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authorRoger Frank <rfrank@pglaf.org>2025-10-14 19:56:18 -0700
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+The Project Gutenberg EBook of La gran aldea, by Lucio V. López
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: La gran aldea
+ costumbres bonaerenses
+
+Author: Lucio V. López
+
+Release Date: March 21, 2010 [EBook #31724]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA GRAN ALDEA ***
+
+
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+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at http://www.pgdp.net
+
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+
+
+
+BIBLIOTECA DE «LA NACION»
+
+LUCIO V. LÓPEZ
+
+LA GRAN ALDEA
+
+COSTUMBRES BONAERENSES
+
+BUENOS AIRES
+1908
+
+
+
+
+LA GRAN ALDEA
+
+
+La obra que va a leerse, fue escrita allá por el año 1882 por el
+malogrado doctor Lucio V. López, uno de los espíritus más selectos que
+hayan brillado en nuestro pequeño mundo literario, en nuestro foro, en
+nuestra política, en épocas en que eran muchos y muy esclarecidos los
+hombres que se disputaban el primer puesto ante la pública
+consideración, todos ellos con títulos más o menos bien conquistados y
+sostenidos.
+
+No es de este momento ni de este sitio hacer la biografía de Lucio
+Vicente López, que--para ser exacta,--tendría que abarcar de paso todo
+un periodo de nuestra historia política, a la que su actuación lo ligó
+estrechamente. Tenemos que limitarnos a decir que, abogado distinguido y
+escritor agudo y sarcástico, las luchas democráticas lo llevaron à las
+filas del periodismo, en el que militó, y que nuestros diarios guardan
+en sus colecciones, numerosos artículos brotados de su pluma, y que se
+hacen notar--como él se hacía notar en la conversación privada,--por su
+humorismo, sus epigramas, sus sarcasmos, a veces sangrientos, pero
+siempre revestidos de cultísimo y elegante estilo.
+
+De gustos refinados, Lucio Vicente López cultivaba las bellas letras,
+más como catador que como autor, fuera de su papel de polemista
+político, que con tanto brillo desempeñó; su ilustración literaria era
+muy vasta, como lo era su preparación jurídica, y seguía con algo más
+que simple curiosidad y no por mero pasatiempo, la evolución de la
+literatura contemporánea, sirviéndole para este estudio sus
+conocimientos clásicos, su innato buen gusto y su talento reconocido,
+que brillaba en cuanto atraía, siquiera momentáneamente, su atención y
+provocaba su acción.
+
+Pero un día tenía que sentir la necesidad de hacer mover y fructificar
+sus capitales literarios, no en ligeros esquicios, como lo había hecho
+hasta entonces, sino en obra de ciertas proporciones y de algún aliento.
+Esa necesidad de aprovechar lo adquirido, de no dejarlo enmohecer en el
+cerebro, como bienes de avaro, le hizo producir _La Gran Aldea_, libro
+de observación y de crítica, lleno de vida y de agudeza, en el que
+abundan las pinceladas de mano maestra, aunque la novela fuese un
+ensayo, el primer paso en un camino nuevo si no desconocido, y por el
+que el autor no emprendió viaje otra vez, traído y llevado enseguida por
+las luchas ardientes, por los trabajos del foro, por las altas
+posiciones que fue llamado a ocupar en el Congreso y en el Gobierno
+mismo del país.
+
+_La Gran Aldea_ nos presenta un boceto lleno de gracia y de «exactitud
+caricaturesca», si así puede decirse, de lo que era el Buenos Aires
+romántico, el Buenos Aires que apenas han conocido en sus postrimerías
+los hombres que hoy cuentan cuarenta años, pero cuyos últimos resabios
+suelen aparecer todavía aquí y allá, como fuegos fatuos producidos por
+cosas pasadas y muertas hace mucho... el Buenos Aires social,
+desaparecido bajo el aluvión extranjero que, sin darle un nuevo carácter
+definido todavía, le ha quitado su antigua y peculiar característica,
+mezcla de criollismo inveterado y de ingenua imitación europea.
+
+El título mismo de la obra está diciendo lo que es: el retrato de un
+pueblo en marcha rápida y progresiva, pero que todavía no ha dejado los
+andadores de la aldea, del villorrio, para andar con el paso seguro de
+la ciudad, cuyo aspecto ofrece ya en el exterior, sin que su intimidad
+responda a la apariencia.
+
+La obra es brillante, como todo lo que brotaba de aquella pluma y de
+aquel cerebro; tiene defectos, pero, como decía Goldsmith, quién sabe si
+esos mismos defectos no constituyen un atractivo más, y si la percepción
+no desluciría el libro, quitándole individualidad.
+
+_La Gran Aldea_ apareció por primera vez en los folletines del _Sud
+América_, que acababa de fundarse entonces. En seguida se hizo de ella
+una edición de corto número de ejemplares. La gran masa de lectores con
+que ahora cuenta nuestro país, no puede conocerla, por lo tanto. Hubiera
+sido lástima que el silencio siguiese rodeando a esta novela, leída sólo
+por escasos aficionados y cultores de las letras, cuando tiene, por su
+humorismo, por su crítica, por la fiel pintura de otros tiempos, otras
+costumbres y otros hombres, derecho a convertirse en un libro popular, y
+a perpetuar la memoria de su autor, como perpetúa el recuerdo de su
+inesperada e injusta muerte, sobrevenida en la plenitud de sus fuerzas,
+la vibrante figura de la Protesta, levantada sobre su tumba por el gran
+escultor francés...
+
+
+
+
+ _A MIGUEL CANÉ_
+
+ _mi amigo y camarada_,
+
+ _L. V. L._
+
+
+
+
+ Qu'on ait trouvé des personnalités dans cette comédie, je n'en suis
+ surpris: on trouve toujours des personnalités dans les comédies de
+ caractère comme on se découvre toujours des maladies dans les
+ livres de médecine.
+
+ La vérité est que je n'ai pas plus visé un individu qu'un salon;
+ j'ai pris dans les salons et chez les individus les traits dont
+ j'ai fait mes types, mais, où voulait-on que je les prisse?
+
+ EDOUARD PAILLERON.
+
+ (_Le Monde où l'on s'ennuie_).
+
+
+
+
+LA GRAN ALDEA
+
+
+
+
+I
+
+
+Dos años hacía que mi tío vivía en mi compañía cuando, de pronto, una
+mañana, al sentarnos a almorzar, me dijo:
+
+--Sobrino, me caso...
+
+Cualquiera creería que me dio la noticia con acento enérgico. ¡Muy lejos
+de eso! Su voz fue, como siempre, suave e insinuante como un arrullo,
+pues mi tío, aunque tenía el carácter del zorro, afectaba siempre la
+mansedumbre del cordero.
+
+¿Y qué tenía de particular que mi tío se casara? ¡Vaya si lo tenía!
+Había cumplido los cincuenta y ocho años y apenas hacía dos que mi tía
+había muerto. ¡Mi tía! ¡Ah, el corazón se me parte de pena al
+recordarla!... Una señora feroz, hija de un mayor de caballería que
+había servido con Rauch, que había heredado el carácter militar del
+padre, su fealdad proverbial, un gesto de tigra, y una voz que, cuando
+resonaba en el histórico comedor de su casa, hacía estremecer a mi tío,
+y el temblor de la víctima transmitía el fluido pavoroso a los platos y
+a las copas que se estremecían a su turno dentro de los aparadores al
+recibir en sus cuerpos frágiles y acústicos el choque de la descarga de
+terror conyugal.
+
+Así pasaban las cosas cuando mi tía Medea purificaba sobre la tierra a
+su marido. El espanto dominaba toda la casa: los antiguos retratos al
+óleo de sus antepasados, y hasta el del feroz mayor de caballería,
+tiritaban entre los marcos dorados, y perdían la tiesura lineal y
+angulosa del pincel primitivo que había inmortalizado aquellos absurdos
+artísticos; los muebles tomaban un aspecto solemne, y parecían, por su
+alineación severa, la serie de los bancos de los acusados; los relojes
+se paraban, los sirvientes ganaban los confines de la casa; mi tío, que
+comenzaba por esbozar una súplica en su rostro de marido hostigado
+durante veinticinco años, concluía por doblar el cuello y hundir su
+barba en el pecho, ni más ni menos que una perdiz a la que un cazador
+brutal descarga a boca de jarro los dos cañones de la escopeta. Las
+imprecaciones y los gritos estentóreos de mi tía Medea se prolongaban
+hasta altas horas de la noche; tenía unos pulmones dignos de alimentar
+el órgano monstruo de Albert Hall; y sus iras inclementes y casi
+mitológicas, brotaban de sus labios como un torrente de lava hablada, en
+medio de gesticulaciones y de ademanes dignos de una sibila que evacua
+sus furores tremendos.
+
+Una mujer como mi tía, tenía que ser, como fue, de una esterilidad a
+toda prueba. Hasta los quince años yo tuve vehementes dudas sobre su
+sexo; aquel retoño de los Atridas no dio fruto a pesar de mi tío.
+
+Mi tío estaba lejos de ser un apóstol, pero era un santo.
+
+El lado débil de mi tío era el amor, y esto explicará por qué es que a
+los dos años de viudez acaba de declararme que se casa. Mi tío era un
+alfeñique delante de una mujer bonita. Decir que se derretía sería poco,
+se revenía, se volvía una celda de miel. Al oír una voz juvenil brotando
+de una garganta esbelta y alabastrina, al ver un cuerpo elástico y
+nervioso modelado por los contornos de la carne viva y suave a la
+presión, mi tío, que era flaco y alto como un junco de las islas, gemía
+involuntariamente como una arpa eólica, y, no contento con saborear la
+estatua con los ojos, cedía, sin querer, el brazo a los movimientos
+irrespetuosos de la electricidad animal y gustaba de tocar el buen
+señor.
+
+Convengamos en que el defecto era humano y no grave. Pero ved aquí cómo
+dos pasiones contrarias, la cólera crónica de mi tía y la ternura
+amorosa de mi tío, habían llegado poco a poco a constituir en él una
+segunda persona, en la que se habían transformado todos los rasgos
+primitivos de su carácter. El buen viejo había conservado toda su
+bondad, toda su mansedumbre; pero, perseguido, acosado, estirado, como
+un hilo elástico, por su mujer, se había enflaquecido más de lo que
+había sido y había adquirido un tipo físico lógico, con su nuevo
+carácter moral: una especie de Tartufo, pero no un Tartufo odioso y
+antipático, sino por el contrario, y aunque esto parezca una paradoja,
+un Tartufo ingenuo y cándido, a quien Orgon descubría en cada aventura
+por la falta de las grandes cualidades jesuíticas que constituyen el
+carácter del más alto representante del molierismo...
+
+Así, mi tío, que turbaba de cuando en cuando la paz del servicio, sufría
+siempre la desgracia que nadie sufre en este mundo; lo que no pasa
+jamás: que los sirvientes lo delatasen a la señora. El regreso del
+paseíto después de comer casi siempre lo colocaba en una situación
+crítica y zurda: o la manga de la levita blanqueada por el contacto de
+las paredes humanas, o el perfume de un ramo de jazmines, o lo
+inmoderado de un nudo de corbata poco defendido, o cualquiera otra
+causa, lo entregaban a las garras de la leona, y los celos de Norma
+estallaban:
+
+--¡Viejo libertino y sin vergüenza, inmoral, corrompido, sucio!...
+
+--¡Pero, Medea!...
+
+--¡Silencio! ¡hombre sin pudor!... ¡habráse visto canalla igual!...
+¡corriendo las calles de noche, echando cuchufletas a las sirvientas en
+las puertas de calle!
+
+¡Vea usted! ¡Esa manga denuncia al canalla! A ver, aunque no quieras, te
+he de registrar el pecho... ¡Eh! ¿Qué se me importa que se te arrugue la
+camisa? ¡Qué, no veo acaso al viejo calavera degradado en ese moño
+indecoroso de la corbata!... ¡Un ramo de jazmines!... ¿Quién te ha dado
+ese ramo? Di, hombre infame y malvado. ¿Quién te ha dado esa inmundicia?
+¡Puf!... ¡huele a patchoulí! Debe ser alguna guaranga, degradada como
+tú... ¡Esta me la has de pagar! ¡Ha de arder Troya! Usted ha manchado mi
+familia y mi nombre, arrastrándolo por las últimas capas sociales. ¡El
+nombre de los Berrotarán! Si mi padre viviera, ya te habría molido las
+costillas; treinta años fue militar, y mi madre no tuvo jamás una queja.
+Véalo usted allí, levante los ojos y pida usted perdón al autor de mis
+días... ¡marido depravado y perverso!
+
+Y Pollion caía fulminado por los anatemas.
+
+Así habían pasado los días del primer matrimonio de mi tío. El hacía _in
+petto_ grandes programas de enmienda: se creía un culpable, un malvado,
+pero no podía con sus extravíos de ternura, y a fe que tenía razón: mi
+tía era refractaria por índole y por naturaleza a todo afecto íntimo, y
+sus caricias debían ser, si alguna vez las hizo a alguien, como las
+manotadas de una pantera.
+
+Las impresiones que aquel hogar lleno de movimiento producían sobre mi
+espíritu, eran múltiples y variadas. Mi tía Medea nunca dejaba de
+echarme en cara que al morir mis padres me había recogido por favor y
+como un acto mil veces más caritativo y recomendable que el de la hija
+de Faraón, salvando a Moisés de la corriente del Nilo. Mi padre, hermano
+menor de mi tío, había muerto joven, y mi madre al darme a luz. Ante la
+ley natural, a Dios gracias, mi tía no podía exigirme parentesco.
+
+En aquel hogar rancio y ridículo yo me había formado sin grandes
+afecciones; había crecido lentamente como una planta exótica al lado de
+mi pobre tío, que sin duda me quería, y que, no sabiéndose defender a
+sí mismo de su terrible compañera, se guardaba por su parte muy bien de
+protegerme cuando la brava señora la emprendía conmigo.
+
+
+
+
+II
+
+
+Me acuerdo, sin embargo, con una memoria vivísima, de los primeros años
+de mi niñez. Miraba la vida como pudieran mirarla los hijos del Príncipe
+de Gales o los de un Rothschild. Todo lo que me rodeaba, mientras vivió
+mi padre, era pobre y de una mediocridad bastante marcada; pero yo lo
+encontraba de una belleza, de una abundancia y de un gusto
+excepcionales. Nadie me había inspirado estas pretensiones pueriles; por
+el contrario, mi padre, cuando me di cuenta de su valor moral, era de
+una modestia pristina en su vida. ¡Pero yo encontraba tan hermosa la
+vieja casa alquilada! Tan lujosa la sala en que dominaba un gran retrato
+de mi madre querida, que tenía, si la expresión se me permite, esa
+lástima egoísta que siente uno por los demás niños cuando es niño
+también.
+
+¿Qué hombre, qué mujer, por variada y llena de contrastes que haya sido
+su vida, no tiene allá, en el fondo del recuerdo, la fotografía vaga
+pero indeleble de las primeras impresiones del mundo? Es una fiesta, un
+día de escuela, un encuentro, un juguete, un cariño recibido y devuelto,
+el protagonista de ese inolvidable poema de la memoria; la palabra no lo
+anima jamás, no se comunica a nadie, porque es tal vez trivial cuando
+adquiere formas externas; se acaricia la reminiscencia a solas,
+íntimamente, y ella vuelve y retorna siempre a la mente, porque es como
+el cimiento de las memorias, el sedimento que han dejado las primeras
+impresiones de la vida en el espíritu del hombre.
+
+La fisonomía de aquel hogar, trunco por la muerte de mi madre, no se
+borrará jamás de mi mente. Dormíamos con mi padre en la misma
+habitación. Veo todavía aquel teatro célebre de cuentos y juegos
+inolvidables; los seis antiguos grabados ingleses de sus paredes,
+colgados con poco esmero; seis escenas de los romances de Waverley,
+amarillentos y mareados entre sus maltratados marcos, casi siempre
+torcidos, pendientes de sus clavos desiguales.
+
+¡Cuántas veces al adormecerme bajo la media luz de la habitación,
+parecíame ver moverse la figura misántropa de Guy Mannering, y de
+espanto al verla salir del marco, encogíame todo en el lecho, tapábame
+hasta la cabeza y cerraba los ojos para no ver la escena fantástica que
+fraguaba contra mí mismo la imaginación calenturienta del niño. Oigo el
+tic-tac del antiguo reloj de familia, y el golpe grave de su timbre
+resuena en mi oído aún. Recuerdo el miedo que me causaba al despertar en
+medio del sueño ese monótono murmullo del silencio nocturno, reagravado
+por el bulto humano, horroroso, amenazante, que parecían formar las
+ropas de mi padre puestas al acaso sobre una silla, y en cuya ingeniosa
+y casual combinación creía ver el cuerpo de un ladrón o de un bandido.
+¡Oh! ¡Qué alegría, qué desahogo, cuando la mirada, después de un examen
+ansioso, descubría el fatal engaño y los objetos tomaban su forma
+natural disipándose el terrible fantasma!
+
+
+
+
+III
+
+
+Tenía diez años cuando murió mi padre. La última vez que me acercaron al
+borde de su cama, me abrazó y me llenó de besos; tendría entonces
+cuarenta años, pero representaba sesenta; ¡tanto lo había quebrantado la
+terrible enfermedad que lo consumía!
+
+Espíritu débil, la muerte de su compañera lo había abatido, había hecho
+inútil su existencia. Pobre, sin porvenir, esclavo de un empleo
+subalterno que servía desde 20 años atrás, carecía de la iniciativa
+vigorosa de otros hombres que buscan en los trabajos variados de la vida
+el consuelo de los grandes dolores humanos. La monotonía de sus deberes
+cuotidianos, ese horrible destino de hacer la misma cosa hoy, mañana y
+siempre; el sueldo periódico que jamás se aumenta ni reproduce; la falta
+del ideal, de la esperanza, de ese horizonte dorado que persigue toda
+criatura en el mundo, abatieron las fuerzas de aquel noble pero
+desgraciado corazón, cuyo fin fue como el de una máquina que estalla y
+se inutiliza antes de tiempo.
+
+Mi tío, dominado por su absurda mujer, nos veía poco. Pobre también, se
+había casado con ella que tenía una fortuna considerable, y en su casa,
+como era natural, dominaba el carácter militar de mi tía, duplicado por
+la influencia de su fortuna.
+
+Sin embargo, el buen tío Ramón, con sus debilidades, pero excelente en
+el fondo, al saber la gravedad extrema de mi padre, vino a vernos.
+
+Los dos hermanos se abrazaron. La palidez de mi padre se confundía con
+la blancura de las almohadas de su cama.
+
+Aunque niño, y sin poderme dar cuenta profunda de aquel solemne momento
+de mi vida, lloré amargamente abrazado de su cuello; sentí su último
+calor vital con un íntimo estremecimiento de dolor, estreché sus manos
+descarnadas, me miré en sus ojos apagados y permanecí mucho, mucho
+tiempo a su lado, sollozando y enjugando mis lágrimas.
+
+Mi padre había abierto un pequeño libro con láminas ordinarias para
+distraerme, y yo, sin separarme de su lado, hojeaba casi maquinalmente
+sus páginas, y me detenía contemplando los grabados, siempre estrechado
+por él.
+
+--Bien, hijito--me dijo al fin,--vete a recoger, que es tarde ya y yo
+tengo que hablar con tu tío.
+
+Y como yo hiciera un movimiento de cariñosa resistencia para separarme
+de su lado, él insistió dulcemente, me volvió a abrazar y a besar muchas
+veces y mi tío Ramón me condujo a un cuarto inmediato donde me había
+instalado desde que mi padre se agravó.
+
+Al separármele, quedó en mis manos el libro que habíamos estado
+hojeando. Me desnudaron y me acostaron.
+
+Un instinto, qué sé yo, uno de esos profundos movimientos del alma de
+los niños, que son como el germen de todos los variados y tiernos
+sentimientos que brotan después en la adolescencia, me hizo no separarme
+de aquel libro. Apagose la luz de la habitación, y yo estaba abrazado de
+mi precioso recuerdo. Quería protegerlo y ser protegido por él mismo;
+era como una prenda de mi padre, que me lo recordaba y me lo reproducía;
+lloré mucho sobre él y debí humedecerlo tanto con mis lágrimas, que mis
+manos llevaron muchas veces a los labios el sabor amargo del llanto; y
+fue así, abrazado de mi libro, defendido el pecho por sus páginas, que
+me dormí aquella noche, la última de mi vida en que debía ver al autor
+de mis días. Aquella noche murió mi padre, mientras yo dormía oprimiendo
+el tesoro conquistado.
+
+¡Pobre libro mío! A los diez años muy lejos estaba de amarlo por el
+valor moral de sus páginas; era el _Ivanhoe_, el primer romance que
+debía deslumbrar más tarde mi imaginación virgen de impresiones. Lo
+amaba, porque había sido de mi padre: todo era en él precioso para mí,
+sus grabados en madera, sus tapas comunes, bastante estropeadas, sus
+ángulos doblados por los golpes que sufría, sus páginas descoloridas, en
+las que mis ojos inquietos se solían detener de paso.
+
+El entierro de mi padre fue muy modesto por cierto; murió por la
+madrugada, y durante todo el día me tuvieron encerrado en el cuarto en
+que me habían puesto, sin dejarme salir de él. En un momento yo
+conseguí, sin embargo, escaparme, llevado por esa curiosidad inquieta de
+los niños, me interné en las habitaciones que conducían a la sala, y por
+la hoja entreabierta logré ver dos largos y gruesos cirios llenos de las
+congelaciones de la cera que chorreaba sobre ellos, colocados sobre
+enormes candelabros de platina, semejantes a los que había visto en las
+iglesias; los candelabros reposaban sobre un tapiz de pana negra raída,
+con guardas de oro bastante estropeadas; el olor acre de la cera de los
+cirios me hizo un malísimo efecto, y sin darme cuenta de lo que veía,
+retrocedí a mi cuarto sin atreverme a seguir adelante.
+
+Nunca después en la vida he dejado de recordar aquel momento, al aspirar
+el ambiente peculiar que forman las velas amarillosas de cera que queman
+alrededor del féretro de los que acaban de morir, y aquella impresión de
+niño, es otra de las muchas que no se borrarán jamás de mi memoria.
+
+Mis parientes se dieron mucha prisa en enterrar a mi padre; a eso de las
+cinco de la tarde comencé a sentir el murmullo de voces y pasos de
+gentes que entraban. Me asomé por la puerta que daba al patio y vi
+muchos hombres vestidos rigurosamente de negro que se congregaban en
+pequeños grupos, saludándose reverenciosamente los unos con los otros;
+todos parecían estar muy tristes y pensativos, a juzgar por la gravedad
+de sus rostros.
+
+Una sirvienta me arrancó de la puerta desde donde yo observaba la
+concurrencia lleno de estrañeza, al ver un número tan considerable de
+gente en mi casa, donde tan pocas y raras personas nos visitaban. Un
+rato después me pareció que el ruido de los pasos aumentaba, como si un
+tropel de gente se pusiese en movimiento y poco a poco fui notando que
+se alejaba. En la calle se oyeron rodar carruajes, pero el ruido de los
+coches también se extinguió y todo quedó en silencio. Entonces me asomé
+otra vez por la puerta del patio: había quedado completamente solo, la
+puerta de la calle estaba entornada, cerradas las de las habitaciones;
+la tarde avanzaba y la humedad de un día lluvioso daba a aquella escena
+un aspecto tristísimo.
+
+Me dio miedo y entré en mi cuarto.
+
+Mi tía Medea conversaba en las habitaciones inmediatas con cuatro o
+cinco señoras viejas y de edades incalculables. Yo me presenté
+francamente entre ellas: una me acarició; las otras, incluso mi tía, me
+miraron con cierta indiferencia, y yo no debí preocuparme mucho tampoco
+de ellas, porque preferí meterme debajo de la mesa del comedor donde
+permanecí largo tiempo recorriendo las estampas de mi libro inseparable.
+
+Las señoras tomaron algunas copas de vino y mi tía tomó dos, diciéndoles
+que estaba muy débil, que durante el día no había probado bocado, lo que
+probablemente le sirvió de pretexto para comer un plato entero de
+bizcochos que habían presentado junto con el vino.
+
+Aquellas señoras se levantaron al fin, y mi tía con ellas, diciendo a
+la sirvienta que me cuidaba, que me tuviera listo para el día siguiente
+en que ella vendría a buscarme temprano.
+
+En efecto, al día siguiente del entierro de mi padre volvió mi tía Medea
+a buscarme. Lo primero de que me apoderé para decir adiós a aquel hogar
+semejante a un nido abandonado, fue de mi buen libro; nada más deseaba
+llevar.
+
+Quise, sin embargo, recorrer toda la casa antes de partir.
+
+Se aspiraba en todos los cuartos ese ambiente de tristeza que tienen los
+sitios que se abandonan.
+
+Entré en el cuarto en que mi padre había muerto; todo estaba en
+desorden: la cama en el medio, sin colchones, como un esqueleto de
+hierro; los armarios vacíos.
+
+Mi tía Medea había hecho acto de generosidad con los pobres, repartiendo
+las ropas de mi padre; la vieja alfombra había desaparecido; las
+baldosas contribuían a aumentar lo triste de la escena con su frialdad
+glacial; mis buenos grabados ingleses ya no estaban tampoco; algunos
+fragmentos de mis juguetes habían sido relegados a un rincón de la
+habitación; entré en la sala y vi con júbilo que el retrato de mi madre
+estaba allí y que mi tío había dispuesto que lo condujesen a su casa. En
+un ángulo de la sala estaban agrupados los cuatro candelabros con sus
+cirios apagados, las mechas duras y achatadas sobre la cera, que había
+formado al derretirse una masa de coagulaciones semejantes a las labores
+góticas de una abadía; a un lado de ellos estaba la manta de pana negra,
+raída, con sus guardas galonadas.
+
+Entraban y salían peones con muebles:--¡Desalojaban! ¡Oh! ¡qué triste es
+una mudanza, y cuánto más triste cuando tiene lugar porque han muerto
+los que habitaban la casa! ¡Qué triste es ese desorden! ¡Las voces de
+las gentes de todas menas que entran y salen; la desnudez en que quedan
+los pisos y las paredes; el abandono, el silencio, que van invadiendo
+poco a poco! El último trasto que se saca, casi siempre una silla, cuyos
+pies desiguales le dan cierto aire de grotesca melancolía, ante el cual
+sólo el pincel de Dickens es capaz de levantar el poema que surge de la
+observación sentimental de los objetos. ¡Qué momento ese, en que el
+último, después de dejar desiertas las habitaciones, cierra la puerta de
+la calle tras de sí! ¡El eco cavernoso responde entre los ángulos de los
+cuartos abandonados, el eco solo, voz solemne de lo vacío, de la
+soledad, de las tumbas!
+
+
+
+
+IV
+
+
+El cambio de domicilio fue un acontecimiento para mí; la espléndida casa
+de mi tío Ramón, mi ropa flamante de luto, la nueva faz de mi vida,
+ejercieron en mi espíritu toda la influencia de la novedad.
+
+Había alguna diferencia, por cierto, entre la pobre morada de mi padre y
+la espléndida mansión de mi tío, o más bien dicho, de mi tía, pues todo
+lo que había en ella, hasta el último alfiler, como ella decía, era suyo
+propio y lo había heredado del famoso mayor Berrotarán, terror de los
+indios y loor del ejército. Mi tío Ramón era un pobrete que sólo había
+aportado al matrimonio su decencia con lo encapillado, como rezaba la
+antigua fórmula testamentaria.
+
+Se trató de mi educación; mi tío, que se interesaba por mí, quiso
+tomarme maestros de idiomas y proporcionarme una enseñanza esmerada,
+pero todo fue en vano.
+
+Mi tía Medea sostuvo con argumentos sin réplica y resoluciones
+inapelables, que demasiado había hecho ella consintiendo en cargar con
+hijos de otro.
+
+--¡Si no tiene usted familia, usted solo tiene la culpa! ¡Mi padre tuvo
+diecisiete hijos y sólo fue casado dos veces!
+
+--¡Bien, Medea, tienes razón, yo tengo la culpa!
+
+--¡Y es usted tan cínico que lo confiesa!
+
+--¡Pero si es por complacerte!...
+
+--¡Por complacerme! ¿Y ese es el modo de complacerme? ¡Traerme los hijos
+de otros, echar esa carga a su mujer! ¿Por qué no lo ha puesto usted en
+un taller, para que aprenda un oficio y se haga hombre? ¿Por qué no lo
+ha destinado usted a un cuerpo de línea, para que siguiese la noble
+carrera militar?
+
+--Mira, Medea: es el hijo de mi pobre hermano, lleva mi apellido como
+tú, no tenemos hijos... ¿Qué cosa más natural que lo hagamos nuestro
+hijo, que lo eduquemos conforme a nuestros medios?
+
+--¡Ca! No me muelas la paciencia, Ramón, no me impacientes--contestaba
+mi tía Medea furiosa.--¡Yo no necesito de tu nombre para nada!
+¡Guárdatelo, que para nada me sirve! Yo me llamo Berrotarán y usted es
+un pobre diablo, hijo de un lomillero. ¡Sí, señor, de un lomillero! Su
+padre de usted era lomillero en tiempo de Rozas. ¡Haga usted lomillero a
+su sobrino!
+
+Mi tío se ponía rojo de vergüenza ante estas contestaciones, y yo, que
+no podía darme cuenta de cómo mi tía, tan llena de orgullo y de
+pretensiones, había podido casarse con el hijo de un lomillero, decía
+para mis adentros que debían haberla casado por fuerza con mi tío Ramón,
+porque, de otro modo, no podría explicarse tanta desigualdad de
+condiciones. Indudablemente mi tío Ramón había abusado de mi tía,
+permitiéndole que lo aceptara por esposo.
+
+Escenas conyugales como la que acabo de narrar eran muy comunes en
+aquella casa. Mi tío estaba completamente sometido; en lo único en que
+era incorregible era, como ya lo he dicho, en materias de amor, y por
+esta causa se daban los más famosos combates íntimos que tenían lugar.
+¿Combates?... digo mal; mi tío no combatía nunca; se entregaba por
+completo, rendido a discreción, y mi tía emprendía la terrible ejecución
+del marido infiel.
+
+Mi tía Medea era muy dada a la política; ella pretendía tomar parte en
+el Gobierno, y era, por consiguiente, amiga de la situación.
+
+La época en que yo me criaba era muy agitada. Hacía poco tiempo que se
+había dado la batalla de Pavón. Quería mi tía llevarlo todo a sangre y
+fuego, y su divisa era «o por la ley o por la fuerza».
+
+Mi tío Ramón había tenido que inscribirse en uno de los centros
+electorales en que la opinión estaba dividida, y aunque con su carácter
+muy indiferente por la cosa pública, el buen ciudadano figuraba
+pomposamente en la comisión directiva, debido sin duda a la iniciativa
+de su mujer, que no admitía excusas, y a sus medios pecuniarios, y no a
+su entusiasmo por la lucha o a sus aspiraciones políticas.
+
+El candidato de mi tía ejercía sobre ella la influencia de un profeta:
+no concebía que delante de su figura inspirada y magnífica pudieran
+levantarse adversarios; mi tía, como he dicho, era de una virtud agria e
+indomable, pero, cuando se hablaba de su orador y de su poeta, una
+especie de delirio alarmante la invadía, y si hubiera sido joven y bella
+y su ídolo le hubiera dado una cita a media noche, habría ido, loca de
+amor, a rendirse a sus caricias omnipotentes, porque perderse con él no
+habría sido para ella una falta sino el cumplimiento de un deber
+inexcusable.
+
+Así era por aquellos días el fanatismo político entre las mujeres. El
+ídolo político de mi tía, hombre formal, estudioso, lleno de buena fe,
+como el profeta de Münster, tenía una especie de virtud inconsciente e
+involuntaria para revolver las cabezas femeninas, y a pesar de toda su
+gravedad, de todo su juicio, contábase como cierto por los adversarios,
+que más de una vez, la crema de la high-life del tiempo, las señoras más
+encopetadas de Buenos Aires, le habían hecho manifestaciones públicas de
+simpatía en las ventanas de su casa, poniéndolo, en una edad que no era
+la de Apolo, en el caso de presidir la asamblea de las mujeres, perorar
+ante ellas y echarles las más metafóricas, las más eufónicas, las más
+pintadas frases de su cosecha oratoria.
+
+Por supuesto que mi tío dejaba hacer y jamás demostró celos por aquellos
+actos de su mujer; tenerlos habría sido tan temerario como si los
+griegos los hubiesen tenido de Júpiter, cuando el rey del Olimpo hacía
+sus parrandas nocturnas por sus hogares.
+
+En el partido de mi tía, es necesario decirlo para ser justo, y sobre
+todo para ser exacto, figuraba la mayor parte de la burguesía porteña;
+las familias decentes y pudientes; los apellidos tradicionales, esa
+especie de nobleza bonaerense pasablemente beótica, sana, iletrada,
+muda, orgullosa, aburrida, localista, honorable, rica y gorda: ese
+partido tenía una razón social y política de existencia; nacido a la
+vida al caer Rozas, dominado y sujeto a su solio durante veinte años,
+había, sin quererlo, absorbido los vicios de la época, y con las grandes
+y entusiastas ideas de libertad, había roto las cadenas sin romper sus
+tradiciones hereditarias. No transformó la fisonomía moral de sus hijos;
+los hizo estancieros y tenderos en 1850. Miró a la Universidad con
+huraña desconfianza, y al talento aventurero de los hombres nuevos
+pobres, como un peligro de su existencia; creyó y formó sus familias en
+un hogar lujoso con todas las pretensiones inconscientes a la gran vida,
+a la elegancia, y al tono; pero sin quererlo, sin poderlo evitar, sin
+sentirlo, conservó su fisonomía histórica, que era honorable y virtuosa,
+pero rutinaria y opaca. Necesitó su hombre y lo encontró: le inspiró sus
+defectos y lo dotó con sus méritos.
+
+En vida de mi tía, su casa era uno de los centros más concurridos por
+todas las grandes personalidades, y en ella se adoptaban las
+resoluciones trascendentales de sus directores. Los grandes planes que
+debían imponerse al comité, para que éste los impusiese al público,
+salían de allí, y en su elaboración tomaban parte las cabezas supremas,
+que deliberaban como una especie de estado mayor, sin que los jefes
+subalternos tomasen parte en las discusiones. Lo más curioso era que
+aquella gran cofradía creía, o estaba empeñada en hacer creer, que era
+el partido quien concebía los profundos programas electorales, y la
+verdad era que el gran partido solía convertirse en un ser tan pasivo
+como los ídolos asirios, que aterraban o entusiasmaban a las
+muchedumbres según el humor del gran sacerdote que gobernaba los
+resortes ocultos de la deidad.
+
+Tenían aquellas reuniones un colorido particular, y más de una vez fui
+espectador de las escenas que se producían entre sus altos y profundos
+augures. Mi tía no estaba quieta un solo instante; salía y entraba a la
+sala en que se congregaban sus correligionarios, atendía a una que otra
+visita íntima del barrio en las habitaciones interiores, y volvía de
+nuevo por un instante a seguir el hilo de los debates y peroraciones que
+tenían lugar.
+
+Una noche próxima al día de una elección, según creo, se reunieron en
+casa de mis tíos aquellos hombres que yo consideraba providenciales.
+Desde temprano se habían encendido todas las arañas y candelabros del
+salón, y yo, ardiendo de curiosidad, hice todo lo posible por ser
+espectador lejano, desde la antesala, de aquella notable asamblea.
+
+Eran las ocho de la noche y entraban los primeros concurrentes.
+
+--No me hable usted de la juventud, señor don Ramón, la juventud del día
+no sirve para nada--decía a mi tío un caballero flaco, de cuarenta años
+largos, con una fisonomía garabateada por la barba y las arrugas del
+cutis.
+
+--Tiene razón, doctor, los jóvenes no sirven para nada.--No te metas,
+Ramón, en lo que no sabes--contestaba mi tía furibunda.
+
+--Vean ustedes, señores: llevar hombres jóvenes a las cámaras sería
+nuestra perdición. La juventud del día no tiene talentos prácticos;
+¿cómo quieren ustedes que los tenga? ¡Le da por la historia y por
+estudiar el derecho constitucional y la economía política en libros!
+Forman bibliotecas enormes y se indigestan la inteligencia con una
+erudición inútil, que mata en ellos toda la espontaneidad del talento y
+de la inventiva. ¡Sí, señores, los libros no sirven para nada! Ustedes
+me ven a mí... Yo no he necesitado jamás libros para saber lo que sé.
+¡Pero no quieren seguir mis consejos, señor! Los libros no sirven para
+nada en los pueblos nuevos como el nuestro. Para derrocar a Rozas no
+fueron necesarios los libros; para hacer la Constitución de 1853,
+tampoco fueron necesarios, y es la mejor constitución del mundo. Yo soy
+abogado y me ha bastado Darnasca para aprender mi profesión. La noción
+del derecho se pierde cuanto más a fondo se quieren conocer los textos.
+¡Lo mismo es la política! Nosotros no estamos preparados para gobernar
+con Hamilton, Madison y Story. ¡El buen sentido, eso basta! ¡Sí,
+señores, el buen sentido basta! Yo por ejemplo, no leo sino los diarios,
+y el periodismo, señores, es como el pelícano, alimenta a sus hijos con
+su propia sangre. ¿Usted ha estado en mi estudio, señor don Ramón, no es
+verdad? ¿Ha estado usted? ¡Pues bien! ¿Qué libros ha visto usted?
+Colecciones de los diarios en que he escrito, eso sí: la colección de
+_La Colmena_, _La Espada de Damocles_, _La Regeneración Porteña_, _El
+Gorro de la Libertad_, etc., todos los diarios de que he sido redactor.
+¿Pues bien, eh?... he necesitado alguna vez informarme sobre la pesca de
+los pengüines en la costa patagónica, cuando he sido ministro, ¿qué he
+hecho?... a _La Espada de Damocles_... registro la colección y en 1853 o
+54, encuentro el artículo que escribí sobre la pesca de esos moluscos...
+
+--Pero, doctor, ¿los pengüines no son aves?--observó mi tío.
+
+--Pero no vuelan, señor don Ramón, y son esencialmente marítimos, y se
+pescan en vez de cazarse; por eso es que los clasifico entre los
+moluscos, y así los designo en mi artículo de _La Espada de Damocles_. Y
+lo mismo que digo de la pesca de los pengüines, digo del gobierno
+parlamentario; nos están hablando de las bondades del sistema
+bicamarista... Vean ustedes el resultado que nos ha dado en la nación y
+en la provincia... Hemos retrocedido, señores, hemos retrocedido veinte
+años; nuestro primer acto de gobierno debe ser volver a la cámara única
+y poco numerosa. Yo lo he sostenido en un artículo que escribí en 1853
+en _El Gorro de la Libertad_; ahí están los argumentos irrefutables de
+mi tesis. La cámara única, señores, no hay nada mejor; ¡basta el buen
+sentido para comprender que dos cámaras es el absurdo, señor! Una está
+en contra de la otra siempre, y ¿cómo gobernar cuando dos fuerzas
+iguales, se chocan? El axioma físico es que dos fuerzas iguales se
+destruyen... y la física tiene leyes análogas a la política! ¡No hay
+gobierno posible así! ¡La cámara única es lo más sencillo, lo más
+expeditivo y lo más cómodo!...
+
+--Pero los ingleses, señor doctor, tienen dos cámaras--observó uno de
+los circunstantes.
+
+--Permítame, señor; la Inglaterra es un país extravagante, de clima
+diferente al nuestro, y se explica el error allí. Pero nosotros tenemos
+un clima ardiente y es un peligro grave prodigar las fuerzas y el
+número de las asambleas parlamentarias en la República Argentina. Eso es
+lo que nos lleva siempre a las oposiciones tenaces. Nuestro partido
+perderá el gobierno por eso, señores; por extender el número de las
+asambleas. Con una cámara única de veinticinco amigos no seremos
+vencidos. Yo se lo he dicho siempre al general:--No le haga caso a don
+Benjamín Boston; mire que don Benjamín es de origen norteamericano,
+mientras que nosotros debemos seguir la escuela política de Rivadavia.
+Don Benjamín es orador muy elocuente, pero no tiene una cabeza política
+ni previsora: tiene demasiados libros para ser buen gobernante y jamás
+ha escrito en un diario. ¡Pero no se me hizo caso, señor, y ya verán
+ustedes los resultados!
+
+--¡Cuánto me alegro, doctor Trevexo, de que Ramón oiga lo que usted
+dice! ¡Cuánta razón tiene usted! Figúrese usted que mi marido se
+empeñaba en llenarle la cabeza de librajos a su sobrino y enseñarle
+idiomas, y que sé yo qué otras cosas... ¿Para qué?...
+
+--Todo eso no sirve para nada, señora. Enséñele usted a leer y a
+escribir y deje usted al talento que se revele solo. Repito a usted que
+en este país los hombres no necesitan estudiar nada para llegar a los
+altos puestos.
+
+¿No me ve usted a mí?
+
+Acostumbre usted al niño a que lea los diarios y a que guarde recortes
+de los artículos que le interesen. A los veinte años sabrá más que toda
+su generación.
+
+--Pero ya ve usted, doctor Trevexo, que el general no debe ser de su
+opinión; pocos hombres tienen más libros y papeles que él; un día que
+tuve el alto honor de verlo en su casa, salí pasmado de la copiosidad de
+su biblioteca.
+
+--A eso iba, ¡eh! eso iba a contestarle: es que usted ha conocido al
+general en su mala época; desde que ha empezado a estudiar ha empezado a
+degenerar, ha perdido el brillo de su palabra y la espontaneidad de su
+espíritu y se ha envejecido.
+
+--¿Es posible? ¿Qué es lo que me dice usted, doctor?--interrumpió mi tía
+llena de sobresalto.
+
+--Lo que usted oye: don Buenaventura se ha hecho un indiferente criminal
+desde que se le ha ocurrido instruirse. ¿Quién me lo negará? Todo su
+talento improvisador se le ha apagado. ¡Qué diferencia del general de
+hoy al de otros tiempos; qué improvisaciones las de entonces, qué
+discursos, qué proclamas, qué artículos!
+
+--¡Y qué versos!--agregó mi tío Ramón lleno de buena fe, con el ánimo de
+cooperar al elogio.
+
+--¡No! los versos no han sido nunca gran cosa--contestó el doctor con
+impaciencia.
+
+--¡Oh! perdone, doctor, y ¿_El Matrero_ y _el Mendigo_?--agregó mi tía.
+
+--¡Pschet! así, así... ¡No! los versos no son su fuerte. Pero los
+discursos, las proclamas; aquel discurso contra los ministros de
+Urquiza...
+
+--¡Ah, sí! cuando les ofrecía echar las puertas de los ministerios a
+cañonazos a aquellos bandidos--rompió mi tía electrizada.
+
+--Eso es, eso es, y aquella proclama al pueblo de Buenos Aires: «Os
+devuelvo intactas...»
+
+--No, intactas no; la proclama decía «casi intactas».
+
+--Bueno, es lo mismo. ¡Qué bellas frases, qué verdades de a puño! ¡Ah,
+qué tiempos, doctor! Esos eran tiempos de entusiasmo. Sí, cada vez que
+me acuerdo de lo que era Buenos Aires el año pasado no más, me convenzo
+de que las porteñas ya no somos lo que éramos; ¡qué unión! ¿Quién se
+atrevía a hablar en contra nuestra? No había sino un hombre, un solo
+hombre y ese hombre era él.
+
+--¿Y se acuerda usted de la discusión del acuerdo, doctor?
+
+--¡Cómo no, misia Medea!
+
+--Entonces, sí, había decisión popular; las injurias y denuestos que
+vomitaron los enemigos de Buenos Aires; ¡aquellos bandidos! las pagaron
+caras. ¡Qué barra, qué barra lucida y resuelta; cómo silbaba a los
+traidores y cómo aplaudía a aquellos patriotas!
+
+--Yo tengo presente ese día--observó uno de los personajes que allí
+estaban.
+
+--Es cierto, señor don Pancho, que usted estaba allí--contestó el doctor
+Trevexo.
+
+--¡Cómo no! Yo capitaneaba el grupo principal.
+
+--¿El de los tenderos patriotas, no?
+
+--Precisamente; nos habíamos reunido la noche antes en mi tienda toda la
+crema de la calle del Perú; Tobías Labao, Narciso Bringas, Policarpo
+Amador, Hermenegildo Palenque: la flor del mostrador, que durante la
+tiranía de Rozas había estado metida en un zapato, y nos fuimos a la
+barra. Cuando hablaba don Buenaventura, lo saludábamos con una lluvia de
+aplausos, y cuando los urquizistas pedían la palabra, se armaba la
+gorda.
+
+--¿Pero hubo algunos muy insolentes, no?
+
+--¡Cómo no! y nos insultaron; pero Buenos Aires triunfó y nos libramos
+de Urquiza.
+
+--Y de los provincianos para siempre. Porque allí se salvó Buenos Aires,
+y si no hubiéramos triunfado allí, hoy estaríamos conquistados y
+perdidos, señor don Pancho--dijo mi tía exaltadísima, devolviendo el
+mate a la mulatilla después de hacerlo roncar con una chupada postrimera
+llena de vigor, que aplicó a la bombilla.
+
+La conversación había llegado a esta altura, cuando los sirvientes
+anunciaron a varios caballeros que acababan de llegar. Los recientemente
+llegados eran siete u ocho personas.
+
+Cambiados los saludos de orden y algunas palabras de etiqueta sobre la
+salud de las familias respectivas, los circunstantes ocuparon sus
+asientos alrededor del salón.
+
+El doctor Trevexo se sentó en el sofá, al lado de dos caballeros, uno
+muy flaco y el otro sumamente grueso.
+
+El flaco era un hombre alto, con una cabeza diminuta. Entre las cejas y
+el pelo tenía una faja blanca que le servía de frente; la boca era
+hundida como la de un cráneo, la nariz de un atrevimiento procaz, no por
+la enormidad del tamaño, sino por su afligente exigüidad, y, sobre todo,
+por la insolencia con que la Naturaleza la había respingado para
+presentar al espectador sus dos ventanas, como el hocico de un _crack_
+que olfatea al aire. El gesto peculiar de aquel hombre me sugería la
+idea de un ser que vive aspirando un mal olor constante a su alrededor.
+Su rostro era una mueca perpetua contra los miasmas, que se exageraba de
+una manera alarmante cuando él tenía la pretensión de sonreírse. Los
+brazos eran tan largos como las piernas, el pecho era hundido, la
+espalda escasa, las orejas parecían dos conchas de ostras y el pescuezo,
+sumamente corto para su altura, desaparecía entre la cabeza y el cuerpo,
+dándole el aspecto de esas garzas que, para dormitar al sol sobre las
+aguas estancadas y verdinegras de nuestras lagunas, enroscan sus
+pescuezos longitudinales, tomando la actitud más formal y venerable que
+es capaz de tomar un pájaro.
+
+El otro caballero era lo que se llama un hombre de peso. Si su vecino
+del sofá pecaba por su figura angulosa y rigurosamente lineal, éste
+pecaba por la prodigalidad chacotona con que la Naturaleza había
+empleado las líneas curvas para diseñarlo. La cabeza grande, y aunque
+vulgar por la vertiginosa rapidez con que descendía hasta la frente,
+exhibía un rostro lleno de majestad y de satisfecha suficiencia.
+
+El abdomen, ampliamente pronunciado, lo era bastante para poner en
+conflicto la resistencia pertinaz de las abotonaduras del chaleco y del
+pantalón, a las que estaba confiada la solemne misión de contener sus
+formas. La fisonomía tenía grandes pretensiones a la formalidad; pero
+yo no sé qué diablos había en aquella cara de luna llena, que me hacía
+verla en menguante, a pesar de su redondez. Las piernas eran diminutas,
+pero morrudas, el pie pequeño pero ancho; la cara completamente afeitada
+y una nariz invasora que hacía contraste con el recogimiento desdeñoso
+de la del señor flaco que se sentaba a su lado.
+
+--Señores--dijo el doctor Trevexo,--ya estamos en _quorum_ y es menester
+que comencemos. ¿Quiere usted presidir, señor don Ramón?
+
+Mi tío, que permanecía de espectador pasivo, salió de su letargo, y,
+algo cortado, puso una cara de signo interrogante que descubría toda su
+indecisión para desempeñar el alto y difícil cargo que se le proponía.
+Mi tía le tiraba de la levita y le decía en voz baja pero resuelta:
+
+--No, Ramón, guárdate bien de meterte en lo que no sabes.
+
+Mi tío tragaba saliva y guardaba silencio como un hombre que no sabe qué
+partido tomar. Por último rompió...
+
+--Doctor, si yo no tengo el hábito de estas cosas... No me es posible...
+
+--Presida usted, entonces, doctor Trevexo--dijo el señor gordo.
+
+--¿No le parece a usted, señor don Juan?--agregó dirigiéndose al
+caballero flaco y ñato que había entrado con él.
+
+Este hizo una solemne inclinación de cabeza que significaba un signo de
+aprobación, y volvió a levantar su cara chata a tanta altura, que pude
+verle las cavernas de la nariz en toda su siniestra lobreguez.
+
+--Bien, que presida el doctor Trevexo,--agregaron varios concurrentes.
+
+El protagonista de aquella reunión política no se hizo de rogar más. El
+asiento central del sofá del salón fue desalojado para el presidente.
+Este se sentó, sacó del bolsillo interior de su levita unos papeles, los
+desdobló y los puso sobre sus rodillas; se sonó en seguida
+estruendosamente la nariz por dos o tres veces, dobló su pañuelo con una
+sola mano alrededor del puño y lo depositó en su bolsillo, como un
+hombre habituado a todas esas añagazas y posturas preliminares de los
+discursos.
+
+--Señores--dijo,--estamos empeñados en una lucha homérica; de esta lucha
+resultará el _ser o no ser_ para nuestro partido. Aquí no estamos todos,
+pero no convendría que lo estuviéramos. Una cosa son las reuniones
+populares de los teatros y de las calles, otra cosa deben ser los actos
+de la dirección y de la marcha de nuestro partido: una cosa son las
+batallas en las guerrillas, en las cargas y en los entreveros, y otra
+cosa son las batallas en el cuartel general. El elector, el club
+parroquial, pueden ir valientemente al atrio a votar, porque no tienen
+responsabilidades; el soldado muere en el asalto, en la lucha cuerpo a
+cuerpo; la metralla lo quema y lo despedaza, pero muere sin
+responsabilidad. La responsabilidad de las grandes luchas electorales,
+como de las grandes acciones de guerra, está en los generales: el
+soldado no muere sino materialmente, de un bayonetazo, de un tiro de
+fusil, de una bala de cañón, de hambre y de sed; pero el descalabro de
+una campaña política o militar es la muerte moral de los jefes y la
+muerte moral de las cabezas es la muerte del espíritu dentro del cuerpo
+vivo: una especie de embalsamamiento inconsciente.
+
+Tratamos, señores, de formar una lista de diputados. Nada más prudente
+que confiar su elaboración a las corrientes encontradas del
+pueblo--continuaba el doctor Trevexo sin escupir.--«El Estado soy yo,»
+decía Luis XIV. La forma democrática se inspira en el derecho natural.
+En la tribu los más fuertes, los más hábiles, asumen la dirección de
+agrupaciones humanas: el derecho positivo codifica la sanción de las
+legislaciones inéditas del derecho natural y nosotros exclamamos; «¡el
+pueblo somos nosotros!»
+
+--¡Muy bien, muy bien, perfectísimamente! continúe usted, doctor,--le
+interrumpió el señor gordo sin poder contener la ola de entusiasmo.
+
+--Se critica el sufragio universal, pero no se da la razón de su
+crítica; el error de los que lo combaten acerbamente, consiste en creer
+que el sufragio universal es el derecho que todos tienen de elegir.
+¡Error! ¡Grave error, señores! Si las leyes del Universo están confiadas
+a una sola voluntad, no se comprende cómo la universal puede estar
+confiado a todas las voluntades. El sufragio universal, como todo lo que
+responde a la _unidad_, como la _Universidad_, bajo el gobierno
+_unipersonal_ de un rector. ¡Unipersonal, fíjense ustedes bien! es el
+voto de uno solo reproducido por todos. En el sufragio universal la
+ardua misión, el sacrificio, está impuesto a los que lo dirigen, como en
+la armonía celeste, el sol está encargado de producir la luz y los
+planetas de rodar y girar alrededor del sol, apareciendo y
+desapareciendo como cuerpos automáticos sin voz ni voto en las leyes que
+rigen la armonía de los espacios. Y declaro, señores, que esto último no
+es mío sino del Divino Maestro.
+
+--¡Pero es admirable!--exclamó el señor gordo.
+
+--¿Entiende usted, misia Medea?--agregó dirigiéndose en voz baja a mi
+tía.
+
+--No, señor don Higinio, pero yo también lo encuentro admirable como
+usted.
+
+--¿Qué sería de nosotros, señores, el primer partido de la República, el
+partido que derrocó a Rozas, que abatió a Urquiza, el partido de Cepeda,
+esa platea argentina, en que el Xerjes entrerriano fue vencido por los
+Alcibíades y los Temístocles porteños, si entregáramos a las
+muchedumbres el voto popular? Nosotros somos la clase patricia de este
+pueblo, nosotros representamos el buen sentido, la experiencia, la
+fortuna, la gente decente en una palabra. Fuera de nosotros, es la
+canalla, la plebe, quien impera. Seamos nosotros la cabeza; que el
+pueblo sea nuestro brazo. Podemos formar la lista con toda libertad y en
+seguida lanzarla. Todo el partido la acatará; nuestra divisa es
+_Obediencia_: cúmplase nuestra divisa.
+
+--Yo me he permitido formar un proyecto de lista que someto a la
+consideración de ustedes--dijo uno de los presentes, joven de hermoso
+aspecto, de simpática figura, que hasta entonces había guardado
+silencio.
+
+--A ver, lea usted--dijo el doctor Trevexo.
+
+El joven leyó su lista en medio del silencio dignísimo de la
+concurrencia; dos o tres la aprobaron después de leída, pero los demás,
+suspensos de la fisonomía del doctor Trevexo, que demostraba visible
+descontento, no articularon una sola palabra de aprobación.
+
+--¿Qué le parece a usted de esa lista, señor don Ramón?--dijo don
+Narciso acercándose al oído de mi tío.
+
+--Muy buena, muy buena--contestó mi tío.
+
+--¡Pues a mí me parece muy mala!
+
+--Y a mí también--agregó don Juan, haciendo el gesto de asco que le era
+peculiar.
+
+--Cosas de muchachos ambiciosos, de mozalbetes: ¡Miren ustedes, qué
+atrevimiento! Sólo a la juventud del día puede ocurrírsele tener
+pretensiones de figurar en las listas de diputados--murmuraba _sotto
+voce_ don Pancho el tendero,--asociándose al grupo de los descontentos.
+
+--Señores--dijo en voz alta y varonil el joven que había propuesto la
+lista,--es necesario llevar fuerzas nuevas a la Cámara, y las fuerzas
+nuevas están en la juventud que ha salido ayer de los claustros
+universitarios. Yo no tengo las ideas del doctor Trevexo sobre el
+sufragio universal; somos un partido oligárquico con tendencias
+aristocráticas, exclusivistas aun dentro de su propio seno, a quien se
+acusa, y con razón, señores, de gobernar o de querer gobernar siempre
+con los mismos hombres, y que repudia toda renovación, toda tentativa
+para recibir hombres nuevos en el grupo de sus directores. Pido que se
+tome en consideración la lista que he presentado.
+
+El doctor Trevexo, hombre viejo y resabiado en materia de debates
+agrios, contaba con un rebaño muy dócil para perder tiempo en polémicas
+apasionadas: había aleccionado a sus adeptos de antemano, y a una seña
+suya don Juan, con su voz gangosa, dijo:
+
+--Quej sje vooote la lijta.
+
+--Señor, no se puede votar todavía, ni hay para qué votar la lista. Se
+votarán los nombres de los propuestos, uno por uno.
+
+El doctor Trevexo renovó la seña.
+
+--Quej sje voote la lijta--repitió don Juan.
+
+--Señores, si se procede de ese modo, nos retiraremos--replicó el joven
+con acento resuelto.
+
+--Retíjrese--contestó a su turno don Juan.
+
+El joven y el grupo que lo acompañaba, se retiraron. Los hombres de
+juicio y de experiencia quedaron dueños del campo. Mi tía supo con
+indignación que mi tío Ramón había sido el culpable de que aquella
+juventud atrevida hubiese venido a turbar el orden y la paz octaviana de
+la reunión. ¡Mi tío Ramón los había invitado! Don Pancho el tendero
+echaba sapos y culebras contra aquellos osados, y suplicaba al doctor
+Trevexo que los denunciara al jefe del partido al día siguiente. Don
+Higinio, como buen estanciero, vecino de campo y de ciudad, renegaba
+contra la juventud del día y la Universidad, madre engendradora de
+doctores inútiles y de muchachos pillos y botarates. Don Benjamín era
+felicitado por la manera severa y eficaz con que había enseñado la
+puerta de la calle a los revoltosos.
+
+Los señores Palenque, don Policarpo Amador, don Narciso Bringas y don
+Pancho Fernández, rodearon al doctor Trevexo y la sesión continuó como
+si nada hubiese sucedido.
+
+--¡Pero qué atrevimiento, qué osadía! ¡En mi casa, en mi casa, venir a
+promover semejante escándalo! ¡Y pensar, doctor, que es mi marido quien
+tiene la culpa de todo!--exclamaba mi tía mirando furibundamente a mi
+pobre tío, que durante toda la escena anterior se había conducido tan
+obtusamente, que no supo qué partido tomar con los que se marchaban y
+con los que se quedaban.
+
+--He aquí, señores, he aquí, mis amigos, lo que les decía a ustedes hace
+un instante sobre la juventud del día!--respondía el doctor
+Trevexo.--¡Qué falta de resignación política, qué carencia de sumisión y
+de respeto demuestran a los designios superiores de la experiencia! ¡Un
+partido! Un partido es una colectividad cuya primer condición de vida es
+la obediencia. Y no hay nada más hermoso, nada más eficaz, nada más
+eficiente, que ver esa gran máquina humana movida por una sola voluntad
+que hace el sacrificio de su raciocinio en nombre de sus grandes ideas
+políticas. Ayer no más lo hemos visto; 30.000, 40.000 almas, cuarenta
+mil seres racionales, ocupando diez cuadras de la calle Florida,
+aplaudiendo a una voz, vivando un nombre, obedeciendo una orden; padres,
+madres, hijos e hijas, jóvenes y viejos, lanzados al mar de las pasiones
+electorales por una sola voz, riendo a una seña, llorando a otra de
+entusiasmo, marchando en procesión y vivando simultáneamente el adorable
+nombre de su divino jefe. ¡Eso es partido!
+
+--¡Viva el doctor Trevexo!--exclamó don Juan.
+
+--¡Viva!--exclamaron los demás circunstantes, incluso mi tía Medea que
+transpiraba de entusiasmo.
+
+--¿Por quién vota usted, señor don Pancho, para primer candidato de la
+lista?
+
+--Por mi venerado jefe, don Buenaventura.
+
+--¡Y yo también!--dijo don Policarpo Amador, antes de que le tocara el
+turno para votar.
+
+--¡Y yo!--exclamó don Tobías Labao con la misma anticipación.
+
+--¡Por el mismo!--gritó, sin esperar que le preguntasen nada, don
+Pancho.
+
+--Por don Buenaventura--agregó don Narciso Bringas.
+
+--Ramón también vota por él, doctor Trevexo--dijo mi tía;--apunte,
+doctor, el voto de Ramón; y si ustedes me permiten votar a mí, yo...
+
+--Vote usted, señora, vote usted mil veces; la más poderosa válvula
+política de nuestro partido es la mujer. Los hombres y las mujeres
+coexistimos en la plaza pública. Vote usted, señora, imite usted a las
+matronas espartanas que se arremangaban las túnicas y declamaban en la
+ágora.
+
+--¡Mil votos por mi general!
+
+--Señores, ¿quieren ustedes designar el siguiente candidato?--preguntó
+el doctor.
+
+--Por el doctor Trevexo, señores. Espero que todos me acompañarán a
+votar por él--vociferó don Pancho.
+
+Por el doctor Trevexo, por el primer diplomático argentino.
+
+El doctor Trevexo era en este momento objeto de toda mi admiración. ¡Con
+qué modestia aquel grande hombre, aquel espíritu lógico y concienzudo,
+que acababa de exponer tanta doctrina luminosa, recibía las
+aclamaciones unánimes de la distinguida sociedad que sabía aquilatar su
+talento superior!
+
+El doctor Trevexo fue aclamado unánimemente, y con la misma unanimidad,
+sin que se suscitara divergencia alguna, en una perfecta armonía, fueron
+proclamados candidatos don Benjamín, don Pancho, don Tobías Labao, don
+Narciso Bringas, don Policarpo Amador y don Hermenegildo Palenque, es
+decir, todos los concurrentes menos mi tío Ramón.
+
+El doctor Trevexo volvió a guardar los papeles en la levita y se
+levantó.
+
+--Señora--dijo a mi tía,--pocas veces nos ha costado más trabajo que en
+esta ocasión formar una lista. Pero estoy contento. El jefe la
+proclamará mañana, y el partido la recibirá de sus manos consagrada como
+una bandera de lucha.
+
+--¿Confía usted en la victoria?
+
+--Señora, cuando se dispone, como disponemos nosotros, de las
+imaginaciones populares, los hombres desaparecen, surgen las
+muchedumbres: la muchedumbre es como el mar, el viento la agita, la
+calma la atempera.
+
+Mañana nuestros nombres serán aclamados por este pueblo, que es un gran
+pueblo, porque sabe marchar sin preguntar nunca adonde lo llevan. ¡La
+victoria será nuestra!
+
+
+
+
+V
+
+
+¡Oh, mi niñez! Mi niñez fue triste y árida como esos arenales africanos
+que desde a bordo contemplan por largas horas los viajeros al
+aproximarse a las costas del Senegal. Tenía doce años y pasaba con razón
+por un muchacho imbécil: no sabía leer sino silabeando torpemente; las
+letras, formadas en línea, nublaban mis ojos, y al querer mover la
+lengua para pronunciar las palabras, la sentía amarrada por ligaduras
+crueles, que me hacían tartamudear y sentir delante de los extraños la
+herida profunda y venenosa del ridículo. Escribía torpemente y con una
+ortografía de la más espontánea barbarie. ¡Oh, mis planas! ¡Cuánto me
+costaba hacerlas y qué mal me salían!
+
+Mi tía Medea no se había preocupado de hacerme enseñar nada. ¿Para qué
+necesitaba aprender? El doctor Trevexo ya se lo había dicho: «para
+ocupar altas posiciones en este país, no se necesita aprender nada.» Y
+tenía razón. Yo me preparaba para las altas posiciones, siguiendo el
+consejo al pie de la letra.
+
+Mi tío Ramón no se conformaba, sin embargo, con aquel sistema de
+educación espontánea, y el pobre hombre, en medio de sus devaneos
+amorosos, solía dedicarme algunos momentos; él me había enseñado a
+deletrear en los títulos de los diarios y bajo su dirección había
+aprendido a hacer mis primeros garabatos.
+
+Vivía en el interior de la casa, entre los criados y criadas: su
+sociedad me encantaba, y sería un ingrato si no recordara con afecto a
+aquella buena gente con quien pasé los primeros años de mi vida.
+
+Después de la reunión que acabo de describir, la guerra había estallado
+entre Buenos Aires y la Confederación, y aunque mi propósito no es
+consagrar muchas páginas a la política, necesito contar la parte que yo
+tomé en el entusiasmo guerrero de aquellos días.
+
+Ya he dicho hasta qué punto llegaba la exaltación de mi tía, partidaria
+resuelta de la guerra con toda la buena fe de su alma, creyéndose una
+matrona griega, hija de la invicta Buenos Aires, de la Atenas del Plata
+y de quién sé yo qué más.
+
+La batalla de Pavón había tenido lugar el 17 de septiembre de 1861, y la
+victoria produjo en Buenos Aires un entusiasmo indescriptible.
+
+Desde antes que ella tuviera lugar, mi imaginación estaba convulsionada
+por los cuentos de los sirvientes de mi casa y por las conversaciones
+animadas de sobremesa que sostenía mi tía con sus relaciones. Yo no
+pensaba sino en soldados y batallas; tenía cierta disposición genial al
+dibujo y pasaba las noches dibujando el ejército y la escuadra de Buenos
+Aires en marcha contra Urquiza; y entre las filas de soldados, sobre un
+caballo trazado con el más respetuoso cuidado, diseñaba la figura de mi
+general, ídolo de mis sueños infantiles, especie de Cid fraguado por mi
+fantasía de niño, caricaturado involuntariamente por mi lápiz torpe, y
+destinado por la Providencia a aplastar a Urquiza, a quien yo me lo
+representaba vestido de indio, con plumas en la cabeza, con flechas y un
+gran facón en la cintura, rodeado por una tribu salvaje que constituía
+su ejército.
+
+La noche en que se tuvo la noticia de la batalla, mi tía me sacó a
+caminar, para tomar lenguas, como ella decía.
+
+Las calles estaban cuajadas de gente. Corrían ya los rumores precursores
+de la gran noticia. Algunos dispersos habían llegado al Pergamino y
+unos proclamaban resueltamente la victoria, otros dudaban del éxito, y
+los más tranquilos manifestaban la vacilación que se experimenta en esos
+trances.
+
+No era entonces Buenos Aires lo que es ahora. La fisonomía de la calle
+Perú y la de la Victoria, han cambiado mucho en los veintidós años
+transcurridos: el _centro_ comenzaba en la calle de la Piedad y
+terminaba en la de Potosí, donde la vanguardia sur de las tiendas estaba
+representada por el establecimiento del señor Bolar, local de esquina,
+mostrador democrático al alba, cuando cocineras y patronas madrugadoras
+acudían al mercado, y burgués, si no aristocrático, entre las siete de
+la noche y el toque de ánimas. El barrio de las tiendas de tono se
+prolongaba por la calle de la Victoria hasta la de Esmeralda, y aquellas
+cinco cuadras constituían en esa época el _bulevar_ de la _façon_ de la
+gran capital.
+
+Las tiendas europeas de hoy, híbridas y raquíticas, sin carácter local,
+han desterrado la tienda porteña de aquella época, de mostrador corrido
+y gato blanco formal sentado sobre él a guisa de esfinge. ¡Oh, qué
+tiendas aquellas! Me parece que veo sus puertas sin vidrieras, tapizadas
+con los últimos percales recibidos, cuyas piezas avanzaban dos o tres
+metros al exterior sobre la pared de la calle; y entre las piezas de
+percal, la pieza de pekín lustroso de medio ancho, clavada también en el
+muro, inflándose con el viento y lista para que la mano de la marchanta
+conocedora apreciase la calidad del género entre el índice y el pulgar,
+sin obligación de penetrar a la tienda.
+
+Aquella era buena fe comercial y no la de hoy, en que la enorme vidriera
+engolosina los ojos sin satisfacer las exigencias del tacto que
+reclamaban nuestras madres con un derecho indiscutible.
+
+¡Y qué mozos! ¡Qué vendedores los de las tiendas de entonces! Cuán lejos
+están los tenderos franceses y españoles de hoy de tener la alcurnia y
+los méritos sociales de aquella juventud dorada, hija de la tierra,
+último vástago del aristocrático comercio al menudeo de la colonia. No
+pasaba una señora ni un niña por la calle sin tributar los más
+afectuosos saludos a la rueda de contertulianos, sentados cómodamente en
+sillas colocadas en la calle y presididos por el dueño del
+establecimiento. Y cuando las lindas transeúntes penetraban a la tienda,
+el dueño dejaba a sus amigos, saludaba a sus clientes con un efusivo
+apretón de manos, preguntaba a la mamá _por ese caballero_, echaba
+algunos requiebros de buen tono a las señoritas, tomaba el mate de
+manos del _cadete_ y lo ofrecía a las señoras con la más exquisita
+amabilidad; y sólo después de haber cumplido con todas las reglas de
+este prefacio de la galantería, entraban clientes y tenderos a tratar de
+la ardua cuestión de los negocios.
+
+Había siempre en las tiendas de antaño un olor inextinguible a tripe,
+porque nunca faltaban cuatro o seis grandes cilindros de tripe inglés
+formados a la entrada de la casa que, a su calidad de mercadería de
+fondo, reunían la ventaja accesoria de servir de poyos para sentarse, a
+los tertulianos habituales del establecimiento. Y después, los
+mostradores estaban alfombrados con tripes representando todo un jardín
+zoológico de fieras estampadas, tigres, panteras, gatos monteses y
+leones rubicundos, reposados majestuosamente sobre paisajes historiados
+de selvas de lana con que las fábricas de Manchester reemplazaban en
+nuestras mansiones aristocráticas de entonces la carencia de Aubuisson y
+de gobelinos.
+
+¡Qué agilidad aquella con la que el patrón, apoyándose sobre la mano
+izquierda, saltaba el mostrador! Qué gracia con la que desplegaba ante
+los ojos de los clientes, de un golpe, y como un prestidigitador, la
+pieza de percal, de muselina o de _barège_ envuelta alrededor de la
+tablilla que quedaba desnuda de su preciosa mercancía, abandonada
+indiferentemente sobre el mostrador. Qué elasticidad de movimientos, qué
+vertiginosa rapidez, la que el tendero de aquel tiempo desplegaba para
+medir sobre la vara, el lote vendido, dejándolo amontonarse
+ampulosamente sobre el mostrador con elegante negligencia, acariciando
+el género con los dedos, llevándolo a los ojos de la compradora,
+poniéndoselo en la mano, refregándolo para justificar la falta absoluta
+de goma y otras añagazas de fábrica, y hasta trayendo el único vaso de
+la trastienda lleno de agua para ensopar en él el extremo de la pieza de
+muselina y justificar la tinta indeleble de la tela.
+
+No había marchanta que resistiera a las gracias, al donaire y a la
+fuerza de las evoluciones de aquellos hechiceros.
+
+Pero éstos eran los tenderos _dandys_; había además los tenderos
+sirenas, llamados así porque su cuerpo estaba dividido por la línea del
+mostrador como el de la encantadora deidad de los mares está dividido
+por la línea del agua.
+
+El tendero sirena era ser humano desde la cabeza hasta el estómago y
+pescado desde el estómago hasta los pies. De busto correcto, su medio
+cuerpo no dejaba nada que desear desde el punto de vista de la
+elegancia; desde la parte exterior del mostrador el parroquiano no
+tenía nada que observar, pero la sirena no podía salir del mostrador sin
+peligro, porque, como ese era su elemento, si lo abandonaba, mostraba
+por fuerza la cola indecorosa: el tendero sirena usaba levita de faldón
+largo para economizarse el uso de los pantalones, y zapatillas para
+ahorrarse las incomodidades del calzado; de modo que el mostrador servía
+para cubrir la parte menos bella, pero no por eso menos interesante de
+la estatua.
+
+Entre los príncipes del mostrador porteño, el más célebre sin disputa
+era don Narciso Bringas: gran tendero, gran patriota, nacido en el
+barrio de San Telmo, pero adoptado por la calle del Perú como el rey del
+mostrador. No había mostrador como el de aquel porteño: todo el barrio
+junto no era capaz de desdoblar una pieza de madapolán y de volverla a
+doblar como don Narciso; y si la pirámide misma le hubiera querido
+disputar su amor a Buenos Aires, a la pirámide misma le habría disputado
+ese derecho.
+
+Lo tengo tan presente, que si fuera pintor podría hacer su retrato de
+memoria y con los ojos cerrados: petizón, piernas cortas, movible como
+una ardilla, muy cabezón, largos cabellos ensortijados y una frente
+ancha y espaciosa que revelaba todos sus talentos. Sus manos parecían
+alas, sus ojos luciérnagas; su voz meliflua e insinuante atraía
+simpáticamente y tenía un vocabulario propio, que el mismo Molière
+habría envidiado para dotar con él a las mujeres sabias.
+
+Gran patriota, había tomado parte en la revolución de septiembre y en
+Cepeda, cuyos episodios narraba noche a noche explicando las causas más
+remotas del desastre con razones convincentes. Pero, si en medio de la
+narración alguna dama del gran mundo, y sobre todo de la gran política,
+penetraba en la tienda, don Narciso abandonaba la tertulia, saltaba el
+mostrador, mandaba alinearse a los dependientes desde el principal hasta
+el cadete, y comenzaba la batalla de los trapos con una serie de
+operaciones estratégicas que lo conducían indefectiblemente a la
+victoria por una combinación de procedimientos tan lógica como la que
+empleara Napoleón en sus campañas.
+
+Cuando logré conocerlo a fondo, me convencí de lo mucho que valía. Tenía
+entre sus variadísimos talentos el de afinarse a las condiciones del
+marchante, ni más ni menos que como se afina un violín a la nota que da
+el director de orquesta. Don Narciso subía o bajaba el tono según la
+jerarquía de la parroquiana: dominaba toda la escala; poseía toda la
+preciosidad del lenguaje culto de la época y daba el _do_ de pecho con
+una dama para dar el _si_ con una cocinera.
+
+Los tratamientos variaban para él según las horas y las personas. Por la
+mañana se permitía tutear sin pudor a la parda o china criolla que
+volvía del mercado y entraba en su tienda. Si la cliente era hija del
+país, la trataba llanamente de hija; hija por arriba e hija por abajo.
+Si él distinguía que era vasca, francesa, italiana, extranjera, en fin,
+iniciaba la rebaja, el último precio, el se lo doy por lo que me cuesta,
+por el tratamiento de madamita. ¡Oh! ese madamita lanzado entre 7 y 8 de
+la mañana, con algunas cuantas palabras de imitación de francés que él
+sabía balbucir, era irresistible.
+
+Durante el día, los tratamientos variaban entre hija e hijita, entre tú
+y usted, entre madamita y madama, según la edad de la gringa, como él la
+llamaba cuando la compradora no caía en sus redes.
+
+A esas horas del día la _toilette_ de don Narciso era negligente; pero
+daban las cuatro, y, no bien había entrado el gallego cuotidiano con las
+viandas, don Narciso se engolfaba en los antros profundos de la
+trastienda, sacaba del interior del mostrador un pan de jabón de España,
+se lavaba con él, en un lavatorio cojo de hierro con pies de sátiro, y
+a la luz de un cabo de vela, se acariciaba el cuello y la pechera de la
+camisa para quitarles el aspecto marchito que la labor del día les había
+impreso; tomaba el peine desdentado de su uso y se peinaba sin agregar
+otra pomada a sus ensortijados cabellos que un poco de goma de membrillo
+elaborada por él mismo para su uso particular.
+
+Aderezado de esa manera, ahorcábase en sus cuellos a la _degollée_, muy
+en moda entonces, y con una corbata con los colores de la patria; comía
+en un verbo, hacía comer a los muchachos, y en cinco minutos ocupaba
+majestuosamente su trono en el primer extremo del mostrador, campo de
+sus hazañas, donde, apoyado con toda la elegancia de que era capaz,
+pasaba la hora estéril del crepúsculo hasta que la noche llegaba y la
+_high-life_ de aquella época entraba a disputarse las novedades de lo de
+Bringas.
+
+Mi tía Medea era gran parroquiana de lo de don Narciso y tenía esa
+inclinación garrulera, común en ciertas señoras, de departir con el
+tendero todas las novedades de la crónica del día.
+
+Aquella noche no se hablaba sino de política, y solamente los que hemos
+vivido bajo la atmósfera caliente del Buenos Aires de entonces, podemos
+apreciar la importancia que tenían las pláticas de los mostradores de la
+calle del Perú y de la calle de la Victoria, y la concordancia de miras
+sociales y politiqueras que existía entre don Narciso Bringas y mi tía
+doña Medea Berrotarán.
+
+Era natural, pues, que aquella noche mi tía se dirigiera a lo de
+Bringas.
+
+--¡Viva la patria!--exclamó don Narciso al vernos entrar.
+
+--¡Viva!--repitió mi tía;--supongo que usted me anuncia el triunfo, don
+Narciso.
+
+--El triunfo más completo, señora: Urquiza ha sido completamente
+derrotado, y todo su ejército muerto o prisionero; la guardia nacional
+de Buenos Aires se ha batido de guante blanco, Jouvín legítimo. Yo solo
+he vendido doscientos pares de tirita.
+
+--Una ballenera que ha llegado de Zárate, ha traído la noticia de que
+Urquiza ha sido hecho prisionero--agregó uno de los que estaban en la
+tienda.
+
+--¿Será posible?--exclamó mi tía.
+
+--Sí ha de ser, señora, no le quepa duda; si la mozada que iba en el
+ejército, era de mi flor.
+
+En ese momento se oyeron las detonaciones de algunos cohetes que
+estallaban a no muy larga distancia.
+
+--¡Cohetes!--exclamó don Narciso,--boletín, ese es boletín! Vaya,
+Caparrosa--agregó dirigiéndose al muchacho cadete de la tienda,--vaya y
+compre el boletín de un salto, y véngase volando.
+
+El cadete, que estaba detrás del mostrador, dio un brinco como un gamo,
+salvó la valla y tomó la calle por suya en dirección a la imprenta en
+donde reventaban los cohetes sin cesar.
+
+Al mismo tiempo, un tropel de gente se dirigía a la calle Victoria,
+donde se aglomeraba la muchedumbre que esperaba la noticia.
+
+Mi tía tomó asiento en lo de Bringas con el fin de esperar el anhelado
+boletín, y como el cadete que había ido en su busca tardase demasiado,
+don Narciso despachó otro dependiente más, y detrás de él salieron tres
+o cuatro parroquianos, cuya impaciencia por conocer las nuevas no les
+permitía esperar. Mi tía, que no era mujer de esperar, se puso también
+en marcha hasta la bocacalle y me arrastró consigo.
+
+En una vieja casa de la vereda norte de la cuadra de Victoria entre
+Bolívar y Perú se agolpaba la muchedumbre, y de cuando en cuando un
+cohete volador que partía desde el interior de la casa, atronaba los
+aires.
+
+Mi tía pujaba por abrirse paso, haciendo esfuerzos inauditos para
+conservar la manteleta sobre los hombros. En la puerta de la imprenta un
+joven de veintidós años, más o menos, parado sobre una mesa que
+interceptaba completamente el zaguán de entrada, repartía con dos o tres
+hombres el boletín de noticias que acababa de imprimirse, y contestaba
+vivamente a las diferentes preguntas que le hacían los parroquianos con
+una vocecita tiple y chillona, que en vano se esforzaba por hacer
+varonil.
+
+Los compradores que conseguían obtener su boletín, salían corriendo
+después de haber luchado por romper la verdadera muralla humana que
+cerraba la calle.
+
+Mi tía se engolfaba cada vez más en el pelotón de gente aglomerada.
+Caparrosa, el cadete de Bringas, un galleguito ladino y vivaracho, había
+conseguido treparse en una reja, y enfilando casi por una tangente al
+joven que vendía los boletines en la entrada, le gritaba:
+
+--A mí, don Jacinto, a mí; me manda don Narciso. ¡Eh, don Jacinto, eh!
+don Jacinto, don Jacinto, soy el cadete de lo de Bringas. Uno para mí,
+aquí tiene el peso--y mostraba el billete hecho pelotón entre los dedos.
+
+El interpelado, después de mucho rato, y aturdido probablemente por los
+gritos de Caparrosa, lo vio al fin trepado en la ventana y metiendo
+apenas la cabeza en dirección al zaguán y arrugando el boletín para
+tirárselo, le gritó:
+
+--¡Largá el peso!
+
+--Ahí va, don Jacinto, ahí va, agárrelo, ahí va--y Caparrosa tiró su
+peso con tal maestría, que don Jacinto lo cazó en el aire, ni más ni
+menos que un gato caza una mosca al vuelo.
+
+Caparrosa tomó el boletín y trató de descolgarse de la ventana; pero mi
+tía, que ya había conseguido abrirse una brecha y tomar posiciones, le
+gritaba:
+
+--No te bajes, muchacho, no te bajes, cómprame a mí otro, espera--y
+diciendo y haciendo, forcejeaba su ridículo que se obstinaba en no
+abrirse, hasta que, después de mucho forcejear, pescó un peso, y
+estirando todo cuanto le fue posible el brazo derecho, lo alcanzó a
+Caparrosa que continuaba trepado en la ventana.
+
+--Otro, don Jacinto, otro boletín para la señora de Berrotarán: ¡Pshit,
+pshit, don Jacinto! ¡Otro boletín!--seguía gritando y accionando
+Caparrosa con la única mano libre que le quedaba en su envidiable
+posición de la reja.
+
+--Largá el peso--volvió a contestar don Jacinto.
+
+--Ahí va, ahí va el peso, barájelo--y Caparrosa tiró el peso, y don
+Jacinto lo volvió a cazar en el aire.
+
+Caparrosa se descolgó por fin de la reja con sus boletines, y junto con
+él, mi tía y yo comenzamos a forcejear para abrirnos paso a través de
+la multitud.
+
+Al cabo de unos minutos salía mi tía bañada en sudor de aquel combate; y
+acomodándose la gorra sobre los _bandeau_, entraba triunfante en lo de
+Bringas con un boletín en la mano.
+
+--¡Triunfo completo; aquí está, véalo, léalo usted!
+
+Don Narciso tomó el boletín, mi tía se sentó en una silla y los demás
+circunstantes rodearon al lector. Don Narciso leyó con voz conmovida. La
+victoria era completa. A la lectura de cada nombre de guerrero, las
+exclamaciones de júbilo de los oyentes interrumpían al lector.
+
+De repente, la frente de don Narciso se nubla, mira a mi tía, mira a los
+demás circunstantes, levanta al cielo sus ojos, y, con la voz más
+quejumbrosa y desgarrante, exclama:
+
+--¡El Conde romano, muerto!
+
+--¿El Conde romano? ¿Qué ha leído usted? ¡No puede ser! ¡Debe usted
+haber leído mal!--exclamaba mi tía sumamente afligida.
+
+--Sí, señora, sí, lea usted, vea: «tenemos que lamentar por nuestra
+parte la muerte del joven Conde romano...»
+
+--¡Ah, qué lástima de joven! ¡qué pena, qué dolor! Más de una muchacha
+se va a morir de tristeza: Joaquinita por ejemplo, la de Alegre, está
+perdidamente enamorada de él; en cuanto lo veía pasar a caballo,
+envuelto en su capa gris, aquella muchacha no se podía dominar y salía a
+la puerta de calle para verlo. ¡Pobre joven!
+
+--Y la de Vargas, Victorita, lo mismo; aquí lo encontró una noche y no
+le quitaba los ojos--dijo don Narciso.
+
+--¿Y qué será del ejército enemigo?--preguntó uno de los parroquianos.
+
+--Se lo ha llevado el diablo, pues; eso no se pregunta.
+
+--Deme mi boletín, don Narciso; me voy a casa a darle la noticia a mi
+marido, que estoy segura de que no sabe nada de lo que ha sucedido.
+
+--Muy buenas noches, misia Medea. Ya sabe que tengo rica cinta celeste y
+blanca, y coco con los colores de la patria para que usted se sirva
+cuando regrese el ejército de campaña. Como usted ha de adornar su
+frente...
+
+--¡De seguro! con usted y con toda su tienda cuento... ¡Ah! la muerte
+del Conde romano no me permite gozar de la noticia por completo.
+
+--Vamos, vamos, Julio, y mi tía me indicó el camino para salir.
+
+--¿Y este niño es de usted?--preguntó uno de los visitantes.
+
+--No, señor, yo no he tenido nunca hijos; este muchacho es un sobrino de
+mi marido, hijo de Tomás, que murió hace tiempo.
+
+--¿Qué Tomás?--preguntó a media voz el interpelante a don Narciso, sin
+que mi tía pudiese oírlo.
+
+--Don Tomás Rolaz, hermano de don Ramón, aquel empleado de la
+contaduría... ¿no se acuerda usted, hombre?
+
+--¡Ah! sí, ¿uno muy urquizista?
+
+--El mismo.
+
+--¡Ah! Adiós, amiguito--me dijo el señor curioso, que tanto se
+interesaba por saber de mí, tomándome del brazo y deteniéndome mientras
+mi tía ya pisaba la calle;--adiós... cuatro balas merecía éste como el
+padre--agregó en el mismo umbral de la puerta, frunciendo el gesto.
+
+Yo me escurrí y me prendí del brazo de mi tía, llevando impresa la
+fisonomía de aquel señor, en quien había tenido la desgracia de levantar
+tanto odio y tanta pasión de venganza.
+
+
+
+
+VI
+
+
+Cuando llegamos a casa, mi tío, contra todos los cálculos de mi tía
+Medea, ya sabía la noticia de la batalla.
+
+La casa estaba llena de gente, como de costumbre. Se repetían los
+comentarios que habíamos oído en lo de Bringas; la muerte del Conde
+romano producía entre las visitas extensas lamentaciones y tremendas
+protestas contra los cobardes enemigos.
+
+Mi tía contó cómo había conseguido comprar uno de los primeros
+boletines.
+
+A cada momento entraban sirvientes trayendo recados para ella: el doctor
+Trevexo la había mandado felicitar; los ministros habían hecho otro
+tanto; el señor Amador y el señor Palenque habían venido a hacerlo en
+persona. Mi tía rebosaba de orgullo y de entusiasmo.
+
+Yo me retiré poco a poco de la sala y me fui en busca de los sirvientes
+que departían el mismo tema en las habitaciones interiores de la casa;
+las mulatas y negras de la servidumbre cotorreaban a destajo sobre
+política.
+
+Solamente mi buen compañero Alejandro, un mulato que había estado al
+servicio de mi padre, guardaba silencio y mostrábase taciturno ante el
+alborozo de los demás.
+
+Yo adoraba a Alejandro; tenía por él una profunda admiración; era el
+único en la casa que le hacía frente a la tigra, como él llamaba a mi
+tía. Era Alejandro un pardo alto, delgadito, enhiesto y flexible como un
+álamo: tenía la cabeza admirablemente puesta sobre sus hombros; entre
+los sirvientes tenía vara alta, como se dice; todos le llamaban don, y
+más de una le hacía ojos tiernos, porque Alejandro era _as_ entre la
+gente de color. Era cochero de mi tía, y cuando Alejandro empuñaba las
+riendas de la calesa de la señora de Berrotarán, los tordillos negros de
+mi tía, al tomar el trote largo, eran la pareja más famosa que por
+aquellos tiempos trotaba en la calle de la Florida y en el camino de
+Palermo.
