espíritu era huir de la banalidad ambiente, hallar -algo en que refugiarse, sediento de ensueños y de fábulas, enemigo del -bulevar, de Coquelin y de la «Revue de Deux Mondes», uno de tantos «des -Esseintes», en fin. - -Cuando la publicación de su libro-bijou, «Quand les violons sont -partis»,--libro especial, defendido de los hipopótamos callejeros porque -era de subscripción y no se vendía en las librerías,--los pocos, los que -le comprendieron, le saludaron como a uno de los más ricos y brillantes -poetas de la nueva generación. - -Ni desconyuntó el verso francés; ¡y era revolucionario y simbolista! ni -mimó a Mallarmé; ¡y era decadente...! ni ostentó la escuadra de plata y -la cuchara de oro de los impecables albañiles del Parnaso; ¡y era -parnasiano! Lo único que le denunciaba su filiación era un cierto -perfume de Baudelaire; pero un Baudelaire tan sereno y melancólico... - -Al comenzar vimos cómo era el alma del poeta, es decir, la mujer, la -inspiración. Simboliza Dubus en ella a la reina de un soñado país que se -desvanece, de un reino hechizado que se borra, que se esfuma: - - Elle pairait ainsi bien Reine pour ces temps - Enveloppés de leur linceul de décadence, - Où tante joie est travestie de Mort qui danse, - Et l’Amour en vieillard, dont les doigts mécontents, - Brodent, sans foi, sur une trame de mensonge - Des griffons prisonniers dans des palais de songe. - -En ella, como en un altar, se verifican todos los sacrificios, se queman -todos los inciensos. Se miran, como a través de una gasa diamantina, o -más bien, de clara luz lunar, los jardines de su vida, su primavera, en -un estrecimiento de oro; o es ya su perfil, el perfil de una emperatriz -bizantina--algo como la Ana Commeno que pinta Paul Adam--sus deseos y -sus ensueños, bajeles-cisnes que parten a desconocidos países de amor, -en busca de nuevos ardores, de nuevos fuegos: y mirad la transformación: -cómo la mujer intangible marchita ahora con sólo su aliento las corolas -frescas; cómo estremece de asombrado espanto los blancores liliales con -sólo la visión de sus crueles e imperiales labios de púrpura, la roja -violadora de lises. - -La segunda parte del libro está precedida de un son de siringa de -Verlaine; - - Cœurs tendres, mais affranchis du serment. - -En toda obra de poeta joven actual se ve necesariamente pasar la sombra -del Capripede. - -Es el que ha enseñado el secreto de las vagas melodías sugestivas, de -aquellas palabras - - si specieux, tout bas, - -que hacen que nuestro corazón «tiemble y se extrañe...» primero con la -proclamación del imperio musical--de la «musique avant toute chose»--y -las maravillas del matiz, en una poética encantadora y sabia; después -con la sapientísima gracia de una sencillez más difícil que todas las -manifestaciones que parecieron al principio tan abstrusas. - -Dubus canta su romanza teniendo la visión de aquel parque verleniano en -que iban las bellas, prendidas del brazo de los jóvenes amantes, -soñadoras; y en donde los tacones luchaban con las faldas... - - J’aimerais bien vous égarer un soir - Au fond du pare desert, dans une allée - Impénétrable à la nuit etoilée: - J’aimerais bien vous égarer un soir. - - Je ne verrais que vos longs yeux féeriques - Et nous vivons lèvres closes, rêvant - A la chanson languisante du vent; - Je ne verrais que vos longs yeux féeriques. - -Luego las pequeñas cosas divinas del amor, en medio de los perfumes del -gran bosque misterioso, las dos almas olvidadas de la tierra; vuelos de -mariposa, sombras propicias... - - Quelle serait la fin de l’aventure? - Un madrigal accueilli d’airs moqueurs? - Nous fûmes tant les dupes de nos cœurs? - Quelle serai la fin de l’aventure? - -Abates de corte, marquesas, ecos de las Fiestas galantes. Como en éstas, -la expresión de un indecible «régret», y el refugio de la desolación en -el ensueño. - -En ritmos de Malasia continúan las lentas y vagorosas prosas de las -ilusiones fugitivas, de las «reveries» crepusculares, de las laxitudes -que dejan los apasionados besos idos; se oyen en el «pantum» como las -quejas de un viejo clavicordio, que hubiese sido testigo de las horas de -pasión, en la primavera en que florecieron las ilusiones, y que hoy -rememora ¡tan tristemente! las albas amorosas que pasaron. ¿Hay algo más -melancólico que el rostro de viuda de esa musa entristecida que tiene -por nombre Antes? - -En «Les Jeux fermés» las reminiscencias de Verlaine aparecen más claras -que en ninguna. Si me favoreciese la memoria, recordaría el pasaje -original del maestro. Pero los pocos lectores para quienes escribo estas -líneas, podrán hacer la confrontación: - - * * * * * - - Toute blanche, comme une aubépine fleurie, - Voici la Belle-au-bois-dormant: on la marie, - Ce soir, au bien-aimé qu’elle atendit cent ans. - - Cendrillon passe au bras de l’Adroite-Princesse... - Et les songes épars des contes, vont sans cesse - Souriant aux petits enfants jusqu’au reveil. - - * * * * * - -La parte siguiente la preside Mallarmé; un Mallarmé que viene desde las -lejanías del Eclesiastés: - - ¡La chair est triste hélas! et j’ai lu touts les livres! - -¿Los violines, los dos violines de la cuadrilla, lloran, o ríen? Es el -fin del baile. La respuesta quizá la encontraríamos en «La Nuit perdue», -bajo los tilos radiosos de girándulas, en donde la orquesta da al aire -alegres y frívolos motivos. - -Aquel mismo parque lleno de adorables visiones, y de ruidos de músicas -suaves y de besos, es el lugar de la nueva escena. Al claro de la luna -se inicia un amorío deleitoso y loco. Pero el éxtasis es rápido. No -quedará muy en breve sino la lánguida atonía del recuerdo. - -«La Mensonge d’Autunne» está escrita con la manera suntuosa y hermética -de Mallarmé: apenas entrevistas apariencias, enigmáticas evocaciones, -músicas sutiles y penetrantes, despertadoras de sensaciones que un -momento antes ignoraba uno dentro de sí mismo. - -Aurora. Ha pasado la noche de la fiesta. «El oro rosado de la aurora -incendia los «vitraux» del palacio en donde se danza una lenta pavana -desfalleciente, a los perfumes enervantes del aire puro.» - -Un detalle: - - L’éclat falot de la bougie agonise - A l’infini, dans les glaces de Venise. - -¿Habéis visto un final de fiesta, cuando el alba empieza y la luz del -sol va inundado el salón iluminado por las arañas y los candelabros? Los -rostros cansados, las ojeras, las fatigas del cuerpo y una vaga fatiga -del alma. - - - * * * * * - - La musique a des sons bien étranges; - On dirait un remords qui pérore. - - Mourants ou morts dejà les sourires mièvres, - Les madrigaux sont morts sur tous les lèvres. - - * * * * * - - Dans la salle de bal nue et vide - Reste seul un bouquet qui se fane, - Pour mourir du même jour livide - Que l’espoir des danseurs de pavane. - - L’éclat falot de la bougie agonise - A l’infini, dans les glaces de Venise... - -Después una canción jovial cuyo final nos llevará al ineludible páramo -de los desengaños; una «feerie»--para Rachilde--que sería -maravillosamente a propósito para ser interpretada por Odilon Redon. - -Y en los «bailes», son las alegres danzantes, las amadas, las -adoradas--¡ah, crueles gatas nietzschianas!--las alegres danzantes que -danzan al son de los violines y de las flautas. - -Entre aromas y sonrisas y músicas, helas allí del brazo de los -caballeros, de los pobres enamorados caballeros. - ---Bellas nuestras, ¿queréis colocar en el lugar de las rosas, sobre -vuestro corazón los corazones nuestros? - -¡Ah! ellas dicen que sí, toman los corazones, se los prenden al corpiño, -y ríen. Los pobres caballeros partirán y han de ver cómo las bellas -danzan en la sala del baile, y cómo se desprenden los corazones de los -corpiños, y cómo ellas siguen danzando, - -... et leurs petits souliers - Glissent éclaboussés de gouttes purpurines. - -Otra noche de fiesta. Los pájaros azules han volado desde el amanecer -del día, pero vuelven como heridos, con un incierto vuelo. Las rosas del -camino están más pálidas y son más raras que nunca. Las flores están -desoladas bajo un cielo ahogador. Casi concluye esta parte con una -sensación de pesadilla. - -Ciertamente, el poeta sabía ya cómo la carne es triste; y había leído -todos los libros... - -En la otra parte, cuyo epígrafe es este verso de Gerard de Nerval: - - Crains dans le mur un regard qui t’epie, - -es una sucesión de cuadros fastuosos, en donde predomina siempre la -bruma de una tristeza irremediable. Es el reino del desencanto. - -Así en un soneto invernal, como en el «pantun» del Fuego, dedicado a -Saint Pol Roux El Magnífico; como en el palacio monumental que alza en -una Babilonia de ensueño; como en la canción «para la que llegó -demasiado tarde»; como en Epaves, donde los galeones cargados de -esperanzas se hunden en un océano de olvido, antes de llegar a la España -soñada; como en el jardín muerto, un jardín a lo Poe, en donde reina la -Desolación. - -La parte siguiente presídenla dos corifeos de la Decadencia (¡habrá que -llamarla así!): Villiers de l’Isle Adam y Charles Morice. - -El Eterno Femenino alza al cielo un cáliz enguirnaldado de locas flores -de voluptuosidad: - - La haute coupe, d’un metal diamanté - Où se profilent de lascives silhouettes, - A l’attirance d’un miroir aux alouettes, - Et nos divins désirs, qu’elle eblouit un jour, - Viennent, l’aile ivre, éperdument voler autour - Criant la grande soif qui nous brûle la bouche, - Jusqu’à l’heure de la communion farouche - Où chacun boit dans le metal diamanté - La Science: qu’il n’est au monde volupté - Hormis les fleurs dont s’enguirnalde le calice, - Pour que s’immortalice un merveilleux supplice. - -Las letanías que siguen tienen su clarísimo origen en Baudelaire; pero -tanto Dubus, como Hannon, como todos los que han querido renovar las -admirables de Satán, no han alcanzado la señalada altura. No se puede -decir lo mismo respecto a la «Sangre de las rosas», en donde el autor se -revela exquisito artista del verso y poeta encantador. - -Después oímos el canto que rememora el naufragio de los que, atraídos -por las fascinantes sirenas, hallaron la muerte bajo la tempestad, -«cerca de los archipiélagos cuyos bosques exhalan vagas sinfonías y -perfumes cargados de languideces infinitas.» - - C’était le chant suave et mortel des sirenes, - Qui avançaient, avec d’ineffables lenteurs, - Les bras en lyre et les regards fascinateurs, - Dans les râles du vent diviniment sereines. - -Algo soberbio es «El Idolo», poema fabricado lapidariamente, cuyo -símbolo supremo irradia una majestad solemne y grandiosa. - -Seguidamente viene la última parte, en la cual vuelve a oirse el paso -del Pie de chivo, y su flauta de carrizos: - - ¿Te souvient-il de notre extase ancienne? - -Llama a la Resignación, con una cordura completamente verleniana; Don -Juan se queja en dísticos. Es ya un piano viejo y roto, demasiado usado. -Ha cantado muchos amores y muchas delicias. Las mujeres han aporreado -sus teclas con aires infames, y «traderiderá y laitou», - - ¡Tant et tout! que les tremolos - Eussent la gaîté des sanglots. - -En el parque antiguo yace la estatua de Eros, caída; las canciones ha -tiempo que se han callado: el solitario desterrado halla apenas un -refugio: el orgullo de los recuerdos: «Superbia.» Al finalizar hay un -clamor de resurrección. - - Pour devenir enfin celui que tu recèles, - Et qui pourrait périr avant d’avoir été - Sous le poids d’une trop charnelle humanité, - ¡O mon âme! il est temps enfin d’avoir des ailes. - -Concluye el libro con un inmemoriam a la adorada que un tiempo sacrificó -el corazón del pobre poeta; a la adorada reina, amante de la sangre del -sacrificio, cruel como todas las adoradas,--Herodias. - -Los violines se han callado, los violines han partido. Y el poeta ha -partido también, camino del cielo de los pobres poetas, camino de su -hospital. - -Los violines negros deben haber iniciado un misterioso «De profundis», -los violines negros que le acompañaron en sus desesperanzas y en sus -dolores, cuando la vida le fué dura, la gloria huraña y la mujer -engañosa y felina. - -[imagen] - -[imagen] - - - - -TEODORO HANNON - -...M. Théodre Hannon, un poéte - de talent, sombré, sans excuse de - misère, a Bruxelles, dans la cloaque - des revues de fin d’année et les - nauséeuses ratatouilles de la basse - presse. - _J. K. Huysmans._ - - -¿Arthur Symons?... no estoy seguro; pero es en libro de escritor inglés -donde he visto primeramente la observación de que la mayor parte de los -poetas y escritores «fin de siglo» de París, decadentes, simbolistas, -etc., han sido extranjeros y, sobre todo, belgas. - -Escribo hoy sobre Theodore Hannon, quien si no tiene el renombre de -otros como Maeterlink, es porque se ha quedado en Bruselas, de revistero -de fin de año y periodista, cosa que a Des Esseintes provoca náuseas. - -¡Raro poeta, este Theodore Hannon! Apareció entre la pacotilla -pornográfica que hizo ganar al editor Kistemackers, propagador de todas -las cantáridas e hipomanes de la literatura. Fueron los tiempos de las -nuevas ediciones de antiguos libros obscenos; de la reimpresión del «En -18...» de los Goncourt, con las partes que la censura francesa había -cercenado. Paul Bonnetain daba a luz su «Charlot s’amuse», Flor -O’squarr su «Cristiana», que le valdría unos cuantos golpes del knut de -León Bloy, Poetevin, Nizet, Caze... la falange escandalosa se llamaba en -verdad legión. Entonces surgió Hannon con su «Manneken-pis», anunciado -como «curiosísimo y originalísimo volumen.» Amédée Lynen le había -ilustrado con dibujos «ingenuos.» No siendo suficiente esa campanada, -dió a luz el «Mirliton.» El diablo de las ediciones, Kistemacker, no -podía estar más satisfecho rabudo y en cuclillas, sobre las carátulas. -«Las Rimas de Gozo» nos muestran ya un Theodore Hannon, si no menos -tentado por el demonio de todas las concupiscencias, suavizado por los -ungüentos y perfumes de una poesía exquisita. Depravada, enferma, -sabática si queréis, pero exquisita. - -He ahí primero ese condenado suicidio del herrero, que dió tema a -Felicien Rops para abracadabrante aguafuerte, que no aconsejo ver a -ninguna persona nerviosa propensa a las pesadillas macabras. Esos versos -del ahorcado, parécenme la más amarga y corrosiva sátira que se ha -podido escribir contra la literatura afrodisíaca. No tendría Theodore -Hannon esas intenciones; pero es el caso que le resultaron así. - -Discípulo de Baudelaire «su alma flota sobre los perfumes», como la del -maestro. Busca las sensaciones extrañas, los países raros, las mujeres -raras, los nombres exóticos y expresivos. Me imagino el enfermizo gozo -de Des Esseintes al leer las estrofas al Opoponax: «¡Opoponax! nom très -bizarre--et parfum plus bizarre encore!» Tráele el perfume de apelación -exótica, visiones galantes, tentadores cuadros, maravillosos conciertos -orgiásticos; la nota de ese aroma poderoso sobrepasa a las de los demás, -en un efluvio victorioso. - -Gusta del opoponax porque viene de lejanas regiones, donde la naturaleza -parece artificial a nuestras miradas; cielos de laca, flores de -porcelana, pájaros desconocidos, mariposas como pintadas por un pintor -caprichoso: el reinado de lo postizo. El poeta de lo artificial se -deleita con los vuelos de las cigüeñas de los paisajes chinos, los -arrozales, los boscajes ocultos y misteriosos impregnados de vagos -almizcles. Estrofas inauditas como esta: - - La chinoise aux lueurs des bronzes - En allume ses ongles d’or - Et sa gorge citrine où dort - Le désir insensé des bonzes. - La japonaise en ses rançons - Se sert de tes âcres salives. - - * * * * * - -Luego se dirigirá a Marión, la adorada que adora el opoponax. (El amor -en la obra de Hannon no existe sino a condición de ser epidérmico). Para -adular a la mujer de su elección le canta, le arrulla, lo diré con la -palabra que mejor lo expresa, le maulla letanías de sensualidad, -collares de epítetos acariciadores, comparaciones pimentadas, frases -mordientes y melifluas... Es el gato de Baudelaire, en una noche de -celo, sobre el tejado de la Decadencia. El opoponax es su tintura de -valeriana. - -Como paisajista es sorprendente. Nada de Corot; para hallar su -procedimiento es preciso buscarlo entre los últimos impresionistas. Tal -pinta una tarde obscura de tempestad y nubarrones; mar brava, negros -oleajes, vuelo de pájaros marinos; o un florecimiento de nieve, los -acuosos vidrios del hielo, la blancura de las nevadas; sinfonías en -blanco, inmensos y húmedos armiños. Pero de todo brota siempre el -relente de la tentación, el soplo del tercer enemigo del hombre, más -formidable que todos juntos: la carne. - -Solamente en Swinburne puede hallarse, entre los poderosos, esta poética -y terrible obsesión. Mas en el inglés reina la antigua y clásica furia -amorosa, el Líbido formidable que azotaba con tirsos de rosas y ortigas -a la melodiosa y candente Safo. Theodore Hannon es un perverso, elegante -y refinado; en sus poemas tiembla la «histeria mental» de la ciencia, y -la «delectación morosa» de los teólogos. Es un satánico, un poseído. Mas -el Satán que le tienta, no creáis que es el chivo impuro y sucio, de -horrible recuerdo, o el dragón encendido y aterrorizador, ni siquiera el -Arcángel maldito, o la Serpentina de la Biblia, o el diablo que llegó a -la gruta del santo Antonio, o el de Hugo, de grandes alas de murciélago, -o el labrado por Antokolsky, sobre un picacho, en la sombra. El diablo -que ha poseído a Hannon es el que ha pintado Rops, diablo de frac y -«monocle», moderno, civilizado, refinado, morfinómano, sadista, maldito, -más diablo que nunca. - -Si Gorres escribiese hoy su «Mística diabólica», no pintaría al Enemigo, -«alto, negro, con voz inarticulada, cascada, pero sonora y terrible... -cabellos erizados, barba de chivo...» antes bien: buen mozo, elegante, -perfumado con aromas exóticos, piel de seda y rosa, bebedor de ajenjo, -sportman, y, si literato, poeta decadente. Este es el de Theodore -Hannon, el que le hace rimar preciosidades infernales y cultivar sus -flores de fiebre, esas flores luciferinas que tienen el atractivo de un -aroma divino que diera la eterna muerte. - -Hannon pagó tributo a la chinofilia y tejió sedosos encajes rimados en -alabanza del Imperio Celeste y del Japón... Allá le llevó el amor acre y -nuevo de la mujer amarilla y el opio sublime y poderoso, según la -expresión de Quincey. También, como al autor de las «Flores del Mal», le -persigue el spleen. Luego, lanza en esas horas cansadas y plúmbeas, su -desdén al amor ideal. Rompe los moldes en que su poesía pudiese formar -este o aquel verso de oro en honor de la pasión espiritual y pura; fleta -un barco para Cíteres, y arroja al paso ramos de rosas a las mujeres de -Lesbos. La vendedora de amor será glorificada por él y corre hacia el -abismo de las delicias en una especie de fatal e ineludible demencia. Va -como si le hubiese aguijoneado los riñones una abeja del jardín de -Petronio. - -Héle allí bajando a la bodega de los abuelos, a buscar el buen vino -viejo que le pondrá sol y sangre en las venas; o en el tren expreso que -va a llevarle a saborear los labios deseados; o admirando en una íntima -noche de Diciembre, la estatua viviente de las voluptuosidades felinas. -De pronto un efecto de luna en un mar de duelo, en un fondo negro de -tinieblas. El «odor di femmina» se encuentra en una serie de versos, -como esos perfumes concentrados en los «sachets» de las damas. A veces -creyérase en una vuelta a la naturaleza, a las frescas primaveras, pues -brilla sobre la harmonía de una estrofa, la sonrisa de Mayo. Es una -nueva forma de la tentación, y si oís el canto de un mirlo será una -invitación picaresca. Como su maestro de una malabaresa, Hannon se -prenda de una funámbula, para la cual decora un interior a su capricho, -y a la que ofrece la