+
+Alejandro, del cual yo hacía lo que se me antojaba, no parecía muy
+satisfecho con las noticias que corrían por la ciudad aquella noche. Yo
+estaba desvelado con la excitación natural producida por los sucesos, y
+mi cabeza no pensaba sino en batallas y soldados.
+
+Conseguí fácilmente que Alejandro me acompañara a mi cuarto: mi tío me
+había regalado varias cajas de solados de plomo, entre los cuales
+figuraba un regimiento de caballería en cuyo jefe yo creía entrever la
+figura invencible y milagrosa de don Buenaventura, el general y
+candidato de mi tía. Los detalles del boletín leído en lo de Bringas, me
+quemaban los sesos. La primera vocación de un muchacho es la guerra:
+tener un sable, un fusil, un cañón, aunque sean de juguete, generalmente
+por ahí terminan los hombres entre nosotros. Tener una o varias cajas de
+soldados, formarlos, hacerme la ilusión de que aquello es un ejército,
+ese era mi ideal en aquellos días.
+
+Alejandro, que me comprendió, se echó al suelo largo a largo en mi
+cuarto, encendimos dos velas, las pusimos sobre la alfombra y comenzamos
+a formar las dos hileras de guerreros de estaño, una frente de la otra.
+Por demás está decir que en el ejército de Alejandro figuraba la broza
+de mis cajas de soldados; el enemigo no merecía otra cosa, mientras que
+en el mío, las filas estaban compuestas por infanterías y caballerías
+recién salidas de la plomería. Frente a mi línea de batalla, cabalgando
+en un corcel blanco en actitud de galopar, con elástico y pluma, sable
+desenvainado, yo había colocado a mi general. A su turno, Alejandro,
+sirviéndose de un soldadito roto, había puesto el suyo al frente de su
+línea y para provocarme me decía:
+
+--¡Este es don Justo, mi patrón!
+
+--¡Muera don Justo!--le grité yo, y, sirviéndome del proyectil
+recíproco, que era una pelota de goma, envié la primera descarga al
+campo enemigo, consiguiendo derrumbar toda una hilera de la tropa de
+Alejandro.
+
+--¡Allá va!--me contestó Alejandro;--y la pelota entró por mi campo,
+llevándose el primero por delante a mi invicto general.
+
+Lancé una mirada furibunda a Alejandro por aquella falta de respeto y
+con toda la energía de mis dedos volví a parar a mi capitán sobre el
+campo de acción; pero Alejandro, con una pasión pueril y tenacísima,
+volvió a sembrar la muerte y la desolación en mi campo por medio de un
+nuevo pelotazo que dirigió contra mi ejército.
+
+--¡Basta! no quiero jugar más--le dije con mal humor;--mira, Alejandro.
+¿Conoces la tienda de Bringas? ¿Sabes dónde es?
+
+--Sí, niño ¡cómo no! ¿Por qué me lo preguntas?
+
+--Porque esta noche hemos estado allí, y un señor alto preguntó quién
+era yo, y al salir, me dijo que yo merecía cuatro balas, como las
+hubiera merecido papá... ¿Por qué me ha dicho eso ese señor?
+
+--Porque su papá no era como usted, partidario de ese general de estaño
+que usted quiere tanto.
+
+--¿Y cómo lo es mi tío Ramón?
+
+--¡Bah! su tío Ramón es un zonzo; ni tiene opinión ni sabe dónde tiene
+la nariz; le tiembla a la tigra, y a usted le ha dicho eso algún tendero
+adulón de los de por acá que conoció a su papá.
+
+--Pero ¡qué! ¿papá hizo algún mal a ese señor?
+
+--Ya lo creo, no tenía la misma opinión de él.
+
+--Pues ¿y mi tía?
+
+--Su tía es la que da la voz y el voto aquí, menos a mí, que, al fin y
+al cabo, uno de estos días le voy a dar un susto haciendo desbocar los
+caballos y echándola a una zanja por exaltada.
+
+--¿Entonces yo debo pelear contra don Buenaventura?
+
+--¡Pues ya lo creo, y ahí va un pelotazo más!--Y Alejandro acabó de
+derribar todos los soldados de mi ejército, mientras yo, pensativo,
+vacilante en la bondad de mi causa, dejaba hacer, sin atreverme a tomar
+la ofensiva.
+
+Aquella noche me costó dormirme; era día entrado ya, cuando me desperté
+en medio del sobresalto de un sueño en que me veía amarrado a un árbol,
+y en momentos de ser fusilado por el señor de la tienda.
+
+
+
+
+VII
+
+
+Una tarde del mes de enero entró mi tío Ramón a casa con la noticia de
+que al día siguiente desembarcaría indefectiblemente el ejército
+vencedor por el muelle de pasajeros. Hacía días que se venía anunciando
+el regreso de las tropas, y mi tía, cuya casa estaba situada en una de
+las principales cuadras de la calle de la Victoria, aceptando la oferta
+de su gran amigo correligionario don Narciso, tenía ocupadas a todas las
+sirvientas de la casa en coser piezas y piezas de coco blanco y azul
+para adornar los balcones con ellas y con una gran cantidad de banderas
+y gallardetes de toda clase que le había prestado, según ella contaba,
+un comisario de policía, gran amigo suyo.
+
+Mis tíos habían invitado a todas sus relaciones para ver pasar las
+tropas desde los balcones, y Alejandro, bastante mal humorado por
+cierto, pasó toda esa tarde y parte de la noche en invitar por recado a
+todas las amistades de la familia.
+
+Al día siguiente reinaba en la ciudad un inmenso entusiasmo; hombres y
+mujeres hervían en el puchero porteño, como diría el autor del _Diablo
+Cojuelo_. Todas las elegancias, todo el caudal de las modas habían sido
+reservadas para aquel día. Muchas matronas de peso, que hoy han trepado
+la cima de los cincuenta, eran criaturas adorables entonces y esperaban
+con las manos llenas de flores y coronas el desfile de sus guerreros
+predilectos, hoy maridos vichocos o solterones embalsamados, que purgan
+el delito de su inconstancia en el Club del Progreso reflexionando sobre
+una mesa de dominó.
+
+Me habían vestido de nuevo aquel día, y mi tía, que participaba de la
+alegría general y gozaba por consiguiente de un buen humor excepcional,
+me había trazado un programa deslumbrador, cuya primera parte consistía
+en que yo no ocupara un sitio en los balcones, porque no había lugar, en
+cambio de ir al Bajo a ver las tropas con Alejandro y por la noche al
+teatro con mi tío. Yo bailaba de júbilo. Ir a la fiesta solo, con
+Alejandro, era una dicha; el mulato reacio y voluntarioso, se había
+obstinado en no salir y, encerrado en su cuarto, se negaba a
+complacerme; pero fueron tantas mis súplicas y mis empeños, que al cabo
+cedió, y muy de mañana nos pusimos en marcha para el muelle. La ciudad
+estaba completamente embanderada; yo seguía absorto de la mano de
+Alejandro, que, caminando con desdeñosa indiferencia, procuraba quitarle
+la vereda a todo aquel en quien él creía encontrar un transeúnte alegre.
+Entramos a la plaza Victoria; frente a la Policía se levantaba un arco
+adornado con banderas patrias y grandes palmas de sauce llorón. Yo quise
+ver el arco, como era natural, a pesar de la resistencia de Alejandro.
+
+--¡Vamos, vamos, llévame--le decía.
+
+--¡Bonita cosa quiere ver! no pierda el tiempo en ver mamarrachos;
+vámonos.
+
+Pero tanto hice, que el mulato tuvo que ceder, y llegamos al arco que a
+mí me pareció colosal.
+
+--Vamos, pues, niño; vamos.
+
+--Aguárdate, vamos a leer lo que dice allí--y yo, que no era muy fuerte
+para leer de corrido, me puse a deletrear los motes de los
+bastidores:--«_Men-gua y bal-dón a los cobar-des que aban-do-na-ron a
+sus herma-nos en la ho-ra del pe-li-gro_».
+
+--¡Mengua para ellos!--me contestaba Alejandro, taimado.
+
+--Demos vuelta, vamos a ver lo que dice del otro lado del arco.
+
+--Si no debe decir nada--me replicaba Alejandro...
+
+--Sí, sí, vamos--y obligándolo a dar vuelta, me encontré con otro
+letrero.--No ves, porfiado,--le dije,--como aquí también han
+escrito.--¿A ver lo que dice?--Y después de mucho esfuerzo,
+deletreé:--«_Se-pul-cro del úl-timo de los ti-ranos.--Des-truc-ción de
+los úl-ti-mos res-tos de la maz-horca_».
+
+--¡Ah, perros! ¿Eso han puesto?
+
+--Eso, sí, ¿y qué tiene de malo? ¿Por qué te enojas?
+
+--Porque todo eso es mentira, niño; es puro papel pintado, como todo lo
+que manda hacer el doctor Trevexo.
+
+--Pues estás equivocado; ese letrero no lo ha puesto el doctor Trevexo,
+sino mi tía Medea: ella lo escribió el otro día y yo le oí decir que era
+para que se pusiera en uno de los arcos de la plaza.
+
+--¡Ah, tigra! Sólo ella es capaz de tanta rabia--dijo Alejandro
+contemplando con ira el arco y levantando el puño en señal de amenaza.
+
+Atravesamos la plaza y descendimos al Bajo por la calle de Rivadavia.
+Una inmensa turba, compuesta de gente de todas menas, llenaba la vereda
+y la calle, y se agolpaba contra la baranda de hierro de la muralla que
+da sobre el río.
+
+Todos miraban el horizonte. El río estaba en bajante, y mucha gente
+curiosa ocupaba la playa, donde un enjambre de pilluelos saltaba y
+retozaba por las toscas. No faltaban personas graves que, armadas de
+anteojos de teatro, escudriñasen el río y consultasen con sus vecinos
+los puntos más remotos que se dibujaban en el límite del agua con el
+cielo.
+
+--¿No le parece, señor, que han de venir por allí?--decía un hombre a
+otro que, valido de un pequeño anteojo de larga vista, interrogaba el
+horizonte con majestad.
+
+El interpelado no contestaba nada, y parecía resuelto a emplear la más
+estudiada reserva con su interlocutor, que se mostraba sumamente
+interesado en trabar relación con él.
+
+--¿Es telescopio ese?--insistió el oficioso.
+
+El dueño del anteojo no contestó nada. Semiavergonzado el preguntón,
+mironos a todos los que rodeábamos al señor del anteojo, con cara de
+cretino como un individuo que se confiesa en una posición falsa.
+
+Pero nuestro hombre no era individuo de ceder a dos tirones y reincidió.
+
+--¿Me quiere dejar mirar un momento?
+
+El dueño del anteojo tampoco contestó esta vez.
+
+--¡Eh, señor!--repitió tocándole tímidamente sobre el brazo--¿me quiere
+dejar mirar?
+
+El del anteojo sacó los ojos del vidrio, dio vuelta para ver quién le
+hablaba y contestó secamente:
+
+--¡No!
+
+El desairado trató de forjar una sonrisa para disimular.
+
+Entretanto, había ganado posiciones junto a la reja del murallón donde
+estábamos, una señora gorda, con un peinado de bananas sobre el cual
+colgaba una mantilla española de chapa, metiendo codo a todos los
+obstáculos que había encontrado a su paso; la cara, iluminada por una
+capa de colorete recientemente aplicada, distribuía una sonrisa perenne
+por todas partes; y metida dentro de un vestido de moirée verde, inflado
+por un miriñaque movedizo y oscilante, parecía un montgolfier en el
+momento de elevarse.
+
+Un lunar con pelo en la parte inferior de la cara daba a nuestra recién
+llegada un aire picaresco de coqueta retirada.
+
+Acompañábanla dos muchachas de aspecto poco distinguido, pero llenas de
+arrumacos y perendengues, con unos cuerpos bien trazados, y unos bustos
+en los cuales la Naturaleza o el arte habían abusado con cierta
+insolencia de una inclinación marcada a la exuberancia. Las dos
+muchachas, oriundas del barrio de Monserrat seguramente, rayaban en los
+20 o 22 años y penetraron en nuestro grupo, que ya se iba estrechando,
+metiendo una algarabía inusitada de gritos y risotadas cuyas causas no
+me podía explicar.
+
+--Mira, mamá--dijo la mayor,--este caballero es tan amable, que te va a
+dejar mirar por el anteojo.
+
+--¡Por Dios, Raquel! no molestes a ese señor... ¡qué va a decir de
+nosotras!--contestaba con un tono de aparente reproche la señora.
+
+--¡Señor, señor! ¿quiere dejarnos ver por ahí?--insinuó la otra joven.
+
+--¡Ah, no, por Dios, no se incomode usted!... Judit, por Dios,
+cállate--repetía la madre con un contoneo de cabeza continuo.
+
+El del anteojo continuaba impasible como una estatua, como si nadie le
+hablase.
+
+--Allá se ve un humo, allá vienen--gritó uno por allí cerca. La ola
+humana se agitó y se hizo un remolino; la gente se agrupó en la baranda;
+todos querían ver. Yo, prendido de Alejandro, trepado sobre sus hombros,
+dominaba la altura.
+
+--¡Ay, que me arrugan!--- gritaba la madre de Raquel y de Judit, sin que
+el miriñaque la ayudara a subir.--¡Ay, mi vestido, que me lo estropean
+todo! ¡No veo a Judit! ¡Judit, Judit, Judiiit!
+
+Judit, que estaba allí cerca, y a quien la madre no podía encontrar,
+conversaba con un joven de sombrero gacho, levita negra de lustrina y
+pantalón blanco almidonado, sin guardar distancias, es decir, unida a él
+por una proximidad inusitada.
+
+--¡Ay, mi hija, mi hija! ¿dónde está mi hija? ¡Se me ha perdido mi hija!
+¡Judit, Judiiit!--exclamaba la señora prolongando el grito.
+
+--Aquí estoy, mamá, no alborote, aquí estoy--contestó por último Judit,
+haciendo lo posible por soltar la mano de su galán, que retenía con
+fuerza para que no se marchara.
+
+--No te muevas de acá, bribona; no te me separes. Ven tú también,
+Raquel. ¡Ay, Jesús! ¡bien me decía tu padre! No té metas mucho entre la
+gente con las muchachas, Donata; mira que no faltan atrevidos que las
+manoseen en los entreveros y que a ti también te han de manosear: ¡Qué
+gente, por Dios; qué gente! ¡qué falta de respeto con las señoras!
+¡Cuánto mejor no hubiera sido ir a los altos de Colón!...
+
+Pero la muchedumbre en movimiento lo arrastraba todo. Cargado por
+Alejandro, que con el brazo libre que le quedaba, se abría paso como un
+Hércules, avanzábamos a tomar otra posición.
+
+Yo, desde los hombros elevados de mi conductor, veía a la pobre misia
+Donata y a sus dos bíblicas criaturas, víctimas del pronóstico de su
+marido y manoseadas por aquella turba indisciplinada, entre la cual
+había mocitos que le pirateaban las hijas y groseros que le deshacían
+las bananas y le arrancaban su espléndido vestido color cotorra,
+admiración suprema del barrio de Monserrat en la misa de una.
+
+--¡Ya han fondeado, ya han fondeado los buques!--gritaban a nuestra
+alrededor.--Vea, señor,--le decía un negro a un caballero petizón, que
+en vano se empinaba para poder ver;--vea, allí, allí--y apuntaba con el
+dedo índice.
+
+--¿Adonde? ¿adonde?--interrogaba el otro impaciente, parado sobre la
+punta de los pies.
+
+--Allí están; ahí ha fondeado el Salto, allí el Pampero, más atrás el
+Hércules; aquel que viene andando todavía es el Pintos, y los otros dos
+barcos de la izquierda son de vela, el San Juan Bautista y el Río Bamba.
+
+--¡Ché! y vos cómo sabés los buques--le dijo Alejandro.
+
+--¡Oh! no ve que soy del Bajo, amigo--contestó el
+negro.--Mire--agregó,--allá van las falúas a buscar la oficialidad, y
+las balleneras para desembarcar la tropa. ¡Bomba! ¡Pas! Ese es el
+Córdoba que hace salvas.
+
+Y, en efecto, una repentina nube blanca envolvió los costados del barco
+y el eco del cañonazo se dilató retumbando sordamente por los espacios.
+
+Eran las tres de la tarde de aquel día sofocante; las iglesias echaban a
+vuelo sus campanas, los cohetes y las bombas estallaban en el aire sin
+interrupción. A medida que la tropa desembarcaba, los batallones iban
+formando en el muelle la columna. Mientras esta operación tenía lugar,
+Alejandro y yo contemplábamos desde lejos, recostados sobre la reja,
+porque no nos habían dejado pasar de los quioscos, de la entrada para
+adelante.
+
+En la playa, y al pie mismo del murallón donde nosotros estábamos,
+varios carreros del Bajo, en traje de fiesta, se habían congregado para
+oír a dos de ellos que, armado el uno con una guitarra profusamente
+encintada de blanco y celeste, y el otro con un acordeón, cantaban
+coplas patrioteras en una de esas tonadas características del compadrito
+de Buenos Aires.
+
+--¡Que cante el virola!--gritaba uno de los oyentes.
+
+--¡Tu madrina!--contestole el guitarrero, que en efecto tenía los ojos
+más torcidos que una encrucijada.
+
+--Cantá ché lo que has arreglao pa la Guardia Nacional.
+
+El de la guitarra con el del acordeón atacaron un aire vulgar, pero
+cadencioso, antepasado en línea recta de la milonga del día, y detrás
+del aire, el virola dijo con voz nasal y chocante la siguiente copla:
+
+ Nuestra Guardia Nacional
+ en Cepeda y en Pavón,
+ con bravura sin igual,
+ se lanzó sobre el cañón
+ del cobarde federal.
+
+--¡Lindo, don Polibio! Si a carrero y a verseador naide le gana. Hasta a
+los gringos de las balleneras se les cae la baba cuando canta usted.
+
+Los resuellos chillones del acordeón habrían seguido, junto con los
+gemidos de la guitarra, si las músicas militares no hubiesen anunciado
+que la columna, formada ya, se ponía en marcha a lo largo del muelle.
+
+Fue entonces cuando la muchedumbre que obstruía la entrada, arrebatada
+por una fila de vigilantes armados, encargados de abrir calle, remolineó
+y retrocedió de espaldas, compacta, hasta apretarse contra las paredes
+de las casas inmediatas; un tropel de jinetes que venía de la ciudad,
+ocupó el espacio abandonado. Me deslumbraron el oro de los galones, las
+plumas blancas y azules de los elásticos agitadas por el viento, los
+colores llamativos de los uniformes. Alejandro me alzó en alto para que
+pudiera ver bien, pero apenas tuve tiempo de columbrar un elástico
+cubriendo una larga y abundante melena de guedejas indolentes que caían
+sobre una frente espaciosa y unos ojos color plomo; todo esto sostenido
+sobre un cuerpo que Doré no habría desdeñado para bosquejar un Lafayette
+en lontananza. Quise ver más, pero los jinetes hicieron caracolear sus
+caballos; las primeras hileras de la columna aparecieron, y apenas llegó
+a mi oído el eco de una proclama de acentos olímpicos pero simpáticos
+que se extinguía en el estruendo unísono de un aplauso tributado por
+veinte mil manos. Yo aplaudía también y batía palmas.
+
+--¿Por qué aplaude--me dijo Alejandro, de mal humor,--si no oye nada?
+
+--¡Oh!--le contesté--¿acaso es necesario entender? ¿Cómo aplauden
+también todos los demás sin entender?
+
+
+
+
+VIII
+
+
+Por la noche, mis tíos, como me lo habían prometido, me llevaron al
+teatro de la Victoria. La compañía de García Delgado cantaba el himno
+nacional y representaba la _Flor de un día_, de Camprodón. ¡Oh, _Flor de
+un día_! ¡Oh, Pavón del teatro dramático español! ¿Por qué mi fantasía
+excéntrica te ve desaparecer en el pasado, en la misma tumba que tragó
+los miriñaques y el peinado de bananas? ¿No era Lola la más encantadora
+y la más romántica de las mujeres? ¿No tenía Diego el contorno poético
+del amante y el Marqués de Montero la estampa grave de un barítono de
+zarzuela triste?
+
+¿Por qué has de ser un disparate, oh hija legítima de don Francisco
+Camprodón, adoptada por todos los teatros de la América Latina? ¡Tú que
+has hecho lagrimar un continente entero desde Veracruz hasta Buenos
+Aires!
+
+¡Tú has muerto con el batón blanco; porque, así como el guante de piel
+de Suecia, largo y arrugado, sobre el brazo flaco y nervioso de Sarah
+Bernhardt ha dado su pincelada a Frou-Frou, así el batón blanco, con
+cinturón celeste, te hizo a ti, hizo a Lola el prototipo de todas las
+mujeres de tu tiempo! ¡Qué diablo! ¡tú has tenido también tu lugar en el
+siglo de Hernani!... ¡Presidentes y ministros, generales y grandes
+abogados de la República Argentina, han creído en ti, como la República
+ha creído en ellos! Tus octosílabos rumorosos agitaron más de una noche
+el pecho de la virgen y no fue sólo el teatro tu dominio! Fue también la
+familia, el hogar; porque todo lo invadiste, desde el salón de mi tía
+Medea hasta la academia de negros y mulatos en que era halcón mi pardo
+Alejandro. Todavía recuerdo con escándalo el gesto irreverente y
+volteriano con que el doctor Vélez se burlaba de ti una noche, dando la
+nota discordante en toda tu generación literaria. Yo sostengo y
+sostendré siempre que tú has hecho a muchos de nuestros poetas: y
+bastaría reflexionar un poco para notar que todas las manifestaciones
+sociales se parecían a ti en aquellos días.
+
+Tus versos llegaron a ser clásicos. Se citaban con gravedad en el
+editorial por los periodistas contemporáneos y en la Cámara de
+Diputados por los oradores noveles, con el mismo respeto con que en la
+restauración se citaban los dísticos de Boileau. ¡El día de la patria te
+pertenecía; te pertenecía el día de toda fiesta nacional! ¡Hasta drama
+patriótico te había hecho el autor de tus días sin sospecharlo!
+
+Algunas de tus frases, como: «¿tiene vuestra espada punta?» se
+consagraron como el _Di quella pira_ y el _la donna e mobile_ de Verdi.
+No había entonces realismo; mister Pickwick no había atravesado el
+Atlántico; estaba en Bath presidiendo su club; _Nana_ era un microbio;
+Artagnan era catedrático de historia; los Girondinos enseñaban la
+política. Era la época de las cavatinas, cuarteadas con acompañamientos
+rudimentarios; Lohengrin bebía mosela en los vidrios blasonados de
+Baviera; el Trovador era la ópera con Mirati y Tamberlick; tú eras el
+drama con la Rodríguez y la Bigones, con Enamorado y Vilardebó. ¡El
+teatro de la Victoria era tu campo de batalla!
+
+¡Oh, mis buenos y bravos cómicos, aquella noche estaban todos! Mi
+imaginación los evoca; desfilan como los fantasmas del sueño del pasado
+y penetran al obscuro y olvidado panteón de las glorias del arte
+argentino; allí yo les levanto un monumento con los restos del
+guardarropa de Dagnino, en que había de todo; forma la base el casco de
+Gonzalo de Córdoba, cubierto por el manto lanar moteado, arminio de
+Isabel la Católica; Don Juan Tenorio vola sobre el Terremoto de la
+Martinica, mientras que la Campana de la Almudaina toca a rebato en la
+horca de los Escalones del Cadalso.
+
+Pero sobre esta pirámide funeraria, levantada a los Talma y a los Keen
+de la gran aldea, tres figuras se levantan: Lola, Diego y el Marqués,
+cantando el himno nacional antes de contar su candoroso poema de celos y
+de amor a una sala llena, en donde brillan las más lindas mujeres de
+aquellos días. ¡Pasad, oh sombras!
+
+ * * * * *
+
+Habíamos ocupado un palco-balcón de la derecha, inmediato a aquella
+antigua viga blanqueada que sostenía el techo y que por su espesor
+desafiaba las fuerzas de Sansón mismo.
+
+Mi tía se había hecho acompañar por la señorita Fernanda, que yo estaba
+acostumbrado a ver con frecuencia en casa. Fernanda tenía dieciocho
+años; pálida, de ojos claros y grandes, fríos y como azorados entre las
+densas ojeras que los sombreaban; en sus labios gruesos que dibujaban
+una boca que podía llamarse grande sin injusticia, trazábase no sé qué
+vaga sonrisa, en la que un observador sagaz habría encontrado el amor y
+el desdén reunidos en un consorcio inexplicable; la cabeza era noble y
+altiva, sin embargo. En aquella época, en que los peinados eran una
+epopeya de rulos y rellenos, Fernanda llevaba el suyo de una simpleza
+tal, que rayaba en la suma elegancia: sus cabellos, de un rubio mate,
+recogidos y sujetos por dos cintas de moirée celeste, iban a rematar en
+la más linda nuca de mujer. Su seno escaso, tenía, sin embargo, no sé
+qué atrayente seducción, dilatada por la morbidez de todo su busto:
+irradiaba su semblante esa gracia apática e indolente que el pincel del
+Veronese imprimía en el rostro de sus patricias venecianas. Era, en fin,
+aquella mujer un conjunto de frialdad y de elocuencia, de belleza y de
+defectos, que atraía irresistiblemente, y en la que la originalidad del
+gesto y del mirar despertaban en mí una profunda y codiciosa curiosidad.
+
+Fernanda, recostada sobre la balaustrada, oyó de pie el himno, y, cuando
+éste terminó, se dejó caer negligentemente sobre su silla y abrió su
+enorme abanico de plumas blancas, con un ademán lleno de innata
+voluptuosidad. ¡Qué contraste formaba aquella delicada criatura con mi
+tía Medea! Una era la distinción personificada; la envolvía, la
+perfumaba un vapor de elegancia y de buen tono. La otra era un fauno
+obeso; su voz gruesa, su pescuezo corto, su pecho invasor, un bozo
+recio, que ya era bigote casi, hacían de ella un ser híbrido, en el que
+los dos sexos se confundían. Estaba esa noche verdaderamente constelada
+de diamantes, desde la cabeza hasta los dedos, y como los tenía, y muy
+buenos, uno de sus orgullos era colgárselos para exhibirlos.
+
+Inquieta y parlanchina, mantenía un verdadero telégrafo de saludos con
+todo el teatro; con los palcos, con la cazuela, con la platea; a todos
+conocía, a todos saludaba francachonamente con el abanico.
+
+De repente, un murmullo de simpatía cundió por la sala entera, y todas
+las miradas convergieron al palco central de la ochava: muchos
+personajes, vestidos con la más rigurosa etiqueta, tomaban asiento.
+
+Mi tía empezó a nombrarlos a todos.
+
+--Saluda, Ramón, saluda--le decía a mi tío.
+
+--Si no ven para acá, Medea...
+
+--Sí que ven, saluda te digo--y mi tía, al propio tiempo que le ordenaba
+a mi tío que saludase, hacía repetidos movimientos de cabeza en
+dirección al palco central, sin que fuesen notados por sus ocupantes.
+
+--¿Quiénes son, señora?--preguntaba Fernanda.
+
+Pero mi tía no contestaba; empeñada en colocar su saludo en la cara de
+sus ídolos y en que su marido también lo colocase, lo cazó materialmente
+del brazo y le mandó que esperara la ocasión propicia para mover el
+pescuezo. De pronto pareciole que la miraban.
+
+--¡Ahí mira don Buenaventura! ¡ahí te mira el doctor
+Trevexo...--dijo;--¡ahora!... saluda, Ramón.
+
+Y ambos movieron la cabeza con urgencia; hicieron con ella un balance
+para cazar la visual del adversario, pero ¡oh, contratiempo! Una mirada
+vaga e indecisa, de la cual tenía yo una vaga idea, recorría la fila de
+los palcos sin detenerse en los brillantes de mi tía, y el saludo fue un
+saludo en el vacío.
+
+Mi tío tosió para disimular el contratiempo. Mi tía le echó la culpa,
+sosteniendo que se le había puesto por delante; mi tío quiso rectificar,
+pero se le ordenó que guardase silencio, y obedeció. Yo miraba el suelo,
+compartiendo la vergüenza de mis tíos; y Fernanda, fría, sin curiosidad,
+con sus ojos claros desmesuradamente abiertos, abanicándose con toda
+calma, miraba abstraída hacia arriba, como si entre el techo y nuestro
+palco pasase una visión a través de la sala.
+
+--Mira, niño--me decía mi tía Medea sin dejarme respirar,--aquél es don
+Buenaventura; aprende, mira qué traje tan sencillo lleva. Ese que habla
+con el ministro español, es el doctor Trevexo: aquel que sale, es el
+coronel Valdelirio.
+
+Y yo miraba extasiado aquel grupo y me decía a mí mismo:--¡Ah, si algún
+día llegase yo a saber lo que sabe el doctor Trevexo! ¡Si llegase a ser
+un guerrero como Valdelirio! ¡Y después, aterrado de mi petulancia
+íntima, transigía con una fórmula más modesta: ¡Si llegase a ser
+ministro español!
+
+Las lágrimas consagraban el éxito del drama y de los actores en el
+tercer acto. Montero recitaba sus famosos endecasílabos. La _Flor de un
+día_ terminaba en medio de calurosos aplausos; la concurrencia evacuaba
+aquel antro que se llamaba teatro y en la puerta estallaban los vivas
+entusiastas y patrióticos del pueblo.
+
+Mi tía se ensilló con su pesada salida de teatro, y Fernanda envolvió su
+linda cabeza en un pañuelo de fular color caña, dentro del cual parecía
+un estudio inconcluso de artista.
+
+--Vamos, mal criado--me dijo mi tía,--acompañe usted a esa señorita,
+ofrézcale el brazo.
+
+Obedecí, y Fernanda me entregó el brazo sonriendo con plácida
+generosidad. Yo lo cerré contra el mío, y, aunque era un muchacho, no sé
+qué vagas nociones de ternura, qué entusiasmos indefinibles experimentó
+mi ser al sentir el frío desnudo de la carne, y al aspirar el perfume
+nunca aspirado de aquella singular criatura.
+
+
+
+
+IX
+
+
+Han pasado algunos años.
+
+Estoy lejos de Buenos Aires; en una ciudad cuyo nombre no interesa al
+lector.
+
+Don Pío Amado y don Josef Garat, mis maestros, eran dos personajes
+singulares; singular era su escuela, singular la enseñanza, singular
+todo lo que los rodeaba. Don Pío era la bondad, la benevolencia
+personificadas; don Josef era la intransigencia, el mal humor, y la ira
+misma. Reunidos, don Pío era la nota cómica del colegio, don Josef era
+la nota épica. Amábamos a don Pío y lo amábamos con toda el alma;
+temblábamos ante don Josef y lo respetábamos a fuerza de malquererlo.
+
+Don Pío era todo gracia, dulzura y amabilidad; una cara sin pelo de
+barba, daba a su fisonomía una jovialidad perpetua y atrayente. De
+dulces maneras, lleno de cariño por los muchachos, nadie le temía, pero
+todos lo contemplaban. En medio de la extrema y plácida mansedumbre de
+don Pío, reinaba en él cierta tendencia innata a la excentricidad, en la
+que solía marcar rasgos positivos de talento, de observación y de
+estudio. Su rostro movible; su cuerpecillo inquieto; sus ademanes de
+artista cómico, solían provocar entre los alumnos ciertas sonrisas de
+buen carácter, porque no era posible ver y oír a don Pío, sin
+encontrarse dominado por la idea de que aquel hombre, sincero hasta el
+fondo de su alma, representaba sin embargo una comedia.
+
+Don Pío no podía hablar de nadie sin extraerle toda su genealogía, sin
+hacer su retrato físico y su retrato moral, sin marcar el rasgo cómico o
+serio que podía tener, sin determinar el traje que usaba habitualmente,
+sin remontar en fin hasta la biblia, para presentarlo a propios y
+extraños.
+
+En la enseñanza era lo mismo: aquel hombre de vida austera, correcta y
+arreglada, carecía de la noción del método como maestro. Cuando don Pío
+hacía la exposición, no terminaba nunca; comenzaba en Sesostris y pasaba
+más allá del año corriente; y en ella iba todo, una recopilación de
+hechos y de datos, una enciclopedia de citas y de descripciones
+accionadas, cada una con su mímica y sus gestos particulares.
+
+Nunca entraba sereno al aula, con las reservas y la gravedad propias del
+maestro, sino a saltitos acompasados, refregándose las manos, si hacía
+frío, o abanicándose con una pantalla de paja, si hacía calor. Así, con
+ese paso, llegaba a la puerta de la clase, se paraba en su umbral,
+tomaba una posición de contradanza, miraba al centro, apuntando en el
+rostro una franca sonrisa; en seguida, como un muñeco de cuerda, movía
+el pescuezo, y con el cuerpo hacia la izquierda, distribuía su sonrisa
+en esa dirección para repetir después la misma operación y derramar su
+tercer sonrisa sobre la derecha. Hubiérase dicho que no era el maestro
+el que entraba en la clase, sino Fígaro mismo, al cual sólo le faltaba
+la navaja y el platillo del barbero.
+
+Don Josef, en cambio, era un Orestes. Alto, vigoroso, la cara roja como
+un pimiento, la nariz chica y encorvada, la cabeza mezquina pero bien
+puesta sobre los hombros. Don Josef pasaba la vida clamando contra todo
+lo que lo rodeaba: contra el país, contra sus hombres, contra las
+mujeres, contra los muchachos y contra don Pío, a quien tenía en poca
+cuenta en las situaciones normales.
+
+Don Josef era oriundo de Cataluña y se vanagloriaba de haber nacido en
+el castillo Monjuich; de haber salvado la vida a varias personas, de
+haber presenciado un naufragio y de haber sido casi víctima del hambre
+de una tigra mansa; preciábase de haber conocido a la Reina de España,
+doña Cristina, de haberla visto comer una olla podrida en un día de
+toros. Hacía sacrificio de confesarse descendiente de don Gonzalo de
+Córdoba, pero no se prestaba a pregonar mucho el parentesco, y lo
+repudiaba con majestad, porque no quería que nadie sospechase, que él
+aprobaba las rendiciones de cuentas de su poco escrupuloso antepasado.
+Vivía crónicamente colérico, sin que esto importe decir que no supiera
+interrumpir sus accesos para hablar con fruición de los tesoros de
+Potosí y de fortunas colosales como las de los cuentos de hadas, porque
+el buen viejo tenía altamente desarrollada la nota de la codicia.
+
+Pero, cuando él levantaba la voz en la clase, o fuera de la clase, o con
+los tertulianos nocturnos que lo visitaban en el colegio, entonces
+temblaba la casa; buscaba la invectiva, la lanzaba al rostro del
+adversario y la sazonaba con vocablos de estofado, acabando por dominar
+el debate con sus gritos estentóreos. Dentro de ese cuerpo vigoroso de
+rica musculatura de atleta, en el fondo de ese carácter atrabiliario,
+disputador y pendenciero que amenazaba tragarse la tierra, se escondía
+un ser enteramente pusilánime. Don Josef era una liebre.
+
+El colegio era un vasto edificio bajo, de muros espesos y coloniales, de
+grandes patios y espaciosa huerta, en la que no faltaban las clásicas
+higueras de antaño. Aquel edificio era un convento por sus dimensiones e
+invitaba a la melancolía. Yo acababa de llegar solo, casi abandonado a
+mi suerte. Durante el viaje había hecho el inventario de mi pasado;
+había recordado la muerte de mi padre, mi orfandad; no tenía más
+compañeros ni más amigos que dos retratos mudos que llevaba siempre
+conmigo; el de mi padre y el de mi madre.
+
+¿Quién era yo en el mundo? ¿Qué necesidad tenía de aprender nada? ¿Acaso
+no tenía razón el doctor Trevexo cuando fulminaba a toda una generación
+con su anatema contra los sabios? Nadie me amaba a excepción de
+Alejandro que era el único que había sentido mi partida de Buenos Aires.
+Todo lo que me rodeaba era nuevo y desconocido para mí: mi capital se
+componía de poco; mis ropas, mi catre y mis libros; todos mis compañeros
+tenían padres que velaban por ellos, que les escribían, que los
+regalaban. Sólo yo acostumbraba de tarde en tarde a recibir dos letras
+de mi tío Ramón, en las que me anunciaba el envío de lo indispensable.
+
+No importa, yo tenía voluntad, tenía ánimo y entereza, valor y
+constancia. Yo sabía que había de arribar: que habían de pasar para mí
+los días de vergüenza en que mis condiscípulos menores me adelantaban.
+
+Era un muchacho de quince años cuando entré en el colegio y apenas sabía
+leer y escribir, pero trabajé con tesón y me abrí paso. Don Pío me amaba
+y don Josef, que había empezado por expresarme el más profundo
+desprecio, había pasado del indiferentismo al entusiasmo con una
+facilidad extraordinaria. Yo comenzaba a ser su ídolo. De cuando en
+cuando, pensaba que, siendo yo como era un pobre diablo, sin padre, sin
+fortuna, era demasiada generosidad de su parte interesarse por mí como
+se interesaba y me lo echaba en cara; pero cuando lo sorprendía con un
+progreso inesperado para él, o con un buen rasgo de conducta, entonces
+el buen viejo se exaltaba y pasaba los límites del entusiasmo en sus
+elogios.
+
+El fuerte de don Pío era la astronomía. Daba en el colegio un curso
+práctico de esa ciencia con un colorido de gestos y de movimientos
+rápidos y nerviosos, con los que él creía poner en evolución todo el
+sistema planetario.
+
+La clase era para él su materia cósmica.
+
+Entraba y distribuía sus astros en el lugar oportuno. Cada muchacho era
+un planeta, y trataba siempre de representar con él, no sólo la
+situación de cada cuerpo celeste en el espacio, sino también su volumen,
+eligiendo los alumnos según las proporciones de cada uno y de cada
+estrella que debía figurar en el sistema.
+
+Un muchacho entrerriano, grande como un patagón, cuyo desarrollo físico
+no guardaba armonía con su desarrollo moral, tenía invariablemente a su
+cargo el papel modesto de sol; le hacía abrir los brazos, y tomándolo
+por la cintura, _mal gré_, _bon gré_, lo colocaba en el centro de la
+clase. Buscaba en seguida al alumno más chico y lo ponía en un extremo
+del aro celeste discerniéndole el papel de luna. Era éste un
+bolivianito, diablo y travieso, que nunca se resignaba a hacer
+tranquilamente su papel de astro nocturno.
+
+En seguida ocupaban su sitio los planetas mayores y después los menores.
+Júpiter con sus lunas, Urano en la última línea del círculo, Saturno
+circundado por su anillo luminoso. En esta disposición comenzaba a
+funcionar la máquina astronómica de don Pío; formado su ejército
+sideral, se paraba al lado del sol y exclamaba: «Yo soy la tierra», y el
+buen maestro comenzaba a circular de lado alrededor del entrerriano
+que, inmóvil y mudo en el centro del círculo, desempeñaba
+automáticamente el papel del padre del día.
+
+A una voz de don Pío y terminadas las evoluciones, los planetas se
+dispersaban y volvían a ocupar sus bancas terminándose la lección de
+astronomía práctica.
+
+Pero donde don Pío era famoso, era en la descripción de las batallas del
+curso de historia. El entusiasmo bélico se apoderaba de él: no podía
+limitarse a citar fechas, nombres y hechos: era necesario hacer
+funcionar la caballería, la infantería y la artillería.
+
+Abandonaba su cátedra, se ponía en medio de la clase, señalaba el
+enemigo al frente, e inflando la boca, hacía tronar los cañones sobre la
+línea imaginaria del ejército contrario.
+
+--¡Boum! ¡Boum!--exclamaba, y con el rostro excitado por la refriega y
+el puño cerrado por la ira militar, caían los enemigos deshechos por las
+metrallas y por las bombas, y don Pío, como un Murat, se levantaba
+jadeante, triunfante, sublime en el campo de la acción.
+
+Había en el colegio un chicuelo que se llamaba Martín Roll, que era la
+piel del diablo. Lo que no se le ocurría a Martín no se le ocurría a
+nadie. Era holgazán como una cigarra, pero vivo como un rayo. Don Pío
+lo reprendía con suavidad en vano. Don Josef lo anatematizaba y lo tenía
+concienzudamente clasificado de cretino y de imbécil. El título más
+bondadoso que Martín solía obtener de él, era el muy moderado de animal,
+que se lo daba con conciencia.
+
+Pero, si Martín no abría los libros, abría y registraba las conciencias;
+conocía a sus maestros a fondo, y a don Josef como a su faltriquera.
+Había descubierto que la condición predominante del carácter de don
+Josef, era la avaricia, y ponía en juego todos aquellos medios que
+pudiesen darle por resultado la explotación de este defecto.
+
+En cambio, don Josef se quedaba aterrado con la prodigalidad escandalosa
+de Martín, quien, cada vez que volvía de su casa después de las
+vacaciones, traía tal surtido de regalos para toda la escuela, que el
+viejo avaro, mortificado sin duda por aquel mal ejemplo y por el garbo
+con que Martín desparramaba sus presentes, acudía a sus pergaminos,
+recordaba a Gonzalo de Córdoba, su antepasado, para repudiarlo por mal
+administrador y por derrochador, y terminaba por sacárselo de ejemplo a
+Martín, para que reaccionase contra la prodigalidad y la dilapidación de
+la fortuna.
+
+A pesar de tener caracteres opuestos, habíamos congeniado con Martín.
+Sus padres vivían con holgura, y yo solía pasar en su casa una parte de
+las vacaciones. Pero, si la alegría del colegio era Martín, la alegría
+de su casa era Valentina, su hermana, una preciosa muchacha de dieciséis
+años que yo no podía tratar quince días, sin volverme al colegio con la
+cabeza llena de sueños y el alma llena de tristezas.
+
+No voy a perder mucho tiempo en contar idilios de juventud, porque tengo
+la mano torpe y el corazón duro ya para narrar la historia vieja de los
+primeros afectos. Pero es que Valentina era muy linda cuando tenía
+dieciséis años, y debe serlo todavía a pesar de los treinta que ha de
+haber cumplido. Mi maestro Josef odiaba a los enamorados, a pesar de las
+libertades que se tomaba él con las sirvientas del colegio, a quienes
+manoteaba demasiado con Martín, que le hacía la competencia con un éxito
+que el buen viejo no conseguía.
+
+Pero Valentina, ¡oh! Valentina me había hecho olvidar aquella malsana
+aparición de Fernanda, porque era dulce como un rayo de luna y alegre
+como una aurora.
+
+A los diecisiete años, qué diablo, me enamoré de Valentina y fui menos
+práctico que Martín; lo confieso. Los libros de estudio no me atraían
+mucho; leía a Lord Byron y a Musset; las _Horas de Ocio y la Confesión
+d'un enfant du Siècle_ me montaron la cabeza y me enfermaron el corazón.
+Le hice versos a Valentina y asistía a oír la lección de matemáticas
+como quien asiste a un entierro.
+
+El romanticismo es la adolescencia del arte; la malicia, esa diosa
+madura que observa el mundo con una mueca perpetua, se ríe de los poetas
+gemebundos y enamorados; pero la juventud sueña y delira, y creo que no
+hay hombre, por áspero y frío que sea su carácter, que no tenga en la
+memoria, así como un lejano paisaje, la escena en que han despertado sus
+primeros sentimientos.
+
+¿Cómo no recordar, pues, todos aquellos libros de los primeros años: Las
+_Escenas de la Vida de Bohemia y de Juventud_, de Murger; los primeros
+versos de Gautier, las poéticas novelas de Vigny? Al calor de esas
+páginas que sólo se escriben y se leen en una edad, yo había visto
+aparecer a Valentina como Mussette o como Francine, llena de poesía, con
+su carita jovial, sus ojos negros, su cabello castaño ondeado,
+sencillamente ataviada de cintas color rosa; la boca roja y fresca como
+las guindas; toda esta cabecita deliciosa, sostenida por una figura
+llena de distinción. Ella había salido al encuentro de mi camino, en el
+que sólo había encontrado hasta entonces seres indiferentes.
+
+Yo no sé cómo amé a Valentina; pero cuando la veía, cuando ella me
+hablaba, la sangre no corría por mis venas, enmudecía y me abstraía en
+la muda contemplación de aquella criatura. Entonces pensaba en mi mala
+suerte; pobre, sin padres, ni amigos, ni protectores, ¿qué esperanza,
+qué risueño horizonte podía iluminar mi porvenir? El estudio me
+entristecía; no tenía la cabeza robusta de mis compañeros que mordían y
+digerían el Vallejo como un manjar exquisito.
+
+En mi cuarto, por la noche, leía furtivamente las novelas de Dumas, ese
+gran amigo de la adolescencia, ese encantador de los primeros años; y me
+adormecía entreviendo la poética figura de Ascanio u oyendo el ruido de
+las espuelas de D'Artagnan.
+
+Una noche, durante la época de las vacaciones, Valentina se acercó a mi
+lado, y con un acento lleno de gracia, me dijo:
+
+--¿Va a comer mañana en casa?
+
+--Si usted me invita...
+
+--No, no lo invito, pero quiero que venga--me repuso con firmeza.
+
+--¿Usted lo manda?...--avancé yo extendiéndole la mano.
+
+Valentina miró en derredor; nadie nos observaba; tomome la mano y
+oprimiéndomela con la suya:
+
+--Lo exijo--me dijo a media voz.
+
+--¡Valentina!...
+
+--¡Adiós!--me contestó; y antes de poder dirigirle la palabra, diome la
+espalda y corrió cantando hacia adentro como una locuela; me asomé a la
+sala y vi desaparecer su vestido blanco en las últimas habitaciones de
+la casa.
+
+No sé cómo me encontré en la calle.
+
+La noche era espléndida; sobre un cielo sereno se extendía el vapor
+majestuoso de la vía láctea, semejante a una gran veta de ópalo sobre
+una bóveda de zafiro. La luna, ya en sus últimos días, atravesaba el
+espacio como una galera antigua; la fresca y tibia brisa del mar llevaba
+en sus ráfagas unas cuantas nubes blancas. El alma del mundo inundaba el
+espacio. Alcé los ojos al cielo, y absorto en el espectáculo de la
+noche, me pareció ver pasar a Valentina como una visión por el éter,
+huyendo de mí como huían aquellas nubes.
+
+¡Nunca la había visto tan linda!
+
+Sentía en mi mano el calor de la suya y en mi oído sonaba todavía el
+acento misterioso de su palabra. Vagué aquella noche por la ciudad, y
+cuando el silencio invadió la población, yo no sé cómo, me encontraba
+aún delante de los tres balcones de la casa de Valentina en muda
+contemplación, levantando castillos de España sobre esos andamios
+gigantescos que sólo los diecisiete años tienen privilegios para apoyar
+en el aire.
+
+No dormí aquella noche, y vestido, echado sobre el lecho, esperé el
+nuevo día. A las nueve de la mañana entraba Martín en mi cuarto.
+
+--Qué temprano te has levantado hoy--me dijo.
+
+--En efecto, he madrugado--le repuse.
+
+--¡Vaya un placer! ¿Vas a comer a casa?
+
+--Sí, voy.
+
+--¡Hola! ¿ya estabas prevenido?--me preguntó.
+
+--Sí, Valentina me invitó anoche.
+
+--¡No ha podido resistir esa muchacha!... ¿Sabes por qué te ha invitado?
+
+--¿Por qué?--le pregunté sin disimular mi curiosidad.
+
+--No te pongas pálido... ¡No te va a envenenar, hombre!--me dijo
+Martín;--te ha invitado porque hoy es su santo.
+
+--¿El santo de Valentina?... Pues no te puedes figurar cómo le agradezco
+que se haya acordado de mí...
+
+--Y con razón debes agradecérselo, porque a mi padre no le gustan
+hombres en casa; figúrate que los únicos invitados sois tú y don Camilo
+como novio presunto...
+
+--¿Qué dices?--le pregunté dominando mi turbación con un esfuerzo
+supremo.
+
+--Sí, pues; mi padre y mi madre creen que don Camilo es el modelo de los
+novios.
+
+--¿Y Valentina?...
+
+--Valentina no toma nada con seriedad; cada vez que la embroma, se ríe a
+carcajadas, y al pobre don Camilo le hacen tal efecto las risas que se
+queda como un muerto, de triste, siempre que mi hermana se ríe de él.
+
+Sentí toda la rabia ponzoñosa de los celos... ¿Valentina de otro?...
+¡Pero eso no era, no sería posible! Yo vencería, arrasaría todos los
+obstáculos, me haría amar por ella y ningún hombre me arrancaría la
+soñada felicidad.
+
+Llegó la tarde; me vestí, y con Martín, que había venido a buscarme, nos
+fuimos a su casa. Mi bolsa era algo más que escasa y tuve que emplearla
+toda en un ramo de jazmines, blancos como el papel en que escribo y
+perfumados como el naciente y casto amor que embriagaba mi alma.
+
+Eran las cinco cuando entrábamos en lo de Valentina; ella nos esperaba
+en la puerta de calle con un vestido de gasilla, blanco, cerrado por un
+cuellecito plegado, sobre el cual se destacaba su cabecita adorable y
+llena de inocente coquetería. Desde lejos nos divisó, y, al vernos,
+desapareció de la puerta, apareciendo unos segundos después, como si
+hubiese entrado para dar cuenta a sus padres de nuestra llegada. Martín
+y yo aceleramos el paso y llegamos a la puerta de calle en la que sólo
+ella estaba esperándonos. Martín le dio un beso en la frente y penetró
+precipitadamente sin darnos tiempo para seguirlo. Yo quise entregarle mi
+ramo calculando propicia la ocasión, pero ella no me dio tiempo.
+
+--¡Qué olor a jazmines! ¿usted los tiene? ¡Ah, qué lindo, qué lindo
+ramo! ¿Es para mí?
+
+--Sí, Valentina...--le contesté.
+
+--¡Gracias, muchas gracias! ¿Sabe que no creía que usted viniese?--me
+dijo.
+
+--¿Por qué?
+
+--Por nada, porque pensaba que no habría hecho caso a la broma de
+anoche.
+
+--Sin embargo, usted me exigió que viniera...
+
+--¡Ah! ¿lo tomó usted como sacrificio?
+
+--¡Valentina!... ¡Si yo pudiera decirle todo lo feliz que usted me ha
+hecho!
+
+--Entremos, Julio--me repuso, poniéndose seria; y en ese momento la
+familia salía a recibirnos, y Valentina, abrazando a su madre, le
+decía:
+
+--Mira, qué flores, mamá, ¿no es verdad que son divinas?
+
+Valentina se había puesto el ramo en la cintura con una coquetería
+innata, y alborotaba toda la casa mostrando mis flores como una
+maravilla.
+
+--¿Qué te ha regalado don Camilo?--le preguntó Martín.
+
+--Un álbum con su retrato. ¡Si vieras qué _cache_ está el pobre!
+
+--Niña, no digas eso--le decía la madre.
+
+--Sí, mamá, ¿por qué no lo he de decir? En vez de haberme dado alguna
+cosa útil, me sale ese zonzo dándome un álbum con su retrato, como si
+fuera tan buen mozo y tan joven.
+
+--Venga, Julio, venga a la sala--agregó,--se lo voy a mostrar;--y
+llevándome casi de la mano, me condujo adentro y abriendo la primera
+hoja del álbum, me dijo:
+
+--Vea, dígamelo con franqueza ¿se puede dar un hombre más _cache_?...--y
+prorrumpió en una carcajada...
+
+En ese momento mismo Martín entraba en el salón.
+
+--Mira que ahí está don Camilo, Valentina, no te rías; acaba de entrar.
+
+--¿Sí? pues lo voy a ver para darle las gracias--y, dejándonos en la
+sala, atravesó el patio, donde don Camilo era recibido por los padres de
+Martín.
+
+En efecto, don Camilo podía ser excelente, pero no era el ideal de los
+novios; tenía sus bravos cuarenta años, una figura poco airosa y vestía
+con una ropa provinciana de dudosa elegancia. Pero, en cambio, don
+Camilo era rico; tenía estancias y vacas, y prometía como yerno bajo el
+punto de vista de lo positivo. En la casa lo amaban y lo codiciaban; el
+padre de Martín y la señora no sabían qué hacerse con él.
+
+Emparentado con familias de alta posición política, don Camilo era por
+aquellas épocas un programa luminoso para una muchacha de dieciséis años
+como Valentina, y el buen señor, persuadido de su valimiento, no se daba
+mucha pena en ofrecerse, porque sabía que la ley de la demanda regía en
+su favor y que él podía elegir como en peras entre las más lindas
+muchachas de la época.
+
+Pasemos por alto la comida; don Camilo se sentó al lado de la señora y
+Valentina me dio la silla inmediata a la suya.
+
+Yo estuve hecho un necio durante toda la mesa; la alegría bulliciosa de
+Valentina me llenaba de tristeza; aun me parecía que se burlaba de mí,
+cuando su boca, no muy correcta por cierto, pero llena de gracia,
+dibujaba en su rostro aquella sonrisa que le era tan peculiar.
+
+La cara inerte de don Camilo me despertaba un rencor profundo que se
+agravaba cada vez que la familia simulaba oír con asombro todas las
+insulseces que aquel tonto contaba.
+
+Acabamos de comer y fuimos a pasar la tarde al jardín. Don Camilo, en un
+grupo, conversaba con los padres de Valentina; Martín, que se había
+separado de ellos, porque era gran fumador, echaba, escondido entre los
+árboles, grandes bocanadas de humo. Valentina y yo mirábamos la noche
+que empezaba a caer, desde una glorieta formada por madreselvas y
+jazmines que quedaba a un extremo del jardín.
+
+--¿Ha estudiado astronomía usted, Julio?--me decía.
+
+--No, Valentina...
+
+--¡Qué ignorante!...--me repuso.
+
+--Pero Martín dice que don Pío les hace a ustedes un curso de astronomía
+práctica muy curiosa.
+
+--¡Oh! broma de Martín; usted ya sabe lo que es don Pío y lo que es
+Martín.
+
+--¿Pero sabe, Julio, que debe ser muy curiosa esa explicación?--agregaba
+sonriendo Valentina.
+
+Yo callaba entretanto; toda la sangre me subía a la cabeza.
+
+--Vea--me dijo--dicen que aquella estrella es la estrella del
+amor...--agregó señalando a Venus que titilaba como un diamante
+suspendido en el cielo.
+
+--¿Quién se lo ha dicho a usted? ¿don Camilo?...--le pregunté.
+
+--¡Ja, ja! con qué tono me lo pregunta usted... ¿Cree usted que don
+Camilo tiene tiempo para fijarse en el cielo?...
+
+--¡Cómo no! ¿No se ha fijado en usted?
+
+--¡Ay! que antiguo está usted, Julio, por Dios; eso es un requiebro...
+Retírelo, por Dios...--Y prorrumpió en una larga carcajada que me
+penetró en el pecho como un puñal.
+
+--Valentina; ¿es cierto que usted se casará con don Camilo?--le pregunté
+en voz baja, pero resuelta.
+
+--Eh, todo puede ser, pero lo que es por ahora no lo pienso.
+
+--_Puede ser_, ¿dice usted?...
+
+--¿Y por qué no? Si no se presenta otro... me casaré con él...
+
+--¿Sería usted capaz de casarse con un hombre a quien no quisiese?...
+
+--Si él fuera capaz de casarse conmigo, ¿por qué no?
+
+En ese momento la madre de Valentina se acercaba a nosotros; detrás
+caminaban su padre y don Camilo.
+
+--Vamos a la sala--nos dijo.--Está muy fresca la noche...
+
+--¡Tan pronto, mamá!...
+
+--Sí, ven, tócanos algo...
+
+Un momento después Valentina dejaba caer sus manos sobre las teclas y
+tocaba el _Clair de Lune_, esa profunda melodía de Beethoven en que cada
+nota parece el suspiro melancólico de un coloso.
+
+Yo, de pie al lado de ella, miraba flotar sus manos sobre el teclado y
+buscaba la expresión de su rostro graciosamente inclinado, y de sus
+ojos, en los cuales se reflejaba instintivamente el sentimiento de
+aquellas frases sabias y poéticas a la vez que se elevan como los ecos
+de una plegaria... Por fin se extinguió la última nota y Valentina
+levantó la cabeza...
+
+--¿Le gusta, don Camilo?--preguntó dirigiéndose a su presunto novio.
+
+--No... yo no entiendo mucho de eso, a mí me gusta mucho la zarzuela.
+
+--¿Has visto un imbécil igual?--me dijo al oído Martín.
+
+--Cállate--repuso Valentina,--te puede oír.
+
+Valentina se levantó del piano y se sentó a nuestro lado. Don Camilo,
+hombre de orden, se retiró temprano....
+
+Mientras se despedía, yo había salido al balcón y allí me encontró
+Valentina que regresaba de saludarlo.
+
+--Sabe, Julio--me dijo,--que lo noto muy triste y reservado conmigo hoy,
+¿qué tiene?
+
+--En efecto--le contesté, como tomando una actitud resuelta.--Estoy
+triste y reservado....
+
+--¿Puedo yo saber la causa de su tristeza y el objeto de la reserva?....
+
+Iba a decirle todo lo que sentía; llegaron las palabras a mis labios, y
+debió traicionarme mi fisonomía, porque ella hizo un gesto en el que yo
+adiviné toda su recelosa curiosidad y la alarma con que miraban sus
+grandes y húmedos ojos negros, pero en aquel instante, pensé en mi
+pasado, contemplé con la rapidez del relámpago mi presente, y el honor,
+ese frío guardián de las pasiones, selló mis labios.
+
+--No--repuse con firmeza.
+
+--¿No?...--me preguntó con una inflexión de voz llena de ternura y de
+resentimiento,--¿no? ¡Ah!--agregó--quiera Dios que su reserva lo haga
+feliz.
+
+Reaccioné, e iba en aquel mismo momento a revelarle todo lo que sentía
+por ella, cuando entraron Martín y sus padres, y el desenlace, que se
+había presentado tantas veces en aquel día, quedó de nuevo trunco.
+
+Era necesario partir; saludé a todos y tendí la mano a Valentina con
+efusión, pero ella dejó caer la suya con indiferencia entre las mías,
+mientras que con la otra desprendía de su cintura el ramo de jazmines ya
+marchito dejándolo caer sobre el piano.
+
+Yo sentí oprimírseme el corazón, y cuando llegué a la calle, dos
+lágrimas, que me parecieron de sangre, brotaron de mis ojos y me
+corrieron por el rostro.
+
+
+
+
+X
+
+
+Pocos meses después abandonaba el colegio donde había pasado años tan
+tristes. Martín, que ya había salido también, estaba con su familia en
+el campo y no pude por consiguiente despedirme de Valentina.
+
+Mi tío me esperaba en Buenos Aires con una colocación en una casa de
+comercio; llegué a Buenos Aires y encontré a mi tía tan mala como de
+costumbre; siempre dominada por la política, siempre tomando parte en
+todos los acontecimientos notables que tenían lugar.
+
+Hacía seis años que no me veía, y, sin embargo, no me hizo el más mínimo
+cumplimiento ni el más pequeño agasajo a mi llegada.
+
+Había engordado mucho y su temperamento sanguíneo se había desarrollado
+notablemente. Mi tío era el mismo. El único que no estaba en la casa era
+Alejandro: el pícaro pardo había cumplido su promesa; un día de un
+altercado tremendo con mi tía, desbocó los caballos al descender la
+violenta pendiente de la barranca de la Recoleta y volcó el _landeau_ en
+una zanja, lo hizo pedazos y magulló a mi tía que fue izada por la
+ventanilla con la gorra en la nuca y los vestidos en un desorden
+inconveniente.
+
+¡Cómo habían cambiado en veinte años las cosas en Buenos Aires! ¡El
+doctor Trevexo, el hombre de más talento de su tiempo, el orador, el
+diplomático, el abogado y el periodista más hábil de la República, había
+desaparecido de la escena pública, y sólo habían transcurrido veinte
+años! Los tenderos de aquella época habían muerto o habían cerrado sus
+tiendas; ya no gobernaban la opinión pública. Mi tía Medea había tomado
+parte en dos revoluciones _chingadas_ y pertenecía a la oposición.
+
+El único puesto público que conservaba, era el de la Sociedad
+Filantrópica, donde la fila de sus contemporáneas se había raleado
+notablemente. Una nueva generación política y literaria había invadido
+la tribuna, la prensa y los cargos públicos.
+
+Don Buenaventura pontificaba desde lejos, en el diario más grande de la
+América. La escuela literaria de la _Flor de un día_ había hecho su
+época; hombres y libros nuevos dirigían el pensamiento argentino. El
+autor del _Facundo_ revolcaba su temible maza desde las columnas del
+viejo _Nacional_; los salones se habían transformado; el gusto, el arte,
+la moda, habían provocado una serie de exigencias sin las cuales la vida
+social era imposible. Los cómicos españoles de antaño ya no entretenían
+como veinte años atrás; la aldea de 1862 tenía muchos detalles de
+ciudad; se iba mucho a Europa; las mujeres cultivaban las letras. Las
+golosinas de Gustavo Droz, de Halévy y aun de Maupassant, andaban en
+todas las manos femeninas, impresas en una forma adecuada para lectores
+sibaritas, e ilustradas con todas las voluptuosidades artísticas del
+taller de Goupil.
+
+La vieja moda, aquella que envolvía a las mujeres en verdaderas bolsas
+de tela, había desaparecido; ni los filósofos podían pasear de cuatro a
+cinco de la tarde en el invierno por la calle de la Florida, sin
+conmoverse ante los cuerpos de las mujeres del día, dibujados _d'aprés
+nature_ por Mesdames Carreau y Vigneau, con _damas_ de Génova y
+terciopelos de Venecia; Kitty Bell y Flora Campbell hacían los
+figurines; Sarah Bernhardt, los guantes. Worth firmaba los tapados como
+un pintor sus cuadros; en los colores mismos se había operado una
+revolución; nada de celeste y blanco como antes, nada de color rosa:
+una mujer del gran mundo no estaba bien vestida sin llevar un medio
+color indeterminado en los siete de la paleta; oro y plata viejos,
+óxido, y marfil antiguo.
+
+Los troncos de los carruajes particulares eran arrastrados por yeguas y
+caballos de raza, de pelo satinado y reluciente, con cocheros más
+correctos que los del tiempo de Alejandro. No era _chic_ hablar español
+en el gran mundo; era necesario salpicar la conversación con algunas
+palabras inglesas, y muchas francesas, tratando de pronunciarlas con el
+mayor cuidado, para acreditar raza de gentilhombre.
+
+En fin, yo, que había conocido aquel Buenos Aires de 1862, patriota,
+sencillo, semitendero, semicurial y semialdea, me encontraba con un
+pueblo con grandes pretensiones europeas que perdía su tiempo en
+_flanear_ en las calles, y en el cual ya no reinaban generales
+predestinados, ni la familia de los Trevexo, ni la de los Berrotarán.
+
+Estas reflexiones me hacía yo todas las tardes al salir del escritorio
+de comercio de don Eleazar de la Cueva, el hombre de negocios más vastos
+y complicados de la República Argentina, que tenía vara alta con los
+gobiernos, con los bancos, con la Bolsa, con todo el mundo. Hombre manso
+y cristiano ante todo, muy devoto y muy creyente, dulce de maneras por
+lo general, y bastante bravo por lo particular cuando el caso lo
+permitía, don Eleazar de la Cueva era una especie de astrólogo para sus
+negocios, porque todos ellos participaban de ciertas formas
+nigrománticas, llenas de misterio, y se preparaban por procedimientos
+análogos a los que en lo antiguo se empleaban para buscar la piedra
+filosofal. Don Eleazar, sin ser hombre de mundo, sin ser hombre
+político, tenía cierta influencia política; sin ser hombre de partido,
+tenía cierta intervención y participación en todos los partidos. En fin,
+en el mar humano, don Eleazar era corriente de fondo y no de superficie:
+arrastraba sin ser visto ni sentido.
+
+Tenía don Eleazar un cuerpo de oso y una cabeza de leona mansa; su cutis
+fino y terso, a pesar de sus setenta años largos, daba a su rostro
+cierta capa de venerable distinción y de majestuosa ancianidad que
+imponían a primera vista. Los dependientes le temblábamos, sin embargo,
+porque era áspero y cruel con nosotros, y cuando sentíamos sus pisadas
+en el escritorio, no sólo guardábamos un profundo silencio, sino que
+volcábamos la cara sobre nuestras mesas y hacíamos lo posible por
+aparecer abstraídos en nuestra tarea.
+
+Nada más curioso y original que el escritorio de don Eleazar; un
+edificio bajo y antiguo con un vasto y desierto patio a la entrada,
+enlosado con grandes piedras color pizarra, perpetuamente húmedas y
+empañadas por una eterna capa de verdín. Frente a la puerta de la calle,
+tres cuartos, cada uno con tres puertas al patio. Desde la calle,
+aquella casa hacía el efecto de estar inhabitada; tal era el abandono de
+sus paredes y el estado de sus puertas despintadas, casi carcomidas, y
+tan antiguas, que algunos de sus tableros exteriores debían haber sido
+pintados en tiempo de Rozas, porque, aunque sumamente descoloridos, se
+notaba que un día habían sido colorados. El único adorno de los cuatro
+muros que formaban el cuadrado del patio, era una guarda grecorromana de
+relieve, en la que la intemperie había hecho sus estragos sin que el
+dueño de la casa se hubiese preocupado de hacer restauraciones.
+
+Por dentro, el escritorio del señor de la Cueva representaba exactamente
+su apellido; todo era en él vetusto: las mesas y las sillas; los
+estantes, llenos de rollos de papeles, denunciaban un completo abandono.
+
+Aquellas habitaciones habían sido empapeladas un día, pero el papel se
+había caído; algunos jirones que quedaban, colgaban todavía de las
+paredes, esperando la hora de caer por sí solos, sin que la mano del
+hombre los arrancara, porque don Eleazar, que en materia de negocios y
+especulaciones demostraba una actividad y un espíritu innovador a toda
+prueba, trataba a su escritorio por el procedimiento contrario. Aquel
+piso jamás había conocido alfombra ni escoba, y si alguno de sus
+dependientes hubiese tenido la ocurrencia de arrojar en él algunos
+granos de alpiste, la simiente habría florecido de un día para otro, ni
+más ni menos que con el riego cuotidiano que el sirviente gallego hacía
+para aplacar el polvo de la habitación.
+
+Nada más caliente y sofocante que el escritorio de don Eleazar en el
+verano: nada más frío también en el invierno, en que teníamos que pasar
+la noche y el día escribiendo, de pie sobre las baldosas desnudas y
+húmedas del piso.
+
+Mi tía Medea le había puesto ciertos inconvenientes a mi tío para que yo
+habitara en su casa, de modo que me fue necesario ocupar un cuarto en la
+casa particular de un antiguo amigo de mi padre, que era un excelente
+viejo alegre y solterón que me había cobrado un franco cariño. De modo
+que, cuando regresaba de lo de don Eleazar, encontraba en don Benito
+Cristal un verdadero amigo, con quien me desahogaba contra mi mala
+suerte y lamentaba el tiempo que mis tíos me habían hecho perder.
+
+Don Benito era un carácter. En la arrogancia de su porte se reflejaba
+toda la entereza de su alma. Amaba con delirio la verdad y podía decir
+con orgullo que no había nunca mentido en su vida. Era impetuoso,
+resuelto, intransigente en la defensa de todas las reglas de la
+gentilhombría. La honradez acrisolada de su palabra no cedía en nada a
+la honradez de sus acciones, y llevaba su culto por la virtud hasta la
+delicadeza de practicarlo en silencio sin proclamarla como el fariseo.
+
+Sin embargo, don Benito tenía las debilidades mundanas de los galanteos
+y había luchado en vano por muchos años sin poder reaccionar contra
+ellas. Soltero, sin familia, no pensaba sino en sus buenas fortunas por
+el momento y en su inocente partidita nocturna; pero con todo, desde el
+día que supo que yo estaba empleado en lo de don Eleazar, se preocupó
+por mi suerte, y día a día, al verme salir para mi empleo, me decía
+meneando la cabeza:
+
+--¡Amigo, amigo, busque otro destino, mire que esa casa de don Eleazar
+es peligrosa! Vale más correr el peligro de perder la camisa, como yo,
+que exponerme a perder allí la honra.
+
+Pero no era fácil salir de lo de don Eleazar, y además, el sueldo era
+bueno y el pago exacto. Se trabajaba; eso sí, se trabajaba noche y día,
+sin fin, sin tregua, pero ningún dependiente sabía lo que el otro
+dependiente hacía. Don Eleazar, que vigilaba constantemente el trabajo,
+estaba allí para evitarlo. Sus negocios eran múltiples y
+complicadísimos: prestaba y tomaba prestado a tipos usurarios, según las
+circunstancias; su influencia en la Bolsa era tremenda y misteriosa a la
+vez; la mitad creía que estaba a la baja, la otra mitad aseguraba que
+jugaba a la alza; don Eleazar vivía en el escritorio y recibía allí a
+las gentes de todas clases, siempre con su aparente humildad, instalando
+ante todo su probidad, su desinterés y su honor comercial ante el
+interlocutor que, por más prevenido que estuviese contra él, terminaba
+por escucharlo y someterse.
+
+Don Eleazar era ante todo un especulador; en su casa de comercio no se
+compraba ni se vendía sino papeles de Bolsa. De cuando en cuando, para
+variar, solía comprar algún gran pleito, y con la paciencia y la
+tenacidad de un israelita perseguía su gestión por todas las instancias,
+hasta liquidar y desenredar la madeja litigiosa a fuerza de dinero y de
+procuradores traviesos y experimentados.
+
+Cautísimo hasta el extremo, don Eleazar jamás escribía una carta de su
+puño y letra, limitándose a firmar lo que él dictaba, no sin tener la
+precaución de leer siempre antes de firmar el manuscrito que le
+presentábamos.
+
+En el comercio, don Eleazar estaba considerado como un corsario. Atacaba
+y pillaba al enemigo, pero cuando no encontraba adversarios a quienes
+acometer, o cuando él quería asegurar el éxito de una operación
+peligrosa, no tenía ningún género de inconvenientes en consumar actos de
+verdadera piratería, sin perder el aspecto venerable y majestuoso de su
+fisonomía, y aun llorando y cubriendo sus gavilanadas con palabras de
+humildad que parecían salir del fondo de su alma.
+
+Así sucedía no pocas veces en épocas de agitaciones bursátiles, que
+detrás del corredor que partía a venderle sus títulos, salía por otra
+puerta un segundo con encargo de hacer el alza; y por la tarde, cuando
+uno y otro regresaban a dar cuenta de sus operaciones, don Eleazar
+tomaba la palabra y hablaba en el lenguaje y el acento de un varón santo
+y convencido:
+
+--Así es, señor don Tomás, así es; ya que ellos lo han querido, bien
+empleado les esté. ¡Ya usted sabe, señor, que a mí no me gusta hacer mal
+a nadie! Pero ¿qué puede hacer un hombre honrado en estos tiempos de tan
+mala fe? ¡Es menester resguardarnos! Vea usted, señor; yo he hecho
+muchas obras de caridad en este país, cuando tenía cómo hacerlas; no hay
+uno de esos que me quieren arruinar, que no me deba todo lo que tiene.
+¡Yo he sido siempre el mismo con ellos; dos fortunas he perdido por
+ayudarlos! Dos fortunas, señor, y sólo por necesidad me veo obligado a
+defenderme.
+
+Y cuando don Eleazar llegaba al fin de su discurso, abría su caja de
+rapé, invitaba a su interlocutor, y en seguida sacaba de sus profundas
+faltriqueras un largo pañuelo de la India con el cual se sonaba las
+narices y se cubría el rostro, para hacer más expresivas sus
+lamentaciones.
+
+En el orden interno del escritorio, don Eleazar era de una severidad que
+rayaba en crueldad; jamás una licencia, un respiro, un descanso para sus
+dependientes. Se trabajaba allí de día y de noche sin reposo, bajo la
+dirección inmediata de don Anselmo, el _alter ego_ de don Eleazar; un
+mozo español, de cuarenta años, sagaz, alerta y ladino para los negocios
+como un capeador para burlar el toro, y sin el cual rara vez don Eleazar
+celebraba conferencias sobre negocios delicados e importantes.
+
+Don Eleazar jamás se presentaba en teatros, bailes y paseos. Venía por
+la mañana de su quinta en su clásico cupé tirado por dos caballos
+gateados, mansos y tranquilos, que volvían a conducirlo por la tarde o
+por la noche, si las exigencias del trabajo reclamaban su presencia en
+el escritorio después de comer. Pero, si don Eleazar no andaba en
+sociedad, su nombre y su influencia se dejaban sentir en mil formas
+distintas: en las elecciones formaba siempre parte en los dos bandos sin
+dar su nombre, y concurría eficazmente al triunfo de ambos partidos con
+sumas gruesas de dinero.
+
+El sabía bien que a los que saben negociar en política, esta buena madre
+les devuelve el préstamo con capital e intereses compuestos; y como para
+él lo mismo eran los nacionalistas y los autonomistas, los porteños y
+los provincianos, los federales y los unitarios, con todos promiscuaba,
+porque en la viña del Señor tanto valía para él ser judío como
+cristiano.
+
+Una noche, al retirarme tarde del escritorio, don Benito me esperaba en
+la puerta de la calle con evidentes manifestaciones de sobresalto.
+
+--Y...--me dijo al verme,--¿qué ha sucedido hoy en lo de don Eleazar?
+
+--Nada--le contesté,--el día ha sido como el de ayer, sin novedad.
+
+--¿Sin novedad? ¿Pero usted embroma o es tonto?--me replicó mirándome
+fijamente al rostro.
+
+--Mi costumbre de no bromear nunca, me obliga a confesar que soy tonto.
+No sé lo que sucede...
+
+--Pero, amigo, ¿qué; no sabe usted que su patrón ha quebrado?--me
+preguntó.
+
+--¿Quebrado? ¡No puede ser, imposible! ¿Quién se lo ha dicho?
+
+--¡Pero si es voz pública!--me replicó don Benito,--no se habla de otra
+cosa en la ciudad.
+
+--¡Pues, señor, yo no he notado lo más mínimo en el escritorio, y hoy ha
+sido sábado, se ha pagado a todo el mundo!
+
+--¡Hombre! ¿Está usted seguro?--me repitió don Benito con asombro.
+
+--Como que estamos hablando en este momento.
+
+--Pues, sepa usted, mocito, lo que no sabe--me dijo;--y tomándome
+confidencialmente del brazo, me llevó a su cuarto, me hizo sentar y me
+refirió lo siguiente, después de haber encendido un cigarro habano:
+
+--Don Eleazar de la Cueva, como usted sabe, trae revuelta la Bolsa desde
+hace tres meses. Lo mismo que un general que con un ejército numeroso
+invade un país dilatado, él ha puesto en juego allí dos o tres millones
+de duros. Comenzó por comprar acciones de ***, monopolizó el mercado,
+se hizo dueño de todos los papeles, y conseguido esto, manteniendo
+siempre la demanda, trataba de vender a precios exorbitantes lo que
+había comprado a precio vil.
+
+Pero don Eleazar ha encontrado la horma de su zapato; mientras sus
+agentes, divididos en dos bandos que operaban en sentido contrario,
+preparaban su golpe, él no contaba con que en esta tierra del
+papel-moneda, una nueva emisión es asunto de poca monta, y la cuerda
+tirante con que él tenía presos a sus deudores, se ha aflojado; la nueva
+emisión se ha hecho y he aquí que la baja más espantosa se ha operado.
+
+En esta situación, don Eleazar ha resuelto no reconocer sus operaciones.
+El tiene razón hasta cierto punto; exige _fair play_, como los
+luchadores ingleses. En la casa de la Bolsa, todo es permitido como en
+la guerra; jugar públicamente al alza y clandestinamente a la baja;
+lanzar un _gato_, dar una noticia de sensación, asegurar que la guerra
+con Chile es un hecho, que nuestra escuadra está en un estado atroz, que
+nuestro ejército será derrotado en caso de una batalla; en una palabra,
+sembrar el terror sin consideración de ningún género por el patriotismo;
+pero jugar con armas de doble carga, no. ¡Eso no, eso nunca!... Don
+Eleazar en estas materias es correctísimo, y, sobre todo, cuando en vez
+de ser él quien apunta, acontece que es contra él contra quien se
+vuelven las bocas de los cañones. Pero lo peor de todo, mi amigo, no es
+eso. Lo peor es que don Eleazar, aprovechando su desgracia, porque es
+capaz de aprovechar todo y sacar de todo ventaja, ha resuelto no pagar a
+nadie. A él lo sitian por hambre, pero él les cercena el agua y el pan,
+y con la misma cuerda con que lo ahorcan, él procura ahorcar a sus
+adversarios.
+
+--Quiere decir que yo me encuentro en la calle--le dije al oírle
+terminar su relación.
+
+--¡Oh, no! ¿cree usted que don Eleazar es hombre de despedirlo por cosas
+de tan poca monta?... No. Su quiebra es una quiebra que no lo arruina ni
+lo lleva al tribunal; todo se resuelve para él en no pagar; las deudas
+de Bolsa no son deudas, y en el caso de don Eleazar ha pasado ni más ni
+menos lo que sucede en una casa mala de juego cuando se apagan las
+luces: cada jugador defiende con el puño lo que puede, y le aseguro que
+su patrón sabrá defender lo suyo. No se alarme: no perderá el puesto.
+
+--No me alarmo, don Benito, por tan poca cosa--le repuse riéndome a
+carcajadas.--¡Soy yo quien resuelvo no volver al escritorio de don
+Eleazar! No me cuadran ni el hombre ni el empleo.
+
+--Hace usted bien, amigo: eso lo honra.
+
+--No, don Benito; ni me honra ni me deshonra; no hago una quijotada, ni
+tendría derecho para hacerla. Don Eleazar se ha portado bien conmigo; me
+ha pagado religiosamente mis sueldos y ha tenido el buen gusto de no
+imponerme de sus negocios.
+
+--¿Y qué va usted a hacer?
+
+--No lo sé, pero mañana lo sabré. Desde luego disponga usted de mi
+cuarto: ¡tenemos que separarnos!
+
+--¿Separarnos? ¡Jamás!--me contestó el buen viejo irguiendo su noble
+cabeza y acompañando sus palabras con un gesto enérgico que denotaba el
+profundo sentimiento que le había ocasionado mi
+resolución.--¿Separarnos? ¡Nunca!--me repitió:--mire, Julio... Mira,
+hijo mío--agregó,--déjame que te tutee, mis canas me dan derecho para
+ello, ¿es cierto?
+
+Y como yo le hiciera un signo afirmativo, prosiguió conmovido:
+
+--Yo he respetado hasta hoy la resolución de tu tío, pero debo
+confesarte que he sufrido al verte en casa de don Eleazar. Ese empleo no
+te corresponde, y lo que no me explico es cómo Ramón te ha colocado
+allí...
+
+--Mi tía, usted sabe...
+
+--Sí, que lo gobierna como a un trompo; pero esa no es una razón para
+que te descuide. Mira--me dijo,--desde hoy yo me encargo de ti. ¡Qué
+diablos! Soy viejo, pero tengo el alma joven todavía: seré tu padre y tu
+hermano al mismo tiempo. Tengo mala fama en el mundo: las mujeres como
+misia Medea me aborrecen, porque no creo en deidades políticas; y los
+hombres como don Eleazar tampoco me pueden pasar, porque no sé hacer
+negocios de los que ellos hacen. Viviremos juntos; de cuando en cuando
+oirás en mi cuarto alguna voz de mujer... ¡qué quieres!... Soy hombre...
+súfreme estos extravíos. Las mujeres me enloquecen, por eso he tenido el
+tino de no volverme loco por una sola: me he enloquecido por todas y no
+me he casado con ninguna; espero no caer en la tentación de hacerlo en
+los años que tengo. Soy risueño, despreocupado y franco: vivo sin
+misterios y tomo la vida tal como es. Allá en mis mocedades he leído
+mucho; pero una sola lectura me ha aprovechado de todas las que he
+hecho: ahí está junto a la cabecera de la cama: _Rabelais_.
+
+Cuando tengas mi edad y hayas corrido el mundo, verás que tenía razón:
+es el único libro que ayuda a bien morir, por eso lo abominan los
+jesuitas. No tengo hijos, o más bien dicho, no sé si los tengo, porque,
+si lo supiera a ciencia cierta, no los negaría como padre; pero en la
+duda, tú bien sabes que es mejor abstenerse, porque esto de tomar como
+propias las obras de otros, es un poco grave. Y yo huyo del ridículo
+sobre todo. No tengo ningún amigo de mi edad: mis amigos son los jóvenes
+de la tuya, vivo con ellos, enamoro con ellos y escandalizo también con
+ellos este salón porteño en que hay muchas mujeres lindas y tanto tonto
+que se las lleva.
+
+Y, al terminar, don Benito me estrechó fuertemente en sus brazos y
+contra su pecho, y yo no pude contener las lágrimas que me saltaron a
+los ojos.
+
+Al día siguiente me presenté en lo de don Eleazar, de mañana. El patio
+estaba lleno de gente que cuchicheaba y accionaba con animación: las
+puertas del escritorio cerradas. Me acerqué y golpeé los cristales: al
+abrirme don Anselmo, que me reconoció, dos o tres de las personas del
+patio se arrojaron sobre la puerta del escritorio con la pretensión de
+entrar.
+
+--Perdonen ustedes, no pueden ustedes entrar...--les dijo don Anselmo, y
+les dio casi con la puerta en las narices.
+
+Y pude ver que uno de ellos levantaba el puño de la mano en actitud
+amenazante.
+
+En dos palabras di cuenta a don Anselmo de mi resolución de abandonar la
+casa.
+
+--Vaya, vaya, ¿a usted también lo ha picado la tarántula?
+
+--A mí no me ha picado ninguna tarántula; ni quiero, ni tengo nada que
+ver con los que protesten afuera ni contra los que se encierran adentro,
+vengo a agradecer a don Eleazar el honor que me ha hecho y a comunicarle
+mi resolución. ¿Me quiere usted anunciar?
+
+--No se si podrá recibirlo a usted...--me dijo don Anselmo moviendo la
+cabeza.
+
+--Vea usted si puede... quiero cumplir lo que yo considero un deber.
+
+Don Anselmo pasó a la habitación contigua, que era la de don Eleazar, y
+después de un rato regresó.
+
+--Dice don Eleazar que puede pasar--me dijo.
+
+Yo entré resueltamente. No olvidaré nunca el cuadro que se presentó a mi
+vista. Casi en el medio de la habitación, junto a un escritorio
+elevadísimo, donde don Anselmo acostumbraba a escribir bajo el dictado
+de don Eleazar, sentado sobre un esqueleto de silla, estaba éste,
+desayunándose, delante de una mesita muy poco más grande que el plato en
+que comía. Un sirviente gallego le servía sin pausas, plato tras plato,
+y don Eleazar comía con la gravedad de un oso que devora su ración. En
+un rincón de la pieza, de pie, tres hombres presenciaban esta colación
+matutina en completo silencio.
+
+--Entre usted, señor don Julio, ¿también nos abandona usted en los días
+de prueba?...
+
+Yo expliqué las causas de mi renuncia, procurando convencerlo de que
+ella era completamente extraña al reciente desastre comercial; pero don
+Eleazar, conmovido, a pesar del apetito con que devoraba sus viandas, se
+daba maña para lamentarse con palabras que partían el corazón.
+
+--Bien, joven, puesto que usted lo ha resuelto, separémonos; pero usted
+me hará justicia algún día... ¡Vea usted la situación a que me veo
+reducido! ¡Todo lo he perdido! Desde hoy vivo de la caridad de mis
+parientes; sí, señor, de la caridad de la familia... Aquí me tiene usted
+preso; ¡yo preso en este país que he colmado de beneficios! ¡No ve
+usted, señor, que hasta la autoridad se complota en mi contra! ¡Vea
+usted, señor, todos esos hombres que se acercan a los vidrios y que me
+amenazan, me son completamente desconocidos! ¡Yo nunca he tenido trato
+con ellos! ¡No los conozco! ¡Y me persiguen, señor, me persiguen a
+muerte! ¡Vean ustedes a lo que estoy reducido! ¡A no poder comer estos
+bocados en mi casa, porque son hasta capaces de envenenarme! ¡Y si no
+fuera por mi fiel Juan (exclamaba mirando expresivamente al gallego que
+le servía el almuerzo), si no fuera por él, quién sabe lo que habría
+sido de mí!
+
+Pero yo te recompensaré algún día... tú sabes que todo lo he perdido,
+que no tengo nada, que me es imposible por consiguiente satisfacer mis
+compromisos! ¡Dilo, Juan, a todos; es posible que a ti te crean!...
+¡Dígalo usted, joven, asegúrelo, usted sabe mis negocios, todos son
+claros, tan públicos, tan legítimos!... ¡Ustedes lo saben, señores... yo
+he sido víctima de gente (agregaba encarándose con don Anselmo que le
+contestaba con un signo afirmativo) sin ley ni principios!... ¡Usted lo
+sabe, don Anselmo, usted sabe todos mis negocios, conoce mi casa!... ¡No
+me es posible cumplir, y no lo siento tanto por mí, sino por tanta
+persona excelente a quien tendré que perjudicar, contra todos mis
+sentimientos!... ¡Vean ustedes, vean ustedes cómo amenazan esos hombres!
+¡Se creería que yo me he quedado con algo de ellos!... ¡Gracias, Juan,
+gracias, hijo mío, sírveme el té, no tengo apetito!... ¡pruébalo tú
+primero, mira si tiene mal gusto!... ¡Ah, señores, yo tengo la
+conciencia tranquila!...
+
+Y mientras don Eleazar se lamentaba, todos lo oíamos en silencio, como
+consternados por la horrible desgracia de ese hombre providencial que
+engullía como un tiburón, en medio de la catástrofe de su fortuna. Fueme
+necesario cortar de un golpe aquella eterna elegía y despedirme para
+siempre de ese antro en que había estado ocho meses.
+
+¡Lo que es el mundo de malo! Al salir, los acreedores del patio, que
+echaban espuma por la boca, decían que don Eleazar había realizado
+quinientos mil duros de ganancia y que ellos se quedaban en la calle.
+¿Quién podía creerlo?
+
+
+
+
+XI
+
+
+Rigurosamente encorbatado de blanco, con un frac de Poole y un par de
+_pumps_ de Thomas, don Benito penetraba una noche en mi cuarto, elegante
+y joven como un muchacho de veinticinco años.
+
+Yo me vestía lentamente; aquella noche hacía mi estreno en el club. ¡El
+club!... No es necesario decir que es el Club del Progreso de que hablo,
+y que el baile en perspectiva es un baile de julio: la gran _attraction_
+de la _season_ porteña.
+
+--¿Todavía en ese estado?...--me dijo al verme complicado en los
+preparativos de la camisa;--¡es la una casi!...
+
+--¡Ah! ¿qué cree usted? Es cosa seria preparar una camisa... recuerde
+usted que me estreno.
+
+--¡Ca! un hombre elegante no se fabrica; nace... Mírame--me
+dijo--cuadrándose en el medio del cuarto.
+
+--Bueno, tenga paciencia, yo no soy usted... yo no soy elegante...
+
+--Sí, pero te cuadra Blanquita, ¿no?... Y no supongo que te prenderás
+como un tendero para enamorarla, mira que es mujer tan suelta y ligera
+como la madre... y quiero que la conozcas.
+
+--No embrome con Blanquita, ya sabe que Blanca no me cuadra y que yo
+tengo una novia en...
+
+--Está bien, cásate con aquélla, pero enamora a ésta... no seas tonto...
+
+--¿Y si no me hace caso?
+
+--¡Qué no! La madre te adora y la madre es la protectora de esa
+criatura.
+
+--¡Oh! Fernanda me conoce desde muchacho: tenía veinticuatro años cuando
+yo tenía diez o doce, pero la hija...
+
+--La hija es igual a la madre; ambas son mujeres de coraje y de avería,
+lindas como unas tórtolas y peligrosas como dos lobas.
+
+--Esta noche estarán radiantes, serán las reinas del baile, el señor
+Montifiori hará brillar su legación vacante.
+
+--¡Montifiori!... ¿Qué clase de hombre es Montifiori?...
+
+--Te lo diré después... vamos, átate la corbata pronto.
+
+--¿Va bien así? Muy grande el moño, ¿no?...
+
+--No; está bien, las mujeres no se fijan en eso; el pescuezo de los
+hombres les es indiferente. Bueno, ponte el frac; ¡excelente! Estás
+hecho un lord. ¡Si yo tuviera tu cuerpo y tus años y tú mi
+experiencia!...
+
+--¡Siempre el viejo proverbio, don Benito!... ¡Ah! no hay nada completo
+en el mundo.
+
+Di una vuelta por mi cuarto, tomé mis guantes, puse el gas a media luz y
+salimos yo y mi viejo compañero. Hacía un frío de todos los diablos,
+pero el cupé de don Benito estaba a la puerta; nos encerramos en él y
+empezamos a deslizarnos sobre los rieles del tranvía a todo trote. En
+cinco minutos estábamos en la cuadra del Club del Progreso: tuvimos que
+esperar algunos minutos más para que le llegara a nuestro carruaje el
+turno de acercarse, y por fin bajamos en la puerta entre un grupo de
+hombres y mujeres que subían apresuradamente la escalera muellemente
+tapizada y adornada con flores y guirnaldas verdes.
+
+¿Quién no conoce el Club en una noche de baile? La entrada no es por
+cierto la entrada del palacio del Elíseo y la escalera no es una
+maravilla de arquitectura.
+
+Sin embargo, para el viejo porteño que no ha salido nunca de Buenos
+Aires, o para el joven provinciano que recién llega de su provincia, el
+Club es, o era en otro tiempo, algo como una mansión soñada cuya crónica
+está llena de prestigiosos romances y en el cual no es dado penetrar a
+todos los mortales.
+
+Don Benito conocía la casa desde su fundación y gozaba en ella de una
+influencia única. Al entrar, jóvenes y viejos lo saludaron con cariño
+como un antiguo amigo.
+
+El buen viejo, poniéndome el brazo izquierdo sobre la espalda, me
+condujo al quiosco de cristales donde nos sacamos los paletós y nos
+consultamos un momento la figura sobre los espejos.
+
+En aquel momento la orquesta tocaba la última parte de las cuadrillas de
+_Carmen_...
+
+ Toreador, toreador en garde...
+
+y la música de Bizet, saturada, por decirlo así, en la sangre misma de
+Merimée, distribuía al cuerpo de las mujeres que formaban los cuadros,
+los tonos calientes con que el joven maestro ha rimado ese extraño poema
+de amores plebeyos y bajas venganzas.
+
+El salón, híbrido, y en el cual el gusto refinado de un _clubman_ de
+raza tendría mucho que rayar, desaparecería ante la masa compacta de
+hombres y mujeres que lo llenaban.
+
+Mi viejo amigo me dio el brazo y entramos juntos a ocupar nuestro lugar
+en aquel _bouquet_ porteño que julio forma todos los años con la
+exactitud con que se celebra un aniversario.
+
+Es en un baile del Club del Progreso donde pueden estudiarse por etapas
+treinta años de la vida social de Buenos Aires: allí han hecho sus
+primeras armas los que hoy son abuelos. La dorada juventud del año 52
+fundó ese centro del buen tono, esencialmente _criollo_, que no ha
+tenido nunca ni la distinción aristocrática de un club inglés ni el
+_chic_ de uno de los clubs de París. Sin embargo, ser del Club del
+Progreso, aun allá por el año 70, era _chic_, como era _cursi_ ser del
+Club del Plata, con perdón previo de sus socios.
+
+La entrada era cosa ardua: no entraba cualquiera: era necesario ser
+crema batida de la mejor burguesía social y política para hollar las
+mullidas alfombras del gran salón o sentarse a jugar un partido de
+_whist_ en el clásico salón de los retratos que ocupa el frente de la
+calle Victoria.
+
+En esta última sala, larga y fría como un zaguán, que ha sido empapelada
+cien veces por lo menos de verde o celeste claro y que ha consumido
+cincuenta distintas partidas de tripe de lo de Iturriaga, ha nacido una
+generación de la cual van quedando muy escasos representantes. Allí ha
+mordido la maledicencia urbana a los jugadores trasnochadores, a los
+maridos calaveras, a la juventud disoluta y disipada, y cada mordisco de
+mamá indignada ha hecho los estragos de la viruela en el retrato moral
+de las víctimas. La maledicencia de la gran aldea es como la calumnia
+del _Barbero de Sevilla_: del _venticello_ pasa al huracán y ¡ay de
+aquel que se encuentre envuelto en la ráfaga!
+
+El Club del Progreso ha sido la pepinera de muchos hombres públicos que
+han estudiado en sus salones el derecho constitucional; literatura fácil
+que se aprende sin libros, trasnochando sobre una mesa de ajedrez; ¡y a
+mí, no sé por qué, se me ocurre que algunos de los retratos de los
+hombres de Mayo que presencian aquel grupo de pensadores, hacen una
+mueca cada vez que un pollo acompaña un discurso sobre la libertad del
+sufragio con un golpe que asienta sobre el damero una reina jaqueada por
+la chusma de los peones sobrevivientes!
+
+¡Falta allí el retrato del padre Castañeda! ¡Y sobre todo, falta el
+espíritu! ¡También veinte, treinta años, de hacer lo mismo!
+
+Hasta hace muy poco, la biblioteca no era muy copiosa que digamos.
+Mucha _Memoria_, mucho _Registro Oficial_, pero a condición de no
+encontrarse nunca cuando se pedían; y en la mesa de lectura, todos los
+diarios porteños, vacíos y estériles como sábanas de monja, luciendo el
+artículo editorial al frente, extenso riel de plomo en que, para valerme
+de una figura bíblica, se fatigan los caballos de la imaginación. En la
+mesa de lectura el _Illustrated London New_ y la _Revue_ (casi sería
+inútil agregar _des Deux Mondes_, si no habláramos en el club); la
+_Revue_ en que M. de Mazade produce el artículo burgués que en un tiempo
+firmaron Forcade y Lanfrey y algunos diarios franceses que casi siempre
+sirven de adorno, como esos ramos secos que se pudren en las salas por
+olvido de los sirvientes. A pesar de esto, cualquiera creería que allí
+se lee... ¡nada de eso! Allí se conversa: en el grupo de muchachos
+alegres y espirituales, que entra a las 12 de la noche repitiendo la
+última nota de Tamagno, no falta un ejemplar de denso burgués
+pantagruélico, gastrónomo noctámbulo, engordado y enriquecido por el
+vientre libre de sus vacas, que se hace servir allí mismo un chorizo por
+noche, mientras que, con el profundo desdén del bruto feliz, descuidado
+el traje, pelado a la _mal-content_, mira todo lo que le rodea con
+satisfecha apatía, llevando la mano al renegrido cabello y dragándose
+la caspa de aquella mollera inerte con la uña afilada del índice.
+
+No falta tampoco el idiota de la aldea, magín descompuesto, candidato de
+pillos, víctima de las bromas aldeanas, enloquecido con ideas sobre
+filantropía, abriendo la boca de admiración y pestañeando con un ojo que
+sufre de perlesía intermitente, mientras la pupila del otro se le sale
+como el carozo de un durazno prisco.
+
+Ni el Tenorio de suburbio que no se modifica; que se viste hoy como
+ayer, con abalorios de altar mayor y prendas de precio fijo; sano,
+insulso, inofensivo, olvidado por los buenos y mortificado por los que
+todavía creen que es de buen tono zaherir o burlarse de los inocentes.
+
+Y entre esta sociedad híbrida e incolora como la Memoria de un ministro,
+mi amigo don Benito, cuya acrisolada y noble honradez se confunde por el
+positivismo contemporáneo con el sueño de un iluso, solía de repente
+estallar con noble sarcasmo, sintiendo probablemente cuán estériles han
+sido las desgracias del pasado y cuán injustamente ha repartido el
+destino sus favores en el presente.
+
+Pero el club es el club, y aquella noche, los violines, riendo bajo la
+cuerda de los arcos, transmitían la alegría y el entusiasmo singular de
+la música a todos los semblantes.
+
+De pie, delante de la puerta que da paso a la gran escalera del comedor,
+yo seguía el vuelo espiralado de las parejas impelidas por el soplo
+caliente de un vals de Metra. No sé por qué, esos valses fascinadores,
+de cumplidas y ondulantes frases, que parecen dibujadas en el éter por
+la batuta mágica del maestro, me produjeron una profunda melancolía,
+trayéndome al recuerdo unos versos en que Hugo contempla, a través de
+los cristales empañados por el frío de la noche, el cuerpo de su amada
+enlazado por el brazo de un rival feliz.
+
+¡Pero qué variado espectáculo!
+
+¡Cuánta mujer ideal y atrayente bajo la trama cariñosa de esas telas
+modernas, cómplices de la carne y del contorno que este siglo
+materialista teje con las alas de pájaro o pétalos de flores exóticas!
+¡Cuánto ser grotesco de fealdad repugnante, de doloroso raquitismo,
+brincando sin gracia, marcando la nota chillona del ridículo!
+
+¡Cuánto contraste!
+
+¡Cuánta cara foránea, ahorcada por cuellos anticuados, encorbatada de
+raso tórtola, bizantinamente enfracada, con pantalón en forma de caño y
+botines de brasileño guarango!
+
+¡Cuánto gallo viejo sin púas, forcejeando contra el tiempo en vano, con
+las armas débiles de los untos! ¡Cuánto ser insípido, abriendo la boca
+satisfecha y marchitando con su trato insoportable a tanta mujer linda y
+atolondrada que busca su ideal sin encontrarlo!
+
+¡Cuánta mamá achatada por la gente que pasa, sirviendo de mojón en los
+sofás de lampás crema!
+
+¡Cuánto marido tolerante que entrega su mujer a la garra de los halcones
+y que se sitúa en el buffet con el sentido práctico de un convencido!
+
+¡Cuánto viejo fatuo, teñido de pies a cabeza, prendido como un paje, que
+apesta a menta desde lejos y que instala sus pretensiones intolerables
+ante cualquier mujer bonita, para que el mundo le cuaje el sabroso
+renombre de afortunado! ¡Cuánto muchacho alegre y filósofo, pollos de la
+aldea, que conocen la aldea y que toman la partida con el buen humor de
+los descreídos!
+
+El baile estaba en su apogeo, cuando sentí en torno un murmullo. Dos
+mujeres del gran mundo entraban en el salón y las parejas se abrían para
+darles paso. Don Benito acompañaba a una de ellas, y la otra, contra la
+más estricta regla de nuestros salones, caminaba sola al lado. Don
+Benito vino derecho adonde yo conversaba con un grupo de amigos.
+
+--¡Julio!--me dijo con la más perfecta y aristocrática
+urbanidad:--¡Fernanda!--Y dándose vuelta y señalando a la más joven,
+repitió, como toda presentación:--¡Blanca!
+
+Me incliné reverenciosamente y al levantar los ojos, vi la imagen doble
+de mi compañera de teatro ¡dieciocho años ha!...
+
+--Me parece que nosotros somos viejos amigos--me dijo Fernanda.--Y como
+queriéndome dar confianza, agregó:--¡Pero usted es un hombre!
+
+--¡Señora... señorita!....
+
+Y a una finísima mirada de don Benito, imperceptible casi, yo extendí mi
+brazo y Blanca se colgó de él con franco y dulce abandono.
+
+No podía darse un retrato más semejante a Fernanda. Para mí, Blanca era
+una verdadera resurrección del pasado; la misma aparente frialdad de la
+madre, la misma palidez casi mate; los grandes y sombreados ojos de
+Fernanda, y un busto, que dejaba ver un escote en el que los nervios
+preponderaban sobre la carne. Por último, un brazo que podía ser un
+tanto largo, pero que, bajo fino y suelto guante de piel de Suecia,
+tenía yo no sé qué encanto voluptuoso, mil veces más ático y más puro
+que el que revela un pie bien calzado cubierto por una media de seda
+obscura.
+
+El vestido de Blanca era una antítesis con su serena palidez: una
+pollera corta de tul de seda color fuego, estrecha, determinaba como un
+calco las líneas misteriosas del cuerpo, dejando ver bajo el ruedo un
+zapato de raso del mismo color, sumamente escotado, en el que aparecía
+el más bello y atractivo pie de mujer.
+
+Una bata de terciopelo fuego encerraba apenas el misterio de su pecho,
+dejando adivinar las líneas audaces de sus senos altos y erguidos como
+los de la Venus de Milo. En la cabeza dos peinetas de oro de una
+sencillez irreprochable sostenían su cabello rubio mate, y fuera de las
+numerosas cadenas de pulseras que rodeaban sus brazos, ni una sola
+alhaja, ni una sola flor, ni un solo adorno, lucían en aquella mujer.
+
+--¡Qué espléndido vals!--me dijo,--bailemos, yo no resisto...
+
+La enlacé estrechamente y la imaginación debió traerme, como una brisa
+en aquel momento, el suave perfume de Fernanda. Blanca reclinó su
+mejilla sobre mi hombro, el muelle contacto de sus senos estremeció mi
+pecho, tomele la mano con fuerza y rodeando su talle flexible y
+admirable, la danza lasciva nos arrebató en su torbellino. Blanca
+bailaba como una inglesa de la vieja estirpe; sin reservas, pero
+también sin el grosero materialismo de una mundana; de vez en cuando,
+los vaivenes ondulantes del vals en que los cuerpos se deslizan con la
+música, nos unían involuntariamente, y yo sentía ese estremecimiento
+inexplicable que produce la lucha de la timidez con la audacia, cuando
+el cuerpo de una mujer joven y linda toca y calcina esta miserable
+arcilla humana de que están hechos todos los seres desde Satanás hasta
+San Antonio.
+
+El vals tocaba a su término; mi compañera se me había entregado
+completamente. En el mareo embriagador de sus últimos giros, columbré el
+rostro de don Benito, que del brazo de Fernanda nos miraba con una
+sonrisa mefistofélica, en el momento en que el eco de los violines se
+apagaba, y Blanca caía fatigada voluptuosamente sobre un sofá que la
+sostuvo y balanceó un instante en sus muelles y flexibles elásticos.
+
+--Pero usted valsa como nadie... Yo no podría valsar con otro después de
+haber valsado con usted.
+
+--Y bien, señorita, la cuenta es muy sencilla, bailemos todos los
+valses...
+
+--¡Oh! ¿Y los compromisos?...--me dijo con cierta petulancia altiva.
+
+--Es muy sencillo: los viola usted--le repliqué con igual tono.
+
+--¡Me cuadra! Está hecho el trato.
+
+En ese instante nos detenía un joven grueso, de lentes, rosado, rubio y
+lindo como un retrato al pastel, con un ambiente de insignificancia que
+se aspiraba de lejos.
+
+--Muy buenas noches, señorita. ¿Quiere usted darme el próximo vals?
+
+--No me es posible, doctor Bello, estoy comprometida--contestole Blanca
+con indiferencia.
+
+--¿La cuadrilla?...
+
+--Me fatiga bailar cuadrillas--replicole en el mismo tono.
+
+--¿Entonces, los lanceros?...
+
+--Menos, doctor...
+
+--¿Entonces que quiere usted darme?--preguntó aquel desgraciado e
+incómodo pretendiente.
+
+--Nada--se apresuró a contestar don Benito que en ese mismo instante
+llegaba a nuestro grupo.
+
+El joven doctor tragó saliva lastimosamente, pero Blanca, reaccionando
+con generosidad en su favor, le dijo:
+
+--Pasearemos esta mazurka, y señaló la pieza perdida en el epílogo del
+programa que comenzaba.
+
+Seguimos con Blanca; paseamos la pausa y atravesamos el gran salón, en
+dirección al salón punzó de la calle Victoria. Al entrar en él, un grupo
+de hombres, entre los que estaba mi tío Ramón, saludó a mi compañera con
+lisonjas y elogios. Blanca se detuvo.
+
+--¡Ah! papá ¿qué haces?...--y dirigiéndose a los demás, les estrechó
+francamente la mano, mientras yo hacía una reverencia.
+
+Era en efecto el doctor Montifiori, el marido de Fernanda; un
+ex-diplomático de un país híbrido como la Herzegovina o el Montenegro:
+no importa. Mientras nos detuvimos, yo lo observaba.
+
+El doctor Montifiori era un personaje de edad reservada, pero con aire
+de _garçon_. Sabía llevar con cierta elegancia negligente la ropa que
+vestía y se conocía que el gusano había vivido siempre dentro de seda.
+Corríase que al casarse con Fernanda, veinte años atrás, el doctor
+Montifiori había enajenado su interesante personalidad en cambio de la
+belleza de su esposa y ocupado una legación en no sé dónde.
+
+Corríase también que aquel _lion_, a pesar de su edad, había sido el
+_enfant gaté_ y el _bon papá_ de esas famosas golondrinas que vuelan en
+invierno a mediodía en sus carretelas por el _Bois_, custodiadas por un
+lacayo impertinente y acompañadas por perros microscópicos de esas
+razas artificiales con que el sibaritismo parisiense falsifica las
+nobles obras del Creador.
+
+El doctor Montifiori se movía por el salón como una góndola con proa de
+ánade: tenía un abdomen formado sin duda por las golosinas de los
+banquetes de embajada, a los que concurría invariablemente a pesar de su
+retiro. Sus rubicundos cabellos y sus patillas inglesas, incluso su
+bigote recortado como el de los banqueros de Lombard Street, debían el
+brillo de su lustro a las caricias de un pan de cosmético en constante
+ejercicio sobre la mesa de _toilette_. No hay duda, el doctor Montifiori
+vivía teñido desde los pies hasta la cabeza. Como todos los viejos
+_dandys_, después de tragar sus píldoras de salud, entregaba su figura a
+los afeites milagrosos de Guerlain, y como si se sumergiera en la fuente
+de Juvencio, se bañaba con precauciones en agua tibia y perfumada,
+dormía como los donceles de César en lecho de plumas y su medio siglo
+largo, necesitaba después de sus encantadas _soirées_, que el edredón de
+los sibaritas cubriera y protegiera sus miembros fatigados como los de
+Júpiter, después de sus transformaciones.
+
+Montifiori era un epicúreo, y por eso, el salón de Fernanda era
+renombrado por el gusto y por el eximio buen tono que perfumaba todos
+sus detalles. Acostumbrado a sentarse diariamente en una mesa
+verdaderamente ática como manifestación culinaria, Montifiori pasaba con
+razón por un _gourmet_ de estirpe, por un paladar maestro para catar una
+becasa _au madère_, servida sobre un plato de Saxe.--Y así, aquel gran
+vividor, acostumbrado a mirar los zafiros y rubíes de sus anillos de oro
+mate al través del diáfano cristal, lleno con los topacios líquidos del
+Sauterne, y a saborear la nube perfumada del tabaco de Cuba, debía
+sufrir mucho, cuando mi tía Medea, a quien frecuentaba, lo sentaba a su
+mesa a comer aquellos platos dignos sólo de su robusta pepsina de
+_ñandú_.
+
+Montifiori, como todo hombre del gran mundo, con marcada tendencia al
+europeísmo, hablaba con bastante afectación el francés y murmuraba el
+inglés con una increíble adivinación del acento peculiar de este idioma.
+Estaba en todos los golpes de _petits mots_, sabía sacar partido de esas
+deducciones híbridas de las palabras, que los parisienses consiguen
+hacer con los dientes superiores y la nariz, indicando apenas las
+expresiones hasta casi llegar a formar una charla de monosílabos breves,
+rápidos, fugaces y casi eléctricos, que hacen la desesperación de todos
+los que han aprendido el francés por el Ollendorf.
+
+Al lado de Montifiori contemplaban el baile dos caballeros más, el viejo
+Ministro de Estado doctor don Bonifacio de las Vueltas, político ducho,
+orador brillantísimo y eficaz, gran brujuleador de cámara y antecámara,
+fina inteligencia, blanca erudición, débil y bondadoso, embrollón como
+una modista de alto tono, pero de una intachable honradez privada. Se
+balanceaba a su lado con movimientos de odalisca otro personaje
+diminuto, que a una fisonomía árabe despejada, de ojo poético y
+penetrante, reunía ciertas antítesis morales y físicas que revelan un
+prisma de nuestra raza sudamericana. Su palabra elocuente, un tanto
+enfática y voluptuosa, se apretaba, al salir, entre los dientes y los
+labios, al mismo tiempo que llevaba ambas manos al vientre y se
+contoneaba delante de las señoras como un palomo que corteja a la paloma
+dando vueltas en el borde del mechinal. Era sin duda aquél uno de los
+finos artistas de la palabra y de la frase, según se decía; había caído
+de las más altas posiciones, y mi tía lo abominaba como todo el partido
+de la gran política que no le conocía sino por el apodo que se le daba y
+que no es del caso mencionar.
+
+--Señorita Blanca, presento a usted mis más sumisas manifestaciones de
+respeto y admiración--dijo el doctor de las Vueltas, entreabriendo su
+boca como un pimpollo.
+
+--¡Oh, doctor! tantas gracias--contestó Blanca.
+
+--Es usted la reina del baile. Lleva usted mis parabienes,
+Blanca...¡aaah!...¡está usted espléndida... aaah!--decíale el compañero
+de don Bonifacio, arrullando alrededor de Blanca.
+
+--¡Oh! déjeme, doctor, que lo felicite por su folletín de _El Nacional_;
+¡qué linda, qué linda página!
+
+--¿La ha leído usted? ¡Linda era en efecto!... ¡qué lástima que mis
+ex-ministros no sean capaces de juzgarla; son todos unos civilistas...
+aaah!--dijo el doctor, mirando al señor de las Vueltas con marcada
+intención.
+
+Montifiori a su turno conversaba con el doctor de las Vueltas a
+propósito de un caballero de las provincias que había pasado atufado y
+sin saludar al grupo.
+
+--Pero algo debe tener con usted, querido Montifiori, porque conmigo
+cultiva la más cordial amistad.
+
+--En efecto--decía un gallo viejo de _monocle_ que formaba parte del
+grupo,--_Il a l'air bien farouche_.
+
+--Ja, ja, mis buenos amigos; es el doctor Escañote, de Corrientes, un
+incorruptible, me detesta, ¿y saben ustedes por qué? Una noche en París
+este señor, que se había instalado con toda su prole en un mal hotel de
+cuarto orden, hacía la cola en la boletería de _Variétés_ donde se daba
+la _Femme à papá_, una mononería de cosas _cochonas_ en que Judie hace
+caer la baba. El buen señor, sin conocer las reglas de la cola,
+pretendió saltar su turno y pasar para romper la muchedumbre el muy
+_sot_; ¡claro! se armó un alboroto. Ese pobre señor tenía la desgracia
+de no hablar una palabra en francés, e interpelado por los _agents de
+ville_, contestaba con el acento peculiar de su provincia:
+
+«¡No me lleven así!... ¡soy forastero, correntino, de la República
+Argentina!...» y qué sé yo qué otras cosas.
+
+De repente, _malheur_ me divisa, me conoce entre la ola de la
+muchedumbre y me grita:--«¡Señor Montifiori, paisano, compatriota, venga
+a salvarme, me quieren llevar a la comisaría!» Figúrese usted, doctor,
+yo iba en aquel momento nada menos que del brazo de ese espléndido
+_Prince de Trois Lunes, un homme charmant, comme cicerone_! Salíamos de
+Bignon, era imposible codearme con aquel _rastaquère_ guaraní! El
+Príncipe notó sin embargo mis señas y me decía:--_Comment! c'est un de
+vos compatriotes qui vous appelle, n'est-ce pas_?--¿Qué podía yo
+contestarle?...--_Bah! non pas, mon cher prince, c'est un parvenu, je ne
+le connais pas._
+
+--¿Y cómo concluyó el incidente?--preguntó el señor del _monocle_.
+
+--Pero muy sencillamente: cenando nosotros en el _Café Anglais_ y mi
+correntino durmiendo en la comisaría.
+
+--¡Ja! ¡ja!--y todos a una reían de la espiritual aventura de
+Montifiori.
+
+--¿Y qué es de tu mamá, Blanca? no la veo--le preguntó a su hija.
+
+--Ahí anda, con don Benito...--contestole su hija haciendo un gracioso
+movimiento de cabeza.
+
+--¡Joven y linda como la hija! _Mater pullchra, filia
+pullchrior!_--exclamó el doctor, esbozando en su rostro moreno una
+sonrisa afectada y contoneándose siempre con las manos sobre el vientre.
+
+--Bien, jóvenes--díjoles Blanca,--yo tengo sed, quiero tomar un helado;
+señor don Ramón,--agregó dirigiéndose a mi tío,--lléveme usted a tomar
+un helado. ¿Me permite usted, que lo abandone por su tío?
+
+--Con tal que el próximo vals sea mío...--le contesté.
+
+--¡Oh, bien claro! tenemos un compromiso formal--me contestó, y
+soltándome el brazo, lo entregó coquetamente a mi tío Ramón y ambos se
+retiraron del grupo.
+
+--¿No es cierto que mi hija es _charmante_?--dijo el doctor Montifiori
+al verla retirarse.
+
+--Es una señorita, mi querido doctor, llena de atractivos, y usted me
+permitirá que le reitere mis más entusiastas felicitaciones y plácemes
+sinceros--contestole el doctor de las Vueltas, empleando el tono más
+melifluo de su voz.
+
+--Es una nereida, una verdadera hurí, tiene la hermosura de Dido y el
+paso de una diosa...--exclamó el otro doctor entusiasmado.
+
+--Nosotros no tenemos papel que desempeñar en este baile... Mucha mamá
+_demodada_; y no es posible _glisarles_ nada a las jóvenes sin que se
+ofendan. Por eso, mi querido de las Vueltas, es que yo amo a la mujer
+fácil... _¡Variedades!_... Anoche _Fleur d'Eglantier_ estuvo
+apetitosísima en la _chansonette_... _¡Quelle chatte!_...
+
+--¿Sí, y qué cantaba?
+
+--_Oh, mon cher_! cantaba _Mon Oscar_!... estábamos en el _avant-scène_,
+con los _attachés_ de la legación turca, y la muy ricotona me cantaba a
+mí solo todos los _couplets_... la sala ardía de envidia!... Yo estaba
+irreprochable... mis zapatos barnizados, mis guantes amarillos, un
+sobretodo de cuellos de _silkskin_... en fin, ¡espléndido! Subimos en mi
+cupé clarence y cenamos en el café de París soberbiamente... unas
+armoricains y un _homard_, que sólo ese Sempé es capaz de proporcionar
+en esta tierra imposible! ¡Qué mujer tan _flirtante_!... ¡Me llamaba
+_Mon petit Pichonot_!
+
+En este instante mi tío Ramón regresaba con Blanca del _buffet_.
+
+--Comienza nuestro vals, señorita, y yo lo reclamo. Tío, usted se queda
+con sus amigos y me devuelve la compañera, ¿no es así?--le dije a mi tío
+Ramón.
+
+--Te la entrego, siempre que ella lo consienta--me contestó, y como
+Blanca se desprendiera sonriendo de su brazo, mi tío la dejó hacer y nos
+alejamos de nuevo de aquel grupo, que formaba uno de los más
+interesantes cuadros del salón.
+
+El vals recomenzaba; entramos en el gran salón y nos perdimos en el mar
+de danzantes. Blanca había pasado de su interesante palidez a un
+encarnado suave, que revelaba la excitación involuntaria que provocan en
+la mujer la música y el baile.
+
+El último vals lo había bailado con un ímpetu y un ardor de veinte años.
+Sus ojos claros, melancólicos y un tanto extáticos por lo general, se
+habían alumbrado con un fuego intenso; su boca entreabierta delataba esa
+seductora molicie que invade todo el organismo delicado de la mujer en
+las horas fugaces de la fiesta.
+
+Nos sentamos en un sofá al concluir la pieza que habíamos bailado, y
+como yo tratara de guardar cierta distancia respetuosa, dejándose caer
+sobre el respaldo del asiento, e inclinando la cabeza graciosamente, me
+dijo:
+
+--¿Por qué tan lejos? Acérquese usted más... tome mi abanico, deme aire,
+me sofoco...
+
+Obedecí maquinalmente, y al acercarme rocé con suavidad su rodilla, que
+se adivinaba a través de la veste y sentí su contacto tibio y carnal.
+
+--Más cerca, abaníqueme usted... así... ¡oh, ahora se respira!...--y
+suspiró con toda el alma, y, al suspirar, las curvas de su seno se
+desprendieron un instante del tul que las cubría y volvieron a dibujar
+su sobrio pero voluptuoso busto.
+
+Yo me había acercado a mi compañera todo lo que el buen gusto permite.
+
+Felizmente en aquel momento se organizaba una cuadrilla, y la fila
+compacta de las parejas nos cubría de las miradas de todo el mundo. Hay
+veces que un baile es más solo que un desierto. La música rompía en
+seguida y Blanca y yo, en nuestro sofá, gozábamos de la ventaja de que
+nadie se preocupara de nosotros.
+
+--¿Y su padre? ¿hace mucho que murió?...--me preguntó con un acento
+lleno de ternura.
+
+--Veintidós años, cuando yo era un niño...--le contesté.
+
+--Es triste sin padre y sin madre, tan joven...
+
+--Muy triste, Blanca.
+
+--Y tanto más, cuanto que usted no tiene fortuna y la fortuna es hoy
+indispensable en Buenos Aires. Sin fortuna la vida debe ser abominable.
+Al menos, yo no la concibo.
+
+--¿No cree usted en el amor?...
+
+--¿Solo?--me observó vivamente.
+
+--Sí--le dije mirándola con fijeza.
+
+--¡No!--me contestó ella con indiferencia...--¿quiere ser mi amigo?
+¿Quiere guardarme una confianza?... Yo soy una mujer rara, extraña. Yo
+no he amado nunca y no sé si lo que he sentido alguna vez, puede
+llamarse amor; pero jamás, aun amando mucho, me casaría nunca con un
+hombre pobre. Tengo horror, miedo, por la pobreza...
+
+--Es triste--le repliqué;--ser de un hombre a quien no se ama, debe ser
+algo terrible en la vida...
+
+--No lo creo. Se puede amar al marido, amarlo como a un amigo... al fin
+el marido no es otra cosa a la vuelta de diez años. ¿Cómo concibe que
+don Ramón, su tío, esté enamorado de misia Medea? ¡Imposible!
+
+--¡No, Blanca! Pero, si usted se casa con un hombre a quien no ama,
+¿cómo puede cerrar su alma para siempre, usted flor del mundo al fin?...
+
+--¡Pero, no cerrándola, amigo mío!... Yo no sé si algún día me
+enamoraré, pero si tal cosa sucediera, soltera o casada, yo seguiría el
+imperio de mis pasiones...
+
+--¿Casada, también?...--le pregunté, aproximándome todo lo más posible.
+
+--¡Casada, también!--me contestó, y su aliento me embriagó el rostro.
+Aquella mujer estaba enloquecedora en aquel momento.
+
+La noche, aunque de julio, era tibia, y los balcones que dan a la calle
+del Perú, estaban entreabiertos: nosotros estábamos sentados cerca del
+tercer balcón. Una pareja de esas que se forman con una mamá aburrida y
+un acompañante de compromiso, vino a sentarse a nuestro lado y nos
+consagró una mirada de indiscreta curiosidad. Yo aproveché la ocasión
+para invitar a Blanca a que abandonásemos el campo al enemigo y ella
+aceptó. Al pasar junto a la puerta del balcón, exclamó:
+
+--¡Qué espléndida noche!--y se detuvo un instante sobre el marco de la
+puerta;--¡hace un calor tan insoportable en la sala!
+
+--En efecto, la noche es soberbia--le dije;--¿salgamos al
+balcón?--agregué acompañando mi palabra con una ligera presión en el
+brazo que tenía enlazado con el mío.
+
+--Nos criticarán...--me repuso.--Este mundo no ve tan bien estas
+cosas... pero a mí no me importa nada de él, salgamos;--agregó
+resueltamente, y tomando ella misma la hoja de la puerta, la abrió y
+juntos entramos en el balcón.
+
+Eran las tres de la mañana, la luna en menguante ya, iluminaba los
+techos de la ciudad dormida, la calle estaba solitaria, los faroles de
+gas, con su luz roja, titilaban, formando desde la esquina del club
+hasta el Retiro una senda que parecía alumbrada por candilejas.
+
+Al entrar en el balcón, alguna pareja nos había entrecerrado de nuevo
+las puertas y desde afuera, donde imperaba la sombra, hacía un contraste
+raro aquella sala profusamente iluminada en la que las diferentes tintas
+de los trajes, la música y el bullicio, producían un movimiento variado
+y constante.
+
+--Nos han encerrado--me dijo Blanca...--¡es original!...
+
+--¿Tiene usted miedo de estar sola conmigo?...--le pregunté.
+
+--¡Miedo yo! jamás lo he tenido... ¿qué podría temer de usted?...
+
+--¿De mí?... nada, sino que la admiración que usted me inspira me
+hiciera aprovechar este momento para cometer una locura.
+
+--¿Qué locura?--me dijo, echándose para atrás con una sonrisa llena de
+voluptuosidad.
+
+--Esta...--le contesté, y avanzando sobre el espacio del balcón hasta el
+rincón en que termina la reja, la impulsé suavemente, le saqué en un
+segundo uno de sus guantes, le tomé la mano, la llevé a mi boca, la
+rodeé con mis brazos el cuello y la cubrí de besos mudos e intensos que
+ella rehuía apenas, riendo entrecortadamente con cierta frialdad
+irritante.
+
+El reloj del Cabildo golpeó en aquel momento las tres de la madrugada, y
+el eco de la campana se extinguió en el silencio de la noche.
+
+--Sabe que tengo un hambre devoradora y que siento frío--me
+dijo,--entremos--y su rostro, al pronunciar estas palabras, no reflejaba
+la más mínima impresión por lo que acababa de suceder.
+
+--Blanca--le dije,--¿me ama usted?...
+
+--No lo sé--me repuso.--¿Para qué quiere saberlo? ¡Aunque lo amara, no
+me casaría con usted!...
+
+--¿Por qué?
+
+--Porque usted no tiene nada. Yo soy una mujer que amo mucho el mundo y
+el lujo... Necesito un marido que sea capaz de proporcionarme todos mis
+gustos... Deje que se presente, y, entretanto, ámeme, siga amándome, le
+daré todo mi corazón--añadió riendo a carcajadas. Y cambiando de tono y
+como adoptando una resolución, añadió:--tengo hambre, ¿lo oye usted?
+¡lléveme a cenar!
+
+Salimos del balcón y entramos de nuevo en la sala. Yo tenía la sangre en
+la cabeza, pero aquella mujer estaba fría como una lápida. En la
+escalera del comedor encontramos a don Benito que paseaba a Fernanda
+todavía.
+
+--¿Qué tal, hijita mía--le dijo Fernanda pasándole la mano por la
+cara,--te diviertes?
+
+--Ah, mucho, mucho, mamá--replicole Blanca.
+
+--¿Y usted, señor don Benito?... Sabe que tengo que darle las gracias
+por el compañero. Es un maestro; baila el vals admirablemente...
+
+--¿Nada más que el vals?--preguntó con sorna don Benito.
+
+--¡Oh, nada más! Ninguna mujer chic baila otra cosa... ¿No es verdad,
+mamá?
+
+--¿Por qué no?... Las cuadrillas son de regla en un baile.
+
+--¡Para nosotros no! Nosotros hemos pasado las últimas en el balcón...
+
+--¿Que dices, Blanca?--preguntó Fernanda con un acento de sorpresa.
+
+--¡Sí, mamá, en el balcón!
+
+Don Benito me miraba con una sonrisa llena de picardía, y yo hacía un
+esfuerzo supremo para contener mi emoción. Pero Blanca, con una
+resolución repentina, me arrastró fuertemente del brazo que me tenía
+asido y me sacó del descanso de la escalera en que nos habíamos
+detenido.
+
+--Vaya, ¿qué tiene de particular?--preguntó Blanca retirándose y mirando
+a la madre...--¿Tiene algo de malo lo que hemos hecho?--y encogiéndose
+de hombros con un movimiento brusco, agregó con una carcajada:
+
+--¡Vamos a cenar!
+
+Entramos en el comedor que todos conocemos: un gran salón al cual le
+falta mucho para estar bien puesto. Aquella noche, Canale, como de
+costumbre, había formado la gran mesa en herradura con mesas centrales,
+y sobre ella, había levantado los mismos catafalcos de cartón y pastas
+de azúcar de todos los años. Se cena execrablemente en el Club del
+Progreso, y el adorno de la mesa tiene mucho de los adornos de iglesia:
+los jamones en estantes de jalea, los pavos y las galantinas cubiertas
+por todas las banderas del mundo. En fin, allí se sienta uno con la
+indiferencia con que Raúl y Nevers se sientan en el banquete de papel
+pintado del primer acto de los _Hugonotes_.
+
+El mozo se nos acercó y nos dio la _carta_. Blanca pidió _bisque_ y nos
+hizo servir champagne. Era hija del padre; las delicadezas de la mesa la
+seducían más que otras cosas. Devoró el primer plato y agotó la copa con
+ansia. Nos habíamos sentado en un extremo de la mesa; las flores y los
+adornos centrales nos cubrían de los vecinos del frente. Yo me había
+aproximado a Blanca lo suficiente para atenderla, pero ella, no sé si
+con intención o sin ella, cerró la distancia aproximando lo más posible
+su asiento al mío.
+
+--Usted no bebe nada--me dijo,--¿tiene miedo de perder la cabeza?
+
+--No... si usted la perdiera, me gustaría perderla con usted--le repuse.
+
+--¡Yo!... sería inútil; tengo la cabeza muy fuerte para el champagne...
+Bebamos otra vez... ¡bebamos por nuestra amistad!
+
+--Yo levanté la copa junto con ella, y juntos apuramos su contenido.
+
+--Usted es una mujer de hielo--le dije.
+
+--¿Yo? ¡qué disparate! usted no me conoce, yo lo que soy es una mujer
+caprichosa... ¿Cree usted que con una mujer de hielo habría usted hecho
+lo que ha hecho esta noche? No... el día que yo llegue a amar, amaré
+como ninguna.
+
+--¿A mí?
+
+--No lo sé, a cualquiera; a usted, si es capaz de hacerme feliz, a otro,
+si usted no lo es...
+
+En aquel momento comenzaba a amanecer; el primer albor del día
+dibujábase tras de las torres de San Francisco y el horizonte empezaba a
+teñirse débilmente de tintas rojas. Nos levantamos de la mesa y nos
+acercamos a los cristales a admirar aquel cuadro sublime ante el cual
+empalidecían las luces del baile. Blanca estaba apoyada en mi brazo y
+dejaba caer su cuerpo débilmente sobre el mío.
+
+--Es linda la madrugada--le dije, oprimiéndola con pasión...
+
+--¡No!--me repuso,--la noche me gusta más... vámonos, tiemblo de que el
+sol me sorprenda en la calle--y arrastrándome con fuerza, bajamos la
+escalera y me obligó a conducirla al toilette.
+
+--Adiós...--le dije estrechándole la mano.
+
+--Adiós--me replicó apretándome la mía en que quedaron impresos sus
+dedos finos y nerviosos.
+
+Al dar vuelta, me encontré con don Benito que acababa de abandonar a su
+compañera.
+
+--Y... ¿qué tal, Blanca?
+
+--Fría como un mármol--le dije.
+
+--¡Ah, hijo mío!--me contestó,--la hija es como la madre, una estatua
+que uno puede estrechar, besar y robar; pero una estatua, no se mueve
+nunca sin música...
+
+--¿Qué música?--le pregunté.
+
+--¡Inocente! la libra esterlina; una partitura que no admite rivalidades
+de escuela--y poniéndome el sobretodo en el brazo, y armando el claque,
+sacome fuera y metiome en el cupé que comenzó a rodar apenas sonó el
+golpe de la portezuela.
+
+La fatiga me rindió aquella noche, pero no pude descansar. La imagen de
+Blanca me atraía involuntariamente: veíala andar y detenerse
+burlonamente en mi camino como dándome tiempo para alcanzarla, y cuando
+creía tenerla cerca, la visión desaparecía dejando en mi sueño el surco
+luminoso de su vestido rojo que parecía disolverse en el aire en
+deslumbrantes e impalpables copos de fuego.
+
+
+
+
+XII
+
+
+Al día siguiente comía en casa de mi tía Medea con don Benito y mi tío
+Ramón. Hacíamos la crónica del baile antes de sentarnos a comer, pero,
+al ocupar nuestros asientos, la conversación varió de tema. Mi tía había
+tenido aquel día una furibunda reyerta en su Sociedad Filantrópica a
+propósito de no sé qué bazar en que sus colegas se habían permitido
+prescindir absolutamente de ella. Al oírnos hablar del baile, nos obligó
+a callar; dirigió dos o tres frases hirientes a mi tío, por haberse
+permitido asistir al club y comenzó a contarnos su jornada. Parece que
+aquello había sido un campo de Agramante: que la emoción de mi tía había
+sido puesta tres veces a votación y que tres veces había sido rechazada.
+Furiosa, como ella sólo sabía ponerse cuando le picaba la rabia, había
+salido de la Sociedad con la gorra toda torcida, bramando como una
+leona, con la pollera arremangada, y a pie, con paso corto y rápido,
+había llegado a su casa sin interrumpir la serie de colosales blasfemias
+con que se había despedido de sus odiadas compañeras.
+
+Mi tía se había sentado a la mesa sin apetito, excitada como nunca por
+el fuerte altercado que acabo de narrar sin detalles.
+
+Sus ojos, más congestionados que de costumbre, brillaban de una manera
+siniestra. Mi tío Ramón había pasado de un buen humor apacible a un
+anonadamiento completo, fulminado bajo el fuego de aquellas pupilas
+felinas.
+
+La ancha cara de mi tía revelaba la reflección alarmante de sus venas
+ahogadas por las ondas perezosas de una sangre espesa e inmóvil. Al
+sentarse a la mesa le habían asaltado mil incomodidades desconocidas
+para ella: acaloramientos súbitos que le enrojecían momentáneamente sus
+carrillos laxos, golpes de fuego a la vista, dolores punzantes a la
+nuca, relampagueos, obscurecimientos, latidos, y qué sé yo qué vagos
+presentimientos de un ataque repentino cruzaban pinchándole su
+imaginación y haciéndole exclamar de cuando en cuando con cierta
+desesperante agitación:
+
+--¡Jesús, por Dios! ¿qué tengo yo?
+
+Don Benito trataba de tranquilizarla; mi tío Ramón, sumiso siempre, la
+miraba guardando un respetuoso silencio; la idea de una apoplegía le
+había cruzado la mente; pero, ya fuera por temor, ya por moderación, se
+guardaba bien de aconsejar a su mujer la moderación, el reposo y sobre
+todo, los purgantes que el desconocido doctor Brown le había instituido
+como tratamiento hacía ya muchos años. Para él, la moderación del
+carácter feroz de su consorte era cuestión de algunas libras de sal de
+Inglaterra, medicamento que, dada la fe que tenía en sus efectos, le
+hubiera evitado mil disgustos, restableciendo por un instante la
+tranquilidad del hogar.
+
+Momentos después del altercado, mi tía Medea se había visto atacada
+súbitamente de una abundante evacuación de sangre por las narices; pero
+en el paroxismo de su cólera, temblando nerviosamente de ira, se había
+contentado con sorber en abundancia y ruidosamente grandes cantidades de
+agua salada, atarse fuertemente el brazo derecho o ponerse en los
+lujuriosos rodetes de su nuca adiposa la llave consabida que aconseja la
+terapéutica popular.
+
+De cuando en cuando se pasaba las manos por los ojos, en los cuales
+decía sentir un peso enorme; se comprimía las sienes, donde latían con
+fuerza sus arterias o se mojaba con el agua del vaso aquella frente
+pecosa y chata, bajo la cual ardía un volcán de odios y de futuros
+proyectos de venganzas. Estaba irrascible, irritable, convulsa como una
+fiera herida; la silla tiritaba bajo el peso de sus muslos pletóricos y
+su marido volvía a agitarse acariciando tímidamente el recuerdo favorito
+del tratamiento del doctor Brown.
+
+--No valen todas ellas el disgusto que me han dado, ¡perras viejas
+_caches_!--exclamaba con una voz tosida y un poco gangosa.
+
+Mi tío don Benito y yo continuábamos inmutables nuestro programa de
+abstención activa, callados y reverentes, comiendo con esa moderación
+respetuosa que se confunde con el hambre modestamente disfrazada de un
+apetito discreto. No se oía sino el rabioso crujir de las mandíbulas
+tiburonianas de mi tía Medea, que con cierta complacencia maléfica,
+aunque llena de voluptuosidad, imaginaba aplastar el cráneo de alguna de
+sus rivales en el inocente coscorrón de pan que roían sus molares y el
+tímido y casi silencioso masticar de los que temíamos herir los oídos
+susceptibles de la señora.
+
+Don Benito procuraba, sin embargo, inútilmente, abrir temas de
+conversación, pero todo era en vano, la tentativa no prendía. Mi tía
+Medea volvía a sus imprecaciones, lanzaba un reto furibundo a sus
+rivales, las apostrofaba en mil formas y levantando el puño cerrado, les
+juraba venganza como una pitonisa poseída por la cólera divina.
+
+Terminábamos la comida e iban a servir el café. Mi tía tomó posiciones
+para levantarse; pero, al ponerse de pie, sintió algo extraño, algo
+terrible pasar por su cabeza; quiso dar un paso y cayó desplomada sobre
+el pavimento.
+
+--¡Jesús te ampare!--exclamó mi tío Ramón, abriendo tamaños ojos al
+verla caer;--ya tenemos encima la terrible _perlesía_; y corrió a
+socorrer a su consorte que había caído sin sentido a los pies de la
+mesa, haciendo un ruido extraño con la boca llena de espuma.
+
+Don Benito y yo habíamos corrido al mismo tiempo a socorrer a mi tía.
+
+Su aspecto era verdaderamente aterrador; había caído fulminada por un
+violento golpe de sangre; estaba sin conocimiento, insensible, relajada
+y en una inmovilidad absoluta.
+
+Era una masa inerte, en la cual sólo la persistencia de la respiración y
+los latidos del corazón que llegamos a percibir, atestiguaban que la
+vida aún no se había extinguido.
+
+Mi tío pedía a gritos un médico, el vinagre y los sinapismos; y mientras
+éstos se aplicaban abundantemente en las piernas ciclópeas de la
+señora, don Benito y yo corríamos en busca de todos los médicos del
+barrio. Las señoras de la vecindad, algunas de las cuales eran de la
+relación de la familia, concurrieron inmediatamente al conocer la
+desesperación de mi tío.
+
+Todas ellas continuaron las aplicaciones de sinapismos en las
+pantorrillas, en la nuca, en la planta de los pies, en los muslos y en
+los brazos; le desprendieron la ropa y la colocaron en su cama.
+
+Al bajar con don Benito la escalera para ir a buscar médico, nos
+chocamos con el pardo Alejandro en la misma puerta de la calle.
+
+--¿Qué hay, niño; qué sucede? toda la vecindad está alborotada... ¿se
+prende fuego la casa?...--nos preguntó.
+
+--Al contrario, creo que se apaga el fuego... tu patrona parece que
+acaba de reventar--contestó don Benito con la más perfecta calma.
+
+--¿Quién? ¿la tigra?... ¡al fin!...--replicó el pardo con el acento de
+un hombre que se desahoga.
+
+Volvimos en seguida; habíamos recorrido dos o tres cuadras y sólo
+habíamos encontrado cinco médicos que se prestaron con suma complacencia
+a nuestro llamamiento.
+
+Mi tía seguía agravándose por momentos. Su respiración era estertorosa y
+penosísima; a cada respiración, los carrillos, privados de resistencia,
+se dejaban destender pasivamente, después volvían a quedar laxos y
+flojos.
+
+--_Fuma la pipa_--dijo uno de los médicos en voz baja;--esto es muy
+característico.
+
+Mi tío oyó la observación y creyó sin duda que el facultativo preguntaba
+si la señora tenía la costumbre de fumar, pues respondió con grande
+asombro al ver el atrevimiento de aquel hombre:
+
+--No, señor, no, ¿cómo se imagina usted que una señora de esta clase?...
+ni en pipa ni en nada--agregó permitiéndose ciertos movimientos de una
+inopinada energía.
+
+Los médicos sonrieron ligeramente y continuaron examinando a la enferma.
+Uno de ellos le introdujo una pluma en la garganta. Mi tía, insensible,
+no dio señales de sentirla. El médico hizo un gesto de desagrado.
+
+--Es preciso mudarle la cama--agregó...
+
+--¡Ah! sí--replicó mi tío haciendo una mueca forzada para disimular un
+profundo pesar;--¡pobrecita, se conoce lo grave que está!
+
+Otro de los médicos se acercó al oído de mi tío y le hizo una pregunta.
+
+--¡Pfs!... hace muchos años, señor, desde soltero--dijo éste dejando
+errar por sus labios una melancólica sonrisa--si nunca hemos tenido
+hijos, y usted sabe que... el doctor Brown me decía que sin embargo era
+posible y que...
+
+--¡Ah, sí!--concluyó el médico que sin duda se vio amagado por una
+historia patológica de la familia de mi tío;--sí, el doctor Brown era un
+gran práctico.
+
+En este momento se acercaban los otros colegas. Habían terminado su
+examen e iban a celebrar consulta. Poco tendrían que decir de la
+enferma; tal era su estado de gravedad. Según opinión unánime, era una
+_hemorragia cerebral_ en su más terrible forma. La respiración
+continuaba siempre laboriosa, las pupilas dilatadísimas e insensibles a
+la acción de la luz, y los líquidos que apenas tomaba, se quedaban en la
+garganta produciendo esos estertores penosos que impresionan tanto. Este
+último síntoma era de augurio fatal. Mi tío estaba consternado: su mujer
+iba desapareciendo lentamente sin hacer mención de reconocerlo cuando se
+acercaba a su lecho.
+
+--¿Tiene mucha fiebre?--se atrevió a preguntar a uno de los médicos que
+salió el primero de la consulta.
+
+--No, señor, no, al contrario, su temperatura es más bien muy baja. Sin
+embargo, es probable que ahora comience a subir mucho, si, como
+desgraciadamente lo tememos, esto termina mal. Está en un _coma_
+profundo--agregó, queriendo confundir a mi tío con un tecnicismo
+confuso:--es una hemorragia cerebral de forma apoplética paralítica.
+
+--¡Jesús me ampare y me favorezca! ¡cuatro enfermedades a la vez! ¡Quién
+resiste a tanto!
+
+Y el pobre hombre, haciendo un esfuerzo supremo para manifestar la más
+suprema emoción, se llevaba la mano a los ojos y se tiraba nerviosamente
+del pelo.
+
+Don Benito, que estaba al lado del lecho, miraba extinguirse aquel
+coloso con una frialdad perfecta.
+
+Mi tío no se atrevía a acercarse al borde de la cama: los médicos se
+habían separado, seguros ya del desenlace.
+
+--Acérquese, señor--dijo a mi tío uno de ellos...
+
+Mi tío se acercó temblando, remiso y casi arrastrado por el deber... al
+aproximarse retrocedió: la moribunda presentaba un aspecto terrible: la
+fisonomía estaba amoratada; la respiración era difícil y cavernosa.
+
+--¡El sacerdote!--exclamaron algunos de los circunstantes mientras los
+médicos abandonaban la habitación.
+
+Se acercó al lecho un fraile obeso, vestido de colores llamativos,
+impasible como una foca, gordo como un cerdo: el rostro achatado por el
+estigma de la gula y de los apetitos carnales, la boca gruesa como la de
+un sátiro, el ojo estúpido, la oreja de murciélago, los pómulos
+colorados como los de un _clown_. Abrió entre sus manos grasas y
+carnudas un libro cuyas páginas alumbraba un monigote con un cirio, y
+eruptó sobre el cadáver en latín bárbaro y gangoso algunos rezos con la
+pasmosa inconsciencia de un loro.
+
+Al terminar, se retiró algunos pasos del lecho; hizo un ademán a mi tío
+para que se acercara; y en aquel momento mismo, mi tía Medea clavó sus
+ojos inmóviles en su marido, abrió la boca, esputó un cuajarón de sangre
+y acabó...
+
+Mientras comenzaban las mujeres a hacer los preparativos para vestirla,
+don Benito y yo sacamos a mi tío de la habitación. Era de observarse en
+aquel momento la cara de mi viejo camarada;--la cómica solemnidad que se
+esforzaba por mantener le daba un aire mefistofélico.
+
+Mi tío lo miraba sin comprenderlo, pero era bastante suspicaz para
+explicarse que don Benito no estaba tan desolado como lo exigían las
+circunstancias.
+
+Yo estaba esperando la palabra burlona del viejo solterón y no se hizo
+esperar. Nos encerramos en el cuarto de mi tío, aseguramos las puertas
+y don Benito, con una cara de pascuas, abriendo los brazos exclamó:
+
+--Don Ramón... ¡apriete, amigo!--y buscó a mi tío para abrazarlo.
+
+--¡Oh! don Benito... ¡qué desgracia!
+
+--¿Desgracia? ¿Me representa usted el hipócrita? Celebre usted, amigo,
+el más grande de los aniversarios de su vida...
+
+Y mi tío no pudo contenerse; se deshizo de don Benito y corriendo a la
+cama, se echó en ella y depositó sobre la blanda almohada de plumas en
+que hundió el rostro, una sonrisa de íntima, de voluptuosa alegría, que
+ya no podía contener dentro de sí mismo.
+
+En ese instante golpearon la puerta; la abrí; el perfil risueño de
+Alejandro asomaba por la rendija.
+
+--¿Qué quieres?--le dije en voz baja y con el tono más serio del mundo.
+
+--¡Oh!--me contestó muy despacio...--¿usted es de los tristes
+también?--y aquel negro ponía una cara satánica cuando me decía esas
+palabras.
+
+--Vete--le dije...--vete.
+
+--Sí, me voy... ¡a buscar el cajón!
+
+A las doce de la noche, mi tía estaba depositada en el ataúd de
+jacarandá que Alejandro había traído. Le habían cerrado los ojos y la
+boca, pero su rostro conservaba siempre el gesto de amenaza que le era
+característico, y con el Santo Cristo, que oprimía maquinalmente entre
+las manos lívidas y como enceradas parecía en la actitud de un centinela
+que dormita armado para el caso de una sorpresa. El _mulaterío_ femenino
+de la casa y de la vecindad, había invadido la sala: no faltaban
+alrededor del féretro dos o tres mulatillas arrodilladas que se turnaban
+sucesivamente. Claro es que la sala había sido cubierta en un instante
+de crespón y de merino negros en homenaje a su ilustre dueña.
+
+La noticia de su muerte había cundido por la ciudad, y como su influjo
+en los grandes centros sociales, a pesar de los desastres políticos del
+partido de la finada, era de vieja data, la casa se vio llena toda la
+noche de las eminencias del pasado, destronadas por el presente.
+
+El primero con quien me encontré en la sala, fue con el doctor Trevexo.
+¡Cómo había envejecido y enflaquecido! Sus piernas y sus brazos
+desgonzados, no se palpaban al través de la ropa, pero siempre era el
+mismo; el gran charlador, difuso y narrador de insulseces; gran
+expositor de lugares comunes, de doctrinas tomadas al instinto, de
+principios incompletos; siempre enemigo de los libros; desolado por el
+prodigioso aumento de las librerías y de las ediciones: furioso contra
+la exagerada difusión de las obras científicas; partidario constante,
+invariable, inconmovible del periodismo: siempre citando su colección
+del _Gorro de la Libertad_ y de _La Espada de Damocles_, los diarios que
+había escrito después de la caída de Rozas.
+
+¡Pobre doctor Trevexo! ¡Cómo aquel hombre que había sido el primero
+veinte años antes, era hoy el último! ¡Cómo se había detenido en su
+apogeo sin marchar! Me hacía el efecto de una de esas fotografías
+antiguas de un álbum de familia, ante las que uno tiene que reír
+involuntariamente. Mientras que el mundo político había progresado entre
+nosotros, con lecturas serias y sazonadas: en el siglo de Disraeli y de
+Gladstone, de Bismark y Gambetta, en el siglo de Taine y Lanfrey, el
+doctor Trevexo vivía con sus recortes de diarios criollos, con toda su
+fama del pasado por capital y toda su estéril informalidad por presente
+y porvenir. ¡Sin embargo, lo que es la virtud y la consecuencia de los
+partidarios! Su partido creía en él todavía: era siempre el gran orador,
+el gran diplomático, el gran periodista, el gran abogado, del más grande
+de los partidos argentinos.
+
+La muerte de mi tía Medea lo había consternado. Su grande amiga, la
+mujer resuelta de todas las épocas; vencida en dos revoluciones, pronta
+a hacer una nueva a una sola indicación suya, había muerto; el partido
+entero la lloraba, era una pérdida irreparable, tan irreparable, que el
+más grande de los diarios de la América del Sur, le dedicó un sentido
+artículo necrológico, largo como un sermón de agonía, con muchas frases
+escogidas, que comenzaba recordando con mucho detalle a las antiguas
+madres griegas y romanas, las hacía atravesar la trayectoria de la
+historia en las múltiples combinaciones de los pueblos, y terminaba con
+un elogio de las virtudes de la difunta y una laudatoria especial a la
+mansedumbre de su carácter.
+
+A este llamamiento, todo el _faubourg Saint Germain_ de Buenos Aires, se
+presentó al día siguiente. ¡Cómo se elogiaban los méritos de la señora
+doña Medea Berrotarán! ¡Cómo se condolían de la triste situación de mi
+tío! ¡qué dolorosa pérdida había experimentado! ¡Hasta don Buenaventura
+había dejado sus múltiples ocupaciones literarias para asistir al
+entierro! ¡Cómo no premiar treinta años de vasallaje, mudo, entusiasta,
+admirador de todas sus hazañas y desgracias!
+
+Un entierro de fuste en Buenos Aires no necesita describirse: el
+empresario fúnebre conoce los gustos de la gran capital, en los que
+prepondera la gran aldea: el convoy tiene que hacer corso en la calle
+de la Florida: no hay otra calle para ir a la Recoleta, y si a alguien
+se le ocurriera la idea de cambiar el itinerario, no sería difícil que
+el muerto o la muerta, siendo de la aristocracia, o sobre todo de la
+gran política, resucitara protestando contra la variación de la ruta.
+
+Mi tía había sido muy religiosa; aunque víctima en los últimos tiempos
+de un padre escolapio, que le había eliminado graciosamente algunos
+miles de pesos, su fervor por los frailes y monigotes corría parejas con
+sus entusiasmos políticos: de modo que a su entierro asistían todos los
+clérigos de las parroquias principales, correctos la mayor parte, y una
+delegación de cada cofradía: franciscanos, dominicos, etc., incorrectos
+bajo el punto de vista de la higiene personal. Entre esta turba de
+cuervos negros y pardos, no faltaba algún tribuno ultramontano, pedante
+atorado de suficiencia, orador sibilino y hueco, gran momia literaria,
+rellena de Blair y Hermosilla, _specimen_ del gongorismo español, que,
+sentado en el carruaje de duelo, como si lo hubiesen clavado en una
+estaca, mantenía su gravedad solemne como para aparentar la profunda
+desolación que le causaba la muerte de aquella vieja cuyas virtudes
+corrían al fin parejas con la sinceridad de sus convicciones
+religiosas. Encabezando el grupo, iba la misma dignidad que ya hemos
+visto al lado del lecho mortuorio, con su uniforme carnavalesco de
+colorinches y su impasible cara de foca.
+
+Mientras depositaban el cajón en la bóveda de la familia, yo me perdí en
+las calles del cementerio.
+
+¡Cuánta vana pompa!
+
+Cómo podía medirse allí, junto con los mamarrachos de la marmolería
+criolla, la imbecilidad y la soberbia humanas. Allí la tumba pomposa de
+un estanciero... muchas leguas de campo, muchas vacas; los cueros y las
+lanas han levantado ese mausoleo que no es ni el de Moreno, ni el de
+García, ni el de los guerreros, ni el de los grandes hombres de letras.
+
+Allí la regia sepultura de un avaro, más allá la de un imbécil... la
+pompa siguiéndolos en la muerte. Entre una encrucijada de nichos y
+sepulcros, me topé de manos a boca con mi ex-patrón, don Eleazar de la
+Cueva, que también había ido al entierro de mi tía.
+
+--¡Señor don Eleazar! ¿Usted por aquí?
+
+--¡Ah, señor! esperando mi hora, como todos--contestó,--hoy le ha tocado
+el lote a mi señora doña Medea... ¡Ah! ella es la feliz--agregó
+levantando las manos al cielo:--En este mundo no hacemos sino sufrir
+desengaños, joven... Vea usted, yo, por ejemplo, que he hecho tantos
+servicios y tantos sacrificios por la humanidad, aquí me tiene usted a
+mí... ¿de qué valgo, señor?
+
+--Pero, señor, su posición, su fortuna...
+
+--Señor, yo estoy en la calle, en la última miseria; me han arruinado,
+señor, usted lo sabe bien--al decirme esto, el rostro de don Eleazar se
+descomponía de tal manera que infundía la más profunda lástima.
+
+Alineado a la salida de la Recoleta, soporté con todos los parientes de
+la muerta, los apretones de los concurrentes, que le dan la mano a uno
+como diciéndole: «¡eh! míreme usted, he asistido, no lo olvide,» y
+cuando terminó esta dura prueba de resistencia, di vuelta y vi a don
+Benito que me esperaba.
+
+--¿Piensas ir con la parentela?--me dijo.
+
+--¿Qué hacer?
+
+--Ya todo ha concluido, ahora te vienes conmigo y mañana fuera el luto.
+
+Y subimos al cupé, que rompió la marcha por entre los numerosos
+carruajes apostados en las extensas avenidas del cementerio. Eran las 4
+de la tarde; el tiempo era espléndido; el cielo, azul y sin nubes, se
+reflejaba en el pedazo de río que se alcanza a ver desde la barranca de
+la Recoleta.
+
+Las caras de los que volvían del entierro, demostraban bien claramente
+que no se habían conmovido mucho con la ceremonia.
+
+Don Benito me propuso ir a comer al Café de París, después de mudarnos
+el traje negro, y yo acepté. Salíamos de la plaza de la Recoleta para
+entrar en la calle larga, cuando nuestro carruaje se cruzó con una
+victoria elegantísima, tirada por una fogosa pareja de alazanes y
+dirigida por un cochero de una corrección irreprochable. Repantigadas
+cómodamente en el amplio asiento, iban dos mujeres distinguidísimas,
+cuyo saludo apenas tuvimos tiempo de contestar.
+
+Eran Fernanda y su hija: al verlas, ambos sacamos la cabeza por las
+portezuelas del cupé, en el momento en que ellas también daban vuelta.
+
+--Van espléndidas--me dijo don Benito.--Diablo de vieja tu tía, hasta
+muerta nos persigue; si no hubiera sido por el tal entierro, ¡qué golpe
+habríamos dado yendo a Palermo!...
+
+--Pero todavía hay tiempo--le repliqué,--retrocedamos.
+
+--¿Te atreves?...
+
+--Y qué...
+
+--¡Alejandro!--gritó don Benito al cochero,--a Palermo por el Bajo...
+
+El carruaje dio vuelta, y los caballos tomaron el trote largo a un
+simple chasquido del látigo de Alejandro. En diez minutos llegamos a la
+verja de hierro que da entrada al parque; doblamos sobre la gran calle
+de palmas que estaba solitaria: sólo en el fondo, del lado del bosque,
+se veía un punto negro: era la victoria de Fernanda: nuestro cupé se
+deslizó por el pedregullo de la avenida, salvó la vía del tren del
+Norte, y vino a detenerse al mismo lado de la victoria. El carruaje
+estaba vacío: preguntamos al cochero dónde estaban las señoras, y nos
+contestó con una seña, indicando el fondo de la calle. Nos bajamos y
+caminamos en esa dirección. Al fin de la calle, en un rincón del camino,
+las encontramos. Al vernos, se sorprendieron.
+
+--¿Ustedes por aquí?--nos dijo Fernanda,--¡vaya una manera de hacer el
+duelo!
+
+--Señora--contestó don Benito,--el duelo ha concluido y la vida comienza
+de nuevo.
+
+--Pero usted--dijo Blanca, con ironía,--sobrino carnal, y en Palermo, el
+mismo día del entierro; ¡qué escándalo!
+
+--Sobrino carnal, no; político, sí... no hay inconveniente.
+
+--Y ese pobre tío, ese señor don Ramón, ¿cómo estará de triste y
+desolado?--inquirió Fernanda.
+
+--¡Oh! aplastado; ¡figúreselo usted libre de un monstruo y con setenta
+millones de pesos!
+
+--¡Setenta millones!--exclamó Blanca,--bonito dote, mamá ¿eh?
+
+Fernanda hizo un signo de aprobación y su fisonomía se alumbró como si
+concibiese una vaga esperanza.
+
+--Pero don Ramón ha sido feliz con su tía... un viejo pisaverde, alegre,
+muy _sirvientero_... ¿no es verdad?--preguntó riendo.
+
+--Tal cual; pero víctima de su mujer; figúrense ustedes, que el día
+domingo, doña Medea metía en la cama a su marido para que no saliera a
+la calle.
+
+--¿De veras?
+
+--Garanto--y don Benito reía a carcajadas.
+
+Yo me había acercado a Blanca y le había dado el brazo. Don Benito se
+había quedado con Fernanda en el mismo sitio en que las habíamos
+encontrado. Caminábamos con Blanca en dirección a los árboles: estaba
+pálida como de costumbre, vestida con un traje de pana color bronce,
+sumamente ceñido al cuerpo; su talle se dibujaba admirablemente.
+Guardábamos silencio y ni ella ni yo parecíamos resueltos a romperlo.
+De pronto se detuvo suspirando, y como saliendo de una profunda
+cavilación, exclamó abstraída:
+
+--¡Setenta millones!
+
+--¿Le parece mucho?--le pregunté.
+
+--¡Ah!--me contestó, como despertando;--pensaba que ese tío es un
+horizonte: ¿Es muy viejo?
+
+--Sesenta y cuatro años, no es mucho; más joven que su fortuna, sería
+mejor menos millones que años... ¿no?
+
+--¡Oh! no, de ninguna manera; diez años más o menos no es nada para un
+hombre, diez millones de menos es mucho...
+
+La tomé fuertemente del brazo con un movimiento de cólera y de
+impaciencia; la sombra del bosque nos protegía: le estreché las manos,
+la besé en el rostro, en los ojos, en la boca, entre los labios
+entreabiertos.
+
+--Blanca--le dije--¡yo... no puedo resistir!...
+
+--Hay tiempo--me replicó,--- ¡más tarde!
+
+Y aquella mujer parecía una estatua de hielo, en medio de la
+involuntaria voluptuosidad que emanaba de todo su conjunto.
+
+Volvimos a tomar la gran Avenida. Fernanda y don Benito habían
+desaparecido. Alejandro, desde el pescante de nuestro coche, me hizo
+una seña que significaba que la pareja estaba allí.
+
+Y, en efecto, nos acercamos y Fernanda y don Benito estaban en el cupé.
+
+El viejo camarada había perdido la corrección habitual de sus cuellos y
+de su corbata; dos chapas rojas alegraban su semblante. Fernanda se
+hallaba perezosamente reclinada en el muelle respaldo de raso del cupé;
+a pesar de sus 38 a 40 años estaba bellísima. Al vernos se incorporó,
+consultó la hora y bajó ágilmente del carruaje, subiendo a su victoria
+de un salto. A su lado se sentó Blanca; yo le eché la cariñosa manta de
+nutrias sobre los pies y a un signo del cochero, las dos yeguas del
+tronco partieron a escape.
+
+Trepamos a nuestro cupé. Don Benito estaba radiante de alegría, pero se
+esforzaba por aparentar una profunda severidad.
+
+--¿Y qué tal?--le dije con sorna.
+
+--¡Pscht, mucho calor!
+
+Era en julio y hacía un frío de todos los diablos.
+
+
+
+
+XIII
+
+
+El doctor Montifiori era un católico recomendable, desde todos puntos de
+vista; miembro de dos o tres hermandades religiosas, él sabía conciliar,
+como nadie, la misa de la una del día con la cena alegre de la una de la
+noche, la hostia sacrosanta del altar con los mariscos perfumados del
+Café de París.
+
+En su casa se sabía dar el aristocrático barniz clerical de alto tono
+del siglo XVIII. Bastaba echar una rápida mirada sobre su pequeña
+librería de _amateur_, para conocer los finos gustos del hombre. Entre
+las trufas literarias de Brantôme, de Casanova y de otros del género,
+Bossuet y Massillon, conservaban la gravedad de las hileras: en las
+letras, De Laharpe, M. de Bonald, Fontanes y Chateaubriand, daban la
+nota grave del imperio, mientras que al lado, en ediciones monísimas,
+brillaban todas las perfumadas indecencias pornográficas del día.
+
+La muerte de mi inolvidable tía doña Medea había lanzado al mundo un
+viudo conservado, rico y con grandes cualidades exteriores: mi tío. Dos
+meses después de su viudez, vivíamos juntos: yo había abandonado a mi
+viejo camarada, don Benito. Muy pronto la casa de mi tío Ramón se
+transformó en una habitación completamente diferente de lo que había
+sido. Se hizo allí una reunión de solteros alegres y de casados
+emancipados de todas edades; había dinero de sobra, y por consiguiente
+abundaban las comidas joviales, los vinos, las diversiones de todo
+género y el elemento amable: las mujeres.
+
+En un día, don Benito, el _lanzador_ de mi tío, le hizo despedir o
+colocar caritativamente por ahí a todo el mulaterío antiguo de la
+finada. Sólo Alejandro fue tolerado, cedido por don Benito, a cuyo
+servicio estaba desde su célebre colisión con mi tía. La casa fue
+transformada: todo el menaje de los tiempos prehistóricos de Pavón fue
+modificado por un mobiliario moderno del más correcto gusto
+contemporáneo. Los viejos retratos de la familia fueron a cubrir las
+paredes de los últimos cuartos, incluso el de mi tía, que había reinado
+veinte años en la pared principal del salón.
+
+Mi tío Ramón echó muy luego el luto y se dio al mundo, enteramente al
+mundo; pero siempre débil a las tentaciones de la carne, sus setenta
+millones de pesos vinieron a quedar muy luego en las condiciones de un
+real en la puerta de una escuela. El doctor Montifiori fue el primero en
+advertir que mi tío era un partido; pero ¿cómo, por qué medio iniciar la
+campaña diplomática para conseguir sus fines?
+
+El insigne gomoso pensó, caviló mucho, hasta que un día se dio un golpe
+en la frente con la mano, como el hombre que ha encontrado la solución
+de un problema. Montifiori había pensado en que él no podía ser católico
+al cohete, sin servirse de sus creencias religiosas.
+
+El hombre de más influencia en la alta sociedad bonaerense era el señor
+Penseroso: un abate griego, de Atenas, un hombre distinguidísimo, suave
+como una alondra, agudo y penetrante como una aguja: con su rostro de
+mártir, y un ojo apagado que no revelaba por cierto toda la agilidad y
+la hondura de que aquel sacerdote estaba dotado. Dignísimo en su trato,
+su influencia se sentía en los salones, pero era la influencia de una
+sombra; jamás se impuso por presión o actos públicos; su pasaje era
+como subterráneo, latente, pero eficacísimo.
+
+Lanzado mi tío, después de la muerte de su mujer, en una vida de
+desorden para sus años y para su seriedad, recogiéndose tarde, picado
+por la tarántula de las artistas de teatro y de las bailarinas de Colón,
+el buen viejo le había echado _la capa al toro_, como vulgarmente se
+dice. Montifiori comprendió desde el primer momento que mi tío tenía un
+lado débil que explotar y como medio empleó al señor Penseroso.
+
+El salón de Fernanda estaba abierto para nosotros todas las noches. Don
+Benito reinaba allí como un tirano. Algunas noches solía concurrir el
+señor Penseroso, por quien mi tío había cobrado una viva simpatía. ¡Tan
+dulce, tan suave era aquel santísimo y virtuosísimo padre!
+
+Blanca le hacía toda clase de fiestas y cariños al insinuante abate: al
+sentársele al lado, aquella criatura, fría e impávida, se volvía una
+gata mimosa con el clérigo: le besaba respetuosamente el dedo ceñido por
+el anillo de regla: le tomaba el capelo, le traía ella misma la taza de
+té y le ponía en la boca alguna rica golosina de Roverano, con una
+gracia indescriptible. El sacerdote se revenía y se entregaba rendido a
+la encantadora.
+
+Blanca pertenecía a las _Hermanas de los Santos_, sociedad de niñas, de
+la que era presidenta y en la que ejercía una grandísima influencia.
+
+En esta sociedad andaba la mano de los jesuitas; ellos les habían
+confeccionado sus reglamentos disciplinarios, en los cuales preponderaba
+un espíritu de inquisición completa: un librito reservado, de pocas
+hojas, en el que abundaban las transaciones del pudor con las
+conveniencias sociales y las exigencias religiosas; los casos en que las
+socias podían inquietar la virtud de los hombres con sus prendas físicas
+y morales; las ocasiones en que era lícito escotarse, y creo que hasta
+la línea del busto de la que el escote no podía pasar.
+
+Blanca se ganó al señor Penseroso en cuerpo y alma, y el señor
+Penseroso, por una parte, y Montifiori y Blanca por la otra, sitiaron y
+rindieron a mi tío.
+
+Muy pronto don Benito y yo advertimos las consecuencias.
+
+Ya era tarde: mi tío Ramón babeaba por la linda hija de su amigo y la
+sociedad comenzaba a anunciar su casamiento con ella.
+
+Un día, sin embargo, nos resolvimos con don Benito a hacer el último
+esfuerzo. Comíamos juntos en su casa: mi tío se había sentado a la mesa
+de punta en blanco, como un pollo de veinticuatro años. Concluida la
+mesa, haría su visita a lo de Montifiori.
+
+--Diablo, que está usted elegante, para viudo tan fresco--le dijo don
+Benito.
+
+--¡Eh!--contestó mi tío...--voy a la ópera esta noche...
+
+--Nosotros también vamos, qué diablo, pero no se nos ha ocurrido
+vestirnos como usted...
+
+--Es que yo no voy solo--contestó mi tío.
+
+--¡Cómo! ¿persigue alguna aventura entre telones?--preguntó don Benito
+con sorna.
+
+--No... déjense de bromas, acompaño a la familia de Montifiori, a
+Blanca...
+
+--¿Usted?--inquirió don Benito, apuntándole con el dedo.
+
+--Sí, yo, ¿qué tiene de extraño?
+
+--Don Ramón, usted enamorando a Blanca Montifiori, ¿tiene valor?
+
+--¿Y por qué no?... si les dijera a ustedes que soy aceptado...
+
+--Pero, tío--le dije,--esa es una unión imposible, absurda. Blanca es
+una mujer joven, usted casi le triplica la edad.
+
+--Julio--me dijo,--toda reflexión es inútil: Blanca me ama.
+
+--Ama a su dinero, amigo--dijo don Benito dando un golpe sobre la mesa.
+
+--¡Don Benito!...--exclamó mi tío, con un gesto de impaciencia.
+
+--¡Eh! Sí, señor... su dinero... ¡y es una vergüenza ese casamiento, una
+gran vergüenza! Usted va a ser el hazme reír del mundo. Usted, que ha
+salido de las garras de una mujer absurda, va a caer en las manos de...
+
+--¡Don Benito!...--interrumpió mi tío Ramón.
+
+--Tío--le dije,--piense usted lo que hace, a usted no le cuadra una
+mujer tan joven... espere... reflexione.
+
+--Cualquiera te tornaría a ti por un celoso--me contestó recalcando la
+frase. La sangre me subió al rostro y no pude disimular mi turbación.
+
+--¿Y cuándo serán las bodas?--preguntó don Benito, sonriéndose.
+
+--¡Eh! vaya usted al diablo--contestó mi tío Ramón;--no estoy para ser
+objeto de sus bromas, y se levantó violentamente de la mesa.
+
+Se daba _Semiramis_ aquella noche, y Colón estaba de gala; los palcos,
+ocupados por las más lindas y conocidas mujeres de la gran sociedad,
+presentaban un aspecto deslumbrador. Se había cantado el primer acto; la
+Borghi y la Scalchi electrizaban al público y en la sala no se
+escuchaba sino el eco del entusiasmo y de los elogios.
+
+Una noche clásica de ópera en Colón reúne todo lo más selecto que tiene
+Buenos Aires en hombres y mujeres. Basta echar una visual al semicírculo
+de la sala: presidente, ministros, capitalistas, abogados y leones,
+todos están allí; aquello es la feria de las vanidades, en la cual no
+faltan sus incongruencias de aldea: el vigilante de quepis encasquetado
+en medio de la sala, la empresa, en _en menage_, instalada en uno de los
+mejores palcos del teatro, el humo de los cigarros obscureciendo la sala
+entera.
+
+No había concluido el primer acto, cuando en un palco de la izquierda
+aparecieron Fernanda y Blanca Montifiori con el doctor Montifiori y mi
+tío. Las dos mujeres estaban radiantes de belleza y de lujo. Parecían
+dos hermanas. Todas las miradas se concentraron en el palco, todos los
+anteojos se clavaron en Blanca y Fernanda. Don Benito, que estaba a mi
+lado, me tocó el brazo. El teatro entero hacía un solo comentario.
+
+A nuestro lado, teníamos dos jóvenes impertinentes que conversaban, sin
+conocernos, con toda desfachatez.
+
+--El viejo, aquél, el que ahora se le acerca;--le decía uno de ellos al
+otro...
+
+--No puede ser...--contestaba éste.
+
+--Te digo que sí; ese es el novio... que _toupet_ de mujer.
+
+--¿Pero estás seguro?
+
+--Ciertísimo... si conozco mucho al viejo, cuando yo estaba de
+practicante en lo del doctor Trevexo, iba todos los días al estudio.
+
+--¿Y a ella la conoces?
+
+--¡Bah, bah, de la escuela... era la piel del diablo cuando chica... un
+potro!...
+
+Don Benito, mudo, pero dejando vagar una leve sonrisa por los labios,
+seguía tocándome el brazo a cada palabra de los indiscretos.
+
+--¿Pero será posible que se casen?...
+
+--Vaya, ciertísimo.
+
+--¿Y el padre es capaz de autorizar semejante casamiento?
+
+--El padre tiene las agallas de un dorado... ¡Tres millones de duros
+valen la pena, qué diablos!
+
+Los comentarios que hacían a nuestro lado aquellos dos mozalbetes,
+recorrían sin duda los palcos y la cazuela.
+
+Bastaba observar ciertas caras, con un poco de atención, para conocer
+las impresiones que producía en el teatro la presencia de mi tío en el
+palco de Blanca. En la cazuela se sentía el tajear de las lenguas, lo
+mismo que se siente la hoz que siega un pastizal.
+
+La cara de la parroquiana de la cazuela se alumbra con el espectáculo
+que presenta un palco con una mujer lujosa y mundana--la cazuelera
+comunica su impresión inmediatamente a su vecina;--ésta le hace un gesto
+correspondiente al asunto de que se trata, en seguida se hablan,
+cuchichean, ríen, se ponen graves, miran de nuevo al objeto del
+comentario y la escena se prolonga hasta que se levanta el telón.
+
+En la cazuela no queda títere con cabeza: albergue de solteronas y de
+doncellas, a las que el lujo y la riqueza no sonríen ni popularizan, se
+convierte en Criterion: allí se pasan por cedazo todas las reputaciones,
+ya sean de hombres o de mujeres. Allí se publican los deslices de la más
+linda mujer casada, que brilla en un palco, aunque sea más virtuosa que
+Lucrecia. Allí se cuentan sus amores, se apunta al amante con el dedo,
+se ridiculiza al marido, se narra la última aventura con verdadera e
+íntima fruición; las lenguas, como otras tantas navajas de barba, no se
+contentan con afeitar; degüellan, ultiman, descarnando la honra como se
+descarna un cadáver en la sala de autopsias. Allí se cuentan, con nombre
+y apellido, las queridas de los hombres de moda; se saca la cuenta de
+sus hijos naturales; se explica por qué se deshizo el casamiento con
+fulana, cuánto perdió en el club zutano, por qué se fue a Europa, por
+qué se vino, a qué mujer enamora actualmente, cómo le hace caso, dónde
+se ven y hasta en qué casa tienen lugar las citas.
+
+Madres de familia, las que creéis que el cielo está arriba, no llevéis
+jamás a vuestras hijas a la cazuela.
+
+Rogad a Dios que las lleve Satanás al infierno antes; en el infierno
+estará más protegido su pudor, que en aquella galera donde vuela el
+chisme, enreda la intriga, muerde la calumnia y se ensaña la envidia.
+
+Los que tenéis autoridad, abolid la cazuela: meted en ella el elemento
+masculino: la mujer sola se vuelve culebra en aquel antro aéreo.
+
+ * * * * *
+
+Aquella noche la cazuela dio cuenta de la reputación de mi tío y de la
+de Blanca. El doctor Montifiori, en medio de la íntima satisfacción que
+revelaba su rostro por el triunfo de sus planes, no alcanzaba a
+calcular, a pesar de su gran malicia, todo el veneno que había destilado
+la cazuela sobre él, sobre su mujer, su hija y sobre la inmaculada
+cabeza de mi tío Ramón, su futuro yerno.
+
+
+
+
+XIV
+
+
+Seis meses después, la boda de mi tío Ramón con Blanca, era cosa
+arreglada. Ningún casamiento ha agitado más que aquél los círculos
+sociales de Buenos Aires. En el teatro, en Palermo, en los bailes, en
+los clubs, en las iglesias no se hablaba de otra cosa. Mi tío había
+hecho demoler y reedificar gran parte de su casa de la calle Victoria.
+Yo había hecho la resolución de abandonarlo, de volver a vivir con don
+Benito, pero él no me lo había permitido, había comenzado por pedirme
+que no lo hiciese y concluyó por suplicármelo de tal manera, que muy a
+pesar mío tuve que renunciar a mis proyectos. El antiguo palacio burgués
+de los Berrotarán había sido completamente transformado bajo la
+artística dirección del señor Montifiori. Mi tío había decorado su casa
+con todo el confort y el aticismo modernos. Era aquél el nido más
+hermoso en que una mujer de mundo podía soñar; y cosa singular, hasta el
+novio se había rejuvenecido, y había tomado todos los contornos de un
+hombre de mundo.
+
+El 20 de junio de 1883, a las nueve de la noche, una larga serie de
+carruajes particulares se apostaba en la parte más central de la calle
+San Martín y las personas que de ellos descendían, entraban por un
+espacioso zaguán en una casa que ocupaba un extensísimo frente. La
+puerta de calle, cubierta por una inmensa cortina grana, daba entrada a
+una amplia galería tapizada de paño rojo y profusamente alumbrada y
+decorada por guirnaldas y flores. Dos lacayos de librea guardaban sus
+puertas de cada lado de la entrada. Se sentía allí un ambiente tibio y
+agradable. Todo Buenos Aires aristocrático desfilaba por aquella
+galería: los grandes hombres de estado, el alto comercio, la banca, el
+ejército, la magistratura, el foro, las letras, la prensa. Las mujeres,
+cubiertas por pieles y felpas variadas, ganaban la escalera friolentas y
+apuradas, prendidas del brazo de sus acompañantes.
+
+Aquella casa era el palacio del doctor Montifiori, donde debía tener
+lugar aquella noche el casamiento de mi tío Ramón con la señorita
+Blanca de Montifiori, hija única del famoso hombre de mundo que ya
+conocemos.
+
+La casa del doctor Montifiori bien merece una página. El trópico había
+brindado sus más ricas y voluptuosas galas para adornar el espacioso
+vestíbulo cubierto por mosaicos bizantinos. Esa flora artificial de la
+moda que prepara cuidadosamente la tierra, y le exige los frutos raros
+de la fantasía de los artistas de la botánica, rivalizaba aquella noche
+con los ejemplares más curiosos del Jardín de Plantas. El jardín de la
+Tijuca había contribuido en sus más bellas muestras. Desde el vestíbulo
+bajo hasta el alto, incluso la gran escalera de encina tallada, las
+hojas perezosas caían sobre sus tallos en grandes vasos de alfarería o
+de madera; los helechos, la parietaria, el lotus y los nenúphares
+extendían sus hojas, cautivas de la moda despótica, bajo cuyo imperio
+parecen sentir la nostalgia de las linfas de los arroyos en que fueron
+sorprendidas.
+
+La mansión de Montifiori revelaba bien claramente que el dueño de casa
+rendía un culto íntimo al siglo de la tapicería y del _bibelotaje_, del
+que los hermanos Goncourt se pretenden principales representantes: todos
+los lujos murales del Renacimiento iluminaban las paredes del vestíbulo:
+estatuas de bronce y mármol en sus columnas y en sus nichos; hojas
+exóticas en vasos japoneses y de Saxe; enlozados pagódicos y lozas
+germánicas: todos los anacronismos del decorado moderno; en fin,
+Montifiori, bien juzgado, era un poco burgués a lo monsieur Jourdain al
+fin. Había progresado mucho, es cierto; sus largos viajes por Europa, su
+malicia y su instinto, le habían complementado sus deficiencias, y en
+materia de _chic_ era _as_ en la aristocracia bonaerense, que no es tan
+fina conocedora de arte, como se pretende, a pesar de su innata
+insuficiencia. Verdad es que el siglo tapicero necesita de dos elementos
+para brillar: del judío cambalachista e importador, del _brocateur_,
+como le llaman los franceses, y del burgués fatuo que compra y
+colecciona y que se da por fino y sagaz conocedor de lo viejo, de ese
+inestimable _vieux_, que todos se disputan, aun a riesgo de que resulte
+apócrifo.