sonata más amorosamente extravagante del harpa loca -de sus nervios. Todo, para este sensual, es color, sonido, perfume; -línea, materia. Baudelaire hubiera sonreído al leer este terceto: - - Le sandrigham, l’Ylang-Ylang, la violette - de ma pâle Beauté font une cassolette - vivante sur laquelle errent mes sens rôdeurs. - -Si hay celos son celos del mar, que envuelve en un beso inmenso el -cuerpo amado. He visto cuadros, muchos, que representan sugerentes -escenas de baños de mar; pero ningún pintor ha llegado, a mi juicio, a -donde este maldito belga que hasta en el agua inmensa y azul vierte -filtros amatorios, como un brujo. En ocasiones es banal, emplea símiles -prosaicos, como ferroviarios y geográficos. Pero cuando canta las -medias, esas cosas prosaicas, os juro que no hay nada más original que -esa poesía audaz y fugitiva; sobre una alfombra de seda e hilos de -Escocia, danza la musa Serpentina uno de sus pasos más prodigiosos. -Cuando llega Mayo, madrigaliza el poeta tristemente. No es raro: «Omnia -animal post...» etc. - -A Louise Abbema dedica una linda copia rítmica de su cuadro «Lilas -blancas»; ¡suave descanso! Pero es para, en seguida, abortar una -estúpida y vulgar blasfemia. ¿Hannon ha querido imitar ciertos versos de -Baudelaire? Baudelaire era profunda y dolorosamente católico, y si -escribió algunas de sus poesías «pour épater les bourgeois», no osó -nunca a Dios. Pasa Theodore Hannon con sus bebedoras de fósforo: esas -son las musas y las mujeres que le llevan la alegría de sus rimas; -dedica ciertos limones a Cheret, y el pintor de los joviales «affiches» -gustará de esas limonadas; quema lo que él llama «incienso femenino», en -una copa de Venus con carbones del Infierno; pinta mares de espumosas -ondas lesbianas y celebra a su amada de figura andrógina; es bohemio y -errabundo, soñador y noctámbulo; prefiere las flores artificiales a las -flores de la primavera; labra joyas, verdaderas joyas poéticas, para -modistas y perdularias; dice sus desengaños prematuros; nos describe a -Jane, una diablesa; nos lleva a un taller de pintor en donde un pobre -viejo modelo sufre su martirio; los «Sonetos sinceros» son tres -canciones del amor moderno, llenas de rosas y de besos, y sus iconos -bizantinos son obras maestras de «degeneración.» Tomando por modelo las -letanías infernales de Baudelaire, escribe las del Ajenjo, que a decir -verdad, le resultaron más que medianas. Su histerismo estalla al cantar -la Histeria; su «Mer enrhumée» es una extravagancia. Canta a unos ojos -negros y diabólicos que le queman el alma; canta el pecado. Nos presenta -un cuadro de «toilette» que es adorable de arte y abominable de vicio; -en sus versos se sienten todos los perfumes, y se miran todos los -afeites y menjurjes de un tocador femenino, desde el coldcream diáfano, -la leche de Iris, la Crema Ninon, el blanco Emperatriz, el polvo divino, -el polvo vegetal, hasta la azurina, el carmín, Ixor, new-mownhay, -frangipane, steplanotis... ¡qué sé yo! todo en los más cristalinos, -diamantinos, tallados, cincelados, admirables frascos. ¡Raro poeta este -Theodore Hannon! - -[imagen] - -[imagen: EL CONDE DE LAUTRÉAMONT] - -[imagen] - - - - -EL CONDE DE LAUTRÉAMONT - - -Su nombre verdadero se ignora. El conde de Lautréamont es pseudónimo. El -se dice montevideano; pero ¿quién sabe nada de la verdad de esa vida -sombría, pesadilla tal vez de algún triste ángel a quien martiriza en el -empíreo en recuerdo del celeste Lucifer? Vivió desventurado y murió -loco. Escribió un libro que sería único si no existiesen las prosas de -Rimbaud; un libro diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y -penoso; un libro en que se oyen a un tiempo mismo los gemidos del Dolor -y los siniestros cascabeles de la Locura. - -León Bloy fué el verdadero descubridor del conde de Lautréamont. El -furioso San Juan de Dios hizo ver como llenas de luz las llagas del alma -del Job blasfemo. Mas hoy mismo, en Francia y Bélgica, fuera de un -reducidísimo grupo de iniciados, nadie conoce ese poema que se llama -«Cantos de Maldoror», en el cual está vaciada la pavorosa angustia del -infeliz y sublime montevideano, cuya obra me tocó hacer conocer a -América en Montevideo. No aconsejaré yo a la juventud que se abreve en -esas negras aguas, por más que en ellas se refleje la maravilla de las -constelaciones. No sería prudente a los espíritus jóvenes conversar -mucho con ese hombre espectral, siquiera fuese por bizarría literaria, o -gusto de un manjar nuevo. Hay un juicioso consejo de la Kabala: «No hay -que jugar al espectro, porque se llega a serlo»: y si existe autor -peligroso a este respecto, es el conde de Lautréamont. ¿Qué infernal -cancerbero rabioso mordió a esa alma, allá en la región del misterio, -antes de que viniese a encarnarse en este mundo? Los clamores del -teófobo ponen espanto en quien los escucha. Si yo llevase a mi musa -cerca del lugar en donde el loco está enjaulado vociferando al viento, -le taparía los oídos. - -Como a Job le quebrantan los sueños y le turban las visiones; como Job -puede exclamar: «Mi alma es cortada en mi vida; yo soltaré mi queja -sobre mí y hablaré con amargura de mi alma.» Pero Job significa «el que -llora»; Job lloraba y el pobre Lautréamont no llora. Su libro es un -breviario satánico, impregnado de melancolía y de tristeza. «El espíritu -maligno, dice Quevedo, en su «Introducción a la vida devota», se deleita -en la tristeza y melancolía por cuanto es triste y melancólico, y lo -será eternamente.» Más aun: quien ha escrito los «Cantos de Maldoror» -puede muy bien haber sido un poseso. Recordaremos que ciertos casos de -locura que hoy la ciencia clasifica con nombres técnicos en el catálogo -de las enfermedades nerviosas, eran y son vistos por la Santa Madre -Iglesia como casos de posesión para los cuales se hace preciso el -exorcismo. «¡Alma en ruinas!» exclamaría Bloy con palabras húmedas de -compasión. - -Job:--«El hombre nacido de mujer, corto de días y harto de -desabrimiento...» - -Lautréamont:--«Soy hijo del hombre y de la mujer, según lo que se me ha -dicho. Eso me extraña. ¡Creía ser más!» - -Con quien tiene puntos de contacto es con Edgar Poe. - -Ambos tuvieron la visión de lo extranatural, ambos fueron perseguidos -por los terribles espíritus enemigos, «horlas» funestas que arrastran al -alcohol, a la locura, o a la muerte; ambos experimentaron la atracción -de las matemáticas, que son, con la teología y la poesía, los tres lados -por donde puede ascenderse a lo infinito. Mas Poe fué celeste, y -Lautréamont infernal. - -Escuchad estos amargos fragmentos: - -«Soñé que había entrado en el cuerpo de un puerco, que no me era fácil -salir, y que enlodaba mis cerdas en los pantanos más fangosos. ¿Era ello -como una recompensa? Objeto de mis deseos: ¡no pertenecía más a la -humanidad! Así interpretaba yo, experimentando una más que profunda -alegría. Sin embargo, rebuscaba activamente qué acto de virtud había -realizado, para merecer de parte de la Providencia este insigne favor... - -»¿Más quién conoce sus necesidades íntimas, o la causa de sus goces -pestilenciales? La metamorfosis no pareció jamás a mis ojos sino como la -alta y magnífica repercusión de una felicidad perfecta que esperaba -desde hacía largo tiempo. ¡Por fin había llegado el día en que yo me -convirtiese en un puerco! Ensayaba mis dientes sobre la corteza de los -árboles; mi hocico, lo contemplaba con delicia. «No quedaba en mí la -menor partícula de divinidad»: supe elevar mi alma hasta la excesiva -altura de esta voluptuosidad inefable.» - -León Bloy, que en asuntos teológicos tiene la ciencia de un doctor, -explica y excusa en parte la tendencia blasfematoria del lúgubre -alienado, suponiendo que no fué sino un blasfemo por amor. «Después de -todo, este odio rabioso para el Creador, para el Eterno, para el -Todopoderoso, tal como se expresa, es demasiado vago en su objeto, -puesto que no toca nunca los Símbolos», dice. - -Oid la voz macabra del raro visionario. Se refiere a los perros -nocturnos, en este pequeño poema en prosa, que hace daño a los nervios. -Los perros aullan «sea como un niño que grita de hambre, sea como un -gato herido en el vientre, bajo un techo; sea como una mujer que pare; -sea como un moribundo atacado de la peste, en el hospital; sea como una -joven que canta un aire sublime--; contra las estrellas al norte, contra -las estrellas al este, contra las estrellas al sur, contra las estrellas -al oeste; contra la luna; contra las montañas; semejantes, a lo lejos, a -rocas gigantes, yacentes en la obscuridad--; contra el aire frío que -ellos aspiran a plenos pulmones, que vuelve lo interior de sus narices -rojo y quemante; contra el silencio de la noche; contra las lechuzas, -cuyo vuelo oblicuo les roza los labios y las narices, y que llevan un -ratón o una rana en el pico, alimento vivo, dulce para la cría; contra -las liebres que desaparecen en un parpadear; contra el ladrón que huye, -al galope de su caballo, después de haber cometido un crimen; contra las -serpientes agitadoras de hierbas, que les ponen temblor en sus pellejos -y les hacen chocar los dientes--; contra sus propios ladridos, que a -ellos mismos dan miedo; contra los sapos, a los que revientan de un solo -apretón de mandíbulas (¿para qué se alejaron del charco?); contra los -árboles, cuyas hojas, muellemente mecidas, son otros tantos misterios -que no comprenden, y quieren descubrir con sus ojos fijos -inteligentes--; contra las arañas suspendidas entre las largas patas, -que suben a los árboles para salvarse; contra los cuervos que no han -encontrado que comer durante el día y que vuelven al nido, el ala -fatigada; contra las rocas de la ribera; contra los fuegos que fingen -mástiles de navíos invisibles; contra el ruido sordo de las olas; contra -los grandes peces que nadan mostrando su negro lomo y se hunden en el -abismo--, y contra el hombre que les esclaviza... - -«Un día, con ojos vidriosos, me dijo mi madre:--Cuando estés en tu -lecho, y oigas los aullidos de los perros en la campaña, ocúltate en tus -sábanas, no rías de lo que ellos hacen, ellos tienen una sed insaciable -de lo infinito, como yo, como el resto de los humanos, a la «figure pale -et longue...» «Yo,--sigue él,--como los perros sufro la necesidad de lo -infinito. ¡No puedo, no puedo llenar esa necesidad!» Es ello insensato, -delirante; «mas hay algo en el fondo que a los reflexivos hace temblar.» - -Se trata de un loco, ciertamente. Pero recordad que el «deus» enloquecía -a las pitonisas, y que la fiebre divina de los profetas producía cosas -semejantes: y que el autor «vivió» eso, y que no se trata de una «obra -literaria», sino del grito, del aullido de un sér sublime martirizado -por Satanás. - -El cómo se burla de la belleza,--como de Psiquis, por odio a Dios,--lo -veréis en las siguientes comparaciones, tomadas de otros pequeños -poemas: - -«...El gran duque de Virginia, era bello, bello como una memoria sobre -la curva que describe un perro que corre tras de su amo...» «El vautour -des agneaux, bello como la ley de la detención del desarrollo del pecho -en los adultos cuya propensión al crecimiento no está en relación con la -cantidad de moléculas que su organismo se asimila... El escarabajo, -«bello como el temblor de las manos en el alcoholismo...» - -El adolescente, «bello como la retractibilidad de las garras de las aves -de rapiña», o aun «como la poca seguridad de los movimientos musculares -en las llagas de las partes blandas de la región cervical posterior», o, -todavía, «como esa trampa perpetua para ratones, «toujours retendu par -l’animal pris, qui peut prendre seul des rongeurs indéfiniment, et -fonctionner même caché sous la paille», y sobre todo, bello «como el -encuentro fortuito sobre una mesa de disección, de una máquina de coser -y un paraguas...» - -En verdad, oh espíritus serenos y felices, que eso es de un «humor» -hiriente y abominable. - -¡Y el final del primer canto! Es un agradable cumplimiento para el -lector el que Baudelaire le dedica en las «Flores del Mal», al lado de -esta despedida: «Adieu vieillard, et pense a moi, si tu m’as lu. Toi, -jeune homme, ne te désespere point; car tu as un ami dans le vampire, -malgré ton opinion contraire. En comptant l’acarus sarcopte qui produit -la gale, tu auras deux amis.» - -El no pensó jamás en la gloria literaria. No escribió sino para sí -mismo. Nació con la suprema llama genial, y esa misma le consumió. - -El Bajísimo le poseyó, penetrando en su sér por la tristeza. Se dejó -caer. Aborreció al hombre y detestó a Dios. En las seis partes de su -obra sembró una Flora enferma, leprosa, envenenada. Sus animales son -aquellos que hacen pensar en las creaciones del Diablo; el sapo, el -buho, la víbora, la araña. La desesperación es el vino que le embriaga. -La Prostitución, es para él, el misterioso símbolo apocalíptico, -entrevisto por excepcionales espíritus en su verdadera trascendencia: -«Yo he hecho un pacto con la Prostitución, a fin de sembrar el desorden -en las familias... ¡ay! ¡ay...! grita la bella mujer desnuda: los -hombres algún día serán justos. No digo más. Déjame partir, para ir a -ocultar en el fondo del mar mi tristeza infinita. No hay sino tú y los -monstruos odiosos que bullen en esos negros abismos, que no me -desprecien.» - -Y Bloy: «El signo incontestable del gran poeta es la «inconsciencia» -profética, la turbadora facultad de proferir sobre los hombres y el -tiempo, palabras inauditas cuyo contenido ignora él mismo. Esa es la -misteriosa estampilla del Espíritu Santo sobre las frentes sagradas o -profanas. Por ridículo que pueda ser, hoy, descubrir un gran poeta y -descubrirle en una casa de locos, debo declarar en conciencia, que estoy -cierto de haber realizado el hallazgo.» - -El poema de Lautréamont se publicó hace diez y siete años en Bélgica. De -la vida de su autor nada se sabe. Los «modernos» grandes artistas de la -lengua francesa, se hablan del libro como de un devocionario simbólico, -raro, inencontrable. - -[imagen] - -[imagen: PAUL ADAM] - -[imagen] - - - - -PAUL ADAM - - -De cuando en cuando, la primera página del «Journal» viene como pesada. -Dos, tres, cuatro columnas nutridas, negras, casi de una sola pieza, -hacen ya adivinar la firma. Y el lector avisado se prepara, alista bien -su cabeza, limpia los cristales del entendimiento, y recibe el regalo -con placer y confianza. Es el artículo de Paul Adam. Y es como salir al -campo, o a la orilla del mar. Hay, pues, algo más que el aposento -perfumado, los senos lujuriosos, los chismes de la condesa, los cancanes -de la política, las piernas de las bailarinas y las evoluciones del -protocolo. La sensación es de extrañeza al propio tiempo que de -satisfacción. Salir de la perpetua casa de cita, del perpetuo bar, de -los perpetuos bastidores, del perpetuo salón «coú l’on flirte»; dejar la -compañía de lechuguinos canijos y de vírgenes locas de su cuerpo, por la -de un hombre fuerte, sano, honesto, franco y noble que os señala con un -hermoso gesto un gran espectáculo histórico, un vasto campo moral, un -alba estética, es ciertamente consolador y vigorizante. Los -politiqueros de la patriotería dan vueltas cada mañana al mismo cantar. -Rochefort redobla cotidianamente en su viejo tambor, furioso; Drumont -destaza su semita de costumbre; Coppée, inválido lírico metido a -sacristán, se pone a la par del ridículo Dérouléde; los escritores de la -literatura, explotan sus distintos lenocinios; M. Jean Lorrain cuenta -sus historias viciosas de siempre; Mendés, cuya pornografía de color de -rosa no está ya de moda, hace la crítica teatral, generalmente plástica; -Fouquier, el maestro periodista, da lecciones útiles y generosas;--entre -todos, más alto, más joven, más enérgico, más vigoroso, Paul Adam -aparece,--al lado de Mirbeau;--llega con su misión, obligatoria y -dignificadora, y ara en la prensa, en el campo malsano de esta prensa, -con su deber, firme arado. - -Yo admiro profundamente a M. Paul Adam. Noble por familia y origen, se -ha consagrado a una tarea de solidaridad humana cuyos frutos se vierten -para los de abajo. Dueño de una voluntad, propietario de un carácter, -fecundo de ideas, pletórico de conocimientos, archimillonario de -palabras, ha desdeñado la parada de un Barrés, que le hubiera conducido -a una diputación, ha rechazado los flonflones de la literatura fácil, la -«gloriole» de los éxitos azucarados; ha podado su antiguo estilo de -ramas superfluas; ha puesto su cuño de pensamientos circulantes en pleno -sol, en plena claridad; se ha ido a vivir fuera de París, para trabajar -mejor; y diciendo la verdad, clamando al porvenir, recorriendo lo -pasado, estudiando lo presente, sacudiendo la historia, escarbando -naciones, da, periódicamente, su ración de bien para quien sepa -aprovecharla. - -No haya vacilación en creer que éstos son pocos. Para los de abajo la -elevación mental, la frase simplificada y amacizada de M. Paul Adam no -es fácilmente accesible; para los puros ideólogos, este organizador, -este lógico, este filósofo de combate, no inspira completa confianza. -Por otra parte, la media intelectualidad halla la selva demasiado -tupida, y la pereza es enemiga del hacha, encuentra el mar muy -peligroso, y cree más agradable fumar, sentada en una piedra de la -orilla, por donde los ensueños pasan y se cogen con la mano. - -Hablando recientemente con el poeta Moreas, cuyos olímpicos juicios son -conocidos y sonreídos, preguntéle, su opinión sobre su antiguo -colaborador y amigo. Con las condiciones que él suele establecer, el -amable descontentadizo me concedió: «Mais il est tres fort, tout de -même!» Sabido es que M. Paul Adam comenzó en el grupo de los que en un -tiempo ya lejano se llamaron simbolistas y decadentes, y que escribió en -unión de Moreas «Les demoiselles Goubert» y «Le thé chez Miranda», con -un estilo ultra exquisito, jeroglífico casi y quintaesenciado, obras en -que se llevaba al extremo un propósito intelectual, para dejar mejor -asentadas las doctrinas entonces flamantes que producirían en lo futuro -muchos fracasados, pero algunos nombres que ilustran la prosa y la -poesía francesas contemporáneas, y que, recorriendo el mundo, causarían -en todos los países y lenguas civilizados, movimientos provechosos. -¿Quién reconocería al pintor extraño de aquellas decoraciones y al -tejedor de aquellas sutiles telas de araña, en el musculoso manejador de -mazas dialécticas, fundidor de ideas regeneradoras y trabajador -triptolémico de ahora? - -Amontona en la balanza del pensamiento francés, libro sobre libro, y ya -su obra pesa como la carga de cien graneros. Esta transformación la ha -operado la voluntad guiadora de la labor; la labor ordenada que lleva su -propósito, y la conciencia que hace cumplir con la tarea que se creó una -obligación, una obligación para con su propia personalidad, que se -difunde en el bien de su patria, la Francia, y por lo tanto en favor de -toda la estirpe humana. - -Desde «Soi», hasta sus novelas de alta psicología histórica, una obra -enorme atestigua la potencia de ese singular entendimiento. Sus -reconstrucciones bizantinas son de un encanto dominador, y junto a lo -concreto de la época, brilla el lujo de un tesoro verbal único, de un -decir que no admite complementos, total. Batallista, arregla, táctico -del estilo, sus escenas y su decoración, con una magistralidad soberbia -y matemática. Y, conciso en lo abundoso, rico de perspectivas, de líneas -y colores, con dos o tres pincelazos planta su cuadro a la vista, neto, -definitivo. En sus estudios del alma de las muchedumbres, como en sus -análisis de tipos psíquicos, su fino espíritu ahonda y aclara, en -súbitos golpes de luz, los más hondos recodos. Y jamás el soplo nórdico, -la cosa germana, o la cosa escandinava, o la cosa rusa, le