+
+Montifiori rendía su culto a lo antiguo; además del gran salón Luis XV,
+con sus muebles tallados y dorados, vestidos de terciopelo de Génova
+color oro, y en el cual dos lienzos de la pared estaban ocupados por dos
+tapicerías flamencas, las demás habitaciones ofrecían el desorden más
+artístico que es posible imaginar. En los muros, tapizados con ricos
+papeles imitando brocatos y cordobanes, una serie de cuadros grandes y
+pequeños absorbía la atención de los curiosos. Cuadros eran esos en los
+que Montifiori cifraba todo su orgullo. Allí había un boceto de ninfa
+sobre un fondo ocre sombrío, iluminado por dos o tres pinceladas audaces
+que denunciaban las formas de una mujer desnuda, de carnes bermejas y
+senos copiosos, y que Montifiori mostraba como un Rubens en el caballete
+de felpa cerezo que lo exhibía; más allá, cuadros firmados por Laucret,
+por Largilliere, por Mignard, por Trinquez, por Madrazzo, por Rico, por
+Egusquiza, por Arcos. De éstos, sólo dos de los últimos eran auténticos.
+
+Entre las telas, algunos bajo-relieves en bronce; y sobre los muebles,
+pies de todas clases, bronces antiguos y modernos; terracotas de
+Carpeaux, Chapu, y bustos de Cordier de Monteverde y de Dupré; un
+sinnúmero de reducciones de Bardedienne; vasos, ánforas y objetos
+menores sobre tapices orientales, entre los cuales se veían variedades
+de bibelots en esmalte, en Saxe, en Sévres, en carey, en marfil viejo.
+
+Como se ve, la casa del suegro de mi tío pagaba su tributo a la moda; un
+galgo aristocrático de raza, habría encontrado mucha incongruencia allí;
+mucho apócrifo, mucha fruslería; pero el hecho era que Montifiori
+también entendía de japonismo, de gobelinos, de tapicerías flamencas,
+de vidrios de Venecia, de lozas y bronces viejos, de lacas y de telas de
+Persia y Smirna.
+
+Allí andaban todos los siglos, todas las épocas, todas las costumbres,
+con un dudoso sincronismo si se quiere, pero con un brillo deslumbrador
+de primer efecto, ante el cual el más preparado tenía que cerrar los
+ojos y declararse convencido de que el doctor Montifiori era en todo un
+hombre de mundo.
+
+En aquel salón, único en Buenos Aires, Fernanda jugaba su _baccarat_ con
+don Benito y dos o tres amigos más, las noches vacantes de teatros y
+bailes; el señor Penseroso hacía su propaganda evangélica, y Blanca en
+un rincón de la sala enloquecía a mi tío, contándole la gran pasión que
+había sabido inspirarle entre cien hombres de mérito a quienes había
+desairado por él.
+
+El casamiento de Blanca Montifiori había reunido en su casa a las
+mujeres más lindas del día. El reportaje ya había hecho el inventario de
+los regalos. ¡Qué maravillas! Una novia como Blanca, fuera de los mil
+ramos que son de orden, no podía recibir sino diamantes, perlas y
+zafiros. Su padre, hombre de grande influencia en los círculos; su
+novio, uno de los hombres más ricos; Fernanda, la mujer en boga; Blanca,
+la criatura más distinguida del salón porteño, ponían aquella noche en
+conflicto la bolsa de cada uno de los concurrentes.
+
+¡Tiene tal sello inconfundible el regalo oficial en una noche de bodas!
+
+Porque es necesario convenir, ¡qué diablo! aun cuando se trate de mi tío
+Ramón y de su linda novia, en que Buenos Aires regala un poco por el qué
+dirán, compra lo más barato que puede, pero nunca sin transigir con el
+punto de honor, con el amor propio del que regala, porque todos quieren
+ser los primeros en la feria de las exhibiciones, gastando lo menos
+posible. Así, pues, los más ricos regalos de una boda no los hacen
+generalmente los más ricos capitalistas, sino los más necesitados.
+Aquella noche, por ejemplo, el doctor don Bonifacio de las Vueltas,
+amigo personal del doctor Montifiori, bella fortuna, bella posición
+política, en situación de servir y no de ser servido, había regalado qué
+sé yo qué par de estatuas imposibles, imitación bronce de pacotilla,
+mientras que mi ex-patrón, don Eleazar de la Cueva, un hombre quebrado,
+en una situación desesperante de fortuna, había arrojado sobre la cabeza
+y el cuello de la linda novia una cascada de perlas y de diamantes.
+
+--Pero ese don Eleazar es famoso--exclamaba Montifiori, admirando los
+espléndidos aderezos del viejo judío...--¡Es un artista _homme de
+monde_! ¡Qué diferencia de ese imposible y tacaño ministro, que manda
+esos mamarrachos de lata a mi hija!
+
+La curiosidad no dejaba quietas a las mujeres aquella noche.
+
+Ellas conocían al dedillo todos los regalos de la novia: los diamantes,
+las perlas, los zafiros, los rubíes, las cadenas de pulseras y anillos y
+la serie de diademas, de aros y flores de piedras preciosas, que la
+vanidad humana había depositado a los pies de aquella criatura que
+vendía su cuerpo a los tres millones de un viejo de más de sesenta años.
+Pero en lo que las mujeres sobresalían, era en la crónica de los trapos:
+se habían aprendido el _trousseau_ de memoria como el librito secreto de
+la _Sociedad Hermanas de los Santos_.
+
+--Doce vestidos de calle--decía una personita impertinente, de
+veinticinco años largos, sacando la punta de su zapato de raso por el
+ruedo del vestido.
+
+--¿Doce?--le preguntaba la vecina,--quince... ¡ya los he visto todos!
+
+--¿Es posible?...
+
+--Ya lo creo...--replicaba con suficiencia la que parecía más informada.
+
+--Dicen que hay uno de baile espléndido, color _bleu d'eau_ y otro de
+terciopelo estampado color marfil, guarnecido con ramos de rosas té. ¡Y
+los _matinées_ son espléndidos! Pero a mí lo que me gusta más, es uno
+color turquesa muerto. ¡Qué monada!
+
+Y el pudor y el buen gusto no me permiten continuar; aquellas niñas
+comenzaron por los vestidos, siguieron por las medias y acabaron por
+inventariar con el desparpajo de un cirujano que hace una operación,
+hasta las piezas de ropa del más íntimo uso de la novia.
+
+Eran las nueve y media ya, y el salón estaba lleno de hombres y de
+mujeres, cuando aparecieron Fernanda del brazo de mi tío, y Blanca del
+brazo de su padre. El señor Penseroso vino a encontrarlos. Las amigas de
+la novia, vestidas todas de blanco, la rodearon mientras que el
+sacerdote tomaba suavemente la mano a mi tío y le indicaba que se la
+diese a Blanca. La rueda de curiosos estrechó el círculo; las mujeres se
+ponían en puntas de pies; todos querían presenciar la ceremonia. La
+fisonomía de Blanca no manifestaba turbación alguna: parecía la estatua
+de la satisfacción. Yo nunca la había visto más linda; nunca el oro mate
+de sus cabellos había dado más realce a su fisonomía que aquella noche.
+Su vestido de novia era un poema en el que el telar y la aguja habían
+hecho las más espléndidas estrofas a su belleza. Entre aquella cascada
+de flores y de diamantes, de encajes, brocatos y felpas primorosas que
+invadía el salón de Montifiori, la novia se presentaba con una elegancia
+llena de distinción, con su traje blanco con aplicaciones de terciopelo
+cincelado, y por único adorno, una onda desbordada de encajes de
+Inglaterra, que naciendo en el cuello, iba a perderse en su gran cola,
+después de haber perfumado el contorno con su mística y vaporosa
+blancura. Dos gruesas perlas, hermanas de los azahares, servíanle de
+pendientes, y su seno, aquel seno escaso que tanto mal sueño me había
+producido, cerrado completamente por la bata, daba a su busto una
+corrección de líneas inimitable.
+
+¡Era feliz mi tío!
+
+El señor Penseroso con una dulzura exquisita y un laconismo de la más
+urbana discreción dijo la ceremonia. Era de ver aquel viejo de cascos
+ligeros, tonto y baboso, que había vivido dominado por una vieja
+perversa casi toda su vida, al lado de una criatura, llena de vida, de
+juventud y de belleza, creyéndose capaz, el pobre, de haberle inspirado
+una pasión. Era de ver también la flema con que Montifiori presenciaba
+el enlace de su hija; y por último pasmaba la apatía con que Blanca se
+entregaba a un marido que carecía, como era natural, de todos los
+encantos que un hombre puede ofrecer a una mujer joven y bella.
+
+Cuando el sacerdote terminó la ceremonia, mi tío se echó en brazos de
+Fernanda y Montifiori en brazos de su hija: los amigos hicieron iguales
+demostraciones con los novios; no hubo sollozos ni lágrimas, y apenas
+hubieron terminado las felicitaciones, cuando la orquesta inició el
+baile, con aquel mismo vals de Metra que yo había bailado con Blanca un
+año antes, en el Club del Progreso. Se organizaron las parejas y el
+bullicio y el movimiento invadieron de nuevo el espacioso salón de
+Montifiori.
+
+Allí encontramos a todos nuestros conocidos del club y a muchos hombres
+en boga. Montifiori ha convidado a todo el mundo: la casa es pequeña
+para contener la concurrencia; no faltan ni los desconocidos
+recientemente llegados; porque en Buenos Aires somos tan amables, que es
+más fácil abrir la puerta de un salón del gran mundo a un extranjero que
+acaba de llegar, sea quien sea, que a un hijo del país que nunca ha
+salido de su patria;--¡costumbres sudamericanas!
+
+Siempre se cree que es de mal tono no invitar al brillante desconocido,
+que ha aparecido una noche en la platea del Colón, o un domingo en el
+bosque de Palermo.
+
+Me acerqué a Blanca; la cumplimenté; me tendió la mano sonriendo, y me
+dijo:
+
+--Seremos grandes amigos... Soy su tía...--agregó con una sonrisa.
+
+--Lo seremos--le contesté con afecto.
+
+Mi tío me abrazó, pero al sentir su pecho sobre el mío, yo hubiera
+deseado que no lo hubiera hecho. Sentía vergüenza de mí mismo; deseos de
+desprenderme de él, de no verlo, de no haberlo conocido. ¿Amaba a
+Blanca? No: ¡qué diablo! no la amaba, no la había amado nunca, no habría
+podido amarla y menos desde aquel día. Ese casamiento era una
+explotación, y yo le había cobrado una innata repugnancia; porque, al
+fin, aquella mujer era una mujer de mármol, una mujer sin alma, sin
+sentimiento, sin poesía siquiera.
+
+Casada con un truhán, con un libertino, pero joven y con el prestigio
+propio de un hombre, yo la habría comprendido; pero venderse a un viejo
+valetudinario, a un hombre sin talento, sin espíritu, sin fuerzas...
+¡cómo justificarla! ¡cómo creerla digna de ser sentida y amada!
+
+En el bullicio del baile, los novios desaparecieron; bajaron
+precipitadamente la grande escalera, ganaron el cupé que los esperaba en
+la puerta de calle y muy pronto estuvieron en la morada que mi tío había
+preparado para que Blanca pasara su luna de miel con sus sesenta y
+tantos años.
+
+Aquella noche, cuando los pesados y ricos cortinados de la cámara
+nupcial cayeron sobre los misterios de himeneo, el Dios del amor debió
+cerrar sus pliegues con vergüenza, como si se sintiese deshonrado de
+servir de guardián a los desposorios del Tiempo con la diosa más joven
+del Olimpo.
+
+Mi amigo don Benito, correctamente vestido, charlaba aquella noche en un
+rincón del gran comedor de la casa de Montifiori con varios muchachos
+alegres que comentaban el enlace de Blanca.
+
+--Lo único que le hace falta al novio, es que Montifiori le consiga un
+pedacito de cinta para el ojal, como la que él usa--decía riendo uno de
+los jóvenes de la rueda.
+
+--¡Eh! no es tan fácil eso...--decía otro.
+
+--¡Qué no! mire usted aquel tipo que está allí, aquel narigón. Ha sido
+vendedor de trapos toda su vida; se dio importancia, se hizo amigo de
+algunos diplomáticos, y al poco tiempo la mujer le puso un moño en la
+_boutonniére_ y ahí lo tienen ustedes. ¡Vean con qué garbo muestra su
+escarapela!
+
+--Y cómo goza Montifiori con esas cosas... ¿eh?
+
+--En fin, esperemos que don Ramón vaya a Europa mañana, compre un
+título, y que Blanca sea Baronesa de algo...--dijo don Benito después de
+haber apurado una copa de champagne.
+
+--¡Diablo con Montifiori! qué vino nos hace beber! ¿Pero quién lo
+surte?...--agregaba don Benito;--este champagne es abominable... ¿si nos
+creerá tontos este gran pieza de Montifiori?
+
+--El cristal de las copas es de primer orden, pero los vinos de
+Montifiori están a la altura de la mayor parte de sus invitados. Hombre
+práctico al fin, él sabe que a su casa viene de toda clase de gente. Es
+absurdo, pues, dar buen vino a todo el mundo. ¿Para qué? quién lo sabría
+apreciar.
+
+Yo me mantenía retirado de aquel grupo de maldicientes. Me faltaba mi
+compañera de vals, pasaba por mi memoria el recuerdo de lo que me había
+sucedido el año anterior. Iba a vivir en la misma casa... ¿qué importa?
+Yo estaba seguro de mí mismo, ¿qué podía temer? En estas reflexiones
+estaba abstraído, cuando don Benito vino a golpearme en el hombro.
+
+--Julio--me dijo,--¿vamos a cenar al club?
+
+--Vamos--le respondí maquinalmente, después de haber saludado a
+Montifiori y a Fernanda y tomamos nuestro carruaje.
+
+--Sabes--me dijo, ya en el coche don Benito,--que Fernanda me ha ganado
+5000 duros... ayer.
+
+--¡Fernanda! ¡qué! ¿juega Fernanda?
+
+--¡Bah!...
+
+--Y...
+
+--Y... se los he tenido que pagar...--agregó riendo,--vale la pena de
+perderlos con ella--añadió.--Si tu honor te lo permitiera, yo te
+aconsejaría que te los dejaras ganar por Blanca.
+
+--Vamos--le dije, poniéndome serio,--don Benito, eso no es correcto...
+Blanca es la mujer de mi tío... respétemonos, respetémosla.
+
+--Vaya, niño... no se incomode; respetemos a la señora de su tío de
+usted... pero tenga cuidado con ella para poderla respetar.
+
+En aquel momento mismo llegábamos al club.
+
+Cenamos y nos dieron las tres de la mañana. En todo el club no se
+hablaba de otra cosa que de la boda, y, como era natural, la crítica se
+recreaba en morder el argumento por todas sus faces.
+
+--¿Vienes a casa?--me dijo don Benito;--tu cuarto está pronto.
+
+Acepté. A las cuatro de la mañana entrábamos en la casa de mi viejo
+amigo. Charlamos largo rato y en medio de la charla de don Benito, me
+adormecí. Entonces, un sueño espantoso pasó por mis ojos. Me vi
+trasladado a los tiempos del colegio. En la puerta de calle vi a
+Valentina que parecía esperarme. Era el día de su santo. Llegué a su
+casa, le di el ramo de jazmines que llevaba para ella: me inquietó la
+presencia de don Camilo en la mesa. Por la noche, Valentina se acercó a
+mi lado en el jardín, juntos miramos al cielo; veía su cara risueña y
+espiritual, sonriendo, llena de luz, de vida y de sentimiento; oí en el
+piano las notas graves de Beethoven, me despedí de ella... La volví a
+ver otro día por la última vez... no pude, no supe decirle que la
+quería... Mi sueño se fue complicando poco a poco... apareció primero
+entre sus imágenes, la figura escuálida de un clérigo, después mi tío...
+a su lado, una mujer joven le estrechaba la mano... ¡esa mujer era
+Valentina!... Sentí una terrible opresión en el pecho; quise correr para
+separarlos, no pude: tenía ligados los pies; quise gritar para que me
+oyesen, tampoco pude, la emoción cerraba mis labios. Las fuerzas me
+faltaban; entonces vi caer la mano del clérigo sobre la pareja que
+recibía su bendición y caí desmayado. Todo había concluido para mí!...
+¡Valentina no me pertenecía ya... la había perdido!
+
+¡Ah! pero entonces el terrible sueño que me oprimía como una piedra, se
+deshizo como un vapor sutil y desperté... ¡Oh! ¡qué íntima, qué inmensa
+alegría inundó mi ser, cuando pensé que Valentina era libre!
+
+
+
+
+XV
+
+
+Mi vida no cambió mucho por cierto con el casamiento de mi tío Ramón.
+
+Blanca, con un tren de lujo extraordinario, vivía en el mundo, en los
+teatros, en los bailes, en todas las fiestas y paseos más concurridos.
+Dominado su marido desde el primer momento, el pobre viejo iba siempre a
+remolque de su mujer, sin oposición, sin protesta de ningún género. Yo
+los acompañaba poco; vivía aislado en un departamento independiente de
+la casa, porque me mortificaba el trato de aquella mujer fría y ligera
+que no podía vivir sino en una atmósfera de lujo y de pompa. El círculo
+de los amigos solteros de mi tío Ramón, se había extendido
+considerablemente, con motivo de su casamiento. Montifiori le había
+traído a todos sus camaradas del gran mundo; dos o tres diplomáticos,
+aves de paso, chismosos y murmuradores, como todas las mediocridades
+del género; uno o dos banqueros; no faltaba nunca algún personaje
+político de más o menos importancia, ni un grupo de muchachos alegres y
+calaveras, que solían comer allí y alegrar la tertulia de Blanca, en la
+que Fernanda gozaba de una influencia suprema. Por la noche se tocaba,
+se cantaba, se saboreaban los escándalos sociales, se criticaba, se
+mordía en grande y se jugaba... se jugaba grueso. Era la única mala
+pasión del gentil don Benito; superior en él a todas las otras, lo
+dominaba y lo consumía.
+
+Caballero a carta cabal, un gentilhombre a toda prueba, solo, sin hijos
+ni parientes, había tomado la vida con una suprema frialdad y se le
+importaba muy poco del mundo en todo aquello que no fuera para él
+materia de honra. El sabía y conocía su situación; encontraba alegre la
+vida en el salón de Fernanda y de Blanca, hacía en él sus campañas
+amorosas y perdía como todo hombre feliz en amores, sus buenos billetes
+de banco. En el punto de honor, era un caballero antiguo, abierto,
+desprendido, pródigo hasta el exceso con las mujeres; calavera sin
+escrúpulos en materias parvas; burlón de los avaros y de los necios,
+lengua libre y corazón de oro en medio de los terribles defectos
+mundanos que le atribuían ciertas mamás consternadas por su mala fama.
+
+Una tarde que don Benito y otros amigos comían en lo de Blanca
+alegremente, como de costumbre, mi linda tía se sintió indispuesta. Mi
+tío se alarmó profundamente; todo el círculo de invitados procuró
+manifestar igual alarma. Se llamó al doctor de la familia, un médico
+joven y sagaz, fino conocedor de aquel centro social y mundano. Vio a
+Blanca, la sometió a todas las añagazas y a todo el procedimiento
+aparatoso del arte, y en medio de la aflicción sincera de mi tío y de
+los invitados, sacó al marido aparte y le dijo sonriendo:
+
+--Bien, amigo don Ramón... le felicito...
+
+--Doctor, no entiendo... perdone usted...--le contestó mi tío.
+
+--Pues dígale a Blanca que se lo explique... ¿no le ha dicho nada?
+
+--¡Ah!--exclamó mi tío golpeándose en la frente.--¡Pobrecita! ¿Quién lo
+hubiera creído?... ¿Será posible? ¡Ya me lo había sospechado!
+
+--¿Y por qué no? Cualquiera, conociéndolo a usted... ¿o pensaba usted...
+que, casándose con una muchacha como esa, no?...
+
+--¡Oh! no, no--contestó mi tío con cierto orgullo reconcentrado, como
+un hombre que está persuadido de haber cumplido con su deber.
+
+La novedad se contó en voz baja a los contertulianos. Blanca, echada
+negligentemente en un canapé, la oía comentar y circular por el salón, y
+pasada la primera crisis y bebida la fórmula anodina que había recetado
+el médico, dejaba caer sus miradas frías y distraídas sobre las páginas
+de un periódico ilustrado que apenas podía sostener en sus manos. Mi tío
+Ramón hacía pucheros de alegría y de íntima satisfacción. ¡El, sin
+sospecharlo, él, a sus sesenta y tantos años, había producido aquel
+verdadero atentado contra la regularidad del equilibrio lunar! Blanca,
+pálida como de costumbre, lo llamaba a ratos a su lado, le pasaba la
+mano por la cara, le daba en ella cariñosas palmaditas con una fisonomía
+fingidamente huraña y resentida, ante la cual el viejo comenzaba por
+aflojar las rodillas, y por estirar los labios, y concluía por caer
+rendido como un criminal arrepentido, sobre un muelle y riquísimo _puf_
+que la enferma había hecho acercar a su lado. El cuadro era digno del
+satírico pincel de Hogarth; los mimos de mi tío con su joven esposa,
+llena de caprichosos antojos, de manías y veleidades, tenían ese sello
+característico de los devaneos seniles, que rebajan la energía del
+hombre y deprimen tanto la dignidad de los ancianos.
+
+Pero aquella criatura de alma viciosa sabía representar su papel como
+una gran artista, y hasta el mismo don Benito, que no comulgaba
+fácilmente con ruedas de molino, estaba rendido aquella noche ante ella,
+al verla desfallecida sobre un sofá, con la pollera de su riquísimo
+vestido de surah ligeramente recogida, dejando ver su pie,
+admirablemente calzado, y la garganta de su pierna cubierta por una
+media de seda bordada.
+
+--Tengo un antojo--le decía a mi tío, tirándole de la pera,--y me voy a
+morir sino me lo satisfaces, sabes... ¡un gran antojo!
+
+Mi tío ponía cara de bandido sorprendido infraganti.
+
+--Un antojo... pero que nadie sepa lo qué es... ni lo digas tú a
+nadie... Ven, acércate, yo te lo diré al oído...
+
+Y el viejo, con movimiento de palomo, acercaba el oído a sus gruesos y
+provocativos labios.
+
+--Valen muy poco, mira, y son espléndidas... quiero lucirlas en el
+primer baile... con el vestido de _velours frappé_ que espero...
+
+Prométeme traérmelas mañana... Te adoraré; te perdonaré todo lo que
+sufro.
+
+Y, al día siguiente, el pobre viejo satisfacía los antojos de aquella
+insaciable criatura, trayéndole el collar de perlas que se exhibía en
+una de las joyerías más famosas de la calle de Florida, y ella, mimosa
+como una gata, se arrellanaba en su victoria, se cubría de pieles y se
+hacía arrastrar a Palermo para deslumbrar y humillar con su hermosura y
+su lujo a todas las mujeres de mundo que encontraba en su camino.
+
+
+
+
+XVI
+
+
+Un día, tarde ya, casi a la hora de comer, encontré a Blanca, sola, en
+la salita donde acostumbraba a pasar el día, cuando no salía. Al verme
+entrar por la pieza inmediata, dio un grito de sobresalto, se puso
+pálida y dejó caer el libro que leía.
+
+La saludé y me incliné para recogerlo; al dárselo, abrió los brazos.
+Comprendí el movimiento y le dejé caer el libro suavemente sobre las
+faldas.
+
+--¡Qué susto me ha dado!--me dijo,--estoy tan nerviosa, que todo me da
+miedo...
+
+--¿Y su marido?--le pregunté, aparentando no interesarme por su
+sobresalto.
+
+--No sé--respondió.--¿Conoce este libro?--agregó, indicando con un
+simple gesto el libro que mantenía sobre sus faldas.
+
+--No; ¿qué libro es?
+
+--Lea su título...
+
+--No puedo leerlo...--y en efecto, no era posible leerlo, porque el
+libro había caído dado vuelta.
+
+--Pero dele vuelta--me respondió, siempre con los brazos levantados...
+
+Me levanté, y con la punta de los dedos, volví el libro para leer el
+título.
+
+--Lea--me dijo.
+
+--Leí; _Monsieur, Madame et Bebé_.
+
+--¿Conoce?--me preguntó, con una muequita llena de coquetería.
+
+--¡Oh! sí, es un poco antiguo ya--le dije. Blanca se mordió los labios;
+pero, dominándose y con un semblante lleno de aparente placidez, tomó al
+fin el libro y lo puso sobre una pequeña mesa de felpa que tenía al
+lado.
+
+--Sabe que usted es el más orgulloso de mis amigos--me dijo, con un tono
+resuelto.
+
+--Yo, ¿por qué?
+
+--¡Ah! sí--continuó;--usted no es el mismo que antes para mí, y mire,
+todos los hombres que vienen a esta casa, me contemplan, me adulan y me
+cortejan; pero usted es un indiferente en casa.
+
+--Señora--le contesté, riendo,--usted está bajo la influencia de la
+lectura de Droz.
+
+--No se ría. ¿Se acuerda usted ahora dos años? Yo soy la misma mujer de
+entonces. ¿Cree usted que me he casado con el hombre que es mi marido,
+queriéndolo?...
+
+--No... yo sé que usted no lo ha querido nunca--le repuse resueltamente.
+
+--Y bien...--me contestó,--yo sé que usted me ha amado un día... ¿se
+acuerda usted?... Yo he llegado a un momento supremo de la vida, en que
+necesito amar y ser amada por un hombre digno de mí. ¡Soy una
+desgraciada!... ¿qué pasión puede inspirarme ese hombre que es mi
+marido?
+
+--Julio--agregó, levantándose de improviso y corriendo como una loba
+hacia la puerta abierta de la habitación inmediata, que cerró con
+precipitación;--Julio--me repitió,--yo he desairado a todos los hombres
+que vienen a esta casa, todos me son odiosos... Yo necesito un hombre
+joven, que me quiera, que me dé su alma, su corazón, en cambio de todo,
+de todo mi amor.
+
+Yo permanecía frío e imperturbable en mi asiento.
+
+--Señora--le dije,--¿qué diría el mundo, si oyera sus palabras?
+
+--¿El mundo? ¿qué me importa del mundo? No me impone ni lo temo. Yo he
+sido su víctima. Yo quiero vengarme de él. Pero necesito de usted. Al
+fin, ¿qué he sido yo hasta ahora como mujer? Una máquina para ese
+anciano débil y enfermo a quien arrastro por los salones, por las calles
+y por el mundo entre las burlas y las sonrisas de todos los que nos
+miran y nos encuentran.
+
+--¡Blanca!
+
+--¡Ah! Julio--prosiguió arrastrando junto a mi el pequeño sillón que
+rodó suavemente al impulso de su cuerpo.--¡Yo le amo, le amo con locura!
+¡Yo se lo había dicho a usted; mi corazón no lo daría sino a un hombre,
+aun cuando tuviera que vender mi cuerpo a otro, como ha sucedido!
+
+Y tomándome las manos, aquella singular criatura, me clavaba las uñas
+como una pantera, y me irritaba con sus palabras ardientes y resueltas.
+El momento era crítico; la Naturaleza rugió con toda su indómita
+fiereza; sentía el calor de su rostro sobre el mío, su cuerpo tibio
+sobre mi pecho; sus lágrimas de fuego caían sobre mis labios, su piel
+candente me quemaba, perdí la razón por un momento, abrí los brazos, se
+me nublaron los ojos y en un segundo de locura, bramando de cólera y de
+pasión, me iba a arrojar sobre aquella mujer como en un precipicio,
+cuando un relámpago de la razón iluminó mi frente y pude detenerme en el
+borde del abismo a que me había arrastrado un instante la fuerza
+estúpida de la carne.
+
+
+
+
+XVII
+
+
+Los pronósticos del médico se cumplieron.
+
+Pocos meses después mi tío era padre.
+
+La suerte había sido prodigiosa. Difícilmente podría existir una
+criatura más encantadora que la hijita de Blanca. El mundo, según don
+Benito, había puesto sus puntos interrogantes; pero el mundo es malo y
+es necio. Nada más hermoso que aquella niñita que, según todos los que
+la conocieron, era un trasunto de su padre. Blanca, sin embargo, después
+de los primeros meses, parecía hastiada ya de los cuidados maternos.
+Hacía tres meses que no iba a bailes y que no hacía su partida de
+_whist_ con los amigos de su padre.
+
+¡Era triste la vida así! Esa vida de familia, el _bebé_ que llora de
+noche, que pide inconsideradamente el sacrificio de las mejores horas de
+sueño: ¡Oh, qué vida tan insoportable!
+
+Era necesario una nodriza. Por falta de una, Blanca había perdido un
+baile del club y otro baile particular y hacía semanas que se limitaba a
+sus excursiones íntimas con la madre.
+
+Estaba desolada y con un humor irascible. El pobre tío pagaba aquellas
+intemperancias que le eran tan propias. No era capaz aquella mujer de
+comprender el amor de madre en toda su sublime expresión. Mi tío poníase
+achacoso... los catarros comenzaban a minar su naturaleza; y Blanca, una
+vez aliviada de sus incomodidades maternales, quería indemnizarse de su
+ausencia de la sociedad y exigía que su pobre marido expusiese sus
+constipados a las corrientes de aire de los teatros y a las salidas de
+los bailes.
+
+Era necesario obedecer; aquella mujer no daba tregua. No le era bastante
+el tren insensato de lujo que arrastraba: las rentas de mi tía Medea,
+incólumes hasta el segundo matrimonio de mi tío, ya era materia más que
+dudosa: los inmuebles de la ilustre descendiente de los Berrotarán
+soportaban ya algunas hipotecas en cambio de los diamantes que
+iluminaban la cabeza y el busto de Blanca y de las telas que arrastraba
+en las alfombras de los salones del gran mundo.
+
+Sobrevino el primer período crítico de este enlace. Blanca comenzó por
+ir sola con la madre una noche al teatro. Su marido, que hasta entonces
+había hecho todos los esfuerzos supremos para acompañarla y mantener
+alto el pabellón, se resignó por último. Los reumatismos tienen al fin
+la razón sobre la voluntad; y como era, según ese espléndido Montifiori,
+una verdadera crueldad, privar por un dolor insignificante de cintura de
+su yerno, a la pobrecita Blanca, de una noche de ópera, el buen viejo
+don Ramón, convencido al fin de toda la impertinencia de su enfermedad y
+de las excelentes razones de su magnífico suegro, se quedaba en su casa
+con _bebé_ mientras su linda mujercita resistía en Colón la carga de los
+más peligrosos anteojos de la temporada.
+
+¡Pobre viejo! En las noches de soledad para él hacía traer a su lado la
+cuna de su hijita y junto a ella, cubierto de franelas y algodones,
+materialmente embutido en el hogar de la chimenea, pasaba las horas
+contemplando el rostro de aquel ángel que le brindaba sus primeras
+sonrisas y balbuceos. ¡Cuánta semejanza entre los niños y los viejos! En
+orillas opuestas ven tranquilamente precipitarse en medio de la
+corriente de la vida, en la que unos se han agitado y en la que los
+otros no sueñan en agitarse mañana. Un niño que sonríe en una cuna, que
+agita inconscientemente sus manecitas, que ríe o llora maquinalmente,
+es la manifestación más íntima, más pura de la ternura humana.
+
+No se concibe que esa cuna esté sola: que la madre la abandone por un
+momento; el sueño de ese ser debe ser velado por ella, porque, si ella
+falta un instante, creeríase que esa vida embrionaria se extinguiría,
+falta del calor materno, de sus besos y de sus caricias.
+
+¿Hay algo más bello que un niño que duerme? Ese sueño que parece
+alimentado por las alas de un ángel invisible, que se agitan en el
+misterio de la noche, ese sueño no se duerme sino en una edad. La
+expresión de un niño dormido atrae irresistiblemente. ¿Qué sueña esa
+alma inocente? ¿Qué idea, qué pensamiento agita ese cerebro?... ¿Por qué
+late suave, pausadamente, sin agitaciones ese tierno corazón de ángel?
+
+Estas reflexiones debía hacerse el pobre viejo delante de aquella cuna
+que en cuatro meses había hastiado a la madre, ebria por los placeres
+del mundo, sedienta de lujo y de amantes. Al ver a su hijita dormida, el
+buen viejo debía meditar con tristeza en su porvenir. ¡El no la
+alcanzaría mujer tal vez! Y, entonces, pensando en su pasado ingrato, en
+sus años de despotismo conyugal, debía sin duda, compararlos con el
+presente en que, enfermo y valetudinario casi, no tenía fuego en el
+alma, ni sangre en las venas para correr al lado de su linda mujer la
+carrera vertiginosa del mundo, en la cual caía como un rezagado,
+mientras ella, al frente de la alegre caravana, volaba cantando los
+aires calientes de la fuerza y de la juventud.
+
+¡Oh! ¡Es triste la vejez!
+
+Algunas noches, el viejo solía adormecerse ligeramente en medio de la
+muda contemplación de su hija. El reloj daba las doce, sin que Blanca
+hubiese regresado a aquel hogar trunco por la oposición de su vejez a su
+juventud. De repente, una puerta se abría, un ruido de sedas cuyo
+_frou-frou_ creeríase el paso de un duende, dejábase oír en la
+habitación, y a través de la media luz azulada del velador, el pobre
+viejo, enfermo y postrado, veía atravesar como un fantasma la sombra
+fascinante de Blanca, arrastrando ondas de rasos y encajes y dejando a
+su paso el perfume capitoso de juventud que embalsamaba la visión de
+Fausto.
+
+Entonces el martirio debía duplicarse: aquella aparición deslumbrante de
+todas las noches, que pasaba indiferente por su lado y el de su hija,
+sin detenerse, que no rendía culto ni a la ley del esposo ni al cariño
+de la madre, que volvía llena y tibia aun con los vapores del mundo en
+que vivía, después de librar la batalla del lujo en la feria de las
+vanidades; aquella aparición enloquecedora desaparecía, y ante los ojos
+fatigados del anciano se alzaba el espectro aterrador de doña Medea,
+riendo con una carcajada satánica, estridente y vengativa, y lanzando
+una blasfemia terrible contra aquel desgraciado del destino, víctima
+inocente de la suerte, que temblaba de espanto y de impotencia ante el
+recuerdo del pasado y el cuadro del presente.
+
+Una tarde de primavera, mi tío, que ya había comenzado a sentir el peso
+profundo de la tristeza, me invitó a que lo acompañara en carruaje hasta
+Belgrano.
+
+Mi aceptación llenó de gusto al pobre viejo. La tarde era bella y tibia;
+el río estaba claro y sereno como un cristal, y cuando los caballos
+comenzaron a trotar por el camino de Palermo, mi compañero comenzó a
+reanimarse con el aire puro del campo y la tranquilidad de la tarde.
+
+El camino de la costa tiene cierto encanto poético de reminiscencias que
+los viejos no olvidan fácilmente. En el camino de los Olivos al Tigre
+están enterradas sus primaveras. Aquellas caravanas ecuestres de otros
+tiempos que comenzaban por la madrugada en el Retiro y que terminaban en
+San Isidro o San Fernando a mediodía, y con bailes y pascanas a media
+noche, tienen una larga historia en la vida galante de otra edad. Mi
+tío comenzó a recordarlas con cierta melancolía.
+
+--¡Cuántos han muerto ya!--me dijo.--Tú no te puedes imaginar lo que era
+la costa entonces, en el mes de octubre, con los árboles en flor.
+
+El perfume de las aromas, de la retama y de los azahares embalsamaban el
+camino. Salíamos quince o veinte amigos, muchachos alegres todos, y de
+un galope llegábamos a las chacras de los Olivos y de otro a las
+barrancas de San Isidro. ¡Cómo hemos cambiado, Julio! ¡Qué fácil y qué
+llana era entonces la vida, qué gratos recuerdos me traen ese río
+azulado y tranquilo y esas barrancas siempre verdes y risueñas! Allá,
+cerca de San Isidro, yo tenía una novia; se llamaba Luciana, una linda
+muchacha de dieciocho años, que cantaba con una gracia exquisita las
+canciones de nuestro tiempo. Yo era pobre y muy joven: la casaron con un
+viejo rico. ¡Ah, no te rías, así le ha pasado a Blanca conmigo,
+cualquiera diría que yo he querido vengarme de las mujeres! Pero ¡qué
+épocas aquellas! Toda la costa nos pertenecía, en todas partes
+bailábamos, pasábamos el domingo entero en fiestas y por la noche, o el
+lunes de madrugada, nos poníamos en viaje para la ciudad.
+
+El pobre viejo se animaba con sus recuerdos, y después, como despertado
+de su sueño por el presente, proseguía:
+
+--¡Qué disparate he hecho en casarme, Julio, con una mujer tan joven! Yo
+lo siento, yo lo sé; no puedo hacerla feliz.
+
+--¿Pero y su hijita?--le dije...
+
+--¡Es lo único que me da ánimo y fuerza para vivir--me repuso;--si no
+fuera por ella, ¡qué solo estaría en el mundo! ¡Qué horrible sería mi
+desesperación! ¿No es verdad, que es una criatura encantadora? Y aquí,
+para entre nosotros dos, ¡qué poco la atiende la madre! ¡Verdad es, una
+criatura como Blanca que casi no ha tenido juventud! Yo no puedo
+exigirle el sacrificio de su alegría; es una niña todavía; una noche de
+teatro, un baile, una fiesta cualquiera la fascina.
+
+¡Yo lo encuentro natural, pero si al menos su hija le produjese el mismo
+entusiasmo!
+
+¡Ah, no te cases viejo!... Cada vez que yo pienso que no podré ya ver
+mujer a mi hija, me desespero. Me parece que el Cielo me ha hecho
+concebir una esperanza para quitármela en seguida.
+
+Tú sabes cuan desgraciado he sido en mi vida pasada. ¡Qué mujer aquella
+que me deparó el Cielo!... Cásate joven y con una mujer dulce y
+sencilla. Yo debo decirte que no sé qué ha sido peor para mí, si mi
+vida pasada de casado, o mi vida presente. Mi primera mujer, tú la
+conociste; no era posible ser feliz con ella: tenía un carácter agrio y
+duro, y mi segunda mujer, te lo aseguro, Julio, me obliga a hacer una
+vida tan artificial, que no sé cuando he sufrido más, si en la guerra
+viva de la primera época o en la fiesta perpetua en que vive todo lo que
+rodea a mi suegro, el doctor Montifiori.
+
+Ante aquella íntima confidencia, que era un verdadero desahogo, yo creía
+conveniente guardar silencio. No tenía palabras para consolar a mi tío
+con razones completamente contrarias a mis sentimientos y prefería
+callar, aun corriendo el riesgo de acatar todo aquel amargo y tardío
+arrepentimiento.
+
+Habíamos llegado casi a la entrada de Belgrano, cuando mi tío dio orden
+al cochero que se detuviese junto a un pequeño rancho, en que
+jugueteaban tres o cuatro niños. Al detenernos, los niños se acercaron
+al carruaje y en la puerta del rancho aparecieron una mujer y un hombre,
+jóvenes ambos, que saludaron amistosamente a Alejandro que manejaba el
+coche, como si ya lo conociesen de antemano.
+
+--¿Debe ser aquí--dijo mi tío,--no, Alejandro?
+
+--Sí, señor, aquí es--repuso Alejandro.
+
+Mi tío, a quien ya se habían acercado el hombre y la mujer, seguidos de
+los niños, que nos miraban curiosamente, les hacía no sé qué encargo
+doméstico que Blanca le había encomendado para ellos, y la mujer parecía
+oírlo con cierta duda y extrañeza.
+
+--¿Pero usted es el marido de doña Blanca?--le dijo al fin, como
+expresando cierta vacilación.
+
+--Vamos a ver, ¿cuál de los dos será?...--le contestó mi tío señalándome
+y señalándose.
+
+--Será ese mozo--replicó la mujer,--y como yo le dijera que no,
+permaneció sonriendo, con la desconfianza propia de una persona a quien
+la quieren hacer víctima de una broma.
+
+El hombre, callado, parecía participar de la desconfianza de su mujer.
+
+--Pero, vamos a ver--recomenzó mi tío,--¿les parece que soy muy viejo
+para mi mujer, no es verdad?
+
+--¡Ah! no es eso solamente--dijo el paisano, con cierta inocencia;--es
+que aquí ha venido la señora con otro señor, y nosotros hemos creído que
+ese era su marido.
+
+Una sombra instantánea obscureció la fisonomía del viejo y una palidez
+mortal invadió su semblante. A mí me pasó algo análogo; la voz se me
+ahogó en la garganta, y viendo que se prolongaba aquella situación, de
+la que las gentes del rancho no se daban cuenta, les dirigí dos o tres
+palabras triviales, como para salir del paso y le di orden a Alejandro
+de dar vuelta. Este no se la dejó repetir, porque, listo y alerta como
+era, se debió dar cuenta en un segundo de la situación por que
+atravesábamos, y puso los caballos en movimiento.
+
+Mi tío dejó hacer, y se hundió en un profundo silencio, pero al llegar a
+la barranca de la Recoleta, donde nos detuvimos--exclamó
+suspirando--¡dichosos los que han muerto!
+
+Y como yo pretendiera objetarle, me interrumpió, diciéndome en voz baja
+y acongojada.
+
+--Mi hija, sólo mi hija me atrae a la vida...
+
+Llegábamos a casa en el momento mismo que entraban Fernanda y Blanca
+después de una batida por las mejores tiendas de lujo. Madre e hija
+estaban lindísimas como de costumbre y vestidas con una suprema
+elegancia. Fernanda me estrechó la mano y Blanca acometió a su marido
+con los mimos y las zalamerías con que acostumbraba a hacerlo siempre
+delante de los extraños. Mi tío subía la escalera envuelto en una
+reserva absoluta mientras que su mujer no cesaba de contarle todo lo que
+había visto y comprado en el día, en trapos y alhajas, colgándosele del
+brazo y representándole toda una comedia de cariños digna de una nieta
+que pretende engañar al abuelo. Subimos y entramos en el salón. Fernanda
+se me quejaba de la indiferencia de su yerno y yo procuraba imitar a mi
+tío tratando de no dejarme entusiasmar por la cháchara de aquellas dos
+señoras. Mi tío entró en los cuartos interiores, preguntando por su
+hija, y Blanca, notando que la indiferencia de su marido aumentaba, lo
+abandonó, y, furiosa, iracunda como ella solía ponerse cuando alguien le
+contrariaba sus gustos y sus caprichos, se volvió al salón donde yo me
+había quedado con la madre, y clavándome sus ojos claros y penetrantes,
+con una mirada llena de desdén, me dijo, señalando las habitaciones
+interiores donde su marido había desaparecido.
+
+--¡Eso, eso se lo debo a usted... le doy las gracias!
+
+--Blanca--le contesté,--no entiendo lo que usted me dice, no sé si es un
+cargo...
+
+--Yo no necesito explicaciones--me repuso con un mal modo
+marcadísimo.--Lo mejor sería no vernos nunca...
+
+--Eso no--le repuse,--no la complaceré...
+
+--¡Qué! usted me reta--exclamó atropellándome con los puños crispados.
+
+En ese momento Fernanda, excitada también, se ponía de pie, pronta para
+entrar en la escena que se preparaba.
+
+--No--dije a Blanca en voz baja,--siempre que usted no me amenace.
+
+--Julio--dijo Fernanda,--por Dios, déjenos...
+
+--Señora--le contesté,--no tengo inconveniente en complacerla, puesto
+que usted me lo pide, pero antes de retirarme quiero asegurar a su hija
+que no soy de aquellos que rechazan un afecto, con el fin innoble de
+pagarlo con una traición.
+
+Y al retirarme, clavé los ojos en Blanca fijamente, mientras ella me
+lanzaba una mirada en la que procuraba medirme desde lo alto de su
+orgullo.
+
+
+
+
+XVIII
+
+
+Era la última noche de carnaval y el mulato Alejandro estaba de baile.
+Su comparsa, los «Tenorios de Plata», con su brillante uniforme blanco y
+celeste y sus botas imitadas en hule, invadía el teatro de la Alegría,
+campo de las batallas galantes de la clase, en los tres días clásicos
+del año. Pero el corazón de Alejandro no estaba aquella noche en el
+salón de baile, sino en los dormitorios de Blanca. Graciana, una linda y
+traviesa francesita, en quien Blanca depositaba todos sus secretos,
+había cautivado el alma del mulato, sin que los antagonismos de raza
+fueran una razón de timidez por parte del cochero o de repugnancia por
+parte de la sirvienta. La cuestión grave era saber cómo haría Graciana
+para ir al baile con Alejandro, y eso era algo difícil. La señora con su
+mamá iban al baile de máscaras del club. El viejo don Ramón permanecía
+en casa a causa de su reumatismo. Graciana debía velar aquella noche por
+el _bebé_; la noche anterior había estado de pascana con su _Otelo_;
+porque es necesario saber que Graciana estaba fuertemente apasionada del
+mulato. Alejandro se daba un tono insoportable para con los de su clase,
+con motivo de sus nuevos amores; y la francesita, aunque estaba lejos de
+ser una doméstica como las de Zola, no tenía el más mínimo embarazo en
+desempeñar todos los servicios de su ama y en adorar a Alejandro, sin la
+más mínima limitación. Pero aquella noche, Blanca al salir enmascarada
+para el club, había recomendado a Graciana, de la manera más severa, que
+velara al marido a quien se le podía antojar vestirse e irla a buscar y
+sobre todo al _bebé_, a quien don Ramón no podía atender a pesar del
+entrañable cariño que sentía por su hijita. Graciana había jurado
+fidelidad, pero Alejandro, así que las señoras y el señor de Montifiori
+desaparecieron, comenzó a excitar poco a poco la imaginación de Graciana
+contándole las maravillas que aquella noche iban a hacer los «Tenorios»
+en el tablado de la Alegría.
+
+La mujer es un ser débil en todas las clases sociales. Graciana comenzó
+por resistir y Alejandro terminó por vencer. Verdad es que el pardo
+tenía, según el, un ascendiente poderoso sobre el bello sexo. Los dos
+amantes, una vez de acuerdo en bailar esa noche en la Alegría sin que
+los patrones lo notaran, pusieron en juego su plan. Alejandro vistió su
+uniforme de «Tenorio», color blanco y celeste, con gorra de oficial de
+marina, espléndido _specimen_ de mojiganga criolla; se echó al bolsillo
+el triángulo, su instrumento oficial en la comparsa de los «Tenorios» y
+esperó a Graciana acurrucado debajo de la escalera, completamente a
+obscuras en el acto de la evasión de los dos danzantes fugitivos.
+Graciana, por su parte, recorrió las habitaciones; vio que mi tío no
+daba señales de vida, que el _bebé_ dormía e hizo ruido en el cuarto de
+la niña, como para dar a entender que ganaba la cama. Después de media
+hora de silencio, notando que la tranquilidad de la casa era completa,
+saltó de la cama, descalza, para no hacer ruido; tomó la bujía encendida
+que alumbraba apenas la habitación y acercándose con ella a la cuna de
+la niña, notó que ésta dormía tranquilamente; dejó la luz como tenía de
+costumbre, y abriendo suavemente la puerta del aposento que daba sobre
+el corredor, y cuya cerradura había tenido cuidado de enaceitar para que
+no hiciese ruido, salió en puntas de pie llevando en una mano un par de
+botines de raso y suspendiendo en la otra nada menos que el dominó con
+que Blanca había asistido disfrazada la primer noche de carnaval al
+baile del Club del Progreso. La interesante mascarita cerró
+cuidadosamente la puerta, y ayudada por su amante, sin muchas exigencias
+de recato por su parte, se disfrazó en un instante; se calzó sus botines
+blancos, se colocó la máscara de raso, y ambos bajaron resueltamente la
+escalera principal, abrieron la puerta de calle con la llave que poseía
+Alejandro y se encontraron muy pronto en la calle, libres como _Romeo y
+Julieta_, si _Romeo y Julieta_ hubiesen sido sirvientes y se hubiesen
+escapado juntos alguna vez.
+
+Cuando llegaron a la puerta de la Alegría, el baile estaba en todo su
+esplendor. Los «Tenorios» hacían una mella terrible en aquellas Ineses
+de media tinta y de color entero.
+
+Las cuadrillas se bailaban, con una seriedad rígida, casi británica; el
+vals no dejaba nada que desear por su corrección: la mazurka era de un
+remeneo de ancas de dudosa moderación, y por último la habanera algo
+alarmante como chacota de articulaciones.
+
+En medio de estos variados modos de bailar, se notaba en aquel salón,
+donde había una absoluta proscripción del perfil griego, una suma
+tendencia al tono y a la elegancia. Los «Tenorios» se llaman como sus
+amos; se dan su nombre y apellido; usan su papel timbrado, se ponen sus
+fracs, sus guantes, sus corbatas y sus camisas; la única nota
+discordante es el pie, el pie de un Tenorio es algo de melancólico: un
+pedícuro con cierto talento dramático podría escribir una tragedia más
+terrible que Fedra, con sólo estudiar el pasaje de su instrumento a
+través del pie de un joven _high-life_ de color. He ahí la causa por qué
+los negros, después de tres días de carnaval, por más elegantes y
+presuntuosos que sean, tienen que vivir otros tres días prendidos de una
+reja; los pies necesitan suspender su misión terrena por ese espacio de
+tiempo para volver a su estado primitivo.
+
+En fin, a pesar de estos inconvenientes, los galanes bailaban aquella
+noche en la Alegría con tanto garbo, y tal vez con más suerte, que sus
+patrones del Club del Progreso. Un Tenorio con su uniforme blanco y
+celeste debe ser algo ideal para su compañera de baile y de color;
+porque, al fin, convengamos en que, vestirse para enamorar con los
+purísimos colores del cielo, es mucho más lógico que hacerlo de negro
+como los amos.
+
+Hay algo de fantástico en ese traje, en esa chaquetilla de merino azul
+con galones de plata, en ese pantalón de cotín blanco, en esas polainas
+de precio modesto pero de soberbio brillo, que se empeñan en
+confabularse con el botín chueco de elástico, para fingirse botas
+granaderas.
+
+Alejandro entró en el baile, del brazo de su compañera, cuyo espléndido
+dominó levantó el cotarro de todas las princesas negras que vieron pasar
+a su lado aquella vasca plebeya, pero blanca. ¡Alejandro, rendido a una
+«extranjera de Europa!» ¡Qué decepción! ¡El, el más aristocrático
+_swell_ de la _clase_, la flor y nata de las academias de baile,
+entregado a una gringa!
+
+Las señoritas y las matronas no se lo perdonaban, pero el lindo mulato,
+sin importársele mucho de las críticas que le hacían por todos los
+centros del salón, tomó de la cintura a su linda compañera y acometió un
+_scottish_ de paso doble que en aquel momento comenzaban a rascarlo
+cuatro violines de la orquesta y un figle solitario y pifión que se
+quejaba entre los labios de un viejo músico panzón y dormido,
+representante de la música de viento.
+
+Es de ver la galantería del negro porteño. Prescindiendo, si es posible
+prescindir, del ambiente del salón, que es algo pesado, la cortesía y la
+urbanidad entre ellos son incomparables: el lenguaje incorrecto, pero
+elevadísimo. Se conversa con las mismas pretensiones con que se conversa
+en el gran mundo; se enamora con la misma gracia, con la misma
+compostura y con el mismo _chic_. Las niñas no dejan nada que desear
+desde el punto de vista de la educación: es cierto que los labios son un
+poco gruesos y las narices algo chatas, pero de una autenticidad
+indiscutible; allí no hay _veloutine_, ni crema de perlas que formen
+cutis apócrifos. Los mozos son de la más alta estirpe administrativa:
+entre ellos está representada la secretaría del presidente de la
+República, por un empleado, que aunque sirve el té y el agua con panal,
+no se apea de su categoría de empleado público, la guerra y la hacienda
+forman parte de los «Tenorios de Plata», que bailan en la Alegría las
+tres noches de carnaval. Las mamás o las tías y madrinas viejas, que se
+le acomodan desde su asiento a una masa sopada en vino Priorato, ven
+pasar con envidia a toda esa juventud oficial que desempeña cargos
+modestos, pero honrosos en la política argentina. Y, generalmente, esos
+_snobs_ de medio pelo son codiciados por el prestigio social que rodea
+su nombre; pero, si suelen ser eximios como amantes, son intolerables
+como maridos; todos concluyen enamorando vascas, como Alejandro, o
+perdiendo a las negritas mimadas de casas decentes. Aquella sociedad
+tiene sus escándalos como todas las sociedades: raptos, seducciones,
+adulterios, suicidios y hasta duelos. Hablan de las guerras y de las
+batallas pasadas con un profundo conocimiento de lo sucedido, porque el
+negro y el pardo porteño saben batirse con la bizarría del mejor de los
+soldados y caer sobre el campo de la acción como caen los héroes.
+
+Las dos de la madrugada habían dado ya, y Graciana apuraba a Alejandro
+para volver a casa. La sirvienta pensaba con razón, que el señor podía
+haber notado su ausencia, que la niñita podía haber llorado, que Blanca
+podía haber regresado del club; pero el negro, rumboso al fin, como
+todos los de su clase, quería concluir la noche con una cena en un café
+de la vecindad y porfiaba por retener a su mascarita.
+
+Tanto hizo Alejandro, que Graciana, después de bailar con él la última
+galopa con un ímpetu y un entusiasmo indescriptibles, consintió en ir a
+cenar, no por cierto unas ostras con Sauterne, sino unas suculentas
+costillas de chancho, apoyadas por una copiosa taza de café con leche,
+con pan y manteca, que sirvieron para corregir la vacuidad incómoda, que
+todos los estómagos, ya sean plebeyos o aristocráticos, sienten a las
+tres de la mañana después de una noche de baile.
+
+Concluida la cena, la pareja se puso en marcha. Salían conjuntamente del
+teatro, con los Tenorios, extenuados por la fatiga de la noche,
+demostrando en el rostro esa melancolía peculiar que demuestra el último
+comparsa que se retira en la madrugada de la tercera noche de carnaval.
+
+Por entre ellos atravesó orgullosamente Alejandro con su compañera del
+brazo, y doblando por la calle de Victoria, la condujo hasta la puerta
+de la casa de sus patrones.
+
+Pero la sorpresa de la pareja fue grande, cuando llegaron a la casa de
+mi tío Ramón; la puerta estaba abierta; la luz encendida en el vestíbulo
+bajo y en el vestíbulo alto. Algo de extraordinario debía de haber
+pasado durante su ausencia, y la fuga de Graciana había sido notada. La
+sirviente tuvo un acceso de nervios muy común entre las francesas y no
+se atrevió a entrar: colgada del brazo de Alejandro, tiritaba de miedo.
+
+El pardo vacilaba también, y caballeresco como era, no se atrevía a
+comprometer ni a abandonar a Graciana en la puerta. La alarma aumentaba
+con el ruido de los carruajes que comenzaban a remolinear en la esquina
+del Club del Progreso, lo que les indicaba que el baile allí tocaba a su
+término, que de un momento a otro, Blanca llegaría a su casa y
+encontraría a Graciana disfrazada con su dominó. Los dos amantes
+optaron por lo más práctico en aquellos instantes críticos y huyeron
+calle de Victoria arriba, prefiriendo la fuga a pasar por la vergüenza
+de ser descubiertos. Alejandro, el audaz seductor de aquella honesta
+Margarita, fue a golpear la puerta de una posada de la plaza de Lorca,
+donde se instaló con su compañera, resuelto a darle su nombre para
+cubrir su falta y purificar su honra manchada.
+
+
+
+
+XIX
+
+
+El buen tío Ramón se había recogido temprano aquella noche; el primer
+día de mascarada lo había rendido por todo el carnaval. Fernanda y
+Blanca, con Montifiori y sus amigos, habían pasado los tres días en una
+jarana completa: en el corso, en los bailes, en las tertulias
+particulares, Fernanda y Blanca habían sido conocidas en todas partes;
+pero eso era lo que ellas buscaban en medio de la turba de corsarios de
+gran tono, que les daban caza a través de aquellas noches de locura. El
+último día, al regresar del corso, habían encontrado tumbado al viejo
+marido, presa de sus reumatismos. Blanca tuvo una pasajera contrariedad;
+se acercó a su esposo, le hizo algunos cariños de fórmula, lo puso en el
+caso de que le suplicase a ella misma que no dejase de ir al baile de
+máscaras, y simulando hallarse bajo el imperio de una orden, comenzó a
+preparar su traje que ya estaba pronto desde muchos días atrás. Con la
+cabeza montada por la bulla carnavalesca y por la perspectiva del baile,
+se hizo vestir rápidamente por Graciana, esperó impacientemente a la
+madre que tardaba ya algo en venir, se acercó al lecho de su marido, se
+despidió de él con urgencia y salió precipitadamente sin siquiera
+acordarse de su hijita a quien dejaba en poder de una sirvienta. El
+baile la atraía irresistiblemente.
+
+El buen viejo, después de haber besado a su hija, se retiró a su
+habitación que estaba inmediata a la en que Graciana debía cuidar a la
+niñita. A la una de la noche, mi tío, que dormitaba, se despertó
+súbitamente por una luz repentina que lo deslumbró como un relámpago,
+creyendo haber oído en sueños algo como un grito estridente y
+penetrante. El viejo abandonó su lecho dificultosamente, y creyendo que
+en efecto era un relámpago, abrió los postigos del balcón y miró hacia
+afuera: pero el cielo estaba sereno y estrellado, y la luz nocturna
+iluminaba las aceras.
+
+Creyó en una pesadilla y trató de detener y comprimir las ideas confusas
+que habían pasado por su cerebro mientras dormía. Quiso volver a su
+cama, pero había perdido el rumbo, la disposición de la habitación se
+había trastornado completamente para él. Se detuvo un segundo en el
+centro del cuarto, procurando orientarse en vano; tocó una puerta,
+encontrola abierta y al pasar el umbral, sintió un olor característico a
+lienzos quemados. El pobre viejo se sintió presa de un violento golpe de
+fiebre: quiso recapacitar y no pudo; los más horribles pensamientos
+cruzaron por su imaginación; perdido siempre en la habitación, volteó
+dos o tres muebles, tuvo miedo, se le aflojaron las piernas y cayó
+desfallecido sobre el piso. Un silencio sepulcral reinaba en las
+habitaciones, tan profundo, como en la obscuridad que lo rodeaba. Una
+idea fija embargaba la razón del desgraciado anciano. Se incorporó
+débilmente sobre el piso y gritó a Graciana, con voz ahogada y
+angustiosa, pero nadie le respondió. Volvió a gritar con un acento de
+desesperación, que desgarraba el alma, pero todo fue en vano, nadie le
+contestó tampoco; se incorporó de nuevo y arrastrándose con trabajo
+tanteó las paredes, buscando el botón de la campanilla eléctrica:
+después de unos minutos lo encontró y lo hundió con desesperación: el
+silencio era tan profundo que oyó el martilleo peculiar del timbre en el
+fondo de la casa; esperó, pero nadie vino: llamó de nuevo y siguió
+llamando incesantemente; la casa estaba sola, nadie le respondía.
+Entonces volvió a gritar desesperadamente a Graciana y, creyéndose
+orientado por un momento, atropelló en la dirección en que él creía que
+estaba el cuarto de la niña; pero, no bien había dado tres pasos, cuando
+recibió un terrible golpe en la frente que le hizo retroceder; había
+dado contra la puerta opuesta.
+
+El viejo cayó desfallecido de nuevo y el silencio inmenso e imponente de
+la noche volvió a reinar con su paz profunda y aterradora. En aquella
+situación, el reloj del Cabildo dio las tres de la mañana y el eco sordo
+de la campana se difundió por la ciudad dormida. El viejo pensaba que
+Blanca no podía tardar: se oían las voces y las algazaras de las últimas
+máscaras que se retiraban, y una orquesta lejana, tal vez la del club,
+tocaba las últimas galopas. Todos aquellos detalles aumentaban la cruel
+situación del anciano afligido, casi inmóvil, presa de una fiebre
+terrible. En ese estado se arrastró por el suelo tanteando siempre los
+muebles: por último, puso la mano sobre un sofá, que ocupaba el espacio
+comprendido entre el balcón y la puerta que llevaba al cuarto de su hija
+y con una alegría íntima se incorporó, impulsó la puerta que Graciana
+al partir había dejado entornada y penetró a la habitación, loco,
+convulso, desatentado. Pero el cuarto estaba lleno de humo, allí se
+había quemado algo: recordó su sueño, aquella súbita luz que había
+herido sus pupilas y aquel grito penetrante que aun le parecía oír y
+cayó de nuevo en una desesperación terrible. El humo de la habitación
+comenzaba a asfixiarlo y un terror frío e indescriptible cerró sus
+labios y paralizó sus movimientos; un temor instintivo no le permitía
+moverse; prefería la duda, la inmovilidad, antes de acelerar el
+desenlace espantoso de aquella noche de abandono y de insomnio. En esa
+situación volvió a llamar tímida, cariñosamente, a Graciana, pero, como
+antes, nadie le respondió.
+
+Postrado en el suelo, en un rincón del cuarto, rodeado siempre por la
+más completa obscuridad, pudo oír que un carruaje acababa de detenerse
+bajo de los balcones, y al rato, que se abría y cerraba con gran cuidado
+la puerta de calle: sintió en seguida pasos en la gran escalera: quiso
+llamar para apurar a los que venían, pero la palabra se ahogó en su
+garganta y tuvo que esperar: oyó los pasos en el vestíbulo y unos
+segundos después el ruido de una llave en la cerradura de la puerta de
+la habitación en que se hallaba: la puerta se abrió y dio paso a
+alguien: el _frou-frou_ de la seda le indicó que era Blanca que
+regresaba. De pronto ardió un fósforo y acto continuo la luz violenta
+del gas iluminó toda la habitación.
+
+Entonces el cuadro que se presentó a la vista de los que allí se
+encontraron, fue terrible: en un extremo de la estancia, la cuna de la
+niña cubierta de hollín: las cortinas se habían encendido, el fuego
+había invadido las ropas; la desgraciada criatura había muerto quemada,
+por un descuido de Graciana, que, atolondrada por la fuga, había dejado
+la bujía a poca distancia de la cuna. El rostro de la niñita era una
+llaga viva: tenía los dientes apretados por la última convulsión; con la
+mano izquierda asada por el fuego, se asía desesperadamente de una de
+las varillas de bronce de la camita, y la derecha, dura, rígida en
+ademán amenazante; la actitud del cadáver revelaba los esfuerzos que la
+víctima había hecho para escapar del fuego, en vano. Blanca era la que
+había encendido el gas; al hacerlo, dio vuelta y vio a su marido
+postrado en tierra y a su hija quemada viva en la cuna: retrocedió y dio
+un grito terrible: el pobre viejo se levantaba al mismo tiempo, y en la
+puerta que daba al vestíbulo exterior por donde Blanca había penetrado,
+sorprendía con la vista un hombre joven que había entrado con ella: fue
+lo primero que vio, quiso lanzarse sobre él, pero el grito de horror de
+Blanca lo detuvo, y entonces volvió los ojos sobre la cuna de su hija.
+Toda esta escena fue la obra simultánea de un instante; las más breves
+palabras no alcanzarían nunca a traducir su trágica rapidez. El pobre
+padre, al ver el horrible espectáculo que presentaba el cadáver de su
+hija, abrasada por las llamas, se detuvo horrorizado ante él, quiso
+hablar, pero no pudo, fue a lanzarse iracundo sobre el amante, que en
+actitud vacilante no sabía qué partido tomar, pero apenas dio dos pasos
+cayó al suelo, fulminado por una parálisis repentina, la lengua trabada,
+el rostro descompuesto, el cuerpo laxo y sin fuerzas. Al caer dio con la
+frente en el suelo y su rostro se bañó en sangre.
+
+--Huyamos, Blanca--gritó el desconocido, cubriéndola con el tapado que
+ella le había abandonado al entrar.
+
+Aquella miserable criatura abarcó la escena con una sola mirada, pero el
+brazo amenazante de la niñita la intimidó y dio vuelta al rostro. El
+cuerpo de su marido obstruía el paso por la única puerta de salida; se
+detuvo un instante, y como tomando una resolución repentina, con los
+ojos iluminados por una luz satánica, se volvió al hombre que la
+esperaba con actitud indecisa, y saltando ambos por sobre el cuerpo que
+yacía en tierra, le gritó:
+
+--¡Huyamos!
+
+
+
+
+XX
+
+
+Yo no me había olvidado de Valentina, mi dulce Valentina de otros días.
+Mi tío, en un hospicio, idiota, sin habla y sin razón. Don Benito casado
+al fin, con una señora rica y de edad proporcionada a la suya. ¡Qué
+diablo!
+
+A mí también me dio por casarme y me acordé de mi idilio de veinte años.
+Vivía solo y aislado, y lo peor de todo era, que probablemente, por no
+haber seguido el consejo del doctor Trevexo, de estudiar en los diarios,
+me encontraba sin recurso alguno para aspirar a las altas posiciones
+políticas con que allá en el año 62 me pronosticaba él un porvenir
+brillante.
+
+Pero en lo íntimo de mi corazón, yo había guardado el recuerdo de
+Valentina: la única criatura que había dejado en mi alma una memoria
+dulce y tranquila. Por largo tiempo nos habíamos escrito, pero después
+de la muerte de su hermano, nada sabía de ella. Valentina era para mí un
+horizonte lejano, pero límpido, y en la soledad de mi vida, la primera
+edad reaparecía, los días de colegio volvían: pensaba en don Pío y en
+don Josef, el célebre descendiente de Gonzalo de Córdoba y veía la
+imagen de mi novia, sonriéndome en los únicos años de felicidad que han
+iluminado la vida.
+
+Veíala aparecer en uno de los balcones de la antigua casa en que vivía o
+asomado el rostro risueño y sonrosado detrás de los cristales; linda
+como nunca, llena de juventud, perfumada de gracia y de castidad.
+
+Algunas veces el recuerdo inquietante de Blanca, había turbado mi sueño;
+el mundo con sus pasiones y sus encuentros, habíame suspendido un
+momento en su vorágine, pero poco a poco la purísima imagen de Valentina
+volvía a levantarse delante de mis ojos como una cariñosa sombra que me
+llamaba, allá, al pasado, al dulce pasado de la adolescencia.
+
+Valentina me esperaba y busqué a Valentina en el pueblo del colegio.
+Llevaba el espíritu enfermo y agitado bajo la influencia de los
+tormentos por que había atravesado y la realidad de un sueño de juventud
+iba a darme la eterna felicidad. Llegué y busqué la casa de Valentina.
+Ya no habitaba su familia en ella.
+
+Averigüé y la encontré al fin. La poética criatura se había casado con
+don Camilo, pocos meses antes y era feliz, muy feliz.
+
+Don Camilo tenía una renta considerable, era hombre público y hasta
+hombre distinguido. ¡Sentí la desesperación, la horrible desesperación
+que se siente ante lo imposible, ante la muerte, ante lo irremediable, y
+pensé si el alma podría arrancarse del cuerpo y arrojarse como inútil
+estorbo de la vida!
+
+
+
+
+XXI
+
+
+Pero alguien, con la exigencia inexorable de todos los que leen, querrá
+saber de Blanca. Blanca, la linda porteña, corre la vida fácil y
+elegante, pero duerme con los ojos abiertos, porque cuando los cierra,
+la cara de un viejo idiota y paralítico la observa con una sonrisa
+inmóvil y el brazo rígido de su hija muerta se levanta sobre ella como
+una eterna amenaza.
+
+
+FIN
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of La gran aldea, by Lucio V. López
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA GRAN ALDEA ***
+
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+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
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+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
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+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
+http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
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+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at http://pglaf.org
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+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
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+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
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+ The Project Gutenberg eBook of La Gran aldea costumbres bonaerenses, por Lucio V. López
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+<pre>
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+The Project Gutenberg EBook of La gran aldea, by Lucio V. López
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
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+Title: La gran aldea
+ costumbres bonaerenses
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+Author: Lucio V. López
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+Release Date: March 21, 2010 [EBook #31724]
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+Language: Spanish
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+Character set encoding: ISO-8859-1
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+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA GRAN ALDEA ***
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+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at http://www.pgdp.net
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+<hr class="full" />
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+<h3 class="un">&nbsp; &nbsp; &nbsp; BIBLIOTECA DE «LA NACION» &nbsp; &nbsp; &nbsp;</h3>
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+<p class="lucio">LUCIO V. LÓPEZ</p>
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+<p class="c"><b>&mdash;&mdash;&mdash;&mdash;</b></p>
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+<h1>LA GRAN ALDEA</h1>
+
+<p class="c"><b>&mdash;&mdash;&mdash;&mdash;</b></p>
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+<h3 class="top5">COSTUMBRES BONAERENSES</h3>
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+
+<p class="c"><b>BUENOS AIRES<br />
+1908</b></p>
+
+<table summary="toc"
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+cellpadding="2">
+<tr><td align="center"><b>LA GRAN ALDEA:</b> <a href="#I"><b>I, </b></a>
+<a href="#II"><b>II, </b></a>
+<a href="#III"><b>III, </b></a>
+<a href="#IV"><b>IV, </b></a>
+<a href="#V"><b>V, </b></a>
+<a href="#VI"><b>VI, </b></a>
+<a href="#VII"><b>VII, </b></a>
+<a href="#VIII"><b>VIII, </b></a>
+<a href="#IX"><b>IX, </b></a>
+<a href="#X"><b>X, </b></a>
+<a href="#XI"><b>XI, </b></a>
+<a href="#XII"><b>XII, </b></a>
+<a href="#XIII"><b>XIII, </b></a>
+<a href="#XIV"><b>XIV, </b></a>
+<a href="#XV"><b>XV, </b></a>
+<a href="#XVI"><b>XVI, </b></a>
+<a href="#XVII"><b>XVII, </b></a>
+<a href="#XVIII"><b>XVIII, </b></a>
+<a href="#XIX"><b>XIX, </b></a>
+<a href="#XX"><b>XX, </b></a>
+<a href="#XXI"><b>XXI</b></a>
+</td></tr></table>
+
+<p class="c top15"><a name="page_005" id="page_005"></a>LA GRAN ALDEA</p>
+
+<p class="c"><b>&mdash;&mdash;&mdash;</b></p>
+
+<p>La obra que va a leerse, fue escrita allá por el año 1882 por el
+malogrado doctor Lucio V. López, uno de los espíritus más selectos que
+hayan brillado en nuestlro pequeño mundo literario, en nuestro foro, en
+nuestra política, en épocas en que eran muchos y muy esclarecidos los
+hombres que se disputaban el primer puesto ante la pública
+consideración, todos ellos con títulos más o menos bien conquistados y
+sostenidos.</p>
+
+<p>No es de este momento ni de este sitio hacer la biografía de Lucio
+Vicente López, que&mdash;para ser exacta,&mdash;tendría que abarcar de paso todo
+un periodo de nuestra historia política, a la que su actuación lo ligó
+estrechamente. Tenemos que limitarnos a decir que, abogado distinguido y
+escritor agudo y sarcástico, las luchas democráticas lo llevaron à las
+filas del periodismo, en el que militó, y que nuestros diarios guardan
+en sus colecciones, numerosos artículos brotados de su pluma, y que se
+hacen notar&mdash;como él se hacía notar en la conversación privada,&mdash;por su
+humorismo, sus epigramas, sus sarcasmos, a veces sangrientos, pero
+siempre revestidos de cultísimo y elegante estilo.</p>
+
+<p>De gustos refinados, Lucio Vicente López cultivaba las bellas letras,
+más como catador que como autor, fuera de su papel de polemista
+político, que con tanto brillo desempeñó; su ilustración literaria era
+muy vasta, como lo era su preparación jurídica, y seguía con algo más
+que simple curiosidad y no por mero pasatiempo, la evolución de la
+literatura contemporánea, sirviéndole para este estudio sus
+conocimientos clásicos, su innato buen gusto y su talento reconocido,
+que brillaba en cuanto atraía, siquiera momentáneamente, su atención y
+provocaba su acción.</p>
+
+<p>Pero un día tenía que sentir la necesidad de hacer mover y fructificar
+sus capitales literarios, no en ligeros esquicios, como lo había hecho
+hasta entonces, sino en obra de ciertas proporciones y de algún aliento.
+Esa necesidad de aprovechar lo adquirido, de no dejarlo<a name="page_006" id="page_006"></a> enmohecer en el
+cerebro, como bienes de avaro, le hizo producir <i>La Gran Aldea</i>, libro
+de observación y de crítica, lleno de vida y de agudeza, en el que
+abundan las pinceladas de mano maestra, aunque la novela fuese un
+ensayo, el primer paso en un camino nuevo si no desconocido, y por el
+que el autor no emprendió viaje otra vez, traído y llevado enseguida por
+las luchas ardientes, por los trabajos del foro, por las altas
+posiciones que fue llamado a ocupar en el Congreso y en el Gobierno
+mismo del país.</p>
+
+<p><i>La Gran Aldea</i> nos presenta un boceto lleno de gracia y de «exactitud
+caricaturesca», si así puede decirse, de lo que era el Buenos Aires
+romántico, el Buenos Aires que apenas han conocido en sus postrimerías
+los hombres que hoy cuentan cuarenta años, pero cuyos últimos resabios
+suelen aparecer todavía aquí y allá, como fuegos fatuos producidos por
+cosas pasadas y muertas hace mucho... el Buenos Aires social,
+desaparecido bajo el aluvión extranjero que, sin darle un nuevo carácter
+definido todavía, le ha quitado su antigua y peculiar característica,
+mezcla de criollismo inveterado y de ingenua imitación europea.</p>
+
+<p>El título mismo de la obra está diciendo lo que es: el retrato de un
+pueblo en marcha rápida y progresiva, pero que todavía no ha dejado los
+andadores de la aldea, del villorrio, para andar con el paso seguro de
+la ciudad, cuyo aspecto ofrece ya en el exterior, sin que su intimidad
+responda a la apariencia.</p>
+
+<p>La obra es brillante, como todo lo que brotaba de aquella pluma y de
+aquel cerebro; tiene defectos, pero, como decía Goldsmith, quién sabe si
+esos mismos defectos no constituyen un atractivo más, y si la percepción
+no desluciría el libro, quitándole individualidad.</p>
+
+<p><i>La Gran Aldea</i> apareció por primera vez en los folletines del <i>Sud
+América</i>, que acababa de fundarse entonces. En seguida se hizo de ella
+una edición de corto número de ejemplares. La gran masa de lectores con
+que ahora cuenta nuestro país, no puede conocerla, por lo tanto. Hubiera
+sido lástima que el silencio siguiese rodeando a esta novela, leída sólo
+por escasos aficionados y cultores de las letras, cuando tiene, por su
+humorismo, por su crítica, por la fiel pintura de otros tiempos, otras
+costumbres y otros hombres, derecho a convertirse en un libro popular, y
+a perpetuar la memoria de su autor, como perpetúa el recuerdo de su
+inesperada e injusta muerte, sobrevenida en la plenitud de sus fuerzas,
+la vibrante figura de la Protesta, levantada sobre su tumba por el gran
+escultor francés...<a name="page_007" id="page_007"></a></p>
+
+<p class="cane">
+<span style="margin-left: 30%;"><i>A MIGUEL CANÉ</i></span><br />
+<br />
+<span style="margin-left: 40%;"><i>mi amigo y camarada</i>,</span><br />
+<br />
+<span style="margin-left: 50%;"><i>L. V. L.</i></span></p>
+
+<div class="bloque"><p>Qu'on ait trouvé des personnalités dans cette comédie, je n'en suis
+surpris: on trouve toujours des personnalités dans les comédies de
+caractère comme on se découvre toujours des maladies dans les
+livres de médecine.</p>
+
+<p>La vérité est que je n'ai pas plus visé un individu qu'un salon;
+j'ai pris dans les salons et chez les individus les traits dont
+j'ai fait mes types, mais, où voulait-on que je les prisse?</p>
+
+<p class="r"><span class="smcap">EDOUARD PAILLERON.</span></p>
+
+<p class="r">(<i>Le Monde où l'on s'ennuie</i>).</p></div>
+
+<h2>LA GRAN ALDEA</h2>
+
+<p class="c"><b>&mdash;&mdash;&mdash;&mdash;</b></p>
+
+<h3><a name="I" id="I"></a>I</h3>
+
+<p>Dos años hacía que mi tío vivía en mi compañía cuando, de pronto, una
+mañana, al sentarnos a almorzar, me dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Sobrino, me caso...</p>
+
+<p>Cualquiera creería que me dio la noticia con acento enérgico. ¡Muy lejos
+de eso! Su voz fue, como siempre, suave e insinuante como un arrullo,
+pues mi tío, aunque tenía el carácter del zorro, afectaba siempre la
+mansedumbre del cordero.</p>
+
+<p>¿Y qué tenía de particular que mi tío se casara? ¡Vaya si lo tenía!
+Había cumplido los cincuenta y ocho años y apenas hacía dos que mi tía
+había muerto. ¡Mi tía! ¡Ah, el corazón se me parte de pena al
+recordarla!... Una señora feroz, hija de un mayor de caballería que
+había servido con Rauch, que había heredado<a name="page_010" id="page_010"></a> el carácter militar del
+padre, su fealdad proverbial, un gesto de tigra, y una voz que, cuando
+resonaba en el histórico comedor de su casa, hacía estremecer a mi tío,
+y el temblor de la víctima transmitía el fluido pavoroso a los platos y
+a las copas que se estremecían a su turno dentro de los aparadores al
+recibir en sus cuerpos frágiles y acústicos el choque de la descarga de
+terror conyugal.</p>
+
+<p>Así pasaban las cosas cuando mi tía Medea purificaba sobre la tierra a
+su marido. El espanto dominaba toda la casa: los antiguos retratos al
+óleo de sus antepasados, y hasta el del feroz mayor de caballería,
+tiritaban entre los marcos dorados, y perdían la tiesura lineal y
+angulosa del pincel primitivo que había inmortalizado aquellos absurdos
+artísticos; los muebles tomaban un aspecto solemne, y parecían, por su
+alineación severa, la serie de los bancos de los acusados; los relojes
+se paraban, los sirvientes ganaban los confines de la casa; mi tío, que
+comenzaba por esbozar una súplica en su rostro de marido hostigado
+durante veinticinco años, concluía por doblar el cuello y hundir su
+barba en el pecho, ni más ni menos que una perdiz a la que un cazador
+brutal descarga a boca de jarro los dos cañones de la escopeta. Las
+imprecaciones y los gritos estentóreos de mi tía Medea se prolongaban<a name="page_011" id="page_011"></a>
+hasta altas horas de la noche; tenía unos pulmones dignos de alimentar
+el órgano monstruo de Albert Hall; y sus iras inclementes y casi
+mitológicas, brotaban de sus labios como un torrente de lava hablada, en
+medio de gesticulaciones y de ademanes dignos de una sibila que evacua
+sus furores tremendos.</p>
+
+<p>Una mujer como mi tía, tenía que ser, como fue, de una esterilidad a
+toda prueba. Hasta los quince años yo tuve vehementes dudas sobre su
+sexo; aquel retoño de los Atridas no dio fruto a pesar de mi tío.</p>
+
+<p>Mi tío estaba lejos de ser un apóstol, pero era un santo.</p>
+
+<p>El lado débil de mi tío era el amor, y esto explicará por qué es que a
+los dos años de viudez acaba de declararme que se casa. Mi tío era un
+alfeñique delante de una mujer bonita. Decir que se derretía sería poco,
+se revenía, se volvía una celda de miel. Al oír una voz juvenil brotando
+de una garganta esbelta y alabastrina, al ver un cuerpo elástico y
+nervioso modelado por los contornos de la carne viva y suave a la
+presión, mi tío, que era flaco y alto como un junco de las islas, gemía
+involuntariamente como una arpa eólica, y, no contento con saborear la
+estatua con los ojos, cedía, sin querer, el brazo a los movimientos<a name="page_012" id="page_012"></a>
+irrespetuosos de la electricidad animal y gustaba de tocar el buen
+señor.</p>
+
+<p>Convengamos en que el defecto era humano y no grave. Pero ved aquí cómo
+dos pasiones contrarias, la cólera crónica de mi tía y la ternura
+amorosa de mi tío, habían llegado poco a poco a constituir en él una
+segunda persona, en la que se habían transformado todos los rasgos
+primitivos de su carácter. El buen viejo había conservado toda su
+bondad, toda su mansedumbre; pero, perseguido, acosado, estirado, como
+un hilo elástico, por su mujer, se había enflaquecido más de lo que
+había sido y había adquirido un tipo físico lógico, con su nuevo
+carácter moral: una especie de Tartufo, pero no un Tartufo odioso y
+antipático, sino por el contrario, y aunque esto parezca una paradoja,
+un Tartufo ingenuo y cándido, a quien Orgon descubría en cada aventura
+por la falta de las grandes cualidades jesuíticas que constituyen el
+carácter del más alto representante del molierismo...</p>
+
+<p>Así, mi tío, que turbaba de cuando en cuando la paz del servicio, sufría
+siempre la desgracia que nadie sufre en este mundo; lo que no pasa
+jamás: que los sirvientes lo delatasen a la señora. El regreso del
+paseíto después de comer casi siempre lo colocaba en una situación
+crítica y zurda: o la manga de la levita blanqueada por<a name="page_013" id="page_013"></a> el contacto de
+las paredes humanas, o el perfume de un ramo de jazmines, o lo
+inmoderado de un nudo de corbata poco defendido, o cualquiera otra
+causa, lo entregaban a las garras de la leona, y los celos de Norma
+estallaban:</p>
+
+<p>&mdash;¡Viejo libertino y sin vergüenza, inmoral, corrompido, sucio!...</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero, Medea!...</p>
+
+<p>&mdash;¡Silencio! ¡hombre sin pudor!... ¡habráse visto canalla igual!...
+¡corriendo las calles de noche, echando cuchufletas a las sirvientas en
+las puertas de calle!</p>
+
+<p>¡Vea usted! ¡Esa manga denuncia al canalla! A ver, aunque no quieras, te
+he de registrar el pecho... ¡Eh! ¿Qué se me importa que se te arrugue la
+camisa? ¡Qué, no veo acaso al viejo calavera degradado en ese moño
+indecoroso de la corbata!... ¡Un ramo de jazmines!... ¿Quién te ha dado
+ese ramo? Di, hombre infame y malvado. ¿Quién te ha dado esa inmundicia?
+¡Puf!... ¡huele a patchoulí! Debe ser alguna guaranga, degradada como
+tú... ¡Esta me la has de pagar! ¡Ha de arder Troya! Usted ha manchado mi
+familia y mi nombre, arrastrándolo por las últimas capas sociales. ¡El
+nombre de los Berrotarán! Si mi padre viviera, ya te habría molido las
+costillas; treinta años fue militar, y mi madre no tuvo jamás una queja.
+Véalo<a name="page_014" id="page_014"></a> usted allí, levante los ojos y pida usted perdón al autor de mis
+días... ¡marido depravado y perverso!</p>
+
+<p>Y Pollion caía fulminado por los anatemas.</p>
+
+<p>Así habían pasado los días del primer matrimonio de mi tío. El hacía <i>in
+petto</i> grandes programas de enmienda: se creía un culpable, un malvado,
+pero no podía con sus extravíos de ternura, y a fe que tenía razón: mi
+tía era refractaria por índole y por naturaleza a todo afecto íntimo, y
+sus caricias debían ser, si alguna vez las hizo a alguien, como las
+manotadas de una pantera.</p>
+
+<p>Las impresiones que aquel hogar lleno de movimiento producían sobre mi
+espíritu, eran múltiples y variadas. Mi tía Medea nunca dejaba de
+echarme en cara que al morir mis padres me había recogido por favor y
+como un acto mil veces más caritativo y recomendable que el de la hija
+de Faraón, salvando a Moisés de la corriente del Nilo. Mi padre, hermano
+menor de mi tío, había muerto joven, y mi madre al darme a luz. Ante la
+ley natural, a Dios gracias, mi tía no podía exigirme parentesco.</p>
+
+<p>En aquel hogar rancio y ridículo yo me había formado sin grandes
+afecciones; había crecido lentamente como una planta exótica al lado de
+mi pobre tío, que sin duda me quería, y que,<a name="page_015" id="page_015"></a> no sabiéndose defender a
+sí mismo de su terrible compañera, se guardaba por su parte muy bien de
+protegerme cuando la brava señora la emprendía conmigo.<a name="page_016" id="page_016"></a></p>
+
+<h3><a name="II" id="II"></a>II</h3>
+
+<p>Me acuerdo, sin embargo, con una memoria vivísima, de los primeros años
+de mi niñez. Miraba la vida como pudieran mirarla los hijos del Príncipe
+de Gales o los de un Rothschild. Todo lo que me rodeaba, mientras vivió
+mi padre, era pobre y de una mediocridad bastante marcada; pero yo lo
+encontraba de una belleza, de una abundancia y de un gusto
+excepcionales. Nadie me había inspirado estas pretensiones pueriles; por
+el contrario, mi padre, cuando me di cuenta de su valor moral, era de
+una modestia pristina en su vida. ¡Pero yo encontraba tan hermosa la
+vieja casa alquilada! Tan lujosa la sala en que dominaba un gran retrato
+de mi madre querida, que tenía, si la expresión se me permite, esa
+lástima egoísta que siente uno por los demás niños cuando es niño
+también.</p>
+
+<p>¿Qué hombre, qué mujer, por variada y llena<a name="page_017" id="page_017"></a> de contrastes que haya sido
+su vida, no tiene allá, en el fondo del recuerdo, la fotografía vaga
+pero indeleble de las primeras impresiones del mundo? Es una fiesta, un
+día de escuela, un encuentro, un juguete, un cariño recibido y devuelto,
+el protagonista de ese inolvidable poema de la memoria; la palabra no lo
+anima jamás, no se comunica a nadie, porque es tal vez trivial cuando
+adquiere formas externas; se acaricia la reminiscencia a solas,
+íntimamente, y ella vuelve y retorna siempre a la mente, porque es como
+el cimiento de las memorias, el sedimento que han dejado las primeras
+impresiones de la vida en el espíritu del hombre.</p>
+
+<p>La fisonomía de aquel hogar, trunco por la muerte de mi madre, no se
+borrará jamás de mi mente. Dormíamos con mi padre en la misma
+habitación. Veo todavía aquel teatro célebre de cuentos y juegos
+inolvidables; los seis antiguos grabados ingleses de sus paredes,
+colgados con poco esmero; seis escenas de los romances de Waverley,
+amarillentos y mareados entre sus maltratados marcos, casi siempre
+torcidos, pendientes de sus clavos desiguales.</p>
+
+<p>¡Cuántas veces al adormecerme bajo la media luz de la habitación,
+parecíame ver moverse la figura misántropa de Guy Mannering, y de
+espanto al verla salir del marco, encogíame todo<a name="page_018" id="page_018"></a> en el lecho, tapábame
+hasta la cabeza y cerraba los ojos para no ver la escena fantástica que
+fraguaba contra mí mismo la imaginación calenturienta del niño. Oigo el
+tic-tac del antiguo reloj de familia, y el golpe grave de su timbre
+resuena en mi oído aún. Recuerdo el miedo que me causaba al despertar en
+medio del sueño ese monótono murmullo del silencio nocturno, reagravado
+por el bulto humano, horroroso, amenazante, que parecían formar las
+ropas de mi padre puestas al acaso sobre una silla, y en cuya ingeniosa
+y casual combinación creía ver el cuerpo de un ladrón o de un bandido.