han -perturbado o fascinado en su camino. M. Paul Adam permanece francés, -nada más que francés, y lleno del soplo de su época, cumple con su deber -actual, pone su contingente en la labor de ahora, y hace lo que puede -por ver si no es imposible la regeneración, la consecución de un ideal -de grandeza futura, humano, seguro y positivo. - -No creáis que porque su amor a la justicia y su pasión de belleza y de -verdad le conduzcan a la exaltación de las ocultas fuerzas populares, -haya en él ni un solo momento, un adulador de muchedumbres, ni un -político de oportunidades, ni un cantor de marsellesas y carmañolas. -Moralmente, es un aristócrata, y no confundirá jamás su alma superior, -en el mismo rango o en la misma oleada que la de los rebaños -pseudosocialistas. El obra en pro de los trabajadores; lleva su utopia -por el sendero en que se suele encontrar el casi imposible sueño de la -supresión de la miseria y del desaparecimiento de los ejércitos -guerreros. Un crítico sutil y penetrante, M. Camille Mauclair, concentra -en estas palabras la sociología de M. Paul Adam: - -«Para él no hay más que un asunto en los libros y en la vida: la lucha -de la fuerza y del espíritu. El opone la fuerza creadora a la -destrucción, la fecundidad activa al nihilismo de la guerra, el -internacionalismo al «chauvinismo», los conflictos de clases a los -conflictos de naciones, el intelectualismo al militarismo, Lucifer y -Prometeo a Júpiter y a Jehová, dioses de la fuerza brutal.» - -M. Paul Adam es un intelectual, en el único sentido que debía tener esta -palabra. El pone en el intelecto la fuente del perfeccionamiento, y da a -la idea su valor de multiplicación vital, y de repartidora de bienes en -la muchedumbre humana. - -Si M. Paul Adam, guiado por su voluntad de siempre, quisiese un día ir a -la acción política, a la lucha directa, sería un gran conductor de -pueblos; pero me temo mucho que tuviese la suerte de un héroe ibseniano. -En las muchedumbres no tienen éxito los cerebrales; el sentimentalismo -priva en seres casi instintivos. El pueblo oye y entiende con mayor -placer y facilidad las tiradas tricolores de un Coppée, que las altas -palabras de quien se desinteresa de las bajas aventuras presentes, y -desea formar caracteres, hacer vibrar noblemente las conciencias y -asentar y rehacer y solidificar la patria. - -Una de las fases más simpáticas y sobresalientes de M. Paul Adam, es su -faz de periodista. El «Triomphe des mediocres» es una obra maestra en su -género. Sin la escandalosa escatología pátmica de León Bloy, sin las -farsas, o compadrerías de un Drumont, o de un Rochefort, ha blandido las -más bien templadas ideas, ha herido mucho y bien en esas carnes -sociales, ha flagelado costumbres, se ha burlado duramente de los -carnavales políticos, de las paradas monarquistas, de la caridad falsa, -de la ciencia abotonada y de palmarés; ha denunciado a inicuos, a -sinvergüenzas y mercaderes de patriotismo, falsos socialistas, -aristocráticas fantochesas, cepilladores de moral y remendones de la -virginidad literaria. - -¡Y qué hermosa prosa, de un lirismo sofrenado, que va latigueando a un -lado y otro, sin desbocarse, sin sobresaltos, sin caídas, que dice lo -que hay que decir, y nada más; que tiene el adverbio justo, el verbo -propio, y que clava el adjetivo como un rejón, de manera que queda -vibrante, arraigado y seguro! No hay duda de que M. Paul Adam es uno de -los maestros de la prosa contemporánea, en ese maridaje estupendo de la -claridad con la energía, la vivacidad con la fiereza y el ímpetu con la -ponderación. - -Y este vigoroso que tiene la medula de un sabio y las alas de un -artista, llena su misión con la mayor serenidad y tranquilidad, no lejos -del sonoro y ronco maelstrom de París. Uno de los mayores bienes que su -personalidad esparce, es ese continuo ejemplo de actividad, esa -incesante campaña, esa inextinguible ansia de trabajar, y de trabajar -bien. «La lucha por el pan, por el oficio de escritor y de periodista, -salva a los fuertes de la abstracción estéril», dice M. Mauclair. Y dice -bien. A pesar de su alejamiento de centros y camarillas, o por esto -mismo, creo que se le respeta y se le reconoce como el más potente y el -más noble. Al verle así, en su aislada residencia, sin mezclarse en las -locuras y chismes y revueltas parisienses, cultivando su vasto talento -con tanta voluntad y tanto tino, me suelo imaginar a uno de esos -gentiles hombres de la campaña, que mientras la ciudad danza y se -prostituye, siembran sus campos, tranquilos y laboriosos, y llenan, -llenan sus trojes; y cuando la peste llega y llega el hambre a la -ciudad, dan la limosna de sus graneros, abren sus depósitos, brindan sus -almacenes. - -Y quizá muy pronto tenga hambre Francia. - -[imagen] - - - - -MAX NORDAU - - -Mi distinguido colega en «La Nación», Dr. Schimper, se ocupó el año -pasado del primer volumen de «Entartung» de Max Nordau. Ha poco ha -aparecido el segundo: la obra está ya completa. Una endiablada y extraña -Lucrecia Borgia, doctora en medicina, dice en alemán, para mayor -autoridad, con clara y tranquila voz, a todos los convidados al banquete -del arte moderno: «Tengo que anunciaros una noticia, señores míos, y es -que todos estáis locos.» En verdad Max Nordau no deja un solo nombre, -entre todos los escritores y artistas contemporáneos, de la aristocracia -intelectual, al lado del cual nos estriba la correspondiente -clasificación diagnóstica: «imbécil», «idiota», «degenerado», «loco -peligroso». Recuerdo que una vez al acabar de leer uno de los libros de -Lombroso, quedé con la obsesión de la idea de una locura poco menos que -universal. A cada persona de mi conocimiento le aplicaba la observación -del doctor italiano y resultábame que, unos por fas, otros por nefas, -todos mis prójimos eran candidatos al manicomio. Recientemente una obra -nacional digna de elogio, «Pasiones», de Ayarragaray, llamó mi atención -hacia la psicología de nuestro siglo, y presentó a mi vista el tipo del -médico moderno que penetra en lo más íntimo del sér humano. Cuando la -literatura ha hecho suyo el campo de la fisiología, la medicina ha -tendido sus brazos a la región obscura del misterio. - -Allá a lo lejos vense a Moliére y Lesage atacar a jeringazos a los -esculapios. Había cierta inquina de los hombres de pluma contra los -médicos, y el epigrama y la sátira teatral no desperdiciaban momento -oportuno para caer sobre los hijos de Galeno. Sangredo había nacido, y -no todo él del cerebro de su creador, pues sabemos por Max Simón que -Sangredo vivió en carne y hueso en la personalidad del médico Hecquet. -El mismo Max Simón hace notar la acrimonia especial con que el más -ilustre de los poetas cómicos y el más grande de los novelistas de su -época atacaron a los médicos. En uno y otro, dice, se nota un verdadero -desprecio por el arte que profesan aquellos a quienes atacan. Moliére, -irónico y fuerte, Lesage, injurioso y despreciativo, están siempre -listos con sus aljabas. Monsieur Purgón, formalista, aparatoso y ciego -de intelecto, y los dos Tomases Diafoirus aparecieron como encarnaciones -de una ciencia tan aparatosa como falsa. Sangredo fué, según Walter -Scott, el mismo Helvecio. En resumen, los ataques literarios se dirigían -contra los doctores de sangría y agua tibia. Son los tiempos en que -Hecquet publica «Le Brigandage de la Médecine», en el cual están en su -base los principios de Gil Blas, y en el que eran más que comunes -diálogos a la manera del que en una obra del gran cómico sostienen -Desfonandrés y Tomes. - -Si los médicos del siglo XVII se enconaron con las bromas de Moliére, -los del siglo XVIII no fueron tan quisquillosos con las sátiras de -Lesage[11]. En nuestro siglo, la última gran campaña literaria, el -movimiento naturalista dirigido por Zola, tiene por padre a un médico, -Claudio Bernard. En tanto que la literatura investiga y se deja -arrastrar por el impulso científico, la medicina penetra al reino de las -letras; se escriben libros de clínica tan amenos como una novela. La -psiquiatría pone su lente práctico en regiones donde solamente antes -había visto claro la pupila ideal de la poesía. Ante el profesor de la -Salpetriére, junto con los estudiantes han ido los literatos. Y en el -terreno crítico cierta crítica tiene por base estudios recientes sobre -el genio y la locura: Lombroso y sus seguidores. - -Guyau, el admirable y joven sabio, sacrificó en las aras de los nuevos -ídolos científicos. El comprobó, como un profesor que toma el pulso, el -estado patológico de su edad, el progreso de fiebre moral siempre en -crecimiento. El juntó en un capítulo de un célebre libro a los -neurópatas y delincuentes, como invasores, como conquistadores -victoriosos en el reino de la literatura. «Et s’y font une place tous -les jours plus grande»--, decía de ellos. Como principal síntoma del mal -del siglo, señala la manifestación de un hondo sufrimiento, el impulso -al dolor, que en ciertos espíritus puede llegar hasta el pesimismo. El -tipo que el filósofo presenta es aquel infeliz Imbert Galloix, cuya -pálida figura pasará al porvenir iluminada en su dolorosa expresión por -un rayo piadoso de la gloria de Víctor Hugo. ¡Y bien! si la desgracia es -desequilibrio, bien está señalado Imbert Galloix. Ese gran talento gemía -bajo la más amarga de las desventuras. Sentirse poseedor del sagrado -fuego y no poder acercarse al ara; luchar con la pobreza, estar lleno de -bellas ambiciones y encontrarse solo, abandonado a sus propias fuerzas -en un campo donde la fortuna es la que decide, es cosa áspera y dura. A -propósito de un joven cubano poeta muerto recientemente en -París--¡Augusto de Armas, uno de tantos Imbertos Galloix!--dice con gran -razón el brillante Aniceto Valdivia: «Sólo un temperamento de toro, -como el de Balzac, puede soportar sin rajarse, el peso de ese mundo de -desdenes, de olvidos, de negaciones, de injustos silencios bajo el cual -ha caído el adorable poeta de «Rimes Byzantines.» La autopsia espiritual -que del desgraciado joven ginebrino hace el sereno analizador sociólogo, -me parece de una impasible crueldad. - -Aquí de las comparaciones que ofrece la nueva ciencia penal, entre los -desequilibrados, locos y criminales. Porque un cierto Cimmino, bandido -napolitano, se ha hecho tatuar en el pecho una frase de desconsuelo, -quedan condenados a la comparación más curiosamente atroz todos los -admirables melancólicos que representan la tristeza en la literatura. El -nombre de Leopardi, por ejemplo, aparecerá en la más infame promiscuidad -con el de cualquier número de penitenciaria o de presidio, por obra de -tal razonamiento de Lacassagne o de tal opinión de Lombroso. En las -especializaciones de Max Nordau la falta de justicia se hace notar, -agravándose con una de las más extrañas inquinas que pueden caber en -crítico nacido. Bien trae a cuento Jean Thorel un caso gracioso que aquí -citaré con las mismas palabras del escritor: «Recuerdo haber leído una -vez en una revista inglesa un largo estudio, muy concienzudo, de -argumentación apretada e irrefutable, que probaba--que no se contentaba -con afirmar, sino que probaba con numerosos ejemplos--que Víctor Hugo -era un escritor sin talento y un execrable poeta. Para mejor convencer a -sus lectores, el crítico que se había señalado la tarea de «demoler» a -Víctor Hugo, había tenido cuidado de acompañar cada una de sus citas de -una notita que hacía conocer el título de la obra de que se había -extraído la cita, con todas sus indicaciones accesorias, lugar y año de -publicación, número de la edición, cifra de la página cuyo era el verso -citado, etcétera. Y se tenía inmediatamente el sentimiento de que si en -verdad se hallaba en tal página de tal libro, el mal verso que se acaba -de leer en la revista, Víctor Hugo era, realmente, un poeta lastimoso. -Me decidí temblando a llevar a cabo esta verificación, y encontré que -cada vez que el pícaro verso estaba en realidad en el libro indicado, -descubría también al mismo tiempo que al lado de ése había diez, cien o -mil versos que eran de una completa belleza.» Tiene razón Jean Thorel. -Max Nordau condena el poema entero por un verso cojo o luxado; y al arte -entero, por uno que otro caso de morbosismo mental. Para estimar la obra -de los escritores a quienes ataca, pues principalmente por los frutos -declara él la enfermedad del árbol, parte de las observaciones de los -alienistas en sus casos de los manicomios. Al tratar Guyau de los -desequilibrados, hablaba de «esas literaturas de decadencia que parecen -haber tomado por modelos y por maestros a los locos y los delincuentes.» -Nordau no se contenta con dirigir su escalpelo hacia Verlaine, el gran -poeta desventurado o a uno que otro extravagante de los últimos -cenáculos de las letras parisienses. El sentencia a decadentes y -estetas, a parnasianos y diabólicos, a ibsenistas y neomísticos, a -prerrafaelistas y tolstoistas, wagnerianos y cultivadores del yo; y si -no lleva su análisis implacable con mayor fuerza hacia Zola y los suyos, -no es por falta de bríos y deseos, sino porque el naturalismo yace -enterrado bajo el árbol genealógico de los Rougon-Macquart. - -Una de las cosas que señala en los modernos artistas como signo -inequívoco de neuropatía, es la tendencia a formar escuelas y -agrupaciones. Sería deliciosamente peregrino que por ese solo hecho -todas las escuelas antiguas, todos los cenáculos, desde el de Sócrates -hasta el de N. S. Jesucristo y desde el de Ronsard hasta el de Víctor -Hugo, mereciesen la calificación inapelable de la nueva crítica -científica. - -Otras causas de condenación: amor apasionado del color: fecundidad: -fraternidad artística entre dos; esta afirmación que nos dejará -estupefactos, gracias a la autoridad del sabio Sollier: es una -particularidad de los idiotas y de los imbéciles tener gusto por la -música. Thorel señala una contradicción del crítico alemán que aparece -harto clara. La música, dice éste, no tiene otro objeto que despertar -emociones; por tanto, los que se entregan a ella son o están próximos a -ser degenerados, por razón de que la parte del sistema nervioso que está -dotada de la facultad de emotividad, es anterior atávicamente a la -substancia gris del cerebro, que es la encargada de la representación y -juicio de las cosas; y el progreso de la raza consiste en la -superioridad que adquiere esta parte sobre la primera. Entretanto Nordau -coloca entre los grandes artistas de su devoción a un gran músico: -Beethoven. De más está decir que las ideas que Max Nordau profesa sobre -el arte son de una estética en extremo singular y utilitaria. El carro -de hierro, la ciencia, ha destruído según él los ideales religiosos. No -va ese carro tirado, ciertamente, por una cuádriga de caballos de Atila. -Y hoy mismo, en el campo de humanidad, después del paso del monstruo -científico, renacen arboles, llenos de flores de fe. Tampoco el arte -podrá ser destruído. Los divinos semi-locos «necesarios para el -progreso,» vivirán siempre en su celeste manicomio consolando a la -tierra de sus sequedades y durezas con una armoniosa lluvia de -esplendores y una maravillosa riqueza de ensueños y de esperanzas. - -Por de pronto, en «Degeneración,» los números de hospital, entre otros, -son los siguientes: Tolstoï,--puesto que lleno de una santa pasión por -el mujick, por el pobre campesino de su Rusia, se enciende en religiosa -caridad y alivia el sufrimiento humano, queda señalado. Queda señalado -también Zola, ese búfalo, Dante Gabriel Rossetti tiene su pareja en tal -casa de orates, en tal lesionado que padece de alalia. Esto a causa de -los motivos musicales de algunos de sus poemas que se repiten con -frecuencia. Deben acompañar lógicamente en su desahucio, al exquisito -prerrafaelista, los bucólicos griegos, los autores de himnos -medioevales, los romancistas españoles y los innumerables cancioneros -que han repetido por gala rítmica una frase dada en el medio o en el fin -de sus estrofas. El admirado universalmente por su alta crítica -artística, Ruskin, queda condenado: es la causa de su condenación el -defender a Burne Jones y a la escuela prerrafaelista. En el proceso del -libro, desfilan los simbolistas y decadentes. El ilustre jefe, el -extraño y cabalístico Mallarmé con el pasaporte de su música encantadora -y de sus brumas herméticas, no necesita más para el diagnóstico. Charles -Morice, de larga cabellera y de grandes ideas, al manicomio. Lo mismo -Regnier, el orgulloso ejecutante en el teclado del verso; Julio -Laforgue, que con la introducción del verso falso ha hecho tantas -exquisiteces; Paul Adam, que ya curado de ciertas exageraciones de -juventud, escribe sus «Princesas Bizantinas;» Stuard Merril, prestigioso -rimador yankee-francés; Laurent Tailhade, que resucita a Rabelais -después de cincelar sus joyas místicas. No hay que negarle mucha razón a -Nordau cuando trata de Verlaine, con quien--en cuanto al poeta,--es -justo. Mas el que conozca la vida de Verlaine y lea sus obras, tendrá -que confesar que hay en ese potente cerebro, no el grano de locura -necesario, sino la lesión terrible que ha causado la desgracia de ese -«poeta maldito.» En cuanto a Rimbaud--a quien un talento tan claro como -el de Jorge Vanor coloca entre los genios,--tan orate como él, aunque -menos confuso, y a Tristan Corbiere, a quien sus versos marinos -salvan... Después René Ghil y su tentativa de instrumentación, Gustavo -Khan y su apreciación del valor tonal de las palabras son más bien--a mi -ver--excéntricos literarios llevados por una concepción del arte, en -verdad abstrusa y difícil. Y por lo que toca a Moreas, cuyo talento es -sólido é innegable, y a quien por buena amistad personal conozco -íntimamente, puedo afirmar que lo que menos tiene dañado es el seso. -Risueño, poeta, conocedor de _su_ París, ha sabido cortarle la cola a su -perro, y, nada más. - -Los wagnerianos van en montón, con el olímpico maestro a la cabeza. No -oye el médico de piedra el eco soberbio de la floresta de armonías. -Mientras Max Nordau escribe su diagnóstico, van en fuga visionaria -Sigfrido y Brunhilda, Venus desnuda, guerreros y sirenas, Wotan -formidable, el marino del barco-fantasma; y, llevado por el blanco -cisne, alada góndola de viva nieve, rubio como un Dios de la Walhalla, -el bello caballero Lohengrin. - -Pláceme la dureza del clínico para con el grupo de falsos místicos que -trastruecan con extravagantes parodias los vuelos de la fe y las obras -de religión pura. - -Así también a los que, sin ver el gran peligro de las posesiones -satánicas que en el vocabulario de la ciencia atea tienen también su -nombre--penetran en las obscuridades escabrosas del ocultismo y de la -magia, cuando no en las abominables farsas de la misa negra. No hay duda -de que muchos de los magos, teósofos y hermetistas están predestinados -para una verdadera alienación. - -Todos los médicos pueden testificar que el espiritismo ha dado muchos -habitantes a las celdas de los manicomios. - -Por la puerta del egoísmo entran los parnasianos y diabólicos, los -decadentes y estetas, los ibsenistas, y un hombre ilustre que, -desgraciadamente, se volvió loco: Federico Nietzsche. ¿El egoísmo es un -producto de este siglo? Un estudio de la historia del espíritu humano, -demostrará que no. - -No ha habido mejor defensor del egoísmo bien entendido, en este fin de -siglo, que Mauricio Barrés. Ya Saint-Simón, en la aurora de estos cien -años, combatía el patriotismo en nombre del egoísmo. Y en el estado -actual de la sociedad humana, ¿quién podrá extrañar el aislamiento de -ciertas almas estilitas, de pie sobre su columna moral, que tienen sobre -sí la mirada del ojo de los bárbaros? - -Entre los parnasianos, si no cita a todos los clientes de Lemerre, que -con el oro de la rima le repletaran su caja de editor millonario, señala -al soberbio Theo, que va a su celda, agitando la cabellera absalónica y -junto con él Banville, el mejor tocador de lira de los anfiones de -Francia. ¿Y Mendés? - - On y rencontre aussi Mendés - A qui nul rythme ne resiste, - Qu’il chante l’Olimpe ou l’Ades. - -También se encuentra allí Mendés, entre los degenerados, a causa de sus -versos diamantinos y de sus floridas priapeas. Y al paso de los estetas -y decadentes, lleva la insignia de capitán de los primeros Oscar Wilde. -Sí, Dorian Gray es loco rematado, y allá va Dorian Gray a su celda. No -puede escribirse con la masa cerebral completamente sana el libro -«Intentions...» Y lo que son los decadentes,--¡Nordau como todos los que -de ello tratan, desbarra en la clasificación!