+¡Oh! ¡Qué alegría, qué desahogo, cuando la mirada, después de un examen
+ansioso, descubría el fatal engaño y los objetos tomaban su forma
+natural disipándose el terrible fantasma!<a name="page_019" id="page_019"></a></p>
+
+<h3><a name="III" id="III"></a>III</h3>
+
+<p>Tenía diez años cuando murió mi padre. La última vez que me acercaron al
+borde de su cama, me abrazó y me llenó de besos; tendría entonces
+cuarenta años, pero representaba sesenta; ¡tanto lo había quebrantado la
+terrible enfermedad que lo consumía!</p>
+
+<p>Espíritu débil, la muerte de su compañera lo había abatido, había hecho
+inútil su existencia. Pobre, sin porvenir, esclavo de un empleo
+subalterno que servía desde 20 años atrás, carecía de la iniciativa
+vigorosa de otros hombres que buscan en los trabajos variados de la vida
+el consuelo de los grandes dolores humanos. La monotonía de sus deberes
+cuotidianos, ese horrible destino de hacer la misma cosa hoy, mañana y
+siempre; el sueldo periódico que jamás se aumenta ni reproduce; la falta
+del ideal, de la esperanza, de ese horizonte dorado que persigue<a name="page_020" id="page_020"></a> toda
+criatura en el mundo, abatieron las fuerzas de aquel noble pero
+desgraciado corazón, cuyo fin fue como el de una máquina que estalla y
+se inutiliza antes de tiempo.</p>
+
+<p>Mi tío, dominado por su absurda mujer, nos veía poco. Pobre también, se
+había casado con ella que tenía una fortuna considerable, y en su casa,
+como era natural, dominaba el carácter militar de mi tía, duplicado por
+la influencia de su fortuna.</p>
+
+<p>Sin embargo, el buen tío Ramón, con sus debilidades, pero excelente en
+el fondo, al saber la gravedad extrema de mi padre, vino a vernos.</p>
+
+<p>Los dos hermanos se abrazaron. La palidez de mi padre se confundía con
+la blancura de las almohadas de su cama.</p>
+
+<p>Aunque niño, y sin poderme dar cuenta profunda de aquel solemne momento
+de mi vida, lloré amargamente abrazado de su cuello; sentí su último
+calor vital con un íntimo estremecimiento de dolor, estreché sus manos
+descarnadas, me miré en sus ojos apagados y permanecí mucho, mucho
+tiempo a su lado, sollozando y enjugando mis lágrimas.</p>
+
+<p>Mi padre había abierto un pequeño libro con láminas ordinarias para
+distraerme, y yo, sin separarme de su lado, hojeaba casi maquinalmente<a name="page_021" id="page_021"></a>
+sus páginas, y me detenía contemplando los grabados, siempre estrechado
+por él.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, hijito&mdash;me dijo al fin,&mdash;vete a recoger, que es tarde ya y yo
+tengo que hablar con tu tío.</p>
+
+<p>Y como yo hiciera un movimiento de cariñosa resistencia para separarme
+de su lado, él insistió dulcemente, me volvió a abrazar y a besar muchas
+veces y mi tío Ramón me condujo a un cuarto inmediato donde me había
+instalado desde que mi padre se agravó.</p>
+
+<p>Al separármele, quedó en mis manos el libro que habíamos estado
+hojeando. Me desnudaron y me acostaron.</p>
+
+<p>Un instinto, qué sé yo, uno de esos profundos movimientos del alma de
+los niños, que son como el germen de todos los variados y tiernos
+sentimientos que brotan después en la adolescencia, me hizo no separarme
+de aquel libro. Apagose la luz de la habitación, y yo estaba abrazado de
+mi precioso recuerdo. Quería protegerlo y ser protegido por él mismo;
+era como una prenda de mi padre, que me lo recordaba y me lo reproducía;
+lloré mucho sobre él y debí humedecerlo tanto con mis lágrimas, que mis
+manos llevaron muchas veces a los labios el sabor amargo del llanto; y
+fue así, abrazado de mi libro, defendido el pecho por sus páginas, que
+me dormí<a name="page_022" id="page_022"></a> aquella noche, la última de mi vida en que debía ver al autor
+de mis días. Aquella noche murió mi padre, mientras yo dormía oprimiendo
+el tesoro conquistado.</p>
+
+<p>¡Pobre libro mío! A los diez años muy lejos estaba de amarlo por el
+valor moral de sus páginas; era el <i>Ivanhoe</i>, el primer romance que
+debía deslumbrar más tarde mi imaginación virgen de impresiones. Lo
+amaba, porque había sido de mi padre: todo era en él precioso para mí,
+sus grabados en madera, sus tapas comunes, bastante estropeadas, sus
+ángulos doblados por los golpes que sufría, sus páginas descoloridas, en
+las que mis ojos inquietos se solían detener de paso.</p>
+
+<p>El entierro de mi padre fue muy modesto por cierto; murió por la
+madrugada, y durante todo el día me tuvieron encerrado en el cuarto en
+que me habían puesto, sin dejarme salir de él. En un momento yo
+conseguí, sin embargo, escaparme, llevado por esa curiosidad inquieta de
+los niños, me interné en las habitaciones que conducían a la sala, y por
+la hoja entreabierta logré ver dos largos y gruesos cirios llenos de las
+congelaciones de la cera que chorreaba sobre ellos, colocados sobre
+enormes candelabros de platina, semejantes a los que había visto en las
+iglesias; los candelabros reposaban sobre un tapiz de pana<a name="page_023" id="page_023"></a> negra raída,
+con guardas de oro bastante estropeadas; el olor acre de la cera de los
+cirios me hizo un malísimo efecto, y sin darme cuenta de lo que veía,
+retrocedí a mi cuarto sin atreverme a seguir adelante.</p>
+
+<p>Nunca después en la vida he dejado de recordar aquel momento, al aspirar
+el ambiente peculiar que forman las velas amarillosas de cera que queman
+alrededor del féretro de los que acaban de morir, y aquella impresión de
+niño, es otra de las muchas que no se borrarán jamás de mi memoria.</p>
+
+<p>Mis parientes se dieron mucha prisa en enterrar a mi padre; a eso de las
+cinco de la tarde comencé a sentir el murmullo de voces y pasos de
+gentes que entraban. Me asomé por la puerta que daba al patio y vi
+muchos hombres vestidos rigurosamente de negro que se congregaban en
+pequeños grupos, saludándose reverenciosamente los unos con los otros;
+todos parecían estar muy tristes y pensativos, a juzgar por la gravedad
+de sus rostros.</p>
+
+<p>Una sirvienta me arrancó de la puerta desde donde yo observaba la
+concurrencia lleno de estrañeza, al ver un número tan considerable de
+gente en mi casa, donde tan pocas y raras personas nos visitaban. Un
+rato después me pareció que el ruido de los pasos aumentaba, como si<a name="page_024" id="page_024"></a> un
+tropel de gente se pusiese en movimiento y poco a poco fui notando que
+se alejaba. En la calle se oyeron rodar carruajes, pero el ruido de los
+coches también se extinguió y todo quedó en silencio. Entonces me asomé
+otra vez por la puerta del patio: había quedado completamente solo, la
+puerta de la calle estaba entornada, cerradas las de las habitaciones;
+la tarde avanzaba y la humedad de un día lluvioso daba a aquella escena
+un aspecto tristísimo.</p>
+
+<p>Me dio miedo y entré en mi cuarto.</p>
+
+<p>Mi tía Medea conversaba en las habitaciones inmediatas con cuatro o
+cinco señoras viejas y de edades incalculables. Yo me presenté
+francamente entre ellas: una me acarició; las otras, incluso mi tía, me
+miraron con cierta indiferencia, y yo no debí preocuparme mucho tampoco
+de ellas, porque preferí meterme debajo de la mesa del comedor donde
+permanecí largo tiempo recorriendo las estampas de mi libro inseparable.</p>
+
+<p>Las señoras tomaron algunas copas de vino y mi tía tomó dos, diciéndoles
+que estaba muy débil, que durante el día no había probado bocado, lo que
+probablemente le sirvió de pretexto para comer un plato entero de
+bizcochos que habían presentado junto con el vino.</p>
+
+<p>Aquellas señoras se levantaron al fin, y mi<a name="page_025" id="page_025"></a> tía con ellas, diciendo a
+la sirvienta que me cuidaba, que me tuviera listo para el día siguiente
+en que ella vendría a buscarme temprano.</p>
+
+<p>En efecto, al día siguiente del entierro de mi padre volvió mi tía Medea
+a buscarme. Lo primero de que me apoderé para decir adiós a aquel hogar
+semejante a un nido abandonado, fue de mi buen libro; nada más deseaba
+llevar.</p>
+
+<p>Quise, sin embargo, recorrer toda la casa antes de partir.</p>
+
+<p>Se aspiraba en todos los cuartos ese ambiente de tristeza que tienen los
+sitios que se abandonan.</p>
+
+<p>Entré en el cuarto en que mi padre había muerto; todo estaba en
+desorden: la cama en el medio, sin colchones, como un esqueleto de
+hierro; los armarios vacíos.</p>
+
+<p>Mi tía Medea había hecho acto de generosidad con los pobres, repartiendo
+las ropas de mi padre; la vieja alfombra había desaparecido; las
+baldosas contribuían a aumentar lo triste de la escena con su frialdad
+glacial; mis buenos grabados ingleses ya no estaban tampoco; algunos
+fragmentos de mis juguetes habían sido relegados a un rincón de la
+habitación; entré en la sala y vi con júbilo que el retrato de mi madre
+estaba allí y que mi tío había dispuesto que lo condujesen a su casa. En
+un ángulo de la sala<a name="page_026" id="page_026"></a> estaban agrupados los cuatro candelabros con sus
+cirios apagados, las mechas duras y achatadas sobre la cera, que había
+formado al derretirse una masa de coagulaciones semejantes a las labores
+góticas de una abadía; a un lado de ellos estaba la manta de pana negra,
+raída, con sus guardas galonadas.</p>
+
+<p>Entraban y salían peones con muebles:&mdash;¡Desalojaban! ¡Oh! ¡qué triste es
+una mudanza, y cuánto más triste cuando tiene lugar porque han muerto
+los que habitaban la casa! ¡Qué triste es ese desorden! ¡Las voces de
+las gentes de todas menas que entran y salen; la desnudez en que quedan
+los pisos y las paredes; el abandono, el silencio, que van invadiendo
+poco a poco! El último trasto que se saca, casi siempre una silla, cuyos
+pies desiguales le dan cierto aire de grotesca melancolía, ante el cual
+sólo el pincel de Dickens es capaz de levantar el poema que surge de la
+observación sentimental de los objetos. ¡Qué momento ese, en que el
+último, después de dejar desiertas las habitaciones, cierra la puerta de
+la calle tras de sí! ¡El eco cavernoso responde entre los ángulos de los
+cuartos abandonados, el eco solo, voz solemne de lo vacío, de la
+soledad, de las tumbas!<a name="page_027" id="page_027"></a></p>
+
+<h3><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3>
+
+<p>El cambio de domicilio fue un acontecimiento para mí; la espléndida casa
+de mi tío Ramón, mi ropa flamante de luto, la nueva faz de mi vida,
+ejercieron en mi espíritu toda la influencia de la novedad.</p>
+
+<p>Había alguna diferencia, por cierto, entre la pobre morada de mi padre y
+la espléndida mansión de mi tío, o más bien dicho, de mi tía, pues todo
+lo que había en ella, hasta el último alfiler, como ella decía, era suyo
+propio y lo había heredado del famoso mayor Berrotarán, terror de los
+indios y loor del ejército. Mi tío Ramón era un pobrete que sólo había
+aportado al matrimonio su decencia con lo encapillado, como rezaba la
+antigua fórmula testamentaria.</p>
+
+<p>Se trató de mi educación; mi tío, que se interesaba por mí, quiso
+tomarme maestros de<a name="page_028" id="page_028"></a> idiomas y proporcionarme una enseñanza esmerada,
+pero todo fue en vano.</p>
+
+<p>Mi tía Medea sostuvo con argumentos sin réplica y resoluciones
+inapelables, que demasiado había hecho ella consintiendo en cargar con
+hijos de otro.</p>
+
+<p>&mdash;¡Si no tiene usted familia, usted solo tiene la culpa! ¡Mi padre tuvo
+diecisiete hijos y sólo fue casado dos veces!</p>
+
+<p>&mdash;¡Bien, Medea, tienes razón, yo tengo la culpa!</p>
+
+<p>&mdash;¡Y es usted tan cínico que lo confiesa!</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero si es por complacerte!...</p>
+
+<p>&mdash;¡Por complacerme! ¿Y ese es el modo de complacerme? ¡Traerme los hijos
+de otros, echar esa carga a su mujer! ¿Por qué no lo ha puesto usted en
+un taller, para que aprenda un oficio y se haga hombre? ¿Por qué no lo
+ha destinado usted a un cuerpo de línea, para que siguiese la noble
+carrera militar?</p>
+
+<p>&mdash;Mira, Medea: es el hijo de mi pobre hermano, lleva mi apellido como
+tú, no tenemos hijos... ¿Qué cosa más natural que lo hagamos nuestro
+hijo, que lo eduquemos conforme a nuestros medios?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ca! No me muelas la paciencia, Ramón, no me impacientes&mdash;contestaba
+mi tía Medea furiosa.&mdash;¡Yo no necesito de tu nombre para nada!<a name="page_029" id="page_029"></a>
+¡Guárdatelo, que para nada me sirve! Yo me llamo Berrotarán y usted es
+un pobre diablo, hijo de un lomillero. ¡Sí, señor, de un lomillero! Su
+padre de usted era lomillero en tiempo de Rozas. ¡Haga usted lomillero a
+su sobrino!</p>
+
+<p>Mi tío se ponía rojo de vergüenza ante estas contestaciones, y yo, que
+no podía darme cuenta de cómo mi tía, tan llena de orgullo y de
+pretensiones, había podido casarse con el hijo de un lomillero, decía
+para mis adentros que debían haberla casado por fuerza con mi tío Ramón,
+porque, de otro modo, no podría explicarse tanta desigualdad de
+condiciones. Indudablemente mi tío Ramón había abusado de mi tía,
+permitiéndole que lo aceptara por esposo.</p>
+
+<p>Escenas conyugales como la que acabo de narrar eran muy comunes en
+aquella casa. Mi tío estaba completamente sometido; en lo único en que
+era incorregible era, como ya lo he dicho, en materias de amor, y por
+esta causa se daban los más famosos combates íntimos que tenían lugar.
+¿Combates?... digo mal; mi tío no combatía nunca; se entregaba por
+completo, rendido a discreción, y mi tía emprendía la terrible ejecución
+del marido infiel.</p>
+
+<p>Mi tía Medea era muy dada a la política; ella pretendía tomar parte en
+el Gobierno, y era, por consiguiente, amiga de la situación.<a name="page_030" id="page_030"></a></p>
+
+<p>La época en que yo me criaba era muy agitada. Hacía poco tiempo que se
+había dado la batalla de Pavón. Quería mi tía llevarlo todo a sangre y
+fuego, y su divisa era «o por la ley o por la fuerza».</p>
+
+<p>Mi tío Ramón había tenido que inscribirse en uno de los centros
+electorales en que la opinión estaba dividida, y aunque con su carácter
+muy indiferente por la cosa pública, el buen ciudadano figuraba
+pomposamente en la comisión directiva, debido sin duda a la iniciativa
+de su mujer, que no admitía excusas, y a sus medios pecuniarios, y no a
+su entusiasmo por la lucha o a sus aspiraciones políticas.</p>
+
+<p>El candidato de mi tía ejercía sobre ella la influencia de un profeta:
+no concebía que delante de su figura inspirada y magnífica pudieran
+levantarse adversarios; mi tía, como he dicho, era de una virtud agria e
+indomable, pero, cuando se hablaba de su orador y de su poeta, una
+especie de delirio alarmante la invadía, y si hubiera sido joven y bella
+y su ídolo le hubiera dado una cita a media noche, habría ido, loca de
+amor, a rendirse a sus caricias omnipotentes, porque perderse con él no
+habría sido para ella una falta sino el cumplimiento de un deber
+inexcusable.</p>
+
+<p>Así era por aquellos días el fanatismo político<a name="page_031" id="page_031"></a> entre las mujeres. El
+ídolo político de mi tía, hombre formal, estudioso, lleno de buena fe,
+como el profeta de Münster, tenía una especie de virtud inconsciente e
+involuntaria para revolver las cabezas femeninas, y a pesar de toda su
+gravedad, de todo su juicio, contábase como cierto por los adversarios,
+que más de una vez, la crema de la high-life del tiempo, las señoras más
+encopetadas de Buenos Aires, le habían hecho manifestaciones públicas de
+simpatía en las ventanas de su casa, poniéndolo, en una edad que no era
+la de Apolo, en el caso de presidir la asamblea de las mujeres, perorar
+ante ellas y echarles las más metafóricas, las más eufónicas, las más
+pintadas frases de su cosecha oratoria.</p>
+
+<p>Por supuesto que mi tío dejaba hacer y jamás demostró celos por aquellos
+actos de su mujer; tenerlos habría sido tan temerario como si los
+griegos los hubiesen tenido de Júpiter, cuando el rey del Olimpo hacía
+sus parrandas nocturnas por sus hogares.</p>
+
+<p>En el partido de mi tía, es necesario decirlo para ser justo, y sobre
+todo para ser exacto, figuraba la mayor parte de la burguesía porteña;
+las familias decentes y pudientes; los apellidos tradicionales, esa
+especie de nobleza bonaerense pasablemente beótica, sana, iletrada,
+muda, orgullosa, aburrida, localista, honorable, rica y<a name="page_032" id="page_032"></a> gorda: ese
+partido tenía una razón social y política de existencia; nacido a la
+vida al caer Rozas, dominado y sujeto a su solio durante veinte años,
+había, sin quererlo, absorbido los vicios de la época, y con las grandes
+y entusiastas ideas de libertad, había roto las cadenas sin romper sus
+tradiciones hereditarias. No transformó la fisonomía moral de sus hijos;
+los hizo estancieros y tenderos en 1850. Miró a la Universidad con
+huraña desconfianza, y al talento aventurero de los hombres nuevos
+pobres, como un peligro de su existencia; creyó y formó sus familias en
+un hogar lujoso con todas las pretensiones inconscientes a la gran vida,
+a la elegancia, y al tono; pero sin quererlo, sin poderlo evitar, sin
+sentirlo, conservó su fisonomía histórica, que era honorable y virtuosa,
+pero rutinaria y opaca. Necesitó su hombre y lo encontró: le inspiró sus
+defectos y lo dotó con sus méritos.</p>
+
+<p>En vida de mi tía, su casa era uno de los centros más concurridos por
+todas las grandes personalidades, y en ella se adoptaban las
+resoluciones trascendentales de sus directores. Los grandes planes que
+debían imponerse al comité, para que éste los impusiese al público,
+salían de allí, y en su elaboración tomaban parte las cabezas supremas,
+que deliberaban como una especie de estado mayor, sin que los jefes
+subalternos tomasen<a name="page_033" id="page_033"></a> parte en las discusiones. Lo más curioso era que
+aquella gran cofradía creía, o estaba empeñada en hacer creer, que era
+el partido quien concebía los profundos programas electorales, y la
+verdad era que el gran partido solía convertirse en un ser tan pasivo
+como los ídolos asirios, que aterraban o entusiasmaban a las
+muchedumbres según el humor del gran sacerdote que gobernaba los
+resortes ocultos de la deidad.</p>
+
+<p>Tenían aquellas reuniones un colorido particular, y más de una vez fui
+espectador de las escenas que se producían entre sus altos y profundos
+augures. Mi tía no estaba quieta un solo instante; salía y entraba a la
+sala en que se congregaban sus correligionarios, atendía a una que otra
+visita íntima del barrio en las habitaciones interiores, y volvía de
+nuevo por un instante a seguir el hilo de los debates y peroraciones que
+tenían lugar.</p>
+
+<p>Una noche próxima al día de una elección, según creo, se reunieron en
+casa de mis tíos aquellos hombres que yo consideraba providenciales.
+Desde temprano se habían encendido todas las arañas y candelabros del
+salón, y yo, ardiendo de curiosidad, hice todo lo posible por ser
+espectador lejano, desde la antesala, de aquella notable asamblea.<a name="page_034" id="page_034"></a></p>
+
+<p>Eran las ocho de la noche y entraban los primeros concurrentes.</p>
+
+<p>&mdash;No me hable usted de la juventud, señor don Ramón, la juventud del día
+no sirve para nada&mdash;decía a mi tío un caballero flaco, de cuarenta años
+largos, con una fisonomía garabateada por la barba y las arrugas del
+cutis.</p>
+
+<p>&mdash;Tiene razón, doctor, los jóvenes no sirven para nada.&mdash;No te metas,
+Ramón, en lo que no sabes&mdash;contestaba mi tía furibunda.</p>
+
+<p>&mdash;Vean ustedes, señores: llevar hombres jóvenes a las cámaras sería
+nuestra perdición. La juventud del día no tiene talentos prácticos;
+¿cómo quieren ustedes que los tenga? ¡Le da por la historia y por
+estudiar el derecho constitucional y la economía política en libros!
+Forman bibliotecas enormes y se indigestan la inteligencia con una
+erudición inútil, que mata en ellos toda la espontaneidad del talento y
+de la inventiva. ¡Sí, señores, los libros no sirven para nada! Ustedes
+me ven a mí... Yo no he necesitado jamás libros para saber lo que sé.
+¡Pero no quieren seguir mis consejos, señor! Los libros no sirven para
+nada en los pueblos nuevos como el nuestro. Para derrocar a Rozas no
+fueron necesarios los libros; para hacer la Constitución de 1853,
+tampoco fueron necesarios, y es la mejor constitución del mundo. Yo soy
+abogado<a name="page_035" id="page_035"></a> y me ha bastado Darnasca para aprender mi profesión. La noción
+del derecho se pierde cuanto más a fondo se quieren conocer los textos.
+¡Lo mismo es la política! Nosotros no estamos preparados para gobernar
+con Hamilton, Madison y Story. ¡El buen sentido, eso basta! ¡Sí,
+señores, el buen sentido basta! Yo por ejemplo, no leo sino los diarios,
+y el periodismo, señores, es como el pelícano, alimenta a sus hijos con
+su propia sangre. ¿Usted ha estado en mi estudio, señor don Ramón, no es
+verdad? ¿Ha estado usted? ¡Pues bien! ¿Qué libros ha visto usted?
+Colecciones de los diarios en que he escrito, eso sí: la colección de
+<i>La Colmena</i>, <i>La Espada de Damocles</i>, <i>La Regeneración Porteña</i>, <i>El
+Gorro de la Libertad</i>, etc., todos los diarios de que he sido redactor.
+¿Pues bien, eh?... he necesitado alguna vez informarme sobre la pesca de
+los pengüines en la costa patagónica, cuando he sido ministro, ¿qué he
+hecho?... a <i>La Espada de Damocles</i>... registro la colección y en 1853 o
+54, encuentro el artículo que escribí sobre la pesca de esos moluscos...</p>
+
+<p>&mdash;Pero, doctor, ¿los pengüines no son aves?&mdash;observó mi tío.</p>
+
+<p>&mdash;Pero no vuelan, señor don Ramón, y son esencialmente marítimos, y se
+pescan en vez de<a name="page_036" id="page_036"></a> cazarse; por eso es que los clasifico entre los
+moluscos, y así los designo en mi artículo de <i>La Espada de Damocles</i>. Y
+lo mismo que digo de la pesca de los pengüines, digo del gobierno
+parlamentario; nos están hablando de las bondades del sistema
+bicamarista... Vean ustedes el resultado que nos ha dado en la nación y
+en la provincia... Hemos retrocedido, señores, hemos retrocedido veinte
+años; nuestro primer acto de gobierno debe ser volver a la cámara única
+y poco numerosa. Yo lo he sostenido en un artículo que escribí en 1853
+en <i>El Gorro de la Libertad</i>; ahí están los argumentos irrefutables de
+mi tesis. La cámara única, señores, no hay nada mejor; ¡basta el buen
+sentido para comprender que dos cámaras es el absurdo, señor! Una está
+en contra de la otra siempre, y ¿cómo gobernar cuando dos fuerzas
+iguales, se chocan? El axioma físico es que dos fuerzas iguales se
+destruyen... y la física tiene leyes análogas a la política! ¡No hay
+gobierno posible así! ¡La cámara única es lo más sencillo, lo más
+expeditivo y lo más cómodo!...</p>
+
+<p>&mdash;Pero los ingleses, señor doctor, tienen dos cámaras&mdash;observó uno de
+los circunstantes.</p>
+
+<p>&mdash;Permítame, señor; la Inglaterra es un país extravagante, de clima
+diferente al nuestro, y se explica el error allí. Pero nosotros tenemos
+un<a name="page_037" id="page_037"></a> clima ardiente y es un peligro grave prodigar las fuerzas y el
+número de las asambleas parlamentarias en la República Argentina. Eso es
+lo que nos lleva siempre a las oposiciones tenaces. Nuestro partido
+perderá el gobierno por eso, señores; por extender el número de las
+asambleas. Con una cámara única de veinticinco amigos no seremos
+vencidos. Yo se lo he dicho siempre al general:&mdash;No le haga caso a don
+Benjamín Boston; mire que don Benjamín es de origen norteamericano,
+mientras que nosotros debemos seguir la escuela política de Rivadavia.
+Don Benjamín es orador muy elocuente, pero no tiene una cabeza política
+ni previsora: tiene demasiados libros para ser buen gobernante y jamás
+ha escrito en un diario. ¡Pero no se me hizo caso, señor, y ya verán
+ustedes los resultados!</p>
+
+<p>&mdash;¡Cuánto me alegro, doctor Trevexo, de que Ramón oiga lo que usted
+dice! ¡Cuánta razón tiene usted! Figúrese usted que mi marido se
+empeñaba en llenarle la cabeza de librajos a su sobrino y enseñarle
+idiomas, y que sé yo qué otras cosas... ¿Para qué?...</p>
+
+<p>&mdash;Todo eso no sirve para nada, señora. Enséñele usted a leer y a
+escribir y deje usted al talento que se revele solo. Repito a usted que
+en este país los hombres no necesitan estudiar nada para llegar a los
+altos puestos.<a name="page_038" id="page_038"></a></p>
+
+<p>¿No me ve usted a mí?</p>
+
+<p>Acostumbre usted al niño a que lea los diarios y a que guarde recortes
+de los artículos que le interesen. A los veinte años sabrá más que toda
+su generación.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ya ve usted, doctor Trevexo, que el general no debe ser de su
+opinión; pocos hombres tienen más libros y papeles que él; un día que
+tuve el alto honor de verlo en su casa, salí pasmado de la copiosidad de
+su biblioteca.</p>
+
+<p>&mdash;A eso iba, ¡eh! eso iba a contestarle: es que usted ha conocido al
+general en su mala época; desde que ha empezado a estudiar ha empezado a
+degenerar, ha perdido el brillo de su palabra y la espontaneidad de su
+espíritu y se ha envejecido.</p>
+
+<p>&mdash;¿Es posible? ¿Qué es lo que me dice usted, doctor?&mdash;interrumpió mi tía
+llena de sobresalto.</p>
+
+<p>&mdash;Lo que usted oye: don Buenaventura se ha hecho un indiferente criminal
+desde que se le ha ocurrido instruirse. ¿Quién me lo negará? Todo su
+talento improvisador se le ha apagado. ¡Qué diferencia del general de
+hoy al de otros tiempos; qué improvisaciones las de entonces, qué
+discursos, qué proclamas, qué artículos!</p>
+
+<p>&mdash;¡Y qué versos!&mdash;agregó mi tío Ramón lleno de buena fe, con el ánimo de
+cooperar al elogio.<a name="page_039" id="page_039"></a></p>
+
+<p>&mdash;¡No! los versos no han sido nunca gran cosa&mdash;contestó el doctor con
+impaciencia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! perdone, doctor, y ¿<i>El Matrero</i> y <i>el Mendigo</i>?&mdash;agregó mi tía.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pschet! así, así... ¡No! los versos no son su fuerte. Pero los
+discursos, las proclamas; aquel discurso contra los ministros de
+Urquiza...</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, sí! cuando les ofrecía echar las puertas de los ministerios a
+cañonazos a aquellos bandidos&mdash;rompió mi tía electrizada.</p>
+
+<p>&mdash;Eso es, eso es, y aquella proclama al pueblo de Buenos Aires: «Os
+devuelvo intactas...»</p>
+
+<p>&mdash;No, intactas no; la proclama decía «casi intactas».</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, es lo mismo. ¡Qué bellas frases, qué verdades de a puño! ¡Ah,
+qué tiempos, doctor! Esos eran tiempos de entusiasmo. Sí, cada vez que
+me acuerdo de lo que era Buenos Aires el año pasado no más, me convenzo
+de que las porteñas ya no somos lo que éramos; ¡qué unión! ¿Quién se
+atrevía a hablar en contra nuestra? No había sino un hombre, un solo
+hombre y ese hombre era él.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y se acuerda usted de la discusión del acuerdo, doctor?</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo no, misia Medea!</p>
+
+<p>&mdash;Entonces, sí, había decisión popular; las<a name="page_040" id="page_040"></a> injurias y denuestos que
+vomitaron los enemigos de Buenos Aires; ¡aquellos bandidos! las pagaron
+caras. ¡Qué barra, qué barra lucida y resuelta; cómo silbaba a los
+traidores y cómo aplaudía a aquellos patriotas!</p>
+
+<p>&mdash;Yo tengo presente ese día&mdash;observó uno de los personajes que allí
+estaban.</p>
+
+<p>&mdash;Es cierto, señor don Pancho, que usted estaba allí&mdash;contestó el doctor
+Trevexo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo no! Yo capitaneaba el grupo principal.</p>
+
+<p>&mdash;¿El de los tenderos patriotas, no?</p>
+
+<p>&mdash;Precisamente; nos habíamos reunido la noche antes en mi tienda toda la
+crema de la calle del Perú; Tobías Labao, Narciso Bringas, Policarpo
+Amador, Hermenegildo Palenque: la flor del mostrador, que durante la
+tiranía de Rozas había estado metida en un zapato, y nos fuimos a la
+barra. Cuando hablaba don Buenaventura, lo saludábamos con una lluvia de
+aplausos, y cuando los urquizistas pedían la palabra, se armaba la
+gorda.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero hubo algunos muy insolentes, no?</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo no! y nos insultaron; pero Buenos Aires triunfó y nos libramos
+de Urquiza.</p>
+
+<p>&mdash;Y de los provincianos para siempre. Porque allí se salvó Buenos Aires,
+y si no hubiéramos triunfado allí, hoy estaríamos conquistados y<a name="page_041" id="page_041"></a>
+perdidos, señor don Pancho&mdash;dijo mi tía exaltadísima, devolviendo el
+mate a la mulatilla después de hacerlo roncar con una chupada postrimera
+llena de vigor, que aplicó a la bombilla.</p>
+
+<p>La conversación había llegado a esta altura, cuando los sirvientes
+anunciaron a varios caballeros que acababan de llegar. Los recientemente
+llegados eran siete u ocho personas.</p>
+
+<p>Cambiados los saludos de orden y algunas palabras de etiqueta sobre la
+salud de las familias respectivas, los circunstantes ocuparon sus
+asientos alrededor del salón.</p>
+
+<p>El doctor Trevexo se sentó en el sofá, al lado de dos caballeros, uno
+muy flaco y el otro sumamente grueso.</p>
+
+<p>El flaco era un hombre alto, con una cabeza diminuta. Entre las cejas y
+el pelo tenía una faja blanca que le servía de frente; la boca era
+hundida como la de un cráneo, la nariz de un atrevimiento procaz, no por
+la enormidad del tamaño, sino por su afligente exigüidad, y, sobre todo,
+por la insolencia con que la Naturaleza la había respingado para
+presentar al espectador sus dos ventanas, como el hocico de un <i>crack</i>
+que olfatea al aire. El gesto peculiar de aquel hombre me sugería la
+idea de un ser que vive aspirando un mal olor constante a su alrededor.<a name="page_042" id="page_042"></a>
+Su rostro era una mueca perpetua contra los miasmas, que se exageraba de
+una manera alarmante cuando él tenía la pretensión de sonreírse. Los
+brazos eran tan largos como las piernas, el pecho era hundido, la
+espalda escasa, las orejas parecían dos conchas de ostras y el pescuezo,
+sumamente corto para su altura, desaparecía entre la cabeza y el cuerpo,
+dándole el aspecto de esas garzas que, para dormitar al sol sobre las
+aguas estancadas y verdinegras de nuestras lagunas, enroscan sus
+pescuezos longitudinales, tomando la actitud más formal y venerable que
+es capaz de tomar un pájaro.</p>
+
+<p>El otro caballero era lo que se llama un hombre de peso. Si su vecino
+del sofá pecaba por su figura angulosa y rigurosamente lineal, éste
+pecaba por la prodigalidad chacotona con que la Naturaleza había
+empleado las líneas curvas para diseñarlo. La cabeza grande, y aunque
+vulgar por la vertiginosa rapidez con que descendía hasta la frente,
+exhibía un rostro lleno de majestad y de satisfecha suficiencia.</p>
+
+<p>El abdomen, ampliamente pronunciado, lo era bastante para poner en
+conflicto la resistencia pertinaz de las abotonaduras del chaleco y del
+pantalón, a las que estaba confiada la solemne misión de contener sus
+formas. La fisonomía tenía grandes pretensiones a la formalidad; pero<a name="page_043" id="page_043"></a>
+yo no sé qué diablos había en aquella cara de luna llena, que me hacía
+verla en menguante, a pesar de su redondez. Las piernas eran diminutas,
+pero morrudas, el pie pequeño pero ancho; la cara completamente afeitada
+y una nariz invasora que hacía contraste con el recogimiento desdeñoso
+de la del señor flaco que se sentaba a su lado.</p>
+
+<p>&mdash;Señores&mdash;dijo el doctor Trevexo,&mdash;ya estamos en <i>quorum</i> y es menester
+que comencemos. ¿Quiere usted presidir, señor don Ramón?</p>
+
+<p>Mi tío, que permanecía de espectador pasivo, salió de su letargo, y,
+algo cortado, puso una cara de signo interrogante que descubría toda su
+indecisión para desempeñar el alto y difícil cargo que se le proponía.
+Mi tía le tiraba de la levita y le decía en voz baja pero resuelta:</p>
+
+<p>&mdash;No, Ramón, guárdate bien de meterte en lo que no sabes.</p>
+
+<p>Mi tío tragaba saliva y guardaba silencio como un hombre que no sabe qué
+partido tomar. Por último rompió...</p>
+
+<p>&mdash;Doctor, si yo no tengo el hábito de estas cosas... No me es posible...</p>
+
+<p>&mdash;Presida usted, entonces, doctor Trevexo&mdash;dijo el señor gordo.</p>
+
+<p>&mdash;¿No le parece a usted, señor don Juan?&mdash;<a name="page_044" id="page_044"></a>agregó dirigiéndose al
+caballero flaco y ñato que había entrado con él.</p>
+
+<p>Este hizo una solemne inclinación de cabeza que significaba un signo de
+aprobación, y volvió a levantar su cara chata a tanta altura, que pude
+verle las cavernas de la nariz en toda su siniestra lobreguez.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, que presida el doctor Trevexo,&mdash;agregaron varios concurrentes.</p>
+
+<p>El protagonista de aquella reunión política no se hizo de rogar más. El
+asiento central del sofá del salón fue desalojado para el presidente.
+Este se sentó, sacó del bolsillo interior de su levita unos papeles, los
+desdobló y los puso sobre sus rodillas; se sonó en seguida
+estruendosamente la nariz por dos o tres veces, dobló su pañuelo con una
+sola mano alrededor del puño y lo depositó en su bolsillo, como un
+hombre habituado a todas esas añagazas y posturas preliminares de los
+discursos.</p>
+
+<p>&mdash;Señores&mdash;dijo,&mdash;estamos empeñados en una lucha homérica; de esta lucha
+resultará el <i>ser o no ser</i> para nuestro partido. Aquí no estamos todos,
+pero no convendría que lo estuviéramos. Una cosa son las reuniones
+populares de los teatros y de las calles, otra cosa deben ser los actos
+de la dirección y de la marcha de nuestro partido: una cosa son las
+batallas en las guerrillas,<a name="page_045" id="page_045"></a> en las cargas y en los entreveros, y otra
+cosa son las batallas en el cuartel general. El elector, el club
+parroquial, pueden ir valientemente al atrio a votar, porque no tienen
+responsabilidades; el soldado muere en el asalto, en la lucha cuerpo a
+cuerpo; la metralla lo quema y lo despedaza, pero muere sin
+responsabilidad. La responsabilidad de las grandes luchas electorales,
+como de las grandes acciones de guerra, está en los generales: el
+soldado no muere sino materialmente, de un bayonetazo, de un tiro de
+fusil, de una bala de cañón, de hambre y de sed; pero el descalabro de
+una campaña política o militar es la muerte moral de los jefes y la
+muerte moral de las cabezas es la muerte del espíritu dentro del cuerpo
+vivo: una especie de embalsamamiento inconsciente.</p>
+
+<p>Tratamos, señores, de formar una lista de diputados. Nada más prudente
+que confiar su elaboración a las corrientes encontradas del
+pueblo&mdash;continuaba el doctor Trevexo sin escupir.&mdash;«El Estado soy yo,»
+decía Luis XIV. La forma democrática se inspira en el derecho natural.
+En la tribu los más fuertes, los más hábiles, asumen la dirección de
+agrupaciones humanas: el derecho positivo codifica la sanción de las
+legislaciones inéditas del derecho natural y nosotros exclamamos; «¡el
+pueblo somos nosotros!»<a name="page_046" id="page_046"></a></p>
+
+<p>&mdash;¡Muy bien, muy bien, perfectísimamente! continúe usted, doctor,&mdash;le
+interrumpió el señor gordo sin poder contener la ola de entusiasmo.</p>
+
+<p>&mdash;Se critica el sufragio universal, pero no se da la razón de su
+crítica; el error de los que lo combaten acerbamente, consiste en creer
+que el sufragio universal es el derecho que todos tienen de elegir.
+¡Error! ¡Grave error, señores! Si las leyes del Universo están confiadas
+a una sola voluntad, no se comprende cómo la universal puede estar
+confiado a todas las voluntades. El sufragio universal, como todo lo que
+responde a la <i>unidad</i>, como la <i>Universidad</i>, bajo el gobierno
+<i>unipersonal</i> de un rector. ¡Unipersonal, fíjense ustedes bien! es el
+voto de uno solo reproducido por todos. En el sufragio universal la
+ardua misión, el sacrificio, está impuesto a los que lo dirigen, como en
+la armonía celeste, el sol está encargado de producir la luz y los
+planetas de rodar y girar alrededor del sol, apareciendo y
+desapareciendo como cuerpos automáticos sin voz ni voto en las leyes que
+rigen la armonía de los espacios. Y declaro, señores, que esto último no
+es mío sino del Divino Maestro.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero es admirable!&mdash;exclamó el señor gordo.<a name="page_047" id="page_047"></a></p>
+
+<p>&mdash;¿Entiende usted, misia Medea?&mdash;agregó dirigiéndose en voz baja a mi
+tía.</p>
+
+<p>&mdash;No, señor don Higinio, pero yo también lo encuentro admirable como
+usted.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué sería de nosotros, señores, el primer partido de la República, el
+partido que derrocó a Rozas, que abatió a Urquiza, el partido de Cepeda,
+esa platea argentina, en que el Xerjes entrerriano fue vencido por los
+Alcibíades y los Temístocles porteños, si entregáramos a las
+muchedumbres el voto popular? Nosotros somos la clase patricia de este
+pueblo, nosotros representamos el buen sentido, la experiencia, la
+fortuna, la gente decente en una palabra. Fuera de nosotros, es la
+canalla, la plebe, quien impera. Seamos nosotros la cabeza; que el
+pueblo sea nuestro brazo. Podemos formar la lista con toda libertad y en
+seguida lanzarla. Todo el partido la acatará; nuestra divisa es
+<i>Obediencia</i>: cúmplase nuestra divisa.</p>
+
+<p>&mdash;Yo me he permitido formar un proyecto de lista que someto a la
+consideración de ustedes&mdash;dijo uno de los presentes, joven de hermoso
+aspecto, de simpática figura, que hasta entonces había guardado
+silencio.</p>
+
+<p>&mdash;A ver, lea usted&mdash;dijo el doctor Trevexo.</p>
+
+<p>El joven leyó su lista en medio del silencio dignísimo de la
+concurrencia; dos o tres la aprobaron<a name="page_048" id="page_048"></a> después de leída, pero los demás,
+suspensos de la fisonomía del doctor Trevexo, que demostraba visible
+descontento, no articularon una sola palabra de aprobación.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué le parece a usted de esa lista, señor don Ramón?&mdash;dijo don
+Narciso acercándose al oído de mi tío.</p>
+
+<p>&mdash;Muy buena, muy buena&mdash;contestó mi tío.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pues a mí me parece muy mala!</p>
+
+<p>&mdash;Y a mí también&mdash;agregó don Juan, haciendo el gesto de asco que le era
+peculiar.</p>
+
+<p>&mdash;Cosas de muchachos ambiciosos, de mozalbetes: ¡Miren ustedes, qué
+atrevimiento! Sólo a la juventud del día puede ocurrírsele tener
+pretensiones de figurar en las listas de diputados&mdash;murmuraba <i>sotto
+voce</i> don Pancho el tendero,&mdash;asociándose al grupo de los descontentos.</p>
+
+<p>&mdash;Señores&mdash;dijo en voz alta y varonil el joven que había propuesto la
+lista,&mdash;es necesario llevar fuerzas nuevas a la Cámara, y las fuerzas
+nuevas están en la juventud que ha salido ayer de los claustros
+universitarios. Yo no tengo las ideas del doctor Trevexo sobre el
+sufragio universal; somos un partido oligárquico con tendencias
+aristocráticas, exclusivistas aun dentro de su propio seno, a quien se
+acusa, y con razón, señores, de gobernar o de querer gobernar siempre
+con los mismos hombres, y que repudia toda<a name="page_049" id="page_049"></a> renovación, toda tentativa
+para recibir hombres nuevos en el grupo de sus directores. Pido que se
+tome en consideración la lista que he presentado.</p>
+
+<p>El doctor Trevexo, hombre viejo y resabiado en materia de debates
+agrios, contaba con un rebaño muy dócil para perder tiempo en polémicas
+apasionadas: había aleccionado a sus adeptos de antemano, y a una seña
+suya don Juan, con su voz gangosa, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Quej sje vooote la lijta.</p>
+
+<p>&mdash;Señor, no se puede votar todavía, ni hay para qué votar la lista. Se
+votarán los nombres de los propuestos, uno por uno.</p>
+
+<p>El doctor Trevexo renovó la seña.</p>
+
+<p>&mdash;Quej sje voote la lijta&mdash;repitió don Juan.</p>
+
+<p>&mdash;Señores, si se procede de ese modo, nos retiraremos&mdash;replicó el joven
+con acento resuelto.</p>
+
+<p>&mdash;Retíjrese&mdash;contestó a su turno don Juan.</p>
+
+<p>El joven y el grupo que lo acompañaba, se retiraron. Los hombres de
+juicio y de experiencia quedaron dueños del campo. Mi tía supo con
+indignación que mi tío Ramón había sido el culpable de que aquella
+juventud atrevida hubiese venido a turbar el orden y la paz octaviana de
+la reunión. ¡Mi tío Ramón los había invitado! Don Pancho el tendero
+echaba sapos y culebras<a name="page_050" id="page_050"></a> contra aquellos osados, y suplicaba al doctor
+Trevexo que los denunciara al jefe del partido al día siguiente. Don
+Higinio, como buen estanciero, vecino de campo y de ciudad, renegaba
+contra la juventud del día y la Universidad, madre engendradora de
+doctores inútiles y de muchachos pillos y botarates. Don Benjamín era
+felicitado por la manera severa y eficaz con que había enseñado la
+puerta de la calle a los revoltosos.</p>
+
+<p>Los señores Palenque, don Policarpo Amador, don Narciso Bringas y don
+Pancho Fernández, rodearon al doctor Trevexo y la sesión continuó como
+si nada hubiese sucedido.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero qué atrevimiento, qué osadía! ¡En mi casa, en mi casa, venir a
+promover semejante escándalo! ¡Y pensar, doctor, que es mi marido quien
+tiene la culpa de todo!&mdash;exclamaba mi tía mirando furibundamente a mi
+pobre tío, que durante toda la escena anterior se había conducido tan
+obtusamente, que no supo qué partido tomar con los que se marchaban y
+con los que se quedaban.</p>
+
+<p>&mdash;He aquí, señores, he aquí, mis amigos, lo que les decía a ustedes hace
+un instante sobre la juventud del día!&mdash;respondía el doctor
+Trevexo.&mdash;¡Qué falta de resignación política, qué carencia de sumisión y
+de respeto demuestran<a name="page_051" id="page_051"></a> a los designios superiores de la experiencia! ¡Un
+partido! Un partido es una colectividad cuya primer condición de vida es
+la obediencia. Y no hay nada más hermoso, nada más eficaz, nada más
+eficiente, que ver esa gran máquina humana movida por una sola voluntad
+que hace el sacrificio de su raciocinio en nombre de sus grandes ideas
+políticas. Ayer no más lo hemos visto; 30.000, 40.000 almas, cuarenta
+mil seres racionales, ocupando diez cuadras de la calle Florida,
+aplaudiendo a una voz, vivando un nombre, obedeciendo una orden; padres,
+madres, hijos e hijas, jóvenes y viejos, lanzados al mar de las pasiones
+electorales por una sola voz, riendo a una seña, llorando a otra de
+entusiasmo, marchando en procesión y vivando simultáneamente el adorable
+nombre de su divino jefe. ¡Eso es partido!</p>
+
+<p>&mdash;¡Viva el doctor Trevexo!&mdash;exclamó don Juan.</p>
+
+<p>&mdash;¡Viva!&mdash;exclamaron los demás circunstantes, incluso mi tía Medea que
+transpiraba de entusiasmo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por quién vota usted, señor don Pancho, para primer candidato de la
+lista?</p>
+
+<p>&mdash;Por mi venerado jefe, don Buenaventura.</p>
+
+<p>&mdash;¡Y yo también!&mdash;dijo don Policarpo Amador, antes de que le tocara el
+turno para votar.<a name="page_052" id="page_052"></a></p>
+
+<p>&mdash;¡Y yo!&mdash;exclamó don Tobías Labao con la misma anticipación.</p>
+
+<p>&mdash;¡Por el mismo!&mdash;gritó, sin esperar que le preguntasen nada, don
+Pancho.</p>
+
+<p>&mdash;Por don Buenaventura&mdash;agregó don Narciso Bringas.</p>
+
+<p>&mdash;Ramón también vota por él, doctor Trevexo&mdash;dijo mi tía;&mdash;apunte,
+doctor, el voto de Ramón; y si ustedes me permiten votar a mí, yo...</p>
+
+<p>&mdash;Vote usted, señora, vote usted mil veces; la más poderosa válvula
+política de nuestro partido es la mujer. Los hombres y las mujeres
+coexistimos en la plaza pública. Vote usted, señora, imite usted a las
+matronas espartanas que se arremangaban las túnicas y declamaban en la
+ágora.</p>
+
+<p>&mdash;¡Mil votos por mi general!</p>
+
+<p>&mdash;Señores, ¿quieren ustedes designar el siguiente candidato?&mdash;preguntó
+el doctor.</p>
+
+<p>&mdash;Por el doctor Trevexo, señores. Espero que todos me acompañarán a
+votar por él&mdash;vociferó don Pancho.</p>
+
+<p>Por el doctor Trevexo, por el primer diplomático argentino.</p>
+
+<p>El doctor Trevexo era en este momento objeto de toda mi admiración. ¡Con
+qué modestia aquel grande hombre, aquel espíritu lógico y concienzudo,
+que acababa de exponer tanta<a name="page_053" id="page_053"></a> doctrina luminosa, recibía las
+aclamaciones unánimes de la distinguida sociedad que sabía aquilatar su
+talento superior!</p>
+
+<p>El doctor Trevexo fue aclamado unánimemente, y con la misma unanimidad,
+sin que se suscitara divergencia alguna, en una perfecta armonía, fueron
+proclamados candidatos don Benjamín, don Pancho, don Tobías Labao, don
+Narciso Bringas, don Policarpo Amador y don Hermenegildo Palenque, es
+decir, todos los concurrentes menos mi tío Ramón.</p>
+
+<p>El doctor Trevexo volvió a guardar los papeles en la levita y se
+levantó.</p>
+
+<p>&mdash;Señora&mdash;dijo a mi tía,&mdash;pocas veces nos ha costado más trabajo que en
+esta ocasión formar una lista. Pero estoy contento. El jefe la
+proclamará mañana, y el partido la recibirá de sus manos consagrada como
+una bandera de lucha.</p>
+
+<p>&mdash;¿Confía usted en la victoria?</p>
+
+<p>&mdash;Señora, cuando se dispone, como disponemos nosotros, de las
+imaginaciones populares, los hombres desaparecen, surgen las
+muchedumbres: la muchedumbre es como el mar, el viento la agita, la
+calma la atempera.</p>
+
+<p>Mañana nuestros nombres serán aclamados por este pueblo, que es un gran
+pueblo, porque sabe marchar sin preguntar nunca adonde lo llevan. ¡La
+victoria será nuestra!<a name="page_054" id="page_054"></a></p>
+
+<h3><a name="V" id="V"></a>V</h3>
+
+<p>¡Oh, mi niñez! Mi niñez fue triste y árida como esos arenales africanos
+que desde a bordo contemplan por largas horas los viajeros al
+aproximarse a las costas del Senegal. Tenía doce años y pasaba con razón
+por un muchacho imbécil: no sabía leer sino silabeando torpemente; las
+letras, formadas en línea, nublaban mis ojos, y al querer mover la
+lengua para pronunciar las palabras, la sentía amarrada por ligaduras
+crueles, que me hacían tartamudear y sentir delante de los extraños la
+herida profunda y venenosa del ridículo. Escribía torpemente y con una
+ortografía de la más espontánea barbarie. ¡Oh, mis planas! ¡Cuánto me
+costaba hacerlas y qué mal me salían!</p>
+
+<p>Mi tía Medea no se había preocupado de hacerme enseñar nada. ¿Para qué
+necesitaba aprender? El doctor Trevexo ya se lo había dicho:<a name="page_055" id="page_055"></a> «para
+ocupar altas posiciones en este país, no se necesita aprender nada.» Y
+tenía razón. Yo me preparaba para las altas posiciones, siguiendo el
+consejo al pie de la letra.</p>
+
+<p>Mi tío Ramón no se conformaba, sin embargo, con aquel sistema de
+educación espontánea, y el pobre hombre, en medio de sus devaneos
+amorosos, solía dedicarme algunos momentos; él me había enseñado a
+deletrear en los títulos de los diarios y bajo su dirección había
+aprendido a hacer mis primeros garabatos.</p>
+
+<p>Vivía en el interior de la casa, entre los criados y criadas: su
+sociedad me encantaba, y sería un ingrato si no recordara con afecto a
+aquella buena gente con quien pasé los primeros años de mi vida.</p>
+
+<p>Después de la reunión que acabo de describir, la guerra había estallado
+entre Buenos Aires y la Confederación, y aunque mi propósito no es
+consagrar muchas páginas a la política, necesito contar la parte que yo
+tomé en el entusiasmo guerrero de aquellos días.</p>
+
+<p>Ya he dicho hasta qué punto llegaba la exaltación de mi tía, partidaria
+resuelta de la guerra con toda la buena fe de su alma, creyéndose una
+matrona griega, hija de la invicta Buenos Aires, de la Atenas del Plata
+y de quién sé yo qué más.<a name="page_056" id="page_056"></a></p>
+
+<p>La batalla de Pavón había tenido lugar el 17 de septiembre de 1861, y la
+victoria produjo en Buenos Aires un entusiasmo indescriptible.</p>
+
+<p>Desde antes que ella tuviera lugar, mi imaginación estaba convulsionada
+por los cuentos de los sirvientes de mi casa y por las conversaciones
+animadas de sobremesa que sostenía mi tía con sus relaciones. Yo no
+pensaba sino en soldados y batallas; tenía cierta disposición genial al
+dibujo y pasaba las noches dibujando el ejército y la escuadra de Buenos
+Aires en marcha contra Urquiza; y entre las filas de soldados, sobre un
+caballo trazado con el más respetuoso cuidado, diseñaba la figura de mi
+general, ídolo de mis sueños infantiles, especie de Cid fraguado por mi
+fantasía de niño, caricaturado involuntariamente por mi lápiz torpe, y
+destinado por la Providencia a aplastar a Urquiza, a quien yo me lo
+representaba vestido de indio, con plumas en la cabeza, con flechas y un
+gran facón en la cintura, rodeado por una tribu salvaje que constituía
+su ejército.</p>
+
+<p>La noche en que se tuvo la noticia de la batalla, mi tía me sacó a
+caminar, para tomar lenguas, como ella decía.</p>
+
+<p>Las calles estaban cuajadas de gente. Corrían ya los rumores precursores
+de la gran noticia. Algunos dispersos habían llegado al Pergamino<a name="page_057" id="page_057"></a> y
+unos proclamaban resueltamente la victoria, otros dudaban del éxito, y
+los más tranquilos manifestaban la vacilación que se experimenta en esos
+trances.</p>
+
+<p>No era entonces Buenos Aires lo que es ahora. La fisonomía de la calle
+Perú y la de la Victoria, han cambiado mucho en los veintidós años
+transcurridos: el <i>centro</i> comenzaba en la calle de la Piedad y
+terminaba en la de Potosí, donde la vanguardia sur de las tiendas estaba
+representada por el establecimiento del señor Bolar, local de esquina,
+mostrador democrático al alba, cuando cocineras y patronas madrugadoras
+acudían al mercado, y burgués, si no aristocrático, entre las siete de
+la noche y el toque de ánimas. El barrio de las tiendas de tono se
+prolongaba por la calle de la Victoria hasta la de Esmeralda, y aquellas
+cinco cuadras constituían en esa época el <i>bulevar</i> de la <i>façon</i> de la
+gran capital.</p>
+
+<p>Las tiendas europeas de hoy, híbridas y raquíticas, sin carácter local,
+han desterrado la tienda porteña de aquella época, de mostrador corrido
+y gato blanco formal sentado sobre él a guisa de esfinge. ¡Oh, qué
+tiendas aquellas! Me parece que veo sus puertas sin vidrieras, tapizadas
+con los últimos percales recibidos, cuyas piezas avanzaban dos o tres
+metros al exterior<a name="page_058" id="page_058"></a> sobre la pared de la calle; y entre las piezas de
+percal, la pieza de pekín lustroso de medio ancho, clavada también en el
+muro, inflándose con el viento y lista para que la mano de la marchanta
+conocedora apreciase la calidad del género entre el índice y el pulgar,
+sin obligación de penetrar a la tienda.</p>
+
+<p>Aquella era buena fe comercial y no la de hoy, en que la enorme vidriera
+engolosina los ojos sin satisfacer las exigencias del tacto que
+reclamaban nuestras madres con un derecho indiscutible.</p>
+
+<p>¡Y qué mozos! ¡Qué vendedores los de las tiendas de entonces! Cuán lejos
+están los tenderos franceses y españoles de hoy de tener la alcurnia y
+los méritos sociales de aquella juventud dorada, hija de la tierra,
+último vástago del aristocrático comercio al menudeo de la colonia. No
+pasaba una señora ni un niña por la calle sin tributar los más
+afectuosos saludos a la rueda de contertulianos, sentados cómodamente en
+sillas colocadas en la calle y presididos por el dueño del
+establecimiento. Y cuando las lindas transeúntes penetraban a la tienda,
+el dueño dejaba a sus amigos, saludaba a sus clientes con un efusivo
+apretón de manos, preguntaba a la mamá <i>por ese caballero</i>, echaba
+algunos requiebros de buen tono a las señoritas, tomaba el mate<a name="page_059" id="page_059"></a> de
+manos del <i>cadete</i> y lo ofrecía a las señoras con la más exquisita
+amabilidad; y sólo después de haber cumplido con todas las reglas de
+este prefacio de la galantería, entraban clientes y tenderos a tratar de
+la ardua cuestión de los negocios.</p>
+
+<p>Había siempre en las tiendas de antaño un olor inextinguible a tripe,
+porque nunca faltaban cuatro o seis grandes cilindros de tripe inglés
+formados a la entrada de la casa que, a su calidad de mercadería de
+fondo, reunían la ventaja accesoria de servir de poyos para sentarse, a
+los tertulianos habituales del establecimiento. Y después, los
+mostradores estaban alfombrados con tripes representando todo un jardín
+zoológico de fieras estampadas, tigres, panteras, gatos monteses y
+leones rubicundos, reposados majestuosamente sobre paisajes historiados
+de selvas de lana con que las fábricas de Manchester reemplazaban en
+nuestras mansiones aristocráticas de entonces la carencia de Aubuisson y
+de gobelinos.</p>
+
+<p>¡Qué agilidad aquella con la que el patrón, apoyándose sobre la mano
+izquierda, saltaba el mostrador! Qué gracia con la que desplegaba ante
+los ojos de los clientes, de un golpe, y como un prestidigitador, la
+pieza de percal, de muselina o de <i>barège</i> envuelta alrededor de la<a name="page_060" id="page_060"></a>
+tablilla que quedaba desnuda de su preciosa mercancía, abandonada
+indiferentemente sobre el mostrador. Qué elasticidad de movimientos, qué
+vertiginosa rapidez, la que el tendero de aquel tiempo desplegaba para
+medir sobre la vara, el lote vendido, dejándolo amontonarse
+ampulosamente sobre el mostrador con elegante negligencia, acariciando
+el género con los dedos, llevándolo a los ojos de la compradora,
+poniéndoselo en la mano, refregándolo para justificar la falta absoluta
+de goma y otras añagazas de fábrica, y hasta trayendo el único vaso de
+la trastienda lleno de agua para ensopar en él el extremo de la pieza de
+muselina y justificar la tinta indeleble de la tela.</p>
+
+<p>No había marchanta que resistiera a las gracias, al donaire y a la
+fuerza de las evoluciones de aquellos hechiceros.</p>
+
+<p>Pero éstos eran los tenderos <i>dandys</i>; había además los tenderos
+sirenas, llamados así porque su cuerpo estaba dividido por la línea del
+mostrador como el de la encantadora deidad de los mares está dividido
+por la línea del agua.</p>
+
+<p>El tendero sirena era ser humano desde la cabeza hasta el estómago y
+pescado desde el estómago hasta los pies. De busto correcto, su medio
+cuerpo no dejaba nada que desear desde el punto de vista de la
+elegancia; desde la parte<a name="page_061" id="page_061"></a> exterior del mostrador el parroquiano no
+tenía nada que observar, pero la sirena no podía salir del mostrador sin
+peligro, porque, como ese era su elemento, si lo abandonaba, mostraba
+por fuerza la cola indecorosa: el tendero sirena usaba levita de faldón
+largo para economizarse el uso de los pantalones, y zapatillas para
+ahorrarse las incomodidades del calzado; de modo que el mostrador servía
+para cubrir la parte menos bella, pero no por eso menos interesante de
+la estatua.</p>
+
+<p>Entre los príncipes del mostrador porteño, el más célebre sin disputa
+era don Narciso Bringas: gran tendero, gran patriota, nacido en el
+barrio de San Telmo, pero adoptado por la calle del Perú como el rey del
+mostrador. No había mostrador como el de aquel porteño: todo el barrio
+junto no era capaz de desdoblar una pieza de madapolán y de volverla a
+doblar como don Narciso; y si la pirámide misma le hubiera querido
+disputar su amor a Buenos Aires, a la pirámide misma le habría disputado
+ese derecho.</p>
+
+<p>Lo tengo tan presente, que si fuera pintor podría hacer su retrato de
+memoria y con los ojos cerrados: petizón, piernas cortas, movible como
+una ardilla, muy cabezón, largos cabellos ensortijados y una frente
+ancha y espaciosa que<a name="page_062" id="page_062"></a> revelaba todos sus talentos. Sus manos parecían
+alas, sus ojos luciérnagas; su voz meliflua e insinuante atraía
+simpáticamente y tenía un vocabulario propio, que el mismo Molière
+habría envidiado para dotar con él a las mujeres sabias.</p>
+
+<p>Gran patriota, había tomado parte en la revolución de septiembre y en
+Cepeda, cuyos episodios narraba noche a noche explicando las causas más
+remotas del desastre con razones convincentes. Pero, si en medio de la
+narración alguna dama del gran mundo, y sobre todo de la gran política,
+penetraba en la tienda, don Narciso abandonaba la tertulia, saltaba el
+mostrador, mandaba alinearse a los dependientes desde el principal hasta
+el cadete, y comenzaba la batalla de los trapos con una serie de
+operaciones estratégicas que lo conducían indefectiblemente a la
+victoria por una combinación de procedimientos tan lógica como la que
+empleara Napoleón en sus campañas.</p>
+
+<p>Cuando logré conocerlo a fondo, me convencí de lo mucho que valía. Tenía
+entre sus variadísimos talentos el de afinarse a las condiciones del
+marchante, ni más ni menos que como se afina un violín a la nota que da
+el director de orquesta. Don Narciso subía o bajaba el tono según la
+jerarquía de la parroquiana: dominaba toda la<a name="page_063" id="page_063"></a> escala; poseía toda la
+preciosidad del lenguaje culto de la época y daba el <i>do</i> de pecho con
+una dama para dar el <i>si</i> con una cocinera.</p>
+
+<p>Los tratamientos variaban para él según las horas y las personas. Por la
+mañana se permitía tutear sin pudor a la parda o china criolla que
+volvía del mercado y entraba en su tienda. Si la cliente era hija del
+país, la trataba llanamente de hija; hija por arriba e hija por abajo.
+Si él distinguía que era vasca, francesa, italiana, extranjera, en fin,
+iniciaba la rebaja, el último precio, el se lo doy por lo que me cuesta,
+por el tratamiento de madamita. ¡Oh! ese madamita lanzado entre 7 y 8 de
+la mañana, con algunas cuantas palabras de imitación de francés que él
+sabía balbucir, era irresistible.</p>
+
+<p>Durante el día, los tratamientos variaban entre hija e hijita, entre tú
+y usted, entre madamita y madama, según la edad de la gringa, como él la
+llamaba cuando la compradora no caía en sus redes.</p>
+
+<p>A esas horas del día la <i>toilette</i> de don Narciso era negligente; pero
+daban las cuatro, y, no bien había entrado el gallego cuotidiano con las
+viandas, don Narciso se engolfaba en los antros profundos de la
+trastienda, sacaba del interior del mostrador un pan de jabón de España,
+se lavaba con él, en un lavatorio cojo de hierro<a name="page_064" id="page_064"></a> con pies de sátiro, y
+a la luz de un cabo de vela, se acariciaba el cuello y la pechera de la
+camisa para quitarles el aspecto marchito que la labor del día les había
+impreso; tomaba el peine desdentado de su uso y se peinaba sin agregar
+otra pomada a sus ensortijados cabellos que un poco de goma de membrillo
+elaborada por él mismo para su uso particular.</p>
+
+<p>Aderezado de esa manera, ahorcábase en sus cuellos a la <i>degollée</i>, muy
+en moda entonces, y con una corbata con los colores de la patria; comía
+en un verbo, hacía comer a los muchachos, y en cinco minutos ocupaba
+majestuosamente su trono en el primer extremo del mostrador, campo de
+sus hazañas, donde, apoyado con toda la elegancia de que era capaz,
+pasaba la hora estéril del crepúsculo hasta que la noche llegaba y la
+<i>high-life</i> de aquella época entraba a disputarse las novedades de lo de
+Bringas.</p>
+
+<p>Mi tía Medea era gran parroquiana de lo de don Narciso y tenía esa
+inclinación garrulera, común en ciertas señoras, de departir con el
+tendero todas las novedades de la crónica del día.</p>
+
+<p>Aquella noche no se hablaba sino de política, y solamente los que hemos
+vivido bajo la atmósfera caliente del Buenos Aires de entonces, podemos
+apreciar la importancia que tenían las pláticas de los mostradores de la
+calle del Perú<a name="page_065" id="page_065"></a> y de la calle de la Victoria, y la concordancia de miras
+sociales y politiqueras que existía entre don Narciso Bringas y mi tía
+doña Medea Berrotarán.</p>
+
+<p>Era natural, pues, que aquella noche mi tía se dirigiera a lo de
+Bringas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Viva la patria!&mdash;exclamó don Narciso al vernos entrar.</p>
+
+<p>&mdash;¡Viva!&mdash;repitió mi tía;&mdash;supongo que usted me anuncia el triunfo, don
+Narciso.</p>
+
+<p>&mdash;El triunfo más completo, señora: Urquiza ha sido completamente
+derrotado, y todo su ejército muerto o prisionero; la guardia nacional
+de Buenos Aires se ha batido de guante blanco, Jouvín legítimo. Yo solo
+he vendido doscientos pares de tirita.</p>
+
+<p>&mdash;Una ballenera que ha llegado de Zárate, ha traído la noticia de que
+Urquiza ha sido hecho prisionero&mdash;agregó uno de los que estaban en la
+tienda.</p>
+
+<p>&mdash;¿Será posible?&mdash;exclamó mi tía.</p>
+
+<p>&mdash;Sí ha de ser, señora, no le quepa duda; si la mozada que iba en el
+ejército, era de mi flor.</p>
+
+<p>En ese momento se oyeron las detonaciones de algunos cohetes que
+estallaban a no muy larga distancia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cohetes!&mdash;exclamó don Narciso,&mdash;boletín, ese es boletín! Vaya,
+Caparrosa&mdash;agregó dirigiéndose<a name="page_066" id="page_066"></a> al muchacho cadete de la tienda,&mdash;vaya y
+compre el boletín de un salto, y véngase volando.</p>
+
+<p>El cadete, que estaba detrás del mostrador, dio un brinco como un gamo,
+salvó la valla y tomó la calle por suya en dirección a la imprenta en
+donde reventaban los cohetes sin cesar.</p>
+
+<p>Al mismo tiempo, un tropel de gente se dirigía a la calle Victoria,
+donde se aglomeraba la muchedumbre que esperaba la noticia.</p>
+
+<p>Mi tía tomó asiento en lo de Bringas con el fin de esperar el anhelado
+boletín, y como el cadete que había ido en su busca tardase demasiado,
+don Narciso despachó otro dependiente más, y detrás de él salieron tres
+o cuatro parroquianos, cuya impaciencia por conocer las nuevas no les
+permitía esperar. Mi tía, que no era mujer de esperar, se puso también
+en marcha hasta la bocacalle y me arrastró consigo.</p>
+
+<p>En una vieja casa de la vereda norte de la cuadra de Victoria entre
+Bolívar y Perú se agolpaba la muchedumbre, y de cuando en cuando un
+cohete volador que partía desde el interior de la casa, atronaba los
+aires.</p>
+
+<p>Mi tía pujaba por abrirse paso, haciendo esfuerzos inauditos para
+conservar la manteleta sobre los hombros. En la puerta de la imprenta un
+joven de veintidós años, más o menos,<a name="page_067" id="page_067"></a> parado sobre una mesa que
+interceptaba completamente el zaguán de entrada, repartía con dos o tres
+hombres el boletín de noticias que acababa de imprimirse, y contestaba
+vivamente a las diferentes preguntas que le hacían los parroquianos con
+una vocecita tiple y chillona, que en vano se esforzaba por hacer
+varonil.</p>
+
+<p>Los compradores que conseguían obtener su boletín, salían corriendo
+después de haber luchado por romper la verdadera muralla humana que
+cerraba la calle.</p>
+
+<p>Mi tía se engolfaba cada vez más en el pelotón de gente aglomerada.
+Caparrosa, el cadete de Bringas, un galleguito ladino y vivaracho, había
+conseguido treparse en una reja, y enfilando casi por una tangente al
+joven que vendía los boletines en la entrada, le gritaba:</p>
+
+<p>&mdash;A mí, don Jacinto, a mí; me manda don Narciso. ¡Eh, don Jacinto, eh!
+don Jacinto, don Jacinto, soy el cadete de lo de Bringas. Uno para mí,
+aquí tiene el peso&mdash;y mostraba el billete hecho pelotón entre los dedos.</p>
+
+<p>El interpelado, después de mucho rato, y aturdido probablemente por los
+gritos de Caparrosa, lo vio al fin trepado en la ventana y metiendo
+apenas la cabeza en dirección al zaguán y arrugando el boletín para
+tirárselo, le gritó:<a name="page_068" id="page_068"></a></p>
+
+<p>&mdash;¡Largá el peso!</p>
+
+<p>&mdash;Ahí va, don Jacinto, ahí va, agárrelo, ahí va&mdash;y Caparrosa tiró su
+peso con tal maestría, que don Jacinto lo cazó en el aire, ni más ni
+menos que un gato caza una mosca al vuelo.</p>
+
+<p>Caparrosa tomó el boletín y trató de descolgarse de la ventana; pero mi
+tía, que ya había conseguido abrirse una brecha y tomar posiciones, le
+gritaba:</p>
+
+<p>&mdash;No te bajes, muchacho, no te bajes, cómprame a mí otro, espera&mdash;y
+diciendo y haciendo, forcejeaba su ridículo que se obstinaba en no
+abrirse, hasta que, después de mucho forcejear, pescó un peso, y
+estirando todo cuanto le fue posible el brazo derecho, lo alcanzó a
+Caparrosa que continuaba trepado en la ventana.</p>
+
+<p>&mdash;Otro, don Jacinto, otro boletín para la señora de Berrotarán: ¡Pshit,
+pshit, don Jacinto! ¡Otro boletín!&mdash;seguía gritando y accionando
+Caparrosa con la única mano libre que le quedaba en su envidiable
+posición de la reja.</p>
+
+<p>&mdash;Largá el peso&mdash;volvió a contestar don Jacinto.</p>
+
+<p>&mdash;Ahí va, ahí va el peso, barájelo&mdash;y Caparrosa tiró el peso, y don
+Jacinto lo volvió a cazar en el aire.</p>
+
+<p>Caparrosa se descolgó por fin de la reja con sus boletines, y junto con
+él, mi tía y yo comenzamos<a name="page_069" id="page_069"></a> a forcejear para abrirnos paso a través de
+la multitud.</p>
+
+<p>Al cabo de unos minutos salía mi tía bañada en sudor de aquel combate; y
+acomodándose la gorra sobre los <i>bandeau</i>, entraba triunfante en lo de
+Bringas con un boletín en la mano.</p>
+
+<p>&mdash;¡Triunfo completo; aquí está, véalo, léalo usted!</p>
+
+<p>Don Narciso tomó el boletín, mi tía se sentó en una silla y los demás
+circunstantes rodearon al lector. Don Narciso leyó con voz conmovida. La
+victoria era completa. A la lectura de cada nombre de guerrero, las
+exclamaciones de júbilo de los oyentes interrumpían al lector.</p>
+
+<p>De repente, la frente de don Narciso se nubla, mira a mi tía, mira a los
+demás circunstantes, levanta al cielo sus ojos, y, con la voz más
+quejumbrosa y desgarrante, exclama:</p>
+
+<p>&mdash;¡El Conde romano, muerto!</p>
+
+<p>&mdash;¿El Conde romano? ¿Qué ha leído usted? ¡No puede ser! ¡Debe usted
+haber leído mal!&mdash;exclamaba mi tía sumamente afligida.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señora, sí, lea usted, vea: «tenemos que lamentar por nuestra
+parte la muerte del joven Conde romano...»</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, qué lástima de joven! ¡qué pena, qué dolor! Más de una muchacha
+se va a morir de tristeza: Joaquinita por ejemplo, la de Alegre,<a name="page_070" id="page_070"></a> está
+perdidamente enamorada de él; en cuanto lo veía pasar a caballo,
+envuelto en su capa gris, aquella muchacha no se podía dominar y salía a
+la puerta de calle para verlo. ¡Pobre joven!</p>
+
+<p>&mdash;Y la de Vargas, Victorita, lo mismo; aquí lo encontró una noche y no
+le quitaba los ojos&mdash;dijo don Narciso.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué será del ejército enemigo?&mdash;preguntó uno de los parroquianos.</p>
+
+<p>&mdash;Se lo ha llevado el diablo, pues; eso no se pregunta.</p>
+
+<p>&mdash;Deme mi boletín, don Narciso; me voy a casa a darle la noticia a mi
+marido, que estoy segura de que no sabe nada de lo que ha sucedido.</p>
+
+<p>&mdash;Muy buenas noches, misia Medea. Ya sabe que tengo rica cinta celeste y
+blanca, y coco con los colores de la patria para que usted se sirva
+cuando regrese el ejército de campaña. Como usted ha de adornar su
+frente...</p>
+
+<p>&mdash;¡De seguro! con usted y con toda su tienda cuento... ¡Ah! la muerte
+del Conde romano no me permite gozar de la noticia por completo.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, vamos, Julio, y mi tía me indicó el camino para salir.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y este niño es de usted?&mdash;preguntó uno de los visitantes.<a name="page_071" id="page_071"></a></p>
+
+<p>&mdash;No, señor, yo no he tenido nunca hijos; este muchacho es un sobrino de
+mi marido, hijo de Tomás, que murió hace tiempo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué Tomás?&mdash;preguntó a media voz el interpelante a don Narciso, sin
+que mi tía pudiese oírlo.</p>
+
+<p>&mdash;Don Tomás Rolaz, hermano de don Ramón, aquel empleado de la
+contaduría... ¿no se acuerda usted, hombre?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! sí, ¿uno muy urquizista?</p>
+
+<p>&mdash;El mismo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! Adiós, amiguito&mdash;me dijo el señor curioso, que tanto se
+interesaba por saber de mí, tomándome del brazo y deteniéndome mientras
+mi tía ya pisaba la calle;&mdash;adiós... cuatro balas merecía éste como el
+padre&mdash;agregó en el mismo umbral de la puerta, frunciendo el gesto.</p>
+
+<p>Yo me escurrí y me prendí del brazo de mi tía, llevando impresa la
+fisonomía de aquel señor, en quien había tenido la desgracia de levantar
+tanto odio y tanta pasión de venganza.<a name="page_072" id="page_072"></a></p>
+
+<h3><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3>
+
+<p>Cuando llegamos a casa, mi tío, contra todos los cálculos de mi tía
+Medea, ya sabía la noticia de la batalla.</p>
+
+<p>La casa estaba llena de gente, como de costumbre. Se repetían los
+comentarios que habíamos oído en lo de Bringas; la muerte del Conde
+romano producía entre las visitas extensas lamentaciones y tremendas
+protestas contra los cobardes enemigos.</p>
+
+<p>Mi tía contó cómo había conseguido comprar uno de los primeros
+boletines.</p>
+
+<p>A cada momento entraban sirvientes trayendo recados para ella: el doctor
+Trevexo la había mandado felicitar; los ministros habían hecho otro
+tanto; el señor Amador y el señor Palenque habían venido a hacerlo en
+persona. Mi tía rebosaba de orgullo y de entusiasmo.</p>
+
+<p>Yo me retiré poco a poco de la sala y me <a name="page_073" id="page_073"></a>fui en busca de los sirvientes
+que departían el mismo tema en las habitaciones interiores de la casa;
+las mulatas y negras de la servidumbre cotorreaban a destajo sobre
+política.</p>
+
+<p>Solamente mi buen compañero Alejandro, un mulato que había estado al
+servicio de mi padre, guardaba silencio y mostrábase taciturno ante el
+alborozo de los demás.</p>
+
+<p>Yo adoraba a Alejandro; tenía por él una profunda admiración; era el
+único en la casa que le hacía frente a la tigra, como él llamaba a mi
+tía. Era Alejandro un pardo alto, delgadito, enhiesto y flexible como un
+álamo: tenía la cabeza admirablemente puesta sobre sus hombros; entre
+los sirvientes tenía vara alta, como se dice; todos le llamaban don, y
+más de una le hacía ojos tiernos, porque Alejandro era <i>as</i> entre la
+gente de color. Era cochero de mi tía, y cuando Alejandro empuñaba las
+riendas de la calesa de la señora de Berrotarán, los tordillos negros de
+mi tía, al tomar el trote largo, eran la pareja más famosa que por
+aquellos tiempos trotaba en la calle de la Florida y en el camino de
+Palermo.</p>
+
+<p>Alejandro, del cual yo hacía lo que se me antojaba, no parecía muy
+satisfecho con las noticias que corrían por la ciudad aquella noche. Yo
+estaba desvelado con la excitación natural<a name="page_074" id="page_074"></a> producida por los sucesos, y
+mi cabeza no pensaba sino en batallas y soldados.</p>
+
+<p>Conseguí fácilmente que Alejandro me acompañara a mi cuarto: mi tío me
+había regalado varias cajas de solados de plomo, entre los cuales
+figuraba un regimiento de caballería en cuyo jefe yo creía entrever la
+figura invencible y milagrosa de don Buenaventura, el general y
+candidato de mi tía. Los detalles del boletín leído en lo de Bringas, me
+quemaban los sesos. La primera vocación de un muchacho es la guerra:
+tener un sable, un fusil, un cañón, aunque sean de juguete, generalmente
+por ahí terminan los hombres entre nosotros. Tener una o varias cajas de
+soldados, formarlos, hacerme la ilusión de que aquello es un ejército,
+ese era mi ideal en aquellos días.</p>
+
+<p>Alejandro, que me comprendió, se echó al suelo largo a largo en mi
+cuarto, encendimos dos velas, las pusimos sobre la alfombra y comenzamos
+a formar las dos hileras de guerreros de estaño, una frente de la otra.
+Por demás está decir que en el ejército de Alejandro figuraba la broza
+de mis cajas de soldados; el enemigo no merecía otra cosa, mientras que
+en el mío, las filas estaban compuestas por infanterías y caballerías
+recién salidas de la plomería. Frente a mi línea de batalla, cabalgando
+en un corcel<a name="page_075" id="page_075"></a> blanco en actitud de galopar, con elástico y pluma, sable
+desenvainado, yo había colocado a mi general. A su turno, Alejandro,
+sirviéndose de un soldadito roto, había puesto el suyo al frente de su
+línea y para provocarme me decía:</p>
+
+<p>&mdash;¡Este es don Justo, mi patrón!</p>
+
+<p>&mdash;¡Muera don Justo!&mdash;le grité yo, y, sirviéndome del proyectil
+recíproco, que era una pelota de goma, envié la primera descarga al
+campo enemigo, consiguiendo derrumbar toda una hilera de la tropa de
+Alejandro.</p>
+
+<p>&mdash;¡Allá va!&mdash;me contestó Alejandro;&mdash;y la pelota entró por mi campo,
+llevándose el primero por delante a mi invicto general.</p>
+
+<p>Lancé una mirada furibunda a Alejandro por aquella falta de respeto y
+con toda la energía de mis dedos volví a parar a mi capitán sobre el
+campo de acción; pero Alejandro, con una pasión pueril y tenacísima,
+volvió a sembrar la muerte y la desolación en mi campo por medio de un
+nuevo pelotazo que dirigió contra mi ejército.</p>
+
+<p>&mdash;¡Basta! no quiero jugar más&mdash;le dije con mal humor;&mdash;mira, Alejandro.
+¿Conoces la tienda de Bringas? ¿Sabes dónde es?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, niño ¡cómo no! ¿Por qué me lo preguntas?<a name="page_076" id="page_076"></a></p>
+
+<p>&mdash;Porque esta noche hemos estado allí, y un señor alto preguntó quién
+era yo, y al salir, me dijo que yo merecía cuatro balas, como las
+hubiera merecido papá... ¿Por qué me ha dicho eso ese señor?</p>
+
+<p>&mdash;Porque su papá no era como usted, partidario de ese general de estaño
+que usted quiere tanto.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y cómo lo es mi tío Ramón?</p>
+
+<p>&mdash;¡Bah! su tío Ramón es un zonzo; ni tiene opinión ni sabe dónde tiene
+la nariz; le tiembla a la tigra, y a usted le ha dicho eso algún tendero
+adulón de los de por acá que conoció a su papá.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¡qué! ¿papá hizo algún mal a ese señor?</p>
+
+<p>&mdash;Ya lo creo, no tenía la misma opinión de él.</p>
+
+<p>&mdash;Pues ¿y mi tía?</p>
+
+<p>&mdash;Su tía es la que da la voz y el voto aquí, menos a mí, que, al fin y
+al cabo, uno de estos días le voy a dar un susto haciendo desbocar los
+caballos y echándola a una zanja por exaltada.</p>
+
+<p>&mdash;¿Entonces yo debo pelear contra don Buenaventura?</p>
+
+<p>&mdash;¡Pues ya lo creo, y ahí va un pelotazo más!&mdash;Y Alejandro acabó de
+derribar todos los soldados<a name="page_077" id="page_077"></a> de mi ejército, mientras yo, pensativo,
+vacilante en la bondad de mi causa, dejaba hacer, sin atreverme a tomar
+la ofensiva.</p>
+
+<p>Aquella noche me costó dormirme; era día entrado ya, cuando me desperté
+en medio del sobresalto de un sueño en que me veía amarrado a un árbol,
+y en momentos de ser fusilado por el señor de la tienda.<a name="page_078" id="page_078"></a></p>
+
+<h3><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3>
+
+<p>Una tarde del mes de enero entró mi tío Ramón a casa con la noticia de
+que al día siguiente desembarcaría indefectiblemente el ejército
+vencedor por el muelle de pasajeros. Hacía días que se venía anunciando
+el regreso de las tropas, y mi tía, cuya casa estaba situada en una de
+las principales cuadras de la calle de la Victoria, aceptando la oferta
+de su gran amigo correligionario don Narciso, tenía ocupadas a todas las
+sirvientas de la casa en coser piezas y piezas de coco blanco y azul
+para adornar los balcones con ellas y con una gran cantidad de banderas
+y gallardetes de toda clase que le había prestado, según ella contaba,
+un comisario de policía, gran amigo suyo.</p>
+
+<p>Mis tíos habían invitado a todas sus relaciones para ver pasar las
+tropas desde los balcones, y Alejandro, bastante mal humorado por<a name="page_079" id="page_079"></a>
+cierto, pasó toda esa tarde y parte de la noche en invitar por recado a
+todas las amistades de la familia.</p>
+
+<p>Al día siguiente reinaba en la ciudad un inmenso entusiasmo; hombres y
+mujeres hervían en el puchero porteño, como diría el autor del <i>Diablo
+Cojuelo</i>. Todas las elegancias, todo el caudal de las modas habían sido
+reservadas para aquel día. Muchas matronas de peso, que hoy han trepado
+la cima de los cincuenta, eran criaturas adorables entonces y esperaban
+con las manos llenas de flores y coronas el desfile de sus guerreros
+predilectos, hoy maridos vichocos o solterones embalsamados, que purgan
+el delito de su inconstancia en el Club del Progreso reflexionando sobre
+una mesa de dominó.</p>
+
+<p>Me habían vestido de nuevo aquel día, y mi tía, que participaba de la
+alegría general y gozaba por consiguiente de un buen humor excepcional,
+me había trazado un programa deslumbrador, cuya primera parte consistía
+en que yo no ocupara un sitio en los balcones, porque no había lugar, en
+cambio de ir al Bajo a ver las tropas con Alejandro y por la noche al
+teatro con mi tío. Yo bailaba de júbilo. Ir a la fiesta solo, con
+Alejandro, era una dicha; el mulato reacio y voluntarioso, se había
+obstinado en no salir y, encerrado en su cuarto, se negaba<a name="page_080" id="page_080"></a> a
+complacerme; pero fueron tantas mis súplicas y mis empeños, que al cabo
+cedió, y muy de mañana nos pusimos en marcha para el muelle. La ciudad
+estaba completamente embanderada; yo seguía absorto de la mano de
+Alejandro, que, caminando con desdeñosa indiferencia, procuraba quitarle
+la vereda a todo aquel en quien él creía encontrar un transeúnte alegre.
+Entramos a la plaza Victoria; frente a la Policía se levantaba un arco
+adornado con banderas patrias y grandes palmas de sauce llorón. Yo quise
+ver el arco, como era natural, a pesar de la resistencia de Alejandro.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vamos, vamos, llévame&mdash;le decía.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bonita cosa quiere ver! no pierda el tiempo en ver mamarrachos;
+vámonos.</p>
+
+<p>Pero tanto hice, que el mulato tuvo que ceder, y llegamos al arco que a
+mí me pareció colosal.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, pues, niño; vamos.</p>
+
+<p>&mdash;Aguárdate, vamos a leer lo que dice allí&mdash;y yo, que no era muy fuerte
+para leer de corrido, me puse a deletrear los motes de los
+bastidores:&mdash;«<i>Men-gua y bal-dón a los cobar-des que aban-do-na-ron a
+sus herma-nos en la ho-ra del pe-li-gro</i>».</p>
+
+<p>&mdash;¡Mengua para ellos!&mdash;me contestaba Alejandro, taimado.<a name="page_081" id="page_081"></a></p>
+
+<p>&mdash;Demos vuelta, vamos a ver lo que dice del otro lado del arco.</p>
+
+<p>&mdash;Si no debe decir nada&mdash;me replicaba Alejandro...</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sí, vamos&mdash;y obligándolo a dar vuelta, me encontré con otro
+letrero.&mdash;No ves, porfiado,&mdash;le dije,&mdash;como aquí también han
+escrito.&mdash;¿A ver lo que dice?&mdash;Y después de mucho esfuerzo,
+deletreé:&mdash;«<i>Se-pul-cro del úl-timo de los ti-ranos.&mdash;Des-truc-ción de
+los úl-ti-mos res-tos de la maz-horca</i>».</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, perros! ¿Eso han puesto?</p>
+
+<p>&mdash;Eso, sí, ¿y qué tiene de malo? ¿Por qué te enojas?</p>
+
+<p>&mdash;Porque todo eso es mentira, niño; es puro papel pintado, como todo lo
+que manda hacer el doctor Trevexo.</p>
+
+<p>&mdash;Pues estás equivocado; ese letrero no lo ha puesto el doctor Trevexo,
+sino mi tía Medea: ella lo escribió el otro día y yo le oí decir que era
+para que se pusiera en uno de los arcos de la plaza.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, tigra! Sólo ella es capaz de tanta rabia&mdash;dijo Alejandro
+contemplando con ira el arco y levantando el puño en señal de amenaza.</p>
+
+<p>Atravesamos la plaza y descendimos al Bajo por la calle de Rivadavia.