--van representados por -Villiers de L’Isle-Adam, el hermano menor de Poe, por el católico Barbey -d’Aurevilly... por el turanio Richepin; por Huyssmans, en fin, lleno de -músculos y de fuerzas de estilo, que personificara en Des Esseintes el -tipo finisecular del cerebral y del quintesenciado, del manojo de vivos -nervios que vive enfermo por obra de la prosa de su tiempo. Si sois -partidarios de Ibsen, sabed que el autor de «Hedda Gabler» está -declarado imbécil. No citaré más nombres de la larga lista. - -Después de la diagnosis, la prognosis; después de la prognosis, la -terapia. Dada la enfermedad, el proceso de ella; luego la manera de -curarla. La primera indicación terapéutica es el alejamiento de -aquellas ideas que son causa de la enfermedad. Para los que piensan -hondamente en el misterio de la vida, para los que se entregan a toda -especulación que tenga por objeto lo desconocido, «no pensar en ello.» -Cuando Ayarragaray entre nosotros señala el campo, la quietud, el -retiro, «Cantaclaro» protesta. Nordau pasando sobre el hegelianismo y el -idealismo trascendental de Ficht en persecución del «egoísmo morboso», -explica etiológicamente la degeneración como un resultado de la -debilidad de los centros de percepción o de los nervios sensitivos; -cuando trata de la curación debe permitir que sus lectores abran la boca -en forma de O. Receta: prohibición de la lectura de ciertos libros, y, -respecto a los escritores «peligrosos», que se les aleje de los centros -sociales, ni más ni menos como a los lazarinos y coléricos. Y «¡horresco -referens!» que de no tomar tal medida, se les trate exactamente como a -los perros hidrófobos. Este seráfico sabio trae a la memoria al autor de -la «Modesta proposición para impedir que los niños pobres sean una carga -para sus padres y su país, y medio de hacerles útiles para el público.» -Ya se sabe cuál era ese medio que Swift proponía «with the tread and -gaiety of an ogre», que dice Thackeray: comerse a los chicos. Mas cuando -Max Nordau habla del arte con el mismo tono con que hablaría de la -fiebre amarilla o del tifus; cuando habla de los artistas y de los -poetas como de «casos», y aplica la thanathoterapia, quien le sonríe -fraternalmente es el perilustre Dr. Tribulat Bonhomet, «profesor de -diagnosis», que gozaba voluptuosamente apretándoles el pescuezo a los -cisnes de los estanques. El, antes de la indicación del autor de -«Entartung» había hecho la célebre «Moción respecto a la utilización de -los terremotos.» El odiaba científicamente a «ciertas gentes toleradas -en nuestros grandes centros, a título de artistas», «esos viles -alineadores de palabras, que son una peste para el cuerpo social.» «Es -preciso matarlos horriblemente», decía. Y para ello proponía que se -construyese en lugares donde fuesen frecuentes los temblores de tierra, -grandes edificios de techos de granito; y «allí invitaremos para que se -establezca a toda la inspirada «ribambelle de ces pretendus Reveurs», -que Platón quería, indulgentemente, coronar de rosas y arrojarlos de su -República.» Ya instalados los poetas, los «soñadores», un terremoto -vendría y el efecto sería el que caracterizaba Bonhomet con esta -inquietante onomatopeya: - - ¡¡¡Krrraaaak!!! - -Pero el viejo Tribulat no era tan cruel, pues ofrecía dar a sus -condenados a aplastamiento, horizontes bellos, aires suaves, músicas -armoniosas. Por tanto, yo, que adoro al amable coro de las musas, y el -azul de los sueños, preferiría, antes que ponerme en manos de Max -Nordau, ir a casa del médico de Clara Lenoir, quien me enviaría al -edificio de granito, en donde esperaría la hora de morir saludando a la -primavera y al amor, cantando las rosas y las liras y besando en sus -rojos labios a Cloe, Galatea o Cidalisa! - -[imagen] - -[imagen] - - - - -IBSEN - - -No hace mucho tiempo han comenzado las exploraciones intelectuales al -Polo. Ya Leconte de Lisle había ido a contemplar la naturaleza y -aprender el canto de las runoyas; Mendés a ver el sol de media noche y a -hacer dialogar a Snorr y Snorra, en un poema de sangre y de hielo. -Después, los Nordenskjöld del pensamiento descubrieron en las lejanas -regiones boreales, seres extraños e inauditos: poetas inmensos, -pensadores cósmicos. Entre todos, hallaron uno, en la Noruega; era un -hombre fuerte y raro, de cabellos blancos, de sonrisa penosa, de miradas -profundas, de obras profundas. ¿Estaba acaso en él el genio ártico? -Acaso estaba en él el genio ártico. Parecería que fuese alto como un -pino. Es chico de cuerpo. Nació en su país misterioso; el alma de la -tierra en sus más enigmáticas manifestaciones, se le reveló en su -infancia. Hoy, es ya anciano; ha nevado mucho sobre él; la gloria le ha -aureolado, como una magnificente aurora boreal. Vive allá, lejos, en su -tierra de fjords y lluvias y brumas, bajo un cielo de luz caprichosa y -esquiva. El mundo le mira como a un legendario habitante del reino -polar. Quienes, le creen un extravagante generoso, que grita a los -hombres la palabra de su sueño, desde su frío retiro; quienes, un -apostol huraño, quienes, un loco. ¡Enorme visionario de la nieve! Sus -ojos han contemplado las largas noches y el sol rojo que ensangrienta la -obscuridad invernal: luego miró la noche de la vida, lo obscuro de la -humanidad. Su alma estará amargada hasta la muerte. - -Maurice Bigeon, que le ha conocido íntimamente, nos le pinta: «La nariz -es fuerte, los pómulos rojos y salientes, la barbilla vigorosamente -marcada, sus grandes anteojos de oro, su barba espesa y blanca donde se -hunde lo bajo del rostro, le dan «l’air brave homme», la apariencia de -un magistrado de provincia, envejecido en el cargo. Toda la poesía del -alma, todo el esplendor de la inteligencia, se han refugiado, aparecen -en los labios finos y largos, un tanto sensuales, que forman en las -comisuras una mueca de altiva ironía; en la mirada, velada y como -abierta hacia adentro, ya dulce y melancólica, ya ágil y agresiva, -mirada de místico y luchador, mirada turbadora, inquietante, -atormentada, bajo la cual se tiembla, y que parece escrutar las -conciencias. Y la frente, sobre todo, es magnífica, cuadrada, sólida, de -potentes contornos, frente heroica y genial, vasta como el mundo de -pensamientos que abriga. Y, dominando el conjunto, acentuando todavía -más esta impresión de animalidad ideal que se desprende de su fisonomía -toda, una crinada cabellera blanca, fogosa, indomable... - -...Un hombre, en resumen, de esencia especial, de tipo extraño, que -inquieta y subyuga, cuyo igual es inencontrable--un hombre, que no se -podría olvidar aunque se viviese cien años.» - - * * * * * - -Pues todo hombre tiene un mundo interior y los varones superiores -tiénenlo en grado supremo, el gran escandinavo halló su tesoro en su -propio mundo. «Todo lo he buscado en mí mismo, todo ha salido de mi -corazón.» - -Es en sí propio donde encontró el mejor venero para estudiar el -principio humano. Hizo la propia vivisección. Puso el oído a su propia -voz y los dedos al propio pulso. Y todo salió de su corazón. ¡Su -corazón! - -El corazón de un sensitivo y de un nervioso. Palpitaba por el mundo. -Estaba enfermo de humanidad. - -Su organización vibradora y predispuesta a los choques de lo -desconocido, se templó más en el medio de la naturaleza fantasmal, de la -atmósfera extraña de la patria nativa. Una mano invisible le asió, en -las tinieblas. - -Ecos misteriosos le llamaron en la bruma. Su niñez fué una flor de -tristeza. Estaba ansioso de ensueños, había nacido con la enfermedad. Yo -me lo imagino, niño silencioso y pálido, de larga cabellera en su pueblo -de Skien, de calles solitarias, de días nebulosos. Me lo imagino en los -primeros estremecimientos producidos por el espíritu que debía poseerle, -en un tiempo perpetuamente crepuscular, o en el silencio frío de la -noche noruega. Su pequeña alma infantil, apretada en un hogar ingrato, -los primeros golpes morales en esa pequeña alma frágil y cristalina, las -primeras impresiones que le hacen comprender la maldad de la tierra y lo -áspero del camino por recorrer. Después, en los años de la juventud, -nuevas asperezas. El comienzo de la lucha por la vida, y la visión -reveladora de la miseria social. ¡Ah, él comprendió el duro mecanismo; y -el peligro de tanta rueda dentada; y el error de la dirección de la -máquina; y la perfidia de los capataces y la universal degradación de la -especie. Y su alma se hizo su torre de nieve. Apareció en él el -luchador, el combatiente. Acorazado, casqueado, armado, apareció el -poeta. Oyó la voz de los pueblos. Su espíritu salió de su restringido -círculo nacional; cantó las luchas extranjeras; llamó a la unión de las -naciones del norte; su palabra, que apenas se oía en su pueblo, fué -callada por el desencanto; sus compatriotas no le conocieron; hubo para -él, eso sí, piedras, sátira, envidia, egoísmo, estupidez: su patria, -como todas las patrias, fué una espesa comadre que dió de escobazos a su -profeta. De Skien a Grimstad, a Cristianía. De la mano de Welhaven su -espíritu penetra en el mundo de una nueva filosofía. Después del -desencanto, halla otra vez su joven musa cantos de entusiasmo, de vida, -de amor. En los tiempos de las primeras luchas por la vida había sido -farmacéutico. Fué periodista después. Luego, director de una errante -compañía dramática. Viaja, vive. De Dinamarca vuelve a la capital de su -país, y se ocupa también en cosas de teatro. En su trato con los -cómicos--tal Guillermo Shakespeare--comienza a entrever el mundo de su -obra teatral. Está pobre, no le importa; ama. Se enloquece de amor: -tanto se enloquece que se casa. Una dulce hija de pastor protestante, -fué su mujer. Imagínome que la buena Daë Thoresen debe de haber tenido -los cabellos del más lindo oro, y los ojos divinamente azules. - - * * * * * - -Después de su «Catilina», simple ensayo juvenil, el autor dramático -surge. La antigua patria renace en «La Castellana de Ostroett»; los que -conocéis la obra ibseniana, oiréis siempre el grito final de Dame -Ingegerd, agonizante: «¿Lo que yo quiero? Un ataúd, un ataúd cerca del -de mi hijo.» Después «Los Guerreros de Helgeland» esa rara obra de -visionario. Recordad: - -«Hjordis.--El lobo, allí está, ¿lo ves? allí. No me deja nunca; me tiene -clavados sus ojos rojos, incandescentes. ¡Ah, Sigurd, es un presagio! -Tres veces se me ha aparecido, y seguramente eso quiere decir que moriré -esta noche. - -Sigurd.--¡Hjordis! ¡Hjordis! - -Hjordis.--Acaba de desaparecer allá, en el suelo. Ahora, ya lo sé. - -Sigurd.--¡Oh, Hjordis, ven, estás enfermo! Volvamos a casa. - -Hjordis.--No: esperaré aquí. Tengo muy poco tiempo de vida. - -Sigurd.--¿Pero qué tienes? - -Hjordis.--¿Qué tengo? No sé. Pero ya lo ves, tú has dicho la verdad hoy. -Gunuar y Daquy están allí, entre nosotros. Dejémosles. Dejemos esta -vida; así podemos vivir juntos. - -Sigurd.--¿Podemos? ¿Tú lo crees? - -Hjordis.--Desde el día en que has tomado otra mujer, yo estoy sin patria -en este mundo», etc. - -«Los pretendientes a la corona», donde hay el admirable diálogo, entre -el Poeta y el Rey, y el cual tiene que haber influído muy directamente -en la forma dialogal característica de Maeterlink, en sus dramas -simbólicos, seguida en parte por Eugenio de Castro en su suntuoso -«Belkiss.» Véase: - -El rey Skule.--Me hablarás de eso dentro de poco. Pero dime, Skalda, que -has errado tanto por países extranjeros, ¿has visto una mujer que ame al -hijo de otra? Y cuando digo amar, entiendo amar no con un sentimiento -pasajero, sino amar con todas las ternuras del alma. - -El poeta Jatgeir.--Eso no acontece sino a las mujeres que no tienen -hijos. - -El rey.--¿A ellas solamente? - -El poeta.--Sobre todo a las que son estériles. - -El rey.--¿Sobre todo a las que son estériles? ¿Aman entonces a los hijos -de otra, con todas las ternuras de su alma? - -El poeta.--Sí, a menudo. - -El rey.--Y, ¿no es cierto? Sucede que esas mujeres estériles matan a los -hijos de otra, despechadas de no haber tenido ellas. - -El poeta.--Sí. Pero eso no es obrar prudentemente. - -El rey.--¿Prudentemente? - -El poeta.--No, no es obrar prudentemente, porque dan a aquellos cuyos -hijos matan, el don del sufrimiento. - -El rey.--Pero ¿crees tú que el don del sufrimiento sea una buena cosa? - -El poeta.--Sí, señor. - -El rey.--Islandés, hay como dos hombres en ti. Estás entre la -muchedumbre, en algún alegre festín, y pones un manto sobre tus -pensamientos. Se está a solas contigo, y te asemejas a los raros a -quienes voluntariamente se escogería por amigos. ¿Por qué es así? - -El poeta.--Señor, cuando os queréis bañar en el río, no os desvestís -cerca de donde pasan los que van a la iglesia, sino que buscáis un lugar -solitario... - -El rey.--Naturalmente. - -El poeta.--¡Y bien! yo también tengo el pudor del alma y por eso es que -no me desvisto cuando hay tanta gente en la sala. - -El rey.--¿Eh? Cuéntame, Jatgeir, cómo has llegado a ser poeta y quién te -ha enseñado la poesía. - -El poeta.--Señor, la poesía no se aprende. - -El rey.--¡La poesía no se aprende! Entonces, ¿cómo has hecho? - -El poeta.--He recibido el don del sufrimiento y así he llegado a ser -poeta. - -El rey.--Así, pues, ¿el don del sufrimiento es necesario al poeta? - -El poeta.--Para mí fué necesario; pero hay otros a quienes ha sido -concedida la alegría, la fe o la duda. - -El rey.--¿Aun la duda? - -El poeta.--Sí; pero es preciso que sea la duda de la fuerza y de la -salud. - -El rey.--¿Y cuál es la duda que no sea la de la fuerza y de la salud? - -El poeta.--Es la duda que duda aún de su duda. - -El rey.--Paréceme que eso debe ser la muerte. - -El poeta.--Es más horrible que la muerte misma: son las tinieblas -profundas», etc. - -La «Comedia del Amor» marca el humor fino que hay también en Ibsen, -siempre a propósito de errores sociales; y es una puerta de libertad, -abierta al santo instinto humano de amor. - -Con la hostilidad de los cómicos cuya dirección tenía, y el clamor de -odio y de villanía que contra él alzaron unos cuantos periodistas, tuvo -que mostrar hombros de hierro, cabeza resistente, puños firmes. Su -tierra le desconocía, le desdeñaba, le odiaba, le calumniaba. Entonces, -sacudió el polvo de sus zapatos. Se va, mordiendo versos contra el -rebaño de tontos; se va, desterrado por la fosilizada familia de -retardatarios y de puritanos. Así, más se ahonda en su corazón el -sentimiento de la redención social. - -El revolucionario fué a ver el sol de oro de las naciones latinas. - -Después de este baño solar nacieron las otras obras que debían darle el -imperio del drama moderno, y colocarle al lado de Wagner, en la altura -del arte y del pensamiento contemporáneo. El había sido el escultor en -carne viva, en su propia carne. Animó después sus extraños personajes -simbólicos por cuyos labios saldría la denuncia del mal inveterado, en -la nueva doctrina. Los pobres tendrán en él un gran defensor. Es un -propósito de redención el que le impulsa. Es un gigantesco arquitecto -que desea erigir su construcción monumental, para salvar las almas por -la plegaria en la altura, de cara a Dios. - -El hombre de las visiones, el hombre del país de los kobolds, encuentra -que hay mayores misterios en lo común de la vida que en el reino de la -fantasía: el mayor enigma está en el propio hombre. Y su sueño es ver la -vida mejor, el hombre rejuvenecido, la actual máquina social -despedazada. Nace en él el socialista; es una especie de nuevo -redentor. - -Así surgen «El pato salvaje», «Nora», «Los aparecidos», «El enemigo del -pueblo», «Rosmersholm», «Hedda Gabler.» Escribía para la muchedumbre, -para la salvación de la muchedumbre. La máquina recibía rudos golpes de -su enorme martillo de dios escandinavo. Su martilleo se oye por todo el -orbe. La aristocracia intelectual está con él. Se le saluda como a uno -de los grandes héroes. Pero su obra no produce lo que él desea. Y su -esfuerzo se vela de una sombra de pesimismo. - -Fué a ver el sol de las naciones latinas. - - * * * * * - -Y en las naciones latinas encuentra luchas y horrores, desastres y -tristezas: su alma padece por la amargura de Francia. Llega un momento -en que juzga muerta el alma de la raza. Mas no se va del todo la -esperanza de su corazón. Cree en la resurrección futura: «¿Quién sabe -cuándo la paloma traerá en su pico el ramo precursor? Lo veremos. Por lo -que a mí toca, hasta ese día, permaneceré en mi habitáculo enguatado de -Suecia, celoso de la soledad, ordenando ritmos distinguidos. La multitud -vagabunda se enojará sin duda alguna, y me tratará de renegado; pero esa -muchedumbre me espanta, no quiero que el lodo me salpique; y deseo, en -traje de himeneo, sin mancha, aguardar la aurora que ha de venir.» ¡Ah, -la pobre humanidad perdida! ese extraño redentor quiere salvarla, -encontrar para ella el remedio del mal y la senda que conduce al -verdadero bien. Pero cada instante que pasa le da muerte a una ilusión. -Los hombres están originalmente viciados. Su mismo organismo es un foco -infectivo; su alma está sujeta al error y al pecado. Se va sobre -lodazales o sobre cambroneras. La existencia es el campo de la mentira y -el dolor. Los malos son los que logran conocer el rostro de la -felicidad, en tanto que el inmenso montón de los desgraciados se agita -bajo la tabla de plomo de una fatal miseria. Y el redentor padece con -la pena de la muchedumbre. Su grito no se escucha, su torre no tiene el -deseado coronamiento. Por eso su agitado corazón está de luto, por eso -brotan de los labios de sus nuevos personajes palabras terribles, -condenaciones fulminantes, ásperas y flagelantes verdades. Es pesimista -por obra de la fuerza contraria. El ha entrevisto el ideal, como un -miraje. Ha caminado tras él, ha despedazado sus pies en las piedras del -camino, no ha logrado sino cosechas de decepciones, su fata-morgana se -ha convertido en nada. - -Y su progenie simbólica está animada de una vida maravillosa y -elocuente. Sus personajes son seres que viven y se mueven y obran sobre -la tierra, en medio de la sociedad actual. Tienen la realidad de la -existencia nuestra. Son nuestros vecinos, nuestros hermanos. A veces nos -sorprende oir salir de sus bocas nuestros propios íntimos pensamientos. -Y es que Ibsen es el hermano de Shakespeare. El proceso shakespeareano -de León Daudet tendría mejor aplicación si se tratase del gran -escandinavo. Los tipos son observados, tomados de la vida común. La -misma particularidad nacional, el escenario de la Noruega, le sirve para -acentuar mejor los rasgos universales. Después, él, el creador, ha -exprimido su corazón: ha sondeado su océano mental; ha penetrado en su -obscura selva interior; es el buzo de la conciencia general, en lo -profundo de su propia conciencia. Y había habido un día en que desde el -vientre materno su alma se llenara de la virtud del arte. Su dolencia -debía de ser la sublime dolencia del genio; de un genio peregrino, en -que se juntarían las ocultas energías psíquicas de países remotos en los -cuales parece