+Una inmensa turba, compuesta de gente de todas menas, llenaba la<a name="page_082" id="page_082"></a> vereda
+y la calle, y se agolpaba contra la baranda de hierro de la muralla que
+da sobre el río.</p>
+
+<p>Todos miraban el horizonte. El río estaba en bajante, y mucha gente
+curiosa ocupaba la playa, donde un enjambre de pilluelos saltaba y
+retozaba por las toscas. No faltaban personas graves que, armadas de
+anteojos de teatro, escudriñasen el río y consultasen con sus vecinos
+los puntos más remotos que se dibujaban en el límite del agua con el
+cielo.</p>
+
+<p>&mdash;¿No le parece, señor, que han de venir por allí?&mdash;decía un hombre a
+otro que, valido de un pequeño anteojo de larga vista, interrogaba el
+horizonte con majestad.</p>
+
+<p>El interpelado no contestaba nada, y parecía resuelto a emplear la más
+estudiada reserva con su interlocutor, que se mostraba sumamente
+interesado en trabar relación con él.</p>
+
+<p>&mdash;¿Es telescopio ese?&mdash;insistió el oficioso.</p>
+
+<p>El dueño del anteojo no contestó nada. Semiavergonzado el preguntón,
+mironos a todos los que rodeábamos al señor del anteojo, con cara de
+cretino como un individuo que se confiesa en una posición falsa.</p>
+
+<p>Pero nuestro hombre no era individuo de ceder a dos tirones y reincidió.</p>
+
+<p>&mdash;¿Me quiere dejar mirar un momento?<a name="page_083" id="page_083"></a></p>
+
+<p>El dueño del anteojo tampoco contestó esta vez.</p>
+
+<p>&mdash;¡Eh, señor!&mdash;repitió tocándole tímidamente sobre el brazo&mdash;¿me quiere
+dejar mirar?</p>
+
+<p>El del anteojo sacó los ojos del vidrio, dio vuelta para ver quién le
+hablaba y contestó secamente:</p>
+
+<p>&mdash;¡No!</p>
+
+<p>El desairado trató de forjar una sonrisa para disimular.</p>
+
+<p>Entretanto, había ganado posiciones junto a la reja del murallón donde
+estábamos, una señora gorda, con un peinado de bananas sobre el cual
+colgaba una mantilla española de chapa, metiendo codo a todos los
+obstáculos que había encontrado a su paso; la cara, iluminada por una
+capa de colorete recientemente aplicada, distribuía una sonrisa perenne
+por todas partes; y metida dentro de un vestido de moirée verde, inflado
+por un miriñaque movedizo y oscilante, parecía un montgolfier en el
+momento de elevarse.</p>
+
+<p>Un lunar con pelo en la parte inferior de la cara daba a nuestra recién
+llegada un aire picaresco de coqueta retirada.</p>
+
+<p>Acompañábanla dos muchachas de aspecto poco distinguido, pero llenas de
+arrumacos y perendengues, con unos cuerpos bien trazados,<a name="page_084" id="page_084"></a> y unos bustos
+en los cuales la Naturaleza o el arte habían abusado con cierta
+insolencia de una inclinación marcada a la exuberancia. Las dos
+muchachas, oriundas del barrio de Monserrat seguramente, rayaban en los
+20 o 22 años y penetraron en nuestro grupo, que ya se iba estrechando,
+metiendo una algarabía inusitada de gritos y risotadas cuyas causas no
+me podía explicar.</p>
+
+<p>&mdash;Mira, mamá&mdash;dijo la mayor,&mdash;este caballero es tan amable, que te va a
+dejar mirar por el anteojo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Por Dios, Raquel! no molestes a ese señor... ¡qué va a decir de
+nosotras!&mdash;contestaba con un tono de aparente reproche la señora.</p>
+
+<p>&mdash;¡Señor, señor! ¿quiere dejarnos ver por ahí?&mdash;insinuó la otra joven.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, no, por Dios, no se incomode usted!... Judit, por Dios,
+cállate&mdash;repetía la madre con un contoneo de cabeza continuo.</p>
+
+<p>El del anteojo continuaba impasible como una estatua, como si nadie le
+hablase.</p>
+
+<p>&mdash;Allá se ve un humo, allá vienen&mdash;gritó uno por allí cerca. La ola
+humana se agitó y se hizo un remolino; la gente se agrupó en la baranda;
+todos querían ver. Yo, prendido de Alejandro, trepado sobre sus hombros,
+dominaba la altura.<a name="page_085" id="page_085"></a></p>
+
+<p>&mdash;¡Ay, que me arrugan!&mdash;- gritaba la madre de Raquel y de Judit, sin que
+el miriñaque la ayudara a subir.&mdash;¡Ay, mi vestido, que me lo estropean
+todo! ¡No veo a Judit! ¡Judit, Judit, Judiiit!</p>
+
+<p>Judit, que estaba allí cerca, y a quien la madre no podía encontrar,
+conversaba con un joven de sombrero gacho, levita negra de lustrina y
+pantalón blanco almidonado, sin guardar distancias, es decir, unida a él
+por una proximidad inusitada.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay, mi hija, mi hija! ¿dónde está mi hija? ¡Se me ha perdido mi hija!
+¡Judit, Judiiit!&mdash;exclamaba la señora prolongando el grito.</p>
+
+<p>&mdash;Aquí estoy, mamá, no alborote, aquí estoy&mdash;contestó por último Judit,
+haciendo lo posible por soltar la mano de su galán, que retenía con
+fuerza para que no se marchara.</p>
+
+<p>&mdash;No te muevas de acá, bribona; no te me separes. Ven tú también,
+Raquel. ¡Ay, Jesús! ¡bien me decía tu padre! No té metas mucho entre la
+gente con las muchachas, Donata; mira que no faltan atrevidos que las
+manoseen en los entreveros y que a ti también te han de manosear: ¡Qué
+gente, por Dios; qué gente! ¡qué falta de respeto con las señoras!
+¡Cuánto mejor no hubiera sido ir a los altos de Colón!...</p>
+
+<p>Pero la muchedumbre en movimiento lo arrastraba<a name="page_086" id="page_086"></a> todo. Cargado por
+Alejandro, que con el brazo libre que le quedaba, se abría paso como un
+Hércules, avanzábamos a tomar otra posición.</p>
+
+<p>Yo, desde los hombros elevados de mi conductor, veía a la pobre misia
+Donata y a sus dos bíblicas criaturas, víctimas del pronóstico de su
+marido y manoseadas por aquella turba indisciplinada, entre la cual
+había mocitos que le pirateaban las hijas y groseros que le deshacían
+las bananas y le arrancaban su espléndido vestido color cotorra,
+admiración suprema del barrio de Monserrat en la misa de una.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya han fondeado, ya han fondeado los buques!&mdash;gritaban a nuestra
+alrededor.&mdash;Vea, señor,&mdash;le decía un negro a un caballero petizón, que
+en vano se empinaba para poder ver;&mdash;vea, allí, allí&mdash;y apuntaba con el
+dedo índice.</p>
+
+<p>&mdash;¿Adonde? ¿adonde?&mdash;interrogaba el otro impaciente, parado sobre la
+punta de los pies.</p>
+
+<p>&mdash;Allí están; ahí ha fondeado el Salto, allí el Pampero, más atrás el
+Hércules; aquel que viene andando todavía es el Pintos, y los otros dos
+barcos de la izquierda son de vela, el San Juan Bautista y el Río Bamba.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ché! y vos cómo sabés los buques&mdash;le dijo Alejandro.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! no ve que soy del Bajo, amigo&mdash;contestó<a name="page_087" id="page_087"></a> el
+negro.&mdash;Mire&mdash;agregó,&mdash;allá van las falúas a buscar la oficialidad, y
+las balleneras para desembarcar la tropa. ¡Bomba! ¡Pas! Ese es el
+Córdoba que hace salvas.</p>
+
+<p>Y, en efecto, una repentina nube blanca envolvió los costados del barco
+y el eco del cañonazo se dilató retumbando sordamente por los espacios.</p>
+
+<p>Eran las tres de la tarde de aquel día sofocante; las iglesias echaban a
+vuelo sus campanas, los cohetes y las bombas estallaban en el aire sin
+interrupción. A medida que la tropa desembarcaba, los batallones iban
+formando en el muelle la columna. Mientras esta operación tenía lugar,
+Alejandro y yo contemplábamos desde lejos, recostados sobre la reja,
+porque no nos habían dejado pasar de los quioscos, de la entrada para
+adelante.</p>
+
+<p>En la playa, y al pie mismo del murallón donde nosotros estábamos,
+varios carreros del Bajo, en traje de fiesta, se habían congregado para
+oír a dos de ellos que, armado el uno con una guitarra profusamente
+encintada de blanco y celeste, y el otro con un acordeón, cantaban
+coplas patrioteras en una de esas tonadas características del compadrito
+de Buenos Aires.</p>
+
+<p>&mdash;¡Que cante el virola!&mdash;gritaba uno de los oyentes.<a name="page_088" id="page_088"></a></p>
+
+<p>&mdash;¡Tu madrina!&mdash;contestole el guitarrero, que en efecto tenía los ojos
+más torcidos que una encrucijada.</p>
+
+<p>&mdash;Cantá ché lo que has arreglao pa la Guardia Nacional.</p>
+
+<p>El de la guitarra con el del acordeón atacaron un aire vulgar, pero
+cadencioso, antepasado en línea recta de la milonga del día, y detrás
+del aire, el virola dijo con voz nasal y chocante la siguiente copla:</p>
+
+<p class="poem">
+<span style="margin-left: 3em;">Nuestra Guardia Nacional</span><br />
+<span style="margin-left: 2em;">en Cepeda y en Pavón,</span><br />
+<span style="margin-left: 2em;">con bravura sin igual,</span><br />
+<span style="margin-left: 2em;">se lanzó sobre el cañón</span><br />
+<span style="margin-left: 2em;">del cobarde federal.</span><br />
+</p>
+
+<p>&mdash;¡Lindo, don Polibio! Si a carrero y a verseador naide le gana. Hasta a
+los gringos de las balleneras se les cae la baba cuando canta usted.</p>
+
+<p>Los resuellos chillones del acordeón habrían seguido, junto con los
+gemidos de la guitarra, si las músicas militares no hubiesen anunciado
+que la columna, formada ya, se ponía en marcha a lo largo del muelle.</p>
+
+<p>Fue entonces cuando la muchedumbre que obstruía la entrada, arrebatada
+por una fila de vigilantes armados, encargados de abrir calle, remolineó
+y retrocedió de espaldas, compacta,<a name="page_089" id="page_089"></a> hasta apretarse contra las paredes
+de las casas inmediatas; un tropel de jinetes que venía de la ciudad,
+ocupó el espacio abandonado. Me deslumbraron el oro de los galones, las
+plumas blancas y azules de los elásticos agitadas por el viento, los
+colores llamativos de los uniformes. Alejandro me alzó en alto para que
+pudiera ver bien, pero apenas tuve tiempo de columbrar un elástico
+cubriendo una larga y abundante melena de guedejas indolentes que caían
+sobre una frente espaciosa y unos ojos color plomo; todo esto sostenido
+sobre un cuerpo que Doré no habría desdeñado para bosquejar un Lafayette
+en lontananza. Quise ver más, pero los jinetes hicieron caracolear sus
+caballos; las primeras hileras de la columna aparecieron, y apenas llegó
+a mi oído el eco de una proclama de acentos olímpicos pero simpáticos
+que se extinguía en el estruendo unísono de un aplauso tributado por
+veinte mil manos. Yo aplaudía también y batía palmas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué aplaude&mdash;me dijo Alejandro, de mal humor,&mdash;si no oye nada?</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh!&mdash;le contesté&mdash;¿acaso es necesario entender? ¿Cómo aplauden
+también todos los demás sin entender?<a name="page_090" id="page_090"></a></p>
+
+<h3><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3>
+
+<p>Por la noche, mis tíos, como me lo habían prometido, me llevaron al
+teatro de la Victoria. La compañía de García Delgado cantaba el himno
+nacional y representaba la <i>Flor de un día</i>, de Camprodón. ¡Oh, <i>Flor de
+un día</i>! ¡Oh, Pavón del teatro dramático español! ¿Por qué mi fantasía
+excéntrica te ve desaparecer en el pasado, en la misma tumba que tragó
+los miriñaques y el peinado de bananas? ¿No era Lola la más encantadora
+y la más romántica de las mujeres? ¿No tenía Diego el contorno poético
+del amante y el Marqués de Montero la estampa grave de un barítono de
+zarzuela triste?</p>
+
+<p>¿Por qué has de ser un disparate, oh hija legítima de don Francisco
+Camprodón, adoptada por todos los teatros de la América Latina? ¡Tú que
+has hecho lagrimar un continente entero desde Veracruz hasta Buenos
+Aires!<a name="page_091" id="page_091"></a></p>
+
+<p>¡Tú has muerto con el batón blanco; porque, así como el guante de piel
+de Suecia, largo y arrugado, sobre el brazo flaco y nervioso de Sarah
+Bernhardt ha dado su pincelada a Frou-Frou, así el batón blanco, con
+cinturón celeste, te hizo a ti, hizo a Lola el prototipo de todas las
+mujeres de tu tiempo! ¡Qué diablo! ¡tú has tenido también tu lugar en el
+siglo de Hernani!... ¡Presidentes y ministros, generales y grandes
+abogados de la República Argentina, han creído en ti, como la República
+ha creído en ellos! Tus octosílabos rumorosos agitaron más de una noche
+el pecho de la virgen y no fue sólo el teatro tu dominio! Fue también la
+familia, el hogar; porque todo lo invadiste, desde el salón de mi tía
+Medea hasta la academia de negros y mulatos en que era halcón mi pardo
+Alejandro. Todavía recuerdo con escándalo el gesto irreverente y
+volteriano con que el doctor Vélez se burlaba de ti una noche, dando la
+nota discordante en toda tu generación literaria. Yo sostengo y
+sostendré siempre que tú has hecho a muchos de nuestros poetas: y
+bastaría reflexionar un poco para notar que todas las manifestaciones
+sociales se parecían a ti en aquellos días.</p>
+
+<p>Tus versos llegaron a ser clásicos. Se citaban con gravedad en el
+editorial por los periodistas contemporáneos y en la Cámara de
+Diputados<a name="page_092" id="page_092"></a> por los oradores noveles, con el mismo respeto con que en la
+restauración se citaban los dísticos de Boileau. ¡El día de la patria te
+pertenecía; te pertenecía el día de toda fiesta nacional! ¡Hasta drama
+patriótico te había hecho el autor de tus días sin sospecharlo!</p>
+
+<p>Algunas de tus frases, como: «¿tiene vuestra espada punta?» se
+consagraron como el <i>Di quella pira</i> y el <i>la donna e mobile</i> de Verdi.
+No había entonces realismo; mister Pickwick no había atravesado el
+Atlántico; estaba en Bath presidiendo su club; <i>Nana</i> era un microbio;
+Artagnan era catedrático de historia; los Girondinos enseñaban la
+política. Era la época de las cavatinas, cuarteadas con acompañamientos
+rudimentarios; Lohengrin bebía mosela en los vidrios blasonados de
+Baviera; el Trovador era la ópera con Mirati y Tamberlick; tú eras el
+drama con la Rodríguez y la Bigones, con Enamorado y Vilardebó. ¡El
+teatro de la Victoria era tu campo de batalla!</p>
+
+<p>¡Oh, mis buenos y bravos cómicos, aquella noche estaban todos! Mi
+imaginación los evoca; desfilan como los fantasmas del sueño del pasado
+y penetran al obscuro y olvidado panteón de las glorias del arte
+argentino; allí yo les levanto un monumento con los restos del
+guardarropa de Dagnino, en que había de todo; forma<a name="page_093" id="page_093"></a> la base el casco de
+Gonzalo de Córdoba, cubierto por el manto lanar moteado, arminio de
+Isabel la Católica; Don Juan Tenorio vola sobre el Terremoto de la
+Martinica, mientras que la Campana de la Almudaina toca a rebato en la
+horca de los Escalones del Cadalso.</p>
+
+<p class="puntos">Pero sobre esta pirámide funeraria, levantada a los Talma y a los Keen
+de la gran aldea, tres figuras se levantan: Lola, Diego y el Marqués,
+cantando el himno nacional antes de contar su candoroso poema de celos y
+de amor a una sala llena, en donde brillan las más lindas mujeres de
+aquellos días. ¡Pasad, oh sombras!</p>
+
+<p>Habíamos ocupado un palco-balcón de la derecha, inmediato a aquella
+antigua viga blanqueada que sostenía el techo y que por su espesor
+desafiaba las fuerzas de Sansón mismo.</p>
+
+<p>Mi tía se había hecho acompañar por la señorita Fernanda, que yo estaba
+acostumbrado a ver con frecuencia en casa. Fernanda tenía dieciocho
+años; pálida, de ojos claros y grandes, fríos y como azorados entre las
+densas ojeras que los sombreaban; en sus labios gruesos que dibujaban
+una boca que podía llamarse grande sin injusticia, trazábase no sé qué
+vaga sonrisa, en la<a name="page_094" id="page_094"></a> que un observador sagaz habría encontrado el amor y
+el desdén reunidos en un consorcio inexplicable; la cabeza era noble y
+altiva, sin embargo. En aquella época, en que los peinados eran una
+epopeya de rulos y rellenos, Fernanda llevaba el suyo de una simpleza
+tal, que rayaba en la suma elegancia: sus cabellos, de un rubio mate,
+recogidos y sujetos por dos cintas de moirée celeste, iban a rematar en
+la más linda nuca de mujer. Su seno escaso, tenía, sin embargo, no sé
+qué atrayente seducción, dilatada por la morbidez de todo su busto:
+irradiaba su semblante esa gracia apática e indolente que el pincel del
+Veronese imprimía en el rostro de sus patricias venecianas. Era, en fin,
+aquella mujer un conjunto de frialdad y de elocuencia, de belleza y de
+defectos, que atraía irresistiblemente, y en la que la originalidad del
+gesto y del mirar despertaban en mí una profunda y codiciosa curiosidad.</p>
+
+<p>Fernanda, recostada sobre la balaustrada, oyó de pie el himno, y, cuando
+éste terminó, se dejó caer negligentemente sobre su silla y abrió su
+enorme abanico de plumas blancas, con un ademán lleno de innata
+voluptuosidad. ¡Qué contraste formaba aquella delicada criatura con mi
+tía Medea! Una era la distinción personificada; la envolvía, la
+perfumaba un vapor de elegancia<a name="page_095" id="page_095"></a> y de buen tono. La otra era un fauno
+obeso; su voz gruesa, su pescuezo corto, su pecho invasor, un bozo
+recio, que ya era bigote casi, hacían de ella un ser híbrido, en el que
+los dos sexos se confundían. Estaba esa noche verdaderamente constelada
+de diamantes, desde la cabeza hasta los dedos, y como los tenía, y muy
+buenos, uno de sus orgullos era colgárselos para exhibirlos.</p>
+
+<p>Inquieta y parlanchina, mantenía un verdadero telégrafo de saludos con
+todo el teatro; con los palcos, con la cazuela, con la platea; a todos
+conocía, a todos saludaba francachonamente con el abanico.</p>
+
+<p>De repente, un murmullo de simpatía cundió por la sala entera, y todas
+las miradas convergieron al palco central de la ochava: muchos
+personajes, vestidos con la más rigurosa etiqueta, tomaban asiento.</p>
+
+<p>Mi tía empezó a nombrarlos a todos.</p>
+
+<p>&mdash;Saluda, Ramón, saluda&mdash;le decía a mi tío.</p>
+
+<p>&mdash;Si no ven para acá, Medea...</p>
+
+<p>&mdash;Sí que ven, saluda te digo&mdash;y mi tía, al propio tiempo que le ordenaba
+a mi tío que saludase, hacía repetidos movimientos de cabeza en
+dirección al palco central, sin que fuesen notados por sus ocupantes.<a name="page_096" id="page_096"></a></p>
+
+<p>&mdash;¿Quiénes son, señora?&mdash;preguntaba Fernanda.</p>
+
+<p>Pero mi tía no contestaba; empeñada en colocar su saludo en la cara de
+sus ídolos y en que su marido también lo colocase, lo cazó materialmente
+del brazo y le mandó que esperara la ocasión propicia para mover el
+pescuezo. De pronto pareciole que la miraban.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ahí mira don Buenaventura! ¡ahí te mira el doctor
+Trevexo...&mdash;dijo;&mdash;¡ahora!... saluda, Ramón.</p>
+
+<p>Y ambos movieron la cabeza con urgencia; hicieron con ella un balance
+para cazar la visual del adversario, pero ¡oh, contratiempo! Una mirada
+vaga e indecisa, de la cual tenía yo una vaga idea, recorría la fila de
+los palcos sin detenerse en los brillantes de mi tía, y el saludo fue un
+saludo en el vacío.</p>
+
+<p>Mi tío tosió para disimular el contratiempo. Mi tía le echó la culpa,
+sosteniendo que se le había puesto por delante; mi tío quiso rectificar,
+pero se le ordenó que guardase silencio, y obedeció. Yo miraba el suelo,
+compartiendo la vergüenza de mis tíos; y Fernanda, fría, sin curiosidad,
+con sus ojos claros desmesuradamente abiertos, abanicándose con toda
+calma, miraba abstraída hacia arriba, como si entre el techo<a name="page_097" id="page_097"></a> y nuestro
+palco pasase una visión a través de la sala.</p>
+
+<p>&mdash;Mira, niño&mdash;me decía mi tía Medea sin dejarme respirar,&mdash;aquél es don
+Buenaventura; aprende, mira qué traje tan sencillo lleva. Ese que habla
+con el ministro español, es el doctor Trevexo: aquel que sale, es el
+coronel Valdelirio.</p>
+
+<p>Y yo miraba extasiado aquel grupo y me decía a mí mismo:&mdash;¡Ah, si algún
+día llegase yo a saber lo que sabe el doctor Trevexo! ¡Si llegase a ser
+un guerrero como Valdelirio! ¡Y después, aterrado de mi petulancia
+íntima, transigía con una fórmula más modesta: ¡Si llegase a ser
+ministro español!</p>
+
+<p>Las lágrimas consagraban el éxito del drama y de los actores en el
+tercer acto. Montero recitaba sus famosos endecasílabos. La <i>Flor de un
+día</i> terminaba en medio de calurosos aplausos; la concurrencia evacuaba
+aquel antro que se llamaba teatro y en la puerta estallaban los vivas
+entusiastas y patrióticos del pueblo.</p>
+
+<p>Mi tía se ensilló con su pesada salida de teatro, y Fernanda envolvió su
+linda cabeza en un pañuelo de fular color caña, dentro del cual parecía
+un estudio inconcluso de artista.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, mal criado&mdash;me dijo mi tía,&mdash;acompañe usted a esa señorita,
+ofrézcale el brazo.<a name="page_098" id="page_098"></a></p>
+
+<p>Obedecí, y Fernanda me entregó el brazo sonriendo con plácida
+generosidad. Yo lo cerré contra el mío, y, aunque era un muchacho, no sé
+qué vagas nociones de ternura, qué entusiasmos indefinibles experimentó
+mi ser al sentir el frío desnudo de la carne, y al aspirar el perfume
+nunca aspirado de aquella singular criatura.<a name="page_099" id="page_099"></a></p>
+
+<h3><a name="IX" id="IX"></a>IX</h3>
+
+<p>Han pasado algunos años.</p>
+
+<p>Estoy lejos de Buenos Aires; en una ciudad cuyo nombre no interesa al
+lector.</p>
+
+<p>Don Pío Amado y don Josef Garat, mis maestros, eran dos personajes
+singulares; singular era su escuela, singular la enseñanza, singular
+todo lo que los rodeaba. Don Pío era la bondad, la benevolencia
+personificadas; don Josef era la intransigencia, el mal humor, y la ira
+misma. Reunidos, don Pío era la nota cómica del colegio, don Josef era
+la nota épica. Amábamos a don Pío y lo amábamos con toda el alma;
+temblábamos ante don Josef y lo respetábamos a fuerza de malquererlo.</p>
+
+<p>Don Pío era todo gracia, dulzura y amabilidad; una cara sin pelo de
+barba, daba a su fisonomía una jovialidad perpetua y atrayente.<a name="page_100" id="page_100"></a> De
+dulces maneras, lleno de cariño por los muchachos, nadie le temía, pero
+todos lo contemplaban. En medio de la extrema y plácida mansedumbre de
+don Pío, reinaba en él cierta tendencia innata a la excentricidad, en la
+que solía marcar rasgos positivos de talento, de observación y de
+estudio. Su rostro movible; su cuerpecillo inquieto; sus ademanes de
+artista cómico, solían provocar entre los alumnos ciertas sonrisas de
+buen carácter, porque no era posible ver y oír a don Pío, sin
+encontrarse dominado por la idea de que aquel hombre, sincero hasta el
+fondo de su alma, representaba sin embargo una comedia.</p>
+
+<p>Don Pío no podía hablar de nadie sin extraerle toda su genealogía, sin
+hacer su retrato físico y su retrato moral, sin marcar el rasgo cómico o
+serio que podía tener, sin determinar el traje que usaba habitualmente,
+sin remontar en fin hasta la biblia, para presentarlo a propios y
+extraños.</p>
+
+<p>En la enseñanza era lo mismo: aquel hombre de vida austera, correcta y
+arreglada, carecía de la noción del método como maestro. Cuando don Pío
+hacía la exposición, no terminaba nunca; comenzaba en Sesostris y pasaba
+más allá del año corriente; y en ella iba todo, una recopilación de
+hechos y de datos, una enciclopedia de<a name="page_101" id="page_101"></a> citas y de descripciones
+accionadas, cada una con su mímica y sus gestos particulares.</p>
+
+<p>Nunca entraba sereno al aula, con las reservas y la gravedad propias del
+maestro, sino a saltitos acompasados, refregándose las manos, si hacía
+frío, o abanicándose con una pantalla de paja, si hacía calor. Así, con
+ese paso, llegaba a la puerta de la clase, se paraba en su umbral,
+tomaba una posición de contradanza, miraba al centro, apuntando en el
+rostro una franca sonrisa; en seguida, como un muñeco de cuerda, movía
+el pescuezo, y con el cuerpo hacia la izquierda, distribuía su sonrisa
+en esa dirección para repetir después la misma operación y derramar su
+tercer sonrisa sobre la derecha. Hubiérase dicho que no era el maestro
+el que entraba en la clase, sino Fígaro mismo, al cual sólo le faltaba
+la navaja y el platillo del barbero.</p>
+
+<p>Don Josef, en cambio, era un Orestes. Alto, vigoroso, la cara roja como
+un pimiento, la nariz chica y encorvada, la cabeza mezquina pero bien
+puesta sobre los hombros. Don Josef pasaba la vida clamando contra todo
+lo que lo rodeaba: contra el país, contra sus hombres, contra las
+mujeres, contra los muchachos y contra don Pío, a quien tenía en poca
+cuenta en las situaciones normales.</p>
+
+<p>Don Josef era oriundo de Cataluña y se vanagloriaba<a name="page_102" id="page_102"></a> de haber nacido en
+el castillo Monjuich; de haber salvado la vida a varias personas, de
+haber presenciado un naufragio y de haber sido casi víctima del hambre
+de una tigra mansa; preciábase de haber conocido a la Reina de España,
+doña Cristina, de haberla visto comer una olla podrida en un día de
+toros. Hacía sacrificio de confesarse descendiente de don Gonzalo de
+Córdoba, pero no se prestaba a pregonar mucho el parentesco, y lo
+repudiaba con majestad, porque no quería que nadie sospechase, que él
+aprobaba las rendiciones de cuentas de su poco escrupuloso antepasado.
+Vivía crónicamente colérico, sin que esto importe decir que no supiera
+interrumpir sus accesos para hablar con fruición de los tesoros de
+Potosí y de fortunas colosales como las de los cuentos de hadas, porque
+el buen viejo tenía altamente desarrollada la nota de la codicia.</p>
+
+<p>Pero, cuando él levantaba la voz en la clase, o fuera de la clase, o con
+los tertulianos nocturnos que lo visitaban en el colegio, entonces
+temblaba la casa; buscaba la invectiva, la lanzaba al rostro del
+adversario y la sazonaba con vocablos de estofado, acabando por dominar
+el debate con sus gritos estentóreos. Dentro de ese cuerpo vigoroso de
+rica musculatura de atleta, en el fondo de ese carácter atrabiliario,
+disputador<a name="page_103" id="page_103"></a> y pendenciero que amenazaba tragarse la tierra, se escondía
+un ser enteramente pusilánime. Don Josef era una liebre.</p>
+
+<p>El colegio era un vasto edificio bajo, de muros espesos y coloniales, de
+grandes patios y espaciosa huerta, en la que no faltaban las clásicas
+higueras de antaño. Aquel edificio era un convento por sus dimensiones e
+invitaba a la melancolía. Yo acababa de llegar solo, casi abandonado a
+mi suerte. Durante el viaje había hecho el inventario de mi pasado;
+había recordado la muerte de mi padre, mi orfandad; no tenía más
+compañeros ni más amigos que dos retratos mudos que llevaba siempre
+conmigo; el de mi padre y el de mi madre.</p>
+
+<p>¿Quién era yo en el mundo? ¿Qué necesidad tenía de aprender nada? ¿Acaso
+no tenía razón el doctor Trevexo cuando fulminaba a toda una generación
+con su anatema contra los sabios? Nadie me amaba a excepción de
+Alejandro que era el único que había sentido mi partida de Buenos Aires.
+Todo lo que me rodeaba era nuevo y desconocido para mí: mi capital se
+componía de poco; mis ropas, mi catre y mis libros; todos mis compañeros
+tenían padres que velaban por ellos, que les escribían, que los
+regalaban. Sólo yo acostumbraba de tarde en tarde <a name="page_104" id="page_104"></a>a recibir dos letras
+de mi tío Ramón, en las que me anunciaba el envío de lo indispensable.</p>
+
+<p>No importa, yo tenía voluntad, tenía ánimo y entereza, valor y
+constancia. Yo sabía que había de arribar: que habían de pasar para mí
+los días de vergüenza en que mis condiscípulos menores me adelantaban.</p>
+
+<p>Era un muchacho de quince años cuando entré en el colegio y apenas sabía
+leer y escribir, pero trabajé con tesón y me abrí paso. Don Pío me amaba
+y don Josef, que había empezado por expresarme el más profundo
+desprecio, había pasado del indiferentismo al entusiasmo con una
+facilidad extraordinaria. Yo comenzaba a ser su ídolo. De cuando en
+cuando, pensaba que, siendo yo como era un pobre diablo, sin padre, sin
+fortuna, era demasiada generosidad de su parte interesarse por mí como
+se interesaba y me lo echaba en cara; pero cuando lo sorprendía con un
+progreso inesperado para él, o con un buen rasgo de conducta, entonces
+el buen viejo se exaltaba y pasaba los límites del entusiasmo en sus
+elogios.</p>
+
+<p>El fuerte de don Pío era la astronomía. Daba en el colegio un curso
+práctico de esa ciencia con un colorido de gestos y de movimientos
+rápidos y nerviosos, con los que él creía poner en evolución todo el
+sistema planetario.<a name="page_105" id="page_105"></a></p>
+
+<p>La clase era para él su materia cósmica.</p>
+
+<p>Entraba y distribuía sus astros en el lugar oportuno. Cada muchacho era
+un planeta, y trataba siempre de representar con él, no sólo la
+situación de cada cuerpo celeste en el espacio, sino también su volumen,
+eligiendo los alumnos según las proporciones de cada uno y de cada
+estrella que debía figurar en el sistema.</p>
+
+<p>Un muchacho entrerriano, grande como un patagón, cuyo desarrollo físico
+no guardaba armonía con su desarrollo moral, tenía invariablemente a su
+cargo el papel modesto de sol; le hacía abrir los brazos, y tomándolo
+por la cintura, <i>mal gré</i>, <i>bon gré</i>, lo colocaba en el centro de la
+clase. Buscaba en seguida al alumno más chico y lo ponía en un extremo
+del aro celeste discerniéndole el papel de luna. Era éste un
+bolivianito, diablo y travieso, que nunca se resignaba a hacer
+tranquilamente su papel de astro nocturno.</p>
+
+<p>En seguida ocupaban su sitio los planetas mayores y después los menores.
+Júpiter con sus lunas, Urano en la última línea del círculo, Saturno
+circundado por su anillo luminoso. En esta disposición comenzaba a
+funcionar la máquina astronómica de don Pío; formado su ejército
+sideral, se paraba al lado del sol y exclamaba: «Yo soy la tierra», y el
+buen maestro comenzaba<a name="page_106" id="page_106"></a> a circular de lado alrededor del entrerriano
+que, inmóvil y mudo en el centro del círculo, desempeñaba
+automáticamente el papel del padre del día.</p>
+
+<p>A una voz de don Pío y terminadas las evoluciones, los planetas se
+dispersaban y volvían a ocupar sus bancas terminándose la lección de
+astronomía práctica.</p>
+
+<p>Pero donde don Pío era famoso, era en la descripción de las batallas del
+curso de historia. El entusiasmo bélico se apoderaba de él: no podía
+limitarse a citar fechas, nombres y hechos: era necesario hacer
+funcionar la caballería, la infantería y la artillería.</p>
+
+<p>Abandonaba su cátedra, se ponía en medio de la clase, señalaba el
+enemigo al frente, e inflando la boca, hacía tronar los cañones sobre la
+línea imaginaria del ejército contrario.</p>
+
+<p>&mdash;¡Boum! ¡Boum!&mdash;exclamaba, y con el rostro excitado por la refriega y
+el puño cerrado por la ira militar, caían los enemigos deshechos por las
+metrallas y por las bombas, y don Pío, como un Murat, se levantaba
+jadeante, triunfante, sublime en el campo de la acción.</p>
+
+<p>Había en el colegio un chicuelo que se llamaba Martín Roll, que era la
+piel del diablo. Lo que no se le ocurría a Martín no se le ocurría a
+nadie. Era holgazán como una cigarra, pero<a name="page_107" id="page_107"></a> vivo como un rayo. Don Pío
+lo reprendía con suavidad en vano. Don Josef lo anatematizaba y lo tenía
+concienzudamente clasificado de cretino y de imbécil. El título más
+bondadoso que Martín solía obtener de él, era el muy moderado de animal,
+que se lo daba con conciencia.</p>
+
+<p>Pero, si Martín no abría los libros, abría y registraba las conciencias;
+conocía a sus maestros a fondo, y a don Josef como a su faltriquera.
+Había descubierto que la condición predominante del carácter de don
+Josef, era la avaricia, y ponía en juego todos aquellos medios que
+pudiesen darle por resultado la explotación de este defecto.</p>
+
+<p>En cambio, don Josef se quedaba aterrado con la prodigalidad escandalosa
+de Martín, quien, cada vez que volvía de su casa después de las
+vacaciones, traía tal surtido de regalos para toda la escuela, que el
+viejo avaro, mortificado sin duda por aquel mal ejemplo y por el garbo
+con que Martín desparramaba sus presentes, acudía a sus pergaminos,
+recordaba a Gonzalo de Córdoba, su antepasado, para repudiarlo por mal
+administrador y por derrochador, y terminaba por sacárselo de ejemplo a
+Martín, para que reaccionase contra la prodigalidad y la dilapidación de
+la fortuna.</p>
+
+<p>A pesar de tener caracteres opuestos, habíamos<a name="page_108" id="page_108"></a> congeniado con Martín.
+Sus padres vivían con holgura, y yo solía pasar en su casa una parte de
+las vacaciones. Pero, si la alegría del colegio era Martín, la alegría
+de su casa era Valentina, su hermana, una preciosa muchacha de dieciséis
+años que yo no podía tratar quince días, sin volverme al colegio con la
+cabeza llena de sueños y el alma llena de tristezas.</p>
+
+<p>No voy a perder mucho tiempo en contar idilios de juventud, porque tengo
+la mano torpe y el corazón duro ya para narrar la historia vieja de los
+primeros afectos. Pero es que Valentina era muy linda cuando tenía
+dieciséis años, y debe serlo todavía a pesar de los treinta que ha de
+haber cumplido. Mi maestro Josef odiaba a los enamorados, a pesar de las
+libertades que se tomaba él con las sirvientas del colegio, a quienes
+manoteaba demasiado con Martín, que le hacía la competencia con un éxito
+que el buen viejo no conseguía.</p>
+
+<p>Pero Valentina, ¡oh! Valentina me había hecho olvidar aquella malsana
+aparición de Fernanda, porque era dulce como un rayo de luna y alegre
+como una aurora.</p>
+
+<p>A los diecisiete años, qué diablo, me enamoré de Valentina y fui menos
+práctico que Martín; lo confieso. Los libros de estudio no me atraían
+mucho; leía a Lord Byron y a Musset;<a name="page_109" id="page_109"></a> las <i>Horas de Ocio y la Confesión
+d'un enfant du Siècle</i> me montaron la cabeza y me enfermaron el corazón.
+Le hice versos a Valentina y asistía a oír la lección de matemáticas
+como quien asiste a un entierro.</p>
+
+<p>El romanticismo es la adolescencia del arte; la malicia, esa diosa
+madura que observa el mundo con una mueca perpetua, se ríe de los poetas
+gemebundos y enamorados; pero la juventud sueña y delira, y creo que no
+hay hombre, por áspero y frío que sea su carácter, que no tenga en la
+memoria, así como un lejano paisaje, la escena en que han despertado sus
+primeros sentimientos.</p>
+
+<p>¿Cómo no recordar, pues, todos aquellos libros de los primeros años: Las
+<i>Escenas de la Vida de Bohemia y de Juventud</i>, de Murger; los primeros
+versos de Gautier, las poéticas novelas de Vigny? Al calor de esas
+páginas que sólo se escriben y se leen en una edad, yo había visto
+aparecer a Valentina como Mussette o como Francine, llena de poesía, con
+su carita jovial, sus ojos negros, su cabello castaño ondeado,
+sencillamente ataviada de cintas color rosa; la boca roja y fresca como
+las guindas; toda esta cabecita deliciosa, sostenida por una figura
+llena de distinción. Ella había salido al encuentro<a name="page_110" id="page_110"></a> de mi camino, en el
+que sólo había encontrado hasta entonces seres indiferentes.</p>
+
+<p>Yo no sé cómo amé a Valentina; pero cuando la veía, cuando ella me
+hablaba, la sangre no corría por mis venas, enmudecía y me abstraía en
+la muda contemplación de aquella criatura. Entonces pensaba en mi mala
+suerte; pobre, sin padres, ni amigos, ni protectores, ¿qué esperanza,
+qué risueño horizonte podía iluminar mi porvenir? El estudio me
+entristecía; no tenía la cabeza robusta de mis compañeros que mordían y
+digerían el Vallejo como un manjar exquisito.</p>
+
+<p>En mi cuarto, por la noche, leía furtivamente las novelas de Dumas, ese
+gran amigo de la adolescencia, ese encantador de los primeros años; y me
+adormecía entreviendo la poética figura de Ascanio u oyendo el ruido de
+las espuelas de D'Artagnan.</p>
+
+<p>Una noche, durante la época de las vacaciones, Valentina se acercó a mi
+lado, y con un acento lleno de gracia, me dijo:</p>
+
+<p>&mdash;¿Va a comer mañana en casa?</p>
+
+<p>&mdash;Si usted me invita...</p>
+
+<p>&mdash;No, no lo invito, pero quiero que venga&mdash;me repuso con firmeza.</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted lo manda?...&mdash;avancé yo extendiéndole la mano.<a name="page_111" id="page_111"></a></p>
+
+<p>Valentina miró en derredor; nadie nos observaba; tomome la mano y
+oprimiéndomela con la suya:</p>
+
+<p>&mdash;Lo exijo&mdash;me dijo a media voz.</p>
+
+<p>&mdash;¡Valentina!...</p>
+
+<p>&mdash;¡Adiós!&mdash;me contestó; y antes de poder dirigirle la palabra, diome la
+espalda y corrió cantando hacia adentro como una locuela; me asomé a la
+sala y vi desaparecer su vestido blanco en las últimas habitaciones de
+la casa.</p>
+
+<p>No sé cómo me encontré en la calle.</p>
+
+<p>La noche era espléndida; sobre un cielo sereno se extendía el vapor
+majestuoso de la vía láctea, semejante a una gran veta de ópalo sobre
+una bóveda de zafiro. La luna, ya en sus últimos días, atravesaba el
+espacio como una galera antigua; la fresca y tibia brisa del mar llevaba
+en sus ráfagas unas cuantas nubes blancas. El alma del mundo inundaba el
+espacio. Alcé los ojos al cielo, y absorto en el espectáculo de la
+noche, me pareció ver pasar a Valentina como una visión por el éter,
+huyendo de mí como huían aquellas nubes.</p>
+
+<p>¡Nunca la había visto tan linda!</p>
+
+<p>Sentía en mi mano el calor de la suya y en mi oído sonaba todavía el
+acento misterioso de su palabra. Vagué aquella noche por la ciudad, y
+cuando el silencio invadió la población, yo no<a name="page_112" id="page_112"></a> sé cómo, me encontraba
+aún delante de los tres balcones de la casa de Valentina en muda
+contemplación, levantando castillos de España sobre esos andamios
+gigantescos que sólo los diecisiete años tienen privilegios para apoyar
+en el aire.</p>
+
+<p>No dormí aquella noche, y vestido, echado sobre el lecho, esperé el
+nuevo día. A las nueve de la mañana entraba Martín en mi cuarto.</p>
+
+<p>&mdash;Qué temprano te has levantado hoy&mdash;me dijo.</p>
+
+<p>&mdash;En efecto, he madrugado&mdash;le repuse.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vaya un placer! ¿Vas a comer a casa?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, voy.</p>
+
+<p>&mdash;¡Hola! ¿ya estabas prevenido?&mdash;me preguntó.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, Valentina me invitó anoche.</p>
+
+<p>&mdash;¡No ha podido resistir esa muchacha!... ¿Sabes por qué te ha invitado?</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué?&mdash;le pregunté sin disimular mi curiosidad.</p>
+
+<p>&mdash;No te pongas pálido... ¡No te va a envenenar, hombre!&mdash;me dijo
+Martín;&mdash;te ha invitado porque hoy es su santo.</p>
+
+<p>&mdash;¿El santo de Valentina?... Pues no te puedes figurar cómo le agradezco
+que se haya acordado de mí...</p>
+
+<p>&mdash;Y con razón debes agradecérselo, porque <a name="page_113" id="page_113"></a>a mi padre no le gustan
+hombres en casa; figúrate que los únicos invitados sois tú y don Camilo
+como novio presunto...</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué dices?&mdash;le pregunté dominando mi turbación con un esfuerzo
+supremo.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, pues; mi padre y mi madre creen que don Camilo es el modelo de los
+novios.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y Valentina?...</p>
+
+<p>&mdash;Valentina no toma nada con seriedad; cada vez que la embroma, se ríe a
+carcajadas, y al pobre don Camilo le hacen tal efecto las risas que se
+queda como un muerto, de triste, siempre que mi hermana se ríe de él.</p>
+
+<p>Sentí toda la rabia ponzoñosa de los celos... ¿Valentina de otro?...
+¡Pero eso no era, no sería posible! Yo vencería, arrasaría todos los
+obstáculos, me haría amar por ella y ningún hombre me arrancaría la
+soñada felicidad.</p>
+
+<p>Llegó la tarde; me vestí, y con Martín, que había venido a buscarme, nos
+fuimos a su casa. Mi bolsa era algo más que escasa y tuve que emplearla
+toda en un ramo de jazmines, blancos como el papel en que escribo y
+perfumados como el naciente y casto amor que embriagaba mi alma.</p>
+
+<p>Eran las cinco cuando entrábamos en lo de Valentina; ella nos esperaba
+en la puerta de calle con un vestido de gasilla, blanco, cerrado<a name="page_114" id="page_114"></a> por un
+cuellecito plegado, sobre el cual se destacaba su cabecita adorable y
+llena de inocente coquetería. Desde lejos nos divisó, y, al vernos,
+desapareció de la puerta, apareciendo unos segundos después, como si
+hubiese entrado para dar cuenta a sus padres de nuestra llegada. Martín
+y yo aceleramos el paso y llegamos a la puerta de calle en la que sólo
+ella estaba esperándonos. Martín le dio un beso en la frente y penetró
+precipitadamente sin darnos tiempo para seguirlo. Yo quise entregarle mi
+ramo calculando propicia la ocasión, pero ella no me dio tiempo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué olor a jazmines! ¿usted los tiene? ¡Ah, qué lindo, qué lindo
+ramo! ¿Es para mí?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, Valentina...&mdash;le contesté.</p>
+
+<p>&mdash;¡Gracias, muchas gracias! ¿Sabe que no creía que usted viniese?&mdash;me
+dijo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué?</p>
+
+<p>&mdash;Por nada, porque pensaba que no habría hecho caso a la broma de
+anoche.</p>
+
+<p>&mdash;Sin embargo, usted me exigió que viniera...</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! ¿lo tomó usted como sacrificio?</p>
+
+<p>&mdash;¡Valentina!... ¡Si yo pudiera decirle todo lo feliz que usted me ha
+hecho!</p>
+
+<p>&mdash;Entremos, Julio&mdash;me repuso, poniéndose seria; y en ese momento la
+familia salía a recibirnos,<a name="page_115" id="page_115"></a> y Valentina, abrazando a su madre, le
+decía:</p>
+
+<p>&mdash;Mira, qué flores, mamá, ¿no es verdad que son divinas?</p>
+
+<p>Valentina se había puesto el ramo en la cintura con una coquetería
+innata, y alborotaba toda la casa mostrando mis flores como una
+maravilla.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué te ha regalado don Camilo?&mdash;le preguntó Martín.</p>
+
+<p>&mdash;Un álbum con su retrato. ¡Si vieras qué <i>cache</i> está el pobre!</p>
+
+<p>&mdash;Niña, no digas eso&mdash;le decía la madre.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, mamá, ¿por qué no lo he de decir? En vez de haberme dado alguna
+cosa útil, me sale ese zonzo dándome un álbum con su retrato, como si
+fuera tan buen mozo y tan joven.</p>
+
+<p>&mdash;Venga, Julio, venga a la sala&mdash;agregó,&mdash;se lo voy a mostrar;&mdash;y
+llevándome casi de la mano, me condujo adentro y abriendo la primera
+hoja del álbum, me dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Vea, dígamelo con franqueza ¿se puede dar un hombre más <i>cache</i>?...&mdash;y
+prorrumpió en una carcajada...</p>
+
+<p>En ese momento mismo Martín entraba en el salón.</p>
+
+<p>&mdash;Mira que ahí está don Camilo, Valentina, no te rías; acaba de entrar.<a name="page_116" id="page_116"></a></p>
+
+<p>&mdash;¿Sí? pues lo voy a ver para darle las gracias&mdash;y, dejándonos en la
+sala, atravesó el patio, donde don Camilo era recibido por los padres de
+Martín.</p>
+
+<p>En efecto, don Camilo podía ser excelente, pero no era el ideal de los
+novios; tenía sus bravos cuarenta años, una figura poco airosa y vestía
+con una ropa provinciana de dudosa elegancia. Pero, en cambio, don
+Camilo era rico; tenía estancias y vacas, y prometía como yerno bajo el
+punto de vista de lo positivo. En la casa lo amaban y lo codiciaban; el
+padre de Martín y la señora no sabían qué hacerse con él.</p>
+
+<p>Emparentado con familias de alta posición política, don Camilo era por
+aquellas épocas un programa luminoso para una muchacha de dieciséis años
+como Valentina, y el buen señor, persuadido de su valimiento, no se daba
+mucha pena en ofrecerse, porque sabía que la ley de la demanda regía en
+su favor y que él podía elegir como en peras entre las más lindas
+muchachas de la época.</p>
+
+<p>Pasemos por alto la comida; don Camilo se sentó al lado de la señora y
+Valentina me dio la silla inmediata a la suya.</p>
+
+<p>Yo estuve hecho un necio durante toda la mesa; la alegría bulliciosa de
+Valentina me llenaba de tristeza; aun me parecía que se burlaba de<a name="page_117" id="page_117"></a> mí,
+cuando su boca, no muy correcta por cierto, pero llena de gracia,
+dibujaba en su rostro aquella sonrisa que le era tan peculiar.</p>
+
+<p>La cara inerte de don Camilo me despertaba un rencor profundo que se
+agravaba cada vez que la familia simulaba oír con asombro todas las
+insulseces que aquel tonto contaba.</p>
+
+<p>Acabamos de comer y fuimos a pasar la tarde al jardín. Don Camilo, en un
+grupo, conversaba con los padres de Valentina; Martín, que se había
+separado de ellos, porque era gran fumador, echaba, escondido entre los
+árboles, grandes bocanadas de humo. Valentina y yo mirábamos la noche
+que empezaba a caer, desde una glorieta formada por madreselvas y
+jazmines que quedaba a un extremo del jardín.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ha estudiado astronomía usted, Julio?&mdash;me decía.</p>
+
+<p>&mdash;No, Valentina...</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué ignorante!...&mdash;me repuso.</p>
+
+<p>&mdash;Pero Martín dice que don Pío les hace a ustedes un curso de astronomía
+práctica muy curiosa.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! broma de Martín; usted ya sabe lo que es don Pío y lo que es
+Martín.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero sabe, Julio, que debe ser muy curiosa esa explicación?&mdash;agregaba
+sonriendo Valentina.<a name="page_118" id="page_118"></a></p>
+
+<p>Yo callaba entretanto; toda la sangre me subía a la cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;Vea&mdash;me dijo&mdash;dicen que aquella estrella es la estrella del
+amor...&mdash;agregó señalando a Venus que titilaba como un diamante
+suspendido en el cielo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién se lo ha dicho a usted? ¿don Camilo?...&mdash;le pregunté.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ja, ja! con qué tono me lo pregunta usted... ¿Cree usted que don
+Camilo tiene tiempo para fijarse en el cielo?...</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo no! ¿No se ha fijado en usted?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay! que antiguo está usted, Julio, por Dios; eso es un requiebro...
+Retírelo, por Dios...&mdash;Y prorrumpió en una larga carcajada que me
+penetró en el pecho como un puñal.</p>
+
+<p>&mdash;Valentina; ¿es cierto que usted se casará con don Camilo?&mdash;le pregunté
+en voz baja, pero resuelta.</p>
+
+<p>&mdash;Eh, todo puede ser, pero lo que es por ahora no lo pienso.</p>
+
+<p>&mdash;<i>Puede ser</i>, ¿dice usted?...</p>
+
+<p>&mdash;¿Y por qué no? Si no se presenta otro... me casaré con él...</p>
+
+<p>&mdash;¿Sería usted capaz de casarse con un hombre a quien no quisiese?...</p>
+
+<p>&mdash;Si él fuera capaz de casarse conmigo, ¿por qué no?<a name="page_119" id="page_119"></a></p>
+
+<p>En ese momento la madre de Valentina se acercaba a nosotros; detrás
+caminaban su padre y don Camilo.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos a la sala&mdash;nos dijo.&mdash;Está muy fresca la noche...</p>
+
+<p>&mdash;¡Tan pronto, mamá!...</p>
+
+<p>&mdash;Sí, ven, tócanos algo...</p>
+
+<p>Un momento después Valentina dejaba caer sus manos sobre las teclas y
+tocaba el <i>Clair de Lune</i>, esa profunda melodía de Beethoven en que cada
+nota parece el suspiro melancólico de un coloso.</p>
+
+<p>Yo, de pie al lado de ella, miraba flotar sus manos sobre el teclado y
+buscaba la expresión de su rostro graciosamente inclinado, y de sus
+ojos, en los cuales se reflejaba instintivamente el sentimiento de
+aquellas frases sabias y poéticas a la vez que se elevan como los ecos
+de una plegaria... Por fin se extinguió la última nota y Valentina
+levantó la cabeza...</p>
+
+<p>&mdash;¿Le gusta, don Camilo?&mdash;preguntó dirigiéndose a su presunto novio.</p>
+
+<p>&mdash;No... yo no entiendo mucho de eso, a mí me gusta mucho la zarzuela.</p>
+
+<p>&mdash;¿Has visto un imbécil igual?&mdash;me dijo al oído Martín.</p>
+
+<p>&mdash;Cállate&mdash;repuso Valentina,&mdash;te puede oír.</p>
+
+<p>Valentina se levantó del piano y se sentó <a name="page_120" id="page_120"></a>a nuestro lado. Don Camilo,
+hombre de orden, se retiró temprano....</p>
+
+<p>Mientras se despedía, yo había salido al balcón y allí me encontró
+Valentina que regresaba de saludarlo.</p>
+
+<p>&mdash;Sabe, Julio&mdash;me dijo,&mdash;que lo noto muy triste y reservado conmigo hoy,
+¿qué tiene?</p>
+
+<p>&mdash;En efecto&mdash;le contesté, como tomando una actitud resuelta.&mdash;Estoy
+triste y reservado....</p>
+
+<p>&mdash;¿Puedo yo saber la causa de su tristeza y el objeto de la reserva?....</p>
+
+<p>Iba a decirle todo lo que sentía; llegaron las palabras a mis labios, y
+debió traicionarme mi fisonomía, porque ella hizo un gesto en el que yo
+adiviné toda su recelosa curiosidad y la alarma con que miraban sus
+grandes y húmedos ojos negros, pero en aquel instante, pensé en mi
+pasado, contemplé con la rapidez del relámpago mi presente, y el honor,
+ese frío guardián de las pasiones, selló mis labios.</p>
+
+<p>&mdash;No&mdash;repuse con firmeza.</p>
+
+<p>&mdash;¿No?...&mdash;me preguntó con una inflexión de voz llena de ternura y de
+resentimiento,&mdash;¿no? ¡Ah!&mdash;agregó&mdash;quiera Dios que su reserva lo haga
+feliz.</p>
+
+<p>Reaccioné, e iba en aquel mismo momento a revelarle todo lo que sentía
+por ella, cuando entraron Martín y sus padres, y el desenlace, que<a name="page_121" id="page_121"></a> se
+había presentado tantas veces en aquel día, quedó de nuevo trunco.</p>
+
+<p>Era necesario partir; saludé a todos y tendí la mano a Valentina con
+efusión, pero ella dejó caer la suya con indiferencia entre las mías,
+mientras que con la otra desprendía de su cintura el ramo de jazmines ya
+marchito dejándolo caer sobre el piano.</p>
+
+<p>Yo sentí oprimírseme el corazón, y cuando llegué a la calle, dos
+lágrimas, que me parecieron de sangre, brotaron de mis ojos y me
+corrieron por el rostro.<a name="page_122" id="page_122"></a></p>
+
+<h3><a name="X" id="X"></a>X</h3>
+
+<p>Pocos meses después abandonaba el colegio donde había pasado años tan
+tristes. Martín, que ya había salido también, estaba con su familia en
+el campo y no pude por consiguiente despedirme de Valentina.</p>
+
+<p>Mi tío me esperaba en Buenos Aires con una colocación en una casa de
+comercio; llegué a Buenos Aires y encontré a mi tía tan mala como de
+costumbre; siempre dominada por la política, siempre tomando parte en
+todos los acontecimientos notables que tenían lugar.</p>
+
+<p>Hacía seis años que no me veía, y, sin embargo, no me hizo el más mínimo
+cumplimiento ni el más pequeño agasajo a mi llegada.</p>
+
+<p>Había engordado mucho y su temperamento sanguíneo se había desarrollado
+notablemente. Mi tío era el mismo. El único que no estaba en la casa era
+Alejandro: el pícaro pardo había<a name="page_123" id="page_123"></a> cumplido su promesa; un día de un
+altercado tremendo con mi tía, desbocó los caballos al descender la
+violenta pendiente de la barranca de la Recoleta y volcó el <i>landeau</i> en
+una zanja, lo hizo pedazos y magulló a mi tía que fue izada por la
+ventanilla con la gorra en la nuca y los vestidos en un desorden
+inconveniente.</p>
+
+<p>¡Cómo habían cambiado en veinte años las cosas en Buenos Aires! ¡El
+doctor Trevexo, el hombre de más talento de su tiempo, el orador, el
+diplomático, el abogado y el periodista más hábil de la República, había
+desaparecido de la escena pública, y sólo habían transcurrido veinte
+años! Los tenderos de aquella época habían muerto o habían cerrado sus
+tiendas; ya no gobernaban la opinión pública. Mi tía Medea había tomado
+parte en dos revoluciones <i>chingadas</i> y pertenecía a la oposición.</p>
+
+<p>El único puesto público que conservaba, era el de la Sociedad
+Filantrópica, donde la fila de sus contemporáneas se había raleado
+notablemente. Una nueva generación política y literaria había invadido
+la tribuna, la prensa y los cargos públicos.</p>
+
+<p>Don Buenaventura pontificaba desde lejos, en el diario más grande de la
+América. La escuela literaria de la <i>Flor de un día</i> había hecho su
+época; hombres y libros nuevos dirigían el pensamiento<a name="page_124" id="page_124"></a> argentino. El
+autor del <i>Facundo</i> revolcaba su temible maza desde las columnas del
+viejo <i>Nacional</i>; los salones se habían transformado; el gusto, el arte,
+la moda, habían provocado una serie de exigencias sin las cuales la vida
+social era imposible. Los cómicos españoles de antaño ya no entretenían
+como veinte años atrás; la aldea de 1862 tenía muchos detalles de
+ciudad; se iba mucho a Europa; las mujeres cultivaban las letras. Las
+golosinas de Gustavo Droz, de Halévy y aun de Maupassant, andaban en
+todas las manos femeninas, impresas en una forma adecuada para lectores
+sibaritas, e ilustradas con todas las voluptuosidades artísticas del
+taller de Goupil.</p>
+
+<p>La vieja moda, aquella que envolvía a las mujeres en verdaderas bolsas
+de tela, había desaparecido; ni los filósofos podían pasear de cuatro a
+cinco de la tarde en el invierno por la calle de la Florida, sin
+conmoverse ante los cuerpos de las mujeres del día, dibujados <i>d'aprés
+nature</i> por Mesdames Carreau y Vigneau, con <i>damas</i> de Génova y
+terciopelos de Venecia; Kitty Bell y Flora Campbell hacían los
+figurines; Sarah Bernhardt, los guantes. Worth firmaba los tapados como
+un pintor sus cuadros; en los colores mismos se había operado una
+revolución; nada de celeste y blanco como antes,<a name="page_125" id="page_125"></a> nada de color rosa:
+una mujer del gran mundo no estaba bien vestida sin llevar un medio
+color indeterminado en los siete de la paleta; oro y plata viejos,
+óxido, y marfil antiguo.</p>
+
+<p>Los troncos de los carruajes particulares eran arrastrados por yeguas y
+caballos de raza, de pelo satinado y reluciente, con cocheros más
+correctos que los del tiempo de Alejandro. No era <i>chic</i> hablar español
+en el gran mundo; era necesario salpicar la conversación con algunas
+palabras inglesas, y muchas francesas, tratando de pronunciarlas con el
+mayor cuidado, para acreditar raza de gentilhombre.</p>
+
+<p>En fin, yo, que había conocido aquel Buenos Aires de 1862, patriota,
+sencillo, semitendero, semicurial y semialdea, me encontraba con un
+pueblo con grandes pretensiones europeas que perdía su tiempo en
+<i>flanear</i> en las calles, y en el cual ya no reinaban generales
+predestinados, ni la familia de los Trevexo, ni la de los Berrotarán.</p>
+
+<p>Estas reflexiones me hacía yo todas las tardes al salir del escritorio
+de comercio de don Eleazar de la Cueva, el hombre de negocios más vastos
+y complicados de la República Argentina, que tenía vara alta con los
+gobiernos, con los bancos, con la Bolsa, con todo el mundo. Hombre manso
+y cristiano ante todo, muy<a name="page_126" id="page_126"></a> devoto y muy creyente, dulce de maneras por
+lo general, y bastante bravo por lo particular cuando el caso lo
+permitía, don Eleazar de la Cueva era una especie de astrólogo para sus
+negocios, porque todos ellos participaban de ciertas formas
+nigrománticas, llenas de misterio, y se preparaban por procedimientos
+análogos a los que en lo antiguo se empleaban para buscar la piedra
+filosofal. Don Eleazar, sin ser hombre de mundo, sin ser hombre
+político, tenía cierta influencia política; sin ser hombre de partido,
+tenía cierta intervención y participación en todos los partidos. En fin,
+en el mar humano, don Eleazar era corriente de fondo y no de superficie:
+arrastraba sin ser visto ni sentido.</p>
+
+<p>Tenía don Eleazar un cuerpo de oso y una cabeza de leona mansa; su cutis
+fino y terso, a pesar de sus setenta años largos, daba a su rostro
+cierta capa de venerable distinción y de majestuosa ancianidad que
+imponían a primera vista. Los dependientes le temblábamos, sin embargo,
+porque era áspero y cruel con nosotros, y cuando sentíamos sus pisadas
+en el escritorio, no sólo guardábamos un profundo silencio, sino que
+volcábamos la cara sobre nuestras mesas y hacíamos lo posible por
+aparecer abstraídos en nuestra tarea.</p>
+
+<p>Nada más curioso y original que el escritorio<a name="page_127" id="page_127"></a> de don Eleazar; un
+edificio bajo y antiguo con un vasto y desierto patio a la entrada,
+enlosado con grandes piedras color pizarra, perpetuamente húmedas y
+empañadas por una eterna capa de verdín. Frente a la puerta de la calle,
+tres cuartos, cada uno con tres puertas al patio. Desde la calle,
+aquella casa hacía el efecto de estar inhabitada; tal era el abandono de
+sus paredes y el estado de sus puertas despintadas, casi carcomidas, y
+tan antiguas, que algunos de sus tableros exteriores debían haber sido
+pintados en tiempo de Rozas, porque, aunque sumamente descoloridos, se
+notaba que un día habían sido colorados. El único adorno de los cuatro
+muros que formaban el cuadrado del patio, era una guarda grecorromana de
+relieve, en la que la intemperie había hecho sus estragos sin que el
+dueño de la casa se hubiese preocupado de hacer restauraciones.</p>
+
+<p>Por dentro, el escritorio del señor de la Cueva representaba exactamente
+su apellido; todo era en él vetusto: las mesas y las sillas; los
+estantes, llenos de rollos de papeles, denunciaban un completo abandono.</p>
+
+<p>Aquellas habitaciones habían sido empapeladas un día, pero el papel se
+había caído; algunos jirones que quedaban, colgaban todavía de las
+paredes, esperando la hora de caer por sí solos,<a name="page_128" id="page_128"></a> sin que la mano del
+hombre los arrancara, porque don Eleazar, que en materia de negocios y
+especulaciones demostraba una actividad y un espíritu innovador a toda
+prueba, trataba a su escritorio por el procedimiento contrario. Aquel
+piso jamás había conocido alfombra ni escoba, y si alguno de sus
+dependientes hubiese tenido la ocurrencia de arrojar en él algunos
+granos de alpiste, la simiente habría florecido de un día para otro, ni
+más ni menos que con el riego cuotidiano que el sirviente gallego hacía
+para aplacar el polvo de la habitación.</p>
+
+<p>Nada más caliente y sofocante que el escritorio de don Eleazar en el
+verano: nada más frío también en el invierno, en que teníamos que pasar
+la noche y el día escribiendo, de pie sobre las baldosas desnudas y
+húmedas del piso.</p>
+
+<p>Mi tía Medea le había puesto ciertos inconvenientes a mi tío para que yo
+habitara en su casa, de modo que me fue necesario ocupar un cuarto en la
+casa particular de un antiguo amigo de mi padre, que era un excelente
+viejo alegre y solterón que me había cobrado un franco cariño. De modo
+que, cuando regresaba de lo de don Eleazar, encontraba en don Benito
+Cristal un verdadero amigo, con quien me desahogaba<a name="page_129" id="page_129"></a> contra mi mala
+suerte y lamentaba el tiempo que mis tíos me habían hecho perder.</p>
+
+<p>Don Benito era un carácter. En la arrogancia de su porte se reflejaba
+toda la entereza de su alma. Amaba con delirio la verdad y podía decir
+con orgullo que no había nunca mentido en su vida. Era impetuoso,
+resuelto, intransigente en la defensa de todas las reglas de la
+gentilhombría. La honradez acrisolada de su palabra no cedía en nada a
+la honradez de sus acciones, y llevaba su culto por la virtud hasta la
+delicadeza de practicarlo en silencio sin proclamarla como el fariseo.</p>
+
+<p>Sin embargo, don Benito tenía las debilidades mundanas de los galanteos
+y había luchado en vano por muchos años sin poder reaccionar contra
+ellas. Soltero, sin familia, no pensaba sino en sus buenas fortunas por
+el momento y en su inocente partidita nocturna; pero con todo, desde el
+día que supo que yo estaba empleado en lo de don Eleazar, se preocupó
+por mi suerte, y día a día, al verme salir para mi empleo, me decía
+meneando la cabeza:</p>
+
+<p>&mdash;¡Amigo, amigo, busque otro destino, mire que esa casa de don Eleazar
+es peligrosa! Vale más correr el peligro de perder la camisa, como yo,
+que exponerme a perder allí la honra.</p>
+
+<p>Pero no era fácil salir de lo de don Eleazar,<a name="page_130" id="page_130"></a> y además, el sueldo era
+bueno y el pago exacto. Se trabajaba; eso sí, se trabajaba noche y día,
+sin fin, sin tregua, pero ningún dependiente sabía lo que el otro
+dependiente hacía. Don Eleazar, que vigilaba constantemente el trabajo,
+estaba allí para evitarlo. Sus negocios eran múltiples y
+complicadísimos: prestaba y tomaba prestado a tipos usurarios, según las
+circunstancias; su influencia en la Bolsa era tremenda y misteriosa a la
+vez; la mitad creía que estaba a la baja, la otra mitad aseguraba que
+jugaba a la alza; don Eleazar vivía en el escritorio y recibía allí a
+las gentes de todas clases, siempre con su aparente humildad, instalando
+ante todo su probidad, su desinterés y su honor comercial ante el
+interlocutor que, por más prevenido que estuviese contra él, terminaba
+por escucharlo y someterse.</p>
+
+<p>Don Eleazar era ante todo un especulador; en su casa de comercio no se
+compraba ni se vendía sino papeles de Bolsa. De cuando en cuando, para
+variar, solía comprar algún gran pleito, y con la paciencia y la
+tenacidad de un israelita perseguía su gestión por todas las instancias,
+hasta liquidar y desenredar la madeja litigiosa a fuerza de dinero y de
+procuradores traviesos y experimentados.</p>
+
+<p>Cautísimo hasta el extremo, don Eleazar jamás<a name="page_131" id="page_131"></a> escribía una carta de su
+puño y letra, limitándose a firmar lo que él dictaba, no sin tener la
+precaución de leer siempre antes de firmar el manuscrito que le
+presentábamos.</p>
+
+<p>En el comercio, don Eleazar estaba considerado como un corsario. Atacaba
+y pillaba al enemigo, pero cuando no encontraba adversarios a quienes
+acometer, o cuando él quería asegurar el éxito de una operación
+peligrosa, no tenía ningún género de inconvenientes en consumar actos de
+verdadera piratería, sin perder el aspecto venerable y majestuoso de su
+fisonomía, y aun llorando y cubriendo sus gavilanadas con palabras de
+humildad que parecían salir del fondo de su alma.</p>
+
+<p>Así sucedía no pocas veces en épocas de agitaciones bursátiles, que
+detrás del corredor que partía a venderle sus títulos, salía por otra
+puerta un segundo con encargo de hacer el alza; y por la tarde, cuando
+uno y otro regresaban a dar cuenta de sus operaciones, don Eleazar
+tomaba la palabra y hablaba en el lenguaje y el acento de un varón santo
+y convencido:</p>
+
+<p>&mdash;Así es, señor don Tomás, así es; ya que ellos lo han querido, bien
+empleado les esté. ¡Ya usted sabe, señor, que a mí no me gusta hacer mal
+a nadie! Pero ¿qué puede hacer un hombre honrado en estos tiempos de tan
+mala<a name="page_132" id="page_132"></a> fe? ¡Es menester resguardarnos! Vea usted, señor; yo he hecho
+muchas obras de caridad en este país, cuando tenía cómo hacerlas; no hay
+uno de esos que me quieren arruinar, que no me deba todo lo que tiene.
+¡Yo he sido siempre el mismo con ellos; dos fortunas he perdido por
+ayudarlos! Dos fortunas, señor, y sólo por necesidad me veo obligado a
+defenderme.</p>
+
+<p>Y cuando don Eleazar llegaba al fin de su discurso, abría su caja de
+rapé, invitaba a su interlocutor, y en seguida sacaba de sus profundas
+faltriqueras un largo pañuelo de la India con el cual se sonaba las
+narices y se cubría el rostro, para hacer más expresivas sus
+lamentaciones.</p>
+
+<p>En el orden interno del escritorio, don Eleazar era de una severidad que
+rayaba en crueldad; jamás una licencia, un respiro, un descanso para sus
+dependientes. Se trabajaba allí de día y de noche sin reposo, bajo la
+dirección inmediata de don Anselmo, el <i>alter ego</i> de don Eleazar; un
+mozo español, de cuarenta años, sagaz, alerta y ladino para los negocios
+como un capeador para burlar el toro, y sin el cual rara vez don Eleazar
+celebraba conferencias sobre negocios delicados e importantes.</p>
+
+<p>Don Eleazar jamás se presentaba en teatros, bailes y paseos. Venía por
+la mañana de su quinta<a name="page_133" id="page_133"></a> en su clásico cupé tirado por dos caballos
+gateados, mansos y tranquilos, que volvían a conducirlo por la tarde o
+por la noche, si las exigencias del trabajo reclamaban su presencia en
+el escritorio después de comer. Pero, si don Eleazar no andaba en
+sociedad, su nombre y su influencia se dejaban sentir en mil formas
+distintas: en las elecciones formaba siempre parte en los dos bandos sin
+dar su nombre, y concurría eficazmente al triunfo de ambos partidos con
+sumas gruesas de dinero.</p>
+
+<p>El sabía bien que a los que saben negociar en política, esta buena madre
+les devuelve el préstamo con capital e intereses compuestos; y como para
+él lo mismo eran los nacionalistas y los autonomistas, los porteños y
+los provincianos, los federales y los unitarios, con todos promiscuaba,
+porque en la viña del Señor tanto valía para él ser judío como
+cristiano.</p>
+
+<p>Una noche, al retirarme tarde del escritorio, don Benito me esperaba en
+la puerta de la calle con evidentes manifestaciones de sobresalto.</p>
+
+<p>&mdash;Y...&mdash;me dijo al verme,&mdash;¿qué ha sucedido hoy en lo de don Eleazar?</p>
+
+<p>&mdash;Nada&mdash;le contesté,&mdash;el día ha sido como el de ayer, sin novedad.</p>
+
+<p>&mdash;¿Sin novedad? ¿Pero usted embroma o es<a name="page_134" id="page_134"></a> tonto?&mdash;me replicó mirándome
+fijamente al rostro.</p>
+
+<p>&mdash;Mi costumbre de no bromear nunca, me obliga a confesar que soy tonto.
+No sé lo que sucede...</p>
+
+<p>&mdash;Pero, amigo, ¿qué; no sabe usted que su patrón ha quebrado?&mdash;me
+preguntó.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quebrado? ¡No puede ser, imposible! ¿Quién se lo ha dicho?</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero si es voz pública!&mdash;me replicó don Benito,&mdash;no se habla de otra
+cosa en la ciudad.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pues, señor, yo no he notado lo más mínimo en el escritorio, y hoy ha
+sido sábado, se ha pagado a todo el mundo!</p>
+
+<p>&mdash;¡Hombre! ¿Está usted seguro?&mdash;me repitió don Benito con asombro.</p>
+
+<p>&mdash;Como que estamos hablando en este momento.</p>
+
+<p>&mdash;Pues, sepa usted, mocito, lo que no sabe&mdash;me dijo;&mdash;y tomándome
+confidencialmente del brazo, me llevó a su cuarto, me hizo sentar y me
+refirió lo siguiente, después de haber encendido un cigarro habano:</p>
+
+<p>&mdash;Don Eleazar de la Cueva, como usted sabe, trae revuelta la Bolsa desde
+hace tres meses. Lo mismo que un general que con un ejército numeroso
+invade un país dilatado, él ha puesto en juego allí dos o tres millones
+de duros. Comenzó<a name="page_135" id="page_135"></a> por comprar acciones de ***, monopolizó el mercado,
+se hizo dueño de todos los papeles, y conseguido esto, manteniendo
+siempre la demanda, trataba de vender a precios exorbitantes lo que
+había comprado a precio vil.</p>
+
+<p>Pero don Eleazar ha encontrado la horma de su zapato; mientras sus
+agentes, divididos en dos bandos que operaban en sentido contrario,
+preparaban su golpe, él no contaba con que en esta tierra del
+papel-moneda, una nueva emisión es asunto de poca monta, y la cuerda
+tirante con que él tenía presos a sus deudores, se ha aflojado; la nueva
+emisión se ha hecho y he aquí que la baja más espantosa se ha operado.</p>
+
+<p>En esta situación, don Eleazar ha resuelto no reconocer sus operaciones.
+El tiene razón hasta cierto punto; exige <i>fair play</i>, como los
+luchadores ingleses. En la casa de la Bolsa, todo es permitido como en
+la guerra; jugar públicamente al alza y clandestinamente a la baja;
+lanzar un <i>gato</i>, dar una noticia de sensación, asegurar que la guerra
+con Chile es un hecho, que nuestra escuadra está en un estado atroz, que
+nuestro ejército será derrotado en caso de una batalla; en una palabra,
+sembrar el terror sin consideración de ningún género por el patriotismo;
+pero jugar con armas de doble carga, no. ¡Eso no, eso nunca!... Don
+Eleazar en estas materias es<a name="page_136" id="page_136"></a> correctísimo, y, sobre todo, cuando en vez
+de ser él quien apunta, acontece que es contra él contra quien se
+vuelven las bocas de los cañones. Pero lo peor de todo, mi amigo, no es
+eso. Lo peor es que don Eleazar, aprovechando su desgracia, porque es
+capaz de aprovechar todo y sacar de todo ventaja, ha resuelto no pagar a
+nadie. A él lo sitian por hambre, pero él les cercena el agua y el pan,
+y con la misma cuerda con que lo ahorcan, él procura ahorcar a sus
+adversarios.</p>
+
+<p>&mdash;Quiere decir que yo me encuentro en la calle&mdash;le dije al oírle
+terminar su relación.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, no! ¿cree usted que don Eleazar es hombre de despedirlo por cosas
+de tan poca monta?... No. Su quiebra es una quiebra que no lo arruina ni
+lo lleva al tribunal; todo se resuelve para él en no pagar; las deudas
+de Bolsa no son deudas, y en el caso de don Eleazar ha pasado ni más ni
+menos lo que sucede en una casa mala de juego cuando se apagan las
+luces: cada jugador defiende con el puño lo que puede, y le aseguro que
+su patrón sabrá defender lo suyo. No se alarme: no perderá el puesto.</p>
+
+<p>&mdash;No me alarmo, don Benito, por tan poca cosa&mdash;le repuse riéndome a
+carcajadas.&mdash;¡Soy yo quien resuelvo no volver al escritorio de don<a name="page_137" id="page_137"></a>
+Eleazar! No me cuadran ni el hombre ni el empleo.</p>
+
+<p>&mdash;Hace usted bien, amigo: eso lo honra.</p>
+
+<p>&mdash;No, don Benito; ni me honra ni me deshonra; no hago una quijotada, ni
+tendría derecho para hacerla. Don Eleazar se ha portado bien conmigo; me
+ha pagado religiosamente mis sueldos y ha tenido el buen gusto de no
+imponerme de sus negocios.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué va usted a hacer?</p>
+
+<p>&mdash;No lo sé, pero mañana lo sabré. Desde luego disponga usted de mi
+cuarto: ¡tenemos que separarnos!</p>
+
+<p>&mdash;¿Separarnos? ¡Jamás!&mdash;me contestó el buen viejo irguiendo su noble
+cabeza y acompañando sus palabras con un gesto enérgico que denotaba el
+profundo sentimiento que le había ocasionado mi
+resolución.&mdash;¿Separarnos? ¡Nunca!&mdash;me repitió:&mdash;mire, Julio... Mira,
+hijo mío&mdash;agregó,&mdash;déjame que te tutee, mis canas me dan derecho para
+ello, ¿es cierto?</p>
+
+<p>Y como yo le hiciera un signo afirmativo, prosiguió conmovido:</p>
+
+<p>&mdash;Yo he respetado hasta hoy la resolución de tu tío, pero debo
+confesarte que he sufrido al verte en casa de don Eleazar. Ese empleo no
+te corresponde, y lo que no me explico es cómo Ramón te ha colocado
+allí...<a name="page_138" id="page_138"></a></p>
+
+<p>&mdash;Mi tía, usted sabe...</p>
+
+<p>&mdash;Sí, que lo gobierna como a un trompo; pero esa no es una razón para
+que te descuide. Mira&mdash;me dijo,&mdash;desde hoy yo me encargo de ti. ¡Qué
+diablos! Soy viejo, pero tengo el alma joven todavía: seré tu padre y tu
+hermano al mismo tiempo. Tengo mala fama en el mundo: las mujeres como
+misia Medea me aborrecen, porque no creo en deidades políticas; y los
+hombres como don Eleazar tampoco me pueden pasar, porque no sé hacer
+negocios de los que ellos hacen. Viviremos juntos; de cuando en cuando
+oirás en mi cuarto alguna voz de mujer... ¡qué quieres!... Soy hombre...
+súfreme estos extravíos. Las mujeres me enloquecen, por eso he tenido el
+tino de no volverme loco por una sola: me he enloquecido por todas y no
+me he casado con ninguna; espero no caer en la tentación de hacerlo en
+los años que tengo. Soy risueño, despreocupado y franco: vivo sin
+misterios y tomo la vida tal como es. Allá en mis mocedades he leído
+mucho; pero una sola lectura me ha aprovechado de todas las que he
+hecho: ahí está junto a la cabecera de la cama: <i>Rabelais</i>.</p>
+
+<p>Cuando tengas mi edad y hayas corrido el mundo, verás que tenía razón:
+es el único libro que ayuda a bien morir, por eso lo abominan los
+jesuitas. No tengo hijos, o más bien dicho,<a name="page_139" id="page_139"></a> no sé si los tengo, porque,
+si lo supiera a ciencia cierta, no los negaría como padre; pero en la
+duda, tú bien sabes que es mejor abstenerse, porque esto de tomar como
+propias las obras de otros, es un poco grave. Y yo huyo del ridículo
+sobre todo. No tengo ningún amigo de mi edad: mis amigos son los jóvenes
+de la tuya, vivo con ellos, enamoro con ellos y escandalizo también con
+ellos este salón porteño en que hay muchas mujeres lindas y tanto tonto
+que se las lleva.</p>
+
+<p>Y, al terminar, don Benito me estrechó fuertemente en sus brazos y
+contra su pecho, y yo no pude contener las lágrimas que me saltaron a
+los ojos.</p>
+
+<p>Al día siguiente me presenté en lo de don Eleazar, de mañana. El patio
+estaba lleno de gente que cuchicheaba y accionaba con animación: las
+puertas del escritorio cerradas. Me acerqué y golpeé los cristales: al
+abrirme don Anselmo, que me reconoció, dos o tres de las personas del
+patio se arrojaron sobre la puerta del escritorio con la pretensión de
+entrar.</p>
+
+<p>&mdash;Perdonen ustedes, no pueden ustedes entrar...&mdash;les dijo don Anselmo, y
+les dio casi con la puerta en las narices.</p>
+
+<p>Y pude ver que uno de ellos levantaba el puño de la mano en actitud
+amenazante.<a name="page_140" id="page_140"></a></p>
+
+<p>En dos palabras di cuenta a don Anselmo de mi resolución de abandonar la
+casa.</p>
+
+<p>&mdash;Vaya, vaya, ¿a usted también lo ha picado la tarántula?</p>
+
+<p>&mdash;A mí no me ha picado ninguna tarántula; ni quiero, ni tengo nada que
+ver con los que protesten afuera ni contra los que se encierran adentro,
+vengo a agradecer a don Eleazar el honor que me ha hecho y a comunicarle
+mi resolución. ¿Me quiere usted anunciar?</p>
+
+<p>&mdash;No se si podrá recibirlo a usted...&mdash;me dijo don Anselmo moviendo la
+cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;Vea usted si puede... quiero cumplir lo que yo considero un deber.</p>
+
+<p>Don Anselmo pasó a la habitación contigua, que era la de don Eleazar, y
+después de un rato regresó.</p>
+
+<p>&mdash;Dice don Eleazar que puede pasar&mdash;me dijo.</p>
+
+<p>Yo entré resueltamente. No olvidaré nunca el cuadro que se presentó a mi
+vista. Casi en el medio de la habitación, junto a un escritorio
+elevadísimo, donde don Anselmo acostumbraba a escribir bajo el dictado
+de don Eleazar, sentado sobre un esqueleto de silla, estaba éste,
+desayunándose, delante de una mesita muy poco más grande que el plato en
+que comía. Un sirviente gallego le servía sin pausas, plato tras plato,<a name="page_141" id="page_141"></a>
+y don Eleazar comía con la gravedad de un oso que devora su ración. En
+un rincón de la pieza, de pie, tres hombres presenciaban esta colación
+matutina en completo silencio.</p>
+
+<p>&mdash;Entre usted, señor don Julio, ¿también nos abandona usted en los días
+de prueba?...</p>
+
+<p>Yo expliqué las causas de mi renuncia, procurando convencerlo de que
+ella era completamente extraña al reciente desastre comercial; pero don
+Eleazar, conmovido, a pesar del apetito con que devoraba sus viandas, se
+daba maña para lamentarse con palabras que partían el corazón.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, joven, puesto que usted lo ha resuelto, separémonos; pero usted
+me hará justicia algún día... ¡Vea usted la situación a que me veo
+reducido! ¡Todo lo he perdido! Desde hoy vivo de la caridad de mis
+parientes; sí, señor, de la caridad de la familia... Aquí me tiene usted
+preso; ¡yo preso en este país que he colmado de beneficios! ¡No ve
+usted, señor, que hasta la autoridad se complota en mi contra! ¡Vea
+usted, señor, todos esos hombres que se acercan a los vidrios y que me
+amenazan, me son completamente desconocidos! ¡Yo nunca he tenido trato
+con ellos! ¡No los conozco! ¡Y me persiguen, señor, me persiguen a
+muerte! ¡Vean ustedes a lo que estoy reducido! ¡A no poder comer estos
+bocados en mi casa, porque son hasta capaces<a name="page_142" id="page_142"></a> de envenenarme! ¡Y si no
+fuera por mi fiel Juan (exclamaba mirando expresivamente al gallego que
+le servía el almuerzo), si no fuera por él, quién sabe lo que habría
+sido de mí!</p>
+
+<p>Pero yo te recompensaré algún día... tú sabes que todo lo he perdido,
+que no tengo nada, que me es imposible por consiguiente satisfacer mis
+compromisos! ¡Dilo, Juan, a todos; es posible que a ti te crean!...
+¡Dígalo usted, joven, asegúrelo, usted sabe mis negocios, todos son
+claros, tan públicos, tan legítimos!... ¡Ustedes lo saben, señores... yo
+he sido víctima de gente (agregaba encarándose con don Anselmo que le
+contestaba con un signo afirmativo) sin ley ni principios!... ¡Usted lo
+sabe, don Anselmo, usted sabe todos mis negocios, conoce mi casa!... ¡No
+me es posible cumplir, y no lo siento tanto por mí, sino por tanta
+persona excelente a quien tendré que perjudicar, contra todos mis
+sentimientos!... ¡Vean ustedes, vean ustedes cómo amenazan esos hombres!
+¡Se creería que yo me he quedado con algo de ellos!... ¡Gracias, Juan,
+gracias, hijo mío, sírveme el té, no tengo apetito!... ¡pruébalo tú
+primero, mira si tiene mal gusto!... ¡Ah, señores, yo tengo la
+conciencia tranquila!...</p>
+
+<p>Y mientras don Eleazar se lamentaba, todos lo oíamos en silencio, como
+consternados por<a name="page_143" id="page_143"></a> la horrible desgracia de ese hombre providencial que
+engullía como un tiburón, en medio de la catástrofe de su fortuna. Fueme
+necesario cortar de un golpe aquella eterna elegía y despedirme para
+siempre de ese antro en que había estado ocho meses.</p>
+
+<p>¡Lo que es el mundo de malo! Al salir, los acreedores del patio, que
+echaban espuma por la boca, decían que don Eleazar había realizado
+quinientos mil duros de ganancia y que ellos se quedaban en la calle.
+¿Quién podía creerlo?<a name="page_144" id="page_144"></a></p>
+
+<h3><a name="XI" id="XI"></a>XI</h3>
+
+<p>Rigurosamente encorbatado de blanco, con un frac de Poole y un par de
+<i>pumps</i> de Thomas, don Benito penetraba una noche en mi cuarto, elegante
+y joven como un muchacho de veinticinco años.</p>
+
+<p>Yo me vestía lentamente; aquella noche hacía mi estreno en el club. ¡El
+club!... No es necesario decir que es el Club del Progreso de que hablo,
+y que el baile en perspectiva es un baile de julio: la gran <i>attraction</i>
+de la <i>season</i> porteña.</p>
+
+<p>&mdash;¿Todavía en ese estado?...&mdash;me dijo al verme complicado en los
+preparativos de la camisa;&mdash;¡es la una casi!...</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! ¿qué cree usted? Es cosa seria preparar una camisa... recuerde
+usted que me estreno.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ca! un hombre elegante no se fabrica; nace.<a name="page_145" id="page_145"></a>.. Mírame&mdash;me
+dijo&mdash;cuadrándose en el medio del cuarto.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, tenga paciencia, yo no soy usted... yo no soy elegante...</p>
+
+<p>&mdash;Sí, pero te cuadra Blanquita, ¿no?... Y no supongo que te prenderás
+como un tendero para enamorarla, mira que es mujer tan suelta y ligera
+como la madre... y quiero que la conozcas.</p>
+
+<p>&mdash;No embrome con Blanquita, ya sabe que Blanca no me cuadra y que yo
+tengo una novia en...</p>
+
+<p>&mdash;Está bien, cásate con aquélla, pero enamora a ésta... no seas tonto...</p>
+
+<p>&mdash;¿Y si no me hace caso?</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué no! La madre te adora y la madre es la protectora de esa
+criatura.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! Fernanda me conoce desde muchacho: tenía veinticuatro años cuando
+yo tenía diez o doce, pero la hija...</p>
+
+<p>&mdash;La hija es igual a la madre; ambas son mujeres de coraje y de avería,
+lindas como unas tórtolas y peligrosas como dos lobas.</p>
+
+<p>&mdash;Esta noche estarán radiantes, serán las reinas del baile, el señor
+Montifiori hará brillar su legación vacante.</p>
+
+<p>&mdash;¡Montifiori!... ¿Qué clase de hombre es Montifiori?...<a name="page_146" id="page_146"></a></p>
+
+<p>&mdash;Te lo diré después... vamos, átate la corbata pronto.</p>
+
+<p>&mdash;¿Va bien así? Muy grande el moño, ¿no?...</p>
+
+<p>&mdash;No; está bien, las mujeres no se fijan en eso; el pescuezo de los
+hombres les es indiferente. Bueno, ponte el frac; ¡excelente! Estás
+hecho un lord. ¡Si yo tuviera tu cuerpo y tus años y tú mi
+experiencia!...</p>
+
+<p>&mdash;¡Siempre el viejo proverbio, don Benito!... ¡Ah! no hay nada completo
+en el mundo.</p>
+
+<p>Di una vuelta por mi cuarto, tomé mis guantes, puse el gas a media luz y
+salimos yo y mi viejo compañero. Hacía un frío de todos los diablos,
+pero el cupé de don Benito estaba a la puerta; nos encerramos en él y
+empezamos a deslizarnos sobre los rieles del tranvía a todo trote. En
+cinco minutos estábamos en la cuadra del Club del Progreso: tuvimos que
+esperar algunos minutos más para que le llegara a nuestro carruaje el
+turno de acercarse, y por fin bajamos en la puerta entre un grupo de
+hombres y mujeres que subían apresuradamente la escalera muellemente
+tapizada y adornada con flores y guirnaldas verdes.</p>
+
+<p>¿Quién no conoce el Club en una noche de baile? La entrada no es por
+cierto la entrada del palacio del Elíseo y la escalera no es una
+maravilla de arquitectura.<a name="page_147" id="page_147"></a></p>
+
+<p>Sin embargo, para el viejo porteño que no ha salido nunca de Buenos
+Aires, o para el joven provinciano que recién llega de su provincia, el
+Club es, o era en otro tiempo, algo como una mansión soñada cuya crónica
+está llena de prestigiosos romances y en el cual no es dado penetrar a
+todos los mortales.</p>
+
+<p>Don Benito conocía la casa desde su fundación y gozaba en ella de una
+influencia única. Al entrar, jóvenes y viejos lo saludaron con cariño
+como un antiguo amigo.</p>
+
+<p>El buen viejo, poniéndome el brazo izquierdo sobre la espalda, me
+condujo al quiosco de cristales donde nos sacamos los paletós y nos
+consultamos un momento la figura sobre los espejos.</p>
+
+<p>En aquel momento la orquesta tocaba la última parte de las cuadrillas de
+<i>Carmen</i>...</p>
+
+<p class="c">Toreador, toreador en garde...</p>
+
+<p class="nind">y la música de Bizet, saturada, por decirlo así, en la sangre misma de
+Merimée, distribuía al cuerpo de las mujeres que formaban los cuadros,
+los tonos calientes con que el joven maestro ha rimado ese extraño poema
+de amores plebeyos y bajas venganzas.</p>
+
+<p>El salón, híbrido, y en el cual el gusto refinado<a name="page_148" id="page_148"></a> de un <i>clubman</i> de
+raza tendría mucho que rayar, desaparecería ante la masa compacta de
+hombres y mujeres que lo llenaban.</p>
+
+<p>Mi viejo amigo me dio el brazo y entramos juntos a ocupar nuestro lugar
+en aquel <i>bouquet</i> porteño que julio forma todos los años con la
+exactitud con que se celebra un aniversario.</p>
+
+<p>Es en un baile del Club del Progreso donde pueden estudiarse por etapas
+treinta años de la vida social de Buenos Aires: allí han hecho sus
+primeras armas los que hoy son abuelos. La dorada juventud del año 52
+fundó ese centro del buen tono, esencialmente <i>criollo</i>, que no ha
+tenido nunca ni la distinción aristocrática de un club inglés ni el
+<i>chic</i> de uno de los clubs de París. Sin embargo, ser del Club del
+Progreso, aun allá por el año 70, era <i>chic</i>, como era <i>cursi</i> ser del
+Club del Plata, con perdón previo de sus socios.</p>
+
+<p>La entrada era cosa ardua: no entraba cualquiera: era necesario ser
+crema batida de la mejor burguesía social y política para hollar las
+mullidas alfombras del gran salón o sentarse a jugar un partido de
+<i>whist</i> en el clásico salón de los retratos que ocupa el frente de la
+calle Victoria.</p>
+
+<p>En esta última sala, larga y fría como un zaguán, que ha sido empapelada
+cien veces por lo menos de verde o celeste claro y que ha consumido<a name="page_149" id="page_149"></a>
+cincuenta distintas partidas de tripe de lo de Iturriaga, ha nacido una
+generación de la cual van quedando muy escasos representantes. Allí ha
+mordido la maledicencia urbana a los jugadores trasnochadores, a los
+maridos calaveras, a la juventud disoluta y disipada, y cada mordisco de
+mamá indignada ha hecho los estragos de la viruela en el retrato moral
+de las víctimas. La maledicencia de la gran aldea es como la calumnia
+del <i>Barbero de Sevilla</i>: del <i>venticello</i> pasa al huracán y ¡ay de
+aquel que se encuentre envuelto en la ráfaga!</p>
+
+<p>El Club del Progreso ha sido la pepinera de muchos hombres públicos que
+han estudiado en sus salones el derecho constitucional; literatura fácil
+que se aprende sin libros, trasnochando sobre una mesa de ajedrez; ¡y a
+mí, no sé por qué, se me ocurre que algunos de los retratos de los
+hombres de Mayo que presencian aquel grupo de pensadores, hacen una
+mueca cada vez que un pollo acompaña un discurso sobre la libertad del
+sufragio con un golpe que asienta sobre el damero una reina jaqueada por
+la chusma de los peones sobrevivientes!</p>
+
+<p>¡Falta allí el retrato del padre Castañeda! ¡Y sobre todo, falta el
+espíritu! ¡También veinte, treinta años, de hacer lo mismo!</p>
+
+<p>Hasta hace muy poco, la biblioteca no era<a name="page_150" id="page_150"></a> muy copiosa que digamos.
+Mucha <i>Memoria</i>, mucho <i>Registro Oficial</i>, pero a condición de no
+encontrarse nunca cuando se pedían; y en la mesa de lectura, todos los
+diarios porteños, vacíos y estériles como sábanas de monja, luciendo el
+artículo editorial al frente, extenso riel de plomo en que, para valerme
+de una figura bíblica, se fatigan los caballos de la imaginación. En la
+mesa de lectura el <i>Illustrated London New</i> y la <i>Revue</i> (casi sería
+inútil agregar <i>des Deux Mondes</i>, si no habláramos en el club); la
+<i>Revue</i> en que M. de Mazade produce el artículo burgués que en un tiempo
+firmaron Forcade y Lanfrey y algunos diarios franceses que casi siempre
+sirven de adorno, como esos ramos secos que se pudren en las salas por
+olvido de los sirvientes. A pesar de esto, cualquiera creería que allí
+se lee... ¡nada de eso! Allí se conversa: en el grupo de muchachos
+alegres y espirituales, que entra a las 12 de la noche repitiendo la
+última nota de Tamagno, no falta un ejemplar de denso burgués
+pantagruélico, gastrónomo noctámbulo, engordado y enriquecido por el
+vientre libre de sus vacas, que se hace servir allí mismo un chorizo por
+noche, mientras que, con el profundo desdén del bruto feliz, descuidado
+el traje, pelado a la <i>mal-content</i>, mira todo lo que le rodea con
+satisfecha apatía, llevando la mano al<a name="page_151" id="page_151"></a> renegrido cabello y dragándose
+la caspa de aquella mollera inerte con la uña afilada del índice.</p>
+
+<p>No falta tampoco el idiota de la aldea, magín descompuesto, candidato de
+pillos, víctima de las bromas aldeanas, enloquecido con ideas sobre
+filantropía, abriendo la boca de admiración y pestañeando con un ojo que
+sufre de perlesía intermitente, mientras la pupila del otro se le sale
+como el carozo de un durazno prisco.</p>
+
+<p>Ni el Tenorio de suburbio que no se modifica; que se viste hoy como
+ayer, con abalorios de altar mayor y prendas de precio fijo; sano,
+insulso, inofensivo, olvidado por los buenos y mortificado por los que
+todavía creen que es de buen tono zaherir o burlarse de los inocentes.</p>
+
+<p>Y entre esta sociedad híbrida e incolora como la Memoria de un ministro,
+mi amigo don Benito, cuya acrisolada y noble honradez se confunde por el
+positivismo contemporáneo con el sueño de un iluso, solía de repente
+estallar con noble sarcasmo, sintiendo probablemente cuán estériles han
+sido las desgracias del pasado y cuán injustamente ha repartido el
+destino sus favores en el presente.</p>
+
+<p>Pero el club es el club, y aquella noche, los violines, riendo bajo la
+cuerda de los arcos, transmitían<a name="page_152" id="page_152"></a> la alegría y el entusiasmo singular de
+la música a todos los semblantes.</p>
+
+<p>De pie, delante de la puerta que da paso a la gran escalera del comedor,
+yo seguía el vuelo espiralado de las parejas impelidas por el soplo
+caliente de un vals de Metra. No sé por qué, esos valses fascinadores,
+de cumplidas y ondulantes frases, que parecen dibujadas en el éter por
+la batuta mágica del maestro, me produjeron una profunda melancolía,
+trayéndome al recuerdo unos versos en que Hugo contempla, a través de
+los cristales empañados por el frío de la noche, el cuerpo de su amada
+enlazado por el brazo de un rival feliz.</p>
+
+<p>¡Pero qué variado espectáculo!</p>
+
+<p>¡Cuánta mujer ideal y atrayente bajo la trama cariñosa de esas telas
+modernas, cómplices de la carne y del contorno que este siglo
+materialista teje con las alas de pájaro o pétalos de flores exóticas!
+¡Cuánto ser grotesco de fealdad repugnante, de doloroso raquitismo,
+brincando sin gracia, marcando la nota chillona del ridículo!</p>
+
+<p>¡Cuánto contraste!</p>
+
+<p>¡Cuánta cara foránea, ahorcada por cuellos anticuados, encorbatada de
+raso tórtola, bizantinamente enfracada, con pantalón en forma de caño y
+botines de brasileño guarango!<a name="page_153" id="page_153"></a></p>
+
+<p>¡Cuánto gallo viejo sin púas, forcejeando contra el tiempo en vano, con
+las armas débiles de los untos! ¡Cuánto ser insípido, abriendo la boca
+satisfecha y marchitando con su trato insoportable a tanta mujer linda y
+atolondrada que busca su ideal sin encontrarlo!</p>
+
+<p>¡Cuánta mamá achatada por la gente que pasa, sirviendo de mojón en los
+sofás de lampás crema!</p>
+
+<p>¡Cuánto marido tolerante que entrega su mujer a la garra de los halcones
+y que se sitúa en el buffet con el sentido práctico de un convencido!</p>
+
+<p>¡Cuánto viejo fatuo, teñido de pies a cabeza, prendido como un paje, que
+apesta a menta desde lejos y que instala sus pretensiones intolerables
+ante cualquier mujer bonita, para que el mundo le cuaje el sabroso
+renombre de afortunado! ¡Cuánto muchacho alegre y filósofo, pollos de la
+aldea, que conocen la aldea y que toman la partida con el buen humor de
+los descreídos!</p>
+
+<p>El baile estaba en su apogeo, cuando sentí en torno un murmullo. Dos
+mujeres del gran mundo entraban en el salón y las parejas se abrían para
+darles paso. Don Benito acompañaba a una de ellas, y la otra, contra la
+más estricta regla de nuestros salones, caminaba sola al lado. Don<a name="page_154" id="page_154"></a>
+Benito vino derecho adonde yo conversaba con un grupo de amigos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Julio!&mdash;me dijo con la más perfecta y aristocrática
+urbanidad:&mdash;¡Fernanda!&mdash;Y dándose vuelta y señalando a la más joven,
+repitió, como toda presentación:&mdash;¡Blanca!</p>
+
+<p>Me incliné reverenciosamente y al levantar los ojos, vi la imagen doble
+de mi compañera de teatro ¡dieciocho años ha!...</p>
+
+<p>&mdash;Me parece que nosotros somos viejos amigos&mdash;me dijo Fernanda.&mdash;Y como
+queriéndome dar confianza, agregó:&mdash;¡Pero usted es un hombre!</p>
+
+<p>&mdash;¡Señora... señorita!....</p>
+
+<p>Y a una finísima mirada de don Benito, imperceptible casi, yo extendí mi
+brazo y Blanca se colgó de él con franco y dulce abandono.</p>
+
+<p>No podía darse un retrato más semejante a Fernanda. Para mí, Blanca era
+una verdadera resurrección del pasado; la misma aparente frialdad de la
+madre, la misma palidez casi mate; los grandes y sombreados ojos de
+Fernanda, y un busto, que dejaba ver un escote en el que los nervios
+preponderaban sobre la carne. Por último, un brazo que podía ser un
+tanto largo, pero que, bajo fino y suelto guante de piel de Suecia,
+tenía yo no sé qué encanto voluptuoso, mil veces más ático y más puro
+que el que revela un pie bien<a name="page_155" id="page_155"></a> calzado cubierto por una media de seda
+obscura.</p>
+
+<p>El vestido de Blanca era una antítesis con su serena palidez: una
+pollera corta de tul de seda color fuego, estrecha, determinaba como un
+calco las líneas misteriosas del cuerpo, dejando ver bajo el ruedo un
+zapato de raso del mismo color, sumamente escotado, en el que aparecía
+el más bello y atractivo pie de mujer.</p>
+
+<p>Una bata de terciopelo fuego encerraba apenas el misterio de su pecho,
+dejando adivinar las líneas audaces de sus senos altos y erguidos como
+los de la Venus de Milo. En la cabeza dos peinetas de oro de una
+sencillez irreprochable sostenían su cabello rubio mate, y fuera de las
+numerosas cadenas de pulseras que rodeaban sus brazos, ni una sola
+alhaja, ni una sola flor, ni un solo adorno, lucían en aquella mujer.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué espléndido vals!&mdash;me dijo,&mdash;bailemos, yo no resisto...</p>
+
+<p>La enlacé estrechamente y la imaginación debió traerme, como una brisa
+en aquel momento, el suave perfume de Fernanda. Blanca reclinó su
+mejilla sobre mi hombro, el muelle contacto de sus senos estremeció mi
+pecho, tomele la mano con fuerza y rodeando su talle flexible y
+admirable, la danza lasciva nos arrebató en su torbellino. Blanca
+bailaba como una inglesa de<a name="page_156" id="page_156"></a> la vieja estirpe; sin reservas, pero
+también sin el grosero materialismo de una mundana; de vez en cuando,
+los vaivenes ondulantes del vals en que los cuerpos se deslizan con la
+música, nos unían involuntariamente, y yo sentía ese estremecimiento
+inexplicable que produce la lucha de la timidez con la audacia, cuando
+el cuerpo de una mujer joven y linda toca y calcina esta miserable
+arcilla humana de que están hechos todos los seres desde Satanás hasta
+San Antonio.</p>
+
+<p>El vals tocaba a su término; mi compañera se me había entregado
+completamente. En el mareo embriagador de sus últimos giros, columbré el
+rostro de don Benito, que del brazo de Fernanda nos miraba con una
+sonrisa mefistofélica, en el momento en que el eco de los violines se
+apagaba, y Blanca caía fatigada voluptuosamente sobre un sofá que la
+sostuvo y balanceó un instante en sus muelles y flexibles elásticos.</p>
+
+<p>&mdash;Pero usted valsa como nadie... Yo no podría valsar con otro después de
+haber valsado con usted.</p>
+
+<p>&mdash;Y bien, señorita, la cuenta es muy sencilla, bailemos todos los
+valses...</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! ¿Y los compromisos?...&mdash;me dijo con cierta petulancia altiva.<a name="page_157" id="page_157"></a></p>
+
+<p>&mdash;Es muy sencillo: los viola usted&mdash;le repliqué con igual tono.</p>
+
+<p>&mdash;¡Me cuadra! Está hecho el trato.</p>
+
+<p>En ese instante nos detenía un joven grueso, de lentes, rosado, rubio y
+lindo como un retrato al pastel, con un ambiente de insignificancia que
+se aspiraba de lejos.</p>
+
+<p>&mdash;Muy buenas noches, señorita. ¿Quiere usted darme el próximo vals?</p>
+
+<p>&mdash;No me es posible, doctor Bello, estoy comprometida&mdash;contestole Blanca
+con indiferencia.</p>
+
+<p>&mdash;¿La cuadrilla?...</p>
+
+<p>&mdash;Me fatiga bailar cuadrillas&mdash;replicole en el mismo tono.</p>
+
+<p>&mdash;¿Entonces, los lanceros?...</p>
+
+<p>&mdash;Menos, doctor...</p>
+
+<p>&mdash;¿Entonces que quiere usted darme?&mdash;preguntó aquel desgraciado e
+incómodo pretendiente.</p>
+
+<p>&mdash;Nada&mdash;se apresuró a contestar don Benito que en ese mismo instante
+llegaba a nuestro grupo.</p>
+
+<p>El joven doctor tragó saliva lastimosamente, pero Blanca, reaccionando
+con generosidad en su favor, le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Pasearemos esta mazurka, y señaló la pieza perdida en el epílogo del
+programa que comenzaba.<a name="page_158" id="page_158"></a></p>
+
+<p>Seguimos con Blanca; paseamos la pausa y atravesamos el gran salón, en
+dirección al salón punzó de la calle Victoria. Al entrar en él, un grupo
+de hombres, entre los que estaba mi tío Ramón, saludó a mi compañera con
+lisonjas y elogios. Blanca se detuvo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! papá ¿qué haces?...&mdash;y dirigiéndose a los demás, les estrechó
+francamente la mano, mientras yo hacía una reverencia.</p>
+
+<p>Era en efecto el doctor Montifiori, el marido de Fernanda; un
+ex-diplomático de un país híbrido como la Herzegovina o el Montenegro:
+no importa. Mientras nos detuvimos, yo lo observaba.</p>
+
+<p>El doctor Montifiori era un personaje de edad reservada, pero con aire
+de <i>garçon</i>. Sabía llevar con cierta elegancia negligente la ropa que
+vestía y se conocía que el gusano había vivido siempre dentro de seda.
+Corríase que al casarse con Fernanda, veinte años atrás, el doctor
+Montifiori había enajenado su interesante personalidad en cambio de la
+belleza de su esposa y ocupado una legación en no sé dónde.</p>
+
+<p>Corríase también que aquel <i>lion</i>, a pesar de su edad, había sido el
+<i>enfant gaté</i> y el <i>bon papá</i> de esas famosas golondrinas que vuelan en
+invierno a mediodía en sus carretelas por el <i>Bois</i>, custodiadas por un
+lacayo impertinente y acompañadas<a name="page_159" id="page_159"></a> por perros microscópicos de esas
+razas artificiales con que el sibaritismo parisiense falsifica las
+nobles obras del Creador.</p>
+
+<p>El doctor Montifiori se movía por el salón como una góndola con proa de
+ánade: tenía un abdomen formado sin duda por las golosinas de los
+banquetes de embajada, a los que concurría invariablemente a pesar de su
+retiro. Sus rubicundos cabellos y sus patillas inglesas, incluso su
+bigote recortado como el de los banqueros de Lombard Street, debían el
+brillo de su lustro a las caricias de un pan de cosmético en constante
+ejercicio sobre la mesa de <i>toilette</i>. No hay duda, el doctor Montifiori
+vivía teñido desde los pies hasta la cabeza. Como todos los viejos
+<i>dandys</i>, después de tragar sus píldoras de salud, entregaba su figura a
+los afeites milagrosos de Guerlain, y como si se sumergiera en la fuente
+de Juvencio, se bañaba con precauciones en agua tibia y perfumada,
+dormía como los donceles de César en lecho de plumas y su medio siglo
+largo, necesitaba después de sus encantadas <i>soirées</i>, que el edredón de
+los sibaritas cubriera y protegiera sus miembros fatigados como los de
+Júpiter, después de sus transformaciones.</p>
+
+<p>Montifiori era un epicúreo, y por eso, el salón de Fernanda era
+renombrado por el gusto y por el eximio buen tono que perfumaba todos
+sus<a name="page_160" id="page_160"></a> detalles. Acostumbrado a sentarse diariamente en una mesa
+verdaderamente ática como manifestación culinaria, Montifiori pasaba con
+razón por un <i>gourmet</i> de estirpe, por un paladar maestro para catar una
+becasa <i>au madère</i>, servida sobre un plato de Saxe.&mdash;Y así, aquel gran
+vividor, acostumbrado a mirar los zafiros y rubíes de sus anillos de oro
+mate al través del diáfano cristal, lleno con los topacios líquidos del
+Sauterne, y a saborear la nube perfumada del tabaco de Cuba, debía
+sufrir mucho, cuando mi tía Medea, a quien frecuentaba, lo sentaba a su
+mesa a comer aquellos platos dignos sólo de su robusta pepsina de
+<i>ñandú</i>.</p>
+
+<p>Montifiori, como todo hombre del gran mundo, con marcada tendencia al
+europeísmo, hablaba con bastante afectación el francés y murmuraba el
+inglés con una increíble adivinación del acento peculiar de este idioma.
+Estaba en todos los golpes de <i>petits mots</i>, sabía sacar partido de esas
+deducciones híbridas de las palabras, que los parisienses consiguen
+hacer con los dientes superiores y la nariz, indicando apenas las
+expresiones hasta casi llegar a formar una charla de monosílabos breves,
+rápidos, fugaces y casi eléctricos, que hacen la desesperación de todos
+los que han aprendido el francés por el Ollendorf.<a name="page_161" id="page_161"></a></p>
+
+<p>Al lado de Montifiori contemplaban el baile dos caballeros más, el viejo
+Ministro de Estado doctor don Bonifacio de las Vueltas, político ducho,
+orador brillantísimo y eficaz, gran brujuleador de cámara y antecámara,
+fina inteligencia, blanca erudición, débil y bondadoso, embrollón como
+una modista de alto tono, pero de una intachable honradez privada. Se
+balanceaba a su lado con movimientos de odalisca otro personaje
+diminuto, que a una fisonomía árabe despejada, de ojo poético y
+penetrante, reunía ciertas antítesis morales y físicas que revelan un
+prisma de nuestra raza sudamericana. Su palabra elocuente, un tanto
+enfática y voluptuosa, se apretaba, al salir, entre los dientes y los
+labios, al mismo tiempo que llevaba ambas manos al vientre y se
+contoneaba delante de las señoras como un palomo que corteja a la paloma
+dando vueltas en el borde del mechinal. Era sin duda aquél uno de los
+finos artistas de la palabra y de la frase, según se decía; había caído
+de las más altas posiciones, y mi tía lo abominaba como todo el partido
+de la gran política que no le conocía sino por el apodo que se le daba y
+que no es del caso mencionar.</p>
+
+<p>&mdash;Señorita Blanca, presento a usted mis más sumisas manifestaciones de
+respeto y admiración<a name="page_162" id="page_162"></a>&mdash;dijo el doctor de las Vueltas, entreabriendo su
+boca como un pimpollo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, doctor! tantas gracias&mdash;contestó Blanca.</p>
+
+<p>&mdash;Es usted la reina del baile. Lleva usted mis parabienes,
+Blanca...¡aaah!...¡está usted espléndida... aaah!&mdash;decíale el compañero
+de don Bonifacio, arrullando alrededor de Blanca.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! déjeme, doctor, que lo felicite por su folletín de <i>El Nacional</i>;
+¡qué linda, qué linda página!</p>
+
+<p>&mdash;¿La ha leído usted? ¡Linda era en efecto!... ¡qué lástima que mis
+ex-ministros no sean capaces de juzgarla; son todos unos civilistas...
+aaah!&mdash;dijo el doctor, mirando al señor de las Vueltas con marcada
+intención.</p>
+
+<p>Montifiori a su turno conversaba con el doctor de las Vueltas a
+propósito de un caballero de las provincias que había pasado atufado y
+sin saludar al grupo.</p>
+
+<p>&mdash;Pero algo debe tener con usted, querido Montifiori, porque conmigo
+cultiva la más cordial amistad.</p>
+
+<p>&mdash;En efecto&mdash;decía un gallo viejo de <i>monocle</i> que formaba parte del
+grupo,&mdash;<i>Il a l'air bien farouche</i>.</p>
+
+<p>&mdash;Ja, ja, mis buenos amigos; es el doctor Escañote, de Corrientes, un
+incorruptible, me detesta,<a name="page_163" id="page_163"></a> ¿y saben ustedes por qué? Una noche en París
+este señor, que se había instalado con toda su prole en un mal hotel de
+cuarto orden, hacía la cola en la boletería de <i>Variétés</i> donde se daba
+la <i>Femme à papá</i>, una mononería de cosas <i>cochonas</i> en que Judie hace
+caer la baba. El buen señor, sin conocer las reglas de la cola,
+pretendió saltar su turno y pasar para romper la muchedumbre el muy
+<i>sot</i>; ¡claro! se armó un alboroto. Ese pobre señor tenía la desgracia
+de no hablar una palabra en francés, e interpelado por los <i>agents de
+ville</i>, contestaba con el acento peculiar de su provincia:</p>
+
+<p>«¡No me lleven así!... ¡soy forastero, correntino, de la República
+Argentina!...» y qué sé yo qué otras cosas.</p>
+
+<p>De repente, <i>malheur</i> me divisa, me conoce entre la ola de la
+muchedumbre y me grita:&mdash;«¡Señor Montifiori, paisano, compatriota, venga
+a salvarme, me quieren llevar a la comisaría!» Figúrese usted, doctor,
+yo iba en aquel momento nada menos que del brazo de ese espléndido
+<i>Prince de Trois Lunes, un homme charmant, comme cicerone</i>! Salíamos de
+Bignon, era imposible codearme con aquel <i>rastaquère</i> guaraní! El
+Príncipe notó sin embargo mis señas y me decía:&mdash;<i>Comment! c'est un de
+vos compatriotes qui vous appelle, n'est-ce pas</i>?&mdash;¿Qué podía yo<a name="page_164" id="page_164"></a>
+contestarle?...&mdash;<i>Bah! non pas, mon cher prince, c'est un parvenu, je ne
+le connais pas.</i></p>
+
+<p>&mdash;¿Y cómo concluyó el incidente?&mdash;preguntó el señor del <i>monocle</i>.</p>
+
+<p>&mdash;Pero muy sencillamente: cenando nosotros en el <i>Café Anglais</i> y mi
+correntino durmiendo en la comisaría.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ja! ¡ja!&mdash;y todos a una reían de la espiritual aventura de
+Montifiori.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué es de tu mamá, Blanca? no la veo&mdash;le preguntó a su hija.</p>
+
+<p>&mdash;Ahí anda, con don Benito...&mdash;contestole su hija haciendo un gracioso
+movimiento de cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;¡Joven y linda como la hija! <i>Mater pullchra, filia
+pullchrior!</i>&mdash;exclamó el doctor, esbozando en su rostro moreno una
+sonrisa afectada y contoneándose siempre con las manos sobre el vientre.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, jóvenes&mdash;díjoles Blanca,&mdash;yo tengo sed, quiero tomar un helado;
+señor don Ramón,&mdash;agregó dirigiéndose a mi tío,&mdash;lléveme usted a tomar
+un helado. ¿Me permite usted, que lo abandone por su tío?</p>
+
+<p>&mdash;Con tal que el próximo vals sea mío...&mdash;le contesté.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, bien claro! tenemos un compromiso formal&mdash;me contestó, y
+soltándome el brazo, lo<a name="page_165" id="page_165"></a> entregó coquetamente a mi tío Ramón y ambos se
+retiraron del grupo.</p>
+
+<p>&mdash;¿No es cierto que mi hija es <i>charmante</i>?&mdash;dijo el doctor Montifiori
+al verla retirarse.</p>
+
+<p>&mdash;Es una señorita, mi querido doctor, llena de atractivos, y usted me
+permitirá que le reitere mis más entusiastas felicitaciones y plácemes
+sinceros&mdash;contestole el doctor de las Vueltas, empleando el tono más
+melifluo de su voz.</p>
+
+<p>&mdash;Es una nereida, una verdadera hurí, tiene la hermosura de Dido y el
+paso de una diosa...&mdash;exclamó el otro doctor entusiasmado.</p>
+
+<p>&mdash;Nosotros no tenemos papel que desempeñar en este baile... Mucha mamá
+<i>demodada</i>; y no es posible <i>glisarles</i> nada a las jóvenes sin que se
+ofendan. Por eso, mi querido de las Vueltas, es que yo amo a la mujer
+fácil... <i>¡Variedades!</i>... Anoche <i>Fleur d'Eglantier</i> estuvo
+apetitosísima en la <i>chansonette</i>... <i>¡Quelle chatte!</i>...</p>
+
+<p>&mdash;¿Sí, y qué cantaba?</p>
+
+<p>&mdash;<i>Oh, mon cher</i>! cantaba <i>Mon Oscar</i>!... estábamos en el <i>avant-scène</i>,
+con los <i>attachés</i> de la legación turca, y la muy ricotona me cantaba a
+mí solo todos los <i>couplets</i>... la sala ardía de envidia!... Yo estaba
+irreprochable... mis zapatos barnizados, mis guantes amarillos, un
+sobretodo de cuellos de <i>silkskin</i>... en fin, ¡espléndido! Subimos en mi
+cupé clarence y cenamos<a name="page_166" id="page_166"></a> en el café de París soberbiamente... unas
+armoricains y un <i>homard</i>, que sólo ese Sempé es capaz de proporcionar
+en esta tierra imposible! ¡Qué mujer tan <i>flirtante</i>!... ¡Me llamaba
+<i>Mon petit Pichonot</i>!</p>
+
+<p>En este instante mi tío Ramón regresaba con Blanca del <i>buffet</i>.</p>
+
+<p>&mdash;Comienza nuestro vals, señorita, y yo lo reclamo. Tío, usted se queda
+con sus amigos y me devuelve la compañera, ¿no es así?&mdash;le dije a mi tío
+Ramón.</p>
+
+<p>&mdash;Te la entrego, siempre que ella lo consienta&mdash;me contestó, y como
+Blanca se desprendiera sonriendo de su brazo, mi tío la dejó hacer y nos
+alejamos de nuevo de aquel grupo, que formaba uno de los más
+interesantes cuadros del salón.</p>
+
+<p>El vals recomenzaba; entramos en el gran salón y nos perdimos en el mar
+de danzantes. Blanca había pasado de su interesante palidez a un
+encarnado suave, que revelaba la excitación involuntaria que provocan en
+la mujer la música y el baile.</p>
+
+<p>El último vals lo había bailado con un ímpetu y un ardor de veinte años.
+Sus ojos claros, melancólicos y un tanto extáticos por lo general, se
+habían alumbrado con un fuego intenso; su boca entreabierta delataba esa
+seductora<a name="page_167" id="page_167"></a> molicie que invade todo el organismo delicado de la mujer en
+las horas fugaces de la fiesta.</p>
+
+<p>Nos sentamos en un sofá al concluir la pieza que habíamos bailado, y
+como yo tratara de guardar cierta distancia respetuosa, dejándose caer
+sobre el respaldo del asiento, e inclinando la cabeza graciosamente, me
+dijo:</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué tan lejos? Acérquese usted más... tome mi abanico, deme aire,
+me sofoco...</p>
+
+<p>Obedecí maquinalmente, y al acercarme rocé con suavidad su rodilla, que
+se adivinaba a través de la veste y sentí su contacto tibio y carnal.</p>
+
+<p>&mdash;Más cerca, abaníqueme usted... así... ¡oh, ahora se respira!...&mdash;y
+suspiró con toda el alma, y, al suspirar, las curvas de su seno se
+desprendieron un instante del tul que las cubría y volvieron a dibujar
+su sobrio pero voluptuoso busto.</p>
+
+<p>Yo me había acercado a mi compañera todo lo que el buen gusto permite.</p>
+
+<p>Felizmente en aquel momento se organizaba una cuadrilla, y la fila
+compacta de las parejas nos cubría de las miradas de todo el mundo. Hay
+veces que un baile es más solo que un desierto. La música rompía en
+seguida y Blanca y<a name="page_168" id="page_168"></a> yo, en nuestro sofá, gozábamos de la ventaja de que
+nadie se preocupara de nosotros.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y su padre? ¿hace mucho que murió?...&mdash;me preguntó con un acento
+lleno de ternura.</p>
+
+<p>&mdash;Veintidós años, cuando yo era un niño...&mdash;le contesté.</p>
+
+<p>&mdash;Es triste sin padre y sin madre, tan joven...</p>
+
+<p>&mdash;Muy triste, Blanca.</p>
+
+<p>&mdash;Y tanto más, cuanto que usted no tiene fortuna y la fortuna es hoy
+indispensable en Buenos Aires. Sin fortuna la vida debe ser abominable.
+Al menos, yo no la concibo.</p>
+
+<p>&mdash;¿No cree usted en el amor?...</p>
+
+<p>&mdash;¿Solo?&mdash;me observó vivamente.</p>
+
+<p>&mdash;Sí&mdash;le dije mirándola con fijeza.</p>
+
+<p>&mdash;¡No!&mdash;me contestó ella con indiferencia...&mdash;¿quiere ser mi amigo?
+¿Quiere guardarme una confianza?... Yo soy una mujer rara, extraña. Yo
+no he amado nunca y no sé si lo que he sentido alguna vez, puede
+llamarse amor; pero jamás, aun amando mucho, me casaría nunca con un
+hombre pobre. Tengo horror, miedo, por la pobreza...</p>
+
+<p>&mdash;Es triste&mdash;le repliqué;&mdash;ser de un hombre a quien no se ama, debe ser
+algo terrible en la vida...</p>
+
+<p>&mdash;No lo creo. Se puede amar al marido, amarlo<a name="page_169" id="page_169"></a> como a un amigo... al fin
+el marido no es otra cosa a la vuelta de diez años. ¿Cómo concibe que
+don Ramón, su tío, esté enamorado de misia Medea? ¡Imposible!</p>
+
+<p>&mdash;¡No, Blanca! Pero, si usted se casa con un hombre a quien no ama,
+¿cómo puede cerrar su alma para siempre, usted flor del mundo al fin?...</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero, no cerrándola, amigo mío!... Yo no sé si algún día me
+enamoraré, pero si tal cosa sucediera, soltera o casada, yo seguiría el
+imperio de mis pasiones...</p>
+
+<p>&mdash;¿Casada, también?...&mdash;le pregunté, aproximándome todo lo más posible.</p>
+
+<p>&mdash;¡Casada, también!&mdash;me contestó, y su aliento me embriagó el rostro.
+Aquella mujer estaba enloquecedora en aquel momento.</p>
+
+<p>La noche, aunque de julio, era tibia, y los balcones que dan a la calle
+del Perú, estaban entreabiertos: nosotros estábamos sentados cerca del
+tercer balcón. Una pareja de esas que se forman con una mamá aburrida y
+un acompañante de compromiso, vino a sentarse a nuestro lado y nos
+consagró una mirada de indiscreta curiosidad. Yo aproveché la ocasión
+para invitar a Blanca a que abandonásemos el campo al enemigo y ella
+aceptó. Al pasar junto a la puerta del balcón, exclamó:<a name="page_170" id="page_170"></a></p>
+
+<p>&mdash;¡Qué espléndida noche!&mdash;y se detuvo un instante sobre el marco de la
+puerta;&mdash;¡hace un calor tan insoportable en la sala!</p>
+
+<p>&mdash;En efecto, la noche es soberbia&mdash;le dije;&mdash;¿salgamos al
+balcón?&mdash;agregué acompañando mi palabra con una ligera presión en el
+brazo que tenía enlazado con el mío.</p>
+
+<p>&mdash;Nos criticarán...&mdash;me repuso.&mdash;Este mundo no ve tan bien estas
+cosas... pero a mí no me importa nada de él, salgamos;&mdash;agregó
+resueltamente, y tomando ella misma la hoja de la puerta, la abrió y
+juntos entramos en el balcón.</p>
+
+<p>Eran las tres de la mañana, la luna en menguante ya, iluminaba los
+techos de la ciudad dormida, la calle estaba solitaria, los faroles de
+gas, con su luz roja, titilaban, formando desde la esquina del club
+hasta el Retiro una senda que parecía alumbrada por candilejas.</p>
+
+<p>Al entrar en el balcón, alguna pareja nos había entrecerrado de nuevo
+las puertas y desde afuera, donde imperaba la sombra, hacía un contraste
+raro aquella sala profusamente iluminada en la que las diferentes tintas
+de los trajes, la música y el bullicio, producían un movimiento variado
+y constante.</p>
+
+<p>&mdash;Nos han encerrado&mdash;me dijo Blanca...&mdash;¡es original!...<a name="page_171" id="page_171"></a></p>
+
+<p>&mdash;¿Tiene usted miedo de estar sola conmigo?...&mdash;le pregunté.</p>
+
+<p>&mdash;¡Miedo yo! jamás lo he tenido... ¿qué podría temer de usted?...</p>
+
+<p>&mdash;¿De mí?... nada, sino que la admiración que usted me inspira me
+hiciera aprovechar este momento para cometer una locura.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué locura?&mdash;me dijo, echándose para atrás con una sonrisa llena de
+voluptuosidad.</p>
+
+<p>&mdash;Esta...&mdash;le contesté, y avanzando sobre el espacio del balcón hasta el
+rincón en que termina la reja, la impulsé suavemente, le saqué en un
+segundo uno de sus guantes, le tomé la mano, la llevé a mi boca, la
+rodeé con mis brazos el cuello y la cubrí de besos mudos e intensos que
+ella rehuía apenas, riendo entrecortadamente con cierta frialdad
+irritante.</p>
+
+<p>El reloj del Cabildo golpeó en aquel momento las tres de la madrugada, y
+el eco de la campana se extinguió en el silencio de la noche.</p>
+
+<p>&mdash;Sabe que tengo un hambre devoradora y que siento frío&mdash;me
+dijo,&mdash;entremos&mdash;y su rostro, al pronunciar estas palabras, no reflejaba
+la más mínima impresión por lo que acababa de suceder.</p>
+
+<p>&mdash;Blanca&mdash;le dije,&mdash;¿me ama usted?...</p>
+
+<p>&mdash;No lo sé&mdash;me repuso.&mdash;¿Para qué quiere saberlo?<a name="page_172" id="page_172"></a> ¡Aunque lo amara, no
+me casaría con usted!...</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué?</p>
+
+<p>&mdash;Porque usted no tiene nada. Yo soy una mujer que amo mucho el mundo y
+el lujo... Necesito un marido que sea capaz de proporcionarme todos mis
+gustos... Deje que se presente, y, entretanto, ámeme, siga amándome, le
+daré todo mi corazón&mdash;añadió riendo a carcajadas. Y cambiando de tono y
+como adoptando una resolución, añadió:&mdash;tengo hambre, ¿lo oye usted?
+¡lléveme a cenar!</p>
+
+<p>Salimos del balcón y entramos de nuevo en la sala. Yo tenía la sangre en
+la cabeza, pero aquella mujer estaba fría como una lápida. En la
+escalera del comedor encontramos a don Benito que paseaba a Fernanda
+todavía.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué tal, hijita mía&mdash;le dijo Fernanda pasándole la mano por la
+cara,&mdash;te diviertes?</p>
+
+<p>&mdash;Ah, mucho, mucho, mamá&mdash;replicole Blanca.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y usted, señor don Benito?... Sabe que tengo que darle las gracias
+por el compañero. Es un maestro; baila el vals admirablemente...</p>
+
+<p>&mdash;¿Nada más que el vals?&mdash;preguntó con sorna don Benito.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, nada más! Ninguna mujer chic baila otra cosa... ¿No es verdad,
+mamá?<a name="page_173" id="page_173"></a></p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué no?... Las cuadrillas son de regla en un baile.</p>
+
+<p>&mdash;¡Para nosotros no! Nosotros hemos pasado las últimas en el balcón...</p>
+
+<p>&mdash;¿Que dices, Blanca?&mdash;preguntó Fernanda con un acento de sorpresa.</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, mamá, en el balcón!</p>
+
+<p>Don Benito me miraba con una sonrisa llena de picardía, y yo hacía un
+esfuerzo supremo para contener mi emoción. Pero Blanca, con una
+resolución repentina, me arrastró fuertemente del brazo que me tenía
+asido y me sacó del descanso de la escalera en que nos habíamos
+detenido.</p>
+
+<p>&mdash;Vaya, ¿qué tiene de particular?&mdash;preguntó Blanca retirándose y mirando
+a la madre...&mdash;¿Tiene algo de malo lo que hemos hecho?&mdash;y encogiéndose
+de hombros con un movimiento brusco, agregó con una carcajada:</p>
+
+<p>&mdash;¡Vamos a cenar!</p>
+
+<p>Entramos en el comedor que todos conocemos: un gran salón al cual le
+falta mucho para estar bien puesto. Aquella noche, Canale, como de
+costumbre, había formado la gran mesa en herradura con mesas centrales,
+y sobre ella, había levantado los mismos catafalcos de cartón y pastas
+de azúcar de todos los años. Se cena execrablemente en el Club del
+Progreso, y el adorno<a name="page_174" id="page_174"></a> de la mesa tiene mucho de los adornos de iglesia:
+los jamones en estantes de jalea, los pavos y las galantinas cubiertas
+por todas las banderas del mundo. En fin, allí se sienta uno con la
+indiferencia con que Raúl y Nevers se sientan en el banquete de papel
+pintado del primer acto de los <i>Hugonotes</i>.</p>
+
+<p>El mozo se nos acercó y nos dio la <i>carta</i>. Blanca pidió <i>bisque</i> y nos
+hizo servir champagne. Era hija del padre; las delicadezas de la mesa la
+seducían más que otras cosas. Devoró el primer plato y agotó la copa con
+ansia. Nos habíamos sentado en un extremo de la mesa; las flores y los
+adornos centrales nos cubrían de los vecinos del frente. Yo me había
+aproximado a Blanca lo suficiente para atenderla, pero ella, no sé si
+con intención o sin ella, cerró la distancia aproximando lo más posible
+su asiento al mío.</p>
+
+<p>&mdash;Usted no bebe nada&mdash;me dijo,&mdash;¿tiene miedo de perder la cabeza?</p>
+
+<p>&mdash;No... si usted la perdiera, me gustaría perderla con usted&mdash;le repuse.</p>
+
+<p>&mdash;¡Yo!... sería inútil; tengo la cabeza muy fuerte para el champagne...
+Bebamos otra vez... ¡bebamos por nuestra amistad!</p>
+
+<p>&mdash;Yo levanté la copa junto con ella, y juntos apuramos su contenido.<a name="page_175" id="page_175"></a></p>
+
+<p>&mdash;Usted es una mujer de hielo&mdash;le dije.</p>
+
+<p>&mdash;¿Yo? ¡qué disparate! usted no me conoce, yo lo que soy es una mujer
+caprichosa... ¿Cree usted que con una mujer de hielo habría usted hecho
+lo que ha hecho esta noche? No... el día que yo llegue a amar, amaré
+como ninguna.</p>
+
+<p>&mdash;¿A mí?</p>
+
+<p>&mdash;No lo sé, a cualquiera; a usted, si es capaz de hacerme feliz, a otro,
+si usted no lo es...</p>
+
+<p>En aquel momento comenzaba a amanecer; el primer albor del día
+dibujábase tras de las torres de San Francisco y el horizonte empezaba a
+teñirse débilmente de tintas rojas. Nos levantamos de la mesa y nos
+acercamos a los cristales a admirar aquel cuadro sublime ante el cual
+empalidecían las luces del baile. Blanca estaba apoyada en mi brazo y
+dejaba caer su cuerpo débilmente sobre el mío.</p>
+
+<p>&mdash;Es linda la madrugada&mdash;le dije, oprimiéndola con pasión...</p>
+
+<p>&mdash;¡No!&mdash;me repuso,&mdash;la noche me gusta más... vámonos, tiemblo de que el
+sol me sorprenda en la calle&mdash;y arrastrándome con fuerza, bajamos la
+escalera y me obligó a conducirla al toilette.</p>
+
+<p>&mdash;Adiós...&mdash;le dije estrechándole la mano.</p>
+
+<p>&mdash;Adiós&mdash;me replicó apretándome la mía en<a name="page_176" id="page_176"></a> que quedaron impresos sus
+dedos finos y nerviosos.</p>
+
+<p>Al dar vuelta, me encontré con don Benito que acababa de abandonar a su
+compañera.</p>
+
+<p>&mdash;Y... ¿qué tal, Blanca?</p>
+
+<p>&mdash;Fría como un mármol&mdash;le dije.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, hijo mío!&mdash;me contestó,&mdash;la hija es como la madre, una estatua
+que uno puede estrechar, besar y robar; pero una estatua, no se mueve
+nunca sin música...</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué música?&mdash;le pregunté.</p>
+
+<p>&mdash;¡Inocente! la libra esterlina; una partitura que no admite rivalidades
+de escuela&mdash;y poniéndome el sobretodo en el brazo, y armando el claque,
+sacome fuera y metiome en el cupé que comenzó a rodar apenas sonó el
+golpe de la portezuela.</p>
+
+<p>La fatiga me rindió aquella noche, pero no pude descansar. La imagen de
+Blanca me atraía involuntariamente: veíala andar y detenerse
+burlonamente en mi camino como dándome tiempo para alcanzarla, y cuando
+creía tenerla cerca, la visión desaparecía dejando en mi sueño el surco
+luminoso de su vestido rojo que parecía disolverse en el aire en
+deslumbrantes e impalpables copos de fuego.<a name="page_177" id="page_177"></a></p>
+
+<h3><a name="XII" id="XII"></a>XII</h3>
+
+<p>Al día siguiente comía en casa de mi tía Medea con don Benito y mi tío
+Ramón. Hacíamos la crónica del baile antes de sentarnos a comer, pero,
+al ocupar nuestros asientos, la conversación varió de tema. Mi tía había
+tenido aquel día una furibunda reyerta en su Sociedad Filantrópica a
+propósito de no sé qué bazar en que sus colegas se habían permitido
+prescindir absolutamente de ella. Al oírnos hablar del baile, nos obligó
+a callar; dirigió dos o tres frases hirientes a mi tío, por haberse
+permitido asistir al club y comenzó a contarnos su jornada. Parece que
+aquello había sido un campo de Agramante: que la emoción de mi tía había
+sido puesta tres veces a votación y que tres veces había sido rechazada.
+Furiosa, como ella sólo sabía ponerse cuando le picaba la rabia, había
+salido de la Sociedad con la gorra toda torcida, bramando<a name="page_178" id="page_178"></a> como una
+leona, con la pollera arremangada, y a pie, con paso corto y rápido,
+había llegado a su casa sin interrumpir la serie de colosales blasfemias
+con que se había despedido de sus odiadas compañeras.</p>
+
+<p>Mi tía se había sentado a la mesa sin apetito, excitada como nunca por
+el fuerte altercado que acabo de narrar sin detalles.</p>
+
+<p>Sus ojos, más congestionados que de costumbre, brillaban de una manera
+siniestra. Mi tío Ramón había pasado de un buen humor apacible a un
+anonadamiento completo, fulminado bajo el fuego de aquellas pupilas
+felinas.</p>
+
+<p>La ancha cara de mi tía revelaba la reflección alarmante de sus venas
+ahogadas por las ondas perezosas de una sangre espesa e inmóvil. Al
+sentarse a la mesa le habían asaltado mil incomodidades desconocidas
+para ella: acaloramientos súbitos que le enrojecían momentáneamente sus
+carrillos laxos, golpes de fuego a la vista, dolores punzantes a la
+nuca, relampagueos, obscurecimientos, latidos, y qué sé yo qué vagos
+presentimientos de un ataque repentino cruzaban pinchándole su
+imaginación y haciéndole exclamar de cuando en cuando con cierta
+desesperante agitación:</p>
+
+<p>&mdash;¡Jesús, por Dios! ¿qué tengo yo?</p>
+
+<p>Don Benito trataba de tranquilizarla; mi tío<a name="page_179" id="page_179"></a> Ramón, sumiso siempre, la
+miraba guardando un respetuoso silencio; la idea de una apoplegía le
+había cruzado la mente; pero, ya fuera por temor, ya por moderación, se
+guardaba bien de aconsejar a su mujer la moderación, el reposo y sobre
+todo, los purgantes que el desconocido doctor Brown le había instituido
+como tratamiento hacía ya muchos años. Para él, la moderación del
+carácter feroz de su consorte era cuestión de algunas libras de sal de
+Inglaterra, medicamento que, dada la fe que tenía en sus efectos, le
+hubiera evitado mil disgustos, restableciendo por un instante la
+tranquilidad del hogar.</p>
+
+<p>Momentos después del altercado, mi tía Medea se había visto atacada
+súbitamente de una abundante evacuación de sangre por las narices; pero
+en el paroxismo de su cólera, temblando nerviosamente de ira, se había
+contentado con sorber en abundancia y ruidosamente grandes cantidades de
+agua salada, atarse fuertemente el brazo derecho o ponerse en los
+lujuriosos rodetes de su nuca adiposa la llave consabida que aconseja la
+terapéutica popular.</p>
+
+<p>De cuando en cuando se pasaba las manos por los ojos, en los cuales
+decía sentir un peso enorme; se comprimía las sienes, donde latían con
+fuerza sus arterias o se mojaba con el agua del<a name="page_180" id="page_180"></a> vaso aquella frente
+pecosa y chata, bajo la cual ardía un volcán de odios y de futuros
+proyectos de venganzas. Estaba irrascible, irritable, convulsa como una
+fiera herida; la silla tiritaba bajo el peso de sus muslos pletóricos y
+su marido volvía a agitarse acariciando tímidamente el recuerdo favorito
+del tratamiento del doctor Brown.</p>
+
+<p>&mdash;No valen todas ellas el disgusto que me han dado, ¡perras viejas
+<i>caches</i>!&mdash;exclamaba con una voz tosida y un poco gangosa.</p>
+
+<p>Mi tío don Benito y yo continuábamos inmutables nuestro programa de
+abstención activa, callados y reverentes, comiendo con esa moderación
+respetuosa que se confunde con el hambre modestamente disfrazada de un
+apetito discreto. No se oía sino el rabioso crujir de las mandíbulas
+tiburonianas de mi tía Medea, que con cierta complacencia maléfica,
+aunque llena de voluptuosidad, imaginaba aplastar el cráneo de alguna de
+sus rivales en el inocente coscorrón de pan que roían sus molares y el
+tímido y casi silencioso masticar de los que temíamos herir los oídos
+susceptibles de la señora.</p>
+
+<p>Don Benito procuraba, sin embargo, inútilmente, abrir temas de
+conversación, pero todo era en vano, la tentativa no prendía. Mi tía
+Medea volvía a sus imprecaciones, lanzaba un<a name="page_181" id="page_181"></a> reto furibundo a sus
+rivales, las apostrofaba en mil formas y levantando el puño cerrado, les
+juraba venganza como una pitonisa poseída por la cólera divina.</p>
+
+<p>Terminábamos la comida e iban a servir el café. Mi tía tomó posiciones
+para levantarse; pero, al ponerse de pie, sintió algo extraño, algo
+terrible pasar por su cabeza; quiso dar un paso y cayó desplomada sobre
+el pavimento.</p>
+
+<p>&mdash;¡Jesús te ampare!&mdash;exclamó mi tío Ramón, abriendo tamaños ojos al
+verla caer;&mdash;ya tenemos encima la terrible <i>perlesía</i>; y corrió a
+socorrer a su consorte que había caído sin sentido a los pies de la
+mesa, haciendo un ruido extraño con la boca llena de espuma.</p>
+
+<p>Don Benito y yo habíamos corrido al mismo tiempo a socorrer a mi tía.</p>
+
+<p>Su aspecto era verdaderamente aterrador; había caído fulminada por un
+violento golpe de sangre; estaba sin conocimiento, insensible, relajada
+y en una inmovilidad absoluta.</p>
+
+<p>Era una masa inerte, en la cual sólo la persistencia de la respiración y
+los latidos del corazón que llegamos a percibir, atestiguaban que la
+vida aún no se había extinguido.</p>
+
+<p>Mi tío pedía a gritos un médico, el vinagre y los sinapismos; y mientras
+éstos se aplicaban abundantemente en las piernas ciclópeas de la<a name="page_182" id="page_182"></a>
+señora, don Benito y yo corríamos en busca de todos los médicos del
+barrio. Las señoras de la vecindad, algunas de las cuales eran de la
+relación de la familia, concurrieron inmediatamente al conocer la
+desesperación de mi tío.</p>
+
+<p>Todas ellas continuaron las aplicaciones de sinapismos en las
+pantorrillas, en la nuca, en la planta de los pies, en los muslos y en
+los brazos; le desprendieron la ropa y la colocaron en su cama.</p>
+
+<p>Al bajar con don Benito la escalera para ir a buscar médico, nos
+chocamos con el pardo Alejandro en la misma puerta de la calle.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hay, niño; qué sucede? toda la vecindad está alborotada... ¿se
+prende fuego la casa?...&mdash;nos preguntó.</p>
+
+<p>&mdash;Al contrario, creo que se apaga el fuego... tu patrona parece que
+acaba de reventar&mdash;contestó don Benito con la más perfecta calma.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién? ¿la tigra?... ¡al fin!...&mdash;replicó el pardo con el acento de
+un hombre que se desahoga.</p>
+
+<p>Volvimos en seguida; habíamos recorrido dos o tres cuadras y sólo
+habíamos encontrado cinco médicos que se prestaron con suma complacencia
+a nuestro llamamiento.</p>
+
+<p>Mi tía seguía agravándose por momentos. Su respiración era estertorosa y
+penosísima; a cada<a name="page_183" id="page_183"></a> respiración, los carrillos, privados de resistencia,
+se dejaban destender pasivamente, después volvían a quedar laxos y
+flojos.</p>
+
+<p>&mdash;<i>Fuma la pipa</i>&mdash;dijo uno de los médicos en voz baja;&mdash;esto es muy
+característico.</p>
+
+<p>Mi tío oyó la observación y creyó sin duda que el facultativo preguntaba
+si la señora tenía la costumbre de fumar, pues respondió con grande
+asombro al ver el atrevimiento de aquel hombre:</p>
+
+<p>&mdash;No, señor, no, ¿cómo se imagina usted que una señora de esta clase?...
+ni en pipa ni en nada&mdash;agregó permitiéndose ciertos movimientos de una
+inopinada energía.</p>
+
+<p>Los médicos sonrieron ligeramente y continuaron examinando a la enferma.
+Uno de ellos le introdujo una pluma en la garganta. Mi tía, insensible,
+no dio señales de sentirla. El médico hizo un gesto de desagrado.</p>
+
+<p>&mdash;Es preciso mudarle la cama&mdash;agregó...</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! sí&mdash;replicó mi tío haciendo una mueca forzada para disimular un
+profundo pesar;&mdash;¡pobrecita, se conoce lo grave que está!</p>
+
+<p>Otro de los médicos se acercó al oído de mi tío y le hizo una pregunta.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pfs!... hace muchos años, señor, desde soltero&mdash;dijo éste dejando
+errar por sus labios una melancólica sonrisa&mdash;si nunca hemos tenido<a name="page_184" id="page_184"></a>
+hijos, y usted sabe que... el doctor Brown me decía que sin embargo era
+posible y que...</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, sí!&mdash;concluyó el médico que sin duda se vio amagado por una
+historia patológica de la familia de mi tío;&mdash;sí, el doctor Brown era un
+gran práctico.</p>
+
+<p>En este momento se acercaban los otros colegas. Habían terminado su
+examen e iban a celebrar consulta. Poco tendrían que decir de la
+enferma; tal era su estado de gravedad. Según opinión unánime, era una
+<i>hemorragia cerebral</i> en su más terrible forma. La respiración
+continuaba siempre laboriosa, las pupilas dilatadísimas e insensibles a
+la acción de la luz, y los líquidos que apenas tomaba, se quedaban en la
+garganta produciendo esos estertores penosos que impresionan tanto. Este
+último síntoma era de augurio fatal. Mi tío estaba consternado: su mujer
+iba desapareciendo lentamente sin hacer mención de reconocerlo cuando se
+acercaba a su lecho.</p>
+
+<p>&mdash;¿Tiene mucha fiebre?&mdash;se atrevió a preguntar a uno de los médicos que
+salió el primero de la consulta.</p>
+
+<p>&mdash;No, señor, no, al contrario, su temperatura es más bien muy baja. Sin
+embargo, es probable que ahora comience a subir mucho, si, como
+desgraciadamente lo tememos, esto termina mal.<a name="page_185" id="page_185"></a> Está en un <i>coma</i>
+profundo&mdash;agregó, queriendo confundir a mi tío con un tecnicismo
+confuso:&mdash;es una hemorragia cerebral de forma apoplética paralítica.</p>
+
+<p>&mdash;¡Jesús me ampare y me favorezca! ¡cuatro enfermedades a la vez! ¡Quién
+resiste a tanto!</p>
+
+<p>Y el pobre hombre, haciendo un esfuerzo supremo para manifestar la más
+suprema emoción, se llevaba la mano a los ojos y se tiraba nerviosamente
+del pelo.</p>
+
+<p>Don Benito, que estaba al lado del lecho, miraba extinguirse aquel
+coloso con una frialdad perfecta.</p>
+
+<p>Mi tío no se atrevía a acercarse al borde de la cama: los médicos se
+habían separado, seguros ya del desenlace.</p>
+
+<p>&mdash;Acérquese, señor&mdash;dijo a mi tío uno de ellos...</p>
+
+<p>Mi tío se acercó temblando, remiso y casi arrastrado por el deber... al
+aproximarse retrocedió: la moribunda presentaba un aspecto terrible: la
+fisonomía estaba amoratada; la respiración era difícil y cavernosa.</p>
+
+<p>&mdash;¡El sacerdote!&mdash;exclamaron algunos de los circunstantes mientras los
+médicos abandonaban la habitación.</p>
+
+<p>Se acercó al lecho un fraile obeso, vestido de<a name="page_186" id="page_186"></a> colores llamativos,
+impasible como una foca, gordo como un cerdo: el rostro achatado por el
+estigma de la gula y de los apetitos carnales, la boca gruesa como la de
+un sátiro, el ojo estúpido, la oreja de murciélago, los pómulos
+colorados como los de un <i>clown</i>. Abrió entre sus manos grasas y
+carnudas un libro cuyas páginas alumbraba un monigote con un cirio, y
+eruptó sobre el cadáver en latín bárbaro y gangoso algunos rezos con la
+pasmosa inconsciencia de un loro.</p>
+
+<p>Al terminar, se retiró algunos pasos del lecho; hizo un ademán a mi tío
+para que se acercara; y en aquel momento mismo, mi tía Medea clavó sus
+ojos inmóviles en su marido, abrió la boca, esputó un cuajarón de sangre
+y acabó...</p>
+
+<p>Mientras comenzaban las mujeres a hacer los preparativos para vestirla,
+don Benito y yo sacamos a mi tío de la habitación. Era de observarse en
+aquel momento la cara de mi viejo camarada;&mdash;la cómica solemnidad que se
+esforzaba por mantener le daba un aire mefistofélico.</p>
+
+<p>Mi tío lo miraba sin comprenderlo, pero era bastante suspicaz para
+explicarse que don Benito no estaba tan desolado como lo exigían las
+circunstancias.</p>
+
+<p>Yo estaba esperando la palabra burlona del viejo solterón y no se hizo
+esperar. Nos encerramos en el cuarto de mi tío, aseguramos las<a name="page_187" id="page_187"></a> puertas
+y don Benito, con una cara de pascuas, abriendo los brazos exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;Don Ramón... ¡apriete, amigo!&mdash;y buscó a mi tío para abrazarlo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! don Benito... ¡qué desgracia!</p>
+
+<p>&mdash;¿Desgracia? ¿Me representa usted el hipócrita? Celebre usted, amigo,
+el más grande de los aniversarios de su vida...</p>
+
+<p>Y mi tío no pudo contenerse; se deshizo de don Benito y corriendo a la
+cama, se echó en ella y depositó sobre la blanda almohada de plumas en
+que hundió el rostro, una sonrisa de íntima, de voluptuosa alegría, que
+ya no podía contener dentro de sí mismo.</p>
+
+<p>En ese instante golpearon la puerta; la abrí; el perfil risueño de
+Alejandro asomaba por la rendija.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué quieres?&mdash;le dije en voz baja y con el tono más serio del mundo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh!&mdash;me contestó muy despacio...&mdash;¿usted es de los tristes
+también?&mdash;y aquel negro ponía una cara satánica cuando me decía esas
+palabras.</p>
+
+<p>&mdash;Vete&mdash;le dije...&mdash;vete.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, me voy... ¡a buscar el cajón!</p>
+
+<p>A las doce de la noche, mi tía estaba depositada en el ataúd de
+jacarandá que Alejandro había traído. Le habían cerrado los ojos y la
+boca,<a name="page_188" id="page_188"></a> pero su rostro conservaba siempre el gesto de amenaza que le era
+característico, y con el Santo Cristo, que oprimía maquinalmente entre
+las manos lívidas y como enceradas parecía en la actitud de un centinela
+que dormita armado para el caso de una sorpresa. El <i>mulaterío</i> femenino
+de la casa y de la vecindad, había invadido la sala: no faltaban
+alrededor del féretro dos o tres mulatillas arrodilladas que se turnaban
+sucesivamente. Claro es que la sala había sido cubierta en un instante
+de crespón y de merino negros en homenaje a su ilustre dueña.</p>
+
+<p>La noticia de su muerte había cundido por la ciudad, y como su influjo
+en los grandes centros sociales, a pesar de los desastres políticos del
+partido de la finada, era de vieja data, la casa se vio llena toda la
+noche de las eminencias del pasado, destronadas por el presente.</p>
+
+<p>El primero con quien me encontré en la sala, fue con el doctor Trevexo.
+¡Cómo había envejecido y enflaquecido! Sus piernas y sus brazos
+desgonzados, no se palpaban al través de la ropa, pero siempre era el
+mismo; el gran charlador, difuso y narrador de insulseces; gran
+expositor de lugares comunes, de doctrinas tomadas al instinto, de
+principios incompletos; siempre enemigo de los libros; desolado por el
+prodigioso aumento de las librerías y de las ediciones:<a name="page_189" id="page_189"></a> furioso contra
+la exagerada difusión de las obras científicas; partidario constante,
+invariable, inconmovible del periodismo: siempre citando su colección
+del <i>Gorro de la Libertad</i> y de <i>La Espada de Damocles</i>, los diarios que
+había escrito después de la caída de Rozas.</p>
+
+<p>¡Pobre doctor Trevexo! ¡Cómo aquel hombre que había sido el primero
+veinte años antes, era hoy el último! ¡Cómo se había detenido en su
+apogeo sin marchar! Me hacía el efecto de una de esas fotografías
+antiguas de un álbum de familia, ante las que uno tiene que reír
+involuntariamente. Mientras que el mundo político había progresado entre
+nosotros, con lecturas serias y sazonadas: en el siglo de Disraeli y de
+Gladstone, de Bismark y Gambetta, en el siglo de Taine y Lanfrey, el
+doctor Trevexo vivía con sus recortes de diarios criollos, con toda su
+fama del pasado por capital y toda su estéril informalidad por presente
+y porvenir. ¡Sin embargo, lo que es la virtud y la consecuencia de los
+partidarios! Su partido creía en él todavía: era siempre el gran orador,
+el gran diplomático, el gran periodista, el gran abogado, del más grande
+de los partidos argentinos.</p>
+
+<p>La muerte de mi tía Medea lo había consternado. Su grande amiga, la
+mujer resuelta de todas las épocas; vencida en dos revoluciones,<a name="page_190" id="page_190"></a> pronta
+a hacer una nueva a una sola indicación suya, había muerto; el partido
+entero la lloraba, era una pérdida irreparable, tan irreparable, que el
+más grande de los diarios de la América del Sur, le dedicó un sentido
+artículo necrológico, largo como un sermón de agonía, con muchas frases
+escogidas, que comenzaba recordando con mucho detalle a las antiguas
+madres griegas y romanas, las hacía atravesar la trayectoria de la
+historia en las múltiples combinaciones de los pueblos, y terminaba con
+un elogio de las virtudes de la difunta y una laudatoria especial a la
+mansedumbre de su carácter.</p>
+
+<p>A este llamamiento, todo el <i>faubourg Saint Germain</i> de Buenos Aires, se
+presentó al día siguiente. ¡Cómo se elogiaban los méritos de la señora
+doña Medea Berrotarán! ¡Cómo se condolían de la triste situación de mi
+tío! ¡qué dolorosa pérdida había experimentado! ¡Hasta don Buenaventura
+había dejado sus múltiples ocupaciones literarias para asistir al
+entierro! ¡Cómo no premiar treinta años de vasallaje, mudo, entusiasta,
+admirador de todas sus hazañas y desgracias!</p>
+
+<p>Un entierro de fuste en Buenos Aires no necesita describirse: el
+empresario fúnebre conoce los gustos de la gran capital, en los que
+prepondera<a name="page_191" id="page_191"></a> la gran aldea: el convoy tiene que hacer corso en la calle
+de la Florida: no hay otra calle para ir a la Recoleta, y si a alguien
+se le ocurriera la idea de cambiar el itinerario, no sería difícil que
+el muerto o la muerta, siendo de la aristocracia, o sobre todo de la
+gran política, resucitara protestando contra la variación de la ruta.</p>
+
+<p>Mi tía había sido muy religiosa; aunque víctima en los últimos tiempos
+de un padre escolapio, que le había eliminado graciosamente algunos
+miles de pesos, su fervor por los frailes y monigotes corría parejas con
+sus entusiasmos políticos: de modo que a su entierro asistían todos los
+clérigos de las parroquias principales, correctos la mayor parte, y una
+delegación de cada cofradía: franciscanos, dominicos, etc., incorrectos
+bajo el punto de vista de la higiene personal. Entre esta turba de
+cuervos negros y pardos, no faltaba algún tribuno ultramontano, pedante
+atorado de suficiencia, orador sibilino y hueco, gran momia literaria,
+rellena de Blair y Hermosilla, <i>specimen</i> del gongorismo español, que,
+sentado en el carruaje de duelo, como si lo hubiesen clavado en una
+estaca, mantenía su gravedad solemne como para aparentar la profunda
+desolación que le causaba la muerte de aquella vieja cuyas virtudes
+corrían al fin<a name="page_192" id="page_192"></a> parejas con la sinceridad de sus convicciones
+religiosas. Encabezando el grupo, iba la misma dignidad que ya hemos
+visto al lado del lecho mortuorio, con su uniforme carnavalesco de
+colorinches y su impasible cara de foca.</p>
+
+<p>Mientras depositaban el cajón en la bóveda de la familia, yo me perdí en
+las calles del cementerio.</p>
+
+<p>¡Cuánta vana pompa!</p>
+
+<p>Cómo podía medirse allí, junto con los mamarrachos de la marmolería
+criolla, la imbecilidad y la soberbia humanas. Allí la tumba pomposa de
+un estanciero... muchas leguas de campo, muchas vacas; los cueros y las
+lanas han levantado ese mausoleo que no es ni el de Moreno, ni el de
+García, ni el de los guerreros, ni el de los grandes hombres de letras.</p>
+
+<p>Allí la regia sepultura de un avaro, más allá la de un imbécil... la
+pompa siguiéndolos en la muerte. Entre una encrucijada de nichos y
+sepulcros, me topé de manos a boca con mi ex-patrón, don Eleazar de la
+Cueva, que también había ido al entierro de mi tía.</p>
+
+<p>&mdash;¡Señor don Eleazar! ¿Usted por aquí?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, señor! esperando mi hora, como todos&mdash;contestó,&mdash;hoy le ha tocado
+el lote a mi señora doña Medea... ¡Ah! ella es la feliz&mdash;agregó
+levantando las manos al cielo:&mdash;En este<a name="page_193" id="page_193"></a> mundo no hacemos sino sufrir
+desengaños, joven... Vea usted, yo, por ejemplo, que he hecho tantos
+servicios y tantos sacrificios por la humanidad, aquí me tiene usted a
+mí... ¿de qué valgo, señor?</p>
+
+<p>&mdash;Pero, señor, su posición, su fortuna...</p>
+
+<p>&mdash;Señor, yo estoy en la calle, en la última miseria; me han arruinado,
+señor, usted lo sabe bien&mdash;al decirme esto, el rostro de don Eleazar se
+descomponía de tal manera que infundía la más profunda lástima.</p>
+
+<p>Alineado a la salida de la Recoleta, soporté con todos los parientes de
+la muerta, los apretones de los concurrentes, que le dan la mano a uno
+como diciéndole: «¡eh! míreme usted, he asistido, no lo olvide,» y
+cuando terminó esta dura prueba de resistencia, di vuelta y vi a don
+Benito que me esperaba.</p>
+
+<p>&mdash;¿Piensas ir con la parentela?&mdash;me dijo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hacer?</p>
+
+<p>&mdash;Ya todo ha concluido, ahora te vienes conmigo y mañana fuera el luto.</p>
+
+<p>Y subimos al cupé, que rompió la marcha por entre los numerosos
+carruajes apostados en las extensas avenidas del cementerio. Eran las 4
+de la tarde; el tiempo era espléndido; el cielo, azul y sin nubes, se
+reflejaba en el pedazo<a name="page_194" id="page_194"></a> de río que se alcanza a ver desde la barranca de
+la Recoleta.</p>
+
+<p>Las caras de los que volvían del entierro, demostraban bien claramente
+que no se habían conmovido mucho con la ceremonia.</p>
+
+<p>Don Benito me propuso ir a comer al Café de París, después de mudarnos
+el traje negro, y yo acepté. Salíamos de la plaza de la Recoleta para
+entrar en la calle larga, cuando nuestro carruaje se cruzó con una
+victoria elegantísima, tirada por una fogosa pareja de alazanes y
+dirigida por un cochero de una corrección irreprochable. Repantigadas
+cómodamente en el amplio asiento, iban dos mujeres distinguidísimas,
+cuyo saludo apenas tuvimos tiempo de contestar.</p>
+
+<p>Eran Fernanda y su hija: al verlas, ambos sacamos la cabeza por las
+portezuelas del cupé, en el momento en que ellas también daban vuelta.</p>
+
+<p>&mdash;Van espléndidas&mdash;me dijo don Benito.&mdash;Diablo de vieja tu tía, hasta
+muerta nos persigue; si no hubiera sido por el tal entierro, ¡qué golpe
+habríamos dado yendo a Palermo!...</p>
+
+<p>&mdash;Pero todavía hay tiempo&mdash;le repliqué,&mdash;retrocedamos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Te atreves?...<a name="page_195" id="page_195"></a></p>
+
+<p>&mdash;Y qué...</p>
+
+<p>&mdash;¡Alejandro!&mdash;gritó don Benito al cochero,&mdash;a Palermo por el Bajo...</p>
+
+<p>El carruaje dio vuelta, y los caballos tomaron el trote largo a un
+simple chasquido del látigo de Alejandro. En diez minutos llegamos a la
+verja de hierro que da entrada al parque; doblamos sobre la gran calle
+de palmas que estaba solitaria: sólo en el fondo, del lado del bosque,
+se veía un punto negro: era la victoria de Fernanda: nuestro cupé se
+deslizó por el pedregullo de la avenida, salvó la vía del tren del
+Norte, y vino a detenerse al mismo lado de la victoria. El carruaje
+estaba vacío: preguntamos al cochero dónde estaban las señoras, y nos
+contestó con una seña, indicando el fondo de la calle. Nos bajamos y
+caminamos en esa dirección. Al fin de la calle, en un rincón del camino,
+las encontramos. Al vernos, se sorprendieron.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ustedes por aquí?&mdash;nos dijo Fernanda,&mdash;¡vaya una manera de hacer el
+duelo!</p>
+
+<p>&mdash;Señora&mdash;contestó don Benito,&mdash;el duelo ha concluido y la vida comienza
+de nuevo.</p>
+
+<p>&mdash;Pero usted&mdash;dijo Blanca, con ironía,&mdash;sobrino carnal, y en Palermo, el
+mismo día del entierro; ¡qué escándalo!</p>
+
+<p>&mdash;Sobrino carnal, no; político, sí... no hay inconveniente.<a name="page_196" id="page_196"></a></p>
+
+<p>&mdash;Y ese pobre tío, ese señor don Ramón, ¿cómo estará de triste y
+desolado?&mdash;inquirió Fernanda.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! aplastado; ¡figúreselo usted libre de un monstruo y con setenta
+millones de pesos!</p>
+
+<p>&mdash;¡Setenta millones!&mdash;exclamó Blanca,&mdash;bonito dote, mamá ¿eh?</p>
+
+<p>Fernanda hizo un signo de aprobación y su fisonomía se alumbró como si
+concibiese una vaga esperanza.</p>
+
+<p>&mdash;Pero don Ramón ha sido feliz con su tía... un viejo pisaverde, alegre,
+muy <i>sirvientero</i>... ¿no es verdad?&mdash;preguntó riendo.</p>
+
+<p>&mdash;Tal cual; pero víctima de su mujer; figúrense ustedes, que el día
+domingo, doña Medea metía en la cama a su marido para que no saliera a
+la calle.</p>
+
+<p>&mdash;¿De veras?</p>
+
+<p>&mdash;Garanto&mdash;y don Benito reía a carcajadas.</p>
+
+<p>Yo me había acercado a Blanca y le había dado el brazo. Don Benito se
+había quedado con Fernanda en el mismo sitio en que las habíamos
+encontrado. Caminábamos con Blanca en dirección a los árboles: estaba
+pálida como de costumbre, vestida con un traje de pana color bronce,
+sumamente ceñido al cuerpo; su talle se dibujaba admirablemente.
+Guardábamos silencio y ni ella ni yo parecíamos resueltos a romperlo.<a name="page_197" id="page_197"></a>
+De pronto se detuvo suspirando, y como saliendo de una profunda
+cavilación, exclamó abstraída:</p>
+
+<p>&mdash;¡Setenta millones!</p>
+
+<p>&mdash;¿Le parece mucho?&mdash;le pregunté.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah!&mdash;me contestó, como despertando;&mdash;pensaba que ese tío es un
+horizonte: ¿Es muy viejo?</p>
+
+<p>&mdash;Sesenta y cuatro años, no es mucho; más joven que su fortuna, sería
+mejor menos millones que años... ¿no?</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! no, de ninguna manera; diez años más o menos no es nada para un
+hombre, diez millones de menos es mucho...</p>
+
+<p>La tomé fuertemente del brazo con un movimiento de cólera y de
+impaciencia; la sombra del bosque nos protegía: le estreché las manos,
+la besé en el rostro, en los ojos, en la boca, entre los labios
+entreabiertos.</p>
+
+<p>&mdash;Blanca&mdash;le dije&mdash;¡yo... no puedo resistir!...</p>
+
+<p>&mdash;Hay tiempo&mdash;me replicó,&mdash;- ¡más tarde!</p>
+
+<p>Y aquella mujer parecía una estatua de hielo, en medio de la
+involuntaria voluptuosidad que emanaba de todo su conjunto.</p>
+
+<p>Volvimos a tomar la gran Avenida. Fernanda y don Benito habían
+desaparecido. Alejandro,<a name="page_198" id="page_198"></a> desde el pescante de nuestro coche, me hizo
+una seña que significaba que la pareja estaba allí.</p>
+
+<p>Y, en efecto, nos acercamos y Fernanda y don Benito estaban en el cupé.</p>
+
+<p>El viejo camarada había perdido la corrección habitual de sus cuellos y
+de su corbata; dos chapas rojas alegraban su semblante. Fernanda se
+hallaba perezosamente reclinada en el muelle respaldo de raso del cupé;
+a pesar de sus 38 a 40 años estaba bellísima. Al vernos se incorporó,
+consultó la hora y bajó ágilmente del carruaje, subiendo a su victoria
+de un salto. A su lado se sentó Blanca; yo le eché la cariñosa manta de
+nutrias sobre los pies y a un signo del cochero, las dos yeguas del
+tronco partieron a escape.</p>
+
+<p>Trepamos a nuestro cupé. Don Benito estaba radiante de alegría, pero se
+esforzaba por aparentar una profunda severidad.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué tal?&mdash;le dije con sorna.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pscht, mucho calor!</p>
+
+<p>Era en julio y hacía un frío de todos los diablos.<a name="page_199" id="page_199"></a></p>
+
+<h3><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII</h3>
+
+<p>El doctor Montifiori era un católico recomendable, desde todos puntos de
+vista; miembro de dos o tres hermandades religiosas, él sabía conciliar,
+como nadie, la misa de la una del día con la cena alegre de la una de la
+noche, la hostia sacrosanta del altar con los mariscos perfumados del
+Café de París.</p>
+
+<p>En su casa se sabía dar el aristocrático barniz clerical de alto tono
+del siglo XVIII. Bastaba echar una rápida mirada sobre su pequeña
+librería de <i>amateur</i>, para conocer los finos gustos del hombre. Entre
+las trufas literarias de Brantôme, de Casanova y de otros del género,
+Bossuet y Massillon, conservaban la gravedad de las hileras: en las
+letras, De Laharpe, M. de Bonald, Fontanes y Chateaubriand, daban la
+nota grave del imperio, mientras que al lado,<a name="page_200" id="page_200"></a> en ediciones monísimas,
+brillaban todas las perfumadas indecencias pornográficas del día.</p>
+
+<p>La muerte de mi inolvidable tía doña Medea había lanzado al mundo un
+viudo conservado, rico y con grandes cualidades exteriores: mi tío. Dos
+meses después de su viudez, vivíamos juntos: yo había abandonado a mi
+viejo camarada, don Benito. Muy pronto la casa de mi tío Ramón se
+transformó en una habitación completamente diferente de lo que había
+sido. Se hizo allí una reunión de solteros alegres y de casados
+emancipados de todas edades; había dinero de sobra, y por consiguiente
+abundaban las comidas joviales, los vinos, las diversiones de todo
+género y el elemento amable: las mujeres.</p>
+
+<p>En un día, don Benito, el <i>lanzador</i> de mi tío, le hizo despedir o
+colocar caritativamente por ahí a todo el mulaterío antiguo de la
+finada. Sólo Alejandro fue tolerado, cedido por don Benito, a cuyo
+servicio estaba desde su célebre colisión con mi tía. La casa fue
+transformada: todo el menaje de los tiempos prehistóricos de Pavón fue
+modificado por un mobiliario moderno del más correcto gusto
+contemporáneo. Los viejos retratos de la familia fueron a cubrir las
+paredes de los últimos cuartos, incluso el de mi<a name="page_201" id="page_201"></a> tía, que había reinado
+veinte años en la pared principal del salón.</p>
+
+<p>Mi tío Ramón echó muy luego el luto y se dio al mundo, enteramente al
+mundo; pero siempre débil a las tentaciones de la carne, sus setenta
+millones de pesos vinieron a quedar muy luego en las condiciones de un
+real en la puerta de una escuela. El doctor Montifiori fue el primero en
+advertir que mi tío era un partido; pero ¿cómo, por qué medio iniciar la
+campaña diplomática para conseguir sus fines?</p>
+
+<p>El insigne gomoso pensó, caviló mucho, hasta que un día se dio un golpe
+en la frente con la mano, como el hombre que ha encontrado la solución
+de un problema. Montifiori había pensado en que él no podía ser católico
+al cohete, sin servirse de sus creencias religiosas.</p>
+
+<p>El hombre de más influencia en la alta sociedad bonaerense era el señor
+Penseroso: un abate griego, de Atenas, un hombre distinguidísimo, suave
+como una alondra, agudo y penetrante como una aguja: con su rostro de
+mártir, y un ojo apagado que no revelaba por cierto toda la agilidad y
+la hondura de que aquel sacerdote estaba dotado. Dignísimo en su trato,
+su influencia se sentía en los salones, pero era la influencia de una
+sombra; jamás se impuso por<a name="page_202" id="page_202"></a> presión o actos públicos; su pasaje era
+como subterráneo, latente, pero eficacísimo.</p>
+
+<p>Lanzado mi tío, después de la muerte de su mujer, en una vida de
+desorden para sus años y para su seriedad, recogiéndose tarde, picado
+por la tarántula de las artistas de teatro y de las bailarinas de Colón,
+el buen viejo le había echado <i>la capa al toro</i>, como vulgarmente se
+dice. Montifiori comprendió desde el primer momento que mi tío tenía un
+lado débil que explotar y como medio empleó al señor Penseroso.</p>
+
+<p>El salón de Fernanda estaba abierto para nosotros todas las noches. Don
+Benito reinaba allí como un tirano. Algunas noches solía concurrir el
+señor Penseroso, por quien mi tío había cobrado una viva simpatía. ¡Tan
+dulce, tan suave era aquel santísimo y virtuosísimo padre!</p>
+
+<p>Blanca le hacía toda clase de fiestas y cariños al insinuante abate: al
+sentársele al lado, aquella criatura, fría e impávida, se volvía una
+gata mimosa con el clérigo: le besaba respetuosamente el dedo ceñido por
+el anillo de regla: le tomaba el capelo, le traía ella misma la taza de
+té y le ponía en la boca alguna rica golosina de Roverano, con una
+gracia indescriptible. El sacerdote se revenía y se entregaba rendido a
+la encantadora.<a name="page_203" id="page_203"></a></p>
+
+<p>Blanca pertenecía a las <i>Hermanas de los Santos</i>, sociedad de niñas, de
+la que era presidenta y en la que ejercía una grandísima influencia.</p>
+
+<p>En esta sociedad andaba la mano de los jesuitas; ellos les habían
+confeccionado sus reglamentos disciplinarios, en los cuales preponderaba
+un espíritu de inquisición completa: un librito reservado, de pocas
+hojas, en el que abundaban las transaciones del pudor con las
+conveniencias sociales y las exigencias religiosas; los casos en que las
+socias podían inquietar la virtud de los hombres con sus prendas físicas
+y morales; las ocasiones en que era lícito escotarse, y creo que hasta
+la línea del busto de la que el escote no podía pasar.</p>
+
+<p>Blanca se ganó al señor Penseroso en cuerpo y alma, y el señor
+Penseroso, por una parte, y Montifiori y Blanca por la otra, sitiaron y
+rindieron a mi tío.</p>
+
+<p>Muy pronto don Benito y yo advertimos las consecuencias.</p>
+
+<p>Ya era tarde: mi tío Ramón babeaba por la linda hija de su amigo y la
+sociedad comenzaba a anunciar su casamiento con ella.</p>
+
+<p>Un día, sin embargo, nos resolvimos con don Benito a hacer el último
+esfuerzo. Comíamos juntos en su casa: mi tío se había sentado a la<a name="page_204" id="page_204"></a> mesa
+de punta en blanco, como un pollo de veinticuatro años. Concluida la
+mesa, haría su visita a lo de Montifiori.</p>
+
+<p>&mdash;Diablo, que está usted elegante, para viudo tan fresco&mdash;le dijo don
+Benito.</p>
+
+<p>&mdash;¡Eh!&mdash;contestó mi tío...&mdash;voy a la ópera esta noche...</p>
+
+<p>&mdash;Nosotros también vamos, qué diablo, pero no se nos ha ocurrido
+vestirnos como usted...</p>
+
+<p>&mdash;Es que yo no voy solo&mdash;contestó mi tío.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo! ¿persigue alguna aventura entre telones?&mdash;preguntó don Benito
+con sorna.</p>
+
+<p>&mdash;No... déjense de bromas, acompaño a la familia de Montifiori, a
+Blanca...</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted?&mdash;inquirió don Benito, apuntándole con el dedo.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, yo, ¿qué tiene de extraño?</p>
+
+<p>&mdash;Don Ramón, usted enamorando a Blanca Montifiori, ¿tiene valor?</p>
+
+<p>&mdash;¿Y por qué no?... si les dijera a ustedes que soy aceptado...</p>
+
+<p>&mdash;Pero, tío&mdash;le dije,&mdash;esa es una unión imposible, absurda. Blanca es
+una mujer joven, usted casi le triplica la edad.</p>
+
+<p>&mdash;Julio&mdash;me dijo,&mdash;toda reflexión es inútil: Blanca me ama.<a name="page_205" id="page_205"></a></p>
+
+<p>&mdash;Ama a su dinero, amigo&mdash;dijo don Benito dando un golpe sobre la mesa.</p>
+
+<p>&mdash;¡Don Benito!...&mdash;exclamó mi tío, con un gesto de impaciencia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Eh! Sí, señor... su dinero... ¡y es una vergüenza ese casamiento, una
+gran vergüenza! Usted va a ser el hazme reír del mundo. Usted, que ha
+salido de las garras de una mujer absurda, va a caer en las manos de...</p>
+
+<p>&mdash;¡Don Benito!...&mdash;interrumpió mi tío Ramón.</p>
+
+<p>&mdash;Tío&mdash;le dije,&mdash;piense usted lo que hace, a usted no le cuadra una
+mujer tan joven... espere... reflexione.</p>
+
+<p>&mdash;Cualquiera te tornaría a ti por un celoso&mdash;me contestó recalcando la
+frase. La sangre me subió al rostro y no pude disimular mi turbación.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y cuándo serán las bodas?&mdash;preguntó don Benito, sonriéndose.</p>
+
+<p>&mdash;¡Eh! vaya usted al diablo&mdash;contestó mi tío Ramón;&mdash;no estoy para ser
+objeto de sus bromas, y se levantó violentamente de la mesa.</p>
+
+<p>Se daba <i>Semiramis</i> aquella noche, y Colón estaba de gala; los palcos,
+ocupados por las más lindas y conocidas mujeres de la gran sociedad,
+presentaban un aspecto deslumbrador. Se había cantado el primer acto; la
+Borghi y la Scalchi<a name="page_206" id="page_206"></a> electrizaban al público y en la sala no se
+escuchaba sino el eco del entusiasmo y de los elogios.</p>
+
+<p>Una noche clásica de ópera en Colón reúne todo lo más selecto que tiene
+Buenos Aires en hombres y mujeres. Basta echar una visual al semicírculo
+de la sala: presidente, ministros, capitalistas, abogados y leones,
+todos están allí; aquello es la feria de las vanidades, en la cual no
+faltan sus incongruencias de aldea: el vigilante de quepis encasquetado
+en medio de la sala, la empresa, en <i>en menage</i>, instalada en uno de los
+mejores palcos del teatro, el humo de los cigarros obscureciendo la sala
+entera.</p>
+
+<p>No había concluido el primer acto, cuando en un palco de la izquierda
+aparecieron Fernanda y Blanca Montifiori con el doctor Montifiori y mi
+tío. Las dos mujeres estaban radiantes de belleza y de lujo. Parecían
+dos hermanas. Todas las miradas se concentraron en el palco, todos los
+anteojos se clavaron en Blanca y Fernanda. Don Benito, que estaba a mi
+lado, me tocó el brazo. El teatro entero hacía un solo comentario.</p>
+
+<p>A nuestro lado, teníamos dos jóvenes impertinentes que conversaban, sin
+conocernos, con toda desfachatez.<a name="page_207" id="page_207"></a></p>
+
+<p>&mdash;El viejo, aquél, el que ahora se le acerca;&mdash;le decía uno de ellos al
+otro...</p>
+
+<p>&mdash;No puede ser...&mdash;contestaba éste.</p>
+
+<p>&mdash;Te digo que sí; ese es el novio... que <i>toupet</i> de mujer.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero estás seguro?</p>
+
+<p>&mdash;Ciertísimo... si conozco mucho al viejo, cuando yo estaba de
+practicante en lo del doctor Trevexo, iba todos los días al estudio.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y a ella la conoces?</p>
+
+<p>&mdash;¡Bah, bah, de la escuela... era la piel del diablo cuando chica... un
+potro!...</p>
+
+<p>Don Benito, mudo, pero dejando vagar una leve sonrisa por los labios,
+seguía tocándome el brazo a cada palabra de los indiscretos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero será posible que se casen?...</p>
+
+<p>&mdash;Vaya, ciertísimo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y el padre es capaz de autorizar semejante casamiento?</p>
+
+<p>&mdash;El padre tiene las agallas de un dorado... ¡Tres millones de duros
+valen la pena, qué diablos!</p>
+
+<p>Los comentarios que hacían a nuestro lado aquellos dos mozalbetes,
+recorrían sin duda los palcos y la cazuela.</p>
+
+<p>Bastaba observar ciertas caras, con un poco de atención, para conocer
+las impresiones que producía en el teatro la presencia de mi tío en<a name="page_208" id="page_208"></a> el
+palco de Blanca. En la cazuela se sentía el tajear de las lenguas, lo
+mismo que se siente la hoz que siega un pastizal.</p>
+
+<p>La cara de la parroquiana de la cazuela se alumbra con el espectáculo
+que presenta un palco con una mujer lujosa y mundana&mdash;la cazuelera
+comunica su impresión inmediatamente a su vecina;&mdash;ésta le hace un gesto
+correspondiente al asunto de que se trata, en seguida se hablan,
+cuchichean, ríen, se ponen graves, miran de nuevo al objeto del
+comentario y la escena se prolonga hasta que se levanta el telón.</p>
+
+<p>En la cazuela no queda títere con cabeza: albergue de solteronas y de
+doncellas, a las que el lujo y la riqueza no sonríen ni popularizan, se
+convierte en Criterion: allí se pasan por cedazo todas las reputaciones,
+ya sean de hombres o de mujeres. Allí se publican los deslices de la más
+linda mujer casada, que brilla en un palco, aunque sea más virtuosa que
+Lucrecia. Allí se cuentan sus amores, se apunta al amante con el dedo,
+se ridiculiza al marido, se narra la última aventura con verdadera e
+íntima fruición; las lenguas, como otras tantas navajas de barba, no se
+contentan con afeitar; degüellan, ultiman, descarnando la honra como se
+descarna un cadáver en la sala de autopsias. Allí se cuentan, con nombre
+y apellido, las queridas de los hombres<a name="page_209" id="page_209"></a> de moda; se saca la cuenta de
+sus hijos naturales; se explica por qué se deshizo el casamiento con
+fulana, cuánto perdió en el club zutano, por qué se fue a Europa, por
+qué se vino, a qué mujer enamora actualmente, cómo le hace caso, dónde
+se ven y hasta en qué casa tienen lugar las citas.</p>
+
+<p>Madres de familia, las que creéis que el cielo está arriba, no llevéis
+jamás a vuestras hijas a la cazuela.</p>
+
+<p>Rogad a Dios que las lleve Satanás al infierno antes; en el infierno
+estará más protegido su pudor, que en aquella galera donde vuela el
+chisme, enreda la intriga, muerde la calumnia y se ensaña la envidia.</p>
+
+<p class="puntos">Los que tenéis autoridad, abolid la cazuela: meted en ella el elemento
+masculino: la mujer sola se vuelve culebra en aquel antro aéreo.</p>
+
+<p>Aquella noche la cazuela dio cuenta de la reputación de mi tío y de la
+de Blanca. El doctor Montifiori, en medio de la íntima satisfacción que
+revelaba su rostro por el triunfo de sus planes, no alcanzaba a
+calcular, a pesar de su gran malicia, todo el veneno que había destilado
+la cazuela sobre él, sobre su mujer, su hija y sobre la inmaculada
+cabeza de mi tío Ramón, su futuro yerno.<a name="page_210" id="page_210"></a></p>
+
+<h3><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV</h3>
+
+<p>Seis meses después, la boda de mi tío Ramón con Blanca, era cosa
+arreglada. Ningún casamiento ha agitado más que aquél los círculos
+sociales de Buenos Aires. En el teatro, en Palermo, en los bailes, en
+los clubs, en las iglesias no se hablaba de otra cosa. Mi tío había
+hecho demoler y reedificar gran parte de su casa de la calle Victoria.