que se encontrase, en ciertas manifestaciones, la realidad -del Ensueño. Y ese «aristo», ese excelente, ese héroe, ese casi -super-hombre, había de hacer de su vida un holocausto; había de ser el -apóstol y el mártir de la verdad inconquistable, un inmenso trueno en el -desierto, un prodigioso relámpago en un mundo de ciegas pupilas. Y -buscó los ejemplos del mal por ser el ambiente del mal el que satura el -mundo. Desde Job a nuestros días, jamás el diálogo ha sentido en su -carne verbal los sacudimientos del espíritu que en las obras de Ibsen. -Habla todo, los cuerpos y las almas. La enfermedad, el ensueño, la -locura, la muerte toman la palabra; sus discursos vienen impregnados de -más-allá. Hay seres ibsenianos en que corre la esencia de los siglos. -Nos hallamos a muchos miles de leguas distantes de la literatura, esa -agradable y alta rama de las Bellas Artes. Es un mundo distinto y -misterioso, en que el pensador tiene la estatura de los arcángeles. Se -siente, en lo obscuro vecino, una brisa que sopla de lo infinito, cuyo -sordo oleaje oímos de tanto en tanto. - -Su lenguaje está construído de lógica y animado de misterio. Es Ibsen, -uno de los que más hondamente han escrutado el enigma de la psique -humana. Se remonta a Dios. Parte la fuente de su pensar de la montaña de -las ideas primordiales. Es el héroe moral. ¡Potente solitario! Sale de -su torre de hielo para hacer su oficio de domador de razas, de -regenerador de naciones, de salvador humano, su oficio, ay, ímprobo, -porque cree que no será él quien verá el día de la transfiguración -ansiada. - -No os extrañéis de que sobre su obra titánica floten brumas misteriosas. -Como en todos los espíritus soberanos, como en todos los jerarcas del -pensamiento, su verbo se vela de humareda cual las fisuras de las -solfataras y los cráteres de los volcanes. - -Consagrado a su obra como a un sacerdocio, es el ejemplo más admirable -que puede darse en la historia de la idea humana, de la unidad de la -acción y del pensamiento. - -Es el misionero formidable de una ideal religión, que predica con -inaudito valor las verdades de su evangelio delante de las civilizadas -flechas de los bárbaros blancos. - -Si Ibsen no fuera un sublevado titán, sería un santo, puesto que la -santidad es el genio en el carácter, el genio moral. Y ha sentido sobre -su faz el soplo de lo desconocido, de lo arcano; a ese soplo ha -obedecido su autoinvestigación en las tinieblas del propio abismo. Y va -por la tierra en medio de los dolores de los hombres siendo el eco de -todas las quejas. Los versos al cisne, recordados por Bigeon, cantan -así: «Cisne cándido, siempre mudo, en calma siempre! Ni el dolor ni la -alegría pueden turbar la serenidad de tu indiferencia; protector -majestuoso del Elfo que se aduerme, tú te has deslizado sobre las aguas -sin jamás producir un murmullo, sin jamás lanzar un cántico. - -Todo lo que juntamos en nuestros pasos, juramentos de amor, miradas -angustiosas, hipocresías, mentiras ¡qué te importaban! ¿Qué te -importaban? - -Y sin embargo, la mañana de tu muerte suspiraste tu agonía, murmuraste -tu dolor... - -¡Y eras un cisne!» - -El olímpico pájaro de nieve cantado tan melancólicamente por el Poeta -ártico--y que en su ciclo surgiera de manera tan mágica y armoniosa por -obra del dios Wagner--es para Ibsen nuncio del ultraterrestre Enigma. - -He ahí que la inviolada Desconocida aparecerá siempre envuelta en su -impenetrable nube, fuerte y silenciosa; su fuerza, el fin de todas las -fuerzas, y su silencio, la aleación de todas las armonías. - -¿Cuál sería el poeta que apoyado en el muro kantiano ordenase con mayor -soberanía el himno de la Voluntad? ¿Quién diría la voluntad del Mundo y -el mundo de la Voluntad? Necesitaríase un Pitágoras moral. El Noruego ha -comprendido esa armonía y sus cantos han sido seres vivos. Ha sido un -intérprete de esa representación de Dios. Ha sido un incansable minador -de prejuicios y ha ido a perseguir el mal en sus dos principales -baluartes, la carne y el espíritu. La carne, que en su infierno contiene -los indomables apetitos y las tormentosas consecuciones del placer, y -el espíritu, que presa de vacilaciones o esclavo de la mentira o -arrebatado del pecado luciferino, cae también en su infierno. - -Autoridad, constitución social, convenciones de los hombres engañados o -perversos, religiones amoldadas a usos viciados, injusticias de la ley y -leyes de la injusticia; todo el viejo conjunto del organismo ciudadano; -todo el aparato de cultura y de progreso de la colectividad moderna; -toda la grande y monstruosa Jericó, oye sonar el desusado clarín del -luminoso enemigo, pero sus muros no se conmueven, sus fábricas no caen. -Por las ventanas y almenas adviértese cómo las caras rosadas de las -mujeres que habitan la ciudad ríen y los hombres se encogen de hombros. -Y el clarín enemigo suena contra los engaños sociales; contra los -contrarios del ideal; contra los fariseos de la cosa pública; contra la -burguesía, cuyo principal representante será siempre Pilatos; contra los -jueces de la falsa justicia, los sacerdotes de los falsos sacerdocios; -contra el capital cuyas monedas, si se rompiesen, como la hostia del -cuento, derramarían sangre humana; contra la explotación de la miseria; -contra los errores del estado; contra las ligas arraigadas desde siglos -de ignominia para mal del hombre y aun en daño de la misma naturaleza; -contra la imbécil canalla apedreadora de profetas y adoradora de -abominables becerros; contra lo que ha deformado y empequeñecido el -cerebro de la mujer, logrando convertirla, en el transcurso de un -inmemorial tiempo de oprobio, en ser inferior y pasivo; contra las -mordazas y grillos de los sexos; contra el comercio infame, la política -fangosa y el pensamiento prostituído: así en «Los aparecidos», así en -«Hedda Gabler», así en «El enemigo del pueblo», así en «Solness», así en -«Las columnas de la sociedad», así en «Los pretendientes a la corona», -así en «La Unión de los jóvenes», así en «El pequeño Eyolf». - -El arcángel de la guarda del enorme Escandinavo tiene por nombre -Sinceridad. Otros hay que le escoltan y se llaman Verdad, Nobleza, -Bondad, Virtud. Suele también acompañarle el querubin Eironeia. Al final -de las «Columnas de la sociedad», Lona proclama la grandeza de la -Libertad y de la Sinceridad. Camille Mauclair decía al finalizar su -conferencia sobre «Solness», cuando Lugne-Poe hacía a París el servicio -que acaba de hacer a Buenos Aires Alfredo de Sanctis: «Seamos sinceros -delante de nosotros mismos, cuidémonos del demonio tonto.» ¡Cuán elevado -y provechoso consejo intelectual! Y Laurent Tailhade al predicar a su -vez las excelencias de «El enemigo del pueblo», decía: «Si algo puede -hacer perdonar al público de las primeras representaciones, mundanos y -bolsistas, pilares de club y folicularios, bobos y snobs de todo pelaje, -la asombrosa impericia que le distingue, el apetito monstruoso que -muestra comunmente para toda especie de chaturas, es la acogida que ha -hecho desde hace tres años a los dos genios, cuya amargura parece caber -menos en lo que se llama tan justamente «el gusto francés»; me refiero a -Ricardo Wagner y a Henrik Ibsen.» Si esto ha sido aplicado a París, -pongan oído atento los centros pensantes de otras naciones. Surjan las -excelencias del gusto nacional y asciéndase a las altas cimas de la Idea -y del Arte; escúchese la doctrina de los señalados maestros conductores, -exorcícese con ideal agua bendita al tonto demonio. - -Ibsen no cree en el triunfo de su causa. Por eso la ironía le ha -cincelado su especial sonrisa. ¿Pero quién podría afirmar que no pueden -llegar todavía a ser dorados por el fulgor de la esperada aurora, los -cabellos blancos e indomables de ese soberbio y hecatonquero Precursor -del Porvenir? - -[imagen: JOSÉ MARTÍ] - -[imagen] - - - - -JOSÉ MARTÍ - - -El fúnebre cortejo de Wagner exigiría los truenos solemnes del -«Tannhauser»; para acompañar a su sepulcro a un dulce poeta bucólico, -irían, como en los bajos relieves, flautistas que hiciesen lamentarse a -sus melodiosas dobles flautas; para los instantes en que se quemase el -cuerpo de Melesígenes, vibrantes coros de liras; para acompañar--¡oh! -permitid que diga su nombre delante de la gran Sombra épica; de todos -modos, malignas sonrisas que podáis aparecer, ya está muerto...!--para -acompañar, americanos todos que habláis idioma español, el entierro de -José Martí, necesitaríase su propia lengua, su órgano prodigioso lleno -de innumerables registros, sus potentes coros verbales, sus trompas de -oro, sus cuerdas quejosas, sus oboes sollozantes, sus flautas, sus -tímpanos, sus liras, sus sistros. Sí, americanos, hay que decir quien -fué aquel grande que ha caído! Quien escribe estas líneas que salen -atropelladas de corazón y cerebro, no es de los que creen en las -riquezas existentes de América... Somos muy pobres... Tan pobres, que -nuestros espíritus, si no viniese el alimento extranjero, se morirían de -hambre. Debemos llorar mucho por esto al que ha caído! Quien murió allá -en Cuba, era de lo mejor, de lo poco que tenemos nosotros los pobres; -era millonario y dadivoso: vaciaba su riqueza a cada instante, y como -por la magia del cuento, siempre quedaba rico: hay entre los enormes -volúmenes de la colección de «La Nación», tanto de su metal fino y -piedras preciosas, que podría sacarse de allí la mejor y más rica -estatua. Antes que nadie, Martí hizo admirar el secreto de las fuentes -luminosas. Nunca la lengua nuestra tuvo mejores tintas, caprichos y -bizarrías. Sobre el Niágara castelariano, milagrosos iris de América. ¡Y -qué gracia tan ágil, y qué fuerza natural tan sostenida y magnífica! - -Otra verdad aun, aunque pese más al asombro sonriente: eso que se llama -el genio, fruto tan solamente de árboles centenarios--ese majestuoso -fenómeno del intelecto elevado a su mayor potencia, alta maravilla -creadora, el Genio, en fin, que no ha tenido aún nacimiento en nuestras -repúblicas, ha intentado aparecer dos veces en América; la primera en un -hombre ilustre de esta tierra, la segunda en José Martí. Y no era Martí, -como pudiera creerse, de los semi-genios de que habla Mendés, incapaces -de comunicar con los hombres, porque sus alas les levantan sobre la -cabeza de éstos, e incapaces de subir hasta los dioses, porque el vigor -no les alcanza y aun tiene fuerza la tierra para atraerles. El cubano -era «un hombre.» Más aun; era como debería ser el verdadero -super-hombre, grande y viril; poseído del secreto de su excelencia, en -comunión con Dios y con la naturaleza. - -En comunión con Dios vivía el hombre de corazón suave e inmenso; aquel -hombre que aborreció el mal y el dolor; aquel amable león de pecho -columbino, que pudiendo desjarretar, aplastar, herir, morder, desgarrar, -fué siempre seda y miel hasta con sus enemigos. Y estaba en comunión -con Dios, habiendo ascendido hasta él por la más firme y segura de las -escalas: la escala del Dolor. La piedad tenía en su sér un templo; por -ella diríase que siguió su alma los cuatro ríos de que habla Rusbrock el -Admirable; el río que asciende, que conduce a la divina altura; el que -lleva a la compasión por las almas cautivas, los otros dos que envuelven -todas las miserias y pesadumbres del herido y perdido rebaño humano. -Subió a Dios, por la compasión y por el dolor. ¡Padeció mucho -Martí!--desde las túnicas consumidoras, del temperamento y de la -enfermedad, hasta la inmensa pena del señalado que se siente desconocido -entre la general estolidez ambiente; y por último, desbordante de amor y -de patriótica locura, consagróse a seguir una triste estrella, la -estrella solitaria de la Isla, estrella engañosa que llevó a ese -desventurado rey mago a caer de pronto en la más negra muerte! - -Los tambores de la mediocridad, los clarines del patrioterismo tocarán -dianas celebrando la gloria política del Apolo armado de espada y -pistolas que ha caído, dando su vida, preciosa para la humanidad y para -el Arte y para el verdadero triunfo futuro de América, combatiendo entre -el negro Guillermón y el general Martínez Campos! - -¡Oh, Cuba! eres muy bella, ciertamente, y hacen gloriosa obra los hijos -tuyos que luchan porque te quieren libre; y bien hace el español de no -dar paz a la mano por temor de perderte, Cuba admirable y rica y cien -veces bendecida por mi lengua; mas la sangre de Martí no te pertenecía; -pertenecía a toda una raza, a todo un continente; pertenecía a una -briosa juventud que pierde en él quizá al primero de sus maestros; -pertenecía al porvenir! - - * * * * * - -Cuando Cuba se desangró en la primera guerra, la guerra de Céspedes; -cuando el esfuerzo de los deseosos de libertad no tuvo más fruto que -muertes e incendios y carnicerías, gran parte de la intelectualidad -cubana partió al destierro. Muchos de los mejores se expatriaron, -discípulos de don José de la Luz, poetas, pensadores, educacionistas. -Aquel destierro todavía dura para algunos que no han dejado sus huesos -en patria ajena o no han vuelto ahora a la manigua. José Joaquín Palma, -que salió a la edad de Lohengrín con una barba rubia como la de él, y -gallardo como sobre el cisne de su poesía, después de arrullar sus -décimas «a la estrella solitaria» de república en república, vió nevar -en su barba de oro, siempre con ansias de volver a su Bayamo, de donde -salió al campo a pelear después de quemar su casa. Tomás Estrada Palma, -pariente del poeta, varón probo, discreto y lleno de luces, y hoy -elegido presidente por los revolucionarios, vivió de maestro de escuela -en la lejana Honduras; Antonio Zambrana, orador de fama justa en las -repúblicas del norte que a punto estuvo de ir a las Cortes, en donde -habría honrado a los americanos, se refugió en Costa Rica, y allí abrió -su estudio de abogado; Eizaguirre fué a Guatemala; el poeta Sellén, el -celebrado traductor de Heine, y su hermano, otro poeta, fueron a Nueva -York, a hacer almanaques para las píldoras de Lamman y Kemp, si no -mienten los decires; Martí, el gran Martí andaba de tierra en tierra, -aquí en tristezas, allá en los abominables cuidados de las pequeñas -miserias de la falta de oro en suelo extranjero; ya triunfando, porque a -la postre la garra es garra y se impone, ya padeciendo las consecuencias -de su antagonismo con la imbecilidad humana; periodista, profesor, -orador; gastando el cuerpo y sangrando el alma; derrochando las -esplendideces de su interior en lugares en donde jamás se podría saber -el valor del altísimo ingenio y se le infligiría además el baldón del -elogio de los ignorantes;--tuvo en cambio grandes gozos: la compresión -de su vuelo por los raros que le conocían hondamente; el satisfactorio -aborrecimiento de los tontos, la acogida que «l’élite» de la prensa -americana--en Buenos Aires y Méjico,--tuvo para sus correspondencias y -artículos de colaboración. - -Anduvo, pues, de país en país, y por fin, después de una permanencia en -Centro América, partió a radicarse a Nueva York. - -Allá, a aquella ciclópea ciudad, fué aquel caballero del pensamiento a -trabajar y a bregar más que nunca. Desalentado, él tan grande y tan -fuerte, ¡Dios mío! desalentado en sus ensueños de Arte, remachó con -triples clavos dentro de su cráneo la imagen de su estrella solitaria, y -dando tiempo al tiempo, se puso a forjar armas para la guerra, a golpe -de palabra y a fuego de idea. Paciencia, la tenía; esperaba y veía como -una vaga fatamorgana, su soñada Cuba libre. Trabajaba de casa en casa, -en los muchos hogares de gentes de Cuba que en Nueva York existen; no -desdeñaba al humilde: al humilde le hablaba como un buen hermano mayor, -aquel sereno e indomable carácter, aquel luchador que hubiera hablado -como Elciis, los cuatro días seguidos, delante del poderoso Otón rodeado -de reyes. - -Su labor aumentaba de instante en instante, como si activase más la -savia de su energía aquel inmenso hervor metropolitano. Y visitando al -doctor de la Quinta Avenida, al corredor de la Bolsa y al periodista y -al alto empleado de La Equitativa, y al cigarrero y al negro marinero, a -todos los cubanos neoyorkinos, para no dejar apagar el fuego, para -mantener el deseo de guerra, luchando aún con más o menos claras -rivalidades, pero, es lo cierto, querido y admirado de todos los suyos, -tenía que vivir, tenía que trabajar, entonces eran aquellas cascadas -literarias que a estas columnas venían y otras que iban a diarios de -Méjico y Venezuela. No hay duda de que ese tiempo fué el más hermoso -tiempo de José Martí. Entonces fué cuando se mostró su personalidad -intelectual más bellamente. En aquellas kilométricas epístolas, si -apartáis una que otra rara ramazón sin flor o fruto, hallaréis en el -fondo, en lo macizo del terreno, regentes y ko-hinoores. - -Allí aparecía Martí pensador, Martí filósofo, Martí pintor, Martí -músico, Martí poeta siempre. Con una magia incomparable hacía ver unos -Estados Unidos vivos y palpitantes, con su sol y sus almas. Aquella -«Nación» colosal, la «sábana» de antaño, presentaba en sus columnas, a -cada correo de Nueva York, espesas inundaciones de tinta. Los Estados -Unidos de Bourget deleitan y divierten; los Estados Unidos de Groussac -hacen pensar; los Estados Unidos de Martí son estupendo y encantador -diorama que casi se diría aumenta el color de la visión real. Mi memoria -se pierde en aquella montaña de imágenes, pero bien recuerdo un Grant -marcial y un Sherman heroico que no he visto más bellos en otra parte; -una llegada de héroes del Polo; un puente de Brooklin literario igual al -de hierro; una hercúlea descripción de una exposición agrícola, vasta -como los establos de Augías; unas primaveras floridas y unos veranos -¡oh, sí! mejores que los naturales; unos indios sioux que hablaban en -lengua de Martí como si Manitu mismo les inspirase; unas nevadas que -daban frío verdadero, y un Walt Whitman patriarcal, prestigioso, -líricamente augusto, antes, mucho antes de que Francia conociera por -Sarrazin al bíblico autor de las «Hojas de hierba.» - -Y cuando el famoso congreso pan-americano, sus cartas fueron -sencillamente un libro. En aquellas correspondencias hablaba de los -peligros del yankee, de los ojos cuidadosos que debía tener la América -latina respecto a la Hermana mayor; y del fondo de aquella frase que una -boca argentina opuso a la frase de Monroe. - - * * * * * - -Era Martí de temperamento nervioso, delgado, de ojos vivaces y -bondadosos. Su palabra suave y delicada en el trato familiar, cambiaba -su raso y blandura en la tribuna, por los violentos cobres oratorios. -Era orador, y orador de grande influencia. Arrastraba muchedumbres. Su -vida fué un combate. Era blandílocuo y cortesísimo con las damas; las -cubanas de Nueva York teníanle en justo aprecio y cariño, y una sociedad -femenina había que llevaba su nombre. - -Su cultura era proverbial, su honra intacta y cristalina; quien se -acercó a él se retiró queriéndole. - -Y era poeta; y hacía versos. - -Sí, aquel prosista que, siempre fiel a la Castalia clásica, se abrevó en -ella todos los días, al propio tiempo que por su constante comunión con -todo lo moderno y su saber universal y políglota, formaba su manera -especial y peculiarísima, mezclando en su estilo a Saavedra Fajardo con -Gautier, con Goncourt,--con el que gustéis, pues de todo tiene; usando a -la continua de hipérbaton inglés, lanzando a escape sus cuádrigas de -metáforas, retorciendo sus espirales de figuras; pintando ya con minucia -de pre-rafaelista las más pequeñas hojas del paisaje, ya a manchas, a -pinceladas súbitas, a golpes de espátula, dando vida a las figuras; -aquel fuerte cazador, hacía versos, y casi siempre versos pequeñitos, -versos sencillos--¿no se llamaba así un librito de ellos?