+Yo había hecho la resolución de abandonarlo, de volver a vivir con don
+Benito, pero él no me lo había permitido, había comenzado por pedirme
+que no lo hiciese y concluyó por suplicármelo de tal manera, que muy a
+pesar mío tuve que renunciar a mis proyectos. El antiguo palacio burgués
+de los Berrotarán había sido completamente transformado bajo la
+artística dirección del señor Montifiori. Mi tío había decorado su casa
+con todo el confort<a name="page_211" id="page_211"></a> y el aticismo modernos. Era aquél el nido más
+hermoso en que una mujer de mundo podía soñar; y cosa singular, hasta el
+novio se había rejuvenecido, y había tomado todos los contornos de un
+hombre de mundo.</p>
+
+<p>El 20 de junio de 1883, a las nueve de la noche, una larga serie de
+carruajes particulares se apostaba en la parte más central de la calle
+San Martín y las personas que de ellos descendían, entraban por un
+espacioso zaguán en una casa que ocupaba un extensísimo frente. La
+puerta de calle, cubierta por una inmensa cortina grana, daba entrada a
+una amplia galería tapizada de paño rojo y profusamente alumbrada y
+decorada por guirnaldas y flores. Dos lacayos de librea guardaban sus
+puertas de cada lado de la entrada. Se sentía allí un ambiente tibio y
+agradable. Todo Buenos Aires aristocrático desfilaba por aquella
+galería: los grandes hombres de estado, el alto comercio, la banca, el
+ejército, la magistratura, el foro, las letras, la prensa. Las mujeres,
+cubiertas por pieles y felpas variadas, ganaban la escalera friolentas y
+apuradas, prendidas del brazo de sus acompañantes.</p>
+
+<p>Aquella casa era el palacio del doctor Montifiori, donde debía tener
+lugar aquella noche el casamiento de mi tío Ramón con la señorita<a name="page_212" id="page_212"></a>
+Blanca de Montifiori, hija única del famoso hombre de mundo que ya
+conocemos.</p>
+
+<p>La casa del doctor Montifiori bien merece una página. El trópico había
+brindado sus más ricas y voluptuosas galas para adornar el espacioso
+vestíbulo cubierto por mosaicos bizantinos. Esa flora artificial de la
+moda que prepara cuidadosamente la tierra, y le exige los frutos raros
+de la fantasía de los artistas de la botánica, rivalizaba aquella noche
+con los ejemplares más curiosos del Jardín de Plantas. El jardín de la
+Tijuca había contribuido en sus más bellas muestras. Desde el vestíbulo
+bajo hasta el alto, incluso la gran escalera de encina tallada, las
+hojas perezosas caían sobre sus tallos en grandes vasos de alfarería o
+de madera; los helechos, la parietaria, el lotus y los nenúphares
+extendían sus hojas, cautivas de la moda despótica, bajo cuyo imperio
+parecen sentir la nostalgia de las linfas de los arroyos en que fueron
+sorprendidas.</p>
+
+<p>La mansión de Montifiori revelaba bien claramente que el dueño de casa
+rendía un culto íntimo al siglo de la tapicería y del <i>bibelotaje</i>, del
+que los hermanos Goncourt se pretenden principales representantes: todos
+los lujos murales del Renacimiento iluminaban las paredes del vestíbulo:
+estatuas de bronce y mármol en sus<a name="page_213" id="page_213"></a> columnas y en sus nichos; hojas
+exóticas en vasos japoneses y de Saxe; enlozados pagódicos y lozas
+germánicas: todos los anacronismos del decorado moderno; en fin,
+Montifiori, bien juzgado, era un poco burgués a lo monsieur Jourdain al
+fin. Había progresado mucho, es cierto; sus largos viajes por Europa, su
+malicia y su instinto, le habían complementado sus deficiencias, y en
+materia de <i>chic</i> era <i>as</i> en la aristocracia bonaerense, que no es tan
+fina conocedora de arte, como se pretende, a pesar de su innata
+insuficiencia. Verdad es que el siglo tapicero necesita de dos elementos
+para brillar: del judío cambalachista e importador, del <i>brocateur</i>,
+como le llaman los franceses, y del burgués fatuo que compra y
+colecciona y que se da por fino y sagaz conocedor de lo viejo, de ese
+inestimable <i>vieux</i>, que todos se disputan, aun a riesgo de que resulte
+apócrifo.</p>
+
+<p>Montifiori rendía su culto a lo antiguo; además del gran salón Luis XV,
+con sus muebles tallados y dorados, vestidos de terciopelo de Génova
+color oro, y en el cual dos lienzos de la pared estaban ocupados por dos
+tapicerías flamencas, las demás habitaciones ofrecían el desorden más
+artístico que es posible imaginar. En los muros, tapizados con ricos
+papeles imitando brocatos y cordobanes, una serie de cuadros grandes<a name="page_214" id="page_214"></a> y
+pequeños absorbía la atención de los curiosos. Cuadros eran esos en los
+que Montifiori cifraba todo su orgullo. Allí había un boceto de ninfa
+sobre un fondo ocre sombrío, iluminado por dos o tres pinceladas audaces
+que denunciaban las formas de una mujer desnuda, de carnes bermejas y
+senos copiosos, y que Montifiori mostraba como un Rubens en el caballete
+de felpa cerezo que lo exhibía; más allá, cuadros firmados por Laucret,
+por Largilliere, por Mignard, por Trinquez, por Madrazzo, por Rico, por
+Egusquiza, por Arcos. De éstos, sólo dos de los últimos eran auténticos.</p>
+
+<p>Entre las telas, algunos bajo-relieves en bronce; y sobre los muebles,
+pies de todas clases, bronces antiguos y modernos; terracotas de
+Carpeaux, Chapu, y bustos de Cordier de Monteverde y de Dupré; un
+sinnúmero de reducciones de Bardedienne; vasos, ánforas y objetos
+menores sobre tapices orientales, entre los cuales se veían variedades
+de bibelots en esmalte, en Saxe, en Sévres, en carey, en marfil viejo.</p>
+
+<p>Como se ve, la casa del suegro de mi tío pagaba su tributo a la moda; un
+galgo aristocrático de raza, habría encontrado mucha incongruencia allí;
+mucho apócrifo, mucha fruslería; pero el hecho era que Montifiori
+también entendía de japonismo, de gobelinos, de tapicerías flamencas,<a name="page_215" id="page_215"></a>
+de vidrios de Venecia, de lozas y bronces viejos, de lacas y de telas de
+Persia y Smirna.</p>
+
+<p>Allí andaban todos los siglos, todas las épocas, todas las costumbres,
+con un dudoso sincronismo si se quiere, pero con un brillo deslumbrador
+de primer efecto, ante el cual el más preparado tenía que cerrar los
+ojos y declararse convencido de que el doctor Montifiori era en todo un
+hombre de mundo.</p>
+
+<p>En aquel salón, único en Buenos Aires, Fernanda jugaba su <i>baccarat</i> con
+don Benito y dos o tres amigos más, las noches vacantes de teatros y
+bailes; el señor Penseroso hacía su propaganda evangélica, y Blanca en
+un rincón de la sala enloquecía a mi tío, contándole la gran pasión que
+había sabido inspirarle entre cien hombres de mérito a quienes había
+desairado por él.</p>
+
+<p>El casamiento de Blanca Montifiori había reunido en su casa a las
+mujeres más lindas del día. El reportaje ya había hecho el inventario de
+los regalos. ¡Qué maravillas! Una novia como Blanca, fuera de los mil
+ramos que son de orden, no podía recibir sino diamantes, perlas y
+zafiros. Su padre, hombre de grande influencia en los círculos; su
+novio, uno de los hombres más ricos; Fernanda, la mujer en boga; Blanca,
+la criatura más distinguida del salón porteño, ponían<a name="page_216" id="page_216"></a> aquella noche en
+conflicto la bolsa de cada uno de los concurrentes.</p>
+
+<p>¡Tiene tal sello inconfundible el regalo oficial en una noche de bodas!</p>
+
+<p>Porque es necesario convenir, ¡qué diablo! aun cuando se trate de mi tío
+Ramón y de su linda novia, en que Buenos Aires regala un poco por el qué
+dirán, compra lo más barato que puede, pero nunca sin transigir con el
+punto de honor, con el amor propio del que regala, porque todos quieren
+ser los primeros en la feria de las exhibiciones, gastando lo menos
+posible. Así, pues, los más ricos regalos de una boda no los hacen
+generalmente los más ricos capitalistas, sino los más necesitados.
+Aquella noche, por ejemplo, el doctor don Bonifacio de las Vueltas,
+amigo personal del doctor Montifiori, bella fortuna, bella posición
+política, en situación de servir y no de ser servido, había regalado qué
+sé yo qué par de estatuas imposibles, imitación bronce de pacotilla,
+mientras que mi ex-patrón, don Eleazar de la Cueva, un hombre quebrado,
+en una situación desesperante de fortuna, había arrojado sobre la cabeza
+y el cuello de la linda novia una cascada de perlas y de diamantes.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ese don Eleazar es famoso&mdash;exclamaba Montifiori, admirando los
+espléndidos aderezos del viejo judío...&mdash;¡Es un artista <i>homme de<a name="page_217" id="page_217"></a>
+monde</i>! ¡Qué diferencia de ese imposible y tacaño ministro, que manda
+esos mamarrachos de lata a mi hija!</p>
+
+<p>La curiosidad no dejaba quietas a las mujeres aquella noche.</p>
+
+<p>Ellas conocían al dedillo todos los regalos de la novia: los diamantes,
+las perlas, los zafiros, los rubíes, las cadenas de pulseras y anillos y
+la serie de diademas, de aros y flores de piedras preciosas, que la
+vanidad humana había depositado a los pies de aquella criatura que
+vendía su cuerpo a los tres millones de un viejo de más de sesenta años.
+Pero en lo que las mujeres sobresalían, era en la crónica de los trapos:
+se habían aprendido el <i>trousseau</i> de memoria como el librito secreto de
+la <i>Sociedad Hermanas de los Santos</i>.</p>
+
+<p>&mdash;Doce vestidos de calle&mdash;decía una personita impertinente, de
+veinticinco años largos, sacando la punta de su zapato de raso por el
+ruedo del vestido.</p>
+
+<p>&mdash;¿Doce?&mdash;le preguntaba la vecina,&mdash;quince... ¡ya los he visto todos!</p>
+
+<p>&mdash;¿Es posible?...</p>
+
+<p>&mdash;Ya lo creo...&mdash;replicaba con suficiencia la que parecía más informada.</p>
+
+<p>&mdash;Dicen que hay uno de baile espléndido, color <i>bleu d'eau</i> y otro de
+terciopelo estampado color<a name="page_218" id="page_218"></a> marfil, guarnecido con ramos de rosas té. ¡Y
+los <i>matinées</i> son espléndidos! Pero a mí lo que me gusta más, es uno
+color turquesa muerto. ¡Qué monada!</p>
+
+<p>Y el pudor y el buen gusto no me permiten continuar; aquellas niñas
+comenzaron por los vestidos, siguieron por las medias y acabaron por
+inventariar con el desparpajo de un cirujano que hace una operación,
+hasta las piezas de ropa del más íntimo uso de la novia.</p>
+
+<p>Eran las nueve y media ya, y el salón estaba lleno de hombres y de
+mujeres, cuando aparecieron Fernanda del brazo de mi tío, y Blanca del
+brazo de su padre. El señor Penseroso vino a encontrarlos. Las amigas de
+la novia, vestidas todas de blanco, la rodearon mientras que el
+sacerdote tomaba suavemente la mano a mi tío y le indicaba que se la
+diese a Blanca. La rueda de curiosos estrechó el círculo; las mujeres se
+ponían en puntas de pies; todos querían presenciar la ceremonia. La
+fisonomía de Blanca no manifestaba turbación alguna: parecía la estatua
+de la satisfacción. Yo nunca la había visto más linda; nunca el oro mate
+de sus cabellos había dado más realce a su fisonomía que aquella noche.
+Su vestido de novia era un poema en el que el telar y la aguja habían
+hecho las más espléndidas estrofas a su belleza. Entre aquella<a name="page_219" id="page_219"></a> cascada
+de flores y de diamantes, de encajes, brocatos y felpas primorosas que
+invadía el salón de Montifiori, la novia se presentaba con una elegancia
+llena de distinción, con su traje blanco con aplicaciones de terciopelo
+cincelado, y por único adorno, una onda desbordada de encajes de
+Inglaterra, que naciendo en el cuello, iba a perderse en su gran cola,
+después de haber perfumado el contorno con su mística y vaporosa
+blancura. Dos gruesas perlas, hermanas de los azahares, servíanle de
+pendientes, y su seno, aquel seno escaso que tanto mal sueño me había
+producido, cerrado completamente por la bata, daba a su busto una
+corrección de líneas inimitable.</p>
+
+<p>¡Era feliz mi tío!</p>
+
+<p>El señor Penseroso con una dulzura exquisita y un laconismo de la más
+urbana discreción dijo la ceremonia. Era de ver aquel viejo de cascos
+ligeros, tonto y baboso, que había vivido dominado por una vieja
+perversa casi toda su vida, al lado de una criatura, llena de vida, de
+juventud y de belleza, creyéndose capaz, el pobre, de haberle inspirado
+una pasión. Era de ver también la flema con que Montifiori presenciaba
+el enlace de su hija; y por último pasmaba la apatía con que Blanca se
+entregaba a un marido que carecía, como era natural, de todos los
+encantos<a name="page_220" id="page_220"></a> que un hombre puede ofrecer a una mujer joven y bella.</p>
+
+<p>Cuando el sacerdote terminó la ceremonia, mi tío se echó en brazos de
+Fernanda y Montifiori en brazos de su hija: los amigos hicieron iguales
+demostraciones con los novios; no hubo sollozos ni lágrimas, y apenas
+hubieron terminado las felicitaciones, cuando la orquesta inició el
+baile, con aquel mismo vals de Metra que yo había bailado con Blanca un
+año antes, en el Club del Progreso. Se organizaron las parejas y el
+bullicio y el movimiento invadieron de nuevo el espacioso salón de
+Montifiori.</p>
+
+<p>Allí encontramos a todos nuestros conocidos del club y a muchos hombres
+en boga. Montifiori ha convidado a todo el mundo: la casa es pequeña
+para contener la concurrencia; no faltan ni los desconocidos
+recientemente llegados; porque en Buenos Aires somos tan amables, que es
+más fácil abrir la puerta de un salón del gran mundo a un extranjero que
+acaba de llegar, sea quien sea, que a un hijo del país que nunca ha
+salido de su patria;&mdash;¡costumbres sudamericanas!</p>
+
+<p>Siempre se cree que es de mal tono no invitar al brillante desconocido,
+que ha aparecido una noche en la platea del Colón, o un domingo en el
+bosque de Palermo.<a name="page_221" id="page_221"></a></p>
+
+<p>Me acerqué a Blanca; la cumplimenté; me tendió la mano sonriendo, y me
+dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Seremos grandes amigos... Soy su tía...&mdash;agregó con una sonrisa.</p>
+
+<p>&mdash;Lo seremos&mdash;le contesté con afecto.</p>
+
+<p>Mi tío me abrazó, pero al sentir su pecho sobre el mío, yo hubiera
+deseado que no lo hubiera hecho. Sentía vergüenza de mí mismo; deseos de
+desprenderme de él, de no verlo, de no haberlo conocido. ¿Amaba a
+Blanca? No: ¡qué diablo! no la amaba, no la había amado nunca, no habría
+podido amarla y menos desde aquel día. Ese casamiento era una
+explotación, y yo le había cobrado una innata repugnancia; porque, al
+fin, aquella mujer era una mujer de mármol, una mujer sin alma, sin
+sentimiento, sin poesía siquiera.</p>
+
+<p>Casada con un truhán, con un libertino, pero joven y con el prestigio
+propio de un hombre, yo la habría comprendido; pero venderse a un viejo
+valetudinario, a un hombre sin talento, sin espíritu, sin fuerzas...
+¡cómo justificarla! ¡cómo creerla digna de ser sentida y amada!</p>
+
+<p>En el bullicio del baile, los novios desaparecieron; bajaron
+precipitadamente la grande escalera, ganaron el cupé que los esperaba en
+la puerta de calle y muy pronto estuvieron en la morada que mi tío había
+preparado para que<a name="page_222" id="page_222"></a> Blanca pasara su luna de miel con sus sesenta y
+tantos años.</p>
+
+<p>Aquella noche, cuando los pesados y ricos cortinados de la cámara
+nupcial cayeron sobre los misterios de himeneo, el Dios del amor debió
+cerrar sus pliegues con vergüenza, como si se sintiese deshonrado de
+servir de guardián a los desposorios del Tiempo con la diosa más joven
+del Olimpo.</p>
+
+<p>Mi amigo don Benito, correctamente vestido, charlaba aquella noche en un
+rincón del gran comedor de la casa de Montifiori con varios muchachos
+alegres que comentaban el enlace de Blanca.</p>
+
+<p>&mdash;Lo único que le hace falta al novio, es que Montifiori le consiga un
+pedacito de cinta para el ojal, como la que él usa&mdash;decía riendo uno de
+los jóvenes de la rueda.</p>
+
+<p>&mdash;¡Eh! no es tan fácil eso...&mdash;decía otro.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué no! mire usted aquel tipo que está allí, aquel narigón. Ha sido
+vendedor de trapos toda su vida; se dio importancia, se hizo amigo de
+algunos diplomáticos, y al poco tiempo la mujer le puso un moño en la
+<i>boutonniére</i> y ahí lo tienen ustedes. ¡Vean con qué garbo muestra su
+escarapela!</p>
+
+<p>&mdash;Y cómo goza Montifiori con esas cosas... ¿eh?<a name="page_223" id="page_223"></a></p>
+
+<p>&mdash;En fin, esperemos que don Ramón vaya a Europa mañana, compre un
+título, y que Blanca sea Baronesa de algo...&mdash;dijo don Benito después de
+haber apurado una copa de champagne.</p>
+
+<p>&mdash;¡Diablo con Montifiori! qué vino nos hace beber! ¿Pero quién lo
+surte?...&mdash;agregaba don Benito;&mdash;este champagne es abominable... ¿si nos
+creerá tontos este gran pieza de Montifiori?</p>
+
+<p>&mdash;El cristal de las copas es de primer orden, pero los vinos de
+Montifiori están a la altura de la mayor parte de sus invitados. Hombre
+práctico al fin, él sabe que a su casa viene de toda clase de gente. Es
+absurdo, pues, dar buen vino a todo el mundo. ¿Para qué? quién lo sabría
+apreciar.</p>
+
+<p>Yo me mantenía retirado de aquel grupo de maldicientes. Me faltaba mi
+compañera de vals, pasaba por mi memoria el recuerdo de lo que me había
+sucedido el año anterior. Iba a vivir en la misma casa... ¿qué importa?
+Yo estaba seguro de mí mismo, ¿qué podía temer? En estas reflexiones
+estaba abstraído, cuando don Benito vino a golpearme en el hombro.</p>
+
+<p>&mdash;Julio&mdash;me dijo,&mdash;¿vamos a cenar al club?</p>
+
+<p>&mdash;Vamos&mdash;le respondí maquinalmente, después de haber saludado a
+Montifiori y a Fernanda y tomamos nuestro carruaje.</p>
+
+<p>&mdash;Sabes&mdash;me dijo, ya en el coche don Benito,<a name="page_224" id="page_224"></a>&mdash;que Fernanda me ha ganado
+5000 duros... ayer.</p>
+
+<p>&mdash;¡Fernanda! ¡qué! ¿juega Fernanda?</p>
+
+<p>&mdash;¡Bah!...</p>
+
+<p>&mdash;Y...</p>
+
+<p>&mdash;Y... se los he tenido que pagar...&mdash;agregó riendo,&mdash;vale la pena de
+perderlos con ella&mdash;añadió.&mdash;Si tu honor te lo permitiera, yo te
+aconsejaría que te los dejaras ganar por Blanca.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos&mdash;le dije, poniéndome serio,&mdash;don Benito, eso no es correcto...
+Blanca es la mujer de mi tío... respétemonos, respetémosla.</p>
+
+<p>&mdash;Vaya, niño... no se incomode; respetemos a la señora de su tío de
+usted... pero tenga cuidado con ella para poderla respetar.</p>
+
+<p>En aquel momento mismo llegábamos al club.</p>
+
+<p>Cenamos y nos dieron las tres de la mañana. En todo el club no se
+hablaba de otra cosa que de la boda, y, como era natural, la crítica se
+recreaba en morder el argumento por todas sus faces.</p>
+
+<p>&mdash;¿Vienes a casa?&mdash;me dijo don Benito;&mdash;tu cuarto está pronto.</p>
+
+<p>Acepté. A las cuatro de la mañana entrábamos en la casa de mi viejo
+amigo. Charlamos largo rato y en medio de la charla de don Benito, me
+adormecí. Entonces, un sueño espantoso<a name="page_225" id="page_225"></a> pasó por mis ojos. Me vi
+trasladado a los tiempos del colegio. En la puerta de calle vi a
+Valentina que parecía esperarme. Era el día de su santo. Llegué a su
+casa, le di el ramo de jazmines que llevaba para ella: me inquietó la
+presencia de don Camilo en la mesa. Por la noche, Valentina se acercó a
+mi lado en el jardín, juntos miramos al cielo; veía su cara risueña y
+espiritual, sonriendo, llena de luz, de vida y de sentimiento; oí en el
+piano las notas graves de Beethoven, me despedí de ella... La volví a
+ver otro día por la última vez... no pude, no supe decirle que la
+quería... Mi sueño se fue complicando poco a poco... apareció primero
+entre sus imágenes, la figura escuálida de un clérigo, después mi tío...
+a su lado, una mujer joven le estrechaba la mano... ¡esa mujer era
+Valentina!... Sentí una terrible opresión en el pecho; quise correr para
+separarlos, no pude: tenía ligados los pies; quise gritar para que me
+oyesen, tampoco pude, la emoción cerraba mis labios. Las fuerzas me
+faltaban; entonces vi caer la mano del clérigo sobre la pareja que
+recibía su bendición y caí desmayado. Todo había concluido para mí!...
+¡Valentina no me pertenecía ya... la había perdido!</p>
+
+<p>¡Ah! pero entonces el terrible sueño que me<a name="page_226" id="page_226"></a> oprimía como una piedra, se
+deshizo como un vapor sutil y desperté... ¡Oh! ¡qué íntima, qué inmensa
+alegría inundó mi ser, cuando pensé que Valentina era libre!<a name="page_227" id="page_227"></a></p>
+
+<h3><a name="XV" id="XV"></a>XV</h3>
+
+<p>Mi vida no cambió mucho por cierto con el casamiento de mi tío Ramón.</p>
+
+<p>Blanca, con un tren de lujo extraordinario, vivía en el mundo, en los
+teatros, en los bailes, en todas las fiestas y paseos más concurridos.
+Dominado su marido desde el primer momento, el pobre viejo iba siempre a
+remolque de su mujer, sin oposición, sin protesta de ningún género. Yo
+los acompañaba poco; vivía aislado en un departamento independiente de
+la casa, porque me mortificaba el trato de aquella mujer fría y ligera
+que no podía vivir sino en una atmósfera de lujo y de pompa. El círculo
+de los amigos solteros de mi tío Ramón, se había extendido
+considerablemente, con motivo de su casamiento. Montifiori le había
+traído a todos sus camaradas del gran mundo; dos o tres diplomáticos,
+aves de paso, chismosos y murmuradores,<a name="page_228" id="page_228"></a> como todas las mediocridades
+del género; uno o dos banqueros; no faltaba nunca algún personaje
+político de más o menos importancia, ni un grupo de muchachos alegres y
+calaveras, que solían comer allí y alegrar la tertulia de Blanca, en la
+que Fernanda gozaba de una influencia suprema. Por la noche se tocaba,
+se cantaba, se saboreaban los escándalos sociales, se criticaba, se
+mordía en grande y se jugaba... se jugaba grueso. Era la única mala
+pasión del gentil don Benito; superior en él a todas las otras, lo
+dominaba y lo consumía.</p>
+
+<p>Caballero a carta cabal, un gentilhombre a toda prueba, solo, sin hijos
+ni parientes, había tomado la vida con una suprema frialdad y se le
+importaba muy poco del mundo en todo aquello que no fuera para él
+materia de honra. El sabía y conocía su situación; encontraba alegre la
+vida en el salón de Fernanda y de Blanca, hacía en él sus campañas
+amorosas y perdía como todo hombre feliz en amores, sus buenos billetes
+de banco. En el punto de honor, era un caballero antiguo, abierto,
+desprendido, pródigo hasta el exceso con las mujeres; calavera sin
+escrúpulos en materias parvas; burlón de los avaros y de los necios,
+lengua libre y corazón de oro en medio de los terribles defectos
+mundanos<a name="page_229" id="page_229"></a> que le atribuían ciertas mamás consternadas por su mala fama.</p>
+
+<p>Una tarde que don Benito y otros amigos comían en lo de Blanca
+alegremente, como de costumbre, mi linda tía se sintió indispuesta. Mi
+tío se alarmó profundamente; todo el círculo de invitados procuró
+manifestar igual alarma. Se llamó al doctor de la familia, un médico
+joven y sagaz, fino conocedor de aquel centro social y mundano. Vio a
+Blanca, la sometió a todas las añagazas y a todo el procedimiento
+aparatoso del arte, y en medio de la aflicción sincera de mi tío y de
+los invitados, sacó al marido aparte y le dijo sonriendo:</p>
+
+<p>&mdash;Bien, amigo don Ramón... le felicito...</p>
+
+<p>&mdash;Doctor, no entiendo... perdone usted...&mdash;le contestó mi tío.</p>
+
+<p>&mdash;Pues dígale a Blanca que se lo explique... ¿no le ha dicho nada?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah!&mdash;exclamó mi tío golpeándose en la frente.&mdash;¡Pobrecita! ¿Quién lo
+hubiera creído?... ¿Será posible? ¡Ya me lo había sospechado!</p>
+
+<p>&mdash;¿Y por qué no? Cualquiera, conociéndolo a usted... ¿o pensaba usted...
+que, casándose con una muchacha como esa, no?...</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! no, no&mdash;contestó mi tío con cierto orgullo<a name="page_230" id="page_230"></a> reconcentrado, como
+un hombre que está persuadido de haber cumplido con su deber.</p>
+
+<p>La novedad se contó en voz baja a los contertulianos. Blanca, echada
+negligentemente en un canapé, la oía comentar y circular por el salón, y
+pasada la primera crisis y bebida la fórmula anodina que había recetado
+el médico, dejaba caer sus miradas frías y distraídas sobre las páginas
+de un periódico ilustrado que apenas podía sostener en sus manos. Mi tío
+Ramón hacía pucheros de alegría y de íntima satisfacción. ¡El, sin
+sospecharlo, él, a sus sesenta y tantos años, había producido aquel
+verdadero atentado contra la regularidad del equilibrio lunar! Blanca,
+pálida como de costumbre, lo llamaba a ratos a su lado, le pasaba la
+mano por la cara, le daba en ella cariñosas palmaditas con una fisonomía
+fingidamente huraña y resentida, ante la cual el viejo comenzaba por
+aflojar las rodillas, y por estirar los labios, y concluía por caer
+rendido como un criminal arrepentido, sobre un muelle y riquísimo <i>puf</i>
+que la enferma había hecho acercar a su lado. El cuadro era digno del
+satírico pincel de Hogarth; los mimos de mi tío con su joven esposa,
+llena de caprichosos antojos, de manías y veleidades, tenían ese sello
+característico de los devaneos seniles, que rebajan la energía<a name="page_231" id="page_231"></a> del
+hombre y deprimen tanto la dignidad de los ancianos.</p>
+
+<p>Pero aquella criatura de alma viciosa sabía representar su papel como
+una gran artista, y hasta el mismo don Benito, que no comulgaba
+fácilmente con ruedas de molino, estaba rendido aquella noche ante ella,
+al verla desfallecida sobre un sofá, con la pollera de su riquísimo
+vestido de surah ligeramente recogida, dejando ver su pie,
+admirablemente calzado, y la garganta de su pierna cubierta por una
+media de seda bordada.</p>
+
+<p>&mdash;Tengo un antojo&mdash;le decía a mi tío, tirándole de la pera,&mdash;y me voy a
+morir sino me lo satisfaces, sabes... ¡un gran antojo!</p>
+
+<p>Mi tío ponía cara de bandido sorprendido infraganti.</p>
+
+<p>&mdash;Un antojo... pero que nadie sepa lo qué es... ni lo digas tú a
+nadie... Ven, acércate, yo te lo diré al oído...</p>
+
+<p>Y el viejo, con movimiento de palomo, acercaba el oído a sus gruesos y
+provocativos labios.</p>
+
+<p>&mdash;Valen muy poco, mira, y son espléndidas... quiero lucirlas en el
+primer baile... con el vestido de <i>velours frappé</i> que espero...</p>
+
+<p>Prométeme traérmelas mañana... Te adoraré; te perdonaré todo lo que
+sufro.<a name="page_232" id="page_232"></a></p>
+
+<p>Y, al día siguiente, el pobre viejo satisfacía los antojos de aquella
+insaciable criatura, trayéndole el collar de perlas que se exhibía en
+una de las joyerías más famosas de la calle de Florida, y ella, mimosa
+como una gata, se arrellanaba en su victoria, se cubría de pieles y se
+hacía arrastrar a Palermo para deslumbrar y humillar con su hermosura y
+su lujo a todas las mujeres de mundo que encontraba en su camino.<a name="page_233" id="page_233"></a></p>
+
+<h3><a name="XVI" id="XVI"></a>XVI</h3>
+
+<p>Un día, tarde ya, casi a la hora de comer, encontré a Blanca, sola, en
+la salita donde acostumbraba a pasar el día, cuando no salía. Al verme
+entrar por la pieza inmediata, dio un grito de sobresalto, se puso
+pálida y dejó caer el libro que leía.</p>
+
+<p>La saludé y me incliné para recogerlo; al dárselo, abrió los brazos.
+Comprendí el movimiento y le dejé caer el libro suavemente sobre las
+faldas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué susto me ha dado!&mdash;me dijo,&mdash;estoy tan nerviosa, que todo me da
+miedo...</p>
+
+<p>&mdash;¿Y su marido?&mdash;le pregunté, aparentando no interesarme por su
+sobresalto.</p>
+
+<p>&mdash;No sé&mdash;respondió.&mdash;¿Conoce este libro?&mdash;agregó, indicando con un
+simple gesto el libro que mantenía sobre sus faldas.<a name="page_234" id="page_234"></a></p>
+
+<p>&mdash;No; ¿qué libro es?</p>
+
+<p>&mdash;Lea su título...</p>
+
+<p>&mdash;No puedo leerlo...&mdash;y en efecto, no era posible leerlo, porque el
+libro había caído dado vuelta.</p>
+
+<p>&mdash;Pero dele vuelta&mdash;me respondió, siempre con los brazos levantados...</p>
+
+<p>Me levanté, y con la punta de los dedos, volví el libro para leer el
+título.</p>
+
+<p>&mdash;Lea&mdash;me dijo.</p>
+
+<p>&mdash;Leí; <i>Monsieur, Madame et Bebé</i>.</p>
+
+<p>&mdash;¿Conoce?&mdash;me preguntó, con una muequita llena de coquetería.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! sí, es un poco antiguo ya&mdash;le dije. Blanca se mordió los labios;
+pero, dominándose y con un semblante lleno de aparente placidez, tomó al
+fin el libro y lo puso sobre una pequeña mesa de felpa que tenía al
+lado.</p>
+
+<p>&mdash;Sabe que usted es el más orgulloso de mis amigos&mdash;me dijo, con un tono
+resuelto.</p>
+
+<p>&mdash;Yo, ¿por qué?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! sí&mdash;continuó;&mdash;usted no es el mismo que antes para mí, y mire,
+todos los hombres que vienen a esta casa, me contemplan, me adulan y me
+cortejan; pero usted es un indiferente en casa.</p>
+
+<p>&mdash;Señora&mdash;le contesté, riendo,&mdash;usted está bajo la influencia de la
+lectura de Droz.<a name="page_235" id="page_235"></a></p>
+
+<p>&mdash;No se ría. ¿Se acuerda usted ahora dos años? Yo soy la misma mujer de
+entonces. ¿Cree usted que me he casado con el hombre que es mi marido,
+queriéndolo?...</p>
+
+<p>&mdash;No... yo sé que usted no lo ha querido nunca&mdash;le repuse resueltamente.</p>
+
+<p>&mdash;Y bien...&mdash;me contestó,&mdash;yo sé que usted me ha amado un día... ¿se
+acuerda usted?... Yo he llegado a un momento supremo de la vida, en que
+necesito amar y ser amada por un hombre digno de mí. ¡Soy una
+desgraciada!... ¿qué pasión puede inspirarme ese hombre que es mi
+marido?</p>
+
+<p>&mdash;Julio&mdash;agregó, levantándose de improviso y corriendo como una loba
+hacia la puerta abierta de la habitación inmediata, que cerró con
+precipitación;&mdash;Julio&mdash;me repitió,&mdash;yo he desairado a todos los hombres
+que vienen a esta casa, todos me son odiosos... Yo necesito un hombre
+joven, que me quiera, que me dé su alma, su corazón, en cambio de todo,
+de todo mi amor.</p>
+
+<p>Yo permanecía frío e imperturbable en mi asiento.</p>
+
+<p>&mdash;Señora&mdash;le dije,&mdash;¿qué diría el mundo, si oyera sus palabras?</p>
+
+<p>&mdash;¿El mundo? ¿qué me importa del mundo? No me impone ni lo temo. Yo he
+sido su víctima.<a name="page_236" id="page_236"></a> Yo quiero vengarme de él. Pero necesito de usted. Al
+fin, ¿qué he sido yo hasta ahora como mujer? Una máquina para ese
+anciano débil y enfermo a quien arrastro por los salones, por las calles
+y por el mundo entre las burlas y las sonrisas de todos los que nos
+miran y nos encuentran.</p>
+
+<p>&mdash;¡Blanca!</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! Julio&mdash;prosiguió arrastrando junto a mi el pequeño sillón que
+rodó suavemente al impulso de su cuerpo.&mdash;¡Yo le amo, le amo con locura!
+¡Yo se lo había dicho a usted; mi corazón no lo daría sino a un hombre,
+aun cuando tuviera que vender mi cuerpo a otro, como ha sucedido!</p>
+
+<p>Y tomándome las manos, aquella singular criatura, me clavaba las uñas
+como una pantera, y me irritaba con sus palabras ardientes y resueltas.
+El momento era crítico; la Naturaleza rugió con toda su indómita
+fiereza; sentía el calor de su rostro sobre el mío, su cuerpo tibio
+sobre mi pecho; sus lágrimas de fuego caían sobre mis labios, su piel
+candente me quemaba, perdí la razón por un momento, abrí los brazos, se
+me nublaron los ojos y en un segundo de locura, bramando de cólera y de
+pasión, me iba a arrojar sobre aquella mujer como en un precipicio,<a name="page_237" id="page_237"></a>
+cuando un relámpago de la razón iluminó mi frente y pude detenerme en el
+borde del abismo a que me había arrastrado un instante la fuerza
+estúpida de la carne.<a name="page_238" id="page_238"></a></p>
+
+<h3><a name="XVII" id="XVII"></a>XVII</h3>
+
+<p>Los pronósticos del médico se cumplieron.</p>
+
+<p>Pocos meses después mi tío era padre.</p>
+
+<p>La suerte había sido prodigiosa. Difícilmente podría existir una
+criatura más encantadora que la hijita de Blanca. El mundo, según don
+Benito, había puesto sus puntos interrogantes; pero el mundo es malo y
+es necio. Nada más hermoso que aquella niñita que, según todos los que
+la conocieron, era un trasunto de su padre. Blanca, sin embargo, después
+de los primeros meses, parecía hastiada ya de los cuidados maternos.
+Hacía tres meses que no iba a bailes y que no hacía su partida de
+<i>whist</i> con los amigos de su padre.</p>
+
+<p>¡Era triste la vida así! Esa vida de familia, el <i>bebé</i> que llora de
+noche, que pide inconsideradamente el sacrificio de las mejores horas de
+sueño: ¡Oh, qué vida tan insoportable!<a name="page_239" id="page_239"></a></p>
+
+<p>Era necesario una nodriza. Por falta de una, Blanca había perdido un
+baile del club y otro baile particular y hacía semanas que se limitaba a
+sus excursiones íntimas con la madre.</p>
+
+<p>Estaba desolada y con un humor irascible. El pobre tío pagaba aquellas
+intemperancias que le eran tan propias. No era capaz aquella mujer de
+comprender el amor de madre en toda su sublime expresión. Mi tío poníase
+achacoso... los catarros comenzaban a minar su naturaleza; y Blanca, una
+vez aliviada de sus incomodidades maternales, quería indemnizarse de su
+ausencia de la sociedad y exigía que su pobre marido expusiese sus
+constipados a las corrientes de aire de los teatros y a las salidas de
+los bailes.</p>
+
+<p>Era necesario obedecer; aquella mujer no daba tregua. No le era bastante
+el tren insensato de lujo que arrastraba: las rentas de mi tía Medea,
+incólumes hasta el segundo matrimonio de mi tío, ya era materia más que
+dudosa: los inmuebles de la ilustre descendiente de los Berrotarán
+soportaban ya algunas hipotecas en cambio de los diamantes que
+iluminaban la cabeza y el busto de Blanca y de las telas que arrastraba
+en las alfombras de los salones del gran mundo.</p>
+
+<p>Sobrevino el primer período crítico de este enlace. Blanca comenzó por
+ir sola con la madre<a name="page_240" id="page_240"></a> una noche al teatro. Su marido, que hasta entonces
+había hecho todos los esfuerzos supremos para acompañarla y mantener
+alto el pabellón, se resignó por último. Los reumatismos tienen al fin
+la razón sobre la voluntad; y como era, según ese espléndido Montifiori,
+una verdadera crueldad, privar por un dolor insignificante de cintura de
+su yerno, a la pobrecita Blanca, de una noche de ópera, el buen viejo
+don Ramón, convencido al fin de toda la impertinencia de su enfermedad y
+de las excelentes razones de su magnífico suegro, se quedaba en su casa
+con <i>bebé</i> mientras su linda mujercita resistía en Colón la carga de los
+más peligrosos anteojos de la temporada.</p>
+
+<p>¡Pobre viejo! En las noches de soledad para él hacía traer a su lado la
+cuna de su hijita y junto a ella, cubierto de franelas y algodones,
+materialmente embutido en el hogar de la chimenea, pasaba las horas
+contemplando el rostro de aquel ángel que le brindaba sus primeras
+sonrisas y balbuceos. ¡Cuánta semejanza entre los niños y los viejos! En
+orillas opuestas ven tranquilamente precipitarse en medio de la
+corriente de la vida, en la que unos se han agitado y en la que los
+otros no sueñan en agitarse mañana. Un niño que sonríe en una cuna, que
+agita inconscientemente sus manecitas, que ríe <a name="page_241" id="page_241"></a>o llora maquinalmente,
+es la manifestación más íntima, más pura de la ternura humana.</p>
+
+<p>No se concibe que esa cuna esté sola: que la madre la abandone por un
+momento; el sueño de ese ser debe ser velado por ella, porque, si ella
+falta un instante, creeríase que esa vida embrionaria se extinguiría,
+falta del calor materno, de sus besos y de sus caricias.</p>
+
+<p>¿Hay algo más bello que un niño que duerme? Ese sueño que parece
+alimentado por las alas de un ángel invisible, que se agitan en el
+misterio de la noche, ese sueño no se duerme sino en una edad. La
+expresión de un niño dormido atrae irresistiblemente. ¿Qué sueña esa
+alma inocente? ¿Qué idea, qué pensamiento agita ese cerebro?... ¿Por qué
+late suave, pausadamente, sin agitaciones ese tierno corazón de ángel?</p>
+
+<p>Estas reflexiones debía hacerse el pobre viejo delante de aquella cuna
+que en cuatro meses había hastiado a la madre, ebria por los placeres
+del mundo, sedienta de lujo y de amantes. Al ver a su hijita dormida, el
+buen viejo debía meditar con tristeza en su porvenir. ¡El no la
+alcanzaría mujer tal vez! Y, entonces, pensando en su pasado ingrato, en
+sus años de despotismo conyugal, debía sin duda, compararlos con el
+presente en que, enfermo y valetudinario casi,<a name="page_242" id="page_242"></a> no tenía fuego en el
+alma, ni sangre en las venas para correr al lado de su linda mujer la
+carrera vertiginosa del mundo, en la cual caía como un rezagado,
+mientras ella, al frente de la alegre caravana, volaba cantando los
+aires calientes de la fuerza y de la juventud.</p>
+
+<p>¡Oh! ¡Es triste la vejez!</p>
+
+<p>Algunas noches, el viejo solía adormecerse ligeramente en medio de la
+muda contemplación de su hija. El reloj daba las doce, sin que Blanca
+hubiese regresado a aquel hogar trunco por la oposición de su vejez a su
+juventud. De repente, una puerta se abría, un ruido de sedas cuyo
+<i>frou-frou</i> creeríase el paso de un duende, dejábase oír en la
+habitación, y a través de la media luz azulada del velador, el pobre
+viejo, enfermo y postrado, veía atravesar como un fantasma la sombra
+fascinante de Blanca, arrastrando ondas de rasos y encajes y dejando a
+su paso el perfume capitoso de juventud que embalsamaba la visión de
+Fausto.</p>
+
+<p>Entonces el martirio debía duplicarse: aquella aparición deslumbrante de
+todas las noches, que pasaba indiferente por su lado y el de su hija,
+sin detenerse, que no rendía culto ni a la ley del esposo ni al cariño
+de la madre, que volvía llena y tibia aun con los vapores del mundo en
+que vivía, después de librar la batalla del lujo en la feria<a name="page_243" id="page_243"></a> de las
+vanidades; aquella aparición enloquecedora desaparecía, y ante los ojos
+fatigados del anciano se alzaba el espectro aterrador de doña Medea,
+riendo con una carcajada satánica, estridente y vengativa, y lanzando
+una blasfemia terrible contra aquel desgraciado del destino, víctima
+inocente de la suerte, que temblaba de espanto y de impotencia ante el
+recuerdo del pasado y el cuadro del presente.</p>
+
+<p>Una tarde de primavera, mi tío, que ya había comenzado a sentir el peso
+profundo de la tristeza, me invitó a que lo acompañara en carruaje hasta
+Belgrano.</p>
+
+<p>Mi aceptación llenó de gusto al pobre viejo. La tarde era bella y tibia;
+el río estaba claro y sereno como un cristal, y cuando los caballos
+comenzaron a trotar por el camino de Palermo, mi compañero comenzó a
+reanimarse con el aire puro del campo y la tranquilidad de la tarde.</p>
+
+<p>El camino de la costa tiene cierto encanto poético de reminiscencias que
+los viejos no olvidan fácilmente. En el camino de los Olivos al Tigre
+están enterradas sus primaveras. Aquellas caravanas ecuestres de otros
+tiempos que comenzaban por la madrugada en el Retiro y que terminaban en
+San Isidro o San Fernando a mediodía, y con bailes y pascanas a media
+noche, tienen una larga historia en la vida galante de otra<a name="page_244" id="page_244"></a> edad. Mi
+tío comenzó a recordarlas con cierta melancolía.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cuántos han muerto ya!&mdash;me dijo.&mdash;Tú no te puedes imaginar lo que era
+la costa entonces, en el mes de octubre, con los árboles en flor.</p>
+
+<p>El perfume de las aromas, de la retama y de los azahares embalsamaban el
+camino. Salíamos quince o veinte amigos, muchachos alegres todos, y de
+un galope llegábamos a las chacras de los Olivos y de otro a las
+barrancas de San Isidro. ¡Cómo hemos cambiado, Julio! ¡Qué fácil y qué
+llana era entonces la vida, qué gratos recuerdos me traen ese río
+azulado y tranquilo y esas barrancas siempre verdes y risueñas! Allá,
+cerca de San Isidro, yo tenía una novia; se llamaba Luciana, una linda
+muchacha de dieciocho años, que cantaba con una gracia exquisita las
+canciones de nuestro tiempo. Yo era pobre y muy joven: la casaron con un
+viejo rico. ¡Ah, no te rías, así le ha pasado a Blanca conmigo,
+cualquiera diría que yo he querido vengarme de las mujeres! Pero ¡qué
+épocas aquellas! Toda la costa nos pertenecía, en todas partes
+bailábamos, pasábamos el domingo entero en fiestas y por la noche, o el
+lunes de madrugada, nos poníamos en viaje para la ciudad.</p>
+
+<p>El pobre viejo se animaba con sus recuerdos,<a name="page_245" id="page_245"></a> y después, como despertado
+de su sueño por el presente, proseguía:</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué disparate he hecho en casarme, Julio, con una mujer tan joven! Yo
+lo siento, yo lo sé; no puedo hacerla feliz.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero y su hijita?&mdash;le dije...</p>
+
+<p>&mdash;¡Es lo único que me da ánimo y fuerza para vivir&mdash;me repuso;&mdash;si no
+fuera por ella, ¡qué solo estaría en el mundo! ¡Qué horrible sería mi
+desesperación! ¿No es verdad, que es una criatura encantadora? Y aquí,
+para entre nosotros dos, ¡qué poco la atiende la madre! ¡Verdad es, una
+criatura como Blanca que casi no ha tenido juventud! Yo no puedo
+exigirle el sacrificio de su alegría; es una niña todavía; una noche de
+teatro, un baile, una fiesta cualquiera la fascina.</p>
+
+<p>¡Yo lo encuentro natural, pero si al menos su hija le produjese el mismo
+entusiasmo!</p>
+
+<p>¡Ah, no te cases viejo!... Cada vez que yo pienso que no podré ya ver
+mujer a mi hija, me desespero. Me parece que el Cielo me ha hecho
+concebir una esperanza para quitármela en seguida.</p>
+
+<p>Tú sabes cuan desgraciado he sido en mi vida pasada. ¡Qué mujer aquella
+que me deparó el Cielo!... Cásate joven y con una mujer dulce y
+sencilla. Yo debo decirte que no sé qué ha<a name="page_246" id="page_246"></a> sido peor para mí, si mi
+vida pasada de casado, o mi vida presente. Mi primera mujer, tú la
+conociste; no era posible ser feliz con ella: tenía un carácter agrio y
+duro, y mi segunda mujer, te lo aseguro, Julio, me obliga a hacer una
+vida tan artificial, que no sé cuando he sufrido más, si en la guerra
+viva de la primera época o en la fiesta perpetua en que vive todo lo que
+rodea a mi suegro, el doctor Montifiori.</p>
+
+<p>Ante aquella íntima confidencia, que era un verdadero desahogo, yo creía
+conveniente guardar silencio. No tenía palabras para consolar a mi tío
+con razones completamente contrarias a mis sentimientos y prefería
+callar, aun corriendo el riesgo de acatar todo aquel amargo y tardío
+arrepentimiento.</p>
+
+<p>Habíamos llegado casi a la entrada de Belgrano, cuando mi tío dio orden
+al cochero que se detuviese junto a un pequeño rancho, en que
+jugueteaban tres o cuatro niños. Al detenernos, los niños se acercaron
+al carruaje y en la puerta del rancho aparecieron una mujer y un hombre,
+jóvenes ambos, que saludaron amistosamente a Alejandro que manejaba el
+coche, como si ya lo conociesen de antemano.</p>
+
+<p>&mdash;¿Debe ser aquí&mdash;dijo mi tío,&mdash;no, Alejandro?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor, aquí es&mdash;repuso Alejandro.<a name="page_247" id="page_247"></a></p>
+
+<p>Mi tío, a quien ya se habían acercado el hombre y la mujer, seguidos de
+los niños, que nos miraban curiosamente, les hacía no sé qué encargo
+doméstico que Blanca le había encomendado para ellos, y la mujer parecía
+oírlo con cierta duda y extrañeza.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero usted es el marido de doña Blanca?&mdash;le dijo al fin, como
+expresando cierta vacilación.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos a ver, ¿cuál de los dos será?...&mdash;le contestó mi tío señalándome
+y señalándose.</p>
+
+<p>&mdash;Será ese mozo&mdash;replicó la mujer,&mdash;y como yo le dijera que no,
+permaneció sonriendo, con la desconfianza propia de una persona a quien
+la quieren hacer víctima de una broma.</p>
+
+<p>El hombre, callado, parecía participar de la desconfianza de su mujer.</p>
+
+<p>&mdash;Pero, vamos a ver&mdash;recomenzó mi tío,&mdash;¿les parece que soy muy viejo
+para mi mujer, no es verdad?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! no es eso solamente&mdash;dijo el paisano, con cierta inocencia;&mdash;es
+que aquí ha venido la señora con otro señor, y nosotros hemos creído que
+ese era su marido.</p>
+
+<p>Una sombra instantánea obscureció la fisonomía del viejo y una palidez
+mortal invadió su semblante. A mí me pasó algo análogo; la voz se me
+ahogó en la garganta, y viendo que se<a name="page_248" id="page_248"></a> prolongaba aquella situación, de
+la que las gentes del rancho no se daban cuenta, les dirigí dos o tres
+palabras triviales, como para salir del paso y le di orden a Alejandro
+de dar vuelta. Este no se la dejó repetir, porque, listo y alerta como
+era, se debió dar cuenta en un segundo de la situación por que
+atravesábamos, y puso los caballos en movimiento.</p>
+
+<p>Mi tío dejó hacer, y se hundió en un profundo silencio, pero al llegar a
+la barranca de la Recoleta, donde nos detuvimos&mdash;exclamó
+suspirando&mdash;¡dichosos los que han muerto!</p>
+
+<p>Y como yo pretendiera objetarle, me interrumpió, diciéndome en voz baja
+y acongojada.</p>
+
+<p>&mdash;Mi hija, sólo mi hija me atrae a la vida...</p>
+
+<p>Llegábamos a casa en el momento mismo que entraban Fernanda y Blanca
+después de una batida por las mejores tiendas de lujo. Madre e hija
+estaban lindísimas como de costumbre y vestidas con una suprema
+elegancia. Fernanda me estrechó la mano y Blanca acometió a su marido
+con los mimos y las zalamerías con que acostumbraba a hacerlo siempre
+delante de los extraños. Mi tío subía la escalera envuelto en una
+reserva absoluta mientras que su mujer no cesaba de contarle todo lo que
+había visto y comprado en el día, en trapos y alhajas, colgándosele<a name="page_249" id="page_249"></a> del
+brazo y representándole toda una comedia de cariños digna de una nieta
+que pretende engañar al abuelo. Subimos y entramos en el salón. Fernanda
+se me quejaba de la indiferencia de su yerno y yo procuraba imitar a mi
+tío tratando de no dejarme entusiasmar por la cháchara de aquellas dos
+señoras. Mi tío entró en los cuartos interiores, preguntando por su
+hija, y Blanca, notando que la indiferencia de su marido aumentaba, lo
+abandonó, y, furiosa, iracunda como ella solía ponerse cuando alguien le
+contrariaba sus gustos y sus caprichos, se volvió al salón donde yo me
+había quedado con la madre, y clavándome sus ojos claros y penetrantes,
+con una mirada llena de desdén, me dijo, señalando las habitaciones
+interiores donde su marido había desaparecido.</p>
+
+<p>&mdash;¡Eso, eso se lo debo a usted... le doy las gracias!</p>
+
+<p>&mdash;Blanca&mdash;le contesté,&mdash;no entiendo lo que usted me dice, no sé si es un
+cargo...</p>
+
+<p>&mdash;Yo no necesito explicaciones&mdash;me repuso con un mal modo
+marcadísimo.&mdash;Lo mejor sería no vernos nunca...</p>
+
+<p>&mdash;Eso no&mdash;le repuse,&mdash;no la complaceré...</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué! usted me reta&mdash;exclamó atropellándome con los puños crispados.</p>
+
+<p>En ese momento Fernanda, excitada también,<a name="page_250" id="page_250"></a> se ponía de pie, pronta para
+entrar en la escena que se preparaba.</p>
+
+<p>&mdash;No&mdash;dije a Blanca en voz baja,&mdash;siempre que usted no me amenace.</p>
+
+<p>&mdash;Julio&mdash;dijo Fernanda,&mdash;por Dios, déjenos...</p>
+
+<p>&mdash;Señora&mdash;le contesté,&mdash;no tengo inconveniente en complacerla, puesto
+que usted me lo pide, pero antes de retirarme quiero asegurar a su hija
+que no soy de aquellos que rechazan un afecto, con el fin innoble de
+pagarlo con una traición.</p>
+
+<p>Y al retirarme, clavé los ojos en Blanca fijamente, mientras ella me
+lanzaba una mirada en la que procuraba medirme desde lo alto de su
+orgullo.<a name="page_251" id="page_251"></a></p>
+
+<h3><a name="XVIII" id="XVIII"></a>XVIII</h3>
+
+<p>Era la última noche de carnaval y el mulato Alejandro estaba de baile.
+Su comparsa, los «Tenorios de Plata», con su brillante uniforme blanco y
+celeste y sus botas imitadas en hule, invadía el teatro de la Alegría,
+campo de las batallas galantes de la clase, en los tres días clásicos
+del año. Pero el corazón de Alejandro no estaba aquella noche en el
+salón de baile, sino en los dormitorios de Blanca. Graciana, una linda y
+traviesa francesita, en quien Blanca depositaba todos sus secretos,
+había cautivado el alma del mulato, sin que los antagonismos de raza
+fueran una razón de timidez por parte del cochero o de repugnancia por
+parte de la sirvienta. La cuestión grave era saber cómo haría Graciana
+para ir al baile con Alejandro, y eso era algo difícil. La señora con su
+mamá iban al baile de máscaras del club. El viejo don Ramón<a name="page_252" id="page_252"></a> permanecía
+en casa a causa de su reumatismo. Graciana debía velar aquella noche por
+el <i>bebé</i>; la noche anterior había estado de pascana con su <i>Otelo</i>;
+porque es necesario saber que Graciana estaba fuertemente apasionada del
+mulato. Alejandro se daba un tono insoportable para con los de su clase,
+con motivo de sus nuevos amores; y la francesita, aunque estaba lejos de
+ser una doméstica como las de Zola, no tenía el más mínimo embarazo en
+desempeñar todos los servicios de su ama y en adorar a Alejandro, sin la
+más mínima limitación. Pero aquella noche, Blanca al salir enmascarada
+para el club, había recomendado a Graciana, de la manera más severa, que
+velara al marido a quien se le podía antojar vestirse e irla a buscar y
+sobre todo al <i>bebé</i>, a quien don Ramón no podía atender a pesar del
+entrañable cariño que sentía por su hijita. Graciana había jurado
+fidelidad, pero Alejandro, así que las señoras y el señor de Montifiori
+desaparecieron, comenzó a excitar poco a poco la imaginación de Graciana
+contándole las maravillas que aquella noche iban a hacer los «Tenorios»
+en el tablado de la Alegría.</p>
+
+<p>La mujer es un ser débil en todas las clases sociales. Graciana comenzó
+por resistir y Alejandro terminó por vencer. Verdad es que el<a name="page_253" id="page_253"></a> pardo
+tenía, según el, un ascendiente poderoso sobre el bello sexo. Los dos
+amantes, una vez de acuerdo en bailar esa noche en la Alegría sin que
+los patrones lo notaran, pusieron en juego su plan. Alejandro vistió su
+uniforme de «Tenorio», color blanco y celeste, con gorra de oficial de
+marina, espléndido <i>specimen</i> de mojiganga criolla; se echó al bolsillo
+el triángulo, su instrumento oficial en la comparsa de los «Tenorios» y
+esperó a Graciana acurrucado debajo de la escalera, completamente a
+obscuras en el acto de la evasión de los dos danzantes fugitivos.
+Graciana, por su parte, recorrió las habitaciones; vio que mi tío no
+daba señales de vida, que el <i>bebé</i> dormía e hizo ruido en el cuarto de
+la niña, como para dar a entender que ganaba la cama. Después de media
+hora de silencio, notando que la tranquilidad de la casa era completa,
+saltó de la cama, descalza, para no hacer ruido; tomó la bujía encendida
+que alumbraba apenas la habitación y acercándose con ella a la cuna de
+la niña, notó que ésta dormía tranquilamente; dejó la luz como tenía de
+costumbre, y abriendo suavemente la puerta del aposento que daba sobre
+el corredor, y cuya cerradura había tenido cuidado de enaceitar para que
+no hiciese ruido, salió en puntas de pie llevando en una mano un par de
+botines de raso<a name="page_254" id="page_254"></a> y suspendiendo en la otra nada menos que el dominó con
+que Blanca había asistido disfrazada la primer noche de carnaval al
+baile del Club del Progreso. La interesante mascarita cerró
+cuidadosamente la puerta, y ayudada por su amante, sin muchas exigencias
+de recato por su parte, se disfrazó en un instante; se calzó sus botines
+blancos, se colocó la máscara de raso, y ambos bajaron resueltamente la
+escalera principal, abrieron la puerta de calle con la llave que poseía
+Alejandro y se encontraron muy pronto en la calle, libres como <i>Romeo y
+Julieta</i>, si <i>Romeo y Julieta</i> hubiesen sido sirvientes y se hubiesen
+escapado juntos alguna vez.</p>
+
+<p>Cuando llegaron a la puerta de la Alegría, el baile estaba en todo su
+esplendor. Los «Tenorios» hacían una mella terrible en aquellas Ineses
+de media tinta y de color entero.</p>
+
+<p>Las cuadrillas se bailaban, con una seriedad rígida, casi británica; el
+vals no dejaba nada que desear por su corrección: la mazurka era de un
+remeneo de ancas de dudosa moderación, y por último la habanera algo
+alarmante como chacota de articulaciones.</p>
+
+<p>En medio de estos variados modos de bailar, se notaba en aquel salón,
+donde había una absoluta proscripción del perfil griego, una suma
+tendencia al tono y a la elegancia. Los «Tenorios<a name="page_255" id="page_255"></a>» se llaman como sus
+amos; se dan su nombre y apellido; usan su papel timbrado, se ponen sus
+fracs, sus guantes, sus corbatas y sus camisas; la única nota
+discordante es el pie, el pie de un Tenorio es algo de melancólico: un
+pedícuro con cierto talento dramático podría escribir una tragedia más
+terrible que Fedra, con sólo estudiar el pasaje de su instrumento a
+través del pie de un joven <i>high-life</i> de color. He ahí la causa por qué
+los negros, después de tres días de carnaval, por más elegantes y
+presuntuosos que sean, tienen que vivir otros tres días prendidos de una
+reja; los pies necesitan suspender su misión terrena por ese espacio de
+tiempo para volver a su estado primitivo.</p>
+
+<p>En fin, a pesar de estos inconvenientes, los galanes bailaban aquella
+noche en la Alegría con tanto garbo, y tal vez con más suerte, que sus
+patrones del Club del Progreso. Un Tenorio con su uniforme blanco y
+celeste debe ser algo ideal para su compañera de baile y de color;
+porque, al fin, convengamos en que, vestirse para enamorar con los
+purísimos colores del cielo, es mucho más lógico que hacerlo de negro
+como los amos.</p>
+
+<p>Hay algo de fantástico en ese traje, en esa chaquetilla de merino azul
+con galones de plata, en ese pantalón de cotín blanco, en esas polainas<a name="page_256" id="page_256"></a>
+de precio modesto pero de soberbio brillo, que se empeñan en
+confabularse con el botín chueco de elástico, para fingirse botas
+granaderas.</p>
+
+<p>Alejandro entró en el baile, del brazo de su compañera, cuyo espléndido
+dominó levantó el cotarro de todas las princesas negras que vieron pasar
+a su lado aquella vasca plebeya, pero blanca. ¡Alejandro, rendido a una
+«extranjera de Europa!» ¡Qué decepción! ¡El, el más aristocrático
+<i>swell</i> de la <i>clase</i>, la flor y nata de las academias de baile,
+entregado a una gringa!</p>
+
+<p>Las señoritas y las matronas no se lo perdonaban, pero el lindo mulato,
+sin importársele mucho de las críticas que le hacían por todos los
+centros del salón, tomó de la cintura a su linda compañera y acometió un
+<i>scottish</i> de paso doble que en aquel momento comenzaban a rascarlo
+cuatro violines de la orquesta y un figle solitario y pifión que se
+quejaba entre los labios de un viejo músico panzón y dormido,
+representante de la música de viento.</p>
+
+<p>Es de ver la galantería del negro porteño. Prescindiendo, si es posible
+prescindir, del ambiente del salón, que es algo pesado, la cortesía y la
+urbanidad entre ellos son incomparables: el lenguaje incorrecto, pero
+elevadísimo. Se conversa con las mismas pretensiones con que se conversa
+en el gran mundo; se enamora con la<a name="page_257" id="page_257"></a> misma gracia, con la misma
+compostura y con el mismo <i>chic</i>. Las niñas no dejan nada que desear
+desde el punto de vista de la educación: es cierto que los labios son un
+poco gruesos y las narices algo chatas, pero de una autenticidad
+indiscutible; allí no hay <i>veloutine</i>, ni crema de perlas que formen
+cutis apócrifos. Los mozos son de la más alta estirpe administrativa:
+entre ellos está representada la secretaría del presidente de la
+República, por un empleado, que aunque sirve el té y el agua con panal,
+no se apea de su categoría de empleado público, la guerra y la hacienda
+forman parte de los «Tenorios de Plata», que bailan en la Alegría las
+tres noches de carnaval. Las mamás o las tías y madrinas viejas, que se
+le acomodan desde su asiento a una masa sopada en vino Priorato, ven
+pasar con envidia a toda esa juventud oficial que desempeña cargos
+modestos, pero honrosos en la política argentina. Y, generalmente, esos
+<i>snobs</i> de medio pelo son codiciados por el prestigio social que rodea
+su nombre; pero, si suelen ser eximios como amantes, son intolerables
+como maridos; todos concluyen enamorando vascas, como Alejandro, o
+perdiendo a las negritas mimadas de casas decentes. Aquella sociedad
+tiene sus escándalos como todas las sociedades: raptos, seducciones,
+adulterios, suicidios<a name="page_258" id="page_258"></a> y hasta duelos. Hablan de las guerras y de las
+batallas pasadas con un profundo conocimiento de lo sucedido, porque el
+negro y el pardo porteño saben batirse con la bizarría del mejor de los
+soldados y caer sobre el campo de la acción como caen los héroes.</p>
+
+<p>Las dos de la madrugada habían dado ya, y Graciana apuraba a Alejandro
+para volver a casa. La sirvienta pensaba con razón, que el señor podía
+haber notado su ausencia, que la niñita podía haber llorado, que Blanca
+podía haber regresado del club; pero el negro, rumboso al fin, como
+todos los de su clase, quería concluir la noche con una cena en un café
+de la vecindad y porfiaba por retener a su mascarita.</p>
+
+<p>Tanto hizo Alejandro, que Graciana, después de bailar con él la última
+galopa con un ímpetu y un entusiasmo indescriptibles, consintió en ir a
+cenar, no por cierto unas ostras con Sauterne, sino unas suculentas
+costillas de chancho, apoyadas por una copiosa taza de café con leche,
+con pan y manteca, que sirvieron para corregir la vacuidad incómoda, que
+todos los estómagos, ya sean plebeyos o aristocráticos, sienten a las
+tres de la mañana después de una noche de baile.</p>
+
+<p>Concluida la cena, la pareja se puso en marcha. Salían conjuntamente del
+teatro, con los<a name="page_259" id="page_259"></a> Tenorios, extenuados por la fatiga de la noche,
+demostrando en el rostro esa melancolía peculiar que demuestra el último
+comparsa que se retira en la madrugada de la tercera noche de carnaval.</p>
+
+<p>Por entre ellos atravesó orgullosamente Alejandro con su compañera del
+brazo, y doblando por la calle de Victoria, la condujo hasta la puerta
+de la casa de sus patrones.</p>
+
+<p>Pero la sorpresa de la pareja fue grande, cuando llegaron a la casa de
+mi tío Ramón; la puerta estaba abierta; la luz encendida en el vestíbulo
+bajo y en el vestíbulo alto. Algo de extraordinario debía de haber
+pasado durante su ausencia, y la fuga de Graciana había sido notada. La
+sirviente tuvo un acceso de nervios muy común entre las francesas y no
+se atrevió a entrar: colgada del brazo de Alejandro, tiritaba de miedo.</p>
+
+<p>El pardo vacilaba también, y caballeresco como era, no se atrevía a
+comprometer ni a abandonar a Graciana en la puerta. La alarma aumentaba
+con el ruido de los carruajes que comenzaban a remolinear en la esquina
+del Club del Progreso, lo que les indicaba que el baile allí tocaba a su
+término, que de un momento a otro, Blanca llegaría a su casa y
+encontraría a Graciana disfrazada con su dominó. Los dos amantes<a name="page_260" id="page_260"></a>
+optaron por lo más práctico en aquellos instantes críticos y huyeron
+calle de Victoria arriba, prefiriendo la fuga a pasar por la vergüenza
+de ser descubiertos. Alejandro, el audaz seductor de aquella honesta
+Margarita, fue a golpear la puerta de una posada de la plaza de Lorca,
+donde se instaló con su compañera, resuelto a darle su nombre para
+cubrir su falta y purificar su honra manchada.<a name="page_261" id="page_261"></a></p>
+
+<h3><a name="XIX" id="XIX"></a>XIX</h3>
+
+<p>El buen tío Ramón se había recogido temprano aquella noche; el primer
+día de mascarada lo había rendido por todo el carnaval. Fernanda y
+Blanca, con Montifiori y sus amigos, habían pasado los tres días en una
+jarana completa: en el corso, en los bailes, en las tertulias
+particulares, Fernanda y Blanca habían sido conocidas en todas partes;
+pero eso era lo que ellas buscaban en medio de la turba de corsarios de
+gran tono, que les daban caza a través de aquellas noches de locura. El
+último día, al regresar del corso, habían encontrado tumbado al viejo
+marido, presa de sus reumatismos. Blanca tuvo una pasajera contrariedad;
+se acercó a su esposo, le hizo algunos cariños de fórmula, lo puso en el
+caso de que le suplicase a ella misma que<a name="page_262" id="page_262"></a> no dejase de ir al baile de
+máscaras, y simulando hallarse bajo el imperio de una orden, comenzó a
+preparar su traje que ya estaba pronto desde muchos días atrás. Con la
+cabeza montada por la bulla carnavalesca y por la perspectiva del baile,
+se hizo vestir rápidamente por Graciana, esperó impacientemente a la
+madre que tardaba ya algo en venir, se acercó al lecho de su marido, se
+despidió de él con urgencia y salió precipitadamente sin siquiera
+acordarse de su hijita a quien dejaba en poder de una sirvienta. El
+baile la atraía irresistiblemente.</p>
+
+<p>El buen viejo, después de haber besado a su hija, se retiró a su
+habitación que estaba inmediata a la en que Graciana debía cuidar a la
+niñita. A la una de la noche, mi tío, que dormitaba, se despertó
+súbitamente por una luz repentina que lo deslumbró como un relámpago,
+creyendo haber oído en sueños algo como un grito estridente y
+penetrante. El viejo abandonó su lecho dificultosamente, y creyendo que
+en efecto era un relámpago, abrió los postigos del balcón y miró hacia
+afuera: pero el cielo estaba sereno y estrellado, y la luz nocturna
+iluminaba las aceras.</p>
+
+<p>Creyó en una pesadilla y trató de detener y comprimir las ideas confusas
+que habían pasado por su cerebro mientras dormía. Quiso volver<a name="page_263" id="page_263"></a> a su
+cama, pero había perdido el rumbo, la disposición de la habitación se
+había trastornado completamente para él. Se detuvo un segundo en el
+centro del cuarto, procurando orientarse en vano; tocó una puerta,
+encontrola abierta y al pasar el umbral, sintió un olor característico a
+lienzos quemados. El pobre viejo se sintió presa de un violento golpe de
+fiebre: quiso recapacitar y no pudo; los más horribles pensamientos
+cruzaron por su imaginación; perdido siempre en la habitación, volteó
+dos o tres muebles, tuvo miedo, se le aflojaron las piernas y cayó
+desfallecido sobre el piso. Un silencio sepulcral reinaba en las
+habitaciones, tan profundo, como en la obscuridad que lo rodeaba. Una
+idea fija embargaba la razón del desgraciado anciano. Se incorporó
+débilmente sobre el piso y gritó a Graciana, con voz ahogada y
+angustiosa, pero nadie le respondió. Volvió a gritar con un acento de
+desesperación, que desgarraba el alma, pero todo fue en vano, nadie le
+contestó tampoco; se incorporó de nuevo y arrastrándose con trabajo
+tanteó las paredes, buscando el botón de la campanilla eléctrica:
+después de unos minutos lo encontró y lo hundió con desesperación: el
+silencio era tan profundo que oyó el martilleo peculiar del timbre en el
+fondo de la casa; esperó, pero nadie vino: llamó<a name="page_264" id="page_264"></a> de nuevo y siguió
+llamando incesantemente; la casa estaba sola, nadie le respondía.
+Entonces volvió a gritar desesperadamente a Graciana y, creyéndose
+orientado por un momento, atropelló en la dirección en que él creía que
+estaba el cuarto de la niña; pero, no bien había dado tres pasos, cuando
+recibió un terrible golpe en la frente que le hizo retroceder; había
+dado contra la puerta opuesta.</p>
+
+<p>El viejo cayó desfallecido de nuevo y el silencio inmenso e imponente de
+la noche volvió a reinar con su paz profunda y aterradora. En aquella
+situación, el reloj del Cabildo dio las tres de la mañana y el eco sordo
+de la campana se difundió por la ciudad dormida. El viejo pensaba que
+Blanca no podía tardar: se oían las voces y las algazaras de las últimas
+máscaras que se retiraban, y una orquesta lejana, tal vez la del club,
+tocaba las últimas galopas. Todos aquellos detalles aumentaban la cruel
+situación del anciano afligido, casi inmóvil, presa de una fiebre
+terrible. En ese estado se arrastró por el suelo tanteando siempre los
+muebles: por último, puso la mano sobre un sofá, que ocupaba el espacio
+comprendido entre el balcón y la puerta que llevaba al cuarto de su hija
+y con una alegría íntima se incorporó, impulsó la puerta que<a name="page_265" id="page_265"></a> Graciana
+al partir había dejado entornada y penetró a la habitación, loco,
+convulso, desatentado. Pero el cuarto estaba lleno de humo, allí se
+había quemado algo: recordó su sueño, aquella súbita luz que había
+herido sus pupilas y aquel grito penetrante que aun le parecía oír y
+cayó de nuevo en una desesperación terrible. El humo de la habitación
+comenzaba a asfixiarlo y un terror frío e indescriptible cerró sus
+labios y paralizó sus movimientos; un temor instintivo no le permitía
+moverse; prefería la duda, la inmovilidad, antes de acelerar el
+desenlace espantoso de aquella noche de abandono y de insomnio. En esa
+situación volvió a llamar tímida, cariñosamente, a Graciana, pero, como
+antes, nadie le respondió.</p>
+
+<p>Postrado en el suelo, en un rincón del cuarto, rodeado siempre por la
+más completa obscuridad, pudo oír que un carruaje acababa de detenerse
+bajo de los balcones, y al rato, que se abría y cerraba con gran cuidado
+la puerta de calle: sintió en seguida pasos en la gran escalera: quiso
+llamar para apurar a los que venían, pero la palabra se ahogó en su
+garganta y tuvo que esperar: oyó los pasos en el vestíbulo y unos
+segundos después el ruido de una llave en la cerradura de la puerta de
+la habitación en que se hallaba:<a name="page_266" id="page_266"></a> la puerta se abrió y dio paso a
+alguien: el <i>frou-frou</i> de la seda le indicó que era Blanca que
+regresaba. De pronto ardió un fósforo y acto continuo la luz violenta
+del gas iluminó toda la habitación.</p>
+
+<p>Entonces el cuadro que se presentó a la vista de los que allí se
+encontraron, fue terrible: en un extremo de la estancia, la cuna de la
+niña cubierta de hollín: las cortinas se habían encendido, el fuego
+había invadido las ropas; la desgraciada criatura había muerto quemada,
+por un descuido de Graciana, que, atolondrada por la fuga, había dejado
+la bujía a poca distancia de la cuna. El rostro de la niñita era una
+llaga viva: tenía los dientes apretados por la última convulsión; con la
+mano izquierda asada por el fuego, se asía desesperadamente de una de
+las varillas de bronce de la camita, y la derecha, dura, rígida en
+ademán amenazante; la actitud del cadáver revelaba los esfuerzos que la
+víctima había hecho para escapar del fuego, en vano. Blanca era la que
+había encendido el gas; al hacerlo, dio vuelta y vio a su marido
+postrado en tierra y a su hija quemada viva en la cuna: retrocedió y dio
+un grito terrible: el pobre viejo se levantaba al mismo tiempo, y en la
+puerta que daba al vestíbulo exterior por donde Blanca<a name="page_267" id="page_267"></a> había penetrado,
+sorprendía con la vista un hombre joven que había entrado con ella: fue
+lo primero que vio, quiso lanzarse sobre él, pero el grito de horror de
+Blanca lo detuvo, y entonces volvió los ojos sobre la cuna de su hija.
+Toda esta escena fue la obra simultánea de un instante; las más breves
+palabras no alcanzarían nunca a traducir su trágica rapidez. El pobre
+padre, al ver el horrible espectáculo que presentaba el cadáver de su
+hija, abrasada por las llamas, se detuvo horrorizado ante él, quiso
+hablar, pero no pudo, fue a lanzarse iracundo sobre el amante, que en
+actitud vacilante no sabía qué partido tomar, pero apenas dio dos pasos
+cayó al suelo, fulminado por una parálisis repentina, la lengua trabada,
+el rostro descompuesto, el cuerpo laxo y sin fuerzas. Al caer dio con la
+frente en el suelo y su rostro se bañó en sangre.</p>
+
+<p>&mdash;Huyamos, Blanca&mdash;gritó el desconocido, cubriéndola con el tapado que
+ella le había abandonado al entrar.</p>
+
+<p>Aquella miserable criatura abarcó la escena con una sola mirada, pero el
+brazo amenazante de la niñita la intimidó y dio vuelta al rostro. El
+cuerpo de su marido obstruía el paso por la única puerta de salida; se
+detuvo un instante, y como tomando una resolución repentina, con<a name="page_268" id="page_268"></a> los
+ojos iluminados por una luz satánica, se volvió al hombre que la
+esperaba con actitud indecisa, y saltando ambos por sobre el cuerpo que
+yacía en tierra, le gritó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Huyamos!<a name="page_269" id="page_269"></a></p>
+
+<h3><a name="XX" id="XX"></a>XX</h3>
+
+<p>Yo no me había olvidado de Valentina, mi dulce Valentina de otros días.
+Mi tío, en un hospicio, idiota, sin habla y sin razón. Don Benito casado
+al fin, con una señora rica y de edad proporcionada a la suya. ¡Qué
+diablo!</p>
+
+<p>A mí también me dio por casarme y me acordé de mi idilio de veinte años.
+Vivía solo y aislado, y lo peor de todo era, que probablemente, por no
+haber seguido el consejo del doctor Trevexo, de estudiar en los diarios,
+me encontraba sin recurso alguno para aspirar a las altas posiciones
+políticas con que allá en el año 62 me pronosticaba él un porvenir
+brillante.</p>
+
+<p>Pero en lo íntimo de mi corazón, yo había guardado el recuerdo de
+Valentina: la única criatura que había dejado en mi alma una memoria
+dulce y tranquila. Por largo tiempo nos<a name="page_270" id="page_270"></a> habíamos escrito, pero después
+de la muerte de su hermano, nada sabía de ella. Valentina era para mí un
+horizonte lejano, pero límpido, y en la soledad de mi vida, la primera
+edad reaparecía, los días de colegio volvían: pensaba en don Pío y en
+don Josef, el célebre descendiente de Gonzalo de Córdoba y veía la
+imagen de mi novia, sonriéndome en los únicos años de felicidad que han
+iluminado la vida.</p>
+
+<p>Veíala aparecer en uno de los balcones de la antigua casa en que vivía o
+asomado el rostro risueño y sonrosado detrás de los cristales; linda
+como nunca, llena de juventud, perfumada de gracia y de castidad.</p>
+
+<p>Algunas veces el recuerdo inquietante de Blanca, había turbado mi sueño;
+el mundo con sus pasiones y sus encuentros, habíame suspendido un
+momento en su vorágine, pero poco a poco la purísima imagen de Valentina
+volvía a levantarse delante de mis ojos como una cariñosa sombra que me
+llamaba, allá, al pasado, al dulce pasado de la adolescencia.</p>
+
+<p>Valentina me esperaba y busqué a Valentina en el pueblo del colegio.
+Llevaba el espíritu enfermo y agitado bajo la influencia de los
+tormentos por que había atravesado y la realidad de un sueño de juventud
+iba a darme la eterna felicidad.<a name="page_271" id="page_271"></a> Llegué y busqué la casa de Valentina.
+Ya no habitaba su familia en ella.</p>
+
+<p>Averigüé y la encontré al fin. La poética criatura se había casado con
+don Camilo, pocos meses antes y era feliz, muy feliz.</p>
+
+<p>Don Camilo tenía una renta considerable, era hombre público y hasta
+hombre distinguido. ¡Sentí la desesperación, la horrible desesperación
+que se siente ante lo imposible, ante la muerte, ante lo irremediable, y
+pensé si el alma podría arrancarse del cuerpo y arrojarse como inútil
+estorbo de la vida!<a name="page_272" id="page_272"></a></p>
+
+<h3><a name="XXI" id="XXI"></a>XXI</h3>
+
+<p>Pero alguien, con la exigencia inexorable de todos los que leen, querrá
+saber de Blanca. Blanca, la linda porteña, corre la vida fácil y
+elegante, pero duerme con los ojos abiertos, porque cuando los cierra,
+la cara de un viejo idiota y paralítico la observa con una sonrisa
+inmóvil y el brazo rígido de su hija muerta se levanta sobre ella como
+una eterna amenaza.</p>
+
+<p class="c">FIN</p>
+
+<hr class="full" />
+
+
+
+
+
+
+
+<pre>
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of La gran aldea, by Lucio V. López
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA GRAN ALDEA ***
+
+***** This file should be named 31724-h.htm or 31724-h.zip *****
+This and all associated files of various formats will be found in:
+ http://www.gutenberg.org/3/1/7/2/31724/
+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at http://www.pgdp.net
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+
+Updated editions will replace the previous one--the old editions
+will be renamed.
+
+Creating the works from public domain print editions means that no
+one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
+(and you!) can copy and distribute it in the United States without
+permission and without paying copyright royalties. Special rules,
+set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
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+Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
+charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you
+do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
+rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose
+such as creation of derivative works, reports, performances and
+research. They may be modified and printed and given away--you may do
+practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is
+subject to the trademark license, especially commercial
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+Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
+and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
+works. See paragraph 1.E below.
+
+1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
+or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
+Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
+collection are in the public domain in the United States. If an
+individual work is in the public domain in the United States and you are
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+ money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
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+1.F.
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+receive the work electronically in lieu of a refund. If the second copy
+is also defective, you may demand a refund in writing without further
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+WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
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+
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+If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
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+interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
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+or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
+work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
+Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.
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+
+Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
+electronic works in formats readable by the widest variety of computers
+including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
+because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
+people in all walks of life.
+
+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
+goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
+
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
+http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
+
+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at http://pglaf.org
+
+For additional contact information:
+ Dr. Gregory B. Newby
+ Chief Executive and Director
+ gbnewby@pglaf.org
+
+
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
+spread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To
+SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
+particular state visit http://pglaf.org
+
+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+
+Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including checks, online payments and credit card donations.
+To donate, please visit: http://pglaf.org/donate
+
+
+Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
+works.
+
+Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
+Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
+
+
+Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
+unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
+keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
+
+
+Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
+
+ http://www.gutenberg.org
+
+This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
+including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
+subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
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+status under the laws that apply to them.
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