--versos de -tristezas patrióticas, de duelos de amor, ricos de rima o armonizados -siempre con tacto; una primera y rara colección está dedicada a un hijo -a quien adoró y a quien perdió por siempre: «Ismaelillo.» - -Los «Versos sencillos», publicados en Nueva York, en linda edición, en -forma de eucologio, tienen verdaderas joyas. Otros versos hay, y entre -los más bellos «Los zapaticos de Rosa.» Creo que como Banville la -palabra «lira» y Leconte de Lisle la palabra «negro», Martí la que más -ha empleado es «rosa.» - -Recordemos algunas rimas del infortunado: - - I - - ¡Oh, mi vida que en la cumbre - Del Ajusco hogar buscó, - Y tan fría se moría - Que en la cumbre halló calor! - ¡Oh, los ojos de la virgen - Que me vieron una vez, - Y mi vida estremecida - En la cumbre volvió a arder! - - II - - Entró la niña en el bosque - Del brazo de su galán, - Y se oyó un beso, otro beso, - Y no se oyó nada más. - - Una hora en el bosque estuvo, - Salió al fin sin su galán: - Se oyó un sollozo; un sollozo, - Y después no se oyó más. - - III - - En la falda del Turquino - La esmeralda del camino - Los incita a descansar: - El amante campesino - En la falda del Turquino - Canta bien y sabe amar. - - Guajirilla ruborosa, - La mejilla tinta en rosa - Bien pudiera denunciar, - Que en la plática sabrosa - Guajirilla ruborosa, - Callar fué mejor que hablar. - - IV - - Allá en la sombría, - Solemne Alameda, - Un ruido que pasa, - Una hoja que rueda, - Parece al malvado - Gigante que alzado - El brazo le estruja, - La mano le oprime, - Y el cuello le estrecha - Y el alma le pide--, - Y es ruido que pasa - Y es hoja que rueda; - Allá en la sombría, - Callada, vacía, - Solemne Alameda... - - V - - --¡Un beso! - --¡Espera! - Aquel día - Al despedirse se amaron. - - --¡Un beso! - --Toma. - Aquel día - Al despedirse lloraron. - - VI - - La del pañuelo de rosa, - La de los ojos muy negros, - No hay negro como tus ojos - Ni rosa cual tu pañuelo. - - La de promesa vendida, - La de los ojos tan negros, - Más negras son que tus ojos - Las promesas de tu pecho. - -Y este primoroso juguete: - - De tela blanca y rosada - Tiene Rosa un delantal, - Y a la margen de la puerta - Casi, casi en el umbral, - Un rosal de rosas blancas - Y de rojas un rosal. - - Una hermana tiene Rosa - Que tres años besó abril, - Y le piden rojas flores - Y la niña va al pensil, - Y al rosal de rosas blancas - Blancas rosas va a pedir. - - Y esta hermana caprichosa - Que a las rosas nunca va, - Cuando Rosa juega y vuelve - En el juego el delantal, - Si ve el blanco abraza a Rosa - Si ve el rojo da en llorar. - - Y si pasa caprichosa - Por delante del rosal, - Flores blancas pone a Rosa - En el blanco delantal. - -Un libro, la Obra escogida del ilustre escritor, debe ser idea de sus -amigos y discípulos. - -Nadie podría iniciar la práctica de tal pensamiento, como el que fué, no -solemne discípulo querido, sino amigo del alma, el paje, o más bien «el -hijo» de Martí: Gonzalo de Quesada, el que le acompañó siempre leal y -cariñoso, en trabajos y propagandas, allá en Nueva York y Cayo Hueso y -Tampa. ¡Pero quién sabe si el pobre Gonzalo de Quesada, alma viril y -ardorosa, no ha acompañado al jefe también en la muerte! - -Los niños de América tuvieron en el corazón de Martí predilección y -amor. - -Queda un periódico único en su género--, los pocos números de un -periódico que redactó especialmente para los niños. Hay en uno de ellos -un retrato de San Martín, que es obra maestra. Quedan también la -colección de «Patria» y varias obras vertidas del inglés, pero eso todo -es lo menor de la obra literaria que servirá en lo futuro. - -Y ahora, maestro y autor y amigo, perdona que te guardemos rencor los -que te amábamos y admirábamos, por haber ido a exponer y a perder el -tesoro de tu talento. Ya sabrá el mundo lo que tú eras, pues la justicia -de Dios es infinita y señala a cada cual su legítima gloria. Martínez -Campos, que ha ordenado exponer tu cadáver, sigue leyendo sus dos -autores preferidos: «Cervantes...» y «Ohnet.» Cuba quizá tarde en -cumplir contigo como debe. La juventud americana te saluda y te llora; -pero ¡oh, Maestro! ¿qué has hecho...? - -Y paréceme que con aquella voz suya, amable y bondadosa, me reprende, -adorador como fué hasta la muerte del ídolo luminoso y terrible de la -Patria; y me habla del sueño en que viera a los héroes: las manos de -piedra, los ojos de piedra, los labios de piedra, las barbas de piedra, -la espada de piedra... - -Y que repite luego el voto del verso: - - ¡Yo quiero, cuando me muera, - Sin patria, pero sin amo, - Tener en mi losa un ramo - De flores y una bandera! - -[imagen] - - - - -EUGENIO DE CASTRO - -(_Conferencia leída en el Ateneo de Buenos Aires_). - - -Señor presidente, señoras, señores: Os saludo al comenzar esta -conferencia sobre el poeta Eugenio de Castro y la literatura portuguesa. -Es el asunto para mí gratísimo. Mi deseo es que al acabar de escuchar -mis palabras llevéis con vosotros el encanto de un nuevo y peregrino -conocimiento: el del joven ilustre que hoy representa una de las más -brillantes fases del renacimiento latino, y que, como su hermano de -Italia--el Ermete maravilloso--se mantiene en la consagración de su -ideal «en la sede del arte severo y del silencio», allá en la noble y -docta ciudad de Coimbra. Este nombre os despierta, desde luego, el -recuerdo de una antigua vida escolar, los estudiantes tradicionales, la -Fuente de los Amores, el Mondego, celebrado en los versos, y la figura -dulce y trágica de aquella adorable señora que tuvo el mismo apellido -que nuestro poeta: Inés de Castro, tan bella cuanto sin ventura. Es en -aquella ciudad universitaria en donde ha surgido el admirable lírico que -había de representar, el primero, a la raza ibérica, en el movimiento -intelectual contemporáneo, que ha dado al arte espacios nuevos, fuerzas -nuevas y nuevas glorias. Vogüe, que antes mirara el vuelo simbólico de -las cigüeñas, anunciaba, no hace mucho tiempo, a propósito de la obra de -Gabriele D’Annunzio, una resurrección del espíritu latino. Las harpas y -las flautas sonaban del lado de Italia. Hoy la armonía se oye del lado -de Iberia. Ya es un conjunto de músicas orientales; ya un son melodioso -de siringa, semejante a los que la muerte ha venido a suspender en los -labios del divino Panida de Francia, Paúl Verlaine; ya un heráldico -trueno de trompetas de plata, que avisa el paso de una caravana -salomónica. ¿Conocéis al prestigioso Gama que corona Camöens de -esplendorosas gemas poéticas en los triunfos de sus «Lusiadas»? Es el -viajero casi mitológico que vuelve de los países recónditos a donde su -valor y su sed de cosas desconocidas le han llevado. A semejanza de -aquellos antiguos atrevidos navegantes portugueses que iban a las playas -distantes de las tierras asiáticas y africanas en busca de tesoros -prodigiosos y volvían con las perlas arábigas, los diamantes de -Golconda, las resinas y aromas y ámbares recogidos en los misteriosos -continentes y en los hechiceros archipiélagos, trayendo al propio tiempo -la impresión de sus visiones en la realidad de las leyendas, en las -visitas a islas raras y penínsulas de encantamiento, Eugenio de Castro, -bizarro y mágico Vasco de Gama de la lira, vuelve de sus incursiones a -un Oriente de ensueño, de sus expediciones a los fantásticos imperios, a -países del pasado, lleno de riquezas, dueño de raras piedras preciosas, -conquistador y argonauta, vestido de suntuosos paramentos e impregnado -de exóticos perfumes. - -Señores: Mientras nuestra amada y desgraciada madre patria, España, -parece sufrir la hostilidad de una suerte enemiga, encerrada en la -muralla de su tradición, aislada por su propio carácter, sin que penetre -hasta ella la oleada de la evolución mental de estos últimos tiempos, -el vecino reino fraternal manifiesta una súbita energía; el alma -portuguesa llama la atención del mundo, la patria portuguesa encuentra -en el extranjero lenguas que la celebran y la levantan, la sangre de -Lusitania florece en harmoniosas flores de arte y de vida: nosotros, -latinos, hispano-americanos, debemos mirar con orgullo las -manifestaciones vitales de ese pueblo y sentir como propias las -victorias que consigue en honor de nuestra raza. - -Es digno de todas nuestras simpatías ese bello y glorioso país de -guerreros, de descubridores y de poetas. Una de las más gratas -impresiones de mi vida ha sido la que produjo esa tierra en que -florerecen los naranjos. Lisboa, hermosa y real, frente a su soberbia -bahía, un cielo generoso de luz, una tierra perfumada de jardines, una -delicia natural esparcida en el ambiente, una fascinación amorosa que -invita a la vida, altivez nativa, nobleza ingénita en sus caballeros, y -en sus damas una distinción gentilicia como corona de la belleza. Y -consideraba al hollar aquella tierra, las proezas de tantos hijos suyos -famosos, Magallanes cuyo nombre quedó para los siglos en el extremo sur -argentino, Alburquerque, el que fué a la lejana Goa, Bartolomé Díaz y la -figura dominante, aureolada de fuegos épicos, del gran Vasco. - -Y evocaba la obra de la lira, los ingenuos balbuceos en la corte de -Alfonso Henriquez, en donde la linda Doña Violante, antojábaseme harto -cruel, con el pobre Egas Moniz, agonizante de amor, por aquel «corpo -d’oiro»; los trovadores, formando sus ramilletes de serranillas; Don -Diniz, el rey poeta y sapiente, semejante a Alfonso de España, y a quien -Camoëns compara con el grande Alejandro: - - Eis depois vem Dinis, que bem parece - Do bravo Afonso estirpe nobre e dina, - Com quem a fama grande se escurece - Da liberalidade Alexandrina. - Com este o Reino próspero florece - (Alcançada já a paz áurea divina) - Em constituições, leis e costumes, - Na terra já tranquila claros lumes. - - Fez primeiro em Coimbra exercitar-se - O valeroso officio de Minerva; - E de Helicona as Musas fez passar-se - A pizar do Mondego a fertil herva. - Quanto pode de Athenas desejar-se, - Tudo o soberbo Apollo aqui reserva: - Aqui as capellas dá tecidas de ouro, - Do bacharo e do sempre verde louro. - -«Y después viene Dionisio, que bien parece del bravo Alfonso estirpe -noble y digna; por quien la fama grande se obscurece de la liberalidad -Alejandrina: Con éste el reino próspero florece (ya alcanzada la áurea -paz divina) en constituciones, leyes y costumbres, e iluminan claras -luces la ya tranquila tierra. Hizo primero en Coimbra que se ejercitase -el valeroso oficio de Minerva; y las musas del Helicón por él fueron a -pisar la fértil hierba del Mondego. Cuanto puede de Atenas desearse, -todo el soberbio Apolo aquí reserva: Aquí da las coronas tejidas de oro -y de siempre verde laurel». Y luego los romanceros, el «Amadís» que -despierta el «Quijote»; Mascías que muere por el amor, y tanto -porta-lira que en tiempos propicios a las Musas las glorificaron en el -suelo lusitano. - -No había llegado aún a mis oídos el nombre de Eugenio de Castro, ni a mi -mente el resplandor de su arte aristocrático. La literatura portuguesa -ha sido hasta hace poco tiempo escasamente conocida. Existe cerca de -nosotros un gran país, hijo de Portugal, cuyas manifestaciones -espirituales son en el resto del continente completamente ignoradas; y -hay, señores, en Portugal, y hay en el Brasil una literatura digna de la -universal atención y del estudio de los hombres de pensamiento y de -arte. En nuestra América española, el conocimiento de la literatura de -lengua portuguesa se reduce al escaso número de los que han leído a -Camoëns, la mayor parte en malas traducciones y vaya por lo antiguo. En -cuanto a lo moderno, se sabe que ha existido un Herculano gracias a los -versos de Núñez de Arce, y un Eça de Queiroz, por un «Primo-Basilio», -que ha esparcido a los cuatro vientos, en castellano, una feroz casa -editora peninsular. - -No era poco el triste asombro del eminente Pinheiro Chagas, cuando en -Madrid en la hospitalaria casa del conde de Peralta oía de mis labios la -lamentación de semejante indiferencia. ¡Pero qué mucho, si en España -misma, a pesar del esfuerzo de propagandistas como la Pardo Bazán y -Sánchez Moguel, el alma lusitana es tanto o más desconocida que entre -nosotros! Y de Gil Vicente a nuestros días, hay un teatro vario y rico. -De Sa de Miranda y Camoëns, a João de Deus, el camino lírico está lleno -de arcos triunfales. De Duharte Galvao a Alejandro Herculano la historia -levanta monumentales y fuertes construcciones; la filosofía y la -filología y la erudición están representadas por más de un nombre -ilustre en los anales de la civilización humana; su lengua, que ha -pasado por evoluciones distintas, ha llegado a ser en manos de Eugenio -de Castro y de sus seguidores, el armonioso instrumento que nos da esas -puras joyas del arte moderno, como «Sagramor» y «Belkiss». - -Este siglo tuvo mal comienzo para el pensamiento portugués. Sus alas no -se abrieron en el aire angustioso que esparciera la tempestad -napoleónica. ¿Qué figuras vemos aparecer en esa agitada época? Una -especie de Quintana, José Agustín de Macedo, que sopla su hueca trompa; -una especie de Ponsard, Aguiar Leitao, que se pavonea entre la pobreza y -sequedad de sus tragedias; y el curioso y desjuicido José Daniel, que a -falta de Terencio y Plauto, se iba solo, por una senda poco envidiable. -Manuel de Nascimiento, arrojado por una tormenta política, estaba en -París. El obispo Lobo, a quien se ha comparado con de Maistre, señala el -principio de una nueva era. Almeida Garret, que como Nascimiento había -ido a París y había sido ungido por Hugo, llevó a su país la iniciación -romántica. Eugenio de Castro reconoce en uno de sus escritos, cómo el -fondo del alma portuguesa está impregnado de melancolía. Ciertamente, -ese pueblo viril siente de modo hondo y particular el soplo de la -tristeza. Los portugueses tienen esa palabra que indica una enfermiza y -especial nostalgia, un sentimiento único, lleno de la más melancólica -dulzura: «saudade.» Tal sentimiento forma gran parte del espíritu de la -poesía de Almeida Garret, que había llevado su barca sobre las mansas y -sonoras olas del lago lamartiniano. El es uno de los precursores del -nuevo movimiento. El marca un nuevo rumbo a la generación literaria, -afianzando en un sólido fundamento clásico, pero con largas vistas hacia -el futuro. El prefacio de «Doña Branca», que Loiseau parangona con el de -«Cronwell», fué un manifiesto que señaló definitivamente la renovación. -El sentimentalismo de los románticos y las caballerescas aventuras están -de triunfo. Doña Branca está en el castillo morisco con una hada, y -Adozinda, pura como un lirio de nieve, es perseguida, cual la memorable -italiana, por el incestuoso fuego paternal. Almeida Garret--sin que -intente defender la perfección de su obra--ha quedado como uno de los -grandes románticos, que a comienzos de esta centuria han iniciado una -revolución en formas e ideas en el arte de escribir. Antonio Feliciano -de Castilho se presenta, «enfant sublime», con su áulico «Epicedion» a -los quince años; su obra posterior, si es de un romántico declarado, -como que procede inmediatamente de Nascimiento, arranca en su fondo de -antiguas fuentes clásicas, a punto de que se haya nombrado a propósito -de su «Primavera», a Safo, Anacreonte y Ovidio. Y se yergue luego, -altiva y majestuosa, la talla de quien, cuando cayó en la tumba, hizo -brotar de la más bien templada lira castellana un célebre canto fúnebre: -comprenderéis que me refiero a Alejandro Herculano. El gran historiador -fué asimismo aficionado a las musas. Cuando vayáis por su jardín lírico, -no dejéis de observar que por ahí ha pasado el Lamartine de las -«Meditaciones.» Pero era un vigoroso, era un fuerte, y en la piedra fina -y duradera de su prosa, supo construir más de un soberbio monumento. Si -sus novelas y los que podíamos llamar con Galdós, episodios nacionales, -son de notable valer, su fama se sienta sobre el pedestal de su obra -histórica, al cual su violento liberalismo no alcanzó a producir raja -alguna. Castello Branco dejó una producción copiosísima en donde se -pueden encontrar algunos granos de oro. Nos hallamos en pleno período -contemporáneo. La voz de Pinheiro Chagas resuena. Magalhaes Lima va -agitar a París la bandera portuguesa; brillan los nombres de Casal -Ribeiro, Machado, Oliveira Martins y tantos otros, entre los cuales -despide excepcional luz el del noble y egregio Teófilo Braga. Conocemos -algunas poesías de Antero de Quental. Doña Emilia nos informa desde -Madrid, de cuando en cuando, que existen tales o cuales liras lusitanas. - -Leopoldo Díaz, hábil husmeador de elegantes novedades, nos traduce una -que otra poesía portuguesa; nos comienzan a llegar los ecos de un -renacimiento en las letras brasileras y en notables revistas jóvenes; y -de pronto un clamor doloroso nos anuncia al mismo tiempo que la muerte -de Verlaine, la del gran poeta João de Deus. - -El viejo João de Deus, «el poeta del amor», a quien Louis Pitate de -Brinn Gaubast no ha vacilado en llamar «un Verlaine--con la pureza de un -Lamartine», fué también un precursor de los artistas exquisitos que hoy -han colocado a tan gran altura las letras portuguesas. Como en España, -como entre nosotros, la exageración romántica, el lacrimoso, falso y -grotesco lirismo personal que tuvo la fecundidad de una epidemia, halló -en Portugal su falange en los seguidores de Palmeirim y João de Lemos. - -Contra esos se opuso João de Deus, ayudado por el triste y malogrado -Soares de Passos, que iniciaron algo semejante a la labor parnasiana de -Francia, pero poniendo en el fondo del vaso buen vino de emoción. La -obra de João de Deus, condénsala en pocas palabras Teófilo Braga: -«volvió a la elocución más ideal por la naturalidad; dió al verso la -armonía indefectible por la concordancia de los acentos métricos con la -acentuación de las palabras; hizo de la rima una sorpresa y al mismo -tiempo un colorido vivo; combinó nuevas formas estróficas, renovando -también el soneto y el terceto camonianos, con un tinte de gracia de los -modismos populares. En la fábula de la «Cabra» o «Carneiro e o Cebado,» -resolvió magistralmente el problema presentido por los llamados -nephelibatas, de la remodelación de la estructura del verso; encontró -que el verso puede quebrarse en los hemistiquios más caprichosos, y aun -sin sílabas definidas, pero siempre cayendo dentro de la armonía -fundamental y orgánica del verso tal como el oído romántico lo -estableció. La perfección de la forma no bastaba para que João de Deus -ejerciese un influjo inmediato; sería admirado como artista, pero no -tendría el invencible poder de sugestión en los espíritus. Además de esa -perfección parnasista, sus versos expresan estados de alma, la pasión -íntima, vaga y casi timorata de los antiguos trovadores; aspiraciones -indefinidas, como las de los neoplatónicos o petrarquistas del -Renacimiento; la unción mística, como la de los versos de los poetas -extáticos españoles; y, finalmente, la sátira mordiente, como la de los -«goliardos» y estudiantes de la tuna de las universidades medioevales, -cuyo espíritu se advierte en las estrofas de «Dinheiro,» la «Lata» y la -«Marmelada». La impresión que produjo cuando la poesía caía -desacreditada por las exageraciones ultra románticas, fué grande, se -hizo sentir en una rápida transformación de gusto y esmero en los nuevos -poetas. Con verdad y justicia, João de Deus fué proclamado el maestro de -todos nosotros.» - -Muerto ese maestro ilustre, a quien con tanto amor celebra Teófilo -Braga, y cuyos despojos se habían cubierto de blancas rosas frescas y de -laureles, un joven le despide con un saludo glorioso, como se saluda a -un pabellón, en el instituto de Coimbra. Ese joven era el mismo que -enviara al féretro del consagrado cantor de amores, una corona de -violetas y crisantemos, con esta leyenda: «A João de Deus, Eugenio de -Castro.» Le despide con nobleza y orgullo principales, salvando la -esencia lírica del maestro. Su ofrenda fué la presentación verdadera de -la obra de João de Deus, libre de las tachas y aglomeraciones -perturbadoras que impone la crítica indocta y fácil en la incompetencia -de sus admiraciones. Lamentó con una honda voz de artista puro, la -belleza poluta por la brutalidad de la moderna vida, por las bajas -conquistas de interés y de la utilidad. «El americanismo reina -absolutamente: destruye las catedrales para levantar almacenes: derrumba -palacios para alzar chimeneas, no siendo de extrañar que transforme -brevemente el monasterio de Batalha en fábrica de conservas o tejidos, y -los Jerónimos en depósito de carbón de piedra o en club democrático, -como ya transformó en cuartel el monumental convento de Mafra. Las -multitudes triunfantes aclaman al progreso; Edison es el nuevo Mesías; -las Bolsas son los nuevos templos. El humo de las fábricas ya obscurece -el aire; en breve dejaremos de ver el cielo!» Tal es la queja; es la -misma de Huysman en Francia, la queja de todos los artistas, amigos del -alma; y considerad si se podría lanzar con justicia ese Clamor de -Coimbra, en este gran Buenos Aires que con los ojos fijos en los Estados -Unidos, al llegar a igualar a Nueva York, podrá levantar un gigantesco -Sarmiento de bronce, como la libertad de Bartholdi, la frente vuelta -hacia el país de los ferrocarriles. - -Ese artista que de tal manera exclama «¡en breve dejaremos de ver el -cielo!», es uno de los más exquisitos con que hoy cuenta la moderna -literatura europea, o mejor dicho, la moderna literatura cosmopolita. -Pues existe hoy ese grupo de pensadores y de hombres de arte que en -distintos climas y bajo distintos cielos van guiados por una misma -estrella a la morada de su ideal; que trabajan mudos y alentados por una -misma misteriosa y potente voz, en lenguas distintas, con un impulso -único. ¿Simbolistas? ¿Decadentes? Oh, ya ha pasado el tiempo, -felizmente, de la lucha por sutiles clasificaciones. Artistas, nada más, -artistas a quienes distingue principalmente la consagración exclusiva a -su religión mental, y el padecer la persecución de los Domicianos del -utilitarismo; la aristocracia de su obra, que aleja a los espíritus -superficiales, o esclavos de límites y reglamentos fijos. Entre las -acusaciones que han padecido, ha sido la de la obscuridad. Se les -adjudicó el imperio de las tinieblas. Las gentes que se nutren en los -periódicos les declararon incomprensibles. En los países del sol, se -dijo: «son cosas de los países del Norte. Esos hombres trabajan en las -nieblas; sigamos nuestras tradiciones de claridad.» Y resulta por fin, -que la luz también pertenece a esos hombres, y que los palacios -sospechosos de encantamiento que se divisaban entre las brumas de -Escandinavia y en tierras donde sueñan seres de cabellos dorados y ojos -azules, alzan también sus cúpulas entre las fragancias y esplendores del -mediodía, y en tierras en que los divinos sueños y las prodigiosas -visiones penetran también por las pupilas negras. - -En los tiempos que corren, dice de Castro, el diletantismo literario, -ese joyero de piedras falsas, dejó de ser un monopolio de los burgueses, -ha pasado hasta las más bajas clases populares. Cuando las otras -ocupaciones intelectuales, la filosofía y el derecho, las matemáticas y -la química, por ejemplo, son respetadas por el vulgo, no hay por ahí -«boni frate» que no se juzgue con derecho de invadir el campo literario, -exponiendo opiniones, distribuyendo diplomas de valer o de mediocridad. - -Lo cierto es, sin embargo, que la literatura es sólo para los literatos, -como las matemáticas son sólo para los matemáticos y la química para los -químicos. Así como en religión sólo valen las fes puras, en arte sólo -valen las opiniones de conciencia, y para tener una concienzuda opinión -artística, es necesario ser un artista. - -¿Ha tenido que luchar Eugenio de Castro? Indudablemente, sí. No conozco -los detalles de su campaña intelectual; pero no impunemente se llega a -tan justa gloria a su edad, ni se producen tan admirables poemas. La -gloria suya, la que debe satisfacer su alma de excepción, no es por -cierto la ciega y panúrgica fama popular, tan lisonjera con las -medianías; es la gloria de ser comprendido por aquellos que pueden -comprenderle; es la gloria en la comunidad de los «aristos.» Su nombre -no resuena sino desde hace poco tiempo en el mundo de los nuevos. Su -«Oaristos» apareció hace apenas seis años. Después se sucedieron -«Horas,» «Sylva,» «Interlunios.» No he leído sus obras sino después que -conocí al poeta por la crítica de Italia y Francia. Abonado por Remy de -Gourmont y Vittorio Pica, encontró abiertas de par en par las puertas de -mi espíritu. Leí sus versos. Desde el primer momento reconocí su -iniciación en el nuevo sacerdocio estético y la influencia de maestros -como Verlaine. Y en veces su voz era tan semejante a la voz verleniana, -que junté en mi imaginación el recuerdo de de Castro, al del amado y -malogrado Julián del Casal, un cubano que era por cierto el hijo -espiritual de «Pauvre Lelian». Eran versos de la carne y versos del -alma, versos caldeados de pasión, o de fe; ya reflejos de la roja -hoguera swinborniana o de los incensarios y cirios de «Sagesse.» - - Oid: - - «Tu frialdad acrece mi deseo: cierro los ojos para olvidarte, y - cuanto más procuro no verte, cuanto más cierro los ojos, más te - veo. - - Humildemente tras de ti sigo, humildemente, sin convencerte, cuanto - siento por mí crecer el gélido cortejo de tus desdenes. - - Sé que jamás te poseeré, sé que «otro» feliz venturoso como un rey - abrazará tu virginal cuerpo en flor. - - Mi corazón entretanto no se detiene: aman a medias los que aman con - esperanza--: amar sin esperanza es el verdadero amor.» - -Ya en «Horas» el tono cambia. - - «No perpetuemos el dolor, seamos castos de una castidad elevada. Tú - como Inés, la santa de los tupidos cabellos, yo como el purísimo - San Luis Gonzaga. - - ¡La Pureza conviene a almas como las nuestras, las mucosas tientan - solamente a las almas vulgares, la sonrisa con que me encantas sea - rosa mística! y sean las miradas tuyas el argentino «pax tecum». - - No son ya tus gráciles gracias de doncella las que me cautivan. Del - Arcángel la espada reluciente decapitó a la Lujuria que hiere y que - hiela: lo que adoro es tu corazón.» - - * * * * * - -Después llegó a mis manos, en el «Mercure de France», un poema simbólico -y extraño, de un sentimiento profundamente pagano, hondo y audaz. -«Sagramor» y «Belkiss» me hechizaron luego. - -«Sagramor» comienza en prosa, en la prosa musical y artística de de -Castro. Sagramor es un pastor al principio. Luego, caballero, recorrerá -todas las cimas de la vida, en busca de la felicidad. Goza del amor, de -las grandezas mundanas, de la variedad de paisajes y cielos, de las -victorias de la fama: Como un eco del Eclesiastés debía repetirle a cada -instante la vanidad de las cosas humanas. ¿Qué le consolará de la -desesperanza, cuando ha hallado polvo y ceniza? Ni la ciencia, ni la luz -del creyente, ni la voz de la triste Naturaleza. Hay una virgen fiel que -podría salvarle y acogerle: la Muerte; pero la Muerte no le abre sus -brazos. A través de soberbios episodios, en mágicos versos, desfila una -sucesión de visiones y de símbolos que va a parar al obscuro reino de la -invencible Desilusión, a la fatal miseria del Tedio. En lo más amargo -del desencanto, Sagramor quiere consolarse con el recuerdo de su primera -y dulce pasión, Cecilia, que apenas surge un instante, «creatura bella -bianco vestita», y desaparece. Oid las voces que llegan de tanto en -tanto, a invitarle al goce de la existencia: - -PRIMERA VOZ - -O viandante que estáis llorando, ¿por qué lloras? Ven conmigo; reiremos -cantando las horas. ¡Ven, no tardes; yo soy el Amor; quiero dar alas a -tus deseos! ¡De lindas bocas, copas en flor, beberás dulces, suaves -besos! - -SAGRAMOR - -¿Besos...? Los besos, hojas vertiginosas, son venenos. Deshojan rosas -sobre las bocas, pero abren llagas en el corazón... - -SEGUNDA VOZ - -He aquí oro, llénate de oro, toma, no llores... Con los ducados de este -tesoro, tendrás palacios, gemas y flores... Mira, ve cuán rubio es el -oro y cómo resplandece... - -SAGRAMOR - -¿Oro...? ¿y para qué? La Felicidad no la vende nadie. - -TERCERA VOZ - -¿Por qué lanzas tan lamentables quejas, con tan tétrico y angustioso -tono? ¡Viajemos! gozaremos bellos días... - -SAGRAMOR - -El mundo es pequeño. Lo he recorrido ya todo. - -CUARTA VOZ - -Soy la Gloria, alegre genio de un radioso país solar... ¡Tú serás el -mayor poeta del mundo! - -SAGRAMOR - -Dicen que el mundo está para concluir... - -QUINTA VOZ - -Serás un sabio: desde mi albergue verás pronto aclarado todo. - -SAGRAMOR - -Si hubiera conservado mi ignorancia, no me habría sentido tan -desventurado... - -SEXTA VOZ - -Yo soy la muerte victoriosa, madre del misterio, madre del secreto... - -SAGRAMOR - -¡Oh, no me toques! ¡Vete! ¡Tengo miedo de ti! - -SÉPTIMA VOZ - -¡Yo soy la vida! Ya que el morir te da miedo, te daré mil años. - -SAGRAMOR - -¡No, Dios mío! ¡No he sufrido ya tantos atroces desengaños! - -MUCHAS VOCES - -¿Quieres los más raros, los más dulces placeres? ¿Quieres ser estrella, -quieres ser rey? Responde. ¿Qué quieres? - -SAGRAMOR - -No sé... No sé... - - * * * * * - -Un delicado poema suyo:--«La Monja y el Ruiseñor», que dedicó a su amigo -el conde Robert de Montesquiou-Fezensac,--otro exquisito de Francia. Os -traduciré fielmente esos preciosos versos. - - De los argentinos plátanos a la sombra - La linda monja, que antes fuera princesa, - Deja vagar sus ojos por el paisaje... - Vese el monasterio, a lo lejos, entre las hojas... - - Allá, en un balcón que domina las aguas, - Las otras monjas ríen, contemplando - El polífono mar, tan agitado, - Que de las olas los límpidos aljófares - Sobre la tela de los hábitos cintilan, - Dando a aquellas pobrecillas el aspecto - De reinas que se divierten en una boda. - - La princesa real, que se hizo monja, - Que una corona trocó por cilicios, - Y las fiestas por la dulce paz del claustro, - Lejos de las compañeras sonrientes - Jamás a las diversiones de ellas se junta. - Cuando no duerme o reza, su vida - Es vagar por el encierro, - Tan ajena a sí misma, tan suspensa - Cual si las nieblas de un sueño atravesase... - - La monja piensa... - - Un día, siendo novicia, - Al despertar, sus claros ojos vieron - Cerca de sí un ruiseñor dulcísimo - Que le dijo: - - «Soy yo, el alma tuya, - Que esta forma tomé, para, volando, - Recorrer distantes, luminosos países, - Cuyos prodigios mil y mil encantos - Vendré a contarte en las serenas noches...» - - Entonces, el ruiseñor batió las alas; - Pero nunca más volvió a su dueña - Que por volverle a ver se desespera, - Sufriendo tanto que llorosa juzga - Haber tenido quizá dos almas, - Porque, huyendo la una, no sentiría - Tales penas, si no le quedase otra. - - Apágase el día... - - He aquí que al nacer la luna - Entre las aves que vuelven a sus nidos - A la esbelta monja se acerca un ruiseñor - Mirándola y remirándola, hasta que rompe - En un argentino cantar: - - «¿No me conoces? - Soy yo, tu alma... ten paciencia - Si de ti me he apartado por tanto tiempo. - ¡Ah! Pero tú no calculas, amiga mía, - Cuán lindas cosas he visto, qué lindas cosas - Traigo que contarte...» - - La paz de la noche - Se aterciopela por los tranquilos prados; - Y entonces la monja que en transporte lánguido - Parece oir allí celestes coros, - A la linda monja cuyos ojos mansos - Se van cerrando en mística voluptuosidad, - El airoso ruiseñor cuenta los viajes - Que hizo por las estrellas diamantinas... - - ¡Oh! ¡qué dulce cantar! Cantar tan lindo - Que el sol nació, subió, y en fin hundióse, - Sin que la monja en su curso reparase - Toda abstraída al oir el divino canto... - ¡Y el canto no termina! Y la luna blanca - De nuevo surge en el aire, de nuevo expira, - Nuevamente el sol brilla y palidece, - Y siempre el canto encanta a la monja. - - El canto celestial la va llevando - Por divinos jardines maravillosos - Donde los pálidos ángeles sonrientes, - Con aéreos vestidos de perfumes, - Andan curando heridas mariposas. - - Llévala el canto por la vía láctea, - Donde hay floresta, blancas, todas blancas, - Y donde en lagos de leche pasan cisnes - Arrastrando de los serafines extáticos - Las barcas de cristal llenas de lirios... - - ¡Y el ruiseñor no cesa! Cuenta, cuenta - Maravillas, prodigios, esplendores... - Y la linda monja, al oirlo, sueña, sueña... - Sin comer ni dormir, días y días... - Muere por fin el otoño, llega el invierno, - Cae nieve, el frío corta, mas la monja - Sólo oye al ruiseñor... y nada siente... - - Muere el invierno, llega la primavera, - Retorna el verano y pasan meses, - Pasan años, ciclones, tempestades, - ¡Y el ruiseñor no cesa! cuenta... canta... - Y la linda monja al oirlo, sueña, sueña... - ¡Oh, qué delicia aquella! ¡Qué delicia! - - De sus compañeras queda apenas - El frío polvo en las frías sepulturas, - Y el fuego destruyó todo el convento - --¡Y sin embargo, la monja no sabe nada! - Oyendo al ruiseñor no vió el incendio - Ni los dobles oyó que anunciaran - De las otras monjas la distante muerte... - - Nuevos años se extinguen... - - Una guerra - Tuvo lugar allí, muy cerca de ella, - Que nada oyó ni vió, escuchando el canto: - Ni el funesto estridor de las granadas, - Ni los suspiros vanos de los moribundos, - Ni la sangre que a sus pies iba corriendo... - - ¡Un día, al fin, el ruiseñor se calló! - De los argentinos plátanos a la sombra - La monja despertó, suavemente - Y murió, como un niño que se duerme, - Mientras el ruiseñor volaba, ledo, - Para el país que tanto le deslumbrara... - -El ruiseñor había cantado trescientos años... - -Si no habéis podido juzgar de la melodía original del verso, de seguro -os habrá complacido esa deliciosa fábula. Si os fijáis bien, podréis -encontrar que ese ruiseñor es hermano de aquel que oyó el monje de la -leyenda; pero confesaréis que ambos pájaros paradisíacos cantan unánimes -con igual divina gracia. - -Y he aquí que llegamos a la obra principal de Eugenio de Castro, -«Belkiss», traducida ya a varios idiomas y celebrada como una verdadera -obra maestra. - -Léese en el «Libro de los Reyes», en la parte del reinado de Salomón: -«Et ingressa Jerusalem multo cum comitatu, et divitiis, camelis -portantibus aromata, et aurum infinitum nimis, et gemmas pretiosas, -venit ad regem Salomonen, et locuta est ei universa quæ habebat in corde -suo.» Y más adelante: «Rex autem Salomon, dedit reginæ Saba omnia quæ -voluit et petivit ab eo; exceptis his, quæ ultro obtulerat ei numere -regio. Quæ reserva est, et abiit in terram suam cum servis suis.» Es esa -reina de Saba, la Makheda de la Etiopía de cuya descendencia se gloria -el negus Menelik, la Belkiss arábiga. Al solo nombrar a la reina de Saba -sentiréis como un soplo perfumado de ungüentos bíblicos, miraréis en -vuestra imaginación un espectáculo suntuoso de poderío oriental; tiendas -regias, camellos enjaezados de oro, desnudas negras adolescentes con -flabeles de plumas de pavos-reales; piedras preciosas y telas de -incomparable riqueza. ¡Y bien! Eugenio de Castro ha evocado mágicamente -la misteriosa y bella persona. La reina de Saba de Axum y del Hymiar se -anima, llena de una vida ardiente, en fabulosas decoraciones, imperiosa -de amor, simbólica víctima de una fatalidad irreductible. - -Es un poema dialogado, en prosa martillada por un Flaubert nervioso y -soñador, y en donde la reminiscencia de Mæterlink queda inundada en un -torbellino de luz milagrosa, y en una harmonía musical, cálida y -vibrante. Lo pintoresco, las acotaciones, en su elegancia arqueológica -nos llevan a recodar ciertas páginas, de «Herodias» o de la «Tentación -de San Antonio.» Belkiss en sus suntuosos triunfos, habrá de padecer -después el ineludible dolor. Para que David nazca ella pasará sobre la -experiencia y sabiduría de Jophesamin, su mentor o ayo; y sentirá -primero la tempestad de amor en su sexo y en su corazón; y hará el viaje -a Jerusalem, entre prodigios y misterios, y sentirá por fin el beso del -adorado rey, y temblará cuando contemple bajo sus pies las azucenas -sangrientas. - -Una sucesión de escenas fastuosas se desarrolla al eco de una wagneriana -orquestación verbal. Puede asegurarse sin temor a equivocación, que los -primeros «músicos,» en el sentido pitagórico y en el sentido wagneriano, -del arte de la palabra, son hoy Gabriel D’Annunzio y Eugenio de Castro. - -Quisiera daros una idea de ese poema--que ha rendido la indiferencia -oficial en Portugal,--donde a los veintisiete años ha sido su autor -elegido miembro de la Real academia de Lisboa, y que ha arrancado -aplausos fraternales en todos los puntos del globo en que existen -cultivadores del arte puro. Mas tendría que ser demasiado profuso, y -prefiero aconsejaros, como quien recomienda una especie rara de flor, o -un delicioso licor exótico, que leáis Belkiss, en la versión de Picca, -en italiano, que es de todo punto admirable, o, en el bello librito -arcaico impreso en Coimbra por Francisco Franca Amado. Y tened presente -que hay que acercarse a nuestro autor con deseo, sinceridad y nobleza -estéticas. Os repetiré las palabras del crítico italiano: «Ciertamente, -la poesía de Eugenio de Castro es poesía aristocrática, es poesía -decadente, y por lo tanto, no puede gustar sino a un público restricto -y selecto, que, en los refinamientos de las ideas y de las sensaciones, -en la variedad sabia y musical de los ritmos, halla una singular -voluptuosidad del espíritu. El común de los lectores, acostumbrados a -los azucarados jarabes de los poetitas sentimentales, o solamente de -gusto austero y que no aprecian sino la leche y el vino vigoroso de los -autores clásicos, vale más que no acerquen los labios a las ánforas -curiosamente arabescadas y pomposamente gemadas de los cantos ya -amorosos, ya místicos, ya desesperados del poeta de Coimbra; ya que en -ellos está contenido un violento licor que quema y disgusta a quien no -está hecho a las fuertes drogas de cierta refinada y excepcional -literatura modernísima.» - -Se trata, pues, de un «raro.» Y será asombro curioso el de aquellos que -lean a Eugenio de Castro con la preocupación de moda de los que creen -que toda obra simbolista es un pozo de sombra. «Belkiss» está lleno de -luz. - -Señores: He concluído esta conferencia sobre el poeta Eugenio de Castro -y la literatura portuguesa. - -[imagen] - - - - -ÍNDICE - - - _Páginas._ - -Prólogo 7 - -El arte en silencio 9 - -Edgar Allan Poe 17 - -Leconte de Lisle 33 - -Paul Verlaine 53 - -El conde Matías Augusto de Villiers de -L’Isle Adam 63 - -León Bloy 77 - -Jean Richepin 91 - -Jean Moreas 103 - -Rachilde 123 - -George d’Esparbés 135 - -Augusto de Armas 143 - -Laurent Tailhade 149 - -Fra Domenico Cavalca 157 - -Eduardo Dubus 167 - -Teodoro Hannon 179 - -El conde de Lautréamont 189 - -Paul Adam 199 - -Max Nordau 205 - -Ibsen 217 - -José Martí 233 - -Eugenio de Castro 245 - -[imagen: - - ACABÓSE - DE IMPRIMIR - ESTE LIBRO EN - MADRID, EN LA - TIPOGRAFÍA YAGÜES - EL DÍA XVI - DE ENERO - DEL AÑO - MCMXVIII -] - - - - - -PRIMERA Y UNICA EDICION - -DE LAS - -OBRAS COMPLETAS - -DEL GLORIOSO POETA HISPANO-AMERICANO - -RUBÉN DARÍO - -(EDITADAS POR SU HIJO RUBÉN) - -cuidadosamente seleccionadas, corregidas e impresas en tomos de 300 a -400 páginas, con magníficas decoraciones del insigne artista - -ENRIQUE OCHOA - -Se publicará un volumen mensual. - -Para la adquisición de estas colecciones se admiten suscripciones a los -precios siguientes: - -_Suscripción anual, o sea de doce volúmenes:_ - - En España En el Extranjero - --------- ---------------- - En rústica 40 ptas. 45 pesetas - En tela con planchas doradas 52 » 55 » - En pasta española 58 » 62 » - - -_Volumen suelto:_ - - En rústica 3,50 ptas. - En tela con planchas doradas 4,50 » - En pasta española 5,00 » - -Las suscripciones, tanto a España como al Extranjero, se servirán =FRANCO -DE PORTE= y se cobrarán por - -SEMESTRES ADELANTADOS - -EDICION ESPECIAL PARA BIBLIOFILOS - -Además se hará una tirada extraordinaria de cien colecciones numeradas, -impresas en papel fabricado especialmente y encuadernadas en pergamino, -que se servirán únicamente por suscripción, en las mismas condiciones -que las anteriores, al precio de - -DIEZ PESETAS CADA TOMO - -En cada tomo se harán constar los nombres de los suscriptores a todas -las colecciones, tanto de la edición corriente como de ésta, -especialmente dedicada a bibliófilos, la cual llevará además, si así lo -desea el interesado, su nombre o iniciales en la tapa de encuadernación, -sin ningún otro adorno; pero si el suscriptor desea que la tapa vaya -decorada a mano por el Sr. Ochoa, habrá de aumentar otras 10 pesetas por -este trabajo. Cada tomo llevará distinta decoración. - -Para suscripciones y pedidos de ejemplares, dirigirse a la casa -administradora de esta edición. - - - EDITORIAL MUNDO LATINO - - Barbieri, 1 duplicado.--Apartado 502 - - MADRID - - - Las librerías de España y América deberán dirigir sus pedidos a la - - SOCIEDAD GENERAL ESPAÑOLA DE LIBRERÍA, - - DIARIOS, REVISTAS Y PUBLICACIONES (S. A.) - - ------FERRAZ, 21------ MADRID------ - -NOTAS: - - [1] Ingram. - - [2] Miss. Royster--citada por Ingram. - - [3] Miss. Heywod.--Ibid. - - [4] Mrs. Weiss.--Ibid. - - [5] Tiene, no obstante, un himno a María en Poems and Essays. - - [6] Spinoza. Tratado teológico-político. - - [7] Santo Tomás. Teodicia, XLI. - - [8] V. Pontavice. - - [9] Pontavice. Vida de Villiers. - - [10] Le «Dixième cercle de l’Enfer.» - - [11] Max Simón. - - * * * * * - -Los errores corregidos por el transcriptor: - -de las perrogativas sociales=> de las prerrogativas sociales {pg 9} - -por por ese aspecto=> por ese aspecto {pg 12} - -disertación de mas de un=> disertación de más de un {pg 12} - -Ya en libro de Job=> Ya en el libro de Job {pg 28} - -marmóreos bajorelieves=> marmóreos bajorrelieves {pg 34} - -la india y sus pagodas=> la India y sus pagodas {pg 39} - -crismen=> crimen {pg 42} - -encantadora y vivida=> encantadora y vívida {pg 43} - -El sueño del cóndor=> El sueño del condor {pg 47} - -Ya no padeceses=> Ya no padeces {pg 53} - -Barbey de’Aurevilly=> Barbey d’Aurevilly {pg 54} - -trágico de Villon=> trágico de Villón {pg 59} - -los principes antiguos=> los príncipes antiguos {pg 63} - -de nolilísima familia=> de nobilísima familia {pg 65} - -su llegada causo asombro=> su llegada causó asombro {pg 66} - -se posieron a buscar un joven=> se pusieron a buscar un joven {pg 68} - -respladeciente y lleno=> resplandeciente y lleno {pg 72} - -mejores que el homdre=> mejores que el hombre {pg 80} - -fulminantes escatalogias=> fulminantes escatologías {pg 81} - -Leód Bloy=> León Bloy {pg 84} - -gala de biceps=> gala de bíceps {pg 91} - -del amor epidermico=> del amor epidérmico {pg 94} - -sacrilegos cuadros imaginarios=> sacrílegos cuadros imaginarios {pg 95} - -cosas viejas y bien sabidos=> cosas viejas y bien sabidas {pg 99} - -espejear antes mis ojos=> espejear ante mis ojos {pg 106} - -Qué hay distancia=> Que hay distancia {pg 109} - -Syrtis inhospita=> Syrtis inhóspita {pg 110} - -sheis made of truth=> she is made of truth {pg 117} - -grace in an simplicty=> grace in and simplicity {pg 118} - -guerra a Stendahl y a Tolstoi=> guerra a Stendhal y a Tolstoi {pg 138} - -regase su troncó=> regase su tronco {pg 146} - -nagnificencias del catolicismo=> magnificencias del catolicismo {pg 151} - -ds cinname et de myrrhe=> de cinname et de myrrhe {pg 154} - -con los dientes y y la arrojó=> con los dientes y la arrojó {pg 160} - -salir estrindentes=> salir estridentes {pg 161} - -Cuando la publicacién=> Cuando la publicación {pg 170} - -del Eclesiastes=> del Eclesiastés {pg 173} - -avant davoir été=> avant d’avoir été {pg 177} - -M. Théodre Hannon, un poéte=> M. Théodore Hannon, un poète {pg 179} - -los poetas y estritores=> los poetas y escritores {pg 179} - -curiosísmo y originalísimo=> curiosísimo y originalísimo {pg 180} - -La chinoise aux fueurs des bronzes En allume ses ongles d’or Et sa gorge -çitrine où dort Le désir insensè des bonzes. La japonaise en ses rançons -Se sert de tes acres salives.=> La chinoise aux lueurs des bronzes En -allume ses ongles d’or Et sa gorge citrine où dort Le désir insensé des -bonzes. La japonaise en ses rançons Se sert de tes âcres salives. {pg -181} - -Le sandrigham, l’Ylang-Ylang, la violette De ma pále Beuté font une -cassolette Vivante sur laquelle errent mes sens rodeurs=> Le sandrigham, -l’Ylang-Ylang, la violette de ma pâle Beauté font une cassolette vivante -sur laquelle errent mes sens rôdeurs. {pg 183} - -palabras humedas=> palabras húmedas {pg 190} - -es demasido vago=> es demasiado vago {pg 191} - -Adieu viellard=> Adieu vieillard {pg 194} - -antigo colaborador=> antiguo colaborador {pg 201} - -a la destruccción=> a la destrucción {pg 203} - -socialistas, aristocráticas fantochesas=> socialistas, aristocrácticas -fantochesas {pg 203} - -según Waltter Scott=> según Walter Scott {pg 206} - -Le Brigandage de la Médicine=> Le Brigandage de la Médecine {pg 206} - -Aqui de las comparaciones=> Aquí de las comparaciones {pg 208} - -al lado de ese había=> al lado de ése había {pg 209} - -dirigir su escalpedo hacia Verlaine=> dirigir su escalpelo hacia -Verlaine {pg 209} - -Jesucrito=> Jesucristo {pg 209} - -lógicamente en su deshaucio=> lógicamente en su desahucio {pg 211} - -escribe su diagóstic=> escribe su diagóstic {pg 212} - -On y recontre aussi Mendés A qui nul rythme ne resiste, Qu’il chante -l,Olimpe ou l’Ades.=> On y rencontre aussi Mendés A qui nul rythme ne -resiste, Qu’il chante l’Olimpe ou l’Ades. {pg 213} - -Si, Dorian Gray es loco rematado=> Sí, Dorian Gray es loco rematado {pg -213} - -Heda Gabler=> Hedda Gabler {pg 213} - -el católico Barbey d’Aureville=> el católico Barbey d’Aurevilly {pg 213} - -ser el apostol=> ser el apóstol {pg 225} - -¿Cual sería el poeta=> ¿Cuál sería el poeta {pg 227} - -el gusto fracés=> el gusto francés {pg 229} - -oborrecimiento de los tontos=> aborrecimiento de los tontos {pg 237} - -cuadrigas de metáforas=> cuádrigas de metáforas {pg 239} - -Ei despois vem Diniz, que bem parece Do bravo Affonso, estirpe nolbe e -dina; Con quen a fama grande se escurece Da liberalidade Alexandrina: -Com este o reino próspero florece (Alcançada já a paz aurea divina) En -constituiçoes, leis e costumes, Na terra já tranquilla claros lumes.=> - -Eis depois vem Dinis, que bem parece Do bravo Afonso estirpe nobre e -dina, Com quem a fama grande se escurece Da liberalidade Alexandrina. -Com este o Reino próspero florece (Alcançada já a paz áurea divina) Em -constituições, leis e costumes, Na terra já tranquila claros lumes. {pg -247-8} - -una produccción=> una producción {pg 251} - -el gélico cortejo=> el gélido cortejo {pg 256} - -tus graciles gracias=> tus gráciles gracias {pg 256} - -reluciente dedecapitó=> reluciente decapitó {pg 256} - -un eco del Eclesiastes=> un eco del Eclesiastés {pg 257} - -Gabriel D’Anunnzio=> Gabriel D’Annunzio {pg 264} - - - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Los Raros, by Rubén Darío - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS RAROS *** - -***** This file should be named 50365-0.txt or 50365-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/0/3/6/50365/ - -Produced by Josep Cols Canals, Chuck Greif and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. Special rules, -set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to -copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to -protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project -Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you -charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you -do not charge anything for copies of this eBook, complying with the -rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose -such as creation of derivative works, reports, performances and -research. They may be modified and printed and given away--you may do -practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy -all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession. -If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project -Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the -terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or -entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8. - -1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be -used on or associated in any way with an electronic work by people who -agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few -things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works -even without complying with the full terms of this agreement. See -paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project -Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement -and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic -works. See paragraph 1.E below. - -1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation" -or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project -Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the -collection are in the public domain in the United States. If an -individual work is in the public domain in the United States and you are -located in the United States, we do not claim a right to prevent you from -copying, distributing, performing, displaying or creating derivative -works based on the work as long as all references to Project Gutenberg -are removed. Of course, we hope that you will support the Project -Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by -freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of -this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with -the work. You can easily comply with the terms of this agreement by -keeping this work in the same format with its attached full Project -Gutenberg-tm License when you share it without charge with others. - -1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern -what you can do with this work. Copyright laws in most countries are in -a constant state of change. If you are outside the United States, check -the laws of your country in addition to the terms of this agreement -before downloading, copying, displaying, performing, distributing or -creating derivative works based on this work or any other Project -Gutenberg-tm work. The Foundation makes no representations concerning -the copyright status of any work in any country outside the United -States. - -1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg: - -1.E.1. The following sentence, with active links to, or other immediate -access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently -whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the -phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project -Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed, -copied or distributed: - -This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with -almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - -1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived -from the public domain (does not contain a notice indicating that it is -posted with permission of the copyright holder), the work can be copied -and distributed to anyone in the United States without paying any fees -or charges. If you are redistributing or providing access to a work -with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the -work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1 -through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the -Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or -1.E.9. - -1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted -with the permission of the copyright holder, your use and distribution -must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional -terms imposed by the copyright holder. Additional terms will be linked -to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the -permission of the copyright holder found at the beginning of this work. - -1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm -License terms from this work, or any files containing a part of this -work or any other work associated with Project Gutenberg-tm. - -1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this -electronic work, or any part of this electronic work, without -prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with -active links or immediate access to the full terms of the Project -Gutenberg-tm License. - -1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary, -compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any -word processing or hypertext form. However, if you provide access to or -distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than -"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version -posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org), -you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a -copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon -request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other -form. Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm -License as specified in paragraph 1.E.1. - -1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying, -performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works -unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9. - -1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing -access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided -that - -- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from - the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method - you already use to calculate your applicable taxes. The fee is - owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he - has agreed to donate royalties under this paragraph to the - Project Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments - must be paid within 60 days following each date on which you - prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax - returns. Royalty payments should be clearly marked as such and - sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the - address specified in Section 4, "Information about donations to - the Project Gutenberg Literary Archive Foundation." - -- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies - you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he - does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm - License. You must require such a user to return or - destroy all copies of the works possessed in a physical medium - and discontinue all use of and all access to other copies of - Project Gutenberg-tm works. - -- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any - money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the - electronic work is discovered and reported to you within 90 days - of receipt of the work. - -- You comply with all other terms of this agreement for free - distribution of Project Gutenberg-tm works. - -1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm -electronic work or group of works on different terms than are set -forth in this agreement, you must obtain permission in writing from -both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael -Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark. Contact the -Foundation as set forth in Section 3 below. - -1.F. - -1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable -effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread -public domain works in creating the Project Gutenberg-tm -collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic -works, and the medium on which they may be stored, may contain -"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or -corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual -property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a -computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by -your equipment. - -1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right -of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project -Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project -Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all -liability to you for damages, costs and expenses, including legal -fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT -LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE -PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE -TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE -LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR -INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH -DAMAGE. - -1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a -defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can -receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a -written explanation to the person you received the work from. If you -received the work on a physical medium, you must return the medium with -your written explanation. The person or entity that provided you with -the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a -refund. If you received the work electronically, the person or entity -providing it to you may choose to give you a second opportunity to -receive the work electronically in lieu of a refund. If the second copy -is also defective, you may demand a refund in writing without further -opportunities to fix the problem. - -1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth -in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER -WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO -WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE. - -1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied -warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages. -If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the -law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be -interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by -the applicable state law. The invalidity or unenforceability of any -provision of this agreement shall not void the remaining provisions. - -1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance -with this agreement, and any volunteers associated with the production, -promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works, -harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees, -that arise directly or indirectly from any of the following which you do -or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm -work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any -Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause. - - -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm - -Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of computers -including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. - - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To -SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any -particular state visit http://pglaf.org - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. -To donate, please visit: http://pglaf.org/donate - - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic -works. - -Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm -concept of a library of electronic works that could be freely shared -with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project -Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support. - - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S. -unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - http://www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. |
